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Las marcas en atletismo se han venido considerando como una muestra de los límites físicos del hombre. Desde los inicios del atletismo moderno se planteó la cuestión de cuáles serían los posibles límites en la evolución de los resultados, y todas las propuestas se vieron rápidamente rebasadas. Sin embargo un estudio en profundidad de las marcas obtenidas en los últimos veinte años, no sólo por el mejor atleta de cada momento, sino por el conjunto de los atletas destacados, sugiere que en el caso de las pruebas masculinas se está llegando a una situación cercana a la estabilidad, cuando no al retroceso en determinadas especialidades. Las pruebas femeninas tienen en muchos casos todavía un largo recorrido, por ser de reciente implantación. En este trabajo se analizan las pruebas olímpicas, tanto masculinas como femeninas, en su evolución desde 1978, y se observa que en casi todos los casos se dibuja claramente una tendencia asintotica hacia unos límites ya cercanos. Desde los inicios del atletismo tal como hoy lo entendemos, en la segunda mitad del siglo XIX, ha constituido un lugar común la determinación de cuáles serían los límites humanos -cuál sería la marca en cada prueba que ya no pudiera mejorarse. Sin duda, que esta preocupación se dé en este deporte, y no en otros que son también susceptibles de medición, se debe a lo natural dé casi todas sus pruebas, en especial las carreras lisas y los saltos José Javier Etayo Gordejuela de altura y longitud. De este modo los resultados que en ellas se alcanzan son una indicación de cuál sea la velocidad, o la capacidad de impulso, del hombre. Este interés llevó a preguntarse por las marcas límites en el conjunto de las pruebas del programa atlético. Desde el principio se observó que las marcas evolucionaban rápidamente con el tiempo, y que resultados considerados extraordinarios se volvían pronto mediocres. Las causas de esta evolución son muy variadas, y se pueden citar entre ellas las siguientes: -el progreso y cada vez mayor dedicación al entrenamiento; -la investigación y la ayuda médica y farmacológica a los atletas; -los nuevos materiales, tanto en las pistas, como en el calzado o en los artefactos (piénsese en la evolución de las pértigas); -la expansión de la actividad atlética a todo el mundo. Todas estas concausas actúan simultáneamente y ejercen su influencia sobre las marcas; en algunos casos, como se indicará en relación con determinadas pruebas, de modo negativo. También hay que observar que las indicaciones que haremos a nivel mundial pueden enmascarar los fenómenos de desplazamiento de la actividad, de unas partes a otras del globo. Según ha avanzado el siglo XX, se han incorporado al atletismo naciones de todo el mundo, con especial incidencia de las añicanas, de tal modo que han cambiado notablemente las proporciones que representa cada país, y cada continente, en los altos niveles mundiales. Incluso en determinados países desarrollados, y sin duda por razones socioeconómicas que han retirado a los jóvenes del atletismo, los resultados son ahora peores, en valor absoluto, que hace treinta años. Las previsiones que se hicieron desde hace mucho tiempo, sobre cuáles serían las marcas límites, o cuáles serían las mejores en determinadas fechas, quedaron muy pronto rebasadas y resultan ahora de una patente ingenuidad. Su marca no fue reconocida como record de Estados Unidos porque estaba «más allá de la capacidad humana». Estos precedentes hacen muy aventurado atreverse a pronosticar cuáles pueden ser los límites de la capacidad humana en las pruebas atléticas. Lo más prudente, a la vista de la documentación existente hoy en día, parece analizar la evolución de los resultados obtenidos hasta ahora, y extrapolar cuál puede ser la marca hacia la que Los límites humanos tiendan asintoticamente, si es que se puede apreciar una tendencia tal. Para ello utilizaremos las listas de atletas con mejores marcas, que publica cada año la Association of Track and Field Statisticians. En el caso femenino, las listas de 100 son una década más tardías, y bastantes de las pruebas se han incorporando más tarde al programa. Para poder hacer comparaciones homogéneas con las series de marcas que daremos, se ha de tener también en cuenta la influencia de los sistemas de cronometraje: desde los años 70 se ha impuesto el cronometraje eléctrico, más exigente que el manual. Para pruebas más largas, desde 800 metros, se aceptan en igualdad las marcas recogidas con ambos sistemas. Como en el presente trabajo, por considerarlo suficiente para los fines que se propone, nos hemos limitado a la evolución a partir de 1978, en las pruebas cortas se han tomado en consideración exclusivamente los tiempos eléctricos. Detallaremos a continuación, para las pruebas del programa olímpico salvo la marcha y los relevos, las marcas que han obtenido los atletas situados en los puestos 1°, 10°, 20°, 50° y 100° de cada año, con el fin de buscar una línea de tendencia en cada una de las pruebas. José Javier Etayo Gordejuela que, aprovechando el cambio de siglo, se inicie de cero la tabla de records mundiales, prescindiendo así de las marcas dudosas. El nivel en profundidad de las listas mundiales refleja muy poco progreso año a año, de tal modo que en algunos casos se está casi al mismo nivel que hace veinte años (o peor, como antes indicábamos, en algunas pruebas). Si hacemos un gráfico en cada prueba, reflejando, por no ser necesario más, las marcas que ocupan los lugares 1, 10 y 100 cada año, se comprueba que con alguna excepción, se puede aproximar muy ajustadamente la nube de puntos resultante a una curva cuyo crecimiento disminuye apreciablemente, de tal suerte que parecen existir asíntotas horizontales que sean las marcas límite en cada una de ellas. El resultado de ese estudio, naturalmente aproximado, se refleja en la siguiente tabla: Naturalmente ello no excluye que se puedan alcanzar circunstancialmente marcas mejores que los niveles aquí señalados, y que incluso en algún caso de actual retroceso, se hayan obtenido ya hace años. Se observará que en el salto con pértiga femenino, debido a su novedad como prueba practicada ampliamente, y en buena parte de los lanzamientos por su anómalo comportamiento de los últimos años, se hace muy inseguro marcar una tendencia definida. Por último, hay que señalar que, como se indicaba en el comienzo de este trabajo, en países desarrollados y de larguísima tradición en el atletismo como pueden ser Estados Unidos, Gran Bretaña, o el conjunto de Europa, el declive de marcas es general y profundo (véase a continuación). Nada puede excluir que este fenómeno se extendiera dentro de unas décadas a los países que actualmente se han incorporado a la cabecera de las listas, y que en ese caso los límites aquí previstos no llegaran a alcanzarse. Como ejemplos del declive de marcas a una cierta profundidad en determinados países, véanse los siguientes. En primer lugar, la comparación del 50° atleta británico de cada año, en las pruebas desde 1500 metros a maratón, tomada del trabajo de Les Crouch en el Boletín de la Asociación británica de estadísticos, Track Stats (vol. 37, n° 2, 1999).
No resulta fácil resumir en unos pocos artículos la evolución de una institución tan compleja como las Fuerzas Armadas, especialmente en una época, como la actual, en la que los cambios constituyen una constante en cualquier actividad. Por ello, este número de la revista ARBOR no pretende más que acercar la problemática militar al gran público, con la intención de que se conozcan cuáles son algunas de las cuestiones que, actualmente, inciden en el devenir de los Ejércitos, en esta época de mutaciones profundas en todos los campos. Las estructuras políticas están sufriendo, en pocos años, una de las transformaciones más importantes de la Historia y, según parece, con carácter irreversible. Las relaciones internacionales también han soportado una variación sustancial, haciéndolas mucho más fluidas y abiertas. Los adelantos tecnológicos, tanto en el campo industrial como en el de la comunicación, nos han sumido en una auténtica revolución que afecta, no sólo a todo tipo de relaciones y a los procedimientos operativos de cualquier actividad, sino también a nuestras conductas, hábitos y comportamientos. Los grandes principios que regían nuestras actitudes -incluidas las religiosas-se difuminan en el seno de una sociedad consumista que, ahora, parece iniciar una tímida recuperación, buscando una nueva apoyatura moral en principios más universales y de más fácil aceptación, como la libertad, la justicia, los derechos humanos, el amor a la naturaleza, etc.... Es compresible, lo contrario sería desconocer la realidad, que los Ejércitos se hayan visto afectados por este cúmulo de circunstancias que inciden con fuerza creciente, al igual que en el resto de los ciudadanos, en los profesionales de las armas y, consecuentemente, también en la propia institución militar. Porque los Ejércitos, atendiendo a una necesidad interna acuciante, pretenden estar, cada día, más insertados en la sociedad. Y así, es fácil comprobar, desde hace unos años, como se está produciendo una osmosis enriquecedora para ambas partes entre las FA,s. y la sociedad a través de los centros de formación, el mundo empresarial, los medios de comunicación social, la presencia importante Editorial X de civiles en el Ministerio de Defensa y, especialmente, el flujo constante que se genera a través de la tropa profesional. Por ello, no es de extrañar la fuerte incidencia que, en las FA,s. ha tenido, y está teniendo, el cambio sociológico general, tanto que ha producido transformaciones importantes, algunas de las cuales están afectando a las propias esencias de las FA,s. La profesionalización de los Ejércitos, por ejemplo, aunque era una necesidad para atender a la mayor complejidad tecnológica de los medios y a la obligación de formar soldados con unos niveles de instrucción hasta ahora desconocidos, se ha visto forzada por el rechazo que la sociedad tenía al Servicio Militar Obligatorio. Por otra parte, la necesidad de los Ejércitos de actuar de forma «conjunto-combinada» es una simple adecuación de la primacía de lo sistémico a la resolución de los problemas. Otro tanto puede decirse de la aparición de poderosos puestos de mando, como una manifestación de que cada vez se potencia más la vertiente intelectual, la de la formación sólida y los conocimientos, como base de ese poder que, si bien es intangible, sus efectos son perfectamente medibles. Esta misma circunstancia ha forzado la creación del Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército (MADOC), auténtico cerebro del Ejército, en el que tenía que existir un contrapeso poderoso que equilibrara la permanente actividad física de sus componentes. La Defensa compartida ha venido impuesta por el hecho de aparecer en el panorama internacional organizaciones supranacionales con objetivos e intereses comunes y facilitar de paso una reducción importante de los gastos de Defensa. La imposibilidad de sustraerse al conocimiento del futuro en un mundo lleno de incertidumbres, ha proporcionado la aplicación de la Prospectiva al conocimiento de lo que puede pasar, tanto dentro de nuestro propio país como en el de los adversarios. Así se produce un paralelismo o, casi mejor, una convergencia entre Prospectiva e Inteligencia. Por último, y sin que con ello pretenda dejar agotado esta serie de interacciones, la rapidez con la que se suceden los acontecimientos ha obligado a los Ejércitos a una intervención rápida en las zonas donde se produzca, o se pueda producir, un conflicto; de ahí la importancia que, para los Ejércitos actuales, tiene el que estén dotados de una «gran capacidad de proyección». Pero más importante aún es el hecho dé que el concepto «guerra», tal como se ha entendido hasta hace bien poco, está en desuso y casi ha desaparecido. Son muy pocos los que adrniten que problemas políticos y lo económicos puedan dirimirse en un ehfrentamiento armado; pero la realidad es que las guerras siguen existiendo. Por ello, los Ejércitos Editorial han tenido que transformar su orgánica y sus procedimientos para atender a un posible ataque armado, a la manera convencional (aunque la posibilidad de que se produzca es muy pequeña), o para intervenir en conflictos de baja intensidad, para actuar, en apoyo de la población civil, en grandes catástrofes o para contribuir en la realización de grandes eventos ocasionales. Una consecuencia de esta situación es que los ejércitos, concebidos inicialmente para la guerra, se han convertido en el mejor instrumento de los gobiernos para imponer o mantener la paz y para colaborar en actividades importantes no específicamente militares. Este conjunto de circunstancias ha dejado al descubierto la necesidad de contar con una nueva estrategia que, teniendo en cuenta todas estas motivaciones, encare el futuro de forma que los posibles conflictos se puedan abortar en sus inicios o, incluso, y eso sería lo deseable, antes de que se desencadenen. Todo esto está condicionando la mentalidad de los profesionales de las armas, especialmente en el Ejército de Tierra en el que el hombre constituye su principal sistema de armas. La necesidad, y la obligación, de estar a la altura de las circunstancias y de prever los posibles cambios, adecuando la mentalidad de los mandos a los nuevos escenarios, aconsejaron la conveniencia de hacer una reflexión profunda que determinaran cuáles debían ser las líneas maestras de la función de mando en el futuro. A tal fin se desarrolló un seminario (con la participación de ilustres profesores de la Universidad -Lain Entralgo, Martínez Parido y Timoteo Alvarez-y representantes de todos los empleos de la escala militar) en el que, como producto final, se formuló un decálogo que engloba los principales preceptos que deben configurar el «Nuevo Estilo de Mando» y que se inserta a continuación como indicador del talante novedoso que acompañará a los militares españoles en el futuro. DECÁLOGO DEL NUEVO ESTILO DE MANDO L RESPETO A LA DIGNIDAD DE LAS PERSONAS Manifestar un profundo respeto a la dignidad de las personas en todas sus actuaciones. Conseguir el apoyo y cooperación de sus subordinados por el prestigio adquirido con su ejemplo y preparación. Desarrollar el espíritu de equipo para lograr la acción eficaz del grupo. Ejercer la responsabilidad y delegar las funciones en el nivel adecuado. Practicar y exigir la disciplina como valor que obliga a todos por igual. Actuar con iniciativa y fomentar la creatividad de los subordinados. Este cúmulo de modificaciones, unas realizadas y otras en vías de hacerse realidad, más alguna otra que por su actualidad merecía ser citada, como la Diplomacia de Defensa, es lo que se ha pretendido recoger en este número. Interesante nos ha parecido, también, dar una visión de los países del tercer mundo en relación con los temas de Seguridad, ya que alguno de ellos puede constituirse, en un futuro no lejano, en escenario de actuación de nuestras Fuerzas Armadas. En cualquier caso, nuestra pretensión es, como decía al principio, la de difundir, fundamentalmente, para acercar. Esperamos que éste sea un pequeño impulso al que seguirán otros que añadan nueva luz a las posibles soluciones de los problemas que tienen las FA,s., siempre pensando que la Defensa es un compromiso que nos obliga a todos.
El derrumbe del Muro de Berlín debe considerarse como el hito que marca un antes y un después en las relaciones internacionales. Es el elemento simbólico que establece la quiebra de la historia contemporánea. Se puede decir que el siglo XXI comenzó entonces. Con la confianza y la seguridad que da el paso del tiempo, lo que supone acumulación de conocimientos y comprensión de los hechos sociales, hay que reconocer que aquél final se estaba anunciado desde hacía años y con demasiadas señales. En las ciencias sociales prever el fiíturo en un sentido virtual no resulta fácil, como mucho se anticipan fijturos con distinta probabilidad en cada uno de ellos. Se prevén ñituros no con el ánimo de acertar con un sentido de certeza, sino de manera que se pueda optar entre ellos. Son muchas y muy distintas las variables que intervienen en cualquier acontecimiento como para que sea posible controlar todas ellas, y, además, siempre hay un proceso de interacción entre todas ellas, lo que dificulta el ejercicio de anticipación. Por otro lado, además de considerar y controlar en el proceso de imaginación del ñituro la incidencia de las variables endógenas siempre hay que considerar la presencia de las variables exógenas. Si la previsión se establece en los términos que supone plantear la estimación en términos de acierto exacto, saber la fecha en la que se produciría la desaparición del muro, la posibilidad de error es considerable. Ahora bien, si esa previsión se plantea en términos de descripción de los escenarios probables, deseables o no, siempre que se produzcan determinados acontecimientos cruzados, las posibilidades de acertar en uno de ellos aumentan de manera importante. En cualquier caso siempre resulta más fácil explicar lo pasado que anticipar el futuro. No es menos cierto también que explicar las causas que provocan los errores en las propias predicciones, además de ejercicio de humildad, supone aportar argumentos que terminarán por hacer progresar el conocimiento. Con el análisis del error se avanza más que reiterando en los aciertos. En el caso que se comenta, las señales que anunciaban el final del modelo de socialismo real eran bastante nítidas. Al analizar las series largas de indicadores principales, y sus tendencias, y al ponerlas en relación unas con otras, sumando a esta relación otros acontecimientos concretos, se percibían perturbaciones que habría que haberlas interpretado como barrunte de que algo importante tendría que pasar. Al conocer papeles reservados que empiezan a salir a la luz, se puede ver que en algunos lugares ya se estaba trabajando con el escenario que terminaría siendo el que ha sido. El ejercicio de anticipar lo que va a ocurrir, en un plazo corto de tiempo, a largo plazo el ejercicio prospectivo es un ejercicio propio de una vana y mera elucubración, está determinado por el dinamismo del sistema del que se pretende averiguar lo que le va a pasar. Cuando la calma caracteriza al sistema, los errores serán menores. Por el contrario, si el sistema se rige por los principios propios de la entropía, todo puede ocurrir. Para explicar este escenario de confusión e indeterminación hay que acudir a las explicaciones de la teoría del caos. En cualquier caso debe quedar claro que los sucesos catastróficos, por su misma condición de excepcional anormalidad, no se pueden anticipar ^. Este preámbulo aparentemente lejano del contenido del título que abren estas páginas se justifica en varios términos y por distintas razones. Por un lado, para destacar la importancia que tuvo la caída del Muro de Berlín en lo que aquí se trata. En segundo lugar, para prevenir que lo que se presenta como futuro probable y deseable respecto a la organización militar, al ejército, siempre que no se indique lo contrario, puede que no llegue a pasar en todos sus términos. En tercer lugar, para poner sobre aviso que la actualidad se caracteriza por cualquier cosa menos por la tranquilidad. Por último, ante las quiebras y las rupturas que en los planos internacional, social y económico debe desarrollarse un esfuerzo considerable por recuperar el orden de las cosas, lo que no supone volver a donde se estaba, ni tampoco a restaurar el orden desaparecido. La historia como mucho se repite, y esto es muy discutible, pero lo que sí ocurre es que nunca regresa a donde estaba. Como le gusta repetir a Anthony Giddens, ahora toca vivir en un «mundo que nos ha cogido por sorpresa». La consecuencia no puede ser otra que aceptar que se vive en un mundo desbocado ^. Los tiempos de tan grandes mudanzas en asuntos importantes no resultan cómodos para vivirlos de manera permanente. Tampoco soluciona nada añorar tiempos pasados, ni buscar soluciones rápidas a problemas complejos. Los cambios que se ensayen deben estar bien medidos pues de otra manera las decisiones que se tomen agravarán todavía más la soluciones que se buscan. Se exige pues coraje para no dar pasos en el sentido de agradar a unos, aunque aparentemente sean mayoría.^ Esta es la idea que debe quedar en todo lo que sigue. No es cuestión de repetir aquí los argumentos de este sutil analista de la modernidad. No obstante es obligación de políticos, gobernantes, gestores, intelectuales, profesores, creadores de opinión y muchos otros más, de hacer lo posible por ordenar este mundo aparentemente caótico y desbocado. No se trata de reclamar la presencia de élites directoras que dicten la solución. Tampoco que ante la complejidad de la tarea, cada cual se desentienda de la obligación que le corresponde de echar también su cuarto a espadas. Deben aportarse diagnósticos, plantear sugerencias, proponer opciones de todo tipo, incluso las aparentemente descabelladas, para que después se opte por alguna de ellas. El consenso sigue siendo necesario, más todavía en cuestiones principales, y la seguridad y defensa es una de ellas. En este mundo desbocado no deberá tener cabida el cómodo eclecticismo. No son de recibo los argumentos que demuestran que cualquier acontecimiento puede legitimarse, como tampoco lo es la idea contraria por la que todo debe ser rechazado por sistema. Habrá que consensuar unas normas y unos comportamientos mínimos que deberán ser aceptados por todos, por la mayoría, en un mismo sentido y con un mismo argumento valorativo ^. Hay que insistir en algo que se acaba de señalar. En este sistema de valores que dará sentido a las conductas y comportamientos de los ciudadanos, incluso las que puedan ser calificadas de excéntricas o disonantes, los valores que se refieren a la seguridad y a la defensa tendrán que ocupar un lugar importante entre ellos. No serán de los principales, en estos momentos de distensión y tranquilidad que se vive, pero tampoco deben ser extraños a los intereses de la mayoría de los ciudadanos responsables' ^. El nuevo orden en las relaciones internacionales, así como los procesos de integración que se están viviendo, introducen una característica nueva en la quiebra del orden antiguo. La noción y el sentimiento de seguridad nacional debe plantearse en términos nuevos y compartidos. No es fácil asumir un cambio tan importante como el que se está viviendo ^. Si siempre la seguridad se planteó en términos de consenso nacional, la politización partidista de la defensa y la seguridad supondrá un daño considerable y llegará a tener efectos perversos para quien lo plantea de manera particular e interesada, esta exigencia es todavía mayor en estas nuevas circunstancias ^. Algo habrá que decir, en segundo lugar, respecto a la probabilidad y deseabilidad de que ocurran, o no ocurran, ciertas cosas. Las dos son opiniones que tienen que ver con el mismo acontecimiento. Marcan así las actitudes fatalistas, esperanzadas, escépticas o frustradas del que opina sobre algo. El tono que pretendo dar a lo que sigue se caracteriza sobre todo por la esperanza. Antes o después, las cosas se alcanzarán. No será fácil conseguir todos los objetivos que se señalan, sobre todo a corto plazo. También hay que reconocer que será costoso alcanzarlos. No faltarán, como no han faltado, esfuerzos de muchos por ir en este sentido. Otros empujarán en sentido contrario, mientras que también habrá que no hará ni lo uno, ni lo otro. Son distintos los argumentos que avalan esta disposición optimista ante lo por venir. Por un lado, la tendencia ineludible que avisa del proceso de convergencia de los sistemas sociales complejos, siempre que no se produzca la quiebra imprevista en la tendencia ^. La convergencia entre los sistemas no tiene que ver que se imiten unos a otros, así ocurre en no pocos casos, sino que la gestión y la administración eficaz de los mismos o parecidos recursos exige utilizar los mismos procedimientos. Siempre que exista una disposición favorable de búsqueda de la excelencia, lo que comienza siendo diferente, termina pareciéndose a lo de los que ya la han alcanzado. Este proceso se acelera todavía más cuando se produce la integración en un sistema de alianzas. En este caso el funcionamiento armonioso del conjunto se debe regir por principios iguales para todos, por lo menos en los aspectos fundamentales ^. Por último, la desaparición de los bloques ha sido el punto de inflexión en el ciclo de la historia moderna. Como se comprobó poco tiempo después, los avisos apresurados que anunciaron el fin de la historia fueron nada más que entusiasmos igualmente apresurados, deducidos a partir de señales derivadas de una concepción lineal y por tanto errónea de los hechos sociales y de la historia ^. Con la ruptura del orden tradicional en las relaciones internacionales, las organizaciones militares surgidas a partir de las necesidades para hacer frente a la Guerra Fría se han visto vaciadas Los ejércitos ante los nuevos escenarios de buena parte de sus contenidos. Esta circunstancia está exigiendo replantear los nuevos conceptos estratégicos, elaborar una nueva doctrina y encontrar nuevas estructuras que respondan a las nuevas necesidades. El nuevo orden internacional ha facilitado, en el caso de Europa occidental, que se consolide un proceso de integración económica y social desconocido hasta ahora, al margen de los éxitos alcanzados en periodos históricos ya lejanos. En el momento actual se han sentado las bases del progreso económico y el bienestar futuro tanto de los miembros actuales de la Unión Europea, como el de los que se incorporarán a la Unión en un futuro inmediato. Las guerras civiles europeas, dentro del espacio comunitario, ya son recuerdos trágicos que forman parte de la historia. Mientras tanto, el vacío creado a partir de la desaparición del Pacto de Varsóvia ha sacado a la luz los potenciales de conflicto que se generaron durante los años de Guerra Fría en su zona de influencia. Desaparecido el elemento vertebrador de un orden totalitario, los conflictos han estallado de manera abierta y violenta. Los tiempos que toca vivir son un buen testigo. En otros casos, el riesgo permanece latente y cabe esperar que terminen por estallar antes o después. La historia no ha llegado a su final. No se discuten los éxitos alcanzados por la convergencia económica y social en una parte importante de Europa. Pero precisamente estos éxitos han sacado a la luz una carencia que debe calificarse como poco de preocupante. La Unión Europea, una de las tres potencias económicas, sociales y culturales que existen en estos momentos, carece todavía de una identidad de seguridad y defensa común. Los últimos acontecimientos lo han dejado bien sentado, de manera especial durante los sucesos que han tenido lugar en Kosovo. No es el único ejemplo que se podría citar. La Unión Europea se está construyendo sobre pilares fundamentales en lo económico y en lo social, pero la solidez de sus cimientos, y en concreto en alguno de ellos, deja bastante que desear por ahora ^°. Además de otros muchos trabajos por desarrollar, la Unión Europea deberá decidir de una vez por todas si desea ser un verdadero actor en las relaciones internacionales, de acuerdo con sus capacidades económicas, sociales y culturales, o seguirá manteniendo el papel de mero figurante en la toma de decisiones. El final de la Guerra Fría sigue condicionando la historia y el funcionamiento de las organizaciones militares que se crearon en los años de la confrontación de los bloques. En el caso de la OTAN ya Jesús Ignacio Martínez Parido se ha comenzado este proceso de readaptación ^^. La UEO tiene que iniciar la reflexión sobre el papel que desea y el que deberá desempeñar en el futuro de la seguridad europea. El debate interno en las organizaciones militares, así como el que se está produciendo entre los responsables de la políticas de seguridad y defensa, exige otro debate no menos importante en la sociedad y en los centros de pensamiento. Se trata de señalar el papel que corresponde a la seguridad, la defensa y los ejércitos en las sociedades modernas y políticamente avanzadas. Los acontecimientos de Kosovo inició este debate de manera acalorada. Al terminar las intervenciones militares el silencio se volvió a apoderar de este asunto ^^. No se discute la importancia y repercusión que ha tenido la desaparición de los bloques militares sobre los ejércitos de^-los países desarrollados. No obstante hay que señalar que la política de distensión y limitación de armas convencionales sirvió de anunció a lo que estaba por venir. Algunos de los cambios actuales se comenzaron a preparar entonces ^^. Considero, no obstante, que el punto de inflexión en la historia de los ejércitos modernos debe situarse en los acontecimientos posteriores, concretamente en los que tuvieron lugar en el Golfo Pérsico, y en los que vinieron después ^' *. Destaco la importancia de estos hechos por varios motivos. Cada uno de ellos se pueden interpretar, por separado, como indicadores anecdóticos y aparentemente menores. Sin embargo, de manera individual y en su conjunto terminan siendo elementos categóricos de un proceso de cambio más profundo. Uno de esos indicadores. A los mandos que dirigieron las operaciones en el Golfo se les limitaron los recursos humanos con los que podrían disponer para cumplir lo que se les pedía. Por lo pronto, los soldados de reemplazo encuadrados en las unidades militares que se desplazarían no podrían participar en las operaciones. El argumento nada tenía que ver con su mayor o menor eficacia profesional, la exigencia se hacía únicamente por razones de imagen política. De esta manera se plantearon problemas de formación de las unidades desplazadas a la zona, así como de desmantelamiento parcial de las unidades que prestaban los recursos y que permanecían en el país ^^. Quedaron plasmadas así las carencias que se venían denunciando por parte de los mandos militares. Ejércitos poderosos, modernos, tecnológicamente avanzados tuvieron problemas para desplazar a la zona un número reducido de soldados. Otra señal de los cambios que se estaban produciendo. A esos mandos se les exigió además que las operaciones deberían plantearse bajo el principio de que no se tendrían que producir bajas, ni víctimas de ningún tipo en las tropas desplazadas. Los gobernantes y políticos se mostraron muy sensibilizados ante esta exigencia de la opinión pública, sus potenciales electores, de sus respectivos países ^^. En el caso de países que contaban con unidades militares formadas por tropas voluntarias, mal llamadas profesionales, España entre ellos, la opinión pública aceptaba sin embargo que el riesgo que entrañaban las operaciones debería correr a cargo nada más que de estas tropas ^^. Se reconocía así dos tipos de tropas, dos tipos de ejércitos en el mismo país. Al planearse las operaciones militares en estos términos de economía de esfuerzos y coste cero en cuestión de bajas, se estaba fijando el tiempo que deberían durar dichas operaciones. Se dejó bien claro que éste debería ser el menor posible ^^. El mandato de las Naciones Unidas se cumplió y las fronteras volvieron a donde estaban antes de la invasión. No obstante, se sigue discutiendo la oportunidad de algunas de las exigencias que se plantearon a los mandos que diseñaron el plan de operaciones, y han aparecido problemas nuevos al cabo del tiempo por no haber previsto los efectos indirectos de las acciones de entonces ^^. La experiencia produjo enseñanzas positivas. Por un lado quedó demostrado que la larga tradición legislativa sobre uso de la fuerza erï las relaciones internacionales queda vacía si no hay una voluntad política decidida y continuada para hacerla cumplir ^^. La cuestión está vinculada a dos aspectos centrales: la existencia de una autoridad soberana que tome decisiones inapelables, y que el concepto de seguridad internacional no responda a intereses particulares. Mientras se llega a esta situación, ideal donde las haya, se aceptó la idea de guerra justa en los términos de defensa de la justa causa. De acuerdo con la exegesis que se deriva del pensamiento comparado, las acciones militares que se enmarcan dentro de estos dos conceptos exige que se debe garantizar la defensa de los bienes y derechos fundamentales, después de haber comprobado que ya no se podía asegurar su defensa de ninguna otra manera, y después de haber agotado el recurso a la negociación. En el caso que se comenta, la legitimidad de la acción quedó garantizada además pues la orden partió de la autoridad superior, la de las Naciones Unidas. También se hizo lo posible para evitar que no se buscara de manera deliberada la destrucción indiscriminada del enemigo. Otras aspectos Parido quedaron en una situación menos clara. Así, que los daños colaterales, expresión que se generalizaría poco tiempo después, fueran los menores posibles y que no se actuaría de manera deliberada sobre la población civil, que el ataque a objetivos militares se llevaría a cabo siempre que fuera vitalmente necesario y como forma de evitar males y sufrimientos mayores, y que el uso de la fuerza fuera proporcional, y que se restaurara el orden justo ^^. Se puso de manifiesto que las tropas que participaron en las acciones estaban preparadas para actuar de manera eficaz, utilizando la concentración de la fuerza y la potencia de fuego, y hacerlo de manera integrada y bajo mando que no era el natural para la mayoría de las fuerzas. No se buscó la derrota del contrario, fin último de la guerra en la teoría clásica. Antes bien, se buscó la creación de una situación en el campo de batalla de manera que las relaciones internacionales actuaran como fuerza definitiva para obligar al contrincante a reconocer la imposibilidad de alcanzar sus objetivos iniciales. Habrá que conseguir en el plano internacional lo que ya se ha alcanzado en el plano de los ejércitos modernos. En las sociedades avanzadas los ejércitos, considerados como las únicas organizaciones institucionales que administran la violencia legítima del Estado, responden a los intereses de la soberanía nacional y están sometidos al poder legítimo que emana de la soberanía nacional En ningún caso los ejércitos son mercenarios, aunque tengan la denominación de ejércitos profesionales, pues ya no defienden los intereses de ningún grupo, interés o clase social concreta. Es más, los ejércitos están obligados a defender incluso a los individuos que reclaman su desaparición. Los ejércitos son y pertenecen a la nación ^^. Si falta mucho para que se alcance una identidad y cultura de defensa europea común, ya se han comprobando las ventajas que supone la colaboración y la integración de unidades pertenecientes a distintos ejércitos. Se ha podido comprobar que esta es la única manera posible de hacer frente a los problemas de la defensa en el nuevo escenario internacional ^^. Debe destacarse que en una organización institucional, con un fuerte componente nacional como es el ejército, aceptar este principio no ha supuesto grandes problemas que hayan afectado al cumplimiento de las misiones encomendadas ^^. Aunque no está plenamente asumido, comienza a formar parte del acervo de la nueva cultura política que ya no se puede estar solo en un mundo que aspira a ser cosmopolita. Un mundo donde los problemas ajenos dejan de serlo, la mundialización implica ser partícipes en tiempo Los ejércitos ante los nuevos escenarios real de lo que les ocurre a los ciudadanos de no importa qué nación. Esto supone un cambio importante en los sistemas y planes de enseñanza que deberán incluir la formación en estos valores universales ^^. La participación en los beneficios en cuanto miembros comunitarios de distintos tipos de alianzas supone participar también en los costes que crea esta participación. De acuerdo con el pensamiento de los tratadistas militares, al tiempo que se asume la defensa colectiva, el hecho de ser miembro de una alianza militar debe reforzar la seguridad de los intereses propios, disminuyendo en lo posible los costes de esa defensa particular ^^. Ajustar los ingresos y gastos en este sentido lleva su tiempo. Puede ocurrir incluso que los gastos en un capítulo presupuestario aumenten, mientras que los beneficios, tangibles o intangibles, se recuperan en otros. En un plano más concreto y también menor, el resultado positivo de las experiencias militares de los últimos años ha arrinconado de manera definitiva el modelo de organización militar basada en la recluta universal y obligatoria ^^. Se asume de manera unánime que los ejércitos a partir de estas experiencias deben organizarse con profesionales de carrera, los militares que hacen de lo militar su oficio, y los soldados que lo son por razón de UQ contrato temporal ^^. El proceso de tránsito no está resultando fácü, ni cómodo para ninguno de los ejércitos que han tomado la decisión de transformar su sistema de reclutamiento ^^. Volviendo al principio de estas páginas. Las acciones que se desarrollaron en el Golfo fueron el punto de inflexión en esta faceta en la historia de los ejércitos modernos. Los problemas que se plantearon a partir de entonces no surgieron de manera espontánea. La mayoría eran conocidos desde hacía años. Cabe esperar que los costes de improvisación, en algunos casos, no terminen por hipotecar el futuro que cabe esperar y desear para el futuro de los ejércitos. Los ejércitos de los países avanzados se encuentran inmersos en un complejo proceso de cambio en su organización que coincide ahora con un proceso de cambio global no menos profundo. La interacción entre estos dos procesos refuerza las contradicciones y dilemas a los que deben hacerse frente, pero también crea posibilidades que no se podrán desechar. Las tendencias sociales que están definiendo el mundo desbocado que describe Anthony Giddens tienen que ver, en primer lugar, con la globalización, mundialización según otros autores, que a su vez supone el comienzo del final del Estado Nación en su concepción clásica. En segundo lugar, por la transformación de la vida cotidiana, la crisis de los valores tradicionales, cambios en las pautas y comportamientos entre los individuos y las generaciones. Por último, las implicaciones de la ciencia y la tecnología en los dos puntos anteriores. De manera esqueínática, este es el escenario en el que se están moviendo los ejércitos de las sociedades modernas, junto con las demás instituciones y organizaciones sociales complejas. Sin embargo, los problemas fueron anticipados y argumentados con rotundidad. Hace algo más de cuarenta años, Morris Janowitz señaló que los militares, en cuanto grupo profesional, tenían que encarar una importante crisis que la resumía en la siguiente pregunta: «¿Cómo pueden organizarse para cumplir sus múltiples funciones, que incluyen la disuasión estratégica, la guerra limitada y las más amplia responsabilidad política y militar?» ^^. Las organizaciones complejas, el ejército siempre lo ha sido, deben adaptar su organización para poder incorporar los adelantos y descubrimientos en cualquier campo de las ciencias y del conocimiento. Es la manera de que puedan cumplir con mayor eficacia los objetivos, también cambiantes, que se les asignan. El ejército, en cuanto institución, que también lo es, debe llevar a cabo esa adaptación de manera que lo nuevo no entorpezca los valores y símbolos tradicionales que lo caracterizan ^^. El proceso de cambio es tan importante, de acuerdo con lo anterior, que el ejército debe definir su doctrina en función de los nuevos riesgos, de su integración en las organizaciones supranacionales de defensa, así como por las nuevas obligaciones que asume, etc. El proceso cambiante de la política de seguridad exige a su vez la adaptación también constante en la política de defensa y militar de cada país ^^. Si los cambios en la parte orgánica son fundamentales, no lo son menos los cambios que se producen en los conceptos básicos de la cultura militar. Las relaciones con el sistema político en particular y con la sociedad en general también deben adaptarse a partir de las nuevas circunstancias ^^. Como avisó Janowitz, los militares deberían hacer frente a la crisis que les suponía el esfuerzo de adaptación constante y tener que desarrollar papeles bien distintos para los que fueron formados. En definitiva, los militares tendrían que plantearse nuevos conceptos sobre su propia esencia. Este proceso de adaptación y crisis se ha acelerado desde entonces. Ante los problemas profesionales que se derivan de la distensión, las nuevas misiones, el nuevo papel de la defensa en la sociedad occidental, que está por definirse, habrá que concluir que la situación de crisis anunciada se hace permanente. Más que hacer frente a una crisis el militar Los ejércitos ante los nuevos escenarios del presente, y el del futuro, tendrán que gestionar la crisis que le va a acompañar en el ejercicio de su carrera como un componente más de su profesión. Por otro lado, los análisis comparados señalan que esta situación es semejante a la que se enfrentan otras muchas profesiones y organizaciones. El proceso de adaptación supone, y supondrá, que las estructuras de los ejércitos modernos deberán integrar lo nuevo en lo viejo. Cada nuevo avance tecnológico, cada nuevo procedimiento, o las nuevas obligaciones compartidas exige integrarlas en la organización y en la tradición existente. Ni la estructura, ni la cultura profesional pueden cambiar ante cada nueva exigencia. Tampoco serán otros militares los que tendrán que trabajar con esas novedades. Un reto más para los planificadores de los sistemas de formación y promoción. Los planes de estudio no podrán abarcar todas las exigencias de los escenarios profesionales de los distintos futuros que cabe imaginar. Se exigirá reforzar lo verdaderamente esencial, lo troncal de la profesión militar, facilitando después la incorporación de lo que sea necesario. Una característica que se exige a los profesionales que se encuentran ante procesos de cambio importantes es que su personalidad debe permitir y aceptar los cambios. Que asuma el principio de que el éxito personal, profesional y el de la propia organización se asegura a partir de la aceptación de lo culturalmente diferente que sea de interés y racionalice sus tomas de decisiones. Que esté dispuesto a participar y utilizar elementos simbólicos que pertenecen a otros grupos. Que desarrolle su capacidad crítica de lo que hace. Que anule las conductas de rutina. Que sea capaz de crear y mantener equipos integrados. Que sea uno más entre todos los miembros del' grupo. Que haga suyos los fines de la organización, pues ha participado de alguna forma en su enunciado. Son algunos rasgos de la nueva personalidad que debe tener todo líder de una organización compleja que se adapta eficazmente al mundo cambiante ^^. Dos efectos tiene estos hechos que se señalan. Por un lado, al disponer el ejército de recursos más eficaces no va a asumir por ello y de manera automática misiones que no le corresponden, o que comience a actuar de manera independiente. Esta circunstancia tampoco va suponer que la modernización le convierta en un nuevo grupo de presión, o que recupere esta condición que pudo tener en el pasado. Por otro lado, ante las exigencias técnicas, la organización puede optar por aumentar e incorporar nuevos elementos a un organigrama ya complejo. Hay abundante literatura comparada que demuestra las ventajas de no hacerlo, así como los^ inconvenientes que se crean si lo hace. La experiencia ajena, miliar, civil, se puede y se debe aprovechar en el sentido que interesa aquí ^^. El dilema al que tienen que hacer frente los ejércitos modernos es que no pueden hacer ninguna de las dos cosas. Su mayor poder debe contrarrestarse con el ejercicio de un mayor autocontrol si cabe, aumentando todavía más su dependencia del poder político. Por otra parte, el tamaño de la organización debe reducirse por razón del aumento de su eficiencia, así como por compartir las misiones dentro de una organización supranacional. Es otro de los efectos benéficos que se obtienen de los dividendos de la paz. La adaptación organizativa exige el replanteamiento de las funciones de cada elemento del organigrama. En unos casos otorgando nuevas funciones a los que no las tenían, caso de los mandos inferiores, incluso a los soldados, mientras que en otros puestos se deberán asumir funciones que desempeñaban los subordinados. Este proceso de reorganización del organigrama y la estructura militar tiene un efecto no menos importante. En los ejércitos de recluta universal y obligatoria el soldado aportaba además la condición de ciudadano. En cambio, en el modelo de ejército hacia el que se va, el soldado sigue siendo un ciudadano, pero se destaca de él sobre todo su condición de especialista en el conocimiento o en la habilidad por la que ha sido contratado. El cambio es muy profundo y tiene implicaciones importantes que van desde lo simbólico, hasta el sistema de trato y de relación dentro de la organización militar. El distanciamiento entre lo militar y lo civil es solo aparente, siempre que quede garantizado el principio de que la seguridad y la defensa es un bien de todos, o de la mayoría. Se refuerza si cabe todavía más el mandato de la sociedad hacia sus militares para que sean los que administren la violencia legítima del Estado. Por razón del aumento de los recursos disponibles, el control y gestión de los mismos tiene que hacerse de acuerdo con los intereses de todos. El ejército será ef gran mudo en materias que no sean de su incumbencia, pero tendrá que ser escuchado con atención en las que sean de su competencia. Podrá existir el riesgo de que ante la especialización creciente de las actividades que tienen que ver con la seguridad el ejército pretenda imponer sus criterios. Y habrá que evitar otro riesgo no menor. En la definición de la política exterior, la parte que tenga que ver con la seguridad, se tendrá que tener en cuenta las posibilidades y limitaciones del ejército para cumplir los objetivos que se le puedan marcar ^^. El nuevo papel y los nuevos contenidos de la seguridad y la defensa crea una nueva situación paradójica. Las actividades y funciones mi-Los ejércitos ante los nuevos escenarios litares en sentido tradicional se reducen cada vez más. Lo militar en el sentido tradicional tiende a desaparecer. En términos simbólicos se llega a identificar lo militar nada más que con las nuevas misiones de paz. Sin embargo las nuevas misiones que se encomiendan a los ejércitos les hace ser cada vez más visibles. La acción destacada de un militar cualquiera, o la acción reprobable cometida por un militar aislado da lugar a que la noticia sea conocida en los lugares más insospechados, o que tengan que intervenir las más altas autoridades con el fin de premiar la acción, o para justificarla y sancionarla ^^. El autocontrol es una exigencia que cobra mayor importancia si cabe en estos momentos. La exigencia va desde el jefe de la misión, hasta el último soldado recién incorporado ^^. Es el lado positivo que apenas se puede poner en cuestión. Pero hay un aspecto conflictivo que refuerza la crisis de identidad del militar ante la nueva situación. ¿Qué sentido tiene una profesión que no puede actuar, o tiene que limitar su actuación teniendo los recursos para hacerlo?. Donde el autocontrol, las precauciones y las cautelas de todo tipo suponen una clara pérdida de eficacia en sentido estricto. Son algunas preguntas que se hacen tanto los mandos, como los soldados. Para salir de estos dilemas, el fuerte convencimiento de lo que se hace y cómo se hace es fundamental. Esto exige que todos los miembros de la acción participen de estas mismas realidades. Supone que en la nueva organización militar existe una comunicación fluida entre todos los miembros del grupo y que por eso mismo, todos se sienten miembros de un mismo equipo ^^. El sentimiento de pertenencia al grupo es básico en las organizaciones complejas. Se ha estudiado en el ámbito civil y en el militar. El éxito y el fracaso está condicionado en buena medida por su presencia, o por su ausencia. Es un requisito de las organizaciones sólidas tanto en épocas remotas, como en las actuales, en las que cuentan con recursos sofisticados o con toda suerte de limitaciones. Como se ha dicho, la abundancia de la literatura que lo corrobora es muy amplia. La idea de refuerzo del sentimiento de grupo lleva aparejado cambios significativos en el sistema de valores de la organización, en sus códigos de conductas, así como en el que regula los premios y los castigos. Por supuesto que repercute a su vez en el sistema de selección, formación y promoción de sus miembros, sean permanentes o temporales. En una estructura jerárquica, la militar es una de las muchas que lo son, el concepto de autoridad es irrenunciable y pone en peligro a todos sus miembros si llega a flaquear en momentos decisivos' ^^. Esa autoridad y el poder que se ejerce en su nombre debe responder a criterios de grupo. Donde la solidaridad del mismo salga reforzada. Dado que la autoridad militar viene asignada en un primer momento, al terminar el proceso de formación después de demostrar una serie de conocimientos y habilidades en un proceso de enseñanza, el ejercicio profesional debe desplazar este tipo de autoridad por el de una autoridad reconocida en razón de los méritos que otorga tanto el superior, como los subordinados. En otro plano, el ejército moderno es una organización compleja que integra acciones y profesionales aparentemente diferentes entre sí. Las operaciones militares convencionales exigen militares con unas características de acción, diferentes a las que debe desempeñar el militar encargado de las misiones de paz, que deben ser más propias de la diplomacia y la negociación. Junto a ellos existen también gestores, administradores, técnicos y pensadores ^^. Todos ellos son necesarios para la complejidad deje de serlo, o lo sea en la menor medida de lo posible. Alcanzar el equilibrio entre estos distintos tipos de militares no es fácil a la hora de fijar plantillas, promover a destinos superiores, o poner al mando de la unidades a los jefes adecuados. Es otro elemento más de la crisis de los ejércitos modernos. Queda por saber si el proceso de formación unificado en el mismo centro militar seguirá siendo de utilidad en el futuro inmediato. Habrá que averiguar si no será más rentable incorporar a profesionales civiles, asignándoles una autoridad militar temporal, para que desempeñen funciones técnicas concretas. La marcha de la historia parece que da la razón a quien suponía que las guerras, en el sentido convencional de enfrentamiento de los ejércitos de países contendientes, han desaparecido. En el caso de los países europeos, de la Unión Europea, no hay duda que esto es así. El deseo de que no hubiera más guerras en Europa se ha cumplido. Pero se ha cumplido para un número reducido y selecto de países, los más desarrollados que, por otra parte, son los menos. Como en otras circunstancias, ésta también es una situación excepcional. Parece como si la guerra solo apareciera en el horizonte de los países menos desarrollados. En parte es así, pero la experiencia nos ha demostrado que no lo es del todo. La violencia extrema también se da entre países que han sido la cuna de la civilización moderna, o que pertenecen a la misma cultura. La guerra se aleja del horizonte del progreso, pero no ha desaparecido del todo de él. Pensar que los ejércitos debían transformase de manera radical para hacer frente nada más que a las nuevas misiones de paz es además de aventurado, arriesgado ^^. Las mismas unidades militares Los ejércitos ante los nuevos escenarios tienen que desempeñar misiones bien diferentes en su planteamiento, exigencias y desarrollo. En unos casos ejercen el control de espacios conflictivos, se han interpuesto entre fuerzas combatientes, han protegido a poblaciones desplazadas de sus territorios, y esas mismas tropas han tenido que combatir en otras ocasiones. Es otro elemento más que refuerza la situación de crisis a la que se tiene que hacer frente. No es fácil pasar de un papel a otro, y hacerlo en poco tiempo y desarrollando la mayor eficacia posible en cada caso. Tener una organización que pueda hacer frente a tantas necesidades y tan dispares entre sí es costoso y exige una gran flexibilidad operativa que no está al alcance de las economías y los recursos de todos los países ^^. La ventaja de participar en alianzas es que se producen economías de escala que permite reducir costes, al tiempo que se obtienen beneficios. Se podría decir además que en determinadas circunstancias, que vienen condicionadas en buena medida por el espacio físico y el geopolítico que se ocupa, no se permiten otras opciones en materia de defensa como podría ser el aislamiento ^^. Ir en contra de la historia y la realidad es arriesgado y supone incurrir en costes de oportunidad muy elevados. A la hora de calificar el nuevo tipo de organización militar se han propuesto dos denominaciones: ejército ocupacional, y fuerza armada policial' ^^. Con la una y la otra se trata de caracterizar los aspectos que dominarán en los ejércitos modernos y en los del futuro. En un caso, el ejército ocupacional, supone que será una profesión más que deberá regirse por las leyes del mercado laboral como forma de asegurar, mantener e incluso aumentar su eficacia. El modelo de ejército policial insiste en desatacar que es una organización suficiente, reducida, dispuesta a actuar en cualquier momento y eji cualquier lugar, haciendo uso de la fuerza de manera que sea capaz de desequilibrar el sistema de relaciones entre los contrincantes sin que se tenga que llegar por ello a la derrota del enemigo ^^. En este modelo de ejército que se imagina en el futuro, los estímulos y recompensas no se puede pretender que sigan los mismos principios que los que se siguen en una corporación empresarial. Los salarios en el ejército nunca podrán competir con los de la empresa privada, ni tampoco con los de determinados servicios de la administración pública. Algunas actividades militares no se podrán regir por los mismos sistemas de retribución ^^. Como se ha demostrado en otras organizaciones institucionales de carácter civil, las recompensas monetarias por lo general no sirven de estímulo a sus profesionales. Incluso se llega a interpretar en el sentido de que con ello la organización trata de comprar voluntades. A partir de un momento, son otras las motivaciones que tienen mayor capacidad de movilización. Así, sentirse satisfechos con el cumplimiento del deber asumido de manera voluntaria, ser reconocidos como servidores de un bien superior, el de la seguridad de todos, o el ser reforzados en la autoestima por la organización y desde fuera de ella. Son algunos mecanismos de compensación que demuestran mayor eficacia que el salario' *^. En esta satisfacción mucho tiene que ver el modelo de carrera que se ofrece a los miembros del ejército. De la carrera cerrada donde los méritos apenas contaban pues todo quedaba reducido a que pasara el tiempo, se tendrá que pasar a un modelo de carrera abierto que estimule la competencia. De esta manera todos saldrán beneficiados, y por supuesto la propia organización. Habrá que evitar que el estímulo de la competencia produzca otras disonancias. El interés desmesurado de unos pocos no puede poner en peligro el funcionamiento de la organización, o la carrera de los demás. Las carreras particulares deberán responder a las exigencias de la organización militar. Queda por resolver en estas organizaciones complejas el papel que corresponde al profesional innovador. Siempre que la novedad no responda a intereses particulares, la organización deberá saber aprovechar las innovaciones y la iniciativa particular. No será fácil en cualquier caso hacerlo, pero tampoco se deberá cerrar esta posibilidad ante las dificultades que supone. El ejército, todos los ejércitos, han sabido incorporar a los militares que han realizado acciones excepcionales en situaciones también excepcionales. No es menos cierto que también, en no pocos casos, esa incorporación de lo excepcional ha sido fuente de problemas y tensiones internas ^^. En el mismo plano de incongruencias, el ejército moderno exige y estimula a sus miembros que desarrollen un mayor conocimiento y responsabilidad. Esto genera de manera inevitable una actitud crítica contra la profesión y la organización. Por parte de la organización debe existir la disposición a aceptar las críticas internas, e incluso a estimularlas como forma de ganar en eficacia e integración, pero como se ha comprobado, hacerlo no resulta fácil, ni tampoco cómodo ^^. Termino con una cita de Janowitz por la que no ha pasado el tiempo. Recuérdese que el texto de donde sale está escrito en 1960. El subtítulo del epflogo donde aparece es toda una premonición: control de la frustración. Al principio de estas páginas señalaba que el militar Los ejércitos ante los nuevos escenarios del futuro, que será como es el de ahora, tendrá que gestionar la crisis que supone hacer frente a profundos cambios en el oficio militar. La crisis puede suponer creación. Habrá que evitar, como se dice en el texto, que se transforme en frustración. Habrá que tener en cuenta el análisis que en otros aspectos fue toda una premonición. Cabe esperar que así sea. «En la sociedad (moderna) el futuro de la profesión müitar no es exclusivamente responsabilidad militar; por el contrario, descansa en la vitalidad del liderazgo político-civil. (Con el fin de) asegurar la competencia profesional de la estructura militar e impedir el desarrollo de un negativo sentido de frustración. Con este fin, las autoridades tienen que satisfacer los siguientes requerimientos: primero, limitar los objetivos militares a aquellas metas consideradas posibles y realizables; segundo, ayudar a la formulación de la doctrina militar, en la que medida en que esta se convierta en la expresión unificada de los objetivos políticos nacionales; tercero, mantener un sentido de autoestima profesional en los hombres de armas; y cuarto, crear nuevos recursos para el ejercicio del control político-democrático» ^^. ^ Un magnífico ensayo donde se introducen estas cuestiones en las ciencias sociales es de Ubaldo NIETO DE ALBA, Historia del tiempo en economía. Predicción, caos y complejidad. ^ Anthony GIDDENS, «Un mundo desbocado», en Textos de Sociología, núm. 5. Departamento de Sociología III de la UNED. Dada la notoriedad que han cobrado sus análisis y propuestas no resulta difícil encontrar diferentes ensayos del autor publicados recientemente en España. ^ Francisco MURILLO y José Luis PlNlLLOS analizan con detalle estos problemas centrales que presenta la postmodernidad en España. Lo hacen precisamente en el prólogo y en epílogo de la obra de Amando de Miguel, La sociedad española 1993-94. A modo de paréntesis, estos dos ensayos son fundamentales para comprender los datos y las explicaciones que da Amando de Miguel y su equipo. ^ Si se hace caso a las encuestas, y no hay razón para no hacerlo, la población española valora la seguridad como un bien social básico, imprescindible y que no se puede perder. Cierto es que se trata de un concepto de seguridad inmediato y personal, pero lo importante es que se reclama seguridad. No es menos cierto que ante los asuntos de la defensa esos mismos entrevistados se muestran bastante ajenos. Ante esta ambivalencia, queda por hacer la labor pedagógica, en sentido figurado y en el real, de imbricar lo uno en lo otro. También en este aspecto habrá que seguir haciendo esfuerzos por arrumbar los prejuicios que todavía están presentes en estos asuntos. Parido ^ Los análisis comparados de encuestas de opinión de distintos países, desarrollados y modernos, indican que hay un consenso en que las cosas que tienen que ver con la seguridad deberán ser así, pero de acuerdo con esos mismos datos todavía falta para que la idea sea asumida por todos y en los términos de costes y renuncia a los símbolos propios. ^ La seguridad no es el único asunto de la vida colectiva donde se exige el consenso. La sanidad, la enseñanza, la política exterior y los asuntos de la hacienda pública son otros tantos asuntos donde no cabe la defensa o la imposición de lo particular. Los documentos denominados Libros Blancos de la Defensa, documentos de interés fundamental que sirve de declaración de principios fundamentales del Estado y la sociedad en cuestión, reflejan todos ellos esta exigencia y este acuerdo de consenso. Que no se haya publicado todavía en España un texto de estas características puede entenderse que falta xm buen trecho por recorrer en esta materia principal de la cultura política. Se acaba de presentar, por fín, el Libro Blanco de la Defensa. El anuncio se realizó con el Parlamento disuelto. La oportunidad no ha sido la mejor. Se vulnera así el principio básico. La seguridad y la defensa debe ser asunto de todos. ^ Como se dice en el texto de Ubalbo NIETO, cuando los sistemas se hacen complejos y se encuentran integrados en otros más complejos todavía, las perturbaciones no se anulan, pero su incidencia es más controlable y predecible. ^ Michel CROZIER, a partir de su larga experiencia como analista de las organizaciones complejas, reconoce que estas tendencias de progreso únicamente pueden ser torcidas por la ineficacia manifiesta de algunos dirigentes. Se pueden ver sus argumentos bien razonados en su trabajo: La crisis de la inteligencia. Ensayo sobre la incapacidad de las élites para reformarse. En este trabajo se señala que la selección, renovación y promoción de los gestores de alta motivación de logro garantiza buena parte del éxito. ^ En el campo de la sociología de lo militar también hubo un anuncio y un error semejante. Charles C. MOSKOS anunció, en el Congreso Mundial de Sociología celebrado en Madrid, y previno a los estudiosos de lo militar que habría que ir buscando otros objetos de análisis pues el fin de las guerras arrinconaba de manera definitiva los ejércitos tradicionales. El anuncio se hizo justo cuando se estaba a punto de invadir Kuwait. ^^ No resulta fácil improvisar en materia tan compleja, tampoco es deseable. En la exposición de motivos del Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea poco se decía, y menos se legisló, sobre este punto que trata de la seguridad colectiva. Se dijo que los países firmantes estaban: «RESUELTOS a consolidar, mediante la constitución de este conjunto de recursos (sobre los que se legislaba en el Tratado) la defensa de la paz y la libertad e invitando a los demás pueblos de Europa que participen de dicho ideal a asociarse a sus esfuerzos». No se fue más allá de esta primera y única declaración de buenas intenciones. Años más tarde, en el Tratado de la Unión Europea ya se reconocería esta necesidad de garantizar la seguridad de todos. Ahora se dice que: «RESUELTOS a desarrollar una política exterior y de seguridad común que incluya la definición progresiva de una política de defensa común que podría conducir a una defensa común de acuerdo con las disposiciones del artículo 17, reforzando así la identidad y la independencia europea con el fin de fomentar la paz, la seguridad y el progreso en Europa y en el mundo». El inconveniente es que queda por hacer casi todo para alcanzar objetivo tan noble. Pueden verse los problemas que plantean en la construcción europea los desfases entre las políticas encaminadas a consolidar el desarrollo económico, y las que tienen que ver con la política exterior y de seguridad común, en los trabajos bien documentados que se citan a continuación. Marcelino OREJA y Francisco FONSECA MURILLO (Director y Coordinador respectivamente). El Tratado de Amsterdam. ^^ La experiencia en Kosovo no ha resultado gratificante para ninguno de los países que participaron en ella. Ha sacado a la luz problemas fundamentales a la hora de tomar, imponer y justificar decisiones en la marcha de las operaciones militares. ^^ Queda claro que el debate intelectual exigirá dejar a un lado los prejuicios debidos a la adscripción militante a escuelas e ideologías. Como queda dicho, todos deberán aportar ideas. Lo que habrá que evitar es que los pre-juicios se transformen en prejuicios. Valga una referencia de este talante en la cita que sigue. Responde a una idea que habrá que arrinconar de una vez por todas. Pudo ser cierto en un momento histórico bien distinto al actual, ahora ya no se sostiene. «Con el logro de una capacidad destructiva total,'la guerra ha perdido por completo cualquier función social' y política. Esa es la raíz de la crisis conceptual de lo militar, pero también es inicio de una perversión nunca igualada hasta ahora del sistema económico-social que no puede prescindir de esa reducción al absurdo de la violencia institucional». Manuel SACRISTÁN, citado por José Luis GORDILLO, La objeción de conciencia. Ejército, individuo y responsabilidad moral. ^^ Un análisis comparado, de carácter generalista, de estos efectos puede verse en el trabajo dirigido por Patrice BUFFOTOT, La défense en Europe. En esta obra se hace un repaso a los cambios a los que estaban haciendo frente los países que formaban parte de la Unión Europea en sus políticas de defensa. Al análisis se añaden los casos de Islândia y Noruega. •^'^ El autor citado dirigió unos años antes un trabajo semejante al que se acaba de señalar. Por su parte, la Fondation pour les Études de Défense (FED) organizó a lo largo de 1994 y 1995 un seminario de carácter internacional donde se debatió el proceso de transformación de los ejércitos de recluta universal al nuevo modelo de recluta voluntaria. Italia también se planteó esta misma cuestión en foros de debate el que participaron políticos, militares, universitarios e investigadores, con amplio eco en la prensa y con varias publicaciones. España no fue una excepción. Es una lástima que los debates de la Comisión Mixta creada en el Congreso al efecto no tuvieran tanta repercusión pública como la que tuvo entre los países vecinos. ^^ Con lenguaje castizo, se desnudó a un santo para vestir a otro. Se pudo cumplir lo que se mandó, pero nadie terminó estando a gusto por la forma como se hizo. ^^ La opinión general, recogida mediante encuestas, que habría que matizar según los países participantes en las operaciones, era que necesariamente había que intervenir para restaurar la situación que había sido violentada. Más todavía cuando dichas operaciones se amparaban bajo el mandato de las Naciones Unidas. Esa unanimidad desaparecía cuando a los entrevistados se les preguntaba sobre esa disposición favorable en el supuesto de que hubiera bajas propias. En este caso el apoyo a la intervención disminuía de manera considerable. No ocurrió así en todos los países, la opinión pública de Estados Unidos y Gran Bretaña, por señalar las opiniones más contundentes, mantenían su apoyo a pesar de este escenario desfavorable. Esta disposición al sacrifício y al esfuerzo desigual entre los aüados sería utilizado más tarde como argumento para establecer diferencias entre ellos. Las ventajas políticas y económicas que vinieron después se repartieron siguiendo este desigual principio de participación en el esfuerzo. ^'^ Al aceptar los políticos de turno este principio se estaba aceptando a su vez el final del ejército de recluta universal. Se manifestaba así la excentricidad que suponía tener estos dos tipos de soldados en una misma unidad. ^^ Se actuaba en términos de eficiencia empresarial. No era algo nuevo en la doctrina militar. El origen de este tipo de conducta formaba parte de los principios clásicos de la doctrina militar en el empleo de los hombres y el material que debería seguir todo jefe militar que se preciara de ser un verdadero líder en el combate. Se volvía a descubrir lo que se había obviado en otras operaciones militares de la historia reciente. Se trataba de concentrar el esfuerzo adecuado para conseguir el objetivo que asegurara el éxito, reduciendo en lo posible los costes propios. Se puede ver el desconcierto inicial que produjo estas exigencias en los mandos militares al repasar las memorias del que fuera Jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire francés durante estos acontecimientos. Paris: Jean Picollec, 1997. ^^ Como todo hecho político de gran transcendencia, aquél también estuvo cubierto de luces y sombras, de manipulaciones en el campo de la información, así como de sonoros silencios, que se van conociendo conforme pasa el tiempo. El análisis histórico dejará las cosas en su sitio. ^^ Un análisis exhaustivo de esta materia se puede ver en Castor M. DÍAZ BARRADO, El Uso de la Fuerza en las Relaciones Internacionales. ^^ Aprovecho la ocasión para hacer homenaje y mostrar una vez más mi agradecimiento al profesor Alvarez Bolado por haberme introducido en materia tan importante como es el papel que juega el pensamiento teológico en los asuntos que tienen que ver con la seguridad, las declaraciones de las Iglesias en este sentido, así como la legitimación moral de los ejércitos y los militares en la sociedad moderna. El artículo de Heinz Eduard TõDT y Alfonso Alvarez BOLADO, «Paz», en Fe cristiana y sociedad moderna. Ediciones SM, es de gran interés para conocer la postura y su evolución de las distintas confesiones religiosas en estos temas. Es una lástima que el artículo termine en la reflexión sobre la disuasión nuclear. Aunque sigue siendo un debate de gran interés, comienza a formar parte ya de la historia. Cabe pensar que alguien continuará la trayectoria de Alvarez Bolado y estará trabajando sobre los problemas que plantean las nuevas acciones militares en los nuevos escenarios internacionales. ^^ Parte del éxito de la transición política española ha consistido precisamente en resolver el problema militar en este sentido. Recuérdese el planteamiento clásico que hizo Balmes a finales del siglo pasado. Años más tarde y en otras circunstancias Dionisio Ridruejo insistió en el análisis y en el diagnóstico. La brillantez del argumento se puede en su obra seminal Escrito en España, hay varias ediciones. ^^ Los ejércitos fueron, y siguen siendo, la última razón del rey, de la autoridad legítima del Estado que debe responder ante la soberanía nacional. Las dificultades que se plantean en el nuevo orden internacional se debe a que no existe una autoridad Los ejércitos ante los nuevos escenarios mundial que responda ante la soberanía mundial. Las Naciones Unidas no son el gobierno del mundo. Hay demasiadas experiencias donde se demuestra que la acción de las Naciones Unidas, o su parálisis responde a intereses concretos de las naciones en cada caso. También aquí se requiere un esfuerzo considerable para adaptar la organización mundial al nuevo orden que poco tiene que ver con el que justificó su constitución. ^^ El sentimiento de orgullo nacional ha estado más presente en otros grupos sociales de la opinión pública. Se han podido escuchar argumentos en contra de la integración definitiva en la OTAN, al tiempo que se aseguraba que no habría tropas españolas bajo mando «extranjero». En su momento se afirmó con rotundidad que las tropas españolas nunca saldrían de España. Precisamente esto se decía en los momentos donde se empezaban a dar los primeros pasos en la espacio comunitario. La realidad de los hechos arrinconó con prontitud y sin desgana alguna lo que no era otra cosa que una mera declaración partidista. Por otro lado se rechazaba esta integración con el argumento de garantizar la soberanía nacional, así como los intereses nacionales, mientras que se aceptaban otras decisiones que tenían que ver, por ejemplo, con los intereses económicos. ^^ En este sentido hay que traer aquí algunas de las conclusiones de los informes en los que se evalúan los actuales planes de enseñanza. Se destaca el localismo parroquiano de buena parte de los contenidos y actitudes que deberían ser universitarios, universales. Las acusaciones de inmovilismo que se hacían hasta no hace no tanto tiempo al ejército, se pueden hacer ahora sin grandes problemas a otras instituciones. ^^ Hay que citar en este sentido el pensamiento ilustrado de Santa Cruz de Marcenado y de Villamartin. Debe reconocerse que aunque en términos legales el servicio militar fuera obligatorio, para todos los jóvenes varones que reunieran unos requisitos determinados en cada ocasión, el criterio de universalidad en pocas veces se alcanzó. La propia legislación, por acción o por omisión permitía la exención de este servicio a la comunidad de un número significativo de jóvenes. Así, el servicio militar terminaba pesando más sobre unos, y no sobre todos, como se pretendía. En los trabajos del seminario organizado por la FED, citado más arriba, se dio cuenta que pocos países se libraron de esta situación ambivalente. Esta excentricidad entre la declaración legal del principio y la realidad era mayor en los países donde no existía la figura jurídica del servicio nacional, que se podía prestar con las armas, o desarrollando otras actividades de carácter comunitario. ^^ Esa condición de temporalidad también la podrán tener algunos mandos, sean de la condición de suboficiales u oficiales. Como he comprobado en diferentes encuestas, esta condición fundamental en la nueva organización todavía no está bien asumida por los nuevos soldados, ni tampoco explicada con la intensidad que debía por parte de los mandos. ^^ En los archivos y bibliotecas militares existen planes antiguos donde se trabajaba con la hipótesis de contar nada más que con soldados voluntarios. La decisión última, por lo que se puede ver en los documentos de la FED, fue debida a una iniciativa política. En unos casos meditada, en otras por razones de coyuntura electoral. En cualquier caso, existen igualmente informes donde se avisaba de los problemas que se iban a plantear. En algún momento había que explicar y dar cuenta de las sinrazones que movieron a no tener presente estos anuncios bien documentados. ^^ La cita se encuentra en el prefacio de su obra seminal. Queda por averiguar las razones que explican el olvido interesado de las hipótesis sugerentes que planteó en el trabajo que se cita, así como los que desarrolló en otras investigaciones. No cabe la menor duda que muchos de los errores y desajustes funcionales que se han producido entre nosotros se podrían haber obviado. Morris JANOWITZ, El soldado profesional. Dos análisis profundos de esa disfuncionalidad pueden verse en Ramón PARADA VÁZQUEZ, «Modelos de función pública y función pública militar», en Manuel RAMÍREZ JIMÉNEZ (Editor), La función militar en el actual ordenamiento constitucional español. Los trabajos formaron parte de un seminario desarrollado en la Academia General Militar de Zaragoza. El otro trabajo es el de Pedro ESCRIBANO TESTAUT, «La carrera militar tras la Ley 17/1989», en Revista Española de Derecho Militar. En ambos trabajos se encuentra una amplia bibliografía sobre esta cuestión. Como es sabido, esa Ley ha sido modificada por la Ley 17/1999 que regula el Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas. En otras páginas de este número se da cuenta con mayor autoridad lo que supone esta nueva Ley. Cabe esperar que como se hizo al aprobarse la Ley 17/1989, la Academia General Militar de Zaragoza y la Fundación Centro de Estudios Políticos y Constitucionales «Lucas Mallada», planteen un nuevo seminario para analizar los cambios, mejoras y lo que queda por hacer en la profesión militar a partir de la Ley que se acaba de aprobar. ^^ Uno de los problemas más interesantes en la creación de la Bundeshwer, desde el campo de la sociología y antropología con fuertes connotaciones políticas, fue el de evitar que se rompiera la tradición militar del ejército, al tiempo que el nuevo ejército que se creaba no fuera identificado con el pasado, que se quería y estaban obligados a olvidar según el acuerdo de los Aliados. Para resolver el problema fue de capital importancia la distinción entre tradición y convención. Se reconoció que el ejército alemán no podía rechazar sus tradiciones. Las convenciones, en cuanto producto de una época y de unas circunstancias, aportaban poco a la esencia de la institución y por ello podían cambiarse, incluso desaparecer. Un análisis detallado de este proceso ha sido realizado por Nuria Miralles Andress en su tesis doctoral defendida en la Facultad de CC PP y Sociología, donde se puede consultar. ^^ Se ha señalado más arriba, pero hay que insistir. Esta política de defensa no puede plantearse en términos de partido, aunque sea el gobernante y lo fuera por mayoría absoluta. Es una de las pocas políticas de Estado que restan al gobierno central en el nuevo Estado de las Autonomías. La política de consenso resulta imprescindible. 33 Francia, ante la desaparición del servicio militar de recluta universal, se plantea la necesidad de desarrollar nuevos sistemas de relación que mantengan los vínculos entre la sociedad y su ejército. En este caso se parte del principio de que la defensa sigue siendo un asunto que incumbe a todos los franceses. Por ello, el espíritu de defensa debe desarrollarse a partir del conocimiento, la reflexión y el estudio que se desarrollará en los distintos niveles de la enseñanza francesa. Para ello se ha desarrollado una amplia legislación normativa en este sentido. Italia y Portugal también sienten la misma necesidad. España no es una excepción, aunque la descentralización de competencias en materias de enseñanza añade problemas. ^' ^ La vida moderna supone vivir en situaciones definidas como ambivalentes. Son situaciones incómodas que exigen resolver las contradicciones que plantea. No Los ejércitos ante los nuevos escenarios hacerlo supone mantener conductas rutinarias, o desentenderse de la esencia de lo que hace, encontrando en los demás todas las explicaciones a las incomodidades. Solucionarlas supone además de encontrar tranquilidad, añadir racionalidad a la vida cotidiana. Los datos comparados que se han obtenido en la Dirección de Servicios Técnicos del Ejército del Aire, a partir de los resultados de encuestas aplicadas a coroneles, oficiales de Estado Mayor y ejecutivos de grandes empresas, nacionales y extranjeras, comparados a su vez con los datos de encuestas a otros militares de otras naciones, señalan la convergencia entre todos ellos a la hora de valorar al profesional de éxito del futuro. Apenas hay diferencias entre todos ellos. Es una consecuencia lógica, por lo señalado a lo largo de estas páginas. No es casualidad que se hayan desarrollado en el ejército seminarios, a todos los niveles, donde se trata de incorporar este nuevo estilo de mando como una de las exigencias ineludibles del nuevo ejército hacia el que se marcha. Es otro de los cambios silenciosos que terminará por conformar la nueva organización militar española. ^^ Todo avance tecnológico supone un aumento de la eficiencia de la actividad correspondiente, lo que reduce e incluso elimina procesos más costosos, o menos productivos por razón de los recursos humanos o técnicos que se emplean de manera inadecuada. Por lo general, la incorporación de nuevas tecnologías o nuevos procesos supone eliminar mano de obra. No siempre es así, en algunas actividades ocurre todo lo contrario, la sanidad es una de ellas. En este caso la incorporación de un nuevo proceso técnico añade personal a la plantilla de un hospital. Las nuevas tecnologías eliminan puestos de trabajo en los procesos donde se incorporan, pero requieren a su vez más personal de mantenimiento y conservación. Las organizaciones complejas tienen dos opciones. Una, contratar ese servicio de mantenimiento fuera de la organización, o reciclar a una parte de sus miembros que se han visto desplazados de sus funciones iniciales para que realicen esas labores. En la actualidad pocas organizaciones se puede permitir el privilegio de aumentar la plantilla para ser autosuficientes que es otra opción, a no ser que la mano de obra tenga un coste casi cero, sea tan abundante que no altere el mercado laboral en su único beneficio, o que los costes añadidos corran a cargo de otros presupuestos. Ninguna de estas tres opciones, si existen, se podrán mantener en el futuro inmediato. Tampoco el ejército lo podrá hacer. Otras organizaciones, las que por lo general producen bienes y servicios intangibles, como el de la investigación o la seguridad, requieren dotarse de cuadros más numerosos al tiempo que más eficaces, mientras que su mano de obra no cualificada puede y debe reducirse. Es la opción más plausible. Una exigencia de este tipo de organización es que, en momentos excepcionales, necesitan contar con recursos humanos que se puedan movilizar para desempeñar funciones donde se necesita una cantidad importante de mano de obra. Este esfuerzo no se podrá improvisar y deberá estar previsto con antelación suficiente. En el trabajo clásico de Lewis MuMFORD, Técnica y civilización, publicado por Alianza Editorial, puede verse en una perspectiva histórica y cultural este proceso de adaptación de las organizaciones industriales a los nuevos avances tecnológicos, considerando a su vez los efectos directos e indirectos que producen en la sociedad. ^^ No se discute, y son todavía menos los que no terminan de aceptarlo en estos momentos, que lo militar responde únicamente a los intereses y criterios del poder civil. Queda por aclarar el debate que supone decidir si el militar debe y hasta dónde debe ser escuchado en materias que le incumben y que le exigen su cumplimiento. El debate está condicionado, entre nosotros, pero también en otros lugares, por el papel jugado por el ejército en el pasado de cada sociedad. Allí donde la presencia de lo militar ha sido fundamental, se exige con mayor insistencia el silencio y el acatamiento al poder civil. Donde la presencia apenas se ha notado, no existe inconveniente en seguir los consejos de los militares en cuanto expertos profesionales a los que se pide información. En ambos casos queda resguardado el principio de que no existe un poder militar autónomo capaz de imponerse al poder civil. ^^ En el último Congreso Mundial de Sociología, celebrado Montreal en 1998, se presentaron varias ponencias, del Canadá precisamente, que analizaban los efectos, internos y externos, de los escándalos producidos por las conductas de las tropas de distintos países destacadas en misiones de paz. Todas esas ponencias concluían con la misma exigencia. Ante las nuevas misiones encomendadas a los ejércitos se hace necesario contar con un sistema de normas que deberá regular el comportamiento de las tropas en las nuevas situaciones. Desde el campo del derecho también se está planteando la misma necesidad. Se debe elaborar un estatuto jurídico que regule esta situación nueva que nada tiene que ver con el derecho de la guerra que, en mayor o menor medida, y con mejor o peor gana, está reconocido por la mayoría de los países. Los reglamentos de actuación para uso interno son imprescindibles y valiosos, como se ha demostrado en el caso de la actuación de las tropas españolas destacadas en distintas misiones de paz. No obstante debe llegarse a un reglamento que obligue a todos por igual. ^^ Los trabajos que se han realizado en las unidades militares españolas que han participado en misiones de paz, concretamente las desplazadas a Bosnia, lo han demostrado de manera contundente. Los informes, artículos de opinión, conferencias dictadas por los mandos insisten en esta idea. Lo importante es que esa opinión es igualmente destacada por los soldados. No hay diferencias de ningún tipo, desde el soldado que tiene mayor formación, hasta el que apenas la tiene. Todos reconocen que podrían hacer más cosas para solucionar algunas situaciones que incluso atontan contra los derechos humanos, pero no lo hacen porque añadirían problemas que se les escaparían de su control. Asumen este nuevo rasgo de la profesionalidad todos los miembros del grupo y sin grandes problemas. Otra cosa es el efecto que tiene esta conducta profesional en el sentimiento personal. Aprovecho esta ocasión para agradecer al general Paura su interés para que se pudieran llevar a cabo los trabajos pioneros de análisis sociológicos en unidades del Ejército de Tierra desplazadas a zonas de operaciones. El reconocimiento es mayor todavía cuando autorizó que esos datos se analizaran en la Universidad para beneficio mutuo. Las facilidades para llevar a cabo este trabajo añadía una condición que es de agradecer: su publicidad. Uno de esos análisis será editado en breve por el Ministerio de Defensa. Acaba de ser publicado por el Ministerio de Defensa con el título: Las Fuerzas Armadas en las acciones internacionales. ^^ No es nueva la idea. Hay una abundante literatura en este sentido basada en investigaciones realizadas en organizaciones civiles complejas. También la hay de estudios que se refieren a este mismo problema en otros ejércitos. La literatura militar que da cuenta de los éxitos, y sobre todo de los fracasos militares inciden en el mismo argumento. Los datos que he trabajado con Eulogio Sánchez, suboficial y antropólogo, en las encuestas a soldados de una Agrupación en Bosnia ratifican este Los ejércitos ante los nuevos escenarios principio. Esos datos están en la Dirección de Servicios Técnicos del Cuartel General del Ejército. Las consecuencias de este sentimiento van más allá de la valoración de la acción que se realiza. La actitud favorable ante el ejército, su disposición a seguir en él, a entender y aceptar los problemas que le supone al entrevistado están directamente relacionadas con el sentimiento de pertenencia al grupo. Soldados con una disposición inicial favorable hacia lo militar la perdían después de haber vivido una experiencia donde les hicieron sentirse extraños y ajenos a lo que estaban haciendo. La situación contraria también se daba. En estos casos, en contra o a favor, los estudios o la formación inicial del soldado no era importante. Estos soldados asumían sin ninguna reserva que el mando no tenía que darles toda la información, pero sí reclamaban que tenían que ser partícipes de lo que estaban haciendo. Con otros datos, en este caso de militares de carrera del Ejército del Aire, se han obtenido las mismas conclusiones. ^^ La narración de Arturo BAREA en La forja de un rebelde, o la de Ramón J. SENDER en Imán, son un claro exponente de esta idea. Su valor es mayor todavía pues son dos autores muy críticos de lo militar. Estudios más técnicos lo demuestran en los mismos términos y con el mismo sentido. Así, los trabajos realizados sobre las dotaciones de los bombarderos en la Segunda Guerra Mundial, o los actuaron después en Vietnam y que dieron lugar a las experiencias de Milgran; la resistencia de algunas unidades alemanas formadas de manera apresurada en los últimos momentos de la guerra frente a la debilidad de otras unidades fuertemente ideologizadas; las narraciones de los soldados argentinos que fueron hechos prisioneros en Las Malvinas, o las conclusiones que se pueden deducir en este sentido en el Informe Picasso. En todas ellas se destaca la importancia del grupo, del mando comprometido con sus subordinados, así como de la disciplina asumida de manera racional. "^^ La reducción de plantillas, al tiempo que aumentan las misiones a desarrollar, así como a las necesidades de formación y reciclaje en los nuevos conocimientos con las que para hacer frente a estas nuevas e ineludibles exigencias puede suponer una drástica reducción de las posibilidades que tiene la organización militar para pensar, organizar, ensayar.' ^^ En cuanto a la calificación de nuevas misiones habría que matizarla. No es difícil encontrar en la historia de los pueblos y sus ejércitos situaciones catastróficas donde participaron unidades militares que acudieron en ayuda de la población. Tampoco es difícil encontrar situaciones históricas donde unidades militares de terceros países se interpusieron entre los ejércitos combatientes. La novedad puede estar que lo que antaño era excepcional, a partir de ahora es normal. ^^ Aimque es un argumento recurrente, hay que traerlo aquí también. Para alcanzar el éxito en la guerra no hay que disponer de «dinero, dinero y dinero». Como se ha podido comprobar hay otros bienes y otros recursos más necesarios. No todo es cuestión de presupuesto. Entre otra cosas hay que contar con una mentalidad flexible y de alto logro en una organización que puede no ser la ideal, ni siquiera perfecta. Es una cuestión que tiene que ver con la cultura gerencial aplicada a lo militar. Algo se ha dicho en otro lugar en este mismo sentido. Depende también de la voluntad política, así como de una sólida cultura de defensa. Depende cada vez más del capital humano de la defensa, y del apoyo y comprensión de la sociedad civil que lo apoya. ^' ^ Es una opinión que viene de largo. En una encuesta a altos cargos de la administración, gestores de empresas e intelectuales de la España de 1973 se mostraba una disposición favorable e inexcusable, antes o después, para integrarse en las organizaciones europeas, incluso en la OTAN de entonces. Una peculiar encuesta a los altos mandos militares que ejercieron su mando en los años previos y durante el comienzo de la transición también señalaron de manera unánime que sería beneficioso para España que se integrara en la OTAN. Los que opinaban así lo hacían en términos de rentabilidad, en sentido genérico. No faltaron, militares y civiles, que dijeron que en términos personales o ideológicos no les gustaba esta integración, pero señalaban que no existía otra opción. Distintas encuestas a los cadetes, mediados los años 80, reconocieron las ventajas de participar en una defensa compartida antes que mantenerse aislados. La opinión pública ha estado dividida, condicionada por su adscripción que siempre ha sido ideológica. Los riesgos innecesarios que se corrieron en el referéndum de la OTAN pueden deducirse a partir de los datos que aporta el trabajo de Consuelo VAL CID, Opinión pública y publicada. Los españoles y el referéndum de la OTAN. Eliminada la ambigüedad calculada del panorama político español, ésta es una cuestión que apenas ya se discute. ^^ La primera expresión corresponde a Charles C.Moskos, la segunda a Morris Janowitz. La propuesta de Moskos se planteó copio la consecuencia lógica del proceso de cambio lineal que imaginaba para los ejércitos de las sociedades modernas. La de Janowitz se deriva del análisis interno del ejército norteamericano, comparando su evolución con el proceso que seguían las organizaciones complejas civiles. Moskos consideró que los ejércitos en el pasado respondían a modelos de carácter institucional. Debido a la adaptación y al cambio interno, estos ejércitos iban incorporando pautas correspondientes a los modelos de organización propias de las corporaciones empresariales e industriales. Buena parte del argumento puede verse en el preámbulo al trabajo que coordinó junto a Frank R.WOOD, Lo Militar: ¿Más que una profesión?. Ha sido editado por el Ministerio de Defensa. Este autor, de gran influencia en la mayoría de los grupos de trabajo de sociología militar, así como en los de decisión política, tuvo que reconocer a partir de los análisis comparados, que el modelo dicotòmico institución-ocupación era válido en términos estrictamente teóricos y metodológicos. La realidad era mucho más compleja como para responder a estas categorías tan simples. Últimamente su propuesta se aproxima más a una postura sincrética donde reconoce que los ejércitos modernos y tecnológicamente avanzados responden a criterios institucionales y ocupacionales al tiempo. Con los datos que he trabajado con el comandante Vicente Hueso, en la Sección Sociología del Cuartel General del Ejército del Aire, se ha podido fundamentar la crítica al modelo lineal de Moskos. Datos del Ejército de Tierra, así como los de otros ejércitos igualmente avanzados que empiezan a aparecer, demuestran la validez de los nuestros. ^^ Hay que señalar que mientras los ejércitos asumen comportamientos y fines propios de las organizaciones policiales, las organizaciones policiales desarrollan organizaciones, utilizan recursos, doctrinas, lenguajes y símbolos que son propios de los ejércitos. Gonzalo Jar, oficial de la Guardia Civil, es quien más ha estudiado esta excentricidad. Se puede ver en el último trabajo que animó. Miguel CLEMENTE, Antonio PARRILLA y Miguel Ángel VILA (Cords.), Psicología Jurídica y Seguridad: Policía y Fuerzas Armadas. Se podrá encontrar una amplia referencia bibliográfica sobre esta excentricidad. Los datos de opinión de los militares, de carrera y soldados, que han participado en misiones de paz, de carácter policial, destacan un cierto sentido de incomodidad que les produce este hecho. Se consideran ante todo y sobre todo militares, en ningún caso policías. En cambio, la opinión pública valora de los ejércitos modernos las acciones menos militares que llevan a cabo. "^^ Esto plantea nuevos problemas que comienzan a aparecer y para los que no hay respuestas adecuadas por el momento y para todos los interesados. Por un lado está la necesidad de garantizar la calidad de vida de irnos profesionales sometidos, ellos y sus familias, a una fuerte movilidad territorial que exige la profesión y la promoción en la carrera personal. Se deberá defender los intereses individuales o de grupo sin que por ello se pueda poner en riesgo la eficacia última de la organización,. Habrá que evitar que la defensa de los derechos profesionales de alguno de sus miembros no recargue con más trabajo a los demás. El recorte en los derechos individuales y profesionales, por razón de la peculiar profesión que es la militar, exige un cuidado especial para que no se añadan nuevos costes que repercutan de manera negativa. La participación cada vez más frecuente en misiones conjuntas hace más visibles las carencias y limitaciones propias en algunas parcelas del ejercicio profesional cotidiano. Las autoridades correspondientes tendrán que tener en cuenta esta circunstancia y deberán explicar con sólidos argumentos las razones de semejantes diferencias y los pasos que se dan, o no se pueden dar, para eliminarlas.. ^^ Las encuestas a los militares de carrera del Ejército del Aire, así como a otras muestras de militares del Ejército de Tierra refuerzan esta idea. Para los militares entrevistados, los premios y las menciones desean que se traduzca en un reconocimiento de la organización, promoviéndoles a destinos y cargos de responsabilidad que se encuentren en relación con el mérito reconocido. Reclaman ante todo la coherencia entre la felicitación y el ejercicio profesional. ^^ Hay algunos casos que han estudiado estos problemas. Los líderes del combate, aéreo o terrestre, lo han sido en buena medida porque sabían manera. Eran capaces, llegado el momento, de transgredir los reglamentos y normas convencionales de la profesión adaptándolas a las circunstancias concretas. Su habilidad en la profesión resultaba incompatible con la docencia convencional, o con la vida en el cuartel, donde se les exigía transmitir unos conocimientos rutinarios y sin posibilidad alguna de innovar nada. Sus nombramientos como formadores modélicos tuvieron que ser revocados porque terminaron siendo unos excéntricos desestabilizadores de la rutina. ^^ Abandonada la idea que pretendía formar a un militar total, por su imposibilidad real de conseguirlo y también por la ineficacia que terminaba creándose, queda la opción de estimular las conductas de carácter y estilo que se pueden calificar propia del intelectual que nada tiene que ver con el intelectual a la violeta que tan brillantemente criticó un militar intelectual de otros tiempos. No se trata de formar intelectuales que después sean militares, sino de potenciar en la formación de lo militar las actitudes propias del conocimiento y la reflexión que caracterizan a los verdaderos intelectuales. Además de beneficiarle como persona, terminará siendo de provecho para la profesión. ^^ Morris JANOWITZ, El soldado profesional. Hay una edición reciente del Ministerio de Defensa. En este caso la cita se encuentra en la página 536.
La necesidad de la Defensa es una realidad incuestionable. La garantía de los intereses nacionales frente a las amenazas y riesgos presumibles, los compromisos adquiridos en el marco de la seguridad colectiva, así como la voluntad de contribuir a la estabilidad y seguridad internacionales, son los elementos que deben considerarse a la hora de evaluar el volumen y características de las Fuerzas Armadas que una nación precisa. En el caso de España, el marco conceptual de la Defensa ha cambiado substancialmente en los últimos años. Consecuentemente se han definido nuevas y diferentes misiones que requieren distintas capacidades estratégicas. Han desaparecido las amenazas tradicionales, han surgido riesgos multidireccionales y coincidiendo todo ello con un entorno sociológico que ha propiciado la desvinculación del ciudadano con los compromisos de la Defensa. La creciente complejidad de las misiones presentes y futuras exige un mayor empleo conjunto de fuerzas terrestres, navales y aéreas. Por ello, la adopción de una decisión de tanta trascendencia como es la de modificar el modelo de Fuerzas Armadas, debe hacerse desde una óptica global, de forma que se aunen las capacidades del conjunto de los ejércitos y que constituyan, unas respecto de las otras, factores multiplicadores. Para que el conjunto funcione a plena satisfacción es necesario que exista el adecuado equilibrio entre los tres componentes que las conforman. El modelo de Fuerzas Armadas del 2000 (FAS 2000), aprobado por el Parlamento en Junio de 1991, determinaba que los ejércitos, en su conjunto, deberían alcanzar en ese año una composición mixta del 50% de personal profesional y 50 % de servicio obligatorio, sus efectivos totales no sobrepasarían las 180.000 personas, entre cuadros de mando y tropa, y el presupuesto de Defensa debería incrementarse progresivamente hasta alcanzar el 2% del PIB. En cuanto al Ejército de Tierra, los efectivos de tropa deberían ascender a 88.590, de los cuales solo 26.500 habrían de ser profesionales, por lo que la tasa de profesionalización a alcanzar sería del 30 %. Con esos parámetros se iniciaron los estudios para estructurar un nuevo Ejército, que se concretó en el Plan NORTE. En la actualidad, la implantación del Plan NORTE ha finalizado prácticamente. Con él se inició una etapa de cambios trascendentales, puesto que su objetivo fundamental era transformar un Ejército de carácter territorial en otro estructurado en función de las misiones a cumplir y con gran capacidad de proyección; en definitiva, se ha diseñado un Ejército de Tierra que responde a los requerimientos operativos terrestres que la defensa de España demandará en el futuro previsible.. La modernización del armamento y material, contemplada en ese Plan y qué por razones presupuestarias se ha venido posponiendo año tras año, junto con ía plena participación en la Alianza Atlántica y la total profesionalización de sus hombres y mujeres, decididas por el Gobierno con posterioridad a la elaboración del Plan NORTE, son los restantes grandes retos a los que el Ejército está haciendo frente. La estructura nacida del Plan NORTE, concebida como se ha dicho con perspectiva de futuro, apuesta claramente por la acción conjunta de forma que la Fuerza Terrestre prevista se considera la mínima que España necesita, tanto para el cumplimiento de las misiones exteriores en las que el Gobierno considere oportuno participar, como para ser oída en los foros internacionales y, por supuesto, para asegurar los intereses españoles frente a los riesgos que tendremos que afrontar en solitario. El factor económico de ineludible consideración al limitar la disponibilidad de recursos de todo tipo, junto con los requerimientos operativos antes expuestos, fueron determinantes a la hora de dimensionar las plantillas de efectivos de las Unidades. \Jonviene recordar que la decisión de acometer la plena profesionalización de las FAS es una iniciativa de tipo político y no militar, con la que se pretendió dar respuesta a la creciente desvinculación de la sociedad española con el Servicio Militar Obligatorio. Es por tanto un problema de origen sociológico el que ha impulsado a tomar Algunas consideraciones al proceso de transición esta decisión ahora, aunque es evidente que el Ejército de Tierra precisaría en el ñituro inmediato de mayores niveles de profesionalización de los que el modelo FAS 2000 determinaba. La multiplicidad y disparidad de misiones encomendadas al Ejército, los diferentes ambientes en que se pueden desarrollar, así como la avanzada tecnología de los materiales demandan un soldado con un perfil que difiere notablemente del soldado actual. El soldado del fiíturo debe ser capaz de realizar eficazmente una amplia gama de actividades, desde el combate integrado en Unidades multinacionales hasta las operaciones humanitarias y de apoyo a la paz, pasando por el apoyo a la población en situaciones de catástrofe. Esto comporta el tener una excelente preparación física y fundamentalmente psíquica y moral, y además poseer unos conocimientos técnicos muy superiores a los que se venían necesitando. Todo ello nos conduce a afirmar que el soldado del futuro debe ser sin duda profesional, ya que los períodos de adiestramiento superarán con mucho los plazos que cualquier Servicio Militar Obligatorio pudiera permitir. Procede hacer una consideración en relación con el término «profesional». La interpretación que debe de darse a ese término no es la que se refiere solo al carácter de la relación de servicios que sus componentes guarden con los ejércitos, sino la más amplia, del nivel deseado de competencia, que en su conjunto deben alcanzar todas las Unidades para cumplir con eficiencia sus misiones. El Ejército del futuro, que ahora se está concibiendo, demanda no sólo soldados profesionales sino dotaciones de materiales acordes con lo que se les va exigir. La eficacia está íntimamente relacionada con las características del armamento y material. Es necesaria una perfecta integración entre la técnica más avanzada y el soldado profesional bien instruido. En cuanto a la modernización de los materiales debe significarse que la profesionalización, en sí misma, no implica modernización. La modernización es una necesidad permanente de los Ejércitos, a través de la cual deben incorporar, de forma razonable, cualquier avance tecnológico que mejore la eficacia de sus actividades. De ahí que la profesionalización sea una parte de la modernización por lo que ambos conceptos son inseparables; profesionalización sin modernización no tiene sentido. Por todo ello, en el proceso de profesionalización deben distinguirse dos etapas: una de transición de un ejército mixto a otro profesional, y otra de evolución de un ejército del siglo XX a otro del siglo XXL La primera es crítica y la forma en que se realice determinará en gran medida el éxito o al fracaso del nuevo modelo. Por otra parte, ese proceso debe contemplarse desde dos ópticas diferentes: una externa al Ejército de Tierra, que compete al poder político como responsable de la obtención de los recursos humanos que las FAS precisan, y en la que debe colaborar al máximo; y otra interna, qué se deriva de las características propias del nuevo soldado, e implica la adopción de medidas muy diversas relacionadas con los programas de instrucción y adiestramiento, la adaptación al nuevo modelo de las infraestructuras, la adecuación a las actuales necesidades de los sistemas de gestión del personal, la modificación de procedimientos y reglamentos, etc. En este artículo se trata de analizar, desde el punto de vista del recurso humano, y particularmente de la tropa, las implicaciones que para el Ejército tiene el proceso de plena profesionalización que se ha iniciado, sin pretender agotar todas las facetas que en un programa tan ambicioso como el que se inicia deben ser tenidos en cuenta. En este sentido, conviene recordar que el índice de profesionalización que el modelo FAS 2000 determinaba para el Ejército de Tierra era notablemente inferior a los previstos entonces para la Armada y el Ejército del Aire. Al establecer que el 100% de los miembros de las FAS. sean profesionales parece claro que las necesidades anuales de soldados profesionales en el Ejército de Tierra son muy superiores a las de los otros dos Ejércitos, no sólo porcentualmente sino sobre todo en términos absolutos. Implicaciones del nuevo modelo en relación con el personal de tropa Una vez adoptada la decisión política de sustituir el actual modelo mixto por otro plenamente profesional, deben adoptarse las medidas oportunas para asegurar, dentro de lo posible, que los ejércitos dispongan de los efectivos que el Planeamiento de la Defensa Militar determine como necesarios, tanto en cantidad como en calidad. Partiendo de la base de que, hoy por hoy, no existen, ni se esperan, problemas de importancia para garantizar que las FAS cuenten con el número de cuadros de mandos que sus plantillas demandan, se tratarán esos aspectos en cuanto se refiere con la tropa profesional. Tres aspectos, que se corresponden con «el antes, durante y después de ser soldado», deben considerarse y tratarse de forma conjunta por cuanto cada uno de ellos repercute de forma muy importante en los Algunas consideraciones al proceso de transición otros: el Reclutamiento, la Selección y Formación, y la Reincorporación a la vida civil del soldado una vez finalice su servicio activo. Antes de abordarlos recordemos las características más relevantes del modelo en relación con la tropa y m.arinería: 1) Los efectivos máximos de tropa y marinería no superarán los 120.000 hombres y mujeres, que se corresponden con los que los Cuarteles Generales y el Estado Mayor de la Defensa han cuantificado como necesarios en función de los requerimientos operativos. 2) Todos los efectivos de tropa y marinería serán profesionales; unos mantendrán con las Fuerzas Armadas una relación de servicios de carácter temporal con compromisos renovables de 2 ó 3 años hasta un máximo de 12 años de servicio o 35 años de edad, y otros mantendrán una relación de carácter permanente. 3) Todos los ciudadanos, hombres y mujeres, podrán ejercer el derecho constitucional de participar en la defensa de España, mediante una permanencia en las FAS de corta duración (12 ó 18 meses) remunerada. Una vez finalizado este período podrán optar por continuar en los Ejércitos con compromisos renovables de 2 o 3 años, o bien finalizar su servicio activo. También podrán ejercer ese derecho accediendo a las plazas que se oferten para reservistas voluntarios. 4) Se impulsará la promoción interna de manera que se facilite al máximo posible el acceso a las escalas de Suboficiales, de Oficiales y Superior de Oficiales. Todas las plazas para las escalas de Suboficiales se reservarán para el personal profesional de Tropa y Marinería. El reclutamiento es sin duda el aspecto clave. Para cubrir las necesidades de personal de los Ejércitos el Ministerio de Defensa debe competir abiertamente en el mercado de trabajo, lo que le obliga a incrementar los atractivos de la profesión militar, de forma que proporcione contraprestaciones similares, o incluso superiores, a las que se ofrecen en el mundo laboral. De acuerdo con la encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas a principios de 1997, uno de cada cinco jóvenes manifiesta que en algún momento podría decantarse por la opción de ingresar en las FAS como tropa y marinería profesional por alguna de las siguientes razones: -Facilidad para acceder a militar de carrera por promoción interna. -Mejores posibilidades para conseguir un puesto de trabajo en la vida civil cuando finalice su compromiso con las FAS. -Espíritu de aventura. Los jóvenes que acceden a los Centros de Formación de Militares de Tropa y Marinería Profesional al ser interrogados sobre los motivos que le indujeron a ingresar como soldado profesional manifiestan esas mismas razones. Es lógico pensar que gran parte de ellos participará en mayor o menor grado de muchas o de todas esas razones, predominando una u otra según la persona. Por otra parte, encuestas realizadas a Militares de Tropa Profesional coinciden también con las anteriores en los motivos que inducen a nuestros soldados a renovar sus compromisos, si bien varía notablemente el orden en las preferencias, de forma que puede afirmarse que el interés por hacer de la milicia su profesión definitiva, ya sea como militar de carrera por la vía de la promoción interna o bien como tropa profesional permanente, aumenta conforme a los años de servicio. No obstante, los soldados profesionales manifiestan que existen otros aspectos incentivadores para un mejor reclutamiento y una permanencia más prolongada en las Fuerzas Armadas que deben mejorarse. -Prestigiar la profesión militar ante la sociedad. -Mejorar la calidad de vida del soldado. En consecuencia, aquellos y éstos son los campos en los que hay que actuar para fomentar el acceso de los jóvenes, hombres y mujeres, a las FAS. La sociedad se encuentra sometida a un proceso de cambios continuos; predominan ahora los valores individuales frente a los colectivos, y determinados principios, como el de autoridad y disciplina, han perdido arraigo. El bajo nivel de conciencia de la opinión pública española en relación con la importancia y necesidad de la Defensa, la percepción generalizada en nuestra sociedad de la inexistencia de amenazas y riesgos para nuestra seguridad, y el poco «gancho» que tiene la profesión militar, no estimulan a priori a los jóvenes españoles a decantarse por el «oficio de soldado». Además, el carácter confidencial que tienen muchos asuntos relacionados con las cuestiones de la Defensa Nacional, dificulta el que la sociedad conozca y forme su propia opinión sobre la necesidad de disponer de unas Fuerzas Armadas acordes con el peso específico que España puede y debe tener en el concierto internacional. Todo ello dificulta notablemente el reclutamiento. La participación de nuestras Unidades en misiones de paz-y de ayuda humanitaria en el exterior, y la eficacia y profesionalidad internacionalmente reconocidas con que han cumplido sus cometidos, han mejorado notablemente la imagen de las FAS. en la sociedad. Sin embargo, incidentes aislados, que son ampliamente divulgados por los medios, dañan de forma muy importante la imagen de los ejércitos y, particularmente, de sus profesionales lo que, sin duda, detrae a posibles aspirantes. El Ejército ha hecho un esfuerzo muy importante, a costa de sacrificios personales, para adaptar su estructura a los nuevos tiempos. Esa estructura será ineficaz si no se consigue dotarla del personal adecuado. Es preciso una revolución de mentalidades para poner en sintonía a quienes sirven en los Ejércitos con lo que la sociedad demanda de ellos. Las características del soldado profesional, que se resumen en raayor espíritu crítico y conciencia de sus derechos y deberes, carácter más especializado y técnico, con mayores responsabilidades sociales, y con legítimas aspiraciones profesionales y expectativas de futuro, exigen un tipo de relaciones diferente al del Militar de Reemplazo. «El nuevo estilo de mando», que a modo de decálogo promulgó el GE. JEME en Octubre de 1997, es el resultado de una iniciativa que el propio Ejército de Tierra impulsó en su seno para adecuar los principios del liderazgo en nuestras Unidades a las circunstancias actuales y a las que se presentarán en el futuro previsible. La motivación del personal femenino adquiere ahora especial relevancia pues debe potenciarse el papel de la mujer en las FAS. La igualdad de oportunidades, de responsabilidades y de funciones en los Ejércitos, entre hombres y mujeres, son los aspectos en este sentido deben destacarse para fomentar el alistamiento de la mujer. En relación con el que devengan los soldados profesionales de otros países europeos, una vez corregidos por los índices correspondientes de carestía de vida, y comparado con el salario mínimo interprofesional español, se considera adecuado. Por otro lado, no puede olvidarse que el límite máximo de retribuciones de la tropa debe estar siempre condicionado por tener que ser inferior al de los suboficiales. Sin embargo, hay cuestiones pendientes en cuanto a retribuciones, que requieren una pronta solución. En unos ejércitos plenamente profesionales no caben diferencias en conceptos retributivos entre empleos que cubren puestos de trabajo de características similares. Determinados complementos, que priman la mayor peligrosidad o penosidad de destinos en determinadas Unidades o puestos (montaña, paracaidismo, operaciones especiales, etc.), deben hacerse extensivos a toda la tropa y marinería. La ausencia de diferencias incluye también el que los soldados acumulen trienios, cosa que ahora sólo sucede con aquellos que tienen reconocido el derecho a permanecer en las FAS. hasta la edad de retiro. Deberían también contemplarse, en los presupuestos, aquellos devengos correspondientes a dietas, pluses e indemnizaciones por comisiones, traslados, maniobras, etc., si se quieren alcanzar los niveles deseables de adiestramiento y respetar las retribuciones reconocidas a las privaciones, sacrificios y molestias sociales y familiares que la vida militar implica. Por otra parte, no debe obviarse la posibilidad de tener que primar económicamente destinos en determinadas Unidades de características singulares donde podría existir el riesgo cierto de que no se cubran voluntariamente los puestos que se oferten. Si en la actualidad los Militares de Reemplazo cobran determinadas gratificaciones por ir destinados a esas Unidades, no hay razón para que no se actúe de la misma forma con los profesionales. La mejora de las condiciones de vida en los cuarteles es el primer punto a considerar en este sentido. Nuestras bases y acuartelamientos no fueron diseñados para alojar a un ejército profesional y tienen que ser acondicionados a las nuevas necesidades con carácter urgente. Los alojamientos para la tropa que, fuera de las horas de trabajo y servicio, viva habitualmente en las Bases y Acuartelamientos deben proporcionar niveles de intimidad y confortabilidad suficientes. Además, la distribución horizontal de la mayoría de los cuarteles, en los que no existe una clara separación entre zonas de «vida» y de Algunas consideraciones al proceso de transición «trabajo», así como los medios disponibles para vigilancia, demandan una importante cantidad de recursos humanos en misiones de seguridad que hay que detraer de otras actividades. El Ejército del futuro, minorado en recursos humanos, con materiales de elevado coste que deben ser rigurosamente entretenidos y mantenidos, con programas de instrucción y adiestramiento más complejos e intensivos, no puede permitirse el lujo de dedicar diariamente un buen número de hombres y mujeres para esos cometidos. El Ejército no sólo debe ser eficaz, sino eficiente. Para ello, se precisan fiíertes inversiones que, si no aumentan los presupuestos, habrá que derivar forzosamente de alguna otra partida. Aunque la cobertura del ISFAS. y la Acción Social en el Ejército de Tierra alcanza a toda la tropa y sus familiares dependientes, sin distinción de empleos ni años de servicio, existen ciertas cuestiones relativas a prestaciones sociales aún no del todo resueltas. La actual Ley de apoyo a la movilidad de los miembros de las FAS. establece 5 años como tiempo mínimo de servicios efectivos a partir del cual se tendrá derecho a percibir la correspondiente contraprestación económica durante un máximo tres años en un mismo destino; así mismo, el derecho a disfrutar de vivienda militar, mediante arrendamiento especial, se tendrá solamente con ocasión de una vinculación de carácter permanente. También se debe potenciar la disponibilidad de residencias y centros de descanso y ocio para la tropa y marinería profesional. La movilidad que justifica estas instalaciones afectará por igual a todos los empleos de la jerarquía militar. Por último, es fundamental que se mantenga, tal y como está previsto, el derecho a devengar la prestación por desempleo de aquellos que al finalizar su compromiso con las FAS. no consigan un puesto de trabajo. Expectativas de trayectoria profesional Tras unos años de permanencia en las Fuerzas Armadas, los soldados profesionales sienten una lógica preocupación por su futuro y, en muchos casos, manifiestan su deseo de permanecer en los ejércitos durante toda su vida activa. Según las previsiones actuales sólo una minoría de los ingresos anuales una vez que se consolide el modelo, que cabe cifrar en torno a un 10% ó 20 %, podrá permanecer como Tropa y Marinería en las Fuerzas Armadas hasta la edad de retiro. El soldado con una relación de servicios de carácter temporal podrá, mediante la renovación de sucesivos compromisos, prestar servicio en los Ejércitos hasta un máximo de 12 años de servicios ó 35 años de edad. A partir del octavo año de servicio podrá optar a la condición de tropa permanente mediante concurso-oposición, pudiendo concurrir hasta un máximo de tres convocatorias. Por lo tanto, deben determinarse qué puestos deben ser cubiertos en exclusividad por Tropa Permanente; en éstos, lógicamente, la condición física no debe ser un factor determinante. Muchos de estos puestos se encontrarán en Unidades del Apoyo a la Fuerza, en los Cuarteles Generales y en la Organización Territorial, sin descartar que en todas y cada una de las UCO,s. exista un número determinado de vacantes para Tropa Permanente. En cuanto a política de empleos y ascensos se han reconsiderado los empleos para dar una mayor proyección de carrera a la tropa profesional. Para ello se ha creado el nuevo empleo de Cabo Mayor, el de mayor rango en la categoría de Tropa, al que se podrá acceder tras el correspondiente curso con las siguientes condiciones: tener cumplidos más de tres años en el empleo de Cabo V y acumular al menos tres años como Tropa Permanente. La promoción interna es uno de los mayores alicientes de los posibles aspirantes a tropa y marinería profesional y una pretensión de los actuales Militares de Tropa Profesional por lo que debe prestársele una especial atención y así se hace en la nueva Ley del Régimen del Personal Militar de las FAS. Constituye, junto con la adquisición de la condición de Tropa Permanente y el acceso a la Guardia Civil, la «salida natural» de la tropa con una relación de servicios de carácter no permanente. En la nueva Ley, se ha decidido «abrir la puerta» a la promoción interna, a los empleos inferiores de tropa, con la exigencia de acreditar tres años de servicio en las Fuerzas Armadas. Con ello se consiguen dos objetivos: reducir la edad de adquisición de la condición de militar de carrera en las Escalas de Suboficiales del personal procedente de tropa profesional, y motivar en mayor medida a los jóvenes. Si se mantienen las estadísticas actuales relativas a niveles académicos de los aspirantes a soldado profesional, el aumento de opositores que esa medida originará proporciona suficientes garantías para que puedan Algunas consideraciones al proceso de transición cubrirse mediante promoción interna el 100 % de las plazas que anualmente se convoquen. El elevado índice de paro es un factor que sin duda favorece el reclutamiento, ya que hay quienes buscan en las FAS. una solución transitoria a su problema laboral con la esperanza de conseguir una capacitación que les proporcione mayores posibilidades de acceder a un puesto de trabajo. Prueba de ello es que los jóvenes argumentan como dos de las razones prioritarias para decantarse por el ingreso en las FAS, el sueldo y la mayor posibilidad de encontrar un puesto de trabajo. El número de soldados que ingresan en cada convocatoria y que pueden permanecer en las FAS., bien como cuadros de mando por la vía de la promoción interna, bien como tropa profesional permanente, o ingresar en la Guardia Civil, vendrá determinado por las correspondientes plantillas. De aquí se deduce la trascendencia de arbitrar medidas para que aquellos que voluntaria o forzosamente abandonen los ejércitos tengan facilidades para acceder a un puesto de trabajo; si no se consigue el éxito en este empeño, y a pesar de una favorable evolución del reclutamiento, el modelo a medio plazo podría fracasar. Es de gran importancia que la sociedad reconozca y valore el "valor añadido" que se le da al soldado durante su permanencia en filas, que incluye no sólo las aptitudes y conocimientos que el Ejército le proporciona, sino fundamentalmente las actitudes, comportamientos y hábitos que la persona adquiere. Captación'El reclutamiento, es decir, el captar personal suficiente en cantidad y calidad, determinará el éxito o fracaso del modelo, por lo que es el objetivo fundamental que impulsa la mayoría de las acciones dirigidas al «antes» y «después» del soldado. De acuerdo con las previsiones actuales, el número de nuevos soldados que deberán ingresar anualmente en las FAS durante el período de transición al nuevo modelo (hasta el 31 de diciembre del 2002) podrá superar las 25.000. Esta cifra incluye, no sólo a los incrementos precisos para aumentar la tasa de profesionalización al ritmo previsto. sino también a los necesarios para reponer las bajas de aquellos que no renueven su compromiso. En la situación actual, de limitadas posibilidades demográficas y sin consolidar el nuevo modelo, acortar los plazos para alcanzar la plena profesionalización originaría un serio perjuicio. La prisa en este caso no es buena consejera. Reclutar, en su acepción extensa ofrecida por la Real Academia Española de la Lengua, significa buscar o allegar adeptos para un propósito determinado; uno de los grandes retos al que se enfrenta el Ejército de Tierra es el tener que adoptar una postura activa de búsqueda de aspirantes a soldado. Ello exige también un cambio de mentalidad en los cuadros de mando. Además de ofrecer a las personas que accedan al Ejército buenas perspectivas temporales, y en algunos casos permanentes, que les atraiga hacia esta profesión, deben impulsarse las campañas de información y propaganda, modificar los sistemas y procedimientos de reclutamiento y selección de aspirantes para hacerlos más flexibles y dinámicos, y adecuar los programas de formación, instrucción y adiestramiento a las peculiaridades y expectativas del nuevo soldado. Campañas de información y propaganda A medida que avanza el período de transición hacia las FAS totalmente profesionales, con una progresiva disminución del contingente procedente del Servicio Militar Obligatorio y unas previsiones demográficas desfavorables, cobran especial relevancia las campañas de propaganda e información. La época actual se conoce, como es sabido, por la Era de la Comunicación. Los avances espectaculares experimentados en los medios y técnicas de información y comunicación deben utilizarse como medio para hacer llegar a los españoles, hombres y mujeres en edad de poder aspirar a un puesto en las FAS, los mensajes más adecuados para que conozcan su realidad y aprecien los aspectos positivos de su incorporación al Ejército. Estos mensajes deberán basarse fundamentalmente en los factores de motivación y en los incentivos antes expuestos. Además del factor demográfico (número de jóvenes en edad de alistarse en cada región), sin duda determinante en la materia, cobran especial importancia a la hora de diseñar estas campañas los siguientes aspectos: a) Las preferencias mostradas por los aspirantes para cubrir determinadas especialidades en Unidades que le son más atractivas. Algunas consideraciones al proceso de transición b) La presencia de Unidades que ofertan plazas en su zona de residencia. Este factor influye en un doble sentido: por la posibilidad de trabajar cerca de su domicilio y por el atractivo que la presencia cercana y habitual de militares genera en los años cruciales de la infancia y juventud. c) La tasa de paro juvenil en cada región. d) El nivel socioeconómico del aspirante. e) El grado de identificación de la sociedad con la Institución militar. Por ello^ las campañas de propaganda, en función de las disponibilidades presupuestarias, deben programarse y ejecutarse de manera selectiva, según épocas y zonas. Además de aquellas dirigidas al conjunto de la sociedad (campañas institucionales), deben diseñarse otras dirigidas específicamente a los jóvenes en edad de alistarse (campañas promocionales). En todo caso, las campañas deberían cumplir una serie de condiciones: -Ir dirigidas hacia jóvenes que quieran hacer de la profesión militar su medio de vida, hacia los que les anima el espíritu de aventura, y hacia aquellos otros que buscan exclusivamente un empleo. -Introducir factores de concienciación sobre la necesidad de la Defensa y de participación activa como medio de contribución a la misma, evitando el desarraigo y el desinterés por parte de la sociedad. -Diseñarse con un sentido de transparencia total, evitando despertar falsas expectativas para evitar la posterior frustración y antipropaganda. -No dar una imagen frivola de la profesión, sino resaltar lo que conlleva de solidaridad., entrega y sacrificio. -Lanzarse de forma constante y regular para asegurar el alistamiento continuo. Pero la labor de captación de futuros profesionales de tropa y marinería no puede limitarse a la propaganda a través de los medios de comunicación; es imprescindible ir más lejos, acercándose directamente a quienes están o pueden estar en un plazo relativamente breve en condiciones de acceder a las FAS. Es decir, debe propiciarse el contacto personal con los jóvenes de ambos sexos. Para ello se están realizando cursos específicos de Equipos de Captadores que se desplazan a los Centros de Reclutamiento en épocas de admisión de instancias para cada Incorporación, a las propias Uni-dades con Militares de Reemplazo, a ferias de empieo o exposiciones dirigidas a la juventud, y cuando así lo soliciten a organismos públicos donde se concentre la juventud, con la finalidad de proporcionar a los jóvenes interesados información directa y personalizada sobre la vida en el Ejército, peculiaridades de cada Unidad y especialidad, expectativas profesionales, y cualquier otro asimto de su interés. Además, deberá conseguirse que cualquier joven pueda obtener información puntual, personalizada y, en su caso, cumplimentar la solicitud de inscripción, en cualquier Base o Acuartelamiento próximo a su domicilio, evitando, siempre que fuera posible, incómodos desplazamientos al Centro de Reclutamiento en la capital de su provincia. Con este fin, deben potenciarse las Oficinas de Información al Soldado que ya existen. En una palabra, el sistema debe acercarse al individuo y no el individuo al sistema. Como complemento de todo lo anterior, es muy oportuno el potenciar las jornadas de «puertas abiertas» para que la sociedad pueda profundizar en el conocimiento de sus Ejércitos. Sin embargo, hay que ser consciente que la mejor y la peor, en su caso, propaganda es la que realiza el soldado en su entorno inmediato. Su satisfacción o frustración será lo que facilite o reste futuros aspirantes a soldado. En la actualidad, el proceso selectivo del aspirante a soldado profesional consta de dos fases: 1.^ Se desarrolla en los Centros de Reclutamiento donde.los solicitantes realizan la prueba de evaluación personalizada. 2.^ Se lleva a cabo en los Centros de Formación donde los aspirantes preseleccionádos pasan un reconocimiento médico, una prueba de personalidad y otras de aptitud física. Este procedimiento debe mejorarse pues tiene una duración dilatada durante la cual se produce un goteo constante de bajas. El Órgano Central de Ministerio de Defensa, con la colaboración de los tres Cuarteles Generales, está diseñando un nuevo sistema que dé mayor rapidez y continuidad al proceso selectivo, al tiempo que posibilite seleccionar a los mejores en función de las aptitudes del aspirante y de las características de los puestos a cubrir. Por otra parte, la formación del soldado profesional se realiza en dos fases: una de formación general militar, que es común para todas las especialidades, y otra complementaria o especifica que difiere según la especialidad de que se trate. La primera se realiza en un período de 10 semanas, y la segunda tiene una duración variable en función de la especialidad, (entre las dos fases la duración será de 3 meses a 1 año). Con el fin de facilitar la reincorporación al mercado laboral del soldado cuando finaliza su permanencia en las Unidades, el Ejército de Tierra ha propiciado el que la Tropa Profesional obtenga, al finalizar su formación, una titulación reconocida por el MEC. Por eso, los programas de formación específica de los soldados especialistas se ajustan a los correspondientes de la LOGSE., y se aumentan en los créditos correspondientes a las raaterias específicas militares. Además, existe un manifiesto interés en que aquellas aptitudes que tienen aplicación en la vida civil (operadores de máquinas pesadas, telecomunicaciones, seguridad, buceadores, topografía, etc.), y que la tropa obtiene tras la realización de determinados cursos, tengan reconocida su validez oficial. Por último, los programas de instrucción y adiestramiento de las Unidades que actualmente son repetitivos, puesto que se diseñaron pensando más en el Militar de Reemplazo que en el profesional, están siendo modificados. Los nuevos programas se están diseñando de forma que un soldado profesional desarrolla un ciclo completo de instrucción y adiestramiento en un período aproximado de dos años. La finalización del compromiso La finalización del compromiso que vincula a los soldados con el Ejército, con independencia de la causa que la motive, en la medida en que supone la total extinción de los derechos y obligaciones recíprocos, es una cuestión de capital interés en el marco de los problemas que plantea la plena profesionalización. Existe la necesidad de ofrecer a los soldados profesionales cuantas posibilidades puedan encontrarse, acordes con el ordenamiento jurídico, para facilitar su retorno a la vida civil y al mercado laboral, hasta el punto que el éxito en el reclutamiento, como se dijo, depende del logro de este objetivo. Confluyen en esta cuestión tanto el interés de las Fuerzas Armadas como el de los soldados y marineros profesionales. El de los Ejércitos porque con ello, además de facilitar la captación de aspirantes, pueden conseguir una mínima permanencia en filas del soldado, en función de los tiempos de servicio que se exijan para alcanzar aquella preparación o para acceder a las ventajas que se establezcan. El de los propios soldados profesionales porque, a los valores adquiridos fi:*uto de su formación militar que le pueden ser rentables en el plano laboral, añadirán la formación y preparación extramilitar que reciban, orientada a las posibilidades de obtención de empleo. Prueba de la importancia de esta cuestión es la preocupación que los problemas vinculados a la finalización del compromiso ha venido suscitando desde el momento mismo en que la anterior Ley 17/1989, de 19 de julio, reguladora del Régimen del Personal Militar Profesional instituyó la figura del militar de empleo de tropa y marinería profesional. Problemas de orden jurídico, pues una política de la que pueda derivarse una discriminación positiva ventajosa para soldados y marineros profesionales, podría chocar con el principio constitucional de igualdad consagrado en los artículos 14 y 23.2 de la Constitución. Otros de carácter social, pues ese posible efecto discriminatorio positivo puede suscitar la oposición de organizaciones sindicales y profesionales cuyos intereses puedan verse más directamente afectados, y por los sectores de la sociedad con mayores dificultades en el acceso al empleo. Por último, esos problemas pueden también tener su reflejo en las relaciones de colaboración y coordinación entre el Ministerio de Defensa con los demás Departamentos Ministeriales que intervienen en la política de promoción y, particularmente, con las Administraciones Públicas distintas de la Administración General del Estado. En consecuencia, parece claro que más que un replanteamiento de la medidas de promoción del soldado para el momento de finalización de su compromiso, lo que procede es avanzar en las existentes, buscando en todo momento el máximo rendimiento que pueda obtenerse dentro de las limitaciones inherentes a los problemas a que antes se hizo mención. Formación Profesional y Ocupacional En los dos subsistemas en que se diversifica el régimen de Formación Profesional, el relativo a la Formación Profesional Reglada, objeto de la LOGSE, y el referido a la Formación Profesional Ocupacional, cuyo objeto es desarrollar el Plan Nacional de Formación e Inserción Profesional, los acuerdos y convenios suscritos por el Ministerio de Defensa, Algunas consideraciones al proceso de transición respectivamente, con el Ministerio de Educación y Ciencia y con el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, así como, en ambos casos, con las Consejerías competentes de las Comunidades Autónomas a las que han sido transferidas las competencias en la materia, los problemas a que podría dar lugar la plena profesionalización de las FAS están resueltos desde una óptica formal. Por consiguiente, lo único que aquí cabe preguntarse es si el número de cursos y plazas que se ofertan anualmente son suficientes. Cada año se realizan por término medio 300 cursos Formación Profesional Ocupacional, en los que participan en torno a las cien unidades militares. En el período 1988En el período /1997, 13, 13.588 alumnos (entre soldados de reemplazo y tropa y marinería profesional) participaron en las pruebas de enseñanzas no escolarizadas (FP-1) para acceder al título de Técnico Auxiliar, habiéndolo obtenido 5.770. El esfuerzo que se realiza en este campo debería aumentar, para lo que es preciso mayores asignaciones presupuestarias. Complementariamente, a nivel regional se deben fomentar los contactos con empresas y agencias para que el personal en filas disponga de información directa sobre las posibilidades del mercado de trabajo y se faciliten las relaciones del personal cuyo compromiso esté próximo a finalizar con los oferentes de empleo. La experiencia que en este sentido se ha adquirido, tanto en cuanto a militares de reemplazo se refiere como a tropa profesional, es altamente satisfactoria. La oferta pública de empleo De naturaleza distinta y más compleja son los problemas que puede ocasionar la incidencia de la política de promoción sobre la oferta pública de empleo. La determinación de reservar al menos el cincuenta por ciento de las plazas de acceso al Cuerpo de la Guardia Civil, para la tropa y marinería profesionales que cumpla los requisitos establecidos, configura una modalidad de «promoción interna» atípica. Esa reserva se contempla en la Ley del Régimen del Personal Militar Profesional como un criterio numérico mínimo, por lo que cabe la posibilidad que aumente en el futuro. Con la finalidad de preparar a quienes voluntariamente quieran concursar en estas convocatorias, se han constituido, con gran éxito, academias preparatorias en las Unidades, subvencionadas por el Ministerio de Defensa. Además, la Ley determina que se considerará como mérito el tiempo de servicios en las Fuerzas Armadas en los sistemas de selección para las plazas de funcionario y actividades de carácter laboral de las Administraciones Públicas, en todos los supuestos en que sus funciones guarden relación con los servicios prestados o aptitudes y titulaciones adquiridas. En el caso concreto de las convocatorias para el acceso a Cuerpos o Escalas adscritos al Ministerio de Defensa y para el ingreso como personal laboral en este Departamento y sus organismos autónomos, se reservarán igualmente, al menos un 50% de plazas para los militares profesionales que hayan cumplido un mínimo de tres años de servicios. El acceso de la tropa profesional a los Cuerpos de Policía Autonómicos lo vemos más problemático porque, del propio principio autonómico, se deriva la capacidad de las Comunidades Autónomas para organizar sus propios servicios. Por consiguiente, no cabe más que esperar la voluntaria colaboración de las Comunidades Autónomas que tienen constituidos Cuerpos de Policía propios, para conseguir los objetivos que se persiguen. Los tres años previstos para participar en el procedimiento de acceso a las plazas reservadas, tanto en el Cuerpo de la Guardia Civil como en el propio Ministerio de Defensa y sus organismos autónomos, se considera razonable porque permite que el soldado, una vez finalizado un ciclo completo de instrucción y adiestramiento, pueda preparar su futuro al tiempo que el Estado ha rentabilizado la inversión realizada en su formación. Formación Específica de Doble Uso Algunas de las especialidades desarrolladas por los soldados y marineros profesionales durante su permanencia en las Fuerzas Armadas, pueden ser ejercidas por éstos en la vida civil con total competencia y garantía. Asimismo, hay otras especialidades que sin ser idénticas tienen campos de actividad comunes con profesiones existentes en el ámbito laboral. Sin embargo, esta preparación y capacidad para desempeñar una profesión u oficio en el mercado de trabajo no es reconocida con frecuencia en su verdadero valor debido a la ausencia de una titulación oficial. De ahí el empeño en obtener titulaciones convalidables o reconocidas. El reconocimiento de estos conocimientos adquiridos y practicados, unido a la garantía que deben ofrecer los informes personales regla-Algunas consideraciones al proceso de transición mentarlos sobre experiencias acumuladas y actitudes demostradas, deben ser adecuadamente valorados por los empresarios. Finalmente y como es obvio, cualquier medida y acción que se emprenda debe hacerse sin menoscabo de la operatividad de las unidades, pues no debemos olvidar que los soldados a quienes van dirigidas son profesionales necesarios para que el Ejército mantenga los niveles deseables de operatividad. Una de las razones principales en favor de la total profesionalización de nuestras Fuerzas Armadas es la creciente demanda social hacia este modelo, acorde con los tiempos actuales en que la especialización se extiende a todos los ámbitos. En consecuencia, se aboga porque la defensa nacional recaiga también sobre profesionales. Sin embargo, y como contraposición la sociedad también debe admitir y ser consciente de que, en caso de necesidad, debe contribuir aportando el personal necesario para alcanzar y mantener el volumen de fuerza requerido. La Ley Básica de Movilización 50/69, resulta obsoleta ya que, fundamentalmente, esta dirigida a conseguir la movilización general de la nación para hacer frente a situaciones extremas, circunstancia ésta hoy día improbable. Una vez establecida la plena profesionalización y suspendido el Servicio Militar Obligatorio, es preciso una norma legal que regule la organización y procedimientos de las reservas movilizables, es decir, de los recursos humanos que podrán ser incorporados a las Fuerzas Armadas para alcanzar los efectivos totales de las unidades de las fuerzas permanentes, así como para la reposición de bajas, o para cubrir necesidades específicas puntuales que pudieran originarse. Este concepto de reservas movilizables no debe confundirse con una movilización general, que se referiría a la posibilidad, poco probable, de tener que generar nuevas fuerzas y a la obligatoriedad de un alistamiento generalizado en circunstancias excepcionales. La movilización tiene como objetivos inmediatos y sucesivos: -Completar las unidades de la Fuerza Permanente. -Activar las unidades de la Reserva Movilizable. -Generar fuerzas adicionales en situaciones extremas. En consecuencia, uno de los aspectos que considera la nueva Ley del Régimen del Personal Militar de las Fuerzas Armadas es el del tiempo que permanecerán en la situación de reserva, disponible para ser nuevamente llamado en caso de necesidad, aquellos que hubieran finalizado el compromiso que voluntariamente suscribieron con los Ejércitos. Esta obligación afectará a militares de carrera, a los de complemento, y a la tropa profesional. Indudablemente, este es un aspecto que debe quedar claramente establecido y regulado, ya que no puede excluirse el planteamiento de que aquellos que voluntariamente han decidido comprometerse y servir a las Fuerzas Armadas por un tiempo determinado, o durante toda su vida activa, no contemplen la posibilidad de que puedan ser llamados a ellas posteriormente, antes, por supuesto, que el resto de la sociedad que no adquirió vínculo alguno con las Fuerzas Armadas. Además, la nueva Ley establece un nuevo tipo de reservista, el reservista voluntario, que se corresponde con los españoles que opten voluntariamente a las plazas que al efecto se convoquen, resulten seleccionados y finalicen un período de formación para adquirir tal condición. Para casos extremos se contempla también la posibilidad de que el Gobierno solicite del Congreso de los Diputados autorización para la declaración general de reservistas obligatorios que podrá afectar a todos los españoles que en ese año cumplan desde diecinueve a veinticinco años de edad. Otra consecuencia, por tanto, del nuevo modelo es la necesidad de establecer sistemas y programas de movilización que se ajusten a la futura Ley y normas que la desarrollen.. Como consecuencia de la restauración que se derivó del Plan NORTE y de la reducción del total de efectivos de tropa, que conlleva la adopción del nuevo modelo de Fuerzas Armadas, del Ejército de Tierra precisa de mayor número de personal civil que el que actualmente dispone. Además, la cualifícación de una parte importante de ese personal y la ubicación de su puesto de trabajo no son adecuadas a los nuevos requerimientos. Dar solución a este problema implicaría tres líneas de actuación: cambiar de puesto de trabajo a unos, reciclar a otros para que obtengan la cualificación precisa para desempeñar sus nuevos cometidos y, por último, contratar nuevo personal. Este proceso no es fácil debido a las dificultades que suponen los cambios forzosos de destino del personal civil y las restricciones existentes en cuanto a oferta de empleo público se refiere. Por ello se estima oportuno recurrir, cuando sea posible, a la contrata de servicios, fundamentalmente en tareas de mantenimiento y apoyo de instalaciones. Tras este somero repaso a algunos de los problemas más importantes que el proceso de transición al nuevo modelo de Fuerzas Armadas plantea desde el punto de vista del recurso humano, puede concluirse que si el Plan NORTE ha supuesto para el Ejército de Tierra modificar trascendentalmente su organización, estructura y métodos de planeamiento y gestión, la plena profesionalización de la tropa exige una revolución de mentalidades y actitudes en todos los niveles de mando. Además, cuando la implantación del nuevo modelo finalice, según está previsto, en el año 2.003 se habrá producido también en el conjunto de la sociedad española un cambio de enorme alcance que tendrá consecuencias no sólo de orden político y social, sino también de carácter familiar, laboral y educativo.. Entre otras consideraciones, habrá pasado a la historia un servicio militar que durante decenios ha formado parte del paisaje nacional y ha sido punto de referencia en las vidas de muchas generaciones de jóvenes.
Ante el nuevo orden mundial El concepto de Nuevo Orden Mundial marca más la obsolescencia del orden bipolar para articular las relaciones internacionales de posguerra fría que la existencia de un nuevo orden alternativo. En estas condiciones de incertidumbre sobre el contexto externo de seguridad, se necesita un liderazgo que señale nuevos objetivos, decida las políticas y estrategias necesarias para llevarlos a cabo y que, al hacerlo, gestione la transición hacia el nuevo orden. Hasta ahora, el actor esencial de la seguridad, la economía y las relaciones internacionales ha sido el estado-nación y en este marco estatal se ha basado la formación y experiencia de las personas que ejercen algún tipo de liderazgo o dirección. Ahora bien, si tenemos en cuenta que el estado-nación ha entrado en una situación de crisis que afecta a su identidad -aunque no a su supervivencia-, deberíamos analizar las tensiones centrífugas y centrípetas que se detectan, sobre todo en lo referente a las uniones supranacionales y comprobar o corregir las posibles actitudes de liderazgo para adecuarlas a los nuevos tiempos, sin olvidar que en el futuro convivirán actores transnacionales, intergubernamentales, supranacionales, supraestatales y subestatales que interactuarán entre sí y con el estado-nación. Entendemos por actores transnacionales los que actúan por encima del control del estado, como empresas multinacionales, asociaciones internacionales públicas o privadas, ONG,s., Medios de Comunicación Social (MCS.),... Por intergubernamentales entendemos aquellos actores en los que el papel del estado es relevante, como las Organizaciones Intergubernamentales (OIG.) de NN.UU., OSCE., OTAN, UEO... José Manuel Garda Sieiro pranacionales son aquellas OIG que han recibido desde los estados la transferencia del ejercicio -que no la titularidad-de una competencia propia de la soberanía estatal, caso de la Comunidad Europea, de las Relaciones Exteriores de la Unión, o de la Política de Defensa Común de la misma. Finalmente, actores supraestatales son aquellos actores que pueden surgir cuando los estados les transfieran su titularidad, caso de la hipotética Defensa Común de la Unión y de la propia Unión Europea, si culmina con éxito su proceso de integración. Los subestatales, como regiones y comunidades locales no parecen llamados a asumir competencias de seguridad y defensa, pero, sin duda tienen su efecto en estos campos aunque en este momento no es fácil predecir cuál será. Es necesario pues, no olvidar que hay otras muchas formas de entender la política, la diplomacia, la seguridad... en un posible nuevo orden, donde la existencia de varios centros de poder por todo el globo y las comunicaciones modernas, exigen nuevas formas de afrontar los problemas de todo tipo y sobre todo los de seguridad. Por otro lado, las percepciones del peligro son muy diferentes, por lo que la habilidad de captar situaciones y sensibilidades diferentes se hace casi imprescindible para los dirigentes. Pero sigamos analizando las circunstancias de este nuevo mundo al que nos dirigimos. En él se darán curiosas contradicciones como pérdidas o cesiones de soberanía de los estados-nación en favor de los emergentes entes supranacionales y, simultáneamente, un mayor peso de los gobiernos regionales o municipales (globalidad versus regionalismo). Asimismo, se tomarán decisiones importantes por empresas transnacionales, y el peso de organizaciones no gubernamentales (ONG) alcanzarán cotas de influencia cada vez mayores, todo ello en un mundo donde las grandes redes de comunicación, con su gran poder, difuminan las fronteras, hasta ahora netamente definidas, y acercan a las personas las noticias, aunque, eso sí, con diferente intensidad según el nivel de desarrollo de cada país, y esto es algo que no se debe olvidar, sobre todo en el campo que estamos analizando, en el ámbito de la SEGURIDAD y DEFENSA. Lo anterior es clave, pues la percepción de los conflictos, de las amenazas y riesgos y, por consiguiente, de los sentimientos de miedo y odio, es muy diferente según el desarrollo cultural, económico y científico de los pueblos y, por ello, va a ser determinante en las relaciones entre ellos. En este punto sería necesario recordar las reflexiones de SAMUEL P. HUNTINGTON cuando anahza el «choque de civilizaciones» que podríamos resumir en que los contactos de todo tipo, entre las La multinacionalidad en el campo de la defensa diferentes civilizaciones, son cada vez más frecuentes y, por ello, los riesgos de posibles conflictos aumentan por razones obvias y obliga a los líderes de todas las partes a hacer enormes esfuerzos de imaginación y, muchas veces, generosidad para evitar confrontaciones. En el campo de seguridad y defensa, y tomando el caso de Europa, observamos que, en los actores que afrontan la integración, se encuentran todos los obstáculos que señalaba TONNIES para pasar de una Sociedad europea fragmentada a una Comunidad europea con un alto grado de cohesión interna y con lazos de agregación entre sus miembros. Por eso, el liderazgo de la integración precisa establecer, mediante la comunicación, las condiciones estructurales necesarias para que la integración pueda desarrollarse sin la animadversión de las élites contrarias o el distanciamiento de las sociedades civiles. No debemos olvidar que en el fondo de todo el proceso de integración se encuentra el debilitamiento del estado-nación, y es por ello, que la trasferencia de competencias, como medio de materializar esa integración, se encuentre en momentos de avances, retrocesos y titubeos. Quizás la explicación sería que los estados-nación se resisten a ceder soberanía por miedo a la incertidumbre o ¿porqué no? por vislumbrar que la integración regional será sólo un paso para una integración aun de más alcance de tipo global, y esto se ve quizás más claro en el campo de la seguridad, donde el concepto de globalidad se abre paso cada vez con más fuerza. Ahora bien, estas diferencias de ritmo crean tensiones por la diferente visión de los grandes temas, y por ello se producen situaciones difícilmente explicables si no se contempla la situación de forma sistémica. Ahora bien, las iniciativas para dotarse de un mecanismo común de seguridad, como el de Política Exterior y Seguridad Común (PESC.) está muy ligada a la evolución del estado nación pues la cesión de soberanía es prácticamente el último paso a su desaparición. Sin embargo, la necesidad de avanzar hacia un mecanismo de defensa común de seguridad colectiva ha suscitado el inicio de una cooperación intensa en este campo que ha cristalizado con la creación de unidades multinacionales europeas (EUROCUERPO, EUROFOR, EUROMARFOR) de indudable importancia y que trataremos más adelante en profundidad. Por lo anterior, podemos resumir que en el campo de la Iniciativa Europea de Seguridad y Defensa (lESD.), los papeles están repartidos entre la Seguridad para la UE y la Defensa para la UEO. Sin embargo, el tema clave está en la toma de decisiones, donde el factor tiempo será crucial y en la que influirá claramente el o los órganos ejecutivos que se arbitren y el procedimiento, consenso o mayoría, que se articule. Si continuamos en el plano operativo, hay instrumentos multinacionales militares preparados, conceptos de apoyo como el Combined Joint Task Force (CJTF.) y unos sistemas operativos que avanzan razonablemente bien. En fin, en la lESD. existe una arquitectura casi dispuesta para hacer realidad una futura integración dentro de la UE. del pilar europeo de Seguridad y Defensa y sólo falta una clara intención política que vertebre todo el sistema. Vemos, por un lado, que estamos ante situaciones nuevas que exigen huevas necesidades, de las que se derivan nuevas misiones y que requieren instrumentos y técnicas diferentes. Por otro, hay que considerar la formación, la mentalidad y la propia personalidad de los Ejércitos como organizaciones e instituciones que evoluciona a buen ritmo, pero nunca tan rápido como los acontecimientos. Para entender estas nuevas situaciones y sus implicaciones en los Ejércitos y las personas que los forman es imprescindible analizar el concepto de «cambio» en toda su dimensión. «El cambio es lo único que permanece» (Heraclito). Es posible y necesario. Es global y afecta no sólo a las naciones, sino a la sociedad mundial. Es neutro, es decir, ni positivo ni negativo, simplemente existe. El cambio o crisis, como también puede denominarse siempre que no caigamos en la costumbre, extendida hoy día, de aplicar el concepto de crisis a cualquier situación y normalmente en sentido negativo, se está operando en múltiples sectores de la vida mundial. Pero, quizá, uno de las más importantes o, más bien, el origen de todos, es el paso de individuo a persona. En la conjunción de estos dos conceptos y en el dualismo que produce está gran parte del drama de la cultura occidental. La persona, como ser humano, percibe más claramente que nunca que ha dejado de ser una «pieza del engranaje» y que las circunstancias no tienen por qué conformar su destino, sino más bien sus propias decisiones. Por tanto, podemos considerar que el cambio se genera en la persona, se proyecta hacia la sociedad mundial y se basa fundamentalmente en la comunicación. Conceptos como «Tercera Ola», «Aldea Global», «Revolución no Neolítica» ilustran, un poco, cómo los modernos autores perciben el cambio en los albores del siglo XXI. El cambio o crisis tiene dos componentes: riesgo y oportunidad. El conjugar las acciones que contemplan ambos parámetros es la clave para el «manejo del cambio». Hay, por último, otro concepto interesante y es la relación entre cambio y tensión. Todo cambio produce tensión pero, también la tensión es la que favorece el cambio y ejemplos en la historia mundial nos lo demuestran. Así, la tensión creada entre las diferentes clases sociales durante la Revolución Industrial fue, sin duda, motivo de no pocos problemas pero, al mismo tiempo, fue imprescindible para dinamizar el mundo cuyo avance alcanzó perfiles de progresión geométrica en todos los campos de la vida. Todo lo expresado, en general, tiene su reflejo, como es lógico, en los Ejércitos. Asimismo, debemos considerar, dentro del cambio, la trascendencia del concepto de Patria. Nadie puede olvidar su significado en este momento histórico, pero la espiral evolutiva va abriendo, cada vez un poco más, su radio y el concepto de multinacionalidad en la organización de los Ejércitos modernos, nos sugiere que el servicio que debemos prestar, y por el que morir si fuera necesario, ya no es sólo por la nación propia, sino por la sociedad, entendida en su más amplio significado. Por último, es en esta última década cuando los Ejércitos tienen que enfrentarse a cambios radicales en el entorno, de todo signo y naturaleza: nuevas misiones, nuevos riesgos producidos por situaciones geoestratégicas cambiantes, menos recursos, etc.... que obligan a responder, buscando soluciones. En cualquier caso, la evolución continuará, pues las sociedades y sus Ejércitos lo hacen con, o a pesar de las personas. El problema se reduce a manejar el cambio o a ser arrastrados por él. De nuestra capacidad para controlar y manejar este cambio se derivarán nuestras capacidades para conseguir un instrumento eficaz, unos Ejércitos adecuados y potentes. El cambio no tiene por qué ser disgregador sino integrador y, precisamente, en la integración de los conceptos tradición y modernidad y en su inteligente conjugación, está una de las claves del éxito para el futuro de los Ejércitos. Éstos no son la única institución que posee valores, pero sí es cierto que por su organización, principios, misión y estilo de vida están en las mejores condiciones de aportar personas que sean realmente útiles a la sociedad y ser, con su ejemplo constante de servicio, un catalizador de la misma. Estos valores están en la mente de todos y no se trata de hacer una relación detallada con sus correspondientes definiciones pero, en José Manuel Garda Sieiro 376 su conjunto, resumen esa forma especial de entender la vida como un servicio, y con la suprema finalidad de conseguir la paz. Con el riesgo que se corre al simplificar, diríamos que sería «el espíritu de caballero» tan tratado desde el punto de vista literario, el que mejor resume los valores tradicionales que conforman la moral militar y que, lejos de parecer arcaicos, están más al día que nunca y si no, véanse las misiones nuevas que están llevando a cabo los Ejércitos. En esta línea, el papel de los Ejércitos ya no es tanto el «sostén del poderoso» sino, más bien, el «protector del débil». Todo lo que podríamos seguir analizando nos lleva siempre a las personas, que son el capital más importante de los Ejércitos y su mayor aportación y la pieza clave en el proceso de cambio. Si el militar de carrera no percibe su profesión como una vocación, sino más bien como una ocupación remunerada, se habrá perdido una ocasión única para manejar el cambio y alcanzar un gran prestigio para la institución militar en estos momentos. Como ya se ha dicho, todo cambio genera una tensión lógica entre la organización y sus propios componentes. Conceptos como lo que debe ser, lo que puede ser, lo que es y lo que podría ser, bullen en todas las cabezas de los responsables de tener organizado, equipado y preparado un instrumento militar necesario y suficiente en cada nación, considerando siempre que lo fundamental no es evitar las tensiones, sino más bien ser capaces de aprovechar el potencial activo de las mismas para seguir avanzando en la dirección más adecuada y coherente con el momento histórico que se vive. La situación no es nueva y, en otros muchos momentos, los Ejércitos se han tenido que ir adaptando y adoptando diferentes estructuras, medios y procedimientos, doctrinas y reglamentos que han configurado una lógica evolución hasta los Ejércitos actuales. Pero sí hay un matiz diferencial en la situación actual, y es la rapidez del cambio, por ello, todas las circunstancias que lo rodean se agrandan y generan una mayor tensión que puede hacerse difícil de superar, si no se está dispuesto y preparado para manejar y controlar ese cambio. En este punto, sería necesario considerar que tratar de ralentizar el ritmo y disminuir la tensión puede ser un logro positivo a corto plazo, pero puede ser peligroso a medio y largo plazo. Las circunstancias del cambio están, a menudo, fuera del control de las organizaciones militares y, por tanto, siguen su propio ritmo, que hará que éstas se alejen cada vez más de la posibilidad de ofrecer un instrumento eficaz para afrontar las nuevas situaciones y, por tanto, quedarán obsoletas. La multinacionalidad en el campo de la defensa Los responsables de los Ejércitos hace años que han visto claro lo anterior, y se ha trabajado con mayor o menor fortuna, hasta definir unas organizaciones que puedan responder a las necesidades de Defensa en los albores del siglo XXI. Ahora bien, es en la motivación donde es necesario incidir con más fuerza, cuanto más importante sea el cambio. De nada vale unas organizaciones militares impecables, con unas estructuras adecuadas y con los medios precisos si las personas que conforman y dinamizan estas estructuras no están motivadas o, lo que es lo mismo, preparadas, concienciadas y convencidas de la necesidad de evolución en esa nueva situación. La auténtica motivación es el trabajo en sí mismo, la identificación de las personas con su labor, el sentirse satisfecho con ella y, en definitiva, cuando los fines individuales coinciden con los fines de la organización. Por otro lado, en la motivación es fundamental la formación y la comunicación y, en ambos campos, es necesario intensificar los esfuerzos, tanto en la organización como individualmente. Por lo anterior, la formación adquiere una importancia significativa, pues nadie se identifica con lo que no conoce en profundidad y para conocer y comprender, es necesario estar formado en el mayor grado posible. También es fundamental la comunicación, entendida en todas las direcciones: interna, para que el militar conozca en todo momento las finalidades y objetivos que debe conseguir su Ejército; externa y biunivoca, para proyectar hacia la sociedad su imagen, buscando la manera adecuada de presentarla. Y es así como introducimos el concepto de liderazgo, que sería necesario analizar en profundidad. No se trata, ahora, de hacer este análisis, aunque sí de entresacar alguna idea. Por ejemplo, el liderazgo no es un concepto únicamente militar, pero es en el Ejército donde alcanza un significado especial. El liderazgo tiene más que ver con la persona que con el individuo, al ser el primero un concepto trascendente y global, acorde con los tiempos actuales. Los líderes no deben ser, al menos a priori, unos seres especiales. Todos tenemos la obligación de procurar formarnos en esa idea, huyendo de cualquier criterio elitista. Nadie puede ser líder de nada si previamente no es capaz de ser, en sí mismo, su propio líder controlando y formando su carácter, forjado en una búsqueda constante de identidad en principios libremente aceptados. En otro orden de ideas, hay que conseguir que los componentes de los Ejércitos presten toda su colaboración y esfuerzo, y para ello 378 José Manuel García Sidro es muy conveniente que la sociedad sienta esa necesidad de seguridad global por la elemental razón de que el militar es un miembro de ella y, por tanto, sujeto a sus mismas influencias. De esa forma el militar, al sentirse útil, al considerar que gracias a sus conocimientos y entrega, puede en algún momento defender a esa sociedad a la que pertenece, encuentra su más íntima motivación. De esta forma lograría alcanzar un peldaño más en la escala de necesidades que expresó MASLOW: las de estima, prestigio y respeto. Realmente, no se discute, salvo excepciones, la necesidad de la Seguridad y Defensa, pero se juega con elementos fundamentales de ellas, con tal tranquilidad e imprudencia, que la propia idea base queda dañada seriamente. Y, en el medio de esta indefinición, calculada pero muy peligrosa, se encuentra el profesional de la Seguridad -el militarque tiene que trabajar en algo que se cuestiona continuamente. Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, debemos partir de la base de que la sociedad actual es así, ni mejor ni peor, sino que está inmersa en un proceso dinámico evolutivo en el cual todos los conceptos sufi:*en modificaciones y sería ilusorio pensar en situaciones inamovibles o axiomáticas. Por tanto, el concepto de Seguridad y Defensa sufre y sufrirá variaciones y vaivenes en función de multitud de factores, que impedirán una definición duradera de principios y criterios, siendo necesaria una mentalidad abierta y consciente de la evolución de las sociedades en la Historia. En este contexto, el militar debe tener la flexibilidad como máxima y trabajar para adaptar las organizaciones de Defensa y Seguridad a lo que demanda la sociedad en cada momento, con las directrices políticas oportunas. La habilidad del militar ha de consistir en irse adaptando, sin olvidar el fin último de seguridad de la sociedad, manteniendo su propia personalidad y tratando de ser lo más eficaz posible en una labor difícil y en ocasiones poco agradecida, por lo ya dicho. Sin embargo, para que ese militar actúe así, es necesario que su motivación sea muy fuerte, que vea la importancia de su labor, que sea capaz de adaptarse a su entorno -vivir su tiempo -y al mismo tiempo cultivar una personalidad, si no diferente, sí diferenciada. Respecto a este último punto no olvidemos que, si el militar tuviera que ejercer su profesión en situaciones de guerra, tendría que actuar en unas condiciones especiales y ser capaz de manejarlas y cumplir su misión, procurando «humanizar» el enfrentamiento, lo cual no es fácil. La multinacionalidad en el campo de la defensa y los ejemplos históricos son elocuentes. Para ello se necesita cultivar unas cualidades, algo «trasnochadas» en nuestra realidad actual, pero imprescindibles como: el espíritu caballeresco, el honor, el respeto por el enemigo, etc. Al hablar del concepto de multinacionalidad, no debemos referirnos a una región concreta del planeta, sino al ámbito general y en este sentido han de plantearse los conceptos y soluciones a este tema. Ahora bien, también hay que tener en cuenta que para que se produzca el fenómeno de la multinacionalidad debe darse como condición previa una cooperación política entre naciones para conseguir el acuerdo de preservar conjuntamente unos determinados intereses y eso sólo pasa cuando se conformen unas organizaciones regionales a tal fin. Por ello, el fenómeno de la multinacionalidad se está dando con intensidad en la esfera del mundo occidental pero no se puede descartar que se vaya extendiendo a otras zonas en el futuro más como factor de estabilidad que de lo contrario y puede incluso que las experiencias obtenidas sean útiles en otras zonas como Iberoamérica y África. Además, en el ámbito mundial, bajo los auspicios de la ONU. ya se están dando algunas experiencias multinacionales que podemos llamar de «amplio espectro» aunque las misiones de a5ruda humanitaria no reflejan los conceptos que aquí se exponen de multinacionalidad con características operativas que exigen una mayor integración y eficacia, lo cual de momento sólo se da en las organizaciones regionales de defensa tipo OTAN, o UEO. Lo que tratamos a continuación se refiere a una parte del mundo en el que el desarrollo económico, cultural y político permite establecer avances en la multinacionalidad por lo expresado anteriormente. En otras zonas del mundo el desarrollo es menor y estos conceptos son de difícil aplicación, por el momento. Si analizamos las tendencias históricas de los Ejércitos, feudal y nacional ahora ¿hacia dónde vamos?. En principio y en congruencia con las tendencias políticas iríamos a una integración de tipo regional también, lo que supondría un Ejército Supranacional único para diferentes regiones que podemos considerar, si lo anterior se cumple. En el proceso se ve claro que el Ejército o Ejércitos han de seguir las fases de la evolución política, o aún mejor de las Sociedades que son a las que sirven y ante las que tienen la responsabilidad de su sm José Manuel García Sidro defensa, igual que los políticos tienen la responsabilidad de dirigir a esas sociedades a mejores cotas de progreso y bienestar dentrç de la inexorable evolución de la historia. Sin embargo, en lo que respecta a la Defensa hay un dato que es necesario tener en consideración; la irreversibilidad o costosa vuelta atrás de las decisiones; cosa que en los aspectos económicos, jurídicos y políticos en general no son tan delicadas. Me explicaré; cuando un esquema defensivo se cambia, se producen ciertas vulnerabilidades, unas reales otras no tanto pero que se perciben como tales y eso provoca, o puede hacerlo, inseguridad, si no se analiza adecuadamente el entorno. Por ello, si tomamos Europa como ejemplo, dentro de la Unión, el pilar económico puede avanzar muy rápidamente, e incluso aunque con más dificultad el pilar jurídico y normativo, pero el de seguridad para que avance han de solucionarse infinidad de contradicciones y sentimientos muy arraigados. Por tanto, procede analizar el concepto de multinacionalidad aplicado a la Defensa, para encontrar soluciones. El esquema de la multinacionalidad, o lo que también podríamos llamar procedimiento de multinacionalidad aplicado a los mecanismos militares, no es una solución nueva en la historia en la que la dinámica de las alianzas obligó a tener que operar juntas a unidades militares de diferentes países en una determinada contienda. Por tanto, no se puede decir que estemos ante un fenómeno nuevo pero sí hay un matiz claramente diferenciador. En el enfoque clásico, la multinacionalidad se producía una vez iniciado el conflicto por agregación de fuerzas nacionales o bien de órganos de mando y se buscaba el sumatorio de fuerzas para lograr cantidad y respaldo de más naciones lo que proporcionaba un valor añadido y fuerza no solamente militar. En el nuevo enfoque se trata de institucionalizar el concepto desde tiempos de normalidad de forma que las ventajas y valores añadidos de cohesión y calidad se obtengan antes del conflicto y actúen así como un factor mas de disuasión. Se antepone este primer activo, la disuasión, de la multinacionalidad porque es muy importante y misión primera de cualquier fuerza el disuadir al enemigo de una intervención con lo que estaríamos alcanzando los objetivos de seguridad con el coste mínimo en lo más importante, que son las vidas humanas. La multinacionalidad en el campo de la defensa La experiencia, hasta ahora, como ya se ha dicho es la agregación de naciones una vez iniciado el conflicto, y si convenimos que siempre ha sido positivo para las alianzas formadas, se pretende adelantar el éxito a una fase anterior al conflicto, ejerciendo una acción importante en el escenario a considerar. Hay otras razones que favorecen la multinacionalidad que están en el ámbito de la organización interna de cada nación en lo relativo a las Fuerzas Armadas y en sus Políticas de Defensa. --En la organización de las Fuerzas Aunadas: La tendencia a la baja aunque, últimamente ral entizada, de los presupuestos de defensa de los países de Europa Occidental obliga a contar con aliados para cualquier intervención. Al mantener unas Fuerzas Armadas de mínimos para las necesidades nacionales se ve claro que es muy difícil realizar acciones unilaterales y de forma aislada por falta de medios. Esta tendencia no es la misma en otras regiones mundiales y por ello la predisposición a la multinacionalidad es menor. -En las políticas de defensa: Teniendo en cuenta los ámbitos de actuación y la menor probabilidad de actuación en el más cercano de la soberanía de cada Nación, las intervenciones más corrientes lo serán en el ámbito regional o en el mundial que siempre han de estar auspiciados por organizaciones regionales de defensa y seguridad, y por ello al depender ya de unas decisiones políticas de ámbito internacional parece más lógico plasmarlas en el campo operativo con unidades multinacionales, tanto por razones de coherencia como de respaldo político. Concepto de unidades multinacionales Ahora bien, para conseguir este respaldo político, los países que han de tomar la decisión de involucrar a sus fuerzas en una empresa multinacional, constituyendo Unidades multinacionales, deben sopesar cuidadosamente sus propios intereses, sus objetivos de política exterior, sus compromisos bilaterales y todo ello dentro de su entorno geoestratégico. Como se ve, el contexto y ámbito de decisión resulta enormemente complejO; ya que supone asumir compromisos que pueden alargarse en el tiempo y comprometer a los países integt'antes en una dinámica que puede variar según el transcurso de los acontecimientos. Por todo ello, la prudencia en la toma de decisiones y el compromiso a objetivos claros de política exterior, junto al papel que cada país 382 José Manuel Garda Sidro desee jugar en el campo internacional, será básico para tomar decisiones en este campo. Si a la decisión política unimos la dificultad que supone el disponer de los requerimientos militares que exige la formación de unidades multinacionales, no se debe ser sólo prudente, sino también coherente y disponer de unas fiíerzas que sean interoperables y suficientemente dotadas en medios, pues sin duda serán un exponente del prestigio de esa nación y sus fiínciones de mayor o menor liderazgo dentro de la Unidad multinacional favorecerá más o menos la libertad de acción de la política exterior de ese país. Como se ve, la constitución de Unidades multinacionales, bien en permanencia o para una determinada misión, implica una importante carga política por la identificación de fines, solidaridad y decisión compartida pero además es una búsqueda de soluciones a unos cambios de estructuras defensivas que se vislumbran en un ambiente de seguridad colectiva para atender a riesgos poco definidos y a la economía de medios en el campo de la defensa. Una vez tomada la decisión política hay también que resolver problemas técnicos de integración como es decidir cuál será el nivel de ésta, más o menos elevado, y si se hará sólo en los Cuarteles Generales o en las Unidades inferiores, pero eso se comentará más adelante. Como vemos, al ser la decisión política y los problemas técnicos de gran dificultad, es necesario sopesar claramente las ventajas e inconvenientes que la multinacionalidad aporta a los esquemas defensivos de las Naciones que están involucradas en el proceso. Sin duda, como ya se comentó, la principal ventaja es el efecto de disuasión que supone el que varias naciones decidan colaborar en un esfuerzo común para afrontar sus problemas de seguridad. El compromiso de actuar juntos es un valor añadido a sus respectivas potencialidades, demográficas, industriales y tecnológicas. Otra gran ventaja, comentada antes de forma somera, es la economía de medios que resulta de un reparto de costos y sacrificios en un mundo como el actual y en sociedades económicamente avanzadas donde la relación coste/eficacia es difícil de traducir al campo de la defensa, ya que el coste de la seguridad no se percibe claramente por las opiniones públicas. Los ^ostes de preparación de las fuerzas y su sostenimiento serían mi gravosos si se buscara la autarquía, pero si se buscan caminos de complementariedad y especialización en diversas áreas con soluciones imaginativas, el constituir fuerzas multinacionales de volumen suficiente puede resultar menos gravoso para las Naciones participantes que intentar resolver aisladamente los problemas de seguridad y de-La multinacionalidad en el campo de la defensa fensa. Respecto a los sacrificios, siempre hay que tener en cuenta las posibles bajas y la opinión pública aceptaría difícilmente esta posibilidad salvo en el caso que la empresa sea lo suficientemente importante y que no estemos solos en ella. Ahora bien, hay también inconvenientes y el más importante es verse inmersos en algún conflicto en el que no se vea claro la defensa de los intereses particulares de una nación. El equilibrio entre la solidaridad con los otros países y el sacrificio propio debe ser el elemento clave para la decisión. Sin embargo, los mayores problemas se dan en el campo técnico y se refieren al nivel de integración y a la cohesión de las fuerzas. Veamos algunos de ellos: - Instrucción y Adiestramiento: Aunque la instrucción y adiestramiento en común de una Fuerza Multinacional presentan dificultades, se pretende paliarlas mediante un programa amplio de ejercicios asistidos por computadora (CAX.), de Puestos de Mando (CPX.) y con tropa reducida (CFX.). A tales ejercicios se añadirán las maniobras normales con el completo de los efectivos. EUROPA Y LA MULTINACIONALIDAD Para analizar la multinacionalidad, Europa es prácticamente el único ejemplo y se observan algunos elementos importantes: -La lengua: En el mundo de la información, y con los avances técnicos cada vez más, las lenguas dejarán de ser una barrera infranqueable, al menos en las élites minoritarias que siguen y marcan los destinos de los pueblos. En el futuro el multilingüismo será un fenómeno bastante natural y fácilmente asumible. -La cultura: De igual modo no ha de ser un elemento de separación entre los pueblos, y puede muy bien ser lo contrario, si no se hace de^a misma una fortaleza de intransigencia y se produce la necesaria interrelación que sin duda enriquecerá a todos. Ahora bien, aquí pueden englobarse otros muchos conceptos producidos por la educación, la historia, las tradiciones, el ser diferenciador y es ^quí donde puede encontrarse alguno de los puntos difíciles del problema. -Los valores: En este tema se pueden analizar indicadores y hay estudios al respecto que comparan y correlacionan actitudes personales y colectivas más frecuentes en diferentes países que proporcionan unos datos que, llevados a ejes cartesianos, se observa que se producen unas agrupaciones de naciones en las cuales pódenlos comprobar las similitudes o afinidades que facilitarán las relaciones y el trabajo conjunto, no sólo a nivel de liderazgo, sino a nivel de ejecución, lo que en definitiva facilitará la comunicación y por tanto el trabajo conjunto-combinado de las unidades y los órganos de planeamiento y dirección. Como resumen del análisis podemos establecer que hay países con más afinidades y podríamos separar algunos grupos claros: Grupo A: España, Francia, Italia. Grupo B: USA., Gran Bretaña, Canadá, Países Bajos. y quedan en una posición intermedia, acercándose a uno u otro grupo,. según los factores analizados, países como Alemania, Noruega,... En el ámbito de OTAN., y teniendo en cuenta la integración de nuevos países del Este europeo, se producirá la aparición de algún grupo más que será necesario analizar en el futuro. Repasemos pues la cohesión que se desprende del anterior análisis en algunas de las fuerzas multinacionales actualmente organizadas: EUROFOR: España, Francia, Italia y Portugal. Puede ser una Unidad muy cohesionada con un liderazgo. claro de Francia. EUROCUERPO: Alemania, Bélgica, España, Francia. También bastante cohesionada con un liderazgo menos claro entre Alemania y Francia. CUERPO DE EJÉRCITO DE REACCIÓN RÁPIDA (ARRC): Donde participan todos los países de OTAN., y por ello los grupos de países antes analizados. Menos cohesión en este campo de los valores, con liderazgo británico y ninguna participación de Francia. Se puede suponer ciertos problemas de coordinación en su funcionamiento, aunque los resuelven publicando normas y procedimientos de funcionamiento. Hay otras formaciones, como una fuerza anfibia combinada del Reino Unido y Holanda y Cuerpos de Ejército multinacionales, todas de países vecinos y razonablemente bien coordinadas. Además de las Unidades también debemos considerar ciertos países como Suécia, Finlandia, Suiza, Irlanda y en fin, todos aquéllos que no forman parte de la UEO., pero sí de la UE. y que igualmente no forman parte de la OTAN, y, por otra parte, países como Turquía y Grecia que si bien forman parte de OTAN, tienen una vinculación bilateral conflictiva y su pertenencia a UE. es muy diferente. Es aquí, en la situación de estos países, y en sus diferentes vinculaciones a las organizaciones que estamos tratando, donde se encuentran las dificultades de cohesión y el origen de los problemas políticos para llegar a decisiones conjuntas en una futura Política Europea de Seguridad Común, dentro de la UE., y en una acción común en el UEO. Si a lo anterior sumamos una posible ampliación la cosa se complicaría aún más. Actitudes hacia la formación de unidades multinacionales Como complemento de lo anterior, es necesario hacer un repaso somero sobre las actitudes tradicionales de los diferentes países sobre el tema. Desde su creación en los años cincuenta, la Bundeswehr había sido preparada para trabajar completamente en el entorno multinacional de la OTAN. Aunque ciertas unidades se establecieron sobre bases nacionales, su entrenamiento, ejercicios y papel operativo fueron todos alineados en la estructura colectiva de la OTAN. Este punto de vista se reforzaba por la posición constitucional de que las fuerzas alemanas no podían empeñarse en otras acciones que las de defensa directa de la nación, de acuerdo con los términos del Tratado de Washington. Esto podría efectivamente apartar al Ejército alemán de las nuevas formaciones multinacionales en nuevo ambiente y que Alemania pudiera ofrecer sus recién estructuradas fuerzas para participar al máximo posible en formaciones multinacionales. Sin embargo, la reciente evolución efectuada en la interpretación de su Constitución, ha permitido que Alemania pueda desempeñar un cometido significativo en el evolucionado ambiente europeo de seguridad. En este sentido, acaba de crear un CE. multinacional junto con Dinamarca y Polonia, y ya participa activamente en operaciones fuera de sus fronteras, como es el caso de Kosovo. El punto de vista de Francia era que el final de la guerra fría y la unificación alemana, y el fin de los derechos y responsabilidades compartidas en Alemania por Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética desde la Segunda Guerra Mundial, anularían cualquier requerimiento para el estacionamiento de tropas francesas en suelo alemán y llevaría a la desaparición de la estructura militar integrada de la OTAN., ante la que Francia había observado siempre una postura ambigua. El miedo a ser marginados en los movimientos para desarrollar una más grande identidad europea de defensa dentro de la Alianza Atlántica, que podría dar el liderazgo en este campo a Gran Bretaña o Alemania, pudo hacer reconsiderar este criterio al presidente Mitterrand y acordar con el canciller Kohl la creación de La multinacionalidad en el campo de la defensa un Cuerpo Franco-Alemán, basado en la simbólica Brigada franco-alemana, alrededor de la cual podría construirse una identidad distinta de defensa europea. Este Cuerpo Franco-Alemán evolucionaría posteriormente hacia el EUROCUERPO, cuyo acuerdo para operar bajo paraguas OTAN, ha supuesto para Francia una aproximación indirecta a la estructura de fuerzas de esta organización. La actual postura francesa está claramente a favor de la formación de Unidades multinacionales. Su postura está presidida por un dilema básico. Apuesta claramente por la OTAN., y por lo tanto, por la formación de las unidades multinacionales que su nueva estrategia preconiza. Desean estar fuertemente representados en su revisada estructura de Mandos y en la cadena de mando, para retener su influencia en los asuntos europeos y frenar la tendencia a desarrollar unas estructuras meramente europeas por parte de las naciones de la OTAN, que pudieran contrariar sus intereses estratégicos. Ibner un pie en Europa es también una provechosa base avanzada de sus fuerzas para llevar a cabo propósitos nacionales fuera del área de la OTAN. Por otra parte, el proceso iniciado entre las naciones europeas para dotar de más multinacionalidad a sus estructuras de fuerza podría reducir la flexibilidad y libertad de acción americana, a lo que se añade que el Congreso de los EEUU, ha sido siempre reluctante a poner fuerzas americanas bajo mando no americano. El dilema se realza con la intervención de la OTAN, en operaciones de apoyo a la paz bajo los auspicios de la ONU., especialmente en áreas próximas a la frontera de la OTAN., en las cuales la Administración USA. no quiere verse envuelta y persigue una política de mayor distanciamiento. Cuanto más intensa es una crisis, especialmente cuando implica acciones militares ofensivas, más se pide la participación y el liderazgo americanos. Su falta de inclinación a aceptar este papel debilita su posición en Europa. Por ello, los EEUU, ni pueden permanecer apartados del desarrollo de las fuerza multinacional, ni tampoco comprometerse hasta un punto que inhiba su flexibilidad nacional o que les implique en acciones militares que haría mejor en evitar. El punto de vista del Reino Unido ha sido más pragmático. En primer lugar, continúa manteniendo fuerzas británicas estacionadas 388 José Manuel García Sieiro en el continente, expresión de una importante demostración de su compromiso con la seguridad colectiva, y una muestra de su europeismo. Paralelamente, resuelve el problema práctico que supondría llevar las tropas a su territorio, donde los cuarteles y los campos de instrucción son escasos. En segundo lugar, una mayor contribución a las formaciones multinacionales mantendría la influencia británica en Europa, tanto en el campo militar como en el diplomático. En términos diplomáticos el Reino Unido podría controlar las nacientes estructuras paralelas europeas y estar en disposición de aprovechar las iniciativas europeas, especialmente la UEO., que considera menos comprometida que la OTAN. En términos militares, tal contribución puede justificar la asunción británica de un puesto importante de mando operativo, y puede influir en una ulterior evolución de la estructura militar. En tercer lugar, el Reino Unido ve un mayor desarrollo de la estructura de fuerzas multinacionales como una forma de impedir una tendencia regresiva hacia el nacionalismo en materia de defensa y demás recortes presupuestarios. La postura británica también ayudará a mantener una fuerte presencia americana en Europa que Gran Bretaña cree no sólo fundamental para la fortaleza de la OTAN., sino también útil para asuntos internos europeos. El liderazgo USA. en la OTAN, actúa como un contrapeso a la poderosa conexión francoalemana en la que en materia de defensa Francia tiende a dominar. España no podía permanecer indiferente a la proliferación en Europa de Unidades multinacionales. Como país de la Unión Europea, está integrándose en las estructuras comunes europeas en todos los campos, y la Defensa no es una excepción, saliendo del ya tradicional aislamiento. La política de defensa, dirigida por el Gobierno, está asumiendo una serie de compromisos internacionales que, por una parte, obligan a realizar esfuerzos de todo tipo para el cumplimiento pero, por otra, permiten disfrutar del marco de seguridad de los países occidentales. En este sentido, es de destacar el reciente paso dado por el Gobierno hacia las estructuras multinacionales de fuerzas al aprobar la plena participación de las FAS. españolas en la Estructura Militar Integrada de la OTAN. Este espíritu de cooperación con otros países del entorno ha llevado a las Fuerzas Armadas españolas a cambiar su ámbito de actuación La multinacionalidad en el campo de la defensa que iba, fundamental y casi exclusivamente, dirigido a la defensa de la soberanía del territorio español y que ha pasado, sin perder su carácter defensivo nacional, a ser capaz de cumplir sus misiones en cooperación con otras naciones fuera del territorio español. Consecuente con esta política de defensa nacional, España ha intensificado su presencia en los foros de defensa y seguridad para ocupar el puesto que le corresponde por su peso económico, cultural, posición estratégica y prestigio mundial. Ahora bien, todavía queda mucho por hacer en este campo, pues como se desprende de lo expresado hasta ahora en el ambiente multinacional de defensa sigue siendo válido el lema de «tanto das, tanto recibes» y los retornos de prestigio e influencia en las grandes decisiones sobre seguridad sólo se producirán en función de nuestra aportación. Nuestra presencia en Kosovo podría ser un buen elemento de reflexión. Por otro lado, esta integración de España obligará a la obtención y mantenimiento de un nivel de operati vidad de sus ejércitos, similar al de los países con los que se integra en formaciones multinacionales, lo que obligará a la renovación de gran parte de su material. Para las naciones OTAN, menos importantes como Bélgica, Holanda, Dinamarca, Portugal, etc...., una estructura de fuerza multinacional es esencial para la viabilidad de sus muy reducidas fuerzas terrestres. Ello podrá también permitir a estas naciones retener puestos de mando a nivel Cuerpo de Ejército, aunque sea rotando, lo que consideran necesario por razones de estructura de fuerzas, estatus e influencia, y para impedir que la estructura de mando sea dominada por naciones importantes lo que, por otro lado, es inevitable porque lo realmente importante para una Nación es participar activamente en las estructuras de mando multinacionales (Cuarteles Generales, Mando y Control, etc.,...) para poder liderarias ya que las Unidades son más factibles de conseguir por, digamos, países de 2° nivel sin que esto suponga un trato peyorativo. Estas diferentes actitudes nacionales, objetivos y expectativas expuestas, pueden dar como resultado un conjunto de formaciones multinacionales sin una estructura uniforme, bien sean binacionales, trinacionales, tetranacionales; con distinto grado de integración, a nivel Cuerpo de Ejército, División o Brigada; con diferente dependencia del mando de la Gran Unidad Multinacional, control operativo, mando José Manuel Garda Sieiro 390 operativo, etc. Todas ellas son más el producto de consideraciones políticas que de requerimientos específicos militares. Por ello, las fiíerzas multinacionales son instrumentos de diferentes políticas exteriores, no sólo en un sentido militar, sino en el juego político entre naciones. Se usan para establecer status y credibilidad nacional, y tienen influencia en las percepciones de unos aliados sobre otros. Su efectividad dependerá de la cohesión de las unidades de las diferentes naciones, de la armonización de los diferentes caracteres, culturas y equipos, de la complementariedad de las diversas calidades y capacidades y de los acuerdos sobre el mando claramente definidos. Fuerzas multinacionales terrestres con participación de España De acuerdo con la Declaración de La Rochelle (22 mayo 92) que establece las bases del EUROCUERPO, éste será empleado, de común acuerdo, en las siguientes misiones: -Defensa Común de los aliados en aplicación del art. V del Tratado de Washington o del de Bruselas modificado. -Mantenimiento y restablecimiento de la paz. -Acciones humanitarias (asistencia en catástrofes, ayuda a refugiados y operaciones de evacuación). La vocación europea de la Unidad la llevará a actuar prioritariamente en el marco de la UEO., de acuerdo con las orientaciones definidas en la UE. Asimismo, en aplicación del art. V del Tratado de Washington y con el fin de reforzar el pilar europeo de la Alianza, el EUROCUERPO podrá intervenir, como tal, para la defensa común de los Aliados, según las modalidades de un «Acuerdo Específico» a nivel político, ampliado con acuerdos técnicos a nivel operativo. Estos acuerdos definen las condiciones en las que el EUROCUERPO se pondría bajo la autoridad del mando apropiado de la OTAN, para su empleo, tanto en las Fuerzas de Defensa Principal como en la de Reacción Rápida. Los diferentes ámbitos de actuación del EUROCUERPO podemos resumirlos de la siguiente form.a: V (Defensa Colectiva): ® Dentro de las Fuerzas de Defensa Principal de la OTAN., con prioridad de empleo en Centroeuropa. • En el marco de las Fuerzas de Reacción de la OTAN, según prevean los respectivos planes de contingencia. V: • En operaciones no amparadas en el Art. V y teniendo en cuenta los párrafos 42 y 43 de las directrices para la Defensa Aliada establecidas en el Concepto Estratégico de la Alianza de noviembre de 1.991, que permite el empleo de fuerzas militares de la misma para gestión de crisis que amenacen la seguridad de los países miembros y para operaciones de apoyo a la paz en el marco de la ONU. • En Operaciones de Paz y Humanitarias como instrumento común de respuesta de la UEO. a petición de la ONU. y OSCE. Con motivo de la Reunión Ministerial de la UEO. de Lisboa de 15 de mayo de 1995, los Ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa de España, Francia e Italia lanzaron dos iniciativas político-inilitares mediante la constitución de EUROFOR. y EUROMARFOR. encaminadas a: -Contribuir a proporcionar a Europa su propia capacidad militar, en particular en el área de proyección de fuerzas, y capacitar a los aliados europeos para asumir mayores responsabilidades de seguridad y defensa común. -Proporcionar a los países de la UEO. una estructura multinacional básica para participar en operaciones UEO. -Participar, de acuerdo con la Declaración de Petersberg, en iniciativas de Organizaciones Internacionales en el campo de mantenimiento de la paz y del desarrollo de la seguridad. Los tres países manifestaron, en tal ocasión, su acuerdo para que Portugal participase en ambas iniciativas desde el inicio de su desarrollo, estando abiertas a los demás países miembros de la UEO.; serían desarrolladas simultáneamente y podrían actuar conjunta o independientemente. Las misiones que pueden serles encomendadas son las definidas en la Declaración de Petersberg: -Misiones humanitarias o de evacuación. -Misiones de mantenimiento de la paz. José Manuel Garda Sieiro 392 -Misiones de fuerzas de combate para la gestión de crisis, incluidas las operaciones de imposición de la paz. EUROFOR. y EUROMARFOR. están declaradas «Fuerzas a disposición de la UEO.» (FAWEU.) y serán empleadas prioritariamente en dicho marco. Las relaciones con la UEO. se han establecido de acuerdo con los documentos principales de esta Organización. Ambas Fuerzas podrán igualmente emplearse, como tales, en el marco de la OTAN., para misiones no-Art. V y con el fin de reforzar el pilar europeo de la Alianza. En cualquier caso, el cumplimiento de estas misiones no debe comprometer la participación de Unidades pertenecientes a las mismas en la misión de defensa común prevista tanto en el Art. V del Tratado de Washington como en el mismo artículo del de Bruselas modificado. Además, podrá preverse el empleo de estas Fuerzas en aplicaciones de resoluciones del Consejo de Seguridad de NNUU., decisiones de la OSCE. o, eventualmente, de otras Organizaciones Internacionales. En la actualidad establecida la base para su adecuada actuación al definirse sus relaciones y marco de actuación, se trabaja en el desarrollo de sus capacidades operativas en todos los aspectos necesarios, siendo aspecto principal la realización de ejercicios que permitan la activación de dichas fuerzas, adiestrarse y obtener enseñanzas de cara a mejorar su operatividad. Conclusiones sobre la multinacionalidad La Alianza Atlántica, en la cumbre de Londres en Julio de 1.990, ordenó una revisión completa de sus estructuras y estrategias, en el párrafo 14 de la Declaración de dicha cumbre se resaltaba el nuevo significado estratégico de la multinacionalidad. Éste afirmaba que la estructura de fuerza debía cambiar en lo fundamental, incluyendo entre sus características principales de cambio: «Se basará de forma creciente en los Cuerpos multinacionales, formados por unidades nacionales». También la cumbre de la Unión Europea Occidental (UEO.) de Maaestricht, en 1.991, señaló como una de las medidas para fortalecer el papel operativo de esta organización la creación de unidades multinacionales que estarían a disposición de la UEO. Se ve, por tanto, cómo las dos organizaciones de defensa más importantes de Occidente (OTAN, y UEO.) abogan por las unidades multinacionales para, además de servir de cohesión entre los países pertenecientes a cada una de ellas, hacer frente a los potenciales riesgos. Por otro lado, la simple capacidad militar es un factor cuantitativo que puede calcular su adversario potencial, pero el valorar las intenciones de un" AJmxizñ. ep el factor multiplicador de la cohesión, proporcionado por,A. ciar ^ demostración multinacional de solidaridad en riesgos y cargas ecu partidas, lo que convierte la capacidad en disuasión. También se producen otros beneficios militares, como consecuencia del efecto sinergético de unir diversas capacidades multinacionales que generan un mayor entendimiento operativo o desde los beneficios prácticos de una creciente interoperatividad. Es necesario considerar que cuanto más se avance en el unión política de las naciones como está ocurriendo en Europa, más comprometidos estarán sus ejércitos en unidades multinacionales y, por ello, la coincidencia de la UE., UEO. y la OTAN, será crucial en el fiituro y las misiones multinacionales claves en esa coincidencia. En el caso concreto de Europa, si llegara a disponer de algunos Mandos Unificados, al estilo americano, ya se dispondría prácticamente del tan nombrado «Ejército europeo». Este paso puede estar a punto de darse si sale adelante y se conduce con habilidad la nueva estructura de OTAN., pues si los mandos regionales OTAN. fiaesen de composición en su mayor parte europeos, con mando europeo y con unidades multinacionales europeas asignadas, ya tendríamos además de nivel táctico, el nivel operacional, con lo que habríamos dado un gran paso para disponer de un instrumento militar válido y profundamente europeo. Por lo anterior no debemos olvidar el marco en el que se mueve la defensa europea que es el siguiente: • OTAN, como organización de defensa básica (Art. V) y vínculo trasatlántico. • Reforzamiento de la lESD. dentro de la futura estructura regional de OTAN. • Reforzamiento de UEO. con capacidad de dirigir operaciones puramente europeas. • Continuación de la unidad de acción de las FAS. europeas, cuyas doctrinas, sistemas de planeamiento y procedimientos son prácticamente comunes con un alto grado de identificación. Ya en concreto, se pueden resumir las siguientes conclusiones sobre Unidades Multinacionales: -Las reducciones de fuerzas sufridas en los ejércitos y el nacimiento de nuevos riesgos ha sido el condicionante para que países unidos por fuertes lazos económicos y diplomáticos y con una misma política exterior generen fuerzas multinacionales. -La participación en unidades multinacionales es una herramienta de la política exterior de los estados. -Cada país tiene sus propias motivaciones para contribuir a una fuerza multinacional. Sin embargo, es causa común de participación el no quedar marginados del nuevo orden mundial, para tener peso en los organismos internacionales de defensa y discusión política. -Tanto si la fuerza multinacional se establece por motivos políticos o para un objetivo militar específico, las autoridades deben de estar dispuestas a asumir sus costes, tanto políticos como financieros. Si no se cumple alguno de los compromisos contraídos con la fuerza multinacional, por motivos políticos, constitucionales o económicos, se resta credibilidad a toda la fuerza. -Una vez que las naciones se han comprometido en una operación multinacional, han de subordinar los intereses nacionales al interés general. -Las naciones tendrán que afrontar las inevitables consecuencias a las que, desde un punto de vista comercial e industrial, deben tender las estructuras de las fuerzas multinacionales. -Desde el punto de vista militar, los principales requisitos con que debe contar una fuerza multinacional son la comunidad de doctrina y la estandarización de equipos. -La organización, adiestramiento y empleo de una Unidad Multinacional es una operación compleja por la gran cantidad y variedad de temas que se deben coordinar. -La logística continuará siendo una cuestión difícil de resolver en las fuerzas multinacionales. El modelo de nación marco, por el que una nación proporciona la mayor parte del apoyo logístico, podría ser la base de un sistema de apoyo en las unidades multinacionales que facilitaría enormemente éste, aunque todavía las cadenas logísticas nacionales determinan la capacidad de actuar de una fuerza multinacional. Los acontecimientos recientes pueden darnos algunas claves en los conceptos de seguridad, a nivel global, y en el empleo de la multinacionalidad lo que suponen para los Ejércitos una serie de requisitos y capacidades, muchos de ellos suficientemente comentados en este trabajo. Ahora bien, hay algo más que es necesario considerar y que La multinacionalidad en el campo de la defensa trasciende el campo puramente de técnica militar y que ya se ha expresado al hablar de la voluntad política de las naciones cuando deciden crear unidades multinacionales. Es en este campo de las voluntades, las creencias y las sensibilidades donde reside la clave, pues las grandes motivaciones que hacían que un pueblo y sus Ejércitos se involucraran en un conflicto han evolucionado de forma desigual en el mundo y mientras para unos la intervención puede ser justificada por razones nuevas, como es evitar el sufrimiento de un pueblo, para otros continúa siendo sagrado el derecho a la no injerencia dentro de los límites de un Estado. Y estos sentimientos encontrados no sólo se dan entre las partes en conflicto sino dentro de cada una de ellas, de forma que la unanimidad es casi imposible, sin olvidar que cuando un conflicto estalla la identidad de criterios que sustentan una finalidad, sin valorar éticamente ésta, es muy importante para alcanzar resultados positivos. Sin duda los medios de comunicación juegan un papel muy importante para aportar claridad o confusión, según se mire, a lo anterior. Hoy en día los conflictos son seguidos por los medios de comunicación casi en tiempo real y la propaganda en uno u otro sentido influyen en las opiniones públicas que a su vez lo hacen en los líderes que tienen capacidad de decisión y, por tanto, en el desarrollo de las operaciones. Desde luego, nunca fue fácil manejar un conflicto ni dirigir una guerra, pero es más sencillo cuando impera el maniqueísmo y se potencia esto en el sentido adecuado. Actualmente, sin embargo, es mucho más difícil establecer una clara diferenciación entre lo que se combate y lo que se defiende con lo que el respaldo público a las operaciones puede no ser todo lo firme que sería necesario en una operación bélica. Por tanto, el manejo de la información, la explicación exhaustiva de la finalidad que se pretende y la justificación a todos los niveles es el único modo de mantener la cohesión y solidaridad de una coalición multinacional y que el pueblo entienda que hay circunstancias que exigen sacrificios haciendo que la idea de patriotismo trascienda hacia una «patria mundial», superando las ideas del nacionalismo antiguo y que sin renunciar a él comprenda que hay algo más que merece la pena y es la justicia y el respeto a los derechos individuales y colectivos de los seres humanos. Ahora bien, si lo anterior es básico hay algo referente a las FAS. que es necesario tener en cuenta en su actuación como Unidades Multinacionales, y es que los frágiles equilibrios que se alcancen no pueden ser rotos por una actuación ineficaz de las fuerzas. Es decir, si de 396 José Manuel Garda Sieiro por si será difícil lograr y mantener la solidaridad de las naciones que envían una Fuerza Multinacional a intervenir en cualquier parte del espectro del conflicto, sería imposible si surgieran rivalidades en el Mando y Control, acciones ineficaces por falta de integración técnica o problemas logísticos por poca interoperabilidad y aún más, si se producen bajas por cualquiera de estos motivos. Es por ello que la responsabilidad de los militares en este nuevo escenario es crucial y el lograr la máxima eficacia en sus acciones no es un éxito sino un requisito imprescindible y un mínimo exigible. Ahora bien, las naciones tienen que tener esto en cuenta a la hora de dotar a sus FAS. de recursos humanos y materiales y además de forma coordinada, puesto que seguir este camino previsible de estrategia de seguridad en el nuevo siglo sólo se puede conseguir con una alta y cara capacidad tecnológica y una muy clara y razonada finalidad de lograr un mundo mejor para todos en el que a cualquier posible acción para imponer estabilidad se traduzca en un mayor bienestar para los ciudadanos j, si es posible, sin imponerla sino que la clara determinación de hacerlo disuada a los potenciales lunáticos de la política de embarcarse en aventuras que todos deseamos queden superadas para siempre.
La conocida historia de aquel padre que para aleccionar a sus hijos sobre la necesidad de permanecer unidos les dio a quebrar primero una rama y después un mazo, demostrándoles que si bien era fácil romper la primera no podían hacer lo mismo con el conjunto, sirve sin duda para ilustrar las ventajas de actuar en equipo, por encima de las acciones individuales a las que el hombre en último término tiende. Sin embargo, a pesar de que aprendió desde los primeros tiempos, posiblemente al ver como cazaban algunos animales, que para sobrevivir era preciso conjuntar su esfuerzo con el de otros y superar su individualismo, no ha desaparecido en el fondo del ser humano la inclinación a mantener sus diferencias y cierto distanciamiento con el resto de los grupos. Se puede afirmar que en el hombre, y por extensión en la sociedad, coexisten y se contrapesan las tendencias a lo colectivo y a lo individual, a unirse a otros para actuar y a considerar que con ello peligra su autonomía. Los ejércitos, de igual modo que el resto de la sociedad de la que forman parte, viven en el marco de esta tensión, pero no sería correcto basar exclusivamente en esta circunstancia la problemática actual de los Ejércitos en relación a lo que se denomina «acción conjunta». Por mucho que se encuentren en ella los fundamentos de las modernas doctrinas que regulan las operaciones miilitares, no se debe simplificar hasta el punto de prescindir de cuanto se ha ido configurando a través de la historia. Si bien son muchos los ejemplos que demuestran que, desde la antigüedad, los grandes capitanes buscaron la victoria en la conjunción de los esfuerzos de sus tropas, la realidad es que considerar la acción conjunta como un criterio fundamental de la táctica, la estrategia o la logística, es mucho mas reciente. Por otro lado, las Fuerzas Armadas representan bastante mas que un cierto número de unidades del Ejército de Tierra, de la Armada o del Ejército del Aire. En su condición de Instituciones forman parte del conjunto de la sociedad y, en consecuencia, existe una permanente corriente de ideas y de percepciones entre las Fuerzas Armadas y el resto de la nación. De esta osmosis se deduce que el tema que nos ocupa puede estudiarse enmarcado en dos contextos distintos: el que se refiere al propio ser de las Fuerzas Armadas, su estructura, sus misiones y sus normas de actuación, y el que se refiere al objeto de la Defensa, o lo que es lo mismo, a su influencia sobre otros sectores de la sociedad y sobre sus pautas de conducta, por la necesidad que tienen los pueblos de prever la defensa de sus intereses. La conjiinción de esfuerzos en el propio «ser» de las FAS Al concluir la II Guerra Mundial, el Presidente norteamericano Eisenhower, afirmó en el Congreso de los EE.UU. que «las guerras separadas en tierra, mar o aire se habían acabado para siempre». Mas allá de la valoración que pueda hacerse sobre estas palabras por el lugar en que fueron pronunciadas, su importancia reside en que quien las dijo había ejercido el mando en la mayor operación combinada y conjunta de la historia. Como se ha indicado, el pensamiento militar desde siglos atrás ya había planteado la necesidad de aunar esfuerzos. Así en el conocido texto sobre el arte de la guerra de Sun Tzu se dedican dos apartados a este tema, uno al «apoyo íntimo que debe existir entre las diferentes partes de un ejército» y otro «al enlace entre las armas y de la unión de los combatientes» ^. Siglos después Clausewitz en su tratado «De la Guerra» ^, dedicó también dos capítulos a la «reunión de fuerzas en el espacio» y a la «reunión de fuerzas en el tiempo». Hoy pueden parecer simples y hasta pobres tales planteamientos pero no lo son tanto si se sitúan en un contexto en el que los combates se libraban en base a la acción individual de los combatientes y, todo Acción conjunta y conjunción de esfuerzos lo mas, en la adecuada colocación de las tropas para adoptar el orden de batalla. Sin embargo no se debe negar la diferencia que existe entre estas recomendaciones a la coordinación de esfuerzos y al concepto moderno de acción conjunta. Este no puede entenderse simplemente como una prolongación de aquél, sino que representa un salto cualitativo. Salto cualitativo provocado fundamentalmente por los cambios profundos en el entorno estratégico y de seguridad, los cambios sociales y, sobre todo, por los tecnológicos ^. Todo hace pensar que en el próximo siglo será una realidad la afirmación del general Eisenhower y así lo entienden las Fuerzas Armadas de las naciones mas desarrolladas, que están revisando sus conceptos estratégicos y las estructuras de mando para las acciones del próximo siglo. Mas allá de la acción puramente militar también existen antecedentes de la necesidad de unificar esfuerzos y responsabilidades. Así el Rey Fernando el Católico nombra a Gonzalo Fernández de Córdoba Capitán General de mar y tierra en la segunda campaña de Italia, perfeccionando la situación anterior en la que el Gran Capitán tenía sólo el mando de las fuerzas de tierra mientras el Conde de Trivento lo ejercía sobre la escuadra de galeras de Sicilia. Generalizando puede decirse que en aquel período no existía unidad de mando a nivel estratégico. Los virreyes o cargos equivalentes, eran los responsables políticos y en cierta medida tenían potestad sobre las unidades de tierra y sobre la marina, pero normalmente la acción militar se desarrollaba en uno u otro escenario y todo lo más se ordenaba el apoyo mutuo para una operación concreta. Estudiar en detalle la evolución de estos acontecimientos y su incidencia sobre la doctrina militar, nos apartaría sin duda del objeto de estas reflexiones. Quede, sin embargo, apuntada la idea de que la progresiva complejidad en la orgánica de los Ejércitos y la de los medios de combate ha ido configurando un planteamiento diferente de las operaciones militares. En el último siglo esta evolución se une a la que sufren las estructuras de la Administración del Estado, en las que se hace evidente que el incremento de nuevas tareas y misiones, unido a la modernización de los medios disponibles, obliga a una mayor coordinación de los organismos responsables de cada una de las áreas. Limitándonos al caso de España puede ser útil para comprender el estado actual de la acción conjunta en lás Fuerzas Armadas, recorrer, aunque sea de forma esquemática, los acontecimientos y disposiciones legales mas recientes que la fundamentan, unos referidos a la orgánica y otros a la estrategia propiamente dicha. Francisco Laguna Sanguineo Incidencia de la importancia de la conjunción de esfuerzos en la orgánica de Defensa Para entender la evolución de las Fuerzas Armadas en este tema es conveniente precisar algunos términos que en ocasiones se emplean de forma indiscriminada. Durante siglos la palabra «ejércitos» se ha interpretado como una definición del total de las Fuerzas Armadas, pero en sentido estricto se refiere exclusivamente al Ejército de Tierra. Por su parte al conjunto de las fuerzas navales se ha denominado genéricamente como «la Marina» o la Marina de guerra pero hoy en casi todas las naciones se las conoce como «Armada». Entre Ejército y Armada han existido, desde antaño y en todos los países, notables diferencias, tanto en su organización, como en sus tradiciones y en su doctrina de empleo. Como es lógico, la organización de las fuerzas aéreas como tercer ejército, mucho mas moderno, no tiene tantos condicionantes, pero la importancia de su participación en los últimos conflictos bélicos está ya generando rasgos diferenciales, tanto respecto al Ejército como a la Armada. Existe por tanto, históricamente, una diferenciación entre unos y otros que ha llevado en algunos casos a la rivalidad, o cuando menos, a mantener posturas bastante distanciadas sobre los problemas estratégicos. A nivel político se planteó una situación similar. A los Secretarios de Estado del antiguo régimen les sucedieron dos Ministerios: el de la Guerra y el de Marina. Solamente durante la guerra civil 1936-39 se unificaron en un solo Organismo, pero este hecho indicó que en la guerra moderna ya no era posible mantener por separado la responsabilidad de ambas fuerzas. Terminada la contienda se volvió a dos Ministerios, a los que se sumó el del Ejército del Aire. Simultáneamente, aunque con nivel orgánico inferior, se creó el Alto Estado Mayor como órgano de coordinación. En realidad se trataba de institucionalizar el Estado Mayor del Jefe del Estado mas que de crear un órgano que cubriera una necesidad sentida por las Fuerzas Armadas. Como consecuencia resultó poco operativo en orden a desaiToUar con eficacia la tarea de coordinación entre los Ejércitos. Con todo, la necesidad de lograr una mayor coordinación quedaba planteada, lo que posibilitó, de forma similar a lo que sucedía en otros países del entorno, la creación, en 1969, del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN), con la misión de estudiar, entre otros temas relacionados con la defensa, la doctrina para el desarrollo de la acción conjunta. En concreto uno de los temas que se Acción conjunta y conjunción de esfuerzos le encomendaron fue el de la oportunidad de un Ministerio de Defensa en sustitución a los tres existentes. En febrero de 1975 se dio un nuevo paso con la creación de la Junta de Jefes de Estado Mayor como órgano de mando operativo y en abril de 1977, por RD. 1558/77, el Ministerio de Defensa Nacional, transformándose los antiguos Ministerios, en los Estados Mayores de cada uno de los Ejércitos. Desde el punto de vista de la orgánica este paso constituyó, en lo que se refiere a la estructura de la Defensa, el cambio mas importante de los últimos tiempos, con lo que así mismo se confirmaba la tesis de que las operaciones militares del futuro tendrían, en la mayoría de los casos, el carácter de acciones conjuntas. Estos avances se vieron refrendados con la promulgación de la Ley Orgánica 6/1980 de «Criterios Básicos de la Defensa y de la Organización Militar», en la que se fijaban los diferentes ámbitos de competencias en relación a la Defensa y al mando operativo de las Fuerzas. El conjunto de estas leyes puede tacharse de excesivamente prudente, por cuanto procuraba respetar al máximo las tradiciones y una cierta autonomía para cada Ejército, pero a la vez hacía hincapié en la necesidad de conjugar los esfuerzos, tender a una mayor coordinación y se apuntaba a una futura integración de todo aquello que fuera común y no tuviera razones de peso que justificaran aquella autonomía. En este sentido es significativo que en el Real Decreto 1883/96, de 2 de agosto, «de la estructura básica del Ministerio de Defensa», se define al Jefe del Estado Mayor de la Defensa como «la autoridad militar a través de la cual el Ministro ejerce su autoridad para ordenar, coordinar y dirigir la actuación de las Fuerzas Armadas en el cumplimiento de las misiones operativas derivadas del Plan Estratégico Conjunto» (art. 7). Y le señala entre otras las siguientes funciones: ® Proponer el Plan Estratégico Conjunto ® Proponer prioridades • Establecer la Doctrina para la acción conjunta • Proponer la unificación de Servicios... • Coordinar la cooperación con otras Fuerzas Armadas Así mismo se estructura, como principal órgano auxiliar de mando del Jefe del Estado Mayor de la Defensa, un Estado Mayor Conjunto y se posibilita la creación de Mandos unificados cuando las circunstancias lo aconsejen. Resulta significativo, sin embargo, que a pesar de esta normativa sobre la estructura de los Mandos, en los últimos años solamente se haya organizado como tal el Mando Unificado de 402 Canarias, que además, ha sido recientemente suprimido al carecer de una misión estrictamente necesaria. A pesar de la evidente relación que puede existir con esta evolución de la orgánica, es conveniente dejar al margen la incidencia que tuvo, en el período de la transición, el proceso político en cuanto a la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder «civil». Aunque de algunos textos se deduce la necesidad de que un tema tan vital para la nación como la Defensa tenga en último término un responsable único, que no puede ser otro que quien dirige la política nacional, mezclarlo con el de la «acción conjunta», que corresponde a otro nivel, puede dar lugar a confundir las ideas. En la legislación vigente, desde la misma Constitución a las leyes posteriores que las desarrollan, queda claro que el Gobierno es quien dirige la Administración civil y la militar y en línea con este criterio la citada LO. 6/80 contempla a la Junta de Defensa Nacional, órgano superior y consultivo del Gobierno, en el capítulo dedicado a los Órganos Superiores de la Defensa Nacional. Acción conjunta y conjunción de esfuerzos y la sucesión del mismo en los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Estos documentos, junto a la «Doctrina» de 1924, pueden considerarse como los antecedentes formales de la «acción conjunta» en nuestro país. Como elemento más permanente en el desarrollo de estos conceptos ha de citarse al CESEDEN, que ya se ha indicado tenía como una de sus misiones principales su estudio. En la organización del Centro se incluyó la Escuela de Estados Mayores Conjuntos con el objeto de que entre los oficiales de Estado Mayor de cada Ejército, se fuera formando un núcleo que potenciara esta línea de actuación y estuviera en condiciones de ocupar los puestos, cada vez mas numerosos, de los organismos que tenían estas funciones. Resultado de los primeros estudios fue la redacción de un Proyecto de Doctrina de Acción Unificada. Aunque el documento estuvo aprobado, con carácter provisional, nada menos que en 1976, hasta la fecha no ha sido factible publicar un texto definitivo. En la actualidad, el proyecto ha quedado aparcado, no tanto por la dificultad de llegar a un texto que conjugara las peculiaridades operativas de los tres Ejércitos y recibiera su respaldo, como por el hecho de que se ha considerado mas oportuno adoptar la Doctrina OTAN que está ampliamente contrastada, con lo que además se facilita nuestra integración en dicha Organización. Por otro lado, la OTAN ha aprobado recientemente el concepto de «acción combinado-conjunta» para las nuevas misiones, dando así un impulso a lo que, desde todos los puntos de vista, se considera fundamental para la eficacia de las Fuerzas Armadas modernas. La doctrina aliada para operaciones conjuntas, aunque está pensada para las misiones OTAN, puede aplicarse, sin mayor problema, a otras Fuerzas multinacionales o a las de países miembros de la Unión Europea Occidental, como es el caso de España, y en ella se incluye una gran variedad de operaciones distintas a las clásicas de guerra. Tiene, en consecuencia, gran aplicación para las intervenciones de ayuda humanitaria o para las operaciones de Paz de las Naciones Unidas. En este sentido hay que señalar que el capítulo 21 se refiere a la «cooperación cívico-militar» (CIMIC) en el que se fijan como principios a tener en cuenta: la misión, la responsabilidad de mando y la continuidad y consistencia de la política. A lo largo de estas consideraciones se han empleado casi indistintamente los términos de «acción unificada», «acción conjunta» y «acción 404 Francisco Laguna Sanquirico combinada». Si bien se trata de conceptos muy próximos, existen diferencias que conviene precisar. El término «acción unificada» fue el empleado para la redacción por el CESEDEN del documento ya citado y durante unos años se utilizó como referencia a las operaciones militares en las que, bajo un solo mando, intervenían unidades de mas de un Ejército. Una definición mas completa es la que describe la acción unificada como «aquella que desarrolla el Mando en sus mas altos escalones, a nivel de decisión, para concertar el planeamiento y la coordinación de los distintos Ejércitos que actúan con una finalidad común ^. En textos posteriores se fueron introduciendo los términos de «Operaciones conjuntas» y «Operaciones combinadas», que son los que mayoritariamente se utilizan en los documentos de las Fuerzas Armadas de nuestro entorno. «Operaciones conjuntas» son aquellas en las que bajo un mando único, intervienen unidades de mas de un Ejército, pero de un mismo país, mientras que se califican de «Combinadas» aquellas en las que intervienen fuerzas de varios países. Existe por lo tanto una diferencia substancial entre ambos conceptos, ya que si el primero apunta hacia la necesidad de emplear conjuntamente todos los esfuerzos de que dispone una nación para defenderse, el segundo se orienta a la moderna teoría estratégica de la «defensa colectiva», esto es, a que en el futuro, cada vez más, la seguridad internacional se apoyará en la actuación coordinada de varias naciones. Por su parte los Reglamentos OTAN definen la «Operación aliada conjunta» como aquella que llevan a cabo fuerzas pertenecientes a dos o mas países de la OTAN, en las que participan elementos de mas de un Ejército y distingue su aplicación en los niveles estratégicos, operativos y tácticos. En todos ellos se destaca como principio fundamental la unidad de mando, reforzado con el concepto de continuidad en el ejercicio del mando: «quien planea ha de ejecutar». Esta definición, mas amplia que la que recoge la antes citada «Doctrina para el empleo de las Armas y Servicios del Ejército de Tierra», puede aplicarse a toda clase de operaciones. Si a ello se añade el «nuevo concepto estratégico» recientemente aprobado en la Cumbre de Bruselas de 1994, en la Cumbre de Roma y en la Reunión Ministerial de 1996, parece evidente que, en el futuro inmediato, las Fuerzas Armadas de los países de la Alianza han de orientarse hacia esta nueva concepción de las Operaciones militares. Sin que se pueda afirmar que vayan a desaparecer las amenazas singulares a los intereses propios de una nación (para las que también Acción conjunta y conjunción de esfuerzos ha de estar preparada), en el horizonte próximo, los riesgos y las amenazas afectarán a mas de un país y, en todo caso, los Pactos y los Acuerdos van a caracterizar las intervenciones en defensa de los intereses nacionales. Este modo de plantear la defensa afecta tanto al campo de la orgánica como al operativo de los Ejércitos. A la orgánica porque exige unas estructuras mas flexibles con capacidad de integrar a otras Unidades o de formar parte de una Unidad superior. En la medida que las operaciones combinadas se llevan a cabo con Unidades pertenecientes a distintos ejércitos, es evidente que se hace necesario aproximar, en todo lo posible, equipamiento, organización y normas de actuación. En cuanto a lo operativo, se hace indispensable la existencia de una doctrina común de empleo de las Fuerzas, superando recelos y susceptibilidades, puesto que de otro modo no será posible llegar a una acción combinada. Todo lo mas se lograría la cooperación o el apoyo. Conviene recordar que las Alianzas que se formaron en otros tiempos se realizaban para enfrentarse a un enemigo concreto y, en la mayoría de las ocasiones, para una batalla o una campaña determinada. Las Operaciones combinadas que ahora se plantean tienen un mayor alcance en cuanto suponen una concepción nueva de la estrategia para la paz, la seguridad y la defensa. Consecuencia inmediata de la aplicación de esta doctrina ha de ser, necesariamente, una mayor integración entre los Ejércitos de cada nación. En los últimos años, en España se han dado pasos importantes en el ámbito de la enseñanza y en la estructura de ciertos Órganos comunes. El mismo Ministerio de Defensa supone un avance en relación a los anteriores tres Ministerios. Pero no se puede considerar como suficiente y es de esperar que progresivamente, y de manera cada vez mas acentuada, se vayan integrando los órganos logísticos y se aproxime la formación de los cuadros de mando, primero en el ámbito de cada Ejército y en segundo lugar, en el de los otros dos. Parece evidente que sería un contrasentido que los Ejércitos de una misma nación no fueran capaces de desarrollar una auténtica política conjunta en los diferentes campos en que realizan funciones similares, y se desarrollara una doctrina de acción combinada con las Fuerzas Armadas de otros países. Otra consecuencia será la necesidad de que, desde todos los campos, se realice un gran esfuerzo en favor de la interoperatividad. Según el glosario OTAN de definiciones, ésta significa «la capacidad de los sistemas, unidades o Fuerzas cuya organización y relaciones respectivas les permita ayuda mútua que les posibilita operar de común acuerdo». La interoperatividad se relaciona corrientemente con el material, pero va mucho mas allá y abarca tanto los procedimientos operativos comunes, la organización similar de las Unidades y de los órganos de mando, como la normalización de los equipamientos ^. No se trata solo de una cuestión militar sino que alcanza a los mas diversos sectores de la vida. El desarrollo de los medios de comunicación social, la mundialización del comercio y tantos otros fenómenos de la era moderna, imponen la exigencia de normas y sistemas comunes y se oponen a los particularismos sin justificación. Gran parte de este proceso se debe al extraordinario desarrollo tecnológico del último cuarto de siglo. Los medios de mando y control, las aplicaciones informáticas en los mas diversos campos y la necesaria simplificación en el apoyo logístico, son consecuencias de este progreso. Tanto por eficacia como por economía es necesario lograr la máxima interoperatividad en todos los ordenes y esta exigencia habrá de tener su reflejo no solo en los planes de cooperación internacional sino también en las programaciones de cada nación. No se debe obviar que en algunos sectores, suscita recelos y hasta rechazo. Al no estar fijados los límites del proceso se entiende que puede existir el riesgo de caer en el extremo de la «unificación», con lo que, en lo multinacional, se perderían muchos de los valores de los Ejércitos menos fuertes y, a nivel nacional, se podrían perder tradiciones y símbolos de cada uno de los Ejércitos (en cada uno de ellos también se teme que puedan perderse rasgos y peculiaridades de las diferentes Armas y Cuerpos). Es por tanto necesario fijar los conceptos y distinguir lo que significa interoperatividad de lo que sería un proceso de unificación igualatoria. Por lo pronto las funciones y misiones de cada Unidad determinan unas características que no es conveniente perder. Además, la historia ha ido enriqueciendo a los distintos ejércitos con tradiciones y símbolos que no sólo deben mantenerse, sino que es conveniente cultivar y difundir. El combatiente no se motiva por lo que dictan los reglamentos, sino por lo que le impulsan sus convicciones y los símbolos que las representan. Una última consecuencia del nuevo concepto estratégico es que las Unidades militares habrán de ser mas ágiles y flexibles que las actuales. A partir de la citada Cumbre de Bruselas se consideran como claves, para que puedan ser desarrolladas las operaciones combinado-conjuntas, que las Unidades tengan suficiente movilidad para ser desplegadas rápidamente en el área en la que se necesiten, y que sean flexibles en su organización y medios, para poder atender a las Acción conjunta y conjunción de esfuerzos diversas misiones que le pueden ser encomendadas. En definitiva que posean lo que hoy se denomina «capacidad de proyección». Desbordaría el objetivo de este trabajo detallar las consecuencias de ambas características, pero es importante apuntar que son fundamentales la «disponibilidad», en cuanto al despliegue y transporte, y la composición «modular», que permita combinar los medios adecuados para cada caso. Estas y otras características que se podrían añadir, impondrán en los próximos años una importante reorganización en las Fuerzas Armadas, tanto en su estructura y despliegue, como en la dotación de medios y en la formación del personal. La acción conjunta en relación al «objeto» de la Defensa La necesidad de defenderse de las amenazas y de prevenir los riesgos tiene por si mismo un efecto integrador. En la medida que los Estados precisan de unas estructuras estables para la Seguridad y la Defensa, las Instituciones que las mantienen cooperan en este objetivo último de mantener la unidad y favorecer la cooperación entre los distintos sectores de la comunidad nacional. La paz se ha transformado en uno de los principales anhelos de la humanidad y en lograrlo confluyen los esfuerzos de muy diferentes Organismos, incluidas las Organizaciones no gubernamentales, y por supuesto las Fuerzas Armadas. En las naciones mas desarrolladas se han superado los tiempos en los que los poderes públicos utilizaban sistemáticamente a los ejércitos para mantener el orden y para frenar los deseos separatistas o de independencia de las comunidades. Hoy, el poder integrador de las Fuerzas Armadas no se deriva tanto de estas intervenciones cuanto del hecho de que la defensa es un bien común y colectivo. No se concibe la defensa de un sector o de una región del territorio sin que se vea implicado el resto. En este sentido la influencia de las nuevas concepciones de la «defensa colectiva» y la participación en los Organismos internacionales de Seguridad y Defensa, coadyuvan a desarrollar este efecto de cohesión que tienen las Fuerzas Armadas. En los dos últimos siglos se ha pasado de los ejércitos «del Rey», a los ejércitos nacionales, y por último a los multinacionales. Es por tanto una tendencia que colabora en la formación de una verdadera comunidad internacional. Aunque todavía nos encontremos lejos de este ideal, es significativo que en Europa, continente que se ha formado en base a continuos 408 Francisco Laguna Sanquirico conflictos bélicos, se esté hablando cada vez mas de la «Defensa común». Los primeros objetivos se han planteado en el campo de la economía, especialmente en la moneda única, pero existe una convicción general de que sólo se logrará una unidad suficiente, cuando se logre establecer una política exterior y una política de defensa comunes ^. Sobre tres parámetros cabe estudiar el efecto positivo de la Defensa, en orden a la unidad de los diferentes sectores que componen la comunidad nacional. En el de la política, en el de la propia sociedad y en el de los valores éticos. Incidencia en el ámbito sociopolítico Bastantes politólogos modernos consideran que el proceso de globalización, tantas veces mencionado, está provocando como reacción la aparición con renovada fuerza de los nacionalismos. Estos, que se consideraban fenómenos del pasado o propios de naciones que estrenaban su independencia, hoy aparecen en gran número de Estados modernos y desarrollados, en contra de las teorías de los tratadistas de principios de siglo. Al margen de la valoración que desde distintos puntos de vista se pueda hacer, es indudable que este cruce de fuerzas plantea al hombre de hoy, en especial a quien tiene que combatir, un problema respecto a lo que durante siglos se ha denominado «patriotismo». La conciencia de pertenecer a una comunidad que hace posible interpretar la historia común y proyectar el futuro, constituye uno de los rasgos distintivos del ser humano. Y es sobre este sentimiento sobre el que está incidiendo la evolución sociopolitica del nuevo orden mundial, dificultando su comprensión y su valoración como virtud radical. La Patria en cuanto concepto y realidad que se asume como valor colectivo y que, en consecuencia, provoca sentimientos de adhesión y de impulso a estar dispuestos a defenderla en caso necesario, se ve afectada por dos fuerzas dispares, que, sin negar expresamente su contenido, dificultan el desarrollo de aquél sentimiento. Una fuerza se orienta hacia la «mundialización» y otra a los «nacionalismos». Como resultado de estas dos corrientes hoy existe una mayor dificultad para comprender y asumir en toda su profundidad lo que significa España, como quehacer común de todos los españoles, por encima de la estructura política que en cada momento histórico adopte el Estado. Por la primera se tiende hacia la Organización de estructuras supranacionales en los campos de la economía, la política, la defensa, etc, lo que diluye, en cierto sentido, el sentimiento de que formamos parte de una comunidad nacional, de una Patria común. Es importante tener en cuenta que durante siglos ha sido incuestionable este espíritu. Por la segunda surgen los nacionalismos, en especial los excluyentes, que provocan la fragmentación de lo que se ha considerado como origen común y como razón de ser de los proyectos de futuro. El problema que pueden plantear a la consolidación de los nuevos Estados o a la construcción de Organizaciones supranacionales como la Unión Europea, ha de solucionarse por medios políticos y socioculturales. Solamente cuando se transforman en movimientos violentos o ilegales habrán de intervenir las Fuerzas de Seguridad del Estado y, en último término, las Fuerzas Armadas, pero siempre siguiendo las directrices que, en cada momento, adopte el Gobierno. Al margen de estas misiones que las Fuerzas Armadas pudieran tener en algunos casos, los ejércitos, como elementos más específicos de la defensa, ejercen una indudable influencia en pro de la cohesión nacional, en la medida que la seguridad es un bien colectivo de la que se benefician todos los ciudadanos aunque no colaboren en ella (y hasta en el caso de que la rechacen). Además de esfB?^aportación fundamental, los Ejércitos realizan un papel clave ya que precisamente por su carácter nacional facilitan la superación de los localismos y de las barreras regionalistas. Conviene recordar la evolución histórica del paso de los ejércitos vinculados al soberano, en definitiva a una persona, a los nacionales, en los que el conjunto de la sociedad pasó a ser el «propietario» y la razón de ser de su actividad. De igual modo la participación en la defensa europea y en las Operaciones de Paz propiciadas por la ONU. contribuyen a que la sociedad, en su conjunto, se desarrolle en paz y pueda llevar a cabo iniciativas de cooperación y de ayuda que de otro modo no serían posibles. En línea con esta aportación tiene importancia el principio de «acción conjunta», objeto de estas reflexiones. No se trata de plantear como un ejemplo a seguir porque en el terreno de la política rigen pautas diferentes, pero el espíritu de unidad de la defensa y en consecuencia el de los instrumentos que mas específicamente tienen esta misión, como son los ejércitos, propician y estimulan los esfuerzos que se llevan a cabo en este proceso. Incidencia en el ámbito de la sociedad Mucho se ha discutido sobre el servicio militar obligatorio y su influencia en la educación de la juventud. A través de él muchos jóvenes conocieron el significado de palabras como Patria, España, o servicio. Pero también hay que reconocer que en los últimos años y por motivos que sería largo detallar, no sólo habían perdido este papel, sino que, en muchos casos, ha tenido el efecto contrario en relación a la defensa. Tomada la decisión de profesionalizar el personal de tropa, no es momento de mirar hacia atrás con nostalgia, porque el efecto integrador de la Defensa puede, y debe, desarrollarse también con el nuevo modelo de Fuerzas Armadas. Importa poco que se haya perdido el carácter universal de la prestación del servicio militar, esto es, que obligue a todos los jóvenes sin distinción de clases sociales, ya que un gran número de jóvenes dedicarán voluntariamente varios años de su vida a la defensa de los intereses nacionales y este hecho tiene, por si mismo, un importante poder de integración. Tampoco tiene porque restar fuerza a este efecto integrador el hecho de que muchos se lo planteen como una salida profesional, por cuanto la profesionalidad no merma el sentido positivo que tiene el espíritu de servicio, como bien queda demostrado en los cuadros de mando que desde hace muchos años han sido profesionales. Por otro lado, la preparación que precisa el soldado moderno es mucho mas amplia y exigente que antaño. El combatiente del nuevo siglo necesitará una gran formación técnica para el mantenimiento y empleo de los medios tecnológicos, pero sobre todo habrá de poseer una sólida formación moral y gran equilibrio psicológico. Ha de ser • capaz de combatir aislado o formando parte de grupos muy reducidos, habrá de integrarse con soldados de otros países y, sobre todo, habrá de tener una clara conciencia de porqué arriesga su vida. Los Ejércitos también contribuyen positivamente a través de su colaboración con otras Instituciones. En especial con Protección civil, cooperan a solucionar problemas que no son propiamente militares y de estas actividades suelen nacer relaciones que van mas allá del problema concreto que los convocó. Es conocida la colaboración de Unidades en la extinción de incendios y en paliar los efectos de las grandes catástrofes, como inundaciones, terremotos, etc, pero también son de destacar las labores de salvamento, en tierra y mar, el transporte de órganos para trasplantes y una larga serie de misiones similares. Esta cooperación no queda limitada a los casos de carácter humanitario, sino que también hay que destacar su aportación en la organización de grandes eventos como son las Olimpiadas, los Campeonatos deportivos internacionales o las grandes concentraciones que se producen con ocasión de Congresos, Encuentros de jóvenes, etc. En todos ellos tienen un papel fundamental, aunque lo realicen siempre con carácter subsidiario. Su carácter es subsidiario en cuanto que la sociedad puede, o debe, tener otros medios y organismos para hacer frente a estos problemas, pero ello no resta importancia a la labor realizada. Por otro lado, el ejemplo de naciones mas desarrolladas demuestra que aún teniendo medios de Protección social, debidamente dotados y organizados, surgen las ocasiones en las que las Fuerzas Armadas son la Institución mas capacitada para solucionar el problema planteado. En este sentido es significativo que en la Doctrina OTAN se incluyan muchas misiones de este tipo, dando gran importancia a la colaboración con las Organizaciones no gubernamentales (ONGS). El acelerado incremento de ONGS, de carácter nacional o internacional, constituye uno de los fenómenos sociales mas notables de las últimas décadas. A pesar de los problemas que en ocasiones plantean sus actividades, en muchos casos son las organizaciones con mayor capacidad para intervenir en determinadas situaciones y paliar problemas difíciles de abordar desde instancias oficiales. Son muchos los Gobiernos que parte de sus programas de cooperación los canalizan a través suya y en varios de los recientes conflictos han demostrado su eficacia. Eficacia que se ve multiplicada cuando se establecen cauces de cooperación con Fuerzas de Paz y que, en bastantes casos, precisan para ser eficaces de un entorno de seguridad que sólo le pueden proporcionar las unidades militares. En la medida que se fomente la colaboración mutua se logrará un mejor aprovechamiento de los medios, humanos y materiales, empleados en una zona de conflicto. También aquí hay que señalar que el conocimiento de estas operaciones y la mejora de las relaciones del conjunto de la sociedad con sus Fuerzas Armadas y de éstas con la sociedad, se ha de traducir en un salto adelante en el desarrollo del espíritu de convivencia y en la conjunción de los esfuerzos de los diferentes sectores. Las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas ^ en varios de sus artículos insisten en este tema y recalcan la necesidad de que los Ejércitos como Institución y los militares como individuos han de sentirse integrados y respaldados por el pueblo, cuya defensa es la que en definitiva justifica su existencia. Francisco Laguna Sanguineo Incidencia en el ámbito de los valores Son muchas las voces que desde distintos sectores advierten que nos encontramos en un período de crisis de valores y que es necesario dar respuesta al reto que supone para la Humanidad el progreso de las últimas décadas. Es importante, en consecuencia, participar en el esfuerzo colectivo que debe hacer la sociedad para equilibrar el proceso de desarrollo material, con uno equivalente en el ámbito de los valores. En este sentido las Fuerzas Armadas tienen mucho que aportar. Es común a todas las naciones occidentales que en el proceso educativo de sus cuadros de mando y del personal de tropa, tenga la Etica un papel destacado. Y ello no se debe a la pretensión de distinguirse de otros sectores, sino que el ejercicio de la profesión militar exige tener asumidos determinados esquemas de valores. Es de destacar que, en España, las Fuerzas Armadas son la única Institución que tiene, con rango de Ley, un Código moral de conducta. Las Reales Ordenanzas ya citadas (sancionadas el 28 de diciembre de 1978), recogen preceptos de Ordenanzas anteriores, pero fundamentalmente han incorporado valores que son mas necesarios hoy que nunca. En el marco de estas ideas cobra importancia el hecho de que los valores militares son ante todo integradores. Cabría pensar en una Ética «egocéntrica», pero la realidad es que las necesidades del hombre tienen, como referencia permanente, el resto de la comunidad, sea la familiar, la del trabajo o la mas amplia de la nación. Es por ello que el código ético vigente en el estamento militar tiene aplicación en el entorno y, en todo caso, puede suponer una aportación importante. Como ejemplo cabe citar el enriquecimiento que para la acción de conjunto supone la importancia que en el ámbito castrense tiene el compañerismo. O el alcance del patriotismo que hoy se ha de relacionar con la participación en la defensa de los intereses colectivos, propios y los de las otras naciones. En definitiva en lograr un espacio de paz y seguridad internacionales. Todos estos valores pertenecen al conjunto de la nación y los Ejércitos contribuyen a fomentarlos en la medida que se encuentran integrados en la sociedad y actúan conjuntamente con ella. La conveniencia de que la Etica recuperase el papel preponderante que tuvo en otros tiempos se ha transformado en una necesidad imperiosa. Los acelerados cambios sociales y la aparición de nuevas tecnologías que permiten al hombre adentrarse en campos hasta ahora inimaginables (piénsese en los avances en Genética, los trasplantes Acción conjunta y conjunción de esfuerzos de órganos, los viajes interplanetarios o la capacidad de modificar el equilibrio ecológico), apremian a que se recupere el sentido ético como uno de los rasgos característicos de la sociedad postmoderna. De lo expuesto se deduce que la «acción conjunta» va mucho mas allá que la simple conjunción de esfuerzos y sin que sea del todo correcto considerarla como un rasgo más que demuestra la tendencia al «punto omega» que, según Tehilard de Chardin, rige el cosmos, ha de entenderse como un factor que coincide con esta fuerza y, en consecuencia, que interviene a favor de la evolución de la historia.
Que los Estados Unidos de Norteamérica no pertenecen al Tercer Mundo es bastante obvio. Pero, no parece que pueda irse mucho más lejos en esta clase de generalizaciones cuando se habla del Tercer Mundo. De hecho, el sistema de clasificación de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos cita a España entre estos países -los pertenecientes al Tercer Mundo-bajo la rúbrica de «en vías de industrialización». Diez son, además de España, los países que la OCDE clasifica como NIC,s (Newly Industrialising Countries), estando entre ellos Yugoslavia, Corea del Sur y Portugal ^. No se trata de discutir ahora qué países deben o no estar incluidos en cada grupo. Se trata solamente de constatar la dificultad de establecer criterios fiables, umversalmente admitidos, que permitan agrupar entidades estatales de acuerdo a similares características, lo que haría posible tanto su análisis como el de sus agregados. Los intentos por homogeneizar tan compleja realidad han sido infinitos. Además del ya mencionado. Naciones Unidas dispone de su propia clasificación -44 países calificados por su menor desarrollo, 88 países en vías de desarrollo y 13 más pertenecientes a la OPEP-; el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo, el suyo, mientras otras organizaciones o instituciones hacen sus propios ensayos. La mayor parte de estas clasificaciones están basadas en criterios principalmente económicos, quizás porque ñie desde esta disciplina desde la que se hicieron los primeros esfiaerzos para aprehender y corregir una realidad que se mostraba extremadamente rigurosa para un 24 % de la población mundial, la que vive en la indigencia. No ñie, sin embargo, hasta que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) elaboró el índice de Desarrollo Humano -HDI en sus siglas en inglés-cuando se hace un intento serio de ir más allá de la información que proporcionaban los indicadores económicos clásicos, como los basados en el PIB. El HDI cuenta entre sus agregados factores que conforman directamente lo que se entiende como calidad de vida -esperanza de vida al nacer, índice de esperanza de vida o PIB real per capita-, y otros que constituyen los fundamentos de un futuro más esperanzador -tasa bruta de matriculación combinada en centros escolares o índice de escolaridad-. España, por ejemplo, se encontraba situada en el puesto undécimo gracias a un HDI de 0.935, por delante de países como Bélgica o el Reino Unido ^. En cualquier caso, falta todavía hacer un intento por introducir en estas clasificaciones algunos aspectos mensurables -como el número de libros editados o el de funciones de teatro representadas-; y otros difíciles de traducir en lenguaje matemático, como tiempo dedicado al ocio, a la lectura o a conversar; todos ellos, unos y otros, más relacionados con el nivel de satisfacción individual que aquellos que reflejan exclusivamente la capacidad productiva de una sociedad. Con independencia de las dificultades apuntadas, es preciso dedicar un cierto esfuerzo a identificar aquellas características que le puedan ser comunes a los Países en Vías de Desarrollo (PVD) y que permitirán extraer algunas conclusiones sobre el papel que desempeñan sus fuerzas armadas. M. Todaro identifica siete categorías ^: bajo nivel de vida, bajo nivel de productividad, altas tasas de natalidad, altos niveles de paro y empleo encubierto, dependencia del sector agrícola, preponderancia de mercados imperfectos e información limitada, dependencia y vulnerabilidad en las relaciones exteriores. Sin embargo, sería desconocer la realidad no subrayar la importancia que en la mayor parte de estos países tiene la inestabilidad política, alimentada en la insatisfacción de la población; y la dificultad de invertir en educación recursos escasos que son imprescindibles, la mayor parte de las veces, para garantizar la supervivencia. Es, en los países más desfavorecidos, donde mayor proporción de la población infantil trabaja en actividades marginales debido, en muchos casos, a la dificultad de que la unidad familiar prescinda de una fuente de ingresos complementaria, por muy exiguos que estos sean. La actitud ante el desarrollo es otro aspecto a tomar en consideración. Afectada fundamentalmente por factores geográficos -en el sentido considerado por Huntington-, la educación y las creencias religiosas, el resultado de la inmersión cultural que se produjo durante etapas co-El tercer mundo y las Fuerzas Armadas loniales permite reconocer distintos modelos de compromiso con el progreso. Por último, y en aquellos casos en los que la realidad estatal se asentó sobre una sociedad plurietnica, el mayor o menor éxito en comprometer a los diferentes grupos humanos en un proyecto común ha constituido un definitivo multiplicador de la estabilidad social. Baste recordar, en lo que se refiere a dificultades añadidas que son inherentes a este último aspecto -la pluralidad étnica-, el mosaico que constituyen la mayor parte de las repúblicas caucásicas donde, por citar un caso extremo, en Daguestán conviven aproximadamente 30 grupos étnicos, cada uno de ellos con su propio idioma. El dramatismo de las desigualdades Quizá la mayor diferencia entre países ricos y pobres es que ésta, la diferencia, es mayor cada vez. Desde 1970, año en el que la proporción del volumen de ingresos entre el 20 % más rico y más pobre de la población mundial era de 30 a 1, hasta 1991 en el que esa proporción había crecido hasta alcanzar un 61 a 1 ^, la fractura entre unos y otros no ha hecho más que aumentar. Pero otras consideraciones habrán de hacerse si se trata de buscar causas de inestabilidad. Debe bucearse en los centros de documentación si se quiere obtener la relación de países clasificados según el índice de desarrollo humano. El HDI no se publica en bandos o ayuntamientos, así que no afecta a la propia estima de los ciudadanos. De otro modo, el grado de satisfacción relativa de los pueblos no está directamente influido por el puesto que se ocupe en ésta u otra relación. Sin embargo, la distribución interna de la riqueza sí afecta directamente a la estabilidad de las naciones. Aquellos que hayan tenido la oportunidad de viajar por América del Sur habrán podido ser testigos de algunos de los ejemplos más dramáticos de distribución asimétrica de recursos: los «ranchitos». Emplazados rodeando las grandes capitales -como en Caracas o Río de Janeiro-y, en algún caso, muy próximos a barrios residenciales, constituyen conjuntos de infraviviendas que difícilmente pueden ser consideradas incluso como tales. No se trata solamente de estar por debajo de los 370 U.S. $ anuales de renta per capita considerados como límite de la pobreza, se trata, además, de tener que presenciar, desde puestos de privilegio, como viven los más beneficiados por la falta de equidad y eficacia en la distribución de los recursos. La violencia no podía encontrar un caldo de cultivo mejor que este sostenimiento Juan Carlos Domingo Guerra de tan flagrantes ejemplos de insolidaridad y desprecio por la dignidad humana. En el informe sobre el desarrollo mundial que elabora el Banco Mundial, años 1998/1999, pueden encontrarse multitud de ejemplos de falta de recursos, desprecio por los derechos civiles, mantenimiento de situaciones de desigualdad o, simplemente, insolidaridad internacional. El 68 % de los niños menores de cinco años padecen de malnutrición en Bangladesh; en 1996, un 20 % de los nacidos en Angola no tenían esperanzas de superar los cinco primeros años de vida; la tasa de analfabetismo en Burkina Faso era en 1995 del 71 % en hombres y del 91 % en las mujeres -lo que encierra en sí mismo otro factor de segregación-,... Es difícil saber si la pervivencia de estos dramáticos escenarios es considerada condición sine qua non para perpetuar situaciones privilegiadas de poder. Cuando la luz va abriéndose paso en estos pueblos, y van tomando conciencia de su propia condición, es cuando empieza a ser más probable que los gobernantes caigan en la tentación de tomar en consideración el uso de las fuerzas armadas como última ratio para mantener esta situación. Pero sobre esto se volverá más adelante. La perversión de las analogías El término «aldea global» es frecuentemente usado para referirnos a la interdependencia entre todas las actividades humanas en un mundo, como el actual, en el que la evolución de los transportes ha suprimido la barrera que la distancia creaba entre los seres humanos. Posteriormente, la teoría del caos formuló en términos matemáticos parecidos principios: nada es indiferente a los demás. Pero pocos factores habrán tenido más transcendencia para el desarrollo humano que las comunicaciones. A través de ellas viaja la información, el conocimiento, la cultura en suma. Con esta explosión de ordenadores personales no es de extrañar que el número de servidores de Internet por 10.000 habitantes que existen en Eslovénia (85'66) sea superior a los instalados en Japón (75'8) o Italia (36'91); o que Tonga disponga de más servidores (42'6) que España (31), Grecia (18'7) y Portugal (18'2)^ Entre los países que disponen de 300 a 400 receptores de TV por cada 1.000 habitantes se encuentran Irlanda, España y Portugal; pero también los Emiratos Arabes Unidos, Eslovénia y Saint Kitts y Nevis ^. Al final, la renta per capita de los PVD se encuentra mucho más alejada de la de los países desarrollados que el idioma, los vaqueros, las hamburguesas o el walkman. En Venezuela, por ejemplo, un autobús es una «traca» ^ y su depósito de carburante puede estar «fiíU» ^. Los ciudadanos de estos países aprenden antes lo que es una pagina web que la importancia del ahorro privado para salir de la situación de escasez en la que se encuentran. Lo que puede observarse, pues, es la imitación de pautas de comportamiento aparentemente inocentes -^haciendo abstracción de que la mayoría sean inducidas por potentes y agresivas políticas comerciales-. Pero también es posible observar otras pautas que no lo son tanto, como la deshumanización de la vida que caracteriza a Occidente, la falta de solidaridad, el trabajar para consumir, la comida basura, el alcohol de fin de semana, la ausencia de dialogo o la competitividad salvaje adornada de urbanidad. Con toda seguridad que puede ser discutido, pero cada vez hay más voces que claman por la elección de vías diferenciadas de desarrollo ajenas a las de los países más adelantados o, de otra forma, a la renuncia a un solo camino de acceder a la riqueza y bienestar. Entre ellas la de Sami Naïr, quien no duda en afirmar que debe replantearse el concepto mismo de desarrollo: «Para las sociedades en transición hacia la economía de mercado, el desarrollo no puede reducirse a la dimensión económica. Su finalidadcontinúa Naïr-es la integración social global de todas las capas de la población» ^. Como muestra de efectos perversos que puede producir la copia de costumbres ajenas a la propia cultura y tradición, baste mencionar el hecho de que el 20 % de los jóvenes chinos (10 millones) padecen de obesidad por imitar la dieta alimentaria de Occidente, reduciendo, al mismo tiempo, el consumo de arroz hervido y verduras. Como si en una vieja carrocería se instalase un potente motor, la pérdida o deterioro del tejido conectivo propio de las sociedades tradicionales, sin que previamente se haya producido la necesaria socialización de la población, provoca sinergias que dificultan la armónica evolución de los pueblos ^^. Estabilidad y deuda exterior. Los Gastos de Defensa El 16 de marzo de 1999, en una conferencia interministerial entre EE UU y varios países africanos, el presidente Clinton hacía un Juan Carlos Domingo Guerra llamamiento para que se condonase la deuda exterior de ese continente, que estaba evaluada en 70.000 millones de dólares. Es una gota de agua en un océano de miles de millones de deuda externa. Por ejemplo, la de Latinoamérica es de 700.000 millones de dólares, diez veces más que la africana, donde solo Ecuador debe 14.300 millones. Un acuerdo al respecto fue alcanzado el pasado mes de junio en la reunión que el G-7 celebró en la ciudad de Colonia. Sólo la deuda que el Norte de Africa tiene con España asciende a 2.500 millones de dólares, siendo la de América del Sur de 1.700 millones. Si no fuera tan dramático, podría trivializarse con el hecho de que el endeudamiento de algunos de los países más desfavorecidos ha obligado a una nueva catalogación, más ajustada a la realidad, que se incluye en la más general de Tercer Mundo: «Países Pobres Altamente Endeudados» ^^. En los últimos años se está extendiendo entre los líderes mundiales el convencimiento de que no puede haber estabilidad con depresión. El crecimiento incontrolado de la deuda contribuye, más que cualquier otra cosa, a que la fractura entre el Norte y el Sur se ensanche más de lo soportable. No se trata ya de que las naciones progresen más lentamente de lo que sería deseable en el camino del desarrollo humano; se trata de que la magnitud de la deuda, los conflictos y las catástrofes de todo tipo conducen a la regresión económica y al empeoramiento de las condiciones de vida. Diversas iniciativas se han adoptado en distintos foros para aliviar esta situación. En la última asamblea anual del Banco Interamericano de Desarrollo las consecuencias de la crisis financiera que se inició en Asia y las del huracán Mitch en las economías de Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador, estuvieron muy presentes. Estos cuatro países disfrutarán en los próximos tres años de un aplazamiento en los pagos de la deuda, medida que resulta claramente insuficiente pero que aporta un periodo de reflexión hasta que cuajen iniciativas como las adoptadas por Francia, que ha solicitado a sus socios del G-7 la aplicación de una moratoria de 30 años en el pago de la deuda de los países más pobres. Es en este escenario donde debe hacerse el estudio del papel que juegan los gastos de defensa. Los gastos de defensa y el bienestar Mención aparte merece la influencia que los gastos de defensa de las naciones tienen en el volumen de la deuda y el empobrecimiento de los pueblos. Emile Benoit tiene el indiscutible honor de haber sido uno de los promotores de una interesante línea de investigación sobre el papel que los gastos de defensa tienen en el crecimiento de los PVD. Publicados sus estudios en 1973, en un libro titulado «Defensa y crecimiento económico en los países en vías de desarrollo», Benoit afirmaba haber encontrado una estrecha correlación positiva entre gastos militares y crecimiento. Un estudio que abarcaba a 44 países parecía demostrar esta relación entre mayor gasto y tasa de crecimiento. Las conclusiones de Benoit han tenido variadas respuestas, pero más orientadas a demostrar la falta de esa correlación en otras muestras que la inexactitud de los planteamientos originales. Puede, en resumen, que todavía no se disponga del número de estudios necesario para obtener conclusiones que puedan considerarse definitivas a la hora de averiguar cual es el papel de los gastos de defensa en el bienestar de los pueblos. En cualquier caso, todo esto no deja de ser una discusión economicista difícil de establecer sin que las ideologías jueguen su papel. Mayor interés tiene analizar el coste de oportunidad de los gastos militares. Discutido también de forma prolija, un importante grupo de estudiosos ha considerado que los recursos económicos dedicados a mejorar las capacidades defensivas tienen un importante coste, al tratarse de recursos detraídos de actividades que podrían promover importantes modificaciones en la estructura económica y considerables mejoras de la calidad de vida de los ciudadanos. Los que defienden que los gastos de defensa tienen un coste de oportunidad cero o despreciables, en términos de desarrollo, se apoyanm habitualmente en los siguientes argumentos: a) Dificultad de asignar usos productivos a las inversiones detraídas. La mayor parte de los fondos desviados será empleada en gastos suntuarios, consumo privado, salud o educación, con reducido impacto en el crecimiento económico. b) Dificultad de reasignar fondos anclados al consumo militar. En otras palabras, el retorno de muchas inversiones militares está contractualmente limitado a la industria de armamento. Algunos paquetes de adquisiciones satisfacen en realidad precios políticos, bien para mantener la capacidad de la industria de armamento nacional, sorteando la dependencia exterior en un sector considerado estratégico, bien para promover otras adquisiciones en un mercado sumamente competitivo. e) Un tercer argumento se basa en la certeza de que la mayor parte de las adquisiciones que acometieron en el pasado los PVD lo fueron al amparo de programas de ayxida establecidos por las superpotências durante la guerra fría. En aquellos años, la pertenencia a un determinado bloque y la obediencia a las directrices estratégicas del líder se veían recompensadas con la cooperación en materia de seguridad y la adhesión a programas de adquisiciones en términos muy favorables para los PVD -en algunos casos a coste cero-, al menos en términos de desembolsos dinerarios. Estos créditos, realmente, no eran susceptibles de ser empleados en otras áreas que pudieran responder mejor a las necesidades del momento, d) El último argumento es aquel que considera que los gastos militares en educación, adiestramiento y especialización del personal militar, infraestructura y creación de empleo generan beneficios que se reflejan en mejoras sociales que contribuyen al crecimiento de la nación. En el caso de la educación, porque la industria de armamento requiere una formación en determinadas especialidades -^maquinaria de precisión, electrónica, óptica, etcétera-, que puede ser de gran utilidad en la industria civil. Las críticas se han formulado con la misma o parecida profusión que los argumentos a favor. Más que adiestrar trabajadores en técnicas complejas, la industria militar podría detraer de la industria civil trabajadores muy cualificados y escasos en los PVD. La mayor parte de las adquisiciones que se derivan de programas militares es resuelta mediante importaciones, aun en aquellos recursos que pueden encontrarse en el mercado interior; muchas veces por la propia incapacidad de la industria nacional de estos países para satisfacer con regularidad sus compromisos. Y, por último, invertir en defensa y no en educación sí tiene un coste, ya que invertir en educación es hacerlo en el futuro de la nación. Con relación a este último y particular aspecto, baste recordar que el porcentaje que España dedicó al gasto militar con relación a la suma de gastos en educación y salud fue de un 18 % para los años 1990/91 ^^, uno de los porcentajes más bajos entre los países industrializados. Como ya ha sido apuntado, puede que los estudios de Benoit se realizasen en un período en el cual la a3njda exterior en programas militares tenía un considerable impacto, cubriendo la mayor parte de las necesidades que se derivaron de los programas de inversión. Puede también que todavía estemos lejos de obtener resultados indiscutibles sobre la influencia de los gastos de defensa en la tasa de crecimiento económico de los PVD; pero todo este debate no resuelve más que los El tercer mundo y las Fuerzas Armadas efectos económicos que se derivan de las inversiones realizadas. Con mucha frecuencia, en general, y casi siempre en los PVD, la cuestión no radica en averiguar el volumen de ingresos o gastos ligados a los programas de armamento, sino si hay alternativa para ellos; de otra manera, no es tan importante averiguar si estos gastos tienen un coste como saber si estos países disfrutan de otras oportunidades reales de inversión. En el Cuadro 1 se han analizado tres grupos de 15 países cada uno de ellos: los de la OTAN antes • de la ampliación; los 15 más pobres, o con índice de Desarrollo Humano más bajo según el Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); y un tercer grupo de otros 15, en este caso, escogidos entre aquellos que viven un conflicto histórico, de los que hunden sus raíces casi en el origen de los tiempos. Se ha evitado conscientemente la elección de países con crisis coynnturales, por muy graves que éstas pudieran ser; de menor interés cuando se desea, por el contrario, analizar rasgos económicos de naciones con dificultades larvadas que de vez en cuando, y varias veces en el siglo, saltan a las primeras páginas de los periódicos. Se trata, en suma, de intentar descubrir la influencia que la inseguridad como percepción tiene en las cuentas estatales. La columna (c) representa el porcentaje de ciudadanos sirviendo en las Fuerzas Armadas (b) sobre el total de la población (a), medido en tantos por mil. Es un índice de «aseguramiento» y refleja la importancia que se le da a la defensa de los intereses nacionales. Sorprende comprobar que la media de los 15 países inmersos en conflictos duraderos es cinco veces la de los 15 más pobres, y dobla la media de las 15 naciones de la Alianza Atlántica. Los efectos de detraer tal proporción de mano de obra, algunas veces muy cualificada, tienen que tener su registro en las cuentas nacionales. La columna (d) refleja la cuota de los gastos de defensa en el PIB expresada en tantos por den. Otra vez, la media de los 15 países con un entorno de seguridad deficiente dobla la de la OTAN y la de los países con menor HDL Con ser representativos, ninguno de estos índices produce el impacto de los registrados en la columna (e). De acuerdo con los datos calculados, la defensa le cuesta como media a los ciudadanos del grupo de PVD amenazados 75 veces más que a los de menor HDI, y prácticamente igual que los 488 dólares -215 a los españoles-que le cuesta la defensa a los ciudadanos de países miembros de la OTAN, sin comparación posible al tratarse en general de los más ricos. A pesar de su potencia económica, EE UU -con 1.000 dólares per capita-sería superado por Kuwait (2.218 dólares), Arabia Saudita Con relación a la influencia que la carrera de armamentos ha tenido y tiene en la mayor o menor probabilidad de que un contencioso acabe en guerra o conflicto armado, debe ser subrayada la debilidad de los argumentos que defienden tal relación. En cualquier caso que se analice, siempre cabrá la duda de si la guerra ñie una consecuencia del rearme o éste una necesidad para acometer aquella con ciertas garantías de éxito. Los hechos que se deducen del Cuadro 1 parecen demostrar que la proliferación de armamentos se deriva más de la percepción de una amenaza para la propia seguridad (real o figurada) -o de la pervivencia de soluciones percibidas como injustas que fiaeron adoptadas en un tiempo en el que se carecía de peso internacional para hacer valer los propios argumentos-, que de una decisión libremente adoptada por adquirir bienes que se reconocen como ajenos. La discusión sobre los costes de oportunidad, pues, se nos aparece como intranscendente cuando tal oportunidad es sólo académica o no existe, sin más. ¿Qué margen deja la seguridad? ¿Cuál es el abanico de alternativas cuando el entorno no es seguro? Arora y Bayoumi ^^ reconocen este factor como marco dentro del cual deberían interpretarse sus conclusiones con relación a los beneficios que, para la economía, tendrían los recortes en el gasto militar. En general, y también aquí, sus trabajos se centran en estudiar los beneficios económicos «pero reconociendo la necesidad de sopesarlos con cualquier impacto que los recortes en el gasto tengan en la seguridad nacional». Estos economistas llegan a la conclusión, en sus investigaciones para el FMI, de que una reducción concertada de todos los países en gastos de defensa produce mayores beneficios en cada economía que los obtenidos al disminuir unilateralmente los gastos de uno de ellos. Las razones -siguen los autores-pueden encontrarse en la reducción generalizada de los tipos de interés y en el incremento del comercio mundial que se induce al sustituir el componente de gastos militares por el superior de los gastos del sector privado que los reemplaza. En realidad, pocas dudas hay de la conveniencia de mantener una adecuada proporción coste-eficacia de los gastos militares. La proliferación de cabezas nucleares de las superpotências con capacidad para destruir varias veces nuestra civilización, además de una muestra de la estupidez humana, lo es del derroche de recursos escasos tan necesarios en otros lugares. Pero no es tan sencillo materializar iniciativas tan obvias, por otra parte, ni determinar a partir de que nivel de reducción en términos presupuestarios aparecen desequilibrios defensivos, ni el papel que ju-Juan Carlos Domingo Guerra garia la mayor o menor eficiencia de los gestores de las partidas dedicadas al gasto de armamento. La gran interrogante vendría constituida por la incertidumbre de cuando, en un hipotético escenario de reducciones armonizadas, se sobrepasaría aquel nivel en el que una agresión podría iniciarse con pocos o asumibles riesgos, esto es, donde estaría el umbral de la indefensión en los gastos militares. En definitiva, es fácil apoyar propuestas como las de Arora y Bayoumi, pero alcanzar un entorno mundial de mayor seguridad es el papel de las Naciones Unidas, y ya se sabe cual ha sido, hasta ahora, el resultado. Quizás el futuro esté en satisfacer la necesidad de avanzar en la creación de medidas de confianza o garantías de seguridad supranacionales creíbles, siempre que se pueda asegurar que los intereses de la nación líder, o de aquellas que más aporten al entorno de seguridad, no se transformen en una carga insoportable para los más necesitados. Estamos hablando de un mundo nuevo, basado en otros principios que, por desgracia, hoy todavía están lejos de regular las relaciones humanas. Las Fuerzas Armadas en los Países en Vías de Desarrollo El papel de los militares «Parece que las instituciones militares pueden tener un papel modernizador en las economías de los países de bajo nivel de desarrollo -afirma Saadet Deger ^^-, pudiendo contribuir a cambios estructurales. Este tipo de dinámicas institucionales debería estimular el crecimiento en cierto sentido». Esta afirmación ayuda a introducir un tema polémico: el de la contribución de los militares a sus respectivas sociedades. Y es que Saadet Deger no pretendía hacer una defensa de los militares como comunidad sino, muy al contrario, salir al paso de las conocidas teorías de Emile Benoit ^^ quien, en sus trabajos sobre la influencia de los gastos de defensa en el crecimiento de los países en vías de desarrollo ya mencionados, defendía los beneficiosos efectos que podían ser atribuidos a la defensa. De los dos factores que constriñen el crecimiento -dice Deger-, el papel de la modernización y la ausencia de ahorro doméstico, la institución militar puede tener sólo beneficiosos efectos en el primero ^^. Con independencia de lo atractiva que pueda resultar esta discusión, lo cierto es que se merece el calificativo de espuria. No tiene más valor profiíndizar en la contribución de los militares a sus respectivas sociedades que el que pueda extraerse del mismo esfuerzo volcado en los arquitectos o empleados de Bolsa; todos ellos ejercen actividades para las que se ha formulado una demanda social, con independencia de cuales hayan sido los mecanismos empleados para ello. Pero, aunque sólo sea como ejercicio intelectual, merece la pena terciar para recordar que Benoit adjudicaba potencialidades de desarrollo a la institución castrense en los PVD y no así en los países industrializados, para los que consideraba que jugaba en contra de este papel el supuesto arcaísmo de la institución y las ataduras que significan las tradiciones. Sin embargo, ya sea porque en el campo de la seguridad y defensa nada se basa exclusivamente en la superioridad de los recursos materiales, sino en las convicciones ^^, ya sea porque este campo del saber tiene tanto de ciencia como de arte, y la imaginación y creatividad están siempre presentes en este último, lo cierto es que también en los países industrializados la actividad que los militares desarrollan produce beneficios que trascienden más allá del exclusivo campo de la defensa. Como ejemplos, debería bastar con citar el hecho conocido de que Internet tiene sus antecedentes en un proyecto del Pentágono estadounidense; que algunos sistemas de optimización de decisiones empresariales tienen sus orígenes en la resolución de problemas estratégicos, durante la II GM; o que, mucho más cercano en el espacio, las actuales ingenierías civiles en España tienen sus orígenes en 1726, con el establecimiento en el Alcázar de Segovia del Colegio de Artillería del Ejército; en 1739, con la creación, en Barcelona, de la Academia General de Matemáticas, donde se formaban los artilleros e ingenieros militares; y en 1772, cuando Carlos III crea la Academia de Ingenieros de la Armada ^^. Abundando en ejemplos de la influencia que en otros ámbitos tiene la función defensa, puede añadirse que la adhesión de España al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, por ejemplo, y a todos aquellos convenios que remiten a instancias supranationales el arbitraje en los conflictos, así como la renuncia a disponer de una fuerza militar disuasoria en términos convencionales, son todos ellos hechos que han aumentado la consideración de España como mediador en litigios internacionales y demostrado hasta la saciedad el espíritu de concordia de los españoles. Pero sería de ingenuos no reconocer su adversa influencia en la resolución de conflictos como el del Sahara y el del fletan, en la mejor defensa de los intereses españoles en el contencioso Juan Carlos Domingo Guerra de Gibraltar, en la asignación de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o en la inclusión en el Grupo de Contacto que negocia con las partes en Bosnia-Herzegovina. Pero pidiendo disculpas por la digresión y regresando al mundo en desarrollo, como en casi todo las ideologías juegan aquí un importante papel. Lo que para algunos puede ser una contribución neta: la creación de puestos de trabajo que exigen la adquisición de una formación especializada y la formación de trabajadores con una elevada cualificación (Deger, Benoit); para otros (Todaro ^^) puede significar tener que enfrentarse, además, al drenaje de trabajadores muy cualificados de la industria civil. Haciendo abstracción de unos y otros, parece suficientemente justificado el interés que tiene aproximarse al papel que lo militar juega en muchos de los PVD. Con la dificultad de establecer características que sean compartidas al mismo tiempo por los miembros de la Fuerza Aérea de Argentina y por los del Ejército de Etiopía, por citar sólo algunos, es relativamente sencillo descubrir en ambos grupos técnicas de trabajo organizado, renuncia a lo individual en beneficio del trabajo en equipo, extensión y cultivo de valores colectivos o el mero desarrollo de avanzadas técnicas de gestión de recursos humanos. La disciplina, austeridad y renuncia a otras ventajas asociadas a la estabilidad de residencia -vivienda, educación de los miembros de la unidad familiar, integración en la comunidad-son también habituales en los miembros de estos ejércitos. Con las excepciones que posteriormente serán comentadas, aquellos que optan por servir a sus países en el seno de las fuerzas armadas renuncian de antemano, y con un considerable derroche de generosidad, al ejercicio pleno de derechos civiles o a la intervención directa en la negociación de aspectos laborales que atañen directamente a su calidad de vida. Y esto, sorprendentemente o no, es también común a la mayor parte de sus colegas de la Alianza Atlántica. Con la excepción de los regímenes comunistas asiáticos, en los que los procesos revolucionarios se asentaron en llamamientos a soldados y trabajadores que, con el tiempo, provocarían la consolidación de una sociedad civil «uniformada», las FFAA de los PVD se caracterizan por tener un acusado sentido patrimonial del concepto de patria, que resumen en el conjunto de aquellas características de la nación y su El tercer mundo y las Fuerzas Armadas experiencia colectiva que proporcionan a los ciudadanos aspectos tangibles de su conciencia de pertenecer a una comunidad diferenciada. En la senda del desarrollo, la idea de patria es objeto de un proceso de sacralización que acaba dotándola de aspectos mágicos, más acen* tuados cuanto más primitiva sea la sociedad sobre la que se asienta la nación. La patria se percibe con carácter excluyente. Los miembros de las FFAA no comparten los mismo ideales que el resto de la sociedad, donde los ciudadanos están más volcados en la consecución de sustanciales mejoras de sus condiciones de vida. La apelación a los hechos de los fundadores o padres de la patria, en la historia de cada pueblo, es constante y, normalmente, subraya aspectos sobrenaturales o sobrehumanos de su biografía ^^. Los miembros de estos ejércitos no se consideran solamente como depositarios de valores transcendentales sino que, además, tienden a considerarse los únicos legítimamente acreditados para custodiarlos. Estos esquemas contribuyen a establecer una brecha entre la sociedad y sus militares, creando condiciones óptiraas para que ambos grupos humanos pervivan y se desarrollen diferenciados. La conciencia nacional evoluciona primando consideraciones diferenciales con relación a sus propias sociedades civiles, primero, y con relación a los demás, después. La idea de ser antagónica tiene en sí misma el germen de los conflictos. Se es sólo frente a otros más que con otros, y la existencia de enemigos, reales o imaginarios, se convierte en un claro instrumento de reafirmación nacional. En esta búsqueda de antagonismos se trataría de encontrar la raya de hasta donde podemos llegar o hasta donde nos van a permitir los otros que lleguemos. El suelo se convierte así en un factor de reafirmación de primer orden, y las fronteras en su materialización. Los conflictos basados en reclamaciones territoriales y en el irredentismo de estas reclamaciones tienen la virtud de tocar las fibras más sensibles de la nacionalidad, lo que los hace idóneos para su manipulación como forma de sofocar o encubrir descontentos internos al desviar la atención de los ciudadanos de otros problemas domésticos ^^. En aquellos procesos de búsqueda de la propia identidad, el suelo es algo más que el territorio en el cual se ejerce la soberanía, todo lo contrario de lo que parece estar sucediendo en los países más desarrollados; en estos, y sobre todo en Europa, los tratados de Schengen y Maastricht parecen indicar un proceso inverso: las naciones se ven en general inmersas en la búsqueda de novedosos espacios de cooperación que están modificando, en un grado que hubiera sido difícil de imaginar hace tan solo unos años, incluso la geografía física de las naciones. Sin embargo, y desde una perspectiva histórica, pocos litigios pueden ser más artificiosos que los disputados por las demarcaciones territoriales. Basta echar un vistazo al mapa político de Afidca o al de la península Arábiga. El ocaso de los imperios coloniales a mediados del siglo XX trajo consigo el nacimiento de nuevas entidades estatales no siempre basado en un previo reconocimiento de anhelos autonómicos. Criterios geopolíticos -^la búsqueda de equilibrios regionales o la conveniencia de mantener altas cotas de influencia-, y el deseo de lavar la mala conciencia de las potencias occidentales -al finalizar la II Guerra Mundial-, se encuentran también entre los orígenes de algunos reconocimientos de independencia ^^. Pero es que, además, las fironteras que hoy conocemos tienen poco que ver con las que existían hace un siglo, por citar una fecha, lo que desmiente el carácter cuasi sagrado de las mismas. Aunque deseásemos observar el mundo actual desde la perspectiva del desarrollo, lo cierto es que en las postrimerías del siglo XX bien puede decirse que éste se ha ganado el calificativo de «siglo de la violencia». Con independencia de cuales hubiesen podido ser nuestros deseos, lo cierto es que las fijerzas armadas son todavía instituciones necesarias para garantizar la supervivencia como nación de muchas entidades estatales ^' ^. En los países desarrollados los ejércitos constituyen un instrumento de primer orden de su política exterior y \xn. argumento de peso en las negociaciones internacionales. Países como los Estados Unidos de América, que disponen de armamento almacenado como para destruir varias veces el mundo conocido, todavía consideran que la contribución de los aliados a la resolución de conflictos con soldados es el signo más claro de la voluntad de cooperar y de la vocación de significar algo en el concierto internacional. Consecuencia de la importancia que el cuerpo electoral tiene en los países democráticos, el impacto adverso en la opinión pública de una posible repatriación de cadáveres es un riesgo que pocos líderes mundiales quieren correr en solitario. Volviendo a esto más adelante, en muchos países del Tercer Mundo, sin grandes recursos o interés estratégico que les garanticen la asistencia de primeras potencias en el campo de la seguridad, sus unidades militares constituyen su única garantía de supervivencia. En otros, sin embargo, prevalecen razones de política interna, y es la autoridad nacional la que ha buscado su apoyo o está asentada en las fijerzas armadas o en parte de ellas. Los ejércitos se convierten así, consciente o inconscientemente, en instrumento político de primer orden y argumento de represión interna. Su fiínción primigenia se subvierte y los efectos de esta subversión de valores son devastadores para la propia El tercer mundo y las Fuerzas Armadas institución. Con el paso del tiempo, la búsqueda de aliados es sustituida por la del enemigo, que no puede ser otro que el propio del dictador y de la opción política que representa o que le sustenta. El uso perverso de las unidades militares convierte a éstas en represoras de las libertades de su propio pueblo. La función policial que desarrollan aparta a sus oficiales y suboficiales del interés por específicos temas de defensa y por el conocimiento de su evolución en otros países. Estas fuerzas armadas, en resumen, se ven en general abocadas a trocar discutibles privilegios de algunos de sus miembros por la animadversión de sus pueblos, llevando en sí mismas el germen de su descrédito y autodestrucción. La aproximación a la teoría del intervencionismo militar en todo el mundo ha sido siempre de difícil materialización. En mayor o menor grado, la cuestión militar ha estado presente en la reciente historia de la mayor parte de los países que constituyen la sociedad de naciones. La historia del golpismo o intervención militar violenta en los asuntos de gobierno está repleta de cualquier clase de ejemplo que quiera buscarse. Con independencia del rigor de identificar como progresistas movimientos castrenses anteriores al siglo XIX, lo cierto es que durante las últimas décadas de la historia del ser humano ha habido movimientos que supusieron retrocesos y avances en las libertades de los pueblos. Hubo, también, pasividades o apoliticismos -como en la Wehrmacht de los años treinta-que fueron reputados por analistas como indiferencias culpables ante acontecimientos de tremenda importancia para el futuro de Europa ^^. Diego Azqueta ^^ busca los orígenes del intervencionismo militar en el Tercer Mundo en la ausencia de una clase burguesa y capitalista. Ese hueco sería ocupado por el Ejército, institución que se define como moderna y nacionalista avanzada, cualidades que lo hacían idóneo para dirigir el proceso de industrialización del país y que contaría con «la aprobación de una parte de la intelectualidad de izquierdas» ^^. La experiencia -concluye Azqueta-resultó poco edificante, aunque se reconozca que en estos países los ejércitos son, quitando a empresas multinacionales allí instaladas, de las pocas instituciones disciplinadas y jerarquizadas, con cotas de eficacia similares a otros estándares y que, además, son capaces de proporcionar cuadros de mando a la administración. La circunstancia de que las fuerzas armadas materializan la opción más destacada de una de las atribuciones del Estado: el monopolio de la coacción física legítima ^^, no debería hacernos dudar sobre lo inconveniente de dejar a la interpretación de los militares el decidir en que situaciones estaría justificada la intervención. El poder de que se dota a las unidades militares tiene que ser empleado en aquello que está previsto en las respectivas Constituciones, y los ciudadanos de uniforme deben asumir que su único cauce de intervención en los asuntos públicos pasa por las urnas en las distintas convocatorias electorales. Esto es siempre verdad y debe mantenerse aun en aquellos casos en los que la actuación de los ejércitos coincidió con los deseos de la mayoría, recibiendo el aplauso del público ^^. Lo contrario abre la vía del intervencionismo al dejar al criterio de los actores la valoración de la gravedad de la situación que justificaría la intermediación militar. En cualquier caso, falta todavía por acometer un análisis profundo sobre la irresponsabilidad de los líderes políticos que apelan al arbitraje de sus fuerzas armadas para dirimir disputas entre partidos. Al igual que en el squash, la pelota tarde o temprano adoptará una trayectoria inesperada, sorprendiendo a todos los jugadores. Esta perturbación de la normalidad institucional produce algunos efectos anómalos que coexisten con prácticas democráticas de dudosa ortodoxia, como la ambigüedad de los apoyos con los que cuentan determinadas candidaturas, o la apelación al sentido cívico del electorado por el procedimiento de apercibirle de las indeseables consecuencias que tendría el triunfo de determinadas opciones políticas. Encontramos buenos ejemplos en las elecciones venezolanas de 1999, o en la forma en la que Boris Yeltsin resolvió, en mayo del mismo año, la crisis gubernamental ^^. Pero es que, como se comentaba antes, y a falta de otros análisis, el efecto del intervencionismo es tanto o más perverso en el seno de las mismas fuerzas armadas que, convertidas en árbitros de la actividad política de su país y concentradas en asuntos domésticos, acaban desatendiendo funciones básicas de la defensa. Transmutados en figuras relevantes de la vida política del Estado, los representantes de las fuerzas armadas acaban tomando parte activa al promover el apoyo de las unidades militares a distintas opciones políticas. La apuesta por el poder es, en estos casos, sólo cuestión de tiempo; la existencia de disensiones en el seno de las fuerzas armadas conducirá a la guerra civil en la mayor parte de ellos. Especial consideración merece la influencia que en el desarrollo de estas sociedades civiles tienen los regímenes autoritarios. Frente El tercer mundo y las Fuerzas Armadas a mejoras sectoriales derivadas de la corrección quirúrgica de los males que justificaron la intervención militar en la vida pública, aparece una clase empresarial especializada en acometer negocios al amparo de políticas proteccionistas asociadas a concepciones autárquicas de la actividad económica. La falta de competencia, los subsidios, la intervención con criterios políticos en las actividades de exportación e importación -^lejos de los criterios habituales de mercado-, son factores que adormecen la imaginación de los agentes económicos y su espíritu de iniciativa al disuadirlos de buscar oportunidades de negocio con el riesgo que supone acometer nuevas empresas, características, todas ellas, de una clase empresarial capaz de crear puestos de trabajo y contribuir a la riqueza nacional. Con el paso del tiempo, la seguridad de los beneficios y la dificultad de modificar los marcos estructurales hacen que los profesionales más cualificados busquen fuera de su país el ambiente que les permita su desarrollo en plenitud. Ya sea por apatía, ya por asfixia, en estas sociedades el capital humano está abocado a agostarse en el temor al poder, la rutina y la falta de oportunidades. No es el descrédito en la comunidad internacional otro aspecto desdeñable ^^. Las dificultades para invertir en espacios políticos inseguros o con mercados excesivamente intervenidos se contrapone a las facilidades que encuentran grandes capitales. Algunas multinacionales petroleras en Oriente Próximo u hortofrutícolas en el continente americano no pueden eludir las sospechas de cooperar, en pos del mantenimiento de cuotas privilegiadas de mercado, al sostenimiento de regímenes establecidos por la fuerza de las armas o poco respetuosos con los derechos humanos. Algunas prácticas de la comunidad internacional, como los embargos, la prohibición de exportación de materias primas o importación de determinados productos necesarios en la industria civil, tienen efectos discutibles en los objetivos que se pretenden alcanzar, aumentando, sin embargo, el sufrimiento de la población en general ^^, Algunos aspectos del espacio único jurídico internacional, que puede deducirse de recientes providencias judiciales, permiten aventurar un futuro en el que cada vez sean más arriesgadas las conductas antisociales y el disfrute de beneficios obtenidos de la corrupción y el poder ilegítimamente adquirido. El Papel de las Otras Fuerzas Armadas El soporte de cualquier programa de cooperación es el entendimiento. La influencia se crece en la comprensión y el respeto a otras tradiciones. costumbres y, en resumen, códigos de valores. Hay que conocer antes de apoyar, como único procedimiento para que la ajmda contribuya a un efectivo desarrollo de las capacidades. Algunos esfuerzos por mejorar las organizaciones defensivas del Tercer Mundo han visto fracasar las iniciativas volcadas en la educación y el adiestramiento y cómo sobrevivían, por el contrario, exclusivamente las materializadas en programas de adquisición de armamentos y otros productos finales. Las becas concedidas hace unos años, por citar un ejemplo, para financiar el paso de oficiales guiñéanos por centros de formación de las fuerzas armadas españolas eran asignadas, en aquel país, a oficiales que ya habían cursado estudios en otros centros del extranjero, principalmente en la antigua URSS, desperdiciándose la oportunidad de extender los privilegios de una buena educación a círculos fuera del poder y contribuir así a la expansión de principios habituales en las fuerzas armadas occidentales. Los responsables de los programas de cooperación tienen que modificar drásticamente la perspectiva desde la que se aproximan a las sociedades con las que van a cooperar, y éste se revela como un problema a veces insuperable. Qué códigos usar, o qué valores defender y hasta qué punto, son preguntas que habitualmente se hacen los cooperantes. Sin posibilidad de promover la aceptación de formulas magistrales, lo razonable es el respeto más absoluto por las peculiaridades de otras culturas que no afecten a códigos propios de conducta que consideremos básicos y fundamentales ^^. Se trata de separar lo anecdótico de la promoción de aquellos valores que deberían justificar la cooperación en temas de defensa. Esto, que parece sencillo de formular, encierra un consejo a jóvenes oficiales destacados en países del Tercer Mundo para que huyan de expresiones de rechazo por costumbres locales intrascendentes y tan razonables -o irracionales-como las propias; y a las naciones para que disminuyan, sino prescindan, de la hipocresía o exceso de pragmatismo que normalmente preside las relaciones internacionales. Sólo desde esta hipocresía es posible entender las razones de la intervención internacional -^incluso de la ONU-en conflictos cercanos mientras se producen miles de muertos en otros -como en la República Democrática del Congo (antes Zaire) y Somalia-que, salvo circunstancialmente, han permanecido ausentes de los noticiarios de la CNN ^^, La Escuela de las Américas que el ejército de los EE UU tenía instalada en Panamá puede ser, por los líderes que pasaron por sus aulas y el papel jugado en la historia de sus pueblos, un claro ejemplo de la ambigüedad en los objetivos mostrada por algunos programas de cooperación. En 1980, un coronel de las fuerzas armadas españolas acompañaba a otro de un país latinoamericano, de visita en España. En determinado momento, nuestro visitante preguntó a su anfitrión español por las razones de que el vehículo oficial, en el que viajaban, se detuviese en los semáforos. Extrañado por la pregunta, el español se interesó por la razón de su sorpresa: «Nosotros no lo hacemos -contestó-, porque la autoridad que no abusa se desprestigia». Uno ha oído suficientes veces anécdotas parecidas como para dudar de la originalidad de su autor, que no del narrador, pero es suficientemente ilustrativa de una forma de entender lo militar en algunos países. En sociedades de muy bajo nivel de desarrollo o estructuras civiles muy elementales, los miembros de instituciones estatales, y entre ellas los de las fuerzas armadas, pueden tener la tentación de considerarse parte de los círculos de poder; en otras palabras, de considerarse titulares legítimos del derecho a ejercer la violencia sobre sus conciudadanos. Estas actitudes, sin los límites que impone el respeto a las normas de un estado de derecho, explicarían la intervención de unidades regulares en matanzas como las que tuvieron lugar en Ruanda y Zaire en 1997. Pero quizás una de las diferencias más sorprendentes entre los miembros de las fuerzas armadas de países desarrollados o en vías de desarrollo es, contra todo pronóstico, el peso específico que la vocación tiene en la elección de esta forma de vida. En el acervo cultural de los militares y de la sociedad a la que pertenecen, y en el ámbito de la formación institucional que se imparte en los centros de formación, se trataría de aclarar la cuestión de si la permanencia en los ejércitos supone el ejercicio de una determinada profesión o la opción libre por prestar un determinado servicio. En los PVD el carácter vocacional prevalece entre sus miembros, incluyéndose aquí también aquellos casos en los que la posibilidad de disfrutar de una determinada situación de privilegio o superioridad con relación el resto de la población deforme el carácter de aquél. Las fuerzas armadas son, aquí, el principal elemento de cohesión nacional y se perciben como la razón última de la existencia como nación. En los países desarrollados, por el contrario, aparece muy destacado el carácter ocupacional de la relación de servicios profesionales que mantienen con las fuerzas armadas sus miembros. La oferta de plazas a cubrir en los ejércitos profesionales tiene que competir en el mercado laboral en las mismas condiciones que el resto del empleo público y aun privado y, lo que tiene más importancia, con sus mismos argumentos: estabilidad laboral, salarios adecuados, prestigio social, etcétera ^^. un ejército occidental sus profesionales están más dispuestos a aceptar una gran variedad de misiones en defensa de intereses nacionales, sin cuestionarse su legalidad, que hacen descansar en las garantías que ofrecen sus sistemas parlamentarios. Sienten, estos profesionales, que su disponibilidad es parte de lo que se espera de ellos y la razón que justifica la retribución de sus servicios, con independencia de que vaya acompañada por el imprescindible aprecio del resto de la sociedad a su función. En Occidente, las fuerzas armadas son un indispensable instrumento de política exterior que se dota porque se considera bastante probable su empleo, obteniendo el beneficio esperado de una inversión realizada vía presupuestos. Los soldados de un ejército profesional asumen las incomodidades que lleva consigo su adiestramiento porque, tarde o temprano, su supervivencia dependerá de ello. En definitiva, los gastos de defensa son considerados una inversión de la que se espera obtener los rendimientos propios de un bien público -^ya sea en defensa de intereses directos, ya en términos de percepción de un mayor nivel de seguridad-. El resultado es un profesional que, como el resto de sus conciudadanos, ha desvestido a su actividad principal del carácter heroico que todavía subsiste, atribuido en exclusividad a los militares, en sociedades de países menos desarrollados. Por el contrario, desde las fuerzas armadas de estos países, los modelos occidentales adolecen de exceso de espíritu funcionarial en detrimento, supuestamente, de valores que han venido siendo considerados como inherentes al ser militar. Se plantea, en resumen, una artificiosa necesidad de elegir entre ciudadano y guerrero, funcionario o héroe. La falta de atractivo del modelo occidental, por lo apuntado, es un efecto que debe ser compensado, y no debería ser muy difícil hacerlo, con éxito. La eficiencia de los modelos basados no solamente en la superioridad técnica, sino también en la bondad de los sistemas de adiestramiento y procedimientos científicos contrastados, debe ser convenientemente presentada junto con el respeto por el mantenimiento de valores tradicionales, indiscutiblemente necesarios a los hombres que deban arriesgar sus vidas por razones tan pedestres como garantizar la continuidad en el abastecimiento de recursos petrolíferos o el mantenimiento del comercio a través del canal de Panamá -y consiguiente abaratamiento de los precios de los transportes-. Más aun, parece que es en estos casos donde son más necesarios hombres con una sólida formación y que estén dispuestos a correr riesgos considerables en defensa de intereses legítimos de su nación, aunque no los perciban como cercanos. Es suficientemente ilustrativo subrayar El tercer mundo y las Fuerzas Armadas que, como se ha observado en los últimos conflictos, los soldados del ejército de los EE UU cumplen las misiones que les son enco'mendadas, por los más variados motivos y en cualquier parte del mundo, suficientemente armados con la convicción moral de estar haciéndolo por su país, por muy genérica que pueda parecer esta convicción. En cualquier caso, es bueno que se superen los recelos e indiferencias mutuos. En algunas ocasiones, con motivo de reuniones internacionales, se cae en la tentación de observar a colegas a través del prejuicio que se deriva del sistema político que rige el destino de su país. En las organizaciones defensivas multilaterales, esto puede llegar a convertir a los oficiales que proceden de PVD en personas no gratas o parias de la organización, lo que producirá pérdida de valiosas contribuciones personales y resquemores que, en el futuro, pudieran traducirse en obstáculos a la cooperación. Difícil de resolver es el impacto que en los PVD en general y en sus fuerzas armadas, en particular, tiene la extendida práctica de vetar el ingreso en organizaciones defensivas multinacionales de aquellos países que son regidos por regímenes predemocráticos o en los que no se respeten suficientemente los derechos humanos. La defensa colectiva tiene sus inconvenientes, como atender a los compromisos contraídos, pero también la ventaja de optimizar la relación coste-eficacia del esfuerzo presupuestario en defensa. El nivel de seguridad que se alcanza a través'de sistemas colectivos es infinitamente superior al que podría obtenerse en solitario. Esto es verdad para un país como EE UU, donde, posiblemente, organizaciones como la OTAN ofrecen, en primer lugar, un foro de consultas y un espacio para alcanzar el deseable grado de consenso cuando han de adoptarse decisiones políticas consideradas de alto riesgo. Para los PVD, la asimetría de las formas de gobierno que llevan consigo falta de aceptación de la comunidad internacional se traducirá en mayores costes -los que requiere una defensa unilateral-y una mayor dependencia, con contadas excepciones, de proveedores externos de armamento. La principal consecuencia de esta dependencia es la inseguridad de las corrientes de abastecimiento, inseguridad que puede llegar a ser dramática si se confirma en plena crisis. Durante la guerra de las Malvinas, Francia -proveedora del EXOCET-dejó de suministrar este eficacísimo misil aire-superficie justo en el momento en que más necesario era para la reposición de los consumidos por la fuerza aérea argentina, con resultados ya conocidos. Excelentes resultados dan las políticas de cooperación basadas en la oferta de plazas y becas para cursar estudios en centros de enseñanza de países desarrollados. Superando anteriores reservas, la invitación a cursar estudios en instituciones militares de enseñanza de países occidentales se ha convertido en una de las medidas de confianza más creíbles de los últimos tiempos. En uno de los últimos cursos organizados por el NATO Defense College en Roma, 9 miembros de países del extinto Pacto de Varsóvia -a los que se añadirían otros 26 durante el curso integrado PfP/OSCE-compartieron durante seis meses el curriculum académico de 60 altos oficiales y diplomáticos de países de la OTAN ^^. En España, en los últimos diez años, se han concedido 1038 becas a alumnos precedentes de países iberoamericanos; 468 a alumnos procedentes de países del Norte de Africa; 9 para alumnos asiáticos; y 23 para financiar los planes de estudios de otros tantos alumnos procedentes de países PECOS -denominación reservada a las naciones de Europa Central y Oriental-. En total, España ha concedido en los últimos diez años 1.538 becas que contribuyeron a completar la formación adquirida en sus países de origen por otros tantos mandos de fuerzas armadas de PVD. La distribución regional de las becas proporciona una información del mayor interés sobre los intereses geopolíticos españoles basados, en su mayor parte, en profundos lazos históricos (Cuadro 2). Con independencia de los países PECOS -^todos aspirantes a ingresar en la Alianza Atlántica o nuevos miembros de esta organización-, incluso las becas concedidas a países asiáticos lo fueron para Filipinas durante los cursos escolares 88/89, 97/98 y 98/99. Si pudiéramos echar un vistazo al número y distribución de plazas y becas concedidas por los Estados Unidos de América, en el mismo período, constataríamos sin duda que la distribución por todo el planeta se correspondía con el papel hegemónico que desempeña esta nación en la actualidad. Pero, en esta clase de políticas, lo importante no es el «para» del curso, dado que, en términos de aprendizaje, los resultados son superados frecuentemente por los obtenidos en los centros de enseñanza nacionales, sino las ventajas inherentes a hacer los cursos «en». Para el país organizador constituye un insuperable instrumento de difusión de la propia cultura, al tiempo que fuente de enriquecimiento con las aportaciones personales de los oficiales y suboficiales invitados. Ya sea por su pertenencia a círculos de poder, ya por sus cualidades profesionales, en las fuerzas armadas de muchos países del Tercer Mundo los aspirantes a cursar estudios en el extranjero son sometidos a un riguroso proceso de selección. Sin que sea una exclusiva de la formación militar ni una peculiaridad que sólo puede encontrarse en los PVD, lo cierto es que estos aspirantes ven mejorar su preparación y su curriculum de una forma que les abre nuevas posibilidades en aquellos ejércitos en los que la promoción no se base solamente en criterios de permanencia o antigüedad. Con el paso de los años, estos mandos acaban, en muchos casos, ocupando puestos de responsabilidad en sus respectivas organizaciones defensivas, lo que facilitará la cooperación entre países, la resolución negociada de conflictos, el entendimiento y la mutua comprensión. Pero como ya se ha indicado, la principal contribución a la estabilidad y al progreso se obtiene por el hecho en sí de perfeccionar la formación personal en el seno de sociedades que regulan las relaciones entre sus ciudadanos por normas democráticas. Durante los meses que duren los estudios de estos oficiales y suboficiales se multiplicarán las oportunidades de convivir con otros que no se sienten especial e institucionalmente preocupados por problemas de política doméstica, más allá de lo que lo estén el resto de sus conciudadanos; ni que, ausentes del ejercicio del poder, se vean zarandeados por llamamientos a intervenir para solucionar problemas internos. Al final de este periodo, algunos oficiales se llevarán a sus naciones la certeza de que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos; y que aunque los sistemas electorales en los regímenes democráticos no garantizan que los sabios lleguen al poder, sino los más hábiles, tampoco los Juan Carlos Domingo Guerra sistemas autoritarios garantizan que los sabios lleguen al poder, sino los más duros. Aprenderán que, en las democracias, el sistema de adopción de decisiones es más complejo e interviene más gente, lo que aumenta la probabilidad de que entre ellos sí haya sabios. También verán que se tiene muy en cuenta lo que es percibido como bueno por la mayoría del cuerpo electoral, esto es, por los ciudadanos. Percibirán, por consiguiente, que hay más sabiduría en las decisiones de los gobiernos democráticos que en las de los regímenes autoritarios, aunque no sean aquellos los más sabios. La oportunidad de adquirir esta experiencia vital justificaría los recursos económicos destinados a financiar estos programas de cooperación; y sus rendimientos, en términos de estabilidad, estarán muy por encima de sus costes. En resumen, y como ejemplo de las ventajas de mantener abiertas las vías de cooperación con los países menos avanzados del Tercer Mundo están: la oportunidad de relativizar la propia experiencia vital, el desplazamiento de la atención desde los problemas domésticos a los de seguridad internacional, el olvido del miedo interior como ñindamento de la autoestima ^°, la consideración de la defensa como una función cuya responsabilidad y riesgos asociados a carencias defensivas debe compartir toda la sociedad. Ejemplos de cooperación en Africa. Nacidas de la dificultad de actuar en tiempo de impedir catástrofes humanitarias, como las sucedidas en Ruanda, Somalia y Congo-Brazzaville, estas iniciativas han supuesto una novedosa vía de cooperación donde el protagonismo se mantendrá en las manos de organizaciones regionales -fundamentalmente la Organización para la Unidad Africana (OUA)-, limitándose el papel de las naciones occidentales que quieran participar en cada iniciativa a proporcionar recursos financieros, formación y equipo militar. El Reino Unido dirigió sus esfuerzos a la organización de seminarios de operaciones de paz para ayudar a la OUA a mejorar su capacidad de preparar y desplegar unidades africanas de mantenimiento de la paz. Francia decidió, en la conferencia Francófona de Biarritz, de 1994, apoyar la creación de una Fuerza Africana de Intervención Rápida. Y los Estados Unidos, por su parte, dedicaron sus esfuerzos a la creación de una Fuerza de Respuesta a Crisis Africanas, iniciativa que fue perdiendo perfil hasta cristalizar en un limitado programa de adiestramiento. La opción francesa, fruto de la necesidad de coordinar todos estos esfuerzos, lo constituye la iniciativa RECAMP. Con estas siglas se designa el concepto de «Refuerzo de las Capacidades Africanas para Misiones de Paz», una iniciativa de París desarrollada con la colaboración del Reino Unido y de los Estados Unidos, a los que recientemente se ha sumado España. Estas naciones decidieron, en 1997, unir sus esfuerzos para proporcionar a los países africanos un instrumento de seguridad colectiva propio y especializado en la resolución de conflictos en este continente. Centrada en el campo de operaciones de mantenimiento de la paz bajo mandato de las Naciones Unidas, se identificaron tres áreas principales de cooperación: apoyo a la enseñanza especializada en misiones de paz, preposicionamiento de equipo para dotar a unidades multinacionales africanas y adiestramiento en ejercicios, donde se probaría el concepto. Una de las primeras medidas adoptadas ha sido la apertura de una Escuela de Mantenimiento de la Paz en Costa de Marfil. Como en el caso de la OTAN para los conflictos territoriales entre países miembros (Grecia y Turquía), la creación de espacios comunes de interés y foros donde discutir y tratar desencuentros entre naciones es un aspecto que trasciende de la expectación creada por aquellos beneficios que aconsejaron adoptar tales iniciativas de cooperación internacional. El trabajo en común promueve oportunidades de diálogo, y éste es un imprescindible requisito del conocimiento, la comprensión y el respeto. Esta es la mejor contribución que la cooperación internacional puede hacer a la creación de medidas de confianza que ayuden a superar, de una vez por todas, la ancestral incapacidad del ser humano para resolver por medios pacíficos sus conflictos. El 19 de mayo de 1999, un diario español ^^ se hacía eco de un informe de la OCDE en el se aseguraba que Europa relevaría en el año 2000 a EE UU como motor económico internacional. En el mismo informe, se anunciaba que Japón permanecería un año más en recesión y se hacían los peores augurios para las economías de América Latina. En el caso de Brasil -continuaba el informe-se añadía que encabezaría el retroceso en el crecimiento de toda la región. ¿Quién puede predecir lo que pasará en el año 2050? Tratándose de liderazgos, al menos el de los EE UU en la segunda mitad del siglo XX lo fue de un país con doscientos años de tradición democrática. Debería haber una preocupación generalizada por adoptar todas las iniciativas que sean necesarias para garantizar similar tradición entre los candidatos a liderar el mundo en un futuro.
La Planificación en los Ejércitos abarca múltiples facetas, desde la determinación de su entidad, composición y misiones, al establecimiento de los posibles escenarios de intervención. En esta planificación han de tenerse en cuenta no sólo datos conocidos o predeterminados, sino también factores inciertos referidos especialmente a los riesgos o amenazas que presumiblemente tendrán que afrontar o evitar En este artículo se consideran los parámetros conocidos y se pasa a analizar qué es, cómo se elabora y qué productos puede proporcionar la Inteligencia Militar para apoyar el proceso de planificación. Se estudian sus analogías y diferencias con algunas técnicas de exploración del futuro, estableciéndose una relación de complementaridad entre la Inteligencia y la Prospectiva. Finalmente se contempla la previsible evolución del Sistema de Inteligencia Militar al que se le augura un papel más relevante, si cabe, en el seno de las Fuerzas Terrestres del futuro. Reflexiones sobre las Fuerzas Armadas La Ley de Régimen del Personal ^, recientemente promulgada, establece un nuevo modelo de Fuerzas Armadas basado en unos Ejércitos constituidos en su totalidad por soldados profesionales. Estos Ejércitos, convenientemente remozados, han de ser el instrumento armado del futuro al servicio de la Defensa Nacional, dispuesto siempre a cumplir las misiones que nuestra Carta Magna les encomienda. La simple lectura de la exposición de motivos de la Ley, que aporta un amplio repertorio de razonadas justificaciones, da pie a reflexionar sobre el presente y el porvenir de nuestras Fuerzas Armadas, en general y sobre el Ejército de Tierra, en particular. Expresa conceptos -que vienen a ser declaraciones de intenciones en unos casos o afirmaciones basadas en la realidad actual en otros-tales como «la potenciación de las organizaciones colectivas de seguridad y defensa», la consideración de «nuevas misiones añadidas a las tradicionales de autodefensa», la búsqueda de nuevas soluciones «compaginando el número de efectivos con su calidad y preparación», la constatación de las implicaciones de la «revolución tecnológica» en la que nos encontramos inmersos, la «necesidad de contar con unas fuerzas armadas con un elevado nivel de preparación y un alto grado de disponibilidad», la voluntad de disponer de «un nuevo modelo de fuerzas armadas capaces de cumplir eficazmente con sus misiones y de constituir una adecuado instrumento de disuasión y de política exterior en el nuevo panorama estratégico del siglo XXI», etc. Todas estas ideas facilitan un marco de referencia que permite orientar a nuestras Fuerzas Armadas hacia el futuro. En este contexto, será preciso ir acomodando los Ejércitos actuales a la situación, siempre cambiante, para, de forma racional y equilibrada, dotarlos y adiestrarlos individual y conjuntamente de modo que en todo momento estén en disposición de ser utilizados como herramientas de ejecución de la estrategia militar nacional, teniendo previsto su empleo en cuantas contingencias puedan requerirlo. Sus fundamentos doctrinales de empleo, su personal, su material y apoyo logístico y el propio concepto de su actuación conjunta al servicio de la Defensa Nacional han de ser objeto de permanente análisis para que puedan ajustarse a la acelerada evolución en todos los campos, atentos no sólo a los actuales riesgos y a su variación, al compás de los tiempos, sino también a la temprana detección de nuevas circunstancias que puedan amenazar militarmente nuestros intereses nacionales. Este proceso evolutivo que conduce hacia el futuro se manifiesta tanto más incierto cuanto más nos adentramos en el tiempo o más elevado es el nivel de las decisiones a adoptar. Los Ejércitos, organismos vitales y dinámicos por naturaleza, tienen que poder afrontar con garantías de éxito sus misiones tanto en el presente como en ese futuro incógnito, adaptándose sin solución de continuidad a las circunstancias cambiantes. La propia Ley antes men-Inteligencia y planificación en el Ejército clonada constituye un buen ejemplo de este proceso de adaptación a los tiempos actuales, en los que la propia sociedad ha demandado el abandono del modelo tradicional de servicio militar obligatorio. Mas, para adaptarse al cambio, es obvio hay que detectar que se está produciendo este cambio, lo que exige una permanente reflexión basada más en el conocimiento que en la intuición. Y si no se quiere perder el compás, asumiendo riesgos innecesarios, esta detección ha de ser precoz porque las Fuerzas Armadas, por su propia naturaleza y por la de sus medios específicos de acción, arrastran una gran inercia que dificulta su cambio. Pensemos, por ejemplo, en un costoso sistema de armas cuyo ciclo de vida puede fácilmente prolongarse durante varias décadas y cuya aparición en las unidades operativas suele ir precedida de una amplia etapa de desarrollo conceptual pero que, al mismo tiempo, puede quedar obsoleto de la noche a la mañana ante la irrupción sorpresiva de un desarrollo tecnológico innovador. Las armas de hoy, que fiaeron diseñadas y desarrolladas ayer, seguirán estando en uso en un mañana lejano y si queremos que al llegar a ese punto del horizonte sigan siendo útiles tendremos que aproximarnos y definir conceptualmente lo más posible el escenario del mañana. Otro tanto podemos decir de nuestros cuadros de mando cuyo estilo e ideas se están forjando hoy en nuestros centros de formación y que han de ejercer la alta dirección de nuestros Centros y Unidades en un horizonte temporal aún lejano, en unas circunstancias, a buen seguro, totalmente distintas de las actuales. En estas reflexiones partiremos de la situación actual y exploraremos algunas herramientas de las que nos podemos valer -más allá de la intuición-para detectar el cambio e intentar aproximarnos de modo racional a ese porvenir ineludible al que nos vemos abocados pero que, en cierta forma, podemos -^y debemos-amoldar a nuestros deseos. La situación de partida En su conocido libro «Guerra y Antiguerra» ^, Alvin y Heidi Toffler hacen extensiva a las Fuerzas Armadas la conocida teoría de las tres oleadas. Según ellos los Ejércitos, al igual que el resto de la sociedad, se encuentran hoy en los albores de la transición de la era industrial a la era de la información, hecho que se refleja en la renovación de sus conceptos. Están así pasando de la masificación de sus efectivos a la individualización y especialización; de la cantidad a la calidad; de las fórmulas doctrinales genéricas y rígidas aplicables en cualquier situación a la precisión quirúrgica a la medida, que ataca el punto crítico -sólo posible con el conocimiento-. Del dominio del músculo, la fuerza bruta, se está pasando al dominio de la información, precursora del conocimiento. Esto, por si solo, implica una revolución sin límites en todos los campos de la ciencia y el arte militares y abre paso a un inmenso abanico de posibilidades. Los Ejércitos, al igual que las Naciones, se encuentran en distintas etapas de este proceso evolutivo y los mas desarrollados han empezado ya a hacer uso de los recursos y procedimientos tecnológicos más avanzados como tenemos ocasión de comprobar, casi a diario, si seguimos la evolución de los conflictos en curso. Pero los Ejércitos, incluso los más desarrollados, siguen dependiendo básicamente de unas armas tradicionales, herederas de las de la 2^ Guerra Mundial (aunque sus rendimientos se hayan hecho superiores en muchos órdenes de magnitud). Su fuerza reside, como siempre, en la capacidad de choque de sus medios acorazados y mecanizados, en la potencia de fuego de sus armas, en el desplazamiento oportuno de sus masas de maniobra. Es cierto que ha aumentado en alto grado la movilidad, la velocidad, la protección, la capacidad de maniobra, la potencia de fuego de las Unidades; sin embargo, los conceptos tácticos que hacen uso de ellas apenas si han experimentado variación. Como suele suceder, el avance conceptual en el empleo de los medios va por detrás del propio desarrollo de estos medios aún cuando, paradójicamente, haya sido su precursor. Mas aún, los medios propios de la nueva era, que pueden dar lugar a formas de librar el combate totalmente distintas a las que hasta ahora se conciben, aún no han hecho pías que una tímida aparición. Si lo que se pretende con la fuerza militar es doblegar la voluntad del adversario y sentando como premisa que existirán en el futuro ocasiones que sigan haciendo necesaria esta aplicación de la fuerza para resolver conflictos en las relaciones entre países ¿no habrá formas, todavía no exploradas, de forzar esta voluntad con otras manifestaciones de poder militar? La clásica preparación artillera de los viejos manuales tácticos, con la que se pretendía ablandar la capacidad de defensa del adversario por medio de los efectos de los fuegos, siempre precursores del ataque y la ocupación del terreno, ha sido ampliada por otro tipo de fuegos, más precisos, potentes y profundos, pero fuegos al fin. La doctrina norteamericana del «AIRLAND BATTLE», base de las ideas militares occidentales a partir de la década de los 80, instauró el principio del ataque sincronizado en toda la profundidad, con medios adecuados a cada escalón. Así el viejo concepto que se aplicaba anteriormente sólo al ámbito táctico, fue ampliándose al espacio estratégico y al operacional. Aparecieron nuevos vectores, como el moderno misil crucero o las armas de precisión sobre plataformas aéreas, pero su fundamento último -ablandar la voluntad del adversario para disminuir su capacidad de resistencia, la posibilidad de aferrarse al terreno ocupado, y aislarle de su retaguardia-permanece intacto. Han aumentado, es cierto, las profundidades de actuación y si antes se trataba de cegar, antes del ataque, al adversario para que no pudiera ejercer un control eficaz de sus defensas y si se atacaba a su artillería para acallarla, el ataque de hoy a sus elementos de mando y control, a sus defensas antiaéreas, a sus órganos de decisión en los momentos iniciales del conflicto no deja de responder a las mismas ideas, llevadas a otra escala, hecha posible, sobre todo, por la tecnología de la información. Las V2 de hace 50 años, convertidas hoy en misiles crucero siguen atacando a la profunda retaguardia enemiga, pretendiendo doblegar, igual que antaño, la voluntad política para evitar, si es posible, tener que llegar al choque de las masas terrestres, único procedimiento resolutivo conocido hasta la fecha. Un análisis superficial de los recientes conflictos armados puede dar lugar a conclusiones erróneas o simplistas, a la impresión de que todos estos conceptos han sido ya superados. La aplastante superioridad tecnológica y el uso intensivo de las herramientas basadas en la información, en una situación de total asimetría de fuerzas, contra adversarios que se encuentran sensiblemente retrasados en su desarrollo tecnológico, ha permitido llevar a la práctica concepciones estratégicas y operacionales en unas condiciones imposibles de repetir si los adversarios en lid hubieran estado cualitativamente más equilibrados. Y ni siquiera en estas condiciones óptimas, desde una posición de absoluta superioridad, se han logrado los efectos resolutivos que se pretendían lograr. De la tierra, en muchos casos quemada, siempre pueden resurgir nuevos brotes de violencia, solo controlables «in situ», que obligan a la postre a la permanente ocupación del terreno por las únicas fuerzas capaces de hacerlo durante tiempo prolongado, las terrestres. Nada ha sustituido, hasta ahora, al viejo axioma: para dominar un espacio hay que poner el pie en él. Ni la «ciencia» aplicada a los medios militares ni el propio «arte militar» que hace uso de estos medios ha entrado de pleno en la era de la información en cuyos albores explosivos nos encontramos. La adaptación al futuro, apenas si ha sido iniciada en este campo, en el que no hemos hecho sino extrapolar viejas ideas, quizás porque a caballo de la asimetría de las voluntades enfirentadas no haya habido necesidad de buscar soluciones más imaginativas. A diferencia de lo que ocurrió en las últimas décadas en las que coexistieron dos bloques adversarios de capacidad similar, hoy ha desaparecido el equilibrio estático emparejado a la bipolaridad y la situación actual se caracteriza por una gran dinamicidad,.ambigüedad e incertidumbre. No podemos por lo tanto seguir basándonos en concepciones doctrinales simples, en fórmulas universales que se aplicaban a situaciones casi siempre previstas, sino que tendremos que atender a una gran variedad de matices con respuestas flexibles, capaces de abarcar una amplia gama de opciones. Hemos entrado en un nuevo mundo, mucho más incierto, en el que los riesgos a la seguridad se han multiplicado. «Este nuevo clima de distensión no ha podido evitar... la aparición de conflictos de limitada entidad pero de notable repercusión internacional, ni el riesgo de proliferación de armas nucleares, biológicas o químicas, y de sus medios de lanzamiento. Tampoco ha conseguido eliminar las amenazas potenciales contra los intereses estratégicos de las naciones» ^. Al tiempo, el espectro de la violencia se ha desplazado hacia el dominio de los llamados «conflictos de baja intensidad» y se puede afirmar que aún cuando ha cambiado el peso relativo de los dos factores clave -^probabilidad e intensidad del conflicto-su producto final apenas si ha experimentado variación. Alejado el temor al holocausto nuclear, que se percibe poco probable, ha disminuido el umbral de disparo del recurso a la fuerza para dirimir las discrepancias, de modo que los conflictos locales se han ido haciendo más y más probables. A esto hemos de añadir el nuevo principio de orden mundial que se ha abierto paso, el de la "injerencia legítima ", que al amparo de la ONU propugna impedir por la fuerza la «violencia ilegítima» implícita en la mayoría de los conflictos locales, que ha conducido a los desmanes por todos conocidos. Ha surgido una nueva ética de empleo de la fuerza, que so pretexto del respeto a los derechos del ser humano, no solo hace válido el recurso a ella, sino que la impone cuando estos se ven transgredidos. Este panorama internacional ha sido certeramente definidp por el Dr. Henry A. Kissinger como «un nuevo desorden mundial» ^, desorden en el que los actores clásicos tratan de encontrar, incluso a codazos, su puesto en el escenario. El soldado ha sido siempre el elemento esencial de los Ejércitos. Sumido hoy en un mar de información que le llega por todos los medios imaginables las 24 horas del día es ante todo, como todos los ciudadanos. Inteligencia y planificación en el Ejército un ser «informado» que vive en una sociedad democrática y como tal, crítica y consciente de sus derechos. Por ello, mas que nunca, en la esencia de la profesión militar han de hallarse unos valores éticos que impulsen al soldado a actuar por convicción cuando, voluntariamente, haya decidido el ciudadano dedicarse a la defensa de la Nación. Desarrollar estos valores éticos en nuestros profesionales de modo que los asuman con naturalidad, sin imposiciones, es el gran reto al que todos, empezando por la propia sociedad, nos enfrentamos, para elevar a un nivel superior en la escala de valores un honroso medio de ganarse el cotidiano sustento. El soldado ha dejado de ser la fuerza bruta, la mano de obra abundante, casi ilimitada, de los ejércitos de masas para integrarse más y más en sistemas complejos que requieren gran pericia y habilidad de manejo. «La Guerra del mañana tenderá esencialmente a alejar al hombre del campo de batalla. Absorbido en la interface hombre-máquina, el soldado ejecutará, ante todo, una guerra de información. Los primeros guerreros de la información (I-warriors) se están ya formando en la Universidad de Defensa Nacional de Washington» ^. Hacia esta especialización del combatiente empuja, además, la reducción de los efectivos de los Ejércitos. Para hacer del soldado un operario experto, que ha de conocer con detenimiento los costosos medios que se ponen en sus manos, el Ejército ha de ejercer una gran labor de formación que, como valor añadido, devolverá a la sociedad civil hombres íntegros y preparados para ejercer las más diversas funciones. La formación del soldado profesional adquiere, pues, una nueva dimensión y exige que se acometa con gran visión de futuro. La profesionalización es un reto sin par. Quienes durante muchos años hemos vivido el «ciclo corto» del soldado que venía a cumplir su servicio militar, soldado al que apenas si había tiempo de adiestrar antes de que se reintegrase a la vida civil para, a semejanza de Sisifo, iniciar cíclicamente la penosa cuesta arriba y empezar a instruir a una nueva «quinta», nos encontramos con un soldado distinto, que debe ser capaz de asumir cometidos cada vez más complejos en un campo de batalla dominado por la técnica. En estos nuevos cometidos se ha producido un salto cualitativo, cuyos límites apenas vislumbramos. El soldado de hoy, la nueva generación de tropa y cuadros de mando ha de prepararse para estar en condiciones de afrontar ese mañana incierto, de límites difusos. Al igual que la industrialización multiplicó el rendimiento del operario, las nuevas técnicas aplicadas al arte de la guerra harán factible elevar hasta límites ahora insospechados la capacidad del combatiente, permitiendo compensar con creces la escasez de efectivos con su tecnificación. Cierto es que los límites cuantitativos establecidos por la Ley constituyen otra referencia clave. Con gran sentido de anticipación, el conocido Plan Norte ha conducido hacia un Ejército de Tierra de dimensiones cuidadosamente estudiadas, afrontadas con realismo, ajustadas a la realidad social, demográfica y económica de nuestra Nación y a su peso en el concierto internacional. En el difícil proceso de compensar con calidad lo que se ha reducido en cantidad, el desarrollo cualitativo ha de ser una constante en nuestros Objetivos de Fuerza que, no olvidemos, han de estar adecuados a la estrategia de Defensa, y racionalmente ponderados con los componentes navales y aéreos, para constituir conjuntamente el «eficaz instrumento de disuasión, prevención y respuesta» que preconiza la Directiva de Defensa Nacional. Mas «disuasión prevención y respuesta» no son conceptos abstractos, sino que apuntan hacia unos riesgos y amenazas, concretos en lo posible, cuya definición previa entra de lleno en el ámbito de la Inteligencia MiHtar. El planteamiento de nuestra Defensa en un entorno colectivo fija también unos límites, al tiempo que introduce un factor adicional de incertidumbre. Los riesgos propios quedan englobados en una sombrilla mucho mas amplia y sutil, al igual que la organización militar que los ampara. Coloquialmente hablando, «lo que nos vamos a jugar es menos pero lo vamos a hacer muchas más veces». Y ello nos obliga a considerar seriamente el estado continuo de preparación en el que deben hallarse unas Fuerzas con vopación permanente de proyección hacia el exterior, integradas en un atrayente proyecto de defensa transnacional. Consideraciones sobre la Inteligencia Militar y la Planificación Fijado el entorno defensivo en que ha de cumplir su misión, la entidad y el carácter profesional del Ejército, éste ha de ser dotado, adiestrado y llegado el caso, utilizado. Estas actividades primarias, que se desarrollan sin solución de continuidad, han de traducirse en unos planes a corto, medio y largo plazo, planes que a su vez se basan en unas premisas o escenarios de actuación. Estas premisas, escenarios, o factores, en suma, en los que han de basarse las decisiones son de índole muy variada. Cuando se atiende a la definición de escenarios relativos a riesgos y amenazas y a la determinación de las Inteligencia y planificación en el Ejército características de los posibles Teatros de Operaciones en los que nos podemos ver implicados entramos en el campo de la Inteligencia militar, que contemplaremos con mayor detalle. En definitiva, son dos los problemas ñmdamentales a los que tiene que atender el planificador, al más alto nivel: determinar y constituir el Objetivo de Fuerza y prever el empleo de esta Fuerza, ya dotada de medios adecuados, en los fiíturos escenarios. Inteligencia, en su acepción militar, es conocimiento. De todos los factores que un Jefe militar debe considerar antes de tomar sus decisiones, existen algunos que se escapan de su entender ordinario y cuya definición, por su naturaleza, exige un procedimiento especial. Son los que se refieren a otras Naciones o Alianzas con los que puede llegar a enfrentarse la propia Nación en una crisis armada, a los riesgos o amenazas potenciales o reales a la propia seguridad y al ámbito, al entorno en el que se han de planificar y en su caso llevar a efecto operaciones militares. Del conocimiento de estos factores y de su determinación y presentación en forma, lugar y momento adecuados entiende la Inteligencia Militar. Los dominios de esta Inteligencia Militar son muy amplios. La Inteligencia Militar Terrestre debe satisfacer en tiempo oportuno las necesidades de información del Jefe y resolver sus incertidumbres para permitirle, en primer lugar, planificar la organización, la constitución y el adiestramiento de unas Fuerzas cuantitativa y cualitativamente adecuadas, lo que se viene en denominar el "Objetivo de Fuerza" (Inteligencia Militar General). Fijado éste, la Inteligencia Militar Operativa trata de preparar el empleo de la Fuerza y aplicar, llegado el caso, dicha Fuerza. Esta preparación y empleo operativo supone para los Estados Mayores el planeamiento de contingencias, el planeamiento de campañas, la proyección de fuerzas, la ejecución de operaciones y la recuperación de las fuerzas proyectadas. Es por lo tanto la Inteligencia una actividad continua en el tiempo, que a los niveles de decisión más elevados ha de ejercerse de forma activa desde la normalidad de la paz ya que, además de adelantarse al futuro, ha de evitar la sorpresa estratégica y alertar en tiempo oportuno a los sistemas de reacción. Y que se prolonga en el Campo de Batalla cuando, tomada la decisión de emplear la Fuerza, se prepara e inicia el despliegue de ésta en un Teatro o Zona de Operaciones. Una primera estructuración de estos conocimientos puede basarse en el nivel de decisión al que afectan. Nos encontramos así con la Inteligencia Estratégica, la Inteligencia Operacional y la Inteligencia Táctica. La Inteligencia Estratégica, en su faceta militar, es la necesaria para la formulación de la politica y planes militares a niveles nacional e internacional, y en Ifeatros de Operaciones. Es, por naturaleza, materia conjunta de todas las Fuerzas Armadas e implica la utilización de medios, especialmente humanos, que rebasan el ámbito puramente militar. Esta Inteligencia Estratégica ^ abarca todos los factores que configuran las posibilidades, las vulnerabilidades y las posibles líneas de acción de las naciones extranjeras, así como la naturaleza e infraestructura de los posibles Teatros de Operaciones. A la definición de las «posibilidades» y «vulnerabilidades» se llega tras considerar y analizar los puntos fuertes y débiles de las naciones en estudio. Y una «posibilidad» tomará la consideración de « riesgo o amenaza» cuando en la potencia extranjera que se esté analizando pueda desarrollarse una componente volitiva, una intencionalidad de uso de la fuerza en contra de los intereses propios, nacionales o coaligados. Son múltiples los factores que tiene que considerar la Inteligencia Estratégica, como variados son los campos que, en su conjunto, determinan las capacidades militares de una nación ^, Existe así una componente biográfica, que atiende al devenir de las ideas de sus líderes y el grado de agresividad que acarrean. El análisis histórico fija su atención sobre «los conflictos nacionalistas, intereses hegemónicos, deseos de revancha, temores o recelos, rivalidades religiosas, rivalidades étnicas o de minorías, con gran capacidad para mantenerse latentes durante largos periodos históricos» ^. La componente geográfica, estudia todas las ramas de esta disciplina deduciendo las correspondientes servidumbres y ventajas geopolíticas. El grado de desarrollo de la infraestructura de Transportes y Comunicaciones es otro claro indicativo del potencial nacional. La componente sociológica analiza las características cualitativas y cuantitativas de la población, su distribución, su presión demográfica, su estado sanitario y educativo, y sobre todo, la contribución de todos estos elementos a la determinación del carácter nacional y su posible actitud ante el conflicto armado. La componente política fija su atención en la situación interna y en las orientaciones defensivas en el marco de tratados y alianzas así como en la propia actitud ante el empleo potencial de la fuerza. La componente económica permite determinar la capacidad para armar y mantener unas fuerzas armadas, las vulnerabilidades en tiempo de guerra y las posibilidades de movilización de recursos económicos. Es fundamental estudiar la componente científica, con su aplicación a la tecnología militar, al desarrollo de nuevas armas y equipos, al desarrollo Inteligencia y planificación en el Ejército global de la nación. Y, finalmente, la componente de las Fuerzas Armadas, cuya entidad, organización, despliegue, eficacia, y actividades, su Orden de Batalla en suma, orientan las labores del planificador. Aún cuando trataremos con mayor detalle los «productos» a que da lugar la inteligencia estratégica, adelantaremos que fundamentalmente debe estimar las posibilidades y aventurar las intenciones de los países extranjeros, advirtiendo su posible evolución. En definitiva, debe definir lo mas precisamente posible un escenario futuro. Detectado un riesgo o amenaza, materializados éstos en una situación de hostilidad y decidido el empleo operativo de una Fuerza, la Inteligencia debe poner a su Jefe, Operacional o Táctico, en disposición de saber con quien tiene que enfrentarse, en dónde y en qué condiciones. Análogos condicionantes, con sus matices específicos, se presentan cuando se trata de intervenir en operaciones «no bélicas», como las de interposición, ayuda humanitaria, mantenimiento de la paz etc. Establecido el contacto con el adversario, se precisa un conocimiento lo mas detallado posible de la situación actual de los factores citados. Surgen así la Inteligencia Operacional y la Inteligencia Táctica, que podemos englobar en un concepto más amplio: el de «Inteligencia en el Campo de Batalla». La Inteligencia Operacional proporciona datos para determinar aquellos aspectos del adversario, tales como su centro de gravedad, sus líneas de operación y sus puntos culminantes, que afectan a las operaciones como un todo, mientras la Inteligencia Táctica está más relacionada con el conocimiento de las características generales y militares del terreno, la influencia de la meteorología en el campo de batalla, el despliegue y composición de las unidades enemigas y sus vulnerabilidades. El estudio de los factores y valoración de la situación en la Inteligencia Operacional se basa en consideraciones amplias, como los aspectos políticos, sociológicos, económicos, históricos, tecnológicos, y psicológicos además de los militares y geográficos a gran escala ya mencionados entre los componentes de la Inteligencia Estratégica.' La Inteligencia Táctica estudia el detalle de la geografía y la meteorología locales y tiene en cuenta la valoración de la situación de su escalón operacional superior. La Inteligencia Táctica se desarrolla en plazos en tiempo breves, que se corresponden con la rapidez de la evolución de la situación cuando las unidades combaten, llegan al combate o están próximas a éste. La Inteligencia Operacional necesita plazos más dilatados en razón de la complejidad de los análisis a realizar, pero sus conclusiones son más duraderas por ser más lenta la evolución de la situación en este nivel. Ya hemos apuntado que en los niveles tácticos la Inteligencia ha perdido hoy en día gran parte de su carácter predictive (ya que los modernos medios de vigilancia del Campo de Batalla permiten «ver» dónde está y qué hace el enemigo, con lo que no es necesario conjeturar sobre éstos extremos). Por el contrario la Inteligencia Operacional es de naturaleza especulativa y por ello lleva implícitos elementos de riesgo o factores de incertidumbre pues debe contemplar la campaña introduciéndose en la mente y viendo a través de los ojos del Jefe enemigo, sin verse constreñida por nociones preconcebidas propias. Los productos de la Inteligencia Militar ^ La generación del conocimiento base para la toma de decisiones -la producción de Inteligencia-exige una metodología. Se materializa ésta en una serie de labores que se suceden siguiendo lo que se ha dado en llamar el «ciclo de inteligencia». Al final de este proceso la información en bruto, inicialmente disponible o específicamente buscada, se verá transformada en unos productos que pueden revestir diversas formas. La «inteligencia actual» facilita el seguimiento de los acontecimientos en curso, mediante noticias y comentarios que se entregan en forma de boletines periódicos o «briefings». Puede extenderse a trabajos puntuales más detallados sobre determinados tópicos de actualidad, o referencias utilizables en reuniones, discusiones, etc. De naturaleza perecedera, proporciona una buena ocasión para el contacto interactivo entre el productor y el usuario de inteligencia e impone una labor muy exigente a las organizaciones de inteligencia por la presión a la que se ven sometidas en términos de cumplimiento de plazos temporales. La «inteligencia básica» es el resultado del análisis de grandes volúmenes de información de todo tipo, informes, datos, publicaciones, imágenes... Nutre el «banco de datos» al que en primera instancia acudirá el analista cuando se le plantee un problema específico. Estos bancos de datos contienen desde el «orden de batalla» de los ejércitos hasta las características de sus armas, junto con toda la información relativa a los diversos componentes de la inteligencia estratégica a los que hemos hecho mención. La «inteligencia científica y técnica» es inteligencia básica, pero su naturaleza exige disponer de analistas con una especial formación Inteligencia y planificación en el Ejército en estos campos, capaces de seguir la evolución de todos aquéllos desarrollos de especial significación militar. Una de las funciones más críticas de la inteligencia militar es la relacionada con los «indicadores y alertas». Tiene por fin evitar las sorpresas, mediante un seguimiento permanente de la situación. Para ello se preparan listas de «indicadores» que hacen saltar la alarma cuando se detectan las condiciones previstas. El repentino acuartelamiento de determinadas unidades o el incremento del tráfico de telecomunicaciones pueden, por ejemplo, ser indicio de una crisis inminente que obligue a adoptar medidas preventivas. La «inteligencia de objetivos» identifica las características de la infraestructura y despliegue adversario y los puntos susceptibles de ser atacados. Apoya el planeamiento de las misiones y valora los resultados de los ataques. Las modernas armas tipo «crucero», por ejemplo, exigen un preciso conocimiento previo de los objetivos susceptibles de ser atacados. Citaremos, por último, uno de los «productos» más importantes: los «juicios» o «estimaciones» de Inteligencia, que pueden ser muy amplios o por el contrario atender aspectos muy concretos. Específicamente destinados a proporcionar predicciones sobre el futuro, desde el inmediato para el Jefe táctico, hasta con décadas de anticipación al mas alto nivel, estos juicios constituyen la base de inteligencia en la que se apoya la planificación a largo plazo del Objetivo de Fuerza. La producción de Inteligencia 10 Para elaborar sus productos, el analista de inteligencia se vale de un proceso mediante el que extrae de la información en bruto el contenido relevante para la formulación de las políticas o planes en cuestión. Se inicia este proceso con una cuidadosa consideración de la finalidad y ámbito del «producto» que se necesita, cuyo contenido puede ser decidido por el analista en función de su estrecha relación con quien vaya a hacer uso de la inteligencia o ser específicamente determinado por éste. El analista reunirá cuantos datos considere relevantes y buscará por medio de investigaciones adicionales, encomendadas a sus órganos de obtención, la información complementaria que necesite. Una vez acumulada, valorará su precisión, su fiabilidad y su importancia en relación con el tema que esté considerando e intentará establecer una hipótesis coherente y lógica en la que encaje la información que ha ido valorando, comprobando la consistencia de sus razonamientos y determinando las implicaciones correspondientes. Este proceso continuará hasta que el analista se sienta capaz de extraer las conclusiones que den respuesta a los interrogantes inicialmente planteados. La precisión del producto obtenido será función de la calidad y cantidad de la información utilizada en su preparación, y de la experiencia del analista. Aunque el proceso es secuencial -de la obtención de datos a la entrega del producto ñnal-, los pasos de la secuencia no son rígidos. En todo este proceso puede haber cierta realimentación; por ejemplo, al reunir y analizar datos se revelarán con frecuencia lagunas de información que exigirán la captación de más datos. El proceso, en general se desarrolla en un ciclo de cuatro pasos: dirección, obtención, elaboración (correlación y análisis) y difusión. El flujo vital de toda organización de inteligencia es la circulación ininterrumpida de información relevante, información que en unos casos puede tener interés inmediato y en otros revestir importancia a largo plazo. Paso previo al proceso de obtención de información es la búsqueda y explotación de la ya archivada en bibliotecas, bases de datos, etc. Estos trabajos iniciales proporcionarán un marco de referencia y revelarán las carencias de datos, que habrá que solventar recurriendo a los especialistas en su obtención. La información será buscada y obtenida de forma sistemática utilizando todas las fuentes disponibles: fotografías o imágenes, documentos, señales de telecomunicación, actuación personal de agentes, etc. A esta obtención de datos sucede la organización de la información disponible, reuniendo todos los elementos relevantes por materias y disponiéndolos de manera coherente, haciendo destacar los aspectos más señalados y extrayendo unas primeras conclusiones sobre las relaciones entre los hechos y sus implicaciones. Se trata, en definitiva, de preparar toda la información de forma que pueda ser considerada globalmente. El análisis de inteligencia constituye un proceso intelectual particular con el que se pretende establecer el significado de aquéllos acontecimientos externos de relevancia para los órganos de decisión mediante un estudio ordenado y lógico de los factores pertinentes. El análisis se basa en^la descomposición de un problema en sus componentes de menor rango, manipulando mentalmente los datos hasta llegar a conclusiones o generalizaciones por deducción o inducción. La semejanza entre la metodología y los procesos del análisis de inteligencia y la investigación documental en otras disciplinas es in-Inteligencia y planificación en el Ejército discutible. Pero la singularidad del análisis de inteligencia estriba en que su único objetivo es determinar, lo mas precisamente posible, las futuras capacidades e intenciones de países o ejércitos extranjeros. Predecir con éxito estas intenciones y posibilidades exige un conocimiento especial para comprender todas las razones que motivan a las naciones. Esta destreza, este conocimiento profundo es el que distingue al analista de inteligencia que es, en suma, intérprete de culturas y problemas ajenos; su objetivo no es tanto descubrir la verdad de un asunto como determinar su significado. El analista debe adentrarse en el futuro todo lo que le permitan los datos de que dispone. Partiendo de una descripción de la situación actual, tan precisa como sea factible en función del tiempo y la información disponibles, tratará de discernir el porvenir. Dentro de ciertos límites, le será posible especular, pero con precaución. Sus estimaciones nunca deberán desviarse de los hechos que las sustentan. La Inteligencia y la Prospectiva Todas las actividades de Planeamiento, por dispares que sean, tienen por factor común tener que recurrir en mayor o menor grado a la predicción, a una reflexión sobre el futuro que trae pareja su correspondiente incertidumbre. Exigen situarse en el mañana, imaginarse en una situación y adoptar decisiones adecuadas, reflejadas en Planes, que nos han de llevar del hoy al mañana previsto en condiciones ventajosas para afrontarlo con garantías de éxito. En esta aproximación al futuro podemos seguir dos caminos, no excluyentes entre sí. El primero de ellos, es el clásico. En él partimos del ayer, estudiamos el paso del ayer al hoy, determinamos lo que ha permanecido constante y la ley de variación de lo que ha experimentado cambio y, extrapolando, llegamos a establecer las "hipótesis" sobre las que basaremos nuestras decisiones. Es un método útil a corto y medio plazo, puesto que las tendencias extraídas del análisis apenas si van a sufrir inflexiones y, si lo hacen, la desviación de lo "previsto" apenas tendrá importancia. Al ir alejándonos en el tiempo, al subir el nivel de planificación y pasar a espacios y tiempos más amplios, escalando del campo táctico al operacional y más aún, al estratégico, la proyección del pasado hacia el futuro se hace más y más imprecisa. Al recorrer las curvas de las «tendencias» pueden aparecer no una, sino múltiples inflexiones que pueden copducir a conclusiones desviadas. La extrapolación del pasado no conduce necesariamente a un futuro «fiable» en el que podamos basar nuestras decisiones a largo plazo. Tendremos que acudir a otras herramientas, a una segunda vía: la «prospectiva», en la que efectuamos un camino inverso aproximándonos al presente a partir de unos futuros posibles, ordenados por orden de probabilidad. Como no se trata de «conjeturar intuitivamente», sino de «predecir científicamente», la actitud prospectiva no está ni mucho menos reñida con el proceso de «inteligencia» que someramente hemos descrito; por el contrario, inteligencia y prospectiva comparten un espacio en el que sus efectos son sinérgicos, se refuerzan mutuamente. Podemos por lo tanto hablar de una «inteligencia prospectiva». Ante todo ¿en qué consiste esta actitud prospectiva? El General Terrón ^^ nos dice: «La actitud prospectiva es definida por Gaston Berger como un «etat d 'esprit» ejercido sobre cuatro pilares: ver a lo lejos; ver con amplitud; analizar en profundidad; hacerlo de forma aventurada. El primer pilar implica el largo plazo, que es donde la prospectiva tiene su campo de actuación. El segundo supone el análisis global e interdisciplinario propio del enfoque sistémico que... se hace imprescindible ante la complejidad del futuro. El tercero (analizar en profundidad) exige el empleo de criterios y métodos racionales que con base científica alejan la prospectiva de la adivinación. Por último, el cuarto principio supone el uso fructífero y creativo de la imaginación que debe acompañar a todo análisis prospectivo...» Ver con amplitud supone para el analista de inteligencia una cuidadosa consideración de todos los factores relevantes, de todos los componentes en el ambiente multidisciplinar en el que se desenvuelve su actividad. Consideración que, de acuerdo con el cuarto principio, ha de hacer con una mente totalmente abierta y sin dejarse llevar de ideas preconcebidas. Analizar profundamente le supone, aparte del rigor científico de sus juicios, incorporar a su metodología unas técnicas auxiliares adecuadas. Podemos por lo tanto considerar dos facetas en el binomio INTE-LIGENCIA-PROSPECTIVA: la intehgencia es una técnica de apoyo al planeamiento prospectivo y por otra parte la aplicación de técnicas prospectivas facilita la elaboración de inteligencia. Trataremos seguidamente estas dos facetas, basándonos en unos modelos clásicos. La Inteligencia en apoyo del planeamiento prospectivo: El Planeamiento Basado en Supuestos ^^ Esta técnica de prospectiva fue desarrollada a instancias del Ejército de los EE.UU. por la Corporación RAND. Su filosofía queda perfectamente definida en el sumario de la publicación: «La planiñcación de la Seguridad Nacional en el pasado inmediato se ha basado en la definición del mimdo futuro más probable, extrapolado de las tendencias actuales. En una situación estable y predecible, como la de la era de la Guerra Fría, tal enfoque era razonable. Pero en tiempos muy inciertos, como los que vivimos hoy, no existe un sólo mundo futuro altamente probable. Los planes que se basan en la probabilidad de un mundo en particular corren el riesgo de ser severamente incorrectos» El Planeamiento Basado en Supuestos empieza por definir en qué hipótesis se basan los planes de una organización, o esta misma organización, para pasar a identificar las vulnerabilidades o posibles fallos de estos supuestos en el horizonte temporal que se contempla. Se estudian y determinan a continuación los indicativos del cambio, para pasar a establecer dos tipos de medidas: unas encaminadas a evitar el cambio; otras que tienen por objeto, si aquél es inevitable, adaptar a estos cambios los planes de la organización, o la propia organización. Se trata, en definitiva, de asumir una actitud activa ante el futuro, tratando de moldearlo a nuestro deseo. Es la selección y búsqueda del futuro deseable a partir del hallazgo de los futuros posibles. De todo este proceso, los tres primeros pasos tienen gran relación con la «inteligencia». El cuarto paso ofrece un matiz que fácilmente podría adentrarnos en las «operaciones especiales de inteligencia», de carácter más o menos clandestino, que por las profundas consideraciones de todo tipo que entrañan se sale de los ámbitos de este trabajo. El último paso podemos entroncarlo con las actividades de contra-inteligencia y seguridad por cuanto tienen de medidas defensivas. Como hemos indicado, el Planeamiento Basado en Supuestos se inicia identificando los «supuestos» importantes. Un «supuesto» es una aseveración o aceptación como cierta de una característica del futuro que, explícita o implícitamente, subyace en los planes u operaciones de la organización. Esta aseveración puede manifestarse en forma de hechos o juicios, expresados en términos descriptivos, apreciativos, prédictives o explicativos. En esta definición podemos reconocer muchos, por no decir todos, de los elementos característicos de los productos de inteligencia a los que, como hemos visto, llega el analista tras procesar la información. El analista, al terminar su trabajo, plasma también sus conclusiones en unas hipótesis. La diferencia principal estriba en que en el Planeamiento Basado en Supuestos, estas características que definen un futuro subyacen explícita o implícitamente en los propios planes u organización y el planificador los tiene que buscar y hacer aflorar, mientras que en el proceso de inteligencia se deberán hacer patentes con anterioridad a la formulación de los planes. Entre todos los supuestos posibles, realmente ilimitados, deberán considerarse únicamente los verdaderamente importantes, entendiendo por tales aquéllos cuya negación conduciría a cambios considerables en los planes. El supuesto «las fuerzas terrestres combatirán bajo la amenaza de empleo por el adversario de armas bacteriológicas y químicas» es «importante», porque tiene una repercusión directa sobre las características, instrucción, dotación, etc. de dichas fuerzas; de no cumplirse el supuesto, los planes que contemplan su constitución y empleo experimentarían cambios considerables. Determinar la naturaleza de estos supuestos representa, en términos de Inteligencia, el primer paso de todo su proceso, que se plasma en el establecimiento de los «elementos esenciales de información» o interrogantes fundamentales a los que quiere tener respuesta el Jefe antes de decidir y de los que arranca todo el ciclo de inteligencia. Llegar a definir explícitamente estos supuestos mediante el establecimiento de unas hipótesis es, a su vez, el fin último del proceso de inteligencia, en el que los productos fruto del análisis convierten los interrogantes iniciales en afirmaciones o negaciones que dan respuesta a esos «elementos esenciales de información». La identificación de los «supuestos» es ejercicio que exige gran juicio y creatividad, a la que deben ponerse ciertos límites, debiendo conservarse finalmente solamente aquéllos que sean verdaderamente importantes. Es en definitiva el Jefe, a quien compete decidir, quien debe retener los supuestos que considere más relevantes para sus fines y quien, en consecuencia, asumirá el riesgo de desechar la consideración de los demás supuestos. Identificado y aceptado un «supuesto» importante, permanecerá como tal durante todo el horizonte de planeamiento, a no ser que la dinámica de los acontecimientos lo desborde. Se considera que un «supuesto» es vulnerable si dentro del horizonte temporal del planeamiento pudiera producirse un hecho que lo denegara. La identificación de las vulnerabilidades de los supuestos es el siguiente paso del proceso. La veracidad de los supuestos depende siempre del tiempo; cuanto mayor sea el plazo considerado, mayor será la probabilidad de su invalidación. La posibilidad de que se produzca un cambio en cierto punto del ñituro depende de cuan alejado esté dicho punto del presente. Por ello, por ser cuestión de tiempo, solamente se consideran vulnerables aquellos supuestos que puedan variar sustancialmente dentro del horizonte temporal considerado. Para llegar a determinar los elementos de cambio que hacen vulnerable a un supuesto se necesita tener una fuerte percepción de lo que podría ser el mundo al llegar a ese punto. No se trata de efectuar predicciones, sino de identificar qué acontecimientos, que cambios pueden acaecer; concentrándonos no en determinar qué es lo que «sucederá», sino en lo que «podría suceder». Un «elemento de cambio» es, por lo tanto, un acontecimiento o condición universal que cumple tres requisitos: supone una variación respecto al hoy; es factible dentro del periodo de planeamiento; y está relacionado con la organización y sus planes. No hay un procedimiento único para detectar «elementos de cambio», y lo mismo pueden ser deducidos por extrapolación de tendencias que por la opinión de expertos, analogías históricas, simulaciones y juegos, etc. Nuevamente podemos acudir a la metodología de la Inteligencia, haciendo en este caso «inteligencia predictiva» para deducir y poner a disposición del planificador una lista depurada de «elementos de cambio». A un supuesto lo hacen vulnerable los «elementos de cambio» que, de producirse, lo transformarían en inviable o incorrecto. Cada supuesto puede estar sometido no a uno, sino a múltiples «elementos de cambio»; cualquiera de ellos que se produzca, lo vulnerará. Una vez mas habrá que limitar, por consideraciones prácticas, el número de elementos para cada supuesto, ordenándolos por su riesgo, es decir, considerando para cada par «supuesto-elemento de cambio» la transcendencia del primero para los planes y la probabilidad de que se produzca el segundo. Cuanto mayor sea la base de conocimientos que abarque este proceso, más eficaz será el Planeamiento Basado en Supuestos. Y cuanto más abiertas sean las mentes que intervengan en la deducción de vulnerabilidades, tanto mejor. Fijados los «supuestos» y sus «elementos de cambio», hay que establecer un procedimiento para detectar la ruptura de las tendencias, el inicio del cambio. Para ello se utilizan «indicios». Un «indicio» es un hecho o umbral que revela con claridad que se está produciendo la vulneración de un supuesto. Esta indicación tiene que ser genuina y desprovista de toda ambigüedad. Aunque cada «supuesto» tiene sus propios «indicios» de vulneración, uno de estos puede afectar a varios supuestos; recíprocamente, cada supuesto puede ser relacionado con varios indicios, bien sea para aumentar la probabilidad de detección de la amenaza emergente, bien para poder observar desde diversas perspectivas si está siendo atacado un supuesto. Recordemos que uno de los «productos» de inteligencia, es el establecimiento de «indicadores y alertas». Su similitud con los «indicios» es patente y es fácil que se puedan confundir unos y otros. Los «indicadores» hacen saltar la «alerta» del inminente acaecimiento de un hecho previsto, para el que hay una respuesta preparada. Los «indicios» advierten que nuestras hipótesis de planeamiento están dejando de ser válidas. La misma organización de Inteligencia que valida un supuesto mediante el seguimiento día a día de la situación puede detectar los indicios de que está iniciándose su vulneración. Los dos últimos pasos del Planeamiento Basado en Supuestos estriban en el establecimiento de acciones que actúan sobre la vulnerabilidad de los supuestos (para oponerse al cambio) o sobre los propios planes u organización (para adaptarlos al cambio, si éste es inevitable). El primer tipo de acciones exige un estudio previo para decidir si el potencial cambio del supuesto es favorable o desfavorable a los ñnes propios, identificando hasta qué punto puede controlar la organización al supuesto y definiendo las medidas precisas para ejercer dicho control si es preciso. El segundo tipo de acciones tienen por objeto preparar a la organización para la eventualidad del fallo de uno de sus supuestos, revisando en consecuencia los planes. Para ello se debe desarrollar un universo ficticio, pero creíble, del que forma parte el supuesto fallado, y a continuación explorar dicho universo para extraer las conclusiones pertinentes. Con estas medidas, preventivas o correctivas, dejamos esta metodología de planeamiento, resaltando el importante apoyo que al planificador le pueden prestar las organizaciones y técnicas propias de la Inteligencia y su analogía en muchos aspectos con la propia metodología de producción de Inteligencia. Aplicación de técnicas prospectivas a la producción de Inteligencia En líneas generales, podemos decir que existen dos tipos de análisis de Inteligencia: el análisis fundamentado, en el que todo cuanto se Inteligencia y planificación en el Ejército dice se basa en datos exactos, verificados y actuales; y el análisis especulativo, que trata de proporcionar respuestas ñmdadas en un conocimiento, generalmente bueno, del modo de pensar y actuar de la parte contraria y su comportamiento ^^. El análisis fiíndamentado proporciona «capacidades» y «posibilidades» actuales del país o Ejército estudiado. El análisis especulativo da un paso más hacia el fijturo proyectando hacia él estas capacidades y posibilidades, llegando incluso a predecir «intenciones». Desde la perspectiva de la Inteligencia, podemos considerar a los «supuestos» del método de planeamiento antes estudiado como el resultado de un análisis especulativo. Por ello, por tratarse tan solo de «supuestos» han de estar sometidos a escrutinio, para determinar si son vulnerados y por lo tanto dejan de ser válidos como filudamente de los Planes. Interesa, en todo caso, que estos supuestos, aun siendo producto de un análisis especulativo, anticipatorio del fiíturo, sean lo más estables posibles. Podemos acudir a determinadas técnicas que reduzcan la conjetura al mínimo indispensable, estrechando el espectro de todo lo posible a lo más probable. Ejemplo de estas técnicas son el Método Delphi y el Método de los Impactos Cruzados. Según Saaty y Boone ^' ^ existen cuatro métodos factibles para pronosticar el fiíturo: por consenso, por extrapolación de tendencias, por análisis histórico y analogía y por la generación sistemática de vías alternativas hacia el fiíturo. Se considera que Delphi es la más prominente de las metodologías de consenso. Se pueden efectuar predicciones cuantitativas cuando existe información sobre el pasado, esta información puede expresarse en forma de datos y se supone que el futuro será una continuación del presente. Si se cree que no es así como se llegará al cambio y si no se dispone de datos, habrá que recurrir a métodos cualitativos Delphi ^^ (en referencia al oráculo de Delfos) es el nombre que recibe un conjunto de procedimientos que tienen por objeto hacer aflorar y refinar la opinión de grupos de expertos. Descansa en la obtención de la respuesta estadística del grupo a una cuestión determinada, respuesta a la que se llega tras una secuencia de procesos iterativos en los que el resultado de cada uno de ellos sirve de información para el siguiente, Se extrae así la «sapiencia colectiva» de los expertos, que, aunque basada en sus opiniones intuitivas y subjetivas, será más fiable que dichas opiniones individualmente consideradas, dando por lo tanto lugar a un producto de mayor objetividad. El método, desarrollado por la Corporación RAND a principio de los años 60 ha ido evolucionando hasta dar lugar a una familia de técnicas inspiradas en el Delphi original. Citaremos el «Delphi Convencional», el «Delphi de Política» y el Delphi de Decisión. Las funciones principales del Delphi Convencional son la predicción y la estimación de parámetros desconocidos. Se utiliza preferentemente para alcanzar un consenso en la estimación de las fechas y las evoluciones en múltiples campos, en especial en la consecución de hitos a largo plazo en áreas de ciencia y tecnología. Al considerar los parámetros desconocidos, los expertos estiman qué niveles se alcanzarán en determinadas actividades, respecto a la situación actual. El Delphi de Política a diferencia, no busca un consenso, sino la generación de puntos de vista los más opuestos posibles en la resolución de un tema, para obtener cuantas opiniones se pueda. Su objetivo es actuar como foro de ideas y sacar a relucir toda la gama de opiniones, con los pros y contras de cada una de ellas. Finalmente el Delphi de Decisión se utiliza para alcanzar decisiones en el seno de un grupo con diversos intereses en la solución. El método Delphi presenta el inconveniente de considerar los sucesos aisladamente, sin tener en cuenta su posible interacción. El Método de los Impactos Cruzados ^^, es una de las herramientas que viene a solventar este inconveniente. Utilizando también como base de partida la opinión de expertos, tiene por objeto dar información probabilística sobre futuros sucesos (supuestos que pueden ocurrir o no dentro del horizonte temporal considerado) y futuros escenarios (configurados por los sucesos). El método busca no solo la probabilidad de los sucesos en estudio, sino también la de los escenarios posibles y toma en consideración la existencia de relaciones entre sucesos, de tal modo que la ocurrencia de cualquiera de ellos puede aumentar o disminuir la probabilidad de los demás. Proporciona, pues, unos escenarios prospectivos jerarquizados por su probabilidad de acaecimiento. Hemos ido apuntando las aportaciones que el analista de inteligencia puede hacer al responsable de la decisión. Jefe o planificador, en cuyas manos pone los productos que ha elaborado. Hemos indicado, también, la objetividad que debe caracterizar a todo análisis de inteligencia. Obligado el órgano de Inteligencia a presentar opciones de futuro puede y debe recurrir a estas, u otras, técnicas prospectivas de forma que las conclusiones que ofrezca sean colegiadas y fruto sinérgico de la experiencia del grupo. A la postre, sólo se trata de sustituir en los métodos que someramente hemos descrito el concepto de «experto» por el concepto de «analista». Una visión del futuro de la Inteligencia Militar 17 Como colofón a este recorrido por los mundos de la Planificación y la Inteligencia, no puede faltar una pequeña digresión sobre el propio futuro de esta disciplina en el ámbito de las fuerzas terrestres. Un Sistema de Inteligencia se concibe como el conjunto de la doctrina, los procedimientos, las organizaciones y los medios humanos y materiales cuya misión es la producción de la inteligencia que necesitan los diversos escalones de mando para la planificación y ejecución de sus misiones. Una consideración prospectiva debe, necesariamente, contemplar todos y cada uno de los elementos componentes de dicho Sistema, así como las diversas fases del ya descrito Ciclo de Inteligencia. En lo que respecta a los aspectos doctrinales y de procedimientos no parece que la evolución natural de la comunidad multinacional de inteligencia vaya a conducir a situaciones muy diferentes a las que se viven en la actualidad La Inteligencia Militar Operativa reforzará su carácter conjunto como conjuntas, es decir, con la participación de fuerzas aéreas, terrestres y navales, serán todas las operaciones que previsiblemente se hayan de realizar en el futuro. Ello no significa que haya que disminuir las capacidades especificas de cada uno los componentes de las Fuerzas Armadas; la Inteligencia General que precisa cada uno de los Ejércitos para la planificación y preparación de su Objetivo de Fuerza tiene un carácter muy particular y por ello cada Ejército debe, sin perjuicio de contribuir al fondo común, conservar la capacidad de elaborar este tipo de inteligencia en su propio beneficio. La doctrina y los procedimientos estarán en completa sintonía con las de las organizaciones multinacionales en las que España se encuentra integrada; es la primera, esencial, condición para que la información, savia y elemento crítico de cualquier sistema de inteligencia, fluya en forma oportuna en el contexto de las comunidades nacional e internacional de inteligencia. Los Ejércitos serán más pequeños y sus capacidades estarán basadas más en el conocimiento, producto de la información, que en los efectivos humanos y la cantidad de armamentos. Este supuesto conduce a la idea de una potenciación de las organizaciones de inteligencia militar. La defensa de los países se basa cada vez más, y es muy previsible que así continúe siendo, en la integración de sus capacidades puramente nacionales en una capacidad multinacional, en claro abandono de la autarquía en el ámbito de los ejércitos. Sin embargo, aún contribuyendo al esfuerzo defensivo común, las naciones nunca podrán abandonar su capacidad de elaboración de inteligencia en su propio provecho. Las tendencias geo-estratégicas anticipan un mundo futuro en que el carácter cambiante, impredecible, de la situación actual no hará más que magnificarse; a ello se unirá la enorme cantidad de información que habrá de ser procesada. En este ambiente y pese a los avances tecnológicos, el analista de inteligencia seguirá siendo pieza clave del proceso de inteligencia; por muy complejos, potentes y numerosos que sean los medios materiales disponibles su capacidad de raciocinio es y seguirá siéndolo en el futuro, insustituible. Muy probablemente, el mayor esfuerzo de imaginación que requiere el presente trabajo podría centrarse en los medios dedicados a inteligencia en un escenario futuro ^^. Son más que previsibles importantes avances tanto en lo que se refiere a los medios materiales dedicados a la obtención de la información, como al proceso de la misma y a la difusión de la inteligencia elaborada. Sin embargo, es preciso dejar claro que la inteligencia futura no será mejor que la actual sólo porque existan mejores y más numerosos medios. Al igual que ocurre ahora, solamente mediante una oportuna, ponderada y coherente combinación de medios humanos y materiales, organizados adecuadamente, se conseguirá satisfacer las necesidades de inteligencia en el futuro. Los potentes sistemas de procesamiento de información disponibles en la actualidad evolucionarán rápidamente, permitiendo la intervención del mando, del nivel que sea, en el ciclo de inteligencia en tiempo real. La interrelación e interoperabilidad del Sistema de Información de Inteligencia con el Sistema de Mando y Control global, del que forma parte, será completa; el mando correspondiente podrá exponer directamente sus necesidades de información sin necesidad de que intervengan terceros elementos. Formulada una necesidad de información, el Sistema de Inteligencia buscará la respuesta en sus propias bases de datos y en aquéllas otras nacionales o aliadas a las que se halle conectado. Si dicha acción proporciona los resultados requeridos, la inteligencia o información solicitada será remitida directamente al solicitante. La automatización de los procesos permitirá mantener programas de obtención permanente actualizados, que teniendo en cuenta todos los parámetros necesarios -^información requerida, medios de obtención disponibles, características, ubicación, estado y estadística de eficacia de todos y cada uno de ellos, momento límite en que la información o inteligencia es necesaria, etc.-, asignarán automáticamente misiones informativas a aquéllos que el sistema determine como más idóneos, siguiendo permanentemente su cumplimiento. El uso de Inteligencia y planificación en el Ejército técnicas de inteligencia artificial en estos procesos será de enorme utilidad. La tecnología del futuro no hará disminuir la importancia de la intervención humana en la obtención de información. El hombre, siempre esencial en todas y cada una de las fases del proceso de inteligencia, es de importancia crítica en este campo. Los agentes contarán con medios técnicos potentes y complejos que facilitarán su labor; la microelectrónica, por ejemplo, pondrá a su disposición micrófonos de tamaño casi microscópico que les permitirá captar señales desde lugar seguro sin riesgo de ser detectados. Los desarrollos en el campo de la electroóptica les permitirán igualmente la observación de detalle de lugares vigilados a gran distancia aunque se hallen en la más completa oscuridad. De igual forma, los avances tecnológicos les permitirán captar conversaciones entre individuos a distancias que les garanticen no ser identificados como agentes. Los avances en la miniaturización de cámaras fotográficas y de vídeo les proporcionarán igualmente significativos incrementos de sus capacidades. Es previsible que se desarrollen incluso nuevas técnicas que aprovechen posibilidades de la mente humana apenas vislumbradas, como la telepatía. La inteligencia obtenida a partir de imágenes ha sufrido muy ligeros cambios desde la II GM. La disponibilidad de sensores de todo tipo a bordo de satélites ha supuesto fundamentalmente un avance en cuanto al campo cubierto por aquéllos y la posibilidad de obtener información de objetos radiantes de energía a todo lo ancho del espectro. Existen hoy aplicaciones informáticas que permiten al usuario u operador del sistema la «comparación» de dos imágenes mostrando las mismas de forma alternativa para, sobre la base de la retentiva de la retina humana, detectar las diferencias existentes entre aquéllas. Es un proceso lento y prolijo que requiere un gran esfuerzo por parte del operador, por lo que el número de imágenes que puede procesar un individuo en un periodo dado es muy limitado. En el futuro, la aplicación de técnicas informáticas automáticas de correlación de imágenes proporcionará directamente resultados de su comparación casi sin intervención del operador quién, únicamente, deberá refrendar los resultados. Será posible analizar un ingente número de imágenes en un tiempo razonable, con lo que se potenciarán enormemente las capacidades de producir inteligencia a partir de imágenes. La inteligencia obtenida mediante la captación de radiaciones es otra de las ramas en que pueden anticiparse avances espectaculares en un futuro no muy lejano. La posibilidad de traducción simultánea de conversaciones captadas en las ondas es uno de esos avances que la tecnología emergente puede facilitar a plazo corto. La correlación automática de «firmas electrónicas» con las referencias disponibles en bases de datos propias asegurará poder disponer de la información necesaria en tiempo oportuno. De igual forma, la utilización de sistemas de sensores basados en satélite permitirá, en forma muy rápida y precisa, el levantamiento del Orden de Batalla electrónico de un potencial adversario. Utilizados ya en el pasado con éxito por el ejército Israeli, los actuales Vehículos Aéreos no Tripulados (UAV) son medios poderosos tanto para inteligencia de señales y de imágenes como en otros campos, según la carga útil de sensores de que vayan dotados. Velocidades supersónicas, sensores miniatura, casi nula firma radar, enlace de datos en tiempo real con las estaciones de control terrestre o controlados desde satélite y otras capacidades conseguidas basándose en tecnologías de última generación, harán de estos elementos armas extraordinariamente útiles como medios de obtención. Como ejemplo de elementos de este tipo que se podrán encontrar en servicio en el futuro valga decir que ya se encuentra muy avanzado el desarrollo de un UAV miniatura, con un peso total de 86 gramos al despegue y una carga útil de 18 gramos, que podrá utilizarse, en lo que a inteligencia se refiere, para colocar diminutos sensores de sonidos y movimientos en determinados puntos del teatro de operaciones o introducirse en áreas donde se sospeche hayan sido empleados agresivos químicos o bacteriológicos. En otro orden de cosas, avances en la robótica permitirán desarrollar ingenios tipo humanoïde, tanto terrestres como aéreos, capaces de transmitir información en tiempo real a puestos de control remotos desde los cuales les serán dadas órdenes de control, tales como cambios de posición o utilización de diferentes sensores dentro de la gama de que estén dotados, etc. Evidentemente, este tipo de máquinas, como los UAV no pertenecen en exclusividad a ninguno de las «ramas» clásicas de inteligencia puesto que pueden obtener información válida para una o más de ellas. De igual forma que lo expresado para las precedentes «ramas» de inteligencia, es razonable contemplar en el futuro grandes avances en las áreas de Inteligencia Acústica, Inteligencia Técnica etc. La miniaturización de sus componentes permitirá su empleo en el campo estratégico y táctico. Por lo que se refiere a la Inteligencia Técnica, los métodos de correlación permitirán identificar posibles componentes utilizados en desarrollos de armas de destrucción masiva mediante su comparación automática con los datos disponibles en las adecuadas bases de datos. Por otra parte, la presente «sociedad de la información» no es más que un anticipo del porvenir. En el futuro, el volumen de información disponible de múltiples fuentes será de tal magnitud que solamente mediante «agentes inteligentes» será posible hacer uso eficaz de la misma. Estos agentes (en realidad, aplicaciones informáticas), en estado muy embrionario en la actualidad debido a su complejidad, existirán por seguro en un horizonte temporal no muy lejano. Mediante ellos, el usuario, conectado a una red de redes especializadas no hará sino definir los elementos de información en los que está interesado; a partir de ese momento, el «agente» realizará tanto una búsqueda permanente de dicha información por toda la red como la selección de la información de interés entre toda la que se reciba. La comunidad multinacional de inteligencia no es, en el momento actual, insensible al enorme caudal de información que se mueve en la actual red de redes -Internet. Sin embargo, la explotación de esta red con fines de inteligencia presenta profundos problemas de seguridad que habrán de ser resueltos antes de que los analistas especializados puedan estar en condiciones de aprovechar todas las posibilidades que la red ofrece. Los analistas de inteligencia están extrayendo ya gran cantidad de información de fuentes abiertas, que seguirá fluyendo por la Internet del futuro en una sociedad sin barreras. Se han producido en los últimos años avances muy importantes encaminados a la constitución de una «comunidad internacional de inteligencia» que, en el marco de OTAN, preconiza y persigue el establecimiento de una especie de red exclusiva, especializada y segura que permitirá el acceso, desde el puesto de un analista español por ejemplo, a las bases de datos disponibles en el resto de los países aliados. En este momento, se accede a bastantes de estas bases de datos (la mayoría de ellas de tipo documental) si bien con intervención de un operador; en un futuro no muy lejano dicho acceso será en tiempo real, de forma automática y a todas las bases de datos de cualquier tipo que sean. Si bien este procedimiento no puede considerarse como obtención en su acepción clásica, es evidente el enorme volumen de información que podrá proporcionar a la comunidad de inteligencia. No quisiéramos concluir este párrafo sin referirnos aunque sea brevemente a los problemas asociados a esa «comunidad de información» en continua expansión: es lo que, en la sociedad anglosajona ha adquirido carta de naturaleza bajo el nombre de «Information Warfare» o Guerra de la Información. Esencialmente y a modo de breve bosquejo de un tema que por su importancia y trascendencia en el futuro bien merecería un estudio con detenimiento, la Guerra de la Información se refiere a la batalla que ha de librarse en el futuro (aunque de hecho se haya iniciado ya) por un recurso -^la información-cuyo control confiere poder, y cuya pérdida nos deja en inferioridad de condiciones ^^. Varios autores sugieren un futuro en que los medios de comunicación adquirirán una importancia capital, en el que se librarán combates tanto en el campo de batalla como en esos medios de comunicación susceptibles tanto de transmitir información como desinformación. Para estos autores, la manipulación de estos medios constituye un elemento esencial de las estrategias de enfrentamiento en el futuro; su control resulta, pues, esencial en la batalla que la comunidad de inteligencia libra, continuamente contra sus potenciales adversarios. Nadie puede ignof ar y menos que nadie la comunidad de inteligencia, este problema, con el que, de seguro, nuestra sociedad se va a enfrentar en un futuro que es ya casi presente. La «elaboración» es muy probablemente la fase del ciclo de inteligencia donde las capacidades tecnológicas actuales han tenido menor inñuencia debido a las dificultades y complejidad inherentes a la misma. Los sistemas de información de inteligencia existentes en la actualidad han incorporado cierto número de herramientas informáticas que permiten la automatización o semi-automatización de algunas tareas. Los avances tecnológicos facilitarán aún más esas tareas y permitirán acometer otras poco o nada desarrolladas hoy en día. Así, en un futuro a medio plazo, existirán aplicaciones que permitirán llevar a cabo la fusión de datos e información para producir inteligencia en forma automatizada en auxilio del analista. Los desarrollos en técnicas de inteligencia artificial determinarán el momento en que se alcancen unas u otras de estas capacidades. Los analistas del futuro podrán trabajar remotamente en forma colectiva en un entorno virtual; es decir, serán capaces, en tiempo real y separados físicamente cientos o miles de kilómetros, de intercambiar puntos de vistas y analizar en forma conjunta un mismo problema. Este procedimiento de trabajo interactivo y en grupo es, conceptualmente, de enorme valor en un campo -^la inteligenciadonde la aportación y contraste de diferentes puntos de vista es esencial para obtener un producto de calidad. La tecnología es ya conocida y su implantación y desarrollo pleno y definitivo es una cuestión de tiempo y de eliminación de desconfianzas entre los usuarios De igual forma existirán capacidades técnicas que permitirán a los analistas relacionarse en forma interactiva mediante la voz -digitalizada-, mediante el teclado del ordenador, etc. todo ello a favor del proceso de Inteligencia y planificación en el Ejército elaboración; es decir, de la transformación de la información en inteligencia. Proporcionar la inteligencia requerida a aquél que la necesita, y en la forma, momento y lugar que la precisa es la esencia de la fase conocida como «difusión». Los procedimientos basados en la difusión no selectiva («broadcasting») de los productos elaborados pueden conseguir un efecto contrario al pretendido al llegar a saturar a los usuarios con una información que, muy probablemente, no les sea de utilidad. Por ello, al igual que se decía en el apartado relativo a la obtención, un método factible y muy eficaz para difundir información e inteligencia podrá ser el empleo de «agentes inteligentes» que, a partir de los parámetros definidos para cada uno de los corresponsales, seleccionarán automáticamente lo que sea de interés para cada uno de ellos y se lo transmitirán automáticamente. Un procedimiento de uso continuo será el acceso remoto a bases de datos en las que las diferentes organizaciones pertenecientes a una comunidad nacional y/o internacional de inteligencia pondrán los productos elaborados por ellos a disposición de los demás. Estos accederán a las diferentes bases de datos y extraerán de ellas la información que les sea de interés y sólo la que le sea de interés, en cada momento; con ello, se garantiza la disponibilidad de la información en el momento y en la forma deseada por cada usuario. En el futuro no habrá que acudir a una multiplicidad de medios para transmitir o intercambiar información. En vez de existir ordenadores y TV, videos, Internet u otros, en el futuro se podrán realizar todas éstas y muchas mas funciones desde un único aparato polivalente que permitirá, con las debidas garantías de seguridad, conectarse directa y remotamente a la red o redes de su interés. Gran parte de las capacidades hasta aquí descritas descansan en la disponibilidad de unos medios de telecomunicación con unas prestaciones que, en la actualidad empiezan a estar disponibles en los Estados Unidos de América. El carácter global al que la sociedad actual se encamina, hace razonable prever que tales capacidades estarán a disposición de los usuarios en fecha ño muy lejana y, con ellas, las de inteligencia que se han descrito. Como consideración final cabe decir que los Ejércitos, las Fuerzas Armadas, tienen que huir de toda improvisación, anticipando prospectivamente las emergencias a las que puedan tener que afrontarse. El nivel de desarrollo de una Institución compleja como es el Ejército puede medirse no tanto por su capacidad de análisis y reñexión sobre el presente como por la atención con que, mediante su planificación estratégica mira hacia el ñituro. Uno de los principales contribuyentes a la planificación estratégica es la Inteligencia Militar que, a la postre, ayuda a fijar el porqué, el para qué y en definitiva la necesidad de unas Unidades muy costosas en términos de recursos humanos, materiales y económicos. A ella hemos dedicado fundamentalmente estas reflexiones, de carácter divulgativo e intencionadamente más extensas que profiíndas, con el deseo de contribuir a despertar un interés, despojado de prejuicios, hacia esta rama primordial de la ciencia militar.
El Mando de Adiestramiento y Doctrina (MADOC), está imprimiendo un nuevo rumbo en la configuración del Ejército del siglo XXI. Los procesos de profesionalización y de modernización quedarían incompletos sin una mejora en la formación, doctrina, orgánica y materiales y sin una visión prospectiva de la sociedad y del Campo de Batalla Futuro. La prospectiva, frente a las técnicas de predicción clásicas, se está convirtiendo en la herramienta principal dentro del campo de la futurologia. Se ha consolidado a escala internacional, consiguiendo la aceptación generalizada por parte de empresas y administraciones públicas. En este artículo se intenta hacer un breve resumen de los fundamentos y de los métodos de la prospectiva, de cómo han surgido, y de la evolución histórica desde el pensamiento «fatalista» de la antigüedad, al «determinista» de la ciencia del siglo pasado, para llegar al «indeterminista» de la prospectiva. La previsión del futuro Es inherente a la naturaleza humana, la inquietud por conocer el futuro. Desde la más remota antigüedad, el hombre ha usado los medios a su alcance para intentar desvelar las incertidumbres del porvenir. En los yacimientos arqueológicos, junto a los restos de huesos. Benito Vinuesa Guerrero se encuentran a menudo astragales y otros utensilios que presumiblemente se usaban para ese fin. Esta inquietud está presente en todas las culturas y civilizaciones conocidas. Si dejamos de lado las revelaciones proféticas y todas aquellas manifestaciones inducidas por drogas o producidas por «estados alterados de conciencia», los métodos utilizados eran de lo más variopinto. Desde consultar las visceras de animales sacrificados, hasta ver el futuro en la mirada agónica de un prisionero, sacrificado al efecto, que según Estrabón, empleaban los antiguos albaneses y lusitanos. Los primeros intentos formales de abordar el problema del futuro, surgieron en una etapa precientífica del conocimiento. Tienen en común que parten del principio de analogía en lugar del principio de causa efecto. Suponen un paralelismo entre el mundo «real» y una representación del mismo o «microcosmos» y trasladan los efectos observados del último al primero, como si existiera un sincronismo entre ellos.. Se diferencian entre sí fundamentalmente por el sistema de representación elegido. Entre los más conocidos están los doce signos del zodíaco, los diez sephiroth o las veintidós letras del alfabeto hebreo en la cabala o los veintidós arcanos mayores del tarot, etc. Científicamente, su valor es puramente antropológico, pero con independencia de sus resultados o implicaciones filosóficas, no se puede hacer una descalificación global de todos ellos. Algunos son auténticas obras maestras del espíritu humano y del pensamiento analógico. Su riqueza simbólica conceptual y su gran fuerza evocadora, son una inagotable fuente de imágenes. Contrariamente a lo que cabría esperar, este enfoque irracional desde una perspectiva científica y que se puede considerar fruto de la superstición o de residuos de un pensamiento mágico primitivo, propio de las primeras etapas de la humanidad, sigue estando arraigado en amplios sectores de la población. Basta comprobar como los medios de comunicación siguen insertando horóscopos; la razón es que diariamente son consultados por muchos millones de personas. Lamentablemente, un sistema elaborado durante tantos siglos, no nos sirve para acercarnos al futuro. Sus conclusiones no son demostrables ni repetibles y no han sido constatadas. La ambigüedad de su lenguaje, que le hace aplicable a infinidad de situaciones y de interpretaciones, algunas contradictorias, no le diferencia mucho del de las sibilas de Delfos cuando subidas en el trípode pronunciaban el oráculo. Su carácter hermético, cerrado para los no iniciados, y su lenguaje ambiguo y esotérico, hacen de ellos un campo abonado para charlatanes. Aportaciones de la ciencia La ciencia que es la mejor herramienta que dispone la humanidad para el conocimiento, nace casi incapaz de ayudarnos para estudiar el futuro en el sentido que nos interesa. Para la física el tiempo es continuo y el principio de uniformidad exige que todos los instantes sean iguales. No existe la concepción del momento absoluto o del instante concreto, el tiempo es duración o intervalo entre dos sucesos. Por otro lado, todas las ecuaciones de la mecánica son invariantes para una transformación de t por -t, es decir, aunque el tiempo corriera al revés, se seguirían cumpliendo. La primera vez que aparece en la ciencia el tiempo con el significado de acontecer es en la termodinámica. El segundo principio aporta un avance fundamental. Un sistema cerrado, el Universo lo es, evoluciona en el sentido en el que aumenta la entropía total del mismo. Esto supone una asimetría y una dirección en el tiem.po que señala claramente su sentido, permitiendo distinguir pasado de futuro. No es casualidad que fuera justamente la termodinámica, la primera ciencia que estudió los sistemas, la que cambiara la situación, permitiendo estudiar la evolución de los mismos. Su enfoque global y sistémico proporcionó avances muy importantes. Por ejemplo en sistemas simples como una reacción química, además de predecir de antemano cual sería el punto de equilibrio, se podía actuar sobre las variables para desplazar este equilibrio dinámico en cualquier sentido hasta alcanzar el punto final deseado, siendo algo tan simple como cambiar adecuadamente la presión y temperatura y controlar las cantidades de reactivos y productos presentes. Esta doble idea de conocer de antemano y de influir activamente para configurar el futuro deseado, es la base de la prospectiva, como veremos mas adelante. Sin embargo sus métodos son radicalmente distintos. Si analizamos las condiciones que tenemos en el sistema simple del ejemplo, en primer lugar es un sistema cerrado, y no hay perturbaciones ni acciones externas al mismo que puedan influirle fuera de nuestro control. El sistema se comporta siguiendo unas leyes naturales que existen y que las conocemos perfectamente y por último la ecuación o sistema de ecuaciones que modelan al sistema, tienen solución y podemos obtenerla. Casi ninguna de las condiciones anteriores se cumplen para sistemas complejos. En meteorología por ejemplo, a pesar de que hay modelos muy sofisticados y grandes ordenadores trabajando continuamente, la predicción más allá de una semana pierde toda fiabilidad. La dificultad no es sólo la capacidad de cálculo. El problema más que cuantitativo, es cualitativo. Llega un momento en que las soluciones divergen. En sistemas grandes y complejos, es imposible conocer de antemano todas las condiciones iniciales, pero queda una razonable duda de que la naturaleza esté refutando a Laplace y dándole la razón a Poincaré. Hay una incertidumbre inherente a ciertos sistemas de ecuaciones que hace que muy pequeñas variaciones en las condiciones iniciales, impliquen grandes variaciones en los resultados. Estos sistemas «caóticos», de los que hay muchos ejemplos en la naturaleza, se comportan a efectos globales como si estuvieran regidos por el azar. Aunque a efectos prácticos no tuvo gran repercusión, el principio de incertidumbre de Heisenberg supuso una conmoción a los pilares mismos de la ciencia. Tardó bastante tiempo en ser aceptado por amplios sectores y no fueron pocas las polémicas que se desataron. Su principal efecto, fue acabar con el determinismo a escala microscópica. No queda claro si la indeterminación es intrínseca a la materia, o sólo se comporta así cuando medimos. Es decir si la indeterminación es causa o efecto. A escala microscópica, no se puede observar sin perturbar lo observado, y esto hace que lo que se mide venga afectado de un cierto error, imposible de reducir por debajo de cierto nivel. Esta interpretación, pasa de puntillas por el problema del determinismo y se centra en el de la observación. No deja de ser interesante especular con las posibles interpretaciones que puede tener el que el observador necesariamente forme parte del sistema observado, pero esto nos desviaría de nuestro tema. Debido a que el valor de la constante de Plank es muy pequeño, a escala macroscópica no tiene ninguna influencia. Sin embargo, hay algunos sistemas complejos para los que las leyes deterministas no funcionan adecuadamente y no sólo debido a nuestro desconocimiento de las condiciones iniciales ni a las aproximaciones de nuestros cálculos. Parece como si la naturaleza se resistiera a dejarse encerrar en un sistema de ecuaciones. La realidad es compleja y sutil. Cuando entramos en el campo de las ciencias sociales, la predicción se complica de tal modo que cualquier metodología determinista es inviable. Antes del uso de la prospectiva, se utilizaban fundamentalmente estudios estadísticos de tendencias, con el peligro que supone cualquier extrapolación.^ La principal dificultad de estos métodos es el hecho contrastado de que el futuro no sólo es evolución, es también mutación y no hay una teoría satisfactoria para el estudio de las mutaciones. Por otro lado estos métodos tienen una limitación de uso exclusivo para predicciones a corto plazo. Todo esto, unido a algunos fallos estrepitosos, por ejemplo, la crisis del petróleo de 1973 que cogió a empresas y gobiernos de todo el mundo por sorpresa, hicieron que se empezaran a cuestionar el alcance y utilidad de estos métodos. Los modelos de previsión no son suficientes, hay que complementarlos con el análisis prospectivo que aporta el telón de fondo. Este cambio de enfoque ha potenciado el desarrollo de los métodos prospectivos. Etimológicamente la palabra prospectiva tiene su origen en el verbo latino «prospiciere» que significa mirar a lo lejos. Surgió a mediados de los años sesenta gracias a Bertrand de Jouvenel. Si a los enfoques anteriores los podemos llamar «fatalista» al primero y «determinista» o «determinista-probabilista» al segundo, el de la prospectiva es «indeterminista». Para ella, el futuro es múltiple e indeterminado y, además, está por hacer. Es decir, no hay un futuro, hay muchos. Su visión es global y cualitativa. Su horizonte es a largo plazo e introduce elementos subjetivos en forma de opinión de un conjunto de expertos seleccionados por su conocimiento del tema en estudio. Hay implícita la suposición de que la opinión de un conjunto de expertos, es más válida que la de uno solo. Éste punto, unido a la subjetividad, es todavía fuente de polémica, pero hay que decir por otro lado que no se conoce otra forma satisfactoria de estudiar los saltos o discontinuidades. Lo anterior hace que dentro de La Teoría de Sistemas, se encuadre entre los llamados «sistemas blandos». La prospectiva supone asimismo un cambio de actitud ante «los futuros», no es suficiente con conocer. El futuro se hace, hay que intervenir. Introduce la figura de los actores, cuyo comportamiento influirá decisivamente. Sin duda, de todos los futuros posibles hay uno que es el deseable, saberlo con anticipación e intentar poner los medios para llegar a él es el objetivo de la prospectiva. La gran sinergia entre prospectiva y estrategia, hace que se consideren como las dos caras de la misma moneda. La reflexión previa que exige toda toma de decisión, utiliza la prospectiva como uno de sus instrumentos más importantes. Es "fel anticipar para actuar, pasar de la anticipación prospectiva a la acción estratégica. Otro punto interesante de la actitud prospectiva, aparte de la reflexión, es el estado de alerta ante los cambios que van apareciendo en el horizonte. Es una vigilancia estratégica. Hay que identificar e intentar reconocer los eventos portadores de fiíturo. Ahí están los embriones del cambio. Los métodos empleados son diversos. Los más conocidos son el método de los escenarios, el método Delphi y los métodos de Impactos Cruzados. Hay además una serie de técnicas auxiliares que ayudan en las distintas fases de los mismos. La elección de uno u otro depende ñmdamentalmente del tipo de problema que se plantee. El método de los escenarios consiste en resumen en la elaboración de escenarios pasando por distintas etapas: análisis de sistemas, retrospectiva, estrategia de actores, etc. Se entiende por escenario una situación de fiíturo y la trayectoria asociada a él. Este método no sólo se ha usado como predicción, ha demostrado gran utilidad en estimular la reflexión colectiva, la motivación y la planificación estratégica de las empresas. El método Delphi cuyo nombre proviene de la ciudad de Delfos, célebre por sus oráculos, consigue mediante cuestionarios sucesivos, poner de manifiesto convergencias de opiniones y deducir eventuales consensos. Las encuestas se suelen hacer por correo y las respuestas de los expertos son anónimas para garantizar la independencia. Estas respuestas se representan en un histograma y se calculan la mediana y los cuartiles Ql y Q3. La esencia del método es iterar hasta que se reduce a un determinado nivel el espacio intercuartñico (Q1-Q3). Si esta convergencia no se produce de forma natural, se fuerza mediante técnicas adecuadas. Los métodos de impactos cruzados, pues hay varios, son los más cuantitativos dentro de los métodos de expertos. En los sistemas reales, donde existen combinaciones múltiples y cambiantes a lo largo del tiempo, de factores humanos, técnicos, sociales, económicos, políticos, etc. interrelacionados, no se puede esperar que los eventos sean independientes entre sí. Estas interrelaciones son las que se tienen en cuenta en forma de impactos cruzados, y de ahí su nombre. El objetivo final es doble, elaborar escenarios y analizar la sensibilidad del sistema de eventos. En estos métodos hay dos grupos perfectamente diferenciados. Por un lado está el grupo de analistas que es el encargado de elaborar las encuestas y de valorar los resultados y por otro lado el grupo de La prospectiva, una herramienta usada por el Mando expertos que son los que aportan los datos de entrada en forma de probabilidades estimadas de ocurrencia de un conjunto de hipótesis. Los dos puntos más importantes de todo el proceso son la elección del panel de expertos y la del conjunto de hipótesis. La verosimilitud y pertinencia del resultado final depende del acierto en estas elecciones. Los expertos se eligen por su reconocida competencia y profundo conocimiento del campo de estudio. Para la elección de las hipótesis se pueden usar técnicas auxiliares como el «brainstorming» o tormenta de ideas; la sinéctica, que ayuda a encontrar ideas totalmente nuevas; el árbol de relevancia, que mediante el análisis sistemático de las relaciones existentes entre los elementos pertenecientes al sistema, y con la ayuda de la teoría de grafos, nos proporciona una representación lógica y jerarquizada de los mismos; la estrategia de actores, que nos permite identificar los objetivos, posicionamiento y táctica de los mismos, y un largo etcétera. Este punto es tan importante que se puede incluso realizar una secuencia delphi para identificar correctamente las hipótesis. Las hipótesis están bien elegidas, cuando teniendo la máxima independencia entre sí, incluyen a todas las variables clave. Estas hipótesis se pasan a un cuestionario y deben formularse como probabilidad de ocurrencia de un suceso en un horizonte temporal dado. Esta es la encuesta que deben responder los expertos. A efectos de tratamiento matemático del problema, se trabaja con hipótesis y con eventos. Una vez rebasado el horizonte temporal, las hipótesis se convierten en eventos y sólo pueden tener valor uno o cero dependiendo de su cumplimiento o no. Las hipótesis son variables reales, y los eventos variables binarias. De los eventos se sacan los escenarios, y de las hipótesis, las probabilidades de los mismos. Cada una de las posibles combinaciones de estos eventos, es un escenario. Si hay n eventos, tendremos 2^n escenarios. El crecimiento exponencial del núnlero de escenarios impone una limitación en el número de hipótesis. Aunque sólo se analizan los escenarios más probables y los más significativos, hay que cerrar el abanico. No es conveniente que haya muchos para no trabajar con probabilidades muy bajas, pues la suma de las probabilidades de todos los escenarios debe ser igual a uno. Por otro lado si hay pocas hipótesis, los escenarios pueden resultar pobres en su definición. En la práctica se elige una solución de compromiso y se suelen tomar de cinco a nueve hipótesis. La coherencia de los escenarios obliga a que no haya contradicción entre las probabilidades simples asignadas a las hipótesis y las probabilidades condicionales resultantes de la interacción de las mismas. Es decir deben cumplir las leyes de las probabilidades. Esto nunca se cumple en las respuestas dadas por los expertos, para lo cual hay que transformar las probabilidades brutas en otras netas que sí las cumplan y cuyas diferencias con las anteriores sean mínimas. Este paso supone la minimización de una función objetivo cuadrática bajo restricciones lineales y se realiza con la ayuda de programas informáticos. No sólo interesa estimar la probabilidad de los distintos escenarios, de la información que aportan los expertos, se pueden sacar consecuencias respecto a la importancia relativa de las hipótesis. Mediante matrices de elasticidad, se mide la variación de las probabilidades de los demás eventos, cuando la probabilidad de uno cualquiera varía. Esto se conoce como análisis de sensibilidad y nos permite deducir los eventos dominantes y los dominados, ayudándonos por otro lado a comprender el comportamiento estratégico de los actores, que son los motores del sistema estudiado. Ejemplo de estudio prospectivo Veamos a continuación un ejemplo de aplicación del método de los impactos cruzados. Este ejemplo, tomado de Michel Godet, es muy ilustrativo. Obsérvese como a pesar de las estimaciones falsas del crecimiento económico por parte de los expertos, el estudio sin acertar plenamente, fue de utilidad, presentando por otro lado conclusiones que demostraron su validez. Por supuesto que hay otros estudios prospectivos que vistos a posteriori han resultado más exactos, como el realizado sobre la energía nuclear en el año 2000, pero no es intención de este artículo entrar en valoraciones. El estudio se realizó en 1974, por encargo del aeropuerto de París y pretendía conocer las tendencias probables del transporte aéreo en la región parisina en el horizonte de 1990. La decisión que estaba en duda era la compra de terrenos para la construcción de un tercer aeropuerto, ante la eventualidad de una respuesta positiva. En este caso, los terrenos deberían de reservarse ya en 1974 e impedir que se urbanizara la zona próxima al mismo. Las hipótesis que se consideraron fueron, referidas al horizonte de 1990 las seis siguientes: Hl) Más de 50 millones de pasajeros turistas H2) Promedio de más de 150 pasajeros por vuelo H3) Retraso medio de despegue superior a 20 minutos La prospectiva, una herramienta usada por el Mando H4) El precio del billete de avión en valor constante disminuye más del 3% anual H5) El PNB francés crece a razón de más del 4% anual H6) Limitaciones reglamentarias que provocan una caída del 20% en el tráfico potencial de vuelos Estas hipótesis recogían las variables claves del problema, como por ejemplo el incremento del número total de pasajeros turistas. El coeficiente de ocupación de los aviones, y la generalización de aviones de gran capacidad. Que el transporte aéreo se convierta en un transporte de masas, debido a la disminución del precio del billete. La saturación del espacio aéreo. Limitaciones al número de vuelos o prohibición de vuelos nocturnos debido a una mayor sensibilidad o al agravamiento de problemas ambientales. Algunas de estas hipótesis han sido desmentidas por los hechos. Por ejemplo se sobrestimaron las perspectivas de crecimiento económico, dando los expertos una probabilidad del 0.6. A pesar de todo, no deja de ser instructivo, y el resultado predijo correctamente cuellos de botella y saturación. Si numeramos los 64 escenarios resultantes como: El(l,1,1,1,1,1); (todos los eventos se cumplen). E2(0,1,1,1,1,1); (se cumplen todos menos el primero) E3(l,0,l,l,l,l); (se cumplen todos menos el segundo) E8(0,0,0,1,1,1) con PS = 0, al obtener probabilidad cero, indica que no es posible que se den los tres últimos eventos que se consideran variables externas, sin que se de alguno de los tres primeros que son variables internas. Esto significa la sensibilidad del sistema a la evolución ambiental. E33(l,1,1,1,1,0) con P33 = O, es el escenario del crecimiento salvaje y de su probabilidad igual a cero se deduce que los expertos consideran imposible que haya un ñierte crecimiento del tráfico aéreo sin que antes o después se impongan limitaciones reglamentarias. Del análisis de sensibilidad se concluyó, que el retraso en el despegue y la reglamentación son eventos motores para la evolución del transporte aéreo en la región parisina, siendo la saturación el más sensible. Por otro lado, el precio del billete y el número de pasajeros turistas no tienen un gran impacto, observándose además el uso de aviones grandes no repercute en el descenso del precio de los billetes. A la vista de los resultados anteriores, cabe preguntarse porqué no se iniciaron los preparativos para construir un tercer aeropuerto si el escenario más probable presagiaba conflictos. Las razones se nos escapan, las decisiones nunca son tan simples, la mayoría de las veces influyen otros factores de conveniencia política, económica o social. No contentos con el resultado que presenta M. Godet en su ejemplo, con los datos aportados y teniendo en cuenta los impactos cruzados, también sacados de su ejemplo, los hemos introducido en un programa realizado por nuestro equipo y hemos obtenido otros resultados que se exponen sin ninguna intención de polémica. Aquí se ve que el resultado más probable es el escenario n° 10. Este escenario junto con el E26 son escenarios ecológicos. Hay limitaciones reglamentarias del tráfico que firenan el desarrollo del transporte aéreo, especialmente el turístico. Se generaliza la práctica de llenar los aviones, y hay importantes retrasos en los despegues. En este contexto, no se hace nada para estimular el transporte aéreo y, sobre todo para rebajar el precio del billete. Un estudio de sensibilidad de las hipótesis da como resultado que los eventos que más influencia tienen sobre la evolución del tráfico aéreo son de mayor a menor H6, Hl, H5, H4, H2 y Hl. Quizá esto aporte un poco de luz y explique la decisión tomada. Cuando se ven las dificultades que suponen cualquier tipo de predicción, cabe preguntarse si realmente es necesaria. ¿Acaso no es suficiente con acomodarse a las modificaciones ambientales imprevistas conforme éstas vayan surgiendo? La respuesta a las anteriores preguntas no es única, depende por un lado de la velocidad con la que se producen los cambios y por otro de la capacidad de reacción. El límite mínimo en la anticipación es el tiempo de respuesta del sistema ante esos cambios ambientales. El trágico hundimiento del Titanic nos puede servir de ejemplo. El iceberg con el que chocó ñie visto pero no con la suficiente antelación. Otro barco más pequeño hubiera tenido mas fortuna en las mismas circunstancias. La velocidad y la inercia se conjuntaron con el resultado ya conocido.Las grandes empresas e instituciones tienen una característica de comportamiento, que en un esquema simplista y en primera aproximación, podríamos llamar «inercia». Esta «inercia» es proporcional el tamaño de las mismas, entre otras cosas, y cuando es suficientemente grande, no se puede pasar por alto. A semejanza de las dos primeras leyes de Newton de la mecánica, se puede interpretar como la tendencia a permanecer en el estado de reposo o de movimiento en que se encuentran y como una medida del esfuerzo necesario para realizar cualquier cambio en dicho estado. Cierta dosis de inercia no sólo es buena, es necesaria para evitar vaivenes peligrosos y modas pasajeras. No olvidemos que cualquier sistema sometido a cambios, está sujeto a respuestas transitorias que pueden ser indeseables o incluso provocar inestabilidad. Por otro lado La prospectiva, una herramienta usada por el Mando facilita los relevos, y en los «puntos muertos», la inercia permite que siga todo funcionando como si no hubiera pasado nada. El aspecto negativo de la inercia es el peligro de anquilosamiento, la falta de flexibilidad y las dificultades de adaptación al aumentar el tiempo de respuesta. Este aspecto se hace más patente en épocas de grandes cambios, como es la actual donde la evolución de la situación internacional, la aparición de nuevos conceptos estratégicos y el rápido avance de la tecnología hace que métodos y medios queden obsoletos en muy poco tiempo. Sólo hay dos maneras prácticas de reducir la inercia, disminución de tamaño y anticipación. Reducir el tamaño, aumentando simultáneamente la capacidad operativa, no es contradicción, es cambiar cantidad por calidad y se consigue simplificando la organización y mejorando la formación, los medios y los procedimientos. La anticipación requiere un proceso de reflexión y análisis con profundidad y amplitud, además de una vigilancia de los factores de cambio. Esto se consigue con la prospectiva. Un paso más dentro de la dinámica de adaptación a entornos inciertos y cambiantes con el tiempo, es imitar la capacidad que para ello tienen los seres vivos, y desarrollar sistemas que en alguna medida se comporten análogamente. La principal característica en este sentido es la capacidad de aprendizaje, es decir utilizar las experiencias adquiridas en el pasado, incluso los errores cometidos, para modificar las actuaciones y decisiones en el presente. Cuando distintos órganos, inicialmente dispersos, se coordinan y unifican esfuerzos, agilizando a su vez la relación entre ellos, se consigue lo que en teoría de sistemas se llama sinergia. El todo resulta mayor que la suma de las partes. Vemos, pues, desde la óptica de la teoría de sistemas, como el Ejército del siglo XXI, con exigencias cada vez más elevadas respecto a eficiencia, operatividad, precisión en sus actuaciones y amplitud en el rango de sus misiones, se ha reorganizado, y se ha dotado de un órgano integrante del apoyo a la Fuerza, el MADOC, que le permitirá cumplir su misión en condiciones óptimas, con independencia de las modificaciones ambientales. Del MADOC dependen directamente, la Dirección de Investigación y Análisis para el Combate; la Dirección de Doctrina, Orgánica y Materiales y la Dirección de Enseñanza, Instrucción, Adiestramiento y Evaluación. La Dirección de Investigación y Análisis del MADOC, tiene un equipo de analistas dedicado a estudiar las «lecciones aprendidas», y otro equipo ha iniciado varios estudios prospectivos que están en marcha
El artículo muestra la presencia del nacionalismo y de la escenificación del tiempo histórico nacional en clave de integración social en la narrativa, poesía y crítica literaria chilena del período 1900-1930. En las primeras décadas del siglo el espectro de personajes de otros sectores sociales y étnicos que se incorpora a la literatura es amplio y variado. Personajes vinculados al campo y a la ruralidad, pero también a espacios de miseria y marginalidad urbana o a condiciones laborales abyectas, como las que se dan en las minas de carbón o en la pampa. Son personajes permeados, salvo excepciones, por una mirada afín a los sectores medios (la necesidad de preservar la vida rural o indígena pero también de "educarla") o de elite (la nostalgia por el campo, por el vasallaje y por los antiguos valores de la sangre y de la tierra) 3. Las excepciones son Sub-terra y Sub-sole de Baldomero Lillo, la lírica de Carlos Pezoa Véliz y Alhué de Gónzalez Vera, obras en que la óptica se instala sin mediaciones en lo popular, ya sea como registro realista de condiciones laborales o de vida, en el caso de Lillo, o como lo popular intercultural en un registro lírico innovador, en Pezoa Véliz, o como lo popular mítico y trascendente, en González Vera. No es casual que del corpus de obras mencionadas, éstas sean estéticamente -por el grado de mimesis integral que logran-las más significativas. En el resto predomina más bien una mirada mesocrática o de elite con connotaciones nacionalistas, que busca rescatar particularidades culturales y realzar el componente de tradición vernácula, con el objeto de reinsertar esas particularidades en la narrativa de la nación. El crítico Domingo Melfi, reconociendo este propósito, se refirió a varios de estos autores con un calificativo que probablemente hoy sonaría peyorativo: los llamó "chilenistas" 4. Las estrategias de representación de lo nacional son variadas. Una de ellas se logra mediante la diversidad de oficios o actividades que pueblan el mundo de la ficción. En el mundo rural: el carretero, el peón, el capataz, el maestro de fragua, el peón de riego, el cuatrero, el amansador, el arriero, la cantora, el bodeguero, el puestero (en la Patagonia), el patrón, la criada, el curandero; en el mundo del tren: el palanquero, el maquinista, el conductor, el carrilano, el inspector, el fogonero; en la costa y en el río: el balsero, el cargador o guanaye, el lanchero, el arponero, el marinero, el pescador, el remero, el botero, el fletero; en las minas y en la pampa: el barretero, el minero, el oficinista, el fondero, el tornero, el desrripiador, el bodeguero, el calderero, el pirquinero, el enganchador; y en la urbe: el obrero, el organillero, el cura, el preceptor, el artista, la prostituta, el peluquero, el tony, la lavandera, el barrendero, el destapador de acequias, el monaguillo, el policía, la planchadora, el conductor de carros, el sereno, el pintor, el zapatero; y así, suma y sigue. Se trata de una variedad de personajes que a menudo carecen de nombre propio y a los que se menta únicamente por su función, personajes que conformando un paisaje humano y social diverso hacen patente el mundo del trabajo, pero que como tales no tienen voz.. En los casos en que el personaje tiene un nombre propio, el narrador omnisciente con frecuencia interviene, estableciendo un vínculo con la nación con el objeto de realzar la chilenidad 5. Otra estrategia es la utilización de personajes y situaciones en que se hace patente la dimensión de lo nacional popular. En el poema "La procesión de San Pedro y bendición del mar, en Talcahuano" de Diego Dublé Urrutia 6, se describe con gran colorido un espectáculo de religiosidad popular pleno de energía social: la procesión que acompaña a la imagen de San Pedro, patrono de los pescadores, recorriendo las calles de Talcahuano y luego, con embarcaciones, la bahía. "Y al son de la campana que allá repica,/corre el clamor en olas por la ribera,/desde los muelles viejos a Villarrica,/ llenando con sus ecos la tierra entera./Y suena un cañonazo y otro responde,/y con el himno patrio que ya despunta,/mil tiros disparados, quién sabe dónde,/todas las cabelleras ponen de punta". Todos participan de la procesión: el señor cura, Ño Peiro, la turba, el borrachín, la Nicolasa y Rosa la paticoja, cuatro seminaristas y un prebendado, el "fletero viejo", el "morado obispo" y los monaguillos. Es una cofradía que sobrepasa con creces el marco de la catolicidad, una energía social diversa; una chilenidad en clave de integración. En el tono del poema se hace patente la emocionalidad de lo nacional y del país entero: "Nadie falta ni teme la mar inquieta/ni el temporal advierte que se avecina,/desde el ricacho orondo, que va en goleta,/ hasta la Rosa Coja, que vio la Ruina". También se convoca lo nacional popular en "El dieciocho en la aldea", poema de Victor Domingo Silva 7, en que junto a símbolos tradicionales y a tópicos de chilenidad se presenta un cuadro con huasos, veteranos del regimiento Tacna, rotos dicharacheros, alegres y festivos, con un BERNARDO SUBERCASEAUX pueblo que está de gala: "la aldea entera vibra y suda de orgullo". Idéntica intención de amplitud social se encuentra en "Las sandillas y las sandías", incluido en Páginas Chilenas (1907) de Joaquín Díaz Garcés, texto en que a la sandía se la personaliza y se la sigue en su recorrido por el mundo popular y por el vecindario decente, dos mundos que pasan a ser uno solo, unidos por la fruta símbolo del verano y del campo chileno. Otra instancia de representación de lo nacional son los estereotipos literarios concebidos como signos de identidad. Las figuras del huaso y del roto, personajes emblemáticos e iconos de lo nacional. En el ensayismo de las primeras décadas tanto el roto como el huaso fueron concebidos como síntesis o símbolos de la raza, o como base étnica o sociológica de la nación 8. El roto fue mitificado como estereotipo vinculado a la Guerra del Pacífico: sufrido e inconstante; prudente, aventurero; valiente y osado; gran soldado, con ribetes de picardía y tristeza; a la vez generoso, desprendido y pendenciero. En la portada de la primera edición de Páginas Chilenas de Díaz Garcés, aparece la figura de un roto típico, con ojotas, sombrero de paja y poncho al hombro, figura híbrida de campo y urbe. Jorge Délano creo a fines de la década del veinte un roto con prosapia: Juan Verdejo Larraín. Edwards Bello en la novela El roto (1920) deconstruyó e ironizó al personaje, convirtiéndolo en un roto prostibulario y miserable, criticando de paso el clima nacionalista en que se había llevado a cabo su mitificación. El huaso fue el símbolo del mundo rural, defendido por los criollistas como el que mejor representaba la idiosincrasia y el particularismo nacional. Incluso se dio una discusión entre quienes postulaban para ese sitial al roto y quienes al huaso. Se discutió también si la chilenidad residía de preferencia en el campo o en la ciudad. Hubo autores que concebían al huaso como una variable del roto y otros por el contrario, percibían al roto como una variable del huaso. Según Benjamín Vicuña Subercaseaux "el roto chileno se divide en dos grandes porciones. Una de estas hace una vida sedentaria y feliz en los campos; es el huaso. La otra es nomade y sufre todos los contratiempos y todas las diferencias de nuestras clases obreras... el roto es bajo, delgado, de rostro oscuro, feo, de apariencia raquítica... Pero desconfiemos de esa apariencia... es uno de los hombres más fuertes de la humanidad... pasa por el mejor soldado del mundo. Su vida histórica ha sido la guerra". Las mismas tesis e ideas se encuentran en la obra de Nicolás Palacios, quien concibe al roto como reserva de la raza y antípoda del petimetre y del aristócrata santiaguino 9. Mariano Latorre, padre del criollismo, señaló que "durante mucho tiempo se tomó al roto como representante típico de la raza chilena. Sin embargo, el roto no es sino un accidente de nuestra raza. El huaso es su permanencia..." 10. La preferencia de Latorre y de los criollistas por el huaso como prototipo de la identidad chilena, se inscribe en la escenificación de un tiempo histórico nacional en clave de integración. La vinculación del huaso con los caballos, con el rodeo y con las destrezas del campo, vestimenta de origen andaluz, cordobesa e incaica, e incluso, en ocasiones, su lenguaje, son atributos tanto del patrón como del peón. El huaso, en la realidad como en la ficción es -a diferencia del roto-un personaje transclase, un canal no de confrontación sino de hibridaje social, de intercambio de visiones de mundo y de valores 11. En los relatos y novelas el huaso, como arquetipo literario se concretiza en distintas versiones: el huaso ladino, el huaso montañez, el huaso costino, el huaso leal, etc. A veces el huaso tiene rasgos del roto, y se manifiesta una hibridez huaso-roto, es el caso, por ejemplo de "Juan Neira", relato de Joaquín Díaz Garces 12. El roto y el huaso, en cualquiera de sus variantes y características, ponen de manifiesto -como iconos de la chilenidad-el carácter patriarcal y la marcada parcialidad sexogenérica que caracteriza al nacionalismo. La figura del bandolero o bandido también aparece en numerosos relatos de los autores mencionados. La crítica ha vinculado la presencia de bandidos en la literatura vernacular a la influencia de autores como Bret Harte, Tolstoy, Gorki, Turgeniev y Zola; autores en que aparecen vagabundos, mujiks, obreros expoliados, prostitutas, labradores castigados por el látigo de la autocracia, aventureros del oro, criminales o campesinos perseguidos por la justicia. El naturalismo, como sensibilidad literaria de vigencia internacional incidió, que duda cabe, en la literatura local; hay testimonios que documentan la importancia que tuvieron en Chile autores como Bret Harte, o la literatura rusa y Zola. En los relatos de Latorre o Maluenda, además de la exaltación del valor individual necesario para sobrevivir, los bandidos son personajes que usan la jerga huasa, también son sufridos, valientes y circunspectos, como el roto, en LITERATURA, NACIÓN Y NACIONALISMO ocasiones portan rasgos étnicos ancestrales. En el cuento "Risquera vana" de Mariano Latorre, el narrador, apegado a la conciencia del fugitivo, despliega su jerga y describe la cordillera con sus riscos y quebradas, con su mirar de "ojillos de peuco"; comentando la valentía del bandido, el narrador acota: "en su naturaleza casi animal dormía en germen el individualismo bravío de los araucanos" 13. Se trata, por ende, de bandidos con una carga de identidad. "Quilapan" de Baldomero Lillo 14, pero también, sobre todo en la lírica, en un registro idealista, como ocurre en Canciones de Arauco (1908), poemario de Samuel Lillo. El relato de Baldomero Lillo resalta la lucha y la dignidad de Quilapan, campesino pobre que defiende su parcela de tierra contra la rapiña de su vecino, Don Cosme, hacendado y caudillo blanco. Es un cuento de denuncia social con un tratamiento narrativo escueto pero muy bien logrado, en que el vínculo entre Quilapan y su terruño, está narrado con una paleta de tinte expresionista y de gran eficacia estética. En la sección "La voz de la raza" del poemario Del mar a la montaña (1903), Diego Dublé Urrutia, introduce la conciencia indígena, como voz de una comunidad pérdida que hay que reintegrar a la identidad de la nación. Uno de los seudónimos que utilizó Carlos Pezoa Véliz fue "Juan Mauro Bío-bío (poeta araucano)". Su lira popular "Lamentos del cacique Huilá en la muerte de su esposa Cisnella" lleva una nota entreparéntesis "Traducción del araucano"; el contenido de la lira apunta a la diferencia étnica como uno de los componentes de la nacionalidad 15. Samuel Lillo, en el poema "El último cacique" percibe al cacique Nahuel como el último vestigio de una raza amenazada por la modernidad. Idealizado en términos de dignidad, pundonor, altivez y belleza, el cacique es también portador de una identidad diacrónica que viene desde Caupolican: En la construcción y tematización de personajes de sectores medios y altos también se advierte una estrategia de representación y realce de lo nacional. Con respecto al mundo de los sectores medios, dos novelas del centenario exhiben una estrategia más que nacional, francamente nacionalista. Se trata de Cuesta Arriba (1910) de Emilio Rodríguez Mendoza y Hogar Chileno (1910), de Zenón Palacios. En el prólogo de Cuesta Arriba, Rodríguez Mendoza presenta a León Rield II, protagonista de la novela, como portador de las ideas: Centenario adoptando el punto de vista del"acumulamos en él -dice el autor-todo un programa de ideas... se siente atraído por lo práctico... por la reforma de las instituciones y costumbres pero conserva los atavismos raciales... es un admirador del pueblo yankee... un estudioso de las necesidades del país... que fustiga a quienes importan modelos". El autor señala que se ha propuesto un "libro-escuela", pero advierte que no se deben pedir para la sociedad chilena cambios inorgánicos ni saltos, "no desearíamos -dice-pedir el advenimiento de estados sociales que no pueden venir normalmente... saltando sobre los que han debido precederlos". Se trata de un protagonista que obedece a las ideas de Encina, de Nicolás Palacios y de Alejandro Venegas, también a las ideas de Gustave Le Bon. León Rield II, es ingeniero, partidario del saber práctico y del trabajo, enemigo de la oratoria y de la palabrería. En su formación, su maestro, que es una suerte de alter ego de Encina y Venegas, le habla del "falso progreso de estuco BERNARDO SUBERCASEAUX y tijera... del golpazo de bolsa o del estacazo salitrero... de costumbres importadas" y suntuarias "que no pueden ser las que se necesitan en un país en pleno vigor de juventud". Contrastan estas enseñanzas con Champán, un personaje afrancesado, que representa todo lo que su maestro critica. Frente al tema de la educación "tenemos -pensaba el protagonista-la instrucción que forma Champanes, oradores, versicultores y académicos de toda especie... carecemos en cambio de la buena escuela primaria, amoldada a las peculiaridades de cada zona". Se trata de una novela de tesis que articula, en boca de un hijo de inmigrante y de la clase media, el pensamiento nacionalista que hemos revisado en los capítulos anteriores, una obra que desde el punto de vista literario carece de valor pero que en su época, sin embargo, llamó la atención. Hogar chileno, la novela de Senén Palacios, fue finalista en el concurso del Centenario. Don Pedro García y Doña Rosa son los titulares de un hogar de provincia que el narrador describe como "modesto, laborioso y honrado, en el cual resplandece la sencillez... hogar... modelo de lo que son nuestras familias chilenas, de ese medio social que no tiene el honor de figurar en la aristocracia, pero que vive más feliz y es infinitamente más virtuoso, mas trabajador y de mejores costumbres". Rodolfo y Laura son hijos de ese hogar pletórico de chilenidad. Rodolfo es partidario del modelo anglosajón, de la educación práctica y útil frente a una tradición latina que produce "pedantes inutiles". La novela reproduce la polémica educacional del nacionalismo educativo. A su vez, Laura desecha a un aristócrata "pedante" que la pretende, inclinándose por un esforzado estudiante de medicina, de provincia. Zenón Palacios salpica este escenario virtuoso con estampas canónicas de la chilenidad: trillas, el Cerro Santa Lucía, la estatua de Pedro de Valdivia; también con burdas acotaciones narrativas de corte nacionalista: "Laura medio recostada en su asiento, veía desfilar el panorama incomparable del suelo de Chile, del cual dijo el poeta: Y tu campo de flores bordado/es la copia feliz del Edén". Hogar Chileno, es "una de las mejores novelas que se han publicado en Chile, y acaso en toda la América Hispana". Así la calificó Valentín Letelier, siendo Rector de la Universidad de Chile. ¿Cómo explicarse que un lector y pensador culto, como lo fue Valentín Letelier que vivió en Alemania y conoció la mejor literatura europea de la época, alabe de manera tan exagerada a una obra que carece de todo mérito estético y que es, para un lector contemporáneo, un verdadero bodrio literario? El ingrediente naturalista implica que los distintos personajes no son sólo importantes como individuos sino que están espacializados y representan sectores de la sociedad, y por lo tanto espacios geográficos, vale decir, espacios teñidos por la idiosincrasia. Mariano Latorre sostenía que LITERATURA, NACIÓN Y NACIONALISMO la peculiar geografía del país, desde el desierto hasta Tierra del Fuego, y desde la cordillera hasta el mar, debía determinar la variedad de tipos y de sicologías literarias. Latorre, como casi todos los criollistas, actuaba en la configuración de sus personajes desde afuera hacia adentro. De allí que es posible advertir en su obra un tránsito de ida y vuelta entre espacios y personajes. Los espacios tienen tanto una dimensión macro (la cordillera de Nahuelbuta, la cordillera de la Costa y de los Andes, Malleco, el golfo de Arauco, Lebú, la Patagonia, la zona del Maule, la pampa, etc...) como una dimensión micro (riscos, quebradas, vegas, precipicios, esteros, potreros, la huerta, el socavón de la mina, el borde río, etc...). Están además habitados por una flora y fauna variopinta en su nomenclatura local (en lugar de los universales pájaros y árboles de la literatura decimonónica, los particulares jilgueros, tiuques, tencas, queltehues, loicas, boldos, sauces, álamos, espinos, maquis, mañios, pataguas, peumos, avellanos, litres, copihues y murtilla). Espacio, flora y fauna alimentan un imaginario de nación que integra a nuevos sectores sociales y étnicos, como también a nuevos lugares geográficos. Interesa señalar tres aspectos que conciernen al espacio y a la representación de lo nacional. El primero se refiere a la "estética del rincón", en la que confluyen aspectos propiamente estéticos con aspectos identitarios. Mariano Latorre, señaló "ahondar en el rincón es la única manera de ser entendido por el mundo... literariamente la aldea bien descrita es la conquista de lo universal" 17. "Pinta tu aldea y pintaras el mundo" fue consigna estética vigente en la época. Pero el motivo del rincón tiene también el valor de lo propio, implica el supuesto de que existe un específico cultural chileno, y que la literatura debe hacerse cargo de él. El poema "La voz de la raza", de Diego Dublé Urrutia, que encabeza su poemario Del mar a la montaña (1903), se abre con un ofrecimiento europeo: "¿España? ¿Roma?", ante esta posibilidad el sujeto de la enunciación responde con un muy decidido "¡No, no!". Ante la alternativa de vivir "europeamente" en las orillas del Sena o del Rhin, el poeta prefiere su acequia nativa: "Pequeño como un grano de arena, sueño, espero,/perdido aquí, en el fondo de mi nativo estero". Este contrapunto entre el nido y el viejo mundo se va a desarrollar a lo largo de las ocho estrofas del texto. Ya en sus primeros versos, en Veinte años (1898), Dublé Urrutia introdujo el motivo del nido, imagen del terruño nativo, del origen. En el poema "La tierra", refiriéndose a la localidad de Angol, el sujeto de la enunciación dice: "amo esas tierras porque en ellas duermen/los mejores recuerdos de mi vida". A pesar de que "los vuelos distantes y las celestes galas", vale decir, la ensoñación modernista y París, le están vedados, en su lugar el hablante lírico proclama "¡soñemos con los nidos apartados, que en el sueño también se baten alas!". La altura estética que logra Dublé Urrutia en este verso está alimentada por una dimensión ética, por la defensa y la dignidad de la "¡cuna amada!", del nido, lo que resulta siempre posible en el plano del sueño y del quehacer poético. Tras esta perspectiva subyace una concepción dual de la cultura chilena y latinoamericana, en que, por una parte, habría un componente endógeno que se valora y por otra, uno exógeno que se pone en un nivel inferior, contraponiendo así lo local y lo foráneo, lo propio y lo ajeno, lo chileno y lo europeo. El segundo aspecto que interesa destacar apunta a la vinculación del espacio con la memoria colectiva, con una identidad diacrónica y sincrónica. El espacio y en ocasiones un elemento de la flora o de la fauna, se convierte en muchos poemas en una instancia que interactúa con la trama y con los personajes. En Dublé Urrutia la cordillera de Nahuelbuta, no es sólo un fenómeno del relieve. Es también, como señala el título de un poema, una "Selva patria": una "montaña secreta y muda" que "aún guarda el eco indiano", testimonio lacerante de una comunidad perdida, que tuvo "en Ercilla su primer y grande amor" y que conserva "la herencia tibia/de la indiana madre Fresia/y el intrépido Valdivia". En el poema "El lanzamiento" la naturaleza se conduele con la suerte del viejo patriarca campesino, que ha sido arrojado de su tierra. El poema suscita un sentimiento cuasi-místico de continuidad histórica, en que la naturaleza, las alusiones a Ercilla, Fresia y Lautaro pasan a integrar una cadena de reencarnaciones que se proyectan a través del tiempo, resaltando, como es propio del nacionalismo 18, una especie de inmortalidad: la memoria de la nación esta viva y tiñe el espacio circundante. En la novela Hogar Chileno (1910), cuyo autor era hermano de Nicolás Palacios, en un largo aparte descriptivo y ensayístico, el espino es presentado como árbol símbolo del roto, personalizado como síntesis de la nación: "solo en medio del potrero, agarrado al suelo con profundas raíces, estaba el viejo espino secular, arisco y fiero;... empecinado en no soltar aquella tierra que es suya, que lo vio nacer y que ama entrañablemente... Aseméjase a un anciano irritado, de complexión recia y temple heroico, de cabeza hirsuta y seño sombrío, que mira de través, con las crenchas a la diabla, sin que los mas fuertes temporales lo dobleguen... mira con odio y de soslayo a los demás árboles que no son originarios del Chile, a quienes considera como extranjeros intrusos que han venido a usurparle sus campos. No puede comprender que los hijos del país como el quillay, el lingüe, el maitén, la luma, el peumo, el boldo, el avellano, que dan sombra, que dan leña, que dan frutos, que tienen presencia, hayan sido suplantados por esos intrusos que sólo tienen follaje ornamental como los cipreses y eucaliptos... Él no tiene una figura aventajada, ni presume de bonito... pero no se compara con el sauce afeminado ni con el álamo emperifollado... Es el señor del Mapocho, como el roble, su vecino, es el araucano señor del Bío-bío... En su nudoso y firme leño las hachas se mellan... da brasas que llevan calor por muchas horas... curtido por el viento... endurecido en lucha porfiada por agarrarse al suelo y conservar su dominio. Hay algo en la naturaleza íntima de éste soberbio ejemplar de nuestra flora, que me hace pensar en ese otro ejemplar altivo de nuestro pueblo: el roto. Creo que ambos encarnan el alma de la nación". En La hechizada (1916), de Fernando Santivan, los campos de rulo son fuente de energía espiritual, refiriéndose al "verde follaje de los mañios" el narrador dice que son "como lanzas araucanas". En "La muerte del árbol", poema de Samuel Lillo, hay árboles sensibles, que doblan su ramaje en homenaje a un "vencido luchador", a un árbol teñido por la tradición y que persiste en ser. En el primer capítulo de la novela Juana Lucero (1902) de Augusto D'Halmar, se presenta un suburbio en el barrio Yungay, lugar en que crece la protagonista (la obra era parte de una trilogía que se proponía denunciar "los vicios de Chile"). Así inicia el narrador la descripción: "en la esquina opuesta, de un lacio trapo tricolor goteaba el agua, y mientras por la calle un hombre iba encendiendo a la carrera los faroles, en la pieza la penumbra aumentaba". El "trapo tricolor", es símil de la bandera, apunta al país, al que se lo percibe como "lacio" "y goteando". En el siglo XIX este uso era frecuente; se decía, por ejemplo"se levantaron contra el señor Manuel Montt, el trapo tricolor y el trapo rojo, el patriotismo y las ideas liberales" 19. Por otra parte la contradicción entre los faroles y la pieza en penumbra, entre oscuridad y luz, entre apariencia y realidad apunta a una semanticidad que alcanza un rango estructural en la novela. En los sectores dominantes y en la "jeunesse dorée" del barrio Yungay, predominan los valores externos de individuos "que hincan una rodilla en el pañuelito perfumado, que cuidan de remangar el pantalón para que se luzca el calcetín de seda negra y filete rojo". Son los tipos que se burlan del Chile auténtico, del huaso que habla en jerga campesina, y "que con su poncho tricolor, amen de su pañuelo de hierbas en la cabeza, se golpea a puñadas el pecho". En la casa de los Caracuel se celebra la batalla de Yungay "Cantemos la gloria del triunfo marcial/que el pueblo chileno/obtuvo en Yungay", sin embargo en el barrio Yungay se imponen no los valores del pueblo sino de los afrancesados, de la "jeunesse dorée" que se rige por los códigos de la apariencia. Bajo la seda y el oropel subyace la miseria física y moral, situación que el "lacio trapo tricolor" hace extensiva al país. La descripción inicial conlleva por ende un simbolismo nacionalista que tiñe (con carácter de denuncia) a todo el espacio representado en la novela. También en los cuentos de Baldomero Lillo, en los cuadros mineros de Sub-terra, hay un tratamiento simbólico del espacio, del adentro y del afuera, de la oscuridad de la mina y de la luz exterior, de la muerte y de la vida. El espacio, y en ocasiones elementos de la flora y la fauna, se presentan teñidos por la historia, por la compenetración con la vida de quienes lo habitan o rodean, por la voz de un sujeto de la enunciación que se aferra a la emocionalidad del purismo cultural o de un narrador en el que opera la nostalgia, el recuerdo o la denuncia social. El tercer aspecto que nos interesa resaltar es la dignificación estética del campo, del paisaje rural, desde la costa hasta la montaña, dignificación vinculada al enaltecimiento de lo propio. El campo para la sensibilidad criollista encarna lo más peculiar de la vida chilena, es un lugar en el que se conservan -en palabras de Lautaro Yankas-costumbres y hábitos que todavía no han sido arrasados por la modernidad 20. Tal como ocurrió en la plástica con los pintores Juan Francisco González, Pedro Luna y Alfredo Helsby, la paleta descriptiva del campo se enriquece y contribuye a enaltecerlo estéticamente, por sí mismo. Piénsese por ejemplo en el cromatismo de corte impresionista del poema "Tarde de invierno" de Samuel Lillo, cuya primera estrofa reproducimos: "Pardea de lejos la viña en la falda/cual mancha de siena en el verde esmeralda,/sus troncos torcidos/parecen enormes LITERATURA, NACIÓN Y NACIONALISMO reptiles dormidos./Abajo en el valle, sombríos y mudos/los álamos alzan sus brazos desnudos/y sobre los bordes de los canalones,/inclinan sus frentes los sauces llorones./Tan sólo interrumpen la gama sombría/en aquella tarde desolada y fría,/tras de los tapiales, con su áureo color,/los grandes manchones de aromos en flor". Además de poemas logrados como el de Lillo, abundan las estampas campestres que buscan fijar un cierto tipo de paisaje o actividad como la trilla o el rodeo, también descripciones del campo en un registro nostálgico y depurado, o con un tono de evocación como el que se encuentra en Dias de campo (1916) de Federico Gana. En Alsino (1920) la novela de Pedro Prado, el paisaje del valle central alimenta el vuelo mistíco y espiritual del niño protagonista, es un punto de unión con lo universal, de allí que la crítica haya señalado la presencia en esta novela de un criollismo cósmico, en que confluyen identidad campesina con espiritualismo y simbolismo. En algunos autores, como Mariano Latorre, hay un tratamiento realista de la ruralidad precedida por investigación previa de ese espacio; en otros, como Rafael Maluenda, encontramos una idealización casi pastoral del campo, un tratamiento nostálgico afín a la mirada del patrón. También verdaderas tarjetas postales campesinas. Se trata sin embargo del campo mirado con distintas ópticas y desde distintos registros estéticos, pero cuya valoración se inscribe en la idea de dignificar la reserva patrimonial de lo que se consideraba más propio y auténtico del país. El campo conlleva también, por contraste con la ciudad -en la que reside lo moderno y la decadencia-una valoración moral. La literatura -decía Mariano Latorre-debe alimentarse con los fondos de nuestra raza y nuestro paisaje. El único gran tema y motivo de la literatura chilena era, para Latorre, Chile. "La literatura que no habla sobre su paisaje y sus caracteres, no existe", decía. Se trata de una perspectiva que supone que en nuestras diversas maneras de ser, y en las creencias y costumbres heredadas hay virtudes inherentes y exclusivas que poseen un mérito superior. Es lo que hemos llamado el específico cultural chileno, del cual el paisaje agrario sería uno de sus ingredientes fundamentales. Refiriéndose a este "específico cultural chileno", y a la modernización, Ramón Laval se preguntaba en 1910: "¿Qué cosas propias nos quedarán dentro de poco? En tiempo no lejano -respondía-cuanto tenemos de peculiar desaparecerá y nuestro pueblo se confundirá con los demás pueblos sin que cosa alguna le distinga de otros. El llamado progreso moderno consiste en la uniformación de las ideas, de las expresiones, de los hábitos, de los trajes y hasta de las caras" 21. Entendemos por motivo literario una estructura significativa que se repite con en el desarrollo de una obra o de un conjunto de obras, estructura que puede expresarse tanto en imágenes como en ideas. Ya nos hemos referido a los motivos del "nido", del "rincón", y de la "comunidad pérdida" en Dublé Urrutia, Samuel Lillo y Mariano Latorre. También al motivo de la "apariencia y realidad", que cumple la función de resaltar a nuevos sectores sociales en una perspectiva antioligárquica.. Nos interesa referirnos, en este acápite, a dos motivos de basta presencia en el corpus de las obras que estamos revisando: "modernidad y tradición" e "injusticia social". Con respecto a la realidad histórica en que se asientan estos motivos, en otra oportunidad hemos abordado la modernización que en los más diversos órdenes experimentó el país a fines del siglo XIX y comienzos del XX; también la visibilidad que adquirió en ese proceso la "cuestión social" y la preocupación discursiva por las condiciones de trabajo, higiene, vivienda, mortalidad infantil y alcoholismo 22. El motivo "tradición versus modernidad" lo encontramos tematizado, en relación conflictiva y dialéctica, en la poesía de Víctor Domingo Silva, Diego Dublé Urrutia, Carlos Pezoa Véliz y Samuel Lillo; también en la narrativa de Maluenda, Latorre y González Vera, entre otros. En varios de ellos el tema tiene un sustento de experiencia biográfica. Víctor Domingo Silva, Dublé Urrutia y Samuel Lillo, crecieron y se educaron en provincia (Coquimbo, Angol y Lota, respectivamente) y provienen de sectores medios 23. Víctor Domingo Silva se traslada desde el Norte Chico a Valparaíso en 1902, en un contexto de acelerada modernización del país, en que conviven el alumbrado público, los primeros teléfonos, la masificación de la zarzuela y el folletín, con la presencia de BERNARDO SUBERCASEAUX nuevos sectores sociales que se expresan en la efervescencia popular, ácrata y estudiantil, esa efervescencia rebelde y humanitaria que vocifera el cortocircuito entre el conventillo, la cuestión social y la belle époque criolla. Hacia allá (1905), su primer libro, incluye un conjunto de poemas que pueden agruparse como "paisajes urbanos", poemas que representan la vertiente más temprana y a nuestro juicio la más interesante de su poesía 24. "Mirando al río" es un poema largo en que el sujeto de la enunciación parte de una situación básica que se mantiene a lo largo de todo el texto: la meditación y diálogo nocturno del hablante con el río, en las orillas del Mapocho. Hay tres momentos en el diálogo: un primer momento que invoca la etapa premoderna del río, que abarca desde lo precolombino hasta el siglo XIX, en que la corriente deambulaba libremente por la tradición y el campo: "Tú sueñas con el tesoro/de tus días primitivos/... los días lejanos/en que eras libre, y solías/correr con ansias bravías/ desde la selva a los llanos;/en que los robles daban sus cabelleras/y por sobre tus riberas/las tribus de hombres desnudos/ataban con recios nudos/sus lanzas a sus banderas". Un segundo momento es el hoy, un presente de decadencia en que el río encajonado atraviesa por la gran ciudad, por la modernización y sus desbordes: "Estás como emparedado,/sobre tu cauce empedrado,/y gritas y te querellas/y aúllas a las estrellas/como un perro encadenado!" "Por tus ahorcadas riberas/pasean hoy las rameras/su lujuria hambrienta y triste";... "En el temor que te azora/tu vida entera se apaga/y parece que te halaga/arrastrar por entre ruinas/fetideces mortecinas/y podredumbres de llaga/... Bajan hasta ti indiscretos/los clamores del suburbio./Flotan por tu lecho turbio/andrajos, vísceras, fetos.../Hierve en torno/la ciudad como una araña/torva, cruel, inquieta, huraña.../Tú pasas. Recoges todas/sus pasiones, juegos, modas:/sus caprichos inauditos,/sus infames apetitos/y sus ternuras beodas!". Finalmente hay un mañana, de esperanza, un tiempo de integración entre naturaleza y sociedad, entre campo y ciudad: "Otros hombres y otras breñas/te abrirán mejor sendero.../ ¡Alégrate, pues! No llores.../Da paso a tus alegrías,/que ya vendrán nuevos días,/nuevos vientos, nuevas flores.../Este hervidero de horrores/en que la virtud encalla,/ya no será una batalla;/ni tu corriente rastrera/se irá llevando hacia fuera/la lepra de la canalla." En el poema "Trágame", que pertenece al mismo conjunto, el sujeto de la enunciación viaja en tren del campo a la ciudad: "Voy hacia el Puerto. Por una noche dejaré el aire/de las campiñas y el sol alegre que es como un padre/... Cambiaré el sueño/por los insomnios espeluznantes;/mis caminatas y mis paseos hacia los valles/o las colinas, el loco júbilo de los insectos y de las aves,/el libre vuelo de mis quimeras/y el eco alegre de mis cantares/por la rabiosa cháchara imbécil que congestiona plazas y calles". En la llegada a Valparaíso, ante el espectro nocturno del Puerto ("augusto y abominable") el sujeto en una relación de atracción y rechazo "con el doliente valor de un mártír", cierra el puño y en los versos finales se entrega a la experiencia de la modernidad, y exclama "¡Trágame! Son poemas en que la ruralidad y el campo -como reserva de la tradición-aparecen signados positivamente, en contraste con la decadencia de la urbe. Son poemas en que se encuentra una escenificación del tiempo histórico nacional en clave de integración. Poemas en que emerge también una visión ambigua de la modernidad (y de la ciudad como su expresión más tajante). Algunos versos "adoran la extraña y multiforme alma de los enjambres urbanos"; pero otros constatan el "espectáculo siniestro... de la ciudad, que vive tragándose ella misma los hijos que concibe", enguyendo "a lo más florido de la carne plebeya", con que "escribe, siglo a siglo, su trágica epopeya". Ciudad que es "maga" y "esfinge" a la vez, creadora de movimiento y de nueva vida, pero también monstruo, que bajo la cara humana esconde, como la esfinge, garras de león. El viaje a la urbe es, entonces, el paseo por una experiencia vital contradictoria, en que predomina una visión negativa de la vida moderna que le confiere unidad a sus poemas urbanos, poemas en que la redención y la integración social aparecen como importante subtema. Como en la mayoría de los autores de la época, la moralidad provinciana aparece enaltecida en contraste con la decadencia urbana. En "Selva patria" 25 de Diego Duble Urrutia, la situación básica esta conformada por la interpelación del sujeto a una montaña, habitada en el pasado por la etnia mapuche: "Montaña secreta y muda/que nos albergas, te adoro/terca así, y así desnuda;/tu alma hirsuta es un tesoro" El tesoro es la memoria de esa comunidad pérdida que conformaron en el pasado la etnia y el espacio que la circundó, memoria que revindica el acerbo indígena y que aún late en la montaña. El "canto" de selva montañosa, es descrito como una "trompeta evocadora" que remece a un hoy, a un presente ignominioso que la voz poética califica de "madriguera de raposas". El poema, sin embargo, concluye con la esperanza de un mañana en que la naturaleza y la sociedad se puedan reintegrar conformando una nueva comunidad: "¡Pero vendrá, Selva obscura,/vendrá el que forja el abismo/ para endulzar tu amargura;/trueno será su mutismo/lluvia abrílea en campo yermo/su palabra; miel, su lloro;/libro abierto al ojo enfermo/de la turba su alma de oro". El uso de la mayúscula y el título del poema, "Selva Patria", signan la "montaña hirsuta" con una referencia a la nación. En "El último cacique" 26 reaparece el tema de la comunidad pérdida, de un ayer que ya no es, de un hoy en que los desbordes de la modernidad limitan y exilian a quienes como el cacique Nahuel conforman "los vestigios de la raza": "Hoy está solo, otro ambiente/en torno suyo, se siente/un extraño en su país, y cortan su libertad/ya un túnel, ya una ciudad/que ve de pronto surgir". Pero también, tal como en los otros poemas, hay un mañana, una esperanza de integración en una modernidad alternativa, en una nueva nación en "donde no turba el tren/el reposo del guerrero". Incluso una nación en que se produce -como apunta la última estrofa-un entendimiento dialéctico entre Nahuel y el tren, entre el vestigio de la raza y el icono de la modernidad: "Y de lo alto de la sierra/(Nahuel) lanza su grito de guerra,/ semejante a un somatén;/al que responde en el llano,/como otro clarín lejano,/el ronco grito de un tren". "Alma Chilena" 27 de Carlos Pezoa Véliz, considerado uno de sus tres "poemas nacionales", es un largo poema narrativo en que el autor aborda con una poética híbrida e intercultural (incrustaciones modernistas, elementos de poesía popular y criollista) 28 la relación entre modernidad y tradición. De partida el propio título del poema apunta, en la medida que supone un "alma" de la nación, a una permanencia de la chilenidad, a una idiosincrasia del pasado que a pesar de los cambios y desbordes de la vida moderna, seguirá estando presente en el futuro. Las primeras 11 estrofas nos presentan el puerto de Valparaíso de noche, como una ciudad febril que descansa: "La inmensa ciudad, el puerto/el que echa hombres, trigo, granza/a la Europa o al desierto,/la inmensa ciudad, el puerto/descansa. Descansa su mar, su informe/movimiento, sus herrajes/su humo, su alcohol, su enorme/carne, su alma multiforme,/sus músculos, sus blindajes." El poema de Pezoa presenta al Puerto con extraordinaria plasticidad como un mundo de acero, de luz eléctrica, de grúas, faros y barcos, como una inmensa urbe que en la noche "se reconcentra y se abisma"; pero también como un espacio en que afloran los desbordes de la vida moderna: una ciudad de la que "mana tristeza" y pobreza, con noches en que surgen "ladrones y bellacos", alcohol y miseria, pero sobre todo indiferencia. Por allí circula una mujer sin hogar que deambula en la noche porteña, el hablante dice que está hundida en la malquerencia del orgullo y "en la enorme indiferencia de un puerto que afiebra el oro". La comunidad pérdida está conformada por un grupo de obreros que trabajan de noche reparando un barco en el dique, por los marginados, por los que mantienen vestigios de la tradición y de la idiosincrasia rural en medio de un bastión de modernidad: "Son los rotos de alto rango./¿Son de dónde? Nadie sabe: /uno recuerda que en Tango/hundió el cuchillo hasta el mango/por cierto asuntillo grave... Ahí está el "nariz de luma"/que hoy es tiemple de la Ulalia. (¿Y este rubiote que fuma?/Fue el hijo de un bichicuma/que importaron de la Australia.) Y el maipino Juan María,/Juan José, Pancho Cabrera,/huasos que fueron un día,/hoy ya en la secretaría/de un centro de Unión obrera" Pézoa Véliz, utiliza un léxico híbrido, con anglicismos y chilenismos, para presentarnos un mundo popular más vivo y diverso, sin estereotipos, un mundo que viene de la ruralidad pero que se ha vitalizado. Se restablece así la posibilidad de un mañana, de una comunidad que contrariamente al hoy signado por la indiferencia, actuará en base a consideraciones de solidaridad, de un futuro en que tal vez será posible reintegrar modernidad y tradición, tal como se advierte en las últimas estrofas del poema: ¿Acaso/no era hermano el desvalido?/ Brazo de pobre era brazo/de Juan, de Pedro, si al paso/había un pobre caído. Que, desde Ercilla a hoy, casa/no hay de aventuras o éxodos/en que, misérrimo o craso,/el pan del indio o del huaso/dejaba de ser de todos" En la poesía de Pezoa la tensión entre campo y ciudad, entre tradición y modernidad, es más fluida y dialéctica que en otros autores. En "Alma chilena", por otra parte, la integración entre una comunidad pérdida y una que se reencuentra, se da no sólo en el del contenido, sino también en el plano de la forma. Se trata de una poesía con una fuerte carga identitaria, permeada por lo popular, pero una identidad en movimiento, no fosilizada, que se despliega con verosimilitud en el propio curso del poema y que no obedece por tanto a una preconcepción abstracta, o a un purismo cultural que separa lo campesino y popular de otros entornos sociales. La voz del poeta tiene en Pezoa Veliz una relación amorosa y no conmiserativa del mundo popular, al que percibe como reserva de la nación, pero con una mirada abierta y generosa en que los inmigrantes también tienen su espacio. En esa perspectiva cabe hablar de la mímesis integral del sujeto y del objeto que distingue a su obra, y de la constitución -a partir de su eficacia poética-de un imaginario de la nación menos ideológico y más verosímil. En los narradores emblemáticos del criollismo, Rafael Maluenda y Mariano Latorre, la tematización del conflicto tradición y modernidad es bastante más tajante y maniqueísta que en la poesía de Pezoa Veliz. En "Ño Pancho" 29, cuento de Maluenda, el narrador se focaliza -con simpatía y parcialidad-en la actitud de un viejo campesino contrario a la modernización del agro, que añora el tiempo en que todo se hacía con el esfuerzo de los brazos. Su nieto, en cambio, que estudió agricultura, es partidario de los cultivos intensivos, de abonos artificiales, del uso de maquinaria y de la industrialización del agro. Finalmente Ño Pancho, aprovechando la soledad de la noche, las embiste contra la caldera y los émbolos de una cosechadora, en un acto suicida en que termina quemado, mientras la máquina resopla y llena "la noche con su pesado jadear". Mariano Latorre en el cuento "Sandías ribereñas", establece un paralelismo entre Rosario, la muchacha campesina arisca que proviene de una zona de rulo en la ribera del río Maule, y una sandía que crece y se cultiva en ese mismo espacio. Ambas, la muchacha y la sandía, van a dar a Talca, a la ciudad moderna, al consumo, ambas maduran y corren el riesgo de podrirse en el proceso. En el caso de la muchacha su degradación la lleva a un prostíbulo, en el que pierde -como la sandía cuando madura en exceso-la frescura inicial. La ciudad y la vida moderna atentan contra los valores de la autenticidad rural. Modernización equivale para Maluenda y Latorre a carencia de tradición, a decadencia moral, a daño del patrimonio rural, vale decir daño a lo que ambos consideran la espina dorsal de la particularidad de la nación. Con mayor sutileza y calidad literaria que Latorre, José Santos González Vera recrea, a través de viñetas, en Alhué (1928), la vida de una aldea dormida, premoderna, en que el tiempo no transcurre. Alhué es un pueblo rural que vive una atmósfera que trasciende espiritualidad, un mundo sin tiempo en que los vivos y los muertos resultan por momentos indistinguibles, una aldea que prefigura la Comala de Juan Rulfo. "Un pueblo -dice el narrador-donde para vivir no es menester el esfuerzo, ni nadie se pregunta para qué vive, ni la inquietud halla albergue". Alhue es una suerte de utopía rural. Allí no existe el porvenir, se carece de toda instancia teleológica "los días no traían angustias -dice el narrador-pero tampoco eran portadores de mensajes alegres. Llegaban y se extinguían sin ningún suceso. Y los meses, por su índole más abstracta y arbitraria, se hubiera creído que transcurrían de noche". Desde lo no moderno, desde una utopía rural se presagia lo moderno, pero sin que se exhiba -al modo de Latorre y Maluenda-como una antinomia, "para el pueblo -dice el narrador-los hombres del tren formaban la humanidad desconocida, pero latente". Para González Vera, el regionalismo también implica una forma de respuesta a los embates modernizadores y al polo urbano, pero de un modo más sutil y creativo que para los criollistas más emblemáticos. El motivo de la "injusticia social" también tiene, como señalamos, una amplia presencia en la literatura del período, tanto en la poesía como en la narrativa. El sujeto de la enunciación con conciencia y responsabilidad social está presente en todos los poetas que hemos mencionado, en algunos casos hilvanado con el tema de la tradición y la modernidad. En "El lanzamiento" 30, poema de Diego Dublé Urrutia, trás la expulsión del viejo campesino que debe abandonar el terruño en que vivió toda su vida, subyace un rasgo propio de la vida moderna: la tierra "no es del labriego" que la trabaja "sino del que la compra". La transacción del agro está entonces en la base de la injusticia. Se trata, empero, de una denuncia que no pretende incentivar la confrontación, sino más bien conmover y persuadir al lector. En el poema "Las minas" del mismo Dublé Urrutia, se describen extensamente las condiciones de vida y de trabajo infrahumanas de los mineros del carbón, y luego se hace un llamado a la fraternidad y a la justicia: "De ahí que alguna mano caritativa y sana/tenga que abrir los ojos a la miseria humana;/mostrar sus pobres ropas a los demás mortales,/desenterrar del tiempo la clave de sus males,/romper la venda de oro que cubre tantos ojos/y echar simientes nuevas en ruinas y rastrojos." En narrativa el motivo de la "injusticia social" aparece en Juana Lucero (1904) de Augusto D'Halmar, en Subterra y Subsole de Baldomero Lillo y en Vidas mínimas (1923) de González Vera, entre otras obras. En Baldomero Lillo el cuadro de opresión obrera en las minas de carbón busca producir conmiseración en el lector 31. En sus cuentos aparecen patrones explotadores y obreros incapaces de combatir esa explotación. El pesimismo determinista es clave. De allí que la transformación revolucionaria de la injusticia que se presenta, no es una alternativa. Incluso en un cuento como Quilapan, se produce al nivel del expresionismo simbólico una integración del protagonista con la tierra, en una escena que por otro lado tiene todas las características de un linchamiento. Importa tener en cuenta estos rasgos que diferencian la literatura social de las primeras décadas con la que se producirá en torno a la generación del 38, literatura esta última que implica una escenificación del tiempo histórico distinta, en que el cambio y la revolución están presentes. Cabe colegir de todo lo dicho hasta aquí que motivos, personajes y espacios de la literatura de las primeras décadas, contribuyen a una nueva imagen de la nación. A la conformación de este imaginario concurren una serie de estrategias que buscan perfilar un específico cultural chileno, privilegiando con óptica nacionalista al campo y a la ruralidad. Estas estrategias coexisten con una mirada crítica de la experiencia de la modernidad, visualizando para el "mañana" una modernidad alternativa. En la concepción del romanticismo alemán, la nación es, más que una comunidad política, una idiosincrasia, una comunidad de lenguaje y de costumbres. "Cada lenguaje -escribió el teólogo y romántico alemán Friedrich Schleirmacher-es un modo particular de pensamiento, y aquello que es cogitado en una lengua jamás puede ser repetido cabalmente en otra". Esta visión culturalista que vincula nación con lenguaje, tuvo preponderancia en el ensayismo, en la literatura o en la investigación académica de las primeras décadas del siglo XX en Chile. Varios factores incidieron en ello. Por una parte la vigencia de una concepción naturalista de la literatura, que la percibía como una instancia de conocimiento o registro de la realidad, concepción que alimentó al criollismo y al costumbrismo. Por otra, la presencia en Chile, desde fines del siglo XIX, de pedagogos alemanes con formación filológica que realizaron y promovieron estudios de folclore, de poesía popular, de la lengua y el habla local. Entre ellos, de modo muy destacado, Rodolfo Lenz. Finalmente un ideario nacionalista que buscaba poner de relieve la singularidad chilena. En este contexto, se dio, en el plano literario, un rescate del habla campesina y popular y una ampliación de la lengua nacional. Antonio Orrego Barros (1880-1974), autor de Alma criolla (1903), fue tal vez el primer poeta culto capitalino que publicó un poemario completo imitando léxica y onomatopéyicamente el habla campesina, rescatando así las marcas de la oralidad en la escritura. Aprovechó para ello sus estudios de folclore y de lenguaje con Rodolfo Lenz. A diferencia de otros criollistas que intercalan en la norma culta que utiliza el narrador el habla de personajes campesinos o populares, recurriendo a las comillas, Orrego Barros escribió Alma criolla y la obra teatral La marejá (1909) en habla -como decía él mismo-huasa. Mariano Latorre también recurrió al estudio del habla huasa, pero utilizando, al modo naturalista: observación y documentación. Latorre realizaba investigaciones de terreno anotando los modos, la entonación y el léxico campesino, para luego utilizar sus observaciones en cuentos y novelas. Algunas de sus obras tienen un glosario final. Orrego, Díaz Garcés, Latorre y Maluenda eran escritores citadinos, profesores universitarios, funcionarios públicos o periodistas, sumergidos en los problemas de la clase media urbana, que iban a la biblioteca a estudiar la obra de Lenz o salían los fines de semana o en vacaciones al campo, armados de lapíz y cuaderno, con el propósito de inventariar las costumbres y formas de hablar, o datos de flora y fauna. Había en ellos por ende una suerte de disociación entre su experiencia personal urbana y la escritura que empleaban. Los criollistas buscaban dignificar el lenguaje campesino, pero este propósito -sobre todo en los nombrados-era una operación con cierto grado de artificialidad, lo que se percibe en una lengua plena de chilenismos pero algo rígida y carente de frescura. En sus obras se constata la utilización de una serie de marcas de la oralidad traspasadas a la escritura. Mecanismos que se repiten y que van creando estereotipos que se suponen miméticos con respecto al habla campesina. Por ejemplo la elición de la "d" intervocálica: "hablao" por "hablado", "molío" por "molido", "cuidao" por "cuidado", "ayuarla" por "ayudarla"; la aspiración de la "d" inicial: "on y "oña" por "don" y doña"; la velarización de la fricativa inicial: "jue" por "fue"; "juiste" por "fuiste", "juego" por "fuego"; la velarización de una oclusiva inicial: "güeno" por "bueno" etc. Se trata de mecanismos que se reiteran y crean un dialecto campesino estandard y artificial, un dialecto gráfico, de vista y no de oído. En general las narraciones criollistas recurren a la norma culta de la época, y el lenguaje campesino se coloca en boca de personajes, marcando la diferencia con el recurso de las comillas. La estandarización se manifiesta en el hecho de que no se advierte en estas obras individualidad expresiva; el habla campesina de un niño o de un anciano, de un huaso de la costa o de la montaña, son todas iguales o casi iguales. Esta carencia de particularidad expresiva que ignora diferencias de género, de edad o de lugar geográfico del hablante nos lleva a la hipótesis de un dialecto campesino artificial, estandarizado, que funciona sobre todo como una marca de chilenidad, pero que no se corresponde con el lenguaje y los modismos que realmente se usaban en el campo. Muy distinto es el caso de Carlos Pezoa Véliz, en cuya obra se advierte un lenguaje en que hay términos populares, urbanos y campesinos, pero utilizados en un contexto intercultural adecuado a la situación discursiva del poema. Por ejemplo, en "Alma chilena" hay expresiones de origen popular ("nariz de luma"), mezcladas con chilenismos de origen mapuche como "pehual" (cincha para el caballo) o con un léxico urbano marginal que incluye desde anglicismos e incrustaciones modernistas hasta lenguaje coa. Se dice de un personaje que es un "bichicuma" (de "beach comber") y de otro que es un "cuke" (de cook, cocinero). Se trata de un habla intercultural adecuada al Puerto de Valparaíso, a un mundo en que conviven poetas populares con trabajadores de origen campesino, personajes urbano marginales con emigrantes pobres y ricos, en suma, un habla popular no artificialmente aislada sino en que se resemantizan lenguajes y palabras de otros sectores sociales. Un lenguaje no estandarizado que obedece a una mimesis mas verósimil. También hay autores, como Federico Gana, que recurren a un lenguaje depurado y culto para describir el campo, o autores como Baldomero Lillo en cuyos cuentos no hay un rescate del habla popular del bajo pueblo o de los mineros, ni se advierte tampoco la búsqueda de "color local". Por otra parte, en novelas como Juan Lucero (1902), de D'Halmar, o Casa grande (1908) de Orrego Luco, o El tapete verde (1910) de Francisco Hederra, los sectores altos, los Emilio Sanders o los Heredias y los Max Blanco, utilizan un habla plagada de anglicismos y galicismos; hablan de la "high life", del "lunch", del "sport", del "flirt", de la "mise en scene", de "dernier cri", del "hall", de la "creme", palabras que connotan una desnacionalización y un arribismo cosmopolita de los hablantes, propio de los estratos altos y de la sociabilidad elegante de la época. En suma, el corpus de obras que señalamos al inicio contribuye a ampliar la lengua nacional, utilizando con mayor o menor eficacia imitaciones de hablas campesinas en una suerte de dialecto que funciona como marca de chilenidad, hablas que no tenían -salvo en la lira popular-presencia en la literatura culta del siglo XIX. Se trata de una estrategia de representación de lo nacional, que fusiona la LITERATURA, NACIÓN Y NACIONALISMO oralidad (o lo que se supone como tal) con la escritura, ampliando así la comunidad lingüística y extendiéndola en el plano literario a una comunidad de la nación de fuerte connotación rural. En las primeras décadas del siglo, se produce una institucionalización y profesionalización de la crítica literaria como actividad distinta y regular. Son años en que la crítica de mayor visibilidad ejerce un rol magisterial en el perfil y canonización de una literatura nacional. Nos referimos, entre otros, a Emilio Vaisse, Armando Donoso e Ignacio Silva. Emilio Vaisse (1860-1935), sacerdote francés avecindado en Chile, colaboró con El Mercurio desde 1906 hasta 1930, y fue el primer critico oficial de periódico, inaugurando un espacio crítico regular, que más tarde sería continuado por Alone y por Ignacio Valente. Admirador de Charles Maurras y de la monarquía, ejerció un magisterio crítico y pedagógico en pro del regionalismo y del nacionalismo literario con el seudónimo bíblico de Omer Emeth ("yo soy el que dice la verdad"). A través de su columna fustigó duramente a los autores que se inclinaban por "tendencias extranjerizantes". A "Los Diez" los calificó como decadentes, no es casual que Pedro Prado haya recurrido en Alsino (1920) a una envoltura criollista para precisamente ir más allá de esa dimensión vernácula. Omer Emeth frente al grupo de Los Diez les opone como modelo a Víctor Domingo Silva 32. Refiriéndose al libro Las mejores poesías de Víctor Domingo Silva, lo contrapone a los que "escriben en jerga esotérica", y dice, es el poeta "de la Raza, de la Bandera, del Pueblo, de la Juventud y del Niño. ¡Con que lirismo canta a su raza!" 33. Espíritu conservador y enciclopedista 34, Omer Emeth calificó algunos aspectos del modernismo como próximos a la pornografía. Fue enemigo acérrimo de las vanguardias: "el romanticismo -escribía en 1927-ha ido a parar en simbolismo, el simbolismo en decadentismo, el decadentismo en futurismo, el futurismo en dadaísmo, el dadaísmo en superrealismo y éste en la nada pura y simple, en el cero literario, en la necedad" 35. Como crítico, patrocinó y consagró a los escritores criollistas, regionalistas o mun-donovistas, entre otros a los prosistas Federico Gana, Mariano Latorre, Fernando Santivan, Eduardo Barrios, Rafael Maluenda, Ernesto Montenegro, Joaquín Díaz Garcés, y a los poetas Samuel Lillo, Diego Duble Urrutia, Carlos Pezoa Véliz y Víctor Domingo Silva. En 1921 Emilio Vaisse junto a Julio Vicuña Cifuentes organizan un concurso de novela en El Mercurio. La convocatoria, redactada por Vaisse, busca establecer una literatura canónica de lo nacional: "Los temas y su desarrollo deberán -dice-ser tales que puedan encarnar el espíritu nacional, de suerte que se pueda decir que se incorporan por su esencia y no solamente por la nacionalidad de los autores, a la literatura chilena" 36. Entre 1912 y 1916, a pesar de tener ideas liberales, colaboró en el Diario Ilustrado, donde tuvo a su cargo la sección los "Jueves Literarios", en la que llevo a cabo una encuesta acerca de si la literatura chilena debía perseguir un fin de chilenidad, y sobre los escritores nacionales más leídos. Realizó notas críticas sobre literatura europea y chilena. Fue uno de los críticos y comentaristas literarios más prolíficos e influyentes de su época, además publicó estudios que tuvieron gran repercusión en el ámbito literario, entre otros, el libro Los nuevos (1913). A diferencia de Emilio Vaisse su postura frente al modernismo fue más templada, defendió a Rubén Darío y a un modernismo nacionalista, pero no a los excesos modernistas. A través de sus reseñas y críticas ejerció un prolongado magisterio nacionalista y americanista, propiciando una literatura auténtica y original 38. Además de los críticos literarios reconocidos como tales, varios pedagógos, escritores y críticos ocasionales promovieron una estética vernacular. En 1907 el profesor Julio Saavedra, dictó una conferencia con el título Nuestro Idioma Patrio, en que abogó por "la expansión del alma chilena a través de la literatura y el lenguaje". La educación nacional -dijo-a través del ramo de Idioma Patrio debe BERNARDO SUBERCASEAUX prestigiar la literatura y el dialecto chilenos, fomentando por medio de tolerancias linguísticas y de un criterio más respetuoso, el libre desarrollo del idioma nacional" 39. Misael Correa, en la revista Sucesos (1919), señala como parámetro que la literatura "debe perpetrar los tipos de una raza y la mentalidad de una época", alejándose de los poetas "que imitan copian o se encajonan servilmente en el último modelo europeo". Mariano Latorre rescatando a Carlos Pezoa Véliz y Carlos Acuña, los califica de "poetas verdaderos" que "sin contagiarse de bohemios parisinos, cantaron el alma de la raza... no sólo recuerdo del campo o su visión objetiva... es algo más, es la interpretación psicológica de los aspectos del pueblo chileno" 40. Los antologadores de Selva lírica (1917), el estudio y antología de poesía más importante de las primeras décadas, Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya 41, refiriéndose a Samuel Lillo, Diego Dublé Urrutia, Carlos Pezoa Véliz, Víctor Domingo Silva y Antonio Orrego Barros, los destacan porque "se desentienden de las teorías francesas, porque sienten bullir las venas de su sangre de chilenos e impulsados por un virtuoso amor a la patria, evocan las tradiciones heroicas de nuestra raza, psicologan los gestos nobles y altivos de nuestro pueblo y encauzan en sus poemas macizos y armoniosos la alegría y la pena de los sufridos moradores de las pampas, las minas" y los campos. En 1910 Ignacio Silva publicó el primer estudio o recopilación más o menos sistemática de autores chilenos hasta la fecha: La novela en Chile. La obra se divide en tres partes, la primera alude a novelas de autores chilenos, la segunda reseña cuentos y artículos que el autor llama "de costumbres", la tercera es un índice de autores y nombres. El autor se propone mostrar que "poseemos una literatura propia y peculiar de nuestro ambiente". Los conceptos claves son "literatura propia" y "literatura nacional", se lamenta de la copia de la literatura europea, el nacionalismo es la concepción subyacente de su análisis y recopilación. En un par de comentarios críticos la idea de una literatura auténticamente chilena aparece mas como un desideratum que como una realidad, incluso hay expresiones que tienden a negar la hegemonía y vigencia del nacionalismo literario 42. La mejor prueba de esta hegemonía está sin embargo intertextualizada en la propia literatura. En La sombra inquieta (1915), novela de Hernán Díaz Arrieta, de hálito modernista, cuando Magdalena, la musa que inspi-ra al narrador, alaba Páginas chilenas de Joaquín Díaz, el narrador se sorprende y le dice: "¿Se ha convertido usted a la literatura nacional? La sorpresa y la pregunta del joven narrador (que en la novela exhibe una sensibilidad de corte espiritual y antinaturalista) implica que el nacionalismo literario era percibido entonces como una sensibilidad dominante y canónica. Como contrapunto, en la novela de Joaquín Edwards Bello, El roto (1920), hay, como ya señalamos, una deconstrucción irónica del nacionalismo predominante. Por último en Alsino (1920), de Pedro Prado, la instalación de un contenido simbolista en un molde vernacular, con el objeto de trascender el criollismo e ir más allá de él, constituye también una clara manifestación de las preferencias del período, y de cómo algunos escritores que como Pedro Prado, se identificaban más bien con las pulsiones vanguardistas o simbolistas, tuvieron que recurrir a la estética vigente. A mayor abundancia, dos encuestas ratifican el predominio del nacionalismo literario en la época, una llevada a cabo por El Diario Ilustrado, en 1913 y otra por la revista Zig-Zag en 1918, dedicada específicamente a la poesía. En esta última, Daniel de la Vega, vate que aborda la nostalgia por el terruño y la provincia con una estética tardoromántica, alcanza el primer lugar, seguido de Víctor Domingo Silva, ambos más que doblan en votos a Gabriela Mistral, en cuanto a Huidobro y De Rhoka, que ya habían publicado poemas, ni siquiera figuran en las preferencias. Del conjunto de diarios y revistas que hemos examinado se colige, entonces, que en las primeras décadas la crítica y los comentarios literarios valoran y destacan a los poetas y narradores vernaculares. A sus obras se las califica de "obras nacionales", que "rescatan los tipos y el alma del pueblo", "que tienen un sonido auténtico a patria y chilenidad", que "cantan al paisaje local y a la provincia", que "están imbuidas de amor a la patria", que "llevan el sello de la tierra y de la raza", "son chilenas hasta la médula" y en ellas hay una "intuición del alma nacional", son "poetas -se dice-auténticamente chilenos para quienes Chile existe realmente". Se trata de comentarios exaltados, algo retóricos en la adjetivación, permeados ellos mismos de los tópicos y cliches propios del nacionalismo. Sin embargo este magisterio crítico contribuyó a crear una literatura canónica consagrando una narrativa de la nación con autores y modelos, resignificando en la ruralidad y lo popular la identidad y el imaginario nacional.
La Historia sabe de muchos más ejércitos arruinados por la necesidad y el desorden que por los esfuerzos de sus enemigos». Posiblemente, ño se puede encontrar a nadie más capacitado para explicar de una forma sencilla la esencia de la logística que un ama de casa normal y corriente. En su ajetreado quehacer diario, el ama de casa, para resolver los variados problemas que plantea el vivir de cada día, tiene que planear, programar y realizar ese conjunto de actividades que hemos dado en llamar logística, y que a nivel doméstico reproducen fielmente, de una manera no siempre elemental, el entramado sistemático y complejo en que se ha convertido hoy en día este «arte sin gloria», cuya importancia ha sido siempre decisiva para ganar las guerras. Cualquier gestor logístico, al igual que cualquier ama de casa, debe enfrentarse desde el inicio de su trabajo con una serie de problemas ñmdamentales que se derivan, realmente, de una cuestión clave: cubrir las necesidades de la organización, o de la familia, partiendo del hecho cierto de que, con los recursos de que dispone, no puede atender a todas las que serían deseables. ¿Cómo hacer frente a todas necesidades de un hogar, o de un Ejército, con los limitados recursos de un salario, o de un presupuesto?. En otras palabras, ¿qué es lo imprescindible, lo necesario y lo accesorio? Es la eterna cuestión de saber distinguir entre POSIBILIDAD y NECESIDAD, cuya única solución consiste en identificar, determinar y clasificar los recursos siguiendo un orden de prioridades. La determinación de prioridades es, pues, el concepto que está en el origen de toda planificación logística, y se aplica a todos los niveles; allí donde existen unas necesidades que satisfacer, desde la célula que podríamos considerar elemental -el hogar-hasta la organización más compleja que podamos imaginar, los problemas prácticos para resolver las cuestiones logísticas siempre serán los mismos, y tendrán como denominador común el desequilibrio constante entre el volumen de necesidades a satisfacer y las posibilidades de atenderlas. Llegados a este punto, cabe preguntarse qué es lo que entendemos por Logística, cuál ha sido su evolución a través de los tiempos, qué estructura o estructuras ha ido adoptando para adaptarse a las épocas y a las circunstancias y en qué situación se halla, en el Ejército español, en estos momentos. Esa es la finalidad de este trabajo, que no pretende profundizar excesivamente ni entretenerse en los detalles, sino intentar ofrecer a los lectores un panorama que de algún modo les acerque a la teoría y a la realidad de la Logística, les muestre la importancia decisiva que tuvo en el pasado y que tiene en el presente, y les plantee los principales problemas a los que debe hacer frente. El hombre, fundamento de la actividad logística «En los ejércitos hay dos cosas muy distintas, una que se ve y otra que no se ve, que es la más importante, de la cual prescinden por completo los profanos. Componen la primera los hombres. formados en batallones, escuadrones y baterías, con su vestuario, equipo y armamento; la segunda, los elementos para alimentar, vestir y municionar al soldado mientras se halle en estado de pelear, para cuidarle y asistirle cuando cae herido o enfermo y para reemplazar las bajas que sobrevengan en las filas, a fin de que la campaña no termine por falta del número necesario de combatientes» La Doctrina para el Empleo de la Fuerza Terrestre define la Logística como la «rama del Arte Militar que planifica y ejecuta las actividades necesarias para constituir y sostener las fuerzas, en los lugares adecuados y en los momentos oportunos, en orden al cumplimiento de su misión». Esta definición, en su brevedad conceptual, encierra un vastísimo campo de acciones de todo tipo, programadas y realizadas El desafío de la logística a todos los niveles, que afectan a todos los recursos y energías, empezando por los más fundamentales, que son los recursos humanos. En efecto, «constituir fuerzas» es, ante todo, dotarlas de personal. El factor primario de cualquier fuerza militar son los hombres que la componen (hoy día, los hombres y las mujeres), en cualquier nivel de mando y actividad. Vamos a ver qué procedimientos han sido empleados, a lo largo de los tiempos, para satisfacer esta necesidad. Desde los albores de la Historia, con la aparición de las primeras ciudades sumerias, ha existido lo que se ha dado en llamar la «casta de los guerreros», expresión del poder del príncipe reinante y elemento de coerción hacia cualquier potencial oponente, interior o exterior. Es claro que, en sus orígenes, el sustento militar de cualquier líder surge de su clan familiar, del núcleo de sus afines, dado que está en el principio del poder que nace del predominio de un clan, de una familia, sobre las demás. El entramado de relaciones que surgen entre el poderoso y los que le rodean incluye, como factor de capital importancia, el apoyo armado de éstos a cambio del favor de aquél frente a otros competidores económicos o sociales. Un apoyo prestado en principio a título personal y, luego, ampliado al conjunto del clan y de los sirvientes y esclavos. La constitución de Estados, primero en el ámbito de la ciudad y luego, por la expansión y la conquista, en el ámbito de espacios territoriales más amplios, lleva consigo un aumento de la necesidad de hombres de armas y, lo que es más, de la especialización de éstos. El paso a la Edad del Bronce, y de ésta a la del Hierro, suponen cambios tecnológicos trascendentales que llevan consigo cambios en la estrategia y en la logística de las organizaciones militares. Se necesitan más hombres, más medios de transporte, más especialistas en las nuevas técnicas de fabricación de armas y pertrechos. La obtención de combatientes y, en general, de todo el personal necesario para la organización, son factores claves del poder militar. En la antigua Grecia, democracia y sentido nacional son el embrión de los primeros ejércitos organizados. En la democrática Atenas, en Beocia, en Argos, en la militarizada Esparta, la dureza de la instrucción en el orden de batalla, la existencia de magníficos generales, la organización avanzada de sus tropas, y el sentido cívico y patriótico de sus soldados son las claves de sus resonantes éxitos frente a la masa desorganizada de los persas. Pero esa organización era también el resultado de un conjunto de actividades logísticas que eran capaces de constituir y mantener ejércitos aguerridos, disciplinados y bien ar-mados. Es famoso el dicho espartano de «las murallas de Esparta son los pechos de sus ciudadanos», pero con sólo esos valientes pechos Esparta no habría conseguido mantenerse largo tiempo como potencia hegemónica en Grecia; en realidad, ese temible poder militar nacía de una filosofía nacional que hacía soldados' a los espartanos desde su nacimiento. A la avanzada estructura social, que opone ejércitos motivados y organizados frente a masas a menudo famélicas y arrastradas a la guerra contra su voluntad y sin ninguna motivación ni preparación, está el origen y la clave de los éxitos no sólo en las Guerras Médicas, libradas al fin y al cabo en suelo y en aguas griegas, sino en las expediciones de Alejandro en Asia y la subsiguiente creación de su vasto imperio helenístico. De ahí un primer principio perfectamente aplicable por cualquier gestor: un combatiente bien entrenado y motivado es infinitamente superior a otro reclutado a la fuerza. Roma dio, ya desde sus orígenes, gran importancia a la generación y regeneración de recursos humanos. Sólo una portentosa organización pudo oponer a Aníbal cuatro ejércitos de 40/50.000 hombres, que fueron derrotados sucesivamente en Tesino, Trebia, Trasimeno y Cannas. Al final, tras dieciséis años de lucha en territorio italiano, el genio cartaginés hubo de retirarse, incapaz de vencer a una nación cuyos jefes militares no eran ni siquiera elegidos en función de su pericia níiilitar, sino de intereses políticos de partido. No cabe ninguna expansión sin superioridad política, económica y social sobre la población del territorio a ocupar, que se traducen en una mejor organización logística y, por tanto, en una superioridad militar. Esa es la clave de la constitución y el desarrollo de los imperios que se han sucedido a través de los siglos, así com.o su hundimiento ha sido el efecto de una pérdida de la capacidad para mantener lo conquistado, muchas veces debida al agotamiento demográfico y de recursos producido por la misma expansión. En todo caso, hasta la Revolución Francesa, las condiciones de las campañas no hicieron posible, en la mayoría de los casos, la constitución de grandes ejércitos. La «nacionalización» de la guerra trajo consigo los ejércitos de centenares de miles, de millones de hombres; los ejércitos profesionales de la Edad Moderna dieron paso a grandes masas, a grandes guerras y a grandes pérdidas. Esta situación -efectivos numerosos, gastos de defensa importantes e industria militar autosuficiente en lo posible-ha caracterizado toda la postguerra prácticamente hasta la caída del muro de Berlín. El desafío de la logística El final de la Guerra Fría y la consiguiente presión social para disminuir efectivos y gastos por un lado, y la creciente necesidad de personal especializado para atender a materiales y tareas cada vez más complejos por otro, han impulsado con fuerza un nuevo ciclo de profesionalización, que se extiende por el mundo desarrollado y que acabará por alcanzar aún a los más reticentes. Las misiones de paz son en estos momentos un nuevo incentivo para la captación de recursos humanos, pues implican una oferta que conjuga, a un tiempo, aventura y solidaridad; en definitiva «un estilo de vida denso y dinámico», como preconizaba hace unos años el Ejército francés en sus folletos de captación de profesionales. Además de la obtención y gestión de los recursos humanos, las grandes áreas de la Logística son las relativas al abastecimiento a las Tropas de todo cuanto necesitan; el mantenimiento en condición tanto de los combatientes como del material y equipo; el transporte, y, por último, la infraestructura necesaria para estas actividades. De todo ello trataremos a continuación. «El punto más vulnerable de cualquier fuerza está ubicado en el área administrativa, su sistema de abastecimientos, sus bases y lineas de comunicación. Allí es donde resulta más fácil producirle un colapso, por ser su lugar más débil. Esta debilidad se ha incrementado con el progreso técnico». El abastecimiento de las fuerzas ha constituido siempre el problema fundamental y decisivo para iniciar una campaña y para culminarla con éxito. El abastecimiento abarca a todos los recursos necesarios para las operaciones-víveres, equipo, municiones, vehículos, etc. que deben ser puestos de manera continua a disposición de las tropas para que éstas puedan satisfacer de forma permanente sus necesidades. Al ser el abastecimiento consustancial a la misma esencia de la guerra, sus leyes han dictado las de ésta desde el principio de los tiempos. En la Antigüedad, era perentorio llevar la guerra a territorio enemigo para vivir a costa del adversario, y calcular el inicio y la duración de la campaña para que ésta tuviera lugar precisamente cuando ese territorio enemigo tuviera recursos que ofrecer al ocupante. Se imponía el movimiento continuo del ejército, que se podía considerar como un enorme depredador devorando con avidez cuanto encontraba a su paso. La primera operación de abastecimiento a llevar a cabo es la determinación de los recursos que se precisan, siendo el paso siguiente la obtención de los mismos. Hay una obtención inicial, para satisfacer las necesidades de los primeros momentos de la campaña, y una acumulación de los recursos obtenidos de acuerdo con las previsiones efectuadas. Realizada la acumulación, y una vez iniciadas las operaciones, los recursos deben llegar puntual y continuamente a sus usuarios, donde quiera que se hallen y en cualquier situación; de lo contrario, el ritmo previsto tendrá que ralentizarse o habrá que detener las fuerzas. Así pues, los mandatarios de todos los tiempos, y sus generales, han debido tener muy en cuenta todas las operaciones de abastecimiento a la hora de determinar el número y la composición de las tropas; la estructura de las Unidades, los movimientos del ejército y la duración de las campañas. Las experiencias acumuladas a través de los siglos se plasmaron en el nacimiento de Unidades adaptadas no sólo a las circunstancias tácticas sino también a las logísticas, como la Legión romana, el Tercio en la España imperial y la División en la Francia napoleónica. En 1567 Don Fernando Alvarez de Toledo, Duque de Alba, marchó hacia Flandes con tres Tercios de Infantería de unos 3.000 hombres cada uno y una Caballería compuesta por 1.500 jinetes. Los recursos que ésta relativamente pequeña fuerza transportaba en sus trenes de bagajes y la organización de compras y almacenes que existía a lo largo de su camino, tanto al atravesar territorios del imperio como a través de países aliados, permitieron al ejército del Duque llegar a sus destino y desplegar en él. Una vez asentado en el territorio de los Países Bajos, ricos y capaces de mantener fuerzas de superior entidad, los efectivos imperiales ascendieron a decenas de miles de hombres. Ello puede dar una idea de la longitud y extensión de los recursos que las tropas arrastraban con ellas. En la guerra de los Treinta Años, los ejércitos del rey sueco Gustavo Adolfo y del general imperial Wallenstein llegaron a sumar más de cien mil hombres cada uno. Ello supuso la devastación y el hambre en extensas regiones de Europa Central, obligadas a mantener a sus expensas grandes masas de hombres y ganado que además, y sobre El desafío de la logística todo en el caso de los suecos, precisaban moverse continuamente para no perecer de hambre, extendiendo con ello la devastación. Los ejércitos, como gigantescos estómagos, se movían acuciados por su necesidad de subsistir más que por cualquier otra consideración estratégica. Como bestias errantes, recorrían comarcas que necesitaban, tras su paso, un tiempo considerable para recuperarse, por lo que estaban también obligados a no pasar, al menos con determinada frecuencia, por los mismos lugares. Los asedios, que significaban penalidades y sufrimientos para los sitiados, suponían una fuente no menor de problemas para los sitiadores, que esquilmaban la región circundante a la plaza sitiada y, una vez agotados los recursos de aquélla, debían desplazarse cada vez a mayor distancia de su campamento para obtenerlos. Todas estas consideraciones mantuvieron casi inalterables el ritmo y la duración de las campañas durante mucho tiempo. Podría decirse que, desde Aníbal hasta Napoleón, el problema era fundamentalmente el mismo y la solución que se le daba, por unos y por otros, también. Vivir sobre el terreno, llevando consigo sólo una pequeña parte de lo necesario, devastar las comarcas, requisar y recolectar, y dar por finalizadas las operaciones cuando no se podía mantener el ejército por más tiempo. Napoleón, sin abandonar ningún principio previo, significó no obstante un cambio sustancial. Sus ejércitos no eran de decenas de miles, sino de centenares de miles de hombres. Había que moverse en orden disperso, para vivir, y acumular las masas para combatir y obtener rápidamente la victoria. La División retomaba el camino de la legión y del tercio. Marchando ordenadamente, por uña red viaria mucho más densa que las de la Antigüedad, en la rica Europa, los ejércitos napoleónicos pudieron sostener varias cam.pañas en espacios temporales relativamente cortos. Pero cuando la duración se alargó, o las condiciones del abastecimiento se incrementaron (como en Rusia), la campaña terminó en desastre. Al parecer, una de las causas de la rápida extensión de las hostilidades contra los franceses a partir del 2 de Mayo fue la rabia acumulada por las continuas requisas y extorsiones del ejército francés a la población española desde su entrada en España como «aliados». En ocasiones los estrategas han tendido a subestimar el problema del abastecimiento que, como puede comprenderse, está íntimamente ligado al del transporte, que trataremos más tarde. No es difícil imaginar el agobio de los responsables logísticos ante la magnitud de los problemas que se les presentan: una fuerte centralización logística puede crear numerosos problemas en la parte más baja de la escala -^las Pequeñas Unidades-y una excesiva descentralización puede generar un amplio desorden y la pérdida o inutilización de numerosos recursos. Frecuentemente, además, no se ha tenido en cuenta que la misma marcha de las operaciones plantea problemas adicionales. En la primera Guerra Mundial, los recursos logísticos no pudieron seguir al Ejército Alemán en Francia; otro tanto ocurrió en la Segunda, cuando Guderian avanzó a mayor ritmo del previsto. Resultado: detenciones forzadas y pérdida del ritmo de avance. El problema logístico del abastecimiento es, por tanto, extremadamente complejo y difícil, es permanente en su esencia y cambiante con la situación, exige centralizar y descentralizar alternativamente la organización, los medios y el despliegue y, desgraciadamente, no siempre o, mejor dicho, casi nunca, le es posible seguir el ritmo de las Unidades más rápidas, por lo que necesita mayores dosis de previsión y cálculo. Mientras el estratega o el táctico diseñan sus alternativas, el logístico debe estudiar muy proñmda y concienzudamente el teatro de operaciones, su estructura económica, la magnitud y naturaleza de sus recursos, sus vías de comunicación, las estructuras urbanas y las características de la población, y la influencia que las operaciones tendrá en todo ello. Deberá a continuación «enlazar» ese teatro con el territorio nacional, sea colindante o no, de forma que la corriente de recursos entre ambos sea fluida y continua, y no sufra cortes totales o parciales que tengan consecuencias graves en la campaña. Tendrá que DETER-MINAR, OBTENER, ACUMULAR y MOVER recursos en ambos espacios, el nacional y el del teatro de operaciones, y entre los dos, aprovechando al máximo las comunicaciones y teniendo en cuenta las características de todos los medios posibles de transporte. Esto le llevará muchas veces a decir «no es posible» al estratega cuando éste proponga sus opciones, y a veces sus observaciones abrirán incluso nuevas perspectivas estratégicas. Un ejército, como un ser vivo, está continuamente consumiendo, y la obligación del logístico es de proporcionarle lo necesario, a mayor ritmo y en mayor volumen si el esfuerzo bélico es mayor, teniendo en cuenta que las mejores previsiones y los cálculos más ajustados pueden venirse abajo en cualquier momento, por lo que debe tener siempre a su disposición un abanico de alternativas. Hoy día, las características de la guerra y de los materiales han multiplicado las exigencias logísticas y han puesto de manifiesto que ningún país, excepto quizá los Estados Unidos de América, puede enfrentarse por sí solo a los problemas de abastecimiento que su propio El desafío de la logística Ejército plantea. Se impone, pues, unir fuerzas y compartir recursos. No es previsible actualmente un conflicto en el ámbito territorial de la rica y estable Europa del Oeste, por lo que el campo de acción de sus Fuerzas Armadas se ha trasladado, como en el pasado colonial, al exterior de sus fronteras, y el cambio de la misma esencia de la guerra-que ha perdido incluso su nombre en beneficio de otros como tensión, conflicto o crisis-ha propiciado que a la antigua y cruel devastación hayan sucedido otros conceptos, como el de «nación anfitriona», que proporciona recursos no imprescindibles a su población, contribuyendo al esfuerzo bélico y saneando, en algunas ocasiones su economía. En el conflicto del Golfo, la Arabia Saudita proporcionó puertos, aeropuertos y colaboración a la organización de los movimientos de las fuerzas aliadas, suministró carburante y agua potable, y contribuyó a la alimentación y a proporcionar medios de transporte. De la importancia de esta colaboración da idea el hecho de que, contando con la misma, la División DAGUET, enviada por Francia al teatro de operaciones, recibió del territorio nacional 83.000 toneladas de recursos, 20.000 de ellas de municiones, y que sus Unidades Logísticas distribuyeron 12.000 metros cúbicos de carburante, 250 metros cúbicos diarios de agua y trataron diariamente 20 toneladas de correo. Un territorio extenso, bien comunicado, que permita desplegar adecuadamente los recursos necesarios en frente y profundidad y -cruzando los dedos-una campaña corta, es lo mejor que puede desear un logístico. Volviendo a la División DAGUET (16.000 hombres y 4.000 vehículos sobre el terreno) la organización específica de los abastecimientos se hizo a partir de las siguientes zonas geográficas de despliegue (CROQUIS if 1). • TOLÓN: Puerto de embarque en Territorio Nacional. • RIAD: Base de Transporte Aéreo y escala aérea principal. • AL ASHA: Base Aérea de Combate. • CAMPO DEL REY KHALED: Zona de Depósitos Terrestres. • NORTE DE ARABIA SAUDITA: Zona de Apoyo Logístico Avanzado • BASE DIVISIOANRIA:. Logística Orgánica Divisionaria en la zona de despliegue de la División DAGUET. Todo ello, con unas distancias logísticas de unos 4.000 Km. (7 días de tránsito marítimo) de TOLÓN a YAMBU, y de 1.600 Km (8 días de tránsito terrestre) de YAMBU a la Zona de despliegue de la División DAGUET y de la Base Aérea de AL ASHA. CROQUIS 1 La guerra del Golfo, con los problemas logísticos que planteó, no hizo más que hacer más perentoria la necesidad de realizar cambios estructurales y de abordar cuanto antes la determinación de una «logística de proyección» que fuera capaz de abastecer, en un ambiente multinacional, a fuerzas desplegadas en zonas de conflicto alejadas de la metrópoli. «El mantenimiento debe ser similar en cantidad y calidad al que disponga el enemigo». Todo el material, armamento, equipo, medios de transporte, máquinas de Ingenieros, etc. que las tropas precisan para vivir y combatir, debe funcionar continua y adecuadamente, y para ello debe ser mantenido en las mejores condiciones. Sin mantenimiento no hay continuidad, y sin continuidad no hay campaña posible. Una parte importante de los recursos que deben llegar de forma fluida al teatro de operaciones, y a las Unidades, está compuesta de repuestos y piezas de todas clases El desafío de la logística para mantener en uso el material. Desde las pequeñas Unidades de vanguardia a las grandes Bases Logísticas del interior del Territorio Nacional, la actividad de mantenimiento es incesante, y su importancia, crucial: todo lo que vive o fìmciona-hombres, animales, carruajes, armas, en otro tiempo; hombres, máquinas, vehículos, armas en la actualidadprecisa de cuidados, con tanta.más especialización cuanta más sea su complejidad. Ni que decir tiene que el problema del mantenimiento ha adquirido en nuestros días proporciones de gran magnitud, que crecen exponencialmente con los avances de la tecnología. Si desde el inicio de la mecanización, las dificultades del mantenimiento del material dispararon el número de quebraderos de cabeza de estrategas y logísticos, en la actualidad su importancia es tan absolutamente crucial que marca la diferencia no ya entre la victoria y la derrota, sino entre la posibilidad y la imposibilidad de la guerra. En el mundo de intensa relación en que vivimos, la procedencia nacional del material militar no abarca, ni mucho menos, al conjunto del mismo. Solo grandes naciones pueden adoptar una política de Defensa que mantenga la mayor parte de sus fuerzas militares armadas y equipadas con material nacional -caso de Francia-pero ello lleva consigo limitaciones y carencias, sobre todo desde el punto de vista cualitativo, por que nadie es capaz de tener, en todo, lo mejor del mercado; solo una parte del equipo militar que una nación produce tiene como destinatario único a sus Fuerzas Armadas; el resto se exporta. Es el caso de los Estados Unidos, la antigua Unión Soviética, Francia, etc.; la industria de Defensa es un importante pilar de la economía nacional y, al mismo tiempo, un eficaz arma de acción política y diplomática. Todo ello lleva a la consideración práctica del problema que plantea la procedencia y diversificación del material a mantener. A más diversidad, mayor dificultad, incluso si el material es nacional y, por tanto, relativamente fácil de obtener. Pongamos un ejemplo: los camiones. Imaginemos que en un determinado Ejército existen cinco tipos: tres de procedencia nacional, y dos de procedencia extranjera. Al cabo de diez años la producción de los cinco tipos de que disponemos ha evolucionado, de forma que los que se producen difiere, en mayor o menor medida, de los que poseemos. ¿Qué hacemos para disponer de piezas de repuesto? ¿Habremos debido adquirir un stock de los modelos antiguos o esperar que, al cabo de diez años, las empresas suministradoras mantengan las mismas piezas? ¿Es mejor comprar una gran masa de vehículos cada cierto número de años, con lo que al cabo de los años estarán obsoletos con relación a los que se fabrique en ese momento, o establecer un plan anual de adquisiciones renovando periódicamente el parque? Este problema, y muchos otros de este tipo, se plantçan a los logísticos desde hace muchos años. Por definición, un ejército tiende a utilizar el material del vencido si la campaña debe continuar, con lo que economiza o refuerza su propio material. En la Primera Guerra Mundial, y en la Segunda, el Ejército Alemán utilizó vehículos de los países ocupados que pronto comenzaron a plantear problemas de mantenimiento. La diversidad del parque, que al principio proporcionaba las ventajas del número, multiplicaba más tarde los problemas, agravados porque, no conviene olvidarlo, el mantenimiento está ligado no sólo a las instalaciones y herramientas necesarias para el mismo, sino a los especialistas que deben realizarlo. Como norma general, los tácticos han procurado organizar y mantener al completo las Unidades de combate, dejando «históricamente» las sobras a la Logística. Durante décadas, en toda Europa, la Logística «no se trataba». No es de extrañar que, al comenzar el siglo XX, y pese a las negativas experiencias anteriores, las campañas comenzaran con grandes movimientos estratégicos y tácticos «reales», seguidos de grandes movimientos logísticos «calculados», con lo que a las primeras de cambio comenzaban a descoyuntarse las previsiones realizadas. Si ello es extremadamente grave con el abastecimiento y el transporte, no lo es menos con el mantenimiento, sobre todo cuando no se ha comenzado la campaña con el número de especialistas necesarios. En ambas Guerras Mundiales, hubo que recurrir, de forma creciente, a especialistas civiles para hacer frente en lo posible, a las dificultades que surgían. Eso es ahora extremadamente difícil. Por un lado, están las enormes distancias al teatro de operaciones y las condiciones de éste; por el otro, la sofisticación del material actualmente existente, sin olvidar que la militarización de personal civil es un paso grave que sólo circunstancias muy excepcionales en las que esté en juego la supervivencia nacional harían posible. Diversidad de los materiales y de su procedencia, necesidad de especialistas, instal'aciones y herramientas...Como en el caso de los abastecimientos, se impone, por la fuerza de los hechos, la multinacionalidad. Es preciso un detallado despliegue en profundidad de órganos de mantenimiento, y un número adecuado de especialistas desde la vanguardia a la retaguardia, un abanico suficientemente amplio y dotado de repuestos, una corriente fluida de éstos hacia delante, y de El desafío de la logística material a reparar hacia atrás. Y, sobre todo, el cuidado de los responsables de las decisiones de adquisición de material en no crear caprichosamente un arsenal militar variopinto, diverso, y, sobre todo, imposible de mantener. De nada sirve poseer el armamento y el material más moderno, si no se es capaz de mantenerlo en perfectas condiciones de empleo, o no se dispone de los especialistas necesarios para repararlo, o no se han adquirido las piezas de repuesto suficientes, o no se ha organizado su distribución rápida y eficaz a los usuarios. «Cuanto más conozco la Guerra más me doy cuenta de que todo en ella depende de la administración y del transporte. Poca habilidad o imaginación son precisos para determinar a donde queremos llevar nuestro Ejército y cuándo; hace falta, por el contrario, mucha sabiduría para determinar donde podemos situar nuestras fuerzas, y si podemos mantenerlas allí». El abastecimiento y el mantenimiento están indisolublemente unidos a los medios y vías que permiten moverse los recursos, es decir a los transportes. La organización del movimiento de los recursos es tan importante como ellos mismos. de Infantería como de Artillería, era relativamente bajo en tiempos de combate a corta distancia y llegada rápida al cuerpo a cuerpo. Con el tiempo, las necesidades de transporte se acrecentaron al aumentar también-sobre todo a partir de la guerras napoleónicas-el volumen de los ejércitos, y en ellas la preocupación por encontrar y utilizar vías no sólo más numerosas sino también diferentes de aquéllas que utilizaban las tropas. El ferrocarril vino a satisfacer en gran medida la necesidad de transportar grandes masas de tropa y recursos más rápidamente a gran distancia, pero trajo una dificultad adicional: las vías hacia el frente eran escasas-a veces una vía única-por lo que era preciso transportar hombres y material por el mismo medio y, muchas veces, por el mismo camino, con los tapones, aglomeraciones de organización y, en definitiva, desorden resultante. Añádase a ello que la carga y descarga de trenes precisa de suficiente espacio y condiciones en las estaciones y paradas, y que se está siempre sujeto a destrucciones, para hacerse una idea del cúmulo de dificultades que podría amontonarse en las mesas de los responsables del transporte. Los grandes estrategas europeos siempre fueron conscientes de la importancia de una eficaz organización del transporte no sólo para ganar, sino incluso para mantener vivos a los ejércitos. Cada medio de transporte tiene sus características, es decir, sus ventajas e inconvenientes, por lo que el responsable de los transportes del ejército debe combinar todos ellos de forma que se pueda obtener el máximo rendimiento del conjunto. Una vez más, surge el dilema entre centralización y descentralización, y el arte de combinar ambas. Una excesiva centralización es frecuente causa de mal empleo, pérdida e inoportunidad en el abastecimiento de tropas, material y repuestos, y la excesiva descentralización puede, del mismo modo, desorganizar el sistema, al producirse, con toda probabilidad, un desequilibrio en las prioridades. La mayor capacidad de transporte de los medios actuales, y la irrupción del transporte aéreo estratégico, ha hecho posible el desplazamiento, en un tiempo relativamente corto, de ingentes efectivos humanos y grandes cantidades de recursos de todas clases a considerables distancias; la Guerra del Golfo fue todo un ejemplo de ello. No hay que olvidar, sin embargo, que nadie hostigó a las fuerzas aliadas ni durante su transporte, ni en su despliegue, ni durante la acumulación, transporte y despliegue de todo lo que necesitaba para operar, que el territorio ocupado era el de un país aliado que abastecía, además, de algo tan esencial como los carburantes y el agua, y que el bando El desafío de la logística aliado disponía de una superioridad tecnológica abrumadora sobre el adversario, que le permitía una capacidad de gestión muy superior a la de éste. Hoy por hoy, la escasa capacidad de transporte estratégico es el confesado talón de Aquiles de los países europeos occidentales, siempre necesitados del apoyo norteamericano en este ámbito. La autentica credibilidad militar de la Unión Europea como potencia mundial, dependerá en el futuro del esfuerzo de todos sus países miembros para dotar a sus ejércitos de esta capacidad en grado suficiente para que Europa pueda mover sus Unidades multinacionales allí donde los intereses europeos, que no siempre coincidirán con los norteamericanos, necesiten de su acción. las nuevas necesidades individuales de los soldados de hoy, acostumbrados a ciertas comodidades que las antiguas instalaciones no pueden ofrecerles. La Infraestructura, en suma, ha evolucionado al ritmo de las nuevas exigencias sociales, del mismo modo que lo ha hecho la Logística en su conjunto, y esa evolución es permanente, como lo es el contexto social en el que vive, de modo que es una actividad sin fin, que sólo admite detenciones en las épocas de conflicto. Durante muchos años, singularmente durante los largos años de la guerra fría, la infraestructura se pudo considerar frmcionalmente una actividad de «tiempos de paz», en el sentido de que, en tiempo de guerra y de suficiente movilización, se habilitaba la infraestructura civil necesaria para acoger a las masas de hombres y medios movilizados y se aprovechaba la existente en territorio eneroigo. Hoy día, la proyección de Unidades a gran distancia del propio territorio plantea los problemas de infraestructura desde otros puntos de vista. En ocasiones, la infraestructura del país anfitrión está devastada, o no existe. La importancia de poseer una «infraestructura móvil», susceptible de ser proyectada con la fiíerza, es ñmdamental, y ello determinará la propia capacidad de proyección. No se trata ya, únicamente, de proyectar un número más o menos grande de tiendas de campaña de barracones prefabricados, sino de estar en condiciones de aportar a las Unidades proyectadas y desplegadas de todo los medios de infraestructura necesarios, desde hospitales más o menos dotados hasta instalaciones de ocio. La gestión de la infraestructura precisa de organizadores y técnicos muy cualificados, y estamos asistiendo al desarrollo de una «infraestructura de proyección» que está llamada a ocupar un papel preponderante en el futuro. La influencia de las operaciones de paz En las postrimerías del siglo que ha contemplado las más grandes batallas de la Historia, han irrumpido con fuerza en ésta las llamadas «operaciones de paz» donde podemos englobar las de mantenimiento y consolidación de la paz, así como las de ayuda humanitaria. En todas ellas se proyectan y despliegan tropas, todas ellas precisan pues, de una organización logística, concebida y prevista desde antes de las crisis para este tipo de operaciones. La logística de las operaciones de paz guarda sensibles diferencias con respecto a las operaciones militares clásicas: no se puede vivir del país ocupado; al contrario, en la mayoría de la ocasiones, por no El desafío de la logística decir en todas, hay que ayudar logisticamente a su población. Con frecuencia, el ambiente no es hostil a las Unidades Militares, pero éstas tienen que obrar con exquisita prudencia y objetividad ante la permanente observación de las suspicaces facciones enfrentadas sobre el terreno, que también plantean a veces exigencias logísticas. En algunos casos, hay que compartir instalaciones con estas facciones, y en otros, controlar incluso la gestión logística de éstas. Tbdo ello lleva al logístico a tener que lidiar con limitaciones y dificultades añadidas que, en el inicio de la operación, son en muchos casos muy difíciles de prever.Con todo, el problema fundamental de la logística en las operaciones de paz es que, en muchas ocasiones, ha de llevarse a cabo en áreas donde nunca se había previsto antes operar, en escenarios alejados y en circunstancias de ambiente absolutamente desconocidas con anterioridad. La sanidad, el control de las acciones de desminado, el tratamiento y la evacuación de enfermos y heridos, y las labores didácticas en el campo de la logística que hay que realizar no solo en el ámbito de las facciones sino de la población civil constituyen problemas nuevos y específicos a las que hay que enfrentarse con soluciones adaptadas a las circunstancias. La actuación normal de Unidades de diversos países en este tipo de operaciones crea ventajas e inconvenientes adicionales. La obsesión por la interoperabilidad y por la estandarización en los ejércitos de Occidente es una consecuencia de las necesidades de apoyo de Unidades desplegadas lejos de sus patrias respectivas y en condiciones ambientales difíciles. Sin embargo la logística sigue siendo, en la doctrina multinacional en vigor, un «asunto nacional», por que nadie está de acuerdo en que un Mando de otro país disponga orgánicamente, en territorio extranjero, de los recursos propios. Existe, eso si, el concepto de «nación lider», que encabeza la alianza o coalición y que en algunos casos es responsable del abastecimiento de determinados recursos al resto, pero en general cada país obtiene y envía la mayor parte de los recursos logísticos que precisan sus tropas. Solo el paso de la «multinacionalidad» a la «supranacionalidad» en la organización común de las fuerzas de países aliados, bastante poco previsible en un futuro inmediato, llevaría consigo la adopción de una logística integrada, que permanecerá hasta entonces como preocupación y responsabilidad de cada uno de los países componentes. Antes, habrá que dar muchos pasos hacia la homogeneidad del armamento y del equipo de los diversos ejércitos, saltando por encima de muchos «tabúes» nacionales y asimilando la integración militar, al menos en el ámbito europeo, con una fuerza no inferior a la ya empleada en las integraciones económica y política. Los pasos dados en pos de la fabricación, por ejemplo, del avión de combate europeo, van en esa dirección. El sistema de apoyo logístico del ejército de tierra español Hasta aquí, hemos hecho un rápido repaso de las grandes ramas de la Logística: Abastecimiento, Mantenimiento, Transporte e Infraestructura, que engloban en su seno un cierto número de funciones logísticas. La organización de este mundo complejo ha sido, a través de los tiempos, fuente de preocupación para los diferentes políticos y militares, y ha adoptado diversas modalidades en función de las necesidades sufridas en las diferentes campañas. Vivimos en una situación que, a nivel mundial, puede considerarse de transición entre dos Eras: la Era Industrial, que agoniza con el milenio, da paso a la Era de la Información, que adquiere cada día mayor solidez e implantación. El mundo de Internet contempla la desaparición del mundo industrial que le precedía, la Sociedad del Saber se extiende a través de las pantallas de los ordenadores, pieza importantísima de la vida normal en millones de hogares. A este mundo integral e informatizado debe acomodarse siquiera sea por puro instinto de supervivencia, la logística. Una logística integrada, asentada su gestión sobre una estructura reticular densísima, de redes informáticas específicas; una logística modular, capaz de satisfacer un amplio abanico de posibles fuerzas a proyectar; una logística adaptada a las posibilidades nacionales; una logística «multinacionalizada» capaz de prestar y acoger, sin grandes traumas, apoyos exteriores. Una logística, en fin, implicada e integrada en el sistema industrial y científico nacional de tal modo que sea capaz de aprovechar todas las ventajas de organización y de gestión de métodos que aquél le brinde. En la búsqueda de una logística adaptada a los nuevos tiempos, la reciente aprobación -noviembre de 1998-de la Norma de Organización y Funcionamiento del Ejército de Tierra consolidaba la nueva organización de éste de acuerdo con el Plan Norte, lo que suponía tambiéi:L una profunda reestructuración de su organización logística. Antes de esa fecha se había producido ya un importante cambio conceptual: el paso de una logística de Servicios, fundamentada en los materiales, a una logística de Funciones, basada en las actividades y métodos que pueden realizarse sobre cualquier clase de material, pero con la misma finalidad. Era evidente que los antiguos Servicios El desafío de la logística se quedaban cortos para englobar las tecnologías y sistemas que aparecen continuamente, y que los actuales sistemas de armas están constituidos por equipos y materiales muy diferentes por lo que, en la organización antigua, el mantenimiento de cada uno de los elementos de un solo sistema podía estar encomendado a un Servicio diferente. Determinadas, pues, las Funciones Logísticas -Personal, Administración, Asistencia Sanitaria, Abastecimiento, Mantenimiento, Transporte, Obras, Asuntos Civiles-había que definir la organización, entendida como un Sistema dentro del Sistema del Ejército de Tierra. De este modo, nació el Sistema de Apoyo Logístico del Ejército que es, por otra parte, el resultado de un proceso de sucesivas reorganizaciones que comenzaron en 1981, con el plan META. El Sistema de Apoyo Logístico del Ejército (SALE), responde, pues, a criterios de funcionalización, y es el resultado de la dificultad que presentan los complejos sistemas de armas actuales para ser atendidos por un solo Servicio Técnico; de la centralización de la gestión logística, valiéndose para ello de un soporte informático de vital importancia, el Sistema Integrado de Gestión Logística (SIGLE); y de la articulación flexible de los medios, de forma que los recursos no sólo Uegen a las Unidades en el momento y lugar oportunos sino que el sistema pueda ser adaptado rápidamente a situaciones de crisis o guerra. En la nueva estructura, los Mandos del Apoyo a la Fuerza -Mando de Personal y Mando de Apoyo Logístico-se reparten las responsabilidades en lo que respecta a las actividades logísticas. Las funciones de Personal y Asistencia Sanitaria son gestionadas por el Mando de Personal, la de Administración es gestionada por el Estado Mayor del Ejército a través de la Dirección de Asuntos Económicos, y el resto -^Abastecimiento, Mantenimiento, Transporte y Obras-por el el Mando de Apoyo Logístico, que se constituye en Escalón Superior del SALE, con cuatro Direcciones encargadas de las grandes áreas de Abastecimiento, Mantenimiento, Transporte e Infraestructura; con un Escalón Intermedio constituido por los Mandos de Apoyo Logístico Regionales y por el Mando de Apoyo Logístico a las Operaciones de la Fuerza de Maniobra, activado, como es el caso actualmente, en las operaciones de proyección exterior y, por último, el Escalón Básico del Sistema está constituido por las Unidades Logísticas y de Servicios, y las de Ingenieros que realizan obras en tiempo de paz. Este sistema acaba prácticamente de ser puesto en marcha, y ha demostrado su eficacia en su corto período de empleo. Su filosofía es la de adaptar la logística, dentro de las posibilidades de nuestro país, a las exigencias del Ejército español en el siglo XXI, exigencias que le demandan, por un lado, el actual contexto internacional y, por otro, una sociedad exigente y abierta, atenta a cuanto ocurre en el mundo y dispuesta a que sus Fuerzas Armadas hagan realidad práctica, en cualquier lugar del planeta, sus ideales de paz, de solidaridad y de colaboración con todos los pueblos.
Desde los albores de la Historia (el Neolítico) ha existido siempre una estrecha relación entre la Tecnología y la Defensa, Esta relación presenta aspettos de gran interés en la primera y segunda Revolución Industrial. Hoy día, introducida ya la 3°^ Revolución Industrial o Era de los Sistemas, el uso de las Nuevas Tecnologías (y principalmente las referentes a la Información I Comunicación) hacen a la sociedad más vulnerable. La Ingeniería Militar no debe ser ajena al planteamiento y solución de este problema. Entendemos por Tecnología el procedimiento para hacer algo en sentido amplio, es decir, el conjunto de herramientas, sistemas y métodos necesarios para ello. La Real Academia la define como la aplicación del conocimiento para la obtención de resultados prácticos. La Ingeniería es, por otra parte, el pasar del conocimiento científico al hecho tecnológico. Se trata de, a partir de las ideas y de los conocimientos, llegar con la tecnología adecuada a conseguir los productos y servicios que los hombres necesitan. Tratamos aquí de exponer, someramente, la ñierte correlación entre la Tecnología y la Defensa, de cuya manifestación real ha sido protagonista y lo seguirá siendo en el futuro, la Ingeniería Militar. La historia de los ejércitos, de la evolución de sus capacidades defensivas y ofi^iisivas, es, en buena medida, la historia del cambio técnico. Y ello es así porque la posibilidad de desarrollo de la sociedad Ricardo Torrón Duran 510 está ligada a su evolución tecno-económica y ello, a lo largo de los tiempos, se vinculó estrechamente a la posibilidad de defensa y, en ocasiones, de expansión del estatus conseguido, es decir, a las capacidades que para ello disponían los ejércitos. Para el análisis histórico de esta evolución nos apoyamos en el sugestivo y sugerente símil de las tres olas, presentada por Alvin Toffler. La Primera Ola se refiere al Neolítico, cuando, hace unos 10.000 años, el hombre descubre y adopta la agricultura y la ganadería. La primera lo conduce al sedentarismo, naciendo así la aldea y, como consecuencia, la defensa organizada, origen remoto de los ejércitos. La segunda le permitirá no sólo aprovechar del animal su carne, leche, piel y huesos, sino también su fuerza como fuente de energía. La aplicación de ambos descubrimientos a las acciones bélicas fue primordial y, en muchas ocasiones, fue la razón de su implantación y desarrollo. Un aspecto negativo en el proceso social será que a partir de entonces, y como consecuencia de lo apuntado, surge la esclavitud. Al enemigo ya no se le ahuyentará o matará, sino que será más útil como esclavo, del que se aprovechará, sobre todo, su fuerza física, complementando la de los animales estabulados. La artesanía, es decir, los balbuceos de la ingeniería, que surge en el Neolítico permitirá ya, aunque embrionariamente, analizar el proceder militar del hombre cuando éste se plantea sus necesidades de defensa y ataque. El hombre deberá definir el útil que resuelve sus necesidades en este campo -lo que denominamos sus armaspara obtenerlas, a continuación, a través de un proceso artesanal con la ajmda de medios desarrollados o adaptados por él mismo. Las tecnologías empleadas, tanto para la obtención como para el uso de dichas armas, estaban basadas principalmente en la fuerza muscular del hombre o de sus animales. Aparecen, así, la honda, la jabalina, la espada, la lanza, el casco, el escudo, el arco, la rueda, la silla de montar, la catapulta, la ballesta y un largo etcétera. Al mismo tiempo surgen la castrametación y las técnicas de fortificación. Al final de esta Era Agrícola (la que es fruto de la Primera Ola) aparece la pólvora y las armas que la usan (bombardas, mosquetes, arcabuces) revolucionan el Arte de la Guerra. Las tecnologías basadas en la pólvora se añaden, modifican, y mejoran las tecnologías basadas en la fuerza muscular. La fortificación, por su parte, sufre la consiguiente transformación. La Segunda Ola coincide con la Revolución Industrial. La Ingeniería y la Tecnología no sólo, a partir de entonces, tienen la acepción actual, sino que también la sociedad y la cultura del mundo occidental, en la que estamos inmersos, tienen en ella la causa de su origen y de su evolución económica. La interrelación entre lo militar y lo tecnológico se manifiesta plenamente y no se puede, a partir de entonces, hacer un análisis profundo de ninguno de estos campos sin tener el otro presente. La Revolución Industrial, es dividida generalmente en tres fases (1% 2^ y 3^ Revolución Industrial), siguiéndose para esta clasificación los criterios de los recursos empleados, incluidas las fuentes de energía, y los sectores punta de la producción industrial. En la i" Revolución Industrial, que abarca el final del siglo XVIII y prácticamente todo el XIX, las fuentes de energía pasaron a ser el carbón y la máquina de vapor, sustituyendo la energía animal que se mantenía casi como única desde el Neolítico. El sector punta pasa del textil al metalúrgico, que actúa como motor del resto del sector productivo. Por ello, además de la evolución de las armas de fuego que es espectacular, surgen las plataformas modernas (vehículos, ferrocarril, navios) al tiempo que se sustituye la vela y el animal por el vapor y la madera, el barro y la piedra por el hierro. La conjunción del desarrollo en los campos metalúrgico y mecánico con el químico (pólvoras y explosivos) provoca el desarrollo de la ciencia balística y artillera, que cubre necesidades planteadas en el campo de batalla con las nuevas doctrinas de empleo de los ejércitos, en especial, desde las guerras napoleónicas. La 2" Revolución Industrial surge cuando, con la invención de la turbina y del motor de explosión, se generaliza el empleo de la electricidad y del petróleo como fuentes de energía. Los sectores punta pasan a ser el petroquímico, el de material eléctrico, el de máquinas herramientas, el de automoción, etc. Se realiza, entonces, la revolución de los transportes, tanto terrestres como marítimos y aéreos, y se introducen las técnicas y medios de comunicación a distancia (radio, teléfono, T.V.) Este período cubre básicamente los dos primeros tercios de este siglo e incluye, por tanto, las dos Guerras Mundiales y buena parte de la llamada Guerra Fría. La relación Tecnología/Defensa se pone de manifiesto en cada aportación científica, en cada proyecto de investigación, en cada desarrollo. La lista de productos que nacen como consecuencia de una necesidad militar o que inmediatamente se reflexiona sobre su aplicación bélica es enorme: los nuevos aceros, el telégrafo, el teléfono, la radiotransmisión, la radiogonometría, el submarino, el telémetro, la válvula de vacío, el nylon, el transistor, el circuito integrado, el radar, la misilística, el sonar, los ordenadores, el láser, el neumático, el uso del infrarrojo, los satélites, la ñbra óptica, la turbina de gas, el helicóptero, el motor de reacción, la ergonomia, la aviònica, la propulsión nuclear, el tratamiento de datos, la criptografía, el GPS, la digitalización, la robótica, etc., etc. También es en esta fase cuando se desarrolla la organización científica del trabajo, tan próxima a la labor del ingeniero militar. Como antes dijimos, también es tecnología el procedimiento, la manera de hacer y de decidir, el método en suma. La participación de los militares en la ayuda a la toma de decisiones ante un problema complejo, como son los de defensa y ataque, se plasmó en el nacimiento de la Investigación Operativa en la 2^ Guerra Mundial y, posteriormente, en su desarrollo durante la Guerra Fría. Por último, la 5" Revolución Industrial la estamos empezando a vivir en nuestros días. Aparece la información como recurso y a las fuentes de energía anteriores se unen la nuclear y las llamadas energías renovables. Surgen, por otra parte, las denominadas Nuevas Tecnologías (los nuevos materiales, la biotecnología, las nuevas tecnologías de la información). Esta 3^ Revolución Industrial coincide con la Tkrcera Ola de Toffler. Nace una nueva cultura, la de la sociedad post-industrial, también llamada Sociedad de la Información. A la vez una nueva era surge: La Era de los Sistemas. Dediquemos una reflexión sobre ella antes de extendernos en su relación e implicaciones con la Defensa. Observemos el papel que juegan las Nuevas Tecnologías en la Era de los Sistemas. Para ello nos apoyamos en el «Sistema Técnico» constituido por los cuatro pilares siguientes: • Los seres vivos • La materia • La energía • La información (En las líneas anteriores ya expusimos que la tecnología militar de la Primera Ola se fundamentaba en la fuerza física de los seres vivos; en la Segunda Ola (1^ y 2^ Revolución Industrial) lo hacía en la materia y la energía fundamentalmente; y es ahora, en la Tercera Ola, cuando lo hace, básicamente, en el nuevo recurso tecnológico: la información). Las Nuevas Tecnologías aparecen no solo en el último pilar citado y, así, los progresos en la ciencia de los seres vivos son el origen de la nueva Biotecnología, que se encuentra en la fase inicial de un desarrollo que afectará a numerosos sistemas correspondientes a sectores económicos de la industria y de los servicios (la agroalimentación, la sanidad, la ecología, las fuentes de energía), pero también directamente al sector de la defensa (la guerra bacteriológica, la preservación del impacto medioambiental, la profilaxis y prevención de heridos, etc.). Respecto a la materia, existe una nueva generación de materiales compuestos que aportan cambios muy importantes al desarrollo de sistemas físicos y químicos de sofisticación creciente en el campo de numerosas ingenierías: de telecomunicaciones, de productos químicos, automovilística y, muy particularmente, la de guerra, la espacial y la aeronáutica. En el tercer pilar, la energía, surge como nueva tecnología la nuclear (principalmente la de fusión) y la de nuevos recursos naturales renovables que se incorporan al sistema energético. Las consecuencias industriales, económicas, ecológicas y de seguridad y defensa son uno de los temas políticos-sociales punteros de nuestros días. Pues bien, a pesar de la trascendencia de estos cambios, los más importantes en extensión y profundidad, bajo el punto de vista social, económico, político y de defensa, los van a proporcionar las Nuevas Tecnologías de la Información I Comunicación que van a utilizar el nuevo recurso, ya reiteradamente citado: la información. Y es que la información, al igual que la materia y la energía, se obtiene, se capta, se procesa, se transporta y se almacena. Es decir, que acepta un tratamiento «ingenieril». Las Nuevas Tecnologías que la tratan son la microelectrónica, las telecomunicaciones, la informática. la robotica y la automatización. Su desarrollo es espectacular. Sus efectos sociales no han hecho más que empezar y pronto será cotidiano que nuestros sistemas informáticos de comunicaciones, de mando y control, de ayuda a la decisión, etc., incorporen el uso de la llamada «inteligencia artificial», con la lectura automática de todo tipo de caracteres, la traducción correcta de lenguas, la comunicación directa oral o escrita con la máquina, la generalización del uso de los sistemas expertos que tratan conocimiento además de datos y la desaparición práctica, a la hora de comunicarse, de las distancias geográficas. No pretendemos exponer con detalle la emergencia del nuevo sistema tecnológico, pero sí señalar que los sistemas que surgen de los cuatro pilares básicos están estrechamente relacionados. Así los sistemas biotecnológicos le deben mucho a la microelectrónica, los sistemas de telecomunicación a los nuevos materiales, y así sucesivamente. Y sobrevolando esta interrelación está el papel de aglutinante y de efecto multiplicador que ejercen las Nuevas Tecnologías de la Información sobre las demás, así como sus consecuencias económicas, sociales y culturales, dando origen a la llamada Sociedad de la Información. Si tomamos como definición de sistema, la suministrada por Bertalanffy que, a pesar de su sencillez es siempre válida: «conjunto dinámico de elementos y de relaciones entre estos elementos», podemos decir que las Nuevas Tecnologías de la Información han establecido, modificado, reforzado o refinado las relaciones entre los elementos de los más diversos sistemas diseñados por el hombre, sean físicos o abstractos, así como de aquellos organizativos basados en la actividad humana. Ello explica, de una manera sencilla, que hablar de Información y de sus Tecnologías es lo mismo que hablar de Sistemas, y que, por tanto, esta Sociedad de la Información aparece en la Era de los Sistemas, fruto de la Tercera Ola. La defensa en la sociedad de la información Es frecuente hablar hoy día de la revolución de lo militar y, en efecto, casi todo lo concerniente a la defensa está experimentando un cambio, que, en ocasiones, es radical. Este cambio, unido a la interdependencia, la globalización, la complejidad y la incertidumbre, configura el paradigma que enmarca, hoy día, toda decisión en el campo de la seguridad y de la defensa. La implantación de las Nuevas Tecnologías de la Información en el ámbito militar, igual que en la sociedad en general como ya hemos dicho, es uno de los principales factores desencadenantes del citado cambio, pero también con ellas tenemos el instrumento que, adecuadamente usado, permite adaptarse, preverlo, dominarlo, provocarlo o adelantarse a él. Ahora bien, en el campo de la defensa, el diseño, la implantación y la utilización de las Nuevas Tecnologías de la Información revisten especiales aspectos relacionados con el análisis y la evaluación de las posibles amenazas, los nuevos desafíos, el control de las crisis, la toma de decisiones, la formación, el adiestram.iento y la instrucción de los mandos y las unidades, el mando y la conducción de las operaciones, la rapidez y la acertada respuesta ante determinadas situaciones, las nuevas capacidades exigidas a los ejércitos y la garantía de la seguridad y calidad en el empleo de dichas tecnologías. Por otra parte, la necesidad de la relación con los medios de comunicación, así como con el resto* de la sociedad y de los organismos del Estado, unida a la profesionalización de nuestros ejércitos y a las misiones internacionales a ellos encomendadas, exigen una coordinación en la implantación de los Sistemas de Información y Telecomunicaciones, con implicaciones que llegan al más alto nivel de decisión. Dichos sistemas son la base de los Sistemas de Mando y Control, con necesidades crecientes de interoperabilidad, flexibilidad y medularidad, como seguramente nunca han sido exigidas a ningún sistema creado por el hombre. Por ello, es necesaria la exigencia a los responsables de la implantación y de la adecuada utilización de las Nuevas Tecnologías de la Información en el ámbito de la defensa -es decir, tanto al planificador como al ingeniero-de adoptar una actitud nueva, que parta del convencimiento de la necesidad del cambio y le permita asumir un papel de protagonista frente al futuro. Esta actitud, que se ha llegado a llamar «espíritu de frontera», como heredera del espíritu exploratorio geográfico de otras épocas, es la actitud prospectiva cara al futuro. La Prospectiva surge hoy día como un útil imprescindible para el planificador al suministrarle la metodología de exploración de los futuros posibles, para seleccionar, así, aquél preferido entre los posibles realizables. En realidad, como ya hemos dicho más arriba respecto a la Investigación Operativa, la Prospectiva no es más que una tecnología que se incorpora al resto de las Nuevas Tecnologías de la Información. Permite, además, irse adaptando a la evolución de los acontecimientos pues, aunque considera siempre el futuro como plural e incierto, ayuda al decisor a definir, tanto las acciones de configuración del futuro al que aspira, como las de compensación de los efectos nocivos provocados por el acaecimiento de sucesos perjudiciales a sus intereses. La actitud prospectiva exige, por otra parte, el enfoque sistémico de los problemas, en contraposición al principio reduccionista que desde la Segunda Ola marcó la pauta para enfi:-entarse a la complejidad y que hoy, en la Era de los Sistemas, resulta claramente insuficiente. Ambas actitudes, la prospectiva y la sistémica, son la base filosófica de la línea de pensamiento que, creemos, debe presidir nuestras decisiones en el campo de la seguridad y de la defensa que nos permita la acertada implantación y la adecuada utilización de las Nuevas Tecnologías de la Información. Pues bien, este enfoque prospectivo y sistémico exige la consideración, bajo el punto de vista de la defensa, no sólo de los Sistemas de Información y Telecomunicaciones de las unidades militares y de los organismos de la defensa sino de toda la sociedad. Es decir, en nuestra época, en la Sociedad de la Información, la imbricación entre la Tecnología y la Defensa no está solamente en la concepción y el desarrollo de las tecnologías, como en épocas anteriores, sino en su posterior uso, tanto militar como civil. Determinados autores han prevenido ya sobre la Guerra de la Información. La vulnerabilidad de los Sistemas de Información pasa a ser motivo de creciente atención, pues es fácil imaginar las consecuencias catastróficas de la destrucción o del sabotaje de un sistema informático crítico o de una red de telecomunicaciones vital para la supervivencia de un País. A medida que la Sociedad de la Información se implanta, el número de puntos vitales crece espectacularmente y su vulnerabilidad total aumenta. Creemos pues que, al igual que en la Era Agrícola (Primera Ola) los ejércitos se debían ocupar no solo de combatir al enemigo, sino también de la protección de las personas, los cultivos y la ganadería; y en la Era Industrial (Segunda Ola) las instalaciones fabriles pasan a ser objetivos prioritarios del enemigo y, como consecuencia, motivo de custodia y protección; análogamente, en esta Era de los Sistemas, fruto de la Tercera Ola, donde se implantan las Nuevas Tecnologías de la Información, los variados sistemas que se generan, deberán ser motivo de atención por los responsables de la defensa, con intervención activa de la Ingeniería Militar, que con su actitud prospectiva y sis-
La aplicación de medios militares para evitar la escalada de conflictos, es una actividad que ha venido dándose durante toda la historia. De lo que se trata ahora, en un mundo ciertamente inestable, es de aplicar las capacidades militares a la prevención de dichos conflictos. El apoyo a las misiones diplomáticas en actividades relacionadas con la seguridad, la asistencia al desarrollo armónico de Fuerzas Armadas en las nuevas democracias o el establecimiento de confianza entre miembros de los Ejércitos de diferentes países, no son sino ejemplos de una larga lista de actividades que ejecutan nuestros militares en benefìcio de la seguridad. Todas ellas se incluyen bajo el nombre de Diplomacia de Defensa, actividad a la que las Fuerzas Armadas españolas prestan una especial atención. Para explicar el concepto Diplomacia de Defensa adopto una postura ligeramente heterodoxa. No sólo en el sentido de que lo entiendo de manera diferente a como lo hacen los dos grandes países -Estado Unidos y Reino Unido-que la han incluido en sus esquemas nacionales de seguridad y defensa, sino también porque discrepo sobre la novedad del concepto. Acepto que es de nuevo cuño pero, en caso alguno, podría aceptar que las acciones que configuran la diplomacia de defensa son nuevas. El empleo de medios militares para evitar que se produzcan conflictos, o para darles solución en los momento iniciales de su desarrollo, se ha aplicado durante toda la historia. Es cierto que hoy vivimos en un mundo en el que la seguridad colectiva está menos estructurada de lo que parece. La eficacia de las organizaciones internacionales de seguridad es más que dudosa y sólo alguna excepción -pienso en la OTAN-aporta verdadera seguridad a sus miembros. También lo es que están apareciendo nuevos riesgos, a los que es difícil hacerles frente de forma tradicional y que preocupan por su capacidad de alterar nuestra forma de vida. Si a ello se añade que hoy se considera vivir en paz como un bien fundamental, no debe extrañarnos que todos los esfuerzos para lograr dicha paz, y mantenerla, sean de singular importancia. Durante la década de los 90 se ha hecho un mayor uso de la diplomacia para la resolución de conflictos que en cualquier otra época anterior. Si se hiciera necesario poner un ejemplo, podríamos servirnos del hecho de que, durante la década de los 90, se han firmado tres veces más tratados y acuerdos relacionados con la paz y la seguridad que en los treinta años anteriores. Esta década también ha visto a la diplomacia y a la fuerza, unidas en actividad inusitada, resolviendo asuntos de seguridad de muy diversa índole y poniendo fin a crisis cuya solución inicial parecía muy difícil. En naciones como la nuestra la diplomacia de defensa debe ser un instrumento mas de la acción exterior del Estado y, por tanto, ha de estar muy ligada a la política exterior, en los aspectos particulares, y no únicos, de la prevención de conflictos. Sólo enmarcada en la gran diplomacia del Estado tiene posibilidad de sobrevivir. Por sí sola no se entiende. La definición norteamericana pone el acento en los Acuerdos y Tratados bilaterales o multilaterales, en el ámbito de la defensa, al explicar lo que entiende por diplomacia de defensa: Entendemos por diplomacia de defensa al empleo sin coacción, en tiempo de paz, de los recursos necesarios de la Defensa para el logro de objetivos nacionales específicos, básicamente a través de la relación con otros. El Reino Unido, en cambio, la define en un marco más amplio, sin que descarte de forma radical el uso de fuerzas militares, aunque sí parece descartar claramente las operaciones militares propiamente dichas. Proporcionar fuerzas para la ejecución de determinadas actividades, bajo la dirección del Ministerio de Defensa, para terminar con hostilidades, construir y mantener la confianza y ayudar en el desarrollo de fuerzas La diplomacia de defensa armadas que operen bajo parámetros democráticos, con lo que se hace una contribución eficaz a la prevención y resolución de conflictos. Ambas adolecen de rasgos que podrían estar incluidos en un desarrollo más actual del concepto. Tal es la aplicación de la fuerza militar como apoyo a la diplomacia tradicional en los períodos iniciales de una crisis, con actividades militares que incluyan cierto tipo de operaciones. La línea que divide las operaciones militares de aquellas de apoyo a la diplomacia es muy delgada, pero, aun así, creo adecuado hablar también de diplomacia de defensa en un escenario en el que, aunque la verdadera protagonista es la diplomacia tradicional, sus propios recursos estén prácticamente agotados y necesiten, por tanto, de alguna capacidad adicional que solo pueden aportar las organizaciones militares o los miembros de las Fuerzas Armadas. No pensamos que la diplomacia militar sustituye a la tradicional, sino que la complementa de algún modo, y el protagonismo de la primera en la prevención y resolución de conflictos debe manifestarse sin duda alguna. Del «empleo sin coacción» de la definición norteamericana, se pasa a la «aportación de fuerzas» del concepto británico para «prevenir y solucionar» los conflictos. A todo ello podríamos añadir algo más: el apoyo a la diplomacia tradicional en los momentos iniciales de una crisis, para obligar a las partes a sentarse y negociar. Tanto en el conflicto de Bosnia-Herzegovina, como en el más reciente de Kosovo, se hizo uso de demostraciones de fuerza para apoyar a la diplomacia tradicional. No quiero decir con esto que las acciones de bombardeo que allí se ejecutaron puedan clasificarse como «diplomacia de defensa», pero sí otras como la aprobación de planes de contingencia y la preparación de fuerzas para su ejecución, la aceptación de un despliegue multinacional, el sobrevuelo de la capital de un Estado por un número importante de aviones armados o los mas recientes ejercicios, en el ámbito de la Asociación para la Paz, en Albania y Macedonia, con participación de fuerzas de nuestra Brigada de Cazadores de Montaña. En cambio, no creo que en la diplomacia de defensa puedan incluirse las operaciones militares tradicionales, incluso aquellas que no son las clásicas de guerra, como pueden ser las de establecimiento o mantenimiento de la paz, las de asruda humanitaria y otras de este carácter tan conocidas y tan valoradas hoy por la opinión pública, y ello pese a ser muy numerosas. Tampoco la presencia permanente de fuerzas en algún posible Teatro de Operaciones o puntos que pudieran ser origen de conflictos. Si así lo aceptásemos, los Estados Unidos de América, con su despliegue permanente en Corea, estarían actuando «en Félix Sanz Roldan 522 diplomacia» de forma continua. Una cosa es que esas fuerzas pudieran actuar bajo el esquema que estudiamos y otra bien diferente es que, de forma continuada, estén actuando en beneficio directo de la diplomacia tradicional norteamericana. Una definición española de Diplomacia de Defensa Al contrario que los ejemplos citados del Reino Unido y de los Estados Unidos de América, España aún no ha definido formalmente lo que entiende por diplomacia de defensa, lo que no quiere decir que no venga ejecutando actividades propias de ella en numerosos ámbitos, muchas con singular éxito. Si queremos definirla, hemos de partir de una idea básica, ya enunciada, y de gran utilidad para este fin: La diplomacia de defensa es un complemento de la diplomacia tradicional y ejecuta las actividades que le son propias para apoyarla. Por tanto, e inicialmente, todas cuantas acciones ejecuten las estructuras españolas de defensa en beneficio de la diplomacia tradicional es diplomacia de defensa. Esta simplificación, que no lo es tanto, nos lleva hacia la consideración de todos aquellos documentos que configuran nuestra Política de Defensa y Seguridad. El de mayor nivel es la Directiva de Defensa Nacional que señala, entre otros, los siguientes objetivos básicos: -Consolidar la presencia de España en las organizaciones internacionales de seguridad y defensa, asumiendo plenamente las responsabilidades y compromisos derivados de su participación en ellas. -Que las Fuerzas Armadas españolas estén plenamente capacitadas para contribuir, en la medida de lo posible, a la seguridad colectiva y colaborar en el mantenimiento de la paz y estabilidad internacionales. El desarrollo posterior de la Directiva de Defensa Nacional ha dado origen a una larga serie de documentos de los que se extraen las acciones concretas a ejecutar por el Ministerio de Defensa, en su conjunto, y por nuestras Fuerzas Armadas en particular. Todas ellas están contenidas en las «Directrices para la Política de Defensa de España» que pronto se verán difundidas para conocimiento de todos cuantos la cuestión interese y para cumplimiento de aquellos encargados de desarrollarlas. Encontramos, sin agotarlas, varias que apoyan la diplomacia tradicional: La diplomacia de defensa -Impulsar el diálogo y la cooperación, como m^edidas más adecuadas para garantizar la estabilidad internacional, con especial atención al dialogo con los países del área mediterránea. -Apoyar y participar en las iniciativas conducentes al mantenimiento de la paz y estabilidad mundiales, promovidas y auspiciadas por Naciones Unidas. -Participar activamente en la puesta en práctica de las medidas de fomento de la seguridad y confianza, promovidas por la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa. -Respaldar todas la iniciativas de desarme y apoyar la prevención de la proliferación de armas de destrucción masiva y de sus medios de proyección. -Impulsar las relaciones bilaterales y multilaterales con los países del Este y Centro de Europa, de la región mediterránea y con los países iberoamericanos y demás naciones con las que mantenemos vínculos históricos. De la consideración de todos los objetivos anteriores y desde la perspectiva de que todos, de una forma u otra, están siendo cumplimentados por nuestras organizaciones militares, bajo la dirección del Ministerio de Defensa, podríamos aportar una tercera definición. Diplomacia de Defensa es el conjunto de actividades que ejecutan las organizaciones dependientes del Ministerio de Defensa y los miembros y Unidades de las Fuerzas Armadas en beneficio de la diplomacia tradicional y que abarcan desde la prevención de conflictos mediante el uso de medios militares, hasta la colaboración con las misiones diplomáticas en sus actividades relacionadas con la seguridad, así como las relaciones bilaterales en el ámbito de la defensa para el establecimiento de confianza, para el apoyo al desarrollo armónico de Fuerzas Armadas y para el mejor entendimiento entre sus miembros. que amplía ligeramente las anteriores para dar cabida a la prevención de conflictos mediante el empleo directo de medios militares lo que, a nuestro parecer, tiene cabida en el concepto diplomacia de defensa. Las actividades generales que siguiendo esta definición se desarrollan en España son de muy variada índole, pudiendo agruparse en aquellas de apoyo directo a la diplomacia tradicional para el fomento de la seguridad y confianza, las relativas a la prevención de conflictos y las de relación entre las organizaciones militares y fuerzas armadas españolas con las de otros países. Fomento de la seguridad y confíanza No por repetido resulta menos preocupante resaltar que vivimos en un mundo heredero de riesgos de épocas pasadas, alguno de ellos de extraordinaria capacidad de producir daños, como es el caso del arma nuclear. Además han aparecido otros nuevos, de similar capacidad de destrucción, y cuyo control es extremadamente complicado al estar en manos de regímenes sin demasiados escrúpulos, o incluso de actores no estatales, cual es el caso de la proliferación de armas bacteriológicas y químicas, sin olvidar los vectores con los que pueden ser lanzados. España siempre se ha mostrado más partidaria de la limitación de armamentos y de los regímenes de control del mismo que de las acciones directas y así lo ha expuesto en multitud de foros internacionales y en muchas ocasiones. Para apoyo a esta política ha suscrito diferentes Tratados y Acuerdos, en cuya negociación han participado miembros de las Fuerzas Armadas, junto con diplomáticos españoles. El Tratado FACE, para la limitación de Fuerzas Convencionales en Europa, o la Convención de Ottawa, sobre prohibición de minas contrapersonal, así como la Convención de Armas Químicas o el Tratado de No Proliferación de Armas nucleares, no constituyen sino un ejemplo exiguo de las decenas de tratados de los que España es signataria, en beneficio de la seguridad mundial y a cuya celebración han contribuido de forma notable miembros de las Fuerzas Armadas. Y si importante ha sido la participación de militares en la preparación y negociación de los Tratados señalados, no menos importante es la participación de medios y unidades de las Fuerzas Armadas en otra misión de singular importancia y que entra de lleno en la nueva diplomacia de defensa: la verificación de los tratados de control de armamento y desarme. De nada servirían los acuerdos para la limitación de un determinado tipo de armamento si después no existiera la posibilidad de verificar el cumplimiento de su contenido. Para el caso de la verificación del Tratado FACE, se han realizado unas 40 inspecciones a países del antiguo Pacto de Varsóvia y se han recibido 20 a Unidades españolas en nuestro territorio nacional. Por aplicación de dicho Tratado, quedarán destruidos o inutilizados, a finales del año en curso 551 carros de combate y piezas de artillería españolas, que no volverán a contar en nuestras plantillas de armamento, y más de 58.000 de diversos ejércitos europeos, incluidos los de Rusia y los antiguos miembros del Pacto de Varsóvia. La diplomacia de defensa Todo ello es exponente de una diplomacia de defensa muy activa. Para ejecutarla se ha creado, dependiendo del Jefe del Estado Mayor de la Defensa, la Unidad de Verificación Española,, formada por cuadros de Mando de los tres Ejércitos. Sus misiones se desarrollan exclusivamente en el ámbito de la diplomacia de defensa, como nueva función militar. Prevención directa de conflictos En ocasiones, un despliegue militar de características adecuadas añade fuerza a una acción diplomática, ya sea de tipo negociación o de cualquier otro. Durante años, un despliegue adelantado, aunque débil, de la OTAN ha evitado el ataque directo del Pacto de Varsóvia. Del mismo modo, el despliegue norteamericano en Corea, o el movimiento de portaaviones en el Golfo de Taiwan, han contribuido a la estabilidad de la zona. La fuerzas militares, por tanto, reforzaban el mensaje diplomático que se daba en las cancillería y, a veces, la sutileza de la aprobación de un Plan de Operaciones haría desvanecerse a alguna amenaza concreta. Es cierto que el uso de la fuerza no puede compensar de los errores de la diplomacia, pero también es cierto que ayuda a ésta en el logro de sus objetivos. Nunca la fuerza será el sustituto de la diplomacia, pero no cabe duda de que añade impulso a la búsqueda de soluciones políticas que es, a fin de cuentas, su objetivo fundamental. Creo recordar que Kofi Arman, a su regreso de una misión ejecutada con éxito en Iraq y que evitó el empleo de la fuerza, dijo: «Para que la diplomacia tenga éxito ha de apoyarse en la fuerza». Determinadas acciones militares, por tanto, se ejecutan exclusivamente para apoyo a la diplomacia y la lista de ejemplos es muy larga. En el caso de España podríamos citar dos casos recientes: nuestra participación en las acciones de la OTAN, previas a Dayton, fue un elemento fundamental para el éxito de la negociación. Del mismo modo lo fue el compromiso de España en el marco aliado sobre la posibilidad del uso de la fuerza, mientras se negociaban los acuerdos de Rambouillet; la decisión de iniciar acciones militares sobre el territorio de la ex-Yugoeslavia, cuando quedó claro que la diplomacia había agotado todas sus capacidades -incluyendo las que aportan las fuerzas militares-fue el recurso final para lograr una solución. Relaciones bilaterales y multilaterales. Contribuir a la seguridad mediante la relación entre miembros de las Fuerzas Armadas de varios países es una actividad que ha demostrado extraordinaria eficacia. Nuestros Ejércitos son especialmente, activos en el desarrollo de este tipo de actividades. La historia reciente de España, que refleja el paso sin traumas de un régimen autoritario a otro plenamente democrático, nuestra participación plena en estructuras de seguridad internacionales y en la Unión Europea, así como el proceso de la transformación de nuestras Fuerzas Armadas, hacen de España un ejemplo a imitar por muchas naciones que desean vivir procesos históricos similares. Los naciones de la antigua Unión Soviética han mostrado particular interés en estudiar nuestros procesos de adhesión a la OTAN y a la Unión Europea y han solicitado nuestro apoyo para el desarrollo interno de procesos similares. La transformación de nuestras Fuerzas Armadas ha sido seguida en los países de Iberoamérica. Nuestras capacidades, logradas con un gran esfuerzo, son de interés de los países del Magreb. Explicar a todos ellos cuanto hemos hecho y como lo hemos hecho es una tarea de singular importancia que tiene su verdadero valor cuando en esta explicación participan miembros de los Ejércitos. Es por esto que, en los últimos años se han suscrito cerca de 250 acuerdos bilaterales de muy diversa índole, que regulan nuestra relación con países de Iberoamérica, Europa Central y Oriental, el Magreb e incluso algunos más alejados, a quienes se ha ofrecido ayuda en los campos relativos al ejercicio del control democrático de las Fuerzas Armadas, reorganización de las estructuras de defensa y militares, cooperación en los procesos de modernización, normalización y definición de reglas y procedimientos y formación militar de Cuadros de Mando. Cada año mas de 150 Oficiales y Suboficiales de Ejércitos de Iberoamérica, Norte de Africa y de Europa Central y Oriental reciben cursos becados en Escuelas y Academias militares españolas. Todo ello sin contar con las actividades de intercambio de Unidades o la ejecución de ejercicios, actividades que contribuyen, de forma singular, a los fines de la diplomacia de defensa. No cometemos un error grave al afirmar que, aunque la diplomacia de defensa toma carta de naturaleza en nuestros días, se ha venido La diplomacia de defensa practicando por personas o Unidades militares durante gran parte de la historia. Si ahora aparece como una nueva fimción militar no es sino para que quede recogida en los textos que la regulan. Reconociendo que sus actividades son ahora más numerosas que tradicionalmente lo han sido, reconocemos también que es una consecuencia de los esquemas de seguridad que hoy se trazan para que nuestra vida siga discurriendo en paz, a pesar de vivir en un mundo más inestable. La discusión de hasta donde alcanza la diplomacia de defensa durará tiempo. Siem.pre entendida como apoyo a la diplomacia tradicional, habrá de determinarse el inicio de su zona de acción en algún lugar situado entre el empleo de la fuerza militar, en su sentido tradicional, y el uso de las capacidades individuales y colectivas de sus miembros para la negociación, la mediación y el fomento de la confianza. Su reto no está en buscar nuevas o importantes misiones, sino en contribuir a la paz y estabilidad a través de un ejercicio dirigido por las cancillerías. De cualquier modo, no es la definición lo que entretiene esta reflexión, sino lo definido. Nadie podrá dudar de la importancia de las organizaciones militares para el logro y mantenimiento de la paz y la seguridad en el mundo de hoy. Los militares, que conocen el sacrificio que supone para la Nación, y para sí mismos, el empleo de la fuerza, siempre estarán mejor dispuestos a participar en la consecución de soluciones pacíficas a cuyo logro muchos de ellos ya han contribuido. Las nuevas generaciones de Cuadros de Mando se incorporan a la vida activa con las capacidades necesarias para asumir esta nueva función; en las Academias Militares se concede gran importancia al estudio de idiomas -^más del 60% de los cadetes obtiene el despacho de Teniente dominando alguno-y entre los textos de estudio figuran Manuales de Negociación y Mediación. Quizás, durante su carrera, nunca harán uso de sus armas, pero si habrán de hacer uso de sus capacidades en apoyo a la decisión política en la gestión y prevención de conflictos. En estos días se hace cargo un General español del Grupo de Observadores de Naciones Unidas en Kosovo.
Quién se prepara con prudencia para enfrentarse al enemigo que aún no existe obtendrá la victoria. Poner como pretexto su rusticidad y no prever es el más grande de los crímenes; estar presto fuera de toda contingencia es la mejor de las virtudes. Esta es una de las cinco condiciones para lograr la victoria. En los últimos años del final del segundo milenio ha comenzado el proceso de diseño de un nuevo orden mundial en el que se está estableciendo una moderna doctrina de seguridad así como un emergente modelo de estrategia global que responda a las transformaciones de todo tipo que se están sucediendo, de forma acelerada, en estos momentos y en el previsible próximo futuro, en todo el planeta. No cabe duda que el diseño de este nuevo orden, si realmente tiene credibilidad, tiene que disponer fundamentalmente de una estructura política, económica y de seguridad que sea capaz de hacer frente a los retos y riesgos que puedan poner en cuestión los principios y valores universales, aún por definir, en los que se debe sustentar la comunidad internacional. Por otra parte, la reciente crisis de Kosovo ha conmocionado al pueblo europeo, en particular, y a la sociedad mundial, de forma general, cambiando sustancialmente el orden de los valores que se había establecido al finalizar la Segunda Guerra Mundial. El derecho de intangibilidad de las fronteras de los estados ha sido puesto por debajo del derecho de injerencia por razones humanitarias. Será necesario en el cercano futuro construir una nueva legalidad que regule con solidez, credibilidad y coherencia el citado derecho de injerencia. Lógicamente, la aplicación de este derecho de injerencia por razones humanitarias debe extenderse a todos los lugares y pueblos de la tierra que sufran estas situaciones. No es razonable ni admisible su utilización únicamente en aquellos territorios donde se encuentran intereses de las grandes potencias, de ciertas organizaciones internacionales o de potencias regionales mientras que no se emplean en otros escenarios o en sociedades que padecen los mismos o mayores sufrimientos. También es cierto que la guerra de Kosovo no se ha hecho ni por el petróleo ni por otro tipo de intereses políticos o geoestratégicos, sino más bien por principios. En este sentido, ha sido muy diferente a la Guerra del Golfo, el otro conflicto importante que ha ocurrido en la post guerra fría. Los dos han ocasionado profundas y graves repercusiones en la estabilidad mundial. Parece que ambos tipos de conflictos pueden ocurrir en esta nueva era que nos depara el inicio del próximo siglo. Por otro lado, están apareciendo nuevas dimensiones en la situación internacional que apenas se percibían hace una década. La dimensión social frente a la dimensión tecnológica y el mundo del conocimiento junto con el de la inteligencia, constituyen aspectos importantes a tener en cuenta en el inmediato futuro. Asimismo, nuevos conceptos como los del tiempo real o del dominio del espacio están introduciendo métodos de razonamiento y de tomas de decisión insospechados. A grandes rasgos, desde sus orígenes hasta la II Guerra Mundial, la estrategia se ha movido siempre en el contexto de la guerra, sin radicales cambios o transformaciones, apoyándose fundamentalmente en las operaciones militares y, ya desde Clausewitz, encajada perfectamente en el espectro político. Inicialmente el objetivo consistía en alcanzar la victoria hasta que el pensador prusiano le añadió un objetivo más ambicioso y real que era la finalidad política. Sin embargo, desde la II Guerra Mundial, han aparecido tres fenómenos totalmente distintos. En primer lugar, se ha asistido a la evolución progresiva de los tratadistas militares clásicos, principalmente el británico Liddell Hart, el francés Beaufre y el norteamericano Collins, con análisis rigurosos y racionales del campo estratégico tradicional aunque ya incluyendo visiones más extensas del concepto. En segundo lugar, el nacimiento del nuevo término de estudios estratégicos en el que sus partidarios tales como Bernard Brodie, Pierre Gallois, Henry Kissinger, Maxwell Taylor o Barry Buzan introdujeron factores y elementos totalmente nuevos en el escenario estratégico, dando a la estrategia, ciertamente, una concepción y un contenido muy amplios. Por último, la aparición en los últimos años del concepto de política de seguridad, el surgimiento de nuevos actores estratégicos y modernos factores a tener en cuenta y la extensión en el tiempo de la aplicación de la estrategia, introduce una nueva situación en la que resulta necesario abrir un periodo de reflexión con objeto de delimitar y definir claramente los campos y los conceptos de la estrategia. El francés Lucien Poirier y el británico Neville Brown han dado los primeros pasos en este nuevo planteamiento. Los tres movimientos mencionados tienen un denominador común: por un lado, el término guerra ha ido desapareciendo y se sustituye por nuevos conceptos tales como conflictos, crisis, tensiones... etc.; por otro, la estrategia no sólo ha adquirido un campo de acción muy extenso, integrando un gran número de aspectos, sino que además su enfoque tiende a ser planetario, de tal forma que, al igual que la seguridad, todo hecho, acción u operación que se realice en cualquier parte del mundo, tiene repercusión o incidencia en el campo estratégico. En otra línea de análisis, hay que diferenciar el modelo teórico del modelo práctico. Una cosa es tratar los tres niveles teóricos de la estrategia, en el campo de la seguridad, de la defensa y de lo militar y otra es aplicarla dentro de la estructura estatal de cada país u organización como sujeto o actor estratégico. Cuando en este trabajo se habla de la estrategia de seguridad se está siguiendo la interpretación dada por Liddell Hart y Collins a la Gran Estrategia o por Beaufre a la Estrategia Total, aunque con mayor extensión, de acuerdo con las tendencias existentes en los últimos años, antes mencionadas. Así, en el modelo que se practica tanto en la OTAN como en los Estados Unidos, la estrategia está fundamentalmente basada en el horizonte de la seguridad y en el horizonte militar. El nivel estratégico de la defensa, se limita a dar directrices, instrucciones u orientaciones al nivel militar dedicando su esfuerzo a la aportación que deben dar otros departamentos a la defensa. Ello no es óbice para que la estrategia de defensa integre, controle y supervise, cuantas veces lo crea oportuno, el desarrollo de la estrategia militar. En el Reino Unido, sin embargo, la estrategia se sustenta principalmente en el nivel de la estrategia de la defensa, donde se recogen las disposiciones que derivan del nivel de la estrategia de la seguridad e integra las correspondientes al nivel de la estrategia militar. En este modelo están estrechamente enlazados y concentrados los tres niveles de la estrategia. Otro tercer modelo, lo podemos encontrar en la mayor parte de los países de Europa Occidental, donde se contempla un Libro Blanco que incluye los conceptos de política de seguridad, de política de defensa, y de política militar así como los diferentes niveles de la estrategia, expuestos más arriba, pero sin una separación clara y delimitada de lo que incluye cada una de las acepciones citadas. En este momento se va a tratar fundamentalmente el nivel de la estrategia de seguridad, en especial en el horizonte planetario, intentando definir lo más aproximado posible cuales son y en que estructura se hallan los principales componentes del moderno paradigma estratégico que debe hacer frente a los riesgos y desafíos del inicio del nuevo siglo. Para ello, el marco conceptual estratégico que se va utilizar realiza una síntesis del entorno de seguridad actual y su posible evolución, fija los objetivos de la comunidad internacional, detalla los criterios básicos y las líneas de acción para alcanzarlos, así como los diferentes ámbitos de actuación y las características de los medios que se requieren para ejecutarla. Todo lo anterior se desarrolla por unos actores estratégicos dentro de las reglas del orden mundial establecido. Con un alto grado de acierto, el orden mundial de los inicios del próximo siglo estará basado fundamentalmente en la coexistencia de las grandes potencias, las organizaciones internacionales y las áreas geoeconómicas sobre las que actuarán permanentemente las civilizaciones. Tendrá un carácter complejo y en él existirán múltiples zonas de solape entre los diferentes actores y entidades citados que darán una continuidad al constante flujo de ideas, pensamientos y culturas de la aldea global de la comunidad internacional. Se le denominará un orden mundial sin fronteras. Será un orden internacional continuo, sin fronteras definidas pero fuertemente interrelacionado, interconexionado y sistematizado, es decir, integrado. Muy probablemente, en los primeros años del siglo XXI, las grandes potencias como Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, Japón e India tendrán el mayor peso en el establecimiento del mencionado orden planetario para dar paso de forma paulatina y progresiva al protagonismo de las organizaciones internacionales, de las que una primera aproximación se representan en el mapa n° 1. El sentimiento^, de pertenenda a la aMv>a giobal s^rá más acusado ya que los valore.^ comunes y universales de las diferentes civilizaciones se habrán extern II do a gran parte de la sociedad internacional. Esta situación puede iiar lugar a compartir vivencias, principios, pensamientos y experiencias que provocarán un mayor acercamiento y comprensión entre loí^^ pueblos. Sin embargo, t odavía existirán amplios segmentos de la comunidad mundial sometidos a condiciones verdaderamente denigrantes e intolerables, especialnriente en aquellos vacíos geopolíticos donde las grandes potencias o las organizaciones internacionales tienen más o menos dificultades para actuar. Regiones como Iberoamérica, Africa Subsahariana, Oriente Medio, Asia Central y Sudeste de Asia posiblemente se hallarán en esta situación. La doctrina de seguridad de los primeros años del próximo siglo se caracterizará fundamentalmente por la promoción y defensa de los derechos humanos y los valores democráticos junto al respeto a. las minorías y al gobierno de la ley. Quedan ya obsoletos los principios de la guerra fría de no injerencia en asuntos internos, integridad e intangibilidad de fronteras. La situación estratégica mundial, caracterizada por la gran velocidad a la que se desaiTOJlan los acontecimientos y la consiguiente inexistencia de directrices claras para un futuro a medio plazo, presenta indicadores de encontrarse en puertas de una nueva era. En líneas generales, el incipiente orden planetario considera un conjunto de actores estratégicos con diferentes grados de poder e influencia pero cuyas decisiones tienen una gran importancia, unas veces a escala regional y otras en el ámbito planetario. El más alto nivcíl corresponde a las grandes potencias en el sentido clásico del término, es decir, poderes capaces de protagonismo a nivel planetario. Hoy en día, como ya se ha apuntado, se consideran a los Estados Unidos, la Unión Europea, China, Rusia, Japón e India como tales. Debemos hacer la salvedad que entre ellas sobresale claramente Estados Unidos como única que verdaderamente reúne todos los requisitos. Casi con toda probabilidad, esta afirmación respecto a los Estados Unidos seguirá teniendo vigencia dentro de unas décadas, pero en la proyección de su poder sobre ciertas regiones, las diferencias con los actores en presencia se acortarán hasta el punto que sea mucho más problemático para ella ejercer su poder en estas zonas que en los momentos actuales. Ello hará que presumiblemente los Estados Unidos acentúen la característica fundamental que en los últimos años han tenido sus intervenciones militares: la selectividad. Un segundo orden de poder se halla en otros países llamados, sin duda, a ejercer un polo de atracción a nivel regional. Son las potencias regionales. Entre ellas, se encuentran una posible Corea unificada, Australia, Indonesia, Irán, África del Sur, Nigeria, Brasil y Argentina. Para ñnalizar con el análisis de las potencias, no debemos olvidar el poder militar que en la actualidad, y previsiblemente en mayor medida en un futuro próximo, desarrollarán estados que hasta hace pocos años no contaban en la escena internacional, basándose en la consecución de un instrumento militar de bajo coste e incluso tecnología poco avanzada, pasando por armas de destrucción masiva o NBQ. Este tipo de actuación, normalmente adoptado por países de nivel económico no elevado y de organización socio-política de corte autoritario, podría ser de gran rentabilidad mediante la aplicación de golpes aislados, su utilización masiva y más dilatada en el tiempo o la simple amenaza de su uso. Se les llama estados felones para indicar que no siguen las reglas establecidas por la comunidad mundial. Pero al mismo tiempo, junto a la «renacionalización» de poderes que se está produciendo a nivel de todo el planeta, convive la idea de la integración que, lógicamente, según los pasos que hoy se pueden dar, tiene dimensión regional o internacional. Así, actualmente comparten espacio toda una serie de intentos más o menos consolidados de organizaciones internacionales de tipo político, económico o de seguridad de los múltiples actores. Estos intentos varían en intensidad de voluntades, de eficacia y en la amplitud del camino recorrido. Desde la ONU y la OTAN hasta el FMI y la APEC, tenemos todo tipo de ejemplos en el sentido apuntado anteriormente. No obstante el importantísimo papel que tienen los estados como sujetos políticos actuales en el concierto internacional, es necesario apuntar la existencia de fuerzas internas a ellos que en muchos casos actúan como elementos disgregadores. Nos referimos a los nacionalismos. En este sentido, gran número de estados se mueven entre tendencias aglutinadoras o disgregadoras respecto a su esfera interna, en paralelo con sus intentos de reafírmación a nivel regional o mundial y de sucesivos pasos de integración. Todas estas características, algunas El nuevo paradigma estratégico de ellas de naturaleza contraria a las otras, pueden darse simultáneamente, de forma que en determinados momentos es difícil determinar cual predomina. Otra de las características de la época presente es la extraordinaria importancia que están adquiriendo otras iniciativas ajenas al contexto estatal, como puede ser la gran variedad de estructuras que responden a la voluntad de grupos y organizaciones de carácter privado, de alcance nacional o internacional, las denominadas Organizaciones No Gubernamentales (ONG,s) que pujan por convertirse en actores estratégicos reconocidos de la escena mundial. Su incidencia actual en la Estrategia Global es innegable e irá en aumento con toda seguridad. Una última gradación de poder y en el mismo terreno de iniciativas ajenas a la voluntad de los estados, pero en esta ocasión con alcance normalmente nacional, lo conforma la actuación de organizaciones que suelen representar actitudes no siempre coincidentes con las de sus gobiernos, estableciendo lo que ha venido en denominarse Organizaciones Paramilitares. Este hecho, de gran importancia en algunos países, presupone la irrupción sobre el contexto estratégico a nivel interno de aquellos, de nuevos actores a tener en cuenta, sobre todo a la hora de los acuerdos de paz, del inicio de conflictos armados o de garantizar la seguridad y estabilidad en el territorio nacional. En este ambiente donde el número de iniciativas a todos los niveles se multiplica de forma inimaginable hace unos años, otras fuerzas de distinta naturaleza actúan incidiendo sobre los poderes políticos de forma que llegan realmente a modular el entorno en que éstos deben actuar, exigiendo el análisis de la situación que se contemple mucho más que las relaciones entre estados. Es el caso de la gran importancia que ha adquirido el poder de la opinión pública, una de las características fundamentales que nos ha aportado el siglo que termina. Esta circunstancia, muy unida al poder de los medios de comunicación, se produce principalmente en los países con regímenes democráticos, estando mucho más diluida en los autoritarios. Debido a esta consideración, no se pueden afirmar, por ahora, que sea un fenómeno universal. Otro factor que abunda en la línea ya apuntada del denominado golpe aislado es el del terrorismo internacional, promovido tanto por ciertos estados que obtienen así una forma económica de actuación, como organizaciones fuera de los ámbitos estatales cuya actividad puede poner en jaque a los gobiernos, representando para ellos uno de los quebraderos de cabeza más importantes de los próximos años. En este contexto tan variado, los tres grandes motores que tienen actualmente una influencia decisiva en el mundo de las relaciones internacionales y en la configuración del nuevo orden planetario son las grandes potencias, las organizaciones internacionales de tipo político, económico y de seguridad, y las tres áreas geoeconómicas más desarrolladas del mundo, pilotadas por los EEUU, Europa y Japón. Sobre todo el panorama anteriormente expuesto está actuando permanentemente el peso de las civilizaciones. Aunque éstas no son sustancialmente entidades políticas, a los efectos de este ensayo y en base a que reúnen un fuerte componente tradicional, histórico, religioso y cultural, constituyen unos actores que influyen poderosamente en la actuación y funcionamiento de los protagonistas más relevantes del orden mundial. Ante este entramado de relaciones y actores estratégicos internacionales tan complejo, la Organización de Naciones Unidas trata de consolidar el marco que establece su Carta, siendo hoy día la legitimidad del denominado derecho de injerencia, apuntado más arriba, uno de sus caballos de batalla principales. Es indudable que en los últimos años. Naciones Unidas ha retomado el interés por ejercer su acción a través de los medios militares cuando sea necesario, para lo que puede valerse de Organizaciones ya establecidas como la OTAN o de otras organizadas «ad hoc». En todo caso, la legitimidad mundial normalmente pasa en este momento por las Resoluciones del Consejo de Seguridad, y así debiera seguir siendo en el futuro. La globalización, como proceso de aceleración económica, tecnológica y cultural, significa que, con independencia de la integración política que está produciendo, las naciones cada vez más frecuentemente están afectadas por acontecimientos que suceden más allá de sus fronteras y ante los cuales tienen escasas posibilidades de control o de influencia. Simultáneamente existe otro proceso de fragmentación que corre en sentido contrario al anterior, cuyo «pistoletazo de salida» fue dado por el desmembramiento de la Unión Soviética y Yugoslavia al finalizar el período de la «guerra fría». Con este paso se rompió el principio de «integridad territorial» que había imperado desde el final de la II Guerra Mundial. La multiplicación de los estados continúa y así lo hará en los primeros años del próximo milenio. El protagonismo de éstos no se ha reforzado sino más bien se han revelado sus limites. Los nacionalismos existentes son cada vez más fuertes especialmente en los países más débiles. Dichos nacionalismos son defensivos en naturaleza y reflejan una falta de seguridad en si mismos en contraposición con los que existieron en las poderosas naciones del comienzo del siglo XX. El nacionalismo tiene mucha fuerza y las naciones-estado encuentran cada vez más difícil consolidar sus instituciones. Los estados han perdido su monopolio en las relaciones internacionales y ahora pueden competir, y pueden ser sustituidos de hecho, por entidades multinacionales tales como corporaciones transnacionales, instituciones financieras, medios de comunicación y ONGs. El rol del estado ha cambiado, y ya el sistema internacional no puede ser descrito durante más tiempo simplemente como relaciones entre estados. A la estructura interestatal mundial tradicional es necesario superponerla otra con una multitud de actores y de relaciones variadas que da un carácter de complejidad a las relaciones internacionales. La globalización es un proceso que ha cambiado no solamente el contexto externo en el que operan los estados sino también la propia^ naturaleza de los mismos y de las comunidades políticas. El entorno actual y el que se espera para un futuro próximo se caracteriza fundamentalmente por la complejidad, la inestabilidad y la incertidumbre. En el campo de las estructuras y organizaciones políticas, económicas y de seguridad del escenario internacional, se siguen produciendo importantes y continuas mutaciones. En términos reales, antes de que se acabe la implantación del diseño de una estructura u organización es necesario hacer alguna modificación. Esto significa que cualquier modelo que se ponga en práctica en estos campos debe de tener como una de sus características principales la flexibilidad y capacidad de anticipación suficientes para adecuarse a los continuos cambios de ritmo de los nuevos tiempos. El alcance de los medios de comunicación social, motivado por el avance de las nuevas tecnologías, ha propiciado una mayor sensibilización de la opinión pública sobre los conflictos internacionales y sus consecuencias sociales, lo que condiciona la toma de decisiones y el empleo de determinados medios incluidos los medios militares. En la era de la globalización del conocimiento, de los mercados, de la tecnología y de las comunicaciones, existe una gran interdependencia en todos los órdenes no solamente de unos países respecto a otros sino también dicha interdependencia se manifiesta entre organizaciones supranacionales. La simple defensa del territorio ya no es sinónimo de seguridad. La comunidad internacional se enfi:-enta a unos riesgos e inestabilidades complejos, que afectan a la seguridad, a la prosperidad y al bienestar de los ciudadanos. Estos no se contrarrestan únicamente defendiendo las fronteras del territorio nacional, sino que es necesario también extender la concepción de la seguridad de modo que se esté en disposición de impedir que los intereses y valores universales se vean afectados en cualquier lugar del mundo, utilizando para ello medidas de índole política, cultural, diplomático, económico o militar, de entidad proporcionada. Entre los riesgos más importantes a considerar se destacan los problemas económicos, sociales y políticos como productores de inestabilidad; la aparición de desequilibrios estratégicos; el resurgir de nacionalismos de diferentes tipos; la secesión e irredentismo; la lucha por la hegemonía regional; las disputas territoriales; la proliferación de armamento de destrucción masiva; la interrupción del flujo de recursos vitales o de información; los intentos fallidos de reformas; los extremismos religiosos, acciones del terrorismo internacional y sabotajes; el narcotráfico y la aparición del crimen organizado; la inmigración no regulada de refugiados procedentes de países no desarrollados y las grandes catástrofes medioambientales de origen natural o provocado. A esto se añade una serie de factores que pueden influir en los efectos de dichos riesgos, tales como la dimensión mediática, el dominio del campo electromagnético, la actuación en conflictos simétricos o asimétricos, los desfases tecnológicos, la nueva dimensión del espacio y del tiempo o el uso de la opinión pública y de los medios de comunicación. Si bien es verdad que el mundo actual, como antes se ha dicho, es en muchos aspectos más complejo e impredecible que su predecesor, no es menos cierto que en la actualidad existen mayores ocasiones de prevenir y de controlar las crisis para impedir la escalada del conflicto. Este abanico de posibilidades puede ir desde las actividades de diálogo, la diplomacia preventiva, uno de cuyos componentes lo constituye la diplomacia militar, la cooperación y la asociación, que promueven confianza y reducen las principales causas de las crisis o los conflictos, hasta operaciones propias del empleo de la fuerza militar, con mayor o menor fortuna, como las llevadas a cabo en la post guerra fría en Oriente Medio, en el Cáucaso y en los Balcanes. Én el actual panorama estratégico, en el que existe un mayor número de riesgos y amenazas también aparecen nuevas oportunidades que es necesario utilizar. Los estados deberán contemplar a los actores no-estatales no simplemente como competidores sino también para ser utilizados como instrumentos indirectos de la política y, algunas veces como socios y colaboradores. Los estados pueden ganar en influencia lo que pierden en control directo. Cuando ya no tienen el monopolio en las relaciones interestatales su respuesta natural consiste en intentar restaurarlo utilizando agencias no-estatales bajo su control. La antigua Unión Soviética utilizó tales agencias como «organizaciones del fi:-ente». Organizaciones privadas, desde fundaciones islámicas hasta compañías dirigidas por oficiales norteamericanos retirados, suministraron armas y asesoramiento militar a las partes del conflicto yugoslavo, abriendo un amplio abanico de nuevas opciones para los gobiernos de los países. Algo similar se debe efectuar con los actores no-estatales de carácter autónomo. Fundaciones políticas alemanas, así como importantes fundaciones norteamericanas y organizaciones humanitarias francesas y españolas han edificado su credibilidad en su independencia, estando sus objetivos en armonía con los de la comunidad democrática de la que ellas son una expresión. Por ejemplo, Estados Unidos hubiera tenido menos influencia sobre Pekín si no se hubiera tenido en cuenta la presión de las ONG,s luchando por los derechos humanos en China. Asimismo, la globalización proporciona a los estados otra importante oportunidad. En lugar de actuar en un sistema donde la diplomacia fue siempre el punto de entrada más importante, la debilidad de las estructuras estatales y el hecho de no ser únicamente intermediarios los estados, hace más fácil para los mismos emplear otros caminos o vías indirectas. Hay un amplio segmento de población cuyos horizontes no son puramente políticos, económicos o diplomáticos sino que se extienden a conexiones de tipo humanitario, educación, cultura o una más libre corriente de información. Ya se ha visto bajo qué tipo de orden mundial va a actuar la estrategia, las características más relevantes del entorno de seguridad donde se va a desarrollar así como quienes serán los más importantes actores o entidades estratégicas participantes. En el actual contexto mundial, la seguridad es un estado de convivencia caracterizado por una situación de paz, de ausencia de riesgos, retos, amenazas o agresiones y por la estabilidad política, económica y social. El orden garantiza la seguridad mediante el establecimiento de un marco de referencia constituido por un conjunto de principios, valores, actores en presencia, reglas de conducta y normas de comportamiento por las que se rige la convivencia de la comunidad. Para cumplimentar las condiciones definidas por el orden en su marco de referencia existen diferentes modelos. De entre ellos hay que elegir aquel cuyos procedimientos, métodos, medidas a tomar e instrumentos a utilizar sean los más adecuados para conseguir el más seguro, estable y pacifico estado de convivencia. En definitiva, el escoger un modelo significa optar por la estrategia apropiada. Como rasgos o características más importantes de lo que se ha expuesto hasta ahora destacan los nuevos actores del orden internacional así como los emergentes riesgos y oportunidades que se hallan en el entorno de seguridad que se ha definido. En el actual ambiente estratégico, las luchas y enfrentamientos por la posesión del territorio ocurren con menos frecuencia que en los tiempos pasados. Parece necesario analizar más profundamente las nuevas realidades de la incertidumbre y de la complejidad y su relación con el tiempo, la voluntad y el empleo de las masas. Por otra parte, el conflicto civil, el terrorismo, la secesión, el irredentismo, los actores no-estatales, las armas de destrucción masiva (ADM) y el fundamentalismo constituyen los fenómenos más importantes a tener presente dentro del entorno de las inestabilidades y de las crisis más probables. La comunidad internacional debe estar preparada para hacer frente a las mortales mezclas de tensiones étnicas, nacionalismos, crímenes transnacionales y la aparición de disputas religiosas, factores todos que salen a la superficie simultánea e inmediatamente después de los conflictos intra e interestatales. Algunas de las razones principales que está propiciando la revolución en el campo estratégico se apoyan en la indefinición de quien es la comunidad internacional, en la distorsión que producen los medios de comunicación, en la existencia de nuevos factores a considerar y la continua violación de las reglas y conductas éticas y morales que deben regir el comportamiento y la convivencia humana. El nuevo orden mundial que se está gestando introduce una moderna concepción de la estrategia derivada del enorme salto cualitativo que El nuevo paradigma estratégico se está suñiendo en los campos de la política, la economía, lo social y lo militar, al final del siglo XX, en relación con el progresivo y menos acelerado cambio que dichos campos han ido padeciendo en su evolución a lo largo de los tiempos. Ahora la estrategia se define o se establece con propiedad. No qs coyuntural sino que su vigencia se halla por encima de los conflictos, acometiendo varios de ellos sin solución de continuidad. Ya no se diseña para una guerra o conflicto determinado sino que se establece para una época histórica caracterizada por un conjunto de circunstancias apropiadas para ser consideradas como determinantes para la definición de un tipo de estrategia. Se le llama la dimensión o el factor temporal de la estrategia. La dimensión social, la de las comunicaciones, y la de la tecnología junto con las nuevas mentalidades y el dominio del conocimiento constituyen los principales impulsores de la rápida evolución que se está produciendo en el campo estratégico. De acuerdo con el marco conceptual anteriormente indicado, vamos a exponer seguidamente cómo se puede contemplar el proceso estratégico a que se viene haciendo referencia. El establecer sus diversos componentes supone saber el contenido y la esencia de la estrategia. Objetivos de la comunidad internacional En la línea que*se viene argumentando, algunos de los objetivos que puede establecer la sociedad mundial, de hecho, muchos de ellos se hallan en la Carta de las Naciones Unidas, son los que se relacionan a continuación. • Alcanzar la paz y la estabilidad en todas las regiones del globo. • Implantar una ética-moral que sea única y aceptada plenamente a nivel internacional. • Asegurar los valores, principios, e intereses de carácter universal y que sean comunes a las más importantes civilizaciones. • Garantizar la justicia y respeto de los derechos humanos. • Promover un desarrollo social y económico sostenible para conseguir una mayor prosperidad para la comunidad internacional. • Promover los valores democráticos y las libertades fundamentales. Jesús Rafael Argumosa Pila Criterios básicos Dentro de los límites en que se encuadra el orden de seguridad que se ha definido, la doctrina estratégica debe caracterizarse por un sentido de la anticipación al nacimiento de las causas de las inestabilidades, mediante la disuasión previa, el establecimiento de las relaciones adecuadas en el campo del diálogo y la cooperación junto con la firme voluntad de actuar ante cualquier situación. Es necesario aplicar los mismos criterios para todas las comunidades y pueblos de la tierra, de tal forma que nadie se sienta discriminado. Hay que huir del término «doble rasero». Asimismo, la actuación en el marco multinacional será la forma habitual de operar de la nueva estrategia. De esta manera, los intereses a defender serán siempre comunes y colectivos. Conviene aprovechar e impulsar el protagonismo de las organizaciones internacionales como foros adecuados para tomar las medidas oportunas en orden a resolver las inestabilidades, las crisis o los conflictos, en su caso. Se debe considerar a la comunidad internacional como una entidad estratégica única, con el objeto de que la respuesta siempre sea global y cohesionada ante cualquier riesgo o inestabilidad que ponga en cuestión la seguridad internacional. Si, por un lado, la actuación estratégica tiene que llevarse a cabo dentro de un espíritu de previsión de futuro, que permita ir adaptándose de manera permanente a la evolución que se vaya produciendo en el entorno de seguridad internacional, por otro, es importante sacar el máximo provecho de los adelantos tecnológicos, buscando respuestas rápidas y precisas que reduzcan al mínimo los daños o perjuicios a la sociedad mundial. Se considera de especial atención la cooperación de los actores noestatales como las Organizaciones No Gubernamentales, agencias, organizaciones internacionales,... etc, con la tradicional actuación de los estados ya que con ello se incrementará notablemente la eficacia en los resultados. La visión global sin fronteras de la seguridad y estabilidad internacional será una condición clave para la credibilidad, eficacia y permanencia de la paz en todo el planeta. Las prioridades estratégicas que se establezcan en la resolución de las inestabilidades, crisis o conflictos deben de tener siempre como premisas mas importantes de referencia el respeto a los derechos humanos, a los derechos de las minorías, razones humanitarias, valores democráticos y el gobierno de la ley. El mundo actual aboga por la sistematización como forma más adecuada de tratar a la complejidad y por la ambigüedad calculada como futuro modelo de actuación de los actores estratégicos en contraste con el habitual y clásico tratamiento del empleo de la fuerza. Líneas de acción estratégicas Los caminos a seguir para alcanzar los objetivos fijados dentro del marco establecido por la doctrina o los criterios básicos que se acaban de determinar, se definen en base al escenario en que se actúe y atendiendo al nivel de la inestabilidad, riesgo, amenaza, crisis o agresión. Algunos de los más relevantes pueden ser los que se expresan seguidamente. La comunidad internacional debe prestar el máximo apoyo al control de armas, al desarme y a la no-proliferación de armas de destrucción masiva (ADM). Es necesario mejorar la seguridad y estabilidad al más bajo nivel posible de fuerzas consistente con la habilidad de los instrumentos que se utilicen para alcanzar la paz mundial. Se promoverán los necesarios esfuerzos políticos para reducir los peligros que se derivan de la proliferación de ADM y de sus medios de lanzamiento. El diálogo, la cooperación y la asociación constituyen positivos y ejemplares mecanismos que promueven la seguridad y estabilidad en el planeta. El resultado del proceso de Asociación para la Paz (APP), que actualmente se lleva a cabo en el seno de la OTAN, ha alcanzado cotas realmente extraordinarias en el campo de la seguridad. Con objeto de preservar la paz, impedir la guerra y mejorar la seguridad y estabilidad se buscará la cooperación entre todo tipo de organizaciones internacionales en la tarea de la prevención de conflictos o, en caso de que se desencadene, contribuir al control de la crisis de forma efectiva, consistente con lo establecido en la ley internacional, incluyendo la posibilidad de conducir operaciones en una guerra limitada. La actuación y estrecha cooperación de los elementos, medios y procedimientos actualmente utilizados por el sistema interestatal, dentro de la ONU o de las organizaciones internacionales con y entre las ONG,s, fundaciones, agencias u otro tipo de actores no-estatales será establecida como una forma habitual en el nuevo entorno de seguridad que se ha señalado. El establecimiento de relaciones de bajo perfil en actividades como seminarios, visitas, convivencias, reuniones, enseñanza... etc., condu-centes a incrementar las medidas de confianza y seguridad, tendrá una especial importancia dentro de la anticipación activa considerada como una de las características de esta estrategia. Será de capital relevancia utilizar aquellas áreas del planeta que gozan de una firme y continua paz y seguridad, como focos originadores, promotores y exportadores de estabilidad respecto a las zonas del planeta donde imperan las inestabilidades y los riesgos de potenciales crisis o conflictos. La promoción del conocimiento, de la ciencia y tecnología, de los medios de inteligencia, de la mejora de la vida social, y de elementos innovadores que optimicen el desarrollo económico así como el incremento del control y cuidado del medio ambiente contribuirá notablemente al mantenimiento y aumento de la prosperidad de toda la comunidad internacional, lo que, sin lugar a dudas, proporcionará una mayor seguridad y estabilidad. El mantenimiento de la adecuada capacidad militar y una rigurosa disponibilidad y preparación para actuar en la defensa común de los valores universales, junto con la solidaridad política, constituye el instrumento vital de la comunidad internacional para impedir cualquier tipo de coerción o intimidación y para garantizar que la agresión militar dirigida contra cualquier estado o comunidad política nunca sea percibida como una opción que pueda tener éxito. En líneas generales, la palabra «escenario» que se va a utilizar engloba no sólo el contexto geográfico sino que también incluye, entre otras cosas, el riesgo, tiempos de respuesta, tendencias de los actores en presencia, características de los medios a emplear, alianzas o acuerdos a considerar,...etc. Los hechos o acontecimientos que suceden en el mismo tienen una ñierte influencia en la seguridad internacional. En el proceso lógico que se viene desarrollando, los escenarios que fiíndamentalmente se consideran son aquellos donde se prevé la aparición o existencia de tensiones, inestabilidades, crisis o agresiones que pongan en tela de juicio o repercutan sustancialmente en la paz y seguridad internacional. Esto no es óbice para que se tenga previsto la actuación en cualquier otro tipo de escenario que en un determinado momento o situación, se considere que reúne condiciones tales que atenten contra la seguridad y estabilidad internacional. Esencialmente constituyen zonas de recursos energéticos de carácter mundial, o de acceso a las mismas, donde se encuentran intereses y apetencias principalmente de las grandes potencias, de las organizaciones internacionales o de potencias regionales. Junto a esta clase de escenarios existen otros que se caracterizan especialmente por luchas o enfrentamientos por conseguir la hegemonía o influencia regional. La franja planetaria de los principales recursos mundiales en los próximos 20 años está situada en la zona señalada en el mapa n° 2. En la citada zona se encuentran las áreas donde están acumulados los grandes recursos energéticos: Sudamérica, Golfo de Guinea-Grandes Lagos, Oriente Medio y la cuenca del mar Caspio. En esta franja sólo se encuentra, de forma excéntrica, una gran potencia, Rusia. El resto de las grandes potencias se halla fuera de la misma. Es previsible que, en los próximos años se asista a una importante competencia entre las mismas para acceder a dichos recursos. Ello provocará tensiones y relaciones inestables de carácter internacional, con independencia de los conflictos y enfrentamientos que puedan ocurrir entre los diferentes países situados en el interior de la zona. A estos efectos y dentro del entorno de seguridad expresado anteriormente, las zonas del globo más proclives a la existencia o al surgimiento de focos de riesgo con repercusión en la estabilidad planetaria corresponden a Oriente Medio, los Balcanes, África Subsahariana, la cuenca del mar Caspio, el Sur de Asia y el Este de Asia (mapa n° 3). Esta región se encuentra sometida a grandes convulsiones consecuencia fundamentalmente de las razones que se relacionan a continuación. Por un lado, las relaciones entre Israel y el mundo árabe se hallan en permanente situación inestable, con independencia del proceso de paz de Oriente Medio, como consecuencia del no reconocimiento de las fronteras, del establecimiento definitivo del Estado palestino, de las disputas judío-islámicas sobre la propiedad de los Santos Lugares o de los problemas derivados de la escasez del agua. Por otro, se encuentra la eterna rivalidad entre los países musulmanes de la zona en su búsqueda de alcanzar la hegemonía regional, en la responsabilidad de la custodia de los Santos Lugares del Islam o el permanente conflicto intra-islámico provocado por el cisma sunnita-chiita. En especial, la lucha por el liderazgo en la zona por parte de Irán, Irak, Arabia Saudí y Siria puede ocasionar violentos enfi:"entamientos y consecuencias realmente graves para la estabilidad internacional. El proceso de plena independencia de Líbano con la retirada de las ñierzas israelíes y sirias continúa produciendo fiicciones entre los árabes y los israelíes debido a las dificultades que existen para controlar y regular la convivencia entre los diferentes grupos religiosos y étnicos que habitan en el país, desde los cristianos maronitas hasta los drusos pasando por los sunnitas y chutas. El problema kurdo sigue constituyendo una niente de crisis e inestabilidades en aquellos países donde mayormente se halla este pueblo, en particular entre Turquía, Irak, Irán y Siria. La posible creación de un estado kurdo choca de lleno con los intereses de los países antes mencionados cuyo objetivo final consiste en librarse de ellos a ser posible haciendo que emigren a otros lugares fiíera de la región. La situación representada puede producir unos riesgos derivados tanto de la rivalidad árabe-israelí como de las disputas entre los países musulmanes, dando lugar con gran fi:'ecuencia a enfi:*entamientos o a conflictos firatricidas dentro de la comunidad islámica que, en ñmción de la importancia estratégica de la zona, puede implicar, y de hecho, ha estado implicando los últimos años a las grandes potencias. Con mucha probabilidad, varios estados de la zona disponen de armas de destrucción masiva y de sus medios de lanzamiento. Posiblemente la capacidad nuclear de Israel pueda encontrar a corto plazo su contrapeso en algunos países del área como pueden ser Irán o Irak. Las fijerzas armadas convencionales de estos países responden a unas características y entidad muy semejantes a las naciones occidentales. A medio plazo pueden disponer de tecnología emergente y con gran probabilidad estén dotadas de las capacidades militares de despliegue y movilidad, enfrentamiento eficaz, supervivencia de fiíerzas y de infi:'aestructura y mando, control y comunicación. La cuestión balcánica ha estado presente en todas las grandes conflagraciones del continente europeo. A pesar de pertenecer toda su El nuevo paradigma estratégico ribera sur al Mediterráneo, la influencia y repercusión de los acontecimientos de los Balcanes siempre se han manifestado con enormes consecuencias en la estabilidad del Centro y Este de Europa, afectando grave y poderosamente a la unidad europea. Desde el Adriático hasta las costas del mar Negro y desde el Mediterráneo a la cuenca del Danubio, esta zona constituye una impredecible encrucijada que está sujeta a continuas convulsiones de orden étnico, religioso, nacionalista y de delimitación de fronteras. De hecho, aún no se ha conseguido, de forma clara, real y creíble, una convivencia pacífica dentro de las comunidades multiétnicas, multireligiosas o multinacionalistas que habitan en los Balcanes. Las posturas de los principales países europeos han estado enfrentadas en numerosas ocasiones en relación con el territorio balcánico. En estos momentos de cambio de siglo, la desaparición de Yugoslavia y la reciente guerra de Kosovo han vuelto a desencadenar los demonios balcánicos. A pesar de la victoria de la OTAN sobre el Ejército serbio, incluyendo su abandono del territorio kosovar, la misión de la Fuerza de Seguridad para Kosovo (KFOR), compuesta por unos efectivos cercanos a 50.000 militares de más de 30 países (el mayor contingente lo han puesto los 16 miembros de la Alianza Atlántica), de supervisar la retirada serbia, garantizar la vuelta de los refugiados y evitar un rebrote de violencia revanchista contra la minoría serbia, no será nada fácil. Por otra parte, en el lado civil, la ONU será la principal responsable del establecimiento de una administración internacional con la denominación de Misión de las Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK). Las tareas más importantes serán facilitar el reasentamiento de los.refugiados, iniciar las tareas de reconstrucción y crear las condiciones políticas y sociales para que se pueda establecer un autogobierno en la provincia. Junto a ello, el Pacto de Estabilidad en los Balcanes, al que se le dio carta de naturaleza con la Declaración de Sarajevo, el pasado 30 de julio, firmada por un centenar de lideres mundiales, que fija el marco de democracia, desarrollo y seguridad de la zona, constituirá el escenario adecuado para la integración del Sureste de Europa en un continente donde las fronteras deben permanecer inviolables. Sin embargo, no es sencillo cambiar el rumbo â,e la ecuación balcánica, con una larga historia cercana a los mil! años, en tan sólo unos pocos lustros. Con un alto grado de probabilidad, seguiremos asistiendo, en los primeros años del próximo milenio, a inestabilidades y crisis en los Balcanes. No únicamente el futuro de Kosovo, sino también el de Macedonia, Montenegro y especialmente Serbia se hallan en una total incertidumbre. Aunque países limítrofes como Austria, Hungría, Bulgaria, Rumania y Grecia mantengan hasta ahora una posición moderada y de gran sensatez, las reivindicaciones en todo el entorno balcánico aún no están cerradas. Cualquier explosión de tipo étnico, nacionalista o religioso en esta zona puede afectar gravemente tanto a la seguridad interna de Europa como a la estabilidad internacional fundamentalmente en las relaciones con el mundo islámico o con el mundo eslavo. Las fuerzas militares convencionales de la zona presentan unas características de tecnología media-baja pero que resultan ciertamente eficaces en el terreno en que se mueven. A excepción de Grecia y Turquía dotadas de medios de corte occidental, los demás Ejércitos tienen material procedente de la antigua Unión Soviética con notables problemas tanto de abastecimiento como de mantenimiento. Disponen de las capacidades militares de despliegue y movilidad, supervivencia de fuerzas y de infraestructura. Africa Subsahariana se caracteriza por las turbulentas y continuas crisis que asolan a una parte importante de la región y que están produciendo una enorme violencia y constantes actuaciones contra los derechos humanos. Las Iniciativas de Ayuda a la pacificación y estabilización de estos países de Africa Subsahariana, que han iniciado, en diversos campos, algunos países occidentales, encabezados por Francia y Estados Unidos, no han dado los resultados que se esperaban por querer ir demasiado deprisa. Africa es un viejo continente que tardará en alcanzar los standars de Occidente, de forma lenta y progresiva. De los tres conjuntos de países que se distinguen en esta región, el del Golfo de Guinea, liderado por Nigeria, el de los Grandes Lagos donde sobresale la República del Congo y el de África Austral pilotado por Sudafrica, el último de ellos es el que ha conseguido un desarrollo político, económico y social más consolidados y equilibrado.. Aunque la zona del Golfo de Guinea está sufriendo un notable crecimiento económico y social, especialmente debido a la explotación de los yacimientos de hil^rocarburos existentes en su subsuelo, lo cierto es que se halla sometida a continuos conflictos de naturaleza funda-El nuevo paradigma estratégico mentalmente étnica. Aún así, siguen existiendo amplios sectores de la población por debajo del nivel de la pobreza. Su desarrollo político es desequilibrado. Junto a países que están dando firmes pasos hacia la democracia como Guinea Conakry, otros como Congo Brazzaville siguen siendo regímenes dictatoriales. En el intermedio existe una amplia gama de distintos niveles de gobiernos con diferentes grados de restricciones políticas. Nigeria, gran potencia de la zona, tampoco constituye un modelo a seguir debido a los permanentes bandazos que está dando en la consolidación democrática. En pocas ocasiones ha conseguido un aceptable nivel de pluralismo político y libertades individuales. En la región de los Grandes Lagos, la situación también se caracteriza por inestabilidades crónicas y violaciones permanentes de los derechos humanos y del respeto a las minorías. La república del Congo no ha^ conseguido el nivel de estabilidad política que le pueda permitir tener un liderazgo claro en la zona. A pesar de la existencia de países como Tanzania y Kenia con un desarrollo político más avanzado, la mayor parte de las naciones de la zona disñntan de regímenes de tipo anárquico enraizados en las costumbres y diferencias étnicas y tribales. El nivel de vida de la mayor parte de la población se halla cerca de los umbrales de la pobreza, con independencia de la gran riqueza del subsuelo en minerales estratégicos y diamantes, como consecuencia de la desastrosa política llevada a cabo por la mayoría de los gobiernos en el sentido de la distribución irracional de los beneficios económicos de cada nación. Aunque el Africa Austral se halla en un nivel de desarrollo político, econónúco y social superior a las dos regiones antes mencionadas, lo cierto es que también existen crisis y tensiones en algunos países de la zona. Antiguos conflictos como los de Angola, Mozambique, Namibia y aún los derivados del apartheid de Sudafrica, todavía no han cicatrizado sus heridas. El desarrollo democrático, económico y social alcanzado por Sudafrica está sirviendo de paradigma y de manto amortiguador a cualquier inestabilidad o crisis que pudiera ocurrir en la zona. Su influencia sobre el resto de los países está contribuyendo de forma notable a crear las condiciones de paz y de estabilidad en el área. De forma global, los riesgos que se perciben con más probabilidad en el Africa Subsahariana son aquellos procedentes de disturbios tribales o de luchas de poder político entre fracciones de una misma etnia que se plasman con cierta frecuencia en golpes de estado o conflictos con una alta tasa de mortandad. Sus consecuencias pueden crear inestabilidades y extenderse a países o zonas limítrofes que pongan en evidencia los intereses de seguridad mundial. La mayor parte de los Ejércitos de estos países son de pequeña entidad y su característica más relevante reside en que disponen principalmente de armamento ligero, individual y colectivo, en unas condiciones de funcionamiento y mantenimiento realmente deficientes. Apenas tienen armamento pesado y, si lo tienen, el abastecimiento de munición es muy precario. En estas condiciones las capacidades operativas son ciertamente bajas. La excepción a estas características la constituye Sudafrica que disfruta de un ejército mucho más cercano al de los países occidentales con un estado de operatividad y eficacia de nivel medio. Dispone de tecnología emergente con adecuadas capacidades operativas de despliegue y movilidad, supervivencia de fuerzas y de infraestructura y sostenimiento incluyendo la logística y la rotación de fuerzas así como de un aceptable nivel de mando, control y comunicaciones. El entorno del Cáucaso se caracteriza por estar sujeto a fuertes presiones tanto en el lado oriental como en el occidental, distinguiéndose por constituir una zona colchón entre dos comunidades cuyas civilizaciones responden a criterios y valores culturales, éticos y sociales muy distintos. El nuevo paradigma estratégico intereses tan diferentes de los países limítrofes ha producido una continua situación de inestabilidad y desordenes sociales que han provocado varias intervenciones de fuerzas militares bajo la bandera de la ONU o de la OSCE. Las actividades llevadas a cabo en el proceso de Asociación para la Paz y dentro del marco del EAPC de la OTAN no han conseguido evitar los recelos hacia el mundo occidental ni tampoco han resuelto el grave problema de identidad nacional que arrastran los países de esta zona. La afloración de nacionalismos y de continua disgregación de países ha conducido a un permanente cambio de fronteras poniendo en peligro la misma existencia de los estados. En este entorno se halla el irredentismo existente en la península de Crimea, territorio ucraniano con una numerosa población de etnia rusa que ha expresado su deseo de formar parte de Rusia. Una guerra o conflicto entre Ucrania y Rusia afectaría directamente a Alemania y a gran parte de Europa. En la cuenca del mar Caspio, algunas repúblicas como Kazajstán y Turkmenistán están alcanzando en los últimos años un nivel socioeconómico relativamente bueno, de forma general, consecuencia del desarrollo económico procedente de la explotación de los enormes recursos energéticos existentes en la zona. Sin embargo, otras como Uzbekistán, Tajikstán y Kirgyzstán, se encuentran sometidas a unas condiciones sociales y de forma de vida ciertamente ínfimas. La situación pohtica y de seguridad de la zona es especialmente preocupante. Gran parte de las diferentes minorías existentes en las cinco repúblicas musulmanas centroasiáticas no disfrutan de las mí-, nimas condiciones de respeto a los derechos humanos, libertad de expresión o de igualdad ante la ley. Este es uno de los principales motivos de la existencia de continuas tensiones y conflictos en el área que puede obligar, con gran probabilidad, a la realización de operaciones multinacionales en apoyo de la paz y de la estabilidad. Las fuerzas militares de los países de este escenario se encuentran en estado deficiente. A expensas de tener en cuenta las importantes fuerzas nucleares rusas, en el ámbito convencional, al no haber disfrutado la zona de un desarrollo económico adecuado, el nivel de tecnología y de poder de adquisición tanto del sector público como del privado es muy bajo. En consecuencia, los medios militares de los ejércitos del área son realmente muy modestos y dotados de una escasa tecnología. Apenas llegan a tener unas mínimas capacidades de despliegue y movilidad, de supervivencia de fuerzas y de sostenimiento. La crónica tensión entre India y Pakistán acerca de Cachemira, que ya ha provocado dos guerras entre ambos países desde su independencia en 1947, continúa existiendo a finales del siglo XX, con el agravante de que los dos países han efectuado pruebas nucleares en una demostración disuasiva de fuerzas sin precedentes. El que las dos potencias nucleares mantengan unas tensas relaciones y grandes diferendos es de por sí un problema grave para la paz y estabilidad planetaria. Si a esto se añade que otras potencias nucleares, más potentes, y con más peso en la seguridad mundial. China y Rusia, mantienen posturas diferentes respecto al conflicto indo-pakistaní, apoyando la primera a Pakistán y la segunda a India, el contencioso adquiere mayor gravedad y peligrosidad. A mayor abundamiento, el litigio fronterizo chino-indio en territorio próximo a Cachemira junto a la posible implicación de Afganistán, ya sometido a una cruenta guerra civil, y de algunas repúblicas musulmanas centroasiáticas introducen nuevos elementos de riesgo y de posible incremento o expansión del conflicto inicialmente centrado en Cachemira. El proceso de consolidación de la democracia en la India continúa sufriendo algún sobresalto que provoca disturbios y desórdenes internos no deseables para el estado. Asimismo, las corrupciones y luchas dentro de Pakistán fundamentalmente entre partidos políticos de carácter religioso y étnico no favorecen la estabilidad del régimen. Por otra parte, la situación económica en ambos países, que no ha dejado de deteriorarse en los últimos años, incrementa la inestabilidad en el área. Además, la existencia de más de 100 millones de musulmanes dentro de India, con un «status» de segundo orden dentro del estado, aumenta, por un lado, los problemas de control y estabilidad interna en el territorio de la península indostánica y, por otro, produce sentimientos anti-indios en gran parte de la comunidad musulmana internacional, principalmente en las zonas próximas a dicha península que pueden provocar inestabilidades en la paz y seguridad global. Otros países de la zona como Bangladesh y Sri Landa siguen madurando en sus procesos democráticos, aunque con diferente ritmo e intensidad. Bangladesh está consiguiendo un notable desarrollo económico y social sin grandes traumas. Sin embargo, en Sri Landa la guerra civil entre el gobierno y los separatistas tamiles, ha continuado influyendo negativamente tanto en la vida política como en la economía del país. Los ejércitos de este escenario tienen entidades, dimensiones y capacidades de muy diversa índole. En el campo nuclear, se hallan las fuerzas nucleares de India y Pakistán a las que no son ajenas las de China. En el entorno convencional, las fuerzas militares tanto de India como de Pakistán, destacan no sólo en su dimensión sobre el resto de los países sino también en su nivel tecnológico. Así, mientras las fuerzas de estos dos países disfrutan de un desarrollo tecnológico aceptable, disponiendo de las capacidades de despliegue y movilidad, supervivencia de fuerzas y de infraestructura y sostenimiento, las de otros países del área como las de Bangladesh o Bhutan se hallan en unas condiciones realmente precarias. En el intermedio, más bien cerca de los dos últimos se encuentran las de Sri Landa. Desde la Rusia asiática hasta Indonesia y desde la China profunda hasta Australia, este escenario encierra una serie de religiones, civilizaciones, culturas y problemas de seguridad totalmente dispares. Aunque los Estados Unidos tienen una presencia militar en la zona de 100.000 efectivos, mantiene alianzas militares con Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia y Tailandia y apoya el diálogo regional de la ASEAN, las tensiones en la península de Corea permanecen como las principales amenazas a la paz en el Este de Asia. Las conversaciones cuatripartitas entre los Estados Unidos, China, Corea del Norte y Corea del Sur, no están consiguiendo ningún resultado positivo. Corea del Norte sufre un enorme desastre económico al mismo tiempo que dispone de medios de lanzamiento de misiles con posibilidades de portar medios nucleares. En cuanto a China y a pesar del elevado nivel de crecimiento que ha disfrutado en los últimos años, aún sufre los graves problemas internos de Tibet y Taiwan así como el brote de los nacionalismos como el de los igures musulmanes del territorio del Noroeste. En concreto, las pretensiones de China de incorporar a Taiwan a su soberanía pueden producir graves problemas en la seguridad internacional en los que estarían implicados, como mínimo, tanto los Estados Unidos como Japón. Por otro lado, China mantiene tensiones fronterizas sin resolver con India, Vietnam y con los países ribereños del Mar de la China Meridional, así como una diáspora muy activa en varios países del Sudeste Asiático que están ocasionando focos de inestabilidades con repercusiones importantes en la seguridad internacional. A ello se añade el problema de las islas Diaoyo situadas en las aguas reclamadas tanto por Pekín como por Tokyo. En realidad, las pretensiones actuales del país de la Gran Muralla se centran en dos grandes temas. Por un lado, como lograr un equilibrio de poder en la región del Asia-Pacifico, en especial de cara al futuro protagonismo tanto de los americanos como de los japoneses. Por otro lado, cuales son sus posibilidades de desplegar sus fuerzas militares para asegurar los recursos que requiere su asombroso crecimiento económico. Con respecto al contencioso ruso-japonés en torno a las islas Kuryles y al litigio fronterizo, ahora aletargado, entre China y Rusia, no se pueden perder de vista las graves repercusiones en la seguridad y estabilidad de la zona que puede producir la incierta e inestable evolución del desarrollo político y económico de Rusia. Indonesia está atravesando difíciles momentos que están poniendo en peligro la estabilidad del país, el más poblado del mundo musulmán. La sucesión del autoritario y corrupto régimen de Suharto aún no está resuelta. Por otra parte, la brutal represión llevada a cabo por el Ejército de Indonesia en Timor Oriental, antigua colonia portuguesa ocupada y anexionada por este país en 1975, añade más incertidumbres a la credibilidad del actual gobierno ante la comunidad internacional. Las fuerzas militares de este entorno presentan características y capacidades muy distintas. Por un lado, sobresalen las fuerzas nucleares chinas y rusas. Dentro del ambiente convencional, existen Ejércitos de grandes dimensiones como el chino y el ruso, con un desarrollo tecnológico medio-alto, pero con ciertos problemas de funcionamiento, junto a los de Japón, Corea del Sur o Taiwan, más pequeños pero disfrutando de una alta tecnología. Con independencia de la posible existencia de armas de destrucción masiva y de sus medios de lanzamiento por parte de Corea del Norte, en el extremo de menor desarrollo se hallan otros ejércitos como el de Indonesia o Filipinas. Entre sus capacidades sobresalen las de despliegue y movilidad, enfrentamiento, supervivencia de fuerzas y sostenimiento. Como mencionábamos en el marco conceptual, se trata de encontrar qué tipo de medios tienen que emplear los actores estratégicos para El nuevo paradigma estratégico conseguir los objetivos que se han señalado, de la forma que se ha indicado y en los escenarios expresados. De esta manera, se cierra el proceso de la estrategia que se está definiendo. Sería prolijo enumerar y desarrollar en detalle todos los instrumentos que se tienen que emplear para que la estrategia planetaria que se ha expuesto en este ensayo se pueda llevar a cabo. En este momento únicamente nos limitaremos a indicar que los más importantes campos a los que deben pertenecer los instrumentos o medios a utilizar son los de la política, la diplomacia, la economía, el cultural, el social y el militar. A modo de ejemplo, y hablando solamente del campo militar, la comunidad internacional, para hacer firente con eficacia y efectos resolutivos, de forma general, a los requerimientos de la amplia gama de conflictos que se pueden presentar y teniendo en cuenta la diversidad de Fuerzas Armadas que pueden intervenir, debería disponer de unas fuerzas militares que incluyeran, al menos, los tres niveles de capacidades que se mencionan a continuación. El nivel de las capacidades propiamente operativas, representadas por el enfrentamiento eficaz, capacidad de despliegue y movilidad, la supervivencia de fuerzas y de infraestructura y el sostenimiento, incorporando la logística y la rotación de fuerzas. El de los catalizadores, como integradores del desarrollo de los anteriores en el campo de las operaciones multinacionales que son la interoperabilidad, el uso de la tecnología avanzada apropiada y el mantenimiento de la superioridad de la información. Como tercer nivel, se encuentran los multiplicadores de fuerzas constituidos fundamentalmente por el mando, control y comunicación, la inteligencia y el reconocimiento. En los albores del siglo XXI Bien es verdad que estamos inmersos en una indefinición e indeterminación del pensamiento estratégico, pero no es menos cierto que este fenómeno no es nuevo en el ámbito estratégico. En periodos históricos de profundos cambios como el de la reforma protestante, la Revolución Francesa o el final de la Segunda Guerra Mundial, siempre se ha asistido a momentos de reflexión y análisis al objeto de encontrar o diseñar el nuevo orden, con las adecuadas directrices políticas y de seguridad que constituyen la fuente para el establecimiento de la estrategia apropiada. Por otra parte, después de haber pasado por un largo periodo de guerra fría donde se había establecido un esquema estratégico sólido y estable como consecuencia de que estaban claramente definidos los actores, los escenarios, las fronteras y el potencial adversario, es razonable pensar que las incertidumbres y complejidades de este final de siglo no favorecen inicialmente el establecimiento de una doctrina estratégica sólida, coherente y con visión de futuro. Los parámetros de medida que han aparecido o están naciendo como pueden ser la aplastante utilización del empleo de los medios en el caso de los Estados Unidos, la inducción a la parálisis de la decisión empleada por Hassan Hussein o Milosevic, la coexistencia de la globalización y de la fragmentación, las asimetrías de los actuales y previsibles conflictos, el uso de la dimensión social frente a la evolución tecnológica, la entrada en la era del conocimiento, la consideración del discutido concepto de daños colaterales, el empleo del doble rasero o la dificultad de identificar al ente de la comunidad internacional, influyen poderosamente en el diseño y establecimiento de la estrategia planetaria. Asimismo, la invocación a los principios morales en algunos conflictos, las características de la doctrina de seguridad que está emergiendo, los errores en la aplicación de una estrategia previamente diseñada, como ocurrió en la reciente guerra de Kosovo, la frecuente coincidencia de los focos de tensión con la frontera entre civilizaciones o la relativamente fácil predisposición a considerar al nacionalismo como identidad étnica, histórica y cultural para, a continuación, concederle la plena independencia, da lugar a realizar un gran esfuerzo en orden a efectuar un cambio de mentalidad por toda la comunidad internacional j3ara asimilar con la suficiente convicción y solidez dichos conceptos. En este contexto es donde se vislumbra una nueva estrategia para una nueva era. Todo ello constituye una apasionante apuesta de futuro que, junto a términos o sucesos tales como el orden mundial sin fronteras, el dominio del tiempo, la explosión étnica, las razones humanitarias o la rapidez de los acontecimientos y de las informaciones que desafían las capacidades intelectuales del hombre, produce verdaderamente una revolución estratégica. El establecimiento del nuevo paradigma estratégico de los primeros años del siglo XXI, que se ha intentado exponer, y con el que se pretende responder con responsabilidad y eficacia a los retos y riesgos del nuevo ambiente de seguridad internacional, se fundamenta, en El nuevo paradigma estratégico esquema y en una primera aproximación, en los supuestos que se relacionan a continuación. El reconocimiento de un nuevo orden mundial sin fronteras, con las, características que se han indicado. La existencia de una zona del globo, en la que se hallan los más importantes recursos energéticos de los próximos años, donde se van a centrar las principales competencias, tensiones e inestabilidades, fundamentalmente entre las grandes potencias, las más relevantes organizaciones internacionales y las potencias regionales. Una sistematización de esfuerzos a realizar por los diversos actores estratégicos de la comunidad internacional buscando la convergencia de esfuerzos frente a la complejidad. Se efectuará una transición del sistema de relaciones internacionales basado en el equilibrio de poder, fundamentado en las relaciones entre las grandes potencias, al del poder político, cuya peso se encuentra en las relaciones entre diversas organizaciones internacionales, incluidas alianzas. Existirá un concepto dimensional-temporal de la estrategia en el que el establecimiento de la misma, por una parte, tendrá presente un gran número de factores que hasta ahora no se consideraban, y, por otro, tendrá una duración en el tiempo que le permita ir solucionando las posibles crisis y conflictos conforme se vayan presentando. El concepto de la unidad estratégica mundial será entendida como la respuesta de toda la comunidad internacional, como un sólo bloque, ante cualquier hecho, fenómeno o acontecimiento que afecte a la paz y estabilidad mundial. La utilización habitual, por parte de la ONU, de las organizaciones internacionales, y de los actores no-estatales.. Se identificarán/bcos regionales de estabilidad que se utilizarán como proyectores de seguridad, especialmente en su entorno cercano. Precisamente esa proyección radiante de estabilidad de varios focos con sus diversos alcances, estableciendo solapes entre zonas, puede permitir que llegue la paz y la seguridad a todo el planeta. Se considerará a la ambigüedad calculada como elemento o medida a tomar, en especial en aquéllas ocasiones o situaciones en que determinados actores estratégicos pretenden conseguir la parálisis de la decisión. El concepto de anticipación activa será un permanente elemento de referencia en este paradigma. Es necesario reconocer y abortar las crisis antes de que ocurran. La estructura estratégica que se establezca debe ser lo suficientemente flexible como para ser capaz de adaptarse a los permanentes y acelerados cambios que sufre el actual y previsible marco de seguridad mundial. En este ámbito, siempre se tendrá en cuenta que el centro de gravedad de la actuación de esta estrategia de la integración, se encuentra en sus componentes principales de la política, la diplomacia, la economía, lo social y lo militar. Sobre ellos operan, con mayor o menor intensidad, otras acciones de tipo cultural, humanitario, control de población, étnico, educación, medio ambiental, normativo...etc, que completan o complementan la eficacia del proceso estratégico. En el contexto en el que nos hemos situado, parece conveniente recordar que se tiene un reciente ejemplo y modelo de la forma de establecer una estrategia por parte de una colectividad cuando esta se caracteriza precisamente por la búsqueda de unos intereses y valores comunes. Nos referimos al actual Concepto Estratégico de la OTAN, que data ^ del pasado mes de abril. Su confección se ha realizado en un tiempo ligeramente superior al año. Es en esta línea donde las Naciones Unidas, como representante de la comunidad internacional, debiera iniciar el trabajo y los estudios necesarios para encontrar el método o el procedimiento de conseguir la paz y seguridad en el planeta en el actual ambiente de seguridad mundial. En definitiva, se trataría de determinar con rigurosidad, solidez y coherencia los componentes del proceso estratégico que aquí se han definido. Por último, con estas primeras reflexiones, plasmadas en el paradigma estratégico que se ha expuesto, sólo se pretende aportar alguna ayuda y dejar una ventana abierta para el establecimiento de la estrategia planetaria del inicio del próximo siglo, en orden a alcanzar la tan ansiada paz y seguridad que necesitan y merecen todos los pueblos de la tierra.
El debate político-práctico contemporáneo ha concedido protagonismo estelar al comunitarismo. José Pérez Adán clásico, hacen que en la tradición cultural que se escribe en castellano la obra de los modernos comunitaristas haya de estudiarse también en base al contraste con la producción local, buscando similitudes y diferencias. En cualquier caso, los nombres de Victor García, Abraham Guillen, Ángel Capiletti, o la misma producción enciclopédica de Carlos Díaz en su esfuerzo por recuperar y proponer un verdadero personalismo comunitario, han de ser tomados en consideración por el investigador. Por otro lado, desde el cristianismo, las diversas propuestas de implementación de la Doctrina Social Católica, que desde las Reducciones Jesuíticas y el Derecho de Gentes de la Escuela de Salamanca pasa como a escondidas por los libros de Teoría Política (los olvidos de algunos historiadores del llamado socialismo utópico para con estas producciones son llamativos), también cobra relieve cuando tratamos de explicar el comunitarismo en lengua castellana. De nuevo aquí hemos de hacer un estudio de contrastes donde, ciertamente, habremos de mencionar desde las prácticas de comunidades de bienes hoy vigentes en ciertos grupos de cristianos comprometidos, hasta las peculiaridades de los inicios de la cooperativa más emblemática a nivel mundial (Mondragón). En la misma línea, no hemos de pasar por alto que la literatura explicativa de la visión social («la sociedad nueva») que propugnan los escritos de Juan Pablo II, cuando utiliza la lengua castellana tiene carácter mayoritariamente comunitario, como nosotros mismos hemos tratado de demostrar (Pérez Adán;1994), mientras que cuando utiliza la lengua inglesa, como en el caso de Michael Novak y muchos otros, no. Quizá este discurso da razón de la imposibilidad cultural de traducir el debate entre comunitaristas y liberales que se viene desarrollando desde hace años al otro lado del Atlántico a la jerga castellana actual sin antes hacer referencia a las constantes y variables de la propia cultura, reto al que intentamos dar cuenta en este monográfico. Esos debates y argumentos deben de ser conocidos y explicados, pero difícilmente podríamos traducir su mensaje al castellano haciendo tabula rasa de todo lo que conforma un patrimonio cultural rico en tradiciones, fiestas y costumbres centenarias de acentuado matiz comunitario. Si acaso reseñáramos un asunto concreto, digamos que la cultura católica, a diferencia del ethos protestante, es acendrada y certeramente comunitaria. No queremos enmendar la plana al maestro Weber pero si hay un factor diferencial en la ética protestante con respecto a la católica éste es el individualismo antes que ningún otro. En efecto, la teoría de la justificación, piedra angular de la Reforma, es intrínsecamente aislante en contraste con la justificación tridentina que tiene un carácter vinculante más acusado. El comunitarismo es un asunto propio de muchas disciplinas y así lo intentamos reflejar en estos trabajos. No obstante es la sociología y sobre todo la obra de uno de los más importantes pensadores contemporáneos, el norteamericano de origen judío-alemán Amitai Etzioni, la que pone sobre el horizonte de crisis cultural con que nace el tercer milenio la propuesta de efectivo cambio paradigmático con que se presenta el comunitarismo en sociedad. La sociología trae a este debate una indudable lección clarificadora en la medida en que la metodología sociológica se basa en la baremación empírica y en el análisis cuantitativo como elemento de indudable utilidad. Es en este contexto en el que tenemos que romper una lanza dentro del análisis de datos sociales a favor de la sociometría. Desgraciadamente las preferencias econométricas y los visos de legitimación exclusiva que la ciencia económica hace para, las mediciones cuantitivistas y monetarizables de manera directa y pronta, ha distorsionado gravemente la manera en la que recabamos información de colectivos humanos más o menos numerosos. La consecuencia más dolorosa de esta equivocación ha sido la creencia asumida de que la felicidad, que es difícilmente cuantificable, no se puede medir y, mucho menos, comparar. Esto solo es cierto para los sujetos individuales pero no para los colectivos, objeto de análisis del comunitarismo. Si contásemos con instrumentos sociométricos lo suficientemente elaborados, podríamos medir y comparar los niveles de salud social de distintos colectivos humanos y a eso es a lo que nos referimos cuando decimos que la felicidad (colectiva) se puede medir. En entornos sociales definidos la virtud es discernible y medible, cosa, por otro lado imposible, cuando tomamos como referencia exclusiva al sujeto individual. Pero aún cuando esto fuese posible, no tendríamos tampoco puntos de referencia lo suficientemente fiables para medir con ello la felicidad colectiva, porque de la misma forma que la salud social no se obtiene midiendo la salud física del colectivo que tomamos como referencia, la virtud colectiva no es la suma de las virtudes (excelencias) individuales. Cuando hablamos de felicidad, de virtud, o de salud sociales, nos referimos al marco estructural, marco en el que la sociometría puede medir desde niveles de participación y equidad generacional, hasta el rango de implementación y alcance del espíritu de servicio, la tolerancia, la solidaridad o el respeto, bien sean estos factores definidos estatutaria y normativamente por la via legal o por la costumbre moral. A nuestro juicio, el desarrollo metodológico de la sociometría es indispensable para el estudio del comunitarismo y el análisis de viabilidad de sus propuestas. Ello, como puede entenderse fácilmente, ha de pasar por afianzar los instrumentos de medición y recogida de datos fácticos, rechazando asimismo la tentación de medir situaciones estructura- Al comunitarismo se le pueden buscar muchos padrinazgos ideológicos. Corrientes de opinión tan originales como el distributismo inglés de Hillary Belloc y G. K. Chesterton, que después influyó en el anarcorruralismo norteamericano de Peter Maurin y Dorothy Day, y que apostaba por la copropiedad fì:*ente a la cogestion recordando a todo un mundo hipnotizado con la marcha a la ciudad que en el campo no hay desempleo, o las mismas posturas del tradicionalismo fi:-ancés y de Joseph de Maistre que decía que no había individuos sin entorno («yo he conocido a fìranceses, italianos y rusos, pero nunca me he encontrado eso que se llama hombre a secas»), se han relacionado de alguna manera u otra con los orígenes del comunitarismo. También lo han sido los kibutzim israelíes y las empresas cooperativas de las que nos ocuparemos en este proyecto. El mismo Etzioni, que, recalcamos, es la figura más señera de entre todos los que se han dedicado a glosar la opción comunitarista, señala a pensadores tan diversos como Martin Buber, Emile Durkheim, y Ferdinand Tõnnies como precursores del moderno comunitarismo. Que el comunitarismo esté de moda puede incluso explicarse como una de las lógicas connotaciones de contrapeso de una cultura obsesionada con la imagen, con lo plástico, con la forma, y con los perfiles y contornos. En este sentido se trataría de hacer visible lo invisible pues la comunidad a diferencia de los individuos y ciertas agrupaciones de individuos no se puede fotografiar, filmar, aclamar, silbar, dibujar, vestir, ni reconocerla en el espejo. Y sin embargo existe. Notamos su falta en el auge de la criminalidad cuando añoramos la necesidad de desaprobación colectiva y de rechazo más allá de la ley penal para con ciertos comportamientos antisociales. Son los defectos de socialización que Etzioni ha glosado comentando el dicho de «hace falta más pueblo y no más policía para erradicar crímenes e insolidaridad». La comunidad no se ve y no obstante sin ella no sabríamos nada, ni siquiera caminar erguidos. La comunidad aparece visible solo cuando miramos más allá de los fenómenos y de las formas y cuando aprendemos a dialogar y a relacionarnos diacrònicamente con quienes nos han precedido o nos van a suceder, y sincrónicamente con quienes solo por apreciaciones indirectas podemos reconocer como coetáneos. De modo análogo, cuando decimos que la sociedad es encuentro (Buber), o cuando afirmamos que la vida son relaciones (Donati), o defendemos que la felicidad es una puerta que se abre hacia fuera (Kierkegard), también estamos haciendo visibles verdades invisibles. Es en este contexto en el que podemos considerar a la comunidad como un sujeto colectivo en el que se practica la civilidad y del que se José Pérez Adán 570 sorprendido a todos por su rápida consolidación en el mundo universitario, y que después reproduce el comunitarismo. Propiamente hablando la socioeconomía nace en 1988 en Harvard de la mano de Etzioni, desde entonces eterno candidato al nòbel. Hoy en día la Asociación Mundial de Socioeconomía es de las más numerosas y prestigiosas del mundo en su género y en España funciona un capítulo desde 1990. Tras la fundación de la Asociación Mundial de Socioeconomía, Etzioni funda la Red Comunitaria en 1989. Para el comunitarismo tan lejano está el presupuesto neoclásico de la naturaleza armónica y espontánea del bien social extenso que se deriva del intercambio libre (la mano invisible), como la premisa del consenso óptimo al que conduce la deliberación racional entre sujetos con diversos códigos morales para la acción colectiva. Los comunitaristas no están por tanto ni con el neoliberalismo económico ni con el liberalismo clásico. Por un lado se afirma que los óptimos sociales no son consecuencia del procedimiento (el consenso) sino que son reconocibles en sus resultados, como nosotros demostramos en La Salud Social (1999). Por otro, se defiende que la deliberación y el intercambio no solo deben contemplar a los actores sociales que son capaces de presentarse en el agora pública sino también aquellos que no son fácilmente reconocibles ni por su voz ni por su forma, entre otras cosas porque pueden ser de otro tiempo pasado o futuro o porque no sean capaces de hablar o porque se les ignore. Se entiende con esto que para el comunitarismo tengan peso específico propio las tradiciones, la historia, la cultura, la identidad, la religión, en definitiva todo lo que se considera depositario de valor colectivo agregable al monto de calidad moral de toda la sociedad en su conjunto para servicio de las diversas comunidades y de sus miembros. Quizá el punto de arranque del comunitarismo moderno haya sido la problemática medioambiental y en concreto la necesidad de considerar los aspectos de diacronia social para entender sobre la bondad de la preservación del entorno natural. La diacronia social es para la sociedad y cultura contemporáneas una de esas facetas invisibles que conviene mostrar y conocer. Y es que es el individualismo de nuestra cultura lo que en mayor medida ha contribuido a que sea cada vez más difícil pensar en la sociedad como un colectivo vivo a través del tiempo y más allá de los individuos y de sus acciones. Sin diacronia no hay responsabilidad para con la siguiente generación y por tanto no necesariamente es mejor la preservación del medio ambiente que su acabamiento. Sin diacronia la única salida viable que le queda a la economía neoliberal de salvar el medio efcj tcxcQrlo caro, hecho, por otra parte imposible, si se prescinde de preguntar a sus benefactores (también los potenciales) cuánto vale. La comunidad: haciendo visible lo invisible puede predicar la virtud. Se trata de un objeto de estudio muy propio de la sociología. En cierto sentido, estamos retomando a Durkheim y su estudio sobre el suicidio, porque ¿no nos dice algo sobre la salud social de un colectivo el índice de suicidios? ¿no tendremos que definir y diferenciar claramente las patologías sociales en sujetos grupales para hablar de virtud, felicidad o salud, en el sentido al que aquí nos referimos? No es de extrañar que Etzioni explícitamente se refiera al comunitarismo como una intento de plasmar en la esfera pública la comprensión de la vida y la acción social que proporciona la sociología de la virtud. El paradigma comunitarista, que al hablar de comunidad se refiere a un sujeto colectivo para el que reclama cierta soberanía y del que propugna la independencia conceptual frente a esos dos grandes monopolizadores en exclusiva de la soberanía tal y como la entiende la modernidad que son el individuo y el estado, no define la comunidad de manera unívoca y, ciertamente, no con terminología espacial (las fronteras sociales no se pueden ver en los mapas). La comunidad es un entorno humano donde la virtud tiene un atributo social y donde, por tanto, existe una conciencia moral compartida. Pueden, y de hecho hay, existir comunidades residenciales, pero también étnicas, religiosas o laborales. Por eso, a la hora de adscribir nuestro objeto de estudio aquí, no nos sirve la distinción entre sociedad política y sociedad civil: más bien estamos hablando de un entorno cívico (político o civil) en el sentido de un ámbito de civilidad. Si algo denuncia el comunitarismo como pernicioso y antisocial es el individualismo. Ello explica que la socioeconomía, que se presenta como alternativa al reduccionismo individualista neoclásico, esté íntimamente relacionada con la opción comunitarista. Sin duda alguna, la ciencia económica está sufriendo su primera gran crisis como disciplina académica por haber excluido a los sujetos colectivos como sujetos de racionalidad. Por ello, como ha defendido Etzioni fundador a su vez de la socioeconomía, el mismo asentamiento como ciencia de la economía moderna está en entredicho: la variedad de recetas «científicas» y el virulento enfrentamiento entre los que la practican le quita crédito ante los que sufren su ineficacia para catalogar y resolver los problemas actuales. No está del todo desacertado Buchanan al calificar de analfabetos a tantos economistas que, cegados por la aparente exactitud de sus modelos y la sofisticación de sus diagnósticos, han perdido la capacidad de entender que el mercado tiene un entorno social propio y funciona inmerso en una realidad concreta. Efectivamente, a la ciencia económica actual le sobra tecnicismo y le falta realismo. Esto es, entender qué caracteriza a una socic^claa cumo humana. Este reto es el que toma inicialmente la socioeconomía, que ha 569 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Se entiende que para el comunitarismo no haya relatividad social. No todas las sociedades son igual de buenas. Unas valoran más lo que más valor tiene que otras ( por ejemplo, en unas el medio es un bien a preservar y en otras un producto a explotar). Por ello los óptimos sociales existen en la medida en que podemos discernir entornos con mejor salud social que otros. Tenemos aquí un concepto cualitativo de lo social. Para el comunitarismo lo social es, pues, de alguna manera normativo. En este sentido se está más cerca de Durkheim que de Tonnies. La comunidad, que dicho sea de paso debe de entenderse siempre como plural (todos pertenecemos a varias comunidades al tiempo), no es un mero «lugar» donde se celebran las relaciones afectivas, es también y sobre todo un compartir valores que se intentan reforzar, preservar y expandir porque se consideran óptimos. En este sentido la comunidad son más los valores que el espacio. Ahora bien, no debe entenderse esta apuesta por los valores compartidos como una defensa del estado. Más bien al contrario. El mensaje comunitario de más sociedad y menos estado nos señala al gran ocultador. Es el estado el que ha escondido la sociedad a nuestros ojos y cuando afirmamos la conveniencia de hacer visible lo invisible estamos también subrayando la necesidad social de revitalizar la colectividad frente al estado. O sea, buscar las señas de identidad colectivas es aspectos sociales sustantivos (un contenido en valores) y no en uniformes, banderas, himnos y deporte (un envoltorio en colores vivos). Un supuesto básico que está sosteniendo toda la argumentación del comunitarismo es que, aun estando de acuerdo con la apuesta en los valores y a fuer de seguir siendo políticamente incorrectos (nos place este antiestatismo) para defender una posición que consideramos socialmente correcta, hemos de apuntalar la fórmula que nos permite llegar a la igualdad de las personas a través de la jerarquía de los valores (léase también derechos y comunidades). Nada mejor que una jerarquía para defender otra igualdad. Para el comunitarismo llegar a señales o síntomas de excelencia social en el reconocimiento de urgencias y prioridades valorativas es sinónimo de apostar por la igualdad de las personas. Así, por ejemplo, el reconocimiento de la superioridad del derecho a la vida sobre el derecho a la propiedad es la garantía básica de un ordenamiento jurídico justo en lo que atañe a la equidad entre las personas. De igual modo la excelencia del valor protección de la naturaleza sobre el valor libertad de elección de actividad deportiva concreta, o la mayor importancia de la comunidad Cruz Roja sobre la comunidad de Tiro con Arco. La defensa de la familia que hace el comunitarismo se basa precisamente en esta línea ar-571 José Pérez Adán 572 gumentativa. En un artículo aparecido en el The Weekly Standard el 20 de Noviembre de 1995, titulado «Which values matter most?» Etzioni fue inequívoco al respecto: «sin un acuerdo básico sobre lo que constituye y conforma una familia, no se pueden argumentar ni sólidas políticas ni una básica mejora social». La familia es la comunidad más básica y mucho se tiene que argumentar sobre la necesidad de devolverle cotas de soberanía ahora detentadas por el estado. He aquí también una de las facetas invisibles que hay que desvelar. La mayoría de la población en los países más desarrollados no duda en reclamar menos estado y menos gobierno pero al mismo tiempo esta reclama va acompañada de deseos explícitos de beneficiarse de una mejora sustancial en los servicios públicos. La canturrela suele formularse así: menos impuestos y más servicios, menos trabajo y más salario, menos restricciones al consumo y más naturaleza, menos milicia y más seguridad, gasolina más barata y aire puro. Al final la componenda es cambiar el gobierno que no convence al electorado para que modere sus demandas. Se trata de una componenda mal planteada. La manera más certera de dar cumplida cuenta de unas legítimas reclamas que no son ni mucho menos irreconciliables, es ofertar los servicios cada vez de manera más organizada no desde la burocracia estatal sino desde la participación comunitaria. Para ello es fundamental reconocer a la comunidad protagonismo público, empezando por lo que nosotros hemos llamado el reconocimiento de la soberanía familiar en áreas, como la educación y la representación, donde esta soberanía puede ser ejercida con reconocimiento y beneficio social. Ciertamente, en vista de lo dicho hay que subrayar que el comunitarismo no participa de ese pesimismo sobre la naturaleza humana que caracteriza tanto al conservadurismo (dejados a su libertad los hombres se aniquilarían entre sí) como al liberalismo neoclásico (la racionalidad humana supone la maximización del beneficio). La misma historia de la familia muestra (en verdad que para darse cuenta de ello hay que reconocer a la comunidad familiar como sujeto) que la comunicación de valores es algo connatural a la especie humana, al menos hasta ahora. Bien es verdad que la familia solo es una de entre las varias comunidades de las que un individuo puede ser parte. La ciencia social muestra claramente que el deterioro de la vida familiar aumenta la criminalidad. Pero también hay evidencia de que familias que podíamos calificar de óptimas, incluso cuando son apoyadas por una organización formal de educación, una escuela, seria y excelente, no necesariamente sitúan a sus miembros en un entorno saludable socialmente hablando. Señal evidente de que el resto de comunidades, desde el ambiente de barrio a los gru-La comunidad: haciendo visible lo invisible pos formales de solidaridad o a la comunidad ciudadana en su conjunto, necesitan también un reconocimiento social básico que les facilite reconocerse como sujeto colectivo y les permita baremar contextualmente sus propias excelencias y deficiencias de manera que sean discernibles desde dentro y desde fuera. No existe aquí una radical incomprensión entre derecho y deber, entre libertad y responsabilidad, entre individuo y colectividad. La imagen que más propiamente representa la fundamentación del mensaje social comunitarista es la de la bicicleta. Hemos de resaltar, de una parte, el equilibrio dinámico que supone un viaje en bici frente al estático de las cuatro ruedas. Cada tierapo y cada trazado tiene sus propias necesidades de contrapesar la inercia poniendo la fuerza en uno o en otro lado. Unas veces será en el lado colectivo y en los deberes sociales y otras en el individuo y sus derechos; el equilibrio, en definitiva, abraza los dos lados. La sociedad y el individuo son, de otra parte, las dos ruedas del vehículo. En el comunitarismo hay tendencias y hay comunitaristas que podíamos llamar de derecha que ponen un mayor énfasis en la defensa de las libertades individuales, su radicalización trasformaría la bicicleta en un monociclo libertario en el sentido norteamericano de la expresión. Hay también comunitaristas de izquierda que acentúan los vínculos sobre las peculiaridades y cuya radicalización transformaría la bicicleta en un monociclo socialestatista. En cualquier caso los monociclos son la antítesis del comunitarismo. Los comunitaristas bien poniendo delante una rueda u otra, más grande o más pequeña, viajan en bicicleta haciendo equibrios. El dilema entre liberalismo y socialismo no tiene al comunitarismo como su diagonal. El comunitarismo no es aquí un punto medio y por tanto huelga hablar de Tercera Vía o de Centro Reformista como opciones políticas herederas del comunitarismo. Hay un equilibrio entre individuo y sociedad en el mensaje comunitarista pero los comunitaristas son al mismo tiempo liberales y socialistas. Creer como creen los liberales que la gente escogería no violar los derechos de otros en la medida en que ello les beneficie es tremendamente ingenuo, y pensar, como piensan los socialistas, que el estado puede hacerse presente cada vez que la libre iniciativa no baste para mantener el equilibrio y el orden social y solo en esas ocasiones, también. Los comunitaristas son liberales cuando defienden el estado mínimo y son socialistas cuando apoyan la expresión y sanción colectiva de la virtud. Pero donde radicalmente difieren de unos y de otros es en considerar la comunidad, ni al estado ni al individuo, como la piedra basal del orden social. La misma investigación social comparada nos da razones de esta consideración. En un extremo tenemos ordenamientos donde hay máxima José Pérez Adán 574 injerencia estatal en la vida y en el comportamiento relacional individual y mínima injerencia comunitaria (masas anónimas), en otro extremo tenemos asentamientos seculares o religiosos con mínima injerencia estatal y máxima injerencia comunitaria (comunas, villas y pueblos). El análisis efectuado por el examen permite afirmar que la comunidad es más eficiente que su ausencia o que el estado conformando orden social y garantizando el mejoramiento de la salud social de los colectivos propuestos. El estudio lo llevó a cabo la revista Science en el número monográfico del 15 de Agosto de 1997 para concluir que la delincuencia, los comportamientos de riesgo, y los actos antisociales en general, son más fáciles de prevenir y reducir donde la comunidad censura esos actos de manera explícita y clara. El estudio, que también incluyó el examen de colectivos sin agrupación espacial, apuntaló la gran importancia que tienen las familias, amistades, asociaciones, agrupaciones y organizaciones varias, así como mayormente la opinión pública, en procurar estabilidad social frente a la poca relevancia comparativa que tiene la burocracia estatal. Bien, parece que ya entendemos por dónde va el comunitarismo, pero ¿cómo calibramos su importancia para el mundo contemporáneo? ¿están los comunitaristas en lo cierto cuando claman por un cambio de paradigma convivencial? Sírvanos para glosar este punto la propuesta que Etzioni presenta en su obra más decididamente comunitarista, LA NUEVA REGLA DE ORO, y que supone una alternativa al viejo «haz a los demás lo que te gustaría que hiciesen contigo», y que quedaría en los siguientes términos: «respeta y acata el orden moral de tu entorno social como te gustaría que este respetase tu autonomía». La razón de la nueva formulación etziniana deriva de una apreciada rotura del equilibrio entre orden y autonomía que se vislumbra en la mayoría de las sociedades modernas. Para los comunitaristas ello es el resultado de la acumulación de los cambios sociales que se han condensado en los últimos 30 años y de cuya magnitud no tenemos referencia parecida en toda la historia. La nueva regla de oro habrá de aplicarse primando el contenido de una de las partes de la balanza (la autonomía) unas veces y en unos lugares, y de la otra parte (el orden) otras veces y en otros lugares. Lo importante es el equilibrio que independientemente del contexto histórico y sociopolítico, tendrá que ser mantenido ejerciendo acciones diversas, en uno u otro sentido, según sea la naturaleza de los desequilibrios detectados. Si nos atenemos a la comprensión de los procesos de cambio social en las sociedades industriales avanzadas del mundo occidental, el comuni-La comunidad: haciendo visible lo invisible tarismo denuncia como disfuncional la generalización de la cultura atomizante y disgregadora que propugnada por el individualismo ha tenido en las prácticas consumistas generadas por el materialismo capitalista su principal causa cercana. En este sentido Etzioni se situa en la tradición clásica que en sociología marcan Durkheim, Park, Nisbet, Tõnnies y Parsons, en filosofía Dewey, Mead y Buber, y en la acción sociopolitica inniciativas como New Harmony (J. Warren) y los Kibbutzim. Entre los más señeros continuadores de esta tradición Etzioni reconoce hoy en día a Bellah, Selznick y Daniel A. Bell. El desequilibrio entre autonomía y orden moral que denuncia el comunitarismo no debe de entenderse como una reedición de la vieja confrontación entre libertad y orden. No estamos en la esfera política sino en la social estrictamente hablando, hasta el punto que lo que se busca es un equilibrio que asegure ambas partes de la balanza, la autonomía y el orden, basado éste en la sanción moral colectiva y no en la sanción legal o penal. La nueva regla de oro no es un nuevo dictum sobre el que edificar las relaciones interpersonales: se trata de un modus operandi para la acción intrasocial. Si nos imaginásemos un debate a dos bandas entre iguales, los sujetos que dialogarían sobre la nueva regla no serían dos sujetos individuales o cualquier par de individuos o todos los individuos a pares, sino el individuo y la colectividad de la que se siente parte o cada individuo y la colectividad de la que se siente parte. La víctima del desequilibrio que denuncia el comunitarismo en el mundo capitalista occidental es la colectividad: mucho menos poderosa (soberana) que el individuo con el que pacta. De lo que se trata es de huir de los excesos. La pregunta que salta inmediatamente como un dardo arrojadizo es: ¿acaso se piensa que un exceso de autonomía puede darse o ser disfuncianal? Pues sí, esta es, además, la gran falacia del liberalismo: los «excesos» de libertad (se entiende: no estructural) incapacitan a la libertad misma. Pasado un máximo socialmente sostenible, cuantas más libertades, menos libertad. Esto se entiende cuando nos damos cuenta que el ejercicio de la libertad tiene un ámbito propio que es la sociedad. La libertad antisocial es una disfunción catalogada muchas veces como desviación. Por ello cuando aumenta la oferta de libertades sin aumentar al mismo tiempo la oferta de seguridades colectivas: cuando crece la autonomía y disminuye la salud social, se produce una situación de déficit de orden moral que hay que tratar de paliar. La imagen de un individuo que presumiese ante otro de ser más libre que aquel por disponer el primero de 30 canales de televisión donde elegir mientras que el segundo solo dispone de 20, nos parecería ciertamente ridicula. La libertad no aumenta de forma 576 necesaria con la maximización de la capacidad de elección. Poner a los derechos individuales a competir con los deberes sociales no tiene sentido. Como en el dilema del prisionero a la postre, ambos, sociedad e individuo salen perdiendo. La autonomía está mejor servida cuando procura el amparo y tutela de la salud social y el orden moral sobre la que se asienta. Aquí el liberalismo ha sido conscientemente engañoso. Incluso desde sus mismas premisas, la maximización ilimitada de la capacidad de elección individual es difícilmente sostenible de forma coherente. La promesa del incremento de la autonomía que ha sido su estandarte durante muchos años ha rendido beneficios individuales concretos y a corto plazo, pero ha dejado también muchas facturas impagadas: la medioambiental y el incremento de la desigualdad planetaria son quizá las más llamativas. Pero además, y sobre todo, el liberalismo no ha conseguido proponer una idea de bienestar mínimamente consensuada. Y es que, el exceso de autonomía puede ser «excesivo» en más de un sentido. Por un lado, puede devenir en situaciones de irracionalidad como cuando un incremento en el número de opciones hace inviable la elección si a ésta se le supone una previa información pormenorizada difícilmente abarcable a partir de un cierto grado, o manifiestamente costosa. Por otro, puede dificultar el autocontrol que es un forma de autonomía, como cuando la facilidad del acceso a armas o drogas dificultan la convivencia pacífica. Aún en un tercer sentido, descartar unas posiblilidades de opción que pueden considerarse como supérfluas a priori para centrar la elección en otras, puede implicar unas responsabilidades por las que no se ha optado manifiestamente, o suponer compromisos no suficientemente informados, o crear potenciales espacios de conflicto en el entorno de relaciones humanas próximo e inmediato. La irreflexividad, la misma imposibilidad de adoptar decisiones colectivas, y, sobre todo, la dificultad para ver en el conflicto entre autonomías un elemento de dinamización social, hacen que la cultura de la maximización de la capacidad de elección rompa poco a poco el tejido social que cobija las libertades. Este diagnóstico comunitarista puede perfectamente invertirse cuando consideramos el contexto de una sociedad sobresocializada compulsivamente, como puede ser un estado totalitario. Ahí el equilibrio habría que buscarlo encontrando formas de primar el desarrollo de la capacidad de elección. Queda, no obstante, patente que en Etzioni, su intento de hacer una sociología de la virtud en el mundo occidental, resulta en una llamada urgente por cargar peso en el plato del orden moral. Aunque, como veremos después, esto haya de llevarse a cabo desde iniciativas colectivas no gubernamentales. El comunitarismo se ha mostrado siempre cuidadoso de incluir entre sus listas de apoyo a políticos profesionales procedentes de los dos lados del arco parlamentario: en los EE. UU., Jack Kemp y Al Gore, y en Europa, Tony Blair y Helmut Kohl. Se trata de un difícil ejercicio de moderación y de cuidado de la imagen que es, visto desde dentro, hasta cierto punto engañoso. Al comunitarismo no se le puede «situar» parlamentariamente hablando, porque la terminología derecha-centro-izquierda no le sirve. De hecho, esta tipología es denunciada como irrelevante desde el punto de vista de su capacidad de conformar identidades colectivas que puedan eficazmente enfrentarse con los grandes problemas que tiene planteados la sociedad contemporánea (la desigualdad y el medio ambiente, ya mencionados, y las distintas patologías sociales). Donde más manifiestamente se ha visto la inadecuación de la conformación ideológica en base al lugar del parlamento donde unas personas asientan sus reales, es en las contradicciones internas en las que los miembros de las distintas formaciones políticas caen a la hora de definirse en temas que afectan a lo que los comunitaristas llaman la voz moral de la sociedad. El caso español es particularmente paradigmático. La razón ideológica por la que la izquierda ha de apostar sistemáticamente por la destrucción de la familia, o las derechas, que muchas veces se llaman conservadoras, por la reducción de la cobertura de protección de las clases pasivas o la «asimilación» cultural en política exterior, escapa todo intento de encontrar una postura de coherencia interna, como creo que explicamos en su día en una pieza para la difusión general (cfr. Para el comunitarismo, la perpetuación del estancamiento de la diferencia entre izquierda-derecha impide que una diferenciación ideológica que se ha mostrado saludable para solucionar los conflictos generados por la revolución industrial, se adecúe a prestar un servicio similar para solucionar los conflictos de convivencia que se presentan en este fin de milenio. Para los comunitaristas, la bipolarización izquierda-derecha, ha de ser superada para enfocar la atención pública en los problemas sociales genuinamente relevantes. Ahí, la distinción que cabe hacer es entre individualistas y societarios. La diferenciación que acabamos de apuntar es genuinamente paradigmática. Aun cuando estemos refiriéndonos a la dicotomía social entre autonomía y orden moral, y ésta se plantee de distinta manera según el espacio, el tiempo, el contexto y la cultura, los desequilibrios que se intentan subsanar son mejor entendidos cuando dividimos el campo conceptual entre individualistas y societarios independientemente del contexto político y geográfico al que nos refiramos. Por ello esta nueva José Pérez Adán 578 polarización puede calificarse de genérica aunque al separar los campos hayamos de hacer referencia a las circunstancias locales. Esta es una tarea que han de llevar a cabo en cada lugar los que en ese contexto intenten proponer soluciones comunitaristas a los problemas de desequilibrio detectados entre autonomía y orden. La distinción y el despeje del campo que hace Etzioni para el caso estadounidense nos puede servir de ejemplo. Pensando que una sociedad equilibrada no persigue ni la maximización de la autonomía individual ni la del orden moral, Etzioni situaría al comunitarismo norteamericano entre unos maximizadores de la autonomía (individualistas) que son legión, y unos maximizadores del orden moral (societarios) que hoy en día están escasamente representados en los foros de debate público. Entre los primeros situaríamos a representantes tanto de la derecha como de la izquierda contando a: libertarios (en el sentido americano del término: los defensores del estado mínimo), liberales, conservadores partidarios del laissez faire, neoconservadores de derecha, y a los defensores de los derechos civiles (civil libertarians) percibidos como de izquierda. Entre los segundos, los societarios, cabría situar a los conservadores partidarios del estado moral (social conservatives). El comunitarismo se situaría a mitad de terreno entre unos y otros, enfatizando más que nunca que la comunidad no es un lugar sino un conjunto de atributos, hoy minoritariamente defendidos. Ciertamente, si vemos el elenco de los que Etzioni agrupa como individualistas, nos encontramos con gran parte de la intelectualidad norteamericana y con toda la herencia del liberalismo anglosajón. Ahí estarían: Locke, Smith, Mill y Bentham; Dworkin, Hayek, Rawls y Nozick; y también Galbraith y Berlin. Entre los societarios contaríamos a Burke, Oakeshott, Kirk y Maclntyre. Los economistas neoclásicos y la Escuala de Chicago en bloque, así como los partidarios de la Teoría de la Elección Pública en ciencia política y los partidarios de la Teoría del Intercambio en sociología, representarían mayoritariamente los intereses del individualismo. A nosotros, que no estamos en situación ni en momento de establecer elencos españoles precisos (un cierto apercibimiento puede conseguirse consultando la página web de SASECE, el Capítulo Español de la Sociedad Mundial de Socioeconomía), sí que nos interesa en este momento remachar la idea de la refundación política implícita en esta nueva divisoria. Si marcamos el arco parlamentario por los parámetros que proporciona la distinción entre individualistas, comunitarios y societarios, quédenos claro que al nuevo paradigma comunitario pertenecerían todos lo que entendiesen la sociedad como una comunidad de comunidades basadas en la participación, el diálogo y los valores compartidos. Estamos ya en situación de explicar las consecuencias sociopolíticas que se derivarían de un estudio pormenorizado del estado de la virtud en una sociedad, tal y como propone que se haga ese estudio el paradigma comunitarista. Se trata de un estudio a la vez sociológico e histórico; sociológico porque tratamos de discirnir un estado de equilibrio societario entre autonomía y orden como marco operativo donde podemos vislumbrar máximos de salud social, e histórico porque tratamos de hacer balance y diagnosis de nuestra situación y desarrollo para saber cuánto hemos recorrido, y a qué velocidad y por qué caminos hemos de transitar la distancia siguiente. Considerando que estamos refiriéndonos a un sujeto colectivo que actúa históricamente y que detenta valores compartidos, hemos de matizar la consistencia de lo que se supone aglutina y conforma ese actor social que llamamos comunidad. Nos referiremos sobre todo, a la existencia de una red de relaciones afectivas de alguna clase y a la conciencia de la pertenencia manifestada en la constatación empírica de la existencia de valores comunes asumidos tácitamente. La sociedad, como dejó claro Etzioni en su The Active Society ya en 1968, no es un mero sujeto pasivo del devenir. Los valores no se heredan: se viven o mueren. Por eso la conciencia de pertenencia supone la autonomía individual y no la anula. Al estado le estamos dejando en todo este discurso un rol de subsidiaridad. Al menos en la situación que detectamos en las democracias occidentales, el papel del estado ha usurpado la discrecionalidad de las sociedades intermedias mediante la alianza monopolizadora que la modernidad concertó entre la soberanía estatal explícita en las constituciones nacionales y la soberanía individual explícita en las declaraciones de los derechos humanos. Es por esto que el comunitarismo taxativamente argumenta que la acción social debe de ser no solo incentivada sino también canalizada (reprobada) por la sanción moral y no por la sanción legal. El intento de construir ámbitos de moralidad en base a la iniciativa legal y al código penal degenararía en totalitarismo. De lo que se trata es de dar capacidad normativa en el uso y costumbre, que no en la ley, y si acaso ésto solo secundariamente para proteger de la violencia a lo anterior, a la soberanía de las sociedades intermedias que llamamos comunidades. Se pide una muestra de confianza en la voz moral de los colectivos humanos superior a la que se tiene en los mecanismos de coerción y en la codificación de conductas públicas por el legislador. «Puesto que la sociedad ni es ni debe de identificarse con el estado, la acción social debe de considerarse prioritaria sobre la acción política» (Etzioni, 1996;141). Es en este contexto en el que podemos entender a las leyes como continua- 580 ción de la moralidad por otros medios, pero en ningún caso podemos concederle a la ley la fundamentación primera o el basamento del orden. La formulación del paradigma comunitario ha supuesto un replanteamiento del debate político en muchos países y paradigmáticamente en los EE. Allí donde este replanteamiento se ha dado, la vieja dicotomía derecha-izquierda ha tenido que ser superada. Como el comunitarismo no conlleva ningún mensaje de acción violenta, esta superación ha tenido que asentarse en vehículos alternativos promotores de cambio. Es por ello que «la invitación a la acción» de la que habla Etzioni en casi todas sus obras suponga la conformación de megálogos sobre los temas de relevancia social. El megálogo, que entendemos como un supradiálogo en foros y medios variados al que los ciudadanos tengan acceso activo o pasivo, es posible si tomamos en consideración el nivel de sofisticación a que ha llegado la intercomunicación humana. Los m.egálogos generan opinión colectiva y hacen visibles valores y virtudes, pudiendo hablar, como consecuencia, de la voz moral de un colectivo. Es la imagen de la sociedad en acción que tiene entidad propia y que es anterior al individuo. Ciertamente, la visión juglaresca que el individualismo ha transmitido del mítico «contrato social» no tiene ninguna fundamentación histórica. Lo cierto es que todos nacemos en una sociedad que ya existe. Por eso las fuentes primarias de valor son culturales y no personales y esto es cada vez más cierto en la medida en que los mecanismos e instrumentos de socialización (entre los que hemos de contar hoy en día con los megálogos) han ido perfeccionándose afectando a más individuos y de manera parecida. Una distinción cabe hacer ahora. No debemos confundir el diálogo moral con la deliberación racional. El primero, que es la parte del megálogo que aquí nos interesa, incluye elementos que el racionalismo considera «perversos» como los afectos, emociones, pasiones y gustos. Es conocida la aversión comunitarista a los criterios de racionalidad que ha defendido como exclusivos el neoclasicismo económico (Pérez Adán, Socioeconomía, 1997). Pensamos que partiendo de los criterios emanados del modus operandi de la deliberación racional, difícilmente podemos conformar comunidades plurales entre las que sea posible la diferenciación. Las sociedades intermedias no tienen una legitimación deliberativa sino moral. Así, los megálogos, perfeccionan la sociedad en la medida en que la hacen visible a sus miembros. El comunitarismo defiende una concepción dinámica de la sociedad humana donde cabe el progreso y la decadencia. La sociometría debe de ayudarnos a detectar si vamos en un sentido o en La comunidad: haciendo visible lo invisible otro, en la medida en que apreciemos una mejora o un empeoramiento de la salud social. En primer lugar, la capacidad de internalización del orden moral por parte de los individuos que se mide negativamente a través del cotejo de actitudes que puedan catalogarse como desviadas. En segundo lugar, el desarrollo y consolidación de la acción social en base al afianzamiento institucional desde la base de la familia, la escuela, la comunidad y la sociedad en su conjunto. Y, en tercer lugar, la apreciación del equilibrio intrasocietario entre orden y autonomía. La capacidad de autoperfeccionamiento social debe de hacernos ver que en el terreno de la civilidad la democracia no es un estado que hay que consolidar, en el sentido de perpetuar, sino un valor y, por tanto, un proceso que hay que continuar ininterrumpidamente, introduciendo variables estructurales de modo paulatino. En este sentido somos peregrinos: hacemos camino con nuestras pisadas. Por lo que afecta al continuo incremento de poder que las soberanías consolidadas se autootorgan con cada innovación tecnológica, con cada ordenamiento legal, con cada regulación y con cada monopolio fáctico, la democracia debe de entenderse como una máquina que dispensa poder, en el sentido que lo distribuye de manera continua y equitativamente. La capacidad de la comunidad para autoregularse y autoconocerse es quizá la primera condición por la que debe velar el sistema democrático. El auge del comunitarismo, que es en definitiva una alternativa sociopolitica importante, en países donde aparentemente parecen disfrutarse altos niveles de bienestar pone en entredicho los sistemas de medición econométrica. Y es que precisamente la situación de estancamiento del proceso democrático ha supuesto una relativa disminución de los niveles de salud social que cuestionan a su vez el mantenimiento de la cultura convivencial moderna. Incluso dejando al margen esas dos grandes lacras del estancamiento democrático que son el aumento de la desigualdad y el deterioro medioambiental, en los países llamados avanzados se detecta un fuerte auge de diversas patologías sociales. Estas patologías son détectables mediante dos niveles de análisis. El que hace la sociometría de la salud pública y el que hace la sociometría de las relaciones humanas. Si consideramos la salud pública y hacemos una distinción entre causas de muerte debidas al comportamiento y causas de muerte debidas a la inclemencia, es ilustrativo que en los países occidentales primen con mucho las primeras sobre las segundas. No es el momento de traer aquí una elaboración estadística compleja, que por otro lado publicaremos más adelante, pero las muertes por accidentes, por José Pérez Adán 582 violencia, por el uso de sustancias adictivas, por estrés, por comportamientos de riesgo, superan (en España esto es así, como en casi todo Occidente) a las muertes debidas a inclemencias epidémicas y a enfermedades verificables como totalmente ajenas al comportamiento mimètico informado, que son más numerosas en otros países. Si ahora consideramos las relaciones humanas y tratamos de medir niveles de salud social, observaremos que el deterioro veriñcable contrastando indicadores de disfuncionalidad aumenta con el auge del individualismo. El caso norteamericano es el más estudiado, pero también en España podemos constatar un aumento de factores como: la monoparentalidad, la criminalidad (también la infantil), la insolidariad generacional (el impago de la deuda filial, por ejemplo), o el suicidio. Es curioso ver cómo Durkheim nos aparece ahora como un autor tremendamente actual. En esta tesitura, reconocemos, como hace Etzioni" (1996;93), que lo importante a la hora del estudio del comportamiento humano no es la distinción entre público y privado. Si la virtud no entiende de escenarios, lo realmente interesante es distinguir entre comportamientos o actitudes socialmente saludables (independientemente del ámbito) o no. El caso es que a la postre, disfunciones, que a primera vista parecen de muy poca relevancia para la felicidad colectiva medible como salud social por considerarse como estrictamente privadas (caso del divorcio, por ejemplo), a la larga se asumen como costosas con impagados sociales de cuantía (caso de la monoparentalidad o del desarraigo juvenil). Acabamos nuestro argumento con un apunte sobre el entendimiento de lo que representa el objetivo de aumentar, para el caso de las sociedades aquejadas de individualismo excesivo, la consistencia del orden moral asumido como virtud colectiva. Nos hemos referido ya a la diferencia entre orden moral y orden penal reglamentado por el legislador. Un entorno social comunitario debe regular la conducta social de sus miembros en base a la confianza generada por el sentido de pertenencia en la conciencia moral personal y colectiva, y solo secundariamente en base a la sanción legal. Se entiende el deber -todo derecho implica un debercomo responsabilidad moral y no penal. De ahí que deben de darse las suficientes posibilidades de elección como para que con ciertos límites se permita la libre adscripción moral. Si la pertenencia es obligatoria el deber solo sera provisto por la sanción penal. Por ello muchos comunitaristas son decididos abogados de la causa de la libre adscripción, lo que traducido al lenguage geopolítico vigente implicaría el reconocimiento a la libre circulación de personas. Ahora bien, el orden comunitario es decididamente normativo. La distinción que encontramos en Etzioni, Glendon y otros comunitaristas, es en-La comunidad: haciendo visible lo invisible tre valores básicos o seminales y valores periféricos por un lado, y entre orden coercitivo, utilitario y meramente normativo por otro. Los valores compartidos que conforman el orden moral de una comunidad son valores básicos y no periféricos, distinción que cabe hacer también al mismo sujeto colectivo. Los valores básicos conformantes del orden moral son aquellos que en el caso de exceso de autonomía conducen a la consecución del equilibrio social y que Etzioni (1996;149 y 179) resume en: la defensa colectiva de la familia igualitaria, el entendimiento de la tarea educativa como educación del carácter (virtudes cívicas como tolerancia, solidaridad, respeto y participación), el fomento de la iniciativa local y la asim.ción de responsabilidades colectivas, la difusión de modelos de comportamiento socialmente saludables, el reparto de soberanía (a la familia y a otras sociedades intermedias religiosas o laicas), y el acuerdo para el fomento de las soluciones consensuadas con el mínimo nivel de representación delegada posible. Por lo que se refiere a la distinción entre orden coercitivo, utilitario y normativo, hacemos referencia a que el orden comunitarista es de carácter normativo moralmente hablando, enfatizando la distinción con el orden resultante de la imposición penal vigilada policialmente y con el orden incentivado por la análisis económico de la relación coste-beneficio. La confianza del comunitarista para el mantenimiento de su seguridad prima al sentimiento de pertenencia que suponen los valores compartidos sobre la acción estatal pública y sobre el supuesto acuerdo global en maximizar el beneficio. Acabamos este breve comentario introductorio manifestando nuestra opinión sobre la enorme importancia que tiene en el contexto de los posibles escenarios políticos de futuro el estudio del comunitarismo. La viabilidad de sus premisas y la fundamentación de sus razones, no obstante, tienen que ser baremadas, desde el punto de vista de la formulación de propuestas específicas, en base al análisis del entorno sociocultural en el que supuestamente han de ser aplicadas. Toca pues a los comunitaristas españoles traducir las razones etzinianas en propuestas adecuadas a las circunstancias y peculiaridades locales. Glosemos ahora, para terminar, los trabajos que componen este monográfico. En «Las propuestas comunitaristas en América y en Europa», Concepción Naval y Alejo Sisón nos brindan un comprensivo y exaustivo análisis sobre las diversas lecturas del comunitarismo y sus orígenes intelectuales e ideológicos. Este ejercicio es necesario para entender, los autores utilizan un enfoque filosófico, de los matices y deferencias entre escuelas. En « Aspectos jurídico-privados del fenómeno comunitario. Diversas situaciones de cotitularidad de bienes y derechos» de Carolina Castillo y en «La Comunidad reconocida: familias, escuelas, y regantes y 584 vecinos» de Juan José García de la Cruz y Evaristo Prieto, se analiza primero desde la óptica del derecho y, después, desde la sociología del derecho, las herencias comunitaristas en el derecho de gentes hispano. El análisis de la profesora Castillo se centra en la copropiedad y el de los profesores de la Cruz y Prieto en los derechos colectivos que no implican propiedad. Aspectos ambos que son indispensables para entender la relación de equilibrio entre sociedad e individuo en España. En «La Filosofía Moral y la propuesta de Amitai Etzioni en la Nueva Regla de Oro», José María López de Pedro y Eduardo Lostao analizan desde la óptica propia de la Filosofía Moral y de la Etica la obra de Etzioni. En «Cristianismo y Comunidades: la construcción de la Utopía», Pablo Guerra apunta otra de las ineludibles cuestiones que ha de plantearse el comunitarismo que se exprese en castellano, es éste un factor de indudable importancia. Tampoco se puede dejar de lado el estudio de las relaciones entre «Cooperativa» y «Comunidad» que aborda la profesora Gómez Cabranes y que constituye un factor diferencial para nuestro país. En «El Kibutz como experiencia comunitarista: realizaciones y limitaciones», Alfonso Carlos Morales también nos presenta otra experiencia de organización social comunitarista premoderna a la que hay que referirse necesariamente. El análisis histórico en la medida en que afecta a las propias herencias culturales, es examinado en «Los Comuneros: un apunte histórico» por Luz María Cruz de Galindo. La profesora Jiménez Ottalengo en «El comunitarismo en los pueblos indígenas de México» nos trae, desde la óptica de la antropología cultural, de nuevo a la consideración la crítica a la idea, de progreso que identifica su punto más álgido con la medida en que el individuo se aleja de la comunidad. En «Un comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico», por último, el profesor Ruiz Abollan desde la perspectiva de la Ciencia Política, nos introduce en los entresijos de una experiencia comunitaria distorsionada de indudable importancia para el mundo actual. Como se ve, hemos intentado cubrir con un enfoque genuinamente multidisciplinar y académico todos los aspectos de la cuestión que motiva este trabajo colectivo. Esperamos que el esfuerzo realizado sirva a los propósitos de avance del conocimiento y servicio a la ciencia y a la sociedad que nos ha reunido en torno al tema del comunitarismo.
Se engloba bajo el título «comunitarismo» a determinados planteamientos en las ciencias humanas y sociales que reivindican el valor y la importancia de la persona, sociocultural e históricamente situada, frente al individuo, universal-abstracto y autónomo. La diversidad amplia de autores comunitaristas se auna en las críticas de la sociedad liberal-democrática. A pesar de las distintas tradiciones en las que se inscriben sus autores, hay grandes semejanzas entre el comunitarismo norteamericano y el comunitarismo europeo en sus propuestas para la formación de la identidad política, en contra de la desintegración social Palabras-clave: crítica comunitaria al liberalismo, comunitarismo norteamericano, comunitarismo europeo. La corriente denominada comunitarismo^ es un fenómeno que ha surgido en el mundo occidental, en el seno de las ciencias humanas y sociales, tanto en el ámbito anglo-americano como en el continental-europeo. Se manifiesta en el lenguaje, modo de razonar y propuestas realizadas en la política, la sociología y la ética, también en la economía, la psicología y la educación. La ideología liberal ha interpretado -en términos generales-el hecho comunitario en relación con la emergencia de la modernidad. En cuanto el mundo moderno se constituye como tal, los lazos comunitarios comienzan a deshacerse en beneficio de modos de asociación más contractuales y modos de comportamiento más racionalistas e individuales. Concepción Naval y Alejo José G, Sisón En esta óptica, la comunidad^ aparece como un fenómeno residual, que las burocracias institucionales y los mercados globales se encargarán de disolver. Todo acento sobre el valor de la comunidad se interpreta así, como supervivencia conservadora, o como nostalgia romántica y utópica, o como llamada a una forma u otra de colectivismo. Esta temática se desarrolla alrededor de las nociones de progreso, razón e individuo. Muchos autores han estudiado el vínculo social en relación con la noción de comunidad, poniendo ésta en ocasiones en oposición a la de sociedad. La conceptualización de los términos de Gemeinschaft (comunidad) y Gessellschaft (sociedad), es central para la sociología alemana de finales de siglo, después del trabajo fundador de Ferdinand Tõnnies, aparecido en 1887^. Tõnnies pone en relación estas dos nociones con los dos tipos de voluntad, la Wesenswille o voluntad esencial, natural y espontánea, y la Kürwille o voluntad arbitraria, racional y reflexiva^. Martin Buber introduce en 1900 una nueva distinción entre la antigua «comunidad de sangre» (Blutverwandtschaft) y la nueva «comunidad elegida» (Wahlverwandschaft), en tanto que Max Weber utiliza la noción de «comunitarización» (o comunalización) para describir el proceso de orientación mutua que se produce bajo el efecto de sentimientos comunitarios entre miembros de una polis dada. La misma dicotomía parece estar, en parte, en Durkheim en la oposición entre solidaridad mecánica y solidaridad orgánica. Esta se prolonga en los trabajos de G. Simmel, H. Plessner, T. Parsons y también de L. Dumont con el binomio holismo-individualismo. El declinar de la comunidad es por tanto un tema importante en aquéllos que contribuyeron a la fundación de la sociología en el siglo XIX. Los pilares de este enfoque crítico de la noción de comunidad han hecho crisis recientemente. La ideología del progreso es la más afectada en cuanto sus promesas no se cumplen. Todo un conjunto de fenómenos ha provocado que el futuro inspire más inquietudes que esperanzas^: los totalitarismos del siglo XX, la noción de límite puesta en boga por el ecologismo, el malestar que se ocasiona porque el nivel de vida no crece en la medida en que la mayoría lo espera y que las cosas materiales, por ellas mismas, no proporcionan sentido a la existencia humana. A esta crisis de la ideología del progreso se une otra que afecta a la razón pura y al individuo abstracto. Toda la corriente postmoderna contesta la omnipotencia de la razón; Habermas rechaza la noción de razón trascendental, tal como la concibió la Ilustración; la razón es redefinida en relación con la finitud humana, lo que implica reconocer la naturaleza de un sujeto cognoscente. Se podría decir que de este esfuerzo por salvar la razón ha nacido la teoría de la ética comunicativa. Derrida por su lado, muestra que la razón está incrustada en las formas de vida y en la Las propuestas comunitaristas en América y en Europa inconmensurabilidad de los juegos del lenguaje. H. G. Gadamer no es menos crítico hacia el racionalismo de la Ilustración y hacia lo que llama el «prejuicio contra los prejuicios»^. Dice que la razón no puede ser comprendida como aquello por lo que el hombre se libera de su contexto social-histórico, y define los «prejuicios» legítimos como aquellos destinados a facilitar la comprensión hermenéutica como modo primordial de la presencia humana en el mundo. Hay pues una historicidad de la creencia, una contextualización de la coraprensión de la que no se puede prescindir. De hecho toda una serie de doctrinas y de filosofías contemporáneas ponen el acento en la contextualización del conocimiento y de la normatividade sea en una óptica explícitamente anti-universalista, sea en nombre de una aproximación pluralista, que se acerca al relativismo. Uno de los puntos problemáticos que la crítica filosófica y la argumentación política advierten es el reconocimiento de fisuras en el proyecto moderno; lo que Rorty llama el sueño de la «conmensuración universal»^, la búsqueda de un lenguaje unificado, de una matriz epistemológica uni-versal^. De este modo el pensamiento moderno se paraliza ante el desafío de articular de modo coherente la aspiración de universalidad y los imperativos de la contextualización que la filosofía práctica pide. Las diferentes respuestas buscan una reconstrucción del diálogo racional que integre las dimensiones teórica y práctica de la acción y mantenga abierta la tensión entre el plano contextualizado de la praxis humana y el plano -no ideal o desencarnado-de la reflexión. En este sentido, la comprensión de la racionalidad permitiría recuperar el ámbito de la filosofía práctica. En esta operación, la lectura comunitaria propugna una reconstrucción narrativa de las formas de vida que nos identifican como miembros de una comunidad cultural, partícipes -en concreto-de la tradición cultural y política occidental. El análisis de la racionalidad se lleva a cabo desde las coordenadas de una cosmovision moral en las versiones aristotélico-tomista de Maclntyre, republicana de Sandel, democràticopluralista de Walzer o hegeliano-ilustrada de Taylor. Las comunidades no solamente asocian a las personas sobre la base de un origen común o de características teóricamente heredadas por cada uno; constituyen grupos de géneros variados. La noción de identidad se despliega, de modo paralelo bajo la forma de una narrativa abierta, de tipo fundamentalmente dialógico. La problemática comunitaria suscita una investigación sobre el pluralismo y el «multiculturalismo» de las sociedades contemporáneas, en la perspectiva de un retorno a las pequeñas unidades de vida colectiva, huyendo de los grandes aparatos institucionales, burocráticos, que ya no desempeñan el papel tradicional de estructuras de integración. Concepción Naval y Alejo José G. Sisón Bajo este último aspecto, la comunidad aparece como el marco natural de una democracia orgánica, directa, de base, fundada sobre una participación más activa y sobre la recreación de nuevos espacios públicos locales, al mismo tiempo que como una forma de resolver el mayor desafío que se ha lanzado en este fin de siglo: «cómo conseguir su integración y afirmar su identidad sin negar la diversidad y la especificidad de los diversos componentes»^. Así la comunidad pierde el estatuto arcaico que la sociología le había atribuido; aparece como una forma permanente de asociación humana, que según las épocas, gana o pierde importancia. Jean-Luc Nancy lanzó una hipótesis según la cual la distinción entre las nociones de sociedad y comunidad sería un efecto de la modernidad. En este marco, diseñado aquí a grandes rasgos, se puede situar la aparición y el desarrollo en América del Norte, desde los debates de los años 80, de un movimiento que ha provocado una auténtica avalancha de debates; pero en los que Europa -en opinión de Benoist (1994)^°-ha estado informada de los principios que estaban en juego (la corriente liberal -J. Nozick, M. Rothbard-) pero descubrió recientemente este «movimiento» comunitarista. ¿«Comunitarismo norteam^ericano» y «comunitarismo europeo»? Hasta aquí, hemos hecho una analítica histérico-temporal o «genética», basada en las «biografías intelectuales» de los autores tildados de «comunitaristas» y de sus contrincantes, reunidos en torno al liberalismo democrático. En principio, nada obsta para que se pudiera intentar también otro tipo de análisis, geográfico-espacial o a simultaneo de los mismos autores: ¿tiene sentido preguntarse por posibles diferencias entre un «comunitarismo norteamericano» y un «comunitarismo europeo»? Nuestra hipótesis es que la respuesta a la pregunta anterior no es indiferente al planteamiento que uno haya asumido como propio, sea éste filo-comunitarista o más cercano al liberal. Es decir, la combinatoria de las respuestas posibles revela la postura elegida por uno en este debate. La pregunta no puede contestarse «objetivamente» o en abstracto. El que se adhiere al liberalismo, llevado por su universalismo, siempre se inclinará a negar, o al menos, minimizar las diferencias, mientras que el comunitarista, dotado de mayor sensibilidad por lo idiosincrático y particular, se esforzará por afirmar y reivindicarlas. Las propuestas comunitaristas en América y en Europa 593 El comunitarista, como primera reacción, podría intentar establecer un criterio fì^sico o geográfico entre el comunitarismo norteamericano y el. comunitarismo europeo. Al principio podría dejarse llevar por la falsa impresión de que las líneas divisorias continentales ñieran suficientes para demarcar o delimitar el pensamiento. Pero pronto se daría cuenta de su equívoco: esas líneas divisorias, en realidad, no existen; no son más «reales» en el mundo físico o natural que en el mundo mental; son también «constructos», «artificios», objetos de decisiones humanas históricas, y hasta cierto punto, arbitrarias. Tendría que reconocer entonces que la «patria» o el origen, la «nacionalidad» o el estado actual y el desarrollo fijturo de las ideas, como el mismo comunitarismo, necesariamente pasan por la patria, la nacionalidad y los proyectos «políticos» -en sentido amplio-de sus pensadores. Tarde o temprano el investigador comprometido tendría que preguntarse quiénes son los comunitaristas norteamericanos y quiénes son los comunitaristas europeos. Tendría que hacerlo a la vez que establece o define su comprensión particular y peculiar de la «norteamericaneidad» y del «europeismo». Está claro que no se trata de un asunto cerrado, sino de uno indefinidamente abierto a la discusión, en gran parte, como todo lo cultural. Pero el admitir una distinción de grados, de un más y un menos, con respecto tanto a la «norteamericaneidad» como al «europeismo», no significa renunciar a saber qué es lo «norteamericano», qué lo «europeo», antes bien lo presupone. Para saber si un determinado pensador es un comunitarista norteamericano o un comunitarista europeo, el hipotético investigador averiguaría, ante todo, su nacionalidad o ciudadanía, y también para esto hay todo una gama de posturas razonables. Es difícil, por no decir imposible, aclarar el sentido y la relación entre la ciudadanía y la nacionalidad sin referirse simultáneamente a la comunidad, a la sociedad (civil) y al estado. (Huelga decir que todos estos conceptos son objetos de fuertes debates entre comunitaristas y liberales.) De entrada, nos atreveríamos a afirmar que la ciudadanía, al igual que la comunidad política o sociedad (civil) de la que depende, son conceptual y quizás también históricamente anteriores a la nacionalidad y al estado. Según una versión republicana amplia y originaria, la ciudadanía se concibe como el vínculo político por antonomasia; es la relación social que vincula entre sí a los miembros de una comunidad política, en cierto modo, constituyendo esta misma en una sociedad (civil). La ciudadanía se ejerce mediante la participación en el discurso público, en la decisión conjunta de asuntos que conciernen a toda la comunidad o sociedad. El tomar parte de esta decisión, aparte de ser expresión de la propia liber-594 Concepción Naval y Alejo José G. Sisón tad y dignidad humana, se considera también como una actividad que es «fin en sí misma»; es decir, valiosa, independientemente de otras referencias. Se llama «estado» a la comunidad política o sociedad a la que una perdona se vincula en condición de ciudadano, al adquirir ésta una forma legal o jurídica en el presente. El estado, por medio de leyes, garantiza al ciudadano la protección de sus derechos. El ciudadano, a su vez, debe al estado el reconocimiento de su poder y autoridad soberanas, en una actitud estable de obediencia y lealtad. La ciudadanía se concreta ahora en una relación jurídica: la persona es sujeto de derechos reivindicables ante el estado y de deberes para con el mismo. Históricàinente, el estado había evolucionado hasta tomar la forma del llamado «estado-nacional». Junto con los vínculos jurídicos en el presente, el «estado-nacióri» presuponía una homogeneidad o identidad de "sangre (raza, etnia), tierra de origen o nacimiento (territorio), lengua o idioma (cultura) y creencia o religión (pasión) entre las personas que lo integraban. Como consecuencia, la ciudadanía recibía todas estas determinaciones ulteriores convirtiéndose en «nacionalidad». Tanto por su naturalismo aparente, como por su disposición orgánica, el estado-nación era la modalidad de comunidad política o sociedad preferida por el romanticismo. -...... La «piedra de escándalo» para cualquier estado siempre ha sido la participación política. En principio, ésta compete, por derecho, a todos los ciudadanos. Pero en la práctica, por el gran tamaño del estado, por el número elevado de ciudadanos, por las dificultades intrínsecas a la comunicación humana, etc., es imposible que todos los ciudadanos participen libremente y por igual en la tarea esencial e importantísima de la decisión de los asuntos públicos. Hay muchas voces ciudadanas -quizás incluso la mayoría-que están silenciadas: ya no hablan, y si hablan, no se les oye, y si se les oye, no se les escucha. Se ahogan sus voces -a pesar de la presunta representación-en la burocracia administrativa, tan técnicamente ingeniosa y necesaria, en cuanto resultado de mayor objetividad y racionalización, como también a veces, tan cruel, inhumana, manipulable e ineficaz. La relación jurídica sofoca los otros vínculos más vitales que unen el ciudadano al estado. El ciudadano sólo periódicamente rompe su silencio con la emisión del voto anónimo. El ciudadano sufre una segunda alienación política, además de aquella efectuada por la definición puramente legal de su vínculo con el estado, cuando el estado se erige en un omnipresente «estado de bienestar» o «estado-providencia». La provisión directa por parte del estado de los «derechos de bienestar» al ciudadano actúa como, una especie de sordina o Las propuestas comunitaristas en América y en Europa mordaza que le calla en el discurso público. Las leyes ya no se orientan hacia la consecución del bien común, políticamente definido, sino hacia la protección y el fomento de intereses económicos privados, disfrazados esta vez como «derechos de bienestar». Al criterio jurídico de la ciudadanía, que es el derecho al voto, se añade, con su peso específico propio, el criterio económico de tener «propiedad» (inmuebles, dinero, crédito, acciones, trabajo, especialmente para un funcionario, etc.) o el derecho a ella, en el caso de las clases sociales pasivas. El estado ya no se distingue apenas de una empresa privada, con ánimo de lucro para los cargos electos y burócratas, que procura tener al ciudadano-cliente satisfecho, al menos hasta las elecciones próximas. En la versión de «estado-nación», aparte del ya mencionado problema de la participación política, surge otro conocido con el nombre genérico de «multiculturalismo». ¿Qué hacer cuando la homogeneidad de tierra, sangre, lengua y religión ya no se da en una población en el territorio de un estado? ¿Qué derechos habría que reconocerles y garantizar a las minorías en un «estado plurinacional»? Por último, el ocaso de las ideologías, la liberalización de los mercados y el desarrollo de la tecnología de la telecomunicación y de la informática han creado el ambiente propicio para la globalización. La globalización apunta -teóricamente-al fin del estado nacional como consecuencia del fin de la «economía nacional». La soberanía se traslada, en principio, del estado nacional, pasando por los mercados regionales o los mercados de bloques, a un mercado global único. En efecto, dejaríamos de ser ciudadanos, cada cual de su propia nación o país, dejaríamos de tener «nacionalidad», para convertirnos en agentes económicos cosmopolitas, ya sea como productores o vendedores, ya sea como consumidores o compradores. Entonces sí que experimentaríamos por fin lo que hasta ahora sólo ha sido una promesa, la de una libertad máxima y eficaz, gentileza del mercado, en ausencia del estado. Incluso si por arte de magia, se consiguiera sortear todas las dificultades teóricas planteadas para determinar la ciudadanía y la nacionalidad del comunitarista ficticio, todavía quedarían bastantes problemas prácticos. ¿Qué criterio utilizaríamos para averiguar su ciudadanía o nacionalidad? ¿El «documento nacional de identidad»? Algunos países no lo tienen; y en otros, existen barreras constitucionales para que el estado se lo expidiera a los ciudadanos. Los países de la Unión Europea ya lo tienen en común; y a sus ciudadanos -como a los ciudadanos norteamericanos y canadienses-ya no se les exige para traspasar sus respectivas «fronteras». ¿El carnet de votante? Los ciudadanos comunitarios europeos ya tienen elecciones comunes, en las que cualquiera de 596 Concepción Naval y Alejo José G. Sisón ellos puede ser sujeto activo o sujeto pasivo de voto, indistintamente de su nacionalidad. En el caso de norteamérica, menos del 50% de los ciudadanos ejercen su derecho al sufragio, y probablemente no tendrán semejante documento. ¿La declaración de la renta? ¿Acaso la única función que queda al estado es la de recaudar, para luego poder despilfarrar, los impuestos? Pero hay muchos tipos de impuestos (directos, indirectos), y muchos modos de cobrarlos (en el origen, en el último eslabón en la cadena de transacciones). Además, existe una proliferación de tratados fiscales bilaterales y multilaterales entre estados, y los más ricos siempre consiguen evadir o evitar los impuestos mediante sociedades registradas en paraísos fiscales. Parece que sólo nos quedarían documentos tan poco fiables o de uso tan restringido como la cartilla militar (¿qué pasa si es un «casco azul», de la OTAN, o de alguna otra fuerza multinacional?) o el carnet de conducir (se expiden en Norteamérica mayormente para poder consumir bebidas alcohólicas). ¿Estaríamos dispuestos a que de ellos dependieran si un pensador determinado es norteamericano o europeo? Y luego, habría que defender la inñuencia de la ciudadanía o la nacionalidad en el pensamiento de un autor, en concreto, en la versión que él cultiva del comunitarismo. Tendríamos que establecer si dicha influencia es lo suficientemente significativa y consistente, tanto para un autor como para los de su supuesto grupo, como para constituirse en seña de identidad; en definitiva, saber si tal influencia genera una «tradición». Primacía liberal de la justicia sobre el bien En este panorama conviene no perder de vista la afirmación que es paradigmática de la teoría liberal contemporánea: la teoría de la justicia como equidad de John Rawls en su libro A Theory of Justice. También convendría examinar las más recientes versiones de su posición, que es llamada comúnmente,'el nuevo Rawls', que consiste en el intento de formular una posición liberal que es sensible a los aspectos de la crítica comunitaria. La teoría liberal se presenta en primera instancia como una teoría de los derechos, fundada sobre una antropología de tipo individualista^^. Este individualismo^^ se presenta a sí mismo -paradójicamente-como un universalismo en virtud de un postulado de igualdad que se apoya en una definición abstracta de los agentes. En la óptica del «individualismo posesivo» (Macpherson), cada individuo es considerado como un agente moral autónomo, «propietario absoluto de sus capacidades»^^, que usa Las propuestas comunitaristas en América y en Europa para satisfacer los deseos expresados en sus elecciones. La hipótesis liberal apunta de este modo al individuo separado, existente como un todo completo en sí mismo, que busca maximizar sus ventajas a través de las elecciones libres, voluntarias y racionales, sin que éstas sean resultado, fundamentalmente, de influencias, experiencias, contingencias y normas propias del contexto social y cultural. Los individuos poseen, por su naturaleza autónoma, los derechos que la teoría liberal considera como inalienables e imprescindibles. Estos son los derechos que podemos llamar «prepolíticos». De este modo, ninguna «pertenencia a» será constitutiva del individuo, bajo pena de atentar contra su autonomía; sólo pueden existir asociaciones voluntarias, contractuales, resultantes de la voluntad de los agentes al perseguir sus intereses. Los libertarios llegan a afirmar una «prioridad ontológica» de los derechos sobre las preferencias, indicando que los derechos no pueden ser alienados incluso aunque los titulares consientan bajo el pretexto de que resultará para ellos un aumento de su bienestar o de su satisfacción. En todo caso el triunfo de estos derechos es lo que importa sobre toda otra consideración observándose una falta de simetría entre derechos y deberes liberales, ya que los derechos se derivan de una naturaleza humana que no tiene necesidad de otro para existir -el hombre tiene los derechos del estado de naturaleza-, pero no hay deberes más que en el estado social; los derechos serían completos en ellos mismos, en tanto que los deberes son por definición incompletos. Se deduce que la obligación moral es puramente contractual y que la sociedad tiene siempre más deberes hacia los individuos -para empezar el deber de garantizar sus derechos-que éstos tienen con ella. Precisamente la importancia dada a los derechos explica el carácter imperativo y deontológico (en el sentido kantiano del término) de la moral liberal: la teoría liberal sitúa lo justo (right) por encima del bien (good), y de lo justo se deriva un número de obligaciones categóricas que afectan incondicionalmente a todos los agentes, sean cuales sean sus rasgos particulares, pertenencias o compromisos. El debate sobre la prioridad de lo justo o del bien (right vs good) es central hoy en el debate filosófico, político y moral americano^'^. Esta prioridad de lo justo sobre el bien aparece en J. S. Mili y en Kant. Fue impugnada esta prioridad por Hume, Schopenhauer, Hegel, y más recientemente por E. Anscombe y P. Foot. Si la justicia se funda sobre una concepción singular de bien, aquélla llegará, según S. Mili, a imponer preferencias a ciertos ciudadanos, lo cual entorpecería la búsqueda de la utilidad, y según Kant, llegaría a esclavizar a los individuos a la irracionalidad, ya que ninguna concepción 598 Concepción Naval y Alejo José G. Sisón del bien sería objeto de un consenso fundado en razón^^. Es esta idea de la prioridad de lo justo sobre el bien la que es retomada por la teoría liberal moderna. J. Rawls al mismo tiempo que busca desligar el proyecto kantiano de su anterior planteamiento idealista, apoyándose en la concepción trascendental del sujeto -de ahí su recurso a la ficción metódica de la «posición original»-, define la justicia como «la virtud primaria de las instituciones sociales». Lo justo se constituye por sí mismo, bajo el efecto de la voluntad de justicia, y no por conformidad a una idea de bien. «El concepto de justicia, es independiente del concepto de bien y anterior a él, en el sentido en que sus principios limitan las concepciones de bien autorizadas»-*^^. Rawls parte de la pregunta: ¿cómo debe ser la sociedad para que sea justa?^^. De algún modo su respuesta es una alternativa al modelo de justicia utilitarista, dominante en la tradición occidental, apoyándose en una línea de pensamiento contractualista propia de la Ilustración. Sus inspiradores fundamentales al pretender elaborar una teoría «sustantiva» de la justicia son Locke, Rousseau y Kant-'^^. Así la noción de persona moral que Kant defendió en la.' Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres constituye la idea principal que Rawls tiene en mente a la hora de elaborar su Theory of Justice y que se había insinuado en algunos párrafos de los artículos que le precedieron^^. Se percibe la presencia implícita del imperativo categórico kantiano -que impele a considerar a las personas como fines en sí mismas-en las distintas partes de la teoría rawlsiana: a) en la determinación de la posición original, b) en los contenidos de los principios de justicia, c) en las críticas al utilitarismo clásico, y d) en la interpretación kantiana de su teoría. Podemos pensar, que es la misma ética de Kant -^y no sólo su contractualismo político-la que ofrece el mejor respaldo filosófico a la teoría de Rawls porque es, sin duda, la ética que mejor fundamenta, desde la razón, la dignidad de la persona, que subyace a todo el proyecto rawlsiano. De todas formas, conviene no perder de vista que en el pensamiento de Rawls se observa una evolución -aunque no ha sido un cambio sustancial-tal como se comprueba en su obra Political Liberalismo^. Es un nuevo enfoque del proyecto emprendido en Theory of Justice que denomina: liberalismo político. La fundamentación ahora es histórica y política. Los bienes primarios son así los bienes de los ciudadanos libres e iguales en la esfera política; lo que necesitan los ciudadanos de un régimen liberal. El problema es que el liberalismo es a la vez una teoría comprensiva y una práctica política. La «concepción política» debe cumplir dos requisitos: las instituciones políticas deben ser concebidas de tal Las propuestas comunitaristas en América y en Europa modo que no sólo cumplan los requisitos de la justicia sino que tambiéix satisfagan la necesidad de estabilidad política y unidad de una sociedad liberal. Así el consenso no es simplemente un límite puesto en el empleo de la «razón pública», sino un fin de las instituciones políticas. En esta nueva obra, proporciona una corrección al apriorismo de Theory of Justice. La misma idea de la prioridad de la justicia respecto al bien aparece en R. Nozick, B. Ackermann y R. Dworkin; es un rasgo de la concepción liberal de los derechos. Estos derivan de la «naturaleza» de los agentes, no de sus méritos o de sus virtudes, que no son más que atributos contingentes de su personalidad; no pueden revelarse más que desde una noción abstracta de la justicia, no desde una concepción previa del bien o de la vida buena. Con referencia a estos derechos, lo justo prima sobre el bien en importancia, ya que los derechos individuales no pueden sacrificarse jamás al bien común; y desde un punto de vista conceptual, porque los principios de justicia que los especifican no pueden fundarse sobre una concepción particular de bien. La dignidad individual constituye un absoluto que no puede sacrificarse por posibles ventajas sociales, ni por ningún otro interés general o bien común^^. La crítica de esta noción de bien común se relaciona con la antropología individualista; la sociedad no es más que una adición de individuos, es decir de átomos sociales sepa-rados^^. Crítica comunitaria al liberalismo Interesa destacar los principales pensadores que se consideran habitualmente, en una primera etapa histórica, como críticos comunitaristas del liberalismo: M. Sandel, A. Maclntyre, Ch. Taylor y M. Walzer, e identificar los temas que estos teóricos tienen en común, así como los caminos en los que difieren, ya que este movimiento intelectual, lejos de constituir un conjunto unificado, se presenta sobre todo como una constelación en la que quizá los principales representantes que se suelen destacar son los filósofos mencionados, con excepción del caso de M. Walzer, que aunque se le asocia al punto de vista comunitarista, algunos autores hacen una consideración diferente de su pensamiento. Alrededor de ellos se pueden situar una gran cantidad de autores -aislados algunos de ellos-pero cuyos trabajos se sitúan en la temática comunitarista, como R. M. Unger, J. Finnis, M.A. Glendon, A. Etzioni^^, etc. En un tercer nivel, podrían estar, entre otros, autores como R.N. Bellah y colaboradores y también C. Lasch, que sin reclamar para ellos el título comunitarista, tienen similares preocupaciones (crítica del «narcisismo» en 600 Concepción Naval y Alejo José G. Sisón C. Lasch, de la «tiranía del mercado» en R.N. Bellah). Del mismo modo es destacable junto a las obras de estos autores, los numerosos artículos y libros que se han consagrado a este tema^^. Por último, sería enriquecedor prestar atención a algunos teóricos descritos como «liberales comunitaristas», tal es el caso de R. Rorty y J. Raz. Una consideración completa de este fenómeno reclamaría un desarrollo que no es posible realizar aquí completamente dada la masiva cantidad de bibliografía existente. Un problema básico que surge al iniciar este estudio es la misma terminología utilizada ya que tanto «liberalismo» como «comunitarismo» significan realidades diversas en los diferentes autores. Dado esto, sería importante que fuéramos capaces de identificar las diferencias entre la crítica comunitaria y otras críticas realizadas, pero aquí las cosas son muy complejas de nuevo. Por ejemplo, ante la pregunta de si el comunitarismo es necesariamente conservador en sus implicaciones, aunque cabe la respuesta de que algún comunitarista tiene una posición que conduce a demandas bastante radicales de cambio social y político, hay afinidades entre esas dos áreas de pensamiento. De modo similar, las relaciones etimológicas entre 'comunitarismo' y 'comunismo' sugieren que nuestra área de intereses puede solaparse con la crítica marxista al liberalismo. La crítica comunitaria cuestiona la prioridad dada al individuo sobre la comunidad en el pensamiento liberal y se presenta a sí misma como un rechazo al énfasis liberal en la libertad del individuo. Surge aquí una cuestión sugerente: las relaciones entre el liberalismo contemporáneo y el comunitarismo y las tradiciones intelectuales de las cuales emanan. Cuando pensamos en la tradición liberal, pensamos en teóricos tales como, Locke, Kant y Mill, cada uno de los cuales hace una contribución diferente a la herencia del liberalismo moderno. En la vertiente comunitaria, nuestra vista puede dirigirse a Aristóteles, Hegel e incluso a Gramsci, aunque aquí, como la gran heterogeneidad de la lista sugiere, no hay una conciencia propia de tradición. El objetivo del movimiento comunitario es enunciar una nueva teoría combinando estrechamente filosofía moral y filosofía política. Aunque tiene un alcance más amplio, esta teoría se ha elaborado a partir de los años 80, con referencia, por una parte, a la situación particular de los EE.UU. que está marcada por una verdadera inflación de la política de los «derechos», por la disgregación de las estructuras sociales, la crisis del Estado-Providencia y la emergencia de la problemática «multiculturalista», y por otra parte, como reacción a la teoría política liberal reformulada en el curso de la década precedente por autores como R. Dworkin, B. Ackerman y sobre todo J. Rawls. Las propuestas comunitaristas en América y en Europa El punto de partida de la crítica comunitaria es de orden sociológico y empírico^^. Los comunitaristas constatan, observando las sociedades contemporáneas, la disolución del nexo social y de las identidades colectivas, el incremento del individualismo y en consecuencia, la generalización de una falta de sentido. Estos fenómenos son, por una parte, los efectos de una filosofía política que: provoca la atomización social legitimando la búsqueda del propio interés, fomentando mirar al otro como un rival, o al menos como un enemigo potencial; defiende una concepción desencarnada del sujeto, sin tener en cuenta que los compromisos y pertenencias son también constitutivos de su yo; aboca al olvido de las tradiciones -en nombre de un universalismo abstracto-y a la erosión de modos de vida diferenciados; no ve en la sociedad más que una «empresa cooperativa fundada sobre la ventaja mutua» y niega la existencia del bien común^'^. Bajo una aparente intención de «neutralidad» genera escepticismo moral y se hace insensible a las nociones de pertenencia, valores comunes y destinos compartidos. De todas formas, cabe plantearse si el comunitarismo posee realmente un cuerpo de doctrina positiva o es más bien un intento de reunir un conjunto de «críticas al liberalismo», desde muy diversos ángulos, que no poseen una unidad cierta y más bien les une un sentido negativo. De hecho parecen seguir usando el mismo lenguaje o esquemas de pensamiento liberal y se puede poner en duda si resuelven, de hecho, algunas de las dificultades que plantean como, por ejemplo, la superación del relativismo. Los esfuerzos de autores como Etzioni parecen querer responder que sí. Este autor, en su libro. Rights and the Common Good indica las que serían las dos cuestiones comunitaristas centrales: el equilibrio entre los derechos individuales y las responsabilidades sociales; y el papel de las instituciones sociales que alimentan los valores morales dentro de las comunidades^^. Las críticas que los comunitaristas dirigen al liberalismo, tanto por lo que se refiere a la filosofía política, como a la concepción general de hombre y sociedad son múltiples^^. El liberalismo -denuncian los comunitaristas-desatiende y hace desaparecer las comunidades intermedias, que son un elemento fundamental e irreemplazable de la existencia humana. Dévalua la vida civil al considerar la asociación política como un simple bien instrumental, sin ver que la participación de los ciudadanos en la comunidad política es un bien intrínsecamente constitutivo de la vida buena. Es incapaz de dar cuenta de manera satisfactoria de un cierto número de obligaciones y compromisos -tales como los que no resultan de unB. acción voluntaria o de un compromiso contractual--como las obligaciones familiares, el servicio al país o la prioridad del bien común al interés individual. Propaga una concepción errónea del yo^^, negándo- Concepción Naval y Alejo José G. Sisón se a admitir que éste siempre está situado en un contexto socio-cultural e histórico y, constituido, en parte al menos, por valores y compromisos que no son ni objetos de elección ni revocables a voluntad. Suscita una inflación de la política de derechos (reclamar derechos buscando maximizar sus intereses sin tener en cuenta si es en detrimento de otros), y produce un nuevo tipo de miembro de la sociedad, el «individuo dependiente» (Fred Siegel), al mismo tiempo que un nuevo tipo de sistema institucional, la «república procedimental» (M. J. Sandel). Exalta la justicia como la «virtud primera de las instituciones sociales»^^. Y en ñn desconoce, debido a su formalismo jurídico, el papel central que juegan la lengua, la cultura, las costumbres, las prácticas y los valores compartidos, como bases de una verdadera «política de reconocimiento» (politics of recognition) de las identidades y de los derechos colectivos. Para los comunitaristas, el hombre se define ante todo como un «animal social y político». A partir de ahí, la igualdad se deñne no como aquello que queda del individuo una vez que se ha hecho desaparecer todo lo que le religa a un contexto socio-histórico dado, sino como lo que resulta de la libre expresión de la identidades constituidas y situadas en su contexto. Los derechos no son atributos universales y abstractos, producidos por una «naturaleza» distinta del estado social y que formarían por ellos mismos un dominio autónomo, sino la expresión de valores propios de las colectividades o de los grupos diferenciados -en este sentido, el derecho de un individuo a hablar su lengua es indisociable del derecho a la existencia de un grupo que la practica-, al mismo tiempo que el reflejo de una teoría más general de la acción moral o de la virtud. La justicia se funde con la adopción de un tipo de existencia (la vida buena) ordenada a las nociones de solidaridad, reciprocidad y bien común. La «neutralidad» que se proclama en el Estado liberal se considera ilusoria y desastrosa en sus consecuencias. En cuanto al método intelectual empleado, el punto de vista comunitario aparece próximo tanto a la hermenéutica -que insiste en la forma en que los hechos sociales son siempre «construidos» en un proceso de interpretación-, como a ciertos autores de la Escuela de Frankfurt -Adorno principalmente-, hasta al pragmatismo de un R. Rorty -por su «construccionismo social»^^ y la importancia que da a la noción de solida-ridad^^-. Sin embargo, son diversos los aspectos en los que cada uno de los autores insisten, según su propio bagaje intelectual; nos encontramos así con una gran variedad de perspectivas en la crítica comunitarista, y no es posible abarcarlas en su totalidad. Una comunidad auténtica no es pues -afirman los comunitaristasuna simple reunión o adición de individuos. Sus miembros tienen, en tan-Las propuestas comunitaristas en América y en Europa to que tales, fines comunes ligados a los valores o a las experiencias compartidas, y no solamente a intereses privados más o menos congruentes. Hay un sentir común respecto a que si no podemos volver a dar vida a las comunidades orgánicas ordenadas a la idea de bien común y valores compartidos, la sociedad no tendrá otra 604 Concepción Naval y Alejo José G. Sisón alternativa que el autoritarismo o la desintegración. De este modo, unos se proponen revitalizar las tradiciones, otros subrayan la importancia de los bienes públicos y de los equipamientos colectivos y otros reclaman una tradición de «republicanismo cívico» que remonta a la Antigüedad y ha conocido su apogeo en las repúblicas italianas de fines de la Edad Media antes de jugar un papel también en las revoluciones firancesa y americana. En los EE.UU. esta tradición recurre tanto a Maquiavelo y H. Arendt como a T. Jefferson, P. Henry y J. Dewey^^. Ocupan un lugar privilegiado las ideas de renovación de una ciudadanía activa"^^, de reconocimiento'^^ y de participación'^'^. En efecto, la tradición es la clave de la posible distinción -^y no separación, porque en muchos puntos esenciales, se percibe más bien una continuidad-• entre el comunitarismo norteamericano y el comunitarismo europeo. Por mucho que se hable de una «tradición liberal», en realidad, se trata de un sinsentido, porque las «doctrinas recibidas» necesarias para engendrar una tradición se descalifican de entrada como inadmisibles o inaceptables. Da lo mismo que estas «doctrinas recibidas» procedan del campo religioso o moral, de la física o de las matemáticas, de la política o de la sociología. Siempre serán «supersticiones», irracionales y extra-científicas, o lo que es peor, obstáculos para el consenso y motivos de discordia entre las personas. Para el comunitarismo, en cambio, la tradición es el topos o «lugar propio» de la verdad, tanto en su vertiente teórica, como en la práctica. No es que una cosa sea verdad porque es «lo tradicional», como vendría a decir el «tradicionalismo», el «conservadurismo» o cualquier otro movimiento nostálgico. Una cosa es verdad, más bien, en gran parte, porque es capaz de dar a luz a una tradición. Y una tradición, si ha de ser auténtica, exige al menos un relato de la racionalidad (unos primeros principios, unas reglas para la dialéctica y la demostración verdaderas, la intencionalidad del conocimiento, etc.), de la naturaleza humana teleológica o finalizada, y de la polis, sociedad o «comunidad de vida» donde el desarrollo o el perfeccionamiento sea posible. Se dice, con razón, que el comunitarismo se ha originado en suelo norteamericano, como resultado de las reflexiones de pensadores norteamericanos sobre los problemas particulares de su sociedad, Pero el fenómeno comunitarista no hubiera sido posible si no fuera por la herencia europea -sobre todo, en la filosofía política-de aquellos pensadores. Al fin y al cabo, se trataba o de europeos trasplantados en la sociedad norteamericana, o de norteamericanos embebidos por la civilización y la cultura europeas, convenientemente modificadas según sus circunstancias. Es decir, ni la problemática ni la propuesta comunitarista podría haber Las propuestas comunitaristas en América y en Europa que tales, fines comunes ligados a los valores o a las experiencias comirtidas, y no solamente a intereses privados más o menos congruentes. 3tos fines son propios de la comunidad misma, no son objetivos partiilares que resultan ser los mismos en la mayor parte de sus miembros, n una simple asociación, los individuos miran sus intereses como indeendientes y potencialmente divergentes los unos de los otros; de ese iodo, las relaciones existentes entre estos intereses no constituyen un den en sí, sino solamente un medio de obtener los bienes particulares )uscados por cada uno. La comunidad, en cambio, constituye un bien ntrínseco para todos los que forman parte de ella; sea a nivel de generalización psicológica descriptiva -los seres humanos tienen necesidad de pertenecer a una comunidad-, sea como generalización normativa -la comunidad es un bien objetivo para los seres humanos-^^. Por otro lado, al compartir algunas aspiraciones políticas del socialismo clásico, y dar prioridad a los factores sociales sobre las determinaciones individuales, explica que alguna vez se le haya relacionado con los escritos del joven Marx^'^. Hay un sentir común respecto a que si no podemos volver a dar vida a las comunidades orgánicas ordenadas a la idea de bien común y valores compartidos, la sociedad no tendrá otra Las propuestas comunitaristas en América y en Europa to que tales, fines comunes ligados a los valores o a las experiencias compartidas, y no solamente a intereses privados más o menos congruentes. Hay un sentir común respecto a que si no podemos volver a dar vida a las comunidades orgánicas ordenadas a la idea de bien común y valores compartidos, la sociedad no tendrá otra
El debate suscitado por el fenómeno comunitario puede analizarse desde muy variadas y heterogéneas vertientes. Así, partiendo de la perspectiva de la organización social de la comunidad política, el debate filosófico surgido en torno al fenómeno del comunitarismo viene ocupando ampliamente, en sus más diversas manifestaciones, a los estudiosos de la disciplina denominada Filosofía del Derecho. Desde esta óptica, en la etapa más reciente algunos autores se han ocupado básicamente de caracterizar el liberalismo político, esto es, la concepción rival de la comunitarista en el pensamiento contemporáneo. Tal es el caso de ACKER-MAN^, quien realiza un análisis comparativo entre su propia concepción del liberalismo (la denominada perspectiva dialógica que desarrolla en su Social Justice in the Liberal State) y la de J. RAWLS, considerando a partir del análisis del último libro de RAWLS (Political Liberalism) que la nueva concepción no es consistente con la que se encuentra en A Theory of Justice, pero aplaudiendo el marco general que aquél propone para el liberalismo político y que se condensa en seis principios que, esencialmente, vendrían a expresar objetivos presentes en la propia concepción de ACKERMAN, y concluyendo que el debate contemporáneo entre los «liberales» y los «comunitaristas» se basa en una falsa dicotomía pues, según señala «los liberales políticos no buscan fundar los derechos directamente sobre alguna noción de individualismo abstracto, sea kan-Carolina del Carmen Castillo Martínez 614 tiano o de otro tipo. Su apelación fundamental es a la comunidad, aunque a una comunidad de un tipo especial: una en la que sus miembros respetan los profundos desacuerdos de cada uno de los otros, pero estando dispuestos a trabajar con ellos para construir una forma de razón pública que les unirá en un diálogo común que todos puedan compartir, a pesar de sus otras diferencias». Desde semejante prisma, también LA-PORTA ha estudiado la contraposición entre el liberalismo y el comunitarismo, a propósito del problema del nacionalismo, para concluir que en-^ tre comunitarismo y nacionalismo existe «un claro parecido de familia», lo que le lleva a sugerir que «en la medida en que el nacionalismo pueda ser comprendido y justificado como algo que deriva de la lógica interna de una filosofía moral de tipo comunitarista, entonces algunos evidentes corolarios del nacionalismo y algunas de las experiencias históricas que ha desencadenado podrían ser objeto de esa comprensión y esa justificación; para destacar, «a sensu contrario», que la buena sintonía existente entre el nacionalismo como proyecto político y el comunitarismo como teoría inorai le lleva también a pensar que la filosofía moral liberal no suministra puntos de apoyo idóneos para justificar el nacionalismo^. Otros pensadores entienden que el rasgo fundamental de la doctrina comunitarista es la idea de que «los individuos conciben su identidad como definida -aunque sea parcialmente-por la comunidad de la que son parte», mientras que el liberalismo concibe a las personas como «seres individuales, cuyo bienestar es independiente de entidades tales como la familia, la comunidad, la tribu o la nación», entendiendo a partir de aquí que la concesión de los llamados «derechos comunitarios no constituye la solución para proteger a las minorías amenazadas en su propia existencia: los derechos comunitarios no son sino el modo en que se describe cierta restricción de los derechos individuales; por eso, si el grupo protegido es una minoría, los derechos comunitarios son disfraces que encubren la restricción de los derechos individuales de la mayoría, de tal modo que resulta que el liberalismo puede ofrecer una mejor solución para este problema, si bien la misma no deja de tener defecto»^. La opinión sobre las teorías comunitaristas que ofrece RIVERA'^ no es mucho más favorable que las anteriores, diferenciando, en la teoría moral liberal, dos niveles: el metaético y el normativo o sustantivo; en el primer nivel, lo que caracteriza al liberalismo es la defensa de la tesis de la universalidad y de la neutralidad; en el segundo, la aceptación de «los derechos individuales, la tolerancia religiosa, la libre expresión, las normas de justicia distributiva, el valor de la autonomía individual, la democracia liberal, etc...», surgiendo así dos tipos de comunitarismo: el comunitarismo débil que critica los presupuestos metaéticos del liberalismo, pero considera Aspectos jurídico-privados del fenómeno comunitario... compatible ser comunitarista en ese plano y ser liberal en el otro (en el plano sustantivo), y el comunitarismo fuerte que critica el liberalismo en dos niveles, llevando ambas concepciones a posiciones paradójicas, pues para sostenerlas es preciso adherirse, en el primer caso, a la tesis universalista y, en el segundo, a la neutralista, si bien la paradoja podría resolverse si se abandona la tesis universalista, si bien entonces ya no estaríamos frente a una teoría genuinamente comunitarista. Sirva cuanto antecede como botón de muestra que no hace sino poner de manifiesto la multiplicidad de cuestiones que el debate en torno al comunitarismo provoca desde las diversas disciplinas a partir de las cuales se acometa su conocimiento. El propósito de este trabajo se centra en el análisis, necesariamente breve, de las distintas expresiones que, en el orden jurídicoprivadp, presenta la organización de cotitularidades recayentes en una pluralidad de personas determinadas, como fenómeno contrapuesto a la titularidad individual, de una persona (física o jurídica), sobre bienes o derechos de naturaleza privada. La alternativa suscitada por la dicotomía que contrapone la defensa de lo estrictamente individual frente a lo colectivo se traslada al Derecho privado, ámbito en el que la plasmación del interés exclusivamente individual como contrapuesto al colectivo se traduce en diversas formas de articulación de las titularidades individuales, como exclusivas de la persona física o jurídica (sujeto de derecho), frente a titularidades colectivas, supuestos en los que la atribución de poderes concretos sobre las cosas o los derechos se realiza no de manera exclusiva y excluyente sobre un sujeto individualsino sobre un titular colectivo o plural. Como he señalado, el análisis de los diversos aspectos del fenómeno comunitarista o colectivo en el ámbito del Derecho privado, y más precisamente en la esfera del Derecho civil, constituye el objeto de exposición de las siguientes páginas que tratan de ofrecer un panorama de las posibles manifestaciones que en nuestro ordenamiento jurídico-civil plantean las diversas situaciones de cotitularidad de bienes y derechos. Desde la consideración precedente, y al margen de explicaciones dogmáticas acerca de la naturaleza jurídica de la comunidad de bienes, paradigmáticamente entendida como situación de cotitularidad de bienes y derechos, que han determinado un complejo debate doctrinal que ahora no interesa repro-ducir^, estas páginas pretenden concluir la relevancia que en el orden privado continúan teniendo determinadas formas de organización plural de los sujetos individuales, a través de la exposición sintética de las distintas figuras que posibilitan la organización de un sujeto plural cuya regulación supedita el. interés individual y excluyente a otro que lo supera. 616 II, Situaciones de cotitularidad de bienes y derechos 1. La comunidad, en general a) Concepto y fuentes A tenor de lo dispuesto en el artículo 392 del Código civil, «hay comunidad cuando la propiedad de una cosa o de un derecho pertenece proindiviso a varias personas». Al respecto, conviene poner de relieve que debe entenderse «la propiedad de una cosa o la titularidad de un derecho en cosa ajena», pues, por definición, el derecho en cosa ajena no es objeto de propie-dad^. En esta categoría de comunidad, definida por nuestro Código civil, resulta que el derecho de cada partícipe es cualitativamente igual al otro, de manera que todos son, a la vez, propietarios, usufinictuarios, enfiteutas..., y todos tienen un derecho de la misma naturaleza, aunque su titularidad les pueda pertenecer en proporción distinta a cada uno de ellos. Diversamente, no constituyen comunidad, en el sentido indicado, aquellas situaciones de concurrencia de varios derechos que componen e integran la propiedad total o completa de una cosa, como por ejemplo el usufructo y la nuda propiedad; tampoco la «propiedad» dividida en aprovechamientos independientes. La comunidad de bienes puede tener su origen en la voluntad privada (un pacto) o bien derivarse de un hecho que por disposición legal determina su constitución (una sucesión hereditaria). En todo caso, cada comunidad se gobierna, en primer lugar, por las normas imperativas que le sean aplicables según su naturaleza; y, seguidamente, por las reglas establecidas por los partícipes, si bien éstas, en determinados supuestos, únicamente pueden ser establecidas ajustándose a determinadas formas (así, por ejemplo, en la comunidad conyugal, el otorgamiento de capitulaciones matrimoniales). Salvo lo anterior, la voluntad individual de los partícipes resulta soberana para convenir las reglas reguladoras de la pluralidad de derechos iguales sobre una misma cosa, de tal manera que podrá convenirse, por ejemplo, que sea uno solo de los comuneros el que ejerza funciones de administración del bien común, o bien el uso exclusivo del mismo por parte de alguno de ellos..., incluso en el supuesto de que dichos pactos sean contrarios a lo dispuesto (supletoriamente) por la ley (cfr. art. 392.2° del C.C). b) Comunidad y sociedad Inicialmente conviene señalar que los artículos 392 y siguientes del Código civil encuentran aplicación a la comunidad, entendida como si-Aspectos jurídico-privados del fenómeno comunitario.. tuación de pertenencia plural de un bien o conjunto de bienes, y no a la sociedad, configurada como organización de personas que actúan con un proposito de lucro. Por ello, desde el punto de vista jurídico, resulta esencial la distinción entre comunidad y sociedad, que puede perfilarse desde diversos puntos de vista. Así, por el origen, como indicaban los romanos, societatem contrahimus, in comunionem autem incidimus, es decir, que a la comunidad podemos llegar a pertenecer incluso faltando la intervención de nuestra voluntad. También se diferencian por el destino de la sociedad a la obtención ganancias, expresamente establecido por la voluntad de los socios. Asimismo, por la obligación de los socios de cooperar a la obtención de las ganancias (art. 1665 del C.C), frente a una posible inercia del comunero y su carencia de obligaciones de gestión y cooperación, de tal manera que lo decisivo en la sociedad no es tener sino más bien hacer algo en común. Reflejo de lo antedicho es la conocida Sentencia del Tribunal Supremo de 15 de octubre de 1940, en la que se declara que si en nuestro Derecho positivo se ofrecen a veces dificultades al tratar de fijar la línea divisoria entre comunidad de bienes y contrato de sociedad, la doctrina científica señala como nota fundamental de diferenciación, además del origen o fuente de que surgen, no siempre uniforme, la finalidad de los interesados: lucro común partibie en la sociedad y mera conservación y aprovechamiento en la co-munidad^. La copropiedad como modelo regulado por el Código civil Nuestro Código civil regula la comunidad de derechos sobre bienes a través de la que, sin duda, constituye su más importante especie: la propiedad de varios titulares sobre una misma cosa o copropiedad. En el modelo regulado por el Código, el condueño o copropietario tiene una participación alícuota sobre la cosa (entiéndase sobre su propiedad), expresada numéricamente, de tal manera que el derecho del titular parciario se cuantifica mediante la expresión de una cuota, constitutiva de la manifestación numérica del contenido de su participación (un tercio, un quinto, una doceava parte...). La copropiedad o condominio no es sino la comunidad aplicada al derecho de dominio, constituyendo la más importante modalidad de comunidad de bienes y derechos, a la que implícitamente se refieren los preceptos del Código civil reguladores de la comunidad de bienes. Partiendo del régimen legal ofrecido por nuestro Código civil, los aspectos más relevantes de la copropiedad podrían resumirse en lo que seguidamente queda expuesto. En principio conviene señalar que la cuota constituye la medida del derecho del partícipe en todos aquellos aspectos en los que el aprovechamiento económico de la cosa es cuantificable, presumiéndose iguales, «mientras no se pruebe lo contrario, las porciones correspondientes a los partícipes en la comunidad» (art. 393.2° del C.C). La cuota ofrece la medida del derecho de cada uno al disfrute de la cosa, de su participación en los frutos o rentas que produce (art. 393 del C.C), y únicamente cuando en algún aspecto concreto la cuantificación resulta imposible o no se ha verificado, en la duda, todos los partícipes y comuneros tienen derecho al aprovechamiento con arreglo a sus posibilidades. Este y no otro parece ser el sentido del artículo 394 del Código, según el cual, «cada partícipe podrá servirse de las cosas comunes, siempre que disponga de ellas conforme a su destino y de manera que no perjudique el interés de la comunidad, ni impida a los copartícipes utilizarlas según su derecho». No obstante, la referida igualdad de oportunidades de aprovechamiento debe entenderse como circunstancial, ya que bastaría el acuerdo del conjunto de los condueños para que cada uno de ellos participara en el resultado económico de dicho aprovechamiento en proporción a su cuota; de este modo resulta que el artículo 394 no da derecho a un aprovechamiento igual, sino más bien a que un partícipe no impida a los demás extraer de la cosa todas las utilidades «según su derecho», y por tanto en proporción a su cuota, de conformidad con la regla de principio del artículo 393 del Código. En cuanto a la esfera de actuación colectiva de los comuneros, se circunscribe ésta a la administración de la cosa común pues, a tenor del artículo 398. 1° a 3° del Código civil, «para la administración y mejor disfrute de la cosa común, serán obligatorios los acuerdos de la mayoría de los partícipes. -No habrá mayoría sino cuando el acuerdo esté tomado por los partícipes que representen la mayor cantidad de los intereses que constituyan el ob-'^to de la comunidad.-Si no resultare mayoría, o el acuerdo de ésta fuegravemente perjudicial a los interesados en la cosa común, el Juez pro-.<^rá, a instancia de parte, lo que corresponda, incluso nombrar un administrador». Al respecto, por actos de administración cabría entender aquéllos que regulan el disfrute de la cosa sin alterar su sustancia; básicamente, son los que se refieren al aprovechamiento y conservación de la cosa; a la producción por la misma de frutos o rentas, a prepararla para un mejor disfrute sin modificaciones o alteraciones sustanciales,..., contraponiéndose, de manera general, a aquellos actos que implican la enajenación de la cosa, en todo o en parte (una compraventa), o la imposición de un gravamen (una hipoteca), o bien una alteración fáctica sustancial^. En cuanto a la participación en las cargas y gastos, según dispone el artículo 393.1°, «el concurso de los partícipes...en las cargas será pro-Aspectos jurídico-privados del fenómeno comunitario. porcional a sus respectivas cuotas»^, precisando el artículo 395 que «todo propietario tendrá derecho para obligar a los partícipes a contribuir a los gastos de conservación de la cosa o derecho común». Conviene precisar que el conjunto de los comuneros carece de personalidad jurídica, de modo que, en principio, debería organizarse como una pluralidad de sujetos individuales; sin embargo, la comunidad es algo más que una pluralidad de individuos, pues tiene un principio de organización, de tal manera que no sólo puede tomar decisiones vinculantes por unanimidad sino también, respecto a la gestión de la cosa común, por mayoría, con el resultado, al que no se llega en la persona jurídica, de que el condueño puede quedar indirecta o mediatamente comprometido por determinadas deudas que no haya contraído personalmente ni a través de su representante voluntario. Parece indudable que las deudas contraídas por un comunero respecto de la comunidad obligan al resto, aunque no hayan prestado su consentimiento, siempre y cuando afecten a la conservación de la cosa común. En un sentido diverso, sería cuestionable el que un condueño pudiera resultar obligado por unos gastos originados por una simple mejora del bien acordada contra su voluntad. Con referencia a la facultad de disposición sobre la cosa común, conviene señalar que de la misma se puede disponer bien alterando sustancialmente su esencia o bien transmitiendo o enajenando, total o parcialmente, el poder jurídico que se tiene sobre ella. Respecto de la primera forma, el artículo 397 establece que «ninguno de los condueños podrá, sin consentimiento de los demás, hacer alteraciones en la cosa común, aunque de ellas pudieran resultar ventajas para todos», pues las variaciones sustanciales exigen el consentimiento de todos los partícipes, bastando el de la mayoría cuando la alteración no afecte a la sustancia de la cosa y se realice sólo para su mejor disfrute. En cuanto a la enajenación del bien sólo se podrá verificar cuando en ello convengan todos los que en el mismo tengan parte, sin excepción (cfr., para las servidumbres, el art. 597 del C.C), resultando, en este supuesto, que la referida disposición total no resulta de la suma de las disposiciones de cada partícipe sobre su respectiva participación, tal y como pone de manifiesto el hecho de que ninguno, por sí solo, puede gravar la finca indivisa con una servidumbre, pero sí conjuntamente. De manera que no es que cada uno tenga una parte en la facultad de disposición, que como tal es jurídicamente indivisible, sino únicamente un derecho a concurrir para formar la voluntad común o, diversamente, en el supuesto de que no se concurra, a impedir que dicho consentimiento común se forme. Finalmente, en cuanto a la división de la cosa común como modo de extinción de la situación de comunidad, hay que señalar que ya el Dere-Carolina del Carmen Castillo Martínez 620 cho romano considero la indivisión como una situación indeseable, por consiguiente transitoria, de la que cada comunero podía salir por voluntad propia. Esta es la regla tradicional consagrada en todas las legislaciones. En nuestro Código, sea la cosa común divisible o no, la comunidad ordinaria es siempre y necesariamente divisible. De conformidad con lo prevenido en el artículo 400.1°, «ningún copropietario estará obligado a permanecer en la comunidad. Cada uno de ellos podrá pedir en cualquier momento que se divida la cosa común». Además, la acción para pedir la división es imprescriptible (art. 1965 del C.C). Ni siquiera por pacto o convenio entre los comuneros se puede prorrogar indefinidamente o durante un período prolongado la división; así, como dispone el artículo 400.2°, «será válido el pacto de conservar la cosa indivisa por tiempo determinado, que no exceda de diez años. Este plazo podrá prorrogarse por nueva convención»^^. La apuntada es la única excepción admitida legalmente al principio de libre disolubilidad del consorcio, pudiendo realizarse la división de la cosa común por los mismos interesados o por árbitros o amigables componedores nombrados a voluntad de los partícipes, resultando, en éste útimo caso, la obligación de formar partes proporcionadas al derecho de cada uno, evitando en cuanto sea posible los suplementos a metático (art. 402 del C.C). En todo caso, siempre le quedará al comunero el recurso de acudir a la división judicial, debiendo el demandante en tal supuesto presentar alguna propuesta de partición, pues ni el procedimiento declarativo ordinario es el apto para verificarla ni el órgano jurisdiccional tiene cualificación ni oportunidad procesal para hacerlo ni mandarlo hacer. En definitiva, la partición legalmente hecha confiere a cada antiguo partícipe la propiedad exclusiva de los bienes que le hayan sido adjudicados (art. 1068 del C.C), de modo que, mediante la partición, el anterior derecho de cuota, concurrente con otros cualitativamente iguales sobre una cosa común, se transforma en titularidad individual, generalmente exclusiva, sobre una parte de la cosa. Comunidades de tipo «romano» diversas de la copropiedad Ciertamente la pluralidad de sujetos titulares anteriormente señalada puede predicarse en relación con cualquier derecho real. A tal situación se refiere el artículo 531 de nuestro Código civil, al permitir la constitución de servidumbres en favor de «una o más personas, o de una comunidad». En estos supuestos, con carácter general, se aplicarán las normas de la copropiedad o condominio, si bien ajustada a la concreta naturaleza del derecho real de que se trate. No obstante, en algunos casos. Aspectos juridico-privados del fenomeno comunitario... el Código civil contiene normas específicas. Así, para el usufructo, el artículo 521 dispone que el usufructo constituido en provecho de varias personas vivas al tiempo de su constitución, no se extinguirá hasta la muerte de la última que sobreviviere, de manera que la porción que deja vacante cada difunto acrece a los que sobreviven; y el artículo 490, relativo al usufructo de una participación indivisa, otorga a su titular el derecho a ejercer todos los derechos que correspondan al propietario de ella referentes a la administración y a la percepción de frutos o intereses y, tras la división de la cosa, la parte concreta de ella adjudicada al titular de la porción usufructuada se subroga en lugar de la misma cuota indivisa y es objeto del mismo usufructo. Cuando el derecho real limitado es de garantía se produce una situación particular, ya que en el mismo no puede dejar de incidir el derecho de crédito del que el de garantía siempre es accesorio, de tal manera que, en virtud de dicha accesoriedad, y además porque no nos encontramos ante un derecho de goce, la forma de su ejercicio no será la prevista en los artículos 393 y siguientes del Código civil, sino la que emane de la cualidad solidaria o mancomunada del crédito. Así, con precisa referencia a la garantía inmobiliaria por excelencia cual es el derecho real de hipoteca, si el crédito asegurado es solidario cada acreedor podrá ejercitar sus derechos respecto de aquélla, produciéndose en tal situación, excepcionalmente, respecto de dicho derecho real de garantía, un resultado que no es alcanzable en el ámbito de la propiedad; diversamente, si el crédito principal es mancomunado, la hipoteca únicamente podrá hacerse efectiva conjuntamente por los acreedores, aplicándose a los actos de conservación y administración las reglas de la copropiedad ordinaria, como sucede en el supuesto de la comunidad hereditaria. En la hipótesis de que varios sujetos posean una cosa en común, a tenor de lo establecido en los artículos 445 y 450 del Código civil, nos encontramos ante un supuesto de coposesión. Al respecto, conviene la doctrina en que si dos personas poseen en común una cosa y ésta es indivisible la poseen juntos cada uno por el total, pues no cabe poseer en parte una cosa que, siendo indivisible, no es susceptible de posesión parcial, de manera que cada titular mantiene un contacto físico con la totalidad de la cosa que tiene efectos para él y para los otros cotitulares sin posibilidad de excluir a éstos. Cada uno de los coposeedores puede recurrir a la protección posesoria y en particular ejercitar interdictos contra Carolina del Carmen Castillo Martínez cualquiera que perturbe su tenencia o le prive de ella, pero siempre actuando en interés de la colectividad, ya que no es un coposeedor solidario. Verdaderamente, cada condueño posee la cosa entera en virtud de su derecho de uso sobre toda ella pero sin que dicha posesión sea exclusiva ni excluyente, pudiendo quedar reducida a una posesión mediata, desprovista de contacto fi'sico sobre la cosa si la misma, por acuerdo de la mayoría, se entrega a un poseedor inmediato. Por tanto se trata, incluso en el supuesto de ejercicio físico de la tenencia, de una influencia compartida que únicamente podrá ejercerse con plenitud por un sólo comunero si los otros rechazan compartir su ejercicio. Entonces el ejercicio de cada uno vale para todos, sin que esta posesión sirva para quien la ejerce como si fijera posesión exclusiva, ni pueda impedir el acceso de los otros partícipes a la cosa ni, mucho menos, usucapirla para el ejerciente. A tenor de lo dispuesto por el artículo 1933 del Código civil, la prescripción ganada por un copropietario o comunero aprovecha a los demás, de manera que cualquiera de los coposeedores puede usucapir en favor del colectivo al que pertenece. Para que no resulte así y adquiera la finca el coposeedor que realice los actos posesorios materiales, es preciso que éste invierta el título posesorio, comenzando a poseer individualmente mediante actos suficientemente públicos y significativos, y también que en tal cualidad posea el tiempo legalmente necesario para usucapir, y no únicamente la posción temporal que resta de posesión colectiva. El modelo de comunidad «germánico» a) Referencia a los modelos de comunidad: comunidad «romana» y comunidad «germánica» Resulta frecuente entre los civilistas contraponer, en el estudio de las instituciones jurídicas, «lo romano» a «lo germánico». Tal comparación, para el Derecho castellano anterior al Código civil, contrapone la normativa de las Partidas y el Derecho romano a la del Fuero Viejo, el Fuero Real y los Fueros Municipales.. Siguiendo tal argumentación, la contraposición más extendida es la resultante de oponer el modelo de comunidad «romana», extraído de las Pandectas y finalmente regulado en nuestro Código civil en los precitados artículos 392 y siguientes, con el otro modelo «germánico» de comunidad, dotada ésta de una finalidad que cumplir, cuyos miembros se encuentran unidos entre sí por un vínculo personal, procediendo de acuerdo en el disfrute y la gestión de los bienes Aspectos jurídico-privados del fenómeno comxinitario. comunes, resultando su participación en la cosa común no enajenable y el contenido de la misma no expresado en partes alícuotas. Como señala GASTAN TOBEÑAS, «en la comunidad o condominio de Derecho romano la cosa pertenece a los condóminos por partes intelectuales o cuotas (partes pro indiviso). En la comunidad de Derecho germánico -o sea, la llamada propiedad colectiva o en mano común...-la cosa pertenece a la colectividad, sin ninguna división ideal de cuotas. En la primera cada comunero puede disponer de su cuota, mientras que en la segunda, no existiendo cuotas propiamente dichas, no existe la posibilidad de disponer o enajenar. En la comunidad romana, cada condueño tiene, para la realización de la cuota, la acción de división (actio communi dividundo), mientras que en la germánica no existe dicha acción, porque falta una participación específica y precisa»•' ^•' ^. Con acierto, a mi juicio, considera LACRUZ que en la comparación entre la comunidad romana y germánica se da un triple equívoco. En primer lugar, el anacronismo de poner en pie de igualdad dos ordenamientos jurídicos en etapas muy distintas de su desarrollo: un ordenamiento como el romano, en fase de avanzada madurez técnica y al servicio de un Estado y una sociedad muy evolucionados, y otros, los resumidos bajo el nombre de «Derecho germánico», en una etapa muy incipiente de economía familiar y tribal, operando en un medio social y político primitivo. En segundo lugar, la circunstancia de que no existe un «Derecho germánico», sino los ordenamientos, mal conocidos, de multitud de pueblos y tribus, de los cuales la doctrina extrapola unos rasgos más o menos comunes, de tal modo que acaso el resultado de la extrapolación no coincida con ninguna normativa histórica. Finalmente, como dato más grave, el hecho de que la comunidad germánica que describen los autores, y más todavía la doctrina española, no es una comunidad concreta, regulada por algunas leyes concretas de algún concreto pueblo para una concreta ocasión, sino una síntesis arbitraria realizada sobre los ordenamientos jurídicos de muchos pueblos en diversas épocas y, además, asumiendo notas características de algunos tipos de comunidad -sobre todo de las familiares-que faltan, sin embargo, en otros. De tal manera que lo que propone la doctrina como «comunidad germánica» es una abstracción de un modelo teórico, pero no un instituto real y operante en un tiempo y lugar determinados-^^. En todo caso, según la doctrina dominante, son dos ejemplos de comunidad «germánica» o en mano común recogidos por nuestro ordenamiento jurídico civil, la comunidad hereditaria y la comunidad conyugal, a las que seguidamente me refiero. Carolina del Carmen Castillo Martínez b) Comunidad universal. Comunidad hereditaria y comunidad conyugal Cuando son más de uno los herederos llamados a una sucesión, cada uno de ellos, en tanto la partición no se efectúe, no tiene un derecho concreto sobre ninguna de las cosas de la herencia, ya que se desconoce cuál de ellas le va a corresponder finalmente, sino sólo un derecho en el complejo hereditario, entendido éste como unidad más o menos circunstancial. La particularidad de la comunidad existente entre los sucesores de parte alícuota de un causante es que la parte correspondiente a cada heredero es transmisible libremente, pudiendo su titular, en consecuencia, venderla o donarla, contra el principio general subyacente en la denominada comunidad «germánica». Por otra parte, resulta que las normas aplicables a la administración y disposición de los bienes relictos son las de la copropiedad «romana» regulada en el Código civiL Pese a lo indicado, la razón de que a esta comunidad se la califique de «germánica» encuentra un motivo histórico, que radica en la idea extendida desde finales del siglo pasado, tanto en la jurisprudencia de nuestro Tribunal Supremo como en las resoluciones de la Dirección General de los Registros y del Notariado, según la cual en una herencia los bienes del causante constituyen una unidad cuyo destino primordial es responder por las deudas del causante o las del propio caudal hereditario, resultando posteriormente ser los sucesores quienes habrán de dividirlos entre sí. Desde tal consideración, el Tribunal Supremo ha declarado que durante «el período de división que precede a la partición hereditaria los herederos poseen el patrimonio del causante colectivamente, permaneciendo indeterminados los respectivos derechos» (Sentencia de 29 de enero de 1943), de manera que «no sólo la cuota hereditaria tiene un contenido inconcreto, sino que hay (en relación a los bienes) una indeterminación de sujetos cuya individualización no se produce hasta la liquidación del patrimonio» (Sentencia de 7 octubre de 1963), resultando que, hasta entonces «cada heredero sólo disfiruta de una parte ideal de todos los bienes de la herencia» (Sentencia de 25 de noviembre de 1961), sin que ostente una titularidad ordinaria cualquiera sobre cada bien singular sino «un derecho abstracto sobre toda la herencia concebida como universum ius» (Sentencia de 21 de abril de 1971). En consecuencia, la Dirección General de los Registros y del Notariado, desde fin de siglo, no admite la inscripción en el Registro de cuotas partes de cada heredero singular sobre un inmueble indiviso, pues la comunidad hereditaria es universal, recayente sobre todo un patrimonio, de manera que la cuota la tiene el heredero, como expresión cuantitativa de su titularidad, sobre el conjunto de Aspectos jurídico-privados del fenómeno comunitario. la herencia y no como una participación indivisa en todos y cada uno de los objetos singulares integrantes del caudal hereditario. En todo caso, conviene tener presente que la doctrina se muestra vacilante a la hora de fijar la naturaleza jurídica de esta especie de comunidad^^. Más cercana al modelo de la comunidad «germánica» se encuentra la comunidad conyugal, como, por ejemplo, la sociedad de gananciales. Tiene carácter personalísimo, es constituida para cumplir una finalidad concreta, y es indisoluble por voluntad de uno de los cónynges (al respecto, conviene señalar que, hasta 1975, ni siquiera por la de ambos, según la regulación ofi:'ecida por el Código civil). Las participaciones en la comunidad conyugal son intransferibles, de manera que, vigente la misma, ni el marido ni la mujer pueden enajenar su parte en la comunidad. Además, la comunidad conyugal se incrementa por la afluencia de las ganancias de los cón5mges, como sucede en la sociedad, gobernándose por un principio social, pues se dirige a sufiragar las necesidades familiares sin que los beneficios obtenidos puedan repartirse antes de su disolución-*^^. c) Aprovechamientos comunales de pastos y leñas Es tradición en muchas regiones y pueblos en los que los vecinos propietarios de ganado tienen el derecho de aprovechar las hierbas del término propio o vecino (alera foral en Aragón, pastos de facería en Navarra) que, en virtud de concesiones reales, de costumbre o de contrato se constituyan los aprovechamientos comunales de pastos y leñas. En anteriores etapas históricas el derecho a los bienes comunales pertenecía al común de vecinos; actualmente, en muchos lugares, ha pasado al Municipio, si bien los vecinos ganaderos conservan el disfrute de los pastos como un derecho del cual el Consejo no les podría privar^^. En este sentido queda constituida una comunidad que conserva ciertos caracteres «germánicos»; así, los vecinos, en número indeterminado y variable, en ocasiones no tienen tasa en la utilización de los pastos por sus ganados, de tal manera que no concurren cuotas de disfrute; por otra parte, la condición de comunero se adquiere o se pierde con la vecindad misma y es inalienable e imprescriptible; y, además, ninguno de los comuneros puede interesar la división del derecho de pastos. d) Montes vecinales en mano común y otras comunidades en el ámbito de los Derechos ferales Entre las formas de comunidad en mano común destacan los montes que son propiedad del común de los vecinos de un pueblo, bienes a los que si bien, tradicionalmente, se les ha venido atribuyendo naturaleza privada y no comunal, la atribución a los vecinos en cuanto a tales les aproxima en gran medida a los comunales. Al respecto, la Compilación de Derecho civil foral o especial de Galicia señala que son «indivisibles, inalienables, imprescriptibles e inembargables» y, aunque «el aprovechamiento será preferentemente en común», el Ayuntamiento «si estima conveniente el cultivo agrícola, puede distribuirlos temporalmente en lotes o parcelas que se adjudicarán a los cabezas de familia». Otra modalidad de comunidad indivisible la constituye, también en Galicia, el molino o muiño llamado de herdeiros, destinado a la molturación de granos para consumo familiar y del ganado de sus condueños, y cuyo aprovechamiento se hace por «piezas» en grupos de seis horas, exclusivas de cada heredero y susceptibles de permuta, enajenación o arriendo. Cotitularidad «pro diviso» sobre objeto diviso a) Propiedad dividida por aprovechamientos Es muy antiguo el fenómeno de la división de una finca en aprovechamientos, cada uno de ellos atribuido a una persona distinta que lo ejercita no como disfi:'ute de cosa ajena sino como propietario pro parie de la finca y titular exclusivo de aquél. Las ventajas y disfrutes del dominio se distribuyen entre varios sujetos, de tal manera que cada uno no participa en todos los disfrutes por una cuota sino que ejerce en exclusiva una determinada faceta de dicho disfrute, cuya limitación, sin embargo, no le priva de la consideración de dueño del inmueble, si bien en concurrencia con otros. En tales casos, el Tribunal Supremo ha declarado que «el contenido de la propiedad se presenta distribuido entre dos sujetos, de modo que cada uno de ellos tiene una parte de las facultades y pretensiones contenidas en el dominio, pero sin que por esto aparezca uno como propietario y el otro como titular de un derecho limitado sobre cosa ajena, sino que cada uno de los dos titulares es limitado por el derecho del otro, de manera que, desapareciendo el derecho de uno de ellos, el del otro se amplía sin más, para convertirse en propiedad plena otra vez», pese a lo cual «el derecho de los dos propietarios no recae sobre la totalidad e integridad de la cosa, de forma que cada uno pueda gozar de ella y de sus productos en proporción a su respectiva cuota, ya que no existen porciones alícuotas». Constituye el supuesto más frecuente de esta modalidad de propiedad dividida por aprovechamientos el caso en el que uno de los partícipes tiene el derecho a explotar el suelo mediante la Aspectos jurídico-privados del fenómeno comunitario... siembra de cereal, mientras que el otro tiene el derecho exclusivo sobre el arbolado. La admisión de esta modalidad de propiedad pro diviso, en un sistema tasado o de numerus clausus como el nuestro, se ñmda en la costumbre y en la jurisprudencia, si bien, verdaderamente, se trata de una forma especial del derecho real de propiedad que parece aproximarse tanto a la copropiedad como a la denominada propiedad horizontal, y también a la medianería con la que tiene de común, frente a la propiedad horizontal, la preponderancia del aspecto comunitario sobre la titularidad individual de los aprovechamientos concretos, respecto de los que su titular, sin duda, tiene todas las facultades del dominio que no lesionen derechos ajenos que puede ejercer con autonomía, pero teniendo, a la vez, en relación al entero objeto de su propiedad pro diviso, y con la misma salvedad, las facultades de un condómino^^. Habitualmente cuando se habla de medianería suele pensarse en la pared situada entre dos edificios contiguos, común a ambos, que sirve de apoyo a los dos, con el consiguiente ahorro de materiales, trabajo y suelo que hubiera sido necesario emplear si cada uno de los inmuebles tuviera su propio y exclusivo muro. Pero, además, la situación de medianería Para ello es preciso entender que la pared se encuentra construida no en terreno común a ambos medianeros sino por mitad en el privativo de cada uno de ellos, quedando reservada correlativamente la utilización de la pared a cada medianero hasta la mitad de su espesor, como si la pared estuviera verticalmente dividida por el plano central y cada uno fuera dueño de la mitad edificada sobre su propio terreno, si bien sometida a la carga de contribuir, en cuanto parte integrante de la pared completa, al cerramiento y sustentación del fimdo vecino. Sin embargo, la calificación de la medianería como servidumbre parte de un dato imposible, cual es la división fáctica de la pared en mitades no intelectuales sino reales. En efecto, para que exista servidumbre es necesario que, de hecho, exista no una pared, sino dos medias paredes, lo que no sucede en la realidad, en la que la pared constituye un objeto indivisible. Este argumento conduce a la mayoría de la doctrina a considerar que la medianería constituye una situación de comunidad^^, tesis que se confirma por otros datos: 1°. El hecho de que la ley hable de pertenencia exclusiva de paredes, setos, vallados o zanjas en los supuestos en que existe un signo contrario a la medianería (arts. 573 y 574 del C.C). Si lo contrario a la medianería supone una pertenencia exclusiva, es fácil deducir que aquélla entraña una pertenencia en común, es decir, una comunidad; 2°. El hecho de que en la ley se aluda con reiteración a dueños y propietarios para referirse a los dueños de la medianería (arts. 579, 574, 576, 577, y 578 del C.C); 3^ La circunstancia de que la propia ley califique, de manera expresa y en el contenido de una norma, la situación de medianería como de mancomunidad (art. 579 del C.C). En todo caso, en la medianería existe una comunidad funcional, pues la pared sirve de apoyo y cerramiento a uno y a otro fundo a la vez, y el hecho de que cada uno pueda introducir las vigas de sus forjados únicamente en la mitad que parece pertenecerle (lo que, por otra parte, elimina la idea de servidumbre, al tratarse de cosa propia), no impide que la pared se mantenga en pie y desarrolle sus funciones en su unidad, y no como dos medias paredes, inexistentes en cuanto tales porque la pared no es divisible, por lo que no pueden constituir objeto de propiedad independiente. Si bien tal funcionalidad aleja a la medianería de los tipos codificados de comunidad y servidumbre: en la comunidad romana se cesa por renuncia a la cuota; en la servidumbre, por abandono del predio sirviente; en la medianería, al medianero, al derribar su propio edificio, no le basta con renunciar a la medianería, sino que debe abonar, además, «todas las reparaciones y obras necesarias para evitar, por aquella vez solamente, los daños que el derribo pueda ocasionar a la pared medianera» (art. 576 del C.C). Por su parte, la jurisprudencia del Tribunal Supremo Aspectos juridico-privados del fenomeno comunitario... no niega el carácter comunitario de la medianería, aunque lo pretenda hacer compatible con las manifestaciones del Código que la califican como de servidumbre (cfi^. Figuras complejas de comunidad y propiedad singular. Comunidad de ciertos elementos de los edificios unida a la propiedad privativa de sus diferentes pisos o locales: la propiedad horizontal o de casas por pisos. Concepto y naturaleza jurídica de la propiedad horizontal Sin entrar en detalle y sólo como forzado antecedente, ya en Derecho babilónico^^ se conoció el precedente de la venta de una porción divisa de una casa. En el Digesto romano, un texto de Papiniano^^ se refiere a dos casas que tenían un mismo techo y fueron legadas a dos personas diferentes, pero siendo privativas de cada uno ciertas partes. En el mismo Digesto, un fragmento de Ulpiano^^ explica que si un dueño dividiere un edificio, o una casa, en dos, edificando una pared en medio, en este caso se tienen por dos casas y se les puede, a una y a otra, imponer servidumbre. También en la Edad Media parece conocerse este sistema de propiedad, radicando la causa en la dificultad de vivienda dentro de los recintos amurallados de las ciudades^^. Así las cosas, la institución pasó a la época moderna y fue recogida en el Código de Napoleón, señalando las legislaciones posteriores tres tendencias: a) Legislaciones que la rechazan (Austria, Alemania, Suiza, si bien se admite en algunos cantones y Estados); b) Legislaciones que la admiten (Francia, España, Italia, Ecuador, Honduras, México, Panamá y Quebec, entre otras); y c) Legislaciones que la silencian. Con posterioridad a la primera Guerra Mundial, se extendió a los territorios austríacos anexionados a Italia. La propiedad horizontaP^ es la cualidad jurídica que se predica de un edificio -^no necesariamente destinado a uso de vivienda-cuando su destino económico es la división jurídica en pisos o locales susceptibles de aprovechamiento independiente. Dicho régimen jurídico transforma el inmueble a través de la multiplicación de la finca única inicial en una pluralidad de fincas independientes susceptibles de enajenación y gravamen separado, clasifica sus elementos en comunes y privativos, según su destino económico, y dota de individualidad jurídica y económica a las fincas resultantes de la multiplicación, sin que por ello desaparezca la realidad del inmueble inicial considerado en su conjunto. Pero la propiedad horizontal no es el régimen jurídico obligatorio de los inmuebles dividi-dos físicamente en pisos y locales. Sobre los mismos puede recaer asimismo una propiedad ordinaria, una copropiedad ordinaria, e igualmente el régimen de propiedad puede ser sustituido por ellas, provocando su extinción. En el régimen de propiedad horizontal, corresponde a cada titular un derecho de propiedad exclusivo sobre su elemento privativo, junto con la copropiedad, con los demás dueños de pisos y locales, de los restantes elementos, pertenencias y servicios comunes. Dicha posición dominical lleva aparejada la participación como miembro en la estructura organizativa del régimen, así como en sus cargas y beneficios. Por otra parte, la propiedad exclusiva sobre la unidad privativa comprende también la del espacio susceptible de aprovechamiento independiente, los elementos arquitectónicos e instalaciones comprendidos dentro de sus límites cuando sirvan exclusivamente a ese propietario y los anejos o espacios privativos que pueden situarse ñiera del espacio delimitado, pero que pertenecen de forma discontinua a la finca privativa, según lo establecido en el título constitutivo de la propiedad horizontal. Con referencia a la naturaleza jurídica de la llamada propiedad horizontal o de casas por pisos, son numerosas las teorías propuestas para explicarla, resultando como posiciones esenciales y enfrentadas, por una parte, la que considera la propiedad horizontal como una forma de comunidad y, por otra, aquélla que la conceptúa como una especie de propiedad exclusiva, si bien cada una de estas dos direcciones, en la actualidad, presenta diversos matices. Junto a las anteriores posturas, algunos autores defienden la posición que considera la propiedad de casas por pisos como una institución de carácter complejo y que reviste una configuración especiaP^. En definitiva, las orientaciones encontradas se reconducen a dos: aquélla que da preferencia a la idea de copropiedad y la que, diversamente, considera principalmente la noción de propiedad exclusiva. La primera de ellas ha tenido notable influencia en nuestra doctrina que, con carácter general, admite la existencia de una forma de comunidad de bienes, si bien se reconoce que se trata de una comunidad especial (voluntaria por su origen pero forzosa en cuanto a su permanencia), integrada por los titulares de los pisos o departamentos, que ostentan un derecho indiviso e indeterminado sobre las obras fundamentales y de servicio general de la finca, y determinado por localización sobre espacios cúbicos susceptibles de utilizarse independientemente, dentro de los cuales el respectivo titular tiene el ejercicio de una propiedad limitada por los atinentes preceptos legales y por las normas de la comunidad, encaminadas a la salvaguarda, por igual, del interés y los derechos de todos los comuneros^^. Sin embargo, hay que reconocer que las características con que la regulación más actual reviste el fenómeno de la propiedad de Aspectos juridico-privados del fenomeno comunitario.. casas por pisos casan mal con los principios que norman la comunidad, pues los ordenamientos que establecen el régimen de la propiedad de pisos y departamentos fundamentalmente consagran un principio contrario a la «actio communi dividundo», esencial al instituto de la comunidad de bienes. Por ello, la doctrina actualmente dominante se decanta por la tesis de la propiedad exclusiva sobre los diferentes pisos o locales, bajo un régimen de aprovechamiento conjunto en los elementos comunes^^. El régim^en jurídico inmobiliario de aprovechamiento por turno El denominado time-sharing o multipropiedad surge a partir de los años sesenta como nuevo fenómeno turístico que presenta una alternativa a los modos tradicionales de alojamiento vacacional (arrendamiento de temporada, alojamiento hotelero), a través de la idea de lanzar al mercado la posibilidad de algunas semanas de utilización de apartamentos a un precio sensiblemente inferior al de la adquisición de la propiedad, y con la ventaja de la variedad de destinos^^. La concepción de la inicialmente llamada «multipropiedad» como producto turístico da una idea de la falta de configuración unívoca. Tras esta nomenclatura se esconden múltiples variantes, cada una de las cuales presenta una problemática diversa. Durante mucho tiempo, la ausencia en nuestro país de una regulación específica del problema propició que, al amparo de la autonomía privada, la idea se plasmara en figuras jurídicas de diverso alcance y problemática. Junto a ello, la caracterización de la llamada multipropiedad como producto turístico introdujo el carácter negociable del derecho adquirido, conviertiéndolo en una fórmula de ahorro e inversión. Además, existía la posibilidad de unir al derecho de disfrute de la vivienda en multipropiedad la de otras pertenecientes a complejos inmobiliarios diferentes, gracias a la afiliación del conjunto inmobiliario turístico de que se tratara a una sociedad de intercambios, lo que venía a complicar la relación contractual. En la actualidad, el aprovechamiento por turno de bienes inmuebles se regula en nuestro país por la Ley 42/1998, de 15 de diciembre, sobre derechos de aprovechamiento por turno de bienes inmuebles de uso turístico y normas tributarias (B.O.E núm. 300, de 16 de diciembre de 1998), en la que se declara que «el derecho de aprovechamiento por turno podrá constituirse como derecho real limitado...», si bien «en ningún caso podrá vincularse a una cuota indivisa de la propiedad, ni denominarse multipropiedad, ni de cualquier otra manera que contenga la palabra propiedad». Hasta este momento el aprovechamiento por turno había discurrido por cauces típicos, y cuando se optaba por una fórmula de derecho real se trataba prefe-rentemente del dominio -cuota a la que se vinculaba un determinado período de tiempo que delimitaba el uso-. Sin embargo, el legislador español, de acuerdo con lo prevenido por los europeos^'^, ha entendido que el dominio no resulta la configuración adecuada para el aprovechamiento por turno. Ciertamente, el hecho de que los titulares estén físicamente alejados del inmueble sería motivo suficiente para rechazar la configuración dominical; además, el vincular al propietario a la adecuada subsistencia del régimen constituido es un motivo adicional. Efectivamente, los titulares del derecho de aprovechamiento por turno que, por definición, viven alejados del inmueble sujeto a ese régimen -^lo que no puede afirmarse tan rotundamente de otros conjuntos inmobiliarios, como las urbanizaciones privadas ni, por supuesto, de la propiedad horizontal-no pueden cumplir por sí el conjunto de cargas que pesan sobre la propiedad, ni atender a las exigencias que reclama el aprovechamiento por turno del inmueble. Desde tal consideración, la regulación actual ofirece la posibilidad de configurar el aprovechamiento por turno bien como arrendamiento de temporada de larga duración, bien con carácter de derecho personal u obligacional (no arrendaticio) y también como «multipropiedad». En este mismo ámbito GONZÁLEZ ALTABLE, M^ P., Liberalismo vs. comunitarismo. John Rawls: una concepción política del bien, en Doxa, Cuadernos de Filosofía del Derecho, n"" 17 y 18, 1995, pp. 117-136, realiza un análisis de la concepción del bien que Rawls elabora como parte integrante de su concepción política de la «justicia como equidad», para pasar luego a examinar hasta qué punto son o no acertadas las críticas comunitaristas dirigidas contra Rawls y contra el neoliberalismo en general, constituyendo su tesis fundamental el que una concepción del liberalismo político como la de Rawls «puede incorporar algunas de las críticas comunitaristas sin renunciar a sus postulados básicos -la defensa de la libertad, la reivindicación de los derechos individuales, la pluralidad y la tolerancia-». Por su parte, PÉREZ LLEDÓ, J.A., «Critical legal Studies» y el comunitarismo, en Doxa, Cuadernos de Filosofía del Derecho, n°^ 17 y 18, 1995, pp. 137-164, considera que el término de comparación con el comunitarismo no es ya el liberalismo sino el movimiento norteamericano «Critical Legal Studies» (CLS), señalando cómo, en su vertiente crítica, ambas corrientes compartirían algunos rasgos comunes al enfrentarse al liberalismo: rechazo al «individualismo atomista» y énfasis en la «construcción social del sujeto moral»; crítica a la solución liberal de las reglas de justicia formales y universales; crítica a las contradicciones del liberalismo..., si bien en su dimensión constructiva CLS también mostraría las inconsistencias del comunitarismo: criticaría la noción comunitarista de los valores compartidos y de la comunidad como fuente del bien y, sobre todo, desde su fuerte escepticismo metaético, rechazaría los esfuerzos del comunitarismo por ofrecer una reconstrucción filosófica alternativa. Aspectos jurídico-privados del fenómeno comunitario. 2 LAPORTA, F. J., Comunitarismo y nacionalismo, en Doxa, Cuadernos de Filosofía del Derecho, n'\ 17 y 18, 1995, pp. 53-68. ^ FARRELL, M. D., ¿Hay derechos comunitários!, en Doxa, Cuadernos de Filosofía del Derecho, n'' 17 y 18, 1995, pp. 69 ^ LACRUZ BERDEJO, J. L., Elementos de Derecho civil. III, Derechos reales, vol. 2°, Derechos reales limitados. Bienes inmateriales, con la colaboración de F. de A. Sancho Rebullida, Barcelona, 1980, p. En el mismo sentido, como señala CASTÁN TOBEÑAS, J., Derecho civil español, común y foral, t. II, Derecho de cosas, vol. F, Los derechos reales en general. La posesión, 14^ éd., Madrid, 1992, pp. 458-459, la fórmula empleada por el Código incurre en la inexactitud de suponer que hay propiedad de derechos, siendo así que la propiedad, en su sentido preciso y técnico, no recae más que sobre las cosas corporales; el origen del error se localiza en que el Código confunde los conceptos de comunidad de bienes y derechos y de copropiedad o condominio, que tienen de común el que ambos implican manifestaciones del fenómeno de la pluralidad de sujetos o titulares de los derechos subjetivos (cotitularidad), pero que difieren por su diverso ámbito, pues la comunidad constituye el género mientras que la copropiedad o condominio constituye la especie, tratándose ésta última de una forma de propiedad que, como tal, sólo puede recaer sobre cosas específicas y determinadas. BONET RAMÓN, Comentario a la Sentencia de 15 de octubre de 1941, en «Revista de Derecho Privado», 1941, pp. 34 Madrid, 1996, pp. 184-185, aunque el tenor literal del artículo 393.1** se refiere exclusivamente a «las cargas», dicho término hay que entenderlo referido a todo tipo de obligaciones que hayan de ser afrontadas por los comuneros, dada su condición de copropietarios, como por ejemplo, los gastos de conservación, administración y reparación; impuestos o tributos; importe de obras realizadas, etc... 1^ Considera BELTRÁN DE HEREDIA, J., La comunidad de bienes en el Derecho español, cit., pp. 341 y ss., que la prórroga debe entenderese autorizada por una sola vez. En un sentido diverso, MiQUEL GONZÁLEZ, J. M., Comentario al artículo 398 del Código civil, en los «Comentarios al Código Civil y Compilaciones Forales», cit., p. 464, admite la posibilidad de prórrogas sucesivas, invocando, en apoyo de esta posición, a otros autores como Albaladejo, Lacruz Berdejo y Sancho Rebullida. Aspectos iurídico-privados del fenómeno comunitario...
En este trabajo se estudia la intervención del Derecho en la comunidad. Se parte de una definición social de comunidad rechazando como tales aquellas que el Derecho llama comunidades pero no lo son socialmente. El Derecho interviene en las comunidades como la familia, pero lo hace pensando esencialmente en los individuos que la componen no en la comunidad social como tal. El diseño individualista del Derecho occidental vigente impide o, incluso, produce consecuencias no buscadas cuando el Derecho actúa sobre comunidades sociales. ¿Qué entendemos por comunidades reconocidas? En las sociedades modernas los seres humanos vivimos moviéndonos y movidos por una compleja red de grupos, instituciones, corporaciones y relaciones humanas muy variadas. Entre todas ellas las comunidades pueden ser descritas como aquellos grupos humanos en el que se produce esencialmente un tipo de relaciones directas, emocionales y afectivas. A su vez, dentro de este tipo de agrupaciones algunas son reconocidas, es decir, intervenidas expKcitamente por el Derecho en algún aspecto de su actividad social. En este trabajo vamos ha considerar como comimidades reconocidas aquellas que siéndolo de hecho, esto es, socialmente, al mismo tiempo tienen algún grado de formalización jurídica positiva. Por lo tanto quedan fuera de nuestro objetivo, por un lado, aquellas figuras que el Derecho considera comunidades, pero sociológicamente no lo son, al menos, a nuestro juicio, y, por el otro, todas aquellas comunidades que lo son de hecho, pero al margen de un marco jurídico regulador específico para ellas. El cruce, la suma, de estos dos criterios nos permite descabalgar directamente algunas figuras jurídicas que sin duda sólo cumplen una de las dos condiciones, nos referimos a las figuras jurídicas que encauzan las actividades de propietarios (comunidades de bienes^), propiedades especiales o sociedades^, su clara mercantilización, su fin de lucro^, nos permite considerarlas asociaciones^. Por el otro lado, no abordaremos todas aquellas comunidades de hecho en las que no interviene el Derecho en sus aspectos sociales, nos referimos a esos grupos humanos afectivos, esencialmente amigos y compañeros. Aunque en el último apartado de este trabajo realizamos un repaso de las virtudes y perversiones del Derecho sobre la vida cotidiana de las comunidades (colonización del mundo de vida), parece conveniente anticipar algunos rasgos de nuestra posición analítica. La revolución burguesa contra el Antiguo Régimen produce un Derecho construido sobre la dicotomía individuo-nación^. Por supuesto esta obsesión del poder burgués por la figura del individuo como núcleo y esencia de la sociedad ha generado grandes vacíos entre la realidad social (claramente grupai y asociativa) con el marco jurídico y productivo del sistema liberal y capitalista^. Estos huecos han sido rellenados, tarde y bajo presión, por el marco jurídico en lo asociativo^ (libertad de asociación, sindicatos, partidos, etc.), pero ha quedado en unos casos abandonado y en otros bajo el imperialismo individualista el ámbito comunitario. Las comunidades de hecho, los grupos humanos estables, han sido zarandeados por dos grandes fuerzas, el sistema productivo capitalista liberal e individualista, y el marco jurídico que inicialmente estuvo al servicio y posteriormente se ha convertido en la principal palanca de contención del insaciable hambre del individualismo liberal económico^. En este trabajo no ignoramos la interdependencia, cuando no, dependencia del sistema jurídico respecto al productivo^. Sin embargo, vamos a prescindir de esa relación de lo jurídico con el modo de producción capitalista, centrándonos exclusivamente en la relación entre el Derecho y la vida grupai en tres tipos de comunidades (por supuesto esta evasión de nuestro argumento sobre la interdependencia con lo económico, sólo es La comunidad reconocida: familias, escuelas, y regantes. una licencia analítica que nos ha de permitir enfocar lo jurídico, queda abierto totalmente el debate sobre la intrumentalidad de éste). Pasamos ahora a nuestra exposición. Juan y María, nuestros dos protagonistas germinales, se quieren, y tras un tiempo de noviazgo, por supuesto con algunas discusiones, deciden formar una familia. Como todos sabemos esta decisión no se resuelve cogiéndose de la mano y construyendo una cabana debajo de un manzano. Se encuentran con diversos requisitos jurídicos y administrativos, que por un lado les obligarán ha protagonizar rituales jurídicos y administrativos (además, de los religiosos que correspondan) y por otro les impide lo de la cabana en el manzano. Supongamos que Juan y María quieren tener hijos, adquirir una casa y, por supuesto, que sus hijos reciban una educación adecuada. Ya tenemos alguno de nuestros objetivos encarnados en nuestros dos protagonistas: 1) Familia; 2) Escuela; y 3) Vecinos (al comprar su casa). El hilo argumentai del trabajo partirá de la intervención del Derecho en las acciones y reacciones de Juan y María cuando sus vidas se adentran en ese tipo de comunidades. El primer nivel de análisis lo situaremos en el Derecho positivo vigente en España al que sumaremos los problemas que genera la juridificación de ese mundo de vida. Cuando dos personas, Juan y María en nuestro caso, hablan y deciden conformar una familia, el proceso desgaja a dos miembros de dos familias ya conformadas para generar una nueva. Desde el punto de vista sociológico estamos enlazando dos grupos familiares entre sí a través del esfuerzo por poner en marcha una tercera familia, en la que, normalmente, pondrán sus fuerzas las tres familias. La primera intervención del Derecho en la dinámica de construcción de una nueva familia se realiza mediante el monopolio de la Administración Pública (generalmente la Administración de Justicia) para determinar la existencia o no de una familia, matrimonio como acto público y solemne, que en el caso español puede elegirse entre la forma religiosa y la civil. A la vía matrimonial canónica el Código Civil le dedica varios artículos, así, el artículo 63 establece que «la inscripción del matrimonio celebrado en España de forma religiosa se practicará con la simple presentación de la certificación de la Iglesia...». De esta manera, el Derecho interviene en una de las primeras discusiones privadas^^ de Juan y Ma-J, José García de la Cruz Herrero y Evaristo Prieto Navarro ría, una pareja en vía de contraer matrimonio: ¿por lo civil? ¿Por lo religioso (aquí canónico)? O, no nos casamos, ¿pareja de hecho (sin pape-les^^)? El marco legilsativo da más entidad a los matrimonios civil y canónico, marginando la pareja de hecho como una comunidad de lazos más débiles. Hacemos referencia a la fuerza en la España más tradicional de la idea de que el civil es un matrimonio light^^. Naturalmente esta cognición está especialmente arraigada entre las generaciones mayores y católicas que rechazan frontalmente esta práctica. La tercera fórmula la «pareja de hecho», «familia de hecho» (los sin papeles), tiene una historia jurídica posconstitucional curiosa cuando no ejemplar. La Constitución Española (año 1978) no las considera explícitamente, pero tampoco las prohibe o rechaza. El amparo jurídico a esta fórmula tiene su principal palanca de apoyo en una sentencia del Tribunal Supremo (18 de mayo de 1992) en la que éste establece algunas condiciones para que las parejas de hecho puedan generar la aplicación de la normativa legal. Esto por supuesto tiene su cara y su cruz, el anverso lo constituyen las posibilidades que se les abre a estas comunidades, hasta ese momento no reconocidas, para utilizar alguno de los resortes jurídicos que están al servicio de la familia en general. El reverso está en las condiciones de mínimos que enuncia el alto tribunal para considerar una pareja de hecho como tal^^. Más allá del poder jurisdiccional de esta sentencia del TS la legislación española considera la familia de hecho como una más en materia de adopción (Ley de 11 de noviembre de 1987), en materia de arrendamiento (Ley de Arrendamientos Urbanos de 24 de noviembre de 1994), por cierto, una ley que se ha desarrollado hasta alcanzar la realidad social de una comunidad de hecho, al equiparar el cónyuge del arrendatario a la persona que hubiere venido viviendo con el arrendatario de forma permanente en análoga relación de afectividad, «con independencia de su orientación sexual». Recapitulando, el Derecho ofrece tres vías para generar una familia, dos de ellas totalmente protegidas, y la tercera u otras alternativas, menos o nada amparadas. Si prescindimos de los casos que por razones legales o religiosas no pueden acceder a las dos vías reconocidas por el Código Civil. En el resto, la inmensa mayoría de las decisiones de las futuras parejas, la elección entre las tres vías es producto de una complicada interacción grupai, en la que intervienen, por lo menos, las dos familias de origen (directa o indirectamente^^) y, naturalmente, los dos miembros de la pareja^^. Todos sabemos que si una de las familias de ori-La comunidad reconocida: familias, escuelas, y regantes. gen es «fundamentalista» en sus principios religiosos o anti-religiosos, con gran probabilidad determinará la vía de matrimonio que dará origen a la nueva familia. De esta manera, el Derecho interviene, al consagrar como ritual público el matrimonio (tanto civil como canónico), impidiendo o dificultando la privacidad de la decisión de Juan y María, en contraste, por ejemplo, con la escritura de un piso, la formalización de un testamento, que hoy por hoy, no implican un ritual público, basta con la fe pública de un notario. El segundo gran escenario de la vida familiar en el que interviene el Derecho es en las relaciones de poder entre los miembros de las familias. Todas las familias, como la mayoría de los grupos y comunidades, se conforman de modo asimétrico y desequilibrado entre sus miembros. Esto es, que la configuración del nuevo grupo social se fraguará en distintos escenarios en los que, normalmente, diferentes miembros del grupo tendrán, ejercerán variados grados de poder social. Hablamos de asuntos tan cotidianos como el reparto de labores domésticas, costumbres higiénicas, hábitos alimenticios, de horarios, vinculación con la familia de origen, actividades de ocio, responsabilidades o gestión económica, objetivos materiales, educación de los hijos, etc. La segunda intervención del Derecho se ha dirigido ha regular estas relaciones asimétricas, normalmente a limitarlas, y para ello el Derecho interviene en dos sentidos: a) Generando deberes y derechos más allá o más acá de los que espontáneamente hayan surgido en cada grupo familiar (las comunidades familiares son realidades hetereogéneas, nunca encontraremos dos familais iguales), aquí incluiríamos los típicos deberes de filiación y paternidad. Así, «El padre y la madre, aunque no ostenten la patria potestad, están obligados a velar por los hijos menores y a prestarles alimentos» (artículo 110 Código Civil), o siguiendo con las relaciones paterno-filiales a «velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral» (CC artículo 154.1). De esta manera podríamos seguir enumerando diversos preceptos que regulan las relaciones entre los cónjmges y entre padres e hijos. Por supuesto, la intervención real del Derecho en este tipo de dinámica grupai se realiza sólo en casos especiales, y siempre, sin capacidad de regenerar el grupo familiar. Esto es, que cuando unos padres no velan por sus hijos en la medida que sus posibilidades económicas y de salud se lo permiten, en esos supuestos el Derecho no interviene para regenerar el grupo, sino para desmembrarlo definitivamente, en unas ocasiones como consecuencia no buscada de su intervención, y en otras explícitamente como solución quirúrgica, normalmente, buscando la salida a los miembros individuales (hijos) fuera de su grupo familiar actual. b) Limitando los abusos de poder por parte de un miembro de la familia respecto a cualquier otro. Así, siguiendo con tema fìlio-paternal dice la normativa que «si los hijos tuvieren suficiente juicio deberán ser oídos siempre antes de adoptar decisiones que les afecten» o cuando dice «los padres... Podrán también corregir razonable y moderadamente a los hijos» (CC 154.2). ¿Cuándo los padres oyen y hacen caso a sus hijos, en el mejor de los casos juiciosos, pero jóvenes? ¿Cómo puede o pretende intervenir el Derecho en relaciones tan informales y privadas? En cualquier caso, la potencial discrepancia entre hijos y padres queda perfectamente canalizada y zanjada por la ley cuando dice: «Los padres podrán en el ejercicio de su potestad recabar el auxilio de la autoridad». El segundo aspecto en el que más desequilibrio se ha observado ha sido en el papel subordinado de la mujer, asimetría respaldada legalmente de forma total hasta 1975 en España (reforma del Código Civil por la Ley 14/1975, de 2 de mayo). Situación que legalmente se rompe con la Constitución (1978) y la Ley 11/1981, de 13 mayo, que modificó las situaciones de desequilibrio entre cónyuges, que posteriormente se ha refrendado por la Ley 11/1990, de 15 de octubre, que aborda el principio de no discriminación por razón de sexo. Por supuesto, estos cambios normativos impiden la utilización del Derecho para ejercer un poder social prevalente del varón sobre la mujer (paralelo al filial, artículo 154.2 CC), en este aspecto no se le puede negar al Derecho su capacidad de eliminar, no retroactivamente, los males que genera la aplicación de una normativa desfasada y anacrónica (por ejemplo la despenalización del adulterio y el amancebamiento, Ley 2/1978, de 26 de mayo). Sin embargo, los feudos familiares no han desaparecido. Los desequilibrios, la asimetría entre cónyuges en el seno familiar no han acabado. El reparto de labores domésticas, el poder de decisión en asuntos familiares, y la dependencia económica siguen ahí, y hoy por hoy, la sociedad tiene que hacer mucho para amortiguar esas asimetrías en los senos familiares. Empezando por esta asimetría, en las últimas investigaciones sobre la familia española se observa un cambio de tendencia gracias a la incorporación de la mujer al trabajo, y sobre todo al sistema educativo, lo que ha permitido dejar «fuera de juego» la fórmula patriarcal más tradi-cional^^. En el segundo ámbito de asimetría, la toma de decisiones, las familias españolas han sido distribuidas de la siguiente manera: Familias patriarcales 9%; matriarcales 10% y simétricas un 60%. Las cifras patriar-cado y matriarcado son muy diferentes, las primeras indican una situación familiar claramente tradicional, la segunda está basada en un liderazgo de la mujer esencialmente en dos ámbitos: los colegios de los hijos y la compra de equipos y bienes domésticos^^. En general la asimetría en este ámbito familiar es acumulativa, esto es, que cuando uno de los cónjnjges se muestra claramente poderoso o líder en un área de decisiones suele serlo en otros, acumula. Finalmente, la división del trabajo en el hogar cambia esencialmente empujada, allí donde existe, por el trabajo extradoméstico de la mujer. Aunque, esta palanca materialista es importante, la base del cambio está en los modelos de los roles de género de los varones, proceso, por supuesto ajeno al Derecho. Mención aparte merece el tema de la violencia doméstica, entre cónyuges o respecto a los hijos. Aquí sí estamos ante una intervención del Derecho penal, aunque, normalmente lo hace como elefante en cacharrería, provocando en el mejor de los casos la desmembración del grupo. El diseño del Derecho penal no está preparado para tratar con grupos hu-manos^^. ¿Qué capacidad y utilidad tiene un juez o una normativa equilibradora en un ámbito tan intimo y privado como el hogar? En todos estos casos el Derecho interviene salvaguardando (pensando en...) a los individuos, salvándolos o sacándolos de un grupo que estaba perjudicando a uno de los miembros, por supuesto a un individuo abstracto^^ (una entidad jurídica que supone que un ser humano es algo independiente de su interdependencia social). Sin embargo, estamos ante una comunidad que se conforma precisamente en el desequilibrio, la generosidad de unos y las necesidades de otros, en fin en el afecto y la idea de grupo. Sorprendentemente la casi totalidad de la legislación sobre familia ignora o subestima los aspectos grupales y sobrevalora e interviene en ámbitos individuales, provocando paradojas sociales, al intervenir formalmente sobre miembros individuales de una familia, que en la mayoría de los casos pertenecen o dependen afectivamente de un amplio grupo familiar en el que participan, hijos (nietos), padres, abuelos y tíos (hermanos). Estamos seguros que si uniéramos al poder de un juzgado las consideraciones de un psicólogo social (experto en dinámica de grupo) en la mayoría de las ocasiones, si la legislación lo permitiera, las intervenciones jurisdiccionales serían sobre el grupo, potenciando o respaldando papeles familiares que sí tienen valor en la intimidad y privacidad de los hogares familiares, como los abuelos, los tíos o amigos íntimos del grupo familiar. El tercer ámbito de intervención, en el que más se extiende el Derecho de familia es el patrimonial. Aquí, el Derecho se dedica a salvaguar-dar a los propietarios individuales dentro de una comunidad, esto es, que siempre está diseñado para dividir la tarta (todo el patrimonio) entre los miembros, individuales, de esa comunidad familiar. Parece que este principio es contra la naturaleza de la esencia comunitaria. De nuevo la legislación vigente y hegemónica en nuestros dias está determinada por su origen individualista y liberal (y el sacramento de la propiedad como esencia de la ciudadanía moderna occidentaP^). Así llama la atención que en los procesos de separación la legislación prevea y obligue a la presencia, asesoramiento, de un letrado, a un periodo de separación, y no obligue a la intervención de psicólogos de familia y trabajadores sociales. ¿Qué es más importante? ¿La división del patrimonio o la posibilidad de dar continuidad algunos lazos de relaciones sociales entre los miembros de una familia? Por supuesto, muchas familias, tras un proceso de separación y divorcio mantienen sanas relaciones de ayuda mutua, excónyuges que se tratan como dos viejos amigos, pero en esas situaciones no sólo no ha intervenido el Derecho, al contrario, normalmente se han alcanzado a pesar de los desaguisados a los que obliga el Derecho y los tribunales. Seguramente esta es una de las razones del éxito de la mediación familiar como camino alternativo o complementario en procesos de ruptura o crisis de una comunidad familiar. Los colegios e institutos son las dos figuras sobre las que se debería generar la comunidad que hemos denominado escuela. Nuestra observación es que en España las escuelas, cada centro escolar, da origen a diversas comunidades o seudocomunidades (no lo son, pero lo parecen). Por un lado está el estamento o colectivo de profesores, dentro de él, el grupo de dirección, por otro lado, nos encontramos a los alumnos, cada clase conforma un agregado administrativo, y finalmente, fuera, pero con influencia encontramos a los padres, de cada alumno o alumna, o su Asociación de Padres (APAs). Ningún colegio o un instituto español conforma una comunidad de hecho. Los órganos que dan unidad e identidad a estos centros son cargos de gestión educativa. Los Consejos Escolares de los Centros son más parecidos a una Junta de Propietarios de vecinos que a una reunión, asamblea, de afectados o interesados por la educación. Dentro del seno escolar hay dos colectivos con más posibilidades de constituir comunidades; uno es el claustro de profesores; y el otro, los La comunidad reconocida: familias, escuelas, y regantes. alumnos que conforman cada clase, grupo escolar. Pero, los primeros están ligados al centro por su actividad laboral, bastante homogeneizada desde el exterior^^, y los segundos están bajo el liderazgo y autoridad de profesores y padres. Sin duda son los alumnos los que están más cerca de la idea de comunidad, aunque en la práctica configuran su vida social en pequeños grupos de amigos, siendo su adscripción a una clase un asunto administrativo (por apellido o edades). En cualquier caso resaltamos la incapacidad del Derecho, la normativa vigente en España, para generar comunidades educativas, objetivo que se planteo explícitamente hace ya más de 14 años. Los colectivos que conforman esas teóricas comunidades educativas no han entrado en esa dinámica incentivada. Tras catorce años de vigencia de una legislación que abre las puertas de los centros escolares, éstos son menos comunidad que nunca, en todo caso se han desarrollado pequeños grupos (¿oligarquías?) de padres y profesores que combaten o colaboran por ciertas mejoras o beneficios para el centro educativo^^. La dinámica cotidiana de estos centros está lejos, incluso, de la idea más suave y difusa de comunidad. Hoy por hoy, los centros escolares son un servicio público o privado que relaciona a un grupo de gestores educativos con cada familia, padres de un alumno o alumna concreto, que no se conocen personalmente entre sí. Por otro lado, la legislación que teóricamente ha querido la creación de comunidades educativas, no ha permitido que las cosas importantes de la vida diaria y anual de los centros escolares se decidan allí. Estamos hablando, desde la incorporación o la salida de un profesor al diseño de un curso (curricular), las dotaciones de materiales, la admisión de alumnos, todo es decidido por el Ministerio o la Consejería encargada. Por supuesto que esta homogeneización impide dramáticos desfases y desequilibrios en la formación, al menos, de los centros públicos y concertados, pero, inevitablemente vacían de contenido real y fundamental a los centros escolares a la hora de conformar comunidades educativas. Comunidad de regantes y vecinos La primera pregunta es ¿en qué medida son estas comunidades, hoy en día, comunidades sociales de hecho? Respecto a las primeras, comunidades de regantes, el no es rotundo, estamos claramente ante un tipo de asociación de interés que no ofrece dudas en su evaluación. En contraste, la comunidad de vecinos permite matices, aunque, los asuntos económicos monopolicen en la práctica este tipo de figuras jurí-dicas, de hecho la comunidad de vecinos jurídicamente es denominada Junta de Propietarios (sobran explicaciones). No obstante, la vecindad sí genera, o al menos, de vez en cuando permite relaciones comunitarias entre vecinos. Desde esta perspectiva, las relaciones vecinales generan una comunidad de hecho, y el Derecho interviene especialmente en aquellos ámbitos de propiedad horizontal (propiedad privativa de los pisos y copropiedad sobre los elementos comunes), en relaciones vecinales en edificios, esto es, un edificio dividido en pisos o locales susceptibles de aprovechamiento independiente, pero que llevan inherentes unos elementos comunes, y una pluralidad de propietarios, a quienes pertenecen los distintos pisos o locales (véase la Ley de Propiedad Horizontal del 6 de abril de 1999). Las Juntas de Propietarios intervienen en asuntos como modificación de elementos arquitectónicos, instalaciones comunes, mantenimiento del edificio, y sobre todo, en el cobro y gestión de las cuotas a los propietarios. Además, están facultadas para redactar unos «reglamentos de régimen interior» que regulan los detalles de la convivencia y la adecuada utilización de los servicios y cosas comunes. Asuntos que cubren desde la hora de cierre del portal, uso de ascensores, basura, animales domésticos, ruidos, etc. La ley obliga a tener un presidente de la Junta de Propietarios sobre quién recae un aluvión de tareas burocráticas que han dado origen a la aparición de empresas que gestionan la actividad de estas Juntas de Propietarios, en fin, la comunidad de vecinos, cada vez se separa más de la Junta de Propietarios, aunque, en algunas ocasiones se solapan. En cualquier caso es infirecuente que todos los miembros de una Junta de Propietarios conformen al mismo tiempo una comunidad de vecinos. Lo normal es que los propietarios se distribuyan en diversos grupos de amigos, grupos familiares más cercanos, que sí conforman en alguna manera una comunidad de vecinos. Pero, estas relaciones no están regidas por la Ley de Propiedad Horizontal. Sobre comunidad, vida social y Derecho Tras nuestra indagación sobre el carácter de las relaciones entre Derecho y comunidades sociológicas, la primera perplejidad que nos asalta es la relativa al signo, positivo o perturbador, de las intervenciones estatales por intermediación jurídica en su trato con las relaciones «naturales», gestadas al calor de las formas sociales de vida. No otra cosa se halla tras el omnipresente debate en torno a los efectos que la moderna La comunidad reconocida: familias, escuelas, y regantes.. juridificación, de mayor incidencia tras la emergencia y consolidación de los Estados de Bienestar^^. Se discute a propósito de este fenómeno el carácter deletéreo o positivamente conformador que las intervenciones compensadoras del Estado providencia ejercen en la urdimbre de relaciones sociales, y que encierran la potencialidad de desplegar efectos de auténtica «colonización del mundo de la vida^'^». Nuestra segunda reflexión parecerá seguramente polémica por su presunta antimodernidad. El Derecho, frente a los aludidos efectos deformantes o avasalladores de lo social, bien puede erigirse en instrumento de transformación social, en ariete de formas más progresivas de vida que las que las anunciadas comunidades morales traen consigo. Las inercias y los prejuicios larvados o explícitos que las comunidades arrastran consigo pueden quebrarse, en ocasiones, contra la roca firme de la legalidad. Es una posibilidad que no ha de ser desdeñada ni en su alumbramiento teórico, ni mucho menos en su virtualidad política efectiva. Tras los tan traídos y llevados modelos de desregulación, planteados como alternativa a las patologías del Estado interventor, se parapetan demasiado a menudo poderes normativos sociales que amenzan con arrumbar las últimas barreras que el Derecho erige en protección de los débiles frente al empuje avasallador de las mayorías sociológicas, travestidas indefectiblemente de mayorías morales. Con ello no pretendemos salvaguardar el carácter benéfico a ultranza del recurso a lo jurídico estatal frente al poder autonormativo de nuestras comunidades. Ya hemos aludido más arriba a las añagazas que se esconden tras la forma jurídica de intervención. El discurso sobre los efectos perniciosos de la hiperjuridificación, la inflación normativa, el clientelismo que los Estados sociales pueden generar, el recorte de la autonomía individual, la crisis de la legitimidad contemporánea son demasiado conocidos para pretender ignorarlos ingenuamente^^. En esta línea, medran por doquier las propuestas de presentar alternativas viables al Derecho, como son las conciliaciones, mediaciones y arbitrajes, que encuentran un campo abonado en el Derecho de familia, objeto de tratamiento en este escrito. Conviene tener presente, con igual atención, que el medio jurídico, por su propia estructura, viene aquejado de limitaciones intrínsecas insalvables para atacar cualquier reforma que haga justicia a los hechos sociales más preciosos. Grimm nos recuerda que la reactividad, puntualidad y bipolaridad conforman la esencia íntima del Derecho^^. La reactividad trae a primer plano el carácter diferido de las intervenciones significa retrospectividad de las intervenciones, dilación de la respuesta jurídica, frente a las anticipaciones necesarias en toda terapia J, José García de la Cruz Herrero y Evaristo Prieto Navarro eficaz. Cuando el Derecho interviene, no cabe sino levantar acta de defunción, o al menos de irreversibilidad, acerca de las realidades sociales en que la comunidad cristaliza. El Derecho no pasa en estos casos de ciencia de los remedios, de los viáticos, más bien, que administrar cuando ya todo está irremisiblemente perdido. No otra cosa sucede en el Derecho matrimonial, cuando la excepcionalidad de lo legislado se entiende en razón de las encrucijadas que la litigiosidad de las convivencias en estado terminal impone. La puntualidad signa la fijación del Derecho a datos casuísticos, su dependencia de controversias parciales, lejos de la panorámica que capta la pluralidad cromática de la vida societaria. La intervención localizada de lo jurídico no puede sino resultar, por una parte, irremisiblemente lenta, por cuanto fía al azar de los acaecimientos sociales espontáneos su entrada en escena, y por otra, desesperantemente ineficaz, pues se recluye a los efectos, dejando inalteradas las causas profundas que los provocan. Un Derecho de familia construido a golpe de jurisprudencia moderadora de los excesos abstractivos y dogmáticos de las leyes peca precisamente de tales insuficiencias^^. La bipolaridad, por último, pero no de menor importancia, hace alusión al carácter empobrecido de las respuestas de que el Derecho dispone para enfrentar los retos sociales. Los medios limitados de sanción y tratamiento, la cortedad de la visión de los problemas en razón de estas respuestas disponibles, lastran la eficacia de las soluciones, y demandan de remedios extrajurídicos para aliviar los conflictos que la vida de la comunidad genera en su marcha. Otra de las cuestiones importantes que cabe plantearse a propósito de las relaciones entre la forma jurídica y las comunidades sociológicas es la relativa a la extensión legítima de este contacto. La internormatividad propia del objeto de estudio, esto es, su susceptibilidad de recibir un tratamiento diferenciado desde dos sistemas de reglas diferentes en cuanto a su origen y naturaleza, nos pone ahora ante la cuestión del modelo de confluencia eficaz o aconsejable. El Derecho gradúa su intervención desde la mera declaración de efectos, la sanción de realidades que tienen lugar y desarrollo allende el mismo, y la constitución de realidades sociales sui generis, que desdibuja los contornos de la comunidad social que sirve presuntamente de trasfondo. Las dos comunidades que este trabajo trae a colación representan al mismo tiempo dos buenos ejemplos de esta interrelación diferenciada. La familia plantea la necesidad intrínseca de una interferencia limitada por parte de un sistema normativo que le es en buena medida ajeno. Esto se percibe a través de los supuestos bien acotados en los que el La comunidad reconocida: familias, escuelas, y regantes. Derecho interviene, y en la naturaleza de dicha intromisión. El Código Civil se restringe a la regulación del acceso a la institución, por mor de los efectos jurídicos que despliega en el tiempo, y que afectan tanto a los contrayentes como a terceros, muy singularmente los hijos. Una segunda juridifìcación es la que afecta a los regímenes económicos matrimoniales, que se justifica en razón de su potencial afectación a terceros, que eventualmente se entrecruzan en la actividad económica de los cónynges. Por lo que hace a la vida ordinaria de la institución, el Derecho se limita a un catálogo mínimo de derechos y obligaciones correlativas, dejando por lo demás que sea la dinámica grupai la encargada de integrar las pautas normales de comportamiento. Obsérvese que cualquier intervención de lo jurídico en esta dinámica está motivada por la aparición de patologías o defectos de funcionamiento de una cotidianeidad que se presume espontánea, pero que no siempre discurre sin fricciones. Y aún así, este efecto reparador del Derecho obra sólo cuando se han agotado los recursos privativos de la institución, pues ordinariamente las comunidades sociales disponen de remedios para solventar las anomalías que su funcionamiento cotidiano suele provocar. En el eje temporal de la vida de la familia, el Derecho sólo se dejará ver, en los casos en que esta salida sea la única disponible, en la regulación de la disolución de la institución. El Derecho, no obstante, se limita en la mayoría de los supuestos -divorcios no litigiosos-a prestar un aval jurídico, vinculante, al arreglo alcanzado entre las partes, tanto en lo que hace a la liquidación de la sociedad económica, como en lo que respecta al régimen de custodia de los hijos menores. La intervención del Derecho se encuadra sin violencias en las coordenadas de reactividad y puntualidad que detallamos más arriba, sin mayores virtualidades conformadoras de la realidad social. Pero, ¿sucede realmente así, sin más? Si el Estado, a través de su Derecho, se limitara a dar un espaldarazo formal a todo lo dispuesto en el seno del matrimonio, sin detenerse en los vericuetos de la institución, podría llegar a signarse la mera consagración del statu quo de las relaciones familiares, hurtando su vida íntima, lo que sucede tras la bambalinas, a la mirada escrutadora de un Derecho progresista, limitador de desafueros y reinvidicador de mayores cotas de libertad e igualdad en las relaciones que pone bajo su cobertura. La promoción de la posición jurídica de las mujeres, el reequilibrio de las obligaciones mutuas entre los cónyuges, la investigación de las situaciones de violencia doméstica, y la adopción de paliativos drásticos en todos estos ámbitos, pueden interpretarse como otros tantos pasos en la dirección hacia una familia más adecuada a los ideales democráticos de igualdad y libertad, consagrados no sólo en nuestros textos constitucionales. sino también en la cultura política y cívica de nuestras sociedades modernas. El caso de la escuela es marcadamente diferente. Allí el Derecho ejerce más ampliamente su potestad normativa, modeladora de las relaciones internas entre los distintos actores que toman parte en la comunidad social. Esta, por eso mismo, merece ser contemplada como una entidad más artificial, en tanto resultado preferente de los esfuerzos del legislador, antes que como producto de relaciones sociales espontáneas al margen de la ley. La regulación extensa y tupida de la red de relaciones que tienen lugar entre los agentes del proceso educativo es buena muestra de esta intervención conformadora o constitutiva del Derecho. También han de leerse en la misma clave la estandarización de todos los actos con trascendencia académica, la regulación administrativa de lo relativo al currículo, por no hablar del sostenimiento material y la dotación de infraestructuras, que cae siempre del lado de los gestores políticos. En este sentido va dirigida nuestra afirmación de que la comunidad escolar no lo es apenas en un sentido sociológico, cuanto en una vertiente estrictamente jurídica. Las interpretaciones que tratan de rescatar los componentes comunitarios, de impregnación ética fuerte que poseen las escuelas son tributarias de una concepción obsoleta, que aún cree en la autogestión de las tradiciones por parte de los sujetos sociales informales, con grave desconocimiento de la administrativización creciente de la actividad educativa, plasmada en una inflación asfixiante de leyes y reglamentos, tanto de carácter estatal, como de ámbito comunitario. Recapitulando, podemos decir que Derecho y comunidad son dos realidades que no necesariamente se excluyen entre sí, pero que tampoco son forzosamente complementarias, o al menos no lo son sin pagar el tributo de fricciones y desencuentros más o menos graves. Tras una época, la del bienestarismo triunfante, en que se pensó ingenuamente que el Estado podía adquirir competencias acabadas para la regeneración y control de las comunidades sociales, se ha pasado, casi sin tomar aliento, a una demanda extendida de desrregulación, o liberalización de la vida comunitaria. El Estado no puede, ciertamente, pretender erigirse en garante de una integración social ética^^, basada en las virtudes de las comunidades, so pena de dañar irremisiblemente su núcleo normativo. Pero este retraimiento de la legislación en modo alguno ha de entenderse como un abandono en los brazos de la comunidad, pues tras los ideales bellamente formulados se parapeta demasiado a menudo el fantasma antimoderno de la homogeneización, de la represión autoritaria de las diferencias en estilos de vida, del ahogamiento de la rica pluralidad de formas culturales minoritarias, que al menos merecen una oportunidad de La comunidad reconocida: familias, escuelas, y regantes... expresión. Y ahí sí que el Derecho no puede abdicar de su tarea: crear un marco jurídico que garantice un trato Ubre, e igual en derechos, entre las distintas concepciones de lo que son las comunidades sociales o, más bien, de lo que deberían ser como expresión de una convivencia más justa y enriquecedora de nuestra común humanidad. Notas ^ Dice el Código Civil español que «hay comunidad cuando la propiedad de una cosa o de un derecho pertenece pro indiviso a varias personas» (artículo, 392). Por supuesto, este concepto reúne personas en torno a un interés común, pero no tiene nada que ver con el concepto sociológico de comunidad. 2 El Derecho actual se muestra hipertrofiado en su consideración de las seudocomunidades de propietarios, entes jurídicos que aquí nosotros no consideramos como comunidades sociales de hecho, como mucho jurídicas si eso significa algo. ^ En el código civil español la sociedad no es una agrupación dirigida a cualquie fin, sino que esta figura está restringida a fines lucrativos.' ^ Asociación en el sentido clásico de Tonnies. La distinción entre Comunidad y asociación en la disciplina sociológica fiíe enunciada por Ferdinand TONNIES en 1887, hay una estupenda versión en castellano del año 1979. ^ Este proceso lo hemos tratado en GARCÍA DE LA CRUZ. ^ Este tema lo hemos tratado en GARCÍA DE LA CRUZ, 1990CRUZ,, 1995CRUZ, y 1998b. ^ Recomendamos la lectura de un trabajo reciente de ALONSO, 1999, en el que se trata clara y profiandamente este tema. ^ Efectivamente nos referimos al clásico debate marxista sobre la dependencia del sistema jurídico... 1^ Las últimas investigaciones sobre la familia abonan la idea, el sentimiento de privacidad de esta comunidad, llegando a catalogar la fórmula matrimonial como una «intromisión de la sociead en la vida privada de los individuos... », Meil, 1991, p. 11 La expresión «sin papeles» alcanza toda su crudeza en el ámbito de la inmigración ilegal, ahora bien, algo hay de esto en el matrimonio sin papeles. 1^ Dice el Tribunal Supremo en esta sentencia que la convivencia «more uxorio» ha de desarrollarse en régimen vivencial de coexistencia diaria, estable, con permanencia temporal consolidada a lo largo de los años, practiacada de forma externa y pública con acreditadas actuaciones conjuntas de los interesados, creándose así una comunal vida amplia, intereses y fines, en el núcleo de un mismo hogar. 1^ Apuntamos a las ya clasicas teorías sobre grupos de referencia y pertenencia. Situaciones que afectan a los dos cónyuges respecto a sus familias de origen. 1^ Dice HENRY MENDRAS: «El derecho conónico ha retomado el principio individualista del Evangelio llevándolo a veces hasta el límite, sobre todo en lo relativo al matrimonio. La idea de que el matrimonio es el resultado del acuerdo de las voluntades de los cónyuges, y de que ellos solos, es una concepción antisocial y un rechazo al parentesco, jamás se ha construido una sociedad sobre este principio.», Mendrás, 1999, p.
En las páginas que siguen se ofrece una exposición de las líneas maestras del comunitarismo de Amitai Etzioni a partir de las últimas y más elaboradas formulaciones de su pensamiento. El fundador de la socioeconomía entiende que la comunidad es una esfera de la vida social más fundamental que la dicotomía entre el individuo y el Estado, y piensa que, así como en ella el equilibrio entre orden y autonomía es esencial, este equilibrio es fruto de la imbricación entre factores no sólo económicos, sino también históricos, sociales y morales. La corriente comunitarista y la socioeconomía de Etzioni Desde los años ochenta han surgido distintas corrientes de pensamiento que asumen una perspectiva crítica respecto a las propuestas éticas de la modernidad. Entre ellas destaca el comunitarismo, término que acoge pensadores con fuentes de inspiración muy diversas que comparten el mismo espíritu crítico respecto a un individualismo abstracto que ignora el carácter sustantivo, histórico y cultural de los valores morales. Para estos autores la moral tiene una conexión decisiva con la historia y la tradición de cualquier comunidad social, ya que sólo a través de aquéllas se transmiten y modifican los valores que han de ser luego, para cada individuo, el horizonte de su comprensión moral. Se resalta así, desde la perspectiva comunitaria, la historicidad de los valores y la ine-José María López de Pedro y Eduardo Lostao Boya vitable labor interpretativa que ha de descubrirlos en la tradición cultural de cada comunidad. En esta defensa del papel moral que corresponde a la tradición y a la comunidad los autores de esta corriente se han enfrentado tanto al pensamiento liberal propugnado por Rawls como a pensadores de inspiración socialista. Respecto al liberalismo, los comunitaristas critican au exacerbado individualismo, por el que entienden las relaciones humanas como contratos o transacciones en las que cada una de las partes persigue una ganancia exclusivamente privada. En consecuencia, el liberalismo, ajuicio de los comunitaristas, incurre en dos equivocaciones esenciales: exaltar los derechos individuales desatendiendo los deberes y responsabilidades hacia los demás miembros de la comunidad y considerar que el único criterio que mueve al individuo en una decisión son sus intereses privados. Frente a la preeminencia que el Uberalismo asigna a las libertades del individuo y la que, en el lado opuesto, la corriente socialista concede al orden social, los comunitaristas afirman que los individuos no existen al margen de los contextos sociales particulares y que estos contextos, lejos de disminuir los niveles de autonomía individual la sostienen y refuerzan. Por tanto, el despliegue de la libertad individual requiere de un equilibrio entre autonomía y orden social, entre derechos y libertades individuales y la aceptación voluntaria de un conjunto de valores esenciales compartidos^. Este compromiso moral supone que el individuo, además ser titular de libertades, lo es también de responsabilidades hacia su comunidad que han de ser reforzadas a través de los procesos de socialización en la familia, en las escuelas y mediante el estrechamiento de los vínculos del individuo con la comunidad a la que pertenece. Queda así fuertemente subrayado el enraizamiento de la moral en las tradiciones de la comunidad y en las instituciones sociales que las transmiten y modelan. En consecuencia, la determinación de estos valores nucleares ha de hacerse a la luz de la tradición cultural, hasta prescindir de cualquier referente para la norma ética que trascienda el contexto particular. Pueden plantearse así serias dificultades a la hora de precisar el modo en el que culturas con tradiciones éticas diferentes han de relacionarse, a la hora de criticar la propia tradición cultural o al evitar un relativismo intracultural cuando en la misma comunidad hay conflictos entre las diferentes tradiciones que la componen. Desde el punto de vista de la sociología y la ciencia política históricamente ha habido una estrechísima relación entre la absolutización del individuo y la absolutización de la economía, entre la comprensión del hombre como sujeto de derechos e intereses particulares y la comprensión del mercado como el espacio adecuado para la satisfacción de los mismos, entre solipsismo y mercantilismo. Sin embargo, son fácilmente reconocibles La filosofía moral y la propuesta de Amitai Etzioni en la... las dimensiones no sólo económicas, sino también morales, sociológicas, políticas o psicológicas que cabe identificar en la relación que la persona establece con su medio social inmediato. Incorporar al análisis factores distintos de los estrictamente económicos constituye la preocupación esencial de esos autores que se integran en la corriente comunitarista. Esta variedad y riqueza de aspectos explica que sean también diversas las áreas de conocimento desde las que se han realizado trabajos y propuestas de claro matiz comunitarista y, a la vez, la multidisciplinariedad que estos trabajos tienden a adoptar para explicar una realidad tan sumamiente compleja. Uno de los autores de más relevancia dentro del planteamiento comunitarista es Amitai Etzioni, quien propone fidente a liberales y socialconservadores el equilibrio entre individuo y comunidad, entre derechos y responsabilidades. Este debate lo plantea Etzioni no sólo a un nivel de supuestos y elaboraciones teóricas sino también en lo relativo a las políticas públicas e incluso a los comportamientos más estrictamente individuales. A partir del trabajo de Etzioni se ha ido desarrollando ima nueva disciplina, la socioeconomía, como una corriente de pensamiento dentro del comunitarismo que trata de incorporar a su análisis elementos y argumentos de diferentes ciencias sociales. Esta nueva concepción teórica incluye a su vez trabajos de autores que a pesar de sus diferencias comparten ciertos supuestos del todo contrarios a los que tradicionalmente han sostenido a la economía. De este modo, si para la ciencia económica las personas son seres racionales, maximizadores de su utilidad y con preferencias estables, y los mercados funcionan con autonomía respecto a otras instituciones sociales y políticas, la socioeconomía, por su parte, reconoce la abstracción que supone tratar de explicar nuestra conducta desde nociones de la motivación humana y de los mercados tan descontextualizadas y busca en otras ciencias sociales argumentos más realistas sobre las motivaciones y las instituciones, asumiendo así las dificultades propias de la multidisciplinariedad^. Pero si la figura de Etzioni es decisiva para el desarrollo de la socioeconomía como paradigma autónomo, su propuesta se construye sobre la aportación de otros autores como Karl Polanyi, Joseph Schumpeter o Gunnar Mjrrdal, que tienen el mérito de haber destacado la importancia que poseen para el análisis que explica los procesos económicos las dimensiones sociales o históricas que trascienden el reducido ámbito de los mercados. El pensamiento de Etzioni En The Moral Dimenssion (1988) Amitai Etzioni ofrece una alternativa teórica al paradigma de la economía neoclásica. La llamada socioeco-660 José María López de Pedro y Eduardo Lostao Boya nomía es una síntesis de elementos procedentes de la economía y de otras ciencias sociales con una moralidad basada en las obligaciones que el individuo ha de asumir respecto a la comunidad. La justificación y principal enemigo a combatir de la socioeconomía es el individualismo hedonista y racional que maneja la economía tradicional como noción de persona^. La economía neoclásica se ha resistido tradicionalmente a incorporar a sus planteamientos muchas de las ideas propuestas desde la rama de la ética con la que compartía campo de estudio, la ética de la actividad económica. El motivo para separar la economía de cualquier consideración moral era la creencia de los economistas en que la racionalidad y la búsqueda del propio interés en el nivel de la motivación individual conduce a resultados de eficiencia en los mercados; los economistas concluían así que las consideraciones morales podían interferir en la eficiencia de los mercados, lo que propiciaba su indiferencia hacia cualquier cuestión relativa a la implicación de la moralidad en la actividad económica^. Sin embargo, esta separación de la economía y la ética incide no sólo en los modos en que cada una de las ciencias se desenvuelve sino también en los tipos de comportamiento a que dan lugar. El carácter amoral de la economía pasa fácilmente a los procesos reales de toma de decisiones por la extensión de una racionalidad que es estrictamente económica a otras parcelas de la acción humana^ y, de este modo, la economía proporciona la justificación intelectual para la toma de decisiones económicas que se desentienden de cualquier consideración moral. De ahí la importancia de cuestionar los supuestos de la ciencia económica y con ellos su validez para describir y orientar los comportamientos mismos del hombre. En consecuencia, la economía neoclásica y socioeconómica han de partir de supuestos diferentes sobre la naturaleza humana, sus motivaciones y la racionalidad, para llegar por caminos que sólo en algunos tramos comparten a consecuencias y propuestas también diversas^. Así, mientras los economistas asumen que los individuos son racionales, hedonistas y libres, Etzioni afirma que la sociedad limita la autonomía de los individuos que están influidos en sus decisiones más por factores normativos y afectivos que por la maximización de la propia utilidad. La obra que Etzioni publica en 1996 con el título La nueva regla de oro representa la fórmula más elaborada de su pensamiento comimitario. Frente a la tesis que sostiene el carácter contractual de los vínculos humanos, esta obra no sólo reivindica la insustituible originalidad de la comunidad sino que reconoce la necesidad de lograr en cada sociedad un equilibrio entre autonomía y orden, combinando para ello «elementos de la tradición -^un orden basado en las virtudes-con elementos de la modernidad -una autonomía individual bien protegida-. Esto, a su vez, implica hallar un La filosofía moral y la propuesta de Amitai Etzioni en la... 661 equilibrio entre los derechos individuales universales y el bien común (que demasiado a menudo se ven como conceptos incompatibles), entre el yo y la comiuiidad, y, sobre todo, la manera de lograr y sostener ese equilibrio»^. De este modo, Etzioni ataca no sólo el liberalismo, que ve en la acción libre del individuo la justificación última del orden social, sino también la tesis inversa, que afirmaría la primacía de la sociedad sobre el individuo, porque considera que la relación entre orden y autonomía no debe realizarse por medio de la hipertrofia de una de las partes. Y esto significa que su concepción del orden y de la autonomía va a diferenciarse de las que respectivamente sostienen los partidarios del Estado y del individuo. Etzioni pretende plantear el discurso sociológico en un nuevo nivel, ahí donde individuo y orden adquieren nuevos significados, donde su realidad ha variado. No quiere un consenso entre individuo y Estado sino redefinir las categorías en discordia porque es consciente de la necesidad de un reordenamiento del mapa político: hoy los términos del debate no son las oposiciones entre individuo y Estado, sino las relaciones «entre el individuo y la comunidad, así como entre la libertad y el orden»^. Por tanto, la comunidad es para Etzioni la realidad social radical que contiene el sentido de ese equilibrio entre autonomía y orden y cuyos procesos deben centrar la atención del pensamiento sociopolítico. Ahora bien, con la noción de comunidad Etzioni no indica el surgimiento de una nueva realidad: con este término quiere nombrar y hacer visible una dimensión efectiva, y en todo tiempo imprescindible, de la vida social y política. Así, el propósito de Etzioni no es otro que revitalizar esta comunidad cuya ausencia hace imposible la vida del hombre en sociedad. Si este comunitarismo quiere situarse en un plano que no coincide con el de la lucha entre el individuo y el Estado, es porque piensa Etzioni que el equilibrio entre orden y autonomía es en último término la condición de posibilidad de ambos. La comunidad es para Etzioni la realidad de ese equilibrio y la garantía de los términos que armoniza, autonomía y orden. Una sociedad se puede sostener en la medida en que todavía pervive en ella algo de esta estabilidad, es decir, en la medida en que todavía es una comunidad. Etzioni no olvida que muchas sociedades han vivido fuera de este equilibrio, bien sumidas en un orden tan férreo que asfixiaba las libertades individuales, bien inmersas, como en nuestros días, en una espiral de individualismo creciente, pero piensa que cuando ocurre esto se somete este equilibrio a tal tensión que la sociedad se pone al borde del colapso. Se advierte entonces que la buena sociedad no está al alcance de cualquier combinación entre orden y autonomía, ya que existe entre ellas una relación simbiótica, en la que ambos elementos se potencian mutuamente, pero «si uno u otro elemento se intensifica más allá José María López de Pedro y Eduardo Lostao Boya de un nivel dado, el otro comienza a disminuir»^. Etzioni se refiere a esta relación como simbiosis inversa. Conviene ahora por tanto atender a los términos básicos de esta relación. La comprensión del individuo como sujeto que desde su libertad acude al pacto que origina lo social significa, en primer lugar, considerar que el término bien común es contradictorio, pues todos los fines son particulares y la sociedad se justifica por la posibilidad para el individuo de adquirir aquello que no está a su alcance sin a5mda. La referencia del individuo a cuantos le rodean no es un fin en sí mismo sino un medio, un rodeo táctico al servicio de un bien particular; en segundo lugar, significa que la existencia del individuo es independiente de todo contexto cultural y, en tercer lugar, que este individualismo abogará por una minimización radical del orden que le coarta. En el lado opuesto, los defensores del Estado parecen asumir esa misma tendencia egoísta en el hombre y piensan que el único modo de sostener el orden y proteger a los individuos más débiles es mediante la intervención del Estado en la vida pública y la regulación legislativa de los comportamientos individuales, acompañada de los métodos penales correspondientes. Dicho de otro modo, tanto quienes defienden el individualismo radical como quienes se cuentan del lado del Estado sostienen en último término, y esto es lo que le interesa destacar a Etzioni, el carácter secundario, derivado y relativo de los fines públicos. La autonomía y el orden concebidos de esta manera son contrarios y su relación es inversa, muy distinta de la mutua potenciación que afirma Etzioni a través de su relación de simbiosis. Cuando se piensa, como hacen los comunitaristas, que extraer al individuo del contexto particular en el que vive es una abstracción -^ya que se olvida la configuración cultural del sentido que para cada hombre tiene la realidad-la regulación y el orden no son obstáculos para la libertad sino precisamente aquello que la hace posible y, al mismo tiempo, como el ejercicio intersubjetivo de la libertad configura el orden, se puede decir que la acción de la libertad no es destructiva sobre el orden social. Por tanto, la relación entre orden y autonomía no es de contradicción sino simbiótica. Pues bien, para Etzioni el equilibrio entre orden y autonomía que define la comunidad, que a su vez es el corazón de lo social, es en gran medida una cuestión moral. Y hay que advertir que en la obra de Etzioni la palabra moral equivale prácticamente a la palabra cultura. La moral, en el sentido amplio de un conjunto de relatos sobre lo que nos parece bueno y malo, producidos por decantación histórica, asumidos y modificados por las generaciones de hombres respecto de las cuales podemos considerarnos, también en sentido amplio, herederos, es el orden social que posibilita la autonomía de sus miembros, por ser la urdimbre de significado en la que nacemos, que, además, interiorizamos, es decir, so-La filosofía moral y la propuesta de Amitai Etzioni en la... mos, y desde la cual es posible llegar voluntariamente a ser distintos. El comunitarismo de Etzioni está lejos de considerar el contexto social particular como un obstáculo a la libertad, o como un condicionamiento insuperable a la capacidad de comprensión de otras culturas. Sin cultura y orden no hay libertad himíiana. Es posible que «los individuos cuestionen un orden social dado, lo desafíen, se rebelen contra él o incluso que lo transformen, pero su punto de partida es un conjunto compartido de definiciones de lo que es correcto, en oposición a lo que es incorrecto»^^. Este conjunto de valores no le es extrínseco al sujeto, sino que lo constituyen y llegan a hacerlo libre hasta el punto de ser capaz de volverse contra ellos; por eso el movimiento que va del individuo a los valores se identifica con el acatamiento de la ley. Los miembros de una sociedad no están constreñidos por los valores sino comprometidos por ellos. Es así, que el orden social crea las condiciones del surgimiento y desarrollo de la autonomía individual, la cual revierte sobre el orden comprometiéndose en la realización de unos valores comunes, en la vertabración socioeconómica de la sociedad. La comunidad es esta trama moral en la que cualquier interpretación de la autonomía de espaldas al orden es una abstracción en el peor sentido del término, es decir, es una omisión de una característica esencial de la vida humana. En síntesis: «la comunidad se define mediante dos características: la primera, una oleada de relaciones cargadas de afecto entre im grupo de individuos, relaciones que a menudo se entrecruzan y se refuerzan recíprocamente (antes que meras cadenas de uno a otro o una cadena de relaciones individuales); la segunda, una cuota de compromiso con un conjunto de valores compartidos, normas y significados, así como con una historia y una identidad compartidas, esto es, es una palabra, con una cultura»^^. En este sentido, debe tenerse en cuenta que el marco del planteamiento de Etzioni es la realidad social de los Estados Unidos y su preocupación es la revitalización moral de la misma. Para Etzioni, entre la década de los 60 y la de los 90 tiene lugar una desestabilización moral, por la enorme acentuación del individualismo, que ha repercutido en el desmembramiento social y ahora da comienzo un proceso de regeneración de la vida social a la cabeza del cual se encuentra Estados Unidos. Se entiende entonces que las reflexiones de Etzioni sobre la comunidad son su personal contribución, en primer término, al proceso de regeneración de la sociedad norteamericana, que luego ha de extenderse al resto de las sociedades. Con miras a esta regeneración de la vida social, el impulso que pueden proporcionar las leyes y las políticas públicas no es nada despreciable, pero lo más importante es que las leyes «reflejen el cambio de valores»^^ de los individuos y la sociedad. Es decir, que el cumplimiento de los José María López de Pedro y Eduardo Lostao Boya valores no debe ser el resultado de un proceso coercitivo y extrínseco al individuo, sino moral. La comunidad de Etzioni es un entramado moral en el que la vigencia de los valores y con ellos del orden social no está en función de la ley sino en función de la obediencia voluntaria de sus miembros a dichos valores nacida de una responsabilidad libremente asumida. La sociedad no se sostiene por la ley, sino porque es comunidad, porque está sostenida por el respaldo moral de los que la componen. De este modo, el orden no debe basarse para Etzioni en los medios de coerción, como sucede en las sociedades totalitarias, ni en los procedimientos mercantiles propios de las sociedades libertarias, sino en medios normativos que tienen que ver con la educación, el consenso y, sobre todo, con lo que Etzioni denomina la voz moral de la comunidad. Esta voz moral de la comunidad viene a ser una forma de sabiduría adquirida por las comunidades a lo largo de generaciones y que se concreta en el reconocimiento de ciertas conductas como socialmente saludables. El contenido de este saber son para Etzioni el conjunto de los valores compartidos, que penetra en todo el entramado social a través de los vínculos afectivos y que los individuos interiorizan y responsablemente asumen: «La voz moral es la vía principal por la que los individuos y los grupos de una buena sociedad se estimulan entre sí para adherirse a la conducta que refleje los valores compartidos y a evitar la conducta que los ofenda o los infrinja»-"^^. Este saber moral sustenta el orden y la libertad; y es de ahí de donde ha de nacer el derecho, que es así «la continuación de la moral por otros medios»^^. Es claro entonces que el papel de la ley de cara a mantener la estabilidad social no se cumple porque regule extrínsecamente los comportamientos sino más bien porque encarna los fines comunes, porque es la expresión de los valores compartidos. Esta voz moral fue silenciada o suplantada por la denominada deliberación racional de los individualistas para articular los intereses privados de los sujetos libres y racionales que se supone que compom'an la sociedad. Esto, sin embargo, es para Etzioni una abstracción que se basa en supuestos altamente cuestionables como son la posibilidad de llevar a cabo debates sobre cuestiones procedimentales en las que no aparezcan cuestiones normativas, así como la independencia de los agentes en los procesos de decisión respecto de cualquier mediatización ajena a la pura deliberación racional, como ocurre en el parlamento, donde no se habla en nombre propio y lo que se dice depende de la proximidad de las elecciones o de las cámaras de televisióne^. La alternativa comunitaria a la deliberación racional son los diálogos morales que, en tanto que prolongación de la voz moral, persiguen la profundización en los valores compartidos y la corrección y adaptación de los procesos públicos que de ahí se deriven. La filosofía moral y la propuesta de Amitai Etzioni en la-Para Etzioni, la comunidad es siempre una comunidad de comunida-des^^. La sociedad no es un cuerpo homogéneo sino una comunidad que se compone de otros subgrupos o comunidades a los que pertenecen los individuos, los cuales, a su vez, no pertenecen a un único grupo. Esta naturaleza esencialmente plural de la comunidad es la razón por la que los valores voluntariamente compartidos han de limitarse a un conjunto que, siendo el núcleo compartido por todos, deje espacio a la diferencia entre individuos y grupos. Considera Etzioni que la diferencia no de suyo antisocial, que la comunidad es una realidad en la que la diferencia es solidaria de la identidad. Por eso, como ve bien Etzioni, es «enormemente necesario combinar ciertos principios universales con otros particulares para constituir una justificación normativa comunitaria completa»^^. Lo que Etzioni considera principios universales son los relativos a aquello que tras el análisis de la realidad social se ha revelado como su dimensión más profunda, o sea, la comunidad en tanto que equilibrio entre autonomía y orden. Pero estos dos pilares de la estructura esencial de la comunidad pueden ser protegidos y reforzados con eficacia mediante infinidad de desarrollos posibles. Digamos que ser en concreto quien se es es el único modo de ser alguien, pues cuando se trata del hombre, lo universal no está reñido con lo particular, sino que sólo se alcanza a través de lo particular. De este modo, cultural no es un predicado despectivo sino el modo necesario de cumplir lo universal en el hombre. En estricta coherencia con su argumentación teórica Etzioni señala los elementos que, a su juicio, deben conformar el marco social y político que fortalezca los valores nucleares de la comunidad. Así, resalta la urgencia de estimular una actitud de respeto, reconciliación y tolerancia -que no indiferencia-hacia los conciudadanos y la conveniencia de extender, por un lado, los diálogos morales a toda la sociedad y de promover, por otro, las lealtades estratificadas, es decir, los compromisos respecto de los distintos grupos con los que un individuo se relaciona en su vida ordinaria. La democracia debe funcionar en la sociedad como un valor nuclear y el compromiso con ella debe ser normativo y no procedimental. Además, debe estar contextualizada en otro grupo de valores compartidos, como es la constitución, que regula y orienta las relaciones entre las distintas comunidades al distinguir las decisiones que competen a cada una de ellas de aquellas que corresponden a la sociedad en general. La cuestión inesquivable para quien coloca la moral en el centro de su discurso parece ser la de la justificación de los valores que propugna y que en el caso de Etzioni son los valores nucleares, limitados y compartidos. En este punto Etzioni entiende que la justificación última de los va-José María López de Pedro y Eduardo Lostao Boya lores no depende del asentimiento global, ni siquiera de la opinion de la mayoría, pero reconoce que tanto la aprobación democrática de un valor corno su coherencia con el conjunto de valores nucleares que contextualizan la vida democrática de una sociedad son dos pasos importantes es esa dirección. A estos pasos debe seguir la extensión de los diálogos normativos en el plano intersocial y, posteriormente, la incardinación de estos diálogos en un contexto global. En este sentido, afirma Etzioni que los comunitaristas deben favorecer «el surgimiento transcultural de voces morales»-^^, de modo que la realidad de la comunidad de comunidades pueda adquirir un cariz progresivamente global. Para Etzioni, en último término, existen ciertos valores que se nos imponen por sí mismos, compulsivamente, entre los cuales se encuentran los dos que sirven de base a su paradigma moral comunitario: el orden moral y la autonomía en relación recíproca de equilibrio. De este modo, la justificación de las conductas debe implicar una relación no violenta con estas virtudes sociales básicas o fundamentales. En definitiva, para Etzioni la forma esencial de la comunidad consiste en el equilibrio entre autonomía y orden según una relación simbiótica inversa; y la nueva regla de oro que Etzioni propone es la traducción al imperativo de esta estructura: «La vieja regla de oro (en realidad, reglas, pues este precepto aparece en diversas culturas, aunque en versiones diferentes) contiene una tensión tácita entre lo que el yo querría hacer a los demás y lo que la regla de oro exige que reconozca como manera correcta de actuar. Y la vieja regla es meramente interpersonal. La nueva regla de oro que aquí se propone trata de reducir enormemente la distancia entre la manera de actuar que prefiere el yo y la virtuosa, a la vez que reconoce que es imposible eliminar esta fuente profunda de lucha social y personal. (...). Sostendré una nueva regla de oro que debe leerse así: respeta y defiende el orden moral de la sociedad de la misma manera que harías que la sociedad respetara y defendiera tu autonomía»•^^. Uno de los autores que más relevancia ha merecido en los últimos años dentro del pensamiento comunitarista es el fundador de la socioeconomía, Amitai Etzioni. A partir de su trabajo se ha ido desarrollando esta nueva disciplina que ha incorporado trabajos de autores que, a pesar de sus diferencias, comparten cierto propósito y ciertos supuestos que les hacen cuestionar de un modo radical la noción de persona que ha servido de base para la economía neoclásica. Así, frente al hombre racional. La filosofía moral y la propuesta de Amitai Etzioni en la. hedonista y de preferencias estables y frente a la autonomía de los mercados respecto a cualquier contexto social en que se ha sustentado la ciencia económica, el acierto de la socioeconomía ha consistido en reconocer la irrealidad de estos supuestos y en buscar en otras disciplinas sociales argumentos más realistas sobre las motivaciones y las instituciones humanas. De este modo, la socioeconomía y la economía neoclásica parten de supuestos diferentes sobre la naturaleza humana y los mercados para llegar a propuestas que también han de ser diferentes. Para Etzioni la comunidad es una realidad social que trasciende la tradicional oposición entre individuo y Estado que venía enfrentando a liberales y socialconservadores. Así, Etzioni pretende desarrollar su planteamiento en un nuevo nivel de discusión en el que los términos de la relación no sigan siendo aquéllos sino el individuo y la comunidad. El propósito de este plantearaiento es revitalizar esta comunidad, para lo que Etzioni propone el empleo de medios no coercitivos sino normativos que se despliegan, sobre todo, a través de la voz moral de la comunidad, que los individuos interiorizan mediante sus vínculos afectivos, y de los denominados diálogos morales, que permiten profundizar en el contenido de esos valores compartidos y adaptar los procesos públicos que de ellos se derivan. Para comprender la significación de este planteamiento es conveniente tener en cuanta que Etzioni lo enuncia con el propósito de dar un protagonismo perdido a la moral y la comunidad en una sociedad como es la de Estados Unidos, fuertemente castigada por hondas crisis de individualismo. Se puede decir que el principal enemigo de Etzioni y en general de la socioeconomía es ese individualismo que ha dominado en los últimos tiempos tanto a nivel de discusión teórica para diversas disciplinas -el derecho, la política o la economía, entre otras-como en el nivel de los comportamientos individuales. En su reivindicación de la comunidad, Etzioni afirma la necesidad de lograr un equilibrio entre autonomía y orden, mostrándose de este modo igualmente crítico frente a las tesis que defienden en la relación entre individuo y sociedad la primacía de cualquiera de los dos términos. Y éste es otro de los méritos de Etzioni, reconocer que la relación entre orden y autonomía no debe realizarse por medio de la hipertrofia de uno de los elementos ya que el equilibrio es la condición de posibilidad de ambos. Considera también acertadamente que el conjunto de valores no es extrínseco al sujeto sino que lo constituyen y posibilitan así su autonomía personal hasta el punto de hacerle capaz de criticarlos y renunciar a ellos. De este modo, el orden social no inhibe necesariamente la libertad individual sino que, por el contrario^ crea las condiciones para que ésta surja y se desarrolle. José María López de Pedro y Eduardo Lostao Boya No obstante, una cuestión siempre difícñ en cualquier teoría basada en los valores es la justificación que de éstos se hace. Etzioni no queda libre de esta discusión a pesar de que en La nueva regla de oro intente abordarla afirmando que algunos valores se imponen en cualquier caso -entre los que se encuentran el orden moral y la autonomía individual en su relación de equilibrio-y la necesidad de establecer diálogos normativos progresivamente globales. Notas Bibliografía reciente de Amitai Etzioni Basic Books, Nueva York. La filosofía moral y la propuesta de Amitai Etzioni en la.
El ensayo analiza la influencia del indigenismo en el nacionalismo mexicano. Plantea la existencia de una vertiente "íntima" del indigenismo que proyecta la presencia de una voz interior indígena en el seno de cada sujeto nacional. Describe las características y los efectos de esta voz íntima, sobre todo su gran capacidad interpelativa y des-estigmatizadora. El análisis se hace a través del examen de la vida y obra de Rosario Castellanos en los años 50, donde se percibe la escucha de esa voz interior. El ensayo sostiene que el giro de Castellanos hacia el nacionalismo indigenista tenía motivos tanto estéticos como políticos. PALABRAS CLAVE: Indigenismo, ideología nacional, interpelación, sujeto nacional, nacionalismo indigenista. Este trabajo comienza con una reflexión sobre una intersección frecuentemente examinada entre el indigenismo y el nacionalismo mexicano, una intersección donde el discurso sobre la estrecha relación entre los indígenas y los no indígenas contrasta con los discursos populistas de la autenticidad nacional.. Esto conlleva a explorar la convergencia a través de una investigación sobre la vida y el trabajo de Rosario Castellanos (1925Castellanos ( -1974)), novelista, poetisa, dramaturga y ensayista mexicana. I. El antropólogo Claudio Lomnitz, en un brillante estudio de la cultura mexicana sugiere que el predominio de los "cuentos íntimos" podría ser una reflexión del nacionalismo en decadencia. En una pieza original publicada en el año 2000, escribe, Corriente que prueba el reflejo del fastidio con las visiones épicas del nacionalismo revolucionario: hoy el mundo íntimo de Frida Khalo es de mayor interés que la grandielocuencia de Diego Rivera, aun cuando destila nacionalismo, como con las narrativas de Poniatowska and Monsiváis, crónicas íntimas son consumidas con más interés que la comprensiva épica nacional de Carlos Fuentes. Esta situación es sintomá-tica de la crisis del viejo nacionalismo: el deseo por la comunidad y el patrimonio continúa pero las definiciones del estado de aquellas comunidades son casi tan débiles como lo fueron en el siglo diecinueve (México Profundo 56). Sin discutir estas demandas sobre los cambios de corriente con sabor estético, esta visión de "viejo nacionalismo" y el género narrativo más asociado con éste, exige un escrutinio más separado. La relación Lomnitz afirma que entre la épica y los géneros íntimos esta principalmente uno de los antagonismos y es fraguada a lo largo de esta escala degenerativa: intimidad es lo que pasa una vez que las formas épicas se vuelven viejas y débiles. Esto sugiere que la intimidad es propia de un estado en ruinas, pero una ruina de la cual uno no debe lamentarse. Tal es el caso, al final de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, el estado que es personificado en un cacique, una ley en sí mismo, tranquilamente colapsa dentro de un montón de piedras 1. Parece que la imagen del estado revolucionario como austero aun siendo padre benevolente -"el estado papá", como lo dice el historiador Alan Knight-impone una finalidad particular aun sobre aquellos que son críticos de este estado y su propia imagen: el padre envejece, se debilita, y finalmente colapsa. Por décadas ahora, este teletipo antropomórfico del estado ha estado hecho coextensivo con una narrativa de liberación política, pero su escenario final es "México democrático". De este modo, a pesar de que Lomnitz no lo dice aquí explícitamente, hay, no obstante, una asociación implícita de intimidad, y la femenina, con la libertad de un estado excesivamente fuerte. Sin embargo, ¿cuánto verdaderamente marginal son estas regiones del nacionalismo revolucionario mexicano? Las voces y los cuerpos emblemáticos de Khalo y Poniatowska, injuriados, pequeños e infantiles cuando se comparan con las dominantes figuras de Rivera, Fuentes y el "estado papá", han estado investidos de cierto tipo de poder. Este poder es, en parte, uno de los que aumenta a aquellos quienes, ayudando a los débiles, benefician desde el retrato en contraste con ellos mismos que han envejecido. Pero es también el poder que aumenta, paradójicamente suficiente, a través de la atribución de la impotencia política de cierto tipo de gente, tal como las mujeres injuriadas, y mucho más importante para el nacionalismo indigenista, los indígenas. Siguiendo la narración de Wendy Brown, el cual extrae "On the Genealogy of Morals" de Nietzsche, uno puede decir que este poder aparece como el poder más fuerte, endurecido de la Verdad y Dios sobre el poder material. Verdad y Dios, siendo incorruptibles, son perfectamente los propios para reprochar el poder desde una posición aparentemente fuera de lugar. Un ejemplo paradigmático de la ley de este poder puede ser encontrado en el estilo político de Lázaro Cárdenas quien, como escribe la historiadora Majorie Becker, "fue el primer cabeza de estado desde el desamparado Maximiliano para escuchar a los campesinos sus problemas en detalles" (249). Escuchándolos, él los dotó de cierto poder sobre sí mismos, sentimental aunque nada profundo. En este sentido, él quería ser comprendido como también escuchado desde su compasivo corazón. El populismo contemporáneo mexicano, mientras tanto, ha revitalizado esta postura indigenista. El candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, en su autobiografía política, describe el despertar indigenista como uno de los momentos más importantes de su carrera. Explica que su trabajo en los años 70 con las comunidades indígenas Chontal en su estado natal Tabasco le condujo a saber que estas comunidades habían sido olvidadas por las autoridades del estado (Thompson). Cuando el Instituto Nacional Indigenista de México en Tabasco, el gobernador insistió en que no había necesidad para tal centro porque no había indios en su estado (López Obrador 27). López Obrador rectifica este error insistiendo en que los Chontales representan "la más íntima realidad de Tabasco" (citado en Thompson). La afirmación de López Obrador de esta íntima realidad indígena lo ayuda a construir una narrativa moral de la historia mexicana que muchos de nosotros construiríamos por sí mismos. No obstante, su apelación al público sugiere que esto expresa una importante experiencia del nacionalismo mexicano. Esto le permite a él distinguir entre la corrupción existente y el arrogante régimen oligarca y el régimen populista democrático y sensible al que él se uniría para ser electo. Un hijo de la nación bueno y sincero, él implica, que debe entrar a la más íntima realidad de la vida indígena como si estuviera entrando a su propia casa o a su propia alma, y escuchar las voces que viven allí. El trabajo del nacionalismo indigenista, el aglutinamiento ideológico transformando el nacionalismo mexicano revolucionario en una hegemonía política, puede ser entendido desde este punto de ventaja como un mecanismo del estado para aumentar el poder a través de escuchar a las pequeñas voces cuya virtud reside precisamente en su insignificante enfrentamiento frente al poderoso. El indigenismo atribuye la ineficacia política a aquellos quienes, en un tiempo u otro, se han levantado activamente contra el estado. Las energías políticas indomables por los momentos revolucionarios frecuentemente excedieron los objetivos de los líderes nacionalistas. Ellos generan cuerpos y palabras rebeldes los cuales deben subsecuentemente ser reincorporados y subordinados a una nueva configuración de poder. Para concluir esta reincorporación, el nacionalista indigenista inflexivo aunque en México se estableció identificación y luego naturalización de la existencia de ciertos atributos culturales indígenas que eventos recientes por si mismos defraudaron, atributos tales como quietud política, sufrimiento estoico, victimización pasiva e inocencia de poder. Esto exaltó la virtud tranquila de los indios, mientras desaparecía su insurgencia, y los nacionalismos alternativos alrededor de los cuales estas movilizaciones indígenas frecuentemente se unían, desde la memoria colectiva. "México no es una nación", declara un ESTELLE TARICA funcionario indigenista en 1940, porque sus indios carecen de un concepto de nación (Cruz Ramírez 40), esto a sólo veinte años después del zapatismo. Estos maneuvers discursivos intentaron contener las anteriores movilizaciones indigenistas, muchas de ellas fuertemente nacionalmente orientadas, afirmando temas indígenas enteramente fuera de lugar o marginal al curso del desarrollo nacional. La hegemonía populista construida por el nacionalismo no solamente proyecta una voz sin poder, también incorpora esta voz a sí mismo. Afirma la existencia de una pequeña voz en el coro de la nación, una voz olvidada a la que uno debe escuchar cuidadosamente como parte de una experiencia de identidad nacional 2. Antes de que se hablara de narraciones íntimas como aquellas que se levantaban desde abajo una vez que el estado no podía por más tiempo generar un monumento épico en su propia imagen; en vez de ver las narraciones íntimas como aquellas que han sido indomables de los fragmentos del cuerpo que una vez fue Pedro Páramo, yo sugeriría que los veamos como habilitando un modo particular de interpelación del estado, en la cual el poder del estado ha sido enmascarado como su opositor. La pose más seria para escuchar adoptada por los indígenas es un ejemplo de las "maneras diarias de formación del estado", para usar la frase acuñada por los historiadores Joseph y Nugent, una formación del estado la cual deriva su legitimidad a través de los discursos acerca de la vulnerabilidad e inocencia del coro de nacionales mismos. La contemporaneidad de López Obrador pasa a la "realidad más íntima" de Tabasco al extraer una tradición ideológica que se asocia con la verdad y la ineficacia de una esfera indígena interior, una que existe dentro de la nación y dentro de lo nacional en sí mismo. ¿Cómo explicar la apelación de este indigenismo íntimo, de pasar a un lugar interior indígena? Si entendemos esto como una ideología en el sentido entendido por Althusser, como "imaginario" a través de los cuales los individuos experimentan las condiciones de sus vidas y se vuelven sujetos, entonces ¿cómo contribuye esto a redefinir las mismas concepciones de los temas nacionales modernos? Me gustaría explorar estas situaciones considerando el caso de Rosario Castellanos. Ella fue considerada por muchos como ambas: una destacada pensadora feminista y una de las mejores escritoras indigenistas de su tiempo, a pesar de que éstas son etiquetas que Castellanos por sí misma resistió frecuentemente. Aquí discutiré cómo ella fue afectada por los discursos íntimos indigenistas y también se convirtió en alguien que producía estos discursos. Pero en resumen, una investigación de la vida y el trabajo de Castellanos demuestra cómo las ideologías indigenistas contrastan con los conceptos de percepción estética la práctica literaria. La vocación de Castellanos por el indigenismo emergió una tras otra con su vocación como una novelista y poeta, e influyó como ella entendía el significado de sus trabajos creativos y los tipos particulares del conocimiento moderno que hablan a través de ellos. En mi análisis de Castellanos, seguiré el estudio original de Jean Franco sobre las escritoras mexicanas, Mujeres Conspiradoras, e intentaré aquí "tramar" unos pocos elementos de la historia de la vida de Castellanos para enlazar su feminismo y desarrollo estético a su cruce elíptico por el territorio del nacionalismo indigenista. En 1957, Castellanos publicó su primera novela, una biografía indigenista titulada Balún Canán, un lugar Maya cuyo nombre significa Nueve Guardianes el cual se refiere al área alrededor de Comitán, el pueblo del hogar de Castellanos en Chiapas. La novela cuenta una historia que termina con la emergencia de una autora marginada y autónoma, una niña de siete años cuyas circunstancias guardan una rápida semejanza con el ser de Castellanos. Castellanos representó el nacimiento de un nuevo individuo en términos altamente ambivalentes. La voz singular del narrador en primera persona emerge como el punto final a una narrativa de pérdida, como si algo precioso hubiera nacido en medio de la tragedia. Castellanos tramó esta historia de pérdida y consolación tentativa en los difíciles años 30 en Chiapas. Balún Canán describe el impacto de la presidencia de Cárdenas en la clase de los hacendados como las familias más prominentes -incluyendo aquella narradora de siete años-sostenido con la fuerza del crecimiento de los sectores sociales antes subalternos, como los trabajadores indios mayas y la clase media local. Éstos ahora tienen el apoyo del gobierno federal, beneficiarios de su lucha para desvirtuar una medida de control política de las elites regionales y consolidar el estado-nación revolucionario a través de las políticas gubernamentales pro indios, como la institución de los programas de educación rural. Castellanos creció en una región cuya mayoría étnica era indígena, en una casa atendida por indígenas y durante un período de tiempo en el cual el indigenismo nacionalista era el pilar ideológico del régimen político mexicano. embargo, la narrativa de su infancia no envolvió necesariamente las representaciones indigenistas. Por el contrario, su primer texto autobiográfico de prosa, una historia de 1950 titulada "Primera revelación" no tiene tema indigenista discernible sea cual fuere. Poner en orden la casa de la misma oligarquía Comitán donde Balún Canán se desarrollaría y representando eventos similares de su vida, no obstante no hace mención de los indígenas, ni de los conflictos raciales de división de Chiapas, ni de las reformas sociales de la era Cárdenas. Entre la publicación de "Primera revelación" y el escrito de Balún Canán, un intervalo de cinco años, Castellanos creó un marco indigenista de su autobiografía. Realmente, la novela comienza con una voz indígena, escogida de la traducción al español del Libro Maya del Ayuntamiento. ¿Cómo llegó Castellanos a esta escogencia para comenzar la historia de vida que ella construyó con una voz india, y para establecer las relaciones interétnicas en su centro? Castellanos estaba en Europa cuando por primera vez narró su afecto a Chiapas a través del indigenismo. En 1950, antes de su partida al extranjero, habló con un sincero desprecio y con su propio disgusto de Chiapas, como evidenció repetidamente en sus cartas al filósofo mexicano Ricardo Guerra, su amante en aquel momento. Su desprecio por la negligencia provincial se extendió a los indígenas Chipanecos como también a los compatriotas más prósperos e integrados, cuyos intentos por apreciar "los avances de la civilización" tales como el cine y la rueda, a ella le parecían risibles. Sin embargo, una vez en Europa, se sorprendió con sus propios sentimientos de nostalgia por Chiapas y "el rancho" (noviembre 29, 1950, Cartas 85). El chorro de emoción creció mucho más con el encuentro en el Museo del Hombre en París, de objetos étnicos de Chiapas: "en una de las vitrinas de arte precolombino había lanzas y vestidos de los Lacandones y Chamelas y retratos de sus chozas". Y viéndolos escribe: "... yo quería llorar toda feliz y triste... Fíjese, ya no era siquiera México, cuyo recuerdo me es más o menos soportable. Esta "entraña" le habló a ella y ella escuchó su voz, se hace evidente si uno compara sus autobiografías desde antes y después de su año en Europa. En el ínterin, Castellanos aprendió a narrar la historia de su vida como un despertar indígena. El cambio de Castellanos hacia el indigenismo fue significativo a nivel personal y biográfico porque ocurrió en los meses siguientes a su regreso de Europa y de su decisión de volver a Chiapas, y la condujo eventualmente a su deseo de unir el Instituto Nacional Indigenista. Esto fue parte de la re-visión de su pasado familiar (Robles 152), porque le permitió ganar una perspectiva más distanciada de la historia de la familia en el preciso momento de regresar a su tierra ancestral. Esto le permitió regresar al lugar de su nacimiento sin asumir los derechos de éste, esto es, sin asumir su posición como propietaria de tierras y ranchera, una posición que ella retrató a través de la icónica figura de Doña Bárbara desde la cual ella conscientemente puso distancia. Regresando a Chiapas después de un año en España, Castellanos reflejó burlonamente sus experiencias sobre las tierras de su familia. En una carta a Guerra, le escribe: Yo era la mujer fuerte. Mi corazón, una roca inconmovible. Mis convicciones, mis proyectos, claros, constantes. Y además yo era una amazona capaz de soportar ocho o diez horas a caballo sin mostrar el menor signo de fatiga... Cuando me pongo a ver esto, ahora, me da risa. ¿De dónde saqué una imagen tan estrafalaria? Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, lo menos. Deberíamos estar sorprendidos que Castellanos se sentiría interpelada, de cualquier modo irónicamente, por esta particular imagen de feminidad. María Félix había protagonizado el rol de Doña Bárbara como diez años antes, en la superexitosa película mexicana de la versión de la novela de 1929 de Rómulo Gallegos. El giro indigenista de Castellanos tenía mucho que ver con la proyección de su imagen escondida, una que respondía a, entre otras cosas ciertas imágenes de la feminidad mexicana que su revivencia en Chiapas le recordó. La heroína de Gallegos se convirtió en un icono auténtico, asociado con un número de ideas que en un tiempo pudo ser considerado socialmente progresivo. Primero alrededor de esto estaba la idea de que las fuerzas primarias de la indigeneidad impiden la marcha hacia delante de la modernización del estado nación. Por indigeneidad, no quiero decir exactamente "indian ness" sino el complejo simbólico completo erigido por los intelectuales modernos que establecieron que la nacionalidad es una forma de nativismo, un ser nativo de la tierra, aún interpretado que ESTELLE TARICA la tierra como un sitio de barbarie que ejerce una fuerza negativa sobre sus habitantes. Ambos, la tierra y la gente que vive en ella deben ser domados y civilizados como si fueran propiamente nacionales. En los años 1950 en México, estas nociones fueron probablemente vistas por muchos intelectuales como raros y risibles. Sin embargo parecían haber resonado profundamente en una mujer quien había decidido solamente recientemente abandonar la cosmopolita Ciudad de México y Madrid por la provincia de Chiapas 3. La elaboración de la metáfora "civilización-barbarie" a comienzos del siglo veinte que animó la imagen de Doña Bárbara, informó las políticas nacionalistas revolucionarias mexicanas de manera que podrían haber afectado el propio entendimiento de Castellanos como un ciudadano mexicano. La hostilidad al conservacionismo provincial dominó las actitudes nacionalistas revolucionarias más distantes y lanzadas regiones de la federación, especialmente Chiapas. Las elites regionales habían sido puestas bajo control del gobierno de Cárdenas recientemente relativamente, después de una lucha cuyas armas principales, del lado nacionalista, fueron la reforma de la tierra, educación popular y el indigenismo en términos generales 4. No coincidencialmente, el primer centro regional del Instituto Nacional Indigenista (INI) se establecería en San Cristóbal de las Casas, el centro urbano colonial del estado. Castellanos trabajó allí en la mitad de los años cincuenta 5. La misión del INI de San Cristóbal envolvió no solamente el alzamiento de los indígenas, sino la intervención dentro del ejercicio diario de la hegemonía cultural del castellano antiguo. Ambos, indígenas y ladinos requerían civilización. Mientras tanto las mexicanas como una categoría estaban todavía sufriendo políticamente desde su asociación con las fuerzas "bárbaras" de la religiosidad militante, el legado de la guerra Cristero. En los años treinta las mujeres comenzaron a ser etiquetadas como supersticiosas y conservadoras por el gobierno, y de este modo una "torpe" influencia sobre la modernización de la nación, la historiadora Shirlene Soto apuntó que ellas fueron juzgadas antirrevolucionarias inherentemente 6. A las ciudadanas les fue negado el voto nacional hasta 1953, como un resultado directo de la guerra Cristero 7. En el umbral de las circunstancias históricas que rodearon la incorporación de la mujer como ciudadanas completas, las dudas tales como su capacidad para razonar, y la ansiedad acerca de la amenaza que la indigeneidad, en términos generales concebidos, podría colocar en cierta postura a la racionalización del proyecto Revolucionario, parece que la figura de Doña Bárbara señalada por la propia ambivalencia de Castellanos acerca de dónde ella encajaría en la batalla moral entre la civilización y la feminidad barbárica fueron para ejercitar ciertas formas de la economía de poder. En este contexto, no es sorprendente que Castellanos se desprendiera del rol de Doña Bárbara tan pronto como pudo. Ella decidió abandonar la máscara también como otros y "ser lo que ella en realidad era". Ella le escribió a Guerra acerca de esta "propia verdad", adoptando otra vez una su ironía característica: Un ser débil, sin ninguna madurez, en ningún sentido, voluble, inconstante porque no sabe lo que quiere ni lo que debe ni lo puede hacer. Que en un rancho debe estarse muy sentada en su casa mientras los hombres hacen las tareas de los hombres... Y que tiene derecho a dormir si quiere dormir, a escribir si lo necesita y a no entender nada del campo... Por eso me he decidido a ir yo personalmente y, por más trabajo que me cueste... desenmascararme (22 de diciembre de 1951, Cartas, 175-76). Castellanos hizo lo que Doña Bárbara se había negado a hacer, o ser incapaz de hacerlo por su testaruda naturaleza: regresó a la casa y emprendió el sendero de su propio desarrollo. Las reflexiones de Castellanos sobre la imagen de Doña Bárbara ponen de manifiesto una política cultural reaccionaria subrayando el progresivismo de los discursos nacionalistas. Sin embargo, Castellanos adoptó este símbolo cultural para sus propios propósitos. Sus palabras pueden ser leídas como parte de su intento por conseguir con esfuerzo un nuevo campo de la virtud femenina., uno en el cual la búsqueda personal de la mujer por la autenticidad sería significativa. Castellanos hizo de la domesticidad un instrumento para esa búsqueda. No la domesticidad del ama de casa consumidora que ella representaría con ambivalencia en los últimos años, sino una más anacronística por motivo de una labor doméstica fundada con virtudes morales especiales 8. Esta esfera doméstica virtuosa puede ser encontrada en su primer texto indi- genista, una colección de poemas publicados en Chiapas en 1952 y titulado El rescate del mundo. La colección se lee como un intento para salvarse ella, su provincia, y todas las fuerzas de la indigeneidad -humana y no humana-de las imputaciones del barbarismo. Los poemas en la colección construyen una profunda y benevolente imagen de los indígenas de la naturaleza tropical. Respeto y humildad caracterizan la actitud asumida por los poemas "I", quienes se arrodillan reverencialmente ante el mundo indígena y la campiña regional en su búsqueda por la civilización. En el poema "Una palmera", Castellanos se refiere al árbol de palma tropical como "señora de los vientos", la respiración del sonido -poesía por sí misma-ante quien ella ora: Desde el país oscuro de los hombres he venido, a mirarte, de rodillas. Castellanos aquí enlaza la poesía y la indigeneidad juntas. Ambos pertenecen a otro país más allá "del mundo oscuro de los hombres", un país iluminado al cual el autor repliega su búsqueda por otro modo de percepción. Muchos otros poemas en la colección también sitúan la voz poética como un estudiante respetable ante su profesor indígena. En "Lavanderas de Grijalva", la poetisa explota la metáfora de la purificación de la moral en la imagen de las lavanderas removiendo las manchas de la ropa, y pregunta cómo aprender su oficio como para purificarse a sí misma: "Mujeres de la espuma/y el ademán que limpia,/halladme un río hermoso/para lavar mis días (Obras 75). Hay muchos otros ejemplos también, pero no tengo tiempo de citarlos. Estos ejemplos de los escritos de Castellanos que datan desde los años justo antes a Balún Canán sugieren que su atracción por el indigenismo originó en parte su deseo por encontrar un hogar que pudiera legalmente llamar "civilizado". "Civilizado" no solamente en el sentido que significó Gallegos, como una condición de los valores sociales burgueses y un comportamiento personal estilo europeo opuesto a la indigeneidad salvaje, sino también, más importante, en el sentido consagrado por el Museo del Hombre detrás de las vidrieras: Una cultura intocable y preservada, ambas temporal y moralmente, de la alienación de la vida moderna. Nosotros somos más familiares con aquellas políticas nacionalistas indigenistas en las cuales se envolvía una postura política, despreciando a los indios con benevolencia, como si los ayudara a levantarse. Pero la perspectiva que Castellanos asumió en su reciente poesía los admira, como si necesitara de su ayuda para sí misma. Al hacerlo, les concede un tipo de autoridad moral, una que es similar a la autoridad que Cárdenas atribuyó a los indios cuando se sentaron a escucharlos. En estos escenarios del encuentro entre el México cosmopolita y el espacio indígena, el Indio representa una profunda inocencia de modernidad y el mundo cambiante. Pensando en la relación entre el ícono de Doña Bárbara y las imágenes de los indios en la poesía de Castellanos, sospecho que estamos viendo una substitución de un ícono de indigeneidad por otro. La malevolente, dominante, verbosidad de la fuerza de la naturaleza que es Doña Bárbara se vuelve la benigna, doméstica, terrenal y profunda espiritualidad de la lavandera Maya. El efecto de esta sustitución es divorciar la indigeneidad del salvajismo, indigeneidad entendida aquí, otra vez, como una conexión natural y determinista a las tierras regionales. De esta forma, Castellanos encontró una forma para escribir de una cuerda de conexión a su lugar de origen -Chiapas como "la mera entraña de uno"-en términos de un proceso de descubrimiento progresista y de mejoramiento moral de sí mismo, antes de que sucumbiera a una fuerza irracional. Ella encontró una forma para "indigenizarse", sin adoptar el rol de Doña Bárbara, la encarnación femenina de la indigeneidad peligrosa. Como resultado, ella fue capaz de distanciarse de la cultura que le inspiraba orgullo y le brindó un paso para estar más cerca de las políticas del nacionalismo revolucionario. El giro de Castellanos hacia el indigenismo fue una respuesta a la modernidad provincial de Chiapas, con su propia forma e historia distinta, y su propia posición generada como el heredero del legado colonial. Pero el despertar indigenista de Castellanos también fue interceptado con su desarrollo literario personal. Castellanos tomó la presencia indígena que ella encontró dentro de ella y la enlistó para servir una estética de la interioridad marginada que la llevó a estar más cerca de los escritores modernistas que ella amaba, desde Proust a Gorostiza. Ella integró el indigenismo a su sentido del enigma de la vida social, lo que ella refirió como "la no sincronía" del ser a la experiencia colectiva, lo que refleja la disparidad ESTELLE TARICA entre los mundos externos e internos, entre el ser y la experiencia social:... esta disparidad que podría ser quizás de la que Proust hablaba en sus libros... la medición del tiempo es totalmente otra a la que se mide y rige los fenómenos internos de sensibilidad y de expresión. Es por eso que nos asombra, y le decimos así, el hecho de que la vida y la obra sean tan no sincronizadas (en García Flores 7). Aquí, Castellanos niega su contemporaneidad con el mundo material, una negación que sería incorporada a su novela Balún Canán y que contribuyó a definir su narrador primario como una joven artista que se está haciendo. Hizo uso de estrategias modernistas de la narración en primera persona para crear un literario " YO " de presencia tenue, uno compuesto por su estatus liminal como un mediador entre los diferentes estratos de la experiencia diaria. Considerar la primera narración extensiva autobiográfica, en el comienzo de Balún Canán, el cual comunica ambos, la voz infantil del narrador también como su posición liminal: Soy una niña y tengo siete años. Y cuando me yergo puedo mirar de frente las rodillas de mi padre. Más arriba no. Me imagino que sigue creciendo como un gran árbol y y que en su rama más alta está agazapado un tigre diminuto. Mi madre es diferente. Sobre su pelo -tan negro, tan espeso, tan crespo-pasan los pájaros y les gusta y se quedan. Ciertos arbustos con las hojas carcomidas por los insectos; los pupitres manchados de tinta; mi hermano 9. El narrador autobiográfico de Balún Canán reconoce la distinción entre lo que ve y lo que ella imagina. Esta división revela una cierta organización cultural subyacente ubicando una visión creativa y un dominio estético contra la visión empírica y la ciencia (9). La bifurcación de la visión del narrador dentro de dos distintos registros, el visto y el imaginado, revela que ella existe en dos mundos simultáneamente: el mensurable, compartido mundo; y un mundo que ella puede ver solamente, uno formado para proyectar su propia imaginación creativa externa. El narrador de Castellanos es una figura para el escritor literario, un dramático bajón entre las percepciones empíricas e imaginativas del mundo objeto, sin embargo sin la pérdida de los términos su propio ser binario. Como el objeto Prousiano "no-sincronizado" Castellanos describe, el narrador en primera persona de Canán Balún afirma la existencia de un mundo subjetivo que es exclusivamente de ella, y la ubica en el límite entre aquel mundo y el mundo de la vida diaria y de los objetos materiales. En una escena del primer capítulo la niña expresa un deseo de tomar café exactamente como su nana, pero se dice que solamente los indios beben café. Gente blanca bebe leche. Esta máxima demuestra que cada día el racismo está sustentado por un tipo de percepción que no debe exceder un temor superficial del mundo: gente blanca bebe cosas blancas; gente oscura bebe cosas oscuras. En el curso de la novela, la niña narradora desarrollará su potencial imaginativo en una vista alternativa que reta la ideología de las relaciones oligárquicas. Ella adquirirá de este modo una cierta distancia social de los otros miembros de su familia. Esta propia marginalización ocurre bajo la tutela de su nana Maya. Otra escena de los primeros capítulos de la novela demuestra este proceso. La niña acompaña a su familia a las afueras de Comitán para ver a su hermano competir en un concurso de cometas. Allá, en una escena fuertemente reminiscente de Proust, ella conoce el viento, figurado aquí como un señor, una divinidad indígena. Ella entra a su casa reverencialmente, con sus ojos caídos: Nunca, hasta hoy, había yo venido a la casa de su libre albedrío. Y me quedo aquí, con los ojos bajos porque (la nana me lo ha dicho) es así como el respeto mira a lo que es grande (23). Con sus ojos caídos de acuerdo a la ley del viento, la niña extraña la victoria de su hermano en la competencia de cometas. A pesar de que ella es una tonta ante los ojos de su madre por esta transgresión, fue recompensada con la aprobación de su nana por haber reconocido uno de los nueve guardianes de su gente. Aquel guardián, el viento, valida una forma distinta de ver. La niña sabe del viento sin mirarlo, éste no puede ser visto directamente, aun cuando es fuertemente sentido. Representa otro modo de percepción, uno que Castellanos antes había unido a la práctica de la poesía misma, la cual la saca del "mundo oscuro del hombre" y la introduce a otro mundo. Esto contrasta totalmente con el mundo del castellano antiguo, de mariscales visibles dentro de un sistema de signos de identidad que solían patrullar las fronteras. En Balún Canán, el señor de los vientos Maya se convierte en una figura para una vista imaginativa. Esta vista es el signo de un "indigenismo íntimo" propiamente, un indigenismo fraguado en un aprendizaje interétnico a diferentes tipos de conocimientos El narrador de Castellanos separa esto de su nana para distanciarse de la formación de una clase racial opresiva y de la economía visual dominante de las diferencias sociales, pero también lo hizo Castellanos misma en los años antes de escribir Balún Canán. Esta vista especial posiciona al narrador en disparidad con su familia, tanto como lo acabó ella misma. La internalización del indigenismo de Castellanos de este modo tenía un efecto de liberación y habilitación. Su trayectoria señala las posibilidades de la propia transformación individual abierta por el nacionalismo indigenista. Pero también la hizo estar más cerca del nacionalismo indigenista revolucionario mexicano lleno de políticas, el cual exaltó a los Indios en el preciso momento que los contenía militarmente y los subordinó políticamente proyectando una imagen de su marginalidad y necesidad. El sendero de las mujeres para su propio descubrimiento las unió con la misión de la civilización del indigenismo. Diez años después de que Balún Canán fue publicada, Castellanos le dijo a un periodista que, escribiendo la novela, ella había llegado a una nueva conciencia social: Desde mi infancia, alterné con los indios. Después de adquirir una perspectiva, me di cuenta de cómo eran los indios y de lo que deberían ser. Me sentía en deuda, como individuo y como clase, con ellos. Esa deuda se me volvió consciente al redactar Balún Canán. Asumirla trajo como resultado otros libros y la actividad de dirigir el teatro guiñol en el centro que el Instituto (INI) mantiene en San Cristóbal (1967 entrevista, reproducida en B. Miller 136). Sus palabras están inspiradas en lo que sabemos acerca de los años que precedieron a Balún Canán. Primero que todo la narración de su infancia que se contacta con los indios no es tan sincera como parece; es el resultado de una cierta referencia de su autobiografía que ella adquirió después de sus viajes a Europa, Segundo, Castellanos habla aquí acerca de "adquirir una perspectiva" a través de escribir la novela, perspectiva en el singular, sin embargo la novela tiene múltiples perspectivas, derivando en parte de la construcción del narrador en primera persona como alguien que tiene los pies en dos mundos que no pueden ser reconciliados. Tercero, en este pasaje ella convierte la novela en un instrumento de un gran propósito, más bien un final en sí mismo, un movimiento que le permite a ella unir juntas su vocación literaria y su vocación indigenista en una sencilla narración de su propio desarrollo moral y progresista. Finalmente, ella propone su amistad a los Indios como una deuda que se propone pagar para civilizarlos, para el teatro de marionetas de INI fue uno didáctico que ofreció lecciones de higiene e historia nacional. Castellanos de este modo atribuyó a los Indios un tipo paradójico de autoridad, uno que no afirma su poder sino más bien su necesidad. El lenguaje de deuda se convierte en una excusa ideológica de mucho poder. Esto nos lleva a imaginar una negociación de clases, un intercambio o un contrato celebrado entre iguales. En efecto, para adoptar tal lenguaje, Castellanos tenía que imaginar la esclavitud de los indios a través de los siglos como un comodato. Transformar la esclavitud en un sacrificio y a los esclavos en prestamistas, este gesto reprime efectivamente el hecho de que los colonizados no podían disponer libremente de su voluntad. Pero esto es un gesto de hipocresía: irónicamente, el libre albedrío atribuido al indígena "prestamista" no es suficiente para hacer de él o de ella un ciudadano completo. La transacción entre Castellanos e indios, el préstamo que ellos le ofrecieron a ella, se lleva a cabo en un reino privado el cual el estado no reconoce como legítimo oficialmente. Recurrir repetidamente al interior del reino de la íntima conexión, Castellanos fue capaz de negar su contemporaneidad completa al materialismo de la modernidad cosmopolita manifestando no solamente su marginalidad con respecto al mundo del día a día, sino también un apego profundo a la idea de la marginalidad, le prueba a ella que los sujetos modernos, aunque están saturados por la razón instrumental, todavía no se vuelven máquinas, pero el apego a la marginalidad estética, crucial para desarrollar su autonomía, llegó al extremo de negar la contemporaneidad a los indios sin legarles su autonomía adjunta. munidad imaginada como madres de hombres nuevos y como guardianes de la vida privada, las cuales desde la Independencia en adelante fueron vistas cada vez más como un refugio desde este caos político". El género es "recodificado" efectivamente en este período, argumenta Franco, el cual resultó en "el labrarse un territorio de estabilidad y decencia doméstica" (una brecha generacional de esferas) (Plotting 81). Pero en el despertar de la Revolución, y especialmente en las guerras Cristero de los años 20 y 30, los ramales seglares del nacionalismo sin embargo, debilitaron severamente esta ideología de la domesticidad por las asociaciones de mujeres y los espacios de las mujeres -tal como el hogar o la escuela de las niñas-con el amenazador poder de las iglesia. Al final de Balún Canán y en un argumento similar a uno encontrado en Recuerdos del porvenir, de Garro, los hogares de las mujeres decentes se volvieron un frente en la guerra entre la Iglesia y el Estado. No más que un refugio de la esfera política pública, la esfera doméstica se vuelve cargada políticamente y recién importante; su inviolable moral es negada por el Estado y sus fronteras físicas violadas. La mujer doméstica no es más inocente porque está aislada del terreno quebradizo de la vida política; ella debe probarse a ella activamente una vez más que está apta para la vida civil quitándose el estigma del fanatismo y la superstición. 9 Yo extraje del argumento de Andreas Huyssen, en "Mass Culture as woman", concerniente a la formación de una esfera independiente de la creación estética en el siglo 19 en Europa. The opening excursus sobre lo que el narrador debe y no debe ver, no es presentado como señal al lector que este narrador de pequeña estatura la haceno muy confiable. Por el contrario, ella está extraordinariamente consciente acerca de los límites de su vista, localizando exactamente el punto donde su vista termina y su invento se hace cargo.
El objetivo que perseguimos al escribir este artículo, es demostrar cómo desde el cristianism.0 hubo siempre intentos por construir experiencias concretas de carácter comunitario, y cómo estas tuvieron como proyecto realizable y posible, o sea como utopía, las formas de vida de las primeras comunidades cristianas que describen los Hechos de los Apóstoles. Es especialmente interesante en ese sentido, analizar la raíz profundamente crítica a lo culturalmente predominante por parte de las diferentes experiencias comunitarias. Nuestra lectura será entonces desde las ciencias sociales, y más concretamente de lo que hemos definido en otra oportunidad como una visión socioeconómica-solidaria. 1, Las diferentes lecturas de lo comunitario Cuando empezamos a estudiar el feiióm.eno de las com.unidades religiosas, nos encontramos con usos diferentes de lo comunitario, según el contexto de nuestro objeto de estudio. Es así que entiendo pertinente marcar una distinción de acuerdo al tipo de mirada que hacemos desde las ciencias sociales, que a su vez es diferente al uso que se le da desde una lectura teológica-^. En el primer caso, las ciencias sociales hacen referencia a lo comunitario al menos desde dos puntos de vista muy distintos que llamaremos en esta ocasión, puntos de vista macro y micro social. El concepto de lo comunitario desde el punto de vista macro social ha tenido un amplio uso en el campo de las ciencias sociales, que llega has-Pablo Augusto Guerra Aragone ta nuestros tiempos^, y como no corresponde hacer una arqueología del término, preferimos mencionar la visión que acerca del fenómeno tenían dos clásicos de la sociología, Weber y Tonnies, para luego analizar sus repercusiones contemporáneas. En ambos clásicos, el concepto de comunidad surge como contrapartida del fenómeno más contemporáneo, racionalista y contractual que definían como sociedad. Dice Weber: «Llamamos comunidad a una relación social cuando y en la medida en que la actitud en la acción social -en el caso particular, por término medio o en el tipo puro-se inspira en el sentimiento subjetivo (afectivo o tradicional) de los partícipes de constituir un todo. Llamamos sociedad a una relación social cuando y en la medida en que la actitud en la acción social se inspira en una comprensión de intereses por motivos racionales (de fines o valores) o también en una unión de intereses con igual motivación»^. A continuación, precisa los tipos más puros en las relaciones de comunidad y sociedad. De esta forma, los tipos más puros de sociedad son: «a) el cambio estrictamente racional con arreglo a fines y libremente pactado en el mercado. Un compromiso real entre interesados contrapuestos que, sin embargo, se complementan; b) la unión libremente pactada y puramente dirigidas por determinados fines (Zweckverein), es decir, un acuerdo sobre una acción permanente, orientada en sus propósitos y medios por la persecución de los intereses objetivos (económicos u otros) de los miembros partícipes en ese acuerdo; c) la unión racionalmente motivada de los que comulgan en una misma creencia (gessinungsverein): la secta racional, en la medida en que prescinde del fomento de intereses emotivos y afectivos, y sólo quiere estar al servicio de la «tarea» objetiva (lo que ciertamente, en su tipo puro, ocurre sólo en casos muy especiales)». A diferencia de los diferentes tipos de comunidades, una de las características fundamentales de la actividad societaria racional es que tiene su escenario de socialización en el mercado'^. La comunidad, en tanto, expresa para Weber, fundamentos afectivos, emotivos y tradicionales. Es el caso de una cofradía religiosa, de una relación erótica, o incluso de una tropa unida por lazos de camaradería. La comunidad familiar, es sin embargo, quien mejor representa estas relaciones. Weber expresa, además, que las relaciones comunitarias, que dan lugar a valores afectivos, tiene lugar incluso entre las relaciones sociales. Lo inverso también es cierto, lo que -fiel a todo el pensamiento Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía Weberiano-da lugar a conceptos muy amplios que abarcan una inmensidad de posibles situaciones. Aún así, Weber luego señala que «la comunidad es normalmente por su sentido la contraposición radical de la lucha... por otro lado, las sociedades son con frecuencia únicamente meros compromisos entre intereses en pugna...». Notemos, a manera de crítica inicial, cómo más allá de las contribuciones notorias en la materia, esta tipología es de difícil aplicación para aquellas actividades económicas que se realizan con vínculos comunitarios, lo que lleva claramente también en este clásico, nuevamente al predominio del mercado de intercambios como paradigma y sistema que subsume las relaciones de tipo solidario. Por su lado, en el año 1919, el sociólogo alemán Ferdinand Tõnnies publica su obra máxima, «Gemeinschaft und Gesellschaft», de notable parecido en cuánto estilo literario, a los textos de su compatriota Max Weber. En su Introducción, luego de definir el objeto de estudio de su obra (las relaciones recíprocas), comienza a definir los términos que entendemos fundamentales en la historia del pensamiento sociológico, y particularmente importantes para nuestro objeto de estudio. Es así que señala: «la relación misma, y también la unión, se concibe, bien como vida real y orgánica -y entonces es esencia de la comunidad-, bien como formación ideal y mecánica-y entonces es el concepto de sociedad»^. Estos términos, señala luego el autor, presentan evidentes contradicciones. En ese sentido, señala que: «toda vida en conjunto, íntima, interior y exclusiva, deberá ser entendida, a nuestro parecer, como vida en comunidad. La sociedad es lo público, el mundo. Uno se encuentra en comunidad con los suyos desde el nacimiento, con todos los bienes y males a ello anejos. Se entra en sociedad como en lo extraño». Los argumentos se suceden. Así, la vida en el campo sintetizará para Tõnnies la vida comunitaria, más viva, auténtica y duradera. La sociedad, por su lado, producto de la cultura urbana de principios de siglo, se presenta como una vida pasajera y aparente. El primer capítulo de su obra, es titulado «Teoría de la Comunidad». Desarrolla allí las características de esta organización societaria, enraizada fundamentalmente en relaciones de carácter familiar. No obstante ello, distingue tres especies originarias de comunidad: de parentesco, de vecindad y de amistad. En todos estos casos está presente el concep-Pablo Augusto Guerra Aragone to de «consenso», entendido como la inclinación reciproca-común, unitiva, en cuanto voluntad propia de una comunidad. Es, de otra manera, la «fuerza y simpatía social especial que mantiene unidos a los hombres como miembros del conjunto». De esta forma, el consenso se plasma en las relaciones comunitarias como un acuerdo tácito acerca de los deberes y facultades de cada uno, de lo considerado bueno y malo, etc. De suerte que este tipo de relaciones no está fundado en los contratos, sino en el consenso. Notemos cómo Tonnies ya está identificando las diferencias notorias en el plano social que introdujo la lógica mercantil capitalista. Citando investigaciones contemporáneas a su obra, se refiere al régimen agrario hindú, donde se señala que los precios están sujetos a una tasa tradicional de la que no se podían apartar; lo que indica la sujeción de lo económico a los intereses sociales, tal como luego insistiría Polanyi. Estos clásicos darían pié algunas décadas después a la irrupción en las ciencias sociales de corrientes que insistirían en la necesidad de profundizar los mecanismos comunitarios por sobre los individualistas. En el plano de la historia de las ideas, este fin de siglo muestra en tal sentido un interesante debate académico entre liberales y comunitaristas; y justamente desde la Communitarian Network, fundada por el sociólogo Etzioni, surge un concepto diferente de lo comunitario que también conviene señalar, aunque más no sea brevemente. En su The Moral Dimension: Towards a New Economics^, de 1988, Etzioni desarrolla un complejo concepto de lo comunitario, siempre en el plano que hemos llamado macro social, que nos aproxima más bien a una entidad orgánica, a un «nosotros» de normas, valores y principios, que funcionaría como soporte privilegiado de toda acción individual. El individuo, de esta manera, depende relacionalmente de su medio, pero a diferencia de las concepciones totalitarias, existe una especie de tolerancia social, de donde emerge la importancia de lo consensual no solo en materia de derechos, sino también de deberes. En su último libro en la materia y continuando en esta línea, señalaría que el paradigma de lo comunitario implica entonces una delicada combinación de orden social y autonomía^. Los comunitaristas, de esta manera, se separan radicalmente de la concepción liberal acerca de los vínculos entre individuo y sociedad; existiendo de esta manera un notable acercamiento teórico con ideas que tuvieron mucha influencia en los ambientes católicos (aunque también entre los cristianos en general) europeos y latinoamericanos en los años de postguerra: nos referimos a las contribuciones fundamentalmente, entre otros, de Mounier y Maritain^. Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía Mounier, por ejemplo, sentenciaba en su Manifeste au Service du Personalisme de 1936, que el liberalismo había impuesto la visión de «un individuo abstracto, buen salvaje pacífico y paseante solitario, sin pasado, sin fiíturo, sin vínculos, sin carne, provisto de una libertad sin norte, ineficaz juguete embarazoso con el que no se debe dañar al vecino y que no se sabe como emplear si no es para rodearse de una red de reivindicaciones que le inmovilizan con mayor seguridad aún en su aislamiento. En tal mundo, las sociedades no son más que individuos agigantados, igualmente replegados sobre sí mismos, que encierran al individuo en un nuevo egoísmo y le consolidan en su suficiencia...»^. En el plano propositivo, y luego de repasar el valor de la Persona y los vínculos del yo-nosotros que retomaría luego Etzioni, comprueba la imposibilidad de fiíndar la comunidad esquivando la persona, de donde surge su concepto de comunidad personalista, o dicho de otra manera, una persona de personas. En íntima conexión con los planteos de los modernos comunitaristas continuaba señalando: «Si fiíese preciso dibujar su utopía, describiríamos a una comunidad en la que cada persona se realizaría en la totalidad de una vocación continua fecunda, y la comunión del conjunto sería una resultante viva de estos logros particulares. El lugar de cada uno sería, en ella, insustituible, al mismo tiempo que armonioso con el todo. El amor sería su vinculo primero, y no ninguna coacción, ningún interés económico o vital, ningún mecanismo extrínseco. Cada persona encontraría allí, en los valores comunes, trascendentes al lugar y al tiempo particular de cada uno, el vínculo que los religaría a todos»-'^^. su análisis propositivo, pleno de humanismo cristiano, en dos grandes pilares: el ideal democrático y el ideal comunitario. Este último, consiste fundamentalmente «en la idea de convivir compartiendo, por una consciente aceptación fraternal. Ese convivir y compartir, supone poner en común los derechos sobre muchas cosas, manejar, administrar, usar y gozar muchas cosas fraternalmente, sin tuyo ni mío»-*^-^. Recalca luego, que lo comunitario es básicamente un modo de relación entre personas, más que de relaciones con las cosas, en alusión al fenóraeno muy discutido en la década del sesenta sobre la propiedad, que en este caso prefiere el autor manejar sin dogmas, admitiendo la necesidad de una pluralidad de combinaciones posibles. De manera que lo que comparten estos autores al hacer mención a lo comunitario es una mirada «macro social» en el entendido que privilegian el conjunto de los atributos sociales, dirigiendo sus miradas a un proyecto de cambio más general («Sociedad Comunitaria» vs. «Sociedad Individualista», etc), ya sea de connotaciones conservadoras («vuelta al pasado», como sugiere por momentos Tonnies), ya sea de corte progresista, como claramente se presenta en los autores contemporáneos citados. Una segunda lectura de lo comunitario que nos servirá para entender el impacto de estas ideas en las prácticas religiosas, es la que se puede hacer desde una mirada más micro sociológica: nos referimos a la mirada privilegiada por las categorías de análisis de la socio-economía solidaria. Aquí lo comunitario adquiere nuevas características, entre las cuáles no se pueden dejar de lado las económicas. En tal sentido consideraremos técnicamente comunidad, a aquella unidad económica, que posee, gestiona, produce, distribuye, consume y acumula, de acuerdo a una lógica y racionalidad alternativa, donde lo común predomina sobre lo individual. Desde este punto de vista, las comunidades se constituyen en objeto preferencial para estudiar las economías alternativas, pues representan las experiencias de mayor radicalidad antimercantilistas (entendiendo al mercado en este caso, solo como el mercado hegemónico de intercambios, donde predomina la lógica del homo oeco-nom^icus). A diferencia de la lectura sociológica anterior, de carácter más macro social, ahora estamos en presencia de una lectura micro que incluye los ingredientes también microeconómicos. Desde este punto de vista no tiene sentido hablar de «sociedad comunitaria», sino más bien de «experiencias comunitarias» en lo social y económico^^. De alguna manera, esta nueva lectura es heredera de la anterior, pues las numerosas experiencias contemporáneas de comunidades suelen tomar en consideración el debate sociedad -comunidad; y liberalismo -comunitarismo. Es nuestra hipótesis además, que estas comunidades, organizadas y gestionadas de acuerdo a nuevos parámetros socioeconómicos, donde lo solidario se vuelve central, deben su éxito a un marco doctrinario especialmente fuerte que les da consistencia y fundamentalmente legitima lazos, valores y relaciones que en la cultura hegemónica son considerados anormales cuando no ridículos. En el caso de las comunidades religiosas, ese marco está dado por los idearios religiosos, de mayor perdurabilidad que los no religiosos, según se comprueba en el siguiente inventario de aproximadamente 250 experiencias comunitarias desde mediados del S. XIX a mediados del presente siglo^^: En el primer mundo, esta lectura de lo comunitario, ha dado lugar a numerosas experiencias que intentaron privilegiar las relaciones primarias sobre las secundarias, y se posicionaban críticamente frente al avance de la racionalidad mercantilista. En América Latina, por su lado, ha existido una continuidad histórica, más o menos «contaminada» que viene desde las comunidades indígenas, y que hoy en día nos siguen enseñando cómo es posible organizarse económicamente desde una posición más igualitaria, solidaria y humana. Finalmente, una tercer lectura que podemos hacer del fenómeno comunitario, y que debemos hacer en el marco del presente trabajo, viene propiamente desde la teología. Cuando se habla de la Iglesia como comunidad, evidentemente la noción macro y micro sociológica, está dejando su lugar a una nueva proposición. Lo comunitario aquí adquiere una connotación más de principio teórico, teológicamente vinculado por un lado, al hecho que todos somos hermanos e hijos del Padre, y por otro lado, al hecho que Dios eligió un Pueblo y no individuos aislados. El Concilio Vaticano II señala en ese sentido que «La vocación humana, en el plan de Dios, tiene un carácter esencialmente comunitario» (GS, 32). En la Conferencia de Medellín por su lado leemos: Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía pequeño, que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad. La comunidad cristiana de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto que es su expresión. Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarroUo»^^. c) Una tercer línea, en la que basaremos nuestro análisis en las próximas páginas, tiene que ver con una mayor radicalidad en el uso del término, que nos ubica en la dimensión socioeconómica-solidaria de lo comunitario: nos estamos refiriendo a la constitución de verdaderas comunidades integrales de vida, donde -a la luz de las primeras comunidades cristianas-se comparten las riquezas, se distribuye de acuerdo a las necesidades, se vive físicamente en un mismo lugar, y se practica una espiritualidad en común. De hecho, como veremos enseguida, intentaremos demostrar que han sido numerosas las corrientes dentro del cristianismo a lo largo de la historia, que han logrado articular la visión teológica a la socioeconómica solidaria, fomentando la creación de unidades integrales de carácter comunitario. Cristianismo, Comunidad y Utopía Entre los cristianos, la recurrencia a la vida de comunidades, de acuerdo a esta última noción, se remonta a los tiempos de los primeros apóstoles. En el Libro de los Hechos, se relata la vida comunitaria de los primeros agrupamientos de cristianos, donde se vislumbran algunos de los valores puestos en práctica: «Todos los creyentes vivían unidos y compartía?! todo cuanto tenían. Vendían sus bienes y propiedades y se repartían de acuerdo a lo que cada uno de ellos necesitaba. Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo y con un mismo espíritu y compartían el pan en sus casas, comiendo con alegría y sencillez» (Hech. Más adelante se anuncian otros elementos: «La multitud de los fieles tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común. Dios confirmaba con su poder el testimonio de los apóstoles respecto de la resurrección del Señor Jesús, y todos ellos vivían algo muy maravilloso. No había entre ellos ningún necesitado, porque todo los que tenían campos o Pablo Augusto Guerra Aragone casas las vendían y ponían el dinero a los pies de los apóstoles, quienes repartían a cada uno según sus necesidades» (Hech. Sin duda que estos pasajes son centrales para comprender la organización y desarrollo de posteriores comunidades cristianas, dejando material suficiente para establecer ciertas normas básicas: la residencia unitaria, la comunidad de bienes, el cumplimiento de los ritos religiosos con entusiasmo, el desprendimiento material, el predominio del don y de la redistribución, y un estilo de vida a la vez alegre y austero. Indudablemente estos valores e ingredientes marcarían a fuego los futuros experimentos comunitarios de base religiosa. Luego de la Paz de Constantino, la vida de comunidades da lugar a la organización eclesial por parroquias, lo que hace de la vida de Iglesia, un estilo más masificado y menos personalizado. El propio crecimiento además, iría de la mano de una mayor acumulación de riquezas, otro rasgo que la diferenciará de la Iglesia primitiva y al que intentarán retornar diversos movimientos. Justamente en el rescate de aquella personalización y vida simple presente en las primeras comunidades, y a la luz de los valores que irradiaban, se empiezan a fundar algunas experiencias comunitarias que tendrán una característica particular: el celibato de sus integrantes. La de mayor alcance en tal sentido, es la establecida por Benito de Nursia (480-547) en los alrededores de la montañosa Subiaco. En su Regla escrita hacia el 527, con la fundación de la abadía de Monte Cassino, San Benito describe las características y normas de la vida monacal. Con respecto a la propiedad señala lo siguiente: «Por encima de todo, éste vicio debe extirparse del Monasterio: nadie se atreva a dar o recibir cosa alguna sin permiso del abad, ni a poseer nada en propiedad, absolutamente nada...''Que todo sea común a todos", como está escrito, y''nadie diga o considere que algo es suyo"»^^. Sobre la distribución de los bienes, y en consonancia con los Hechos de los Apóstoles, también señala el Santo: «Como está escrito, "se distribuirá a cada uno según sus necesidades"»^^ Sobre la división del trabajo señala: «Los hermanos han de servirse mutuamente, y nadie será dispensado del servicio de la cocina, a no ser por enfermedad, o bien por estar ocupado en alguna cosa muy importante...»^^. Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía Al igual que en algunas de las más conocidas obras de la literatura utópica, y lo observado en los kibbutzim, parecería ser que el trabajo en la cocina es el menos valorado por el común de la gente, lo que obligó en su momento a San Benito, a señalar la necesidad de que todos pasaran por esta instancia. La obligatoriedad del trabajo menos agradable, es la solución más recurrente. Véase, por ejemplo, cómo Tomás Moro en su Utopía, señalaba que en la isla, el trabajo agrícola era obligatoriamente realizado por cada familia durante dos años. Pero volvamos a la Regla de San Benito: sobre el trato al prójimo valgan dos referencias. Con respecto a los enfermos se señala que «ante todo y sobre todo ha de cuidarse de los enfermos, de modo que se les sirva como a Cristo en persona...». Sobre los forasteros, por su lado, explica: «A todos los forasteros que se presenten, se les acogerá como a Cristo, ya que él un día ha de decir: "era forastero y me acogisteis". Y a todos se les tributará el honor correspondiente, sobre todo a los hermanos en la fe y a los peregrinos»"^^. Las comunidades monásticas han tenido no solo un gran peso en la conformación cultural de Europa^^, sino además, y especialmente en lo que respecta a nuestro trabajo, en lo concerniente a proyectos de vida alternativa. No debe llamarnos la atención en ese sentido que por un lado, el citado Moro haya experimentado por algunos años la vida monacal, y que el otro gran utopista del Renacimiento, Tomasso Campanella, en 1582 ingresara como fray Tommaso en el convento de Santo Domingo de Placanica, en Italia. Efectivamente, la vida monacal se puede considerar como un antecedente de las búsquedas de proyectos utópicos y alternativos. La idea de huir de un mundo insoportable, creando una nueva realidad, es algo que tienen en común los utopistas y los monásticos. Por otro lado, como señala el estudio de Frank Manuel, las imágenes monacales se repiten en diferentes utopías, caso de las de los citados autores, o incluso en La Nueva Atlântida de Bacon, etc. Ahora bien, la vida comunitaria de tipo monacal tiene antecedentes con respecto a la orden religiosa de Benito. En el marco del cristianismo, podemos remontarnos al caso de los eremitas cristianos (de eremos = desierto), constituyendo primero núcleos de ascetas dedicados a la oración en el desierto, y luego comunidades propiamente dichas a las orillas del Mar Rojo. También llamados cenobitas, los iniciados por San Antonio el 682 Grande (considerado por muchos el patriarca del monaquismo), derivan su nombre del griego (koinos bios), o sea, vida común. Nótese la evolución de los estilos de vida y de los términos utilizados: de un estilo de vida «solitario»^^, dedicado a la ascesis y contemplación (de donde se obtiene el nombre de monje, del griego monachos, o sea, solitario), pasamos a una etapa donde se siente la necesidad de la vida en común, lo que da lugar a la vida en conventos de tipo cenobita. Uno de sus discípulos, Pacomio, luego canonizado, fundaba en el año 320 la primera sociedad comunal enclaustrada, en la isla de Tabenna, sobre el Nilo. Con ello instituyó la primer regla monástica que se conserva por escrito (la santa koinonía), rescatándose la prohibición de la propiedad privada, la obligatoriedad del trabajo manual diario y de la oración en común. A la muerte de Pacomio ya existían nueve cenobios de varones y dos de mujeres, aunque llegaron también a existir conventos mixtos. Estas reglas que podemos catalogar como propias del monaquismo oriental, fueron especialmente divulgadas en occidente entre otros, por San Atanasio en Italia, y San Agustín de Hipona, en el Norte de Africa. Pronto empezarán a conformarse entonces, colonias de varones y mujeres que empezaban a llevar una vida común, de la mano de personajes como San Ambrosio, Rufino, San Jerónimo, San Paulino de Nola y otros^^. Será recién luego de esta ola primaria de fundaciones de conventos, que San Benito funda los suyos. En el Siglo XI, una nueva ola de fundaciones de comunidades conventuales se vinculará con la actividad y liturgia de los Cartujos (Orden fundada en 1084 por San Bruno) y de los Cistercienses (Orden fundada por San Roberto de Molesmes en el 1098); ésta última con el ánimo de volver a las raíces benedictinas, aparentemente distorsionadas por el gran poder acumulado por parte de los Monjes con el correr de los siglos, producto de su «mundanización» y mayor dependencia con respecto a los Señores Feudales. Este clima será propicio además, como veremos luego, a la proliferación de numerosos colectivos contestatarios, de base laica y popular. En lo concerniente a la vida monacal en otras culturas, digamos que en la cultura arábica, las comunidades monásticas se remontan al origen del islamismo y a las actividades de los Sufi. En efecto, los Sufi derviches se establecerían sobre todo a partir del Siglo IX, en comunidades monásticas llamadas tekkes o khanagahs. Más antigua es la tradición hindú por parte de los eremitas quienes se constituían también en comunidades religiosas (ashrams); o el monaquismo budista (sangha), de fundamental importancia en esta religión; o la posterior tradición monástica taoísta, que a diferencia de la budista (y de la cristiana), no exigía el celibato. Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía Pero volvamos al caso de la Iglesia Cristiana. Allí notamos en los primeros siglos de la Edad Media, una serie de cambios socioeconómicos y políticos que afectarían a las instituciones eclesiales y al pensamiento económico de los cristianos. La Edad Media se caracterizaría entre otras cosas, por el incremento del poder secular de los príncipes y su relación de dependencia con las jerarquías eclesiásticas, y por un fenómeno de desmoralización general que también afectaría a la iglesia, sumida en escándalos de simonía y nicolaísmo, y a sus jerarquías, donde no se salvaría la institución papaP^. Las diferencias empezaban a surgir, y con ellas, emergían movimientos de distinta índole, pero todos con gran participación de los laicos, donde se intentaba rescatar rasgos como el retorno al espíritu de pobreza y fraternidad de la iglesia primitiva, vida en común, literalismo evangélico, denuncia evangélica de las estructuras eclesiales, participación seglar en la gestión eclesial, aspiración a la libertad y responsabilidad, crítica a instituciones vigentes en la Iglesia, etc.^^ Indudablemente, como señala Chenu, en este marco, también se originaron varias de las consideradas entonces «herejías», entre las cuáles encontramos experiencias muy interesantes en materia económica alternativa, como veremos enseguida. Vale la pena detenernos en este contexto entonces, para señalar tres grandes tendencias de especial importancia para comprender el desarrollo de una nueva oleada de comunidades religiosas: el surgimiento de movimientos apocalípticos y liberadores; el desarrollo de diversos movimientos de base laica y popular; y el movimiento que podemos llamar monasteri al-crítico. Entre los primeros sin duda alguna" Joaquín de Fiore ha sido el de mayor resonancia. Gran impacto generó su libro Evangelio Eterno, publicado en París hacia el 1254. Allí explicaba que el mundo debía atravesar por tres etapas o estadios: la edad del Padre o de la Ley Antigua, ya terminada; la Edad del Hijo o de la Ley Nueva que inaugura Jesús; y la Edad del Espíritu Santo que comenzaría a operar, según sus cálculos, en el año 1260. En esta tercer edad, reinará el amor y la paz en el mundo, y todos se comportarán como monjes perfectos (Joaquín era monje cisterciense). Joaquín fallece en el año 1202, en un convento calabrês por él fundado. Años después es condenado por el Papa Alejandro IV y declarados sus textos como herejes. Ello no fue obstáculo para que sus seguidores, que los tuvo y muchos, fundamentalmente franciscanos, fueran reconocidos públicamente como espiritualistas. Estos se caracterizaron entre otras cosas, por el desprendimiento material, la vocación por construir una sociedad alternativa, y en algunos casos por la crítica a la jerarquía eclesiástica, lo que les valió la persecución e incluso la ejecución Pablo Augusto Guerra Aragone de algunos de sus miembros. El joaquinismo, a pesar de todo, cumplió un rol trascendente, entre otras cosas, en el establecimiento de experiencias utópicas (inspiradas en la Edad del Espíritu) en la Iglesia del Nuevo Mundo. También el joaquinismo inspiró movimientos heréticos como el de los Hermanos Apostólicos, que durante el Siglo XIII terminaron tomando las armas para sostener sus reivindicaciones contra la jerarquía eclesial y sus riquezas^^. En segundo lugar, debemos hacer referencia al surgimiento de diferentes movimientos laicales de base popular, y de importante contenido social. La llamada «reforma gregoriana»^^, abriría un nuevo campo de acción a los laicos, tal como fue el espíritu de las primeras comunidades. Entre los movimientos comunitarios que pudieron mantenerse dentro de la Iglesia, y en el marco de una ola de efervescencia por diversas experiencias de vida comunitaria, surgen las órdenes hospitalarias, dirigidas por laicos; una enorme cantidad de confraternidades que todavía hoy siguen teniendo un rol importante en el área del voluntariado en varios países europeos; surge una corriente de laicos y clérigos que rescataban el valor de la pobreza que recibe el nombre de patarinos; el caso de las comunidades de las beguinas en los Países Bajos, que vivían en común sin ser monjas y lograron trascender por sus obras de caridad y amplia cultura; la rama varonil de los begardos; los Hermanos y Hermanas de la Vida Común, fundadores de escuelas populares y casas en común; etc. En todos estos casos, si bien hubo persecución e incomprensión por parte de las jerarquías eclesiales, lograron conservarse pese a todo dentro de la Iglesia^^. Otro es el caso de movimientos que fueron conformando una teología distinta a la ortodoxa. Entre ellos merece especial atención el movimiento de los Cataros (del griego, katharos, "puro"). Su acción social contestativa y sus anhelos de perfección cristiana son visibles durante los siglos XI y XII, cuando por ejemplo, los habitantes de Milán, adheridos a esta «herejía» junto a otros cristianos a los que aludíamos recién, recibían peyorativamente el nombre de patarini, por su procedencia de Pataria, una calle de la ciudad muy frecuentada por grupos de vagabundos y menesterosos. Este movimiento de los patarines cobraría cierta importancia en el siglo XI, como movimiento reformista, enfatizando la acción de los laicos enfrentados a la corrupción del clero; aunque en él intervinieron importantes figuras de la jerarquía, caso de quien luego fuera el Papa Alejandro II. La radicalidad del movimiento, sin embargo, unido a sus dogmas dualistas y maniqueos que nos recuerda al primitivo gnosticismo, generó tendencias claramente anti-eclesiales, lo que llevaría a que la fracción de los albigenses (localizados al Sur de Francia), fuese condenada y perseguida Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía duramente por la Iglesia luego del Concilio III de Letrán. Sus anhelos de una sociedad e Iglesia diferente, inspirada en la vida apostólica de la Iglesia primitiva, sin embargo, quedarían presentes en la historia, y serían retomados entre otros, por las nuevas órdenes de los mendicantes. Otro antecedente a éstas, sin embargo, es el que se observa por parte del acaudalado Pedro Valdês, quien luego de «convertirse» y distribuir su fortuna, funda junto a otros clérigos de Lyon, el movimiento de los Valdenses, fuertemente inspirado en la espiritualidad de la pobreza, y que contaba entre sus principios, los vinculados al celibato, el ayuno y la propiedad en común. Señala el historiador García Villoslada que «este comerciante lugdunense, puede considerarse como un precursor del Poverello, hijo a su vez de un comerciante de Asís»^^. El clima de la época, por tanto, conduciría a la concreción de algunas órdenes mendicantes (Franciscanos, Dominicos, Carmelitas y Ermitaños de San Agustín) que pudieron mantenerse al amparo de la Iglesia Católica, a la vez que reivindicaban con su acción comunitaria, un estilo de vida divergente con respecto al que estaba emergiendo en el seno de las diferentes sociedades sobre finales de la larga Edad Media. En ese sentido, los siglos XII y XIII fueron testigos además, de un tercer movimiento, en este caso de dura crítica a la riqueza y fastuosidad en la que se encontraban los monasterios de la época, incluido Clunny que justamente se erigía en el Siglo IX para recuperar las reglas austeras de tiempo atrás. En ese sentido habíamos ya comentado la fundación de los Cartujos en el 1084 por parte de San Bruno, quien pronto se dedicaría con sus seguidores a una vida de oración, trabajo y penitencia. Dada la extrema rigidez de sus Reglas, se dice que ha sido la única Orden que no ha necesitado reformarse pues nunca se ha deformado. El otro caso es el de la Orden de los Cistercienses, fundada sobre fines del siglo XI por una serie de monjes benedictinos que se retiraron a la soledad del bosque Citeaux (de allí el nombre) para fundar una nueva abadía con nuevas reglas que pretendían retornar a la primitiva vida de simplicidad y austeridad. En el Siglo XVI y XVII, sin duda que el pensamiento comunitario dentro del cristianismo se vio reforzado por las literaturas utópicas que emergían del humanismo renacentista. Este género literario justamente surge como reacción a una sociedad más individualista y mercantiliza-da^^, a la vez que toma como referente el descubrimiento del Nuevo Mundo y las posibilidades de hacer posible con sus habitantes («no contaminados» con ese individualismo que ya reinaba en Europa), el sueño de una sociedad realmente justa que se perfilara como mojón de una etapa histórica cercana a lo que Joaquín de Fiore llamó la Edad del Espíritu 686 Pablo Augusto Guerra Aragone Santo, que tanta influencia tuviera entre los primeros misioneros en la Iglesia Indiana. Estos estudios utópicos, sin embargo, también generaron sospechas y en algunos casos ciertas posturas fueron tildadas de herejías. Podríamos en ese sentido detenernos en el caso de Campanella, quien precisamente fue uno de los autores acusado de herejía, al sostener diversas instituciones en su Ciudad del Sol, consideradas «anormales» por el establishment de la época. Véase, por ejemplo, cómo este monje dominico, defiende sus tesis de la comunidad de bienes. Campanella fue acusado en su momento de hereje, al negar -entre otras cosasque sea justa la propiedad individual de bienes. Campanella, sin embargo, recurre al Papa San Clemente, quien señalara en la Epístola 4^ citadas por Graciano en el Can.2, cuestión 1^. «Queridísimos: el uso de todas las cosas que hay en este mundo debía ser común; pero justamente uno se apropió esta cosa; el otro, la de más allá, etc.». Continúa señalando Campanella, que en el Génesis, Dios no entregó nada en propiedad, sino que todo lo dejó en común. «Lo mismo dice San Isidoro en el capítulo que trata del derecho natural; y afirma que los Apóstoles y todos los primeros cristianos vivieron de esa forma, como se echa de ver en San Lucas, San Clemente, Tertuliano, San Juan Crisóstomo, San Agustín, San Ambrosio, Filón, Orígenes, y otros. Este género de vida quedó luego limitado únicamente a los clérigos que vivían en comunidad, según atestiguan las personas citadas y además San Jerónúno, Próspero, el Papa Urbano y otros. Pero, hacia el año 470 y bajo el pontificado del Papa Simplicio, éste hizo que la Iglesia estableciera la propiedad de bienes, correspondiendo una parte al Obispo, otra al Templo, otra al Clero y otra a los pobres. Poco tiempo después, el Papa Gelasio y San Agustín se negaron a ordenar a los clérigos si antes no ponían en común todos sus bienes. Más tarde y para evitar la existencia de hipócritas que ocultaban sus bienes, se permitió, aunque no de buen grado, la propiedad individual. Por eso es una herejía condenar la vida en común o decir de ella que va en contra de la naturaleza. Antes al contrario, San Agustín opina que la supresión de la propiedad individual da lugar a un mayor esplendor. Por consiguiente, la comunidad de bienes es preferible, así en la presente vida como en la futura»^^. Continúan en su alegato, citas a San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Basilio, Santo Tomás, San Clemente, Cayetano, San León Papa, etc. Esos siglos fueron testigos también de la Reforma y Contra Reforma, y con ellos, como vimos, del surgimiento de numerosos colectivos que impul-saban estilos de vida alternativos. La influencia de los anabaptistas en este campo fue muy importante; y quizá la Guerra de los Campesinos sea el hecho histórico de mayor relieve. Buena parte de los anabaptistas y de los pietistas, sin embargo, deberían emigrar hacia los Estados Unidos, en lo que constituye otro hito en la historia de las comunas de bases religiosas. En ese sentido, la persecución de algunas sectas durante la Reforma protestante provocó una ola de movimientos emigratorios hacia los Estados Unidos de América. Estas tierras, libres de persecuciones de carácter religioso (al menos de la forma como se estaba desarrollando en Europa), serían testigo del florecimiento de diversas experiencias comunales. Las primeras en establecerse y en expandirse fueron comunas de cuáqueros y amish. Los Amish son una secta protestante de origen menonita. Entre sus rasgos más llamativos destaca la forma como han mantenido en el tiempo su propio y conservador modo de vida. Su economía se basa en el trabajo agrícola, alejándose de las influencias de la sociedad industrializada de hoy en día. El nombre de los Amish se lo deben al obispo menonita suizo Jakob Amman, quien en su momento luchó por mantener una estricta disciplina dentro de la Iglesia, so pena de excomunión. Durante el siglo XVIII, los amish fueron víctimas de persecuciones en toda Europa, por lo que se vieron forzados a emigrar a Pensilvânia, Estados Unidos. Sus descendientes reciben el nombre de Holandeses de Pensilvânia. La rama amish más conservadora recibe el nombre de Vieja Orden Amish. Se visten de un modo extremadamente sencillo, utilizando corchetes en vez de botones. Viajan en coches tirados por caballos en vez de utilizar vehículos, y todos los hombres adultos llevan barba. Los servicios religiosos se celebran en los hogares; el lavado de los pies se practica unido al servicio de la comunión; como forma de mantener la disciplina, todo aquel que no cumpla con ella es despreciado, y el matrimonio con personas extrañas a la comunidad está absolutamente condenado. Existen también otros grupos amish menos estrictos en cuanto a su disciplina, y están menos distanciados del resto del mundo. Todos comparten las prácticas de creyentes, o adultos, el bautismo y generalmente no toman parte de los asuntos civiles del país, tales como el votar, servir a las fuerzas armadas, y así sucesivamente. Es probable que el número total de miembros, según informa la Enciclopedia Encarta de 1998, no supere los 50.000. El otro grupo fuerte ha sido el de los Cuáqueros o Sociedad de los Amigos, que hunde raíces entre los anabaptistas y otros movimientos religiosos laicales como los vistos. Formalmente sus inicios se remontan al año 1647 cuando en torno al predicador inglés George Fox comenzó a di-Pablo Augusto Guerra Aragone fundirse la doctrina de «Cristo adentro». Desde entonces, sus seguidores se caracterizarán por cumplir al pié de la letra determinados mandatos bíblicos, y por el intento de emular al Cristo en sus hábitos de simplicidad. Integrando comunidades, otras características a destacar son la inexistencia de división sexual del trabajo, y la solidaridad entre sus miembros que más tarde se expandió al resto de la sociedad al punto de recibir en 1947 el Premio Nobel de la Paz por las labores desarrolladas en torno a los comités de Socorro Internacional. Finalmente, hubo otra serie de experiencias comunales a lo largo de los siglos XVIII y XIX. En 1735, Johann Conrad Beissel funda Efrata, una comunidad pietista en Pensilvânia, que sería antecedente de otras comunas pietistas que por su carácter célibe sólo durarán hasta 1786. En 1774 Ann Lee y sus Shakers (tembladores), ex cuáqueros, comienzan a fundar una serie de comunas en todo el país. Nuevamente el celibato, pero además la muerte de su líder, llevará a una reducción importante a partir de 1875. Los Shakers se han caracterizado, además de por sus danzas, por el especial gusto en la industria del mueble. Llama la atención en el estilo de vida de esta gente, su simplicidad que nos recuerda a los actuales movimientos por una «simplicidad voluntaria» que se multiplican sobre finales de este siglo. En este sentido, es ilustrativa la siguiente canción popular de la época, cantada por sus miembros: To bow and to bend we shan 't be asham' d, To turn, turn will be our delight "Till by turning, turning we come round right...^'^ En 1804 George Rapp comienza la fundación junto al resto de los rapistas, de sus «comunidades de igualdad», en Pensilvânia. En 1819 Joseph Baumler, de origen alemán, funda en Ohio las comunidades de los zoaristas. Entre sus miembros había muchos enfermos y pobres, lo que obligó a un esfuerzo comunitario y solidario que permitiera la supervivencia del grupo. La experiencia durará 80 años, y su disolución ocurrió cuando el enriquecimiento comunal llevó a los miembros a querer una división de bienes. Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía En 1841 Humphrey Noyes funda la comunidad de Oneida (hoy importante productora de acero), predicando la tesis teológica perfeccionista. Esta comunidad, sin embargo adquirió notoriedad por la práctica de una comunión total, ya sea de bienes, ya sea de amantes, por la vía de los «matrimonios agrupados». La oposición pública fue muy fuerte y su líder terminó entonces radicándose en Canadá. En 1842 Christian Metz y sus inspiracionistas fundan aldeas comunales en Buffalo, Nueva York y luego la conocida Amana Society, hoy importante cooperativa agrícola en el estado de lowa, con alrededor de 1.400 miembros. La lista de experiencias comunales religiosas que se establecieron en Estados Unidos luego de la Reforma podría ser interminable. Entre ellos, mencionemos finalmente a las hermandades moravia y bohemia, que han seguido teniendo una poderosa influencia en el pensamiento protestante en esta línea; y a los 20.000 hutteranos que todavía hoy se encuentran distribuidos en Norteamérica. Pablo Augusto Guerra Aragone socioeconómico, sino más bien se apoyaban en lo comunitario para defender una dinámica de trabajo que podría estimular una mejor evangelización. Un paso más allá ñie dado, sin embargo, por los grupos EAS y el Movimiento de los Focolares. Estos movimientos, además de basar su dinámica de trabajo en la composición de pequeñas comunidades de oración y evangelización, han sido promotores de experiencias alternativas de hacer economía. El Movimiento de los Focolares es fimdado por Chiara Lubich en Trento, en el año 1943. Actualmente, desde sus oficinas centrales en Roma, Lubich junto a un selecto grupo de mujeres y en menor grado de hombres, dirige con éxito a un movimiento actualmente difundido en 198 naciones, con 2.220.000 adhérentes. La espiritualidad, de claras connotaciones ecuménicas, esta compartida entre 50.000 cristianos de distintas denominaciones, entre ellos ortodoxos, anglicanos, luteranos; 30.000 fieles de otras religiones, entre ellos hebreos, musulmanes, budistas, induistas, y 73.000 personas que se declaran no religiosas. Inspirados en la Doctrina Social de la Iglesia, y meditando la Encíclica Centesimus Annus (1991) el Movimiento da un nuevo paso en el aspecto socioeconómico de su espiritualidad, subrayando el concepto de la comunión de bienes, que venían practicando desde sus orígenes, para dar lugar comenzada la década del noventa, a una serie de cindadelas donde pudieran operarse y vivenciarse la forma de vida de las primeras comunidades cristianas, practicando de esta manera la economía de comunión. Si bien la primer cindadela nace en Italia, la primera en incorporar la noción de economía de comunión surge en las afueras de San Pablo, luego de una visita que realizara a aquella ciudad, la fundadora del Movimiento, Chiara Lubich: «Pues bien, en estos días nació en la cindadela Araceli una idea: la de que tal vez Dios llama a nuestro Movimiento en Brasil, donde lo siguen 150 mil personas, a realizar la comunión de bienes, enriquecida por todos los principios de la doctrina social de la Iglesia, pero «globalmente», todo el Movimiento junto. Y pensamos que ese testimonio se podía llevar a la práctica concretamente comenzando por la ciudadela de Araceli»^^. Esto ha llevado a que el Gobierno brasileño otorgara a Chiara Lubich, la Orden Nacional de la Cruz del Sur, en Octubre de 1997; justamente en momentos que diversas Universidades de dicho país, empezaban a mostrar interés por la economía de comunión. Los antecedentes de esta «economía de la comunión» que estaba naciendo de forma tan práctica, se remontan a la fundación de la coopera-Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía 691 tiva «Loppiano Prima», situada en la cindadela internacional de Loppiano, Italia. La utopía del Movimiento, al arrancar con la experiencia, que hoy reúne otras catorce cindadelas en todo el mundo, consistía en recrear una ciudad moderna, con todo lo que la caracteriza, pero donde además se dé testimonio de la espiritualidad focolarina y de la comunidad de bienes. Continúa diciendo Chiara Lubich: «Nosotros hemos explicitado lo congenial que es a la vida cristiana la comunión de bienes... Si todo el mundo la actuara, no existirían más las desigualdades sociales, los pobres, los que sufren el hambre, los enfermos, los marginados»^^. El punto de partida sería Araceli, donde deberían convergir diferentes empresas, expresamente dirigidas y gestionadas de forma eficiente, donde «cada uno tenga la posibilidad de una participación propia»; y donde las utilidades deberían ser puestas en común, de forma que una parte se destine a los necesitados, otra a la «formación de hombres nuevos», y una tercera parte naturalmente para reinversión empresarial. Se daba de esta forma, al decir de Quartana, el primer paso de una comunión de bienes a una economía de comunión. Haciendo uso de nuestros conceptos socioeconómicos solidarios, podríamos decir que los Focolares empezaron a hacer economía alternativa y solidaria en el plano de la distribución (comunión de bienes), para pasar luego al plano de la producción (economía de comunión)con el proyecto de las cindadelas. Las comunidades cristianas comprometidas EAS, por su lado, son fundadas en Francia sobre fines de los años cincuenta. La diferencia con respecto a otra serie de movimientos, además de dinámicas de trabajo propias que no vienen al caso analizar, es que la propia constitución de pequeños grupos de trabajo pastoral, llevó a algunos a fundar en 1992, en México, el primer kibbutz cristiano del que se tenga referencia. Dejemos que lo explique uno de sus fundadores, el P. Antonio Hortelano: «EAS, Comunidades Cristianas Comprometidas, consciente de los graves problemas sociales de nuestro tiempo y de que para solucionarlos no basta ni el cambio de los individuos uno por uno, ni las reformas legislativas desde arriba, sino que es cada vez más necesario hacer experiencias concretas fuertes en plan piloto para formar lideres y ensayar cambios estructurales a nivel humano, se ha decidido a hacer una cadena de comunidades agropecuario-industriales en Iberoamérica y África. Y para ello se han inspirado los EAS en el kibbutz judío por ser la experiencia más fuerte y mejor lograda en su estilo...»^^. Hoy el Kibbutz tiene seis hectáreas y media, un área común de tres pisos donde viven sus integrantes y los invitados; zona de invernaderos altamente tecnologizadas, además de árboles frutales y espacio para algunas microempresas. Un dato interesante es que el tiempo de trabajo se distribuye entre lo productivo (recordemos que es una comunidad agro-industrial) y actividades de promoción social entre las poblaciones más desfavorecidas de la zona, lo que hace que el proyecto no sea cerrado como era la característica de las comunidades protestantes del Siglo XIX. Por cierto que al igual que en la experiencia Israeli, todos los ingresos se ponen en común y se distribuyen de acuerdo a las necesidades de cada uno, lo que convierte a esta comunidad en una experiencia realmente alternativa en el plano de la distribución. Lo comunitario y lo utópico han ido de la mano a lo largo de la historia del cristianismo. Iluminados por la radicalidad de las primeras comunidades cristianas, a lo largo de todos estos siglos, siempre han existido expresiones del cristianismo tentadas a hacer del Reino de Dios una utopía posible y concreta. Así lo demuestran las notables experiencias de economía alternativa que se fueron tejiendo a su interior, donde los lazos de solidaridad se constituyeron en factores dinamizadores de primer orden: desde las primitivas experiencias de vida cenobítica, pasando por la República de los Guaraníes, hasta llegar a las modernas comunidades cristianas; tenemos ejemplos y modelos que demuestran claramente cómo es posible hacer socioeconomía más allá de la lógica individualista, atomizada y racionalista instrumental que caracteriza el modelo de homo oeconomicus que pretende llevar adelante el neoliberalismo. Notas ^ El autor es sociólogo y el punto de vista que se usa aquí es el de las ciencias sociales. ^ De hecho, este material muí ti disciplinario sobre comunidades, producido al comienzo de un nuevo milenio es fiel testigo de tan rica historia. 3 CÍY, WEBER, M. Economía y Sociedad, México, FCE, 1969, cap. I, tomo I, p. 32. "^ Lamentablemente WEBER dejó inconcluso su capítulo sobre el mercado en la obra arriba citada. Algunas cosas, sin embargo, son especialmente útiles para nuestro repaso. El mercado a diferencia de las comunidades, por ejemplo, «que siempre suponen confi:*aternización personal, y casi siempre, parentesco de sangre, es, en sus raíces, extraño a toda confraternización». Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía Cristianismo y comunidades: La construcción de la utopía
¿Qué relación hay entre cooperativa y comunidad? Se trata de conceptos y realidades distintas aunque no tan distantes. En todo caso, esas relaciones son complejas y cabe abordarlas desde diversas perspectivas. Sin pretender agotar las vías de acceso a la cuestión, aquí ensayaremos tres. En primer lugar, la identidad cooperativa y la importancia que el propio movimiento cooperativo atribuye a la comunidad. A continuación, nos centraremos en los vínculos comunitarios y asociativos, y su imbricación empírica en las distintas modalidades de cooperación. Por último, se apuntará el problema de los valores y su fundamentación, como base de los retos a los que se enfrentan tanto el cooperativismo como el comunitarismo. El movimiento cooperativo y la preocupación por la comunidad Nacimiento y desarrollo del cooperativismo El movimiento cooperativo surge en un contexto particular: el de las grandes transformaciones sociales que tienen lugar durante el pasado siglo. Los cambios que lleva consigo el industrialismo, afectan de modo dramático a las condiciones de vida de los trabajadores: fragmentación y disolución de las comunidades tradicionales, desarraigo, miseria económica y moral, alienación en el trabajo, etc. Una respuesta a esos problemas viene dada por el movimiento cooperativo. El cooperativismo nace cuestionando la racionalidad economicista que está en la base del modelo capitalista: la idea del interés individual (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) Leonor Gómez Cabranes 698 como móvil principal de la actividad humana; una empresa orientada exclusivamente al beneficio económico, en la que el trabajo queda sometido al capital; la competencia como regla suprema del juego social; y, en último término, la concepción individualista del hombre^. Como afirma Aranzadi^, «las cooperativas nacieron de una reacción de la clase obrera contra los abusos del capitalismo. Los obreros encontraron su ñierza en la asociación». La que suele considerarse como la primera cooperativa moderna -la Sociedad de los Equitativos Pioneros de Rochdale, ftmdada en Inglaterra en 1844-propone explícitamente un modelo alternativo de organización de la sociedad. En el artículo primero de sus Estatutos se lee: «Desde el momento en que sea posible, esta sociedad emprenderá la organización de las fuerzas de la producción, de la distribución, de la educación y del gobierno, o dicho en otras palabras, el establecimiento de una colonia que se baste a sí misma y en la que se unirán los intereses, o bien prestará ayuda a otras sociedades para establecer colonias de esa clase»^. No se trata, pues, de una asociación con intereses meramente económicos: las preocupaciones morales y educativas están explícitamente presentes ya en la primera cooperativa. Como señala Lambert, «el movimiento cooperativo desde sus orígenes aspira a la transformación social del mundo y del hombre. Sus iniciadores están animados por preocupaciones morales, ven en la cooperación mucho más que la solución de un problema momentáneo y parcial, ven en ella una fórmula capaz de renovar el conjunto del sistema económico y social»'^. Esta peculiar síntesis de preocupación económica y social es quizá lo más original y originario del fenómeno cooperativo, lo que explica su permanente actualidad. Los Pioneros no inventan la fórmula, si bien son los primeros en ensayarla de manera eficaz. Antes que ellos, hay toda una serie de teóricos, que van de Owen a Blanc, considerados bien como padres del cooperativismo, bien como precursores del fenómeno, por haber trazado ya sus líneas fundamentales. Después de ellos, la historia de la cooperación está atravesada por dos grandes líneas, que corresponden a dos concepciones distintas del cooperativismo: por un lado, la «República cooperativa» de Gide; por otro, la propuesta de Fauquet de un «Sector cooperativo» específico. Siguiendo a los padres del cooperativismo, el sueño trazado por Gide en 1889 es la cooperativización global de la economía y, en último término, de la sociedad. Casi cincuenta años después, Fauquet intentará que la utopía de Gide se ubique en un «sector» económico específicamente Cooperativa y comunidad cooperativo, insertado entre los sectores público y capitalista de la economía moderna: esta «tercera vía» de la «economía social», dará lugar a lo que hoy conocemos como Tercer Sector. Hay quienes cuestionan la inclusión de las cooperativas dentro del Tercer Sector; la cuestión está en qué entendemos por Tercer Sector. Si es lo que está más allá de Mercado y Estado, el ámbito de la libre iniciativa con fines sociales -lo «privado-social»-, ahí las cooperativas son pioneras y tienen cabida de pleno derecho. Pero, tal afirmación reclama un esclarecimiento de la propia identidad cooperativa. La reflexión sobre la identidad cooperativa es una constante en este movimiento, donde la teoría y la práctica siempre se han entrelazado, en una suerte de mutua cooperación. Desde su creación en 1895, la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) detenta la autoridad dentro de este movimiento, para definir qué son las cooperativas, así como para establecer los principios en los que éstas deberían basarse. A través de Congresos y declaraciones, la ACI se propone la difícil tarea de recoger e integrar las diversas líneas tanto teóricas como prácticas del cooperativismo. La última declaración formal de esa identidad cooperativa por parte de la Alianza tuvo lugar en el Congreso conmemorativo de su centenario, celebrado en Manchester en 1995. Allí se puso de manifiesto el desarrollo del fenómeno a escala mundial en sus 150 años de existencia; la enorme variedad de tipos de cooperativas existentes, así como las diversas tradiciones de las que proceden^. El fenómeno cooperativo es complejo y plural, y -en cierto modoimposible de encasillar y cuantificar. Sin embargo, la ACI intenta preservar ese «marco compartido» en el que puedan reconocerse las cooperativas más diversas. Con ese fin, el Congreso de Manchester^ definió la cooperativa como: «una asociación autónoma de personas, que se unen voluntariamente para satisfacer sus necesidades y aspiraciones comunes -de tipo económico, social y cultural-, a través de una empresa cuya propiedad comparten y que controlan democráticamente» Es de destacar el hecho de que la cooperativa no se define como una empresa, sino como una asociación de personas que utilizan una empresa como medio para conseguir unos objetivos comunes. Según la Alianza, toda cooperativa debe basarse en una serie de principios: 1.° Pertenencia voluntaria y abierta 2.° Control democrático por parte de los miembros 3.° Participación económica de los miembros 4.° Autonomía e independencia respecto a los gobiernos 5.° Educación, formación e información 6.° Cooperación entre cooperativas 7.° Preocupación (o interés) por la comunidad 1.3. La preocupación por la comunidad El 7.° principio, ha venido a sumarse, a partir del Congreso de 1995, a los seis anteriores, ya clásicos; y, por su conexión con nuestro tema, nos detendremos brevemente en él. Se formula así: «Las cooperativas trabajarán por el desarrollo sostenible de sus comunidades, a través de políticas aprobadas por sus miembros»^. En el documento que sirvió como base de trabajo para riedactar la declaración sobre la identidad cooperativa se incluye un desarrollo de este principio: «Las cooperativas son organizaciones que existen primariamente para el beneficio de sus miembros. Por esta fuerte asociación con los miembros, a menudo en un específico espacio geográfico, con frecuencia las cooperativas están estrechamente unidas a sus comunidades. Tienen una especial responsabilidad de asegurar que el desarrollo de sus comunidades -económica, social y culturalmente-es sostenido. Ellas tienen la responsabilidad de trabajar firmemente por la protección medioambiental de estas comunidades. Queda al arbitrio de los miembros decidir en qué profundidad y de qué modos específicos una cooperativa debería hacer sus contribuciones a su comunidad. Esta es, sin embargo, una responsabilidad que los miembros no deberían intentar evadir»^ Aquí el concepto de comunidad se sitúa en un contexto actual, al asumir el movimiento cooperativo una preocupación generalizada en nuestra sociedad: el desarrollo sostenible. De hecho, este principio se formula por primera vez en 1995 y no aparece en declaraciones de años anteriores. Por otra parte, no faltan quienes lo interpretan como una vuelta a la tradición, en cuanto que «recupera el concepto de comunidad, que tuvo Cooperativa y comunidad una gran importancia en los inicios del movimiento cooperativo, y devuelve al cooperativismo algo que estuvo desde siempre en su punto de mira y que se resume perfectamente en la famosa frase de pensar globalmente y actuar localmente»^. Los principios tienen un carácter normativo, es decir, son propuestas de acción; pero, como consecuencia, también reflejan lo que constituye la práctica habitual de buena parte de estas entidades. Un estudio sobre casos de cooperativas excelentes europeas, señala -entre otras cosas-que se trata de «empresas que consideran la comunidad local como ámbito territorial prioritario de actuación, es decir, que están enraizadas en el medio y comprometidas con su desarrollo»^^. Si bien es cierto que existen cooperativas excelentes, que encarnan los principios formulados por la ACI, no es menos cierto que no todas las cooperativas observan estas normas en la práctica. En otro lugar, hemos mostrado cómo en algunas cooperativas la cultura oficial o ideal está lejos de coincidir con la cultura real o los valores «en uso»-' ^-' ^. La ACI sale al paso de lo que podría interpretarse como desviaciones de la norma, subrayando que los principios no constituyen un código de conducta rígido, sino que son guías que ayudan a las cooperativas a poner en práctica los valores de la cooperación; y son esos valores los que conforman -ahora sí-el núcleo de la identidad cooperativa. Como afirma Watkins, «los siete principios cooperativos enumerados por la ACI (...) en la medida en que son métodos, son medios y no fines en sí mismos. Derivan su validez de los fines que persiguen y de los valores sobre los que se sustenta la cooperación. Es un error que sólo añade confusión considerar la cooperación como un fin en sí mismo. La cooperación pertenece a la categoría de los métodos, técnicas y sistemas»-^^. La cooperación es un medio al servicio de otros fines y valores. En el Congreso de Manchester, la ACI ha vuelto a recordar esos valores clásicos del movimiento cooperativo: «Las cooperativas están basadas en los valores de auto-ayuda, auto-responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad. Siguiendo la tradición de sus fundadores, los miembros cooperativistas creen en los valores éticos de honestidad, transparencia, responsabilidad social, y cuidado de los otros»""^^. Resulta interesante la referencia a la «tradición de sus fundadores», elemento típicamente comunitario. Y es que la cooperativa es empresa, pero no sólo empresa -como dijimos al comentar la definición-; es aso-Leonor Gómez Cab rane s 702 dación, pero no sólo asociación: es más que empresa y asociación. Así lo afirma el documento base de la declaración sobre identidad cooperativa: «el valor de la solidaridad presta atención al hecho de que las cooperativas son más que meras asociaciones de individuos; son afirmaciones de fiíerza colectiva y responsabilidad mutua»"'^'^. Como vimos, dentro de la tradición de los ñmdadores resulta patente la idea de crear no simplemente organizaciones empresariales, sino «colonias que se basten a sí mismas». Esta misma concepción integral de la cooperativa, englobando al hombre completo -productor, consumidor, ciudadano, ser moral y ser social-estaba ya presente en las colonias que Owen fiando en Inglaterra -^y que sirvieron de inspiración a los pioneros de Rochdale-^^. También los falansterios de Fourier se constituyeron como comunidades^^. En todos los casos, sin embargo, está presente un elemento diferencial respecto a la comunidad tradicional: su carácter democrático y voluntario. Pero, se constituyan o no las cooperativas a modo de comunidadeses decir, con ese carácter integral de los comienzos-, lo que sí resulta patente es el arraigo comunitario del movimiento cooperativo, no sólo en sus orígenes, sino también en la actualidad. La ACI lo reconoce explícitamente al hablar del 7° principio-^^, y señala que, entre los valores éticos que definen la identidad cooperativa, algunos -como el de solidaridad-«emanan de las peculiares relaciones que las cooperativas tienen con sus comunidades»-^^. En uno de sus documentos oficiales más recientes, la ACJ-^^, pasa revista al panorama del cooperativismo mundial en sus estrechas relaciones con las comunidades en las que está arraigado: en el ámbito rural, donde las cooperativas agrarias «son bastiones de las comunidades rurales, en particular aportando estabilidad a los pequeños agricultores.»; y estrechamente ligadas a ellas, en muchos países, las financieras. Algo similar se puede decir de las cooperativas del mar. Por su parte, las cooperativas de viviendas, al fomentar la asunción de responsabilidades comunales impulsan la formación de comunidades. Y las de trabajadores, en muchos casos -el paradigma, en el ámbito industrial, es Mondragónhan contribuido tanto al fortalecimiento de comunidades previas, como a la generación de nuevos lazos comunitarios. En muchos de estos casos aparecen uno o varios de los que Tonnies llamó «pilares de la comunidad» -sangre, lugar (tierra) y espíritu; o parentesco, vecindad y amistad-; añadiendo que «los ligámenes comunitarios suelen interpretarse de manera más ajustada como amistad, comu-Cooperativa y comunidad nidad de espíritu y pensamiento basado en el trabajo u oficio común y por ende en creencias comunes.»^^ En síntesis, a lo largo de estos 150 años de historia del movimiento cooperativo, la comunidad tiene una presencia significativa; tanto en la teoría -desde los precursores a la formulación del T principio-, como en la práctica -debido al fuerte arraigo comunitario de la mayor parte de estas entidades. El entramado comunitario-asociativo de la cooperación Comunidad y asociación: el debate clásico El concepto de comunidad ocupa un lugar central en el pensamiento sociológico. Con distintas formulaciones, los clásicos afrontan el doble reto que la modernidad plantea a la sociología: «explicar las causas y las consecuencias del cambio acontecido y, a su vez, encontrar respuestas para la desintegración de las formas de vida tradicional»^-*^. En su obra Comunidad y asociación, Tonnies caracteriza mediante estos dos conceptos el cambio operado por la modernidad: mientras la comunidad es natural, la asociación se basa en la convención, por lo que «hay ligazón sólo mientras tiene lugar el intercambio o durante el tiempo que este intercambio continúa»^^. En la asociación, «según expresión de Adam Smith, "todo hombre (...) se convierte en cierta medida en un comerciante"»^^. A Durkheim le preocupa la desintegración social que supone el advenimiento de la sociedad moderna; pero, acierta a descubrir un nuevo tipo de ligamen social -la solidaridad orgánica-propio de la sociedad industrial. Para Weber, el proceso de racionalización -típico de la modernidad-lleva al extrañamiento del sujeto, al carácter anónimo e impersonal de las relaciones sociales; y consiguientemente, al repliegue en la privacidad. En los clásicos, la comunidad se refiere al grupo social estable y fuertemente cohesionado a partir de la interacción cara a cara, y en el que se crea un sólido sentimiento de pertenencia o conciencia de nosotros. Entre los rasgos esenciales de este tipo de grupos sociales, Nisbet señala una profunda ética de la solidaridad, y el hecho de que los seres humanos se inserten en él como personalidades plenas y no en sus roles u otros aspectos singulares^'^. Este esquema dualista favorece la contraposición de dos tipos ideales, y de ahí el discurso romántico-idealista de la comunidad perdida. Es este tipo de discurso el que está en la base del pensamiento utópico, tradición Leonor Gómez Cabranes 704 dentro de la que se inscriben buena parte de los teóricos del cooperativismo. La imagen de comunidad orgánica y universal se debe a que «el discurso de la pérdida mitifica el orden de seguridad del pasado percibiéndolo armónico y sin conflictos»^^. Pero, «la desaparición de la comunidad tradicional, aunque se viva con nostalgia es condición de libertad; sólo la modernidad, pese a sus problemas y paradojas la asegura con plenitud»26. Si bien comunidad y asociación pueden entenderse como realizaciones empíricas, también es posible otra lectura de este par de conceptos, que parece más ajustada a la realidad, y que el propio Tonnies ya apunta, cuando pasa de entenderlos como conceptos histérico-empíricos a entenderlos como conceptos tendencialmente analíticos^^. En esta perspectiva, es posible ver el continuo e incluso la complementariedad entre ambos conceptos en lugar del contraste y reconocer su presencia -en mayor o menor medida-en todo tejido social, pues también a través de las relaciones y de las asociaciones de carácter profesional o de tiempo libre se generan elementos comunitarios. Etzioni las llama «comunidades no geográficas» ya que «cumplen muchas de las ñmciones sociales y morales de las comunidades tradicionales»^^. Al entender el par comunidad-asociación como dimensiones analíticas del tejido social, es posible -como hace Donati^^-integrar la aportación de Tonnies dentro de una teoría relacional de la sociedad, que permite repensar las dos categorías como dos variantes de una concepción de la relación social. Desde este bagaje conceptual podemos acometer ahora el análisis de las distintas modalidades de cooperación como modalidades empíricas del mix comunidad-asociación. El panorama de la cooperación: entre comunidad y asociación Junto al intercambio, la competencia, el conflicto,... la cooperación es un proceso social tan universal y antiguo como la humanidad; incluso en muchas especies animales encontramos conductas instintivas de cooperación. En el hombre, la deliberación y libre decisión dan una dimensión nueva -humana, ética-a esas conductas de cooperación. La idea de maximizar los procesos de cooperación, minimizando los de competencia y conflicto, es un viejo sueño de la humanidad. La mutua ayuda es una práctica universal -sea a través de la familia, el clan, o las diversas agrupaciones-; en casi todas las culturas encontramos prácticas pre-cooperativas como el aprovechamiento colectivo de la tierra, del agua, la propiedad comunal o el trabajo asociado para algunas actividades agrarias. Sin embargo, para los teóricos del cooperativismo, «las cooperativas modernas ya no pueden ser consideradas como meras extensiones de los anteriores modelos históricos pre-cooperativos. Las cooperativas modernas son manifestaciones prácticas de una idea que tiene algo más de un siglo y cuyos rasgos son auto-gestión, auto-ayuda y auto-responsabilidad. Este tipo de cooperativa, que nació en el último siglo es (...) una síntesis ideal de libertad y cohesión»^^. Aunque los precursores y algunos teóricos del cooperativismo se inscriben en la corriente del pensamiento utópico, la propuesta cooperativa no reclama una vuelta nostálgica a comunidades de carácter tradicional, pues -desde el principio-las cooperativas introducen un elemento diferencial: la libre asociación y deliberación entre iguales, plasmada en la democracia. La cooperativa es, desde este punto de vista, un producto típicamente moderno. Pero, si bien el elemento asociativo -la voluntariedad y la democracia-es fundante, la propia cooperativa como asociación es un instrumento que se crea y mantiene para un fin ulterior: el servicio a sus miembros y a la comunidad en la que la cooperativa se inserta. Esta vocación comunitaria inscrita en la propia filosofía cooperativa, explica que, incluso aquellas cooperativas que nacen como meras asociaciones, generen formas de socialidad de carácter comunitario, conforme confieren vigencia a los valores cooperativos. El propio Tonnies se dio cuenta de esto; dice así al hablar de las cooperativas: «es evidente que bajo una forma adaptada a las condiciones de la asociación, se ha reavivado un principio de economía de tipo comunitario» que «puede convertirse en foco de cierta resurrección de la vida familiar y otras formas de comunidad mediante el mejor entendimiento de su significación y sus cualidades fundamentales»^^. Precisamente porque nace como alternativa al modelo capitalista, el cooperativismo despliega toda su originalidad en la sociedad industrial, mientras no suele suponer un contraste tan acusado en sociedades pre-industriales, rurales, donde existe una amplia base pre-cooperativa. Pero además de ser un producto típicamente moderno, las cooperativas son un fenómeno originariamente europeo, siendo exportadas a otros lugares por emigrantes europeos y gobiernos coloniales^^, aunque después hayan arraigado en esos nuevos países, especialmente al ser absorbidas por tradiciones pre-cooperativas^^, lo que explica que también fueran impulsadas por algunos gobiernos independentistas^'^. En América Latina, ambas modalidades -cooperativismo moderno y cooperación tradicional-se entrelazan, pero también mantienen su propia identidad^^. En el caso de algunas ciudades afì:*icanas, las cooperativas se han formado a partir de la base pre-cooperativa propia del sector informal^^. La razón última es que en muchas de estas pre-cooperativas ya estaban implícitos la mayor parte de los valores que ha hecho suyos el cooperativismo moderno. Sin embargo, especialmente en los países desarrollados, nos encontramos con el caso contrario: entidades que adoptan la fórmula legal de cooperativa, pero que no asumen los principios y valores del cooperativismo: son las «pseudocooperativas». Mientras en el mundo libre las pseudocooperativas suelen formarse por conveniencia (ventajas fiscales y crediticias), en regímenes totalitarios o intervencionistas lo hacen bajo presiones gubernamentales. En ambos casos, carecen del espíritu cooperativista, pues si el mero afán de lucro resulta insuficiente para cohesionar de modo duradero a un grupo humano, la autonomía es un principio vital para el desarrollo de las cooperativas. «Se da por hecho que las sociedades cooperativas lo son; es decir, cumplen los principios cooperativos. Pero, nada más lejos de la realidad: no es posible establecer cuál es su número, y de éstas, tampoco cuáles los cumplen. Por el contrario, es posible, al menos llegar a pensar, que haya empresas que sin estar revestidas bajo la fórmula de sociedad cooperativa lo sean en la realidad»^^. Es decir, que ni son todas las que están, ni están todas las que son. En efecto, en las antípodas del pseudocooperativismo, encontramos nuevas modalidades de cooperación que, sin llamarse cooperativas, ni serlo legalmente, lo son de hecho, al guiarse por valores similares. No se trata de casos aislados. Un informe de la OIT, referido a Latinoamérica, señala que «es significativa la presencia de modalidades empresariales que se rigen por principios análogos a las cooperativas aunque tienen otro nombre»^^, como las ferias de consumo familiar, asociaciones de microempresas, y empresas de carácter comunitario o solidario, que evaden la denominación de «cooperativa» precisamente para preservar uno de los valores del cooperativismo: la autonomía respecto a toda presión o ingerencia gubernamental. También en los llamados países desarrollados, donde las relaciones Estado-sociedad han sido reformuladas, emergen nuevas experiencias que algunos engloban bajo las expresiones «economía social» o «Tercer Sector». La expresión «economía social» «se utiliza menos para referirse a las cooperativas tradicionales que a las nuevas cooperativas y a las empre-Cooperativa y comunidad sas asociativas que llamamos empresas colectivas y alternativas. Dicho de otro modo, la expresión sirve sobre todo para designar a las empresas que pretenden compaginar los imperativos económicos y los imperativos sociales, y que se apoyan sobre todo en el dinamismo de las colectividades locales y por lo tanto, en una participación de los ciudadanos o incluso de los trabajadores directamente implicados»^^. La persistencia de modelos pre-cooperativos y la proliferación de modelos para y neo-cooperativos -todos ellos coexistentes-, viene a demostrar la vitalidad del fenómeno de la cooperación, que escapa a todo encasillamiento -por supuesto legal, pero incluso de denominación-. En cualquier caso, es interesante constatar que las cooperativas genuínas (tengan o no esa fórmula jurídica) suelen nacer en un humus de vínculos comunitarios, de solidaridades primarias, donde están implícitos -entre otros-los valores básicos de la cooperación, lo que podríamos llamar la cultura cooperativa. En cada uno de estos fenómenos, las dimensiones comunitaria y asociativa se imbrican en un mix empírico peculiar. Se trata, en efecto, de dos dimensiones inseparables en todo tejido social vivo, de modo que la hipertrofia de una de las dimensiones conlleva la atrofia de la otra. En el caso de las cooperativas: -Si se hipertrofia la dimensión comunitaria o normativa, se perjudica la dimensión empresarial de la cooperativa, que precisa de un margen de maniobra para la innovación y el riesgo. Sería preciso reforzar los principios de voluntariedad y democracia; y el de cooperación entre cooperativas, que proyecta a la cooperativa a un plano que trasciende su entorno local, sin desarraigarla. Efectividad, fuerza financiera, pensar estratégicamente: son algunos consejos de la ACI para las cooperativas de cara al futuro inmediato. -Pero, si es la dimensión asociativa o instrumental la que se antepone, el peligro es mayor; se cae en el pseudocooperativismo, que bajo una figura jurídica ventajosa, sólo persigue el lucro individual, perdiéndose de vista los principios de autonomía, educación, y preocupación por la comunidad. Como ya advirtió Tonnies, ese principio vital capaz de dar vida a la comunidad, «se encuentra en la idea de la producción cooperadora, siempre y cuando ésta sea capaz de protegerse a sí misma de caer en el mero negocio»40. Leonor Gómez Cabranes El camino recorrido por los paradigmas de organización y gestión empresarial puede entenderse como un progresivo desvelamiento de la dimensión comunitaria: desde el descubrimiento de los grupos informales por parte de Elton Mayo, hasta la emergencia de los estudios de cultura organizativa y la actual preocupación por la ética empresarial. Entre los retos que plantea la sociedad post-industrial, la reestructuración global de la economía reclama organizaciones post-burocráticas, que posibiliten el aprendizaje continuo. Esto sólo es posible con trabajadores creativos, flexibles y polivalentes, pero sobre todo capaces de trabajar en equipo, de implicarse en un proyecto compartido. Simultáneamente, es necesario que exista un proyecto compartido, capaz de cohesionar. Entre los conceptos que introduce la teoría de la calidad total, están los de cliente interno; gestón participativa; participación de los socios externos o proveedores: no se trata de meras etiquetas, sino que «es una verdadera cultura que nos exige nuevos valores (...) que curiosamente coinciden con los del proyecto cooperativo (...): "responsabilidad, solidaridad, reparto y continuidad"»'*^. En ese sentido, podría decirse que la cultura cooperativa constituye una ventaja competitiva para estas empresas: «cuando tanto se habla de la ética empresarial, cuando tanto se habla de la importancia de la formación, cuanto tanto se habla de la implicación y participación del trabajador, cuando tanto se habla de la potenciación de procesos cooperativos, en fin cuando tanto se habla de un nuevo modelo de gestionar la empresa en un mercado cada vez más dinámico, las cooperativas llevan implícitos una gran parte de esos planteamientos y además, dentro de un cuerpo teórico que compone una ética empresarial basada en los principios cooperativos, que hunde sus raíces en la preocupación por luchar por una sociedad más equitativa y solidaria»^^. Esto es así en la medida en que esa cultura cooperativa es real y no meramente oficial, es decir, en la medida en que los valores cooperativos están vigentes en el día a día de la cooperativa. Pero, quizá esto" sólo sea posible allí donde la libre cooperación de las personas en un proyecto compartido, emerge del tejido comunitario y crea nuevas formas de tejido comunitario: «Las cooperativas ofrecen una comunidad de pertenencia, la implicación de las personas en un proyecto que es, a la vez, algo propio y algo compartido. Además, las estrategias de desarrollo de las cooperativas se establecen a nivel local y no en centros de decisión alejados Cooperativa y comunidad lo que fortalece los tejidos industriales locales, pues son iniciativas que surgen de las mismas comunidades naturales en estrecha relación con su entorno geográfico y social. Por todo ello, la cooperativa se vislumbra como una fórmula empresarial adecuada para la consecución de un desarrollo económico, social y humano sostenido»^^. Quizá es esa permanente validez de lo originario lo que explica por qué los nuevos paradigmas organizativos vuelven a descubrir ahora lo que hace un siglo el cooperativismo re-descubrió y reformulo de manera peculiar. Como se apuntó más arriba, frente a la propuesta individualista de la tradición liberal racionalista, tanto el cooperativismo como el comunitarismo democrático apuestan por los valores compartidos, por la cultura. Ya hemos visto el planteamiento del cooperativismo por lo que se refiere a la cultura. En cuanto al comunitarismo, es el propio Etzioni quien la incluye como uno de los elementos clave de su definición de comunidad: «La comunidad se define mediante dos características: la primera, una oleada de relaciones cargadas de afecto entre un grupo de individuos, relaciones que a menudo se entrecruzan y se refuerzan recíprocamente (antes que meras relaciones de uno a otro o una cadena de relaciones individuales); la segunda, una cuota de compromiso con un conjunto de valores compartidos, normas y significados, así como una historia y una identidad compartidas, esto es, en una palabra, con una cultura»^^. El reto, en las sociedades complejas y diversificadas, es lograr un tipo de comunidad donde se equilibren la unidad y la diversidad, ya que no se trata de volver a la comunidad tradicional*^^. Por eso, el moderno comunitarismo se autoadjetiva «democrático», para evitar que comunidad y cultura puedan interpretarse en clave de homogeneidad y totalidad, lo que haría de cada cultura particular un todo aislado y cerrado en sí mismo. Asegurada la participación democrática, el debate con el liberalismo individualista viene a plantearse en los siguientes términos^^: -En la tradición liberal racionalista, el sujeto se entiende como individuo autónomo, miembro de una organización; las relaciones de carácter contractual tienen un significado enteramente instrumental; el Estado habrá de asegurar la igualdad de esos individuos homogeneizados (política de la igualdad del universalismo Leonor Gómez Cahranes 710 racionalista), sus derechos. Es la extrapolación de la lógica del mercado a todo tipo de relación social. -Mientras que en la tradición comunitarista, la clave del sujeto está en su pertenencia a una determinada comunidad, entendida como una red de relaciones y de cuidado recíprocos. Cada comunidad tiene su identidad propia y diferente a otras (política de la diferencia); y lo importante es su participación para el logro de un consenso en el que cada uno pueda reconocerse e identificarse con los demás (derechos, sí; pero también responsabilidades). A mayor heterogeneidad, más débil es la integración social. La diversidad remite a la necesidad de un marco compartido: la cuestión es qué tipo de marco, si débil-procedimental -como propone el individualismo-o fuerte-sustancial -como quiere el comunitarismo-"^^. Es el dilema entre la democracia como valor o como procedimiento. El comunitarismo propone «una concepción más rica de la democracia que la que resulta de la simple suma de votos»^^, se trata de llegar a un consenso creativo, a través del diálogo, de la participación activa y habitual. El tipo de diálogo social que propone el comunitarismo es un diálogo sobre cuestiones sustanciales, sobre convicciones, es decir, un diálogo moral, mediante el cual se formulan y reformulan los valores, de modo que lleguen a ser compartidos^^. Lo que el comunitarismo democrático plantea es que «moralidad y política no se pueden separar (...) porque el bien es la meta de la comunidad»^^. Paralelamente, el pensamiento cooperativo siempre ha sostenido que la economía no puede ser un mecanismo al margen de consideraciones sociales y morales (en este sentido, sostiene un planteamiento socioeconómico), porque está al servicio de las personas. Si Mercado y Estado son soluciones individualistas, el cooperativismo introduce una dimensión de Mundo Vital (social, comunitaria y, en último término, ética o moral) en la economía; y algo similar plantea el comunitarismo en la política. Pero, desde el momento en que tanto cooperativismo como comunitarismo comparten la preocupación por la ética, por la moral, se les plantea un reto similar: el problema de su fundamentación, en una sociedad multicultural. El propio Etzioni es consciente de este reto: «ni siquiera los diálogos de convicción proporcionan el criterio normativo último que se requiere. Lo que sigue faltando es una manera de determinar si los valores que una comunidad abraza y que van quedando a medida que el diálogo progresa, son virtuosos por algún otro criterio que el de ser el resultado de un diálogo»^^. Es necesario buscar algún criterio que trascienda el propio diálogo, porque atribuir «demasiada importancia al proceso (...) tiende a convertir nuestros juicios en tautológicos. Sigue pareciendo necesaria una fundamentación moral adicional»^^. En la medida en que el diálogo social es comunicación con sentido entre sujetos, quizá la fundamentación que buscamos es de carácter antropológico o metafuncional: como dice Donati, no es posible reducir todos los fenómenos sociales a la interpretación funcionalista -que va de Parsons a Luhmann-del par comunidad-asociación, sino que parece necesario reelaborar el concepto de naturaleza humana como fundamento de la sociedad, al menos de una sociedad propiamente humana.^^ Notas ^ «El capitahsmo industrial se apoyaba en la idea individualista de la libertad; tenía como motor la búsqueda egoísta de benefício; egoísmo que el mercado transformaría en altruismo» (ARANZADI, 40). ^ ARANZADI, 42; y señala como hecho significativo el que «las primeras cooperativas que se fundaron fueran principalmente de tejedores, ya que ellos habían sido las primeras víctimas de la revolución industrial» (ARANZADI, 43).
Una experiencia comunitarista y cooperativa La apuesta socieconómica de la alternativa comunitarista no se encuentra constituida sólo por sólidos argumentos filosóficos y económicos (Artal, Marugat, Pérez Adán, 1995). Existen realidades preexistentes a esta corriente teórica en el mundo empresarial que de alguna forman demuestran la viabilidad de alguno de los postulados comunitaristas. Una de ellas es la realidad de los kibbutz que siguen siendo uno de los principales motores del desarrollo económico Israeli^: aunque constituyen sólo un 3% de la población Israeli, producen el 40% de la agricultura y el 9% de productos industriales. Como afirma Gorroño (1985): Es difícil encontrar en el mundo otra forma de organización comunitaria, asentada además sobre una economía avanzada, que haya alcanzado un grado tan elevado de igualitarismo entre sus miembros. La legislación Israeli establece una elaborada definición del kibbutz, describiéndolo (Gorroño, 1985) como «sociedad cooperativa de desarrollo cuyos miembros viven en comunidad, organizada según los principios de propiedad colectiva de los bienes, del trabajo personal (rechazo de la mano de obra asalariada), de la igualdad y de la cooperación en los ámbitos de la producción» del consumo y de la educación». Sin embargo un kibbutz se diferencia de una cooperativa clásica en al menos tres rasgos que precisamente lo caracterizan como una empresa más comunitarista: mayor nivel de actividad colectivizada, ejercicio de una democracia más directa y un sistema de remuneración menos proporcional y más igualitario. Precisamente el objetivo de este trabajo es profundizar en estos aspectos. Así la estructura del trabajo viene articulada por los rasgos de caracter comunitarista de la experiencia kibbutziana: la primacía de la colectivización, el igualitarismo, la centralización en la atención de necesidades a sus componentes, la propensión a la democracia directa y el caracter abierto-cerrado. Por último, describiremos algunas limitaciones que muestran cierta distancia entre la utopía perseguida y la realidad alcanzada desde la óptica comunitarista. Para caracterizar esta realidad hemos utilizado dos fuentes de conocimiento: la bibliográfica, de la que hemos entresacado la mayor parte de la síntesis que a continuación presentamos y la experiencial, tuvimos la oportunidad de convivir durante un mes en un kibbutz hace unos años y realizamos diversas entrevistas a distintos componentes del mis-mo^. Ciertamente la lejanía vital de la experiencia no ha menoscabado la intensidad que supuso la misma y nos ha permitido contrastar nuestras impresiones y entrevistas realizadas a diversos miembros del mismo con los rasgos que se apuntan desde las fuentes bibliográficas más recientes. Primacía de la colectivización sobre la individualización en el sistema de asignación de derechos Los diversas formas cooperativas se distinguen por el nivel de actividad cooperativizada de su objeto empresarial: el trabajo -las de trabajo asociado-, el consumo bienes o servicios -las de consumo y las de crédito-, el aprovisionamiento -las de compras-o la transformación y comercialización -las de producción-entre otras. Sin embargo, en el kibbutz, tanto los factores productivos como los elementos constitutivos de la vida social, en su más amplia acepción (excepto los estrictamente personales) son susceptibles de ser colectivizados. La decisión sobre su disposición corresponde, no a la esfera individual, sino al conjunto de la comunidad. Por tanto existen reglas o pautas de comportamiento puestas en práctica en todos los kibbutzim, que configuran su personalidad colectiva, tanto en su vertiente de comunidad como en su faceta empresarial y que además constituyen el régimen de vida de sus habitantes. Como indica Kerem (1981) «el kibbutz asume la completa responsabilidad por todas las necesidades de sus miembros, hojas de afeitar y vivienda, cortinas y billetes para conciertos, servicios médicos completos y luna de miel, educación y asistencia financiera a dependientes fuera del kibbutz, plantas El kibbutz como experiencia comimitarista: relaciones básicas. para el jardín y viajes al extranjero. El nivel de los servicios depende, naturalmente, de la situación financiera de cada kibbutz. El denominador común de estos principios operativos, y su resultante global, es el fuerte grado de colectivización que implican. En síntesis, tales principios, cuyo conocimiento resulta necesario para comprender la auténtica personalidad del kibbutz son los siguientes: a) Propiedad nacional de la tierra: La tierra sobre la que se asienta el kibbutz, no pertenece nunca a sus miembros pertenece bien al Fondo Nacional Judío (en los comienzos de la colonización), bien al Estado de Israel (supuesto más frecuente en la actualidad)^. Complementariamente, también el agua es propiedad nacional, asignándose a cada kibbutz una cuantía anual disponible, que éste debe remunerar. b) Propiedad colectiva de todos los bienes: Tanto los bienes de producción (instalaciones industriales o agrícolas, maquinaria, utillaje, etc.), como todos los demás elementos materiales que integra el kibbutz (incluidas las viviendas asignadas a cada miembro) son propiedad de dicha institución. La única excepción la constituyen el mobiliario y el ajuar domestico^. Lógicamente, se encuentra abolida la institución de la herencia privada. Habitualmente, los bienes materiales de un miembro pasan a poder del kibbutz a su incorporación, siempre sobre una base voluntaria. En todo caso, tales propiedades personales quedan «congeladas» mientras su propietario mantenga la calidad de miembro, correspondiendo al kibbutz su usufructo. c) Régimen colectivo de trabajo: En el kibbutz, el trabajo tiene la consideración de «bien fundamental» y su desempeño se halla sujeto asimismo a régimen colectivo. Sobre la premisa de la disponibilidad total de los miembros corresponde al Secretario de Organización del Trabajo y, en último extremo, a la propia Asamblea General, la asignación de labores concretas, y su periodo de realización, a cada miembro. En concreto, el régimen de trabajo habitual en los kibbutzim se ajusta a las siguientes condiciones: abolición del salario^; jornada de 48 horas semanales; dedicación de un número determinado de horas a atender servicios comunes para todos sus componentes (puede suponer una jornada suplementaria mensual a cada miembro); derecho a un periodo vacacional anual comprendido entre 10 y 30 días naturales^; se siguen siste-Alfonso Carlos Morales Gutiérrez mas de jubilación progresiva y voluntaria^ en donde la antigüedad tiene gran importancia^. d) Régimen colectivista de la remuneración. Las cooperativas a sus socios se establece en función del factor o elemento puesto en común (trabajo, aprovisionamiento, etc.). Existe una proporcionalidad directa entre la cuantía y/o calidad de lo aportado por cada socio, y la remuneración ofrecida en compensación por la cooperativa, en forma de anticipos o retornos. En los kibbutzim, este principio se sustituye por la vieja aspiración religiosa, retomada por las utopías marxista y libertaria: «De cada cual según sus posibilidades; a cada cual según sus necesidades». Por tanto, el kibbutz debería asumir conforme a sus posibilidades económicas, la atención de todas las necesidades materiales y humanas (incluido el derecho a la cultura) del mismo, tanto en el presente como en el futuro, una vez cubiertas por el miembro sus obligaciones. e) Régimen colectivo de educación: La educación colectiva implica la residencia de los niños, agrupados por edades, en casas propias, fuera del domicilio de los padres, constituyendo una comunidad infantil organizada, en la que viven. En la elección de este sistema, implantado en los kibbutzim desde los orígenes, influyen elementos de caracter pragmático -^liberación de los padres, especialmente de la madre, para la realización de actividades productivas, sociales e intelectuales-, ideológico -los niños pertenecen básicamente a la comunidad, no son propiedad «privada» de sus padres-y también pedagógico -como forma de inculcar hábitos de cooperación y responsabilidad en los niños^-. No obstante esta práctica está siendo progresivamente abolida, siendo cada vez más los que abogan, y los kibbutzim que deciden, que los niños residan en el domicilio de sus padres. Pero la educación no concluye en el periodo juvenil. La mayor parte de los kibbutzim tienen establecida como norma la dedicación simultánea de un 7% de sus miembros a cursar estudios superiores, por el período acordado en cada caso. Estos estudios se realizan bien en instituciones formativas del movimiento kibbutziano, bien en el exterior. f) Servicios sociales colectivos. El kibbutz proporciona a sus residentes, siempre en régimen colectivo, una amplia gama de servicios sociales, que abarcan prácticamente todas las facetas de la vida humana. El comedor colectivo es mucho más que una simple «sala El kibbutz como experiencia comunitarista: relaciones básicas... de comida»: es el lugar de celebración (las Asambleas Generales semanales, las fiestas...), el marco de convivencia por excelencia, en definitiva, la expresión del igualitarismo perseguido por el kibbutz. La asignación de las viviendas se efectúa habitualmente siguiendo criterios de antigüedad^^. Además todos los miembros del kibbutz, en su calidad de afiliados a Histadrut, gozan del régimen de asistencia sanitaria ofrecido por Kupat Holim, aunque en bastantes kibbutzim existen servicios médicos propios, que complementan esa función. En lo relativo a la provisión de vestidos y otros objetos de uso personal, se observa una tendencia progresiva a la diversificación, partiendo de la uniformidad primitiva que asignaba productos idénticos a todos los miembros. Las posibilidades de elección se amplían conforme aumenta la capacidad económica de los kibbutzim, aún dentro de un régimen general de austeridad muy pronunciado. Énfasis en la democracia directa: la estructura corporativa formal e informal del kibbutz Una de las aportaciones máximas de las cooperativas, en relación a las sociedades capitalistas (privadas o de propiedad estatal), reside precisamente en haber incorporado al ámbito de la empresa los principios que rigen comúnmente en las democracias parlamentarias -un ciudadano, un voto-. No obstante la presión por la rapidez en la toma de decisiones va induciendo a que la participación se transforme en una «democracia delegada». El tipo de democracia aplicado en los kibbutzim trasciende estos principios puesto que su organización se fundamenta de manera preferente en la democracia directa. Como señalan M. Rosner y N. Cohén (1984) «todos aquellos órdenes que definen una verdadera democracia, no sólo no se realizan en el kibbutz sino que, por el contrario, son considerados regresivos, destructivos y en contraposición con la democracia en el kibbutz. En el kibbutz, un concepto tal como'reglamento estable, trato igualitario a cada miembro (trato mecánico), delegado del pueblo (asamblea electa), elecciones generales (plebiscito), voto secreto, ciudadanos que se organizan (grupos interesados)..., todos estos conceptos despiertan reacciones de oposición, se considera que afectan a la democracia dentro del kibbutz». De hecho la participación en los kibbutz presenta diferencias respecto al concepto de democracia liberal que generalmente todos suponemos. En el cuadro n°l se aportan dichas diferencias. Considerando estos principios la participación se canaliza a través de una serie órganos de gobierno. Los más importantes en un kibbutz son la Asamblea General y las diversas secretarías. A continuación describiremos algunas de sus características más relevantes. ha Asamblea General constituye el órgano máximo, expresión de la voluntad de sus miembros y tiene atribuidas, en general, competencias similares a las de una cooperativa, pudiendo tratar cualquier tema relativo a la vida económica y social del kibbutz. Se halla compuesta por todos los miembros del kibbutz, que ejercitan su soberanía bajo el principio igualitario de «una persona, un voto». Tanto la admisión como la pérdida de la condición de «haver» (miembro), competen a la Asamblea General del kibbutz. Con independencia del carácter amplio de sus deliberaciones, presenta determinadas particularidades que merecen ser destacadas: Sus reuniones, con carácter ampliamente generalizado, tienen una frecuencia semanal, lo que indica que las posibilidades de se-El kibbutz como experiencia comunitarista: relaciones básicas.. guimiento y participación de im. miembro en la evolución del kibbutz son, en principio, amplísimas^-^. ® En la Asamblea General pueden participar con voz y sin voto los restantes componentes del kibbutz (diferentes de los miembros). En efecto, en los kibbutzim, además de los «haverim», residen otros grupos de habitantes: candidatos, miembros, padres no miembros, residentes temporales•'^^ y jóvenes, habitualmente desasistidos o procedentes de medios sociales marginados, cuya educación le ha sido encomendada al kibbutz. Además, claro está, de los niños. • Para la mayor parte de los asuntos, incluso de trascendencia, y en contra de lo que pudiera esperarse, el voto, en bastantes kibbutzim, no es secreto, sino que se efectúa «a mano alzada». La lógica que apoya esta práctica de acuerdo con los principios de funcionamiento del kibbutz es obvia: si una decisión colectiva afecta a cada individuo, todo miembro tiene derecho a conocer la opinión de los restantes sobre el tema tratado. Se comprenderá la importancia de la «opinión colectiva», de la presión social, máxime teniendo en cuenta la dimensión media de los kibbutzim. nales de la Secretaría son habitualmente: el Secretario económico^^, el Secretario de Organización del trabajo^^, el Secretario de Relaciones Exteriores, y el Secretario del Comité de Educación. La filosofía que inspira al kibbutz hace que los principios que orientan a los diferentes cargos se diferencian significativamente respecto a los que pueden verificarse en una organización típicamente burocráctica (ver cuadro n° 2). Pfincipios de la organización burocrática y del kibbutz Principios de la organización burocrática Permanencia en el cargp. El cargo conlleva privilegios y deberes impersóiíales y fijos. Jerarquía de autoridades expresada en la autoridad de los cargos. C El nombramiento de los cargos se basa-en cualificaciones objetivas formales. El cargo se desempeña con dedicación exclusiva. Principios de la organización del kibbutz No permanencia en el cargo. La definición del cargo es flexible los privilegios y deberes no están fijados formalmente y a menudo dependen de la personalidad del que lo ocupa. Supuesto básico del valor idéntico detodas las funciones sin jerarquía formal de autoridad. Los cargos son elegidos, no nombrados. Las cualificaciones objetivas no son decisivas: las cualidades personales son más importantes para la elección. El cargo es generalmente suplementario del trabajo con dedicación exclusiva de la persona que lo desempeña. A pesar de las dificultades progresivas que la ampliación de la dimensión del kibbutz y la necesaria tecnificación de suponen muchas de sus decisiones, la aplicación de la democracia directa, e\ grado de participación de los miembros -tanto en la Asamblea General, aunque decreciente, coma en los propios comités especializados-^ resulta muy elevado si se compara con el de una cooperativa de dimensiones similares. Los componentes, siempre sobre una base voluntaria, de los diversos comités, alcanzan con frecuencia una dimensión media de hasta un tercio -e incluso la mitad en algunos casos-de los mienibros totales. En los kibutzim, como en cualquier otra agrupación humana, paralelamente a la organización formal, se asienta invariablemente una red informal de relaciones que influyen poderosamente sobre los distintos asuntos. Dos factores contribuyen en este sentido, a consolidar, al menos teóricamente, la organización formal del kibbutz, reforzando la cohesión social de sus miembros: -En bastantes casos, especialmente en el pasado, cada kibbutz se constituía preferentemente a partir de miembros procedentes de un mismo origen geográfico, lo que facilitaba su intercomunicación y, en suma, su propia integración cultural en la sociedad Israeli. -Existen así kibbutzim de diversos orígenes y prácticas culturales, que a los idiomas hebreo e inglés (prácticamente generalizado entre las nuevas generaciones), añaden el empleo y desarrollo de una cultura adicionaP^. -No es de extrañar por tanto que existan diveras corrientes y modelos de kibbutz como corresponde a su diversidad ideológica (desde posiciones ultraconservadoras hasta la izquierda laboralista o incluso comunista) y cultural-^/. El carácter abierto-cerrado de la sociedad Las cooperativas generalmente limitan la entrada de nuevos componentes a las posibilidades económicas y viabilidad de la empresa a pesar del principio de puerta abierta. Los kibutzim dada su mayor exigencia de integración y socialización requieren previamente a la admisión, la superación de un período de prueba de carácter variable, equivalente en general a un año. No obstante, esta integración se realiza de forma prácticamente automática para los hijos del kibbutz^ es decir, para los.Bacidos y educados en el mismo al llegar a la mayoría de edad. Sin embargo, tanto el régimen de adscripción al kibbutz, previa aceptación del candidato por su Asamblea General, como su abandono, son absolutamente voluntarios. El grado de rotación es, de hecho, relativamente elevado. Hay un elemento que, en la práctica, frena el abandono, especialmente entre los miembros de elevada edad: el'régimen de propiedad colectiva. Por consiguiente, los miembros que abandonan el kibbutz sólo tienen derecho, en general, a llevar consigo su mobiliario y efectos personales. Con todo, bastantes kibutzim ofrecen una suma complementaria a los que lo abandonan, proporcional a los años de estancia. aunque en todo caso resulta insuficiente para emprender una nueva vida. Los rasgos descritos anteriormente requieren una valoración conforme a su puesta en práctica en la realidad de estas experiencias comunitaristas. Dicha evaluación vamos a realizarla tomando como referencia los valores de prioridad de la persona, igualdad, prioridad de lo colectivo y preferencia por la asignación centralizada de los recursos poniendo de manifiesto los siguientes desequilibrios: La utopía de inexistencia de diferencias sociales entre sus miembros no puede extrapolarse al movimiento kibutzim en generalnivel externo-ni de diversos status informales -a nivel interno. En el kibbutz no puede hablarse de clases sociales en sentido estricto máxime cuando existe un régimen de colectivización absoluta de las plusvalías. Sin embargo, no existe, en principio, un mecanismo regulador de tales diferencias que actúe a nivel general. El régimen igualitario se limita pues a cada kibbutz, de acuerdo con sus propias posibilidades. Por otra parte, dentro de cada kibbutz es inevitable la existencia de «grupos de presión», nucleados en torno a diversas variables (origen cultural, relación familiar, antigüedad, etc.). Además, a pesar de la aplicación del «principio de rotación» y de la transparencia informativa existente, el desempeño de determinadas funciones de carácter técnico, especialmente en la actividad industrial o de servicios sofisticados con carácter relativamente permanente, tiende a reforzar el poder real de los que las desarrollan, debiéndose añadir el prestigio social que implican para sus detentores. Ante la carencia de motivaciones económicas, la búsqueda del prestigio personal, la sanción favorable de la opinión colectiva, actúa en el kibbutz, como en otras organizaciones personalistas, como sustitutivo. La radicalidad en la aplicación de la «democracia directa» tiende a debilitarse. Aunque la participación, tanto en las Asambleas como en los comités específicos, debe considerarse muy elevada, existen indicios de que, al parecer, tiende a disminuir, conforme aumenta el grado de «tecnificación» de los temas a abordar y, por tanto, la complejidad de las decisiones a adoptar. El proyecto igualitario parece resquebrajarse a nivel de género. Los miembros de los kibbutzim y, en primer término, las propias mujeres, son conscientes de que el problema de la igualdad entre sexos resulta de difícil solución, como tantos otros, al nivel reducido del propio kibbutz y también en el del conjunto de la sociedad. Paradójicamente, el estado de guerra en el que se encuentra Israel, presiona en favor de la integración de la mujer en actividades directamente productivas, vía básica para la consecución de la igualdad entre los sexos. La comunidad-kibbutz disminuye a favor de la comunidad familiar. La vida familiar reclama ahora un mayor protagonismo en relación a la vida colectiva necesariamente postergada en épocas de mayor escasez en el que todos los elementos debían subordinarse a favor del desarrollo material del kibbutz. Tampoco es ajena a esta tendencia la presión ejercida por la sociedad circundante: el kibbutz no puede ser ajeno a los valores consumistas propios de una economía de mercado imperantes en la sociedad israelí. La consecuencia más relevante es la tendencia progresiva, observada en bastantes kibbutzim, a que los niños habiten con sus padres, rompiéndose así una práctica inherente al régimen de educación colectiva. Los defensores del cambio arguyen en su favor factores de equilibrio en la educación del niño, que podrá ser, de este modo, más personalizada. La constitución de residencias infantiles, indican, se llevó a cabo por necesidades prácticas, no por motivos ideológicos de fondo^'^. Una segunda consecuencia del reforzamiento de la vida familiar se observa en la presión por la introducción de determinados bienes de consumo en las residencias individuales. En general, la actitud de los kibbutzim al disfrute privado de estos elementos ha sido contraria, por estimar que ejercen una influencia disgregadora de la vida colectiva, considerada la base fundamental del kibbutz. La tendencia individualista, sin embargo, se está imponiendo. Los mecanismos internos de mercado se imponen en detrimento de la asignación centralizada. Desde sus comienzos, los kibbutz han vendido productos en el mercado israelí. Pero también proceden del mercado la mayoría de las mercancías y algunos servicios utilizados en la comunidad del kibbutz. Sin embargo existe una clara línea divisoria entre el mecanismo de mercado regulador de las transacciones con el exterior y los sistemas internos de asignación. La tendencia a instaurar mecanismos liberalizadores en la vida de los kibbutz -^hasta plantearla como alternativa inevita- ble-se ha visto agudizada a partir de la crisis que aconteció al movimiento kibbutzim en 1985^^. La pregunta que subyace tras las tendencias anteriores es clara: ¿hasta qué punto el kibbutz, o cualquier forma de organización discordante con la sociedad que le rodea, es capaz de mantener intactas sus características diferenciales?^^ La vida comunitaria del kibbutz, en la que la «opinión colectiva» actúa como principal elemento regulador de la conducta social, no es diferente a las tendencias que se manifiestan en la sociedad que le rodea. Su gran aportación comunitarista reside en la demostración de que una sociedad fundamentalmente igualitaria, puede constituir la base de una actividad económica avanzada y rentable en un mercado competitivo, así como influir decisivamente sobre su entorno social (en este caso, el conjunto del Estado de Israel). El kibbutz no resuelve todas las contradicciones: las plantea a un nivel cualitativamente diferente. ^ Existen otras manifestaciones específicas del cooperativismo israelí además del Mbbutz. Por un lado tenemos los Moshav Ovdim fundamentados en pequeñas fincas cultivadas de forma independiente por familias y en donde la comercialización, suministros, administración financiera y contable, servicios municipales, culturales y educacionales se encuentran organizados en forma colectiva. Por otro lado, tenemos el Moshav Shitufi que consiste en un sistema de asentamiento agrícola híbrido entre la forma colectiva de vida del kibbutz y el sistema típicamente cooperativo del Moshad Ovdim: la producción, comercialización y administración económica es colectiva, mientras la familia, el hogar, el consumo y la educación son privados como en el Moshad Ovdim. 2 La investigación se desarrolló en el kibbutz Ramai David. Su actividad principal era el cultivo del algodón (más de cuatrocientas hectáreas), el ganado vacuno y la agroindustria de maquinaria para el algodón -tenía patentes propias y exportaba una gran parte de su producción. Se trataba de un kibbutz pequeño (menos de trescientos componentes). ^ El procedimiento suele ser el siguientes: la tierra es arrendada al kibbutz por mediación de la institución Mr Shitufi, por períodos de 49 años, automáticamente renovables, por el cuál satisface una renta limitada equivalente aproximadamente al 2% del valor estimado de la tierra ^ Aun así, en algunos kibbutz se regula la posibilidad de adquirir determinados artículos (electrodomésticos, por ejemplo), de cuya posesión a título individual pudiera derivarse un «efecto de imitación» del que redundaría un debilitamiento de la vida colectiva, que se pretende preservar a toda costa. El kibbutz como experiencia comimitarista: relaciones básicas... ^ El salario, e incluso el dinero como tal, se halla absolutamente abolido en principio en el kibbutz. Cada miembro, con carácter igualitario, recibe en concepto de «asignación personal» para sus gastos, una pequeña cuantía, que no excede del 4% del presupuesto familiar medio. Idéntico tratamiento reciben los miembros del kibbutz autorizados por éste para efectuar trabajos (a tiempo completo o parcial) en el exterior. En estos supuestos, el miembro debe entregar al kibbutz la totalidad de las remuneraciones percibidas, recibiendo de éste un trato equivalente al de los restantes miembros, a todos los efectos. ^ Cada dos años, los miembros tienen derecho a estancias en «casas de vacaciones» del movimiento kibutziano en Israel. Por otra parte, la renuncia a dos o tres periodos vacacionales da derecho, en bastantes Kibbutzim, a un viaje posterior al extranjero, por el tiempo acumulado, financiado asimismo en su totalidad por el kibbutz. ^ De este modo, por ejemplo, los miembros que hayan cumplido 50 años, pueden optar por trabajar una hora menos al día, disminuyendo otra hora suplementaria cada quinquenio. Así, al cumplir los 65 años, un miembro puede optar por trabajar 4 horas, jubilarse definitivamente (hecho muy poco usual), o seguir trabajando el horario normal. En cualquier caso, las atenciones del kibutzim hacia él y su remuneración para gastos personales, son idénticas. La inmensa mayoría de los miembros, al cumplir los 65 años, opta por trabajar en régimen de jornada completa o media jornada. Se observa además una tendencia a proseguir en la actividad realizada hasta el momento, inclinándose a excluir otras actividades complementarias o de menor contenido, consideradas propias «de ancianos». ^ El concepto de antigüedad es importante en un kibbutz, pues de ella pueden depender la calidad de las atenciones sociales tales como el tipo de vivienda asignada o el período de vacaciones anuales. ^ En los kibbutz que siguen manteniendo estas prácticas tras el período de amamantamiento hasta los 18 años -en que pueden acceder a la condición de miembros del kibbutz-los niños viven en residencias propias atendidas por personal especializado y organizadas por edades, conviviendo con sus padres tras acabar la jornada de trabajo y los días festivos. En su educación, se combinan estudio y trabajo, progresivamente introducido, gestionando habitualmente su propia granja, desarrollando cultivos de huerta, etc. A partir de los 12 años, y hasta los 18, los niños acuden a la escuela secundaria, organizada habitualmente sobre una base comarcal. A esa edad, comienza el servicio militar obligatorio para hombres y mujeres. Tras él, gran parte de los kibutzim financian a los jóvenes una estancia prolongada en el extranjero (un año aproximadamente), tras la cual se producirá su eventual incorporación definitiva al kibbutz, combinando frecuentemente trabajo y estudio universitario. El período de escolaridad, entendiendo como tal el que se extiende hasta la introducción de los jóvenes en la actividad productiva directa, resulta pues imperativamente largo en relación a otros países y situaciones. ^^ En general, un matrimonio puede aspirar en un kibbutz consolidado, a un pequeño chalet con dos habitaciones, sala de estar, una pequeña cocina y cuarto de baño completo. 11 Habitualmente, la asamblea celebra sus reuniones en el comedor del kibbutz al atardecer de los sábados, una vez concluido el día festivo. 12 En conjunto, el número de residentes no miembros -incluidos los niños-pueden llegar a alcanzar proporciones de hasta el 50% de los habitantes del kibbutz. 1^ Su función reside en la coordinación de los diversos comités de carácter económico (Financiero, Planificación, Construcción, Ramas productivas diversas, etc. Su figura se encuentra a veces complementada con la del Tesorero. ^^ Le compete la asignación periódica de tareas productivas a los diversos miembros del kibbutz. Su cometido, si bien se asemeja de algún modo al de un director de personal en una empresa convencional, resulta mas complejo, si se consideran las particularidades del kibbutz (trabajo agrícola parcialmente estacional; objetivo de aplicar el «principio de rotación»; miembros dedicados en cada momento a actividades exteriores o de formación, etc.). Actúa en estrecha relación con el Secretario Económico. ^^ Tal es el caso de los kibutzim latinoamericanos, constituidos, paradójicamente, en su mayoría, a partir de judíos de procedencia «askenazi»: NITZANIM (1943), BROR HAYIL (1948), MEFALSIM (1949), GAASH (1952), etc. ^^ Son seis las corrientes ideológicas kibbutzianas agrupadas en instituciones federativas con organizaciones económicas, educativas y culturales propias. En primer lugar tenemos el «Ijud Hakevutzot Vehakibbutzim» que comprende a los asentamientos más veteranos construidos por los movimientos juveniles jalutzianos del país y de la diáspora. En segundo lugar encontramos el Kitbutz Artzí y su unión «Hashomer Hatzair» fundada en la Asamblea Constitucional de Haifa en 1927, cuyos comienzos arrancan de un movimiento juvenil que se organizó en vísperas de la primera guerra mundial con el nombre de «Hash mer Hatzair» (El joven guardian) en el año 1913. Esta corriente abandera el sionismo, el socialismo y la idea kibbutziana. Las haciendas del Kibbutz Artzi son parte integral del Mifleguet Hapoalim Hameujedet (Partido Obrero Unifìcado-Mapam). En tercer lugar está el Kibbutz Meujad (unifìcado) creado por el Kibbutz Ein Jarod, el Guedud Haavoda (Batallón del Trabajo) y las Kevutzot «Hkovesh» y «Netzaij» de la URSS en la Convención de Petaj Tivka de 1927. En los años de la lucha contra los británicos (1945-47) constituyó una considerable fuerza por medio de sus poblaciones que sirvieron de base a los efectivos, a las actividades y a las empresas de capacitación de los movilizados del Palmaj. Desde el punto de vista político, el Kibbutz Meujad fue un elemento que impulsó al activismo en todos los campos de lucha.Tanto en la finalización de la Guerra de Independencia como posteriormente a la Guerra de los Seis Días, el Kibbutz Meujad junto con las demás corrientes Eabutzianas, comenzó a poblar zonas del país donde no había puntos y colonizadores judíos. En cuarto lugar tenemos el Kibbutz Dati reúne a todas las Kevutzot religiosas del «Hapoel Hamizraji». Las primeras Kevutzot se formaron en Polonia y Alemania hace más de medio siglo. A partir del año 1930 comenzaron a levantarse po-blaciones~en las regiones limítrofes, del Valle de Bet-Shean Austral, el guash, (Bloque) Etzion y el Neguev. En la Guerra de la Independencia y en los disturbios que le precedieron, esas poblaciones se encontraron en la línea de fuego. El Gush Etzion, orgullo de la colonización kibbutziana religiosa, cayó en manos enemigas y la Kevutzat Kefar Etzion fue destruida totalmente. En quinto lugar tenemos el movimiento Hanoar Hatzioni (Juventud sionista) fundado en el año 1928 en los países europeos -Polonia, Rumania, Hungria, Austria, Checoslovaquia que reunió a decenas de miles de jóvenes judíos, teniendo como objetivo educativo inculcarles los valores del judaismo, el sionismo y el jalutzianismo. El primer núcleo realizador en un marco kibutziano se estableció en Petaj Tikvá antes de emprender el camino de la colonización. Cuenta con kibutzim, Moshavim y Moshavim-Shitufim (colectivistas), actuando también en varios institutos educativos (Kefar Silver, Pardes Jana, Mikve Israel). Desde el punto de vista político pertenece al partido Liberal-Independiente (Liberalim Atzmaiin) y en la Histadrut se encuentra representado por el Movimiento Liberal del Trabajo (Tenuat Haavodá Haliberalit). Por último encontramos la Poalei Agudat Israel son una corriente kibutziana religiosa que no se encuentra afiliada a la Brit Hatenua Hakibbutzit. Cuenta con muy pocos kibutzim. En el terreno económico se encuentra ligados al Ijud Hakevutzot Vehakibbutzim. ^^ Hasta el momento, el cambio (que obliga a costosas inversiones en la reforma de las residencias familiares), se ha producido en kibbutzim pertenecientes a la Federación Takam (producto de la fusión de Ijud y Meujad). Sin embargo, en una conferencia especial para debatir el tema, celebrada en 1980. la Federación Hakihhutz Artzi, decidió mantener las residencias infantiles, considerándolas un elemento clave del régimen colectivo de educación propugnado por el kibbutz. ^^ El origen de esta crisis tuvo como exponente el enorme endeudamiento y los elevados tipos de interés que se produjeron en 1985. Después de 15 años de expansión y crecimiento en la economía de los kibbutz fundamentada en la alta productividad de su agricultura e industria, estas experiencias comunitarias se vieron interpeladas por tres tipos de cambios (Brod, 1990): medioambientales, institucionales y de comportamiento Los cambios medioambientales fueron ocasionados por el cambio gubernamental de 1977, que supuso la instauración -por primera vez desde la creación del estado de Israel en 1948-de una coalición conservadora. En materia de política económica este cambio se tradujo en una orientación más intensa hacia el mercado, una abolición gradual de la planificación económica y una mejora del sector financiero en detrimento de la producción industrial y de la agricultura. Los cambios institucionales también estaban relacionados con la política de liberalización económica y especialmente con la liberalización del crédito. Los cambios de comportamiento están relacionados con una reacción por parte de los kibbutzim. Tradicionalmente las comunidades de los kibbutz apostaban por una política de restricciones en materia de inversiones, pero los cambios en el mercado financiero modificaron esta orientación dadas las oportunidades de obtener créditos. Las inversiones industriales estaban relacionadas con una estrategia de mejora tecnológica que implicara la sustitución de capital por trabajo asalariado y al mismo tiempo, ofrecer unos puestos de trabajo más atractivos a los miembros del kibbutz (Rosner, 1989b). Los créditos también fueron utilizados para el consumo, especialmente para edificaciones que permitieran que los niños durmieran en el lugar familiar en lugar de zonas comunales. En 1990 el gobierno puso en marcha un paquete de ayudas financieras para las comunidades endeudadas, basada en un acuerdo entre el Gobierno, dos grandes bancos y las federaciones de kibbutz que incluyó la revisión de la deuda a largo plazo y la bajada de los tipos de interés. Como resultado de esta ayuda, y de otras medidas internas, la situación económica de casi todas las comunidades fue mejorando. Conviene advertir que algunas de las comunidades -incluyendo las pertenecientes a la pequeña federación religiosa-no fueron perjudicadas por la crisis, mientras una minoría todavía se encuentra en una situación crítica. 1^ Si se considera la capacidad de atracción de la organización, la respuesta no tiene por qué ser tan pesimista. La mitad de los jóvenes nacidos en los kibutzim, deciden, al llegar a su mayoría de edad, permanecer en ellos en calidad de miembros. Si a esto se le suman las nuevas incorporaciones procedentes del exterior la conclusión es que su poder de arrastre no es desdeñable. Bibliografía ADAR., G. y CHANA. ARTAL LA CASTA, M.; MARAGUAT, E.; PÉREZ ADÁN, J., «Individualismo y análisis comunitarista. Una presentación del Comimitarismo a través de la obra de Amitai Etzioni y Alasdair Maclntyre», Sisfema, 124, pp. 79-100.
Las colectividades organizadas poseen un espíritu que es fruto preciado y obra capital de innumerables generaciones, síntesis de progresos alcanzados a costa de sacrificios, resultado de abnegaciones y heroísmos sin cuento: el instrumento de su formación es la educación que moldea los espíritus al calor de unas ideas y les infunde ciertos sentimientos que dan cohesión porque unifican en lo propio. Todo ello probado y acrisolado en el transcurso del tiempo. Se trata de colectividades cuyos rasgos característicos son la permanencia, la resistencia a las innovacionesmientras no prueben que esto supone un enriquecimiento-, pues valoran tanto lo que tienen que sólo adoptan lo que comprueban que es mejor. Asimismo se caracterizan por una vivacidad extraordinaria que triunfa sobre todos los obstáculos^. En el presente estudio veremos cuáles de estos rasgos se dan en las Comunidades Castellanas durante los primeros años de reinado del emperador Carlos a la luz del moderno debate sobre el comunitarismo. Un episodio: La rebelión comunera^ A principios del Siglo XVI encontramos en Castilla un inestable equilibrio político-social entre los tres grandes poderes: realeza, nobleza y burguesía municipal, con un trasfondo del problema campesino. En apariencia existe paz, aunque los grupos nobiliarios han ido incrementando su poder a costa del país, sus tierras y sus campesinos, a quienes explotan. El dominio de la nobleza es ancestral y goza de todo tipo de privilegios jurídicos, fiscales y de honor, y de una organización familiar basada en el linaje. En teoría los nobles son los responsables de guardar la paz Luz María Cruz de Galindo 732 y proteger a los distintos grupos sociales, pero su ambición voraz finalmente genera conflictos y luchas intestinas. Falta contrarrestar el poder de las clases dominantes, la gran propiedad en manos de los aristócratas abarca incluso sectores no nobiliarios. Los tesoros inclinan la balanza sin dar señales de algún tipo de equilibrio. Entre 1520 y 1521 se vive un liderazgo centrado en las autoridades municipales, cuyos representantes son burgueses o patricios urbanos: comerciantes, juristas o administradores, encargados del cuidado de las ciudades y villas. La situación de los campesinos es muy dura -aunque es difícil generalizar en un ámbito geográfico tan amplio y variado-debido a los sistemas de tenencia de la tierra, al desarrollo de la ganadería lanar y al peso de los impuestos. Son libres, pero sólo emergen de la pobreza algunos labradores propietarios. Muchos no disponen de tierra y trabajan como jornaleros eventuales. En general la condición del campesinado es mejor en tierras de realengo que en las señoriales, como las castellanas, porque la proximidad de los señores asfixia la iniciativa de los campesinos para distribuir el fruto de su trabajo. Así encontramos un mundo urbano que, pese a las características específicas de las distintas ciudades, tiene un rasgo común: el acrecentamiento de grupos oligárquicos -el patriciado urbano-que controla las instituciones de gobierno. Todo ello va cavando un foso cada vez mayor entre éstas -una cuantas familias de cada lugar-y el resto del común de la gente asalariada, de pequeños mercaderes, de artesanos y mundo gremial^. Por eso, no podemos hablar estrictamente de fuertes vínculos comunitarios en Castilla, la inconformidad está latente y los primeros años del reinado de Carlos V son el detonador del descontento. Chocan entonces la nobleza y la oligarquía municipal; a su vez esta oligarquía se enfrenta con la política absolutista del monarca. Ante el disgusto de las disposiciones del nuevo rey, la Comunidad de Toledo constituye una Junta de gobierno y alienta a las ciudades castellanas a buscar juntos el remedio contra el mal gobierno. Las ciudades del Duero se proclaman en rebelión y organizan su propia comunidad^. En pocos días hacen lo mismo otras ciudades. El fuego comunero prende por todas partes. En los primeros momentos el alzamiento parece no afectar a la alta nobleza castellana, que se coloca a la expectativa. Pero pronto en algunos lugares de señorío los vasallos se alzan contra los señores. Aquí y allá se dan violencias semejantes, aunque con notas peculiares que quitan unidad al movimiento. Entre las comunidades sublevadas van surgiendo algunos cabecillas, muy respetados por los comuneros. Sobre todos ellos destaca el caballero toledano Juan Padilla, quien ejerce un indudable liderazgo. Los comuneros: un apunte histórico Los comuneros, firmes en su actitud de protesta y resistencia, comprenden la necesidad de convenir un plan de conducta para unir esfuerzos. Toda Castilla se pone en armas, lo que da ocasión a las ciudades de enviar sus representantes a Avila, donde se organiza una Junta Superior de Gobierno, llamada Junta Santa^, que en cierta forma es un poder en contra del poder, un antigobierno de un grupo minoritario. Lo novedoso es «el pacto de hermandad que juraron las ciudades sublevadas, prometiendo el socorro de todas a cualquiera de ellas que lo requiriese y comprometiéndose a levantarse en armas en el caso de que cualquier rey o señor quisiese quebrantar a lo que concertare en estas «Cortes» y «Junta»^». El movimiento parece triunfar en todas partes. «A la voz «comunidad» el pueblo se arremolina y afluye, dispuesto a luchar por una causa que, además de ser nacional, es la suya'^». Esta conducta refleja la unión -contra el intruso-para defender el estilo de vida y de cultura de las comunidades. Se logra, aunque sea momentáneamente, un espíritu comunitario donde se lucha por una causa nacional, propia, frente a quien se considera un injusto agresor. Tal reacción es frecuente en el acontecer histórico: aparece la unión como consecuencia del rechazo a un enemigo común, pero se trata de una unidad muy poco sólida, pues no se persiguen exactamente los mismos fines. Todos saben lo que no quieren, pero no se han puesto de acuerdo en lo que quieren. Eso nos muestra que es mejor la unidad basada en proyectos y objetivos comunes. Sin embargo, el rechazo puede ser punto de partida, pero de inmediato hay que ofrecer vías constructivas para madurar la unión. Esto no sucede en el episodio que nos ocupa: finalmente los comuneros disminuyen mermados por las deserciones, por la falta de disciplina, la atracción de la rapiña o por el simple cansancio. Así, son alcanzados por la caballería realista en Villalar, el 23 de abril de 1521, cuando una lluvia pertinaz empieza a desbaratar la formación de los inconformes. El reino se pacifica al precio de la pérdida de sus libertades y el incuestionable sometimiento al rey. El movimiento comunero fracasa por la falta de unidad de los elementos del grupo: al romperse el inestable equilibrio político-social y al surgir la rebelión no se logra la cohesión suficiente, por las divisiones internas de las comunidades. La razón del triunfo realista es precisamente el foso profundo -del que hemos hablado-entre la oligarquía de cada ciudad y el resto de los integrantes de la comunidad, y la ayuda de algunos importantes nobles a la causa del Emperador. En esas mismas fechas -entre 1519 y 1523-los reinos de Valencia y Mallorca se ven agitados por las luchas de las Gemianías o Hermandades de menestrales valencianos, contra una nobleza corrompida que detenta 734 Luz María Cruz de Galindo las funciones de mando. Para descubrir cómo emerge el sentido comunitario en defensa de lo propio, siempre a5rada la comparación entre las diferencias y similitudes de algunos movimientos sociales que, en el caso de las Gemianías y las Comunidades, son muy ilustrativas, pues ambos coinciden en el mismo país, en el momento histórico y las gobierna la misma autoridad. El movimiento comunero es netamente político y pretende conseguir un gobierno autóctono, las Gemianías se originan por descontentos de tipo social que quieren un gobierno honesto con representatividad de las diversas clases sociales; reflejan la oposición popular al poder de la aristocracia, y el deseo de mantener la autonomía. Los comuneros carecen de armamento, las Gemianías lo tienen para defenderse del enemigo externo (los piratas). La rebelión comunera no busca independizarse del rey; las Gemianías sí, y no sólo del rey, también de la nobleza, que mantiene la unidad política a costa de la explotación de los gobernados. Esto exacerba el sentimiento de comunidad del pueblo, que se rebela. Los campesinos no apoyan ninguno de los dos movimientos, excepto en Mallorca. Ambas rebeliones tienen problemas sociopolíticos que en las Germanías se agravan por el desenfreno sexual de los nobles con las moriscas. En ambos casos se trata de movimientos regionales en tierras de señorío o realengo, pero las Germanías tenían más probabilidades de éxito por sus condiciones geográficas. En los dos conflictos hay elementos que propician el espíritu comunitario, pero en las Comunidades, al final, se anestesió tal espíritu y faltó fuerza para lograr los propósitos e ideales de las sociedades castellanas. ¿Unidad política versus sentimiento de comunidad? La comunidad tal y como la entiende el comunitarismo, es una agrupación organizada de personas que se perciben como unidad social, cuyos miembros participan de algún rasgo, interés, elemento objetivo o función común, con conciencia de pertenencia y valores compartidos. Se trata de un bien intrínseco para todos los que forman parte de ella, ya sea como generalización psicológica descriptiva, lo que significa que los seres humanos tienen necesidad de pertenencia; o como generalización normativa, en donde la comunidad es un bien objetivo para sus integrantes. Una comunidad orgánica se ordena a la idea del bien común y valores compartidos por una ciudadanía activa, que participa y trabaja en y para su grupo social. Si esto no se da existe el riesgo de caer en el autoritarismo o la desintegración. La pertenencia a una comunidad otorga a sus integrantes ciertos derechos y deberes. Es un grupo que no ha sido formado por deliberadas re-Los comuneros: un apunte histórico flexiones de sus componentes, se constituye en forma natural y espontánea, se vive en ella y desde ella, y ahí se desarrollan las personas unidas por la solidaridad. Sin embargo, el estar situados en una determinada área geográfica no es requisito indispensable para ser comunidad, la conciencia comunitaria puede originarse en los vínculos de sangre o en tradiciones comunes. Una comunidad no es un lugar concreto, sino un conjunto de atributos^. No obstante, por haber nacido en el mismo suelo se tienen experiencias -climatológicas, de paisaje, etc-, que producen coincidencias unificadoras. En la comunidad existe una manera de ser -un estilo de vida y de cultura-con cierta organización y simetría. La unión no se da por una mera suma de elementos, sino por el sentimiento de comunidad que vincula a los hombres entre sí, o al menos a la mayoría de sus integrantes. Asimismo se ha de contar con una estructura organizativa básica, una unidad política, que permita la participación de todos en las tareas del bien común. El problema surge cuando la unidad política reprime o asfixia el espíritu comunitario, o cuando la comunidad se desarticula por falta de organización. Además, la historia nos muestra que sólo muy lentamente se consigue la ampliación de las vinculaciones comunitarias a ámbitos de creciente extensión espacial y creciente distancia física entre los hombres. El sentimiento de comunidad se basa en la conciencia de pertenencia a una misma entidad histórico-política por parte de todos, es el origen de la solidaridad para un mismo destino, superior a la unión o separación interpersonal más o menos particularista. Para fomentar el sentimiento comunitario no ha de caerse en la utopía de eliminar los particularismos, hay que coordinarlos, pues lo habitual es que algunos persistan. El sistema social -muchas veces sirviéndose de la ley-tiene que reducirlos a límites absorbibles sin que se produzcan conflictos que pongan en peligro el propio orden básico de la comunidad nacional. En ocasiones el sentimiento de comunidad es precario y los vínculos solidarios muy débiles; las comunidades se encuentran internamente desgarradas por la existencia de grupos antagónicos en la población-territorio y sólo por la imposición incluso violenta de la clase en el poder, se mantiene la unidad. Aparecen entonces lo que podríamos llamar sociedades globales artificiales, donde el sentimiento de comunidad se ha desvanecido, aunque exista unidad política. Desde el momento en que las antiguas ciudades con vida y estatutos propios -integradas o no en sociedades globales más amplias-pasan a integrarse en unidades de espacio-territorio de mayor amplitud, se convier-Luz María Cruz de Galindo 736 te en fenómeno habitual en la historia los casos de existencia de una unidad organizativa -unidad política-junto a una mal lograda o deficiente unidad psicológica -sentimiento de comunidad-^. Las comunidades castellanas -agrupaciones de varias villas y aldeas, e incluso pueblos integrados en torno a un núcleo urbano municipalse consideran sociedades tradicionales, con una unidad política cuya estructura organizativa tiene como base el régimen de Villa y Tierra. Sus integrantes son capaces de establecer vínculos comunitarios y relaciones de paz. Los vínculos son estrechos por cuestiones de índole económica y agraria, fundamentales en comunidades de tipo rural, pues la unidad se fomenta al compartir un espacio y tener la responsabilidad de cuidarlo, para el buen aprovechamiento de los pastos que alimentan el ganado, principal fuente de riqueza de esos pueblos. Además los une la defensa de todos contra el poder señorial. Sin embargo, la oligarquía de los nobles e hidalgos desangra, más que atender, a los campesinos, pequeños artesanos, etc. Por ello también encontramos pugnas entre las distintas clases sociales. En Castilla hay profundas diferencias entre los grupos existentes, lo que genera la división. En realidad no todos son prójimos porque les falta la proximidad espiritual, sólo tienen -y de manera relativa-la espacial, que no siempre los sensibiliza de los problemas y necesidades del otro. Tal vez la mayor dificultad para este tipo de comunidades es abrirse a experiencias de mundos distintos del propio... Por eso, los castellanos pueden aceptar un rey que viene de lejos, siempre y cuando tenga vínculos de sangre con los anteriores monarcas. Lo que les resulta absolutamente inadmisible es ser gobernados por extranjeros, y que este rey sea emperador de extensos territorios, lo que obviamente, quita importancia a Castilla. Siempre será fuente de conflictos el que una potencia extranjera pretenda imponer la unidad política en contra de la diversidad de culturas, ignoradas arbitrariamente y del sentir comunitario. De por sí en las comunidades castellanas hay un excesivo despegue cultural en el centro gravitatorío de la meseta que bloquea -por su deslumbramiento-el acompasado desarrollo plurinacional: hay cultura, pero no siempre se adopta en todos los niveles sociales, lo cual, poco a poco va provocando la desunión. Esto que es grave, se exacerba cuando Carlos V deja en los más importantes y lucrativos cargos civiles y ecle-siásticos^^ a ciudadanos borgoñeses, totalmente ajenos a la idiosincrasia castellana. Los rebeldes fortalecen su espíritu comunitario y se rebelan contra los asesores o modelos extranjeros, la salida de capitales y la poca o ninguna Los comuneros: un apunte histórico presencia de la autoridad legítima. Estos rubros reflejan lo que en una comunidad con sentido de identidad y de pertenencia produce gran descontento. Su rebeldía se exacerba por la corrupción de los delegados ciudadanos frente a los sobornos del nuevo rey, porque se pierde la confianza en los que supuestamente han de velar por los intereses de la comunidad. Por tal razón se sustituye el poder de los regidores y se nombra la Junta Santa, lo cual probablemente es legítimo cuando la autoridad deja de cumplir su vocación de servicio. Pero las divisiones internas entre los grupos de poder de las comunidades quitan efectividad al movimiento. Los castellanos quieren que se respete la fisonomía tradicional de sus reinos. Castilla encabeza la rebelión por su capacidad de liderazgo y sentido de identidad. Las comunidades responden, y aparentemente, contra las arbitrariedades del nuevo monarca, se da un sólido sentimiento de comunidad, una fuerte cohesión pues la sangre, las tradiciones y costumbres unen, pero después empieza la guerra fratricida. El sentir de un pueblo, ya sea con base en elementos objetivos o supuestos, altruistas o mezquinos, justos o injustos, unifica a todos los que lo constituyen, crea demandas y genera una fuerza. En la medida en que tal sentimiento sea más asumido -inconsciente o conscientemente-, irá adquiriendo un vigor que dará éxito al movimiento. Por eso es tan importante -sin dejar de lado la racionalidad-mover fibras sensibles. De lo contrario el líder se quedará solo, pues vendrán otros que arrastren a las multitudes por la vía de la afectividad. En el caso de las Comunidades castellanas llega un momento en que Padilla, como líder, destaca y el pueblo le sigue, confía en él porque encuentra respuestas a sus demandas, pero después surgen las divisiones. Padilla es sustituido por el noble Girón. Cuando el líder recupera el poder no recupera la donación primera de sus seguidores. Además, se dice que el mismo Padilla tuvo serias dudas sobre la conveniencia de seguir adelante en la lucha, por eso no logra la unidad política requerida para alcanzar el triunfo. El sentimiento de comunidad se resquebraja, los dirigentes están confundidos y divididos, y el movimiento comunero no consigue la victoria. Lo que la historia nos enseña Hay temas que en cada época se consideran tabúes. Con el paso del tiempo se pueden analizar, pero tal vez sea más difícil interpretarlos por falta de datos; aunque, si se logra cierta perspectiva, su estudio es aleccionador. Concretamente, el tema que nos ocupa no es de fácil comprensión, por su complejidad. Es evidente el predominio de factores políticos en las Comunidades castellanas, aunque haya discrepancias en cuanto a su sentido. A la represión siguió un silencio embarazoso de tres siglos; los historiadores locales pasaban como sobre ascuas al relatar unos hechos que para la mentalidad de la época resultaban inexplicables: la rebelión contra su soberano del más leal de los reinos^^. Algunos piensan que fue un enfrentamiento estrictamente medieval; los liberales del siglo XIX^^ ven en los ideales comuneros a sus predecesores en la lucha contra la tiranía. En el siglo XX, Gregorio Marañón dice que los dirigentes -en gran parte nobles y clérigos-sólo pretendían defender sus privilegios contra un rey reformador e igualitario. José Antonio Maravall y Joseph Pérez se inclinan por dar una interpretación moderna y democrática del movimiento. Nosotros pensamos que si efectivamente esta rebelión expresa el instinto natural del hombre por participar en las decisiones de su comunidad, si es un presagio de democracia, tal vez su fracaso se debe, en parte, al hecho de adelantarse a su época; el ambiente no lo estaba demandando, y lo lógico, lo que dictaba la inercia, era la autoridad de un rey. En la rebelión confluyen descontentos de todo género: alborotos intrascendentes y personalistas; conversos judíos que se unen al movimiento con la esperanza -^muy poco fundada-de que limitaría la autoridad de la Inquisición; una considerable agitación campesina de carácter antiseñorial; pero, sobre todo, el malestar de la clase media urbana de Castilla, por eso los grandes no se dejan arrastrar, y el ínfimo pueblo sólo actúa como comparsa. Los comimieros quieren una monarquía fuerte, nacional, que tome en cuenta a los elementos ciudadanos más responsables; una autoridad que verdaderamente dé cohesión a los reinos. El movimiento se da en la Castilla mesetaria, principal residencia de la burguesía urbana. Esta limitación geográfica quizá sea la causa primordial de su fracaso, pues no hay apoyo de otras regiones poco urbanizadas o donde predominaban los nobles. En la rebelión los tres grandes poderes -realeza, nobleza y burguesía-pugnan por obtener un lugar preferencial para alcanzar la supremacía en la naciente España moderna. La insurrección se caldea al caer en manos de los elementos más progresistas^^ del campesinado y pequeños artesanos -llenos de aspiraciones igualitarias, cuyo radicalismo asusta a la nobleza-, pero en el momento decisivo falta el apoyo popular y una actitud más protagónica de gran parte del pueblo, sobre todo del campesinado. Conviene detenerse en estos mecanismos de conducta: aparece un motivo de inconformidad en contra de una autoridad, por parte de un de-Los comuneros: un apunte histórico terminado estrato social (burguesía). Tal actitud momentáneamente contagia a otros estratos (nobleza y plebeyos). Entonces surge el caos y la anarquía, y todos luchan contra todos, pero la clave del éxito se encuentra en: El apoyo popular con que se cuente. El apoyo de los grupos poderosos (dinero, linaje, propiedades, etc.). El armamento del que se dispone. Las estrategias (consideración de condiciones geográficas y climatológicas, etc.). La acción de jefes-líderes competentes que encabecen el movimiento. La colaboración de servidores y consejeros fieles y competentes. La claridad, precisión y unidad en los ideales. Inteligencia, maña y templanza, para actuar como más convenga. Un plan de acción propositivo más que reactivo. En el manejo del conflicto comunero se pone de manifiesto la capacidad de Carlos, quien joven e inexperto, al principio no respeta la fisonomía propia de los reinos castellanos, de las que sus habitantes se sentían tradicionalmente orgullosos. Después aprende la importancia de tratar diferente a los diferentes, de conocer a sus súbditos, de ser justo y prudente con ellos y de respetar sus costumbres y tradiciones. Aprende que dirigir bien una comunidad implica el conocimiento previo y el respeto de lo que esa comunidad es. Además Carlos sabe rodearse de servidores fieles que lo mantienen siempre informado del curso de los acontecimientos, y de consejeros doctos y prudentes que le conminan a anular las disposiciones más impopulares. Así lo hace, pues un buen gobernante aunque se aferre a una idea, tarde o temprano, cuando ve la realidad, tiene que cambiar de actitud y ser justo. Esto adquiere particular relieve si su jurisdicción abarca dominios tan variados: necesita conocer y respetar las mentalidades y las culturas para poder ser aceptado por todas. Con ello su autoridad se legitima tanto de hecho como de derecho. Por su parte los comuneros tienen serios problemas: la gran diversidad de móviles de quienes participan en la rebelión quita unidad al movimiento, faltan técnicas guerreras, mayor capacidad de movilización, y toma de decisiones en el momento oportuno. Además, la inconsistencia y radicalismo de muchos campesinos y pequeños artesanos, con sus utópicas aspiraciones igualitarias, sólo logran alejar a la nobleza de la causa comunera. Hay por tanto errores estratégicos y falta de ideales precisos. Luz María Cruz de Galindo Los fines que las Comunidades se proponían alcanzar eran vagos, diversos y aun contradictorios. Había empezado por ser un movimiento municipal, pero no democrático, porque los municipios habían caído en manos de oligarquías, compuestas de caballeros, es decir, de nobles de segundo rango, cuyos intereses chocaban con los de alta nobleza y a los que poco importaba el bienestar de las clases inferiores•'^'*. En el acontecer histórico muchas veces las causas y los efectos están separados en el tiempo, y existe el peligro, por el desconocimiento de los hechos del pasado, de ignorar o confundir las verdaderas causas y atribuirlas a otras. Pese al aparente fracaso comunero, Carlos termina por aceptar, sin ulterior discusión, la reivindicación básica de Castilla de un gobierno autóctono identificado plenamente con los castellanos. Esto es una importante enseñanza para nuestro mundo moderno. Castilla se resiste a las innovaciones que violan su autonomía, lucha en comunidad y el resultado inmediato es la pérdida de sus libertades. Pero a partir de entonces tales tierras serán gobernadas por españoles, como era su deseo. De esta manera, el inmediato fracaso se convierte en un triunfo posterior. Ahora bien, la reiterada petición de los castellanos de «que el rey resida en estos reinos» y de que los cargos de autoridad estén en manos de españoles competentes revela la existencia de una Nación, entendida como: «Un pueblo que toma conciencia de sí mismo de acuerdo con lo realizado por la historia»•^^. Se trata de la forma concreta de existir de una sociedad^^ vinculada a al transcurso del tiempo, a la cultura, a los valores y al peculiar estilo de vida, que provocan una identidad en las personas, como fruto de una vivencia espiritual. Castilla como verdadera nación, tenía conciencia del ser propio y de su derecho a la plena existencia política, económica, social y cultural; la voluntad de ejercicio de tales derechos, por medio de la autodeterminación para configurar el propio destino y el propio futuro. Etzioni intuyendo lo que es una colectividad organizada, hace énfasis en la importancia de que las comunidades se relacionen entre sí de una manera que resulte tan respetuosa del orden como de la autonomía. De lo contrario, sólo habrá islas comunitarias en un océano no comunitario en el que es probable que hagan su aparición la hostilidad y la lucha, e incluso que dominen el panorama. Lo importante es ser comunitarios sensibles a los derechos individuales, de tener responsabilidades sociales sin perder la propia autonomía. El gran problema de entonces y de ahora será equilibrar el orden y la autonomía dentro de la vida comunitaria, a través de las instituciones Los comuneros: un apunte histórico sociales que alimentan los valores morales de todos. Si las tintas se cargan sobre el orden, tal vez el gobernante incurra en actitudes despóticas y prepotentes (tal como sucedió en el movimiento comunero). Si se insiste en la autonomía, es posible llegar a actitudes individualistas y poco solidarias (este era el riesgo de las Gemianías). El sano equilibrio se da cuando la libertad -que no es ausencia de vínculos-se relaciona con lo óptimo; y cuando la igualdad no es igualitarismo demagógico, sino una igualdad esencial con diferencias funcionales. Además, también se ha de encontrar y mantener un equilibrio en las relaciones entre la sociedad en general -que a finales del siglo XX todavía es una sociedad nacional-y los pequeños grupos que la integran, así como entre sociedades. Ese equilibrio, además de apuntalar la paz interior, permite que cada comunidad miembro respete sus tradiciones y su subcultura particulares y que defienda sus intereses y necesidades al mismo tiempo que colabora en el sostenimiento de un núcleo de valores compartidos. Construir y mantener una comunidad de comunidades es un reto particularmente difícil pues cuanto más fuerte es cada una, menos proclive es a considerarse y a actuar como parte de un todo más extenso. Cuanto más heterogénea es una sociedad, mayor es el desafío que afronta para conservar la autonomía intergrupal limitada en el seno de la sociedad global, como una comunidad única-^*^. Así, en el fenómeno de la globalización, las pequeñas o medianas aldeas o ciudades no deben perder su identidad y autonomía, de lo contrario se caerá en las ya mencionadas sociedades globales artificiales que tal vez opriman, más que favorezcan, el auténtico espíritu comunitario. Decálogo del comunitario sensible De acuerdo con Amitai Etzioni un comunitario sensible es aquél que respeta los derechos individuales -propios y ajenos-sin dejar de cumplir sus responsabilidades dentro de la comunidad. Presentamos un decálogo que puede favorecer tanto la existencia de un orden social como la conservación de la personal autonomía. De esta manera será posible la salud social que apuesta por el individuo y al mismo tiempo estimula la diversidad expresiva; promueve el encuentro continuo con la espontaneidad, y una disposición para el enriquecimiento mutuo con lo distinto^^. El Decálogo es el siguiente: 1° Fomenta en ti mismo y en los otros una visión unitaria y global, pero que incida en lo regional. 2° Promueve un desarrollo comunitario jerárquico, al servicio de todos. Luz María Cruz de Galindo 742 3° Defiende y transmite los valores que sustentan la convivencia humanizada. 4° Respeta las tradiciones y la cultura universales y regionales. 5° Reconoce la identidad de cada persona y comunidad e impulsa el autodesarroUo y la participación. 6° Haz vida en ti y en los otros la experiencia de la integridad y la fidelidad. 7° Articula adecuadamente la justicia conmutativa y distributiva. 8° Genera sólo expectativas viables a corto, mediano y largo plazo. 9° Dale a la propiedad un sentido social. 10° Apoya a la familia soberana. El punto de partida para promover el comunitarismo es una actitud que parta del conocimiento de la realidad y del contexto sociohistórico y que respete las necesidades regionales, sentidas y manifiestas. De esta manera el bienestar de cada comunidad irá permeando ámbitos cada vez más amplios. Esto derivará en una promoción de desarrollo comunitario que mida las necesidades y las jerarquice, para no caer en la ampulosidad. «Pertinencia y necesidad se conforman cojí la demanda social a través del estudio de las funciones y disfunciones sociales que hacen referencia al momento histórico y a la situación socioeconómica concreta»•'^^. Se trata de un servicio a próximos y lejanos. Esta idea de servicio es dispersiva y está reñida con la acumulación de poder y dinero en beneficio de unos cuantos y en detrimento de la justicia social. En tercer lugar hablamos de una convivencia que es incluyente de la civilidad, porque humaniza el entorno social, acoge a todos y promueve el verdadero bienestar. Esto enlaza con el cuarto aspecto, pues la civilidad arropa las verdaderas tradiciones y culturas universales y regionales, cuyo requisito sine qua non es la eliminación de la desigualdad genérica^^. En quinto lugar insistimos en, el respeto de la identidad individual y comunitaria. Esta identidad propiciará la raigambre y la pertenencia, el sentido comunitario^ que se convertirá en la punta de lanza para el au-todesarroUo y la participación Será esta una «vocación regeneradora amparada en el ansia de libertad» para ejercer el mejor servicio social posi-ble^^. Respecto a la experiencia de la integridad y fidelidad nos referimos a reconocer sus beneficios en la vida pasada, vivirlos en el presente y fertilizar con ellos el futuro. Con todos estos principios se tiene preparado el campo j)ropicio para que florezca la justicia conmutativa y distributiva que permitirá a individuos y comunidades la obtención^de los satisfactores adecuados a sus distintas necesidades materiales, afectivas y espirituales. Para ello es indis-Los comuneros: un apunte histórico 743 pensaMe evitar la pasividad ante las desigualdades sociales, o la actividad injusta que se adueñe de lo que es patrimonio de otros. Lo importante es lograr un sano equilibrio entre actividad y productividad equitativa. Esta justicia, unida al conocimiento de la realidad permite generar sólo expectativas viables y jamás encumbrarse con ofrecimientos demagógicos. En cuanto al noveno punto, la propiedad con sentido social se sintetiza en dos palabras: seguridad y participación. Se trata de una mejora en la calidad de vida que incluye la promoción de propietarios, lo cual es posible si el salario es familiar, se promueve la salud y una infraestructura social acorde con las necesidades humanas. Todo ello genera seguridad en las personas y en las regiones, destierra el individualismo, gracias a uña participación confiada dentro de una democracia participativamás que representativa-que canaliza y apoya propuestas e iniciativas de autogestión. Además evita la presencia de la masa que, siguiendo a Ortega y Gasset «es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal-por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a^los demás»^^.El último punto del decálogo apoya SL la familia sobera-na^^ y encierra una misión de excelencia porque une, integra y vincula a las personas dentro de su ámbito niás noble. Podemos preguntarnos por la pertinencia de un Decálogo del comunitario sensible en el tema de la rebelión comunera. Pensamos que este movimiento, como el de las germanías y tantos otros a lo largo de la historia, han tenido su origen en una falta de respeto a las personas y a las distintas comunidades, qué propicia la desarticulación y el individualismo. Un comunitario sensible aprovecha los medios a su alcance, adopta actitudes y desarrolla habilidades que Le permiten incidir en la vida social de manera adecuada, para lograr la excelencia social. Recomendamos analizar a la luz de este Decálogo los distintos personajes involucrados en el movimiento comunero: Carlos V, el Cardenal Adriano de Utrech, El Cardenal Cisneros, los consejeros del Rey, los líderes del movimiento, especialmente a Juan Padilla, etc. Todos ellos paradigmas, de comunitarios como mayor o menor sentido social y auto-" nomía. ¿Por qué no también aplicar este decálogo a nuestros líderes y gobernantes contemporáneos...? 1^ Los más pobres, ignorantes, los que tienen menos, son los que pierden poco o nada en los movimientos revolucionarios, proponen un igualitarismo absurdo, populista que finalmente desemboca en la demagogia y el poder de unos cuantos, quienes se convierten en líderes del movimiento.
Los pueblos indígenas mexicanos son culturas postergadas que sobreviven gracias a una organización comunal basada en un sistema de cargos cívico religiosos de carácter democrático y rotativo y que les imprime un sello corporativo. Su cohesión esta sustentada por los núcleos domésticos que se articulan entre s¿, por la vía de la solidaridad y la ayuda recíproca. De acuerdo a Etzioni^ todos los sistemas de pensamientos y de creencias se construyen sobre la base de un concepto axial, así para los individualistas, una sociedad armónica («buena sociedad») tiene como sustento a la persona libre, para los social conservadores es un conjunto penetrante de virtudes sociales que cristalizan en la sociedad o el estado; para los comunitarios la base se da en el equilibrio entre autonomía y orden, un orden convencional acotado por valores nucleares y autonomía contextual en una red de vínculos y valores. En la mayoría de los pueblos indígenas mexicanos se vive, hasta la fecha, un comunitarismo basado en tres valores fundamentales compartidos: 1) autoridad rotativa como base de la organización comunal, 2) la solidaridad y 3) la a3aida mutua. Las sociedades indígenas mexicanas son núcleos pequeños, generalmente aislados, con elevados índices de analfabetismo. Grupos homogéneos con gran sentido de solidaridad, comportamientos tradicionales que tienen como base de organización social el paren-* tesco y como unidad de acción a la familia. Su cultura gira alrededor de lo sagrado y su economía en torno al prestigio más que al mercado. Los núcleos indígenas son culturas postergadas que no han podido despegar por falta de un respaldo oficial y de políticas adecuadas, lo que ha permitido una explotación constante que les impide enfrentarse a la sociedad global dominante, sin embargo han sobrevivido al empuje de los centros rectores y a las metrópolis económicas que los dominan, gracias a la fuerte cohesión de sus societarios. Los indígenas se caracterizan, entre otras cosas, por la lengua que hablan, porque conservan sus tradiciones para vincularse con la naturaleza, sus semejantes y para organizarse para el trabajo y el ocio, pero especialmente porque se identifican como tales. Con este criterio el Instituto Nacional Indigenista realizó un estudio titulado Indicadores Socio Económicos de los pueblos Indígenas de México (1990), en el se estima que alrededor de nueve millones de personas son indígenas, esto es, el 10% de la población total del país. La población indígena se concentra en el sudeste de la República Mexicana, especialmente en los estados de Oaxaca, Veracruz, Chiapas, Puebla y Yucatán. De los municipios con 30% o más de población indígena estimada, más de la mitad presentan una alta marginación. En cuanto a los indicadores sobre nivel educativo, el 46.1% es analfabeta; la población de 15 años y más sin primaria completa es el 75.9%; monolingues son el 24.8%. En cuanto a indicadores de bienestar, la población indígena carece de electricidad en un 51.6%; el 68.3% carece de agua entubada; el 90.4% no dispone de drenaje; el 76.4% tiene piso de tierra en su vivienda. Como puede observarse las condiciones socioeconómicas son precarias, por otro lado, la diversidad lingüística de los pueblos indígenas de México es muy elevada ya que existen cuando menos 59 lenguas diferentes, lo que muestra un mosaico de expresiones culturales en donde las únicas constantes son su organización comunal y la pervivencia de su solidaridad y ayuda mutua. Es una red de relaciones que se genera en los grupos domésticos y se extiende a los barrios que conforman el área física de los pueblos. Esta red se sostiene mediante un sistema de cargos cívico religiosos que le da un carácter básicamente corporativo y les permite conservar sus rasgos culturales más preciados: su lengua, sus costumbres y sus tradiciones. El El comunitarismo en los pueblos indígenas de México sistema de cargos cívico religioso es el mediador de todas las relaciones: la administración, la iglesia y el trabajo colectivo. En casi todas las comunidades indígenas mexicanas prevalece la misma organización comunal heredada del período colonial, implantado por los españoles y alentado por la Iglesia Católica. Su conformación se facilitó por el tipo de estructura que existía en el período prehispánico y que tenía como característica el ser una estructura democrática. Los españoles procuraron que los indígenas conservaran algunas de sus costumbres y las que modificaron lo hicieron adecuándolas a los rasgos originales, lo que permitió a los grupos indígenas preservar muchas de sus tradiciones y mantener sus particularidades y algunas de sus instituciones reforzaron especialmente la solidaridad entre sus miembros, alentados por los evangelizadores y apoyados por la acción protectora de los misioneros, respaldadas a su vez por las autoridades civiles. Desarrollo de la organización comunal En el siglo XVIII, la organización comunal se denominó República de Yndios y en ellas se estabilizó poco a poco el sistema de cargos civiles y religiosos. Se les dotó de territorio propio respaldado por una serie de dociunentos agrarios, se mantuvo el sistema de cargos, se alentó el trabajo colectivo, se desarrollaron cajas de comunidad, todo lo cual permitió el aislamiento y la permanencia de instituciones propias^. Desde la mitad del siglo XVI, el poder local se constituyó igual que el del cabildo español compuesto por una gran variedad de puestos. Durante las primeras épocas de la colonia, el jefe local precolombino Tlahtoani (cacique) asumió el poder, pero más tarde, en el siglo XVII se instituyen los cargos jerárquicos anuales y rotativos. Con la Independencia se consideró que ya no debería haber diferencias entre los ciudadanos criollos, los mestizos, los africanos y los indígenas, lo que dio como resultado la terminación de actitudes protectoras y de excepción, así como de leyes especiales para los indígenas. Los hospitales, los colegios, las cajas municií^àlds y, especialmente la propiedad comunal, deberían desaparecer ya que el indígena requería convertirse en Dequeño propietario, por lo que la tierra sé dividió éh parcelad. Siïi em-)argo sobrevivió el ^istériiatìe cargos y la organización comiiñal.. La organización comunal actual Si bien es cierto que en la actualidad han tenido modificaciones, su configuración es básicamente la misráa. Sigue siendo un sistema recíproco de responsabilidades, donde el hombre de entre 20 jr 60 años, qué 750 Regina Jiménez Ottalengo sea jefe de familia, tiene la obligación de dar un año de servicio en el sistema de cargos cada tres o cuatro años. Los cargos son 25 y duran un año. Otros cargos menores duran más tiempo^. En una fecha fija anual, se escoge a los encargados de cada puesto para el siguiente año. Todos los cargos son honoríficos por lo que los elegidos deben ser solventes y vigilar y administrar los intereses de la comunidad. Los cargos son repartidos entre los monahiit («aquellos con trabajo» en lengua huave) es decir aquellos que en ese año deben cuidar el funcionamiento tanto político, como judicial, administrativo y religioso del pueblo. A estos monahiit la comunidad les propone dos tipos de cargos, el civil o el religioso, y ellos deciden y escogen el tipo de puesto a desempeñar. En el sistema civil los puestos de más alta jerarquía son el de presidente municipal y el de alcalde. El de menor jerarquía es el de topil, policía bajo el mando de los otros dos. Entre las funciones de los topiles está la de garantizar el orden, el ser mensajeros y guardianes de las otras autoridades. Existe también el cargo de pregoneros, difusores de noticias de interés comunitario y sirven de enlace entre las autoridades civiles y religiosas. Los regidores, que dependen directamente del presidente municipal, se encargan de la limpieza del pueblo y de asesorar al presidente municipal y al alcalde. Otros cargos son: tesorero, escribano y síndico, que tienen como funciones: el primero de éstos, recoger los impuestos; el segundo, llevar el recuento de los contribuyentes así como el registro de propiedades y el último funge como mediador con el ministerio público del centro urbano más cercano a la localidad. A los cargos jerárquicamente dispuestos, se accede por escalafón siempre y cuando hayan cumplido con los deberes comunitarios, que tengan solvencia moral así como prestigio social y que en años recientes hayan sido mayordomos, puesto religioso de alto aprecio colectivo. Existe un consejo de ancianos integrado por hombres de entre 50 y 60 años, cuyo prestigio se debe a que desempeñaron con acierto sus cargos civiles y/o religiosos. Su función dentro de la organización civil es la de aconsejar y orientar a la autoridad en turno. El encargado de citar al consejo es el presidente municipal, y es este quien se encarga de plantear el problema o proyecto, una vez acordado con el grupo de ancianos, estos son los responsables de participarlo a la asamblea y de sensibilizar a la mayoría, para su aprobación o rechazo. El sistema de cargos religiosos es menos complejo y numeroso que el civil. El grado más bajo es el de «pequeño acólito» que lo ejercían adoles-El comunitarismo en los pueblos indígenas de México centes y jóvenes célibes, son una especie de aprendices a los que se les instruye en la doctrina, las oraciones y el servicio de la misa y obligan a mantener la limpieza del templo. De acólito se pasa a topil de la iglesia, quien se encarga de la diñisión de mensajes religiosos. El ascenso siguiente es el de sacristán, después de fiscal y por último el de maestro de capilla, quien se ocupa de la organización y registro de feligreses. Para lograr los cargos de más alta jerarquía en el sistema civil, se requiere del prestigio que otorga la mayordomía, una institución ligada al ritual festivo de los santos patronos del pueblo. La persona que se compromete a servir como mayordomo debe efectuar fuertes erogaciones económicas para celebrar la festividad de cada santo patrono, entre otras cosas, debe ofrecer alimentos especialmente elaborados, a todas las personas que acuden al barrio en que se celebra la festividad. Esta dura una semana en la que el mayordomo ofrece la comida, las bebidas embriagantes y los cigarrillos. La obligación del mayordomo, además de patrocinar la fiesta del santo, consiste en acudir tres veces por semana en la madrugada y por espacio de un año, a poner velas y veladoras al santo patrón, así como a rezar en compañía de otros hombres que han desempeñado la misma función. Todo este sistema de cargos se ha visto seriamente amenazado por la intromisión del Estado y por la economía de mercado. En los pueblos indígenas, especialmente en la zona ubicada en los estados del sur: Oaxaca, Chiapas, Guerrero, se realiza una actividad conocida como tequio, tarea o faena (Tzina Yeetzi, en zapoteco, trabajo del pueblo). Consiste en llevar a cabo alguna obra de beneficio social. En este tipo de trabajo solidario copera toda la unidad doméstica. Como se relató anteriormente, los ciudadanos tienen obligación de dar un año de servicio en el sistema de cargos cada tres o cuatro años. Como autoridades organizan y vigilan el trabajo comunal y anuncian las labores que deberán realizarse, también agrupan a los ciudadanos de la comunidad para realizar los trabajos por turnos. Cuando algún ciudadano no puede acudir a las labores, envía a otra persona en su representación, toda vez que aquel que no cumple con su compromiso, es sancionado. Cuando el grupo fami-752 Regina Jiménez Ottalengo liar esta dirigido por mujeres solas, tienen al igual que sus familiares, las mismas obligaciones y derechos. Regularmente las mujeres cooperan llevando alimentos a los grupos de trabajo. La familia de cada una de las autoridades pone todos sus recursos a disposición de la comunidad, usan sus propios utensilios, animales y demás bienes. Los «que sirven», es decir, los que tienen el cargo honorífico anual buscan el apoyo de familias amistades y compadres fuera de su núcleo familiar, para realizar las obras de beneficio colectivo: abrir calles; así como construir, remodelar y dar mantenimiento a: jardines, oficinas municipales, escuelas, en fin, obras materiales de uso común. Aunque es cierto que los lazos de asistencia solidaria tienden a desaparecer, ante el empleo de asalariados y la emigración de los jóvenes en busca de mejores oportunidades de vida, así como la aparición de sectas religiosas, la tradición se mantiene. Se da el caso que aun lejos de sus comunidades colaboran. Es frecuente^ que los que han emigrado a la capital del país o a los Estados Unidos de Norte América, se integren en círculos donde celebran asambleas para ayudarse mutuamente y para enviar a su pueblo natal colaboraciones monetarias, lo mismo para terminar de construir un templo o una escuela que para abrir carreteras, o para impulsar la labor de las escoletas (escuelas de música tradicional). En algunas ocasiones colaboran con material de construcción y con la asesoría de profesionales nativos, que laboran en otras regiones, pero que no olvidan su obligación comunitaria. Como las mujeres ya son consideradas ciudadanas, también contribuyen a las obras voluntarias, ya sea ayxidando en las cosechas o al desgrane del maíz, y en las festividades se encargan de la preparación de los alimentos. Muchas veces la ayuda de las mujeres consiste en hacerse cargo de la manutención familiar, a fin de que sus esposos cumplan con los cargos comunitarios.^ En las comunidades indígenas tienen por costumbre ayudarse entre parientes, compadres, vecinos y amistades. Se prestan bienes, animales y se auxilian unos a otros con trabajo personal. Regularmente la ayuda se proporciona recíprocamente, a nivel de unidades domésticas, no de individuos. Las obligaciones y derechos son hereditarios, lo que asegura la continuidad del compromiso^. En las comunidades zapotecas de Oaxaca se conoce a este sistema de ayuda mutua con el nombre de gozona (Gwzon)"^. Esta ayuda recíproca se lleva a cabo en los trabajos agrícolas mediante acuerdos tomados entre El comunitarismo en los pueblos indígenas de México ellos en que organizan las faenas y los tiempos. También se utilizan en las festividades religiosas, en los casamientos, en las defunciones y en la construcción de casas. En las tres últimas décadas la región del sudeste del país, en donde habitan pueblos mixes, zapotecas, huaves, mayas y otros grupos indígenas, se incorporaron al comercio internacional, mediante la producción de café, y lo hicieron en un principio con relativo éxito. Sin embargo, con la caída del precio de ese producto, han sufrido desajustes económicos que dieron como resultado que su sistema tradicional de subsistencia se viera afectado. Con la siembra de cafetos la tierra se erosionó, recibieron poca paga y dejaron de sembrar frijol y maíz, base de su dieta diaria. Este fracaso en su economía no les hizo perder su sentido de solidaridad, así los pequeños agricultores se han integrado en grupos de cuatro a seis personas, para trabajar la tierra con la practica de «manovuelta». Consiste en que cada grupo se ayuda por turnos en la preparación del terreno, la siembra y la cosecha. Es una estrategia de ayuda mutua que han ejercido tradicionalmente y de la cual han hecho uso en estos tiempos de crisis para evitar el empleo de peones asalariados y con ello reducir costos de producción.^ En las festividades religiosas, el mayordomo tiene la obligación de cuidar y rezar frente a la imagen del santo patrono. El día del santo el mayordomo debe ofrecer los festejos, por ello una semana antes los habitantes del pueblo empiezan a visitar al mayordomo para ofrecerle su ajnida. Algunos llevan obsequios para aminorarle la carga económica. El mayordomo toma nota de lo que recibe para que cuando al otro le toque el cargo, el pueda corresponderle. Todo lo que se ocupa para la fiesta es proporcionado por las familias de la localidad. Los festejos tienen una duración de varios días, en algunas ocasiones de una semana entera. Al término de la fiesta, los enseres prestados son devueltos a sus dueños acompañados de alimentos. En los casamientos, la fiesta se realiza cuando se lleva a cabo la ceremonia religiosa. Para la realización del festejo cooperan familiares y amigos. Esta cooperación es vigilada por los padres de los novios, de tal forma que cuando deban corresponder a los que les han ayudado lo hagan en forma similar. La boda dura de dos a tres días, dependiendo de la situación económica de los desposados. En esos días se proporciona alimento y bebidas alcohólicas acompañadas de música ejecutada por los integrantes de la escoleta. Los padrinos de los contrayentes regalan el aguardiente y los adornos de la iglesia, los contrayentes a su vez obsequian a sus padrinos algún animal doméstico, sellándose, de esta manera, un fuerte compromiso entre ahijados y padrinos. Los desposados se consideran hijos adoptivos y tienen la obligación de prestar a3njda a sus padrinos cuando éstos la soliciten. Las defunciones son anunciadas con toque de campanas. Cuando se dan cita en la casa del difunto para la ceremonia de velación, se regalan velas, veladoras y dinero. Todos ayudan en la ceremonia por que saben que en su momento, también recibirán apoyo. En los funerales se da café, bebidas alcohólicas y pan; la banda toca música alusiva. Al día siguiente del entierro se acude al arroyo o río más cercano para bañarse y lavar la ropa utilizada en el sepelio.^ En la construcción de casas se invita a los parientes y amistades para realizar la obra. Para iniciar el compromiso, el futuro dueño ofrece un almuerzo en donde se invoca la bendición de Dios, para que los esfuerzos den buenos resultados y no haya accidentes ni contratiempos. Terminado el almuerzo, los ancianos invitados sirven bebidas embriagantes (mezcal) y riegan licor en los cuatro ángulos del sitio en que se va a fincar. Se reparten tareas y se inician las labores, los trabajadores comen en el propio lugar de trabajo atendidos por las mujeres del grupo que de esta manera cooperan. Queda claro que ninguno recibe paga por su trabajo. El código simbólico que marca el prestigio en los pueblos indígenas esta íntimamente ligado al sistema de cargos, especialmente a la mayordomía y aL intercambio recíproco. Ambos se fundamentan en el respeto que se obtiene por cumplir con las obligaciones de carácter comunitario. Por otra parte, el gasto suntuario que se realiza en las fiestas rituales contribuye a crear una buena imagen entre la población, que ve con agra-El comunitarismo en los pueblos indígenas de México do el gasto para beneficio social y lo reprueba cuando es de provecho individual o privado.^° El cambio y la modernidad Los pueblos indígenas mexicanos se encuentran en un proceso de cambio que hace temer la perdida de su vida comunitaria. Por un lado la intervención del Estado ha introducido nuevas fimciones políticas que entran en rivalidad con el sistema de cargos tradicional; y por el otro la incorporación al mercado nacional e internacional que ha desarrollado una diferenciación económica entre los grupos domésticos. Las políticas gubernamentales han buscado la desaparición de la autosuficiencia de las comunidades y desdibujar la presencia del sistema de cargos con el objeto de conectarlos a los círculos de producción moderna que solo ha servido para explotar a esos pueblos, lo mismo los montes de la Sierra Tarahumara que la ñierza de trabajo de los mayas de Chiapas que el café de los mazatecos, que los sombreros mixtéeos. A esto hay que agregar la entrada de las sectas religiosas que han dividido a las familias, a los barrios y a los pueblos. Por otro lado la influencia de los medios de difusión han minado el espíritu solidario y unificador de las instituciones indígenas, lo que provoca a menudo miseria física y moral. A pesar de las múltiples intervenciones que ponen en peligro las tradiciones y la cohesión de las comunidades indígenas, éstas no han perdido del todo su identidad y buscan en sus raíces comunitarias una vía de sobrevivencia. El valor de la comunidad como entorno de excelencia social queda en este caso de estudio refrendado. Muchos de los indígenas que emigran y que han logrado triunfar económica o profesionalmente hablando, consideran que ese camino de solidaridad, aunado a una educación cívica^^ integral puede hacer que las culturas y comunidades indígenas persistan y logren amalgamarse a la cultura y comunidad nacional, para alcanzar un progreso que les permita influir en la vida del país nutriendo a la sociedad global con su visión solidaria y de ayuda mutua para llevarla por senderos de justicia y unidad. Esto no es fácil, básicamente por dos factores: uno, el individualismo que invade a los miembros de la sociedad global mexicana y dos, que la Regina Jiménez Ottalengo cultura indígena no es valorada por esa sociedad, a pesar de los valores intrínsecos de su visión de la vida. Es por ello que se requiere hacer de los pueblos indígenas objeto de estudio de la antropología comunitarista que reivindique su mundi visión y que se deje de ver a estos grupos sólo como sociedades Folk utilizadas solo para enriquecer el acervo antropológico y para el esparcimiento turístico. En la apuesta comunitarista que nos presentan Etzioni y otros autores, el ejemplo de estas colectividades es una pauta a seguir. La nueva regla de oro. p.49. ^ GUILLERMO BONFIL designa este hecho como "enquistamiento" de la comunidad indígena.
El Fundamentalismo islámico se presenta en nuestros días como una amenaza al mundo Occidental que, en cierta medida, viene a sustituir el enfrentamiento bipolar típico del mundo durante la «Guerra Fría». Junto a factores ideológicos, sociales y económicos que explican la reacción de sectores cada vez más numerosos del mundo islámico ante el fracaso de las ideologías modernizadoras, también encontramos aspectos míticos que tratan de mantener la cohesión social frente a la amenaza exterior en el mundo occidental. El comunitarismo es una corriente de pensamiento cuyos inicios pueden situarse en Estados Unidos a partir de los debates morales y políticos que surgen en el mundo anglosajón como reacción ante los excesos de las políticas neoliberales llevadas a cabo por la Administración Reagan y por la Primera Ministra Margaret Thatcher. En un sentido más amplio y, en cierta medida, más profundo, el comunitarismo entronca con la gran crítica a la Modernidad y ello en la medida en que al defender el comunitarismo el resurgir de las comunidades básicas, entre ellas, la familia, favorece los factores de socialización y de solidaridad, frente a las posiciones de la teoría neoclásica que priman una visión de la sociedad como fruto de la articulación contractual entre individuos aislados. En una síntesis apresurada, se podría decir que el comunitarismo intenta aunar la ética de lo colectivo con la dinámica del mercado en un in-Eduardo Ruiz Ahellán 760 tento de volver a soldar un tejido social en el que la implementación de las políticas liberales de los años setenta y ochenta produjo graves des-garros^. A la modernidad se la acusa, en definitiva, de haber promovido un modelo de sociedad de corte hobbesiano en el que el Estado no sería mas que una construcción artificial de la razón frente a un modelo aristotélico anterior que vería la sociedad política como la culminación de un proceso a partir de formas más primitivas de sociabilidad^. Nos encontramos, por tanto, ante una reivindicación de los grupos primarios en tanto que grupos de dimensiones reducidas pero capaces de desarrollar sus propias normas y costumbres y en los que la interacción es intensa y directa. Estamos en la antítesis del proyecto moderno, que, en la medida en que trate de hacerse realidad, supone la disolución de los lazos comunitarios en beneficio de modos de relación de carácter contractual^. A tenor de lo ya indicado, es evidente que no nos encontramos ante un mero debate de tipo especulativo, sino ante el intento de encontrar solución a los problemas planteados por la crisis de la modernidad, crisis que reviste en todas las sociedades periféricas un carácter devastador y que en las sociedades musulmanas asume una agudeza ideológica particular aún más grande. Y es que como afirma B. Ghalioun: la modernización tecnocrática, en tanto que proyecto intentado para lograr el desarrollo de los pueblos del Sur, es considerada como inhumana e injusta: «por doquier en el Tercer Mundo, allí donde se ha impuesto la modernidad, la sociedad se ha dividido en dos comunidades opuestas a las que todo separa: la sensibilidad, el modo de vida, la ética, las relaciones con la naturaleza, El Estado, la patria, el poder, el trabajo, la historia y las aspiraciones. Una de ellas, minoritaria, florece en la prosperidad; la otra, mayoritaria está destinada a la muerte lenta y al aislamiento»^. Dadas estas circunstancias, no es extraño que lo que se conoce como «Revuelta del Sur», en tanto que alternativa a la modernización occidental, podría verse bajo el signo del comunitarismo y la defensa de lo inalienable. Ello comportaría primar la dimensión de la solidaridad como ya advirtiera Tonnies en Comunidad y Sociedad, y posteriormente, Polanyi en la Gran Transformación^. Es en este contexto, en el que se pueden contemplar importantes fracturas sociales en los procesos modernizadores llevados a cabo en las sociedades musulmanas de nuestros días, en el que vamos a examinar la emergencia de los movimientos islamistas, que, en tanto que ideologías de sustitución, tratan de saldar cuentas con todos los fracasos acumulados por las ideologías modernistas, tanto las reformistas como las nacionalistas y socialistas. El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico Sentadas estas bases, nos aproximaremos al problema islamista abordándolo primero desde su envoltura más externa, es decir, aquella más visible a la opinión pública occidental que considera al islamismo político como la amenaza que ha venido a sustituir a la Unión Soviética. Tras este primer análisis, examinaremos, como si se tratara de un juego de muñecas rusas, una segunda capa constituida por los factores que han contribuido, o al menos favorecido, a la emergencia de estos movimientos en el mundo islámico, para en una tercera parte, dedicar nuestra atención al examen de los orígenes y fuentes intelectuales del fundamentalismo musulmán. La amenaza islámica como construcción mental Para todos los que hemos vivido una gran parte de nuestra existencia bajo el impacto de la «guerra fría», en definitiva, bajo la amenaza del choque nuclear entre las dos grandes superpotências del siglo XX: Estados Unidos y la Unión Soviética, no ha dejado de ser frustrante que apenas un año después del agotamiento de esta situación por la disolución del imperio soviético, nuestro mundo se haya instalado en un nuevo paradigma de enfrentamiento, o al menos, parece como si quisiera hacerlo, que no sería otro que el constituido por la amenaza que el mundo islámico representaría para nuestra vida colectiva. Ciertamente, el mundo islámico, al finalizar este siglo XX, contará con unos mil millones de creyentes en continua expansión, creciendo a un ritmo anual cercano al 3%, y si a esto añadimos la memoria secular de enfrentamientos entre el Occidente, y aún el Oriente cristianos, y el Islam, las bases para fundamentar esta visión estarían servidas. Y sin embargo, es evidente que si analizamos, hoy por hoy la fuerza militar, incluidas las posibilidades logísticas, de aquello que globalmente se conoce como amenaza islámica, sin minusvalorar su potencial y sus recientes avances en materia nuclear, esta pretendida amenaza queda disminuida hasta tal punto, que cualquier comparación con la situación precedente, protagonizada por la confrontación USA-URSS, nos hace ver con claridad su falta de consistencia. Entonces, ¿cuál es la explicación de que los más significativos «depósitos de pensamiento» occidentales den por bueno este análisis? Quizás haya que empezar recordando que una de las características del pensamiento occidental en la época moderna, consiste en la tendencia a identificar lo pensado con lo realmente existente. También es propio de la modernidad, el intento de reconducir lo real hacia objetos de fácil asimi-762 Eduardo Ruiz Ahellán lación; hacia «ideas claras y distintas» como quería Descartes. Sin embargo, como afirma un autor político de nuestros días: «Lo que es uno en la teoría se revela infinitamente múltiple en la realidad»^. Algunos años antes uno de nuestros filósofos menos conocidos, hablando también de la época moderna decía: «La realidad se refiere a nosotros con amplitudes tales que rebasa con mucho las fi: onteras del pensamiento claro y distinto»l En consecuencia ya podemos extraer una primera conclusión de carácter apriorístico; la aplicación de un enfoque de esta naturaleza a las relaciones entre el mundo occidental y el islámico corre el riesgo de producir grandes distorsiones cuyas consecuencias, al final, podrían ser pagadas por los pueblos y las personas atrapadas en estas mallas intelectuales. Si el mundo musulmán está corriendo el riesgo en nuestros días, de mirar a Occidente con la "mirada mutilada"»^, el mundo occidental parejamente, también corre el riesgo de mirar al mundo islámico desde una perspectiva unidimensional que, obviando las múltiples divisiones étnicas, religiosas, económicas, culturales y aún ideológicas existentes en el mismo, permite que nos forjemos una representación amenazante bajo el síndrome de una inminente «intifada colectiva». Y es que una de las características del pensamiento occidental, todavía en nuestros días, es la disyunción, la necesidad de interpretar las realidades de la vida en términos de identidad-oposición, lo que se traduce, cuando se trata de las relaciones entre pueblos de culturas diferentes, en un etnocentrismo estimulado durante la modernidad por la idea de la «perspectiva única y la contraposición entre sujeto y objeto»^. No obstante, hay que añadir que desde principios del siglo XX estamos asistiendo a un cambio epistemológico que postula la afirmación de lo diferente y complementario, lo que implica la «recuperación del conocimiento basado en la simpatía y en la connaturalidad con lo que se desea conocer». De esta manera la tesis de la complementariedad resultará, a la postre, clave para interpretar la realidad del siglo XX. Este cambio de paradigma debería suponer el comienzo de la superación de las diferentes disyuntivas entre las que se ha movido el pensamiento moderno. Esto es lo que también debería ocurrir entre Occidente y el mundo islámico como aspecto destacado de las relaciones Norte-Sur. No parece ser éste, sin embargo, el punto de vista de los que: «buscan nuevas demonizaciones y las encuentran en una amenaza islámica a la civilización occidental o en un próximo choque de civilizaciones»^^. En esta misma línea José M^ Tortosa^^ afirma que: «la representación occidental del mundo islámico está sesgada y condicionada por una serie El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico de estereotipos negativos que la identifican con el fanatismo, el terrorismo y el peligro de invasión». Según este autor intervendrían en esta perspectiva una serie de políticas de «construcción del enemigo» cuyo efecto serviría para aumentar la cohesión interna de los grupos. Así la acentuación de las diferencias y la construcción de una imagen negativa de la sociedad islámica facilitaría en la Unión Europea la construcción de una identidad común entre sus diferentes Estados, mientras que en E.E.U.U. el Islam vendría a sustituir al antiguo enemigo soviético. No obstante Tortosa concede una corta vigencia a este «mythomoteur», tanto desde USA, donde el poder emergente sería China, como desde la U.E., en donde esta construcción vendría además a complicarse mucho por la fuerte presencia del Islam dentro de la Unión (turcos en Alemania, argelinos en Francia, paquistaníes en el Reino Unido). A pesar de todo lo que hemos venido exponiendo, pecaríamos de parcialidad si no incorporamos a este análisis introductorio algunos elementos que desde el lado musulmán refuerzan los aspectos negativos de estas construcciones mentales. Así y como afirma Cesar Vidal^^: «a diferencia del Cristianismo, incluso del Budismo, -la guerra no es un distanciamiento de la enseñanza inicial, sino un instrumento propugnado (por el Islam) para reducir el cosmos y someter en todo a judíos y cristianos. En los siglos posteriores a la muerte de Mahoma, el Islam vivió su expansión como una confirmación de la veracidad de sus enseñanzas. De la misma manera, cualquier intento de respuesta-desde las Cruzadas a la Guerra del Golfo, pasando por la lucha contra el Estado de Israel o el reciente conflicto de Daguestán, ha provocado un profundo resentimiento no sólo por lo que implicaba de ataque o reacción extranjeros sino también porque significaba el retroceso en el avance hacia la meta final de sumisión de todo el orbe al Islam». Factores socio-económicos que explican el Fundamentalismo Islámico Una vez dibujado el marco en el que ha hecho su aparición este nuevo fenómeno socio-político, es preciso corregir el enfoque, aumentando nuestro nivel de aproximación, para poder distinguir, más claramente, en qué consiste lo que con marcado carácter generalizador ha venido a denominarse Fundamentalismo Islámico. La primera sorpresa con la que nos encontramos es que la propia voz con la que los occidentales designamos este conjunto de corrientes que han surgido en el mundo islámico, no sea una palabra de uso común en Eduardo Ruiz Ahellán 764 ese espacio cultural sino más bien una palabra importada: un préstamo cultural. Esta situación refuerza la opinión con la que iniciábamos este artículo: la inferencia que los distintos aparatos ideológicos y políticos del mundo occidental han tenido en la consideración de estos grupos político-religiosos. En efecto, el Fundamentalismo, como es de sobra conocido, es un movimiento de reforma dentro del Cristianismo de principios del s. XX, cuya denominación es acuñada por teólogos liberales de esa época, opuestos a lo que esta tendencia significaba y que, por tanto, denota ya un cierto sabor peyorativo, cuando no ciertamente acusatorio. Por todo lo anterior, algunos autores como Randal K. James prefieren utilizar el término «revivalist» incluyendo en esta palabra, que podría traducirse por «restauracionismo», cuatro tipos de personalidades: tradicionalistas, modernistas, fundamentalistas y pragmáticos. El término «islamista» quizás sea más adecuado, en cuanto con él nos referimos a quienes: «pretenden incrementar el papel del Islam en la sociedad y en la política, generalmente con la idea de construir un Estado islámico»^^. Se inaugura de esta manera, y aproximadamente desde finales de los años sesenta, un nuevo debate que desde una perspectiva, pretendidamente, externa a Occidente podría ejemplificarse en el «choque de civilizaciones» de Huntington; y desde una óptica más interior, es decir alojada en el seno del Occidente secularizado de nuestros días, podría describirse como un debate entre: «un comunitarismo radicalizado y un laicismo amenazado»^'*. Así quizás pueda explicarse que, para muchos, el fin de la U.R.S.S. haya creado, especialmente a los Estados Unidos, más problemas que los que aparentemente resolvía su disolución. Y también es explicable que por una cierta inercia mental, muy acusada en el espacio social y político, el Islam pudiera ser puesto en lugar del comunismo, con todos los «tics» mentales que tal sustitución encarnaba y el complejo Libia-Irán-Irak en el lugar de la U.R.S.S. No obstante, esta confrontación entre un comunitarismo radicalizado de base religiosa y un laicismo amenazado, solo es medianamente comprensible a finales del s. XX, si, como afirmara ya en 1985, Fernández Carvajal, no se hubiera producido «la fosilización del mito marxista, caído en la trampa del incumplimiento de sus promesas mesiánicas, lo que habría introducido en el mundo una oportunidad y un riesgo para la Religión: venir ella por vías más o menos directas a ocupar el hueco de la que a lo largo del siglo XX ha sido la más profunda ideología revolucionaria»^^. Más adelante^^ añadía: «en principio se trata de la recuperación de una fuente de estímulos sociales que parecía extinta o casi extinta. Tal recuperación no tiene nada de extraño. La experiencia de «lo sacro» es de-El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico masiado poderosa para quedar confinada dentro de estrictos límites individuales y rituales; lo sorprendente sería, más bien, su relativo estiaje a lo largo de los últimos cincuenta años de la historia de la humanidad». Como confirmando este diagnóstico unos años más tarde, en 1991, lanzaba su «Revancha de Dios», Gilles Kepel y en ella^^ se contienen afirmaciones como las siguientes: «daba la impresión de que a partir de la Segunda Guerra Mundial, el dominio público había conquistado una autonomía definitiva respecto de la religión, resultado éste de un proceso cuyos propulsores fueron los filósofos de la Ilustración. La religión veía restringirse su influencia a la esfera privada o familiar, y ya no parecía inspirar el orden de la sociedad sino de modo indirecto, como un vestigio del pasado...», «es el conjunto de este proceso lo que hacia 1975 empieza a revertirse ya que surge un nuevo discurso que a través de múltiples expresiones propone la superación de una modernidad fallida a la que atribuye los fracasos y las frustraciones provenientes del alejamiento de Dios». En esta misma línea, o, al menos, haciéndose eco de parecidas preocupaciones, Eugenio Trías nos decía hace tres años que: «si hay un tema relevante en este fin de milenio, este es, sin duda, el religioso» y añadía: «es más, el final de la «Guerra Fría», parece sustituir el registro ideológico como lugar en donde se articulan las convicciones y los conflictos por el registro religioso»-"^^. Con todo lo anterior, creo que hemos bajado un segundo peldaño que nos aproxima a un objeto que es a la vez político y religioso, pero aún hemos de movernos hacia un tercer peldaño que nos sitúe ya en el centro del islamismo y en los factores de su desarrollo. Nos referimos, obviamente, al problema de la identidad, que si es sentido en nuestros días como preocupación global, todavía tiene un énfasis mayor en el mundo musulmán. Y es que como afirma Rafael Puyol: «dos dinámicas actúan sobre nuestro mundo a las puertas del tercer milenio, la de fisión con su fuerza de fractura que ha roto imperios y países y debilitado estados en todo el mundo y la de fusión que, con la misma energía, estimula la asociación y la integración de espacios comerciales y políticos»^^. El problema de la identidad en el mundo musulmán es el principal o primer factor en el que se orientan estos movimientos. Además del factor general al que acabamos de aludir, la historia de los pueblos islámicos nos aclara una parte importante de este problema. En síntesis podemos decir que como continuación de una edad de esplendor, el mundo árabe cae en una serie ininterrumpida de derrotas y de crisis: Las Cruzadas, el Imperio Otomano y finalmente la etapa colonial de los poderes occidentales. Incluso en la etapa postcolonial, el mundo islámico arrastra un fuerte sentimiento de inferioridad y de pérdida al comparar-766 Eduardo Ruiz Ahellán se con el rico y avanzado mundo occidental. Y aunque el movimiento Panárabe de principios del siglo XX supuso una oportunidad para corregir esta situación, pronto se mostró impotente ante la falta de unidad de este mundo. La quiebra de los gobiernos secularizados y las derrotas de los ejércitos árabes ante el pequeño pero occidentalizado Estado de Israel no han hecho más que acentuar este sentimiento de impotencia. En contrapartida, una mirada a su pasado, más o menos mitificado, permite a los musulmanes contemplar una «Edad de Oro» bajo el imperio de la ley islámica. Sea o no verdadero este relato, estamos ante lo que ha proporcionado al islamismo una especial capacidad de convocatoria en un mundo donde proliferan las crisis de legitimidad de los gobiernos, un orgullo nacional muy bajo y la derrota de la identidad arábiga. En estas circunstancias; «¿Por qué otra cosa podría sustituirse, hoy y en ese mundo, la pertenencia a una comunidad de creyentes? Lo grave, sin embargo, consiste en que esa pertenencia se presenta ahora como la pertenencia última, la menos efímera, la más arraigada, la única que puede satisfacer tantas necesidades esenciales del ser humano, y que no podría sustituirse de un modo duradero por otras pertenencias tradicionales a la nación, a la etnia, a la raza, ni siquiera a la clase»^^. Esta situación ha hecho a aflorar en alguna medida en el mundo musulmán la nostalgia por la UMMA: la comunidad formada por todos los creyentes que es, indistintamente, religiosa, social y política. El término viene de UMM, madre en árabe, lo cual cuadra con su carácter amparador, nutricio, educativo. Un musulmán del Senegal, se siente miembro de la UMMA y hermano, por tanto, de otro musulmán del Turquestán chino o de Paupasia.. Ahora bien ocurre que la UMMA está social y políticamente desintegrada entre la variedad de Estados-nación que han surgido a partir de la independencia de las metrópolis coloniales. Pero, aún más lo está religiosamente por la escisión entre chiítas y sunnitas. Así que el musulmán se siente hoy, en cierta medida, desligado de su raíz, incómodo en el mundo^^, y aunque estas divisiones tanto políticas como religiosas se mantienen, en la medida en que es posible distinguir entre un fundamentalismo de origen chiíta y otro de cuño sunnita, incluso movimientos fundamentalistas con impronta acusadamente nacionalista; lo que no cabe duda, es que los movimientos islamistas han resucitado con mayor o menor virulencia, según el país de que se trate, el proyecto utópico de refundación de la sociedad musulmana básica, así como la reconversión de todos los valores sociales a los principios de la UMMA musulmana. Su proyecto consistiría en la implantación de un contramodelo de modernización occidental, mediante la denuncia de los efectos perversos de ésta: aislamiento social, indivi-El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico dualismo exacerbado, pasividad política, inflación burocrática, marginación y marginalidad^^. Estos problemas de identidad tienen inmediatamente su correlato político, al menos en términos de déficits de legitimidad, para los Estados surgidos de los procesos de descolonización y para sus elites dirigentes. En efecto, los Estados que se instauran en el mundo musulmán a fines de la década de los cincuenta y sesenta, nacen entre grandes entusiasmos colectivos y magníficas esperanzas, pero, salvo el caso marroquí probablemente, carecen, en cierta medida, de un apoyo base que se pudiera llamar «óntico» o sustancial. Es muy significativo, en este sentido, que las Constituciones de los nuevos Estados musulmanes, hagan siempre referencia a una suerte de comunidad transacional (La UMMA), políticamente vigente, que sirve como de asiento y soporte a las emergentes legitimidades y que suaviza un tanto lo que el Estado supone para esas sociedades de «préstamo cultural». Los primeros artículos de las nuevas Constituciones de estos países, sistemáticamente, hacen referencia a la «Gran nación árabe» o al Maghreb, lo que además de convertir, de facto, al Estado en algo transitorio y vicario, ha permitido acuñar la expresión de «Nación a dos niveles» como elemento caracterizador de estos sistemas políticos^^. Acontecimientos que aún perduran en la memoria colectiva como la Guerra del Golfo y el prácticamente general grito de protesta de las masas musulmanas desde el Indico al Atlántico, permiten suponer que el «casus belli» inicial: «la violación de las fironteras de un estado soberano como era Kuwait», no era percibido con la misma gravedad en la mentalidad occidental que en el corazón del mundo musulmán, probablemente, aparte de razones históricas o sociales, por la falta de arraigo de la dimensión estatal en el alma colectiva islámica. Dar cuenta de esta contradicción, existente en las sociedades musulmanas y especialmente sensible para la visión occidental, supone la necesidad de volver al estudio, en parte abandonado en algunos sectores de la Ciencia Política, de las consecuencias sociales y políticas que toda Religión supone para el ambiente en que se desenvuelve. En este sentido, una Ciencia Política que se limite al puro conocimiento de lo político en sus aspectos estrictamente teóricos, corre el riesgo de no poder explicar satisfactoriamente los complejos procesos sociales que nos ha tocado vivir y quizás, no pueda ayudar a resolver los graves problemas que, a no dudarlo, se van a presentar, de hecho ya lo están haciendo, a la entrada del nuevo milenio. Un segundo factor que ha contribuido al incremento del islamismo, es la quiebra de las ideologías seculares, especialmente las vinculadas al Eduardo Ruiz Abellán 768 mundo occidental. Al rebufo de la independencia postcolonial muchos países musulmanes intentaron, de manera superficial, imitar al evidentemente superior Occidente o la Unión Soviética tanto en sus formas de gobierno como en el sistema económico, con escasos resultados en el terreno industrial, agrícola o económico. Después de décadas de ver la caída de las ideologías occidentales muchos musulmanes creyeron que había pocas cosas valiosas dignas de ser aprendidas de Occidente fuera de la ciencia y de la tecnología. Estos musulmanes vieron en el Islam la base para crear una sociedad más justa y más próspera bajo el eslogan: «El Islam es la respuesta». Un tercer factor ha sido la irrupción de la cultura occidental en los valores islámicos, lo que es denominado por Dekmejan: «modernización y choque cultural». Ello no significa como ya se ha advertido anteriormente que el Islamismo rechace la tecnología occidental, que se considera neutral, de lo que se trataría es de ponerla al servicio de los valores de la fe musulmana. Un cuarto factor ha sido la pérdida de legitimidad de las élites gobernantes y de las instituciones en gran parte debido a la oposición de estas élites a abrir el proceso político a otros, con el resultado de tener que incrementar las medidas represivas cuando la oposición crece o simplemente despierta. Irónicamente al reprimir o eliminar a una oposición basada en ideologías seculares se ha venido a potenciar directamente, en muchos casos, a las fuerzas islámicas, entre otras razones, por ser las mezquitas el único espacio exento desde el que se podía potenciar una oposición al gobierno. En todo caso, es preciso tener en cuenta que el problema de la soberanía política y la legitimidad de los gobernantes plantea «ab initio», graves problemas en el Islam. Un aspecto básico de la fe musulmana es el de la «soberanía de Dios» lo que desde la óptica de muchos pensadores del Islam, y especialmente para los iniciadores del pensamiento islamista,^^ significa que Dios es el único Señor y Legislador. Por tanto la consideración de que puedan existir otras entidades soberanas o la aceptación de otros principios ideológicos de carácter opuesto al expuesto anteriormente, debe ser considerado como «Shir» (idolatría). Esto significa que el concepto de soberanía implica, antes de nada, la total dependencia de los hombres respecto de Dios. Lo que tiene su traducción en todos los órdenes de la vida política incluso en el campo legislativo, en cuanto que toda legislación debe conformarse con los principios generales de la Sharia. Por tanto, el legislador secular es realmente un mero intérprete de la Ley Divina. En el campo gubernativo, la cuestión de quién gobierna se torna particularmente ambigua ya que el gobernante sólo puede permanecer legí-El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico timamente en el poder en la medida en que observe la Sharia, puesto que se entiende que el pueblo ha delegado en el gobernante precisamente el poder que viene de Dios mientras observe y haga observar la Ley de Dios. Eduardo Ruiz Ahellán no Como muestra empírica de lo que venimos diciendo presentamos unas tablas demostrativas de la fundamentación social de los integrantes de estos movimientos. Para ello nos hemos basado en los datos extraídos de los archivos judiciales egipcios que distribuyen por edad y ocupación a miembros del Jihad (movimiento islamista) acusados ante los tribunales. El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico timamente en el poder en la medida en que observe la Sharia, puesto que se entiende que el pueblo ha delegado en el gobernante precisamente el poder que viene de Dios mientras observe y haga observar la Ley de Dios. Eduardo Ruiz Abellán de estas áreas ha oscilado entre el 10 y el 20% en la década de los ochenta. La mayoría de estas áreas ha presenciado disturbios de carácter religioso y allí reside un porcentaje proporcionalmente alto de militantes islámicos. La mayoría del crecimiento urbano que afecta a estos barrios ha sido esporádico y accidental, basado principalmente en viviendas irregulares y servicios e instalaciones sin planificar. El 56% de las casas están construidas sobre terrenos no registrados en la capital egipcia, el 38% consiste en edificios no registrados y el 73% de las casas fiíeron construidas en la década de los setenta y ochenta sin permiso de construcción. En cuanto a instalaciones, de un 35 a un 43% de los edificios no tenían agua corriente, entre un 29-44% no estaban conectados a la red de alcantarillado, un 10-12% no contaban con suministro eléctrico. Hacia esta época, y aunque la tendencia ha decrecido, la gente empezó a residir en los cementerios aunque dicha práctica esté prohibida por la tradición islámica. Paradójicamente la vida del cementerio no es tan mala, ya que la mayoría de las tumbas ocupadas eran espaciosas y estaban sólidamente construidas en torno a unos patios y, normalmente tenían una entrada, de dos a cuatro habitaciones, una cocina y un lavabo, así como un pequeño jardín. Dos tercios de los habitantes de estos barrios urbanos esporádicos (67,20%) son inmigrantes que, en su mayoría, provienen del Alto Egipto (Asijut, Suhag, Aniña y Minya). Ello ha hecho que el Alto Egipcio y la periferia de El Cairo se encuentren real y simbólicamente unidos por un mismo proceso: el de la emigración^'^ que ha dado lugar a una mezcla muy heterogénea de influencias rurales y urbanas, un entorno capaz de nutrir al extremismo intelectual y religioso. De estos barrios «esporádicos» han surgido la mayoría de los militantes islamistas. ¿Puede el Islam resolver estos problemas? Ya adelantamos que, como la denominada revolución islámica en Irán está demostrando, los movimientos islamistas se muestran bastante limitados a la hora de cambiar el mundo de hoy o incluso de comprenderlo. Se podría decir como afirma Ayubi^^ que el Islamismo representa una «huida hacia arriba» que no es más que trasunto de su incapacidad para poder cambiar el orden social y todo ello en un tono más populista-corporativista que propiamente socialista. ¿Pero quiénes son los islamistas?. Orígenes y fuentes del Movimiento islamista Los movimientos islamistas representan hoy el cuestionamiento más temible para el poder establecido en el mundo musulmán. Treinta años El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico después de la independencia, las nuevas generaciones -aproximadamente el 60% de la población -no aceptan ya los proyectos sociales del Estado modernizador surgido de la descolonización^^. Sin embargo intelectualmente el islamismo viene de más lejos, porque entre sus fuentes hay que recordar a los Hermanos Musulmanes fundados en 1929 en Ismailia por el egipcio Hassan al Banna. A partir de los años treinta empieza a notarse su influencia que, no obstante, se vio limitada por la denominada revolución de los «oficiales libres» de julio de 1952, que dio el poder a Naguib primero e inmediatamente a Nasser quien supo poner en marcha mitos movilizadores como el de la «nación árabe», una suerte de panarabisme sustentado en el imaginario colectivo de la UMMA. Habrá que esperar a la derrota frente a Israel en 1967 para ver como los gobiernos árabes empezaron a servirse de las corrientes religiosas como ariete para luchar en las Universidades contra las influencias marxistas. No obstante, quizás haya que adelantar que, sin la revolución iraní de 1979, los movimientos islamistas posiblemente hubieran continuado durante mucho tiempo como conjunto de tendencias activistas pero minoritarias. El islamismo magrebí comparte también la herencia de los Hermanos Musulmanes. Algunos de sus líderes como Ghanouchi recibieron formación en Egipto y Siria, sin embargo hay que resaltar que, probablemente, la sociedad magrebí que mejor ha sabido controlar, hasta el momento, al islamismo, ha sido la marroquí, en la medida en que la monarquía alauita está directamente implicada en la fe musulmana dado el carácter de Emir al-Muminin de su Rey o Comendador de los creyentes, y que no ha permitido, o, al menos, ha obstaculizado que los movimientos religiosos de este carácter se hagan cargo de la juventud marroquí^^. Si Hassan al-Banna funda en 1929 los Hermanos Musulmanes en la estela del Wahhabismo de Arabia^^ Una década más tarde, Abú ala Maududi funda un movimiento similar en la India. Ambos movimientos están muy influenciados según Khalid^^ por los partidos totalitarios que en los años veinte y treinta se desarrollan en Europa. Hay que recordar que el liberalismo se encontraba entonces sumido en una profunda crisis y ambos autores admiraban la disciplina y el dinamismo de los fascistas. Además, desde su lejana perspectiva, el fascismo parecía un movimiento renovador que, además, estaba en oposición a las potencias coloniales: Francia y G. Bretaña. No obstante, debemos señalar que el conocimiento del fascismo era superficial y sería injusto suponer que estos pensadores comprendieran todas las implicaciones de este nuevo fenómeno en el continente europeo. Es sabido que Iqbal, fallecido en 1938 y uno de los más conocidos poetas y filósofos paquistaníes, autor de orientación fun-774 Eduardo Ruiz Ahellán damentalista, visitó a Mussolini en Roma y que Mashriqui, otro activista indio, tuvo una entrevista con Hitler. El último islamista original sería Khomeini que a su vez se habría inspirado en el egipcio y sunita Sayyid Qutb y en Mawdudi, quienes, a su vez, se habrían inspirado en fuentes occidentales aunque luego reaccionaran contra ellas. Es este sentido, y aunque los islamistas se presentan a sí mismos como firmes creyentes en el Islam, sin embargo elaboran y a veces se basan en una noción de supremacía del Islam que, en la práctica, es muy cercana a la del «Superhombre nitzcheano» que debe dominar a la humanidad. Iqbal buscó islamizar a su admirado Nietzsche proyectando en su inflamable poesía iraní y urdù un «nuevo hombre musulmán»^^. No obstante esta pretensión de universalidad, lo cierto es que el radicalismo islamista se funda en algunos países en unos grupos o etnias a expensas de otras. Así los islamistas sudaneses están prácticamente reducidos a la fracción de población más arabizada. Por su parte, en Argelia los beréberes, que conforman el 25-30% de la población, son opuestos al islamismo. En Paquistán el radicalismo islámico solo tiene éxito entre los «muhajirin» es decir los refugiados de la India en los años de la independencia, pero no obtiene prácticamente adeptos entre los nativos musulmanes del territorio paquistaní. En Irán se produce una virtual exclusión de las minorías sunitas e incluso los chiítas azéries están pobremente representados entre los islamistas. En Turquía, el islamismo solo se desarrolla entre los turcos étnicos, con escasos seguidores entre la minoría kurda. En otros países como Marruecos, los islamistas tienden a ser fuertes en regiones que tienen motivos de rencor frente a otras, como la zona norte de Marruecos que ha sido descuidada por Rabat. Sin embargo, el problema islamista, a pesar de sus fundamentos socio-económicos, no se reveló en toda su crudeza mientras que fue utilizado como bastión de resistencia frente a la U.R.S.S. y, por tanto, estimulado más o menos directamente, al menos en su versión Wahhabita por los Estados Unidos y los gobiernos afines en los países musulmanes^^. Hoy ya se puede afirmar, con la perspectiva que produce el paso del tiempo, que el golpe de gracia a las ideologías modernizadoras y la consiguiente oportunidad para el Islam político, se produce a partir de la Revolución iraní de 1979, en cuanto supuso el primer movimiento político importante de alejamiento de los ideales políticos occidentales en el s. XX. Hasta Khomeini los líderes de todos los grandes movimientos sociales en el mundo musulmán defendían objetivos que, en gran parte, provenían del pensamiento occidental, ya fuese liberal, marxista o fascista. Los principales líderes no occidentales desde Kemal Ataturk en la Tur-El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico quia de los años veinte a Ben Bella en la Argelia de los sesenta, pasando por Sukarno en Indonesia, siempre habían propuesto a sus países metas familiares a Occidente en sus aspectos sociales, económicos y políticos, lo que ayudó a consolidar la idea de la «imitación a Occidente»^^. En todo caso, los movimientos islamistas aunque opuestos a las ideologías modernizadoras no dejan de ser hijos, todo lo espúreos que se quiera, de este mismo modelo. Así Oliver Roy^^ manifiesta que mientras las guerrillas de inspiración marxista solían ser campesinas, los movimientos islamistas son urbanos y por tanto sociológicamente más modernos. El prototipo de un «cuadro» perteneciente a un grupo islamista sería el siguiente: «Ingeniero, nacido en torno a los años cincuenta en un medio urbano e hijo de padres urbanizados recientemente». Más aún la élite del islamismo de los años noventa incluso ha prolongado sus estudios universitarios en Occidente. Así Velayat, antiguo ministro de A.A.E.E. iraní, es pediatra formado en USA. Navabi, ex ministro iraní de industria es un ingeniero formado también en USA. En Turquía una cuarta parte de los cuadros del partido islamista de salvación nacional eran ingenieros en los años setenta. En Marruecos, Abdesalam Jassine es inspector de educación nacional para la enseñanza en lengua francesa. En Argelia, el portavoz del Fis a principios de los noventa, Abdelkader Hachari es ingeniero de petróleos^^. Y aunque sea cierto que frecuentemente se ha asociado la emergencia de los movimientos islamistas con procesos de urbanización y/o modernización frustrados, crecimiento de la marginación y consecución de los procesos de ajuste estructural del F.M.I. o del Banco Mundial, no se puede olvidar la buena salud social y profesional de amplios sectores del movimiento islamista y más concretamente de los Hermanos Musulmanes egipcios o jordanos bien representados en las profesiones liberales así como en el ala tecnocrática del Fis argelino^^. Ahondando un poco más en las fuentes del islamismo radical podemos encontrar raíces de esta actitud en el impacto producido en el Islam por la «filosofía de las Luces» y el movimiento industrializador europeo. De este choque brotó en el s. XIX la «Nahda» (Renacimiento) básicamente animado por intelectuales egipcios y sirio-libaneses. Este «Renacimiento» engendrará dos ramas principales: el modernismo desarrollado por Tahtavi (1801-1873) que, influido por la Revolución francesa y Saint Simón, pondrá el acento en la patria y la segunda corriente, más fundamentalista protagonizada por Al-Afgani (1839-1905) que preconiza el retorno a las fuentes de la fe y la restauración de la grandeza de la UMMA, aún teniendo en cuenta las exigencias del mundo moderno. En el siglo XX, las teorías de estos pensadores se incardinaron en los consiguientes movimientos políticos: El modernismo liberal estará en el IIQ origen del nacionalismo árabe ilustrado (partidos Baasistas de Siria e Irak y Nasserismo en Egipto). La corriente opuesta daría origen a los Hermanos Musulmanes causa inmediata del Fundamentalismo de nuestros días. Las dos ideologías en su evolución han mostrado ser competitivas entre sí y rivales como se demostró plasticamente en la guerra Irán-Irak que enfrentó a un régimen baasista (Irak) contra un régimen fundamentalista (Irán)^^. El fracaso de la corriente nacionalista ha dejado en un primer plano a la corriente rival que, sin embargo, no forma un frente monolítico, en contra de la opinión general^^, sino que básicamente es posible distinguir dos ramas: a) La revolucionaria, formada por seguidores del egipcio Sayyid Qutb, ajusticiado en 1966, que apela a la violencia para derribar los regímenes corrompidos y b) Una segunda línea más gradualista que intenta el mismo fin pero no por medios violentos. El problema básico aquí es conciliar tradición y modernidad. Como afirmara E. Gellner^^, tanto en uno como en otro caso, el estrato más elevado del Islam parece haber vencido a la versión más inferior del mismo. El Estado moderno, a través de su centralización, ha socavado y desgastado a las tribus que eran el mercado natural de los santones. Estos mediadores profesionales, como la aristocracia francesa anterior a la Revolución, perdieron sus funciones mientras siguieron reclamando sus privilegios, con lo que pasaron a ser objeto de repudio popular. Esta es la esencia de la gran reforma que Occidente solo ha percibido en los últimos años bajo la sorprendente forma de fundamentalismo. En definitiva, las tribus ya no influyen en la política del Estado sino que han sido reemplazadas por redes de clientelismo político que permiten una atractiva autoidentificación a las masas atomizadas y desarraigadas. A esto debemos añadir que el nacionalismo político ha cumplido ya su ciclo en el Oriente Musulmán y allí donde no desaparece se trasunta en discurso religioso^^. Estas sociedades se encuentran, por tanto, ante la necesidad de reformular el «sui generis» contrato social, que, hasta épocas relativamente recientes, se encontraba vigente y que, básicamente, consistía en que los pueblos renunciaban a las libertades políticas y constitucionales, teóricamente ajenas al ámbito islámico, mientras que sus dirigentes se comprometían a proporcionarles un nivel de vida digno. De esta manera, el incumplimiento por parte de los gobiernos modernizadores de su parte El comunitarismo radical: el fundamentalismo islámico del contrato ha proporcionado al fundamentalismo la fuerza que hoy tiene, dado que la mayoría de la población se encuentra excluida de los procesos políticos y económicos y se ve obligada a recurrir al Islam militante para reivindicar sus aspiraciones y expresar sus agravios^^. Esta exclusión y el consiguiente vacío, ha sido hábilmente aprovechado por el islamismo político, tejiendo poco a poco un sistema alternativo de ayuda social, y encuadrando y movilizando a los marginados con sus promesas de cambio social. Simultáneamente, las carencias y la degradación del sistema escolar provocaron en su momento, al menos en Argelia, un trasvase de niños y adolescentes a improvisadas escuelas coránicas exentas de todo control por parte del poder oficial. El Islamismo en algunos países, como Argelia, se ha convertido en el común denominador identificatorio de todos los marginados'^^. Ciertamente, nos dice Cruz Hernández^^, el integrismo es una utopía, pero la utopía es necesaria para los más jóvenes y para las minorías intelectuales como sucedió en Occidente. Pero, según este mismo autor, existe una diferencia fundamental: los movimientos Occidentales de protesta de los años sesenta y setenta y aún los de nuestros días como los verdes, operaron u operan sobre una retícula social que tiende a la permisividad y está radicalmente secularizada. En cambio, los jóvenes integristas islámicos se consideran íntegros, seguros e insecularizables pues, si lo fueran, pensarían que habían perdido su integridad social. Notas 1 ORTEGA Andrés. El comunitarismo como crítica al liberalismo en ideologias y movimientos políticos contemporáneos. ^ NAVAL Concepción y SISÓN ALEJO J. LOS proyectos comunitaristas en América y en
Además, mis estudios en el Instituto «Ramiro de Maeztu» hicieron que transcurriera mi infancia y primera juventud en el territorio del campus donde se asentaban desde antaño el Instituto Escuela, la Residencia de Estudiantes, el edificio Rockefeller (ya con los nombres actuales en el recuerdo de niñez) y, luego, la Sede de la Presidencia del CSIC. Por último, en 1975 obtuve una plaza de Colaborador Científico (hoy. Todas estas cosas son auténticas joyas, pero ni cada una aisladamente ni todas en su conjunto son comparables a la riqueza que supone el trabajo de cerca de nueve mil personas que en 114 Institutos esparcidos a lo largo y a lo ancho de España laboran día a día en aquellas líneas científicas que tienen más interés general o que interesan más particularmente en España. Desde la perspectiva de nuestra ciencia y según lo siento yo, he ahí la joya de las joyas: una institución nacional, diseminada por todo el país, que abarca la totalidad del espectro científico en el trabajo de cada día, con objeto o acento distinto en cada punto, pero que está presta a volcarse en el asunto o en el lugar donde surja la necesidad concreta. La pasada crisis del vertido tóxico de Aznalcóllar, por ejemplo, lo ha hecho ver con meridiana claridad. Amigo lector, este número de ARBOR supone una descripción cabal del estado presente y de algunas perspectivas de futuro de la joya del CSIC.
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas es el mayor organismo de que dispone el Estado español para realizar ciencia. Es multidisciplinario y sus institutos están diseminados por todo el territorio nacional, aunque todavía cerca de un 40% de ellos se encuentran en Madrid. Su situación al día de hoy es fruto de un ayer que, a medida que pasa el tiempo, se va historiando cada vez con mayor objetividad ^. Es también, sobre todo, una realidad volcada al futuro cuya virtualidad y límites son analizados en estas páginas. Ciertamente, en el panorama mundial de los sistemas de Investigación y Desarrollo existen distintos modelos que entrañan cada uno sus correspondientes ventajas e inconvenientes. Son distintos el volumen Miguel Ángel Garrido Gallardo que corresponde a lo público y lo privado en la realización de investigación científica y, por lo que hace a lo más próximo al sector público, existen opciones que vinculan la investigación básica casi exclusivamente al tejido de las universidades y existen otras (como la nuestra), que poseen un organismo del tipo del CSIC, el cual, a estos efectos (sólo a estos efectos), se puede definir como una universidad pública más, que se diferencia de las otras en que en vez de dedicarse a la docencia y a la investigación, se dedica casi por entero a esta última. Como se sabe, el CSIC es la institución que nace tras la guerra civil de 1936-1939 para continuar la obra de desarrollo científico y ciiltural que llevaba a cabo la Junta de Ampliación de Estudios, vinculada a nombres como Santiago Ramón y Cajal o Ramón Menéndez Pidal. El paso del factotum de la Junta, Castillejo ^ al del CSIC, Albareda ^ ha sido juzgado de dos maneras: el CSIC es la institución franquista que corta la marcha progresiva de la Junta ^ o el CSIC es el instrumento que en una época de ardor guerrero evita que el trabajo científico se estanque. De todos modos, en mi opinión, apenas tiene ya interés abordar una crítica ideológica de la cuestión y sí tiene mucho evaluar sus resultados. Eso es lo que intentaremos. El CSIC se estructura actualmente en 8 áreas científico-técnicas, que son las que sigue la exposición de este volumen y que responden a una situación contemporánea de la ciencia, marcada por la transversalidad de las investigaciones. Más que el objeto formal físico, químico, biológico, etc., será el objeto material (recursos naturales, agricultura, materiales) lo que constituya el punto de unión. Precisamente en las intersecciones de unas ciencias con otras (interfases) es donde se suelen encontrar actualmente los mayores avances. Naturalmente, según lo dicho, la clasificación estará abierta a sucesivas reestructuraciones a tenor de lo que vaya pidiendo la evolución de la ciencia. Creo, no obstante, que el presente diseño es suficientemente amplio y flexible como para que, con pequeñas matizaciones, pueda continuar por ahora. Biología y Biomedicina, Recursos Naturales, Ciencias Agrarias, Ciencia y Tecnologías Físicas, Ciencia y Tecnología de Materiales, Ciencia y Tecnología de Alimentos, Ciencia y Tecnología Químicas y Humanidades y Ciencias Sociales comprenden un panorama verdaderamente universal. En el CSIC, la unidad básica de carácter científico-administrativo es el Instituto que, para entendernos, equivale a la unidad Facultad de la estructura universitaria. El total comprende una red de 114 institutos, de los cuales 120 son centros propios y 36 centros mixtos constituidos mediante convenios con Comunidades Autónomas, Universidades u otros entes de diverso rango. Hay que advertir enseguida de la muy distinta importancia y tamaño de cada una de estas unidades. Como se verá al adentrarnos en la lectura, las hay de volumen e importancia notables y existen pequeños centros en formación o que responden a una tarea más o menos específica o marginal. Por ejemplo, el Instituto Hoffmeyer de Jaraíz de la Vera es tan sólo un pequeño centro cuya actividad se reduce principalmente a conservar, con ajmda de la Junta de Extremadura y otras instituciones locales, el legado y la revista sobre Historia de las armas que dejaron al CSIC un matrimonio de bibliotecarios daneses que se instalaron al final de su vida en España. La Escuela Española de Historia y Arqueología de Roma se constituye ñmdamentalmente como la continuación de la idea que tuvo D. Ramón Menéndez Pidal de crear en la urbe una instancia académica donde complementaran su formación sucesivas tandas de jóvenes historiadores y arqueólogos. En nada se parecen estas instituciones al Instituto de Historia, al Centro de Biología Molecular de Madrid o al Instituto de Microelectrónica de Barcelona, pongo por caso. La distribución territorial es la siguiente: 46 institutos están en Madrid, 20 en Andalucía, 17 en Cataluña, 10 en la Comunidad Valenciana, 6 en Aragón, 5 en Castilla-León, 4 en Galicia, 2 en Asturias, 2 en el País Vasco, 1 en Cantabria, 1 en Navarra 1 en Baleares, 1 en Murcia, 1 en Castilla-La Mancha, y 1 en Canarias, además del citado de Extremadura y la Escuela de Historia y Arqueología de Roma. Este panorama nos asoma a un beneficio actual, aún mas patente que cuando el CSIC se fundó, cuando vivimos en la España de las Autonomías. Los centros de la JAE estaban en Madrid. Es un acierto de Albareda el propósito que tuvo desde el principio de extender el CSIC a todo el territorio nacional. No cabe duda de que la unidad del organismo puede contribuir a vertebrar la dispersión derivada de la multiplicidad de localizaciones. Unas costosas instalaciones, localizadas en una Comunidad Autónoma, pero que alcanzan para las necesidades de toda la nación no tienen por qué ser multiplicadas por 17. El CSIC puede ser decisivo para que los esfuerzos se sumen y no se resten, para propiciar masas críticas adecuadas, mirando el conjunto de la Unión Europea que es donde a España le toca competir. Las sinergias que puede concitar el CSIC, sumándose a grupos universitarios y de otros Organismos Públicos de Investigación son también dignas de ser tenidas en cuenta. Un grupo científico del organismo que está al margen del sistema universitario, tiene una singular capacidad para servir de punto de encuentro de grupos universitarios de diferentes lugares. Así se viene haciendo con los centros mixtos, las unidades asociadas y la participación de profesores universitarios en proyectos del CSIC y, a la inversa, de científicos del CSIC en proyectos universitarios. Si prestamos atención al hecho de que, a causa de la crisis de la natalidad, dentro de una década sobrará aproximadamente un tercio de las horas que el profesorado universitario invierte en dar clases, caeremos en la cuenta de hasta qué punto el CSIC puede servir para aprovechar disponibilidades y lograr una multiplicación notable del esfuerzo investigador de España. Desde luego, todo esto se puede hacer (y se hace) sin que sea necesaria la contribución del CSIC, pero, muchas veces, por sus características, nuestro Organismo convierte estos objetivos en más fáciles y hacederos. La producción científica medida en publicaciones controladas por el Institute for Scientific Information (ISI) de Philadelplia (Pennsylvania, USA) ^ atestigua que en el período 1993-1997, el total de trabajos publicados de todas las áreas entre cuyos autores al menos uno tenía su sede institucional en España fue de 79.047. En ese momento y según esa referencia, el peso mundial de las publicaciones científicas nacionales representaba el 2,37% de las publicaciones científicas del mundo y otorgaba a España el undécimo lugar en la correspondiente clasificación (Tabla 1). Pues bien, el número de publicaciones del CSIC en este período fue de 11.918, lo que supone el 0,36% de la producción científica mundial y el 15% de la española. Según mis noticias, el porcentaje español sigue ganando terreno en el conjunto mundial y el del CSIC, que andará ya en el 2000 por el 20% nacional, en el conjunto español. Sabemos que todo dato meramente estadístico ha de ser debidamente ponderado, pero es cierto también que, por lo que hace a los grandes números, las mediciones bibliométricas resultan enormemente significativas. Aunque habitualmente, el dato numérico de publicaciones científicas se matiza cualitativamente con el índice de impacto o número de citas que reciben los trabajos consignados en la misma lista de revistas científicas solventes, no nos detendremos en él, porque creo que tal matización sólo vale para aquellas áreas cuya producción traspase un cierto volumen. En otros casos, resulta muy engañosa: si tuviéramos un solo gran investigador muy citado en una materia (18 citas), frente a mil, de toda laya y condición, que en Estado Unidos cultivaran la misma materia y consiguieran de media la mitad de impacto que nuestro supuesto científico excepcional, nos encontraríamos con que el «índice de impacto» español (18 citas, según el ejemplo) sería el doble que el de los Estados Unidos (9.000 citas, siguiendo también el ejemplo en cuestión). Lo mismo, por supuesto, puede ocurrir al revés y se puede referir a España con relación al resto del mundo o al CSIC con relación al conjunto español. Digamos, si acaso, que todo apunta a que, por lo general, las medias del CSIC están entre las mejores de España. Ofreceremos, en cambio, los porcentajes de la producción científica total por especialidades (Tabla 2): En esta tabla prescindo de las correspondientes entradas de Ciencias Sociales (que sí existen en el informe del ISI). Es de advertir que las medidas que poseemos al'respecto (y no digamos nada del área de Humanidades) son sumamente engañosas. De una parte, no existe un listado cerrado de revistas en inglés, como son la mayoría del ISI, que pueda ser significativo (poniendo un ejemplo extremo, pensemos que las revistas mejores de Filología Hispánica o Filología Francesa están casi todas escritas respectivamente en español o francés, como es natural). De otra parte, en Ciencias Sociales y en Ciencias Humanas (sobre todo), el resultado final de la investigación se suele entregar en forma de libro, a diferencias de lo que sucede en las ciencias duras donde los libros suelen reservarse para la divulgación. Resulta, pues, imposible medir cantidades tan heterogéneas mientras no se adopten las debidas cautelas de adaptación a los respectivos campos. La Tabla 2 servirá, en todo caso, para medir el diverso tamaño relativo de cada una las especialidades mencionadas, a partir del cual se pueden disponer correcciones de rumbos, coordinaciones, etc. según veremos en los respectivos capítulos monográficos. También resulta ilustrativo el cuadro del número de publicaciones científicas de España en general y el CSIC en particular en el período que venimos examinando (Tabla 3). Sigo aplicando, no obstante, las miomas omisiones de la Tabla 2 por las razones dichas. Los datos de producción científica ofirecen algunas conclusiones inequívocas por lo que hace a la significación del CSIC en el conjunto de la I+D española: Los investigadores del CSIC, que constituyen el 6% del conjunto de los científicos españoles producen cerca del 20% de la ciencia que se hace en nuestro país. El volumen de las áreas científicas del CSIC y del conjunto nacional no guardan siempre una proporción simétrica. Aunque aquí no lo hayamos visto, en aquellas áreas cuyo volumen permite una adecuada medición de impacto, casi siempre la media del CSIC es superior a la media española y está entre las de los grupos más valorados ^. Otros datos de productividad Otros indicadores referidos a 1998 también muestran resultados halagüeños para el CSIC: así, en la Memoria del año de referencia encontramos: Completa este recuento la cooperación con 4 laboratorios franceses asociados (CSIC/CNRS), con el Centro Temático Europeo del Suelo (CSIC/EEA) y con la Agencia Española de Cooperación Internacional, sin contar las acciones más esporádicas en el marco de los Convenios Intergubernamentales a través del Ministerio de Asuntos Exteriores y la participación en las delegaciones españolas de conferencias de la ONU y la UNESCO. El carácter nacional del CSIC facilita sin duda su carácter representativo en el orden internacional y, muy especialmente, en el ámbito de la Unión Europea de la que formamos parte. No cabe duda de que tal representatividad no debe ser la única de España ni excluyente, pero tampoco es dudoso que la extensión y diversidad coordinada de la actuación científica del CSIC ofrece óptimas posibilidades al respecto. Hay que decir, con todo, que de los datos expuestos ahora, el de patentes no resulta satisfactorio, aunque el CSIC no sólo guarda la proporción que mantiene en publicaciones con el resto del sistema científico español, sino que la multiplica. No obstante, el CSIC, como uno de los motores que es de la I+D en España, tendrá que estar muy atento a superar esta debilidad. El CSIC viene participando de forma competitiva en las convocatorias, públicas y privadas, de proyectos de investigación: Plan Nacional (Programas Nacionales, PGC, FIS, Programa del INIA V, Planes de Investigación de las Comunidades Autónomas) y Programas Europeos. En este sentido, se constituye en una importante fuente de recursos para la investigación. La financiación está en armonía con las otras variables y, así, la obtención media de recursos del investigador del CSIC es tres veces superior a la media española como tres veces superiores son los resultados que de ellos se derivan. He aquí los números de 1997 y 1998: En el IV Programa Marco de la UE, el CSIC ha sido uno de las tres instituciones europeas que más recursos ha conseguido. En el año que llevamos del V, el CSIC ha obtenido más de 100 nuevos proyectos, lo que hace esperar un buen resultado final, a pesar de que la competencia (y, por tanto, las dificultades) aumentan de programa en programa. También estos datos requieren su correspondiente matización. El volumen de recursos conseguidos están en relación con el tamaño del organismo unitario que es el CSIC. Como he dicho, en el seno de nuestro país, los resultados porcentuales resultan muy favorables. Habría que ponderarlos en el conjunto de la UE para poder obtener conclusiones válidas, puesto que tan alta clasificación quiere decir también obviamente que otros países concurren con agentes de menor tamaño y será necesario estudiar la incidencia que esa multiplicidad de instancias de tamaño medio tiene en los resultados. Un organismo que alcanza, por ejemplo, en conjunto el tamaño de otros seis, deberá ser comparado no con cada uno de los otros, sino con la suma de volumen similar. Igualmente sale muy bien parado el CSIC con la comparación en cuanto a contratos o convenios con empresas y entidades públicas y privadas, aunque el crecimiento de la inversión del tejido industrial en I + D (y, por consiguiente, también su repercusión en el CSIC) es, según común acuerdo, una de las asignaturas pendientes del desarrollo científico español. El CSIC ha dispuesto diversas estrategias para su remedio: creación de plataformas industriales, apoyo al aprovechamiento industrial de la investigación, formación de alto nivel de personal para la industria, formación en innovación y tecnología. He ahí, sin duda, un amplio abanico de posibilidades que conectarán al CSIC con el tejido productivo e industrial. Nadie debe olvidar que el artificial enfrentamiento entre ciencia básica y ciencia aplicada está llamado a convertirse en recuerdo de otros tiempos. Nadie entienda, empero, que esto quiere decir que se opta por una de los dos extremos de un continuum que no debe tener (que no tiene) solución de continuidad. Sin contar con los otros Organismos Públicos de Investigación, ni las demás instancias, sólo el conjunto de las universidades del Estado y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas aportaron en 1998 más del 80% de la producción científica española y el 100% de las patentes surgidas en el sector público. He dicho más arriba que a algunos efectos el CSIC puede ser considerado como una universidad pública más, casi la única estatal, por cierto, junto con la UNED y la «Menéndez Pelayo», que, como sabemos, tiene un carácter muy distinto. Sin embargo, hay diferencias ostensibles. Una de estas diferencias es el sistema de selección de su personal científico investigador ^. Al contrario que en la Universidad, los tribunales de concursos no se forman mediante la fórmula de dos profesores designados por la propia Facultad y tres elegidos por sorteo. En el CSIC, tras un proceso en el que intervienen diversos órganos colegiados, forman parte del tribunal profesores universitarios y científicos de otras instituciones junto con miembros del Instituto de que se trate. Según parece, la endogamia académica que asola la ciencia española desde la Ley de Reforma Universitaria de 1984, es mucho menos acusada en nuestro Organismo. Alrededor del 30% de los candidatos que han obtenido plaza de Científico Titular en los años 97 y 98 procedían de grupos (nacionales o no) ajenos al CSIC. Pienso, no obstante, que nada se salva totalmente, si se está inmerso en una corruptela general: Significado presente del CSIC sólo un sistema que permitiera a los aspirantes formados en el CSIC competir libremente en las universidades aseguraría una total apertura del CSIC a los candidatos formados en cualquier universidad. El perfil medio del investigador que ha accedido a científico titular estos dos últimos años es ciertamente alto: -36 años de edad, habiendo transcurrido 12 desde que hizo la licenciatura y 6 ó 7 desde que obtuvo el grado de doctor. -Con 33 meses de estudios postdoctorales en el extranjero. -Con 19 publicaciones de alta calidad y notable impacto. Fuera de comparaciones, el caso es que, en muchas ocasiones (que podrían ser muchas más), las universidades encuentran en el CSIC un adecuado complemento para llevar a cabo investigación de calidad. Naturalmente hay muchísimos proyectos científicos emprendidos por grupos de una universidad o de varias sin participación del CSIC, pero es verdad lo que hemos dicho más arriba de que la condición de la institución, volcada con exclusividad hacia la investigación, y su situación fuera de posibles rivalidades del circuito universitario, la tornan especialmente apta para convertirse en punto de encuentro de importantes iniciativas. Volvamos a recordar las modalidades de cooperación existentes: -Realización de proyectos conjuntos -Cesión temporal de científicos del CSIC para trajar en universidades. -Trabajo de grupos universitarios en Institutos del CSIC. -Radicación de centros del CSIC en campus universitarios. -Centros Mixtos. -Unidades Asociadas. Habría que detenerse en exponer el funcionamiento de los centros mixtos y las unidades asociadas, pero la extensión de este escrito no lo permite. Baste con recordar que hay ya una buena experiencia: los 3 Centros Mixtos y 50 Unidades Asociadas avalan estas íntimas formas de cooperación. Por lo demás, es bien conocida la colaboración del científico del CSIC en la docencia universitaria, incluso a través de la figura de profesor asociado, tomada en su genuina significación. También son muchos los cursos universitarios de especialización o de magister que se imparten desde el CSIC o con la colaboración de su personal. Igualmente son numerosas las tesis doctorales dirigidas por científicos del CSIC. No es descartable, en fin, que desde el CSIC se pueda apoyar el diseño de nuevas licenciaturas acordes con los avances científicos y las nuevas demandas de la sociedad. En la colaboración entre CSIC y Universidades, que debe sustanciarse en régimen de igualdad y reciprocidad, todo son ventajas. El volumen de más de 2.000 científicos de plantilla del CSIC (sin contar los cerca de 2.000 becarios en formación) no es comparable al de las universidades más grandes, pero si atendemos a su productividad, a la adecuación de infraestructuras y a la mejor dotación de personal de apoyo, puede ser suficiente para generar un entramado que triplique o cuadriplique el número de científicos que participen en los proyectos que se abordan desde o con él. En pocos puntos existirá un acuerdo social tan unánime como en la afirmación de que, en estos umbrales del siglo XXI, España debe dar un paso al frente en investigación científica y tecnológica. El nivel de desarrollo alcanzado hace plausible la aspiración de situarse entre las primeras naciones del mundo y eso sólo se consigue mediante el avance en Ciencia y Tecnología. Tampoco caben muchas opiniones diversas sobre la fórmula básica de esta operación: hay que invertir más recursos, hay que invertirlos adecuadamente y hay que seleccionar bien los científicos que deben hacerlos rendir. El factor humano es decisivo. Por eso, un problema como el de la endogamia académica representa una amenaza mucho mayor que la que aparece a primera vista. Por eso también, prejuicios democráticos que combaten contra la excelencia deben contarse entre los escollos más fuertes que sortear: aunque a nadie se le ocurre enviar a un cojo para correr la competición de los mil metros lisos (por mucho que haya sido elegido por sus compañeros), la convicción de que hay esferas necesariamente jerárquicas, también y sobre todo en la sociedad democrática, parece no haber calado suficientemente en muchos sectores académicos. En todo caso, como resultado de lo visto, me parece que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas está llamado a seguir siendo un factor decisivo para ese avance que debemos procurar. No digo que sea la única fórmula posible, pero afirmo, en cambio, que está dando tan buenos resultados como la mejor, razón por la que replanteársela (lo que a nadie se le ocurre) sería un disparate. Es cierto, sin embargo, que el esplendor de algunos de los números expuestos pierde intensidad cuando se los observa más atentamente. La obtención de recursos y la producción científica situada porcentualmente para el científico del CSIC en el 3 por 1 de la media del investigador español no sólo corresponde a la realidad de que su dedicación exclusiva a la investigación le otorga un notorio y notable plus de tiempo firente al profesor que debe atender la docencia. Ocurre también que la definición que se hace de investigador como todo personal académico con grado de doctor (por lo demás, común a otras naciones) contradice la más inmediata evidencia. ¿Cuántos docentes, de entre éstos, no tienen apenas contacto con la investigación? Pero bueno sería que muchos de estos investigadores sin ejercicio ñieran recuperados para la investigación a partir de las posibilidades de cooperación que el CSIC facilita de la forma múltiple y flexible que hemos visto. Hay que admitir que el tamaño del CSIC y su dispersión por todo el territorio nacional entraña un esfuerzo enorme para su adecuada coordinación y gobierno. Merece, sin embargo, la pena mantenerlo así, pues, como hemos insistido, no cabe duda de que la propia estructura unitaria facilita los contactos, las interesantes iniciativas interdisciplinarias y el adecuado aprovechamiento de recursos con evitación de duplicados inútiles. Como se verá, diversos colaboradores de este número de Arbor coinciden en esta apreciación, como coinciden en que todavía hay que sacar más partido de las posibilidades que se derivan de aquí y que, por lo que nos dicen, están escasamente aprovechadas. A pesar de lo dicho, como es natural, los candidatos que obtienen plaza en el CSIC no tienen por qué ser siempre científicamente mejores que sus colegas. Son iguales, mejores o peores que los compañeros que la obtienen en la Universidad. Aunque llama la atención, desde luego, el perfil medio curricular antes señalado, hay que advertir que responde a un tapón que se había generado en los últimos tiempos y que la dotación de plazas de estos tres últimos años ha disuelto considerablemente. Estos datos deberán cambiar. En efecto, no es medio exigible para la selección de científicos la situación heroica o excepcional. Deben arbitrarse nuevas medidas entre las que se contará la de los contratos quinquenales con sucesivas evaluaciones, de manera que se pueda modernizar y ampliar el sistema sin recargarlo de excesivo peso funcionarial. El nuevo Estatuto del CSIC, pendiente de aprobación, prevé esa posibilidad. El CSIC puede facilitar que el potencial humano que la Universidad española está generando sea debidamente aprovechado. Nunca ha ha-bido tantos científicos y tan bien preparados. Por eso, se requieren instancias que faciliten su adecuada inserción en el sistema por sí mismo o por medio de sus relaciones en el entramado social. En este punto, estamos hablando de productividad, pero también -me gustaría decir que sobre todo-de asuntos humanos de primera importancia. Dos palabras finales sobre los necesarios recursos económicos. También es precisa la reflexión al respecto. Si de la noche a la mañana llegáramos a invertir en España en investigación el 2% del PIB que se ha propuesto como horizonte deseable (la media de la UE), dilapidaríamos el dinero de manera escandalosa. Es preciso ir preparando paso a paso las infiraestructuras adecuadas y el contingente de científicos aptos, capaces de absorber un volumen tal de inversión. La realidad presente del CSIC aparece como uno de los elementos consolidados con medios para encauzar ese fiíturo. La situación habla, en efecto, de futuro. Las cifras que se exponen en este número de Arbor revelan sólidas realidades con las que deberá contar el próximo Plan Nacional de I+D+L los datos del CSIC. A ellos se habrán de añadir los de las universidades, más los de otros organismos públicos de Investigación y los de las instancias privadas. Con todo, recuerdo que no he dicho que la fórmula del CSIC como organismo nacional y multidisciplinario, heredada de una historia que comienza a principios del siglo XX, sea teóricamente la única posible. Todo es según el color del cristal con que se mire. Insisto una vez más, sin embargo, en que, desde la perspectiva autonómica de la actual Constitución española y con la cuenta de resultados que presenta, aparece hoy como vivamente recomendable. No hay, pues, sino que seguir con su adecuado desarrollo en el siglo XXI. Notas ^ J. M. SÁNCHEZ RON, Cincel, Martillo y piedra. Historia de la ciencia en España (siglos XIX y XX), Madrid, Taurus, 1999. ^ D. CASTILLEJO (comp.), Epistolario de Castillejo. E. GUTIÉRREZ RÍOS, José María Albareda, una época de cultura española, Madrid, CSIC, 1970 y A. CASTILLO GENZOR y M. TOMEO LACRUE, Albareda fue así, Madrid, CSIC, 1971. ^ Cfr., p.e., M.J. SANTESMASES, «El legado de Cajal frente a Albareda: las ciencias biológicas en los primeros años del CSIC y los orígenes del CIB», en En torno a la Significado presente del CSIC historia del CSIC, J.M.SÁNCHEZ RON (comp.), Arbor CLX, Madrid, julio-agosto, 1998, 305-332. ^ Los datos me han sido facilitados por la Dr a. Matilde Sánchez Ayuso, Sudirectora General de Relaciones Internacionales del CSIC cuya amable ayuda deseo agradecer públicamente. M. SÁNCHEZ AYUSO, Análisis comparativo de la producción científica del CSIC. Inflarme de la Subdirección General de Relaciones Internacionales sobre la producción científica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, basado en datos del «Institute for Scientific Information» (ISI) de Philadelphia (Pennsylvania. ^ Las escalas del Personal Científico Investigador del CSIC son actualmente tres: Científico Titular (equivalente del cuerpo de Profesores Titulares de Universidad), Investigador Científico (equivalente del extinto cuerpo de Profesores Agregados de Universidad) y Profesor de Investigación (equivalente del cuerpo de Catedráticos de Universidad).
En este artículo se repasan brevemente algunas de las grandes transformaciones que ha sufrido la Biología Experimental en la última década y su repercusión en la Investigación Biomédica en el CSIC. Se diferencian las nuevas tecnologías (cuyo penúltimo avance es la robotización de operaciones altamente especializadas), de los nuevos esquemas organizativos dirigidos a una alta productividad científica y material. Finalmente se ofrece una visión de las fortalezas y debilidades del CSIC para afrontar las demandas de la investigación biológica en el nuevo siglo y se discuten algunas posibles líneas de actuación. En la opinión del autor, no hay mayor reto en estos momentos para el CSIC que el generar nuevas estructuras organizativas lo suficientemente flexibles como para responder en tiempo real a los cambios acelerados que experimenta la investigación biomédica a nivel mundial. La Biología Molecular es la ciencia con mayor impacto en la sociedad de este último cuarto de siglo. Si la investigación Física y Química de finales del XIX y comienzos del XX sentó las bases para el desarrollo explosivo de las comunicaciones, de los fármacos y de los nuevos materiales que caracterizan nuestra forma de vida, la Biología Experimental es sin duda alguna la frontera del conocimiento en nuestra época y el origen de cambios de todo tipo en el futuro no muy lejano. La otra gran frontera del conocimiento actual, la astrofísica, no tiene aún ni por asomo el efecto en la vida diaria de la investigación Biomédica Víctor de Lorenzo Prieto 18 y de su hija mayor, la Biotecnología, en millones de personas de nuestro planeta. La Biología Molecular ha dejado de ser una Ciencia más entre otras para ser el referente de otras muchas disciplinas que van mas allá de las Ciencias Naturales tradicionales (Botánica, Ecología, Zoología, Microbiología etc.). La generalización de las técnicas y los conceptos de la Biología Molecular no sólo ha cambiado radicalmente la Medicina y la Farmacología sino que está afectando decisivamente las bases de las Humanidades tradicionales. Ningún psicólogo, antropólogo o sociólogo puede ignorar hoy lo que nos dice la neurofisiologia, la secuenciación del genoma humano o la sociobiologia sobre el hombre o la sociedad. Estos cambios y su impacto social se han exacerbado en los últimos diez años y raro es el día que los medios no lo reflejan. Las hormonas recombinantes, las plantas transgénicas, los tejidos creados in vitro, el diagnóstico prenatal, los xenotransplantes, las nuevas terapias anti-cáncer, la utilización forense de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) son sólo unos pocos ejemplos de productos y técnicas que nacen de la Biología Molecular y que se han instalado entre nosotros para siempre. ¿Cual ha sido el papel del CSIC en este contexto, sobre todo en los últimos 10 años? Por su cobertura de todo el territorio del Estado, su organización centralizada y sus criterios más estrictos de selección del personal científico, la Biología Experimental ha sido, a pesar de numerosas limitaciones, una de las joyas de la corona de la Institución. La creación del Centro de Investigaciones Biológicas (CIB) en 1958 marca un hito en la historia de la ciencia Biológica española, ya que este centro ha sido a lo largo de más de 40 años la casa matriz de numerosos desarrollos y migraciones para fundar otros institutos del CSIC. En este sentido, dos Centros claves, fueron el Instituto de Enzimologia y Patología Molecular (1970), rebautizado recientemente como Centro de Investigaciones Biomédicas (IB) y el Centro de Biología Molecular (1975), sin duda alguna el Instituto del CSIC que más ha influenciado científicamente y organizativamente al desarrollo de la Biología Molecular en todo el país. A excepción del Centro de Investigación y Desarrollo en Barcelona, cuya evolución y diversificación han estado separados de los centros germinales de Madrid, la práctica totalidad del resto de los 13 Institutos que integran el área de Biomedicina del CSIC fueron fundados y nutridos en sus comienzos por científicos que trabajaron inicialmente en el CIB, el IIB o el CBM. Los desarrollos tempranos de la Bioquímica y la Biología Molecular en España están espléndidamente narrados en una publicación reciente (Santesmases & Muñoz, 1997). El acceso generalizado a los bancos de datos y a las nuevas formas de comunicación (Internet etc.) hacen casi obsoleta la clasificación de la actividad en Biología Experimental del CSIC en Centros y Departamentos como unidades organizativas. No es infrecuente colaborar mucho más intensamente con un laboratorio lejano que con un vecino departamental. El concepto de centros y departamentos de investigación virtuales, agrupados por convergencia de intereses más que como localización física se acabará imponiendo en el CSIC como ya lo está haciendo en muchas organizaciones estatales de investigación en Europa. Hay por tanto que considerar la situación y el futuro de la Biología Experimental en el CSIC como un todo. Pero ¿cual es esa situación? La Biología Molecular ha sufiddo en todo el mundo una rápida transformación en los últimos diez años. Ha pasado de ser una actividad semi-artesanal, concentrada en problemas muy distantes del interés público, a ser una de las nuevas tecnologías, rápidamente cambiantes, que caracterizan el final del siglo. Su revolucionaria dimensión aplicada tiene un enorme impacto económico y social. La Biotecnología ha saltado de una aplicación inicial, casi exclusivamente terapéutica de sus productos, hasta la Agricultura y el Medio Ambiente. El gran reto que afronta el CSIC es si sus formas organizativas, su inercia histórica y las muchas resistencias cíolturales para un. cambio efectivo le permitirán subir e incluso conducir un tren que avanza rapidísimamente, o nos instalaremos en el sucursalismo y bajo perfil que resultaría de perderlo. Cinco instrumentos para la gran transición de la Biología Experimental Tal y como sucede con frecuencia en otras ciencias, han sido algunos desarrollos técnicos específicos los que han marcado una diferencia entre la nueva y la vieja Biología Molecular, hasta el punto de que la actividad cotidiana y las grandes referencias conceptuales en los Laboratorios de hoy día en poco se parecen a los de hace diez años. Las nuevas técnicas de alto rendimiento, la robotización y la información genómica están cambiando radicalmente el panorama y la práctica de la investigación biológica en todo el mundo. La reacción en cadena de la polimerasa (polymerase chain reaction o PCR) El ya clásico artículo de K. MuUis y sus colaboradores en Science en 1985 (Saiki et al, 1985) describiendo esta técnica marca un antes 20 Víctor de Lorenzo Prieto y un después en la práctica de la Biología Molecular. La popularización del PCR no vino, sin embargo, hasta años más tarde, con la aparición en el mercado de la polimerasa termorresistente de ADN y con la comercialización de los termocicladores. La posibilidad de amplificación específica de secuencias de ADN a partir de muestras muy diluidas ha saltado de los laboratorios de investigación al control de alimentos, el diagnóstico, la práctica forense e incluso al espionaje (Celland et al., 1999). Los primeros termocicladores para PCR vinieron a los centros del CSIC a partir de 1989 y desde entonces no han dejado de crecer en número y en prestaciones. La técnica está ya plenamente integrada en el sistema científico español, tanto como una herramienta de investigación como de diagnóstico de todo tipo. El PCR es la base de casi todos los procedimientos actuales de secuencia automática de ADN, así como de las técnicas combinatorias y de generación de diversidad in vitro que se discuten a continuación. La combinatoria química I biológica La facilidad y abaratamiento de la síntesis química de oligonucleotides ha permitido desde comienzo de esta década la generación in vitro de enormes repertorios de secuencias polipeptídicas, su expresión in vivo y la selección de la variantes con una actividad biológica deseada. La tecnología clave para esta aplicación ha sido el desarrollo del conjunto de métodos conocidos como presentación en fagos {phage display). Esta técnica (Amstrong et al., 1996) permite la expresión de secuencias polipeptídicas fusionadas genéticamente a las proteínas troncales o apicales de la cápsida del bacteriófagos filamentosos. La presentación del fago a una cierta diana molecular asociada a un soporte sólido facilita la separación física de la partícula capaz de interacionar con esa diana junto con la secuencia de ADN que codifica el determinante de la interacción. Los polipéptidos insertados pueden consistir en unos pocos aminoácidos, pero también en proteínas voluminosas. En este sentido, una aplicación espectacular de la técnica del phage display es la reproducción de fragmentos de anticuerpos (Fabs y Fvs) como fusiones a la proteina apical (p3) del fago M13. Esta reproducción, junto con la aplicación de técnicas combinatoriales in vitro e in vivo han permitido la generación de repertorios de anticuerpos mas diversos que los que hace el propio sistema inmune (Nissim et al., 1994) Los métodos de generar variabilidad química y biológica progresan cada día con técnicas tan sofisticadas como la presentación ribososomal {ri-La investigación biomédica bosomal display), que aumenta varios ordenes de magnitud la capacidad del sistema de fagos. El potencial para la investigación básica y la Biotecnología de estas técnicas es inmenso, pero muy pocos grupos de investigación en el CSIC las dominan en la actualidad. La combinación de la tecnología microelectrónica de chips de silicio (alternativamente, también de vidrio o de material polimèrico) con la síntesis robotizada de oligonucleotidos y el PCR ha dado lugar a la tecnología emergente más notoria de los últimos años: los chips de ADN (Lipshutz et al, 1999; Vente et al, 1999). Dependiendo del tipo de chip (de genes, de oligonucleotidos, con alta o baja densidad etc), estos permiten el seguimiento de patrones complejos de la expresión gènica a partir de muestras biológicas muy pequeñas la identificación rápida de mutaciones dentro de un gen e incluso la secuencia masiva y casi instantánea de segmentos de ADN (Baldwin et al, 1999; Kozian & Eirschbaum, 1999). Aunque lá tecnología está aún en un estado muy incipiente, nadie cuestiona su enorme potencial. A diferencia del PCR, cuya aplicación requiere en la mayoría de los casos un equipo relativamente simple, la tecnología de los chips de ADN exige (al menos en el futuro previsible) inversiones considerables tanto en la instrumentación para producir los propios chips como como su utilización y el equipo informático para la interpretación de los datos (Gershon et al., 1997). Aunque el desarrollo del hardware para estos sistemas está fuera de las posibilidades actuales del CSIC (como lo está de la mayoría de los países), si que es realista intentar aplicaciones y adaptaciones de la metodología a problemas de ámbito más local. Esto requeríría el fomentar las interfases entre los centros de Biología Molecular del CSIC y las varías sedes del Centro Nacional de Microelectrónica. La automatización y robotización de operaciones de alto rendimiento (high throughput) El célebre manual publicado en 1982 por T. Maniatis y sus colaboradores (Maniatis et al., 1982) presentaba las técnicas básicas de la Biología Molecular como una colección de procedimientos artesanales con aparataje de bajo coste, en los que la habilidad del operarío era Víctor de Lorenzo Prieto 22 crítica para el éxito. En la medida en que las necesidades instrumentales para este tipo de investigación no han sido muy sofisticadas, los Laboratorios españoles no han sufiddo una gran desventaja técnica fidente a los competidores internacionales. Un primer aviso del cambio fiíe la aparición a principios de los 90 de los equipos de alto rendimiento de secuencia de ADN y de química de proteínas, cuyos costes eran ciertamente inalcanzables para los grupos investigadores individuales y cuyo manejo requería la participación de personal técnico especializado. Muchos de estos equipos están disponibles en la mayoría de los centros de Biología Molecular del CSIC, aunque su fimcionamiento óptimo requiere cambios estructurales en los Institutos que no son fáciles de implementar (ver 4.3 y 4.4). Pero el gran cambio está aún por venir con la robotización y la micro-mecanización de la mayoría de las operaciones rutinarias que en el libro de Maniatis et aL (1982) o en su secuelas posteriores (Ausubel et ah, 1994; Sambrook et aL, 1989) aparecen como dependientes de la pericia del científico. Los robots ya disponibles en el mercado permiten el manejo y el procesamiento de miles de muestras y multiplican masivamente la selección de colonias, la preparación de ADN, ARN o de proteínas, su secuencia, su unión a membranas y análisis de Western, Southern o Northern e incluso el seguimiento a tiempo real de ensayos de funcionalidad de miles de clones independientes. Otras técnicas más complejas (microscopía confocal, análisis de imagen, centrifugación analítica etc) van incorporando también un mayor componente de automatización. Robotizados o no, los nuevos métodos en Biología Experimental requerirán cada vez un instrumental más caro y sofisticado que será imposible de poseer a los grupos tradicionales de investigación en el CSIC. Por el contrario, la productividad y competitividad de los Laboratorios dependerá del uso compartido de estos equipos y de personal especializado y motivado en su manejo y programación para necesidades específicas. Al igual que la tecnología de los chips, el coste de estos equipos y su cuidado por técnicos especialistas en robótica e informática impone necesariamente cambios organizativos en los Centros de Investigación (4.3 y 4.4). La investigación genómica y proteómica: ¿final de la Biología Existe una percepción creciente de que la terminación de la secuencia del genoma humano, precedida por la de otros muchos organismos, cierra un gran ciclo en la Biología Experimental que comenzó con la La investigación biomédica determinación de la estructura del ADN (Burris et al., 1998). El genoma completo de un organismo contiene toda la información sobre el mismo en términos absolutos. El gran reto actual es, por tanto, el desarrollar métodos para el manejo e interpretación de esa información y de predicción de funciones e interacciones entre las partes. Algunos incluso se preguntan si es éste el fin de la experimentación en Biología. Una vez que conocemos la base material última de los fenónemos biológicos en un organismo (la secuencia del ADN) lo único que nos quedaría por explorar sería la combinación de esa información con la sobreabundancia de resultados experimentales ya disponibles. Los intentos de responder a estas cuestiones con herramientas informáticas y lingüísticas en vez de experimentales está en la base de la Ciencia Genómica o Genomics, uno de los campos de investigación más explosivos en la actualidad. La colección de nuevas técnicas que se agrupan bajo en nombre de Proteomics aspira también a un conocimiento completo de toda la dotación de proteínas de un cierto organismo, su secuencia, su estructura y sus interacciones (Blackstock & Weir, 1999). Su origen técnico es bien distinto del Genomics, ya que procede del desarrollo de sistemas de alta eficiencia de separación de proteínas en geles bidimensionales, acoplado a espectrometría de masas. El manejo de estos equipos requiere una altísima especialización y un conocimiento multidisciplinar de química de proteínas, informática. Biología Molecular y, cada vez más en el futuro, de robótica. La incorporación del componente genómico y proteómico a todos los proyectos de investigación en Biología es otra de las revoluciones por venir y para la que se necesita de nuevo, una enorme ñexibilidad intelectual y organizativa para absorber positivamente su impacto (Dove, 1999; Quadroni & James, 1999). Si la Biología Molecular permitió el paso del in vivo al in vitro, la Ciencia Genómica y la Proteómica conduce a un tipo de experimentación in silico con una intervención material mínima del operario. Estos desarrollos están llamados a cambiar por completo el aspecto y actividades futuras de los Laboratorios (Williams, 1999). Los eventos movilizadores: intentos fallidos e historias de éxito Es ya un tópico el que los grandes avances científicos ocurren a saltos, muchas veces catalizados por situaciones de emergencia (guerras, epidemias) o por una demanda social (sida, cáncer). Desde la guerra civil hasta los años 80 apenas hubo ningún evento en España realmente Víctor de Lorenzo Prieto catalizador de la opinión pública en favor de la investigación en Biomedicina, aunque si una proyección de las campañas investigadoras surgidas en los EEUU contra el Cáncer o, más recientemente, contra el SIDA. El gran precedente fallido de movilización social en favor de la investigación Biológica en España fue el episodio del síndrome tóxico iniciado a finales de los 70, en el que los científicos del entonces Instituto de Enzimologia del CSIC jugaron un papel importante y dieron una cierta visibilidad a la Institución. Sin embargo, la confusión inicial sobre el origen del síndrome y la imposibilidad de encontrar una cura para los afectados tuvo un efecto más negativo que positivo sobre la percepción pública de la investigación biomédica en el país. Un segundo caso de oportunidad fallida hasta el presente es la escasa relevancia de las sociedades profesionales de Biología Experimental. La extremada atomización temática y territorial de la existentes las hacen prácticamente invisibles para la sociedad y los poderes públicos, que carecen de interlocutores científicos comparables, por ejemplo, a la AAAS o la ASM de los EEUU. El remediar esta debilidad es uno de los mayores retos pendientes para la comunidad científica de todo el Estado Español. A pesar de estos precedentes tan lejanos de lo óptimo, el crecimiento del área Biomédica en el CSIC y su mayor aprecio social en el país ha sido manifiesto en los últimos 10 años. En esta evolución han desempeñado un papel importante algunos acontecimientos como los que se discuten a continuación. La integración en la CE y los Programas Marco La presencia de España en la CE desde 1986 ha tenido y sigue teniendo una enorme repercusión en la dinámica y los planteamientos de la comunidad científica del país. Por primera vez, los grupos activos en Biomedicina tuvieron opción, a través de los Programas Marco, de tener acceso a fuentes de financiación de una considerable magnitud. El precio a pagar por ese acceso era, y sigue siendo, el establecimiento de colaboraciones internacionales no siempre deseadas y el abordaje de los problemas biológicos en un contexto de aplicabilidad. En este sentido, los Programas Marco han cambiado enormemente el panorama investigador en España. Ya han pasado los años iniciales en los que los participantes del sur de Europa tenían una presencia en los proyectos europeos basada en una pura estética geográfica. En el momento actual La investigación biomédica el CSIC ocupa una posición más que notable en cuanto a captación recursos y participación en Proyectos de Biotecnología, Biomedicina y de Ciencias de la Vida en general. Los Programas Marco han forzado a la comunidad científica europea a desarrollar una cultura de colaboración muy distinta a la predominante anteriormente en los países individuales y plenamente vigente en los EEUU. También han dado multitud de oportunidades a los científicos jóvenes, a través de sus generosos programas de becas, para hacer sus trabajos postdoctorales en laboratorios de Europa en vez de los EEUU. Pero sobre todo, los Programas de la CE han introducido en los científicos, por la buenas o por las malas, la noción de que sus investigación, aún la muy básica, debe enmarcarse dentro de intereses sociales o empresariales específicos. Este concepto es considerablemente antagónico con la tradición académica, europea, que distingue claramente entre investigación, invención y desarrollo y en muchos casos desprecia las aplicaciones. Muchos científicos de dentro y fiíera del país han percibido negativamente los Programas de la CE como una presión intolerable para forzar la investigación básica hacia problemas mucho más prácticos. Desafortunadamente, ha habido intentos torpes en esa dirección, cuyo único resultado es fomentar una actividad colateral y científicamente irrelevante. Los Programas de la CE, por el contrario, intentan estimular la investigación de excelencia en un contexto de aplicabilidad. El dilema no es pues investigación básica o aplicada, sino investigación buena o mala. Como se discutirá mas adelante (ver 5), la clave, al menos en Biotecnología, no es empujar a la investigación fundamental hacia una solución directa de los problemas, sino crear interfases profesionales capaces de transferir eficientemente la tecnología al sector industrial y crear innovación. Esta discusión, todavía muy activa en Europa, está plenamente superada en los EEUU, donde no existen barreras legales o culturales entre la academia y la industria. Las reuniones (Workshops) de la Fundación Juan March El papel de la Fundación Juan March en el desarrollo de la Biología Molecular en España ha sido inmenso gracias, sobre todo, a la organización desde 1989 de sus ya internacionalmente famosas reuniones (Workshops) sobre temas específicos de investigación en Biología. En muchos casos las reuniones de la Fundación March han desplazado en interés a actividades consagradas como las Gordon Conferences, tal y como ha quedado reseñado en multitud de publicaciones científicas. Estas reuniones han catalizado contactos internacionales, han dado extraordinarias oportunidades a jóvenes científicos españoles para conseguir postdoctorales de excelencia y han elevado enormemente el status internacional de la Biología Molecular del país. Este éxito se debe no sólo a los considerables recursos económicos de la Fundación, sino también al seguimiento de criterios muy estrictos en la selección de propuestas y de participantes de las reuniones. A esto hay que añadir una organización extremadamente profesional, la limitación del número de participantes y un gran cuidado de los detalles para catalizar al máximo las interacciones científicas de todo tipo. Finalmente, los Workshops de la Fundación March han enseñado a muchos biólogos españoles la importancia de la cultura del lobby en el mundo científico. Buena parte del éxito de estas reuniones hay que atribuirla a profesionalidad y entusiasmo de una de las pocas personas citadas por su nombre en este artículo: Andrés González, Director del Centro de Reuniones Internacionales sobre Biología de la Fundación. La lucha contra el cáncer Si hay una palabra que moviliza el interés público es cáncer y todas las iniciativas al respecto reciben instantáneamente un altísimo grado de apoyo social. Las campañas tradicionales de lucha contra el cáncer, con una gran visibilidad sociopolitica, han tenido una actualización más reciente con la gran operación de regreso a España de M. Barbacid para dirigir el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Aim.que este regreso no ha estado exento de polémica, lo cierto es que ha estimulado una enorme atención y apoyo público hacia la investigación biomédica y ha puesto el escenario para la creación de una masa crítica altamente cualificada de jóvenes científicos españoles. La creación del CNIO apuesta también de relieve (una lección sin duda aprovechable por el CSIC) la importancia de las campañas de opinión dirigidas profesionalmente, las relaciones públicas y el cultivo de los medios de comunicación para dar cobertura a operaciones científicas ambiciosas. La combinación de grandes riesgos con grandes oportunidades hacen del CNIO un experimento enteramente novedoso que esta siendo seguido con enorme atención por toda la comunidad científica del país. La catástrofe de Aznalcóllar A los dos días del derrame tóxico de la mina de Aznalcóllar (25 Abril 1999), en la proximidad del Parque Nacional de Doñana, el Pre-La investigación biomédica sidente del CSIC tuvo la iniciativa de salir a la luz pública con la formación un grupo de expertos de la institución y de otros orígenes para responder a la situación de emergencia creada. Esa salida fue una primera respuesta a la falta de reacción por parte de las dos Administraciones implicadas y dio una visibilidad y un protagonismo enorme a los científicos del Consejo. La implicación del CSIC en todos los estudios y actuaciones posteriores ha gozado del apoyo público y de la simpatía de casi todos los estamentos sociales afectados por la catástrofe. Independientemente de la evolución de este caso, la actitud del CSIC en relación con el problema ha tenido un enorme efecto movilizador. Esto se ha reflejado tanto en el interés de la comunidad científica española e internacional por contribuir a la solución del caso (de Lorenzo & Kuenen, 1999), como por salir a la luz pública y a los medios de la Biotecnología desde una perspectiva favorable. Frente a algunas reacciones iniciales que aseveraban que la catástrofe no tenía ninguna solución, el CSIC preguntó desde el primer día el potencial de las técnicas biológicas para la restauración de la zona afectada. El público español escuchó por primera vez a través de los grandes medios muchos de los conceptos clave de la Biotecnología y la existencia en el país de una comunidad científica activa en el campo. Se ha transmitido con nitidez cuales serán los problemas a largo plazo que debe de afrontar la región, más allá de la propaganda tranquilizadora de las Administraciones. Se han introducido los elementos de un debate, aún por desarrollarse del todo, sobre la utilidad de las plantas transgénicas y de los organismos recombinantes, en operaciones de biorreraediación ambiental. Se ha conseguido atraer la atención y el respeto de la comunidad científica internacional a las actividades del CSIC. Finalmente, la catástrofe ha originado un sistema experimental único para desarrollar nuevas tecnologías para el tratamiento de un tipo de contaminación (los metales pesados) que es el problema medioambiental número uno a escala mundial. Un efecto lateral extremadamente beneficioso ha sido el estreno en el CSIC de una iniciativa verdaderamente interdisciplinar en la que han participado ecólogos, geólogos, químicos, biólogos moleculares etc. con resultados inéditos y un enorme momentum de trabajo en equipo. Todos estos elementos han proporcionado un considerable impulso a las investigaciones sobre Biotecnología para el medio ambiente en nuestro país que deben de fructificar hacia un liderazgo en algunas de las áreas clave. El caso de la mina de AznalcóUar ha sido el punto de inflexión hacia una creciente confianza del público español en el CSIC como Víctor de Lorenzo Prieto una institución veraz, digna de confianza y una referencia obligada en casi cualquier debate actual sobre preocupaciones públicas con contenido científico (las plantas transgénicas, las dioxinas etc.). Esta confianza, sin embargo, no debe darse por sentada y deberá evitarse cuidadosamente la implicación del CSIC en episodios tan desafortunados como la supuesta lluvia de aerolitos a comienzos del año 2000, que estuvo a punto de causar al Consejo un serio desprestigio público. A pesar de que la investigación Biomédica es una de las áreas mas productivas de la actividad científica en el CSIC, la posición de los estudios españoles en Biología Experimental sigue siendo modesta en el contexto internacional (Nombela, 2000). Aunque buena parte de esta situación es atribuible a la escasa inversión del PIB en investigación (que lleva consigo la inexistencia de una masa verdaderamente crítica de científicos) es la gestión y organización el auténtico cuello de botella para generar un retorno mucho más aceptable. El CSIC se ve obligado a moverse entre anquilosadas estructuras organizativas para desarrollar en nuestro pais prioridades y tecnologías que, como la Biología Molecular y la Biotecnología, cambian cada año, si no cada semana. Contradicciones en el sistema de financiación Cualquier observador externo del funcionamiento del CSIC en el contexto del sistema científico español y europeo identificaría rápidamente el conflicto entre los criterios de financiación de la actividad investigadora impuestos por la CICYT y la CE y los criterios de entrada y promoción de la carrera científica dentro del CSIC. Mientras que los primeros dependen de forma creciente de la aplicabilidad de los proyectos, la entrada en el CSIC se fundamenta exclusivamente en la excelencia de los candidatos y en sus publicaciones en revistas de alto impacto. Ala vista de estos criterios, los jóvenes biólogos moleculares se plantean desarrollar investigaciones postdoctorales casi exclusivamente en laboratorios cuyas publicaciones tienen un altísimo impacto. Aunque excelencia y aplicabilidad no son incompatibles, tampoco tienen que ir necesariamente juntas. El CSIC aumenta regularmente, sobre todo en el área de Biomedicina, su plantilla de jóvenes investigadores de excelencia, pero esto no se traduce al ámbito económico o empresarial. Sin embargo, la proyección sobre la sociedad de la investigación de excelencia requiere también científicos especializados, por ejemplo, en Ingeniería de Bioprocesos, una disciplina casi inexistente en el CSIC y de mucho menos impacto en la literatura. Pero el sistema ñmcionarial y la ausencia de una financiación propia priva a la institución de vehículos efectivos para reorientar los intereses de los investigadores una vez que ya han entrado en el CSIC. No es este un problema fácil de abordar, ya que incide en cuestiones organizativas que afectan a toda la Administración del Estado. En el mejor de los casos, muchos científicos viven el conflicto entre los criterios de financiación y de promoción profesional como un gran reto y, en el peor, como una contradicción paralizante. Selección del personal investigador La notable diferencia entre el CSIC y la Universidad Española en productividad científica, en particular en Biomedicina, es enteramente atribuible al mayor rigor en la selección del personal del que ha venido disfrutando, con altibajos, el CSIC desde mediados de los 80. En los años a caballo entre los 80 y los 90 apareció en el área de Biomedicina una oferta sustancial de plazas genéricas de Colaborador en Biología Molecular y Celular sin ningún otro perfil o especialización. Esto permitió la competencia y, finalmente, el fichaje para la Institución de un número significativo de jóvenes científicos de excelencia, por entonces postdocs en el extranjero y en muchos casos ajenos al CSIC, que iniciaron nuevos proyectos como investigadores independientes. Aunque con ciertas contradicciones (ver 4.1), la política de captar a los mejores y darles oportunidades, independientemente de ninguna otra consideración, fue la apuesta que más ha aumentado el nivel y el prestigio científico del CSIC en los últimos años. Tras el gran estancamiento y falta de liderazgo en la institución a mitad de los 90, la mejora de la situación económica y la actividad de la nueva Presidencia del CSIC a partir del 96 ha permitido más recientemente una oferta significativa de nuevas plazas de Científico Titular. El Consejo tiene otra vez la oportunidad de tomar grandes decisiones sobre las características su nuevos miembros que serán determinantes para el futuro de la Ciencia Española. La comunidad científica en Biomedicina afronta de nuevo el dilema de favorecer la consolidación de científicos jóvenes ya vinculados a grupos de investigación o la captación y apuesta pura y simple por investigadores de excelencia que generen diversificación y 30 Víctor de Lorenzo Prieto nuevas oportunidades en el área. Es éste un dilema que tiene conexiones importantes con el sistema de financiación y con las inercias culturales, pero que sin duda debe de decantarse en favor de la excelencia. El argumento de favorecer la consolidación de grupos establecidos conduce inexorablemente a un sistema de selección viciado cuyo fracaso se ha hecho bien evidente en la Universidad y cuyo impacto en el futuro del CSIC podría ser devastador. Un gran lastre cultural en este sentido es la escasa aceptación real en la comunidad biomédica española del principio de la competencia, que debería permitir una entrada regular de nueva savia investigadora en el CSIC a base de desplazar a los investigadores menos productivos. Es esta la clave del crecimiento vertical -y no horizontal-de la Institución. Los costes políticos y personales del principio de la competencia son sin embargo aún muy altos para su generalización, aunque el CSIC bien podría implementarlos en algunos de los nuevos Centros y así iniciar una nueva cultura organizativa y profesional en la Institución. La gestión de los centros No puede haber investigación de excelencia ni innovación sin una gestión avanzada de los Centros correspondientes. El CSIC arrastra también en esto una cultura que deposita el éxito de los institutos exclusivamente en la brillantez intelectual de los científicos y que cree, erróneamente, que todo lo demás se dará por añadidura. La práctica de las empresas de alta tecnología, el espejo en el que el CSIC debería mirarse organizativamente, nos dice exactamente lo contrario. La administración de los Centros, la eficiencia de los servicios de compras, los servicios técnicos, la instrumentación, el mantenimiento de los equipos, el seguimiento económico de los Proyectos, los Seminarios... son tan determinantes o más para la productividad científica como las ideas de los investigadores. La gestión de los institutos debe organizarse cada vez más profesionalmente para no ser un cuello de botella de la actividad investigadora. El perfil profesional de los gerentes de los Centros y de sus equipos debe de elevarse hasta niveles que el reglamento actual del CSIC otorga en exclusiva a los Directores. De hecho, la tendencia actual en muchos centros de Investigación europeos son las direcciones bicéfalas con un Director Científico y un Director Organizativo o Administrativo. Pero estos cambios no son triviales. En un campo tan dinámico como la investigación biomédica, las formas de gestión óptima de los Centros se convierte en sí misma en un La investigación biomédica objeto de investigación. Las muy criticadas plazas de investigación de gestión que ocasionalmente ha ofrecido el CSIC a miembros de equipos presidenciales cesantes podrían relanzarse con auténtico contenido investigador dentro de ese contexto de gestión avanzada de Centros. Crear equipos: la organización de los grupos de investigación Una de las grandes aportaciones de los estudios sociales sobre empresas de alta tecnología es que la productividad de los grupos de trabajo depende mucho más del estilo organizativo del equipo y de la forma en que se ejerce el liderazgo que de la calificación intelectual a secas de sus miembros (Goleman, 1998). La gestión adecuada y profesional de los recursos humanos en los grupos de investigación del CSIC es una de las mayores limitaciones para la creatividad, la innovación y la adaptación de nuestro sistema a los nuevos tiempos. Esto es particularmente cierto en Biomedicina, cuyos requerimientos de dedicación imponen al personal una intensa convivencia en el Laboratorio. El cómo convertir esa convivencia en espíritu de equipo es una de las claves de una organización moderna y avanzada. La impermeabilidad (cuando no hostilidad) de los grupos de investigación españoles a considerar alternativas organizativas que han demostrado su éxito en el mundo empresarial tiene sus orígenes en los limitadísimos modelos de identificación en los que han crecido los científicos actuales. La investigación Biomédica en España ha tenido hasta ahora unos pocos referentes personales y organizativos que, si bien tuvieron enorme éxito en su momento, no pueden seguir considerándose modelos a seguir en una actividad tan cambiante. En particular, Ramón y Cajal, junto con Severo Ochoa y su saga de discípulos han sido los mitos y modelos de identificación en los que se han mirado muchas generaciones de jóvenes científicos españoles. Estos modelos han primado una investigación que se desarrolla completamente subordinada a las ideas y la personalidad del jefe del grupo, con poca o ninguna interacción con otros equipos, intereses o disciplinas y con una escasa o nula movilidad geográfica a lo largo de la carrera científica. Los centros pioneros del CSIC en Biomedicina (en particular el CIB y el CBM) han reflejado fielmente este modelo de Laboratorio aislado que gira en torno a un jefe autosuficiente y extremadamente territorial. A pesar de las muy notables excepciones a esta regla, es este esquema el que predominantemente se propagado a través de los Centros creados y nutridos Víctor de Lorenzo Prieto originalmente por científicos del CIB y del CBM y que para muchos aparece en nuestro país como el único de las posibles. Una presencia significativa del CSIC en las nuevas corrientes de investigación biológica exige también el desarrollo de nuevas formas organizativas de este nivel. Aunque los grupos tradicionales ha permitido mantener la ciencia de calidad en décadas de penuria, su estructura podría estar destinada al fi:"acaso en el ñituro no muy lejano. La expansión actual de la Biomedicina requiere un enorme trabajo en equipo, una interdisciplinaridad y una flexibilidad que tiene pocos precedentes en la historia del CSIC. Mientras que en el pasado un jefe podía conocer y manejar todos los aspectos de un problema biológico, la complejidad de los nuevas preguntas y técnicas exige una participación conceptual múltiple. Los grupos de investigación requerirán en el futuro estar mucho menos jerarquizados, deberán compartir recursos con otros equipos y deberán incorporar miembros y apoyos de orígenes y formación muy diversa. Se hace imprescindible la existencia de técnicos de alto nivel en los grupos y en los Departamentos, capaces de proporcionar asistencia informática y analítica especializada (secuencia de ADN, química de proteínas etc.). Y también, de forma creciente, especialistas en robótica capaces de programar y automatizar con gran eficiencia las operaciones de rutina de los Laboratorios de biología. Estos cambios sólo podrán efectuarse si en paralelo se va desarrollando en el CSIC una cultura organizativa muy distinta de la actual, mucho más horizontal, que premie la colaboración, diluya los territorios y las jerarquías, sin menoscabar los créditos individuales, y premie el cambio y las interfases con otras disciplinas. La formación de equipos de trabajo competentes no es un problema trivial, y mucho menos en investigación, ya que el talento técnico y la brillantez intelectual no convierte por sí mismo a los científicos en buenos miembros de un grupo de trabajo. Las experiencias personales y colectivas del CSIC están plagadas de casos de estudiantes, doctorandos y postdoctorales, brillantes individualmente, que son incapaces más tarde de trabajar sinergicamente con otros miembros de un grupo. La investigación biológica actual, sobre todo en el gran contexto europeo e internacional, está dirigida a la consecución de objetivos dentro de un plazo. Esto requiere planificación temporal, el intercambio de información, el seguimiento de lo conseguido y la coordinación de las distintas acciones dentro de un grupo. La capacidad de interaccionar productivamente con otros colegas debe pues formar parte del curriculum de los científicos profesionales del futuro casi tanto como su productividad individual. La investigación biomédica 4.5. Movilidad, información y presencia internacional La Biología molecular es una actividad cada vez más internacional que requiere una altísima movilidad y una enorme capacidad de comunicación personal con científicos de otros países. Pero esto choca con el enorme apego a lo local de nuestra cultura. Con la excepción de Madrid, la mayoría de los científicos en las otras ciudades españolas son de esa misma provincia o de los alrededores. A pesar de los indudables progresos en la última década, es infi'ecuente encontrar científicos que hablen lo suficientemente bien en inglés como para tener un discusión viva en una reunión internacional o para llamar por teléfono al Editor de una revista para defender una publicación. Hay poquísimos españoles senior en los grandes centros de decisión científica (pe. el EMBO Lab) y muy pocos estarían dispuestos hoy día cambiar de domicilio por un trabajo de mayor relevancia científica. Sin embargo, los investigadores tendrán que acostumbrarse finalmente a la movilidad y a cambiar de equipo y de centro en función de las prioridades del momento. La presencia internacional es también crucial para el acceso a la información. Esta se necesita cada vez más en tiempo real, mucho antes de que aparezca por los canales tradicionales. Y esto requiere una capacidad de estar en redes profesionales donde circule la información y la experiencia por canales informales como el teléfono o el correo electrónico en un ambiente de confianza mutua. Los científicos capaces de integrarse en este tipo de redes profesionales tienen una inmensa ventaja de tiempo frente a los que no lo hacen: conocen con anticipación el trabajo de los competidores y generan nuevas ideas y oportunidades. Esta situación se hace mucho más importante en el contexto de la financiación impuesto por los Programas Marco de la UE, donde la formación de equipos internacionales donde impere el flujo de información y la confianza es un requisito para el éxito. Típicamente, los consorcios que participan en los proyectos de la UE se forman y disuelven en función de unos objetivos tangibles {deliverables) que han de conseguirse en un periodo de tiempo definidos (hitos o milestones). La capacidad de formar y desarrollar con éxito este tipo de equipos requiere una capacidad de interacción y de gestión profesional mucho mas cercana a la dinámica empresarial que a la tradición académica europea. Y sin duda originará nuevos modelos de identificación sobre el quehacer científico muy distintos a los actuales. Insuficiencias de los sistemas vigentes de transferencia de tecnología Los vehículos de transferencia al sector industrial para la investigación en Biología Molecular y Biotecnología no son muy distintos de los de otras ciencias en el CSIC. Un cierto trabajo de investigación da lugar a una patente y durante el proceso (y a veces con un preacuerdo), una empresa nacional o multinacional expresa un interés en su explotación comercial. Los beneficios que genera esa explotación pueden retornar a la institución en forma de pagos directos de royalties al CSIC (incluyendo un porcentaje para el investigador) o en forma de convenios de investigación entre las partes. En general, este vehículo es deficiente y no explota ni moviliza todo el potencial investigador y generador de innovación de la institución en Biomedicina. No existe en el país una cultura de interacción fluida entre la investigación básica y la empresa, mucho menos en el caso de la Biología Molecular. Es difícil motivar a los científicos de excelencia a proyectar su investigación en áreas aplicadas, sobre todo cuando los retornos no son evidentes. La gran empresa española, sobre todo aquella que más se beneficiaría de una Biotecnología avanzada (la empresa farmacéutica, el sector agronómico y medioambiental) es extremadamente conservadora y con poca visión estratégica. La Biología Molecular y la Biotecnología avanzan a velocidad muchísimo más rápida que la capacidad de las empresas españolas para entenderlas y beneficiarse de esos progresos. Es muy difícil explicar a los usuarios potenciales las claves biológicas de los nuevos productos y procesos. Una alternativa al modelo vigente de transferencia de tecnología es el fomento de las empresas spinoff, nacidas del ámbito académico, tal y como se desarrollaron en los EEUU en los 80s y que se empiezan a generalizar también en Europa. El avance de estas empresas en nuestro país requiere no sólo un cambio en la legislación que permita a los científicos de plantilla el promover actividades empresariales, sino también un cierto cambio cultural que anime a los investigadores jóvenes, a contemplar su futuro profesional en empresas de cierto riesgo. Sólo la exploración de nuevas vías como ésta permitirá una transvase eficiente de conocimientos y recursos que permita a nuestro país el tener una actividad empresarial de altura en productos biotecnológicos y un cierto mercado de trabajo no-académico para los científicos formados en el CSIC. La investigación biomédica 6. Conclusión A pesar de los innegables avances de la Biología Experimental en el CSIC, el cambio generacional experimentado por la institución no se ha traducido aún en un cambio organizativo ni de las formas de trabajo que garanticen la relevancia de la investigación biomédica española en un escenario naturo extremadamente cambiante. Aunque los cuellos de botella son perfectamente identifici^ofes, su solución choca con la inercia cultural y las tradiciones de buena parte de su personal científico. El avanzar desde la situación presente requerirá un buen grado de valentía y visión política para vencer esas inercias organizativas mediante la introducción técnicas avanzadas de gestión de los recursos científicos, humanos y materiales inspiradas en el mundo empresarial. La comunidad de Biólogos Moleculares de la institución tiene la capacidad científica sobrada para hacer contribuciones decisivas al campo, pero necesita instrumentos organizativos y de transferencia de tecnologi^ que superen los límites actuales. Sólo entonces, las apariciones de la Biomedicina española en la ciencia internacional dejaran de ser ocasionales para integrarse en la corriente principal de la investigación de excelencia en el mundo industrializado. AñxK ludi investigación biomédica
En el primer número de esta revista se recogen las actas del Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura celebrado en Vitoria-Gasteiz los días 18, 19 y 20 de febrero del año 2002. Con la celebración de este Seminario queremos dar inicio a un proyecto más amplio, destinado a vertebrar y articular los estudios e intervenciones que se vienen efectuando durante los últimos años en torno a la denominada "arqueología de la arquitectura". La presencia masiva de participantes es la prueba más evidente del interés que suscita este tipo de investigaciones, no sólo entre arqueólogos sino también entre otros historiadores como los de la arquitectura y del arte o entre restauradores, arquitectos y profesionales relacionados con la documentación, el estudio y la intervención en el patrimonio edificado. Es importante decir, sin embargo, que pese a los diversos encuentros y coloquios celebrados durante la década de los noventa y la presencia cada vez más numerosa de publicaciones específicas sobre el tema, se tiene la sensación de que nos encontramos en un momento todavía de formación y decantación de experiencias que operan con un instrumental conceptual y operativo muy diverso. Y aunque ello no tiene por qué ser considerado como un factor negativo, pues estimula la diversidad y el enriquecimiento, los organizadores del Seminario sentimos la necesidad de dotarnos, por una parte, de unos instrumentos básicos que den coherencia a estas experiencias y de generar, por otra, unos marcos de debate e intercambio permanente entre los estudiosos e interesados en esta materia. Es por ello por lo que la Universidad del País Vasco y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas -con la colaboración del Servicio de Patrimonio Arquitectónico de la Diputación Foral de Álava y la Fundación Catedral Santa María de Vitoria-Gasteiz-han decidido crear una nueva revista temática de periodicidad anual, con este doble objetivo ya apuntado. Los estudios sobre arquitectura tienen una larga tradición en Europa, y también entre nosotros. Si hoy en día se plantea el desarrollo de una nueva disciplina que, con distintas denominaciones, va abriéndose camino en nuestro continente, no es porque no se reconozca la aportación de aquel tipo de estudios. La "arqueología en la arquitectura", en expresión de Tiziano Mannoni, supuso un importante avance en el conocimiento de las técnicas constructivas de la antigüedad, con aportaciones cronotipológicas indudables en el conocimiento de las formas de construir y en el significado social del evergetismo en las sociedades antiguas. Pero fue la incorporación al estudio de Editorial Arqueología de la Arquitectura: definición disciplinar y nuevas perspectivas la arquitectura de instrumentos específicamente estratigráficos lo que dio inicio a un nuevo campo que conocemos hoy con el nombre de "arqueología de la arquitectura", sin que con ello queramos silenciar en ningún momento los importantes precedentes representados por los estudios estilísticocomparativos que nos precedieron. Entendemos que la arqueología de la arquitectura hunde sus raíces en las contribuciones realizadas desde la tradición anterior, proponiendo, sin embargo, una visión crítica, una rigurosa renovación metodológica y una ampliación de sus objetivos y de sus campos de estudio habituales. Si algo caracteriza a la "arqueología de la arquitectura", desde el punto de vista instrumental, es su carácter estratigráfico. Aquí nos encontramos, sin embargo, con un grave problema, si tenemos en cuenta que la alfabetización estratigráfica de la arqueología española no es todavía completa. Urge, en consecuencia, la adopción plena de la estratigrafía como columna vertebral de la disciplina y, en este sentido, debe hacerse un esfuerzo de normalización en el uso consensuado de nuestro utillaje metodológico. Esta afirmación, sin embargo, no debe ser vista de forma excluyente. Otros instrumentos de carácter tipológico, formal, estructural, arqueométrico o el recursos a las fuentes escritas son absolutamente imprescindibles para lograr un afianzamiento de nuestra disciplina y un acercamiento más sólido a la historia constructiva de los edificios históricos. No obstante, desde nuestro punto de vista es necesario insertar estas lecturas dentro de una lógica estratigráfica y reivindicar, por tanto, la centralidad del diagrama estratigráfico como eje principal de análisis y decodificación de la historia del edificio. Nos parece un objetivo irrenunciable para la arqueología de la arquitectura, como antes lo fue para las excavaciones arqueológicas, supeditando en este caso la secuencia de los objetos muebles a la de sus procesos sedimentarios. Además de estas problemáticas, la arqueología de la arquitectura presenta otros rasgos peculiares que la distancian de los enfoques habituales y la acercan a otros marcos operativos menos usuales en la tradición académica. Pronto se advirtió la capacidad del instrumento estratigráfico para secuenciar los procesos constructivos y diagnosticar los problemas estructurales de un edificio histórico, estableciéndose una temprana relación con el ámbito de la intervención en los monumentos. Y es en este ámbito en el que se están produciendo -nos referimos a Italia-aportaciones y debates sumamente interesantes. En España, sin embargo, la situación tiene de momento más sombras que luces. Junto a la implicación activa de algunos arquitectos, y la curiosidad respetuosa que muestran otros, se observa también un manifiesto desinterés por parte de ciertos sectores y una descoordinación frecuente entre arqueólogos, arquitectos restauradores y administradores responsables. A pesar de que, desde la puesta en marcha del modelo autonómico en el Estado español, las intervenciones de los arqueólogos en el patrimonio edificado han crecido exponencialmente, la insatisfacción y el desencuentro siguen siendo frecuentes. Ni los arquitectos restauradores consideran prioritaria la aportación de la arqueología para la definición de sus intervenciones, ni los arqueólogos consiguen verse a sí mismos más allá de unos simples excavadores. Las catas o excavaciones de urgencia han acabado por convertirse en una respuesta mecánica a una legislación excesivamente normativista o en un importante recurso laboral en el ámbito de la llamada "arqueología de gestión". En este contexto, la arqueología de la arquitectura debe plantearse también sus obligaciones como disciplina comprometida socialmente con las necesidades planteadas por el conocimiento, protección y gestión del patrimonio edificado. Somos conscientes de que atravesamos una fase de crisis y renovación de la disciplina arqueológica en su conjunto, crisis provocada por el agotamiento de determinadas formas de estudiar el pasado desde las fuentes materiales, el fracaso de instituciones y "escuelas" en otro tiempo dominantes o las contradicciones generadas por una praxis arqueológica pretendidamente bicéfala (Arqueología de gestión/Arqueología de investigación). La arqueología de la arquitectura es, desde nuestro punto de vista, una de las propuestas recientes que mejor puede coadyuvar a la transición epistemológica y renovación metodológica que atravesamos ya desde los años noventa del siglo pasado. Para ello deberá dotarse, sin embargo, de un sólido corpus teórico, cuestión ésta harto difícil en la arqueología española, caracterizada por una marcada aversión hacia la teoría. Sólo de esta forma, sin embargo, podremos superar la dependencia de la arqueología de época histórica de las problemáticas y modelos interpretativos generados por otros historiadores que trabajan básicamente con registros escritos. Antes de concluir esta presentación, nos parece oportuno formular otro de los problemas conceptuales y operativos con los que se encuentran cada día los profesionales que trabajan en el ámbito de la arqueología de la arquitectura. Creemos pertinente preguntarnos por el estatuto científico al que puede o debe aspirar la arqueología de la arquitectura. Es fácil notar cómo durante los últimos años del siglo pasado han surgido numerosas "arqueologías", que desde posiciones epistemológicas e instrumentales distintas, han intentado plantar cara a la necesaria renovación que la coyuntura social ha planteado a la arqueología "tradicional". Sólo algunas de estas especializaciones han terminado por acotar un espacio y, en el mejor de los casos, encontrar una colocación académica adecuada. Algunas de ellas, como la arqueología del paisaje, se han convertido en instrumentos de renovación, tanto en lo que se refiere a la generación de nuevos modelos históricos, como a su proyección social a través de las formas de gestión del patrimonio. Todas estas "arqueologías" han sido consideradas como especializaciones técnicas y temáticas, y por lo tanto transversales dentro de una organización académica articulada en compartimentaciones cronológicas. ¿Es este el camino de la arqueología de la arquitectura? ¿O bien el objetivo ha de ser el de una cierta autonomía disciplinar? 7. En fin, los problemas ahora enunciados, que no agotan sin embargo todos los interrogantes que genera la arqueología de la arquitectura, requieren de una serie de instrumentos que favorezcan este debate interdisciplinar en el marco de la investigación histórica y la gestión del patrimonio. La organización en los próximos años por parte de la redacción de la revista de otros seminarios y encuentros temáticos, será uno de los medios que potencien esta reflexión tan necesaria. Por el momento, hemos creído oportuno iniciar este debate con un seminario internacional que acoja en su seno tanto a investigadores italianos como españoles. Es evidente que esta elección no es inocente, ya que hasta el momento el desarrollo metodológico de la disciplina en España es absolutamente deudora de las experiencias italianas. Por ello, y siendo conscientes de las notables diferencias aunque también de los paralelos existentes en el desarrollo disciplinar de ambos países, se ha creído oportuno organizar este debate inicial a dos bandas, cruzando de esta manera informaciones de distinta procedencia. A su vez, este primer encuentro científico dedicado específicamente a la arqueología de la arquitectura se ha articulado en torno a dos secciones principales (la arqueología de la arquitectura como arqueología y la arqueología de la arquitectura como arquitectura), con el fin de intentar abordar un debate sobre algunos de los problemas estructurales que han sido ya enunciados. Somos conscientes del desequilibrio que presentaba el programa del seminario, puesto que han faltado ponencias realizadas por especialistas de otras disciplinas y de otros períodos que no fuesen de época medieval, y hubiesen sido necesarias más intervenciones que recogiesen otros aspectos epistemológicos e instrumentales en el ámbito de la restauración, la rehabilitación arquitectónica, la historia del arte y la investigación histórica. No obstante, el seminario que ahora se publica debe ser visto solamente como un primer paso de lo que esperamos se convierta en una larga andadura abierta a todas estas disciplinas y a aquellas aportaciones relacionadas en el ámbito de la gestión, intervención y estudio del patrimonio edificado. En el primer número de la revista se publican solamente las catorce ponencias que se presentaron al seminario, con la excepción de la que sintetizaba el proyecto Catedral Santa María de Vitoria, cuyo Plan Director ha sido objeto de una reciente monografía. Otras aportaciones que se presentaron al seminario en forma de poster verán la luz en el número siguiente de la revista (2003). De forma paralela, está prevista también la publicación de otros volúmenes monográficos que recojan aquellos trabajos que, por su extensión o por su contenido temático, no tengan cabida dentro de las páginas de la revista. En este sentido, ya podemos anunciar que está en imprenta un primer volumen dedicado al estudio arqueológico de las técnicas constructivas. Luis Caballero Zoreda Juan Antonio Quirós Castillo
son dos disciplinas que convergen en un mismo objeto de estudio: la arquitectura histórica. Sin embargo, una y otra parecen por el momento darse la espalda sin que se aprecien intentos por buscar espacios de diálogo y debate. El encastillamiento conceptual y metodológico da lugar a repliegues defensivos que alimentan posturas irreconciliables. El presente artículo nace como una reflexión que quiere mover a la discusión tanto a historiadores del arte como arqueólogos, no tanto para buscar los puntos de encuentro sino para ver de qué forma se pueden superar los puntos de desencuentro con el objetivo de construir un marco conceptual y metodológico que sea asumible y compartido por unos y otros. El presente artículo es fruto de una serie de reflexiones en torno a la Historia del Arte (HA) y la Arqueología de la Arquitectura (AA), dos disciplinas que convergen en el estudio de un mismo objeto (los edificios históricos) pero que circulan por carreteras epistémicas y conceptuales distintas (Brogiolo, 1988), lo que hace poco probable, en la situación actual, que se unan formando una autopista de doble carril que haga fluir la información de una y otra respetando un mismo código de circulación. No sé cómo ni cuándo esto puede llegar a pasar. De hecho ignoro si son muchos o pocos los profesionales de la HA y la AA que estarían de acuerdo con esta idea. Por esta razón creo es fundamental la apertura de un debate que no termina de salir de las conversaciones informales entre compañeros. Al revisar la literatura científica generada en otros ámbitos científicos, en concreto el italiano, con más larga trayectoria que la española en el desarrollo de la AA, es muy poco lo que hay sobre la relaciones o, más bien, las pocas relaciones entre la HA y la AA (Brogiolo, 1988(Brogiolo,, 1995(Brogiolo,, 2002;;Pierotti y Quirós, 2000). Las contadas referencias encontradas son siempre emitidas desde el colectivo de los arqueólogos de la arquitectura e ignoro si, entre los historiadores del arte italianos, se han producido o no respuestas suscitando una discusión que podría actuar de referente para el caso español. Mi intención, en definitiva, es aportar materia para un debate inaplazable que, sobre todo, la HA no debe eludir. Debo advertir que, por motivos expositivos, se puede dar la sensación de que la HA y la AA son disciplinas monolíticas. No creo que haya una sola HA ni, mucho menos, una única AA ante la aparente «promiscuidad» epistemológica (Azkarate, 2008: 13) que se desprende de la consideración y el uso que se hace de la AA en diferentes entornos científicos (la Europa meridional incluyendo España, los países anglosajones, América Latina). Sin embargo, sí que hay algo que, por ahora, diferencia cualquier HA de cualquier AA: el elemento instrumental, metodológico. Es precisamente en torno a ese elemento donde gira buena parte de este artículo. Este enfoque, que no creo que sea el único posible, sin duda está determinado por el contexto epistemológico español, en el que la vertiente instrumental tiene una gran relevancia, hasta el punto que una de las principales críticas que recibe la AA hispana es que no suele trascender más allá de la aplicación del método estratigráfico. Sin entrar a valorar los términos de esta discusión lo que me parece innegable es que el instrumento (el método arqueológico de observación y registro basado en la estratigrafía «harrisiana» que usa la AA) es una poderosa herramienta de obtención de información que no tiene paran-gón en la HA, y que ésta no debe adoptar un papel pasivo o, lo que es peor, de indiferencia ante lo que está pasando, aunque sólo sea por el simple conocimiento positivo que viene dado por el aluvión de nuevos datos que suele acompañar cada lectura de paramentos y que, en no pocos casos, obliga a cambiar las comprensiones previas de los edificios emitidas por la HA. Una última advertencia pensando en aquellos arqueólogos que se hayan sentido inquietos al leer el párrafo anterior. No considero que la AA sea básicamente una herramienta metodológica. Asumo y comparto el tantas veces repetido mantra arqueológico según el cual la «AA es una disciplina arqueológica, y por lo tanto, como disciplina histórica que es, persigue el conocimiento de la sociedad a través de los documentos materiales, en este caso arquitectónicos.» El método estratigráfico, siguiendo al propio Quirós, es un criterio más de referencia para definir la AA, no su definición. Aunque formado académicamente en la HA, mi experiencia profesional se ha movido fundamentalmente en el campo de la AA. De la mano de Luis Caballero Zoreda, pionero en España en la aplicación y difusión de la lectura de paramentos a partir de la experiencia italiana, he podido participar en no pocos registros arqueológicos de este tipo, sobre todo en edificios tardoantiguos y altomedievales por razones fáciles de adivinar, aunque tampoco han faltado fábricas de épocas más modernas (románicas, góticas, renacentistas). La mayor o menor antigüedad de los edificios no es relevante para las cuestiones que aquí se van a tratar. Lo que se pretende es poner de manifiesto que la AA es aplicable a cualquier edificio histórico y, por tanto, a cualquier periodo histórico. Por otro lado, el estado material del edificio a analizar no impone necesariamente un umbral por debajo del cual no es posible plantear su lectura estratigráfica. La mayoría de los ejemplos estudiados han llegado hasta nosotros todavía en pie y en uso, ya sea el original ya sea convertido en monumento momificado, pero también ha habido ocasión de aplicar el método en estructuras bastante arrasadas sacadas a la luz por excavación (Santa Eulalia de Mérida, Caballero y Feijoo, 1995; basílica de Segóbriga, Utrero, 2007, informe inédito manuscrito en CCHS-CSIC). Cualquier edificio de cualquier época es susceptible de ser leído arqueológicamente, igual que cualquier yacimiento puede ser excavado. Lo mismo cabe decir sobre la funcionalidad de las fábricas, si bien la experiencia nos dice que aquellos edificios que conservan un mismo uso a lo largo de periodos pluriseculares suelen contar con una estratificación más compleja. En definitiva, la arqueología se ha dotado de un método propiamente arqueológico capaz de ser aplicado al estudio de la arquitectura. Este hecho ha sido consecuencia de una renovación metodológica de la disciplina a partir de la propuesta teórica y práctica del arqueólogo británico E. C. Harris (1989), pero también de la puesta en marcha de líneas de estudio que buscan trascender al objeto para conocer y definir a la sociedad que lo ha producido. Considerar que un edificio es un yacimiento arqueológico pluriestratificado y que puede ser observado y registrado según un principio propiamente arqueológico (la estratigrafía) ha permitido que la arqueología tradicional (excavatoria) saque la cabeza desde las profundidades de la tierra y dirija su mirada a las estructuras aéreas, hasta ahora objeto de estudio casi exclusivo de la HA1. Según mi experiencia, que puede ser compartida por otras personas que hayan hecho lecturas de paramentos, todos los edificios estudiados han sido, en mayor o menor medida, objeto de atención y análisis previos por parte de la HA. Esta circunstancia, en la que dos disciplinas con presupuestos teóricos y metodológicos diferentes tienen un mismo campo de trabajo (la arquitectura histórica), no parece que esté dando lugar a una convergencia de las experiencias sino más bien a un desencuentro y recelo mutuo. Tradicionalmente la frontera entre una y otra disciplina estaba bastante clara: la cota 0. Lo que estaba por encima de esa cota era para la Historia del Arte y lo que estaba por debajo era para la arqueología. Debemos recordar, no obstante, que hay capítulos de la investigación histórica en los que HA y arqueología se entrelazan y confunden. Pensemos, por ejemplo, en el mundo clásico, durante muchos años dominado por un enfoque arqueológico eminentemente objetual en el que todo empezaba y acababa en piezas singulares dotadas de cualidades artísticas que la arqueología desenterraba para llenar las vitrinas de los museos municipales, provinciales y nacionales. En cuanto a la arquitectura de este período, el interés se centró en los colosales edificios públicos (teatros, circos, foros, etc.), en las infraestructuras de ingeniería (puentes, acueductos, amurallamientos) y en las monumentales partes residenciales de los poderes dominicales de las villas campestres o, más bien, en sus pavimentos musivos. El objetivo de los estudios solía ser determinar si fue tal o cual emperador el que hizo el teatro, el circo o el acueducto de turno, para lo cual la arqueología se convertía habitualmente en la búsqueda de un tesoro, que consistía en localizar la inscripción que diera cuenta del momento fundacional y sus protagonistas. Hay además otros periodos históricos en los que la HA, incluso, ha ido por delante de la arqueología, marcándola de hecho el camino y ofreciendo fósiles directores con capacidad de datación. Así ocurre en la tardoantigüedad, momento por el que la arqueología apenas había mostrado interés y que, cuando lo hacía, se encontraba con unos registros materiales para los que no había modelos tipológicos de referencia. Un verdadero fastidio que a menudo era eludido cogiendo esos niveles ingratos y tirándolos literalmente a los vertederos arqueológicos, sobre todo cuando se tenía la certeza de que bajo ellos había otros niveles que sí contaban con referentes tipológicos y una consideración social y científica relevantes que minimizaban los daños colaterales que suponía alcanzarlos y estudiarlos. Es la HA y no la arqueología la que descubre y pone en valor un ciclo monumental asociado al periodo visigodo, hasta el punto que tienen lugar actuaciones patrimoniales tan sorprendentes y afortunadas como el traslado de la iglesia de San Pedro de la Nave a una nueva ubicación para salvarla de las aguas de un pantano gracias al impulso de Gómez-Moreno (García Cuetos, 2008). Dicho ciclo monumental, que irá engrosándose con nuevos objetos conforme proliferen los estudios dedicado a él, es definido y caracterizado en base a una serie de características técnicas y estéticas, entre las cuales la escultura decorativa asociada a la arquitectura se convierte en eficaz elemento de adscripción cronológica. De esta forma, la presencia de restos escultóricos considerados propios de ese ciclo artístico, bien en edificios en pie bien como hallazgos en excavación, permitirá fechar un periodo opaco para los arqueólogos. No dudó la arqueología que se aventuraba en zonas de tinieblas tipológicas iluminar el camino con la luz emanada desde el fósil director escultórico. Por ejemplo, la datación visigoda de Melque propuesta por Caballero en contra de la adscripción tradicional mozárabe de Gómez-Moreno vino determinada fundamentalmente, como él mismo ha expresado (Caballero, 2000), por la aparición de restos de escultura decorativa que encajaban en el considerado estilo visigodo definido por la HA antes que por otro tipo de datos emanados del registro arqueológico (cerámica) para los que no se tenía marcos referenciales. A partir del altomedievo se dan unas circunstancias que se pueden considerar idílicas para el estudio de la arquitectura desde la HA. Abultados elencos monumentales con evidentes aires de familia artística y un telón de fondo informativo de carácter literario (documentos, epigrafía) que jalona la cronología de no pocas fábricas. Así ocurre con los ciclos asturiano y mozárabe y así seguirá pasando con el románico, el gótico, etc. ¿Quién necesita a una arqueología que, por otra parte, apenas ha tenido presencia en los horizontes cronológicos postclásicos? La Edad Media (cristiana y musulmana) ha sido un terreno arqueológicamente marginal, por lo menos hasta la década de los 80 del siglo pasado. A partir de esos años un grupo de profesionales reivindica la necesidad de rebasar los márgenes de actuación tradicionales que se quedaban en lo romano y abogan por llevar los estudios de carácter arqueológico a horizontes cronológicos que sólo se trabajaban desde las fuentes escritas. Nacen los Congresos de Arqueología Medieval Española (Huesca, 1985; Madrid, 1987), impulsados desde la también recién surgida Asociación Española de Arqueología Medieval Española, donde se dan cita trabajos y experiencias de lo más variado en geografía, cronología y temática. Será en el ámbito de la arqueología medieval cuando, años más tarde, la AA empiece a dar sus primeros pasos en el ambiente investigador español. Las razones que explican esta confluencia de medievo y AA pueden ser varias. Por una parte está la experiencia italiana, inspiración y modelo de la AA española, que ha tenido en el mundo medieval su principal escenario de actuación y desarrollo como se pone de manifiesto en el título de su revista científica de referencia: Archeologia Medievale. Por otra parte, el método Harris comienza a ser manejado en España por arqueólogos principalmente postclásicos, lo que abona el terreno para la posterior traslación del método de la excavación a los edificios entre profesionales que ya se venían moviendo por esos derroteros cronológicos. Luis Caballero, sin ir más lejos, es un buen ejemplo. Es uno de los primeros arqueólogos en abrir la disciplina hacia los siglos tardoantiguos, al tiempo que empieza a desarrollar una línea de investigación en torno a la arquitectura monumental y la escultura decorativa de esa época. Su tesis doctoral sobre Santa María de Melque (Caballero y Latorre, 1980) aunaba ya ambos aspectos: arqueología y estudio de la arquitectura y la escultura. Años más tarde, en el contexto de una discusión provocada por él mismo sobre la definición cronológico-cultural de las producciones arquitectónicas y decorativas atribuidas a esas fechas, adopta como nueva herramienta de registro arqueológico el método estratigráfico realizando lecturas de paramentos en un buen número de edificios, algunos historiográficamente de tanto peso como San Pedro de la Nave (Caballero y Arce, 1997), San Juan de Baños (Caballero y Feijoo, 1998) o Santa Comba de Bande (Caballero, Arce y Utrero, 2002). Para conocer los primeros pasos y consolidación de la AA en España ver los artículos de Caballero y Fernández Mier (1997) y Quirós (2002). En resumidas cuentas, la HA es una disciplina de larga trayectoria historiográfica con una importante presencia académica y un amplio reconocimiento social que se muestra segura de sus capacidades, como ha ido demostrando a lo largo del tiempo con la confección de modelos históricos coherentes basados en la teoría de los estilos. La HA, de momento, no parece sentirse atraída por los resultados que obtiene la AA en el estudio de los edificios. Ambas disciplinas, al fin de al cabo y como declaran sotto voce algunos historiadores del arte, parten de la observación de los edificios, de una autopsia en el pleno sentido del término (lo que se ve con los propios ojos), por lo que mucha gente se pregunta qué es lo que puede ver la arqueología que no hayan visto las legiones de historiadores del arte que por los edificios han pasado. Cuando Galileo Galilei se puso a mirar el firmamento otros muchos le habían precedido, pero él contaba con un instrumento que contribuyó a cambiar de forma definitiva nuestra concepción del universo. En el año 2009 se cumplen 400 años de la fabricación, por parte del propio Galileo, del primer telescopio adaptado a la observación astronómica. Gracias a este instrumento óptico se pudieron ver cosas imposibles de percibir a simple vista (las lunas de Júpiter, las manchas solares) pero, sobre todo, se pudo mejorar notablemente el registro de las trayectorias orbitales de los planetas. A resueltas de estos nuevos datos Galileo inclina de forma decisiva la balanza hacia las teorías heliocéntricas copernicanas en detrimento de la visión geocéntrica aristotélica y ptolemaica, que además contaba con el refrendo de la palabra divina recogida en la Biblia ya que fue Dios el que puso al hombre, y por tanto la tierra, en el centro del universo haciendo que las estrellas y los planetas giraran en torno a ella. Con esta alusión a un capítulo de la Historia de la Ciencia se quiere poner de manifiesto que la observación científica no se reduce a una capacidad fisiológica (el sentido de la vista) sino que está determinada por el observador, por los instrumentos que emplea y por el marco epistemológico del que parte. La arqueología no ha inventado un artefacto como el telescopio de Galileo, pero ha desarrollado una metodología para la observación y registro de los edificios históricos que permite obtener información difícilmente aprensible desde el enfoque tra-dicional de la HA. El método en cuestión, basado en las leyes de la estratigrafía, creo que es suficientemente conocido por los lectores de esta revista2. Las lecturas de paramentos, entre otras cosas, dan lugar a lo que podríamos llamar «microhistorias»: el análisis de una pequeña porción de la Historia bajo la forma de un edificio concreto. El edificio es estudiado y entendido de forma dinámica como escenario plurisecular de acontecimientos históricos que le han afectado a él y sólo a él, dando como resultado una biografía constructiva detallada única e intransferible. Cada capítulo de esta microhistoria se inscribirá y tendrá sentido en la macrohistoria: el contexto material, social, cultural presente en cada actuación que ha dejado una huella reconocible. El contexto histórico de una iglesia fundada originalmente como un templo perteneciente a un monasterio, pongamos por caso en el siglo X, será diferente a otros que, en ese mismo lugar, dieron como resultado otras intervenciones a lo largo de una secuencia que puede prolongarse muchos siglos. Desde la HA se puede alegar que también es posible percibir y reconstruir la microhistoria de un edificio desde la teoría de los estilos. Que no es necesaria la estratigrafía para poder distinguir, sin temor a errar, lo prerrománico, lo románico, lo gótico o lo neoclásico. Además está el recurso complementario de la información textual, la cual no puede ser leída por la AA a no ser que esta información esté inserta materialmente en los edificios (inscripciones). Como decía, la HA tiene suficiente experiencia taxonómica pero, desde mi condición de historiador del arte familiarizado con la AA, advierto que lo que llamamos estilo puede ser algo bastante escurridizo y que es la estratigrafía la que permite echarle el lazo. Una unidad estratigráfica cualquiera definida por sus soluciones de continuidad siempre ocupa un lugar preciso en la secuencia temporal en virtud de las relaciones físicas respecto a las otras unidades estratigráficas con las que tiene contacto. El estilo, en cambio, puede no estar en el lugar que históricamente le corresponde. Podré un ejemplo que tiene que ver, en este caso, con el estilo Románico. La iglesia de San Esteban en la localidad de Atán (Lugo), aparece por derecho propio en los catálogos de arquitectura románica gallega (Yzquierdo, 1983) por mor de incontestables argumentos de estilo representados por sendas portadas de profusa decoración escultórica, un conjunto de canecillos blasonando los aleros y una técnica constructiva a base de sillería modular con marcas de cantero tan características de la edilicia plenomedieval. Hace algunos años, en el contexto de una actuación de conservación, la dirección facultativa encargó una lectura de paramentos ante la posibilidad de que pudiera existir una fase altomedieval. Hay noticias documentales que aluden a varias iglesias en Atán desde el siglo VIII y, en el actual templo, hay reaprovechada una celosía de tipología prerrománica. Hecha la lectura (Caballero, Arce y Utrero, 2003a; Idem, 2003b) se puede afirmar que en la microhistoria del edificio estudiado no hay ningún capítulo prerrománico. Las partes conservadas más antiguas son plenomedievales, románicas, pero curiosamente no incluyen ni las portadas ni los canecillos ni, naturalmente, el cuerpo de fábrica en el que se integra todo el aparato escultórico. Todo este sistema decorativo forma parte de una importante fase de remodelación que, en la secuencia estratigráfica, no ocupa, como hemos dicho, el primer escalón que arrancaría seguramente en el siglo XII. En concreto esta fase sería tardomedieval o incluso moderna (fase IIIc de Caballero, Arce y Utrero). A la hora de caracterizar esta fase desde sus diferentes aspectos (técnico productivos, estructurales, estéticos) en efecto se puede afirmar que la mayor parte del repertorio decorativo así como el material pétreo que conforma los muros son tipológicamente románicos, si bien no estoy seguro de que tal expresión sea la más adecuada ya que yuxtapone conceptos que está por ver si son equiparables: el tipo y el estilo. A lo que vamos, lo que ha ocurrido en Atán es que se han reutilizado materiales decorativos y constructivos románicos en una fase de remodelación acontecida varios siglos más tarde, circunstancia difícilmente detectable únicamente desde el estilo. Capítulos como éste de reutilizaciones constructivas y decorativas se están revelando, a partir de los estudios de la AA, como un recurso nada extraño en la historia de los edificios. Percibir los reempleos o no dará lugar a comprensiones y explicaciones totalmente distintas sobre las que se construirán los relatos históricos correspondientes, ya sea desde un punto de vista histórico cultural, social o antropológico. Asunto, en lo que le toca, de capital importancia para la HA ya que existe el riesgo de que un «estilo intruso» suplante la personalidad artística de un momento histórico que no es el suyo. Un ejemplo claro a este respecto es la iglesia de San Juan de Baños. Este edificio es fechado de forma mayoritaria pero no unánime a mediados del siglo VII en virtud del contenido literario de la celebérrima inscripción. Arquitectura, escultura y placa son tenidas como coetáneas. Se admitía tradicionalmente que al menos dos capiteles de las arquerías eran romanos reutilizados pero, el resto, se daba como original. Sin embargo, parte destacada del elenco decorativo de la iglesia (no sólo los capiteles romanos) muestra evidentes síntomas de reutilización (Caballero y Feijoo, 1998). En otras palabras, existe un cupo de decoración escultórica que perteneció a otro/s edificio/s más antiguo/s llevado a San Juan de Baños en el momento de su construcción originaria, se haya producido o no en la fecha que indica la placa (en un estudio reciente se defiende que la inscripción se talló en época altomedieval sobre una base literaria visigoda; del Hoyo, 2006). Los elementos aportados comparten sistema decorativo con piezas que sí se tallaron ex profeso para la fase fundacional. Sin embargo, casi todos los estudios sobre la decoración del edificio hacen de las piezas intrusas (los frisos impostas de los ábsides) modelos de estilo de mediados del siglo VII cuando, las que de verdad serían de esas fechas (siempre y cuando contenido y labra de la inscripción sean del VII) son las otras (grupos 3A y 3B de Caballero y Feijoo), que curiosamente apenas son tenidas en cuenta a la hora de caracterizar decorativamente el periodo visigodo. Así, el ADN histórico/artístico de los intrusos se cuela en la cadena genética de otro horizonte histórico/artístico y, lo que es peor, es capaz de colonizarlo. Cuando encontremos otras piezas que tengan un perfil genético similar, aunque carezcan de datos relativos a su cronología, podemos datarlas con seguridad gracias al modelo decorativo que se tiene por auténtico. La escultura asume entonces, en el caso de Baños y en cualquier otro, el papel de fósil director pero con un error de calibración que puede ser de decenas o centenas de años. La AA, con su método estratigráfico, permite afinar la calibración3 aunque sólo sea para determinar si la manufactura de una escultura integrada en un edificio es o no coetánea a su puesta en obra. En la observación científica, como se ha indicado anteriormente, entran en juego los instrumentos empleados (en nuestro caso no un instrumento físico sino un método instrumental) y también las construcciones teóricas y conceptuales de las que parte el observador. En este sentido, cuando hablamos de puntos de partida, se observa de forma acusada en la HA, aunque también se constata en no pocos arqueólogos, la supeditación del estudio y comprensión del documento material a guiones preestablecidos. Dichos apriorismos son de dos tipos. Uno, que es en mi opinión el de mayor trascendencia, tiene que ver con las historias de los edificios elaboradas a partir de fuentes informativas literarias que pueden aparecer bajo formas muy diversas. El otro, que sólo dejo apuntado en el presente artículo, viene dado por el criterio de autoridad. En alusión al tipo de apriorismo que aquí se va a tratar, el literario, es de lo más normal que el objeto material se convierta en legitimador del relato histórico deducido de las fuentes. No se trata de cruzar los datos entre ambos registros (edificio y documentos) sino, más bien, de encontrar argumentos en lo material que validen el guión literario. Recordemos que durante mucho tiempo la arqueología ha sido ciencia auxiliar de una historia construida desde las fuentes escritas. El valor concedido al testimonio textual, verbalizaciones salidas de las mentes de los sujetos históricos, ha sido aplastantemente mayor respecto al otorgado a los mudos materiales arqueológicos. Algo que enseña la AA es que hay que dejar los apriorismos en casa. Esto no quiere decir que la información no estrictamente arqueológica sea borrada del disco duro mental. Lo que se trata es de mantener cada tipo de registro en las esferas epistémicas y hermenéuticas que les son propias. En esta fase del trabajo el arqueólogo es un estratígrafo que mira por el telescopio y está obligado a justificar sus conclusiones con los listados de las unidades estratigráficas identificadas, los diagramas correspondientes en los que se muestran las relaciones físicas entre elementos y la visualización de los resultados sobre una base gráfica planimétrica o fotográfica. El mismo arqueólogo, a partir de cierto momento, da por concluida su labor de estratígrafo y pasa a confeccionar un discurso histórico en el que tenga sentido y utilidad lo observado. En este punto se ponen sobre la mesa todos los datos que se puedan reunir en torno al objeto estudiado, desde las noticias documentales hasta la literatura científica pasando por el registro arqueológico paramental y, de existir, el registro arqueológico del subsuelo y las cubiertas. En definitiva, el registro material, obtenido y justificado por el método empleado, es independiente e intransferible y no tiene ni que validar ni ser validado por otros registros, los cuales son igualmente independientes e intransferibles. El cruce de información debe hacerse sin prejuicios ni apriorismos, precisando los puntos en los que puede haber convergencia entre las diferentes historias pero también señalando aquellos en los que puede haber desencuentros o contradicciones. Mientras pongo por escrito estas reflexiones he tenido la oportunidad de leer un trabajo reciente sobre San Miguel de Escalada (Bango, 2007) que representa a la perfección una forma apriorística de acercarse a la realidad material de un objeto desde un guión literario. En el estudio se propone una nueva interpretación de la historia constructiva de la iglesia, no como consecuencia de un nuevo acercamiento a su materialidad sino como resultado de una reinterpretación de la documentación textual vinculada al templo. Entre esta documentación se encuentra el famoso epígrafe desaparecido del 913 en el que hay datos relativos a las fases más antiguas del lugar como asiento de edificios previos de carácter religioso. En tanto en cuanto cambia la interpretación del texto cambia la historia material de la iglesia. La revisión de este documento, que conviene recordar se reduce a una traslación del contenido literario de un epígrafe desaparecido hace siglos (Anedda, 2004), es el resultado de la digestión, con veinte años de retraso, de una información de tipo arqueológico generada por la excavación de todo el interior del templo (Larrén y Caballero, 1988). Tras el vaciado del subsuelo se constata sin ningún género de dudas que, bajo la actual iglesia, no hay ninguna estructura previa amortizada que pudiera formar parte de un edificio cultual (cristiano) anterior. Un dato tan prosaico como este suscita sin embargo bastante agitación entre algunos historiadores del arte ya que supone admitir que, al menos, una parte del relato contenido en la inscripción no es veraz. Según dicho relato cuando el abad Alfonso llega con sus compañeros a Escalada a finales del siglo IX encontraron una iglesia en ruinas que deciden reparar convirtiéndola en la primera iglesia de la naciente comunidad monástica. Transcurrido un tiempo, siempre según la inscripción, se levanta una nueva iglesia de mayor tamaño y riqueza decorativa que es, a fin de cuentas, la verdadera protagonista del texto epigráfico y la que se quiere fijar en la memoria del lector. Antes de la excavación esta historia era perfectamente verosímil ya que, a pesar de lo mil años transcurrido, es posible en la actualidad identificar buena parte de la arquitectura y la escultura de una iglesia que encajaría en los inicios del siglo X, amén de otras intervenciones posteriores al momento fundacional como la parte occidental del pórtico sur, el forro de sillería de los ábsides central y sur y el arco de Sabarico (puerta suroeste) por citar las intervenciones posfundacionales más antiguas (siglos X y XI). Las dos iglesias anteriores (la premonástica y ésta misma reconstruida por el abad Alfonso) estarían literalmente debajo de la alfombra pero, cuando ésta se levantó, no había rastro de ellas. A la luz del dato lo más sensato sería admitir que la memoria histórica generada por el relato epigráfico no coincide con la memoria histórica emanada del registro material y que, por tanto, debe ser analizado en una esfera interpretativa y comprensiva que busque explicar por qué la memoria intelectual y la memoria material no coinciden. O, cuando menos, asumir la evidencia y modificar el discurso tradicional, como hace Martínez Tejera en otro trabajo sobre Escalada (Martínez Tejera, 2005) al admitir que la iglesia primigenia no está debajo de la del X pero que no debe de andar lejos ya que la misma excavación sacó a la luz niveles de habitación tardoantiguos, dato que le sirve para vincular estos espacios con un ambiente cultual, de época visigoda, muy próximo pero aún no localizado arqueológicamente que vendría a dar veracidad al texto aunque corrigiéndolo. Pero Bango está dispuesto a ir más lejos a la hora de reivindicar una absoluta sintonía entre relato y realidad material. Si la arqueología nos dice que bajo la actual iglesia no hay ninguna otra seguro que el texto contiene la clave que lo explica, partiendo siempre de un hecho que jamás se discute y que es, en gran medida, la quimera del oro de este artículo: que en el lugar de Escala existió un antiguo templo (visigodo concretamente) que los monjes mozárabes vieron, tocaron y disfrutaron. En contra de lo habitual, en el punto de partida de la argumentación el apriorismo se invierte: el documento arqueológico es el que mediatiza la comprensión del documento literario. El texto tiene que decir que hubo una iglesia preislámica (se dice) pero, además, que esta no se arruinó a pesar de que el texto parezca decir lo contrario ya que, si no, la arqueología habría dado con la osamenta del viejo edificio. Sin entrar en detalles el caso es que se articula un nuevo discurso sobre la historia constructiva del edificio: había una iglesia antigua que, en vez de estar arruinada, se encontraba en buen estado de conservación cuando los monjes llegan a finales del IX, hasta el punto que hacen de ella su primer lugar de culto sin necesidad de repararla. Cuando se hace la iglesia conmemorada en el epígrafe, si se hubiera tirado la anterior, habría aparecido en excavación, ergo la primera iglesia está delante de nuestras narices, prácticamente entera, integrada en la primera fase mozárabe. Ahora, el apriorismo de tipo literario, tras la relectura, retoma el liderazgo y se impone a la realidad material. Si el texto dice, según la nueva lectura, que el templo está ahí tenemos que ser capaces de encontrarlo en pie. Y se encuentra, aunque este descubrimiento sería materia de otro artículo. Lo que se quería destacar de este trabajo no son las conclusiones a las que se llega sino sus puntos de partida. Resumiendo, pilares básicos para la HA (el concepto de estilo, las comparaciones analógicas, la información literaria) necesitan someterse al rigor que está aportando la AA, corregirse y calibrase con un nueva forma de obtener e interpretar los datos. Todo lo dicho hasta ahora no es la antesala para proclamar que la HA debe de hacerse a un lado y dejar en manos de la AA el estudio de los edificios, en la voz además de un historiador del arte. Lo que se pretende es llamar la atención de los colegas de profesión ante una situación que parece demandar una profunda reflexión en torno a las bases epistemológicas y conceptuales de la disciplina. La insistencia del enorme salto cuantitativo y cualitativo que supone el uso de una herramienta metodológica arqueológica en la observación y estudio de la arquitectura frente a los postulados tradicionales de la HA, es sin duda fundamental pero no quiere decir que las cosas queden reducidas al plano instrumental. Desde la AA se viene diciendo que la HA de los estilos es un camino agotado y superado, que habla un lenguaje diferente que no se puede implementar ni metodológica ni conceptualmente con la AA. Esto da lugar, por parte de ciertos arqueólogos, a la creación de un fortín disciplinar (Brogiolo, 2002: 22) de sólidos cimientos epistemológicos que deja fuera a todo aquello que pueda relacionarse con la HA, que es vista como otro fortín en el que sus moradores no dejan pasar a la AA y así justificar el propio enrocamiento. Se hace palpable la presencia de una frontera que la inmensa mayoría de los arqueólogos no quieren cruzar, bien por falta de formación, bien porque quieren dejar claro que ellos no hacen HA. La creación de tipos, elemento propiamente arqueológico frente al estilo artístico, está permitiendo, dentro del marco metodológico estratigráfico, perfilar indicadores cronológicos referidos a multitud de aspectos que tienen que ver la arquitectura: tipos de aparejos, herramientas usadas, elementos estructurales, la mensiocronología. Los tipos, también, permiten obtener una lectura histórica trascendente. Se busca dar el salto desde la arqueografía (la definición taxonómica del tipo) a la sociedad que lo ha producido. Efectivamente, el que en una secuencia histórico constructiva aparezcan tipos distintos no sólo ayuda al arqueólogo a diferenciar y ordenar las fases sino también a usarlos como vectores de conocimiento de las sociedades que los han producido. Se acabó hablar de una sucesión de estilos como inevitable consecuencia de los cambios de moda a lo largo de la existencia de los edificios. Como historiador del arte estoy de acuerdo con las críticas a una HA anclada en los estilos pero tampo-co veo claro cuál es la propuesta alternativa desde la arqueología para el tratamiento de la dimensión artística de la arquitectura. La dimensión artística se refiere a las respuestas estéticas e icónicas que, en la arquitectura (monumental más que vernácula), aparecen bajo la forma de sistemas decorativos integrados en la arquitectura (escultura, pintura, estucos, mosaicos, carpinterías,) sin olvidar el propio valor plástico de las estructuras arquitectónicas (los arcos, las ventanas, las puertas, las cubriciones lígneas o pétreas, los propios volúmenes arquitectónicos). Sobre esta cuestión no veo que la AA vaya a desarrollar su propia línea de análisis. Tampoco es extraño ya que, desterrado el concepto de estilo y asumido el de tipo, ¿cómo tipologizamos arqueológicamente el elemento artístico al rebasar el soporte material, arqueografiable, y entrar en el terreno de las percepciones? El impacto de una herramienta en una piedra nos habla del utillaje empleado por los operarios, las marcas de cantero de los edificios plenomedievales nos ayudan a conocer los sistemas de trabajo, Pero, qué pasa cuando contemplamos la dimensión artística de la arquitectura. Ya se ha visto que la AA, gracias a su herramienta instrumental, es capaz de secuenciar y diferenciar el o los sistemas decorativos al tiempo que se secuencian las fábricas en las que se integran; es capaz también de detectar situaciones de reempleo; igualmente puede aportar información sobre la manera de trabajar de los talleres, si están o no integrados en el proceso constructivo, cuáles son los materiales que usa y cómo los transforma, etc. (Caballero y Arce, 2006). Pero cualquier sistema decorativo, una vez terminado, sigue transmitiendo una información que no deja huella en la materia en un sentido equiparable a las que provoca el trabajo manual o mecánico, aprensibles por la arqueología. En el campo de la iconografía esto es algo evidente pero pienso también que la decoración en un sentido amplio, aunque no contenga inequívocas representaciones de carácter iconográfico, no es una elección antojadiza. Hay una intención, un mensaje, una digamos representación intelectual bajo la forma de materiales manufacturados. Hay que preguntar a la AA, desde la HA, si le interesa o no el estudio de esta dimensión informativa. Si sus bases epistemológicas y conceptuales son capaces o no, en primer lugar, de crear tipologías y, en segundo lugar, de hacer una lectura de corte social. Esta demanda debe hacerse desde una HA dispuesta a implicarse que, sin duda, debe cambiar y revisarse mirando el ejemplo de la experiencia arqueológica, no como un mero seguidismo sino con la voluntad de aprender, aportar y discutir en una nueva masa crítica que, por ahora, capitalizan los arqueólogos. La HA, usando la estratigrafía como elemento de corrección, pue-de dar una nueva orientación y mayor rigor a la tradicional comparación analógica, tan denostada y criticada por muchos arqueólogos. En efecto, más que un uso se suele hacer un abuso de esta herramienta de adscripción y catalogación de la HA. El baile de imágenes suele ser mareante y en él, lo parecido, sale de la pista convertido en paralelo sin que parezca importar que los grupos de baile estén formados, en muchas ocasiones, por piezas de procedencias y cronologías dispares. En esto la historiografía alemana es una verdadera potencia como se pone de manifiesto en los fundamentales estudios realizados en España y Portugal por el Instituto Arqueológico Alemán sobre el arte tardoantiguo y altomedieval. A pesar de los excesos los estudios analógicos pueden ser válidos y operativos para la AA en tanto en cuanto es ella la que puede marcar y definir el terreno de la comparación. Bajo estas condiciones epistemológicas la dimensión estética, tan poco apreciada por los arqueólogos, debe terminar dando dar lugar a tipos con capacidad adscriptora en un sentido bastante diferente al mencionado unos párrafos más arriba cuando hablaba del uso de la escultura decorativa como fósil director en el arte y la arqueología tardoantigua. En definitiva, sería más que conveniente que los historiadores del arte nos pusiéramos también a mirar por el telescopio arqueológico y aportáramos el fruto de nuestras observaciones. Es posible abrir un camino que pueda dar nuevos impulsos a la disciplina pero, para ello, unos y otros debemos salir de los fortines y sentarnos a discutir sin recelos. G. P. Brogiolo a pesar de que años atrás ofreciera una imagen pesimista respecto a las posibles relaciones entre HA y AA al ser definidas como compartimentos estancos disciplinares sin posibilidad de interacción (Brogiolo, 1988), valora ahora de forma positiva las aportaciones que puede hacer la HA (Brogiolo, 2002: 22). También manifiesta que, por qué no, pueda haber historiadores del arte que manejen la herramienta arqueológica, de la misma forma que puede haber arqueólogos que desarrollen el estudio de la dimensión artística de la arquitectura (Brogiolo, 1996: 32). J. A. Quirós, por su parte, habla de la «incómoda situación disciplinar intermedia» de la AA que puede dar lugar, en tradiciones consolidadas, a una «socialización del instrumental» entre las distintas disciplinas que convergen en el estudio de la arquitectura (Quirós, 2002: 29). Seguramente no esté pensando con contar con la HA en posibles diálogos disciplinares habida cuenta de su opinión al respecto en otros trabajos (Pieroti y Quirós, 2001), donde su diagnóstico reafirma la imposibilidad de confluencia indicada años atrás por Brogiolo. Desde el tipo de HA que se describe es cierto que las vías no se cruzan y
raíz de estos seminarios se extraen una serie de problemáticas y de objetivos específicos que evidencian la peculiaridad de las temáticas relativas al reconocimiento de las dinámicas constructivas. Entre los principales aspectos tratados se documentan los elementos materiales relativos al proyecto arquitectónico, a las distintas etapas de la construcción, a las distintas técnicas constructivas y soluciones tecnológicas empleadas. La Arqueología de la Construcción. Un laboratorio para el análisis de la arquitectura de época romana A laboratory to analyse the architecture of the Roman period Antonio Pizzo Instituto de Arqueología -Mérida* 1 INTRODUCCIÓN La «arqueología de la construcción» estudia la implantación, la organización y gestión de una obra edilicia en el ámbito de la arquitectura histórica2. Con esta definición no se quiere crear un neologismo que identifique una nueva disciplina, sino exclusivamente agrupar una serie de temáticas en relación con el análisis del mundo de la construcción en la antigüedad. En los estudios de arquitectura romana, estos argumentos han vuelto a cobrar interés en los últimos años, demostrando especial atención a las dinámicas constructivas de los edificios de época clásica. Con el objetivo de organizar las distintas aportaciones particulares existentes y los datos sobre la arqueología de la construcción romana, se realizó en París, en febrero de 2006, un encuentro sobre las obras públicas3, en el ámbito de varias actividades de formación organizados en Ostia por la École Française à Rome, la Soprintendenza Archeologica de Ostia y la École Normale Supérieure. Este encuentro abordó la presentación de los resultados de los trabajos ostienses sobre la restitución del chantier de construction y planteó la necesidad de fomentar el desarrollo de estudios comparativos entre contextos geográficos diferentes 4. El seminario resultó de gran interés ya que evidenció la existencia de relaciones y también de singularidades entre territorios y situaciones topográfico-constructivas completamente distintas. Se observó además, la ausencia de un método de análisis propio para el registro de los datos relativos a la organización de las obras edilicias, empleando en todos los casos los sistemas habituales de la arqueología estratigráfica en conexión con la gestión en bases de datos específicas. Los antecedentes al encuentro de París, se remontan a un seminario organizado en Roma en torno a los Cantieri Antichi de la capital5, en la sede del Instituto Arqueológico Alemán en el año 2001. Este seminario se organizó en un contexto caracterizado por una actividad arqueológica frenética; las nuevas excavaciones y los proyectos de adecuación de los grandes monumentos romanos aportaron datos imprevistos sobre la organización y la construcción de los complejos monumentales públicos6. En este sentido, se realizaron nuevos análisis constructivos de conjuntos emblemáticos para la arquitectura romana como el Coliseo 7, las Termas 8 y el Foro de Trajano 9, orientados a establecer los procesos de gestión y la economía en obras de gran envergadura, sobre la base metodológica de las anteriores investigaciones de las termas de Caracala de J. Delaine 10. Sin embargo, el seminario de París de 2006 constituye el marco en el que se decide integrar las distintas experiencias en un grupo de trabajo internacional vinculado a las temáticas citadas. Dicho grupo se ha materializado en la realización de una serie de tres seminarios titulados Arqueología de la Construcción. El objetivo principal de este proyecto es reunir temática y geográficamente una serie de cuestiones constructivas sobre la arquitectura clásica que, raras veces, ocupan un lugar propio en las distintas monografías. Dichas cuestiones han servido, generalmente, como elemento colateral al análisis de un edificio clásico, utilizándose como aportaciones secundarias para tesis de carácter muy amplio sobre el estilo de la arquitectura antigua. En el caso más específico de la arquitectura romana son numerosos los estudios que reflejan la caracterización de los aspectos estilísticos, tipológicos y cronológicos mientras que, en raras ocasiones, se abordan los motivos urbanísticos, económicos y técnicos que llevan a la construcción de un edificio. Los únicos elementos estudiados de la tecnología edilicia se refieren a las técnicas constructivas, analizadas como un elemento más de un estilo arquitectónico, lejos de una visión analítica que atienda a la dinámica productiva, las modalidades, los tiempos y la organización del trabajo, los sistemas de aprovisionamiento de los materiales o la calidad y cantidad de mano de obra. Desde la organización de los seminarios de «arqueología de la construcción» se ha querido focalizar la atención en estos últimos aspectos y contrastar la idea de que los edificios son el fruto de proyectos generales que se concretan de forma estandarizada en las distintas ciudades. Esta visión tiene orígenes historiográficos evidentes, reconocibles en la escasez de bibliografía vinculada con la tecnología de la construcción romana 12. ANTECEDENTES H. Dessales ha realizado, recientemente, un ensayo sobre la definición de Arqueología de la Construcción para el caso de Ostia 13, a partir de la selección de una parte de la bibliografía en relación con los aspectos constructivos de la arquitectura de la ciudad. Una de las primeras conclusiones que se extraen de esta reflexión es la evidencia de las reducidas contribuciones a la temática edilicia que, en general, presentan un panorama desequilibrado respecto al análisis artístico de la arquitectura de época romana. En este sentido, la arqueología clásica española no se disocia de estas tendencias generales y es posible citar solamente casos muy puntuales de una visión técnica de la arquitectura. Se recuerdan los trabajos desarrollados en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, dirigidos por M. Bendala, sobre varias ciudades de la Bética 14 y de la Lusitania 15, recurriendo sistemáticamente a un procedimiento de registro estructurado sobre el examen de las técnicas constructivas. De forma tangencial a nuestros planteamientos es oportuno considerar las aportaciones promovidas desde la organización de los Congresos de Historia de la Construcción 16. Estas iniciativas han resultado de cierto interés para fomentar la reunión de experiencias disciplinares muy distintas en torno a la temática de la construcción, sin embargo el material presente en las publicaciones se caracteriza por un amplio número de aportaciones relativas a la época moderna, planteadas sistemáticamente sin una metodología arqueológica concreta y con una atención particular a las fuentes escritas. 11 En la organización colaboran el Instituto de Arqueología que, además, financia las tres publicaciones de las actas, la Universidad de Siena (Dipartimento di Archeologia e Storia delle Arti) y la École Normal Supérieure de Paris. En la actualidad se ha editado el primer volumen de la serie (Camporeale, S. -Dessales, H. -Pizzo, A. (eds.) 2008), mientras que el segundo se encuentra en prensa (Camporeale, S. -Dessales, H. -Pizzo, A. (eds.) 2009 e.p.). 12 Con esta finalidad estamos preparando una nueva monografía de carácter historiográfico relativa a las causas y modalidades que llevaron los estudios de arquitectura romana desde una visión tecnológica a un viraje hacia la historia del arte. El problema reside en la misma definición de Historia de la Construcción. La óptica general de los historiadoressin ánimo de polémica dado que se trata de un problema metodológico muy antiguo -utiliza los objetos, y concretamente el objeto arquitectónico para contrastar e interpretar los documentos escritos. Con esta premisa es difícil comprender el potencial de información contenido en las estructuras y sobre todo definir la importancia de las mismas en la reconstrucción del proceso histórico y constructivo de un edifico. Este alejamiento de la visión arqueológica de la construcción genera trabajos sobre la evolución de determinados sistemas edilicios, perdiendo, por otro lado, los datos relativos a las dinámicas y a la organización de los procesos constructivos, comprensibles, en nuestra opinión, solamente mediante una visión estratigráfica de la arquitectura. Estos distintos planteamientos, incapaces de organizarse conjuntamente, debido a su discordancia metodológica, han generado una dispersión de las distintas aproximaciones a la temática de la construcción. En este sentido, con la organización de los encuentros de «arqueología de la construcción», se fomenta una integración en el ámbito de un mismo contenedor teórico y metodológico, visto que el objeto final del estudio es la arquitectura, y la problemática constructiva es similar en las distintas épocas históricas. En cambio, este proceso de dispersión se ha conseguido evitar, en la «nueva arqueología medieval», quizás por el hecho de volcarse desde el inicio y homogéneamente en un método estrictamente arqueológico, definido en España en los años noventa del siglo XX 17, posteriormente a las conocidas aportaciones italianas 18 y de forma paralela a diferentes experiencias europeas 19. En este contexto se ha conseguido establecer un cambio radical respecto a las lecturas limitadas a la comprensión histórica de un edificio concreto y se han orientado los estudios hacia una investigación muy rigurosa que contempla la inserción de monumentos emblemáticos en la óptica más amplia de la historia de una ciudad o de una región 20. Al rigor del marco teórico sobre la metodología empleada 21 y a la difusión temprana «en español» de la praxis estratigráfica 22, se han asociado estudios sobre las técnicas constructivas de época altomedieval realizados con el objetivo de solucionar cuestiones históricas 23 o sistematizar los procesos de actuación en el registro de los edificios históricos 24. Desafortunadamente estas sistematizaciones no se han producido todavía en el campo de los estudios de arquitectura romana, considerándose éste uno de los objetivos principales de la «arqueología de la construcción». Tratándose en la actualidad de un laboratorio abierto y lejos de una formalización teórico-metodológica propia, la «arqueología de la construcción» ha asimilado distintas aportaciones científicas que intentan reconstruir, con método arqueológico, las etapas de las operaciones que acompañan la construcción de un edificio y la organización de la misma obra. Estas operaciones pertenecen a un concepto que ha sido objeto de discusión en el primer encuentro de Mérida: chantier, cantiere, obra. En el ámbito de esta definición se incluyen distintas fases de un proceso constructivo: el proyecto inicial; la preparación del área edificable; las obras de infraestructuras vinculadas con el desarrollo de los trabajos; la adquisición y elaboración de los materiales constructivos; las tareas constructivas; los acabados y las decoraciones; las alteraciones y reformas de un contexto construido 26; la difusión de las prácticas constructivas en los distintos lugares del imperio; la identidad y entidad de los promotores y ejecutores de las obras analizadas en el campo de la arquitectura pública y privada; la circulación de la mano de obra 27; las relaciones entre las distintas tipologías de los materiales; la capacidad de construir con conocimientos tecnológicos aparentemente estandarizados y la dimensión económica de la obra. La idea principal de los encuentros de «arqueología de la construcción» pretende analizar específicamente los componentes de este proceso, operando paralelamente una comparación entre las dinámicas constructivas de Roma y las provincias occidentales y orientales. RELACIÓN METODOLÓGICA CON LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA La metodología de la «arqueología de la construcción» se basa en el reconocimiento de los elementos materiales que informan de la organización y gestión de una obra edilicia, empleando métodos y sistemas de registro que no se diferencian de la arqueología estratigráfica. En el campo de la arqueología medieval ya se ha evidenciado la importancia del análisis de los aspectos constructivos como paso previo al conocimiento de los edificios. La atención de los arqueólogos medievales se ha concentrado, desde hace tiempo28, sobre la investigación de los materiales y las técnicas edilicias29, advirtiendo la necesidad de instaurar una relación entre la arquitectura del medioevo y la creación de tipologías edilicias a escala regional y subregional30. Sin embargo, la formación de instrumentos tipológicos y cronológicos a escala territorial31, base del conocimiento cuantitativo de los contextos construidos 32, se ha reducido, en nuestra opinión, en favor de un mayor perfeccionamiento de las técnicas de registro de las unidades estratigráficas, las lecturas de los paramentos de los edificios históricos medievales y la relación entre arqueología de la arquitectura y restauración 33. Solo recientemente, después de un largo periodo protagonizado por la consolidación de las practicas metodológicas 34, se ha vuelto, desde el mismo contexto, a sugerencias muy interesantes sobre el estudio de los aspectos constructivos y a los muros, considerados como «la struttura materiale per eccellenza» 35. En el ámbito de la arqueología de la arquitectura se han abordado, además, elementos de gran importancia para la definición de las distintas formas de construir en contextos territoriales distintos 36, consiguiendo, desde el punto de vista histórico, la comprensión de eventos relativos, por ejemplo, a la movilidad de la mano de obra en un contexto regional o nacional, a la transmisión de los conocimientos tecnológicos 37, al papel de los promotores en la financiación de las obras o a la elección del grado de especialización de los ejecutores, etc. La comprensión de estos detalles deriva de un proceso de estudio muy lento y riguroso basado en los tipos de herramientas utilizados 38, los contratos de asignación de obras, el análisis de las superficies de los elementos constructivos, arquitectónicos 39 o decorativos. Sin embargo, a pesar de la atención prestada a estos elementos de la construcción escasean las aportaciones directas a la «archeologia del cantiere» 40 como sector específico de la investigación 41. El análisis de estos factores constituye, en cambio, el aspecto principal de la «arqueología de la construcción» en época romana. La especificidad de esta temática no es de nuestra invención y se sostiene con argumentos propios desde la misma arqueología de la arquitectura. En un articulo de gran interés publicado por T. Mannoni y A. Boato en el año 2002, en las Actas del Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura de Vitoria 42, se hace referencia a las potencialidades del análisis de la obra de construcción como sector de investigación propio, vinculado con la Arqueología de la Arquitectura y sin embargo perceptible, también, desde la historia económica. En este sentido, es evidente que el uso del registro estratigráfico resulta fundamental para comprender las dinámicas de una obra y el contexto al que pertenece. Un proceso constructivo es por definición estratigráfico, tratándose básicamente de una superposición de operaciones diarias, semanales o mensuales que dejan una amplia serie de improntas en las estratificaciones horizontales y verticales de un edificio o de su contexto (el ámbito de la obra). En la reconstrucción de las actividades de una obra edilicia adquiere particular importancia la sucesión estratigráfica de los contextos horizontales asociados, debido a la capacidad de restituir los signos materiales de las actividades edilicias previas y coetáneas al uso de la estructura. En muchos casos, se trata solamente de las últimas operaciones constructivas (materiales y restos de morteros no utilizados; elementos constructivos esbozados, parcialmente elaborados; elementos para la organización de la obra; estructuras funcionales de su gestión, etc.). La comprensión de estos signos, a menudo ignorados en las excavaciones de época romana, permite cuantificar cada una de las operaciones con el objetivo de aproximarse a la definición del ritmo y los tiempos de la construcción. El análisis estratigráfico vinculado a la formulación tradicional de unidades, fases y periodos, puede no ser exhaustivo si nos ocupamos de reconstruir las dinámicas y los tiempos del trabajo en una obra. Por ejemplo, el podio de un templo realizado con opus caementicium y revestido con sillería de granito presentará varias unidades estratigráficas que «se unen» formando un determinado numero de actividades, una fase y un periodo. Si el interés se desplaza a la organización de la obra edilicia, en el ámbito de las mismas unidades estratigráficas coexistirán un número distinto de unidades de trabajo, preparación y vertidos de hormigón, elaboración y colocación de la sillería, acabados superficiales. Estos elementos constituyen el centro de la atención de la «arqueología de la construcción», detalles que implican, quizá, nuevas reflexiones sobre algunos conceptos tradicionales. En el caso de un edificio romano monumental, fruto de un proyecto único, es más lógico definir distintas «unidades de trabajo» 44, fundamentales para la reconstrucción del proceso de construcción y, sin embargo, poco consideradas en un análisis estratigráfico tradicional centrado en la caracterización de las transformaciones de un edificio 45. En esta línea es necesaria otra puntualización sobre la peculiaridad de las construcciones de época romana. Una parte de estos edificios presenta un estado de conservación fosilizado en el momento de abandono o destrucción voluntaria de sus estructuras. La tarea de distinción de unidades estratigráficas, actividades de replanteamiento o remodelación, resulta difícil de establecer en contextos que, en la mayoría de los casos, presentan un aspecto que denota la conservación de un único proceso constructivo. En estos casos, la lectura estratigráfica redunda en el registro de un mecanismo productivo homogéneo correspondiente al uso del edificio, sin posibilidad de articular una historia del mismo. A pesar de la escasa complejidad estratigráfica típica de varios conjuntos monumentales de época romana, se reconoce la utilidad de seguir los pasos canónicos para la lecturas de las características técnicas de los edificios a través del análisis estratigráfico, aunque en la mayoría de los casos estas lecturas sirven para establecer, «únicamente», los pasajes de las distintas fases constructivas de las estructuras, potenciando el estudio del edificio con los detalles de tipo técnico relativos al proceso de edificación. Se trata simplemente de revisar o adaptar la praxis operativa del mismo método, sin modificarlo desde el punto de vista teórico. De acuerdo con esta premisa, la «arqueología de la construcción» es una fórmula complementaria que se integra en el cuadro general de la arqueología de la arquitectura, respondiendo, en ciertos casos, al problema de la complejidad estratigráfica de los alzados (escasa en los edificios romanos abandonados en época antigua) y a su vinculación con el reconocimiento del proceso constructivo. Desde el punto de vista metodológico, es fundamental extender estas líneas de trabajo a varios campos relacionados con el mundo de la arquitectura de época histórica, una vez demostrada cierta limitación en las definiciones que se orientan solamente a la critica de los estudios de carácter estilístico o al examen de los restos en alzado 46. Si la Arqueología de la Arquitectura es indispensable para la reconstrucción de la historia del edificio o de un conjunto monumental, la «arqueología de la construcción» caracteriza las pequeñas historias relacionadas con los protagonistas de la construcción. Es necesario empezar un proceso de adaptación de la estratigrafía a las exigencias concretas del estudio constructivo, según los parámetros que indican las mismas estructuras, condicionadas por su estado de conservación, degradación, condicionamientos geográficos, etc. Solo estratigráficamente es posible reconstruir la historia de una obra, analizando las modalidades de su progresión en un determinado arco temporal, desde la realización de las cimentaciones hasta las cubiertas o los detalles de acabados y 44 Mannoni, T. -Boato, A. 2002: p. 45 En este sentido existe ya una propuesta de vincular las unidades relativas a la obra edilicias con una « Fiche d 'Unité Stratigraphique Construite». En este sentido, el registro estratigráfico es fundamental como instrumento para definir la secuencia diacrónica de los cuerpos de fábricas o de los elementos estáticos que conforman un edificio. La cuestión reside en el nivel de profundización del tipo de lectura estratigráfica. En el caso de los análisis que se han efectuado en las aportaciones a la «arqueología de la construcción» romana se ha operado con dos distintos criterios, dictados por la complejidad de los mismos monumentos. La escala de valores empleada varía desde a) las simples observaciones estratigráficas sobre la cronología relativa entre técnicas constructivas, tipos o variantes, b) o la realización de lecturas de paramentos de edificios estratigráficamente complejos, con valoraciones estratigráficas puntuales de grupos de estructuras o ámbitos arquitectónicos. Resultaría complejo reconstruir la organización de una obra sin el conocimiento previo de la extensión espacial y temporal de las sucesiones de operaciones que conforman las fases constructivas. Por tanto un análisis estratigráfico ayuda notablemente en la definición del marco espacial (los distintos ámbitos de un edificio) y temporal en los que intervienen los constructores, dando indicaciones imprescindibles en el ámbito de la organización de las obras, referidas a la totalidad del edificio o a secuencias relativas al montaje de un único elemento arquitectónico. En el mismo ámbito de la Arqueología de la Arquitectura se ha planteado la posibilidad de observar la historia de una obra edilicia bajo dos perspectivas distintas: la primera relativa a las modalidades de sucesión temporal de la obra; la segunda relativa a la organización de la misma. En el primer caso resulta fundamental la aproximación estratigráfica sin cuyos datos sería impensable reconstruir la dinámica de construcción de un edificio respecto a las distintas partes estructurales que lo forman; mientras que en el segundo, se hace referencia al concepto de indicadores para remontarse a los distintos momentos y aspectos de la organización de la obra 48. A menudo, el estado de conservación de los edificios de época romana permite orientar la atención solamente hacia los indicadores, reconocibles en contextos homogéneos pertenecientes a una actividad estratigráfica coherente, o a estratos asociados a los edificios y a la implantación misma de la obra. Esta visión que focaliza su atención en la determinación del proceso constructivo se alimenta del análisis estratigráfico y lo enriquece, añadiendo a las cronologías relativas de los contextos una amplia serie de nociones sobre la organización, la gestión y la economía del trabajo en el mundo antiguo. El retraso existente en la difusión de estas prácticas en la arqueología clásica nos ha llevado a una revisión de nuestras perspectivas de estudio y a la definición de una serie de objetivos que, en esta fase, nos han ayudado a reorganizar un campo disciplinar con escasa consideración científica y a fomentar el empleo de estas prácticas metodológicas para el análisis de la arquitectura romana. La intención es producir un giro sustancial en la aproximación metodológica, fomentando la aplicación de un proceso de documentación que, en los últimos decenios, ha generado un cambio muy positivo en la arqueología medieval. El objetivo general se centra en el análisis de los aspectos técnicos y organizativos de las actividades edilicias, no excluyendo los procesos de registro que puedan orientarse a conjuntos monumentales de diferente época histórica. Como ya se ha indicado, este tipo de análisis que ha caracterizado el desarrollo de la arqueología medieval en los últimos treinta años, sin embargo no ha influenciado suficientemente la investigación en la arquitectura clásica, involucrada, salvo algunos casos, en la determinación de estilos constructivos, tipología de decoraciones arquitectónicas y programas iconográficos. Durante muchos años la investigación ha buscado una coincidencia entre un modelo preestablecido y la realidad material de la arquitectura romana, más que realizar un trabajo homogéneo y sistemático de registro apoyado en la integración de los datos materiales evidentes en los restos arquitectónicos conservados. Es necesario, en este sentido, volver un paso «atrás» y observar con mayor detalle y atención la fuente material para contrastar, una vez recogidos datos de distintas orígenes, la adhesión a los modelos conocidos. Cuando se analiza un edificio desde un punto de vista técnico-constructivo se observa que muchas de las tipologías y cronologías preestablecidas chocan con los imprevistos y los cambios de las dinámicas edilicias. Las soluciones especificas condicionadas por la topografía de los terrenos, los materiales, las técnicas 49, los promotores, las posibilidades económicas y las ya existentes especulaciones reducen o amplían los tiempos de ejecución, modificando sustancialmente las cronologías absolutas definidas por la epigrafía o 47 Mannoni, T. -Boato, A. 2002: p. 49 Sobre la praxis operativa de la mano de obra y como incide en la producción de una determinada técnica véase Giuliani, F. C. 2002: p. 428. los programas decorativos de un determinado edificio. En la realización y finalización de un proyecto, condicionamientos de este tipo pesaban más que la voluntad del emperador o de otro promotor. Con estas premisas se recurre a la clasificación y a la consecuente ordenación tipológica de las técnicas y de los elementos relacionados con los procesos constructivos, reconociendo que ambos niveles de la investigación representan solamente el primer estadio hacia una lectura más completa, no limitada al panorama constructivo, sino ampliada a la definición de la cultura arquitectónica de un territorio. Otro de los objetivos es completar los estudios de arquitectura antigua, tradicionalmente orientados a las tipologías monumentales, a los elementos decorativos o a las relaciones entre arquitectura y sociedad y crear una red de intercambio de datos en relación con estos argumentos. Este aspecto presenta una desventaja desde el punto de vista espacial, visto que las obras públicas de Roma han sido objeto de importantes estudios, mientras que las provincias (Hispania en particular) permanecen todavía como un territorio pendiente. En la perspectiva de crear un vínculo de tipo metodológico entre las distintas áreas geográficas y los diferentes campos de la edilicia antigua, nuestro planteamiento intenta comprender, en lugares y contextos distintos, las peculiaridades de la realización de cada una de las obras, la difusión de las prácticas constructivas provinciales, la circulación de mano de obra, los niveles tecnológicos regionales alcanzados y las eventuales interrelaciones entre las distintas áreas del mundo romano. Con el objetivo de reconstruir los procesos de organización, producción y gestión de las obras, la intervención puede priorizar diferentes tipos de fuentes y de aproximaciones: condiciones jurídicas relativas a la preparación y prosecución de las obras (contratos, condiciones del trabajo, elección de la mano de obra), contextos sociales y económicos (actos de evergetismo, financiación pública o privada, intervención del ejercito), aspectos relacionados con el proyecto arquitectónico (intervención del arquitecto, promotores, preparación de la obra mediante trazados), aspectos constructivos (construcciones, demoliciones, reutilizaciones) a partir del análisis de los materiales empleados (aprovisionamiento del material, transporte, elaboración) o de las técnicas constructivas (cimentaciones, estructuras en alzado, sistemas de cubiertas, sistemas de posicionamiento -maquinas de elevación, andamios, etc.)50. El registro de estos datos técnicos sirve, en esta primera etapa, para la implantación de un debate nuevo sobre la importancia del análisis de las obras en el estudio de los sistemas constructivos en relación con las sociedades de distintas áreas del territorio romano. Nos ha parecido necesario fomentar la idea de recuperar los datos puntuales y detallados sobre la construcción de un edificio, respecto a la tendencia a plantear hipótesis de carácter general que, si por un lado, nos ayudan a comprender el marco histórico de determinadas estructuras, por otro facilitan la pérdida de las informaciones que llevaron a la realización de las mismas, sus problemáticas técnicas y urbanísticas. La tendencia a establecer las modalidades y los tiempos de una obra no es solamente una aproximación técnica a la arquitectura clásica, sino también un acercamiento histórico fundado en la reconstrucción de la evolución de un proceso constructivo; y en la comprensión de mecanismos más generales como los cambios en el empleo de los materiales, las diferencias en el uso de distintas técnicas constructivas o la transmisión de los conocimientos tecnológicos. En general, la historia de un edificio se considera desde la óptica de su realización, prestando particular atención a las soluciones técnicas empleadas en la edificación de estructuras aparentemente estandarizadas. En el análisis técnico-constructivo y en el registro arqueológico de los edificios se considera el impacto de incidencias de distinto tipo: presencias de restos arquitectónicos previos en el solar a edificar, con consecuente adaptación y reorganización del proceso constructivo; demoliciones totales o parciales; integración de espacios con funcionalidades distintas. Entre los elementos más significativos para la reconstrucción del proceso organizativo de una obra destacan: Elementos de reconocimiento del proyecto arquitectónico. Informaciones sobre las distintas etapas de desarrollo de la obra de construcción, desde la implantación hasta su finalización. Técnicas de construcción homogéneas o diversificadas en el ámbito de la misma estructura. Presencia de elementos para la gestión de la obra (mechinales para el montaje de los andamios; huellas del desmontaje de cimbras de arcos y bóvedas; estructuras funcionales del desarrollo del proceso constructivo). Diferencias técnicas entre soluciones aparentemente similares. Errores de cálculo en las fases de obra y reajustes. Entre estas operaciones vinculadas al desarrollo de una obra es posible plantear una división ulterior respecto a las etapas mismas del trabajo, distinguiendo por ejemplo las actividades referidas a una obra específica antes de la construcción (estudio de la situación previa a la ocupación de un determinado solar; trabajos de demolición, nivelación, preparación del área y creación de infraestructuras funcionales de la obra misma); las operaciones intrínsecas a la obra (reconstrucción completa del ciclo edilicio, desde el aprovisionamiento de los materiales hasta la realización de las estructuras); y aquellas derivadas por el desarrollo de las tareas de construcción (impacto ambiental de la obra en la gestión de la ciudad; cierre y aperturas de nuevos recorridos; admisión de nueva mano de obra; gestión de los residuos, etc.) 51. Estos elementos, analizados a lo largo de los seminarios citados, plantean otra serie de cuestiones colaterales que interactúan con las anteriores y, en muchos casos, permiten su identificación. Se trata, en síntesis de los aspectos vinculados con: a. Las condiciones previas de las áreas edificables y la programación de una obra. b. La reconstrucción de la entidad de los trabajos previos para el acondicionamiento de los solares, a menudo invisibles bajo la monumentalidad de las construcciones. c. Los procesos de extracción, adquisición, trasformación y transporte de los materiales constructivos (ciclo productivo de los materiales). d. El reconocimiento de los protagonistas de la construcción (¿quiénes? Desde la promoción imperial hasta la mano de obra de esclavos). Organización y subdivisión de los equipos de trabajo. Reconocimiento y comparación de los distintos grupos. e. La evaluación de las cantidades de mano de obra empleadas (¿cuánto?). f. El establecimiento de los tiempos de realización (¿durante cuánto tiempo?), fundamental para la definición de la cronología de un edificio. El análisis de estos otros factores conduce directamente a consideraciones de carácter social y económico que, en la arqueología clásica actual, son territorio exclusivo de la epigrafía y del estudio de las fuentes escritas. Analizando estos aspectos de la arquitectura es posible completar las conclusiones tradicionales con la reconstrucción de los procesos, los autores y los detalles de un contexto que, en la mayoría de los casos, permanece oculto bajo la comprensión del fenómeno histórico general. EL PAPEL DE LAS REUNIONES CIENTÍFICAS SOBRE ARQUEOLOGÍA DE LA CONSTRUCCIÓN Y ALGUNOS RESULTADOS ESPECÍFICOS A pesar de estas dificultades, en el ámbito de los seminarios organizados se han alcanzado una serie de resultados que, en nuestra opinión, cambian la perspectiva futura y la óptica del estudio de la arquitectura de época romana. La serie de aportaciones recibidas en las reuniones de Mérida y Siena han devuelto protagonismo a los aspectos estrictamente relacionados con la producción de la arquitectura, ilustrando una gran cantidad de elementos y de características vinculadas, en esta primera etapa, con la organización y gestión de las obras. En este sentido, es útil entrar en los contenidos de estos aspectos y analizar brevemente la peculiaridad de algunas de las aportaciones presentadas. Para la reconstrucción de un proceso constructivo se han empleado los mismos indicadores definidos por T. Mannoni y A. Boato, ampliando, en cambio, el campo relativo a las fuentes documentales y limitándonos, por obvias razones, a las estructuras en mejor estado de conservación. Respecto a los elementos de reconocimiento establecidos en el articulo del año 200252 es necesario añadir algunos factores determinantes en el reconocimiento de un proceso constructivo de época romana. Los documentos, por ejemplo, se limitan a las fuentes escritas, a las epigráficas, incluyendo las indicaciones numerales para el montaje de elementos arquitectónicos o decorativos y las marcas de cantería. Las primeras sólo en casos específicos nos orientan a la comprensión de los mecanismos edilicios. Recogen proyectos de gran magnitud o decisiones políticas generales que determinan la planificación de una obra, no entrando casi nunca en detalles para la reconstrucción de las dinámicas de la obra. Las fuentes epigráficas que pertenecen directamente a un contexto construido indican elementos no descifrables con la sola arqueología estratigráfica. Nos informan de los grandes y pequeños promotores de la industria edilicia y, sobre todo, ayudan a comprender la magnitud de una obra, diferenciando el tipo de participación pública o privada. Con la epigrafía es posible reconocer además arquitectos, albañiles, promotores improvisados, programas constructivos sistemáticos, intervenciones de reforma y reconstrucción. Las fuentes arqueológicas se limitan, en cambio, a los elementos construidos y conservados. Los detalles de la obra relativos a las estructuras perdidas de maderas, parte fundamental en el desarrollo de un proyecto arquitectónico (andamios, cimbras, encofrados, sistemas de cubiertas, etc.), se pueden reconstruir solamente mediante las improntas parciales visibles en los alzados, no existiendo elementos reales para la comparación. Respecto al estudio de una obra de época medieval y moderna en la que se conservan un número más amplio de elementos estructurales de las cubiertas, con los distintos sistemas de suspensión de vigas y otros elementos portantes, es difícil conocer las causas que llevaron al vencimiento de los mismos o la evolución, por ejemplo de los sistemas de anclajes de las distintas partes. En este sentido, inevitablemente se pierde una parte importante de la obra y es necesario intentar una reconstrucción por aproximación y comparación con los sistemas tradicionales conocidos. Desde el punto de vista metodológico se ha evidenciado cómo el análisis estratigráfico, combinado con los detalles de la obra, la talla de la piedra, la disposición de los elementos constructivos y, sobre todo, los estudios arqueométricos pueden restituir indicaciones asombrosamente exactas sobre la dinámica de construcción de un edificio 53, añadiendo nuevos contenidos a la superposición física de las estructuras y mejorando el proceso de reconocimiento de la sucesión interna de los trabajos de edificación mediante la contextualización ambiental con el entorno. La importancia del proyecto y sus adaptaciones han sido objeto de distintas aportaciones en relación con el urbanismo de ciudades concretas 54 o edificios tipológicamente homogéneos 55, considerando, en todos los casos, las etapas específicas y las peculiaridades debidas a las dimensiones de los edificios, el contexto topográfico de la obra, el planteamiento teórico general, los detalles de las proporciones geométricas, la resolución de la problemática teóri-co-práctica o la posibilidad de comprender los cambios efectuados respecto a los proyectos iniciales. En muchos casos, existe una diferencia sustancial entre el proyecto arquitectónico y la consecuente praxis operativa de la obra. El registro detallado de los datos de la construcción nos permite elaborar de manera más completa una hipótesis sobre la ejecución, encontrando difícilmente los signos para el reconocimiento del proyecto original. Resulta evidente que un objetivo futuro tiene que ser obligatoriamente la comparación y combinación de las distintas soluciones técnicas empleadas, unido a las variaciones de los proyectos en contextos y presencia de materiales diferentes para aproximarse lentamente a una historia de las innovaciones operadas en el ámbito de las técnicas constructivas. En el ámbito del proyecto se han presentado casos de aplicación e invención de soluciones tecnológicas novedosas que sin un estudio específico de los mecanismos de organización de un cantiere permanecerían prácticamente desconocidas. Es el caso del «Emisario del Fucino», el proyecto hidráulico más importante de la antigüedad, oculto bajo otras obras del siglo XIX, incomprensible en su entidad sin el planteamiento «cantieristico» tratado durante el seminario de Mérida 56. Paolo Barresi 57 ha marcado la importancia del proyecto arquitectónico con una serie de consideraciones de carácter general, recuperando las ideas de modulación de Vitruvio sobre la base del estudio modélico de M. Wilson Jones 58. La importancia de esta temática radica en la capacidad de transferir la problemática del gran proyecto arquitectónico de una obra pública y compleja a contextos «menores» caracterizados por elecciones muy peculiares 59. En este contexto comparativo de la entidad de los trabajos de construcción de obras edilicias distintas se enmarca también la definición del proyecto de tipologías constructivas diferentes en una misma ciudad 60. En el caso de Volubilis se ha conseguido caracterizar, por ejemplo, la organización de las obras del Arco de Caracala y de la maison aux deux pressoirs. Desde el punto de vista temático existen grupos de edificios que se han prestado particularmente a recibir la atención de la «arqueología de la construcción». En particular se recuerdan las termas que, debido a problemáticas diversas sostenidas por la presencia de obras hidráulicas de gran envergadura, han combinado el análisis paralelo de los procesos constructivos con los sistemas de abastecimiento. No es oportuno olvidar en este sentido, que el ensayo de reconstrucción de una obra edilicia monumental como la de las termas de Caracala, publicada magistralmente por J. Delaine ha sentado unas premisas muy sólidas y un ejemplo a seguir61. Actividades previas a la ejecución de una obra La organización y gestión de las actividades previas y coetáneas a la implantación de una obra desarrollan un papel particular, garantizando la diversificación de las actividades edilicias entre las distintas partes de un edificio y la preparación de las áreas edificables como en el caso de la adecuación topográfica de los solares, excavaciones, nivelación del área, demoliciones, readaptación o reempleo de estructuras anteriores, trazados y materialización del nuevo proyecto arquitectónico, errores de cálculo. Este tipo de valoración en el impacto urbanístico de una construcción en los restos existentes de una zona ya edificada ha sido analizado detenidamente en el caso de las termas de Lutteurs 62, llegando a comprender la totalidad de las dinámicas de integración, adaptación e innovación del proyecto arquitectónico. Organización y gestión de una obra Para la reconstrucción de la organización de la obra resultan fundamentales distintas aportaciones que no pueden limitarse solamente a la lectura de las informaciones contenidas en los elementos construidos. Existe la necesidad de recuperar e integrar los datos procedentes de excavaciones arqueológicas que tengan como objetivo específico la recopilación de elementos vinculados con la obra. Normalmente, en una excavación arqueológica programada o de urgencia se pretende intervenir hasta la obtención de datos útiles a la reconstrucción de la evolución cronológica del yacimiento o de un determinado contexto. Por razones económicas o logísticas, debido a la imposibilidad de continuar excavando contextos que, o bien no pertenecen a la historia del edificio, o plantean soluciones de estabilidad del mismo por encontrarse en relación con elementos estáticos muy importantes como las cimentaciones, se recurre a la interrupción de los trabajos. La estratificación no trasformada en estratigrafía representa, en la mayoría de los casos, el contenedor más rico de informaciones sobre los procesos constructivos y las improntas para la reconstrucción de la organización de la obra 63. En los seminarios se han aportado nuevas informaciones relativas a detalles aparentemente poco significativos de la arquitectura antigua que, en cambio, restituyen una imagen de excepcional complejidad en el desarrollo de una obra, como en el caso del descubrimiento de las improntas y los símbolos de color rojo encontrados durante la consolidación y restauración de la «palestra» de la villa Adriana a Tivoli 64. El análisis de estos signos particulares, elaborado con un gran rigor metodológico, ha permitido comprender distintos elementos del proceso de construcción: los sistemas de nivelación para el desarrollo de las distintas etapas de planteamiento de las delimitaciones estructurales del espacio; los desniveles presentes en la ejecución de los muros; las modalidades del desarrollo del trabajo recuperado a partir de la distribución de las marcas en las paredes. Es interesante destacar cómo un conjunto de huellas aparentemente sin significado puede restituir una amplia porción de historia constructiva del espacio, sin el empleo de un análisis estratigráfico tradicional. La conservación de estos detalles de la obra permite, en cambio, establecer la existencia de prácticas edilicias sistemáticas y coordinadas, basadas en la materialización de las disposiciones de quien realiza el proyecto arquitectónico 65, facilitando la transmisión directa y sin posibilidades de errores para la construcción de un determinado complejo. La lectura de distintos factores técnico-constructivos presentes en las estructuras, ha permitido el reconocimiento de la dinámica de la obra en edificios estudiados tradicionalmente desde la óptica artística o, simplemente tipológica (el teatro de Itálica). En este caso específico, la reconstrucción del proyecto arquitectónico y la evolución del edificio se han realizado mediante el análisis de la decoración arquitectónica. Esta vinculación entre el esqueleto del edificio y su piel representa una asignatura pendiente de nuestro campo de estudio, visto que, en la mayoría de los casos, la investigación de los detalles técnicos de la construcción se mueve en un terreno poco apto al arqueólogo clásico, interesado en los aspectos artísticos y en los procesos evolutivos de los elementos arquitectónicos. Desde esta perspectiva, una de las intervenciones presentadas en la primera reunión científica de Mérida 66 ha puesto de manifiesto la importancia de una lectura homogénea de fenómenos que, en la mayoría de los casos, se planifican con planteamientos teóricos-metodológicos distintos. En el ámbito de la cuantificación y diversificación de la mano de obra es necesario comprender cómo se programa un edificio; cuántas figuras profesionales intervienen, y cuáles se emplean para estructuras de distinta tipología. En definitiva, ¿cómo se gestiona la intervención de mano de obra especializada en relación con el desarrollo del trabajo? La cuantificación del mismo es fundamental para comprender la relación entre las distintas fases de ejecución de las partes estructurales de un edificio, visto que cada una necesita de elaboraciones específicas que responden a formas, tiempos y modalidades concretas. La observación de algunos detalles como los signos de nivelación citados anteriormente 67 nos ilustran los mecanismos de coordinación de distintos grupos de trabajo que además, aseguran a la obra un comportamiento estático homogéneo en las delicadas fases de secado de los morteros o la programación sistematizada de andamios, aperturas, etc. Se han extraído conclusiones relativas al establecimiento de los tiempos de realización de estructuras complejas basadas en hallazgos excepcionales, como el caso de las termas de Trajano. Se han establecido los tiempos de realización de determinadas secciones de las estructuras, a raíz del descubrimiento de una serie de fechas de color rojo con la indicación de la apertura y finalización de la obra y de las distintas jornadas de trabajos necesarias 68. Desde esta perspectiva de estudio es necesario incorporar datos relacionados con la cuantificación del trabajo diario y los posibles condicionantes presentados en el desarrollo del mismo, ligados éstos últimos a la propia dinámica del proceso constructivo, o a los cambios del proyecto y las soluciones técnicas aportadas en la ejecución de la obra. En esta línea, existen ya varios ensayos que plantean una serie de cálculos para evaluar las cantidades de mano de obra, materiales y trabajo en el ámbito del mundo de la construcción. Entre el primer y el segundo seminario (Mérida 2007 y Siena 2008) se han multiplicado los esfuerzos en este sentido. A un primer trabajo sobre un pórtico de Saint-Romain-en-Gal 69 se han añadido otros de diferente adscripción cronológica y espacial. Aspectos productivos, sociales y económicos La aplicación de la metodología de la Arqueología de la Arquitectura para el registro y la caracterización de las técnicas edilicias ha permitido, en el caso de la zona costera de la Toscana 70, efectuar un ensayo de gran interés sobre la continuidad, las rupturas, y la transmisión de los conocimientos tecnológicos en épocas y contextos productivos muy diferentes (época romana y altomedieval). La unión entre técnicas constructivas tratadas tradicionalmente con parámetros distintos y con metodologías antitéticas restituye un panorama que testimonia la existencia de elementos formales y soluciones tecnológicas que no presentan, en absoluto, la diversidad que se le atribuye desde un planteamiento tipológico distante (época romana y altomedieval). Desde una óptica más general además se ha empezado a dar importancia a las relaciones sociales y jurídicas de las figuras profesionales de la edilicia romana 71, continuando una línea propuesta en el seminario de París de 2006, que se desarrollará en el último encuentro planteado en la misma ciudad en Diciembre de 2009. Con la excepcionalidad de algunos datos y ante la falta de fuentes directas de información, es posible establecer los términos y las condiciones del trabajo. En el caso de las termas de Trajano, por ejemplo, se ha comprobado que no existía descanso en el proceso de construcción de las subestructuras y se plantea la existencia de turnos laborales entre los encargados de la construcción y los responsables 72. Estos aspectos, útiles para la determinación de los tiempos de las distintas fases de obra, se asoman al campo social del mundo de la construcción y, a pesar de no poder relacionar las condiciones del trabajo de una estructura fundada en una economía esclavista con la economía actual, es posible conocer algunos elementos añadidos a la compleja organización de la mano de obra. Esta visión técnica de la arquitectura ha permitido observar la modalidad del cambio en las técnicas de construcción y la relación entre los materiales disponibles y los conocimientos tecnológicos implicados en los procesos constructivos de los edificios públicos. El caso de Carteia ha restituido, por ejemplo, una serie de interesantes informaciones sobre los efectos urbanísticos y las elecciones arquitectónicas en distintos periodos históricos, la época púnica, la fase republicana y la edad augustea 73. Se trata en estos casos de saber vincular los cambios arquitectónicos y tecnológicos con la entidad de los promotores de la construcción, resaltando la tipicidad de las estructuras en base a las exigencias de la misma promoción. Se generan, así, tipologías distintas en relación con las prioridades urbanísticas, desde el ámbito militar, la integración o sustitución de tipos edilicios, o la propaganda imperial. La elección topográfica de las grandes obras públicas plantea la problemática del impacto de la obra en la ciudad y viceversa. En muchos casos, al hacer la diacronía de los hechos urbanos se pierden los datos que marcan los elementos perdidos de la historia de los espacios. Consideramos esa historia o la de un edificio como historias de uso/trasformación/abandono, perdiendo los elementos y los tiempos previos que llevan a poder utilizar un conjunto construido 74. Estos pasajes indican a veces arcos cronológicos de 30/40 años, relativos a la duración de una o más obras de gran envergadura abiertas al mismo tiempo, que convierten las ciudades en autenticas áreas de trabajo por tiempos muy largos generando un paisaje lejano y complejo respecto a la imagen de templos, foros y teatros realizados en un mismo orden cronológico. Entre los problemas organizativos más comunes de una ciudad en obra no es necesario hacer un listado completo y se indican, solamente la limitación de las vías de tránsito y los cambios de circulación, elementos que de forma prolongada, cambian completamente la fisonomía urbanística. Otros problemas generan la existencia en las inmediaciones de otros espacios vinculados con las áreas de almacenamiento y distribución de los materiales, cercanos a las obras para no aumentar la cantidad de tráfico de carros de transporte al interior de la ciudad 75. La temática del impacto ambiental de una obra respecto a la ciudad antigua se vincula a los factores citados y es otra asignatura pendiente que sería útil proponer como argumento para futuras reuniones. El estudio de la relación entre los materiales procedentes de las demolicio-nes y la reutilización en las nuevas edificaciones o en proyectos distintos, no siempre constituye un elemento de interés. En este sentido es necesario empezar a formular alguna pregunta. ¿Cuál es el uso de los materiales resultantes de las demoliciones de contextos arquitectónicos privados en la edilicia pública y viceversa? ¿Existía un reempleo sistemático o estructuras relacionadas con la gestión de los residuos constructivos? Estas cuestiones confluyen directamente en la reconstrucción de los aspectos económicos de las obras edilicias, argumento que será objeto del último seminario de «arqueología de la construcción» que tendrá lugar en París en diciembre de 2009. El objetivo de este último encuentro es la evaluación del impacto de las obras públicas y privadas en la economía de una ciudad romana provincial. Para conjuntos específicos como el caso de Volúbilis se ha intentado ya en el encuentro de Mérida, establecer una serie de pautas para una reflexión económica sobre la envergadura y comparación del ámbito público y privado 76. En este caso, una parte de los datos para la reconstrucción del citado aspecto se ha extraído del análisis epigráfico y al mismo tiempo se ha realizado un ensayo paralelo sobre los restos arqueológicos que ha integrado las informaciones escritas con resultados concretos, permitiendo la formulación de hipótesis generales sobre el funcionamiento de las obras y la economía implicada. Este estudio es de gran interés debido a la precisión de los datos restituidos y, sobre todo, por las implicaciones sociales del mundo de la construcción, establecidas en base a la identidad y al papel desarrollado por los promotores de la obra. Entre las perspectivas futuras, además, es necesario señalar el establecimiento de una metodología de registro común y una homogeneización de los elementos que permitan reconstruir la historia de la industria edilicia romana, organizando los datos sobre la producción y la gestión de las obras en un contexto más general y amplio que permita efectuar otro paso hacia la comprensión de los mecanismos económicos que las determinan. Sin este proceso de homogeneización será difícil crear un contenedor más amplio de estudios específicos sobre territorios concretos que puedan ser objeto de comparación. El laboratorio que se ha abierto respecto a las temáticas citadas presenta alguna asignatura pendiente que, necesariamente, tendrá un papel relevante en los encuentros y trabajos futuros. La recopilación y organización de una amplia serie de datos sobre los aspectos de la construc-ción en época romana, los procesos de cuantificación y análisis de las dinámicas de las obras, la tipología de técnicas y actividades edilicias tiene que volver la mirada hacia la comprensión de los procesos productivos de la actividad constructiva en la antigüedad. En un sentido general, la reconstrucción de la obra no concluye con el registro de los datos de esa actividad. Las informaciones obtenidas confluyen obligatoriamente en el contenedor más amplio de los fenómenos históricos generales, convirtiéndose en elementos de conocimiento fundamentales para interpretar las innumerables connotaciones sociales y económicas de cada proceso constructivo. En este ámbito existen, además, una amplia serie de contribuciones y de intereses científicos nuevos vinculados estrictamente con la temática productiva de la industria edilicia romana que enriquecen las tradicionales visiones estilísticas con detalles fundamentales para el conocimiento de un edificio. En conclusión, creemos que el estudio de las dinámicas edilicias necesita de una aproximación global y de un nuevo interés de la Arqueología Clásica que conduzca a la consideración de una obra desde la óptica de un proceso productivo y no sólo como un elemento artístico. Las ideas enunciadas sobre organización y gestión necesitan una profundización teórica nueva, en relación con el perfeccionamiento de las técnicas de registro de los parámetros y los procedimientos que permiten el reconocimiento de las actividades en conexión con la construcción. Con los seminarios organizados se ha intentado poner las bases de una reflexión nueva sobre estos argumentos y, sobre todo, se ha buscado un denominador común para la documentación correcta de todas las informaciones relativas a la complejidad de una obra edilicia en contextos tradicionalmente orientados a ignorar estas temáticas.
La tradición académica contemporánea tiende a considerar que la arquitectura está constituida fundamentalmente por dos elementos esenciales 2: construcción y espacialidad. Esta concepción del entorno construido hunde sus raíces en las vanguardias del siglo XX, que en su vertiente arquitectónica propiciaron una reelaboración del discurso teórico, tomando al espacio como un elemento principal del diseño edilicio. La obra de grandes tratadistas como Frank Lloyd Wright, Mies Van de Rohe o Le Corbusier supuso, si no el descubrimiento del espacio en arquitectura, si la conciencia profunda de su importancia como marco de la vida humana 3. Esta nueva importancia del espacio arquitectónico se vio incrementada por diversas corrientes teóricas del siglo XX. Al hilo de la teoría contemporánea, el espacio dejó de ser una mera cualidad de la realidad física, como lo había concebido el paradigma cartesiano, para convertirse (además) en una construcción cultural. De este modo, arquitectura y urbanística no solamente tenían la capacidad de producir espacios, sino que también eran creadoras de ambientes o lugares 4. Antropólogos, sociólogos y filósofos de distinto cuño han desarrollado distintos modelos teóricos que han sido utilizados para analizar esos mismos valores sociales o culturales de los que estaban dotados los espacios arquitectónicos. Por una parte, algunos estructuralistas (y neoestructuralistas) como Lévi-Strauss 5 y el Bourdieu etnógrafo 6 desarrollaron un sistema cross-cultural de elementos semánticos aplicados a la espacialidad de las construcciones domésticas definidas como «estructuras estructuradotas». Este trabajo pretende explicar de forma detallada los distintos elementos teóricos y metodológicos que conforman la sintaxis espacial. Se realiza una genealogía de sus bases teóricas como paso previo a la explicación de diversas herramientas analíticas. Éstas se ilustran con una serie de ejemplos históricos concretos. Se plantea un estudio comparativo con otras formas de análisis arquitectónico y arqueológico, del que se deduce una serie de problemas metodológicos. Por último se realiza una reflexión acerca de sus posibilidades interpretativas y se introducen algunas notas destinadas a plantear nuevas perspectivas de uso. encargado de dibujar, desde una perspectiva ciertamente más crítica y pesimista, la forma en la que los flujos ideológicos emitidos desde los centros de poder influyen de forma sutil y cotidiana en las configuración espacial del diseño arquitectónico moderno. La arqueología histórica, fundamentalmente la de tradición continental, ha desarrollado diversos métodos analíticos con los que analizar la vertiente constructiva de la arquitectura desde un punto de vista histórico 9. En paralelo a este desarrollo de instrumentos metodológicos, la arqueología protohistórica, sobre todo la emanada de los centros de investigación anglosajones, ha centrado en los últimos años su foco de atención en la vertiente espacial de la arquitectura 10. En este cuadro historiográfico, la inclusión de una serie de herramientas de análisis espacial, agrupadas bajo la ambigua denominación de space syntax, ha supuesto la apertura de una vía de estudio con la que interpretar determinados aspectos sociales e ideológicos, contenidos en el diseño y distribución de los espacios arquitectónicos 11. El desarrollo de este método de análisis espacial 12 tiene un hito fundamental en el trabajo teórico desarrollado en la década de los ochenta por Bill Hillier y una serie de alumnos con sede en The Bartlett 13 (Londres), un centro de investigación multidisciplinar destinado al estudio de los ambientes construidos. Desde entonces la sintaxis espacial ha sido aplicada por diversos investigadores centrados en materias tales como urbanismo, salud pública, sociología, antropología o ingeniería civil, y actualmente se ha convertido en un auténtico foco de actividad interdisciplinar 14. La arqueología no ha sido una excepción, desde hace algunos años se vienen publicando sucesivos estudios sobre la aplicación de herramientas analíticas procedentes de la sintaxis espacial. En el marco de la arqueología anglosajona, la introducción de esta clase de análisis se ha convertido en algo relativamente frecuente 15. Su introducción en el ámbito de la arqueología iberoamericana ha sido más tímida y tangencial, centrada sobre todo en el ámbito de la protohistoria de la Península Ibérica 16 y en la arqueología histórica latinoamericana 17. Es por ello que consideramos adecuada la realización de una síntesis crítica destinada a discutir las posibilidades y limitaciones de su aplicación para el análisis de realidades arquitectónicas del pasado histórico. El presente texto pretende realizar una caracterización de aquellos instrumentos analíticos que se han englobado bajo está etiqueta, contextualizando sus raíces teóricas y definiendo nuevas aplicaciones concretas para los mismos. LAS BASES TEÓRICAS: ANTROPOLOGÍA ESTRUCTURAL Y BUILT ENVIRONMENT STUDIES Antes de proceder a explicar las herramientas de análisis desarrolladas por la sintaxis espacial, creemos conveniente realizar una genealogía de los cimientos conceptuales sobre las que se ha apoyado este método. La propia denominación de space syntax nos remite a la analogía textual como instrumento de análisis cultural. Este modelo hermenéutico tiene un referente fundamental en los trabajos de F. de Saussure 18, quien a principios del siglo XX dejó sentadas las bases de la teoría lingüística y semiótica contemporánea por medio de la definición del concepto de signo, es decir, la asociación de una imagen o icono (significante) y un concepto (significado). La capacidad semántica de los signos lingüísticos estaba condicionada, según Saussare 19, por las relaciones que le unían a otros signos de una lengua, de manera que no es posible aprenderlos sin contextualizarlos en una red de imbricaciones. El lenguaje, pues, debía presentarse como una organización (una estructura), ya que los elementos lingüísticos no tienen ninguna realidad independiente de su relación con el todo. Esta noción del lenguaje como estructura contextual de significados, fue asumida por C. Lévi-Strauss 20 como referente básico de su antropología estructural 21. Según el marco teórico planteado por el autor, dentro de una cultura, el significado es producido y reproducido a través de varias prácticas, fenómenos y actividades como sistemas de significación. El desarrollo del estructuralismo tuvo en la antropología su principal área de aplicación, dando lugar a la búsqueda de estructuras de significado por medio del estudio de los diversos elementos culturales (parentesco, religión, cultura material, etc.). La cultura material era concebida por los estructuralistas como elementos dotados de un significado legible en un determinado contexto cultural. Desde esta perspectiva, algunos antropólogos (y prehistoriadotes como A. Leroi-Gourham 22 ) se lanzaron a una búsqueda de comparaciones trans-culturales con el objetivo final de reconstruir las leyes que, del mismo modo que en la lingüística, regían la configuración cultural de los grupos humanos. Dentro de esta búsqueda de sistemas de significados culturales, una gran parte del trabajo del antropólogo A. Rapoport se centró en el espacio arquitectónico como elemento dotado de elementos semánticos 23. A lo largo de sus trabajos propone un panorama en el que los elementos arquitectónicos pueden ser interpretados como formas dotadas de significados culturales, los cuales dividía entre aque- Con este bagaje, la sintaxis espacial surge como una vía para el estudio de estos significados no-verbales (o no-discursivos, según la terminología aplicada por B. Hillier26 ), que tiene especiales posibilidades de aplicación para registrar la configuración espacial como elemento articulador de las relaciones sociales de los grupos humanos que las crean. Del mismo modo que la sintaxis lingüística estudia las relaciones de ordenamiento y jerarquía entre los distintos miembros de una oración (sin entrar en su contenido semántico concreto), la space syntax estudia las formas en las que se vinculan y organizan los espacios de un conjunto arquitectónico, tratando de inferir aquellos aspectos de la estructuración social que pudieron influir en su diseño. A través de este método podemos, por ejemplo, registrar el grado de jerarquización que opera en la configuración espacial de un ámbito concreto, pero no el tipo de estructura social que habitó ese mismo espacio. HERRAMIENTAS ANALÍTICAS DE LA SINTAXIS ESPACIAL: ALGUNOS CONCEPTOS FUNDAMENTALES La publicación de The social logic of space servirá como catalizador de una serie de técnicas de análisis que nos Fig. 2. Gráfico de axialidad de Candem Town (Londres) a partir de B. Hillier (1999): Fig. 7. Las líneas de mayor grosor representan las áreas de mayor convergencia en el trazado urbano del mercado. Se puede apreciar cómo las grandes concentraciones comerciales (representadas como grupos de puntos) coinciden a grandes rasgos con las líneas de mayor convergencia 25 Fig. 3. Plano esquemático de Pompeya con principales líneas de convergencia axial. Plano esquemático de Pompeya con las principales áreas de concentración de graffiti en las fachadas. Plano esquemático de Pompeya con la mayor concentración de áreas de servicio/tabernae de la ciudad. A partir de Laurence (1994) meabilidad respecto a otras unidades espaciales. Esto implica que el espacio construido tiene un significado social en función de su orden relacional. Este orden crea y reproduce un modelo particular de permeabilidad caracterizado por la yuxtaposición de espacios con diferentes niveles de presencia o accesibilidad. Herramientas de representación gráfica A partir del establecimiento de las diversas unidades espaciales de un complejo arquitectónico o urbanístico, la sintaxis espacial plantea una serie de elementos de representación gráfica destinados a ilustrar diversas características de la lógica social que estructura los entornos construidos, complementando así las tradicionales planimetrías bidimensionales. A continuación vamos a tratar de explicar cuáles son los principales métodos de representación gráfica desarrollados por la sintaxis espacial 32. Se trata de una de las herramientas básicas para la visualización del genotipo o dinámica social que sirven para ayudar a reconstruir el desarrollo de un entorno construido. Se trata de establecer una serie de líneas axiales 33, surgidas del análisis de cada edificio, cuya prolongación en línea recta se amplía hasta el siguiente edificio. Las áreas de convergencia, surgidas de la intersección de esas líneas de axialidad, nos sirven para ilustrar los principales nodos de reunión social dentro de un complejo urbanístico o asentamiento. Estos mapas se pueden utilizar para la recreación de áreas de actividad social o económica dentro de un asentamiento (Fig. 2, 3, 4, 5). Asimismo se han utilizado para decidir qué áreas son las más idóneas para el emplazamiento de determinados equipamientos urbanísticos. Los gráficos de accesibilidad (gamma analysis) han sido definidos como un método topográfico que nos permite la representación y la interpretación de las configuraciones espaciales en edificios y asentamientos 34. Estos gráficos Gamma, como los han bautizado B. Hillier o J. Hanson, son en realidad la adaptación de los gráficos de axialidad para la comprensión de la presencia/permeabilidad de las unidades espaciales 35. Estos mapas de accesibilidad están fundamentalmente orientados al análisis interior de edificios. 33 Para una explicación gráfica de la formación de líneas de axialidad vid. SLS: Figs. Para ello se representa cada unidad espacial por medio de un círculo. Los «espacios de transición» o conexiones36 entre unidades espaciales se representan por medio de líneas que nos indican las relaciones de accesibilidad entre ellas. Una vez hecho esto, y para dotar de coherencia al conjunto, habremos de «justificar» el gráfico, es decir, reordenarlo en relación al espacio exterior37. Este punto de referencia se sitúa en la base del gráfico justificado, es la representación del espacio que contiene todo el gráfico y por lo tanto sirve como inicio de la ordenación con respecto a su accesibilidad (Fig. 6). Este tipo de gráfico se basa en el concepto de isovista38, que consiste en el área de un entorno construido directamente visible desde una localización dentro de un espacio (un punto generador). La representación de esta área en un entorno construido suele generar un polígono referenciado desde el punto generador (Fig. 9). La formulación geométrica de la isovista, del polígono que genera, fue concebida como un índice fundamental para medir relaciones espaciales a través de la exploración de estos campos de visibilidad. Sin embargo, el desarrollo primario de este concepto analítico no estuvo acompañado de una propuesta de aplicación de la misma al análisis social 39. La propuesta de utilización de la isovista desde un punto de vista interpretativo se produjo años más tarde en el contexto del desarrollo metodológico provocado por la space syntax. De esta forma, un grupo de teóricos de la arquitectura40 desarrolló el concepto de gráfico de visibilidad como una forma de representación complementaria a las expuestas por Hillier y Hanson. Demostrando el poco valor analítico que tenían las isovistas de forma individualizada, pues no tienen en cuenta las variaciones de visibilidad entre puntos internos, crearon una metodología para representar la relación visual de una serie de puntos generadores dentro de un entorno construido. Su método, denominado gráfico de visibilidad, sirve para representar distintos tipos de relación visual dentro de espacios construidos. Para trazar uno de estos gráficos, previamente se ha de trazar una rejilla de puntos generadores sobre un plano. Estos puntos se han de establecer teniendo en cuenta algún criterio analítico. Una buena solución para intentar adaptar una escala visual humana es establecer una rejilla de puntos generadores situados de manera equidistante a un metro unos de otros. Una vez tengamos estos vértices, podemos establecer relaciones de visibilidad entre sucesivos ejes dispuestos dentro de un determinado ambiente construido. Así estas relaciones pueden ser de dos tipos: primarias, cuando los dos vértices de un eje están contenidos dentro de la misma isovista, o secundarias, cuando los vértices de un eje se encuentren en isovistas diferentes (Fig. 10). La relación de los puntos en el espacio visual (sensorial) puede ser interpretada en términos sociales del mismo modo que la accesibilidad. Sin embargo, esta inferencia siempre ha de contextualizarse en dinámicas históricas en las que estas relaciones sean significativas. Tradicionalmente, esta lectura se expresa en términos de «privacidad», pero hemos de tener en cuenta que éste es un concepto social, histórica y culturalmente construido, y por lo tanto no es válido como indicador universal41. de elementos muebles. La ausencia de estos datos hace que valoremos con escepticismo una aplicación de estas metodologías sobre complejos arquitectónicos conocidos a través de excavaciones arqueológicas, cuya configuración espacial se conozca fundamentalmente a través de reconstrucciones planimétricas. Índices de valor numérico Una vez hayamos definido las unidades espaciales que componen un entorno construido, también podemos utilizar una serie de índices analíticos como forma de mesurar o cuantificar sus relaciones sintácticas. Estos índices de relación han sido desarrollados tanto por los ya citados Hillier y Hanson, como por los posteriores trabajos de R. E. Blanton 42, quien, centrándose en el análisis de espacios domésticos, ha desarrollado una metodología de análisis específico destinada a plantear estrategias espaciales de reproducción social dentro de estructuras domésticas. Este estudio recoge una tradición que se había iniciado en la arqueología antropológica americana de los años setenta con un interesante trabajo de R.L. Hunter-Anderson 43 sobre la relación formal-social de la estructuras de hábitat protohistóricas. Dentro de los índices sintácticos propuestos en la obra de Hillier y Hanson encontramos la noción de análisis de tipo local. Este ha sido definido posteriormente como aquel que sirve para mesurar las relaciones que operan entre una unidad espacial y el resto de las unidades de su mismo entorno construido 44. El índice fundamental para medir este tipo de relaciones es el denominado «valor de control» (CV) 45. Aplicando los coeficientes detallados por ambos autores 46, se puede asignar un valor numérico a cada una de ellas (Fig. 11). Aquellas que tengan un valor más alto (UEsp 2) son «controladoras» y aquellas que tengan un valor más bajo son las «controladas» (UEsp que tengan valores en torno a 1). Otro tipo de relaciones sintáctico-espaciales son las llamadas globales, que pueden ser definidas como aquellas que dependen del grado de accesibilidad de las UEsp Además de estas reservas teóricas, también queremos resaltar las dificultades metodológicas que implica la aplicación de gráficos de visibilidad en complejos arqueológicos. En dichos contextos, especialmente en los de época protohistórica o antigua, es casi imposible obtener información espacial acerca de muchos aspectos que podrían alterar las relaciones de visibilidad, como la iluminación, la coloración y por encima de todo, la configuración espacial con respecto al punto inicial de su configuración espacial, es decir, el espacio exterior que lo contiene y que sirve de base para el gráfico justificado de accesibilidad. Estas relaciones son mesurables por medio de otro de los índices numérico a los que hacemos referencia, la «asimetría relativa» 47 (AR). Esta se basa en la relación entre la accesibilidad de la unidad espacial y el principio matemático de la simetría-asimetría. Según dicho principio, un espacio será más simétrico si tiene un gran número de relaciones similares. Esto implica que un determinado número de límites habrán de ser cruzados para acceder a él. Para calcular la asimetría relativa de un espacio, es necesario calcular previamente su profundidad especifica (MDn), que se obtiene tras la aplicación de una sencilla fórmula cuyas variables son fácilmente halladas a través de los datos extraíbles de los gráficos de accesibilidad. Una ayuda para la generación, tanto de mapas de accesibilidad, como de tablas de valores numéricos a partir de las fórmulas expuestas en los trabajos de Hillier y Hanson, se encuentra en una aplicación informática desarrollada por B. Manum, un arquitecto noruego, que con la ayuda de dos programadores informáticos ha desarrollado AGRAPH 48. Este software 49, de fácil manejo, es accesible de forma gratuita para cualquier investigador a través de Internet. Más allá de estos índices que acabamos de explicar, otros autores han desarrollado otras herramientas analíticas. Una de las propuestas más interesantes en este sentido se recoge en el libro de R. E. Blanton, Houses and Households: a comparative study, donde propone dos vertientes en su propuesta de análisis etnoarqueológico de las estructuras domésticas 50. La primera es la vertiente «canónica» 51, es decir, aquella que analiza la relación del núcleo doméstico con la percepción cosmogónica del ambiente cultural en que se encuentra inscrita. La otra de este tipo de análisis es denominada como «idexical 52 » y sirve para mesurar aquellos aspectos que sirven como canal comunicativo de mensajes con un significado no-verbal, recibidos por aquellos que habitan la casa. Con el objetivo de indagar acerca de algunos aspectos de estas vertientes, Blanton propone una serie de índices 53, cuya base son las formas de representación de los gráficos de accesibilidad. El primero de ellos es el índice de «escala», que es igual al número de unidades espaciales que forman un edificio. Este índice se debe cotejar con el área superficial de la casa, con el fin de establecer o aproximar una densidad de ocupación aproximada 54. El índice de «integración» sirve para expresar el tipo de circulación que puede darse en un entorno construido. Se obtiene dividiendo el número de conexiones entre el número de unidades espaciales que componen dicho edificio. Cuanto menor sea el resultado, mayor es la integración con la que es concebido. Los valores altos 55 49 Este software ha sido probado por el autor sobre cálculos aplicados a tres casos específicos, en los que los resultados del programa fueron contrastados con los cálculos propios del autor obteniendo una coincidencia plena. 54 Nosotros proponemos también una comparación con los volúmenes de material asociados a dicho entorno doméstico, para contextualizar de forma más completa una aproximación a la densidad de ocupación de la casa. 55 El valor mínimo es el de 1, porque como hemos dicho una de las características fundamentales de la unidad espacial es que tiene una conexión con otra unidad o con el espacio interior. las unidades espaciales. Cuanto menor sea la integración espacial de un edificio, más posibilidades de complejidad y jerarquía interna de la circulación. El último de los índices es el de «complejidad», utilizado por Blanton para medir la posible variabilidad funcional de los espacios y su presencia dentro del complejo constructivo. Este índice se puede aplicar de forma conjunta (A) o para obtener un valor específico para cada unidad espacial (B). El índice de complejidad A se calcula sumando el número de nodos y conexiones. Por el contrario, el índice de complejidad B señala el número de espacios, que deben cruzarse para acceder a una unidad espacial desde el exterior. La aplicación de este tipo de análisis sobre el ejemplo que hemos seleccionado, la domus No 2 de la Llanuca (Juliobriga, Cantabria), excavada por A. García y Bellido, y estudiada de forma exhaustiva junto con otras casas del municipium 56, nos permite vislumbrar algunas características de sus configuración espacial y conocer algunos aspectos de su diseño arquitectónico que trascienden lo meramente descriptivo o tipológico. Del cotejo de estos datos podemos extraer una serie de conclusiones de tipo sintáctico-espacial. La UEsp 2 tiene un valor de control (CV) (Fig. 11) muy superior al resto de las habitaciones, se trata de un espacio dominante dentro de la configuración espacial. Además, un repaso al resto de los valores nos indica que no existe una jerarquización interna muy grande con respecto al control ejercido por otras UEsp. Su gráfico de accesibilidad nos muestra una configuración altamente simétrica. El valor del índice de paralelos planimétricos. Pese a ello, antes de proponer una contextualización profunda de estos datos (algo que trasciende del objeto de este trabajo), creemos conveniente la exposición de una serie de cuestiones metodológicas que en nuestra opinión plantean matices importantes a las conclusiones previas que acabamos de exponer. CUESTIONES METODOLÓGICAS I: SPACE SYNTAX VS ARCHAEOLOGIA DELL ́ARCHITECTURA La aplicación de éstos índices analíticos para el estudio de entornos construidos en contextos arqueológicos ha suscitado dos tipos de reacciones historiográficas más o menos diferenciables. En primer lugar, aquellos que desde posiciones teóricas cercanas al posprocesualismo arqueológico o la teoría crítica marxista (agrupados recientemente por V. Fernández60 bajo la denominación de «arqueologías críticas») las han aceptado abiertamente61, convirtiéndolas en muchos casos en protagonistas principales de estudios monográficos 62. La otra reacción historiográfica mayoritaria ha sido mantenida por diversos sectores vinculados con el procesualismo epistemológico, centrado en el registro empírico de datos que han visto con recelo, y en algunos casos con abierto rechazo 63, las interpretaciones sociales derivadas de este tipo de metodología. A medio camino entre la aceptación acrítica de los mismos y el rechazo absoluto de sus posibilidades interpretativas, pretendemos exponer los principales problemas suscitados con motivo de la reflexión metodológica derivada de nuestra propia investigación 64. De este modo queremos hacer partícipe al lector de nuestros planteamientos acerca de las limitaciones de la sintaxis espacial como herramienta de análisis histórico, con el objetivo de establecer un marco teórico-metodológico desde el que poder ofrecer nuevas aplicaciones destinadas a enriquecer la interpretación arqueológica de entornos arquitectónicos 65. Un primer punto problemático 66 se nos plantea al considerar los métodos de la sintaxis espacial en comparación con el análisis estratigráfico de los elementos constructivos de edificios históricos o protohistóricos. Este tipo de análisis arqueológico resulta especialmente útil para entender de forma detallada el proceso de construcción, remoción y (en algunos casos) abandono de edificios o de determinadas partes. Es por lo tanto otra forma de aproximarse a la biografía social 67 de una construcción a lo largo de un periodo histórico. Pese a que, por si sola, no sirve para explicar las causas históricas de ese desarrollo 68, nos ofrece un panorama de los entornos construidos como elementos dinámicos. Esta forma de concebir la arquitectura -y los Fig. 13. Algunos de los valores sintácticos de la Domus de la Llanuca-Juliobriga. El índice de complejidad B es una media de los diferentes valores asignados a las distintas UEsp elementos sociales y culturales a ella asociados-que nos ofrece el análisis estratigráfico de los edificios contrasta con el análisis sintáctico de los espacios, caracterizado por aplicarse a momentos estáticos de la secuencia temporal 69. Las raíces estructuralistas sobre las que, según hemos argumentado, se asienta el modelo teórico de la sintaxis espacial produce inferencia de tipo anacrónico, siendo incapaz no ya de explicar, sino siquiera de reflejar interpretaciones desde una perspectiva dinámica, de cambio histórico-social. En otras palabras, ofrece datos interesantes para la interpretación de un segmento temporal determinado pero es incapaz de reflejar cambios en una secuencia diacrónica como la ofrecida por la aplicación de la estratigrafía como método analítico, del mismo modo que le ocurre al estructuralismo antropológico 70. Este carácter inherente al tipo de análisis planteado por la sintaxis espacial explica, en parte, su rápida extensión y aceptación por otras disciplinas que, en principio, no están obligadas a incluir una explicación diacrónica del cambio social y cultural, aspecto que en nuestra opinión es indisoluble del pensamiento histórico y por extensión del arqueológico, especializándolo frente a otras ciencias sociales. Frente a este problema, algunos recientes trabajos han mostrado una voluntad de combinar ambas metodologías para conseguir un beneficio mutuo, dotando a la sintaxis espacial de una cierta capacidad de expresión diacrónica, a través del ejercicio sobre varios momentos o fases deducibles de la secuencia estratigráfica de los edificios 71. Se trata éste de un camino ineludible para la arqueología de la arquitectura en el futuro y a buen seguro que habrá de producir interesantes resultados. Las posibilidades de enriquecimiento mutuo, como vía para reducir las «limitaciones históricas» de la arqueología de la arquitectura, así como forma de dotar de dinamismo cronológico a los análisis de sintaxis espacial, han quedado probadas, por citar tan sólo un ejemplo, en un reciente trabajo de S. Gutiérrez y P. Cánovas 72, donde se argumenta una novedosa propuesta interpretativa para el conjunto monumental que incluye la denominada basílica, sobre la base del análisis de la sintaxis espacial de una de sus fases constructivas. Sin embargo no es menos cierto, al menos desde nuestra experiencia, que esta complementación de metodologías topa con una serie de problemas, especialmente patentes cuando abordamos el análisis de edificios antiguos o prehistóricos. Estos problemas se resumen fundamentalmente en dos: la ausencia de alzados que nos sirvan para inferir secuencias constructivas detalladas y la falta de secuencias estratigráficas en edificios excavados. A este respecto, el principal obstáculo con el que nos topamos es la distorsión producida por criterios de documentación que, al no tener en cuenta los procesos de formación del registro arqueológico 73, dificultan la inferencia de nivel de ocupación en esta clase de edificios. Esta cuestión es especialmente relevante para la arqueología de los espacios residenciales, en la que el término «arquitectura» normalmente sirve para referirse a los trazados planimétricos. El propio carácter de los vestigios materiales dentro de estos contextos arqueológicos fuerza en la mayoría de los casos a trabajar de esta forma. Es por esta razón por lo que la investigación de los aspectos sociales derivados de estos entornos construidos se ha concebido fundamentalmente desde una perspectiva bidimensional. Ejemplo de esta problemática es también la domus de la Llanuca, excavada en su mayor parte por A. García y Bellido 74 sin criterios de documentación estratigráfica precisa. De esta forma, nuestra esquemática propuesta de secuencia muraria no puede ser apoyada en una secuencia estratigráfica que permita aportar datos relativos a las fases de ocupación asociadas a las reformas detectadas en su estructura. La técnica edilicia detectada se puede dividir básicamente en dos tipos en cuanto al tipo de paramento utilizado en la cimentación de la estructura. Un primer tipo (A) estaría compuesto por bloques de arenisca trabajados de forma irregular 75 y alargada. Este tipo de zócalos o cimientos -no existe una indicación segura de los niveles topográficos de las zanjas de cimentación-se encuentra trabado por medio de un mortero de escasa calidad. El tipo (B) está compuesto por sillares calizos careados de forma más homogénea y trabados por medio del mismo mortero. También es frecuente encontrar orificios en los cimientos pétreos de dichas estructuras, interpretados como soportes de vigas de madera, documentadas desde época protohistórica76, que debieron haber formado parte del sistema de ensambladura que servía de soporte a los alzados realizados mediante la utilización de la tierra como elemento constructivo. El empleo de diversas técnicas de construcción con barro, frecuentemente en la arquitectura doméstica meseteña de época romana durante los periodos alto y bajoimperial, también debió ser la técnica edilicia más usada en los alzados de Juliobriga. La escasa atención prestada a la documentación de derrumbes durante el proceso de su excavación nos impide tener ningún tipo de información precisa sobre su técnica y tipología. La mayor parte de las cimentaciones documentadas en la domus No 2 pertenecen al tipo B, siendo la única casa de Juliobriga en la que se documenta este tipo de paramento 77. Sin embargo, ante la imposibilidad de asociar un tipo paramental concreto a las escasas remociones reconocibles en su estado actual, como es el cierre de su patio porticado, nos es imposible establecer una secuencia constructiva detallada. Más allá de estos problemas, y ante la ausencia de una lectura estratigráfica detallada, creemos que esta secuencia no debió ser muy compleja, con una uniformidad constructiva argumentable por medio del detallado estudio metrológico publicado por P. A. Fernández Vega 78, quien defendía una unidad de concepción en el trazado planimétrico de la casa, con una estructuración interna que perduró en gran medida inalterada durante la mayor parte de su ocupación. CUESTIONES METODOLÓGICAS II: SPACE SYNTAX VS ARTEFACT ASSEMBLAGES Otro de los problemas metodológicos que plantea la aplicación de análisis tipo space syntax es su absoluta desatención 79 a aquello que Rapoport 80 denominaba «elementos no fijos» (non-fixed elements). Dichos elementos o artefactos de tipo mueble también afectaban a la configuración espacial de los entornos construidos y a los sistemas de actividades asociados a ellos 81. En esta línea interpretativa, la denominada household archaeology 82, ha propiciado un desarrollo metodológico destinado al análisis de los diversos elementos muebles contenidos en el registro arqueológico de las unidades domésticas. En ella confluyen dos aspectos muy importantes, la sistematización conjunta de la cultura material doméstica y la conciencia de los diferentes contextos de uso documentados a partir del estudio (etnoarqueológico) de los procesos de formación del registro arqueológico 83. Este tipo de enfoques fueron desarrollados por el procesualismo arqueológico, que sobre la base del valor espacial 84 de los diferentes artefactos arqueológicos en relación a su proveniencia 85, desarrolló toda una serie de estrategias para el análisis de los mismos en relación a un contexto espacial interior 86. La documentación proporcionada por estos aspectos puede ser, en algunos contextos, muy determinante a la hora de interpretar el significado social y las actividades realizadas en una unidad espacial. Lamentablemente, la ausencia de un contexto arqueológico preciso en la domus No 2 de la Llanuca nos impide realizar una aproximación de este tipo que sirva como ejemplo de esta problemática metodológica. Pese a ello contamos con una serie de casos documentados en ámbitos urbanos de época romana, que nos sirven para ilustrar el modo en que el conocimiento detallado de la cultura material mueble depositada en el registro de una unidad espacial puede servir para matizar modelos establecidos mediante criterios planimétrico-tipológicos. Un estudio publicado por J. Berry 87 proponía una reflexión muy sugerente acerca de cómo la falta de integración de los datos provenientes de contextos materiales muebles nos puede hacer caer en la distorsión de interpre-tar social y económicamente espacios completamente diferentes como ámbitos similares. Una serie de ejemplos pompeyanos nos sirven para plantear problemáticas análogas en un contexto equiparable al caso juliobrigense en términos metodológicos. En ellos la integración de los datos del instrumentum domesticum nos ilustra sobre la complejidad del espacio doméstico romano, en el que la disposición espacial de los muros de las casas, por si solos, no nos sirve para entender la relación entre ocio y trabajo cotidiano, o entre la casa romana como hogar y como lugar de industria-producción 88. Si la configuración arquitectónica nos puede ofrecer una visión de la estructuración social reflejada en sus espacios, la documentación mueble nos permite crear una visión más completa del funcionamiento cotidiano de la misma. Como en el caso de la imagen que se reproduce en la figura 14, un conocimiento más detallado de la cultura material, debidamente depositada y secuenciada, nos puede ofrecer una visión mucho más certera de los parámetros sociales y culturales que regían las actividades dentro de los edificios. El trabajo con este tipo de datos permite romper con la idea de que el espacio social, aquel que tratamos de caracterizar por medio de la sintaxis espacial, en una entidad circunscrita únicamente a la materialidad de la construcción. Esta perspectiva es especialmente importante en el caso de arquitecturas protohistóricas o antiguas que, por no haber dejado constancia material en el registro arqueológico, han sido ignoradas o excluidas de la investigación, pese a tener un amplio registro de materiales muebles que pueden servir para apoyar su existencia. Estos ejemplos nos sirven para argumentar de qué modo el conocimiento detallado de la cultura material mueble puede introducir elementos muy importantes a la hora de interpretar la estructuración espacial de edificios históricos en clave social. Hemos introducido este apartado a modo de reflexión acerca de la variabilidad inherente al análisis arqueológico de espacios construidos. Teniendo en cuenta esta perspectiva de complejidad social y funcional, la sintaxis espacial puede ser utilizada como una herramienta de análisis especialmente útil para obtener lecturas socio-estructurales (de las diferentes identidades que se dan cita en los ámbitos domésticos) y dinámicas de poder latentes en el seno de los entornos construidos. Sin embargo, esa misma complejidad también obliga a la confrontación de éstos índices con datos proporcionados por otras tradiciones analíticas. CONSIDERACIONES FINALES: INTEGRANDO DATOS E INTERPRETACIÓN HACIA UNA ARQUEOLOGÍA DE LO COMPLEJO La arqueología (de la arquitectura o cualquier otra) se encuentra inmersa en un profundo debate epistemológico, reflejo de las discusiones teóricas generadas por el mundo global de la posmodernidad. Pocos son los conceptos metodológicos que pueden escapar a una crítica más o menos parcial. Más allá de esto resulta plausible pensar que dentro de este panorama variado, las propuestas interpretativas habrán de plantear progresivamente matices más sutiles y complejos. En nuestra opinión esto implica que los datos sobre los que se han de sustentar estas interpretaciones sean más fiables, cualitativa y cuantitativamente hablando, a fin de poder sustentar de forma adecuada esa complejidad epistemológica a la que hacemos referencia. La sintaxis espacial ofrece un método de producción de datos fiables, aplicables a un gran número de casos de estudio, con relativamente poco esfuerzo. Sin embargo, esto no significa que las interpretaciones inferidas a partir de estos mismos datos sean más sólidas que las extraídas a partir de la aplicación de otras metodologías. Desde nuestra perspectiva, la utilización de las capacidades analíticas de los software tipo SIG ofrecen una herramienta de trabajo que permite la integración de datos generados a partir de lecturas analíticas de diversa índole, Fig. 14. Cuadro resumen de la propuesta metodológica para la integración de datos arqueológicos lo que facilita una complementariedad de enfoques metodológicos. A este respecto, hemos de reseñar que la aplicación de este tipo de herramientas informáticas para el análisis interior de edificios ya cuenta con algunos hitos bibliográficos, que de forma incipiente nos hacen aventurar grandes perspectivas de innovación científica 89. El análisis constructivo de la arquitectura ha contado con los programas tipo CAD como una herramienta de trabajo fundamental, mientras que los análisis de contextos materiales y las secuencias estratigráficas tienen en las bases de datos el software fundamental para su gestión. Las nuevas aplicaciones informáticas generadas a partir de la aplicación de análisis tipo space syntax constituyen el otro vértice fundamental de nuestra propuesta metodológica para el futuro. La utilización de herramientas SIG ofrece además la posibilidad de relacionar estos datos con otros procedentes de la vinculación de los entornos construidos estudiados con otros provenientes del análisis del paisaje desde una perspectiva arqueológica, enmarcándolos en una dinámica histórico-geográfica concreta. 89 Para una revisión de algunas recientes aportaciones se puede consultar la revista Internet Archaeology, que en su número 24 ofrece un monográfico sobre la aplicación de herramientas SIG al análisis material de entornos arquitectónicos. Internet Archaeology 24. http://intarch.ac.uk/journal/issue24/ Pese a la amplia batería de posibilidades analíticas que acabamos de esbozar, lo cierto es que la mayor parte de las aplicaciones arqueológicas de este tipo de métodos han sido protagonizadas por investigadores que se encuentran en los primeros pasos de su carrera profesional90. Son (somos) pocos todavía los que defienden las posibilidades interpretativas derivadas de la utilización de índices de sintaxis espacial en el análisis arqueológico, por lo que habrá que esperar a la aplicación de un programa continuado y coherente de investigación para poder evaluar de forma ponderada la validez científica de este tipo de métodos, sobre todo teniendo en cuenta el ambicioso proyecto intelectual que plantea.
Podría decirte de cuántos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de zinc cubren sus techos; pero sé ya que sería como no decirte nada. No está hecha de esto la ciudad, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado (...) Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos...» I. Calvino, Las ciudades invisibles. OBJETIVO: CARTOGRAFIAR LA GEOMETRÍA SOCIAL Hace ya algún tiempo que nos encontramos inmersos en la incierta tarea de profundizar en la historia de Vitoria- En este artículo exponemos algunas reflexiones sobre la aplicación del enfoque sistémico en arqueología a partir de la experiencia de nuestra tesis doctoral, que ha tenido como objeto de estudio la ciudad de Vitoria-Gasteiz. Defendemos la idea de que, más allá de las objeciones planteadas desde la arqueología postprocesualista, las nuevas formas de entender los sistemas (Sistemas Emergentes o Complejos), ofrecen una estimulante alternativa para la interpretación en arqueología, alcanzando incluso los significados contextuales. Gasteiz desde un enfoque que consideramos poco habitual, en cuanto que pretende hacer justicia a las múltiples escalas de existencia que la han hecho posible: de las técnicas constructivas a los ciclos productivos; de la unidad estratigráfica al tejido urbano; de la individualidad de los principales personajes históricos a la sociedad; de la función al significado simbólico; en fin, de la sincronía a la diacronía. Nos estamos refiriendo a la tesis doctoral en la que llevamos varios años concentrados, una investigación que hemos concebido como una suerte de experimento cartográfico, si bien en nuestro trabajo no ha pesado tanto la simple descripción topográfica o morfológica, como el propósito de evidenciar que el tejido urbano es ante todo un sistema, un patrón de organización que se proyecta en el tiempo. Un patrón de organización que no debe ser entendido como una estructura predeterminada (o predeterminante) que se impone implacablemente a la sociedad y al individuo; como creemos podrá comprobarse, comprender los sistemas complejos implica, ante todo, un gran respeto por la capacidad de decisión del individuo o del grupo humano, puesto que son sus iniciativas las que construyen «de abajo hacia arriba» el sistema urbano. Así, en nuestro enfoque, la arquitectura de una calle no constituye un escenario pasivo sino un sujeto activo, un recipiente receptor y reproductor de relaciones sociales y económicas de diverso tipo. El espacio por ella contenido es un lugar de encuentro, un canal por el que fluyen, y donde se intercambian, objetos e ideas. Al igual que M. Delgado, estamos convencidos de que «más allá de los planes y los planos, lo urbano es otra cosa» (2007: 15) y por ello hemos intentado trascender del puro soporte material que es el urbanismo de una ciudad, para alcanzar los contextos significativos de aquellos que la habitan, la imaginan y la recrean física y mentalmente. Ahora bien, si la ciudad además de objeto es también una percepción, o una multiplicidad de percepciones -la de los transeúntes que constantemente la recorren (Ibidem: 72) 2 -, lo primero que cabría preguntarse es qué pueden tener que ver la Vitoria de Víctor Hugo de 1865 3 con -por ejemplo-la que actualmente recoge la Wikitravel 4. Aunque sólo fuera por la distancia temporal, o las distintas perspectivas e intereses que entran en juego, cabría pensar que poco, ¿pero subyacerá incluso en las visiones más dispares un común denominador? ¿Algo que el viajero de cualquier época reconocería inequívocamente como Vitoria? Puede que pequemos de ingenuos, pero -como observa Johnson en el caso de Florencia (2003: 93-94)creemos que la respuesta a tal pregunta no puede ser sino afirmativa. Ese común denominador existe. No podemos ocultar que, antes de entrar al análisis de los contextos significativos, la mayor parte de nuestro empeño se ha concentrado en el conocimiento somático de la estructura material de la ciudad (por supuesto su arquitectura, pero también su urbanística, su estratificación, profundizando en los modos y técnicas empleados para erigir los muros de los edificios), sin embargo esto no debería conducir al opuesto, para deducir que nuestro interés es más el de analizar el continente que el de comprender el contenido. Hemos buscado un punto de contacto entre ambas realidades, y por ello nuestro objetivo ha sido el de cartografiar con un mínimo de eficacia lo que S. Unwin denominara geometría social: «Cuando la gente se congrega, cada uno identifica su propio lugar de diversas maneras. Al hacerlo así, cada uno sobrepone una geometría social al espacio en que se encuentra. Como mecanismo de identificación del lugar, la geometría social es arquitectura por derecho propio, pero al tratarse únicamente de interacción entre personas, su existencia es efímera. Las obras de arquitectura pueden responder a geometrías sociales, ordenarlas, y hacer que su definición física sea más permanente » (2003: 113). NUESTRAS REFERENCIAS: UN EJEMPLO DE Los riesgos asumidos con tal enfoque no son pocos a nuestro juicio. Para empezar, porque si no logramos dar con la fórmula adecuada para transmitir nuestra percepción (por ejemplo en este artículo), el potencial que atribuimos a la idea de la visión de sistemas emergentes, 2 «Quienes la recorren -y que no pueden hacer otra cosa que recorrerla, puesto que no es sino un recorrido-basan su co-presencia en una visibilización máxima en un mundo superficial (...) En ese terreno cuenta, ante todo, lo observable a primera vista, lo intuido o lo insinuado mucho más que lo sabido. Consenso de apariencias y apreciaciones que da pie a una construcción social de la realidad cuyos materiales son comportamientos observables y observados, un flujo de conductas basadas en la movilidad cuyos protagonistas son individuos que esperan ser tomados no por lo que son, sino por lo que parecen.» 4 «Capital de la Provincia de Álava y capital también de la Comunidad Autónoma del País Vasco. 5 A partir de este epígrafe y a lo largo del artículo se hará referencia a diversos títulos tanto en inglés como en español. La elección del idioma para la cita no depende de la edición original sino de la lengua de la edición consultada por el autor. Del mismo modo, para las fechas de las distintas obras mencionadas, se optará por la data de la edición utilizada. puede ser interpretada como un mero subterfugio con el que acaso habríamos tratado de cohesionar elementos que en esencia poco o nada tienen que ver entre sí. Para seguir, porque, aunque se perciba una cierta omnipresencia del enfoque arqueológico, nuestra forma de analizar el fenómeno urbano de Vitoria, no se cimienta en exclusiva sobre la Arqueología; el análisis de este tipo de cultura material ha implicado por descontado a la Arquitectura, a la Historia del Arte, y como no, a la historiografía del documento escrito. Todas estas disciplinas tienen tanto que ver en el producto final, que el encuadre de nuestra investigación dentro de un ámbito de conocimiento específico resulta muy difícil; esperamos que esto sea apreciado por el lector más como una cualidad que como un defecto. Por otro lado, el grado experimental del enfoque planteado aconseja alejarse de pretensiones que vayan más allá de las meramente propositivas. Es verdad que, de algún modo, creemos estar planteando un marco de trabajo dotado de una cierta originalidad, pero desearíamos que nadie viera en estas líneas un postulado formal con vistas a superar anteriores paradigmas. De hecho, aunque este fuese nuestro deseo, no tendríamos más opción que rendirnos ante los límites de nuestra propia capacidad expresiva y reflexiva. En cualquier caso, ha sido precisamente la naturaleza de los riesgos asumidos al adoptar este enfoque la que ha hecho que, desde un primer momento, nos hayamos sentido identificados con algunos de los planteamientos que se están abriendo paso últimamente en la arqueología moderna: nos referimos en concreto a aquél que recientemente ha sido conceptuado por G.P. Brogiolo como Arqueología de la Complejidad (2007). Nuestro «viaje hacia la complejidad» ha discurrido por cauces distintos6, hasta el punto de que es bastante probable que al completar la revisión de este artículo el lector llegue a la conclusión de que nuestra complejidad y la de Brogiolo tienen poco que ver (como de hecho nosotros mismos creemos). Epistemológica y metodológicamente, nuestro trabajo hunde sus raíces en la noción de Arqueología de la Arquitectura que, a grandes rasgos, cristalizó con el Seminario Internacional celebrado precisamente en Vitoria en Febrero de 2002. En él, los congresistas participantes convinieron en reivindicar -si cabe con mayor decisión que en anteriores ocasiones-la lógica estratigráfica como clave de lectura del hecho construido, pero sobre todo -o al menos es otro de los aspectos que más destacaríamos-también postularon que la Arqueología de la Arquitectura debía empeñarse en la formulación de nuevos problemas históricos y la creación de nuevos ámbitos de investigación (Azkarate et alii 2002: 8). Convencidos de esto último, nos hemos dejado llevar hasta cierto punto por el propio objeto de estudio -la ciudad-, adaptando y reformulando experiencias pasadas con tal de conseguir un conocimiento más profundo, basado en el máximo respeto al modelo de racionalidad que el propio contexto urbano nos imponía 7. Nuestra visión surge también, aunque quizá de forma menos evidente, de los planteamientos post-procesuales de I. Hodder, en la medida en que concedemos gran importancia al significado contextual y entre nuestros objetivos está el intentar sintetizar ciertas dicotomías que creemos que son hasta cierto punto ilusorias; relación entre norma e individuo, entre proceso y estructura, entre lo ideal y lo material; entre sujeto y objeto (1994: 166-176). Para ello, seguiremos algunas de las propuestas de los propios críticos al procesualismo y a la teoría de sistemas clásica, como son C. Tilley, o M. Shanks, quien ya hace casi dos décadas propuso el'rhizomes-thinking' como una alternativa al imperante'tree-thinking': «en un rizoma, nunca te sientes seguro ante una división binaria o una dicotomía; la división puede volver sobre sí misma con una nueva organización, reiniciando la secuencia » (1991: 35). En esta línea, no podemos olvidar la Social Archaeology of Houses de R. Samson y de T. Saunders de quienes tomamos algunas ideas que creemos han sido directrices en nuestras investigaciones sobre el urbanismo vitoriano: «Para superar este falso dualismo entre forma y contenido, el espacio activo o pasivo, debemos reiterar la premisa básica de que las estructuras espaciales son simultáneamente el medio y el resultado de la acción humana » (1990: 183). Con todo, lo hasta aquí expresado aún sólo describe parcialmente las bases de nuestra perspectiva; acaso su «prehistoria», porque hace aproximadamente cuatro años, dos lecturas al margen de nuestros habituales intereses disciplinares venían a transformar radicalmente la forma en que hasta entonces concebíamos la Arqueología y el modo en que «leíamos» la cultura material 8. Dichas obras, aunque nos abrían al campo del pensamiento de sistemas complejos, no desplazarían las ideas hasta entonces asumidas, antes bien, les dotaron de un sentido más preciso, potenciándolas. Hablamos de «Sistemas emergentes. O qué tienen en común neuronas, hormigas, ciudades y software» de S. Johnson (2003) y de «La trama de la vida. Una nueva perspectiva de los sistemas vivos» de F. Capra (1998). Las dos obras recogen en síntesis los conceptos básicos de lo que Capra denomina una «visión holística del mundo» o también una «visión ecológica» 9. En un primer momento, nuestra propia ignorancia nos hizo pensar que aquella aparente novedad constituía una verdadera revolución, pero pronto nos dimos cuenta de que se trataba de un marco conceptual que contaba con un largo recorrido y que de hecho ya había sufrido numerosas y furibundas críticas desde que L. von Bertalanffy publicara su «Teoría de los Sistemas» allá por 1968 (entre aquéllas habría que destacar la del propio Hooder, 1994: 33-48). No mucho después llegó otra lectura fundamental que nos sirvió como puente para conectar el apenas descubierto «universo» sistémico con el hecho arquitectónico; «El fuego y la memoria. Sobre arquitectura y energía». En esta obra, L. Fernández-Galiano (1991) profundizaba en ciertas cuestiones (como la clave termodinámica para el análisis del edificio, y la concepción de éste como sistema termodinámico abierto que se debate entre ciclos anabólicos de construcción y catabólicos de disgregación, Fig. 2) que nos eran extrañamente familiares. No había sin embargo nada de qué sorprenderse, pues no en vano se trata de conceptos fundamentales para la comprensión de la génesis de la estratificación, como explícitamente señalaban E.C. Harris en su «Principios de Estratigrafía Arqueológica» (1979) y A. Carandini en su «Historias en la tierra. Fue precisamente al cerrar este, digamos, «círculo» (de la arqueología a los sistemas, de los sistemas a la naturaleza termodinámica de la arquitectura, y de ésta de nuevo a la arqueología), cuando empezamos a considerar que podría ser interesante experimentar y tratar de aplicar este diverso bagaje conceptual al análisis e interpretación del hecho urbano. Sin embargo, aún cabía una duda fundamental; teníamos bastante claro que el enfoque de sistemas complejos podía ayudarnos a comprender y decodificar la estratificación y la conformación arquitectónica de los edificios históricos ¿pero nos ayudaría efectivamente a alcanzar los aspectos sociales? ¿los significados contextuales?, es decir, más allá del continente, ¿nos permitiría comprender el contenido?, ¿hasta qué punto debíamos zambullirnos en el, según Capra, «nuevo paradigma»? De nuevo, otra importante lectura vino a matizar nuestras reservas. Hablamos de «El paisaje de la historia. Cómo los historiadores presentan el pasado», una obra en la que el Fig. 2. Visión termodinámica del edificio. «La energía solar que atraviesa el vidrio o la energía fósil que se consume en la estufa hacen el edificio habitable para los seres vivos que en él se albergan; y los propios materiales que lo forman no son sino energía acumulada, como muestran elocuentemente los campesinos que, amenazados por el hambre, alimentan al ganado con la paja de sus tejados» (Fernández-Galiano, 1991: 25) historiador J. Lewis-Gaddis ponía de manifiesto que, paradójicamente, los más avanzados conceptos en la ciencia de los sistemas y la complejidad, ya estaban implícitos en la historiografía tradicional, mucho antes incluso que en los campos experimentales: «nuestros métodos han sido más sofisticados que nuestra conciencia de ellos, nuestra práctica ha sido mejor que nuestra epistemología » (2004: 127). Gracias a Lewis-Gaddis, comprendimos que no era necesario cambiar sustancialmente el marco interpretativo en el que habitualmente nos habíamos venido moviendo como historiadores y arqueólogos. La base en principio era buena, acaso bastaba con un mínimo reciclaje -en gran medida terminológico-que nos sirviera para establecer paralelos razonables entre las estructuras urbano-arquitectónicas, las sociales y los distintos contextos de significado, entre el lenguaje propio de las ciencias experimentales y el de las humanas. De algún modo era como volver al principio ¿perdía entonces su sentido el largo «periplo sistémico» que apenas habíamos completado? ¿fue una travesía en balde? Creemos que no, el itinerario epistemológico arriba esbozado nos sirvió para tomar consciencia; ahora conocíamos las bases teóricas de los principios que hasta entonces aplicábamos de forma mecánica. En ese proceso de continuo reciclaje metodológico -y fijando cada vez con más decisión la ciudad como objeto preferente de estudio-M. Delgado y K. Schlögel, autores, respectivamente, de «Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropología de las calles» (2007) y de «En el espacio leemos el tiempo. Sobre Historia de la civilización y Geopolítica» (2007) constituyeron un importante revulsivo. Delgado con su no-ciudad, nos aportó una estimulante visión de la sociedad como creadora de espacios urbanos (su sociedad de miradas, su cultura de las aceras, o sus coaliciones peatonales forman parte fundamental de nuestro modo de entender el fenómeno urbano). Schlögel, por su lado, nos proporcionó múltiples e imprevistas formas de entender y leer planos, las cuales, a nuestro juicio, superaban con mucho las lecturas que habitualmente se hacen desde la urbanística, la arqueología y la propia historiografía10. EXPERIENCIAS DE PENSAMIENTO SISTÉMICO En cualquier caso, es claro que no somos los primeros en recorrer la senda, digamos, sistémica a la hora de estudiar el fenómeno urbano. Amén de aquellos conceptos y métodos de análisis que de forma más o menos evidente han ido impregnando los discursos interpretativos de historiadores y arqueólogos de la ciudad, existen no pocos ejemplos de enfoque explícitamente sistémico. Podemos poner sobre la mesa el trabajo de Y. Barel «La ciudad medieval. Sistema social-Sistema urbano» (1975), una aportación en nuestra opinión interesantísima, pero que sin embargo no tuvo mucho eco (quizá precisamente por la dificultad de encuadre dentro de una esfera de conocimiento concreta). Obsérvese también el modo en que G. Bois afronta el análisis de la crisis bajomedieval en «La gran depresión medieval: siglos XIV-XV. En Arqueología, la teoría general de sistemas ocupó un lugar relevante del debate disciplinar ya a finales de los 60 y durante los 70, fundamentalmente gracias a los trabajos de un nutrido grupo de investigadores encabezados por K.V. Flannery, autor de la clásica referencia «Archaelogical systems theory and early Mesoamerica» (1968). Los presupuestos sistémicos se mantuvieron con cierta vigencia hasta bien entrados los 80, siendo quizá «Arqueología, una ecología del hombre» de K.W. Butzer (1982) la obra donde, de forma más explícita, quedó reflejado el sustrato de pensamiento sistémico -el mismo que luego perviviría en la llamada Arqueología Espacial o Ecológica-. Los años 90 fueron sin embargo años de la revisión post-procesualista, que vieron como los sistemas en arqueología caían en un cierto descrédito, a pesar de que algunos de los principales críticos sólo pretendían, por así decir, un replanteamiento de objetivos, sobre todo una corrección del excesivo acento funcionalista: «Las necesidades del sistema social no pueden ser independientes de los actores que lo forman, de modo que la noción de función de sistema o la función de los rituales u otras prácticas institucionalizadas es completamente irrelevante» (Shanks y Tilley, 1992: 119). Con todo, las ideas sistémicas en ningún momento han dejado de formar parte del pensamiento arqueológico actual. Casi subterráneamente, han pervivido en los modelos interpretativos de la última década, aflorando puntualmente en el contexto de modelos interpretativos que no necesariamente se reconocen -no tienen por qué-como deudores de la teoría clásica de sistemas. Los ejemplos son variados, pero en nuestra opinión cabría destacar trabajos como «Arqueología de la Producción», de T. Mannoni y E. Giannichedda (2004), donde los conceptos de sistema y de ciclo constituyen una base argumentativa fundamental. A pesar de lo diluido que ha quedado el legado de los sistemas después de las reformulaciones post-procesuales, no creemos que haya nada de que lamentarse. En nuestra opinión, el caldo de cultivo epistemológico en estos últimos años ha sido razonablemente fértil y sobre todo ha logrado rescatar al individuo, los significados contextuales y la dimensión simbólica. Este renovado bagaje sin duda seguirá enriqueciéndose. Creemos que la Arqueología de la Arquitectura está en disposición de contribuir aún más en este sentido, quizá adoptando las estimulantes aportaciones de la Arqueología del Paisaje. Sistemas de representaciones, patrones de racionalidad y de organización, múltiples niveles de articulación espacial, etc. (Criado, 1999: 10), son conceptos que articulan la metodología interpretativa propuesta por esta última disciplina, en la que no podemos evitar apreciar ecos del pensamiento sistémico. Éstos quizá resultarían irreconocibles a ojos de los investigadores que hasta los años 80 aplicaron tales presupuestos, pero desde la nueva perspectiva de los sistemas complejos, es como si algo, poco a poco, volviese a tomar forma, volviese a adquirir coherencia; algo mestizo, algo nuevo pero que, en parte, recuerda a lo que había. ALGUNOS CONCEPTOS DEL PENSAMIENTO DE SISTEMAS COMPLEJOS Ahora bien, ¿en qué consiste más concretamente el pensamiento de sistemas complejos?, ¿qué puede aportar al estudio de una ciudad como Vitoria-Gasteiz? Probablemente para responder a estas preguntas deberíamos hacer una exhaustiva retrospectiva que recogiera, siquiera síntéticamente, la evolución del pensamiento en diversos campos a lo largo de las últimas décadas, sin embargo hemos creído más adecuado el ceñirnos a aquellos aspectos que, surgidos en el contexto de nuestro proceso de investigación han contribuido efectivamente a estructurar el enfoque con el que, personalmente, percibimos el fenómeno urbano. En este punto del discurso, nuestra situación es justo la contraria a la descrita por T. S. Kuhn en «La estructura de las revoluciones científicas»: «cuando un científico individual puede dar por sentado un paradigma, no necesita ya, en sus trabajos principales, tratar de reconstruir completamente su campo, desde sus principios, y justificar el uso de cada concepto presentado. » (2001: 47). En nuestro caso, no podemos dar por sentado paradigma ecológico o sistémico alguno en la medida en que percibimos que se trata de un enfoque en plena discusión dentro del área de conocimiento en que nos movemos. Es por ello que este artículo responde sobre todo a la necesidad personal que sentimos como investigadores de explicitar nuestras fuentes metodológicas y episte-mológicas, exponiéndonos a la crítica. Dentro de nuestras posibilidades, estamos tratando de responder al reto que plantea Lewis Gaddis: «Mi cuarto objetivo es alentar a mis colegas historiadores a explicitar más sus métodos. Trabajamos en el seno de una amplia variedad de estilos, pero en todos ellos preferimos que la forma oculte la función. Nos espanta la idea de que nuestra escritura imite, por así decirlo, el diseño del Centro Pompidou de París (Fig. 3), que pone con orgullo sus ascensores, tuberías y cables 'fuera' del edificio, a la vista de todo el mundo. No cuestionamos la necesidad de esas estructuras, sino sólo el impulso a exhibirlas » (2004: 11). Hablar de enfoque sistémico en arqueología puede dar la impresión de dejà vu, o puede resultar directamente un anacronismo si consideramos las críticas de Hooder (1994: 33-48), de Shanks y Tilley (1992), o del propio Criado (1993) como punto final y superación del mismo. La cosa posiblemente no fuera para menos, pues por ejemplo Hooder advertía, no sin razón, importantes debilidades en los marcos interpretativos de los arqueólogos que según él se englobaban dentro de la corriente sistémica11; repitamos, infravaloración de los significados históricos, rol pasivo del individuo, acusado funcionalismo, etc. Con todo, Hooder advertía que el problema del enfoque de sistemas no era tanto su planteamiento como su puesta en práctica, reconociendo incluso que en un cierto Fig. 3. Sección del Centro George-Pompidou de París. La arquitectura de este edificio se caracteriza por invertir los términos habituales, mostrando al exterior, los elementos sustentantes, las escaleras mecánicas o los conductos de ventilación y calefacción. Los colores de las viguetas y conductos corresponden además a la función que cumplen: azul para el aire acondicionado, verde para los fluidos, rojo para los transportes y amarillo para la corriente eléctrica sentido «el pensamiento sistémico sí es contextual » (1994: 46). Las críticas más fuertes se centraban quizá en dos aspectos clave; la incapacidad para abordar los significados simbólicos y la atemporalidad atribuida a la actividad humana «como producto de las interacciones sistémicas, y no como un producto histórico » (1994: 47-48). En nuestra tesis doctoral trataremos de demostrar que, como de hecho algunos autores ya apuntan (Bintliff, 2004: 187), los objetivos, digamos, post-procesuales, pueden ser también satisfechos desde los sistemas. No obstante, la razón de este artículo es otra; partimos de una impresión -que el enfoque de sistemas se ha renovado (bien es verdad que en el seno de disciplinas ajenas a la arqueología)-y pretendemos plasmar la intuición de que merece la pena volver a tomarlo en consideración bajo un nuevo e integrador prisma: el de los sistemas complejos (o emergentes si se prefiere) 12. Pues bien, a continuación intentaremos sistematizar en diez puntos (podrían haber sido unos cuantos más), los aspectos fundamentales del renovado pensamiento sistémico, o al menos aquellos que, de forma más determinante, han venido a estructurar nuestro método de análisis del fenómeno urbano. Por supuesto, tomados uno por uno, ninguno de estos aspectos es privativo del enfoque de sistemas complejos -muchos proceden, como no, de la teoría clásica de sistemas, o son comunes a otras escuelas de pensamiento-, pero creemos que esto no impide admitir la originalidad del conjunto. Por otro lado (aunque quizá no es necesaria la advertencia), muchos de los autores citados en los distintos epígrafes no se reconocen ni explícita ni implícitamente dentro de una supuesta corriente de sistemas; sencillamente recurrimos a ellos para recalcar que el pensamiento de sistemas complejos está presente entre nosotros, aunque no lo reconozcamos como tal. VISIÓN HOLÍSTICA Y CAUSALIDAD El mundo y la historia no pueden entenderse como una colección de objetos aislados, seriados o secuenciados de un modo más o menos lógico, sino como una red de fenómenos fundamentalmente interconectados y completamente interdependientes. Frente a las visiones mecanicistas, el enfoque sistémico concibe a los propios objetos como redes de relaciones inmersas en redes de relaciones mayores. Ahora bien, si todo depende de todo, ¿podremos alguna vez conocer la causa de algo? La respuesta no parece sencilla. Para Lewis-Gaddis, aunque la mayoría de los historiadores sabe instintivamente cómo responder a tal cuestión, lo normal es que se evite: «No preguntéis, no diremos nadarespondemos a menudo cuando nuestros estudiantes preguntan por la causación-. Capra por su parte, admite que, puesto que todos los fenómenos están interconectados, para explicar cualquiera de ellos es preciso comprender todos los demás -lo cual obviamente resulta imposible-. Con todo, lejos de considerarlo un inconveniente, Capra incorpora el obstáculo entre las cualidades del paradigma: «lo que convierte al planteamiento sistémico en una ciencia es el descubrimiento de que existe el 'conocimiento aproximado'. Esta percepción resulta crucial para la totalidad de la ciencia moderna. El viejo paradigma se basa en la creencia cartesiana de la certitud del conocimiento científico. En el nuevo paradigma se admite que todos los conceptos y teorías científicas son limitados y aproximados; la ciencia no puede facilitar una comprensión completa y definitiva» (1998: 60-61). Nuestra perspectiva al respecto de la causalidad en el marco holístico es un poco la de M. Bloch cuando propone el ejemplo del hombre que cae por el precipicio y muere. Para que se produzca este trágico resultado, señala Bloch, tienen que darse muchas condiciones: un resbalón, un sendero al borde de un abismo, unos procesos geológicos que hayan generado la montaña, la acción de la fuerza de la gravedad, etc., y sin embargo, probablemente, cualquiera que fuera interrogado por el accidente contestaría con sencillez: «Un mal paso». Según Bloch, la razón de que todos tendamos a esta respuesta radica en que, ese antecedente particular -el del resbalón-, se diferenciaría de los otros por ser el último de una secuencia de hechos, siendo además el más excepcional en el orden general de las cosas. Lewis-Gaddis, profundizando en el ejemplo de Bloch, advierte no obstante que la posición relativa dentro de una misma secuencia de hechos no es suficiente para determinar cuáles son relevantes, sugiriendo que aún habría que distinguir entre causación necesaria y causación suficiente. Para Gaddis, las condiciones presupuestas para el descrito accidente eran todas necesarias, salvo el resbalón. Éste era una causa suficiente pero carente de valor por sí sola: «Una causa suficiente depende de causas necesarias: por esa razón un mal paso en la montaña es más peligroso que uno en la llanura. Analizar el traspié sin especificar dónde se produce no tiene sentido. Por nuestra parte, con el citado ejemplo pretendemos poner de manifiesto que, aunque el marco de análisis en que nos reconocemos es esa visión holística o ecológica por la cual todo está conectado, sin embargo, nos hemos decantado por una vía determinada, primando unas variables y descartando otras a la hora de abordar el estudio del fenómeno urbano de Vitoria-Gasteiz13. Con seguridad, múltiples han sido las causas necesarias que han provocado el enorme despliegue urbano de la sociedad actual pero sólo unas pocas causas suficientes han dado lugar a esto que hoy reconocemos específicamente como Vitoria-Gasteiz. Sin ánimo de descalificación; Vitoria-Gasteiz es como el cadáver del ejemplo de Bloch. Es el último suceso de la secuencia de hechos, o mejor dicho, su producto; en esta idea se basa nuestro criterio de selección de edificios a estudiar14. Al desarrollar nuestras investigaciones sobre Vitoria hemos procurado centrarnos en aque-llos elementos aún presentes en la trama urbana que sin embargo tienen una gran proyección hacia el pasado. Así pues, guiándonos por una suerte de principio de disminución de la pertinencia -utilizando la terminología de Lewis-Gaddis-hemos optado por aquéllos que han estado presentes transversalmente a lo largo de, prácticamente, toda la historia de la ciudad. Hablamos en esencia del sistema amurallado y del sistema templario de nuestra ciudad, a saber, el primitivo recinto mural de Villasuso y sus distintas ampliaciones plenomedievales, las iglesias de Santa María, San Vicente, San Miguel, San Pedro y los Conventos de San Francisco, Santo Domingo y Santa Clara (Fig. 4). Nuestra elección de murallas y templos como principales objetos de estudio no deriva por lo tanto de consideraciones como la monumentalidad, ni siquiera del gran interés que despierta en nosotros la historia de las elites, de la Iglesia o la poliorcética medieval. Lo que deseábamos enfatizar era precisamente su carácter de, por así decir, testigos aún vivos del devenir histórico de Vitoria. En ellos, lo interesante no es tanto que su arquitectura actual responda esencialmente a su estructuración originaria, medieval o moderna, sino sobre todo que ésta soporta y contiene todas las evoluciones estructurales posteriores hasta nuestros días. A través de las murallas podemos remontarnos selectivamente hasta la decimoprimera centuria, pero en ellas también podemos rastrear la diacronía, el devenir histórico de la ciudad, siglo a siglo hasta la actualidad. Estas murallas, al igual que los templos son -directamente, sin intermediarios, e incluso antes de estudio arqueológico alguno-elementos de la cultura material de tiempos pasados que tienen la cualidad de convivir aún hoy con nosotros (Fig. 5), o dicho de otro modo, son parte de nuestra cultura material moderna puesto que forman parte del paisaje cotidiano con el que interactuamos. Como señala F. Capra, en cualquier punto del camino, la estructura del organismo vivo (la ciudad, las murallas, los templos y otros edificios de algún modo son seres vivos15 ) es el historial de sus cambios estructurales anteriores y, por lo tanto, de interacciones pasadas. Esta ontogenia es la que hace que la estructura de un edificio aún vivo sea como un diario, como una biblioteca («la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles»). Propiedades emergentes de los sistemas complejos Según la visión sistémica, las propiedades esenciales de un sistema son propiedades del todo que ninguna de las partes posee por separado; emergen de las interacciones y relaciones entre las partes (Fig. 6) 16. Esas partes son destruidas cuando el sistema es diseccionado, ya sea física o teóricamente, en elementos aislados (Capra, 1998: 48). Poner el acento en las cualidades permanentemente emergentes del espacio urbano implica advertir que éste no puede patrimonializarse como cosa ni como enclave. Su-pone asumir que no es producto de una única decisión sino de una constelación de ellas, que no es sólo el resultado de la voluntad de una persona sino más bien de la acción combinada de toda una colectividad. En este sentido, nos parece muy oportuna la advertencia de M. Delgado, cuando dice que la ciudad «ni es una cosa -un objeto cristalizado-, ni un enclave -un fragmento de territorio dotado de límites-» (2007: 12). Coincidimos con Delgado en que, efectivamente, la ciudad no es tanto un objeto cristalizado como un objeto en perpetua cristalización, y que tampoco es un enclave perfectamente delimitado o localizado sino más bien una «mancha» sobre el territorio, de bordes más o menos difusos. Ahora bien, también pensamos que existen ciertos elementos dentro del sistema urbano de Vitoria-Gasteiz que al haber mantenido la misma estructura esencial desde sus orígenes hasta la actualidad, nos permiten hablar de un cierto patrón de organización quizá no completamente cristalizado, pero sí muy consolidado (se trata de más de doce siglos de historia). El trazado de calles del casco medieval es una clara muestra de ello, también lo es la estructura de las murallas y, cómo no, la arquitectura de las iglesias. Estos tres tipos de elementos son, a nuestro juicio, la expresión arquitectónica que delata la consolidación de algunas de las principales propiedades emergentes de un sistema urbano como Vitoria-Gasteiz; la presencia de estos edificios es una prueba (si bien no la «única») de que, como decíamos, ciertas propiedades del sistema son propiedades del todo que ninguna de las partes posee por separado. Mucho más que el abigarramiento del caserío, la existencia de una iglesia denota un alto grado de cohesión de la colectividad, ésta será además un instrumento imprescindible para la reproducción y perpetuación efectiva de una específica geometría social, en este caso concreto, la geometría social de la comunidad de creyentes de la localidad donde se enclava el edificio. La muralla también es una expresión de esa propiedad emergente del sistema urbano si la tomamos por ejemplo como instrumento, del que la colectividad se sirve para definir con claridad su identidad (los de dentro frente a los de fuera); y, en fin por supuesto, la calle, que no es -no puede ser-sino la calle de la comunidad. Suscribimos las palabras de R. Wright: «Así como las diversas estructuras de un organismo lo defienden de las fuerzas entrópicas, algunas estructuras sociales impiden que la sociedad se desintegre. Esto es rigurosamente cierto en el caso de las murallas de Jericó, que tal vez sea el monumento vivo a la productividad agrícola más antiguo que se conoce. Incluso los templos de jefatura -al margen de si eran instrumentos para oprimir y controlar a las masas o para En su obra «El mapa fantasma», S. Johnson hace referencia a un concepto que creemos que describe otra de las características del enfoque sistémico. Hablamos del pensamiento confluyente, un término acuñado por W. Whewell (filósofo inglés de finales del XIX) que al reflexionar sobre los métodos de la ciencia de su tiempo sugería: «La confluencia de las inducciones tiene lugar cuando la inducción obtenida de un grupo de hechos coincide con una inducción obtenida de un grupo diferente. Así pues, la confluencia sirve para probar la verdad de la teoría en la que sucede» (Johnson, 2008: 64). Whewell recogía en este enunciado una idea que sin embargo no parece haber arraigado hasta la segunda mitad del siglo XX en el seno de las corrientes de pensamiento estructuralistas. Quizá sean los ecos del pensamiento del filósofo británico, los que -pasados por dicho tamiz estructuralista-resuenan tras la 'recurrencia estructural' de que nos habla F. Criado. Este autor propone dentro de su método interpretativo, una ineludible primera fase que tendría como objeto comprobar la coherencia e integridad de una interpretación. Para ello, habría que examinar «si la regularidad o estructura descrita por la hipótesis interpretativa reaparece en otras escalas, ámbitos o códigos de la misma formación cultural analizada » (2006: 249-250). Si bien Criado no otorga a esta 'regularidad estructural' un valor decisivo («pues lo único que se contrasta es si la hipótesis es correcta viendo si la regularidad que propone se documenta en otros casos»), para nuestros fines de análisis del hecho urbano el concepto de 'recurrencia estructural' tiene una gran importancia, ya no solo por su valor como verificador de hipótesis, sino también porque considera el espacio como un sistema de saber intrínseco a cada cultura17. En fin, adoptando la terminología de Whewell para intentar recoger en un término los matices de nuestro enfoque, podría decirse que también nosotros abordamos el análisis del hecho urbano de un modo confluyente18; primero, porque rastreamos la recurrencia, los patrones de comportamiento semejantes a distintas escalas y, segundo, porque tratamos de comprobar si la motivación de un hecho arquitectónico o urbanístico se encuentra a una escala distinta a la que se manifiestan los efectos (Fig. 7) 19. La decisión de emplear una piedra de cierta geología para erigir un muro, o la elección de una determinada técnica constructiva, la «inoportuna» localización de una antigua fuente o la preexistencia de una vereda, han sido microrrazones que, a menudo, nos han servido para explicar satisfactoriamente el por qué de la aparente anomalía Fig. 6. Según la visión sistémica, las propiedades esenciales de un sistema son propiedades del todo que ninguna de las partes posee por separado; emergen de las interacciones y relaciones entre las partes. Así, el rostro femenino que percibimos en la imagen, emerge del conjunto de esferas que la componen. Estas esferas, tomadas por separado, no difieren mucho unas de otras, ninguna posee un rasgo característico que prefigure que con ellas se puede esbozar un rostro y sin embargo, a la vista de esta pintura, nadie diría que lo que ve sólo es un montón de esferas. S. Dalí, Galatea en las esferas en la configuración de algunas de esas macrorrespuestas urbanísticas que son las murallas, las calles, las plazas o, por qué no, los propios templos. No creo que esta idea pueda sintetizarse mejor que lo hizo Thomas Schelling en Micromotives and macrobehavior (1978) -un título ya de por sí expresivo-, pero en esta obra se obtiene la inquietante sensación de que los objetos cobran vida, que son ellos -y no tanto los individuos que los usan-los que mueven el mundo. Evidentemente, eso no es así. Individual o colectivamente es el ser humano quien genera el movimiento, quien promueve un escenario de constante interacción, quien construye un edificio o traza una carretera, lo que sucede es que, precisamente su papel demiúrgico, su omnipresencia, provoca que muchas veces su actividad se de por sobreentendida en ciertos análisis. En este sentido, preferimos discursos como el de M. Harris, donde apreciamos que el individuo y su sistema de creencias están en el centro del mismo, como microrrazones capaces de generar dinámicos comportamientos de masa que -aunque estén en constante interacción con el ecosistema-no siempre responden a variables estrictamente ecológicas: «Ahora es el momento adecuado para rechazar la afirmación que sostiene que todas las prácticas alimenticias tienen explicaciones ecológicas. Los tabúes cumplen también funciones sociales, como ayudar a la gente a considerarse una comunidad distintiva » (2006: 48). Este es quizá el momento de añadir que un aspecto fundamental en nuestro análisis (con implicaciones a distintas escalas), lo constituye la semantización del espacio, o más concretamente, su sacralización. La muralla, los edificios templarios y por supuesto la ciudad, son sistemas complejos construidos mental y físicamente a partir de una forma de comprensión del medio, del paisaje. Todos ellos, son sistemas emergentes en tanto que cristalizaciones de una geometría social en permanente redefinición, el producto de una interacción diaria de múltiples individuos que no se reduce a lo material, sino que también depende del mundo de las ideas. A continuación hacemos una pequeña síntesis del espectro escalar (un total de seis escalas de dimensiones concurrentes) en que nos hemos movido para estudiar el fenómeno urbano de Vitoria, partiendo desde lo micro, para, poco a poco, llegar a lo macro. a) Materiales. La menor de las escalas a la que hemos recurrido es la de la distribución de los distintos tipos líticos empleados en la construcción del tejido urbano. El conocimiento a esta escala ha resultado fundamental para entender, en otras superiores, el modo en que se ha articulado el ciclo productivo de la piedra en Vitoria y su entorno, la localización de las canteras, las rutas de acceso a la villa, el valor económico o los costes de producción, etc. Ha sido muy interesante por ejemplo comprobar cómo hasta bien entrado el siglo XIII el sistema lítico en que se basaban todas las obras de la villa estaba compuesto casi en exclusiva por la calcarenita. Entre los siglos XIII y XVI en ese sistema se consolidó la presencia de la lumaquela, y sólo a partir del XVII nos encontramos ante un sistema ternario de calcarenita, lumaquela y arenisca. Dada la posición de las respectivas canteras, el recurso a uno u otro tipo de material nos ha dado una buena medida de la evolución del hinterland vitoriano. b) Técnica constructiva. El material lítico, sustancia primordial en la estructura de los edificios que hemos estudiado, fue empleado según distintos criterios. Por sus características, margas y calcarenitas casi siempre han sido empleadas como mampostería común (en algunos casos como sillarejo), mientras que la lumaquela se ha reservado para la sillería y los detalles escultóricos más complejos. Además, según los requerimientos de cada edificación, la técnica constructiva, es decir, el modo de disponer los bloques pétreos para formar los muros, ha cambiado. Aparejos completamente en mampostería o completamen-Fig. Obsérvese el modo en que se estructura la ilustración. Peces compuestos de peces, peces de distintos tamaños cuyos contornos encajan sin embargo con coherencia. Ángulos y puntos de confluencia, múltiples escalas que conviven en armonía, esta es una forma de plasmar gráficamente la confluencia. (Ernst, 1994: 34) te en sillería, aparejos mixtos de mampostería en paramentos con esquinales de sillería, han sido los más habituales; otros sin embargo han resultado mucho más específicos, como por ejemplo el aparejo en espiga de pez (empleado de forma sistemática en las cimentaciones de la muralla). Profundizar en esta escala se ha revelado como una de las claves para discernir las distintas fases de la evolución histórico-constructiva de las estructuras más complejas; por ejemplo, para distinguir las etapas de edificación de las ampliaciones de la muralla (que son mucho menos unitarias de lo que en un principio se pensaba) o, de nuevo, para inferir importantes transformaciones en la articulación del propio ciclo productivo de la piedra. c) Articulación de estructuras simples. El término estructura simple es nuestra adaptación del concepto elementary building de Hillier y Hanson (2001: 176), con aportes de la noción de lugar primitivo de S. Unwin (2003: 53-73). Los dos primeros entienden el edificio elemental como la celda cerrada, a saber, el espacio delimitado por una solución de continuidad, una barrera, que lo escinde del resto, si bien manteniendo un cierto grado de permeabilidad (por medio de puertas, ventanas o dispositivos similares) con una celda abierta contigua (una celda abierta que puede ser el espacio exterior directamente)20. Basándo-nos pues en estas ideas, en nuestro trabajo concebimos la estructura simple, como un habitáculo sin subdivisiones físicas categóricas 21; puede ser la cabaña de alguno de los primitivos pobladores de la Gasteiz del siglo VIII, la nave de una pequeña ermita o de una gran parroquia, el patio de un claustro, el espacio de una sacristía o de una capilla, el hueco definido por los muros de una torre de vigilancia, Fig. 8. Tal como pretendemos enfocar su estudio, el sistema urbano de Vitoria-Gasteiz se despliega en múltiples escalas. Todas ellas coexisten coherentemente, encajando unas sobre otras como las piezas de una muñeca rusa, o como en la ilustración «Peces y escamas» de Escher. En el enfoque confluyente, la respuesta a ciertos problemas que se plantean a determinada escala, a menudo se encuentran en otra distinta lante-que visualmente pueda dar la apariencia de una celda abierta. En esos casos, la clave para distinguir la celda cerrada de la celda abierta consistiría en tener en cuenta que el espacio de aquélla está reservado para el habitante -en el caso de la tienda, sería el propio comerciante-, mientras que la celda abierta (el espacio exterior) es el espacio del visitante, aquel individuo esencialmente ajeno a la celda cerrada -en nuestro ejemplo, la persona situada al otro lado del mostrador-: «La celda cerrada es el dominio del habitante, sólo, mientras que la celda abierta es el lugar del interfaz habitante-visitante. Este edificio elemental no concierne en exclusiva a la antigüedad o a las sociedades primitivas. Se pueden encontrar ejemplos aún hoy día. Por ejemplo, la tradicional tienda -que durante el día dispone fuera sus productos en el espacio en frente de la celda cerrada, haciendo que el espacio interior sea lo más continuo posible con respecto al exterior-está explotando el potencial básico de esta estructura. Por la noche, todas las mercancías se colocan dentro de la celda cerrada y la permeabilidad es completa». 21 En la propuesta de Hillier y Hanson un espacio sin subdivisiones físicas evidentes puede estar fuertemente estructurado en base a otros criterios derivados de la propia codificación social. Así, los distintos ángulos de una habitación pueden tener distinto significado y estar reservados a distintos usos, o a cierto tipo de personas (2001: 177-180). Sin dejar de tomar en consideración esta circunstancia, por una mera cuestión práctica hemos preferido no entrar en el análisis de estos esquemas de ocupación del espacio, salvo en aquellas ocasiones en que nos ha parecido que este tipo de análisis era absolutamente imprescindible para comprender el edificio como espacio de sociabilidad; por ejemplo, en el caso de la nave de una iglesia donde es importante distinguir, altares o deambulatorios de capillas, intercolumnios o sotocoros, áreas no necesariamente bien delimitadas, pero muchas veces reservadas para uso restringido de unos pocos. etc. A una escala inferior, todos estos espacios han sido confeccionados por medio de unos materiales y unas técnicas constructivas determinadas (escalas a y b respectivamente); en una escala superior (d), estas estructuras simples, sirven para conformar otras más complejas; las naves, las capillas y las sacristías hacen la iglesia, las torres hacen la muralla, el conjunto de las viviendas dispuestas a los lados del camino hacen la calle, y así sucesivamente. El estudio de esta escala nos ha servido de puente para conocer de cerca los usos específicos del espacio, la relación entre la geometría social y la cristalización material de las interacciones humanas, en definitiva, como han pretendido Hillier y Hanson, nos han permitido profundizar en la lógica social del espacio. d) Articulación de estructuras complejas. Siguiendo con el enfoque propuesto por los citados autores anglosajones, a una escala mayor, denominaremos estructuras complejas aquellas que entendemos como el producto de la adición de sucesivas estructuras simples (elementary buildings): «Con el paso del tiempo, los lugares que usa la gente se hacen más variados y sofisticados, a la vez que sus interrelaciones ganan en complejidad» (Unwin, 2003: 53). No obstante, es necesario insistir que la distinción entre estructuras simples y complejas no deja de ser un artificio que sólo pretende facilitar el trabajo de análisis; no es tanto una división basada en las características inherentes al objeto de estudio, como una clasificación que, creemos, permite al observador aproximarse a las motivaciones del hecho construido de un modo ordenado y satisfactorio. Así, en el caso de las estructuras simples, consideraremos cualquier espacio contiguo a una celda cerrada como exterior -es decir, como espacio ajeno-; esto se percibe fácilmente en el caso del espacio interior de una cabaña frente a la pradera en la que se enclava, pero también describe el caso de la capilla de un templo cuando la analizamos de forma aislada (en esta ocasión, es el propio templo el que puede considerase exterior a la capilla). En cambio, cuando hablamos de estructuras complejas, hablamos, por así decir, de un encadenamiento de espacios: la cabaña con respecto a la pradera difícilmente podría ser considerada como una estructura compleja, salvo si por ejemplo esta cabaña se rodeara de un cercado; ahí, ya se produciría un mínimo encadenamiento de espacios (antes de entrar en la cabaña es necesario entrar en el cercado). En el ejemplo de la capilla, el encadenamiento se produce con sólo cambiar de escala de análisis, porque una capilla habitualmente sólo se comunica con la nave del templo del que forma parte, de modo que, para acceder a ella lo normal es que primero se haya entrado en el templo. Esta cadena podría ampliarse sucesivamente si el templo, por ejemplo, se encontrase dentro de un convento. Esta es la escala de articulación compleja donde se perciben más coherentemente la mayoría de los edificios tratados en nuestras investigaciones sobre Vitoria: nos referimos a las iglesias (Santa María, San Vicente, San Miguel, San Pedro y San Ildefonso) y a los conventos (Santo Domingo, San Francisco y Santa Clara). e) Articulación del tejido urbano. Nuestra definición de esta escala de estudio es, en su mayor parte, deudora de las reflexiones de K. Lynch sobre el fenómeno urbano -particularmente de sus conceptos de senda, borde, barrio, nodo y mojón (2004: 62)-, si bien la noción de tejido urbano y de aglomeración en Caniggia y Maffei (1995: 80), nos han influido de forma considerable. Como cabe deducir por lo dicho en las escalas inferiores, en nuestro esquema de análisis el tejido urbano es el resultado de la acumulación, o mejor, de la aglomeración, de un conjunto de estructuras complejas; las iglesias, los conventos, las viviendas, los patios o los solares de huertas, son ejemplo de algunas de éstas. De la interactuación de todos estos elementos, emerge la urbe como esa propiedad del todo que los componentes no poseen pos sí solos: «La forma urbana es cumulativa (...) pero es algo más y algo distinto que la sola acumulación» (Lefevbre, 1972: 125). El carácter emergente de la ciudad se percibe en las consecuencias físicas de la aglomeración de las distintas entidades; las calles (sendas, según la terminología de Lynch), las murallas (bordes), las circunscripciones parroquiales, los arrabales o la judería (barrios), las plazas o cementerios (nodos) y las propias iglesias, en cuanto que referencias físicas dentro del entramado urbano (mojones). En esta escala es donde se visibiliza en su globalidad el patrón de organización del sistema urbano de Vitoria-Gasteiz; los distintos edificios que lo componen pasan gradualmente a un segundo o tercer plano (sobre todo la arquitectura residencial), si bien aquéllos que expresan con mayor determinación la presencia de una comunidad, es decir, que constituyen polos de congregación 22, despuntan como ejes articuladores del urbanismo; es el caso de las murallas y de los propios templos (también de los mercados por ejemplo). En lo urbanístico, las murallas compactan, dan coherencia al tejido urbano; en lo social, lo definen, trazan la línea que distingue a los que viven dentro -y por lo tanto son Vitoria-de los que viven fuera. Los templos también contribuyen a la construcción de una identidad común, en primer lugar porque en todos ellos se reproduce un mismo sistema de creencias, en segundo lugar porque, de algún modo, la iglesia es entendida como la casa de todos, la casa de casas; todos los vecinos de la ciudad pertenecen a alguna parroquia 23, todos los antepasados de la comunidad se encuentran sepultos en el cementerio parroquial (que durante gran parte de la Edad Media estuvo dentro del propio recinto templario). f ) Articulación del hinterland. El sistema urbano Vitoria-Gasteiz no es un fenómeno aislado. Como sistema termodinámico abierto, la ciudad depende por completo del medio en el que evoluciona; de él obtiene prácticamente todo, alimentos, materias primas, productos manufacturados de toda índole, efectivos demográficos, formas de organización, sistemas tecnológicos, simbólicos, sistemas de creencias, políticos, constructivos, etc. 24 Aunque apa-rentemente pudiera parecer que las murallas hacen de la ciudad una especie de gueto, es evidente que Vitoria-Gasteiz ha vivido a lo largo de su historia de la apertura, nutriéndose de los flujos de materia y energía procedentes del exterior, si bien, por supuesto, todo lo que ha llegado ha sido después reelaborado, sintetizado y asimilado, para construir poco a poco su singularidad. Dentro de una concepción reticular del sistema urbano, Vitoria sólo es un nodo entre miles, como es evidente, sus relaciones han sido históricamente más fluidas con los centros geográficamente más próximos, y por ello, en nuestras investigaciones nos hemos referido con mayor frecuencia a ciudades como Pamplona, San Sebastián, Burgos, Bilbao, Logroño, etc. A esta escala, resulta por ejemplo muy estimulante la sola reflexión sobre el origen de los apellidos de las familias que detentan el poder en Vitoria a finales de la Edad Media; estos linajes, mecenas de las grandes operaciones constructivas en los templos vitorianos, nos remiten a poblaciones que sin duda hay que incluir en la red de 23 Evidentemente, quizá con la salvedad de aquéllos que profesan otras religiones; judíos, y en mucha menor medida musulmanes. 24 Según Fernández-Galiano: «La inexcusable dependencia entre organismo y medio es, en efecto, manifestación del mismo fenómeno que causa la heteronomía de lo construido. La autonomía es, como se sabe, sólo característica de la simplicidad: todo lo complejo es heterónomo, o si se prefiere,'interdependiente'. Una granja necesita de sus tierras de labor; una ciudad, de su ́hinterland' como los innumerables asedios de la historia bélica de la humanidad se han ocupado de subrayar» (1991: 93). centros mejor conectados con Gasteiz; Lequeitio, Estella, Bermeo, pero también -más cerca-Maturana, Escoriaza, Mendoza, Salinas, etc. (Fig. 9). Ahora bien, el espacio que más hemos, por así decir, «trillado», ha sido el de la Llanada alavesa occidental, el área que más directamente ha co-evolucionado con Gasteiz (en una suerte de relación simbiótica) hasta incluso fundirse con ella. Hablamos de aquellas localidades, inmediatas, que en algunos casos acabarían formando parte incluso de su término municipal; desde Adurza hasta Arriaga, desde Subijana a Matauco. De hecho, macroescalarmente, no podemos sino constatar la profunda relación existente entre el crecimiento del término municipal de Vitoria entre los años 1258 y 1286 y, en la microescala, la imperiosa necesidad de la ciudad para asegurarse el suministro de piedra con que sustanciar su estructura urbana (la mayoría de las localidades que históricamente han abastecido de piedra a Gasteiz entraron a formar parte del municipio precisamente en 1258). Por otro lado, resulta interesante reconocer que uno de los «flashes» iniciales que nos impulsaron a aplicar el enfoque sistémico al estudio de Vitoria, fue un mapa que se nos venía en mente sólo con repasar algunas de las celebraciones festivas más importantes de la ciudad y comprobar cómo mediante distintas romerías, Vitoria, o los vitorianos, persisten (o persistían, porque algunas ya no tienen lugar) en ejercitar su memoria, trazando anualmente diversas rutas que parecen funcionar como una red de anclajes físico/psicológicos que unen el núcleo de la urbe con ciertas localidades del entorno inmediato imprescindibles para la comprensión de su propia historia25, a saber, Armentia en San Prudencio, Avendaño en la Ascensión, Arriaga en San Juan, Estíbaliz el primero de Mayo y Olarizu el primer lunes después de la Virgen de Septiembre. Dibujados sobre el plano los respectivos recorridos procesionales, la ciudad situada al centro adquiere el aspecto de un octópodo que extiende sus tentáculos como intentando aferrar su propia memoria. Esta visión podría servir como síntesis gráfica de nuestra concepción de Vitoria-Gasteiz al centro de su hinterland (Fig. 9). El hinterland cierra el elenco de las escalas consideradas en nuestras investigaciones sobre Vitoria, pero antes de finalizar con el epígrafe desearíamos hacer una observación más. Probablemente el lector haya percibido cierta similitud estructural entre la subdivisión que proponemos y otras sistematizaciones bien conocidas en Arqueología; la analítica de G. P. Brogiolo (1988, habitualmente aplicada en Arqueología de la Arquitectura y compuesta de menor a mayor por; Unidad Estratigráfica Mural, Elemento Arquitectónico, Estructura Horizontal, Unidad Funcional, Alzado Particular, Alzado General, Cuerpo de Fábrica y, finalmente, Complejo Arquitectónico), o la sintética de A. Carandini (1996, Unidad Estratigráfica, Actividad, Grupo de Actividades y Períodos). El parecido no es casual, primero porque ambas sistematizaciones han sido referencia fundamental para el conjunto de la arqueología moderna y, cómo no, para nosotros; segundo, porque ambas responden al aserto fundamental de todo enfoque sistémico: «los objetos en sí mismos son redes de relaciones inmersas en redes mayores» (Capra, 1998: 57). Sin embargo, ninguna de ellas se plantea un horizonte inferior a la Unidad Estratigráfica, ni ninguno superior al edificio o al yacimiento concreto. Es por ello que, de algún modo podría considerarse que ambas quedarían englobadas entre nuestras escalas 'b' y 'd' (Técnica constructiva y Articulación de Estructuras Complejas). El nivel de comprensión 'e' resulta más difícil de alcanzar, si bien en el campo de la Arqueología Urbana son muchos los esfuerzos que se hacen en este sentido, como se ha encargado de señalar últimamente el propio Brogiolo (2007: 27-28). Con todo, estos límites resultaban restrictivos para el análisis que pretendíamos del sistema urbano vitoriano, y por esa razón hemos preferido diseñar un marco más ajustado a nuestras necesidades. Como es evidente, la definición de este elenco de escalas ha comportado un grado de subjetividad nada desdeñable, aunque creemos que se ha tratado de ese tipo de subjetividad que para Carandini es absolutamente pertinente: «Sin probar el drama de la pérdida de objetividad no estaremos nunca seguros de haber utilizado hasta el mínimo indicio como ladrillo para erigir nuestra construcción histórica» (1996: 138). Redes y relaciones estratigráficas El concepto de red es fundamental para la comprensión de cualquier sistema. Los primeros en percibir este tipo de esquemas de organización fueron, en los años 20, los ecólogos que estudiaban las redes de alimentación, después el concepto se extendió a otras ciencias (Capra, 1998: 100). Los geógrafos la conciben en tres sentidos: a) como polarización de puntos de atracción y difusión, que es el caso de las redes urbanas; b) como proyección abstracta, que es el caso de los meridianos y paralelos en la cartografía del globo, y; c) como proyección concreta de líneas de relaciones y conexiones, que es el caso de las redes hidrográficas, las redes técnicas territoriales, etc. (Santos, 2000: 222). Por otra parte, ha sido la capacidad de abstracción de los matemáticos la que ha permitido la representación gráfica de estos esquemas de tan difícil comprensión: «las redes o 'grafos' han sido un campo de investigación muy activo entre los matemáticos (...) un grafo es una representación abstracta de un sistema cualquiera, en el que los elementos del sistema o 'nodos' se relacionan entre sí mediante conexiones que indican la presencia de una interacción» (Solé, 2009: 32-33). Prácticamente todo lo que nos rodea responde a algún patrón o esquema de tipo reticular; por supuesto en el mundo biótico («si vemos vida, vemos redes», Capra, 1998: 100), por ejemplo, en el modo en que se organizan las neuronas del cerebro, pero también en la configuración de los transportes, en las infraestructuras energéticas, en los sistemas de información o en la interconexión de los mercados. La red es también social, política, técnica, religiosa, si bien debemos insistir -a despecho de la materialidad con que se impone a nuestros sentidos-que la red es, en realidad sobre todo, una abstracción, una herramienta de comprensión (Santos, 2000: 222). El esquema reticular también subyace en la organización y estructura del entramado urbano de Vitoria-Gasteiz (Fig. 10). De hecho, si se revisa lo apenas comentado en el epígrafe 4.3., creemos que se percibirá con claridad el hecho de que los distintos niveles de profundización propuestos podrían expresarse de forma sintética simplemente aludiendo a la red de objetos que interaccionan en cada una de las escalas; las remesas de distintos tipos de piedra (a), los muros que se diferencian según el modo en que se compone aquellos materiales pétreos (b), las habitaciones que se articulan mediante la erección de esos muros (c), los edificios que se conforman a partir del encadenamiento de habitaciones (d), el coágulo de edificios que da lugar a la ciudad (e), o la constelación de poblaciones que forman el hinterland vitoriano (f ). La división en escalas que hemos propuesto puede resultar, a primera vista, contradictoria con respecto a nuestro discurso (puesto que al diseccionar la globalidad se destruye el sistema como tal), pero no proponemos las distintas escalas como cajones estancos, rellenos de colecciones de objetos aislados, sino como método de clasificación útil para ordenar de forma más fácilmente comprensible los nodos de esa compleja retícula que es todo sistema urbano. A partir de esa visualización en distintas escalas nos resultará más sencillo hacer inteligibles las relaciones, o dicho de otro modo, podremos cartografiarlas de un modo comprensible. En esta línea, nos pareció un buen punto de partida el planteamiento del geógrafo M. Santos, para quien el espacio está formado por un conjunto indisoluble («solidario y también contradictorio») de sistemas de objetos y sistemas de acciones, por supuesto, no considerados aisladamente, sino como el contexto único en que se realiza la historia. Según Santos, los sistemas de objetos y sistemas de acciones interactúan; por un lado, los sistemas de objetos condicionan la forma en que se dan las acciones y, por otro lado, el sistema de acciones lleva a la creación de objetos nuevos o se realiza sobre objetos preexistentes; «así, el espacio encuentra su dinámica y se transforma» (2000: 54-55). Siguiendo este planteamiento, el sistema de objetos de nuestro trabajo sería toda esa colección de elementos, componentes de la urbe antes aludidos (y clasificados en sus distintas escalas), mientras que el sistema de acciones sería más bien el sistema de relaciones que debería regir la convivencia entre los objetos; porque en definitiva, las acciones las producen los objetos y ellos son también los que reciben los efectos. En abstracto, el esquema gráfico que se derivaba de esta concepción era necesariamente reticular (los objetos serían los nodos donde confluirían las líneas que representan acciones/relaciones), lo cual de forma espontánea nos recordó a un tipo de esquema en red con el que estábamos bastante familiarizados; el del diagrama estratigráfico. Un tipo de diagrama que responde por completo a los parámetros de representación grafica de las 'redes' o 'grafos' en tanto que se trata una representación abstracta: «una representación global de la estratigrafía no puede ser topográfica, es decir, realista, sino solo estratigráfica, es decir, reducida a la única dimensión del tiempo relativo, lo que comporta el paso del verismo al simbolismo» (Carandini, 1996: 79). Reflexionando sobre representaciones gráficas abstractas, no pudimos sino reafirmarnos en la convicción de que la «argamasa» de nuestro edificio teórico estaba precisamente en las relaciones estratigráficas, y que, de hecho, era el enfoque estratigráfico el mejor anclaje de nuestro trabajo a los presupuestos sistémicos (recordemos, «para el pensador sistémico las relaciones son prioritarias», Capra, 1998: 57). Las relaciones estratigráficas funcionan en todas las escalas propuestas -no sólo en las más asiduamente tratadas por la arqueología de campo (las estructuras simples y complejas de nuestra nomenclatura)-, conectando objetos no sólo dentro de cada uno de ellas, sino también entre escalas distintas. Constituyen además la plasmación física de las acciones -antrópicas o naturales-de erosión, transporte y deposición; más adelante volveremos sobre esta cuestión fundamental. H. Lefebvre, concebía el urbanismo de la ciudad como la forma pura «el punto de encuentro, el lugar de una congregación, la 'simultaneidad'. Esta forma no tiene ningún contenido específico, sin embargo todo se acomoda y vive en ella. Es una abstracción, pero contrariamente a una entidad metafísica, es una abstracción concreta, ligada a la práctica » (1972: 125). En el enunciado de Lefebvre -sólo aparentemente confuso-subyacen dos niveles de comprensión que si bien no pueden existir por separado, requieren una mínima disección que permita el análisis; hablamos de diferenciar lo abstracto de lo concreto en la forma urbana. A decir de los especialistas, la perspectiva sistémica es esencialmente un enfoque de patrones, patrones reticulares como los que acabamos de tratar en el epígrafe precedente. No obstante, con ser fundamental, la comprensión del patrón no resulta suficiente si no va acompañada de la descripción de la estructura del sistema. Es importante diferenciar ambos conceptos; así, por patrón de organización del sistema entendemos la configuración de las relaciones entre sus componentes, la red antes aludida, que determina las características esenciales del sistema (Figs. Por estructura del sistema entendemos sin embargo la corporeización física de su patrón de organización. Mientras que la descripción del patrón de organización implica una cartografía abstracta de relaciones, la descripción de la estructura implica el relato concreto de las características formales de sus componentes físicos 26 (Capra, 1998: 172). A lo largo de nuestras investigaciones sobre el entramado urbano de Vitoria nos hemos esforzado en hacer justicia a los dos niveles de comprensión, si bien es verdad que la descripción de la estructura, del cuerpo físico de la ciudad (tal como lo perciben nuestros sentidos) y de los elementos que la componen, ha recibido nuestra mayor atención. No obstante, en no pocas ocasiones también hemos recurrido a la esquematización, con el fin de buscar los 26 Capra propone el siguiente ejemplo práctico: «Para ilustrar la diferencia entre patrón y estructura, tomemos un sistema no vivo bien conocido: una bicicleta. Para que algo pueda ser llamado una bicicleta, deberá existir un número de relaciones funcionales entre sus componentes conocidos como cuadro, pedales, manillar, ruedas, cadena, ruedas dentadas, etc. La configuración completa de estas relaciones funcionales constituye el patrón de organización de la bicicleta. La estructura de la bicicleta es la manifestación física de su patrón de organización en términos de componentes de formas específicas, hechos materiales específicos. El mismo patrón 'bicicleta' puede manifestarse a través de muchas estructuras distintas. El manillar tendrá distinta forma para una bicicleta de paseo, otra de carreras y una de montaña; el cuadro podrá ser pesado y sólido o ligero y delicado, los neumáticos podrán ser estrechos o anchos, tubulares o macizos. Todas estas combinaciones y muchas otras serán reconocidas como diferentes manifestaciones físicas del mismo patrón de relaciones que define a una bicicleta» (1998: 173). patrones de organización que están detrás de la estructura evidente. El diagrama estratigráfico, también conocido como matrix Harris es un ejemplo de esto último, pero también hemos acudido a formulaciones sencillas de los llamados'y-maps','interface maps' o 'decomposition maps' de Hillier y Hanson (2001: 97-122). Estructuras disipativas 27 y proceso El edificio o la ciudad tienen en común con el organismo vivo la necesidad de degradar continuamente energía 27 Puede decirse que estructura disipativa es el término prácticamente sinónimo que emplea F. Capra para referirse a los sistemas termodinámicos abiertos. Éste a su vez toma el término del químico y físico de origen ruso I. Prigogine (1998: 103). para mantener la organización morfológica que se halla en la base de su existencia. Si observamos una ciudad, una población cualquiera, entendemos que se les considere sistemas termodinámicos abiertos, en tanto que percibimos como algo evidente que viven de su apertura, es decir, que subsisten gracias a los flujos de materia y energía que intercambian con del mundo exterior. Cualquier ciudad, separada de su medio, se desintegraría rápidamente. Por decirlo de otro modo, la ciudad es la encarnación, local y singular, de los flujos que no dejan de transformarla (Fernández-Galiano, 1991: 90). Señalaba I. Prigogine que la ciudad existe sólo en situación de no-equilibrio: «La ciudad vive gracias a que intercambia materias primas o energía con el campo que la circunda. Es la función la que crea la estructura. Pero la función, el flujo de materia y de energía, es evidentemente una situación de no-equilibrio» (2005: 34). Efectivamente, mientras que en un sistema sencillo, como por ejemplo una bicicleta o un molino, las partes han sido diseñadas, fabricadas y ensambladas para formar una estructura de componentes fijos, en un sistema complejo como la ciudad, los componentes mutan continuamente, se sintetizan y asumen nuevas estructuras, o se eliminan las sustancias sobrantes. En definitiva, la ciudad dispone de su propio metabolismo 28. En la ciudad, los nuevos trazados urbanísticos se agregan, se superponen o directamente sustituyen a los antiguos; generación tras generación, los distintos contingentes humanos se suceden; hay crecimiento, desarrollo y evolución. No obstante, el metabolismo de la ciudad no debe medirse sólo en la dimensión material; la ciudad también asume ideas, adopta -y adapta-formas de organización o estructuras sociales que después comparte con el resto de poblaciones de su entorno. En este sentido, algunos investigadores no dudan en afirmar que, desde un cierto punto de vista, la ciudad aprende 29. Esta sorprendente propiedad de algunos sistemas, sugiere el proceso como tercer criterio para una completa descripción de la naturaleza de una ciudad. En tanto que el proceso es la actividad que se ocupa de la continua corporeización del patrón de organización del sistema, el criterio de proceso constituye el vínculo entre patrón y estructura. No obstante, resulta imposible abordar ni siquiera en el marco de las investigaciones más ambiciosas todos los procesos que confluyen en el metabolismo de una ciudad, ni siquiera ciñéndonos a un estadio evolutivo primario de la urbe, como podría ser el caso de la Gasteiz medieval. Por ello, en nuestras investigaciones hemos dejado a un lado la mayoría de las formas de absorción metabólica (como alimento, vestuario, bienes durables, o materiales combustibles, etc.), para concentrarnos, por un lado, en el meta-bolismo relacionado con los materiales de construcción -sustancia esencial del tejido urbano-y, por otro, en lo referente a la asimilación y desarrollo las formas de edificar, y a los modos de articular socialmente el espacio (Fig. 13). Retroalimentación (feedback) y recursividad Originalmente, en matemáticas, un bucle de retroalimentación corresponde a una determinada clase de proceso nolineal conocido como iteración, en el que una función opera reiteradamente sobre sí misma, o dicho de otro modo: «un bucle de retroalimentación es una disposición circular de elementos conectados causalmente, en la que una causa inicial se propaga alrededor de los eslabones sucesivos del bucle, de forma que cada elemento tiene un efecto sobre el siguiente, hasta que el último 'retroalimenta' el efecto sobre el primer eslabón en que se inició el proceso. son el cuerpo humano y la sociedad; nos referimos entre otros a circular, dormir, comer, beber o deponer, pero también orar, dialogar, intercambiar, etc. Según esta lógica del bucle, en principio, cuanto más frecuente sea el uso de una vía de comunicación, más posibilidades habrá de que la comunidad se preocupe por mejorar el camino, y cuanto mejor sea el camino más tráfico atraerá y más se erosionará, de modo que dicha comunidad deberá invertir más en el mantenimiento, y así sucesivamente. En un sistema complejo como la ciudad los pequeños cambios pueden tener efectos espectaculares, ya que pueden ser repetidamente amplificados por la retroalimentación reforzadora, esto se debe a que los ciclos retroalimentados están siempre enlazados unos a otros. Los ciclos pueden estar interconectados -por así decir, de igual a igual-dentro de una misma escala30, pero también pueden encadenarse interescalarmente, de modo que el mínimo cambio en los ciclos de los niveles inferiores puede desencadenar un efecto en cadena con gran repercusión en los ciclos de mayor escala31; es la consecuencia de lo que Hofstadter denomina específicamente recursividad 32. Retroalimentación y recursividad han estado siempre en la base de la interpretación de los procesos históricos. Pensemos por ejemplo, en el caso de un conocido ciclo retroalimentado, tratado con frecuencia por la historia económica medieval; la rotación de cultivos. Este ciclo (introducido a fines del siglo VIII), al mejorar la productividad del suelo, favoreció en principio la obtención de nutrientes y el crecimiento demográfico (White, 1973: 85-93). Una de sus consecuencias probables: el crecimiento de los núcleos de población. Con su mayor tamaño poblacional, las aglomeraciones fueron capaces de generar mayor cantidad de residuos, que en gran parte pudieron ser reutilizados como fertilizante en el campo, lo que aumentaría la productividad del suelo (Johnson, 2003: 100). En este ejemplo, apreciamos retroalimentación (puesto que advertimos como el primer eslabón se ve afectado por el Fig. 14. «Según es generalmente sabido, el modelo básico es un proceso circular en el cual parte de la salida es remitida de nuevo, como información sobre el resultado preliminar de la respuesta, a la entrada, haciendo así que el sistema se autorregule, sea en el sentido de mantener determinadas variables o de dirigirse a una meta deseada» (Bertalanffy, 1976: 167). M. C. Escher, Manos dibujando En la práctica, todos los sistemas complejos que nos rodean (desde nuestro sistema neuronal a los circuitos integrados de un ordenador, desde la colonia de hormigas hasta la sociedad de la que participamos) funcionan en base a la retroalimentación (Figs. Reflexionemos concretamente sobre la urbe. Arquitectura y urbanismo se basan en el reforzamiento de los hábitos básicos que requieren el individuo y la sociedad para su existencia, hábitos que en sí mismos son ciclos retroalimentados cuya pretensión es el sostenimiento de esos otros sistemas que último)33, pero también apreciamos la recursividad, porque lo que en origen sólo era de un avance tecnológico puntual que pretendería aumentar la productividad de una explotación -y mejorar las condiciones de vida de sus beneficiarios directos-, debido al éxito y difusión de la fórmula, pudo acabar transformando a escala continental el régimen demográfico de la población europea (debemos señalar no obstante, que por supuesto, fenómenos a gran escala, como el del crecimiento demográfico entre los siglos VIII y XI, nunca responden a un único factor detonante sino que son el resultado de la confluencia de un conjunto de ellos) 34. Por supuesto, mecánicas de este tipo subyacen tanto en los períodos de crecimiento como en sus contrarios. ¿Qué decir de las pandemias y los mecanismos utilizados por los virus para su contagio?, la retroalimentación también estuvo presente en fenómenos como el de la Peste del XIV. Ahondando en esta idea, G. Bois señala por ejemplo la deflación como clave central de la crisis bajomedieval, optando para su descripción por un sinónimo de retroalimentación, a saber, autoalimentación: «Si la evocación de la palabra produce escalofríos, es por el efecto destructor que todos coinciden en reconocer a la 'deflación'. El movimiento se 'autoalimenta'; descenso de los precios y de la producción se refuerzan mutuamente en un deslizamiento que puede volverse dramático. (...) El problema consiste en comprender los principales mecanismos de la espiral» (2001: 104). Según Bois, el deshinchamiento de la burbuja especulativa, la contracción de oferta y de la demanda son los factores detrás de la crisis bajomevieval. Se trata de los ciclos que -hacia arriba-desencadenan el gran bucle de la crisis, los mismos que -hacia abajo-se pueden subdividir en nuevos ciclos hasta alcanzar el caso puntual, el comportamiento individual: «Aquí tocamos la parte sumergida del iceberg económico. Cada burgués, cada notable, estaba al frente de un patrimonio inmueble de un valor respetable. (...) Ahora bien, el valor mercantil de estos bienes no había cesado de ascender beneficiándose del crecimiento urbano (...) entre el coste del inmueble urbano y los ingresos salariales se había abierto una distancia considerable (...) Dicho de otra manera, el sector inmobiliario, que representaba una gran proporción de los activos de los ricos, se había beneficiado de lo que hoy llamaríamos una 'burbuja especulativa'» (Ibidem: 106). Obsérvese por tanto cómo la crisis bajomedieval hunde una parte importante de sus raíces en las dinámicas del sistema urbano y cómo, por otro lado, es la retroalimentación la que hace que una multiplicidad de actos individuales puedan convertirse en fenómenos imprevisibles a gran escala. Se trata según P. Krugman, de una suerte de organización espontánea de la economía 35. El propio Krugman nos revela que los procesos de retroalimentación afectan no sólo a las transacciones económicas sino también a la organización del espacio urbano. Sus investigaciones se refieren a las grandes metrópolis modernas, o mejor, a las edge cities, pero al leer sus conclusiones resulta difícil sustraerse a la sospecha de que quizá la distribución espacial de las distintas actividades en la ciudad medieval no se rigiera por pautas de segregación muy diferentes a las de las empresas actuales (modelo de segregación de Schelling, 1997: 24-32). En cualquier caso, la retroalimentación también ocupa un espacio importante en el campo de la Arqueología. La percibimos por su puesto en la génesis de la estratificación (el ciclo de erosión/destrucción, movimiento/transporte y depósito/acumulación, Carandini, 1996: 25) pero también la encontramos presente en los procesos de generación de la cultura material, los ciclos productivos de Mannoni y Giannichedda (2004). Según estos autores, los ciclos productivos preindustriales pueden ser descritos como secuencias de operaciones que permiten transformar un material en un producto con características diversas: «en teoría, cada una de estas actividades se podría subdividir posteriormente, iniciando con ello un proceso que sólo tendría su fin cuando se aislase cada gesto técnico precedente o sucesivo. De esta forma, para cada uno de estos gestos se deberían separar también los caracteres específicos de cada persona, entre ellos la anatomía, la psicomotricidad, la voluntad y la atención.» (2004: 77). Como vemos, en los ciclos productivos también hay sitio para la recursividad. En nuestra investigación hemos prestado una especial atención al ciclo productivo de la piedra36 en tanto que es la materia fundamental a partir de la cual se ha estructurado la mayor parte del patrimonio construido que ha llegado a nosotros (Fig. 16). Por supuesto, existen otros ciclos igualmente importantes en la generación de la estructura urbana que merecerían un tratamiento específico; el ciclo productivo de la madera por ejemplo, imprescindible en la arquitectura preindustrial (pensemos en las cabañas de la Gasteiz del siglo VIII, y aún en la estructura interna de cualquier inmueble vitoriano hasta mediado el siglo XX), o el ciclo de la cerámica para el conocimiento de la conversión de arcillas en adobes o ladrillos. No obstante, hemos tenido que optar por uno sólo de estos ciclos con vistas a no exceder nuestras posibilidades. Sociología del error y marco cronológico de nuestros trabajos Tradicionalmente, la historia del conocimiento se centra en los exitosos pasos hacia adelante, en las ideas vanguardistas y en los saltos conceptuales; nula o escasa atención 35 «Consideramos que hemos logrado arrojar luz sobre un fenómeno cuando conseguimos demostrar cómo ese fenómeno -el 'macrocomportamiento'-emerge de la interacción de decisiones de familias o empresas aisladas. Los modelos más satisfactorios serían aquellos en los que el comportamiento resultante es más sorprendente si lo comparamos con los 'micromotivos' de los participantes» (Krugman, 1997: 23). Los ciclos retroalimentados están muy presentes en Arqueología. En la imagen, una visión sintética de la parte del ciclo de la piedra que respecta a la construcción de un edificio reciben sin embargo las ideas o proyectos fallidos, aquellos oscuros continentes del error y del perjuicio. Revelándose ante lo que juzga una carencia en la historia del conocimiento, S. Johnson defiende precisamente la sociología del error37 como una de las mejores vías para alcanzar una comprensión integral del hecho de la evolución humana (2008: 17). En la misma línea, K. Kelly llega incluso a interpelarnos: «honrad vuestros errores » (2002: 140). Según estos autores, para avanzar más allá de lo ordinario se requieren siempre nuevos espacios de trabajo, lo que implica en cierta medida el abandono de los métodos o territorios convencionales; una aventura que tiene sus peligros, y cuyas consecuencias son a menudo indiscernibles de lo que llamamos error. Incluso el acto más brillante de la mente humana es un acto de ensayo y error. Kelly afirma que el Error, aleatorio o deliberado, debería convertirse en una parte integral de cualquier proceso de creación: «La evolución se puede entender como la administración sistemática del error» (Ibidem: 141). No se trata de una afirmación novedosa, ya a mediados del siglo XX, T. S. Kuhn apuntaba que la percepción de la anomalía constituye un componente básico de los descubrimientos científicos (2001: 93). Anomalía no es exactamente lo mismo que error pero ambos términos comparten un mismo esquema conceptual; es lo inesperado frente a lo esperado, el ideal frente a la realidad práctica 38. La sociología del error en nuestro trabajo se puede entender a varios niveles. En primer lugar, al nivel de la investigación misma (o incluso al nivel del texto que ahora presentamos). Este artículo es una selección de las reflexiones que han primado en nuestro trabajo, concretamente aquéllas que hemos considerado que nos han permitido alcanzar con cierto éxito los objetivos que nos planteábamos, pero, por su puesto, ha habido otras muchas reflexiones que nos han conducido a dolorosos callejones sin salida, y, cómo no, han quedando fuera de esta presentación. Aún y todo, todas aquellas «erradas» líneas de investigación nos han ayudado a fijar la deriva de nuestro enfoque metodoló-Fig. La evolución puede entenderse como una gestión sistemática del error. La Pirámide Romboidal es probablemente el eslabón más expresivo de la evolución arquitectónica de las pirámides; un error de cálculo obligó a corregir la inclinación de sus caras sobre la marcha. Esta experiencia sirvió para los siguientes prototipos. A otro nivel, en San Pedro de Vitoria, vemos como los contratiempos se acaban gestionando con éxito; la idea original (A) era construir un templo completamente nuevo (morado) desechando el primitivo (naranja), pero la nueva obra no avanzó lo deseado debido a la falta de recursos (B), los artífices optaron por una solución más económica, unir, mediante un cuerpo de fábrica imprevisto en los plantes originales (rosa), lo viejo, con lo poco que se había logrado hacer de lo nuevo. De ahí las anomalías que presenta la planta del edificio actual gico, logrando dar -creemos-un sentido más profundo y genuino a esas líneas de trabajo «correctas». En segundo lugar, al nivel de los datos. Investigar en busca de un objetivo u objetivos, errar al trazar la línea para alcanzarlos, en fin, remar durante un tiempo en la dirección equivocada, implica a menudo generar una gran cantidad de datos -en este caso, para el conocimiento de la historia de Vitoria-Gasteiz-, que aun siendo interesantes, sin embargo suelen no cuadrar dentro del marco previsto de una investigación dada, puesto que ésta debe caracterizarse por una línea argumental clara, coherente, compacta y cualquier digresión tiende a producir «ruido». En tercer lugar, al nivel del conocimiento mismo de los procesos constructivos. Así, salvo quizá en el caso las murallas, podemos afirmar que en los trabajos de erección de los templos vitorianos rara fue la ocasión en la que un proyecto se concluyó en el plazo y las formas previstas al inicio de las obras. A menudo se produjeron interrupciones que dejaron huella en los edificios; hasta el punto de que, a veces, da la impresión de que estos están hechos a base de retales de las más variadas formas y estilos arquitectónicos. Esta constatación podría hacernos pensar en un alto grado de imprevisión, amén de continuos errores de cálculo, por parte de constructores y promotores (Fig. 17). Pero si bien algo de esto hay, la realidad parece que fue más bien otra. Lo habitual es que los artífices fueran conscientes de que los trabajos se prolongarían durante décadas, circunstancia que se limitaban a aceptar con resignación, de modo que cuando los recursos lo permitían se avanzaba todo lo posible, y cuando no había fondos se esperaba pacientemente hasta poder contar con ellos. Evidentemente, lo lógico era que, al retomar los trabajos, la concepción del proyecto original se hubiera transformado por completo, una reformulación que trataría de aprovechar las nuevas posibilidades técnicas y adecuarse a los cambiantes gustos arquitectónicos. Por supuesto, este no es un hecho exclusivo de Vitoria, se trata de un fenómeno endémico en la arquitectura europea de prácticamente todo el período preindustrial. Erlande-Brandenburg observa: «sorprende la aparente indiferencia de los promotores de obra; éstos, dejaban para sus sucesores el cuidado de arreglar los problemas a medida que se presentaran, mientras ellos se contentaban con solucionar los más inmediatos » (1989: 198). Como vemos, anomalía o error, se asumían como una parte constitutiva del proceso constructivo, haciendo buena la afirmación de K. Kelly antes aludida: «la evolución se puede entender como la administración sistemática del error» (2002: 141). Es un hecho que apreciamos claramente en la arquitectura de los templos vitorianos; si bien al comenzar la construcción de las distintas iglesias existe una idea más o menos determinada del producto que se pretende obtener, las diversas circunstancias que imponen las interrupciones hacen que el resultado final sea imprevisible, diferente sin duda a la idea original (o a la sucesión de ideas originales, porque cada vez que se reemprende el proyecto se reelabora por completo la idea del producto final a obtener). Sólo aquéllos que desde el presente podemos echar la mirada hacia atrás y apreciar ese producto final como tal podemos hacernos una idea completa del edificio, una perspectiva que muchas veces resulta engañosa porque tendemos a creer que aquello que nosotros percibimos como un todo acabado coincide con la idea original de los primeros constructores: «el acontecimiento sólo es identificable cuando es percibido, es decir, cuando se acaba y se completa. Y el acontecimiento sólo se completa cuando se integra en el medio» (Santos, 2000: 80). El producto final que hoy percibimos es el fruto de la interacción de todas las obras que se han sucedido en los distintos complejos construidos estudiados hasta bien entrado el siglo XX. Todos ellos son fundamentales para la comprensión del edificio como edificio completo; en lo constructivo, no hay posibilidad de primar un período sobre otro, porque todos han intervenido de igual modo en la generación del efecto inesperado y actual que constituye cada iglesia. También por ello, en nuestros trabajos, el estudio arqueológico de cada edificio ha sido, digamos, integral en lo cronológico (desde las primeras obras en piedra del siglo XI hasta el siglo XX) 39. Ahora bien, la mayor parte de nuestras investigaciones se centran en el análisis del período medieval y moderno, debido a que entendemos que el conocimiento de los efectos socio-económicos de los procesos constructivos requieren entrar en tal grado de detalle que, intentar mantener la exhaustividad hasta el siglo XX habría hecho inviable ninguna aproximación. Por último, cabe señalar que este «enfoque del error» es susceptible de ser aplicado tanto al edificio como a la 39 Al respecto de la importancia de la elección de la escala cronológica adecuada para la percepción de ciertos fenómenos nos parecen muy interesantes las reflexiones de Saura i Carulla: «Para comprender cómo cambia un sistema a lo largo de la historia o descubrir la heterogeneidad de su estructura en el espacio se seleccionan respectivamente escalas temporales y espaciales adecuadas. En principio, la escala espacial o temporal escogida es independiente del nivel o niveles jerárquicos del sistema que se pretendan estudiar. La extensión de la escala espacial viene limitada por las propias dimensiones del sistema. Por su lado, la escala temporal tiene sus límites en la persistencia del sistema en el tiempo. Si bien las escalas y los niveles son en principio interdependientes, es cierto que para estudiar la evolución temporal de un determinado nivel será necesario tomar un tiempo de referencia adecuado para que sea observable su evolución» (2003: 28). ciudad en su conjunto; como veremos a continuación, la urbe también es un producto heterogéneo, imprevisto, un laboratorio de prueba/error, en fin, el resultado de diseños que se superponen a otros diseños. Autonomía de la acción La naturaleza funcional y sociológica del espacio urbano no puede estar preestablecida en un plan, no puede responder mecánicamente a las direccionalidades y los puntos de atracción prefigurados por unos diseñadores, puesto que resulta de un número inmenso e inmensamente variado de movimientos y ocupaciones transitorias, imprevisibles la mayoría, que dan lugar a mapas móviles y sin bordes (Delgado, 2007: 13). En este sentido, M. Santos advierte que la cuota de imponderabilidad de toda acción humana depende de la propia naturaleza humana, pero también del carácter humano del medio, es decir, que al contrario de la producción del conocimiento -imposible de separar del proceso que lo ocasiona-, en el dominio de la acción los resultados están siempre separados de aquel que la produce (Fig. 18)40. La construcción de unas murallas con objeto de proteger un asentamiento o para controlar mejor el tráfico local, puede ser un fin conscientemente buscado por el individuo o individuos que deciden promover la creación de una población y su diseño urbano. No obstante, una vez alcanzada la meta principal, no todas las consecuencias que se derivan del proceso puesto en marcha con tal operación entran dentro de los planes previstos por los promotores. La generación de arrabales, el nacimiento de nuevas plazas de mercado inmediatamente por fuera al cinturón mural y otros muchos fenómenos de diversa índole, constituyen una suerte de imponderables, de efectos colaterales o resultados no previstos -quizá incluso no deseados-cuyas consecuencias a menudo sólo pueden ser percibidas en el largo plazo. El fenómeno urbano de Gasteiz también puede ser interpretado desde la perspectiva de la autonomía de la acción; es decir, como un resultado inesperado, aunque fruto de la interacción de múltiples acciones con resultados esperados. Para Y. Barel por ejemplo, la ciudad medieval en sí misma es el resultado inesperado del régimen feudal41; para nosotros el desarrollo poblacional y urbanístico del sistema que llamamos Vitoria -amén de otras razones Fig. 18. Un ejemplo muy gráfico de 'autonomía de la acción' puede ser el de la investigación en el campo de la energía atómica. En la foto, los investigadores germanos que con más ahínco la promovieron desde la esfera científica; no sospechaban las terribles consecuencias que tendría el uso político/bélico de sus descubrimientos pocas décadas más tarde concurrentes-tiene mucho que ver con un impacto del sector de la construcción que fue mucho más fuerte, o mejor dicho, mucho más profundo de lo que los promotores de las distintas obras habían esperado en un primer momento 42. Quizá el principal fin de la muralla fuera proteger un cierto grupo humano, o la de construir un templo fuera la de articular con éste una circunscripción parroquial. Ambas pudieron ser las motivaciones primarias que promovieran el inicio de las respectivas empresas de construcción, ahora bien, los efectos que estos procesos de edificación produjeron fueron mucho más allá de lo evidente; la aldea de Gasteiz después de la construcción del primer recinto mural no sería sólo un asentamiento mejor protegido; además ahora contaría entre sus habitantes con nuevos efectivos demográficos, gentes especializadas en trabajos artesanales relacionados con el sector de la construcción (canteros, herreros, carpinteros, etc.) que durante varios años habían participado en las obras y que habían introducido novedades irreversibles en el tejido económico y social de la aldea. Fines latentes: Vitoria como memoria de sí misma Todos reconocemos de inmediato los fines manifiestos de una ciudad. Una urbe puede ofrecer la protección de una muralla, el libre intercambio de productos en la plaza del mercado, la solidaridad de una comunidad amplia, o permitir el dominio de un territorio; la lista podría ser mucho más larga. Estos fines manifiestos se perciben de una forma tan clara, que lo natural es que se impongan a la hora de interpretar el fenómeno urbano, de modo que si nos referimos a las murallas lo habitual es hablar de defensas, de guerra, de aislamiento o diferenciación ciudad/campo; si nos referimos al mercado lo natural es hablar de economía, de ferias, de productos en compra/ venta, de impuestos...; si hacemos referencia a las solidaridades comunitarias habría que hablar de sociedad, de parroquias, de cofradías, de gremios, de vecindades, etc.; o si percibimos la ciudad como un polo de control territorial, habrá que hablar de historia política, del poder de los señores, de la formación de los concejos, del control de la monarquía o de la conformación de alfozes, entre otras muchas cuestiones de indudable relevancia. Es claro que estos fines manifiestos han primado a la hora de hacer historia de la ciudad. Sin embargo, la ciudad también tiene fines latentes, es decir, no planificados o no percibidos conscientemente por aquellos que la habitan. La idea es de S. Johnson: «La ciudad tiene fines manifiestos; hay razones para que exista que generalmente sus habitantes reconocen: buscan la protección de una ciudad amurallada o el libre intercambio de productos. Sin embargo, la ciudad también tiene fines latentes: funciona como dispositivo de almacenamiento y recuperación de información» (2003: 96). Según Johnson las ciudades crearon interfaces43 de fácil manejo -al modo de las computadoras actuales antes de que nadie soñara con los ordenadores-; «las ciudades reúnen las mentes y les asignan un lugar coherente. Los zapateros se instalan cerca de los zapateros, y los fabricantes de botones cerca de otros fabricantes de botones. Las ideas y los bienes fluyen dentro de estos conglomerados en una 'polinización cruzada' productiva, asegurando que las buenas ideas no mueran en el aislamiento rural» (Ibidem: 96-97). De hecho, el sistema de barrios de la ciudad funciona como una suerte de interfaz de usuario por la misma razón que las interfaces de un ordenador tradicional (Fig. 19): hay límites para la cantidad de información que nuestros cerebros pueden manejar en un momento dado. El urbanismo de la ciudad contribuye -incluso en los casos más caóticos-a que las ciudades sean más inteligibles para sus habitantes, y probablemente la forma medieval de denominar las calles, constituye el mejor ejemplo de ello. Los nombres de las calles del Casco Antiguo de Vitoria-Gasteiz son de sobra elocuentes; Correría, Zapatería, Cuchillería, Herrería, Pintorería, Brullería, etc. Esta perspectiva nos ayuda a percibir el urbanismo también como una herramienta de gestión de información, un instrumento que contribuye a que ciertos elementos de la vida urbana pasen de generación en generación, precisamente porque dichos elementos están asociados a una estructura física que tiene su propia durabilidad (Johnson, 2003: 96-97). Un buen ejemplo de esto lo constituye el propio registro estratigráfico, que no es sino materia in-formada, almacén de información histórica, que es la que nosotros como arqueólogos intentaremos recuperar para reconstruir la evolución del tejido urbano de Gasteiz. LA IDEA DE COMPLEJIDAD DE LOS SISTEMAS A lo largo de este artículo nos hemos esforzado por sintetizar en unas pocas palabras las características principales que rigen el pensamiento de sistemas complejos, tratando de evidenciar que, con ser la perspectiva por nosotros escogida para profundizar en el conocimiento de la urbe, ésta transciende lo arqueológico, lo histórico, lo social, lo económico o lo político. En realidad, el concepto de sistema complejo ha superado las barreras disciplinares, insertándose desde hace décadas en el discurso de prácticamente todas las ciencias, si bien hay que reconocer que esta modalidad de pensamiento sistémico, con todas sus implicaciones, aún parece muy lejos de adquirir una corporeidad y coherencia suficientes (Capra, 1998: 28-31). Conviene insistir en estas últimas líneas, que la noción de sistema está íntimamente ligada a la idea de complejidad (particularmente si nos referimos al estudio del ámbito urbano), hasta el punto de que algunos especialistas no dudan en recurrir con cierta frecuencia a expresiones mixtas, del tipo «complejidad sistémica»: «Existe también el sentido de complejidad como sistema autoorganizado, más en la línea del Instituto Santa Fe que de la escuela de Frankfurt. Este tipo de complejidad vive en un nivel superior; describe el sistema de la ciudad en sí mismo y no su recepción empírica por parte del habitante. La ciudad es compleja porque abruma, sí, pero también porque tiene una personalidad coherente, una personalidad que se autoorganiza a partir de millones de decisiones individuales, un orden global construido a partir de interacciones locales» (Johnson, 2003: 37). La «complejidad sistémica» es además responsable de que arqueólogos e historiadores dispongamos de la materia prima fundamental en nuestro trabajo: el tiempo. La extensión de la siguiente cita merece la pena: «El tiempo aparece sólo al alcanzarse cierto nivel de complejidad. Si analizamos sistemas muy simples, como por ejemplo un péndulo ideal -sin fricción-, no tenemos forma de distinguir entre el pasado y el futuro. Si pasamos una película que muestra solamente el movimiento de un péndulo, no importa si hacemos funcionar el proyector hacia adelante o hacia atrás: siempre veremos lo mismo. Podemos decir que se trata de una película reversible. Lo mismo sucede si consideramos el movimiento de la Tierra alrededor del Sol; no hay irreversibilidad asociada a este proceso. Todo problema surge porque se ha considerado a los sistemas simples como modelos del universo. De esta forma, la física clásica terminó concluyendo que el tiempo no existe, y es por eso que yo pienso que sólo descubriremos el tiempo al descubrir los sistemas complejos. La historia de la arquitectura nos muestra un ejemplo muy interesante. Si tomamos un ladrillo de una casa persa y uno de una casa del siglo XIX no habrá básicamente grandes diferencias. Pero si pasamos a un nivel de mayor complejidad y consideramos un edificio completo, la discrepancia entre una construcción persa, una gótica o una del siglo XIX será enorme. Siempre he pensado que el tiempo se descubre a través de la complejidad y, en alguna medida, esto se ha comprobado en los últimos años». Son palabras del Nobel de Química I. Prigogine (Najmanovich, 1991: 3-4). SISTEMAS COMPLEJOS: ENTRE PROCESUALISMO Y POST-PROCESUALISMO Como hemos venido comentando a lo largo del artículo, las diversas implicaciones del pensamiento sistémico y el universo de la complejidad, están siendo exploradas por científicos de todo tipo; zoólogos, biólogos, antropólogos físicos y sociales, etc. y entre ellos, a modo de «pioneros», algunos arqueólogos. Cabría destacar entre estos últimos, puesto que además no lo hemos hecho con anterioridad, a autores como J. L. Bintliff (1999), R. Lewin (1993) profundizado en varias de las cuestiones que hemos tratado en este texto. Uno de sus méritos más remarcables -al menos a nuestro juicio-, es haber conseguido cuestionar de forma bien argumentada la supuesta incompatibilidad de los enfoques procesual y post-procesual. Nos gustaría dedicar a esta cuestión parte de las últimas líneas. La palanca del surtidor de Broad Street A principios de septiembre 1854, un terrible brote de cólera asoló las calles del Soho londinense. Durante aquellos días, prácticamente contrarreloj, dos hombres -John Snow y Henry Whitehead-llevan a cabo una investigación que, aparte de frenar el contagio, acabará sacudiendo los cimientos de la comunidad científica victoriana. La labor de ambos resultó fundamental para la resolución del problema, pero lo insólito del caso es que no trabajaron en equipo; de hecho, en un principio ni se conocían. Sus formas de ver el mundo eran además muy distintas. Snow era médico, mientras que Whitehead era párroco; aquél visualizaba el problema desde la perspectiva de los virus y las formas de contagio, éste lo leía en los rostros de las personas del barrio a quienes atendía espiritualmente. Como es lógico, Snow enfocó el problema un tanto despersonalizadamente. No era que no le importaran las personas, pero creía que la epidemia sólo se podría detener, catalogando y ordenando fríamente los datos. Contrariamente a lo que entonces pensaban los científicos, Snow tenía el convencimiento de que el cólera se transmitía por el agua y no por el aire, de modo que tomó un plano de la zona y empezó a marcar con un punto el lugar de los domicilios con casos de cólera y el enclave de las fuentes que abastecían el distrito. Recurriendo a una centenaria técnica matemática que después fue conocida como 'diagrama Voronoi', extrajo una conclusión clara; el epicentro del brote de cólera era el surtidor de Broad Street. Sin embargo, a pesar del fundamental hallazgo, la comunidad científica y las autoridades londinenses no le concedieron valor. Whitehead por su parte tenía un contacto muy directo con la epidemia. Diariamente visitaba las casas de los afectados para tratar de reconfortarles tanto en lo material como en lo espiritual. Era también un hombre metódico -confeccionó su propia lista de afectados-, pero sobre todo era alguien que conocía muy bien la mentalidad de los parroquianos, sus costumbres, sus creencias, sus hábitos. Sin embargo, a pesar de su empeño, Whitehead no era capaz de visualizar el problema de forma global: hasta que tuvo la oportunidad de contemplar el mapa del brote elaborado por Snow. Aunque en un principio Whitehead también era de los que pensaba que el cólera se transmitía por el aire, tuvo una corazonada: conocía de cerca el primer caso de cólera en el barrio, y sabía que ése se había producido precisamente en el 40 de Broad Street, a pocos metros del surtidor señalado por el médico ¿habría efectivamente alguna conexión entre el agua que manaba de aquella fuente y el brote epidémico? Las heces del primer afectado habían sido arrojadas a un pozo negro que filtraba parte de su contenido a la canalización que a su vez alimentaba el citado surtidor. Con todo, el agua presentaba el saludable aspecto de siempre, de modo que las gentes del barrio siguieron sirviéndose de él. Así había empezado todo. Sin embargo, los medios para frenar el contagio no fueron puestos de inmediato ¿por qué? Es aquí donde queríamos llegar. Con el hallazgo del patrón, la posterior localización del caso índice y de la secuencia de arranque de la epidemia, el primario análisis de sistemas de Snow, aportaba pruebas fundamentales, pero sólo circunstanciales (recordemos que por entonces las bacterias aún no eran reconocidas como causantes de enfermedades); para detener aquella ruleta mortal aún había que superar otro obstáculo. Ahora era necesario actuar sobre la sociedad, sobre los individuos y el sistema de creencias vigente. Esa fue la contribución más genuina del reverendo Whitehead; dando crédito (casi por intuición) a la hipótesis de Snow, concentró todos sus esfuerzos en argumentar y tratar de superar supersticiones, logrando finalmente convencer a las gentes de barrio, a la Junta Parroquial y al reaccionario Comité de Sanidad londinense sobre el peligro del agua del surtidor. Esta labor fue extremadamente compleja y más lenta de lo deseable, pero al final consiguió que se retirara la palanca de la fuente. Sólo entonces la epidemia cesó (Johnson, 2008). En este episodio (fundamental para la ciencia, particularmente para la epidemiológica), Snow muestra una predominante inclinación por la búsqueda de patrones, por la modelización e identificación de procesos de retroalimentación; el modo en que actuaba era el del pensador sistémico. Whitehead por su parte se centraba en los aspectos sociales, profundizaba en el conocimiento de los individuos, caso por caso, observaba los hábitos, las supersticiones. Cada uno desde su enfoque había conseguido dar con algunas de las claves del problema, y sin embargo, es muy probable que si no hubieran tenido conocimiento mutuo en el tramo final de sus respectivos procesos de investigación, nunca hubieran llegado a una solución. Desde nuestro punto de vista, el «problema» de la interpretación en arqueología tiene ciertas semejanzas. El entendimiento entre las perspectivas procesual y postprocesual resulta imprescindible para aspirar a nuevos horizontes de conocimiento, y sin embargo la polarización sigue bastante marcada; la palanca sigue en el surtidor. Según Shanks, la arqueología procesual sigue siendo la ortodoxia dominante en la arqueología mundial, mientras que la crítica post-procesual esta llegando al extremo de ser caricaturizada (2005). Quizá el modo de matizar las diferencias comience precisamente por evitar este tipo de reduccionismos y «caricaturizaciones», pero en ambos sentidos; evitando por ejemplo tachar, sin apenas matices, al enfoque procesual de neopositivista, cuando no está demostrado que exista una conexión necesaria entre la búsqueda de modelos, estructuras y patrones y el positivismo per se (Mcglade y Van der Leeuw, 1997: 8); o dejando de lado ese supuesto -un tanto maniqueo-por el cual la crítica post-procesual se consagra al individuo al tiempo que rechaza de plano las generalizaciones de la ciencia procesual (Shanks, 2005). Si algo creemos haber aprendido a apreciar mediante la perspectiva de sistemas complejos -y el paradigma ecológico que lo sustenta-es que las tendencias de pensamiento arqueológico actuales son mucho más asertivas que integrativas. Nuestra apuesta personal con el enfoque de sistemas complejos aplicado al urbanismo de Vitoria nace de ese convencimiento, y de creer que existe la necesidad de compensar los valores asertivos de competición, expansión, dominación, con un pensamiento más abierto a lo holístico, a lo cooperativo, a lo no-lineal; en definitiva, el'rhizomes-thinking' de Shanks (1991: 35). ¿OTRA «ARQUEOLOGÍA DE LA COMPLEJIDAD»? A la vista de todo esto y como conclusión no podemos evitar preguntarnos ¿es ésta la Complejidad de la que habla Brogiolo? Sin duda, la Archeologia della complessità en cuanto que Arqueología delle relazioni, nos remite al horizonte del pensamiento sistémico. También apuntan en esa dirección algunos de los otros aspectos sobre los que el citado autor reclama atención: «una arqueología diacrónica que trata de definir la transformación de los ambientes socioculturales, desde los primeros testimonios organizados hasta la edad preindustrial, con el objetivo de reconstruir la evolución en el largo plazo de la identidad de un territorio y de las comunidades que lo han habitado » (2007: 33). Incluso su propuesta de recuperar de algún modo los Annales discurre en ese sentido (como él, el propio Bintliff insiste en la influencia de esta corriente en los más recientes enfoques sistémicos, 2004: 174-194). Con todo, nuestra pregunta sólo pretende dilucidar de qué se habla cuando se habla de Arqueología de la Complejidad ¿de la complejidad sistémica?, ¿la de las llamadas Ciencias de la Complejidad? ¿o de otra cosa (acaso un nueva nomenclatura con efectos restringidos «puertas adentro» de la propia Arqueología)? La cuestión nos parece clave; primero porque si lo que se pretende con tal formulación no es adaptar el sistema conceptual del nuevo enfoque a la ciencia arqueológica, estamos corriendo el serio peligro de automarginarnos, al suplantar con distintos contenidos una terminología que se está gestando interdisciplinarmente, precisamente con la vocación de generar entendimiento entre las diferentes ciencias humanas y experimentales. Segundo, porque quizá con el ansia de aggiornamento nos exponemos con demasiada gratuidad al riesgo de la moda; por más que se plantee casi como la alternativa definitiva, es difícil sustraerse al pensamiento de que la Arqueología de la Complejidad y de las relaciones no es sino otro producto coyuntural, cuando aún prácticamente no-nata, tacha al resto de «arqueologías» precisamente como productos de una efervescencia pasajera 44. Como creemos habrá quedado claro a lo largo del texto, somos por supuesto partidarios de introducir los principios del pensamiento sistémico o el universo de la complejidad en Arqueología de la Arquitectura, o sencillamente dentro de la Arqueología (la cuestión de la denominación resulta a nuestro entender secundaria). Ahora bien, creemos que para superar cualquier marco teórico supuestamente obsoleto, no conviene sugerir su presunta obsolescencia y acompañar tal argumentación con una nueva denominación. Creemos que es necesario entrar en una definición más explícita de los nuevos principios en que se sustenta, asumiendo por así decir, esa estética del Centro Pompidou que mencionáramos al principio. Esto es lo que estamos intentando en nuestros trabajos, y es lo que hemos ensayado en este artículo sobre los Sistemas Complejos.
Arqueología de un espacio habitado, trabajado y defendido. El sistema fortificado de Salinas de Añana (Álava) The fortification system of Salinas de Añana (Álava) Salinas de Añana se encuentra ubicada en un pequeño valle del occidente del Territorio Histórico de Álava, a unos treinta kilómetros de su capital, Vitoria-Gasteiz. La villa ocupa la ladera norte, en cuya parte más elevada se alza un pequeño cerro que domina una explotación salinera compuesta por más de 5.000 eras de hacer sal que, hasta hace apenas cuarenta años, eran la principal actividad económica de sus habitantes. La importancia patrimonial de las salinas, así como las posibilidades que presenta para impulsar nuevas actividades que ayuden a recuperar la zona, han sido algunos de los factores que han llevado a las instituciones a apoyar, desde la última década del siglo XX, su restauración y puesta en valor. Prueba de ello es el desarrollo de un ambicioso Plan Director cuyas prescripciones están actualmente ejecutándose (Landa, Plata 2008). Sin embargo, la relevancia de la villa de Añana no radica únicamente en la espectacularidad de su fábrica de sal, sino en los más de 1200 años documentados de historia que ha generado la actividad salinera y que ha quedado plasmada en sus fuentes escritas, en su paisaje, en su arquitectura y, como no, en su subsuelo. Así pues, si bien en el pasado la villa de Añana no necesitaba para subsistir más que sus salinas, en la actualidad se están evaluando, potenciando y diversificando todas las opciones posibles para que, funcionando de forma conjunta, contribuyan a la regeneración del occidente alavés. En este sentido, ha tenido una especial relevancia un nuevo proyecto 1 desarrollado entre el año 2005 y el 2007 para el estudio y la puesta en valor del recinto fortificado de Añana, pues nos ha permitido, mediante la detallada lectura de los paramentos de la muralla y la ejecución de excavaciones arqueológicas en puntos elegidos estratégicamente, documentar una completa secuencia estratigráfica que nos ha proporcionado abundante información sobre la génesis y evolución de una villa que, recordemos, es la primera fundación real en la Comunidad Autónoma Vasca. La ejecución del Plan Director para la restauración de las salinas, así como la redacción de una tesis doctoral específica sobre el Valle Salado (Plata 2008), nos permitieron afrontar el trabajo con toda una serie de preguntas e hipótesis sobre la evolución del poblamiento en Añana que creíamos era posible corroborar o desmentir durante el estudio de su recinto fortificado. Entre ellas destacan las siguientes: ¿qué consecuencias tuvo en Añana la fundación de una villa real a principios del siglo XII?; si en el valle había seis aldeas distintas, ¿cuál fue la elegida por la Corona para asentar la nueva villa?; ¿el rey ordenó la fortificación o ya existía un sistema defensivo previo?; si la muralla fue construida por orden foral, ¿qué pautas se llevaron a cabo para su edificación?, ¿cuáles son la morfología y los rasgos técnicos de las nuevas obras?, ¿cómo se vio afectado el urbanismo del núcleo elegido? y por último, ¿cuál fue la imagen resultante del espacio construido tras el proceso de fundación? Como veremos a lo largo del artículo, la intervención ha cumplido con creces las expectativas planteadas, pues nos ha permitido documentar una completa secuencia estratigráfica que muestra detalladamente la evolución del cerro en el que se emplazó la villa de Salinas desde la Alta Edad Media hasta la actualidad. Con el fin de facilitar la comprensión del estudio, la información ha sido articulada en ocho fases y ordenada cronológicamente, de más antigua a más reciente. En cada una de ellas primero se ha descrito brevemente la estratigrafía y después hemos integrado los resultados en su contexto histórico y arqueológico. Para identificar y situar de forma ágil las Unidades Estratigráficas (UEs) de la excavación arqueológica efectuada en la terraza de San Cristóbal hemos separado el área en seis zonas (cfr. fig. 2), empleando para ello la separación artificial que han proporcionado las principales estructuras documentadas. En cuanto a los resultados de la lectura de la muralla, hemos dividido los restos conservados en cuatro tramos, que pueden consultarse en el apartado donde se describe la Fase 2. Primeras actividades • Los restos arqueológicos más antiguos que hemos identificado se localizan en la parte interna del recinto y son anteriores a la construcción del perímetro amurallado de la villa, pues están cortados por su zanja de cimentación. En total, hemos documentado dos estratos, uno situado en el área D (UE 63) y otro en la C (UE 72), que buzan hacia el norte y se emplazan directamente sobre la ladera del cerro. No obstante, la estructura que más información nos ha proporcionado ha sido el muro UE 45, que sirve de separación entre las zonas E y F. Está compuesto por piedras calizas y tiene unas dimensiones aproximadas de 4,3 metros de longitud y 0,78 de anchura. La mayor parte de las piezas son mampuestos irregulares que están trabados con arcilla dejando amplias juntas. En cuanto a su orientación, se dispone norte-sur. • Como hemos comentado, las relaciones estratigráficas de los restos arqueológicos más antiguos localizados indican que son anteriores al muro que, como veremos más adelante, hemos identificado con la primitiva muralla de la villa de Salinas de Añana. Aportar cronología e interpretación a los rellenos resulta complicado. Sin embargo, su composición y adecuación a la pendiente de la ladera del cerro nos permite plantear que su formación está asociada con el arrastre natural de depósitos situados a una cota superior. En cuanto a su cronología se refiere, por el momento sólo podemos afirmar que son anteriores a la construcción de la muralla en el siglo XII. La estructura UE 45 también fue edificada antes de levantar el perímetro fortificado de la villa, pues la zanja de cimentación de la cerca cortó su extremo septentrional. Si su anterioridad está fuera de dudas, no podemos decir lo mismo sobre su función. Pero debido a su emplazamiento, al contexto arqueológico en el que se enmarca, que expondremos detalladamente a continuación, y a que se trata de una edificación de cierto porte, como así lo demuestra su aparejo y técnicas constructivas, proponemos que se trata de los restos de la primitiva iglesia de San Cristóbal que se situaba en este lugar desde al menos el siglo X. La muralla • La comparación entre los rasgos técnico-constructivos de los lienzos localizados durante la excavación arqueológica (integrada en una compleja secuencia estratigráfica) y los registrados en el análisis cronotipológico de la lectura de los paramentos conservados en el perímetro de la villa, nos ha permitido identificar qué partes de la cerca pertenecen a la fase original (cfr. fig. 4). Es el que nos proporciona más datos, ya que, a pesar de que el estado de conservación es muy variable de unas zonas a otras, han llegado hasta la actualidad 63 metros continuos de su trazado. Esto ha provocado, además, que hayamos podido documentar la planta de 5 cubos, teniendo el situado en el extremo más nororiental la particularidad de ser ultrasemicircular, lo que indica, como veremos más adelante, que pertenece a una de las dos torres que flanqueaban la puerta norte de la villa. Este tramo es el que peor se conserva, pues gran parte de los alzados originales han sido sustituidos o enmascarados por encofrados de hormigón. En consecuencia, tampoco pueden apreciarse actualmente torreones defensivos. Sus di-mensiones máximas son de 21,6 metros de longitud y 3,8 de altura. Esta parte de la muralla se corresponde en gran parte con la localizada durante las excavaciones arqueológicas efectuadas en San Cristóbal. En total, hemos documentado unos 17 metros de longitud con una altura máxima conservada de 4 metros. Al igual que el tramo anterior, se encuentra jalonado por dos torreones que, en este caso, están marcando quiebros en su trazado. El situado al oeste está muy arrasado por actividades posteriores y el del este presenta un buen estado de conservación. Se emplaza en el extremo occidental del recinto, bajo el camino que sube a San Cristóbal. Posee unas medidas máximas conservadas de 26 metros de longitud y 3,7 de altura. De los tres cubos que presenta, el situado en su extremo oriental se encuentra muy reparado, el de la zona central está en buen estado, pero prácticamente oculto por edificaciones modernas, y el del lado occidental es difícil identificarlo, pues sólo se puede apreciar el arranque de su planta. Por otro lado, la excavación en la terraza de San Cristóbal también nos ha ofrecido varias secciones de la muralla y del espacio donde asienta, lo que nos ha aportado información sobre el modo en que fue preparado el lugar para recibir la nueva obra y cuáles fueron los pasos para levantar unos paramentos que, en algunos sitios, debían superar los diez metros de altura. El acondicionamiento del terreno para la construcción de la muralla consistió en eliminar la capa de arcilla natural que cubría la roca (UEs 69, 62 y 83). Sin embargo, los artífices no crearon una superficie plana para asentar los cimientos en el nivel geológico, que desciende bruscamente por la ladera del cerro, sino que construyeron el muro directamente sobre él. El aparejo está formado por mampostería que tiende a formar hiladas irregulares (cfr. fig. 5). El material presenta unas dimensiones muy variadas, por lo que entre las piezas de mayor tamaño se incluyen otras de menores dimensiones, a modo de ripios, que proporcionan a los alzados un aspecto compacto y sólido. Las juntas entre las piedras son, por término medio, de pequeñas dimensiones, no superan los dos centímetros y están rellenas con mortero de cal. En cuanto a la técnica constructiva, se aprecia que la muralla fue levantada por tongadas de unos 0,5 metros de altura (entre tres y cuatro hiladas). El proceso era el siguiente: primero construían las caras externas con la excavación y otro al norte de la terraza, en la UE 1114. Están conformados por pequeños orificios construidos con piezas alargadas de caliza que atraviesan longitudinalmente el muro. Es habitual que los lienzos de las murallas estén jalonados por su parte externa con torreones que, en nuestro caso, están separados entre sí una media de 11,5 metros. En Añana se han conservado, total o parcialmente, diez de los cerca de cuarenta que tuvo en origen. Sus características técnico-constructivas son muy similares a las del resto de la cerca, con la única salvedad de que el relleno interno está trabado con un mortero de igual compactación que el empleado en las caras externas (cfr. fig. 7). Esta característica responde a su doble funcionalidad, puesto que desempeñan tanto tareas defensivas como de contención. Nos estamos refiriendo a que los cubos son también una especie de contrafuertes destinados a mitigar la debilidad crónica de un paramento que tiene que contener los rellenos artificiales del recinto superior. En este sentido, tampoco hay que olvidar que la muralla se asienta en una ladera de elevada pendiente y sobre estratos geológicos poco compactos y en continuo desplazamiento, como es característico en los diapiros salinos. Hay varias razones que apoyan la dualidad funcional descrita anteriormente. Por un lado, que no son estructuras amplias con espacios abiertos en el interior, sino que son elementos macizos de planta semicircular de unos 2,6 metros de diámetro. Por otro, está el hecho de que los constructores variaron en algunos casos las dimensiones de los torreones y su distancia para intentar incrementar las labores de contención en aquellos lugares que más lo necesitaban. Ejemplo de ello es la asociación entre quiebros del trazado y los cubos, así como el diámetro de algunos de ellos (el mayor alcanza 3,2 metros y se encuentra en un punto crítico) y la distancia que les separa (entre las últimas torres documentadas en el lado noreste del trazado hay unos 14 metros), coincidiendo esta área con una de las que presentan mejores condiciones topográficas y, por tanto, de estabilidad. Tras erigir los alzados de la muralla, o al menos parte de ellos, el siguiente paso en el proceso de construcción consistió en nivelar la ladera que quedaba en el interior del recinto fortificado con el fin de igualar la cota interna en sus proximidades. • La hipótesis de partida que planteábamos durante la investigación integral del Valle Salado, en la que analizamos de forma regresiva las fuentes escritas, la toponimia y el paisaje salinero (Plata 2008), es que la muralla de Salinas Fig. 5. Detalle del aparejo de la muralla disposición y tipo de piedra que hemos comentado anteriormente, empleando para trabarlas una argamasa de compactación alta. Después procedían a introducir en el interior de esta especie de cajón pétreo mampuestos irregulares de pequeño tamaño y lajas unidas con un mortero muy pobre en cal que, con el fin de acelerar el proceso y ahorrar material, se disponían de forma oblicua formando un aparejo en espina de pez. Una vez finalizada la tongada en toda su extensión se procedía a sellar el «cajón» con una capa de argamasa similar a la empleada en la cara externa. De este modo se proporcionaba al conjunto una mayor consistencia, pues la siguiente tongada disponía de una base sólida, y se enlazaban con mayor firmeza las caras de los muros. Debido a que el trazado de la muralla tiene que soportar el empuje del agua que pudiera caer de forma natural en el interior del recinto de la villa, los constructores hicieron desagües en su alzado. De ellos, sólo hemos podido documentar dos: uno en el tramo localizado en la fue una de las consecuencias de la concesión de fuero a la villa, por lo que su construcción tuvo que iniciarse en la primera mitad del siglo XII. Esta suposición ha sido confirmada durante esta intervención arqueológica, pues la secuencia estratigráfica registrada, así como los resultados de los análisis radiocarbónicos 2 y el estudio del material cerámico y numismático recogido indican que su cronología se encuadra en este siglo. Por otro lado, uno de los aspectos más relevantes de la intervención ha sido documentar cómo afectó la muralla a las edificaciones anteriores y cuál fue el proceso para erigir una estructura de este tipo. A grandes rasgos, la construcción se desarrolló en tres grandes etapas: a) En primer lugar, tras la concesión de la carta puebla y la elección del emplazamiento en el que se iba a fundar la nueva comunidad, los artífices de la obra acondicionaron el terreno por el que tenía que transcurrir la cerca. Lógicamente, las zonas elegidas no presentaban condiciones topográficas idénticas, por lo que los trabajos acometidos no fueron los mismos. El área que conocemos exhaustivamente se localiza en el extremo occidental del recinto, en la terraza de San Cristóbal, donde hemos podido identificar cómo los constructores efectuaron una zanja de cimentación escalonada y paralela a la pared que se iba a construir. Los escalones situados a mayor cota cortaban parcialmente la arcilla de las laderas del cerro para evitar deslizamientos de materiales y preparar al mismo tiempo una zona en la que se pudiera trabajar e instalar los artefactos necesarios para las labores de construcción. También hay que destacar que no se efectuó una zanja de cimentación que seccionara de manera horizontal el fuerte buzamiento de la piedra de la ladera, con lo que se hubiera logrado una superficie de asiento que mejorara en gran medida su estabilidad, sino que los cimientos se apoyaron directamente sobre el nivel geológico. Quizá este rasgo nos esté indicando la rapidez con que se llevaron a cabo estos trabajos. b) El segundo paso consistió en erigir los muros de la cerca. Para ello era necesario obtener el material y acarrearlo hasta el lugar elegido. Resulta significativa la utilización casi exclusiva de piedra caliza en toda la obra, siendo muy excepcional la presencia, tanto en las caras como en el relleno interno, de otro tipo de litología. Este hecho, unido a la prospección que hemos realizado en el entorno inmediato de la villa, nos permite afirmar que todo el material empleado fue extraído de canteras al aire libre abiertas en su lado norte, donde se aprovecharon las vetas superficiales de la roca para facilitar las tareas de extracción. En cuanto a sus características y técnicas constructivas, tiene una altura máxima conservada de 7 metros, si bien esta medida se corresponde con la cota del suelo interior del recinto, por lo que necesariamente los alzados de la muralla tuvieron que superar en algunos tramos los 10 metros. Su anchura es de 1,4 metros y su aparejo está formado por hiladas irregulares de mampostería trabada con un mortero blanquecino con un alto porcentaje de cal en la mezcla. La simplicidad de los rasgos mencionados indica que en su construcción no se empleó mano de obra especializada, sino que pudo ser ejecutada perfectamente por albañiles y en un breve período de tiempo. c) La última parte del proceso consistió en rellenar el hueco existente entre el muro y la ladera, para lo que se emplearon los restos sobrantes de las labores de construc-ción. El fin de estas actividades era igualar la cota del terreno que iba a convertirse en el recinto interno de la villa y sobre el cual iban a levantarse, como veremos más adelante, nuevas edificaciones. La iglesia de San Cristóbal • Tras levantar la muralla y nivelar la ladera que quedaba en el interior del recinto de la villa, se procedió a erigir un nuevo edificio. Su construcción ha dejado abundantes vestigios en la estratigrafía. En la zona C hemos documentado el espacio que fue empleado para apagar cal. Se trata de un agujero de planta cuadrangular (UE 65) de un metro de lado en cuyo interior ha aparecido in situ una capa de cal que no fue extraída tras el proceso de apagado. Junto a este agujero se disponía otro (UE 59) que por su situación y características parece estar relacionado con una cubeta para el almacenamiento del agua necesaria en el proceso. Por último, en la zona E, además de varios agujeros relacionados con sistemas de andamiajes (UEs 75 y 51), hemos localizado una zanja rectangular (UE 74) de 2,4 m de longitud cuyo relleno (UE 52) indica que fue usado para mezclar mortero. Para erigir los muros se realizaron en primer lugar las zanjas de cimentación (UE 82) que marcaban el trazado. Debido a que el emplazamiento de la estructura estaba en ligera pendiente, las zanjas son prácticamente inexistentes en el norte, donde la ladera tuvo que ser nivelada, y tienen más profundidad al sur, llegando a alcanzar en la parte que hemos podido identificar 0,3 metros. Una vez efectuado el trazado, el siguiente paso fue construir las cimentaciones. La estructura UE 79 se puede dividir para su descripción en dos partes (cfr. fig. 8). La primera, al norte, presenta planta semicircular de 2 metros de radio externo y tiene una anchura máxima de 1,1 metros. Destaca la presencia en su extremo septentrional de restos de argamasa que sobresalen del trazado y parecen estar relacionados con la basa de una columna. La segunda enlaza con la anterior por su lado meridional y es un tramo recto (orientado este-oeste al igual que la muralla) de 1,1 metros de longitud. Presenta un pequeño zócalo a modo de cimentación que sobresale unos cinco centímetros y está compuesto por mampostería de pequeño tamaño dispuesta de forma aleatoria. Del alzado se observan dos hiladas de mampuestos regularizados de gran tamaño cuya cara vista está bien trabajada y enfoscada con un mortero similar al empleado en las cimentaciones. El muro se compone de dos hojas, entre las que se dispone un relleno interno formado por argamasa y pequeñas piedras. Durante esta fase también se instaló en la parte oriental de las estructuras antes descritas un edificio donde se desarrollaron actividades industriales, posiblemente una fragua. Para su cierre oriental se reaprovechó el muro de la primitiva iglesia de San Cristóbal (UE 45), si bien hubo que reparar su extremo septentrional (UE 86) porque había resultado dañado durante la construcción de la muralla. Una vez erigidos los muros de la edificación se depositaron en su interior varios estratos que nos informan sobre su función. En concreto, hemos identificado cinco suelos de tierra apisonada en cuya superficie de disponían capas de carbones generadas durante las tareas industriales que se efectuaron en él. Ya en el exterior, y adosándose contra la cara norte de la estructura, hemos documentados varios rellenos correspondientes a los desechos de dichas actividades (UEs 48 y 49). Cuando las obras de construcción del templo principal llegaron a su fin, los responsables procedieron a acondicionar tanto su espacio interno como el externo. Para ello amortizaron las estructuras relacionadas con los trabajos y nivelaron el terreno para la colocación del suelo. La zona donde se apagaba la cal se explanó con las UE 57 y 58. En cuanto a la fragua, se desmontaron sus cierres (UE 44), que fueron arrasados prácticamente hasta la cota del suelo. En la superficie resultante todavía se ejecutaron algunas labores relacionadas con el remate final de la obra de construcción del edificio religioso. En concreto, creemos que este lugar fue empleado para tareas de cantería especializada, pues ha aparecido una capa de restos de talla muy finos de piedra arenisca y caliza (UE 41). Sobre los rellenos de nivelación de las zonas C y D (ambos en el interior del nuevo edificio) se dispuso el suelo (UEs 56 y 32). Estaba compuesto por un mortero de gravas muy pobre en cal con más de 0,2 metros de espesor en algunos lugares. La zona D presenta otra particularidad que parece estar en relación con su uso, pues hemos podido documentar cómo en su área central se efectuó un hueco (UE 31) en el suelo para asentar algún tipo de estructura. Se trata de un corte cuadrangular de 1,1 metros de lado que tiene una profundidad máxima de 0,15 metros. • Estratigráficamente posterior a la muralla, pero formando parte del mismo proyecto, en la terraza se construyó un edificio que, debido a su emplazamiento (sabemos que en este lugar se ubicó la iglesia de San Cristóbal) y sus características morfológicas (presencia de cabeceras curvas en su extremo oriental y lados rectos orientados este-oeste), está asociado con el culto. Con los restos identificados no sólo es posible plantear hipótesis sobre su función y morfología, sino que podemos ofrecer datos sobre cómo y cuándo fue construido. Durante la excavación hemos registrado los agujeros para la instalación de pies derechos de madera de los andamios, la zona donde se apagaba la cal empleada para trabar los materiales o enfoscar las paredes, el área en la que se tallaban los sillares, la cubeta a pie de obra donde los albañiles mezclaban la cal con la arena para obtener la argamasa y por último, la construcción de un edificio relacionado con actividades industriales, posiblemente una fragua. Las paredes del templo estaban construidas con mampostería regularizada de piedra caliza de gran tamaño con la cara vista bien trabajada. En la parte oriental se situaba un ábside de planta semicircular de 3,42 metros de diámetro externo que enlazaba por su extremo sur con un tramo recto de 1,1 metros de longitud conservada. Fotografías de la planta y el alzado del ábside conjunto, están delimitando un espacio interno de 2,8 metros de anchura, donde hemos localizado el robo de una estructura que debía estar relacionada con el culto (¿mesa de altar-pila bautismal?) Junto al extremo sureste del ábside que acabamos de describir ha aparecido la zanja de otro muro similar que fue robado posteriormente. Por el tramo de arco conservado, su diámetro rondaba los 5,8 metros. Si comparamos en planta las circunferencias que forman los ábsides, resulta que el diámetro interno del que parece ser el ábside mayor es aproximadamente el diámetro externo del ábside menor, lo que suele ser usual en la arquitectura religiosa de este período. En cuanto a su aspecto final, por el momento sólo podemos afirmar que el templo tenía varias naves y una cabecera rematada con ábsides semicirculares (cfr. fig. 10). Ahora bien, ¿a qué edificio religioso pertenecen los restos encontrados? Para responder a esta pregunta hay que consultar las fuentes escritas, las cuales nos indican que en este lugar estuvo emplazada hasta principios del siglo XIX una iglesia con la advocación de San Cristóbal, cuyos orígenes se pueden retrasar hasta el último cuarto del siglo X. Concretamente hasta el año 978 (Zabalza 1998: 410-411), cuando el conde García Fernández fundó para la mayor de sus hijas, Urraca, el Infantado de Covarrubias, al que dotó, entre otros bienes, con la ecclesia Sancti Christofori. La siguiente noticia es de 1179 (Ruiz de Loizaga 2000: 81), año en el que aparece mencionada en una donación al monasterio de Santa María de Bujedo. Como hemos visto, la documentación indica la existencia en Salinas de una iglesia dedicada a San Cristóbal, al menos entre el año 978 y el 1179. Sin embargo, las excavaciones arqueológicas han demostrado que no se trata de un mismo edificio, puesto que el que hemos descrito con varios ábsides es coetáneo a la construcción de la muralla y forma parte del proyecto de fundación de la villa impulsado por Alfonso I el Batallador. En consecuencia, creemos que la hipótesis de que el muro UE 45 se corresponde con la primitiva iglesia de San Cristóbal mencionada ya en el siglo X adquiere mayor consistencia. Queda por explicar cómo es posible que un edificio religioso que pertenecía por donación condal desde el año 978 a una institución monástica (el Infantado de Covarrubias) pasara a convertirse en una de las parroquias de la nueva villa. Quizá la respuesta se encuentre analizando lo ocurrido en otras comunidades del entorno cuando les fue concedida la carta puebla. -En la misma línea se sitúan los fueros de las villas alavesas de Salvatierra y Contrasta concedidos en 1256 por el rey castellano Alfonso X, quien establece que retengo para mí e para todos los que reynaren despues de mí en Castilla e en Leon, el padronazgo de todas las iglesias de la villa e de todo su termino en aquel mayor derecho que padronazgo lo puede aver (Villanueva 2003: 13-20). De este modo, no resulta extraño que Alfonso I ordenara que San Cristóbal pasara a estar bajo patronato real tras su reconstrucción, pues no sería razonable que la parroquia de una villa real, y además con la importancia que tenía como parte de su sistema defensivo, estuviera en manos de un poder monástico. Como hemos visto, el proyecto del monarca aragonés supuso la destrucción de la iglesia mencionada en el siglo X, la edificación de un recinto amurallado y la erección de un nuevo templo con ábsides semicirculares con la misma advocación a escasos metros al oeste del anterior. Por otro lado, es importante resaltar que el edificio religioso que hemos documentado no se corresponde con el prototipo característico de estas fechas en nuestro ámbito territorial, sino que se ajusta a las corrientes constructivas promovidas por la monarquía navarro-aragonesa3 (que recordemos es la impulsora de la creación de la villa y su nueva parroquia) y a la actividad desarrollada en otras partes de los restantes reinos hispánicos4. Este hecho se comprende si tenemos en cuenta que, en contra de la opinión de D. Ocón (1996) sobre la existencia de una arquitectura románica vasca alejada de las corrientes de la época (por su lejanía de los centros de poder y la ausencia de centros monásticos relevantes), creemos que, en realidad, Salinas se distingue de esta postura, pues era, sin duda, uno de los centros económicos más relevantes de esta parte del norte peninsular. Tampoco hay que olvidar que en la fábrica de sal y su entorno estaban presentes los monasterios más importantes de la época, por lo que creemos que el monarca aragonés importó a Añana las modas constructivas típicas de la época5. La destrucción y el cambio de uso del templo • Sobre los suelos de argamasa del edificio descrito anteriormente hemos encontrado una serie de potentes rellenos (UEs 5, 27 y 55) compuestos por cenizas, piedras y restos de teja curva, que fueron posteriormente explanados para reaprovechar con un uso no religioso el interior de la nave norte. Este cambio de función del templo ha quedado registrado tanto por el proceso de construcción de un nuevo suelo nivelando los estratos anteriores como por los restos de actividad sobre su superficie, que aparecía ligeramente quemada, y por la instalación de pies derechos de madera relacionados con la sustentación de las nuevas estructuras (UEs 26, 28 y 39). En un momento posterior se hicieron reformas en las estructuras que se habían instalado en el interior de la iglesia (cfr. fig. 12). En la zona D, además de un nuevo suelo (UE 23) se colocó un fuego bajo (UEs 24 y 25). En consonancia con el carácter efímero que parecen tener estas instalaciones, para construir el hogar no se llevó a cabo una preparación muy elaborada, sino que simplemente se efectuó un pequeño corte circular. Asimismo, la tierra que se vio afectada por el calor presentaba una coloración rojiza y no la típica superficie rubificada que tienen los hogares bajos permanentes. El suelo de la zona C (UE 19) y el estrato de cenizas (UE 5) identificado en las zonas E y F también fueron cortados durante esta fase para inhumar dos niños de corta edad6. • Por razones que desconocemos, el templo construido durante el proyecto de creación de la villa de Salinas impulsado por Alfonso I sufrió al poco tiempo una destrucción violenta que afectó a gran parte de su estructura, lo que ha quedado reflejado en un potente relleno de cenizas depositado sobre los suelos de la iglesia y al exterior de la edificación. La ruina alcanzó tal grado que no sólo no se reconstruyó el edificio, sino que el espacio que se conservó en mejores condiciones por emplazarse junto a la muralla, la nave norte, fue reutilizada durante algún tipo como lugar de hábitat. En este sentido, hemos documentado la presencia de un suelo sobre la explanación de los escombros en el que aparece un agujero para un pie derecho de madera y, apoyado en él, otra superficie de uso donde se sitúa un fuego bajo. Seccionando el estrato anterior, y a escasos metros al este del ábside de la iglesia, fueron enterrados dos fetos que se orientan siguiendo el tramo de la cerca junto al que fueron enterrados. Poco podemos decir con certeza sobre las causas que produjeron el incendio que destruyó el templo y sobre el cambio temporal de uso que sufrió. Sin embargo, quizá esté relacionado con la conflictividad política reinante en la zona entre la concesión de la carta puebla por parte de Alfonso I el Batallador y la captura del señor de Salinas (el conde Ladrón) a manos de Alfonso VII en 1135, lo que supuso que Añana pasara a manos de Castilla. El siglo XII fue para la villa salinera uno de los períodos más convulsos de su historia, caracterizado por el enfrentamiento entre los distintos reyes por el control de este territorio de frontera. En este proceso hay dos puntos de inflexión que pueden estar relacionados con la secuencia constructiva documentada: la carta foral y su posterior confirmación en 1140. Por un lado, el intento de Alfonso I de asegurar su poder en territorio castellano le llevó a conceder fuero a Añana, poner al frente del territorio a un señor partidario suyo (Bertrán)7 y a promover la edificación de un recinto amurallado y un templo. Entre la concesión del fuero y su ratificación se sucedieron una serie de enfrentamientos que pudieron ocasionar la ruina de la iglesia y su reutilización como lugar de residencia temporal mientras se prolongó el conflicto. Por otro lado, la pacificación del territorio a partir de 1135, la integración definitiva de Salinas en el reino castellano y la ratificación del fuero en 1140, quizá fueron las causas que provocaron la recuperación, como ahora veremos, de la iglesia de San Cristóbal. La reedificación de San Cristóbal • La construcción de un nuevo edificio religioso en piedra, cuya cabecera se desplazó hacia el oeste 5 metros respecto a la anterior, conllevó necesariamente la destrucción de los espacios que fueron empleados durante un breve tiempo como lugar de residencia e inhumación. Esto se realizó cubriendo los restos de las estancias con varios rellenos de Tras liberar el área de las estructuras de hábitat, los responsables de la construcción procedieron a desmontar parcialmente la preexistente. De este modo, parece que los muros de las naves y el ábside situado al sur fueron desmontados hasta sus cimientos (UEs 77 y 76) para reaprovechar los materiales, mientras que el ábside que estaba adosado a la muralla fue reutilizado. De este último, sólo se empleó su cara externa, pues hemos podido documentar cómo se cortó el suelo de la nave (UE 14) y la cara interna del muro para trabar contra ella una nueva estructura (UE 78). En el extremo occidental de la excavación hemos localizado un muro (UEs 9 y 17) que divide de norte a sur el espacio intervenido. Debido a la presencia de tres partes estructuralmente distintas dentro del propio elemento, creemos que es necesario articular la explicación en función de ellas (cfr. fig. 13): A) La primera se sitúa en el extremo más nororiental y está compuesta por mampostería irregular de mediano y gran tamaño dispuesta en hiladas no muy regulares. Su planta forma un tramo de arco de círculo orientado sureste-noroeste. Posee unas dimensiones de 1,45 metros de anchura y aproximadamente 2 metros de longitud máxima conservada. B) La segunda parte está trabada con la primera, pero su aparejo y técnica constructiva son diferentes. En este caso, se distinguen en la cara externa dos zonas: la cimentación, de mayor anchura y adosada contra la muralla, y el alzado, que reduce su ancho mediante un zócalo de 20 centímetros. Ambos están formados por mampuestos bastantes regulares de gran tamaño dispuestos en hiladas horizontales, destacando el remate de su extremo meridional por las grandes piezas de caliza que presenta. También hay que mencionar la existencia de material decorativo de la iglesia anterior, concretamente un fragmento de columna. En cuanto a su orientación, está dispuesto norte sur (perpendicular al segundo tramo de muralla) y posee unas dimensiones de 2,35 metros de longitud máxima apreciada y 1,4 de anchura. C) La última parte de este muro se emplaza fuera del recinto fortificado, concretamente se adosa contra uno de sus torreones, cuya cara externa fue cortada en gran parte para mejorar la unión entre las obras. Su aparejo es el más irregular de los tres. Está compuesto por mampostería de tamaño variado dispuesto en hiladas tendentes a la regularidad, entre la que aparecen sillares reutilizados. La última actividad constructiva que se llevó a cabo durante esta fase consistió en la edificación de una estructura en la zona E (UEs 33 y 38), que servía como boca de recogida al canal de desagüe que atravesaba la muralla. • En un momento indeterminado, pero situado en la secuencia estratigráfica después del abandono de la iglesia y por materiales arqueológicos antes del siglo XIII, se erigió un nuevo templo. Para ello, sus artífices procedieron a acondicionar el emplazamiento. En primer lugar arrasaron los lugares de residencia que se habían instalado en el interior del edificio y nivelaron el terreno. Después desmantelaron la mayor parte de la iglesia anterior, reservando únicamente parte de la cabecera de la nave septentrional para reaprovecharla como muro de una torre (¿campanario?). Una vez ejecutada esta parte, se procedió a levantar la que iba a convertirse en la nueva iglesia de San Cristóbal, que fue construida cinco metros hacia el oeste de la anterior. Puede resultar extraño este desplazamiento. Sin embargo, al observar en planta su localización respecto a la muralla (cfr. fig. 15), se puede apreciar que con esta acción se buscaba aprovechar uno de los torreones de la cerca como contrafuerte y, además, regularizar la edificación, ya que la nueva estructura parte de un tramo recto de al menos diez metros de longitud. De su morfología final poco podemos decir con seguridad, pues gran parte de ella se encuentra aún sin excavar. Pero de lo que sí tenemos constancia es que, al igual que en la iglesia anterior, los constructores aprovecharon la muralla como cierre septentrional. En cuanto a sus paramentos, sólo podemos apreciar lo que parece ser un contrafuerte a extramuros de la villa (C), el arranque de una cabecera semicircular (A) y un tramo rematado en su esquina con sillares que se corresponde con el contrafuerte de la embocadura del ábside (B). Con estos datos en la mano, podemos decir que el nuevo templo estaba conformado por, al menos9, una nave rematada con un ábside semicircular y que, al igual que la iglesia anterior, empleaba como cierre septentrional la muralla, a la que se le añadieron por su parte externa contrafuertes para ayudar a soportar los empujes que ejercía la nueva edificación. Sobre sus medidas tampoco es posible efectuar afirmaciones, pero si tenemos en cuenta el trazado de la muralla en esta zona y el arco del tramo del ábside que hemos registrado, se puede plantear como hipótesis que el templo pudo alcanzar los 18 metros de longitud y su cabecera unos 8 metros de diámetro por su parte externa. Las obras de construcción de la nueva iglesia de San Cristóbal pudieron estar finalizadas para 1179, año en el que García Jiménez de Arbulo efectuó una donación al monasterio de Santa María de Bujedo ante la venerabilissima ecclesia beati Christofori, estando presente el Concejo de Salinas. Salinas de Añana entre la Baja Edad Media y el siglo XVIII • En los alzados de la muralla han quedado representadas varias unidades estratigráficas que están relacionadas con las labores de reparación que todo elemento de esta envergadura necesita periódicamente para mantenerse en pie (cfr. fig. 4). En el extremo meridional del cuarto tramo se localiza una reforma (UE 1101) en la que se han reutilizado los materiales originales. En este mismo lugar, pero estratigráficamente posterior a la obra que acabamos de comentar, hemos registrado la reconstrucción completa de uno de los torreones (UEs 1107 y 1155), en cuyo paramento también se empleó material de obras anteriores dispuesto irregularmente. Otro arreglo que puede integrarse en esta etapa se sitúa en uno de los últimos cubos del extremo nororiental (tramo 1), cuya cara externa, por razones que desconocemos, tuvo que ser reformada casi completamente (UEs 1145 y 1149). A pesar de que los artífices de la obra intentaron ajustarse a la planta semicircular de la torre no lo consiguieron, presentando ésta forma oval. En la muralla también ha quedado reflejado otro tipo de actividad que era usual en estructuras de este tipo cuando perdían su primitiva funcionalidad defensiva. Se trata de la apertura de accesos peatonales que unían el interior del recinto con el exterior sin necesidad de desplazarse hasta las puertas principales. Uno de ellos ha sido documentado entre los torreones del tramo 1 (UE 1156), donde se puede apreciar cómo el lienzo fue seccionado transversalmente con un corte de 1,7 metros de anchura y una altura conservada de 2,9 metros. La villa, al igual que el resto del territorio, sufrió en gran medida la conflictividad señorial reinante en la zona durante la Baja Edad Media. En la documentación conservada de este período se puede apreciar claramente sus indicios ya desde el siglo XIII, siendo esta inestabilidad la que impulsó al Concejo de Salinas a formar parte de la Hermandad de Castilla constituida en 1295, a pertenecer después a la Hermandad General de todos los reinos de 1315 y finalmente, a incorporarse en 1460 a la Hermandad de Álava. Muestra de este ambiente de dificultades es la única referencia sobre la muralla fechada en la Edad Media. Se trata de un texto de 1293 en el que Sancho IV concedió al Concejo de Añana que las calonas que d'aquí salieren que sean para ayuda de la çerca de la villa (López 1984: 27). La escasez de fuentes escritas sobre Salinas entre el siglo XIV y el XVI se corresponde con la ausencia de datos arqueológicos en las secuencias estratigráficas documentadas, tanto en las excavaciones como en los paramentos de la muralla. Esto se debe, entre otras causas, a las obras realizadas en la zona durante los siglos XIX y XX, período en el que fueron destruidos gran parte de sus lienzos. No obstante, es posible plantear hipótesis si analizamos detalladamente las fuentes de información posteriores y la conformación resultante tras el proceso urbanístico que sufrió Añana. De forma paralela a la pacificación y bonanza económica del territorio entre finales del siglo XV y principios del XVI, la muralla fue perdiendo progresivamente su funcionalidad defensiva. La prueba más evidente de esta situación fue que los habitantes de Salinas comenzaron a primar la comodidad sobre la seguridad, por lo que, paradójicamente, volvieron a ocupar parte de las áreas de residencia de las aldeas altomedievales que quedaron despobladas tras la concesión del fuero. En otras palabras, los habitantes de Añana abandonaron progresivamente el cerro y pasaron a ocupar la ladera del valle que se extendía a sus pies, que presentaba la ventaja de emplazarse junto a la explotación salinera y a la vía principal de comunicación. Prueba palpable de la pérdida de interés urbanístico del espacio que ocupaba la primitiva villa fue, por un lado, que con el tiempo esta zona se convirtió en un barrio más, conocido como Cerca Alta, y por otro, que la oligarquía salinera no eligió el núcleo original para construir sus residencias palaciegas, sino que emplearon para ello la parte baja de la ladera. Este es el caso de las casas solariegas de los mayorazgos de Francisco de Eguíluz, Gaspar de Uzquiano y las todavía conservadas de los Hurtado de Corcuera (construida en 1648) y la de los Zambrana (después Herrán) del siglo XVIII. Este proceso tuvo consecuencias directas sobre el recinto. En primer lugar, se comenzaron a ocupar los espacios pegantes a la muralla que antes estaban vacíos para no interferir en las labores defensivas y después, las nuevas construcciones fueron integrando los lienzos de la cerca en los paramentos de las viviendas. La presencia de la oligarquía territorial en el barrio de la Cerca Alta se redujo a la edificación de capillas familiares en la iglesia de San Cristóbal, sobre todo a lo largo de los siglos XV y XVI. La documentación indica que en el lado del evangelio se disponía la de Iñigo Hurtado de Mendoza junto al altar mayor, la de San Francisco de Miguel Méndez, la capilla de San Andrés y la de Jerónimo Salinas de Avellaneda. En el lado de la epístola estaba la de los Hurtados, la de Nuestra Señora de la Asunción y la de San Cristóbal. Y por último, si bien desconocemos su situación exacta, sabemos que en el templo también se disponía la capilla del Santo Cristo de Catalina de Guinea, la de San Bartolomé, la de Nuestra Señora de las Angustias, la de Nuestra Señora de la Redonda, la de Nuestra Señora de la Soledad y la Capilla de los Luyando, que estaba en manos de la familia de Bonifacio Manrique. Pero no sólo las familiares promovieron este tipo de edificaciones. La publicación de los libros de acuerdos y cuentas del Ayuntamiento de Salinas (Pozuelo 2007) ha sacado a la luz la ejecución de dos importantes obras en San Cristóbal que fueron financiadas por el Concejo en las primeras décadas del siglo XVI. Ambos trabajos fueron encargados al maestre San Juan de Artiaga. No sabemos donde estaba ubicada, pero sí que fue construida con sillares extraídos de las canteras de las cercanas localidades de Arreo 12 y Turiso, y que estaba abovedada, pues hay varios textos que aluden a la extracción de piedra toba. La segunda gran obra ejecutada por el maestre San Juan a petición del Concejo se inició en torno a 1522 13. Al igual que en el caso anterior, la piedra se extrajo de la cantera de Arreo. 10 «mas que auia dado a Lope de Liendo por la posada que auia dado a maestre Sant Juan quando vino a tomar la obra de Sant Cripstobal» (POZUELO 2007: 143). 11 Las obras seguramente estarían paralizadas durante el invierno. Así lo demuestra un pago de 1514 en el que se cita el dinero «que avia dado a Juan Alonso e al de Martin Lopez del Portal por la posada que dieron a los canteros que fizieron la capilla de Sant Chripstoual, por nuebe meses, mill e seteçientos e çincuenta e seis mrs» (Ibídem: 249). 12 Resulta significativo que entre los gastos más frecuentes de la cuentas del Concejo se encuentre la gran cantidad de dinero empleado para allanar los caminos para los carros de piedra, así como el utilizado para compensar a toda una serie de individuos cuyas propiedades habían sido afectadas por el continuo trasiego de los carruajes. 13 La obra parece que comenzó a plantearse en 1518, cuando se asentaron los capítulos para el cantero (Ibídem: 333). Pero no se ordenó su ejecución hasta 1522, año en el que el «alcallde y regidores y otras personas que se juntaron para dar fin en el concierto de la hobra de señor San Chripstoual y Santa María con maestre San Juan» (Ibídem: 436). 14 Real Chancillería de Valladolid. Por otro lado, la jurisdicción de la muralla era una responsabilidad del Concejo. Por ello, cualquier obra vecinal que afectara a su estructura tenía que contar con su autorización. El mantenimiento también estaba en sus manos, por lo que son frecuentes en la documentación las peticiones tanto para efectuar reformas como para pedir al Ayuntamiento que acometiera los trabajos y arreglos necesarios para conservarla en buen estado 15. Las edificaciones que se adosaron o se construyeron directamente sobre la muralla necesitaban, en muchos casos, abrir huecos para las ventanas. Del mismo modo, los vecinos del barrio de la Cerca Alta comenzaron a protestar ante el Concejo por la incomodidad que representaba para ellos tener que recorrer todo el recinto hasta las puertas principales para acceder a las propiedades que tenían extramuros. Un ejemplo de la primera situación que hemos mencionado lo tenemos en un documento del año 1801 16, en el que se menciona que el Marques de Ziriñuela tenía permiso para avrir dos venttanas en la muralla que sostiene su casa de estta villa, à la suvida de la yglesia de San Cristóbal. En cuanto al segundo caso, el de la apertura de accesos, hemos localizado en el archivo 17 un texto que creemos necesario exponer completamente, ya que refleja perfectamente el contexto que estamos exponiendo: Presente yo el escribano dijeron que por quanto Gregorio de Sologuren, vezino les hauia suplicado permitiesen el que abriese una Puerta en la muralla que da à la Calle que sube para la Yglesia del Señor San Christoval por donde pretendia tener entrada y salida para la posesion que tenia vajo de la dicha muralla, y que su intento hera hazerla con arreglo â la otra que el señor Alcalde tenia para vajar â la huerta, fabricada en la misma muralla â corta distancia de la intentada, y que le ha mandado permiso para su ejecuzion con tal que dicho Gregorio, ni sus subzesores no fabricasen sobre ella, antes si hauia de quedar exempta; y desembarazada, pena de que en su defecto se prozederia por el Aiuntamiento que es ô fuere â el demolimiento de quanto se fabricase sobre la dicha muralla. Añana en el siglo XIX • Las siguientes actividades que hemos documentado modificaron completamente el área de San Cristóbal, pues se produjo el arrasamiento de las estructuras preexistentes, la extracción de gran parte de sus materiales constructivos y la ampliación de los límites de la terraza. Durante esta fase la muralla fue arrasada, en algunos casos hasta la cota del suelo y en otros hasta sus cimientos (UE 6). Lo mismo sucedió con los muros de la iglesia (UE 10), con la particularidad de que los que se situaban junto a la cerca conservaron una mayor parte de sus alzados. Cuando finalizaron las obras de extracción de material, todos los huecos fueron amortizados con el escombro sobrante para nivelar la cota del terreno (UEs 2, 12 y 37). En este sentido, el muro que sustenta la actual terraza de San Cristóbal, que era considerado hasta el momento como la muralla de Salinas (SAGREDO 2007: 64), es, en realidad, una pared de contención construida durante este momento para ampliar la superficie útil del cerro. La terraza creada tras las labores que acabamos de comentar fue aprovechada para erigir nuevas edificaciones. Lo primero que se hizo fue construir un canal (UEs 3 y 4) que drenara la zona tras la modificación de la topografía del lugar, pues el antiguo desagüe había sido amortizado. Después, se levantó un inmueble del que sólo hemos podido registrar parte de un muro y su suelo, los cuales fueron finalmente arrasados durante la construcción del frontón que podemos ver actualmente. • Los hechos acaecidos en la etapa comprendida entre los siglos XIX y XX son los que más han influido en la morfología actual del primitivo recinto de Añana, hasta el punto de ser los causantes de que el plano urbanístico de la villa haya sido considerado, hasta no hace muchos años, como una excepción en el proceso urbanístico de las villas de la Comunidad Autónoma Vasca. El acontecimiento más destacado ocurrió en el primer cuarto del siglo XIX, concretamente durante la Guerra de la Independencia. En ese período, el ejército francés ocupó Añana, convirtiendo parte de las eras del Valle Salado en un campamento militar y reaprovechando el antiguo recinto amurallado del barrio de la Cerca Alta y su iglesia de San Cristóbal como fortaleza. 15 A continuación exponemos algunos de los ejemplos más significativos: -1521: El Concejo de Salinas «avia dado a Juan d`Espejo, cantero, por lo que adobo en el cubo çerca de la dicha puerta por dos dias que estubo ochenta mrs». -1621: Martin de Sant Pelayo y Juan Martinez y Catalina de Estibalez dizen de aber reparado parte de las murallas de esta billa por tener cassas y guertas pegadas a las dichas murallas pidieron se les aga merçed de ayudarles para ayuda de los dichos reparos, cometiosse a los señores de ayuntamiento para que lo bean y satisfagan por quenta de esta billa parte de el dicho daño como les parezca (Archivo del Territorio Histórico de Álava [ATHA]. Libros de Actas del Ayuntamiento. -1623: En este conzejo Martin de Gaona regidor de esta villa dijo que estando como esta su cassa armada sobre la zerca de esta villa se le ha caydo un grande pedazo de la dicha zerca de la billa y aunque a procurado remediarlo no a podido pidio que por ser la zerca de la dicha villa se le ayude con algo para el dicho reparo (Ibídem. Las tropas francesas obtuvieron los materiales necesarios para reforzar las defensas de la localidad desmantelando distintas edificaciones. Disponemos de un documento del año 1819 18 en el que se recogen los importantes daños que sufrió la comunidad salinera y sus causas. Se trata de una petición que el Concejo realizó al Rey pidiendo ayuda para reparar los daños que habían sufrido. Según el Alcalde, la División Iberia de las tropas españolas atacó Salinas el 10 de enero de 1813 e hizo prisionera a la guarnición francesa. La venganza de los franceses por la derrota infligi-da recayó en la villa, en la que demolieron ò quemaron veinte y cinco casas y la mejor yglesia en el barrio de la Cerca, la de San Cristóbal 19. No obstante, en el mismo documento también se citan las actividades destructivas y constructivas que se llevaron a cabo durante la ocupación, pues se menciona cómo se derribó el antiguo frontón de pelota para emplear sus materiales en fortificaciones. Como se puede apreciar por los datos que venimos comentando, durante esta etapa se agravó la despoblación del recinto original de Añana, pues si ya antes de este conflicto su interés urbanístico se había reducido drástica-Fig. Fotografía general de la excavación en San Cristóbal que muestra el arrasamiento de las estructuras hasta la cota del suelo de la terraza 18 A continuación exponemos parte del último texto mencionado, pues expone de forma muy clara los graves problemas que afectaron a la villa y sus salinas durante esta época: Las ocurrencias funestas de la ultima desastrosa guerra produgeron tantos y tan graves perjuicios à aquella poblacion en su fortuna y propiedades, que todavia a pesar de haver gozado algunos años de los frutos y beneficios de la paz, no ha podido rehacerse de tamañas perdidas, ni se halla con los suficientes recursos para llenar las atenciones necesarias que en tiempos mas felices satisfacia sin esfuerzo y gravamen de sus havitadores. Es bien publico por desgracia el horroroso saqueo que estos sufrieron en la noche del veinte del mes de junio de mil ochocientos trece al retirarse a Vitoria las tropas enemigas que abandonaban aquel terreno para empeñar a los aliados en una batalla decisiba. El transito de aquellas por Salinas, aunque afortunadamente fué el ultimo, arrebato a su vecindario el resto miserable de vienes que havian conservado en medio de las estorsiones continuas y enormes exacciones con que le afligio sin intermision la tirania de los franceses mientras duró en la peninsula su odiosa e intrusa dominacion; tambien es notorio que de resultas de haver quedado prisionera la guarnicion que ellos tenian en la misma villa por el valor y denuedo de las tropas españolas al mando del general Mendizabal experimento el pueblo los esfuerzos del furor vengatibo de sus opresores que demolieron ò quemaron veinte y cinco casas y la mejor yglesia en el barrio de la Cerca (ATHA. 19 Existen distintas versiones sobre quién fue el causante de la destrucción de la Iglesia. Según el documento de 1819 antes mencionado, fueron los franceses en represalia por la derrota infligida. Sin embargo, la mayor parte de las fuentes recogen que, en realidad, la ruina fue llevada a cabo por la guerrilla española comandada por Longa y bajo las órdenes del general Mendizábal. Así, en 1819 se dice que fue demolida por el ejército español, en concreto por las tropas del Comandante don Francisco Longa con motibo de las occurrencias de la ultima guerra contra el tirano de la Europa (Archivo Histórico Diocesano de Vitoria [AHDV]. En él se cita el asedio al que fueron sometidas las tropas francesas desde finales de diciembre de 1812, hasta el punto de verse obligados a refugiarse en la iglesia-fortaleza. El ataque final lo efectuaron 2.500 hombres y cinco piezas de artillería de Longa y Abecia el 8 de enero, y la rendición de la guarnición francesa compuesta por 250 hombres se produjo el 10 de enero. Tras ello, Longa ordenó derruir el fuerte que tantos sufrimientos le había costado conquistar y Mendizábal le felicitaba por ello y daba por hecho que se habrían dado las órdenes oportunas para la demolición que mañana mismo tendré el gusto de ver por mi mismo. mente, tras él se perdió también un parte importante de sus viviendas y el edificio más representativo del lugar, la Iglesia de San Cristóbal. Durante la intervención arqueológica hemos podido documentar la secuencia estratigráfica que muestra los cambios de uso y morfología que sufrió la plataforma de San Cristóbal tras la destrucción de la Iglesia. En primer lugar, todos los efectos fueron trasladados a la otra parroquia de la comunidad, Santa María de Villacones20. De hecho, una parte importante de los retablos e imágenes que pueden verse actualmente en ella pertenecen al desaparecido templo (como por ejemplo la talla de Santa María la Redonda de finales del siglo XIV, la de San Andrés y la de San Cristóbal.) En segundo lugar, en 1814 se procedió a instalar un cementerio junto a las ruinas21 y después, ya en 181622, el Concejo propuso la edificación de un nuevo centro religioso en un emplazamiento distinto y más comodo para su vecindad, si bien este proyecto nunca se llegó a ejecutar. El arrasamiento completo de la iglesia y de la muralla que hemos identificado durante las excavaciones no fue realizado hasta años después de que fuera destruida en 1813. Hay varios documentos23 que muestran la preocupación del cabildo de la villa porque los vecinos estaban extrayendo piedras sin permiso para la reconstrucción de sus casas, por lo que en 181724 parece que se ordenó su definitiva demolición. A partir de entonces, la terraza de San Cristóbal, libre ya del templo y de las casas que debían localizarse junto a ella se convirtió en una explanada cuyo único uso fue el de albergar el cementerio. Esta situación también suscitó problemas entre los parroquianos, ya que la iglesia que estaba en funcionamiento (Santa María de Villacones) y el cementerio instalado en San Cristóbal se encontraban muy alejados entre sí25. Todavía en 1849 seguían realizándose quejas en este sentido, añadiendo al problema de la lejanía su poco fondo de tierra y sin tener capilla o cubierto en donde poderse depositar ni siquiera un cadáver cuando así lo exijan las circunstancias. Uno de los principales problemas que se plantearon en Salinas tras los enfrentamientos militares fue la reconstrucción del juego de bolos y el de pelota, el cual, como hemos visto, estaba emplazado en la zona del mercado y fue derruido por los franceses para reutilizar sus piedras en fortificar el barrio de la Cerca Alta. En torno a 184426, y tras superar los problemas generados por la Primera Guerra Carlista, la bolera se instaló en la explanada de San Cristóbal, perteneciendo seguramente el muro UE 111 a su cierre oriental. A partir de 1869 se produjeron nuevos cambios a raíz de la presentación al Ayuntamiento de una solicitud vecinal en la que se pedía que se construya un juego de pelota en el sitio en que está el de bolos y que éste se coloque en donde se encuentra el actual juego de pelota. Como el Concejo carecía de recursos, el 10 de octubre de ese mismo año José Cruzado se comprometió a entregar 6.000 reales para la edificación de ambos juegos a cambio del usufructo de la bolera durante 12 años. En cuanto al juego de pelota, se determinaron las condiciones de la obra, indicando que la pared frontal se debía ejecutar de sillería y no de almendrilla (mampostería). Por otro lado, junto al frontón se construyó un matadero para el surtido de carnes y se instaló temporalmente el reloj, el cual acabó instalándose en su situación actual, en una torre (entre la bolera y la sede del Ayuntamiento) rematada por una de las campanas de la primitiva iglesia de San Cristóbal. Salinas de Añana en el siglo XX La crisis económica que afectó a la explotación salinera durante el siglo XX tuvo fuertes consecuencias en la villa y en especial en su barrio de la Cerca Alta. En primer lugar, la huida de la población activa hacia nuevas actividades provocó el abandono de los lugares de residencia, por lo que gran parte de este espacio, carente de un cuidado continuo, acabó arruinándose. Después, parte de los solares que quedaron en el barrio fueron utilizados para instalar eras de trillar, lo que unido al fuerte descenso del número de habitantes en la zona, provocó que el Ayuntamiento disminuyera las intervenciones en el barrio, dejando completamente abandonadas estructuras municipales como la muralla. En tercer lugar, los vecinos que se quedaron en el barrio, ante la dejadez de las autoridades, ocuparon los antiguos callejones y terrenos públicos para unirlos a sus respectivas propiedades. Esta actividad ha tenido como consecuencia la ocultación del proyecto urbanístico original y, con ello, las erróneas interpretaciones que se han efectuado sobre su supuesta excepcionalidad. Por último, los moradores del barrio reaprovecharon los paramentos de la cerca para apoyar sobre ellas nuevas edificaciones o simplemente los desmantelaron para reaprovechar sus materiales. Esto ha ocasionado la desaparición de gran parte de la muralla, de la que sólo se conservaron aquellas zonas en que también funcionaba como muro de contención. Además, su localización en zonas marginales y bajo una densa capa de vegetación ha provocado que su antigua función haya desaparecido de la memoria colectiva del lugar, por lo que también ha permanecido invisible a los investigadores hasta la década de los noventa del siglo XX. La fundación real de la villa de Salinas y la evolución de su espacio construido Una vez descrita e interpretada la secuencia estratigráfica documentada durante el transcurso de la intervención arqueológica, el siguiente objetivo en nuestro procedimiento de trabajo es intentar comprender el ordenamiento espacial resultante tras el proceso de fundación de la villa. Para afrontar esta parte, emplearemos una metodología desarrollada en el mundo anglosajón (principalmente por los arquitectos B. Hillier y J. Hanson) y que ha sido importada por diversos equipos a la Península. Entre ellos destacan el trabajo de J. Sánchez (1998) sobre estructuras de época Ibérica en Andalucía, el de J. Jiménez Ávila (2005) sobre Cancho Roano en Extremadura y las investigaciones sobre la arquitectura doméstica protohistórica desarrolladas por el Laboratorio de Patrimonio, Paleoambiente e Paisaxe de la Universidad de Santiago de Compostela (Mañana et alii 2002). Si bien la mayor parte de los estudios realizados hasta el momento en España se centran en época prehistórica 27, con esta investigación hemos querido aplicar este modelo de análisis al espacio construido medieval, y más concretamente a la conformación espacial de un contexto urbano creado entre los siglos XII y XIII. El método que vamos a emplear se conoce como análisis sintáctico del espacio y, en líneas generales, se desarrolla en dos escalas de análisis: el macro (alphaanalysis) 28 y el micro (gamma-analysis) 29. En el primer caso, se hace referencia al estudio del patrón global de los asentamientos, ya que es el que más afecta a cómo funcionan y se crean los patrones generales de uso y movimiento urbano. Para ello, se establecen dos elementos básicos dentro de los núcleos poblacionales, los cerrados (viviendas, iglesias, etc.) y los abiertos (calles, plazas, paseos de ronda, etc.), y se considera la estructura espacial de dos maneras: la convexa, que hace referencia al grado en el que un espacio se extiende en dos dimensiones y la axial, que alude al grado en el que un espacio puede extenderse linealmente. De este modo, se asocia la axialidad con los patrones de movimiento (tanto de circulación interna como de acceso desde el exterior) y la convexidad con la propia estructura del asentamiento y sus habitantes. En el segundo caso, el análisis gamma completa esta visión espacial, analizando tanto las relaciones internas de las edificaciones (o los grupos de edificios que conforman una unidad familiar) como el control desarrollado por los patrones de permeabilidad de las estancias que las conforman. Los elementos claves son, en este caso, los umbrales, pues son ellos los que sirven para comunicar y controlar los distintos ambientes. No obstante, es importante tener en cuenta que en cualquiera de las dos escalas de trabajo (macro o micro) se emplean los mismos conceptos básicos para representar y relacionar los distintos patrones espaciales: distribuido/no distribuido y simétrico/asimétrico (Hillier, Hanson 1984: 94). Debido a que en Añana sólo disponemos en el estado actual de la investigación de datos generales sobre la estructuración urbanística del valle, aplicaremos en la medida de lo posible el análisis alpha, ya que nos permitirá, como veremos a continuación, identificar el patrón global del asentamiento salinero, que es, en definitiva, el que conecta la lógica social del espacio con la lógica espacial de la sociedad que lo creó. El trabajo se dividirá, pues, en dos etapas. Durante la primera analizaremos de forma conjunta los antecedentes y los resultados del estudio arqueológico anteriormente descrito para, de este modo, plantear cómo era el urbanismo de la villa en un marco temporal concreto, entre los siglos XII y XIII. En este sentido, a la hora de aplicar este tipo de análisis hay que tener en cuenta que el espacio urbano es, en esencia, una gran edificación histórica que no ha permanecido congelada en el tiempo, sino que ha evolucionado hasta convertirse en un complejo yacimiento pluriestratificado en el que es necesario aplicar un utillaje hermenéutico adecuado para poder desentrañar su evolución 30. Además, no hay que olvidar, tal y como expone T. 27 Los ejemplos de aplicación práctica de esta metodología en otros ámbitos cronológicos de estudio son todavía muy reducidos. Queremos destacar entre ellos el análisis de la arquitectura del siglo VII del Tolmo de Minateda en Hellín, Albacete (Gutiérrez, Cánovas 2009). 30 El estudio del urbanismo de las villas en el País Vasco desde una perspectiva inmovilista del espacio ha llevado a creer que en los planos actuales de los núcleos se encuentra fosilizado el urbanismo medieval. Esto ha llevado a errores interpretativos, como el denominado «solar gótico» o la vinculación directa entre construcción de la muralla y la concesión de la carta puebla, que están siendo subsanados lentamente por la arqueología urbana (Azkarate, García Camino Saunders (1990: 183), que esta constante redefinición del espacio está directamente relacionada por el día a día de la actividad humana, por lo que sociedad y espacio están indefectiblemente unidos por un patrón global. Ya para terminar, en la segunda parte analizaremos el urbanismo resultante de la villa (aplicando el análisis alpha), e intentaremos establecer los principios del espacio construido para, en definitiva, tratar de ampliar nuestros conocimientos sobre la sociedad que lo generó. El Valle Salado de Añana antes y después de la fundación de la villa real. Antecedentes y descripción formal Para poder entender el urbanismo de Salinas tenemos que abordar en primer lugar, si bien de forma sintética, la evolución de su poblamiento hasta la fundación de la villa y las estrechas relaciones existentes entre el espacio de producción de sal y la conformación de su red aldeana. Hay que comenzar explicando que el valle de Añana es abrupto, de elevadas pendientes y no posee grandes extensiones para el cultivo, lo que unido a sus características geológicas típicas de una zona de diapiro, lo convierten en un lugar árido y poco apto para el hábitat. Por otro lado, no es un espacio que se caracterice por dominar visualmente amplias áreas y ni siquiera se encuentra sobre una vía de comunicación relevante. Sin embargo, en el fondo del valle brotan de forma espontánea varios manantiales de agua mezclada con sal (salmuera) que es fácilmente transformada, mediante su exposición a los agentes atmosféricos, en sal. La presencia de este producto, debido a la importancia que ha tenido a lo largo de la historia como conservante, condimento, alimentación del ganado, etc., ha sido razón suficiente para que en su entorno inmediato se asentaran poblaciones desde hace más de 4.000 años. Según las últimas investigaciones que hemos realizado sobre la evolución del poblamiento (Plata e.p.), la producción y comercialización de la sal de Añana era controlada en época julio-claudia desde una civitas romana denominada por Ptolomeo en el siglo II Salionca 31. La destrucción y el abandono de esta ciudad durante la primera mitad del siglo V provocó el traslado de la población que estaba directamente relacionada con esta actividad al Valle Salado, desarrollándose a partir de ese momento una compleja comunidad que continuó con la explotación de los manantiales de salmuera. El paisaje habitado desarrollado durante la Tardoantigüedad sufrió un importante cambio entre el siglo VIII y la primera mitad del X, periodo en el que la antigua comunidad se desestructuró para terminar formando una red de aldeas independientes entre sí. El final de este proceso está perfectamente documentado, pues se ha conservado un documento del año 945 (Ubieto 1976: 49-50) donde se citan los núcleos existentes. En cuanto a los orígenes, la falta de información directa provoca que sean más difusos. A pesar de ello, hemos podido comprobar cómo debido principalmente a la inestabilidad existente en el territorio durante estas centurias y a la cristalización del poder de las aristocracias locales y regionales, los habitantes del valle reaccionaron reorganizando de forma progresiva el patrón de poblamiento. No obstante, al menos en Añana no se produjo una modificación radical del paisaje habitado, caracterizado por ser un modelo de poblamiento agregado en el que las unidades domésticas se emplazaban en todo el entorno del valle, sino que se desarrolló una transformación interna del paisaje social, que llevó a los vecinos del valle y a sus poderes locales a agruparse en concilios totalmente autónomos. La transformación del espacio habitado no tuvo lugar, en realidad, hasta principios del siglo XII y comienzos del XIII. En este caso, el principal promotor del cambio fue la Corona, pues dotó al Valle Salado con el instrumento que iba a conseguir que seis núcleos totalmente independientes entre sí se agruparan en un único emplazamiento y formaran una sola comunidad, la villa de Salinas de Añana (Fontes, Villacones, Terrazos, Villanueva, Iesares y Orbón). El instrumento antes mencionado no es otro que la carta puebla, y mediante ella, tanto Alfonso I el Batallador como Alfonso VII de Castilla intentaron poner orden en la compleja realidad social, política y económica de un valle en el que confluían multitud de poderes feudales, tanto de carácter laico como eclesiástico (entre los siglos IX y X hemos documentado más de cuarenta instituciones religiosas con presencia directa en la zona). Con la concesión del fuero, la Corona no sólo buscaba reforzar el poder real en este territorio de frontera, sino que trataba de fomentar la producción y favorecer la comercialización y el transporte del producto para, de este modo, incrementar y canalizar hacia las arcas reales los importantes ingresos que generaba la sal. De todas formas, el hecho de que los centros históricos no reflejen fielmente en la mayoría de los casos el urbanismo medieval, no implica que deban ser descartados de la investigación, sino que obliga a incluirlos en estudios integrales, donde hay que efectuar un análisis regresivo de todas las fuentes disponibles (documentación, toponímia, paisaje, etc.) que debe ser contrastado con la ejecución de intervenciones arqueológicas -sobre y bajo cota cero-en lugares elegidos estratégicamente. 31 El yacimiento está situado en el término de Las Ermitas de la localidad alavesa de Espejo (Filloy, Gil 2000). La fundación de la villa real en torno a 1114 provocó un efecto en cadena en todos los ámbitos del valle salinero. A pesar de que tanto Alfonso I como Alfonso VII procuraron no enfrentarse a aquellos señoríos que tenían bajo su jurisdicción a una parte de la población de Añana (sobre todo San Millán de la Cogolla, San Salvador de Oña y Santo Domingo de Silos), lo cierto es que el conjunto de los habitantes acudieron de forma progresiva a la llamada del rey para ir a poblar el cerro elegido para fundar la villa de Salinas, logrando de este modo los importantes privilegios judiciales, fiscales y comerciales que concedía el monarca. A nivel de organización interna, esto supuso la creación de dos órganos de gobierno que agrupaban a los pobladores y propietarios del Valle Salado de Añana: uno para el control de la fábrica de sal (la Comunidad de Herederos) y otro para dirigir la nueva realidad social (el Concejo). Debido a que la carta foral no fue concedida a una aldea concreta, sino a todas ellas bajo el nombre genérico de Salinas, hasta el momento se desconocía cuál de ellas pudo ser la elegida por el rey para agrupar a la población. No obstante, tras analizar la toponímia y las fuentes escritas, sobre todo un documento (UBIETO 1978: 24-26) de Santo Domingo de la Calzada que ofrece el inventario de los habitantes de Añana, podemos afirmar que el núcleo principal que se iba a transformar en la villa de Salinas era Fontes, pues contaba en 1156 con 120 vecinos repartidos en 74 unidades familiares, lo que supone un 60,19 por ciento del total de los individuos que habitaban, trabajaban y defendían el Valle Salado. Las fuentes arqueológicas han demostrado, sin embargo, que el proceso de conformación de la nueva villa no fue tan sencillo como cabría suponer, ya que creemos que Alfonso I no primó un núcleo de población sobre el resto, sino que eligió el espacio más apto del entorno para crear la nueva villa. El cerro que se iba a convertir en el emplazamiento de Salinas de Añana poseía las condiciones orográficas más aptas del entorno para construir un recinto fortificado por los siguientes aspectos: está sobreelevado respecto a la explotación pero sin alcanzar cotas excesivamente altas; es fácilmente defendible, sobre todo por su lado meridional donde hay un desnivel vertical de unos 10 metros; la construcción de su perímetro amurallado no presenta grandes complicaciones; en su lado norte hay afloramientos rocosos en superficie de los que se puede extraer fácilmente abundante material constructivo y por último, controla visualmente una gran parte de la explotación salinera y la vía de comunicación principal que atravesaba el valle. La villa medieval resultante ocupaba una superficie de 1,47 hectáreas y estaba rodeada por aproximadamente 540 metros de muralla, de los que sólo se han conservado hasta la actualidad unos 130 (cfr. fig. 20). Las torres que defienden su cara externa son elementos macizos que poseen, por término medio, unos 2,6 metros de diámetro y Fig. 19. Planta general del espacio construido de la villa tras su fundación están separados entre sí unos 11,5 metros. Esta distancia se reduce considerablemente en los accesos principales, donde las jambas de las puertas estaban flanqueadas por torreones de planta ultrasemicircular para incrementar su defensa. La investigación arqueológica efectuada indica la presencia de cinco puertas principales en el recinto fortificado: (C) 32 -La primera se emplazaba al sur y comunicaba la calle de la Carrera con la Cerca Baja. (D)-La segunda estaba situada en el extremo oriental y unía el área del mercado con las calles Cerca Alta y Cerca Baja 33. (E)-La tercera se ubicaba en el extremo nororiental y ponía en comunicación la Cerca Alta con la zona de San Sebastián. (F)-La cuarta entrada ha sido localizada durante las labores de excavación efectuadas en el extremo norte, donde se ha puesto al descubierto la cimentación de uno de los torreones ultrasemicirculares que flanqueaban el camino que enlazaba con la calle Cerca Alta. (G) -El quinto y último acceso se emplazaba en el extremo más occidental y permitía la entrada directa a la terraza de San Cristóbal 34. En este listado no podemos olvidar que con la muralla construida en la cumbre del cerro no se controlaba directamente la vía de comunicación principal, ni la explotación salinera, ni los almacenes de sal, por lo que el sistema defensivo se completaba con dos puertas fortificadas situadas en los extremos del valle: una instalada al oeste, junto a la iglesia de Santa María de Villacones (A), y la otra al este, en el área de Terrazos (B). Los espacios urbanos resultantes Para entender la configuración urbanística de una villa diseñada y desarrollada por el poder real durante los siglos XII y XIII, hay que tener presente los condicionantes previos que presentaba el emplazamiento elegido por el rey para su fundación. Entre ellos hay que destacar, en primer lugar, el problema de la doble ocupación del cerro, pues si bien la aldea de Fontes dominaba la mayor parte de su superficie, con la iglesia de San Sebastián ubicada en el lado oriental; parte de la aldea de Villacones y uno de sus templos, el de San Cristóbal, se situaban en el extremo opuesto. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la fundación de una nueva villa que absorbió a las seis comunidades de salineros existentes en el entorno del valle produjo la desapari-ción de cinco de sus aldeas, la agrupación de las actividades eclesiásticas en las dos parroquias del núcleo de Villacones (curiosamente una dentro del recinto fortificado y otra fuera, junto a la fábrica de sal), la conversión de los templos de las aldeas abandonadas en simples ermitas y la readaptación del espacio construido preexistente para acoger en su interior al conjunto de la población que decidió trasladarse a él. Todo ello produjo una ruptura en la estructura social y económica de las comunidades salineras, así como en el patrón de racionalidad de un paisaje construido que hunde sus raíces en la Tardoantigüedad. Centrándonos en el espacio defendido de la villa salinera, resulta evidente la presencia de una organización interna que creemos hace posible descartar las teorías sobre la excepcionalidad de su urbanismo 35. De hecho, se integra en una de las tipologías más frecuentes de nuestro territorio, y que se define por tener un recinto fortificado irregular con dos templos formando parte de sus murallas. Así pues, la villa diseñada por el poder real entre los siglos XII y XIII puede dividirse en cinco grandes áreas. • Las dos primeras son de carácter público-religiosodefensivo y se emplazan en los extremos del recinto: En el lado nororiental estaba ubicada la iglesia de San Sebastián, que fue donada en el año 1077 37 por los vecinos de Fontes al monasterio de San Millán de la Cogolla. Debido a que se encontraba en el punto más elevado del cerro, además de tener un uso religioso también servía para fortalecer el sistema defensivo del conjunto y controlar visualmente toda la villa, el mercado y una buena parte de la explotación salinera. El extremo suroeste del recinto estaba ocupado por la iglesia de San Cristóbal. Esta zona sería, al igual que en el caso anterior, un espacio donde confluían distintas funcionalidades. Atendiendo a las fuentes arqueológicas y escritas, se puede afirmar que, además 32 Las letras pueden identificarse en el plano de la figura 19. Esta a puerta ha sido documentada durante las excavaciones arqueológicas y la lectura de paramentos que hemos efectuado en esta zona durante el 2008 (Martínez, Plata 2009). 34 ATHA, 1801.05.17, 18.1.361v-362:... en la muralla que sostiene su casa de estta villa, à la suvida de la yglesia de San Christtobal,......que en algun tiempo se hauia pensado levanttar el arco de dicha muralla, y que estta hera una ocasión para poder trattar acerca de dicho arco. 35 Hasta finales de los años ochenta del siglo XX, cuando se profundizó realmente en la realidad física de la villa, Salinas de Añana se presentaba «como la excepción dentro de la tipología urbanística alavesa» (MARTÍNEZ TABOADA 1985: 604). Las presuntas irregularidades tanto de su planta como de su trazado han sido los principales argumentos que impedían su inclusión en alguna de las tipologías urbanísticas que se habían establecido hasta ese momento. 36 Los números pueden identificarse en el plano de la figura 20. 38 Cuando la iglesia fue demolida durante la Guerra de la Independencia, las reuniones pasaron a celebrarse en el cementerio de la otra parroquia de la villa, Santa María de Villacones. Esta actividad no cambió de situación hasta que se erigió el actual edificio del Ayuntamiento. de ser una de las parroquias de la villa, reforzaba el sistema defensivo por su extremo occidental y, además, era el lugar donde se celebraban las juntas del Concejo hasta la desaparición del templo en 1813 38. Así lo demuestra un documento del año 1179, en el que García Jiménez de Arbulo efectuó una donación al monasterio de Santa María de Bujedo que tuvo lugar ante la venerabilissima ecclesia beati Christofori estando presente el Concejo de Salinas y otro de 1438, en el que el Corporación se juntó en San Cristóbal por pregon e acampana tannida segunt que lo an de uso e de costumbre de se yuntar. De este modo, San Cristóbal se convirtió entre el siglo XII y principios del XIX en el eje de la vida pública y religiosa de los vecinos de la nueva villa. Por otro lado, no hay que olvidar que tanto los propios templos como su entorno inmediato eran áreas gestionadas y protegidas únicamente por la jurisdicción eclesiástica. Este tipo de espacios sagrados se desarrollaron desde principios de la Edad Media y fueron regulados sobre todo en el siglo XI, cuando se estableció la «Paz de Dios». A ellos se acogían, mediante el derecho de asilo, todas aquellas personas, con sus pertenencias, que buscaban refugio y protección de la justicia civil, tanto real como señorial. Desde su creación, fueron causa constante de conflictos entre la justicia eclesiástica y la civil, ya que esta última no tenía derecho a reclamar a las personas refugiadas aunque estuviera demostrada su culpabilidad. Esta situación fue aprovechada frecuentemente por los delin-cuentes, como así lo demuestran las abundantes referencias escritas existentes sobre el tema. Este es también el caso de Salinas de Añana, donde todavía en 1773 se procedió a regular el derecho de asilo en las iglesias, por el abuso que se hace del mismo. En el arciprestazgo de Valdegobia se reduce a las iglesias de San Cristóbal en Salinas de Añana y de Santa Eulalia en Atiega39. • En la villa hay dos áreas asociadas por su uso privado-residencial. La diferencia entre ellas residía principalmente en sus peculiaridades topográficas, lo que provocaba que tuvieran un urbanismo y un sistema de circulación completamente distintos. -ZONAS III, IV, V, VIII, IX y X. La primera puede denominarse barrio de la Cerca Alta. Ocupa la parte superior del cerro y su red viaria está conformada por cuatro calles que la recorren longitudinalmente y un cantón que lo atraviesa transversalmente. Esta organización de los caminos divide el solar del barrio en seis manzanas simples e irregulares rodeadas exteriormente por la calle denominada Cerca Alta que, además de servir de vía de comunicación principal al conjunto, funcionaba en un importante porcentaje del recinto defensivo como paseo de ronda. La segunda, o barrio de la Cerca Baja, poseía una pendiente tan elevada que antes de ser ocupada tuvo que acondicionarse mediante la construcción de terrazas. La comunicación interna y transversal a la pendiente sólo podía realizarse mediante pasajes escalonados y la externa, que servía al mismo tiempo como límite del barrio, estaba formada por su parte superior con la calle Cerca Alta y por la inferior con la Cerca Baja. Por último, hay dos grandes áreas abiertas que se desarrollan longitudinalmente y de forma paralela por el interior de la muralla, una en el lateral norte y otra en el sur, que se corresponden con el paseo de ronda del recinto fortificado. Su función era facilitar la defensa de la villa creando un espacio libre de edificaciones que comunicaba los puntos fuertes del conjunto, los templos de San Cristóbal y San Sebastián. Los análisis realizados sobre la evolución del paisaje construido de la villa nos permiten aportar nuevos datos, tanto sobre la identificación de los diferentes espacios que la conforman, su funcionalidad y el carácter (público o privado) de cada uno de ellos, como de la lógica social del espacio subyacente en su sistema convexo y axial. En este sentido, hay que tener en cuenta su ambigüedad, pues el carácter de los espacios cambia según se van superando sus distintos accesos. De este modo, la fábrica de sal y la villa son privadas respecto al exterior, que es público. Cuando atravesamos las puertas que controlan el acceso al Valle Salado (A y B), las salinas se convierten en semipúblicas y la villa sigue siendo privada hasta que entramos por alguno de los accesos fortificados de la muralla que la defiende. No obstante, una vez dentro del recinto vuelve a existir una nueva división del espacio, pues hay áreas públicas relacionadas con la circulación (las calles y los cantones), el culto (las iglesias), la defensa (el paseo de ronda) y la vida pública (las plazas), y zonas privadas, como las casas de los vecinos. El análisis conjunto de la ocupación espacial indica que durante la conformación de la villa se concedió tanta importancia a las áreas privadas como a las públicas. De hecho, comparando la superficie que presenta cada una de ellas, se puede apreciar que las primeras disponían de aproximadamente un 43 por ciento del espacio total interior del recinto y las segundas el 56 por ciento restante. Para poder analizar las relaciones sintácticas entre los espacios construidos (tanto abiertos como cerrados) y la circulación hay que transformar el plano de la villa y su entorno en un mapa de puntos de contacto, o interface map. Otra de las pautas importantes del proceso de análisis es estudiar la profundidad, pues con ella se muestra el grado de dependencia de unos espacios sobre otros, el control de accesos y la permeabilidad de los distintos ámbitos (Hillier et alii 1987: 224). Esto se consigue transformando el Interface Map en un diagrama de profundidad o Depth Diagram. En la base se sitúa el exterior del sistema y sobre él los espacios alineados en niveles, que son creados en función de los pasos intermedios que existen para llegar de uno a otro. Los gráficos con poca profundidad se dice que son integrados y los profundos segregados (Hillier, Vaughan 2007: 6). Tal y como se puede apreciar en el Interface Map 40 y en el Depth Diagram de Añana (cfr. fig. 21), el sistema no es superficial, sino que se caracteriza por la profundidad de su espacio convexo 41 y el control de las transiciones por el espacio axial. Este tipo de sistemas se corresponden con asentamientos diseñados ex novo, en los que se consigue controlar el espacio y la circulación mediante la concentración de los accesos en unos puntos concretos. De este modo, la entrada a Salinas está fuertemente restringida por dos puertas fortificadas (A y B) que son simétricas respecto al exterior y están situadas en ambos extremos del valle y sobre la principal vía de comunicación. Hay que tener en cuenta que en una explotación salinera como la de Añana es de vital importancia tener fiscalizada la salida del «oro blanco», la sal. Una vez en el interior del espacio controlado por la nueva villa, el diagrama de profundidad puede dividirse horizontalmente en tres partes: la inferior, que engloba los niveles 1 al 3; la media, del 4 al 7 (que se corresponde con la muralla que rodea la villa) y la superior, del 8 al 9. -La parte inferior proyecta una sintaxis distribuida en la que destaca el diseño de un sistema circulatorio de varias rutas que facilitan el acceso tanto de los habitantes como de los extraños que han superado las restricciones iniciales a la explotación salinera. -El carácter no distribuido y segregado de la parte media del diagrama responde a la necesidad de controlar el acceso a las rutas que enlazan con cada una de las puertas del recinto fortificado de la villa. Hay que destacar en este sentido que existe una clara jerarquización de los accesos que se consiguió mediante la sucesión de puntos de distribución que proporcionan una gran profundidad al sistema defensivo. A modo de ejemplo, si quisiéramos llegar hasta el umbral de la puerta fortificada F desde el este, la ruta más directa necesita superar seis puntos de control: tres distribuidos en la parte inferior del diagrama (B-2-4), que también facilitan el acceso a la fábrica de sal, y tres no distribuidos en la parte media (5-6-7), cuya única función es regular el paso hacia el espacio de hábitat amurallado. -La parte superior refleja una sintaxis distribuida e integrada en la que, una vez atravesada la muralla (situada en el nivel 7) existen solamente dos niveles de profundidad. Esto demuestra la presencia de áreas superficiales (más cercanas a los puntos de acceso al recinto) donde se desarrollaban las actividades públicas y en las que se concentraban un mayor número de individuos ajenos a la comunidad, y 40 Las líneas indican los recorridos directos presentes en el sistema axial; los círculos blancos son los puntos de distribución (identificados con numeración arábiga salvo los situados en las puertas fortificadas, que están numerados con letras) y los puntos negros representan los espacios abiertos (como el paseo de ronda) y los cerrados (manzanas de edificaciones), que son individualizados con numeración romana. Por último, para completar el mapa hemos indicado con una línea de puntos suspensivos la muralla, con un cuadrado la situación de la fábrica de sal al sur y con un aspa inserta en el interior de un círculo el exterior del sistema. 41 La profundidad se mide con el índice de permeabilidad o de Relative Asymmetry (RA), que indica el grado de control de los espacios. Se calcula empleando los datos del Depth map en la siguiente fórmula: AR=2(PM-1)/K-2, donde PM es la profundidad media desde el punto de inicio y K es el número total de espacios del sistema (Hanson 1998: 28). Tal y como recoge T.A. Markus (1993: 14), los valores resultantes del cálculo de este índice «ranging from 0 (low) to 1 (high). áreas más alejadas donde predominaban los vecinos y sus actividades privadas. De todos modos, la profundidad de la zona de hábitat, para cuyo acceso desde el exterior es necesario cruzar entre siete y ocho espacios intermedios, contrasta con la buena comunicación interna que existe una vez que cruzamos los umbrales fortificados de la muralla, puesto que, salvo una excepción que luego comentaremos, cualquiera de ellos cuenta con entre tres y cinco puntos de conexión con el sistema circulatorio (el ejemplo más comunicado es la manzana de edificaciones que hemos identificado como VIII, a la cual es posible acceder desde cinco puntos de distribución (9, 10, 13, 14 y 17). Las diferencias socio-espaciales que nos surgen al dividir el valle en tres partes se muestran claramente si calculamos el índice de permeabilidad (RA) de cada una de ellas. Así pues, la parte inferior, que se caracteriza tanto por restringir la entrada al sistema desde el exterior como por facilitar la circulación interna a la fábrica de sal y al espacio fortificado de la villa, presenta un índice de 0,4 (cercano al 0,44 de todo el sistema). La parte media, que controla férreamente el tráfico a la zona habitada tiene un índice de 1. Y por último, la buena comunicación dentro del recinto fortificado, una vez que atravesamos la muralla, se muestra con el índice más bajo: 0,17. La importancia y la funcionalidad de algunos de los espacios documentados en el urbanismo de Salinas surgen al analizar su profundidad y distribución interna. La zona que denominamos San Cristóbal (I y II), donde como hemos visto se concentraron buena parte de las actividades públicas y religiosas de la villa tras su fundación es, sin duda, el área más protegida del sistema, ya que para poder llegar a ella desde el exterior es necesario atravesar entre cuatro y seis niveles de profundidad. Sin embargo, una vez que atravesamos el umbral de la muralla que permite el acceso directo a ella (la puerta G) es el área más comunicada, pues posee un punto de distribución clave (8) desde el que se puede acceder de forma directa a todos los espacios construidos de la villa. De hecho, los puntos de distribución 9, 10, 11 y 12 son simétricos respecto a este punto clave del sistema interno de comunicaciones. Además de funcionar como uno de los ejes principales del tránsito interno de Salinas, el punto 8 también enlaza a través del paseo de ronda que circunda la muralla con otra de las zonas relevantes de la comunidad, la de San Sebastián (XI). Este espacio, que remata el extremo nororiental del recinto, no destaca como el anterior por sus funciones públicas sino por ser uno de los puntos fuertes del sistema defensivo villa que, además, ejerce como punto de control visual del territorio salinero. Esto se refleja en su topografía, al ser el punto más escarpado y elevado del cerro y en el control de su acceso, puesto que sólo se puede entrar en él por un punto (15) situado en el último nivel de profundidad. Las transformaciones urbanísticas que hemos podido documentar al analizar las relaciones sintácticas del espacio diseñado tras la fundación de la villa también tuvieron su reflejo en la configuración espacial de la arquitectura doméstica. Hasta principios del siglo XII, todo el valle estaba habitado, pues el gozne sobre el que pivotaba el poblamiento era la fábrica de sal. Esto provocaba la disponibilidad de un amplio espacio (en realidad todo el Valle Salado) donde se emplazaban las unidades domésticas de las aldeas. En este sentido, no se han conservado muchas referencias documentales sobre la morfología y características constructivas de las viviendas de los salineros. Sin embargo, podemos hacernos una idea de cómo pudieron ser extrapolando parte de la información ofrecida por las excavaciones realizadas en la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, donde se ha documentado una secuencia de poblamiento ininterrumpida desde el siglo VIII (Azkarate, Quirós 2001: 25-60 y Azkarate, Solaun 2003: 37-46). Por otro lado, no hay que olvidar las referencias escritas que, si bien son muy escasas, nos proporcionan importantes datos sobre algunos núcleos cercanos a Añana, como es el caso de Alcedo42 (Álava), que está a tan sólo siete kilómetros de distancia, o Mambliga (Burgos), situada a veinticinco kilómetros en el valle de Losa. La alta densidad poblacional que presentaba el valle de Añana provocaba que las unidades domésticas estuvieran relativamente cercanas entre sí. Las pendientes del terreno requerían la construcción de espacios aterrazados en las laderas, las estructuras estaban posiblemente sustentadas por postes de madera, sus alzados presentaban como materiales constructivos predominantes el barro y las ramas entrelazadas y sus techumbres eran de paja. En ocasiones, es muy probable que dispusieran de zócalos erigidos con mampostería irregular (trabada generalmente con arcilla), que aislaban los elementos lígneos de la humedad e incrementaban notablemente el período de vida de los inmuebles. En el entorno inmediato del lugar de residencia se localizaban (tal y como recogen las fuentes escritas43 ) otro tipo de edificaciones y espacios abiertos con diferentes funcionalidades, como pueden ser construcciones destinadas a almacenar la sal producida o a guardar los aperos necesarios para su elaboración, corrales y cercados para guarecer el ganado empleado en el transporte de la sal y las actividades agrícolas, y huertos con pequeñas zonas de cultivo y árboles frutales. La concesión del fuero provocó, como ya hemos comentado, el abandono de la antigua red aldeana y la ocupación del cerro que iba a convertirse en la villa de Salinas. De este modo, el hábitat dejó de tener como punto de referencia la explotación salinera y, por tanto, los factores económicos, convirtiéndose la muralla y los aspectos defensivos en los nuevos elementos vertebradores del espacio social. Este proceso obligó, necesariamente, a diseñar un proyecto urbanizador para acoger a los nuevos vecinos de la villa, en el que los espacios de las unidades familiares fueron reducidos y distribuidos en solares perfectamente organizados, así como un sistema de tránsito que permitía la circulación y controlaba el acceso entre las distintas áreas del valle. Los más perjudicados fueron los antiguos vecinos de las aldeas de Fontes y Villacones que vivían en el cerro, pues seguramente tuvieron que ceder parte de sus propiedades a los nuevos pobladores. Éstos, por el contrario, consiguieron por orden foral44 mantener íntegro tanto su patrimonio como los derechos comunales que tenían en sus núcleos de origen. Este proceso está bien documentado en otras zonas de Álava como es el caso de Vitoria, donde el monarca navarro Sancho el Sabio desposeyó en 1181 a los antiguos habitantes de Gasteiz de la mitad de sus heredades para dársela a aquellos que se decidieran a poblar «Victoria»: Antiqui tamen laboratores qui antea ibi fuerant, qui in loco eis assignato ibi manere voluerint: habeas separatum medietatem hereditatum. Por otro lado, tanto en Añana como en buena parte de las villas medievales de nuestro territorio existen diferentes espacios que están relacionados con su defensa pero que no siempre son integrados en el sistema defensivo de igual modo. En líneas generales podemos dividirlos en dos: los espacios defendidos y los espacios protegidos. Los primeros son los más evidentes y conocidos, puesto que engloban los lugares de residencia y culto, y están dentro de los recintos amurallados. Los segundos hacen referencia a otro tipo de espacios, principalmente vinculados con actividades económicas, que deben ser protegidos, tanto de la gente que quería entrar como de la que pretendía salir sin pagar los impuestos que gravaban la producción y el comercio. Entre ellos destacan los mercados, los puertos y algunos tipos de explotaciones como las fábricas de sal que, aunque no estaban generalmente rodeados por una muralla, tenían los accesos controlados con puertas fortificadas. Un ejemplo significativo de espacio protegido es la Plaza Vieja o del Mercado de Bilbao que se emplazaba en la zona de La Ribera. En este área entraban mercancías por vía terrestre y marítima, estaba delimitada tanto por la cerca de la villa como por la ría y tenía distintos accesos que controlaban la entrada y salida de las mercancías: como el Portal de Ibeni por el este (García, Plata 2003: 334-347), el puente de San Antón por el sur, o la puerta que se situaba entre el final de Barrencalle y la ría por el oeste (cfr. fig. 22). Otro ejemplo es el caso que nos ocupa, Salinas de Añana, donde el sistema defensivo se completaba con el control del acceso y la circulación tanto a la villa como a su mercado y a la fábrica de sal mediante dos puertas situadas sobre la principal vía de comunicación: la instalada al oeste (A), que controlaba el tráfico hacia Castilla y el Cantábrico a través del puerto de Orduña y la del este (B), que fiscalizaba el comercio hacia la zona oriental de Álava, Navarra y La Rioja. Como se puede apreciar a lo largo del artículo, la concesión a los habitantes de la red de aldeas que trabajaban y habitaban el Valle Salado de Añana de un fuero de población a principios del siglo XII fue el desencadenante que propició un profundo cambio en todas sus estructuras sociales, políticas y económicas, así como en el patrón de racionalidad del espacio construido. Las importantes ventajas que la Corona concedió a todos aquellos individuos que accedieron a poblar la villa real provocaron que las comunidades salineras abandonaran sus lugares de residencia. De esta forma, las seis aldeas que hasta entonces eran entidades completamente independientes entre sí acabaron agrupándose en un solo emplazamiento, para lo que fue necesario realizar importantes cambios en todos los ámbitos del valle. Uno de los problemas más difíciles de resolver consistió en crear unos órganos de gobierno comunes, tanto para la fábrica de sal como para la nueva villa. En el primer caso, se creó una asociación de propietarios llamada Comunidad de Herederos, cuya dirección estaba en manos de dos individuos que eran elegidos periódicamente, uno de ellos representaba a los propietarios laicos y otro a los religiosos. En el segundo caso, se constituyó un Concejo único que se reunía en la iglesia de San Cristóbal y en el que quedaban representados los intereses de los vecinos de las seis aldeas. Otro de los problemas para crear una única comunidad salinera era la presencia en Añana de un complicado entramado eclesiástico, pero no sólo porque en el valle había un buen número de individuos que estaba bajo la jurisdicción de algunos importantes dominios monásticos, sino porque fue necesario unificar las funciones parroquiales de los seis templos de las aldeas en las iglesias que se iban a convertir en las parroquias de Salinas. Las elegidas fueron las dos edificaciones pertenecientes a Villacones, una situada junto a la fábrica de sal, Santa María, y otra en el extremo occidental del recinto fortificado, San Cristóbal. Un efecto secundario de este proceso fue la conversión de las parroquias de las aldeas abandonadas en ermitas. Durante el estudio hemos analizado la evolución del espacio construido en la villa de Añana, teniendo muy en cuenta los condicionantes previos que influyeron en el resultado final. Hay que tener en consideración que el cerro elegido por el rey presentaba las mejores ventajas orográficas del entorno, pero tenía el problema de estar ocupado simultáneamente por dos aldeas, Fontes y Villacones. En cuanto a aspectos defensivos, el problema se transformó en una ventaja, pues sus templos, situados en los extremos del cerro, se incorporaron de una forma u otra al recinto fortificado. En cuanto a la creación del nuevo urbanismo de la villa, los artífices del proyecto primaron el interés general sobre el particular y articularon un sistema de jerarquización de los espacios y de circulación perfectamente adecuado a la topografía y a las nuevas necesidades de la vecindad. Esto supuso la división del interior del recinto fortificado en cinco grandes áreas, dos de carácter público-religioso-defensivo, dos de carácter privado-residencial y una de uso exclusivamente defensivo, el paseo de ronda. El sistema defensivo de Añana no sólo contemplaba la protección de la villa, sino que también debía proteger el bien más preciado de la comunidad, su fábrica de sal. De este modo, se instalaron dos puertas fortificadas destinadas a controlar tanto la entrada como la salida del valle. Estas entradas se convirtieron, además, en el primer filtro de acceso a Añana, pues era necesario atravesarlas para poder acceder a cualquiera de los espacios internos. La secuencia documentada durante la lectura estratigráfica de los paramentos de la muralla, así como en las excavaciones arqueológicas efectuadas en distintos puntos, ha incrementado notablemente la información que teníamos sobre el proyecto de fundación de una nueva villa iniciado por Alfonso I el Batallador a principios del siglo XII. Resulta evidente que uno de los aspectos más significativos fue erigir un recinto fortificado cuya función principal fue delimitar físicamente la nueva realidad jurídica, social y económica generada con la creación de un núcleo que agrupaba a todas las comunidades salineras. Sin embargo, también hemos podido demostrar que quizá como símbolo de la nueva situación, en la que se instauraba un poder Real fuerte en una zona dominada por señores laicos y eclesiásticos, o tal vez con el fin de apropiarse de forma directa del patronazgo del templo, que iba a convertirse en uno de los puntos más importantes del sistema defensivo y en eje de la vida pública y religiosa del Valle Salado de Añana, el Rey decidió construir una nueva iglesia siguiendo los cánones constructivos de su época. Para ello tuvo que destruir el primitivo centro religioso de San Cristóbal, del que ya tenemos noticias de su existencia en las fuentes escritas desde el siglo X, cuando estaba en manos del conde García Fernández. En un momento posterior, pero sin extenderse fuera de los límites del siglo XII, el templo sufrió una ruina que debió alterar profundamente su estructura. Esto tuvo varias consecuencias. En primer lugar, y al menos temporalmente, se produjo un cambio de uso del edificio. Su nave norte y el área exterior más cercana y pegante a la muralla fueron utilizadas como lugar temporal de hábitat, en cuyos suelos se llegaron a efectuar inhumaciones. En segundo lugar, se procedió a erigir un nuevo centro religioso a escasos metros al oeste del anterior. Es posible que este nuevo proyecto, que no reaprovecha el anterior sino que lo modifica completamente, fuera impulsado por el rey castellano Alfonso VII, quien confirmó la carta puebla junto al señor de salinas, el conde Ladrón, en 1140. La importancia de los templos documentados no sólo radica en el hecho de constatar que se construyeron como parte del proceso de fundación de la villa, sino también en su temprana cronología y la excepcionalidad de su planta, pues la presencia en la primera mitad del siglo XII de una iglesia cuya cabecera pudo estar rematada con tres ábsides semicirculares parece ser un caso excepcional en la arquitectura románica del País Vasco. No obstante, si integramos el hallazgo en una escala interpretativa más amplia, resulta que lo excepcional no es el tipo de templo que hemos identificado, sino que el País Vasco fuera ajeno a las corrientes arquitectónicas de la época. En este sentido, los investigadores que han tratado el tema han intentado resolver el problema aludiendo a la lejanía de este territorio respecto a los centros de poder y a las grandes instituciones monásticas. Pero creemos que hay que plantear nuevas hipótesis para resolver esta problemática, pues si bien las zonas rurales quizá puedan responder a este modelo, no sucede lo mismo en los principales núcleos económicos y religiosos de la zona, donde, como se ha demostrado en Salinas y también en la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, o en la Basílica de San Prudencio de Armentia, existen iglesias cuya morfología se ajusta a las «modas» constructivas de la época.
es una de las arquitecturas más emblemáticas, pero también problemáticas, del patrimonio lucense. Desde su descubrimiento en el año 1926 muchos han sido los investigadores que han analizado el edificio desde un punto de vista arquitectónico, arqueológico, artístico e incluso simbólico, aportando variadas interpretaciones sobre este conjunto. Sin embargo, todavía no existe un consenso sobre su cronología, su funcionalidad o su evolución constructiva. Este texto corresponde a los trabajos realizados en Bóveda desde tres puntos de vista: el análisis de su arquitectura, el análisis de su decoración y la búsqueda de unos métodos de datación absoluta; y pretende ser una reflexión sobre los resultados obtenidos, una apuesta de futuro y un llamamiento sobre la necesidad de trabajar de forma conjunta entre profesionales de distintos campos disciplinares. De todos modos, este trabajo no se trata de un producto acabado. Cada tratado, cada edificio al que se hace referencia, cada autor, cada idea, expone ante nosotros un universo propio, rico y complejo donde transcurren tantas sugerencias como son posibles. Esta investigación, como concluimos lo pueden ser todas, es en el fondo una provocación para continuar recorriendo por el espacio de las ideas y en nuestro caso, por el espacio de la técnica; el mismo que desde hace muy pocos años se ha venido desenrollando y extendiendo sobre nosotros como cuando se corta por su eje una cinta de Moëbius. Galindo Díaz (1996) UN EDIFICIO COMPLICADO Santa Eulalia de Bóveda es el clásico ejemplo de una arquitectura por la que han pasado diversos investigadores que la analizaron desde distintos campos disciplinares. Este hecho ha confluido en una gran disparidad interpretativa, tanto desde el punto de vista funcional como cronológico, que ha llevado a encuadrar Santa Eulalia como un ninfeo tardorromano o un edificio cristiano asturiano, con toda una serie de variantes entre ellos. De ello se puede hacer una primera lectura, que podríamos resumir de la siguiente manera: en este monumento están presentes técnicas, materiales, formas y decoraciones que se pueden relacionar tanto con el mundo romano como con el paleocristiano o el altomedieval. De este modo, cada autor ha maximizado aquellos de estos aspectos que ha considerado que tenían un mayor peso dentro del edificio, contribuyendo a primar una u otra interpretación. Si a ello añadimos la cantidad de datos que se han ido sumando y, a la vez, perdiendo desde su descubrimiento, con las aportaciones de diferentes autores, con las distintas intervenciones o las restauraciones más o menos acertadas, nos encontramos con un edificio al que hay que incorporar una memoria reciente que debe tenerse en cuenta en su actual lectura. Memoria que empieza en 1929 y finaliza en el 2007, posiblemente con solución de continuidad en el tiempo. Pongamos como ejemplo las pinturas analizadas in situ y los fragmentos de estas que recientemente se revisaron en el Museo Provincial de Lugo para la elaboración del presente artículo. La diferencia de color o del tratamiento superficial que se observa entre ambas nos habla de que en las pinturas de la bóveda que se conservan in situ ha sucedido toda una serie de procesos naturales y antrópicos que han afectado a su estado de conservación tal y como se encontraban en la fecha de su descubrimiento. Se hacía necesario leer entre las líneas del documento, como quien trascribe un texto que ha perdido algunas de sus letras, intentando interpretar la escritura inicial. Por todo esto, cuando se nos planteó el estudio del conjunto monumental de Santa Eulalia de Bóveda suponía, por un lado, una responsabilidad y, por otro, un compromiso. Como comentábamos arriba uno de los problemas de este edificio está directamente relacionado con su origen que unos autores sitúan en época tardorromano y otros en época altomedieval; todavía hoy resulta difícil responder a esta cuestión. Nuestra intención en este texto era poner sobre el papel todos aquellos datos que hemos analizado y que nos parecen interesantes para continuar el trabajo en Santa Eulalia. Como en la cita con la que se abre este artículo esta investigación es en el fondo una provocación para continuar recorriendo por el espacio, en este caso, de Santa Eulalia. Emulando el título de una reciente e interesante publicación1 no pretendemos más que poner Santa Eulalia frente a Santa Eulalia. En este sentido, cuando nos propusimos volver a escribir sobre este edificio, nuestra intención era doble. Por un lado, considerábamos que era necesario dar a conocer las conclusiones alcanzadas mediante el estudio del conjunto de Santa Eulalia llevado a cabo por distintos equipos, con un planteamiento realizado desde la Arqueología de la Arquitectura, empleando un instrumento científico de validez contrastada mediante el cual hemos podido rescatar la microhistoria del edificio, lo que nos ha permitido acceder a su secuencia constructiva. Es decir, podemos hablar de una datación relativa de sus fases: una vez analizados los edificios que se han conservado en Bóveda, podemos ordenarlos secuencialmente. Por otra parte, el trabajo con otros profesionales nos ha permitido aunar datos a la investigación histórica y, sobre todo, incorporar información desde otros campos disciplinares a cada una de las etapas diferenciadas. Este es, por ejemplo, el caso de la investigación realizada sobre las técnicas de los morteros y enlucidos de Santa Eulalia. El estudio inicial del que parten los resultados que aquí presentamos se enmarcó en el proyecto de intervención realizado por el arquitecto César Portela entre los años 2006-2007 para la protección de los restos de la bóveda del piso superior, momento en el que la Dirección Xeral de Patrimonio Cultural de la Consellería de Cultura e Deporte de la Xunta de Galicia encarga al Laboratorio de Fig. 2. El pueblo de Santa Eulalia de Bóveda de Mera (Lugo). Debajo de la iglesia se localiza el monumento Patrimonio, Paleoambiente y Paisaje (IIT, USC), Unidad Asociada al CSIC, el levantamiento volumétrico y la lectura estratigráfica de alzados del edificio y a la empresa TOMOS Conservación-Restauración S.L., la consolidación de la bóveda alta, aunque finalmente, desde esta empresa, se opta por ampliar estos trabajos y realizar análisis de las patologías y morteros de todo el conjunto. Estos análisis, además, se plantearon sobre la base previa de los resultados del estudio estratigráfico. A partir de estos proyectos iniciales, hemos continuado un trabajo conjunto entre ambos equipos, al que posteriormente se ha sumado también un equipo de la Unidad de Geocronología del Instituto Universitario de Xeoloxía Isidro Parga Pondal (Universidad de A Coruña), que está llevando a cabo las dataciones por termoluminiscencia de material constructivo de las fases identificadas en el edificio. LAS ARQUITECTURAS DE SANTA EULALIA DE BÓVEDA Como ya habían apuntado algunos autores, no podemos hablar de una única Santa Eulalia, sino de varios edificios que partiendo de una forma específica, en palabras de Baker (1998: 70), se han ido superponiendo en el tiempo. Las transformaciones espaciales que ha sufrido Santa Eulalia han ido acompañadas, probablemente, de cambios funcionales que llevaron a sus usuarios a ir transformando poco a poco el edificio original en el conjunto monumental que hoy conocemos, incluyendo la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Bóveda de Mera, que se construye a finales del siglo XVIII y que afectará a la conservación del edificio original, o las distintas actuaciones que a lo largo del siglo XX se han llevado a cabo en él con mayor o menor fortuna. Con la intención de situar al lector haremos un breve resumen sobre las principales corrientes interpretativas del monumento2, que se mueven entre vincularlo a un origen cristiano o pagano, en cuanto a su funcionalidad, y romano o altomedieval en cuanto a su cronología. Las primeras interpretaciones sitúan al monumento como tardorromano, entre los siglos IV-V, y con un predominio cristiano, sería el caso de López-Martí (1934) quien encuentra en el monumento paralelos con el arte paleocristiano de las catacumbas romanas. A esta interpretación se sumará Martínez Morás (1927). En 1935 Schlunk considera que el edificio tendría un origen romano, que fecha de forma provisional en el siglo IV, y una función funeraria relacionándolo con paralelos orientales del sur de Rusia y Siria. Incluye, inicialmente, la transformación del edificio en templo cristiano en el siglo IX, con la construcción de las arcadas, la reconstrucción de la bóveda y la decoración pictórica. Sin embargo, tras el descubrimiento por Chamoso de la piscina asume la interpretación de que se trata de un santuario medicinal, retrasando hasta época romana la reforma del interior del edificio (Montenegro, 2008: 35). Ángel del Castillo (1932) lo identifica como un templo consagrado a las ninfas posiblemente del siglo IV. Gómez-Moreno (1949) considera que tanto la arquitectu-Fig. Planimetrías de Santa Eulalia de Bóveda realizados por Herald Hanson (Schlunk, 1935): sección longitudinal, planta y alzado exterior Fig. 4. Planta y vista tridimensional desde el E del conjunto monumental. En la planta se han marcado en verde los restos del piso superior. Como se puede apreciar, estos sobresalen del muro N de la planta baja del monumento. Dibujos realizados por P. Mañana-Borrazás y A. Rodríguez Paz ra como la decoración serían romanas con influencias del mundo oriental, pero retrae el origen a finales del siglo III, aunque apunta que las arcadas podrían no ser coetáneas al edificio original, sin aportar una fecha clara. En cuanto a la funcionalidad prioriza la interpretación como ninfeo (Montenegro, 2008: 29). A partir del descubrimiento de la piscina, Chamoso Lamas (1952) vincula el origen del edificio a un ninfeo y la transformación del edificio a una fase visigoda con la introducción de las arcadas y la amortización de la piscina. Núñez (1978) considera que las características arquitectónicas de las fases iniciales del monumento se relacionan con la cultura castreña (Montenegro, 2008: 28) y que la transformación del edificio en un templo cristiano se produciría en el siglo VIII. Acuña (1973) identifica también dos momentos constructivos, un edificio romano del siglo IV de una sola nave y una etapa cristiana con una planta basilical y la amortización de la piscina. Arias Vilas (1980) acepta también la existencia de dos fases, pero considera que la arquitectura y la decoración son coetáneas y las data en torno al siglo IV (Montenegro, 2008: 31). Rodríguez Colmenero (1992 y 1993) relaciona el origen de Santa Eulalia con cultos de religiones orientales e identifica dos etapas constructivas en época pagana y otra en época cristiana, fechada esta última en la segunda mitad del siglo IV. Singul (1997Singul ( y 1998) ) considera que existirían también dos fases paganas (correspondientes a un edificio subterráneo de planta rectangular y a un edificio de dos plantas abovedadas, con nártex y ábside la inferior, respectivamente; Utrero, 2006: 584) y una cristiana (en la que se produce la división interna y el uso como baptisterio, amortizado posteriormente para uso basilical; Id.) fechada en la segunda mitad del siglo VI en la que se realizarían las pinturas. Finalmente, Vidal Caeiro (2003Caeiro ( y 2006) ) propone la existencia de cinco fases constructivas, un edificio romano de aula rectangular; un edificio visigodo datado a finales del siglo V-finales del siglo VII, en el que se construye el ábside y una nueva fachada con el arco de herradura; un edificio perrománico del siglo VIII en el que se construye el piso superior, se retrae la fachada para construir un nuevo ábside abovedado y se construye la bóveda del aula; un edificio perrománico del siglo IX en el que se llevaría cabo la decoración pictórica, la arquería interior y el alfiz mozárabe de la entrada; en la última fase se incluirían las restauraciones contemporáneas (Utrero, 2006: 584). En este apartado, trataremos de analizar los pormenores constructivos de los primeros edificios de Santa Eulalia, concretamente los correspondientes a las fases I, II y III3 y, basándonos en este análisis, recuperar la espacialidad de cada uno de ellos. La metodología aplicada ha sido el análisis estratigráfico de alzados (tanto del edificio semienterrado como de los restos que se conservan del piso superior). Además se llevó a cabo el levantamiento planimétrico4 aplicando una herramienta topografía de alta definición mediante un Láser Escáner 3D5. Debemos indicar que, puesto que recientemente hemos publicado un artículo sobre Santa Eulalia de Bóveda6 en el que se exponían los resultados de la lectura estratigráfica y del levantamiento planimétrico, obviaremos aquí todos aquellos aspectos relativos a la parte más metodológica, centrándonos en lo que desde la finalización de aquellos trabajos y desde que se realizó aquella publicación, pudimos avanzar una vez llevados a cabo los procesos interpretativos. De este momento únicamente se conservan los restos de un edificio semienterrado de planta cuadrangular absidiada y precedido por un nártex. Sin embargo, varios son los aspectos, que trataremos más abajo, que nos llevan a proponer la existencia ya desde este primer momento de dos pisos en el edificio, aunque posiblemente no conservemos nada de este segundo piso. Este primer edificio se divide en dos espacios bien diferenciados, el aula absidiada y el nártex. En cuanto al aula, esta tiene una planta cuadrangular que mide entre 6,50 y 6,56 m de lado, tanto en el eje E-W como en el N-S; el ábside tiene una planta rectangular que mide 2,90 m en el eje N-S y 1,55 m en el eje E-W. Ambos espacios son coetáneos, ya que no se ha documentado un corte entre ellos ni cambios en el aparejo; lo mismo sucedería con respecto al nártex, a pesar de la diferencia de aparejo con el interior del aula. Por su parte, el nártex tiene también una planta rectangular que mide 6,40 m en el eje N-S y 1,40 m en el eje E-W. Está precedido por grandes machones separados entre sí 5 m que miden de ancho 1,10 m. Para la construcción de este edificio se excavó el terreno, por lo que se encuentra, al menos parcialmente, enterrado7. Creemos que este hecho habría que vincularlo con la existencia en el aula de una piscina en la que se localizan dos canales con distinta orientación, ya que se estarían buscando los niveles freáticos, dato que ya apuntó Montenegro (2005: 96-97). En las distintas intervenciones realizadas en el subsuelo del edificio se documentan también canales situados por debajo de los muros perimetrales del aula y el nártex, dato recogido en los planos de González Trigo (Montenegro et al., 2008: 19, figura 15) y, más recientemente, en un croquis realizado por José López Fernández en el año 1992 (Id.: 93) durante la toma de datos en el edificio. El muro perimetral del aula está realizado en un aparejo de mampostería irregular, de gran tamaño, en la que se emplean sillares, bloques y cantos de granito, reservándose las piezas más largas para las hiladas inferiores. Tiende a formar hiladas regulares, sobre todo en las zonas bajas del muro. Las juntas son muy anchas y se observan algunos ripios del mismo material, aunque en su mayor parte están revestidos de mortero. Algunas piezas parecen reutilizadas, ya que presentan codos colocados en algunas ocasiones sin un concierto lógico y una de las piezas del muro W del testero tiene un perfil semicircular y parece una columna o el tambor de una columna. Por lo que se ha podido apreciar en la cámara que circunda el edificio8, el muro está compuesto por una hoja exterior de mampostería (la que acabamos de describir) y un relleno de hormigón, con áridos de gran tamaño, un opus caementicium. Por lo tanto, funcionaría a modo de muro de contención del terreno excavado para la construcción del aula y el ábside. Tanto la fachada del aula como los machones que cierran el nártex están realizados en un aparejo de sillería de granito de gran tamaño, sobre todo en los machones, donde el módulo de los sillares es mayor, en general, que en la fachada9. Los sillares se disponen a hueso siguiendo hiladas horizontales, sin regularidad en altura, y tienen las juntas muy finas. Muchos de los sillares presentan codos y las hiladas van disminuyendo de altura hacia los extremos del muro, sobre todo los parametos N y S del nártex y la fachada E del aula. Podríamos decir que la diferencia entre este aparejo y el de los interiores estriba en el tipo de material empleado y en la junta, pero no parecen corresponder a momentos cronológicos distintos, sino a su posición con respecto al edificio. A pesar de la aparente irregularidad de estos muros (el interior y las fachadas) que podrían llevarnos a pensar en la mala calidad de las fábricas, creemos interesante traer a colación la siguiente cita de Utrero: «Las irregularidades y sinuosidades de las hiladas [...] contribuyen a armar los muros. Estos caracteres contradicen la estética de los paramentos y pueden conducir a una interpretación errónea sobre la mala calidad de las fábricas que no se preocupan de una regularidad o no son formalmente homogéneas.» (id., 2006: 58). En cuanto a la cimentación, hemos de decir que los muros carecen de zanjas para su cimentación. Estos se asientan directamente sobre el enlosado (ver figura 6). Cabría pensar que la zanja de cimentación para los muros del aula y el ábside, si es que existió, tendría relación con la excavación que se hace para la construcción del edificio; es decir, estaría relacionada con el muro de hormigón que constituye el alma del muro perimetral, pero, desgraciadamente, como comentamos en la nota 8, esta fue excavada por González Trigo para la construcción de la cámara bufa y, por lo tanto, no podemos saber qué tipo de zanja se construye para cimentar los muros perimetrales del edificio. Nuevamente, gracias a uno de los croquis realizados por José López Fernández (ver figura 7), quien estuvo presente en la intervención arqueológica realizada por Rosa Gimeno (Montenegro et al., 2008: 20-21), podemos rastrear las características de esta cimentación que, según su croquis, se compone en un caso desde la base de granito descompuesto (xabre), bolos de cuarzo hincados bajo el muro, una capa de opus signinum, el enlosado y el muro, mientras que en otro caso el muro se apoya directamente sobre el opus signinum y las losas del suelo se adosan a la hoja exterior del paramento, pero en ambos carecen de zanja de cimentación. Según apunta Utrero las cimentaciones no se ajustan a un tipo preestablecido siendo las características del terreno y el tipo de estructura las que marcan sus condicionantes, por ejemplo, en el caso de construirse sobre el geológico de piedra se prescinde de zanjas o zócalos y los cimientos son mínimos o inexistentes. Finalmente, apunta algunos ejemplos que revelan que las estructuras abovedadas no van necesariamente asociadas a cimentaciones profundas ya que la seguridad del asiento se busca en la superficie de apoyo; es decir, en el grosor, no en la profundidad (Utrero, 2006: 53-54). Este último podría ser el caso de Bóveda. Tanto el aula como el nártex están abovedados; sin embargo, llevamos la bóveda del nártex a una fase posterior. En el caso del aula se conservan únicamente los tramos de la bóveda que corresponderían a las naves laterales 10, ya que a la altura de los restos de los enjarjes de la arcada que dividía el aula la bóveda se ha fracturado de E a W. Este hecho nos permite comprobar el sistema cons-tructivo de este elemento, lo cual no sería posible de otra manera, ya que se encuentra cubierto por pinturas. Se trata de una bóveda de cañón generada por un arco de medio punto peraltado, que arranca a una altura localizada entre 1,11 y 1,18 m del suelo 11. La bóveda está realizada con plementería de hormigón y seis arcos fajones de ladrillo incluidos en la rosca de 0,40 m de anchura y dispuestos a intervalos regulares de 0,60 m. Los ladrillos tienen una anchura que oscila entre los 5 y los 7 cm y un largo de 20 cm. Están asentados con una capa de mortero que emplea como aglomerante arcilla y cal (esta en menores proporciones que el resto de los morteros analizados; ver la descriptiva del mortero 1a en la Tabla 1). Llama la atención la inclinación que tienen algunos de estos arcos desde su nacimiento en sentido E-W, lo cual se puede apreciar en los dos primeros arcos W del alzado N. El ábside está también cubierto por una bóveda construida en ese caso íntegramente en ladrillo. La rosca del arco de ingreso al ábside es de ligerísima herradura, que Fig. 9. Sección N-S del aula. Las flechas rojas indican la altura a la que nace la bóveda, Id fig. 5 10 Esta división espacial se llevaría a cabo en una segunda fase. 11 El arranque de los arcos fajones de la bóveda empieza a mayor altura, entre 1,40 y 1,50 m del suelo, pero entre el muro del aula descrito arriba y el arranque de los fajones se dispone una zanja de opus caementicium que podría estar regularizando la parte superior del muro y que hemos incluido dentro de la estructura de la bóveda por ser del mismo material que esta. se forma porque desde el salmer los ladrillos van retranqueando ligeramente. Esta forma del arco prácticamente no se aprecia y semeja un arco de medio punto peraltado. En las partes bajas de la rosca sobresale el ladrillo del extradós del arco, en una hilada en el lado S y cuatro hiladas en el lado N. A partir de ahí el extradós del arco sigue la misma curvatura. En la zona de la clave se emplea una alternancia de un ladrillo grueso (de entre 5 cm y 5,50 cm) y uno más estrecho (de entre 3 cm y 3,50 cm), que alterna hasta cuatro veces y a los lados de esta alternancia se disponen tres ladrillos estrechos. A partir de estos y hasta la imposta sobre la que descansa el arco son ladrillos gruesos. Los ladrillos no siempre son enteros, sino que hay algunos cortados para alcanzar las medidas tanto del arco exterior como de la bóveda. La rosca descarga sobre sendas impostas de mármol, material actualmente muy desgastado. Con respecto a las medidas cabe destacar algunos aspectos que aportan información sobre la forma de construir el arco. Las medidas de la rosca del arco son: en el lado S el salmer mide 0,45 m y la primera dovela 0,60 m; en el lado N el salmer mide 0,60 m y la primera dovela 0,46 m (en este caso hay que destacar la alternancia de medidas entre el lado S y el N). A partir del salmer y hasta la tercera dovela, tanto en el lado N como en el S, van retranqueando ligeramente, como ya se comentó. A partir de la cuarta dovela ya comienzan a sobresalir, dando lugar a la curvatura del arco. Una vez que el arco se unifica a partir de las primeras dovelas, como se comentaba antes, las medidas van aumentando desde los hombros hacia la clave; entre los hombros y los riñones se aumentan 10 cm y entre los hombros y la clave entre 9 y 10 cm. La forma de disponer las dovelas de la rosca, asentadas las primeras horizontalmente respecto al muro y formando con el mortero la curvatura del arco, es semejante a la empleada en los arcos fajones. Con respecto a la bóveda, el intradós del lado S mide 1,56 m y el del lado N 1,58 m. En el intradós de la bóveda, tanto en el lado N como en el S, entre los ladrillos se documenta hacia la zona de los hombros una hilada realizada con mampuestos de granito; el resto (al menos en lo que se aprecia entre el mortero) está realizado con ladrillo. El intradós de la bóveda iba revestido de mortero y se han registrado abundantes agujeros que la cortan (la mayoría de ellos circulares y que ponemos en relación con los agujeros documentados en los alzados del aula que comentaremos en la fase II). En su lado W la bóveda está cortada para abrir el hueco de una puerta rematada en un arco escarzano que hemos llevado a la fase IV. Sobre la mampostería de los alzados N y S del ábside, a la altura del salmer y la primera dovela de la rosca del arco, se disponen en la bóveda unas hiladas de regularización hechas con fragmentos de ladrillos. Es más evidente en el lado N de la bóveda, ya que allí la última hilada de este alzado de mampostería es más irregular que en el S. El aula contaba en esta fase con un único vano de acceso situado en la fachada E. Formalmente sería distinto al actual, ya que la actual puerta corresponde a la siguiente fase, como lo demuestra el corte documentado en los sillares de la fachada y del alzado E interior que comentaremos en el siguiente apartado. Desconocemos cómo sería la puerta original. Para la reconstrucción hipotética de la fase I hemos decido emplear el único sistema original de los vanos de esta fase, las ventanas, que son adinteladas. Las dos ventanas, situadas a ambos lados de la puerta, tienen además un arco de descarga en mitra sobre ellas, ambos realizados con el muro. Otro de los elementos característicos de la fase I, con toda probabilidad relacionado con la función originaria del monumento, es la piscina que se localiza en el aula en la que se pueden apreciar las tapas de dos canalizaciones en su base, una dispuesta en sentido NNE-SSW y la otra en sentido W-N-W y E-S-E. Una vez estudiado el edificio, creemos que la piscina original sería de mayores dimensiones que la que actualmente se puede observar en el monumento, acortada o colmatada con la división espacial realizada en la fase II, con motivo de la disposición de las arcadas. La diferenciación del espacio que originalmente ocuparía la piscina resulta bastante problemática, ya que el enlosado de aula y ábside ha sido levantado en varias ocasiones, en relación con las distintas intervenciones que se han llevado a cabo en el subsuelo, entre ellas la eliminación del enlosado de mármol que cubría la piscina, una vez descubierta por Chamoso Lamas (1952). Para su diferenciación, nos hemos basado en el análisis visual de los materiales, ya que se observaban materiales de distinto tipo (de piedra, de acabados, de morteros), en las planimetrías anteriores y en las fotografías realizadas en intervenciones anteriores. Si observamos la planta del aula (figuras 5 y 12), se puede apreciar cómo se conservan tres piezas cortadas en ángulo recto12, las únicas de estas características que existen en el suelo (se han marcado en color rojo en la figura 12). La hipótesis que barajamos es que estas piezas formarían parte de las esquinas de la piscina original, que se habría reducido en el momento en que se disponen los elementos sustentantes de las arcadas que dividen el aula. Las piezas NW y SW se encuentran en línea entre sí y con el lado W de la actual piscina. La SW está a su vez en línea con otra pieza situada en la esquina SE del aula. Esta última, sin embargo, no está en línea con el alzado E de la piscina, tal vez porque el límite E de la actual piscina no se corresponda con el original. Según se aprecia en las fotografías de Chamoso Lamas (Id.: 245, Lámina VIII), el límite E de la piscina localizada bajo las losetas de mármol se encontraba más próximo a la fachada E del aula que el actual, acortándose durante la reconstrucción llevada a cabo en la intervención de Menéndez Pidal y Pons Sorolla, entre 1953 y 1960 en la que además, los lados E y W de la piscina se forran con molduras de granito imitando una pieza localizada en el interior de la misma. Se habría perdido la pieza que suponemos se localizaría en la zona NE que aparecía dibujada en el plano de Chamoso Lamas (ver nota 12). Si trazamos una línea recta desde la pieza NW hacia el E y desde la SE hacia el N, el punto de encuentro entre ambas nos daría el límite de lo que suponemos sería la piscina original. A todo ello debemos sumar el acabado que tienen los muros laterales N y S de la piscina, con diferente tratamiento a los otros dos que, por otra parte, han sido reconstruidos, como comentamos, por Menéndez Pidal y Pons Sorolla. En estos alzados se aprecia bajo el enlosado un relleno de mampostería de pequeño tamaño dispuesta a hueso (se puede observar en la imagen inferior de la figura 12), un tratamiento poco cuidado para el cierre de una piscina, a no ser que estuviera revestido, hecho que no se documentó durante la intervención de Chamoso Lamas. Finalmente, nos queda por comentar en la fase I la cuestión que apuntamos más arriba sobre la posibilidad de la existencia de dos pisos desde el primer momento en Santa Eulalia 13. La primera imagen que se tiene del monumento, una vez que hemos bajado las escaleras, son dos grandes machones, de 1,10 m de ancho el N y 1,14 m el S, que cierran un espacio de 1,40 m de ancho, el que corresponde al nártex. Llama la atención la relación existente entre el espacio que se debe cerrar y la medida de los machones. Por otra parte, estos están realizados, como ya se comentó, con grandes sillares de granito, de hasta 56 cm de alto y 1 m de largo (las piezas dispuestas a tizón miden el ancho del muro). Si tenemos en cuenta que el edificio está semienterrado y que los muros perimetrales transmiten sus empujes horizontalmente (al estar abovedado) hacia el terreno excavado, estos grandes machones no pueden ponerse en relación con la estructura inferior. De ahí que consideremos que funcionalmente tienen sentido si desde el primer momento se proyecta la construcción de Fig. 13. Diagrama de UE de Santa Eulalia de Bóveda un edificio con dos pisos que además, por el E, se adelantaría hasta el límite de los machones. No podemos saber, sin embargo, cuál sería el sistema de cubierta empleado en ese segundo piso ya que no creemos, como se comentará, que el muro N que se conserva corresponda a esta primera fase por las diferencias constructivas que guarda con la bóveda del aula. Lo mismo sucedería con la cubierta del nártex, ya que la actual bóveda la hemos llevado a la fase IV, o con el tratamiento de la fachada, es decir, el remate de los machones que, por sus dimensiones parece que estarían soportando un gran arco, pero como decimos no tenemos los suficientes datos como para poder afirmar estas hipótesis. Es por ello que en la reconstrucción nos hemos limitado a insinuar los muros del segundo piso. Fase II La fase II de Santa Eulalia se centra en la transformación del espacio inferior, ya que los restos del segundo piso se corresponderían a un tercer momento constructivo. Aunque, como ya apuntábamos en Benavides y Blanco-Rotea (2008), teníamos algunas dudas con respecto a la fase III y su coetaneidad o no con la fase II 14, los resultados preliminares de las analíticas realizadas hasta el momento parecen confirmar la diferencia entre los materiales constructivos analizados en la planta inferior y la superior 15, apoyando la hipótesis sobre su adscripción a momentos distintos. Estas reformas corresponden a cuatro aspectos, la división del aula en tres naves, la decoración del interior del aula con pinturas y placas, posiblemente decoradas 16, la reforma de la puerta de entrada al monumento y la posible modificación de la fachada principal. La división del aula en tres naves se efectúa mediante la construcción de dos arquerías dispuestas en sentido E-W, cada arquería tendría tres arcos de medio punto 17 construidos en ladrillo, piedra y mortero, aunque solamente se conservan los arranques de estos en los testeros del edificio. Para su construcción se practican varios cortes en ambos muros, en los que se embuten mampuestos de granito de manera intermitente, entre los cuales se disponen las piezas de ladrillo que se adosan al muro. Un dato que cabe resaltar en este caso, es la diferencia con respecto a los arcos fajones en la disposición de los ladrillos. Como ya comentamos, en los fajones cada ladrillo se separa del siguiente con una capa de mortero que mantiene el grosor en todo el ancho del ladrillo. Por el contrario, en los enjarjes, los ladrillos en el intradós presentan una junta más fina que se va engordando hacia el extradós, creando la curvatura con el mortero 18 (este mismo sistema se documenta en los restos de la bóveda del piso superior, aunque 14 Comentábamos en ese artículo la imposibilidad de comprobar la relación estratigráfica existente entre los elementos de ambas fases ya que esta había quedado oculta bajo la estructura de hormigón que actualmente cubre la planta inferior (Benavides y Blanco-Rotea, 2008: 56-57). 15 Ver en este mismo texto el apartado Propuesta metodológica y limitaciones para la datación absoluta del monumento y, dentro de este, ver Resultados preliminares. 16 Ambos aspectos serán tratados en detalle en el apartado correspondiente. 17 Tanto la hipótesis de que cada arquería contaría con tres arcos como la forma de estos se basa en la reconstrucción de la curvatura que se conserva en los enjarjes realizada a partir de la topografía de alta definición que se ha llevado a cabo en el edificio. 18 Creemos importante resaltar la función de los morteros en Santa Eulalia, que han tenido un papel importante a la hora de decidir qué tipo de analíticas llevar a cabo en el edificio. Como apunta Utrero (2006: 50) la verdadera función del mortero «es ayudar a transmitir la carga de compresión a través de toda superficie de contacto a unión, es decir, la junta». allí los ladrillos son de distinta tipología). Los primeros ladrillos, los próximos al salmer, al igual que en el arco de la puerta de acceso, se disponen de forma ligeramente inclinada, mientras que hacia las partes altas conservadas lo hacen radialmente. Uno de los aspectos que llama la atención de los restos de los arcos es la deformación que presentan, la cual se aprecia sobre todo en los enjarjes S de los muros E y W, ya que son los que mayor altura conservan, aunque esta deformación está presente en los cuatro enjarjes. Del mismo modo, los tramos de bóveda conservada están también deformados, siendo más acusada la deformación del lado S. Inicialmente habíamos pensado que podían haberse producido por el colapso de la bóveda o la disposición sobre el muro S del aula de la actual iglesia parroquial en el siglo XVIII. No obstante, si estas deformaciones correspondieran a alguno de estos dos momentos, también tendrían que observarse en las pinturas grietas o roturas, pero las pinturas no presentan este tipo de patologías. Por lo tanto, tienen que haberse producido con anterioridad a la elaboración de las pinturas. Observando los arcos con detenimiento (ver figura 15), se puede apreciar cómo los mampuestos empleados en los enjarjes (sobre todo en el del muro W) son de mayor anchura que los ladrillos, generando un arco cuya rosca es irregular. De igual manera, el mortero que recubre los enjarjes tampoco presenta una superficie regular. Por otra parte, si la deformación resultase de la rotura de la bóveda o por el peso que ejerce la iglesia del siglo XVIII, tendría que haber generado unos Fig. 16. Alzados E y W del aula. Las flechas rojas indican el sentido de la deformación que presentan los enjarjes, en el alzado W (imagen superior) hacia el exterior y en el E (imagen inferior) hacia el interior. También se pueden observar las deformaciones de los restos de la bóveda La extraordinaria degradación parece indicar una erosión en la que participarían las sales y el viento, además de la humedad (ver figura 18) 19. En el año 1929 (Montenegro, 2005: 26) se disponen en el entorno de la piscina tres columnas 20 muy erosiona-das con sus respectivos capiteles, que fueron hallados durante las labores de excavación del interior del monumento, colmatado por tierra y escombros, considerando que formaban parte de las arquerías mencionadas. Sin embargo, si se observa la imagen que recoge Montenegro de este proceso (Id., 2008: 12), se puede apreciar cómo uno de los fustes recolocados en esa fecha se encontraba aproximadamente a la altura del arranque de la bóveda del ábside, es decir, en las zonas superiores del relleno, al lado Fig. 17. Distintas fotografías de los revocos que cubren los muros del aula. En la imagen superior izquierda (muro E) se observan las distintas capas de mortero que se aplican. En esta rotura se puede ver una estratigrafía bastante completa de la preparación de las pinturas, en la que se distinguen, al menos, tres capas y el enlucido. En la imagen superior derecha (muro W) se puede apreciar cómo se engrosa el mortero, hasta llevarlo a la altura a la que se localizaría la imposta de mármol, que en esta zona se ha perdido pero permanece su impronta. En la imagen inferior (muro S) se pueden ver los fragmentos de ladrillo dispuestos bajo el mortero sobre el dintel de la hornacina. de varios fragmentos de la bóveda caída; por lo tanto, el relleno, al menos parcialmente, tiene que ser anterior a la fractura de la bóveda. Esta posición estratigráfica nos hace dudar de la pertenencia de este fuste al aula, siendo más lógico que provenga del piso superior. La mayor parte de los autores consultados coinciden en llevar la división en tres naves a una etapa posterior a la original (ver nota 2), aunque, como en el caso de esta, existen bastantes controversias en cuanto a su adscripción cultural. En la imagen superior se presenta un detalle el alzado S, en el que se aprecia, de abajo arriba, la impronta de la imposta inferior (por debajo de la cual se conservan fragmentos de mortero), los agujeros de los engarces, la imposta de mármol superior así como las improntas que han dejado las placas del friso. En la imagen inferior izquierda un detalle de una de las improntas de una placa y, en la derecha, de los restos de un engarce, compuesto por un fragmento de hierro y un canto de cuarzo En este momento, se acomete un programa iconográfico que incluye varios elementos decorativos en el interior del aula y el ábside. Únicamente conservamos in situ, algunos de estos elementos, concretamente las pinturas, parte de la imposta superior de mármol y parte del revestimiento de los alzados, pero gracias a las huellas dejadas sobre el mortero podemos reconstruir, al menos, los aspectos formales de aquella decoración. De abajo arriba, estaría compuesta por el enlucido de las paredes del aula que hemos denominado zócalo (ver figura 19) y, posiblemente, del ábside; de un friso de placas corrido en los paramentos N y S del aula y parte de los muros E (se interrumpiría a la altura de la puerta) y W (donde se interrumpiría a la altura de la rosca de la bóveda del ábside) 21, enmarcado por una doble imposta decorativa (suponemos que ambas serían de mármol, pero sólo conservamos la superior que es de este material); finalmente, sobre la imposta superior descansan las pinturas que recubren tanto la bóveda como las arquerías, empleando distintos motivos en las naves laterales y la central, como se comentará más adelante. Los engarces de las piezas de las impostas y del friso se localizan a cuatro alturas, por debajo de la imposta inferior, por debajo y por encima de las placas del friso y por debajo de la imposta superior. En la primera lectura del edificio, únicamente habíamos detectado una doble línea que habíamos puesto en relación con el friso, pero nos llamaba la atención que en algunas zonas los agujeros no guardaban horizontalidad entre ellos. Una vez revisados los datos en los procesos interpretativos, nos hemos dado cuenta de que este hecho se debe a que realmente corresponden a las cuatro posiciones que acabamos de describir, que únicamente se perciben en algunos sitios del edificio, ya que parte del mortero de recubrimiento de los alzados se ha perdido o han desaparecido los elementos que rellenan estos agujeros, un canto de cuarzo y un fragmento de hierro (ver figura 20). Por otra parte, las placas no debían presentar todas las mismas dimensiones a lo largo (aunque sí en altura) porque las improntas que se observan se localizan a intervalos irregulares. Uno de los aspectos que trataremos en el apartado siguiente es la revisión de las placas decoradas de mármol que se encuentran depositadas en el Museo Diocesano y Catedralicio de Lugo, trabajo que realizamos con la intención de obtener algún dato sobre este elemento decorativo y, sobre todo, comprobar si las placas allí conservadas podrían corresponder a este friso. En todo caso, la articulación de esta decoración genera la impresión de que la bóveda nace a mayor altura que la de la estructura original. Nuevamente, a través de la decoración, se está intentando enmascarar la verdadera estructura del edificio. Habría que comentar también que el mismo tipo de engarces y su relleno se documenta en el intradós de la bóveda del ábside, donde se disponen toda una serie de agujeros irregularmente (ver figura 11). Ello nos hace plantear que probablemente esta bóveda estaba también recubierta por algún tipo de placa, pero, en este caso, no conservamos ninguna impronta que nos permita establecer una hipótesis sobre cómo sería esta decoración. Sin embargo, el tipo de agujeros y relleno documentados nos llevan a situarla en la misma fase que el programa iconográfico acometido en el resto del aula. A esta fase correspondería también la apertura de dos hornacinas en los alzados N y S del aula que están cortando, para embutir sendos dinteles, los arcos fajones de la bóveda de la Fase I.. Puerta E de acceso al aula. En las imágenes de la izquierda, jamba y mocheta N y en las de la derecha, jamba y mocheta S. Se aprecian los cortes practicados en ambas piezas en toda la superficie inferior (ver figura 6). La ausencia de cortes en las jambas nos lleva a plantear dos hipótesis, bien que no apreciemos el corte por el exterior al haberse adosado las piezas monolíticas de las jambas o bien que se estén adosando éstas y únicamente se corte el muro de la fase I para introducir el umbral, las mochetas y el arco, es decir, que el vano de la puerta de la fase II sea más estrecho que es de la fase I. El arco que remata la puerta es de ligera herradura construido con ladrillo y junta de mortero de cal, en el cual se conservan todavía las improntas de la cimbra. Los ladrillos miden de largo entre 37 y 29,50 cm, de grosor entre 5 y 6,50 cm y de ancho oscilan entre 10 y 39,50 cm, aunque algunos están cortados para adaptarse a las medidas del intradós del arco. Son más estrechos cuanto más próximos a la clave, pero no guardan la alternancia documentada en la rosca exterior de la bóveda del ábside. La forma de hacer la rosca es la misma que la registrada en los enjarjes de las arquerías del aula, los primeros ladrillos se disponen inclinados y a medida que se aproximan a la clave, radialmente. La rosca exterior del arco está cortada por varios agujeros (figura 23) que hemos puesto en relación con la colocación de una reja en la fase IV. Agujeros de similares características y disposición se documentan también en la rosca del arco de ingreso al ábside. El arco está enmarcado por una moldura que se adosa al extradós y tiene un perfil en listel, nacela y bocel. El listel está decorado con motivos vegetales incisos, a modo de roleos, aunque la decoración está muy erosionada y solo se aprecia en el lado S. El arco descansa sobre sendas mochetas de granito, de perfil achaflanado e inclinadas en la parte superior. Algunos autores, entre ellos Gómez Moreno) han apuntado que las actuales mochetas serían el resultado de la rotura de un dintel «en el que antes encajaba la hoja de madera, provista de quicios, batientes y taladro lateral para pasador o cerrojo.» Sin embargo, de haber existido efectivamente un dintel, este tendría un grosor excesivamente delgado como para soportar el vano que tiene que salvar, ya que, por lo que se aprecia en las mochetas, estas se han cortado para encajar los goznes y los batientes de la puerta, aunque quizás pueda haber sido este el motivo de la rotura del dintel. Como comentamos, el umbral y las jambas están realizados con piezas monolíticas de granito que, en el caso de las segundas, se adosan al muro. Posiblemente las jambas, sobre todo la S, sean piezas reutilizadas, por el desgaste y corte que presenta en la parte superior. Llama la atención que las jambas, al interior, no están a paño con el muro, sino que se produce un retranqueo. De hecho, el muro interior tiene repicadas las piezas que se encuentran con las jambas. No pasa lo mismo al exterior, pero hay pequeñas piezas que parecen estar rellenando huecos al haberse eliminado los sillares, sobre todo en la jamba S. Sin embargo, las mochetas sí tienen la medida de todo el ancho del muro. Este dato podría llevarnos a plantear que inicialmente esta puerta tuviera la o las hojas de madera en el interior, y que los cortes que se documentan tanto en las mochetas como en las jambas sean posteriores. Finalmente, se documenta además una reforma en las partes altas de los machones para la construcción de sendos dinteles que apoyarían sobre grandes columnas o pilares, aunque dudamos que estos elementos sustentantes sean los que actualmente se conservan, los cuales, por otro lado, se encuentran movidos con respecto a la posición original en la que se encontraron (una foto antigua de estas columnas se puede ver en Montenegro -2008: 14-en la que se puede apreciar la diferencia entre la posición actual y la de aquel momento), ya que no existe una correlación entre las dimensiones que tendría el dintel, que se corresponderían con las del machón, y las de las columnas. Otra posibilidad es que la solución adoptada para pasar de la anchura de los machones (1,10 m) a la de las columnas actuales (los tambores miden entre 33 y 38 cm de diámetro) sea similar a la empleada en el crucero de la iglesia de San Fructuoso de Montelios22, donde grandes salmeres descansan sobre columnas con capiteles corintios de menores dimensiones que aquellos (Schlunk, 1947: 279, figura 299). En todo caso, en Bóveda llama la atención que las piezas que forman las actuales columnas tienen diferentes dimensiones entre sí (con diámetros irregulares), diferente éntasis y distintos repicados en varias direcciones, siendo también distintas las basas (figura 24). Por lo tanto, estarían realizadas con materiales reutilizados, procedentes posiblemente de varios pies derechos. Como hemos comentado, la bóveda que actualmente cubre este espacio se realiza con posterioridad a esta fase, ya que se ha documentado una roza que corta tanto la fachada E del aula como los machones, para encastrar esta bóveda. De igual manera, para disponer las molduras sobre las que descansa, también reutilizadas, ya que existen diferencias tanto a nivel formal como de tamaño entre las piezas empleadas, se cortan los sillares de los paramentos N y S del nártex. Fase III «El comportamiento mecánico, junto a las frecuentes acciones voluntarias de cambio, es el culpable habitual de determinadas transformaciones arquitectónicas como las grietas, los pandeos, los movimientos de los muros o las ruinas de los conjuntos.» La fase III corresponde a la construcción de un segundo piso sobre el aula abovedada. No podemos saber si este segundo piso se realiza porque se produjo un colapso de la estructura anterior (debemos recordar que apuntába-mos la existencia de dos pisos ya desde la primera fase) o de una reforma de esta, porque los escasos restos que conservamos no nos permiten ir más allá en la interpretación. Tampoco podemos saber en qué momento se produce exactamente esta ruina. Por otra parte, ya habíamos comentado la dificultad que tenemos en la actualidad para vincular los restos del piso superior con lo que conservamos en el aula, ábside y nártex de las fases anteriores, puesto que hemos perdido la conexión estratigráfica que existía entre ellos. Lo cierto es que, a medida que avanza la investigación sobre este conjunto y que vamos teniendo resultados de las analíticas realizadas, todo parece apuntar a que existen bastantes diferencias entre el piso superior y el inferior como para considerarlos coetáneos. De este segundo piso se conservan únicamente los restos del muro N del arranque de la bóveda, elemento que constituía el objetivo principal de la intervención llevada a cabo por César Portela entre 2006 y 2007, enfocado hacia su conservación. La intervención consistió en la construcción de una estructura en acero y cristal que protegiese estos restos. La lectura estratigráfica únicamente se pudo realizar in situ en el paramento S, el que correspondería al interior de la estructura abovedada, ya que el N está actualmente oculto por un geotextil y un recubrimiento de mortero de cemento. Para realizar la lectura de su cara N tuvimos que recurrir a las fotografías efectuadas antes de la disposición del recubrimiento en las que se podía apreciar con bastante La estratigrafía registrada corresponde a tres momentos distintos, aunque posiblemente dos de ellos sean coetáneos y las diferencias sean únicamente por los materiales empleados. De la fase que nos interesa aquí se conservan los restos del arranque de una bóveda realizada con ladrillos de entalle tomados con mortero de cal en el intradós y mampostería con abundante mortero también de cal en el trasdós. El grosor de los ladrillos oscila entre los 5,5 y los 7 cm y su largo entre los 24 y los 25 cm. Estos ladrillos, por su morfología, dimensiones y técnicas de fabricación semejan ser de factura romana y algunos autores han apuntado su posible reutilización (Vidal Caeiro, 2003: 244), hecho que ya habíamos puesto en duda anteriormente (Benavides y Blanco-Rotea, 2008: 61). Por otra parte, el ladrillo de entalle romano responde a un uso muy concreto dentro de las bóvedas, cuyo esquema teórico se puede consultar en Pérez Losada (1992), para formar arcos fajones superponiendo los ladrillos a modo de dovelas. En este caso los entalles de un ladrillo se colocan en la misma posición que los del siguiente y el anterior. En Santa Eulalia, la bóveda de la planta alta es corrida, sin arcos embebidos y todo el intradós está realizado con este tipo de ladrillo, que se dispone en hiladas horizontales continuas, alternando entre la hilada inferior y la siguiente la coincidencia del entalle, de modo que al exterior los entalles forman un reticulado. El hueco de estos entalles parece utilizarse para que agarre el mortero de cal que recubriría el intradós de la bóveda sobre el que se dispondrían las pinturas, aunque este mortero es posterior, de la fase IV y, por lo tanto, el dibujo reticulado podría encontrarse originalmente visto. Además, el ladrillo se dispone radialmente, con una junta muy fina hacia el intradós de la bóveda que va aumentando hacia el trasdós gracias al empleo de mortero. De este modo, por los entalles traseros de la pieza se cuela el mortero, cohesionando así toda la superficie. La rosca, como se decía, está realizada en una mampostería con piezas de granito irregulares de tamaño medio con abundante mortero de cal. Los morteros del intradós y el trasdós tienen ligeras diferencias, como se verá en el apartado correspondiente, pero posiblemente esto esté más relacionado con su función que con la pertenencia a momentos distintos. La bóveda se apoya sobre un muro de mampostería del que poco podemos decir, ya que ha quedado oculto bajo el forjado de hormigón que cubre actualmente el edificio de la planta baja. Por lo que se puede apreciar en las fotografías cedidas por José López Fernández, efectuadas durante la restauración de los arquitectos José Manuel Gallego Jorreto y César Portela Fernández-Jardón en los años 1985-1993, se trata de un muro de mampostería irregular realizado con mampuestos de tamaño medio, aunque también se documenta alguno de mayor tamaño, tomados con mortero de cal. En una fotografía de López Martí (1927: 58) se aprecia en este muro una roza que lo recorre de E a W que, por su posición, parece el lugar en el que se encastraría el suelo de este espacio, que semeja situarse aproximadamente a algo menos de un metro por debajo de la ventana adintelada que todavía hoy existe. Asimismo, se conservaba todavía en ese momento el arranque del muro W. En la actualidad, tan solo podemos observar las hiladas superiores de este muro. Se trata de hiladas de regularización realizadas con losetas de ladrillo, muchas de ellas fragmentadas, y sobre estas se dispone la bóveda. La parte superior de este muro se regulariza con ladrillos y losetas, en algunos casos fragmentados. Los ladrillos tienen entre 5,5 y 6 cm de ancho y unos 24 cm de largo, aparentemente son sin entalle, mientras que las losetas miden entre 3 y 3,5 cm de grosor y entre 41 y 43 cm de largo, las que parecen enteras. En cuanto al arranque del muro W, tan solo podemos apreciar en la esquina inferior NW los restos de este, que miden aproximadamente 1 m de grosor y coinciden sobre los alzados del ábside del piso inferior, lo que hace que el edificio de la planta alta fuera de menores dimensiones por el W que el de la planta baja; del mismo modo, tenía menor anchura (ver figura 3). Por el E, sin embargo, como ya comentamos, debía adelantarse hasta el nártex. La reconstrucción de la bóveda del piso superior que hemos realizado a partir de la topografía de alta resolución genera una bóveda de cañón de medio punto, que tendría menor altura que la del piso inferior, ya que está cubriendo un espacio de menores dimensiones. No sabemos cómo se realizaría la comunicación entre ambos pisos en la fase III y mucho menos en las anteriores, o si se trataba de plantas independientes. La puerta localizada en el muro W del ábside de la que partían unas escaleras hacia el piso superior que fueron eliminadas durante las primeras intervenciones, por considerarse un añadido posterior al monumento23, la hemos englobado en la fase IV por el tipo de arco de remate que presenta. Los otros dos momentos documentados en este muro, a los que nos referíamos al principio, constituyen una reforma en el lado E en la que se emplean los mismos materiales que en la bóveda original del piso superior, Fig. 27. Fotografía de un ladrillo de entalle de Santa Eulalia de Bóveda, recuperado durante las intervenciones en el edificio y localizado actualmente en el centro de recepción de visitantes de este conjunto monumental. Croquis del sistema de la disposición de los ladrillos de entalle empleado en la bóveda aunque con ligeras diferencias en la disposición de los ladrillos y otra reforma realizada en un aparejo de mampostería que continúa la curvatura de la bóveda y que incluye una ventana adintelada. Ambas parecen corresponder a la reconstrucción de la bóveda que se habría fracturado a partir, aproximadamente, del riñón. LA DECORACIÓN ARQUITECTÓNICA DE SANTA EULALIA DE BÓVEDA Apuntes sobre la decoración escultórica No nos proponemos hacer aquí un estudio en profundidad de la decoración escultórica de Santa Eulalia, ya que requeriría un análisis más detallado que el que hemos efectuado, pues no era este uno de los objetivos planteados inicialmente, pero sí nos parecía interesante hacer algunos apuntes sobre determinados aspectos de esta decoración que pueden estar en relación con la evolución constructiva del edificio. Con la excepción de los bajorrelieves que se localizan in situ, la restante escultura decorativa de Santa Eulalia de Bóveda está descontextualizada y únicamente sabemos que, la mayor parte, procede del desescombro realizado en el edificio y su atrio durante las primeras intervenciones, por lo tanto, es difícil vincularla a una u otra fase constructiva. Este es uno de los aspectos que sigue dificultando la datación del edificio que, a no ser por las pinturas con toda la problemática que conllevan, carece de indicadores cronológicos más allá de las técnicas empleadas o de la tipología de sus elementos. En los muros del nártex de Santa Eulalia se localizan varios bajorrelieves que han sido ampliamente estudiados con anterioridad24 y que han servido a varios autores para aportar una funcionalidad al edificio. Pongamos por caso el relieve denominado «de los lisiados», situado en el muro N del interior del nártex, en el que se representan dos figuras humanas masculinas enfrentadas, que se ha puesto en relación con las posibles propiedades curativas de la piscina de Bóveda. En todo caso, no nos interesan tanto aquí los motivos representados o su funcionalidad, sino la relación de estos con el monumento como arquitectura. En la fachada del nártex se localizan cuatro bajorrelieves situados en una posición predominante, ya que es lo primero que el visitante observa del edificio. Estos son los únicos de todo el conjunto que guardan una simetría con respecto a la arquitectura de esta zona del edificio y entre sí. Nos referimos a los dos grupos de danzantes y a las dos figuras humanas, interpretadas como masculina y femenina, respectivamente. Estos cuatro relieves son los que presentan una talla más profunda, en relación con todos los que se conservan, y una mayor profusión decorativa. Están además enmarcados por una arquitectura, las figuras aisladas se disponen entre dos columnas que soportan un dintel. Ambas figuras tiene los brazos levantados y sostienen una guirnalda. Se sitúan en la cuarta hilada desde abajo, en un tizón, en la esquina del machón. Dos hiladas por encima de estás se disponen los bajorrelieves de «danzantes», formados por cinco figuras enmarcadas también por una arquitectura, en la que se aprecia la línea de base y un elemento sustentante que las delimita por los lados y en la parte superior otro posible dintel, de manera similar a lo descrito arriba. El bajorrelieve del machón S está bastante erosionado. Lo que nos interesa destacar de este grupo es que está tallado con anterioridad a la disposición del sillar en el machón, pues todos se encuentran a paño con los del resto del muro y no se aprecian huellas de talla más allá del acabado final del sillar que está apiconado, mientras que los bajorrelieves sobresalen del paño del muro. Por otra parte, las representaciones están centradas con respecto a la cara del sillar en la que se labran. Por el contrario, los otros relieves que se aprecian, cuatro en total25, se disponen de manera aleatoria y sin aparente concierto en la fachada del machón S y en los paramentos interiores del nártex. Tres corresponden a figuras animales y el cuarto presenta figuración humana. Ninguno de ellos está enmarcado por un elemento delimitador como en el caso de los bajorrelieves comentados arriba. Nos interesan en concreto dos, el de un ave identificada como ibis (Montenegro, 2008: 30) que descansa sobre un árbol y oculta la cabeza debajo de las alas y el bajorrelieve denominado de los «lisiados» donde se representan dos figuras humanas enfrentadas, ya que de los cuatro son los que presentan un mejor estado de conservación y en los que se aprecian tanto los motivos como las huellas de talla. El primero se localiza en el muro W del machón S; concretamente está labrado en el mismo sillar en el que por la fachada se dispone uno de los bajorrelieves arriba descritos con la figura masculina que porta una guirnalda. El segundo, en el muro N del espacio interior del nártex. Ambos bajorrelieves están trabajados en un lateral de los sillares y en ellos se aprecian las huellas de talla, es decir, el rebaje realizado para labrar los motivos una vez dispuesto el sillar en su posición en el edificio. De este modo, la parte del sillar en la que se labra el motivo se rehunde con respecto al paño de los restantes sillares del muro. Esto nos lleva a concluir que ambos bajorrelieves están tallados a posteriori y a diferencia de los de la fachada del nártex, no estarían concebidos inicialmente en la decoración del edificio. Por su disposición aleatoria, creemos que lo mismo sucedería con los otros dos bajorrelieves. Además, tendrían que haber sido grabados con anterioridad al revestimiento de los muros interiores del nártex, del que todavía se conservan pequeños fragmentos, sobre todo en la fachada E del aula. Las placas de mármol decoradas que se localizaron durante las primeras intervenciones llevadas a cabo en el monumento se encuentran actualmente depositadas en el Museo Diocesano e Catedralicio de Lugo. Estas placas habían sido puestas en relación por varios autores con la decoración interior del monumento: «Lo bajo de los muros y la capilla irían revestidos de mármoles, correspondiendo a ellos los preciosos fragmentos que veremos después. [...] Esto mismo afianzan los fragmentos marmóreos, que son: dos de mármol sacaroideo; el uno, con dos delfines adosados por el buche y como brotando un surtidor de su hocico; el otro, con una corona de laurel ceñida a un disco radiado cóncavo y orla rectilínea de tallo ondeado con brotes de espirales y granadas alternando. Un segundo grupo, de mármol arenoso como el de las columnas, desarrolla en muy bajo relieve, ondulaciones provistas de hojas y rosetas, modeladas en superficies convexas, acreditando clasicismo, y aun hay otro fragmento pequeño, con algo de trenza y tallo hendidos, de apariencia menos antigua.» Además de estos bajorrelieves que describe Gómez Moreno, señala Montenegro que durante la intervención de desescombro de 1927 se localizan «losetas de mármol con un grosor uniforme de 2,5 centímetros que apunta a una clara función de revestimiento.» Para el desarrollo de este trabajo nos propusimos revisar estas piezas con la intención de comprobar si tenían algún tipo de huella que nos permitiese vincularlas a las distintas zonas identificadas en el edificio donde parecía que había existido decoración de placas (el friso de los muros interiores del aula o el intradós de la bóveda del ábside). En total están depositadas en este museo 18 piezas. Nos interesaba, por un lado, conocer el grosor de estas piezas, ya que, en el caso del friso, debían medir entre 6 y 9 cm de grosor, que es el que resta entre el mortero que se Fig. 30. En la imagen superior se muestra un detalle del material de las placas, un mármol blanco. Este tipo de mármol no se ha documentado en otras piezas gallegas ni tampoco se conoce ninguna cantera en la región de este material. Debajo, el rebaje circular de la pieza 228 conserva con la impronta de las placas y la imposta de mármol. No sabemos, sin embargo, qué grosor tendrían las placas que cubrían la bóveda del ábside, pero teniendo en cuenta su posición, este debería ser menor que en el caso del friso. Por otro lado, nos interesaba también la presencia de rebajes en los bordes de las placas en los que encajasen las piezas de hierro que aún se conservan en los agujeros para los engarces de éstas. Debemos decir, que los resultados no son concluyentes, ya que la mayor parte de las placas están rotas y sus bordes muy erosionados y es difícil adscribirlas a alguna zona del edificio. Con la excepción de una pieza de forma cuadrangular con rosetón inscrito de piedra caliza, todas las demás presentan similitudes en cuanto al material, un mármol muy blanco de cristales apreciables, como ya comentamos, de características similares al empleado en la imposta decorativa que se conserva in situ. En la imposta el material parece más oscuro, pero en el caso de las placas presentan fracturas recientes que permiten observar mejor el color así como su granulometría. Uno de los fragmentos conservados en el museo, concretamente la pieza con la sigla 235, podría formar parte de esta imposta por las similitudes que presenta con la que se conserva en el monumento. De las restantes, únicamente el mármol con la representación del pez y la del rosetón, de un material diferente, alcanzan los 6 cm de grosor, mientras que las restantes oscilan entre los 2 y los 5,9 cm. La mayoría presenta restos de mortero en el reverso, pero algunas también en el anverso, lo cual nos habla de una clara reutilización posterior. En cuanto a las posibles huellas de engarces, únicamente se documenta con claridad en la pieza 228, que tiene un agujero de sección circular en el borde, que es indicativo de que estuvo colocada con la cara tallada en vertical. Cabría pensar por los rebordes que tiene el mortero que se conserva in situ (ver en la figura 17 el mortero que se localiza entre la impronta de mármol superior y la impronta de las placas del friso), que el friso estuviera rehundido con respecto a las impostas y, en este caso, las placas podrían ser de un grosor menor que el que inicialmente habíamos pensado. Pero esto es, evidentemente, una hipótesis. Nos detendremos únicamente en dos piezas. El anverso está decorado con motivos vegetales tallados a bisel, pero al darle al vuelta a la pieza nos hemos encontrado con que también estaba decorada, en este caso con motivos incisos más planos que representan un sogueado, una posible flor de lis y un motivo estrellado (figura 31). Todo apunta a la reutilización de esta placa ya que tanto los motivos como la técnica son diferentes en ambas caras de la pieza. Por otra parte, estaría la pieza formada por los fragmentos 223 y 224 que encajan entre sí y que había sido descrita por Gómez-Moreno como «corona de laurel ceñida a un disco radiado cóncavo y orla rectilínea de tallo ondeado con brotes de espirales y granadas alternando», como apuntamos arriba. En las imágenes inferiores se muestran las dos piezas recuperadas en el desescombro de Santa Eulalia de Bóveda corona de laurel la pieza se rehunde a modo de arquito. Las piezas miden en total 53 cm de largo, 18 de alto máximo y el grosor oscila entre los 5,9 y los 3 cm. Los paralelos que hemos encontrado de piezas similares a la de Bóveda se localizan en arcos rematando ventanas, como en el caso de Vera Cruz de Marmelar (Portugal). Allí la pieza está reutilizada en la ventana y los autores presentan las dudas sobre si es esta del siglo VII o lo es el edificio en el que está reutilizada (Caballero y Arce, 2007: 256-257). En todo caso, parece que la funcionalidad de esta pieza, cuyas características difieren de las de las restantes piezas que se conservan en el museo, no tendría que ver con la decoración de placas del interior del edificio. En todo caso, si se trata del remate de una ventana, habría que ponerla en relación con el piso superior, ya que en la planta baja no tenemos vanos de estas características. Finalmente, haremos una mención al único capitel de los conservados en el que todavía se pueden leer sus motivos. Se trata de un capitel corintio degenerado de dos filas de hojas lisas con un botón o flor esquematizada en el ábaco. Los paralelos que podemos encontrar en Lugo están también descontextualizados, como el capitel de San Xoán do Campo (Lugo) también de hojas lisas, cuya datación difiere según distintos autores que lo fechan entre el siglo IV y el X (Cabarcos, 2005). Otros paralelos podemos encontrarlos en Asturias, como en el caso del capitel de San Miguel de Teverga (Museo parroquial de San Pedro), con hojas nerviadas, cuya datación se atribuye probablemente al siglo IX (García de Castro Valdés, 2007: 86). Las pinturas del aula La gran difusión que ha tenido la decoración mural del aula hace innecesaria una descripción detallada26, por lo que nos limitaremos a hacer una breve definición y algunas observaciones. De la parte superior de la bóveda no se conserva resto alguno in situ. Los grandes fragmentos caídos con restos de pintura los conocemos a través de antiguas fotografías y de los magníficos dibujos de Hanson27 y de Berenguer28. El esquema de la parte central de la bóveda consistía en octógonos formados por cuadrados flanqueados, a cada lado, por un hexágono de lados irregulares; dentro de cada figura se inscriben círculos y flores. Es un motivo ampliamente documentado desde época romana altoimperial, tomado de las decoraciones en mosaico29 y con repercusión en el arte visigótico y en el asturiano. En la decoración conservada entre la imposta superior30 de mármol y la zona de la bóveda perdida todos los registros están delimitados por una banda roja fileteada de negro y de una fina línea blanca; en la parte inferior esta banda es doble con un damero partido en el medio. Entre la imposta y el motivo descrito se desarrolla otro motivo geométrico muy erosionado, que probablemente consiste en una composición ortogonal de octógonos irregulares, secantes por los lados más cortos. A este motivo no se ha hecho referencia hasta el momento, al menos en las publicaciones consultadas. En los muros laterales la decoración se organiza con una retícula en losange formada por flores vainiformes con los tallos entrelazados sobre un fondo claro31 con ramitas muy tenues y flores. Respecto a las ramitas, pensamos que lo que estamos viendo es el dibujo preparatorio realizado a fresco con ocre y que las ramitas estarían pintadas a secco en color verde. Algunos detalles parciales nos permiten hacer esta observación (figura 36). Dentro de cada rombo o triángulo se representan siempre uno o dos racimos de uvas y un ave o dos, alguna vez en actitud de picotear el racimo. Aunque las aves representadas no reproducen fielmente las características formales y posturales que permiten su identificación32, parece que el pintor tiene la clara intención de representar las diferencias de tamaño: mientras que los pavos reales llenan el espacio delimitado, incluso sobrepasándolo en algún caso, las tórtolas, palomas y perdices siempre están emparejadas y con amplio espacio alrededor, excepto en algunos triángulos en los que sólo aparece una figura. El espacio triangular resultante entre la curva de la bóveda y los enjarjes se cubre con una gran planta en forma de sombrilla y a sus pies una pareja de aves: un gallo y una gallina u otra ave, los segundos picoteando la planta o las ramitas del fondo. El intradós de los arcos que dividían el espacio inicial tiene un motivo frecuente también en un período dilatado, formado por un vaso del que sale una guirnalda de hojas verdes con flores (?) rojas y ramitas blancas, mientras que los alzados laterales se decoran con una secuencia de arquitos siguiendo la curvatura del arco y ramas y sobre estas, separadas por el encuentro de las bandas rojas, aves (ver figura 17). En la parte central de los hastiales los motivos son diferentes según la orientación. En el muro E, enmarcando la puerta de acceso al aula, se representa una guirnalda de flores saliendo de una gran flor; este motivo sólo se conserva en el lado S, aunque cuando se descubrió el edificio también se conservaba en el N33. En el hastial W solo se conserva parte del extremo S; la decoración consiste en una imitación de mármol que, posiblemente, se completaba con aves, pues se pueden ver en el borde de fractura las patas y la cola, tal vez, de un pavo real. En el zócalo se observan algunos restos de mortero de preparación bajo la primera imposta, aunque no anclajes, de lo que podemos deducir que probablemente estaba pintado. La preparación de las pinturas El soporte está constituido por varias capas de mortero cuyo número y espesor exactos no hemos podido determinar 34. En la parte accesible, sobre la imposta de mármol, este es variable según el muro y oscila entre los 7 y los 9 cm, aunque parece que disminuye considerablemente a medida que asciende (figura 17). En esta parte inferior, está separado del muro por una línea de fragmentos inclinados de ladrillo o tegula35 (figura 17). La superficie tiene un acabado muy fino; sin embargo, se observan numerosas marcas de la herramienta de aplicación. El análisis realizado por J.M. Cabrera en 1991 detecta capas con diferente granulometría 36. En los más recientes ( 2007), realizados con muestras muy pequeñas y superficiales parece que, al menos en los enjarjes, se utiliza el mismo mortero para juntas que para la preparación de la capa pictórica (arriccio e intonaco). Vitrubio describe con todo detalle la fabricación de los enlucidos; aunque las siete capas de mortero que él recomienda o las cinco con que se conforma Plinio raramente se encuentran en la pintura mural romana que conocemos. Incluso Palladius37, a mediados del siglo V, sigue sus advertencias, pero es posible que con el paso del tiempo se pierda parte de la técnica y se unifiquen los morteros de las distintas capas de aplicación 38. En el análisis visual de los fragmentos de pintura parece que la naturaleza y la granulometría del árido es similar en las diferentes capas de aplicación (generalmente 3 en los fragmentos reconocidos); sólo se percibe una clarísima diferencia en la capa final de enlucido que parece componerse exclusivamente de cal, tal vez con árido finísimo de mármol o calcita que no podemos apreciar de visu. En este sentido ha sido muy útil revisar los fragmentos conservados en el Museo Provincial, rescatados por Felipe Arias en 1974 de la escombrera de las primeras excavaciones, sobre todo para documentar la pintura de la bóveda perdida de imitación de artesonado. En algunos fragmentos, curiosamente, se ven áridos algo más gruesos en la capa anterior al enlucido y en otros, diminutos trozos de ladrillo en la capa más alejada39; lo último sucede casi siempre en los fragmentos que consideramos que podían formar parte de la bóveda perdida. Los motivos decorativos están encajados entre líneas maestras en forma de cuadrícula, con incisión a punta seca o cordada realizadas con regla o tendel sobre el mortero fresco. De modo similar se traza un dibujo preparatorio para encajar las flores y tallos que forman los losanges, aplicado a fresco sobre el intonaco, con pincel y tierra ocre. También se encajan con dibujo preparatorio las figuras. Respecto a la técnica pictórica empleada en Santa Eulalia se suele denominar como fresco. En la pintura romana que conocemos de otros yacimientos arqueológicos de Lugo siempre se documentan técnicas mixtas en las que se ejecutan a fresco una parte de la pintura y a secco, más o menos empastado, muchos de los detalles decorati-Fig. (Depósito del Museo Provincial de Lugo) vos 40. Algunos de estos detalles no son fáciles de observar in situ en Santa Eulalia; sin embargo, en los fragmentos conservados en el Museo Provincial se distinguen dos o tres capas de pintura 41. Además, hay pigmentos que solo deben 40 Es una percepción visual ya que aún no se realizaron análisis en este sentido y por tanto, nada podemos asegurar. 41 Aunque no pasan del todo desapercibidos estos detalles en la pintura del monumento, lógicamente se perciben mejor al manipular los fragmentos, además de que éstos, aunque estén sucios y erosionados, no han recibido ningún tratamiento superficial. Se observa sobre todo en los rojos de los fondos que suelen estar muy empastados, a veces son tan gruesos como la capa de enlucido. También suelen tener cierto relieve las bandas pintadas encima; sin embargo, los colores que se superponen para aportar matices son casi siempre muy sutiles. 42 «Es inolvidable la impresión que se recibía contemplando las pinturas del sector de bóveda descubierto primero, con toda la opulencia de colorido que Fig. 37. (Depósito del Museo Provincial de Lugo) aplicarse a secco, como el azul egipcio o la tierra de Verona, identificados por Cabrera, o el rosa. Las limpiezas realizadas en los primeros años tras su descubrimiento pudieron eliminar parte de estas capas de pintura 42. La paleta es relativamente amplia, no tanto en el número de pigmentos utilizados como en la gama que se consigue al mezclar o superponer colores y formada por distintas tonalidades de rojo, ocre, azul, verde, gris y rosa. En Santa Eulalia, Cabrera identificó varios pigmentos 43 de uso común en el mundo romano, incluso uno de los considerados onerosos: el cinabrio 44. Parece que, además de estos pigmentos, se utilizaron óxidos de hierro en los colores pardos y probablemente en los rojos 45. Fragmentos conservados en el Museo Provincial de Lugo De los ochenta y tres fragmentos inventariados, casi la mitad pueden adscribirse a la parte central de la bóveda que se perdió, doce corresponden a los enjarjes y cuatro al hastial de imitación de mármol; seis, que se parecen entre sí, no coinciden con los registros conservados in situ pero se pueden relacionar con un fragmento mayor descontextualizado 46. Otros se pueden encajar en zonas diversas; solo uno de ellos parece no tener paralelo en el conjunto. En algunos se documentan líneas maestras (incisión) y jornadas. Además de estos fragmentos, se conservan en el Museo otros cuatro descontextualizados, sin fecha ni lugar de procedencia. Uno de ellos podría proceder de Santa Eulalia; es un fragmento bastante grande que podemos situar perfectamente en una esquina del hexágono rojo de la bóveda perdida. Lectura interpretativa de la caracterización de morteros de Santa Eulalia de Bóveda El trabajo conjunto entre los equipos de restauración y arqueología en la intervención de 2007 determinó la necesidad de caracterizar los morteros como apoyo del análisis estratigráfico. Teniendo en cuenta la evolución constructiva identificada a través de dicho análisis, se extrajeron muestras de mortero con distintas funcionalidades dentro del edificio, que se enviaron para su estudio a la Cátedra de Petrología de la E.T.S. de Ingenieros de Minas de Madrid, dirigida por J.M. García de Miguel. Se analizaron catorce muestras, tres de ellas tomadas en UE vinculadas a la fase I, cuatro a la fase II, dos a la fase III, tres a la fase IV, una a la fase V47 y otra en una UE indeterminada sobre la que existían bastantes dudas y que resulta ser un mortero confirmando los estudios realizados por Cabrera en 1992, como era la denominada «capa negra» que recubre algunas partes del monumento (el mortero analizado por Cabrera corresponde al recubrimiento documentado en la fachada del monumento, mientras que el analizado por García de Miguel se recoge sobre el mortero de sujeción de las placas de mármol en el alzado S del aula). Morteros vinculados a la fase I: las tres muestras presentan distintas características tanto petrológicas como químicas. El mortero 1 es diferente a los demás pues utiliza básicamente arcilla como aglomerante48. El 2 y el 3 pueden tener bastante en común; el hecho de que se detecte más o menos ligante puede deberse a que la muestra es demasiado pequeña y además disgregada. Ambos son morteros muy duros y difíciles de extraer. Morteros vinculados a la fase II: al igual que en la fase anterior, los morteros presentan características petrológicas y químicas variables. El 4 y el 5a pueden ser, perfectamente, diferentes capas de una misma preparación. El 6 no podemos descartar que sea del mismo momento, cabe pensar que por cuestiones prácticas (para agilizar el fraguado, ya que tiene que soportar las losas de mármol) se le añadió yeso. También tiene yeso el 9, aunque no parece muy probable que se estén realizando al mismo tiempo el trasdosado de la bóveda del piso alto y la decoración con las placas de mármol entre impostas. El 7 es diferente a los de su fase, pero en la segunda fase es el único analizado con la función de junta (es frecuente el uso de calcita como árido, incluso en el mundo romano, para conseguir una granulometría más fina y una disminución de la porosidad). También tiene calcita como árido el 17a. Morteros vinculados a la fase III: los morteros analizados en esta fase poseen algunas características similares, ya que aunque varía la relación árido/aglomerante entre ellos, presentan semejanzas en cuanto a granulometría, propor-Fig. Dibujo de Hanson de la bóveda de imitación de artesonado. Sobre él hemos situado algunos fragmentos identificados en el Depósito del Museo Provincial de Lugo. El fragmento mayor no tiene número de registro ni procedencia; aunque el mortero y la técnica son similares, no podemos garantizar que este fragmento pertenezca a la bóveda de Santa Eulalia ción cuarzo/feldespato y composición química49. Se parecen químicamente a los morteros 5a y 6 de la fase II. El mortero 9 contiene yeso en el árido al igual que el 6 y la proporción cuarzo/feldespato es similar a la del mortero 5a. El 8 y el 9 parece que tienen similitudes suficientes entre sí como para poder considerarlos del mismo momento. Morteros vinculados a la fase IV: los morteros 14 y 17a guardan estrecha semejanza en cuanto a composición química y proporción cuarzo/feldespato y son similares en cuanto a las características del árido, pero no así el mortero 15. Además, el 14 y el 17a parecen tener ciertas similitudes con el mortero 7. Parece que no hay duda de que el 14 y el 17a pueden ser contemporáneos. El 15 es improbable que tenga que ver con el 2b; la contaminación con cloruro de magnesio puede deberse a que se trata de una cal magra utilizada en las restauraciones de la época de Menéndez Pidal. Mortero indeterminado: el mortero negro no podemos encuadrarlo en ninguna fase. Podríamos pensar que es posterior a la pérdida de las placas de mármol porque está recubriendo el mortero de sujeción de las placas y no se observa en su reverso50, pero también está recubriendo la cara inferior de las losas del suelo, como señala Cabrera (Cabrera Garrido, 1992: 15)51. Propuesta metodológica y limitaciones para la datación absoluta del monumento Uno de los objetivos finales del estudio realizado en Santa Eulalia de Bóveda era obtener la época de construcción del edificio original y de las distintas intervenciones realizadas en él a lo largo del tiempo. Aunque en el proyecto inicial no estaba contemplado realizar análisis encaminados a la datación absoluta del monumento, las numerosas dudas que surgen del estudio, tanto de los elementos decorativos como de la propia arquitectura de Bóveda, nos llevan a plantear la necesidad de abrir una nueva vía de actuación, la cual todavía se encuentra en proceso de elaboración. Esta vía estaba prevista para una segunda fase de trabajo en el monumento que todavía no ha comenzado. Aún así, la colaboración entre los tres equipos mencionados al principio de este texto se ha puesto ya en marcha. Una vez establecidas las fases de construcción mediante la lectura estratigráfica, se inició un trabajo de datación de diferentes materiales de construcción por medio de luminiscencia. Estos materiales son ladrillos de las fases constructivas I, II y III y morteros de todas las fases identificadas. Los ladrillos son un tipo de material que suele ser datado por luminiscencia, utilizando metodologías estándar. Los morteros, sin embargo, son mucho mas problemáticos y la datación por luminiscencia presenta una serie de requisitos e inconvenientes. A pesar de ello, como se expone a continuación, es el único método que por el momento ofrece garantías a la hora de obtener una edad absoluta. Datación de morteros: métodos y limitaciones Los morteros son uno de los materiales de construcción mas utilizados desde tiempos muy antiguos (los ejemplos mas antiguos datan de unos 12 Ka BP54 ) y su estudio ha sido extenso en las últimas décadas55. El principal objetivo de estos estudios ha sido conocer su composición original y su datación. La composición suele ser variable dependiendo de los materiales originales (aglomerante y árido) y tanto el posterior proceso de curado como su deterioro (debido a humedad, polución atmosférica, etc.) con el tiempo constituyen un problema importante para conocer esa composición original. La datación de morteros puede ayudar a conocer la época de construcción de muchos edificios históricos de edad no conocida y sus diferentes fases, ya que mientras en construcción ha sido frecuente la reutilización de diversos materiales como el ladrillo o la piedra, este hecho no es posible en el caso de los morteros, que deben constituirse en el momento de construcción de cada paramento. Por ello, el mortero es un elemento ideal de datación representativa de cada fase constructiva. La datación de morteros ha sido abordada desde diferentes puntos de vista y aplicando diversas metodologías, pero hasta ahora solo han tenido un éxito parcial56. Además de la datación por luminiscencia, se han intentado otros procedimientos como la datación por radiocarbono del aglomerante o diversos métodos geoquímicos. En el caso de los morteros de cal, la reacción del Ca(OH) 2 con el CO 2 atmosférico para formar (CaCO 3 ) durante el proceso de curado del mortero permite datarlo por 14 C. Sin embargo, existen varios problemas bien conocidos debido al contenido previo del aglomerante en calcita, procedente de roca caliza, debido a la deficiente o incompleta calcinación de esta para formar el Ca(OH) 2. Este hecho origina que se puedan obtener fácilmente edades más antiguas que la edad real del mortero. Además, otros problemas se deben al lento proceso de curado de algunos morteros poco porosos (que puede durar muchas décadas57 ) o a la recristalización debido a la disolución y reprecipitación del carbonato cálcico, incorporando carbono más moderno, lo que origina edades más recientes de la real. La datación por métodos geoquímicos se basa en la comparación de las abundancias elementales entre morteros, cuando la edad de parte de ellos o de parte del edificio es conocida, aunque solo permite obtener edades relativas. El método se basa en el hecho de que el cation Ca de la estructura de la calcita puede ser parcialmente sustituido por otros elementos (como Mg, Fe 2+, Sr, Rb y Ba), dependiendo del ambiente. De esta forma, si el aglomerante calizo de dos morteros ha sido obtenido de rocas calizas con diferentes características geoquímicas, será posible diferenciarlos de acuerdo con la concentración de esos elementos minoritarios58. La limitada aplicación de esta técnica permite su uso solo en casos en los que existe documentación histórica del edificio o edificios estudiados y la cronología obtenida será solamente relativa. La datación de los materiales de construcción de Santa Eulalia por luminiscencia Los materiales arqueológicos y arquitectónicos pueden ser datados por Termoluminiscencia (TL) si los minerales que incorporan han sido calentados en el proceso de fabricación. En el caso de los ladrillos, la cocción sería el momento datado por la TL. Sin embargo, los minerales presentes en los morteros, al no haber sufrido un proceso de calentamiento, deben ser datados por Luminiscencia Estimulada Ópticamente (conocida por su acrónimo en inglés, OSL), de modo que el momento datado corresponde a aquel en el que los minerales de la arena han quedado ocultos o protegidos de la luz. Este momento se corresponde con el de colocación del mortero, como ya hemos comentado, por lo que permite datar el momento de fabricación de un paramento. La edad obtenida por ambos métodos se puede calcular conociendo la paleodosis acumulada desde el momento de fabricación del material constructivo y la dosis anual de radiación ionizante que este recibe 59. La radiación ambiental (alfa, beta y gamma) causa la creación de defectos en la red cristalina de los minerales datados, lo que da lugar a la deslocalización de electrones y su posterior almacenamiento en trampas de potencial estables. Estos electrones pueden ser liberados de esas trampas aplicando una energía adicional, provocando así su recombinación, lo que libera energía en forma de fotones (luminiscencia). La señal luminiscente es, por lo tanto, una función de la dosis absorbida, por lo que si la dosis ambiental es constante será una función dependiente del tiempo transcurrido desde su calentamiento (en ladrillos) o su exposición a la luz (en morteros). En ambas técnicas, y sobre todo en la OSL, se ha producido en los últimos años una serie de avances y mejoras metodológicas que permiten obtener resultados cada vez más precisos 60. Entre estos avances, los nuevos procedimientos de datación por OSL han permitido realizar las primeras tentativas de datar morteros con resultados desiguales pero prometedores 61. Actualmente, la Unidad de Geocronología del Instituto Universitario de Xeoloxía Isidro Parga Pondal de la Universidad de A Coruña está trabajando en la mejora y desarrollo de esta técnica aplicada a morteros. En este sentido, el trabajo que se está realizando en Santa Eulalia de Bóveda representa un trabajo pionero para desarrollar los procedimientos que nos permitan datar estos materiales con la precisión requerida en el trabajo arqueológico. Algunos de los trabajos de datación de morteros por OSL existentes en la literatura advierten de la existencia de problemas a la hora de calcular la paleodosis. Estos problemas se deberían a la incompleta o deficiente exposición de la arena a la luz durante la fabricación del mortero 62. Sin embargo, los trabajos en curso muestran que este no es un inconveniente en los morteros muestreados en el edificio de Bóveda. Sin embargo, sí pueden existir complicaciones en el cálculo de la dosis anual debido a que es necesario tener en cuenta el material que rodea la muestra hasta unos 50 cm de radio, correspondiente al rango de penetración de la radiación gamma. Así, para el cálculo de la dosis anual debe considerarse la dosis de todos los elementos de un muro: morteros, ladrillo y/o piedra En medios heterogéneos, la modelización de esta esfera puede no ser lo suficientemente exacta como para rendir edades con la precisión que el trabajo arqueológico necesita. En Santa Eulalia los paramentos muestreados están construidos incorporando ladrillo, mortero y piedra. Además, el alto nivel de humedad puede tener un efecto importante en la composición elemental de los morteros. El flujo de agua puede cambiar la concentración de U, que aporta gran parte de la dosis anual, comprometiendo la exactitud de la datación. Por ello, se ha optado por calcular la dosis anual utilizando tres métodos diferentes que permitan obtener información acerca de las dosis de radiación totales y parciales de todos los materiales. De esta forma, se ha obtenido la composición de U, Th y K de los materiales que había que datar por medio de Análisis por Activación de Neutrones en las instalaciones de la Unidade de Ciências Radioquímicas e Radiofarmacéuticas del Instituto Tecnológico Nuclear de Portugal. Además, se ha medido la dosis gamma in situ, en cada punto muestreado por medio de un espectrómetro gamma portátil. Por último, en cada punto de muestreo se situarán durante unas semanas dosímetros cuya dosis será medida posteriormente por termoluminiscencia (TLD) para obtener la dosis gamma total que afecta a cada punto muestreado, proceso que todavía no ha tenido lugar. Las medidas preliminares (a partir del cuarzo extraído de cada muestra) por OSL y TL respectivamente de las paleodosis de los morteros y los ladrillos muestreados proporcionan unos resultados que permiten ser optimistas de cara a la obtención de la edad de cada fase constructiva del edificio. Acorde con lo esperado, las paleodosis de los ladrillos tomados en el piso inferior son similares entre sí y mayores que las del piso superior, lo que coincide con la hipótesis de que el piso superior corresponde a una fase de construcción más moderna. El cálculo de la paleodosis de los morteros es algo más complejo, aunque los errores son menores que en el caso de la TL de los ladrillos. La representación gráfica en radial-plots 63 e histogramas de las paleodosis de cada alícuota medida en cada muestra de mortero indica una elevada dispersión en algunas muestras y baja dispersión en otras. A pesar de estas diferencias, las paleodosis fueron calculadas por medio del Modelo de Edad Central (CAM) 64 siguiendo las recomendaciones de la bibliografía 65. Las paleodosis obtenidas siguiendo este modelo muestran dos grupos de muestras diferenciados. El amplio intervalo de este grupo podría deberse a que los morteros corresponden a dos o más fases constructivas o bien a importantes diferencias en la dosis anual a la que están sometidas. Uno de los factores fundamentales para la obtención de dataciones absolutas que permitan asignar un período histórico concreto para la construcción y las reformas del edificio es la desviación estándar en el cálculo de la paleodosis. Las desviaciones estándar obtenidas para la TL de los ladrillos oscilan entre el 24 y el 13%, mientras que para los morteros oscilan entre el 13 y el 3%, aunque para dos de las muestras son excesivamente elevadas (28 y 44%), lo que podría atribuirse a la dispersión de los datos y a las limitaciones del modelo de cálculo de la edad utilizado para casos en que la dispersión es precisamente elevada. Para mostrar la repercusión de la desviación estándar en el cálculo final de la edad se expone el siguiente ejemplo: supongamos que la edad absoluta real de uno de los materiales datados sea de 1000 años. Dada la desviación estándar obtenida para las paleodosis, estos serían aproximadamente los porcentajes de error que se obtendrían para las edades de las muestras, suponiendo que la dosis anual se pudiese calcular con un error mínimo (1-2%). Esta circunstancia hace estrictamente necesario obtener un cálculo muy preciso de la dosis anual. Las mediciones preliminares realizadas de la dosis anual de cada muestra por medio de Análisis por Activación de Neutrones han permitido obtener una desviación estándar muy baja (en torno al 1%), pero muy diferente a la obtenida con Espectrometría gamma in situ (con una desviación mucho mayor del 10-15%). Los mayores problemas en el cálculo de la dosis anual, en este caso, se deben a la heterogeneidad de este medio, como se ha explicado ya anteriormente, ya que los muros están constituidos por sillares de roca, ladrillos y morteros de diferente composición. Aunque la dosis anual beta es independiente de este problema, el correcto cálculo de la dosis gamma (que suele suponer un 30% de la dosis anual66 ) depende por completo de elaborar un modelo adecuado o bien de utilizar un método alternativo. El método alternativo que se seguirá consiste en situar dosímetros de alúmina en los puntos muestreados durante un período de tiempo relativamente corto pero representativo (entre semanas y meses). Estos dosímetros acumulan una señal luminiscente debido a su interacción con la radiación gamma. Esta señal se mide posteriormente en el laboratorio por TL, con lo que se obtiene una dosis gamma más precisa que permite afinar el cálculo de la dosis anual y, por lo tanto, la edad final. Actualmente, se están realizando los trámites burocráticos pertinentes para situar los dosímetros en el edificio y obtener una edad final. Si retomamos la imagen del capitel de San Xoán do Campo (Lugo) recogida en la figura 33, sobre ella se apunta en su ficha una adscripción cultural tardorromana o perrománica, del siglo IV al X. Gutiérrez Behemerid y Rodríguez Colmenero lo adscriben a época tardorromana, concretamente al siglo IV; Núñez Rodríguez a época visigoda, al igual que Varela Arias que lo ubica en el siglo VII; e Yzquierdo Perrín lo clasifica como un capitel prerrománico de los siglos IX-X. Lo interesante es el comentario que se expone a continuación: «Tal disparidad de dataciones corresponde a un hecho claro: la perduración de la Tanto en los ladrillos como en los morteros se observan dos grupos diferenciados de muestras según su paleodosis tipología del capitel corintio en Galicia desde los tiempos tardorromanos (siglo IV) hasta el final del período perrománico, sometido a un proceso de esquematización, simplificación y desvirtuación de sus elementos característicos que en ningún modo fue lineal, sino que dependió de las tradiciones locales, de la mayor o menor pericia del artesano, de la dureza del material empleado o de la tendencia de ciertos tallistas a inspirarse en unos modelos tardorromanos que siguieron siendo considerados como un ideal» (Cabarcos, 2005). Este sería un problema similar al que se produce en Santa Eulalia de Bóveda, cuya arquitectura y decoración presentan similitudes con otros modelos del mundo romano y/o asturiano, abriéndose entre ambos un importante abanico de posibilidades del que se hicieron eco los distintos autores que trabajaron en el monumento. Pongamos por caso el único de los tres capiteles conservados que se puede analizar formalmente, ya que el estado de conservación de los otros impide hacer una mínima descripción de su decoración. Los modelos más similares a este que hemos localizado son los de San Xoán do Campo que, como acabamos de ver, presenta una amplia cronología (del siglo IV al X) y el de San Miguel de Teverga67 que se adscribe, posiblemente, al siglo IX. Por otra parte, si añadimos lo ya comentado sobre la posición estratigráfica en la que los elementos fueron hallados, tampoco podemos asegurar la pertenencia de capiteles, basas y fustes de Santa Eulalia al edificio original del piso inferior. El trabajo del que deriva este artículo tenía como objetivo principal la identificación de la secuencia constructiva del edificio; consideramos que este estudio está aún abierto a la espera de los resultados definitivos de las analíticas que se están llevando a cabo y que, sobre todo, se centran en obtener una cronologías absolutas que permitan datar esta secuencia. Como ya hemos comentado, a lo largo del siglo XX el edificio ha sido sometido a importantes intervenciones que han afectado tanto al subsuelo del edificio como a sus muros, lo cual dificultó en gran medida la lectura del conjunto ya que, en muchas partes, la estratigrafía había sido cortada impidiendo observar las relaciones existentes entre las distintas partes del edificio. Del mismo modo, la importante presencia de morteros de recubrimiento, tanto históricos como de reposición, ha influido también negativamente en la lectura estratigráfica. No obstante, podemos inferir algunas conclusiones de los datos obtenidos. Un aspecto que nos perece interesante reseñar, que ha sido comentado en los apartados referidos a la arquitectura de Santa Eulalia, son las semejanzas y diferencias documentadas en las distintas técnicas empleadas en el edificio. Parece claro que aunque a lo largo del tiempo de uso de Santa Eulalia y en sus sucesivas reformas se utiliza de forma recurrente la combinación de la piedra y el ladrillo, sobre todo en los elementos de cubierta, el tipo de ladrillo y su uso varía en las tres fases iniciales. Resulta notable, por ejemplo, el uso de ladrillos macizos en arcos y bóvedas de la planta baja con grosores variables, sin embargo, su disposición en obra varía entre los elementos identificados como de la fase I y la II. En el caso de la fase I en los arcos fajones de la bóveda cada ladrillo se separa el siguiente con una capa de mortero que mantiene el grosor en todo el ancho del ladrillo, creando una junta ancha, mientras que en los enjarjes de la fase II los ladrillos presentan una junta más fina en el intradós que en el trasdós creando así con el mortero la curvatura del arco. Lo mismo sucede en el arco de ligera herradura de la entrada. Además debemos recordar que mientras en el arco de la rosca de la bóveda del ábside los ladrillos del salmer y las primeras dovelas se disponen horizontalmente, en la puerta se disponen radialmente ya desde el salmer. Estas pequeñas diferencias, unidas a los cortes identificados para la disposición de los enjarjes nos llevan a separarlos en dos fases constructivas. Sin embargo, se reserva para la planta alta el ladrillo de entalle que únicamente se documenta en esta bóveda y que, como hemos dicho, se viene considerando ladrillo romano reutilizado en una bóveda que la mayor parte de los autores sitúa en un momento posterior a la construcción original, aspecto con el que estamos de acuerdo. Lo cierto es que el empleo de ladrillo de entalle para fechas tardías y la manera de disponerlo en Santa Eulalia es inusual. Este ladrillo, como ya se apuntó, se emplearía en la construcción de arcos fajones en bóvedas romanas. Este es uno de los motivos que ha llevado a plantear la reutilización de material romano en una bóveda que con seguridad es posterior a la fase original del edificio. Hemos manifestado anteriormente (Benavides y Blanco-Rotea, 2008: 61) nuestras dudas con respecto a esta reutilización. Los ladrillos que hemos podido observar in situ y los que se encuentran depositados en el centro de recepción de visitantes del monumento están prácticamente todos ellos enteros. Para cubrir una bóveda de estas dimensiones sería necesaria una cantidad de ladrillos importante, mucho mayor que el que se emplearía en unos arcos fajones embebidos en la bóveda, es decir, si toda la bóveda se realiza a base de ladrillos de entalle sería necesaria la reutilización de ladrillos provenientes de varias bóvedas. En este sentido nos planteamos varias posibilidades, la reutilización de ladrillo de entalle de una bóveda romana y la copia de este tipo de ladrillo en un momento posterior en el que además se emplea siguiendo una técnica constructiva totalmente diferente a la de su uso original. Esta hipótesis podría apoyar la planteada más arriba sobre la existencia de dos pisos desde la primera fase del edificio. En todo caso, aunque no resulte del todo lógico, cabría preguntarse, si se podría estar copiando un modelo de ladrillo formalmente romano en un momento posterior, mientras que no se mantiene su uso original puesto que puede haber perdido la tradición constructiva que posibilitaría su correcto uso. Si a todo ello sumamos los resultados de las paleodosis de las muestras analizadas en ambos pisos, claramente nos encontramos ante dos grupos distintos de ladrillos y morteros. En cuanto a la tipología de la planta del edificio, no existe un modelo similar en Galicia que permita buscar paralelos claramente definidos con los que poder comparar Santa Eulalia. De hecho, los edificios gallegos altomedievales que han sido estudiados mediante un análisis arqueológico, Santa Comba de Bande fechada en el siglo IX (Caballero et al., 2004) y San Martín de Prado, cuya primera fase se vincula al perrománico (Feijoo y Rúa 1995), no presentan similitudes en muchos aspectos con Santa Eulalia, y desde luego la planta difiere bastante de ambos. Con respecto al arco de herradura de la entrada al aula, algunos autores lo señalan como el origen de este tipo de arco en la Península: «Si aceptamos las cronologías tradicionales de estos edificios, el dintel con arco de descarga, tendría su origen en época tardorromana (Bóveda) y perviviría en la visigoda (Nazaré y Trampal) y mozárabe (Melque y Lourosa). [...] En Santa Eulalia de Bóveda, el arco de ladrillo de la entrada única occidental descargaría sobre un dintel de piedra, del que sólo se conservarían los extremos empotrados ahora como impostas. Aunque en un principio se aceptó la fecha del siglo IV, en la actualidad las hipótesis cronológicas son múltiples, habiendo indicios para sugerir una fecha altomedieval de este y otros elementos de Santa Eulalia» (Utrero, 2006: 65-66). Como hemos visto, la pintura del aula responde a la decoración mural derivada de la remodelación del edificio, con la división del espacio inferior. Aunque aceptemos la hipótesis más difundida sobre el origen tardorromano del edificio, es difícil seguir encuadrando la pintura en este momento. Creemos que esta circunstancia, lejos de ser negativa, abre una puerta hacia el conocimiento de la construcción después de Roma. Las técnicas constructivas romanas tuvieron una difusión enorme debido a la expansión del Imperio por un vasto territorio y no es raro pensar que hayan perdurado casi intactas varios siglos tras la «desaparición» del mundo romano. Las recomendaciones de Vitrubio las secundan autores muy posteriores a él 68; incluso hoy siguen siendo tremendamente útiles tanto para conocer la construcción romana como para trabajar con materiales tradicionales. Por lo que conocemos de la pintura de Santa Eulalia, la técnica de ejecución, los colores y los motivos mantienen la tradición romana. Si, como parece, su ejecución fue más tardía, el hecho se explicaría perfectamente porque se trataba de una técnica eficaz y duradera y que con el paso del tiempo sólo fue preciso adaptarla a las nuevas corrientes ideológicas con la introducción, tal vez, de ciertos elementos simbólicos que en el caso de esta pintura no parecen tan claros, puesto que han originado casi tantas interpretaciones como autores han escrito sobre ella. Esta pintura parece alejarse de la asturiana en la que casi todos los autores apuntan que están reflejadas. Aunque con semejanzas en los motivos decorativos, se diferencian en la preparación de los muros, con morteros extraordinariamente ricos en cal y una paleta menos colorida (con la ausencia de bermellón y azul egipcio tan característicos de la época romana) que en Santa Eulalia de Bóveda; no obstante, los análisis de la pintura asturiana tampoco han sido exhaustivos 69. 68 Como bien dicen las reconocidas especialistas en pintura mural antigua, Claudine Allag y Alix Barbet, será muy difícil establecer una cronología de las pinturas murales basándonos en el análisis de los morteros debido a la perduración de las técnicas constructivas romanas: «Ces quelques indications pratiques, valables à l'époque oú Vitruve écrivait sont-elles suffisantes, n'y a-t-il pase eu d'autres procédes? 69 «En la iglesia de Santullano las diversas capas de enlucido (tectorium) están reducidas a dos: la trullisatio y el intonaco. La trullisatio representa la primera mano de revoco extendida sobre el muro humedecido para sacar la «rectitud» a la pared. Se compone de cal y arenato. A continuación de la trullisatio, se extendió una capa de 0,5 cm a 1 cm, aproximadamente, de espesor, llamada intonaco, compuesta de arena muy fina y polvos de mármol y cal en proporciones En defensa de la «romanidad» de la pintura de Santa Eulalia podemos decir que su ejecución es similar a otras que conocemos de cronología romana bajoimperial. Hoy la pintura conservada parece algo plana porque tiene lagunas, está parcialmente erosionada y perdió una parte, probablemente importante, de los motivos ejecutados a secco que aportaban volumen y profundidad. Observando los motivos geométricos de la bóveda perdida y de las decoraciones sobre la imposta vemos que están pintados para ofrecer este efecto visual de profundidad. En la bóveda, el perímetro de los cuadrados y hexágonos está pintado en degradación de color 70, de modo que produciría el efecto de un artesonado 71; esto se observa también en el motivo infinito sobre la imposta, en el que en las bandas que cierran el casetón se emplea un color más luminoso en la parte central y más oscuro en los exteriores y el fondo del casetón es todavía más oscuro. El efecto visual debía de ser parecido al de la bóveda. Incluso el damero partido debía de ofrecer sensación de perspectiva. En la decoración de flores y aves, los distintos matices, obtenidos muchas veces por superposición de colores y la delicadeza de algunos acabados, indican una maestría notable, independientemente de la fidelidad o realismo de las representaciones. Tal vez el pintor está pintando de memoria una representación conocida, pero no sobre un modelo directo, y se basa en sus propias vivencias para representar las aves o plantas 72. Es obvio que no se conoce un paralelo exacto a las pinturas de Bóveda, aunque existen numerosos paralelos parciales; es decir, edificios diversos con decoraciones pictóricas que representan motivos similares. Precisamente, el hecho de que los diversos motivos representados en Santa Eulalia aparezcan en edificios de diferente funcionalidad y cronología hace que nos encontremos ante un monumento bastante singular. El esquema de decoración de la bóveda está ampliamente documentado en un período muy amplio tanto en mosaico como en pintura 73. Del mismo modo aparecen representadas las retículas 74, los jarrones, las flores, las aves y las uvas y por supuesto las imitaciones de mármoles. Las flores y los frutos representaban para los romanos un símbolo de inmortalidad por el constante morir y renacer 75. Las aves también son un tema frecuente en el mundo funerario 76; los pavos afrontados con un vaso en el medio tienen un amplio uso en el ámbito cristiano en el iguales. Sobre ella se aplicaron, ya definitivamente, los colores desleídos en agua» (Arias, 1992). «En la pintura mural de la iglesia de Santullano se han empleado varios pigmentos colorantes, en cuya composición se pueden identificar los siguientes materiales: blanco, integrado por caliza y cuarzo; rojo, óxidos hidratados de hierro; amarillos, óxidos de hierro; negro, madera carbonizada. El empleo de estos pigmentos de forma generalizada en la pintura mural de otras iglesias asturianas no se puede confirmar al carecer de estudios técnicos precisos en la totalidad de las mismas [...] De acuerdo con los estudios realizados por Jesús María Puras la composición de los pigmentos de los frescos de Valdediós quedaría resumida en los siguientes datos: Habitualmente la pared se colorearía con óxido férrico para dar un tono blanco crema más cálido. Amarillo y ocre claro, integrado por almagre, óxido de hierro hidratado y silicato de aluminio; rojo, óxido de hierro anhidro; verde, óxido férrico y ferroso; azul grisáceo o negro azulado, calcinación de materias orgánicas y probablemente de la combustión de huesos animales o maderas muy densas como encina, boj...» 70 La degradación de color se refuerza con pinceladas transversales a modo de veladuras; este mismo sistema lo emplea el pintor para dar volumen a la secuencia de arquitos de los laterales de los enjarjes. 71 En Santullano, que es el paralelo más utilizado, como apunta M. Guardia (2003: p.276), parece que la imitación de artesonado está copiada de un mosaico y probablemente el efecto de profundidad es menos patente que en la imitación de artesonado de Santa Eulalia. 72 No es un hecho inusual; mientras que las ilustraciones del Dioscórides de Viena (Cruz, 2007: 229) son muy realistas, no sucede lo mismo con las del magnífico ambón donado por el obispo Agnellos a la Catedral de Rávena (Palol y Ripoll, 1988: 33); ambas representaciones están fechadas en el siglo VI. 73 Los esquemas repetitivos combinando formas geométricas adornadas con figuras vegetales estilizadas son frecuentes en las decoraciones de las bóvedas pintadas como en la casa de Polibio en Pompeya (Croisille, 2005: 74), en el hipogeo de Via Dino Compagni (Tortorella, 2004: 108-109) y en las revestidas de mosaico como las de los Mausoleos de Gala Placidia y de Santa Constanza (Barral, 2003: 37 y 82-83; Collins, 2007: 66), en las que también aparecen las decoraciones de los intradoses de los arcos con ramos, sin olvidar en la segunda las representaciones de aves, flores y frutas; eso sí, junto a numerosas representaciones humanas de las que en Galicia no tenemos ejemplos en épocas tan tempranas. Aunque con menos pericia, se representan en los alzados de la «basílica» de Troia, en Portugal, la composición geométrica de la bóveda, la banda de pequeños cuadrados alternantes divididos diagonalmente, las imitaciones de mármol y los jarrones. Nunes Pedroso encuadra esta pintura en el siglo IV d. 74 Respecto a la retícula de Santa Eulalia de Bóveda, Abad Casal hace una reflexión interesante: «Santa Eulalia de Bóveda pertenece a un momento muy evolucionado de la fase más antigua, cuando el trellis ha dejado de ser una sucesión de hojas y flores para convertirse en un tallo vegetal con sus correspondientes ensanchamientos y hojas que salen de ellos, tal vez por influencia de las decoraciones de zarcillos vegetales. Esta influencia se hace más patente por el hecho de que los tallos que constituyen el enrejado base no se limitan a cruzarse unos por delante de otros, sino que van enlazados entre sí, formando nudos; cada tallo hace zig-zag y anuda con los más próximos. El enrejado así formado no es por tanto una sucesión inorgánica de hojas y flores, sino un conjunto de tallos vegetales fuertemente enlazados. Las hojas que salen de los engrosamientos de los tallos se encuentran también en los mosaicos con zarcillos, no en los decorados con trellis vegetal.» Se trata de una retícula muy original de la que no hemos encontrado de momento paralelos exactos. Guirnaldas con una sucesión de tallos y flores en espiral aparecen, entre otros, en el pórtico del templo de Isis en Pompeya (Ranieri, 2004: 288-289). Aunque no podemos obviar que las representaciones de flores, frutos y aves son también habituales de las pinturas y los mosaicos de las villae 78. Si tenemos en cuenta lo que apunta Utrero sobre la reutilización de piezas romanas en la cimentación y la fábrica del primer edificio (Utrero, 2006: 143), así como otros aspectos relacionados con su construcción que hemos comentado más arriba, resulta difícil seguir manteniendo la hipótesis de que el origen del monumento se remonta a época romana. En cuanto a la fase decorativa, existen abundantes paralelos que lo relacionan con el mundo asturiano, pero también con modelos orientales, como sucede con la decoración de placas de mármol. Sin embargo, si aceptamos que esta decoración la hemos considerado una reforma del primer edificio tendríamos que adelantarla a la fecha del siglo IX en la que se encuadran los modelos asturianos. Quizás detrás del problema de Santa Eulalia se encierran otros de mayor envergadura, por un lado la escasez de estudios de la arquitectura altomedieval gallega desde un punto de vista arqueológico, de manera que podamos establecer contextos bien definidos funcional y cronológicamente, sobre una base estratigráfica, para un período que se encuadra entre la tardorromanidad y la Alta Edad Media. Por otro, la ausencia de estudios complementarios que permitan obtener indicadores cronológicos fiables. Y, finalmente, la pervivencia de unas técnicas constructivas romanas durante un periodo bastante prolongado que pueden haber llevado a interpretaciones erróneas. «Pero no es solamente la arqueología la que nos puede hacer valorar más el papel que la ciudad [Lugo] jugó en tempos pretéritos, puesto que el estudio de las fuentes escritas, sean literarias o de otra índole, no está ni mucho menos acabado, pueden reinterpretarse de nuevo y pueden y deben ser el complemento de los objetos materiales que se arrancan del subsuelo. Al mismo tiempo, se hace necesario revisar viejos conceptos historiográficos que, de tan manidos, se convirtieron poco menos que en dogmas de fe. Me refiero en concreto a dos que pueden afectar directamente a nuestra visión del pasado remoto de la ciudad: la llamada crisis del siglo III y los tintes de decadencia y ocaso que siempre fueron unidos indisolublemente a expresiones tales como Bajo Imperio. Y digo esto porque puede pasar que sean esas, y las inmediatamente posteriores, las etapas más brillantes de la historia remota de Lucus» (Novo Güisán, 2003: 205-206). No queremos terminar este texto sin hacer mención al estado de conservación del edificio y en particular de las pinturas. Desde su descubrimiento se realizaron numerosas intervenciones, sobre todo encaminadas a preservar la pintura del aula. Sin embargo, algunas de ellas fueron poco afortunadas y aportaron casi más problemas de los que resolvieron; sin duda la más nefasta fue la intervención de González Trigo 79, cuyo objetivo fue eliminar el agua en un edificio creado para el agua y acabar así con la «piscina de aguas inagotables», como la definió Abad Casal (1979: 917). En la actualidad, aunque se observan numerosas fisuras y abrasiones de la película pictórica y del enlucido, que dejan a la vista las arenas del mortero, en general, la pintura está bien adherida al sustrato. Está parcialmente colonizada, pero sin duda la patología más grave y activa es la formación de escamas originada por la acción de los sulfatos procedentes de los hormigones y cuya cristalización está posiblemente potenciada por el corte del muro N realizado en la intervención de 1985 80. 77 Aunque la interpretación del simbolismo de ciertos elementos dificulta el encuadre de algunas pinturas en un mundo pagano o cristiano o de transición entre ambos. Como ejemplo podemos anotar que para los romanos, los pavos estaban relacionados con la diosa Juno y el mausoleo de Adriano contaba con dos magníficos ejemplares de bronce dorado que, posteriormente, se apropiaron los Papas y en la Edad Media estaban decorando la fontana exterior de la Basílica de San Pedro (Opper, 2008: 210). Son innumerables y de amplia cronología las representaciones de pavos, casi siempre afrontados con un recipiente entre ambos, del que, a veces, picotean la fruta: tumba del Banquete en Constanta, Rumanía (Chera, 1996: 338); en la Rue Saint-Patrice de Bayeux (Amadei-Kwifati y Bujard, 2007: 423), tumba 25 de la necrópolis de la Isola Sacra; tumba de Via Portuense; tumba en Silistra, Bulgaria (Baldassarre et al., 2006: 52, 314 y 365); en el mausoleo de Marcus Clodius Hermes en San Sebastiano; en el ninfeo-hipogeo de Via Livenza; en el hipogeo de los Flavios (Portella, 2000: 106, 206, 213), en el hipogeo de Via Dino Compagni (Giuliani, 2002: 14) en Roma, etc. 78 Aparte de las incomparables pinturas pompeyanas o de las magníficas decoraciones de la villa de Livia, la Domus Aurea, la Villa Piccola, bajo San Sebastiano o la domus bajo Santi Giovanni e Paolo en Roma (Portella 2000: 202-205;V.V.A.A. 2006: 8-9), etc., una decoración de hojas lanceoladas alternando con un gallito y un carbonero se conserva en la villa de Valdonega en Verona (Baldassarre et al., 2006: 191) y también son frecuentes en provincias las decoraciones con estos temas: pavos y jarrones con frutas aparecen en decoración mural en villae, como sucede en Newport en la Isla de Wight (Johnston, 2004: 37), pájaros sobre ramas en la Casa del Mitreo de Mérida; flores en el peristilo de la Domus Oceani de Lugo En mosaico, se representan pavos en la villa de Bignor (Johnson, 1995: 35) y en la casa de Fortunatus en Fraga aparecen diversas figuras, pájaros y frutos (Fernández-Galiano, 1987: 212). En el santuario de la villa romana de Milreu (Teichner, 2006: 213) se conservan ladrillos con decoraciones similares: pavos afrontados, jarrones, etc. 79 Es lamentable que desde los servicios técnicos de la Dirección General del Patrimonio Artístico y Cultural no sólo se aprobase la intervención destructora e irreversible, sino que, obligaron al arquitecto a realizar una recreación totalmente improcedente, cuando él había propuesto una protección bastante respetuosa con la ruina y que mejoraría su ventilación. 80 Un informe más detallado sobre el estado de conservación se puede ver en Benavides y Blanco-Rotea, 2008.
puente de origen medieval, utilizando casi exclusivamente el método estratigráfico tanto en el análisis del subsuelo como en los paramentos de la estructura. El estudio ha permitido documentar la interacción entre el puente y el río con las sucesivas destrucciones y recomposiciones de la estructura, así como las mejoras que cada reparación aportaba respecto de la situación anterior. La investigación arqueológica sobre el Puente de Pedret se desarrolló en el marco de los estudios previos a la elaboración del proyecto de restauración y consolidación de este monumento, que llevó a cabo el año 2000 el Servei de Patrimoni Arquitectònic Local de la Diputación de Barcelona bajo la dirección del arquitecto jefe señor Antoni González Moreno-Navarro. La investigación histórica y arqueológica fue encargada a quien suscribe y supervisada por el doctor Albert López Mullor, jefe de la unidad de Investigación Histórica del referido servicio2. El Puente de Pedret está situado en el municipio de Cercs, dentro de la comarca del Berguedà, en el extremo norte de la provincia de Barcelona, sobre el río Llobregat y forma parte del camino que une la población de Berga con la iglesia de San Quirze de Pedret, centro de un término documentado desde el siglo IX. Desde el punto de vista geológico, en la zona que salva el puente, el río Llobregat genera un valle estrecho, cortado en los niveles blandos y margosos del Triásico, que se alternan con calizas más duras. En la zona más cercana al cauce del río, aparecen también formaciones de conglomerados generados a partir de aportaciones aluviales. El de Pedret se inscribe en el grupo de los puentes caracterizado por un arco central mucho más alto que el resto, también conocido como lomo de asno. Mide unos 80 m de largo, con dirección este oeste y está formado por cuatro arcos de luces diferentes, dos de medio punto rebajado en la ribera occidental (identificados con las u.e. 24 y 25), un tercer arco, en este caso ojival (u.e. 23), en el centro, sobre el río y finalmente un cuarto, de medio punto (u.e. Todos ellos presentan una sola rosca de dovelas pequeñas de arenisca y descansan sobre pilares de sección rectangular, de 2,45; 3,3 y 2,25 m de anchura empezando por el más oriental, que descansan sobre la roca. En el lado norte disponen de tajamares desiguales de remate piramidal (fig. 21), mientras que aguas abajo, el pilar situado entre los dos arcos del lado occidental presenta un estribo perfectamente solidario de estos elementos. Por lo que se refiere a la luz, el arco más occidental tiene 3,3 m, el central 14,4 y de los otros dos, el más cercano al río 5,9 m y el último 5,6. Aguas arriba, en el lado este, aparece un contrafuerte de sección triangular de 1,2 m de anchura y una altura máxima de 5,85 m. La caja del puente está constituida por dos muros paralelos y un relleno interno macizo hecho de bloques de piedra amorterados con cal, por lo menos en lo que se refiere al tramo central donde se sitúan los arcos. Unos sondeos arqueológicos, llevados a cabo en 1993, permitieron documentar dos pavimentos superpuestos y formados por cantos rodados que cubrían la superficie del puente (fig. 8). Es posible, aunque no se ha podido comprobar hasta el momento, que en los extremos de la estructura, más allá de la zona ocupada por el pavimento de cantos rodados y el pretil, los muros del puente sirvan simplemen-te de contención y que el espacio entre las fachadas esté relleno de tierra. La caja tiene una anchura libre de 2,35 m mientras que la anchura máxima de la construcción, incluyendo los pretiles, es de 3,1 m. Los pretiles actuales corresponden a la última fase constructiva del puente, tienen 38 cm de anchura y una altura en el interior de 80 cm. Están construidos a base de mampostería y rematados con grandes losas de piedra arenisca. Presentan en la parte baja una serie de agujeros de desagüe que conducen el agua hacia el exterior de las fachadas. En el extremo oriental del guardalado se conserva una cruz grabada en la primera de las losas del pretil, que podría interpretarse bien como la reutilización para este fin de una piedra procedente de la vecina iglesia de Pedret o bien como un signo referido a una posible bendición del puente. La intervención del Servei de Patrimoni Arquitectònic Local de la Diputación de Barcelona en el puente de Pedret se remonta al año 1993, momento en que se promovieron los primeros trabajos de documentación de la estructura previos a la redacción del correspondiente proyecto de restauración. Coincidiendo con estos primeros estudios, se llevó a cabo una pequeña intervención arqueológica (López Mullor, Caixal, 1993), que se centró en dos puntos de la caja del puente que en aquel momento se consideraron esenciales. El primer sondeo se abrió en el espacio comprendido entre los arranques de los dos primeros arcos, mientras que el segundo se situó más al este, cerca del límite oriental. Esta intervención permitió documentar la existencia de dos niveles de pavimento superpuestos, el más antiguo presumiblemente contemporáneo de la construcción del tramo de puente al que afectaba, mientras que el segundo, que es el que está actualmente en uso, correspondiente a una fase posterior. En cuanto a la cronología, la intervención de 1993 no permitió recuperar ningún tipo de material arqueológico. En todo caso, la similitud morfológica del pavimento de la segunda fase con otro que se documentó en el puente de Castellbell i el Vilar (Caballero, 1991) y que se había podido situar entre los siglos XVI y XVII, permitió apuntar a los autores de la intervención que el pavimento de Pedret también podría pertenecer a ese mismo momento cronológico. El Servei de Patrimoni Arquitectònic Local de la Diputación de Barcelona ha llevado a cabo a lo largo de los últimos 25 años numerosas intervenciones de restauración en puentes de las cuencas fluviales que discurren por la pro- vincia (Caixal 1986). Esta experiencia ha permitido a sus responsables perfeccionar un método de análisis histórico y arqueológico específico para este tipo de estructuras que es el que nosotros hemos aplicado a nuestro estudio. La investigación arqueológica en el puente de Pedret se desarrolló en dos ámbitos. En primer lugar, la excavación arqueológica de las tierras que circundaban la base del puente. Su objetivo era localizar niveles asociados al momento de construcción de la estructura, con el fin de aproximarnos, si era posible, a su datación absoluta. En segundo lugar y de manera paralela a la excavación, se planteó un estudio arqueológico de los paramentos del puente de cara a la constatación de las sucesivas fases constructivas, destrucciones y reparaciones de que había sido objeto. Para el registro de los datos que facilitaron el conjunto de los trabajos realizados utilizamos el sistema propuesto por E.C. Harris y por A. Carandini, modificado a partir de la práctica arqueológica en este tipo de estructuras y de las circunstancias concretas del estudio. Para el registro objetivo de los elementos y estratos se realizó una numeración correlativa de los mismos a los que se denominó unidades estratigráficas (u.e.). De cada una de ellas se hizo una ficha en la que se indicaba: la situación en el contexto general de la estructura, la ubicación en las plantas y secciones, la definición y la posición física respecto de las otras unidades estratigráficas. Este sistema se utilizó de manera indistinta para la excavación del subsuelo y para el estudio de paramentos, quedando referenciadas todas las u.e. en una lista única que permite relacionar las estructuras del puente entre sí y con los elementos y estratos documentados durante la excavación de su entorno. El material gráfico elaborado está compuesto por plantas generales y de detalles concretos que aportan una visión sincrónica de las fases del yacimiento, secciones en las que se representa la sucesión estratigráfica que facilita la comprensión diacrónica de su evolución; alzados de los muros para la representación y estudio de las fases constructivas del puente, así como el material fotográfico imprescindible para la constancia visual de los trabajos llevados a cabo y de las evidencias arqueológicas detectadas. DESARROLLO DE LOS TRABAJOS Dada la estructura del espacio, muy condicionada por la presencia del puente y del río, se decidió dividir el área de la excavación en cuatro sectores (fig. 2). A la vista de las diferencias en la estratigrafía documentada en cada uno de los sectores estudiados, procederemos a su exposición de manera independiente. Sector A En el momento de iniciarse la intervención, toda el área situada aguas abajo del puente en el costado occidental, a excepción del sector más cercano al río donde afloraba la roca, se hallaba cubierta por un estrato de arcillas con componentes vegetales y bloques de piedra caliza y conglomerados (u.e. Este estrato aparecía en forma de talud en dirección oeste a causa de la mayor aportación de tierras procedentes de la erosión de la montaña y cubría una serie de estructuras adosadas a la pared del puente (fig. 11). En un punto concreto se iniciaba la falda de la montaña propiamente dicha, que en este sector no presentaba una inclinación uniforme sino que el diferencial de dureza entre las capas de roca caliza y margas que componen el substrato habían generado una pendiente escalonada (fig. 22). La intervención consistió en la excavación extensiva de la zona ocupada por las estructuras, así como en la eliminación de los niveles superficiales en la zona más cercana al puente, con la finalidad de delimitar completamente su trazado y tratar de identificar su arranque. La excavación del nivel superficial permitió documentar, al menos parcialmente, el trazado de las estructuras que se insinuaban en el momento de iniciarse la intervención. Se trataba del muro u.e. 9, de 40 cm de anchura, perpendicular al puente y hecho con aparejo de bloques de arenisca y conglomerado, de diferentes medidas, dispuestos de manera aleatoria y unidos con tierra. Era solidario de un segundo muro (u.e. 10), paralelo al puente, de similares características constructivas, aunque mucho más arrasado y que parecía adosarse a un recorte en el talud de la montaña. Estos dos muros, junto con la pared del puente y el recorte en el terreno, generaban una pequeña estancia de 3 x 4,5 m aproximadamente. La excavación del interior de este espacio, que se denominó habitación 2, permitió delimitar un único nivel de relleno por debajo del superficial. 16) formado por arcillas y limos rojizos, bastante compactos y en cuya superficie de detectaron pequeños carbones y manchas cenicientas, que permitían identificarlo como el nivel de uso de la habitación. A unos 3 m al este del muro 9, y paralelo a éste, se documentaba el muro u.e. 8, de 55 cm de anchura, muy arrasado y formado por bloques de piedra unidos con tierra. El sector situado entre los muros 8 y 9 se denominó habitación 1 y estaba dividido en dos ámbitos por un muro formado por losas de piedra colocadas verticalmente (fig. 11). Su estratigrafía era similar a la de la habitación 2. Finalmente, el estudio de paramentos del puente en el tramo en el que se adosan estas estructuras permitió obtener algunos datos complementarios, referidos fundamentalmente a la configuración en altura de estas habitaciones. Sabemos que los muros estudiados se adosan a una importante reparación de la fachada del muro del puente, con la construcción de un revestimiento de mampostería (u.e. 15) al que se asocian cuatro mechinales (u.e. Un poco más arriba, a unos 3,15 m del arranque del muro, se identificaron dos grandes agujeros cuadrados (u.e. 27) de 40 cm de lado, posteriores a la construcción del revestimiento u.e. 15 y que habrían servido de apoyo las vigas que sostenían la cubierta de las habitaciones adosadas. Finalmente, a unos 5,25 m por encima del suelo, se documentaron restos del mortero (u.e. 29) que habría unido la cubierta de la habitación a la pared del puente. Asociados a este mortero se documentaron una serie de pequeños agujeros ovalados (u.e. 28) que parecen corresponder a los encajes de las vigas que sustentaban el tejado de la construcción (fig. 18). Por lo que se refiere a la delimitación del perímetro del puente, la excavación del nivel superficial permitió comprobar que la estructura se apoya directamente sobre la roca y que su estribo se adosa, escalonadamente, a la falda de la montaña. La intervención arqueológica permitió comprobar que el sector A corresponde a la zona más resguardada respecto de las inundaciones ya que se encuentra protegida por el puente y por la propia pendiente de la montaña que crece de cota en dirección oeste y norte, lo que hace que el agua tienda a desplazarse hacia el lado oriental, al sector B. En esta zona se construyó una barraca adosada al puente y a la falda de la montaña y en la que se han detectado dos fases constructivas. En una primera fase el cobertizo (habitación 1) estaría delimitado por el lado este por el muro 8 y al sur por un hi-potético muro solidario de éste y que seguramente estaría un poco más avanzado de lo que posteriormente sería el trazado de u.e. Estas paredes se apoyaban directamente en la roca y el interior del perímetro que delimitaban se regularizó con tierra, generando los niveles 7 y 16, la superficie de los cuales funcionaría como nivel de circulación. La cubierta era de tejas sobre vigas apoyadas contra la pared del puente. En un momento que debemos situar seguramente a principios del siglo XX se produjo el abandono de la cabaña, de la que sólo quedaron en pie los restos del muro 8. Hacia 1905, se construyó un segundo cobertizo (habitación 2), más pequeño, y definido por los muros 9 y 10. Esta edificación, asentada en buena parte sobre el relleno 16 ligeramente recortado, utilizaba como pavimento la nueva superficie del estrato 16 y estaba cubierta por un tejado similar al de la anterior aunque situado a una cota más baja en la pared del puente. Los datos sobre la cronología y cubierta de esta segunda cabaña se desprenden de una fotografía del puente, tomada por Cèsar August Torras en torno a 19053, en la que aparece una esquina del tejado, así como señales en la pared del puente correspondientes a la cubierta anterior. La intervención consistió en la excavación de las tierras de la zona más cercana al río, con el fin de delimitar el perímetro del puente y localizar posibles niveles asociados a la construcción de la estructura. En el momento de comenzar, toda la zona se encontraba cubierta por un nivel (u.e. 3) formado por tierras y bloques de piedra de tamaño mediano-grande, a excepción de la zona más cercana al río donde aparecía la roca. Este estrato, formado fundamentalmente por aportaciones de la erosión de la montaña circundante, estaba dispuesto en un talud que moría junto al río. Bajo este nivel, en el lado oeste aparecía la roca, mientras que en el sector más cercano a la ribera se documentaba un estrato formado por tierras mezcladas con gravas y arena (u.e. 33) en el que se recuperaron algunos fragmentos de cerámica de la fábrica Pickman, que aportan un terminus post quem de siglo XIX avanzado para la formación de este estrato. En el punto en que se iniciaba la pendiente de la montaña aparecieron los restos de un muro (u.e. 43) hecho con grandes cantos de piedra caliza y conglomerados, así como algún bloque de piedra más pequeño, unidos con tierra (fig. 9) y que parecía servir de contención para las tierras de la falda de la montaña. Sólo se conservaba un tramo de unos 3,6 m de largo junto al muro del puente y parecía perder consistencia a medida que se alejaba de éste. La excavación de los niveles situados tras 43 permitió constatar que a partir de la línea de este muro de iniciaba la falda de la montaña, sobre la que se asentaba también el puente. Ello parece explicar la construcción del muro 43 que impedía que la erosión dejara a la vista la cimentación del puente poniendo en peligro su estabilidad. En el espacio situado entre el muro 43 y el río, bajo el estrato 33, aparecía el sustrato geológico en la mayor parte del sector. En todo caso, y rellenando una depresión natural de la roca, se localizó un estrato (u.e. 04) formado por arcillas y limos de color rojizo. En él se recuperó un lote de cerámica gris medieval seguramente producida en el cercano taller medieval de Casa-en-Ponç (Berga). Por debajo se documentaba en algunos tramos un estrato de arena rojiza y grava (u.e. 12) que completaba el relleno de esta depresión y en el que también se recuperaron, aunque en menor número, algunos materiales de la misma procedencia. Dentro del yacimiento se trata del sector en el que se documenta una menor potencia de sedimento ya que, a causa de la pendiente natural de la roca, en caso de avenida el agua que sale por los ojos del puente tiende a desviarse hacia el lado oriental, produciéndose una mayor limpieza por arrastre del sedimento depositado en aquella parte. Ello ha provocado que la estratificación documentada corresponda fundamentalmente a materiales aportados en la última inundación que tuvo lugar entre finales del siglo XIX y los años 70 del siglo XX. Desde esta última fecha, la construcción de una presa aguas arriba del puente evita las crecidas repentinas del río. Sobre este depósito, formado por las gravas u.e. 33 se ha ido generando la capa u.e. 3 de tierras arcillosas procedente de la erosión de la montaña. En cualquier caso, la existencia de una pequeña depresión o cubeta en la roca del cauce del río ha permitido conservar en su interior un estrato de limos (u.e. 4) cuya deposición, a juzgar por los materiales que contiene, se ha de situar en el siglo XIII. Aunque no existe una relación física directa entre este nivel y el puente, su cronología y la abundancia de material cerámico asociado parecen relacionarlo con un momento de actividad constructiva de la estructura. En lo que se refiere a su cimentación, el puente se apoya directamente en la roca en todo el espacio central. Con todo, su estribo oriental se adosa a las tierras de la falda de la montaña, siguiendo una pendiente ascendente (fig. 10). Este sistema genera una cierta debilidad constructiva en este punto donde incidirían procesos erosivos de dos tipos. Por una parte, los generados por las aguas de lluvia que limpiarían la falda de la montaña, descalzando la cimentación. Por otra parte, las avenidas, que arrastrarían la parte baja del talud natural. Con el fin de proteger este punto, se optó por la construcción del muro u.e. 43, en la parte más cercana al puente, que servia a la vez de contención de las tierras arrastradas por la lluvia y de protección contra la acción del agua de las riadas. El sector noroeste del puente presentaba una importante acumulación de tierra procedente en su mayor parte de la erosión de la falda de la montaña, que fue mayoritariamente extraída por medios mecánicos. La intervención permitió confirmar que la cimentación del puente se apoya directamente sobre la roca, que sigue una suave pendiente en dirección sur este. También se pudo estudiar la cimentación del contrafuerte adosado a la pared del puente (u.e. 46), observándose que se apoyaba en parte en la roca natural y en parte en el sedimento de tierra aportada por el río. Parece claro que éste es el sector que más ha sufrido los efectos de la erosión, tanto de carácter atmosférico como por inundación, como lo demuestran las importantes reparaciones detectadas en esta cara del puente. La construcción del gran contrafuerte (fig. 19) produjo importantes cambios en este espacio, ya que aparte de impedir el desprendimiento de la fachada norte, sirvió de muro de contención para los sedimentos arrastrados por la lluvia desde la montaña. Ello provocó la actual acumulación de tierras, que ha deformado ligeramente el trazado del área final del puente, el límite del cual ha quedado cubierto por las tierras y después transformado por la construcción del Sector D La zona noroeste del puente presenta una pendiente natural en dirección norte y oeste, generándose una plataforma inclinada, cortada en su lado oriental por el curso del río, mientras que su límite occidental enlaza con la falda de la montaña. El sector se encontraba cubierto por un nivel de tierras (u.e. 5) generado por las aportaciones de carácter pluvial procedentes de la montaña y que cubría el substrato natural. Este nivel tenía una potencia que oscilaba entre los 40 cm del lado más occidental hasta desaparecer en el extremo oriental. Vista la extensión y características de este estrato se optó por su excavación mecánica. Con posterioridad se hicieron dos sondeos junto a la pared del puente para determinar la potencia estratigráfica y el tipo de sedimento que se localizaba por debajo de este nivel superficial. En ambos casos se documentaron diversas capas de limos aportadas en sucesivas crecidas del río. Debajo de ellas se identificó una acumulación de piedras de mediano y pequeño tamaño que rellenaban el desnivel de la roca en la zona más cercana al puente (u.e. acción mecánica de las riadas, aunque sí por el crecimiento del nivel del agua, hecho que explica que las juntas de las piedras hayan perdido completamente el mortero que las unía. También como consecuencia de este hecho, la mayor parte de los sedimentos aluviales que se han ido depositando delante del muro en el transcurso de las sucesivas avenidas son arenas o limos y no guijarros o gravas de mayor tamaño. La acumulación de bloques representada por el estrato 50 no parece tener un origen aluvial, sino constructivo, generado en el transcurso de alguna de las reformas del puente, probablemente la construcción del arco 25. Por encima de los niveles claramente aportados por el río aparecen los estratos generados por la erosión de la montaña (u.e. 5 y 30), que acaban de configurar el perfil orográfico del sector. La fábrica del puente es relativamente heterogénea y se pueden detectar trazas de diferentes reparaciones y reconstrucciones, que describiremos a continuación de manera diferenciada según la fachada. Descripción de la fachada sur (figs. 5 y 6) La fachada meridional del puente es la que presenta una mayor extensión de pared vista (unos 80 m lineales). En ella se detectan diversos cambios en el paramento que serían el reflejo de sucesivas reparaciones del puente. Aparece en los dos extremos de la estructura y está constituido por grandes bloques de conglomerado, arenisca y piedra caliza sin desbastar de entre 110 x 70 y 40 x 30 cm, acuñados con otros más pequeños, normalmente cantos rodados, que se disponen de manera irregular, aunque con tendencia a marcar hiladas (fig. 12). El aparejo presenta a menudo bloques más pequeños en la parte baja del muro y mayores en la alta (fig. 14). Están unidos con mortero de cal que se ha conservado de manera irregular a causa de una mayor o menor incidencia de los factores erosivos en cada zona del puente. Respecto a la procedencia de los bloques, todos ellos se encuentran de manera natural en el entorno inmediato de la estructura. Desde el punto de vista estratigráfico, este paramento se apoya siempre sobre la roca o sobre la falda de la montaña y en ningún caso sobre otros elementos construidos. Se le adosan los niveles de tierra u.e. 33 y las estructuras (muro 43) situadas en el exterior del puente, así como el resto de paramentos con los que tiene contacto. El sector D corresponde a una de las zonas menos afectadas por la acción directa del agua de las avenidas ya que está protegida por un espigón natural que en el lado más cercano al río se eleva hasta una cota similar a la de la parte superior del puente. Así, y como una especie de tajamar natural, evita la acción directa de la corriente del río sobre la estructura. Ello ha provocado en primer lugar una mejor conservación del puente, que no se ha visto afectado por la Estas relaciones estratigráficas permiten suponer que el muro u.e. 1 corresponde a la parte más antigua de las conservadas del puente. Respecto a las estructuras asociadas, no hay relación física en esta fachada con ninguno de los arcos Lo más probable, a la vista de la posición relativa de las estructuras, es que sea coetáneo del arco más occidental. 22) la constituye la parte interna del arco, construido a base de bloques medianos de piedra, muchos de los cuales son cantos rodados partidos por la mitad para poder presentar una cara más o menos plana, unidos con mortero de cal de color marrón. La estructura parece haber sido construida mediante encofrado, siguiendo un sistema similar al de las bóvedas. Es probable que a esta fase correspondan unos arcos exteriores con rosca formada por cantos alargados, hoy desaparecidos. En una segunda fase se substituyeron los arcos exteriores por los que se conservan hoy en día (u.e. 44), formados por dovelas de piedra arenisca rosada. También parece corresponder a esta misma fase una cimentación (u.e. 56) situada en la parte baja de la imposta occidental del arco central. Se conserva en la parte baja del centro de la estructura. Está constituido por hiladas regulares de sillarejo de piedra arenisca roja unidos con cal. En algunos intervalos presenta alineaciones de bloques más pequeños, sin retocar y constituidos fundamentalmente por cantos de río. Se le asocian constructivamente el arco u.e. 44 y los basamentos del central (u.e. También le corresponden el arranque del arco 34 formado por una rosca de dovelas cuadrangulares de piedra arenisca clara, a diferencia de las del arco 24 que son rojizas (fig. 16). El intradós está construido a base de sillares rectangulares de tamaño mediano y grande de piedra de diferentes tipos (arenisca roja y clara...) unidos con mortero de cal muy compacto. Este arco parece que originariamente tenia una luz mucho más pequeña que 24 y probablemente corresponde a su basamento occidental una morterada de piedras y cal (u.e. Estratigráficamente este paramento se adosa claramente al tramo más antiguo del puente (u.e. 1), mientras que el resto de elementos con los que tiene contacto físico son posteriores. De ello se desprende que corresponda a una segunda fase constructiva del puente. Se trata fundamentalmente del tramo asociado a la construcción del arco central del puente. Está formado por bloques de piedra de diferentes tipos, tanto sillarejo de arenisca o conglomerado como cantos rodados partidos, todos ellos dispuestos en hiladas irregulares y unidos con mortero de cal muy compacto (fig. 13). Parece que se debió construir en buena parte aprovechando materiales antiguos que fueron recolocados, completándose la obra con cantos de río. Esta composición del muro disimula en parte la uniformidad del aparejo que puede cambiar mucho de aspecto en función de una mayor o menor presencia del sillarejo en su composición. En cuanto a las estructuras asociadas, este paramento es claramente solidario del arco central del puente y probablemente contemporáneo de la construcción del tajamar u.e. Por lo que se refiere a su posición física, se apoya claramente en el paramento u.e. 2, mientras que el resto de estructuras con las que tiene contacto es claramente posterior. Parece corresponder, por tanto, a una tercera fase constructiva del puente. Se trata fundamentalmente del tramo de muro asociado a la construcción de los arcos 24 y 25. Lo constituyen bloques de piedra arenisca, caliza y de otros tipos, de tamaño mediano, ligeramente retocados en su cara externa, dispuestos en hiladas irregulares y unidos con mortero de cal bastante compacto que se extiende por la superficie del muro formando un revoque (fig. 17). Como estructuras asociadas presenta los arcos 24 y 25, así como el tajamar y el espolón del pilar de separación entre estos dos elementos. Es probable que el arco 25, tal como ha llegado hasta nosotros, sea el resultado de una remodelación y que en un primer momento tuviera las mismas dimensiones que 24 (fig. 20). La parte superior de la estructura parece bastante homogénea des del punto de vista tipológico con los pilares que la sustentan, especialmente con el más oriental, que es común con el arco 24. A pesar de ello se detectan algunos detalles que ponen de manifiesto la remodelación a la que nos referimos. En primer lugar, el pilar de separación entre los arcos 24 y 25 presenta a ambos lados cinco encajes correspondientes a las vigas de soporte del andamio utilizado para su construcción, mientras que en el pilar occidental del arco 25 sólo aparecen dos de estos encajes y a diferente altura, cuando normalmente estos elementos de soporte son simétricos. Por otra parte la diferencia de medida entre los dos arcos parece reforzar tal hipótesis, ya que el arco mayor es el más alejado del cauce cuando seria más lógico lo contrario, si la construcción de ambos hubiera sido contemporánea. Finalmente, el basamento occidental de 25 no es uniforme sino que presenta un cierto engrosamiento en la parte más baja que podría corresponder al pilar del arco anterior. Respecto a su posición física, el paramento u.e. 35 es claramente posterior a 21 y anterior o contemporáneo de 39 y correspondería, por lo tanto, a una cuarta fase constructiva del puente. Está formado por bloques de piedra de tamaño medianogrande, ligeramente retocados y unidos con mortero de cal. Forma hiladas muy irregulares en las que aparecen numerosas cuñas de piedra entre los bloques. Se diferencia con bastante claridad del paramento u.e. 35 aunque podrían corresponder a la misma fase constructiva. Corresponde a una gran reparación del sector más occidental del puente, al oeste del arco 25. Está formado por bloques medianos y grandes de piedra de diferentes tipos, muchos de ellos seguramente reutilizados, dispuestos en hiladas irregulares y unidos con mortero de cal muy abundante. Estratigráficamente es posterior a 39 y anterior a la construcción del pretil actual del puente. Se trata de una gran reparación situada en el tercio oriental del puente. Está formado por sillares de piedra reutilizados, bloques más pequeños y cantos rodados, dispuestos de manera aleatoria y unidos con abundante mortero de cal que sobrepasa las juntas y revoca parte de las piedras. Estratigráficamente es posterior a 21 y anterior al pretil actual del puente. Tipológicamente la disposición de este paramento es bastante similar a 35 por lo que creemos que podrían corresponder a la misma fase constructiva. Se trata de una gran reparación situada en el extremo oriental del puente. Está formada por grandes bloques de piedra entre los que predominan los de perfil cuadrangular y que están dispuestos en hiladas irregulares en función del tamaño de los bloques. No tiene estructuras asociadas y Lo constituye el muro del pretil del puente. Mide 38 cm de anchura y está conformado por bloques medianos y pequeños de piedra, muchos de ellos cantos de río, unidos con abundante mortero de cal muy compacto. Está rematado por grandes bloques rectangulares de piedra arenisca y presenta una serie de agujeros para drenar el agua del pavimento del puente, del que parece ser contemporáneo. Se trata, en principio, de la estructura más moderna de las que constituyen la fachada meridional del cuerpo del puente. Descripción de la fachada norte (figs. 3 y 4) En el lado septentrional del puente aparecen de nuevo aproximadamente los mismos paramentos que en el lado sur aunque con algunas variaciones, tanto en su extensión como en su composición. En primer lugar no aparece el paramento u.e. 15, lo cual demuestra que corresponde a una reparación de la fachada sur y no a una reconstrucción del puente. En este sentido en el lado norte el paramento 1 se conserva hasta casi el inicio del arco 25. Las únicas diferencias destacables se sitúan en el extremo oriental y están relacionadas con la construcción del contrafuerte u.e. En este punto se detecta un importante desplome de la fachada, tanto por el lado correspondiente al paramento u.e. Ello supuso la aparición de una importante grieta en la unión entre los arcos 22 y 44, así como el derrumbe de la parte más alta de la fachada del puente en este sector. Este desplome parece que se trató de neutralizar con la construcción del contrafuerte. A pesar de ello el desplazamiento previo de la fachada era suficientemente importante como para que se tuviera que intervenir para repararla a través del muro 40 en el extremo más oriental y el paramento 41 en la parte alta. Éste último está formado por cantos de río y otros bloques medianos y pequeños unidos con mortero de cal y dispuestos en hiladas irregulares. Desde el punto de vista estratigráfico parece contemporáneo de la construcción del pretil actual del puente. A partir de los resultados obtenidos en la intervención arqueológica que acabamos de describir, y con el complemento de algunas aportaciones documentales fruto de estudios precedentes, trataremos de desarrollar una hipótesis de evolución constructiva del puente de Pedret con sus correspondientes atribuciones cronológicas y el contexto histórico en el que se desarrollaron. Hemos tratado también de estudiar, en la medida de lo posible, las interacciones entre el río y el puente, así como las mejoras constructivas que cada reparación aportaba. Las primeras referencias al lugar de Pedret están fechadas en un momento impreciso del siglo IX y han de situarse en el marco del lento pero progresivo proceso de afianzamiento del poder condal en el sur y este de la comarca del Berguedà que se vio acelerado a finales de aquella centuria con el impulso dado por el conde de Barcelona Guifré el Pilós. En este período el territorio fue dotado de una estructura eclesiástica (se consagran en esta época un elevado número de iglesias) y de una ordenación civil y militar que permitió fijar la población preexistente y establecer las bases de la nueva estructura territorial y social Este proceso de ordenación del territorio debía llevar aparejada una dinámica de recuperación de caminos anti-guos y de creación de rutas de comunicación entre las nuevas fundaciones y entre éstas y los centros del poder administrativo y religioso. En este sentido, sabemos de la existencia, en el lado de levante del puente, de un camino que llevaba del monasterio de Sant Pere de la Portella, documentado desde finales del siglo X (Santamaría 1957), al núcleo de La Baells y que conectaba entre sí diversas poblaciones de la zona. Por su parte, en el lado occidental del río se encuentra la villa de Berga que desde el primer momento fue la sede de una de las unidades administrativas del territorio, el llamado condado de Berga, dependien- te del de Cerdanya, y el principal centro de comunicaciones de la zona. La conexión natural entre Berga, la iglesia de Sant Quirze y el camino al que nos hemos referido que llevaba de La Baells a La Portella, se debía realizar a través de la zona del actual puente de Pedret. Es por ello que cabe pensar que a lo largo del siglo XI se fue incrementando progresivamente la importancia del paso de Pedret, especialmente para garantizar las comunicaciones entre las parroquias del lado este del Llobregat y la capital administrativa de la zona: la villa de Berga, situada en el margen occidental del río. Este camino, como la mayoría de las vías de comunicación medievales catalanas, se mantuvo en uso hasta mediados del siglo XIX cuando se inició la construcción de la moderna red de carreteras (Soldevila 1993: 320) y muchas de las antiguas vías dejaron de ser transitadas. Los restos más antiguos que se conservan del puente corresponden a un paramento de grandes bloques de piedra que tipológicamente no parecen atribuibles a este primer período (figs. 12 y 14). Por otra parte, en la zona donde se asienta el actual puente, el lecho menor del río (aquel por el que circulan normalmente las aguas) discurre por una garganta relativamente estrecha y a la que se accede por una pendiente bastante suave. Estas características sólo se producen en este punto ya que hacia el norte la garganta es mucho más alta y aguas abajo el río se abre notablemente. Estas características hacen de este punto el paso natural del Llobregat entre Berga y Pedret. Por otra parte estas mismas características del sector provocaban que fuera relativamente sencillo colocar una pasarela de madera para pasar el río. Resulta evidente que un puente de estas características debía desaparecer con relativa facilidad a cada crecida importante, pero también era fácilmente restituible. Sabemos, por otra parte, por las diferentes alineaciones de orificios de poste que se documentan en las afloraciones rocosas situadas en el lado oriental del puente, que existía una notable actividad constructiva en el entorno del Llobregat en este punto. Tradicionalmente se ha considerado que estas alineaciones corresponden a una o sucesivas presas construidas para desviar las aguas hacia un molino que se encuentra un poco más abajo (Bolòs 1985). En todo caso, hay diversos agujeros a ambos lados de la garganta que se podrían relacionar más bien con los primeros puentes de madera. En definitiva, consideramos que en un primer momento la solución del paso del río Llobregat en este punto se resolvió con pasarelas o puentes de madera que permitían asegurar una circulación más o menos estable. De todos modos, esta solución era insegura a causa del régimen de crecidas del Llobregat y se volvió cada vez más incómoda a medida que iba en aumento la circulación en la zona. Por ello debió hacerse evidente muy pronto la necesidad de construir un puente de mayor solidez. Fase I (siglos XI-XII/XIII) El primer puente que se construyó en Pedret y que se asocia al paramento u.e. 1 debía estar formado por tres arcos, de los que sólo se ha conservado la parte interna del más oriental, así como los restos del espolón situado en la base del pilar de separación entre el arco central y el más occidental. Si generalizamos la técnica constructiva del arco que se ha conservado, hemos de suponer que las impostas estarían construidas con bloques de piedra de tamaño mediano, mientras que la parte superior se levantaría con piedras más pequeñas y cantos de río partidos, colocados según la técnica habitual en las bóvedas de cañón. El remate exterior del arco, que posteriormente fue sustituido (fig. 15), estaría seguramente formado por una alineación de losetas irregulares, similar a la que presenta el cercano puente de la Farga Vella en Castellar de n'Hug (Maristany 1998: 167), aunque este último seguramente de cronología algo posterior. La atribución que hacemos de este arco a la primera fase, aunque no disponemos de una relación física directa entre la parte conservada del arco y el paramento correspondiente en la fachada, se basa en que la tipología de esta estructura es completamente distinta del resto de arcos y especialmente de los que se vinculan a la fase II. Por otra parte, el sistema constructivo detectado en este arco es más arcaico y por ello más fácilmente atribuible a la primera fase de funcionamiento del puente. No se puede descartar la existencia de un cuarto ojo del puente al este del mencionado ya que en la base oriental del arco, aguas arriba, aparecen unos bloques de piedra que insinúan un antiguo tajamar por encima del cual se construyó un contrafuerte. Si realmente existió, debía ser muy pequeño y probablemente tenía más bien una función de aliviadero. Desconocemos la altura exacta del puente en esta fase, pero parece probable que fuera más bajo que el actual aunque de tipología similar puesto que el arco central había de ser marcadamente más alto que los demás, aunque todavía de medio punto. La pavimentación no se ha conservado, pues fue destruida a lo largo de las sucesivas transformaciones de la estructura, aunque no se puede descartar que se conserve algún tramo dentro de la caja del puente en zonas no excavadas. De la estructura del elemento en esta primera fase se desprende que las aberturas más importantes se realizaron en el lado oriental del río, que corresponde al sector más afectado por las crecidas de pequeña y mediana intensidad, ya que el costado oeste está más protegido por la ladera de la montaña. Esta solución permitió construir un puente de una longitud relativamente grande con una mínima complejidad constructiva y por tanto con un coste también menor. Por contra, este sistema hace más débil la estructura en caso de grandes avenidas, en las que el agua supera el espigón de roca que protege el puente por el lado occidental y éste recibe todo el impacto de la crecida sobre la caja, puesto que en ese costado no hay arcos que permitan la evacuación de las aguas. En estos casos la mayor incidencia del agua se produciría contra la base occidental del arco central que parece que fue el que sufrió de manera más intensa los efectos de las crecidas en los primeros tiempos de funcionamiento del puente. Es muy probable que en uno de estos episodios se produjera su hundimiento. Sobre la cronología de esta primera fase no disponemos de elementos claros para hacer una propuesta categórica. Tipológicamente, puentes como el de Pedret los encontramos en toda la zona ya en época románica con cronologías que oscilan entre los siglos XI y XII. En todo caso, el tipo de paramento que encontramos en esta primera fase de Pedret no tiene paralelos en ninguno de ellos, en general construidos con bloques mucho más pequeños. Es posible que esta particular composición se debiera a la existencia de tramos importantes del puente sin arcos. Ello pudo provocar un reforzamiento de la estructura constructiva de la caja a base de utilizar bloques de mayor tamaño que a priori pudieran soportar mejor el impacto del agua. Finalmente, la técnica utilizada para construcción de la bóveda del arco conservado parece propia de los siglos XI-XII. La excavación arqueológica de los sedimentos adosados a los muros del puente no aportó materiales significativos y los niveles en los que se recuperaron cerámicas medievales no estaban en contacto directo con él. En cualquier caso, la cronología de estas cerámicas, atribuibles al cercano taller de Casa-en-Ponç (Padilla 1983(Padilla -1984)), corresponde a un período relativamente extenso que va desde la segunda mitad del siglo XII hasta finales del XIII (López, Caixal, Fierro 1997), por lo que podrían estar asociadas tanto a la primera como a la segunda fase del puente. Así pues y aunque sin poder precisar demasiado, entendemos que podemos situar esta primera fase del puente en un momento incierto entre los siglos XI y XII, especialmente al largo de esta segunda centuria. Fase II (finales del siglo XIII -siglo XV) En un momento que no podemos determinar con precisión, pero que probablemente habría que situar a finales del siglo XIII, se produjo el hundimiento parcial del puente que afectó básicamente al arco central y a los arranques de los arcos laterales. No sabemos cuánto tiempo estuvo fuera de uso (provisionalmente, el paso del río se podía hacer, como al principio, a través de una pasarela de madera), aunque no creemos que fuera mucho. Tenemos noticia de un testamento fechado en 1286 por el cual Ramón de Avià donaba dinero para operis ponte de Pedreto. Este personaje era miembro de una familia noble afincada probablemente en Berga y que tenía posesiones en la zona de Pedret, por lo que estaría directamente interesado en conservar la comunicación directa con las mismas (Castellano 1995: 190). También a finales del siglo XIII se produce la reconstrucción de la iglesia de Sant Quirze de Pedret que había sido parcialmente destruida por un incendio y que fue objeto de importantes transformaciones (López, Caixal 1995: 224). Finalmente, a mediados del siglo XIII el rey inició un proceso de compra de tierras en la zona que continuará a principios del siglo XIV. Así pues, parece probable que se pueda situar en este momento de finales del siglo XIII la reconstrucción del puente y por tanto el inicio de esta segunda fase. Esta cronología también podría coincidir con la datación de las cerámicas grises recuperadas durante la excavación en las inmediaciones de la estructura. En aquel momento parece que se levantaron de nuevo los arcos central y occidental, presumiblemente con perfil de medio punto y de los que se ha conservado el arranque oriental (u.e. El pilar entre estos dos arcos se construyó sobre la base del anterior, añadiendo un tajamar en el lado norte pero manteniendo el espolón de la fase anterior. También se remodeló el ojo oriental del puente con la colocación de una nueva rosca (fig 15). Coincidiendo con estas obras, se reconstruyó una parte de la fachada meridional al este del arco, probablemente sellando el hipotético aliviadero de la fase anterior. El paramento asociado a esta fase es muy característico y está constituido por sillarejo de piedra arenisca rojiza o clara dispuesto en hiladas regulares (figs. [15][16]. Las dovelas de los arcos de esta fase también presentan una mayor regularidad y están talladas en el mismo material. La técnica constructiva de las bóvedas de los arcos también cambia respecto a la fase anterior y encontramos una mayor regularidad en el aparejo, hecho de sillarejo, en la totalidad del perfil de la bóveda. Desconocemos por completo las características del pavimento del puente ya que se encontraba en una cota inferior a la del actual y en buena parte desapareció en el marco de reformas posteriores. En esta fase Pedret adquiriría una imagen similar, salvando las distancias en cuanto a las dimensiones, a muchos de los grandes puentes góticos de su entorno como el puente viejo de Manresa (Maristany 1998: 194), el Pont Trencat de Cardona (Maristany 1998: 198). Otros de cronología similar y que han sido objeto de estudios históricos y arqueológicos específicos por parte del Servei del Patrimoni Arquitectònic Local de la Diputación de Barcelona son los de Castellbell (Caballero 1991), Avinyó (Lacuesta 2006) y Periques (Macià 1993(Macià y 1996)). Pocos kilómetros río abajo de Pedret, en el cercano núcleo de Olvan, se encuentra el puente viejo de Orniu cuya construcción se situa hacia finales del siglo XIV y que presenta un aparejo tam-bién bastante regular, aunque con sillares de mayor tamaño que el de Pedret (Caixal, Galí 2006). Parece ser, por lo tanto, que la reconstrucción del puente repitió el esquema de la estructura original, sin que aparentemente se construyeran más arcos en el lado occidental. Ello comportó que se continuaran manifestando los mismos problemas de resistencia del puente ante las crecidas de carácter excepcional. El hecho de que no se solucionaran estas cuestiones de base provocó, en un momento de difícil precisión cronológica, el segundo derrumbamiento de la estructura, que se generó en los mismos puntos que el primero y provocó la caída del arco central. En este caso, sin embargo, la destrucción no fue tan importante ya que no afectó a los arcos laterales. La cronología de este acontecimiento viene determinada por dos elementos complementarios. El primero, y más importante es la atribución a finales del siglo XV del arco ojival que determina la fase III. Un segundo aspecto es el conocimiento que tenemos a través de la documentación escrita (Solé 1983: 21) de que a finales del siglo XV se produjo una importante crecida en la zona del Berguedà que podría haber originado la destrucción del puente. Fase III (finales del siglo XV) Esta fase viene determinada por la reconstrucción del ojo central del puente con el arco ojival que se conserva actualmente (fig. 23). La cronología de este elemento es difícil de precisar aunque otros arcos similares en puentes del entorno como el del puente viejo del Pont de Vilomara, se ha podido fechar a finales del siglo XV (VVAA 1995: 91). Se trata de una estructura de 12,5 m de luz y rematada con una rosca de dovelas de piedra arenisca clara unidas con mortero de cal. En su intradós presenta dos líneas superpuestas de orificios asociados al andamio utilizado en el momento de su construcción. Parece que el resto de los arcos del puente se mantuvo en funcionamiento, y sólo se reconstruyó o añadió el tajamar situado en el pilar oriental del arco central. Es muy conocida la teoría clásica de Carlos Fernández Casado sobre el origen del uso del arco ojival en los puentes como resultado de la experimentación de sus constructores (Fernández 1982). Últimamente algunos autores han matizado esta interpretación para el caso de arcos con apuntamiento importante como sería el de Pedret ya que, en el caso de los puentes, un arco ojival no ofrece mayor resistencia a las cargas que uno de perfil más rebajado (Fernández 2005: 24). Esta constatación técnica abre la puerta a consideraciones más estilísticas por lo que se refiere a la elección de este tipo de arco. En este sentido, algunos autores han considerado el arco ojival como el elemento que caracteriza el paso del románico al gótico en la arquitectura de los puentes, situándolos entre los siglos XIII y XV (Fernández 1982). En nuestro caso, su construcción hacia finales del período demuestra una vez más la perduración del uso de este elemento más allá de la edad media, situación claramente documentada también en otras edificaciones de la arquitectura, sobre todo, civil, por lo menos en Cataluña. Asociado a este momento constructivo documentamos un paramento formado por bloques de piedra de distintos tipos, tanto sillarejos de arenisca o conglomerado, como cantos de río partidos, todos ellos dispuestos en hiladas irregulares y unidos con mortero de cal muy compacto (fig. 13). Esta composición indica que se construyó en buena parte aprovechando bloques antiguos que se recolocaron, completándose el paramento con los grandes cantos de río. Desconocemos el tipo de pavimento asociado a esta fase ya que no se han realizado excavaciones arqueológicas en la zona del arco central. En cualquier caso lo más probable es que se tratara de un nivel de cantos rodados de diferentes tamaños unidos con mortero. La construcción de un ojo central de mayor altura debió atenuar parcialmente la presión sobre el puente durante las avenidas de carácter excepcional, lo que ha propiciado su conservación hasta hoy. De todos modos, parece que relativamente pronto se hizo evidente la necesidad de hacer nuevas reformas que permitieran asegurar la solidez del puente ante grandes crecidas. Para ello se optó por cons-truir dos nuevos ojos en el lado occidental que permitieran aliviar la presión del agua. Esta intervención, sin duda importante, contrasta con la aparente decadencia que vivía el término de Pedret a principios del siglo XVI. Tal situación queda claramente reflejada en un documento fechado en 1510 que definía la parroquia de Pedret como inhabitata et carens parrochianis, situación que se verá confirmada a finales de siglo en una visita pastoral (Castellano 1995: 192). Parece que durante este período el área de Pedret se convirtió en zona de pastos controlada por los barones de Peguera. Este hecho, junto con la vigencia de la necesidad de paso entre Berga y el otro lado del río Llobregat, podría explicar el interés por la mejora de las condiciones constructivas del puente. Así pues, atribuimos a esta fase la construcción de los dos arcos más occidentales de la estructura. Para su realización se tuvo que derruir un tramo del puente antiguo hasta el arranque del arco 34 (el más occidental hasta entonces) y se construyeron dos nuevos de medio punto rebajado (fig. 17 y 20), separados por un pilar de 2,3 m de anchura, muy consistente y provisto de tajamar y espolón. Los arcos estaban conformados por una rosca de bloques de piedra arenisca rojiza. La solidez constructiva de estos arcos y pilares, hechos con sillares, contrasta con los muros de mampostería que se les asocian y con el que está construida la caja del puente sobre los arcos. En esta fase los dos arcos debían tener las mismas dimensiones y posteriormente se produjo la remodelación del más occidental. Entonces el puente ya tendría los cuatro ojos actuales que habrían permitido paliar de manera satisfactoria la acción sobre el mismo de las grandes avenidas del Llobregat. Respecto al pavimento, es posible atribuir a esta fase el que se documentó por debajo del actual en la intervención arqueológica realizada en 1993. Según consta en el informe de aquella excavación (López, Caixal 1993), este pavimento inferior estaba compuesto por cantos rodados de tamaño relativamente grande, dispuestos horizontalmente y unidos con mortero de cal. El hecho de que el sondeo se realizara en el sector del puente situado entre los arcos más occidentales no había permitido detectar las modificaciones, si las hubo, de este pavimento en el momento de la reconstrucción del arco 25. Desgraciadamente el escaso alcance de aquella intervención no permitió en su momento obtener datos fiables sobre la cronología del pavimento, que habrían sido muy útiles para la datación de esta fase. Cabe añadir que también podría corresponder a este horizonte cronológico una importante reparación detectada en la fachada meridional del puente (en el lado este) y definida por el muro de paramento aleatorio cuya fábrica es muy similar a la del muro asociado a los dos arcos de esta fase. Fase V (Siglos XVI-XVII) Correspondería a este momento el recrecimiento del arco 25 que se podría haber realizado sin desmontar la parte superior del puente, ampliándose tal abertura por debajo. Tal solución explicaría que no se recreciera la pared del puente a pesar de que la parte alta del nuevo arco queda muy cerca de la superficie del elemento. Si se confirmara esta hipótesis, el pavimento que se utilizaba entonces sería el mismo de la fase anterior, con su correspondiente pretil, que ya fue también detectado en el transcurso de la excavación de 1993 (López, Caixal 1993). Fase VI (Siglos XVII-XVIII) Situamos en esta fase las últimas reparaciones conocidas del puente y que están constituidas por la construcción del muro 15 en el tramo más occidental de la fachada sur y por una serie de reparaciones en el extremo oriental, especialmente en la fachada norte, a las que se asocia la construcción de un contrafuerte. Resulta difícil determinar si estas dos intervenciones son contemporáneas o se realizaron en momentos diferentes. Lo que sí queda claro, y por este motivo las hemos incluido en la misma fase, es que todas ellas son anteriores o contemporáneas de la colocación del pavimento y del pretil actuales del puente. La construcción del muro 15 parece ser una simple reparación de un tramo de la fachada meridional, sin más implicaciones (fig. 18). En cambio, la intervención del lado oriental supuso una actuación más compleja. El proceso que llevó a la necesidad de construir el contrafuerte tenía, sin duda, un origen antiguo aunque debió manifestarse de manera progresiva. El lado septentrional del puente es el que recibe de una manera más intensa la acción erosiva, no sólo de las riadas sino también de los agentes meteorológicos. Así, la lluvia moja siempre las paredes verticales del puente que retienen mucho más tiempo la humedad a causa de la menor insolación. El agua es absorbida por la piedra y los morteros, lo que provoca un proceso de degradación lento pero inexorable que se acelera con la acción del frío. Las heladas provocan un aumento del volumen que rompe por sobrepresión la red porosa de las piedras y de los morteros, produciendo una degradación más homogénea por toda la superficie afectada. Como consecuencia de estos procesos se desprenden los morteros de las juntas, quedando los sillares sin unión, facilitando de esta manera que se desplacen hasta llegar a desprenderse4. Estos procesos afectaron sin duda la totalidad de la fachada norte, pero lo hicieron de una manera especial en el lado más oriental, al tratarse de un sector mucho más umbrío y afectado por la acción del viento que sopla acanalado siguiendo la garganta del río. Este hecho provocó el desplazamiento progresivo del lienzo exterior del puente en este sector, como lo demuestra el hecho de que los restos del muro original que se han conservado in situ tengan un desplome considerable y que el arco y el paramento que se le asocia aparezcan claramente separados del núcleo del puente. Este desplome debió aumentar hasta el punto de provocar el desprendimiento parcial del pretil y tal vez de una parte de la fachada. Una situación similar afectaba al extremo más oriental de la fachada sur. Ante esta situación, y con el objetivo de detener el desplazamiento del muro, se optó por la construcción del contrafuerte (fig. 19) que debía detener el desplome. Por otra parte se desmontó y reconstruyó a plomo el tramo más oriental del muro y se reconstruyó la parte caída. La obra se completó con la construcción de un nuevo pretil y la colocación de un último pavimento de cantos rodados (fig. 8). La estructura del puente que se conforma tras estas reformas es básicamente la que se conservaba en el momento de iniciar las obras de restauración. En cuanto a la cronología de esta fase no disponemos de datos directos. Sabemos, eso sí, que la fase culmina con colocación del pavimento del puente, que tiene un paralelo claro en el puente viejo de Castellbell i el Vilar, donde fue fechado entre los siglos XVI y XVII (Caballero 1991: 149). Por otra parte, sabemos a través de las fuentes documentales que el término de Pedret inició una fase de recuperación demográfica a partir de finales del siglo XVII, coincidiendo con un período de crecimiento económico generalizado en toda Cataluña. Este aumento de la actividad en la zona podría estar en el origen de la necesidad de consolidar un puente que parecería estar saliendo de un largo período de abandono relativo. Fase VII (finales del siglo XIX-inicios del siglo XX) Con posterioridad a las intervenciones descritas al tratar de la fase anterior no se detecta ninguna otra reparación importante de la fábrica del puente, que parece haber resistido sin grandes problemas todas las crecidas del Llobregat hasta la construcción, avanzado el siglo XX, del embalse de La Baells que regula la parte alta de su curso, haciendo desaparecer el riesgo de crecidas. Sólo podemos atribuir a este período la construcción de las estructuras adosadas a la fachada meridional del puente. Se trata de una barraca en la que se aprecian dos fases constructivas sucesivas, probablemente con un corto periodo de abandono intermedio (fig. 11). La presencia en sus niveles de uso de objetos de hierro como cuñas, grandes clavos, una piqueta, etc, nos lleva a plantear que se trate de estructuras asociadas a la construcción o al mantenimiento de la línea ferroviaria que pasaba junto al puente. En este caso habría que situar la edificación del primero de los cobertizos hacia 1902-1903, momento de construcción del tramo cercano a Pedret de la línea de tren Olvan-Guardiola (Camprubí 1996). Una vez concluidas las obras, la cabaña debió quedar en desuso y se derrumbó. Sabemos por una fotografía del año 1905 que en aquella fecha ya estaba construido el segundo cobertizo, que ya no aparece en una imagen de 19285.
Presentamos en este artículo los resultados de nuestra investigación arqueológica en el castillo de San Romualdo, el edificio más emblemático de la ciudad de San Fernando y fortaleza defensiva ligada al control del acceso a Cádiz. El análisis estratigráfico de alzados ha permitido conocer la evolución constructiva del edificio, desde sus orígenes hasta la actualidad. Hasta ahora los estudios confirman las conclusiones en cuanto a su datación presentadas en el año 2003 1, es decir, el castillo, tal y como hoy lo conocemos, es una construcción medieval cristiana, realizada durante la segunda mitad del siglo XIII, con mano de obra mudéjar y con materiales reutilizados de una edificación anterior. El Castillo de San Romualdo se encuentra en San Fernando (Cádiz), muy próximo al Puente Suazo. Dicho puente constituye el único punto de comunicación terrestre entre el continente y la ciudad de Cádiz desde época antigua 2, por lo que la situación del castillo no es casual, obedeciendo a cuestiones estratégicas. Esta relación influyó en la denominación del edificio desde época medieval como Castillo de la Puente, más tarde conocido como Castillo de Suazo o Castillo de León (en relación a los diferentes señores propietarios del edificio), hasta su denominación actual, Castillo de San Romualdo, que aparece en el siglo XIX 3. Construido en una explanada, es un edificio de planta rectangular (Fig. 1) con cuatro torres en las esquinas, las dos occidentales (T1 y T6) de mayor tamaño, y con una torre central en cada uno de los flancos (excepto el lienzo oriental donde no se conserva). En sus inicios, estuvo rodeado de un foso, ahora colmatado (Fig. 2). Tiene un patio de armas central, rectangular, con unas medidas aproximadas de 33x15 m. Está delimitado por cuatro naves, entre ellas la más alta es la occidental. Cada una de las naves está formada por una serie de habitaciones abovedadas, en la planta baja existen veintiséis. La planta superior queda constituida por una terraza transitable desde la que se accede al interior de tres torres que aún conservan parte de su alzado original. Los materiales empleados en su construcción fueron el cajón de tapial (en lienzos y torres), la piedra (sillares en torres y forros de refuerzo en los muros) y ladrillo (empleado fundamentalmente como cadena del tapial en vanos y torres y sobre todo en la ejecución del interior del edificio, arcos y bóvedas). En 1931 fue declarado «Monumento Histórico Artístico» siendo hoy día un Bien De Interés Cultural. HIPÓTESIS SOBRE SU ORIGEN Sobre el origen del edificio se han expuesto varias teorías, las que lo sitúan de forma más remota en el tiempo lo identifican con una fortaleza tartésica, el Arx Gerontis, destruida por los fenicios hacia el siglo V a.C. y que guardaría una relación tipológica con los hithilani o palacios fortificados asirios (Corzo Sánchez, 1984), con un * [EMAIL] ** [EMAIL] 1 El castillo de San Romualdo fue expropiado a finales de los años 90 y es partir de esa fecha cuando se inician las actuaciones arqueológicas, en concreto, desde el año 2000, y siempre enmarcadas en diferentes campañas de apoyo a la restauración del edificio. El análisis estratigráfico de los alzados del castillo se inició en el año 2003, con una primera aproximación arqueológica en la que se estudiaron tres lienzos. Las conclusiones que presentamos en este artículo son el resultado de una intervención arqueológica realizada en los años 2006 y 2007, que comprendió una lectura de paramentos y es simplemente la continuación del análisis comenzado en el año 2003, completado con la lectura del resto de alzados y complementado por una intervención en subsuelo realizada tanto en la planta baja del edificio, como en la primera planta, donde el refuerzo de muros y bóvedas requirió el vaciado de los rellenos del trasdós de estas. Los estudios realizados en el castillo han sido coordinados por don Antonio Sáez Espligares (Museo Histórico Municipal de San Fernando, Cádiz). La hipótesis más extendida es la expuesta por Torres Balbás, quien indicaba la posibilidad de que hubiera sido construido copiando un ribat islámico por alarifes musulmanes, pero ya bajo dominio cristiano, a principios del siglo XIV (en concreto la terminología que usa en su argumentación es: «un ribat cristiano»). El autor se basa en las comparaciones realizadas con el ribat de Susa en Túnez, además apunta la posibilidad de que se construyera aprovechando los restos de un ribat preexistente en la zona y considera que es mudéjar basándose en la presencia de bóvedas de aristas seguidas y esquifadas sobre trompas que no se encuentran en edificios andaluces antes del siglo XIII (Torres Balbás, 1950, pp. 210-213). Fierro Cubiella propone que se trata de una fortificación costera defensiva hispanomusulmana, edificada frente a los ataques normandos del siglo IX4, aprovechada y reconstruida posteriormente. Indica que no puede ser un ribat, ya que el término ribat no aparece en la toponimia de la zona ni existen referencias bibliográficas al respecto y lo considera incompatible históricamente. Por el contrario, le asigna una función defensiva, apoyándose en textos hispanomusulmanes que lo refieren como castillo y determina como parte más antigua la del área norte en base a las bóvedas de cañón que caracterizan este ala (Fierro Cubiella, 1991, pp. 38-44). Este autor sigue la hipótesis del «Fuerte Cuadrado» planteada por Eslava Galán aunque para este último el castillo fue realizado por alarifes musulmanes en suelo cristiano (Eslava Galán, 1985, p. La historiografía tradicional otorga la autoría de la construcción del castillo a Alfonso X, sobre todo basándose en los textos de Pascual Madoz y Adolfo de Castro (Mosig Pérez, 2005, p. Adolfo de Castro indica que el Castillo se construyó para defensa del puente (Castro Rossi, 1858, p. Sin embargo, la primera referencia escrita al Castillo de la Puente de Cádiz no aparece hasta 1335 5, en un documento que recoge la donación de Alfonso XI a Gonzalo Díaz de Sevilla. Como hemos visto, la controversia sobre los orígenes del castillo hacía fundamental el análisis estratigráfico de los diferentes alzados para su futura puesta en valor. El análisis confirma la existencia de nueve procesos, relacionados con las etapas históricas más relevantes del edificio 6 (Fig. 4): Proceso I: época romana. En esta época, las estructuras aparecidas en el interior del edificio son muy escasas y parecen corresponder a restos funerarios que podrían relacionarse con una necrópolis tardo-romana (siglos IV- V) 7, aunque sólo nuevas intervenciones en los exteriores de la fortaleza (sobre todo en la zona septentrional) podrían aclarar estos momentos. Con respecto a la hipótesis de una edificación previa, no hay evidencias en cuanto al estudio de paramentos se refiere. Sin embargo, las dimensiones y módulos de los sillares calcáreos (con medidas moduladas a partir del codo romano e inusuales en época almohade 8 ) utilizados en la base, escarpa y alzados de las torres angulares (Fig. 7) hacen pensar que son materiales produc-to del acarreo de una edificación anterior ya destruida y situada en las inmediaciones del castillo 9. En todo caso, esperamos que los trabajos futuros, arrojen más luz sobre este aspecto. Proceso II: ocupación islámica, probablemente almohade. Se han detectado estructuras anteriores al castillo, como un pozo situado al este del patio de armas 10 o muros en la nave oriental, pero se desconoce aún la función que tendría la zona en estos momentos 11. Como se ha indicado anteriormente, algunos autores abogan por el origen musulmán del edificio. Hasta ahora, nuestros estudios de subsuelo no han probado una cronología anterior al siglo XIII 12 y aunque no la descartamos, el análisis de alzados parece confirmar un origen cristiano. Proceso III: en este proceso se resume la construcción del castillo, que situamos en la segunda mitad del siglo XIII, con posterioridad al segundo repartimiento conocido de Cádiz (que tuvo lugar en 1264) durante el reinado de Alfonso X, quizás por parte de una orden militar 13 y con mano de obra mudéjar procedente de Jerez de la Frontera. Compartimos por tanto la hipótesis que en 1934 apuntó Romero de Torres. Con respecto a la sugerente idea del ribat reutilizado, nos mostramos escépticos. Por su importancia y relativa facilidad de defensa, como sucedería con Jerez, Arcos y el Puerto de Santa inicial y un análisis de paramentos posterior que comprende una lectura estratigráfica, tipológica y constructiva del lienzo (las dos últimas realizadas por Amparo Graciani, Antonio Melo Montero y Antonio Calama), apoyado por la intervención de subsuelo y todo ello a través de un minucioso sistema de registro de datos. El estudio se efectuó sobre los dieciséis alzados principales del edificio, estos son: cuatro lienzos exteriores de la fachada, cuatro que conforman el patio de armas y dos en cada una de las crujías interiores, en número total de ocho. 7 Esta cronología se basa en la documentación de subsuelo realizada en el ala norte durante esta intervención, sin embargo las actuaciones arqueológicas desarrolladas en la zona extramuros del Castillo en los años 2000-2002 confirmaron la presencia de una notable número de materiales romanos con una cronología para la presencia romana en el Castillo situada «entre momentos tardorrepublicanos cercanos al principado de Augusto y los comienzos del Bajo Imperio». 9 Estos materiales podrían pertenecer al puente-acueducto situado en el Puente Suazo, o a una construcción defensiva (que cómo hemos mencionado antes no tiene indicios arqueológicos) que defendiera dicho puente, o incluso a la denominada Iglesia de San Bitro, de época tardoromana que citan las fuentes musulmanas y que se situaría cercana al emplazamiento del castillo (Torres Balbás, 1950, p. 10 Este pozo es anterior a la fase V del tercer proceso en el que se erige el castillo, proceso cuyas fases hasta ahora identificamos dentro de un mismo momento constructivo, sin embargo su situación no sería incompatible durante las dos primeras fases, si las futuras intervenciones de subsuelo demuestran que estas corresponden a una cronología anterior. 11 Antonio Sáez Espligares y Antonio Sáez Romero hacen referencia a que la aparición de silos agrícolas y fosas domésticas en el término de San Fernando confirmaría una proliferación de alquerías en el área extra-urbana de la isla de Cádiz (Saez y Sáez, 2005, p. 12 En uno de los sondeos realizados en el año 2002 en el ala septentrional se encontró un silo datado en época islámica tardía. Según los autores, este silo se podría asociar o bien a una alquería o bien se ubicó en el «recinto murario del castillo en un momento en el que este no disponía aún de naves» (Sáez y Sáez, 2009). Este último caso podría identificarse con el primer edificio con el cerco exterior almenado que describiremos en el proceso III (fases I y II). 13 No hay que olvidar que la conquista del Sur del país fue posible por el papel que ejercieron las órdenes militares y por el apoyo generado por la Conquista del Reino de Sevilla por San Fernando en 1248 y que tanto Alfonso X como Sancho IV intentaron asociar las órdenes militares al proceso de repoblación y organización de esta zona (Bahía de Cádiz) fronteriza, terrestre y marítima. Así en 1279 la Orden de Santa María de España recibió por parte de Alfonso X las villas y los castillos de Medina Sidonia y Alcalá de los Gazules. María, Cádiz fue repoblada mediante el sistema que se había impuesto en Castilla en el siglo XIII, es decir, mediante una serie de repartimientos mixtos entre el rey por medio de concejos municipales y ciertas colectividades o personas jurídicas nobiliario eclesiásticas (órdenes militares y dignidades religiosas) 14. Cuando Cádiz fue conquistada, Alfonso X mandó hacer su reedificación (Horozco, 2001, p. El entorno de la Isla de San Fernando se integraría en el alfoz de Cádiz, en el término que se le asignaba en el repartimiento. Consciente de la importancia estratégica del lugar, cercano al puente-acueducto romano que controlaba el acceso a Cádiz, Alfonso X, como haría con el Castillo de Rota y posteriormente en 1281 con la Puebla de Santa María del Puerto, durante el proceso de la segunda repoblación de Cádiz, dotaría de un concejo propio a la zona, pasando a llamarse el Logar de la Puente, para cuya defensa se llevaría a cabo la construcción del castillo. La población del lugar tras la repoblación debió ser escasa y resulta poco probable que la mano de obra utilizada para esta construcción fuera local, ya que tras la sublevación de 1264, Alfonso X, que habría modificado su política previa de favorecer la permanencia de amplios colectivos de mudéjares mediante la concesión de privilegios y pactos, habría procedido a su expulsión. 17), tras la expulsión de 1264 no existen vestigios de población mudéjar en Cádiz ni en El Puerto de Santa María. Parece posible que el edificio se construyera con mano de obra procedente de Jerez de la Frontera, ya que según este autor, tras la expulsión allí sí seguiría existiendo un importante núcleo mudéjar. En cualquier caso, debía haberse realizado esta primera obra entre 1264 y 1300, pues en esta última fecha ya se habían extinguido los mudéjares de Jerez. Probablemente se tratara de una iglesia fortificada de planta rectangular, reforzada en sus ángulos con torres y dotada de un foso perimetral. La construcción, que debió estar planificada desde un primer momento, se realizó en varias fases como consecuencia del desarrollo progresivo de la obra: Proceso III. Fase I: Creación del edificio primigenio. Dentro del proceso constructivo del castillo, la primera fase la constituye la creación con muros de cajones de tapial de una nave en la zona occidental, de tamaño más reducido que el que podemos contemplar actualmente. Este primer edificio, disponía de un almenado dotado de aspilleras, conservadas en su lienzo occidental y meridional (Figs. 8 y 10) Las aspilleras son alargadas y estrechas en el lienzo sur y rectangulares en el oeste (Fig. 8). Algunos de estos merlones conservan restos de dibujos en carboncillo y grabados incisos en el enlucido del tapial, destacando la representación de forma esquemática de un alzado en el que se pueden apreciar muros coronados por almenas y torres (Fig. 9), como si se tratara de un plano del proceso de obra. El parapeto mide medio metro de ancho y los merlones entre 0,94 m y 1 m de largo, con una distancia entre ellos de 0,48 m y 0,5 m. Desde la cubierta no se puede apreciar el nivel de suelo original del paso de ronda, que se encuentra cubierto por la construcción de las bóvedas interiores del edificio. Esta nave, más antigua, desde un principio se erigió más alta para dominar visualmente el cerco y el interior del recinto fortificado. Probablemente la construcción del foso que rodea al castillo, se inicie en estos momentos15. Con respecto al foso, los sondeos realizados en el año 2000 señalan que se trata de una cava seca en artesa y no inundable, abierta a una distancia de siete metros de los paramentos verticales de las torres de flanqueo y cuya escarpa presenta un plano inclinado de 45o con respecto a la vertical de la muralla (Torremocha et al., 2000, pp. 26 y 31). Fase II: Erección del cerco exterior almenado realizado en cajones de tapial de tierra y cal compactadas (Fig. 14) que servirá para proteger la edificación, con la construcción de dos torres en el frente oriental, más cercano al Puente Suazo, antiguo puente-acueducto (arruinado y perdida su función primigenia) sobre el que se acondicionaría un paso de madera. El hecho de que situemos ambas torres en esta fase se debe a la aparición en la esquina noreste, junto a la escalera, del frente oeste de la torre 3. No se ha podido constatar esta evidencia en la torre 4, pero ambas tienen las mismas características y no sería lógico suponer que sólo fuera una torre la que defendiera esta zona más conflictiva. Posiblemente la torre de flanqueo central también se construyera en esta fase y probablemente existiera en este frente una puerta de acceso al recinto protegida por estas torres. Sin embargo, si existió es imposible de documentar, ya que la obra de la capilla del Rosario en el siglo XVIII acabó con todo el registro en esta ). Uno de estos merlones aún conserva la albardilla a cuatro aguas realizada en piedra (Fig. 13). Las aspilleras abiertas en el parapeto (Fig. 11) de esta muralla son alternas y rectangulares y hay que señalar que en la esquina suroeste no existen, porque esta zona se encontraba ya defendida por la nave original más elevada. En esta fase se abriría en el lienzo sur la puerta para acceder al castillo documentada en el año 2003 y parcialmente desaparecida, con dovelas pétreas y rosca rebajada. Esta puerta es referida durante el ataque angloholandés como menuda y forrada con hierro (Abreu, 1866). Fase III: En estos momentos se inicia la construcción de las torres que se adosan al cerco. Todas, excepto la torre 7 (y en menor proporción la torre 3), se construyen sobre una base de sillares de grandes dimensiones (probablemente de acarreo de una construcción anterior), isódomos en las torres angulares, con un aparejo predominante a soga (aunque en la torre 4 se aprecian sillares dispuestos conforme a un aparejo diatónico de tipo califal) y se elevan con cajones de tapial encadenado con sillarejo, hasta el nivel del adarve del cerco. Las torres 5 y 6 en el lienzo sur, presentan escarpa, evidenciando un declive topográfico en el momento de su construcción (a una cota puerta primitiva bajo su protección. Estas torres constituyen en realidad un refuerzo pétreo de los muros de tapial. Hay que destacar que las torres angulares situadas en la zona occidental son las de mayor tamaño (T1 y T6). Esto debe relacionarse funcionalmente con el refuerzo de la primera fase constructiva y con la ubicación al interior de las dos estancias (1 y 5) situadas en las esquinas, que desde el principio tienen un tratamiento especial. El alzado original de las torres sería superior al actual, reducción provocada por los embates constantes sufridos por la edificación desde 1369. Así las torres 2, 5, 6 y 7 se conservan actualmente hasta la cota del parapeto. Fase IV: Ampliación de nave occidental. En esta fase se alarga la nave occidental que aparece en la fase 1, extendiéndola al sur y al norte (hasta el cerco) con la creación de dos estancias, 1 y 5. Ambas disponen de un acceso al exterior orientado al este y sobre este se sitúa en cada una, un respiradero para proporcionar aire y luz (Fig. 17). Las dos tienen un tratamiento especial. La estancia 1, realizada en ladrillo, el material más utilizado en el interior del edificio (arcos y bóvedas), cuenta con arcos apuntados moldurados (Fig. 18) y bóveda vaída con Fig. 14. Junta oblicua de los cajones de tapial del cerco de la fase II del proceso III inferior a la que se puede apreciar actualmente). La situación de la torre central de flanqueo en el lienzo sur (T5) es ligeramente asimétrica debido a la ubicación de la Figs. Vistas de la estancia 1. En la primera se puede observar el respiradero y en la segunda los arcos apuntados moldurados. La estancia 5 destaca ya que, a diferencia del resto de estancias, es la única cuyos muros están realizados en piedra; además su puerta conserva los mechinales enfrentados del alamud para reforzarla. Este tratamiento puede estar relacionado con una funcionalidad distinta con respecto al resto del edificio, sobre todo para estos primeros momentos. Posiblemente en la estancia 1 se estableció una primera capilla, que pudo funcionar mientras se iba ejecutando el resto de la obra y que, tras la construcción de las estancias de la nave oriental destinada claramente al culto, quedaría para el uso privado del señor de la fortaleza. De igual forma, los materiales empleados en la estancia 5, el refuerzo de su puerta y el hecho de que se sitúe bajo la denominada torre del homenaje (torre 1) denotan una atención característica de un uso como residencia señorial. Fase V: Construcción de lienzos interiores principales del edificio, que configurarán la nave meridional, septentrional y oriental. El material constructivo principal sigue siendo el cajón de tapial, al igual que en las fases anteriores, encadenado con ladrillos en puertas, ventanucos y hornacinas. La construcción se inicia en la zona occidental, siendo el lienzo oriental el último en ejecutarse. En estos momentos se establecen los accesos a cada una de las crujías desde el patio de armas y se hace patente la edificación de una zona de culto en el ala oriental, creándose una hornacina (Fig. 20) destinada a la ubicación de alguna imagen religiosa en el lienzo este del patio de armas. Destaca en el muro sur del patio de armas la puerta principal de acceso desde el exterior. Esta portada es ojival, realizada a base de ladrillo de pie y medio con clave pétrea, y se encuentra enmarcada por alfiz poco pronunciado, cuya base se sitúa muy por debajo de la imposta (Fig. 19). La parte inferior de la puerta estaba conformada por sillarejo irregular. Su factura original queda justificada por su participación en el encadenamiento del tapial del lienzo. Fase VI: Construcción de las estancias interiores. Es en esta fase cuando se inicia la compartimentación en estancias del castillo, con la construcción en ladrillo de los muros y las diferentes bóvedas de sus interiores. Toda esta obra se adosa a los lienzos de tapial del patio de armas y al cerco exterior, que son reforzados con forros de mampuestos. La gran variedad y tipología de bóvedas (Fig. 25) que existen en el castillo es una característica que lo define y ha sido resaltada por diversos autores anteriormente. -Bóvedas esquifadas ochavadas sobre trompas, presentes en la estancia 24 y en la torre noroccidental (en este caso, no se encuentra completa). Encontramos paralelos en la mezquita del Alcázar de Jerez (Jerez de la Frontera), o del Castillo de Torre Estrella (Medina Sidonia), la Torre del Homenaje del Castillo de San Marcos (El Puerto de Santa María, Cádiz), o las de Torre del Carpio, Torre de la Cárcel de Alcalá la Real y Torre de la Cautiva de la Alhambra. En cualquier caso, dicha tipología fue frecuente en edificios cristianos del siglo XIII relacionados con la conquista de Cádiz y posteriores batallas por el control del Estrecho. -Bóvedas de espejo (Fig. 22) empleadas en las estancias 23, 26 y 27 del ala meridional, es decir, en la puerta original y en estancias inmediatas. Este tipo se usa frecuentemente en puertas bajomedievales como las de Jerez en Tarifa o la de Puerta de Armas de la Alhambra, aunque el número de las fechadas a lo largo del siglo XIII (sin especificarse momento) es mayor (Puerta de la Justicia de la Alambra, puerta del Sol de Toledo, Castillos de Álora, Alcalá la Real, Cazorla, Segura de la Sierra, Antequera, etc.). -Bóvedas vaídas (Fig. 21) se dan en el ala oriental y occidental del edificio. Es una bóveda muy utilizada en España desde el siglo XI; de hecho se trata del tipo bizantino radial más simple y frecuente desde el siglo VI, perdurando hasta el siglo XVIII en iglesias y ermitas. En el -Bóvedas de cañón (Figs. 24 y 26) utilizadas sobre todo en las estancias del ala septentrional y en los tramos cortos entre estancias. Es un tipo atemporal muy adecuado como refuerzo de los muros a la par que efectivo en la lucha contra los incendios. Debe resaltarse su uso en el vecino castillo alfonsí de Torre Estrella (Medina Sidonia). -Bóveda de aristas (Fig. 23): utilizadas en las estancias 22, 25 y 29 en el ala sur y en la estancia 4 del ala occidental. Es tal vez el tipo más antiguo del castillo y, como las otras, está presente tanto en el período islámico como en el cristiano mudéjar. Hemos de resaltar que en Villalba del Alcor se utilizan en la antigua iglesia del siglo XIII. Las bóvedas empleadas en San Romualdo se entien-den dentro de una tradición islámica con amplio desarrollo durante el siglo XIV, si bien es cierto que los paralelos más seguros (Torre Estrella, San Marcos, Jerez) se fechan en las décadas centrales del siglo XIII. Es habitual el uso de una clave pétrea señalada, presente en la portada de ingreso, y en la mayor parte de los arcos de las estancias. Es esta una solución local de probable origen islámico y desarrollo en el primer mudéjar. Hay que destacar que la mayor parte de los arcos del edificio estaban avitolados (Fig. 29). En estos momentos se observa una diferenciación en la construcción de las estancias del ala oriental, con arcos moldurados (estancias 15, 16 y 17), hornacinas (estancia 17), linternas (estancia 21) y la decoración de nervios entrelazados en forma de cruz en la bóveda de la estancia 16 (Fig. 21). Esta diferenciación interior se hace patente en el exterior desde el proceso anterior, cuando se crea en el patio una hornacina en esta zona. La singularidad de estas estancias se pone en relación con la instalación preconcebida en la fortificación de un ámbito destinado al culto cristiano, posiblemente la capilla de Santa María que en 1338 citan las fuentes 17 se estableciera en este ala, más amplia y adecuada, destinándose la estancia 1 a capilla privada. El trasdós de las bóvedas se rellena con el mismo material empleado en la construcción de los muros (tierra y cal muy compactadas) 18 y sobre éste se recrecen las torres con cajones de tapial encadenados principalmente con ladrillo. El antiguo adarve se ciega con ladrillos o tapial y se recrece con nuevos cajones de tapiales conformando el aspecto definitivo del edificio que se eleva unos dos metros sobre el nivel del adarve de la fase II. La antigua escalera se sustituye por otra, lo mismo ocurriría con la merlatura cuya morfología en estos momentos desconocemos, puesto que no se ha conservado. En el año 2003 se documentó una cruz patada (Fig. 27) en relieve, cubierta con almagra, sobre la puerta original19 en la fachada meridional, que se identificó con la orden de Santa María de España, absorbida por la de Santiago y que ubicamos en este proceso. De igual forma, se han localizado otras dos cruces al interior, una en cada una de las caras de la clave del arco situado entre las estancias 11 y 12. Proceso IV: destrucción y abandono bajomedieval. En 1370 se produjo el ataque de la escuadra lusa (enmarcado en las luchas entre Enrique de Trastámara y Pedro I) que arrasó la isla de Cádiz y que afectó al castillo destruyendo sus almenas, como lo indica un privilegio de 1411 en el que el rey Juan II donó el lugar de la Puente a los Suazo (Mosig, 2005, p. Tras este ataque, el estado de ruina y abandono del edificio se mantuvo hasta que pasó a manos de la familia Suazo. Situamos en estos momentos la destrucción del almenado original (cómo dice el texto), del frente oriental de la torre 4 y posiblemente del alzado de algunas torres, aunque en este caso, no podemos descartar que se produjera en los (Cristelly, 1891, p. La advocación a Santa María es propiamente alfonsí. Ejemplos cercanos de la construcción de lugares destinados al culto durante su reinado los tenemos en el castillo de San Marcos de El Puerto de Santa María o en el alcázar de Jerez de la Frontera. 18 La cerámica que encontramos en el relleno de estas bóvedas apunta una cronología de segunda mitad del siglo XIII y primera mitad del XIV. las bóvedas y la relación estratigráfica en los alzados no aclaran nada al respecto. Proceso V: Reconstrucción bajomedieval. En 1408, los regentes del rey Juan II (Fernando de Antequera y Catalina de Lancaster) donan a Juan Sánchez de Suazo el señorío de La Puente, que perduró en manos de la familia Suazo hasta 1492, fecha en la que pasa a la familia Ponce de León. En un informe que hace Sánchez de Suazo al rey sobre el estado del inmueble en 1411, indica su Intención (es) de hacer reparar la dicha casa y heredades, siendo probable que la actuación de Juan Sánchez de Suazo consistiera en potenciar la doble función del edificio como casa solariega y como casa fuerte. En este proceso se sitúa la reconstrucción de diversas zonas del edificio, en concreto el frente oriental de la torre 4, en la que se aprecia una distribución irregular de los sillarejos en las esquinas y un emparchado general de la torre o el interior de la nave occidental, donde los arcos antiguos son reforzados por arcos apuntados más pequeños. La estancia 5, situada en la esquina noroccidental bajo la denominada Torre del Homenaje y que parece relacionada con una dependencia señorial, estuvo decorada con pinturas gótico-mudéjares (Fig. 28) de motivos vegetales y geométricos que situamos a partir de estos momentos. Con respecto al foso, se colmató en los siglos XIV y XV (Sáez et al., 2004, p. Proceso VI: Sede de la Iglesia parroquial. En el asalto de la escuadra angloholandesa en 1596, la ermita de San Pedro, a extramuros del castillo y con funciones parroquiales, es destruida. Al menos desde mediados del siglo XVII, la parroquia isleña se situó dentro del castillo, en la zona donde se encontraba la antigua capilla medieval de Santa Fig. 26. Detalle del trasdós de las bóvedas de cañón en la nave septentrional tras el proceso de vaciado Figs. Cruz patada sobre la primitiva puerta, pinturas gótico-mudéjares en estancia 5 y avitolados característicos de la mayoría de los arcos del castillo ataques de finales del siglo XVI y primer cuarto del siglo XVII, ya que la documentación arqueológica del trasdós de María (la nave oriental). Esta adaptación de la fortaleza (que seguía perteneciendo a los duques de Arcos y conservando sus funciones defensivas, ya que en ella había una guarnición) a parroquia conllevó una serie de obras de reformas divididas en dos momentos, que tienen como punto de inflexión la creación del edificio rectangular oriental que identificamos con la capilla de la Hermandad del Rosario (Fig. 32), a partir del año 1736 (Mosig, 2005, p. Las reformas en los lienzos durante estos momentos parecen corresponder a dos tipos de actuaciones relacionadas con su doble funcionalidad, por un lado el refuerzo militar del edificio y por otro su adaptación a parroquia. En el asalto de 1596, o quizás en el ataque inglés de 1625, el lienzo septentrional del patio de armas debió quedar muy dañado (pierde parte de su frente, sobre todo en la zona oriental), por lo que posteriormente se reconstruye y se refuerza con una serie de muros perpendiculares a éste, a modo de estribos20, que ampliaban la nave norte posiblemente para establecer capillas o altares. Toda la nave oriental se convirtió en un enorme osario, destacando la gran cantidad de restos óseos aparecidos en relación al poco tamaño de los sondeos. Así el estudio paleopatológico y antropológico se ha realizado sobre 14.524 huesos identificables y 716 piezas dentarias21. El ala sur se compartimenta en varias estancias con muros divisorios y se abren nuevas puertas al patio de armas. En los lienzos exteriores, se crean aspilleras para artillería, que se pueden apreciar en el frente sur (torre 4) y en oriental (Fig. 30). También la torre 1 presenta este almenado, aunque el que vemos ahora es producto de una rehabilitación de finales del siglo XX. Sí se conserva parte del preparado del original. Se abre el acceso actual al castillo con una gran portada adintelada, que será transformada en el siglo XX, sobre la que se encuentra una hornacina que guardaría alguna imagen religiosa (Fig. 31). Este podría ser el que en 1717 se ordenó realizar para que el cura o los vecinos que acudían a la parroquia tuvieran un paso independiente de los guardias del castillo (Mosig, 2005, p. Sea o no, este paso era más apropiado para carruajes modernos y artillería que el abierto en este lienzo durante el proceso III. La obra fundamental de esta fase sería la construcción de la capilla del Rosario en fechas posteriores a 1736, adosándose al muro exterior de la fachada oriental del castillo. La creación de este edificio supone el derribo de la torre central situada en este lienzo que ya debía de encontrarse en malas condiciones tras los ataques de 1596 y 1625. Bajo el edificio se creó una gran cripta que anuló toda la estratigrafía original en esa zona. En estas fechas también se reconstruye el parapeto exterior del edificio. 126) se añadió una espadaña a la torre central del lienzo sur (T5), de la que bajo su cornisa, aún se conserva parte de su decoración de motivos vegetales. Puede que como parte de esta labor de acondicionamiento de la torre se encontrara la realización de los tres relojes de sol que aparecen en cada uno de sus lienzos exteriores. La falta de relación de la estratigrafía vertical no nos aclara más que son posteriores al siglo XIII y anteriores al Proceso VII. En la zona norte de la estancia 5, se superpone sobre la decoración gótico-mudéjar una pintura de época barroca con motivos religiosos, entre ellos cruces patriarcales y un corazón de Jesús con los anagramas de Jesucristo (JHS, Jesus Hominum Salvator) y el Ave María (letras A y M entrelazadas) en su interior, que podría identificarse con el altar de una de las cofradías que se instalaron en el castillo durante los siglos XVII y XVIII: la Congregación del sagrado Corazón de Jesús22. Tras la construcción de la nueva Iglesia Mayor Parroquial en San Fernando, consagrada en 1764, la parroquia del castillo fue abandonada y el terreno secularizado (Mosig, 2005, p. Proceso VII: este proceso enmarca la adaptación del edificio a cuartel de batallones y brigadas de la armada, documentada desde 176923 a 1808, aunque hasta 1846 sigue en manos militares. De estos momentos es la apertura de la mayor parte de puertas y ventanas, que podemos observar actualmente y que responden a una nueva distribución del interior del edificio. Destacan los vanos con arcos adintelados pétreos del patio de armas, que se cubrieron con los llamativos guardapolvos conopiales de remates diversos en borla (para señalar los grados militares), realizados con fábrica de ladrillo a soga y enlucidos a la almagra (Fig. 33). Proceso VIII: usos domésticos. Una vez que el castillo pierde su uso militar a mediados del siglo XIX, entrará en una fase de deterioro que se prolongará durante todo el siglo XX, hasta el momento de su expropiación. Así en el año 1924, la propiedad del castillo pasa a manos de don Fidel Pérez de Diego que lo compró en subasta pública tras la enajenación de los bienes de la casa de Osuna por sus acreedores. Desde entonces su destino se vio unido al de esta familia. En sus exteriores se irán adosando edificaciones que le harán perder su fisonomía inicial y en el interior sus estancias se destinarán a diferentes usos (viviendas, restaurante, almacén de material de construcción, taller de cristalería y carpintería de aluminio, etc.) que se reflejan en obras de menor envergadura, como tabiquerías y apertura de nuevas ventanas y puertas, que le dan el aspecto que hasta hoy conocíamos. Este proceso se ha dividido en varias fases, finales del siglo XIX e inicios del siglo XX (fase 1), mediados de siglo (fase 2) y final del siglo XX (fase 3). Proceso IX: comprende todas las actuaciones realizadas tras la expropiación del edificio, como eliminación de tabiques contemporáneos y de los adosados al exterior, cegamientos de ventanas y puertas para impedir el acceso, etc. El análisis arqueológico ha permitido conocer la secuencia constructiva completa de la edificación. Sobre la problemática de su origen, podemos concluir: No hay evidencias directas de la existencia una edificación previa al castillo en ninguno de los alzados estudiados hasta el momento. Por el contrario, la unidad compositiva, claridad arquitectónica y homogeneidad de la fábrica sugieren una construcción ex novo fundamentada en un replanteo unitario sobre un terreno preacondicionado y explanado. Sin embargo, los sillares empleados en las torres nos hablan de una reutilización de piezas acarreadas de una construcción anterior situada en las inmediaciones 24. Tampoco hay evidencias de una fortaleza anterior al siglo XIII, ya que el atizonado de los sillares de la torre 4 no es suficiente recurso para hablar de una fortaleza califal. De igual forma, las dos primeras fases del proceso III se podrían interpretar como una edificación anterior al castillo que conocemos en la fase VI de este proceso. Sin embargo, en la intervención de subsuelo no han aparecido materiales que lo confirmen25 y en cuanto al estudio de alzados la continuidad en la técnica y los materiales nos hacen pensar que forman parte del proceso constructivo general, como un primer esfuerzo edilicio que debía proteger la obra que se iba a realizar. No obstante, no descartamos esta hipótesis que puede aclararse en futuras actuaciones que se centren en la cimentación del edificio. Con respecto a la hipótesis del ribat, se han esgrimido, entre otros, argumentos como la comparación de su planta con la del ribat de Susa o la compartimentación de su interior en pequeñas estancias abovedadas concebidas como celdas, cada una de las cuales disponía de una puerta al gran patio rectangular. Frente a esto hay que señalar que el quadribugium latino puede ser un referente para cualquier edificación militar del siglo XIII con independencia de su filiación. Los paralelos con los ribats de Susa y Monastir en Túnez son tan válidos como los de los monasterios de Tentudía, Guadalupe, la extraña iglesia fortificada de Villalba del Alcor o el convento de Santa Clara de Moguer. De igual forma, el estudio de alzados ha puesto de manifiesto que la mayor parte de las puertas hoy visibles no son originales, así la mayoría corresponden a vanos abiertos durante la transformación en cuartel, en su mayoría ventanas, convertidas en puertas a lo largo del siglo XX. La compartimentación en celdas no se corresponde con la distribución inicial, al contrario, las naves se muestran como grandes salas diáfanas y las tabiquerías que existían se hicieron en obras posteriores, sobre todo contemporáneas. En cuanto a que la fortaleza concluída en el proceso III, fase VI, fuera musulmana, la problemática del castillo ha radicado en la existencia de recursos constructivos que podrían considerarse tardoislámicos o mudéjares, ya que el siglo XIII se encuentra de frontera entre los dos mundos. Esto ocurre con la gran variedad de bóvedas del edificio. Sin embargo, el análisis nos revela que toda la obra (lienzos, bóvedas y torres) corresponde a un mismo proceso constructivo y que desde los primeros momentos se establece un ámbito de culto cristiano que queda patente en los recursos utilizados en nave oriental (arcos con ladrillos moldurados, bóveda con nervadura cruciforme, hornacinas interiores y exteriores, etc.), en la estancia 1 y en otras partes del edificio (cruces). Dicho proceso fue necesariamente rápido, observándose elementos comunes en cuanto a la técnica y los materiales, en las distintas fases que nos permiten hablar de un gran proceso constructivo en el que se primó inicialmente la edificación y protección de su interior, con el cercado de un recinto defensivo antes de pasar a culminar las distintas dependencias. El resultado final concuerda más con el de un convento fortificado que con el de un ribat islámico. Posiblemente, este carácter militar-monacal estuviera relacionado con una orden militar, quizás la Orden de Santa María de España, cuya presencia en la zona es manifiesta tras las campañas de Alfonso X. Castillos como el de San Marcos del Puerto de Santa María o el alcázar de Jerez nos ofrecen paralelos de lo que sería un programa de obras cristiano materializado por alarifes musulmanes que emplearían un amplio elenco edilicio de bóvedas, aparejos y elementos musulmanes. Otros edificios como el castillo de Torre Estrella en Medina Sidonia, levantado por la citada orden, parecen una réplica del de San Romualdo, pero con la salvedad de su ubicación en altura sobre un risco. En definitiva, arcos, roscas y materiales implicados parecen responder a esquemas locales utilizados en la edilicia almohade jerezana conviviendo con tipos góticos de tradición castellana.
Ma almeno un pensiero va ribadito.
La iglesia de San Miguel Arcángel es la parroquia mayor de la población de Morón de la Frontera, en la provincia de Sevilla; un templo de tres naves y cuerpo de cuatro tramos, rematado por un crucero de dos tramos y cinco capillas en la cabecera. Estos espacios están cubiertos por interesantes bóvedas pétreas que muestran el tránsito de un lenguaje tardogótico, heredero de la magna hispalense, a un renacimiento desnudo y sobrio. El edificio se enriqueció con una importante intervención barroca que afectó a su fachada principal y torre, aportándole un carácter marcadamente monumental. Es un magnifico ejemplo del selecto grupo de edificios, dispersos por lo que fuera el arzobispado hispalense 2, que forman lo que vienen a denominarse «gótico catedralicio»; a saber, pequeñas catedrales donde los maestros mayores del arzobispado proyectaron y difundieron el repertorio arquitectónico previamente experimentado en la de Sevilla. Dada la envergadura de los programas arquitectónicos desarrollados en estas parroquias mayores, muy pocas llegaron a concluirse, con lo cual se abrió a partir del segundo tercio del s. XVI un espacio para la inserción del nuevo y pujante lenguaje renacentista, dejando muestras de un interesante debate entre «lo moderno o gótico» y «lo antiguo o romano» que generó un rico mestizaje de formas y soluciones constructivas. El edificio se construyó en la falda norte del elevado promontorio donde se asienta el recinto amurallado de la antigua alcazaba (Fig. 1). Su dilatado proceso constructivo (s. XV a XVIII), se produjo en paralelo a un importante desarrollo urbano de la zona en torno a la misma, donde se acumularon numerosas edificaciones adheridas a la parroquia. Esta inmersión en el caserío hizo que el templo se consolidara como un hito urbano lejano, cuya torre y cúpulas se elevaban sobre el perfil de la ciudad y cuya Los problemas que aquejan a la pequeña capilla renacentista dedicada a la Virgen de la Antigua, en la iglesia parroquial de San Miguel de Morón de la Frontera, la han llevado a un estado de degradación cercano a la ruina. Al plantearnos la intervención sobre este edificio surgió la necesidad de conocer las causas de la inestabilidad estructural que llevó a su urgente apuntalamiento en 1998. Para ello entendíamos que no era suficiente tomar como punto de partida el estado actual del edificio y calcular sobre él los refuerzos necesarios. El precario estado en que se encuentra muestra, a simple vista, las cicatrices y huellas de un complejo devenir que debíamos descodificar, diseñando para ello una serie de trabajos de auscultación y reconocimiento. Todos estos trabajos nos han permitido conocer y comprender sus etapas constructivas y destructivas, esto es, contar con las referencias necesarias, aunque nunca suficientes, para la realización del proyecto de restauración arquitectónica. Palabras clave: Análisis arquitectónico; análisis estratigráfico; arquitectura tardogótica y renacentista; restauración arquitectónica; s. XVI. fachada principal era la única que se podía contemplar de cerca desde la pequeña plaza ubicada a sus pies. En la actualidad, sin embargo, la iglesia se encuentra desvinculada de las edificaciones circundantes debido a un proceso de vaciado urbano que comenzó a mediados del siglo pasado y concluyó en la década de los setenta con la demolición de las últimas edificaciones anexas a sus muros. Este proceso de limpieza selectiva no sólo afectó a su estructura material, sino a su relación con la ciudad, produciéndose en la actualidad un extrañamiento de ésta respecto al edificio. Los esfuerzos de varios colectivos por recuperar su papel en la ciudad, y los importantes trabajos de investigación desarrollados sobre el edificio, no han encontrado aún una respuesta adecuada en un plan de inversiones para su restauración, marcada por su magnitud y complejidad. No fue hasta hace pocos años que las instituciones municipales y autonómicas volvieron a mostrar interés en el edificio. Aquejado en la actualidad por graves problemas de conservación, se planteó en el año 2005 una planificación global de las intervenciones necesarias para su recuperación, cuya primera fase está redactada y a la espera de financiación. Mientras tanto, las actuaciones sólo se están produciendo a través de inversiones puntuales como la destinada a la restauración de la capilla de Nuestra Señora de la Antigua, anexa al muro norte del templo3 (Fig. 2). La redacción de este proyecto ha motivado el conjunto de estudios previos que ahora se presentan. La razón de intervenir en esta parte del templo se debe a la urgencia de su estado estructural y al interés arquitectónico que posee la fachada norte del templo en la que se encuentra la capilla, pues en ella quedan visibles los elementos más antiguos del conjunto, que se remontan a los inicios del s. XV. METODOLOGÍA Teniendo en cuenta la dualidad de las urgencias planteadas, a saber, solucionar una estructura arquitectónica en crisis por un lado y recuperar su valor como documento histórico por otro, los trabajos previos han tenido como objetivo: • Obtener un conocimiento sintético de su evolución, identificando el número de fases constructivodestructivas a lo largo de la vida de la capilla y el edificio al que se adosa, para descubrir el origen de las graves lesiones estructurales detectadas y poder proyectar la intervención más adecuada. • Elaborar una descripción y documentación precisa, a modo de registro, de la situación de los paramentos, huellas y restos ahora observables, que completaremos con aquellos otros datos que se obtendrán durante los trabajos de restauración. Esto quiere decir que el proceso ahora iniciado debe quedar abierto. Para alcanzar estos objetivos se planificaron los siguientes trabajos: -El dibujo del edificio, entendido como instrumento de conocimiento del mismo, va más allá de una mera traducción gráfica inmediata de un registro métrico. Por el contrario, se trata de un proceso donde se realiza una lectura comprensiva, nunca automática, de los elementos constitutivos del edificio, que posteriormente serán expresados gráficamente en unas imágenes, generalmente unas proyecciones ortogonales. La rigurosidad, dentro de la subjetiva interpretación que todo dibujo supone, nos la garantiza el uso de sistemas de captura métrica basada en la fotografía: fotogrametría y homologías, sistemas ya habituales en este tipo de trabajo. La imagen perspectiva fotográfica es ortogonalizada mediante diversos sistemas que nos permiten medir y dibujar sobre ella con suficiente precisión, pero sobre todo permiten mantener vivo el dibujo, pues basta sustituir la imagen fotográfica por otra actual y volver a operar sobre ella para compararla con lo que ya habíamos elaborado e introducir las matizaciones y diferencias percibidas, o incorporar imágenes mucho más antiguas que puedan surgir de algún cajón de archivo, procesándolas de igual modo que las anteriores. Esta interacción con la imagen gráfica, ahora del todo posible, libera al dibujo de esa fecha de caducidad que supone su conclusión, convirtiéndolo de paso en una buena base de datos de la propia evolución del edificio. El dibujo en soporte digital permite mantener abierto el proceso de análisis sobre el edificio, transformable en función de los contenidos, o mejor, de las futuras investigaciones. -El registro, inventario y verificación de las fuentes documentales nos proporcionó una relación cronológica de acontecimientos en la que se evidenciaba una serie de imprecisiones debido, fundamentalmente, a hipótesis contradictorias elaboradas por la historiografía. Esta circunstancia se agravaba en aquellos aspectos concernientes a la relación entre la capilla y la torre, donde se habían perdido algunas fuentes originales y la información quedaba diluida en una cadena de interpretaciones y citas literales. -El análisis de las características materiales de los elementos constructivos se realizó mediante la toma de muestras y la extracción de testigos. Se pretendía identificar las diferentes técnicas y materiales que forman su masa y desvelar su estructura interna, imperceptible visualmente. Considerábamos que parte de los problemas estructurales del edificio tienen su origen en la composición de sus elementos constructivos, que sólo se intuían a través de indicios o huellas exteriores como grietas o deformaciones. -El estudio arqueológico de las estructuras subyacentes consistió en la realización de dos catas que permitieron establecer los distintos niveles de ocupación y el reconocimiento de las cimentaciones y el terreno. La superficie excavada se redujo a lo imprescindible debido al riesgo que suponía demoler una losa de hormigón de gran espesor, colocada exteriormente como cimiento del apuntalamiento realizado en 1998. Las inevitables vibraciones que producía la apertura de estas catas afectaban a la precaria estructura de la capilla. A pesar de ello, la información obtenida era imprescindible para valorar el resto de las observaciones y análisis. -La lectura estratigráfica-constructiva de los paramentos con criterios arqueológicos permitió un registro directo y sistemático de las huellas detectadas. Se identificaron las diferentes unidades estratigráficas (UE), agrupadas por actividades (A) y por relaciones de contemporaneidad, anterioridad o posterioridad. Con ello se obtuvo una descripción pormenorizada de las huellas presentes en los paramentos del edificio y se interpretó su secuencia temporal, concretando fechas de acontecimientos mediante la información obtenida de las fuentes documentales. El resultado de esta lectura fue esencial para valorar la magnitud de las transformaciones y desvelar el origen de los problemas estructurales que se percibían, posibilitando la comprobación y cálculo del comportamiento estructural del conjunto. Estos últimos trabajos consistieron en la elaboración de distintos modelos virtuales del edificio, basados en las situaciones de cada una de las etapas analizadas. Estos modelos fueron sometidos a cálculos y análisis estructurales con objeto de comprobar su comportamiento y detectar las variaciones de la estabilidad y la evolución de las cargas y tensiones hasta llegar al estado actual. Contábamos como punto de partida para nuestro trabajo con una completa fotogrametría realizada por el CSIC en el año 19984. Esto nos permitió medir y dibujar con precisión los graves desplomes del muro exterior de la capilla y las deformaciones de los arbotantes que gravitan sobre los estribos, los cuales sirven de pared lateral a la capilla (Fig. 3). Completamos estos datos con una nueva captura mediante fotogrametría de los dos arbotantes existentes sobre la capilla, y el levantamiento con medios directos del interior de la capilla que aún está ocupado por un denso apuntalamiento de madera (Fig. 4). Con esta toma de datos elaboramos posteriormente una sección transversal del templo pasando por el eje de la capilla, proyectada hacia los pies y la cabecera (Fig. 5). Quedaba así definido uno de los planos característicos de este tipo de edificio, el transversal, donde se visualiza con claridad el sistema de distribución de cargas y esfuerzos góticos. Se obtuvo por primera vez la imagen de la deformación y rotura del edificio, donde las grietas adquieren un papel destacado. La imagen construida ofrecía por sí los ingredientes necesarios para una comprensión del estado de deformación que posteriormente se habría de explicar matemáticamente a través de un sistema de cálculo informatizado ajeno a la propia manera de hacer de la época, pero sumamente útil para cuantificar las acciones que se desarrollarán en el proyecto de intervención. A su vez realizamos otros dibujos más abstractos que nos permitieron contar con un sistema de referencia espacial donde ubicar nuestras observaciones. Estos esquemas mostraban una red espacial de líneas con la que atrapar y ubicar la información elaborada en cada uno de los estudios. En este caso la red no es isótropa, sino que parte del análisis previo del edificio. Las líneas identifican los planos transversales al edificio que son los principales de carga, y los longitudinales que definen la secuencia de las naves desde los pies (punto donde se inicia la reforma gótica) hasta la cabecera (última en levantarse) (Fig. 6). Cada dato queda asociado a un plano, una línea o un punto, signado con varios dígitos, formando así un código de identificación espacial. En el caso de la capilla, está La historia y evolución de la iglesia de San Miguel de Morón está documentada y analizada en varios trabajos anteriores, donde podemos encontrar las fuentes más importantes escritas, iconográficas y gráficas5. A través de estas fuentes elaboramos una cronología que se configura como una red, en este caso temporal, y que resumimos en los acontecimientos más destacados en la siguiente relación: Primeras noticias sobre la construcción de la iglesia de San Miguel. Se cita al maestro Johan Martín, por un pago por labrar la iglesia (Morón de Castro 1995, 31). Terremoto y ruina de la iglesia (Ibíd., 54). Se cubren las naves laterales y el primer tramo de la nave central y el primer par de arbotantes, bajo la dirección de Antón Ruiz (Ibíd.,73). Se concluye el segundo tramo de la nave principal bajo la dirección de Diego de Riaño (Ibíd., 78). En este año se estaban acabando seis arbotantes de la iglesia y se cierra la bóveda del tercer tramo de la nave principal. El maestro mayor de la obra era Diego de Riaño y en este momento Martín de Gaínza pasa a ser el aparejador. Fundación del patronazgo de la capilla de la Virgen de la Antigua por doña Mencia Osorio Morejón (Morilla 2006, 82). Martín de Gaínza da trazas para la iglesia de San Miguel y «el campanario que se ha de hazer encima de la puerta prençipal de la dicha iglesia...» La fábrica de la iglesia adquiere el sitio de una sepultura otorgada a los Auñones, ubicada detrás de su capilla en terrenos lindantes a la torre (Ibíd., 158). Quedan abiertos los huecos de la caña de la torre. Se describe el carácter y dimensión de la obra (Ibíd., 162). Estaba acabado el campanario. Hubo un gran terremoto que produce roturas en el campanario y en las bóvedas de la iglesia (Ibíd.,163). Se encala y se coloca la solería del templo. Se traslada el órgano desde el muro de la fachada al lateral del coro, frente a la capilla de la Antigua (Ibíd., 168). Se finalizan las obras de la torre (Ibíd., 177). Se demuelen parte de los muros del lado sur y del testero de los pies del templo para su reconstrucción. Se construye un cuarto aledaño a la capilla de la Antigua para los curas semaneros, junto a la torre y comunicado con la iglesia a través de la capilla (Ibid,178). Informe de Pedro de Silva, donde constata que fueron las tres bóvedas más antiguas de la nave central, es decir, las del primer tramo las que sufrieron los mayores desperfectos (Ibíd., 182). Pedro Silva restaura las tres bóvedas más antiguas de la nave central (Ibíd.,182). Se realiza el retablo de la Virgen de la Antigua, se estofa la reja y se decora la capilla, según consta en una cartela escrita en el friso de la reja. Inscripción en una lápida de enterramiento en la capilla de la Virgen de la Antigua. Inscripción en una lápida de enterramiento en la capilla. Fotografía del lado norte de la iglesia sin los refuerzos metálicos (Morilla 2006, 50). Reparación del arbotante y el estribo mediante elementos metálicos externos. Se documenta mediante la fecha inscrita en el perfil metálico, lo que indica el momento más antiguo posible de este reparo. Imágenes del interior de la capilla en buen estado. Se observa también la cancela practicada en la reja para acceder a la casa del párroco (Morilla 2006, 33). La heredera de la patrona de la capilla de la Antigua (doña María Gracia de Montestruque Auñón) reclama al arzobispado hispalense que se deje de usar la capilla como almacén de trastos, se limpie y se rehabilite para el culto a la Virgen de la Antigua (Morilla 2006, 82). En julio se destruye el órgano, viéndose afectado el tramo correspondiente, justo entre los pilares frente a la capilla tratada (Ibid, 96). Fotografía en la que se aprecia la cubierta inclinada más alta de la casa junto a la capilla6 (Fig. 7). Proyecto para la casa del coadjutor de la parroquia de Aurelio Gómez Millán7 (Fig. 8). Se demuele la casa de los curas junto a las otras dependencias anexas (Morón de Castro 1995,183). Se cierra la iglesia al culto por su mal estado. Se inicia la restauración del templo dirigida por el arquitecto Rafael Manzano Martos. Entre los trabajos realizados se encuentra la demolición de las edificaciones colindantes, entre ellas la edificación junto a la capilla y torre (Fernández Naranjo 2004, 77-83). Se declara la iglesia Monumento Histórico Artístico. Se instala un apuntalamiento metálico en el muro de la capilla para evitar su ruina. Campaña de ensayos, caracterización de materiales, análisis de patologías y estudio geotécnico del subsuelo. El resultado de este complejo devenir histórico es un conjunto formado por varias unidades edificatorias: una capilla adosada al muro del segundo tramo de la nave lateral norte del templo, la propia nave compuesta de arbotantes y estribos, una torre adosada al primer tramo, y una desaparecida construcción anexa a su vez a la parte exterior de la capilla y la torre, que son las zonas afectadas por la intervención que hemos proyectado. En el caso de la cimentación, las calicatas acometidas en el estribo I3, en los estudios geotécnicos de 1998, mos- traban cómo la fábrica del estribo continuaba sin alteración hasta una profundidad de 45 cm por debajo de la cota de solería interior. A partir de esa profundidad y hasta una profundidad de 80 cm aparecían masas irregulares de argamasa que sobresalían entre 21 y 39 cm de la pared del estribo, asentadas parcialmente sobre una roca de yeso. Las excavaciones arqueológicas realizadas en los actuales trabajos previos demuestran la existencia de dos cimientos parecidos para los estribos I1 y I2, en los que se apoya la capilla. Estos cimientos son algo más profundos, salvando así el desnivel en descenso del terreno hacia el oeste, tal como se observa actualmente en la calle Siete Revueltas a la que da fachada. En estas excavaciones se verificó también la existencia de un arco de descarga hacia los estribos bajo el muro exterior de la capilla (Fig. 9). Esta solución permitió realizar la capilla eludiendo nuevas cimentaciones sobre un terreno ocupado por varios enterramientos, que se remontan a la primera fundación del templo. La prospección realizada en 1998 permitió también detectar la profundidad de la cimentación de la torre anexa al primer tramo del templo, en contacto directo con la capilla, que tiene unos 290 cm de profundidad respecto al nivel de solería interior. Sobre este plano de asiento se eleva hasta 210 cm un cimiento que supera en ancho a la torre en 175 centímetros por cada lado. Esta cimentación está formada por una compacta argamasa con rocas y restos cerámicos, sobre la que se eleva un primer nivel de la torre formado por hiladas de sillares regulares de piedra que asciende unos 80 cm, quedando en parte vistos. Sobre este zócalo pétreo se construyó la caña de la torre en fábrica de ladrillo macizo. La cimentación de la torre penetró en la iglesia, provocando una nueva reforma del paramento norte para poder trabajar sobre él mediante la introducción de un arco de descarga que queda actualmente a la vista desde el interior del templo (Fig. 10). Esta solución evitó descalzar la fábrica gótica al recibir bajo ella la nueva cimentación, aunque produjo algunas lesiones que afectaron a la cercana capilla. Quizás la más visible es el desnivelado del arbotante entre el primer y segundo tramo de la nave lateral norte, por lo que tuvieron que rehacerlo. En cuanto al templo, el tramo que más nos interesa es el afectado por la construcción de la capilla, esto es, el que cubre el espacio AB12. Está formado por una bóveda cuatripartita construida con nervios diagonales, arcos perpiaños hacia los tramos contiguos, formeros en su unión con el muro A y un toral hacia la nave central, con una clave central de escasa entidad (Fig. 11). Esta bóveda enjarja con los pilares B1 y B2, y acomete sobre ménsulas en el paramento A, al igual que las existentes en el resto de la nave. Estas ménsulas fueron anuladas por la construcción del frontón que remata la portada de la capilla, quedando sólo sus enjarjes. La bóveda de diagonales, que cubre el tramo que estamos tratando, es parte de la reforma gótica del templo original que aprovechó el muro exterior norte (A). Sus dovelas y plementería son de piedra, al igual que los pilares y los enjarjes. El muro A sobre el que apoya, que pertenecía a la fábrica más antigua, es de mampuestos irregulares. De él sólo queda a la vista en este tramo la parte sobre el arco de embocadura de la capilla, que al abarcar todo el espacio entre los estribos hizo necesario demoler la zona baja del muro. Sin embargo, la parte existente no conserva el hueco de ventana antiguo que debió tener, a tenor de los existentes en los tramos aledaños, por lo que consideramos que sufrió también alguna reforma. Si nos ocupamos de los elementos exteriores, existen en la zona de estudio tres arbotantes de dimensiones semejantes pero con una forma algo diversa (Fig. 12). Esta variación se debe a sus diversas fases constructivas, reformas y reparos. Los tres están formados por un esbelto arco de descarga y un ancho botarel acabado exteriormente en pináculo hacia el exterior del estribo. El arbotante AB1 fue rehecho tras la construcción de la torre, como ya hemos comentado (Fig. 12a). Al rehacer el arbotante se sustituyó el arco de descarga por piezas nuevas, reutilizando la fábrica aparejada sobre él. Posteriormente el pináculo sufrió numerosos daños por su cercanía a la torre que nunca fueron solucionadas; así pues actualmente sólo hay un amasijo de fábricas y trozos de piedra. Entre ellas observamos alguna pieza original cuyas molduras son distintas a las conservadas en los dos siguientes arbotantes, realizados por Diego de Riaño en 1530. En el arbotante AB2, los sillares sobre su arco de descarga están desnivelados respecto a las hiladas del botarel debido al descenso del punto de apoyo en el muro de la nave central, razón por la que está apeado y reforzado con elementos metálicos cuya fecha de fabricación hemos indicado en la relación cronológica (Fig. 12b). En la actualidad, este último apoyo es un simple adosamiento, mientras en el estado originario sería un empotramiento, como aún podemos apreciar en el siguiente arbotante, el AB3 (Fig. 12d). Las piezas se reajustan hasta la posición de equilibrio que el apuntalamiento consiguió detener, dejando a la vista la deformación. Finalmente, el arbotante AB3 es el que mejor mantiene su configuración original, debido a la existencia de la capilla de San José levantada en el s. XVII, con una fábrica bien fundamentada, trabada y aparejada con el estribo (Fig. 12c). La forma de la sección del arco y la moldura superior coinciden con el anterior, siendo los dos coetáneos a la reforma realizada bajo la maestría de Diego de Riaño. Todos estos arbotantes mantienen una gran horizontalidad en su parte superior que no acuerda con el punto de descarga de la bóveda de la nave principal, contradiciendo su original sentido estructural. Esta escasa inclinación dificultaba también la evacuación de aguas pluviales de la nave central a través de la habitual canal cerámica practicada sobre el estribo, por lo que fue cegada durante la reforma barroca y sustituida por unas gárgolas laterales al arbotante en el muro de la nave central que ejercían dicha función. Entre estos elementos constructivos del templo gótico se eleva la capilla dedicada a la Virgen de la Antigua, un escueto espacio de apenas doce metros cuadrados formado por dos muros laterales que son los avances de los estribos antes descritos, un muro de fondo de piedra de 45 cm de espesor de dos hojas de sillares, una bóveda pétrea artesonada con casetones cuadrados y una gran portada enmarcada por un orden corintio sobre pilastras adosadas de escaso relieve y rematada por un completo friso y frontón. La portada de la capilla está labrada en piedra de mayor densidad y finura que las que componen el resto de la fábrica, permitiendo desarrollar una decoración más pormenorizada. La composición interior de los cierres laterales de la capilla la conocemos a través de la extracción de testigos profundos realizados en esta campaña de estudios previos8. Se ha comprobado cómo los sillares exteriores del muro de fondo de la capilla se adosa a los estribos (Fig. 13). Es en este punto de unión donde su espesor se reduce de manera notable. La interior, sin embargo, queda trabada a los dos paramentos laterales, formados por estrechos sillares de piedra que, a su vez, trasdosan el estribo 2AI y labran el estribo 1AI, junto a la torre. La bóveda está ejecutada totalmente en piedra, con piezas de nervios y cruceros revirados formando un artesonado ortogonal de «moldes cuadrados» sobre los que se apoyan dos tablas de piedra por cada artesón (Fig. 14). La bóveda se apoya sobre el muro frontal y laterales mediante arcos formeros, aparejado con el arco de la embocadura tal como ya hemos indicado. Corresponde con bastante precisión al tipo de bóveda «capilla perlongada por cruceros» cuya montea queda recogida en el manuscrito de corte de piedra de Alonso de Vandelvira9. Los nervios y cruceros que forman la cuadrícula son «revirados», es decir, su sección responde a un eje vertical que va deformando la sección de cada pieza 10. Como suele ser habitual en este tipo de bóvedas, está iluminada por un pequeño hueco situado en el muro frontal, cuyo aporte de luz contribuye a realzar el relieve del artesonado. En la actualidad está muy desfigurado y deteriorado por cegamientos de reformas posteriores y por quedar oculto tras el altar de madera barroco. En la actualidad todo el conjunto está densamente apuntalado, pues el giro sufrido por el muro de fondo de la capilla (I12) hacia el exterior abrió la bóveda en horizontal unos 13 cm, descalzando y descomprimiendo todos los nervios trasversales. Para finalizar la descripción del estado actual del conjunto, observamos sobre el paramento exterior de la capilla, el aledaño este de la torre y el suelo entre ambas, restos de una antigua edificación anexa que ocupaba aquel rincón. Los restos de mayor volumen son los del suelo, pues conservan el arranque de los muros demolidos y de su cimentación. Para documentar esta casa ha sido fundamental la realización de la lectura estratigráfica de sus paramentos y la existencia de algunas imágenes de la edificación hoy desaparecida (Fig. 8). La demolición de este cuerpo anexo llevada a cabo en 1970 dejó importantes roturas en los encastres de los muros de la casa con la torre y los estribos, que fueron reparados con fábrica de ladrillo macizo que han soportado mal el paso del tiempo. En estos puntos se acumulan las mayores pérdidas de material lo cual ha generado una debilitación de estos elementos estructurales junto a otras causas como el abandono, la humedad y la concentración de vegetación, por ello fue necesario realizar un apuntalamiento de urgencia en 1998. A su vez, este apuntalamiento modificó el terreno exterior de la capilla, introduciendo tres zapatas aisladas que sustentan los correspondientes pies derechos metálicos, y sobre ellas una solera de 30 cm que maciza los tirantes horizontales que unen los tornapuntas. Las catas arqueológicas realizadas en los trabajos previos han detectado estas estructuras, que profundizan hasta 150 cm bajo el nivel de la solería del templo. Con estos precedentes, la lectura estratigráfica se centró en los paramentos correspondientes a la capilla, nave lateral norte entre la torre y la capilla de San José y el paramento aledaño de la torre (Figs. A partir de esta lectura estratigráfica, de las noticias históricas, los documentos inventariados, los sondeos realizados, el análisis arquitectónico y los dibujos, llegamos a pautar los períodos temporales que exponemos a continuación. PERIODO 0: Estructuras Previas al templo A través de las excavaciones arqueológicas se han verificado restos procedentes de asentamientos de época romana en los planos más profundos; sin embargo, el reducido alcance de las mismas no permite precisar adecuadamente sus características. Sobre estos se ha localizado un asentamiento bajomedieval que corresponde a las primeras ocupaciones junto a la antigua fortificación, primera zona de expansión de la ciudad, también con escasos restos y datos sobre el modo de ocupación. Estos hallazgos constatan la necesidad de contar con un conocimiento previo del propio contexto urbano para una mejor comprensión del edificio, del que por ahora carecemos. Sólo es posible asegurar, por ahora, la inestabilidad de la estructura geotécnica del terreno en esta zona, tanto por la presencia de yesos como de numerosas remociones debidas a enterramientos y construcciones difíciles de documentar. PERIODO A: Iglesia gótico-mudéjar s. XV A estos primeros e imprecisos asentamientos le sucede la edificación de un primer templo con presbiterio orientado al este, del que formaba parte el muro A, como paramento lateral y exterior norte. Este muro no tenía estribos, y en su exterior, en la zona hoy ocupada por la calle Siete Revueltas, existía un pequeño cementerio del que se han localizado numerosos restos en las dos excavaciones puntuales. Este primer edificio gótico-mudéjar quedó parcialmente arruinado tras el terremoto de 1504, quedando en pie algunos de los muros de la caja del edificio, que fueron reutilizados por las reformas posteriores. De esta primitiva edificación, tan sólo es visible en la actualidad la ventana de la fachada norte, situada sobre la portada (A100; UE 1015), que por tipología situamos en un momento intermedio entre esta época y la primera reforma gótica. La cara exterior del muro donde se abre esta ventana quedó reformada profundamente en un momento posterior. También se observan restos de estas estructuras primitivas en el muro opuesto, con el mismo tipo de fábricas y restos de ventanas, lo que ha llevado a varios investigadores a afirmar que la iglesia mantuvo la anchura de la primera, reajustándose interiormente. La reutilización de estas estructuras a veces de forma muy fragmentaria, ha dejado ocultas discontinuidades constructivas que están generando patologías, sobre todo filtraciones, asientos diferenciales y distinto comportamiento ante los agentes atmosféricos. La localización de estas discontinuidades y la delimitación rigurosa de los fragmentos conservados es esencial, como ya hemos indicado, tanto para determinar la cronología del templo como para comprender el origen de las complejas deformaciones del conjunto. Sin embargo, será la reforma gótica del templo, abovedando las naves laterales y el primer tramo de la nave central, la que produzca un mayor efecto transformador del edificio, y por tanto un mayor número de uniones entre fábricas de distinta época. Al elevar el cuerpo central de la iglesia fueron necesarios arbotantes y estribos cuyo diseño se ha comprobado deficiente. La posterioridad de estos elementos respecto al muro A, se comprueba en la discontinuidad de sus fábricas y en la rotura que sus cimientos produjeron en los enterramientos antiguos. La escasa diferencia de altura entre la nave central y las laterales (en parte herencia de la experiencia de la catedral hispalense) obliga a que los arbotantes sean muy horizontales y acometan en puntos de descarga de la bóveda inapropiados, lo que a la larga ha producido giros importantes en los pilares. De este periodo constructivo, dirigido por el maestro Antón Ruiz, se conserva el primer pináculo y la pila del estribo saliente del arbotante junto a la torre (A122; UE 1035, 1050), construido para recibir los empujes transmitidos por la bóveda del primer tramo de la nave central. La asignación es una vez más tipológica, es decir, se analizan los elementos arquitectónicos existentes (pilares, bóvedas, ventanas, molduras, etc.) y se comparan con los modelos del llamado gótico catedralicio11 (Fernández Naranjo 2007). PERIODO C: Reforma gótica. En este período se lleva a cabo la continuación de la reforma antes expuesta, ahora bajo la maestría de Riaño, que construyó el resto de las bóvedas laterales de los tramos segundo y tercero, y reforzó los muros existentes. En este proceso podemos distinguir diferentes fases constructivas, así se puede observar cómo el tercer estribo (UE 1044) es posterior a la zona de fábrica de cantería junto a la portada (UE 1067), mientras que es coetáneo a la fábrica de la parte superior (UE 1018) (Fig. 18). También se detecta la falta de traba entre el segundo estribo y la parte superior del muro de la iglesia, sobre la portada. Esta segunda reforma se produce entre 1523 y 1533, años en los que Diego de Riaño está a cargo de las obras, primero como aparejador y, tras un pequeño margen temporal sin actividad, como maestro mayor del Arzobispado. La reforma pretende aportar monumentalidad a la fachada norte del edificio mediante una composición muy elaborada (Fig. 19). Debemos considerar que en este momento no existía la torre y la la fachada se configuró para un espacio más amplio, actualmente desaparecido. Este modo de componer, tratando escultóricamente los estribos, lo podemos observar en otras obras de este maestro: la reforma de la fachada lateral de la iglesia Prioral del Puerto de Santa María, en las dependencias parroquiales de Santa María de Arcos de la Frontera, y en el alzado de las estancias capitulares de la propia catedral hispalense. La construcción de la capilla en el segundo tercio del s. XVI se produce a la vez que se inicia el cuarto tramo de la nave. Ambas fueron dirigidas por el maestro Martín de Gaínza, antiguo aparejador de Diego de Riaño, que retoma sus obras tras su fallecimiento. Con la obra de la capilla se abandona las intenciones compositivas del periodo ante-rior, al insertar un volumen ajeno a los elementos previstos por el maestro de Riaño. La cimentación se resuelve mediante un arco de descarga (UE 1010) que apoya en la cimentación de los estribos. La relación de posterioridad de la capilla respecto a la fase anterior se refleja, por un lado, en el adosamiento por encastre en la parte inferior del muro, que coincide con la parte cuadrangular de los estribos; y por otro, en el adosamiento simple, sin traba, de la parte superior. Se aprecian además varios mechinales propios del proceso constructivo (UE 1058). Por otra parte, los elementos pétreos de esta portada se diferencian con claridad de las fábricas vecinas en color y textura, pero sobre todo porque la traba no sigue las mismas hiladas del muro. Al observar el despiece del arco de esta portada descubrimos su contemporaneidad con la bóveda, pues están trabados entre sí, compartiendo decoración y despieces de cantería. Podemos decir entonces, apoyándonos en el levantamiento gráfico y en los sondeos practicados, que un tercio de la bóveda está sirviendo de arco de descarga del muro, formando una especie de capialzado. De hecho, la rotura más importante de la bóveda aparece en los otros dos tercios, manteniéndose comprimido y en buen estado el tercio que está bajo el muro. PERIODO E: Construcción de la torre y capilla de San José (s. XVII) Podemos situar en este momento los restos de enlucido con decoración geométrica (A110; UE 2005) en el hueco inferior de la torre (Fig. 20). El encuentro de la torre con la fábrica de la iglesia refleja esta relación de posterioridad por adosamiento simple (Fig. 21). El pequeño espacio de forma trapezoidal resultante entre la torre y la pared de la iglesia, ha sido desalojado de tabiques y añadidos contemporáneos que lo habilitaban como improvisado trastero, dejando a la vista huellas que debemos leer aún, cuando podamos contar con instalaciones y medios adecuados no disponibles durante estos trabajos previos. Queda intacta una ventana tapiada de la iglesia inicial y la configuración del estribo entre el primer y segundo tramo, cuya geometría, molduras y fábrica están aún intactas, así como numerosas marcas que se intuyen en la oscuridad de la estancia. PERIODO F: Siglo XVIII y XIX La última fase constructiva importante en relación a la capilla queda determinada por la construcción de una edificación auxiliar en el espacio existente entre ésta, la torre y la calle Siete Revueltas. Las sucesivas transformaciones fueron marcando una serie de ampliaciones en altura que han dejado sucesivas huellas en los muros de la torre y la capilla, a través de las cuales podemos distinguir tres fases diferentes que enunciamos como casa 1, 2 y 3, siendo siempre reformas sobre el mismo edificio: Tenemos noticia de que en 1717 se construye en este lugar una casa para los curas semaneros, comunicada con la iglesia a través de la capilla Virgen de la Antigua. Se trataría de una edificación con una cubierta de madera inclinada que se apoyaría en la capilla, de la cual podemos apreciar los mechinales realizados en el muro (UE 1001), y la huella lateral de dicha cubierta en el muro de la torre (UE 2009; Fig. 22). Existen también huellas de los revestimientos realizados en este momento mediante encalado directos sobre la fábrica, que se interrumpen linealmente en los extremos, indicando la posición de los muros de carga (UEs 1021, 2017). Se observa también las huellas de los mechinales más pequeños (UEs 1009, 2025) de un forjado intermedio (UE 1022) que servía como falso techo de las estancias bajas y como suelo de un sobrado alto para almacenaje o cámara. En este momentos se abriría uno de los huecos de comunicación con la capilla (UE 1065) y se ciega el hueco inferior de la torre (A130, UE 2010, 2028) que quedaba ahora en el interior de la casa. El nivel de la solería queda marcado por la huella del revestimiento sobre el muro de la capilla (UE 1057). Se produce una ampliación de la edificación anterior aumentando la altura de la cubierta inclinada para añadir una segunda planta habitable donde antes sólo existía una cámara. Esta estancia tendría un nuevo falso techo y un sobrado, produciendo una nueva cubierta inclinada (UEs 1006, 2013) que al elevarse apoyaría en la parte superior del muro de la capilla. Situamos en este momento la rotura de la parte superior del muro (UE 1005), aunque también pudo producirse al demoler dicha cubierta posteriormente. Si a estas obras añadimos la reforma barroca de las fachadas oeste y sur formando un conjunto compositivo, la norte adquiere un carácter residual y secundario, casi de trasera del edificio. La torre apuesta claramente por una nueva configuración urbana al quedar alineada con la calle San Miguel, que desciende hacia el ayuntamiento, asumiendo el papel de hito urbano lejano. El objetivo de esta operación pudo haber sido el uso como planta habitable del espacio que antes era una simple cámara, llegando así al nivel de coronación de las naves laterales. Aún se conserva alguna imagen fotográfica de esta cubierta (Fig. 7). Además de la edificación mencionada podemos situar en este período otra serie de actuaciones como son: Esta operación puede estar vinculada con la reforma efectuada en torno al año 1717 de la fachada sur y oeste del templo, que trajo consigo la reconstrucción de todos los arbotantes de este flanco, semejantes constructivamente al que tratamos. • La construcción del retablo, en 1768, supuso el cegado del hueco anterior que servía de comunicación entre la casa y la capilla, y la apertura de un nuevo hueco junto a dicho retablo (A127; UE 1064). Quizás esta reforma de la distribución interior de los enseres de la capilla pudo suponer también la apertura de una pequeña hornacina en el muro lateral de la misma (A121; UE 1045) para uso de enseres litúrgicos, pues el resto de las paredes estaba ocupado por altares y la puerta mencionada. En 1956, en el espacio ocupado por la antigua edificación junto a la torre y a la capilla, se construye una vivienda para el coadjutor de la iglesia (Fig. 8). Este edificio tenía acceso por la calle de las Siete Revueltas, por lo que el nivel de solería de la planta baja se situó por debajo del existente hasta entonces. Los muros de esta nueva edificación estaban construidos con fábrica de ladrillo macizo de un pie del que quedan restos junto al terreno (UE 1004, 1039) y huellas del encastre de éstos en la fábrica de la capilla y de la torre (UE 1016(UE, 2015(UE, 2016)). Podríamos situar por esta época la apertura de uno de los huecos en la parte superior del muro de la capilla (A118; UE 1025) para el apoyo de una viga de carga que queda reflejada en los planos del proyecto. Aunque pensamos que el origen del hueco inferior a éste (A118; UE 1024) pudiera haberse realizado junto con la construcción de la capilla, es posible que esta intervención motivara su deterioro o pérdida de piezas originales que le confieren el actual aspecto de ruina. Tras la demolición de la casa, en las restauraciones llevadas a cabo en la década de los 70 de este siglo, se han sucedido años de precariedad estructural y degradación, en las que han quedado expuestas las heridas producidas en la fábrica durante todo este complejo proceso evolutivo. La grave inestabilidad que se observaba hicieron necesaria la colocación de un apuntalamiento (que intencionadamente no hemos introducido en la lectura paramental para no hacerla más compleja) así como el retacado de mechinales y huellas existentes. En resumen, el proceso de transformaciones que concluye con la destrucción de estas dependencias nos muestran un progresivo aprovechamiento del inmueble a costa de la estructura de la capilla, que quedó totalmente oculta, transformó radicalmente el espacio existente y provocó un descalce de la cimentación, lo que sumado a los efectos anteriormente descritos han concluido en su ruina, tal como resumimos en los esquemas gráficos adjuntos (Fig. 23). A modo de conclusión, proponemos algunas reflexiones en torno a las etapas y circunstancias de este estudio: • Ante las perdidas sufridas en el devenir histórico de este edificio, era urgente registrar y documentar sus huellas con el mayor rigor y con los enfoques disciplinares más amplios, e incorporarlas como parte de la propia esencia del edificio. • Los datos obtenidos a partir de los trabajos realizados nos han permitido reconstruir no sólo las transformaciones sufridas por el edificio, sino el propio origen de su grave estado estructural. Conocemos ahora cómo hemos llegado a la penosa realidad actual, suma de la propia precariedad de la construcción, de las desacertadas reformas coetáneas y, sobre todo, de la decisión final de aplicar un criterio de restauración basado en «demoliciones selectivas», de tristes consecuencias para nuestro patrimonio. Es quizás este último el síntoma más perceptible de un modo de pensar el monumento como imagen recreada de una época, evitando el mestizaje y la compleja y difusa realidad que forma parte de su propia esencia patrimonial. • Cada uno de los resultados de estos trabajos previos debe verificarse con los datos que puedan obtenerse durante la intervención, pues ésta constituye un momento especial e irrepetible en la propia historia del edificio. En ocasiones, dichos datos son tan vulnerables y efímeros como necesarios para su comprensión. Podríamos en esto realizar un paralelo con la actividad arqueológica tradicional en el subsuelo, donde muchos elementos desaparecen en el propio proceso de investigación, requiriendo de un registro exhaustivo. Por lo tanto, el método seguido pretende que los trabajos no se concluyan como compartimientos estancos dentro de la investigación global del edificio. • En lo que respecta al propio proyecto arquitectónico que sigue a estos trabajos previos, éste intenta responder a cada uno de los problemas planteados aquí. Quiere esto decir que la fase de realización de los trabajos previos es el momento de las preguntas, de llamar la atención en aquellos aspectos que se han de considerar; de definir los valores del propio edificio como objeto arquitectónico y como patrimonio. Estas valoraciones exigen estrategias y métodos precisos, que a la vez sean lo más racionales y científicos posibles, sin olvidar la componente interpretativa siempre presente. • La respuesta del proyecto parte de estas premisas, planteando soluciones que dejen abiertas futuras interpretaciones a partir de datos que ahora quizás no llegamos a valorar en toda su dimensión. El caso que nos ocupa es quizás excesivamente concreto para establecer un juicio más genérico, pues no trata de rehabilitaciones, ni cambios de uso, ni reformas de sus volúmenes, sino de tratamientos para evitar, por un lado, el colapso de su esencia material y, por otro, la pérdida de sus valores. • El proyecto planteado intenta devolver al edificio su consideración como tal, más allá del valor actual de resto fragmentado y roto. No se trata de recomponer nada más allá de lo existente, sino de revisar el modo aleatorio y confuso en que se presentan los acontecimientos. Como prioridad está la capilla, por otro la fachada norte del templo y por otro las huellas que han quedado expuestas en sus muros de forma accidental y que ahora comprendemos. A partir de lo expuesto, planteamos que la capilla, el muro norte y los estribos son tres piezas que deben entenderse como principales. Sus atributos de figura, tamaño, textura deben ser prioritarios en su visualización. Y sobre éstos, el conjunto de huellas que expresan sus circunstancias particulares, su historia, que deben entenderse como elementos de fondo, minimizando su presencia sin llegar a perderlos, a favor de los elementos principales. El proyecto, como interpretación de estos valores, admitirá todos los matices que seamos capaces de aportar en el propio proceso de la obra con los materiales y tratamientos previstos.
Tiziano Mannoni fue topógrafo, experto en sistemas de telecomunicación y doctor en Scienze Naturali. Su primera dedicación fue la enseñanza, siempre interesado por la didáctica. En 1941 comenzó como profesor en la Facultad de Ciencias, encargado de la enseñanza de Giacimenti minerari, y de Storia dei materiali en las de Arquitectura y de Letras de la Universidad de Génova. Su docencia continuó en la de Arquitectura con Rilievo e Analisi Tecnica dei Monumenti Antichi. Enseñó además Arqueología, Archeometría y Tecnología de Materiales en la Facultad de Letras y en las Escuelas de Especialización en Restauración y en Arqueología de la Universidad de Génova; y en las Escuelas Especial para Arqueólogos Medievalistas de la Universidad de Pisa y de Especialización en Restauración de Monumentos de la Universidad Politécnica de Milán. 1956) fue decisiva para formarse como arqueólogo. Desde los años setenta del siglo pasado se convirtió en una referencia del pensamiento arqueológico, promotor de su rigurosa implantación y de su correcto desarrollo. Su actividad y sus ideas las plasmó en más de 550 publicaciones, entre ellas sus libros La ceramica medievale a Genova e nella Liguria (1975); Marmo. Architettura tra Storia e Archeologia (con I. Ferrando, 1995); y Archeologia della produzione (con E. Giannichedda, 1996), que han visto varias ediciones y traducciones al inglés, alemán, francés y español. Sus principales artículos los reunió en una colección imprescindible, Venticinque anni di Archeologia Globale, con 150 trabajos dedicados a urbanística, despoblados y arqueología medieval, arquitectura, producción y arqueometría. Fue un ciudadano preocupado por la defensa del patrimonio de su querida tierra ligur y por la creación de instrumentos sociales que permitieran dicha defensa desde una base científica rigurosa y una correcta divulgación. En 1971 funda Notiziario di Archeologia Medievale y tres años después colabora en la fundación de la revista Archeologia Medievale, de la que fue codirector desde 1977. En 1985 es director de la publicación periódica Studi e Ricerche. Su carácter emprendedor se hace evidente en las fundaciones que promueve de centros de investigación: en 1969, el Centro Ligure per la Storia della Cerámica; en 1976, el Centro Ligure per la Storia della cultura materiale, transformado en 1981 en el Istituto di Storia della cultura materiale, ISCUM, donde formó un importante grupo de discípulos; en 1985, Scienza e Beni Culturali (reuniones anuales de Bressanone) y en 1994, la Società degli Archeologi Medievisti Italiani, de la que fue nombrado presidente honorario en el año 2000. Planteó una visión integradora y universalista de la Arqueología como Ciencia Histórica. Su punto de partida fue la Arqueometría que utilizó desde sus primeras publicaciones para el estudio de las cerámicas y que consideró siempre fundamental para la interpretación de los estudios arqueológicos. Concibió la Arqueología como el estudio de la cultura material, esto es, de todo el saper fare humano. Por ello utilizó el término cultura material para denominar a su Instituto, el ISCUM. Esta concepción le hizo definir un amplio abanico de estudios arqueológicos que unificó como Archeologia globale. Una arqueología general y comprensiva, interdisciplinar y privada de limitaciones cronológicas, cualitativas, analíticas o académicas. Su propuesta fue la del diálogo y el contraste de ideas. Tenía la capacidad de teorizar en breves páginas los saberes en los que era maestro, sistematizando sus componentes, describiendo sus objetivos y proponiendo sus estrategias de estudio. Sus preocupaciones y definiciones abarcan, así, una larga lista. La documentación planimétrica, la topografía histórica, la Geología, la Arqueometría y los estudios de Metalurgia forman parte de su primer bagaje profesional. Y propone e innova en Arqueología Medieval, Postmedieval e Industrial; Arqueología del Territorio o del ambiente natural; de los centros urbanos; de la Producción, de las maestrías y el artesanado y del comercio; de los castillos; Cronotipología y Mensiocronología; Arqueología de la construcción o de la arquitectura; de los materiales y de su degradación y conservación; de las vías y puertos; y Arqueoastronomía. Los que trataron a Tiziano Mannoni reconocen en él, como se demuestra en sus publicaciones, una persona sincera, poco amigo de halagos, culto, profundamente conocedor, investigador apasionado, abierto a la relación con sus alumnos y sus colegas, lleno de curiosidad intelectual por todo e inteligente, agudo y sagaz en sus análisis, pionero, que nos dejó una amplia obra de reflexión metodológica. LUIS CABALLERO ZOREDA Instituto de Historia.
Toda obra arquitectónica necesita de una proyección previa que implique la definición y justificación de sus formas y proporciones, proyección que, a menudo, viene modificada por la realidad ya existente o, en casos de periodos constructivos largos por cambios de opinión, de finalidad o, incluso de promotor. Es el caso del Concilium Provinciae Hispaniae Citerioris de Tarraco, un gran complejo monumental de más de 12 hectáreas de extensión, que necesitó un periodo de tiempo de construcción de entre 70 a 75 años. Los restos arqueológicos conservados permiten la identificación de dos proyectos arquitectónicos sobrepuestos que implican un profundo cambio de proyecto durante el proceso constructivo. Hay una arqueología de la arquitectura, entendida como la lectura y estudio con metodología arqueológica de la arquitectura. Pero también hay una arquitectura de la arqueología, el estudio arquitectónico de los restos arqueológicos, cuyo objetivo final no es otro que entender y explicar (tanto diacrónica como sincrónicamente) un edificio o monumento a partir de los restos que de él se han conservado. Es obvio que, dentro de esta perspectiva, se puede afrontar el estudio arquitectónico de restos arqueológicos desde varios enfoques diferentes y necesarios en tanto y en cuanto se centran en algún aspecto parcial de una totalidad. Estos serían el estilístico, el técnico, el historicista, el funcional y el formal. Estilístico: Estudia como son los restos, sus elementos decorativos y su disposición. Intenta encuadrarlo dentro de grupos taxonómicos y ver posibles influencias o variaciones del patrón teórico original. Es un tipo de enfoque muy vinculado a la historia del arte e historiográficamente quizás el más habitual. Técnico: Estudia cómo está hecho, qué técnicas constructivas se han utilizado. Analiza, si se puede, el juego de solicitudes de esfuerzos, tanto los originales como los sobrevenidos a lo largo del tiempo, así como las soluciones técnicas que se han aplicado. Sus lesiones, colapsos, etc. Historicista: Lo encuadra cronológicamente e intenta explicar sus vicisitudes. Hace el análisis diacrónico y evolutivo de los restos. El momento de su construcción, los cambios sufridos, su periodo de vida, su propiedad, etc... Es, quizás, el enfoque tradicionalmente más utilizado en arqueología. Funcional: Aquí se intenta explicar su uso, las funcionalidades que ha tenido, por qué se construyó, como se utilizó este edificio y los usos y usuras que ha tenido a lo largo de su vida. Formal: Analiza la forma cómo nos ha llegado el edificio. Cuál era su forma original, o cual era la forma que se deseaba, qué variaciones ha sufrido y, sobre todo, porqué su forma es la que es y no es otra. Es una obviedad apuntar que todas estas lecturas están fuertemente interrelacionadas unas con las otras y que sólo un estudio que los trate conjuntamente se podría considerar un estudio completo. En este artículo no se pretende hacer un estudio global de unos restos arquitectónicos determinados (esto trascendería la finalidad y la capacidad de un simple artículo), sino profundizar en uno de estos enfoques particulares, uno de los aspectos, quizás, tradicionalmente menos estudiados, pero que puede aportar información muy significativa y trascendental: el estudio de la forma. Afrontar un monumento determinado desde la forma en que se pensó hasta la que nosotros conocemos. LA IMPORTANCIA DE LA FORMA Se podría definir la arquitectura como la habilidad de ocupar y organizar el espacio 1. Este espacio se organiza mediante el uso y la combinación de diferentes formas, que se materializan a partir del uso (o de la ausencia) de los elementos constructivos (muros, cubiertas, espacios abiertos, etc...). Con respecto a la forma final de un edificio, esta se consigue básicamente con el uso múltiple de un determinado número de formas simples (normalmente pocas) y de las interrelaciones que entre ellas se establecen 2. O dicho de otra manera, la forma final de un edificio se establece a partir del dimensionado de unas formas generatrices y de las proporciones que se establecen entre ellas. Y mencionamos el término proporción, puesto que este y la forma están completamente vinculados y no tienen sentido uno sin el otro (Scholfield 1971). Para entender la importancia de la forma dentro de la arquitectura (y por lo tanto lo importante que es comprender la forma para comprender la arquitectura) se ha de entender el proceso constructivo, sobretodo el momento de la idealización y proyección del edificio. Se debe tener presente, principalmente, que la arquitectura no es sólo funcional; la arquitectura también sirve (a veces fundamentalmente) como medio de expresión ideológica, como una creación con un fuerte componente semántico. Un edificio, un monumento, es mucho más que un objeto físico fabricado por el hombre. Es la materialización de una voluntad y de una capacidad determinada. Todo edificio nace a partir de una decisión o de una necesidad. Alguien quiere, o necesita, conseguir unos objetivos concretos y para hacerlo ha de organizar un espacio de una forma determinada. Y lo hará de una manera específica, condicionado, en primera instancia, por esa misma voluntad que dictará la forma. No tendrá la misma forma una estructura destinada a defender un área determinada, que otra que debe permitir conservar alimentos o de aquella destinada a baños. O de una con objetivos funerarios. No en vano a partir de la forma es fácil deducir el tipo y la función de un edificio. Con posterioridad, se sitúa la capacidad (técnica, económica, organizativa) de poder materializar esta voluntad y todos aquellos factores externos que pueden interferir en el proceso (cambios en la voluntad o en la capacidad, la usura del tiempo, los factores históricos...). La conjugación de todos estos elementos serán los que, en última instancia, darán la forma final en la que nos ha de llegar ese edificio. Decíamos que primero hay una voluntad, la cual está profundamente condicionada por el entorno cultural y social en el que se sitúa. Las concepciones y percepciones religiosas, de interrelación social, la forma de entender el espacio, los usos y hábitos, la propia psicología personal, y un largo etc. determinarán de qué manera se materializa esta voluntad. Y esta, para poder hacerse realidad, necesita de una planificación, que puede estar más o menos verbalizada. Es cierto que la forma de un edificio está destinada a cubrir las necesidades para la cual se ha construido, pero no es menos cierto, que los condicionantes ideológicos sociales y culturales pueden influir tanto o más que los factores de tipo práctico. Se podría decir, que para lograr un objetivo determinado, hay múltiples posibilidades formales. Y es en la selección de una u otra de estas posibilidades dónde intervienen de manera muy intensa estos condicionantes; el cómo se entiende y cómo se percibe el concepto (y la funcionalidad social) del edificio arquitectónico. Evidentemente, cuánta más carga simbólica y representativa tenga un edificio, más peso tendrán los condicionantes ideológicos 3. Podemos decir, pues y sin miedo a exagerar, que la idiosincrasia y el bagaje cultural-filosófico determina, en numerosos casos, de manera fundamental la forma de la arquitectura. O, como decía Van der Rohe (1924), la «arquitectura es la voluntad de la época traducida a espacio». En consecuencia, si los parámetros ideológico-culturales intervienen de forma decisiva en la forma de un edificio, se puede deducir que a partir del análisis de la 1 Hacemos nuestra la siguiente cita de Gilles Ivain «La arquitectura es la forma más simple de articular el espacio y el tiempo, de modular la realidad, de hacer soñar. No es sólo una articulación y una modulación plástica, expresión de una belleza pasajera, sino también una modulación influencial que se inscribe dentro la curva eterna de los deseos humanos y de los progresos en la materialización de dichos deseos» (Ivain 1958). 2 «La arquitectura es arte en su sentido más elevado, es orden matemático, es teoría pura, armonía completa gracias a la exacto proporción de todas las relaciones: Esta, y no una otra, es la función de la Arquitectura» (Corbusier 1923). 3 Tenemos un ejemplo muy ilustrativo con la forma de la mayor parte de las iglesias cristianas que presentan una planta en forma de cruz. Aquí la forma viene definida, casi en exclusiva, por la utilización de un determinado símbolo con fuertes connotaciones religiosas. Lo mismo sucede con los baptisterios octogonales, en los cuales su forma (de ocho lados) viene definida por concepciones mágico-religiosas. Estos son dos ejemplos de cómo los aspectos simbólicos determinan la forma del edificio (López y Puche, en prensa). forma de un edificio se puede ser capaz, teóricamente, de ver y entender los conceptos ideológico-culturales de sus constructores. Como se entendió y como se concibió ese espacio determinado. Y para entenderlo tenemos que pasar, obligatoriamente, por el concepto de proyección. Ya hemos señalado que toda construcción (no sólo arquitectónica), por su propia naturaleza, implica necesariamente una proyección previa, una visualización de cómo ha de ser y de cómo han de ir distribuidas sus partes. Es obvio que cuanto mayor y más compleja sea, más clara y evidente habrá de ser su proyección; para hacer una mesa o un chamizo, sólo hará falta una visualización interna, tener claro mentalmente cómo debería ser y cómo situar y colocar los elementos que lo configuran. Por el contrario, si lo que se quiere construir es una gran domus, o un edificio público monumental, aquí la proyección tendrá que ser mucho más explícita, compleja y capaz de resolver verbalmente todas las interrogantes que se planteen (Taylor 2003, 36-37). Y a la hora de verbalizar la proyección de un elemento, es especialmente importante definir la forma y cómo esta se organiza; cómo se distribuyen las diferentes medidas (alzado, longitud, ancho) y volúmenes y cómo se relacionan entre sí. Estamos hablando, simplemente, de proporción y de modulación. Es obvio que estos no son los únicos elementos que intervienen a la hora de definir la forma y dimensiones de un edificio; la utilidad, la estabilidad estructural, los factores económicos y las limitaciones técnicas del momento, son otros determinantes a la hora de definir la forma de una construcción. Estos elementos, una vez establecidos, pueden ofrecer, tal y como ya se ha apuntado anteriormente, una gran cantidad de posibles soluciones. Y es la proporción (o mejor dicho la teoría de la proporción que se aplique en ese momento) quien determinará cuál de las numerosas opciones posibles es la más conveniente y adecuada. Se debe tener presente que, en contra de una opinión muy generalizada, la proporción no tiene una única finalidad estética, sino que está íntimamente ligada a la economía de proyección y construcción. El hecho de establecer un modelo coherente de formas y medidas facilita enormemente los trabajos de proyección y, sobre todo, los de construcción. No olvidemos que en una edificación interviene un gran número de personas y a menudo de campos profesionales muy diferentes (albañiles, canteros, carpinteros, herreros, etc). Trabajar con un sistema en el que las medidas de los elementos mantienen una coherencia y proporción interna facilita enormemente la conjunción de trabajos tan dispares. No obstante, es cierto que, pese a esta indudable utilidad, en la proporción también interviene, y no de forma marginal, la cuestión estética. La distribución de formas dentro del espacio no siempre resulta agradable a la percepción humana y, por lo tanto, es de esperar que haya una tendencia natural a buscar y crear combinaciones de formas agradables, estéticas. Aunque no sea un axioma universal, es evidente que unas determinadas proporciones son más agradables a la vista que otras. No siempre y no para todo el mundo, pero es indiscutible que ciertas combinaciones de dimensiones tienen una mayor aceptación (Scholfield 1971, 21 y Livio 2006, 199) 4. Y esta es la razón por la cual algunas de ellas son, estadísticamente, más repetidas que otras, con independencia del marco cultural y cronológico5. La principal razón de este fenómeno no estriba únicamente en una causa genético-psicológica, sino que hay motivaciones de carácter matemático y geométrico. Precisamente las proporciones más habituales son aquellas que presentan una serie de propiedades matemáticas y geométricas peculiares y, a menudo, únicas. Propiedades que permiten la construcción, de manera simple, rápida e intuitiva, de formas complejas a partir de formas simples. Cuando hablamos de proporciones, hablamos, evidentemente, de simetría y módulo. ¿Qué se entiende exactamente por simetría y cómo se define módulo? Este sería un tema largo a desarrollar y que se merecería un tratamiento extenso y profundizado, sobre todo si se considera que son dos términos que tienen significados matizados en cada periodo histórico. No obstante, y siendo consciente del riesgo que corremos al simplificar (y banalizar) su explicación, se puede decir que la simetría es la relación ordenada y coherente entre dos o más formas o medidas y el módulo la forma básica que, repetida, configura la forma general. Evidentemente, son dos términos íntimamente interrelacionados; el módulo necesita la simetría para poder configurar elementos superiores, de la misma manera que la simetría hace uso del módulo para establecer las relaciones entre las partes. Para poder entender esta interrelación, se tiene que tener muy claro un concepto básico: en arquitectura, el resultado de la proyección (es decir el edificio), para que sea útil (y estético6 ), debe ser un complejo armónico y ordenado, y esto se puede conseguir, básicamente, con el uso repetitivo y coherente de formas básicas. La repetición ordenada de formas simples crea un sistema fácil de proyectar y, obviamente, fácil de construir. Pudiéndose legar a eliminar la necesidad de cálculo. Se ha de recordar que, históricamente, tanto la proyección como la ejecución de una obra se han realizado a partir de la geometría, no de la aritmética. Se define el edificio a partir de cuerdas, arcos y alineaciones, tanto sobre el papel como sobre el terreno7 (Fig. 1). A partir de la práctica y de la lógica constructiva se puede extraer una última conclusión. Los principios de efectividad, economía y simplificación dan sólo un número reducido de posibles combinaciones de formas y medidas factibles. Es decir, que entre las infinitas posibilidades constructivas que puede dar la proporción, solo un número reducido de ellas cumple con las exigencias de economía, solidez y armonía. Sin descartar para nada el uso de otras muchas, las proporciones más habituales son, naturalmente, las más simples, las aritméticas basadas en números simples: 1/1, 2/1, 3/1, etc. Pero no es nada extraño encontrar proporciones basadas en fracciones que dan números inconmensurables, 1/√2, 1/√3, f, etc. No nos debe sorprender el uso común de estas últimas. Su facilidad de construcción, simple e intuitiva, y el enorme juego que dan sus propiedades geométricas las hacen especialmente útiles y atrayentes. Es cierto que algunas de estas proporciones, en determinados momentos o ámbitos culturales, han adquirido un valor semántico concreto, un valor buscado y argumentado en principios mágico-filosóficos. Pensamos, principalmente, en la llamada proporción aurea, la proporción f, cuyo uso semántico se debe a la búsqueda de un argumento que explique la peculiaridad de sus propiedades y el porqué aparecen de forma natural, espontánea y de manera armónica, en multitud de situaciones. PROPIEDADES BÁSICAS DE LAS PROPORCIONES MÁS USUALES Proporción 1/1 (Fig. 2) La proporción 1/1 es muy simple, un cuadrado dónde sus dos longitudes (largo por ancho) son idénticas. No tiene más explicación. Se podría relacionar con el círculo, pues las dos formas son básicas y tienden a enmarcar un espacio en que las dimensiones tienen un único valor. Precisamente por su simplicidad, es una forma muy dúctil y presenta una infinidad de posibilidades. Las otras proporciones simples 2/1, 3/1, etc. son simplemente una multiplicación de la anterior. Presentan la peculiaridad de ser rectángulos construidos a partir de cuadrados, pero que a la vez pueden volver a construir otros cuadrados. Dos cuadrados forman un rectángulo de proporción 2/1, y dos rectángulos de estos tipos unidos por el lado largo dará otro cuadrado 2/2, que será 4 veces el cuadrado original (Fig. 2). (Fig. 3a) Pese a la aparente complejidad de su definición, se visualiza con un rectángulo construido a partir de un cuadra-do, en el que el lado largo tiene la misma longitud que la diagonal. Parece una proporción compleja pero, en el fondo, es de una gran simplicidad constructiva. Geométricamente hablando, ya que aritméticamente genera un número irracional (1 dividido por raíz de 2 sólo se puede representar como fracción), y como tal no tiene una solución numérica simple. Pero repetimos lo dicho anteriormente. En arquitectura, históricamente, la proyección y su cálculo se basa en la geometría. Si una forma tiene fácil solución geométrica, aunque aritméticamente sea compleja, su uso será, necesariamente, fácil y simple. Phi (Fig. 3b) La proporción phi (o f) es la llamada proporción aurea. Es aquella que matemáticamente se puede determinar con la ecuación x 2 =x+1. Al igual que la anterior, parece compleja y también genera un número inconmensurable. Pero también al igual que la anterior, es de una construcción geométrica de extrema simplicidad. De un cuadrado se construye un rectángulo a partir de la diagonal que se dibuja desde el punto central de uno de sus lados hasta uno de los ángulos hallados. Esto da una proporción en la que el lado largo dividido por el pequeño es igual que la suma de los dos lados dividido por el largo. Este hecho, tanto matemática como geométricamente, da un juego increíble de una potencialidad asombrosa. De hecho, y por esta razón, la proporción phi se encuentra en infinidades de ejemplos en la naturaleza, desde nivel molecular hasta la distribución de las nebulosas, pasando por la filotaxis (crecimiento de las hojas de los árboles) 8. No es de extrañar, pues, que esta proporción haya sido siempre objeto de especial atención y se la haya considerado, en determinados momentos, bajo una óptica mágica o divina 9. Se ha discutido mucho sobre su uso en época antigua (Wilson Jones, 2003; Markowsky, 1992) y se duda, incluso, que se aplicara en arquitectura antes del Renacimiento. Todavía se discute su aplicación en el mundo griego y Fig. 2. Proporción 1/1 y sus múltiples 8 Se debe recordar la estrecha relación que hay entre esta proporción y la conocida serie numérica de Fibonnaci (1-2-3-5-8-13-21-34-55...), en la que cada número es la suma de los dos anteriores. Esta serie presenta la peculiaridad de que entre un número y el consecutivo se establece una relación aurea (más cercana cuando más grande sean los números). Así, las proporciones establecidas a partir de números consecutivos de Fibonnaci se pueden considerar proporciones áureas: 5-3, 8-5, etc. Esta serie aparece definida por primera vez en el capítulo XII del Liber Abaci, de Fibonnaci. 9 La primera en atribuirle propiedades mágicas y darle un valor semántico propio, basado en conceptos filosóficos, fue la escuela pitagórica ya desde el siglo V a.C. Euclides, en su Elementos, la define y la describe matemáticamente. Sin olvidar que según Platón era la proporción que más abundaba en la naturaleza. LA PROPORCIÓN EN ÉPOCA CLÁSICA Hasta ahora se ha intentado ver y analizar esquemáticamente cuál es el concepto de proporción así como su peso y valor dentro del hecho arquitectónico. Pero ¿qué pasa en el mundo clásico? Es obvio, por la complejidad y dimen-siones de sus construcciones, que hay y se aplica un concepto particular de proporción y modulación. Más difícil es intentar entender y describir cuál es ese concepto. Este sería un tema de estudio extensísimo sobre el que, quizás a veces, se ha hablado demasiado y de forma bastante frívola 11, muy a menudo llegando a conclusiones completamente contradictorias. Más que en el estudio directo de los edificios, donde se puede captar cuál podría ser la concepción que se tenía de la proporción es en las fuentes históricas, en los tratados matemáticos, geométricos, filosóficos y arquitectónicos de la época. Tenemos un conocimiento muy precario de cómo era la concepción antigua de la proporción y de cómo esta se aplicaba, pero es indiscutible que la tenían y que eran conscientes de ella hasta el punto de poder verbalizarla. Vitrubio, el autor de la única obra clásica que nos aporta información directa del concepto de proporción en la arquitectura, es de gran ayuda, aunque totalmente insuficiente. En su obra parece dar por supuesto que el lector es conocedor de los principios teóricos de la proporción, lo que podría explicar su carencia de concreción al respeto. Lo que sí se ve claro es que Vitrubio consideraba que el conocimiento y la aplicación de los principios de la proporción eran imprescindibles en la arquitectura. No en vano, en el capítulo II del primer libro (en el capítulo I habla del oficio de arquitecto) enumera las partes en que consta la arquitectura; Ordenación, Euritmia, Simetría, Decoro, y Distribución, en este orden y define la primera de ellas, la Ordenación, como «...la apropiada comodidad de los miembros en particular del edificio, y una relación de todas sus proporciones con la simetría. Se regula por la Cantidad, que en griego se llama posotés. Y la Cantidad es una conveniente dimensión por módulos de todo el edificio y de cada uno de ellos» (Vi, I, ii, 14). Más adelante habla de la Disposición que la define cómo «...una apta colocación y efecto elegante de la composición del edificio...» (Vi, I, ii, 15) y, cuando describe sus tipos (Icnografia, Ortografía y Scenegrafia), describe, de hecho, las formas de representar gráficamente un edificio: planta, alzado y perspectiva. Por si hubiera alguna duda de la importancia que le da a la proyección y al papel que en ella tiene la proporción, insiste en el tema en el capítulo II del libro VI cuando dice, proporción y a la ordenación de los módulos. Y esto es el que ahora nos importa, saber que en época romana hay una proyección previa a la construcción y que en esta proyección participan los conceptos geométricos de módulo y proporción (Taylor 2003, 44). No entraremos a analizar cuál era ese concepto de proporción, qué es lo que se consideraba un edificio bien proporcionado, este es otro tema que necesitaría un estudio particular14. Lo que queremos es intentar analizar los restos que han llegado a nosotros para ver qué tipos de proporciones se utilizaron, y cuáles eran los parámetros geométricos básicos aplicados en la proyección de un edificio determinado. No es un trabajo fácil y a menudo resulta imposible: La implantación en el terreno del modelo teórico, las modificaciones en curso de obra, las remodelaciones posteriores, las destrucciones sufridas o el conocimiento parcial que se pueda tener de una construcción en concreto pueden enmascarar totalmente la proyección original de un edificio de época romana. En compensación, si en un edificio parcialmente conocido se consigue establecer el módulo y la proporción, se puede teorizar con base sólida sobre las partes ausentes, al mismo tiempo que aproximarse, no ya a la realidad del edificio o de un espacio concreto, sino a la concepción que se tenía de él. Es necesario recordar que en la proyección, en la verbalización de lo que se quiere construir, es donde el constructor (o el promotor) imprime su idiosincrasia, su filosofía, su voluntad y su visión de cómo debería ser la arquitectura. Después ya vendrán los problemas de capacidad técnica, organizativa y económica, los condicionantes físicos del lugar dónde se implanta la obra, los factores sociales, económicos y históricos, el paso del tiempo, etc, factores que desvirtuarán, en un grado u otro, ese modelo teórico incial. No obstante, todo esto es a menudo posible de reconstruir, de definir cómo se quería que fuese esa forma original. Y es esto lo que se busca cuando se hace el estudio de las formas y proporciones de un edificio: intentar ver que es lo qué se quería hacer, qué implica esta voluntad, cómo se ha construido, qué modificaciones ha sufrido y por qué las ha sufrido. Hay un elemento temporal que deja rastros difíciles de percibir y complicados de entender, que influye en gran medida tanto en la forma como en la conceptualización del edificio: el proceso constructivo. Y más si consideramos que en la arquitectura romana este puede llegar a tener tanta importancia, si no más, que la propia obra en sí15. Remarcamos este hecho porque a menudo la presencia de determinados elementos o formas solo se pueden entender desde esa perspectiva, así como el uso de determinados materiales o técnicas que se antojan económicamente inviables o extremadamente costosos. niae Citerioris (CPHC) (Fig. 6). Es un conjunto arquitectónico conocido de antiguo y repetidamente estudiado desde varias ópticas que, no obstante, se han centrado planimetría referida a la Part Alta de Tarragona proviene de la publicación de la Planimetria Arqueològica de Tarragona (Macias et alii 2007) o es una reelaboración de la misma. mayoritariamente en los proyectos decorativos, en la cuestión cronológica y en la definición y descripción de los espacios 17. Sólo conocemos dos intentos de estudio compositivo diversos al nuestro, el realizado por Cortes y Gabriel (1981) y otro publicado recientemente (Martín y Rovira 2009). El primero, al estar basado sobre la planimetría disponible en ese momento, claramente insuficiente y errónea, presentaba unas conclusiones muy limitadas (Fig. 7). Aunque se debe reconocer que pese a esos grandes inconvenientes consiguieron definir un discurso lógico y coherente. Más compleja y elaborada es la propuesta de Martín y Rovira (2009). De hecho, con ella han realizado una monografía que aporta interesantes elementos de discusión, llegando a conclusiones sensiblemente diferentes a las nuestras. Estos autores proponen una modulación basada en el uso de la raíz de 3 a través de la construcción a partir de la vesica piscis y el uso de un módulo de 100 pedes de longitud (Fig. 8), con lo que justifican la forma de la realidad arqueológica conocida 18. Tanto esta última publicación, como nuestra propuesta, se ha podido realizar gracias al progreso en la investigación arqueológica de estos últimos años y, fundamentalmente, a la publicación de la planimetría arqueológica de Tarragona (Macias et alii 2007), la cual ha permitido posicionar correctamente la totalidad de elementos conocidos que forman parte de este gran complejo arquitectónico. Las conclusiones de los diversos trabajos realizados en el último tercio del siglo pasado hacían presumir un complejo de proyección unitaria promovido y realizado bajo la dinastía flavia 19. El área del templo, la gran plaza de representación y el circo serían partes integrantes de un único proyecto ideado con la llegada de los flavios al poder en el año 69 d.C. y finalizado bajo Domiciano. El hallazgo de diferentes elementos de decoración arquitectónica monumental de clara filiación julio-claudia y la existencia de grandes estructuras anteriores planteaban una problemática nunca bien resuelta20. De hecho, la inercia de la investigación, que desde los años 80 del siglo pasado se ha había centrado básicamente en el aparato decorativo, ha hecho que estos elementos discordantes hayan sido, a la hora de la verdad y hasta tiempo reciente, si no ignorados, al menos sí poco considerados, y que serias propuestas que explicaban su existencia no tuvieran la proyección esperada. Se daba por descontado que el gran complejo arquitectónico era, sin duda, una obra flavia y todos los datos arqueológicos venían interpretados y analizados bajo la perspectiva de este axioma. Recientemente, a partir de las últimas excavaciones arqueológicas en la catedral de Tarragona y de un análisis crítico de los datos conocidos, se ha propuesto y justificado de forma coherente una explicación a la presencia de los elementos arqueológicos preflavios. Se propuso la existencia de dos proyectos de monumentalización en la Part Alta de Tarragona (Macias et alii 2007b y Macias et alii, en prensa): uno de julioclaudio seguramente inacabado y otro flavio. EL TIEMPO DE CONSTRUCCIÓN Es indudable, dada la magnitud y magnificencia de la obra, que la ejecución y materialización de la monumentalización de la Part Alta de Tarraco tuvo que seguir un proceso complejo y dilatado temporalmente, mutante y que debió de condicionar la forma final de la obra. No es difícil imaginar, aunque por el momento imposible de cuantificar, el impacto que debió tener la construcción del CPHC en la ciudad, relativamente pequeña, de Tarraco. La notable presencia continuada de obreros y especialistas, el constante ir y venir de materiales constructivos (desde la madera hasta la piedra o la cal), la llegada de abundantes materiales líticos de importación, los equipamientos necesarios para mantener a los constructores y dotarlos de las herramientas necesarias y las infraestructuras creadas expresamente para la obra21, y todo en un largo periodo de tiempo, tuvo que marcar profundamente la cotidianidad de la ciudad y influir en su economía y en su idiosincrasia. En la praxis arquitectónica hay un elemento vital que afecta a la correspondencia real entre el proyecto inicial y la obra una vez finalizada: el tiempo. Tiempo para definir cómo debe ser y cómo se quiere el edificio y el tiempo que se necesita para hacerlo realidad. Cuando mayor sea el tiempo, más posibilidades de divergencia podremos encontrar. Sería de esperar que en una obra tan compleja como la nuestra se requiriese, necesariamente, un largo periodo constructivo, siendo la idea inicial susceptible de importantes y significativos cambios o modificaciones. Más si se considera que los grandes proyectos arquitectónicos romanos dejaban amplio espacio a la improvisación (Taylor 2003, 37-38). Cuantificar el tiempo aproximado de ejecución de una construcción es siempre difícil, pues hay muchos factores aleatorios en juego: la complejidad de la obra, los conocimientos técnicos, la disponibilidad de mano de obra o de materiales, la capacidad organizativa y económica, los cambios de voluntad o, incluso, de los promotores, etc. Sin embargo, sí que se puede hacer una idea de la magnitud del tiempo que en época clásica se podía necesitar por construir un edificio monumental22; El teatro de Pompeyo en Roma se hizo en 6 años, la basílica Iulia en 8, el anfiteatro flavio entre 8 y 10, la galería del Fucino en 11, la aqua claudia en 14, el foro transitorio en 15, la Porticus Aemilius en 20. En esos tiempos, según noticias contemporáneas a las obras, casi nunca se contabilizan los trabajos previos de estudio y redacción del proyecto. Todos los ejemplos referidos hacen mención a obras realizadas en Italia, donde la capacidad y voluntad del poder imperante es, indiscutiblemente, muy fuerte. Solo así se entiende que una obra como el coliseo se terminase en menos de 10 años, o que durante el reino de Claudio se realizasen, simultáneamente, diversas obras de gran magnitud (Galeria del Fucino, puerto di Claudio en Ostia, canalización del Tíber, los acueductos de l'Aqua Claudio y del Anio Novus24 ). Pero son indicativos de los tiempos necesarios para completar grandes obras monumentales. Lejos de Roma, donde no había los mismos recursos que en la capital ni un poder decisivo tan importante, la ejecución de grandes obras públicas seria más susceptible de sufrir problemas y retrasos importantes. Tenemos, como ejemplos, la construcción del acueducto de Nicodemia, según explica Plinio el Joven (Hist. En una carta enviada al emperador Trajano, explica los dos intentos fallidos de esta ciudad en la construcción de un acueducto en la que han invertido inmensas sumas de dinero, por lo cual pide la ayuda directa del emperador. Intentos en los que se llega a construir un largo tramo de arcuaciones que posteriormente viene desmontado, para construir uno nuevo, el cual, a su vez, también resulta inutilizable. Quizás más ilustrativo sea la construcción en el 137 d.C. de un túnel de 482 metros de longitud para el acueducto de Saldae (actual Bejaia, Argelia), donde se requirieron los servicios de Nonio Dato, un librator militar que redactó el proyecto e inició las obras. Diez años más tarde, fue llamado de nuevo ya que las obras de perforación iban francamente mal (CIL VIII, 2728), resolviendo estos problemas, de tal manera que en el 151-152 d.C. (14 años más tarde) se pudo finalmente inaugurar el acueducto. En definitiva, se puede determinar que en época clásica el tiempo de construcción de las grandes obras públicas podría contarse más por lustros que por años. En el caso de Tarragona, apenas disponemos de noticias históricas o epigráficas que nos puedan orientar sobre el tiempo empleado en la construcción de todo el complejo monumental26. Sólo tenemos la noticia de Tácito (Tácito, Ann Y, 78, templum ut in colonia Tarraconensi strueretur Augusto petentibus Hispanis permissum, datumque in omnis prouincias exemplum) sobre la voluntad de Tarraco de levantar un templo dedicado a Augusto en el año 15 d.C. Por otro lado, tenemos la opinión de varios autores (Alföldy 1991, 46; Aquilue y Dupré 1986, 5 y T'EDA 1989, 84) de que, de acuerdo a la epigrafía y a los resultados de determinadas excavaciones arqueológicas, el CPHC ya estaba en funcionamiento durante el reinado de Vespasiano (69-79). No deja de ser indicativo el dato aportado por Alföldy sobre el inicio de la colocación de basamentos de estatuas ya desde la año 70 (Alföldy 1991, 38), proponiéndose esta fecha como el inicio de las actividades religiosas (Rovira 1993, 208). Esta datación se da por definitiva y los autores posteriores aceptan como fecha de construcción del CPHC un momento cercano al año 70 d.C. (Remolà y Pociña 1999, 27), colocando el monumento dentro los grandes proyectos edilicios de época flavia. Hay, sin embargo, un elemento de praxis arquitectónica que entra en clara contradicción con este precepto. Si se considera que el CPHC es un monumento de proyección y concepción Flavia, es materialmente imposible que éste pueda estar en funcionamiento (aunque sea de forma provisional) alrededor del año 70. La dinastía flavia llega al poder el año 68, pero no se consolida hasta Vespasiano (69-79). Y una obra de tal magnitud, la cual afecta a más de 12 hectáreas con un importante volumen de movimiento de tierras y de obra constructiva, necesita a la fuerza un periodo de proyección y ejecución bastante elevado que, en ningún caso, puede ser inferior a un lustro. O una de dos, o nos encontramos con un proyecto iniciado en época Julio-Claudia, o la construcción del CPHC se debería situar en época flavia avanzada. Como las evidencias arqueológicas y epigráficas insisten en indicar una construcción Vespasiana inicial, o quizás ligeramente anterior (Macias et alii 2007b, 774) 27, a la fuerza se debe pensar en una proyección o inicio de la construcción en época julioclaudia. Las excavaciones llevadas a término los años 90 en la Plaça de la Font (AA.VV. 1999 y Gebellí 1999), lugar dónde se ubicó la arena del circo, pueden ser bastante significativas para ayudar a establecer la lógica del marco temporal en que se desarrolló la construcción del CPHC. Se descubrió una figlina y áreas de extracción de arcillas, que fueron amortizadas en un momento cercano al año 60, con un terraplén que regularizaba completamente el terreno, casi con toda seguridad como parte del trabajo necesario previo a la construcción de la arena (López y Piñol 2008, 17). Sobre este terraplén se documentan pequeños niveles de nivelación y la construcción de estructuras de carácter precario, las cuales desaparecen en época de Domiciano, cuando se finaliza la construcción del circo. Parecería evidente que nos encontramos ante los trabajos previos a la construcción del circo, pudiéndose interpretar las estructuras murarias localizadas como los restos de las instalaciones de las infraestructuras de la obra 28. Una construcción de las dimensiones del CPHC debe requerir un amplio espacio en el que colocar el campamento para instalar las barracas de los trabajadores, los talleres de reparación y construcción de maquinaria, las zonas de almacenamiento y de control de todos los trabajos... Y el espacio que ocupará el circo parecería, a priori, idóneo a tales efectos: tiene una gran extensión, en ella no se ha proyectado ninguna construcción y se dispone en la zona más adecuada para no entorpecer los trabajos y para que las partes completadas no dificulten lo que tuvo que ser un intenso y constante movimiento de personas y materiales. Bajo esta perspectiva, se deduciría que en el circo, en un momento cercano al año 60 d.C., ya se habrían iniciado los grandes trabajos constructivos en esta zona con la realización de los movimientos de tierras necesarios, trabajos que finalizarían a finales de los siglo I d.C. (Dupre et alii 1988). Como se verá más adelante, el circo forma parte indiscutible de todo el proyecto del CPHC, y por lo tanto, si los trabajos preparatorios para su construcción se sitúan alrededor de los años 60, se debe considerar, en plena lógica, que el proyecto constructivo de todo este monumento seria una obra finalizada en época flavia, pero que respondería a un proyecto iniciado durante la dinastía julio-claudia 29. Es evidente que no se pueden descartar todas las otras evidencias que indican claramente una fase constructiva flavia y que situarían dentro de esta cronología la mayor parte de estructuras arquitectónicas visibles del CPHC, lo que nos llegaría a establecer una dinámica constructiva compleja y cronológicamente evolucionada. Esta dinámica ya ha sido expuesta (Macias et alii 2007b y Macias et alii en prensa) describiéndose la existencia de dos proyectos constructivos diferenciados en la Part Alta de Tarragona. Uno, de época julio-claudia, seguramente no finalizado, y otro segundo de época flavia. Faltaría por definir dónde acaba el primero y dónde empieza el segundo, cuál sería su aspecto inicial y qué elementos serían aprovechados por el segundo proyecto. Tal y como se ha indicado anteriormente, la realización de la planimetría arqueológica de Tarragona ha permitido situar con gran exactitud (Macias et alii 2007) todos los elementos arquitectónicos arqueológicos conocidos hasta el momento actual 30 (Fig. 9). Una primera lectura y estudio de las estructuras conservadas y conocidas permiten agruparlas en tres grupos a partir de las orientaciones que presentan. De hecho, no deja de ser curioso observar este fenómeno en una construcción ortogonal como la nuestra y esto debe responder, necesariamente, a una casuística determinada y a la existencia de diversos proyectos constructivos (Macias et alii 2007 y Macias et alii en prensa). La primera la encontramos en la fachada septentrional del circo y en la figlina que había debajo de lo que después será la arena del circo. Corresponde a la orientación general de la ciudad republicana, y por lo tanto están en relación directa con ella (Macias 1999). La segunda alienación la encontramos en la gran zanja descubierta por Sánchez Real (1969) y Hauschild (1983) en el claustro y el cementerio viejo de la catedral, en la conocida como Volta Llarga, construida con anterioridad al circo, y en el gran muro de sillares situado debajo del Pretori y detrás de la grada septentrional del circo (Dupré y Subías 1993y Piñol 2000). La encontramos, también, en el cierre occidental de la plaza de representación y quizás en la galería de la calle Civaderia (Bermúdez 1992) 31. A la tercera alineación corresponden la mayor parte de las estructuras conocidas que configuran el grueso del actual conjunto monumental. Aquí se observa que tanto las medidas lineales como las angulares presentan un grado de precisión altísimo, con un error estimado que no supera el uno por ciento. Los errores angulares detectados, tanto de las esquinas de la plaza de representación como del témenos del templo, se miden más en segundos que no en minutos. En concordancia, las medidas lineales presentan el mismo grado de exactitud. Esto representa una precisión superior al uno por mil. Precisiones de esta magnitud las encontramos continuamente. Por eso sorprende la desviación del muro occidental de la plaza de representación, que provoca un error de tres metros (un error del 3%, 100 veces superior a los errores hasta ahora detectados), razón por la cual creemos que es debido más a una intencionalidad que no a un error de proyección o ejecución. EL PRIMER PROYECTO CONSTRUCTIVO Dentro de este proyecto incorporamos las estructuras que presentan una alineación de 33o 28' 4'' E -146o 31' 56'' W y que, arqueológicamente, corresponden a elementos estratigráficamente anteriores a las estructuras del que conocemos como C.P.H.C (Fig. 10). Uno de los elementos más significativos y que más información aporta a la comprensión de este proyecto es la gran zanja descubierta por Hauschild y Sánchez-Real en el claustro de la catedral (Macias et alii 2007, ficha 23). Si fuera así, resultaría que la estructura a la que iba destinada mediría 300 pies de longitud, o lo que es lo mismo, exactamente 2,5 actus. Este muro delimitaría la anchura de un amplio espacio del cual no conocemos su longitud, pero la distancia que lo separa del límite topográfico de la terraza, dónde actualmente están las escaleras de la catedral y las bóvedas de la calle Civaderia (Macias et alii 2007, ficha 77-78), es de entre 476 a 478 pies (Fig. 10 C). Esta distancia se aproxima mucho a los 4 actus (480 pies), de la cual sólo diverge un 1% (Fig. 13). Una coincidencia (o no) a destacar y que quizás reforzaría la idea de que la longitud de este espacio fuera de 4 actus es que la relación que se establece con su anchura (2,5 actus) se aproxima mucho, demasiado para ignorarse, a la relación aurea (4/2,5=1,6, siendo 1,6 f). Y precisamente esta es la misma proporción que se propone en las últimas reconstrucciones del templo de Augusto para el cual se suponen unas medidas de 44 por 27 metros (44/ 27=1,6=f, Pensabene y Mar, 2009) (Fig. 10 B). Otro elemento arquitectónico correspondiente a este primer proyecto es un gran muro de sillares, con una potente cimentación de caementicium, situado entre la gran plaza de representación y el circo (Macias et alii 2007, 30 Sobre el análisis de las formas y de la modulación de los dos diferentes proyectos ya se realizó una primera aproximación (Puche et alii 2007). 32 Siempre se ha partido de la hipótesis de la utilización, como unidad de medida, del pie romano clásico, del pes monetalis, de 0,296 m. 33 Esta zanja se ha interpretado como un proyecto no finalizado (Hauschild 1983). Recientemente se ha supuesto que corresponde a la cimentación de un primer témenos del templo de Augusto (Pensabene y Mar 2004 y 2009). Perpendicular a este muro encontramos la alineación del lado oeste de la plaza de representación (Fig 10 D). Aquí no se han documentado estructuras preflavias34, pero el hecho que este lado sea ortogonal al muro de sillares y que sea el único elemento de la fase flavia que se descuadra puede hacer pensar en la fosilización de estructuras precedentes. La distancia que hay entre el muro de sillares (Fig. 10 E) y el criptopórtico de la calle Civaderia (Fig. 10 C) es de 540 pedes (159,9 metros) o, lo que es lo mismo, 4,5 actus. La anchura de este espacio estaría definida por el ángulo del muro de sillares situado debajo del Pretori y la estructura que fosiliza el muro occidental de la gran plaza de representación (Fig. 10 D), con una distancia aproximada de 1.020 pedes, correspondientes a unos 8,5 actus. Si aplicamos el principio de proporcionalidad, hallamos que el espacio descrito anteriormente se puede definir a partir de tres rectángulos de 540x340 pedes, que presentan también una proporción aurea (Fig. 11). En resumen, y con los datos actualmente conocidos, se puede proponer la existencia de un primer proyecto de monumentalización que afectaría al entorno del área del templo dedicado a Augusto (terraza superior, Fig 10 B), al lado del cual y a una cota inferior se define un gran área rectangular aterrazada, ignorándose el uso del espacio que posteriormente ocuparía el circo. No obstante, la presencia de niveles y estructuras Claudio-Neronianas documentadas en las excavaciones de la plaza de la Font hacen pensar que ese espacio estaba plenamente afectado, de una forma u otra, por todo el proceso constructivo. Estos espacios se dispondrían en forma de rectángulo y estarían definidos por actus35 y estructurados a partir de una proporción aurea. EL SEGUNDO PROYECTO CONSTRUCTIVO Para el segundo proyecto constructivo disponemos de muchos más datos, puesto que corresponde a la monumentalización definitiva de la Part Alta (Fig. 12 y 13). El primer hecho a destacar es la constatación inequívoca del uso de un sistema decimal basado en el pes correctus 36. Es más evidente en el lado norte de la plaza de representación (Fig. 12 B) que mide 1.000 pedes, exactamente 999, 10, (todas las medidas se han extraído de Macias et alii 2007, fig. 22), medida idéntica a la que parece que tendría la grada norte del circo37. No obstante, la estructura básica parece que se organiza de nuevo en base al actus. Así, tenemos que la distancia que hay entre los muros exteriores del temenos (Fig. 12 A) es de 159,68 m, es decir 539,5 pedes, que corresponderían a 4,5 actus39, medida que ya hemos constatado en la modulación anterior, por lo que no la consideramos casual. Esto permitiría inscribir la terraza superior dentro de un cuadrado de 4,5 actus de lado. La sala axial (Fig. 12 c) quedaría fuera de este esquema y seria un elemento (en el sentido geométrico) independiente 40. En la plaza de representación (Fig. 12 B) se vuelve a encontrar esta medida entre sus límites septentrional y meridional, repitiendo, como no podía ser de otra manera, las dimensiones del primer proyecto. También nos la encontramos, multiplicada por dos, en la distancia que hay entre los exteriores de los dos criptopórticos de los lados menores (Fig. 12 h, i). Esto indicaría que la plaza de representación vendría definida por dos cuadrados de 4,5 actus de lado (Fig. 13). En este modelo teórico se encuentran, fundamentalmente, dos discrepancias: la primera, ya mencionada, es la discordancia del lado occidental de la plaza de representación (Fig. 12 i), que rompe la perfección geométrica. Sobre esta ya se ha apuntado la posibilidad de que sea una fosilización del proyecto anterior que, en un grado u otro, ya debía estar materializado en esta zona. No en vano, en esta área, a fin de regularizar el terreno, se tuvo que hacer un importante rebaje de la colina de más de nueve metros de profundidad, en una roca calcárea extremadamente dura (llamada localmente fetge de gat). La otra contradicción se halla en el hecho de que el módulo escogido incluye la anchura de los criptopórticos laterales (Fig. 12 h, i), pero no el criptopórtico meridional (Fig. 12 j; Macias et alii 2007, fichas 82, 83, 85), que quedaría fuera. Se debe observar que este último sólo existe en la mitad oriental de la plaza de representación (Fig. 12 B; en la actual plaza del Foro), mientras que en la otra mitad la plaza queda delimitada por un acusado rebaje de la colina que hace inviable e innecesario la existencia de un criptopórtico (Macias et alii 2007, 64 y ficha 86). En este caso se debería empezar a considerar el criptopórtico existente (Fig. 12 j) como un elemento de articulación entre la plaza de representación y el espacio, arqueológicamente desconocido (Pensabene 2005), situado al nordeste de la plaza y que por tanto, a nivel compositivo, sería independiente y no intrínseco al diseño geométrico. Con respecto al módulo cuadrado, volvemos a encontrarlo en el circo (Fig. 12 C), en concreto en las dimensiones del eje de la arena, que teóricamente tendría que medir 1.080 pedes. No tenemos, o no hemos sabido encontrar, ninguna justificación, dentro de este módulo o en otro de más pequeño, que sirva para definir la anchura de este último edificio41. Lo que sí resulta evidente es que su módulo se encuentra desplazado hacia el Oeste, obviamente condicionado por el espacio libre determinado por la muralla y por su función de bisagra con la trama urbana de la ciudad. En resumen, tendríamos para este proyecto un esquema compositivo organizado con cuadrados de 4,5 actus de lado. Uno superior, dónde estaría el área cultual definido por un módulo. Debajo de él se situaría un rectángulo de dos módulos, rectángulo que se repetiría en el circo, aunque descentrado por una razón topográfica (Fig. 14). Esto, con respecto al esquema general, puesto que se ha podido constatar una modulación interna que describe y justifica los diferentes elementos menores. Se observa así que la anchura formada por el podio y el criptopórtico en la plaza de representación es de 26,66 m., que son exactamente 90,1 pedes, y 90 pedes es 1/6 de 4,5 actus, medida que aparece repetidamente y que nos ha permitido definir un módulo de definición interna de todo el complejo monumental (Fig. 15). Medidas y modulación del segundo proyecto constructivo la relación entre los dos módulos se establezca en base sexagesimal no tiene por qué extrañar. Recordemos que en época clásica el 6 se consideraba uno de los números perfectos (Vi, III,1,v)42. De la misma manera que es normal en el mundo romano que las subdivisiones numéricas y métricas se establezcan en base sexagesimal. Tampoco hay que olvidar que el pes viene subdivido siguiendo un sistema doble sexagesimal-duodecimal 44. Volviendo al análisis del segundo proyecto, se puede documentar que la medida de 90 pedes (o su mitad de 45 pedes) se halla omnipresente. Si se dibuja una retícula con este módulo nos aparecen superpuestos o justificados la mayor parte de los elementos internos: los muros laterales de la plaza de la terraza superior, las aulas laterales, el interior de la sala axial y, curiosamente, el muro lateral del COAC (Macias et alii 2007, ficha 27), aunque este se haya datado en época tardía (Aquilué 1993) 45, las dos «torres de acceso» a la terraza superior (Macias et alii 2007, fichas 64 y 67), la cisterna sita bajo la calle Sta. De forma paralela e independiente a nuestro trabajo, el equipo de excavaciones de la Catedral de Tarragona definieron la sección del porticado del temenos de la plaza superior, (Macias et alii 2007b, 779-780), el cual dió una modulación idéntica a la que nosotros proponemos (módulo cuadrado de 90 pedes), conclusión que confirmaría y avalaría nuestra propuesta (Fig. 16). En caso contrario, indicaría que hemos cometido el mismo tipo de error. El monumento, la obra construida, es la consecuencia final de un proceso largo y complejo durante el cual la materia-lización de una idea predeterminada va evolucionando de forma significativa. El resultado visible es fruto de una evolución constante que nace desde el mismo momento en que alguien verbaliza la intención de construir. Y que continúa incluso después de su abandono, colapso u ocultamiento. Por esta razón, no es posible entender un elemento arquitectónico arqueológico si no se entienden sus procesos constructivos (quién, por qué, cómo y cuándo) y su evolución posterior. El gran complejo monumental de la Part Alta de Tarragona, el conocido como Concilum Provinciale Hispania Citerioris, ha sido históricamente estudiado solo desde las perspectivas estilísticas y cronológicas, pero nunca desde las proyectuales o constructivas. Considerando tanto la gran complejidad del monumento así como sus dimensiones o el hecho de encontrase «oculto» debajo de la ciudad actual, es imposible entender su auténtica naturaleza sin entender los motores de su génesis y los diversos procesos constructivos a que se vio sometido. Ignorar el tempo constructivo, el volumen del movimiento de tierras, la cantidad de mano de obra implicada, el cálculo del movimiento del flujo humano, la complejidad y extensión de las soluciones de ingeniería y de logística (muros de terraplén, drenaje, organización del trabajo, etc.) es, a nuestro parecer, un error que limita enormemente la perspectiva de estudio y, ante todo, la comprensión de este monumento. Estas ausencias explican muchas de las incongruencias que aparecen implícitas en las afirmaciones de muchos estudios, tales como dar por sentado que parte del complejo funciona prácticamente desde inicios de época flávia, siendo todo una iniciativa de época de Domiciano. Nunca nadie, que nosotros sepamos, ha planteado la paradoja de cómo en un periodo tan breve de tiempo se pudieron realizar tamaños trabajos ni ha intentado cuantificar y valorar la extensión de tierra removida y excavada. Tampoco nadie ha reflexionado cuánto tiempo se necesita para construir las diversas edificaciones. Todo ello ha sido la razón principal de la enorme dificultad de entender la gran complejidad de todo el monumento, generando un conocimiento insuficiente y falseado de la realidad. El Concilum Provinciale Hispania Citerioris nace como un concepto en una época determinada, porque hay una intención de materializarlo de una manera concreta. Pero como toda buena intención, la realidad existente, el tiempo pasado, los cambios de opinión hacen que el resultado final poco o nada se parezca a la idea original. No obstante, en ese resultado se recogen todas esas intenciones, dificultades y cambios de opinión que ha sufrido. El análisis geométrico de los restos conocidos ha aportado nuevos datos que ayudan a confirmar su existencia y a comenzar a definir un primer proyecto constructivo que quedó, en un grado u otro, inacabado, y al cual se sobrepuso otro que, probablemente46, sí fue finalizado. Se sabe además que el año 15 d C. se pidió autorización para la construcción de un templo dedicado a Augus-to, de la misma manera que la monumentalización de la Part Alta se finaliza en época flavia avanzada. Estos dos hechos, aunque separados por un periodo de más de 80 años, seguramente presentan una fuerte relación de causalidad y, a nuestro parecer, no se debe desligar uno del otro 47. La existencia de dos proyectos, o como entendemos nosotros, el cambio radical del proyecto original, las circunstancias históricas y la propia magnitud de la obra explicarían perfectamente el dilatado tiempo existente entre la proyección y la realización 48. Por lo que respecta al patrocinio, es decir quien promovió y financió todo el proyecto, aún hay mucho por dis-cutir. Aunque la iniciativa inicial fue provincial, hay pocas dudas de la implicación imperial en el proyecto. Ahora, el grado de esta implicación y si esta estuvo siempre presente a lo largo de todo el proceso es un aspecto a determinar. Con los datos actuales se podría plantear el siguiente hilo conductor. En el año 15 d.C., justo al inicio del reinado de Tiberio, una embajada de la Tarraconense pide permiso para la construcción de un templo dedicado a Augusto (Tácito, Ann I, 78), y todo hace pensar que este fue concedido. De hecho, Tarraco destacará por ser la primera ciudad de Occidente en dedicar un templo a Augusto (Grosse 1959, 4), siendo un modelo a seguir para las otras capitales provinciales. No deja de ser significativa la coincidencia temporal con la oficialización de Tarraco como sede del Concilium Provinciae Hispaniae Citerioris (Alföldy 1991, 59) 49. Esto implicaría la necesidad, y la voluntad, de la construcción de un conjunto monumental que pretenda cubrir las necesidades administrativas que comporta la capitalidad provincial y las representativas vinculadas al nuevo culto imperial. 48 Para ilustrar las dinámicas constructivas de la época y de los condicionantes sociales y políticos existentes, ver el proceso constructivo del Foro de Cesar, que incluye la Curia Iulia (Morselli y Torrorici 1989). Comienza a construirse en el 54 a.C. (Cic.,Ad Att. 4,16,18) y se inaugura oficialmente el 26 de septiembre del 46 a.C. (8 años más tarde), con la obra aun no finalizada (Plin.,Nat. Casi con toda seguridad, los trabajos se interrumpen con el asesinato de César en el 48 a.C. (los conjurados no pueden reunirse en la Curia que aun está en construcción, Cass.Dio. A partir del 42 a.C., se reanudan los trabajos, culminándose en el 29 a.C., cuando Augusto inaugura la nueva Curia (Cass.Dio. En total transcurren 25 años. imperial, junto con la magnitud desproporcionada del proyecto (representa casi una cuarta parte del espacio intramuros de Tarraco) hacen suponer, a priori, un patrocinio imperial, el cual se hará más evidente con la grandiosidad del aparato decorativo marmóreo de época flavia y con las evidentes semejanzas con monumentos semejantes de promoción imperial en la misma capital del imperio. Es posible que el proyecto se redactara ya en tiempo de Tiberio y que bajo este reinado se iniciaran, como mínimo, los trabajos previos. Su retirada a Capri en el año 26 (Svetonio se lamenta de la desidia del emperador en la administración de las provincias hispánicas) y el reinado de Calígula (con actitudes más bien contradictorias con los intereses de la Tarraconense (Grosse 1959, 9) debieron crear un ambiente poco propicio a la realización y continuación de grandes proyectos arquitectónicos y se podría suponer una parada o caída significativa del ritmo de los trabajos. Lo que sí está claro, es que parte significativa de la obra ya está realizada o en proceso de construcción, tal y como relevarían las marcas de cantero de época de Calígula en el gran muro de sillares del Pretorio. Esto podría haber cambiado con la llegada de Claudio y, sobre todo, de Nerón. No en vano, son de este periodo los primeros niveles constructivos que se pueden datar ceramológicamente. Dada la magnitud del desmonte y del terraplén y la naturaleza propia del terreno (predominio del «fetxe de gat», roca calcárea extremadamente dura) 50, estos trabajos preparatorios habrían necesitado forzosamente varios años, por no decir lustros, para su conclusión 51 (Fig. 17 Es de destacar que en época de Nerón, Galba, quien después se convertirá en el primer emperador de la dinastía flavia, fue denominado Legatus Augusti pro praetore de la Tarraconense (Grosse 1959, 14), y no sería extraño que hubiese tenido algún tipo de responsabilidad de las obras en curso. Todo parece indicar que este proyecto no llegó nunca a finalizarse, sin que podamos saber hasta qué punto se completó. En la terraza superior, la construcción de la zanja detectada en el claustro de la catedral (Macias et alii 2007, 23) implica que el rebaje de esta zona debería estar ya finalizada, pero también que no se construyó la estructura a la que servía. No sabemos nada seguro del templo, aunque las últimas publicaciones lo dan indiscutiblemente por una obra julio-claudia (Pensabene y Mar 2004 y Macias et alii en prensa). La existencia de monedas tiberianas que representan el templo (Benages 1994, 30) 52 y el hecho de que a partir del año 70 ya hay noticias sobre celebraciones religiosas hacen suponer que debería de estar acabado antes del cambio de dinastía. A ello se debe añadir que la última propuesta reconstructiva del templo (Pensabene y Mar 2009) le otorga la misma proporción que la propuesta reconstructiva del primer proyecto, lo que reforzaría la idea de su contemporaneidad. La existencia de numerosos restos de decoración arquitectónica de época julio-claudia 53 indicaría que parte de las obras ya estarían lo suficientemente adelantadas como para poder soportar elementos decorativos. En el lugar de la posterior la plaza de representación, se puede asegurar que el muro de contención, definido por el muro de sillares con cimentación de caementicium, se construye ya en este momento y todo parece indicar que estaría totalmente acabado. A nivel hipotético se podría considerar que parte de las obras preparatorias de la construcción del muro occidental ya estarían finalizadas, no sabemos si sólo el rebaje de la colina o si ya se había empezado a construir la obra de fábrica. Esto podría explicar la divergencia de alineación de este sector documentado en la construcción flavia y sería coherente con los datos extraídos durante la excavación del C/ del Comte 12/ 14 (Macias et alii 2007, ficha 168) 54 y los niveles más antiguos del claustro de la catedral (Rüger 1968). Ignoramos qué sucede en la zona del circo. Ni tan sólo podemos especular sobre si el proyecto preveía, o no, la 50 Como ejemplo y a nivel ilustrativo. A inicios del actual siglo se procedió a la construcción del desafortunado parque de Jaume I, en plena Part Alta (Macias et alii 2007, ficha 7). Si extrapolamos este dato a la totalidad de la zona rebajada durante la construcción del CPHC con la tecnología de la época, nos daremos cuenta de las dimensiones del esfuerzo y tiempo requerido. 51 Aun no se ha contabilizado, aunque sea aproximadamente, el volumen real de todo este movimiento de tierras, como tampoco se ha hecho una estimación del tiempo que se podría haber necesitado para su realización. Una estimación somera nos indicaría que se movieron en torno a los 500.000 m 3 de tierras y la práctica nos indica que un promedio de excavación y extracción de 1 m 3 por grupo de 3 o 4 personas al día en terreno rocoso es un cálculo posible. Pero repetimos, este es un cálculo aproximativo, aunque nos indica de qué magnitudes estamos hablando. 52 Hay dos acuñaciones con la representación del templo, una de sestercios, en la que el templo se eleva sobre un podio, y otra en dupondios, en la que aparece con una escalinata central. El autor considera que esta divergencia se debe a que retratan la situación del templo en dos momentos constructivos diferentes (Benages 1994, 30). Como último estudio crítico publicado sobre el tema, ver Macias et alii (2007b). 54 En esta excavación se documentaron los niveles fundacionales del muro del podio que delimita la plaza de representación. Los materiales recuperados se podrían situar perfectamente a finales de época julio-claudia, aunque también serían coherentes con una datación domiciana inicial. En su publicación, aplicando un razonamiento circular, se dieron a estos niveles constructivos una datación flavia con el argumento que la construcción del muro tenía que ser, necesariamente, de época flavia (Remolà y Pociña 1999). construcción de un circo o un edificio similar. Lo que sí se puede asegurar es que, en ese momento, se están realizando importantes trabajos de nivelación y regularización del terreno y que, muy probablemente, se utilizaría como base para la infraestructura necesaria de una obra de tal magnitud. La presencia de determinados elementos pre-flavios en la zona de la «volta llarga» (Vinci 2009) da pie a pensar en la voluntad de construir alguna estructura, de la cual, por el momento, desconocemos prácticamente todo. Este proyecto inicial viene radicalmente modificado en un momento que deberemos hacer coincidir con la subida al poder de los flavios. Los cambios que implica el segundo proyecto son de tal magnitud que tiene que haber un poderoso motivo que los justifique, y este sólo puede ser el cambio de dinastía que comportaría, entre otras muchas cosas, la intención de consolidar la imagen del poder imperial. Dentro de este marco, y sobre todo con las dos últimas acciones, es coherente la intención imperial de dotar a la capital provincial de la Tarraconense de un gran complejo monumental que recordaría perennemente y reforzaría la idea del poder imperial. La llegada al poder de Vespasiano se da en una fase avanzada de construcción de un gran complejo monumental. Este es modificado y engrandecido a fin de ajustarlo a un nuevo concepto de monumentalidad y de representación simbólica arquitectónica. No en vano, lo que en origen se había definido como un espacio estructurado rectangularmente se convierte ahora en un espacio pensado y estructurado en base a un cuadrado55. Se desmonta parte de las construcciones ya realizadas, se amplía la terraza superior hasta hacerla cuadrada, se aprovecha el muro de contención de la terraza mediana pero, al mismo tiempo, se eleva su nivel de circulación (al menos en la zona de la torre del Pretori) y se define definitivamente la área del circo. Probablemente se aprovecha el rebaje del lado occidental de la plaza de representación. Como ya hemos apuntado anteriormente, el hecho de que tanto la instauración del cargo de flamen provincial como el inicio de las actividades cultuales se puedan situar en torno el año 70 (Alföldy 1991, 46) nos hace creer que el templo y la área sagrada ya estaba en un proceso constructivo muy adelantado cuando se produce el cambio dinástico. Es muy difícil creer que en dos o tres años se pudiera adecuar toda el área y construir el templo. Lo último en finalizarse seria el circo en época de Domiciano (Dupre et alii 1988), de modo coherente con la organización horizontal del programa constructivo. La existencia del circo, finalizado o en construcción, previa a la finalización de las obras de las dos terrazas superiores hubiese acarreado importantes problemas logísticos para el libre movimiento de materiales y personal 56. Este segundo proyecto se caracterizaría por el uso de un módulo cuadrado de 4,5 actus subdividido en módulos internos de 90 pies, que da como resultado una estructura geométrica muy simple y ordenada que permitiría definir rápidamente la mayor parte de todos sus elementos internos. La importancia real y el significado del cambio de proporciones y módulos entre el primero y el segundo proyecto se nos escapa. Sería un interesante tema de estudio que pondría en relación el cambio en la percepción del espacio con el cambio dinástico. Lo que si parece evidente es que la concepción, la génesis y la ejecución de la monumentalización de la Part Alta de Tarragona es un proceso complejo con una dinámica interna que tiene que ser, forzosamente, entendida. Hay una intención clara en la monumentalización de la acrópolis tarraconense y tendría que ser evidente que una de las herramientas para conseguir el objetivo buscado es la forma. Un cambio de forma solo puede darse por otro en la concepción del lenguaje o del mensaje que se quiere transmitir. Nos encontramos no con un gran proyecto, sino con dos, que implican un periodo constructivo temporal de unos 70-75 años y que afectan a dos dinastías. Comportan dos concepciones espaciales diferentes que además están superpuestas físicamente estableciéndose un dialogo casuístico entre ellos. No creemos estar delante de un caso único o peculiar, sino ante un ejemplo más de un fenómeno posiblemente amplio y profundo. No se pueden negar las amplias similitudes con la evolución de la casa de Augusto (Carandini 2008), embrión del palacio imperial del Palatino, que presenta, aparentemente una estructura formal y una evolución cronológica perfectamente paralelizable con el caso de Tarraco. Dejamos para otros trabajos el confirmar y acotar, si se da el caso, la generalización de estos procesos y las implicaciones (a nivel de semántica de la arquitectura y del lenguaje del poder) que puede implicar.
La investigación presentada en esta tesis se ocupa de la reevaluación de un supuesto arqueológico entorno al origen del material cerámico constructivo (CBM) empleado entre los siglos IX y XI en los edificios religiosos del Noroeste de Francia y el Sudeste de Inglaterra. ¿Son los ladrillos empleados en las estructuras de fábrica spolia romana o producciones a novo? Entre los métodos de datación que pueden contribuir a la arqueología del edificio, la técnica de luminiscencia estimulada aplicada al CBM es el centro de este estudio. Los resultados de la termoluminiscencia (TL) y de la luminiscencia estimulada ópticamente (OSL), aplicadas en 52 muestras de CBM tomadas en 11 iglesias, evidencian que la práctica de reutilizar ladrillos romanos era común en pequeñas iglesias parroquiales, pero que también la técnica de elaboración de ladrillos no era totalmente desconocida para los artesanos altomedievales, como se había supuesto hasta ahora. Lo que es más importante, al identificar material constructivo contemporáneo a la iglesia, se obtiene una cronología concreta que se convierte en un punto de referencia nuevo y extremadamente útil para la historia de la arquitectura altomedieval. Palabras Clave: arquitectura carolingia y anglosajona, iglesias, material cerámico constructivo, spolia, datación por luminiscencia, arqueología del edificio.
en la que se descubren dos intervenciones arquitectónicas relevantes prerrománicas (la construcción de un primer edificio y su transformación en un momento posterior). El edifico es interpretado como parte de una familia arquitectónica coherente, técnica e históricamente, cuyos diferentes miembros pueden y deben compartir información entre ellos en aras de una comprensión sistémica de la producción arquitectónica que ayude a avanzar en el actual contexto historiográfico, dominado por una discusión constante sobre las cronologías de estos edificios. La actual iglesia de la Asunción (históricamente también conocida como Santa María), sita en la localidad burgalesa de San Vicente del Valle, estuvo cerca de ser el enésimo edificio en desaparecer por el sumidero de la Historia antes de tener oportunidad de contar la suya. En el año 1985 se declaró un incendio que destruyó la cubierta de madera del aula. Tras el desastre, el auxilio no llegó de forma inmediata y el edificio entró en una irremisible fase de ruina. En poco tiempo los pandeos de los muros del aula, provocados por la pérdida de la cubierta devorada por el fuego, hicieron que buena parte del alzado norte se viniera abajo. El edificio empezaba a irse por el desagüe y no parecía que las administraciones e instituciones implicadas (Junta de Castilla y León y Obispado) se apresuraran a poner el tapón. Sin embargo, pocos años más tarde, la iglesia fue salvada de su más que probable expiración y consiguiente olvido. El por qué este edificio fue rescatado se debe en gran medida al compromiso y tesón de Daniel Gómez Martínez, el entonces párroco de San Vicente del Valle. Persona interesada por la arquitectura histórica y buen observador supo reconocer el valor histórico y patrimonial de su semiarruinada parroquia. Como consecuencia de los efectos de las llamas quedaron al descubierto ciertos elementos que llevaban siglos ocultos y que llamaron su atención. La armadura de madera arrastró en su caída a unas falsas bóvedas renacentistas dejando a la vista las ventanas altas del aula, que cuentan con una muy interesante colección de capiteles. El desprendimiento de enfoscados y revocos de los muros sacó a la luz la reutilización de piezas romanas (decorativas y epigráficas) como materiales constructivos de la primitiva iglesia. Ante los nuevos hallazgos buscó Don Daniel despertar el interés de los especialistas para que se acercaran a estudiar y conocer de primera mano el edificio. Así lo hace por ejemplo José Antonio Abásolo, quien acude avisado por el párroco para observar las inscripciones aparecidas. Al mismo tiempo también llama a la puerta de la administración para informar y alertar de la situación de acelerado deterioro del inmueble. En definitiva, la salvación de la iglesia difícilmente hubiera sido posible sin la acción de Daniel Gómez. Luego vendría la administración, a la que no se le puede hurtar el mérito de financiar las obras que recuperaron el edificio, la restauración de piezas singulares y las exploraciones arqueológicas, pero que debe asumir que el trabajo no ha terminado tras la foto oficial 1. Por ello se rinde aquí tributo en forma de agradecimiento a Daniel Gómez Martínez, por haber luchado sin esperar nada a cambio para que este bien histórico pudiera ser rescatado y estudiado. El primer estudio dedicado a esta iglesia es obra de Luciano Huidobro y Serna. Huidobro tiene noticia del edificio, antes de conocerlo personalmente, por la información que le suministra Gonzalo Miguel, un fotógrafo especializado en arte amigo suyo y habitual compañero de aquellas excursiones, llamemos eruditas, que en las primeras décadas del siglo XX se convirtieron en una suerte de safaris histórico/artísticos que dieron lugar a no pocos descubrimientos divulgados en los Boletines de las distintas asociaciones de excursionistas. Lo que despierta el interés de Huidobro es la notica que le da Miguel sobre la existencia de dos capiteles de «tradición visigótica» reutilizados en la moderna espadaña de la iglesia. Cuando Huidobro visita la iglesia va buscando, en primer lugar, los susodichos capiteles pero encuentra allí otras cosas que le llevan a anunciar el descubrimiento de un importante edificio altomedieval. Al final, el tema de los capiteles se convierte en algo secundario y lo despacha rápidamente. Se trata de piezas reutilizadas en una moderna espadaña (siglo XVII) y por tanto nada se sabe de la arquitectura de la que proceden. Le sirven no obstante a Huidobro como pruebas de que por allí cerca existió un edificio visigodo. Su atención se centró en la iglesia propiamente dicha. Al explorar la fábrica, con el aspecto de palimpsesto arquitectónico propio de los edificios con un recorrido histórico multisecular, encuentra argumentos para defender la presencia de una iglesia prerrománica construida y decorada. Aula y ábside, desde los cimientos hasta los tejados, pertenecen en su opinión a un momento fundacional altomedieval. Encuentra sus argumentos en el aparejo de los muros del aula, en la forma y decoración de las ventanas altas geminadas y en el trazado recto del testero. Dice de los muros del aula: «... está construido... con sillería caliza, dura y compacta, de buenas dimensiones, que caracteriza a las construcciones condales» (1930-33: 361). Sin duda tiene en la cabeza a Quintanilla de las Viñas, de la que Huidobro era buen conocedor y a la que prestó especial interés en otros trabajos. Las ventanas geminadas, por su parte, le evocan los llamados ajimeces de algunos edificios asturianos (Berdiñana y Valdedios). El capitel de la única ventana que pudo ver en ese momento, a pesar de su deterioro, «está adornado con molduras que recuerdan los motivos arábigos, corrientes» (1930-33: 361). El ábside, pese a estar construido con un aparejo distinto al del aula (muro de lajas con encadenados de sillería en las esquinas frente a los bloques pétreos en todo el alzado de la nave), es tenido como fábrica primigenia y por tanto sincrónica. Cree no obstante que la cúpula es moderna, semejante a las bóvedas de tabique de ladrillo del aula. Lo que más le llama la atención es la cornisa, que recuerda entablamentos clásicos, detalle «que se separa completamente de lo mozárabe deberá relacionarse con los capiteles visigóticos conservados en la torre-espadaña» (1930-33: 363). Sin embargo, esta relación de la que habla no se traduce en la propuesta de una fase visigoda en el edificio o de la presencia allí mismo de un antiguo edificio amortizado con la obra altomedieval. Huidobro, en definitiva, presenta la iglesia de la Asunción como el edificio «más completo y característico proliferación de moho en toda la superficie interna, lo que ha desencadenado una acelerada degradación de las pinturas murales. El problema de permeabilización, de no ser atajado, seguirá afectando a las pinturas pero también a la consistencia, cohesión y resistencia mecánica de los materiales que conforman la estructura. A nadie se le escapa el interés de este estudioso por la época del Condado de Castilla y la figura de Fernán González. Desarrolla un discurso de corte nacionalista castellano que proyecta en este periodo la idea de una Castilla fundacional en pie de igualdad histórica con otros poderes coetáneos como los reyes asturleoneses y los navarros/riojanos. La Castilla condal no sólo era un ámbito geopólitico «independiente» sino que también representa la forja de la idiosincrasia castellana: «pero según se observa en todo lo burgalés de su tiempo [se refiere a la dimensión artística de la iglesia] carece de unidad de composición y de escuela como corresponde a un país sujeto a muchas influencias, donde la independencia nativa lucha unas veces bajo la dirección oficial conquistadora y el impulso asturiano y otras se veía abandonada a su suerte, lo que determinó junto con el fermento cantábrico y un tanto vasco que llevaba nuestra raza, la formación del Condado independiente» (1930-33: 365). El reconocimiento de una producción monumental relevante apuntala la imagen de esa Castilla pujante y dinámica capaz de rivalizar con cualquiera de sus vecinos, llegando a crear un arte endémico, condal, que no es asturiano ni mozárabe. La Asunción se erige así en otro ejemplo de esa arquitectura condal cuyo primer y más relevante testimonio es Quintanilla de Viñas, pocos años antes divulgada (Orueta, 1928(Orueta, y 1929)). De lo que no hay duda y es mérito de Huidobro es que, en la iglesia de la Asunción, se conservan sin paliativos partes importantes de una fábrica o fábricas prerrománicas al margen de las discusiones cronológicas sobre su momento fundacional. Causa extrañeza entonces que una edificación tan bien conservada, que brindaba la ocasión para hacer más exploraciones y concitar el interés de los especialistas, no recibiera durante décadas atención. Cuando, por ejemplo, Gómez-Moreno rebate la cronología condal de Quintanilla (1966) reivindicando una fecha visigoda a partir, fundamentalmente, del ejemplo de San Pedro de la Nave necesariamente tenía que conocer aunque sólo fuera literariamente la existencia de la Asunción, otro edificio supuestamente condal, como defendía Huidobro, con el que tiene evidentes vinculaciones. Sin embargo esta última no aparece por ningún lado en la discusión. No creemos que el ostracismo historiográfico de la iglesia sea debido a la inexplicable indiferencia mostrada en su momento por Gómez-Moreno. El artículo de Huidobro era conocido desde 1933 y el edificio no se había caído, al menos hasta los años 80, por lo que cualquiera podía haber vuelto por allí. Lo cierto es que durante más de cincuenta años la Asunción no volvió a asomarse por la historiografía. Es a partir de su parcial ruina y posterior recuperación cuando el edificio recibe cierta atención, apareciendo artículos desde diferentes enfoques disciplinares: arqueología de subsuelo, epigrafía, decoración, arqueología de la arquitectura, restauración. Un edificio prácticamente inexplorado, con un potencial informativo que se demostró cierto, saltó a la palestra del escrutinio científico en un contexto historiográfico diferente al de 1933. En las últimas décadas del siglo XX el modelo visigotista y continuista alcanza una implantación mayoritaria en los círculos científicos, docentes y divulgativos en detrimento del modelo rupturista y mozarabista de Gómez-Moreno. No obstante, pese al clima de aparente consenso, a mediados de la década de los 90 empezó a tomar forma lo que sería un modelo explicativo alternativo, otra vez, de corte mozarabista y rupturista. En la nueva propuesta la reubicación cronológica de ciertos edificios altera sensiblemente la comprensión histórico/cultural de la producción arquitectónica y decorativa entre los siglos VI y X. Así, ciertas características tecnológicas y estéticas tenidas como definitorias del ciclo productivo visigodo pasan a ser vistas como propias de ciclos productivos postvisigodos. Este trasfondo historiográfico se hace evidente en el caso que nos ocupa. José Ángel Aparicio fue el arqueólogo encargado de realizar una serie de catas en la iglesia con motivo de las obras de restauración. Los resultados, de forma diligente, fueron publicados en poco tiempo, aportando mucha información y ofreciendo la primera interpretación de la historia constructiva del edificio (Aparicio, 1995; Aparicio y de la Fuente, 1996). A partir del registro arqueológico así como de la observación de las partes aéreas de la fábrica Aparicio ofrece una secuencia con cuatro fases prerrománicas. La primera está representada por un edificio de sillería que no le queda claro si contaba, en origen, con el ábside aparecido en la excavación, amortizado por el actual. De gran interés para esta fase es una tumba destacada, en lo material y en lo simbólico, ubicada a los pies de la iglesia a eje con el ábside. Un enterramiento privilegiado que remite a un sujeto histórico concreto, aunque sin nombre, que seguramente fue el promotor o fundador del edificio que le sirve de panteón. La segunda fase no tiene sus evidencias en el subsuelo sino en los muros del aula. Se trata de un recrecido de la nave en el que se abren cinco ventanas geminadas con unos maineles que incluían capiteles y cimacios decorados. La tercera fase es una actuación de orden menor en lo constructivo que se plasmó en la apertura, cortando el muro original, de dos ventanas en el testero oriental del aula. La cuarta y última sí tiene un fuerte impacto en el edificio. Se tira el ábside primitivo (documentado en la excavación) siendo sustituido por otro de mayor tamaño, levantado con muros de lajas con encadenados de sillares en las esquinas. El espacio interior se cubre con una cúpula sobre pechinas en piedra toba. A esta fase también pertenece el pórtico meridional, erigido con la misma técnica constructiva que el ábside. A la hora de proponer cronologías para los diferentes momentos histórico-constructivos Aparicio emplea diversos argumentos: tipológicos, estilísticos, de autoridad. Para el edificio fundacional, representado por el aula de sillería desde los cimientos hasta el recrecido de las ventanas, un hallazgo cerámico y el marco de referencia dominante le invitan a reconocer un edificio de época visigoda. Ciertamente, este tipo de fábrica de sillería (calidad en labra y corte, hiladas tendentes a la horizontalidad aunque no falte el recurso de los codos, reutilización de materiales romanos, abovedamientos) encuentra buen acomodo junto a otros edificios tradicionalmente dados como visigodos: La Nave, Quintanilla, Bande, etc. El argumento cerámico para defender la tardoantigüedad de la fábrica vino dado por el hallazgo en excavación de dos fragmentos de TSHT, forma Rigoir 18, que se fecha hacia finales del siglo VI. Ambos trozos, de un mismo cacharro, aparecieron en el revuelto de la violación de una tumba infantil que, a su vez, se había hecho a costa de reutilizar la tumba monumental de los pies de la iglesia. Habida cuenta de las condiciones del contexto arqueológico donde aparecen las piezas, Aparicio reconoce de forma honesta que «el supuesto está prendido con alfileres, y no les faltará razón a las críticas que así lo estimen » (1996: 162). En definitiva, Aparicio llega a proponer una fecha llamativamente antigua para la primera fase del edificio, el siglo VI, si tenemos en cuenta que los edificios antes mencionados se levantaron cien años más tarde según la opinión generalizada. La precocidad de la fecha tal vez tenga que ver con lo que pasa a la hora de proponer la cronología de la siguiente fase. En este caso el marcador cronológico es de carácter estilísti-Fig. Embocadura del ábside co. Los capiteles de las ventanas son objetos con posibilidades informativas a la hora de hacer comparaciones con otras producciones en busca de paralelos. Así lo hace Aparicio, encontrando razonables parecidos con algunas piezas del sur de Francia que se mueven, según algunos especialistas galos, entre los siglos V y VII. Todo esto estaba muy bien pero planteaba un problema. El digamos edificio primitivo, por sí solo, podía perfectamente ser fechado en siglo VII avanzado como el resto de las iglesias con las que tendría relación tipológica. El problema viene dado por el recrecido (fase segunda de Aparicio), cuyos capiteles son también para él del siglo VII. Esto parece provocar que la fase primera tomara una sustancial distancia cronológica respecto a la segunda hasta terminar en el siglo VI ante el absoluto convencimiento de Aparicio respecto a la fecha, también visigoda, de los capiteles, lo que hacía que nunca se contemplara la posibilidad, como otra opción, de que la fase segunda se moviese hacia delante haciéndose postvisigoda. La cuarta fase prerrománica (en la tercera no encuentra indicios tipológicos claros para proponer una fecha más allá de su relación de anterioridad respecto a la construcción del nuevo ábside), es vista como una fábrica altomedieval (siglos IX-X) en virtud del tipo de cúpula que cubre al ábside, aunque sin olvidar el aparejo de tipo «asturiano» de los muros. Asume para esta fase de la Asunción una cronología altomedieval a partir de las opiniones de Luis Caballero respecto a un grupo de iglesias que tienen precisamente en común las bóvedas sobre pechinas cubriendo los ábsides (Caballero, 1994). Dichas iglesias, según Caballero, pertenecerían a un hori- Al final, la historia del edificio que traza Aparicio encaja en la comprensión de tipo albornociano consustancial al modelo visigotista. El esquema Población-Despoblación-Repoblación tiene en el continuismo un trasunto artístico representado por un conjunto de edificios relevantes levantados en época visigoda que, tras la conquista musulmana, son abandonados, permaneciendo inermes hasta que, a partir del siglo IX avanzado, vuelven a la vida gracias a la acción de los agentes repobladores. Bien es cierto que Aparicio no hace ninguna alusión a esta circunstancia ni proclama la defensa de este modelo histórico a partir del estudio de la iglesia. Vemos no obstante cómo Aparicio se hace eco del incipiente debate que estaba empezando a provocar Luis Caballero con sus dudas respecto al modelo tradicional (Caballero 1994-95). Aunque la propuesta de Aparicio sobre la historia de la iglesia lo que quiere refirmar es la lectura visigotista en contra del modelo de Caballero, no duda en apoyar parte de sus conclusiones cronológicas (la fecha de la fase 4) a partir del marco de referencia con el que se está en desacuerdo. La entrada de la iglesia de San Vicente del Valle en el circuito investigador es coincidente en el tiempo con las objeciones hechas por Caballero al modelo visigotista ante su incapacidad para resolver ciertas contradicciones que el mismo modelo ha ido generando. El problema, según este arqueólogo, radica en la indefinición cronológica de un lote de arquitecturas y decoraciones que historiográficamente han recibido las más variadas Fig. 5. Mapa de la Península Ibérica con la dispersión de las iglesias con bóvedas sobre pechinas 2 Este grupo estaría formado por las iglesias de: Quintanilla de las Viñas (Burgos), la Asunción de San Vicente del Valle (Burgos), San Pedro el Viejo de Arlanza (Burgos), Santa Cecilia de Barriosuso (Burgos), San Román de Tobillas (Álava); Santa María de los Arcos de Tricio (La Rioja), Santa Coloma (La Rioja), Ventas Blancas (La Rioja). La iglesia de Hérmedes de Cerrato, que tiene la preceptiva cúpula sobre pechinas, preferimos dejarla en un segundo plano de la discusión al tratarse de un ejemplo excéntrico en lo geográfico ya que se encuentra aislado (por ahora) y lejos de las regiones en las que se concentran el resto de casos. cronologías si bien, actualmente, la opinión generalizada es llevarlo casi todo a los siglos VII e inicios del VIII. La Asunción entraría perfectamente en esta categoría. El redescubrimiento de la iglesia a partir de la ruina y reparación sin duda nos coloca ante importantes restos de fábricas anteriores al románico de las que sólo conocemos ese dato. Ningún documento literario ni epigráfico conocido arroja la más mínima luz sobre momentos fundacionales o siquiera de uso en las fases más antiguas. Ya hemos visto cuáles eran las razones que se pueden alegar desde un marco de referencia tradicional a la hora de adscribir este edificio (al menos las fases 1 y 2 de Aparicio) a época visigoda. Desde el discurso alternativo, rupturista, la Asunción representa un tipo de arquitectura vinculada a situaciones históricas posteriores y no anteriores al 711. En concreto formaría parte de una familia de iglesias que se caracteriza por el empleo de sillería (reutilizada) en los muros y abovedamientos también pétreos, siendo seña de identidad del grupo las cúpulas de piedra toba sobre pechinas cubriendo los ábsides 2 (figs. 4, 5 y 6). Discusiones cronológicas aparte, es importante destacar en los trabajos de Caballero la definición misma de un grupo arquitectónico históricamente coherente formado por un buen puñado de ejemplos (Caballero, 2001). De esta forma se abre la posibilidad, entre otras cosas, de apoyar aproximaciones cronológicas a partir de los datos suministrados por los distintos casos conocidos. Por otro lado, comenzaba a difundirse y aplicarse la llamada arqueología de la arquitectura, disciplina que Caballero implementa como herramienta metodológica del nuevo paradigma. Uno de los primeros edificios en los que Caballero la aplicó fue en San Pedro el Viejo de Arlanza, iglesia que forma parte de la misma familia arquitectónica que la Asunción (Caballero, González-Moro y Matesanz, 1994). Pocos años después, a raíz de la recuperación de la Asunción, Caballero incluye el estudio arqueológico paramental de la iglesia dentro de un proyecto de investigación sobre arquitectura prerrománica en Castilla y León 3. Los resultados obtenidos en la Asunción también buscaron ser publicados a través del canal editorial de las actas del I Congreso de Arqueología Medieval Burgalesa, celebrado en la capital castellana en 1998 pero cuyas actas no han visto la luz, por lo que casi todo lo que vamos a contar aquí puede considerarse primicia a pesar de haber transcurrido unos cuantos años desde la exploración arqueológica. De esta forma, sólo encontraremos con anterioridad algunas referencias, no en profundidad, relativas a los resultados de la lectura por parte de quienes participaron en ella 4 (Caballero, Arce y Utrero, 2003). Como novedad res-3 Fruto de ese proyecto son los artículos publicados sobre el análisis murario de iglesias como San Pedro de la Nave (Caballero y Arce, 1997) y San Juan de Baños (Caballero y Feijoo, 1998). 4 La lectura de paramentos se efectuó entre los días 31 de marzo y 4 de abril de 1997, dirigida por Luis Caballero, investigador científico del C.S.I.C., con la participación de Santiago Feijoo Martínez, Fernando Arce Sainz, Ángel Aparicio Bastardo y Rebeca Blanco Roteta. Se utilizó, como base documental gráfica, la colección completa de planos del edificio obtenida por técnicas de fotogrametría terrestre efectuada en el gabinete de fotogrametría del CEH CSIC por parte de Fernando Arce y Santiago Feijoo. El trabajo formaba parte de un convenio de colaboración entre el CSIC y la Junta de Castilla y León, dentro del Proyecto Sectorial de Promoción General del Conocimiento PB94-0062. La documentación original está depositada en el Centro de Ciencias Humas y Sociales-CSIC y una copia en la JCyL. pecto a la secuencia ofrecida por Aparicio se habla de una nueva fase prerrománica hasta ahora no contemplada. En el aula Aparicio reconocía dos fases constructivas constituidas por 1) una fábrica original que llegaba hasta las cubiertas y 2) su posterior recrecido para incorporar las ventanas geminadas. Caballero, Arce y Utrero opinan que la fase original de Aparicio contiene en realidad dos momentos constructivos diferenciables: un primer esfuerzo edilicio que levanta la fábrica hasta cierta altura y otro segundo esfuerzo que remataría el edificio y que, aunque pareciéndose tecnológica y productivamente al anterior, posee ciertas singularidades tipológicas y estratigráficas que lo distinguen. Coinciden con Aparicio respecto a considerar como fases prerrománicas independientes el recrecido de la nave y los nuevos ábside y pórtico sur. Se ofrece así una imagen, en primera instancia, de cuatro edificios altomedievales consecutivos, un número realmente destacado que, además, debe explicarse en un lapso temporal mucho más corto al poner el punto de partida en el siglo IX en vez de en el VI o VII. pues son partidarios de la explicación postvisigoda desde la primera fase (fig. 8). Fernando Pérez Rodríguez-Aragón y Adelaida Rodríguez Rodríguez publicaron en 2003 algunos de los resultados de dos visitas hechas a la iglesia tras el incendio y la ruina. La primera junto a José María Abásolo tras serle comunicado a éste, por parte del párroco Daniel Gómez, la existencia de inscripciones romanas en los muros de la iglesia. La segunda cuando parte del edificio se había venido abajo. Aparte de las inscripciones romanas recogieron otros importantes datos de carácter epigráfico vinculados a distintos momentos históricos de la iglesia. El desprendimiento de la cal de las paredes empezó a sacar a la luz dos inscripciones medievales realizadas en las dovelas del arco de la puerta S del templo. Se hacía alusión a la consagración, en el año 1224, por parte del obispo Mauricio de Burgos, de una iglesia dedicada a Santa María. Su artículo se centra en el hallazgo de grafitos en las columnas que soportaban los capiteles de las ventanas altas así como en los propios capiteles. Los grafitos (hay letras, signos, una figura humana) tuvieron que ser grabados con las piezas a pie de obra o bien durante su colocación definitiva. En efecto, una vez hecho el recrecido y las ventanas era imposible llegar a ellas ya que jamás existió un segundo piso. Encuentran otros ejemplos, como San Cebrián de Mazote, en los que también aparecen grafitos en piezas que, por su ubicación (un modillón en Mazote), sólo pudieron ser epigrafiadas durante el proceso constructivo. Lo relevante, en primer lugar, de los grafitos de la Asunción es la posibilidad de sincronizar en el reloj histórico la arquitectura con la epigra-fía, una disciplina y una fuente de información con sus propios códigos tipológicos y cronológicos. En otras palabras, los grafitos podrían proponer fecha a la acción constructora. Sin embargo, no aparece por ningún lado un estudio de tipo paleográfico en el que discuta la cronología de los grafitos. Su propuesta de fecha, altomedieval, se funda entonces en un elemento exógeno a la propia epigrafía: la constatación, en otros edificios altomedievales y nunca en otros considerados visigodos, de grafitos realizados en piezas que sólo pudieron ser grabadas en el proceso constructivo, como es el caso de la Asunción. Si los grafitos son altomedievales entonces el recrecido es altomedieval, pero ¿qué pasa con los capiteles? Pérez y Rodríguez, no obstante, parecen aceptar la fecha tardoantigua que propuso Aparicio a partir de su comparación con las producciones marmóreas «merovingias» del sur de Francia. Aceptan estos autores una cronología «visigoda» no sin antes hacer un repaso a la historiografía francesa relativa a los mármoles aquitanos que se toman de referencia para el caso burgalés. Su repaso a la literatura científica gala lo que demuestra es un panorama con más incertidumbres que certezas, con un magmático elenco de piezas que siempre aparecen o descontextualizadas o reutilizadas en fábricas medievales y con un abanico de propuestas cronológicas que van desde el siglo IV al siglo VII. Si la fábrica es altomedieval pero los capiteles son tardoantiguos no queda otra que asumir que estas piezas fueron reutilizadas a pesar de las dudas que les provoca la homogeneidad del lote, algo difícil de conseguir a partir de material de espolio. José Ángel Aparicio publicó un nuevo artículo (2000) precisamente para defender la coetaneidad de capiteles y fábrica arquitectónica. Apela a la homogeneidad de las piezas antes apuntada (son sin duda de un mismo taller) y añade otro elemento de cohesión difícilmente posible en un escenario de reempleo. Se trata de la puesta en escena iconográfica de las piezas, en la que los capiteles forman dos parejas icónicas: la del lado sur es la que tiene representaciones figuradas (cabezas humanas) y la del norte sólo motivos vegetales. Hay por tanto para Aparicio sincronía temporal entre decoración y construcción. De nuevo los capiteles se convierten en legítimos indicadores cronológicos de la fase. Otra cosa es fecharlos, algo que para Aparicio es factible en el contexto de los estudios de la escultura aquitana por encontrarse ahí los posibles paralelos. Menciona no obstante un fragmento de capitel que Huidobro entregó al Museo de Burgos, procedente de la ermita de Santa María en Villafranca de Montes de Oca, con paralelos con los de la Asunción (Osaba, 1951). Las tradicionales fechas tardoantiguas que atribuyen los inves- tigadores franceses a los mármoles aquitanos fecharían los mármoles burgaleses y por tanto la fase constructiva (fase segunda de Aparicio). Por último, la iglesia de la Asunción es recogida en la referencial obra de María Ángeles Utrero sobre los abovedamientos en la arquitectura hispana tadoantigua y alto-medieval (2006). Se incluye en el grupo de edificios con cúpulas sobre pechinas. También cuenta con su propia ficha en el Catálogo del libro, en la que se recogen las diferentes propuestas interpretativas y cronológicas así como la bibliografía específica (2006: 491-492). En este estudio que busca dotar a las estructuras arquitectónicas de contenido histórico a partir de una metodología arqueológica, edificios de las características de la Asunción (sillería, bóvedas sobre pechinas) se mueven, desde inicios de la historiografía, entre dos contextos productivos y tecnológicos: el visigodo y el altomedieval. Antes que tomar partido por una u otra opción, Utrero parece dejar que sea el lector el que llegue a este tipo de conclusión una vez son expuestas las certezas e incertidumbres con las que se encuentra la confección del discurso histórico ya sea en uno u otro sentido. Fase 1 (A 1001): primera obra de sillería Constituye la parte inferior del muro del aula en todo su perímetro con una altura variable entre tres y cuatro hiladas en el muro N (fig. 11), siete en el muro S (fig. 12), seis en el O (fig. 21) y entre cinco y seis en el muro oriental (fig. 20). Longitudinalmente se encuentra interrumpido el paramento por las puertas N y S actuales, la embocadura del ábside y diferentes cortes luego cegados, especialmente notorios en las esquinas SO (A 1020) y NO (A 1140). Incluimos en esta fase el ábside encontrado por Aparicio en excavación, aunque no pueda ser visible en la lectura de los muros. Los datos y la documentación arqueológica aportados por este arqueólogo, como se verá más adelante, abogan por considerar a este ámbito amortizado como el ábside original de un edificio que, desde el primer momento, era una iglesia. El arrasamiento, hasta los cimientos, del presbiterio con la construcción del que vemos hoy en día impide determinar hasta qué altura estaría levantado en esta fase habida cuenta de lo observado en el aula, donde sólo se adscriben a este momento edilicio las hiladas inferiores. Por lo visto en los muros conservados parece sensato pensar que el ábside se encontraba, igualmente, en proceso de construcción sin que podamos determinar hasta qué altura había sido levantado. Lo importante, en definitiva, es considerar que el primer edificio que se empezó a levantar era, desde el principio, un centro de culto cristiano formado por un recinto congregacional en cuyo testero Este se encuentra el espacio celebrativo definido por un presbiterio de trazado recto tanto al exterior como al interior. Refiriéndonos ya a la fábrica conservada en el aula tenemos muros de una sola hoja conformados por sillería reutilizada de tamaño variable y heterogénea en el tipo de piedra empleada (arenisca, caliza y toba negra). La hilada de cimiento es bastante regular en cuanto al tamaño y el material, abundando los sillares de cara vista cuadrangular realizados en piedra arenisca. En las sucesivas hiladas se combinan los diferentes tipos de piedra antes mencionados siendo minoritaria la presencia de toba negra. En cuanto a las dimensiones encontramos variaciones tanto en la anchura como en la altura de los bloques, pero cuidando en mantener la horizontalidad de las hiladas, por lo que la altura de los sillares de cada una de ellas es homogénea para evitar escalones. La horizontalidad de las hiladas es bastante notoria al no existir sinuosidades o escalonamientos acusados, si bien la zona occidental de los muros N y S tiende a buzar hacia abajo en las hiladas superiores. También existen codos aunque en su mayoría poco pronunciados. Como viene dicho los lienzos son de una sola hoja (de 50 cm de ancho), lo que hace que los sillares pasen de un lado al otro del muro. Esta circunstancia nos lleva a considerar tizones a todos aquellos bloques que muestren una cara vista igual o inferior a la medida de 50 cm, aunque, de manera estricta, todos los sillares podrían considerarse tizones en un muro de una única hoja. La alternancia de sogas y tizones no sigue un intervalo reiterativo, formándose secuencias dispares entre sí. La hilada inferior, por ejemplo, está prácticamente atizonada mientras que en otras predominan las sogas intercalándose tizones de forma arrítmica. También hemos localizado algunos sillares que no ocupan todo el ancho del muro por lo que, necesariamente, tendrían forma y función de cuña. Los sillares se unían entre sí con una argamasa de color grisáceo que pudo tener entre sus aditivos algo de ceniza, de ahí su color. Las juntas que se conservan mejor son bastante estrechas horizontal y verticalmente, lo que indica un ajuste muy preciso entre los bloques. Los sillares de la hilada inferior, algo más anchos que los del resto, tienen un retalle que en su parte baja que forma un escalón o zapata tanto al interior como al exterior del muro. La mayor anchura dota al arranque del muro de una mayor superficie de apoyo mientras que el rebaje iguala la línea vertical del lienzo hasta el nivel del suelo, el cual ocultaría el escalón inferior. Nada sabemos del suelo más antiguo de la iglesia a excepción de los restos encontrados por Aparicio en la zona del ábside, que corresponderían al presbiterio primitivo. Era un pavimento de tierra arcillosa. Se han documentado ciertos elementos asociados al proceso constructivo, en concreto mechinales para anclar el andamiaje. Estos huecos se han conseguido retallando la parte inferior de los sillares y siempre implicando a alguna de las esquinas, un proceder que permitía obtener las cajas tallando únicamente dos de sus caras. La reutilización del material pétreo es evidente al encontrarse desde sillares con decoración escultórica completamente aislada y descolocada hasta numerosas huellas relacionadas con la utilización primigenia, sobre todo aquellos huecos circulares tallados en las caras de los bloques para ser izados mediante gafas o grandes tenazas. Podemos asegurar que tanto las piezas de caliza como las de arenisca son material acarreado, quedando la duda en cuanto a la procedencia de la toba, escasa y carente de huellas evidentes de reempleo. La reutilización no ha supuesto una trasformación del material reunido ya que no apreciamos que se hayan recortado sillares más grandes en otros de menor tamaño ni que las superficies hayan sido sometidas a un repicado. Las huellas de labra observadas son las originales, destacando un tipo de talla, seguramente a cincel, que deja una superficie con estrías muy pronunciadas. Donde existe decoración, la cara tampoco ha sido retallada con intención de eliminarla. Los motivos escultóricos que aparecen, junto al tipo de huellas de los sillares, indican a las claras que el aprovisionamiento de material se ha hecho a costa de edificios romanos, quedando la duda de si se trata de uno sólo o de varios debido a que hay piedras de diferente naturaleza, areniscas y calizas. La ubicación del lugar o lugares de los que se cogió el material es por el momento desconocida, siendo imposible saber su lejanía o proximidad. Tampoco podemos determinar la funcionalidad de las arquitecturas saqueadas (¿mausoleos, obras de ingeniería, estructuras defensivas, espacios civiles o religiosos?). Respecto a los vanos asociados a esta fase, no se han documentado ventanas debido a la baja altura que alcanzan los muros. En cuanto a las puertas, las dos que se abren actualmente (una al N y otra al S, no alineadas entre sí), tienen el problema de haber sido remodeladas en posteriores momentos (fase 2 para la N y fase 5 para la S). En la puerta N interpretamos como pertenecientes a este período los sillares inferiores de ambas jambas, los cuales no parecen tener retalles posteriores (fig. 11). Otro argumento en este sentido, que parece más definitivo, es la constatación del escalón o zapata de estos sillares en la cara que actuaría de jamba, algo que no podría haberse dado si el muro fuese continuo en este punto. Por tanto hemos de afirmar que, en este punto, debió haber una puerta de igual anchura a la actual de la que desconocemos cómo se remataría, si con un arco o un dintel. La S, por su parte, debe su configuración actual a una fase plenomedieval. Al igual que ocurría en el caso anterior son las piezas inferiores de ambas jambas las que nos informan de la posible presencia de un vano ya existente en la fase 1 ya que no presentan huellas de retalles. Del mismo modo, su altura primigenia así como su definición en la parte superior son imposibles de conocer tras la reforma medieval. Además de estos dos accesos creemos poder plantear la posibilidad de la existencia de otras puertas que se hallan actualmente cegadas. En el muro S (fig. 12), hacia su extremo occidental, tenemos un corte relleno por sillarejo a base de piedra toba (A 1019) y una pequeña hornacina para guardar los santos óleos (A 1038) ya que aquí existió una habitación destinada a baptisterio. El relleno del corte al que nos referimos, unido al de la hornacina (posterior al relleno 1019), no permiten reconocer las jambas y el dintel de lo que sería la puerta. Sabemos con certeza que el macizado, por la cara interior, está afectado por la A 1023 (fase 7). En consecuencia el cegamiento debe ser igual o anterior a este momento. En el extremo contrario, el oriental, también se especula con la presencia de otra puerta. Aquí se vuelven a repetir los problemas interpreta-tivos a causa de diferentes intervenciones, en especial la apertura de un vano para comunicar la iglesia con una pequeña capilla sita en el pórtico durante la fase 6. Únicamente se conservaría la parte inferior de la jamba E original, habiendo desaparecido completamente la O y el dintel. La anchura primigenia del vano puede venir dada por los sillares de la línea de cimientos. Los posibles accesos no se acaban aquí. En el muro O (fig. 21) creemos ver restos de dos nuevas puertas, una hacia la esquina N y otra hacia la S. En un principio, los huecos allí presentes, cegados en etapas posteriores, fueron interpretados como sendas ruinas de las esquinas de la iglesia. Sin embargo, al observar la línea inferior de sillares, hay unas interrupciones achacables a la existencia de umbrales. Una vez medidos los huecos comprobamos su igual longitud, su simétrica colocación y su parecido formal con los umbrales de las puertas SE y SO. De esta forma nos encontraríamos ante un edificio con un abultado número de accesos, seis (tres al S, uno al N y dos al O) distribuidos además de forma nada convencional. Por último tenemos indicios para suponer que hubo en esta fase un pórtico o estructura similar a la que conocemos hoy en la parte meridional. La primera prueba viene dada por un cajeado hecho en tres hiladas del muro 1001 hacia su extremo occidental (fig. 12). Parece tratarse de un enjarje para un muro perpendicular a 1001. Su anchura, de 50 cm, es la misma que la del muro de la iglesia y no los 85 cm del pórtico actual, derribado en esta parte para ser ampliado, de donde decidimos que la caja no fue hecha para el pórtico más antiguo que conocemos (A 1004, período 4) si bien es muy probable que la hubiese reutilizado. De todas formas este dato no nos asegura que el enjarje, por haber sido tallado, no correspondiera a un pórtico levantado en un momento posterior a 1001 y anterior a 1004. Sin embargo, al observar la esquina oriental, hay algún sillar antiguo que sobresale de la línea de esquina del muro, algo que sólo tiene explicación para trabar con otro lienzo. La parte baja de esta esquina (A 1007) también presenta sillares similares aunque, por la forma en la que están aparejados, diferente a 1001 ya que aparecen calzos, han de ser considerados posteriores, lo cual supone que esta zona ha sido desmontada y rehecha con posterioridad, seguramente en el momento de levantar el actual pórtico con intención de enjarjarlo. En definitiva, si en la parte occidental de 1001 había alguna duda respecto a la coetaneidad del enjarje con otro muro perpendicular a él, en la E contamos con piezas originales preparadas para esta función que sólo pudieron haberse hecho a la vez ya que no están retalladas sino aparejadas. El pórtico en cuestión tuvo que ser desmontado para ser sustituido por el que ha llegado hasta nosotros, de forma parecida a lo que ocurrió con el ábside. En resumidas cuentas la fase 1 está presente en las partes bajas de los muros del aula y tiene como elementos definidores el reaprovechamiento de materiales sin aparentes retalles y su tipo de mechinales. Pero, como veremos en el análisis del siguiente período, lo que no podemos afirmar es si en esta fase los muros alcanzaron una mayor altura o simplemente son una etapa de obra inmediatamente continuada con la que supondría la fase 2 (A 1002), muy semejante en su aspecto respecto a la de este período 1 pero con diferencias suficientes como para diferenciarlos. En el caso de que se hubiera dado la primera posibilidad, un muro más alto que el conservado, se tuvo que producir entre ambos momentos una ruina bastante destructiva que no cuenta con ninguna evidencia visible. Por último, sin que podamos asegurar que se corresponda con este momento, hay una tumba (A 1147) adosada a los pies de la iglesia siguiendo el eje E-O del edificio (fig. 21). Por estar adosada es imposible saber su pertenencia concreta a tal o cual período. Tampoco durante la excavación se pudo dar respuesta a esta incógnita. Sus paredes están hechas con sillares de caliza reutilizados entre los que se puede distinguir un fragmento de lo que fue una cornisa. El fondo está constituido por losas de piedra y dos tégulas romanas de 50x60 cm con incisiones dáctiles trazando un aspa. Cuando fue excavada, la fosa se encontraba reutilizada para albergar dos enterramientos infantiles separados por un murete. Entre el relleno se encontró un fragmento de TSH tipo Rigoir 18 datable en el siglo VI. Este dato ofrece una fecha aislada y post quem para un relleno, el de las tumbas infantiles, con lo que su valor cronológico es relativo. De su cubierta original nada nos ha quedado. No hay duda de que se trata de un enterramiento privilegiado, único documentado en la iglesia, y puede que la persona allí inhumada tuviera alguna vinculación estrecha con el edificio, pero ¿en qué momento? Tipológicamente la tumba no presenta unas características lo suficientemente definitorias como para adscribirla con seguridad a un horizonte cronológico preciso. En cuanto a su ubicación, a los pies de la iglesia, contamos con casos parecidos pero con una sustancial diferencia. Aquellos enterramientos que podemos considerar privilegiados localizados en la zona de hastial no están en la nave de la iglesia propiamente dicha sino que se cobijan en un espacio arquitectónico independiente. En las iglesias de El Gatillo (Cáceres) y Quintanilla de las Viñas (Burgos) las tumbas aparecen en un porche. En Asturias sabemos que existía un panteón real a los pies de la iglesia de Santa María separado de la nave. Por último en Santiago de Peñalba el abad Genadio fue enterrado a occidente dentro de un contraábside. Fase 2 (A 1002): segunda obra de sillería Inmediatamente encima de 1001 se asienta un muro de sillería reutilizada de una sola hoja de 50 cm de ancho con altura variable: nueve hiladas más una de regularización en el muro N (fig. 11); seis más una de regularización en el S (fig. 12), 12 en el E (fig. 10); y 11 hiladas en el O (fig. 16). Únicamente interrumpido en la esquina NO por un gran corte (A 1140). Contiene seis ventanas, cuatro en el muro S y dos en el testero E del aula. Existe, a primera vista, un gran parecido entre 1001 y 1002, pero un análisis contrastado de ambas pone en evidencia ciertas diferencias que pasamos a detallar a continuación. En primer lugar, a pesar de que tanto en uno como en otro paramento el material es reutilizado, mientras que en 1001 la mayoría de los sillares son de arenisca con un pequeño porcentaje de caliza y toba, en 1002 la proporción se invierte siendo muy numerosa la caliza y escasa la arenisca. La siguiente diferencia viene dada por el tratamiento de los sillares. Vimos que en 1001 los bloques no presentaban ningún tipo de transformación. Habían sido colocados en obra sin ser alterados, por lo que mantenían íntegras sus huellas de talla originales. En 1002, en cambio, algunos sillares han sido retallados a posteriori a base de cincel de filo curvo, aunque sólo en su cara exterior. Sin poder afirmar con rotundidad que este retalle sea coetáneo a la construcción de 1002, lo cierto es que no encontramos huellas similares en ningún sillar de 1001, razón suficiente como para señalar la diferencia. Los mechinales tampoco son iguales. En 1001 se encuentran siempre en las esquinas inferiores de los sillares, mientras que en 1002 los tenemos en el borde superior y no siempre en los ángulos, siendo habitual abrirlos en la parte central del sillar. Hay que añadir la existencia de un elemento con carácter de solución de continuidad. Se trata de una estrecha hilada de regularización, presente en los muros N y S, que tiene por objetivo recuperar la horizontalidad de la hilada, sobre todo en la zona occidental (figs. 11 y 12). Esta rectificación ciertamente puede hacerse sobre la marcha sin que tenga que mediar un hiato o cesura en la construcción, pero, a la vista de las diferencias apuntadas, parece tener sentido como preparación para seguir levantando un muro previo no acabado en su momento. Los últimos datos distintivos se refieren a la horizontalidad general de las hiladas así como al tamaño de los sillares. Las hiladas de 1001 trazan líneas bastante horizontales, pero tienden a inclinarse hacia abajo en dirección O en las partes altas. Las de 1002, aunque también se inclinan algo en la parte occidental, son en general más horizontales y evitan además doblar hiladas. La altura de los sillares de 1002, exceptuando las hiladas de regularización, es bastante más regular que en 1001, donde tenemos una más amplia variedad de tamaños. Al margen de lo ya dicho apenas cabe apuntar ninguna otra particularidad constructiva de este muro. La forma de aparejar los sillares tampoco ha cambiado sustancialmente, mezclándose sogas y tizones (éstos en menor número) sin seguir un ritmo o pauta determinada. Sí debe destacarse la presencia de sillares que cuentan con una acanaladura que recorre todo el bloque por el centro de las caras que quedan dentro del muro. Esta hendidura describe una especie de carril de sección cuadrangular de 5 cm de ancho por 1,5 cm de profundidad. Sabemos que este cajeado afecta a todas las caras no vistas de algunos sillares porque en el proceso de restauración, en el que se levantó buena parte del paramento N usando las mismas piezas originales, los bloques pudieron ser vistos en su integridad. En la actualidad el cajeado sólo es detectable cuando algún corte en el muro deja al descubierto el interior de los sillares provistos con este elemento. Para qué sirvieron estos carriles y si son coetáneos a la construcción del muro es una incógnita, aunque nosotros nos aventuramos a lanzar la hipótesis de que se pudieron usar para albergar piezas de madera que ensamblarían unos sillares con otros. Este extraño atado del muro parece lógico si lo que se quiere atar es un paramento de una sola hoja, de tal forma que las llaves de unión serían verticales y no perpendiculares a él como ocurre en muros de dos hojas trabados con piezas de madera (San Pedro de la Nave). En el ábside de la iglesia de Santa María de los Arcos de Tricio (Logroño), con muros de una sola hoja, hemos vistos sillares con una acanaladura similar ocupada por una viga de madera cuya función ha de ser de zunchado. A falta de futuras compro-baciones (dendrocronológicas y C14) podemos afirmar que en Tricio muro y viga son de un mismo momento, lo que abona la posibilidad de que las cajas de los sillares de la iglesia de la Asunción fueran hechas ex profeso. En la presente fase contamos con un buen repertorio de aperturas, en especial ventanas. Como ya sabemos, la parte baja de la puerta N pertenece a la fase previa. Su culminación en la fase 2 levanta las jambas sobre las que apoya un dintel adovelado de tres piezas (figs. 11 y 18). Carece de mocheta, lo que no ha impedido que históricamente se haya cerrado, como lo demuestran las gorroneras de la parte inferior del dintel (As 1118/9) y las huellas de trancas en las jambas (As 1120/4). No hay forma de saber si estos elementos (gorroneras, trancas), pertenecieron a esta etapa. Hay una roza a destacar que se encuentra en las piezas de las jambas sobre las que apoya el dintel adovelado. Se trata de una acanaladura de sección cuadrangular tallada en la parte superior de los sillares, justo bajo el apoyo del dintel, que comienza en la cara exterior pero no llega a recorrer toda la pieza hasta la cara contraria (A 1117). Parece preparada para encajar algo haciéndolo correr por los carriles. Especulamos sobre si se trata del alojamiento de la cimbra, recta necesariamente, del dintel adovelado. Una vez aparejado éste, la cimbra, un simple tablón, podía ser retirada deslizándolo entre las acanaladuras. No hay ningún otro acceso conservado en su integridad que podamos asociar directamente con las actividades de este período debido a las fuertes transformaciones históricas de los restantes. Las ventanas pertenecientes a 1002 no son unitarias tipológicamente y tienen una distribución desigual. De hecho el muro N no tiene ni una sola ventana mientras que el S posee cinco (una de ellas desaparecida en una reforma posterior pero que es lícito reivindicar por cuestiones de simetría, tal como ha hecho el arquitecto res-taurador). Hay dos ventanas más en el muro E de la nave, flanqueando la embocadura del ábside. Por último, en el centro del muro del hastial quedan restos de otro vano. Las del muro S (figs. 12 y 19), justo encima de la hilada de regularización, son de dos tipos. Tres de ellas (cuatro con la desaparecida) son rectas al interior y rematadas al exterior por un arco de medio punto tallado en un sólo bloque. Tienen derrame en las jambas y alféizar, quedando recta la superior. En los bloques donde se abren los arcos, hacia su parte interna, vemos que el arco tiene unas pequeñas enjutas en las que es posible adosar una solución de cierre, pensamos que unas celosías, ya que si se tratase de una hoja de madera de abrir y cerrar habrían aparecido gorroneras. Las supuestas celosías también se apoyarían a lo largo de la jamba merced a un pequeño escalón allí existente, haciendo de mocheta. Esta forma de colocar celosías con los vanos ya hechos y encajándolas desde el interior la encontramos, por ejemplo, en el pórtico meridional de Valdediós. El otro tipo de ventana representado en este lienzo meridional lo constituye el vano que ocupa su eje central. Es sensiblemente más estrecho y en vez de arco tiene un dintel. Al igual que las demás, su alféizar se talla en un sillar y posee el mismo tipo de derrames y escalón para encajar celosías. A igual altura que el cuerpo de luces anteriormente descrito, pero en el muro E de la nave del aula, encontramos dos nuevas ventanas con distintas características (fig. 20). Son rectangulares por dentro y por fuera y abocinadas en todas las caras menos en la superior. Terminan, hacia el exterior del muro, en pequeñas mochetas de 2 cm de frente y 5 cm de profundidad. De nuevo interpretamos este elemento como lugar de encaje para celosías. Creemos que los sillares fueron tallados una vez colocados en fábrica. Fundamos esta apreciación en las irregularidades generales del trazado, más fáciles de producirse, por transmitirse de uno a otro sillar, si la talla tuvo lugar con los bloques colocados que con ellos sueltos y luego aparejados. Por tratarse de retalles en un muro construido no hay totales garantías para asegurar que hubieran sido hechos en el periodo 2. De lo que no hay duda es que nunca pudieron abrirse las ventanas más allá de la fase 3 ya que la 4 las ciega. Ventanas de esta tipología ubicadas en el testero oriental de la nave las tenemos en la iglesia burgalesa de San Pedro el Viejo de Arlanza (Caballero y otros, 1994: 158). En la iglesia mencionada de San Pedro el Viejo las ventanas fueron tomadas como indicio de la posible existencia de una subdivisión del aula en tres naves. La última apertura perteneciente a este momento constructivo se encuentra en el muro del hastial (fig. 21). Aunque afectada profundamente en su parte superior por las reformas del período 7, podemos reconstruir su trazado original. Es la mayor de todas, un vano rectangular rematado por un arco de medio punto a base de dovelas de pequeño tamaño realizadas en piedra caliza de las que se conservan seis. El derrame apenas es acusado. No conocemos su cara exterior por adosarse a esta parte el muro de la primera espadaña (A 1018), que ciega parcialmente la antigua ventana y abre en el hueco una nueva de menores dimensiones. Observamos, entre los retalles de las jambas, algunas rozas que pudieron servir para fijar la correspondiente celosía. Podemos afirmar con bastante certidumbre que el edificio asociado a este período 2 fue rematado en altura. Así lo demuestran restos de líneas de sillares escalonados formadas por las vertientes de los frontones E y O que describen lo que sería una cubierta a dos aguas (figs. 20 y 21). Este dato inhabilita por tanto la posibilidad de un aula dividida en tres naves como podían sugerir las ventanas orientales. Sacamos de nuevo a colación el asunto del pórtico meridional para recordar que dicha estructura, del mismo modo que ocurre con ábside y aula, no estaría culminada hasta la fase 2. Acciones posteriores, sobre todo la construcción de un nuevo pórtico, han supuesto su casi total destrucción por lo que es imposible ofrecer imágenes precisas de la obra acabada. Sobre la A 1002 se apoya un muro de sillería de una sola hoja (50 cm de ancho), compuesto por sillares de caliza y arenisca reutilizada, a lo largo de todos los muros del aula. Conserva diferentes alturas, nueve hiladas en el muro E (fig. 10), tres en el N (fig. 11), cuatro en el O (fig. 16) y otras cuatro hiladas en el muro S (fig. 12). Contiene cinco ventanas geminadas, un par en el lado N, otra pareja en el S y una en el oriental. Como vemos hay aparentes similitudes entre este paramento y los dos anteriores. De nuevo el material presenta evidencias de reutilización en forma de huellas constructivas (gafas) y decorativas (piezas esculpidas). El ancho del muro sigue siendo de 50 cm y los sillares ocupan todo su ancho. Tenemos además huellas de talla con cincel de filo curvo, como en 1002. Las razones que inducen a su diferenciación son de diversa índole. Frente a la etapa inmediatamente inferior (1002), donde la caliza aparecía de forma masiva, el material predominante es, como en 1001, la arenisca, quedando la caliza reducida a las piezas que componen los arcos de las ventanas. Desaparecen casi por completo los mechinales, de los que sólo hemos podido identificar uno en el muro N y otros dos, aunque con reservas, en el muro S. El módulo de los sillares es, por regla general, más pequeño que el hasta ahora visto aunque no faltan las excepciones. En contraste con la marcada horizontalidad de las hiladas de 1002 tenemos líneas sinuosas y acusados escalonamientos que dan lugar a grandes codos. Aparecen hiladas dobladas y en algunas zonas hay un verdadero desconcierto en el aparejo. Otro argumento que abona la especificidad de esta fase frente a la anterior es la ya mencionada existencia de una nítida línea de vertiente de cubierta de 1002, subsumida ahora en el recrecido 1003. Esto se ve con claridad en la parte interna del muro E de la nave. Lo que sería la cumbrera de 1002 ha sido desmontada para conseguir una superficie horizontal sobre la que levantar la nueva ventana. Este período 3 lo interpretamos como un recrecido de los muros existentes sin que parezca que haya mediado una ruina. El período 3 supuso, aparte de dotar a la iglesia con más altura, crear un nuevo cuerpo de luces con la apertura de nuevas ventanas. Todas ellas responden a la misma tipología: aberturas geminadas con arcos de ligera herradura despiezados en dovelas y columna medianera compuesta por capitel, fuste y basa independientes. La ventana E es algo más estrecha que las otras (figs. 10 y 20). Podemos asegurar que en el muro O no hubo ventana ya que el paramento 1003 es continuo en esta zona. Las jambas están formadas por dos alturas de bloques in situ pertenecientes a 1002, excepto en el vano E, constituido íntegramente por material de 1003. El adovelamiento de los arcos no sigue una regla general. En las ventanas del lado N, por ejemplo, prácticamente no hay una sola dovela radial, presentando juntas paralelas y perpendiculares al suelo iguales a las de cualquier otro sillar (figs. 11 y 18). En las del lado S, por contra, sí tenemos dovelas radiales pero con formas, número y tamaños dispares (estrechos, anchos, trapezoidales, cuñas) y nunca describiendo rosca exterior (figs. 12 y 19). Tampoco hay criterio unitario a la hora de hacer los arranques. En la ventana SO la imposta y la primera dovela son piezas independientes mientras que en la SE y las septentrionales se integran ambos elementos en un mismo bloque. En relación con estas fuentes de luz aparecen por primera vez, al menos que conozcamos, piezas decorativas originales. Ocultas la mayoría de ellas durante muchos años (Huidobro pudo ver sólo una) fueron apareciendo a lo largo de los trabajos de restauración. Se trata de elementos de soporte compuestos por capitel, columna y basa y es posible que algún cimacio, todos independientes (fig. 9). Sin duda lo más interesante es el lote de capiteles, conservados cuatro de los cinco posibles. Están realizados en mármol de un grano muy fino y presentan una superficie pulida. No hay dos iguales ni en tamaño ni en esquema decorativo. Hay piezas en las que se mezclan temas vegetales con otros figurados, en concreto unos rostros humanos tallados en dos de los frentes. Son muy sumarios en sus rasgos y carecen de cualquier atributo identificativo. Se trata de manufacturas especializadas salidas de un taller que llegaron a la Asunción en el contexto de la remodelación de la iglesia. Capiteles, cimacios y basas, una vez en la obra, fueron colocados por los mismos que estaban levantando el nuevo muro. Se tuvieron que tallar en la obra las columnas ya que el lote de piezas no incluía estos elementos a pesar de que tanto capiteles como basas están hechos para ir con columna. El caso es que los obreros tuvieron que suplir esta falta tallando unas columnas enterizas, en arenisca. Más que tallar, como observa Aparicio, lo que se hizo más bien fue cortar con sierra los bloques facetándolos hasta dar una apariencia más o menos cilíndrica que contrasta en su tosquedad con la finura de los capiteles. Respecto a que estas piezas sean material reutilizado u original (bien porque se encargaron a un taller, bien porque se compraron ya hechas) nos parece más probable la segunda opción. Parece demasiada casualidad, en caso de que habláramos de reempleo, que un juego completo de soportes (salvo las columnas) hecho por las mismas manos, haya podido ser rescatado y trasladado intacto desde un edificio amortizado. En los sistemas decorativos escultóricos en los que podemos hablar de un expediente de reciclaje de piezas, lo habitual es encontrar conjuntos misceláneos, a lo que se une la habitual presencia de alteraciones de las piezas como consecuencia de su segunda o tercera vida útil. Ni una cosa ni otra vemos en la Asunción. Sus aparejos son de mampostería de 85 cm de grosor a base de lajas estrechas de esquistos con encadenados de sillería reforzando las esquinas. El ábside posee una cúpula sobre pechinas en piedra toba (figs. 9, 18 y 19). El material se une por medio de una argamasa blanquecina mezclada con arena gruesa y pequeños fragmentos de teja. Quedan restos de un enfoscado grisáceo que interpretamos como original. El ábside se conserva casi en su integridad a pesar de las reformas posteriores. Los encadenados de sus esquinas son bloques de arenisca y caliza que muestran huellas de reutilización. Es bastante probable que dichas piezas provengan del anterior presbiterio, el cual era de menor tamaño tal como se pudo ver durante la excavación. Los sillares de las cadenas no dan cara al interior. Documentamos algunos recalces con fragmentos de teja plana, tegulae, que también pudieron venir de una cubierta previa. El nuevo ábside va a adosarse con el muro E de la nave sin que, aparentemente, se hayan producido retalles para enjarjes. Al tener una anchura mayor que el antiguo presbiterio, el adosamiento viene a caer justo en la línea donde se encuentran las ventanas orientales del aula, lo que ha provocado su cegamiento. El espacio interior fue solado con opus signinum, levantado durante la excavación pero del que se conserva su impronta en el muro S. Únicamente hemos podido identificar con seguridad dos mechinales constructivos. Se ilumina este ámbito por medio de tres ventanas, una en cada muro. Son de tipo asaetado, estrechas al exterior y derramándose hacia el interior salvo en su plano superior. Se componen a base de sillares reutilizados (uno de ellos es una inscripción romana) tanto en el dintel, siempre monolítico, como en las jambas. El alféizar, en cambio, está hecho con la mampostería original del muro. Se talla por la cara exterior del dintel un pequeño arquito de medio punto. El arco es enmarcado por un motivo sencillo a base de dos líneas paralelas que tienen continuidad a lo largo de las jambas. Hay tallados en la parte izquierda de los dinteles una pequeña gorronera que nos está hablando de su solución de cierre con una puertecita de un sola hoja. Las piezas de las jambas han sido retalladas para conseguir el abocinado utilizando una herramienta tipo cincel o pico que ha dejado grandes huellas. El vano N presenta diferencias, no tipológicas, respecto a los otros: se abre a una altura superior y su anchura es mayor. El espacio absidal se cubre interiormente con una cúpula sobre pechinas. El material empleado ha sido la piedra toba a excepción de los arranques de las pechinas, realizados en caliza. Estos arranques forman una arista que desaparece tras la segunda hilada para, a partir de ahí, surgir el triángulo curvo propio de la pechina (fig. 16). En el exterior hay dos tipos de cornisas. Una que se desarrolla a lo largo de los muros N y S y otra en el muro E. La primera, en arenisca, con ocho piezas en el N y cinco en el S, presenta una decoración a base de hojas puntiagudas con nervadura central con tacos en su base y un grueso sogueado en la parte inferior. Por su tipología son romanas, además de ser evidentes los indicios de reciclaje al observarse cómo la serie se compone con piezas de diferente largura entre las que se ven fragmentos evidentemente ya rotos antes de ser colocados. La otra cornisa, en cambio, parece coetánea a la fase 4. Se trata de piezas en caliza que van siguiendo las líneas inclinadas de las vertientes del tejado. Su decoración es bastante sencilla, compuesta por una simple nacela. El pórtico meridional, técnicamente, es idéntico al ábside. El aparejo es de sillarejo a base de lajas estrechas con refuerzos esquineros de sillares. También es coincidente la anchura de los muros. El testero occidental desapareció en una ampliación posterior. La altura conservada no es la original. Durante la moderna restauración se cortó este muro y sus recrecidos para dejar más visible el lienzo meridional de la iglesia. La forma en la que se relaciona con el paramento S del aula es de enjarje en la parte baja y de adosamiento en el resto. El trabado, ya mencionado en otro apartado, se ha conseguido recolocando la parte inferior de la esquina SE del aula para formar llaves (A 1007) y aprovechando lo que parecen unas adarajas antiguas pertenecientes a 1001. El encuentro entre los dos muros en la parte occidental se pudo beneficiar de las posibilidades de trabazón que ofrecía el cajeado allí documentado perteneciente a 1001. El pórtico tenía una compartimentación interna que generaba cinco espacios diferentes. Uno que servía de entrada y comunicaba con la iglesia y dos a cada lado del anterior, de tamaño algo menor los más cercanos a él. En excavación fueron reconocidos sus cimientos, de los que todavía quedan in situ algunos restos de pilastras adosándose al muro S de la nave y N del pórtico. Las habitaciones de los extremos podían contar con un acceso directo a la iglesia a través de puertas mencionadas en las fases 1 y 2. Desconocemos si dichos vanos seguían operativos en la presente fase. Otra incógnita es la altura que alcanzó este cuerpo arquitectónico: si era igual en todas sus partes o si existían diferencias de nivel entre ellas. En relación con esto último se ve una impronta a eje con la puerta S que describe una cubierta a dos aguas de una estructura allí adosada, que coincide en anchura con la habitación de paso a la iglesia. Esto quiere decir que alguna vez este espacio contó con una altura distinta respecto a las habitaciones que le flanquean, seguramente más bajas en previsión de no inutilizar las fuentes de luz. De todas maneras faltan datos para ser concluyentes. Hemos de tener en cuenta que el pórtico sufrió varias remodelaciones en fechas posteriores tal como lo demuestran las fotografías antiguas y la evidencia de varias hileras de mechinales (As 1039/42, 1048). Otra cuestión irresoluble es si hubo más de un piso en las habitaciones. Desde un punto de vista funcional no nos atrevemos a emitir aseveraciones en Fig. 16. Arranque de la pechina SO de la bóveda del ábside relación al uso que tendrían los diferentes ámbitos del pórtico. El del extremo oriental llegó hasta nuestros días convertido en capilla en época medieval, mientras que su homólogo occidental hacía las veces de baptisterio desde una fecha indeterminada. También aparecieron algunos enterramientos medievales. Tan sólo podemos apuntar con visos de verosimilitud que ninguna de las estancias, en su fase original, presenta elementos o estructuras asociables a funciones litúrgicas. Son varios los vanos con los que contó el pórtico, aunque no todos se conservan. La puerta exterior, desaparecida, estaría en el mismo lugar que la actual, más moderna, la cual no ha dejado ningún rastro de la original. De las ventanas nos han llegado cuatro, estimándose en dos las destruidas: una en el muro O, desaparecido todo él tras una ampliación, y otra en el muro S que flanqueaba la puerta de entrada al pórtico. Las supervivientes son de dos tipos. Las primeras, tres sobre cuatro posibles, son similares a las descritas en el ábside: vanos asaetados con derrame hacia el interior y exteriormente aparejadas con sillares reutilizados para dintel (monolítico) y jambas, quedando el alféizar constituido por el propio muro de mampuesto. A diferencia con los vanos del presbiterio, los dinteles no se recortan para formar el arquito ni tampoco son visibles gorroneras o elementos de cierre. Son evidentes los retalles de las jambas para conseguir el abocinamiento. Estas ventanas, una en el muro E y dos en el S, están todas asociadas a las habitaciones extremas del pórtico. El otro tipo de vano está representado en el muro S, al O de la puerta de entrada. Se trata de una ventana dotada con un arco de ligero desarrollo de herradura formado por siete dovelas, una en forma de cuña, de piedra caliza, que arranca algo retranqueado sobre sendas impostas de arenisca apoyadas en jambas del mismo material. Las impostas son tipológicamente adscribibles a las vistas en las ventanas geminadas (fase 3): se molduran con un baquetón seguido de dos salientes de sección cuadrada formando escalón. Tuvo que existir una ventana semejante al otro lado de la puerta, perdida como consecuencia de una reforma (A 1031). Estas ventanas arcuadas iluminaban las habitaciones inmediatas al zaguán de entrada. En definitiva, la fase 4 supuso una intervención de alcance que alteró sustancialmente la fisonomía del edificio. No hay ninguna evidencia que nos hable de la necesidad de emprender esta remodelación a causa de una ruina del ábside y pórtico. Da la sensación de remodelación planificada, en la que se contaba de antemano con el desmonte de las estructuras a sustituir y por tanto destruir. Las actuaciones en este período son las siguientes: reforma de la puerta meridional de acceso a la iglesia (1012); construcción de sacristía al S del ábside (1013); primera decoración pictórica del ábside (1014); apertura del arcosolio del muro N del aula (1015); y construcción de la primera espadaña (1018). La puerta S actual (A 1012) se compone fundamentalmente de piezas de caliza y alguna arenisca reutilizadas (figs. 12 y 19). Hacia el exterior compone un arco ligeramente apuntado, trasdosado por una moldura, que arranca de impostas decoradas con taqueado. Algunas dovelas presentan inscripciones, dos de ellas con fecha, una con era hispánica y otra con anno domini pero dando el mismo año, 1224. Hacia el interior el descargadero es un arco rebajado ligeramente abocinado. También se observan mochetas. La talla de las dovelas está hecha a base de hacha dentada con golpes a 45 grados. La moldura presenta huellas del trabajo de un cincel. A pesar de contar con la fecha de la inscripción no debemos fiarnos de la coincidencia temporal entre esta acción y la construcción de la puerta tal como hoy la conocemos. Decimos esto porque son evidentes los cortes que se han producido en el epígrafe consecuencia del retalle de las dovelas que le sirven de soporte (fig. 17). ¿Hemos de pensar que hubo una puerta anterior de la que se reaprovechan partes para hacer una nueva o las piezas proceden de otra iglesia distinta? La sacristía (A 1013) se construyó aprovechando el rincón exterior SE formado por el ábside y la nave (figs. 10 y 12). Fue completamente desmontada, a excepción de la primera hilada, en el transcurso de la restauración. Sus muros eran de piedra toba y esquinas de arenisca, intercalándose, según testimonios fiables, numerosas estelas funerarias de época medieval. Es probable que vengan de la zona en la que se levanta la sacristía que, por su proximidad al ábside, era un lugar apropiado para haber recibido enterramientos. El encuentro de los muros de la sacristía con los del ábside y pórtico se resuelve fundamentalmente con un adosamiento aunque no faltan huecos puntuales para enjarjes. La habitación se cubría con una bóveda nervada de crucería de sección ojival, con clave monolítica circular, que arrancaba de las cuatro esquinas de la estancia a partir de semicolumnas. También se practican rozas en los muros antiguos para apoyar los arcos fajones y formeros. La cubierta exterior era una capa de barro y tierra sobre el trasdós de la bóveda con tejas encima. Por esta razón no se hicieron mechinales para sostener tejados. Tras la erección de la sacristía la ventana S del ábside quedo condenada. Para acceder al nuevo espacio fue necesario abrir una puerta desde el interior del presbiterio rompiendo su muro. Las paredes del ábside reciben en esta fase una decoración pictórica (A 1014) a base de líneas de falso despiece de sillares ocupando las pechinas, de estrellas esquemáticas en el casquete de la cúpula y dos registros cromáticos planos (rojo el superior con restos de una inscripción de caracteres góticos y gris el inferior) en el muro del testero. Se abre un arcosolio (A 1015) en la parte interna del muro N del aula, al E de la puerta (fig. 18). El paramento antiguo es recortado para formar un arco rebajado. Creemos que no debió tener carácter funerario habida cuenta de su estrechez, 38 cm, por lo que más bien parece destinado a funciones litúrgicas, tal vez alberge de un pequeño retablo. La última actuación importante documentada en esta fase es la construcción de una espadaña a los pies de la iglesia (A 1018; figs. 11, 12, 14 y 21). Supuso el regruesamiento del muro occidental. La parte baja de la base de la espadaña en la esquina NO simplemente se adosa al hastial pero, a partir de la séptima hilada, se rompe el paramento original para crear trabazones. En la esquina SO, en cambio, se empieza enjarjando por abajo, luego sigue un adosamiento y después vuelven a formarse adarajas. Hay algunas diferencias constructivas entre la parte superior e inferior sin que esto signifique que correspondan a etapas cronológicas distintas. La parte baja es de sillares de caliza y arenisca con alguna toba. La primera hilada sobresale de la vertical del muro formando zarpa. Sobre ella se encuentra una hilada con bloques de buen tamaño para, a partir de ahí, disminuir en volumen. En la parte alta, desde unas piezas de esquina molduradas triangularmente y con motivos decorativos muy perdidos, el paramento se compone de sillares predominantemente de toba. La diferencia de material puede achacarse a la búsqueda de solidez de la zona inferior y al aligeramiento de la estructura en la zona superior. El cuerpo de campanas se compone de dos vanos entre machones desmochados a raíz de un recrecido posterior (A 1027). Cuenta la espadaña con un vano estrecho rectangular con un abocinamiento hacia el interior y otra hacia exterior que en la pieza del dintel genera un corte semicircular. De esta forma la ventana más antigua que había en el muro O queda inutilizada en su mayor parte, reduciéndose notablemente la entrada de luz. La fase 5 abarcaría cronológicamente desde el siglo XIII al siglo XV. Dentro de este intervalo temporal la puerta pudo ser la intervención más antigua y la sacristía y espadaña las más recientes. Las actuaciones constructivas asociadas a este período supusieron una profunda transformación del aspecto interno del edificio. La nave fue dotada con unas nuevas bóvedas de arista realizadas en ladrillo tabicado que arrancaban desde gruesos pilares adosados a los muros del aula. La colocación de los pilares y arcos ha dejado profundas rozas en los cuatro muros de la nave (figs. 18 a 21). A resueltas de esto las ventanas altas quedaron ocultas y macizadas. En el ábside se lleva a cabo una remodelación consistente en varias acciones. Se amplía su embocadura con la construcción de un nuevo arco con desarrollo en medio punto compuesto por dovelas de tamaño mediano hechas en piedra caliza y arenisca (fig. 20). La rosca es subrayada por una moldura sencilla. Creemos que el material empleado ha sido suministrado por las partes antiguas de la fábrica ahora desmontadas (parte del testero oriental). La altura del arco es mayor a la que tendría el vano del período 4, lo que ha supuesto tener que recortar la parte baja occidental de la cúpula para suavizar el escalón provocado. Al mismo tiempo se coloca un retablo algo separado del muro E. Para afianzarlo se practicaron huecos en diferentes lugares de los muros N, S y cúpula. Condenada la ventana S con la construcción de la sacristía, se inutiliza ahora la E al colocar del retablo. La pérdida de iluminación, sólo con el vano N operativo, se subsanó con la apertura en la parte alta meridional de una nueva ventana por encima del nivel de la sacristía (fig. 19). La intervención en el ábside se completa con la aplicación de una decoración pictórica a base de motivos arquitectónicos y vegetales en las partes de la cúpula que todavía quedaban vistas tras colocar el retablo. Otra reforma destacada del período 6 es la transformación de la habitación oriental del pórtico en una capilla conocida por el nombre del Santo Cristo, advocación que se debe a la talla allí colocada, un calvario, que puedo venir del ábside (figs. 12 y 19). La comunicación de este ámbito con la iglesia es ahora magnificada con un arco de gran tamaño que significó la desaparición de una de las ventanas del cuerpo bajo. Dentro de lo que sería el nuevo espacio cultual, el antiguo vano meridional del pórtico es cegado y transformado en hornacina. Cronológicamente ubicamos al período 6 en época renacentista, siglo XVI, debido a la tipología de las estructuras arquitectónicas y las características estilísticas de las pinturas del ábside y las esculturas del retablo. Prácticamente todos los elementos descritos pertenecientes a esta fase fueron desmontados a resultas de la reciente restauración. El inferior ofrece un paramento de sillería regular en sus caras O, N y S mientras que la E es de mampostería. Arranca apoyándose en la espadaña antigua previamente desmochada hasta el cuerpo de campanas, cuyos vanos sirven ahora de llaves constructivas. En este tramo bajo se abren dos amplios arcos de medio punto. El segundo cuerpo está hecho íntegramente en sillería. Posee aletas semicirculares y se remata con un frontón curvo. En los extremos de las aletas y sobre el frontón hay unos pináculos de tipo herreriano con las características bolas. Cuenta la parte alta con un arco semicircular semejante a los ya vistos y un óculo cobijado por el frontón. El recrecido del campanario lo tenemos datado gracias una inscripción ubicada en el muro O que nos da cuenta del evento en el año 1699. La ampliación del pórtico (A 1030) significó el derribo de su muro de poniente para llevarlo hasta la nueva es-quina resultado del regruesamiento de la espadaña (figs. 14 y 21). El nuevo muro tiene un cierto parecido con el antiguo pero es bastante más desordenado en su aparejo, mezclándose lajas de esquisto, arenisca, toba y conglomerado. Se aglutina con abundante mortero de color ocre compuesto por cal y pequeñas piedras de río. La esquina, a imitación de la existente, se refuerza con sillería. Las caras que dan al interior del pórtico muestran un escalonamiento en la zona baja, una especie de banqueta de fábrica. Contaba este muro con una puerta hacia la zona occidental, junto a la esquina. Este paso no pretendía comunicar la habitación del pórtico con el exterior sino que desde allí partía un tiro de escalera de armazón de madera que conducía a una caseta colgada en el muro E del campanario. Hemos de suponer que a partir de esos momentos la actividad que se desarrollaba en la habitación afectada, el baptisterio, quedó interrumpida. El acceso al campanario también causó la apertura de un vano en la parte alta del muro de la nave. Dentro de la nave, en los pies, se levantó un coro alto (A 1024) hecho en madera del que han quedado las huellas simétricas en los muros N y S de su forjado y pasamanos (figs. 18 y 19). Para iluminar a los allí congregados se abrió una ventana (A 1025) en el muro E rompiendo tanto el muro antiguo como el de la primera espadaña. Otras intervenciones de esta fase pero con menor repercusión constructiva son: la hornacina abierta en la cara exterior del muro E del pórtico (A 1028; fig. 10), convertido tiempo atrás en parte de la sacristía; los anclajes para retablos pequeños que flanqueaban la embocadura del ábside (A 1029; fig. 20); la destrucción y cegado de la ventana localizada al E de la puerta del pórtico (A 1031; fig. 13); un enfoscado rosado en el ábside (A 1085; fig. 19); el chaflán de la esquina SE del pórtico (A 1149; fig. 10). Todas estas actividades se iniciarían a finales del siglo XVII, fecha de la segunda espadaña, y tendrían continuidad a lo largo del siglo XVIII. El resto de actividades son las siguientes: cegamiento de la puerta de acceso al campanario desde el exterior (A 1036, fig. 13), lo que significó que la subida de las escaleras partiese ahora del baptisterio; hornacina para óleos en el baptisterio (A 1038; fig. 12); cierres para verjas en las jambas del arco de acceso al ábside (A 1087; fig. 20); reparación con cemento de la parte baja de la esquina SE del pórtico (A 1131; fig. 10) y saneamiento de la misma (A 1156); parche de adobe en la cara interna del muro S del pórtico (A 1139); desprendimiento de parte del muro S del pórtico (A 1152; fig. 13). Estas acciones tuvieron lugar en el transcurso de los siglos XIX y XX justo hasta el momento de abandono del edificio. Fase 9 (A 3000): la restauración En fechas cercanas el edificio sufrió un voraz incendio que consumió la cubierta de madera y afectó seriamente a las bóvedas renacentistas. A partir de ese momento la iglesia deja de funcionar, entrando en un proceso de abandono que se salda con la ruina del muro N de la nave, arrastrando en su caída lo que quedaba de las bóvedas. Por tanto hemos de considerar una fase de ruina que nosotros no hemos querido periodizar porque la interfaz de la restauración la ha hecho desaparecer estratigráficamente. Abandonada la fábrica a su suerte se puso fin a su calamitoso estado gracias a una intervención restauradora dirigida por el arquitecto Antonio de la Fuente (Aparico y de la Fuente, 1996). La rehabilitación no sólo supuso reparar lo arrumbado (anastilosis del muro N), también se actuó en las partes conservadas siguiendo un criterio en el que primó la significación de las partes más antiguas del edificio en detrimento de los añadidos posteriores que las enmascaraban (todos los planos, figs. 9 a 14 y 18 a 21). De esta forma se eliminaron varias estructuras. En el ábside se desmontó el retablo, se quitaron los cierres de su ingreso y se cegaron los vanos de la puerta de la sacristía y la ventana alta. En la nave se prescindió de todo el sistema de las bóvedas de crucería, prácticamente ya perdidas. Es colocada una nueva cubierta a dos aguas de madera y son destaponadas todas las ventanas cegadas, altas y bajas. Los soportes de los vanos geminados, una vez recuperados y para poder preservarlos, fueron sustituidos por otros modernos. El paso a la capilla del Santo Cristo es cerrado y se recrea la ventana desaparecida del cuerpo de luces inferior siguiendo el modelo de las existentes. Es cegada igualmente la ventana que iluminaba el coro alto. En el pórtico se recorta el muro hasta llevarlo a su altura actual, eliminándose así los recrecidos que ocultaban al muro S de la nave. Al mismo tiempo son derribadas las tabicaciones internas de las diferentes habitaciones. En el campanario se prescindió de la moderna caseta colgada así como de su acceso. Por último, la sacristía es desmontada hasta su nivel más bajo dejando expedito el muro meridional del ábside. INTERPRETACIÓN, DISCUSIÓN Y PROPUESTAS CRONOLÓGICAS DE LAS FASES PRERROMÁNICAS Tras la exposición de los resultados del registro arqueológico basado en la estratigrafía, que significa una deconstrucción del edificio de la que se obtiene una secuencia relativa de las diferentes acciones que han supuesto cambios en la fábrica desde el momento fundacional hasta finales del siglo XX, pasamos a continuación a la construcción de un discurso histórico en el que explicar y enmarcar los resultados de la observación. Como se dice en el epígrafe, tan sólo vamos a referirnos a las fases prerrománicas, por ser éstas de especial relevancia en el contexto de la discutida caracterización de la arquitectura peninsular entre los siglos VI y XI. Cuatro fases; dos edificios Una vez conocidos los datos y la forma en que han sido expuestos (se ofrece una secuencia de cuatro fases constructivas distintas) la pregunta inevitable es si cabe hablar de cuatro iglesias distintas. La respuesta es no. Pensamos que tan sólo hay dos edificios. Pero antes de explicar y argumentar por qué defendemos esta idea tal vez alguien esté pensando que, si al final, hay dos iglesias por qué no se han reducido a dos las fases de la secuencia. En efecto, podría haberse hecho, pero no olvidemos lo que decíamos al comienzo de este apartado. La estratigrafía descompone el edificio formando redes interconectadas de soluciones de continuidad que individualizan acciones concretas, positivas o negativas. Pues bien, desde la aplicación ordinaria del método se pueden individualizar cuatro acciones específicas relevantes prerrománicas. Lo que no dice el método es cuántos edificios distintos hay en relación a los cuatro eventos definidos. Eso es lo que toca hacer en el presente capítulo. Como hemos adelantado, nuestra interpretación del registro nos lleva a proponer la existencia de una iglesia primigenia (a la que llamaremos a partir de ahora la Asunción I) que, en un momento histórico posterior, experimenta una importante reforma que va a cambiar sustancialmente su aspecto primitivo (la Asunción II). Las llamadas fases 1 y 2 de la periodización son los restos de la Asunción I mientras que las fases 3 y 4 corresponden a la Asunción II. La Asunción I fue un edificio que necesitó dos impulsos edilicios distintos para poder ser culminado (la fase 1 y la fase 2). Nos encontramos con una iglesia de nueva fundación que va erigiéndose de forma homogénea. Pero, a partir de cierto punto definido por una solución de continuidad, la forma en la que prosigue el muro hacia arriba presenta características distintivas en algunos aspectos (proporciones en el tipo de piedra empleada, mechinales, tallas) respecto a la parte baja. Esto nos enfrenta a una disyuntiva: o bien durante las obras se produjo un relevo de equipos de trabajo, lo que dejaría la cosa en una fase de obra, o bien el trabajo quedó interrumpido y, pasado algún tiempo, otra cuadrilla lo reanuda. Sea cual sea la respuesta parece sensato pensar en la inmediatez temporal entre la fases 1 y 2, incluso tratándose de un escenario en el que la obra quedó temporalmente parada. Las diferencias entre las fases 1 y 2 no dejan de ser variantes tipológicas (subtipos al fin de al cabo) dentro de un marco tecnológico que es común a ambas. Creemos que una y otra pertenecen a un mismo ciclo productivo: el reempleo de sillería como estrategia constructiva, la forma de aparejar los bloques, el uso de mechinales tallados. Las diferencias, por tanto, vienen dadas más por prosaicas rutinas de obreros y capataces que por renovaciones en la forma de construir. Tengamos en cuenta además que la fase 2 no hace otra cosa que asumir el proyecto anterior culminándolo en unos términos en todo semejantes a los que estaban planeados en origen. Esto es así en lo espacio/funcional ya que el trazado primitivo que definía ábside, aula y pórtico no se alteran en absoluto. Parece también asumirse el complejo juego de puertas original, por lo que el sentido que tenían en la fase 1 sigue siendo el mismo en la fase 2, de nuevo indicio de proximidad en el tiempo. Qué pudo provocar primero un parón de las obras y, después, una reanudación de las mismas es algo que se nos escapa. En arqueología lo que se registra son los efectos de acciones a partir de las cuales intentamos buscar las causas que las provocaron. En el presente caso no somos capaces de ofrecer una causa concreta que pueda hacerse pasar por más convincente que otras. No hay forma de saber si la solución de continuidad arqueológica se debe a una circunstancia que tiene que ver con los que promuevan la obra o con los que la están realizando. De lo que sí estamos bastante más seguros es que, cuando estuvo terminado el edificio de la Asunción I, lo que se había construido era una iglesia. No compartimos las dudas planteadas por Aparicio respecto a la posibilidad de que el ábside no formara parte del proyecto original sino que fuera enchufado, en una fase posterior, a un edificio rectangular de uso civil (no religioso). Las características de los restos del ábside primitivo que encuentra en excavación son coherentes en lo técnico, constructivo y espacio/funcional con la obra del aula. En el proceso de excavación se vio cómo las fosas de desmonte del primer ábside fueron colmatadas por un relleno que incluía abundantes cascotes de piedra toba (Aparicio, 1996: 158). Planteamos la hipótesis de que esta toba venga de la cubierta original del presbiterio y que ésta hubiera sido una cúpula sobre pechinas. Por una parte está la propia piedra toba, material siempre usado a la hora de armar estas cúpulas. Por otra parte está el trazado geométrico del ábside: una estructura tendente a la cuadratura, típica de las estancias cubiertas con bóvedas de pechinas, las cuales son las que permiten pasar del cuadrado al círculo. La Asunción I, como edificio acabado y operativo, se enfrenta en poco tiempo a un problema derivado de lo que parece una incorrecta planificación. Ya se ha dicho que existen suficientes pruebas para sostener que el primer edificio tenía un pórtico en el S. El problema del que hablábamos viene dado por la escasa altura en la que están abiertas las ventanas del muro meridional del aula. Esta ubicación por fuerza tuvo que condenarlas total o parcialmente por la cubierta del pórtico, por mucho que la bajemos. De nuevo estamos ante un efecto (conflicto ente ventanas y pórtico) del que se nos escapan sus causas (¿mala planificación?, ¿cambio de planes cuando ya no era posible rectificar lo anterior?). El caso es que desde el primer día la iglesia estuvo privada de buena parte de la luz que estaba prevista. En el aula sólo quedó plenamente operativo el vano occidental. Esto explicaría la radical iniciativa de abrir en labor de zapa dos nuevas ventanas, perforando de lado a lado el muro oriental. Como se verá, el asunto de la iluminación del templo también se hace presente en la Asunción II. ¿La tumba privilegiada que se encuentra a los pies de la iglesia fue hecha y usada con la Asunción I? Desde un punto de vista estratigráfico la tumba se adosa al muro de la iglesia por lo que, cuando se ejecuta, ya estaba construido. En otras palabras, sin más datos por ahora, la tumba se hace en un edificio seguramente acabado, pero es imposible determinar el tiempo transcurrido entre una y otra acción. Desde luego, si no fue realizada en la Asunción I lo fue en la Asunción II ante la dificultad para asumir este tipo de enterramiento en horizontes históricos posteriores (plenomedievales en adelante). Nosotros encontramos plausible que el enterramiento se vincule con el primer edificio. Las características materiales y simbólicas de la tumba trascienden al hecho de que una persona se esté inhumando sin más en un espacio sagrado. Quien estaba allí enterrado pudo ser el promotor y fundador del establecimiento, lo que no descarta la posibilidad de que el sujeto de la acción sea en el fondo colectivo (grupo familiar preeminente con intereses y alianzas en la zona). Pero este uso como panteón no debió ser la razón primordial que animó su construcción. Lo normal es que el templo se proyectara fuera de sus muros y formara parte de una realidad territorial y social en la que habitan personas y se obtienen recursos. La iglesia vendría a ser la clave de bóveda material y simbólica de este sistema. De la Asunción I sabemos que 1) se levanta en un solar que no tenía una iglesia más antigua y 2) es una iniciativa que se puede personalizar en un personaje sin nombre tras el que puede haber una trama de alianzas y clientelas. Una fundación ex novo por parte de una persona con poder y capacidad para poner en marcha una empresa edilicia de corte monumental. El abad Avito de Tobillas (Álava) podría ser un personaje de estas características, no el único, que tiene vinculación justamente con otro edificio del grupo arquitectónico (Azkarate, 1995; Sánchez Zufiaurre, 2007: 206-219). Avito, constructor de la primera fase altomedieval documentada (Tobillas I), encaja en este perfil que podemos reconstruir a partir de la documentación escrita y arqueológica. Esto no puede hacer automáticamente a la Asunción I un monasterio y, a la persona inhumada, su abad fundador. No lo sabemos y nada nos saca de dudas. En San Román de Tobillas, San Pedro el Viejo de Arlanza y Quintanilla de las Viñas hay datos suficientes para saber que se trataba de monasterios. El resto, incluida la Asun-ción, no cuenta con ninguna información directa referida a sus primeros siglos de vida. Por el momento sólo podemos hablar de una tendencia y no de una regla. Tendencia que desde luego se respalda con las abundantes menciones a monasterios de nuevo cuño en esta región durante los siglos IX y X. La iglesia de la Asunción II es el resultado de las fases 3 y 4 de la secuencia. La situación es distinta respecto a lo ocurrido en la Asunción I, donde las dos fases que la conforman son entidades individualizables hechas en distintos momentos (cercanos) por distintas manos. Ahora, las fases 3 y 4 son consideradas coetáneas, ejecutadas a un tiempo por el mismo equipo de trabajo. Cuando se emprenden las obras de la Asunción II no se está actuando en una fábrica deteriorada o con problemas estructurales que obligaran a intervenir de forma urgente. Estratigráficamente, entre los que nosotros consideramos Asunción I y Asunción II, no aparecen indicios de ruina salvo los que provoca la obra de ampliación. En efecto, se trata de una ampliación a lo alto (recrecido del aula), a lo largo (nuevo ábside de mayores dimensiones) y a lo ancho (nuevo pórtico meridional). De todas maneras, más allá de esta propuesta proyectiva, tiene que haber algún dato arqueológico que relacione dos fábricas notoriamente distintas: la de sillería del recrecido y la de mampostería de lajas de ábside y pórtico. En efecto, existe uno que otorga identidad tipológica, lo que no significa que haga tipológicamente iguales un muro de sillería y otro de mampostería sino que nos dice que el mismo equipo de operarios ha hecho uno y otro. Dicha identidad tipológica viene dada por la comparación de las ventanas geminadas con las ventanas que flanqueaban la entrada del pórtico (sólo se conserva la occidental). Dejando a un lado que las del aula son geminadas, la forma en que están hechas y aparejadas las dovelas así como las impostas de las que arrancan los arcos son en todo semejantes a las del pórtico. Han sido hechas siguiendo idénticas rutinas productivas. En su momento, cuando nos planteábamos la posibilidad de que las fases 3 y 4 fueran de momentos distintos, lo único que podría explicar la identidad tipológica de las ventanas era una solución ad hoc: en la fase 4 se reutilizaron ventanas de la fase 3 previa. No hay ningún dato positivo que lo avale. Todas las ventanas originales de la fase 3 se conservan y están en su sitio, por lo que nos quedamos sin lugares de donde traer el material de reempleo. Por otra parte, la irregularidad con las que están hechos los arcos, con piezas dispares en tamaño y forma, no justifica un interés por volver a recrearlos y además sería francamente difícil que su aspecto fuera idéntico. La combinación de técnicas y materiales distintos en una misma obra, aparte de no ser nada extraordinario, debe entenderse como un recurso productivo. A la vista de la forma en que se ejecuta, en conjunto, la obra de la Asunción II se observa que este grupo de trabajo está más cerca de la albañilería que de la cantería. Cuando construyen desde los cimientos ábside y pórtico se erigen fábricas de mampostería en las que el uso de la sillería y por tanto la necesidad de una especialización en la cantería se limita a elementos singulares. Los encadenados de las esquinas son bloques meramente reutilizados a los que no se somete a transformaciones. En cuanto a los arcos de las ventanas altas ya hemos visto la falta absoluta de regularidad en la forma y tamaño de las dovelas, síntoma de que el empleo de la piedra (mampuestos aparte) en el contexto productivo de este taller es un recurso puntual y no una especialización. Esta circunstancia se pone de manifiesto en el recrecido del aula hecho a base de sillares reutilizados cuyos resultados tienen poco que ver con las obras de sillería vistas en la Asunción I. En el recrecido las piedras reaprovechadas ya estaban muy rodadas antes de usarlas y se aparejan más como grandes mampuestos que como sillares. Las juntas son de gran grosor y no se siguen hiladas, lo que da lugar a un aspecto desconcertado. ¿Por qué no se hizo el realzado con la misma técnica de mampostería de lajas que es el principal recurso constructivo del taller? La respuesta puede venir dada por la conjunción de dos factores, uno estructural y otro estético. El ancho del muro del aula es de 50 cm, sensiblemente más estrecho que el de los muros levantados en mampostería desde los cimientos, que es de 85 cm. Es cierto que sobre una superficie de 50 cm se puede levantar un muro tipológicamente idéntico a los de ábside y pórtico. La cuestión es si un muro de esas características, con esa anchura, puede tener o no problemas estructurales a tenor de su función. El realzado, al final, debía recibir el empuje de una cubierta que, aunque de madera, debía ser bastante aparatosa en virtud del espacio a cubrir. Haber levantado en mampostería, sobre la fábrica de sillería anterior, la parte alta del muro donde descansará la armadura del tejado podría suponer la creación de una línea de debilidad estructural en la transición de los esfuerzos mecánicos entre fábricas de naturaleza distinta. Por otro lado estaría el elemento estético. Recrecer empleando sillares, auque sin la misma pericia que en la fase anterior, ofrece un aspecto final más armónico con lo que hay debajo que si se hubiera hecho con mampostería de lajas. La coherencia proyectual se une al argumento arqueológico a la hora de considerar coetáneos el recrecido, el ábside y el pórtico. Como se decía más arriba estamos ante un proyecto de ampliación integral del edificio en el que aparte de renovar su aspecto se da solución a algún problema que adolecía la iglesia primitiva. El problema aludido es el de la falta de entrada de luz natural. Las ventanas del sur, por estar muy abajo, vieron comprometida su función por la presencia del pórtico meridional antiguo. Por si fuera poco, ahora, con la construcción del nuevo ábside iban a quedar condenadas las ventanas de «emergencia» que tuvieron que ser abiertas para compensar la pérdida lumínica. El recrecido ponía fin a los problemas porque incorpora cinco nuevos puntos de luz con los que se tiene cuidado de no reeditar episodios de conflictos entre estructuras. En efecto, el nuevo pórtico se relaciona con el muro sur de tal forma que las nuevas ventanas del aula quedan libres de cualquier posible obstáculo. El cuerpo central del pórtico ganaba mayor altura que el resto, alcanzando el nivel del las ventanas altas tal como nos indica una impronta conservada, pero viniendo a caer justo entre los dos vanos para así evitar cualquier afección. Dicho de otra forma, recrecido y nuevo pórtico estuvieron al mismo tiempo en la cabeza de los que proyectaron y ejecutaron la obra. El nuevo ábside se cubre con una cúpula sobre pechinas, lo que hace que este elemento sea el segundo de estas características en la historia de la iglesia. Nos parece relevante esta reincidencia por varios aspectos. Por una parte porque la aparición, en un periodo posterior, del mismo elemento arquitectónico nos indica la existencia de una cadena productiva vigente durante varias generaciones en la que dicho elemento tiene presencia. Por otra parte, porque se demuestra que su confección puede hacerse desde la especialización en el trabajo tanto de la sillería como de la albañilería. Las cúpulas sobre pechinas de los edificios de los que hablamos aparecen tanto asociadas a fábricas de sillería (la Asunción I, Tobillas I, Quintanilla, entre otras) como de mampostería (Barriosuso, la Asunción II), siendo siempre idéntica su elaboración: arranque en piedra de las pechinas para pasar a anillos consecutivos de pequeños bloques de piedra toba cortada a sierra que se aparejan horizontalmente por aproximación de hiladas y no como si fueran piezas adoveladas. Lo único que exigen estas livianas bóvedas sobre pechinas es que los muros en los que tienen que apoyar, sean de sillares o de mampuestos, definan un espacio cuadrangular a cubrir. La Asunción II aporta un sistema decorativo en forma escultórica. Dejando a un lado la cornisa del ábside a base de piezas reutilizadas, que no obstante forma parte del sistema decorativo en conjunto, están los famosos capiteles de las ventanas superiores. Por los argumentos esgrimidos en su momento coincidimos con Aparicio en considerar estas piezas material original antes que material de expolio, como hacen Pérez y Rodríguez. Lo que nos plantea dudas es el marco de análisis a la hora de buscar filiaciones artísticas y cronologías. En el marco comparativo en cuestión, que toma como referencia producciones escultóricas del sur de Francia, las piezas burgalesas se presentan como objetos directamente manufacturados en territorios aquitanos o que, incluso, han podido ser realizados por escultores venidos del otro lado de los Pirineos. Las prevenciones vienen en primer lugar derivadas de la propia historiografía francesa. Admitimos que no hemos revisado toda la literatura científica al respecto sino que hemos reducido la pesquisa a una serie de trabajos relevantes (Cabanot, 1990(Cabanot, y 1993;;Février, 1991; Hubert, 1968). Como lectores periféricos percibimos, en la investigación francesa, problemas de definición cronológica que nos son muy familiares. También nos resulta conocido un escenario por el que deambula un abultado número de piezas (más de 700 en el mediodía francés) que están descontextualizadas arqueológicamente, por lo que los análisis se convierten en mareantes juegos de analogías en los que cada uno decide cuándo el parecido se hace paralelo. Las fechas que se manejan se mueven entre los siglos V y VII, con alguna propuesta como la de Cabanot, que considera que estos capiteles estarían haciéndose desde el siglo IV, por lo que el hecho de que se consideren de época merovingia se debe a una cuestión de reaprovechamiento y no de originalidad. Cuando Aparicio aboga por una conexión francesa de la Asunción aporta pruebas en forma de dos capiteles con razonables analogías: un capitel en situación de reutilización en el baptisterio de San Juan Poitiers y otro capitel conservado en el museo de Saint-Sever, por tanto sin contexto. ¿Qué los hace de los siglos VI o VII? En nuestra opinión, que haya un modelo explicativo que de tanto girar sobre sí mismo ha provocado un torbellino que todo lo va absorbiendo. Ser capiteles de mármol, encontrarse en el sur del país y tener unas características estilísticas postclásicas ponen en bandeja al modelo establecido proclamar su adscripción a lo que parece fue una frenética producción escultórica en la región durante los siglos V al VII. A veces parece que estos talleres aquitanos eran los que provocaban que se construyesen los edificios. Habrá que explicar en primer lugar qué sucesión de circunstancias, a lo largo de tres siglos, propició una constante actividad edilicia que sostenía y demandaba la existencia de talleres y no al revés. Hecho este inciso, ¿qué representan los capiteles franceses paralelizables con la Asunción en el magmático mundo de los productos aquitanos? Si Aparicio habla de dos es que no ha encontrado más, lo que significa una parte muy modesta en el monto total, igual de modesta que cuando hablamos de los capiteles burgaleses en el concierto hispano. Estén donde estén las bases formativas y los canales de transmisión que explican estos capiteles de uno y otro lado de los Pirineos su número, a día de hoy, es discreto. En realidad es algo menos discreto en el caso español ya que, con los cinco capiteles de la Asunción más el capitel procedente de San Felices de Oca, Burgos cuenta con más piezas de este tipo que todo el sudoeste de la Galia. En lo tocante a que los capiteles de la Asunción fueran hechos directamente en Aquitania o bien por operarios formados allí que tienen una especie de taller satélite instalado en el norte peninsular nosotros más bien nos inclinamos por considerarlos productos locales o regionales. Estamos de acuerdo con Aparicio en que se trata de un encargo que debía ajustarse al proyecto integral de las reformas. Se buscaba obtener unas piezas de ciertas calidades materiales (mármol), con unas dimensiones ajustadas a la obra y con un contenido estético e iconográfico. Cuesta creer que los promotores de la Asunción II se fueran a hacer el encargo hasta las lejanas tierras aquitanas. La promoción de la obra quedaría supeditada a la suerte de una expedición que iría hasta Francia, esperaría allí hasta que despacharan el encargo y volverían con las piezas a casa. Otra opción es que todo este lote formara parte de exportaciones a ciegas en las que los compradores de otras latitudes tienen que apañárselas y supeditar sus proyectos a la naturaleza de las piezas que están en circulación. La clave para nosotros se encuentra en el capitel procedente de Villafranca de Montes de Oca (fig. 22 )5. Fue recogido por Huidobro en la llamada ermita de Santa María, que no es otra que la arruinada iglesia de San Felices de Oca cercana a la localidad de Villafranca. Entrega Huidobro el capitel al Museo de Burgos en 1951 siendo Basilio Osaba el encargado de hacer su ficha para las Memorias de los Museos Arqueológicos Provinciales (1951, vol. XI: 160-161). Lo que queremos destacar es su alusión al material pétreo de la pieza. A pesar de lo escueto esta frase dice bastante. Cuando dice piedra del país tiene que estar refiriéndose a una caliza, piedra mayoritaria en la Meseta, y no a un mármol pues lo hubiera consignado. En otras palabras, capiteles asimilables a los de la Asunción se tallan en piedra local y por tanto se han tenido que facturar en un entorno cercano. De esta forma, el que los capiteles de la Asunción sean de mármol deja de ser argumento para pensar que son piezas aquitanas. Si se labran sobre caliza se pueden labrar sobre mármol. La pieza de San Felices, debido a sus dimensiones, sería un capitel del parteluz de una ventana como apunta Osaba (1951: 161), propuesta que queda plenamente corroborada con los capiteles de las ventanas de la Asunción. Por el momento, con todas las prevenciones a las que obliga un tan reducido número de ejemplos, parece que este tipo de capitel se emplea para un uso concreto, el de formar parte de unos vanos complejos (bíforos o tríforos). Tras todo lo dicho el marco de análisis para el estudio de los capiteles de la Asunción II toma una nueva perspectiva. Las vinculaciones con algunos productos del sur de Francia deben entenderse de otra forma, empezando por preguntarnos si en realidad el flujo de la influencia es de Norte a Sur y no al revés. Al mismo tiempo está el asunto de las cronologías. Mientras que las piezas francesas son objetos fuera de su contexto original, en la Asunción los tenemos en su posición arqueológica primigenia. Esto quiere decir que será más factible, en el segundo caso, proponer cronologías a partir del análisis de todos los elementos vinculados a las obras en las que aparecen los capiteles (tipo de fábrica, elementos singulares como las bóvedas, la epigrafía, la posición estratigráfica respecto a otras fases). Los resultados obtenidos en la Asunción podrán ser tomados de forma orientativa a la hora de proponer cronologías de piezas con las que guarde paralelismos pero tienen desubicación arqueológica, como es el caso de las francesas. Quede claro que lo que se pueda deducir del ejemplo burgalés no compromete, en extenso, a la abultada producción escultórica aquitana sino a una muy pequeña parte de ella. Lo que sí parece venir a demostrar es que la historiografía ha hecho de dicha producción un enorme cajón de sastre al que han ido a parar objetos de muy diversa naturaleza, características y cronologías que necesitan buscar una ordenación que supere los estrechos márgenes de los estudios estilísticos. La Asunción II, para concluir, es el resultado de un éxito. El éxito de un centro de poder implantado en ese mismo lugar (la Asunción I) algunas generaciones atrás. En efecto, los continuadores de la acción de ese poder sobre territorios y personas han acumulado beneficios que se invierten en dar mayor magnificencia al inmueble insignia y símbolo del sistema, la iglesia. De nuevo San Román de Tobillas nos puede servir como referencia para ilustrar lo ocurrido en la Asunción. El templo alavés experimenta una importante reforma impulsada por el presbítero Vigila de la que nos da cuenta una inscripción, con fecha de 939, cuyo alcance material ha quedado definido por la arqueología. La inscripción se encontraba sita en la obra que impulsó Vigila, consistente en la sustitución del aula de Tobillas I por otra de tamaño algo mayor y con una orientación algo distinta. Se hace ahora una fábrica a base de sillería de primer uso (no reempleo) con un aparejo muy regular y ajustado en juntas. En Tobillas II, frente a la Asunción II, la parte intervenida que provoca la total sustitución de lo que existía anteriormente es el aula y no el ábside, si bien lo que parece animar uno y otro proyecto es el deseo de magnificar el edificio. Vigila de Tobillas, posible miembro de la familia condal alavesa (Larrea, 2007: 330), es un personaje relevante en la historia del monasterio contribuyendo al aumento de sus propiedades e influencia regional. Encontramos a este Vigila, por ejemplo, formando parte de un tribunal que se reúne en alguna localidad del valle del río Tirón, el mismo por cierto en el que se enclava la localidad de San Vicente del Valle. Nada nos dice que Vigila hubiera tenido una relación directa con la Asunción ni que su acción edilicia en Tobillas sirva para fechar la Asunción II. Tipológicamente, además, son distintas: frente a la preeminencia de las técnicas de albañilería en la Asunción II, la cuadrilla de Tobillas II usa la cantería como principal recurso y estrategia constructiva. Nos falta por el momento cualquier dato externo al edificio que permita extraer referencias a fechas y personas involucradas en el la Asunción II. Propuestas y discusiones cronológicas Como ya se ha repetido en más ocasiones, el marco comparativo en el que tratar de explicar y comprender las iglesias de la Asunción viene dado por su pertenencia a una un grupo arquitectónico coherente. Esta coherencia en lo técnico y productivo, con sus variables, debe significar también una coherencia en lo histórico: todo el conjunto debe moverse en unas coordenadas temporales en las cuales la promoción y la producción arquitectónica se desarrolla en ambientes que dan lugar a productos similares. Es del todo improbable que un ambiente de este tipo haya tenido vigencia desde el siglo VI hasta el siglo X habida cuenta de que, en tan largo período, se han producido circunstancias que nos hablan de soluciones de continuidad histórica tales como el fin de la monarquía visigoda y la irrupción de poderes exógenos islámicos. La Meseta castellana, en términos históricos, no presenta situaciones equiparables de promoción y producción monumental a lo largo de esos siglos. Admitámoslo, todas estas iglesias o fueron construidas antes del 711 o después de él, nunca en ambos lados como se desprende de cierta historiografía. La tesis continuista ofrece una explicación en la que se contempla este recorrido multisecular desde la tardoantigüedad hasta la alta edad media apelando a una suerte de renacimiento, tras el paréntesis despoblacionista, en el que se copian con tanto tino los edificios visigodos que no hay forma de distinguir con solvencia los originales de las copias. Esta es la verdadera razón, para el continuismo, por la que muchas veces nos enfrascamos en estériles discusiones sobre la cronología de ciertos objetos cuando todo tendría solución y explicación dejando las cosas como están. A la luz de este modelo comprensivo estaríamos ante un curioso caso en la Historia Universal del Arte: que un renacimiento o un neoalgo (en este caso un neovisigotismo) presente serias dudas a la hora de determinar cuáles fueron los modelos y cuáles las imitaciones. Para nosotros, por tanto, sólo existe la posibilidad de que estos edificios se hayan levantado en uno de los dos escenarios posibles: el tardoantiguo (siglos VI-VII) o el altomedieval (siglos VIII al X). Habría que desterrar, por otra parte, ideas insostenibles como la de presentar algunos de estos edificios (Tricio y Santa Coloma) como mausoleos romanos luego reconvertidos en iglesias cristianas (Andrés, 1983; Heras y Núñez, 1986). Dicho lo cual, ya que estamos manejando no un único edificio sino varios, los datos emanados de unos y otros pueden cruzarse y contrastarse. Los datos en cuestión son, por un lado, los que se obtienen por el canal informativo de la documentación escrita y, por otro lado, los que está aportando la arqueología. Hasta el momento, con la información derivada de los textos y de la arqueología, ¿podemos proponer fechas de tipo más o menos absoluto para alguno de estos edificios? A día de hoy tenemos un solo caso seguro, San Román de Tobillas, por partida doble ya que es posible vincular fechas de calendario histórico con las dos fases altomedievales detectadas en la lectura (Azkarate, 1995). Contamos por un lado con un testimonio de carácter directo bajo la forma de la inscripción del presbítero Vigila (año 939), recuperada de la obra que él mismo promovió y que la arqueología ha definido materialmente (Tobillas II). Luego tenemos el dato indirecto del testamento del abad Avito (año 822), que alguien puede criticar, no es nuestro caso, diciendo que el contenido del documento no tiene por qué relacionarse de forma automática con la iglesia fundacional definida arqueológicamente (Tobillas I). El testamento nos informa que Avito hace donación de propiedades obtenidas durante su vida mediante presuras al monasterio que él mismo fundó (manibus meis edificaui); y tenemos identificada de forma segura mediante la arqueología los restos del primer edificio que fue levantado en Tobillas y que da el pistoletazo histórico de salida del establecimiento. Un edificio que también fue excavado y bajo el que no apareció ninguna evidencia de que hubiera existido antes un espacio cultual amortizado. Tobillas I, igual que la Asunción I, son edificios fundacionales en un doble sentido: porque se asocian con los restos más antiguos de unas fábricas que han estado en funcionamiento a lo largo de los siglos y porque no había, en esos enclaves, ningún precedente de establecimientos religiosos. Lo sensato entonces es pensar que Tobillas I es la iglesia fundada por Avito en una fecha anterior a la redacción del testamento (822), ya que se entiende que a esas alturas la institución llevaba tiempo en funcionamiento. Queremos hacer un inciso en el discurso para referirnos al asunto de la fecha del testamento. De salida, parece que nadie, incluidos nosotros, duda de la verosimilitud histórica de los personajes y las acciones contenidas en el texto a pesar de puntuales cambios y alteraciones producidas en el proceso de transmisión. Precisamente es en esta cadena de migración informativa donde se genera confusión en torno a la fecha de su redacción. En un muy interesante trabajo que Juan José Larrea dedica (2007), entre otras cosas, al testamento de Avito, nos recuerda que el texto ha llegado a nosotros a través de dos versiones distintas aunque coincidentes en el grueso del contenido informativo: una copia del siglo XIII procedente de los fondos de Oña del Archivo Histórico Nacional y otra, de cronología similar, custodiada en Silos. De las dos versiones, la más utilizada por los historiadores ha sido la del AHN, que es la que tiene la fecha de 822. La versión de Silos, que no se puede decir que sea ni mejor ni peor que la otra, está fechada en cambio en 852. Esto quiere decir que alguno de los dos copistas cometió un error en la trasmisión del texto que tenía delante, bien porque la errata ya existía, bien porque es una metedura de pata, bien porque hay voluntad de alterarla. Las posibilidades como vemos son variadas pero siempre nos llevan a callejones sin salida. A favor de que la fecha esté más próxima a 852 tenemos que, entre la lista de testigos y confirmantes, aparecen nombres que también encontramos en documentos fechados a mediados del siglo IX (Larrea, 2007: 326-327). De todas formas, sea cual sea la fecha exacta, nos estamos moviendo en un rango temporal de treinta años que en nada altera la explicación general. Siguiendo con ésta, lo que tenemos en definitiva es un edificio cultual cristiano construido en la primera mitad del siglo IX. Esta iglesia estaba formada por un ábside cuadrado conectado a un aula rectangular diáfana. Los muros se levantaron usando como material de obra sillería romana reutilizada. El ábside se cubrió con una bóveda sobre pechinas en cuyo casquete se usa la piedra toba. Pero Tobillas no es sólo una arquitectura tipologizable, es también un modelo de implantación en el territorio de un poder que usa en su acción la creación de establecimientos religiosos. Esto es especialmente notorio en la región (Álava, la Rioja, Burgos) desde el siglo IX, dando lugar a un territorio salpicado por centros de poder representados por los monasterios. Estos centros repartidos por la geografía no se encierran en sí mismos sino que se observan constantes interrelaciones entre ellos. Inmuebles, propiedades, derechos de usos pasan de unos monasterios a otros, los abades se desplazan por el territorio: acuden a otros monasterios para rubricar documentos referidos a actos trascendentes, como el testamento de Avito; participan en la celebración de juicios, como Vigila de Tobillas, presente en un pleito en 919 que tiene lugar en Espejo (a pocos kilómetros de Tobillas) y en otro en 940 que tiene que ver con un molino sito en el valle del río Tirón. Tenemos en definitiva un territorio que, a pesar de la fragmentación de poderes, se interconecta de diferentes formas desde el momento que dichos poderes tienen una proyección supralocal. Estamos por tanto ante unas condiciones históricas propicias para pensar en la existencia de una actividad edilicia relevante en diferentes regiones vascas, riojanas y castellanas. Hay una necesidad que genera una demanda: las nuevas fundaciones no se hacen a costa de dar continuidad a edificios heredados de un pasado remoto. Al tiempo que se construyen los edificios se están construyendo o reordenando los territorios y, en este proceso, la demanda de edificios es cubierta por una oferta cuyas soluciones vemos repetirse con más o menos variaciones en diferentes lugares de este microcosmos terri-torial. Lo interesante, además, es que la demanda y por tanto su satisfacción parece sostenerse en el tiempo como demuestran, documentalmente, las menciones a un rosario de fundaciones a partir del siglo IX y, arqueológicamente, los edificios que han sido analizados estratigráficamente. Tobillas, la Asunción y también Santa María de los Arcos de Tricio (Caballero, Arce y Utrero, 2003: 83) tienen dos fases constructivas altomedievales: una fundacional y otra de reforma no motivada por problemas inherentes a la fábrica original6. Tenemos claro que en este aparentemente febril proceso de erección de iglesias no todos los edificios tenían que ser de las características monumentales de los que, en mejor o peor medida, han llegado reconocibles hasta hoy. Sólo algunas de estas fundaciones, exorbitantes en número a tenor de la documentación, llegan a prosperar y alcanzar posiciones descollantes en una especie de cadena trófica en la que inmuebles, propiedades raíces, derechos de explotación de recursos (las salinas, las pesquerías, los bosques, el uso de molinos, etc.) son presas que se disputan los distintos competidores. Concluimos este bloque con algunas preguntas que otros deberían responder: ¿el tipo de territorialidad al que parecen asociarse estas iglesias, por lo que conocemos de ellas en los siglos IX y X, podía haber tenido lugar en los siglos VI y VII?; ¿son iguales en la forma y en el fondo los monasterios altomedievales y los tardoantiguos?; ¿qué precipitantes históricos hicieron que en ciertas regiones del reino visigodo y no en otras eclosionaran estos establecimientos religiosos?; ¿quiénes y con qué propósitos impulsaban las fundaciones? Hasta ahora hemos hablado, sobre todo, de condiciones que propician una actividad monumental sostenida y de promotores que la estimulan. La promoción, junto a la producción y la ideología son factores siempre concurrentes en la creación y consumo de objetos que venimos en llamar artísticos o monumentales. El concepto de estilo quedaría fuera de esta tríada ya que podemos considerarlo una consecuencia de todo lo anterior, no un causante. Refiriéndonos ahora al factor productivo para el caso que nos ocupa queremos enfocar el asunto desde las técnicas y recursos que emplearon los grupos de trabajo y de los que derivaron unas arquitecturas con unas características concretas en aparejos, materiales, elementos singulares (puertas, ventanas), abovedamientos, decoraciones, etc. Lo que se revela como elemento definitorio en el grupo es la bóveda sobre pechinas, ya que está presente en todos los casos y siempre está hecha de la misma manera y con los mismos materiales. Hay variabilidad en otros aspectos como la forma de obtener, manipular y aparejar en la obras los materiales de construcción, aunque se puede hablar de un predominio del uso de sillería reutilizada (romana) sin que falten ejemplos en mampostería como la Asunción II y Barriosuso. Las plantas de los edificios tampoco son siempre idénticas pero, de nuevo, hemos de señalar una tendencia representada por una planta sencilla compuesta por un ábside cuadrado abierto a un aula sin división basilical. Sería sin duda muy importante que en el futuro se hiciera el estudio del conjunto de estas iglesias desde los postulados conceptuales y metodológicos planteados en el ejemplar trabajo de Leandro Sánchez Zufiaurre (2007) sobre la arquitectura prerrománica en la provincia de Álava. Estudios de este tipo son los que pueden permitir confeccionar cronotipos sobre distintos aspectos de la producción arquitectónica así como su dispersión geográfica y su vigencia en el tiempo 7. ¿Se puede asumir que estos edificios se hubieran realizado en el otro escenario productivo posible, el de época visigoda? Que cada cual llegue a sus propias conclusiones tras la provechosa lectura, ya que la autora habla tanto de las certezas como las incertidumbres en torno a las cuales se han ido construyendo los diferentes discursos históricos: romanismo versus orientalismo en aspectos generales; y visigotismo versus mozarabismo en el caso de las pechinas españolas. Lleguemos a la conclusión que lleguemos se ha dado un paso importante en la confección de un nuevo marco de análisis en el que la arquitectura debe ser estudiada de forma sistémica y no como una concatenación de objetos aislados. Edificios que empezaban y terminaban en sí mismos pueden y deben conectarse con otros ejemplos en los que, se descubre, hay elementos comunes. Quintanilla, una iglesia de largo y abultado recorrido historiográfico, sería un buen ejemplo. Tiene que dejar de ser un edificio solitario y entablar conversación con otros inmuebles que nos remiten a un similar horizonte tecnológico y productivo. Lo que obtengamos de unos y otros aportará conocimiento para todos. En comprensiones de este tipo no hay establecida, a priori, ninguna jerarquía respecto a la importancia o representatividad de un objeto frente a otro, por lo que Quintanilla, ya que hablamos de ella, debe desprenderse de la tradicional vitola de modelo arquitectónico y decorativo visigodo. Quintanilla no cuenta con ningún argumento para defender su visigotismo, ni su postvisigotismo, en unas condiciones equiparables a las que permiten decir que Tobillas I es del IX y Tobillas II circa 939. Las adscripciones cronológicas de Quintanilla se basan única y exclusivamente en cuestiones de estilo y por tanto no puede asistir a la reunión con ninguna partida de nacimiento por delante y, mucho menos, usarla para deducir el natalicio de otras iglesias que se encuentran en la misma situación de indefinición cronológica8. Expuesto el marco interpretativo en el que, en nuestra opinión, se debe enmarcar la comprensión histórica y material de este grupo de iglesias, veamos qué sucede en el caso concreto de la Asunción. En la Asunción I estamos ante un gesto fundacional equiparable a lo que pudo hacer Avito en Tobillas. El fundador, sea un laico o un religioso y se llame como se llame, pone en marcha algo más que un centro de culto perdido en el paisaje. Tras estas iglesias, como deducimos de la información documental, asoman grupos de poder cuya acción rebasa de largo los límites de sus muros. Cuando se están construyendo estas iglesias, también se están construyendo territorios (Larrea, 2007). Tenemos bastantes certezas de que la construcción de iglesias y territorios en el marco geográfico en el que nos movemos se manifiesta desde inicios del siglo IX. La Asunción I, por tanto, debe pertenecer a esa centuria (por paralelismos tipológicos e históricos) sin que podamos afinar más mientras no se fortalezca la base empírica con estudios pormenorizados de todos y cada uno de los miembros de la familia arquitectónica. 7 El propio Sánchez Zufiaurre ha dado un primer paso en este sentido (Sánchez Zufiaurre, 2009) al plantear su sistema de análisis para iglesias prerrománicas fuera del ámbito alavés. Usando las variables aplicadas en los edificios de Álava a un conjunto de edificios castellanos y riojanos ofrece una tabla ordenada en tres grupos en función de las características técnicas. No busca este trabajo entrar a discutir en las cronologías sino simular una situación de tabula rasa historiográfica (Sánchez Zufiaurre, 2009: 335) que evite apriorismos y venga a validar los criterios desarrollados en territorio alavés como forma de avanzar en el conocimiento de la arquitectura prerrománica. Las cosas no debieron ir mal para la fundación burgalesa ya que, pasado algún tiempo, el que fue el edificio matriz experimentó una importante reforma marcada por el optimismo. La fábrica digamos que gana en musculatura haciéndose más grande y llamativa. Tampoco sabemos quién fue el Vigila que impulsó el engrandecimiento de la iglesia ni qué fue lo que propició el aumento de las ganancias permitiendo invertir en aparato y ostentación. Pensamos que la Asunción II no debió estar muy alejada en el tiempo del primer edificio por el hecho de que se vuelva a emplear la bóveda sobre pechinas, el elemento clave de adscripción al grupo. Si en la Asunción II se hace una bóveda sobre pechinas, es porque éstas eran un recurso vigente en la práctica arquitectónica y que no era ésa la primera que se estaba levantando en Castilla. La Asunción I, en nuestra opinión, contaba con una bóveda sobre pechinas por lo que deducimos que este elemento ya venía siendo usado antes de la Asunción II. Esto hace que su cúpula se coloque hacia el final de la cadena productiva, aunque no debemos olvidar que todavía no se puede ser categórico mientras no se obtengan e interpreten más datos. ¿Cuándo se dejan de hacer estas cúpulas? Nuestra hipótesis es que a lo largo del siglo X, pero sin poder precisar. En Tobillas, entre la obra de Avito y la de Vigila transcurrió en torno a un siglo, lo cual no significa que ese dato sea extrapolable a la Asunción. Por otro lado, Tobillas II no tiene vinculado ningún abovedamiento conocido por lo que ignoramos si a la altura del 939 se hacían o no cúpulas sobre pechinas. La cúpula de la Asunción II se integra en el conjunto de una importante obra a base de mampostería que, en su mera contemplación, nos remite a estampas edilicias similares en otros contextos geográficos y productivos, en concreto la Asturias del siglo IX. Desde un punto de vista continuista habría una cierta «lógica» histórica y artística. El edificio de sillería, visigodo, vuelve a la vida en el proceso repoblador puesto en marcha por los monarcas astures (sobre todo Alfonso III). Con ese motivo se hacen reformas que delatan la procedencia de los recursos productivos empleados. ¿Es posible que alguna vinculación con lo «asturiano», un ciclo productivo supuestamente bien definido, pudiera arrojar alguna luz sobre la Asunción II? Tras estudiar el asunto creemos que no hay ningún vínculo de gran relevancia en lo arquitectónico que pueda relacionar Asturias con la Asunción más allá del aspecto conferido por usar mampuestos de lajas. El contacto no puede sostenerse única y exclusivamente en el aparejo de los muros. Si junto a estos viéramos también, por ejemplo, contrafuertes exteriores, bóvedas de medio punto o un repertorio decorativo paralelizable con los talleres asturianos la cosa cambiaría. La cúpula que se hace es, de nuevo, la más castiza de la región y de la que, por cierto, no se tiene noticia en la edilicia astur. Arrinconada la conexión asturiana, la irrupción de la albañilería respecto al edifico de cantería anterior tiene que estar en relación con el entorno productivo inmediato sin necesidad de recurrir a explicaciones exógenas. ¿Desaparecen en algún momento los edificios de sillería y comienzan a aparecer los de mampostería? Es posible pero no tiene por qué ser necesariamente así. En el trabajo de Sánchez Zufiaurre, por ejemplo, se demuestra la convivencia sincrónica de formas distintas de hacer edificios en el territorio alavés. Véase la tabla cronotipológica que presenta, donde se observan tramos de sincronía entre los diferentes grupos a lo largo de sus recorridos históricos particulares (Sánchez Zufiaurre, 2007: 271-72 y 324, fig. 203) Para la datación de la Asunción II sería interesante que la epigrafía descubierta y documentada en las ventanas altas recibiera un estudio paleográfico. Estamos de acuerdo con Pérez y Rodríguez (2003) en que los grafitos sólo pudieron realizarse durante el proceso constructivo, lo que certificaría coetaneidad entre la arquitectura y los grabados espontáneos. En cuanto al elemento decorativo, los capiteles, deben salir del marco comparativo que en su momento se propuso (mundo aquitano) para pasar a entenderse material y cronológicamente en un contexto productivo bastante más próximo como parece desprenderse del hallazgo del capitel de San Felices de Oca. El paralelismo decorativo detectado entre la Asunción y Oca abre una vía de análisis a la hora de relacionarlas cronológicamente. Todo ello desde la mayor de las cautelas mientras no se someta a San Felices a un estudio equiparable al actual sobre la Asunción. El capitel de San Felices ¿pudo pertenecer a la fase fundacional de la iglesia o a una intervención posterior como ocurre en la Asunción? Queremos terminar haciendo una reflexión relativa al asunto de la convivencia de maneras distintas de construir. Tomando como referencia el escenario emanado del trabajo de Sánchez Zufiaurre pero llevándolo a un plano suprarregional, la producción de estas iglesias castellanas, vascas, y riojanas corre en paralelo a la producción de iglesias en la Asturias del siglo IX, con las que pueden tener más o menos vinculaciones pero que pertenecen, unas y otras, a escenarios productivos con su propia personalidad. La más importante vinculación no es tanto técnica o estética como histórica. Se trata de la cristalización de poderes en el norte peninsular que están dando respuestas monumentales con la promoción de edificios religiosos. Esto nos obliga a revisar modelos reduccionistas fraguados principalmente por la Historia del Arte según los cuales Asturias era el único solar en el siglo IX en el que se hacían edificios monumentales y que estos, además, se debían casi en exclusiva a la iniciativa de un solo poder regional, la monarquía. El conjunto de las iglesias objeto de este trabajo demuestran que estamos ante manifestaciones monumentales corriendo en paralelo a las de otros lugares. Tobillas I podría estar siendo erigida al mismo tiempo que San Julián de los Prados o Santa María del Naranco, dependiendo de dónde acerquemos la fecha del testamento. El recurso habitual de la sillería en estos edificios, unido a la cúpula sobre pechinas y el tipo de plantas que presentan, son elementos que confieren una personalidad propia al compararlos con sus equivalentes asturianos (mampostería y ladrillo en muros y arcos, bóvedas de cañón, plantas en las que son habituales las cabeceras triples y los cuerpos basilicales divididos por arquerías). Esto nos coloca ante la posibilidad de cambiar de perspectiva y aceptar un panorama en el que están activos varios ciclos productivos al mismo tiempo y cuyos resultados dependerán de la puesta en marcha de diferentes recursos y estrategias. La cuestión entonces es saber qué hay de parecido y de diferente entre los contextos productivos y cuáles pudieron ser las bases formativas que dieron lugar a las distintas respuestas técnicas y estéticas. Preguntarnos si se dieron, entre ellos, interacciones con trasvases de experiencias. Valorar cuánto hay de tradición o de innovación respecto al marco productivo anterior, el tardoantiguo, asunto este último que en gran medida es el causante del actual debate historiográfico. En este camino que está abriéndose hay que sacar de la mochila la conceptualización de base estilística ya que se demuestra incapaz para comprender un proceso como este, en el que se tendría que hablar de convivencia de estilos. ¿Cómo asumir, desde la ortodoxia estilística, que en un mismo tiempo pero en diferentes lugares se estén haciendo edificios «visigodos», asturianos y mozárabes? Proponemos, de nuevo, abordar el estudio de los objetos artísticos y monumentales a partir de elementos o categorías en apariencia simples pero que siempre terminan apareciendo sea cual sea la pregunta que nos hagamos sobre este tipo de productos: el patrocinio, la producción y la ideología. Da lo mismo que hablemos de una iglesia del siglo IX o XIX, una mezquita o el Partenón de Atenas.
Morfologia urbana e arquitecturas O conjunto D corresponde à fachada oeste da Praça Velha.
OBJECTIVOS, ESTRATÉGIA E METODOLOGIA DA
37 Rivera Blanco, J., Restaurar Gaudí: de la recostrucción mimética a la analogía formal pasando por la díacronia armónica, in «Loggia Arquitectura & Restauración», anno VI, n. 38 Doglioni, F., Restauracion arquitectonica y cambios en la imagen de Venecia, cit.,.
En este artículo presentamos una síntesis de las investigaciones arqueológicas desarrolladas en el Castillo de Chipiona (Chipiona, Cádiz) durante el año 2007 centradas fundamentalmente en el análisis paramental de sus estructuras embrionarias. La lectura estratigráfica y el estudio murario mostraron la evolución constructiva de un edificio polifásico de origen bajomedievalmoderno en uso hasta la actualidad. Aunque su tipología constructiva responde a la de un edificio defensivo tradicionalmente identificado como «Castillo» sin embargo parece responder más bien al esquema tradicional de «Torre», «Casa-Torre» o «Casa-Fuerte». Se aúnan en el castillo de Chipiona tradiciones verbales confusas y tópicos asentados junto al más absoluto vacío historiográfico. Nuestro análisis se postula en consecuencia como un primer acercamiento al edificio desde la más sencilla frialdad analítica. Un acercamiento basado casi en exclusiva en la estratigrafía muraria, sin apoyos en el subsuelo y por tanto reproducible o contrastable. Como resultado se presenta una secuencia de transformación en la que queda patente un origen relativamente «reciente» para su construcción y una perduración casi integral del formato original en el inmueble actual 1. IDENTIFICACIÓN DEL INMUEBLE Y SU CONTEXTO HISTÓRICO-ARQUEOLÓGICO La villa de Chipiona está situada en el extremo Oeste del litoral atlántico gaditano frente al mar abierto y en el ángulo que hace la costa desde la bahía hacia la desembocadura del Guadalquivir. Este marco geográfico ha condicionado la formación de una plataforma litoral con bajos fondos con profundidades inferiores a los 4,5 m, que con la piedra de la Salmedina -un arrecife que queda cubierto con la pleamar-convierte la zona en un lugar peligroso para la navegación, demostrado por los numerosos naufragios acaecidos en diferentes épocas. Chipiona ha sido lugar de paso y continuo tránsito comercial de las distintas culturas mediterráneas desde la antigüedad. Sus primitivos habitantes se asentaron en torno a la actual roca de Salmedina bajo la denominación de Arx Gerontis, situada en el desagüe de Lacus ligustinus. Avienon a finales del siglo IV a.C. la llamó fortaleza de Gerión conquistador de los Tartessos. Con esta interpreta-1 La investigación arqueológica se enmarcaba como actividad previa dentro del proyecto de rehabilitación y puesta en valor del Castillo de Chipiona desarrollado durante los años 2007 y 2008 e inaugurado en el 2009. Los trabajos estuvieron promovidos por el Ayuntamiento de este municipio, Diputación y Junta de Andalucía, IEDT y cofinanciado por los fondos FEDER. El objetivo del proyecto era la adaptación del monumento como edificio público municipal de carácter cultural y multifuncional. Actualmente alberga el Centro de Interpretación de «Cádiz y el Nuevo Mundo». Las nuevas funciones a la que iba a ser destinado implicaban la búsqueda de espacios diáfanos lo que derivó en una afección directa de las estructuras divisorias internas y su completa eliminación, respetando en todo momento los paramentos y la organización primaria del Castillo. Este fue el principal motivo por el que el análisis arqueológico quedó limitado exclusivamente al estudio paramental de las estructuras emergentes embrionarias cuyos resultados fueron considerados en las decisiones posteriores de su puesta en valor y recuperación. Este estudio ha contado con el apoyo de un equipo intertidisciplinar coordinado por el Dr. D. Miguel Ángel Tabales (Universidad de Sevilla) y dirigido por la autora del presente artículo, integrado por profesores de la Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica de la Universidad de Sevilla para los estudios analíticos de las fábricas edilicias, Dra. Amparo Graciani, para el análisis tipológico y Dr. D. Javier Alejandre para el análisis constructivo así como un técnico especialista ceramólogo, D. Juan Fournier. ción coincide Schulten2: «De igual suerte, el castillo de Gerón debe buscarse al sur del río. No cabe duda de que estuvo en el banco de Salmedina, entonces península, hoy aislado y sumergido, pero que a marea baja sobresale del agua... En el banco se hallaba sin duda el faro que más tarde, en el año 139 a.C. construyó el cónsul Caepión. Y acaso la obra de ese faro fuese hecha con restos del antiguo castillo. El banco de Salmedina, que el mar rodea por todos lados, parece como hecho ex profeso para ciudadela o fortaleza marina. Se ve claramente que el castillo de Gerón tenía por objeto defender la entrada del río y el acceso a la ciudad que, como veremos, estaba poco más arriba de la desembocadura. Podemos, por lo tanto, identificar con el castillo de Gerón que los cartagineses destruyeron antes de la caída de Tartessos. Por la furia del mar, la isla Salmedina ha perdido unos dos metros de su superficie y hoy no se ve ninguna señal ni del castillo de Gerón ni del faro de Caepión». La primera mención a la ciudad en los textos antiguos la hace Estrabón describiendo la torre que da nombre a la ciudad: Turris Caepionis. El cónsul Quinto Servilius Caepión (140-139 a.C.) construyó una especie de faro para que los navegantes que habían de entrar en el Guadalquivir pudiesen evitar los peligrosos escollos del islote de Salmedina. Estrabón la describe como»...torre de Cepión, sobre una roca ceñida por el batir del oleaje, admirablemente dispuesta, como el Faro, para auxilio de los navegantes; pues el aluvión arrastrado por el río produce bajíos, y la zona de la salida está tan plagada de escollos que hace falta alguna señal bien visible»3. Hacia el cambio de Era la zona quedaba integrada en el convento jurídico de Gades desde la creación de la Provincia Hispania Ulterior en el 27 a.C. Las poblaciones de la costa gaditana alcanzaron cierto renombre en el mundo antiguo por su vinculación al mar y en especial a la pesca y producción de conservas de salazones. Hay constancia arqueológica de unas cuatro villas romanas altoimperiales en Chipiona, dos de ellas marítimas, Las Canteras y Montijo, y otras dos interiores, La Loma y El Olivar, además de una docena de asentamientos menores propios de casas de campo. La economía se centraba en la agricultura, a pesar de que poseía núcleos de producción industrial rural característicos de los siglos altoimperiales: las canteras de piedra de molino en la Playa de las Canteras 4, una factoría de salazones de pescado en el fundus maritimus de la Turris Caepionis en Regla 5 y la industria alfarera de El Olivar 6, principalmente dedicada a la producción de envases anfóricos para salazones y vinos. La dominación musulmana pasó sin mayor relevancia por la villa de Chipiona. Carecemos de documentos escritos que hagan referencia a Chipiona como asenta- miento urbano en el periodo hispanomusulmán. Según las fuentes tan sólo se menciona la existencia de un Castillo construido por los musulmanes pero no especifica ni donde ni si tiene algún tipo de relación con el edificio objeto de nuestro estudio 7. En 1295 Sancho IV el Bravo le cedió el señorío de Chipiona junto con otras villas de la costa entre las que se encontraban Trebujena, Rota y Sanlúcar a Don Alonso Pérez de Guzmán El Bueno por su labor de defensa contra los moros y su victoria en la guerra de Tarifa. Según las crónicas el hecho acaecido fue motivo de la construcción de una severa fortaleza o castillo en su honor 8. «tres castillos en ciertos sitios donde parescia aver avido poblasion: el uno se llamaba Rota que está sobre la mar grande poco mas de dos leguas de la isla de Caliz el otro se llamaba Regla e llamase agora Chipiona e el otro se llamaba Terrabuxena que agora se dice Trebuxena.» 9 El empuje constructivo que se dio durante el periodo medieval no parece que afectase a la zona próxima al Castillo. Así queda demostrado en los resultados de la intervención arqueológica de las Canteras 10 donde no se obtuvo ninguna información acerca de intervenciones antrópicas de naturaleza transformativa durante los siglos medievales. Solo a comienzos de la Edad Moderna se constata las primeras actuaciones en la zona. En 1490 a iniciativa de los duques de Arcos se repobló la villa con 700 familias procedentes de pueblos de Sevilla 11. Para controlar tal afluencia de población se utilizó la Carta Puebla de Chipiona redactada en 1477. La villa fue desarrollándose en torno al monasterio de Sta. Ma. de Regla; en la Carta Puebla la villa recibe el nombre de Regla de Sta. No se menciona nada sobre el Castillo. A partir del s. XV la bahía gaditana se convertiría en un importante puerto comercial a nivel internacional quedando Chipiona integrada en ese circuito mercantil. A finales de siglo el auge económico se trunca por la caída de las relaciones comerciales entre Cádiz y el Norte de África pasando a ser un periodo de constantes amenazas para las costas gaditanas. Durante la Baja Edad Media y parte de la Modernidad la villa se vio afectada por el régimen señorial quedando bajo el dominio de la Casa de Arcos. Las fuentes no proporcionan datos sobre propiedades rústicas de Chipiona tan sólo se menciona el Castillo como propiedad del señor y como el lugar donde residía cuando visitaba la villa 12. Este dato no nos deja claro de cual de los dos Castillos se trata ya que el Santuario de Regla también fue considerado como tal. En 1576 visita la villa Don Luis Bravo de Laguna enviado por el rey para supervisar el sistema defensivo de las costas occidentales de Andalucía y posteriormente realizar un proyecto de fortificaciones. El juicio emitido fue poco favorable para la infraestructura defensiva de Chipiona, describiendo a la torre de Regla como «pequeña y muy ruin, sin ninguna torre», a pesar de ello considera positiva la defensa de los bastimentos y la guarnición 13. Esta descripción tampoco aclara de cual de las construcciones defensivas se trata al mencionar a la Torre de Regla como torre, pero no como Santuario y en ningún caso hacer alusión al Castillo. Durante el s. XVII se sucedieron numerosos intentos fallidos de invasión inglesa en las costas gaditanas. No sería hasta 1702 con la Guerra de Sucesión cuando las tropas anglo-holandesas consiguieron por fin desembarcar en Chipiona bajo mandato del príncipe Jorge de Darmstadt motivado por la fidelidad que tenía Chipiona a Felipe V 14. En 1755 la villa fue duramente castigada por el terremoto de Lisboa. Este hecho queda recogido en el lienzo de la Ermita del Cristo de las Misericordias donde se representa el Castillo abatido por el oleaje del maremoto (Fig. 4). Según el lienzo existente en la Ermita del Cristo de las Misericordias, adosado al muro que enfrenta al mar tenía un pequeño fortín y en él estaba la entrada al edificio. Contaba también al exterior con una plaza de armas y ejido y al otro lado se hallaba también la batería. El inmueble declarado BIC se ubica en el casco histórico de Chipiona, al Norte de la localidad, frente al mar abierto y en el ángulo que hace la costa desde la bahía hacia la desembocadura del Guadalquivir. Está emplazado en primera línea de playa asentado sobre la muralla que cubre el antiguo acantilado de la zona que va desde la Cruz del mar hacia las Canteras (Figs. La construcción medieval se organiza en torno a un patio central con aljibe que distribuye al edificio en dos plantas con cuatro crujías perimetrales. Se trata de un edificio aislado en sus cuatro frentes, presenta planta cuadrada con una torre de la misma forma en la fachada Norte. Tradicionalmente se pensaba que el edificio estaba construido sobre una plataforma de roca natural, la misma que aparece en el litoral costero donde se encuentran los «Corrales», pero tras los estudios arqueológicos se pudo constatar cómo los muros maestros se levantaban sobre las arenas rojizas del litoral marino. El edificio queda protegido de las batidas del mar gracias a la plataforma de sillarejos de piedra ostionera construida en su fachada Norte (Fig. 1). El estudio arqueológico ha esclarecido en gran medida la evolución cronocultural, tipología constructiva, formal y el estado de conservación del edificio. De la misma manera que se resolvieron algunos de los objetivos planteados quedaron abiertos otros frentes que no pudieron ser definidos en la intervención por estar limitada exclusivamente al análisis paramental de las estructuras primarias. Uno de ellos fue la adscripción cronológica del momento fundacional del Castillo. La carencia de sondeos arqueológicos imposibilitó definir tanto cronológica como formalmente el edificio originario, por tanto cabe decir que los resultados dados se exponen con todas las reservas que ello conlleva ya que el estudio paramental desarrollado carece de un apoyo cronológico determinante aportado por el material cerámico de su cimentación con el que corroborar la fecha de construcción planteada. Para la toma de datos se siguió un sistema de trabajo basado en el planteamiento teórico aplicable a cualquier tipo de investigación arqueológica sobre inmuebles Históricos en proceso de Rehabilitación16, fundamentada principalmente en las ópticas estratigráficas y tipológicas apoyadas por las analíticas constructivas y ceramológicas. La carencia de sondeos arqueológicos nos hace ser cautos en la propuesta cronológica dada para cada Actividad, especialmente en las actividades constructivas I y II. En este sentido queremos poner de manifiesto que una vez realizado el estudio paramental los lugares elegidos para realizar futuras catas serían zonas muy puntuales, cuyos resultados con toda probabilidad resolverían la problemática ya señalada. Por ello ante la privación de la información subyacente nos hemos basado en otras premisas a través de las cuales planteamos nuestra propuesta cronológica y formal: -Funcionamiento estratigráfico del edificio: relación anteroposterioridad de los elementos estudiados. -Tipología formal del edificio: el Castillo (Actividad I) responde al modelo de Castillo/Casa-fuerte desarrollado a partir del s. XV sobre todo en el Norte de España. Se trata de edificios de planta cuadrangular con forma achatada, no superando en altura su perímetro. Suelen tener pocos vanos y apenas motivos decorativos. Son «castillos» defendidos por sí mismos, sin murallas ni torres adosadas, siendo su única defensa los gruesos muros perimetrales y en ocasiones una torre, generalmente centrada. Análisis edilicio cerámico y la inexistencia de elementos significativos que nos aporten una información cronológica más precisa esta segunda actividad la encuadramos dentro de un arco cronológico más amplio que iría desde el s. XVI hasta el s. XVIII rigiéndonos por la relación de anteroposterioridad. Muros perimetrales de la primera construcción sobre los que se acoplan todas las estructuras posteriores. Conserva una altura de 7,75 m hasta la línea de adarve sobre el que va situado el parapeto y el almenado (Fig. 11). Las dimensiones de las estancias actuales son el resultado de reformas posteriores. En este primer momento poseería una sola altura y una división interna diferente, configurando un edificio de una planta con un nivel de suelo semejante a la cota actual y naves longitudinales más anchas que las presentes. Las cuatro salas perimetrales abrazaban un espacio central. Estas naves quedaban iluminadas por dos vanos situados en los frentes Norte y Sur (Figs. Se trata de ventanas con arcos apuntados abocinados al interior, formados con dovelas de mampuestos de 0,30 m. Ocupan la zona central del alzado estando la clave a unos 6 m sobre rasante. Las ventanas están situadas a tres metros de separación del muro medianero. Suponiendo que la disposición original de estos vanos fuese centralizada en relación con los frentes de las naves longitudinales, si extrapolamos la medida que separa el vano del muro lateral del Castillo nos quedaría una estancia de 7 m de luz. Estas troneras fueron anuladas tras las reformas modernas con la incorporación del nuevo forjado y las paredes longitudinales haciendo incompatible dichos elementos (Fig. 10). Los cuatro muros conservados del Castillo poseen idéntica factura. Son muros de 1,55 m de espesor homogé- No eximimos en ningún momento la identificación del Castillo de Chipiona como tal ni mucho menos su carácter defensivo, pero siguiendo los modelos de la poliorcética podemos aproximarnos a la tipología descrita. -Tras el reconocimiento de todos aquellos mechinales accesibles pudimos recoger el material del interior de los muros embrionarios. Tan sólo en uno de ellos se localizó un fragmento cerámico (Fig. 8). Esta escasa, pero valiosa prueba correspondía a un mechinal de la planta baja de uno de los muros del castillo. Este mechinal estaba cegado, como la gran mayoría, con mampuestos. El fragmento ce-neo en todo su alzado. Su fábrica destaca por su solidez y robustez frente al resto de estructuras adosadas a posteriori que presentan una fábrica de menor calidad (Figs. El material empleado en su construcción es básicamente la piedra ostionera. Emplean una técnica constructiva simple con mampuestos irregulares de gran tamaño tendente a la horizontalidad, trabados con mortero de arena y cal 18. Las dimensiones medias de estos mampuestos son de 0,45 × 0,20 m acoplados unos con otros y regularizados con esquirlas colocadas durante la puesta en obra. Las caras exteriores del muro están bien trabadas con un mortero consistente de cal. La construcción del muro se hizo con un sistema de andamiaje empotrados o en voladizo sobre parales quedando la huella de los mechinales en todos los paramentos. La fábrica quedaba protegida con un revestimiento de mortero de cal teniendo mayor resistencia y volumen los paramentos exteriores. El control de movimiento de tierras ha permitido identificar la cimentación del muro Sur (Fig. 16). Está construido sobre una zapata de cimentación corrida con un escalón que sobresalte de 0,20 m y una profundidad de 0,62 m. La base queda reforzada por una torta de arena enriquecida con cal de 0,10 m de espesor y 0,75 m de ancho que a su vez apoya sobre una capa de tierra mejorada. La zapata del muro, al igual que éste, está construida con mampuestos de piedra ostionera trabados con mortero de cal. El terreno sobre el que se asienta la cimentación está constituido por arenas de color rojizo, limpias y homogéneas, sin presencia de material arqueológico alguno. Esta capa de arena rojiza aparece también en Tabla 1. Secuencia estratigráfica 18 Análisis de los morteros realizado por el D. J. Alejandre. Se trata de un mortero de cal de buena calidad y compacto, con porosidad baja. Está constituido principalmente por cuarzo y carbonato de calcio, con una dosificación menor o igual a la de 1:3 (de cal / arena), no presenta aditivo de yeso. A su vez contiene, de forma minoritaria, sales que pueden provenir bien de la arena empleada o bien por humedades de capilaridad y que en un futuro podría provocar la formación de eflorescencias. el corte del ascensor cubriendo al sillar localizado en uno de los perfiles. La zapata se encuentra a 0,10 mts. bajo la cota del suelo actual, lo que nos indica que la cota de uso del edificio primigenio debería de ser igual o superior a la que vemos hoy. En ninguno de los muros han aparecido huellas de forjado a media altura que marquen la existencia en origen de una segunda planta. No aparece ningún elemento asociado a las cubiertas primitivas, como resaltes o molduras que indiquen la presencia en ese lugar de un sistema de cerramiento determinado, por lo que la solución empleada debería de aprovechar parte del paso de ronda donde descansarían los cabos de viga. Los paramentos interiores tampoco muestran ningún indicio de encastre o adosamiento de muros transversales que dividiesen el interior de la Casa, como ocurre actualmente, haciéndose necesaria la existencia de una estructura central que soportase las cubiertas originales y a su vez distribuyera los espacios. Los muros estudiados tampoco han evidenciado la huella de escaleras u otro elemento que sirviese de acceso hacia la zona superior. Según las fuentes y un lienzo conservado en una ermita cercana al Castillo (Fig. 3) en el frente Norte se encontraba la única puerta de acceso al edificio que quedaba protegida por un revellín adelantado. Tras el estudio paramental no se han detectado huellas de encastre o contacto que delaten la presencia de esta teórica estructura acoplada a la fachada, situada según el cuadro en la zona central del muro Norte (Figs. De la portada original tampoco queda rastro alguno solamente la continuidad de su uso como zona de acceso; al no haberse Fig. 12. Puerta de acceso principal al Castillo desde el mirador. Posible ubicación de la puerta original Fig. 14. Estancia 4, alzado Oeste. Análisis constructivo y tipológico El espacio vertical también sufriría modificaciones. Se dividió la altura del edificio en dos plantas a una cota sobre superficie de 4,40 m, esta altura coincide con la actual. La incorporación de este nuevo forjado supuso la amortización del adarve, ya que para que las vigas tuviesen una buena sujeción se recreció todo el paseo de ronda hasta la altura de las almenas. Las cajas de viga están situadas directamente sobre la línea de adarve quedando protegidas con mampuestos de mayor tamaño localizado en ningún otro lugar creemos que la puerta de entrada al edificio primitivo debería ubicarse aquí en el centro del muro meridional, sustituida en el s. XIX por la portada monumental que vemos hoy (Fig. 12). Los cuatro muros perimetrales quedaban coronados por una línea de almenas de forma rectangular simple, sin cubierta de albardillas ni aspilleras defensivas (Fig. 5). Esta línea de almenas y merlones se conservan en sus cuatro frentes, estando en el alzado Norte y Sur ocultos bajo los merlones de época posterior (Fig. 13). La fábrica es de mampuestos de menor tamaño al igual que todo el parapeto del muro, trabado con mortero de cal de color anaranjado. Los merlones de las esquinas se prolongan ortogonalmente hacia el muro contiguo transversal, formando un doble merlón en «L». La línea de merlones del muro Norte se ve interrumpida en dos zonas, dejando un espacio más amplio de almenado, posiblemente abierto en periodos posteriores tras la incorporación de la artillería como elemento defensivo (Fig. 15). Rehabilitación y nueva distribución de los espacios En Plena Edad Moderna se ejecutaron obras importantes que modificarían tanto su distribución interna como externa. Se construyen los dos muros interiores encastrados a las paredes del Castillo resultando dos naves longitudinales de menor luz que las primitivas. Son muros de mampostería de 0,47 mts. de ancho, conservando parte de su alzado, ya que la planta alta sería reconstruida en fases posteriores. En origen tendrían una altura similar a la actual. Dicha hipótesis deriva de la relación funcional «incompatible» que tienen las cajas de vigas con los vanos de la planta alta. Siendo éstos claramente posteriores a dichos elementos, ya que el lugar que ocupan las vigas afecta directamente a la estructura sustentante de los vanos, que apoyan directamente sobre ellos. En todas las estancias las roscas de los arcos respetan estas cajas de vigas, incluso siendo ambos incompatible. Sería ilógico pensar que ambos elementos, vigas y arcos, fueron construidos a la vez, ya que en este supuesto se habrían ubicado de forma alterna, de manera que ambos sistemas pudieran trabajar a la par correctamente (Figs. Por tanto, en estos momentos el espacio interno de la Casa sería semejante al que vemos hoy, dos naves longitudinales Norte-Sur y otras dos transversales de menor tamaño Este-Oeste. El espacio vertical también sufriría modificaciones. Se dividió la altura del edificio en dos plantas a una cota sobre superficie de 4,40 m, esta altura coincide con la actual (Fig. 21). La incorporación de este nuevo forjado supuso la amortización del adarve, ya que para que las vigas tuviesen una buena sujeción se recreció todo el paseo de ronda hasta la altura de las almenas (Fig. 11). Las cajas de viga están situadas directamente sobre la línea de adarve quedando protegidas con mampuestos de mayor tamaño (Figs. El control de movimientos de tierras nos ha permitido observar la cimentación de uno de los muros longitudinales interiores construidos en este momento (Figs. Es una zapata continua de aparejo mixto de ladrillos de 0,22 × 0,03 m y mampuestos regulares de tamaño medio, bien trabados con mortero de cal. El ancho del escalón de la zapata es de 0,10 mts. con 0,35 m de profundidad. La cota de uso del nuevo muro respeta la cota de uso del edificio anterior. Se trata de una capa de preparación de cal apisonada situado a 0,10 m. bajo rasante. Tras el control de movimiento de tierras el material cerámico extraído de este lugar, solo un fragmento, pertenece a producciones modernas, del s. XV-XVI. El espacio interior continuó con la misma distribución que la fase anterior, pero con un aumento en el número de tránsitos (Fig. 19). Los muros longitudinales se mantuvieron en planta baja y se reconstruyeron en planta alta. En el alzado oriental puede verse la diferencia de fábricas entre uno y otro piso. La factura de los muros correspondientes a este momento incorpora el ladrillo fino. Son muros de aparejo mixto, de hiladas de ladrillos alternadas irregularmente con mampuestos, cada 0,40/ 0,50 m. Se sigue empleando el sistema de andamiajes para la construcción de las paredes. La zona noble del hotel se centra en el mirador sobre un escarpe de mampuestos a modo de cimentación salvando con ello el desnivel del terreno con la línea de pleamar. La planta baja es un espacio porticado divido en cinco tramos cubiertos con bóvedas de aristas apoyadas sobre pilares (Figs. En planta alta es una terraza descubierta y transitable con acceso desde el piso superior. La construcción del hotel supuso la incorporación de una portada monumental acorde con el nuevo uso (Fig. 12). Se trata de un vano ojival al exterior y escarzado al interior abierto a posteriori, como muestra la interfaz de rotura del muro 1 para la intrusión de ésta. Construido en piedra ostionera, con sillarejos y ladrillos bien trabados con un mortero grisáceo de arena y cal. Es el único vano que aparece en el alzado Norte de la planta baja de la estancia 1 y probablemente donde se encontraría el vano de acceso al edificio en su primer momento constructivo. Presenta mayor irregularidad en su zona Oeste con una refacción amplia de sillarejos y mampuestos en resalte. Tal vez la puerta primitiva estuviese descentrada respecto al eje del muro y para corregir esa asimetría se macizó la jamba occidental, a su vez, esta puerta queda también descentrada respecto a la galería del mirador, fosilizando la asimetría de la posible puerta original (Fig. 21). Otro de los elementos incorporados en este momento fue la torre, otorgándole verticalidad a un edificio que desde sus orígenes destacaba por su horizontalidad (Figs. Tiene un cuerpo de planta cuadrada de 4 m de lado con una altura de 6 m. La zona superior queda rematada por una línea de merlones. Los muros de la torre se apoyan sobre las almenas originales del Castillo. El control de movimientos de tierras nos ha permitido registrar la cimentación de los muros transversales. Dichos muros son coetáneos, la cerámica extraída de la cimentación fecha a ambos ya en época contemporánea, dentro del s. XIX. Todos los vanos que comunican los espacios interiores pertenecerían a esta fase. Se trata de puertas abocinadas rematadas por arcos de medio punto rebajados, también abocinados. Las jambas de las puertas están reforzadas con ladrillos que traban con la fábrica del muro. Los vanos son del tipo tabicado a la catalana con dos hiladas de ladrillo. A diferencia de las jambas, los arcos están trabados con mortero de cal de color grisáceo. En el momento de la construcción del hotel el forjado superior se continúan usando, como evidencian las huellas Reparaciones y subida de forjados La principal obra fue la elevación de las cubiertas. Se alivió toda la zona alta eliminado la anterior cubierta de vigas y se colocó un nuevo forjado de viguetas sobre el antiguo, quedando la planta alta con una altura de 4,10 m. También se elevó el pavimento de la azotea del mirador, provocando la subida de cotas de la escalera de acceso a él. Obra de rehabilitación actual Las obras de rehabilitación efectuadas en el 2007 tuvieron un carácter integral. Se cambiaron los forjados de madera, casi inexistentes, por otros nuevos de madera tratada ocupando el mismo lugar que los antiguos. Se eliminó la solería del hotel, de mármol y losas hidráulicas y se sustituyó por placas de granito. Los paramentos, una vez descarnados, se forraron con una malla y mortero proyectado. Se dejaron una serie de testigos desprovistos de recubrimiento, al igual que los vanos originales del castillo para así proceder a su correcta visualización. Se ha eliminado el estilo neogótico del edificio sustituyendo los arcos apuntados por arcos de medio punto. Se tiente constancia de la existencia de restos constructivos previos de los que no se conserva ninguna estructura en alzado tan sólo el fragmento de sillar localizado en el perfil del hueco del ascensor. Especulamos, a falta de una excavación arqueológica, sobre la posibilidad de que perteneciesen a una posible torre almenara-almadraba, relacio-nada tal vez con la que aluden los textos por parte de Guzmán el Bueno en el s. XIII o incluso anterior. Hay que añadir que la inexistencia de huellas de muros transversales originales que distribuyeran el interior del Castillo obliga a que se sirviese de otra estructura portante posiblemente una torre central. Pero la nimiedad del registro subyacente nos imposibilita ir más allá, ni tan siquiera podemos aseverar que el nivel de amortización del sillar sea el mismo que las arenas cortadas por la cimentación del Castillo, en cuyo caso queda desestimada por completo la hipótesis de una torre previa perviviendo con el Castillo. Ante la falta de sondeos arqueológicos y con fuentes documentales dudosas (tradicionalmente se tenían por válidas aquellas que identificaban la autoría del Castillo de manos de Guzmán el Bueno en el s. XIII) para la datación de la Actividad I nos hemos basado fundamentalmente en las relaciones estratigráficas, las características formales del edificio y la recogida de un fragmento cerámico del s. XV hallado en el interior de un mechinal del muro Norte. Con todo ello especulamos con una fecha más tardía que la señalada por las fuentes (s. XIII) retardando posiblemente sus orígenes al s. XV. En esta época se dieron una serie de acontecimientos importantes en la villa: En 1477 se redactó la Carta Puebla de Chipiona repoblándola con 700 familias. Hay documentos que apuntan a una fecha más temprana para la construcción original de la Iglesia de la O, a mediados del s. XV. Fue un momento donde pudieron realizarse a su vez otro tipo de obras civiles como el Castillo. A este periodo corresponden los cuatro muros perimetrales del Castillo configurando un edificio de planta cuadrada ausente de torres o resaltes, con alzados similares a los de la vecina Torre de Doña Blanca del Puerto de Santa María (Cádiz), fechada en el s. XV. Tanto por su funcionalidad como por su tipología formal hemos relacionado al Castillo de Chipiona con el tipo de construcción defensiva denominada «Casa-Fuerte o Casa-Torre». Estos edificios responden a una tipología constructiva generalizada en el Norte de España, principalmente en la zona centro, de origen bajomedieval (XIV-XV) pero de uso extendido hasta bien entrada la modernidad. Se trata de un edificio fortificado de uso residencial pero con funciones de apropiación, control, administración y defensa del territorio a cargo del señor de la Casa y gobernante de la Villa 19. El hecho de equiparar al Castillo de Chipiona con estos edificios no desestima su identificación como Castillo al tratarse de un edificio fortificado con paseo de ronda rematado por almenas, pero por el contrario carece de elementos poliorcéticos propios a él como son torres, barbacanas, fosos, plaza de armas o murallas. De la misma manera su funcionalidad también lo asemejan a esas construcciones del Norte de España, se trataba de edificios autosuficientes, la vivienda fortificada del señor de la villa. Pero sobre todo eran un centro de coordinación productiva que controlaba los pasos claves de las rutas comerciales 20 de la misma manera que el Castillo de Chipiona controlaba la ruta comercial de acceso por el Guadalquivir. Teorizamos con la posibilidad de que la construcción del Castillo de Chipiona se hiciese sobre una construcción previa ¿torre almenara?, bien cubriéndola perimetralmente y aprovechando parte de sus estructuras para su organización interna, en el caso de que se hubiesen conservado sus alzados, bien edificando el Castillo de nueva planta sobre los cimientos de la anterior. El Castillo es un edificio de planta cuadrada a una sola altura. La distribución interna es diferente a la actual, con naves laterales más anchas iluminadas por vanos apuntados. La presencia de estas ventanas descarta la posibilidad de que los cuatro muros perimetrales correspondiesen a una muralla almenada que protegiese un espacio interior y no a un edificio. No han aparecido huellas de forjado a media altura lo que nos indica que no hubo un doble nivel. Tampoco se han localizado indicios de encastres o adosamientos en estos muros que atestigüen la presencia de muros que distribuyesen el interior del edificio, apoyando con ello la teoría sobre la presencia de una estructura central potente ¿torre? sobre la que se acoplarían el resto de elementos internos. Según el cuadro conservado en la ermita del Cristo de las Misericordias, el castillo en 1755 poseía un revellín adosado a la fachada Norte protegiendo el acceso al edificio desde este lugar. Tras el estudio de alzados, en el muro Sur no se han detectado huellas que nos indiquen la presencia de ninguno de estos elementos, revellín y puerta original. A pesar de ello el vano de mayor envergadura del edificio se encuentra en ese lugar, posiblemente modificando el anterior de menor tamaño, por lo que cabe la posibilidad de que la puerta de acceso principal se encontrase ubicada en esta zona. La datación de la Actividad II la justificamos en la relación de antero-posterioridad que tienen los elementos ubicándola dentro de un arco cronológico amplio que abarca desde el s. XVI hasta el XVIII. Es decir, se trata de una actividad posterior a la construcción original del Castillo pero previo a la reestructuración definitiva del mismo en hotel. Por tanto, y ante la falta de sondeos arqueológicos que hubiesen aportado una información cronológica y formal más precisa, tomamos con reserva la época moderna para la segunda intervención constructiva desarrollada en el edificio. Cuando las crónicas se refieren a la fortaleza lo hacen como edificio en ruinas. Sobre todo sería en el s. XVII cuando la villa sufriría una de sus etapas más criticas, encontrándose desprotegidas ante los ataques marinos y con pocos recursos defensivos y económicos. Era necesario la reconstrucción del Castillo para hacerlo habitable y a la vez seguro en caso de ataque. En el s. XVIII se convirtió en prisión local, en las actas capitulares se refieren a él como cárcel pública de la villa. El resultado de las obras dio lugar a la división de los espacios. Se coloca un forjado a media altura pasando a ser un edificio de dos plantas, se abren vanos en planta baja y se añade una nave en el lateral Oeste. Estas reformas afectaron en mayor medida al sector occidental. La anulación del adarve como elemento defensivo implica un cambio en las técnicas de combate. La subida de cota hasta la línea de almenas adecuaría la terraza para el uso de cañones, sistema defensivo propio del momento. La poca altura del edificio hacía que fuera idóneo para la ofensiva costera, ya que de esta manera podían atacar con la técnica del tiro con cañón rasante. La eliminación de dos de los merlones del frente Norte, bien desmontados a conciencia o bien derruidos, pero nunca reconstruidos hasta la construcción del hotel, facilitaría la maniobrabilidad de la artillería pesada. El último uso que tuvo el Castillo y fruto de su imagen actual derivó de su adaptación al uso hotelero identificado con la Actividad III. La primera referencia conocida que hace mención del Castillo como hotel aparece en un acta capitular de 1887, donde Doña Manuela Fernández Salamanca de la Bastida pide que se amillare una casa hotel «el Castillo» a su nombre. A esta fase corresponden las transformaciones más drásticas realizadas en el edificio. El nuevo uso dio lugar a una compartimentación total de los espacios ampliando la planta del edificio primitivo y fraccionando su interior en pequeñas alcobas. Se perforaron los cuatro frentes del castillo con multitud de vanos ojivales que desvirtuaron la realidad del edificio primigenio. Esta inclinación historicista afectó también a la zona de almenas que se cubrieron con albardillas a cuatro aguas, además de la erección de la torre. Desde 1922 veranean en el Castillo Don Carlos de Borbón y D.a Luisa de Orleáns. Seguramente este sería uno de los motivos por los que se efectuaron una serie de obras de adecentamiento del hotel. Para ello se alivió la planta alta elevando su forjado.
Las torres rurales constituyen seguramente uno de los elementos más claros del contraste entre la organización social andalusí y la feudal. Esta circunstancia se manifiesta con toda rotundidad cuando estas torres, que surgen en los asentamientos rurales andalusíes para defenderse de las incursiones de ejércitos cristianos, pasan, tras la conquista, a representar en muchos casos nuevos centros de control de los señores feudales sobre el mundo rural. También son un claro ejemplo de perduración de profundas realidades de base en ambas sociedades, al menos entre los siglos XI y XV, en espacios muy alejados geográficamente, como pueden ser el valle del Ebro o el del Genil. En el ámbito andalusí, la construcción de torres rurales, en alquerías o en almunias, precede al avance territorial de los Estados feudales: las encontramos ya en el siglo XI o principios de siglo XII en los valles del Ebro 1, del Henares 2 o del Tajo 3, poco después surgen o se generalizan en tierras valencianas 4 o del valle del Guadalquivir 5, mientras que a partir del siglo XIII las encontramos en el reino nazarí de Granada 6. Pero en este caso, incluso, sólo son habituales en los espacios más expuestos a la frontera La intervención arqueológica de apoyo a la restauración llevada a cabo en el torreón de época medieval conocido como «El Fuerte», situado en el pueblo de Lanteira (Granada), en la cara norte de Sierra Nevada, nos ha permitido analizar con detalle su estructura y las distintas técnicas constructivas utilizadas, así como datar la construcción en los siglos XIV o XV. Aunque el objetivo fundamental ha sido describir las características de esta estructura de época nazarí, también hemos integrado su estudio en el contexto de la evolución del poblamiento medieval de su entorno, pero además hemos intentado aproximarnos a su dimensión social y política, en el contexto del debate histórico sobre el último Estado islámico peninsular, sometido a la presión militar castellana. 1 Julián M. Ortega Ortega: «La agricultura de los vencedores y la agricultura de los vencidos: la investigación de las transformaciones feudales de los paisajes agrarios en el valle del Ebro (siglos XII-XIII)», en Helena Kirchner (ed.), Por una arqueología agraria. 2 Ernesto García-Soto Mateos y Susana Ferrero Ros: «La atalaya islámica del «Cerro de la Quebrada» o «El Mirador del Cid» de Sigüenza y algunas consideraciones sobre las fortificaciones islámicas del nordeste de la provincia de Guadalajara» en Ernesto García-Soto, Miguel Ángel Valero y Juan Pablo Martínez (eds.) 3 César Pacheco Jiménez: «La fortificación en el valle del Tajo y el alfoz de Talavera entre los siglos XI y XV», Espacio, Tiempo y Forma (Serie III, Historia Medieval), 17 (2004), pp. 485-517. 4 André Bazzana y Pierre Guichard: «Les tours de défense de la huerta de Valence au XIIIe siècle», Mélanges de la Casa de Velázquez, XIV (1978), pp. 73-105; Josep Torró: «Fortificaciones en Y ^ibäl Balansiya. Una propuesta de secuencia», en Antonio Malpica Cuello (ed.): Castillos y territorio en Al-Andalus, Granada, 1998, pp. 385-418; José Luis Simón García: «Alquerías fortificadas del Vinalopó», en Francisco Javier Jover Maestre y Concepción Navarro Poveda (coord.): De la medina a la vila, Alicante, 2004, pp. 107-138; Pablo Rodríguez Navarro, La torre árabe observatorio en tierras valencianas. Tipología arquitectónica, Valencia, 2008, tesis doctoral [URL]. 5 Francisco Sánchez Villaespesa: «Las torres de la campiña de Córdoba en el siglo XIII. Un sistema de defensa de las comunidades rurales en época almohade», Qurtuba, 1 (1996), pp. 157-170; Antonio Martínez Castro: «Breves notas sobre la funcionalidad de las torres islámicas de la campiña de Córdoba» en Antiqvitas, 15 (2003), pp. 79-83. castellana, siendo escasas en amplias zonas. Por tanto, no se trata tanto de un fenómeno que genera la propia sociedad andalusí en todos los lugares, sino que responde sobre todo a un estímulo externo localizado geográficamente. Cuando este estímulo -las incursiones feudales de saqueo y destrucción-está presente, el mundo rural andalusí genera unas estructuras arquitectónicas similares -las torres-en distintos territorios y en distintos momentos, a pesar de la diversidad de soluciones concretas que encontramos en cuanto a las características de estas estructuras defensivas. No obstante, es también posible que en determinados contextos, los conflictos internos andalusíes, hayan dado lugar al surgimiento puntual de este tipo de fortificaciones. Sin embargo, sabemos más de la apropiación feudal de algunas de estas torres, que de la iniciativa para su construcción o de su gestión en época andalusí. ¿Acaso tuvieron un carácter aristocrático también en esa época?, ¿qué papel tuvieron los Estados islámicos respecto a la construcción de estas torres: fomento, permisividad, oposición?, ¿cuál fue el de las comunidades campesinas?, ¿y el de las élites rurales? Las fuentes escritas nos informan de algunas cuestiones, como ciertas iniciativas de los emires para su construcción 7 o su mantenimiento con bienes habices 8, pero será el análisis arqueológico el que tal vez pueda ofrecer más información sobre esta realidad que se impone en el mundo rural andalusí en contacto con las fronteras de los reinos cristianos feudales. Localización de Lanteira, con indicación de sus sistemas de regadío y las fortificaciones de época medieval de su entorno 7 El cronista Mármol Carvajal atribuye al sultán nazarí Muhammad II (1273-1302) la construcción de varias torres en la Vega de Granada: «hizo cinco torres en el campo alderredor de la ciudad á la parte de la vega, donde se pudiesen recoger los Moros que andaban en las labores en tiempo de necesidad» (Luis del Mármol Carvajal: Historia del rebelion y castigo de los moriscos del reyno de Granada, Madrid, 1797, I, p. Probablemente hace referencia a aquellas torres construidas en las alquerías del patrimonio real situadas en la Vega (Roma, Huécar, Cijuela, Asquerosa), de la que sólo se conserva la torre de Roma (Antonio Almagro Gorbea: «La torre de Romilla. Además se han conservado los restos de otras torres en la Vega de Granada (Alhendín, Gabia, Bordonal, etc.), aunque en estos casos no vinculadas al patrimonio real. 8 Realidad que se documenta en el valle del Ebro a través de las fuentes árabes (Julián M. Ortega Ortega: «La agricultura de los vencedores...», p. 130), pero también lo refleja la documentación castellana respecto al reino nazarí, como es el caso de un documento de 1503, que hace referencia a los bienes habices de «las torres de las alcarias» (Pedro Hernández Benito: La Vega de Granada a fines de la Edad Media según las rentas de los habices, Granada, 1990, p. El conocimiento de estos edificios y de sus transformaciones tras la conquista feudal, junto al análisis espacial de su ubicación a diversas escalas, puede ofrecernos información de primera mano sobre si los cambios son de escaso calado o profundos, revelando en este caso, tal como viene planteando la historiografía, un cambio de función en el marco de un contexto social distinto. También si tras la conquista perduran muchas torres o sólo algunas, en concreto aquellas que se adaptan mejor a la nueva realidad social feudal. Además sería interesante comparar las torres andalusíes con otras fortificaciones señoriales de nueva planta de la misma época, para comprender mejor sus semejanzas y diferencias. Se trataría de ver hasta qué punto esta realidad material nos puede informar sobre el contraste entre ambas sociedades y, por tanto, arrojar más luz sobre el mundo rural andalusí y su evolución hasta la época nazarí. Nuestra aportación a esta cuestión no pretende ser una visión general, sino que parte del análisis arqueológico de un caso concreto, una de las fortificaciones situadas en el pueblo de Lanteira, en la provincia de Granada. Se trata del torreón denominado «El Fuerte», si bien el edificio es más conocido en el pueblo como «La Sociedad», al haber sido la sede de una agrupación socialista antes de la Guerra Civil. Se trata de una estructura que se conserva parcialmente desmochada y en un estado de deterioro muy importante (Fig. 3), localizándose en el interior del casco urbano de la población, aunque en una zona periférica, junto a la ladera que baja de forma pronunciada hacia el río del Pueblo (Figs. La intervención arqueológica de tipo puntual que hemos desarrollado en este torreón se ha llevado a cabo en el marco del proyecto de restauración de una parte del edificio, que es propiedad del Ayuntamiento, con la finalidad de darle un uso cultural. Lamentablemente no se pudo actuar en la otra parte que es de propiedad privada y que está incorporada a una casa colindante, lo que ha limitado las posibilidades de la investigación. ta. En este sentido, hay que recordar que este lugar pasó a manos castellanas tras la caída de Guadix en diciembre de 1489 y casi inmediatamente pasó a formar parte de un amplio señorío, posteriormente conocido como Marquesado del Zenete, que abarcaba gran parte de las poblaciones del término de Guadix situadas al pie de Sierra Nevada, en su cara norte, en concreto, de oeste a este, las siguientes: Jérez y su barrio de Alcázar, Lanteira, Alquife, Aldeire, La Calahorra, Ferreira, Dólar y Huéneja. Se trata de un espacio donde la agricultura de regadío constituía la principal actividad económica, a pesar de la riqueza minera del subsuelo y de la abundancia de pastos. En todos estos lugares permaneció la población musulmana, mudéjar, aunque tras las conversiones de 1500 pasaron a tener el estatus de cristianos nuevos o moriscos, los cuales perduraron hasta la expulsión en 1570, tras su sublevación en gran parte del reino de Granada y una guerra que duró dos años. A este largo período mudéjar-morisco (1490-1570), en cierto modo transicional, donde conviven realidades antiguas y nuevas, corresponden la mayor parte de los datos que tenemos para intentar reconstruir las características de la alquería de Lanteira a finales de la época islámica. En el momento inmediatamente posterior a la conquista, un documento de 1490 nos da la siguiente información sobre su población y rentas: «Llanteira, diçen que ay doçientos veçinos y que vale de renta çiento e veinte mill maravedís e mill fanegas de pan»11. Por tanto, vemos que se trata de una alquería muy poblada (unos 800 a 1.000 habitantes), que proporciona importantes rentas fiscales al Estado nazarí, tanto en especie como en moneda. Hoy en día el pueblo de Lanteira constituye un núcleo concentrado, el único de su término municipal, pero se trata de una realidad que se impone a fines del siglo XVI, tras la expulsión de los moriscos. Con anterioridad a esta expulsión, según la documentación castellana, la alquería estaba formada por dos barrios algo distanciados el uno del otro, herencia del período islámico, como se deduce de la toponimia. El barrio morisco de la Iglesia era conocido en época islámica como AEarat al-Y ^ama ̄'a ('barrio de la mezquita aljama', Fardaximea o Hardagima en los documentos castellanos) y en él estaba tanto la iglesia, que debía ocupar la El otro barrio existente en época morisca se denominaba del Jarafí o de los Jarafis, quedando despoblado tras la expulsión de los cristianos nuevos. Su localización es posible gracias a la toponimia, dada la existencia del pago del Jarafí y del castillo del Barrio, localizados ambos a cierta distancia del barrio de la Mezquita, a algo más de 500 metros en dirección este, precisamente en la orilla derecha del río del Barrio, cuyas aguas se utilizan para regar el pago, compartiéndolas con el pueblo de Alquife, situado aguas abajo. No consta que existiese mezquita en este barrio, pero en cambio junto a él se construyó el baño nuevo en 1540, probablemente sobre los restos de un baño anterior. Además, otro dato significativo, es que aquí se localiza el ya citado castillo del Barrio, en realidad otra fortificación de alquería, a cuyos pies se localiza abundante cerámica de época almohade y nazarí, así como de primera época castellana, que debe de corresponder a la ubicación de las casas del barrio. El topónimo puede corresponder al árabe al-šaraf ('el cerro','el otero'); de hecho en el empadronamiento de 1550 se menciona un pago denominado del axarafe. Pero también puede hacer referencia, teniendo en cuenta también la versión en plural -barrio de los Jarafis-, a que sea un barrio habitado mayoritariamente por miembros de la familia o linajes de los Xarafis. En este sentido debemos destacar la mención en un documento de 1541 a «Hernando Xarafi, alguacil cobrador de la villa de Lanteira». Pero este topónimo, en cualquier caso, parece que es más reciente y se utiliza para englobar a otros barrios, ya sea aún existentes o abandonados, dado que un documento de 1511 alude a que este barrio del Jarafí estaba formado anteriormente por los de Benizahala y Benahaque, topónimos que se ha propuesto que podrían corresponder a asentamientos tribales de primera época islámica, por la existencia del prefijo beni-o bena-, del árabe banë ('hijos'). Estos topónimos se han vinculado con dos yacimientos situados también junto al río del Pueblo, en su margen derecha, pero algo más al norte del castillo del Barrio. Llama la atención, en este caso de Lanteira, la existencia de dos barrios, o conjuntos de barrios, que tienen vegas diferenciadas e incluso fortificaciones distintas, aunque comparten la mezquita aljama. Pero esta realidad sobre las características de la alquería de Lanteira que refleja la documentación castellana posterior a la conquista, es el resultado de una compleja evolución del poblamiento medieval, que es necesario plantear, aunque sea brevemente. Para el período altomedieval se ha documentado la ocupación de asentamientos ubicados en cerros y probablemente vinculados a actividades mineras, como es el caso del Cerro de las Minas, en época visigoda, y de la primera ocupación del Castillo de la Reina, en época emiral. En la margen derecha del río del Barrio se localizan tres asentamientos en ladera, sobre la acequia que riega estos campos, los cuales, como hemos visto, parecen vinculados a uno de los barrios de la alquería de Lanteira, el del Jarafí. La cronología que aporta la cerámica de prospección puede retrotraerse a época emiral en los dos situados más al norte, con un probable abandono hacia el siglo XII, pero en el situado más al sur, a los pies del Castillo del Barrio, la cronología parece abarcar del siglo XII al XVI, lo que tal vez refleje una reagrupación de estos barrios en torno a la citada fortificación. De todas formas, estas dataciones se basan en materiales de prospección, por lo cual hay que ser prudentes a la hora de valorarlas, al tiempo que tampoco conocemos con seguridad la cronología del castillo o fortificación del barrio del Jarafí. Para la época bajomedieval, además de la alquería de Lanteira con sus barrios, aún debemos destacar la existencia de otro castillo próximo al barrio de la mezquita, en un elevado cerro sobre el margen izquierdo del río del Pueblo, con un probable barrio de casas anexo. Se trata del Castillo de la Reina (donde se constata una anterior ocupación emiral), que estuvo ocupado fundamentalmente en los siglos XII y XIII, como mucho hasta comienzos del XIV, teniendo en cuenta los materiales cerámicos visibles en superficie. Se ha propuesto explicar este asentamiento como resultado de un traslado de la población de la cercana alquería de Alcázar a raíz de las incursión aragonesa de 1125, por motivos de seguridad. No obstante, a pesar de su relativa proximidad a las vegas de Lanteira y Alcázar, parece una situación poco conveniente para una instalación permanente, y relativamente extendida en el tiempo, de una población dedicada a la agricultura de regadío, por el difícil acceso cotidiano y las dificultades de abastecimiento de agua (a pesar de la existencia de un aljibe). Por ello, tal vez deba interpretarse como un castillo rural con la doble funcionalidad de control estatal y refugio campesino, sin que esté todavía aclarada su vinculación con la actividad minera. Quizá su abandono se deba, o al menos coincide en el tiempo, a la proliferación de torres de alquería, dado que la torre de Alcázar parece construida en el siglo XIV y nuestra investigación ha mostrado que El Fuerte de Lanteira corresponde a los siglos XIV o XV. El espacio sobre el que se ha intervenido está formado por dos ámbitos diferenciados, el torreón propiamente dicho y un patio exterior anexo (Fig. 5). El torreón, que consta de dos pisos, tiene una planta ligeramente rectangular, con una superficie exterior de 203,00 m 2, de los cuales corres-ponden al Ayuntamiento de Lanteira un total de 143,50 m 2 en la planta baja y 127 m 2 en la planta alta y el resto a un particular. La intervención se ha podido plantear únicamente en esta parte correspondiente al Ayuntamiento. Por lo que respecta al patio exterior, es de forma irregular y está situado junto a la cara Norte del torreón, teniendo una superficie de 88,50 m 2. Se estructura en dos espacios, uno más próximo al torreón, donde se observan los muros de una habitación adosada, mientras que el otro espacio ha sido tradicionalmente un huerto, dividiendo ambas zonas un brazal de riego. Para abordar la investigación de apoyo a la restauración de esta fortificación se ha planteado una doble actuación arqueológica, por una parte el análisis de las estructuras emergentes, por otra, la realización de una serie de sondeos arqueológicos. El objetivo de la lectura estratigráfica de los muros y cubiertas ha sido documentar las distintas fases y técnicas constructivas utilizadas12. En ocasiones, como ocurre en el interior de la planta alta del edificio, se ha procedido a retirar los encalados y recubrimientos de los muros perime- trales, para poder analizar el tapial medieval de forma adecuada y observar su grado de conservación (Fig. 6). También se han realizado algunas catas en los revestimientos de otros muros en aquellos puntos que se han considerado de especial interés para aclarar la historia del edificio. Por ejemplo, se han seleccionado las uniones de distintos muros, así como los vanos abiertos en la fábrica, para determinar en uno y otro caso la secuencia de construcción de estos elementos y su calidad de obra original o reforma posterior. En cuanto a la excavación arqueológica, se optó por intervenir en una serie de áreas susceptibles de aportar más información para conocer el origen y evolución del edificio (Fig. 7). En el interior de la torre, los tres sondeos realizados nos han permitido documentar al interior la cimentación de los muros perimetrales, los muros interiores originales que la compartimentaban, algunos sectores del pavimento original, así como, en general, las diversas reformas que ha ido sufriendo el edificio hasta la actualidad. En el sondeo realizado en el patio exterior pudimos documentar el exterior de la cimentación de los muros perimetrales y las estructuras correspondientes a habitaciones adosadas al torreón en época moderna o contemporánea. ANÁLISIS ARQUEOLÓGICO DE EL FUERTE DE LANTEIRA A la hora de exponer los resultados del análisis arqueológico de El Fuerte de Lanteira vamos a ofrecer de forma conjunta los datos procedentes del estudio de las estructuras emergentes y la información proporcionada por los sondeos realizados, dado que así podemos explicar mejor la evolución del edificio. En primer lugar, habría que insistir en el hecho de que al no poder actuar en una parte de esta antigua fortificación, por estar en posesión de otro propietario, el análisis se ve sujeto a limitaciones, aunque pensamos que los resultados nos permiten entender adecuadamente tanto la estructura original como las principales transformaciones. El análisis lo vamos a organizar en función de nuestra hipótesis de evolución cronológica, por lo cual nos centraremos en describir la estructura original de la torre, su planta y técnicas constructivas, para puntualmente analizar las principales transformaciones que ha sufrido. El Fuerte de Lanteira es un edificio de planta casi cuadrada, 14,05 metros de longitud N-S, medida tomada en la pared oeste y 14,25 metros de longitud E-O, medida tomada en la pared sur, es decir en los dos lados medibles externamente 13, cuyo perímetro está formado por un grueso muro de técnica mixta de mampostería en la planta baja, con un grosor que oscila entre 1,50 y 1,55 metros, y tapial en la planta alta, cuyo grosor varía entre 1,10 y 1,15 metros, quedando un escalón en la unión entre las dos fábricas que sirve para el apoyo del primer forjado que cubre al interior la planta baja. La altura máxima conservada es de 6,25 metros en la esquina SO, pero su altura original debió ser mayor, dado que en algún momento, cuando perdió su función defensiva, debió de ser desmochado. Al documentar por lo menos tres cajones de tapial, y considerando la altura de los cajones que se han conservado por entero, podemos argumentar que como mínimo el edificio debía medir en la esquina SO 6,60 metros, estando constituida al menos por una planta baja y un piso superior. Si la comparamos con las alturas conservadas en las torres de alquería del territorio granadino, es muy probable que tuviera un número mayor de plantas, desarrollando una mayor altura14. El gran tamaño de su base, además, es indicativo también de la posibilidad de que esta torre fuese aún mayor. En el interior de la torre, los sondeos realizados nos han permitido documentar los muros de carga originales que la compartimentaban. Son muros de mampostería de 0,60 metros de anchura media en su base que dan lugar a la formación de tres estancias o habitaciones en forma de «U», organizadas en torno a un patio interior (Fig. 8). Estos muros, junto a los perimetrales, soportan el mencionado primer forjado de la torre. Es probable que, como en el muro perimetral, el alzado de estos muros en la planta alta fuese de tapial. Respecto al pavimento original de la torre, solo se ha documentado con claridad en la zona identificada como patio interior y consistía en un suelo de tierra roja apisonada, bajo el cual encontramos un relleno de nivelación de piedras de gran tamaño y tierra gris que se apoya sobre el nivel de roca (conglomerado). En el resto de la edificación no se han identificado estratos que podamos asociar a niveles de suelo originales, ya que la propia construcción marca un límite de rigidez en el techo de la primera planta que no permite alzar mucho la cota del suelo en la planta inferior. Eso ha provocado en varias ocasiones que las reformas en la fortificación hayan supuesto el rebaje de los suelos y no su colmatación con rellenos, lo que explica la escasa potencia arqueológica documentada en gran parte de las zonas excavadas y la ausencia de suelos originales, aunque en algún caso si se han conservado restos de los rellenos originales de nivelación. El escaso material recuperado en estos rellenos nos permite datar la construcción en época nazarí (siglos XIV o XV), pero es insuficiente para precisar más. Lo que si observamos es que este espacio no estaba ocupado anteriormente por ninguna otra edificación. En cuanto a los forjados, encontramos en la actualidad dos sistemas diferentes de cubrir las estancias de la planta baja, pero no tenemos la seguridad respecto a los que pudiera disponer la estructura original. Una vez realizada esta descripción general de la estructura, vamos a detallar las características específicas de cada elemento. Como hemos comentado, los muros perimetrales de El Fuerte de Lanteira están realizados en mampostería y tapial, por lo cual desde un primer momento en nuestro análisis hemos sido muy minuciosos al valorar si esta diversidad responde a varias fases constructivas, siendo el resultado de reparaciones, o bien responde a un solo momento constructivo. En su descripción hay que tener en cuenta la denominación que hemos dado a sus distintos tramos: estructura 1 (E1) a la cara E, estructura 2 (E2) a la cara S, estructura 3 (E3) a la cara O y estructura 4 (E4) a la cara N. Por otra parte, vamos a proceder a la descripción de abajo hacia arriba, partiendo de la cimentación. La cimentación la hemos documentado al interior del edificio en el sondeo 1 y al exterior en el sondeo 2. De la información proporcionada llegamos a la conclusión que se excavó en la roca una zanja con el objetivo de crear una cimentación de mampostería de lajas de micaesquistos15 ligeramente en talud al exterior y con una zarpa de unos 0,40 metros de anchura media al interior. No hemos documentado la altura total de esta cimentación, aunque en la esquina suroeste, donde se ha rebajado el terreno al exterior de la torre, calculamos que es al menos de 0,70 metros. Sobre esta cimentación se levanta un primer alzado de mampostería, también de lajas de micaesquistos (con cierta presencia de cuarcitas), en el que no se observan evidencias de mechinales, presentando en las esquinas lajas de mayor tamaño 16. Esta técnica constructiva la vamos a denominar Mampostería I (Fig. 9). A continuación este aparejo cambia de forma uniforme en todo el perímetro a una mampostería concertada, con hiladas de grandes bloques de cuarcita encintadas por lajas de micaesquistos, observándose en las esquinas lajas de mayor altura y longitud a modo de sillarejos. Denominaremos Mampostería II a esta técnica17 (Fig. 10). Este alzado mantiene en principio el mismo grosor que el inferior, destacando la presencia de unos huecos circulares (mechinales) en la zona de contacto entre las dos técnicas de mampostería, tal vez para montar un andamiaje. Es algo que sólo se observa al exterior de la construcción, quedando al interior ocultos estos huecos, de haberlos, por las sucesivas capas de enlucidos y morteros de tierra, así como por reparaciones con pequeños y medianos mampuestos. La altura aproximada de este aparejo es de 0,80 metros. Por encima de esta fábrica distinguimos otra realizada con la misma técnica (Mampostería II) pero con la peculiaridad de que es menos ancha, manteniendo al exterior la misma línea que los alzados inferiores (por lo que no se aprecia en esta zona el cambio), pero dejando un escalón al interior de 0,35 a 0,40 metros de ancho 18. Además, el remate de esta fábrica está formado por una hilera de mechinales, que corresponden al inicio de la fábrica de tapial situada por encima. Aparte de la función de este escalón en relación con permitir el apoyo del forjado que cubre la primera planta, esta reducción de anchura se explica también por la necesidad de que los tableros para la construcción del tapial, que tiene una anchura media de 1,10 a 1,15 metros, se ajusten desde la base a esta mampostería. La altura media de este segundo nivel de la mampostería II es de 0,35 metros. Justo por encima de este último alzado de mampostería, encontramos una fábrica de tapial calicastrado con refuerzo de mampuesto en algunos puntos (sobre los mechinales y a lo largo de las huellas verticales dejadas en la superficie por los travesaños de los tableros) 19 (Fig. 11). Este tapial, del que se han llegado a conservar hasta tres cajones de altura, está muy deteriorado al exterior por las inclemencias del tiempo, pero ha podido ser estudiado con detenimiento al interior de la torre (totalmente en la E2 y parcialmente en las E1 y E3), donde se encuentra más protegido, aparte de haber recibido varios encalados, que, una vez retirados, han permitido observar las huellas que nos permiten conocer el proceso de construcción. El tapial es, como hemos mencionado, del tipo denominado calicastrado, también llamado de cal y costra, caracterizado por presentar un material muy rico en cal en las caras exteriores, así como entre las tongadas con las que se va rellenando cada cajón, si bien en este caso se observa la presencia de abundante cal en forma de cuña, más ancha hacia las caras del tapial y que desaparece en el centro. Además de la cal, el tapial está compuesto por arcillas grises y pequeñas piedras de micaesquistos. La altura más habitual de los cajones de tapial oscila entre 0,80 y 0,85 metros, si bien su longitud es muy variable, entre 1,65 y 2,60 metros, aunque la medida más habitual se sitúa en torno a 2,20 metros. Los tableros, o puertas de tapiar, utilizados suelen estar compuestos por cuatro tablas, cuya altura puede oscilar entre 0,15 y 0,25 metros, unidas por dos travesaños (que miden entre 0,05 y 0,08 metros de anchura), normalmente colocados en caras opuestas del tablero, de modo que por cada cara suele ser visible el travesaño a un lado y al otro las cabezas de los clavos que unen dichas tablas con el travesaño situado en la otra cara. Cada tabla ha sido unida al travesaño con dos o tres clavos, según su altura, por lo que suele ser visible en el tapial la impronta de entre 7 y 10 clavos en cada cajón, dispuestos verticalmente, en paralelo al lado menor del cajón. La cabeza de los clavos tiene un diámetro medio de 4 centímetros. No obstante, se observa una diferencia en la ejecución de la primera línea de tapiales, donde las marcas de los travesaños son visibles tanto al interior como al exterior, mientras que en la segunda línea sólo son visibles al interior, lo que indica un cambio en la forma de unión de los tableros exteriores (donde se evita que los travesaños queden marcados en el tapial, por lo que quedarían siempre al exterior de la puerta de tapiar, quedando solamente marcas de clavos en el tapial). Se ha podido documentar, en la primera línea de tapiales, que su construcción se haría continua, es decir colocando varios tableros consecutivamente, no de uno en uno, y vertiendo después del material dentro de ellos. En concreto se ha documentado al interior del torreón una sucesión continua de cinco cajones de tapial en E2 y E3, abarcando la esquina de unión de ambos muros, de modo que esta zona está más cohesionada. Sólo el último de los tableros llevaría el cabecero, sujeto por los travesaños interiores, para cerrar el lateral y contener el material que se vertía dentro de los cajones; por ello en este último cajón no ha quedado la marca de dichos travesaños. Además se observa que la unión entre los tableros que se hacen de forma continua coincide con un mechinal en la parte de abajo, de modo que los costales se utilizan también para 12. Tipos de unión de los cajones de tapial (fotografía y esquema). En la parte superior, unión continua: 1: marca del travesaño que une las tablas de una de las puertas de tapiar; 2: marca de los clavos del travesaño del otro tablero; 3: resalte o rebaba que queda en la zona de unión de las dos puertas de tapiar; 4: mechinal cuya aguja soportaría el costal que asegura la unión correcta de los dos tableros consecutivos. En la parte inferior, unión discontinua: 5: línea recta causada por el cabecero que determina el final de una sucesión de cajones; 6: irregularidades tras el relleno de una nueva sucesión de cajones que se apoya en la anterior; 7: el mechinal no se sitúa en la zona de unión, sino al comienzo del nuevo cajón afianzar la unión entre las puertas de tapiar de cada uno de los cajones. Esta característica se ha podido documentar al interior, por el buen estado de conservación del tapial, que estaba cubierto (y protegido) por sucesivos encalados (Fig. 12). Hay que observar, por otra parte, que entre las líneas de cajones de tapial documentamos los mechinales, huecos donde se insertan las maderas, denominadas agujas, que se utilizan para armar los tableros. Sus dimensiones son variables y su forma irregular, aunque normalmente miden en torno a 0,14 × 0,14 metros. En algún caso se conserva todavía la madera dentro del mechinal. Una característica de estos mechinales es que están reforzados con lajas planas de pizarra en la parte superior. Según se ha podido observar, estos huecos o mechinales se abrirían en el tapial a modo de roza, una vez concluida cada hilera. Son muy numerosos, siendo la distancia habitual entre ellos de 0,40 a 0,50 metros. Los muros de tapial fueron arrasados a la altura de la tercera línea de cajones de tapial, que sólo es visible en la parte inferior, de modo que la altura máxima conservada del aparejo de tapial es de 2,40 metros en la muralla perimetral oeste (E3). A pesar de la existencia de tres fábricas distintas (mamposterías I y II y tapial I), que en un primer lugar nos llevó a plantear la posibilidad de que la torre hubiese sufrido transformaciones en distintos momentos, no se evidencia ningún tipo de línea de ruptura, sino un cambio homogéneo a una misma altura, por lo que deducimos que estos muros corresponden a una única fase constructiva. Las principales transformaciones que han sufrido estos muros perimetrales han sido su arrasamiento a un determinado nivel para reducir su altura, la apertura de vanos (puertas y ventanas), la reducción de su grosor al interior para aprovechar más el espacio, así como el adosamiento de otros edificios al exterior (Fig. 13). Todas estas transformaciones están relacionadas con la pérdida de su funcionalidad como fortificación a partir del siglo XVI y su transformación en un edificio cuyo uso ha sido diverso a lo largo del tiempo (vivienda, sede de una agrupación socialista, horno de pan, cuadra, etc.) y además no ha sido homogéneo, dado que ha sido habitual la fragmentación del edificio en unidades, familiares o colectivas, diferenciadas. Uno de los procesos más interesantes de la intervención arqueológica ha sido investigar la estructura interior de la fortificación, obteniendo resultados muy satisfactorios y algo sorprendentes, pues el torreón no constituía una estructura totalmente cubierta, sino que muy probablemente disponía de un patio interior. En tres de los sondeos realizados (sondeos 1, 3 y 4) se ha podido documentar la cimentación de los muros interiores, lo que ha permitido discriminar cuáles son contemporáneos a la construcción del edifico, de aquellos que responden a particiones posteriores del espacio. En concreto, se han documentado tres muros interiores que consideramos contemporáneos a la primera fase constructiva de la fortaleza, que se han denominado E5, E6 y E7. Estos muros presentan unas características similares. Disponen de una pequeña zanja de cimentación, en la que se colocan las primeras hiladas de mampuestos, normalmente micaesquistos de ángulos redondeados, con una anchura de 0,55 a 0,60 metros. El alzado de estos muros se haría en mampostería en la planta baja20, siendo probablemente de tapial de tierra en la planta alta, como aún se documenta en el muro E6. El primero en ser construido (E5) es paralelo a la muralla que da a la cara S de la fortaleza (E2), apoyándose en E1 y E3 (Fig. 14). Ello da lugar a una estancia con unas medidas aproximadas de 2,65 × 11,30 metros, que hemos denominado sector I. Este muro dispone de una puerta o vano, probablemente original (UE 10502), con dintel de vigas de madera, que se apoyan directamente en la muralla E1 (Fig. 15). Este vano, actualmente cegado, daría acceso a una estancia situada al N, probablemente un patio interior (sector IV). El segundo muro en ser levantado (E6) se dispone en paralelo a la muralla situada al O del edificio (E3), apoyándose en E4 y E5. Así se crea una estancia con una medidas aproximadas de 2,65 × 7,80 metros, que hemos denominado sector II. Este muro disponía también de un vano, que creemos que es original (UE 10514), con dintel de vigas de madera, que, como en el caso anterior, serviría para acceder al patio (sector IV) (Fig. 16). Estas vigas se apoyan directamente en el muro E5. En la actualidad este vano está cegado. La peculiaridad de este muro es que en la planta alta conserva un alzado de tapial de tierra (UE 10522), que probablemente corresponda a la estructura original del torreón (Fig. 17). El tercer muro en ser levantado (E7) se sitúa en paralelo a la muralla situada al N de la fortaleza (E4), apoyándose probablemente en E1 (circunstancia que no se ha podido verificar por situarse este contacto en la propiedad del vecino) y con seguridad en E6. De este modo encontramos una estancia con unas medidas aproximadas de 2,65 x 8,10 metros, que hemos denominado sector III. Como en los casos anteriores, encontramos un vano (UE 10529), todavía abierto, también con dintel de vigas de madera, que se apoyan en el muro E6 (Fig. 18). Igual que los otros, este vano serviría para comunicar el sector III con el patio interior o sector IV. Para ninguna de las estancias que hemos comentado, correspondientes a los denominados sectores I, II y III, se ha documentado el posible pavimento original, si bien en el caso de la estancia del sector II se ha observado que dicho pavimento se situaría sobre un relleno de arcillas grises y piedras (micaesquistos), en ocasiones de mediano a gran tamaño, el cual nivela los estratos de roca. Estos tres muros (E5, E6 y E7), junto al muro perimetral E1, delimitan un espacio que hemos denominado sector IV, que probablemente correspondía a un patio, con una dimensiones aproximadas de 4,60 x 9,65 metros. El pavimento de este patio es un nivel de arcilla roja compacta que se sitúa por encima de un relleno de nivelación hecho con arcillas grises y piedras de mediano a gran tamaño, normalmente micaesquistos (Fig. 19). Es muy probable que el acceso desde el exterior a esta fortificación se hiciese directamente a este patio, por lo que la apertura original tal vez se encontraría en el muro perimetral E1, pero no hemos podido verificar esta hipótesis al situarse casi todo este tramo de muro en la propiedad del vecino. Respecto al sistema de evacuación de agua del patio, hay que pensar que alguno, o ambos, de los dos huecos observados en el tramo de muralla E3 (UE/S 10347 y 10348) (Fig. 20), frente al vano ubicado en el muro E6, sirvieran para recoger las aguas a través de algún sistema de canalización que atravesara la estancia (sector II) y condujera las aguas hacia el río del Pueblo. Las estancias que consideramos originales tienen diferentes forjados que las cubren, de modo que no podemos estar seguros de la disposición original de los sistemas de cubiertas de la primera planta. El sector III, que sólo en parte ha podido ser analizado (la mitad de la primitiva estancia es propiedad del vecino), está cubierto con rollizos de madera que se apoyan en los muros E4 y E7, los cuales a su vez sirven de apoyo a las lajas de pizarra, conocidas con el nombre de aleros, sobre las cuales debe de situarse un relleno de tierra (launa) y luego el pavimento (Fig. 21), si bien en esta zona no hemos podido documentarlo, dado que la parte superior de esta estancia está incorporada a la vivienda del vecino. En cualquier caso, es probable que la cubierta original fuese de este tipo. En cambio, la cubierta de los sectores I y II, casi con seguridad debida a una reforma relativamente reciente (siglo XIX o principios del XX), se organiza a partir de gruesas vigas de madera (castaño) que se apoyan en los muros (E2 y E5 en el sector I y E3 y E6 en el sector II), las cuales sirven de sustentación a otras vigas más pequeñas, dispuestas en perpendicular a las más grandes, sobre las cuales se disponen una primera capa de aleros de pizarras, que a su vez reciben otra capa de tierra (arcilla gris) que sirve para nivelar y sobre la que se dispone una solería de grandes lajas de pizarra de forma rectangular, bien trabajadas, pero de medidas diferentes, aunque encajando unas con otras (Fig. 22). Por otra parte, las reformas posteriores nos impiden tener información sobre el primitivo sistema de acceso a la planta alta, que tal vez se realizaba a través del patio interior. Períodos identificados en la construcción (Figs. 25-27) Como ya hemos anunciado anteriormente, son varios los periodos que se han podido identificar durante la actividad arqueológica. Al cruzar esta información con la obtenida del examen de la documentación escrita y, sobre todo, de las fuentes orales de la gente del pueblo, hemos podido distinguir una periodización, que presentamos de manera resumida: A esta fase corresponden también dos pequeños huecos de salidas de agua del muro oeste. Este primer momento se ha datado, como después explicaremos, en los siglos XIV-XV. 2.-En un segundo momento la construcción va a desmocharse, rebajándose su altura, y nivelando la parte superior de la construcción con mampostería. Todo ello quedaría cubierto con aleros de pizarra. En este mismo periodo se abriría una puerta en el muro este, lo que permitiría el acceso directo a la calle, así como también la mayor parte de las ventanas de los demás muros (aunque en algún caso tenemos dudas sobre la posibilidad de adscribir algunos de estos vanos al tercer período). La cronología de esta reforma la situamos entre los siglos XVI- XVIII. Es el momento de conversión del edificio en un espacio no fortificado, probablemente con función doméstica (como se deduce de la pérdida de altura y la apertura de vanos), aunque resulte difícil saber si sería ocupada por una o por varias familias, o si alguno de sus espacios cumpliría otras funciones, como almacén o cuadra. 3.-Al siglo XIX y comienzos del XX podemos asignar una serie de reformas vinculadas a la construcción de una estancia en forma de L que abarca los sectores I y II, cuya cubierta de la planta baja es reformada, mientras que en la planta alta se dispone un enlosado muy cuidado. Además se reforma la puerta de acceso desde la calle en el muro este, para disponer junto a ella una escalera de subida a la planta alta. También se abre una puerta con remate en forma de falso arco en el muro norte, que da acceso a una habitación empedrada que se adosa al exterior del torreón y desde la cual se accede a un huerto. Por otra parte, es muy probable que en este momento se realice el empedrado del patio interior. Este período está asociado a la conversión del edificio en una vivienda más cuidada, dada la importancia y calidad de las mencionadas reformas. 4.-Posteriormente, en un momento que se puede situar entre los años cuarenta y sesenta del siglo XX, la puerta con falso arco en el muro norte sería cegada, habilitando con ello el espacio para la construcción de un horno de pan. Fue necesario, entonces, abrir otra puerta en el muro norte para acceder a la zona del huerto. Probablemente también a esta época corresponden las estructuras que se adosan a los muros sur y oeste, que han dejado su impronta en las huellas y huecos de vigas y enlucidos de cemento bastante modernos, en ocasiones con restos de ladrillos huecos, dando lugar a habitaciones anexas o a espacios que funcionarían a modo de porche. Tal vez en este momento una de las ventanas del muro sur sería cegada. 5.-Las últimas reformas que se detectan en la construcción, que pueden datarse en los últimos cuarenta años, corresponden a la construcción de una ruda chimenea en el muro este, así como todas las modificaciones ligadas a la construcción de la vivienda adosada en la parte norte y este de la construcción. Nos referimos al tejado de tejas curvas, que implicó un nuevo rebaje de la fábrica del tapial, entre otras. A este período corresponde también una fase, documentada solo al interior, en la que el espacio es compartimentado con tabiques de ladrillos, creando ambientes para usos diversos, fundamentalmente familiares. A partir de aquí, el deterioro de la construcción es progresivo, pudiendo documentarse en toda la torre distintas reformas toscas realizadas de manera apresurada. Con ello llegaría al estado en el que se encontraba en el momento de iniciar la intervención arqueológica. LA TORRE BAJOMEDIEVAL: CRONOLOGÍA Y PARALELOS Conocemos relativamente bien la estructura del torreón y sus técnicas constructivas, por lo que debemos pasar a plantear otra cuestión fundamental para poder analizarlo: la cronología de su fundación. Como punto de partida contamos con las reflexiones de J.M. Martín Civantos en su estudio sobre el Zenete medieval, que, aunque reconoce la dificultad de asignarle una cronología, cree que debe de ser una construcción que hay que fechar a partir del siglo XII, por su tipología, pero anterior a mediados del siglo XIV, por su técnica constructiva, al no estar construida totalmente con mampostería concertada en hiladas, como sí es el caso de las torres de la vega de Alcázar21. Nuestra intervención aporta nuevos argumentos, al contar con los restos cerámicos hallados en los rellenos para los pavimentos y en las fosas de fundación de los muros, pero también al haber tenido la oportunidad de realizar un análisis más riguroso de las técnicas constructivas. Respecto al material cerámico, no obstante, nos hallamos con el problema de su escasa cantidad. Apenas si se han recuperado materiales y cuando se han hecho su principal característica es su alto grado de fragmentación. No obstante, algunas de las piezas nos permiten realizar consideraciones de interés, en especial dos fragmentos de cazuelas de una misma tipología, localizados en los rellenos de preparación para el pavimento en los sectores I (UE 1012) (Fig. 23) y IV (UE 3008), correspondientes a la primera fase constructiva de la fortificación. Se trata de un tipo de cazuela de borde recto y alero al exterior, muy características del mundo nazarí, que podemos fechar entre los siglos XIV y XV, por comparación con otros contextos 22. ma tradicional para la construcción de las viviendas del pueblo. Sin embargo, la mampostería II, formada por bloques de cuarzo, encintados por lajas de micaesquistos, es una técnica propia de las construcciones defensivas de los nazaríes, esencialmente a partir del siglo XIV, habiéndose propuesto incluso un programa constructivo de fortificaciones que llevaría a cabo el Estado nazarí 23. Así, por ejemplo, esta técnica de mampostería enripiada la encontramos en la vecina torre de Alcázar 24, así como en torres de alquería del territorio de Loja, aunque en este caso con refuerzo de sillares de piedra caliza en las esquinas 25. En cuanto al tapial calicastrado, del tipo denominado por Graciani y Tabales como común o monolítico con remate de mampuestos sobre las agujas, estos autores datan su inicio en la zona sevillana en época almohade, estando también presente en momentos posteriores 26. A modo de conclusión sobre la cronología, la datación más probable del torreón de Lanteira nos lleva a los siglos XIV o XV, tanto basándonos en la escasa cerámica recuperada, como valorando la cronología que tradicionalmente viene asignándose a la mampostería enripiada, a pesar de ser una técnica usada solo puntualmente en el edificio. Muy interesantes resultan también las comparaciones con otras fortificaciones medievales granadinas en las que además se documenta, sobre esa mampostería con refuerzo de sillares en las esquinas, una fábrica de tapial calicastrado, como es el caso de la torre más elevada del castillo de Lojuela en Murchas 27 y la más interesante aún torre del tio Vayo, una fortificación de alquería, situada en Albuñuelas, en el valle del Lecrín 28. Es este último caso el que creemos más susceptible de comparación con el de Lanteira, tanto por la posición de la construcción, en un extremo de la alquería -sobre un barranco-y en relación con la acequia que cruza por el interior del pueblo, como por su técnica constructiva, muy similar a la nuestra (aunque con variaciones que pueden explicarse Fig. 23. Cazuela de época nazarí (siglos XIV-XV) documentada en niveles asociados a la construcción de la fortificación por soluciones locales). No obstante es diferente a nivel tipológico, dadas sus menores dimensiones (7,75 × 6,45 metros) y, por lo que conocemos hasta ahora, la ausencia de patio interior. A este respecto, a nivel de tipología, la fortificación más parecida es la torre de Ferreira, también en el Zenete, organizada a partir de un patio interior, con estancias a su alrededor en forma de «L» (Fig. 24), aunque desconocemos si esta fue la disposición original. En este caso se trata también de una torre de planta cuadrada de grandes dimensiones, de 12 metros de lado, pero construida de forma uniforme de tapial, aunque con un zócalo de mampostería añadido como refuerzo 29. LECTURA SOCIAL Y DEBATE HISTÓRICO SOBRE UNA TORRE DE ALQUERÍA DE ÉPOCA NAZARÍ En primer lugar, habría que comprender la función de estas torres para entender el motivo de su construcción y quiénes la promueven. Evidentemente, la primera respuesta, la más admitida y convincente, es la de su funcionalidad defensiva, ejerciendo un control del territorio -local y regional-mediante la vigilancia, semejante, por ello, a la de los castillos. Pero nosotros partimos de la idea de que hay una neta distinción entre los castillos rurales y las torres de alquería. Aquellos se ubican en cerros y su influencia se extiende sobre un amplio distrito en el que podemos encontrar varias alquerías y asentamientos dispersos. El papel del Estado, al menos a partir del siglo XI, es fundamental en la gestión de estos castillos, porque se trata de una forma de controlar el territorio. Esta función está en la conciencia colectiva de la población, como podemos ver en la siguiente referencia de Mármol de Carvajal a otro lugar situado en la cara sur de Sierra Nevada, en su relato de la rebelión de los moriscos: «Jubiles es el lugar principal de esta taa, donde se ven las ruinas de un castillo antiguo, en un sitio asaz grande y fuerte, en el cual dicen los Moriscos antiguos que habia en tiempo de moros un alcayde y gente de guerra para tener sujetos los lugares de aquel partido, que eran los mas inquietos de la Alpuxarra, barbaros y bestiales sobre manera» 31. Frente a este modelo, Mármol de Carvajal también recoge referencias a las torres fuertes situadas en varias alquerías alpujarreñas, como en el caso de Huécija, en la taha de Marchena 32, o Albacete de Órgiva 33. Introduciendo alimentos y agua en ellas, así como elementos susceptibles de 29 José María Martín Civantos: Poblamiento y territorio..., pp. 120-121. 30 La planimetría que se presenta de la torre de Ferreira, es una adaptación del plano publicado por José María Martín Civantos (Poblamiento y territorio..., Cd-Rom), basado a su vez en el levantamiento efectuado por Antonio Martín Muñoz. 31 Luis del Mármol Carvajal: Historia del rebelion y castigo de los moriscos del reyno de Granada, Madrid, 1797, I, p. 32 «Y luego mandó, que todos los Christianos se recogiesen con sus mugeres e hijos a una torre fuerte que había en el lugar [...], y que metiesen agua y todo el bastimiento que pudiesen, por si fuese menester defenderse algunos dias en ella. Con esta orden se encerraron en la torre mas de docientas personas de los lugares de la taa; [...] No mucho después los Moros acordaron de poner fuego a la torre [...], llegaron a una esquina de la torre, y horadándola con picos, sin ser sentidos de los nuestros, ocuparon la boveda baxa, y metiendo en ella la madera de los retablos y de las imagines que habían deshecho, y mucha leña y tascos untados con aceyte revueltos en ella, le pusieron fuego. Por manera que quando los Christianos mal platicos y poco avisados sintieron el humo y la llama, ya el primer sobrado y la escalera de la torre ardía» (Luis del Mármol Carvajal: Historia del rebelion..., p. 33 «No mucho después acordaron de hacer dos mantas de madera para picar el muro por debaxo, y dar con la torre en el suelo; mas los cercados se dieron tan buena maña, que les quemaron la una, teniéndola a medio hacer. La otra acabaron [...]. Esta manta era hecha de maderos gruesos, cubierta de tablas aforradas por defuera de cueros de baca, y sobre los cueros y la madera colchones de lana mojada, para que resistiesen las piedras y el fuego; y estando asentada sobre quatro ruedas baxas, los proprios que iban dentro de ella la llevaban rodando; y de un cabo y de otro iban arrastrando grandes haces de cañas, y de leña seca y tascos, untado todo con aceyte, para poner con ellos fuego a la torre, quando el muro estuviese picado y apuntalado con maderos. [...] Los nuestros procuraron deshacérsela, arrojando gruesas piedras sobre ella desde arriba; y viendo que no aprovechaba, porque la madera era recia, y los ser utilizados en su defensa (armas de fuego, pero también piedras, aceite, lino y cáñamo), era posible acoger a un número importante de personas, según las dimensiones de la torre, durante algunos días. El objetivo de los asaltantes es, casi siempre, aproximarse al pie de la torre para meterle fuego, introduciendo combustible en huecos abiertos en la zona inferior de la torre o, incluso, en la cámara baja (el acceso suele estar situado en alto), para forzar la rendición de los allí refugiados o incluso para derrocar la torre. Por su parte, el objetivo de los sitiados era impedir esta aproximación en espera de refuerzos llegados del exterior. En realidad, esta función no es muy distinta a la de torres señoriales, como es el caso de las torres banderizas en el País Vasco 34, del mismo modo que es significativo que en el reino de Granada fuese habitual que, tras la conquista castellana, permanecieran algunas de estas torres en lugares de señorío o incluso como residencia del señor o sus administradores. Un buen ejemplo puede ser el caso de la torre de Salar, a la que posteriormente se le adosó una casapalacio. A pesar de que los Reyes Católicos decretaron una general demolición de castillos y torres, salvo aquellas fortificaciones que interesaba seguir controlando, muchos señores consiguieron obviar esta orden, siendo de nuevo el caso de Salar, en manos de Hernán Pérez del Pulgar, uno de los más emblemáticos, pero no el único 35. Pero una cosa es que las torres puedan tener una función equivalente (proteger a unas personas refugiadas en su interior de otras que intentan atacarlas) y otra que su significado sea el mismo. Es decir, las torres señoriales son el medio, a veces sólo el símbolo, a través del cual se impone la autoridad, jurisdiccional o económica, sobre un territorio. En cambio, las torres rurales de época nazarí, aunque esporádicamente puedan servir para fines militares de control territorial, no tienen un papel similar a las señoriales, dado que no hay más jurisdicción que la de los sultanes y abarca todo el conjunto territorial del reino. No obstante, no habría que descartar que algunos grandes propietarios construyeran torres en sus fincas, junto a las casas donde residían los arrendatarios, siguiendo reparos, que llevaba encima, despedían la piedra, tomaron unos ladrillos mazaris, que acertó a haber en la torre, y arrojándolos de esquina donde se descubrían los colchones, rompieron el lienzo, y echando sobre ellos dos calderas de aceyte hirviendo [...], y cantidad de tascos de cáñamo y lino ardiendo, prendió el fuego de manera que en breve espacio se quemaron los colchones y la manta; y los que habían ya comenzado a picar el muro, se salieron huyendo con harto peligro de sus vidas» (Luis del Mármol Carvajal: Historia del rebelion..., pp. 339-340). 34 Agustín Azkarate Garai-Olaun e Ismael García Gómez: «Las casas-torre bajomedievales. Análisis sistémico de un proceso de reestructuración espacial/ territorial», Arqueología de la Arquitectura, 3 (2004), pp. 7-37, espec. pp. 20-29. 35 Sobre la alquería de Salar, véase Miguel Jiménez Puertas: El poblamiento del territorio de Loja en la Edad Media, Granada, 2002, pp. 200-205. el modelo de los reyes nazaríes en sus propiedades situadas en el entorno del Soto de Roma, donde Muhammad II probablemente construyó varias torres, de las cuales aún se mantiene en pie la torre de Roma36. En esta línea, el ya citado cronista Mármol Carvajal alude a la ofensa que había sido para el morisco Miguel de Roxas suegro de Aben Umeya -proclamado rey de los moriscos-, el que las autoridades castellanas «no le habían dexado acabar una torre fuerte que hacía en su casa, antes se la había querido derribar»37. Pero, en este caso, tal vez nos encontramos ante un intento de la élite morisca por emular a la castellana. Sin embargo, los datos relativos a las fortificaciones de alquería del reino de Granada, parecen evidenciar que el modelo dominante no es aristocrático y que, en cambio, el papel de las comunidades rurales en la construcción de estas fortificaciones debió ser importante, aunque permanecen las dudas sobre el papel de los grupos de poder. ¿Qué peso tuvieron las élites locales en el control de estas fortificaciones? ¿De dónde proceden sus alcaides? ¿Cómo se vinculan con las ciudades, donde habitualmente residen los representantes del sultán? En cualquier caso, la proliferación de estas torres y fortificaciones en alquerías e, incluso, como en Lanteira, en barrios, pone en evidencia que se trata de un fenómeno muy generalizado, mucho más que la posterior fortificación señorial en el reino de Granada tras la conquista castellana, debido, por una parte, al control de los Reyes Católicos sobre las fortificaciones, pero también al hecho de que es habitual que los señoríos, territoriales o jurisdiccionales, abarquen espacios más amplios que un barrio o alquería. Un caso significativo puede ser el del Marquesado del Zenete, donde se sitúa la alquería de Lanteira y que, como dijimos al principio, abarcaba un total de ocho lugares, donde la compleja y dispersa fortificación de época islámica se sustituye por el castillo-palacio de La Calahorra, construido por los marqueses en el siglo XVI. Para comprender adecuadamente el fenómeno de la fortificación rural en las tierras granadinas sería necesario hacer un inventario sistemático, incluyendo no sólo los restos existentes, sino también las torres que aparecen reflejadas en la documentación escrita. Además habría que relacionar estos datos con el volumen demográfico de la alquería y la frecuencia y cronología de incursiones castellanas en cada territorio. Se trataría de ver si son aquellas alquerías más pobladas las que tienen una capacidad suficiente para construir estas fortalezas o, en cambio, tiene A falta de esta investigación, llama la atención el poco peso en el medio rural nazarí de los castillos ubicados en lugares prominentes, salvo en la frontera con Castilla. Un espacio rural que aparece controlado desde lejos por las alcazabas urbanas, pero que nos aparece cada vez más como un territorio fortificado con torres, a veces fortificaciones más complejas, que se sitúan junto a las casas de las alquerías. Probablemente esta proliferación, únicamente en momentos de inseguridad militar, se deba a que estas fortificaciones están despojadas de una determinada función jurisdiccional o económica, lo que hace que no supongan ninguna amenaza para el poder estatal. Al contrario, parecen servir de complemento a la organización defensiva que se estructura en torno a las ciudades. En el caso de Guadix y su territorio observamos, por ejemplo, no sólo la influencia militar de la ciudad, sino también la intervención del juez de la ciudad, que ejerce un papel de arbitraje de los conflictos que surgen entre las diferentes alquerías, como en el caso de una disputa por dos montes entre Jérez y Lanteira en 1472, donde incluso el acuerdo final está refrendado por el cadí mayor de Granada 38. Este hecho lleva a pensar que el territorio del reino nazarí está integrado por la suma de espacios regidos por una ciudad, salvo en zonas montañosas y de difíciles comunicaciones, como la Alpujarra, donde se mantienen los distritos rurales. Al frente de estos territorios dirigidos por una ciudad encontramos una élite político-militar, los alcaides o arraeces, que actúan por delegación del sultán, aunque son frecuentes las revueltas o traiciones, que se concretan muchas veces en la apuesta de los linajes insurgentes por otro miembro de la dinastía nazarí como candidato a emir de los granadinos, lo que da lugar a temporales fragmentaciones geográficas del reino 39. A lo largo del siglo XV esta vertebración del espacio parece dar lugar a una cierta debilidad del poder central, por lo que se ha llegado a hablar de una situación de «poliarquía» 40. Pero, en cierto modo, no parece sino un proceso, no concluido totalmente, equivalente en gran medida al que se produce en al-Andalus con las primeras, segundas y terceras taifas, épocas de fragmentación del poder a nivel territorial que siguen a la crisis del En todos estos procesos, el papel de las alquerías y sus fortificaciones parece secundario, aunque apunta también a una cierta descentralización 41. Por el momento, la impresión que nos aportan construcciones como la de El Fuerte es la de una idea común en su construcción, en lo que se refiere a su emplazamiento dentro de las alquerías y a la tipología, pero una enorme diversidad en lo que se refiere a sus tamaños, plano exacto y técnicas constructivas. Es cierto que estas variaciones reflejan una cierta autonomía frente al poder centralizado, pero no parecen constituir sino una respuesta provisional a la violencia, que no exime de una dependencia de la ciudad, dado que en los momentos de graves conflictos es habitual que las mujeres y los niños se refugien tras las murallas de la ciudad más cercana, como ocurrió en la alquería de Tájara en 1483, quedando en la fortaleza sólo los varones adultos 42. Esta vinculación se constata por los datos que tenemos sobre el mantenimiento de las fortalezas urbanas, como en el caso de Salobreña, donde las alquerías participan en la reparación de las murallas de la ciudad 43, lo cual tiene una doble interpretación, por una parte subordinación a la ciudad y al poder político, pero por otra parte insuficiencia de la alquería para defenderse por sus propios medios. Siguiendo esta línea de interpretación, podemos pensar que el sultán, pero sobre todo los grandes alcaides de las 41 La idea de las torres de alquería como símbolos descentralizadores ha sido planteada también para la campiña cordobesa en época almohade: Francisco Sánchez Villaespesa «Las torres de la Campiña de Córdoba en el siglo XIII. 42 Una relación de la conquista y destrucción de Tájara, alquería del territorio de Loja, en Duquesa de Berwick y de Alba: Documentos escogidos del Archivo de la Casa de Alba, Madrid, 1891, pp. 24-32. 43 Antonio Malpica Cuello: Medio físico y poblamiento en el delta del Guadalfeo. Salobreña y su territorio en época medieval, Granada, 1996, p. 138. ciudades, tal vez no hubieran permitido la existencia de fortificaciones rurales que hagan sombra a las alcazabas urbanas, por lo cual la aprobación de la autoridad políticomilitar debió ser un requisito necesario para la construcción de estas fortalezas rurales, mantenidas siempre dentro de una limitada capacidad defensiva. Como hemos dicho, su proliferación evidencia que estaban despojadas de cualquier función que pudiera amenazar al poder político. Por otra parte, frente a los notables conflictos que implican en época nazarí a los miembros de la familia real y a los más importantes linajes aristocráticos, destaca la ausencia de noticias sobre sublevaciones internas que se amparen en estas u otras fortalezas rurales, aunque encontremos resistencias a la imposición de nuevos tributos. En este sentido, habría que recordar que Ibn al-Jatib, visir granadino del siglo XIV, destacaba entre las cualidades de los habitantes del reino las siguientes: «Su obediencia a los emires es perfecta y su conducta en soportar las cargas tributarias es admirable» 44. Quizá esta actitud de adhesión al Estado tenga que ver, en estos momentos finales del Islam en la península, con un consenso interno y con una movilización de todos los recursos posibles, de cara a ofrecer una respuesta más eficaz a la fuerte presión militar castellana, que en cualquier caso resultó insuficiente.
La memoria de los edificios Nuestros edificios antiguos recuerdan en su construcción todo lo que fueron antes de llegar a nosotros; retienen en sus formas y materiales, torturados o embellecidos por las generaciones pasadas, la crónica de sus avatares. La Catedral de Santa María de Vitoria también recuerda, a quien sepa prestar atención, la larga sucesión de lesiones, movimientos, asientos, problemas que, en definitiva, ha padecido; y lo que hicieron sus dueños para repararla y mantenerla en pie, convencidos como estarían de la bondad de su pervivencia. En esta comunicación trataremos de leer esa crónica desde un punto de vista muy concreto, el de los técnicos comprometidos en la recuperación de una estabilidad de las fábricas aparentemente perdida. Haremos una lectura diacrónica de algunos de los problemas estructurales que parece tener esta Catedral, ahora mismo sumida en una restauración de largo alcance. La teoría de estados límite aplicada a las estructuras de fábrica Nuestra presentación se va a guiar por una serie de consideraciones de cálculo y de evaluación de la seguridad del edificio que, como se verá, finalmente encuentran en la recuperación de la memoria perdida el indicio concluyente sobre la seguridad de la construcción. Adelantaremos brevemente unas nociones sobre el tipo de análisis estructural que aplicaremos (fig. 1). Hoy día, el moderno proyectista de estructuras, siguiendo los códigos de cálculo al uso, establecerá que una estructura está correctamente dimensionada comparando las deformaciones que se espera padezca con unos límites empíricamente establecidos, en función de la utilidad concreta que haya de darse al edificio. Sin embargo, este criterio no es válido para las estructuras ya existentes: en primer lugar, porque sus deformaciones vendrán ya dadas por siglos de interacción con la naturaleza y con los propios usuarios, haciendo ahora imposible su vuelta atrás, al menos en la mayoría de los casos; y en segundo lugar, lo más importante, porque es casi imposible predecir de qué manera se va a deformar una estructura de fábrica. Se trata de construcciones con un altísimo grado de hiperestaticidad, lo que significa que su comportamiento depende de infinidad de variables cuyos "valores" en un momento dado son casi imposibles de establecer. La moderna teoría de los estados límites -por cierto, también aplicable a las estructuras de nueva construcción-viene a ayudarnos a establecer algunos criterios que nos permitan confiar en la estabilidad y seguridad del edificio. Si partimos de esa consideración de Anamnesis de una estructura. La Catedral de Vitoria entre los siglos XII y XX LEANDRO CÁMARA MUÑOZ, PABLO LATORRE GONZÁLEZ-MORO Latorre y Cámara, S.L. La Catedral de Vitoria es un edificio con una larga vida histórica, llena de acontecimientos constructivos que han venido interesando su comportamiento como estructura construida. Ha sido un objetivo primordial del Plan Director evaluar las sucesivas consecuencias de todos esos acontecimientos y explicar su concatenación. Todo ello se ha investigado durante su redacción, consiguiendo una secuencia cronológica en la que se relaciona el conjunto de intervenciones y de "proyectos" arquitectónicos que se suceden desde el comienzo de la construcción de la iglesia en los inicios del siglo XIII hasta sus últimas restauraciones en los años 60 del siglo XX. Este estudio histórico tiene una aplicación directa en la interpretación de los problemas estructurales que presenta el edificio y viene a llenar un vacío de información fundamental para la evaluación de la seguridad y perdurabilidad actuales de la Catedral. Esa historia de la Catedral viene a ser la recuperación del "historial médico" de un enfermo y puede dar muchas claves sobre los problemas estructurales que en otros apartados del mismo se detallan. La "anamnesis" practicada sobre el monumento es una de las "piedras de toque" del método elegido por nosotros para la restauración del conjunto catedralicio, no sólo en el tema estructural que interesa en esta ponencia sino en todos los problemas de interpretación funcional y contenido simbólico a los que hay que dar solución con las propuestas del restauración. La lectura de esa historia constructiva en clave de análisis estructural es lo que en esta ponencia se presenta: la extracción de la secuencia histórica constructiva que conduce al estado actual del edificio, discriminando los distintos momentos de proyecto arquitectónico, fases de crecimiento constructivo del edificio e intervenciones de reparación de la estructura que se explican o contradicen unos a otros para dar como resultado la torturada forma arquitectónica que nos encontramos ahora. A partir de esa secuencia se evalúa, en parte, el estado de seguridad remanente de la estructura, y se hace una hipótesis de trabajo para las tareas de restauración en esos aspectos estructurales. Palabras claves: Anamnesis, Restauración, Análisis estructural. We use that sequence to evaluate, albeit partially, the safety status of the structure, and to build a working hypothesis for the structural aspects of the restoration tasks. la complejidad de las estructuras, deberemos conformarnos con encontrar al menos un estado de equilibrio entre la estructura y las cargas aplicadas que mantenga los esfuerzos en las fábricas dentro de unos márgenes tolerables por ellas. Veremos algunos ejemplos más adelante. Además, tendremos que aceptar que nuestro estado de equilibrio no será, en ningún caso, el real de la estructura en ningún momento de su existencia. Lo cual no es preocupante si hablamos de una estructura en pie, pues el hecho de que se sostenga ahora mismo quiere decir que ha pasado con éxito la prueba de su estabilidad, al descimbrarla y dejarla en el aire. En ese momento, y en todos los posteriores, ha venido encontrando infinitos y sucesivos estados de equilibrio similares al que nosotros podemos encontrar teóricamente. La Catedral de Vitoria. En la revisión de la Catedral que ahora haremos llegaremos a este punto en muchas ocasiones. Más allá no habría más que la inútil pretensión de que conocemos todas las variables y somos capaces de determinar su interacción exacta. Aplicación de la teoría plástica. El testigo-cero de la anterior restauración Los arcos son un grandioso invento de la humanidad: nos permiten abrir grandes espacios para nuestra utilidad empleando pequeñas porciones de material constructivo que podemos manejar con nuestra escasa fuerza física (fig. 2). La estabilidad de un arco -o de una bóveda-se basa en la posibilidad de transmitir los pesos de esas piezas, de unas a otras, por un contacto físico, aunque éste sea muy pequeño. Volviendo a la teoría convencional de las estructuras, ese mínimo contacto, que se muestra en los gráficos de Frezier-Danizy -de la primera mitad del siglo XVIII-, supondría, en el límite, una concentración puntual de esfuerzos infinitos, lo que implicaría el aplastamiento del material y el fallo de la estructura. Sin embargo, todas las estructuras arcuadas muestran ese comportamiento. Las tres imágenes inferiores pertenecen a arcos de la Catedral de Vitoria y lo demuestran: en el arranque de los arcos, el giro del muro ha provocado la aparición de una rótula, es decir, de un punto de plastificación del material y giro libre de la estructura, correspondiente al punto F de los gráficos; más arriba, en el tramo medio de las ojivas y de los perpiaños, aparecen otras rótulas en el trasdós, no visibles desde aquí aunque manifiestas en la apertura de las juntas entre las dovelas -esto corresponde a los puntos I-S de los gráficos-. En este punto es interesante observar cómo el edificio mantiene un pertinaz pulso con los restauradores: donde éstos reparan una junta abierta cosiendo las dovelas con grapas metálicas, el arco sigue su camino y se vuelve a abrir en las juntas contiguas. Esto sólo significa que el arco necesita formar esas rótulas para resistir sus cargas en esa posición dada por los apoyos, pero no indica que tenga una mayor tendencia a la ruina. En el límite de la disputa podríamos arruinar el arco si nos empeñamos en reforzarlo en todas sus juntas, pues le conferiríamos un monolitismo que le obligaría a trabajar a flexión, para lo que no está preparado. Esas grapas, así como el rejuntado de las dovelas y el estucado de los plementos, se deben a la restauración efectuada en los años sesenta del siglo pasado por el arquitecto José Manuel Lorente Junquera. De esta obra hablaremos más en los próximos análisis, pero ahora diremos que tiene para nosotros un significado muy especial, al haber establecido un testigo "cero" en la evolución de las grietas de la estructura. La reparación de todas las que entonces aparecían en el edificio nos permite ahora saber dónde éste se ha movido durante los últimos años para buscar un reacomodo a esa última modificación de sus condiciones de cargas y resistencias. Estado de agrietamiento y deformaciones detectadas Y según ese testigo, es fundamentalmente el transepto de la Catedral el que no consigue estabilizarse (fig. 3). En el alzado oriental de la nave de crucero se han marcado las grietas que han aparecido desde entonces, situadas en la esquina noroeste: donde la pilastra encastrada en el muro norte -izquierda de la foto-se desgaja netamente del muro de levante; y donde éste mismo muro se abre y se separa de los plementos de las bóvedas en el encastre de éstas sobre los arcos formeros. Luego veremos que también en el brazo sur se produce algo similar, incluso más grave. La nave norte y las capillas abiertas. En la nave norte de la iglesia y en las capillas del transepto norte podemos ver ahora las grietas que se restañaron en la obra de los años sesenta (fig. 4). Hay que decir -y lo veremos luego-que lo que se muestra en estas fotos no se había vuelto a manifestar desde aquella obra y que ha sido nuestra investigación arqueológica y estructural la que ha "recuperado" las grietas para apreciar el estado en que se encontraba el edificio antes de aquella restauración, si bien, como veremos, no todo es atribuible a esa obra: la grieta sobre la capilla de santa Victoria, en la foto izquierda, ya estaba congelada tiempo antes. Más adelante explicaremos cuándo creemos que se reparó. la nave sur del transepto, que luego estudiamos con más detalle. Los movimientos de la estructura. Contamos con un sistema de control continuo de los movimientos del edificio, formado por un conjunto de medidores de la apertura y cierre de las grietas, así como de la inclinación y separación relativa de los muros (fig. 7). Cada cierto tiempo -unas cuatro veces al día-estos aparatos miden el estado de la grieta o el muro y registran el dato para formar un gráfico que, en un periodo de cuatro años, nos muestra la tendencia evolutiva de cada lesión así controlada. Sin embargo, todos los edificios se mueven por efecto de los cambios de temperatura ambiental, siguiendo ciclos diarios -noche y día-y anuales -verano e invierno-. La mayor parte de las aperturas de grietas van seguidas de un cierre equivalente, lo que convierte a estas supuestas lesiones en auténticas juntas de dilatación. Pero algunas grietas no retornan, tras el ciclo anual, a su posición de partida: éstas son las que marcan la tendencia en los movimientos de la estructura, siendo la deformada antes estudiada el sumatorio histórico de los pequeños movimientos anuales remanentes. El gráfico (fig. 8) muestra las tendencias registradas en esos aparatos durante los primeros cuatro años de estudio, entre 1994 y 1997. Se puede ver que son las mismas zonas antes reseñadas: la esquina nordeste del transepto, la nave norte -donde los movimientos son, en todo caso, un tanto erráticos-y, sobre todo, el muro al norte de la portada de santa Ana. Así que el edificio parece seguir en la misma dirección que históricamente ha mantenido, a pesar de que es en esas partes donde se han concentrado las obras de refuerzo. Aun sin nuestros sofisticados aparatos, nuestros mayores supieron ver lo que pasaba, aunque quizá no siempre lo vieron claro. El testimonio del edificio. Nos vamos a centrar en tres zonas de la Catedral; y ahora sí vamos a hacer participar a la lectura histórica. Empezaremos por la portada de Santa Ana, visto que es la parte más inestable histórica y actualmente. La portada de Santa Ana Esta espléndida portada se encuentra en el primer tramo sur del transepto, abriendo la Catedral a la plaza de Santa María, junto a una antigua torre de escaleras del muro de cinta más antiguo de la ciudad de Vitoria -a la derecha en la foto-. Las cargas que actúan en el machón norte de la portada. Empezaremos por un análisis estructural aproximado: pre-La deformación de las naves altas: central y norte y sur del transepto. Cuando entramos por primera vez en la Catedral, nos llama poderosamente la atención la enorme magnitud de las deformaciones que ha acumulado a lo largo de su historia. Situándonos en el triforio podemos apreciar cómo se inclinan las pilastras de los tramos altos de las naves, tanto en la nave mayor como en el transepto. Estas deformaciones son observadas con nuevos ojos por cada técnico que se ocupa de la restauración de la Catedral, y tienen un efecto casi embriagador sobre él, que le asusta y lleva a querer poner toda clase de remedios estructurales. Son el extraño canto de sirenas de este edificio que, en el curso de los siglos, ha venido obligando a los arquitectos a añadir refuerzos, unos sobre otros, con mayor o menor fortuna pero, como veremos, casi siempre sin auténtica necesidad. En nuestro estudio de la Catedral hemos analizado estas deformaciones exhaustivamente antes de tratar de explicar qué significaban. A partir de la restitución fotogramétrica completa y en tres dimensiones, hemos ido obteniendo un gráfico para cada arco ojivo o perpiaño de la Catedral -los que salvan el gran vano de nueve metros de las naves que forman la gran cruz latina de su planta-(fig. 5). Aquí mostramos los correspondientes a los perpiaños de las naves norte -arriba-y sur -abajo-del transepto. En cada gráfico se muestra el dibujo fotogramétrico del alzado y un esquema de la deformada en el que se señalan con pequeños vectores los movimientos padecidos, que llegan a ser de treinta centímetros en toda la altura, con parciales de hasta casi cincuenta en el tramo comprendido entre el triforio y el arranque de los arcos perpiaños. En resumen, el análisis completo nos da un cuadro de los desplazamientos de esos puntos en toda la Catedral, que mostramos sobre una planta general (fig. 6). Se aprecian cinco grandes movimientos: en primer lugar, el ya mostrado de la esquina noreste del transepto, con una doble componente de apertura de la nave hacia el exterior y de resquebrajamiento de la esquina; en segundo lugar, otro desplazamiento de la misma nave norte del transepto en su muro occidental, también muy desplomado hacia el exterior; también en el transepto se aprecia una componente general de desplazamiento de todos los pilares hacia el norte, como cayendo ladera abajo desde lo alto del cerro de Gasteiz en que nos encontramos; en la nave central se da una apertura hacia el norte en los tramos cuarto y quinto; y por último, el punto aparentemente más inestable es el del machón situado al norte de la portada de Santa Ana, en el lado de poniente de sentamos una construcción gráfica de las líneas de empujes que podemos usar para representar el descenso de las cargas desde la parte alta del edificio -las cubiertas y las bóvedas que cierran el espacio habitable-hacia el cimiento y el suelo (fig. 9). La construcción gráfica se basa en las leyes de la estática para establecer uno de los posibles estados de equilibrio de las cargas, hipotético e incontrastable como antes dijimos. A pesar de eso, es muy útil porque nos da una visión aproximada de cómo "debería" funcionar la estructura, además de permitirnos comprobar aproximadamente la magnitud de los esfuerzos a que están sometidas las fábricas. El desequilibrio de las cargas a través de la construcción. Sin embargo, a pesar de que hay un salto imposible de dar entre el cómo debería funcionar y el cómo funciona realmente, hacemos esta hipótesis en la intención de buscar la manera más fácil y directa de transmitir las cargas. Vamos a ver cómo sucesivas obras le han puesto muchas dificultades a esa simple transmisión. En los gráficos detallados se ve que la propia portada supone una distorsión de la dirección de la línea de cargas que desciende desde lo alto de las bóvedas: la línea de empujes debe sortear la jamba de la puerta y desviarse hacia la izquierda del machón. Pero realmente el machón, que recoge los pesos de bóvedas y cubiertas, viene a descargar más allá de la jamba. Así que el arco de la portada sólo funciona para resistirse a sí mismo y al tramo de muro que cierra la iglesia por encima, pero no para aguantar a las bóvedas y sus empujes, que se conducen por el machón hacia el exterior. Se ven en el dibujo detallado dos vectores negros, uno más a la derecha para las cargas inferiores y otro más a la izquierda para las del machón y las bóvedas. El otro vector, más grande, es la composición de ambos, correcta desde el punto de vista de la estática gráfica que estamos manejando pero incorrecta desde el punto de vista de la transmisión de las cargas, que ha de ser siempre descendente y sumarse "hacia delante". Debemos quedarnos con las dos resultantes menores y analizarlas separadamente. La construcción como está ahora. En la dirección del descenso de las cargas superiores nos encontramos entonces con dos serios problemas constructivos. Por un lado, la pechina, aparentemente obtenida por vuelos sucesivos, soporta en ménsula la gran masa "flotante" del machón -que se ve en la foto inferior derecha-. Por otro lado, bajo ella, el muro de cierre de la capilla junto a la jamba no es más que un rechapado muy endeble que oculta un relleno inconsistente de cascotes, como luego veremos al hablar de la capilla de los Reyes que se encuentra tras este muro. El machón de Saracíbar. Este machón inestable, sin embargo, no siempre fue así (fig. 10). De hecho, su construcción es relativamente reciente, de hacia los años sesenta del siglo XIX; y su modificación, de la última restauración, casi exactamente un siglo después. Fue en aquél entonces, hacia 1860, cuando otro arquitecto restaurador, Martín Saracíbar, se hizo cargo de la Catedral, recién consagrada sede episcopal, y acometió una serie de reformas funcionales y estructurales. Debió encontrarse con la gran deformación de la nave del transepto y, obedeciendo a su miedo, trató de ponerle remedio construyendo dos grandes machones en el muro occidental de ambos brazos del transepto. En el plano de la izquierda, debido a él, se ve el gran machón del sur llegando hasta el vano de la portada, que no se representa como tal sino como el paso a una habitación cerrada hacia el exterior. El plano de la derecha, actual de la Catedral, muestra la portada recompuesta y el machón reducido; la habitación ha desaparecido. El desmontaje del machón. Tras el miedo de Saracíbar vino, un siglo después, el deseo de recuperar la visión de la portada y el acceso a través de ella (fig. 11). En la foto izquierda se ve cómo era el refuerzo de Saracíbar y la habitación que oculta la portada. Luego se desmonta la esquina sur del machón, descarnando su relleno y recomponiendo el esquinazo. Pero se hace de una forma extraña: en la planta y el alzado se ve el corte sesgado -en claro-que elimina la parte que ocultaba la jamba norte; hasta aquí, todo bien, pero se ve también un triángulo, marcado con color más intenso, que representa la parte del machón conservada y, por así decir, descalzada, gravitando sobre la pechina triangular. En el alzado se ve cómo la zona desmontada tiene exactamente la anchura de la jamba. A la derecha se ve el estado actual del machón completo. Las deformaciones, su proceso histórico. Hasta aquí, las intervenciones históricas, en las que podemos entender cuáles han sido los motivos de los restauradores -miedo estructural y neogoticismo formal-. Pero necesitamos saber cómo ha respondido la Catedral a cada intervención, pues ésta es la medida de su seguridad. Lo que mostramos ahora presenta una interesante combinación de resultados de los estudios efectuados (fig. 12). Sobre la sección trans-versal del brazo sur del transepto, a través de la portada, se ha remarcado el proceso de deformaciones padecido. En primer lugar, marcado con 1 en el esquema de la izquierda, se ve una gran inclinación del muro debida al empuje de la bóveda y a la existencia en este punto de un contrafuerte sin duda muy esbelto y deformable, no apeado lateralmente por arbotantes y botareles exteriores, como es habitual hacer en la construcción gótica -contrafuerte que debe acusados giros en dos direcciones, hacia el interior de la nave central y hacia la cabecera. En la foto izquierda se ve la composición de desplazamientos del cuarto pilar y de la pilastra sobre él, girada hacia el norte -como ya veíamos en la presentación general de las deformaciones-. En la de la derecha se ve el pilar noroeste del crucero, entre la nave central y el transepto norte. Se acusa en esta perspectiva el doble giro hacia el oeste -derecha de la foto-y hacia la nave -apreciable con el aspecto de un escalonado entre el pilar y la pilastra superior-. El extraño escalonamiento del triforio. Estos giros de los pilares han provocado una de las formas más atractivas de la Catedral: los escalonados entre tramos contiguos de la balaustrada del triforio (fig. 14). La foto muestra el alzado del muro norte del quinto tramo de la nave central, pero se acusa el mismo escalonado en los cuatro tramos del triforio -dos al norte y dos al sur-que confluyen en los pilares de embocadura de la nave con el crucero. En la explicación de esos desplazamientos se presentan dos problemas aparentemente distintos aunque con el mismo origen. El primer desplazamiento es un corrimiento en horizontal de la base del triforio que mueve las piezas inferiores de la balaustrada. Las piezas en T que forman el antepecho giran para acordarse con esos desplazamientos en su extremo inferior, mientras se mantienen en su posición en el nudo con los parteluces, los cuales a su vez se inclinan para asumir el mismo movimiento horizontal en sus extremos inferiores, manteniéndose quietos en sus cabezas, junto a las piezas de los arquillos que quedan retenidas por el muro alto, que no se desplaza. El segundo movimiento es un asiento diferencial del extremo derecho del tramo ahora considerado del triforio, asiento respecto del extremo izquierdo. Ambos movimientos se deben a la apertura del arco diafragma que, bajo el triforio, separa las naves lateral y central. La apertura del arco en sus apoyos sobre los pilares implicará un descenso de su clave central, pero también una pérdida de curvatura del semiarco derecho -el que apoya en el pilar que más se mueve hacia la cabecera-. La suma de estas deformaciones dará el asiento diferencial, mientras que la simple apertura del arco provocará el corrimiento del suelo del triforio y el requiebro de la balaustrada. Las cargas sobre el pilar del crucero. El interés en este fenómeno tan particular se encuentra en que es otra vez una manifestación de esa capacidad de las fábricas de adaptarse a los movimientos, propios o inducidos desde fuera, sin perder el equilibrio. Sobre este pilar del crucero -sobre los cuatro, pero especialmente los dos que abren la nave mayor-se encuen-estar todavía embebido en el machón-. Ese giro se produce a partir del punto 2, donde acaba la rigidez del muro que proporciona el gran espesor de las arquivoltas de la portada. El desplome completo respecto al arranque del muro en el suelo viene indicado en 4. En este estado lo encuentra Saracíbar, que dispone su gran refuerzo, el cual a su vez sufre un pequeño giro ulterior, representado en 5. Ya la diferencia de giros entre 4 y 5 indica que la fábrica había sufrido un gran giro antes del refuerzo. Podemos fijarnos en la parte superior del dibujo, sobre 1, donde se encuentra una sección de muro prácticamente vertical, y que corresponde a un recrecido de las fábricas durante la sustitución de sus cubiertas, mediado el siglo XVII -luego hablaremos más de esto-. Si esta porción de muro se construyó en ese momento y desde entonces casi no se ha inclinado, esto quiere decir que esta parte de la Catedral ya había quedado prácticamente estabilizada, siendo probablemente superfluo el refuerzo decimonónico. El final de la secuencia lo marca la grieta 6, abierta en los últimos treinta años. El semidesmontaje del machón y, sobre todo, la gravitación de la parte superior restante sobre la eliminada porción inferior, han significado una reactivación de los movimientos, cuyo final no podemos prever. Estado de agrietamiento y movimientos actuales. En las bóvedas de esa parte se puede ver el resultado, hoy, de estas intervenciones: el muro occidental, sobre la portada, ha girado hacia el exterior y se ha separado de los plementos en el punto de cambio de rigideces relativas, esto es, sobre los arcos formeros. Sin embargo, volviendo al análisis límite, tampoco esto significa que nos encaminemos al colapso. O al menos no podemos afirmarlo, pues podemos encontrarnos todavía en el periodo de tiempo que una estructura necesita para acomodarse a sus nuevas condiciones de contorno. De hecho, los primeros "cinco minutos" tras el descimbrado ya han transcurrido más que de sobra, y el edificio sigue en pie. Sólo nuestros aparatos de control de movimientos nos alejan de la seguridad de que la estructura es estable. El cuerpo de las naves En otra parte de la Catedral aparecen problemas parecidos que se estudian con las mismas herramientas. Ya vimos que otra zona de inestabilidad histórica es el muro que separa la nave norte de la central (fig. 13). Los movimientos de los pilares del lado norte. Nos encontramos aquí unos pilares, el cuarto y el quinto de la serie, con unos tran dos componentes distintas de esfuerzos laterales debidas a los empujes de las bóvedas inferiores y, sobre todo, de los pesos de los muros de cierre elevados que cargan sobre los arcos diafragma (fig. 15). Los dos esquemas de cargas de los detalles muestran cómo esos empujes se dirigen hacia la cabecera en la sección de la izquierda, correspondiente a las cargas de la nave central; y hacia la nave central en la sección de la derecha, con las cargas del muro occidental del transepto. El giro que estos empujes producen en el pilar se combatió históricamente con la introducción de dos arcos codales, uno salvando la nave del transepto -que se ve en la foto-y el otro sobre la nave central -hoy desaparecido-. Esta solución es típica de los refuerzos de época tardía, cuando ya no se entiende bien la elaborada mecánica de empujes de la arquitectura gótica y se recurre a los refuerzos por miedo a que los giros que se detectan conduzcan al colapso. Se encuentran en otras catedrales, de las que podemos citar Tuy y Ávila entre las españolas. Sin embargo, volviendo a apoyarnos en los teoremas del análisis límite, podemos decir que son perfectamente innecesarios, pues los pilares y arcos ya habían dado una respuesta a las solicitaciones asumiendo esas extrañas deformaciones. Evolución histórica de la estructura. En el análisis de las etapas constructivas efectuado se ha establecido la diacronía existente entre el refuerzo con el arco codal y la arcada lateral. Pero también se ha visto que el tramo donde se encuentra el triforio escalonado se construye en fase anterior a los demás cierres superiores, cuando la Catedral se cubre con bóvedas de madera que imitan a las de piedra. La sección transversal, conducción de las cargas al cimiento. Ahora bien, en la nave mayor se encuentra otro problema más importante que este del giro de los pilares del crucero (fig. 16). En el anterior tramo desde los pies nos encontramos con un pilar muy inclinado hacia la nave central y, sobre él, una pilastra con un enorme desplome hacia el exterior. El análisis estático de la sección nos enseña por qué se han producido estos giros: en el dibujo de detalle se ve cómo la línea inclinada de descenso de la carga de las bóvedas superiores incide sobre los riñones del arco perpiaño de la nave lateral. Aquí se produce un gran esfuerzo de compresión que provoca un empuje lateral muy grande sobre la cabeza del pilar. La composición de este empuje con los pesos que, en la dirección perpendicular a esta sección, descienden por el mismo pilar -en la sección longitudinal de la nave-, da una resultante muy inclinada y de gran magnitud que desciende sobre la cimentación con una enorme excentricidad. Esta cimentación es de muy pobre calidad, lo cual no significa que no sea capaz de resistir los esfuerzos que la solicitan, sino que es muy deformable debido a la mala ejecución de la mampostería, con grandes juntas de mortero muy plástico y compresible. La excentricidad de la carga hará que la parte del cimiento más solicitada -hacia el centro de la nave-asiente más que la parte exterior -hacia la nave lateral-, provocando, esta diferencia de asientos, el giro de la base del pilar y de toda la estructura sobre él. Deformación de la sección transversal. Esa deformación se arrastra al resto de la estructura, y se suma a otras más arriba, lo que se muestra en estos gráficos (fig. 17). Atrás vimos que la primera cubierta de la iglesia se hizo con bóvedas de madera. Para levantar los muros en que apoyaban éstas, se reforzaron exteriormente con unos grandes contrafuertes adosados, de gran sección transversal, que vinieron a apoyar sobre los riñones del arco perpiaño inferior -se ven en la foto superior-. Lo cierto es que si estos contrafuertes hubieran sido más esbeltos -menos sobresalientes del muro-las deformaciones habrían sido casi nulas y las bóvedas altas se habrían sustentado con la misma eficacia. De hecho, es lo que sucede en los dos pilares anteriores desde los pies, el que apea el coro y el siguiente, donde no se acusan serias inclinaciones de las pilastras y muros superiores a pesar de soportar pesos y empujes de las mismas magnitudes. Así que tenemos aquí otro error de concepción -otro exceso de refuerzo-que acarrea grandes deformaciones. En efecto, ese contrafuerte viene a provocar una concentración de la carga en el riñón del perpiaño, y los arcos de dovelas son muy sensibles a las cargas puntuales situadas en ese punto, pues rompen la simetría intrínseca de su trazado geométrico. En la foto inferior se ve la pérdida de curvatura que padecen esos arcos, y en el gráfico se explica cómo eso repercute en los movimientos globales. El arco sobrecargado sufre una pérdida de curvatura y esto conlleva un descenso de su tercio central, justo el punto en que apoya el gran contrafuerte. Al descender ese punto de apoyo, mientras el otro lado, que descarga directamente sobre el rígido pilar, no desciende, se produce un giro del contrafuerte que arrastra a todo el muro superior y abre los apoyos de las bóvedas. Éstas se deformarán, perdiendo los arcos perpiaños parte de su curvatura, y resultando la forma torturada que se aprecia al ver la nave mayor desde el triforio. Los arcos del miedo, construcción y eliminación. Esa composición de deformaciones se acusó, para los antiguos restauradores, sobre todo en el giro del pilar inferior hacia el centro de la nave (fig. 18). Nuevamente, la solución fue la introducción de un arco codal a la altura del encastre de los arcos perpiaños, en la prolongación del pilar. En la foto izquierda vemos esos arcos inmediatamente antes de su desmontaje, durante la restauración de los sesenta. A la derecha, el estado de la Catedral en 1996, cuando empezamos a trabajar en ella. Los arcos han desaparecido, sustituidos por unos poco eficientes tirantes metálicos anclados sobre los capiteles de los pilares. Una vez más, el corolario viene a ser una constatación de la capacidad de acomodo de la estructura a las cambiantes condiciones de contorno que los restauradores imponemos; pero no el colapso. Con todo, en este cuerpo de las naves hubo otra obra de refuerzo para contener el mismo problema: al exterior se dispuso todo un sistema de contrarresto de los empujes de las naves superiores, formado por arbotantes y botareles exteriores, recrecidos sobre la base de otros estribos que se previeron en la traza original de la Catedral pero no se construyeron con ella, seguramente convencidos de que las bóvedas de madera no habían de producir grandes esfuerzos laterales y no necesitaban el contrarresto (fig. 19). Los giros que hemos visto convencieron a otros, más tarde, de la necesidad de esos refuerzos, aunque nosotros volvemos a dudar de su absoluta necesidad: si los giros se producen por la aplicación de grandes esfuerzos descentrados en el cimiento o puntualizados sobre los riñones de los arcos, la componente horizontal de esas resultantes tiene una incidencia sólo parcial: agrava el problema pero no es el problema. En todo caso, si no son necesarios, tampoco están de más; y si eran imprescindibles, ya están ahí construidos. En definitiva, creemos que el refuerzo sí ha sido eficaz, hasta el punto de que tras esta operación, las naves de la iglesia se estabilizaron casi definitivamente. El testigo-cero del cambio de cubiertas, siglo XVII. Como posible confirmación de esta afirmación, volvemos a un punto ya mencionado antes, el de la sustitución de las cubiertas en el siglo XVII. Las noticias históricas hablan de que en ese momento la Catedral se cubría con un tejado que descansaba sobre unos rellenos inconsistentes dispuestos sobre los cascos de las bóvedas. La crónica sigue diciendo que esa cubierta se elimina para aligerar de peso a las bóvedas, en grave riesgo de colapso, y para disponer otra estructura de madera triangulada, lo que exige levantar sus puntos de apoyo para pasar el tirante sobre las claves centrales de la bóveda, más altas que las de los formeros. En efecto, si superponemos los arcos formeros del interior, sobre los que descansan esos cascos, y el alzado exterior del muro sur de la nave central, podemos observar que la línea de las claves de los arcos coincide realmente con el evidente recrecido del muro con obra de mampostería sobre la sillería antigua, que se aprecia en la fotografía derecha, más pequeña. Así que podemos concluir que ese recrecido cierra el ciclo de grandes inestabilidades de la Catedral, pues, como ya observamos sobre la portada de santa Ana, el muro nuevo casi no se ha inclinado desde el momento de su construcción. La mayor parte del giro del muro sucede antes de este recrecido, encontrándose por en medio la erección de los arbotantes y estribos exteriores. Las pequeñas reformas del edificio En cuanto a los problemas de equilibrio global de la fábrica, estas secuencias explicadas hasta aquí vienen a representar la historia estructural de la Catedral a grandes rasgos. Los proyectos de refuerzo general, mediante arbotantes y estribos, con arcos codales o machones, vienen a responder a unas deformaciones que, acertada o erróneamente, son entendidas como un riesgo de colapso. Sin embargo, no todos los que intervienen en la Catedral tienen ese mismo ánimo, y en muchas partes nos encontramos con ciertas obras que, obviamente sin tener esto como objetivo, suponen un debilitamiento claro de la estructura en alguna de sus partes. Acarrean daños locales que, al menos en un punto, la esquina sudoeste del crucero, llegan a ser muy graves y a poner en riesgo gran parte de la estructura. Hablamos de la apertura de ciertas capillas o arcosolios funerarios, siguiendo el deseo de particulares que quieren prolongar su efímera gloria después de su muerte. Las más importantes, por el daño que hicieron, son las capillas abiertas en los primeros tramos de las naves laterales. La capilla de santa Victoria, cargas y reacciones. En el muro norte se abre la capilla de santa Victoria, poco más que un nicho apuntado en la parte baja del muro de cierre, muro que perteneció al primer recinto amurallado, el primer proyecto de iglesia correspondiente a Alfonso VIII, y sostenía un contrafuerte de gran tamaño que descargaba la bóveda de la nave norte del transepto (fig. 20). Se ve en el diagrama de descenso de las cargas cómo la resultante de esa descarga viene dirigida sobre la capilla. Cuando ésta se abre, esa resultante ha de encontrar un nuevo camino hacia el cimiento, y para lograrlo ha de provocar un grandísimo empuje en la clave de la pequeña bóveda que cierra la capilla, cuya reacción inversa en el arranque de ésta sobre el muro se recompone con el resto de los pesos de la estructura que actúan en este punto, para dar una resultante final de gran inclinación. La existencia en esta parte de un gran muro de cimiento correspondiente a ese magno proyecto de Alfonso VIII es lo que impide que ese esfuerzo provoque un gran desequilibrio del cimiento que hubiera producido mayores deformaciones y, quizá, el colapso. Sin la iglesia a sede catedralicia. Esta puerta es cerrada nuevamente en la restauración, cuando además se enmascara la reparación imitando la sillería del muro antiguo sobre el nuevo estucado -como se ve en la foto derecha-. Las cargas en las capillas del transepto. Estas capillas y puertas supondrán también acomodos de la fábrica. En los diagramas de cargas que pasan por esos muros se puede ver y comparar el efecto que produce la apertura de los vanos. En todos ellos se aprecia el mismo efecto explicado en la capilla de santa Victoria: la formación de un arco de descarga sobre los dos enterramientos y la fuerte inclinación y excentricidad que adquiere la resultante en la pilastra que da a la nave del transepto, resultante que nuevamente se mantiene dentro de la sección eficaz de la fábrica gracias a que el muro de cimentación aumenta su espesor en la parte inferior. Al otro lado, sobre el muro de cierre exterior, también se produce un gran empuje lateral que a duras penas se contiene en la sección resistente del muro de cie-rre exterior, a pesar de su gran espesor y por culpa de la gran altura que salva hasta el nivel del terreno en el exterior. Agrietamiento de las capillas del transepto. Como hemos visto, en el lado norte también se interrumpió durante un tiempo el correcto descenso de las cargas. Entonces aparecieron grietas similares a las presentes sobre la capilla de santa Victoria, marcando el desgajamiento de la pilastra respecto al muro medianero, así como el giro del muro exterior, también debido a la aplicación del empuje en la base del mismo. El cierre de la puerta y la recomposición de la consistencia del muro permitieron enmascarar estas grietas y que no volvieran a abrirse tras la restauración. Las que ahora mostramos en nuestras fotos han sido recuperadas por nosotros en la investigación efectuada. Son por tanto grietas no activas, como corresponde al momento de la secuencia histórica en que nos encontramos, con los vanos del muro cerrados y los empujes descendiendo de manera "natural" hasta el cimiento. Capilla de santa Victoria, equilibrio conseguido finalmente. Esa misma recomposición fue posible efectuarla en la capilla de santa Victoria. Cuando se empieza la restauración, el frente de la capilla presenta el aspecto que refleja la foto izquierda de la figura 20, donde no se aprecian fisuras en el paramento junto a la pilastra de esquina. Sin embargo, se puede apreciar que la capilla está revestida hacia el exterior con un muro, recrecido frontalmente sobre la fábrica medieval y rematado con una cornisa que hace el retranqueo hacia el paño original. En la restauración se desmonta ese revestimiento y, casi sin duda, se encuentra el paño del muro agrietado como se muestra en la foto izquierda de la figura 4. La restauración restaña la grieta y deja el embargo, el empuje aplicado en la base de la pilastra que da vuelta hacia el transepto la hace girar desde ese punto y abrirse en una enorme grieta hasta el arco formero de la bóveda. La introducción de un arco codal en la nave del transepto viene a limitar ese movimiento de la pilastra. Es, en este caso, una solución acertada, pues viene a evitar un daño local mediante una prótesis local. Es decir, que si bien estos arcos no tienen gran participación en el equilibrio global, sí la tienen para restablecer el equilibrio local de un miembro concreto, en este caso y en el próximo que ahora veremos. Sujetando a este miembro participan en el equilibrio general, pues éste se vería comprometido si fallara la pilastra. La capilla de los Reyes, cargas y reacciones. En posición simétrica con la anterior se abre otra capilla, la de los Reyes, aún de mayores dimensiones y con peores, casi catastróficas, consecuencias (fig. 21). En la foto se puede apreciar el arco que daba entrada a la capilla antes de construirse el refuerzo del muro medianero con el transepto. La foto data de la anterior restauración y muestra la capilla abierta tras desmontar el muro de entramado que la cerraba. A la izquierda se ve el espesor del refuerzo del muro del transepto y se acusa la traza completa del arco de medio punto que abría el espacio a la nave lateral, parcialmente apeado en el refuerzo. Si trasladamos esa imagen a la sección con el diagrama de esfuerzos, podremos apreciar que el corte de la línea de empujes se producía más alto que en la capilla antes vista, con lo que el desequilibrio de la resultante en la base de la pilastra del transepto sería aún más acusado. Sabemos que esta obra provoca graves agrietamientos de la fábrica y que se desencadena un pleito entre los promotores de la capilla y la colegial de la iglesia. El pleito se salda, en Valladolid, con la condena de la capilla, que debe ser desmontada para reparar el daño. Con todo, la iglesia no llegó a caer, mostrando una vez más su capacidad de adaptación. Las capillas del transepto, avatares. Este fenómeno no es privativo de las naves laterales. En las capillas del transepto también se acometen distintas intervenciones de pequeña entidad pero con repercusiones en la estabilidad del edificio (fig. 22). En la foto inferior aparecen los dos arcosolios que, ya en fase gótica y antes de culminarse la construcción de la iglesia, se abren en el muro medianero de las capillas orientales del transepto sur. En la foto central se puede ver una puerta abierta en el muro simétrico del anterior, entre las capillas del transepto norte, para dar acceso a la capilla del extremo noreste desde esta parte de la girola, pues esta capilla se cierra para usarla como sacristía tras el ascenso de paramento medieval visible pero repasado con estucados imitando sillería para ocultar las heridas ya cerradas, heridas que ahora volvemos a ver -insistimos-por obra de nuestras investigaciones históricas y estructurales. Capilla de los Reyes, daños recientes e inestabilidad. Sin embargo, en el otro lado, las cosas no están tan bien (fig. 23). El daño que causó la capilla de los Reyes fue mayor y, sobre todo, la reparación fue peor. A la izquierda se pueden ver distintos aspectos del interior de la capilla: en primer lugar, en la foto grande izquierda, se ven los restos de los arranques de los arcos y bóvedas que la cubrían y que hubieron de ser desmontados para reparar la iglesia, y la pobre solución de cierre de los vanos en el muro del fondo de la capilla, que se corresponde, al exterior, con el rechapado de la jamba norte de la portada de santa Ana tras el desmontaje del machón, el punto por el que descienden las cargas de la parte alta de éste y de las bóvedas que apean; en la foto de abajo se aprecia un aspecto más preocupante: el refuerzo del muro medianero con la nave del transepto -cuyo espesor se ve en la foto de la figura 21-se ha cimentado sobre un relleno de arcillas "artificiales" que se encuentra cubriendo al muro de cimentación del primer cierre occidental del transepto, de época de Alfonso X. La pérdida total de la memoria de este muro hizo que los restauradores de la capilla -sus destructores, más biencreyeran que ya habían encontrado firme al descubrir ese relleno de arcillas, sólo a medias compactadas y por tanto muy deformables. Por último, en la foto grande derecha vemos el aspecto del muro medianero de la capilla desde la iglesia: en la foto de la figura 21 se veía el refuerzo del muro medianero mediante un recrecido cosido a ella por llantas metálicas, que se acusan en el frente lateral. Es este refuerzo del muro el que se encuentra mal cimentado. En esta foto grande se ve el anclaje de otras llaves de atado similares con el muro medianero del transepto, con una técnica que denota una ejecución relativamente reciente, de la segunda mitad del siglo XIX o de la primera parte del XX. En todo caso, el problema más inquietante es el que se muestra en la foto derecha superior, en la que se ve la pilastra de esa esquina entre el transepto sur y la nave lateral. En ella aparece una fisura de componente vertical que parece indicar que el forro de sillería está sobrecargado y cercano al fallo local, debido seguramente a que el asiento del muro reforzado ha dejado a la pilastra soportando, sin ayuda, unas cargas muy fuertes. Conclusiones: la evolución de las fábricas en el tiempo Para concluir, tenemos que hacer algunas consideraciones sobre la evolución de las fábricas en el tiempo (fig. 24). Comenzamos la presentación con las teorías de los estados límite y fijamos en quinientos años el tiempo de vida de una estructura que hubiera traspasado el umbral de una generación en que habría encontrado un equilibrio con el asiento en el terreno. Ahora debemos explicar cómo transcurren esos quinientos años, durante los que los materiales se degradan por la acción de la naturaleza mientras los edificios se ven sometidos a mayores solicitaciones debidas al uso cada vez más multitudinario que se hace de los monumentos. El gráfico del profesor Franco Mola, del Politécnico de Turín, muestra esas dos componentes mediante la curva ascendente inferior, que representa el incremento de las solicitaciones. Las sucesivas curvas superiores, descendentes, representan los procesos naturales de degradación de los materiales. Y los saltos hacia arriba de esa curva vienen a representar el efecto beneficioso que tienen las distintas restauraciones -supuesto que así sea siempre, beneficioso y no dañino, como hemos podido ver-. Lo cierto es que todos los edificios sufren este proceso, y que podríamos particularizar la gráfica para el caso concreto de la Catedral de Vitoria, indicando sobre la escala de tiempos los momentos en que se acometen reformas, tanto las que mejoran como las que estropean la estructura -de las que hay muchas en Vitoria-, y confiriendo a la degradación de las fábricas una pendiente, aunque ésta es muy difícil de evaluar. Nunca sabremos lo cerca o lejos que estamos del colapso final del edificio, aunque podemos creer que la teoría de estructuras basada en los estados límite nos da la tranquilidad de que, puesto que hemos encontrado una situación de equilibrio, el edificio también lo hará. Y el edificio, hasta ahora, no nos ha defraudado en esto. En distintos momentos ha venido a ser restaurado con refuerzos -como los arcos codales y los machones decimonónicosque han supuesto un incremento de su seguridad -aun cuando los creamos en parte superfluos-. La degradación de las fábricas y algunas dudosas intervenciones históricas -que vendrían a representarse en el gráfico como inflexiones negativas, hacia abajo, de la curva de evolución-conducen al edificio a un colapso en un plazo absolutamente impredecible. Nuestra responsabilidad como restauradores es intentar que la próxima inflexión sea positiva. Sin embargo, nuestros conocimientos actuales nos alejarán bastante de las soluciones de refuerzo típicas en la cultura de la llamada "consolidación estructural", pues las teorías que manejamos dan un margen de confianza muy grande a los edificios que han sido capaces de mantenerse en pie tantos siglos, aun con las complicadas aventuras que ha padecido la Catedral de Vitoria. Además, creemos que una estructura antigua tiene tanto valor como una obra de arte de cualquier clase: representa una forma de pensamiento ya perdida que hoy no podemos reproducir y, por tanto, no puede ser destruida por una consolidación que altere la mecánica de su comportamiento estructural, tergiversando su significado. La introducción de materiales y sistemas constructivos de alta rigidez, tales como cosidos de muros alzados, zunchados de sus cabezas y de los arranques de sus bóvedas, encamisados de sus plementerías y tantas otras, destruyen esa capacidad de adaptación que hemos mostrado y que las hace tan perdurables, además de falsear su comportamiento estructural y la memoria que éste supone de aquél pensamiento constructivo desaparecido. No podemos aplicar a estas estructuras un concepto moderno de resistencia, ni siquiera uno de seguridad basado en la limitación de las deformaciones bajo ciertas condiciones de carga; porque no es ese el criterio con el que se construyeron y gracias al cual se mantienen en pie. Los ingenieros del siglo XVIII todavía sabían muy bien cómo se comporta un arco de dovelas y la necesidad que tiene de no ver coartada su capacidad de formar rótulas en distintas partes, en función de los cambiantes estados de cargas a que se ve sometido. Hemos de recuperar ese sentido en las obras de restauración actuales. La Catedral de Vitoria se encuentra ahora en uno de esos procesos de restauración, y hasta el momento nos hemos limitado a introducir pequeños mecanismos controlados de seguridad, inactivos en todo momento y dispuestos a entrar en acción si el edificio sufre cualquier movimiento brusco debido a las obras que en él vamos a hacer para su recuperación. Son posiblemente refuerzos dictados por el mismo miedo que históricamente ha aquejado a los restauradores, pero no estamos modificando con ellos el comportamiento de la estructura, al menos por esta vez. La Catedral, por su parte, nos recordará siempre todo aquello por lo que ha pasado en su larga vida, ya de ocho siglos. Tendremos que prestar atención a las huellas que nos ha dejado antes de intentar arreglar lo que en buena parte seguramente no necesite arreglo. Este artículo quiere mostrar una manera de atender a esa demanda, mostrando que siempre es posible recuperar la memoria.
Uno de los proyectos del Programa ARCONTI1 del IAA, desde el año 2008, es el estudio de los tipos constructivos y espaciales de la vivienda rural popular con especial énfasis en la provincia argentina de La Rioja y en casos que implican el empleo de la tierra como material de construcción predominante. Esta línea temática surge con el interés en ampliar el conocimiento sobre el patrimonio construido en tierra en el territorio argentino. El objetivo principal de este trabajo es indagar las posibilidades que abre la Arqueología de la Arquitectura (AA), en general, y la lectura estratigráfica de paramentos y la tipología, en particular, al estudio del patrimonio rural construido en tierra. El trabajo utiliza aspectos teóricos y metodológicos propios de la AA con el interés de enriquecer las formas convencionales de investigación de la vivienda rural y el patrimonio construido en tierra. En la primera parte del artículo se presenta un breve contexto del camino que ha recorrido hasta la actualidad el estudio de la Arquitectura en Tierra en Iberoamérica, principalmente en Argentina. Luego se expone la experiencia de un caso analizado a partir del empleo conjunto de la estratigrafía «sobre cota cero» y del estudio tipológico de la vivienda rural argentina y sus técnicas constructivas. La Arquitectura en tierra La tierra ha sido uno de los materiales naturales empleados en la construcción del hábitat del hombre durante gran parte de su historia (Bardou y Arzoumanian, 1979; Fathy, 1973; Maldonado Ramos y Rivera Gámez, 2002; Santos Pinheiro, 1993). Actualmente, y a pesar de que los materiales industrializados monopolizan el mercado de la construcción en los centros urbanos y en los ámbitos rurales de gran parte del mundo, la tierra sigue siendo un material utilizado en una variedad importante de edificaciones. Alrededor de un tercio de la población mundial construye o vive en viviendas donde esta materia prima ha sido aprovechada (Dethier, 1982; Huben y Guillaud, 1994; Rotondaro, 2007). En parte, porque en muchas regiones deben servirse de materiales naturales para construir, condicionados por cuestiones económicas o de imposibilidad de acceso a otros recursos, pero también por razones ideológicas o culturales. La crisis energética del último cuarto del siglo XX contribuyó a revalorizar y extender su empleo debido al reducido consumo de energía que se requiere en el uso de este material (Morel et al, 2001; Resumen La Arquitectura en Tierra, como campo temático específico dentro de la disciplina de Arquitectura, renace a partir del último cuarto de siglo XX impulsada por la urgente necesidad de preservar este tipo de patrimonio construido en todo el mundo. En la actualidad, su campo de acción se ha incrementado notablemente, del mismo modo que su vinculación con otras disciplinas. En este texto exponemos los resultados previos surgidos del estudio de un edificio histórico doméstico en tierra empleando herramientas teóricas y metodológicas desarrolladas en el ámbito de la Arqueología de la Arquitectura. El caso abordado corresponde a una vivienda rural popular construida durante la segunda mitad del siglo XIX en la región de los valles de la provincia argentina de La Rioja, con continuidad de uso hasta la actualidad. El estudio fue realizado empleando conjuntamente el método estratigráfico de alzados, la tipología de vivienda rural y el análisis de las diferentes técnicas constructivas. Progresivamente, el estudio de la Arquitectura en Tierra fue ampliándose con el desarrollo de materiales y técnicas constructivas tanto para el empleo en construcciones nuevas como para su aprovechamiento en la conservación y restauración del patrimonio construido (Jiménez Delgado y Cañas Guerrero, 2007; Maldonado Ramos et al, 2002; Martínez-Camacho et al, 2008; Viñuales, 1981). Los ámbitos de investigación y difusión en Iberoamérica y Argentina Entre las décadas de los 70 y 80, la UNESCO, el ICOMOS y el ICCROM realizaron en Asia y América del Sur una serie de encuentros entre profesionales en torno al patrimonio construido en tierra2. A partir de estos encuentros de nivel internacional, el tema del Patrimonio de Arquitectura en Tierra comienza a tener mayor reconocimiento en Iberoamérica y a poner en relevancia la tarea que muchos profesionales y constructores venían desarrollando individualmente en torno a él (Viñuales, 1987). Estos acontecimientos no fueron sucesos aislados; acciones de igual índole tuvieron lugar en muchas partes del mundo ante la preocupación por gestionar y preservar este tipo de patrimonio, fomentando su investigación e intensiva formación en este tema3. En 1991, dentro del Subprograma XIV-Viviendas de Interés Social del CYTED (Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo) se desarrolla la Red Temática XIV.A Habiterra (Calla García, 1999). En continuidad con esta Red, en 2001 se aprueba el Proyecto Competitivo XIV.6: PROTERRA, que surge «...con el objetivo de incentivar el uso de la tierra como material de construcción a través de la realización de proyectos demostrativos, publicaciones, cursos y otros eventos»4. Los SIA-COT (Seminarios Iberoamericanos de Construcción con Tierra) nacen en el seno de esta red y funcionan como principales promotores del intercambio de experiencias en materia de Arquitectura en Tierra. Desde el proyecto PROTERRA el debate ha llevado a establecer que el concepto de Arquitectura en Tierra es «el conjunto de todas la manifestaciones constructivas, arquitectónicas y urbanísticas que han sido proyectadas y construidas con la tierra como material predominante» (Neves, 2004), idea empleada en este trabajo. En Argentina, el estudio de la Arquitectura en Tierra tiene antecedentes claros en diversos trabajos desarrollados durante la primera mitad del siglo XX que tratan sobre la vivienda natural, la vivienda rural, la vivienda vernácula y el rancho5 (Aparicio, 1931(Aparicio, y 1937;;Ardissone, 1948; Chiozza, 1945; Zamorano, 1950). Como fruto de estos antecedentes y de nuevos estudios, se publicó posteriormente un tratado general en relación a la «vivienda natural» 6 que abarcó todo el territorio argentino (FAU, 1969). Este trabajo se realizó con un enfoque exclusivamente arquitectónico. En él se documentó una importante variedad de tipologías y técnicas constructivas de la arquitectura vernácula en tierra de las distintas regiones del país. Otros trabajos posteriores, circunscriptos específicamente a la provincia de La Rioja (Armellini et al, 1970; Canepuccia et al, 1976), abordaron el tema de «la vivienda tradicional» en zonas áridas. Estos trabajos expusieron un análisis del diseño de la arquitectura en tierra en la región de valles y quebradas de esta provincia con el objeto de establecer propuestas adecuadas al medio. Sin embargo, en estos casos, se hizo hincapié únicamente en aspectos de diseño arquitectónico. Los primeros artículos en tratar plenamente el tema de la construcción con tierra en Argentina comenzaron a aparecer durante la década de los ochenta con principal atención en el estudio de las técnicas constructivas tradicionales y en la conservación y preservación de este tipo de patrimonio arquitectónico (AA. Luego, con un cuerpo más amplio de profesionales, investigadores y constructores involucrados en esta cuestión, la actividad experimentó un proceso de ampliación de temas y trabajos que profundizaron en nuevos aspectos como la problemática de la vivienda de interés social, el desarrollo tecnológico, la transferencia de conocimientos, la vinculación entre patrimonio y turismo y la intervención sobre el patrimonio construido en tierra. Durante este proceso se consolidaron diversos grupos y se creó el centro CRIATiC (Centro Regional de Investigación de Arquitectura de Tierra Cruda), dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán. LA VIVIENDA RURAL EN TIERRA EN LA RIOJA ARGENTINA La tierra fue el material de uso predominante en gran parte de la arquitectura de la provincia argentina de La Rioja, hasta aproximadamente los últimos 50 años, con un empleo significativo de la albañilería de adobe y los techos de torta7 de una sola pendiente o completamente planos. En las últimas décadas, una mejor comunicación con los centros de servicios y la disponibilidad de nuevos materiales industrializados introdujeron cambios de las técnicas constructivas. Cirvini (2005) plantea que este y otros factores8 han provocando un abandono gradual de las prácticas constructivas en tierra, algo que es posible observar en varias partes de la región del centro oeste argentino, principalmente en aquellas zonas mejor vinculadas a centros urbanos. Por su parte, ICOMOS ya advertía desde fines del siglo XX sobre la vulnerabilidad de estas técnicas constructivas frente a la homogeneización que plantea el empleo de materiales de procedencia industrial9. Sin embargo, es en el ámbito rural donde aún es posible encontrar vigentes parte de las características de esta tradición constructiva vernácula. En el área rural de La Rioja observamos que resulta común el abandono de la vivienda, su uso ininterrumpido y en menor medida la reutilización o cambio de función. Las viviendas rurales presentan un crecimiento casi exclusivamente en planta y es característica la adición por yuxtaposición de nuevas construcciones conformando alineaciones o bien ángulos rectos. En la gran mayoría de los casos observados, la unidad que da origen a estas viviendas está formada por una habitación de entre quince a veinte metros cuadrados con una galería en uno de sus laterales (al que denominaremos en adelante «unidad original»). El espacio principal en estas viviendas suele ser la galería, sector que se orienta de forma preferencial hacia el Norte para aprovechar el asoleamiento y la protección de los vientos. En un porcentaje importante, las primeras viviendas del poblado de Chañarmuyo, departamento de Famatina, contienen en el conjunto del edificio esta unidad habitacional indicada (Fig. 1). Las construcciones suelen tener muros de espesores importantes (mayores a 20 cm) y pocas Fig. 1. Dos ejemplos de viviendas con la unidad de habitación original. Ambas permanecen en estado de abandono. Fotografía colección personal de los autores y pequeñas aberturas para evitar las pérdidas o ganancias de calor, ocasionadas por la alta amplitud térmica diaria. El estudio de caso corresponde a una vivienda rural popular con continuidad de uso hasta la fecha, ubicada en el sector original del pueblo de Chañarmuyo (Fig. 2). Esta construcción se encuentra en una región caracterizada por su clima semiárido de tipo continental, característico del centro oeste argentino. Éste es un caso destacado de Arquitectura en Tierra en la zona por su antigüedad, su estado de conservación, por presentar numerosas etapas constructivas (producto de su uso ininterrumpido) y donde la identificación de la totalidad de las técnicas constructivas no presentaba mayores inconvenientes. Para poder determinar las aparentes secuencias constructivas de la vivienda, fue necesario trabajar en conjunto diversos instrumentos de análisis como la estratigrafía de alzados (Parenti, 1996), las técnicas constructivas y la tipología de la vivienda rural. A partir de este análisis se determinó la existencia de al menos cinco fases constructivas, identificándose cada fase con instancias de ampliación de la vivienda. Los relatos de sus ocupantes permitieron estimar la antigüedad de la construcción entre unos 100 a 150 años. En este sentido, la individualización del tipo espacial de la unidad original contenido en la estructura general de la vivienda corroboró dicha afirmación (Figs. Corresponde a la primera construcción de la vivienda rural conformada por una habitación con pocas y pequeñas aberturas y una galería sobre el lado más largo orientada al Noroeste. El material de tierra se empleó en prácticamente toda la construcción. Los muros se componen de adobes de 40×20×10 cm colocados a tizón, obteniendo de este modo muros de 40 cm de espesor nominal. Las columnas son circulares, utilizándose adobes semicirculares de 40×10×20 cm de radio. Las paredes interiores fueron revocadas con mortero de tierra; exteriormente, sólo la que se encuentra protegida por la galería conserva el revoque. El techo está formado por una «torta pesada» 10 compuesta por varias capas entre las que se observó: un cielorraso de cañas atadas regularmente perpendiculares a la pendiente del techo, una enramada11, una capa de tela arpillera y finalmente la cubierta de torta. En la estructura del techo se emplearon rollizos de madera de algarrobo sin desbastar (Prosopis spp.) en sentido paralelo a la pendiente. La habitación cumplió la función de dormitorio y de espacio para el guardado de las pertenencias personales, mientras que la galería fue un espacio semicubierto multiuso, permitiendo desarrollar, como es habitual para este tipo de espacios y para esta región geográfica, gran parte de las actividades diurnas. Es la primera ampliación de la vivienda. Estableció un espacio semicerrado más amplio y específico para las actividades diarias sobre el lateral noreste de la unidad Fig. 2. Casa de Zulma Castro, Chañarmuyo, La Rioja. Fotografía colección personal de los autores Fig. 3. Unidades estratigráficas original, que denominamos en este caso «estar». Esta adición prolongó la galería sobre la fachada noroeste. En la ejecución de los muros se continuó empleando la albañilería de adobe; en la pared sureste, de 40 cm de espesor, se colocaron adobes con aparejo a tizón, mientras que en la pared noreste, de 20 cm de espesor, fueron dispuestos con aparejo a soga. Se construyeron cuatro columnas cuadradas de albañilería de adobe; tres de ellas tienen dimensiones de 40×40 cm y una es de 60×60 cm. Dos de estas columnas se colocaron adosadas a la construcción preexistente, otra está libre y una cuarta se dispuso formando aparejo con uno de los muros nuevos. Como no se construyó pared central, en su lugar se colocó un rollizo de algarrobo como viga cumbrera del techo. Se colocaron dos puntales de madera en la parte media de la viga cumbrera y de la viga de borde para reducir el esfuerzo de flexión. La disposición del techo y de los cabios se mantuvo como en la unidad original, pero se omitió la colocación del cielorraso de cañas quedando expuesta la capa de enramada. Se amplió sobre la pared sureste un sector donde empezó a funcionar un fogón. Esta habitación se emplea actualmente para la preparación diaria de alimentos y como comedor cuando son pocas personas. Los adobes de los muros se dispusieron en aparejo a soga. Es evidente el avanzado deterioro de los adobes en las caras externas del muro, posiblemente como consecuencia de una fabricación de menor calidad. Parte de esta habitación quedó abierta y cubierta precariamente con unas membranas plásticas traslucidas. La estructura de sostén del techo se armó exclusivamente con rollizos de madera y columnas de horcones12. En este caso los muros se destinaron sólo a la función de cerramiento. La cubierta está formada por una enramada, papeles de diario y torta. Son coetáneas las elevaciones de pequeños muros al interior del estar que redujeron sus dimensiones y definieron aún más el espacio Fase IV Se caracteriza principalmente por la introducción de nuevos materiales: muros de bloques de cemento y cerramientos industrializados. Se dispuso un dormitorio en el extremo suroeste de la galería, donde uno de los muros elevados empleó muro de adobes y los otros dos muros son de bloques de cemento de 38×19×13 cm, asentados sobre pequeñas vigas de hormigón. La puerta y la ventana son de marcos de chapa doblada. Se efectúan algunos refuerzos inferiores en los muros y recalces de las columnas con morteros de suelo-cemento. Corresponde a una construcción separada del conjunto del edificio destinada a baño. Fue ejecutada por un plan nacional de vivienda para la construcción de núcleos húmedos en viviendas precarias. Empleó sólo materiales industrializados: bloques de cemento para muros y techo, cerramientos metálicos para puerta y ventana, piezas de loza cerámica para inodoros y lavabo, cañerías de plástico y una pequeña caldera metálica externa para reserva de agua caliente. LA VIVIENDA: CONSTRUCCIÓN ESTRATIFICADA Y TRANSICIÓN En general, de las relaciones de antero-posterioridad se detectaron al menos cinco fases, en las tres primeras (primera etapa) se emplearon la tecnología de construcción con tierra, mientras que en las dos siguientes (segunda etapa) se evidenció un cambio en la resolución constructiva debido a la introducción y predominio de nuevos materiales y técnicas. Desde una perspectiva tecnológica, entre las fases de la primera etapa se observó un proceso de pauperización gradual de las técnicas constructivas y de algunas características morfológicas: a). Los adobes de la fase III presentan un deterioro más pronunciado que los adobes correspondientes a las fases I y II. b). Los muros de la fase III dejan de emplearse como portantes y se abandona la ortogonalidad en la unión de los mismos. c). En la fase II y III comienzan a emplearse muros de menor espesor (20 cm) colocados con aparejo a soga. d). No se aprecia mantenimiento periódico de los revoques externos, en la actualidad casi totalmente inexistentes por la acción erosiva del clima y la falta de mantenimiento periódico. e). El tipo de cielorraso de la fase I no vuelve a emplearse en las dos siguientes fases (se abandona el uso de la caña como terminación de superficie). f ). El tipo morfológico de columna circular de la fase I deja de emplearse en las siguientes fases. Los muros que emplean tecnología de construcción con tierra, si bien son albañilerías que no se deterioran con facilidad, resultan sensibles a la acción de la intemperie cuando media en ellos la acción prolongada del paso del tiempo y la falta de mantenimiento (Maldonado Ramos y Vela Cossío, 1999: 5). Por lo tanto, las variaciones en las técnicas de producción de los mismos se verán refejados en estados más o menos avanzados de deterioro de éstos (siempre y cuando no reciban un mantenimiento periódico o transiten por largos estados de abandono). De este modo, el deterioro es un factor clave a tener en cuenta al momento de abordar el estudio estratigráfico de este tipo de construcciones, de la misma manera que lo pueden ser el análisis granulométrico, el aparejo, el contenido de fibra vegetal o el color. Este aspecto diferencia a las albañilerías de tierra de otros tipos de muros donde se emplean la piedra o el ladrillo como materiales de construcción. En la segunda etapa se presentó una situación radicalmente distinta, consecuencia directa del cambio de materiales y de técnicas constructivas. Se comenzó a utilizar bloques de hormigón para la construcción introduciendo modificaciones en el sistema modular empleado hasta el momento. Se redujo nuevamente el espesor del muro, ahora a 13 cm, y se dispusieron aberturas industrializadas con medidas preestablecidas que están en relación con la dimensión de los bloques empleados. Tecnológicamente, la fase V fue continuación de la fase IV, pero en este caso se empleó el sistema constructivo en forma completa con predominio de materiales industrializados y con el uso de hormigón para los elementos constructivos y estructurales. De la lectura funcional se observó que las características espaciales de la vivienda también sufrieron transformaciones progresivas. En la fase II, la yuxtaposición de un nuevo espacio semicerrado a la unidad original alteró las características funcionales de la galería. Este evento, vinculado a un claro aumento en la composición de la familia, probablemente permitió alojar gran parte de los usos diarios que se desarrollaron inicialmente en la galería, en un espacio más amplio y cómodo. Esto suceso provocó, además, un incremento en las dimensiones del espacio de galería sobre la fachada noroeste de la vivienda (Fig. 4, Fase II) que terminó de concretarse como tal durante la fase posterior con la incorporación de diversos muros. Durante la fase III se incorporó un nuevo espacio donde se ubicaron un fogón para calefacción, un espacio de cocina y un pequeño comedor. Estas actividades se desarrollaban previamente en la galería de la fase I y luego en el estar de fase II junto con otras actividades diarias, adquiriendo, de este modo, un espacio propio. En la fase IV se cerró un sector de la galería original para destinarla a habitación. La ocupación de la galería podría interpretarse como la materialización de dos procesos que implicaron la transición de su uso como un espacio social hacia otro meramente circulatorio y el incremento, en número y especialización funcional, de estos espacios. Este proceso de especialización de los espacios domésticos en el transcurso de estas tres fases (II a IV) continuó en la fase V. La nueva construcción alberga una nueva función, la de baño, que si bien no es una función que estuviese incorporada previamente en la vivienda, es un hecho más que acentuó este proceso de especialización mencionado. Por otro lado, las incorporaciones del sector de cocina de la fase III y del baño de la fase V introdujeron alteraciones a la tipología lineal de esta vivienda en dirección a un tipo en «L» o en «Z» todavía no muy claramente establecido. Con la individualización de las unidades estratigráficas, la caracterización de las técnicas constructivas y la identificación de los materiales empleados en cada fase, fue posible establecer una cronología relativa, herramienta de análisis útil para abordar el estudio de la vivienda como un proceso, como una estructura real (Caballero Zoreda, 2009) y no como un modelo estático dado. En cuanto al estudio tipológico, Caballero Zoreda (Ibídem) sostiene que los tipos son factibles de ser empleados como indicadores cronológicos absolutos. En este sentido, es importante la aportación de Armellini et al (1970: 23) al establecer una cronología para la vivienda del valle de Antinaco-Los Colorados en La Rioja. En la relación cronológica de antero-posterioridad de nuestro estudio, se concluye que el edificio histórico contiene a la unidad original dentro de la estructura general de la vivienda (Fig. 5) y se corresponde con el modelo descripto para el subtipo Vivienda de transición 13 de esta región de valles riojanos (Ibídem: 10). Este dato nos aportó elementos fundamentales para confirmar que el momento de construcción de la vivienda estudiada correspondería a mediados del siglo XIX. Por otro lado, la vivienda en estudio «transita», desde su origen hasta la actualidad, por diversas fases posteriores. Las transformaciones de cada fase no provocaron cambios sustanciales en el subtipo 13 Se refiere al subtipo intermedio entre los subtipos Rancho y Casa Criolla I de la respectiva clasificación. establecido al que se ajusta el edificio, salvo por la introducción de nuevos materiales que es característico de otro subtipo de la misma clasificación (Ibídem: 20). Sin embargo, identificar el tipo permitió una mejor comprensión de los cambios funcionales, constructivos y morfológicos que ocurrieron en cada etapa. Es en este punto donde consideramos que la complementariedad con la estratigrafía de alzados permite avanzar más en la interpretación, aportando un volumen de información importante sobre los procesos técnicos y las transformaciones espaciales que tuvieron lugar, aspectos que el estudio tipológico por si sólo no podría aportar. La Casa Zulma Castro es un ejemplo de vivienda de transición, pero no porque encaje en un tipo en particular, sino por la naturaleza misma de edificio histórico. El análisis estratigráfico de alzado abrió un panorama amplio a este estudio tanto para el análisis como para la interpretación del proceso evolutivo de esta vivienda al poder individualizar y ordenar un número importante de hechos constructivos. De la misma manera, el análisis tipológico de la vivienda rural contribuyó al análisis estratigráfico, en especial cuando fue asociado al carácter funcional de los espacios y su relación entre ellos. Por otro lado, al vincular ambos análisis quedó al descubierto, dentro del conjunto actual del edificio, la unidad original como un modelo sencillo y completo del tipo de vivienda rural popular, característico del siglo XIX en la región de valles de La Rioja. En referencia a las técnicas constructivas, se observó un proceso dinámico que transcurrió desde el empleo determinante de la tierra como parte de una tradición constructiva vernácula hasta la aceptación y preferencia de materiales industrializados. Esto nos permite señalar que, en este caso específico, tuvo lugar un proceso que implicó la pérdida gradual de las reglas del arte de construir con tierra en torno a este edificio en favor de una preferencia abrupta por emplear materiales parcial o totalmente elaborados industrialmente. Este es un caso donde los diversos factores, a los que hacía referencia Cirvini (2005), ponen en riesgo la continuidad de las tradiciones constructivas vernáculas en tierra del área de valles de La Rioja. Finalmente, el proceso que resulta de habitar la vivienda dio lugar a distintos y sucesivos edificios (Mañana Borrazás, 2002; Caballero Zoreda, 2009) en su transcurso por diversos estadíos de reformulación y especialización de los espacios domésticos que, en este caso de estudio, se pudieron identificar a partir de ampliaciones espaciales. Si bien las herramientas de análisis de la AA permitieron identificar las modificaciones en esta vivienda rural a partir de factores tecnológicos, formales y funcionales, en coincidencia con lo que plantea Azkarate (2002: 57), creemos que esta disciplina puede contribuir de manera categórica propiciando una lectura más profunda de los contextos sociales y productivos de donde surgen y pertenecen las edificaciones y sus productores.
EL ANÁLISIS DE LAS ESTRUCTURAS DE FÁBRICA 1 Es demasiado habitual enfrentarse al análisis de una estructura de fábrica con teorías estructurales fundadas en la resistencia de los materiales en las que se introduce como valor de cálculo un supuesto comportamiento anómalo de estas construcciones basado en su casi nula capacidad resistente a los esfuerzos de tracción, teorías con las que se generan modelos matemáticos que resultan ser muy poco adecuados a la realidad del funcionamiento de esas estructuras. Si una estructura construida con acero u hormigón armado puede estudiarse con cierta fiabilidad mediante modelos basados en el comportamiento elástico de sus materiales y en su capacidad de mantener el equilibrio mediante una gran resistencia a los esfuerzos de distintos tipos, y específicamente los de tracción, provocados por el sistema de cargas y las condiciones de contorno de su situación de servicio, una estructura de fábrica, por el contrario, está construida con materiales de comportamiento no elástico y asimétrico -menor resistencia a tracción que a compresión-y no debe su eficacia a la resistencia de esos materiales sino al sistema de equilibrio de los pesos de sus distintas partes, por lo que requiere otro tipo de análisis para evaluar su seguridad. El tipo de análisis estructural que se emplea aquí se remonta a los desarrollos de la estática gráfica realizados durante la segunda mitad del siglo XIX, momento en el que todavía se empleaba este tipo de estructuras en toda clase de construcciones, desde edificios hasta puentes o presas, y en el que ya venía siendo necesario contar con herramientas de cálculo y modelos que previeran su comportamiento y, sobre todo, avalaran su estabilidad y seguridad. Sin embargo, la difusión del empleo del acero, un material constructivo de comportamiento resistente completamente distinto y que conducía a un tipo de estructuras también diferentes, requirió el desarrollo de otro tipo de análisis basados en el comportamiento elástico y simétrico de este material y en su gran capacidad resistente, precisamente la que le permitía dar forma a construcciones muy ligeras. Así se hace hegemónica una teoría de estructuras centrada en la resistencia de los materiales frente a una teoría centrada en el equilibrio de las masas, todo ello a la vez que se pierde la tradicional construcción de estructuras de fábrica, sustituidas por las modernas de acero y hormigón armado, en general mucho más sencillas estáticamente. Se presenta un caso de evaluación de la estabilidad de una iglesia abovedada que toma el análisis arqueológico como principal referencia de contraste de los resultados del estudio estructural. La consideración de los edificios históricos como entidades temporales en las que se combinan la acción degradante de la naturaleza y la conservadora del hombre confiere al análisis de su seguridad estructural una mejor perspectiva que la presupuesta en los más convencionales análisis basados exclusivamente en las teorías estructurales generales y demuestra que un mejor conocimiento del comportamiento de la estructura a lo largo del tiempo debe conducir a un mayor respeto de su integridad material y a un abierto rechazo de las restauraciones más intervencionistas justificadas sólo por esos estudios estructurales. Se hace una breve revisión de la teoría de estados límite y su aplicación a las estructuras de fábrica y a la iglesia de Santa Eulalia de Marquínez en particular; en paralelo se presenta el resultado del estudio histórico de su evolución constructiva; y se conjugan las conclusiones de ambos análisis en una secuencia temporal de la evolución estructural, una revisión de su seguridad y una propuesta de intervención. Palabras clave: análisis estructural, teoría de estados límite, diagrama estratigráfico-estructural. El empleo posterior en el análisis de las estructuras de fábrica de esta teoría centrada en la resistencia de los materiales ha conducido a aberraciones tanto en la comprensión de su comportamiento como, sobre todo y lo que es peor, en su restauración, dando lugar a intervenciones que, basándose en esa supuesta falta de resistencia, hacían de ellas unas construcciones enfermas necesitadas de tratamientos cada vez más drásticos y, a la postre, dañinos para su estabilidad y conservación material. En lo que sigue haremos un breve repaso al contenido de una teoría de estructuras centrada en el equilibrio y a los resultados de su aplicación en el caso de la iglesia de Santa Eulalia en Marquínez, Álava (fig. 1). Sin embargo, iremos más allá y este análisis estático se convertirá en un análisis que podríamos llamar diacrónico cuando introduzcamos en él la variable temporal y podamos ver el efecto que sobre la estructura tiene el paso del tiempo, de la progresiva degradación de los materiales, del aumento de la deformación geométrica de la fábrica y de la intervención conservadora llevada a cabo por sus usuarios en distintos momentos, hasta llegar a introducir otra teoría estructural, la de los estados límite, para evaluar hasta dónde podría llegar esa evolución antes de un hipotético colapso2. La obra de fábrica, un sistema de masas en equilibrio Una obra de fábrica abovedada es un sistema de masas en equilibrio en el que no tienen demasiada relevancia ni la resistencia de los materiales que la constituyen ni las Fig. 1. Vista general del pueblo de Marquínez, con la iglesia de Santa Eulalia al fondo. Tras ella, el roquedo sobre cuyos detritus geológicos se asienta. Delante, junto a las casas más cercanas, se aprecia uno de los pequeños puentes que salvan el río tensiones a que éstos hayan de verse sometidos, dado que éstas van a ser siempre de un rango inmensamente inferior a aquélla. Sólo puntualmente, y lo veremos en el caso que nos ocupa, la magnitud de las tensiones soportadas en los puntos de concentración de esfuerzos llegará a ser un problema para la estabilidad, parcial o global, de la estructura; problema que, por otro lado, en general se verá rápidamente solventado por la enorme capacidad de estas estructuras de encontrar mecanismos alternativos de equilibrio. Una obra de fábrica es una construcción erigida mediante el sucesivo apoyo de pequeñas piezas de piedra o ladrillos unas sobre otras. La ligazón entre las distintas piezas no se produce, contra lo que parece, mediante los morteros de la fábrica, sino mediante el peso de unos materiales descansando y cargando sobre los de más abajo; los morteros son, de hecho, más una especie de «colchones» que facilitan el contacto entre las distintas piezas, amoldándose a las formas de sus superficies, que un «pegamento» que las mantenga unidas. Entender este mecanismo permite comprender de qué modo se sujetan las bóvedas y los arcos y cómo se comportan globalmente estas estructuras. La presión mutua ejercida por las dovelas de un arco entre sí y contra los muros o pilares que las sustentan las mantiene unidas y en el aire. La falta de presión -compresión en términos estructurales-hace que en algunos puntos se separen las distintas partes y aparezcan grietas; pero la formación de éstas no significa la existencia de tracciones en la fábrica, ya que estas no pueden darse en este tipo de construcciones. Diagramas de descenso de cargas El análisis estático de la estructura se basa en la evaluación de los pesos propios de todas esas partes de la construcción, de su ubicación real en el espacio y de las relaciones de contacto entre ellas para construir un diagrama que representa el modo en que esos pesos se traspasan de unas partes a las otras hasta llegar al terreno firme. Las diferentes magnitudes de los pesos serán fundamentales a la hora de establecer su sistema de equilibrio y de evaluar la capacidad final del firme de asiento, variable ésta fundamental en el estudio de la evolución temporal del equilibrio. Como resultado representativo del análisis obtendremos una serie de diagramas de descenso de cargas, en los que se dibujarán las trazas que los vectores representativos de los pesos van dejando en su recorrido por la fábrica hasta llegar al terreno de apoyo que las ha de resistir en última instancia (fig. 4). Durante ese «recorrido», el diagrama mostrará la suma, en magnitud y dirección, de los pesos que se van incorporando sucesivamente desde la parte más alta de la estructura -inicio del diagramahasta la cimentación -final-. Para la construcción del diagrama se seguirá una serie de reglas, como la de que las cargas se suman siempre «hacia adelante», según se van incorporando a ese recorrido o «descenso», y que la traza Fig. 2. La iglesia de Santa Eulalia desde el noroeste. A la izquierda la casa rectoral, a la derecha el hastial occidental de la nave. Se aprecia el estado general de fisuración que presenta el hastial occidental de la nave de la iglesia, con grandes grietas que lo cortan prácticamente en toda su altura y en distintos puntos, sobre la ventana y entre ésta y el contrafuerte noroeste. En la casa rectoral se puede ver la gran fisura que parte de la puerta inferior, moviendo las dovelas de su dintel, asciende por el vano cegado intermedio y corta completamente el muro por encima de la ventana geminada, que por su parte ha perdido el parteluz que había de sostener el dintel, ahora sólo empotrado en el lado derecho -sur-del muro. A la derecha de la iglesia asoma la roca que da origen, tanto geológico como histórico, al edificio Fig. 3. Diagrama de esfuerzos interiores en los nervios de las bóvedas y resultantes sobre los muros de la iglesia resultante no puede salir del área resistente de los elementos constructivos del edificio (fig. 5). En la figura 3 se observa cómo los dos tramos centrales de las bóvedas son los que producen mayores empujes laterales, lo cual es lógico resultado de ser estos puntos donde descarga un mayor número de nervios. Sin embargo, en los apoyos A3 y B3, en las pilastras de entrada a la cabecera, esos empujes pueden descomponerse en dos direcciones aproximadamente coincidentes con las de los dos muros que forman ángulo en esos puntos. Este sistema de quiebros en los muros es propio de la construcción de tradición gótica y resulta muy efectivo estructuralmente porque admite grandes variaciones tanto en la magnitud como en la dirección de esos empujes a lo largo del tiempo. Diagrama de descenso de cargas en un arco diagonal, en el que se aprecia cómo la curva de presiones -en rojo-tiene un difícil ajuste en el interior de la sección resistente del arco quebrado. Análisis de los pesos, esfuerzos y tensiones en las distintas secciones transversales del arco Por el contrario, en el tramo central del aula, apoyos A2 y B2, el empuje es claramente perpendicular al muro y no admite otro sistema de contrarresto que la colocación de un contrafuerte, lo cual se da en el lado norte, donde el muro se construye en correspondencia con las bóvedas y por tanto se dota de ese refuerzo, mientras que no se produce en el lado sur, donde el recrecido del muro correspondiente a la fase de construcción de las bóvedas debe adaptarse a la geometría y espesores del muro inferior ya existente desde fases anteriores. Por otro lado, se aprecia que la deformación padecida ya por los nervios de las bóvedas y el análisis de los esfuerzos en su interior obliga a desplazar el diagrama de cálculo estático -el antifunicular de las cargas-hacia el lado norte, con lo que en las claves de las bóvedas aparecen esfuerzos desequilibrados que tienen esa dirección -en rojo-, lo cual viene a indicar que el conjunto de las bóvedas tiende a descargar y desplazarse hacia el lado norte de la iglesia en respuesta a la debilidad del muro sur enormemente desplazado de su posición aplomada inicial, ofreciendo así una demostración de la alta hiperestaticidad que se suele atribuir a este tipo de construcciones. En la figura 4, a partir de las distintas resultantes de estos análisis, efectuados para cada arco con la distribución del peso de las bóvedas marcada en el dibujo inferior, se ha construido el diagrama anterior para el conjunto de las bóvedas. Y con la suma de las resultantes horizontales más los correspondientes pesos se inicia el estudio del descenso de cargas hasta el terreno del diagrama siguiente. En la parte superior derecha se muestra el análisis de los pesos basado en los análisis de la composición de arcos y bóvedas y en los datos sobre sus materiales constituyentes -densidad, resistencia-; bajo estas tablas se representan los esfuerzos en las distintas secciones del arco, viéndose que la excesiva excentricidad de éstos en las secciones S3 y S4, las situadas aproximadamente a un tercio del desarrollo de la directriz del arco, producen unas grandes tensiones unitarias, que se especifican en la tabla inferior. Estas grandes tensiones superan la capacidad resistente de la piedra y provocan la fractura del material por sobrecompresión, con pérdida de sección resistente y progreso consecuente del daño, y forman de esta manera las rótulas o charnelas de giro de unos bloques respecto a otros. El resultado que se demuestra en la figura 5, al no encajar con la teoría de estructuras aplicada, requiere encontrar una explicación plausible que justifique la estabilidad de la esquina. Para ello podemos acudir a la existencia de una cuña invertida en los dos muros que convergen en la esquina, formada mediante el sucesivo voladizo de los sillares de una hilada sobre la inferior, cuña que viene a suponer una sobrecarga en la parte inferior del muro que tiende a estabilizarlo. En todo caso, el resultado final es que el equilibrio de esta esquina requiere la movilización de mecanismos de resistencia de la estructura poco seguros y por tanto inestables. En los dibujos de las sucesivas plantas se aprecia la traza de la resultante a distintas alturas, junto al análisis de los pesos, esfuerzos y tensiones resultantes en las distintas secciones de cada apoyo, obtenidas mediante el cociente de esos esfuerzos por las secciones transversales consideradas, cuyas superficies efectivamente actuantes se han maximizado para permitir cumplir con las limitaciones de resistencia propias de la fábrica, cuando realmente esas tensiones tendrán una distribución irregular en la sección resistente y alcanzarán un máximo en la fibra exterior, más comprimida, que podría llegar a dañar a la piedra, nuevamente provocando inestabilidad por pérdida de material resistente. A partir de esos diagramas se pueden evaluar los esfuerzos que soporta cada elemento, como la suma vectorial -es decir, con magnitud y dirección-de los pesos que se encuentran gravitando por encima de él, y deducir del cociente de estos esfuerzos por las secciones resistentes útiles de los elementos la magnitud de las tensiones a que trabajan esos elementos, cotejándolas eventualmente con sus capacidades resistentes para deducir unos coeficientes de seguridad frente a una hipotética rotura del material que pudiera provocar daños en la estructura. Este análisis general de la estructura, que en su aplicación concreta exige tanto el conocimiento preciso de la geometría y composición material de la estructura como un análisis previo de su comportamiento general para plantear una estrategia de fraccionamiento de la construcción que lo haga practicable, nos llevará a localizar los posibles puntos críticos para la estabilidad y, eventualmente, nos indicará las zonas de posible intervención de consolidación o refuerzo. Mecánica de las fábricas Sin embargo, el análisis descrito no llegará a ser concluyente respecto a la seguridad de la estructura mientras no considere también la posible evolución de ésta a lo largo del tiempo. Las fábricas se encuentran constantemente sometidas a los efectos de los cambios higrotérmicos diarios y estacionales, en una serie de movimientos cuyo efecto ponderaremos mediante otro tipo de análisis, que podríamos llamar «diacrónico», en el que se evalúa la Fig. 5. Diagramas de descenso de cargas en las dos esquinas occidentales de la iglesia, apoyos A1, donde la resultante se sitúa cómodamente dentro de la sección resistente, y B1, donde por el contrario, la carencia de un contrafuerte diagonal provoca que la resultante escape de la sección, dando lugar a un equilibrio inestable. Análisis de los pesos, esfuerzos y tensiones en las distintas secciones de cada apoyo Fig. 6. Estado de lesiones y deformada de las bóvedas: en rojo, la situación inicial supuesta, sobre la planta al nivel del arranque de los muros; en azul, la situación actual obtenida por fotogrametría, sobre la planta al nivel del arranque de los arcos; en azul oscuro, el estado de fisuración general debido a esas deformaciones mecánica completa de la estructura de fábrica, es decir, no sólo sus posibles e hipotéticas situaciones de equilibrio estático correspondientes a distintos estados de cargas -pesos propios y solicitaciones temporales-, sino el modo en que la estructura se mueve en respuesta a esas otras solicitaciones variables. La existencia de ciclos higrotérmicos diarios y anuales -además de los más irregulares ciclos de sequía y humedad, o de altas y bajas temperaturas globales-hace que la mayor parte de los movimientos que padecen las estructuras -de fábrica o de cualquier tipo-sean una respuesta en forma de vaivén a las solicitaciones que esos saltos higrotérmicos suponen para ellas, manifiesta en dilataciones y contracciones de su extensión física. Estos movimientos tienen como efecto más inmediato y general la aparición de pequeñas fisuras en las zonas donde los cambios de extensión de la fábrica producen movimientos en direcciones opuestas. Estas fisuras se vendrán a convertir en «juntas de dilatación» de la estructura, necesarias para disipar las tensiones producidas por esas solicitaciones cíclicas e impedir su concentración en determinadas partes cuyo fallo resistente podrían llegar a provocar. Sin embargo, no todos los movimientos son estrictamente cíclicos; de hecho ninguno lo es, pues las fábricas nunca retornan a su exacta posición inicial debido a las pequeñas dislocaciones de los materiales que se producen en cada ciclo. Pero además, los asientos en el terreno de apoyo de la estructura debidos a la evolución natural de éste -consolidación de las arcillas, lavado y desplazamiento de las arenas, por ejemplo-, o los reacomodos de la fábrica debidos a la degradación de sus materiales constitutivos, singularmente sus morteros de unión, son movimientos no cíclicos sino progresivos que alteran constantemente la geometría de la fábrica, y a veces también su composición material, provocando deformaciones cada vez mayores acompañadas de las correspondientes e inevitables lesiones. En la figura 6 se ha efectuado la restitución de las trazas originales de las bóvedas mediante la eliminación del desplome medido topográfica y fotogramétricamente en el edificio actual, pues se supone que en el momento de construirse las bóvedas los muros se encontrarían sensiblemente aplomados. Al devolver esos puntos a su posición inicial y unirlos entre sí se encuentra esa traza original supuesta, que exige también desplazar la posición de las claves e intersecciones entre los distintos nervios. La deformación lateral de éstos, que no sigue el plano en que se encuentran contenidos los nervios sino la dirección de la resultante de la acción de todos ellos, produce en los nervios no paralelos a esa dirección -todos excepto el arco perpiaño en el caso más claro del apoyo B2-una torsión de su directriz que viene a producir nuevas sobrecompresiones en las zonas de arranque de los arcos, con la consiguiente pérdida de material y progreso sucesivo del daño hasta que el movimiento se detenga y se puedan reparar las pérdidas. Las lesiones que se muestran en la figura 7 vienen a dibujar la formación de un gran arco de descarga en el tramo central del muro del aula, cuyo centro coincidiría con la pilastra B2, punto donde se concentran los empujes de la bóveda. Sin embargo, la magnitud de este empuje no justifica por sí sola la formación de ese sistema de fisuras, que se debe explicar además por el asiento del tramo central del muro, asiento que se aprecia claramente en la figura 14. Por su parte, los perfiles de corte de los muros este y oeste muestran el ligero desplome que ambos padecen hacia el exterior de la iglesia, consecuente tanto con el sistema de empujes de las bóvedas, que tienden a abrir el edificio en su parte alta, como con los asientos del terreno, que son mayores en las caras externas de los muros debido a la excentricidad de la distribución de los esfuerzos y tensiones que éstos aplican en el suelo. En la figura 8 se aprecia cómo un sistema de tres grandes fisuras cortan y desgajan de abajo arriba el muro del fondo, hastial occidental de la iglesia, prácticamente en toda su altura (ver fig. 2). En los cortes de los muros laterales se aprecia también el gran desplome que tiene la fachada sur y que no es igual en todos sus tramos de distintas alturas y correspondientes a distintas fases de obra, sino que son progresivamente más acusados según subimos, lo que vendría a demostrar que es el muro el que no es capaz de mantener su forma ante los empujes de las bóvedas debido a su mala consistencia y a la falta de los necesarios contrafuertes, siendo el asiento del terreno responsable sólo de los posibles desplazamientos verticales. Finalmente, en el muro norte de la casa rectoral se aprecia una diferencia de desplomes distinta a la anterior, es decir mayor en la parte inferior, hasta la cornisa, que en la superior, la espadaña, lo cual se explica por los distintos tiempos de evolución del asiento en el terreno que provoca estos giros. La formación de los sistemas de lesiones -grietas-de las fábricas produce la división de la estructura global en partes más o menos netamente separadas entre sí por ellas, Fig. 7. Estado de lesiones y deformación del muro sur de la iglesia, visto desde el interior y mostrando la superposición del alzado exterior y el interior: en gris, el dibujo del exterior; en azul claro, el del interior. Deformadas de las distintas secciones de muros -en azul-y aristas -en verde-referidas a una supuesta posición vertical inicial -en negro, junto a cada perfil-Fig. Estado de lesiones y deformación del muro oeste de la iglesia, visto desde el interior y mostrando la superposición del alzado exterior y el interior: en gris, el dibujo del exterior; en azul claro, el del interior. Deformadas de las distintas secciones de muros -en azul-y aristas -en verde y naranja-referidas a una supuesta posición vertical inicial -en negro, junto a cada perfil-conformando un sistema de bloques constructivos cuyas zonas de contacto devienen en los puntos donde se concentrarán los movimientos relativos, esto es las articulaciones o charnelas de giro de unas partes respecto de las otras. En definitiva, la estructura se habrá convertido en un conjunto de elementos constructivos en perpetuo movimiento cuyo equilibrio más o menos inestable habrá de ser objeto de nuestro análisis. Los movimientos, al igual que los descensos de cargas, habrán de seguir ciertas reglas, como son que en general dentro de la estructura -es decir, en aquellos movimientos en que no incida el posible asiento del terreno o la degradación de los materiales-serán giros de unas partes respecto a otras, pues es condición necesaria del equilibrio que algún extremo de cada bloque quede sujeto, oscilando, en los extremos de otros bloques, conformando al final un sistema de movimientos con ciertos grados de libertad que hay que evaluar; la otra regla fundamental es la de que esos movimientos tienen un límite de amplitud en algunas de sus direcciones posibles, límite evidentemente marcado por la posición de otros bloques cercanos con los que tropezará, evitándose así en general los posibles colapsos. Por el contrario, los movimientos de desplazamiento que tienen su origen en asientos o degradación material, así como aquellos que no encuentren tope en otros bloques, serán los que puedan dar lugar a esos colapsos y son, por tanto, los que más interesa analizar para el control de la seguridad de la estructura. Ambos análisis deberán considerar cuál es el estado límite al que puede llegar la estructura en esa evolución antes de su colapso, parcial o total. La noción de estado límite es relativamente moderna en el análisis de estructuras y se encuentra desarrollada sólo parcialmente en la teoría de estructuras de fábrica -vale decir que sólo en su formulación general 4 -, sin que se hayan presentado todavía metodologías completas de análisis aplicables a los edificios de fábrica realmente existentes. Se cuentan dos tipos de evidentes daños que el edificio viniera padeciendo llevaran a su pérdida. Los edificios son una parte de la naturaleza aislada de ésta por la acción humana, por el artificio, para satisfacer unas necesidades que son propias sólo de nuestra especie. Pero este aislamiento nunca es completo ni podrá serlo: los materiales constructivos siguen siendo parte de la naturaleza y no se puede detener su evolución. Sólo podremos, en ocasiones, tratar de corregir los efectos que consideramos perniciosos de entre los que ha producido el paso del tiempo. Las construcciones a las que nos enfrentamos se pusieron en pie hace ya varios o muchos siglos, y desde entonces han venido estando sometidas a la degradación provocada por los agentes naturales, activos en ciclos diarios, anuales o de ritmos más largos e irregulares, de muchos de los cuales desconocemos el historial de comportamiento. Frente a esa evolución natural y a lo largo de esos siglos, los que habitaron en cada edificio han venido haciendo lo necesario para mantenerlo útil, lo que nos lleva a la consideración del edificio actual como resultado de una serie de intervenciones humanas a partir de la construcción inicial, fuera ésta la que fuese y aunque no nos quede de ella más que un recuerdo inmaterial, y cuyo objetivo siempre fue mantener esa utilidad en un mundo cambiante, tanto en lo natural como en lo cultural. Pero además, otras condiciones del edificio, su utilidad o significado social, podrán haber variado en el tiempo, requiriendo también otras intervenciones que habrán modificado sus condiciones de equilibrio y su modo de responder a las variaciones de su entorno natural. Y todo ello viene a dificultar, hasta a veces invalidar, el sencillo análisis estructural que hemos visto, exigiendo un nuevo enfoque que permita introducir en sus resultados el efecto de los cambios de fisonomía de la estructura debidos a la acción humana. La herramienta que permite hacer un análisis pormenorizado de cómo se han venido sucediendo estos cambios será la de la lectura estratigráfica de sus fábricas y su reflejo sintético en el diagrama temporal de su secuencia, fundamental a la hora de identificar no sólo el orden en que tales intervenciones se han realizado sino también qué partes de la estructura se han visto afectadas por cada una de ellas. Pero puesto que los dos recorridos descritos dejan huellas en el edificio, el proceso natural en forma de degradación constructiva, erosión de los materiales o deformaciones y grietas, y la historia cultural en forma de reparaciones, ampliaciones o demoliciones constructivas, debe ser posible hacer una interpretación conjunta de ambos procesos, construir un diagrama temporal que cuente los dos procesos como una sola historia, la que realmente conduce al edificio que tenemos entre manos. Y sin embargo, cuando estudiamos la historia del edificio nos centramos en esa serie de intervenciones humanas y sólo indagamos en los procesos naturales como causantes de problemas en los edificios que aquéllas han tratado de solventar. De este modo los estudios históricos soslayan el paso del tiempo transcurrido en los procesos naturales, cuyas trazas sólo aparecen fugazmente en sus intersecciones o cruces con las de la representación del tiempo histórico. El caso que se presenta muestra de qué manera ese diagrama se completa y modifica con la introducción de otra secuencia, la de la evolución estructural «natural», imbricada con la de las distintas obras de reparación o modificación «artificial» de la estructura, y, a la vez, de qué manera éste sirve para mejor interpretar el sentido de aquélla y, en última instancia, para valorar la seguridad global que la estructura tiene ahora mismo y la posible necesidad de obras de reparación5. -Estudio constructivo del edificio y el terreno, incluyendo: estudio geotécnico parcial del suelo en torno a la iglesia y del macizo rocoso situado al sur; estudio constructivo de la composición constructiva de las fábricas y análisis de los materiales constituyentes sobre muestras extraídas de las fábricas; localización de grietas y estudio de su evolución durante un año mediante monitorización discreta -no automatizada-de sus movimientos en algunos puntos señalados; y análisis estructural de algunas secciones constructivas por el método de elementos finitos6. -Documentación fotogramétrica tridimensional, de los paños verticales interiores de la iglesia y exteriores del conjunto de los muros7. -Estudio arqueológico de la evolución constructiva de las fábricas y excavación parcial de restos constructivos anteriores en el interior de la iglesia8. -Medición topográfica precisa de las deformaciones de las líneas principales de la estructura del edificio y planimetría completa en dos dimensiones de plantas, alzados y secciones. -Documentación fotogramétrica tridimensional del intradós de las bóvedas de la iglesia. -Estudio de revestimientos polícromos y su estado de conservación 10. A partir de esos datos, se ha realizado un análisis de la estructura formado por: -Estudio de las deformaciones, giros y desplazamientos de las fábricas, pérdidas de forma en los arcos y bóvedas, asientos, etc. y de las lesiones producidas en relación con esas deformaciones o movimientos de unas partes de la estructura respecto a otras. -Secuenciación histórica de los movimientos y lesiones y de sus reparaciones u otras obras con incidencia en el comportamiento global o parcial de la estructura, de acuerdo con la superposición de los estudios anteriores y del análisis arqueológico. -Cálculo de líneas de descenso de cargas y resultantes globales por zonas y en el conjunto de la estructura y evaluación de las tensiones resultantes en algunas secciones constructivas de especial relevancia de cara al equilibrio global. -Estudio de la dinámica de los bloques y sus posibles estados límite de equilibrio, con revisión de la seguridad global de la construcción. aprecian los cuatro cuerpos de edificación: iglesia, sacristía, casa rectoral y torre campanario -bajo la tejavana intermedia-. Se observa el conjunto de las grietas de la iglesia en la zona de la cabecera y la sacristía, que afecta a los muros en toda su altura en distintas partes, lo que es señal de los grandes movimientos padecidos por el edificio desde su construcción diferencias que en todo caso son más de orden cuantitativo que cualitativo. El cuerpo principal de la iglesia lo forma una sola nave con tres tramos abovedados: dos de ellos, con planta cuadrangular irregular, forman el aula inicial, construida entre las fases I, II y III, del siglo XIII -los muros-y la fase IV, del siglo XIV -sus bóvedas-; el tercer tramo, a oriente, forma una cabecera poligonal trilobulada y crea un pequeño seudotransepto con el presbiterio, ya en el siglo XVI, fase V. Los dos tramos occidentales se cubren con bóvedas de nervaduras con arcos ojivos y terceletes, unidos en sus claves por ligaduras rectas. El tramo de la cabecera tiene un rectángulo central con nervios diagonales y terceletes múltiples unidos mediante ligaduras y combados, y tres tramos en el fondo y los laterales formados por gajos absidales que se unen e integran con esa bóveda central, dibujando una estrella muy elaborada aunque de factura técnica bastante conservadora, con nervios poco esbeltos y lienzos de plementería muy pequeños. Adosados a estos tres tramos en su lado norte se construyen en distintos momentos tres cuerpos de edifica-ción con finalidades distintas. El primero, junto al tramo de los pies, está formado por un soportal con columnas y un gran arco de entrada y, sobre éste, una casa rectoral con dos plantas, del siglo XV, construida entre las fases IV y V y rematada por un campanario en espadaña del XVIII, fase VIII. El segundo en orden temporal es el cuerpo cuadrado de la Sacristía del siglo XVII, fase VII, adosado a la cabecera e inicialmente abovedado también con una bóveda estrellada. El tercer cuerpo, junto al tramo central de la iglesia, es una torre campanario inacabada de final del siglo XVIII, fase IX, que, a juzgar por sus dimensiones en planta, podría haber llegado a tener una altura de unos treinta metros. La última construcción, fase X, es un recrecido de los muros para recoger una cubierta de estructura de madera similar a la actual en la primera mitad del siglo XIX. Por último, la fase XI no es más que la reparación de esa cubierta durante el siglo XX (fig. 10). A partir de esta revisión de las fases de obra conservadas como restos en el cuerpo de la iglesia se puede hacer una restitución de las distintas configuraciones que Santa Eulalia ha ido adoptando a lo largo del tiempo, ver cómo ha crecido a partir de una muy modesta aula sin nada sobresaliente hasta el complejo edificio que hoy se nos presenta. En la figura 11 se aprecia el progresivo crecimiento tanto en extensión como, sobre todo, en altura, del edificio a partir de la pequeña iglesia inicial. Este crecimiento en altura no se compensa, como debiera haber sido, con un reforzamiento de los muros inferiores, que se mantienen con sus espesores anteriores, lo que produce la debilidad de las partes altas, especialmente en el muro sur, el que conserva los tramos inferiores más antiguos. La fábrica es de piedra caliza y calcarenita, en su mayor parte de sillería bien trabajada aunque con sillares de pequeño tamaño -excepto en la sacristía-, procedentes muy probablemente de la parte alta del roquedo del lado sur. Los muros construidos con esa piedra están compuestos por dos hojas de sillería en sus caras visibles y un relleno interior de calicanto con piedras de pequeño tamaño y formas angulosas, lo que hace suponer que en su mayor parte sean precisamente el material sobrante del trabajo de talla de los sillares. Los espesores de estos muros son muy variables en toda la iglesia, con valores entre los ochenta centímetros y el metro y medio, como corresponde a una construcción hecha en distintas fases. Las bóvedas de la iglesia son también de piedra, pero en este caso se utiliza para los plementos el travertino, material más poroso y ligero que la caliza compacta generalmente empleada. Los nervios, por su parte, siguen siendo de la misma caliza, lo que es muestra de que los constructores medievales conocían perfectamente las necesidades de resistencia de los distintos elementos constructivos: poca resistencia y gran ligereza para los plementos, cuyas tensiones -concepto desconocido para ellos, en todo caso-no alcanzan altos valores, y gran resistencia con mayor peso para los nervios, en los que sí se alcanzan tensiones considerables. Los tejados, por su parte, construidos con teja cerámica curva sobre entablado de chilla de poca consistencia, descansan en una estructura de madera de roble de factura tosca pero muy eficiente y bien adaptada a la geometría del edificio, constituida por un sistema de cabios en dirección de la pendiente, apoyados en correas horizontales y sujeto todo el conjunto por una serie de cerchas de tipo castellano, si bien modificadas en la traza del tirante inferior, peraltado en su centro para salvar la parte alta de los arcos perpiaños sobre los que se sitúan. En la cabecera, el sistema se complica un poco al introducirse una serie de puentes formados por grandes vigas y jabalcones que sirven para reducir las luces en que deben apoyar las cerchas. DIAGRAMA ESTRATIGRÁFICO Y COMPORTAMIENTO ESTRUCTURAL La lectura estratigráfica del edificio efectuada en el estudio arqueológico permite reconocer la historia cultural, es decir, la de las intervenciones humanas, pero respecto a la historia real que queremos contar adolece de dos problemas: el primero, soslayar los efectos de los agentes naturales, no introducirlos en el diagrama temporal como partícipes de pleno derecho; el segundo, medir el tiempo en función de esas intervenciones, considerando los lapsos entre cada dos de ellas como equivalentes, sea cual sea su duración natural, es decir, dando el mismo valor temporal a veinte años que a dos siglos si en esos tiempos no se ha producido obra alguna. El estudio que hacemos en este artículo trata de construir esa secuencia completa, siguiendo un proceso en tres instancias: en primer lugar, se hace una revisión gráfica de la correlación entre las fases constructivas y las lesiones y deformaciones padecidas por el edificio; a partir de estos diagramas, se hace una nueva narración del proceso histórico interrelacionando las secuencias de ambos procesos, las etapas constructivas y los procesos de degradación estructural; en el tercer punto, se esquematiza el proceso en una propuesta de diagrama que integra las dos secuencias en un solo proceso. A. Superposición de dibujos de etapas, lesiones y deformaciones Al entender que las lesiones y deformaciones del edificio son efecto de su evolución natural y son, en definitiva, la traza de esta evolución que estamos buscando, deberemos ponerla en relación con la traza que en forma de secuencia estratigráfica hemos venido a obtener en el estudio arqueológico. La superposición del dibujo de las etapas constructivas con el de los daños estructurales permitirá apreciar la relación fisica entre ambas, su entrecruce sobre la materia construida del edificio. Se hace esa superposición trabajando en los cuatro alzados del edificio y describiendo el proceso sobre ellos y sobre los distintos cuerpos de fábrica de la iglesia, esquemáticamente descritos en el apartado anterior. En la figura 12 se aprecia que el cuerpo de la sacristía, izquierda, presenta tres grandes cortes verticales que separan a las esquinas del tramo central y cortan a éste en dos mita-Fig. Alzado norte con indicación de las fases constructivas y la afección de las deformaciones padecidas por la iglesia: en azul o verde, los desplomes de los muros; en rojo, los asientos, junto a las referencias de verticalidad u horizontalidad correspondientes, en negro des, todo un sistema de desgajamiento del muro provocado por los empujes de la bóveda interior -que hoy ha desaparecido-y el asiento progresivo y no uniforme del terreno debido a la distribución no homogénea de las tensiones provocadas por los muros -excéntricas debido a los empujes de la bóveda-y a la distinta consistencia del terreno en cada zona. Por el contrario, la inexistencia de bóvedas en la casa rectoral, derecha, ha permitido que su muro norte se mantenga prácticamente de una pieza y se hayan inclinado hacia el oeste y hacia el norte de manera homogénea, si bien con una magnitud de giros mayor que la presente en la sacristía. El tramo central, la torre inacabada, muestra también un ligero desplome hacia el lado norte, debido al asiento del terreno en esta parte. Por su parte, la parte visible de la iglesia muestra, como en el muro sur, que los muros más modernos y más altos han padecido mayores giros que los que están bajo ellos, señal de que la mayor parte de esos desplomes se debe al empuje insuficientemente contrarrestado de las bóvedas. Los perfiles verticales muestran claramente todos estos desplomes y giros provocados por el asiento del terreno en el lado norte, con distintas intensidades según las distintas zonas. Las deformaciones y lesiones estudiadas en el cuerpo de la Sacristía presentan una prácticamente completa simetría respecto al eje central de la fachada, lo que viene a indicar una evolución continua de su avance, sin soluciones de continuidad detectables. Al tratarse además de un cuerpo construido todo él en la misma etapa histórica, podemos seguramente establecer que esa evolución se viene produciendo desde el primer momento de la construcción, pues toda ella pesó y empujó desde el primer momento. Solamente la pérdida de la bóveda interior puede haber ralentizado el avance de las deformaciones, pero tampoco podemos asegurarlo porque no encontramos discontinuidades en ellas que podamos relacionar con la pérdida de la bóveda. El caso es distinto en el análisis de la casa rectoral y su espadaña. La existencia aquí de dos fases constructivas distintas, la de la casa a finales del siglo XV y la de la espadaña en el XVIII, tiene un reflejo claro en la diferencia de inclinaciones alcanzadas por cada tramo de su muro norte. En efecto, la pendiente en la casa rectoral es de 2,1cm/m, y en la espadaña, de 1,4cm/m, lo que viene a indicar que el proceso se inicia con la construcción de la casa, hasta alcanzar, en dos siglos, una pendiente de 0,7cm/ m -diferencia entre las dos pendientes calculadas-, y se acelera ligeramente con la construcción de la espadaña, que añade peso al conjunto y provoca un desplome de 1,4 cm/m en otros tres siglos. Es interesante comparar los dos cuerpos de edificación siguiendo esta línea: la sacristía, construida en una fecha intermedia -siglo XVII-, presenta una pendiente casi igual que la de la casa rectoral, de 2,16 cm/m, lo que admite dos explicaciones distintas, aunque no excluyentes: o bien se debe al empuje de la bóveda, que aumenta los giros al descentrar e inclinar las cargas en el terreno, o bien se debe a que el terreno es más compresible en esa zona. También interesa destacar esa progresividad del fenómeno del asiento, manifiesta en las diferencias observadas en la casa rectoral. Si se tratara de un asiento brusco producido por un descalce puntual del cuerpo edificado -por ejemplo al trazar la calle o, lo que sucede en muchas ocasiones, al introducirse tráfico rodado con sus dañinas vibraciones-, afectaría por igual a los dos tramos de edificación. Pero al apreciarse esa diferencia, podemos afirmar que se debe a un fenómeno de asiento progresivo del terreno, conclusión ésta que se sostendrá en más observaciones, como veremos. Abundando en lo mismo, se puede entender que ese proceso progresivo ha afectado mínimamente a la torre inacabada, obra del final del siglo XVIII que presenta una pendiente de 0,2 cm/m, mucho menor que las anteriores tanto por el menor periodo de asentamiento padecido como por su mucho menor peso y, sobre todo, por la distribución más amplia en el cimiento de este peso, respecto a las de sacristía y casa rectoral, más concentrada al tratarse de muros más delgados y más altos que producen unas más altas tensiones sobre el terreno y, por tanto, una mayor compresión y asiento. En cuanto a la iglesia propiamente dicha, cabe ver en los giros de la cabecera, tan claramente simétricos y ordenados con respecto a su propia forma y a los empujes de su bóveda, la misma evolución temporal, pero mucho más lenta. Puesto que se trata de una construcción del siglo XVI y en la que se dan empujes y excentricidades de las cargas debidos a las bóvedas, sus pendientes hacia el norte deberían ser grandes, y sin embargo no podemos observar más que unos valores de entre 1,1 cm/ m y 1,55 cm/m, menores que los de los otros cuerpos de edificación. Debemos atribuir esta menor magnitud de los desplomes a que el terreno se hace más firme según nos acercamos al roquedo del lado sur, si bien veremos más adelante que también se hace más débil hacia el oeste. Esta mayor dureza se deberá a que la composición del terreno en esta zona tiene unos estratos compresibles de menor espesor, aumentando éste a medida que nos separamos del roquedo y nos acercamos al cauce del río. En la nave, por su parte, se puede apreciar un fenómeno distinto: en el corte C05 se observa que la inclinación es mayor en el tramo más alto y más tardío de la construcción -recrecido con las bóvedas en fase IV-, lo que no se parece a lo ocurrido en las otras partes de la iglesia. Esto nos llevaría en primera instancia a atribuirlo precisamente a la falta de contrarresto eficaz contra los empujes de la bóveda por parte de los contrafuertes que flanquean este tramo del muro, sin perjuicio en todo caso de que el fenómeno de asiento del suelo también contribuya en parte al desplome global del muro. Sin embargo, como veremos, la recomposición de los empujes y deformaciones de las bóvedas obligada por la débil configuración del muro sur puede haber provocado una mayor descarga de esos empujes sobre este lado, aumentando su inclinación, segunda hipótesis que nos llevará a desconfiar cada vez más de la estabilidad global del edificio. En el lado derecho de la figura 13, la cabecera muestra una progresiva apertura de sus muros en altura, con giros de las aristas y secciones de cada tramo cada vez mayores en dirección este -derecha-, lo que concuerda tanto con los empujes de las bóvedas como con el comportamiento del terreno ante las cargas excéntricas que éstos producen. En los dos tramos del aula la lectura es mucho más compleja. En primer lugar, respecto al sistema de grietas, éste muestra, por un lado, la formación de un arco de descarga sobre el tramo central, provocado seguramente por el asiento del cimiento de esa zona, y por otro lado, el desgajamiento y giro hacia el oeste de la esquina suroeste -izquierda-provocado por el empuje de las bóvedas insuficientemente contrarrestado al faltar un contrafuerte en la esquina debido a la sucesión de las fases históricas. Por otro lado, se muestran los perfiles de corte vertical en distintos tramos de la iglesia, y se aprecia en ellos que los giros son mayores en los tramos altos de los muros -en los tres cortes C09, C10 y C11-, si bien se inician desde el arranque inferior, todo lo cual indica que la causa es doble: ante el empuje de las bóvedas el muro más reciente y débil se deforma hacia el exterior más que el más antiguo y más fuerte de la parte baja; por otro lado, el asiento del tramo central hace que esos giros progresen más rápidamente en esta zona -mayor desplome, 55 cm, en el corte C10 que en los cortes C09, 35 cm, y C11, 22 cm-. Dejando de lado la cabecera de la iglesia, que se explica en las fichas de los alzados norte y este, nos centramos en la compleja interacción entre las fases históricas y las lesiones y deformaciones de las fábricas presente en el muro de cierre de los dos tramos de la nave de la iglesia. En él podemos detectar la existencia de un notable descenso vertical de su tramo central, acompañado de un giro no menos notable en el contrafuerte intermedio. Este asiento afecta a todas las fases de la obra, pero se empieza a producir en el mismo momento de la construcción del muro, en fase I: la existencia de una hilada de regularización en el plano de apoyo sobre ella de la fase III viene a indicar que en el momento de la construcción de esta segunda ya se había producido ese descenso. Pero la ocurrencia de nuevos asientos que afectan a las fases III y IV en la misma zona viene a decirnos que el problema ha seguido activo hasta muy recientemente, y sin duda todavía ahora, como demuestra la pérdida parcial del plemento de la bóveda que descansa en este tramo del muro, pérdida consecuente con el cambio de correlación de empujes entre los lados norte y sur, originada por la debilidad de éste. A este asiento se viene a añadir una reactivación producida por la secuencia de aperturas y cierres de los vanos de la escalera de acceso al coro hoy desaparecida. Al observar el vano del interior de la iglesia -el de arranque de esa escalera-se observa que el muro de mampostería que lo cierra ha sufrido un nuevo asiento que lo ha despegado de su dintel, donde aparece una grieta horizontal muy clara. Este descenso del muro sin duda ha de deberse a un fallo en el cimiento o el suelo bajo él, el mismo problema que ha venido padeciendo el muro en toda su historia (fig. 14). Además, esa secuencia de reparaciones, en relación tanto con la eliminación de la escalera como con la reparación de los daños producidos por la voladura descontrolada de un peñasco caído contra el muro, ha sufrido -y provocado-también su propio asiento, apreciable en la pérdida de horizontalidad de la hilada de lajas de piedra bajo la que arrancaba el tejadillo de la escalera desaparecida. Todo ello viene a pedir una explicación que en este caso no puede atribuirse a la composición general del terreno sino, en todo caso, a un fallo local de éste o, más probablemente, a una deficiencia en la ejecución de la estructura de cimentación, quizá apoyando en estructuras anteriores o rellenos antrópicos no consolidados, dado que nos encontramos precisamente en la parte de evolución constructiva más antigua. Y en este caso, lo necesario para salir de dudas será la excavación arqueológica completa del espacio entre la iglesia y el roquedo, si bien esto no desdice de la conclusión ya explicada sobre la debilidad global del muro y sus efectos sobre las bóvedas, ya parcialmente destruidas. Alzado sur con indicación de las fases constructivas y la afección de las deformaciones padecidas por la iglesia: en azul o verde, los desplomes de los muros; en rojo, los asientos, junto a las referencias de verticalidad u horizontalidad correspondientes, en negro En cuanto a los desplomes que padece este muro sur, la tendencia se invierte respecto a la observada en los muros oeste y norte, pues aquí son mayores los desplomes de las fases inferiores. Si seguimos el corte C09 nos encontramos con inclinaciones sucesivas de 2,5 cm/m en la fase I, 4,3 cm/m en la fase III y 2,7 cm/m en la fase IV, la correspondiente a la construcción de las bóvedas; y si seguimos el corte C10, esas mismas inclinaciones son de 3,7 cm/m en fase I, 6,6 cm/m en fase III y 4,2 cm/m en fase IV. Esto viene a indicar que cuando se amplía la iglesia en altura para echar las bóvedas el muro ya está notablemente desplomado -la diferencia de pendientes sería de 1,5cm/m o de 2,4cm/m, supuesto que se puedan restar linealmente-, tanto en la fase inferior como en la intermedia -I y III-y el recrecido de fase IV sufriría después un desplome con dos componentes, la del aumento de la inclinación y asiento general debida al problema del cimiento y la de la apertura debida al empuje de las bóvedas, que si en los lados norte y oeste no tenían suficiente contrarresto con los grandes estribos que allí hay, en este lado todavía lo tienen peor porque esos estribos tienen un tamaño mucho más reducido -de hecho inexistente en las partes bajas del muro-. En la figura 15 se aprecia la apertura en abanico de los distintos tramos de muro de cabecera de la iglesia, a partir de su arranque en el terreno, acompañada del corte vertical en su tramo central, provocados ambos daños por los empujes radiales de la bóveda estrellada de su interior. Sin embargo, también se comprueba que los giros no son simétricos respecto al eje de la iglesia, sino que tienen una clara componente en dirección norte, ladera abajo, correspondiente a la mayor compresibilidad del terreno según nos acercamos al río, situado al norte, derecha de la ilustración, y nos alejamos de la roca, al sur y a la izquierda. Este mayor asiento es claro en la sacristía, donde se produce un desgajamiento del muro en su tramo central y respecto a sus pilastras de esquina, siempre creciente de abajo arriba, además de un despegue claro respecto a la cabecera, apreciable en la grieta que separa los dos cuerpos de fábrica en su arista de contacto. Respecto a la cabecera de la iglesia vale decir lo anteriormente explicado para su alzado norte: su evolución en el tiempo parece continua y lenta desde su construcción, pues los desplomes y grietas afectan a todo el conjunto y en toda su altura de manera uniforme. Los desplomes son prácticamente constantes en cada arista y las grietas se abren y multiplican hacia la parte alta prácticamente desde la base del muro. Todo ello indica que el fenómeno tiene su origen principal en el asiento del terreno, aunque probablemente podamos considerar que los empujes laterales debidos a las bóvedas también contribuyen a los giros. En realidad, desde el análisis estructural se entiende que estos empujes son los esfuerzos que ha de resistir el suelo y que, en respuesta a ellos, éste se deforma Fig. 14. Detalle de las fábricas en el alzado sur del aula de la iglesia. Se aprecian los desplomes del muro, formación de grietas y alabeos de los planos provocados por el giro del contrafuerte central. A la izquierda de éste se aprecian las hiladas de regularización que han sufrido posteriores asientos. Tanto en la esquina oeste -izquierda-como en el tramo central y en el rincón con el quiebro de la cabecera, apoyos B1, B2 y B3 respectivamente, se aprecia cómo los refuerzos mediante contrafuertes sobresalientes del muro tienen poca entidad porque se encuentran limitados por su apoyo sobre el muro inferior más antiguo, con lo que su eficacia estructural queda muy mermada Fig. 15. Alzado este con indicación de las fases constructivas y la afección de las deformaciones padecidas por la iglesia: en azul o verde, los desplomes de los muros; en rojo, los asientos, junto a las referencias de verticalidad u horizontalidad correspondientes, en negro más en la zona donde es más compresible, es decir, ladera abajo. La composición estratigráfica de este suelo contiene un nivel arcilloso o limoso, y por tanto compresible, cuyo espesor aumenta según descendemos hacia el río desde el roquedo. Una ampliación del estudio geotécnico debe confirmar este dato en cuanto a los espesores de los distintos estratos, si bien no en cuanto a la existencia de ese estrato compresible, ya detectado por el estudio efectuado. Junto al roquedo debe casi desaparecer, y bajo la sacristía y la casa rectoral debe tener un espesor ya considerable, puesto que los asientos y giros se amplifican enormemente bajo los muros del lado norte. En la sacristía, por tanto, se viene a apreciar, desde este lado, el mismo fenómeno observado ya en el lado norte: giro hacia el exterior de todas las aristas y muros, debido a esa combinación de esfuerzos horizontales y compresibilidad creciente del suelo hacia el norte y hacia el oeste. En el contacto entre la cabecera y la sacristía, es decir, entre las fases correspondientes a los siglos XVI y XVII, se aprecia que la sacristía se ha despegado de la esquina norte de la cabecera. Esto concuerda con lo antes explicado: el mayor asiento y giro del cuerpo más al norte -la sacristía-deja atrás al cuerpo más meridional -el sur-, a pesar de llevar menos tiempo construido -lo que podría haber significado que este último estuviera más inclinado-. Es lógico suponer que al construir la sacristía se hace una trabazón de sus sillares con los de la cabecera preexistente, lo que de hecho se observa perfectamente en la arista de contacto, en la que se han roto parcialmente los sillares de esquina de la iglesia para encajar los de la sacristía. En ese momento, la sacristía se construiría aplomada y en perfecto contacto con la cabecera, pero ahora se encuentra inclinada y despegada, lo que viene a indicar claramente que su evolución es más rápida que la de la propia iglesia, algo sólo atribuible al problema de la compresibilidad del terreno, ya que, como tal construcción, la sacristía es más baja, más ligera y con menores empujes que la cabecera, además de más tardía. Todo esto viene a reforzar la conclusión de que es la composición del terreno la responsable de las mayores deformaciones y lesiones que padece el edificio (fig. 16). En la parte derecha del dibujo de la figura 17, se aprecia el conjunto de grietas que cortan el hastial occidental de la iglesia desde su arranque y en toda su altura, provocadas tanto por el empuje interior de las bóvedas como por el asiento diferencial del lado norte con el sur. En el cuerpo adosado de la casa rectoral se aprecia el desgajamiento respecto al cuerpo de la iglesia y el giro del conjunto hacia el lado norte, provocado también por el mayor asiento del terreno al norte de la iglesia. Lo que se observa en este lado de la iglesia viene a tener también una interpretación relativamente sencilla y paralela a la anterior. En el hastial occidental de la iglesia se aprecia que las grietas y desplomes afectan a todo el Fig. 16. Contacto entre la sacristía, a la derecha, y la cabecera de la iglesia, a la izquierda, con el mayor giro y despegue de aquélla respecto a la arista norte de ésta. Se aprecia claramente el sistema de grietas reflejado en la ilustración anterior y, especialmente, cómo la arista de contacto entre ambos cuerpos de fábrica, correspondientes a distintas fases históricas, se ha separado netamente, prácticamente independizando ambas construcciones. El hecho de que una construcción más tardía, de menor altura y con bóvedas más ligeras -la sacristía-haya sufrido un mayor giro hacia el lado norte no puede explicarse más que como consecuencia del aumento de la compresibilidad del terreno en esa dirección Fig. 17. Alzado oeste con indicación de las fases constructivas y la afección de las deformaciones padecidas por la iglesia: en azul o verde, los desplomes de los muros; en rojo, los asientos, junto a las referencias de verticalidad u horizontalidad correspondientes, en negro conjunto, desde la base hasta la cabecera del muro, si bien se puede observar un mayor desplome y apertura de grietas en la fase IV, correspondiente a la construcción de las bóvedas. Aquí como en el lado sur, por tanto, se presentan tanto el fenómeno de asiento y giro progresivos debidos al suelo como la apertura de los muros en su parte alta debida a las bóvedas, fenómenos ambos mutuamente dependientes. Y el argumento que lo explica es el mismo: al ser de construcción más reciente, la fase superior debería haber padecido un menor desplome que las partes más bajas y anteriores si todo se debiera al asiento del terreno. Al presentar esta última fase un mayor desplome que las inferiores, su movimiento debe atribuirse a otras causas, y no podemos encontrar otra que la de un contrarresto ineficiente de los empujes de las bóvedas. En cuanto a la casa rectoral, también presenta un desplome de sus muros mayor que el de la propia iglesia. Mientras ésta tiene una pendiente de 0,65 cm/m en el contrafuerte noroeste -su parte más inclinada-, aquélla se inclina 1,94 cm/m en su arista noroeste. Por fuerza, esta diferencia de desplomes debería también manifestarse en el contacto entre ambos cuerpos, pues el de la casa rectoral es más moderno y sin embargo está más inclinado, como en el caso de la sacristía y la cabecera explicado más arriba. Y efectivamente así sucede, pero la separación de los cuerpos edificados no se produce en el contacto entre ambos sino más al norte -a la izquierda-, en la enorme grieta que corta al muro oeste de la casa rectoral a través de sus ventanas y puertas, lo que sin duda se debe a que todo ese tramo de muro viene a estar apoyado en la jamba partes bajas de los muros, donde las grietas son muy pequeñas, resulta casi inapreciable, siendo necesario siempre disponer estos equipos en las partes altas de las grietas o de los muros, donde los movimientos tienen mayores rangos, son más fáciles de detectar y aportan más datos sobre sus direcciones y amplitudes (fig. 19). B. Etapas de obra, cuerpos de fábrica y evolución de los daños Como segunda aproximación para que la traza final que buscamos refleje el proceso completo de la evolución del edificio hacemos una descripción de éste poniendo en relación las etapas de obra y la evolución de los daños que les afectan, señalándolos en cada cuerpo de edificación y por cada fase, frente a la versión anterior en la que se explicaban las relaciones directas entre ambas presentes en cada muro de la iglesia. Fase I: aparentemente, en esta fase empiezan ya a producirse asientos en el muro sur -único resto conservado de ese momento-, debidos seguramente a una deficiente construcción de su cimiento o al apoyo de éste en rellenos o restos constructivos anteriores inconsistentes. No parece que este problema tenga su origen en la incosistencia del terreno, pues aun en el caso de encontrarnos con un lentejón compresible en esta zona, la escasa altura y peso de la estructura (ver fig. 11) seguramente no llegaría a provocar mayores deformaciones del terreno. Fase II: la ampliación de la iglesia hacia el este en esta fase no presenta graves daños, ni procedentes de su momento de construcción ni posteriores. Pero en todo caso, esto es poco significativo dada la escasa entidad de los restos que se conservan. Fase III: la enorme ampliación en altura de la iglesia, casi duplicando su volumen, no parece acusar tampoco otros daños propios que los que le vienen dados por la deficiente construcción del cimiento de fase I. Es decir, se mantiene la evolución del asiento en el tramo central del muro sur y, a pesar de la regularización de la hilada de apoyo de esta fase III, se acusan tanto un ulterior asiento como un giro del muro, si bien éste no alcanza su mayor desarrollo hasta la fase siguiente. Fase IV: en este momento se construyen las bóvedas y se vuelve a aumentar la altura de la nave, probablemente dentro del mismo plan de ampliación de la fase III. Seguramente ambas fases son más bien momentos de obra que etapas históricas, pues no parece posible cerrar las bóvedas sin contar con los muros que soportan sus arcos formeros. Con esta obra, los problemas de diversifican: de un lado, se mantiene el del asiento y giro del deficiente muro sur, lo que se manifiesta tanto en el incremento progresivo de los desplomes como en el descenso de las hiladas de esta fase, acompañando a las del momento anterior, que no paran; de otro lado, en el resto de la iglesia, muros norte y oeste, parece que el abovedamiento no recibe un contrarresto eficaz en los estribos y comienza a producir la apertura de los muros en todo el perímetro. La inclinación y apertura de toda la iglesia en su parte alta se debe por tanto a un asiento y giro desde la base de los muros norte y oeste y al empuje no contenido de las bóvedas, y tiene una evolución que sigue hasta ahora, como se manifiesta en que las grietas que dañan de forma generalizada a toda la bóveda vienen a afectar también a los últimos revestimientos que éstas recibieron, probablemente hacia mediados del siglo XX. Este es sin duda el mayor problema de la iglesia, pues afecta directamente a su parte más sensible, las bóvedas, y su evolución es constante, debida a los sucesivos ciclos anuales de dilatación y contracción del conjunto, al estado no completamente consolidado del terreno, que hace prever nuevos asientos, y a la ya excesivamente deformada geometría de las bóvedas que las hace cada vez menos capaces de soportar nuevas aperturas de sus apoyos, habiéndose ya perdido una parte de ellas recientemente. Fases X y XI: en los recrecidos y reparaciones de la cabeza de los muros de la iglesia no se aprecia una evolución distinta de la que afecta a los muros inferiores. De hecho, su escasa entidad impide hacer mediciones suficientemente significativas e individualizables. Debemos entender que se comportan como esas partes bajas y se inclinan o descienden a la vez que ellas. Fase V: toda la cabecera pertenece a esta fase y, como ya hemos explicado, tiene una evolución continua de giro de las esquinas abriéndose en abanico y de asiento del conjunto hacia el lado norte. Parece que el movimiento es muy lento y su efecto en la estabilidad de la fábrica poco preocupante, si bien también parece que sigue su curso y no se ha detenido, nuevamente por efecto de la progresiva consolidación del terreno ante unas cargas y empujes, las de los muros y bóvedas, siempre presentes. Fase III-IV (aula): el proceso descrito de empuje de las bóvedas y apertura subsiguiente de los muros y contrafuertes en que descansan ha venido a provocar la expansión de sus plementos y el requiebro de algunos de sus arcos, hasta el punto de que aquéllos han perdido prácticamente su compresión interna, quedando sueltos, en riesgo de caída generalizada -ya se ha perdido de hecho parte de una bóveda-y, sobre todo, descansando completamente en los nervios, pues su falta de continuidad interna impide que trabajen como una cáscara comprimida, forma habitual de resistencia supuesta para los plementos de las bóvedas. Los nervios por su parte han sufrido una pérdida de curvatura generalizada, con esos mismos requiebros manifiestos en algunos de ellos, y con la consecuente sobrecompresión de la cara intradosal de los nervios quebrados que ha provocado ya la pérdida de parte de su sección resistente, también como es habitual en las nervaduras de estas bóvedas. La suma de la pérdida de capacidad portante debida al cambio de curvatura más el sobrepeso de los plementos sueltos más el sobreesfuerzo puntual en las zonas de quiebro de sus curvaturas provoca una notable precariedad estructural en los nervios que podría llegar a arruinarlos completamente. Todo este proceso es continuo e irreversible si no le ponemos remedio con una reparación; se inició en la propia construcción de las bóvedas y no se ha detenido en ningún momento, pues se debe a un deficiente contrarresto que tampoco se ha solucionado, sino que ha ido empeorando al aumentar la deformación de los muros debida al asiento en el terreno. Fase V (cabecera): las bóvedas de esta fase no tienen el mismo problema. En primer lugar, la estructura de los muros en que apoyan es muy eficaz, con todos sus quiebros y muros diagonales que sí aportan un correcto contrarresto a los empujes; y en segundo lugar, la sobreabundancia de nervios y el pequeño tamaño de los plementos entre ellos hace que los esfuerzos se encuentren muy distribuidos y no alcancen nunca altos valores. La apertura que sin duda han sufrido estas bóvedas se debe a la apertura progresiva y giro desde la base del conjunto de esos muros por causa del asiento del terreno, movimiento que si bien tampoco se ha detenido, lleva una velocidad muy pequeña y no debe preocuparnos. Casa rectoral y espadaña Fase VIII: si bien creemos que la casa rectoral pertenece a una etapa anterior, no identificada pero situada a finales del siglo XV, en todo caso tras la construcción de las bóvedas en fase IV -por motivos estratigráficos-y antes de la de la cabecera en fase V -esto por motivos cronotipológicos basados en el detalle de las ventanas geminadas, de las gárgolas y de las cornisas-, no podemos asegurarlo sin la documentación necesaria. Con todo, la observación de la diferencia de sus desplomes con los de la espadaña sobre ella -esta sí de fase VIII-, viene a abonar nuestra hipótesis. Como se ha dicho, el asiento progresivo del terreno afecta más a las partes más antiguas -la casa rectoral-y menos a las más modernas -la espadaña-, que tienen por tanto distintas inclinaciones. En todo caso, parece que este asiento y giro no se ha detenido todavía, debiéndose sin duda al asiento en el terreno y a la ya varias veces mencionada mayor compresibilidad global de éste en la zona norte, hacia el río. Fase VII: el proceso es el mismo que en el caso anterior, si bien en una sola fase. La sacristía asienta y gira a mayor velocidad que el resto de la iglesia y se separa de ella sin que podamos decir cuándo se detendrá, pues nuevamente se debe al asiento de un terreno que no parece haberse consolidado todavía suficientemente. En resumen, podemos concluir que son tres los problemas que ha padecido y sigue padeciendo la iglesia desde el momento de su construcción; en primer lugar, el más grave por ser el que evoluciona más rápidamente es la mala construcción del cimiento del muro sur, que ha provocado asientos, desajustes, reparaciones insuficientes y, últimamente, incluso la ruina de parte de una bóveda, todo dentro de un proceso que no se ha detenido ni lo hará hasta que podamos actuar correctamente sobre esa deficiencia del cimiento y sobre el propio muro sur reparando los daños sufridos hasta ahora; el segundo problema es el del insuficiente contrarresto de los empujes de las bóvedas en los muros y contrafuertes del cuerpo principal de la iglesia sobre el muro sur, puesto de manifiesto en los diagramas de cálculo (fig. 5) y cuya consecuencia es la apertura de aquéllas y su pérdida de cohesión y capacidad autoportante, en un proceso que también está activo si bien probablemente con una velocidad de desarrollo menor que la del problema anterior; por último, el tercer problema en evolución es el asiento de la zona norte y oeste del terreno, cuyo alcance y evolución no podremos determinar sin un estudio geotécnico detallado del suelo, pero que es sin duda un proceso también activo y que requerirá una intervención, siquiera sea sólo la de estudiar su origen y el ritmo de su avance para poder considerar que éste no pondrá en riesgo a la estructura en un plazo de tiempo razonable, ya que, por otro lado, consideramos que las intervenciones de recalce o refuerzo de cimientos vienen a ser a la larga más dañinas que las que inciden sobre la reparación de los daños observados, como las que se proponen más adelante. C. Discriminación diacrónica de las lesiones y deformaciones: periodos de actividad o reparación A partir de esta lectura superpuesta de unidades estratigráficas, etapas de obra y evolución de las lesiones podemos discriminar cuáles son las intersecciones entre ambas, de qué modo un daño ha afectado a unas u otras unidades y fases, según lo explicado, y hasta qué punto la intervención constructiva realizada en un determinado momento ha reparado un daño o, eventualmente, lo ha acentuado. El entretejido de los procesos permitirá conocer la velocidad a que se producen los distintos fenómenos y podrá servir para predecir el futuro comportamiento del conjunto y, sobre todo, valorar la precariedad o seguridad del equilibrio actual. Podremos establecer si un proceso de degradación estuvo activo entre tal y cual momentos históricos, o si lo está todavía, a qué velocidad evoluciona y si pone en riesgo la estabilidad del edificio; si las eventuales reparaciones históricas tuvieron el efecto buscado o si el deterioro estructural ha sido más intenso de lo que han podido remediar los que han tratado de conservar el edificio. En primer lugar, reproducimos el diagrama estratigráfico obtenido en el estudio arqueológico del edificio, donde los intervalos carecen de duración -escala-y sólo se atiende a la secuencia de las relaciones de anteroposterioridad entre las distintas unidades estratigráficas discriminadas. En el diagrama canónico (fig. 20) se muestra la secuencia de las sucesivas fases constructivas, atribuyéndose a cada una de ellas el mismo valor temporal, ya que es la sucesión de las intervenciones constructivas la que interesa reseñar. La amplitud vertical de cada fase no se corresponde con su duración temporal sino que deriva únicamente del grafismo con el que se representan las unidades en sus celdas y las relaciones de anteroposterioridad entre ellas. Sin embargo, este sistema de representación es el generalmente aceptado para mostrar precisamente estas relaciones. Por otro lado, y también de modo canónico, todas las unidades tienen el mismo valor estratigráfico, sin tener en cuenta su importancia arquitectónica o su extensión constructiva. A partir del diagrama, la secuencia conjunta que buscamos se refleja en un diagrama cronológico construido con la unidad de medida del tiempo natural, pero marcado por los hitos de la evolución artificial. Como quiera que los ritmos naturales varían en cada lugar y época, sólo la cronología artificial permite marcarlos y comprenderlos: no podemos saber la velocidad a la que el río socava el terreno a los pies del lado norte de la iglesia, pero su efecto sobre el edificio provoca obras de reparación en momentos concretos que podemos conocer por el estudio histórico, de modo que podemos evaluar el efecto que ese socavamiento ha tenido sobre la iglesia hasta ahora y la velocidad a la que se ha producido mediante la datación de las distintas intervenciones. Representación en el diagrama En el diagrama (fig. 21) se mantienen, evidentemente, las relaciones estratigráficas entre las distintas unidades discriminadas por el análisis, si bien a éstas no se les da el mismo valor gráfico, grafiándose con mayor tamaño las que representan a los cuerpos de fábrica principales de cada fase, y con menor tamaño a los elementos menores de las mismas, y singularmente a las soluciones de continuidad que los limitan. Por otro lado, la escala vertical adoptada viene a representar el tiempo completo transcurrido desde el inicio de la construcción del edificio, y coloca cada fase a la altura cuya fecha aproximada exigiría. Las fechas dadas en el lado derecho deben entenderse, bien como datos veraces extraídos de libros de fábrica u otros documentos de obras, bien como aproximaciones basadas en una datación cronotipológica. En cuanto a la distribución en horizontal de las distintas columnas correspondientes a los distintos cuerpos de fábrica, entendemos que facilitan la lectura de qué fases entran en contacto -es decir en relación temporal-con cuáles en cada zona del edificio, lo que ayuda en la comprensión de los fenómenos físicos -estructurales en este caso-que se trata de analizar, pues éstos son siempre muy dependientes de su situación en el edificio y en relación con el terreno, lo que no tiene por qué ser cierto, en cambio, para las etapas históricas. Esta distribución permite y obliga a colocar las distintas fases de obra varias veces en el diagrama, pues mantienen relaciones estratigráficas en distintas partes del edificio, en los contactos entre distintos cuerpos de fábrica; para evitar la confusión que podría devenir de esta reiteración se han situado las distintas llamadas a cada fase a la misma altura del diagrama en cada columna correspondiente a cada cuerpo de fábrica. Por último, las trazas de los procesos de deterioro se han marcado en colores distintos para permitir su seguimiento a lo largo del tiempo representado en el diagrama, y se han relacionado con las distintas unidades estratigráficas haciendo una analogía con el criterio temporal con que se discriminan las relaciones entre éstas, es decir, marcando como «posterior a» su afectación a cada unidad estratigráfica del diagrama. De este modo, los daños discurren lateralmente a las unidades estratigráficas según pasa el tiempo, y se ponen en contacto con éstas en relación de posterioridad cuando afectan a las fábricas que son estas unidades. Representamos, por tanto, los procesos naturales como vectores que se extienden a lo largo del tiempo mientras son activos, habiendo aparecido sólo en el momento en que hay algún elemento constructivo al que puedan afectar. Ponemos esos vectores en relación diacrónica con las unidades estratigráficas afectadas: si el fenómeno daña a la unidad lo consideramos cronológicamente posterior; si tras una intervención el daño persiste, el vector seguirá avanzando; si la intervención cancela el daño la consideramos posterior a éste y entendemos que el vector queda interrumpido; y si lo acrecienta, consideramos que duplica el vector, pues aumenta la velocidad de su desarrollo. De este modo, el diagrama trata de resolver el problema de esa diferencia sustancial entre la falta de duración de las intervenciones, hechas de una vez por todas en un breve instante, y la duración constante de los movimientos y las degradaciones materiales. El diagrama representa sólo las unidades y etapas de los cuatro alzados estudiados, por un lado, y los tres vectores de los movimientos detectados, a los que damos nombre para mostrarlos esquemáticamente. Hemos de decir que no se ha considerado la secuencia de degradación físico química de los materiales porque no es el caso en estudio, pero creemos que su representación diagramática sería muy similar a la que hacemos para la secuencia de los movimientos estructurales. Asiento del terreno en el muro sur, AMS Con origen en la deficiente cimentación del tramo central del muro sur del aula de la iglesia, se manifiesta en y afecta a todo el muro sur al provocar distintos fenómenos de descarga de los pesos y empujes para adaptarse a la falta de apoyo que supone para el conjunto, con los sistemas de grietas y giros de los muros que se han descrito más arriba. Es un proceso no detenido, pues ninguna unidad estratigráfica lo cancela en ningún momento, sino todo lo contrario, afecta hasta a las de construcción más reciente -las reparaciones de la cabeza del muro en fase X, con la construcción de las nuevas cubiertas durante el final del siglo XIX o el inicio del XX-. Giro del muro sur hacia el exterior, GMS Con origen en la insuficiente sección constructiva del contrafuerte central de las bóvedas del aula -apoyo B2-, afecta a los dos tramos del muro sur del aula, combinándose algunos de sus efectos con los del movimiento anterior. Se manifiesta en el giro hacia el exterior del muro sur, que alcanza su mayor inclinación justamente en ese punto de apoyo de las bóvedas, razón por la cual se distingue del fenómeno anterior: un asiento no implica un giro del muro salvo en presencia de empujes laterales, lo cual es nuestro caso. Es también un fenómeno activo, pues tampoco se ve cancelado por ninguna otra unidad estratigráfica, ya que también esa última fase X de reparación del muro ha adquirido su propia inclinación, difícilmente apreciable a simple vista pero bien patente en las mediciones topográficas. En los perfiles C09, C10 y C11 se aprecia que la cabeza del muro, que sin duda se rectificó al recrecerlo en esta fase, se encuentra sin embargo desplomado, lo cual no admite otra explicación que la del progreso continuo de este giro global. Asiento del terreno hacia el norte y el oeste, ATN y ATO Con origen en el asiento progresivo del terreno debido a su composición no uniforme formada por estratos de distintos espesores y compresibilidades, es el proceso más lento pero más constante, que afecta a toda la iglesia y produce daños manifiestos en sus dos hastiales, este -cabecera-y oeste -pies-, y en los tres cuerpos adosados, casa rectoral, sacristía y torre inacabada, quedando sólo la fachada sur libre de sus efectos. Es también un proceso que parece no estar detenido, pues nuevamente ninguna etapa constructiva lo cancela ni deja de estar afectada por él, si bien en este caso no podemos apoyarnos en el comportamiento del recrecido de fase X, ya que en la fachada norte éste acusa la inclinación del muro completo (perfil C05). De hecho, siguiendo con rigor el método elegido en este trabajo, podemos asegurar, basándonos en la deformación existente en las distintas fases de obra, que este movimiento ha seguido activo después de la construcción de la torre en fase IX, pues ésta acusa un leve desplome hacia el lado norte, pero no por cuánto tiempo desde entonces. Nos encontraríamos aquí en un punto indeterminado de la secuencia. De hecho, en dos puntos concretos, el recalce de la cabecera y la reparación del pretil de la escalinata de acceso en la fachada norte, ambos en fase XI, es decir recientemente, este movimiento no afecta a las unidades estratigráficas correspondientes, y pareciera que ambas se producen tras la detención de ese movimiento, o de su efecto sobre la fábrica, si bien esto puede ponerse en duda dada la lentitud con que se producen generalmente los asientos en el terreno y los consecuentes descensos o giros de los muros afectados, máxime cuando, como en este caso, se trata de las partes bajas de la fábrica, donde su amplitud es siempre menor que en las partes más altas. En conclusión, la revisión de la evolución de esos movimientos representados en el diagrama en relación con las fases constructivas y con las unidades estratigráficas da como resultado que los movimientos detectados a través de sus consecuentes grietas, desplomes y pérdidas de forma señalados en las figuras que acompañan este texto -una selección de las realizadas en el estudio estructural completo-, se encuentran activos y ponen en serio peligro la estabilidad global de la construcción. El asiento en el terreno, ATN y ATO, tiene un desarrollo lento aunque inexorable, y no parece que vaya a provocar esa ruina por sí mismo, si bien fenómenos como el desplome de la fachada norte de la casa rectoral estén muy evolucionados y hagan que el centro de gravedad global de la fábrica se encuentre relativamente cerca de desequilibrarse, pues alcanza una magnitud de 26cm en la parte alta de lo que se encuentra cerca de ser la tercera parte de un muro que tiene un espesor aproximado de 1m, punto en que nos encontraríamos en serio riesgo de inestabilidad global. La lenta evolución de este asiento es lo que nos permite no ver esto como un riesgo inmediato, pues debemos considerar que ese desplome es el resultado de seis siglos de avance de ese movimiento y, si el ritmo no se incrementa, como parece indicar la evolución de la espadaña, contamos con un perido de otros dos siglos antes de que se produzca ese desequilibrio. Por su parte, los movimientos del muro sur, AMS y GMS, sí son claramente preocupantes y deben ser evitados mediante intervenciones de reparación en el muro sur. Su desarrollo parece más rápido que el del movimiento anterior, a juzgar por la magnitud de los daños que han provocado tanto en el propio muro como en las bóvedas. La reciente pérdida de parte del plemento de éstas es una señal clara de que estos movimientos no se encuentran ni mucho menos detenidos, lo que concuerda tanto con el resultado del diagrama como con las observaciones y cálculos estructurales realizados. Para terminar, el objetivo final de este estudio es la previsión del comportamiento futuro de la construcción. Como se decía al principio, un simple análisis estructural, incluso el más refinado basado en la mecánica de bloques y sus estados límite, tiende a considerar que los fenóme-nos se producen «ahora» y exigen una solución «ya», por lo que en general obtienen como conclusión una intervención de consolidación o refuerzo estructural que, en el mejor de los casos, modificará parcialmente al edificio y, en el peor, podrá dañarlo si al técnico interesado le da por emplear técnicas incompatibles con la construcción histórica o por desmontar ciertos elementos considerados «irrecuperables». Por el contrario, el objetivo de este trabajo ha sido evitar esa visión «urgente» de los problemas, contemplarlos con la perspectiva del tiempo en que se han desarrollado para desde este nuevo punto de vista mirar hacia el futuro con una escala temporal bien calibrada. En última instancia, este conocimiento del historial del edificio nos permite entrar en su vida de manera más consciente, sabiendo cuáles son sus tendencias naturales y discriminando cuáles de esos procesos suponen un riesgo cierto para la estructura, a la que no sólo habrían puesto cerca del colapso sino que seguirían tendiendo hacia él por no encontrarse detenidos todavía, en nuestro caso los movimientos del muro sur, nombrados AMS y GMS, y cuáles tienen un desarrollo más lento y de consecuencias menos inmediatas, los asientos en el terreno al norte y al oeste, nombrados ATN y ATO. Es decir, cuáles podrían exigir intervenciones estructurales urgentes, cuáles demandan reparaciones constructivas sencillas y cuáles sólo requieren un seguimiento atento de su evolución. Las propuestas concretas de intervención se explican brevemente en el punto siguiente, pero aquí hay que decir que un criterio primordial de nuestra intervención en el edificio es el de tener en cuenta esos ritmos de evolución del edificio para tratar de mantenerlos tal cual son, limitando nuestra obra a dotar a la iglesia de nuevos márgenes para aceptarlos y sin pretender cortarlos en su avance mediante actuaciones violentas que no darían resultado positivo alguno. La seguridad de una estructura de fábrica no se obtiene mediante su refuerzo y rigidización sino mediante la mejora de su capacidad de adaptación a las variaciones de sus condiciones de contorno, sean éstas el asiento del terreno o la acción del viento y los ciclos térmicos, capacidad que se ve siempre muy desmejorada con las técnicas de consolidación más al uso11. Como conclusión podemos decir que la evolución del edificio parece tener dos vectores claramente peligrosos y otro de alcance y riesgo indeterminados por ahora. En primer lugar, tanto el asiento del muro sur como la apertura de las bóvedas deben ser detenidos, para lo cual es necesaria la reparación de ambos: la del muro mediante la recolocación de las zonas gravemente dislocadas, la reparación de su cimiento y la consolidación interna de la fábrica; y la de las bóvedas mediante la corrección de las curvaturas de los nervios quebrados y la reparación constructiva de las grietas de los plementos para la recuperación de su compacidad y capacidad autoportante. En este caso, se trata de acometer una consolidación estructural completa que incluirá, además de las reparaciones del muro y la bóveda dichas, el refuerzo de la esquina suroeste y del apoyo central de las bóvedas -puntos B1 y B2-mediante la inserción de dos contrafuertes construidos con fábrica de cantería, elementos que deben englobar la traza de los esfuerzos procedentes de las bóvedas que ahora se encuentran insuficientemente contrarrestados, según el cálculo efectuado (ver fig. 5). Estos contrafuertes deberán, por un lado, cimentarse adecuadamente para evitar que su posible posterior asiento aumente el problema de giro de las fábricas en lugar de reducirlo, y por otro, encontrar un sistema de contacto con la fábrica existente que evite que ambas se despeguen con ese inevitable asiento, mediante la introducción en su zona de contacto de cuñas pasivas -elementos adovelados-que se «activen» cuando se produzcan esos movimientos. En cuanto a la reparación de las bóvedas, se trata de recuperar su consistencia perdida por tres vías complementarias: en primer lugar, la recolocación de algunos nervios, los que se encuentran quebrados sobre el apoyo B2 (ver fig. 4) mediante la elevación de las bóvedas con gatos hidráulicos y la recolocación de sus dovelas en una nueva curvatura adaptada a la situación real actual de los muros y los puntos de apoyo y arranque de los nervios, que se dan por irrecuperables en sus desplomes ya sucedidos; en segundo lugar, la reparación de esos nervios en las partes quebradas donde han perdido parte de su sección constructiva a causa de la concentración de tensiones en su fibra de intradós (ver fig. 4) mediante la inserción de injertos de piedra unidos a la masa principal del nervio con llaves o microcosidos y tales que repongan la sección constructiva completa del nervio y recuperen su capacidad resistente, si bien una vez más adaptada a la nueva geometría que ya han adoptado; y en tercer lugar, mediante el rejuntado en profundidad de las grietas de los plementos, mediante morteros y lechadas de cal, de manera que se recupere su continuidad física y se les permita trabajar nuevamente como cáscaras autoportantes, dejando así de descargar su peso directamente sobre los nervios como ahora hacen. En segundo lugar, el fenómeno del asiento ladera abajo, hacia el norte y el oeste, parece ir lento y darnos más márgenes, y esto en el supuesto de que las últimas actuaciones urbanas en el entorno de la iglesia -asfaltado de la calle y hormigonado del cauce del río-no hayan ya detenido el proceso, lo que en todo caso no podríamos detectar con los estudios hechos en este informe por el poco tiempo transcurrido desde su realización; en este aspecto, no trataremos de ir por tanto a la génesis del problema sino sólo a sus efectos, procediendo a reparar las lesiones sufridas por los muros y eventualmente a mejorar los apoyos de otros elementos sobre ellos -forjados y cubiertas-para evitar que trabajen en la misma dirección de los movimientos naturales. Desconfíamos seriamente de los procesos de recalce, y especialmente de los refuerzos de terrenos. Sólo en casos puntuales en que la cimentación ha sufrido daños o es claramente insuficiente, ambas cosas habitualmente por efecto de las distintas intervenciones o fases históricas de desarrollo del edificio, creemos que se justifica una intervención en el cimiento, pero siempre que ésta sea claramente controlada en su magnitud o cualidad y en la afección a la fábrica existente. Es decir, sólo si se trata de recalces puntuales del cimiento o de reparaciones constructivas del mismo y siempre que se delimite exactamente la forma, tamaño, resistencia, etc., de los elementos añadidos o de las modificaciones realizadas en lo existente. Por el contrario, creemos que los refuerzos en el terreno o los recalces en profundidad no son controlables en sí mismos ni en el efecto que pueden causar sobre el propio terreno ni sobre las estructuras de cimentación, por lo que en general los descartaremos como sistemas adecuados de reparación. Por otro lado, la por lo general lenta evolución de los procesos de asiento y desplazamiento de los terrenos hace que el daño que se produce en las fábricas sea limitado y también de evolución lenta, lo que da márgenes muy grandes para una progresiva reparación constructiva, que adecúe su ritmo de intervención al del avance de los daños y que siempre esté mejorando la capacidad de la fábrica de sufrir nuevos daños. Se trata de evitar grandes consolidaciones y refuerzos globales, cuyo efecto sobre la fábrica puede ser demoledor, y sustituirlas por pequeñas reparaciones puntuales, tales como sellado de las grietas, recoloca-ción de elementos dislocados, inserción de injertos en zonas dañadas, siempre con elementos materialmente compatibles con los existentes, que en conjunto cumplen con dos criterios que creemos básicos de la restauración de edificios históricos: la compatibilidad de los materiales insertados con los existentes y la prosecución de los procesos históricos de reparación que podemos ver en todos ellos, como manera de manifestar la continuidad de nuestro trabajo con el que en otros momentos acometieron quienes tuvieron o sintieron la necesidad de conservar el edificio para sí mismos y para nosotros. Y como último criterio, hay que establecer para todas las reparaciones propuestas un control y seguimiento posteriores, lo que se propone hacer de manera muy sencilla empleando a la propia iglesia como registro de sus problemas, como lo que ha venido siendo hasta ahora. Así, las reparaciones que se practiquen habrán de ser evidentes, dejando trazas claras del problema reparado para que en el futuro otros técnicos puedan reinterpretarlo y valorar la efectividad de la reparación. De este modo también pretendemos que nuestra intervención se integre dentro de ese proceso a medias histórico a medias natural en el que se encuentra la iglesia, sin cancelar su vida propia y sin pretender borrar de ella las huellas del paso del tiempo. Obra: Restauración estructural de la iglesia de Santa Eulalia en Marquínez, Álava. Promoción: ARABARRI, S.A., Sociedad para la gestión del Patrimonio Cultural Edificado de Álava, Diputación Foral de Álava. Proyecto arquitectónico: Latorre y Cámara, S.L., arquitectos; Leandro Cámara y Pablo Latorre, autores; Rafael Martín e Isabel Antolín, arquitectos colaboradores; Esperanza Dúcar y Francisco Arroyo, dibujates; Diana Pardo, Mercedes Cortázar y Dolores Sanz, restauradoras; Luis Martínez Torres, geólogo. Análisis arqueológico: Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura de la Universidad del País Vasco, dirigido por Agustín Azkarate; Ismael García, coordinador del proyecto; Ismael García e Iban Sánchez, lectura de alzados; Iban Sánchez, José Cardoso y Daniel Vallo, excavación; Ismael García e Iban Sánchez, redacción de informe; Iban Sánchez y Sonia Gobbato, planos analíticos; Ondare Babesa, S.L., vaciado documental.
Se discute en qué medida ese proceso ha prosperado, en parte, paralelamente a la simplificación de las bases conceptuales de la Historia del Arte. Sin justificación, algunos siguen tachándola hoy de discurso idealista y tipológico, como si sus presupuestos fueran aún decimonónicos. Como es lógico, el análisis e interpretación «arqueológicas» de un edificio, o «yacimiento vertical», no proporciona todas las respuestas sobre las causas eficientes -históricas e ideológicas-que lo motivaron. La Historia del Arte puede contribuir a incrementar ese arsenal de respuestas. Sin embargo, su ausencia en muchos encargos administrativos está privando a la sociedad de un conocimiento eficiente y relevante. La tarea del historiador del arte ha sido subestimada. Se le reprocha actuar como un esteta epidérmico, aún cuando resulta insobornable su compromiso con el legado patrimonial de esta sociedad. Arqueólogos e Historiadores del Arte compartimos en ocasiones un mismo objeto de estudio. Sin embargo, no es inusual que la relación se establezca en términos de confrontación, y casi beligerancia, por cuotas de autoridad académica y capacidad de actuación. ¿Hacia qué horizonte queremos dirigirnos los profesionales y académicos de la arquitectura histórica? Es un secreto a voces que la relación entre Historia del Arte (HA) y Arqueología de la Arquitectura (AA)1 en España son escasas y raramente fecundas, con actitudes integradoras atribuibles a profesionales individuales antes que a colectivos. Esta tibieza, lejos de restringirse a la academia española, se manifiesta de modo tanto o más palmario en otros países (Brogiolo, 1988; idem, 2002idem,. En la práctica, son contados -y, por ende, meritorioslos casos en que se puede encontrar a historiadores del Arte y arqueólogos trabajando, de manera complementaria, en un yacimiento o en un templo. Tampoco resulta común hallar a historiadores del arte compartiendo, y menos desempeñando, un encargo administrativo (sea autonómico o local) de gestión y puesta en valor del patrimonio arquitectónico, aunque existen ejemplos meritorios -como los llevados a cabo desde el Observatorio del Patrimonio Histórico Español o desde la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León-que constituyen excelentes elementos de referencia. Con demasiada frecuencia, y esto es aún más clamoroso, los historiadores del Arte ni siquiera forman parte de los equipos que redactan y despliegan los planes directores de los grandes templos. Intentaremos argumentar que esta carencia va en severo detrimento de nuestro patrimonio, de su óptimo conocimiento y de una conservación y divulgación más eficiente. Acometemos nuestro discurso, en primer lugar, partiendo de un estimulante, oportuno y hasta necesario artículo recientemente publicado en esta misma revista por nuestro colega el historiador del arte Fernando Arce Sainz (Arce Sainz, 2009). Arce explicita y expone nítidamente un debate académico y una tensión profesional que, primero de modo tácito pero después de manera cada vez más explícita, se ha ido enfatizando en los últimos lustros. Se trata de un debate que el autor conoce de primera mano y sobre el que puede opinar dado que trabaja en un entorno profesional básicamente arqueológico. Constituyen un segundo acicate para nosotros los intensos debates académicos mantenidos reiteradamente con otros historiadores e historiadores del Arte desde hace años sobre el papel, las responsabilidades y los retos actuales de la HA. A nuestro juicio, y al de numerosos colegas, no deberíamos seguir posponiendo la convocatoria de un debate académico y profesional en torno a las bases conceptuales y a la proyección sociolaboral de la HA, de manera particular en lo relativo al estudio de la arquitectura histórica, más allá de la figura del gestor cultural. Pero esta cuestión -esperamos-se abordará en otro foro. Aquí nos limitamos, mucho más modestamente, a reflexionar sobre la relación entre la HA y la AA. Pretendemos, en definitiva, contribuir a repensar los argumentos de un debate que, por diferentes razones, especialistas de una y otra esfera han puesto en sordina. Aunque la tarea ya ha sido abordada severa y puntualmente por algún arqueólogo e historiador, su repercusión ha sido limitada (Díaz-Andreu, 1995), quizá por la franqueza y rotundidad de sus argumentos (Ortega y Villargordo, 1999). Entendemos atinadas muchas de las valoraciones de Arce, como también las de Ortega y Villargordo. Sus respectivos trabajos reflexionan sobre la construcción metodológica de la disciplina arqueológica y su institucionalización académica. Llegan a la conclusión de que la Arqueología (ARQ) lleva tiempo propendiendo hacia una considerable «promiscuidad» epistemológica, de suerte que no existe ningún 'Área de conocimiento' exclusiva de la arqueología. Ni sus métodos le son propios, ni hay campo teórico alguno que pueda adjudicarse para sí sin entrar en disputa con otras disciplinas (Ibid.). Desde la ARQ se intentó revertir la imputación adoptando una «posición disciplinar intermedia». Como cualquier otra disciplina, la ARQ y otras subdisciplinas como la AA ha generado un nuevo léxico no exento de silogismos y tecnicismos. Se ha intentado con éxito justificar la autosuficiencia de sus procedimientos y la especificidad de sus modelos interpretativos. La enfática concentración en los procesos de producción material, dentro de un marco amplio de una historia económica y social, permite a la AA distanciarse de otros saberes humanísticos basados en las fuentes textuales -desmarcarse de manera muy enfática de la Historia del Arte-para adscribirse, en cambio, al ámbito de las ciencias sociales y experimentales. En las últimas décadas, la nítida divergencia metodológica entre la HA y la AA se viene justificando como la ineluctable consecuencia de su disparidad epistemológica y de objetivos. ¿Qué pretende documentar la AA y qué la HA? ¿Dónde focalizan respectivamente su atención y qué logran conocer del objeto de estudio compartido? ¿Se solapa el conocimiento de una disciplina al de la otra? Más aún, ¿la AA lo suple y lo optimiza, y en tal caso, conforme a qué parámetros? La AA surge del convencimiento de que se puede y se debe realizar Arqueología por encima de la «cota 0» (perspectiva y estado de la cuestión sobre la AA en Mañana, Blanco, Ayán, 2002: 15-16). Esa fue una de las novedades académicas con las que se encontraron los jóvenes historiadores del arte que, a finales de los años 80 del siglo XX, emprendían una carrera investigadora. Fue entonces cuando algunos arqueólogos españoles, inspirados por sus colegas italianos, comenzaron a ocuparse de los paramentos conservados por encima de los pavimentos. Y lo hicieron aplicando técnicas analíticas novedosas junto a otras tradicionales, como la tipología o la analogía (Quirós Castillo, 2002: 28). Al mismo tiempo, fueron discriminándose diversas «Arqueologías». Empezaron a multiplicarse las actuaciones de la «arqueología involuntaria» (Ibid: 29), de la arqueología de gestión o empresarial. La Arqueología salió del aula para introducirse en el mundo empresarial y el sistema productivo. El Historiador del Arte no dio ese mismo salto y permaneció en el dominio de la investigación académica. Algunos historiadores del arte pensaron que la Arqueología y la tecnología podía incrementar la eficiencia de la tradicional datación por tipologías y estilos y la lectura de paramentos, hasta entonces realizada por la HA y la Historia de la Arquitectura por exploración óptica. La HA y la «Historia de la Arquitectura» conciliaron durante generaciones una «Historia de los Estilos» con una «Historia de la Construcción» (Cabrera, 1983). Fue en 1987 cuando se explicó cómo incrementar la comprensión del edificio mediante la puesta en práctica del método arqueológico. Ya entonces requirió la presencia en las excavaciones de un equipo profesional compuesto por arqueólogos, evidentemente, además de peones, dibujantes, topógrafos, fotógrafos, restauradores y arquitectos (Caballero Zoreda 1987: 25 y ss.). La disciplina de la HA quedaba excluida. En relación con la producción edilicia tardoantigua y altomedieval, ambas perspectivas han dibujado panoramas muy diferentes (Caballero et alii, 2003: 84 vs. Martínez Tejera, 2003: 53 y ss.). Sin embargo, más allá de cuestiones específicas, queda patente que las vías disciplinarias distintas de la AA y la HA confluyen en sus objetos de estudio y pueden alcanzar conclusiones análogas. No obstante, resultará provechoso constatar de qué otros asuntos informan cada una de esas dos especialidades. La HA, como intentaremos detallar más adelante, procura pensar desde los criterios de usos de los recintos, de la poliédrica funcionalidad de los mismos y desde la condición social de sus protagonistas. Desde el momento en que la AA comenzó a pergeñar un «método para el análisis estratigráfico» o «análisis arqueológico» (Caballero Zoreda, 1995. Caballero -Fernández, 1997), el arqueólogo de la arquitectura pasó de excavar un yacimiento a interpretarlo «arqueológicamente». Ciertamente, el planteamiento fundacional y nuclear de la AA se condensa en el reconocimiento de que un edificio histórico constituye un «yacimiento vertical». La óptica de la AA se superpuso -más aún, comenzó a suplantar-a las propuestas formuladas desde los «estilos arquitectónicos», ese recurso pedagógico que durante décadas resultó adecuado para posicionar la creación de las obras en un tiempo y un espacio, aunque razonablemente criticado en el seno de nuestros departamentos (Bango, 1996). Algunos investigadores de la arquitectura se pronunciaron por la imposición o sustitución antes que por la colaboración (Pierotti -Quirós, 2000; Quirós Castillo, 2002). Visto en perspectiva, nada tiene de extraña esta estrategia porque, para justificar su presencia y autonomía disciplinar distintos «pactos o luchas unen o enfrentan a la arqueología con otras perspectivas, dentro o fuera de la misma disciplina arqueológica, y con otros profesionales» (Ortega y Villargordo, 1999: 8). La situación actual queda sobradamente explicitada con lo apuntado hasta esta línea. A pesar de ello, una amplia fracción de los historiadores del arte -refractarios, autocomplacientes y acaso ensimismados-han continuado preguntándose retóricamente durante los últimos quince o veinte años si la aportación de la AA resultaba en verdad trascendente para lograr un auténtico «conocimiento social y artístico» del edificio. Para nosotros no hay duda de que las aportaciones de la ARQ y de la AA son sustantivas y estimables, dado que se ha esforzado en racionalizar y tipificar los recursos y los parámetros con los que un edificio o un conjunto arquitectónico puede y debe ser examinado y estudiado. Nos resulta igual de nítido que la AA se ha afanado en prospectar e incrementar la cientificidad del estudio de la Arquitectura Tardoantigua y Altomedieval. Los historiadores del arte debemos aprender no sólo nuestros intrínsecos procedimientos de análisis (centrados en argumentos que exploran desde la cultura visual a la iconografía de la arquitectura de un periodo), sino también a interiorizar los que otras disciplinas colindantes ponen en juego. Llevamos mucho tiempo haciéndolo con la epigrafía, la literatura o la numismática, por poner algún ejemplo clásico, pero conviene complementar nuestra formación atendiendo también a la arqueología de la edificación, como es habitual en Francia desde hace décadas (Arlaud y Burnouf, 1993; Au fil, 1997; Reveyron, 2000; Id. ¿HISTORIA DEL ARTE = HISTORIA DE LOS ESTILOS? Hace tres décadas que la «Teoría de los Estilos», vector definitorio de la más inveterada tradición discursiva de la HA, es desdeñada por muchos arqueólogos por considerarla insolvente, inconcreta, subjetiva y obsoleta desde su prisma metodológico. No obstante, y a decir verdad, mucho antes que para los arqueólogos, la perspectiva estilística resultó insatisfactoria para una legión de historiadores del arte. En otras palabras, la crítica se había producido ya con anterioridad en el seno de la propia HA (Bango, 1996). Frente a los análisis estilísticos, tildados de «preestratigráficos» por la AA e imputados al conjunto de la HA como si se tratara de una propensión congénita e irremediable, si no de un recalcitrante pecado original, la AA afirma aplicar una nueva «metodología para la observación y registro de los edificios históricos» (Arce Sainz, 2009: 24) que prima la «filología estratigráfica como criterio fundamental de análisis de la arquitectura» (Quirós Castillo, 2002: 28). Volveremos sobre ello, pero conviene dejar asentado ya que la AA persiste en su interés en reducir la HA a la Historia de los Estilos, cuando hace décadas que nuestra disciplina ha superado esa perspectiva. De hecho, desde el siglo XIX, los historiadores del arte hemos procurado justificar la existencia del edificio en el contexto histórico que lo alumbró. Acaso esta anacrónica imputación se derive de las fuentes italianas que proveen a la AA que se practica en España. Ciertamente si alguna academia europea continúa cultivando aún hoy un acendrado análisis formalista y estilístico esa es la italiana, cuyo prestigio morelliano resulta incuestionable por más que otras historiografías nacionales se desmarquen de ese tenor. Para un historiador del arte actual tener que soportar la amonestación de que nuestra disciplina no ha rebasado el estadio de la gramática de los estilos -como si nos obstináramos en una suerte de formulismo filológico, aunque con dimensión visual-equivale a que un arqueólogo fuera reconvenido por no haber descubierto aún el método estratigráfico. La agria pero inequívoca realidad es que para una parte sustancial de la AA resulta reconfortante considerar que la HA continúa siendo una práctica taxonómica que reconoce, tipifica y clasifica molduras, arcos, capiteles o pliegues a partir de sus rasgos formales. Desde ese punto de vista, se tasa al historiador del arte como un taxidermista que se recrea en la epidermis de la realidad y de las fábricas. En otras palabras, un especialista con una mirada superficial y unos procedimientos banales. Desde hace un par de décadas, la HA tiene que tolerar las censuras de aquellos investigadores que, desidiosos por conocer su verdadera dimensión epistemológica, optan por conceptuarla como una suerte de taxonomía de lo ornamental. En consecuencia, y sin pretender generalizar, muchos la suponen una práctica despojada de la menor autoridad científica para contribuir al estudio y al conocimiento de los templos y palacios, y menos aún para opinar o sufragar las propuestas de intervención, gestión y comprensión del bien patrimonial arquitectónico. Digámoslo sin ambages: llegado a ese punto no se confrontan fortines académicos, sino cuotas de poder. En una aplaudida valoración, Carandini tachaba a los arquitectos restauradores que se distanciaban de la arqueología como a estetas que leían las constelaciones de los elementos constructivos como astrólogos antes que como astrónomos (Carandini, 1987). La AA concibe, reivindica y explica la arquitectura como una estructura desnuda, en la que es legible la verdad mecánica de las fábricas. En esa divergencia entre la materialidad de la construcción y la idealidad del proyecto, los historiadores del arte presuntamente permaneceríamos como diletantes, embelesados en las superficies y en los tatuajes de los edificios, sin recabar nada que subyazca a su piel. Intentaremos desmentir lo erróneo de esta valoración, pero antes de ello valdrá la pena considerar si el estudio de la arquitectura, al pasar del foco del esteta a la camilla del forense -en el intento de explicar mejor cómo era o cómo se intervino diacrónicamente en su concreción física-, ha logrado desvelar para qué y para quién se operó y alteró. ÁREA RESTRINGIDA: SÓLO PERSONAL AUTORIZADO De una serie de premisas falsas se deriva una exclusión progresiva pero sistemática de las plataformas de estudio e intervención en las fábricas antiguas. Alguien decidió hace décadas que somos culpables de recrearnos en nuestro pecado original -que, claro está, deviene en pecado capital-y debemos subsistir relegados al margen de las actuaciones administrativas y de la atribución de presupuestos. Nuestra visibilidad social ha quedado más mitigada -a efectos prácticos, subordinada-en relación con el estudio arquitectónico, a pesar de que la HA sí es un grado universitario generalizado. Y todo ello acaece porque, presuntamente, no poseemos ni aspiramos a poseer otra vocación que redundar en nuestro discurso tautológico, cegado a las evidencias materiales. Una crítica de ese tenor resulta desproporcionada y, en muchísimos casos, injustificada. En cambio, sí debemos asumir nuestra culpabilidad en el plano estratégico: no hemos sabido explicarnos de modo adecuado y no lo hemos hecho en forma suficiente en foros científicos de otras disciplinas, como esta revista, a la que agradecemos sinceramente su generosidad y amplitud de miras. Con todo, sería ingenuo considerar que no somos requeridos en esos foros sólo por nuestras deficiencias discursivas. Entre tanto, la «Historia de la Construcción», a cargo de arquitectos restauradores y en alguna ocasión arquitectos-arqueólogos, formuló un examen sistemático de la materialidad de muros y cubiertas (Cabrera, 1983). Su posterior aproximación a la AA resulta elocuente de su aspiración a conjugar procedimientos y perspectivas. Una y otra comparecen profesionalmente en los mismos escenarios y ejercen sus cometidos desde tesituras análogas, de suerte que se reconocen recíprocamente y se otorgan de modo bilateral el marchamo de «actividades científicas»: «así, una disciplina de aplicación corriente para el control de calidad de la edificación se ha convertido en una herramienta científica» (Vela Cossío, 2007). No es inocua la consideración de que la «Historia de la Construcción» propende al diagnóstico, se afana en reconocer el historial de patologías de una fábrica, se esfuerza en explorar su sintomatología y, en consecuencia, predice un pronóstico y prescribe un tratamiento paliativo. La AA, por su parte, asevera ante la Historia de la Construcción que los métodos y herramientas de los arqueólogos son los idóneos para perfilar el historial patológico del edificio, en lo que debe reconocerse como un verdadero éxito en la promoción de su caracterización epistemológica. La delimitación conceptual de la arqueología requiere de alianzas profesionales con unos sectores, del mismo modo que procura el distanciamientos de otros. De manera un tanto eufemística, se afirma que «los arquitectos restauradores han visto en este nuevo marco administrativo una oportunidad para integrar de forma rigurosa las informaciones estratigráficas, entendiendo la acción del arqueólogo como una ventaja y no como un inconveniente» (Quirós Castillo, 2002: 29). En quince años, los arquitectos han permutado la astrología por la astronomía. Esta corrección debe ser celebrada, y no porque la AA haya extraído algún beneficio, sino porque gracias a esa mudanza el saber histórico ya está salvaguardado. La AA y la Historia de la Construcción, diligente y legítimamente, procuran afinar sus dictámenes para que éstos resulten cada vez más precisos, entendido este concepto no sólo en el sentido de certero sino también en el de necesario. De este modo, hoy por hoy, en nuestro país la AA y la Historia de la Construcción se posicionan y hacen guardia en la antesala de la restauración. Los responsables de los dictámenes y las sinecuras solicitan sus informes por su inapelable solvencia y por su meritoria capacidad para promocionarlos. Afirma Arce, en sintonía con otros autores (Vela Cossío, 2007: 164 y ss.), que la «lectura de paramentos» permite reconocer «microhistorias» y que desde la AA el edificio «es estudiado y entendido de forma dinámica como escenario plurisecular y de acontecimientos históricos que le han afectado a él y solo a él, dando como resultado una biografía constructiva detallada única e intransferible» (Arce Sainz, 2009: 24). Durante décadas, la AA se ha apremiado en demostrar que posee una capacidad singular para redactar esta reseña biográfica de la fábrica histórica, concebida como un «organismo vivo» en incesante evolución. Esta continua metamorfosis queda cicatrizada en muros y cubiertas. Mediante la «lectura de paramentos», la HA ha leído los «tiempos parciales» que revelan la secuencia consecutiva de las fases o los periodos históricoconstructivos. Ante ello, la AA ha dado a entender abiertamente que nuestra metodología y el umbral de minuciosidad restringen la pericia de nuestros rastreos y lastran la «lectura de paramentos». Frente a esa aproximación bienintencionada pero imperita de la HA, la AA reivindica que existe un único cauce para desplegar un análisis científico ante un yacimiento vertical -lo que vulgarmente los miopes historiadores del arte venimos llamando «monumento»-y que no es otro que el de la matriz Harris (Harris, 1991). Sin duda, la sistematización y jerarquización de relaciones en el entramado de episodios constructivos y huellas de intervención de una fábrica resulta una aportación sustantiva y medular de la matriz Harris, herramienta efectiva para articular cronologías relativas (Parenti, 1996). Se ha detallado (Mañana, Blanco y Ayán, 2002: 19-20) que la AA suplementa esta lectura con un análisis de materiales (aunque muchas veces lo efectúan otros especialistas científicos), el examen de la documentación escrita (como los historiadores), con la georreferenciación del edificio (como los topógrafos) y la cronotipología de aparejos y elementos singulares (porque esos elementos, al parecer, sí resultan susceptibles de ser tipologizados. A tenor de esto último, se diría que la HA cae en el pecado de la tipología, aunque el yerro se agrava al encontrarse encorsetada entre la taxonomía y la presunción. ¿Habrá algún modo de eludir esas férreas lindes? Sin duda, queda mucho que aprender en el diagnóstico material. Pero resulta falible imputar a la HA que se ha cegado -a modo de una sinagoga académica del siglo XXI-y no vislumbra las vías de la Nueva Ley. El método arqueológico afirma que «está mejor preparado para fechar y comprender el edificio como un documento histórico, incluyendo en lo histórico desde el aspecto cronológico a la interpretación social y estética, pero ello no debe hacer que invalidemos los otros métodos. Lógicamente aquellos caerán en desuso (...) si es que son menos útiles que los nuevos instrumentos pero, aún así, es posible que algunas de sus habilidades sigan siendo válidas» (Caballero Zoreda, 1997: 307). Nos tememos, en realidad, que si la HA palidece no es por sus procedimientos de discriminación e interpretación de momentos constructivos. Hemos podido constatar, a través de la casuística de distintos colegas, que la dificultad estriba en conseguir que las credenciales de la HA sean calibradas en toda su extensión por otros gremios. Resulta tan injustificado como abusivo que se difunda la estimación simplista de que los historiadores del arte hoy, como hace medio siglo, aún nos limitamos a registrar los motivos ornamentales o el léxico arquitectónico y, en el mejor de los casos, a explorar y leer los elementos estructurales. Lo cierto es que no nos circunscribimos a este examen, pero aunque así fuera, ocurre que la lectura estratigráfica de la ARQ y de la AA no siempre provee de informaciones explícitamente más afinadas, provechosas o inequívocas. Es más, en ocasiones la HA ha proporcionado los mismos resultados y con la misma solvencia que el empleo del método «científicoarqueológico» (Martínez Tejera, 2005; Idem, 2010). Tal vez una colaboración entre la Arqueología y la HA, junto con una mayor coordinación por parte de la Administración, hubiera ofrecido otros resultados más precisos sin incrementar el costo. Pero esta cooperación difícilmente tendrá lugar si, ante objeciones bien argumentadas desde la propia Arqueología, un sector de la AA responde que esas son sólo posturas «puntuales y circunscritas de carácter reaccionario» (Quirós Castillo, 2002: 30). Convencidos de las potencialidades de la colaboración entre una y otra, algunos historiadores del arte hemos decidido incorporar algunos instrumentos y metodologías de la ARQ y AA, como un refuerzo apropiado y fructífero en el análisis del edificio histórico (Martínez Tejera, 1993; Herráez y Teijeira, 2003; Boto Varela, 2009). Estamos reconociendo la posibilidad de que nuestros análisis pueden resultar más eficientes a la luz de las proposiciones técnicas y metodológicas complementarias, de modo particular las llegadas desde la ARQ y desde la AA. Agudizar el análisis y disección de la estructura y configuración material de la fábrica resulta fundamental para trazar una morfogénesis más precisa. Posibilita incluso reconocer las dudas y tribulaciones de los constructores, conforme al llamado giro antropológico, que desde hace un par de décadas la HA practica también en la esfera de las imágenes. Será imprescindible, obviamente, que en todos nuestros estudios el análisis no esté mediatizado por interpretaciones previas. El propósito final de nuestros trabajos es incrementar la excelencia del conocimiento de las fábricas, de sus contextos sociales y de los protagonistas que intervinieron en ellas. Nos interesa específicamente contrastar las razones de los maestros de obras con los requisitos de los promotores y, por ese cauce, optimizar el discurso históricoartístico. Historiar mejor la arquitectura, desde la convergencia de distintos saberes, es el comprometido objetivo que debe guiarnos a todos. Cuando un historiador no adscrito a un grupo instituido de AA se acerca a la ARQ parece despertar una instantánea prevención. De hecho, los historiadores e historiadores del arte sólo podemos trabajar con planimetrías detalladas en unas ocasiones y más genéricas otras, acompañadas de memorias de excavación en muchas ocasiones sin imágenes que, con excesiva frecuencia, engrosan sus páginas con introducciones alimentadas por publicaciones anteriores y resoluciones someras de los elementos exhumados o identificados. Desde luego, las dificultades para conocer -no digamos ya para reproducir-algo in situ son mucho mayores. Una lógica aplastante inspira esta circunstancia: se tiende a pensar que el único capacitado para interpretar un yacimiento es aquél que lo excava. Entretanto, el historiador del arte que estudia arquitectura histórica ya no es dueño del objeto que estudia, si es que lo fue alguna vez. La corrección de este factor en modo alguno es consustancialmente negativo, porque el monumento debe estar a disposición científica y académica de toda la comunidad. Progresivamente, la AA ha ido adquiriendo una posición más confortable con el amparo de la Administración Pública. Con ser ésta una situación cada vez menos infrecuente, importa mucho más explicitar sin ambages una circunstancia vigente. Mientras la Administración no reconozca que los historiadores del arte pueden y deben cumplir una responsabilidad básica en el estudio de la arquitectura histórica -y más abajo razonamos dónde radica esa aportación exclusiva e inevitable-seguirá siendo muy magro el margen de actuación de la HA fuera de las aulas y las editoriales. Esta consecuencia ya ha sido reconocida previamente por otros con claridad meridiana (Ortega y Villargordo, 1999). Por lo mismo, parece ingenuo considerar que se modificarán espontáneamente los meca-nismos administrativos y corporativos que achican la competencia profesional, empañan la necesidad y solvencia del discurso y relegan a la gratuidad -por taxonómica y ornamental-la aproximación de la HA que estudia la arquitectura histórica. Con todo, y por sorprendente que parezca, hay tantos historiadores del arte que constatan cotidianamente este estado de cosas como muchos otros que lo ignoran o lo desdeñan. Una campana de vidrio continúa amparando -o segregando-de la realidad a cuantiosos profesores e investigadores. De esta suerte, y siempre refiriéndonos al estudio de la arquitectura histórica, no se afina al diagnosticar el signo de los tiempos actuales y menos aún al pronosticar qué mecanismos de reactivación e idoneidad deben ser orquestados para adecuar e incrementar la competencia científica y profesional de sus alumnos interesados en esta materia desde el grado universitario de HA. La AA reclamó habilidosa y explícitamente su protagonismo en los protocolos de estudio y restauración de edificios blandiendo bases conceptuales y científicas diferenciadas, hasta que logró empañar las que otros saberes ya poseían de antemano. LEER, INTERPRETAR, TAL VEZ HISTORIAR Para un historiador del arte resulta de particular utilidad que la ARQ pueda llegar a afinar en la atribución fiable de contextos cronológicos mediante su corpus de instrumentos de datación, tanto relativa como absoluta. Evidentemente, los datos suministrados deberán ser contrastados con los que provean otras disciplinas. La nuestra, sin ir más lejos, presta una minuciosa atención a las fuentes escritas, aunque no sólo a ellas. Por eso, procuramos contrastar las reutilizaciones o reempleos de materiales y estructuras preexistentes acreditadas por la documentación con los indicios advertidos en las fábricas. Sin duda, la AA puede llegar a situar correctamente las intervenciones en el tiempo y así «afinar la calibración» (Arce Sainz, 2009: 25). Otros autores ya han indicado, no obstante, que «los problemas surgen cuando se intentan aunar ambos registros (el textual y el arqueológico) en el estudio de la época altomedieval» (Carvajal y De Soto, 2010: 22), una afirmación que, por cierto, nosotros hacemos extensiva al periodo tardoantiguo, época desatendida en su momento por la ARQ. Textos y restos materiales, arqueológicos y monumentales, siguen siendo los dos principales yacimientos de información que proveen a los investigadores que construyen el relato histórico (Arostegui, 1995: 314-398). No obstante, en ocasiones documentos y paramentos entran en contradicciones. Como historiadores del arte, procuramos la «contextualización» de ambas fuentes históricas (Moreland, 2001), conscientes de que ni en las fuentes escritas ni en los lienzos murarios se encuentra una verdad incontrovertible e inequívoca. No hay duda, sin embargo, de que elaborar un discurso histórico es tarea que se despliega sobre fuentes escritas, acaso también sobre otras, pero inevitablemente sobre éstas, por más que algún autor critique su peso excesivo en la investigación universitaria (Reveyron, 2005: 22). Los historiadores del arte, tradicionalmente, conjugamos la documentación textual con el examen de las fábricas, considerando tanto su «estilo» como su funcionalidad, a fin de reconocer los perfiles de una problemática histórica. Por simple dinámica formativa, el historiador del arte está habituado a construir la historia socio-cultural y artística del edificio, leyendo entre otros planos, los «estilos». Por su parte el arqueólogo, se reconoce particularmente interesado y capacitado para estudiar la construcción como objeto en sí (Caballero et alii, 2003: 84). Ni unos ni otros juzgamos que la arquitectura sea un objeto aislado ni que se pueda estudiar de manera aislada. Es muy probable que los paramentos del palacio regio de Toledo en el siglo VII estuvieran ejecutados con una técnica análoga a la iglesia principal de la ciudad. Ante el eventual hallazgo de unas estructuras de ese horizonte cronológico y espacial, será la exploración del área ceremonial, tanto interior como exterior, esto es, la inmediatez a una necrópolis lo que permitirá desvelar la funcionalidad de los restos. Esas respuestas no las puede proporcionar aisladamente la lectura arqueológica de los muros, sino un cúmulo de informaciones, entre las cuales los textos -si existen-resultan primordiales en la discusión y confección del relato histórico, tanto como lo pueden llegar a ser los eventuales hallazgos arqueológicos. La tarea del arqueólogo no están exenta de algunos condicionantes, según se ha reconocido: «Normalmente se tiende a datar el subsuelo de forma apriorística dependiendo de la idea previa que tenga cada excavador. Si se piensa que la iglesia es, por ejemplo, del siglo VII será «obvio» que los niveles fundacionales, cuando se encuentren, serán tenidos del mismo momento» (Caballero et alii, 2003: 82). Ciertamente, se trata de un proceso que hemos podido acreditar (Martínez Tejera, 2010). Estaremos de acuerdo en que las excavaciones no se deberían abordar sólo para confirmar o desmentir los textos. Ni la información textual debería ser avasallada por la arqueológica, ni la realidad material puede supeditarse a un guión literario preestablecido que esquive los hallazgos materiales. El análisis de los restos materiales y la documentación deben contrastarse para extraer unas valoraciones críticas y verosímiles. Los juicios previos jamás pueden ser un punto de partida asumible y, sin embargo, resulta palmario que los apriorismos negligentes afectan tanto a la HA como a la ARQ y a la AA. Como historiadores del arte siempre hemos mantenido una postura muy crítica respecto a la infalibilidad de los textos, ya sean documentos, crónicas o epígrafes, aunque este escepticismo no siempre haya encontrado la adhesión de otros colegas. Entendemos que el examen de las fábricas históricas se enriquece notablemente con la consideración desacomplejada de las aportaciones de la ARQ. La experiencia nos demuestra que, por sí misma, la exploración de la materialidad no puede dar respuesta a todas las preguntas que plantea la excavación de un ámbito tardoantiguo o altomedieval. Desde luego, tampoco está al alcance de la HA, y menos aún si circunscribe su análisis a planteamientos didácticos periclitados. Con todo, aunque el estilo de una obra y las comparaciones formales no resultan enunciados incontrovertibles, como se ha reconocido y reiterado, sí continúan siendo síntomas e indicios estimables. Si a estos indicadores se sumaran los proporcionados por la ARQ y la AA, las perspectivas de análisis se enriquecerían de modo sustantivo y acaso también los resultados. Es cierto que una franca colaboración interdisciplinar en pos de un objetivo común resultará factible sólo si desarbolamos los fortines respectivos, como parodiaba Arce. Nadie debería reconocer en la poliorcética una postura académica. Sin embargo, no estamos reflexionando únicamente sobre competencia científica, sino sobre las cuotas de poder acumuladas para desplegar nuestros principios epistemológicos. Esta perspectiva es la que ha convertido nuestros departamentos en cuarteles y a los doctorandos en fuerzas de choque. Se diría que, más que compartir un objetivo común, competimos por un común objeto de deseo. TECNOLOGÍA Y ANÁLISIS DE LA ARQUITECTURA La ARQ está incorporando cada vez más, en su metodología pero sobre todo en sus análisis prácticos, las nuevas tecnologías. Este factor implica que, progresivamente, sus resultados dependen de otras disciplinas científicas, como la química, la petrología o la dendrocronología, de procedimientos como la mensiocronología (Quirós Castillo, 1996), de técnicas como la termoluminiscencia y de exploraciones proporcionadas desde la topografía y la geomática, como el georradar o los escáneres 3D. El análisis tecnológico, para qué eludirlo, está al alcance de quienes son receptores de dotaciones económicas suficientes y disponen de equipos complejos, pero desde luego y ante todo de los profesionales que estiman que el concurso de estos méto-dos es provechoso. La AA, más que otros, los considera adecuados y con frecuencia puede costearlos. No es menos cierto que una parte de la HA no considera imperioso el empleo de recursos tecnológicos, pero aunque lo deseara casi siempre le resultan inasequibles. La mayor o menor familiaridad con esos elementos de exploración y diagnosis, a su vez, repercute hoy en la recepción de solicitudes y consultas para intervenir en el mantenimiento del edificio histórico. Indicaremos a renglón seguido, no obstante, que en algunos proyectos encabezados por historiadores del arte estas exploraciones tecnológicas ya se están llevando a cabo. Así ha sucedido, por citar algún caso, en San Isidoro de León y San Miguel de Escalada en 2008-2009, en La Seu d'Urgell en 2010, y entre los investigadores extranjeros, mencionaremos el caso del proyecto de Peter Klein sobre los claustros de Girona, Sant Cugat y Silos (2008). En otras palabras, el interés y el contacto habitual con ese instrumental y sus modalidades de estudio hoy ya no continúan siendo un coto vedado. Ahora bien, el dominio del arsenal tecnológico por sí mismo nada proporciona. Si no se conocen suficientemente bien todas las circunstancias que caracterizaron al taller de Velázquez, poco importa que se puedan hacer radiografías de las capas subyacentes de los cuadros o análisis mineralógicos de sus pigmentos. Se puede encargar el mapa litográfico de una iglesia, pero si se ignoran los factores históricos y los protagonistas que incidieron en su biografía nada sustantivo podrá concluirse. En esta tesitura, resulta un desafuero que las administraciones que deben velar por la conservación y conocimiento de nuestro patrimonio histórico no requieran con mayor frecuencia la opinión y comparecencia de la HA especializada. Las administraciones públicas, en buena medida, han acrecentado y apresurado el desencuentro de la AA y la HA y la colisión entre sus profesionales. La actividad arqueológica en un determinado edificio o conjunto arquitectónico -en muy raras ocasiones de investigación-suele venir motivada por actividades de limpieza, conservación y restauración (Arqueología de Gestión) dirigida por un «Arquitecto Restaurador» que infrecuentemente cuenta con la HA como herramienta de trabajo y consulta. El capítulo destinado a actividades arqueológicas sale a pública subasta. Cualquier arqueólogo puede excavar el yacimiento horizontal o vertical, independientemente de su trayectoria y de sus conocimientos respecto al «espacio temporal» sobre el que va a actuar, destruyendo y documentando. No faltamos a la verdad si reconocemos que con asiduidad es la empresa encargada de las obras la que «sugiere» al arquitecto el arqueólogo facultativo. La administración se atiene al criterio del menor coste económico, subordinando el óptimo conocimiento y difusión del objeto arqueológico y, desde luego, artístico. Este procedimiento lesiona las posibilidades de muchos arqueólogos especialistas, de otros investigadores que no sean arqueólogos, y en ocasiones del propio monumento, lo que resulta más lastimoso. Si un arquitecto considerase oportuno proveerse de información antes de actuar, podría solicitar a un historiador del arte que le detallara las intervenciones arquitectónicas anteriores, las partes históricamente más sensibles de una fábrica, la realización de excavaciones pretéritas o las sustituciones de elementos constructivos. Dado que vivimos en una sociedad que se debería esforzar por rentabilizar sus limitados recursos y por incrementar su eficiencia, los responsables de las intervenciones en los edificios históricos harían bien en recurrir a profesionales con el perfil adecuado (historiadores del arte especializados) que les ayudasen en esta tarea de diagnóstico propedéutico. Esos profesionales, además, les proporcionarían un solvente análisis de los criterios y motivaciones que asumieron los autores de la ejecución del conjunto monumental, así como un estudio del uso diacrónico que se otorgó al mismo. En otras palabras, realizarían un examen de algunas cuestiones completamente relevantes. EL OFICIO DE LOS HISTORIADORES DEL ARTE ¿A qué se dedica exactamente un historiador del arte cuando estudia edificios históricos? ¿Cuál es su papel en la actual sociedad del conocimiento y, por esa vía, para qué se le necesita? Resulta complejo responder sintéticamente a estas cuestiones y enojoso tener que formular un razonamiento desde una posición defensiva, como si se tratase de una disciplina periclitada y, por ende, injustificada. Pero en la situación actual no podemos seguir haciendo oídos sordos a que otros afirmen que, sobre el campo de estudio de la arquitectura histórica, sus análisis sí son pertinentes, justificados, provechosos, reales y científicos, a diferencia de la HA, que se recrea en el idealismo y la contingencia. Conceder crédito a ese tipo de valoraciones no sólo resulta lesivo para los historiadores del arte. También, y eso resulta más importante, para el conjunto de la ciudadanía. La reflexión que nos ocupa gravita en torno a un argumento nuclear que parece estar en cuestión: la naturaleza metodológica de la HA, su rigor analítico, la capacidad para contrastar sus planteamientos con indicios, su fiabilidad para formular hipótesis interpretativas y, a la postre, su solvencia para demostrar sus propuestas. Como en cualquier otra disciplina, existen óptimas HA e HA deficientes. Pero cuando se trata de estudiar edificios históricos ningún historiador del arte prudente y ponderado obvia que el punto de partida del análisis debe ser diseccionar la materialidad del propio objeto de estudio. Añadamos nuestro convencimiento, fruto del ejercicio empírico de estudiar templos a pie de fábrica, que la batería de referencias documentales que atestigüen intervenciones y protagonistas -auxilio neurálgico del historiador-siempre debe ser atendida y estipulada de modo que no condicione el examen positivista de la obra. También la HA enseña desde hace décadas que el monumento es el documento prioritario, que en su naturaleza y especificidades físicas se pueden y se deben reconocer los perfiles cardinales de su dimensión histórica. En todo caso, ahí se sitúa nuestro punto de partida, no de llegada. Todo lo apuntado constituye sólo el fundamento y apertura de nuestro complejo análisis histórico-artístico, tan estético como social, pero en última instancia, cultural en tanto que entramado de logros artísticos, organizativos y de conocimiento. Más adelante justificaremos con mayor detalle y ahínco esta cuestión, pero dejaremos apuntado un interrogante: ¿se encuentra la ARQ capacitada -más aún, interesada-para razonar la dimensión estética de un edificio histórico? Esa dimensión resulta nuclear -y nunca fortuita-en fábricas concebidas y formuladas para acoger funciones litúrgicas y cultuales, actividades sociales de distinta naturaleza, así como para desempeñar responsabilidades representativas en el plano ideológico. LOS INTERROGANTES (Y LAS RESPUESTAS) DE LA HISTORIA DEL ARTE Cuando ya se ha diseccionado el proceso constructivo y se han estratificado cronológica y materialmente las intervenciones en el mismo, cuando ya se han analizado los materiales y los modos de construir, cuando se han interpretado las fuentes de provisión material de la fábrica y la organización social y productiva que revela, y, más allá, cuando se ha formulado una propuesta paliativa para las eventuales patologías de la construcción, ¿quién informa de las razones ideológicas, espirituales y -en última instancia-culturales por las que el templo o el palacio se construyó con una determinada topografía y no con otra? ¿Quién explica el por qué y para qué de una construcción? ¿Comprender la biografía constructiva de una iglesia permite esclarecer qué actividades se realizaban dentro y a cargo de qué protagonistas? ¿Quién razona las mutantes necesidades funcionales de un recinto sacro en consonancia con la morfogénesis espacial? En fin, ¿quién justifica el espacio y no sólo la carcasa arquitectónica? ¿Quién analiza y explica la semántica y la funcionalidad de los espacios, la articulación de los escenarios y, sobre todo, el arte de crear loci sancti? ¿Quién tiene en cuenta y transfiere al conjunto de la sociedad actual que los escenarios cultuales o políticos carecen de utilidad y significado sin una organización escenográfica y sin unos protocolos rituales? ¿Quién explica que un templo proporciona una puesta en escena para que una comunidad pueda desarrollar en su interior todos los actos ceremoniosos y representativos que le permiten reconocer su identidad y cometido? ¿Quién despliega su lectura del edificio, del texto espacial y monumental, en el contexto histórico y cultural? ¿Quién explica su relación, inequívocamente establecida, con otros espacios? La HA posee capacidad y autoridad científica para desplegar todas esas respuestas. Sin evasivas, asumimos que esta proposición no es inocua y tiene tantas implicaciones como reivindicaciones (Bourdieu, 1984), pero no son estas últimas las que la motivan. Una aportación fundamental de la HA radica en la capacidad para leer la semiología de espacios concretos, comprender las razones y criterios de la articulación de un recinto y de la creación de lugares en el marco de los espacios interiores2. La historia de la construcción -los arquitectos-puede diseccionar qué criterios se observaron y qué casuísticas intervinieron en el proceso edificatorio. Pero la construcción es sólo lo que requiere la arquitectura para proveer de recintos a sus usuarios. Ni siquiera examinar la materialidad de los edificios, su dimensión arqueológica, permite comprender el sentido de los ámbitos o las alteraciones de los usos en el seno de una fábrica permanente. La morfología de las arquitecturas posibilita, pero también impone, modos de ocupar los espacios. Al tiempo, y a la inversa, asigna espacios que deben ser ocupados de un determinado modo por los receptores, aunque se perfilan también espacios más flexibles que posibilitan actividades no regladas. De este modo la arquitectura se erige en un mecanismo de comunicación icónica y espacial, en el mecanismo más eficaz de proyección, presencia y prestigio en el medio social. La arquitectura se alza como el continente que prestigia a los propietarios y las acciones, esto es, a los contenidos. El espacio delimitado arquitectónicamente y ocupado formalmente de manera reiterada logra así explicitar jerarquías sociales («simbolización espontánea del espacio social» decía Bourdieu, 1999: 122. Hiller-Hanson, 1984), estructuración mental y crite-rios de convivencia y cohabitación3. Se consigue, además, especificar los lugares más centrales y, por tanto, más significativos en esa extensión espacial (Brenk, 2010). Lo diremos sintéticamente: la AA estudia e intenta explicar, junto con la historia de la construcción, el arte de alzar edificios, pero no cómo y porqué un simple muro se convierte en obra de arte. La HA, además de interesarse por lo anterior, examina y justifica cómo y para qué se llevó a cabo el arte de crear lugares interiores en un momento y una región determinados. La HA hace décadas que reflexiona sobre su particular alcance metodológico. Los trabajos de Belting (Belting, 2009) resultaron suficientemente reveladores como para comprender que el Arte -stricto senso-tenía una historia que no se puede retrotraer más allá del siglo XV. Antes de ese umbral existieron imágenes, no «Arte». Las imágenes fueron proyectadas para el empleo cultual, representativo y, en menor medida, para la recreación visual. Por esta y por otras razones que sería arduo detallar ahora, la HA se ha ido concibiendo cada vez más a sí misma como una historia de la cultura visual de un determinado estadio histórico del pasado. En un plano análogo, se reflexiona cada vez más sobre la historia de la cultura espacial de un periodo: desde la semiología espacial vigente a la interpretación cultual o política concedida al espacio arquitectónico. Entre los medievalistas esta perspectiva se concentra en el empleo ritual y emocional de los espacios (Baud, 2010). Ciertamente, el estudio de la arquitectura del pasado desde la perspectiva histórica ha ido incrementando sus puntos de interés, basculando de modo decidido sobre el estudio del urbanismo (Arqueología, Patrimonio, 2010). Sin embargo, no se conoce suficientemente bien cómo ocupaban y experimentaban esos espacios cultuales sus usuarios originales y posteriores. La perspectiva de la HA -de esa historia de la cultura espacial del periodo tardoantiguo y medieval-procura examinar y comprender para qué, y no sólo cómo, se elevó una fábrica. Lo hace porque tiene presente qué es lo que está examinando realmente, en nuestro caso particular, qué es el espacio de culto y qué el espacio sagrado (distintos uno de otro), cómo y por quién se valoraban y se experimentaban. Porque el grave problema de los análisis sintácticos de los espacios es que llegan a enunciar proposiciones ahistóricas o anacrónicas. El discurso de la HA se fija en un tiempo y un espacio. Hace tiempo que el historiador del arte no es un diletante entre las técnicas arquitectónicas que conocen los historiadores de la construcción, la discriminación de fases constructivas y la documentación escrita. El núcleo del conocimiento histórico-artístico es la comprensión de lo que sucede dentro y fuera del edificio, las razones de ser y no sólo de sostener esa construcción. Sin ese saber que razona las prácticas cultuales, artísticas, litúrgicas que acogieron los espacios arquitectónicos se continuará presentando el patrimonio monumental a la ciudadanía sólo para que lo contemple, pero no para que lo comprenda en su dimensión histórica. Por eso la profesionalidad del historiador del arte redunda en la optimización del conocimiento transferido socialmente. Un historiador del arte interpreta el espacio que contienen los planos murarios, atendiendo no sólo a la icnografía y la orthografia, sino sobre todo a la escenografía, por emplear términos vitrubianos. Y en este sentido, la valoración y empleo del espacio interior resulta imposible sin el concurso del recubrimiento embellecedor, de la piel ornamentada, que san Isidoro denominó venustas, la tercera y última etapa de todo proceso constructivo, aquella que le dota de una imagen definitiva y completa. Además, nadie dudará de que la arquitectura sea imagen, tanto en su espacio interior como en su proyección volumétrica externa. Atender a esa dimensión icónica resulta fundamental para comprender el alcance ideológico, político o cultual conferido a las construcciones. En una sociedad de la imagen, ¿quién se ocupa de examinar esa dimensión visual, de la iconografía y de la iconología de la arquitectura? Conforme a lo apuntado, permanecen sin resolver muchas preguntas capitales que pueden ser respondidas de modo idóneo desde la disciplina de la HA. Al declarar esta convicción no pretendemos enmascarar ideológica o epistemológicamente una competencia real entre áreas de conocimiento por los posibles recursos económicos o una relevancia social. Esta pugna existe, sin duda. Pero no es menos cierto que hoy día aún no se abordan cuestiones primordiales. La solvencia analítica de la HA puede y debe revertir en el conocimiento comunitario. Para reforzar la legitimidad y vigencia de nuestro discurso, los historiadores del arte no necesitamos podar cualquier noción que no sea estrictamente histórico-artís-tica. Nuestro utillaje intelectual se nutre de disciplinas colindantes y ajenas entre sí, de las que aprendemos para examinar mejor las imágenes y los espacios. El replanteamiento sistemático y crítico de las bases conceptuales de nuestro saber constituye una tarea abordada por sucesivas generaciones de historiadores del arte. Hemos llegado hasta el presente siendo conscientes de nuestra especificidad, de modo que no requerimos perfilar un campo exclusivo, ni confrontarnos conceptualmente con el resto de las disciplinas. En cambio, sí enfatizamos sin alharacas que ignorar la aplicación práctica de nuestros estudios, omitir la transferencia social de los conocimientos, repercute negativamente en la comprensión y gestión de los bienes patrimoniales (Castillo y Gómez, 2009). Como los investigadores de todas las demás áreas, creemos en la solvencia de nuestro discurso y la relevancia del segmento de saber que proporcionamos a la sociedad. Hace ya tiempo, además, que procuramos perfilar ese discurso para que dispense un beneficio colectivo con la mayor rentabilidad intelectual posible. Con todo, ¿será esta afirmación una de esas proposiciones que sólo alcanzará a aquellos que no necesitaban escucharla porque ya la practican y promocionan? Las disciplinas, lamentablemente, se parapetan tras discursos autorreferenciales. Estos proporcionan corazas pero también obstáculos para conjugar los logros propios con los de otras profesiones, a menudo minimizados. Volvamos al interrogante planteado más arriba: ¿en qué medida interesa o satisface a buena parte de la AA la producción de los historiadores del arte? El estado actual de esta situación puede sondearse examinando los elencos bibliográficos de los estudios referidos a edificios ya estudiados -más o menos adecuadamente, pero estudiados a la postre-por historiadores del arte desde hace décadas, si no un siglo. El balance resulta sorprendente con demasiada frecuencia. Si el desinterés de muchos historiadores es reprobable, la omisión sistemática por parte de algunos arqueólogos no parece la más provechosa de las vías para avanzar en el conocimiento. La utilización de «canales cerrados de información» por parte de la ARQ (y también por la AA) ya fue denunciada hace mucho tiempo (Ortega y Villagordo, 1999: 10): «La multiplicación de los discursos conduce a la confusión, se anula así el sentido crítico, la capacidad de discernir, de diferenciar lo valioso y significativo del detritus. Ante esto los receptores elaboran, elaboramos, eso creen y creemos, una estrategia de defensa: la especializa-ción. Pero la especialización no es más que una segmentación de las vías de difusión de la información, no es más que la creación de nuevos circuitos cerrados de información». Esa «especialización» descansa fundamentalmente sobre el «control» de la información sobre la materialidad de las estructuras arquitectónicas y, lo que en nuestra opinión es mucho más preocupante, en la omisión de otras disciplinas. Esta desestima se trasluce en algunas publicaciones de ARQ y de AA que debaten como «novedosos» temas ya examinados por la HA hace tiempo, acaso de un modo optimizable, pero abordado a fin de cuentas. Embarranca el conocimiento argüir -como si se tratara de armas arrojadizas-medidas de sillares contra crónicas abaciales o fórmulas plásticas contra análisis arqueométricos y anchos de galga. Desde nuestro particular punto de vista, como para otros autores (Ripoll y Ripoll, 1988: 426; Reveyron, 2005: 23), sería harto provechoso alcanzar un horizonte de colaboración menos episódico que el actual. Subrayamos de colaboración porque no aspiramos a subordinar o instrumentalizar un método o unas herramientas ajenas, como la valiosa matriz Harris, ni a considerar que la HA pudiera ser un instrumento más de la AA, presunción insostenible. Como no podía ser de otro modo, buena parte de la HA advierte y estima la objetivación y racionalización que la AA ha introducido en el estudio de los procesos constructivos. A todas luces, la AA ofrece informaciones relevantes y provechosas para el conjunto de la comunidad científica. Sin embargo, resulta innegable que tomar la materialidad del edificio como punto de partida y de destino no resuelve el sentido y propósito cultural, cultual o representativo de la fábrica. Cómo y cuándo se operó son interrogantes básicos; para qué y para quién objetivamente lo son más aún. Y ante la resolución de esos retos se posiciona la HA. Individuo y disciplina procuran resolver algunas incógnitas y obvian otras. Los distintos sectores profesionales deberán reconocer si intentan dar a entender a las administraciones y a la sociedad que las preguntas abordadas y resueltas por ese colectivo agotan el elenco de cuestiones relevantes para el conocimiento de un objeto patrimonial. Todas las disciplinas han tenido la tentación de trasladar que los asuntos que quedaron fuera de su órbita de intereses y de propuestas epistemológicas resultaban secundarios, e incluso triviales, por el conjunto de la ciudadanía. Tendremos que reconocer si verdaderamente aspiramos a ahondar en el conocimiento histórico o si, arrinconada toda ingenuidad, pretendemos un dominio historiográfico y disciplinar. De modo cabal, Quirós afirmaba que «la complejidad y responsabilidad que plantea la intervención en el patrimonio edificado es tal, que no se puede delegar en un solo profesional, en una sola disciplina, la toma de decisiones sobre cómo intervenir» (Quirós Castillo, 2002: 34). ¿Son suficientes dos disciplinas? Recientemente se ha intentado reflexionar y sistematizar este interrogante (Caballero Zoreda, 2009: 11-19). Nos tememos que, como en tantos otros casos, la defensa del bien común encubre la reivindicación de ventajas corporativas. «La arqueología de la arquitectura ofrece un marco conceptual nuevo para superar la situación tradicional de los últimos decenios en el que los estudios de carácter histórico se convertían en un mero apéndice de las investigaciones realizadas de forma previa a la rehabilitación arquitectónica, con frecuencia subordinados a la interpretación global realizada solamente por los arquitectos» (Quirós Castillo, 2002: 34). No podemos estar más de acuerdo con esta legítima reivindicación, ni más en desacuerdo con la intencionalidad que en el fondo la inspira. Se pretende lograr visibilidad a costa de desprestigiar a la HA, sin paliativos. Si la disciplina carga en esta tesitura con el sambenito de subjetiva, idealista y taxonómica, los historiadores serán desplazados reiterativamente. Nos sobran los argumentos que proveen de solvencia, pertinencia y eficiencia nuestra actividad. Y lo demostramos siempre que tenemos oportunidad. Pero las oportunidades hay que reivindicarlas. Entretanto, las administraciones se contentan a menudo con proporcionar a la sociedad edificios diseccionados, restaurados y rehabilitados. Más raramente se preocupan por instruir, por tratar a sus administrados como personas adultas y críticas, posibilitando con sus actuaciones no sólo mirar y admirar el edificio, sino sobre todo comprender por qué y para qué se operó en su momento aquella fábrica. La HA puede contribuir a formular la respuesta eficiente y solvente a muchas de las cuestiones que una sociedad del conocimiento, crítica y exigente, debe requerir a sus administraciones. El sentido de las construcciones radica en sus espacios y el de éste en los usos sociales e individuales desempeñados. Es un criterio capital considerar que la arquitectura puede y debe conducir a entender tanto las organizaciones sociales de un periodo como las mentalidades (Ripoll y Ripoll, 1988: 421) y la ideología cultural predominantes en el mismo. Invocar estos dos planos no puede seguir siendo considerado hoy como la contraposición trasnochada del idealismo hegeliano ante el materialismo marxista de Kula, la reflexión conceptual frente a la concreción físi-ca operada en el tiempo y el espacio (Ibid: 424; Ortega y Villargordo, 1999: 8-9). La arquitectura se eleva materialmente para generar ámbitos que alojan y enmarca usos cotidianos y procesos mentales y emocionales. El episteme de la arquitectura medieval se alcanza desde el binomio de la funcionalidad y la representatividad. Leer los muros permite razonar cómo y cuándo se dio cauce a esos porqués. La HA no idealiza y tipifica la realidad. Ante las fábricas históricas, discrimina el soporte material, describe el proceso constructivo, rastrea el proyecto arquitectónico, justifica la articulación espacial, identifica las atribuciones funcionales y expone las implicaciones ideológicas y culturales (entendiendo estas como el ensamblaje de conocimientos y pensamientos prevalecientes en una sociedad). La HA pretende conocer las aspiraciones y propósitos que contribuyeron a construir la memoria visual y las experiencias espaciales de seres humanos concretos. Este saber se interesa por los promotores y destinatarios, por los custodios y receptores de las imágenes concebidas para lugares y, a la vez, de ámbitos caracterizados por imágenes y protocolos. La fisicidad de recintos y figuras son las evidencias plausibles en las que reconocemos conflictos y pretensiones espirituales, intangibles pero tan o más reales e influyentes que la localización de una cantera o la organización del sistema de trabajo.
Este artículo pretende formalizar y redefinir el análisis de las técnicas constructivas de un contexto arquitectónico de época romana, planteando para ello documentar una serie de parámetros que permitan comprender y homogeneizar el proceso de clasificación y con el objetivo futuro de una puesta en común de los datos registrados. Este camino, escasamente utilizado por la arqueología clásica, necesita, en nuestra opinión, de un evidente proceso de generalización en el ámbito de la Arqueología de la Arquitectura que, sin embargo, no termina de difundirse en los análisis arquitectónicos de las construcciones romanas. En este sentido, se presenta una ficha-tipo que facilita un amplio abanico de posibilidades contempladas a lo largo de varias experiencias en contextos territoriales diferentes. El sistema de registro propuesto se plantea para la primera etapa de documentación y clasificación de los aspectos técnicos relacionados con la arquitectura de época romana, considerándose el mismo como un sistema abierto a la inserción de nuevos campos según los territorios y materiales analizados. INTRODUCCIÓN Y ANTECEDENTES 1 El estudio de las técnicas constructivas de época romana vuelve a cobrar cierta atención en los últimos años, debido fundamentalmente a una serie de iniciativas surgidas de forma independiente en Siena 2 y Mérida 3, orientadas a crear una serie de nuevas tipologías con un cambio sustancial respecto a la visión estilística tradicional. El análisis de las técnicas constructivas de época romana ha sufrido la corriente de estudios estilísticoscomparativos, basada en una metodología empírica orientada hacia la búsqueda de relaciones sistemáticas entre técnicas de edificios pertenecientes a épocas históricas y contextos territoriales muy distintos. Este planteamiento ha llevado a la creación de análisis diacrónicos de las técnicas, fundados casi exclusivamente en las connotaciones formales de los paramentos. Los caracteres estilísticos se han identificado, en la mayoría de los casos, con una cronología determinada, perdiendo de vista el fenómeno de la coexistencia de técnicas muy distintas entre ellas o, en sentido opuesto, la presencia de técnicas similares pertenecientes a épocas diferentes, casi siempre en favor de la búsqueda de «un progressivo avvicinamento a un momento apogeico, seguito da un graduale allontanamento dal presunto miglior costruire» 4. La tradición de estudios sobre la arquitectura romana ha intentado, durante muchos años, asociar la regularidad de los paramentos externos con las capacidades de los constructores y con la estética del edificio, distinguiendo, así, una serie de periodos con formas constructivas mejores, respecto a otras que se alejan de los cánones estéticos establecidos. La perspectiva de los nuevos análisis citados, vinculados con el examen de la tecnología edilicia romana, se aleja de la visión de las técnicas constructivas como un elemento más de un estilo arquitectónico, combinación de reglas formales en relación con una cronología específica y preestablecida, para abrirse, en general, a una posición analítica que atienda a los elementos formales de los paramentos en relación con las dinámicas productivas, los tiempos y la organización del trabajo, los sistemas de aprovisionamiento de los materiales, etc. En la arqueología clásica española, el grupo de investigación del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, dirigido por M. Bendala, ha desarrollado algunos procedimientos de sistematización del registro de las técnicas constructivas en trabajos efectuados sobre varias ciudades de la Bética5 y de la Lusitania6. Sin embargo, la nueva orientación metodológica de estos estudios ha tenido como punto de referencia las experiencias llevadas a cabo por la Arqueología de la Arquitectura y el interés de esta disciplina hacia la importancia del análisis de los aspectos constructivos como paso previo al conocimiento de los edificios. Desde el inicio 7, la Arqueología de la Arquitectura ha definido la importancia del estudio de las técnicas constructivas 8, considerando fundamental la necesidad de disponer de tipologías a escala regional y subregional 9 y organizando la formación de instrumentos tipológicos y cronológicos a escala territorial 10, como base del conocimiento cuantitativo de los contextos construidos 11. Originariamente, en este ámbito, el problema de las técnicas constructivas ha sido abordado respectivamente desde una perspectiva teórica y metodológica por T. Mannoni 12 y R. Parenti 13. En la fase de consolidación del método estratigráfico aplicado a los edificios históricos, se ha considerado la técnica edilicia como un indicador fundamental para la definición de la cronología absoluta 14, insertando el registro de la misma en una praxis de documentación más o menos analítica, dependiendo de la complejidad de las estructuras. La peculiaridad del método de estudio de la técnica constructiva, tal como se ha formulado en el ámbito de la Arqueología de la Arquitec-tura, se centra en una estrecha vinculación con la estratigrafía de los paramentos y la individualización previa de las unidades estratigráficas 15. Este reconocimiento facilita no solamente la posibilidad de comprender la evolución diacrónica del edificio, sino también la sucesión relativa de las distintas formas y modalidades constructivas. T. Mannoni en el año 1984 16 y R. Parenti en el 1988 17 han establecido una serie de factores para la datación de las técnicas constructivas que prescinden, teóricamente, de diferencias entre periodos históricos y tipología de edificios. Los indicadores cronológicos se han dividido en fuentes indirectas y directas; las primeras asociadas a las fuentes históricas, cartográficas, iconográficas; las segundas se distinguen además en «relativas» (típicas de la arqueología estratigráfica) o «absolutas» (informaciones contenidas en los materiales o en elementos estructurales que forman el edificio) 18. Con respecto a los sistemas de datación de las técnicas constructivas se insistía, ya a partir de los años 80 del siglo pasado, en el reconocimiento de «las claves cronológicas locales», con la intención de definir su variabilidad espacial y la relación con los factores naturales (diversidad de las fuentes de aprovisionamiento del material) o antrópicos (secuencias tipológicas y variaciones técnicas) 19. Estas indicaciones se han consolidado en el estudio del mundo de la construcción medieval mediante un proceso básico definido por una serie de parámetros de clasificación que caracterizan, generalmente, la forma de construir una estructura 20: • el tipo de material de construcción (litotipos), • grado y tipo de elaboración empleado en la preparación del material, • tipo de aparejo, • dimensiones de los elementos constructivos, • técnicas de acabado de los materiales, • tipos de mortero. En general, en el ámbito especifico de las técnicas de construcción se ha dado un amplio margen de maniobra al estudio de periodos históricos muy diferentes, con una serie diversificada de líneas de investigación que coinciden en la individualización de «dónde» se pueden encontrar determinadas técnicas, «cómo» se construía en un territorio concreto y «cuándo» se genera una forma constructiva, dependiendo de una menor o mayor duración y transmisión de los conocimientos técnicos acumulados 21. A pesar de estas primeras intenciones, se generó una pausa en la discusión de cuestiones metodológicas sobre el análisis técnico de los aparejos, con una dedicación casi exclusiva a los detalles de las superficies y los revestimientos, elementos escasamente presentes entre los restos arquitectónicos de época romana. Mientras que, en general, se estancaba el interés hacia la creación de catálogos regionales de técnicas constructivas, en España se difundía la Arqueología de la Arquitectura 22 y se evaluaba la importancia de estos estudios 23, con relevantes aportaciones muy recientes 24. En los últimos años se ha recuperado, en este ámbito, el retraso en la aplicación de las metodologías citadas, fundamentalmente con las actividades de unas serie de grupos de investigación operantes en ámbitos territoriales diferentes 25. En la Arqueología de la Arquitectura se ha producido un cambio 26 respecto a los estudios limitados a la comprensión histórica de un edificio y se ha planteado una investigación rigurosa respecto a monumentos emblemáticos en relación con la historia de una ciudad o de una región 27. Con el desarrollo de estas experiencias y las abundantes aplicaciones de esta metodología a construcciones de diferente tipología es posible presentar, actualmente, un panorama de investigación más amplio y rico de matices que resulta fundamental para el desarrollo de nuestra propuesta de clasificación vinculada a las técnicas constructivas de época romana. Estas novedades permiten ampliarla con otros aspectos vinculados a los significados contenidos en las informaciones técnicas presentes en la arquitectura antigua y complementar los objetivos tradicionales de la disciplina (análisis estratigráfico-técnico) con las exigencias y los objetivos de las ciencias históricas (contexto espacial-cronológico). CLASIFICACIÓN Y TIPOLOGÍA DE LAS TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS DE ÉPOCA ROMANA: CUESTIONES GENERALES 28 La base del trabajo de las ciencias históricas se fundamenta en dos operaciones esenciales (también en el caso de los que refutan reflexiones teóricas previas) -la clasificación y la tipología -presentes, en distinta medida, en la totalidad de los estudios que tratan de ámbitos productivos. En síntesis, para aprovechar al máximo las informaciones recopiladas en la catalogación, es necesario precisar un sistema de elaboración de los datos que, empezando por la fase de registro, alcance las cuestiones principales de la problemática tratada. Esta sistematización se puede obtener exclusivamente con la tipología, entendida como la ordenación de un conjunto de objetos (técnicas, en nuestro caso) desde los que el investigador deriva «delle inferenze relative a dei fatti che non sono contenuti nella rappresentazione iniziale di questi oggetti» 31. Sin embargo, tras la realización de diferentes trabajos, creemos que el paso de la clasificación a la tipología (entendida como instrumento de definición de leyes formales y culturales que se repiten), es, todavía, demasiado corto. A pesar del reconocimiento de una cultura arquitectónica que se implanta y perdura con la historia de las ciudades, resulta difícil extrapolar agrupaciones a gran escala que, en el ámbito de una óptica constructiva muy estandarizada permitan vincular tipos o variantes a grupos técnicos específicos. En este sentido, la aparente homogeneización morfológica de los aparejos (presente todavía en la tradición de nuestros estudios) deriva de la limitación misma de los trabajos existentes. Es necesario, en nuestra opinión, recuperar un planteamiento más específico vinculado con el estudio de las técnicas constructivas, centrado en el reconocimiento de las variaciones formales que dependen de un significado específico, con el deseo de extender este planteamiento a otros contextos, sin desistir de registrar las más pequeñas variables técnicas, y con la perspectiva de asociar, en el futuro, nuevos registros a nuevos factores disociados respecto al ámbito puramente formal. FUNDAMENTOS PARA LA CLASIFICACIÓN DE LAS TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS ROMANAS Con el objetivo de evitar el análisis estilístico se ha creído necesario estructurar una propuesta de estudio de las técnicas constructivas, sobre la base de una amplia serie de elementos condicionantes, de tipo morfológico, productivo y tecnológico. La gran variedad de los materiales empleados en la construcción de las distintas colonias dispersas en un territorio de proporciones desmesuradas exige, en nuestra opinión, un conocimiento especifico de los mismos a escala microterritorial y regional. Los modelos arquitectónicos que se implantan y transmiten en un territorio más o menos amplio durante el periodo romano, necesitan de una correcta clasificación orientada al conocimiento de los contextos de aprovisionamiento de los materiales o al desarrollo y la afirmación de determinadas técnicas respecto a otras. En este sentido, es evidente la imposibilidad de considerar una técnica constructiva simplemente como un detalle formal del edificio. Con esta propuesta es necesario aceptar la definición de una técnica edilicia como el fruto de un ciclo productivo complejo 32, basado en una serie de operaciones en relación con: • el aprovisionamiento del material constructivo, • la transformación del material en elemento funcional para el mecanismo estático del edificio, • su colocación de acuerdo a un determinado conocimiento tecnológico. Para la comprensión de los distintos procesos que llevan a la reconstrucción del ciclo de producción de una determinada técnica es preciso individualizar, en las estructuras, una serie de elementos que se definen, sintéticamente 33: • los componentes de las estructuras. • las técnicas de transformación de los materiales desde la extracción hasta la construcción. • las modalidades de edificación de las estructuras. La cantidad de documentación que se obtiene con el trabajo de campo realizado en los edificios romanos exige, en nuestra opinión, la creación de una base de datos informatizada para el registro de las características técnicas de la arquitectura. Los contenidos del sistema deberían coincidir con una serie de registros que permita consultar, actualizar, ordenar y gestionar una serie de datos de carácter textual, gráfico y fotográfico. Nuestra propuesta se articula en la definición de seis niveles distintos que corresponden a las diferentes etapas de la investigación: 1) Un contenedor general sobre el «edificio» debería sintetizar las características principales, incorporando una descripción, un resumen de los detalles relativos a la estratigrafía y a la técnica constructiva, visualizando la bibliografía y la documentación existente. Desde este primer bloque de la base de datos debería ser posible consultar la totalidad de la información almacenada, con la 31 Gardin, J.C. 1979: p. conexión directa a los siguientes bloques informatizados. En este mismo apartado resultará útil insertar un análisis historiográfico de los edificios, orientado a la búsqueda de referencias y representaciones gráficas antiguas, fundamentales para el conocimiento de la historia de las estructuras y para la individualización de elementos perdidos de la arquitectura conservada, posibles restauraciones o alteraciones de las fábricas. 2) En un segundo contenedor se ilustrará de forma específica los resultados de los «análisis estratigráficos» previos realizados en el edificio, ofreciendo, fundamentalmente, información sobre las cronologías relativas existentes entre técnicas diferentes o similares. En los análisis estratigráficos se evidenciará un cuadro de visualización sintético de las relaciones estratigráficas entre las unidades documentadas, reflejando las relaciones de coetaneidad, posterioridad y anterioridad, evitando la complejidad de las relaciones físicas y facilitando, así, la asociación entre unidades estratigráficas y técnicas constructivas. Las experiencias efectuadas en diferentes contextos nos han indicado la posibilidad de diferenciar el grado de profundidad del análisis estratigráfico, organizándolo según la complejidad de los edificios, en tres distintos niveles de actuación. Los niveles del análisis estratigráfico se han establecido en: Análisis estratigráfico completo, siguiendo los patrones establecidos por las experiencias llevadas a cabo desde la Arqueología de la Arquitectura. Análisis estratigráfico breve (limitado a la lectura rápida de las intervenciones o reformas que permitan establecer una cronología relativa entre técnicas constructivas o variantes diferentes). Análisis estratigráfico parcial (limitado a la relación entre distintos cuerpos de fábrica del edificio, con el objetivo de leer el proceso de edificación y las modalidades de la construcción y las fases de la obra). 3) Los detalles del análisis técnico de los distintos elementos constructivos que conforman el edificio se recogerán en un bloque central de la base informatizada, empleando una serie de criterios que permitan abordar un examen distinto respecto al estudio de las connotaciones formales tradicionales. En este caso, se plantea un apartado de datos generales que vincule las características técnicas con el edificio, en una óptica estratigráfica y estática; otro que analice los tipos de aparejos; un tercero para los tipos de materiales; y un último para el estudio de los factores que determinan un proceso de construcción. Este contenedor servirá, además, para confeccionar el prototipo de ficha de campo, objetivo principal de esta propuesta. Los siguientes apartados permiten consultar la documentación existente sobre un edificio. En este sentido es útil contemplar la existencia de tres bloques distintos: 4) La bibliografía general y específica existente sobre el edificio objeto del análisis. 5) La documentación planimétrica relacionada. 6) La documentación fotográfica antigua y reciente. La estructura de estos contenedores informatizados refleja las observaciones generales sobre un contexto construido, la definición de las características especificas de las técnicas de edificación y las distintas combinaciones de técnicas y materiales que determinan su cultura arquitectónica. Del mismo modo, el sistema tiene que ser abierto y adaptarse a las distintas novedades que aparezcan durante el trabajo de documentación, a las diferentes variaciones en el registro de las técnicas constructivas o a la supresión e inserción de campos que no encuentran relaciones con nuestra propuesta específica. LA DOCUMENTACIÓN DE LAS TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS ROMANAS Una de las principales problemáticas evidenciadas en el desarrollo de nuestros primeros trabajos de investigación ha sido la dificultad de documentar gráficamente las variantes de las técnicas constructivas, operación indispensable para un análisis arqueológico correcto. En los últimos años, debido a los altos costes de la técnica fotogramétrica tradicional, la investigación arqueológica se orienta hacía la experimentación y la utilización de técnicas alternativas que puedan sustituir la documentación gráfica de los edificios realizadas con el levantamiento por medio de la fotogrametría arquitectónica. Una opción que está manifestando validez y fiabilidad, desde el punto de vista de las representaciones bidimensionales de las fábricas de los edificios, es la ortorectificación fotográfica con apoyo topográfico. El dibujo de las variantes constructivas, se obtiene, así, mediante una serie de dibujos realizados en aplicaciones Cad, sobre los fotoplanos correspondientes corregidos. La creación de un registro de imágenes digitales tomadas a corta distancia hace posible, además, una primera descomposición de los edificios en elementos estructurales coherentes (pilares, contrafuertes, muros de carga y tabiques, arcos, bóvedas, etc.), permitiendo una primera reflexión sobre las características constructivas y compositivas del edificio que sirven de guía para el análisis definitivo. La preparación de una ficha de campo 34 para la recogida de la mayoría de informaciones de carácter técnico-constructivo es el paso más complejo en el sistema de almacenamiento de datos. Nuestra propuesta (Fig. 1) es el fruto de un largo proceso de modificación de un prototipo muy sencillo, estructurado, en un primer momento, sobre la base de la bibliografía tradicional y adaptado, con amplias y continuas correcciones, a la unicidad de los diferentes panoramas estudiados. La estructura abierta de la misma permite integrar, continuamente, nuevos elementos a los registros que proponemos y plasmar nuevos sistemas conformes a las exigencias de otros territorios. Es preciso recordar que el punto de partida del análisis de la técnica constructiva se refiere, en todo caso, a un tipo especifico de estructura que desarrolla en el edificio una función estática determinada. A partir de esta consideración se desarrolla el sistema de registro de la totalidad de sus características formales y funcionales. En la serie de «datos generales» sobre el edificio estudiado y la referencia a la documentación gráfica asociada, se prioriza la relación entre el tipo de estructura (cimentación, muro de carga y tabique, contrafuerte, pilar, jamba, solución de esquina, escalera, pavimento, arco, bóveda, ventana, canalización) y la técnica analizada, con un breve resumen de la situación estratigráfica en la que se encuentra la estructura y la indicación de las unidades estratigráficas de referencia y la posición relativa con respecto a estructuras adyacentes. Bajo estas informaciones de carácter general, el sistema de documentación se divide en tres partes: turas sobre el proyecto arquitectónico; huellas residuales del trabajo en la cantera o a pie de obra; distintos sistemas de construcción empleados, variables dependientes de las posibilidades económicas de una obra; uso de distintos tipo de encofrados, grapas, mechinales; y, finalmente, los errores y reajustes que se producen continuamente en una obra y que, escasas veces, se registran. Estos últimos permiten añadir elementos fundamentales para el estudio de la realización de estructuras determinadas y ajustar, en términos relativos, los tiempos de ejecución y finalización del trabajo, a menudo calculados solamente sobre la base de la cronología ofrecida por un epígrafe. OBJETIVOS DE LA CLASIFICACIÓN DE LAS TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS ROMANAS: LA TIPOLOGÍA En general, nuestras clasificaciones se han efectuado con el objetivo final de elaborar una cronotipología entre la forma de los aparejos y la función desarrollada en el funcionamiento general de los edificios. ¿Cómo plantear el siguiente paso de la tipología? Con el sistema de clasificación y recopilación de los datos se ha efectuado una operación de descomposición de los edificios, intentando elaborar una cronología relativa entre los tipos de aparejos y los grupos funcionales (cimentaciones, arcos, bóvedas, etc.), teniendo en cuenta que no siempre las semejanzas formales son indicio de coetaneidad, ni las diferencias entre técnicas lo son de distinción cronológica. La clasificación es solamente un punto de partida para estructurar una cronología relativa de un contexto territorial o regional, mediante la concatenación de aspectos técnicos o formales. Se trata de crear un instrumento para reconstruir, a partir del análisis de los aparejos, la formación de una determinada técnica, con sus variaciones debidas al condicionamiento del material constructivo del que se dispone. En este sentido, la referencia al contexto geográfico resulta de gran importancia para el reconocimiento del tipo de material y la forma de aparejarlo en relación con los conocimientos técnicos de los ejecutores materiales de las obras. El paso siguiente es ordenar la serie de variantes documentadas en una tipología microterritorial comparable con otros sistemas realizados con la misma base de documentación. Con este fin, los datos ofrecidos por las variantes técnicas documentadas pueden indicar elementos claros que caracterizan un determinado contexto territorial. En nuestra opinión, es posible crear cuatro categorías piramidales que permitan estructurar una tipología correcta: las clases, los grupos, los tipos y las variantes, general-mente en relación con el tipo de material empleado en la construcción de un determinado tipo de aparejo. recomienda efectuar una recogida de muestras especificas de morteros asociadas al reconocimiento de tipos y variantes para trabajos monográficos sobre la composición de los mismos y la tecnología empleada en la ejecución. En el estudio de la cultura material no basta con reconocer los materiales y las técnicas empleadas en la construcción de un edificio, sino que es necesario extraer, con la ayuda de los análisis arqueométricos, la procedencia y las características tecnológicas de los mismos, elementos fundamentales para definir los distintos niveles de conocimiento alcanzados en la producción de determinadas formas constructivas o bien la calidad conseguida respecto a otros contextos. Estos detalles sirven, además, para comprender los cambios que se producen en una determinada manera de construir, las innovaciones respecto a la tradición o su mantenimiento y, finalmente, el grado de dependencia de los cambios tecnológicos ya sea de la voluntad de los promotores o de la de arquitectos y constructores 36. La experiencia llevada a cabo en el estudio de distintos edificios de época romana nos indica que las técnicas no se pueden clasificar solamente sobre la base formal de los paramentos exteriores. No existe, como se ha creído a partir de una mala interpretación de la obra de G. Lugli 37, un pretendido significado evolutivo de los términos opus siliceum, quadratum, incertum, reticulatum, etc. Es fundamental comprender que las principales clases coexisten entre sí y, consecuentemente, las dinámicas que conducen a que los tipos se implanten, se transformen, se transmitan sin cambios o desaparezcan en un contexto territorial específico. El objetivo es analizar de forma diacrónica las técnicas constructivas que se distinguen en un área homogénea, desde el punto de vista de los materiales constructivos y las formas de aparejar las estructuras. Se delimita, así, un «área tecnológica». En el interior del «área» es obligatorio reconocer ámbitos técnico-culturales que producen, con procesos específicos, unas determinadas técnicas de las que es necesario encontrar su comienzo y su desarrollo, mediante la distinción del mayor número posible de variables en el ámbito de un mismo grupo técnico. El conocimiento del «área», posibilitará inevitablemente la comprensión de la cultura arquitectónica presente en un territorio en un momento histórico concreto. Dicha cultura arquitectónica no dependerá solamente de la tendencia técnica sino también de los factores geológicos que condicionan el aprovisionamiento, la talla y la elaboración de los materiales constructivos o del ámbito territorial de pertenencia con su relativa homogeneidad cultural, geológica, histórica, económica, etc. 38 Mediante la composición de un amplio mosaico de regiones diversas, estudiadas con similares planteamientos, se descubrirán las reglas generales comunes y las diferencias entre ciudades, zonas geológicamente homogéneas o provincias. En este sentido, el análisis descriptivo, la clasificación y la consecuente ordenación tipológica de las técnicas, constituyen niveles de la investigación que representan solamente el primer estadio hacia una lectura compleja que atienda a la reconstrucción de las diferentes culturas arquitectónicas del mundo romano. En el momento en que se alcancen datos relativos de ámbitos territoriales o regionales distintos y se afinen las cronologías de las técnicas constructivas, será posible, quizá, pensar en los motivos que llevaron a la construcción de determinados tipos de edificios con procesos de edificación específicos, en determinados lugares y periodos históricos. El objetivo de la clasificación de las técnicas constructivas de época romana de acuerdo con los parámetros explicados tiene como finalidad un análisis más general sobre el significado de las distintas unidades arquitectónicas, los edificios, con la intención de reconstruir el equilibrio y la interacción entre los materiales de construcción, entre las estructuras y su función estática o, simplemente, entre las diferentes formas de construir. Con este objetivo de desarrollo futuro se ha propuesto un sistema de recopilación de informaciones esenciales organizado sobre la documentación de la tradición tecnológica asociada a la construcción romana, con la intención de definir las características específicas del conocimiento de los ejecutores materiales de las obras y de homogeneizar de la mejor manera posible la recopilación de la documentación para el análisis de las técnicas constructivas.
Una de las principales problemáticas a las que se enfrenta la arqueología de la arquitectura es datar los elementos y las estructuras. Las argamasas son un tipo de material constituido por una mezcla de diferentes elementos (agregados, agua) y empleadas en muchos tipos de construcciones. Los estudios realizados hasta la actualidad en torno a la posibilidad de realizar dataciones radiocarbónicas precisas han proporcionado resultados contradictorios. El objetivo de este artículo es el de presentar un nuevo protocolo para datar la arquitectura histórica desarrollado por el Centre for Isotopic Research on Cultural and Enviromental Heritage (CIRCE), basado en la realización de dataciones radiocarbónicas de argamasas a partir del análisis de tres arquitecturas medievales del norte del España, dos iglesias y la muralla de un castillo. Los resultados obtenidos han sido confrontados y comparados con otros indicadores cronológicos independientes (dataciones radiocarbónicas realizadas en los mismos yacimientos, materiales y análisis arqueológicos) con el fin de analizar estos valores desde un enfoque multidisciplinar. Palabras clave: Datación radiocarbónica de morteros, arquitectura histórica, estratigrafía, iglesias, murallas.
En el siguiente artículo analizamos uno de los más modernos instrumentos de documentación gráfica del patrimonio, el láser escáner. Aunque profundizaremos en todos aquellos aspectos técnicos, logísticos y de método relativos a su empleo, nos centraremos en su efectiva aplicabilidad dentro del campo de la Arqueología de la Arquitectura, incidiendo en aquellas capacidades diagnósticas que pueden ayudar al estratígrafo a determinar la secuencia evolutiva de un edificio. Tomaremos como base nuestra experiencia en Como todo instrumento, el láser escáner es un medio y, como tal, sirve a una finalidad. En este sentido, y por más que tecnológicamente no resista comparación, la finalidad del láser escáner es esencialmente la misma que la de la cinta métrica, esto es, medir; medir para conocer la geometría de la realidad física que se despliega ante nuestros ojos. Esa finalidad -evidente y primaria-del láser escáner requiere múltiples matizaciones cuando entramos en contexto arqueológico. Al cómo medir se añaden otras cuestiones clave que no sólo tienen que ver con los fines de los proyectos de investigación (qué medir, para qué medir...) sino también con la logística que los hace posibles (con qué medios, a qué coste...). Esa dialéctica que se establece entre los objetivos inherentes al registro gráfico y aquellos propios del análisis arqueológico, es la que pretendemos constituya el telón de fondo de nuestra reflexión sobre el láser escáner. Somos conscientes de que este planteamiento puede volverse en nuestra contra, situándonos en una suerte de tierra de nadie, pues en los aspectos arqueológicos difícilmente satisfaremos al arqueólogo y, desde luego, sería del todo ingenuo intentar sorprender a los especialistas en documentación gráfica del patrimonio en cuestiones de láser escáner, o a los profesionales de la programación con nuestra torpe incursión en el terreno de los sistemas expertos (SS.EE.). Ahora bien, pensamos que el interés y la justificación de las líneas que siguen radica precisamente en el intento de establecer puentes entre nichos disciplinares. Con objeto de alcanzar ese horizonte interdisciplinar, creemos que no queda otra opción que centrarse en cuestiones muy básicas, porque en esencia se trata de introducir a especialistas de diversos campos en terrenos que, en principio, no les son propios. Con todo, es preciso advertir que el presente artículo va preferentemente dirigido a arqueólogos que quizá ya hayan oído hablar del láser escáner, deseen tener una idea más concreta de cómo funciona y de cómo en un futuro -quizá gracias al desarrollo de herramientas informáticas ad hoc-puede ayudarles en el análisis arqueológico. Asimismo, como probablemente el mejor modo de exponer nuestros planteamientos acerca de la relación entre láser escáner y arqueología consista en tratar algún ejemplo práctico, en la última parte de esta contribución nos referiremos brevemente al ensayo que desarrollamos en el contexto de la iglesia de San Miguel de Vitoria-Gasteiz1. LA CUESTIÓN TOPOLÓGICA Y EL REGISTRO GRÁFICO Como arqueólogos, a menudo estamos tan centrados en la obtención de la secuencia cronológica, que tendemos a obviar la naturaleza intrínsecamente espacial de los sistemas estratificados. El proceso de confección del diagrama Harris constituye a nuestro juicio una buena muestra de ello. Obsérvese al respecto cómo en su estado primario de elaboración éste tiene un carácter topológico más que cronológico (Cattani y Fiorini, 2004: 325), puesto que para confeccionarlo hay que tomar en consideración todas las relaciones físicas registradas en las fichas (redundantes o no); estas relaciones físicas constituyen el material en bruto sin el cual no se podrían dar los siguientes pasos para lograr el diagrama con la secuencia temporal relativa, pero a pesar de su importancia es probable que no pasen al papel ni siquiera como borrador. A nuestro juicio es tal el énfasis el que se ha puesto sobre el hecho (indiscutible por otra parte) de que «la representación global de la estratigrafía no puede ser topográfica sino estratigráfica, es decir, reducida a la dimensión del tiempo relativo», y tan taxativa la directriz que establece que en el diagrama «sólo deben expresarse las relaciones esenciales entre unidades, descartando las líneas de conexión redundantes» (Carandini, 1996: 79-80), que el problema del análisis topológico viene sistemáticamente soslayado. A efectos de este artículo, la cuestión topológica es relevante entre otras razones porque según se le dé o no importancia, el rol de la documentación gráfica en contexto arqueológico será uno u otro; más pasivo o más activo. Así, desde el momento en que «la excavación estratigráfica presupone siempre representaciones topográficas en relación a la necesidad de la reconstrucción científica y por lo tanto de las relaciones estratigráficas y su periodización» (Carandini, 1996: 65), es decir, desde el momento en que el análisis topológico puede solventarse con el recurso al registro alfanumérico y el papel de la documentación gráfica queda reducido a su vertiente descriptiva -mero soporte para la visualización de los resultados-, huelgan prácticamente reflexiones técnicas sobre la necesidad de uno u otro sistema de medición. Toda observación acerca de la precisión métrica, o acerca de los errores inherentes al instrumental, pierde entonces sentido en favor de consideracio-nes que tienden a primar la estética y capacidad expresiva de las imágenes que servirán para respaldar la síntesis interpretativa. Ahora bien, en cuanto la cuestión topológica salta al centro del análisis arqueológico, el papel del registro gráfico deviene mucho más activo, y esto es lo que sucede en los análisis de tipo configuracional. En estudios de este género, cuando a menudo la presencia de enlucidos impide una visualización directa de la estructura -y por lo tanto un análisis estratigráfico propiamente dicho-, un buen levantamiento geométrico resulta fundamental: «Un levantamiento geométrico detallado y preciso es un óptimo indicador de las medidas y de las coincidencias a diferentes planos de aquello que no se ve» (Mannoni, 1998: 83). Ya no sólo como mallazo sobre el que articular un SIG y georreferenciar las variables cronotipológicas (Azkarate, 2002: 67), sino para la propia caracterización e individualización de estas últimas. En este caso, cuestiones como la precisión métrica o los errores inherentes al instrumental son del todo pertinentes, porque pueden afectar de un modo crítico a la definición de la secuencia cronotipológica relativa. Y LÁSER ESCÁNER A lo largo de la historia de la arqueología, han sido diversos los sistemas e instrumentos de registro gráfico empleados para complementar las capacidades perceptivas del arqueólogo a la hora de captar la geometría que formalmente define estratos, edificios, distribuciones de objetos, etc. Empezando por la cinta métrica o métodos como el de la trilateración, pasando por el teodolito, el taquímetro, las actuales estaciones totales, técnicas como la fotogrametría -estereoscópica o convergente-, la rectificación fotográfica y por supuesto el láser escáner, todos son medios que han acompañado a nuestra disciplina desde sus orígenes. Algunos siguen de plena actualidad por méritos propios, es el caso de la cinta métrica o el nivel óptico (sobre todo en excavación), otros sin embargo han quedado fuera de uso al ser sustituidos por herramientas tecnológicamente más eficaces. Ahora bien, en nuestra opinión, la eficacia de un sistema o instrumento de registro gráfico no depende tanto de sus teóricas prestaciones, sino de su versatilidad o idoneidad según los objetivos y el contexto de aplicación (volviendo al ejemplo de la cinta métrica, es precisamente su sencillez la que la hace versátil, su bajo coste el que la hace accesible, y de ahí deriva su eficacia). Desde esta perspectiva, puede que el láser escáner no sea el instrumen-Investigación en Patrimonio Construido de la UPV/EHU (GPAC). Nosotros empezábamos a hablar de la necesidad de «sistematizar para automatizar», cuando de hecho la noción de «sistema experto» ya venía sirviendo como idea articuladora de algunos de los últimos proyectos que, bajo la dirección de A. Azkarate, se están desarrollando en el GPAC y en los que también participamos los firmantes de este trabajo. to de menor coste, o el de manejo más sencillo, pero a cambio ofrece precisión y exhaustividad, amén de otras cualidades que trataremos de destacar a lo largo de las próximas líneas. Es evidente que si pensamos en un contexto de aplicación limitado a las habituales necesidades del registro arqueológico, el empleo del escáner resultará -sobre todo por cuestión de costes-escasamente rentable frente a otros métodos (si bien el abaratamiento de los equipos y su creciente autonomía empiezan a poner incluso este extremo en entredicho). Por contra, si en lugar de centrarnos en los usos habituales, reflexionamos sobre el conjunto de líneas de investigación abiertas en el campo arqueológico, y trabajamos en aquellos contextos de aplicación donde las especificidades del láser escáner mejor se ajusten a las necesidades del método, los ensayos pueden resultar eficaces y asumibles en términos económicos. La presencia de enlucidos y de otro tipo de enmascaramientos convierten al análisis configuracional o cronotipológico en el único análisis de tipo arqueológico al que pueden aspirar gran parte de los templos y edificios residenciales que conforman nuestros cascos históricos (Mannoni, 1998: 85); pues bien, este es un contexto en que -a nuestro modo de ver-el láser escáner tiene mucho que aportar, coadyuvando incluso a una mejor gestión del patrimonio arqueológico. SISTEMAS EXPERTOS EN ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA; UN HORIZONTE Es tal la cantidad de información que comportan las nubes de puntos obtenidas por medio del láser escáner, que -más allá de la propia visualización-resulta verdaderamente difícil para el operador humano procesarla y aprehenderla de un modo satisfactorio. Una disección sistemática de los modelos de nube de puntos ejecutada con el fin de elaborar corpus planimétricos que comprendan un completo juego de secciones en planta y alzado, será en ese sentido de gran ayuda. Sobre este corpus el arqueólogo podrá trabajar como hasta el momento venía haciéndolo; comparando perfiles de basas, capiteles o nervaduras, Fig. 1. Para el análisis configuracional de San Miguel de Vitoria, se estudiaron -entre otras-las orientaciones de paramentos, la geometría de las bóvedas, las secciones verticales de los pilares y las de las nervaduras analizando la disposición del dovelaje de los arcos (Gabbrielli, 1998: 44) o señalando cambios en el desplome de los muros. Esta es la línea de trabajo que -como se veráhemos intentado explorar con ayuda del láser escáner en San Miguel de Vitoria, una tímida experiencia que nos ha abierto a un horizonte insospechado que excede con mucho las pretensiones del propio ensayo, pero al que nos gustaría dedicar una breve reflexión final; el citado horizonte tiene que ver con los medios informáticos y el software para el procesado de datos (ver fig. 1). Hoy día ya nadie discute la utilidad de los Sistemas de Información Geográfica en campo arqueológico, ésta es desde hace tiempo nuestra herramienta de cabecera a la hora de gestionar las -cada vez-más ingentes cantidades de información georreferenciada que generamos, pero, por ceñirnos más específicamente al láser escáner, debemos sobre todo hablar de los algoritmos para el procesado y síntesis gráfica de las nubes de puntos que todo software de tratamiento de nubes incluye en sus paquetes más básicos. Aunque éstos no han sido pensados específicamente para su uso en arqueología, lo cierto es que -al menos algunos de ellos-pueden resultar de gran ayuda. Empleados del modo adecuado, aquellos algoritmos diseñados para la obtención de mapas de elevaciones por ejemplo, pueden servirnos para detectar cambios en el desplome en los muros, los cuales a su vez pueden estar denotando la presencia de interfaces horizontales. De hecho, si vamos al caso de los escáneres aerotransportados (LiDAR2 ), ya hace tiempo que el English Heritage está ensayando con algunos de estos para su empleo en arqueología, comprobándose cómo éstos empiezan a facilitar tareas de prospección aérea hasta el momento inconcebibles, como la localización de yacimientos en zonas de bosque cerrado (Cruthley, 2010: 26). En nuestra opinión, a poco que nos proyectemos en el futuro partiendo de hechos constatables como los apenas mencionados, no parece aventurado prever que el desarrollo de SS.EE. pensados desde y para la arqueología, serán una realidad en no demasiado tiempo. Con todo, por más que intuyamos la inminencia con que probablemente se producirá el desarrollo de estos sistemas de asistencia experta, debemos ser realistas y reconocer que aún queda mucho trabajo que hacer. Primero está el problema de ponernos de acuerdo dentro de la propia disciplina arqueológica (no podemos automatizar ningún proceso que previamente no tengamos sistematizado desde el punto de vista metodológico) y, en segundo lugar, está la necesidad de abrirnos a otros campos como el de la programación informática o el de los sistemas de captura y gestión exhaustiva de datos geométricos; no se trata de convertirnos en especialistas, pero sí de controlar los rudimentos básicos para poder establecer una comunicación eficaz con quienes lo son. LÁSER ESCÁNER Y NUBE DE PUNTOS: FUNDAMENTOS BÁSICOS Empecemos haciendo un poco de historia. Si hubiera que destacar un punto de inflexión en la reciente evolución tecnológica del instrumental aplicado a la documentación geométrica del patrimonio, deberíamos retrotraernos al filo del cambio de milenio, momento en que empezaron a utilizarse las estaciones totales con medida directa de distancia, aquéllas que gracias al láser eran capaces de medir distancias sin necesidad de emplear prisma reflectante (Martínez Rubio, 2010: 67). Atrás quedaban los teodolitos con distanciómetro acoplado o los tediosos cálculos de las bisecciones, necesarios para determinar la situación de los puntos medidos en un alzado. Los equipos empezaron a incorporar asimismo servomotores, una innovación que en primera instancia dio lugar a las estaciones totales robotizadas, y más adelante al láser escáner, que como el resto de instrumental topográfico de uso corriente en la actualidad, se beneficia de las últimas mejoras en la electrónica de la medida de distancias, tanto en precisión como en velocidad. Mecánica del láser escáner En síntesis, podríamos decir que el láser escáner consta de dos componentes básicos. Por un lado, y como es obvio, de un dispositivo de medida de distancias, el láser; y por otro, de un mecanismo de barrido, que no es sino un sistema motorizado de espejos que desvía el láser procedente del distanciómetro en las direcciones vertical y horizontal (ver fig. 2). Provisto de este equipamiento, el escáner es capaz de medir la distancia de una gran cantidad de puntos, obteniendo al mismo tiempo datos referidos a los ángulos y al valor de la reflectancia de las distintas superficies impactadas por el láser. Con los valores angulares y la distancia registrados, se podrán calcular las coordenadas tridimensionales -x, y, z-de cada uno de esos puntos (Farjas et alii, 2010: 81). Dentro de la familia del láser escáner existen equipos de diversas características. En primera instancia se pueden diferenciar dos grandes grupos según si van o no montados sobre alguna plataforma móvil; es por ello que se habla de unidades dinámicas (LiDAR, Mobile Mapping, etc.) y unidades estáticas. Esta última es la categoría en la que se engloban los escáneres habitualmente empleados para la documentación del patrimonio, que a su vez se clasifican -según el sistema de medición de distanciasen escáneres basados en la medida del tiempo y escáneres basados en la medida de una triangulación (Lerma y Biosca, 2008: 20). Los escáneres de triangulación son de corto alcance (inferior a los 10 m) y alta precisión, del orden de micras. Se emplean para documentar objetos de reducidas dimensiones que exigen un muestreo con un alto grado de detalle y precisión. Los escáneres de medida de tiempo son lo que calculan la distancia midiendo el tiempo que transcurre entre la emisión del pulso láser y la recepción, después de que éste sea reflejado por el objeto. Dentro de éstos, de nuevo tenemos que hablar de dos subgrupos: aquéllos que se basan en pulsos (conocidos también como de tiempo de vuelo), y aquéllos que se basan en la comparación de fase. Los primeros tienen un alcance mayor, aunque la velocidad y la precisión son algo inferiores, llegan a superar los mil metros con precisiones de centímetro. Los segundos, al contrario, se caracterizan por la rapidez en la medición, proporcionando miles de puntos por segundo con precisiones milimétricas, aunque con un alcance inferior a los cien metros. Ambos tipos de escáner se emplean habitualmente en el levantamiento de edificios, los primeros son más indicados para trabajos exteriores y los segundos para interiores. capturar) es un parámetro que el usuario puede configurar en el instrumento, pero la resolución de la nube de puntos resultante es algo que depende de la situación del instrumento respecto al elemento escaneado. Obsérvese que la separación entre puntos no será uniforme en toda la superficie escaneada, puesto que el modo de dispersión de las mediciones es esférico. Dependiendo del alejamiento y de la orientación de la superficie respecto al escáner, la densidad y la distribución de los puntos en el modelo variarán. La geometría de la toma es un factor determinante en este punto (ver fig. 4). De las nubes de puntos al modelo 3D La fiabilidad geométrica de las plantas, secciones o vectorizaciones por obtener a partir de las nubes de puntos no sólo está ligada a la calidad del dato de base, sino también a su procesado, por ello, todas las nubes capturadas deben ser depuradas antes de elaborar otros productos derivados. Una buena georreferenciación de los escaneos es asimismo clave para componer el modelo final. Errores instrumentales y depurado de las nubes de puntos La precisión de los instrumentos es finita y tan difícil de determinar que ni siquiera las empresas suministradoras de los equipos láser son capaces de aportar datos seguros: «las especificaciones de precisión, proporcionadas por los fabricantes de escáneres en sus publicaciones, no son comparables con la realidad. La experiencia nos muestra que a veces no están contrastadas y que la precisión de estos instrumentos, que son construidos en pequeñas series, varía de un equipo a otro y depende de la calibración individual y del cuidado que se haya tenido en su manejo desde entonces» (Boehler y Marbs, 2003: 2). La precisión de un instrumento está asociada a la apreciación (la unidad de magnitud mínima que puede detectar) y la exactitud a la calidad de la calibración. Un instrumento puede ser muy preciso (medir en milímetros), pero a la vez inexacto si desvía todas las medidas un centímetro, debido por ejemplo, a la falta de verticalidad de su eje principal. En todo instrumento de medición siempre existe un cierto grado de imprecisión que es inherente al mecanismo que lo conforma. En el caso de los instrumentos de detección remota, además, las mediciones están fuertemente determinadas por las condiciones ambientales y las características del objeto que se mide. Las fuentes de error pueden clasificarse en dos grupos: a) Errores debidos al diámetro del láser. El láser no es infinitamente delgado y al incidir en una arista es posible que parte se refleje en un plano y parte en otro, devolviendo dos distancias diferentes, o en ciertas ocasiones varias distancias dispersas a medio camino entre los bordes y el fondo. En los dispositivos de tiempo de vuelo el retorno de la señal es único, sin embargo en los sistemas de comparación de fase puede suceder que haya varios retornos para un mismo punto. En ambientes de mucha humedad o polvo, el láser puede reflejarse en las partículas en suspensión. b) Errores debidos a la reflexión de la señal. La medida de distancia depende de la calidad de la señal reflejada, que a su vez depende de varios factores: En condiciones extremas de temperatura y presión pueden variar la velocidad del pulso láser, afectando al resultado de la distancia. -Los ángulos de incidencia. El ángulo de incidencia que mejor refleja el pulso láser es el perpendicular a la superficie escaneada; los ángulos muy escorados reflejan la señal con menor intensidad. -El nivel de reflectividad de los materiales. Ya hemos hecho alusión a ello; cabe añadir que -frente a los oscuros-los materiales claros son los que mejor reflejan la señal. Todos estos errores, que por sí mismos son errores sistemáticos, pueden considerarse errores accidentales, en cuanto que, combinados entre ellos, no se repiten en una magnitud conocida. Pero en cualquier caso -aunque no podamos estimar el error de forma individualizada en cada punto-, tenemos la obligación de intentar minimizar sus efectos corrigiendo o eliminando los puntos con errores más evidentes. Para ello existen programas ad hoc que se sirven de algoritmos para examinar cada punto del escaneo y comprobar si cumplen con las condiciones de calidad establecidas3. Georreferenciación y propagación de errores Si pudiésemos documentar por completo un edificio desde una única posición, no habría mucho de qué hablar en el este punto; la precisión del modelo obtenido sería equivalente al error que comete el escáner. Sin embargo esto no sucede prácticamente nunca, casi siempre son necesarias distintas posiciones de escáner para poder registrar todas las partes de un inmueble. Suponiendo que las especificaciones de nuestro escáner contemplaran un error de 6 mm, al estacionar dos veces, habríamos cometido el error otras tantas. Evidentemente esto no quiere decir que tengamos un error acumulado de 12 mm; eso implicaría que los errores en cada medición fueron los máximos y se produjeron en la misma dirección, cuando lo habitual es que se cometan en mayor o menor medida y con la misma probabilidad tanto por exceso como por defecto, razón por la cual tienden a compensarse. Originalmente cada escaneo tiene un sistema de coordenadas relativo; cada vez que se estaciona el escáner estamos definiendo uno distinto 4. Todos los puntos que se registran durante la exploración estarán referidos a este sistema relativo. Cuando volvamos a estacionar de nuevo el escáner, éste tendrá otra posición y orientación diferentes, y así sucesivamente. Como es lógico, para relacionar todos los datos y obtener la geometría del inmueble es imprescindible que las capturas cuenten con referencias comunes que permitan encajar unas nubes de puntos con otras (ver fig. 5). Asimismo, es necesario conocer las coordenadas de estas referencias en el sistema de coordenadas absoluto, que debería coincidir además, con el sistema de coordenadas de la cartografía oficial para situar el levantamiento en su exacta posición geográfica. La cuestión de la propagación de errores como resultado de la georreferenciación no es fácil de tratar; hay que analizar todas causas de incertidumbre que intervienen. Primero, cuántas mediciones han sido necesarias para alcanzar la magnitud final. Segundo, con qué desviaciones se ha realizado cada una (según el método o los instrumentos empleados). Tercero, cuál es el sentido de transmisión de los errores (longitudinal o perpendicular). De hecho, desde esta perspectiva -y sin necesidad de entrar en la teoría de errores 5 -, creemos que no es arriesgado afirmar que las precisiones milimétricas, de las que -si se nos permite la expresión-tan alegremente se habla en el campo del láser escáner, son inalcanzables en la gran mayoría de los trabajos. El modelo resultante de la georreferenciación En cuestión de modelos virtuales existe a nuestro juicio una tendencia bastante generalizada a confundir la parte con el todo, es decir, la visualización del modelo con el modelo en sí. En este sentido, creemos importante recordar que la información que recoge el láser escáner se compone de simples valores numéricos que son los que definen las características de cada punto medido (los valores de posición x, y, z; los valores de intensidad; y -en su caso-los valores RGB). El software es luego el que «lee y traduce» esos valores y genera a partir de ellos la representación gráfica que podemos observar en pantalla. Como ya hemos dicho, antes de la georreferenciación, los valores numéricos de posición son los relativos de cada escaneo; pero después de ella, esos mismos tienen un carácter absoluto con respecto al modelo en su conjun-4 Un sistema cartesiano cuyos ejes tienen el origen en el centro del espejo del escáner. Donde el eje Z será la vertical -normal o línea de gravedad-si el aparato está correctamente nivelado y el eje Y toma la dirección del origen de la rotación horizontal (orientación aleatoria en función de cómo posicionemos el origen de ángulos del escáner). Existe -al menos entre los no especialistas en documentación del patrimonio-la idea equivocada de que para trabajar con un modelo hay que tenerlo activo en nuestra CPU, todo él al mismo tiempo y, si es posible, visible en todo su detalle. Probablemente esto se debe a que se iguala la noción de modelo virtual a la de maqueta, o a la de otro tipo de representaciones que reproducen -a escala-la forma del edificio documentado. Sin embargo, hoy día la herramienta informática nos permite separar en capas, unir archivos temporalmente, o establecer hipervínculos, de modo que podemos estar trabajando sobre el conjunto del modelo sin tenerlo activo al mismo tiempo6. Gestión de los archivos de nube de puntos Hablando de nubes de puntos, no podemos soslayar uno de los hándicaps que se le atribuyen al sistema de registro basado en láser escáner; nos estamos refiriendo a la manejabilidad de los datos. De todos es conocido que los archivos de nube de puntos consumen gran cantidad de memoria, y que los formatos en que trabajan las distintas empresas suministradoras de los equipos no son ni mucho menos universales, de modo que las tareas de exportar e importar datos pueden resultar en ocasiones tediosas. Normalmente, las primeras fases del procesado -es decir, importación de la nube, filtrado de puntos y unión de escaneos-se realizarán con el software que proporciona el fabricante del escáner. Si se desea hacer estas operaciones con otro programa distinto al del fabricante, en principio existe la posibilidad de exportar esta información a cualquiera de los formatos de intercambio disponibles en el mercado (ASCII o binario). En esta transferencia no deberían darse pérdidas de datos, ya que ambos son formatos ampliamente utilizados, sin embargo la realidad es que cada fabricante ha desarrollado programas de procesado propio, cuyo uso de algún modo intenta imponer; es por ello que introducen ciertas restricciones que en la mayoría de ocasiones obligan al operario a emplear el software propietario de la casa suministradora del escáner. En cuanto al volumen de datos que se genera, antes de acometer ningún proyecto de estas características, es importante tener muy claro cuál es el objetivo del registro geométrico que se va a efectuar. En función del tipo de análisis que se pretenda, será preciso que los escaneos tengan una mayor o menor resolución, lo que redundará en el tamaño del fichero. Con todo, no podemos sino mostrarnos muy optimistas ya que este problema del peso de los archivos es cada vez más relativo. La capacidad de los ordenadores sigue creciendo año tras año, mientras que el tamaño de los archivos de nube de puntos se mantiene; a esta tendencia hay que sumar la creciente potencia del software de dibujo7. Las plantas, las secciones, las vistas, y en general todos los productos que es posible extraer de un modelo de nube de puntos, hacen que la información geométrica referente a un edificio sea más comprensible y manejable, aunque a la vez menos exacta, dado que los procesos para obtenerlos implican sucesivas transformaciones de los datos que conllevan a su vez una generalización. Pensemos por ejemplo en un modelo alámbrico obtenido mediante una estación total. Los datos originales son sólo aquellos referentes a la x, y, z, de los puntos que se han medido con el equipo, mientras que las polilíneas que los emplean como referencia para conformar el modelo vectorial, no son otra cosa que interpolaciones, generalizaciones que no tienen por qué responder a la realidad salvo en sus puntos extremos. Sin embargo, cuando el levantamiento se ha realizado con alta definición, es decir, mediante un láser escáner, es posible obtener productos sin delinear, que respetan el dato original; basta con diseccionar el modelo de nube de puntos. Esto se debe a que la densidad de las mediciones es tal, que resulta suficiente seleccionar los puntos contenidos en un plano de cierto grosor -algunos milímetros dependiendo de la densidad del levantamiento-para obtener una planta o una sección clara de un edificio sin necesidad de trazar líneas entre los puntos. De este modo, el plano realizado a partir de un modelo de nube de puntos sin delinear puede aproximarse más a la realidad objetiva que otro elaborado por métodos tradicionales. Que una serie de puntos alineados parezcan una línea continua es sencillamente una cuestión de escala. Los planos donde las líneas no son producto de una delineación o interpolación, sino sólo fruto del límite de percepción visual y de la escala parecen más borrosos, los bordes de algunos objetos imprecisos y los detalles más pequeños y alejados, menos nítidos. Creemos que estos defectos son sólo aparentes, producto de una visión y una estética formal que tiene una larga tradición. Quizá debamos empezar a superarla, quizá debamos tender hacia una «estética de la objetividad»; rígida, áspera, pero metódicamente veraz (ver fig. 7). SAN MIGUEL DE VITORIA, UNA EXPERIENCIA PRÁCTICA San Miguel es una de las parroquias más antiguas de Vitoria-Gasteiz8, con todo, la razón última que nos impulsó a escogerla para la experiencia que a continuación exponemos9 responde al hecho de que todos sus paramentos interiores se encuentran por completo enlucidos, precisamente el contexto de aplicación en el que deseábamos poner a prueba el análisis configuracional y cronotipológico asistido mediante láser escáner y termografía10. Problemática que plantea el edificio a su captura mediante láser escáner Formalmente, San Miguel es un templo de planta rectangular (trapezoidal en realidad según ha revelado la planta confeccionada a partir de los escaneos) con tres naves de cuatro tramos cada una, cabecera ochavada y dos capillas absidales laterales. En su costado norte, se abren otros tres oratorios y una antigua sacristía de dos plantas; al sur, se localizan las dependencias de la actual sacristía y las oficinas de la parroquia, el pórtico y la capilla de la Purísima. La fábrica en conjunto ocupa una superficie aproximada de 2100 m 2. El hueco interior, incluyendo naves y capillas laterales, tiene 43 m de longitud y 45 m de ancho. La particular configuración del templo planteaba algunos condicionantes que fue necesario tomar en cuenta para diseñar la toma de datos. A grandes rasgos, la problemática podría sintetizarse en tres niveles: a) Debíamos tener muy en cuenta la profusa fragmentación de espacios (incluso al exterior, porque gran parte del edificio se encuentra entre patios traseros a los que hay que acceder por separado); debíamos por lo tanto ser escrupulosos con el sistema de georreferenciación si deseábamos garantizar el encaje de los múltiples escaneos y evitar una excesiva propagación de errores. b) Era necesario considerar las grandes distancias a las que nos veríamos obligados a trabajar. La altura de las naves centrales del templo implicarían ángulos de medición bastante picados y -en principio-una menor densidad de la nube de puntos en esas zonas. Asimismo, alcanzar en el exterior la zona alta del campanario o las propias cubiertas, se antojaba tarea imposible sin recurrir a escáneres de largo alcance o algún dispositivo auxiliar como andamios o grúas. c) Debíamos tomar en consideración el detalle al que queríamos llegar y éste nos venía determinado por las necesidades del análisis cronotipológico. Era importante registrar rasgos formales de reducidas dimensiones; desde las secciones de las nervaduras hasta los perfiles de las basas y los capiteles de los pilares. Una vez tomados en consideración todos estos aspectos, tuvimos que asumir que no existía un instrumento que se adaptase perfectamente a todas las necesidades, ya que el nivel de detalle que se precisaba en cada caso variaba de manera considerable. Los escáneres de triangulación, que alcanzan la precisión de micras, o los escáneres de larga distancia, no parecían los adecuados para documentar el grueso del edificio que requería un rango intermedio de alcance y precisiones inferiores al centímetro. Los recursos económicos de la investigación eran limitados y sólo podíamos permitirnos el alquiler de un equipo, de modo que finalmente el escáner escogido fue el FARO LS880, un instrumento de medio alcance (hasta 76 metros), medida de distancias por comparación de fase, campo de visión de 360 o horizontal y 320 o vertical, una velocidad de escaneo de 120.000 puntos por segundo, y una precisión en distancias de 4,2 mm 11 y 100 cc de apreciación angular. Para el apoyo de las referencias y la observación de la red de bases, la estación total empleada fue una TOP-CON GPT-3005N, de 15 cc de apreciación y una precisión en distancia de 3 mm ± 2 ppm. Asimismo, hay que decir que el software que emplearíamos para el procesado de nubes nos lo proporcionó el propio fabricante del escáner, nos referimos al programa FARO SCENE v.4.6.58.2. Sistema topográfico de referencia Como ya indicamos, la habitual complejidad y compartimentación de los edificios analizados suele requerir un número variable de estacionamientos del escáner; esto era evidentemente el caso de San Miguel. Por ello, tuvimos que confeccionar una red de puntos comunes que permitiesen relacionar -con toda precisión-los distintos posicionamientos; estos puntos comunes debían medirse 11 El dato de la precisión depende de la distancia de medición y el nivel de reflectividad del objeto medido y se debe expresar acompañado de éstos parámetros: 4,2 mm a 25 m para una reflectividad del 90%. Hay que tener en cuenta que estos valores se miden sobre objetos (dianas, esferas o planos) diseñados para tal efecto, en laboratorios donde no interfieren las condiciones ambientales. Los fabricantes no ofrecen informaciones exactas acerca de las condiciones de observación en las que han obtenido las precisiones que señalan. en un único sistema de referencia que englobase todo el ámbito de acción del proyecto. Asimismo, ciertas exigencias del estudio establecían que el registro geométrico del templo debía estar bien referenciado con respecto al resto del casco histórico de Vitoria, razón por la cual se adoptó el sistema de coordenadas de la cartografía oficial del municipio -ED50 en coordenadas UTM 12 -. Tomando en cuenta estos condicionantes, se diseñó una compleja red de bases articulada en una poligonal principal que rodeaba la manzana de la iglesia y que se apoyaba en vértices de la RURT (Red Urbana de Referencias Topográficas del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz); de esa poligonal principal colgarían además otras dos poligonales encuadradas. Desde estos vértices se radiaron varias bases destacadas -necesarias para acceder a algunas de las capillas de la iglesia-, así como la posición de las dianas que sirvieron finalmente de apoyo para la unión de los escaneos (ver fig. 9). Toma de datos en campo Así pues, ya conocíamos el edificio y disponíamos del material preciso; estábamos preparados para iniciar con las labores de documentación propiamente dichas. No obstante, aún quedaban por adoptar algunas decisiones importantes. Resolución de la captura Decidimos trabajar con una cuarta parte de la resolución máxima, que era por así decir el tercer nivel de detalle que ofrecía el instrumento (por encima sólo quedaban 1/2 y 1/ 1 de resolución). Esta era la mejor opción poniendo en la balanza, por un lado, el tiempo requerido para cada escaneo y, por otro lado, el mínimo detalle que deseábamos alcanzar. Con todo, trabajar a 1/4 no suponía una merma sustancial en el detalle del registro, ya que la separación entre puntos medidos a 25 m de distancia (máximo alejamiento al que se ha empleado el escáner) no sería superior a 12 mm. Planificación de los estacionamientos Para nuestro experimento en San Miguel, la planificación de los estacionamientos se hizo teniendo en cuenta tres factores: la visibilidad (evitar zonas en sombra), la geome-Fig. Croquis de campo con la distribución de los escaneos del interior Fig. 11. Escaneado y observación de las referencias con estación total en el pórtico de San Miguel filtro de distancia, eliminamos todos los puntos que quedaban a una distancia mayor de los 21 m. Inicialmente cada uno de los escaneos estaba referido a un sistema de coordenadas diferente, el sistema de coordenadas escáner (de origen en el instrumento y orientación aleatoria). En esta fase del cálculo los puntos estaban afectados únicamente por el error del equipo, que hemos estimado en un valor ± 6 mm. A continuación, procedimos según los siguientes pasos (ver fig. 12): 1. Detección automática de puntos de referencia (esferas) y puntos de control (dianas). En esta fase, el algoritmo de detección de esferas buscaba automáticamente grupos de puntos que se ajustaran a la superficie de una esfera de radio determinado. Las dianas de tablero cuadriculado por su parte se detectaron gracias al contraste entre los cuadros negros y el fondo blanco (la calidad del ajuste de las referencias -que en San Miguel no ha superado los 2,5 mm-,afecta directamente a los resultados de la unión de escaneos). Unión de los escaneos con referencias comunes. El programa buscaba ahora las correspondencias entre las distintas constelaciones de referencias para, una vez detec-tadas, calcular los parámetros de transformación de cada escaneo (3 traslaciones y 3 rotaciones). En este paso, el error promedio de cada transformación se encontraba por debajo de los 4 mm. Desde este momento todos los barridos estarían en el mismo sistema relativo, formarían un modelo único. No obstante, en esta fase del cálculo, a los errores de medida del escáner se habían sumado los errores en los cálculos de la transformación. Asignación de coordenadas a las señales de referencia. La última fase para que este modelo coincidiera con el sistema de coordenadas de trabajo, consistió en asignar las coordenadas UTM-ED50 a los puntos de control (las dianas) que habríamos obtenido mediante topografía. Se volvieron a calcular las trasformaciones, fijando esta vez las coordenadas topográficas girando y desplazando respecto a ellas todos los escaneos. Es necesario observar cómo los errores más elevados se dan sistemáticamente en las parejas que relacionan las posiciones de las dianas en cada escaneo y sus coordenadas absolutas (estos errores se sitúan entre los 10 y 17 mm aunque alguna vez han llegado a alcanzar los 20 mm). Esto es una consecuencia lógica, ya que en la medida que introducimos una observación más en el proceso, añadimos también el error inherente a la misma (ver fig. 13). De la disección del modelo al análisis cronotipológico La siguiente fase de trabajo consistió en la disección sistemática del modelo producto de la georreferenciación, como paso previo al análisis configuracional. Debíamos empezar seccionando aquellas partes del modelo de nube de puntos «cuya forma general, claramente visible a pesar de encontrarse revestida, es determinante para su cronología» (Mannoni, 1998: 83), elaboramos en consecuencia un listado exhaustivo con aquellos sujetos arquitectónicos que entendíamos susceptibles de análisis a partir de la nube de puntos (ver paso 1, fig. 14) y diseccionamos exhaustivamente bóvedas, arcos, nervaduras, claves, pilares o pilastras (horizontalmente a distintas alturas, y en diversos planos verticales o inclinados). Diseccionamos asimismo el edificio en planta -también a distintas alturas-con el fin de observar cambios de plano u orientación de los muros. Definiendo una base de conocimientos Aunque sólo fuera un tímido ensayo, intentar poner las bases de un hipotético SE significaba de algún modo enseñar a ver a la herramienta informática, y si bien el escáner podía hacer las veces del ojo humano, en la medida en que ver no consiste sólo en percibir, debíamos tratar de establecer ciertas reglas de razonamiento lógico del tipo SI (condición/condiciones) ENTONCES (consecuencia), que nos sirvieran en un futuro como pauta de programación del motor de inferencias. El objetivo de nuestro experimento en San Miguel no consistiría por lo tanto en el desarrollo de un SE en toda su complejidad, sino sólo en esbozar un borrador de árbol de reglas, lo que en el campo de la inteligencia artificial se conoce como base de conocimientos, que es sobre la que opera el susodicho motor de inferencias (Maicas, 1989: 75). Tal base de conocimientos debía surgir de los propios principios del análisis configuracional y cronotipológico aplicados al edificio. Individualización de variables y variables diagnóstico Aunque en el contexto del hipotético SE esto no sería necesario, procedimos a plasmar el repertorio planimétrico en soporte papel, con el fin de simular las condiciones Fig. 12. Diagrama sintético del proceso de georreferenciación y unión de escaneos, aplicado a un edificio hipotético Fig. 13. Acumulación de errores en el proceso de la georreferenciación. La imagen muestra el detalle de la sección del modelo en las distintas fases del procesado. 1) un solo escaneo, 2) dos escaneos unidos mediante referencias relativas (esferas), 3) doce escaneos unidos mediante referencias relativas (sólo esferas), 4) doce escaneos unidos mediante referencias globales (asignando coordenadas topográficas a las dianas) en que trabajaría la herramienta informática y proporcionar el juego de planos a un arqueólogo que no conocía el edificio y que debía trabajar sólo sobre la información gráfica que le era facilitada; ese conjunto de planos incorporaba visualizaciones seriadas y en ocasiones superpuestas de las distintas secciones con la intención de simplificar la labor de análisis (ver fig. 15). Se intentó que el operador humano procediera del modo más sistemático posible en base a la comparación de patrones formales; así, la localización de una anomalía en cualquier serie conllevaba la individualización de una nueva variable, la cual era identificada con el número correspondiente; de este modo fueron generadas poco más de cuarenta variables descriptivas de otros tantos patrones de geometría. Debemos reconocer sin embargo que la utilidad de la mayoría de esas variables fue moderada con respecto a la inversión de trabajo que requiso el procesado de las nubes de puntos y la elaboración del repertorio planimétrico. Sin embargo, tal circunstancia se vio ampliamente compensada por el alto valor diagnóstico que demostraron doce de ellas, las cuales sirvieron para conformar ocho clusters cronotipológicos16 significativos; estas variables derivaban en su mayoría del seccionamiento de basas y capiteles, del análisis de la geometría de bóvedas y de la orientación de paramentos (ver paso 2, fig. 14). Definición de clusters formales Como es lógico, al operador humano se le proporcionó la localización topográfica de cada una de las secciones y sujetos arquitectónicos analizados, implementado en un sencillo Sistema de Información Geográfica articulado en base a la planta del templo. De este modo el arqueólogo podría automatizar la georreferenciación de las distintas variables individualizadas (ver paso 3, fig. 14). El análisis de la distribución espacial de variables permitió a dicho operador la definición de ocho sencillos pero significativos clusters de dos y tres variables. Dichos clusters podían relacionarse en función de ciertas variables comunes que actuaban como bisagra entre agrupaciones, todo lo cual prefiguraba una cadena lógica de hechos constructivos bastante coherente (ver paso 4, fig. 14). Definición de la secuencia cronológica Aunque como decimos en lo que se refiere a la lógica del proceso constructivo, la cadena anteriormente citada pre-sentara una gran coherencia, tenía sin embargo el problema del sentido de lectura. Leer la cadena como -por ejemplo-A-B-C-D, o en sentido contrario, como D-C-B-A, implicaba decir que la construcción del templo evolucionó de la cabecera hacia los pies, o justo al contrario. Para dar con una solución al problema, fue inevitable volver al edificio y controlar visualmente puntos donde los clusters definidos podían entrar en contacto; era preciso localizar posibles relaciones topológicas que denotaran una relación cro- nológica de antero-posterioridad. El examen arrojó datos que sirvieron efectivamente para dar sentido a la cadena lógica, poniendo de relieve que -además de la capacidad de discriminar patrones formales a partir de las secciones de nubes de puntos-el motor de inferencias del hipotético SE debía prever la entrada de datos topológicos que permitieran determinar la dirección de la flecha del tiempo en la concatenación de hechos constructivos deducida directamente de las propias variables (ver paso 5, fig. 14). Finalmente, en lo que se refiere a la deducción de la secuencia cronológica absoluta, la ausencia de documentación escrita que aportase datos fiables sobre el proceso de construcción de San Miguel, nos obligó -al menos provisionalmente-a tomar como referencia las dataciones basadas en la heráldica de las claves de bóveda (Ugalde, 2007: 449-454). El láser escáner empieza a consolidarse como una alternativa muy a tener en cuenta conjuntamente con otras técnicas de documentación del patrimonio como la fotogrametría. Ahora bien, en cuanto a su potencialidad como herramienta de análisis arqueológico -y no sólo como soporte gráfico-, creemos que el láser escáner tiene probablemente un mayor margen de crecimiento, sobre todo en la perspectiva de sistemas expertos (un poco como está sucediendo con la fotogrametría aérea y el LiDAR). El láser escáner es un instrumento que estamos empezando a conocer, una técnica que apenas se encuentra en sus primeros balbuceos -como hace tres décadas sucedía con la fotogrametría (Almagro, 2008: 58)-. Aún son muchos los aspectos que mejorar, muchos los detalles que pulir, pero los avances empiezan a ser significativos y los arqueólogos no podemos esperar a que la técnica alcance su cénit; debemos acompañar su evolución para poder aprovecharla al máximo cuando esa madurez llegue. La tecnología debe estar a la altura de nuestra metodología, pero también -a la inversa-nuestra metodología arqueológica debe estar a la altura de la tecnología. Los altos costes y la falta de autonomía ya no son una excusa. La posibilidad de alquilar el instrumental ofrece flexibilidad para poder utilizar en cada caso el escáner que -por prestaciones-se considere más adecuado para un proyecto (con una buena planificación de los escaneos esta opción puede ser ciertamente económica). En la actualidad, existen además equipos con las mejores prestaciones disponibles por precios que empiezan a ser realmente asequibles, como por ejemplo el FARO FO-CUS 3D (ver fig. 16). Éste último modelo es el que de algún modo marca la tendencia de lo que vendrá, equipos compactos de reducidas dimensiones -de menos de 5 Kg de peso-que funcionan con baterías fácilmente transportables. En fin, a lo largo de casi una década, aquellos que suscribimos el presente artículo tuvimos la oportunidad de trabajar con técnicas fotogramétricas en el proyecto de la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, y no dudamos en ningún momento de las virtudes de tal método de registro. Sin embargo, a nuestro juicio a la hora del análisis arqueológico sus limitaciones son bastantes con respecto a las posibilidades que nos brinda el láser escáner, y aunque estas aún están en gran medida por desarrollar, pensamos que merece la pena empezar a experimentar. Nuestro ensayo en San Miguel parte del ejemplo de Santa María; empleamos un instrumental diverso, pero los objetivos y la base metodológica siguen siendo los mismos. Creemos que los importantes resultados alcanzados en la catedral con la aplicación del método cronotipológico pueden repetirse en San Miguel, pero esto requerirá un tiempo; requerirá volver a realizar nuevos escaneos sistemáticos y requerirá dar nuevos pasos en la creación de un sencillo prototipo de sistema experto.
Arquitectura defensiva en el Castro de Castromaior (Lugo). Análisis de las técnicas constructivas en el acceso al recinto central del poblado El Castro de Castromaior es uno de los yacimientos arqueológicos de la Edad del Hierro más relevantes del Noroeste de la Península Ibérica como han demostrado los resultados de las últimas intervenciones desarrolladas en él. El buen estado de conservación del mismo permite realizar un examen de los modelos constructivos castreños, debido sobre todo, a la inactividad agropecuaria, que ha mantenido sellados los últimos niveles de ocupación y posterior destrucción. Su situación, a escasos metros del Camino de Santiago, ofrece óptimas condiciones para el desarrollo de un programa de intervención que pretende convertir este bien patrimonial en un recurso cultural y turístico de primer orden, teniendo como base la investigación arqueológica. Desde el año 2006, la Xunta de Galicia 1, ha promovido una serie de actuaciones en el yacimiento, encaminadas a su puesta en valor y posterior integración en la ruta jacobea a su paso por Castromaior, con el objeto de ampliar la oferta cultural del Camino de Santiago. En la primera campaña de excavación se proyectó la «domesticación» anual de la espesa cobertura vegetal para ofrecer al visitante la posibilidad de contemplar la topografía original. La primera limpieza y tala de las cinco hectáreas del yacimiento, permitió la observación de las características morfológicas del castro. Se realizaron los correspondientes trabajos topográficos intensivos y se plantearon cuatro sondeos, distribuidos por los distintos recintos que configuran el poblado, con el fin de realizar una secuencia cronológico-cultural y una definición del estado de conservación. Como consecuencia de los resultados obtenidos en el recinto superior se amplió el área de intervención sucesivamente en las campañas de los años 2007, 2008 y 2009. Se excavó en total una superficie de más de 1.000 metros cuadrados y se realizó paralelamente la restauración de los restos de cara a la puesta en valor. El castro de Castromaior, situado en el Noroeste peninsular, al Sureste de la provincia de Lugo (ayuntamiento de Portomarín), fue levantado sobre una cima con un gran dominio visual, desde la que se ejerce un amplio control de la margen derecha del río Miño. La loma donde se instala Se presenta un análisis de técnicas constructivas en el castro prerromano de Castromaior (Lugo), donde se utiliza la metodología arqueológica desde un punto de vista analítico, a través de la excavación sistemática, para llegar a una reconstrucción hipotética de uno de los accesos al poblado. La lectura estratigráfica y la excavación han proporcionado suficientes datos para poder diferenciar fases constructivas. Tras una breve presentación del yacimiento se analizarán los resultados a nivel arqueológico, centrando el estudio en la arquitectura de las estructuras de delimitación. Una vez analizados los resultados, se proyecta una reconstrucción de la zona de entrada. Este pequeño estudio presenta una nueva visión de la edilicia castreña en el noroeste peninsular enfocada desde el punto de vista de la arquitectura de delimitación. Palabras clave: Urbanización, condicionantes geológicos, climáticos, antrópicos y morfológicos. Reconstrucción, pies derechos, galces. el poblado castreño no destaca de manera abrupta sobre el terreno circundante, sin embargo, fueron practicados numerosos fosos y terraplenes con el fin de aislarlo y delimitarlo en relación con su entorno inmediato. Presenta un dominio visual de 360o, interrumpido únicamente por la lejana Sierra del Faro en el cuadrante suroeste. La monumentalidad formal del poblado de Castromaior responde claramente a su configuración, que destaca por su complejidad morfológica. Posee un recinto principal más alto, casi circular, al que se unen otros cuatro hacia el Este y uno más al Oeste, formando sucesivas plataformas, todas ellas delimitadas claramente por líneas de murallas, defensas de tierra con empalizadas (parapeto, agger) y fosos (fossa) que circundan cada recinto dándole al poblado un aspecto fortificado. Dichos parapetos están formados de terraplén y empalizada, conformando el antepecho de protección. Estos espacios, se adosan progresivamente al recinto principal aprovechando la topografía del terreno y consiguen una superficie transformada realmente extensa. La superficie útil de habitación, es de 31.596 metros cuadrados. Aproximadamente el 60% de la extensión ha sido transformada para aterrazar y urbanizar los espacios acotados por fosos y terraplenes. La buena accesibilidad, proporcionada por un terreno poco accidentado, es inversamente proporcional a las posibilidades defensivas del mismo por lo que fue necesario un gran movimiento de Analizando con detalle los recintos parece que el poblado experimentó cierta evolución o rectificación de la estructura original, puesto que algunos de los terraplenes o murallas presentan correcciones de trazado, falta de continuidad en algunos tramos e incluso se puede hablar de una diferencia en su construcción. Estos cambios en las estructuras defensivas están directamente asociados a los detectados en la evolución constructiva de las viviendas del poblado como veremos más adelante. Respecto al recinto superior ocupado por la zona de viviendas del poblado, está delimitado en su perímetro por una muralla de piedra mixta de laja y mampuesto de 316 m de perímetro. La muralla encierra una superficie habitable de 5.400 metros cuadrados dispuestos en la parte superior del cerro. Su eje mayor mide aproximadamente 90 m en sentido Este-Oeste, mientras que su eje menor se extiende a lo largo de 60 m en sentido Norte-Sur, detectándose una única entrada desde los recintos anexos que se encuentran al Este. PRINCIPALES FASES DE OCUPACIÓN DEL POBLADO Cronológicamente Castromaior se desarrolla en la Edad del Hierro, las fechas confirmadas hasta el momento nos remiten a unas primeras fases datadas en el siglo VI-V a. C, que documentamos bajo los cimientos de las viviendas exhumadas pertenecientes al momento de mayor esplendor del poblado (sigo I a. Estas primeras valoraciones arqueológicas nos remiten a una ocupación continúa del poblado, desde la I Edad del Hierro, hasta el cambio de era y los primeros contactos con el mundo romano, momento en el que se abandona el castro. Una de las prioridades básicas de la investigación fue precisar en la medida de lo posible la definición inicial del asentamiento, la valoración del momento de su fundación, su abandono y en definitiva, interpretar los periodos de ocupación del poblado2. La evolución de las estructuras del castro no es producto del aumento o del cambio demográfico, puesto que, como hemos visto en el registro arqueológico, este poblado ha sufrido numerosas transformaciones puntuales, debidas en ocasiones a incendios y otras veces a reformas constructivas o abandonos parciales. Nos centramos en tres momentos fundamentales marcados por dos remodelaciones de cierta envergadura, que son sin duda reflejo de cambios en la dinámica económica y social de sus habitantes. La primera fase de habitación de la que tenemos constancia está constituida por construcciones de tipo vegetal documentadas en el momento más antiguo de ocupación del poblado. En ese momento existen dos únicos recintos amurallados y un espacio ocupado al exterior. Se trata de una comunidad amplia que centra sus esfuerzos en la construcción de estructuras de delimitación como la muralla y construye sus viviendas con materiales perecederos. La primera remodelación a gran escala implicó la construcción de viviendas pétreas con techumbres vegetales. En ese momento se urbanizó el recinto principal y a continuación se dispusieron las edificaciones en torno a la muralla. Esta distribución responde a una reordenación en Fig. 2. Las distintas fases constructivas del castro se van detectando en distintos puntos a medida que avanzan los trabajos de excavación. La fase más antigua nos refleja la existencia de un poblado de cabañas vegetales sobre cuyos restos se construyeron posteriormente las viviendas levantadas en piedra Fig. 3. Arriba: Vista general de los espacios E4 y E7 donde se aprecian en primer plano los restos amortizados de la 1. a fase constructiva correspondientes a la E15. Abajo: Vista del «porche» de acceso donde se aprecian las 2 fases constructivas y dibujo del perfil estratigráfico antes de su excavación la cual se generan ciertos espacios comunes o de tránsito, articulados en torno al paseo de ronda interior de la muralla. Las nuevas viviendas son construcciones exentas a las que posteriormente se fueron adosando otras edificaciones. Son estructuras realizadas con aparejo mixto de pizarra y cuarcita cuyos paramentos se conservan hasta una altura máxima de 1,80 m. Si a esto añadimos los derrumbes documentados en viviendas como la E11 o E1 cuyos muros caídos alcanzan los 2 m de potencia, podemos afirmar que dichos paramentos se desarrollan en altura a más de 4 m, a lo que habría que añadir el desarrollo de la cubierta. En la segunda transformación realizada en la última fase de ocupación del poblado, la superficie habitable sufre un importante cambio, llegando a la actual disposición de los restos o estructuras. A la vez, durante la excavación, se documentan niveles de incendio asociados a reformas puntuales de viviendas que corrigen a veces su trazado adaptándose a un nuevo diseño de urbanización, reconstruyen los alzados de paramentos o unifican propiedades mediante el tapiado de muros. Es el caso del espacio E4 precedido de un pequeño porche E7 que se construye en un segundo momento tras un nivel de incendio sobre el espacio amortizado E15, que a la vez redibuja el trazado exterior para adaptarse a la nueva reordenación del espacio público del paseo de ronda. En la zona de la muralla se remodela el paseo de ronda unificando el trazado y tamaño en anchura de la misma, a base de rectificar la planta de algunas viviendas, construir otras nuevas o añadir anexos. Por otro lado, se articulan una serie de calles transversales ciegas de dominio privado a las que sólo se accede desde dicho paseo. Pero uno de los datos más importantes registrados es que se generan nuevos espacios públicos. Se construye en este momento final del poblado castreño, un edificio o estructura de dimensiones desproporcionadas en relación a lo preexistente. Se sitúa en un lugar inmediato a la entrada principal y en relación directa con ella. También se refuerza la única abertura al recinto superior y adquiriere una gran monumentalidad derivada de la remodelación de todo el sector interior de la zona de acceso. La construcción de este edificio se realiza a la vez que se compartimenta y urbaniza todo el espacio del interior del recinto superior. Estos cambios son reflejo de una nueva ordenación urbanística relacionada con los primeros contactos con el mundo romano (López y otros, 1999). La ocupación del espacio del recinto central se organiza a través de una urbanización previa, orientando calles principales, de acceso, o drenajes en subsuelo y cubiertas. Si atendemos a la estratigrafía muraria, se observa una continua sucesión de estructuras adosadas que delimitan diferentes espacios, mientras que en altura comparten una Estas transformaciones también son apreciables en la estructura general del poblado. A la última remodelación parece corresponder la construcción de los últimos recintos R4 y R5, así como las plataformas protegidas por empalizadas colindantes, R7, R8 y R9 (Lámina I), superficie en la que por el momento, sólo se han realizado sondeos arqueológicos y en los que según los resultados se trata de espacios especializados cuya funcionalidad responde a actividades realizadas en el exterior del recinto principal, como las relacionadas con trabajos de tipo metalúrgico. Los análisis de las muestras de carbones enviados al laboratorio de Geocronología del CSIC, aportaron una serie dataciones que permitieron confirmar las cronologías establecidas para las diferentes fases de ocupación. El nivel de la fase más antigua, asociado a las viviendas realizadas con estructuras vegetales se data a comienzos del siglo IV a.C. (muestras CSIC-2065, 2066 y 2067). Esta fecha de la fundación del poblado es similar a la obtenida en el Castro de Vilela (Taboada, Lugo), situado en esta misma comarca (López y otros, 2006). En este poblado pudimos documentar, durante la excavación de urgencia de un sector del castro, la existencia de un nivel con el mismo tipo de construcciones perecederas asociadas a una fecha similar3. Las siguientes dataciones se agrupan entre el siglo II-I a.C., momento que se corresponde con el siguiente nivel de ocupación (asociado a las viviendas de piedra) que es la fase de mayor crecimiento del poblado, (muestras CSIC-2064 y 2068), mientras que el momento final del poblado se adscribe al siglo I d. C., confirmando el abandono posterior a los primeros contactos con el mundo romano. En las recientes campañas de excavación se han recogido nuevas muestras de restos vegetales que permitirán aproximar aún más los datos cronológicos una vez tengamos los resultados. Durante los trabajos de excavación en área se utilizó metodológicamente un registro a partir de niveles que permitió una lectura de la estratigrafía no solo vertical sino también horizontal, utilizando un sistema tridimensional de registro. La disección horizontal que se hizo de los estratos se basa en el método Harris (Harris, 1979), aunque se complementó con la división de estos estratos en subdivisiones a través de números de inventario que permiten ir compartimentando la unidad estratigráfica con el fin de poder tener una lectura más detallada de los procesos de sedimentación. Los diferentes números de inventario son agrupados siguiendo un criterio de distribución tanto horizontal (espacialmente) como vertical (cronológicamente), determinados por las diferentes estructuras que nos hablan de sus características generales (por ejemplo zonas interiores, exteriores, derrumbes, etc.) y de la aproximación a la interpretación de su funcionalidad (áreas de frecuentación, zonas de hábitat, zonas de trabajo, áreas domésticas, etc.). Todas estas cuestiones estratigráficas y cronológicas han sido registradas durante las excavaciones del poblado y puesto que no es objeto del presente estudio, las apunta- A: Diferencias de construcción de los paramentos en las reformas realizadas en la última fase de ocupación del poblado en el sector de la entrada al castro. B: Espacios adosados a las viviendas en una fase posterior, construidos pra regularizar el espacio de la rotonda interior de la muralla mos a modo de preámbulo para centrarnos en la estructura y evolución del complejo de la entrada al recinto central. LA CONSTRUCCIÓN DE LA ENTRADA AL RECINTO SUPERIOR La transformación interna señalada en la descripción de la compleja evolución de la ocupación del castro de Castromaior, se ve reflejada también en el análisis de la recons-trucción de la entrada al recinto superior. Las remodelaciones que fueron realizadas en el acceso refuerzan la magnitud de la obra. La importancia dada a la muralla, como signo de identidad social y étnica (Fernández-Posse, 1998), contrasta con una arquitectura doméstica de menor envergadura, sobre todo en las primeras fases del asentamiento. En el caso de la entrada, la monumentalidad se asocia a la necesidad defensiva del control de acceso. Para llegar al espacio superior, es necesario atravesar previamente dos entradas y sus correspondientes recintos, con más de 100 m de distancia entre el primer parapeto y la última puerta, lo que supone una estrategia pasiva de defensa muy utilizada en el mundo castreño. Se trata de una sencilla pero efectiva poliorcética basada en la disuasiónostentación, combinada con los accesos más o menos tortuosos, taludes, plataformas, acercamiento en zig-zag, etc. Este sistema condiciona que el interior del recinto central, esté totalmente oculto aunque se llegue al pie del mismo. El sistema de construcción, a modo de un largo pasillo o túnel, reforzaría el mimetismo de la zona principal de viviendas hasta que no se traspasara totalmente la entrada abierta en la muralla. El paso hacia el interior se hace a través de tres portones. Tanto el primero, que se encuentra en la zona más baja, junto a las torres defensivas, como los dos interiores, que forman parte con dos habitaciones de los cuerpos de guardia, se desarrollan a lo largo de 18 m protegidos con una estructura superior de madera. De esta forma se crea un callejón o túnel cubierto que facilita la custodia del asentamiento (Sánchez, 1998). ANÁLISIS DE LOS CONDICIONANTES DE LA CONSTRUCCIÓN Los sistemas constructivos utilizados en el mundo castreño están muy relacionados con la poliorcética y el trazado defensivo. Las pautas y parámetros utilizados en la mayoría de los asentamientos emplean los recursos disponibles para conseguir una protección sencilla pero eficaz, con algunas variantes relacionadas con el marco geográfico y, sobre todo, con la materia prima utilizada en las fábricas. La construcción defensiva se adapta a la morfología del terreno, pero además obedece a unas necesidades de protección o de control de territorio, si bien es cierto que en ocasiones las condiciones climáticas también pueden determinar su fisonomía. Como ya hemos comentado, uno de los factores más importantes en la construcción de un castro, una vez se ha escogido el lugar, es el sustrato geológico del mismo. Este elemento influye directamente en la propia urbanización del poblado. En el marco geográfico en el que se localiza el castro de Castromaior, hay una gran presencia de pizarras, con más o menos esquistosidad, arcillas y cuarcitas. Es necesario aclarar por otra parte, que en este caso, la calidad de estas pizarras no es buena, debido a la inclusión de niveles estratificados de arcilla entre la propia pizarra, lo que la hace extremadamente frágil y de escasa resistencia (Zuuren, 1969). Las pizarras en general están afectadas por un metamorfismo de grado bajo, que da lugar a una transformación de la textura y a su vez da origen a la esquistosidad (Martínez Catelán, 1981). Así, mientras que una pizarra de alta calidad se constituye sobre todo de micas microcristalinas (illita) y clastos de cuarzo de pequeño tamaño, en este caso, en la zona de Castromaior, son típicas las inclusiones de impurezas tales como los carbonatos y sobre todo las febras4. Es necesario señalar que contiene partículas de cuarzo y moscovita, que forman un tipo de mica: la biotita, la clorita y la hematites. Se divide en finas capas o láminas, si bien es cierto, que debido a sus componentes, bien puede romper en el sistema hexagonal, sobre todo en condiciones extremas (altas temperaturas, etc.; Pulgar, 1980). La existencia de arcilla, favorece que ésta sea utilizada para recibir la piedra en la construcción de paramentos. Las construcciones son débiles, lo que obliga a engrosar los muros, sobre todo si se quiere ganar en altura. Las viviendas de más envergadura ya excavadas, así lo atestiguan. Constructivamente es fácil comprender que la única manera de conseguir altura es engrosar y macizar la base para lograr un efecto masivo. Así pues, las condiciones geológicas han influido decisivamente a la hora de urbanizar el terreno, dejando una gran superficie dedicada al perímetro de muralla y ronda interior, sobre todo en la zona de acceso. La excavación de los fosos, como en la mayoría de los casos, en lo que a este tipo de yacimientos se refiere, proporcionó piedra de pizarra y cuarcita en abundancia, para construir las murallas. La técnica utilizada en la propia edificación del recinto fue la de emplekton (a doble cara con relleno de tierra y ripio al interior; López y otros, 2004). La madera conseguida en la deforestación previa al trazado y urbanización del castro, completaba la materia prima necesaria (Mileto, 2000). Para la construcción de elementos estructurales de madera se ha podido utilizar el roble, enebro, pino o castaño, todos ellos presentes en las analíticas realizadas recientemente. Otros condicionantes de tipo geológico son los orogénicos, que conforman el grado de sinuosidad del terreno. En el caso que nos ocupa, la pendiente no es muy acusada, lo que obliga a multiplicar la construcción de fosos y parapetos para dificultar el acceso al poblado. De igual modo, se podría apuntar como condicionante de tipo orogénico el hecho de que se haya tratado de orientar la entrada de acceso en la zona más baja de la croa de manera que se pueda facilitar la pendiente necesaria para el correcto desagüe del primer recinto donde confluyen diferentes drenajes. Las piedras más grandes de cuarcita se empleaban en la zona inferior, para sobre todo aprovechar su cualidad estructural, lo que la diferencia de la pizarra, de menor resistencia y peso específico. En el paramento se utilizaban las dos, indistintamente, dependiendo de la disponibilidad de una u otra5. En los remates, sin embargo, se empleaba la losa de pizarra debido a su menor densidad y su mayor envergadura al ser utilizada a modo de barda. La losa también se utiliza para soleras y cubrición de drenajes. Los condicionantes de este tipo influyen directamente en el sistema constructivo, tanto en el caso de viviendas y obra civil, como en el de recintos amurallados. Desde un punto de vista meteorológico, si las condiciones son adversas, se buscará una protección mayor en altura del recinto principal. Para ello, como ya hemos comentado anteriormente, se debe ampliar la base de las estructuras si se desea adquirir una mayor altura de la construcción. En la zona de acceso, la longitud máxima del callejón que compone la muralla y torre alcanza los 19 metros. La potencia en altura podría superar los 13 m. En el resto de la muralla donde se ha documentado una distancia máxima de sección transversal de 7-8 metros, podemos hablar de una altura mínima conservada de 4.5 metros. Como se ha constatado desde las primeras campañas de excavación, la construcción tanto intramuros como al exterior, se plantea a favor de fachada6, de forma escalonada, pero un tanto anárquica, respondiendo más a necesidades puntuales de inclusión de escaleras, de acceso al adarve, o a la falta de espacio en el paseo de ronda, que a un previo diseño a respetar. En cualquier caso, los 7-8 metros de base se podrían reducir a cerca de dos metros, si tenemos en cuenta los 50 centímetros necesarios como mínimo para la construcción del parapeto del paseo de ronda. Los condicionantes meteorológicos supeditan la construcción de los parapetos a un remate con bardas de losa o de brezo. En caso contrario, se facilitaría la entrada de agua de lluvia en el propio muro abriéndolo en dos como un libro al actuar los procesos de criogénesis. Igualmente, sería lógico pensar que las piedras de remate del paramento interior de la muralla serían de losa y de grandes dimensiones para evitar este proceso y a la vez, garantizar el deambular sin que las lajas se muevan. Es preciso recordar que estas construcciones siempre se reciben en seco, con arcilla y pequeños calzos de piedra (Sepulcre y Hernández, 2000). Los condicionantes de tipo climático influyen directamente en la cubierta del túnel de acceso o torres de flanqueo. Las puertas de entrada se encuentran situadas en un largo ensanchamiento de la muralla, que pasa de 8 a 19 metros. Como hemos comentado, se debe a la progresión en altura deseada, a la posición adelantada que mejora la visibilidad y a otros factores que ahora no vienen al caso. Únicamente vamos a poner de manifiesto la necesidad de cubrir la superficie de más de 200 metros cuadrados de piedra y tierra, que de otra manera, no soportaría muchos inviernos en la zona donde nos encontramos. Si el índice de pluviosidad en la actualidad puede incluso superar los 2.400 mm anuales, sería fácil imaginar la presión ejercida por 480.000 litros de agua que podrían caber entre los muros de esos torreones7 (Coremans, 1968). Condicionantes antrópicos, culturales y tecnológicos Desde un punto de vista estrictamente técnico y dependiendo de la pericia la construcción de paramentos en general, podemos imaginar la influencia de estos tipos de condicionantes en el propio desarrollo del poblado. Parece obvio suponer que, desde un punto de vista constructivo, no se evoluciona mucho desde los orígenes hasta las últimas fases de ocupación. Por lo tanto, una vez asumidos los condicionantes geológicos, climáticos, etc., se alcanza un techo «insuperable» en edificación. Incluiremos en los condicionantes antrópicos el tipo de herramientas utilizadas. Las herramientas básicas para cantería no han cambiado mucho, lo que produce un registro en hierro forjado de distintos elementos como punteros, guillos, mazas, piquetas, dolobras, etc. La aplicación de los conocimientos adquiridos en contacto con la influencia de todo tipo de condicionantes, influye en la más o menos precaria, pero correcta evolución de la edificación. Tras la elección del lugar, se extrae la materia prima (piedra, madera, etc.) de la limpieza y excavación de fosos, se traza el terreno intramuros y se urbaniza, se excava puntualmente para las cimentaciones y drenajes, se rellenan espacios para construir plataformas de ocupación, se inicia la construcción de dependencias o murallas, dejando protagonismo estructural a los cierres de vanos y cercos de puertas, que se arman para recibir el apoyo del paramento, etc. (Monjo, 1994). El hecho de que las estancias sean de forma más o menos paralelepípeda8, responde más a un condicionante técnico que a una adscripción cronológica tradicional. El encuentro de las esquinas en el exterior se hace mucho más complicado para tallar una escuadra en este tipo de piedra. Tanto la cuarcita como la pizarra tienden a marcar diaclasas en hexagonal, por lo que se hace muy difícil ver dos caras en ángulo de 90 grados de forma natural. Es mucho más fácil la talla redondeada o en ángulo abierto de la laja, sin que exista peligro alguno para su exfoliación. Sin embargo las esquinas interiores se hacen en ángulo recto de forma sencilla al recibir la laja de forma alterna y no es necesario disponer de piedras con dos caras en ángulo. Este condicionante técnico hace que las dependencias sean en general de forma redondeada por fuera. Esto no quita, para que en ocasiones especiales se hagan construcciones a escuadra tratándose de buenas vetas de pizarra, etc., pero siempre se trata más de una excepción que de la norma constructiva. Otro de los condicionantes técnicos, es el recibido en seco del paramento. Las analíticas del material empleado no han encontrado restos de cal, (la utilización de la cal ya estaba extendida en la época) lo que nos sugiere la necesidad de aprovechar la materia prima encontrada en el entorno, sin poder «importar» material de fuera. La arcilla sí se encuentra en la zona y se ha utilizado, más o menos mezclada con ripio de mayor o menor tamaño para el recibido de mampuesto y losa (Calleja, 1969). Esta manera de construir hace el muro compacto pero flexible, por lo que es necesario engrosar la edificación y sobre todo, atar el conjunto con un encabriado de colmo de madera para recibir la cubierta y cercos para puertas y ventanas que proporcionen la rigidez necesaria a estas zonas tan sensibles. Tanto en lo referente a las estructuras de madera de los cercos de accesos, como en el caso estructural de los pies derechos de la entrada, se advierte la colocación previa de dichos elementos, arriostrados probablemente en obra para apoyar el mampuesto sobre la madera. Este tipo de condicionantes influyen igualmente en la manera de construir. Si nos detenemos en el aspecto formal de un punto de vista tradicional, se puede verificar la característica edilicia castreña. Así, nos encontramos básicamente los mismos parámetros morfológicos en todos los poblados de esta época de forma que los hace únicos y diferentes a otro tipo de construcciones, o a edificaciones de similares características, pero enclavadas en otras zonas geográficas. La presencia de fosos, murallas, uno o más recintos, dispersión más o menos ordenada de pequeñas construcciones, cubrición básica formada por elementos vegetales, etc., son algunas de esas características. Cuando interactúan otro tipo de condicionantes nos encontramos pequeñas variables dentro del patrón constructivo que permutan entre una mayor o menor altura de muros y murallas, grosor de las mismas, planta circular o cuadrada o rectangular u ovalada de las construcciones, desarrollo horizontal de diferentes estancias de las unidades familiares o en altura con varios espacios, etc.9 Entre las variantes geográficas anteriormente señaladas cabe destacar la variable asturiana, donde se puede verificar la práctica constructiva de la muralla modular. Esta técnica a base de módulos independientes impide el derrumbe de un gran tramo de muralla en caso de ataque al estar compuesta de tramos individuales adosados unos a otros. Así se ha documentado en San Chuis, Chao de San Martín, Campa Torres, Llagú, etc. (Villa, 2007). En el paisaje galaico, las murallas se edifican de forma continua pero son más gruesas que las de módulos. Debemos entender tal grosor en cuanto a muros de pizarra o cuarcita se refiere y siempre que exista la necesidad de ganar altura, sin incluir los de granito en este discurso, puesto que el tratamiento constructivo es diferente. Ya desde época prerromana, los condicionantes morfológicos interactúan con el fin de recomponer un paisaje urbanizable. Aún partiendo de un diseño de urbanismo previo, estudio de vertientes, diseño de entradas, etc., como ya se ha comentado anteriormente, en el caso de Castromaior, las viviendas se abigarran bajo la protección de la muralla, presentando un entramado estrecho de calles y cubiertas que no dejan siquiera adivinar la disposición, o tamaño de lo que allí se oculta. Una vez traspasada la entrada, el visitante se encuentra con apenas dos metros de paseo de ronda a derecha e izquierda y muros, cubiertas y callejones que dificultan el deambular si no se es conocedor del sitio. Se trata de uno de los aspectos disuasorios característicos de la defensa pasiva de este tipo de poliorcética. Vemos, por lo tanto, que los condicionantes morfológicos y de tradición constructiva tienen un gran peso en la forma de edificar. El hecho de que no prospere la técnica de módulos en la zona más occidental, tiene más que ver con factores de otro tipo. En yacimientos como el Castro de Viladonga, el castro de Castrelín de San Juan de Paluezas, el de Formigueiros, o el de Chano (López y otros, 2005), por mencionar algunos ejemplos como los asturianos, se edifica de otra manera, en lo que se refiere a la construcción de murallas y empalizadas, puesto que las viviendas o dependencias intramuros responden a los mismos esquemas constructivos. En cuanto a la técnica, se edifica sobre una gran base, más o menos escalonada, al interior e incluso al exterior, para ir reduciendo espesor en altura. ANÁLISIS DE LA EVOLUCIÓN CONSTRUCTIVA DEL ACCESO Se han documentado durante los trabajos de excavación tres fases distintas en la construcción del acceso. De la primera fase quedan pocos vestigios. Únicamente una línea correspondiente a la cimentación de la misma, que es lo que quedó tras la demolición y reconstrucción de la entrada. En la segunda fase se aprovechan los paramentos en buen estado que corresponde a la zona más alta y se rehacen las torres. En una fase posterior se añaden los dos bastiones adelantados a modo de barbacana de la zona Este. Hemos de tener en cuenta que previamente estudiaron las pendientes y crearon un drenaje general perimetral por la ronda que vierte hacia la puerta. La situación de la entrada en este punto se debe en primer lugar a la necesidad de acotar e interrumpir el acceso al recinto principal, pero también, responde a una necesidad estructural. Las jambas o pies derechos, transmiten esfuerzos y soportan las cargas del dintel o cargadero, a la vez que resisten compresiones longitudinales, ofreciendo un apoyo fundamental a los bastiones. La construcción se inicia delimitando el acceso mediante zanjas de cimentación donde se rellena, a modo de zapata corrida con grandes mampuestos de cuarcita armoricana (para transmitir los esfuerzos recibidos al terreno), el perímetro del túnel de acceso. Antes de la tercera fase de ampliación se dibujan trece metros y luego se añaden otros seis. La zona de influencia con las torres alcanza seis metros a cada lado, por lo que se edifica una «gran construcción» de 156 metros cuadrados en la primera fase constructiva y 228 en el último periodo de ocupación. Si tenemos en cuenta la altura mínima conservada de la muralla junto a la torre norte de cuatro metros y medio, se alcanza un volumen de 700 metros cúbicos en el primer momento y 1.025 metros en el segundo, considerando estos valores como mínimos. Para ello se habrían movido durante la fase constructiva entre 1.750 y 2.500 TN de materia prima. Una vez realizada la cimentación se colocan los pies derechos de la zona de la entrada que poseen una función básicamente estructural, puesto que deben sustentar la construcción superior. El relleno interior se realiza con piedra irregular sin cara de gran tamaño y de menor envergadura para trabar la estructura, utilizando indiscriminadamente pizarra y cuarcita. El aparejo mixto de cuarcita y losa se concierta con calzos de pizarra y se recibe el paramento con arcilla mojada y amasada con pequeño ripio. Se trabajan y se tallan las esquineras del interior, al oeste del cuerpo de guardia, dejando el resto con fractura natural sin talla (Mantteini y Moles, 2001). Todo el conjunto se recibe en seco, es decir, con la arcilla local humedecida. Su alta capacidad higroscópica y elástica la hace idónea para este tipo de construcciones. El defecto principal es la fragilidad en altura debido a esa elasticidad por lo que se hacen necesarios los pilares y pies derechos de madera, como así lo atestiguan la gran cantidad de galces hallados en las construcciones, para soportar forjados o para jambas y cargaderos en puertas y accesos. En la construcción se encuentran distintas reformas. Algunas de ellas, como viene siendo habitual en este tipo de edilicia, son parciales debido precisamente a la precarie- dad constructiva que hace sensible el paramento a inclemencias meteorológicas que pueden provocar el derrumbe ocasional. Otras veces, son los niveles de destrucción masiva, o los niveles de incendio los que hacen que el derrumbe sea mayor. En estos casos, se desescombra hasta cierto nivel y se reconstruye a partir de una cota superior a la cimentación. La zona de incendio de las torres provocó el derrumbe de la entrada, y obligó a una reconstrucción contundente y masiva. Es posible que la ampliación de la tercera fase de los dos bastiones, a modo de posición adelantada, además de intentar alcanzar una mayor visibilidad del acceso, busque el refuerzo en pendiente de las dos torres originales para funcionar a la vez como contrafuertes. El diseño constructivo es el mismo que en la segunda fase. Se crea una gran plataforma y se genera la ampliación del túnel de acceso en seis metros. Dicha plataforma funciona como cimiento adosado a la gran masa que supone la propia entrada que, a pesar de estar fabricada a favor de fachada contra pendiente, ofrece un gran empuje lateral difícil de soportar. Las escaleras de acceso a estos bastiones ofrecen la posibilidad de subir independientemente a cada zona de vigilancia. Los galces del paramento, son testigos de sendos pilares, probablemente armados con un cargadero para sujeción del conjunto y para crear un nuevo punto de entrada de dos batientes. El acceso diseñado en la primera fase se respetó en esencia en la reconstrucción de la segunda fase. Se enderezó mínimamente el trazado y se procedió al cambio de la puerta exterior, que se adelantó, al adosar el cuerpo exterior de cada bastión que incluía una escalera de acceso y una jamba de puerta. La potencia máxima documentada en la zona superior intramuros del paseo de ronda es de cuatro metros y medio aproximadamente. Este hecho obliga a pensar en un segundo piso o paso cubierto entre un lado y otro del acceso. En el caso que nos ocupa, los galces existentes para recibir los pies derechos, inducen a pensar en la posibilidad de que hubiera una estructura armada de madera que funcionase de manera estructural para sustentar un forjado que además facilitara la comunicación entre uno y otro lado. Además y como argumento definitivo está la construcción del paramento. En altura solo se puede construir con este tipo de paramento recibido en seco, si se edifica a favor de fachada, es decir, reduciendo el espesor del muro al recrecer hiladas en el propio muro, o a través de pequeños escalonamientos para evitar el empuje lateral. No debemos olvidar el comportamiento mecánico natural del paramento que tiende a expandirse y agrietarse al no estar recibido con un mortero que pueda atar el conjunto. En el caso de las fachadas del cuerpo de guardia y del propio túnel de acceso, la construcción se hace en vertical, olvidando la necesidad perentoria de construir a favor de fachada o reduciendo espesor en altura. Esto es porque, sin duda alguna, se ataba el conjunto de manera estructural con las vigas y pilares de madera que formaban el paralelepípedo de la entrada, según se puede observar en el dibujo adjunto de la figura 9. Los pilares de la entrada debían salvar una elevación de al menos cuatro metros y medio, como ya hemos anotado, puesto que es una altura mínima desde cota cero en la entrada, en el propio paseo de ronda y no en la zona de influencia de las torres, que como poco, debía estar a la misma altura que el resto del adarve, como sugiere cualquier lógica o tratado de poliorcética. Una vez situados en la zona del adarve, es fácil imaginarse una muralla corrida sin cortes con diferentes accesos intramuros a la zona superior. Se camina como mínimo a 4,5 metros del suelo sobre un piso enlosado en un camino de ronda de un metro y medio de ancho. Al proyectar los muros inclinados interior y exterior en altura desde la base conservada, a cuatro metros y medio queda un paseo de metro y medio aproximadamente. Como se dijo anteriormente, se ha descontado los 50 centímetros que de media necesitaría un muro a modo de parapeto para proteger al oteador. La cubrición de este parapeto se podría realizar con bardas vegetales (Caneva y otros, 1993). Otro sistema sería el de grandes losas que funcionasen a modo de vierteaguas, pero no se ha encontrado ningún elemento de tipo inorgánico en la zona de excavación próxima a la muralla, lo que induce a pensar en algún material perecedero utilizado como colmo de los muros defensivos. En los aproximadamente 225 metros cuadrados de la zona de influencia de las torres, es necesario, como ya señalábamos en apartados anteriores, suponer la existencia de un sistema de cubrición que desalojara básicamente la lluvia caída y sirviera de protección al cuerpo de guardia. En primer lugar, hemos de apuntar la posibilidad de ofrecer un entarimado como forjado de comunicación sobre las vigas estructurales de la entrada. Se desecha la posibilidad de que fuera de losa por el exceso de peso innecesario y porque no han aparecido ningún resto de enlosado de pizarra en la excavación de la puerta. Para realizar la reconstrucción hipotética de la cubrición, se debe plantear en primer lugar el recrecido de al menos dos metros sobre el nivel de forjado para superar la cota de arranque de cubierta. Se consideran necesarios dos metros como altura mínima de paseo de ronda para facilitar el deambular en la entrada. Para no dificultar este paso, se plantea la reconstrucción combinada de pilares de madera y muro de lajas, de forma que no se cargue innecesariamente de peso el conjunto sobre todo en el interior, dejando el mampuesto para los exteriores. Una vez superada la cota de cubierta, sería necesario un encabriado corrido que a modo de zuncho de atado pudiera repartir cargas sin dejar un punto más sensible que otros. Sobre el encabriado se apoyarían cabios, cangos y jabalcones para realizar el armazón de cubierta. La propia cubierta debía ser de elementos vegetales (algún tipo de ericácea, ya documentada) o de losa. La ausencia de estas últimas en la zona de derrumbe de la excavación de la entrada hace pensar en la posibilidad de que fuera una estructura vegetal la utilizada para cubrir el acceso a la croa. Es preciso señalar en este sentido el potente nivel de incendio hallado en el proceso de excavación del cuerpo de guardia, posiblemente asociado a la reconstrucción de las torres en la segunda fase. En los restos originales quemados de la entrada, el proceso de rubefactado de los mampuestos en ambiente oxidante llegó a calar más de 70 centímetros en el interior de la muralla. Este potente nivel de quemado, fue alimentado sin duda por una gran cantidad de materia orgánica y durante mucho tiempo para poder alcanzar ese punto de destrucción. En el caso de que fuera la cubierta vegetal de paja o de ericáceas, serían atadas con vincallos a la propia estructura de madera. En el caso de los torreones o plataformas de refuerzo de la tercera fase, es preciso esperar a una próxima campaña de excavación para completar el estudio. En cualquier caso, parece claro que la estructura aterrazada se apoya contra la torre, sirviendo de contrafuerte o zarpa de refuerzo, pero a la vez tienen un aprovechamiento funcional al dotarlos de escaleras de acceso, que se antojan independientes en este caso sin comunicación aparente con el resto. Los galces del muro sugieren la posibilidad de que se construyera un nuevo acceso que complementase a los ya existentes y que a la vez sirviera de armadura estructural entre ambos salientes. La cubrición en estos casos también se hace necesaria, por la misma razón de no presentar una gran superficie que sirva de «bañera» o receptáculo en los días de lluvia o nieve. Sobre los sistemas de cierre poco se puede decir, puesto que no han quedado restos en el proceso de excavación a excepción del paso intermedio donde se ha documentado una pequeña rangua de anclaje de batiente en un durmiente de molino de piedra en desuso y reutilizado a tal efecto. En el resto de los accesos habría que pensar con toda probabilidad en dos hojas, arriostradas y con apertura exterior, debido a la pendiente del terreno. En cualquier caso, se hace necesaria la ampliación de la investigación arqueológica que en futuras campañas se centre en la documentación de otros recintos, otros sistemas constructivos de empalizadas y parapetos, otros accesos fuera del núcleo central, para completar un estudio arquitectónico que pueda aportar una nueva visión sobre los enfoques tradicionales del modelo castreño en el noroeste peninsular. No sólo en el mundo romano, si no en el prerromano existe hoy en día un continuismo, que no se corresponde con el aumento del conocimiento sobre el registro arqueológico regional. Las nuevas investigaciones enfocadas desde diferentes puntos de vista y desde luego encaminadas a su desarrollo en un mundo interdisciplinar, podrán arrojar nuevas luces y perspectivas a la edilicia castreña en el noroeste.
La lectura estructural en vertical, volumétrica y a veces estratigráfica en la Forma Urbis Marmorea, afrontada desde una estrategia arquitectónica, sigue siendo un fecundo frente de análisis todavía abierto en torno a ella 1. Cierto es que este plano pétreo es algo esquivo. Porque no hay signos gráficos que aludan positivamente a la altura de las construcciones representadas en el mármol, más allá de los signos en V, indicadores de niveles, fundamentalmente localizados en el entramado doméstico. Esta limitación de carácter general explica que la Forma Urbis haya sido entendida tradicionalmente como una vista de Roma en dos dimensiones. Y por ello ha sido normalmente abordada por la bibliografía especializada desde tres estrategias diferentes: como fuente de verificación topográfica en la mayoría de los casos; como objeto de debate arqueológico cuando además del plano se conoce materialmente el edificio; y como ente cartográfico de estudio per se en el menor de ellos, aunque últimamente con mayor asiduidad. Respecto de la «volumetría» contenida en la representación de los edificios y orografía de la Forma, L. Pedroni, recogiendo cierta tradición a él anterior, proponía una «lectura vertical» 2 en la Forma Urbis Marmorea a partir de comprender que los signos gráficos en forma de V contenidos en algunos inmuebles del entramado doméstico, atravesados o no por barras paralelas (fig. 1), señalaban la altura de niveles de las construcciones en las que se insertaban. Algo después, S. Madeleine 3, realizaba parcas matizaciones a esta propuesta, añadiendo un factor +1 a la propuesta de Pedroni, e incidiendo en que esa división vertical era fruto de un control fiscal, por niveles, en función de concebir la Forma Urbis en este sentido y de saber que difícilmente en época romana el suelo se dividía horizontalmente en términos de propiedad. En ambos casos, y bien reconocido el interés de ambas propuestas, esa «lettura verticale della Forma Urbis Marmo- Proponemos seguidamente una lectura volumétrica en la Forma Urbis Marmorea a partir de la descodificación gráfica del dibujo perteneciente a los Arcus Neroniani del Monte Celio; aquí mostrados en los fragmentos 4 ab bajo el nombre «aqvedvctivm». A través de un análisis constructivo y arqueológico detenido, entendemos que es posible restituir aproximativamente su alzado arquitectónico y orografía originaria. Desechamos así la tradicional propuesta que entendía este acueducto cegado por estructuras a él adosadas, teóricamente simbolizadas por las líneas que a derecha del cauce se muestran en este fragmento marmóreo. rea» o «la troisième dimensión des insulae d ́après les symbols del Forma Urbis Romae» sólo comportaba una discriminación y enumeración de niveles y su contextualización fiscal, hechas ambas a partir de una descodificación hermenéutica de un signo gráfico bien evidente, ya presente en el mármol. La mayor riqueza de valores de esta cuestión viene cuando no existen signos de ayuda para el resto de la edilicia. Que, al igual que el entramado doméstico, bien tuvo en notable medida tres dimensiones en este plano, que se deben intentar descifrar. Por ello, una lectura «vertical» global en la Forma debe intentar trascender estos signos y encaminarse hacia una interpretación estructural de la volumetría arquitectónica. Todo ello a partir de una interpretación de los rasgos gráficos que sobre todo tenga como base la caracterización formal y tipológica distintiva de los inmuebles contenidos en el plano marmóreo. Eso es lo que se intenta proponer en este trabajo. Quizás, la falta de estudios dedicados a indagar la altura edilicia en la Forma Urbis Marmorea obedezca a esta carencia de signos gráficos en el resto de construcciones que se conservan. Cabe matizar, que esa línea di massima de topografiar las cosas en su nivel más bajo no impide en ningún caso que se incluyese la topografía en el «nivel más bajo» de estructuras pertenecientes a varios niveles en el altura; tal y como sucede por ejemplo, con buena lógica, en los edificios de espectáculo 5. En estos casos, donde destacan el teatro de Marcelo y el Coliseo 6, la Forma Urbis muestra unas representaciones caracterizadas por una serie de líneas radiales y anulares que no se pueden identificar con la división sectorial del exterior de la cávea en vista cenital. Como hemos intentado mostrar en la publicación citada en nota 5, esas líneas aluden siempre a muros internos. El número de muros y el contraste de la planta de la Forma con la planta arqueológica de los monumentos, garantiza el que se pueda estipular que necesariamente esos muros pertenecen a varios niveles de altura de las substrucciones internas, amalgamados en el dibujo marmóreo. Varios tramos estructurales de varios niveles fueron dibujados pues en dos dimensiones. LA FUNCIÓN Y ORIGEN DE LA FVM Esa falta de atención, respecto de la «volumetría» arquitectónica en la Forma Urbis, guarda estrecha relación también con el sentido o explicación tradicionalmente asignados a la concepción primigenia de este plano marmóreo de 236 m 2. En este sentido, vaya subrayado en primer lugar que la Forma Urbis transluce una perfecta topografía de la realidad física de Roma 7, siendo la escala real de la representación 1:240 pedes 8. Y que las variaciones entre las medidas de los planos actuales y las medidas en la Forma varían pocos metros en longitudes de kilómetros. Y de igual modo las angulaciones entre monumentos 9. Respecto de su origen, G. Gatti, retomando ideas anteriores, entendía que la forma marmorea severiana derivaba en buena medida de las plantas parciales de Roma (documentos de archivo) depositadas en el tabularium de la praefectura Urbi. Esta Forma era por tanto producto de «piani particellari» precedentes, actualizados o revistos en una planta de época severiana10. Opinaba igualmente Gatti -y después otros autores11 -a que la Forma por ello había sido «tracciata con intenti amministrativi e catastali» 12; por tanto de neta concepción bidimensional. E. Rodríguez Almeida, consideraba por el contrario que no necesariamente la Forma tuvo que estar relacionada con la praefectura Urbi; si bien admitía que en la base del monumento cartográfico en mármol existieron los planos sectoriales de un catastro al que los mensores de época severiana habrían acudido llegado el caso de la concepción marmórea 13. Rodríguez Almeida en cualquier caso descartaba abiertamente cualquier carácter catastral en su función subrayando la voluntad de la Forma de ensalzar el carácter monumental de la Ciudad 14. Carácter que efecti- Berlin, 1993, pp. 120-130) vamente concede un camino más fértil de análisis respecto de la «altura» de estos monumentos incisos en mármol. F. Coarelli, a partir de G. Gatti 15, y pensando en el primitivo origen de la Planta y aun concediéndole intenciones fiscales 16, añadía a ello valores bien imbricados en la tradición jurídico-religiosa de la Urbs, en tanto que la Forma conservaría los límites augurales de la división de la ciudad, que por tradición se habría preservado17. En nuestra opinión18, entre otras razones, las selecciones, reducciones y codificaciones estructurales y espaciales impiden a la Forma ser un catastro preciso, máxime cuando a diferencia de otras formae no constan referencias Circo Máximo: P. Ciancio Rossetto «Il nuovo frammento della forma severiana relativo al Circo Massimo», en R. Meneghini, R. Santangeli (eds.), Forma Urbis Antiquae. 15 Quién entendía que la superficie de Roma comprendida en la Forma era la manera más aproximada de adaptarse al trazado del pomerium en época severiana. 16 F. Coarelli, op. cit. nota 11, pp. 65-82. métricas o nominales referidas a la propiedad, que en ningún caso habrían sido legibles, estando la mayor parte de los monumentos a más de 12 metros del ojo del espectador 19 (fig. 2). Incluso esos signos en V antes aludidos son completamente imperceptibles. Como catastro sería algo inservible además, cuando es siempre necesario un proceso de traducción visual a la hora de entender la forma y la arquitectura de los edificios y monumentos. Y sobre todo, cuando no contiene la totalidad de los confines de Roma, estando «cortadas» las regiones perimetrales allí donde ya no había más superficie de mármol disponible en la pared donde se fijó este plano. Por ello, para concluir sobre estos aspectos, necesarios para la interpretación a proponer aquí, cabe resaltar una opinión más, a la que nosotros decididamente nos sumamos. También el mismo G. Gatti, aludía a una voluntad expresa de conservar en material duradero una riqueza topográfica largamente atesorada 20, en un espacio público, administrativo, que no pudo estar «abierto al público»; por cuanto la comparecencia de enormes sectores oficiales privados (entre ellos el Palatino) impide evidentemente cualquier deleite decorativo en el Plano. La función de la Forma (entre quizás otras) como salvaguarda, como biblioteca y archivo marmóreo de topografía (de una exactitud admirable) explica que exista una hermenéutica oculta en la gráfica más allá de la exégesis concerniente a la topografía. Se puede por ello intentar descifrar parcialmente la taxonomía estructural de los edificios «encriptados» en el mármol si se desentrañan los códigos de la representación. Y ello sólo puede explicarse desde una voluntad de custodia de algo bien preciado: la topografía y arquitectura de Roma, tantas veces destruida, sobre todo en los numerosos incendios que sufría una ciudad donde siempre preponderó un componente lígneo en la arquitectura doméstica capaz de provocar algunos de una dimensión enorme, a pocos años de distancia 21. Por ello, algunas veces (y sin que se pueda desentrañar completamente por qué unos sí y otros no) algunos edificios fueron codificados en altura, o en varios niveles de su altura, que fueron abigarrados gráficamente en las dos dimensiones que ofrece el mármol, como bien muestra el citado teatro de Marcelo, donde se codificó parte de la realidad estructural de sus tres niveles (Fig. 3 a y b). EDIFICIOS «EN ALTURA» EN LA FVM Varios son los casos, brevemente y entre otros, donde se atisba un manifiesto interés de la Forma Urbis por evidenciar varias alturas de los edificios representados. Por un lado, esto es bien perceptible en la representación de los perímetros columnados de los templos, en los cuales podemos encontrar varios signos gráficos distintos para codificar el mismo elemento estructural «columna» (Fig. 4), en función de la altura del nivel donde se realizase la topografía física de la misma 22. debamos pensar en distintos muros curvos, de varios niveles, amalgamados en el dibujo marmóreo. Nótese además como esta altura es comprobable en la zona de los aditus axiales, donde claramente hay dos planos en altura que se cortan justo en el momento en que la superficie abierta de estos accesos pasa a ser abovedada ya en el interior de la cávea. En esta lista de ejemplos donde la codificación de diversas alturas es comprobable, y en función de cuanto aquí nos interesa, está también el caso de los acueductos. Dos opciones extremas son evidentes en la Forma. O representación simple de los pilares de sostén de los arcos, y la luz de estos en versión «schiacciatta», aplanada, como sucede en el fragmento no 517 (fig. 6). O vista en alzado, completa, a modo de planta-alzado, como sucede en el caso de los fragmentos que muestran el Aqua Alsietina en su tramo gianicolense (fig. 7). Como ha sido expuesto por varios autores, esta visión en alzado del Aqua Alsietina, única en la Forma Urbis, obedece a la amplitud que ofrecían los mármoles más perimetrales del plano, donde el vacío constructivo de estos sectores suburbanos de la Ciudad consentía la desenvoltura estética de poder representar el alzado de este acueducto en concreto, por clara disposición de espacio libre de dibujo. Por tanto, la intención de hacer constar el alzado de los acueductos, cuando se puede y hay espacio a disposición, parece evidente. Intentemos pues ahora descodificar esos arcus qui vocantur Neroniani...iuxta templum divi Claudi terminantur 24, cuya representación en la Forma Urbis bajo la denominación «Aqvedvctivm» muestra una solución intermedia respecto de las propuestas por los dos casos anteriores. CONTENIDO Y HERMENÉUTICA GRÁFICA DEL FRAGMENTO 4 A Y B En el fragmento 4a (Fig. 8a) la Forma Urbis nos ha legado una visión de aquel Acueducto, o ramal de cauce, que Nerón separó del Aqua Claudia para poder reconvertir en ninfeo el frente NE del santuario dedicado a quién le precedió en el trono imperatorio de Roma: el templum divi Claudi (fig. 8a y 8b). De ese santuario monumental del Monte Celio, hoy prácticamente sólo se conocen materialmente algunas trazas de su perímetro y substrucciones internas, aun cuando la Forma Urbis consienta proponer una imagen reconstructiva general bastante aproximada (Fig. 9). Para esa operación, en teoría concebida dentro de su fastuoso programa de construcción de la Domus Aurea 25, Nerón construyó los conocidos Arcus Neroniani (más tarde llamados Caelimontani) que es el nombre de este «aqvedvctivm», tal y como escrito en el latín vulgar de Roma mostrado en este fragmento marmóreo del que aquí tratamos (fig. 8a). No cabe lugar ahora para descripción detallada del recinto del templum Divi Claudi, ni para los detalles de las construcciones situadas entre éste y el acueducto (fig. 8a). Basta decir para nuestro interés, que en el sector superior de este conjunto monumental que reproducimos comparecen los pilares y los arcos identificables con los Arcus Neroniani del Celio. Dos calles divergentes desde el alto, desde el arco de Dolabella y Silano (figs. 8a, 8b y 9), enmarcan en ángulo el conjunto de estructuras que presiden la inscripción «aqvedvctivm» y el cauce. La más ortogonal al templo de Divo Claudio, que es realmente su vía de servicio, tuvo una serie de ambientes de reducida dimensión frente a los pilares del acueducto, quizás identificables con tabernae, que tienen una amplitud muraria menguante de SE a NE 26. Esto debe estar motivado por condicionantes estructurales, ya que son más estrechos allí donde hacen esquina en chaflán y donde la pendiente del Celio desciende bruscamente al conectar con el frente meridional del templo del Divo Claudio 27, que la acaba salvando. En este punto, todas las construcciones mostradas por estos fragmentos se abigarran y se aproximan y las amplias áreas libres del costado S del fragmento dan paso a enjutas construcciones. Todo ello sucede en la conexión con el talud de la pendiente que desciende hasta la vaguada que acaba conectando con el Palatino por un lado, y con el futuro Coliseo por otro, salvadas por el Claudianum sólo gracias a sus potentes substrucciones. En esta figura (fig. 10.) se reproduce la orografía original de este sector de Roma, donde se muestra la transición entre las zonas más claras correspondientes a las altiplanicies, caracterizadas por los Palacios Imperiales palatinos y el Claudianum del Celio, y las más oscuras, correspondientes a las zonas más profundas, es decir, a las vaguadas entre las tres colinas que se dan cita en esta imagen; Monte Celio, Monte Palatino y Monte Opio. Este es un buen indicio para entender que estos mármoles ofrecen su particular imagen de la orografía y desnivel característicos de este sector. Llegando a nuestro interés principal, el acueducto neroniano, cabe decir que su representación queda caracterizada por dos focos principales (Fig. 8a). Por una parte, se muestra una serie de cuadrados rehundidos 28, a identificar 24 Frontin. Ci troviamo nella zona del Tempio di Divo Claudio la cui area si presenta...» 28 Que conservan trazas de pintura roja, según se señala en la descripción de estos fragmentos en el Stanford Forma Urbis Romae Project (Cf. http://formaurbis. stanford.edu). con el nivel de suelo de los pilares en el punto más bajo de topografía 29. Por otro lado, entre ellos consta nítidamente la característica representación de los arcos en la Forma Urbis, que ya hemos visto a propósito del fr. 517 (fig. 6), si bien algo distinta: dos líneas paralelas situadas entre los cuadrados anteriores, al interior de perfil rectilíneo con trazos continuos o sucesión de largos guiones, y al exterior de perfil cóncavo, que dan la sensación de la vista «plana» del extradós de un arco. Después y transversalmente a este cauce, existe una serie de líneas simples de desigual medida que no encuentran cierre estructural alguno, muriendo «abiertas» en la superficie interna donde consta la palabra «aqvedvctivm». Si observamos el orden en el que se han incidido en el mármol las líneas que conforman este dibujo, se podrá comprobar que estas líneas transversales han sido los últimos elementos en incidirse. Y que parten siempre de los trazos del acueducto, ya establecidos 30. Algunas de estas líneas, ni siquiera acaban partiendo de los trazos rectilíneos del cauce, quedando aisladas en el mármol por sus respectivos flancos. Se trata pues, apelando a esta jerarquía iconográfica, de un elemento secundario en el dibujo, que parte y depende de la delineación precisa del elemento principal, el acueducto. Puede que un último tramo de este acueducto, ya sobre cauce macizo y no sobre arcadas, haya quedado representado de modo angular en la parte trasera de la exedra que se orienta al santuario del Claudianum: justo donde muere esta calle ortogonal, tras el edificio donde consta un signo gráfico en V que alude a su altura (fig. 8a y 8b). Este elemento dibujado con la doble línea puede representar la inmersión de este ramal portador de agua 29 Que los cuadrados rehundidos en la Forma Urbis, cuando de estructuras se trata, aludan al nivel más bajo posible de topografía de unos pilares portantes, queda bien demostrado atendiendo a la representación del pulvinar del Circo Máximo (Fr. 8f ) donde claramente se ha señalado el nivel inferior de los pilares que soportaban toda la estructura en el seno del entramado murario del giro más externo del Circo. 30 Existe un orden «guiado» en la mano del lapicida a la hora de incidir el dibujo de los edificios. En el teatro de Marcelo, es bien comprobable como primero se estableció la posición topográfica del monumento, luego se diseñaron sus límites perimetrales y finalmente se procedió a dibujar la compartimentación estructural interna. Para completar por ahora la explicación orográfica de este sector, hay que resaltar que la palabra «aqvedvctivm» se encuentra enmarcada entre dos desniveles que descienden siempre en dirección N y O, a modo de espolón. El primero, desde el N, desciende a partir del último pilar del acueducto. Como muestra la línea simple que marca el límite de un entramado viario que gira en ángulo recto y desciende hacia el O a través de una calle estrecha de la que se pierde su límite inferior al estar fracturado. El segundo desnivel parte de la zona más superior del fr. 4a y también desciende a O, como muestra una calle situada tras las letras finales de los tres tramos de la palabra «aqvedvctivm». Se trata del clivus Scauri, que ha pervivido prácticamente intacto en la topografía actual, aquí cerrado en su flanco oriental por una serie de tabernae porticadas, y en el occidental por dos líneas simples en paralelo que se acabarían conectando con el punto más inferior de la calle anterior: prácticamente en el margen lateral de la fractura que separa el fr. Estas dos calles que divergen desde la parte superior para enmarcar la zona «aqvedvctivm» y que convergen más abajo, después de un giro en ángulo recto de la más oriental, enmarcan y se adaptan claramente a un desnivel, todavía conservado hoy, que hace que todos los componentes aquí representados estén en distintas alturas 32. Por ello, para el análisis arquitectónico de cuanto aquí se muestra, hay que tener siempre en cuenta que el acueducto y su calle paralela descienden de S a N. Y que a su vez, el resto de estructuras protagonizan un talud que desciende siempre de NE a NO. HISTORIOGRAFÍA DEL FRAGMENTO 4 A Y B El mayor problema de comprensión arquitectónica de este fragmento viene dado históricamente por la presencia de esas líneas que parten desde los pilares y arcos del acueducto hacia la derecha. Ellas, regularmente han sido entendidas como muros de desigual longitud, sin testeros de cierre, que partiendo de cegar la luz de los arcos del acueducto desembocaban en el área libre ocupada por la inscripción «aqvedvctivm» 33: lugar donde en la realidad existió una cisterna hídrica 34. Se trataría pues de una especie de naves o estancias rectangulares con puertas de acceso a izquierda, bajo los arcos del acueducto, y completamente abiertas a derecha. También estos muros han sido entendidos complementariamente como soportes o contrafuertes de los pilares del acueducto neroniano 35. Como todos los fragmentos más representativos de la Forma Urbis Marmorea, estos que conciernen a los Arcus Neroniani fueron dibujados hacia 1562 en el Palazzo Farnese, tras su traslado allí desde su lugar de hallazgo, y cóncavas afrontadas, G. Cressedi apuntaba: «Nel caso dell ́acquedotto celimontano invece si tratterebbe di una particolarità in parte spiegabile, perché i fornici dell ́acquedotto potrebbero essere stati chiusi per ricavarne ambienti, che risultavano interni ad un area recinta». 206)» por tanto forman parte de ese Códice Vaticano Latino 3439 (fig. 11a) que aglutina estos dibujos de un todavía incierto autor del Renacimiento. El dibujo de este cauce contenido en el Cod. Lat 3439 esta vez es medianamente fiel a la realidad marmórea (se ha mantenido el número correcto de pilares mostrados por el original), aun a pesar de las alteraciones que claramente se perciben en el sector más alto, donde los trazos cerrados del fragmento original entre los arcos superiores se han visto abiertos en este códice. Si bien se mantuvo la desigualdad métrica de las distintas líneas que parten de los arcos y los pilares del acueducto, se produjo esta alteración, claramente con la intención (como es habitual en el Cod. Esa in-terpretación, en este caso, tiende a hacer parecer esas líneas en este dibujo como límites de estancias sin cierre alguno entre ellas, al modo ya antes avanzado. Y fruto de ello es el grosor que adquieren entre los pilares, queriéndose claramente sugerir un cegamiento parcial de los arcos. Esa desigualdad en profundidad de estos muros es mantenida en la edición de estos fragmentos marmóreos de Giovanni Pietro Bellori en 1673 36 (fig. 11b.). Aunque se producen ahora modificaciones constructivas substanciales respecto al original marmóreo, y distintas de las Por otra, Bellori elimina cualquier línea de estos muros que se correspondiese con el centro de la luz de los arcos, igualando todas con el eje de cada pilar, y aumentado a quince el número de estos, más allá de los 8 que en la actualidad muestra el fr. 4ab y de los diez mostrados por el Cod. Bellori por tanto, igualmente, interpreta más que reproduce. Con ello, su propuesta iconográfica ciertamente puede dar lugar a pensar en una serie de estancias proyectadas hacia la derecha, sin cierre, cuyos muros se adosarían a unos pilares del acueducto ya completamente regularizados en su estructura y diseño; y manifiestamente aumentados en número. Esta misma situación conformada por Bellori, es de todos modos la que parece comparecer también en los dibujos de este «aqvedvctivm» contenidos en algunas plantas de G.B. Piranesi (fig. 11c.) o Luigi Canina. Éste último, aun resaltando en modo preponderante los pilares, se mantuvo algo más fiel a cuánto mostrado por el mármol (Fig. 11d.). En ambos casos, varía el número de arcos y pilares de un acueducto cuya representación sigue siendo interpretativa y por tanto igualmente anómala respecto de la realidad mostrada por la Forma Urbis. Incluso por regularizar la profundidad de estas líneas, casi completamente homogénea. Piranesi, pareció reconocer la continuación de este acueducto bajo el Claudianum en la línea gruesa que resaltó en tinta oscura. Aún así, en nuestra opinión, también podría empezar a intuirse a partir de esas reconstrucciones la idea de considerar una proyección en perspectiva plana del alzado del acueducto, sobre todo en el caso de Piranesi. Porque éste procedió por primera vez a hacer un reconocimiento arqueológico de este lugar, que se tradujo en resultados gráficos. Respecto La figura a la que Piranesi se refiere es la que ahora reproducimos (fig. 12a). En ella, el arquitecto muestra la sucesión de arcos hoy conservada en el interior del huerto del convento de los Padres Pasionistas. Arriba, en alto, se aprecia el giro del acueducto neroniano a la altura del Arco de Dolabela y Silano, quedando en el plano más profundo, quizás, la fachada de la iglesia de Santa María in Domnica, en la actual Piazza Celimontana. Desde allí un plano netamente descendente aunque no regular en el descenso, trae el acueducto neroniano hasta el primer plano de la imagen, donde claramente se observan modificaciones en sus últimos arcos: sólo en sus últimos cuatro arcos. Piranesi entendió que estas clausuras, tenían relación con el sistema de canalización final del acueducto a base de cloacas y fistulas: aunque quizás puedan relacionarse también con las últimas restauraciones y cegamientos, producto de necesarios refuerzos, de los arcos de este acueducto a partir de s. III d. C., sobre todo, tras la reforma de época de Septimio Severo y Caracalla39. Lo importante ahora es señalar el estado orográfico del descenso del acueducto, la realidad de cuanto dibujado por Piranesi (los tramos de specus por ejemplo están dibujados sólo donde en la actualidad corresponden), y la inexistencia, como todavía hoy es plausible, de cualquier construcción o muros que se proyecten en profundidad desde los pilares de los arcos, más allá de los cuatro citados. De hecho, en su planta general de los acueductos de Roma, Piranesi no representó trazas de algún muro proyectado desde los pilares del acueducto, situando en cambio en su final la presencia de una cisterna, el castellum aquae, ya documentado por P. Ligorio, cuya explicación consta en la entrada no 38 de la citada planta (fig. 12b). Sería incongruente que Piranesi sugiriera en su dibujo de estos mármoles una visión completamente ajena a la realidad arqueológica que él inspeccionó e insertó en su planta. Por ello insistimos en la percepción plana del alzado del cauce. Luigi Canina40 repitió la visión de Piranesi en casi todos sus aspectos arqueológicos: su planta topográfica del acueducto (Fig. 13), de nuevo sin presencia de muro alguno afrontado a los pilares, será heredera de la de Piranesi y será de hecho la que influya en la posterior de Rodolfo Lanciani (fig. 14). Visión que en definitiva, ha perdurado hasta la actualidad. Nuestra opinión de trabajo es, que este fragmento de la Forma Urbis nos da la imagen del alzado «aplastado» del acueducto celimontano y una indicación de su pendiente orográfica. Aún así, se deben hacer algunas comprobaciones antes de estipular esta idea como hipótesis a desarrollar. A.M. Colini, insigne conocedor de la Forma Urbis, mantuvo en su estudio del Monte Celio la opinión expresada gráficamente por el Cod. Por ello pensaba, en una serie de muros adosados a los pilares del acueducto41. Basta decir, para invalidar esta correlación entre falta de paramento en los pilares y las líneas del la FVM expuesta por Colini, que las líneas están presentes en todos los pilares del fragmento marmóreo e igualmente en el eje de la luz de los arcos. Para que estas líneas hubiesen simbolizado muros, en el huerto de los Padres Pasionistas, donde los pilares del acueducto se conservan en toda su altura original (fig. 15), se debería haber documentado al menos uno, de los quince, que en teoría mostraría esta interpretación del fragmento de la Forma Urbis: pero ninguno ha sido reconocido en una zona bien propicia para ello, donde se han conservado históricamente trazas de un total de dieciséis pilares. Igualmente en el espacio intermedio entre los pilares deberían haberse documentado cegamientos de obra, correspondientes con las líneas paralelas internas del mármol, y ninguno acontece. Un primer problema en sentido metodológico que encuentra nuestra propuesta, es que existen otros fragmentos en la Forma Urbis Marmorea que también tienen una serie de líneas sin testero de cierre. En todos estos casos, en nuestra opinión, los condicionantes interpretativos son completamente diversos a cuantos planteados por el fragmento 4ab que muestra el acueducto del Celio. Principalmente, porque estos espacios no cerrados de estos fragmentos quedan bien articulados respecto de unas edificaciones bien definidas formalmente y porque se conjugan perfectamente con los trazos transversales que delimitan uno de sus límites. No existe la aleatoriedad en el dibujo que muestran los trazos del fr. 4 ab, los de nuestro acueducto, ni los mismos condicionantes estructurales, arquitectónicos y legales. 1a estamos en la zona doméstica trasera al Mutatorium Caesaris, caracterizada por callejas de escasa amplitud. Es este caso, nos parece que se trata de amplios accesos a un área abierta trasera, a modo de portales o zaguanes, capaces de ser cerrados al exterior, sin mayor ámbito de duda. Igual ocurre en el fr. 24c, en la zona de los Navalia (¿ex-porticus Aemilia?), o en el fr. 28c, situado en una zona contigua, donde quizás estas estancias sirven para conectar la calle y la superficie abierta trasera del mismo modo, dando lugar a accesos a espaciosas áreas de abastecimiento o mercado, traseras a las tabernae afrontadas a las calles, tan características de esta zona, verdadero emporio de abastecimiento de productos a Roma. El caso de explicación más difícil lo ofrece el fr. 25b, en la zona de los Horrea Lolliana, que quizás muestre entradas de amplitud notoria a espacios traseros abiertos (quizás contrarrestando un desnivel). No se puede descartar que algunos de estos casos procedan de una falta de atención y detalle a la hora de cerrar los trazos de algunas estancias. Por cuanto mostrado en estos fragmentos, es del todo lógico que los autores de la edición de la Forma Urbis de 1960, y los que les han seguido en esta opinión, hayan mantenido la opción de entender como accesos a un área abierta las líneas adosadas a los pilares del acueducto en nuestro fr. El único problema es que aquí estas líneas, además de en el eje de los pilares, también existen en el eje de la luz de los arcos. Por ello, y para funcionar como estancias si sus muros parten de este eje, debían haberse cegado completamente los arcos del acueducto, sobre todo en su centro, cosa que nunca ocurre, al igual que tampoco se documenta muro alguno que sobresalga de los pilares en dirección oeste. Para que esta interpretación fuese verosímil en términos estructurales, el acueducto neroniano debía haber mostrado antes del año 204 a. C. el aspecto aproximado que presentamos en esta figura (fig. 17): imagen completamente ajena a toda realidad estructural y arqueológica, por cuanto no se documentan algún tipo de cegamiento en estos arcos, más allá de aquéllos, dibujados por Piranesi en las cuatro últimas arcadas, que Colini entendía como pertenecientes a la cisterna terminal de este acueducto construida precisamente hacia el 201 a. C, en época de Septimio Severo y Caracalla. Es decir sólo unos siete años de realizarse la Forma Urbis Marmorea, por obra del mismo emperador. Igualmente, y por último, pensar en muros o estancias aleatoriamente adosadas a los pilares, que ciegan además las luces de los arcos de un acueducto imperial que desciende por una vía pública, camino, nada menos, que del templo del divo Claudio, tiene otros condicionantes en contra de tipo legal. Por un lado porque los márgenes de un canal público tienen siempre consideración como tales de ager publicus, y por tanto están sujetos a protección y derecho teniendo reconocida servidumbre espacial pública, establecida en 5 pedes a ambos márgenes de un canal en el interior de Roma43. Y por otro, como transmite también Frontino, porque estaba prohibido no respetar esa servidumbre oficial del cauce de un acueducto, existiendo claras disposiciones legales contrarias a toda invasión de ella, ya sea por construcciones, ya sea por arbolado o cualquier plantación. Basten los siguientes párrafos del De aqueductu Urbis Romae de Frontino, nombrado curator acquarum de Roma por Nerva en 97 a. C y cónsul por dos veces por Trajano en Front., Aq. 126.: «Sin embargo la mayoría de las veces lo daños son ocasionados por abusos de los propietarios que estropean los conductos de muchas maneras. En primer lugar ocupan con edificaciones o con árboles las zonas, que según resolución del Senado (ex senatus consulto) deben permanecer libres alrededor de los acueductos. Los árboles son los que más daños ocasionan, porque con sus raíces deshacen las bóvedas y paredes». 127.: «...el senado...ha tomado la siguiente decisión:...se ha dispuesto que en la proximidad de las fuentes, arcos y muros permanezca expedita a uno y otro lado un espacio de 15 pies y que en torno a los canales subterráneos y galerías dentro de la Ciudad y edificios contiguos fuera de ella se deje libre, a uno y otro lado, un espacio de cinco pies, de tal forma que en estos lugares no se permita a partir de ahora construir monumento funerario ni edificación alguna, ni plantar árboles...Los inspectores de las aguas deberán juzgar y tener conocimientos de estos asuntos». 129.: «Si alguna propiedad tiene o va a tener fijados sus límites en la proximidad de los canales, galerías, arcos, cañerías, tubos, depósitos, arquillas de los acueductos públicos, que ahora o en el futuro, sean conducidos a Roma, nadie en esta zona, después de la ratificación de esta ley, pueda colocar nada, construir, cercar, plantar, erigir, poner, establecer, arar, sembrar, y no arroje nada en ella, salvo para construir o reparar los acueductos y lo que sea permitido y establecido por esta ley» Claro es quizás que cuando una ley se hace, o se recuerda tanto, es porque las normas no se debían cumplir demasiado, como Frontino deja intuir en este caso. Pero, este pensamiento no es óbice, ni permite pensar, que un documento legal como fue la Forma Urbis Marmorea, creada en el ámbito administrativo de la prefectura urbana, de la oficina urbanística de Roma, pudiera inmortalizar en mármol una infracción urbanística como la que supondría haber construido muros adosados a los pilares y luces del acueducto neroniano, ya casi en conexión con el Claudianum del Celio. La solución a estas líneas, por todo cuanto hasta aquí argumentado, debe venir pues por otro cauce: y ese no es otro que la descodificación de la pendiente y altura de los arcos de este acueducto contenida en esta imagen marmórea. Efectivamente, la imagen que ahora presentamos resume cuanto interpretamos de esta disposición (Fig. 18). El resultado muestra una neta pendiente del specus del cauce de 0.3 grados en dirección SE, y sobre todo, un descenso orográfico del terreno, hacia la orientación correcta, que deja entrever algunos resaltos y badenes 45. Estas líneas adosadas a los pilares y arcos mostrados por el fr. 4ab se deben corresponder con la altura de las líneas de imposta de los arcos del acueducto Neroniano del Celio. La altura resultante de los pilares, unos 13m en su punto más bajo, muestra cierta diferencia métrica46, unos tres metros, respecto de la realidad; algo que en este caso, por la intención de representación de este cauce «en escorzo», puede ser admisible. De hecho la planta de los pilares y arcos es métricamente exacta respecto de la fase original de este acueducto, que ahora detallamos. La primera fase, de época de Nerón, vio una construcción con pilares de planta casi cuadrada de 2.38 × 2m. los mayores y 2.95 m × 2 m los menores, que daban paso a arcos de doble anillo, siendo la luz de los más amplios de unos 8 m. y de unos 5.62 m. la de los arcos más estrechos. La proporción de 10 a 3 entre vanos y macizos del acueducto hizo que no resistiese estructuralmente mucho tiempo. Por ello en época flavia algunos pilares, los que tenían necesidad, fueron reforzados con pilares adosados a a los originales, que soportando una nueva rosca interna, actuaban de contrafuerte cegando parte de la luz original. Algunos arcos, los más inestables, fueron divididos en dos órdenes de altura para obtener mayor carga de resistencia. Y otros, como los que aquí nos ocupan en este tramo final del cauce, fueron reconstruidos en el s. III d. C. conforme al esquema original de sólo un orden de altura; pero con pilares mucho más gruesos, de más de cuatro metros. Algunos arcos, de este modo, pasaron a tener una luz prácticamente mínima, reduciéndose casi a un muro pleno el cauce del acueducto en algunos tramos (fig. 19 a y b). El tramo de acueducto que aquí nos ocupa fue reconstruido hacia el año 201 d. C. conforme a este nuevo sistema que privilegiaba el macizo sobre el vano. Pero, nuestro fragmento de la Forma Urbis, precisamente, nos muestra sobre todo el aspecto original del trazado, con pilares de planta cuadrada de unos 2.36 m × 2 m. de lado, dejando una luz de unos 5.50 m: todo lo cual conviene perfectamente con las características constructivas de la fase original, y no de aquélla severiana, finaliza-da pocos años antes de la incisión de la Forma Urbis Marmorea. Esto es buena prueba de cuánto esta se servía de documentos de archivo, con la intención de custodiar la tradición topográfica y arquitectónica del pasado arquitectónico de Roma. Tenemos pues aquí, pilares de las mismas características que los que todavía hoy se conservan junto al Arco de Dolabella y Silano, situado en este trazado final, enmascarados por las adicciones flavias y severianas; prácticamente contiguos topográficamente al tramo más superior de este acueducto mostrado por la FVM (figs. 13, 14 y 20). En este sentido, si se observa con atención el dibujo marmóreo en la restitución que proponemos, se verá como en el tercer arco en sentido descendente existe un cuadrado no rehundido, adosado al rehundido original, que claramente puede estar evidenciado unos de esos pilares de refuerzo construidos en época flavia: bien aislado, bien parte de un arco interno del que no se ha dibujado el otro pilar. De nuevo, tenemos un edificio no actualizado en la Forma Urbis (al igual que se ha podido verificar en los casos del Lacus Iuturnae en el Foro Romano o en el Templo B de Largo Argentina); la cual presenta aquí una arquitectura ya no visible en el momento en que esta Forma Severiana se grababa en mármol. Un motivo más para entender que esta Forma Marmorea encierra un significado que va mucho más allá de cualquier intención fiscal o catastral, al menos en lo que acontece en los monumentos públicos de Roma, custodiados gráficamente en sus fases primigenias en la mayoría de los casos. Con todas las cautelas que deba conservar esta interpretación que aquí proponemos, en resumen, opinamos que es preferible en este caso pensar en una codificación gráfica de la pendiente, inclinación y características constructivas de los Arcus Neroniani (no Caelimontani puesto que no estamos ante el aspecto del acueducto de s. III d. C.) en su tramo final, en detrimento de aquélla postura que lo entendía adosado a unas estructuras difícil justificación legal y constructiva. Sería éste un estímulo más, de admitirse, para abordar esa tridimensionalidad edilicia que, tan escondida y tamizada, desentraña poco a poco la función de la Forma Urbis Marmorea.
En el presente trabajo estudiamos la evolución de los materiales y técnicas constructivas en la Murcia andalusí, durante un periodo de tiempo que se extiende entre los siglos X y XIII, para lo que nos basaremos especialmente en la rica información extraída de las numerosas excavaciones efectuadas en dicha ciudad, que se refiere sobre todo a arquitectura residencial. Tras su exhaustivo análisis hemos identificado algunas diferencias entre las fábricas de los siglos X y XI y las posteriores de los siglos XII y XIII, por lo que consideramos importante describirlas, señalando a la vez los elementos que las caracterizan. También trataremos los problemas que plantea la datación absoluta de estos aparejos, señalando los datos seguros de que disponemos al respecto. Con el fin de analizar hasta qué punto son generales estas observaciones o si por el contrario responden más bien a fenómenos de regionalización del registro material andalusí, cotejaremos los datos conseguidos en Murcia con los procedentes de otros yacimientos andalusíes alejados del área de estudio. Finalmente, comprobaremos si existen o no diferencias entre el medio rural y el urbano, y para ello compararemos los materiales y técnicas constructivas presentes en dos yacimientos murcianos coetáneos, distantes 40 kilómetros y situados junto al mismo rio Segura: la ciudad de Murcia (una gran medina) y el despoblado de Siyâsa (un hisn). A lo largo del presente trabajo nos ocuparemos de los materiales y técnicas constructivas en un determinado marco espacial y temporal como es la ciudad de Murcia en época islámica 1. Al utilizar principalmente como material de estudio los restos arquitectónicos descubiertos en excavaciones arqueológicas, nos vemos obligados a centrarnos principalmente en el análisis de las fábricas de los muros y a dejar a un lado los sistemas de cubrición, pues la inmensa mayoría de los edificios examinados apenas conservan más que sus cimentaciones y zócalos. Las intervenciones realizadas en Murcia durante más de treinta años han permitido documentar los cambios que se han ido produciendo en el empleo de los aparejos edilicios en un medio urbano. Se trata de excavaciones de urgencia que afectan a una ciudad viva como es el caso de Murcia y, por tanto, no fueron planificadas siguiendo estrictos criterios científicos, razón por la cual, la información que proporcionan contiene algunos sesgos. Por otra parte, el carácter intensivo de las intervenciones ha permitido estudiar un potente depósito arqueológico, en cada una de las parcelas excavadas, en el que se puede distinguir perfectamente la superposición de edificios, a la vez que se observan las reformas y reparaciones que sufrieron antes de ser arrasados por completo. El periodo objeto de estudio se inicia con la fundación de la ciudad de Murcia en el año 825, y llega hasta la conquista castellana de mediados del siglo XIII, aunque es más apropiado afirmar que nuestro trabajo abarcará desde el siglo X al XIII, pues del primer siglo de vida urbana tenemos muy pocos datos. Por este motivo, no vamos a tratar en el presente trabajo algunos fenómenos que se produjeron en al-Andalus durante el siglo IX y principios del X, referidos a los procesos de recuperación de algunos materiales y técnicas constructivas como es el caso de la cantería y la reintroducción del uso de los morteros de cal 2. * [EMAIL] [EMAIL] 1 Este trabajo ha sido hecho en el marco del Proyecto de Investigación del VI Plan Nacional de Investigación Científica, Desarrollo e Innovación Tecnológica 2008-2011, titulado «Los palacios en la Baja Edad Media peninsular: intercambios e influencias entre Al-Andalus y los Reinos Cristianos» (HAR2008-01941), cuyo investigador principal es Julio Navarro Palazón. Queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento a los evaluadores y al Consejo de Redacción de la revista así como a D. Fermín Font y a D. Ignacio Gil por sus acertadas sugerencias y observaciones a nuestro borrador. 2 Es interesante subrayar la relación que existió entre la recuperación de estas técnicas y el renacer de la vida urbana en al-Andalus. A este respecto Azuar hace un comentario que se podría aplicar a Murcia: «Los datos arqueológicos confirman que el desarrollo de la construcción en los contextos urbanos, experimentado en al-Andalus entre los siglos IX y X, -con la articulación de sus procesos productivos: normalización de caleras, de tejeras o alfares preparados para proporcionar los materiales necesarios para la construcción, y del desarrollo y especialización en los procesos de trabajo-, a diferencia de lo que sucede en el mundo rural, está íntimamente unido y sólo es explicable desde la dinámica de formación y consolidación de las ciudades, rasgo fundamental de la creación de la sociedad tributaria de al-Andalus» (Azuar, 2009, pp. 29 y 30). El panorama arquitectónico que presentaremos corresponde plenamente a los siglos X y XI, periodo en el que la ciudad ya ha superado su fase de gestación o constitución 3. Aunque la mayor parte de la información que manejaremos procede de la ciudad de Murcia, utilizaremos también la que han proporcionado otros yacimientos del Sureste peninsular, es decir, de lo que en la Edad Media constituyó la cora de Tudmîr y posteriormente el reino de Murcia. Además haremos referencias puntuales a yacimientos especialmente significados del resto de al-Andalus, con el fin de contextualizar los datos extraídos en un marco más general. No obstante, y aunque aún no existen trabajos comparativos, hay indicios de que los resultados de nuestra investigación en el área murciana no siempre se pueden extrapolar en su totalidad a otras zonas de al-Andalus, pues en este tema, como en otros que se refieren también al registro arqueológico andalusí, se dieron particularidades regionales más o menos relevantes; aún así, creemos que investigaciones como ésta son necesarias para poder en un futuro abordar con éxito un estudio de carácter más general. En la actualidad, a pesar de que nuestro conocimiento del tema es parcial e insuficiente, parece que estamos en condiciones de afirmar que existían notables diferencias entre la arquitectura urbana y la rural. Esta última, condicionada por la escasa especialización de los oficios y, sobre todo, por su alejamiento de los centros de produc-Fig. Casón de Puxmarina (Murcia). Medianería conformada por dos muros adyacentes con cimentación de mampostería (s. X). El proceso de formación es el siguiente: 1o. Se construye el muro A del que destruimos un pequeño tramo con la finalidad de ver el alzado completo del muro B. 2o. Al muro A se le adosa el B. 3o. En fecha desconocida los propietarios del inmueble más antiguo eliminan el muro A y dejan como medianería el B, ganando así la superficie de la estructura desaparecida. Finalmente el alzado de tierra del muro B fue sustituido por una nueva estructura (C) de tapial de hormigón (ss. XII-XIII) ción artesanal, estaba obligada a explotar los recursos naturales del entorno más inmediato, por lo que se muestra mucho menos elaborada y más conservadora que la urbana. En este sentido, presentaremos ciertos ejemplos significativos, particularmente el despoblado de Siyâsa (Cieza), cotejando sus características con otros casos de carácter urbano de la misma época, es decir, de los siglos XII-XIII. Sería interesante, sin duda, hacer esta misma comparación para momentos anteriores, pero desgraciadamente en la actualidad no contamos en nuestra zona de estudio con información suficiente para esta fase más temprana, sobre todo en lo referente a conjuntos rurales. A lo largo de estas páginas también trataremos un aspecto de la historia de la construcción poco conocido, como son las prácticas reparadoras tradicionalmente empleadas para devolver la solidez a los viejos muros, por lo que es especialmente necesario usar una metodología arqueológica apropiada, con el fin de diferenciar las técnicas y materiales utilizados en una obra nueva y los empleados en una reparación, sobre todo cuando la fabrica objeto de estudio está hecha con materiales pobres. En efecto, a diferencia de la arquitectura contemporánea románica y gótica que se hacía en las ciudades de los reinos cristianos, en las que predomina el empleo de la sillería o de la mampostería 4, los tapiales de tierra, los calicastrados y los adobes, tan habituales en los alzados de los edificios andalusíes, requerían un mantenimiento casi periódico que ocasionaba frecuentemente su desaparición, suplantados por forros y bataches de ladrillo y/o mampostería. CRONOLOGÍA Según veremos, el empleo de materiales y técnicas experimentó ciertos cambios entre los siglos X y XIII, por lo que su estudio permite obtener aproximaciones cronológicas a los edificios en que aparecen. Estos cambios posibilitan una elemental clasificación de las fábricas en dos grupos bien diferenciados que denominaremos antiguo (ss. X-XI) y reciente (ss. El primero se caracteriza por el empleo generalizado, en los basamentos de los muros, de mampostería en hiladas, a veces en spicatum, en crudo o alternando con gruesos lechos de argamasa de cal (fig. 1). El segundo se singulariza por utilizar la tapia de hormigón como cimiento y zócalo (fig. 14). Ambos tipos de basamentos tenían la misma finalidad: que los muros pudieran resistir eficazmente a la humedad y al agua de lluvia pues, tanto en el primero como en el segundo grupo, el resto de los alzados era de tierra 5. La cronología relativa de las dos clases de aparejos que hemos expuesto es indiscutible y se puede comprobar en las numerosas publicaciones, derivadas de las intervenciones arqueológicas realizadas en la ciudad de Murcia, que hemos recogido en la bibliografía adjunta; el tipo edilicio correspondiente a la fase antigua siempre aparece en niveles más profundos que el reciente y, con mucha frecuencia, incluso el segundo sustituye al primero en el recrecimiento o refacción de un mismo muro (fig. 1), especialmente en las medianerías 6. Resulta, sin embargo, más complicado ofrecer cronologías absolutas precisas de la mayor parte de los restos examinados. En este sentido, constituye una excepción valiosa una serie de edificios estatales bien fechados en época mardanîší (1147-1171) y hudí (1228-1238), por lo que los examinaremos en apartado propio. En general, las dataciones absolutas están basadas en el registro estratigrá-fico y en las fechas que proporcionan los materiales contenidos en los niveles de construcción, utilización, destrucción o abandono asociados a la arquitectura. Los restos de objetos de vidrio, metal y hueso no ofrecen precisiones cronológicas dado el estado actual de la investigación sobre este tipo de materiales, por lo que las referencias cronológicas proceden, básicamente, de las cerámicas y, excepcionalmente, de fragmentos de yeserías. En las memorias e informes arqueológicos publicados encontraremos los argumentos, más o menos detallados, que se vienen dando a la hora de fechar estas fábricas a partir de los datos que aportan las cerámicas que se le asocian; no es objetivo del presente trabajo profundizar en cuestiones estrictamente ceramológicas, aunque remitimos a los estudios sobre estas producciones que desde los años 80 se han venido llevando a cabo en Murcia, la mayoría de ellos efectuados por nosotros en paralelo a las excavaciones arqueológicas que veníamos realizando en la ciudad de Murcia y en el despoblado de SiyÄsa7. No obstante, podemos afirmar que, en términos generales, el aparejo de la fase antigua aparece asociado a un fósil director característico como es la cerámica decorada en «verde y manganeso», que en el Sureste se viene considerando exclusiva de los periodos califal y taifa. El aparejo de la fase más reciente tiene un claro límite ante quem, marcado por los niveles de destrucción y abandono relacionados con la conquista castellana de mediados del siglo XIII, mientras que su aparición es más difícil de datar. En algunos casos, como en la casa que denominamos A, de calle Platería 14, se ha podido asociar a época almorávide, tanto por la presencia de fragmentos de yesería como por el registro cerámico8. No obstante, con las producciones alfareras de época almorávide acontece algo similar a lo que sucede para el período taifa: la escasez de conjuntos cerrados y bien fechados en esta época hace difícil su caracterización precisa. Por otra parte, tampoco existe un fósil director claro para este periodo, por lo que normalmente los conjuntos atribuibles al mismo se identifican, permítasenos la simplificación, por la desaparición del fósil director de los siglos X-XI, que es la decoración en «verde y manganeso», y por la ausencia de los que caracterizan a la época almohade (esgrafiado sobre manganeso, candiles de pellizco y pie alto, etc.). Basamentos con tapial de hormigón no parecen haberse empleado en época califal, puesto que ni en Madînat 5 En la ciudad de Murcia se ha comprobado que a lo largo de todo el período andalusí existieron construcciones de tierra sin basamento de mampostería u hormigón. No parece posible en la actualidad establecer distinciones cronológicas en este tipo de obra, sin duda muy humilde, con la excepción de algunos casos tardíos en los que hay refuerzos de ladrillo en las jambas y esquinas. En ocasiones, hallamos la obra de tierra completamente desaparecida y reemplazada por fábricas de mampostería, ladrillo o incluso sillarejos reutilizados, dispuestas en bataches. 6 La dificultad de demoler las medianerías y extraer la piedra de sus cimentaciones explica que sea en estos lugares donde mejor se han conservado los muros de mampostería de la fase antigua. Por el contrario, dentro de cada parcela todo propietario podía derribar sus muros y recuperar los materiales empleados en cimientos y zócalos. al-Zahrâ' ni en los arrabales cordobeses hay muros con ese aparejo; estos últimos debieron de despoblarse a lo largo de la primera mitad del siglo XI con motivo de los desórdenes ocasionados por la caída del califato (fitna). Avanzando en dicha centuria, las viviendas exhumadas en Vascos (Toledo), abandonadas entre los años 1080 y 1085, tampoco presentan tapiales de hormigón en sus zócalos. Son muy pocos los ejemplos fechados sin ningún tipo de dudas que nos puedan servir para ilustrar este cambio y en función de ellos parece que podría coincidir aproximadamente con el cambio de siglo. Así, el muro perimetral del Qasr al-Hayar, la alcazaba almorávide de Marraqués atribuida a Yûsuf Ibn Tâsufîn (hacia 1070) 9, contaba con un basamento compuesto por dos forros de mampostería con un relleno de tierra entre ambos, lo que sumaba un espesor total de 3 m, el resto del alzado era, al parecer, de tierra 10. En las obras que de manera indudable se pueden atribuir a su hijo'Alî (1106-1143), sin embargo, el aparejo murario ya ha variado: para la ampliación de la Qarawiyyîn de Fez se empleó el tapial de argamasa en los muros de carga, mientras que pilares, arcos, jambas y tabiques se hicieron de ladrillo 11; en la fortaleza de Tâsgîmût, destruida y abandonada no más allá de 1132 y construida muy pocos años antes, la mampostería regularizada se empleó en la parte inferior de la muralla, en las torres cuadrangulares y en las puertas, mientras que los alzados de los lienzos son de tapial de argamasa 12; las residencias áulicas edificadas por'Alî Ibn Yûsuf al sur del Qasr al-Hayar, que fueron amortizadas tras la conquista almohade al erigirse la primera Qutubiyya, contaban con muros de tapial de argamasa con jambas y umbrales de ladrillo 13. Todo ello coincide con las observaciones que hemos podido realizar en Murcia, que apuntan a que el cambio de fábrica en las cimentaciones y zócalos debió de producirse, aproximadamente, en el último cuarto del siglo XI o a principios del XII; seguramente, dicho cambio no se produjo de manera repentina sino que debió de responder a un proceso, más o menos prolongado en el tiempo, cuyas fechas y extensión sólo se podrán precisar cuando contemos con más ejemplos bien datados. A continuación trataremos de definir detalladamente las características de la arquitectura de los dos grupos señalados. Como ya adelantamos, esta fase está esencialmente estudiada a partir de ejemplos domésticos, lo que obliga lógicamente a tomar precauciones a la hora de extrapolar conclusiones a otros tipos arquitectónicos que funcionalmente son muy diferentes, por ejemplo las fortificaciones. Los aparejos de este periodo se caracterizan por la presencia generalizada de la fábrica de mampostería, que en la mayoría de los casos queda reducida a la cimentación y al zócalo, pues el resto del alzado era de tapial de tierra o de adobe. Tanto los muros de carga como los que compartimentaban las crujías tienen un basamento compuesto por cinco o seis mampuestas o hiladas, ocasionalmente dispuestas en espiga y/o alternando con gruesos lechos de mortero de cal (figs. 1, 3 y 8). Según Font e Hidalgo, este tipo de zócalo estaría también encofrado por lo que denominan a este aparejo «tapia de piedras con hormigón de cal» 14. El basamento aparece enterrado en su mayor parte (fig. 9), conformando una cimentación sobre la que se levantan los alzados ya descritos. Dada la fragilidad de estas obras de tierra y su rápido deterioro es difícil en ocasiones diferenciar cuándo se trata de adobes tomados con barro o cuándo de un tapial, máxime en los casos en los que el muro original ha sido reparado con obras de mampostería o ladrillo. La parte superior del mencionado basamento de piedra solía estar por encima del nivel de suelo conformando un elemental zócalo. En efecto, esta obra de mampostería suele tener una altura total en torno a los 60 cm, de los que cinco sextas partes serían cimiento pues sólo emergían sobre el pavimento original unos 10-15 Abajo a la derecha un tramo del banco o andén perimetral que bordea el patio. A la izquierda el vano de ingreso a la cocina. Apréciese al fondo el muro medianero compuesto por un zócalo de mampostería (A) conservado íntegramente por ser de piedra, mientras que su alzado original de adobes ha desaparecido, sustituido por reparaciones de mampostería dispuestas en bataches (B). El único tramo que no ha sido reparado y en el que se conservan algunos adobes originales es aquél en el que entestaba el muro que subdividía la crujía (C) Fig. 4. Casa no 2 de calle San Pedro de Murcia (ss. Muro con cimiento y zócalo de mampostería tomada con barro. Los restos de su alzado de tierra se pueden apreciar en el ángulo superior izquierdo de la foto cm (fig. 9). De esta manera quedaba protegida la parte inferior del muro de tierra de la acción del agua de lluvia y de la humedad en general. El ancho de los muros de carga oscila entre 50 y 60 cm. Los vanos, y ocasionalmente las esquinas, presentan jambas hechas con sillares de arenisca blanca, dispuestos a soga y tizón, en los que se tallan las mochetas (fig. 3). Los zócalos y los pavimentos de los salones principales estaban frecuentemente enlucidos con estuco pintado de rojo (fig. 18). En diversas ocasiones hemos comprobado que estas cimentaciones no se hacían excavando una zanja en la tierra, sino que se levantaban sobre un suelo provisional de trabajo para a continuación elevarlo, mediante aportes de tierra y/o arena, hasta una altura de 40 ó 50 cm, cota a la que se disponían los pavimentos definitivos. Las razones que nos permiten afirmar que el proceso constructivo era el expuesto, son las siguientes: primero, las mamposterías están perfectamente aplomadas, lo que por otra parte es normal si efectivamente se trata de tapiales; segundo, la ausencia de fosas de cimentación flanqueando los basamentos; tercero, la presencia, a la altura de la cota inferior de dichos cimientos, de suelos de trabajo, conformados por restos de la talla de los sillares de calcarenita y fosas alargadas y poco profundas en las que al parecer se amasaba el mortero de cal, y cuarto, la existencia de ciertos enlucidos preparatorios que descienden por debajo de las cotas de los suelos definitivos. Sobre la cerámica constructiva de los niveles andalusíes de la Murcia de los siglos X y XI tenemos una información muy desigual debido a que ladrillos y baldosas suelen hallarse «in situ», siempre que no hayan sido expoliados o convertidos en escombros, mientras que las tejas aparecen en posición secundaria formando parte de los estratos de abandono y/o demolición de los edificios, por lo que frecuentemente no se recogen, lo que explica por qué el estudio de la teja se encuentra ausente en la mayoría de las memorias e informes de las excavaciones que se han realizado en Murcia. El ladrillo apenas se utilizaba y sólo lo hemos localizado en una casa situada en la calle San Pedro de Murcia, en un muro de la crujía sur del que únicamente conocemos el extremo que entesta contra el que cierra el patio por ese lado. Está formado por ladrillos grandes y relativamente aplastados de 30'5 × 16 × 4'2 cm. Este mismo panorama lo encontramos en los arrabales cordobeses, en donde el empleo del ladrillo es prácticamente anecdótico, mientras que en Madînat al-Zahrâ' sólo se utiliza a modo de decoración en alfices y dovelas de algunos arcos, en reparaciones puntuales, bóvedas de hornos e hipocaustos de baños 15. Sólo dos ejemplos documentan el uso de los pavimentos cerámicos en Murcia. El primero lo hallamos en el Detalle del pavimento del andén a base de losas de calcoarenita y de la parte central del patio compuesto por baldosas cerámicas localidades periféricas; habrá que esperar a finales del siglo XII para ver aquí abundantes solerías de cerámica. Los patios solían pavimentarse con losas de calcarenita, tanto los andenes como los espacios centrales deprimidos, obviamente siempre que estos últimos no fueran áreas ajardinadas. La solución mixta de andenes de piedra y parte central de baldosas de cerámica ya la vimos en la casa de calle Organistas (fig. 5). Ocasionalmente los andenes aparecen solados sencillamente con mortero de cal alisado (figs. 2 y 3) aunque, hasta donde hoy conocemos, esta solución era más infrecuente 18. También hemos comprobado que los suelos de losas de piedra se extendían, en ciertos casos, a las letrinas (fig. 6), a los zaguanes y a los pasillos de comunicación entre patios. Este uso coincide con el que se ha podido documentar en las viviendas de los arrabales cordobeses, en donde los encontramos principalmente, en zonas de paso como zaguanes, establos, patios, letrinas y, excepcionalmente, en dos establos y en una alcoba 19. En Madînat al-Zahrâ' la calcarenita se utilizó en los extensos espacios de circulación al aire libre, como los andenes centrales y perimetrales de los jardines Alto y Bajo, de la mezquita aljama, y los que rodean la plaza frontera al salón basilical superior; también se empleó en los espacios de circulación cubiertos, así como en los patios y andenes de diversos edificios. En las estancias interiores el uso se limitó a los espacios de ingreso y comunicación, habitaciones menores o de servicio y algunas letrinas 20. Al igual que en Murcia y en los arrabales de Córdoba, en los andenes de los patios las losas rectangulares se colocan en tabla, perpendiculares a cada uno de los muros perimetrales a los que se adosan, a una altura media de 15 ó 20 cm sobre el rebaje central del patio, dimensión que viene a ser el grueso de las losas. Los salones, sin embargo, contaban con suelos de argamasa sobre preparados de zahorra o ripios. Frecuentemente durante su alisado final se les aplicaba una fina película de almagra, siendo la solución más habitual tanto en estas salas principales como en otras de menor rango. La escasa altura de los zócalos de mampostería, transcurrido un tiempo, facilitó el rápido deterioro de los muros de tierra, por lo que fue necesario repararlos. Para ello sólo cabían dos posibilidades: utilizar forros de ladrillo o mampostería, o bien rehacerlos casi en su totalidad. Esta última solución no es infrecuente y la manera en que se solía llevar a cabo era apuntalando las vigas del forjado del Fig. 6. Casa de calle Victorio de Murcia (ss. Letrina con pavimento de losas de piedra techo, para no tener que desmontarlo, y reconstruir el muro progresivamente mediante estrechos tramos, a modo de bataches, cuya longitud no solía exceder los 80 cm (figs. La mayor parte de las estructuras que emplearon parcial o totalmente la piedra fueron objeto de saqueo ya en época islámica, pues se trata de un material susceptible de ser reutilizado21. Este proceder debió de ser especialmente intenso en una ciudad como Murcia, cuyo emplazamiento en una depresión aluvial convertía la piedra en un material cotizado (fig. 7). En realidad, ninguna de estas viviendas antiguas que venimos describiendo llegó en su estado original a época tardoislámica. Algunas de ellas fueron rehechas varias veces cambiando por completo el aspecto original y permanecieron en uso hasta los siglos XIV o XV, por ejemplo las excavadas en San Pedro y Zarandona, mientras que otras fueron demolidas en los siglos XII o XIII y sobre su solar se levantó otra nueva que nada tenía que ver con la anterior salvo las paredes perimetrales que, al estar compartidas con el vecino como medianeras, tenían que ser lógicamente respetadas. Conviene recordar que, a diferencia de lo que sucede en el mundo romano, donde esto sólo es posible si el vecino da permiso, la jurispruden-cia islámica prescribe que, si no hay peligro de ruina, la nueva construcción puede apoyar sus vigas en la pared colindante, lo que de hecho da lugar en el urbanismo islámico a la máxima adyacencia entre las propiedades por la servidumbres de muros medianeros22. Cuando las casas eran objeto de pequeñas reformas también se reutilizaban algunos de sus materiales, especialmente los pavimentos de piedra en las frecuentes sobreelevaciones de suelos. Casa de calle Victorio de Murcia. Obsérvese el saqueo del muro de mampostería situado en el centro de la imagen, destruido por debajo del nivel de suelo de la habitación (a la derecha) y que ocasionó la fosa que se aprecia en el perfil estratigráfico Fig. 8. Casa de plaza Belluga de Murcia. Muro medianero entre dos viviendas andalusíes. Obsérvese el cimiento de mampostería de la obra original (A) y las reparaciones realizadas con bataches de mampuestos (B) de casi todo el antiguo alzado de tierra (C) Fig. 9. Casa de plaza Belluga de Murcia (ss. Obsérvese en la medianera del fondo las reparaciones realizadas con sucesivos bataches de mampostería (B) que dejan entre si angostos tramos del alzado original de tierra (C). El basamento de mampostería es casi todo cimentación, pues sólo su hilada de piedras superior está por encima de la cota marcada por el suelo original cuando los inmuebles eran totalmente demolidos, la intensidad del saqueo y de la recuperación de materiales podía llegar a afectar incluso a sus cimientos de mampostería, dejando apenas rastro de su existencia 23. Por esta razón tenemos con frecuencia una información muy parcial y fragmentaria de las viviendas de esta cronología, lo que da lugar a ciertas impresiones infundadas como las que defienden una escasa presencia de edificios en la Murcia anterior al siglo XI 24. La mayor parte de los edificios de esta etapa excavados en la ciudad de Murcia han sido identificados como obras de época califal o taifa por su asociación con un tipo de producción cerámica, el «verde y manganeso», que responde a esa cronología. La casa de Zarandona mostraba, tras el momento fundacional, una segunda fase fechable en el siglo XI, por lo que nos inclinamos por suponer que fue fundada en el siglo X o, como muy tarde, a comienzos del XI 25; lo mismo parece haber sucedido en la de San Pedro 26. Apenas tenemos datos para fechar estratigráficamente las viviendas B y C de Platería debido a que no se conservó pavimento alguno y a que los muros habían sido sometidos a un saqueo casi completo 27; lo mismo cabe decir de la hallada en Puxmarina 28. De la casa de Frenería, que apareció en un estado de conservación relativamente bueno, se publicó una planta bastante completa pero no materiales asociados, por lo que sus propios excavadores proponen una cronología imprecisa entre los siglos X-XI 29. Una de las mejor fechadas es la residencia polinuclear de calle Fuensanta gracias a los abundantes hallazgos que proporcionaron los niveles de fundación; fue construida en la segunda mitad del siglo X sobre un edificio de la primera mitad de ese mismo siglo 30. También en el siglo X se fechó la primera fase de otra, muy incompleta, hallada en el no 1a Fase, Etapa I. Se le puede denominar arcaica y se fecha entre comienzos del siglo X y el año 944. Los muros son de mampostería tomada con barro y enlucidos con el mismo material. Los basamentos están constituidos por grandes mampuestos dispuestos sin orden; aparecen también jambas formadas por grandes losas de piedra rectangulares. Es la institucional y corresponde a los edificios que portan la lápida de fundación en el año 944. A diferencia del resto, los muros de estas construcciones están levantados con mampostería tomada con mortero de cal y ocasionalmente enlucidos con el mismo material. Excepcionalmente el alzado de la mezquita principal es en su totalidad una obra de mampostería, por lo que se aleja de las prácticas más habituales en las que un zócalo de esas características era la base de un alzado de tierra. Otro rasgo fundamental en estas fábricas es la consolidación del aparejo en opus spicatum, que por diferentes paralelos Azuar considera como propio de los siglos X-XI. Segunda mitad del siglo X. Se caracteriza por una degradación del aparejo en opus spicatum, el cual mantendrá la horizontalidad de sus hiladas pero dispuesto de manera más irregular. Fines del siglo X y principios del XI. Caracterizada por la generalización de la tapia de tierra sobre basamentos de mampostería. A juicio de Azuar, este momento es muy interesante pues permite documentar precedentes de los tapiales de argamasa de los siglos XII-XIII y posteriores 40. El aparejo descrito para las casas murcianas se asociaría, por tanto, al periodo «institucional» de la Rábita, que está bien datado a mediados del siglo X. No creemos que se pueda remontar a época emiral, al menos por lo que se refiere a la ciudad de Murcia, aunque en este caso apenas tenemos información y conviene que examinemos algunos paralelos. Entre las viviendas emirales y califales exhumadas en Córdoba existe una serie de diferencias interesantes que podrían extrapolarse, al menos parte de ellas, a otras ciudades de al-Andalus. Acién y Vallejo presentan de esta manera las características de la arquitectura del siglo IX en oposición a la del X: «La mayor presencia de fábricas de mampostería construidas con calizas irregulares del secundario e incluso cantos del río, frente a la utilización de las calcarenitas trabajadas en forma de sillares, el predominio de suelos terrizos frente a los pavimentos de pizarra, barro cocido o argamasa coloreada, la escasa especialización de las habitaciones, donde no encontramos el desarrollo de alcobas, la insuficiente estructuración del patio que no presenta andenes, y la ausencia de una red de saneamiento común, sustituida por un gran número de pozos negros, son algunos de los rasgos...»41. Recientemente se han llevado a cabo una serie de intervenciones en el antiguo arrabal de Saqunda, en Córdoba, cuyos resultados han comenzado a publicarse en 2008 y que resultan de gran interés por varias razones, entre las que destacaremos la considerable extensión excavada (22.000 m 2 ) y su ajustada delimitación temporal, entre el momento de la formación del barrio a mediados del s. VIII y el famoso «motín del arrabal» que dio lugar a su destrucción y a la deportación de sus habitantes en el año 818 42. Los numerosos edificios presentan una gran homogeneidad desde el punto de vista constructivo, pues cuentan con zócalos compuestos por cantos rodados tomados con barro, dispuestos en hiladas más o menos inclinadas entre las que ocasionalmente aparecen otras de teja, conformando un aparejo similar al opus spicatum. Las piedras se disponen careadas, las de mayor tamaño en los laterales, mientras que el interior está relleno con cantos menores y ripio. El número de hiladas oscila entre 1 y 6, aunque en ciertos casos no se puede descartar la posibilidad de que algunas hayan desaparecido. No existe evidencia de la composición de los alzados aunque, ante la ausencia de derrumbes de piedra u otro material, sus excavadores se inclinan por suponer que fueron obra de «tapial de tierra». Las jambas estaban reforzadas mediante lajas verticales o sillarejos de calcarenita, cantos de río de mayor tamaño o fragmentos constructivos romanos reutilizados. Por consiguiente, las fábricas murcianas que venimos estudiando serían muy similares a los aparejos que Acién y Vallejo fechan en el siglo X, mientras que la arquitectura emiral del área surestina se parece, hasta donde conocemos, a las cordobesas que acabamos de mencionar; por ejemplo, en el Tolmo de Minateda en Hellín (Albacete) se han exhumado varias casas visigodas y emirales (al parecer la ciudad se despobló en el siglo IX) que han permitido comprobar la pervivencia de ciertas técnicas constructivas tardoantiguas después de la conquista musulmana. Los edificios presentan muros formados por hiladas de piedras irregulares tomadas con tierra y un relleno interior de Fig. 11. Alzados de la arquería del edificio califal-taifa hallado en el convento de Nuestra Señora de las Huertas de Lorca (Martínez y Ponce, 2008) mampuesto pequeño. Dada su escasa altura conservada, aún se ignora si se hicieron totalmente en piedra o si sobre la base de estos zócalos hubo alzados de tapial de tierra. Las jambas están constituidas por grandes bloques de piedra dispuestos verticalmente; esta misma solución de refuerzo también la vemos en las esquinas, conformando así un aparejo que recuerda al opus africanum 43. Igualmente se ha visto en la ciudad de Valencia, en al menos en cinco puntos distintos, que los muros del siglo IX o comienzos del X presentan zócalo de piedras trabadas con barro 44. Finalmente, en la rábita de Guardamar se observó que en los inmuebles anteriores a 944 no está generalizado el empleo de la argamasa de cal, a diferencia de lo que sucede en la fase siguiente. Es posible que, también en la ciudad de Murcia, la presencia o no de gruesos lechos de mortero de cal para el asiento horizontal de cada una de las mampuestas o hiladas de piedra tenga en algunos casos un valor cronológico 45. argamasa de cal. Aunque el monumento está en proceso de excavación los primeros indicios apuntan, con todas las reservas, a que se trataría de una obra del siglo IX 48. La fábrica que anteriormente hemos descrito al estudiar las viviendas murcianas de la fase antigua, poco tiene que ver con la que encontramos en el yacimiento más emblemático del período califal, Madînat al-Zahrâ', en donde los muros se levantaron con sillería de calcarenita aparejada a soga y tizón, tomada con mortero de cal, que abarca el alzado completo de las estructuras 49. No se deben buscar razones simbólicas o estéticas en la elección de este aparejo en la fundación califal, pues los muros estaban totalmente enlucidos 50. Por consiguiente, no es sencillo hallar las causas que expliquen por qué la sillería apenas está presente en las casas de los arrabales de Córdoba, aunque es posible que sean de naturaleza económica, pues en estos ensanches urbanos la sillería suele aparecer asociada a los edificios más ricos, especialmente a las grandes almunias que fueron las primeras en establecerse en la zona antes de que se extendiera sobre ella el tejido urbano 51. En este sentido, conviene señalar que en el área murciana también se ha encontrado este aparejo de sillería en el interior del convento franciscano de Nuestra Señora la Real de las Huertas; se trata de un muro de sillería a soga y tizón de 11 '35 m de longitud y 0' 60 m de anchura en el que se abren tres arcos, dos de ellos conservados suficientemente para reconocer que el central es de herradura apuntada y el oriental polilobulado (figs. 11 y 12). Sus descubridores los publicaron como «una obra homogénea» 52 cuya cronología oscilaría «entre finales del siglo X y principios del XI» 53, identificándolo como un palacio. Nosotros nos inclinamos por creer que se trata de la fachada por la que se abría la sala de oración de una mezquita a su patio. Además, observamos una clara discontinuidad entre los sillares que conforman los arcos y el muro en el que se alojan, apreciándose que la piedra de ambas obras es diferente. Teniendo en cuenta que también resulta difícil conciliar la presencia de un arco con un perfil tan apuntado en un muro de aparejo califal, opinamos que el muro efectivamente es una obra del siglo X pero los arcos son una reforma, que muy posiblemente hay que situar en el siglo XI. Si bien no es nuestra intención profundizar ahora en el tema de los materiales y técnicas constructivas empleados en fortalezas y murallas, que evidentemente tienen una serie de peculiaridades que las diferencian hasta cierto punto de la arquitectura «civil», sí queremos llamar la atención sobre un aspecto de ellas que ya hemos tratado en anteriores trabajos 54; nos referimos a las obras de reparación y fortalecimiento de las murallas antiguas. De la misma manera que en los edificios de esta época que venimos examinando la fábrica dominante consiste en cimientos y zócalos de piedra, en seco o con argamasa, y alzados de tierra, sean de adobe o tapial, también en la arquitectura defensiva de ese momento se dio similar panorama técnico. Sin embargo, se ha podido comprobar que la mayoría de las fortificaciones urbanas más antiguas fueron objeto de importantes reformas en los siglos XII y XIII, momento en el que aumenta considerablemente la presión de los reinos cristianos sobre al-Andalus y se generaliza el empleo de la tapia de argamasa 55. En algunos casos, las nuevas murallas se alzaron sobre el mismo trazado de las antiguas, lo que habitualmente supuso su eliminación sin dejar rastro alguno, pues solían ser de menor porte y consistencia. En otras ocasiones lo que se hacía era adosar la nueva fábrica a la de tierra preexistente que, de esta manera, servía de pared de contención para el encofrado, según hemos podido comprobar en fortalezas en las que hemos intervenido, como la del castillo de Alhama de Murcia 56. Las murallas del Pla d'Almatá de Balaguer, fechadas entre fines del s. VIII y el s. IX, cuentan con basamento compuesto por seis hiladas de sillares sobre las que se eleva una obra de tierra; los cubos presentan una fábrica de sillería perimetral con un núcleo de arcilla muy compacta 57, aunque nosotros no descartamos que estos núcleos terrosos sean, más bien, las torres primigenias que posteriormente fueron reforzadas con un forro pétreo. Este fenómeno es el que descubrió Antonio Almagro en la fortaleza de Gormaz, en la que aún se puede apreciar que la muralla original de tierra y zócalo de mampostería fue envuelta por un forro exterior de mampostería; con el paso del tiempo la obra más antigua se deshizo, quedando solamente su basamento de piedra y la impronta de la vieja muralla en la nueva obra 58. Por este motivo la cerca de mampostería que hoy vemos en Gormaz no tiene una autentica cara interna (fig. 13). Ya comentamos que a partir de una fecha imprecisa, que podríamos situar a fines del siglo XI o comienzos del XII, los basamentos de mampostería son sustituidos en la arquitectura doméstica por fábricas de tapia de argamasa (figs. 14-17); lo que Graciani y Tabales definen en su clasificación cronotipológica como una tapia mejorada por la incorporación de un conglomerante de cal, que se denominaría tapia acerada o real 59. No obstante, los alzados de los muros siguen siendo de tierra. Gracias a las excavaciones en la ciudad de Murcia y en otros puntos del Levante contamos con numerosos ejemplos así construidos, aunque no disponemos de cronologías absolutas en la mayoría de los casos, con la excepción de las edificaciones mardanîšíes (1147-1172) y hudíes (1228-1238) de las que nos ocuparemos más adelante en detalle, precisamente por estar bien fechadas. El período finaliza con la conquista del Levante peninsular por castellanos y aragoneses durante el segundo cuarto del siglo XIII, lo que no significa que desapareciera este tipo de fábrica que está bien acreditada en construcciones posteriores. La información arqueológica sobre estos edificios tardíos es bastante mayor que la disponible para los antiguos, debido a que sus cimentaciones de tapial de argamasa tenían escaso valor pues no se podían desmontar y trasladar para ser reutilizadas 60, por lo que se han conservado mucho mejor que los muros de mampostería 61. En términos generales, las viviendas tardías son similares a las anteriores en cuanto a su organización espacial, con algunas pequeñas diferencias; básicamente, lo que permite diferenciarlas son los materiales y técnicas constructivas utilizados, sobre todo en sus cimentaciones. Mientras que en la fase anterior los cimientos y zócalos eran de mampostería, en ésta se emplea el tapial de argamasa construyendo así un basamento que suele tener una sola hilada de cajas que alcanza unos 80 ó 90 cm de alto y un grosor de aproximadamente 50 cm; dos terceras partes de dicha tapia constituían la cimentación propiamente dicha y el resto sobresalía a modo de zócalo (figs. 14 y 15). Hay obras cuyos cimientos llegan a tener más de dos hiladas de cajas de tapial de argamasa, en unos casos 57 Giralt, 1998, p. 60 Sólo en casos excepcionales se ha documentado la reutilización de bloques de tapial en obras posteriores como rellenos en muros o cimentaciones. 61 En la ciudad de Murcia se ha descubierto un número considerable de viviendas de esta fase; ciñéndonos a las publicadas, la relación, seguramente no exhaustiva, sería la siguiente: la casa A de Platería (Jiménez y Navarro, 1997); la de calle Marengo, amortizada por el tramo de muralla colindante y fechada por su excavadora a fines del siglo XI o primera mitad del XII (Pujante, 1999, pp. 450-452); la de calle La Manga en su fase I (Guillermo, 1998, pp. 454-457); la de Raimundo de los Reyes, que se ha fechado a mediados del siglo XII (Bernabé, 1994, pp. 134 y 137); la fase II de la gran vivienda de calle Fuensanta (Bernabé y López, 1993, p. Casa excavada en el casón de Puxmarina de Murcia (s. XII). Muros construidos con cimentación de tapial de hormigón y jambas y pilar central de un vano geminado fabricados con ladrillo debido a la necesidad de salvar desniveles mediante muros de contención (fig. 43) y, en otros, con el fin de resolver problemas de estabilidad generados por conducciones de agua profundas, este es el caso documentado en los edificios de Puxmarina (fig. 16) y Belluga 62. Así se hacían todos los muros de carga pero no necesariamente los de partición, entre los que encontramos citaras y tabiques de panderete fabricados con ladrillos o adobes; también hemos documentado en escaleras la presencia de bóvedas tabicadas construidas con ladrillos 63. Los vanos de los muros de carga suelen aparecer ya definidos en sus cimentaciones (figs. 14 y 15), aunque cono-Fig. Casa excavada en el solar del casón de Puxmarina de Murcia (ss. Véase en el muro de tapial de hormigón cómo ha sido reforzada su esquina con sillares de calcarenita cemos algunos casos en los que estas infraestructuras son muros corridos en los que no se reflejan los vanos 64. Las jambas presentan ahora soluciones de refuerzo mediante machones que varían según la cronología: sillares de calcarenita dispuestos a soga y tizón, al igual que en las construcciones de la fase antigua; obra de ladrillo en su totalidad (fig. 15) y una solución mixta de ladrillo con basamento de piedra (fig. 14). Menos frecuentes son los casos en los que las jambas no están diferenciadas constructivamente y, por lo tanto, forman parte de la obra de tapial del muro inmediato, llegando en algunos casos hasta encofrar las propias mochetas; esta solución la hemos visto en la sala norte y crujía oriental de la vivienda A de Platería (fig. 17) y en la casa sur de Organistas 65. Estos vanos cuyas jambas no fueron reforzadas con una obra diferenciada de ladrillos o piedra, debieron de adoptar en altura la solución conocida como tapial con brencas, consistente en reforzar con un material más resistente la parte de la caja inmediata a la jamba, mientras que en el resto de la tapia se utilizaba el material empleado habitualmente en el resto del muro (figs. 41 y 42). Los pavimentos de los espacios cubiertos, incluidos salones, cocinas y letrinas, solían hacerse con argamasa de cal (fig. 18). Las paredes de las dependencias estaban enlucidas con yeso y algunas de ellas se decoraban con 62 Jiménez y Navarro, 2002a, fig. 50. 64 Véanse, por ejemplo, la casa A de Puxmarina (Jiménez, Navarro y Thiriot, 2005, p. 65 Navarro y Jiménez, en prensa. motivos en reserva sobre fondo rojo. Las reparaciones de los muros de las viviendas tardías seguían el mismo proceso que explicamos cuando tratamos las de época más antigua. Como antes decíamos, en ciertas casas de Murcia como la A de Platería y la de calle Sémola así como en el palacio de San Andrés, que se podrían fechar en la primera mitad del siglo XII, los sillares de arenisca se utilizaron con profusión pues, además de encontrarlos en los cimientos de las jambas (fig. 14), aparecen en los umbrales de los vanos, en las solerías de los andenes y, dispuestos a soga y tizón, en el pilar central de la puerta geminada que daba acceso a los salones principales (fig. 19). La antigüedad relativa de esta solución es evidente, pues en aquellos casos en los que se puede rastrear la evolución posterior de la vivienda se observa cómo las jambas se reparan y recrecen con ladrillo, quedando la piedra como testimonio de la fase fundacional. Es posible que estemos ante un simple fenó-meno de reutilización de materiales 66, procedentes de edificios arruinados o en proceso de demolición, aunque no descartamos que se trate también de una pervivencia de la tradición constructiva de la fase anterior. A partir de mediados del siglo XII, en la ciudad de Murcia la piedra se empleó aún menos pues prácticamente desaparecen los pavimentos de este material, aunque segui-Fig. Detalle de la jamba con la mocheta encofrada en la obra de hormigón Fig. 18. Casa no 4 del solar de plaza de Romea, esquina calle Alfaro de Murcia (ss. Pavimento de argamasa y zócalo, ambos pintados en rojo. En el alzado se conserva un motivo geométrico en reserva compuesto por dos bandas verticales Fig. 19. Vano geminado de acceso al salón principal (norte). Las jambas no han sido dotadas de los habituales refuerzos de piedra o/y ladrillo. La cimentación del pilar central está compuesta por una zapata de hormigón sobre la que se asienta la obra de sillares de arenisca. A ambos lados del pilar central se puede ver en el perfil un suelo de trabajo, muy próximo a la base de los muros 66 Un caso en el que se ve claro que los sillares están reutilizados es el muro de cierre del cementerio de San Nicolás de Murcia (fig. 24), en el que se puede apreciar cómo la obra de tapial de hormigón aparece reforzada por machones de piedra (Jiménez y Navarro, 2001, p. Esta solución también la encontramos en la muralla de la alcazaba Qadima de Granada, fechada tradicionalmente en el siglo XI precisamente por la presencia de este tipo de obra de piedra (fig. 46). mos hallándola muy bien trabajada en las solerías de los baños (fig. 21). También la encontramos en casas de cierta riqueza constructiva, conformando los canalillos perimetrales que delimitan los jardines en hondo (fig. 20), las fuentes 67, reforzando esquinas de cimentaciones comprometidas (fig. 16) e incluso aún en solerías, como las de la fase fundacional de la vivienda de Pinares 68 y las del edificio hallado en calle Montijo 69, en donde junto con los cimientos de tapial de argamasa hallamos todavía pavimentos con losas de piedra. Fuera de Murcia, en la cercana ciudad de Orihuela (Alicante), exhumamos una de estas solerías en una casa de la calle Hospital (fig. 27). En relación directa con la decadencia del empleo de la piedra, se encuentra, a partir de mediados del siglo XII, la Fig. 20. Casa excavada en un solar de calle Trapería de Murcia (primera mitad del s. XIII). Los umbrales de las puertas que se abrían al patio, el pavimento del tramo de andén que se ve en la parte superior de la foto y el canalillo perimetral del jardín son de piedra, mientras que el tramo del andén de la derecha es una reparación hecha con ladrillos 67 Se halló una de estas fuentes en la casa de Pinares (Manzano, López y Fernández, 1993, p. 69 Bernal y Jiménez, 1993, figs. 6 y 18. utilización cada vez mayor del ladrillo en la construcción de jambas, tabiques, pilares y, sobre todo, como solería. Sabemos con seguridad que su empleo generalizado en las casas murcianas se empleaba el ladrillo en los pavimentos disponiéndolo a tabla o a sardinel en espiga (figs. 22-25) 71. En interiores aparece muy frecuentemente solando los pórticos y los habituales salones con alhanías, aunque en estos casos suelen estar dispuestos a tabla y no a sardinel, casi siempre en espiga y a veces en composición con olambrillas hechas de ladrillo sin vidriar recortado 72. Normalmente se intentan diferenciar los espacios arquitectónicos mediante el pavimento y, así, los salones, los pórticos y cualquier otro espacio abierto al patio, reciben un tratamiento diferente respecto a las zonas centrales de los patios. A su vez, también las subdivisiones de dichos espacios se reflejan en el pavimento, de manera que tanto en los suelos de los salones como en los de los pórticos se distinguen habitualmente sus alhanías. Además de los suelos, el ladrillo está presente en donde antes lo estaba la piedra: pilares, jambas, esquinas. También aparece en obras de tapial, intercalado entre las cajas a modo de refuerzo; solución documentada en un tramo de la muralla de calle Verónicas 73 (fig. 26) y en algunas de las casas halladas en el jardín de San Esteban de Murcia 74. Esta obra mixta de tapial y ladrillo es denominada por Graciani y Tabales como tapia encadenada, fechándola en el área sevillana a partir de época almohade 75, cronología que en principio no parece incompatible con los ejemplos hallados en Murcia, si bien ninguno de ellos se encuentra hasta el momento datado con precisión. La generalización del uso del ladrillo a partir del siglo XII está documentada en buena parte de al-Andalus 76, aunque conviene, no obstante, matizar esta afirmación debido a la permanente regionalización, o incluso localismo, que impregnó en mayor o menor medida a las producciones artesanales y también a la arquitectura andalusí. En algún caso, la razón fue el aprovechamiento de los recursos que en forma de materiales proporcionara el entorno de los diferentes asentamientos; así por ejemplo, en las viviendas de la Zaragoza islámica abunda el alabastro y se le emplea en los umbrales. En esta última ciudad y en Córdoba también se utiliza el mármol para el mismo fin, fruto del expolio y reutilización de las construcciones romanas. En otros lugares en donde había abundancia de Obsérvense las diferentes fases de antemuralla y muralla; en la más reciente de ésta última se aprecia el alzado del lienzo fabricado mediante tapial de hormigón y machones de ladrillo piedra, ésta se siguió utilizando en mayor o menor medida pese a que en general su uso se encontraba en decadencia. Un ejemplo de ello lo encontramos en Orihuela, ciudad que cuenta con excelentes canteras de caliza y calcarenita en sus inmediaciones que, según hemos podido atestiguar, continuó empleándose prolíficamente hasta el momento de la conquista, a mediados del siglo XIII. Buen ejemplo de ello es la casa de calle Hospital, que data del segundo cuarto del s. XIII a juzgar por razones arqueológicas y por elementos arquitectónicos bien fechados como la adopción del vano único como acceso a los salones principales; en ella encontramos estancias pavimentadas con ladrillos y un patio de dimensiones considerables cuyos andenes estaban totalmente solados con piezas de arenisca (fig. 27). En el mismo sentido, hay datos para afirmar que este cambio no sucedió de manera uniforme en al-Andalus, pues en el área toledana se documenta un aparejo mixto de mampostería y encintados de ladrillo en edificios de los siglos X y XI. Ejemplo de ello son las mezquitas toledanas del Cristo de la Luz (Toledo), fechada por una inscripción en muharram del año trescientos noventa (13 de diciembre de 999/11 de enero de 1000) y la de Tornerías, construida ya en el siglo XI; o los palacios taifas de la Aljafería y Balaguer. El estudio del módulo del ladrillo no proporciona, con la información de que hoy disponemos, datos relevantes, como se puede comprobar en el cuadro siguiente, en el que hemos incluido sólo ejemplos murcianos que consideramos fechados con garantías y, a modo testimonial, algunos otros ejemplos post-andalusíes. Apenas tenemos ladrillos de la fase más antigua, por lo que sólo con todas las cautelas diremos que son distintos, mayores, que los de la fase reciente. Dentro de ésta, no parece haber diferencias cronológicas pues, como podemos comprobar, los de edificios bien fechados, como los mardanîšíes y los hudíes, separados entre sí casi un siglo, son idénticos. Por lo demás, el análisis de los ladrillos demuestra nuevamente la regionalización a que venimos haciendo referencia pues el módulo general de los ejemplares murcianos de la segunda mitad del siglo XII y primera del XIII (24 × 12 × 4 cm), nada tiene que ver con el ladrillo árabe de un pie (28 × 14 × 4/5 cm), característico de la arquitectura almohade sevillana77. Casa excavada en calle Hospital de Orihuela (Alicante). Detalle del ángulo del jardín, delimitado por un canalillo perimetral fabricado mediante piezas de piedra labrada, y del andén pavimentado con losas de piedra Menos fructífero aún se presenta el estudio del módulo del tapial. Ciñéndonos a los casos mejor fechados, observamos que en el edificio mardanîší del Portazgo (tercer cuarto del siglo XII), las tapias miden 80 cm, y en el Castillo de Monteagudo, contemporáneo del anterior, entre 82 y 84 cm. En ciertos muros del Alcázar Mayor, que se levantaron entre fines del siglo XII y principios del XIII, las tapias inferiores miden 1 m y, en la misma obra, las superiores 80 cm. El Palacio Nuevo de Sta. Clara, fechado con certeza en el segundo cuarto del siglo XIII, presenta tapias que oscilan entre los 85 y los 95 cm; es decir, similares a las de los edificios casi un siglo más antiguos. Pero debemos insistir en el fenómeno observado en el Alcázar, que muestra que en una misma obra las tapias pueden variar en sus dimensiones y no aleatoriamente, sino en función de la altura; esto mismo se aprecia en las murallas del Castillejo de Monteagudo, también mardanîší, cuyas hiladas inferiores están compuestas por tapias de 1 m de altura, las intermedias miden 80 cm y la última conservada 70 cm de altura. Esta arquitectura es contemporánea de la que los almohades estaban haciendo en la mitad occidental de al-Andalus durante el tercer cuarto del siglo XII. La descomposición del Estado almorávide generó la fragmentación de al-Andalus en numerosas taifas que resultaron presa fácil para el pujante imperio almohade. Sólo Sharq al-Andalus fue capaz de resistir durante veinticuatro años el avance de los unitarios merced al gobierno de una figura singular:'Abd Allâh Ibn Sa' d Ibn Mardanîsh (1147-1171), el Rey Lobo. La guerra abierta entre este personaje y los almohades, que culminó en el 1171 con el asedio de Murcia, su capital, impidió por un tiempo la penetración del arte oficial reformado en los territorios de al-Andalus oriental 78. Los nueve edificios que se vienen identificando como mardanîšíes tienen funciones diferentes: religiosa (el oratorio del Alcázar Mayor de Murcia) 79; militar (el castillo de Monteagudo, el de la Asomada y ciertos muros de la alcazaba de Lorca); residencial (el Castillejo 80, la Dâr as-Sugrà 81 y Pinohermoso) y tres de naturaleza dudosa, uno de ellos porque hace muchos años que desapareció y sólo se conserva publicada su planta (Los Alcázares), y los otros dos por su estado inacabado (los del Portazgo). Todos ellos están dentro de los actuales límites de la provincia de Murcia, salvo Pinohermoso, que se encuentra en Játiva (Valencia). La única de estas construcciones que sabemos con absoluta certeza que es obra mardanîší, gracias a las fuentes escritas, es el Castillejo (figs. 28 y 29), y a partir de dicha adscripción hemos identificado los demás por paralelos formales. Una de las peculiaridades de este palacio es la insólita forma de sus esquinas en ángulo entrante, conformadas por la ubicación de sendos torreones en los extremos de cada paño; tal disposición está presente igualmente en el castillo de Monteagudo (figs. 32 y 33), en la fortaleza de la Asomada (fig. 34), en la alcazaba lorquina y en Los Alcázares. El estudio de las yeserías del Castillejo también permitió identificar otra de las características de esta arquitectura, como es el continuismo en los territorios orientales de la taifa de Ibn Mardanîsh de la profusa y exuberante talla del yeso de tradición almorávide en un periodo en el que ya se había impuesto la reforma almohade en el Occidente musulmán. Con el paso del tiempo se pudo comprobar que los yesos que fueron apareciendo en otros monumentos su- Murcia, lo que parece indicar que se trata de obras de un mismo taller al servicio del programa estatal de Ibn Mardanîsh. Respecto a los yesos de Pinohermoso, no hay duda de que son estilísticamente mardanîšíes, aunque labrados por otros artesanos, quizás porque se trataba de una residencia particular. La datación de todos estos monumentos en el tercer cuarto del siglo XII es coherente con las características propias de las obras de la fase reciente que acabamos de describir: basamentos de tapial de hormigón reforzados con pilares de ladrillo y bóvedas del mismo material (fig. 33). El ladrillo aparece utilizado selectivamente en las jambas de las puertas82. En el oratorio del Alcázar Mayor observamos un predominio de la obra de ladrillo. Según sus excavadores el muro de la qibla «posee una cimentación de mortero de cal, quizá una tapia, y a partir de ésta se superpone un paramento de ladrillo» 83, con esta descripción es difícil averiguar si el alzado de ladrillo es obra original, o si más bien se trata de una reparación del antiguo muro de tapial. No obstante sabemos con seguridad que al menos el ladrillo del mihrab es original, pues las yeserías mardanîšíes se le superponen; con todas las reservas posibles nos inclinamos por pensar que los muros originales fueron de tapial con machones de ladrillo conformando los vanos, uno de los cuales sería el mihrab, identificando la estructura corrida de ladrillo como una reforma, una vez deteriorado el tapial. A pesar de la deficiente documentación gráfica con que contamos del momento en el que se excavó el palacio del Castillejo, es posible afirmar, con las fotos antiguas y con los escasos restos que aún existen, que se trata de una obra enteramente construida en tapial reforzado con pilares de ladrillo en las jambas de sus vanos; el módulo de dichos ladrillos es de 22-24 × 11-12 × 4-5 cm. El ladrillo también fue utilizado para hacer las bóvedas, tal y como se ve en el recinto superior del castillo de Monteagudo (fig. 33), en donde toda una serie de espacios rectangulares, posiblemente almacenes o silos, estaban cubiertos por unas bóvedas de cañón peraltadas fabricadas con ladrillo y trasdosadas por un relleno de argamasa. Las bóvedas arrancan de apoyos entrantes en la fábrica de hormigón, de la misma manera que lo hacen las de la construcción inacabada del Portazgo en donde el material latericio ha desaparecido (fig. 36). La información arqueológica disponible no permite hablar de un uso generalizado del ladrillo en las solerías de los monumentos mardanîšíes, como sí sucederá en el primer cuarto del siglo XIII. Prueba de ello es que los pavimentos de las habitaciones del Castillejo, hasta donde revelan las escasas fotografías conservadas de la excavación realizada en los años 20 84, eran obra de mortero de cal. Tampoco en el oratorio del Alcázar Mayor se empleó el ladrillo con este uso, pues allí los arqueólogos documentaron «una delgada capa de yeso» 85. La solería de ladrillos a tabla delimitada por bandas a sardinel del pabellón central del jardín de crucero de la Dâr as-Sugrà (figs. 30 y 31), es que no puede ser invocada como obra mardanîší; lo único que es posible asegurar sobre los pavimentos originales de los andenes del crucero es que eran de mortero de cal con losas de piedra arenisca de 32 × 26 × 5 cm87. En la fortaleza de Monteagudo (fig. 32), las tapias de argamasa de cal y piedra presentan una altura de entre 0 '82 y 0' 84 m y la distancia horizontal entre los mechinales oscila entre los 0 '50 y 0' 60 m. Como ya dijimos, en el palacio del Castillejo las tapias presentan altura decreciente: la primera hilada, que asienta directamente sobre la roca, tiene una altura de 1 m, las superiores 0 '80 m y la última conservada 0' 70 m. Los muros perimetrales alcanzan un grosor de 1'50 m y los de las torres, que se adosan a aquéllos, sólo son de 1 m. En el interior del edificio, hoy muy alterado por la presencia de un arbolado de cítricos, los muros no se conservan más allá de 1 m aproximadamente por encima del nivel del pavimento del sector más elevado (el eje oficial), por lo que ignoramos si el resto del alzado era también de hormigón de cal o de tierra. Al menos la tapia superior de las conservadas no está compuesta exclusivamente de hormigón sino que cuenta con un relleno de tierra en el interior, mientras que la argamasa se acumula en los extremos de la caja conformando rafas o machos que vienen a coincidir con las partes más expuestas de la obra: las esquinas y jambas; a esta técnica se le denomina tapial con brencas88. De hecho, en la actualidad han desaparecido los rellenos de tierra y en la silueta del Castillejo se destacan solitarias las esquinas de los torreones (fig. 29). En sus paredes hay restos que indican que estuvieron estucadas y en algunos casos los zócalos se decoraban mediante complejos dibujos geométricos pintados en rojo89. También las fachadas exteriores presentaban enlucido de yeso, sobre el que se grabaron dos «sellos de Salomón» como amuletos protectores 90. Como es habitual en las construcciones de esta época, la presencia de la piedra es muy escasa, lo que se acentúa aún más en algunos monumentos mardanîšíes debido a su carácter inconcluso. El único edificio que ha proporcionado datos significativos a este respecto es el Castillejo de Monteagudo que fue el palacio de recreo de Ibn Mardanîsh por lo que tiene que ser tenido en cuenta como una obra singular, alejada en algunos aspectos de la arquitectura de su época. Por este motivo debemos ser cautos a la hora de extrapolar a otras construcciones la información que nos ofrece sobre el uso de la piedra. Hecha esta aclaración conviene indicar que el Castillejo fue destruido y expoliado por los almohades, por lo que la piedra hallada allí es una pequeña muestra de lo que tuvo. Durante su excavación en los años 20 del pasado siglo se recuperaron un fragmento de fuste de columna, una basa y dos capiteles todo ello de mármol salvo uno de los capiteles, al parecer de alabastro. Tanto la basa como el fuste se encuentran actualmente extraviados. Gracias a una fotografía sabemos que la basa presentaba, sobre el plinto cuadrangular, una escocia ancha entre sendos toros o baquetones91. Los capiteles son de orden compuesto y de su ubicación en el edificio no tenemos dato alguno. Pudieron sostener algunos de los arcos de los pórticos que precedían a las dos salas principales situadas en los lados menores del palacio, o bien servir de parteluz a los vanos de ingreso a dichas salas. Desconocemos si estamos ante piezas reutilizadas o si por el contrario fueron talladas ex profeso para el Castillejo. Lo que sí nos parece claro es que para mediados del siglo XII el capitel de yeso está generalizado y prueba de ello son los numerosos ejemplares de las mezquitas almohades, excepto la de Hassan en Rabat, y el ejemplar de Pinohermoso. El edificio principal del palacio era de planta rectangular con un patio central en el que se exhumó una amplia alberca rectangular dispuesta en su eje mayor. En los lados menores del patio vemos la tradicional disposición de salones rectangulares con alhanías laterales precedidos por sendos pórticos. Éstos, al igual que los salones, muestran la habitual organización tripartita al disponer también en los extremos de alhanías atajadas por pilastras de ladrillo (fig. 37). La cimentación de los muros de carga se hizo tomando como punto de partida el suelo de los edificios del siglo XII (fig. 31) y consiste en una fosa excavada en éste, colmatada de hormigón y piedra, sobre la que se levantó una obra de tapial. Posteriormente estas cimentaciones fueron soterradas aportando escombros procedentes del palacio anterior. Las jambas de los vanos, tanto en cimen-Fig. Segundo cuarto del siglo XIII. Planta de los restos conservados y restitución hipotética (Pozo, Robles y Navarro, 2007) tación como en alzado, son pilares de ladrillos cuyo módulo es de 24 × 12 × 4'5 cm (fig. 39). Técnicamente, por tanto, no existe apenas variación con respecto a la arquitectura mardanîší, aunque hay una diferencia cuantitativa: en época hudí el empleo del ladrillo, especialmente en las solerías, estaba ya generalizado. En efecto, salones y alcobas del Qasr al-Sagîr estaban pavimentados con ladrillos en espiga a tabla del mismo módulo que los empleados para los machones, mientras que en los umbrales se disponían ladrillos a sardinel. En tres de las cuatro alcobas de los pórticos se han conservado restos de los pavimentos que curiosamente no son iguales: dos de ellas presentan ladrillo en espiga a sardinel, mientras que la tercera está solada con una espiga de ladrillos a tabla 93. Como herencia de la arquitectura del siglo XII, también se utilizó el ladrillo en todos los pilares y arcos estructurales; a estos últimos se les adosaban los arcos ornamentales angrelados tallados en yeso (fig. 38), tal y como se puede también observar en las arquerías arruinadas de la mezquita almohade de Tinmal 94. Los arcos angrelados de las alhanías, con un intradós mucho más estrecho debido a que no son estructurales, no tienen en su interior arcos sustentantes de ladrillo, pues son de carácter exclusivamente ornamental, armados mediante estructuras de madera recubiertas por la obra de yeso, tal y como se puede ver en numerosos ejemplos hallados en Siyâsa 95. De la cubierta del espacio central del salón norte, que es el único que nos ha llegado en alzado, sólo pudimos estudiar los restos del estribo de madera en el muro septentrional, dato que nos permite suponer la presencia de la habitual armadura. En las alhanías debieron de existir A diferencia de lo visto en el Castillejo de Monteagudo en donde los capiteles son de piedra, los seis ejemplares documentados en este palacio hudí son de yeso y pertenecen a las semicolumnas adosadas que sostienen los arcos de las alhanías de los salones 97. Siyâsa y el contexto rural Dentro de este segundo grupo que genéricamente hemos denominado «arquitectura tardía», vamos a tratar también los materiales y técnicas constructivas que se utilizaron en poblaciones más pequeñas de la Murcia andalusí durante los siglos XII y XIII. Aunque son varios los yacimientos con estas características que podríamos estudiar ahora, el más importante es sin duda Siyâsa, por lo que nos centraremos en él con más detalle y luego trataremos los otros con más brevedad. A simple vista, estos yacimientos presentan un panorama muy diferente de lo documentado en la ciudad de Murcia a causa, en nuestra opinión, de su carácter rural. Es evidente que no contaron con un artesanado desarrollado ni con la riqueza de materiales manufacturados propios de los centros urbanos, por lo que estuvieron muy condicionados por los materiales existentes en su entorno más inmediato 98. El despoblado de Siyâsa es un típico asentamiento andalusí en altura, próximo a la actual población de Cieza (Murcia), al que al-Idrîsî (del siglo XII) califica como hisn, término que se aplicaba a los asentamientos que, por su tamaño y condición administrativa, se situaban en una categoría intermedia entre las medinas y las alquerías 99. Estamos ante una población secundaria en la que no residió la élite política o económica propia de las ciudades. Por esta razón no se han localizado viviendas de la entidad de algunas de las excavadas en asentamientos plenamente urbanos como Murcia, Orihuela o Lorca, caracterizadas por su gran extensión y por no estar condicionadas por el empleo de los pobres materiales locales. Las excavaciones que llevamos a cabo en este despoblado, abandonado en la segunda mitad del siglo XIII, poco después de la conquista cristiana, pusieron al descubierto un conjunto de 19 casas, fechables mayoritariamente entre mediados del s. XII y Fig. 40. Zócalo de tapial de mampostería con yeso sobre el que se disponía el alzado de tierra. Apréciese la huella de un mechinal del encofrado de la caja superior desaparecida 96 Torres Balbás, 1963. 98 Para un periodo más antiguo Azuar hace algunos comentarios de interés sobre el continuismo de las técnicas constructivas en el medio rural (2009, p. El estudio más completo se puede encontrar en la monografía que publicamos en 2007 (Navarro y Jiménez, 2007a).. Muro que separaba el salón del patio. Obsérvese la técnica del tapial con brencas, consistente en reforzar con mortero de yeso y piedra la parte de la caja próxima a la jamba mientras que el resto es de tierra similar fecha del XIII, en un estado de conservación excepcionalmente bueno 100. Tipológicamente responden al modelo de vivienda de patio central y contaban con una o más plantas superiores. Se caracterizan también por estar decoradas con abundantes yeserías, mayoritariamente de estilo almohade o protonazarí. Los muros de carga son de tapial en su totalidad, aunque no suelen ser homogéneos, pues las cajas inferiores presentan habitualmente un material más resistente, a base de mampuestos y yeso 101, mientras que las superiores son de tierra (figs. 40 y 42). Los zócalos están compuestos normalmente por una tapia de 80 u 85 cm que, a veces, constituye también la cimentación. En ocasiones se superponen dos o incluso tres hiladas de tapias de mampuestos si la función que va a tener la pared requiere refuerzo; por tierra; tal disposición es decreciente, pues en la parte superior las rafas son siempre más estrechas extendiéndose progresivamente hacia abajo (figs. 41 y 42). Se trata del tapial con brencas que ya comentamos en relación al Castillejo 103. Estas obras, como el resto, eran posteriormente enlucidas. Aunque en origen todas las paredes maestras eran levantadas de la manera que acabamos de comentar, lo más frecuente es que ciertos muros tengan el aspecto de obras de mampostería debido a las sucesivas reparaciones sufridas. En el caso de muros medianeros, es decir de estructuras compartidas por dos propiedades, difícilmente podían ser rehechas por completo cuando uno de los dos vecinos edificaba 104, por lo que se optaba por repararlos tramo a tramo y frecuentemente sólo por una de sus caras. Los ejemplos son abundantes, pero uno de los más elocuentes es el muro que separa las casas no 12 y 14, en el que se ven varias reparaciones realizadas con piedra y yeso, a modo de bataches, que progresivamente han transformado el aspecto primigenio del tapial de tierra. La obra original sólo se conserva en cuatro tramos, cortos y aislados, que podrían hacer pensar al observador no advertido que se trata de una técnica constructiva mixta en la que alternan refuerzos de mampostería y tapias de tierra. El tapial de hormigón es muy escaso en el caserío ya que ni siquiera en sus defensas se empleó. Se encuentra en los lugares especialmente comprometidos, como en los Fig. 44. Muros de tapial de tierra sobre zócalo de mampostería con yeso en la zona de la escalera Fig. 45. Mihrab y nicho del mimbar vistos desde el exterior. Apréciese el empleo de algunos ladrillos en un contexto arquitectónico en el que predomina la mampostería, el yeso y la tierra cumentación gráfica y las referencias acerca de este tema expuestas por L. Ruiz, se deduce que estamos ante un caso casi idéntico a Siyâsa 106. Una de las viviendas presenta una particularidad, la abundancia de ladrillo, aunque se trata de material reutilizado procedente del yacimiento romano de Los Torrejones, situado en las proximidades. Del mismo origen son las numerosas plaquetas de mármol (opus sectile), empleadas para pavimentar las plantas altas de cuatro de las casas de Yakka. En este sentido, conviene recordar que, aunque excepcional, también en Siyâsa se ha encontrado algún elemento constructivo romano reutilizado 107. La mezquita del Cortijo del Centeno (Lorca) es un pequeño oratorio rural de poco más de 90 m 2, que no parece haber estado vinculado a un núcleo de entidad sino que seguramente daba servicio a las alquerías del entorno 108. Cuenta con tres naves y un espacio rectangular de función dudosa situado tras la qibla. En este edificio encontramos todas las características constructivas que hemos visto en Siyâsa 109. Los muros de carga del espacio principal están conformados, en cimentación y zócalo, por tapiales de mampostería y yeso. Sobre esta obra se elevaba el alzado de tapial de tierra, todo ello recubierto por gruesas capas de enlucido de yeso (fig. 44). El tapial de hormigón de cal sólo está presente en el muro que delimita el espacio situado al sur de la qibla, que claramente conforma una ampliación de la mezquita original. El empleo de dicho material se justifica por la labor de contención que dicha estructura debió de cumplir, generada por la existencia de una pequeña pendiente; su alzado era de adobe, tal y como se ha podido comprobar en la esquina suroccidental. Apenas se ha utilizado el ladrillo aunque no está del todo ausente: lo encontramos en el mihrab hexagonal (fig. 45), en el tabique frente a la puerta de ingreso y en algunas jambas como refuerzo, y de canto en los tabiques del edículo del almimbar. Como novedad con respecto a Siyâsa hay que destacar el uso de sillarejos de arenisca, presentes en la parte inferior de los pilares hexagonales que separaban las tres naves. Por lo demás, cabe destacar el empleo generalizado del yeso en los pavimentos. Resumiendo podemos concluir afirmando que tanto las técnicas como los materiales de estos últimos yacimientos se alejan, en gran medida, del panorama urbano que conocemos. La escasez del ladrillo, de la piedra trabajada y del tapial de hormigón, junto al empleo abundante de materiales locales de más fácil elaboración como el adobe, el yeso y los mampuestos extraídos a pie de obra, son característicos de los asentamientos de carácter rural; probablemente, sea la mampostería encofrada con yeso su rasgo más especifico. Las excavaciones arqueológicas de los niveles andalusíes de la ciudad de Murcia han permitido documentar extensiva-Fig. Muralla de la alcazaba antigua de Granada. Tramo de la cuesta de la Alhacaba, cercano a la puerta de Monaita. También nosotros tratamos este interesante edificio en el capítulo dedicado a la religiosidad islámica en Murcia, del catálogo de la exposición Huellas: (Navarro y Jiménez, 2002, pp.78 -84). 109 Acerca de este tema expondremos lo que nosotros hemos podido apreciar en las visitas realizadas al monumento, pues lo publicado al respecto por su excavadora es escueto y poco aclaratorio: «Los muros perimetrales de la dependencia están realizados con mampostería y yeso, hasta el nivel de pavimentación; a partir de la solería, el muro está realizado con tapial de tierra, reduciendo su espesor en altura. Los alzados de adobe se encuentran prácticamente arrasados por la roturación agrícola y por la acción de la pendiente, más acusada en este sector del edificio» (Pujante, 2000, p. 76). mente la existencia de dos tipos de aparejos constructivos que se suceden en el tiempo. El más antiguo se distingue por la presencia abundante de la mampostería y de la piedra labrada. Esta última está presente incluso en los suelos de patios y estancias. Excluidas las construcciones íntegramente hechas con sillería, inexistentes en la ciudad de Murcia, las fábricas de este periodo más habituales tienen zócalos y cimientos de mampostería en hiladas, alternadas con lechos de argamasa de cal, y refuerzos de sillarejos de calcarenita en jambas y otros puntos débiles de los muros; los alzados son de tapial de tierra o de adobes. El más reciente presenta la novedad de sustituir los basamentos de mampostería por otros de tapial de hormigón de cal, mientras que los antiguos refuerzos de piedra son reemplazados paulatinamente por fábricas de ladrillo; en un primer momento del cambio es frecuente constatar que las jambas de piedra continúan utilizándose, asociadas a los nuevos basamentos de hormigón encofrado. En general, podemos defender que en la arquitectura de la fase más antigua la piedra labrada está muy presente, mientras que en la fase más reciente será el ladrillo el que ocupe su lugar, sustitución que también afectará a los pavimentos de patios y estancias. Los dos tipos descritos los hemos documentado especialmente en la arquitectura doméstica, aunque existen evidencias de que el más antiguo también estaba presente en otras construcciones, como rábitas (Guardamar), alhóndigas (Santa Eulalia) 110, tiendas (Plaza de Belluga) 111, castillos (Alhama de Murcia, Elche) o baños (San Lorenzo). El segundo está bien representado también en edificios públicos y comerciales, en palacios y, por supuesto, en murallas. La fábrica antigua con lechos de argamasa de cal la hemos fechado, teniendo en cuenta las cerámicas del registro arqueológico y los paralelos bien datados en otros puntos del Sureste y de al-Andalus, en los siglos X-XI. De raíces tardoantiguas, presenta algunos rasgos muy similares a los de la arquitectura cordobesa de la época, sobre todo el uso de los sillarejos de calcarenita en alzados y suelos, por lo que cabría pensar que tenga su origen en los alarifes llegados de esa ciudad, lo que parece por otra parte lógico teniendo en cuenta que Murcia fue fundada ex novo por'Abd al-Rahmân II para acoger al ejército y la administración emiral y consolidar así el control de la provincia o cora de Tudmîr. La fábrica más reciente se extiende entre los siglos XII y la conquista cristiana de mediados del siglo XIII; esta fecha ante quem es convencional, puesto que nuestro estudio no se ocupa del periodo castellano. No obstante, podemos adelantar que existen pruebas arqueológicas y textuales de que siguió empleándose en construcciones cristianas, conviviendo con fábricas góticas de sillería utilizadas en ciertos edificios singulares. No es sencillo precisar la fecha en que se produjo la sustitución de aparejos aunque, teniendo en cuenta la información estratigráfica de que disponemos y los pocos datos que proporcionan algunos yacimientos fuera de Murcia, parece que aconteció en época almorávide, a finales del siglo XI o principios del XII. Así por ejemplo, ambos aparejos están presentes en edificios oficiales almorávides: el primero en construcciones de Yûsuf Ibn Tâsufîn y el segundo en obras de su hijo'Alî. Las causas que explican la generalización del ladrillo a partir de este momento no están claras. Este material fue extensivamente empleado en época romana, está presente en las bóvedas de las iglesias visigodas y sólo con la conquista musulmana parece haber decaído significativamente su uso. Las razones que habitualmente se alegan para fundamentar su recuperación en la fase indicada son, fundamentalmente, de naturaleza social y defienden que se debe a la existencia de una importante demanda de materiales constructivos ocasionada por la bien acreditada expansión urbana de ese momento. Sin embargo, parece improbable que las causas sean únicamente aquéllas ligadas al desarrollo de los núcleos de población, pues el fenómeno más destacado en este sentido fue el del enorme desarrollo de la Córdoba califal, en la cual la presencia del ladrillo es prácticamente anecdótica 112. El caso cordobés evidencia que debe de existir algún otro factor desencadenador de la generalización del ladrillo en detrimento de la piedra, tal vez vinculado a los continuos influjos orientales o 113, incluso, a la revitalización a partir de Toledo de tradiciones visigodas que allí se habrían mantenido, como podrían hacer pensar 110 Jiménez y Navarro, 2001, pp. 147 y 148. 112 En relación con la presencia del ladrillo en el alcázar de Madînat al-Zahrâ' se dice lo siguiente: «Salvo en la construcción de los elementos relacionados con el fuego, como los hornos e hipocaustos de los dos baños excavados y las bóvedas de los hornos de cocina de las viviendas 9 y 12, las estructuras de ladrillo son excepcionales» (Vallejo, 2010, pp. 318 y 319). 113 En términos más generales, Gonzalo Borrás considera que: «El uso de estos materiales y técnicas en el arte musulmán es asimismo el resultado de un lento proceso de formación artística, que cristaliza en el siglo XI durante el periodo abasí; por su lado el arte hispanomusulmán, con su particular evolución artística, llegará en el siglo XI, durante la época de taifas, a una profundización artística, configurándose entonces el sistema de trabajo que implica el uso de los materiales y técnicas a los que nos referimos, y que se desarrollará posteriormente en las sucesivas etapas del arte hispanomusulmán -almorávide, almohade, nazarí-y en el arte mudéjar.» Evidementemente, esta es una de las cuestiones que quedan planteadas a la espera de que en un futuro, cuando se disponga de más información, se pueda dar respuesta. En cuanto a la generalización del tapial de hormigón de cal, con más piedra (calicanto) o con menos, los datos que manejamos son todavía escasos y pendientes de contrastar; no obstante, creemos que este tipo de fábrica pudo comenzar a emplearse en construcciones que requerían mayor consistencia, como son las de tipo militar. La prueba de que el tapial de hormigón era más resistente y de uso más selectivo la encontramos, por ejemplo, en el uso que se le da en el yacimiento de Siyâsa, en donde predominan las tapias de mampostería y yeso excepto en algunos muros de contención especialmente comprometidos, que se realizan en hormigón (fig. 43). Así, en la fortaleza estatal de Onda (Castellón), que actualmente estamos excavando, hemos comprobado que su muralla está hecha de tapial de hormigón con abundante piedra en las cajas inferiores, y calicastrado en las superiores, mientras que los muros del edificio que hay en su interior están construidos con zócalos de mampostería y alzados de tierra. Es decir, siendo contemporáneos, la muralla con sus torres semicirculares estarían construidas con el aparejo de nuestra fase reciente y los interiores con el de la antigua. Como la construcción de Onda la venimos fechando en el siglo XI, creemos que se debe contemplar la hipótesis de que el aparejo que hemos denominado como reciente comenzara a utilizarse ya en el siglo XI en murallas y fortalezas114, para generalizarse a fines de esa centuria o comienzos de la siguiente en las demás arquitecturas, incluida la residencial. El estado de la investigación sobre el tema que nos ocupa se encuentra, al menos en el área murciana, en un estado prácticamente embrionario, por lo que actualmente nos movemos en unas horquillas cronológicas muy amplias que apenas permiten llegar a conclusiones de tipo histórico; téngase en cuenta que sólo con el examen de los aparejos no podemos aún distinguir la arquitectura del siglo X de la del XI, ni la de principios del XII de la del momento de la conquista castellana de mediados del XIII. Para avanzar en los estudios es necesario continuar aportando ejemplos bien fechados que permitan poco a poco completar el panorama cronotipológico de las técnicas y materiales constructivos en el Sureste, como fue el caso, por ejemplo, de la rábita de Guardamar; en esta línea de precisión cronológica, hemos aportado en el presente trabajo un grupo significativo de edificios bien datados, los mardanîšíes (1147-1172) y el palacio hudí de Santa Clara (1228-1238). Finalmente, hemos comprobado que la arquitectura existente en el medio rural presenta diferencias significativas con la urbana coetánea. A esta conclusión hemos llegado al comparar los tipos de fábrica de los edificios de la fase reciente de Murcia con los de la misma época de Siyâsa y con algunos otros ejemplos localizados en yacimientos de su entorno. La rural se caracteriza por el aprovechamiento intensivo de los materiales de su entorno más inmediato y la ausencia de los que han de ser transportados desde una cierta distancia, así como la inexistencia, o presencia testimonial, de materiales que requieren de un artesanado especializado para su elaboración, como es el caso de la cantería, del ladrillo y de la cal, técnicas y materiales estos últimos muy presentes en el medio urbano.
A nuestro modo de ver, la arqueología del patrimonio edificado es aquel sistema de investigación histórica que tiene por objeto todos los elementos estratificados en una construcción, y no sólo en su subsuelo. Sin duda, esta clase de estudios no hubieran podido llevarse a cabo sin disponer del método propuesto por E.C. Harris a partir de 1975, que nos indicó cómo poner orden en un registro que, por entonces, ya era estratigráfico, en nuestro caso de acuerdo con las enseñanzas de Lamboglia y sus epígonos, pero que no acababa de aportar toda la objetividad posible en la recogida y la interpretación de los datos de campo. El llamado "método Harris" comenzó a aplicarse en España en 1979. Nuestra primera experiencia con tal procedimiento tuvo lugar a finales de aquel mismo año, en la excavación de la ermita de Nuestra Señora de Bellvitge (l'Hospitalet de Llobregat, Barcelona). En aquella oportunidad, con motivo de una serie de sondeos en una pequeña construcción de origen altomedieval, hasta entonces sólo atisbado a través de las fuentes literarias, pusimos en práctica el método de registro que nos había sido dado a conocer a través del equipo que entonces trabajaba en el Louvre, encabezado por P.J. Trombetta 2. La publicación de los trabajos de Bellvitge, posterior en algunos años a su realización material (LÓPEZ MULLOR, 1982, 1988y 1992), presentaba, por primera vez en la arqueología medieval catalana, el diagrama estratigráfico elaborado y, a través de los resultados de los sondeos, se proponía la configuración original y posterior evolución del templo. Muy poco después, en 1980, pusimos en práctica el nuevo modelo de registro en el sondeo "Cisternas 10", en el área septentrional de tabernae del foro de Emporiae (fig. 1), siendo también una de las primeras experiencias de la aplicación de este tipo de registro en el campo de la arqueología clásica, paralela a la que se llevaba a cabo en la villa romana de Vilauba (Camós, Girona). 3 Tras estos dos ensayos, efectuados en yacimientos de muy distinta problemática, envergadura y cronología, pasamos a utilizarlo de manera cotidiana hasta el presente. En este trabajo se presenta un balance de las investigaciones arqueológicas realizadas en el patrimonio edificado en los últimos veinte años por el Servicio de Patrimonio Arquitectónico Local de la Diputación de Barcelona. Se analizan los instrumentos y criterios de intervención que se han seguido, señalando algunos de los principales edificios que han sido analizados. Por último se expican brevemente, como ejemplos significativos, las intervenciones llevadas a cabo en la iglesia de San Quirze de Pedret (Cercs) y en la Casa parroquial de Sant Andreu de Castellnou de Bages, convertida en cementerio tras su restauración. Palabras claves: Patrimonio Arquitectónico, Restauración, Investigación Arqueológica. Para llevar a cabo estas primeras tentativas metodológicas nos basamos en los principios contenidos en dos trabajos del ya citado E.C. Harris (HARRIS, 1975, 1977), así como en un pequeño apéndice de Ostia IV, obra de A. Carandini (CARANDINI, 1977), o en un primer artículo de Maetzke y otros (MAEZTKE et alii, 1977). Más tarde, la publicación de ensayos más extensos por parte de los dos primeros autores mencionados (HARRIS, 1979a(HARRIS,, 1979b;;CARANDINI, 1981) provocó una popularización extraordinaria del método, que generó un torrente bibliográfico todavía no agotado, que nos abstendremos de citar. Desde los inicios de la aplicación del método, tuvimos en gran consideración el estudio de las estructuras arquitectónicas, tanto de las halladas en el subsuelo, como de las aéreas. Y en este camino no fue poca la influencia recibida, tanto de los tratadistas más clásicos, como Lamboglia -otra vez-, cuya obra acerca de la interpretación de vestigios arquitectónicos era entonces de obligada consulta, como de investigadores que empezaban a hollar caminos innovadores a la hora del análisis de ruinas y edificios, entre los cuales cabe destacar a Luis Caballero, cuyo trabajo sobre Santa María de Melque, publicado en 1980 (CABALLERO, 1980), fue para nosotros muy revelador. En consecuencia, a partir de 1983, al comenzar a dirigir las investigaciones arqueológicas del Servicio de Catalogación y Conservación de Monumentos (hoy de Patrimonio Arquitectónico Local) de la Diputación de Barcelona, la propia índole de los trabajos, enmarcados dentro de los estudios históricos previos a la redacción de los respectivos proyectos de restauración, implicaba que tuviéramos muy presente la consideración de todo el monumento como documento arqueológico, es decir, como yacimiento 4. En consecuencia, desde las primeras intervenciones, se reforzó y completó el registro, prestándose atención a la excavación en extensión de los yacimientos. A este propósito, es reveladora la marcha de los trabajos en la iglesia de Santa Càndia d'Orpí (1983)(1984), el primer lugar que estudiamos para el Servicio de Monumentos, en la que, en principio, se había previsto la realización de algunos sondeos y, a la postre, se excavó todo su espacio interior, parte del entorno inmediato y la cubierta, proporcionando datos que posibilitaron la reconstrucción de su larga evolución histórica y fueron decisivos para la posterior obra de restauración (LÓPEZ MULLOR, SUREDA, 1984; LÓPEZ MULLOR et alii, 1986; LÓPEZ MULLOR, CAIXAL, FIERRO, 1989). El estudio de conjuntos estratificados muy por encima de la cota cero, situados, por ejemplo, en las cubiertas de los edificios, se convirtió en norma general a partir de la experiencia de Santa Càndia, llevándose también a cabo, al poco tiempo, en Sant Vicenç de Malla (1983Malla ( -1984;;LÓPEZ MULLOR, 1984a, 1984b; LÓPEZ MULLOR et alii, 1986y 1991). Después, se extendió a multitud de lugares. Incluso, en algunos de ellos, como la iglesia parroquial de Santa Eulàlia de Riuprimer (1986Riuprimer ( -1987) ) diversas ocasiones6, y otra de la iglesia de Santa María de Rubió, excavada en 1986-19877, pueden ser esclarecedoras de este modo de proceder, como también lo son las secciones y alzados de Sant Quirze de Pedret, excavado entre 1989 y 1993, en los que se observa la definición de las distintas unidades estratigráficas murales o aéreas y su imbricación en la secuencia general (fig. 11) 8. Una representación más precisa de las diferencias cronológicas y estratigráficas de las diversas partes del edificio queda patente en la publicación de los trabajos en la iglesia de Sant Jaume Sesoliveres, en Igualada (fig. 3), excavada en 1993 (LÓPEZ MULLOR, FIERRO, CAIXAL, 1993 y 1995), y sobre todo en los planos en color del castillo de Castelldefels (LÓPEZ MULLOR, 2000), y que están en línea con la presentación de resultados que venimos realizando en los últimos tiempos, y que también se ha puesto en práctica en la casa parroquial de Castellnou de Bages (1998), las iglesias de Sant Pere de Serrallonga (Alpens, 1998(Alpens, -1999) ) 9 y Sant Sadurní de Rotgers (Borredà, 2000) o el puente de Pedret (Berga-Cercs, 1999)10, según puede verse en las figuras 14-15 y 5. constituyó la parte más importante de la intervención arqueológica. Allí, el edificio no debía ser restaurado completamente, ya que la intervención se circunscribía al campanario y la cubierta. El estudio de estos dos ámbitos y algunas catas estratigráficas en puntos estratégicos de la nave primitiva y la antigua cabecera desvelaron la evolución de un templo, en origen, anterior al románico, reformado en el siglo XI, y cuyo aspecto actual se debe a una intervención neoclásica fechada en 1805 (fig. 2; LÓPEZ MULLOR, 1990b; FIERRO, 1991). Hacia la misma época, se empezó a excavar el relleno de bóvedas intermedias, tanto a título de acción exclusiva, como en el claustro Manning de la Casa de Caridad de Barcelona (1985), donde apareció un magnífico conjunto cerrado de cerámica común vidriada (CAIXAL, FIERRO, LÓPEZ MULLOR, 1991), como en el marco de investigaciones mucho más amplias. Tal es el caso, por ejemplo, de la basílica de Sant Llorenç prop Bagà, en Guardiola de Berguedà, la excavación de cuyo piso intermedio (1984)(1985)(1986) fue decisiva para entender el funcionamiento en época medieval de este interesante edificio (LÓPEZ MULLOR, 1995). Sin embargo, en todos estos lugares, y quizá tal hecho sea el que aquí más interese, se introdujeron y estudiaron dentro de la secuencia arqueológica las estructuras aéreas que formaban la construcción o el edificio en que se intervenía. Una sección axial de la iglesia de Sant Bartomeu de Navarcles, excavada en 1985-1986, que se ha publicado en Fig. 3. Sin embargo, la discriminación estratigráfica de las fábricas representadas en alzado no constituye el fin último de nuestros trabajos que se orientan en mayor medida, cuando el yacimiento lo permite, a la recuperación volumétrica de las distintas etapas del edificio. Es el caso, por ejemplo, de las construcciones ibéricas y romanas de Darró en Vilanova i la Geltrú (LÓPEZ MULLOR et alii, 1992), de la iglesia de Sant Quirze de Pedret (fig. 6-10), la basílica monacal de Sant Llorenç prop Bagà 12, o el conjunto de Castelldefels. En estas ocasiones los datos allegados a partir del análisis de los paramentos han permitido restituciones tridimensionales, que complementan las series de plantas evolutivas, normales como conclusiones de nue-stros trabajos sobre patrimonio edificado desde el inicio de la publicación de los mismos en 1984. Este género de conclusiones permitió disponer de datos precisos para restituir a la iglesia de Pedret su configuración ideal a mediados del siglo X (fig. 7 a 12), y también ha permitido la elaboración del proyecto básico de restauración de Sant Llorenç prop Bagà, en el que se plasma el aspecto del conjunto fundado hacia el 983 en el momento anterior a su deterioro ireversible por parte de un terremoto en 1428. Cabe decir, sin embargo, que a lo largo de los últimos años hemos venido obviando la difusión de diagramas estratigráficos, que juzgamos más adecuados como instrumentos auxiliares de la labor de gabinete que como ilus-traciones de una publicación, en que las plantas y sobre todo las secciones ya ofrecen información estratigráfica completa y de primera mano. Tampoco creemos necesaria -sobre todo por motivos económicos-la difusión de fichas de unidades estratigráficas (U.E.), aunque en algún caso, atendiendo a la especial complejidad del yacimiento o a su singularidad, se hayan incluido en las publicaciones repertorios estratigráficos. Del mismo modo, intentamos presentar secuencias en que las unidades se hallen agrupadas por horizontes cronológicos 13. Estas estratigrafías simplificadas que suelen complementar a las secciones tradicionales en las que se especifican todas las U.E. descubiertas, expresan períodos cronológicos coherentes, que tienen justa correspondencia en las sucesiones quier clase de investigación arqueológica y aquí no lo es menos. Es evidente que las relaciones estratigráficas, por sí mismas, sólo proporcionan dataciones relativas, y que, sin el auxilio de sondeos o de la aparición de elementos datables dentro de los paramentos, es difícil llegar a fechas absolutas. No obstante, las seriaciones tipológicas de fábricas, elementos arquitectónicos singulares, sistemas constructivos, etc., tanto referidas a un único edificio o conjunto como a zonas más extensas, son de una gran ayuda a este propósito y, en gran medida, están sin hacer o por lo menos no se han sistematizado. Un ejemplo a seguir en este campo, por sólo citar uno, puede ser la labor desarrollada en Sevilla por M. A. Tabales en el curso del estudio del antiguo cuartel del Carmen 14. A continuación, se presentan dos yacimientos en los que nuestro Servicio ha desarrollado trabajos en los últimos años 15. Creo que la exposición de los criterios utilizados en su estudio y la síntesis de los resultados obtenidos puede ser la mejor ilustración para una formulación teórica, siquiera tan breve como la que antecede. Intencionadamente, además, se trata de la actuación en escenarios muy distintos. En primer lugar, la iglesia de Pedret es un yacimiento bien conocido en la bibliografía, cuya falta de un estudio arqueológico riguroso, había generado una cierta polémica sobre su evolución. En segundo lugar, la casa parroquial de Castellnou de Bages, un edificio muy maltrecho, aparentemente sin apenas valor patri-de plantas y en las respectivas representaciones axonométricas. Llegado el momento de definir esta manera de actuar, podemos concluir que, básicamente, la arqueología del patrimonio edificado lo es cuando su objetivo trasciende los resultados de la excavación y se ocupa también, o solamente, del estudio de las estructuras aéreas a través de la estratificación que presentan. Se trata, pues, de utilizar un método de aproximación al yacimiento que pueda permitir un conocimiento integral del mismo. De esta manera, y entendiendo como yacimiento todo el conjunto edificado, la atención deberá centrarse por igual en acciones arqueológicas consideradas tradicionales, tales como la abertura de sondeos o la excavación de superficies amplias, ya sea por debajo o por encima de la cota 0, como en el análisis estratigráfico pormenorizado de paramentos y otras estructuras aéreas. Así, las conclusiones del estudio arqueológico atañerán indiscriminadamente a todos los elementos del conjunto construido, visibles o no. No querría terminar este preámbulo sin haber hecho hincapié en la gran importancia que tiene en este campo el análisis tipológico. Se trata de una tarea básica en cual-monial, cuyas ruinas, después de haberse demostrado su origen remoto, serán reutilizadas como cementerio. En 1992 dimos por terminada la excavación en la iglesia de Sant Quirze de Pedret (Cercs), donde habíamos desarrollado trabajos durante tres años. El objetivo de esta investigación, como el de las restantes promovidas por nuestro Servicio, era el de averiguar la evolución de cada uno de los elementos del edificio, desde su fundación hasta el presente, tanto de los que se encontraban a la vista como de los desaparecidos. A continuación, se excavó al sur y al oeste del templo, hallándose, respectivamente, la planta completa de la antigua nave sur, con el acceso principal de la iglesia utilizado entre los siglos X y XIII, y una extensa necrópolis que abarcaba desde el siglo IX hasta la edad moderna. Estos trabajos permitieron, además, conocer la abrupta topografía original del lugar de Pedret 19, que a lo largo de los años fue modificada y suavizada con la aportación de tierras y la construcción de edificaciones. Los resultados de todas estas tareas sirvieron para confirmar algunas de las observaciones apuntadas por nuestros predecesores, aportando, además, muchos datos nuevos y, sobre todo, fijando la cronología de las etapas del yacimiento, es decir del edificio, que había provocado tradicionalmente profundas discusiones eruditas (fig. 12). Ahora sabemos ciertamente que la iglesia se construyó dentro del último tercio del siglo IX, constando entonces sólo de nave única y cabecera trapezoidal (fig. 6-7); esta última cubierta con bóveda de piedra. El tejado de ambos espacios era "a la romana", formado por una especie de tegulae e imbrices rudimentarios, algunos ejemplares de los Fig. 6. Planta de la iglesia de Pedret a finales del siglo IX, 1994 Fig. 7. Perspectiva axonométrica de la iglesia de Pedret a finales del siglo IX, 1994 Fig. 8. La iglesia de Sant Quirze de Pedret después de las últimas obras de restauración, 1997, foto: Montserrat Baldomà, SPAL Fig. 9. Perspectiva axonométrica de la iglesia de Pedret a mediados del siglo X, 1994 Fig. 11. Perspectiva axonométrica de la iglesia de Pedret en el siglo XIII avanzado, 1994 Esta configuración se mantuvo hasta mediados del siglo X, cuando se engrandeció el templo con la colocación de dos naves colaterales encabezadas per sendas absidiolas de planta de herradura (fig. 10-11) 20. Los arcos formeros de comunicación con el espacio central -la antigua nave única-se construyeron de herradura, similares al que se había utilizado en la fase anterior en la entrada del presbiterio. También adoptaron esta morfología los coronamientos de las embocaduras de las absidiolas y de la puerta principal, que pasaba a situarse a mediodía, en el centro de la nave meridional21. En los espacios nuevos se formaron pavimentos de losas y, tanto en el presbiterio como en la nave central, se siguieron usando los de tierra batida que poseían. En la sagrera se aportó una gran cantidad de tierras. A poniente eran necesarias para regularizar el entorno del edificio, del que desaparecieron las terrazas de la primera fase, y a mediodía para facilitar el funcionamiento de la nueva puerta. En este punto también se alargó el muro de contención que limitaba el recinto sagrado. Paralelamente a las transformaciones arquitectónicas, en la cabecera principal y en la pared norte de la nave mayor se pintaron los murales más antiguos a que hemos hecho referencia más arriba22. Entre mediados del siglo X y el primer cuarto del XI, se añadió un cuerpo nuevo al testero occidental del edificio, comunicado con el interior del templo a través de la cuales se encontraron formando parte de un depósito cerrado de mediados del siglo X. El pavimento interior era de tierra batida. Alrededor del templo se extendía una sagrera, ocupada por tumbas en fosas muy sencillas, colocadas en la poca tierra que había en un paisaje tan rocoso, o en las diaclasas naturales de las formaciones calcáreas. Al edificio se accedía por una puerta abierta en la fachada de poniente, cuya función fue revelada por el estudio de paramentos, pues en época posterior se transformó en ventana y, más tarde, desapareció como abertura. Para llegar al acceso se formaron una serie de terrazas artificiales -descubiertas en la excavación-conectadas con el camino tradicional que bordeaba el Llobregat. antigua puerta principal del siglo IX, que seguía en uso. Quizá, esta construcción tuvo un cierto carácter monástico, según se podría deducir de su situación topográfica, de la poca documentación escrita de la época que se conoce 23 y de la posterior evolución del yacimiento. Mientras tanto, en la sagrera se habían depositado numerosas tumbas, fosas sencillas limitadas por losetas verticales, en algunas de las cuales se marcó la cabecera, al estilo de las antropomorfas, con el mismo material. Debe añadirse que, dentro de la nave sur del templo, se construyeron tres silos alineados, habituales en otros edificios de este tipo. El siguiente horizonte cronológico localizado en el yacimiento corresponde a principios del siglo XI. Entonces, el añadido occidental descrito al tratar de la fase anterior fue arrasado y sustituido por un posible porche. También debió edificarse en aquel momento un campanario apoyado sobre el extremo de levante de la nave sur, del que se conservan los arcos en que descansaba su base, así como un capitel de una de sus ventanas geminadas, hallado en la excavación. Paralelamente, se construyó la casa contigua a la iglesia, de planta rectangular y bastante amplia, idónea para una pequeña comunidad monástica, cuyos materiales, estilo y configuración recuerdan a los utilizados en aquella época en Sant Llorenç prop Bagà. En un momento tardío del siglo XIII tuvieron lugar nuevas modificaciones edilicias (fig. 11). Respondían a la necesidad de reformar el templo, después de que se hubiese derrumbado un buen tramo de la nave sur y seguramente el campanario que la coronaba, así como una gran parte de la cubierta de vigas de madera del resto del templo. Tradicionalmente, estos hechos se han asociado a un incendio, no comprobado por procedimientos arqueológicos. Lo cierto es que las obras para paliar las consecuencias de la catástrofe fueron importantes. En la nave central, desde entonces el único espacio que utilizarían los fieles, se colocó una bóveda de cañón apuntado apoyada en sendos regruesamientos de las paredes laterales, aligerados por arcos formeros de medio punto, dentro de los cuales, al norte, se situaron capillas que tapaban los arcos de herradura del siglo X. La nave lateral norte también recibió una cubierta de piedra, aunque fue prácticamente incomunicada del resto del templo, puesto que su acceso se limitaba a una puertecita que conectaba con la absidiola norte, también reparada en aquella época y, a través de ésta, con el presbiterio. A mediodía, en vez de rehacerse la antigua aula, sólo se aprovechó su tercio oriental, reconstruyéndose el campanario. El ábside lateral se convirtió en sacristía, comunicada con el presbiterio a través de otra puerta. Por fin, después de un aggiornamento del arco triunfal y del que había comunicado el extremo este de la nave lateral sur -ahora convertido en pequeña capilla que ocupaba las bajos del campanario-con la nave central, otrora de herradura y que pasaron a ser de medio punto, se colocó una portada románica tardía en el lugar donde había estado el segundo de los arcos formeros prerrománicos meridionales. En el exterior, para ocultar las ruinas de los elementos caídos, se elevó el nivel con nuevas aportaciones de tierras alrededor de todo el edificio. También se erigió un porche rudimentario donde había estado el tramo de nave meridional desaparecido. El elemento de este tipo que había habido a poniente se hallaba asimismo reducido a ruinas, y sólo se aprovechó su pared septentrional, a manera de muro de contención de las aportaciones erosivas de la vertiente de la montaña donde se erigía el templo. El conjunto ya no experimentó más cambios significativos hasta el siglo XVIII. Después de la Guerra de Sucesión (1701-1714), además de colocarse un pavimento de losetas cerámicas en todo el interior y renovarse el coro, que funcionaba desde la fase anterior, se transformó la espadaña del testero occidental, que había experimentado diversos cambios morfológicos desde el siglo X, y que entonces adquirió unas dimensiones considerables. En este estado se encontraba el templo cuando se inició su primera restauración, en 1959. La segunda le ha devuelto la volumetría de su época de máxima expansión, a mediados del siglo X (fig. 8). Castellnou de Bages está casi exactamente en el centro geográfico de la provincia de Barcelona, caracterizándose por el poblamiento disperso en masías situadas en un territorio escarpado y boscoso. El casco urbano de la población se compone de unos pocos edificios, entre los que se cuentan el Ayuntamiento y la iglesia de Sant Andreu con su casa parroquial anexa. El templo, de estilo románico lombardo, es bastante conocido por ser un típico ejemplo de planta basilical y conservarse de manera aceptable (JUNYENT et alii, 1984: 200-203). En la actualidad, sólo presenta algunos añadidos posteriores, como la puerta principal o el campanario, que datan de hacia 1588. La casa parroquial, en cambio, se hallaba sumida en una gran postración desde su saqueo e incendio en julio de 1936, a principios de nuestra última guerra civil (fig. 13). En esta oportunidad para poner orden en el espacio que lindaba con la parte posterior del templo, y para remodelar el campo santo. Los estudios históricos que preceden a todas nuestras intervenciones demostraron, a través de una excavación arqueológica selectiva 24, que el cementerio, además de las tumbas contemporáneas que albergaban los nichos, contenía en el subsuelo una interesante necrópolis de las épocas medieval y moderna que se remontaba, como mínimo, al siglo X; del mismo modo que las referencias escritas sobre el templo de Sant Andreu 25. Las trincheras estratigráficas preliminares pusieron de relieve el buen estado de las tumbas medievales. No así el de las modernas, apiñadas en poco espacio, a causa del crecimiento demográfico de aquella época. Por tanto, la excavación total de la necrópolis se auguraba larga, trabajosa y muy destructiva en relación a los documentos arqueológicos que contenía. De este modo, la primera propuesta de ampliación del cementerio, que implicaba tales acciones, fue desechada. Acto seguido, el criterio de la intervención arquitectónica, cuya dirección general asumió también en este caso el arquitecto jefe, Antoni González, dio un vuelco, al considerarse que las ruinas de la casa parroquial (fig. 14-15), previamente consolidadas, podían albergar el nuevo cementerio municipal. Esta alternativa implicaba conservar in situ casi la totalidad de la necrópolis medieval y, a la vez, poner en valor la cabecera del templo y su entorno meridional. Una vez decidida la reutilización de la casa, se plantearon los estudios previos a las obras. Por lo que se refiere a la investigación arqueológica, su intención era la de allegar la mayor cantidad de información con el mínimo dispendio posible, intentando mantener el yacimiento prácticamente intacto. En consecuencia, después de las trincheras preliminares en la necrópolis, que tan útiles se revelaron para la orientación posterior de la actuación, se procedió al estudio estratigráfico de la casa rectoral. En primer lugar, se excavó el estrato de destrucción depositado en julio de 1936 que, en ciertas zonas, alcanzaba una potencia de más de dos metros. Esta capa, formada sobre pavimentos y forjados, incluía la cubierta de tejas, restos de techumbre de los pisos intermedios y los elementos que habían formado las paredes. En este caso una ingente cantidad de arcilla, procedente del tapial de la primera planta, así como mampostería del segundo piso y de algún pequeño tramo de la planta baja, que en general había permanecido en pie. El material hallado en esta excavación fue abundante y heterogéneo. Junto a los auténticos "fósiles directores", como restos de ornamentos sacerdotales Este edificio, del que se conocen algunas fotografías anteriores al incendio, no dejaba de ser una casona más de las que abundan en aquellos parajes. Entonces, era de planta aproximadamente rectangular, dotado de tres alturas y cubierta a dos aguas, y también de una típica balconada apoyada en un porche situado en la fachada principal. En ruinas desde hacía tanto tiempo, se había considerado que carecía de valor arquitectónico, y que debía ser pasto de la piqueta al menor intento de reforma de la trasera de la iglesia. Este paraje se encontraba afeado por un minúsculo cementerio, en el que el añadido de nichos muy recientes perturbaba la visibilidad de la cabecera tripartita de origen románico, uno de cuyos ábsides había sido reconstruido por el Servicio, al estilo medieval, en 1976, después de demoler una sacristía del siglo XVII, cuya construcción lo había hecho desaparecer. Así las cosas, en 1995, el ayuntamiento de Castellnou de Bages solicitó una vez más la intervención de la 24 Cf. conclusiones en: GARCÍA TARGA, 1997. 26 Este arma, quizá olvidada por alguno de los incendiarios o acaso propiedad del párroco, es del calibre 6,35 mm, probablemente del modelo "Victoria" 1911, fabricada en Guernica por Esperanza y Unceta. En el Museo Militar de Montjuïc (Barcelona) se conserva una pieza de este tipo, catalogada con el número 1971-165. Para mayores precisiones, cf. CALVÓ, JIMÉNEZ, 1993. corresponder a una construcción de medianas dimensiones y planta rectangular, lo que en la Cataluña medieval se conocía como una sala, y es posible caracterizarla cronológicamente por la presencia del aparejo denominado opus spicatum, atestiguado largamente en edificios altomedievales catalanes, y cuyo apogeo cabe situar en la centuria indicada. Tal datación concuerda con las informaciones proporcionadas por la excavación de la necrópolis, donde se encontró una tumba antropomorfa recortada en el terreno natural. Esta clase de enterramientos, bien conocidos en Cataluña y Castilla, aunque en esta última área puedan ser algo más tardíos, poseen en nuestro territorio un arco cronológico bien delimitado, que comprende desde mediados del siglo X a los primeros años del siglo XI 29. En esta oportunidad la documentación escrita sobre el templo también se remonta al siglo X (981), haciéndose la primera referencia al castillo de Castellnou en 1020, con motivo de una transferencia feudal de su propiedad. Todo ello incita a pensar que en un momento avanzado del siglo X, quizá al mismo tiempo que la iglesia originaria 30, se erigió el edificio que nos ocupa. Éste, atendiendo a la nula documentación sobre casas parroquiales en aquella época -la de Castellnou no aparece en las fuentes escritas hasta 1425-, quizá pudiera relacionarse con el primitivo castillo, tal y como se había planteado hace años, sin conocerse todavía la presencia de los paramentos de opus spicatum 31. En todo caso, teniendo en cuenta su porte, se le puede atribuir sin ambages una cierta categoría, propia, por ejemplo, de una casa fuerte. La segunda fase, en que la planta del cuerpo central del edificio debió adoptar su configuración actual, se muestra menos explícita, puesto que sus estructuras se caracterizan por un aparejo de mampostería poco elocuente, de piedra del lugar colocada en hiladas rudimentarias. No posee, sin embargo, fragmentos cerámicos interpolados en la fábrica a modo de cuñas ni tampoco piedrecitas de idéntica función, que aparecen en los edificios rurales a partir de finales de la edad media. Además, tal y como ocurre con el opus spicatum, su elemento de cohesión es la argamasa de cal. Todo ello puede llevarnos a concluir que nos hallamos ante una obra bajomedieval, circunstancia que confirma el hallazgo de cerámica del siglo XIV 32 en los pavimentos de tierra batida contemporáneos de estas paredes. Durante la tercera fase se erigió la fachada meridional que conocemos (fig. 15), que más tarde fue dotada de dos puertas, una relativamente centrada, seguramente la principal y otra al sudeste, ambas de construcción sencillísima con montantes de piedra calcárea apenas desbastada y din-chamuscados o una pistola de pequeño calibre fabricada en el segundo o tercer decenio del siglo XX 26, apareció una gran cantidad de cerámica de la edad moderna, indicándonos que una de las grandes reformas que sufrió el edificio, en el curso de la cual se le dotó del primer piso de tapial, tuvo lugar en el siglo XVII. Acto seguido, se abrieron pequeños sondeos, tanto en la planta baja como en los senos de las bóvedas del primer piso. Sin embargo, el grueso del estudio arqueológico correspondió al análisis estratigráfico de paramentos (fig. Ya se ha apuntado que en nuestro caso es un método de trabajo utilizado cotidiana e indiscriminadamente, teniendo en cuenta los yacimientos a los que nos enfrentamos y la utilidad y economía del procedimiento. Y sus resultados en Castellnou fueron de lo más alentador. El fichaje generalizado de las unidades estratigráficas y el análisis de las interrelaciones entre paramentos y otros elementos constructivos, así como la identificación tipológica de las diferentes fábricas, nos llevaron a distinguir once fases edilicias dentro de tan aparentemente modesto y anodino edificio, las cuales pudimos datar gracias a la tipología, a dos fechas inscritas en sendas ventanas y también a la extrapolación, a través de la secuencia estratigráfica general, de las dataciones absolutas obtenidas a raíz de los pequeños sondeos realizados. El análisis arqueológico de los paramentos de la casa rectoral de Castellnou de Bages, contrastado con los datos proporcionadas por las fuentes escritas y orales y también por algún pequeño sondeo, ha dado unos resultados que, al empezar el trabajo, parecían lejos de poderse obtener. La primera fase edilicia del yacimiento, localizada en la base de las paredes septentrional y occidental del cuerpo original del edificio, es posible remontarla al siglo X. Pudo teles de madera. Si a ello unimos el aparejo de la fachada, de piedra escasamente labrada colocada en hiladas y, esta vez sí, con fragmentos de tejas o piedrecitas a modo de cuña, habríamos de situarnos hacia el siglo XV. Algo más tarde -cuarta fase-, la puerta bajomedieval del nordeste, probablemente del siglo XIV, fue sustituida por un arco apuntado construido a partir de bloques de arenisca bien tallada, que comunicaba con un cuerpo anexo hoy desaparecido. Ignoramos cuándo pudo añadirse este elemento. No obstante, su apariencia nos hace llevarlo a un momento avanzado en el uso del estilo gótico, hacia finales del siglo XV o principios del XVI, debiéndose erigir también entonces los muros que limitaban una buena parte de los ámbitos de la planta baja de la casa 33. A lo largo de los primeros decenios del siglo XVII tuvo lugar la quinta fase constructiva, durante la que el primer piso del cuerpo principal adquirió su aspecto actual, a tenor de la fecha proporcionada por la cerámica procedente de sus paredes de tapial caídas. Por su parte, el cuerpo de poniente, en el que se distinguen claramente dos fábricas, fue erigido hacia 1600, momento al que corresponde el aparejo del tramo inferior de la fachada occidental, cuya altura coincide con la de la planta baja del cuerpo central (fig. 15). Las plantas más altas de aquel momento fueron sustituidas hacia 1721 por las que se han conservado hasta hoy. La fecha de esta importante modificación, que también supuso el añadido de un nuevo piso y diversas reformas interiores en el cuerpo central, aparece en un balcón situado a suroeste de la casa, en el que también figura el nombre del patrocinador de la obra, el reverendo Félix Puig. Además, se ha comprobado gracias a la excavación en los senos de las bóvedas que se colocaron en los dos cuerpos principales del edificio, que ha proporcionado cerámica azul catalana de la primera mitad del siglo XVIII, decorada con la orla de la botifarra. También aparecieron sendas monedas bajo el pavimento de losas de la planta baja y en la fábrica de un pesebre, acuñadas ambas por el archiduque Carlos, entre 1707 y 171134. Se trata, por tanto, de una verdadera reforma general del edificio, muy característica de la pujanza económica general que siguió al final de la Guerra de Sucesión, y que se comprueba en multitud de construcciones rurales, tanto religiosas como civiles. No mucho después, hacia 1779, se tiene constancia de la abertura de una ventana en la fachada principal de la casa, a poniente de la puerta de entrada. No obstante, la mayor modificación realizada a partir de aquel momento consiste en el añadido del porche y la balconada a la fachada sur -que quizá sustituían una estructura semejante anterior-, coincidiendo con la erección de las dos crujías situadas al sudeste. Sabemos, a través de testimonios orales y escritos, que en este cuerpo periférico estuvo instalado el Ayuntamiento del pueblo hasta la Guerra Civil de 1936-1939. Tal construcción, de gran homogeneidad, con un primer piso de piedra a modo de zócalo y los dos restan-
Fundado en 1289 se convierte en el segundo más antiguo de la ciudad tan sólo precedido por el de San Clemente que se ubica en el mismo sector del extremo Noroeste de la antigua cerca almohade. El estudio integral del edificio como parte del proyecto de rehabilitación nos ha permitido conocer su evolución y la pervivencia de estructuras heredadas previas a la concesión de los terrenos que ahora ocupa. El convento es magnífico, muy grande, diáfano, y muy poco se habrá variado de lo que fue palacio del Infante D. Fadrique, hermano del Rey D. Alonso, a quién perteneció antes de adjudicárselo a las monjas. Tiene varios patios, pero el principal es de gran magnitud, con ángulos de arcos sobre hermosas columnas de mármol en los dos pisos bajo y alto, y además de la gran extensión tiene una huerta extensísima y bien cultivada que asimismo era del citado palacio y en medio de ella está la famosa torre al estilo árabe que hizo construir el mencionado Infante, de la cual se trató en la historia de las calles. Con esta descripción de González de León en el siglo XIX podemos hacernos una idea de la magnitud e importancia del edificio con el que nos encontramos al iniciar los trabajos. El convento de Santa Clara fue, según Ortiz de Zúñiga 2, una de las fundaciones más antiguas de la ciudad llevada a cabo por el propio rey Fernando III 3 en 1260, y confirmada por Sancho IV en 1289 cuando concede a la congregación de clarisas los terrenos en los que actualmente se ubica el edificio y que pertenecieron al infante D. Fadrique. Desde ese momento la congregación religiosa va adaptando los edificios existentes a sus propias necesidades hasta el punto que durante el siglo XVI crean un nuevo espacio definido por los cánones estéticos del momento que dan lugar a la mayor parte de las estructuras que se pueden visitar en la actualidad. Dichos elementos serán medianamente retocados, reducidos, vendidos y reformados a lo largo del paso de los años para llegar a convertirse en el único espacio conventual sevillano con un uso continuado desde su fundación hasta la salida de las últimas religiosas en el año 1997, ya que no sufrió las exclaustraciones vividas por otros conventos durante el siglo XIX. El convento ha dado nombre a una calle que marca el eje principal de un barrio que, aunque de orígenes almohades, termina de desarrollar su urbanismo tras la implantación cristiana cediendo el sector a caballeros de linaje, órdenes militares o congregaciones religiosas como los grupos que mejor pueden mantener amplias extensiones del territorio (fig. 1). Además, también son el elemento clave para la repoblación y la implantación de la fe cristiana en la ciudad como demuestra el hecho de que tras San Clemente y Santa Clara se continuarán fundando otros cenobios en la misma línea como Santa Ana o Santa Rosalía. En enero de 1970 es declarado Bien de Interés Cultural. Con los datos obtenidos hasta el momento no sólo hemos conseguido desentrañar la evolución del complejo arquitectónico que ocuparon las Clarisas hasta finales del siglo XX sino, además, aumentar la huella que el Infante Don Fadrique dejó en nuestra ciudad. La aportación arquitectónica de un personaje tan singular como el hermano del Rey Sabio se reducía a la famosa torre que lleva su nombre pero desde ahora podemos decir que tenemos un nuevo ejemplo de su peculiar forma de ser, traducido aquí en el edificio civil más antiguo que queda en pie en Sevilla, ya que los ejemplos anteriores se conservan en el interior del Alcázar. Al mismo tiempo se afianza como el ejemplo más antiguo de lo que, más adelante, se considerará como arquitectura mudéjar. También pudimos constatar que la teoría, cada vez más aceptada, de la existencia de una clara urbanización del sector en la etapa anterior a la llegada de los cristianos y al comienzo del proceso de repartimiento es una certeza apoyada por los restos arqueológicos almohades aparecidos y su relación con el entorno. LA METODOLOGÍA EMPLEADA Basamos el sistema de trabajo en los planteamientos teóricos aplicables a cualquier tipo de investigación arqueológica sobre inmuebles históricos en proceso de rehabilitación4 con el conocimiento integral del edificio como principal fin. Dicho objetivo se consigue mediante un aná-Fig. Ubicación del edificio en el actual entorno urbano lisis general en el que se deben tener en cuenta los matices tipológicos, funcionales y estructurales, y en el que la comprensión evolutiva y el estudio procesal de los cambios en el edificio sean una de las bases del sistema. Entendemos que es prioritario el estudio arqueológico de los paramentos que debe ser selectivo y en el que se prime lo general sobre lo anecdótico para sintetizar los elementos más importantes que nos conduzcan hasta el máximo conocimiento sobre la evolución del proceso constructivo de la edificación. Sin embargo, no debemos por ello olvidar la realización de sondeos arqueológicos en subsuelo que ayudarán a ampliar y complementar la información obtenida mediante el estudio de alzados y profundizarán en el conocimiento de los elementos previos al edificio analizado. Los trabajos arqueológicos desarrollados por nuestro equipo 5 parten del año 2002 cuando la Gerencia Municipal de Urbanismo comienza las tareas de apuntalamiento del edificio como una de las actuaciones previas a la puesta en marcha del proyecto de rehabilitación integral del Convento de Santa Clara 6. Desde ese momento, y con varias fases de actuación en función de los ritmos de la propia obra, nos centramos en la identificación y el estudio de la evolución del actual inmueble, aunque sin olvidar los indicios de las etapas históricas previas y su asentamiento en la zona que hoy ocupa el convento. EL ACTUAL EDIFICIO MONACAL Aunque en origen el monasterio ocupaba toda la manzana delimitada por las calles Santa Clara, Hombre de Piedra, Becas y Lumbreras en la actualidad se halla reducido al interior de la misma (fig. 2) contando tan sólo con una estrecha portada a la calle a la que da nombre y que permite el acceso al compás (estancia 37) rodeado de pequeñas edificaciones de servicio. A la izquierda de este espacio centrado por una fuente del antiguo colegio de Maese Rodrigo 7 se acceda a la zona de las antiguas huertas (estancia 43) en la que se enclava la torre de Don Fadrique (estancia 42). Al frente encontramos el acceso público a la iglesia, a través de un magnífico pórtico obra de Juan de Oviedo (estancia 11), mientras que a la derecha atravesando una crujía en la que se localizan el torno y los locutorios (estancias 12 a 16) llegamos hasta la puerta reglar que marca el inicio de la clausura. Una vez atravesada esta puerta nos encontramos con la clavería y la sala de consultas (estancias 39 y 38 respectivamente), y algo más adelante con el claustro (estancia 5) que es el elemento ordenador de los distintos espacios que componen la clausura. El patio de planta cuadrada está compuesto por cuatro frentes de galerías porticadas con arcos de medio punto insertos en alfiz en planta baja y carpaneles en la alta. La galería superior del lado occidental es ciega y tan sólo se abren tres ventanas de estilo mudéjar. Sobre el claustro entestan, de forma perpendicular, los dos grandes volúmenes de la iglesia (estancias 1, 2 y 3) por su frente Norte y el refectorio (estancias 8 y 9) por su frente Sur. Por los otros testeros del patio se acceden a distintas dependencias como la celda prioral (estancia 27) por el lado Oeste o la enfermería (estancia 77) y la escalera principal (estancia 85) en el lado Este. Pasando junto a la caja de la escalera se llega a otro de los grandes espacios del edificio, los dormitorios (estancia 80). Repartidos en planta baja y alta, como dormitorios de verano e invierno respectivamente, se nos presentan como una enorme nave orientada de Norte a Sur que llegó a medir noventa metros de longitud, aunque hoy tan sólo ocupe la mitad del espacio al quedar el resto como parte de un colegio público reconvertido actualmente en conservatorio musical. Además de estos grandes espacios también podemos encontrar en el interior del convento otros lugares que forman pequeños entramados urbanos con callejas y patinillos en los que se mezclan los diversos estilos artísticos por los que ha pasado el conjunto a lo largo de su dilatada historia. El sector en el que se localiza el convento queda incorporado a la ciudad a mediados del siglo XII mediante la ampliación de la antigua muralla, lo que produce un importante cambio en la zona que hasta ese momento presentaría un aspecto bastante ruralizado. Gracias a las intervenciones arqueológicas realizadas en los últimos años parece quedar cada vez más claro que ya durante el periodo de dominación islámica de la ciudad se comienza a producir una ocu- pación antrópica ordenada mediante la creación de nuevas alineaciones, como la actual Calle Santa Clara, que evidencian la existencia de ciertas edificaciones de carácter doméstico. Precisamente los restos de uno de estos edificios han sido los localizados soterrados en algunos de los cortes arqueológicos llevados a cabo durante nuestro estudio. Se trata de los elementos más antiguos que hemos llegado a identificar en el proceso de investigación. Datan de época almohade y aparecen casi completamente destruidos por las cimentaciones de los edificios posteriores, a excepción de una gran alberca (figura 3) y su noria que son reutilizadas durante algún tiempo después por el primero de los edificios de la nueva etapa cristiana de la ciudad. La aparición de esta gran alberca, en el actual claustro de las novicias (estancias 55 y 58), nos recuerda que, a pesar de encontrarnos en una zona interior de la ciudad almohade, los edificios de este momento tendrían una clara ascendencia agrícola con la posibilidad de encontrar palacios o grandes casas generalmente asociadas a zonas de huerto. El resto de los elementos de época almohade se concentra en los cortes realizados en el sector occidental del actual edificio, apareciendo casi todos ellos a nivel de cimentación o, como máximo, con algunas solerías conservadas (fig. 4). Sin embargo hemos podido identificar hasta dos fases de ocupación como resultado de algunas reformas puestas de manifiesto en uno de los cortes, para la etapa final islámica, que provocan un claro cambio en la funcionalidad del espacio. Aunque no podamos describir la edificación, debido a la pequeña extensión de los cortes y a la escasez de restos, hemos comprobado que todas las alineaciones de muros halladas siguen las orientaciones marcadas por la actual calle Santa Clara que se convierte así en uno de los ejes que vertebran el desarrollo urbanístico del nuevo barrio8. A medida que nos acercamos a la Fig. 2. Planta del edificio con la numeración adscrita a las distintas estancias fachada de dicha calle aumentan los restos islámicos, como los localizados durante el seguimiento de las zanjas de saneamiento en el sector del compás (estancia 37) que nos ha permitido identificar solerías y pilares cuadrangulares de ladrillo. Igualmente debemos señalar la aparición de restos de elementos hidráulicos bajo la actual sala de profundis (estancia 6), que aunque muy destruidos por los enterramientos monacales, han permitido recuperar una pieza cerámica con bandas epigráficas (fig. 5) que funcionaría como soporte de una pileta9. LA CASA DEL INFANTE DON FADRIQUE Tras la conquista de la ciudad por las tropas del rey Fernando III el barrio de San Lorenzo entra en el repartimiento quedando gran parte de su superficie en manos de las más importantes familias castellanas. Concretamente nos interesa la herencia recibida por el infante Don Fadrique, segundo hijo del rey Fernando III y Doña Beatriz de Suabia y hermano del que más tarde sería el rey Alfonso X el Sabio, que obtiene en esta zona una serie de casas con sus huertas. Al inicio de nuestra intervención tan sólo se conocía la existencia de la esbelta torre que lleva su nombre y que hoy encontramos en el interior de los terrenos del convento. Sin embargo con las primeras catas murales y el comienzo del estudio de alzados pudimos comprobar la existencia de un nuevo edificio de tipo palatino, que aún hoy día se mantiene en pie enmascarado por la actual estructura conventual, y que adscribimos de forma bastante clara al propio infante Don Fadrique. Las pistas nos las dieron el tipo de aparejo, de ladrillo colocado a tizón muy regular con gruesa llaga de mortero de cal que presenta hiladas de mechinales distribuidas uniformemente cada vara castellana atravesando el muro, y los espesores de los mismos, entre 1,10 y 1,20 metros, que son radicalmente opuestos al resto de los localizados en el edificio (fig. 6). La originalidad de la técnica empleada en su construcción es llamativa ya que no se han localizado hasta el momento fábricas latericias atizonadas de semejante espesor y buena ejecución en la Sevilla islámica o mudéjar10. Se trata a nuestro juicio de una labor probablemente ejecutada por alarifes foráneos. Aunque sólo se apunte como objeto de reflexión, creemos que la unidad de la fábrica y su nivelación, junto a la inexistencia de cajones de tapial u otros materiales, podrían justificarse por la dirección de obra de un cantero en lugar de un albañil. También juegan a nuestro favor, a la hora de la adscripción cronológica de esta estructura, los materiales asociados a su cimentación así como la lógica estratigráfica entre los restos islámicos previos y las actuaciones encaminadas a la construcción del nuevo complejo. El palacio se distribuye siguiendo una planta rectangular orientada de Norte a Sur que actualmente queda inserta en la mitad Oeste del claustro del cenobio (fig. 7). Tanto los testeros septentrional y meridional como el lateral occidental se conservan en perfectas condiciones llegando en algunas zonas a alcanzar los doce metros de altura, por lo que ocupan prácticamente todo el alzado del actual edificio. Por el contrario, el lateral oriental ha quedado destruido por la obra renacentista del claustro no manteniendo ninguna referencia en los alzados, aunque sí hemos podido investigar parte de su forma gracias a los datos obtenidos en subsuelo mediante cortes arqueológicos (fig. 8). No obstante la estructura palatina parece quedar claramente dispuesta según un esquema «islámico», precursor del mudéjar que se hará tan común en la ciudad años más tarde. El testero meridional del palacio se configura como una zona principal con un gran arco de medio punto (rebajado en el siglo XVII) enmarcado por alfiz y flanqueado por dos ventanas de medio punto peraltado que formaría el acceso original a la nave de planta rectangular que precede a una habitación cuadrangular centrada con respecto a esta última (fig. 9). Sobre dicho arco centrado con la cabecera han aparecido, durante la restauración del actual forjado de la galería del claustro, restos de pintura epigráfica con caracteres góticos que interpretamos como parte del programa decorativo de esta fachada del recinto palatino. Actualmente la nave presenta dos plantas de altura aunque su configuración original sería distinta y, una vez traspasado el arco principal, nos encontraríamos con una gran estancia diáfana, de aproximadamente ocho metros de altura, y dividida en tres zonas: una parte central cuyos muros quedarían rematados, justo por debajo del artesonado, por una cenefa de yesería con motivos de lacería de a ocho entrelazada (fig. 10); y dos estancias, en los extremos de la nave, separadas de ésta mediante arcos sobre mochetas que dan lugar a sendas alcobas o alhanías de planta rectangular rematadas en alzado por una cornisa simple con moldura en gola (fig. 11) e iluminadas por ventanas en su parte superior, hoy cegadas, que abrirían a Fig. 6. Testero Norte del claustro del convento con la huella del muro que limitaba el recinto palatino al Este. En primer término se advierte el cimiento de dicho muro aparecido bajo la cota del pavimento del claustro. A la izquierda de la imagen el aparejo de ladrillo a tizón que forma la fachada del palacio y a la derecha la interfaz de adosamiento entre este edificio y la cadena de ladrillos del nuevo paramento de tapial que conforma el actual claustro la fachada principal del patio. Frente al arco principal de entrada hallaríamos un vano centrado que daría acceso a la siguiente estancia, de planta cuadrangular, y de cuyo remate en alzado no han aparecido aún restos identificables (estancia 62). Continuando nuestro recorrido desde el extremo occidental de la cabecera ya descrita observamos uno de los lados largos del palacio formado por una sola crujía, que sigue la línea de la cabecera pero a una altura algo menos elevada. En su parte central vuelve a aparecer un nuevo arco de medio punto enmarcado por alfiz que constituye el acceso a una de las estancias más singulares identificadas en la construcción (fig. 12). Se trata de una habitación de planta cuadrangular que se eleva por encima de las cubiertas de la crujía lateral, creando la visión de una verdadera torre sobresaliendo por el costado del palacio, y en la que sólo encontramos una Fig. 7. Planta del palacio de Don Fadrique inserta en el actual edificio conventual. En rojo se señalan los muros descubiertos tanto en sondeos en subsuelo como durante el estudio paramental Fig. 8. Alzado de la cimentación de la estancia cuadrangular oriental, simétrica a la que se conserva en alzado en el frente Oeste del actual convento. A la derecha aparecen restos de solería a la palma islámica cortada por el propio cimiento y a la izquierda un pozo de agua planta con acceso directo desde el patio del mismo (estancia 27). La zona superior de este elemento se encuentra rematada por cuatro vanos tetralobulados, uno en cada muro de la estancia, por los que se consigue la iluminación de la misma. Los estudios paramentales realizados sobre los mechinales de su zona más alta nos han llevado a interpretar que quedaría cerrada mediante un artesonado de cuatro paños sobre el que se colocaría la cubierta propiamente dicha realzando desde el exterior la sensación de ver una torre 11. El lateral oriental del edificio quedó completamente destruido durante el proceso de ampliación y construcción del actual convento en el siglo XVI por lo que los únicos restos que se han localizado se encuentran a nivel de cimentación y han sido estudiados mediante cortes arqueológicos. Lo lógico sería pensar que este costado del palacio fuese simétrico al descrito más arriba, sin embargo sólo es así a medias. Mientras que el lateral occidental estaba formado por una crujía, en este lado sólo hemos podido detectar la existencia de un muro de cierre en cuya zona central se abre otra estancia cuadrangular que en este caso no iría incluida en el desarrollo de la crujía sino que formaría un saliente hacia oriente. Además la aparición de un pozo de agua al exterior de este muro (fig. 8) parece indicar que el diseño del edificio palatino era distinto en este costado y probablemente fuese aquí donde se ubicara la zona de servicios. Para terminar con la descripción perimetral del palacio del infante nos centraremos en su testero Norte. Reproduce las mismas características que el meridional pero en este caso no tendría unida a su límite trasero ninguna estancia cuadrangular. Al igual que antes, hallamos un vano central de acceso formado por arco de medio punto enmarcado por alfiz y alcobas rectangulares en los extremos de la nave separadas mediante arcos sobre mochetas; sin embargo el friso de yesería de la nave central (fig. 13) tiene un motivo completamente distinto y muestra un diseño geométrico y vegetal de ataurique con epigrafía de clarísima tradición islámica12. La conservación de este sector es más parcial debido a la introducción del coro de la actual iglesia del convento (estancia 3) que rompe la nave prácticamente por la mitad, aunque, como hipótesis, podemos plantear que la altura de este testero fuese la misma que la de las crujías laterales dejando así el frente Sur como la verdadera cabecera del edificio. También hemos podido constatar la existencia de un patio que se desarrolla en el interior del rectángulo que formaría el entorno del palacio. Gracias a los cortes arqueológicos realizados en el actual patio (estancia 5) y al seguimiento de los rebajes de obra, tanto en la galería como en las gavias abiertas para la colocación de los nuevos conductos de saneamiento, hemos podido identificar una amplia alberca de planta rectangular orientada de Norte a Sur. Este elemento, tanto decorativo como práctico, queda perfectamente centrado con los vanos abiertos en los frentes cortos del edificio dando lugar a un patio de influencia islámica. La alberca se encuentra delimitada por potentes muros que conservan algunos restos del recubrimiento de tipo hidráulico necesario para que el agua de su interior no se filtrase. Del mismo modo conserva, en bastante buen estado, la solería de ladrillos del fondo. El desarrollo del espacio entre esta alberca y los muros laterales del edificio nos es, por el momento, imposible de determinar puesto que no se han hallado restos que lo aclaren. Lo que sí parece seguro es que estaría al mismo nivel que el resto del suelo, por lo que no debemos pensar en arriates rehundidos. En cuanto a los frentes de la alberca tenemos claro que sólo en el correspondiente a la cabecera del edificio, o sea el meridional, tendría un pequeño pórtico a un agua partiendo desde su fachada y soportado por pilares de ladrillo aumentando así el empaque y la importancia de este frente del patio. En el resto el acceso se haría directamente desde las estancias al patio. Así sería, a grandes rasgos, la configuración de la zona principal del palacio de Don Fadrique (fig. 14), aunque aún nos queda mucho espacio por investigar como todo el sector occidental del actual edificio hacia donde prevemos que se desarrolle el recinto palatino y cuyo acceso se llevaría a cabo desde la calle Santa Clara. Además el esquema se complicaría a medida que se sumaran las zonas de servicio tanto al Este como en el área que hoy ocupa el patio de las novicias (estancia 55) en el que se produce la reutilización de la enorme alberca almohade que podríamos relacionar con las huertas y jardines que sin duda rodearían el edificio del infante. Pese a los paralelos formales con el mundo islámico, el palacio recién descubierto incorpora elementos que podrían explicarse dentro de la tradición gótica. El uso del ladrillo por falta de piedra se detecta en nuestra ciudad en las Atarazanas Reales, mandadas construir por Alfonso X en estilo gótico en la siguiente década. La altura de las estancias del palacio supera los ocho metros para anchuras de cuatro y de cinco, lo cual determina espacios muy altos y estrechos, alejados de la tradición musulmana y mucho más frecuentes en castillos, iglesias y palacios góticos, siendo el palacio alfonsí del Alcázar un buen ejemplo de ello 13. El hallazgo de este edificio, como elemento aislado pero complemento de la famosa torre de Don Fadrique, amplía notablemente nuestros conocimientos sobre el sector y abre nuevos cauces para el análisis de la arquitectura mudéjar del primer momento de la conquista. Participa así de una realidad arquitectónica híbrida en la que se mezclan los elementos islámicos, que son mayoritarios, con los góticos y mudéjares. Se trata por tanto de un ejemplar excepcional al ser el único caso conocido en la ciudad en el que en fechas tan cercanas a la conquista cristiana se levanta de nueva planta un edificio palatino islamizante. Téngase en cuenta que los tres edificios conocidos en Sevilla datados en la segunda mitad del siglo XIII (Palacio gótico del Alcázar, Torre de Don Fadrique y Atarazanas) son plenamente góticos, no siendo hasta el siglo XIV cuando se observe una reacción mudéjar en iglesias y palacios14. LA CONGREGACIÓN RELIGIOSA Y EL EDIFICIO DEL INFANTE. FINES DEL SIGLO XIII Y XIV Poco antes de la muerte del infante Don Fadrique y tras haberse rebelado contra su hermano el Rey Alfonso X, perdiendo así parte de sus propiedades por algunas cosas que le averiguó en su deservicio15, tenemos constancia del paso del palacio a manos de la Orden de Calatrava en un documento de 25 de abril de 1269: La orden de Calatrava da al rey la aldea de Crist; las compras hechas a los armeros de Sevilla, que vos hy avedes heredados con vuestras cartas plomadas; las casas en Sevilla que son en el Abbadía que fueron del moro Alfil, con su huerta y otras heredades, con los privilegios correspondientes a cambio de unas casas en Toledo y de las casas en Sevilla que fueron del infante Don Fadrique con sus huertas y con otra huerta de fuera hasta la calle que va a ala Puerta de Bib Arragel, y una renta anual de 60 maravedís en la Alhóndiga de la Harina16. Los siguientes veinte años en manos de los caballeros de Calatrava nos son completamente desconocidos aunque llevan a un paisaje en el sector noroccidental de la ciudad con un claro predominio de las órdenes militares, ya que junto a la de Calatrava, encontramos la estancia en esta collación de las de San Juan de Jerusalén y Santiago de la Espada que ocuparon sus terrenos a mediados del siglo XIII. Sin embargo la memoria de las propiedades de Don Fadrique se mantiene viva y es en 1289 cuando encontramos el documento por el que Sancho IV otorga dichas propiedades a la rama femenina de la orden franciscana: «Por facer bien e merced a las dueñas del monasterio de Sancta Clara de Sevilla, tenemos por bien de les dar las casas que fueron de D. Fadric, que son en Sevilla con su guerta e con todas sus pertenencias en que fagan su monasterio.» Hasta ese momento la congregación se asentó en parte de la casa grande de los Franciscanos situada en la actual Plaza de San Francisco aunque ya en 1268 aparecen casos de acercamiento a la collación de San Lorenzo por medio de donaciones particulares18 y en 1269 con la compra de solares 19. Esta tónica continuó haciendo aumentar el patrimonio de la congregación, a lo que ayudó sobremanera la devoción que la familia real le profesó a las clarisas y los privilegios que les fueron confirmados. Llegamos así al momento en que la comunidad monástica ocupa el edificio palatino construido por el infante Don Fadrique que, posiblemente desde un primer momento, se comenzó a adaptar a las nuevas necesidades propias de la vida religiosa. Entendemos que estas reformas, constantes durante toda la vida del edificio, deben ser divididas en tres grandes momentos. El primero de ellos centrado en el siglo XIV con las adaptaciones iniciales y las nuevas construcciones que giran siempre alrededor del edificio palatino heredado. Por su parte, el segundo periodo da comienzo a finales del siglo XV con el inicio de la configuración del edificio que a la larga dará lugar al complejo actual y en el que la antigua residencia del infante va perdiendo peso hasta quedar enmascarada por la nueva construcción con un núcleo que responde a un concepto del espacio totalmente renacentista. Esta concepción de volúmenes queda fijada en el tercer momento y ya durante el siglo XVI, en el que se diluyen la mayoría de las referencias a la arquitectura medieval y mudéjar. Con estos datos entendemos que una de las primeras actuaciones que se llevaron a cabo en el nuevo edificio fue la encaminada a crear un espacio que pudiera ser usado como lugar de oración. A este respecto interpretamos que la primera iglesia quedaría enclavada en la nave rectangular del testero septentrional del palacio que hoy día aparece cortada por el actual templo y en la que encontramos la sala «de profundis» (estancia 6). Hay varios elementos que refuerzan esta teoría; en primer lugar contamos con la orientación de dicha nave que coincide con el canon Este-Oeste. La amplitud de luz de la nave, los restos de pinturas murales de gran calidad aparecidos durante la intervención 20 (fig. 15), la existencia del sepulcro del Obispo de Silves, enterrado aquí desde 1349, y la aparición de enterramientos fechados en el siglo XV cortados por la cimentación del muro Este de la actual iglesia son otros de los elementos que nos llevan a pensar en ésta como la zona escogida por las primeras monjas para instalar su iglesia de la que tenemos constancia documental en un texto de 1290: «ayudando con largas limosnas la Reina Doña María para la fábrica de la Iglesia» (...) «empezose en aquellos años, quedando por ventura terminada la gran nave que la forma con sus artesonados, retocados más tarde y aún quizá en parte totalmente renovados» 21. También en el sector suroccidental vemos algunas de las primeras obras, en concreto en la zona conocida como patio de las novicias (estancia 55). Aquí se comienza dividiendo en dos la única altura original con la que contaría la nave de cabecera de Don Fadrique mediante un forjado de madera que se conserva en la actualidad en cuyas tabicas existe la inscripción en árabe «El poder es de Dios» (fig. 16). Además, se cuadra el espacio exterior en el que se encontraba la gran alberca heredada de las construcciones almohades cerrándolo con un nuevo muro adosado a la trasera de la habitación cuadrangular de la cabecera del palacio. Para ello se desmonta el muro que limita el palacio por el Sur y se construyen dos grandes arcos apuntados (división entre las estancias 59 y 47) formando un nuevo acceso en ángulo recto acoplado entre la estructura turriforme al Oeste del patio, y qubba situada al Sur. Precisamente en el primero de estos arcos se han encontrado más restos de pintura mural también epigráfica y con caracteres góticos (fig. 17). Dichos arcos parecen dar acceso a una zona noble dentro de las funciones del convento y podrían estar relacionados con una capilla para las novicias. Su función es poco clara, si bien desde que se tienen noticias la zona en cuestión fue ocupada por el noviciado, debido a la cercanía con la Puerta Reglar situada a sus espaldas. Se trataba por entonces de una nave de una única planta apoyada sobre la recia estructura palatina. Probablemente fueron concebidos para soportar, a modo Figura 16. Detalle de las tabicas del forjado que divide en dos la altura original del edificio del infante ubicadas en la estancia 80 Figura 17. Alzado estratigráfico de las estancias 59 y 60 con los arcos apuntados adosados a la trasera del palacio de Don Fadrique de arbotantes, los empujes de la nave mudéjar una vez desprovista de sus muros perimetrales. Al mismo tiempo que se construyen los arcos se abre un nuevo acceso comunicar el interior del palacio con el exterior en el que se encontraba la alberca, que es cegada ya en el siglo XV. Precisamente al ser anulada la alberca se recupera el espacio al Este del muro que la limitaba ubicado hasta entonces en el exterior del edificio. Con la recuperación de este área se construye el pequeño claustrillo del que en la actualidad tan sólo quedan los pilares ochavados de ladrillos que reaprovechan el muro almohade de cierre de la alberca como verdadero cimiento (estancia 55). Continuando la mitad occidental del edificio del infante hemos identificado un muro de ladrillos que corre paralelo a la actual columnata Oeste del claustro y que interpretamos como los restos de la cimentación de una galería que tendría como principal objetivo el de cubrir todas las bandas del patio mudéjar, creando así el primer claustro propiamente dicho, al estar el patio de Don Fadrique sólo cubierto por su extremo meridional (fig. 18). Sin embargo, las reformas de este momento no sólo se centraron en el sector occidental del edificio, sino que fue el frente Este el que sufrió las mayores modificaciones. Teniendo en cuenta la configuración espacial del edificio heredado y su implantación en la red viaria del barrio es de comprender que fuese por la zona oriental, donde se ubicaban las áreas de servicio y las zonas baldías del palacio, por la que se comenzaran a desarrollar las nuevas edificaciones monacales. Como hemos visto antes, el palacio de Don Fadrique cerraba al este simplemente con un muro que marcaba el límite del patio central y del que tan sólo salía una habitación cuadrangular simétrica a la actualmente conocida como celda de la abadesa (estancia 27). Tras este muro no hemos podido constatar la existencia de construcciones de empaque que pertenecieran al palacio y sí, por el contrario, zonas destinadas a servicio e incluso tierras de labor. Debido a los procesos constructivos que terminan por configurar el edificio actual los restos de esta primera ampliación del palacio han quedado completamente destruidos y tan sólo se han conservado a nivel de cimentación por lo que nuestro conocimiento se restringe a una serie de alineaciones murarias con sólo dos casos en los que aparecen restos de solerías. Este nivel de destrucción se comprende si observamos que las cotas de utilización del edificio actual apenas difieren de las usadas ya en el siglo XIII por el palacio del infante. La ampliación del edificio por su frente oriental se basa en la construcción de una serie de naves en paralelo y en perpendicular a la línea que marcaba el límite del antiguo recinto y cuyo crecimiento hemos podido constatar hasta prácticamente el actual límite occidental de los dormitorios (estancia 80) no apareciendo restos de estas edificaciones más hacia el Este. Comenzamos con dos muros paralelos al cierre de Don Fadrique ubicados en la actual galería Este del claustro y que forman una primera crujía con orientación Norte-Sur que envuelve la trasera de la habitación cuadrangular del palacio cerrando así su frente oriental. Una segunda línea de ocupación llegaría hasta aproximadamente la mitad de la actual enfermería (estancia 77) donde se dividiría en varios espacios de menor tamaño y con un claro uso secundario o de servicios. Justamente bajo la actual enfermería es donde se produce una ruptura del ritmo de crujías con orientación Norte-Sur para aparecer una nueva nave, con restos de solería de ladrillo de buena factura, que marca una dirección Este-Oeste y que iría a desembocar justamente al lado del muro de la habitación cuadrangular del edificio palatino conformando lo que podríamos interpretar como el primer refectorio de la comunidad y comenzando ya a Figura 18. Imagen tomada desde el extremo Suroeste del actual claustro (estancia 5) en la que se distingue la cimentación de la galería del primer claustro en paralelo a la actual. En primer término se observa el extremo del muro de cabecera meridional de la alberca del palacio del infante cortado por una atarjea posterior estructura del palacio, consiguió terminar de cerrar la antigua construcción a la que se le añadieron las estancias propias de un pero que mantuvo un marcado carácter mudéjar en todo el complejo hasta finales del siglo XV. Fue a partir de ese momento cuando comenzaron a producirse los verdaderos cambios, tanto arquitectónicos como de concepción de los espacios, que dieron lugar al edificio que podemos disfrutar hoy en día. LA CONFORMACIÓN DEL EDIFICIO MONACAL. Los cambios comienzan a producirse con la construcción de la nave de dormitorios (estancia 80), datada gracias a los materiales de su cimentación en la segunda mitad del siglo XV, en el extremo oriental. Con una sola planta pero ya con la altura que se observa en la actualidad dicha nave se eleva con muros de tapial de 1.10 metros de espesor y cajones de 0.80 metros de altura unidos con hiladas de cal y reforzados con cadenas de ladrillo (fig. 20). Se genera así una única nave de 7 metros de altura y 100 de longitud que da lugar a dos patios en el lateral Oeste y que prolonga en altura la única nave del edificio previo del infante. Esta obra supone el cerramiento del frente oriental del convento una vez superado los antiguos límites del edificio heredado para generar una planta monacal estandarizada que seguiría las pautas benedictinas. También en este periodo se lleva a cabo la acotación del claustro cuadrangular mediante la prolongación de los Fig. 19. Solería y muros laterales de la estancia con orientación Este-Oeste que rompe el ritmo de galerías en paralelo al antiguo recinto palatino. En primer término a la izquierda se distingue uno de los muros construidos en este momento para cerrar la galería límite del antiguo edificio del infante. Todos estos elementos aparecieron en el interior de la Enfermería (estancia 77) Fig. 20. Alzado Oeste de la nave de los dormitorios con la diferenciación de los tipos de aparejo identificados 2222 Estudio tipológico realizado por Amparo Graciani García para la memoria de la intervención. desarrollarse la idea del edificio religioso que gira sobre un patio desde el que se accede directamente tanto a la iglesia como al lugar de reunión durante las comidas (fig. 19). Gracias al rebaje llevado a cabo desde la actual nave de dormitorios hasta la galería oriental del claustro hemos ido descubriendo restos de muros, una veces con mayor entidad que otras, que nos han dado la clave de cómo se fue transformando el edificio del infante Don Fadrique para acoger a sus nuevas inquilinas y de cómo se llevó a cabo un programa constructivo que, aprovechando la muros del antiguo palacio mudéjar hacia el Este. Se cierra la zona oriental con una nave paralela a los dormitorios, el área conocida como enfermería, que también destruye los restos de la primera ampliación y se crea una división en altura con la incorporación de una nueva planta en todo el edificio. Dentro de esta remodelación también se levanta el nuevo refectorio (estancias 8 y 9) y se inicia la construcción de la nueva iglesia, con orientación Norte -Sur. El claustro se concluye dando lugar al espacio cuadrangular actual con unas dimensiones de 29.30 × 28.70 metros mediante el adosamiento de muros de cajones tapial encadenados con zócalo de ladrillo y faja de ladrillos en la coronación de la planta baja que sirve como zuncho de apoyo a las vigas de la cubierta original y, al mismo tiempo, como zócalo del alzado de los cajones de tapial de la primera planta que también se rematan con una faja de ladrillos aparejados a soga y tizón. El refectorio (estancias 8 y 9) se lleva a cabo rompiendo la simetría del anterior edificio mudéjar aunque aprovechando alguno de sus alzados. Se desmonta el muro exterior de la crujía del palacio pero se mantiene el frente Este de la qubba en su totalidad adosando a derecha e izquierda el alzado Oeste de la nave. En la zona oriental hicieron uso del muro de cierre Este de la nave Sur palatina prolongándola hacia su derecha y configurando la planta original del refectorio con 36 metros de largo por 5.5 de ancho y una única altura de 9.5 metros. Esta altura seguía los esquemas góticos de grandes alzados reduciendo la anchura de los muros en su zona superior mediante una faja de nivelación de cuatro hiladas de ladrillo, sobre el aparejo bajo de cajones de tapial con zócalo de ladrillo, que soporta el resto de la fábrica de tapial con cajones de menor espesor hasta las cubiertas aligerando así el peso de los paramentos (fig. 21). El ingreso a esta nueva sala se hacía directamente desde el claustro mediante un vano de medio punto horadado en el muro de fachada del edificio mudéjar (acceso a la estancia 8) y quedaba cubierta a dos aguas con artesonado de par doble y nudillo atirantado con vigas decoradas con lacería. Además, el refectorio queda iluminado mediante cuatro vanos abocinados, dos en el frente Este y dos en el Oeste, en relación con la cota de la cubierta original y a unos tres metros del pavimento 23. La creación de esta estancia es coetánea al proyecto constructivo que configuró el claustro actual, dividiendo en dos la zona Sur del monasterio. La fábrica con la que se levantó el refectorio es idéntica a la empleada en los alzados del ala Este del patio, éstos con una altura menor a la actual, por lo que este elemento ocuparía en alzado las dos plantas de las pandas precedentes del claustro, quedando con ello configurado un gran patio cuadrado rodeado por las dependencias que vemos actualmente. Por otro lado, la panda oriental del nuevo claustro quedaba delimitada por una nave paralela a la preexistente de los dormitorios conocida actualmente como enfermería (estancia 77). Se trata de un espacio longitudinal y diáfano de dos plantas. El extremo Norte de la nave queda seccionado por el patio de los antedormitorios (estancia 86), a diferencia del extremo Sur que gira en recodo, formando un ángulo de 90o y continuando en la galería meridional del claustro. Resulta en origen una estancia en forma de «L» como demuestra la disposición radial que presentan las vigas, en total de siete, que forman una estructura de abanico cuyo vértice se sitúa en el ángulo Suroeste de la enfermería y ocupa también parte de la estancia 72. La técnica edilicia de este espacio es idéntica a la descrita en el refectorio con cajones de tapial calicastrados, unidos con lechadas de cal y reforzados con cadenas de ladrillo colocados a soga y tizón. También cuenta con el zócalo de ladrillos en la base y el zuncho del mismo material como refuerzo para el alfarje. La altura total de la nave alcanza los 12 metros para coincidir con la del edifico del infante aunque en este punto ya se proyecta la doble altura que hace que se eleve por encima de la cota de los dormitorios que en este momento siguen contando con una sola planta de alzado. Precisamente el espacio que se organiza entre estas dos naves se resuelve mediante la creación de un patio longitudinal que posteriormente ocuparán los lavaderos (estancia 78). En este periodo se lleva a cabo la ejecución de la nueva iglesia (estancias 1, 2 y 3), modificando la orientación de la primitiva que es cortada por su extremo occidental, y resultando una nueva nave con disposición Norte-Sur y mayores dimensiones que la anterior. La fábrica más antigua documentada en este elemento se corresponde con alzados de cajones de tapial calicastrado, unidos con lechadas de cal y mechinales protegidos por ladrillos en su parte superior muy similares a los alzados del claustro y el refectorio. Sin embargo la poca extensión en que se nos permitió el picado, así como los posteriores retacados de la superficie muraria nos impidieron confirmar la existencia del zócalo de ladrillos en la base y del aparejo de las cadenas. Aún así constatamos que la altura original de los muros era de 9 metros y no presentaba huellas de zuncho de refuerzo para la colocación de forjados por lo que entendemos que sería una nave con una sola altura cuya cubierta se perdió en las posteriores reformas. En el alzado estudiado en la cara exterior del muro oriental del templo, ya que su interior continúa perteneciendo al Arzobispado y no entra en el proyecto de rehabilitación, destacan algunos vanos como una puerta de acceso desde este punto representada por un arco escarzano con rosca de ladrillos y la línea de imposta a 3.50 metros de altura que prueba la importancia del acceso. Sobre dicha puerta, y centrado con la clave del arco, se observa un vano mudéjar encadenado con forma de arco túmido enmarcado por alfiz y construido con ladrillos24 que quedó cegado durante las posteriores reformas (fig. 22). PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVI La reforma más representativa de este periodo la encontramos en los dormitorios con la ampliación del espacio mediante la construcción de una nueva planta en alzado (fig. 23). La introducción de este nuevo piso se lleva a cabo reforzando el antiguo muro en planta baja con un sistema de arcos de descarga mientras que en la nueva planta alta se construye un muro de cajones de tapial cuyas rafas vienen a coincidir con los pilares de los arcos. Éstos presentan un ritmo continuo que sólo se rompe al llegar al acceso desde el antedormitorio (estancia 85) que se hace a través de un gran arco de descarga que cobija a otros dos, de menores dimensiones, separados por una columna de orden corintio. Durante el proceso de reforma de la planta baja no se observa más ruptura estructural del anterior muro que la necesaria para colocar los arcos de descarga cuyos pilares cortan perfectamente la anterior fábrica. El nuevo alzado de la planta alta se realiza mediante cajones de tapial mixto con dos hiladas de ladrillos entre ellos y en las que se abren los mechinales. Las cadenas de ladrillos se labran con un aparejo a soga y tizón regular en el que destaca un mortero de cal de buena calidad. La duplicación en altura del espacio de los dormitorios da lugar a una nave de 12 metros de alzado que no concuerda con las menores dimensiones del resto del edificio por lo que se construye una pequeña escalera en el acceso de los dormitorios altos para salvar el desnivel entre la cota del claustro alto y los nuevos espacios. Además, la obra se remata con la colocación del forjado de madera de la primera planta y la cubierta de la superior mediante una armadura mudéjar con una decoración geométrica a base de casetones tallados. El programa de embellecimiento renacentista queda reflejado en el claustro por dos actuaciones muy concretas; la colocación del zócalo de azulejería que se puede ver en la actualidad y la elevación de las cotas del forjado del primer piso en un intento de solucionar en parte la irregularidad de cotas con los dormitorios altos. El zócalo de azulejos se coloca envolviendo las cuatro pandas del claustro y picando la altura necesaria en la base de los muros, tanto los de tapial con zócalo de ladrillos como los atizonados anteriores, para dejarlos a plomo con el resto de la superficie. Dicho zócalo presenta una altura de 1.70 metros desde el pavimento y las piezas cerámicas de arista se datan a finales del primer tercio del siglo XVI. La elevación de cota del alzado primitivo se hace patente por la eliminación de la cubierta anterior y el cegamiento de las cajas de las vigas con ladrillos. Su altura aumentó 1 metro y se colocó un nuevo forjado de ladrillos por tabla con azulejería de arista hacia abajo y solería de ladrillo a la palma en el piso de la galería superior del claustro. Por su parte, la zona ocupada por la enfermería (nave oriental del claustro) sufre un acortamiento por su extremo Norte al construirse en este punto la nueva escalera principal del convento que anteriormente se encontraba situada en el ala Norte del mismo (estancia 6). Dicho acortamiento se lleva a cabo levantando un nuevo muro entre los límites occidental y oriental de la nave para cuadrar el final de la misma y crear el espacio para la caja de escaleras que cuenta con unas dimensiones de 10.50 metros de longitud y 6 de luz. Además se obliga al cambio de los vanos de acceso, tanto del dormitorio como de los de comunicación con la galería del claustro. De esta obra resulta una nueva escalera adosada a los alzados Este, Sur y Oeste con dos rellanos, a 2.50 el inferior y a 5.20 el superior, que además se adapta en su parte alta a la pequeña escalera construida para salvar el desnivel entre la galería del claustro y los dormitorios altos (fig. 24). Precisamente esta adaptación es la que da lugar al pequeño balcón que asegura el tránsito superior y configura una caja de escaleras con un formato irregular al adaptarse la nueva a la preexistente y no al contrario que hubiera sido lo más lógico a la hora de crear espacios armónicos. El aumento de la comunidad de religiosas a principios del XVI da lugar a nuevas necesidades de espacio en aquellos lugares de uso común como el refectorio en el que las reformas se ven obligadas a convivir con el mantenimiento de la vida cotidiana de la congregación. Identificamos así un proceso consistente en la colocación de una cubierta provisional, que dividía en dos la anterior altura, y que coincide con el nivel de la primera altura del claustro. De este elemento nos quedan las huellas de sus vigas que rompen el muro de tapial y obligan al cegamiento de los vanos originales que quedan por encima de su cota. Mientras que se usa la nueva doble altura del comedor se procede a la verdadera ampliación de la longitud de la planta rompiendo el muro límite meridional de la estancia original, al que se le adosa una nueva fábrica de tapial que aumenta 7.25 metros dicha longitud (fig. 21). Esta actuación queda claramente marcada por el corte del muro en alzado así como por la pervivencia de la cimentación en subsuelo. El tipo de fábrica usado para la ampliación varía con el anterior siendo ahora un tapial mixto de módulo bajo (0.85 metros) con cadenas poco pronunciadas de ladrillos aparejados a soga y tizón. Los cajones quedan separados por tres hiladas de ladrillos a soga y tizón con numerosos mechinales en la central. Esta disposición es poco habitual aunque la manera de colocar el tapial sigue la tipología empleada en otros conventos sevillanos del siglo XVI con los cajones apoyados en un zócalo de ladrillos que en nuestro caso alcanza los 2 metros de altura. Debemos destacar aquí que, a diferencia de lo que hemos visto en los otros zócalos de ladrillo del edificio, la cara de éste se halla ligeramente retranqueada en relación a la superficie del muro para poder aparejar así los paños de azulejos y enrasarlos con la superficie del resto del paramento. Este pequeño detalle demuestra que las obras en este punto ya contaban con la colocación de la azulejería como parte del programa de decoración del edificio. Una vez concluida la ampliación longitudinal de la nave se procede a la retirada de la cubierta provisional y a la construcción del actual artesonado que cubriría la superficie total del nuevo refectorio y que se colocaría 1 metro por encima de la provisional para unificar las cotas con las del resto del edificio que están cambiando también en este momento. La iluminación del espacio resultante se soluciona con la apertura de grandes ventanales rectangulares que siguen el gusto renacentista. En la planta alta se mantienen en el lado oriental, abocinados y con una altura de 2.50 por 1.50 metros de anchura, mientras que en el lado occidental quedaron cegados por posteriores reformas. En planta baja sólo aparecen en el frente oriental y uno en el meridional, este último menor que el que vemos en la actualidad. La culminación de las reformas en el refectorio quedó marcada por la colocación de la azulejería de arista en zócalos, banco y vanos inferiores. La iglesia también sufre modificaciones en este periodo de transformación del edificio. En concreto hemos podido constatar una ampliación en planta hacia el Norte, el aumento de la altura de sus paramentos y la apertura de nuevos vanos. El avance hacia el Norte de la iglesia se lleva a cabo mediante la construcción de una nueva cabecera labrada con ladrillos aparejados a soga y tizón con mortero de cal y unidos a la anterior fábrica de tapial en el punto en el que arrancan los nuevos contrafuertes que nos impiden ver la interfaz. Sin embargo, este cambio de construcción, y por tanto de cimentación, queda marcado en las cubiertas donde la línea de cumbrera muestra una ligera inclinación hacia el Norte en el punto de contacto de ambas fábricas. Por su parte, la ampliación en altura se consigue añadiendo un nuevo aparejo de tapial mixto sobre la primitiva fábrica de tapial simple. Para nivelar la nueva actuación se rompe la última hilada del antiguo aparejo y se le adosa una faja de ladrillos sobre la que van los nuevos cajones que presentan un módulo bajo y están unidos con hiladas de ladrillo a soga y tizón. Todo el alzado queda reforzado por un contrafuerte que abarca casi la totalidad de la altura, construido en ladrillo a soga y tizón, y rematado por un chapitel troncopiramidal. La nueva fábrica queda rematada por un friso en resalte y cubierta a dos aguas y en posteriores reformas se le adosaría otro contrafuerte para contrarrestar los empujes de la fábrica. Los nuevos vanos amplían claramente las antiguas ventanas mudéjares aumentando la luminosidad del interior de templo. Aparecen enmarcados por cadenas de ladrillo y van cubiertos por un arco, del que sólo nos quedan los arranques de los extremos de la rosca, destruido posteriormente para colocar los dinteles que se observan en la actualidad. Con la finalización de estos procesos se culmina la transformación y unificación de espacios que dio lugar al magnífico edificio de carácter renacentista que podemos admirar en la actualidad. En esta etapa se llevan a cabo una serie de reformas que no desvirtúan la estructura arquitectónica del edificio sino que simplemente responden a las necesidades prácticas que van surgiendo en estos últimos siglos. A partir del s. XVII se inició la dispersión de la vida en comunidad creándose la compartimentación de los espacios en numerosas celdas y habitaciones, lo que aparece reflejado en las numerosas aperturas de vanos, hornacinas y huellas de tabiques que se distribuyen por la práctica totalidad del edificio y que dan lugar al entramado laberíntico que vemos hoy día. En el claustro se abren casi todos los vanos actuales distinguiéndose reformas en la mayoría de los localizados en el ala septentrional mientras que se anula el arco de la portada de acceso a la celda prioral de la panda occidental y se abre el vano de la capilla del Belén al Este. Por su parte, en la panda meridional se produce la que quizás sea la mayor intervención de la zona durante este periodo con la colocación de una nueva escalera de acceso a la planta superior que obliga a retocar el antiguo vano principal del edificio de D. Fadrique cuyo arco es rebajado para no topar con el nuevo forjado que marca el desembarco de dicha escalera. La misma capilla del Belén (estancia 81), cuyo acceso se abre al claustro, da lugar a una reducción de la nave de la Enfermería por su extremo Norte mediante el adosamiento de una citara de ladrillos a los primitivos muros de tapial para delimitar el nuevo espacio. También en la enfermería (estancia 77) se produce la apertura de vanos al patio interior (estancia 78) que mejoran la iluminación y ventilación de esta área sanitaria. De la escalera principal debemos destacar, además de los vanos de retablos, la actual cubierta formada por una armadura de tres paños apeinazada muy simple y carente de decoración que se colocó tras el terremoto de 1755. Por último destacar el refectorio cuya planta superior quedó completamente dividida por tabiquería en pequeñas estancias, usadas posiblemente como celdas para las religiosas, mientras que los vanos del testero occidental se cegaron para poder construir al otro lado la batería de armarios y alacenas que distinguimos actualmente. En la planta baja también se retocaron los anteriores vanos mientras que el extremo Norte de la cubierta de la estancia se reformó empleando remaches de hierro y reforzando el antiguo muro de tapial con ladrillos. Sin embargo la actuación más notoria fue la extracción del zócalo de azulejos del anterefectorio (estancia 8), de igual factura a los del refectorio, que podemos hoy disfrutar en la capilla de Santa María de Jesús ubicada en la Puerta de Jerez. Presentamos en síntesis unos resultados que ponen en evidencia diferentes aspectos materiales, urbanísticos y patri-moniales cuya caracterización y estudio han permitido avanzar en el análisis de un edificio antiguo, irregular y extremadamente complejo sobre el que se ha podido aportar algo de luz gracias a la aplicación del método estratigráfico y de las consecuentes lecturas cronotipológicas. Nuestra aportación principal ha sido por tanto la identificación de las claves que justifican la transformación de un inmueble levantado en el contexto de la conquista castellana de una ciudad islámica, su posterior cambio de uso y finalmente su paulatina configuración como uno de los conjuntos monacales españoles más extensos y complejos. En ese sentido la destrucción del inmueble islámico previo y la construcción de uno nuevo sobre sus ruinas, pero manteniendo los mismos parámetros de orientación, evidencia cuando menos una adecuación a parámetros urbanos preexistentes, claro que en un grado que desconocemos si de lo que se habla es de un ajuste dentro de una propiedad previa o de varias. El edificio cristiano se levanta sin que se constate reaprovechamiento alguno de las estructuras previas respondiendo a un proyecto definido y ambicioso en el que estancias, patios, estanques y jardines se labran progresivamente. Decoración, yeserías, pinturas murales y concepto del espacio son mudéjares o directamente islámicos, lo que contrasta con la fábrica y modos constructivos, desde los cimientos a los sistemas de cubierta, ausentes en la tradición almohade o simplemente góticos. El primer acondicionamiento como convento es inmediato destacando a lo largo del tiempo una absorción de la práctica totalidad de la construcción palatina así como la formalización progresiva del modelo monacal y su adecuación, atomización y reacondicionamiento del espacio según las necesidades de una comunidad en expansión cuyo máximo esplendor «y actividad constructiva» se materializará durante el siglo XVI. Respecto a la materialidad nuestro estudio ha puesto en evidencia la convivencia de técnicas constructivas y aparejos muy diferentes que representan lo mejor de la tradición hispalense durante los siglos en que la ciudad destacó por su actividad. El ladrillo y el tapial en sus diversas versiones y módulos reflejan al menos tres conceptos arquitectónicos diferentes; el cristiano palatino original es obra de calidad con módulos muy específicos y amplios cuya producción, sin duda como encargo específico, debió suponer un esfuerzo en el contexto de la Sevilla recién conquistada. Sin embargo las primeras adaptaciones monacales se sirven de módulos extremadamente populares y comunes; tapias sencillas y poco resistentes muy similares a los del resto de la ciudad dan cuerpo a unas habitaciones en las que las clarisas, con independencia de su señalado origen y extracción social, y como vino siendo habitual en las congregaciones femeninas, habilitaron nuevas funciones que en parte eran bastante compatibles con las grandes estancias previas. Finalmente, durante la Edad Moderna, como en el resto de la urbe, el convento ahora rico y sobredimensionado en población, espacios y usos, se servirá de técnicas y materiales populares pero dentro de la gama de soluciones más alta; tapias encadenadas muy espesas y resistentes a compresión, arcadas y descargas latericias sólidas y capaces de sostener pesadas cubiertas con luces mayores de lo normal, revestimientos cerámicos de calidad superior, zócalos pictóricos extensos y ricas armaduras, amén de arcadas marmóreas y jardines notables, lo reconvierten en un convento influyente y señalado en el contexto de la época. Por otro lado las excavaciones practicadas nos permiten esbozar un discurso de carácter urbano que parte de la identificación del inicio del urbanismo en una zona, muy recientemente ganada al río, cuyo cambio de cauce propició la colonización del espacio y rápido amurallamiento apenas en el siglo XII. Los restos islámicos muestran aquí, como en el resto del sector, una funcionalidad a la par doméstica y agraria; también aquí los restos se distribuyen por una amplia zona lo que podría ser interpretado como una de las «parcelaciones» en las que se dividiría teóricamente una trama recién colonizada que fraguaría al final del período almohade en una red urbana ortogonal y bien organizada. La reorganización del espacio tras la conquista, fuera con carácter palatino o simplemente señalado, parece cuadrar con las nociones que el Repartimiento de la ciudad parece apuntar en relación a la adjudicación al infante Don Fadrique. Lo que sí queda claro es la extensión del convento durante la Edad Media a lo ancho de toda una manzana que en lo básico ha permanecido inalterada hasta el siglo XX. Por último, y con independencia de que nuestra indagación haya aportado algo de luz en el conocimiento de la ciudad medieval y ayudado a comprender mejor uno de los monumentos más importantes de Sevilla, debemos destacar la localización y recuperación de elementos constructivos de interés gracias al conjunto de trabajos arqueológicos efectuados, en especial al estudio de paramentos previa extracción selectiva de revestimientos recientes. Fueron argumentos de interés patrimonial incorporados al edificio en el transcurso de la restauración posterior. Los principales: el edificio mudéjar en sí, con sus muros de ladrillo y sus vanos (ventanas, puertas con alfiz, portadas ojivales, ventanas tetralobuladas), sus revestimientos y ornatos (yeserías mudéjares y bandas con decoración pictórica gótica); las fábricas murarias del convento en sus distintas fases, sobre todo los magníficos lienzos en tapial de fraga y los grandes arcos de refuerzo conventuales, así como las huellas de tránsitos primitivos y de la espacialidad original, además de revestimientos de alta calidad (zócalos pictóricos mudéjares del convento alto, decoración mural de la sala de profundis, etc.). Con independencia del interés del edificio y de la repercusión de elementos y hallazgos arqueológicos durante la posterior restauración, cabe destacar, por la novedad del aporte, la localización en relativo buen estado de conservación del edificio del infante Don Fadrique. En teoría su edificación constituyó un primer experimento edilicio en el que se conjugaban lenguajes arquitectónicos diferentes durante el periodo del primer contacto tras la conquista de la gran metrópoli almohade. Es inevitable ponderar el valor de este primer mudéjar, tanto como receptor de otras tradiciones constructivas (almohade, mudéjar toledano, gótico castellano o incluso italiano o francés si incorporamos la torre contigua al convento) como al erigirse en probable prototipo del que beberán las futuras casas y palacios durante los dos siglos siguientes. Su principal interés reside precisamente ahí; muestra la capacidad para reunir en un crisol original un compendio de soluciones singular que permite explicar algunos de los eslabones más oscuros de la arquitectura del siglo XIII. Conviven en este edificio yeserías cercanas al mudéjar toledano previo junto a una de las más antiguas albercas longitudinales rodeada, a su vez, por paramentos extremadamente resistentes de aparejos foráneos. En definitiva, se perfila un horizonte en el que debemos comenzar a leer páginas del mudéjar sevillano hasta ahora confusas.
Estudio histórico-estratigráfico de los muros de la nave central de la catedral de Teruel y su encuentro con la techumbre La Catedral de Santa María de Mediavilla se ubica en el centro de la población; se trata de un edificio complejo fruto de innumerables intervenciones de remodelación, ampliación y trasformación. De planta rectangular, se compone de tres naves siendo la central la más elevada, cubierta por una magnífica techumbre mudéjar. Vista general interior de la techumbre desde el presbiterio les se cubren con sendos alfarjes de mediados del siglo XX. El ábside, heptagonal, está circundado por una girola desde la que se accede a sacristías, archivos y salones parroquiales. Alrededor de todo este conjunto se distribuyen un total de nueve capillas. Cada muro longitudinal (norte y sur) de la nave central consta de nueve ventanas de arco de medio punto. El muro hastial (oeste) de 5.91 m de longitud, no cubre por completo la anchura de la nave debido a su intersección con la torre-campanario y presenta un óculo alineado con el eje de la nave principal. Según Yarza, en Borrás (1999), el campanario data de 1257 y se considera el último elemento construido de la primitiva iglesia románica. En 1537 se construyó el actual cimborrio mudéjar y en torno a 1700 las bóvedas que ocultarían la techumbre hasta que una bomba caída durante la Guerra Civil la dejase al descubierto; aunque oculta, siempre se supo de su existencia. El presente artículo resume el estudio vinculado a la lectura directa de la parte superior de los muros de la nave central por su cara externa (figs. 1 y 2) y su encuentro con la techumbre; el estudio se estructuró alrededor de un análisis estratigráfico-constructivo y una posterior inter-pretación de los datos, contrastándolos con las fuentes históricas. La primera referencia arquitectónica escrita de la entonces Iglesia de Santa María de Mediavilla data de 1232; se encuentra recogida en una serie de pergaminos del Archivo de la Catedral de Teruel y trata de obras de pequeña entidad 3. En 1870 Blasco y Val4 describió el edificio, destacando que ‹‹la nave central y el trasaltar han sido renovados de arquitectura moderna siendo muy regular el techo de de las naves laterales››. En 1904, Pano y Ruata planteó la hipótesis de que la primitiva iglesia consistía en una única nave con ábside, sin certeza de si la torre situada a los pies del templo fue anterior o contemporánea. Mediante comparación con la techumbre del monasterio de Sijena, dató la de Teruel a comienzos del siglo XV. Tres años más tarde, el Marqués de Monsalud (1907) presentó un informe en el que recogía un manuscrito de 1335 donde aparecían todas las cuentas realizadas en el transcurso de las obras llevadas a cabo en esos años. Siguiendo la misma línea que Pano y Ruata, en 1909 Cabré reforzó la teoría de la primitiva iglesia de única nave de igual anchura y longitud que la actual. En cambio dató la techumbre sobre la segunda mitad del siglo XIII así como la torre mudéjar, basándose en el manuscrito mencionado anteriormente. Cabré es el primero que destacó las magnificas policromías en los aleros de la nave central citando ‹‹es de tanto admirar como el soberbio artesonado››. También estableció que las naves laterales se realizaron en torno al año 1577 cuando el templo, por entonces colegiata, fue elevado al rango catedralicio. Él defendió que las nuevas naves se cubrirían con bóvedas de crucería, lo que provocaría empujes horizontales en las pilastras de la nave central, generando considerables perjuicios en la estructura, los cuales serían solucionados más de 100 años después, en 1685, contrarrestando los empujes con la construcción de bóvedas en la nave central. Una vez pasada la Guerra Civil Española, durante la que la catedral fue gravemente dañada, se llevaron a cabo una serie de reconstrucciones y obras de recuperación. Es entonces cuando se desvelaron muchos datos que hasta la fecha quedaban ocultos. La teoría de la primitiva iglesia con única nave fue desestimada por Navarro (1953), que estableció que la iglesia contaba con tres naves con sus respectivos ábsides y techumbre de madera. A su juicio, la sobreelevación de los muros sería realizada en el siglo XIV sustituyendo la techumbre existente por la actual. El orden de ejecución de esta nueva reconstrucción, según Torres Balbás (1953), fue progresiva torre-cuerpo-cabecera y además se engrosarían los pilares de la nave central. Gracias a las visitas durante las obras llevadas a cabo en el siglo XX, Novella pudo registrar vestigios de ventanas, aleros y otros elementos de fases anteriores embebidos ahora por las ampliaciones del templo. Así pues, él dató la primera iglesia en torno al año 1200 y la sobreelevación de los muros en la segunda mitad del siglo XIII, terminando esta etapa en 1335 con el enlucido y decoración del crucero. Ya, a finales de siglo XX, se realizaron varios estudios científicos como el análisis dendrocronológico realizado en 1991, por el cual se determinó el corte de las maderas que forman la techumbre en 12615. De época más reciente es el completo informe arqueológico de Ibáñez (2002) del Plan Director de la Catedral de Teruel, donde se recogieron las últimas intervenciones y hallazgos. Destaca el descubrimiento de cimientos, al parecer de origen románico, en el lugar que ocuparían los ábsides de las naves laterales, reforzando así la teoría establecida por Novella (1999) y Navarro (1953). No se encontraron indicios de ningún asentamiento previo por lo que estableció la creación de la primera iglesia en el año 1177, año de fundación de la villa, posteriormente sobreelevada a mediados del siglo XIII; fijó la realización de la techumbre en una fecha anterior a 1335. Ibáñez enfatizó la importancia arqueológica que tiene el muro oeste a los pies de la nave central considerándolo ‹‹ la estructura que se conserva visible más antigua de todo el conjunto y de la ciudad de Teruel››. En primer lugar se procedió a la lectura directa de los muros, consistente en identificar, según los criterios de la estratigrafía muraria6, los diferentes estratos, definiendo sus contornos, anotando las relaciones de temporalidad entre ellos y registrando sus características (materiales utilizados, técnica constructiva, color, texturas, composición, acabado superficial,...). En la lectura llevada a cabo se encontraron variedad de fábricas de distinta naturaleza (tapias de yeso, fábrica de ladrillo mudéjar...), varios revestimientos (liso, esgrafiado...), roturas del muro, etc. (figs. 4 y 6). Una vez analizada la información de los estratos, se realizó una clasificación de éstos mediante fichas estratigráficas donde se recogían parámetros y características como nombre, tipo de fábrica, ubicación, relaciones estratigráficas, interpretación e hipótesis de periodo y fase a la que pertenecían. Todo ello con el fin de generar una base de datos capaz de sintetizar toda la información. La última etapa del estudio estratigráfico fue la realización de un diagrama cronológico (método de Harris, 1991) en el que se recogieran gráficamente las relaciones de anterioridad, posterioridad y contemporaneidad de los diferentes estratos. La característica que se ha añadido al diagrama ha sido la introducción de colores y formas con la finalidad de aportar mayor información del estrato y permitir al lector comprender el esquema de un modo más visual (fig. 5). Según el diagrama de Harris se distinguen cuatro periodos de ejecución en los tres muros estudiados, los cuales coinciden con los datos históricos encontrados. Dada la peculiaridad del principal componente, yeso obtenido de las proximidades de Teruel, y tras averiguar que los muros estaban realizados con la técnica del tapial, se realizó un estudio y análisis de esta técnica constructiva, consultando bibliografía técnica tradicional y estudios recientes7. Las conclusiones fueron sorprendentes, ya que los muros están realizados con una argamasa de yeso con piedras de pequeño tamaño y con mampuestos de piedra en el interior del muro. La masa se introducía en el cajón o tapial como si se tratara de un hormigón actual, pero una vez vertido el compuesto no se apisonaba de la misma manera que las tapias de tierra, aportando un característico aspecto exterior. Los muros longitudinales de la nave central combinan la fábrica de tapia con machones de fábrica de ladrillo macizo que conforman las jambas de sus ventanas, colocados a soga y tizón alternando hiladas, y a rosca en el arco de medio punto. Se comprobó, que el aparejo del intradós se ejecutó mediante fábrica de ladrillo macizo colocado a soga, con idénticas dimensiones que los encontrados en el exterior y con la habitual junta matada superiormente utilizada en la arquitectura mudéjar. Tras un minucioso análisis del muro se descubrió, gracias a la disposición de los ladrillos que conforman los machones de las ventanas, cuál había sido el sistema de ejecución con el que se erguían estos peculiares muros. En primer lugar, se levantaba la fábrica de ladrillo hasta una determinada altura (entre 70 y 90 cm), conformando las jambas de las ventanas. Entre la jamba de una ventana y la jamba de la contigua se encofraba y se vertía el «hormigón de yeso» hasta la altura de la fábrica de ladrillo. El proceso se repetía de igual manera por hiladas horizontales en ambos muros longitudinales. Debido a que el interior del templo se encuentra enlucido en la actualidad, no se pudo investigar cómo se combina la fábrica de ladrillo del intradós, aunque todo apunta a que se levantaba a la vez que el muro, sirviendo de encofrado perdido y trabándose con los machones de las ventanas (ver fig. 28). A diferencia de los muros longitudinales, el muro hastial se compone única y exclusivamente de tapia de yeso por su cara externa (a excepción del zócalo de piedra), distinguiendo claramente la altura de las tapias que varían entre los 90 y los 98 cm. Se hallaron restos de un gran óculo circular, de 3,13 m de diámetro, realizado en la fábrica de tapia. La característica más sorprendente de este óculo es que está conformado únicamente con la propia fábrica de tapial. Para ejecutar este elemento, se previeron unos agujeros pasantes en el muro para sustentar una plataforma de trabajo; a partir de aquí se contemplan dos posibilidades: el óculo se podría haber realizado a la vez que se levantaba el muro, lo cual requeriría de un encofrado de dimensiones considerables; o bien, el óculo se realizó con una técnica que consistía en ejecutar el muro continuo y, posteriormente, desde la plataforma, picarlo hasta conformar el óculo. En este muro también se encontraron otros elementos como agujas originales y huellas relevantes para el análisis de su ejecución, así como para su datación. La impronta más interesante tiene forma alargada rectangular colocada en posición vertical con una altura de 94 cm, coincidente con una tapiada, y se sitúa a escasos centímetros del cuerpo del campanario. Esta huella corresponde a un elemento auxiliar del encofrado, el barzón, que se utilizaba en la técnica de tapial cuando el muro interseccionaba con otro elemento; este hallazgo puede implicar la existencia de una construcción en la posición del actual campanario en el momento de ejecución del muro. La armadura que descansa en estos muros, responde al modelo de par y nudillo sin hilera, con tirantes pareados sobre ménsulas que dividen la nave longitudinalmente en nueve tramos. Las mismas piezas, totalmente ornamentadas en su intradós, cumplen la función estructural. Está formada por 80 armazones verticales, compuestos por pares de 10 a 12 cm de anchura, cuyos ejes distan 39 cm. Cubren una longitud aproximada de 31 m. Los nudillos forman el plano del almizate, el harneruelo. Los pares o alfardas forman los faldones inclinados. La luz es de 7,70 m en el centro de la nave. Los muros sobre los que se apoya son de tapia de yeso y tienen una media de 80 cm de espesor. Desde el almizate hasta la cara inferior del encuentro entre pares de cada armazón, hay una altura de 1,20 m. Los canecillos del alero, 84 en el lado sur (Epístola), 86 en el lado sur (Evangelio) y 16 en el hastial, vuelan 70 cm y se empotran aproximadamente la misma longitud en el muro. La obra acometida en los aleros durante los años 2008-2009 comprendía la retirada de la teja en toda la cubierta, el levantado del tablero bajo teja, sólo en la zona del encuentro de la armadura con el muro (2 m aproximadamente), y la restauración o reposición de los elementos líg- lo cual implica que para evitar el vuelco de aquéllos, cabían dos opciones, el uso de fijaciones a modo de clavos, o un macizado que inmovilizase los canecillos. La cuestión estriba en el porqué de esa holgura de 12 cm. La solución tradicional de un alero de una cubierta mudéjar se resuelve con la siguiente disposición en orden ascendente: sobre el muro se dispone la solera, a continuación el can interior o asnado, tirante con tocaduras intermedias, canecillos del alero, y por último, sobre el tirante (y sobre los canecillos), a media madera, apoya el estribo al que acometen los pares conectados al mismo a través de una apatenadura (fig. 9). Se tomaron los niveles del estribo desde el par 41 al 78 en el lado sur, ante la sospecha de que la falta de horizontalidad de éste fuera la explicación de la variación de posición de los elementos. Efectivamente, se midió cada 5 pares a la cara superior del estribo, comprobando que éste se dispuso en su ubicación con una pendiente del 1,3 % (fig. 10), lo que evidencia que el montaje no se realizó correctamente. El espacio entre el arrocabe y el estribo va variando. Esto es debido a que ni la solera ni la disposición de asnados y tirantes están horizontales. Para conseguir que los pares formen un plano (el de cubierta), el carpintero se ve obligado a esconder el error dentro del muro; de esta manera varía la disposición del eje del estribo con el juego de 30 cm que le permite el espesor de los elementos (fig. 11). En el encuentro de par y estribo se halla una pareja de clavos que aseguran la entrega por medio de apatenadura y barbilla del par al estribo (fig. 12). Además, la longitud de la apatenadura es el doble de la anchura del par, lo que permite ajustar en obra el replanteo del taller. El proceso de montaje pudo ser desde los pies a la cabecera, ya que se encontraron dos marcas de acuerdo en dos armazones consecutivos; la más próxima al campanario está compuesta por cinco incisiones longitudinales, y la siguiente hacia el presbiterio de seis (fig. 13). Esta teoría no se ha podido comprobar con más armazones dado que la cata que se practicó sólo abarcaba estos dos, si bien, en la siguiente intervención, sería muy importante comprobar ese dato. No se encontró ningún contracán8 en su posición original y sería necesario un ensayo dendrocronológico para saber si alguna de todas esas piezas multiformes pudo ser original (fig. 14). El hecho de que existiesen en los aleros tablas continuas en lugar de tablas menadas, tablas y saetinos, indica que todos los contracanes han sido retirados en algún momento, sustituyendo piezas, o recolocándolas. La mayor parte de ellos son reutilizados de una armadura anterior, tal y como demuestran los engargolados y las tallas de media madera practicados en ellos. Una vez tomadas las cotas y estudiados todos los componentes del alero, es posible aventurar una hipótesis de montaje. Es importante tener en cuenta varios factores. En primer lugar, existen indicios que demuestran que la techumbre se montó después de haberla ensamblado previamente en taller por las marcas de acuerdo que aparecen y porque hay pintura por encima de éstas. También se sabe que se pintó en taller, por la disposición de las gotas de pintura y porque al desmontar alguna pieza se observaron trazos de color en zonas inaccesibles una vez montada. Se debe tener en cuenta la climatología de la ciudad y la labor delicada que supone montar esa techumbre. Es de suponer que el montaje se hizo en primavera, verano y parte del otoño y dado que la mayor parte del trabajo se hace en taller, es posible que durante ese periodo diera tiempo a montarla. Considerando los 12 cm de separación vertical entre canecillo y estribo, se establecen dos posibilidades: esa holgura pudo permitir en su día montar el alero una vez concluido el montaje de la cubierta. El hecho de que los canecillos y los pares no tengan sus ejes alineados concuerda con esta posibilidad. O bien, pudo montarse el alero antes, para de esta manera, una vez puesta la techumbre, poder cubrirse acto seguido sin dilación. En este caso, el alero serviría como una cómoda plataforma desde la cual acometer el montaje de la cubierta. Queda claro que la disposición de canecillos y pares no está relacionada y por lo tanto sus montajes pueden ser independientes. La luz entre canecillos es de 29 cm de media, es decir, un tercio de vara9. Parece que en las dos hipótesis es necesario falcar los canecillos provisionalmente hasta que se inmovilicen con el tapial. Dado que se encontró más de un canecillo con clavos hacia la solera, se supone éste el falcado provisional que evitase el vuelco hasta el vertido del tapial que macizase el conjunto. Estudiando con detenimiento la fábrica de tapia situada sobre el alero, se extraen varios datos. En primer lugar, se observaron los apoyos de los contracanes sobre la coronación inclinada de esta fábrica, siguiendo la pendiente de cubierta. Una vez colocados los pares y los canecillos, se macizó hasta conformar la anteriormente citada coronación inclinada. Esto se deduce de los restos de tapial encontrados en la apatenadura del estribo. Para ejecutar el macizado se hubo de encofrar por el lado exterior (queda patente en el acabado extremadamente liso, figura 14), mientras que en el otro, el alicer hizo de encofrado perdido. En varios puntos, éste está separado del macizado de tapial dimensiones considerables (hasta 13 cm) origina-dos por algún movimiento estructural posterior. En consecuencia, queda descartado que ese relleno sea de la intervención de 1950 de Regiones Devastadas, ya que de ser así, los desplazamientos que delatan las separaciones, habrían generado alarma documentada. Lo que queda sin explicación es por qué el tramo sur desde el canecillo 42 hasta el 62 queda sin rellenar. Es posible que no estuviese previsto macizar pero que una vez concluidos los trabajos, ciertas piezas se moviesen y decidieran asegurar la estabilidad del conjunto empotrando alguno de los apoyos. Dado el programa pictórico es de suponer que no se arriesgasen a que éste se arruinase por una tormenta o una nevada, así que es muy probable que cualquiera que fuera el orden constructivo, éste comprendiese la protección una vez montado cada tramo. Este proceso de ejecución de cubierta por tramos explicaría el porqué de los desniveles y de las grandes diferencias de ejecución de unos tramos a otros. Sería interesante contrastar las características de tramos enfrentados, ya que si son similares esta teoría quedaría ampliamente reforzada. El ciclo iconográfico, valiosísimo, abarca una visión de la vida en el Medievo, una riquísima decoración figurativa, animal, geométrica y vegetal que cubre todos los elementos constructivos visibles desde el interior o exterior. Un 37 % de toda la superficie decorada corresponde a pintura original sin repintes, un 23 % a repintes bajo los cuales se conserva la pintura original, un 24 % a repintes sobre la madera desnuda y un 15 % a faltas o lagunas decorativas. Estas proporciones se calculan tomando el 100 % de la superficie decorada, incluyendo los aleros 10. A lo largo de la historia, se ha tratado de buscar respuestas acerca de la autoría, datación e interpretación de tan vasta obra, y como consecuencia de la falta de fuentes documentales escritas, se ha utilizado la lectura de la propia obra para obtener esos datos. Se estudia el bestiario en relación con la literatura de la época, la indumentaria, el estilo, surgiendo así razonamientos cronotipológicos más o menos acertados. Hace siglos que las pinturas de los aleros se encontraban ocultas bajo una gruesa capa de suciedad, por lo que todos estos estudios se han basado en la observación y análisis de las pinturas del interior, no del exterior. La restauración llevada a cabo en los años 2008-2009 11 rescató los restos de policromías de los aleros, permitiendo la lectura completa de la techumbre interior-exterior. Además, si bien las pinturas del interior del templo han sido intervenidas en tres ocasiones, que se tenga constancia 12, durante la restauración del 2008-2009 se ha comprobado la ausencia de repintes o de indicios de intervención sobre las policromías de los aleros, lo que confiere un grado autenticidad único en el conjunto (fig. 15). La restauración de los restos de policromías encontrados en los aleros ha consistido en rescatar las pinturas, limpiarlas, y protegerlas. En ningún caso se han añadido trazos, es decir, todos los restos son originales. Para abarcar el estudio de las policromías, se realizó una comparación formal y estilística de los elementos en el exterior siguiendo el método morelliano 13, para lo cual se estudiaron detalles secundarios de la representación tales como las pezuñas de las bestias o la terminación de las orejas o las colas (fig. 16). Para poder llevar a cabo este estudio ha sido necesaria una sistematización en la toma de datos consistente en varias fotografías de cada elemento, selección de tomas, rectificación fotogramétrica de cada tabica, canecillo y tabla y montaje de todas las imágenes en su posición correspondiente con el fin de plasmar los aleros en el papel sin fugas ni deformaciones (fig. 17). Posteriormente estos archivos informáticos permiten agilizar el trabajo de comparación haciendo tantos montajes como sean necesarios (fig. 18). Al comparar todas las tablas que representan motivos vegetales se observa una imagen que se repite varias veces, sin embargo no se aprecia ningún tipo de ritmo en su disposición, por lo que no podría catalogarse de decoración seriada, pero sí de repetitiva. Existen varias tabicas que representan un mismo elemento (por ejemplo felinos, palomas o pelícanos), con las diferencias inherentes al pintado manual. Es importante destacar la increíble similitud entre ciertos dibujos que hacen pensar en la utilización de modelos o patrones. Sin embargo, en cuanto a la autoría, pueden distinguirse varias manos; existen representaciones cuyos trazos son más gruesos, de pulso más basto, y otras, cuyos trazos son más finos, de calidad pictórica más alta. 10 Cifras calculadas a partir de datos extraídos del informe de restauración de 1999 de la empresa Coresal, incluidos en Borrás, 1999: p. 13 Entre 1874 y 1876 la revista Zeitschrift für bildende Kunst publica una serie de artículos (firmados por el ruso Iván Lermolieff y traducidas al alemán por Johannes Schwarze) en los que presenta el Método morelliano, que consiste en distinguir las pinturas originales de las copias. Para ello, según sostenía Giovanni Morelli (Verona, 1816-Milán, 1891), no hay que basarse como se hace habitualmente, en las características más evidentes, y por eso mismo más fácilmente imitables, de los cuadros: los ojos alzados al cielo de los personajes de Perugino o la sonrisa de los de Leonardo. Por el contrario, se debe examinar los detalles menos trascendentes: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de manos y pies. Fase 1 Cronológicamente la fase 1 se enmarcaría entre el año 1177, fecha de la fundación de la ciudad14, y el año 1257, fecha de construcción de la torre campanario. Además de los archivos que atestiguan la datación de la torre, se ha comprobado, gracias al estudio estratigráfico, que el cuerpo del campanario rompe al muro oeste en su parte inferior, lo que evidencia su posterioridad. En la fase 1, la fábrica de la primitiva iglesia era de una altura menor que la actual (fig. 19), a tenor de las evidencias que siguen. Se comprobó que la estructura de madera embebida a 10,30 metros de altura en el muro hastial no es sino los restos de un antiguo alero; ello se sabe porque se identifican canecillos amputados y las incisiones que presentan corresponden al engargolado de las tabicas; en la posición previsible se aprecia claramente la solera y las improntas de los contracanes en el muro sobre el alero, y se comprueba cómo las medidas de los elementos coinciden plenamente con las del alero de la techumbre actual, 6,40 metros por encima. En fotografías tomadas en 1937, tras los bombardeos (fig. 20), se observa que existían huellas de la primitiva iglesia en el muro norte, en el espacio situado bajo el actual tejado de la nave lateral; se pueden apreciar restos de una posible ventana y mechinales, practicados en el muro, correspondientes al anterior tejado de la nave lateral. En la inspección del espacio comprendido entre la cubierta y el alfarje de las naves laterales se observó que en la fachada norte, la fábrica presentaba un escalón horizontal, el cual podría confirmar la teoría de que los muros eran de esa altura y posteriormente se sobreelevaron. El escalón no es constante, sino que desaparece próximo al cuerpo del cimborrio. Sin embargo, en el muro sur no se ha detectado escalón alguno. Asimismo, se documentó que la fábrica de la fase 1 por el exterior es de la misma composición y técnica de ejecución que el tapial inmediatamente superior. Se podría establecer que la primitiva iglesia constaba de una única nave cuya altura sería la definida por el alero del muro oeste (11 m) y una anchura igual a la actual (8 m). La inexistencia de improntas de contrafuertes o arranques de arcos confirma que la nave se cubriría con Fig. 20. Fotografía tomada durante la Guerra Civil. A la izquierda, el muro hastial actual, a la derecha zona del muro perteneciente a la fase 1, definida por el escalón y los restos del alero una techumbre de madera, apoyada sobre muros de tapia de yeso. Durante la fase 2 se amplió el templo, sobreelevando los muros de la nave central y ejecutando las naves laterales; esta ampliación se puede datar entre dos fechas documentadas, la edificación del campanario en 1257-1258 y el enlucido del ábside en 1335 15. Tanto en la fachada sur como en la norte, el nuevo muro se ejecutó con 9 ventanas alargadas con arco de medio punto, que son las que ahora iluminan la techumbre. Los muros se componen de machones (en jambas) y arcos de ladrillo a rosca conformando los huecos, y de fábrica de tapia de yeso entre ellos (fig. 21). En la actualidad las jambas se componen de dos arquivoltas; al retirar el mortero que recubría a éstas quedó al descubierto el ladrillo, comprobando con asombro que la arquivolta interior presentaba los ladrillos degollados de forma alterna, lo cual evidencia la existencia de, al menos, una arquivolta más hacia el interior, eliminada en alguna intervención posterior. Así pues, en un origen las ventanas de la nave central tendrían tres arquivoltas como las del campanario y el presbiterio. La ubicación actual de la techumbre se enmarca dentro de esta fase como atestiguan los elementos hallados embebidos en los muros, tales como soleras, asnados y durmientes. En la sobreelevación del muro hastial se practicó un gran óculo, del cual no se tenía constancia documentada hasta la fecha (fig. 24). Los muros de la iglesia permanecieron sin grandes cambios hasta aproximadamente finales del siglo XVII, cuando se realizaron intervenciones de gran importancia que alteraron el aspecto interior y, en menor medida, la imagen exterior de la iglesia. Las obras consistieron en el enmascaramiento interior del templo y la construcción de bóvedas de arista en su nave central y de crucería en sus laterales, documentadas en fotografías históricas (fig. 23) y en los croquis realizados por Juan Cabré Aguiló16. Los indicios encontrados tras la eliminación del revestimiento en el año 2008, afirmaron que se habían cegado las ventanas originales de los muros longitudinales de la nave central y que se habían practicado cuatro óculos de aproximadamente dos metros Fig. 21. De arriba a abajo, proceso de ejecución de los muros longitudinales en la fase 2 Fig. 22. En la fase 3, se ciegan las ventanas medievales (gris) y se abren cuatro óculos (azul). Además, se cajea el muro (arriba) para recibir los pares de la nueva cubierta (abajo) de diámetro en cada fachada longitudinal, coincidiendo con los lunetos de la bóveda de arista. En las naves laterales, la cubierta interfería con las bóvedas de crucería, por lo que se desmontó y se ejecutó una nueva con más inclinación que la anterior, tal y como demuestra la línea de mechinales que albergaban los nuevos pares (fig. 22) Afortunadamente, en la nave central no fue necesario alterar la armadura, ya que las nuevas bóvedas no alcanzaban la techumbre medieval. En el muro hastial las transformaciones sufridas en esta fase consistieron en la modificación del óculo medieval para darle una forma ovalada más acorde con el nuevo estilo del templo (fig. 24). La iglesia permaneció en estilo barroco hasta la Guerra Civil, cuando las bombas arrojadas sobre la ciudad de Teruel causaron graves daños en la parte de la techumbre más próxima al hastial y en la zona norte de la catedral. Durante los años de posguerra, entre 1940-1953, la campaña de Regiones Devastadas llevó a cabo una restauración en estilo. Las obras consistieron principalmente en la reparación de los daños, la ejecución de una nueva cubierta y en la eliminación de los revestimientos barrocos. Se cegaron los óculos, se recuperaron las ventanas de época románica (figs. 25 y 26) y se derribó la bóveda de arista, poniendo en valor la techumbre de la nave central. A este respecto se nos ha informado17 de que Manuel Chamoso18 contaba que ‹‹las bóvedas que ocultaban la armadura las demolió él con una brigada de obreros a su mando que iba detrás del avance del ejército para recuperar y tomar medidas urgentes en los monumentos. Sólo había un boquete abierto en un tramo por la caída de una bomba que también dañó un sector del techo de madera que quedó destruido. Pensó que era el momento y la excusa idóneos para dejar visible la techumbre, que era bien conocida pues se podía ver por encima de las bóvedas. Alegando peligro de ruina, demolió las bóvedas tabicadas de finales del XVII de la nave central››. En el muro hastial, al contrario que en los muros longitudinales, no se recuperó el óculo medieval, quizás por su desconocimiento; se cegó el óculo ovalado de finales del siglo XVII y se abrió uno nuevo con forma circular en una posición más elevada y más centrada con respecto a la nave. Este óculo es el que existe en la actualidad. Durante la segunda mitad del siglo XX se realizaron varias intervenciones en la techumbre, pero ninguna que afectara a los muros en estudio. En el año 2008 se efectuaron los trabajos de eliminación de revestimientos en los muros longitudinales de la nave central, el refuerzo estructural en la esquina oeste, el sellado de fisuras y el posterior revestimiento esgrafiado con mezcla de yesos tradicionales rojo y blanco de Albarracín. Cabe destacar que el revestimiento más moderno (1950) se encontraba en peor estado que el revestimiento anterior al siglo XVII, situado en su parte superior y protegido por el alero (fig. 27). En el muro hastial, se llevó a cabo una limpieza exhaustiva del paramento y un sellado preventivo de algunos huecos; se buscó una congelación del elemento en el tiempo. Es de destacar el valor histórico de este muro, ya que su situación de difícil visualización y acceso han provocado su paso desapercibido a lo largo de la historia, lo que le ha librado de ser alterado. Se puede afirmar que es una de las mejores ventanas arqueológicas que posee el templo y el conjunto de la ciudad, y que su lectura es una lección de historia de la arquitectura. Las aportaciones del estudio se centran en las fases y procesos constructivos de los muros superiores de la nave central y en su encuentro con la techumbre mudéjar. Tanto el muro del hastial como los que conforman la nave central de la catedral de Teruel, están realizados mediante la técnica del tapial, tal y como evidencian las agujas originales y las improntas de los cajones utilizados para su construcción. La peculiaridad en este caso estriba en que se combina con una fábrica de ladrillo en su intradós colocado a soga, haciendo las veces de encofrado perdido, solidarizándose con los machones de ladrillo que refuerzan y conforman las ventanas (fig. 28). Las juntas entre ladrillos, tanto de los machones como del intradós, se resuelven rematándolas hacia el interior por su parte superior, detalle común en fábricas mudéjares. Gracias a una difracción de rayos X efectuada en 2008, se sabe que la composición de la tapia es principalmente de yeso, y en menor medida, áridos finos y carbón vegetal; también contiene ripios y mampuestos de piedra en su interior. Se verificó que las ventanas de medio punto de la nave central no datan del siglo XX, sino que son coetáneas a los muros mudéjares que las albergan, construidos entre 1257 y 1335. Se descubrió que las ventanas poseían, al menos, una arquivolta más hacia el interior. En el muro hastial, se hallaron y documentaron los restos de un gran óculo de época medieval, con unas dimensiones aproximadas de 3,13 m de diámetro, datado entre la segunda mitad del siglo XIII o principios del XIV. Superpuesto a éste, se descubrió un óculo con forma oval, datado a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, que se encontraba cegado. De la misma época son los cuatro óculos cegados que se hallaron en las fachadas longitudinales y que se relacionan con las bóvedas de arista que cubrieron la nave central hasta mediados del siglo XX, momento en el que se procede al tapiado de éstos. En el muro hastial se comprobó, mediante la eliminación estratégica de una parte del revestimiento, que el primer cuerpo del muro (hasta los restos de alero embebidos en el muro) es anterior al campanario ya que la fábrica del campanario rompe a la de la nave. La parte superior es posterior ya que la fábrica de la nave se adosa a la del campanario, por lo tanto se construyó entre 1257 y 1335. Se han encontrado restos que demuestran que el primer revestimiento de los muros longitudinales de la nave central fue un enlucido liso de yeso, que cubría tanto la fábrica de ladrillo como la tapia de yeso. Posteriormente, en algún momento antes de 1700, se revistieron los muros longitudinales en su cara exterior con un esgrafiado de fingido de sillares. Esto se deduce de las fotografías tomadas antes de 1940 en las que se aprecia el esgrafiado alrededor de las ventanas románicas cegadas y en desuso desde finales del siglo XVII hasta mediados del siglo XX. Se ha verificado que el montaje de la techumbre es coetánea al cuerpo superior de los muros, tras comprobar que los asnados, durmientes y soleras que la soportan quedan embebidos en la fábrica de tapia. Los niveles de la techumbre no son horizontales, lo cual obligó al carpintero a variar, durante la construcción, la ubicación de los elementos insertados en el muro, de manera que puedan ocultarse los errores de montaje, que son abundantes (fig. 29). Esto pudo deberse, entre otros factores, a la reutilización de piezas de una armadura anterior. De haberse calculado bien, las tocaduras deberían haber medido unos cuatro centímetros más, así los canecillos se podrían haber dispuesto compartiendo eje con los pares y el macizado se podría haber evitado. En cuanto al orden de montaje, queda demostrado que la solera interior, los asnados, los tirantes, la solera del alero y los estribos, ya estaban montados cuando se colocaron los canecillos. Además, el intereje de los canecillos varía entre 28 y 31 cm, para poder adaptarse a los elementos preexistentes. En lo que a la formación de las pendientes se refiere, la disposición que se asumía hasta la restauración del 2008-2009 era que los contrapares habían sido pasantes, apoyando un extremo en los pares y en el otro en la cabeza de los canecillos, para conformar la pendiente del tablero sobre el que se disponían las tejas. Se descubrió que la distribución no era tal, entre otros factores, porque los ejes de par y canecillo no están alineados. Además, el macizado de tapial sobre el alero no permite que así sea ya que interseccionaría con el contrapar (fig. 30). Se desconoce la cubierta que tenía la iglesia antes de la sobreelevación llevada a cabo entre 1257 y 1335, aunque todo parece indicar que esta primitiva cubierta consistía en una estructura de madera similar a la actual, de manera que no transmitiese empujes horizontales a los esbeltos constructivo, cabe señalar que algunas de las cabezas de los tirantes que quedaron al descubierto durante la restauración del 2008-2009 presentaban incisiones (probablemente de izado) diferentes entre ellas. La explicación sería que, o bien trabajaron varios equipos de carpinteros con procedimientos distintos, o bien se trata de elementos de una techumbre anterior. Se hallaron dos piezas reutilizadas: una moldura tallada empleada en la cara interna del alicer y un canecillo haciendo función de codal en el interior de un tirante (fig. 32). Así mismo, durante la restauración 2008-2009 se encontraron los restos de un antiguo alero en el muro hastial (fig. 33). Estos restos guardan exacta disposición constructiva al actual alero de la techumbre y sus elementos, canecillos, solera e interejes, tienen las mismas dimensiones. Además, el alero continuaba por ambos lados como se aprecia en los toscos cortes en ángulo recto de la solera, realizados en algún momento posterior a su colocación. Se extrajeron tres muestras, una perteneciente a un par de la armadura (72C), otra a un canecillo contiguo a este par (76C) y otra de un canecillo del alero primitivo (11 HP). Los resultados indican que el par y el canecillo del hastial son de la misma época (1040-1220 cal AD), sin embargo, el canecillo de la cubierta actual data de unos 100 años más tarde 24. Cifras al margen, lo importante es que dos de las muestras son iguales y una tercera es distinta y posterior. Ciertamente, si el proceso de ejecución de la cubierta primitiva era el mismo de la que la que existe hoy, los canecillos estarían embebidos en el muro, por lo que su reutilización sería inviable. A partir del estudio de la entrega tanto exterior como interior de la techumbre al muro, se han podido establecer dos hipótesis de montaje. Se descubrió que el macizado tras el alicer no corresponde a la intervención del servicio de Regiones Devastadas entre 1940 y 1953, sino que es anterior a 1335. En cuanto al origen de la techumbre, se encontraron indicios que permiten contemplar la posibilidad de que la techumbre que existe hoy pudo montarse reutilizando piezas de una anterior. Esto explicaría la existencia de diferentes técnicas pictóricas, diferentes tipologías de un mismo elemento estructural y la aparición de piezas claramente reutilizadas.
Evolución del color en el alero de la fachada del rey D. Pedro I, Real Alcázar de Sevilla. Aportaciones del estudio de materiales a la identificación de las intervenciones de restauración a lo largo de su historia Se presenta la investigación realizada en la policromía de la fachada del Palacio de Pedro I, edificio construido en los Reales Alcázares de Sevilla, entre 1356 y 1366, que constituye una de las obras más importantes de la arquitectura andalusí en la Península Ibérica. En esta fachada se han efectuado un gran número de intervenciones en su policromía a lo largo de su historia, pero su aspecto general ha permanecido similar, aunque con variaciones en el detalle. El acabado predominante siempre ha sido el dorado, sobre los colores rojos, azules y verdes. Tras un detallado trabajo de campo y de muestreo, se han combinado diversas técnicas de laboratorio (microscopía óptica con luz reflejada y transmitida, difracción de rayos X, microscopía electrónica de barrido con microanálisis EDX y cromatografías de gases y líquida de alta presión) para la identificación y estudio de las fases inorgánicas y orgánicas que constituyen los pigmentos. Se ha podido confirmar la existencia de, al menos, ocho policromías que definen niveles realizados en épocas diferentes. Cada policromía suele presentar varias capas: de preparación, base y pictórica o lámina de oro, siendo éste último el material más representado como capa de terminación. Las policromías incluyen una amplia variedad de pigmentos: rojo de plomo, cinabrio/bermellón, blanco de plomo, azurita natural y sintética, azul ultramar sintético, malaquita, verde esmeralda, verde de As y Cu, amarillo de plomo y estaño, amarillo de cromo, litargirio y negro orgánico. El estudio textural detallado y la precisa caracterización de los pigmentos ha permitido la datación y la correlación espacial de las sucesivas intervenciones sobre la policromía de la fachada. Con respecto a los pigmentos originales, se han hallado restos de rojo de plomo y cinabrio seguidos por capas de cinabrio/ bermellón, azurita y malaquita de origen natural. En policromías de etapas intermedias, situadas entre los siglos XVI y XVIII, se ha detectado que el cinabrio es sustituido por bermellón y la azurita natural por sintética. En intervenciones más recientes el pigmento más utilizado es el verde esmeralda (sintetizado en 1814) que constituye un nivel de referencia. A partir de finales del siglo XIX, algunos verdes esmeraldas y azules de azurita sintética son sustituidos por azul ultramar sintético. Palabras clave: arte mudéjar, policromía, pigmentos, aglutinantes, corla, oro, preparaciones, soporte madera, alero. El estudio previo a la restauración de una obra artística no solo proporciona información sobre aspectos relacionados con la conservación de los materiales o su estado de deterioro, sino que también se ofrece, en sí mismo, como un método de reconocimiento de la propia obra. La aplicación de un método estratigráfico al estudio de la decoración arquitectónica permite identificar las sucesivas etapas constructivas de la obra y la evolución que ésta ha sufrido a lo largo del tiempo. El método pone en relación su parte visible con la estructura interna de los revestimientos policromos, lo cual implica el estudio de las modificaciones que se producen, no sólo por las alteraciones debidas a los agentes de deterioro sino también por las intervenciones de restauración o mantenimiento que normalmente se hayan realizado o por los cambios en los gustos estéticos. En ocasiones, estas intervenciones suelen producir cambios tanto en el aspecto como en la estructura de la obra a estudiar y forzosamente han de ser tenidas en cuenta. Por ello, hoy en día, se considera fundamental complementarla con estudios técnicos que permitan conocer la naturaleza de los materiales y su secuencia estratigráfica. Algunos autores (Brogiolo, 1995, pp. 31-35) defienden que la arqueología estratigráfica no es suficiente para entender esta compleja información ya que, si bien identifica las sucesivas etapas constructivas del objeto estudiado, por sí misma no es capaz de interpretar su resultado si no se complementa con el análisis histórico. Un caso muy significativo de este tipo de situación lo tenemos en el Real Alcázar de Sevilla, concretamente en la fachada del Palacio de Pedro I, en cuyos estudios, previos a las diferentes fases de restauración, hemos tenido ocasión de participar2. El uso y titularidad del monumento han influido en la calidad de las intervenciones de mantenimiento que trataron de recuperar su aspecto inicial ante el deterioro sufrido. Todas ellas fueron especialmente cuidadas, tanto en su origen como en las sucesivas actuaciones que se sucedieron a lo largo del tiempo. La ubicación de algunos de sus elementos plantea una cierta dificultad en su accesibilidad, lo que ha motivado que las distintas intervenciones, ya sean integrales o parciales, estuviesen localizadas en el tiempo y correspondiendo a fechas concretas. La interpretación de toda esta información, requiere de un estudio complejo y de la puesta apunto de una metodología apropiada. El estudio que presentamos trata de establecer relaciones entre los datos obtenidos a partir del estudio científico de los materiales, los conocimientos técnicos sobre la práctica artística y restauradora, y los datos históricos que nos ofrece la documentación historiográfica; para así, conjuntamente, obtener una visión de la evolución cromática que se da en el alero del Palacio de Pedro I, de los Reales Alcázares de Sevilla, a través de su historia. REFERENCIA HISTÓRICA Y OBJETIVOS Su fachada principal que se construyó como un elemento de representación, consta de tres cuerpos. El central de mayor altura, objeto de este trabajo3, constituye en si mismo un autentico manifiesto de la arquitectura mudéjar que recuerda a antiguos esquemas musulmanes y, posiblemente, a los modelos bizantinos de las fachadas de palacios que eran concebidas como «puerta de la justicia» (Lleo Cañal, 2002, p. El elemento más representativo de esta portada es el alero, realizado en madera tallada cuyas dimensiones son muestra de la relevancia que presenta en el conjunto: 2,50 m. de vuelo, 10,50 m de largo y 3 m de altura frontal. Está constituido por canecillos que quedan delimitados por dos grandes ménsulas que sostienen el tejaroz y se apoyan en dos pilastras de ladrillo sostenidas por dos columnas de mármol blanco con capiteles almohades que enmarcan la portada. El arrocabe que decora el fondo del muro bajo el alero arranca de delgadas columnitas que apoyan una cenefa con una frase en árabe «La felicidad cumplida» (Gestoso, 1899 pp. 34-35). La zona superior se divide en tres bandas, separadas por tocaduras. Las inferiores son planas y contienen una decoración epigráfica con escudos de León, de Castilla y de la Banda. La intermedia presenta decoración alternante de arcos simples y dobles que están decorados con hojas de palma. La tercera está formada por un friso de mocárabes dorados con dibujos de policromías alternantes en azules y rojas que terminan con los modelos heráldicos ya mencionados y sobre los que se apoya una tabica de la que emergen los canecillos del alero. Gran parte de las constantes remodelaciones y rehabilitaciones que ha tenido todo el Alcázar a lo largo de su historia, referenciadas históricamente, son muestra de la constante preocupación por el estado de conservación del monumento y se producen como consecuencia de ser el palacio en uso más antiguo de la monarquía española. Esta circunstancia es la que ha propiciado que el Real Alcázar sea un monumento vivo conservado a través del tiempo, pero también que los acabados originales se encuentren, en muchos casos, ocultos tras un considerable número de remodelaciones. Las intervenciones se acentúan, sobre todo, en el caso de las policromías. Se tiene constancia de diversos repolicromados en la fachada, tanto en yeserías como en maderas que están perfectamente identificados y datados La ya aludida constancia documental de numerosas intervenciones realizadas sobre esta fachada y la constatación, desde los primeros momentos del estudio material, de la existencia de numerosas capas de repolicromado, así como de la evidencia de que se producían modificaciones del color en las distintas superposiciones, llevaron al equipo a plantearse profundizar en el estudio de la evolución cromática de este imponente alero (Fig. 2). Los objetivos que se han planteado en el presente trabajo han sido: • Identificar los estratos de policromía aplicados en las diferentes intervenciones llevadas a cabo a lo largo de la historia. • Establecer, en la medida de lo posible, una correlación estratigráfica entre las muestras estudiadas, para poder identificar y diferenciar los re-policromados aplicados. • Comprobar, hasta donde haya información, cómo ha evolucionado el color en el alero a lo largo de su historia. Para poder hacer un estudio sobre la evolución cromática del alero resultaba fundamental establecer una correlación estratigráfica entre las muestras, ya que el hecho de no presentar el mismo número de estratos, en principio, hacía muy difícil realizar comparaciones relativas y establecer conclusiones. En este sentido, hubo que poner a punto una metodología específica, dado el elevado, número de estratos y policromías existentes. En algunos de estos casos, la superposición se debía a distintas intervenciones, como ejemplo podemos citar el estudio de la policromía de las yeserías del oratorio de la Madraza de Yusuf I de Granada (1349), si bien, en esta ocasión, a pesar de haber sido repolicromadas, solo presentaban dos estratos, el original y el de la restauración. Igualmente ocurría en el Cuarto Real de Santo Domingo de Granada (qubba nazari de la primera mitad del siglo XIV) en el que la policromía original se encontraba oculta por varias capas de enjalbegado blanco que separaban claramente los pigmentos originales de las in- En otros casos, las diferentes capas de color superpuestas se corresponden a una misma policromía, como consecuencia de aplicar, sobre una base o fondo, tanto la capa pictórica principal como los detalles, de otro color. Imagen de varias capas de oro de distintas policromías con sus respectivas capas preparatorias el caso, por ejemplo, de las pinturas murales de Qusayr'Amra (Jordania), en las que se identificaron tres estratos de color en el manto del Califa que no son consecuencia de una restauración, sino del proceso de ejecución de la pintura 4. En el caso del alero, se daban ambas circunstancias. Así, la constatación de diferentes estratos dorados superpuestos, resultaban indicativos de la existencia de policromías diferentes. El examen comparativo detallado de toda la información obtenida a partir del estudio de la secuencia estratigráfica, de los resultados del estudio de materiales y de la Fig. 4a. Primera parte del modelo de ficha para cada muestra. Se incluyen fotografías realizadas con microscopio de luz transmitida y reflejada, imagen de electrones retrodispersados realizadas en el microscopio electrónico de barrido y la correlación individualizada de los diferentes estratos que componen la muestra; presencia de una serie de estratos idénticos en diferentes muestras, ha permitido establecer pautas de correspondencia y marcar hitos de datación cronológica relativa. Para este trabajo se partió de la exhaustiva identificación de los materiales constitutivos de los diferentes estratos y de la técnica de ejecución utilizada en cada caso a partir de las 72 muestras estudiadas. La presencia de distintas capas de dorado, como ya se ha dicho, aportan indicios claros para diferenciar unos repolicromados de otros. En algunas muestras se identificaron hasta 4 estratos diferentes de oro o dorados, como ocurre por ejemplo en la zona del fondo de los canecillos en la unión con el arrocabe y en las palmas de la parte superior de éste (Fig. 3). Por otra parte también se observó la presencia de varios niveles de un estrato blanco de considerable espesor y similar naturaleza presente, prácticamente, en todas las muestras. Para poder hacer una comparación más evidente, en primer lugar se trasladó la estratificación de las diferentes muestras a unas tablas con códigos de color previamente asignados a los diferentes pigmentos (ver modelo de ficha figuras. Estas tablas primero fueron individuales, para cada muestra y posteriormente se relacionaron agrupándolas por zonas. La correspondencia entre los diferentes niveles de las distintas muestras se hizo teniendo en cuenta las similitudes existentes, capas de dorado o preparación similares, y su datación cronológica relativa se plantea atendiendo a la propia cronología de los materiales identificados, dado que hay materiales que solo aparecen a partir de un determinado momento histórico. Finalmente, se ha tratado de relacionar la secuencia de las diferentes actuaciones superpuestas, con la cronología de las operaciones de mantenimiento del monumento conocidas por referencias documentales. Metodología seguida en el estudio de laboratorio de las policromías Orientada al conocimiento de los materiales y de los procesos de ejecución, es fundamental para la determinación del estado de conservación, para la identificación de las alteraciones y de las intervenciones que se han producido a lo largo de los años. Las técnicas utilizadas han sido las siguientes: • Preparación de estratigrafías para su estudio tanto en microscopía óptica como en SEM/EDX. • Estudio mediante microscopía óptica. • Microscopía electrónica de barrido (SEM) y (FE-SEM) con microanálisis mediante EDX. • Identificación de fases mediante espectroscopía Raman y difracción de RX • Identificación de materiales orgánicos mediante cromatografía de gases (GC) y cromatografía liquida de alta presión (HPLC). Los materiales pictóricos que presenta la fachada principal del palacio de Pedro I se pueden dividir en dos grupos: El Singularidades de los estratos pictóricos En la mayor parte de las muestras examinadas se ha podido observar una cantidad elevada de estratos. Se han identificado hasta quince, que podrían corresponder a nueve posibles policromías, en la mayoría de los casos con sus respectivas capas de base. El material más empleado, como capa de terminación, es el oro, que aparece en un considerable número de las policromías identificadas. Los espectros analíticos ponen de manifiesto que estas capas de oro son bastante puras, sobre todo en los estratos profundos, y aunque en las últimas intervenciones doradas presentan aleación de plata y a veces cobre, estos metales están en muy pequeña proporción. La Real Academia de San Fernando debate en sus diferentes propuestas sobre la intervención de 1896 la conveniencia de utilizar oro puro o aleaciones, llegando a la conclusión de que se utilice oro de 20 quilates, como se había empleado en intervenciones anteriores, considerando que el tiempo matizaría su brillo ( Chávez, 2004, p. Por otra parte, hay que decir que algunos de los repolicromados van precedidos de una capa de base de color blanco, constituida por diversos materiales, que ha servido de referencia para correlacionar los estratos de las diferentes muestras. Con respecto a su composición, las más profundas, están formadas por yeso y, en algunos casos, por blanco de plomo con yeso. En un estrato intermedio se encuentra una capa muy característica que incluye junto al blanco de plomo una gran cantidad de nódulos de rojo de plomo (Fig. 8). El nivel blanco más superficial está constituido por calcita con blanco de plomo. La penúltima capa blanca se puede considerar como una capa pictórica ya que está constituida solo por pigmento de blanco de plomo y sulfato de bario (barita). La presencia de barita permite hacer una aproximación a la fecha de ejecución ya que su empleo como pigmento, denominado blanco fijo, es propio de finales del siglo XVIII. Esta capa presenta un espesor que en la mayoría de los casos duplica o triplica el espesor de las capas de blanco de plomo de las otras policromías. En el transcurso del estudio de toda la fachada principal, se ha podido observar que está capa se presentan en un alto porcentaje de muestras, en torno a un 70%. Esta circunstancia plantea diversas posibilidades. En un principio se pensó que pudiera aplicarse en torno a 1813, cuando el Alcázar sufrió un gran cambio en su policromías «padeciendo» un encalado muy generalizado (Chávez, 2004, p. 37), sin embargo ninguno de los 12 documentos gráficos de la fachada conocidos (grabados, fotografías y dibujos), recopilados desde 1668 hasta 1936 (Almagro et al., 2009: pp. 16-22) permiten confirmar que esta capa blanca estuvieran en algún momento cambiando la policromía del alero. Tras el estudio detallado de las muestras, y observando el estado de conservación, se puede considerar más probable que estas capas se aplicaran con la intención de preparar la superficie como capa de colmatación, empleándose para enrasar perdidas y servir de base a una nueva policromía, con una función similar a la de un estuco de nivelación. Lo que si está confirmado es que en la mayoría de las muestras, sirve de separación entre policromías más antiguas y las más recientes. Un estudio exhaustivo de los diferentes estratos ha permitido vincular entre si las capas pictóricas de las diferentes muestras, que ofrecemos por medio de las tablas de correlaciones adjuntas (Fig. 9, 10, 11, 12, 13, 14 y 15) que han constituido una herramienta fundamental para este trabajo. Dichas tablas corresponden a las muestras tomadas en sofitos, canecillos, cornisa, arrocabe, mocárabes y ménsulas. El nivel A, que es el más antiguo, presenta restos de policromía que contienen una capa de preparación, de yeso y tierras, aglutinada con cola de origen proteico. A continuación se identifican pequeñas agrupaciones de cristales de rojo de plomo que debieron corresponderse con la capa de imprimación de la pintura original, sobre la que probablemente se aplicaran otros colores, en algunas zonas, pero de las que únicamente se conservan restos de rojo de cinabrio. Esta sucesión de estratos base de minio y cinabrio posteriormente, que ya se ha mencionado anteriormente permite obtener una tonalidad muy intensa con una relativa economía de medios y se repite en obras de similar cronología como por ejemplo en maderas policromadas de la Alhambra. Éstas preparaciones naranjas se daban cuando el color predominante eran los rojos (López-Pertíñez, 2006, pp. 68-87). El hecho de que esta sucesión de estratos se haya conservado es indicativo de la estabilidad de dicha combinación, frente a la perdida de otros pigmentos, que seguramente se aplicaron, ya que la riqueza de las policromías sobre madera era considerable, como se puede comprobar, tanto en este caso, como en estudios similares. En la siguiente policromía, B, se observa una mayor variedad de pigmentos. Se incluye el uso de gran cantidad de verde de malaquita natural y azurita también natural además de rojo bermellón (Fig. 16). El nivel de policromía C está constituido por oro, rojo de plomo, bermellón, azurita y malaquita naturales. La malaquita, en los canecillos, está mezclada con amarillo de plomo y estaño. Los restos de oro se encuentran localizados en la zona de mocárabes y en la tabica. En los mocárabes solo existen restos de esta policromía dorada hecho que es muy significativo ya que coincide con la situación que actualmente encontramos en esta zona, en la que la mayor parte de la superficie está dorada bien con estratos de oro o con la aplicación de capas amarillas que imitan el oro. En este nivel de policromía, el oro presenta una pequeñísima cantidad de plata. La policromía D está constituida por un dorado generalizado muy peculiar, ya que se efectuó sobre un barniz al que se añadieron una amplia variedad de restos de pigmentos para facilitar su secado5 y darle cuerpo, (a este procedimiento tradicionalmente se llamaba sisa6 ). Esta policromía tiene la singularidad de estar aplicada sobre una base preparada con una mezcla de blanco de plomo y minio y ha sido observada en todas las zonas seleccionadas, mocárabes, arrocabe, cornisa, ménsula, canecillos y sofitos. Por otra parte, no existen indicios que confirmen el uso de otros acabados de color en esta policromía ya que no se han detectado restos de pigmentos que puedan asociarse a la misma. En ese caso cabría pensar que, en este momento, el alero estuviera dorado en su totalidad lo que supondría un considerable cambio respecto a situaciones precedentes (Fig. 17). En la piedra de la portada se han identificado restos de color, aplicados sobre una base de blanco de plomo con minio, que pueden relacionarse claramente con estos estratos. Los pigmentos identificados sobre esta preparación, en la piedra, son: bermellón (en el fondo del escudo del castillo) azul (en el fondo del león) y oro y negro (en el escudo de la banda) (Fig. 18). La policromía E, probablemente, se realizó como consecuencia de la reacción provocada por el dorado generali-Fig. Estrato de preparación constituido por yeso perteneciente a la primera policromía con restos de rojo de plomo. La siguiente capa corresponde a malaquita natural con amarillo de plomo y estaño, seguida de otra capa preparatoria Fig. 17. Capa de sisa (barniz con pigmentos) con su respectiva capa de oro Fig. 18. Capa de base preparatoria de policromía de oro realizada sobre soporte de piedra. Está constituida por blanco de plomo y rojo de plomo zado de la anterior, y en ella se emplea una mayor variedad de pigmentos y, por el contrario, no se detectan capas de oro. Se trata claramente de otra policromía y no de detalles aplicados sobre el oro, ya que los estratos de color se aplicaron sobre una capa de preparación que debió ocultar estratos precedentes. Los pigmentos identificados son rojo bermellón, azurita, negro. La modificación del aspecto cromático, respecto a la intervención anterior, debió ser muy evidente, aunque no se puede descartar, que se mantuviera a la vista parte de la base dorada previa, por lo que, indudablemente, en ese caso, el cambio, aún siendo importante, no sería total. La semejanza con respecto a la situación actual sería mayor en este último nivel que en la precedente ya que se alternan los dorados con zonas de color. La policromía F repite el estrato dorado en gran parte de los motivos decorativos, aunque en este caso se sustituye la preparación del dorado a la sisa por una capa de blanco de plomo muy amarilleada por la presencia de aceites y resinas con hierro y probablemente litargirio, que es un óxido de plomo de color amarillo utilizado como secativo, pero también para dar a la base del oro una tonalidad amarilla que disimularía las posibles faltas de metal que se produjeran. Se ha identificado este acabado en todas las zonas estudiadas: canecillos, mocárabes, cornisa y ménsulas, se han conservado, además del dorado, restos de pigmentos, concretamente blanco de plomo, rojo bermellón, azurita y verde esmeralda un verde sintético, constituido por cobre y arsénico. Este pigmento tiene su primera referencia de uso en 1814, por lo que ésta policromía debe situarse en un momento cronológicamente posterior a dicha fecha. En esta policromía volvemos a encontrar una superficie mayoritariamente dorada como en el caso de la policromía D. La policromía G se aplica sobre una capa de base muy característica de blanco de plomo y barita que se ha identificado en numerosas muestras estudiadas. Las imágenes tomadas con microscopía electrónica de barrido (FE-SEM) de esta capa muestran que la textura de los cristales presentan características similares en todas las zonas, por lo que puede deducirse que corresponde a un mismo momento de fabricación del pigmento. Como ya se ha dicho, esta capa de blanco de plomo puede relacionarse con la intervención que se hace sobre las ménsulas en 1898, en la que se repone parte de las mismas, ya que en las muestras tomadas correspondientes a ésta zona es el primer estrato identificado en un considerable número de ellas, concretamente las tomadas del frontal y del arranque de las mismas. Sobre esta capa, probablemente realizada como una base de nivelación, se aplicaron en algunas zonas pigmentos: verde esmeralda, bermellón, azurita artificial, ultramar artificial y negro orgánico y en otras dorados al mixtión, en este caso preparados con blanco de plomo, hierro y litargirio (Fig. 19). Esta capa amarilla en algunas zonas no se cubrió completamente de oro actuando como una corla, como se puede comprobar en los canecillos y en los mocárabes (Fig. 20). El nivel H está constituido principalmente por una capa de base preparatoria del dorado que en esta policromía está compuesta por blanco de plomo y amarillo de cromo. Esta capa de base tiene la misma función preparatoria que la de la policromía anterior pero cambiando el hierro y litargirio por amarillo de cromo (Figs. En los sofitos esta intervención se presenta solo en una muestra de color verde. Puede que en esta intervención no se cubriera completamente la policromía anterior por encontrarse en buen estado de conservación. En la tabica y en los mocárabes la base de cromo se presenta en la mayor parte de las muestras estudiadas, exceptuando la que están formadas por blanco de plomo y calcio y los verdes sintéticos de arsénico y cobre. Como se ha mencionado en el nivel F se aplicó terminación dorada que en esta ocasión se realizó con base de cromo. La ménsula derecha presenta variantes ya que se identifica un nivel más entre el dorado realizado con litargirio y el realizado con cromo. Esta policromía se presenta completa (preparación, base y pigmento) y en ella se ha identificado rojo de plomo mezclado con bermellón, bermellón solo, azurita artificial, azul ultramar artificial y verde sintético de arsénico y cobre. La policromía I es la última encontrada y puede corresponder con actuaciones puntuales. Se encuentra en el arrocabe y los mocárabes. Como interpretación general podría indicar retoques en partes dañadas, pero por ahora no se puede dar esta lectura, pues ocultan zonas en perfecto estado de conservación como sucede en las muestras M30, M31 y M32 del arrocabe que pertenece a las bandas inferiores a los mocárabes (Fig. 12). En las muestras M35, M36, M37 y M42 que corresponden a la parte alta de los mocárabes (Fig. 12) si pueden relacionarse con dibujos existentes encima de la policromía dorada como puede observarse en la (Fig. 19). A la vista del estudio de materiales y de las correlaciones estratigráficas se puede decir que actualmente los colores originales de la fachada del Palacio de Pedro I han desaparecido o están ocultos en su totalidad, ya que las intervenciones en las policromías se sucedieron a lo largo de los años. Las primeras referencias que se tienen de grandes modificaciones en la fachada del Palacio son las realizadas durante el reinado de los Reyes Católicos. A esta época pertenece la construcción de las arquerías superiores de las fachadas laterales de la portada principal (Manzano, 1983, pp. 30-31). Estas intervenciones, como es lógico, debieron repercutir considerablemente en las policromías y cabe pensar que se llevaran a cabo en toda la fachada. En 1542 se procedió al arreglo de los tejados que caen sobre la fachada principal y a la reparación del alero de esta portada (Marín, 1990, p.164). Pocos años después, en 1560, se trabaja en la fachada del Palacio sobre todo en el alero de la portada y en el de las fachadas laterales (Marín, 1990, p. Coincidiendo con las obras de las salas que asoman a la fachada, en 1584 se realizan también las de la fachada principal. Estas obras concluyeron el 10 de septiembre de En 1857 D. José Domínguez Bécquer indica, al hacer una relación de intervenciones, que continua con los trabajos de la fachada principal y que es muy complicada por su gran cantidad de adornos (Chávez, 2004, pp. 257-259). Hasta agosto de 1894, fecha de un informe de D. José Gómez Otero, no se han encontrado nuevas referencias a las policromías de la fachada. Este informe se centra, sobre todo, en el estado de los grandes soportes o ménsulas que sustentan por los extremos el alero de la portada. Además, en él se queja de la mala intervención que se llevó a cabo en 1848 cuando se abordó el problema de la pudrición mediante el empleo de un forrado de láminas de plomo que, al separarse, en vez de resguardar se convirtieron en un depósito de humedad pegado a la madera. En julio de 1895 se pide consulta a intendencia general respecto a los dorados con oro y colores que se deben emplear en la fachada. Tras gran cantidad de argumentaciones en diciembre de 1897, según consta en el informe redactado por Gómez Otero, la Real Academia de San Fernando autoriza dorar la fachada principal y realizar esta labor al completo, no solo las piezas nuevas como se pensó en un principio. Se propone utilizar oro puro, aunque quede muy brillante, dejando que sea la intemperie quién matice ese brillo. La preocupación por la conservación del Alcázar y, más concretamente, sobre la de su policromía ha permanecido a lo largo de los años. Rafael Cómez al señalar la actitud academicista de la Real Academia de San Fernando, que promueve armonizar los tonos de los colores con que se interviene en 1898 con los ya deslustrados de intervenciones anteriores, nos dice con respecto a esta actuación: «El horror a la policromía, a los vivos colores que aún pervivían en el edificio movió a los académicos a presentar una situación intermedia que no molestase a nadie alegando el desconocimiento cierto de las técnicas pictóricas medievales empleadas originalmente, y aconsejando la armonización de tonos con el resto de la fachada, con lo cual se perdería para siempre los restos existente de aquella resplandeciente fachada en oro y azul alabada por Rodrigo Caro.» El interés principal que presentan las correlaciones que se han elaborado es, el de poder llegar a establecer aproximaciones respecto a la evolución cromática de la fachada del Palacio de Pedro I y además poder relacionarlas con las referencias documentales existentes, procedentes de archivos y de los textos de escritores que vivieron esos momentos. Esto, evidentemente, hay que hacerlo con todas las reservas posibles, ya que es difícil establecer con absoluta certeza la equivalencia entre los estratos identificados y las intervenciones descritas en los textos. El estudio de materiales reporta algunas conclusiones respecto a las policromías que permiten situar cronológicamente algunos estratos, tanto por la tradición de su empleo en un periodo determinado, como, por ejemplo, la utilización de dorados realizados con sisa, típicos de la pintura española de los siglos de oro (Bruquetas, 2002, p. 398), como también por el hecho de que su utilización se inicie en una fecha concreta. Así, por ejemplo, el empleo de verde esmeralda, que como ya se ha dicho su primera referencia de uso es de 1814 (Eastaugh et al., 2004, p. 155), es indicativo de que los estratos que contengan este pigmento no pueden ser anteriores a dicha fecha. Igualmente ocurre con el azul ultramar sintético, que comienza a emplearse en 1828 (Matteini, 2008, p. De este modo, la policromía D, cuyo dorado se aplica a la sisa, como se ha dicho, puede relacionarse con intervenciones de los siglos XVII o a lo sumo XVIII ya que se trata de un procedimiento tradicionalmente utilizado en la pintura española de estos siglos. Como consecuencia de ello la policromía precedente (C) corresponderían a alguna de las intervenciones referenciadas en documentos de archivo correspondientes al siglo XVI. El empleo de azurita y malaquita natural en estos niveles de policromía, confirma que se trata de una intervención relacionada con esas fechas (Fig. 21 y 16), ya que en el siglo XVII comienza a emplearse la azurita artificial, (Fig. 22) aunque según Harley existen referencias de recetas anteriores a 1600 (Harley, 1982, p 48) La policromía B puede relacionarse con intervenciones que se realizaran en el siglo XV. La utilización en este nivel de gran cantidad de malaquita natural y azurita también natural lleva a pensar que nos encontramos antes una intervención con pigmentos originales o muy cercanos en el tiempo a las policromías originales. Los restos de la primera policromía conservada A, que presentan preparaciones tradicionales de yeso y tierras, sobre los que se aplicó una base de rojo de plomo podrían considerarse restos de la policromía original. Muy probablemente también se utilizara pigmento azul de azurita y oro como indica Rodrigo Caro en 1634 (Cómez 2006, p. Desgraciadamente no se conservan restos de estos materiales pero su uso, dada la riqueza de las policromías sobre madera en estos momentos lo hace muy probable. Estos niveles interiores presentan amplias lagunas que pueden estar motivadas por las malas condiciones de conservación, y por ser una zona muy expuesta a la intemperie. Además están referenciados varios incendios que podrían haber afectado a estos niveles de policromías, aunque no existen indicios de que el incendio afectara directamente a las maderas del alero, evidentemente si debieron estar sometidas a una elevada temperatura que es una de las causas mas directas en el deterioro de las policromías. La policromía E está constituida por gran cantidad de azurita sintética, bermellón y negro orgánico. Es muy significativo que en este nivel no aparezca ninguna muestra que contenga oro. Cabe pensar que se respetara el oro del nivel anterior en los estratos que lo conservaran, o se realizará esta intervención como consecuencia de un cambio de gusto con respecto a los dorados. El hecho de utilizar en esta actuación azurita sintética masivamente, descubierta en el siglo XVII nos lleva a pensar que esta intervención puede asociarse a 1612 o 1624 fechas en las que se llevaron a cabo obras para recibir las visitas de Felipe III y Felipe IV. En la policromía F se ha identificado verde esmeralda en gran parte de las muestras estudiadas. Dada la fecha de síntesis de este pigmento, esta intervención debe situarse con posterioridad a 1814, y puesto que no existen referencias de actuaciones en las policromías de la fachada hasta 1848, consideramos que fue en esta intervención cuando debió utilizarse por primera vez este pigmento en el alero de la Fachada. Además, en ella se utilizó gran cantidad de oro en su acabado final, por lo que también puede relacionarse con la que fue objeto de duras críticas por parte de Carderera en 1848 ante el exceso de dorados y brillo que presentaba el alero (Chávez, 2004, p. Los tres niveles que suceden al F (G, H e I) no tienen referencias documentales claras en los archivos encontrados. Además, hay que considerar que tres intervenciones se producen en un corto espacio de tiempo, de solo 58 años, según se deduce de un documento encontrado en un hueco cegado de la fachada y que fue escrito por D. Joaquín Romero, director de los Reales Alcázares (Almagro Gorbea, com. pers.). En él se hace constar que en la intervención de 1936 no se efectuaron trabajos en las policromías de la fachada, por lo que cabe pensar que todas las actuaciones debieron efectuarse en el siglo XIX y principios del XX. La policromía G podría asignarse a la intervención de 1856 o a la de 1886, y debió de servir de referencia para las indicaciones de la Real Academia de San Fernando para la intervención de 1898 que propone utilizar litargirio con el barniz preparatorio del oro. Sin embargo, en el nivel (H o I) atribuible a esta intervención se utilizó pigmento de amarillo de cromo que presenta las mismas características de color y de secado, en la base preparatoria de oro, que el litargirio.
En los siglos XVII y XVIII, las planimetrías urbanas alcanzaron un notable grado de perfección 1, alentadas por el impulso que los descubrimientos ultramarinos y las necesidades burocráticas dieron a la cartografía 2. Entre la cartografía histórica de la ciudad de Oviedo destaca el plano efectuado en 1777 por el ovetense Francisco Leopoldo Reiter (1736-1813). Esta mítica obra se ve acompañada por un plano ejecutado en 1738 y custodiado en la Chancillería de Valladolid, que condensa en sus trazos una riqueza de información extraordinaria. Se trata de una planimetría de un sector comprendido a extramuros del núcleo amurallado, en el arrabal del Carpio, Santo Domingo, la plaza del Sol y el Postigo (fig. 1) 3. El plano antecede en varias décadas al de Reiter y a otro mapa urbano de 1765 centrado en el área de la catedral y muy poco divulgado (fig. 2) 4. Esto lo convierte en la cartografía más antigua de la ciudad de Oviedo, con la salvedad del alzado de dos casas fechado en el año 1653 5. Estos planos estaban ligados a temas jurídicos y documentaban, a la manera de fotografías, los deslindes de una finca en litigio o la planta y alzado de viviendas objeto de pleito 6, lo que obligaba a un esmerado detallismo 7. Por ello, se puntualizan las características técnicas y se ilustra su historia, el nombre de sus dueños o los topónimos geográficos. Los encargados de su realización eran frecuentemente reputados artistas que ocupaban altos cargos en la ciudad y a quienes contrataba el municipio o la Chancillería. Sus obras son deudoras de las artes plásticas mayores y se Resumen La cartografía urbana alcanzó un período de esplendor durante los siglos XVI-XVIII. Esta fuente ha sido empleada en análisis urbanísticos y artísticos a gran escala, pero puede ser también un importante recurso en arqueología de la arquitectura, planteando, además, una reflexión sobre la representación iconográfica de la construcción. El método ha sido aplicado al arrabal del Carpio de la ciudad de Oviedo a partir de un enfoque diacrónico de tiempo largo y un trabajo dividido en tres fases: análisis de fuentes gráficas, escritas y arqueológicas, prospección urbanística y síntesis final. El resultado permite apreciar la evolución del urbanismo y de la arquitectura doméstica entre los siglos XII y XVIII, proponiendo una secuenciación de los ciclos constructivos y su interpretación a partir de los distintos contextos históricos. En este sentido, se resaltan las causas estructurales y sociales por encima de acontecimientos como las catástrofes (incendios, asedios). Las fases de crecimiento económico y consolidación de los grupos de poder tienen gran importancia. Estas jerarquías poseían, además, fuertes intereses especulativos como máximos propietarios de solares e inmuebles e influyeron en la política municipal. caracterizan por un lenguaje esbozado que emplea como materia el óleo o la acuarela. Así, el alzado de 1653 lo firman Juan Fernández y Domingo de la Roza 8, el plano de 1765 es conocido a través de una copia de Francisco Díaz Pedregal, principal impresor ovetense del siglo XVIII 9 y como sabemos, el plano de Oviedo de 1777 está signado por el pintor Francisco Reiter, a quién encontramos realizando otros dibujos de pleitos 10. Riva llega a Oviedo en 1713 destinado como fontanero municipal y pronto va a convertirse en el maestro más reputado de la región, máximo representante del Barroco asturiano 11. 8 Un apellido originario de La Trasmiera y nada extraño a la historia arquitectónica del siglo XVII en Oviedo. Lo demuestra el maestro Gregorio de la Roza, uno de los principales artífices del Barroco regional, con obras como el palacio de Malleza Toreno (1673-75). 9 A él se debe la impresión de obras de Jovellanos como el Discurso sobre la necesidad de cultivar el Principado el estudio de las Ciencias Naturales (1782) y las Noticias del Real Instituto Asturiano (1795). Fue además impresor de la Universidad, editando el Plan de Estudios de 1774. Otras obras representativas de su variado catálogo fueron la Descripción breve de las fiestas que hizo la ciudad de Oviedo (1784), o los premios otorgados por la Real Sociedad Económica de Amigos del País (1784, 1796, 1798-99). 10 Como el plano de Tielve con motivo de una disputa por el aprovechamiento de brañas, en 1780, el plano de Anes en 1782 ocasionado por la ocupación ilícita de un terreno y el de Santa María de Grado por el enfrentamiento entre el marqués de Ferrera y el concejo de la parroquia. No es el único arquitecto que se ocupaba de estas ilustraciones. En 1792, es el arquitecto y fontanero titular de la ciudad de Oviedo Francisco Antonio Pruneda y Cañal quien realiza el plano de la Corrada para la querella por el embargo de una cantera. 11 Realizando, por ejemplo, las reformas en el convento de San Francisco (1718-1719), el primer proyecto del palacio de Camposagrado (1719) y del palacio del duque del Parque (1723), la reconstrucción de la torre gótica de la catedral Las cartografías modernas han sido empleadas como fuentes para la arquitectura y el urbanismo a gran escala o para ilustrar los discursos históricos. Sin embargo, estos planos pueden ser útiles recursos de arqueología de la arquitectura. Se trata de reducir la óptica de estudio, prestando atención a los elementos constructivos, las distintas unidades murarias, sin perder de vista el contexto estratigráfico general del edificio. Esta perspectiva abre, además, una reflexión sobre la representación icónica de la construcción 12. ¿Es fiel el autor a la realidad? Incluso de evidenciarse las deformaciones o simplificaciones, éstas pueden proporcionar nuevos datos de interés, puesto que responden a un concepto de la síntesis que puede estar influido por motivaciones sociales o culturales (se subrayan los aspectos más expresivos para la sociedad de una época). De una manera complementaria, la localización de los solares en los que se alzaban las construcciones desaparecidas permite establecer diagnósticos para futuras intervenciones de arqueología urbana 13. Hemos aplicado este criterio a un espacio histórico muy específico, el arrabal del Carpio de la ciudad de Oviedo, una zona situada en el espacio meridional extramuros de la ciudad amurallada (fig. 3). Nuestro análisis fue Fig. 3. Espacio de estudio en el actual plano de Oviedo. El arrabal del Carpio se situaba en el extrarradio meridional de la ciudad amurallada, cuyo perímetro ovalado aún puede percibirse en la trama urbana. 12 Puede verse, al respecto, el trabajo dedicado por Galtier Martí a la iconografía cristiana del primer milenio. Galtier Martí, 2001. llevado a cabo a través de un enfoque metodológico dividido en tres fases. En una primera fase, planteamos un estudio de los planos y de las fuentes escritas complementarias, incluyendo crónicas, diplomática, proyectos de obra e informes arqueológicos, así como otras fuentes gráficas (fotografía antigua y aérea). En una segunda fase, desarrollamos una «prospección urbanística», tratando de localizar las arquitecturas supervivientes o los cambios en el parcelario y en las construcciones del barrio para contrastarlo con la información previa 14. La lectura de los edificios sigue los preceptos de la arqueología de la arquitectura, estudiando la evolución de las formas constructivas y de los materiales a lo largo del tiempo y estableciendo criterios mensiocronológicos 15. En la tercera fase, procedimos a realizar la síntesis de ideas a partir de un criterio diacrónico de tiempo largo. No perdemos de vista que los diseños arquitectónicos, los materiales empleados y los patrones de distribución urbana de los edificios constituyen la expresión física de un colectivo estratificado social y profesionalmente. En este sentido, la arquitectura se emplea como una fuente social 16. LA FORMACIÓN DE LA CIUDAD EXTRAMUROS: EL ARRABAL DEL CARPIO EN LA EDAD MEDIA El origen de este arrabal se asocia a la presencia de la calle del Carpio, posible prolongación extramuros desde la puerta «Rutilans» o «Rodil» mencionada en 1161 en las cercanías del palacio del obispo 17. Esta calle será definitivamente excluida de la ciudad amurallada a partir del proyecto de cerca de Alfonso X. El Carpio actuaba como punto de entrada a la ciudad del «camino franzes» que acudía desde León. Tras pasar la puerta de la Ferrería, se dirigía por la calle homónima y la de Santa Ana hasta desembocar en la Rua Gascona, atravesando todo el núcleo viejo de W a E 18. La calle del Carpio ya era una de las más importantes de la ciudad en el siglo XII 19. A lo largo de estos siglos, las fuentes escritas permiten observar claros indicios de selección social entre los vecinos. Aquella zona extramuros vivirá la concentración de un nutrido grupo perteneciente a las capas medias/altas de la sociedad ovetense, en especial canónigos y religiosos vinculados a la administración de la iglesia de San Salvador de Oviedo, situada cerca del barrio. Entre 1175 y 1188, periodo de su prelatura, el obispo Rodrigo ya poseía allí una vivienda y se le sumaban otros miembros del cabildo 20. Éstos se beneficiaban, además, de las donaciones efectuadas por los vecinos de la zona 21. A su lado, hallamos una población de carácter burgués, enriquecida por las actividades mercantiles y otro grupo de pobladores foráneos venidos desde el territorio agrario del concejo y diversos enclaves regionales 22. No obstante, el mismo emplazamiento en el suburbio implicaba también la presencia de actividades contaminantes propias de oficios artesanales o de profesiones con una carga social negativa. En los siglos XIII y XIV se encuentra en esta zona la industria del metal, con presencia más abundante de ferreros y «cuchelleros» 23. La importancia del colectivo metalúrgico explica el nacimiento del «canpo de los Ferreros» o «del Carpio», hoy Campillín 24. También destacaba la concentración de artesanos ligados a la industria de la piel o del cuero, en particular de los vaineros 26. Unido a este colectivo, se documenta en 1478 la presencia de un pelame de pelleteros en la fuente de la regla 27. Finalmente, era el lugar de emplazamiento de varias mancebías 28. Esta significación urbana y económica hará que nuestro espacio sea pronto incluido en la nueva feligresía de San Isidoro, testimoniada en un diploma de 121729 y considerada por Ruiz de la Peña como «ecclesia mercatorum». Su fundación pudo estar promovida por el influyente vecindario burgués 30. Topográficamente, se situaba en la ladera suroriental de la colina que había servido de asiento a la primitiva urbe de los monarcas asturianos y esto era causa de las notables pendientes remontadas para acceder a las puertas de la Ferrería y del Postigo31. A partir de este mapa social y funcional, podemos observar una sucesión de fases en la tecnología constructiva. Hasta los siglos XII y XIII, el caserío ovetense da muestras de una constitución mediante fábricas poco sólidas, con escasez del trabajo de canteros y profusión de soluciones mixtas de mampostería y madera. Los muros más fuertes se reservan a las plantas bajas y las fábricas lígneas se destinan al piso superior a través de disposiciones variadas (xebatu, tabicado de tablillas de madera con tierra y cascotes en los intersticios). La debilidad estructural de estas casas obliga a la escasez de los huecos lumínicos, muchas veces reducidos a ventanas altas. La techumbre estaba sostenida por vigas «peslladorias» y presentaba cubiertas de madera o paja preferentemente, salvo en los edificios más dignos que contaban con fábricas más sólidas, con empleo de teja 32. Las viviendas se disponían ya en manzanas de carácter lineal 33, adosadas unas a otras sin el oficio de medianeras pétreas y disponían de huertos anexos 34. A partir del siglo XIII y especialmente de la segunda mitad del XIV, la documentación evidencia cambios señalados por un proceso de petrificación parcial y dignificación de las viviendas. La teja se difunde definitivamente y se construyen medianeras de piedra 35. Son edificios que ocupan solares estrechos y alargados, con una línea de calle irregular y presencia de cuerpos altos o «somberados» en voladizo, acompañados de corredores 36. En el Carpio, los contratos de construcción de nuevas casas o de renovación se suceden desde 1353 37 y este proceso se ve acompañado por la presencia de un artesanado especializado, como demuestran las noticias de pedreros y «techadores» 38. Las obras de estas viviendas podían comprender plazos de hasta varios años 39. Pese a ello, a finales del siglo XV, las construcciones elaboradas en madera seguían siendo mayoritarias en el paisaje urbano 40. Las causas de esta evolución son variadas. Pueden esgrimirse factores coyunturales como los acontecimientos catastróficos. Es el caso del incendio que asoló la mayor parte de Oviedo en 1251 y la conflictiva fase de la primera mitad del siglo XIV, que cierra el asedio de Enrique Trastámara. Se detecta entonces una destacada actividad constructiva a extramuros de la urbe destinada a la recuperación de estructuras y viviendas o a la edificación de construcciones de nueva planta 41. Otro factor tangencial pudo ser climático. Cabe mencionar la coincidencia de esta renovación arquitectónica y la búsqueda de edificios más sólidos con los efectos de la «Pequeña Edad de Hielo», el brusco enfriamiento iniciado a mediados del XIV que acompañaría la vida de los europeos hasta bien entrado el siglo XIX 42. Sin embargo, a nuestro entender, el factor esencial que motiva esta mudanza edilicia no es otro que el socioeconómico. Las principales fases de petrificación y dignificación han de relacionarse con la consolidación de las elites urbanas que produjo, en primer lugar, la concesión a la ciudad de Oviedo del alfoz de Nora a Nora en el año 1221 43. Esta merced regia supuso la génesis de un señorío colectivo sobre el marco rural dominado por el patriciado urbano y motivó el aumento de sus rentas. A su lado, otra importante fuente de ingresos dependió de su participa-ción en las redes mercantiles nacionales e internacionales, que penetran en una fase de apogeo 44. Los cambios en la tecnología constructiva no fueron en este momento un fenómeno general de la ciudad, sino que se ciñeron a las edificaciones de los grupos de poder. En el siglo XIV, por ejemplo, las menciones al empleo de piedra se ciñen en exclusiva a edificaciones que merecen el calificativo de «palacio» 45. Las mismas elites pasaron a controlar el mercado inmobiliario, extendiendo a través de los contratos de aforamiento y construcción de viviendas esta mudanza en las técnicas constructivas 46. Al respecto, la iglesia de San Salvador de Oviedo será una de las mayores propietarias de inmuebles 47. Las normas constructivas estipuladas en estos contratos son un excelente indicativo social, puesto que detectamos sensibles diferencias en las obligaciones de unos y otros arrendatarios. En este sentido, que un reducido grupo de ellos se comprometiera a construir medianeras en piedra y mortero de cal o techumbres de teja evidencia su mayor capacidad económica y su pertenencia a un estamento mejor posicionado socialmente 48. La arqueología ha proporcionado significativos datos sobre la evolución edilicia. En la calle la Rua, una arteria urbana ligada al sector comercial, la presencia en los solares no 3 y 5 de hoyos de poste y estructuras perecederas de los siglos XII-XIII es sustituida a partir de los siglos XIII-XIV por un proceso de ordenación marcado por la división en dos solares con muros medianeros pétreos. El edificio resultante se distribuye internamente en un taller orientado hacia la línea de calle, un espacio doméstico intermedio y un espacio trasero subsidiario 49. Pero esta evolución no es generalizada. En otros contextos urbanos, las cabañas circulares con hogares centrales, propios de la arquitectura altomedieval, se perpetúan en el Bajomedievo 50. Una vez más, este dato demuestra la supervivencia de una arquitectura de bajo rango, afín a las clases populares. Junto a las arquitecturas residenciales, existían en el extremo del arrabal, ya en campo abierto, otras construc-ciones de tipo agrario 51. El número de hórreos era importante en Oviedo a fines del siglo XV. Más allá de que su presencia tratara de suplir la escasez de provisiones, parece significativo que un gran número de ellos estuvieran controlados por el gobierno municipal, que los cedía en aforamiento a personajes pertenecientes a la nobleza y a las clases comerciales 52. Sería un nuevo indicativo de su dominio sobre el marco rural y el hórreo actuaría, en este sentido, como un edificio fiscal destinado a recoger las cosechas extraídas del territorio alfocero. El gran problema que supuso para el ayuntamiento el impago de estos foros es, a nuestro entender, el indicio de un intento de privatización de los mismos por parte de las jerarquías urbanas 53. A este clima de renovación se le añadió un proceso de refinamiento de la ciudad. Es posible que por entonces se extienda el calzamiento de las calles, como demostrarían las menciones a «pedreras» entre el Postigo y la Regla 54. Estas labores urbanizadoras se acrecientan entre fines del XV y comienzos del XVI, intervalo en el que la ciudad vive una fiebre de proyectos: reparación de calzadas, empedrado de guijarros, traídas de aguas 55. Nos movemos otra vez en una fase de expansión económica 58. El dibujo de 1738 es la documentación gráfica más importante que se conserva para analizar el alzado de esta muralla plenomedieval. Por supuesto, tratándose de un croquis, los tamaños y elementos estructurales que describimos a continuación han de considerarse como orientativos de las proporciones reales. La muralla medía unas 10 varas, es decir, 8,35 metros de altura, en la zona de la puerta de la Soledad, cifra que coincide muy bien con las estimaciones realizadas hasta la fecha sobre los tramos supervivientes 60. En este espacio, los elementos de tiro y flanqueo se concentraban en una merlatura muy particular. Se trata de grandes merlones apuntados y muy posiblemente albardillados a cuatro aguas (fig. 4). Es un recurso propio de las murallas almohades 61 que Alfonso X adopta en sus construcciones militares 62 y que supone un notable cambio con respecto a otras cercas de mediados del XIII 63. Su empleo recurrente en Fig. 4. Merlones albardillados de forma apuntada, posiblemente a cuatro aguas, que remataban la muralla la arquitectura poliorcética posterior, hasta bien entrados los siglos XVI-XVII, invita a guardar cierta prudencia en la asignación cronológica 64. De hecho, en 1521, el mal estado de la muralla ovetense impulsó, entre otras medidas, a una reparación de las almenas 65. Las múltiples reformas acometidas a lo largo del tiempo ocasionaron que los remates del almenado variaran. Se documentan merlones rectangulares y menos voluminosos al final del Paraíso (fig. 5) y entre la calle San José y la calle Paraíso, este remate es liso y se hace con grandes losas, al igual que el propio suelo del camino de ronda (fig. 6). 60 Unos 8 metros, como propone G. Adán y también apuntó O. Requejo tras su intervención en la calle Jovellanos. Estas medidas de 8 metros la igualan a la muralla de Ciudad Rodrigo, edificada por Fernando II en la segunda mitad del siglo XII o al 1o recinto zamorano, levantado en la segunda mitad del XI. Las murallas de Ávila alcanzan los 12 metros. 61 En Sevilla serán introducidos por las obras de refortificación de la ciudad que llevan a cabo los almohades entre 1169 y 1220-21, tanto en la muralla como en las Torres de Oro, de la Plata y Blanca. Otro castillo coetáneo dotado de este elemento es el de Santa Olalla del Cala (Huelva), reedificado o erigido ex novo por Sancho IV en 1293 con rasgos constructivos de tradición almohade. Vuelven a aparecer en la torre de Medina de la muralla de Castellar de la Frontera, esta vez obra nazarí y meriní del XIII-XIV. La influencia de la arquitectura almohade se advierte igualmente en las obras de fortificación de Marruecos por parte de los alawitas, con modelos como la «qasaba» de Mahdiya, con aparejo de sillares y merlones albardillados en la puerta monumental. 62 Un paralelo puede encontrarse en la muralla alfonsí de Cádiz, a su vez derivada de la cerca de Jerez. 64 Incluso en obras debidas a la mano almohade, como las murallas de Gibraltar o la coracha de Tarifa pueden formar parte de estas reformas más tardías, cristianas o inglesas en Gibraltar, modernas en Tarifa. 66 Otra muralla de Alfonso X, como la de Cádiz, también se decanta por la mampostería. 67 Que hablan de mampostería en su parte superior y grandes sillares aparejados de forma irregular y con numerosas alteraciones en su parte inferior. 68 Así, en el tercer recinto amurallado de Zamora, fechado hacia 1325, donde la base de la muralla presenta 3 hiladas de grandes sillares poco escuadrados. Las tramas con que se representa la fábrica de la muralla nos informan de un aparejo de hiladas de mampuestos concertados dispuestos con cierta regularidad 66. Entre las puertas de la Ferrería y del Postigo, la banqueta aparece calzada con dos hiladas de grandes sillares de cantería isódoma o pseudoisódoma, aparejados de forma irregular. Este dato está confirmado por los informes de obras de inicios del XVI 67 y la disposición es apreciable en otras cercas de mediados del XIII 68. Quizá en nuestra zona su empleo esté impulsado, además, por la necesidad de reforzar los cimientos en un espacio de pendiente con afloramientos de roca («peñas» en el plano), donde la muralla iniciaba el brusco giro de su perímetro (fig. 7). Las puertas de la Ferrería y del Postigo constituían las dos entradas a la urbe amurallada en esta zona de la ciudad. El plano de 1738 esboza con esmero los componentes arquitectónicos de las mismas. En los dos casos, se trata de puertas simples en arco de medio punto. Carecían de los trabajos de fortificación que, en cambio, poseían las puertas de Cimadevilla, coronada por la torre que será sustituida por el nuevo ayuntamiento, la Gascona, con otra torre, o la Fortaleza, flanqueada por un cubo semicircular y guarnecida por la propia presencia del castillo urbano y la «barbacana de los Pozos» (fig. 8) 69. Sus características las integran en el grupo de postigos o puertas urbanas secundarias y el propio nombre del «Postigo de la Regla» con el Los arcos destacan en el dibujo por las amplias dimensiones de la luz, con paralelos en otras arquitecturas del XIII (fig. 9) 71. La puerta de la Ferrería se representa con más de 6 metros de altura desde la clave a la base y una anchura de unos 4 metros. Estaba coronada por un arco de medio punto despiezado en 16 dovelas de tamaño medio y apoyado sobre jambas con sillares o sillarejos dibujados a soga y tizón en 12 hiladas. La puerta del Postigo, por su parte, exhibía formas más pesadas, a lo que contribuía el mayor módulo de sus dovelas y sillares. El autor la representa con unos 7 metros desde la clave a la base y la misma anchura de 4 metros. El arco de medio punto contaba con 7 dovelas y apoyaba sobre iguales jambas a soga y tizón distribuidas esta vez en 10 hiladas. El postigo disponía, como el resto de arcos de la muralla, de una puerta cuyo cierre y apertura se reglamenta en 1534 para acabar con el conflicto entre el ayuntamiento un nuevo instrumento de influencia en el mercado de la construcción. En estos momentos, el arrabal del Carpio carecía del prestigio de los solares ubicados a intramuros, pero se verá favorecido por el surgimiento en sus inmediaciones del gran centro de gobierno de la urbe moderna, el Ayuntamiento y la Plaza Mayor77. La composición social del vecindario y las actividades profesionales preservaban los rasgos del Medievo. El Carpio se mantenía como residencia de las jerarquías eclesiásticas y de una nobleza de segundo rango que había sido incorporada a las filas de la creciente burocracia municipal. Junto a ellos, existían segundas residencias de la alta nobleza, como la casa del conde de Nava, perteneciente a la familia Velarde, cuyo palacio se elevaba al lado de la catedral. Y a su vez, se había sumado una nobleza nueva, llegada a la ciudad en el siglo XVII y comienzos del XVIII desde otros territorios regionales (Siero, Lena, Aller, Pravia) o extrarregionales (Galicia). Sus amplias posesiones en el marco rural de oriundez van a permitirles sufragar la construcción de residencias urbanas. Iremos mencionando muchos de sus nombres. En último lugar, también se mantenía la presencia de un grupo social formado por artesanos, aunque estos enclaves se encontraban más aislados y postergados. Se heredaba la presencia del horno de la ciudad, situado por el plano de 1738 al inicio de la calle del Carpio78. En el ambiente cada vez más refinado del arrabal, la presencia del horno debía de resultar muy molesta a los inquilinos, en tanto estos centros productivos conciliaban, según se indica en 1735, a los parias de la sociedad: numerosos pobres de solemnidad, enfermos de viruela y otros achaques 79. Los siglos Modernos añadieron al arrabal nuevos negocios. Es el caso de la barbería que el plano sitúa junto al arco de la Soledad. En el siglo XVIII, las barberías constituían parte del tejido sanitario de la urbe y el barbero podía actuar como curador80. En su configuración, este local parece mantener el modelo de las casas-tienda o casastaller medievales, con el negocio en el piso bajo y la vivienda en el alto81 (fig. 10). Otras veces, habían sido impulsados por una tímida y tardía implantación industrial que constituía, en realidad, un intento de renovar las viejas ocupaciones artesanales del Medievo según fórmulas fabriles. Es el caso de la curtidora fundada en 1759 por Andrés Cónsul-Jove y del horno y fábrica de cerámica de Talavera implantada en 1782, origen de la casona Nanclares82. Urbanísticamente, un doble eje estructuraba la trama como herencia medieval. El primero estaba determinado por la presencia de la «cerca viella» de Alfonso X, que generaba en su exterior una amplia avenida de unos 8 metros de anchura y forma curvada, la calle del Postigo. Era el caso de los inmuebles que ascendían desde la plaza del Sol hasta la plaza del ayuntamiento de Oviedo, cuyo remate final en 1659 antecedía en 70 años a la factura del plano83. En este caso, la necesidad de remontar una pendiente pronunciada era la causante de que, además, los edificios fueran ascendiendo en altura. Con mayor rotundidad, la manzana paralela a la puerta del Postigo presentaba un trazado en ángulo que repetía las formas del propio requiebro presentado por la muralla. Otras pequeñas agrupaciones diseñaban sus tabiques medianeros paralelos a la omnipresente cerca, como sucedía con las casas de Pintado y del conde de Nava. El segundo eje era, contrariamente, perpendicular a la muralla y estaba perfilado por los caminos que desembocaban en la puerta urbana de la Soledad. Entre ellos, por supuesto, figuraba la calle del Carpio, que seguía marcando la entrada de viajeros y mercancías. A su lado, la expansión urbanística, los problemas circulatorios consiguientes y el poder de los inquilinos motivaron la apertura de nuevas calles. Estos proyectos procedían de una mezcla de impulsos individuales y orgánicos y de intentos de regularizarlos por parte de las autoridades. A la vetusta y hegemónica presencia del Carpio se le había sumado la paralela calle de Santo Domingo, vinculada, como su nombre expresa, a su desembocadura en el convento de Santo Domingo fundado en 1518 84. El caso más singular explica los orígenes de la actual calle del Fuero. Esta «callejuela» fue abierta a instancias de don Pedro Martínez Feijoo, cuya casa se ubicaba en 1738 frente a la puerta del Postigo. La posición de la residencia de Pintado le obligaba a discurrir con el carro a través de una pendiente imposible de superar en su recorrido a la Real Audiencia, donde trabajaba 85. La callejuela, como todavía se aprecia hoy, será abierta con un trazado sinuoso y semicircular al tener que respetar la presencia del citado inmueble de Pintado y de la vivienda de Castañón. Su primer nombre, «calleja de Valdediós», se debía a la existencia en su extremo de una casa de este monasterio 86. Las vías confluían en la plaza del Sol, que se configuró como zona preferente de la vida en el barrio. En su equipamiento urbano se plantea en 1621 el traslado allí del viejo alberque de la fuente existente en la plaza pública 87 que el plano no representa. Por otra parte, el mal estado de las calles llevará a sucesivos proyectos de remodelación. En el año 1673, la calle del Carpio se encontraba en un estado «intratable» y se proponía al consistorio su «empedrado y reparo» 88. En 1731 el mismo consistorio promueve la elaboración de un plan general de composición. Debido a su condición de arrabal de acceso, en nuestra zona las obras se realizarían desde el arco de la Soledad y la callejuela que va a los Escorrales hasta la catedral 89. Desde el punto de vista del parcelario urbano, en 1738 el caserío estaba dispuesto en manzanas de traza lineal, dispersas y con grandes áreas vacías en el entorno inmediato, muy probablemente siguiendo la distribución de los solares medievales. De hecho, estas primeras agrupaciones constituían el límite del espacio urbano y el comienzo de la franja agraria que envolvía la ciudad, cuyos primeros prados se situaban inmediatamente por detrás. Ahora bien, al lado de estas pervivencias del pasado, el desarrollo de la ciudad en este sector fue organizado a partir de dos modelos de trama urbanística en los que afluía una inquietud ordenadora. 87 Inspirada por la de Gonzalo Guemes Bracamonte en la de la Granda. 88 Cuando se documenta su uso como camino hacia Siero. 89 A lo largo del trecho entre la casa de Juan Antonio Faes y el arco de San Pelayo y a lo largo de la calle Santo Domingo, portería arriba. 1) Trama lineal de casas adosadas. La más paradigmática es, sin duda, la manzana diseñada a la salida de la puerta del Postigo (fig. 11). La sensación de unidad de todas estas casas queda rubricada por la línea de imposta que recorre a la misma altura las fachadas. Todo hace pensar que esta manzana residencial fue planificada como un polígono de viviendas adosadas de dos alturas, pensadas para una demanda inmobiliaria noble. Se trata, muy probablemente, de un proyecto promocionado por el consistorio y rematado en un constructor que lleva a cabo las obras conforme a un dictamen técnico muy preciso 90. Un ejemplo paralelo de este procedimiento lo ofrece el proyecto de construcción de 5 casas en la plaza del Fontán en 1660 91. En su continuidad hacia la actual calle de la Puebla Nueva, asistimos, sin duda, al origen de otra de estas barriadas, pese a que aquí parece tratarse de una expansión paulatina. En este punto, la casona del conde de Nava atrajo, en honor a la dignidad de su dueño, la atención del mercado de la construcción, que promociona dos viviendas anexas (fig. 12). La calle Santo Domingo, aún cuando sólo aparece dibujada en su inicio, pudo ser otro de estos preconcebidos barrios lineales (fig. 13), puesto que todavía hoy se conservan, como veremos, edificios iguales a los dibujados casi al final de la vía. La tercera agrupación lineal, más anárquica a consecuencia de la progresiva elevación de los inmuebles, está integrada por las construcciones extendidas entre el arco de la Soledad y la Plaza Mayor, «arrimadas a la muralla de la ciudad», según tilda el plano. 2) Conjuntos aislados de carácter selecto. Como hemos indicado, la plaza del Sol era el espacio más distinguido de este arrabal y allí se concentraban las edificaciones de más porte. Estaba la agrupación de las casas de Inclán y Faes por una parte y la de Pintado y Castañón, por la otra. Estas últimas disponían de un amplio espacio de solares y huertas traseras rodeadas por una cerca que todavía está en pie, circundada al exterior por la calle del Fuero. La disposición en cuarto de esfera de estos antiguos solares se refleja también en el actual parcelario urbano (fig. 14). 90 Las intervenciones del consistorio en época moderna afectaban igualmente a los edificios privados. En Trujillo, las obras de arquitectura civil pueden provenir de la iniciativa privada pero otras veces es el ayuntamiento el que obliga a realizarlas por el mal estado de un edificio. 91 Establecían que las casas habían de ser «de igual edificio una de otras», con 19 pies y 6 dedos de ancho y el largo que dispusieran los constructores, con cinco arcos mirando al Fontán, dos arcos en las casas de los extremos, sangraderas con rejería para recoger las aguas de la plaza, fábrica de cantería («a piedra picón») en arcos, pilastras, puertas y ventanas. Todo ello se levantaría con mortero de cal y rejas en la cantería. Si éste es el estado de las cosas en lo que se refiere a la trama urbanística, en el estilo arquitectónico y la tecnología constructiva se operó una continuidad, por un lado, de las tendencias apreciadas en el Bajomedievo, definida por un proceso creciente de petrificación y dignificación. Esta petrificación no puede entenderse solamente como una necesidad inherente al incendio de 1521, efeméride que en todo caso aceleró la iniciativa, dado que forma parte de un panorama general en Europa 92. A su lado, como principal novedad, se llevó a cabo una extraordinaria unificación de criterios. El primer aspecto que explica esta uniformidad es la atención a las normativas urbanas de 1522 inspiradas por el incendio 93. En segundo lugar, constituye la imagen más acabada de los diseños arquitectónicos del clasicismo purista, desarrollado en Asturias desde fines del XVI, que tenderá a solaparse con el Barroco. Pese al tamaño desigual de las casas, los diseños muestran un palpable instinto tribal, una repetición monótona de argumentos edificatorios que representaban la cohesión del grupo dominante urbano y el cuidado de no perder jamás el ritmo de la novedad artística 94. En alzado, de los 28 edificios dibujados en el plano de 1738, 21 de ellos todavía presentaban una división en dos pisos, bajo y alto y sólo 6 exhiben ya de manera clara un tercer piso superior, manteniendo en duermevela la altura real de la casa de los Rivero sobre la muralla de la ciudad (tal vez 3 o 4 pisos). Es un porcentaje que coincide con las características edilicias de otras ciudades de la época, como Madrid, en las que los edificios rara vez superan los 3 pisos hasta bien transcurrido el siglo XVIII. En la capital hispana, solamente destacaban por su mayor elevación los construidos en las plazas mayores y otras plazuelas relevantes 95. La recurrente presencia de los muros cortafuegos es palpable y seguían metódicamente la citada normativa que otros núcleos urbanos ya habían proyectado a finales del XV, evolucionando desde las medianeras pétreas del siglo XIV 96. 15 de los 28 edificios seleccionados en el plano cuentan con ostentosos muros cortafuegos de mayor grosor y fábrica más noble. 92 En las cuatro villas cántabras, estas catástrofes impulsan una renovación de las casas, con mayor empleo de la piedra y numerosas noticias de viviendas reedificadas en este material en el XVI y XVII. En otras ciudades europeas, el tránsito hacia la arquitectura pétrea lleva a bautizar a las calles con nombres relacionados. Así sucede en La Rochelle en el XVI con el origen de la «Rue de Pierre». El proceso fue paulatino, concentrándose la fábrica pétrea primero en el piso bajo y extendiéndose en el XVII a todo el edificio. 94 Características de nuevo con paralelos en las cuatro villas, donde en el XVII las fachadas emplean mayoritariamente la cantería y se regularizan y organizan simétricamente sus vanos y puertas, bajo los preceptos de un clasicismo que irá dando paso, en los estertores de la centuria, al Barroco. 96 Particularmente a partir del gran desarrollo de las ordenanzas locales en el XV. Dentro de la urbanística medieval, Arízaga Bolumburu, 1990. Se observan tres tipos de muros cortafuegos, todos ellos unificados por sillería a soga y tizón. El primero, ancho, presenta un remate pinacular y sobresale por encima de la cubierta, como observamos en las manzanas del Postigo o las casas del Sol. El segundo es un muro cortafuegos truncado en su remate que no alcanza el alero del tejado, caso del empleado en las casas de Pintado y Castañón. El tercero es más fino y se trata más de un esquinal de cantería que puede estar cortado hacia la mitad por la prolongación de la línea de imposta de la fachada. Así se aprecia en las casas de Feijoo y Faes (figs. 15 A la luz del dibujo de 1738, los vanos que recorren las fachadas estaban adintelados sin excepción y o bien presentaban recercados de sillería o empleaban marcos de madera, sin que se aprecie la existencia de mandiles. Los escuetos diseños del dibujante sólo reproducen ocasionalmente la concepción de las puertas de entrada y su despiece. Atestiguamos a mediados del XVII la pervivencia de corredores con balaustradas de madera, a la manera de los somberados medievales, centrados en paños laterales o traseros97. Así lo confirma la casa del escribano y procurador Andrés González Candamo, que se erguía en 1653 en Santo Domingo (fig. 17)98. El corredor superior, más pesado, estaba compuesto por un antepecho con listones o costeras de madera planas sobre un basamento formado por 3 líneas superpuestas de largueros. Estos largueros se encastraban al muro mediante «pontones de sobremesa». El corredor estaba cubierto por un entablamento de madera sustentado en «pontones de sobrecalle» 99. El corredor inferior, más pequeño y retraído, presentaba en su balaustrada barrotes torneados sobre un único entablamento de madera y aprovechaba como cubierta el voladizo Fig. 15. Modelos de muros cortafuegos vigentes en las casas de 1738: de izquierda a derecha, en remate pinacular y sobresaliendo de la techumbre (casas del Postigo), en remate pinacular más estrecho (casas del Sol) gruesos y de remate truncado (casas de Pintado y Castañón) y con continuación de imposta de fachada (casa de Faes) Fig. 16. Vestigio de un muro cortafuegos con remate pinacular, como los que se representan en el plano de 1738. Formaba parte de uno de los desaparecidos edificios que amortizan la muralla medieval en la calle del Paraíso das, tenderá a refugiarse en los patios interiores de los palacios. Las cubiertas, en las que el uso de la teja es absoluto, están dispuestas a dos aguas, salvo en aquellos edificios que marcaban el final de la manzana, donde presentan tres aguas, y las edificaciones nobles más ostentosas y grandes, como las de Inclán, Faes, el conde de Nava y Valdediós, con cuatro aguas. El sistema de evacuado de aguas resulta particularmente interesante. En todos los edificios, la cumbrera del tejado está recorrida por un conducto formado por tejas en posición cóncava que se precipitaba más allá del alero, sobresaliendo hacia la calle y descargando las aguas (fig. 19). En el caso de una manzana de viviendas adosadas, la conducción era compartida por todos los inmuebles y atravesaba el muro cortafuegos si éste era más elevado que la cubierta, realizándose el vertido a través del edificio esquinero. Puede apreciarse mejor en las casas de Rivero, Valdediós, en la barbería y en la vivienda de Inclán, donde un detalle esbozado del dibujante sugiere un episodio de vertido del agua. ¿Constituyen una pervivencia de los «agüeros», «canales» y «alpendes» mencionados en la diplomática bajomedieval y abundantes en las casas ovetenses de los siglos XIII-XIV? 100 El arrabal es un mar de paredes revocadas y enlucidas probablemente a la crema (en blanco), ocultando el tosco mampuesto de los muros. Así lo representa todavía Ladrón del corredor superior, del que pende una estructura de tablas, reduciendo el hueco de luz. De acabado más noble, los corredores con balaustres torneados en espiral recorrían en 1738 el paño trasero de la gran casa de los Rivero sobre la muralla ovetense, esta vez segmentados por columnas (fig. 18). El empleo de los corredores, cada vez más minoritario en las facha-Fig. Línea de corredores de la casa de Rivero Fig. 19. Arriba, tejados de la manzana de casas del Postigo, abajo, a la izquierda, tejado de la casa del conde de Nava y tejado de la casa de Inclán, con el sistema de evacuado de aguas mediante una conducción de tejas situada en la cumbrera de la techumbre. El dibujo de la casa de Inclán reproduce uno de esos momentos de vertido (señalado por la flecha) en 1738. Sólo despunta la fábrica de sillería y sillarejo en los encuadres de los vanos y en los muros cortafuegos y esquinales, donde se dispone a soga y tizón. No es, con todo, el único tipo de fábrica empleado en las casas del XVII. Tanto la vivienda de Andrés González Candamo como la contigua de doña María García en la calle Santo Domingo utilizan en 1653 una fábrica mixta en sus fachadas traseras, con el mampuesto revocado para el piso bajo y una combinación de ladrillo y entablamento de madera para los voladizos de los pisos altos 101, el tabique de barretes (fig. 20) 102. En este sentido, Oviedo se sumaba al triunfo definitivo de la albañilería en la España de los siglos XVI y XVII 103, común, por otro lado, al marco europeo. Esa fábrica de ladrillería y madera resultaba menos pesada y más flexible y era, por lo tanto, muy útil en cuerpos volados que disponían como único elemento sustentante de vigas lígneas. A cambio, el inconveniente estaba representado por un riesgo mayor de incendio 104. El dinamismo de esta actividad constructiva impulsó la existencia de un amplio colectivo de profesionales de la construcción que englobaban, de arriba a abajo, todas las escalas edificatorias. Si en el siglo XVII atestiguamos la llegada de cuadrillas desde la Trasmiera, como veremos, en 101 Ministerio de Cultura, Chancillería de Valladolid, Planos, no 126. En Amberes, desde 1546 se prohíbe la construcción de casas de madera en el interior de la ciudad y se promueve el uso de la piedra y del ladrillo. 1752 se encontraban empadronados en Oviedo 2 maestros arquitectos, 21 oficiales de cantería, 54 carpinteros, escultores-tallistas y ebanistas, 8 de ellos maestros y los 46 restantes oficiales, además de 8 maestros albañiles y 14 oficiales de albañilería. Se les sumaban 9 pintores y doradores de retablos 105. El empleo masivo de teja y ladrillo dio forma, a su vez, a la formación de hornos en el espacio rural del concejo. La mezcla se llevaba a cabo con barro, agua y árgoma y se producía un apreciable volumen de hornadas anuales, con un total de 48.000 tejas y 15.000 ladrillos 106. Es importante constatar el dominio ejercido sobre los mismos por la nobleza ovetense, lo que ratifica el vivo interés de este grupo en el mercado inmobiliario. EL TRÁNSITO DE LAS FORMAS CONSTRUCTIVAS. CANTERÍA Y DIGNIFICACIÓN DE FACHADAS ENTRE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVII Y EL SIGLO XVIII A partir de la segunda mitad del siglo XVII, la arquitectura urbana de Oviedo vive un intenso cambio que no es extraño a los inicios de una fase de crecimiento económico tras la recesión de la primera mitad de la centuria 107. Son el arranque de un proceso de rejuvenecimiento arquitectónico que va a extenderse con rapidez a obras públicas (Ayuntamiento, casa de los Gobernadores, plaza del Fontán) y a obras de talante privado impulsadas por la nobleza 108. En el arrabal de Santo Domingo y el Sol, los vecinos adinerados no tardaron en responder al rebrote constructivo. Entre 1630 y 1680 se contabilizan 4 licencias de obras y foros en el Carpio y otras 9 en la calle de Santo Domingo destinadas a la construcción de edificios o a la reforma de inmuebles precedentes 109. Sin embargo, estas reformas tendrán un alcance irregular. Subsistía una concepción conservadora común a otras ciudades hispanas, con gran respeto hacia la arquitectura del pasado y una tendencia a modernizar la vivienda sin alterar las dimensiones y proporciones de las parcelas 110. No sólo era un intento de abaratar gastos sino, a veces, la demostración de un verdadero afecto hacia el edificio antiguo como símbolo del linaje 111. Por otra parte, estas mudanzas no estuvieron exentas de conflictividad social, originada quizá por la competencia entre los linajes principales del arrabal. Los pleitos que habían motivado la confección de los planos eran buena prueba de esta obsesión por entorpecer las reformas de sus vecinos. Trataban de evitar, así, que sus propios inmuebles quedaran desfasados 112. Los rasgos apreciados son comunes al panorama hispano de la época. En los casos más modestos, se edifica un nuevo frontispicio, que actúa casi a la manera de una estrecha fachada telón, respetándose por detrás el módulo original del inmueble. Frente a la fábrica de mampostería revocada y ladrillería, el nuevo aparejo introduce masivamente la cantería labrada, generalmente en arenisca, lo que permitía un soporte más blando y fácil de trabajar y por lo mismo, más barato. Asimismo, se cambian los vanos por balcones con rejerías y la puerta única y central por una puerta lateral y un vano contiguo. La presencia de balcones de rejería como principal elemento de dignificación (fig. 21) alude a Fig. 20. Alzado trasero de las casas de doña María García (la pequeña a la izquierda) y de Andrés González Candamo, (la grande con corredores a la derecha) en 1635, ubicados en la calle de Santo Domingo (Ministerio de Cultura, Chancillería de Valladolid, Planos, 124) modelos palaciegos como el de la casa Oviedo-Portal, que comienza a edificarse en 1660 113. Los balcones desempeñarán un rol importante en la casa nobiliaria al constituir una proyección exterior de la sala, la dependencia más significativa de la residencia. Aparecen, igualmente, como un espacio muy ligado al mundo femenino y lugar de control de la vida cotidiana que transcurre en las ruas. Sin embargo, la edificación de los balcones volados fue objeto de atención por parte de las ordenanzas municipales de la época, que trataban de evitar los problemas de circulación en las calles 114. A nivel de alzado, se tiende a añadir un tercer piso, aspecto que obedece a la necesidad de generar más espacios de habitación cuando el edificio no se puede expandir en anchura 115. Las novedades fueron llegando a nuestro arrabal en borbotones. En la calle Santo Domingo se concentraron una gran parte de las iniciativas más tempranas. El primer ejemplo conocido es la casa de Jacome Palacio Vigil, hoy casa no 18 (fig. 22) 116. Este personaje pertenecía a la estirpe de los Vigil de Quiñones y era regidor de la ciudad. La nueva morada contaría con una fachada remozada, erigida con piedra bien labrada, impostas redondeadas y tres alturas, tres vanos en el piso central y una puertaventana con dos vanos laterales en el segundo piso. Jacome hizo especial hincapié en el tipo de balcón, que debía ser muy volado y conforme al diseño que él deseara. De esta manera, el inquilino podría contemplar desde una posición privilegiada las frecuentes procesiones que cruza-Fig. De izquierda a derecha, balcones con rejería de las casas de Feijoo, Inclán y Pintado 113 González Santos, 1996, p. 114 Así, por ejemplo, las ordenanzas de Torija para Madrid en 1661, fuente de muchas otras disposiciones urbanísticas del Reino, prohibían rejas bajas que volasen más de cuatro dedos en las calles estrechas y balcones construidos a menos de 14 pies de altura. 115 Por ejemplo, en las cuatro villas cántabras. Pero además, el dueño demostraba una evidente previsión económica al reservar el piso bajo para su arrendamiento. La fachada actual sigue con bastante fidelidad ese diseño. Es posible que el piso bajo sólo contara en inicio con una entrada, siendo las dos actuales el resultado de transformaciones propias de la segunda mitad del XIX. Esta obra pudo tener un efecto inmediato en el destino de la edificación colindante, la casa no 16, que por entonces pertenecía a don Andrés González Candamo. Su familia estaba unida a puestos de responsabilidad ciudadana desde el siglo XVI118 y a lo largo del XVII se convierten en una verdadera estirpe de escribanos119. La reforma de su domicilio estuvo destinada a ennoblecer los materiales de la fachada trasera, orientada hacia la calle Santo Domingo, cambiando la fábrica de mampuestos y ladrillo con entablamento de madera, tal como llega al año 1653, por el lenguaje de la sillería. El frontispicio preserva del primitivo edificio la distribución en piso bajo y dos pisos altos con cuerpos salientes en ligero voladizo sobre la calle. Estos voladizos influyeron en la confección de los muros cortafuegos, que repiten el saliente a través de ménsulas. Resultaba de ello un conjunto con rasgos arcaicos de sabor medieval. El piso bajo sustituía la entrada única, común a los edificios del XVII, por la puerta lateral adintelada y vano y el segundo piso copiaba el modelo de la casa de Jacome al introducir una puertaventana en el centro custodiada por dos vanos. El primer piso presenta hoy tres puertaventanas, pero nos preguntamos si no se trata de una reforma posterior (fig. 23). No es el único ejemplo de la calle que puede pertenecer a esta etapa. Es el caso de la casa no 19, cuya puerta de entrada cuenta con un dintel de orejeras laterales, frecuente en la arquitectura del siglo XVII (figs. 24 y 25)122. Las trazas de la vivienda son muy semejantes a las arquitecturas de la calle representadas en el plano de 1738. Sin embargo, en este caso parece haber vivido otra reforma de ennoblecimiento. Dichas obras emplearon la cantería e hicieron que los vanos superiores fueran cambiados por puertaventanas, aunque se mantenían las dos alturas. El alzado fue alterado con posterioridad, quizá en el siglo XIX, al incorporarse un tercer piso al edificio 123. Otra vivienda que vive un proceso semejante es la casa de don Bartolomé Pintado, situada en la confluencia entre la plaza del Sol y la calle Santo Domingo. El módulo original puede apreciarse en el actual inmueble. El edificio era de dos pisos, con cubierta a dos aguas y fábrica de sillería. En el piso inferior, se abría la puerta adintelada con clave trapezoidal en el dintel. El vano lateral, recercado mediante finos sillares, repite este esquema, aunque hoy ha sido sustituido por una puerta. El piso superior presentaba dos balcones igualmente refajados mediante sillería y abiertos hacia una balconada corrida de rejería sobre un basamento moldurado, que se prolongaba a la fachada la- teral oeste 124. El lateral meridional, que marcaba la medianera con la casa contigua, se encontraba delimitado por un potente muro cortafuegos. Es significativo que en el plano de 1738 sea la única construcción que Riva dibuja explícitamente con fábrica de sillería, lo que evidencia que en el espacio representado constituía una verdadera rareza (fig. 26). Y es que la irrupción del nuevo modelo de arquitectura doméstica no fue generalizada ni implicó siempre una repetición de los mismos planteamientos. La calidad social del residente y sus medios influían en el diseño. En el proyecto del arquitecto Juan de Estrada se mantenía la fábrica de mampostería y se reservaba la cantería para esquinas y vanos. Por otra parte, el promotor dudaba entre los dos o tres pisos de altura. Su propietario no era miembro de la nobleza titular y estaba experimentado por entonces un ascenso a través de los cargos municipales 125. Kawamura identifica esta vivienda con la casa de Pedro Martínez Feijoo reflejada en el plano de 1738. De ser así, la construcción optó finalmente por dos pisos. Esta vivienda es fiel a las líneas estilísticas del vecindario y tenía su elemento más destacado en el balcón superior de rejería y el dintel con doble moldura de la puerta de entrada, al gusto del siglo XVII (fig. 27) 126. A partir del siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad, la dinámica se verá enriquecida por la irrupción de los nuevos postulados neoclásicos y un nuevo momento de expansión agraria127. Estas iniciativas, lejos de constituir actuaciones individuales, formaban parte de un ideario propio de la ciudad borbónica. Por un lado, frente a una concepción más restrictiva del embellecimiento urbano centrado en el «espacio del príncipe», se detecta en la Fig. 26. Módulo original de la casa de Pintado tal como se representa en el plano de 1738 y tal como llega a la actualidad 124 En Portugalete, un edificio prácticamente idéntico es la casa no 20 de la Calle del Medio, con dos pisos, el bajo estructurado en puerta lateral y vano y el 2o con balcón central dotado de balaustrada y dos vanos laterales. 126 Como atestiguarían las molduras en la entrada al palacio de Celles (Siero) y en el palacio de Valdecarzana de Oviedo. opinión pública una tendencia general a reclamar el aderezamiento de la ciudad, con gran influencia francesa 128. El propio estado borbónico inspirará diversos proyectos de racionalización urbana, plasmados en las alineaciones, paseos y ensanches 129. A ello se sumaba un intento de racionalizar la práctica arquitectónica a través de las titulaciones de la Real Academia de San Fernando, motivo de agrios pleitos entre la vieja guardia de maestros y los nuevos arquitectos titulados 130. En el ámbito municipal, el intento de controlar los procesos se expresa en las ordenanzas municipales de Ardemans de 1719, recopilación ampliada de las de Torija que sirvieron de base legal a los maestros y artífices del XVIII 131. Así pues, orden, raciocinio y prestigio de las elites sociales nutren la marea de reformas que intervienen la faz de Oviedo. Los proyectos urbanísticos son puntuales y preservan siempre el núcleo amurallado, concentrándose en la periferia urbana. Se observan este tipo de soluciones en el Paseo de Chamberí, en la carretera de Galicia, con la glorieta y canapé de la Silla del Rey (1776), en la carretera de Oriente, en la carretera de Castilla, iniciada en 1771, con el campo de San Roque en su inicio, en el campo de los Reyes de la carretera de Gijón o en el Paseo de la Fuente de la de Grao 132. Desde el punto de vista de la iniciativa privada, la alta aristocracia va a mantener el impulso edilicio que había manifestado en el siglo anterior. Durante el año 1719, los poderosos Bernardo de Quirós dan inicio a las obras de su nuevo palacio, proyectado ya en 1698 134 y poco después, hacia 1725, hace lo propio el palacio del duque del Parque, contando ambos con proyecto del citado Ladrón de Guevara 135. En nuestro arrabal, se aprecia una continuidad con respecto a las líneas edilicias abiertas en la segunda mitad del siglo XVII. El proceso de petrificación mediante cantería prosiguió. Este cambio tecnológico pudo incidir en la suerte de los espacios fabriles dedicados a la producción de teja y ladrillo, puesto que en el meridiano del XVIII, dos de los hornos situados en el marco rural de la ciudad se encontraban arruinados 136. De hecho, los aparejos mixtos de mampuesto y ladrillo se irán reservando a lo largo de la centuria para las construcciones más humildes 137, nueva prueba de que el ritmo de los cambios constructivos era muy desigual socialmente. 136 Así aparecen en el catastro de Ensenada, como puede apreciarse en la tabla que hemos incluido más arriba. 137 En la Salamanca del XVIII, las casas más pobres se construyen en mampostería para el primer piso y tapial de tierra o entramado de madera y ladrillo para el segundo. Lo mismo sucede en el distrito cántabro de las cuatro villas, en el que las viviendas modestas se edifican en madera, ladrillo y muros de argamasa hasta entrado el siglo XVIII, como se percibe en los contratos de obras. 139 En Salamanca, las oligarquías renuevan sus moradas mediante el empleo de sillería, esquemas geométricos y desornamentados, simplicidad de las molduras (orejeras, placas recortadas, escudos...), imposta entre plantas y una sustitución de las ventanas por balcones según el gusto de la época. En El Ferrol, una ciudad prácticamente de nueva planta, organizada a instancias del proyecto borbónico de base naval, las fachadas del tipo 5 representan la consumación del edificio de 3 o 4 plantas destinado a las familias más ricas, con mejor fábrica, balcones volados y corridos y gran sobriedad ornamental. En las Cuatro Villas, las reformas vuelven a incidir en el empleo de fachadas de sillería con balcones, además de portadas con arcos de sillería que representa la diferencia más nítida con nuestro espacio ovetense. Escudero Sánchez, 2005 En un último grupo, las actividades constructivas fueron más profundas y determinaron la sustitución de las fachadas o la reconstrucción de la vivienda. Así sucedió con la casa de Castañón, adyacente a la de Pintado. Se trataba de un representante de la baja nobleza agraria asentada en Oviedo, puesto que provenía de Nembra (Aller), donde en el siglo XVI ya eran familia distinguida 145. En el siglo XVII, sus miembros acudían con cierta frecuencia a la ciudad como procuradores ante la Junta 146. La estirpe alcanzará su mayor proyección pública en la segunda mitad del siglo XVIII, momento en el que, como efecto, pudieron llevar a cabo la reforma de su vivienda 147. La casa mantiene hoy parte de su distribución original. El inmueble de 1738 presentaba un piso bajo con entrada adintelada en el centro que marcaba el eje axial de la fachada y dos pisos superiores de composición muy regular, divididos en fachada por impostas. Este frontispicio estaba flanqueado por los muros cortafuegos que señalaban la medianera con la casa de Pintado y con otro inmueble idéntico que hoy ha desaparecido. El tramo de cortafuegos que se conserva presenta ménsula, conforme a los diseños de edificaciones del XVII como la casa de Andrés González Candamo La reforma introdujo soluciones propias de la vivienda de Pintado. Los vanos superiores fueron sustituidos por puertaventanas y balcones con rejerías, se eliminaron los muros cortafuegos entre ambos edificios, se prolongaron las líneas de imposta y se implantó la fábrica de sillería. En el piso bajo se abrió una segunda puerta, aunque volvemos a tener dudas de su cronología (fig. 30). No descartamos que estos cambios se deban a la unificación de ambas viviendas por parte de un mismo propietario. El modelo resultante es propio de las edificaciones de la segunda mitad del XVIII, con paralelos en los tipos 4 y 5 de El Ferrol 148. Casas de Pintado y Castañón en su estado actual y casa de Castañón en el plano de 1738, con la vivienda desaparecida e n su flanco derecho. A la derecha, detalle del cortafuegos original con ménsulas 144 En 1785 nos encontramos con un Diego Felipe Castañón ocupando oficio en el consistorio, por lo que, o nuestro personaje era muy joven en la fecha del plano o se trata de un descendiente suyo haciendo gala de la habitual recurrencia onomástica. En el mismo documento, se especifica su procedencia familiar de Nembra. 145 Así lo apostilla Tirso de Avilés, quienes considera a los Castañón, «buenos hijos-dalgo de este concejo de Aller». Pudo ser miembro de esta familia Juan Antonio Castañón, rector de la Universidad de Oviedo en 1686. 148 3 o 4 pisos, sobriedad ornamental, balcones volados y en las casas más nobles, corridos. Modelos así se aprecian en el barrio Viejo y son el fruto de la política de reurbanización borbónica consustancial a la formación de la base naval desde 1726. En niveles más dignos, cuenta con paralelismos en edificaciones de las Cuatro Villas ligadas a familias de navegantes Otra vivienda que fue sometida a reformas fue la casa de Valdediós, propiedad del monasterio de Santa María de Valdediós. En 1738, este edificio, situado en la esquina entre la callejuela abierta por Pedro Martínez Feijoo (C/ del Fuero) y la actual calle de la Puebla Nueva, era un modesto inmueble que repetía la tendencia arquitectónica del arrabal en el XVII, esta vez sin robustos esquinales o muros cortafuegos de sillería. En 1791, la comunidad monástica procede a reformar el inmueble, manteniendo el volumen de la anterior casa 149. El proyecto empleaba ahora una fachada en cantería de arenisca, desplazaba la puerta adintelada a un lateral e introducía un vano en el piso bajo. El piso alto sustituía los dos ventanucos por un balcón con balaustrada (fig. 31). Rematando la reforma, en el esquinal de la casa se incrustaba el escudo con los símbolos de la orden del Cister y el medallón con la fecha de construcción (fig. 32). Al interior, las excavaciones arqueológicas documentaron la factura de un pavimento empedrado de guijarros con bordillo de cuarcita que reproducía el calzamiento de las calles y la colocación de escalones en la entrada. A su vez, se ampliaba el espacio de sótano al W Fig. 31. Casa de los monjes cistercienses de Valdediós en 1738 y tras la reforma de 1791 y comerciantes enriquecidos, como las casas del capitán Domingo de Rosillo (año 1697), con piso bajo de arcadas de medio punto -la nota distintiva-y dos pisos altos con 2 puertaventanas en cada altura abiertas a balcones de rejería y escudo barroco. De la 2a mitad del XVIII ofrece más semejanzas la casa de la familia del Mar, con fachada de sillería y balcones de hierro sobre basamento. 149 Las excavaciones arqueológicas dirigidas por G. Adán exhumaron el muro de la primitiva morada bajo los cimientos de la reforma finisecular. Sin embargo, la obra más importante de este período va a dar lugar al palacio de Inclán. La primera era propiedad de Don Ventura de Inclán, miembro de una familia oriunda de Pravia, donde constan asentados como hidalgos antiguos en la segunda mitad del siglo XVI151. La vivienda dibujada en 1738 respetaba las características generales de la barriada, con dos pisos, esquinales de sillería a soga y tizón, balcones de rejería y cubierta a cuatro aguas rematada por la consabida conducción de desagüe. En aquel momento, vivían en el inmueble Álvaro José de Inclán Valdés y Leiguarda, su esposa Maria Luisa de Mier Hevia y su hija Benita. El matrimonio atesoraba numerosos mayorazgos en espacios agrarios de los que dependía buena parte de su hacienda 153. El segundo inmueble estaba adosado en su costado norte y era la casa de Faes, residencia de una familia asociada en el siglo XVI al concejo de Siero 154 y en el XVII, al de Lena 155. Sus miembros constan afincados en Oviedo desde 1595-1596 ocupando judicaturas y en la primera mitad del XVIII, sus funciones gubernativas se hacen más habituales 156. En 1738 residía en la casa el canónigo Ventura de Faes. Las trazas eran comunes, aunque en niveles de mayor modestia. En la segunda mitad del siglo XVIII, la familia Inclán alcanza un período de esplendor. El propio Álvaro de Inclán aparece como regidor de la ciudad en 1785 158 y durante esos años, además, sus vástagos se unen con un importante linaje de la ciudad de Gijón, los Valdés 159. En consecuencia, los Inclán van a impulsar una profunda transformación de su residencia que escenificara ante el vecindario todo su poder. La mayor amplitud del espacio envolvente, la posesión de notables recursos y la compra de solares les permitirán llevar a buen puerto un discurso ambicioso. El proyecto del palacio estará firmado por un joven Manuel Reguera, el más importante de los arquitectos asturianos de la Ilustración, a quién fue adjudicada la obra en 1759 160. La comparación entre el dibujo de 1738 y el edificio que llega a nuestros días permite demostrar que la casa familiar fue incorporada y respetada íntegramente al menos a nivel de fachada, ampliándose en anchura. Precisamente, este respeto explica el desplazamiento de la puerta de entrada con respecto al eje axial de la fachada 161. Del primitivo edificio desaparecía la imposta (fig. 33). La ampliación de la fachada, de otra parte, estuvo marcada por la adquisición de los solares contiguos 162, que incluían la vivienda de los Faes. El dibujo indica que el porte monumental se potenció al sobreexcavar el subsuelo, aprovechando el desnivel existente al norte y construyendo una banqueta de sillares. Esta banqueta podía tener un uso funcional. Como se percibe en los proyectos de obra del XVII, los declives del terreno ocasionaban habituales escorrentías y los zócalos pétreos eran empleados para proteger la cimentación de las viviendas 163. El desnivel permitía generar en la calle de Santo Domingo -hoy Oscura-una entrada para caballerías 164. Con el fin de dotar al palacio de un eje central, se coronaba la techumbre con un escudo exento muy familiar al diseño del blasón del Hospicio y Hospital de Oviedo, ejecutado un año antes 165. Finalmente, hacia atrás, la expansión del palacio destruía la pequeña vivienda representada en el dibujo de 1738 tras la casa de Faes. La imposibilidad en 1759 de organizar un jardín en la parte trasera, donde se extendía la callejuela que comunicaba las calles del Carpio y Santo Domingo 166 no desanimó a la familia y medio siglo después debió de intentar anexionarse este espacio. Por ello, en 1817, la Real Audiencia embargaba la calleja «que desde el Carpio sale a la Oscura entre la casa del Sr Inclán y la de María Tuñón», enajenando los materiales acopiados para su cerramiento167. LA PERDURACIÓN DE LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA MODERNA EN EL SIGLO XIX Los modelos constructivos de la ciudad dieciochesca perduran en el arrabal durante la primera mitad del XIX y las autoridades municipales los emplean como normativa básica En el año 1834, por ejemplo, el edificio no 4 en la esquina entre la calle Santo Domingo y la calle del Fuero, actual Fuero 2, tiene las fachadas tan deterioradas que el informe municipal testimonia la posibilidad de un accidente. Debido a ello, se obliga a su propietario a reedificarlas des-de los cimientos. (fig. 34). Las instrucciones eran claras al respecto: el frontispicio principal debía mantener la línea a paño de su predecesor, con una puerta y una ventana en el piso bajo y dos puertas de balcón de antepecho en el alto. En el costado, debería disponer de tres ventanas en el bajo y tres balcones en el alto. A su vez, el ángulo saliente situado en la esquina entre la calle Oscura y la calleja de Valdediós debía realizarse en cantería a bocel o chaflán en su arista y el alero no podía superar los dos pies de vuelo. Finalmente, las fachadas serían blanqueadas o enlucidas 168. Es posible, de otra parte, testimoniar la pervivencia de viviendas propias del XVII-XVIII, muy similares a las dibujadas en el plano de 1738, hasta las últimas décadas del XIX, En 1885, se acomete la transformación de la casa no 5 del Carpio. El plano ofrece la imagen del alzado original y del alzado renovado. El edificio previo es propio de una casa de dos alturas del siglo XVII. La reforma suponía, principalmente, la sustitución de los vanos superiores por dos balcones con rejería (fig. 35) 170. En otros casos, los edificios antiguos fueron sometidos a remodelaciones según nuevos preceptos, que incluían como elementos más destacados el añadido de pisos en altura, la presencia de galerías acristaladas y la apertura de dos puertas adinteladas o en arco escarzano para el piso bajo. La inclusión tardía de esta doble puerta simétrica ya se intuía en las casas de Pintado o Castañón y podemos cerciorarnos a través de varios ejemplos. Ésta volvía a preservar trazas propias del XVII, con dos pisos de altura. Las obras implicaron la sustitución de la puerta lateral y el ventanuco del piso bajo por dos puertas adinteladas. El balcón y el ventanuco del piso alto se transformaban, a su vez, en dos puertaventanas más amplias (fig. 36). La casa no 8 de santo Domingo mantiene en su estado actual una distribución en altura propia de modelos de la 2a mitad del XVIII, como la vivienda de la familia del Mar en las Cuatro Villas cántabras 172: fábrica de sillería, dos pisos superiores separados por una imposta, con puertaventanas abiertas a balcones de rejería y una puerta lateral y un vano en el piso bajo. En 1879, el piso bajo se encontraba en mal estado y su propietario procedía a sustituir las aperturas por dos puertas con arcos escarzanos. Además, se limpiaba la fachada y se cambiaba el «feo alero del tejado por una cornisa moderna de buen gusto» 173. En el alzado del proyecto no se contempla ni la imposta entre el segundo y el tercer piso ni el escudo que figuran hoy (fig. 37). De estas transformaciones da imagen finalmente la reforma de la casa no 4, efectuada en 1885 174. El edificio original presentaba tres pisos, puerta y ventana lateral en el bajo, con rejas y puertaventanas en los pisos superiores. En esa fecha, ya había vivido el añadido de un cuarto piso. Ahora, los cambios incluían la transformación de las aperturas del piso bajo por dos puertas y de los tres vanos del cuarto piso por una galería acristalada (fig. 38). LA SUERTE DE LA MURALLA MEDIEVAL ENTRE LOS SIGLOS XVII Y XVIII: PRESTIGIO Y ALTERACIÓN Era el emblema de la ciudad medieval, el nexo entre pasado y presente y en los siglos XVII-XVIII, la muralla conserva buena parte de sus méritos. Todavía no ha sido considerada como barrera frente al progreso y delimita el sector urbanístico de prestigio a intramuros. Por ello, hay deseo de mantenerla En el período de notable movimiento constructivo que rodea al incendio de 1521, se solicita repetidas veces la obtención de dinero de sisas destinado a la reparación de la muralla y sus adarves, caída en muchos puntos 175. Y la propia cerca de la Ferrería había sido objeto de una petición de dinero en 1499 al encontrarse con grietas en algunos lugares 176. En el año 1662, se decidía cegar las puertas, reparar las escaleras del adarve y derribar todos los muros que impidieran el libre transcurrir por este camino de ronda 177. Sin embargo, en lo que respecta a las puertas del barrio, es dudoso que dicha iniciativa se llevara a cabo. En el plano de 1738 no hay indicio alguno de tales obras y la puerta de la Soledad aparece cubierta, como sabemos, mediante un tejaroz. Las dificultades que presentaba la cimentación de la muralla en nuestro espacio obligaron poco después a nuevas reformas. En abril de 1741, el maestro Pedro Muñiz Somonte daba cuenta del reconocimiento practicado en el tramo de muralla sito entre la casa del Paraíso y la Fig. 38. Casa no 4 de Santo Domingo (A.M.O.) antes y después de la reforma puerta de la Soledad, indicando la existencia de varios «trozos» de pared con necesidad de recalzarse en un total de 400 pies de largo por 4 de alto 178. Esta obra puede corresponder a la nueva fábrica que combina sillares de arenisca isódomos y pseudoisódomos de peor factura junto con sillarejo en la muralla del Paraíso. De hecho, el soporte litológico de esta cantería remite a las fábricas de los edificios levantados por entonces en la barriada. Sin embargo, el refuerzo resultó inadecuado y en un momento posterior hubo de cerrarse con ripios una grieta que corta tanto el paramento antiguo de la cerca como la banqueta de cantería (fig. 39). Asimismo, las puertas se sacralizan con el devocionario de la religiosidad barroca. Es por entonces cuando se procede al bautizo de la puerta de la Ferrería como de Nuestra Señora de la Soledad. Es muy probable que en 1738 no se conservara, puesto que no aparece representado ni mencionado en el plano y será ordenado poner de nuevo en 1774 180. Poco después, en 1746, un vecino de la ciudad colocaba un crucifijo en el arco de la Puerta Nueva 181. Y en la torre central del ayuntamiento que sustituye al alcázar de Cimadevilla se coloca entre 1671 y 1673 un templete con nicho destinado a cobijar una imagen del Santo Ángel de la Guarda (fig. 40) 182. Los cambios en la trama urbanística y los intereses de los propietarios empujaron a polémicos intentos por abrir nuevas entradas. En 1663, por ejemplo, se inician las diligencias para una obra de este talante que permitiera el paso entre los Escorrales y Las Carnicerías, proyecto embargado por el regidor de la ciudad sólo un año después 183. No obstante, el hacinamiento intramuros, la escasez de solares aptos para grandes construcciones y el propio concepto de dignidad de la muralla hace que las jerarquías de la ciudad pugnen por apropiarse de sus tramos, construyendo residencias en el mismo camino de ronda184. Lo harán, por una parte, los grandes señoríos monásticos. En 1591 es el monasterio de San Vicente el que firma un contrato con el Ayuntamiento para edificar encima de la muralla, respetando el derecho de paso en caso de guerra 185. El mismo monasterio obtenía en 1645 permiso para atajar el paso de la muralla lindante con la huerta del convento por los inconvenientes y prejuicios del tránsito de gentes, aunque, una vez más, respetando el paso franco 186. Estas acciones iban muchas veces en contra de la ley; como en 1705, cuando ocupa su ronda contraviniendo las instrucciones municipales. Los actos vandálicos se repiten en 1751 con motivo de la construcción de un mirador; o en 1777, fecha en la que edifica «despóticamente» un nuevo cuarto 189. Estas obras han dejado impronta en los tramos conservados de muralla. En los planos de 1738 y 1777, el adosamiento de inmuebles a la cerca es claro tanto en el Sol como a exterior del barrio de Socastiello. Hoy en día, la muralla del Paraíso aparece atravesada por ventanas que daban luz a las casas adosadas al interior (fig. 41). Como ya Especialmente demandada por la elite será la zona de las puertas, aquella que simbolizaba el tránsito entre el mundo desordenado del agro y el mundo privilegiado de la urbe y donde los edificios podían ser contemplados por el trasiego de gentes. El nuevo Ayuntamiento devorará la puerta de Cimadevilla, pero se permitirá un recuerdo suyo a través de la gran arcada que permite el paso a la calle homónima y de la torre central que sustituye al alcázar. En nuestro arrabal, la casa Rivero constituye un magnífico ejemplo de este comportamiento. La familia ya ocupaba un alto lugar en el Oviedo de fines del XV190 y preservarán su status a lo largo de los siglos XVI y XVII191, convirtiéndose en el siglo XVIII en uno de los linajes señeros de la Junta General192. En 1738, su residencia se elevaba «sobre la muralla de la ciudad», como indica el propio plano, justo al lado de la puerta de la Soledad. Vivía en ella don Joaquín del Rivero y la vivienda había sido objeto de un embargo, desconocemos si motivado por su usufructo de la cerca. Las trazas representadas aluden a la arquitectura doméstica del XVII. En el dibujo, la existencia de una puerta en la fachada que da a la muralla parece indicar que el pasillo del adarve se respetó por delante de ésta y que el edificio poseía un acceso directo al mismo. Se seguía el ejemplo del palacio de Camposagrado en Avilés, donde a partir de la casa fuerte bajomedieval de los Alas Carreño, existente junto a la cerca avilesina, se producirá una transformación en palacio que irá apropiándose paulatinamente de la muralla en los siglos XV-XVII. Pese a ello, el edificio resultante respetará el paso del adarve, abriendo dos puertas laterales y manteniendo un carácter público o semipúblico para el mirador palaciego193. En la casa de los Rivero, este paralelismo induce a pensar que el edificio tenía mayor altura hacia la fachada principal, orientada al interior de la urbe, para poder así salvar la diferencia de cota de la muralla. En lo que respecta a la fachada trasera, visible a ojos de los viandantes que cruzaran la puerta, la casa proponía una simbiosis entre los miradores o «loggias» italianas, como había hecho el propio palacio avilesino y el modelo hispano de vivienda porticada. Mantenía, así, una sucesión de tramos de columnas y balcones de madera distribuidos en dos pisos, muy propio de los edificios situados en las plazas (fig. 42). En nuestro caso, tal vez estuvieran actuando como referentes los diseños de casas de la plaza ovetense del Fontán, ejecutados en 1660 194. Treinta años después, en el plano de Reiter de 1777, el solar de la casa aparece ocupado por tres inmuebles adosados al interior de la muralla, de módulo cuadrangular muy alargado y respetando en su fachada el paso del adarve. Es muy probable que se trate de una renovación del edificio, siguiendo la tendencia descrita en el arrabal (fig. 43). Oviedo, el arrabal del Carpio. El trabajo fue organizado en tres fases, correspondientes al análisis de la documentación previa (fuentes escritas, gráficas, materiales), seguido de una prospección urbanística y finalizando con la síntesis de resultados. Esta síntesis ha sido redactada a partir de un enfoque diacrónico de tiempo largo, tratando con ello de secuenciar la evolución del ciclo constructivo y las motivaciones históricas de los cambios. Al respecto, cabe destacar, por encima de sucesos coyunturales, la existencia de factores estructurales. Por una parte, la influencia que las etapas de crecimiento económico y de consolidación de los grupos de poder tuvieron en los cambios de la tecnología constructiva. En este factor incidían los profundos intereses especulativos del patriciado urbano al ser los máximos propietarios de solares e inmuebles. Dichas cuestiones obligan a matizar la importancia central que se ha concedido a los acontecimientos catastróficos (incendios, asedios), que actuaron en todo caso como incentivos para las mutaciones edilicias. En último lugar, entre los siglos XII-XIII y el XVIII se advierte un proceso de dignificación constructiva en las arquitecturas de los grupos de poder que tiene su máximo gradiente en la petrificación y el empleo de fábricas más nobles. Es el reflejo de su paulatina consolidación social en la ciudad y de la concentración de medios económicos en sus manos. El esplendor mercantil y artesanal y el desarrollo urbanístico de la urbe a partir del siglo XII modeló la formación de un barrio oriental a extramuros de la ciudad amurallada, urdido en torno a la calle del Carpio. El vecindario medieval de ese suburbio muestra una condición social elevada, conviviendo representantes del clero catedralicio, miembros de la baja nobleza y artesanos. Su situación en el extrarradio determinaba, por otra parte, la presencia de industrias contaminantes (hornos y pelames) y profesiones deshonrosas como las mancebías. En los siglos XVII-XVIII atestiguamos la definitiva jerarquización social del vecindario. El suburbio se transforma en una zona residencial destinada a la baja nobleza urbana que integra las filas de la creciente burocracia municipal. Esta nobleza dispone de solares en el interior de la urbe, donde construyen sus residencias la alta aristocracia de mandones y los monasterios históricos, pero se ven atraídos por la cercanía del arrabal a los centros de poder urbanos (ayuntamiento y catedral). El comercio, las rentas agrarias y los sueldos municipales integran las fuentes de ingresos que invierten en sus moradas. Partiendo de este entramado social, se desarrollan varias fases en el ciclo constructivo. Antes de los siglos XII-XIII asistimos a una primera fase. Los ovetenses habitan en un universo de arquitecturas 8. CONCLUSIONES Las artes cartográficas alcanzaron un notable esplendor durante los siglos XVI-XVIII. Estas fuentes han sido empleadas sobre todo en el análisis urbanístico y artístico a gran escala. Sin embargo, constituyen espléndidos documentos de arqueología de la arquitectura al recrear con notable detallismo las distintas unidades murarias de los edificios. Parten de una reproducción sintética que procura resaltar los elementos más emblemáticos, aspecto que plantea, además, una reflexión sobre la representación icónica de la arquitectura. La validez del planteamiento ha tratado de demostrarse mediante el estudio de un cuadrante de la ciudad de domésticas que responde mayoritariamente a casas de dos alturas, adosadas sin medianeras pétreas y edificadas en materiales toscos (mampuestos y madera, para los paramentos, escasez o ausencia de cantería, techumbres lígneas y vegetales) Desde los siglos XIII-XIV, se produce una segunda fase. El efecto principal es un proceso de dignificación caracterizado por el mayor empleo de piedra y tejas en la cubierta. Son edificios que ocupan solares estrechos, disponen de huertas y perfilan una línea de calle irregular, llena de recovecos y jalonada de «somberados» o cuerpos voladizos con corredores. Ahora bien, se trata de una renovación de la arquitectura urbana ceñida a los grupos de poder, que convive con una edilicia de menor rango propia del pueblo llano. Al lado de razones más superficiales (sucesos catastróficos como el incendio de 1251 y el asedio de Enrique Trastámara; o influencia del enfriamiento climático), esta mutación está marcada por la consolidación de las elites urbanas. El contexto clave es, por una parte, la concesión de alfoz a la ciudad de Oviedo, que generó un señorío colectivo sobre el marco rural dominado por el patriciado de la ciudad; y por otra, su participación en el creciente tráfico mercantil. Esta arquitectura doméstica se disemina a la sombra de la muralla iniciada por Alfonso IX y culminada por Alfonso X, que a fines del XIII segrega la vida del arrabal con respecto al núcleo primigenio de la urbe. Es una muralla de más de 8 metros de altura, concebida en hiladas de mampostería y de cantería en la base y pudo rematarse mediante merlones albardillados a cuatro aguas, atendiendo a la arquitectura militar del rey Sabio. En este tramo, la comunicación entre el arrabal y la ciudad cercada se realizaba a través de las puertas de la Ferrería y del Postigo. Ambas estaban configuradas mediante arco de medio punto despiezado en dovelas sobre jambas con aparejo a soga y tizón. Seguían el modelo de los postigos o puertas secundarias sin trabajos de fortificación asociados. A partir del siglo XVI, en el marco de un nuevo período alzista de la economía, se produce una tercera fase común al panorama europeo. Un acontecimiento catastrófico hizo que este proceso se acelerara; el incendio de 1521. Sin embargo, las consecuencias de este suceso deben ser matizadas. En la ciudad que resurge de las llamas conviven fuertes herencias medievales y un sentido continuista definido por el mismo proceso de dignificación y petrificación, prueba del creciente poderío de las elites urbanas. Desde el punto de vista urbanístico, los ejes viarios del Medievo mantuvieron su carácter vertebrador y la trama de los solares pudo condicionar la disposición de las barriadas. Frente a ese legado, se observa una tendencia de las autoridades municipales a normalizar la práctica constructiva que se sumaba a las inquietudes especuladoras de sus miembros. En estos momentos, como novedad, se genera una calle paralela a la del Carpio, la calle de Santo Domingo y brotan otras callejuelas secundarias resultado de los procesos de construcción de nuevas viviendas, como la calleja de Valdediós -hoy calle del Fuero-y la actual Puebla Nueva. La trama urbana es el resultado de dos tendencias. En primer lugar, un parcelario ordenado mediante planes generales promovidos por el consistorio, destinados a construir manzanas lineales de viviendas de dos plantas para una demanda noble. Y a su lado, se observa la configuración de pequeños corpúsculos privilegiados en manos de las familias más distinguidas de la barriada, generalmente en las cercanías de las plazas y de las puertas urbanas. En esta fase tiene lugar una consumada evolución de la arquitectura doméstica urbana. Las edificaciones constituyen la suma de dos principios: la normativa constructiva promovida por el ayuntamiento tras el incendio de 1521 y los rasgos estilísticos del clasicismo desarrollado en Asturias desde fines del XVI, que se solapan con el Barroco. El resultado es una arquitectura muy homogénea y desnuda, con mayoritarias viviendas de dos alturas, presencia incipiente de 3 alturas, puertas y vanos adintelados y líneas de fachada planas y aplomadas, conservándose en algún caso el empleo de corredores de madera En atención a la normativa urbanística, hay abundancia de muros cortafuegos, particularmente en las manzanas lineales de casas adosadas. Éstos adoptan remates pinaculares sobresaliendo por encima de la cubierta, truncados sin alcanzar el alero o segmentados por la línea de imposta. La fábrica mayoritaria es de mampostería totalmente revocada y encalada a la crema, con un trabajo de cantería concentrado en esquinales, muros cortafuegos y vanos. Con todo, también se atestigua el empleo de tabiques de barretes con ladrillería y tablas conforme a un ejemplo muy habitual en la edilicia europea del siglo XVII. Éstos se centran particularmente en los voladizos al necesitar una fábrica más flexible y ligera. En la cubierta, el empleo de la teja es ya mayoritario y se observa la presencia en la cumbrera de conductos empleados como aliviaderos de agua. El impulso inmobiliario originó el desarrollo de un sector artesanal que incluía hornos de teja y ladrillo en el marco agrario controlados por la nobleza. Desde la segunda mitad del siglo XVII entramos en una cuarta fase del ciclo constructivo, coincidente con un nuevo período de apogeo económico de las elites. Las jerarquías del barrio tratan de adaptar los nuevos repertorios de dignidad desarrollados por la alta nobleza en sus palacios urbanos y por las autoridades en los edificios públicos. La intensidad de las reformas está sujeta a los medios económicos disponibles, pero por lo general, adopta soluciones superficiales que rara vez suponen la renovación completa del inmueble y se ven muy condicionadas por los diseños previos. En la mayor parte de casos, se conserva el módulo de la casa y se sustituye el frontispicio, casi a la manera de una delgada fachada-telón, cambiando la fábrica de mampostería o ladrillería por la cantería de arenisca. Se emplean impostas entre pisos y se introducen balcones enrejados en el lugar de los vanos, se modifica la puerta central en el piso bajo por una puerta lateral, que emplea varios tipos de dinteles (con orejeras, doble moldura) y una ventana o ventanuco. A su vez, se extiende la construcción del tercer piso, motivado por la necesidad de ampliar el espacio doméstico en altura al no disponer de solares. En el siglo XVIII, el proceso de reformas se verá influenciado por los nuevos planteamientos de la ciudad borbónica, un mayor control de la práctica arquitectónica y unos ideales de sobriedad y raciocinio. Se mantiene la tendencia iniciada en el siglo XVII, potenciando en fachada los rasgos de depuración formal (vanos, cantería, balconadas con rejería, molduras a lisel, claves lisas, medallones y escudos heráldicos). Las iniciativas de los vecinos pueden suponer leves reformas de la fachada, la ampliación del espacio residencial a costa de los solares adyacentes y la calle pública y la elevación del tercer piso, que se extiende definitivamente. O bien pueden conllevar reformas de mayor calado (reedificación del frontispicio y construcción de nuevas residencias). Son rasgos que comparten con las viviendas de la oligarquía media de otras ciudades. Las mismas pautas se extienden a las construcciones del siglo XIX. Se respetan los principios de la edilicia dieciochesca (triunfo final de las tres alturas y de los balcones enrejados), y en las últimas décadas de la centuria, se renuevan levemente con nuevos criterios, como la elevación de pisos, la apertura de dos puertas simétricas en el piso bajo, en ocasiones con arcos escarzanos, o la construcción de galerías acristaladas. Durante todo este período moderno, la muralla medieval es objeto de una paradójica atención. Conserva parte de su prestigio y marca el inicio del viejo solar urbano donde el suelo tiene más valor. Sus cimientos son recalzados y sus puertas, sacralizadas con advocaciones barrocas o efigies religiosas. Sin embargo, el hacinamiento intramuros y el propio carácter dignatario hacen que sus tramos sean objeto de adosamientos de viviendas o de apropiación del camino de ronda por parte de las estirpes insignes y los señoríos urbanos. En nuestra zona, se lleva a cabo la edificación de la casa de Rivero sobre el adarve de la puerta de la Soledad. Pese al tiempo transcurrido, la huella de este urbanismo medieval y moderno se mantiene viva (fig. 44). Podemos apreciar la preservación de un buen número de inmuebles antiguos, apenas cubiertos por una lívida capa de cal o con el paño original a la vista. Y las ruas medievales continúan marcando el tránsito de los viandantes.
La experiencia profesional y el contacto con especialistas en la materia ponen de manifiesto una problemática acuciante en el terreno del conocimiento y gestión del patrimonio arquitectónico: la tendencia a la dispersión de la información obtenida desde los distintos ámbitos -administración, comunidad científica y profesionales de la arquitectura-y disciplinas intervinientes -arqueólogos, historiadores, arquitectos, etc.-, generando graves situaciones de pérdidas o duplicidades de datos. Esa realidad ha revertido en la falta de eficiencia en la programación y ejecución de las diversas actividades de mantenimiento, conservación e intervención en estas arquitecturas, así como en el despilfarro de importantes labores investigadoras que dificulta la divulgación y, por tanto, el conocimiento de las mismas. Como posible solución a dicha problemática este artículo describe una experiencia que pretende establecer las bases para la construcción de una herramienta que, basada en un modelo infográfico, sea capaz de contener y gestionar toda la información generada sobre un monumento histórico, facilitando relaciones de transversalidad entre los distintos análisis que abordan el conocimiento del edificio. En este caso, el análisis de los aspectos constructivos y de conservación de uno de los inmuebles del Conjunto Arqueológico de Itálica es el que ha aportado contenido a esta herramienta todavía en estado de gestación, estableciendo así los conocimientos básicos para su gestión y conservación. Este trabajo se enmarca dentro de la línea de investigación Modelos Infográficos para la Gestión de la Información Arquitectónica del Grupo PAI HUM7991, la cual parte de dos consideraciones básicas: por un lado, que la complejidad de los procesos de transformación en el tiempo que dan lugar a la arquitectura de carácter patrimonial deben ser registrados y valorados para formar parte indispensable de su conocimiento; y por otro lado, que toda intervención en dicho patrimonio se basa en una interpretación desde una posición determinada, la cual debe poder ser revisable y reformulada con objeto de evitar pérdidas de información. Así, el conocimiento del patrimonio arquitectónico debe desvincularse necesariamente de tendencias enfocadas hacia la dispersión de la información obtenida desde distintos ámbitos y disciplinas, generando situaciones de solapamientos y duplicidades en la obtención de datos e incoherencias en las conclusiones derivadas de los correspondientes análisis, y buscar, por el contrario, la interconexión entre las distintas direcciones a través de modelos dinámicos de conocimiento sometidos a una continua actualización. Las últimas décadas han potenciado la consideración del objeto arquitectónico como documento en sí mismo, contenedor de una gran cantidad de información necesaria para el conocimiento de su realidad física en todos los aspectos posibles y de las circunstancias históricas y culturales que lo han generado y transformado. Dicha consideración es razón suficiente para su estricto registro, evitando así la destrucción o alteración de indicios cuyo significado pueda ser traducido en el futuro. En el ámbito arqueológico, dicho registro viene precedido por una importante tradición gráfica basada en la realización de dibujos en los que se buscaba plasmar de forma objetiva la mayor cantidad de información posible reproduciendo los principales atributos de la realidad física. La creación de la Escuela de Arquitectura de Madrid en 1846, que asume el papel de la Real Academia de San Fernando en la enseñanza de esta disciplina tras la reforma de las Bellas Artes, impulsó en España el estudio de sus monumentos y su conocimiento directo a través de excursiones -englobando tanto la arquitectura más o menos transformada como los yacimientos arqueológicos que en esa época empezaban a considerarse-que supusieron el germen de los inacabados volúmenes de Monumentos Arquitectónicos de España entre 1859 y 1887 (Esteban 2007, p. Demetrio de los Ríos -hermano de José Amador de los Ríos, autor de algunos textos de Monumen-tos... y acérrimo defensor de las ruinas de Itálica-fue el impulsor de las primeras excavaciones en dicho yacimiento2 y autor de los levantamientos gráficos que las documentaron (Fig. 1). A pesar de la gran calidad gráfica y artística que estos dibujos atesoraban, el registro de la ruina siempre quedaba mermado por el inevitable obstáculo de tener que traducir las tres dimensiones de su realidad a las dos dimensiones del soporte tradicional. Ese condicionante ha sido constante hasta que los avances tecnológicos han propiciado la aparición de nuevas herramientas que transforman nuestros modos de registrar la realidad, y por tanto de conocerla, y es ahí donde incide este trabajo. Por otro lado, el contenido de este artículo pretende dar respuesta a los problemas detectados durante el desarrollo de unos trabajos realizados para el Conjunto Arqueológico de Itálica. Este yacimiento fue declarado monumen-to nacional en 1912 y, coincidiendo con los cien años de este reconocimiento, la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía pretendía completar en el año 2012 la elaboración de su Plan Director donde quedara recogido el estado actual del yacimiento y su planificación futura. Este Plan Director fue presentado en forma de avance el año 2011, estando en la actualidad en fase de revisión3. Con tal motivo, el Conjunto Arqueológico de Itálica organizó una serie de grupos de trabajos multidisciplinares (arqueólogos, restauradores, museógrafos, arquitectos, urbanistas y paisajistas, etc.) entre los años 2009 y 2011 que desarrollaran un diagnóstico de la situación actual, y una previsión de acciones de conservación, mantenimiento y difusión imprescindibles. El último informe sobre el estado de conservación del conjunto fue realizado por Juan de Mata Carriazo y Francisco Collantes de Terán en 1933, y por entonces no tenía ni la amplitud ni la complejidad del actual4. Este dos- sier, que aún está inédito -formado por cerca de 800 documentos entre los que se encuentran inventarios epigráficos, croquis, y dibujos-es representativo de la situación que se pretende solucionar con el actual Plan Director, y especialmente con el trabajo que se nos encomendó. Al equipo del que formé parte5, en este caso arquitectos, se nos encargó el estudio cualitativo y cuantitativo de las principales patologías que presentaban actualmente los restos arquitectónicos conservados, así como las acciones de consolidación y/o intervención que debían considerarse y su grado de urgencia. Además se nos solicitaba la racionalización de la información gráfica existente sobre el Conjunto, completando los levantamientos en aquellas zonas en las que se carecía de ellos, adaptándola a los requerimientos que demandaban sus usuarios -básicamente arqueólogos, arquitectos, restauradores e investigadores de bienes muebles-y prepararla para una futura consulta generalizada a distintos niveles. La aportación que aquí se expone surge inicialmente como respuesta a una serie de carencias detectadas en el desarrollo de este último trabajo de análisis y racionalización de la información gráfica, para terminar planteando soluciones a otras necesidades demandadas desde los otros dos trabajos acometidos de diagnóstico y propuestas de conservación. Nos enfrentábamos a un problema tan amplio y complejo como toda una ciudad organizada en edificios públicos, semipúblicos, privados, espacios e infraestructuras urbanas de las que se conservan no sólo sus restos originales, sino un siglo de intervenciones arqueológicas y arquitectónicas realizadas con criterios muy variados, claros exponentes del devenir y evolución de métodos y estrategias 6. Tras un análisis inicial de la situación de partida y la realización de los primeros trabajos de racionalización de la información, se decidió que la mejor forma de acometer el diagnóstico y las propuestas de conservación del ámbito de la nova urbs era la implementación de un sistema de información geográfica que, basado en la documentación gráfica existente y completada con los nuevos levantamientos, sirviera de contenedor de la nueva información generada. El SIG permitía la introducción, clasificación y consulta de datos relativos a la conservación e intervención de forma rápida y eficiente, así como la fácil cuantificación de los diversos campos de trabajo en un contexto de carácter territorial. Se trataba de una base de datos gráfica en la que los distintos elementos de estudio se constituían en entidades bidimensionales geo-referenciadas (punto, poli-línea o área), cuantificables de forma automática y contenedoras de información clasificada. Pero la principal carencia de esta herramienta radicaba precisamente en lo limitado de su condición bidimensional a la hora de afrontar objetos arquitectónicos o de infraestructura urbana dotados de características masivas o volumétricas y, en algunos casos, espaciales. El modo de registrar la realidad ofrecida por el SIG no era sino una modernización del modo de interpretar los restos arqueológicos de Itálica en tiempos recientes. El apremio por la búsqueda de fiabilidad y rigor en las medidas hacía que dichos trabajos de interpretación se basaran fundamentalmente en lecturas de plantas de los edificios, donde es difícil comprender la complejidad espacial, los desniveles y adaptación a un terreno que es esencial conocer para comprender los restos. Antes de estas fechas se cuenta con numerosos dibujos de la ruina en perspectiva o aplicando las proyecciones ortogonales sistematizadas por Gaspar Monge a partir del siglo XVIII, pero éstas se ocupan de los edificios más significativos como las termas o el anfiteatro (dibujos de Elisha Kirkall de 1726, o los del Archivo Histórico Militar de autor anónimo 7 ). Como excepción a esta costumbre están los dibujos que realizara en el s. XIX Demetrio de los Ríos, esforzándose en dibujar de una forma meticulosa y sistemática secciones de los diversos elementos donde quedaban expresados no sólo los atributos de figura y tamaño, sino los de textura y luz, consiguiendo una visualización bastante completa de los mismos. Con la entrada del nuevo siglo, y las nuevas excavaciones, los trabajos se racionalizan y también los dibujos que éstas generan, mucho más escuetos y asépticos. Las casas que fueron saliendo a la luz hasta configurar la nova urbs adrianea, gracias a los trabajos de Andrés Parladé entre 1919 y 1933, como consecuencia de las primeras campañas de excavaciones a gran escala, y los posteriores de Juan de Mata Carriazo y Francisco Collantes que recogen el estado de conservación de las ruinas, fueron documentadas a partir de numerosos dibujos donde domina la planta como elemento de interpretación del conjunto más fiable. Esta tendencia se consolidará en 1960 con los trabajos publicados de Antonio García y Bellido, donde aparecen los primeros casos de alzados y plantas no sólo de los restos conservados, sino de hipótesis de reconstrucción. Los trabajos posteriores realizados por José María Luzón entre 1970 y 1974 que afectaron a las casas del Planetario y las casas de la zona de la nova urbs denominada Cañada Honda, por la hondonada que se producía en el terreno, siguieron este mismo criterio. Sólo recientemente, y como consecuencia de la evolución de las nuevas tecnologías, se han ido produciendo visualizaciones en 3d, pero estas han estado más orientadas a la difusión y recreación virtual que a la investigación, careciendo, por lo tanto, del rigor necesario. Este trabajo se plantea como una extensión del encargo del Conjunto Arqueológico de Itálica, encaminada a desarrollar una experiencia piloto que intentara resolver las carencias detectadas en el SIG, que si bien solucionaba satisfactoriamente los requerimientos a nivel urbano, flaqueaba a la hora de enfrentarlo a la particularidad de cada resto arqueológico. Era necesario contar con un territorio común en el que se establecieran fluidas relaciones entre los diversos registros involucrados, que incluso pudieran visualizarse espacialmente, y cuyo objetivo último fuera obtener una representación sobre el propio edificio de toda la información generada por los procesos de investigación e intervención. Las características de muchos de los restos hacía necesario trascender las dos dimensiones del SIG hacia un sistema que permitiera alcanzar los siguientes objetivos: • En un primer nivel, mejorar los recursos gráficos para la representación de los restos y la edición de planimetría mediante la generación de un modelo tridimensional. Aspecto éste del máximo interés en el ámbito de la difusión al encontrarnos actualmente dentro de un contexto temporal considerado por muchos intelectuales como la era de la cultura visual (Catalá 2005). Este modelo debería permitir la generación automática de proyecciones planas; no sólo plantas, sino también alzados y secciones cuyo aporte de información enriquecería enormemente la capacidad de análisis de los restos, máxime cuando tratamos casos muy condicionados por la topografía o constituidos por elementos emergentes precariamente conservados. A su vez, ofrecería la posibilidad de obtener vistas perspectivas como posibles herramientas de trabajo. Estas vistas y proyecciones se caracterizarían por el uso de líneas, grosores, etc., conforme a los criterios de normalización de la representación gráfica habituales en arquitectura (líneas de sección, líneas ocultas, caracterización de profundidades, etc.). Esto último implicaría la necesidad de que el modelo ría el medio gráfico como base de su funcionamiento, y sería capaz de gestionar toda la información contenida y generada sobre un monumento, garantizando así el reconocimiento y puesta en valor documental de la mayor cantidad de sus valores patrimoniales. En el caso concreto del Conjunto Arqueológico de Itálica, y de forma extrapolable a otros conjuntos monumentales o ámbitos territoriales, este sistema de información debería ser compatible con el SIG generado en los trabajos descritos anteriormente, de forma que su complementariedad pudiera abarcar todos los requerimientos demandados en los diversos ámbitos ya mencionados: investigación, conservación, intervención, gestión y difusión. El trabajo descrito en este artículo, dada su condición de punto de partida de un proceso investigador más amplio, se enfocó hacia la consecución de los objetivos antes marcados siguiendo un proceso de trabajo bien acotado: • Análisis de los distintos sistemas de captura como instrumentos para la obtención de un modelo alámbrico riguroso formal y métricamente del objeto arquitectónico, como base de la posterior construcción de un modelo tridimensional de entidades masivas. • Evaluación del uso de un modelo de entidades masivas frente a otros tipos de entidades gráficas como base para un sistema de información y gestión, e indagar sobre las posibles técnicas de modelado capaces de generarlo. • Estudio de los mecanismos y herramientas que permiten conectar la representación gráfica de ese modelo masivo con una base de datos que contenga toda la información complementaria del objeto arquitectónico. • Aplicar los procesos anteriores en el diseño de una base gráfica interrelacionada con una síntesis de datos externos a partir de un objeto arquitectónico concreto: Casa de Hylas del Conjunto Arqueológico de Itálica. El actual Conjunto Arqueológico de Itálica está formado por un heterogéneo grupo de propiedades. Algunas se encuentran dispersas en forma de solares dentro de la población de Santiponce -que ocupa actualmente el recinto de la antigua ciudad romana-, otras son reconocibles como unidades monumentales aisladas en los márgenes de esta ciudad como el Teatro, o en medio del campo como las cisternas, y otras conforman una única y enorme propiedad vallada que contiene a la Nova Urbs o ampliación urbana de la antigua ciudad, junto con el anfiteatro. La Nova Urbs, por extensión e importancia, es la estructura urbana de mayor envergadura del conjunto, y surge a partir del siglo II9 como una planificación urbana uniforme siguiendo un esquema de tipo hipodámico cuya retícula se adapta a la topografía sin alterar su potente geometría en planta. La elección de los restos arqueológicos de una casa de la nova urbs como modelo de experimentación respondió a varias circunstancias. Por un lado, como se ha mencionado en los antecedentes, este trabajo surge como extensión de un encargo que abarcaba, entre otros fines, la realización de una serie de levantamientos que completaran la documentación gráfica existente sobre el conjunto arqueológico. Era por tanto preceptivo que la elección estuviera entre los restos que carecían de levantamiento. Por otro lado, las características de los inmuebles que forman parte del conjunto, todos restos arqueológicos de arquitectura doméstica y pública romanas (s. I y II d.C), permitían experimentar y valorar la aplicación de este método de trabajo en un objeto arquitectónico de cierta complejidad formal, pero de un tamaño razonable. La variedad en los estados de conservación de estructuras excavadas a lo largo de la primera mitad del siglo pasado permitían afrontar el modelado de elementos de características morfológicas y dimensionales muy dispares, ubicados a su vez en un contexto físico transformado tanto por las intervenciones arqueológicas como por los diversos agentes naturales y los procesos de expolio sistemático. Finalmente, la decisión se concretó por el problema más acuciante, a nuestro juicio, del Conjunto arqueológico, y que procede de la estratigrafía geotécnica y la topografía del terreno donde se cimientan las distintas edificaciones. Es fácilmente apreciable una zona de arrastres y depósitos que históricamente ha provocado derrumbes y movimientos de tierras, desfigurando los niveles de las casas allí asentadas. Entre ellas está la casa de Hylas, cuya ubicación ha dado lugar a una parcela de topografía aterrazada (Fig. 2) donde prevalece la pérdida de material debida a las escorrentías, y cuyos restos están marcados por desplomes, desgastes y vuelcos que han dado lugar a un grado de degradación especialmente grave. Las condiciones topográficas afectaban de forma especial a la estructura constructiva y espacial de este inmueble, dando como resultado una de las estructuras domésticas más interesantes y amplias de esta nueva ciudad -así lo recogía ya García y Bellido 10 en su breve descripción de la casa-ya que se encuentra entre los ejemplos cuya organización interna y posible orientación diferente al resto de las casas conocidas 11 -norte/sur. La Casa de Hylas se denomina así por el mosaico que alberga una de las estancias, que representa el rapto de Hylas por las Ninfas, presidido por Hércules. Esta denominación fue sustituida en la base gráfica elaborada para el conjunto, por un identificador que indicaba su ubicación respecto a la estructura urbana, seguido del apodo por el que se la conoce en la actualidad -CAI_A_1_2-HYLAS-. La historia arqueológica de esta casa es relativamente reciente y se remonta a los años setenta del pasado siglo, cuando se profundiza en la detección de la estructura urbana más al norte de la nova urbs por José María Luzón. Hasta entonces sólo se conocía la geometría de la cuadrícula que formaba las manzanas o insulae, ocupadas en esta parte noreste de recinto urbano, por dos casas adosadas por sus lados cortos mediante un muro doble. Las primeras prospecciones realizadas por el Conde de Aguiar descubrieron esta zona, centrándose en la búsqueda de mosaicos como los de la casa de los Pájaros, vecina a la de Hylas. Debemos esperar, por tanto, a las campañas llevadas a cabo en 1970 para conocer las características constructivas de las calles, fuentes, cruces y galerías porticadas que formaban el espacio urbano. En estas fechas se descubre la casa de Cañada Honda, al sur de la de Hylas, completando con ésta y la de los Pájaros una de las zonas más significativas del parcelario adrianeo. El inmueble se encuentra parcialmente excavado, pues parte de su estructura y su adosamiento a la casa medianera está bajo el actual cementerio de Santiponce. Es, por tanto, una estructura incompleta, de la que se desconoce la parte más profunda de la casa, la más privada y alejada del acceso, situado al norte. A pesar de no estar completamente excavada se han planteado algunos aspectos característicos. J.M. Luzón observó como la casa se adaptó al terreno, a diferencia de la Casa de Cañada Honda, levantada sobre una explanación. Esto hace que las dependencias de la casa se sitúen a diversos niveles salvados por peldaños ubicados en los límites de las galerías. Por otro lado, su estructura no sigue una simetría tan rigurosa como la Casa de los Pájaros, organizándose sus dependencias de forma más irregular a causa de la accidentada topografía. Esta topografía es uno de los elementos más determinantes en la conservación del edificio, pues los arrastres debidos a aguas de lluvias son frecuentes, provocando la constante erosión de unos restos ya por si muy mermados 11 Caballos, Marín y Rodríguez (1999), p.82, y Mañas Romero (2010), p. 84-85. por los sucesivos expolios sufridos en el siglo XIX, tras quedar a la luz la estructura urbana por las caóticas excavaciones llevadas a cabo durante ese siglo. El intento por racionalizar la ruina, mejorar su conocimiento y planificar su protección emprendida en 1933, quedó interrumpida por la guerra civil, retomándose sólo en 1956, recuperando los trabajos de deslindes y ordenación del recinto12. Mientras tanto, la época de penuria económica de la guerra y la Postguerra propició la búsqueda masiva de materiales de construcción que aprovechaban las brechas abiertas por las primeras excavaciones. Posteriormente se realizaron labores de recrecimiento de algunos elementos portantes y muros perimetrales hacia 1960, con el objetivo de hacer comprender la ruina a los visitantes, así como nuevas excavaciones a cargo de Ramón Corzo en 1975 13. Estas circunstancias, unidas a la sobre-excavación de muchas de las estancias por la insistente búsqueda de mosaicos o las nivelaciones rehechas para mantener los estratos descubiertos, han propiciado la situación actual de la casa. Su forma está definida por estructuras murales poco emergentes que limitan plataformas escalonadas en consonancia con la pendiente de la parcela, describiendo una trama ortogonal pero carente de simetría y donde destacan algunos soportes conservados sólo de forma parcial. Los levantamientos realizados hasta la fecha en el conjunto arqueológico habían abordado con rigor la captura métrica general, pero desde un enfoque topográfico, respondiendo a una necesidad de control de la superficie del terreno y tratando los restos arqueológicos como simples accidentes de éste. Por esta razón, en los nuevos levantamientos se procuró mejorar la atención a lo arquitectónico, lo cual requería de una reflexión previa sobre lo que se pretendía capturar y registrar gráficamente, que no era otra cosa que la propia ruina. Además, en el caso concreto de la Casa de Hylas, la escasez de información -debido en parte a que se encuentra excavada sólo parcialmente-obligaría a que el levantamiento quedase abierto, situación ésta muy valiosa a la hora de experimentar un sistema de trabajo cuya potencialidad principal radicaría precisamente en su capacidad de actualización. Además, lo accidentado de su topografía requería de herramientas gráficas más potentes que permitieran una interpretación más rigurosa. En ese sentido, contamos en la actualidad con sistemas de captura métrica y desarrollo gráfico digital que combina la fotografía y el software de generación y gestión de dibujos. La fotogrametría ha evolucionado con la informática agilizando los costosos procesos de trabajo de campo, y facilitando incluso la modificación de los resultados mediante sucesivas entradas de nuevos datos fotográficos y métricos. Por otro lado, este campo ha experimentado interesantes avances gracias a la reciente aparición de implementaciones de software de fotogrametría y nuevos sistemas derivados de la topografía para la captación de datos morfológicos y dimensionales14, permitiendo registrar incluso la textura y el cromatismo de los objetos documentados. Dentro de este ámbito de trabajo existen interesantes aportaciones en la aplicación a los procesos de documentación y análisis del patrimonio 15. Esta etapa del proceso suponía el punto de partida de la elaboración de este sistema experimental. Su desarrollo se fundamentó en la elaboración, por medio de un sistema de levantamiento indirecto, de una representación formalmente rigurosa y métricamente precisa del objeto arquitectónico a partir de una serie de datos captados in situ. En general, la captación de la realidad física del objeto arquitectónico y su traducción a un soporte gráfico llevan implícita una discriminación de datos. Es del todo imposible, y a su vez innecesario, intentar extraer y representar toda la complejidad que lo caracteriza, siendo ineludible desarrollar un proceso de reflexión paralelo que guíe esta etapa hacia un objetivo concreto, en este caso el posterior modelado tridimensional de los restos. Esta reflexión adquiría más importancia si cabe debido a la heterogeneidad formal que caracterizaban las estructuras visibles de la casa, constituidas tanto por elementos dotados de cierta regularidad gracias a intervenciones recientes, como por otros de extrema irregularidad debido a los efectos devastadores del paso del tiempo. Estas consideraciones nos llevaron a optar por la fotogrametría como método de levantamiento. De esta forma, los datos captados in situ consistieron, por un lado en una serie de fotografías de características determinadas que servirán de base para la restitución formal del objeto, y por otro mediciones topográficas de puntos de apoyo que proporcionaron la escala y la ubicación referenciada a un sistema de coordenadas general. La fotogrametría supera considerablemente en precisión y reducción de tiempos a sistemas directos tradicionales, y, por otro lado, en capacidad de discriminación de información y en economía de medios a sistemas tecnológicamente más avanzados como el escáner láser. Este último sistema aventaja a la fotogrametría en rapidez, precisión y automatismo, pero hasta hace relativamente poco tiempo adolecía precisamente de la capacidad de incluir ese proceso reflexivo capaz de discriminar o clasificar la ingente cantidad de información que son capaces de aportar. La aparición en los últimos tiempos de aplicaciones informáticas capaces de gestionar con solvencia las nubes de puntos generadas por el escáner ha potenciado enormemente el rendimiento de esta herramienta en la obtención de levantamientos útiles en el ámbito de arquitectura y la arqueología. En nuestro caso, la escasez de medios económicos nos hizo desechar la opción del escáner en favor de la fotogrametría, enfocando la restitución hacia la obtención de un modelo alámbrico del objeto destinado al posterior modelado de entidades masivas, adaptándose correctamente a medios y tiempo disponibles. También se recurrió a sistemas topográficos como apoyo a la fotogrametría, así como para la toma de datos de estructuras de poca complejidad -principalmente elementos de infraestructura y urbanización-, verificación de niveles de solería en interior del inmueble y captura de otros elementos puntuales. La falta de homogeneidad de muchos de los restos y el avanzado estado de disgregación sufrido por algunas estructuras obligaron a simplificar la restitución en algunas zonas, pero siempre en base a criterios de fácil interpretación. Se recurrió a la sustitución mediante volúmenes capaces en aquellos casos en los que el deterioro de los elementos murales o pilastras hacía imposible una correcta definición de aristas o contornos. En el caso de las estructuras totalmente disgregadas o simplemente marcadas en procesos arqueológicos, la sustitución consistió en la delimitación de superficies proyectadas en el terreno. La superficie de terreno no excavada fue restituida mediante puntos aislados, líneas de rotura y líneas de conexión con estructuras emergentes. En general, esta restitución dio lugar a una abstracción reflexionada del objeto arquitectónico que facilitara su posterior modelado con elementos masivos, y que contuviera la información morfológica y dimensional suficiente para permitir posteriores procesos de catalogación, medición y valoración. GENERACIÓN DEL MODELO TRIDIMENSIONAL Sigue siendo un campo poco explorado la conversión de los datos generados en un levantamiento en entidades gráficas tridimensionales susceptibles de aportar información sobre su geometría y sus características físicas. En este sentido existen aplicaciones informáticas que transforman nubes de puntos -generadas mediante escaneado láser o mediante procesos fotogramétricos-en superficies que reproducen con gran fidelidad los paramentos capturados. Éstas son entidades huecas, sin información sobre su masividad, y de difícil edición y segregación en elementos constructivos unitarios, pero muy útiles en el caso de elementos carentes de una geometría definida. En esa línea existen algunas aportaciones, como los trabajos realizados por miembros de la Universidad Politécnica de Cataluña16, experiencias en la generación de modelos digitales tridimensionales enfocadas a su uso como instrumento para el análisis perceptivo de la arquitectura o la comprensión visual del monumento17, o la reciente aparición de software de generación de entidades BIM a partir de nube de puntos. Podemos mencionar también recientes congresos sobre lo que se ha venido a denominar arqueología virtual18 que han mostrado los campos de actuación prioritarios actualmente en este nuevo ámbito de la arqueología, y dirigidos fundamentalmente a la reconstrucción virtual del Patrimonio Arqueológico con vistas a su investigación y difusión en museos o plataformas web. En cualquier caso este trabajo se aparta de líneas de investigación dedicadas meramente al ámbito de la difusión, o lo que ha venido a llamarse realidad virtual, lo cual no impide que se tenga presente los avances en este terreno, pues se ponen en práctica multitud de herramientas de simulación. La modelización de elementos masivos a partir de la estructura alámbrica obtenida por fotogrametría responde a la finalidad de generar entidades gráficas capaces de ofrecer una serie de utilidades adicionales frente a otras entidades de tipo bidimensional o superficial: son capaces de contener y proporcionar características dimensionales y propiedades físicas y materiales, facilitando operaciones de clasificación, medición, valoración y análisis estructurales; son susceptibles de editar fácilmente con objeto de actualizar su morfología y dimensionamiento respecto a las posibles actuaciones de que pueda ser objeto la arquitectu-Fig. Generación masiva del terrero a partir de fotogrametría ra que sustituye; y su condición de volúmenes masivos les proporciona la facultad de poder ocultar las aristas y líneas de contorno no visibles facilitando así la obtención de planos convencionales de planta, alzado o sección. Estos atributos, unidos a la operatividad de un entorno de trabajo BIM, dotarían a la base gráfica de una serie de beneficios adicionales frente a otros sistemas basados en objetos alámbricos obtenidos directamente de la fotogrametría, permitiendo alcanzar los objetivos marcados. En cuanto al software, para la realización del modelo se optó por la opción que ofrecía Autocad Architecture19 (ACD-A a partir de ahora). Este software, además de ofrecer la ventaja de estar basado en una plataforma muy extendida, está concebido bajo un entorno BIM20, lo cual permite generar directamente elementos arquitectónicos basados en entidades paramétricas, siempre que los elementos modelados tengan cierta regularidad formal, o a partir de la conversión de sólidos o mallas policaras cerradas en el caso de elementos muy irregulares. Así, el terreno se modeló automáticamente a partir de puntos aislados, líneas de rotura y líneas de intersección entre el terreno y los elementos emergentes (Fig. 3), generando un elemento masivo, apoyado en el plano XY, que constituyó el referente espacial. El resto de elementos constructivos se vincularon al terreno de forma que cualquier variación modificaría la posición y morfología de la superficie de intersección. De esta forma, la actualización de la topografía a posibles intervenciones arqueológicas modificaría automáticamente las características volumétricas de los elementos constructivos en contacto con el terreno. En general los restos conservados se sustituyeron directamente por elementos arquitectónicos a partir de la introducción de los datos paramétricos necesarios según el tipo de geometría asociada (Fig. 4). De esta forma se modelaron los siguientes tipos de elementos: elementos murales bien conservados, pilastras prismáticas, fustes de columnas, solerías, y otros elementos auxiliares como los elementos de protección de las ruinas. Los restos que respondían a geometrías muy irregulares se modelaron mediante la generación de mallas policaras cerradas a partir de los contornos obtenidos en la fotogrametría (Fig. 5). Posteriormente estas entidades superficiales (no masivas) se convirtieron en elementos de masa susceptibles de proporcionar información relativa a su masividad y recibir otros tipos de atributos. En este grupo se encuentran los elementos murales degradados, basas de columnas, elementos de solería disgregados o escalonados, elementos de infraestructura (canales, cloacas, etc.) y otros restos no identificados y carentes de regularidad formal. Todas las entidades creadas, además de clasificarlas en capas en función del tipo de objeto arquitectónico (para facilitar su edición), se marcaron con una identificación alfanumérica que hacía referencia al tipo de objeto arquitectónico y se le asociaron propiedades físicas (tipo de fábrica y material) y otras relativas a su estado de conservación: tipo de patología y su gravedad, tipo de intervención, etc., todos ellos datos basados en las fichas diagnóstico realizadas durante los trabajos encargados por el conjunto arqueológico. Estos atributos podían ser visualizados en forma de gráficos tematizados y modificados individualmente o en grupo, facilitando así la actualización en tiempo real de posibles modificaciones del estado de conservación de los restos, así como el registro de nuevas actuaciones. Llegados a este punto es importante recalcar que el modo en que se genere la imagen del modelo es un tema que debe abordarse también con cuidado, pues los códigos y convenios gráficos o infográficos aplicados pueden deri- var en una realidad virtual recreativa no pretendida en este trabajo. La adopción de unos criterios claros y condicionantes del resultado primó sobre una intención de verosimilitud con la realidad, aportando la abstracción suficiente para evitar la sustitución del objeto por su imagen (Fig. 6). Esta codificación pretendidamente abstracta en el tratamiento del objeto ayuda a comprender el modelo como un instrumento de conocimiento, no de entretenimiento, facilitando su uso y adaptación a condiciones que pueden llegar a ser sumamente complejas. El objetivo último de esta experiencia era la de crear una herramienta que facilite la profundización en el conocimiento y comprensión de la arquitectura y esté al servicio de futuros mecanismos de conservación e intervención. Por otro lado, el hecho de haber realizado el levantamiento mediante fotogrametría ofrecía una ventaja adicional: la posibilidad de revertir el proceso para la obtención de información sobre la apariencia y naturaleza de los restos. Las aplicaciones de fotogrametría modernas ofrecen la posibilidad de importar información gráfica en forma de mallas trianguladas y aplicarles de forma precisa las texturas obtenidas de tomas fotográficas previamente orientadas (Fig. 7). Este proceso, de fácil implementación, posibilitaría la generación de nuevos documentos gráficos de objetos individuales o de conjunto, en formatos muy extendidos -como PDF 3D-, que vinculados de forma Fig. 6. Modelo infográfico completo de la Casa de Hylas externa a las entidades de nuestro modelo facilitaran el análisis de los restos, aportando información adicional a la planimetría o pudiendo formar parte de la estructura de un inventario. INTERRELACIÓN DE INFORMACIÓN CLASIFICADA. BASE DE DATOS EXTERNA Podemos definir la interrelación de datos como la conexión de la base gráfica con las importantes bolsas de datos contenedoras de notas históricas, culturales, constructivas, estructurales y patológicas procedentes tanto de una aproximación documental previa y meditada sobre el objeto Fig. 7. Vista desde noreste del modelo texturado (comprensión crítica previa), como de observaciones y ensayos nuevos y originales, fruto de la frecuentación directa del monumento. En este ámbito contamos en la actualidad con sistemas informáticos de ordenación y gestión de una información cada vez más ingente consistentes en bases de datos aplicables a una importante gama de requerimientos. Sin embargo, estas experiencias se siguen desarrollando en el marco de disciplinas aisladas o escasamente relacionadas, que sólo en algunos casos son superadas por verdaderas propuestas de interrelación de datos. En esta dirección apuntan aún pocos trabajos, destacan experiencias basadas en sistemas GIS como las de la Universidad de Valladolid21 o el realizado por Leandro Cámara y Pablo Latorre22 para el Plan Director de la Catedral de Vitoria, que supuso un importante avance en esta materia. En ese sentido, este trabajo se culminó con la indagación sobre los posibles mecanismos de conexión entre las entidades gráficas que constituían el modelo, junto con sus atributos, y la información de tipo alfanumérica incluida en una base de datos externa y procedente de notas históricas, culturales, constructivas, estructurales y patológicas. Esta etapa final no pretendió ser la culminación o finalización de un proceso, sino un punto y seguido dentro de una línea de investigación que sigue avanzando. Es por tanto una etapa inacabada que ofreció la oportunidad de experimentar una serie de mecanismos que pueden llegar a ser de gran utilidad dentro de un sistema general de información y gestión del patrimonio. Esta experimentación se centró en un software concreto, el mismo utilizado para la etapa anterior, con objeto de buscar una plataforma gráfica que pudiera sostener casi todo el proceso. ACD-A permite configurar una base de datos externa utilizando los programas ODBC23 y OLE DB de Microsoft, gracias a los cuales la aplicación puede utilizar datos procedentes de otras aplicaciones, con independencia del formato en el que se hayan almacenado o la plataforma de base de datos en la que se hayan creado. La conexión se crea a partir de un origen de datos que puede ser tanto una tabla como un conjunto de tablas almacenadas en un entorno, catálogo o esquema24. En concreto esta función de conectividad admite las siguientes aplicaciones externas: Microsoft Access, dBASE, Microsoft Excel, Oracle, Paradox, Microsoft Visual FoxPro y Servidor SQL. En este caso se buscaba construir un vínculo con una base de datos externa que permitiera establecer un trasvase de información en dos direcciones. Por un lado la base de datos externa debía nutrirse de los atributos contenidos en los objetos arquitectónicos que conformaban el modelo, de forma que cualquier modificación en dichos datos la actualizara automáticamente. Por otro lado, la adición o manipulación de información de la base de datos debía poder reflejarse en el entorno gráfico. La base de datos se creó mediante la vinculación de tablas exportadas desde ACD-A que contienen todos los datos de propiedades del modelo del edificio, de forma que cada registro se corresponde con una entidad gráfica concreta. Una vez creada la base de datos externa se estableció su conexión con el dibujo y la vinculación individual de cada registro con su objeto. Esta vinculación permite la generación de consultas en ambas direcciones, de forma que se pueden realizar búsquedas de registros en la base de datos a partir de la selección de entidades gráficas y a la inversa, con lo cual la interrelación de información queda garantizada (Fig. 8). La selección, tanto de registros en la base de datos como de objetos gráficos puede realizarse mediante la acotación de los valores de sus atributos. También pueden vincularse a los objetos gráficos otros datos externos como imágenes o documentos de consulta mediante hipervínculos. La utilidad de esta interrelación de datos radica en la posibilidad de clasificar y documentar cualquier tipo de información, ya sea ésta gráfica o alfanumérica, a partir de un entorno gráfico que sirve de guía en todo el proceso. Éste entorno gráfico no sólo hace las funciones de índice de contenidos sino que, a su vez, constituye por sí mismo parte de la información, de forma que su vinculación con el resto de datos posibilita la actualización en tiempo real de toda la información contenida. A partir de esta herramienta podemos generar información gráfica en forma de planos (Fig. 9), o crear informes, mediciones o valoraciones mediante la manipulación en MS Access de la base de datos externa o incluso la exportación de sus datos a otras aplicaciones. Ambos tipos de documentos -gráficos y alfanuméricos-tienen la especial cualidad de ser el volcado directo de una base de datos de soporte gráfico cuya modificación los actualiza de forma automática. En primer lugar, la fotogrametría ha servido para capturar los datos morfológicos y dimensionales necesarios para su utilización en un proceso posterior: la modelización masiva del edificio. Fue por tanto, esencial realizar un análisis previo de los posibles sistemas de modelado y sus requerimientos. Así, la novedad del levantamiento realizado radica en un cambio de objetivo: no ha consistido en realizar un «calco» de la realidad física de los restos en proyecciones ortogonales concretas que den lugar a alzados o secciones (verticales u horizontales), finalidad habitual de este tipo de trabajos, sino en un análisis de su morfología encaminado a sintetizar sus líneas generadoras. De esta forma, la planimetría convencional obtenida no se supedita a decisiones iniciales condicionadas por unas circunstancias o finalidades concretas (documentación general del edificio, investigaciones temáticas, intervenciones parciales, etc.), sino que se flexibiliza y se adapta a las necesidades de información de cada momento. El modelo infográfico del edificio se convierte así en una base de datos capaz de generar gráficos actualizados. El modelo infográfico generado no es una reproducción de la «cáscara» del edificio sino una abstracción de su materialidad, capaz no sólo de volcar datos físicos y geométricos de sus elementos constructivos, sino también de permitir el análisis de una realidad morfológicamente compleja. El hecho de constituir un modelo masivo lleva implícito el concepto del lleno y el vacío, como herramienta esencial del análisis de la arquitectura. Ésta última afirmación enlaza con la continuidad de esta investigación, en la que, entre otros aspectos, estamos indagando sobre mecanismos que permitan la adaptación de ese modelo infográfico a arquitecturas no arruinadas en las que primen aspectos relacionados con las características de los paramentos visibles de sus fábricas, su comportamiento estructural y los espacios que aquellas envuelven. Un camino posible sería el de estratificar la naturaleza de los elementos que conforman el modelo, de manera que estuviera compuestos no sólo de un único estrato masivo sino también de estratos superficiales y espaciales cuyas entidades puedan ofrecer y contener otro tipo de datos. De esta forma se potenciarían aún más el conocimiento del edificio mediante la lectura de sus paramentos o el análisis de sus características espaciales y funcionales. Por otro lado, en referencia al modelado de los elementos masivos, la investigación debe encaminarse a flexibilizar los sistemas utilizados para acondicionarlos a las características de la arquitectura. En esta experiencia, el modelado de los elementos más degradados ha sido una tarea bastante ardua debido a la irregularidad de su forma. Es ahí donde otras tecnologías de levantamiento como el escáner láser jugarán un papel importante mediante su implementación con aplicaciones que permitan automatizar el modelado de elementos complejos a partir de la nube de puntos generada, reduciendo considerablemente el tiempo empleado y aumentando la precisión métrica y formal del resultado. Respecto a la interrelación de datos, este trabajo sólo ha pretendido ser un punto de partida en la indagación sobre las posibilidades que podría ofrecer un sistema completo de información y gestión del patrimonio arquitectónico apoyado en una base gráfica similar a la confeccionada para la casa de Hylas. Se ha partido de la aplicación de una serie de conceptos, relacionados con la práctica del levantamiento, el análisis y la intervención en el patrimonio construido, en la «fabricación» de una herramienta que, basada en aplicaciones comerciales de uso cotidiano en el ámbito de la arquitectura y la arqueología, facilite la labor de investigadores, profesionales y funcionarios que desarrollen su trabajo en este ámbito. Se ha conseguido vincular un modelo infográfico tridimensional con una base de datos externa produciendo un flujo de información clasificada y actualizada en dos direcciones. Aunque en este trabajo se ha desarrollado un sistema experimental basado en un software muy concreto, la potencialidad demostrada nos permite ser optimistas en cuanto a sus posibles aplicaciones en el ámbito patrimonial, ya sea de forma autónoma en el caso de arquitecturas exentas o en combinación con otros sistemas, como el SIG, en el caso de conjuntos monumentales o arqueológicos como el que en este caso ha servido de referencia. En ese sentido, el desarrollo de esta etapa del proceso dio pie a reflexiones acerca de una serie de aspectos que son cruciales en la investigación sobre futuros sistemas integrados de información y gestión del patrimonio arquitectónico: • Métodos de clasificación y jerarquización de la información contenida en el sistema. • Naturaleza de los mecanismos de interrelación entre el modelo gráfico y la base de datos. • Posibilidades derivadas de la exportación de datos a otras aplicaciones informáticas para la obtención de informes, mediciones, valoraciones, catalogaciones, inventarios, etc., en el ámbito de la gestión del monumento o para la generación de documentación útil en el ámbito de la difusión. • Capacidad de interactividad y apertura del sistema a los posibles agentes involucrados en el ámbito patrimonial. • Posibilidades de actualización y adaptación del sistema a un proceso continuo de investigación e intervención sobre el objeto arquitectónico.
Vamos a analizar dos tipos de actuaciones. Una de ellas comporta una intervención física sobre el edificio en el que se trata de recuperar la primitiva estructura y configuración sobre la base de desentrañar las sucesivas intervenciones realizadas en el mismo sobre la base de un análisis estratigráfico previo y después simultáneo a la propia restauración. En otro caso, esta recuperación resulta imposible no sólo por la pérdida de elementos de los que hemos perdido todo conocimiento, sino por el indudable valor de otras aportaciones históricas que deben ser necesariamente asumidas. En este caso el análisis arqueológico ha llevado una propuesta de recreación virtual de distintas fases históricas que permiten no sólo transmitir mejor nuestros conocimientos hacia el público no especializado, sino considerar determinadas facetas que resultan difícilmente abordables con los medios hasta ahora usados y que incluyen la valoración de aspectos perceptivos de los espacios y de las formas. EL CUARTO REAL DE SANTO DOMINGO Primeramente presentamos la investigación realizada de forma previa y simultánea a la restauración que hemos desarrollado en un monumento de especial interés: se trata del llamado Cuarto Real de Santo Domingo (GÓMEZ- MORENO MARTÍNEZ, 1996; PAVÓN MALDONADO, 1991; ALMAGRO, ORIHUELA, 1995, 1997; ORIHUELA, 1997), monumento muy singular tanto por su ubicación en medio de un jardín preservado desde época islámica en el corazón de la ciudad de Granada, como por tratarse de un edificio anterior a la mayor parte de las construcciones de la Alhambra. Esta investigación se ha desarrollado en dos fases, una como operación previa a la elaboración del proyecto de restauración y otra de modo simultáneo a las obras, que es lógicamente la continuación y complemento de la anterior. El edificio, transformado en el siglo XIX con la adición de una construcción residencial de escaso valor arquitectónico (fig. 1) y por restauraciones caprichosas y de dudoso criterio, contiene importantes labores de decoración en yeso, pinturas, alicatados, y una hermosa armadu- Analizaremos dos tipos de actuaciones. Una de ellas comporta una intervención física sobre el edificio en el que se trata de recuperar la primitiva estructura y configuración sobre la base de desentrañar las sucesivas intervenciones realizadas en el mismo en base a un análisis estratigráfico previo y simultáneo a la propia restauración. En otro caso, esta recuperación resulta imposible no solo por la pérdida de elementos ya irrecuperables, sino por el indudable valor de otras aportaciones históricas que deben ser necesariamente asumidas. En este caso el análisis arqueológico ha llevado una propuesta de recreación virtual de distintas fases históricas que permiten no solo transmitir mejor nuestros conocimientos hacia el público no especializado, sino considerar determinados aspectos que resultan difícilmente abordables con los medios hasta ahora usados y que incluyen la valoración de aspectos perceptivos de los espacios y de las formas. Palabras claves: Análisis arqueológico, reconstrucción virtual, luz, espacio. Siempre ha despertado la atención de los investigadores por considerarlo el más antiguo testimonio del arte nazarí. Diversos estudios, algunos de fechas recientes, han planteado hipótesis sobre su forma y apariencia originales aunque sin la base de una investigación arqueológica en profundidad que además nunca se pudo hacer por ser de propiedad privada. Después de su adquisición por el Ayuntamiento de Granada, se planteó su necesaria restauración. La investigación necesaria para clarificar la forma original del conjunto y la evolución y transformación que ha sufrido a lo largo de su historia, actuación imprescindible y previa a cualquier restauración, no ha precisado de cuantiosas inversiones, pero si el tiempo necesario para que pueda hacerse con la metodología adecuada. La que se describe a continuación ha supuesto un gasto aproximado de sólo un 5 % del total de la inversión que será necesaria para recuperar el monumento. Como contrapartida se ha demostrado plenamente eficaz para evitar las interrupciones y retrasos en las obras, reformas de proyectos y aumentos presupuestarios que casi siempre ocurren en intervenciones carentes de investigación previa. Encomendados los análisis previos a la Escuela de Estudios Árabes del CSIC 1, se inició un levantamiento planimétrico completo al que se dio comienzo con una planta taquimétrica de todo el jardín y los contornos del edificio. Posteriormente se acometió el levantamiento detallado de la qubba o pabellón islámico, tanto de sus exteriores como de los interiores mediante la utilización de fotogrametría. Para la realización de esta última parte se contó con un andamio móvil en el que se fijó una guía sobre la que se desplazaba un carro con la cámara foto- con el máximo detalle pero codificando la decoración según las distintas tramas ornamentales a fin de poder representar según la escala de impresión, la cantidad de información adecuada. Para algunas partes planas como alicatados y pinturas murales se ha utilizado el sistema de restitución monoscópica previo el enderezamiento de las imágenes. La labor de estudio del monumento ha llevado consigo trabajos de eliminación de enlucidos para identificar las distintas etapas cronológicas y la forma original del edificio así como excavaciones arqueológicas tanto en el jardín como en el interior de la qubba y en el lugar en que se situaba su pórtico. Estas excavaciones han sido igualmente documentadas mediante fotogrametría obteniendo las fotos con un bípode que permite situar la cámara orientada verticalmente hacia abajo a una considerable altura. Paralelamente, un equipo de restauradores, analizó las yeserías y zócalos pintados, con objeto de elaborar una propuesta de intervención basada en datos objetivos. Gracias a esta labor se descubrió que los zócalos de los balcones laterales del paramento sur, repintados en los años treinta, mantenían debajo importantes vestigios del modelo original, que reprodujeron con fidelidad. El estudio inicial de la armadura apeinazada de par y nudillo, que cubre la sala, permitió descubrir defectos técnicos que podrían avalar su construcción por carpinteros andalusíes, normalmente menos experimentados que los castellanos coetáneos. Se tomaron muestras de maderas para su datación por dendrocronología, aunque estos análisis no tuvieron resultados inicialmente, pues las maderas son de pequeñas escuadrías y tienen series de anillos reducidas. No obstante, se constató que una parte importante de la madera utilizada es de cedro, sin duda proveniente de Marruecos. Junto con estas labores de estudio material, también se ha indagado con dibujos, planos e imágenes pretéritas del edificio, así como con textos y documentos que hacen mención del mismo, como modo de conocer su evolución histórica poniendo en relación esta documentación con la obtenida en el propio monumento. Gracias a toda esta documentación, se elaboró un proyecto previo que preveía la eliminación del edificio adosado a la qubba en el siglo XIX y la recuperación del jardín con su trazado original. Este proyecto (fig. 2) analizaba la forma y estructura originales del pabellón con idea de restituirlo a su primitivo estado resolviendo de esa forma muchos de los problemas estructurales que ahora aquejan al edificio (ALMAGRO, ORIHUELA, 1997). El análisis detallado y profundo de toda la realidad material del edificio incluyendo un levantamiento plani-gráfica. Este dispositivo permitió la obtención de fotografías de un modo veloz y con los requisitos adecuados de recubrimiento de los fotogramas. Los puntos de control se midieron por trisección desde estaciones enlazadas con la red exterior. La restitución ha sido realizada 1 Los trabajos de investigación desarrollados en 1995 se realizaron bajo la dirección de los investigadores Dres. Antonio Almagro y Antonio Orihuela. En la excavación arqueológica colaboró el Proyecto de Arqueología Urbana dirigido desde el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada, participando como arqueólogos Pablo Casado Millán y Juan Antonio García Granados. En el invierno de 2000 se realizaron otras excavaciones complementarias bajo la dirección de éste último. El estudio de las pinturas y decoración para su restauración fue realizado por Victor Medina Florez, Ana García Bueno y Carmen Rallo Graus. Los estudios de dendrocronología han sido desarrollados por Eduardo Rodriguez Trobajo del INIA, contándose además con la colaboración de Enrique Nuere Matauco para el estudio de la armadura. En la fase de restauración también ha participado activamente en las investigaciones el arquitecto técnico José Manuel López Osorio. Por presentar solo una muestra de lo que ha supuesto la investigación realizada antes y durante los trabajos de restauración, vamos a exponer el análisis de tres zonas concretas. Una es la excavación bajo el nivel de suelo, realizada en la zona del jardín y del vestíbulo actual del edificio. La segunda es el análisis de las estructuras que transformaron el espacio interno de la sala-qubba y sus espacios satélites, que se ha culminado en las labores de recuperación de la disposición original. La tercera corresponde al análisis de enlucidos en el muro exterior de la qubba, tanto en el vestíbulo como en la linterna. Excavaciones en el subsuelo Las excavaciones del subsuelo han permitido identificar las estructuras del jardín, sus límites orientales y occidental así como localizar construcciones en el extremo norte, opuesto a la qubba, cuya correcta interpretación requiere ampliar la zona excavada (fig. 3). Aunque el límite septentrional del jardín aún no ha podido fijarse con preci-métrico cuidadoso y preciso es un requisito siempre indispensable para un adecuado proceso de restauración que difícilmente puede garantizar la salvaguarda de los valores patrimoniales sin el recurso a esta metodología de trabajo. Estos trabajos de investigación no pueden reducirse exclusivamente a los estudios previos a la redacción del proyecto de restauración. La fase de obra se revela como un momento clave para ahondar en el conocimiento de un edificio pues es cuando en muchos casos pueden hacerse auténticas disecciones de la construcción. En el momento de redactar este artículo, se ha superado ya prácticamente la fase de demoliciones y eliminación de enlucidos modernos, por lo que no cabe esperar muchas más novedades. En general se han confirmado las hipótesis iniciales aunque obteniéndose más datos y más detalles. La dendrocronología realizada a partir de muestras sacadas a las maderas de la armadura por la parte superior ha permitido avanzar provisionalmente una fecha que abundaría en la antigüedad del edificio que se dataría en el tercer cuarto del siglo XIII. Quedan por perfilar fechas de intervenciones posteriores en la qubba que nos consientan dar sión, todo apunta a que las estructuras encontradas constituyeron, en los distintos períodos, elementos de cierre y separación con el resto de la huerta que lo rodeaba. Se ha podido determinar que el jardín contó con un andén central y otros perimetrales, escasamente sobreelevados respecto al terreno de cultivo, que además apenas supera los 30 cm. de potencia por encima del conglomerado natural conocido como "formación Alhambra". En las inmediaciones de la qubba (fig. 4), por delante de ella, la excavación ha permitido localizar entre otras cosas la alberca octogonal que existió frente a la qubba, los restos del andén y una serie de estructuras a nivel de cimientos cuya interpretación puede sintetizarse del siguiente modo: Existe un gran muro de tapia de hormigón de cal, que corre paralelo al frente de la qubba, unos cuatro metros por delante de la misma y que puede tratarse de una antigua estructura de contención de la terraza en que se asienta la huerta y el jardín, pues todo parece indicar que la muralla seguía una línea más al sur enrasada con el muro delantero de la qubba. Este gran muro bien puede corresponder a una fase anterior a la construcción de la propia qubba. Sobre este muro se asentó otro más estrecho que se cierra con el extremo de la torre, determinando un espacio rectangular del que sólo se ha podido hasta ahora estudiar su parte oeste. El muro de cierre lateral tuvo alzado sobre rasante según puede apreciarse de su entronque con la qubba, en donde el forro de ladrillo adosado al construir el edificio del siglo XIX también se adosa en su parte baja a los restos de aquél. En el frente norte de esta estructura no se puede saber qué alzado tuvo ni si es obra coetánea de la torre. Pudo ser una sala cerrada, anterior a aquélla, o simplemente la cimentación corrida de un pórtico, o incluso haber pasado por ambas fases. Sí sirvió de asiento a la cimentación de un pórtico de cinco vanos que fue sin duda el que se representa y cita en grabados y textos del siglo XIX, que quizás fuera refacción de otro anterior. En todo caso parece demostrarse que en este mismo emplazamiento existieron estructuras anteriores a la qubba que actualmente conocemos, pues también en su interior han aparecido restos de muros de lo que podría haber sido una torre o qubba más antigua de dimensiones más reducidas, que quedó envuelta por la construcción actual como sucedió en la torre de Comares de la Alhambra. Análisis de las estructuras internas Especial interés para la identificación de la disposición primitiva del espacio interior de la construcción se presentaba en el análisis de los elementos que cerraban las alhanías laterales y que habían transformado a la qubba en machones o testas de ladrillo al demoler las estructuras adosadas. La demolición de los muros de separación de los distintos espacios laterales de la qubba obedecía al deseo de aprovechar éstos como espacios unificados entre sí, pero separados del principal. No sabemos con certeza en que momento se realiza esa reforma, pero a juzgar por el grabado de Murphy, que dibuja una alhanía aún abierta y otra cerrada, debió de culminarse tras la Desamortización y antes de que se tomen las primeras fotografías del interior de la qubba a comienzos del siglo XX en las que aparecen las alhanías cerradas. Seguramente se haría al incorporar la qubba a la vivienda construida en torno a ella en la segunda mitad del siglo XIX. Al eliminarse los muros de tapia y dejar las testas de ladrillo exentas como si fueran pilares, debido a su fragilidad y esbeltez, la estructura del edificio se debió resentir y empezaron a realizarse refuerzos sucesivos, nunca en el sentido de recuperar la disposición primitiva sino de abundar en la reforma. La primera intervención consistió en levantar pilares adosados por el lado de la alhanía central como elementos de refuerzo. Estos pilares parecen ser contemporáneos a los muros de cierre de todas las alhanías, que parecen haberse levantado simultáneamente. Estos pilares taparon parte del enlucido nazarí incluyendo restos de pinturas que han aparecido al procederse a su demolición. Los dos más meridionales se asentaron sobre los restos del muro de la estructura más antigua, quizás una torre o qubba anterior, ya mencionado. Los pilares atraviesan los alfarjes con que al comienzo del período cristiano, se dividió la altura de las alhanías, formando sendas tribunas. Para ello se desmontó la tablazón pero no las viguetas. En una fase posterior se construyen otros cuatro pilares adosados a los testeros de los antiguos muros por el lado opuesto. Se apreciaba con claridad que estos nuevos elementos se adosaban tanto al muro antiguo como al muro moderno de cierre de las saletas laterales y rompen los pavimentos antiguos conservados en los dos cuartos o alhacenas meridionales. En el cuarto o alhacena del ángulo nordeste, el pilar se extendió a todo al ancho del primitivo hueco de acceso a la misma, forrando incluso con la misma fábrica parte del muro norte de la torre. A una fase posterior corresponde el enlucido y acabado de los muros de cierre de los espacios laterales por la cara que da al interior de la qubba. Se colocó un zócalo de mármol en grandes placas de alrededor de 1 m. de altura y el resto de los paños se enlucieron con yeso decorándose con trama de sebka incisa como en el resto de las paredes de la qubba. En los paños que ciegan las alhanías centrales un espacio de planta cuadrada cerrado en su perímetro, con tres ventanas en el lado sur y el arco de entrada en el norte. Un análisis de la planta publicada por Murphy (MURPHY, 1987: pl. XCI) y una revisión superficial de los enlucidos que presentaban diversas fisuras ya nos había permitido plantear la hipótesis de una disposición muy distinta a la que había llegado hasta nosotros (fig. 9). El picado de los enlucidos por la zona interna de los espacios laterales vino a confirmar la existencia de distintas transformaciones con agregado de elementos estructurales. El levantamiento de las solerías modernas confirmó la hipótesis y apuntó la existencia de estructuras, seguramente anteriores, por debajo de la rasante de suelo como ya hemos apuntado. Por último, la demolición de las estructuras agregadas que habían producido una transformación espacial importante, ha confirmado las teorías y aportado detalles adicionales sobre su cronología relativa y sobre las formas constructivas originales. La figura 5 nos muestra con claridad la yuxtaposición de fábricas que se repite en cada uno los machones que constituían las testas de los muros que separaban los espacios laterales, todos ellos originalmente con aberturas hacia el espacio central de la qubba. La disposición primitiva era a base de muros transversales a los muros exteriores de la torre, construidos en tapia como aquéllos, pero con sus testas hacia el espacio central realizadas con fábrica de ladrillo enjarjada con el tapial, solución semejante a la que se aprecia también en las jambas del arco de entrada a la qubba. Precisamente esta disposición había provocado que al demolerse las partes de tapia y rellenarse los retalles o enjarjes con nuevo ladrillo, quedara en la parte posterior una cara vista y lisa de ladrillo que hacía pensar que se tratara de pilares exentos y no de restos de los muros. Esta falsa imagen se producía porque al estar las caras laterales de los machones ocultas por otros pilares adosados, no resultaban visibles dichos enjarjes, dando la apariencia de ser pilares de fábrica homogénea. La existencia de los muros de separación se había evidenciado por distintas huellas dejadas tras su demolición, tanto a nivel de sus arranques, donde en algún lugar habían quedado ladrillos dispuestos para asiento de la tapia, como por marcas dejadas en el muro exterior también de tapia, a pesar de que, como es habitual, los muros hechos con esta técnica no se suelen trabar entre sí. Mayor evidencia aportó el descubrimiento de un zócalo pintado de época nazarí sobre el muro exterior de la alhanía oriental que presentaba la cenefa lateral de remate precisamente donde debía entestar el muro desaparecido. Otros restos de esa misma pintura han aparecido en los laterales de los la decoración era geométrica en forma parecida a una esvástica y con pequeñas piezas clavadas. Lo peor de esta intervención, es que para ajustar las placas de mármol al plano de los alicatados se recortaron los alizares y el alicatado con estrellas de ocho que formaban los peldaños de entrada a los dos cuartos-alhacenas del lado sur en una operación que hay que juzgar cuando menos de bárbara al haberse realizado en fecha muy reciente, seguramente en la década de 1930. Otro de los hallazgos de interés producido al reabrir los huecos clausurados fue detectar en las jambas de los vanos de estas habitaciones improntas que denotan que tuvieron marcos de carpintería, algo que ya habíamos supuesto al redactar el proyecto de restauración. Análisis estratigráfico de enlucidos Uno de los lugares en que se puedo analizar con bastante claridad la estratigrafía muraria fue en el paramento situado al lado derecho del arco de ingreso, paramento que correspondió al fondo del pórtico hoy desaparecido. Tras un picado selectivo de los enlucidos se pudieron visualizar las siguientes fases, identificables en la fig. 6: I.-Tapial con su acabado liso característico con acumulación de cal (3). Este tapial presenta zonas descarnadas (2). La jamba del arco de la puerta está realizada con fábrica de ladrillo como suele ser habitual (1). II.-Capa de yeso de unos 8 mm., seguramente el enlucido original. Presenta la superficie apiconada para mejorar el agarre de la capa posterior (6). III.-Capa de yeso de 6 mm. también con picotazos (7). IV.-Capa de yeso de 3 mm. con picotazos muy finos (8). V.-Capa de mortero de cal de grosor variable entre 10-20 mm. con picotazos (11). Cubre los enlucidos anteriores y la fábrica de ladrillo de la parte baja que parece ser un recalce de reparación del tapial (9), pues no se aprecia sobre ella ningún resto de los enlucidos antes mencionados. Esta reparación tiene ladrillos de distintos tamaños aunque predominan los de 30.5 x 15 x 3.5 cm. El enlucido de cal acomete contra la tocadura de un resto de alfarje del que se conservan dos vigas junto al muro occidental (10), lo que permite suponer la contemporaneidad de enlucido y alfarje. Este enlucido de cal es anterior al muro lateral oeste que se adosa a él (12), corriendo por detrás del enteste. Tiene encima una capa de pintura a la cal de color rosado y varias de color blanco. VI.-Capa de yeso de 7+3 mm. que solo aparece en la parte baja, sobre el mortero de cal, con pinturas al temple imitando alicatados (13). Quedó cubierta por el aplacado de mármol ( 16), y se extiende por el muro lateral oeste (12). VII.-Capas de yeso de aspecto terroso de 8+3+5 mm., con ladrillos a bofetón y baldosas de fabricación mecánica que recrece el paramento para regularizarlo ( 14), provocando la co pensar que al menos la última sea una reparación, normal en un edificio con más de dos siglos de vida medieval. La fase V corresponde a la utilización del edificio en época moderna. La dendrocronología apunta una intervención importante en el siglo XVIII, por lo que cabe asignar esta fase a tal fecha. La fase VI, que incluye ya el muro lateral oeste perteneciente al edificio contemporáneo es sin duda el primer momento de éste. La decoración de alicatado fingido es característica. La fase VII pudiera ser coetánea de la VIII, al tratarse de una regularización del paramento que en la zona baja incluyó un aplacado de mármol sujeto con grapas y ligeramente separado de la base del muro. Otros puntos de interés en donde el análisis de paramentos ha permitido establecer cronologías relativas de determinadas transformaciones, han sido los exteriores del cuerpo de la linterna. En el frente occidental, el muro de ésta presentaba una serie de alteraciones cuya clarificación se ha logrado al eliminar gran parte de los enlucidos de cemento que presentaba. Tanto en el lado oriental como en el occidental, estos muros de la linterna cruzan sobre los vanos de las alhanías laterales de la sala interior, apoyándose en realidad sobre dinteles y cargaderos de madera ya que los arcos, como suele ser habitual en lo nazarí, no son portantes sino simplemente ornamentales. Además, en las alhanías centrales se da la particularidad de que estos muros se apoyaban incluso sobre parte del alfarje que cubría a aquéllas, pues sus viguetas se dispusieron desde el muro de la linterna hasta el muro exterior de la torre. Los muros son de tapia por encima de los cargaderos y hasta la altura de las ventanas. Las jambas, arcos y enjutas de éstas son de ladrillo corriendo un par de hiladas por encima de las claves. Más arriba continuaba un cajón de tapia con las esquinas de ladrillo y hay indicios de una o dos hiladas de ladrillo que servirían de apoyo al alero. La solución con que se cubre el vano de las alhanías, que desde el punto de vista constructivo resulta sumamente inapropiada, produjo en el lado oriental y en una fecha que desconocemos, un vuelco del muro de la linterna, seguramente por fallo del alfarje que acabamos de mencionar. Esto provocó un acusado desplome hacia el exterior, que pese a todo apenas afectó a la armadura de la cubierta, estabilizada por su grueso estribo. Estos daños fueron reparados desapareciendo todo vestigio del alfarje en este lado y colocándose cargaderos nuevos de madera en la parte externa del muro que era la que cargaba sobre el forjado. Para paliar el vuelco del muro, se desmochó este por encima de las claves de los arquillos de las ventanas, reconstruyéndose con fábrica de ladrillo y mortero de buena cal (fig. 7). De este modo se aprecia una parte del muro, la necesidad de hacer un biselado o chaflán al llegar al arco para recuperar el nivel original. Está en relación con el aplacado de mármol, aunque puede ser contemporáneo del enlucido con pinturas que aparece debajo del aplacado pues ambos están sobre el mortero de cal. Se extiende al muro lateral. VIII.-Capa de enfoscado de cemento de 8+4 mm. (15), contemporáneo al aplacado de mármol que cubría todo el zócalo, aunque en la foto sólo se aprecia en la jamba del arco de ingreso a la qubba (16). Al picar las dos escuadras superiores del alfiz del arco de ingreso a la qubba para comprobar el enlace del enlucido original con la yesería del arco (4), se confirmó su relación en ambos lados, apareciendo los empotramientos de las dos gorroneras de mármol blanco castreadas a haces del muro (5). Las gorroneras no parecen ser coetáneas de la yesería pues la capa de yeso del arco se ve rota para introducir las piezas en el muro, que se reciben con un yeso más basto y con ripios de cantos rodados planos. Existe un enlucido de yeso muy fino (1 mm.) que recubre el yeso con que se recibieron las gorroneras y el enlucido anterior, hasta morir en el vivo del recercado del arco. Esta capa de enlucido, aunque no tiene continuidad, podría ser la misma que la (7) o la (8) Correspondientes a las fases III y IV. Este paramento refleja con claridad la historia del edificio. Las fases I a IV son medievales. Las dos últimas pueden corresponder a acabados o a reparaciones. Es lógi- inferior, con fuerte vuelco, mientras la superior está perfectamente vertical. En el interior de la sala, el muro mantuvo el vuelco perdiendo la decoración de la parte superior, sustituida por un regruesado regularizador. Toda esta zona fue recubierta en fecha muy reciente, seguramente en la década de los años 1930, por una decoración de placas de escayola clavadas sobre unos bastidores de madera que reproducen la decoración existente debajo y la desaparecida de la parte superior (fig. 8). La datación del alero actual que nos facilita la dendrocronología apunta a una refacción del mismo en el siglo XVIII. Es muy probable que con tal motivo se sustituyera el primitivo nazarí, que sería inclinado, por el actual horizontal. Ello obligó a recrecer el muro con varias hiladas de ladrillo en todos los lados de la linterna, que tienen factura y mortero semejantes a las de la reconstrucción del lado occidental. El mortero de esta fábrica es muy distinto del nazarí que tiene un alto contenido en tierra roja. Por tanto, se puede suponer que en el siglo XVIII se realizaron obras de envergadura en el edificio que atajaron daños importantes. Quizás de este mismo momento sean los careados con fábrica de ladrillo y enlucido con mortero de cal de la fachada de este mismo lado occidental que presenta una ornamentación esgrafiada que puede ser de esa fecha. Con posterioridad se han realizado enfoscados de distinto tipo, los más recientes con mortero de cemento que recubren las rozas en que se alojaron los tirantes metálicos colocados en la década de los años 1930, rozas que a su vez están rellenas de yeso envolviendo los tirantes. La última capa la forma un mortero de cal parcheando fallos y una pintura roja de la intervención realizada por el Ayuntamiento en 1992. Propuesta de intervención y recuperación de la qubba Lo que hoy sabemos del Cuarto Real a través de las excavaciones y análisis arqueológicos realizados y de los graba- cuación a un uso público exigirá una cuantiosa inversión y obligará a su casi completa reconstrucción, haciéndole perder cualquier valor histórico, si es que lo tiene. Se convertirá en un edificio moderno según el gusto de quien lo rehabilita y supondrá incidir y perpetuar lo que ya supuso su primitiva construcción: la destrucción de los valores más interesantes del monumento nazarí como una consecuencia más de la Desamortización que tantos estragos produjo en nuestro Patrimonio Histórico. Hasta entonces, la qubba y su jardín se habían conservado casi intactos, al menos en lo esencial. Con su paso a manos privadas se destruyó el pórtico, se terraplenó la alberca y el jardín y desapareció la interrelación entre el jardín y el salón a través del pórtico y la alberca, valor fundamental de este conjunto, al construirse una vivienda de escasa calidad que sólo aprovechó la qubba como un elemento exótico sin nada que ver con su primitivo uso. Pensamos que quienes plantean esta solución carecen de una idea clara respecto a los valores del Cuarto Real de Santo Domingo y que por tanto se está jugando con él sin plena conciencia del alcance y resultados finales a que conducirán las propuestas que se barajan. Solo por esto se entiende que este conjunto no sea ya lo que debía ser desde hace muchos años: un monumento excepcional digno de visitarse, un lugar sin par en que desarrollar actos protocolarios, un ejemplo único de jardín hispanomusulmán, un parque público en medio de la ciudad en que bajo la forma de una huerta se enseñara el uso del agua y de los cultivos, de las plantas y las formas de hacer bello lo utilitario... de lo que fue la agricultura en al-Andalus y en Granada. Todo ello por mucho menos de lo que costaría poner en funcionamiento el edificio moderno, ahorrando unos fondos que bien merecen muchos otros monumentos de la ciudad en que podrían ubicarse los usos a los que supuestamente pretende dedicarse el Cuarto Real. EL PATIO DEL CRUCERO DEL ALCÁZAR DE SEVILLA El Alcázar de Sevilla es el más viejo palacio real europeo que mantiene tal función, pues desde el siglo XI hasta el día de hoy ha sido de forma ininterrumpida residencia de los monarcas Abbadíes, Almorávides, Almohades, Castellanos, Augsburgos y Borbones. Conserva aún estructuras que pueden datarse desde el siglo XI hasta la actualidad, que se han ido superponiendo y agregando en un proceso histórico siempre complejo y en muchas ocasiones de difícil lectura. En la génesis y desarrollo de este conjunto se aprecian dos modos o sistemas distintos de conformación del complejo arquitectónico. El sistema que podemos denominar dos y descripciones anteriores a la edificación del edificio moderno es que la qubba tuvo delante un pórtico, quizás rehecho en época post-medieval, que éste contaba con cinco arcos sobre columnas pareadas y que estaba decorado con yeserías (fig. 9). Por otro lado, sabemos que la qubba ocupaba el frente de un jardín con alberca, andenes y tapias de cerramiento cuya ubicación se ha localizado, y que se encontraba a su vez rodeado de huertas. Un modelo muy semejante al del Generalife. La propuesta de restauración redactada desde la Escuela de Estudios Árabes consiste en recuperar los valores fundamentales de este conjunto, único de este tipo en el que aún es posible hacerlo no solo en Granada sino en todo al-Andalus (la destrucción de los entornos del Alcázar Genil y de la Buhayra de Sevilla los hacen irrecuperables). Se pretende restaurar la qubba recuperando su primitiva estructura y disposición interna, y se planteaba rehacer un pórtico sin intención de copiar el original, del que por otro lado no contamos con la suficiente información, volviendo a disponer el jardín con sus andenes, tapias y alberca siguiendo su forma primitiva (fig. 10). Pese a que el pórtico, cuya construcción proponemos, no podría en ningún momento confundirse con uno original nazarí, se ha acusado a esta propuesta de restauración supuestamente estilística. Parece como si a la ignorancia de quienes hacen estas afirmaciones, que parecen desconocer las formas y disposiciones constructivas de la arquitectura nazarí, se uniera la no aceptación como moderno de todo aquello que no suponga un contraste radical con lo antiguo, ya sea por el empleo de materiales disonantes, ya por el uso de formas extremadamente distintas, ya por la imposición de volúmenes desproporcionados. Ni el ladrillo ha dejado de ser un material moderno, ni el arco ha dejado de ser una forma actual. Y constructivamente, los arcos que hemos diseñado jamás se hubieran realizado así en época nazarí. La alternativa a esta propuesta que se pretende imponer desde la Administración responsable de la tutela del Patrimonio es la conservación del edificio moderno. Se aducen razones de preservación de un elemento histórico. Desde luego cualquier evento, por insignificante o negativo que sea, es histórico, pero no todos los hechos históricos tienen la misma relevancia ni pueden merecer el mismo juicio ni tratamiento. El edificio moderno es arquitectónicamente malo y constructivamente muy deficiente y en ningún momento planteó con sensibilidad una integración de lo preexistente. Su aspecto actual obedece a una reforma de los años 30 del pasado siglo sin ningún interés estético y sin que pueda decirse que responde a ningún estilo ni represente ninguna tendencia arquitectónica. Su ade- sostenido que el levantamiento arquitectónico debe entenderse como una forma de análisis y aproximación al conocimiento de los edificios que en ningún modo puede ser sustituido por otro tipo de investigación. La información que puede y debería generarse siempre durante el proceso de medición y dibujo, que por necesidad tiene que corresponder a un análisis exhaustivo de la propia materialidad de las estructuras arquitectónicas, es obviamente muy superior a la que luego puede quedar registrada en los dibujos finales. Consecuencia de toda esta información es una serie de trabajos que hemos venido desarrollando de forma simultánea y con posterioridad a los del levantamiento gráfico y cuyo objetivo es profundizar en el conocimiento histórico y artístico de este conjunto palatino (ALMAGRO, 1999). Ya desde antes de acometer el levantamiento, nos habían llamado la atención distintas partes de conjunto por diversos motivos. Entre otros y de un modo especial después de medirlo y dibujarlo, hemos centrado nuestra atención en el denominado Patio del Crucero, en el que se adivinan transformaciones sucesivas desde su primitiva construcción, seguramente islámica, hasta llegar a su estado actual de fisonomía barroca, pero encerrando elementos góticos posiblemente de época de Alfonso X el Sabio. Lo que más sorprende de esta parte del alcázar es la transformación topográfica sufrida y la metamorfosis que fue produciéndose a lo largo de los siglos que dio origen a soluciones arquitectónicas de una enorme originalidad que han quedado finalmente enmascaradas después de las intervenciones del siglo XVIII. El levantamiento planimétrico en este caso, nos ha permitido disponer de unos medios de análisis e investigación indispensables para acometer el estudio de este conjunto, que ha sido objeto de una primera publicación específica y sobre el que hemos seguido trabajando mediante la recreación virtual de las distintas etapas de su existencia. El palacio, primero islámico y luego cristiano, que se articula en torno al llamado Patio del Crucero, fue ya objeto de atención por parte de diversos investigadores, quienes trataron de describirlo literariamente aunque en general sin llegar a analizar con detenimiento su estructura y sobre todo, sin establecer con precisión una planta siquiera hipotética. Aún cuando nuestro estudio ha pretendido abordar el tema con mayor detalle y profundidad, hemos de reconocer las limitaciones que impone su situación actual ya que fue radicalmente trasformado tras el terremoto de Lisboa de 1755, lo que impide conocer muchos de sus detalles que se conservan bajo las tierras del jardín hoy plantado más de cuatro metros por encima de su nivel original. Por esta razón se debe enten-islámico es un proceso de yuxtaposición. El palacio islámico se suele caracterizar por estar formado y haberse generado mediante añadidos que provocan un crecimiento en extensión. El palacio se mantiene a nivel del suelo. Se constituye mediante una agregación de unidades, construidas contemporáneamente o en momentos distintos, que se mantienen muchas veces autónomas y que son usadas según el particular deseo del morador del palacio. El sistema cristiano puede definirse como un sistema de sobreelevación. Las nuevas unidades se generan construyendo en plantas superiores y dotando a los espacios de uso y significación concretos. La presencia de estos dos sistemas, continuados en el tiempo, ha provocado una realidad compleja de difícil análisis, sobre todo por otra serie de circunstancias agregadas. En primer lugar, al tratarse de edificios en uso constante, no es fácil la realización de investigaciones, sobre todo en las estructuras murarias que se encuentran, como es lógico, enmascaradas por revocos y enlucidos, que en general están bien entretenidos. Por otro lado, este singular conjunto carecía, hasta muy recientemente, de una documentación planimétrica adecuada y precisa. Afortunadamente, acaba de publicarse el primer trabajo de documentación planimétrica de este conjunto (ALMAGRO, 2000). El origen de este trabajo fueron una serie de encargos realizados por el Patronato del Real Alcázar a la Escuela de Estudios Árabes del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y plasmados en los correspondientes Convenios de colaboración científica (fig. 11). De este modo se ha podido aprovechar la experiencia en este tipo de trabajos del personal investigador y auxiliar de la Escuela, así como los equipos e instrumentos técnicos con que cuenta. Previamente y por cuenta de la Gerencia Municipal de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla, el Patronato había logrado disponer de una planta del conjunto medida mediante procedimientos topográficos que incluían la materialización de una red de estaciones de observación. También desde la Escuela de Estudios Árabes se habían ido realizando algunos trabajos de documentación, en particular la planimetría de las cubiertas de toda el área comprendida entre la Catedral y el Alcázar por medio de fotogrametría aérea. Es indudable que el disponer de esta información constituye la base fundamental para seguir profundizando en el conocimiento de un conjunto tan importante e interesante como es el Alcázar de Sevilla. Además, tampoco puede menospreciarse la cuantiosa información adquirida en el transcurso de la medición y restitución, de la que sólo una parte puede quedar plasmada en los dibujos. Siempre hemos momento consistió en establecer una amplia comunicación entre el pórtico septentrional y los nuevos salones construidos en el lado sur al nivel de la planta baja (fig. 15). El resultado de esta disposición es una planta de palacio musulmán con uno de los lados hipertrofiado al envolver el salón de ese lado con tres crujías adicionales. El Patio del Crucero toma su fisonomía actual tras las obras efectuadas después del terremoto de Lisboa de 1755 por el ingeniero Sebastián Van der Borcht. El terremoto debió afectar gravemente al palacio alfonsí, en especial al pórtico y al gran salón central que tuvieron que ser reconstruidos. Con el fin de dar mayor estabilidad a la estructura, los pilares del pórtico se diseñaron más robustos que los anteriores y con tal fin tuvieron que reforzarse los cimientos, macizándose partes de los arcos del pórtico gótico inferior. Todo el palacio gótico cambió radicalmente de aspecto. Se dispuso una fachada de estilo barroco, a base de un pórtico con cinco grandes arcos, soportados en gruesos pilares con dobles columnas frontales (fig. 11). Tras el pórtico, se reconstruyó el salón con bóvedas baídas y a la bóveda central se la dotó de una linterna que sobresale en la terraza. Todas las fachadas de las demás crujías fueron remodeladas dotándolas de recercados de huecos, cornisas y cubiertas homogéneas. Además, el patio se redujo notablemente de tamaño al construirse en su tercio norte el corredor de comunicación entre el Apeadero, que se alarga con su actual último tramo, y el patio de la Montería. Sin embargo, la más drástica transformación del patio vino de la decisión de enterrar todo el jardín bajo y subir el nivel de su suelo hasta el nivel de los salones. El establecimiento de la hipótesis evolutiva de este singular conjunto arquitectónico presenta la dificultad ya aludida de su relativo buen estado de conservación por las labores permanente de mantenimiento, lo que ocasiona que los revocos cubran de manera homogénea la estructura interna de los muros haciendo casi imposible un análisis cronológico de paramentos. A pesar de ello, algunas zonas consienten lecturas parciales que nos han permitido plantear las hipótesis generales. Entre los temas de mayor interés, por su trascendencia para entender el concepto arquitectónico que presidió cada una de las fases históricas de este edificio, está el de la cronología del crucero alto que organizaba el jardín hasta su radical trasformación en el siglo XVIII. Autores como Rafael Manzano han sostenido su cronología almohade aunque apuntando en algún momento una posible fase más tardía dentro de este mismo período (MANZANO MARTOS, 1995; MANZANO, 1995b). Por nuestra parte sostenemos que el jardín del palacio almohade no tuvo construcciones en su centro salvo en todo caso algún pabellón central aislado (fig. 14), ya fuera de fábrica o vegetal (ALMAGRO, 1999: 339). Según nuestro entender, la otra gran transformación que sufrió el patio en época alfonsí consistió precisamente en establecer una amplia comunicación entre el salón septentrional y los nuevos salones construidos en el lado sur al nivel de la planta baja pues hasta entonces la única comunicación era a través de los andenes altos que corrían por los lados del patio. Estos andenes eran en cualquier caso de poca anchura, apenas 1.60 m, y carecían de las condiciones para permitir un acceso protocolario desde la entrada al patio, que hemos supuesto situada en el lado norte, y los salones meridionales. Con el fin de establecer una amplia avenida de acceso a este lado sur se construyó un andén elevado sostenido por una estructura abovedada dentro de la cual se mantuvo una alberca alargada con pequeños corredores que discurren a los lados de ésta atravesando los pilares y formando dos pasadizos paralelos. Toda esta organización, que en total resultaría más ancha que el andén antiguo, obligó a reducir el tamaño de los arriates inmediatos a dicho andén central, produciéndose la asimetría que hoy se observa. Para dar mayor rotundidad al diseño se organizaron otros andenes transversales formando un crucero en el nivel superior que posiblemente reprodujo el diseño de un crucero inferior que ya existía en el jardín islámico. Estos andenes transversales y sus pilares de sostén alteraron la forma y disposición de los pórticos laterales almohades al eliminar el pilar central de los mismos. El análisis de paramentos en una zona no visitable y de difícil visión dentro de los pórticos laterales del jardín bajo, especialmente en el oriental, aportan la clave para entender la reforma realizada en época alfonsí (figs. 13,14). Estos pórticos laterales estaban formados por 12 arcos cada uno que en realidad son los frentes de bóvedas de eje perpendicular al muro de fondo. De hecho, es muy probable que en un primer momento no existiera tal corredor bajo sino una serie de nichos o alvéolos cuyas bóvedas sostenían el andén superior. Con esta disposición no se producen empujes que pudieran provocar su vuelco hacia el patio. El apoyo de estas bóvedas se realiza en muros perpendiculares al que constituye el cierre lateral del patio, y que en una fase ulterior fueron taladrados para generar un paso continuo cubierto. Los actuales arquillos formados con esas perforaciones no pueden ser originales ya que se apoyan en recrecidos claramente visibles adosados a la parte extrema de los muros transversales que de este modo han adquirido forma de pilares con planta de cruz. Estos pilares presentan formas muy irregulares homogeneizadas por medio del revoco. rámicas, etc. También brinda la oportunidad de construir sistemas interactivos con participación del usuario en la elección de las distintas soluciones. La capacidad de recrear objetos, sobre todo arquitectónicos, que hayan sufrido grandes transformaciones o incluso ruina y desaparición constituye una de las más interesantes aplicaciones a las que se puede recurrir mediante los sistemas infográficos. Siendo el objetivo de los estudios arqueológicos el análisis de la cultura material, y constituyendo la arquitectura una de las expresiones más importantes y significativas de esta cultura, las posibilidades de recrear visualmente estos restos cuando han sufrido grandes transformaciones, a veces difíciles de imaginar, supone claramente una ayuda potencial en nuestros trabajos. Todos estos instrumentos tienen múltiples aplicaciones que podemos considerar dentro de dos grupos generales. Una sería la de facilitar la reflexión y la investigación sobre el patrimonio arquitectónico desaparecido. La recreación virtual obliga a considerar el elemento en toda su extensión, a plantearse soluciones para todos sus detalles y componentes y a reflexionar a la vista de las imágenes sobre nuestras hipótesis finales y por tanto, de trabajo. Resulta igualmente un instrumento insustituible para tratar de entender las cualidades de los espacios originales, algo muy difícil de lograr sin estos métodos, pero que resulta fundamental en un análisis arquitectónico (ALMAGRO GORBEA, ALMAGRO VIDAL, 2002). Nuestra experiencia a este respecto ha sido muy interesante. Desde hace algo más de dos años, en el grupo de investigación sobre Arquitectura Islámica de la Escuela de Estudios Árabes hemos venido recurriendo a estos métodos tratando de dar forma a nuestras presunciones y de revisar los resultados como modo de profundizar en la investigación2. Otra de las grandes aplicaciones de estos sistemas es la difusión de la información. Los métodos tradicionales de representación, mediante plantas, alzados y secciones siempre han resultado poco inteligibles para personas sin conocimientos ni experiencia sobre los sistemas de representación. Esto ocasiona que los frutos de la investigación no queden accesibles al público en general, no cumpliéndose con ello uno de los objetivos fundamentales de la investigación, cual es hacer llegar a la sociedad los avances del conocimiento que se van logrando. No cabe duda de que éste es uno de los campos que más interés ofrece y uno de los que más rentabilidad social puede aportar, hasta el punto de hacer pensar que en un futuro cercano resulte casi La afirmación anteriormente expuesta, de que el patio primitivo no tuvo andén transversal a la cota del nivel superior, se basa en la observación de que originalmente estos pórticos laterales no tuvieron solución de continuidad y menos en donde después se situó el andén que forma crucero. Para construir éste y dotarle de paso inferior al nivel del jardín, hubo que eliminar el pilar que coincidía en el eje transversal del patio, reduciendo la luz de los dos arcos contiguos con el fin de dejar espacio para los pilares del andén del crucero. Además, para dar acceso a la galería inferior que quizás se perforó en este momento, se dejó un arquillo coincidiendo exactamente con el pilar primitivo, que tuvo que ser cercenado en su parte inferior. Todo esto resulta hoy visible por el interior del pórtico del lado oriental en donde se aprecian los dos arcos primitivos y los realizados posteriormente con menor luz y altura (fig. 12), así como los recrecidos de los pilares, y la ruptura del central para abrir el paso. Todo está muy enmascarado por el enlucido posterior a esta reforma y sobre todo por el tapiado de toda la arquería que se realizó en el siglo XVIII para proceder a rellenar los cuatro grandes cuarteles del jardín hasta la cota del nivel superior. Además hay que remarcar que la disposición de los pilares y arcos de los pórticos laterales no guarda relación alguna con los del pórtico y anden central del crucero lo que constituye un dato más para asegurar su diacronía. El estado actual de este patio no permite apenas discernir al visitante su larga y compleja evolución y ni siquiera al especialista le resulta fácil de imaginar. Tampoco creemos que pueda avanzarse mucho más en la recuperación de las estructuras medievales, pues tendría que hacerse a costa de transformar radicalmente el actual patio barroco, cosa que debe desecharse absolutamente. Sin embargo hoy las nuevas tecnologías nos permiten resolver, a través de la realidad virtual, algunos de estos dilemas. El análisis arqueológico y las hipótesis de cronología en él basadas, nos permiten en este caso proponer una reconstrucción virtual de los distintos estados por que pasó el patio en su ya larga historia. La informática ha puesto a nuestra disposición en los últimos años unos nuevos y poderosos instrumentos de visualización y representación que constituyen una revolución en el campo de la investigación del Patrimonio, al igual que lo son en otros muchos. Las posibilidades que ofrecen los programas de infografía son enormes. Visualización de vistas perspectivas desde cualquier ángulo y condición, recreación de distintos estados o distintas soluciones, bien sea de formas volumétricas como de texturas, colores o iluminación, animaciones o visiones pano-obligado recurrir a estos instrumentos para dar a conocer los resultados de nuestras investigaciones. El desarrollo de la aplicación de estos sistemas merece una investigación y reflexión específica pues ante el hecho de disponer de instrumentos hasta ahora casi desconocidos, debemos pensar que su correcto uso puede dar magníficos resultados, pero un empleo inapropiado también puede generar productos inadecuados y, con ello, reacciones negativas. A este respecto debe tenerse en cuenta que la utilización de estas aplicaciones informáticas se ha difundido de una manera muy amplia entre técnicos y profesionales ajenos a nuestros estudios que, ante la demanda social de este tipo de representaciones, sienten la lógica tentación de aportar imágenes que en muchos casos carecen del adecuado soporte científico en su gestación. El problema puede venir tanto en lo que respecta a la concepción general de las hipótesis como a intentar dar solución a cuestiones de detalle, como puedan ser las texturas, materiales y colores o en la búsqueda de visiones "fotorrealistas" sobre las que no existan evidencias y que pueden producir sensación de falsedad en las propuestas. Por esta razón no podemos mantenernos de espaldas a estos métodos de trabajo excusándonos en que son fuente de falsedades. Será responsabilidad de quienes trabajamos en el campo de la investigación arqueológica y arquitectónica aportar el necesario rigor a las propuestas. Porque si no lo hacemos desde el campo científico, sin duda otros sin las bases adecuadas lo harán y en cualquier caso, este tipo de representaciones llegarán a la sociedad, porque la sociedad las está demandando. Sobre estas bases hemos realizado ya varias experiencias, la primera con el estudio del Alcázar omeya de Amman, para el que realizamos una reconstrucción infográfica completa presentada en forma de aplicación interactiva que quedó incluida en la publicación científica de nuestros estudios en forma de CDRom (ALMAGRO, JIMÉNEZ, NAVARRO, 2000). El segundo trabajo hasta ahora concluido ha sido éste del Alcázar de Sevilla, encaminado a la instalación de un sistema de visualización interactivo que permite a los visitantes del monumento conocer las distintas fases por las que ha pasado este singular edificio. El análisis arqueológico se revela de primordial importancia como base para plantear hipótesis de este género y tendrá sin duda que potenciarse y asumirse de manera generalizada para éste y otros fines en los estudios del patrimonio arquitectónico.
Las excavaciones han permitido comprobar que antes del edificio actual, levantado en el siglo XVI, existió otro, que quizá también tuvo funciones religiosas. El análisis estratigráfico de los restos emergentes ha demostrado que el último edificio se construyó en un solo momento, aunque se emplearon materiales muy diferentes en la cabecera y en las naves, lo que abre la puerta a diversas interpretaciones. Por otra parte se ha comprobado que entre los siglos XVII y XVIII debió comenzar el deterioro del edificio. La última fase viene representada por su desacralización y uso como cementerio, acción que ha provocado graves daños en sus paramentos. La iglesia de Santo Domingo de La Iruela es un edificio considerado menor dentro de la arquitectura del renacimiento andaluz, en buena medida por la escasa calidad de parte de sus muros. A esa evaluación negativa, y a los escasos comentarios de que ha sido objeto por los especialistas en la arquitectura de la época, ha contribuido también de forma relevante su estado de ruina, iniciado ya en el siglo XIX, por lo que nunca fue posible analizar su cubierta ni buena parte de sus muros. También ha tenido importancia en esa marginación la falta de documentos sobre la misma, ya que ni en el archivo del arzobispado de Toledo, a cuya diócesis pertenecía, ni en el de la población en la que se encuentra, ni en el de Cazorla, capital del Adelantamiento, se han encontrado referencias a la misma. No obstante, desde el punto de vista histórico, tiene interés por estar en una zona donde trabajaron algunos de los principales maestros del siglo XVI, como Alonso de Covarrubias, Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira o Rodrigo de Gibaja, y a que la construcción de la misma se ha relacionado con alguno de ellos o se han señalado sus influencias. Igualmente interesante es la incidencia que pudo tener en su construcción el juego de poder y prestigio entre varios poderosos señores de la época. Y en otro orden de cosas, los restos conservados presentan una serie de problemas de diverso tipo, como el hipotético reaprovechamiento de estructuras anteriores. Todas estas cuestiones hacían interesante su estudio y conservación. En 2009 se realizó una excavación arqueológica y el análisis de los paramentos con el fin de obtener datos para proceder a la consolidación de los restos existentes1. Esos resultados, unidos a un nuevo análisis de los pocos datos que es posible relacionar con la iglesia, han permitido aclarar la estructura y fases de la misma, así como profundizar en las circunstancias de su construcción. A estas cuestiones se dedica el presente estudio. SITUACIÓN E HISTORIA DE LA IRUELA (SIGLOS XII-XVI) El núcleo urbano del municipio de La Iruela se sitúa a un kilómetro al noreste de la conocida localidad jiennense de Cazorla. Está, por tanto, dentro del sistema montañoso compuesto por las sierras de Segura, Cazorla y Quesada, al este de la provincia de Jaén, y relativamente próximo a las fuentes del río Guadalquivir. El origen de la población parece estar relacionado con la construcción del castillo que se alza en el extremo noreste de la misma (figs. 2 y 3). Se ubica en un promontorio que goza de una buena defensa natural, con fuertes cortados al norte y este, y que se prolonga al oeste por un espolón relativamente ancho y llano, limitado a su vez por cortados en los lados norte y oeste y una caída más suave al sur, por este espolón se accede a la torre donde se ubica la puerta en codo que da entrada al castillo. Este se organiza en tres recintos escalonados de norte a sur. Se trata de una construcción de época almohade, según señalan los materiales más antiguos procedentes de la excavación efectuada en el segundo recinto (Navarro, Gutiérrez en prensa; Salvatierra en prensa), y diversas características constructivas de la parte principal del castillo, sobre todo murallas y torres, realizadas con un encofrado mediante tapiales, cuya mezcla incluye a primera vista arcilla, tierra depurada, cal y numerosas piedras de pequeño tamaño, siendo una construcción de gran calidad. Además se recubrieron después las juntas de los cajones con un encintado de grandes bandas de mortero de cal (fig. 4)2. El encintado es una de las variantes técnicas que integran el sistema decorativo denominado «falso despiece de sillería» (Azuar 2005), sistema que tiene una cronología relativamente amplia, pero dentro del que esta variante en concreto es una de las mejor fechadas en el periodo almohade (Marquez, Gurriarán 2008:117-121). Junto a ello hay otros elementos, como la entidad y sección troncopiramidal de las torres, muy semejantes a dos de las situadas en el llano de Santa Catalina, en Orcera y fechadas en este periodo (Salvatierra et alii 2006:42-43) y la compleja estructura de la puerta, que apunta igualmente a una época tardía dentro de lo andalusí (Salvatierra 2006:75-76). Por otro lado, es muy probable que la fortaleza se construyese como centro de un distrito castral (en el sentido descrito en Bazzana, Cressier, Guichard 1988:259-292), que abarcaría gran parte de lo que luego será el Adelantamiento de Cazorla. Este tipo de castillos rurales podían realizarse directamente por el estado, o mediante la colaboración entre éste y las comunidades campesinas, ya que también eran un elemento fundamental para su protección. En principio, los elementos señalados apuntan a la presencia de un maestro de obras de alto nivel, con conocimientos de fortificación y, por tanto, a la participación del Estado. Rafael Azuar (Azuar 2005) considera que un buen número de las fortificaciones almohades fueron impulsadas por el califa Abu Yusuf Ya'qub al-Mansur (1184-1199) y su sucesor Abu'Abd Allah al-Nasir (1199-1213), con el fin de reforzar la frontera de al-Andalus frente a la ofensiva de portugueses, castellanos y aragoneses. Es posible que esta fortificación formase parte de dicho programa. El promontorio donde se ubica el castillo descendía por el sur hacia una vaguada que lo separaba de las estribaciones del cerro Escribano. En base a la observación del espacio y a las excavaciones realizadas, cabe deducir que por esta última zona se extendió una aldea islámica, establecida en fecha incierta, pero quizá al mismo tiempo que el castillo. El lugar se escogió por estar protegido, incluso visualmente, por las alturas situadas al sur y al norte. La zona constituiría así mismo el núcleo de la primera ocupación cristiana. En este sentido, las menciones más antiguas recogidas en las fuentes escritas, tanto del territorio como sobre la población, son de la época de la conquista castellana. En 1231 Fernando III concedió mediante privilegio rodado el señorío de la villa de Quesada, aún por conquistar, a la iglesia de Santa María de Toledo, para que en su nombre la tuviera el arzobispo primado de Toledo Don Rodrigo Ximenez de Rada3. Pocos meses después el arzobispo se lanzó a la conquista de Quesada y de todas las localidades próximas, incluida La Iruela (Ximenez de Rada 1989:349; Primera Crónica General 1977:725), apoderándose del núcleo central de lo que posteriormente constituirá el señorío del Adelantamiento de Cazorla. Aparte de las crónicas, se conservan algunos documentos que hacen referencia a La Iruela a lo largo de los siglos XIII y XV, aunque los mismos aluden principalmente a diversos aspectos sobre la organización y evolución del Adelantamiento, sin que haya referencias a obras realizadas en la población4. Sintéticamente cabe señalar que, después Fig. 3. El castillo desde el oeste. La plaza de armas en primer plano de la conquista, todas las poblaciones mantuvieron inicialmente la igualdad de la que habían gozado en época islámica, aunque después los arzobispos impusieron una jerarquización entre ellas. No obstante, Rivera Recio (1948:5) consideró que ya Don Rodrigo había convertido en 1233 a Cazorla en capital del Adelantamiento por razones de seguridad fronteriza. El infante Don Sancho de Castilla, arzobispo de Toledo entre 1251-1261, reorganizaría el señorío en torno a las villas de Cazorla, Quesada e Iznatoraf, y en concreto, adscribió el 23 de noviembre de 1256 a Cazorla diversas aldeas, entre ellas La Iruela (García Guzmán 1985:47). Juan de Mata Carriazo (1973:L-LII) consideró que ésta era la localidad que en los documentos del siglo XIII del arzobispado de Toledo aparece bajo los nombres de El Eruela, Areola, Theruela y Arcola, y que posiblemente éstas son las distintas interpretaciones escritas que los castellanos hicieron de su nombre árabe, que sigue siendo desconocido. El papel de Cazorla se reforzó en 1333, ya que al pasar Quesada a depender de Úbeda, se convirtió realmente en capital del Adelantamiento. Todo este proceso tuvo que repercutir en las posibilidades de desarrollo de las demás poblaciones del señorío, en especial de una tan próxima como La Iruela, hasta el punto de que su fortaleza probablemente quedó casi abandonada al construirse los castillos que rodean Cazorla5. La Iruela recuperará su «autonomía» en 1378, cuando el arzobispo Don Pedro Tenorio le reconozca el privilegio de villazgo como conclusión de un largo enfrentamiento entre la localidad y Cazorla (García Guzmán 1985:339-344 6 ). Es muy posible que sea a partir de ese momento, pudiendo ya disponer de sus propios recursos, cuando además de reparaciones en el castillo, se levante la hoy denominada Torre del Picacho en la cima de la peña. Y progresivamente se llevará a cabo la construcción de distintas obras de gran carga simbólica que reflejarán el nuevo estatus de la población, como la primera iglesia de la localidad, la muralla que cerraba la misma, o la torrepuerta que aún hoy permite el paso a la plaza de armas. La primera referencia que tenemos a una iglesia en La Iruela es de 1488, cuando el cardenal Don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, ante la ausencia del prior de la iglesia, autorizó al concejo de la villa a que pusiera un capellán (García Guzmán 1991, doc. 279). Es posible que ésta corresponda a los restos localizados en las excavaciones efectuadas bajo la iglesia de Santo Domingo. Se trata de un edificio con muros realizados con mampostería encofrada, con piedras de mediano tamaño dispuestas irregularmente, lo que se aprecia en la cara exterior del paramento, pese al grueso enfoscado que la cubre, que carece de homogeneidad, lo que a su vez sugiere un largo periodo de uso y reparación, todo lo cual da una apariencia de tosquedad y pobreza que contrasta con la calidad de buena parte de la fortificación. Se han estudiado dos muros, el primero, con dirección norte-sur, tiene 5,00 m de longitud, más de 0,80 m de anchura y conserva 1,50 m de altura, de los que 0,40 m, situados bajo el más antiguo de los dos pavimentos de argamasa que se le adosan, corresponden a la cimentación, que se apoya en una zapata de piedras desordenadas (fig. 5). El segundo, con orientación este-oeste, formaría ángulo recto con el primero. Casi completamente destruido en anchura por una sepultura de época moderna, sólo conserva 0,30 m de altura, y al Toledo, en el Archivo Histórico Nacional y en el Archivo General de Simancas. A parte de algunas ediciones parciales, todos ellos han sido recogidos por M.a del Mar García Guzmán (1991). mismo se adosan otros dos pavimentos similares a los anteriores. Los dos conjuntos están separados unos 2,00 m por la base de un gran pilar y otros elementos correspondientes a los cimientos de la iglesia renacentista (fig. 6). La pequeña distancia entre los muros excavados permite considerar que se trata del mismo edificio, del que en conjunto se ha explorado una superficie de 5,00 × 4,00 m, aunque por el espacio disponible debía ser bastante mayor. Los pavimentos más antiguos de cada zona están a una altura similar. Pero los otros presentan una diferencia de 0,20 m entre ellos, lo que parece implicar que en un momento dado existió un pequeño escalón entre ambos espacios. Aunque el edificio se sitúa sobre niveles almohades, con los datos disponibles no es posible establecer la cronología del mismo, ya que podría ser tanto de época almohade como de primera época cristiana. No obstante los rasgos de poco cuidado y tosquedad de la construcción a los que hemos hecho referencia serían un elemento que apoyaría su cronología castellana (Gurriarán, Sáez 2003:586-587, nota79). Tampoco es posible determinar el tipo de edificio de que se trata, aunque su aparente amplitud, los cuidados pavimentos, la ausencia de material de uso cotidiano (cerámica, huesos...) y su ubicación, permiten formular la hipótesis de su función religiosa. En conclusión, aunque no puede descartarse que la población andalusí construyera una mezquita que fue convertida en iglesia tras la conquista castellana, elementos como los pavimentos alejan a este edificio de otras mezquitas rurales de pequeñas poblaciones, por lo que parece más probable que se trate de un iglesia construida cuando la población castellana obtuvo su nuevo estatuto de villazgo. En el siglo XVI, terminada la conquista de Granada, se producirá un notable crecimiento económico en el antiguo reino nazarí, como resultado de la intensa repoblación, impulsada tanto por la corona, como por la nobleza, que potenciaron la riqueza de estos territorios. Ese crecimiento se extenderá también al Alto Guadalquivir, territorio que hasta es momento había sido frontera, por lo que su crecimiento había estado contenido. Las poblaciones del Adelantamiento de Cazorla compartirán este desarrollo, que se advierte en su crecimiento poblacional. En concreto se construirá una puerta de acceso al antiguo núcleo de la población, pero sobre todo se producirá el primer ensanche urbano, por el que la misma se extendió hacia el suroeste, siguiendo las curvas de nivel a lo largo de dos ejes formados por las calles Corredera y San Antón, que confluían en una plaza, hoy denominada de La Constitución. Este ensanche rompió con la estructura puntual, amurallada, que había caracterizado a la población durante la Edad Media (Fernández Serdán 2001:306-307). En el extremo de los nuevos ejes mencionados, junto a la plaza actual, se levantó a partir de 1572 el edificio del pósito, cuyas trazas se atribuyen a Andrés de Vandelvira (Gila, Ruiz 1992:100-101; Montero et alii. Al mismo tiempo debieron construirse dos nuevas iglesias, aunque la primera referencia conocida a las mismas es la mención a su existencia que en 1626 realiza Ximenes Paton (1983:239) que ni siquiera las identifica; en 1646 Rus Puerta (1998:146) reitera que había dos parroquias y especifica que eran la iglesia Mayor de Santo Domingo y la de La Concepción. Aunque las citadas referencias no aportan datos sobre su ubicación, cabe identificar la primera con la que es objeto de este estudio y que según algunos especialistas en historia del arte debió construirse a partir de los años treinta del siglo XVI (Chueca 1971:305; Galera 2000b:300; Moreno et alii 2005:488). La segunda se situó al este del edificio del pósito y sería sustituida en 1956 por la iglesia actual, sin que nunca se realizara un estudio artístico o arqueológico de la misma, ni tampoco hemos localizado fotografías, lo que impide efectuar cualquier análisis sobre la misma. No obstante, por su situación en el ensanche de la población, y el hecho de ser citada ya en 1626, cabe suponer que se levantaría también en el siglo XVI 7, aunque no sabemos cual fue su relación temporal con la primera. Este proceso de crecimiento y sacralización de la localidad sería impulsado en parte por los arzobispos de Toledo y, en parte, por D. Francisco de los Cobos, secretario de Carlos V (1516-1547) y sus sucesores. El primero logró que en 1534 el cardenal D. Juan Pardo de Tavera le nombrase Adelantado de Cazorla 8. En 1539 obtuvo una bula papal, que el emperador confirmó en 1541, por la que el señorío le era entregado como «Gracia bajo censo» a él y a sus herederos. A la muerte de Don Juan Tavera trató de que el nuevo arzobispo Don Juan Martínez Siliceo confirmase la cesión, pero este se negó, pese a las presiones del propio emperador, quién finalmente dejó el tema en manos de los tribunales. El largo pleito sería continuado por los sucesivos arzobispos, y por los marqueses de Camarasa, herederos de Don Francisco de los Cobos, hasta concluir con un acuerdo por el que en 1606 la iglesia recuperó el territorio (Keniston 1980:153-155). LA IGLESIA DE SANTO DOMINGO. EXCAVACIONES La iglesia es un rectángulo ligeramente irregular, que ocupa un área aproximada de unos 650 m 2 (fig. 7), se organiza en una planta de salón típicamente renacentista, organizada en tres naves, la central de doble anchura que las laterales y testero plano. Al este, la cabecera y los laterales hasta los extremos del crucero están realizados con sillares bien trabajados en la planta baja y sillarejo de toba en la superior, mientras que en el resto, donde sólo se conserva la planta baja, es de mampostería irregular con piedras de mediano tamaño, lo que hace a esos paramentos mucho más ligeros. Por el desnivel del terreno, en esta última zona la roca está casi en superficie, por lo que la cimentación es prácticamente inexistente. Por el contrario, al este la base geológica baja más de tres metros, la excavación del 7 Al tratarse de edificios religiosos pertenecientes al arzobispado de Toledo, cabría pensar que en el Archivo de la Catedral de Toledo o en el de la Diócesis de Toledo debería haber documentación sobre la construcción de estas iglesias. Sin embargo ninguno de los estudiosos que ha tocado el tema ha podido localizar hasta ahora datos sobre las mismas, pese a que se han buscado, dado el interés que despiertan en relación a la posible intervención en la primera de Andrés de Vandelvira. 8 El nombramiento de Adelantado de Cazorla era una potestad del arzobispo de Toledo, y el nombramiento era casi vitalicio, aunque cesaban cuando moría quien los había nombrado. Parece que Don Francisco de los Cobos aprovechó la muerte del arzobispo Don Alonso de Fonseca (1523-1534), para llegar a un acuerdo con el arzobispo de Santiago, Don Juan Tavera (1534-1545), ofreciéndole emplear su influencia cerca del emperador, para que este lo designara nuevo arzobispo de Toledo, a cambio de ser después nombrado por él Adelantado de Cazorla. Ambos cumplieron sus compromisos. corte 3, al exterior de la cabecera, permitió localizar una potente cimentación, que probablemente se extiende por los lados, hasta los extremos del crucero, con un primer nivel constituido por un mortero de gran dureza, formado por piedras de pequeño tamaño y argamasa, de un metro de potencia y gran anchura, aunque fue afectado por los enterramientos posteriores (fig. 8). Así mismo, esta mayor profundidad se aprovechó para construir los grandes pilares del crucero, habiéndose localizado en el corte 1 el del lado sur, junto a los estribos que lo unían con los pilares de los lados norte y oeste. Al este del pilar, bajo el crucero, con orientación norte-sur se construyó una gran cripta de enterramiento, abovedada, con unos 2.50 m de altura, realizada con mampostería. Del interior de la misma parte un corredor con muros y bóveda de ladrillo hoy casi completamente cegado (fig. 9) que, con dirección este y cierta inclinación, quizá conduce a otra cripta bajo el presbiterio, y en cualquier caso a un gran vano situado en el ángulo noreste, hoy tapiado, que sería el acceso exterior a los espacios subterráneos. Además, en el extremo del crucero sur se construyó un panteón familiar, con orientación este-oeste, cuya lápida, que se ha conservado, nos informa de que el espacio fue adquirido en 1624, aunque a los herederos no se les reconoció la propiedad hasta 1797, lo que arroja dudas acerca de cuándo se construyó y empezó a utilizarse. Todos estos elementos destruyeron gran parte de un edificio anterior, como ya hemos señalado, y cuyos pavimentos fueron también afectados por enterramientos individuales. La cabecera está enmarcada por sendos «torreones» circulares. Por el exterior (fig. 10), al noreste, se refleja ligeramente la estructura tripartita de las naves de la iglesia. Los sectores sur y central son muy homogéneos, animado el último sólo por un rosetón en altura, que posteriormente fue cegado. El lado norte, por el contrario, muestra una notable complejidad. En la planta baja, a un nivel situado en gran parte por debajo del pavimento del presbiterio, cubierto por un arco está el gran vano que debe comunicar con la cripta subterránea, aunque por el tipo de sillar que hoy lo cierra es posible que nunca llegase a estar abierto; en el lateral izquierdo (sur) sobresalen una serie de sillares alineados de arriba abajo, y en el lado derecho y algo por encima del arco se aprecian una serie de cajas de vigas, todo lo cual apunta a que quizá estaba prevista la construcción de otro cuerpo, que no se realizó. El arco estaba coronado por un elemento saliente que quizá pretendía simular cierto nivel de fortificación. Por encima de este conjunto se localiza otro rosetón, y en la parte superior se abre una ventana geminada, desplazada al lado sur. Posiblemente los dos últimos elementos daban luz respectivamente a una corta escalera, y a una habitación construida en el interior del muro. Por el interior del templo la estructura tripartita de la cabecera es muy acusada, y se relaciona con las naves (fig. 11). El espacio central, que corresponde al presbiterio, tiene una anchura doble que los laterales, y está cubierto con un gran arco triunfal. En el muro, cerca de la coronación, estaba el primer rosetón mencionado. Los espacios laterales corresponden a sendas capillas de estructura desigual. La del lado norte (fig. 12), elevada respecto al pavimento, presenta elementos estructurales en profundidad, y quizá contuviera el reservado eucarístico frecuente en el siglo XVI, realzado por una portada decorada de estilo rococó, que aparece quemada. En la parte superior del paramento, junto al ángulo noreste, se encuentra una puerta que da paso a la escalera de acceso a la habitación superior. La capilla del lado sur está desfigurada por la construcción de un panteón, con varios nichos superpuestos coronados por el espacio para una placa funeraria, que debió realizarse entre los siglos XIX y XX. Por debajo de la cornisa de toda la cabecera y de los laterales correspondientes al crucero corre un friso para alojar la decoración, que en su mayor parte ha desaparecido. El crucero estaba constituido por el tramo final de las naves. Sus extremos al norte y sur se realizaron con los mismos materiales que la cabecera; estaban separados de las naves por sendas pilastras adosadas, que resaltan claramente de los respectivos paramentos, y que se corresponden con contrafuertes al exterior, los únicos con que parece que contó el edificio. En altura, la anchura del crucero en el lado sur queda resaltada por un elemento abarcante, un gran arco que la engloba (fig. 13), empleado por Diego de Siloé en la catedral de Granada, y en el Alto Guadalquivir por Andrés de Vandelvira. Sin embargo, en el tímpano que se genera en la parte superior de este elemento se abren tres huecos que iluminaban el templo, sistema procedente de la tradición castellana, por lo que algunos especialistas los relacionan con la presencia de Rodrigo de Gibaja. En la planta inferior, el espacio se divide en dos capillas, separadas por una pilastra, que apenas resalta del muro, coronada por una hornacina. En dichas capillas, aprovechando la anchura de sus muros, se construyeron nichos del cemen- terio moderno. Todo el resto del muro sur se realizó con mampostería irregular, y por el interior se introdujeron también numerosos nichos de enterramiento que afectaron al paramento exterior, requiriendo numerosas reparaciones. El crucero norte (fig. 14) debía tener una disposición semejante, pero la parte superior ha desaparecido en gran parte, aunque en la inferior las capillas conservan más elementos originales. La de la izquierda (oeste) ofrece en el cierre del fondo, y entre el arco y el friso, distintos aparejos de mampostería irregular, que demuestran que sufrió diversos cambios a lo largo del tiempo. La capilla derecha se organiza como una puerta, que al interior de la iglesia presenta un arco con nichos laterales, y por encima de la clave una gran metopa muy deteriorada, mientras que al exterior resalta su estructura abocinada. Estas estructuras parecen implicar que estaba previsto que ambas capillas fueran los accesos a sendas estancias que nunca llegaron a levantarse. Parte del resto del paramento de este lado ha desaparecido, y sólo subsisten restauraciones del siglo XX en el extremo noroeste. La iglesia contó con dos puertas situadas respectivamente en los lados norte y sur. El corte 2 ha permitido comprobar que esta última apoyaba prácticamente sobre la roca sin casi cimentación, mientras que la norte, que probablemente era la principal, se reinstaló a finales del siglo XX mediante un muro moderno por lo que no es posible asegurar que ese fuera exactamente su sitio (fig. 15). El paramento que cierra el edificio por el oeste (fig. 16), presenta al norte una escalera de caracol, que da acceso a la segunda planta de la torre-puerta de entrada a la plaza y que fue empleada como campanario. Hacia el centro-sur del mismo paramento quedan huellas de una gran ventana cuyas jambas eran sillares de gran tamaño, con derrame hacia el interior. Al oeste de la misma se conservan restos de la pilastra donde se entregaban los arcos que separaban las naves central y sur, mientras que la correspondiente al lado norte ha desaparecido. LA SECUENCIA ARQUEOLÓGICA Y CONSTRUCTIVA El levantamiento planimétrico base de la fortaleza de La Iruela (castillo e iglesia) que utilizamos fue realizado por Estudio Arcadia S.C. y nos fue facilitado por el mismo para el estudio del castillo9. La fotogrametría base del edificio de la iglesia de Santo Domingo fue encargada por Pedro Salmerón, arquitecto responsable de la restauración de la iglesia, a la empresa Yamur S.L. y se nos entregó para la realización del estudio de los paramentos, habiéndose adaptado para esta finalidad. La lectura de estos paramentos, la excavación efectuada y el estudio de fuentes documentales nos han permitido reconocer un total de siete fases en la evolución del conjunto, las dos primeras anteriores a la construcción de la iglesia (fig. 17). Fase I. Siglos XII-XIII Corresponde a la ocupación de época almohade, la más antigua registrada. Probablemente se construyeron los tres recintos del castillo, mientras que el área de acceso al mismo, al oeste, parece que no fue ocupada, puesto que los niveles más antiguos detectados corresponden ya a época bajomedieval. Al sur de este conjunto se ubicó la aldea islámica, en torno al área por donde discurría una vaguada. Entre ambos sectores existe un corte natural del terreno, que se acentúa de este a oeste debido a la pendiente de la mencionada vaguada. El área de la población sólo se ha excavado bajo la iglesia, situada al oeste, a la altura de la zona de acceso al castillo. En ella se ha comprobado que el desnivel natural se aprovechó para cortar la roca, muy blanda, a unos 20 m de la cabecera de la iglesia actual, de forma que se formaron dos terrazas oeste-este con un desnivel de casi 3,00 metros entre ellas; en la inferior, sobre la roca, se han localizado varios niveles con material de época almohade que no han podido relacionarse con ninguna estructura construida (Navarro, Gutiérrez en prensa; Salvatierra en prensa). Ningún elemento de esta fase puede vincularse con los paramentos de la iglesia. La primera iglesia y el cuarto recinto Tras la conquista castellana en 1233, o quizá después de la obtención del privilegio de villazgo en 1378, se llevaron a cabo diversas intervenciones en la zona donde luego se levantará la iglesia de Santo Domingo. En primer lugar, en la terraza inferior mencionada, y sobre los niveles almohades, se construyó -o transformó-un edificio de mampostería encofrada, que en el estado actual de las investigaciones cabe pensar que fuera la primera iglesia de la localidad, sin descartar totalmente que se trate de una mezquita transformada. Ninguna parte de este edificio fue empleado en la iglesia posterior. En segundo lugar se construiría una muralla englobando el área de acceso al castillo y la aldea. A la misma podrían pertenecer restos de un lienzo de tapial de gran dureza, aunque relativamente delgado, situado sobre el cortado, al norte del área de acceso al castillo10. Y con más seguridad los restos de un muro, constituido por mampuestos de mediano tamaño unidos con mortero (UE 1054) que quedaron integrados en el paramento oeste de la torre-puerta; y la torre hoy integrada en la llamada Casa de la Orden, al exterior de la torre-puerta y frente a los pies de la iglesia. Por otro lado, es probable que se limitase el paso entre el castillo y la aldea mediante otro lienzo que iría desde la torre sur del castillo hasta enlazar con la nueva muralla, de forma que se crearía una plaza de armas. No obstante, hay que advertir que la construcción de la iglesia renacentista, y posteriormente la reorganización del espacio situado en su frente norte, con el rebaje del desnivel existente respecto a la plaza, y la apertura del camino actual, ha eliminado cualquier resto consistente de dicho lienzo, por lo que la hipótesis se apoya en la posterior construcción de la torre-puerta. Construcción de la torre-puerta En el siglo XV la puerta del hipotético muro que separaba la población de la plaza de armas, se sustituyó por una torre-puerta, que sigue siendo hoy el acceso a la plaza y al castillo (fig. 18). La única parte original que queda de la misma corresponde al primer cuerpo, realizado con mampostería irregular unida con mortero (UE 1001). De planta rectangular, tiene unas dimensiones de 6,00 × 4,00 m en su base, que es ligeramente más ancha que el resto del cuerpo, lo que le daría mayor solidez, algo necesario por la existencia del amplio vano que ocupa la mayor parte de la misma, y que ha sufrido una serie de reparaciones en tiempos recientes. El lado oeste se adosa al muro de mampostería (UE 1054) al que ya nos hemos referido, la interfacie (UE 1053) que presenta sugiere que se eliminó el muro de cierre transversal también citado. Los cuerpos superiores están muy restaurados. Construcción de la iglesia Como se ha expuesto en la descripción, los muros y cimentaciones presentan una profunda diferencia entre las zonas este y oeste, aunque aparentemente todos se realizaron mediante dos paramentos paralelos, con un relleno entre ambos de calicanto muy irregular, con piedras de pequeño tamaño trabadas con tierra y cal (UE 1009). Al este, los gruesos muros de la cabecera apoyan en potentes cimientos. Por el exterior los paramentos presentan dos tipos de aparejo, separados por una cornisa (figs. 19 y 20). La parte inferior está realizada con sillares de color rojizo (UE 1018), piedra arenisca característica de la Loma de Úbeda, de donde sin duda procede. No obstante, por debajo del nivel de las capillas del lado norte, el muro presenta junto al primero otro tipo de sillar muy diferente por su tamaño y talla (UE 1011), existiendo una interfacie entre los dos tipos (UE 1010). Un sondeo arqueológico realizado al pie de los mismos demostró que ambos tipos apoyan en los mismos sillares de cimentación y comparten idéntico proceso de colmatación, lo que implica que corresponden al mismo momento constructivo. Por encima de la cornisa se emplea sillarejo de toba (UE 1015) igualmente de diversos tamaños con una media aproximada de 0,50 × 0,33 m. Finalmente hay que señalar que en la zona norte del paramento exterior de la cabecera una interfacie (UE 1027) demuestra que se añadió un conjunto de gran complejidad, que incluye un gran arco de medio punto que cubre el supuesto vano de acceso exterior a la cripta, coronado a su vez por lo que parece una ladronera, realizada con sillares regulares de mediano tamaño bien trabajados (UE 1028), muy diferentes a los empleados en los paramentos, en la que se conserva la delimitación del espacio (UE 1025) donde debía haber encastrado un escudo, por lo que quizá el conjunto tuviera una función simbólica. Por el tipo de material empleado, cabe interpretar la inferfacie como una fase de obra, con poca diferencia cronológica respecto al resto. Por el interior del templo probablemente se empleó también sillar en toda la parte inferior, aunque el paramento del presbiterio se encuentra enlucido (UE 1066) y muy afectado por la apertura de nichos de enterramiento (fig. 21). En la parte superior del muro se repite el uso de sillarejo, menos en la zona correspondiente al presbiterio y en el arco que lo cubre, donde se empleó el sillar. En el coronamiento sólo se conserva sillarejo de toba en la pechina norte (UE 1060) y en el crucero sur. Por debajo de la cornisa se creó un espacio a modo de friso (UE 1059) para insertar la decoración, que en la actualidad ha desaparecido casi por completo. El muro perimetral de la mitad suroeste de la iglesia y el cierre de los pies fueron realizados con mampostería, aunque el paramento exterior presenta una estructura muy poco homogénea debido a numerosas alteraciones. La portada sur (UE 1037) de la iglesia está formada por grandes sillares rojizos, muy trabajados y pulidos (fig. 22), entre esta y el crucero hay mampostería irregular (UE 1035) probablemente resultado de reparaciones, mientras que en el tramo al oeste de la puerta subsistirían los elementos originales (UE 1038), compuestos por un paramento de mampostería con un encintado con mortero, rematado en la esquina por grandes sillares encadenados, aunque toscos (fig. 23), que se prolongan a modo de base del muro oeste hacia el norte, marcándose claramente el límite del mismo (UE 1055). El resto del muro oeste, que se adosaba a los lados de la torre, era de mampostería irregular ordenada, tanto en el lado norte (UE 1007), como en el sur (UE 1051). En este muro oeste, por el interior del templo, del momento de la construcción (figs. 16 y 24) se conserva el arranque de la pilastra (UE 1078) donde se entregaban los arcos que separan la nave central de la sur. Hacia el centro, en la parte superior, había una gran ventana con jambas de derrame, constituidas por grandes sillares muy cuidados de los que quedan algunos (UE 1033). Mientras que frente a la nave norte se encuentra la torre-puerta (UE 1001), en cuyo paramento se realizaron algunas reformas con el fin de utilizarla como campanario. Es posible que se eliminase una escalera original, y se sustituyese por la que hoy existe (UE 1079), apreciándose en la parte inferior el corte para introducirla (UE 1082). No obstante en la actualidad han desaparecido la mayor parte de los sillares que debían revestir los laterales, quedando al descubierto el relleno de mampostería irregular de grandes piedras que se aprecian a ambos lados de la escalera (UE 1086). Reformas en la iglesia Entre los siglos XVII y XVIII, las actas capitulares conservadas en el archivo de La Iruela, recogen la existencia de constantes problemas de mantenimiento y la falta de recursos para atenderlos adecuadamente. Entre las reparaciones que es posible fechar en esta época por los materiales utilizados, podemos señalar el cierre de vanos como solución más barata para limitar posibles daños. Se tapiaron con mampostería de pequeño tamaño los rosetones (UUEE 1008, 1021) quizá por no disponer del cristal emplomado que debería cerrarlos y dejar pasar la luz. En la hipotética ladronera se rellenó con mampostería (UE 1026) el hueco del que quizá se había extraído un escudo. También la ventana de la habitación existente en la cabecera se convirtió en una ventana geminada mediante un pilar de ladrillo (UUEE 1022, 1023), y posteriormente se cegó uno de los nuevos vanos (UE 1024) con mampostería recubierta de argamasa. En el lado noreste, en la capilla izquierda, se eliminó gran parte del cierre de la misma para abrir un vano, ello provocó la eliminación o caída de materiales del paramento exterior (UE 1012), que fue repuesto con mampostería de pequeño tamaño (UE 1013). La situación de deterioro es explícita en 1751, momento en el que el Catastro de Ensenada, señala: «lo que causa mayor dolor es ver la fabrica de la parroquial mayor de Santo Domingo de Silos por acabar, siendo esta bastamente decente, y por los muchos hostigos y tejados con los que hoy se halla, por no estar perfeccionada padece el continuo detrimento de tan continuos gastos para poder conservarse sin que se arruine pudiendo subbenir la cortedad de sus rentas attan patente necesidad»11. Ello quizá implique que la iglesia no terminó de cubrirse adecuadamente, y se emplearon fórmulas de emergencia que no dieron resultado. Pero naturalmente no ha sido posible aclarar dicho aspecto. Cierre de la iglesia y apertura del cementerio municipal Según las actas capitulares, la población sería atacada en diversas ocasiones por las tropas napoleónicas durante la guerra, y, al parecer, la iglesia sufrió importantes daños y fue incendiada12. En ocasiones se ha indicado que el enrojecimiento de los sillares de determinados materiales puede ser efecto de fuegos intensos durante cierto tiempo, por descomposición química. En el caso de La Iruela la coloración natural de buena parte los propios sillares y sillarejos dificulta tener en cuenta este aspecto. No obstante ese fenómeno sí puede considerarse que se produce en la jamba oeste de la puerta sur (fig. 22) y con más dudas en el extremo noreste (fig. 14), aunque no es suficiente para afirmar que efectivamente hubo un incendio generalizado. Bien como consecuencia de esas actuaciones, o por el estado de deterioro del edificio, éste se arruinaría definitivamente por esta época. Sería entonces cuando caería la techumbre, aunque quedó en su sitio la pechina realizada en sillarejo de toba, la caída arrastró buena parte del sillarejo de la parte superior del paramento este (UE 1057), hasta la parte superior del gran arco del presbiterio, incluyendo la pechina del lado sur, dejando al descubierto el relleno de calicanto interior. Para impedir la caída de éste y detener el deterioro del muro de la cabecera se reconstruyó la pechina con sillarejo regular de color gris claro (UE 1058) y parte del anterior paramento con mampostería irregular ordenada (UE 1017). También sería entonces cuando desapareció gran parte del paramento norte, desde la esquina suroeste hasta casi la pilastra y el contrafuerte que separaban la nave del crucero, advirtiéndose claramente cuál es el límite del muro original (UE 1085). En éste (fig. 25) se observan nuevas intervenciones en la capilla oeste, apreciándose una nueva ruptura, que incluso afectó a los sillares de la parte inferior (UE 1080), reponiéndose la rotura de estos con mampostería de mediano tamaño sin argamasa (UE 1014) 13. Todas estas destrucciones debieron producir la supresión del culto en la iglesia y el abandono de la misma, ya que Pascual Madoz en 1854 sólo menciona la iglesia de Nuestra Sra. de la Concepción (Madoz 1988:98). A partir de ese momento se intensificarían los problemas en el interior del edificio, sobre todo los provocados por el agua, que penetraba por los poros de la piedra y al congelarse producía la descamación de la misma y, en ocasiones, la ruptura de trozos mayores. De igual modo, se produjo la lenta destrucción de casi todos los frisos decorativos. Aunque probablemente nunca dejó de enterrarse en la iglesia, sería ahora cuando se convertiría en cementerio municipal. En la cabecera los nichos son paralelos al muro, lo que unido al notable grosor de éste, su construcción no afectó a la parte exterior del mismo. Pero en los otros dos lados son perpendiculares a los muros, por lo que algunos los atravesaron y produjeron daños en el paramento exterior, lo que explica las rupturas y reparaciones existentes en los muros sur (UUEE 1039, 1040) y oeste (UE 1046), realizadas con mampostería irregular de pequeño tamaño unida con mortero o cemento, y en ocasiones recubierta por mortero (UE 1047). El tipo de adhesivo empleado debe relacionarse con el momento concreto en que se llevaron a cabo las reparaciones. Finalmente, en la ventana del muro oeste se advierte que se extrajeron la mayor parte de los sillares que la enmarcaban, con lo que se rompió exteriormente algo más (UE 1081) tapiándose después con argamasa o cemento (UE 1048). Quizá se trataba de darle mayor solidez al muro ante la apertura de los nichos aunque según noticias orales, en dicha zona el espacio se empleó para algunas actividades forenses previas a la inhumación, por lo que el cierre del vano pudo estar en función de evitar las miradas desde el exterior. Por otro lado, también se enterró en el suelo en todo el ámbito de la iglesia y en la zona situada al este, al exterior de la misma. Quizá para acceder a este último sector se eliminó, o no se repuso, parte del muro norte, ya que es la única zona que no aparece reparada. El cementerio aún funcionaba en los años sesenta del siglo XX, incluso después de que se construyera uno nuevo algo más lejos de la población. Finalmente, al clausurarse, se extrajeron los enterramientos de los nichos, pero dejando un buen número de los enterrados en el suelo. Mediados del siglo XX -principios del XXI El abandono del cementerio debió ir seguido de la desaparición de la puerta del mismo, convirtiéndose este espacio en un lugar semipúblico en el que se llegaron a ocasionar algunos desperfectos como la rotura lateral del panteón del siglo XVIII (UE 105) y, sobre todo, la del extremo de la bóveda de la cripta (UE 119), por la que con el tiempo irían cayendo o arrojándose gran cantidad de escombros procedentes del derrumbe o reparaciones de la parte superior de la cabecera de la iglesia. En el último tercio del siglo XX se inició un lento proceso de recuperación y puesta en valor del conjunto. Sin duda, la principal intervención fue la reposición de la mitad oeste del paramento norte con la antigua puerta (UUEE 1004, 1006) y, en la esquina noroeste, en vez de los sillares encadenados que aparecen en el ángulo suroeste, se colocó mampostería regular unida con cemento (UE 1005). Pero no se levantó completamente el muro norte, dejándose un amplio espacio vacío entre el mismo y el correspondiente al crucero, de forma que pudiera accederse a la parte posterior de la iglesia. Al exterior de la cabecera, en la zona superior del muro, parte del sillarejo del coronamiento se había desprendido, dejando al descubierto el calicanto interior, por lo que se realizaron algunas reparaciones consolidando la parte superior del muro; al sur en una amplia zona dañada (UE 1019) se empleó un característico llagueado de color blanco (UE 1020), mientras que al norte aparece una amplia zona (UE 1031) arreglada con mampostería irregular desordenada (UE 1032). Así mismo, en los sillares del paramento exterior se observan diversos desperfectos (UE 1029), que fueron reparados con mampostería irregular de pequeño tamaño (UE 1030). Por el interior se redujo el tamaño del vano de acceso a la habitación superior del lado noreste de la cabecera (UE 1061) añadiendo una jamba de piedras y cemento (UE 1062), posiblemente por problemas en el dintel de la misma, cuyo derrumbe habría debilitado o incluso provocado la caída de parte del muro. Así mismo se cerró con un nuevo paramento (UE 1063) la parte inferior de la capilla del lado norte. En el muro oeste se advierte un corte en el paramento (UE 1016) en las inmediaciones del ángulo de la torre, consecuencia de la caída de la mampostería, que dejó al descubierto el relleno original interior. En relación con la escalera, la desaparición de los sillares del lado sur que dejó al descubierto el relleno, produjo una nueva ruptura (UE 1083) en la torre, que se rellenó con ladrillos y piedras (UE 1034). Por último y se cortó (UE 1087) el muro lateral sur (UE 1086), rellenándose con cemento y piedras (UE 1088) con el fin de sujetar el extremo de una barandilla de metal que se introduce en estos momentos. Finalmente, tuvieron especial importancia las actuaciones en la torre-puerta. En ella se reconstruyó la parte superior (UE 1002, 1003), empleando mampostería irregular alternando con verdugadas de ladrillo. En la planta baja, en el acceso, se reconstruyó el arco de ladrillo y las jambas (UE 1043). Al mismo tiempo se realizó un socalce en la esquina sur (UE 1041), donde la argamasa recubre los mampuestos. Al oeste, relacionada con la escalera de subida a la torre, se llevó a cabo una modificación en la misma se rompió el paramento de la torre (UE 1087) introduciendo un muro (UE 1086) que se adosó en un par de puntos para proteger mejor la subida, y en los que se encastró una barandilla. Además se arregló la jamba de la puerta de acceso a la torre (UE 1042). Otras reparaciones se efectuaron en el muro oeste, más evidentes en su contacto con la torre; en casi todas ellas se empleó mampostería o ladrillo, trabados con cemento. Al exterior del mismo, junto a la torre, se instaló el sistema eléctrico para la iluminación del conjunto (UE 1050), que supuso nuevas rupturas (UE 1049) de este paramento. A principios del nuevo milenio se ha iniciado la recuperación del edificio realizándose excavaciones arqueológicas para documentar diversos aspectos, y una primera consolidación de lo que aún subsiste. EL PROBLEMA DE LA AUTORÍA En diversos puntos del trabajo se ha hecho alusión a la cuestión no resuelta de la autoría del edificio, tema que para esta época resulta fundamental para establecer las conexiones estilísticas, influencias, etc. A continuación vamos a tratar de sintetizar los parámetros del problema. Hay que tener en cuenta que terminada la conquista del reino nazarí de Granada en 1492, se desarrollará una febril actividad constructora en Andalucía oriental, tanto por parte de la iglesia como de la alta nobleza, que no sólo impulsará la construcción de sus palacios, sino que muchos de sus miembros van a llevar a cabo un importante mecenazgo sobre obras religiosas, en una clara imitación de la actuación de los monarcas. No obstante, la construcción de las iglesias parroquiales será competencia de los respectivos obispados, y en el caso de las localidades del Adelantamiento de Cazorla esta correspondía al arzobispado de Toledo. En La Iruela se construyeron dos iglesias, la de Santo Domingo y la de La Concepción, y es posible que ambas obras se realizasen sucesivamente para cubrir el crecimiento de la población que se produjo a lo largo del siglo XVI, y que por tanto fueran impulsadas por sucesivos arzobispos. Pero la entrega del señorío en 1534 a Don Francisco de los Cobos introduce una profunda incertidumbre, que se refleja en las opiniones de los distintos autores que hemos examinado, acerca de la intervención de Andrés de Vandelvira, «su» arquitecto en la zona. Tenemos bastantes datos sobre la actividad constructora del secretario de Carlos V y de sus herederos, los marqueses de Camarasa, actividad que en el Adelantamiento estaría motivada en parte para justificar su posesión del mismo, y cuyo «buque insignia» sería la construcción de la iglesia de Santa María, en Cazorla. Como se ha señalado anteriormente, se ha sugerido el inicio de la construcción de la iglesia de Santo Domingo de La Iruela hacia el segundo tercio del siglo XVI, en consecuencia, la misma pudo ser promovida tanto por el arzobispado, sobre todo si se inició antes de 1534 (Galera 2000b:300), como por el poderoso secretario de Carlos V si fue después de esa fecha, o por sus herederos, tras la muerte de aquel en 1547. Ante la falta de datos seguros sólo puede plantearse una hipótesis de conjunto. Parece muy probable que la construcción de la iglesia de La Concepción fuera financiada por el arzobispado, ya que se levantó en el eje de ampliación de la localidad. El diseño de esta ampliación debe ser de principios del XVI, y prevería dicha iglesia, que estaría destinada a presidir la nueva plaza de la localidad, aunque luego su posición prominente fuera disminuida por la construcción del edificio del pósito, que prolongó el final del ensanche. Esta última obra pudo ser impulsada por los herederos de Francisco de los Cobos, ante el enfrentamiento que en esos momentos ya mantenían con los sucesores del cardenal Tavera, para cimentar su prestigio en la zona. En la misma línea, frente a la actividad del propio Tavera o de su sucesor el arzobispo Don Juan Martínez Siliceo (1545-1557), el secretario de Carlos V o sus herederos pudieron querer mostrar su fe impulsando la construcción de la iglesia de Santo Domingo dentro del ámbito de la fortaleza, sustituyendo al viejo edificio medieval. Esto explicaría que el tamaño de dicha iglesia sea relativamente notable en relación a la localidad en la que se inscribe. Esta iglesia empezaría a realizarse con la misma cantería que los principales contratistas empleaban en otras grandes obras de la Loma de Úbeda, pero el fallecimiento del secretario de Carlos V antes de la finalización de la misma, pudo obligar a sus herederos, que nunca dispusieron de sus grandes recursos económicos, a terminarla de modo mucho más rústico. En cualquier caso, la falta de documentación de archivo sobre esta iglesia impide conocer con seguridad quién la levantó. La misma falta de documentación que oculta al promotor del edificio, impide saber quién realizó las trazas del mismo y quiénes lo ejecutaron. Se han mencionado reiteradamente dos nombres: Andrés de Vandelvira y Rodrigo de Gibaja, aunque la mayoría de los autores lo hacen siempre con gran prudencia, apostando por que estos maestros pudieron dar las trazas o ejercer algún tipo de supervisión, que sería siempre muy relativa. Andrés de Vandelvira, nacido en Alcaraz (Albacete), fue uno de los grandes maestros de la época, y especialmente vinculado a las obras del secretario de Carlos V, primero ejecutando las trazas de otros, como las de Diego de Siloé en la capilla de El Salvador de Úbeda, y luego realizando sus propios diseños (Galera 2000a). Pero dado su alto nivel técnico, comparado con el que refleja esta iglesia, quienes lo vinculan a Santo Domingo lo hacen con grandes precauciones, así Fernando Chueca (1971:305) consideraba que la iglesia, debió ser realizada por canteros locales, aunque tenía inspiraciones vandelvirescas; Pedro Galera recoge la apreciación de Fernando Chueca, aunque considera que la obra pudo iniciarse antes de 1534 y ser ejecutada por Rodrigo de Gibaja (Galera 2000b: 300), aunque admite que «cae dentro de la lógica que fuera proseguido por el maestro de Alcaraz...» (Galera 2007:25-26), posición aparentemente opuesta a la de Miguel Ruiz Calvente quien señala «a Vandelvira se debe probablemente el plan general de la cercana iglesia de Santo Domingo de la villa de La Iruela, aunque su ejecución parece escapar de su control» (Ruiz Calvente 2007:202). Finalmente otros autores como Lázaro Gila y Vicente M. Ruiz (1992:100-101) aunque aluden a la posible relación de Vandelvira con ella, optan por no pronunciarse. Por su parte, Rodrigo de Gibaja, maestro santanderino, llegó a Baza en 1538, para hacerse cargo de los trabajos en la capilla mayor de la colegiata de dicha población, trazada por Alonso de Covarrubias (Magaña 1954:38-40; Rubio 1990:137), lo que le vincula con la mitra toledana, lo que se refuerza al observar que buena parte de su obra se concentra en el noreste de la actual provincia de Granada, trabajando en numerosas obras del arzobispado de Toledo, aunque también trabajará activamente para la diócesis de Guadix14. De hecho, con frecuencia ejecutará las trazas de los dos grandes maestros de la época, Alonso de Covarrubias, maestro mayor de la catedral de Toledo, y Diego de Siloé, arquitecto de la catedral de Granada, y principal tracista del obispado de Guadix. Así mismo influirá en su estilo Andrés de Vandelvira, hasta el punto de que en la actualidad, ante la falta de documentación, se duda sobre cual de los dos ejecutó la obra de la colegiata de Santa María de Huéscar, también sobre trazas de Siloé (Rubio 1990:137 y 141). Por lo que se refiere a la actuación de Rodrigo de Gibaja en La Iruela, la única información proviene de Luís Magaña, quién afirmó que trabajaba en 1538 en la iglesia de Santa María de Quesada y en la parroquial de La Iruela (Magaña 1954:39, nota 7; Rubio 1990:138). Aunque no aportó documentación, su afirmación no ha sido discutida, y se ha identificado esa iglesia con la de Santo Domingo (Galera 2000b:300; Moreno et alii 2005:488). Pero por su vinculación al arzobispado de Toledo, la iglesia en la que intervenía bien pudo ser de la de La Concepción. En este sentido, hace unos años el cronista Francisco Olivares (1987:277) señalaba efectivamente a este maestro como autor de esta última, aunque sin argumentarlo, ni lamentablemente aportar datos sobre sus fuentes. No parece necesario aclarar que, aunque la iglesia de Santo Domingo fuese impulsada por Francisco de los Cobos o sus herederos, no tiene porqué resultar extraño que un arquitecto vinculado a la mitra toledana como Rodrigo de Gibaja trabajase en ella, ni a la inversa, que fuera promovida por el arzobispo, y colaborase Andrés de Vandelvira. Y ello porque no parece que las disputas entre señores afectasen a los maestros canteros, de lo que es un buen ejemplo la actividad de Rodrigo de Gibaja al servicio de las sedes de Toledo y Guadix. Obviamente, no se trata de la independencia de los «artistas»; hay que recordar que estos especialistas tenían la consideración de artesanos, y que eran los mecenas que encargaban las obras quienes establecían las condiciones y elementos que debían incluir en las mismas, con frecuencia con extraordinario detalle, ya que en las construcciones trataban de exponer auténticos programas políticos (Rubio 1990; Henares 1992). Además, ellos no contrataban a los maestros, sino que lo hacían sus administradores en la zona, y éstos lo que buscaban era la pericia para ejecutar los mandatos de sus señores, siendo probablemente irrelevante que dichos artesanos pudieran trabajar también para sus rivales. A pesar de todo, debemos reconocer que es extraño que el mismo arquitecto trabajase en las dos iglesias de La Iruela casi al mismo tiempo, sobre todo si las mismas se debían a dos promotores diferentes. Aunque la escasez de especialistas de primer nivel podría explicarlo, es obvio que sin más documentación no es posible salir del campo de las hipótesis. El «consenso» actual es que en apariencia, la obra sería ejecutada por canteros locales, a partir de trazas proporcionadas por alguno de los principales maestros que trabajaban en la zona. En función de las fases establecidas con la lectura de paramentos y la excavación, podemos considerar tres grandes periodos en relación a la iglesia. En cuanto al primer periodo, los escasos datos existentes, tanto escritos como arqueológicos, pese a sus limitaciones, apuntan a la existencia de una iglesia bajomedieval, que sería sustituida por la de Santo Domingo en el siglo XVI. Respecto al segundo periodo, referido a la propia iglesia, la investigación debía aclarar, entre otras cuestiones, los problemas referidos a la cimentación, que resolvió adecuadamente la excavación, y establecer si la diferencia en los materiales empleados en distintas partes del edificio respondían a distintas fases constructivas o no. En este sentido, algunos de los cambios de aparejo, como la sustitución del sillar empleado en la parte inferior por el sillarejo en la parte alta, que se registra en la cabecera, cabe atribuirla al uso de materiales más ligeros en altura, un recurso bien conocido. En segundo lugar, la lectura de paramentos ha demostrado que el elemento aparentemente fortificado (UE 1028) que podía corresponder a un edificio anterior, es parte de la construcción original. En tercer lugar parece también resuelta la diferencia constructiva, en materiales y técnicas, existente entre la cabecera, incluidos los extremos del crucero, y el resto de los paramentos laterales y del cierre de los pies del edificio. No hay indicios de que se produjera una interrupción temporal durante la construcción, y menos aún, de que los últimos estén sustituyendo a otros paramentos desaparecidos. En este sentido se ha podido comprobar que el muro del lado sur apoya directamente sobre la roca, sin rastros de otros cimientos anteriores, y que el adosamiento entre él mismo y el del crucero, en función de la disposición que presenta la solución de continuidad que interrumpe el último, parece responder igualmente a un planteamiento inicial. Al mismo sentido de continuidad de obra apunta la presencia de sillares del mismo tipo en las puertas norte y sur, en el recercado original de la ventana de los pies, y en la pilastra de entrega de la arcada del lado sur. Así como el uso de sillares encadenados en la esquina suroeste. El motivo en el cambio de materiales en las naves pudo estar relacionado con un ahorro de costes, ya que al estar la roca más alta era menos necesario un cimiento potente, y por tanto era posible utilizar una mampostería más sencilla. Este ahorro cabe a su vez relacionarlo con quienes y cuando promovieron y financiaron la obra. De forma simultánea, la investigación también debía tratar de establecer su cronología, quién promovió su construcción y a que maestro o maestros de obras puede atribuirse la misma. Ya hemos discutido estos problemas. Resumiendo lo expuesto, no puede descartarse la edificación de dos iglesias realizadas sucesivamente por el arzobispado de Toledo, aunque en estos momentos, a la luz de los datos, no hay que descartar que este hubiese iniciado o construido la iglesia de La Concepción, mientras que la necesidad de justificar la posesión del Adelantamiento de Cazorla llevó a D. Francisco de los Cobos, o a sus sucesores, a construir la de Santo Domingo, al mismo tiempo que en la vecina Cazorla levantaban la de Santa María. Otra cuestión, sólo tangencialmente ligada a la anterior, es la de la autoría de los proyectos y la ejecución de estas iglesias. Del mismo modo que no hay documentación sobre el promotor, falta igualmente sobre quienes las ejecutaron. La pobreza de la de Santo Domingo hace pensar a Chueca Goitia, Pedro Galera, etc. que se trata de una obra realizada por canteros de la zona, aunque pudo estar supervisada por un maestro de mayor categoría que, en parte, realizaría las trazas de la cabecera. A este respecto hasta ahora se ha citado a Andrés de Vandelvira y a Rodrigo de Gibaja, ya que en la iglesia hay elementos empleados frecuentemente por ambos. Así mismo se ha atribuido su conclusión, a partir de 1589, a Gabriel Ruiz de Tauste (Mendoza et alii 2005:488), aunque sin citar documentos al respecto. Por lo que se refiere al tercer periodo, cuando se instala en este edificio el cementerio municipal en el siglo XIX, hay que tener en cuenta que la intervención de los ayuntamientos o concejos municipales en este campo estuvo siempre mediatizada por la autonomía de las iglesias. En los últimos siglos medievales convivieron varias tradiciones en relación a los enterramientos, realizándose estos tanto en las iglesias o en sus anejos, como en cementerios exteriores a las poblaciones. No obstante, a partir del siglo XVI, con el fin de controlar a los conversos (judíos y musulmanes) se hizo obligatoria la inhumación en las iglesias, y el tema pasó a la jurisdicción eclesiástica, quedando fuera del control del gobierno, según exponía Jovellanos (1956). Aunque cuando surgían problemas, era el concejo municipal quién debía buscar soluciones, como sucedió en Baza, donde las iglesias y monasterios se negaron a aceptar el enterramiento de conversos, y fue el concejo municipal quién debió solucionar el problema, buscando un lugar adecuado (Gallego Burín y Gamir Sandoval 1996:134-135). A finales del siglo XVII empezó a ser un grave problema la saturación que registraban muchas iglesias y cementerios parroquiales. Al mismo tiempo, se extendió una progresiva conciencia, impulsada por los ilustrados del siglo XVIII en toda Europa, acerca de lo insalubre que resultaba la inhumación en las iglesias urbanas. Esta preocupación llegó también a España (Ponz 1988:47-48; Jovellanos 1956) y culminó en la Real Cédula de 3 de abril de 1787, por la que Carlos III ordenaba que se establecieran cementerios fuera de las poblaciones. Carlos Saguar (1988) indica que el desencadenante de la ordenanza fue la epidemia de Pasajes de 1781, entre cuyas causas se encontraba, según algunos testimonios, el fedor intolerable que exhalaba la parroquia, por los muchos cadáveres sepultados allí. Por su parte Francisco Javier Rodríguez (1996: 18-19) indica que la ordenanza se apoyaba en las Partidas de Alfonso X para poder combatir la oposición de los sectores tradicionalistas, y la misma suponía recuperar para el gobierno un tema que, como se ha señalado, había pasado a la jurisdicción eclesiástica. Aunque en Andalucía no parece que la ordenanza se cumpliera, al menos hasta la epidemia de peste amarilla de 1800, la misma implicaba que los ayuntamientos debían intervenir para proporcionar espacios de enterramiento. Quizá ello explique que, en numerosas ocasiones, entre los siglos XVIII y XIX, ante la falta de espacios, para éstos fuera una opción razonable la reutilización de edificios en ruinas o que habían perdido su uso, como iglesias o castillos, que disponían de espacios suficientemente amplios para cumplir dichas funciones, y que por diversas circunstancias habían pasado a manos municipales, o que era razonable utilizarlos con esta finalidad. En el Alto Guadalquivir se han documentado un buen número de ellos. Entre las iglesias cabe recordar la reutilización de la iglesia de Santa María de Cazorla, muy próxima a La Iruela, y destruida en parte durante una crecida del arroyo Cerezuelo el 2 de junio de 1694, sobre el que estaba construida (Galera 2000a:93-94), y que fue empleada como cementerio hasta el siglo XX, según ha demostrado la reciente intervención de restauración realizada durante 2008. Entre los castillos, podrían citarse el de las Torres Oscuras de Torreperogil (Castillo, Castillo 1992; Castillo, Castillo, Marín 1992), que probablemente se empezó a utilizar como cementerio ya a finales del XVII y que se clausuró como tal en 1819; o el de Baños de la Encina que se clausuró en 1828, y cuyos últimos enterramientos fueron retirados durante las excavaciones de 2007-2008. En la ciudad de Jaén se utilizó como cementerio durante parte del siglo XVIII la huerta del abandonado convento de los Capuchinos, hasta que se construyó el nuevo en 1829 (Madoz 1988:164). La retirada de los restos inhumados en la mayoría de estos cementerios se llevó a cabo siguiendo patrones semejantes. Esto es, traslado a los nuevos cementerios de los restos de quienes habían sido inhumados en nichos, dejando gran parte de las inhumaciones en el suelo in situ. La recuperación de estos edificios está llevando en los últimos años a retirar dichas inhumaciones en el curso de excavaciones arqueológicas. El uso de la iglesia de Santo Domingo de La Iruela como cementerio municipal parece responder a este patrón, aunque la principal novedad quizá sea lo tarde que se produce el fenómeno. Quizá el motivo sea que, en realidad, se había continuado enterrando en la misma hasta su abandono por ruina, y que no se había llegado a la colmatación de la misma, dado lo relativamente reducido de la población del lugar. La reorganización de la iglesia como cementerio municipal debió ser por ello relativamente fácil, ya que probablemente sólo implicó la construcción de numerosos nichos en tres de sus frentes, mientras siguió enterrándose en el interior y en el espacio situado al este de la misma. A que se emplease con esta finalidad ayudó también su posición relativamente marginal respecto al centro de la población. El proceso de recuperación actual, financiado por la Junta de Andalucía y la Diputación Provincial de Jaén, se propone el saneamiento, la consolidación de los restos que aún quedan del edificio, y la recuperación de su historia.
El castro de Pendia es un recinto fortificado de modestas dimensiones situado en el occidente de Asturias, que fue excavado en 1941 por A. García y Bellido y J. Uría Ríu. El caserío exhumado mostró un panorama arquitectónico homogéneo, en el que predominaban las construcciones pétreas de planta circular o rectangular con las esquinas redondeadas. La aparición durante la campaña de excavación del año 2006 de un conjunto de fragmentos de barro en los que se aprecian improntas de madera, asociados a un horizonte de carbones datado en la II Edad del Hierro, dieron pie a un estudio de las arquitecturas perecederas en esta comarca cuyos primeros resultados se presentan en este trabajo. En él se aborda, además de la descripción de los hallazgos y su contexto estratigráfico, un repaso al estado actual del conocimiento de las construcciones en materiales perecederos en el Noroeste peninsular, así como los materiales y técnicas constructivas empleadas. En un primer momento, levantaron paredes entrelazando pequeñas ramas con barro. Los diez libros de arquitectura La aparición de un conjunto de fragmentos de barro con improntas de madera en las campañas de excavación realizadas en el castro de Pendia es lo que motiva la redacción de este trabajo, en el que se incluye una primera descripción de las piezas junto con unas valoraciones iniciales sobre su contexto estratigráfico y sobre la tradición constructiva en la que se inscriben. El Norte peninsular es un espacio donde no se han desarrollado estudios particulares de este tipo de restos 1, al contrario de lo que ocurre en otros ambientes protohistóricos peninsulares. Varios factores permiten explicar esta situación: por un lado el temprano inicio de las investigaciones en otros territorios (como el Mediterráneo) y la importancia de la construcción con elementos perecederos en sus poblados protohistóricos, que permitió una pronta e intensa especialización de la investigación hacia campos específicos como el de la arquitectura. En el Norte peninsular este avance se ha hecho con otros ritmos historiográficos; a este factor, se le suma que estamos ante materiales constructivos que para su pervivencia hasta la actualidad necesitan de cierta relación con el fuego. Tampoco ayudó la intensa ocupación que se ha desarrollado en muchos poblados, hecho común a buena parte de los poblados protohistóricos, pero que en el caso asturiano se puede ver incrementado por el limitado espacio de ocupación intramuros de buena parte de los lugares. Todos estos acontecimientos permiten explicar la singularidad que en este espacio puede tener un limitado elenco de materiales como los que aquí presentamos, que se convierten en los primeros estudiados con detalle en Asturias. RESUMEN DE LAS INVESTIGACIONES El lugar conocido como El Castro se encuentra situado en las inmediaciones del pueblo de Pendia, en el concejo de Boal y a escasa distancia del río Navia. El poblado fue construido sobre la parte terminal de la ladera de los 1 El mapa que acompaña al texto fue confeccionado atendiendo a aspectos cronológicos (yacimientos con fases de la Edad del Hierro) y materiales (restos de arquitecturas perecederas de la E.H.), sean éstos fragmentos de barro con improntas o bien restos de estructuras de cimentación: hoyos, calzos, etcétera. Entendemos que cuando perviven restos de arquitecturas perecederas éstas pueden materializarse en cualquiera de esas dos evidencias, siendo siempre ambos elementos (cimentaciones o paredes) partes de un mismo tipo constructivo. Montes de Villanueva, que forma parte de la Sierra de Penácaros. Buena parte de este espolón se encuentra rodeado por el arroyo de Pendia que forma un pequeño meandro en su curso hacia el Navia. La elección del emplazamiento combina la existencia en el entorno inmediato de los recursos necesarios para la subsistencia con una localización que, a pesar de su baja cota en el valle y su depresión sobre buena parte del entorno, permite una fácil defensa de la plaza. La escasa altitud en el valle del recinto ya llamó la atención de investigadores como J. L. Maya, que destacaba la poca insolación del lugar o la abundante humedad que presenta el sitio (Maya, 1988: 41), junto con una desproporción evidente entre sus fortificaciones y la escasa superficie habitable. El castro de Illaso, situado en el concejo de Illano y a poca distancia de Pendia 2 (Jordá, 1964: 370; Maya, 1988: 36), o el castro de Lineras en Santa Eulalia de Oscos (Villa, 2004: 90-91), son los dos castros del occidente asturiano que quizá presenten mayores similitudes en cuanto a su emplazamiento con Pendia 3. Las primeras descripciones del castro de las que tenemos noticia las proporciona B. Acevedo y Huelves a finales del siglo XIX, textos que serán incluidos en el libro de Boal y su concejo y posteriormente en la obra Asturias (Bellmunt y Canella 1900: 191). A finales de los años veinte del siglo pasado y durante los primeros años de la década de los treinta se suceden alusiones escritas al sitio, junto con las primeras excavaciones de las que tenemos constancia. En cuanto a las descripciones, A. García Martínez incluye Pendia en su inventario de lugares prehistóricos escrito en 1929 4. Las primeras excavaciones ocurrieron en 1934, cuando un vecino de Boal exhuma Fig. 1. Mapa con los yacimientos de la Edad del Hierro de Galicia y de Asturias con restos de arquitecturas perecederas, así como otros lugares mencionados en el texto. En un recuadro, el castro de Pendia (Mapa elaborado por el autor a partir de cartografía descargada del Instituto Geográfico Nacional©) algunos restos en la zona norte del poblado. Sus materiales serán recuperados por la Comisión de Monumentos para luego pasar a la colección del Museo Arqueológico de Asturias. Desde los años 1939-40 A. García y Bellido y J. Uría se encuentran vinculados al castro de Coaña y la excavación de Pendia pudo venir incitada por esas primeras noticias de B. Acevedo y Huelves, así como por el deseo de explorar lugares próximos a Coaña. La excavación de este pequeño poblado se realiza en 1941, trabajos que se publicaron al año siguiente (García y Bellido, 1942) lo que produjo, gracias a la fama de sus investigadores y a su pronta divulgación a nivel nacional, que se convirtiera en un referente muy mencionado en la bibliografía (Fernández y Villa, 2004: 133). Estas excavaciones de distinta índole que se suceden entre las décadas de los treinta y los cuarenta del siglo XX dejan a la vista la mayor parte del caserío que se conoce actualmente de Pendia. Es en el extremo meridional del poblado donde se agrupan la gran mayoría de las construcciones que vemos en la actualidad: las 13 construcciones excavadas por A. García y Bellido, junto a dos saunas castreñas. Excavaciones más recientes del espacio inmediato a la sauna 2 propiciaron el hallazgo de una nueva construcción. A esto habría que unir los restos de nuevas estructuras que afloran en superficie, en zonas que no fueron excavadas en 1941. Durante los años ochenta se llevan a cabo una serie de limpiezas y de adecuaciones del recinto bajo la dirección de E. Carrocera, a la par que se intenta proteger los dos edificios de baños; durante estas actuaciones no se realiza ningún tipo de excavación (Carrocera, 1990: 158). Ya bajo la dirección de A. Villa Valdés y desde el año 1999 el proyecto cobra un nuevo impulso: las saunas castreñas son reexcavadas y consolidadas, ya que por aquellos momentos se estaba preparando una relectura de este tipo de edificios en todo el valle (Villa, 2000). Sobre esa base y desde el año 2003 se inicia un programa de actuación inspirado en los parámetros del Plan director de la Cuenca del Navia (Villa, 1999), con el objetivo de sanear el mayor número posible de espacios del poblado. Actuando sobre lugares ya excavados, así como sobre puntos concretos del poblado que aún se encontraban intactos. Las excavaciones se desarrollaron durante breves campañas estivales que recibieron un apoyo administrativo constante, siempre dentro de unos parámetros de personal acordes a la propia capacidad del concejo. Se trataba de cumplir anualmente propósitos muy concretos: definir un espacio, recuperar toda la información disponible en el mismo y proceder a la restauración de aquellas zonas más afectadas. Esto permite la excavación y consolidación de C-2, C-7, C-8, C-12, C-9, C-10 y C-11 y C-6/ C-3, así como de una serie de espacios en el entorno inmediato de construcciones (C-12 exterior), o de lugares de paso y comunicación dentro del poblado como R-II y R-III (Figura 2). Mientras que la excavación de las saunas fue publicada en varias síntesis acerca de estos edificios (la más reciente, Villa, 2007), el resto de trabajos cuenta con una primera descripción de reciente publicación (Rodríguez y Villa, 2009). GEOLOGÍA Y MATERIAS PRIMAS El castro se encuentra situado en el terreno de las Pizarras de Luarca, dentro de la denominada zona astur-occidental leonesa, en el dominio del Navia y alto Sil. En este sector se localizan según A. Marcos Vallaure: «niveles de nódulos arcillosos, delgadas capas de hierros oolíticos y algún banco de areniscas o cuarcitas. [...] facies de pizarras negras con poco material elástico, presencia de materia orgánica y sulfuro de hierro, ausencia de carbonatos [...]» (1973: 30). Estas características geológicas son las que justifican la presencia de grandes bolsadas de arcillas de color rojizo. En algunos taludes próximos al castro aún se reconoce la entidad de estos paquetes de arcillas, que seguramente fueron aprovechadas en algún momento tanto para construir las casas de piedra, como para emplearla como revoco de las construcciones en materiales perecederos. En el ámbito cercano al castro se reconocen actualmente varios lugares en los que se extrajo barro el siglo pasado. En concreto, hemos podido recopilar testimonios de que hace unos sesenta años la gente de Ca ́Xuan d ́Arriba (o el Canigón), situada en las proximidades del castro, extrajo barro para la construcción de un horno a unos 330 metros en línea de aire5 del poblado. Lugares conocidos como As barreiras o Barreiros se localizan a 700 metros y a un kilómetro y medio respectivamente de Pendia. Otros topónimos que en principio pueden pasar desapercibidos como A viña de arriba y A viña de abaixo, a una distancia de 350 metros del castro también nos pueden resultar ilustrativos acerca de la abundancia de arcillas en el lugar. VII) y la presencia de muchas referencias toponímicas en el entorno vinculadas a viñedos 6, es otro síntoma de la proliferación de unos suelos que son parte importante en el desarrollo de este tipo de cultivos. En buena parte de esos cortes próximos al poblado también se pueden apreciar inclusiones muy diversas y de diferentes tamaños en las arcillas. Los elementos que más abundan son los esquistos, que también estarán muy presentes en el barro prehistórico tal y como veremos a continuación. LA IMPORTANCIA DEL CONTEXTO. CONDICIONANTES EN LA INVESTIGACIÓN DE LA ARQUITECTURA DE TIERRA Y MADERA La cuestión fundamental que creemos que se debe analizar en primer lugar, es la del lugar de la excavación en el que están apareciendo esos restos así como su contexto estratigráfico. En el caso de Pendia las muestras de barro fueron halladas en distintos espacios del poblado, aunque podemos fijar dos focos principales en los que se acumulaban un número muy significativo de restos; es el caso de los sectores C-3 y C-12 (Figura 3). El primero de ellos no será tratado con mucho detenimiento, pues es una zona que merece un análisis particular y se encuentra aún en proceso de investigación. En el caso de C-12 nos enfrentábamos a una construcción que fue excavada por A. García y Bellido y ante la cual el investigador prestó un especial interés (1942: 295), dándole gran repercusión a nivel científico en base a un dibujo de detalle de las estructuras exhumadas que luego fue incluido en otros trabajos (García y Bellido, 1942b: 228, Maluquer, 1963: 53). La excavación de 1941 se detuvo a una cota que podemos relacionar con los niveles de época romana de esta construcción, pero por debajo de estos horizontes aún quedaban ocupaciones más antiguas. Además, también se pudo excavar una zona anexa a la cabaña (denominada C-12 exterior), en el pasillo que mediaba entre el muro oeste de ésta y la ladera occidental del poblado. Este espacio, de apenas unos 20 metros cuadrados, fue excavado mediante un sondeo de 6,30 m por 2,80 m, que deparó una secuencia prácticamente intacta 7 en la que se acumulaban varias fases constructivas colmatadas por los derrumbes del torreón meridional. El contexto remitía en todo momento a elementos más antiguos que C-12, que luego fueron muy remozados para la erección de esta construcción, modificando buena parte del espacio. La posición estratigráfica de los restos de barro demuestra que los muros de C-12 son posteriores a los depósitos en los que aparecen los revocos estudiados. En el interior de la construcción 12, pero ya en los últimos horizontes antes de la aparición de la roca, también aparecieron los restos de un conjunto de lajas de pizarra. Esos restos fueron considerados restos de posibles pavimentos dada su similitud con otros documentados en la comarca. El estudio detenido y la aparición de este tipo de estructuras en diversos castros del NW asociados a estructuras arquitectónicas, nos lleva a ponerlos en relación con restos de cimentaciones de construcciones perecederas. Las lajas de pizarra de tamaño mediano aparecen hincadas en el suelo, formando en muchos puntos una triple hilera de cuñas que sigue una disposición regular y de corto recorrido, que no permite precisar excesivamente acerca de la planta de la posible construcción. La tendencia de las piedras parece remitir a una forma arqueada. Los fragmentos de barro aparecen en el entorno de estas lajas hincadas, tal y como se puede apreciar en la figura 4. Al exterior de la cabaña el pasillo que hemos excavado en el sondeo C-12 exterior quizá fuese un producto intencionado para ganar altura y contar con una superficie regular que facilitase el acomodo de la cabaña, evitando que ésta pisase hacia la ladera, creando a su vez una superficie en su entorno por la que se puede circular (aunque también se podría utilizar para otros fines comunes o particulares); todo ello siempre durante la última fase de uso de este espacio. En el extremo sur del sondeo la secuencia constructiva, con varios muros superpuestos en cuyo entorno se localizó la contera de un puñal de antenas (Rodriguez y Villa, 2009: 168), también demostró el sucesivo interés en construir en la zona de la ladera en momentos más antiguos que C-12. Debido a la escasa superficie excavada, no se puede precisar más acerca de la finalidad de estos muros. El estrato en el que se concentraban buena parte de las muestras localizadas en este sector era una capa de tierra de color rojizo con una potencia estratigráfica de unos 25 centímetros, diferenciada como unidad 91 (Figura 4). Se extendía por buena parte del tramo norte del sondeo y en ella abundaban los restos de barro cocido, así como restos de maderas quemadas de sección circular que aparecían a modo de pequeños tacos. Por debajo de esta unidad, una lengua muy fina de carbones (unidad 107), permitió el muestreo por C 14 con un resultado de 340-320 cal. Esta datación fue la primera referencia de cronología absoluta que en su momento permitió sospechar un origen prerromano en el poblado 9, suposición que quedó confirmada en los sondeos parciales del encintado defensivo que proporcionaron varias fechas cuyas horquillas de calibración convergen en distintos momentos de la II Edad del Hierro (Rodríguez y Villa, 2009: 169). El contexto general de las muestras es, por tanto, el del derrumbe de estructuras de materiales perecederos que, vista la asociación entre revocos y madera quemada y las características de la capa en la que se han recogido un mayor número de barros (una capa gruesa y homogénea), no debió producirse muy lejos de este espacio. Aunque hemos de considerar la posibilidad de que el derrumbe se haya producido de un modo controlado a través de distintos medios 10, y luego el material constructivo volcado en este lugar 11, más bien parece que la ubicación cercana de una cabaña de materiales perecederos justificaría la homogeneidad y potencia de las capas y la superposición ordenada de los elementos 12, que no parecen consecuencia de un arrastre sucesivo por el suelo (o de un acarreo) desde zonas más alejadas, lo que removería más los distintos componentes del derrumbe y acabaría produciendo un estrato mucho más diverso en su composición. Parecen por tanto los únicos restos que han pervivido en el entorno de los derrumbes de una cabaña construida en materiales perecederos. Los desplomes de la cabaña quizá quedaron intactos por encontrarse al borde de ladera, en un lugar en el que esos derrumbes no molestan; al contrario, ayudan a dar firmeza y regularidad al terreno, permitiendo a su vez ganar cota. Sin embargo, en otras zonas muy próximas, como el interior de C-12 las obras posteriores pudieron alterar más esas secuencias haciendo desaparecer buena parte del derrumbe original. Si ese conjunto de lajas hincadas se corresponde, como parece, con cimentaciones las reformas posteriores habrían hecho desaparecer las que aún pervivieran in situ (Figura 5). Los restos constructivos por su relación con el fuego, han podido pervivir entre la tierra y permiten a su vez datar la madera proporcionándonos una fecha para este tipo de arquitecturas. Es probable que muchos otros elementos se hayan deshecho en la capa 91, lo que explicaría la potencia y el color de esta tierra, producto de la disolución de todos los restos de manteado que no se hubieran endurecido lo suficiente a causa del incendio. El resto de fragmentos de barro recuperados, aparecen ya de un modo aislado sin que se identifiquen grandes agrupaciones de revocos. Se pueden clasificar en dos tipos de contextos muy bien diferenciados. El primer tipo estaría integrado por aquellos barros hallados en niveles situados entre los últimos horizontes 13 de ocupación de las construcciones y la roca natural: es el caso de C-11 o de C-6. Dentro del segundo tipo tendríamos aquellos revocos recuperados dentro de rellenos de tierra mezclada con piedras que, o bien permitieron la creación de terrazas sobre las que construir nuevas cabañas, o bien posibilitaron alzar el nivel de antiguas zonas comunes adaptándolas a las nuevas necesidades del poblado. Como ejemplo del primer caso: el relleno localizado entre los edificios C-9 y C-10, que creó la terraza sobre la que se construyó esta última construcción (Rodríguez y Villa, 2009: 163). Mientras que el relleno que alza la cota de la calle R-II (Figura 2) nos podría servir de ejemplo del segundo caso. En todos los ejemplos estudiados, las superficies en las que se han recuperado los materiales no se vieron afectadas por las excavaciones previas del lugar. Aunque la muestra datada de madera presenta una calibración bastante amplia, si unimos esta referencia absoluta al contexto estratigráfico, le sumamos la similitud de las muestras con otros restos constructivos de la Edad del Hierro, así como la presencia de posibles estructuras de cimentación muy semejantes a las ya documentadas para estos períodos, es lógico pensar que los restos arquitectónicos incluidos en este trabajos estuvieron vigentes en el poblado en algún momento de la II Edad del Hierro. MUESTRAS DE BARRO ESTUDIADAS El conjunto recuperado en las campañas de excavación desde el año 2003 está formado por unos cien fragmentos de barro de distintas características. Es en los individuos de mayor tamaño y grosor en los que se reconocen las huellas de las estructuras de madera que se encontraban recubriendo en su momento, si bien se puede asegurar que todos ellos estuvieron en contacto con el fuego, fenómeno que facilitó la conservación de las muestras al evitar su disgregación y disolución. La morfología de los barros es muy diversa, identificándose desde pellas de barro totalmente irregulares, a ejemplos que presentan muy bien definida una superficie externa que fue la que estuvo a la vista en el momento de uso. Algunos incluso conservan restos de varias capas de enlucido de color blanquecino, principalmente los recuperados en el entorno de los sectores C-12 y C-3 (Figura 3). También podríamos destacar varias piezas que cuentan con restos de color azul en sus superficies exteriores. Sólo el análisis y estudio mineralógico de estas superficies podrá determinar la naturaleza de esta película azulada, pero la geología del lugar no suele producir este tipo de colores en las arcillas locales, caracterizadas más bien por su relación con el hierro que les da su tono rojizo. Como tampoco se han documentado procesos post-deposicionales que puedan explicar estas manchas y, a falta de más estudios o de la aparición de nuevos elementos de mayor tamaño, de momento hay que pensar en que podamos estar ante una capa protectora o decorativa (o ambas cosas), aplicada ex profeso. Si bien buena parte de estos cien fragmentos de barro son de pequeño tamaño y no tienen relación con las estructuras que estaban revistiendo, no ocurre así con las pellas que cuentan con restos de improntas, ya que nos remiten a armazones de madera que son muy frecuentes en los poblados fortificados del Noroeste de la Península. Se ha venido considerando en todo momento que estos revocos estaban revistiendo arquitecturas de carácter doméstico, ya que si bien no se puede descartar por completo, no se han localizado aún restos de revestimientos de barro asociados a estructuras defensivas, fenómeno que sí se conoce en otros poblados protohistóricos peninsulares. Los poblados ibéricos, por ejemplo, sí que presentan estos revestimientos en las fortificaciones, las cuales podían incluso ir encaladas (Chapa y Mayoral, 2007: 104; Bonet, 2006: 27); en La Bastida de Alcuses también se han recuperado restos de improntas de madera de sección semicircular o redondeada vinculados a las fortificaciones (op. cit.: 28). Sin embargo, en buena parte de los modelos establecidos para las arquitecturas defensivas centroeuropeas en las que se utiliza el entretejido de varas de madera a modo de paramento externo, no se incluye el revestimiento con barro de esos paños exteriores (Audouze y Buchsenschutz, 1989:112 y 115; Fichtl, 2005: 48). Quizá los análisis de estas arquitecturas de madera en Centroeuropa estén condicionados en primer lugar por el afán en comprender el funcionamiento estructural de estas fortificaciones. Cuestión que resulta comprensible viendo la diversidad constructiva que presentan las defensas y su complejidad, lo que le concede prioridad a este aspecto del análisis frente a otros detalles de la fortificación. Por otro lado, quizá no se le pueda pedir más a los restos constructivos, que al estar formados por materiales perecederos son más difíciles de documentar tras su ruina. La conservación es mucho mejor si las defensas han sido realizadas en piedra en alguno de sus puntos (Audouze y Buchsenschutz, 1989: 116), y también ayuda a que la reconstrucción sea más completa. La carencia de revestimientos asociados a las estructuras defensivas puede resultar por tanto atípica si pensamos sólo en términos de conservación del material constructivo, ya que el revestimiento siempre ayuda a paliar el efecto del agua y el sol sobre la madera, alargando la vida de ésta 14. Pero no hay que olvidar que durante la Edad del Hierro, al menos en el caso asturiano, las estructuras defensivas se levantan principalmente en piedra, lo que también nos debe hacer pensar en el desarrollo que pudieron tener los elementos perecederos en las fortificaciones o sobre las condiciones de su ruina y desaparición En Asturias únicamente se han documentado en algunos castros orientales (Camino, 1995: 120) 15. Quizá sólo la continuación de las excavaciones y la aparición de nuevos elementos bien contextualizados podrán resolver en un futuro esta cuestión. Partiendo por tanto de la premisa de que son restos propios de las arquitecturas domésticas, tal y como parecen sugerir el contexto y los elementos asociados, la siguiente cuestión que debemos plantearnos es a qué parte de las construcciones pertenecen. En función del modelo hipotético de cubierta que se ha supuesto en la Edad del Hierro de los castros del Noroeste, lo más lógico es pensar siempre que estamos ante restos de paredes, debido a que las techumbres hechas en materiales vegetales no precisan de recubrimientos de barro tal y como demuestran los ejemplos etnográficos que más se aproximan a ese modelo 16. El recubrimiento con barro sí se utiliza en otros yacimientos peninsulares en los que los tejados presentan morfologías vuelve quebradiza a los cuatro años (1988:36). Los entramados de madera también resisten mucho menos que otro tipo de construcciones realizadas en tierra que sí que pueden permanecer sin revestimiento (Vela, 2005: 157). 15 Tanto en Asturias como en los modelos centroeuropeos también es posible encontrar estructuras mixtas, de piedra en la zona inferior y remate con empalizada perecedera. 16 Únicamente habría que reseñar la aparición de fragmentos de barro asociados a la cubierta en el castro de Zoñán, si bien éstos estarían vinculados a construcciones hechas en piedra de época romana (Vigo, 2006: 69). muy distintas. El contexto en el que se han localizado las muestras descarta que nos encontremos ante los restos de tabiques divisorios de las cabañas actuales, ya que en todos los ejemplos documentados en el poblado los restos se encuentran por debajo de las construcciones de piedra excavadas por García y Bellido. De las cabañas realizadas en materiales perecederos podemos decir pocas cosas, tal y como ya comentamos, al no conocer plantas completas de las estructuras constructivas a las que estaban asociados los barros. Los grosores de algunas de las muestras, no obstante, parecen más propios de una pared de una construcción que de elementos divisorios intermedios de los que no hay constancia hasta el momento 17. Para el presente artículo únicamente se ha estudiado una parte muy reducida del conjunto de pellas 18. Aquellas que presentan restos de improntas más claros, junto con un número de ejemplares con unas marcas menos definidas pero que, como veremos, parecen remitir al mismo tipo de estructuras. Dentro de los ejemplares analizados también se ha incluido un fragmento de barro enlucido, para hacer una primera descripción de este tipo de elementos, como paso previo a otros estudios basados en los análisis de las piezas, cuestión que consideramos de vital importancia para seguir conociendo con mayor precisión la composición de estos enlucidos. C; 6 A) Fragmento de barro de forma irregular y con unas dimensiones de 129 x 35mm, con un grosor de 28 mm. Presenta dos caras muy bien diferenciadas: por uno de sus lados, cuenta con una superficie muy regular de enlucido fino de escasos milímetros, que suponemos que era la que encontraba a la vista y que, por ello, contó con un acabado mucho más cuidado. Tanto sobre la superficie exterior como en la parte interna hay restos de las inclusiones que se mezclaron con el barro para dar una mayor consistencia al revoco. Entre ellos y a un nivel macroscópico se aprecian cuarzos y micas. Sí que parece existir una diferencia clara de tamaño entre las inclusiones utilizadas en la superficie externa, con respecto a las utilizadas en la parte interna, rasgo que permite suponer el empleo de distintos tipos de preparados para uno y otro sector. En la parte interna es donde se localiza la única impronta de la pieza, que ha dejado un surco de 123 mm de longitud y una anchura de 30 mm. Esta ligera concavidad, nos indica que el barro estuvo adherido a una vara de sección circular que suponemos que estaría formando parte de una estructura de madera que ejerce a modo de esqueleto de la construcción. Sobre esta marca no se entrecortan otros elementos de un posible entretejido. Sí que llama la atención la proximidad de la estructura de madera a la superficie exterior, cuestión que veremos que se repite en otros fragmentos. C; 6 B) Fragmento de barro de unas dimensiones de 119 x 61 mm, con un grosor de 38 mm y una forma irregular pero con dos caras muy bien definidas. Por uno de sus lados se aprecia una superficie regular en la que se conserva lo que podrían ser los restos de los instrumentos utilizados para el alisado. Los desconchados de la cara externa del fragmento también indican que la masa principal del revoco y el acabado exterior tienen diferentes inclusiones y composición, utilizando una mayor cantidad de agua en la elaboración de este último. En ambas superficies predominan los esquistos de pizarra con algún cuarzo. En cuanto a las marcas de improntas éstas se pueden diferenciar dos marcas paralelas que dejan dos concavidades en el barro bastante claras y que hemos diferenciado como impronta 1 e impronta 2. La primera de ellas tiene mayor recorrido con una longitud de 77 mm., y una anchura de 24 mm. La segunda tiene un ancho muy similar (23 mm.), pero es de menor longitud (60 mm.), y discurre paralela a la impronta 1. La impronta 2 se estrella contra un espacio en el que se reconoce con claridad una tercera marca (impronta 3), que ya es producto de un elemento en madera u otro material que ha moldeado en el barro un ángulo recto. Mientras que las dos primeras improntas se conformaron al adherirse a varas de sección circular, la tercera impronta sólo puede ser producto de la colocación de un barrotillo de madera, de una jamba o incluso de otro tipo de elemento rectangular de 35 × 12 mm. La combinación de estas tres improntas nos está indicando un entramado de maderas que hemos tratado de reconstruir en la Figura 7. 17 Desconocemos los datos que llevan a algunos autores a afirmar que existen estancias divididas en el castro de Pendia, ya que ni en los restos del caserío excavado previamente ni en nuestras excavaciones se han localizado estructuras que sustenten tal afirmación (Ríos y García de Castro, 1998: 39). 18 No se aportan dibujos convencionales de las piezas por la imposibilidad de acceso a los materiales arqueológicos depositados en el Museo Castro de Chao Samartín. Los requerimientos realizados por los titulares de la investigación han sido reiteradamente desatendidos por la autoridad municipal ante la pasividad de las instituciones con competencias en materia de patrimonio arqueológico. Desconocemos cuál sería la orientación original del fragmento, duda con la que también nos dejan el resto de casos estudiados. La poca distancia que existe entre la impronta 1 y la cara enlucida de la pared, también nos indica un revestimiento de escaso grosor. C; 6 C) Se trata de una pella de barro totalmente irregular de 77 × 63 mm, y el ejemplo de mayor grosor de los analizados en este estudio (61 mm). Únicamente se puede diferenciar una cara en la pieza, gracias a que cuenta con una impronta muy clara de 33 × 29 mm, que genera una profunda concavidad en la pelota de barro. Tal y como nos indican sus dimensiones, la impronta responde a una vara de sección circular de anchura muy similar a las descritas anteriormente. En la masa de barro también se pueden identificar varias inclusiones entre las que se reconocen esquistos de todos los tamaños, mezclados posiblemente con algún cuarzo. Se han encontrado otras piezas también con este aspecto de pella irregular, aunque sin restos de improntas en sus superficies. C; 6 D) Fragmento de barro de unas dimensiones de 77 × 63 mm, con 45 milímetros de grosor. Al igual que el resto de los casos estudiados se identifican perfectamente dos superficies distintas. La primera de ellas, que podemos relacionar con el plano que estuvo en su momento a la vista cuenta con una superficie regularizada aunque de textura muy porosa y en la que se aprecia una extensa mancha azul claro. Esas irregularidades hacen que este ejemplo sea diferente a las muestras 14 y 52 estudiadas con anterioridad, donde los acabados son más gruesos y extensos, creando la sensación de enlucido o pátina exterior en el revoco que no se aprecia en este caso concreto. Tampoco podemos determinar a qué se debe esta diferencia; quizá distintos tipos de revocos, unos con acabado final y otros no, o bien un conservación diferente de las piezas. En cuanto a las inclusiones en el anverso de la pieza son casi inapreciables distinguiéndose algunas micas. En cambio por el reverso las inclusiones son de mayor tamaño, con la presencia de esquistos de pizarra y algunas micas. Las irregularidades de esta cara son más evidentes, con una ligera concavidad bastante definida en la parte central que identificamos como la huella de una impronta de 77 × 23 mm; aunque esta muesca es menos evidente que los dos casos estudiados anteriormente, coincide con éstos en anchura. C; 6 E) Fragmento de revestimiento de forma irregular de 52 x 47 mm con una sección muy fina (de un grosor de 14 mm), que permite la diferenciación de varias lechadas diferentes: sobre una masa principal de barro rojizo se aplicó una segunda capa de barro anaranjado de escasos milímetros. Por último, una película de barro de un naranja aún más claro sirve de enlucido final de la pared, que fue enjalbegada en alguno de sus tramos. Debido a que es un fragmento de pequeño tamaño no sabemos si se trata sólo de un motivo decorativo o el blanqueado era más extenso quizá agrupado por diferentes alturas en la pared. En otras piezas recuperadas en el entorno de C-3, también nos han aparecido elementos muy similares, asociados a estructuras de madera y a clavos, y toda la superficie exterior de algunos de esos fragmentos de barro presentaba enlucidos de color blanquecino (Fig. 3). El resto de la cara externa es totalmente uniforme (no presenta desconchados ni roturas) con algunas inclusiones de cuarzos. El reverso de la pieza está realizado sobre una masa de color rojizo que cuenta con inclusiones de esquistos de pizarra. Sobre la superficie dos marcas muy leves, una en la parte central (de 43 × 20 mm) y otra en uno de los extremos, podrían corresponderse con los restos de dos improntas de varas de madera. MATERIALES Y PROCESO CONSTRUCTIVO Tanto el barro como la madera fueron dos materiales fundamentales en buena parte de las etapas de la Prehistoria y la Protohistoria regional, peninsular y europea. Las primeras manifestaciones de estructuras erigidas con estos materiales se producen a lo largo de la Edad del Bronce peninsular, con diferencias muy llamativas en los tiempos de la investigación y en los restos constructivos entre unas y otras zonas de la península: en la zona levantina por ejemplo son bien conocidas desde hace décadas (Arribas, 1959), ya que se trata de yacimientos con características muy diferentes a los del Norte peninsular en los que la investigación pronto fijó su atención. En Asturias siempre se ha partido de la premisa de que este tipo de arquitecturas son las predominantes a lo largo de toda la Edad del Bronce (Maya, 1983: 23; Camino, 2005: 68), pero hasta hace pocos años no se han documentado arqueológicamente en sitios muy concretos 19. Este panorama no es muy distinto al de otras regiones del NW peninsular aunque, como acabamos de apuntar, esta situación se deba más a una cuestión del ritmo de la investigación que a la carencia de yacimientos, tal y como demuestra la aparición reciente de zonas de habitación como la de Os Remedios (Moaña) que nos surten de información muy novedosa acerca de este período o incluso de fases anteriores (Bonilla y Fábregas, 2006: 271). Las arquitecturas de la Edad del Bronce podrían tener similitudes con la arquitectura doméstica neolítica, pero carecemos en nuestra región de restos de este tipo que permitan una comparación sólida. A pesar de ello, siempre justificamos el desconocimiento de los poblados neolíticos por el carácter perecedero de sus edificaciones, aspecto en el que sí que hay semejanzas con buena parte de las arquitecturas de la Edad del Bronce o de la Edad del Hierro. Aunque la madera no esté siempre presente como material constructivo en los yacimientos, en buena parte de los casos hay que suponerle un papel relevante; los logros de la arquitectura megalítica serían impensables sin la participación de grandes maderos, del mismo modo que se empieza a reconsiderar el valor de algunas estructuras en este material 20. En cuanto al barro aunque tampoco se haya documentado como elemento constructivo durante este período, es un material importante dentro del acervo tecnológico de las sociedades prehistóricas y forma parte de su cultura material. Así, no es extraño que en el valle del Navia se hayan recuperado vasijas prehistóricas (Sánchez, 2000: 245; de Blas, 2006: 240), que podrían ser una buena muestra del diálogo y de la experimentación con ese material. Madera y barro tienen por tanto extensas biografías, con antecedentes muy remotos pero también con largas pervivencias que se dilatan hasta la actualidad como demuestra el uso que todavía tiene la madera o la recuperación de la construcción con tierra en proyectos arquitectónicos actuales (Maldonado, 2004: 252 y ss.) 21. Entrando ya de lleno en la importancia de estos materiales durante la Edad del Hierro, habría que comentar en primer lugar que a pesar de su abundancia y su temprano conocimiento, apenas si se han hecho estudios de detalle en nuestra zona. Y dentro de los recorridos generales que se han realizado, es probable que se puedan añadir un buen número de matizaciones si sigue aumen-tando la información acerca de estos restos constructivos. La realización por tanto de estudios particulares de los yacimientos con este tipo de restos creemos que puede resultar muy interesante, no sólo para seguir avanzando en el estudio de panorámicas más amplias que van a necesitar del concurso de los estudios de yacimientos o de zonas específicas. Sino también para ayudar a resolver las diversidades constructivas que hayan pervivido en los yacimientos. Y partimos de una necesaria diversidad constructiva en vista de algunos ejemplos arquitectónicos actuales. Las cubiertas hechas con escoba por ejemplo, muestran la polivalencia de las soluciones arquitectónicas aunque estemos hablando de elementos que se caracterizan por una sencillez estructural, que puede estar cercana a la de las arquitecturas protohistóricas; al menos, siempre se han utilizado como continuo referente. En Asturias estas cubiertas tienen estructuras de soporte muy similares y utilizan un mismo material para cubrir los tejados, pero muestran un gran variedad de remates en la parte superior según el tipo de cubierta, o dependiendo del valle somedano en el que nos encontremos (Graña y López, 2007: 131). En cuanto a los materiales en sí mismos y empezando por la madera, habría que decir que el modelo establecido para la arquitectura doméstica durante buena parte de la Edad del Hierro se ajusta a otra técnica muy bien conocida en la Protohistoria: el tejido, al que hay que suponer una antigüedad considerable. El principio estructural es muy similar a algunos entretejidos que han perdurado hasta la actualidad: una estructura de pilares verticales ejerce de urdimbre y sobre ella se teje una trama en horizontal con varas de las mismas dimensiones. Con esto ya tenemos el esqueleto del edificio, al que luego hay que proteger y buscar aislante para una cómoda habitación mediante la aplicación de capas de barro. Este modelo es de gran solidez y no insistiremos más en su descripción, pues ya se ha detallado anteriormente de forma bastante precisa para nuestra región (Camino, 1997: 65-66). Esta forma de construir también se adapta al marco general que se ha establecido para la II Edad del Hierro del NW: planta circular, techumbres vegetales y un diámetro de alrededor de 5 m por construcción (Ayán et alii, 2005(Ayán et alii, -2006: 191): 191), con distintos materiales usados según la zona, el yacimiento y la cronología que se analice. La reconstrucción que se puede hacer de los tipos de impronta hallados en el castro de Pendia permite establecer una relación con este tipo de estructuras, aunque con una serie de matizaciones. Desde luego que las conclusiones que se emitan están sometidas al limitado corpus de muestras con las que se ha trabajado. Sí que resulta significativo que ningún ejemplar cuente con los restos de los dos elementos que forman el entretejido, la que ejerce de trama y la que hace de urdimbre. Únicamente se han documentado improntas de varas de madera en una dirección, tal y como ya le había ocurrido a X. Carballo Arceo en la excavación del castro de Cortegada (Carballo, según González, 2006González, -2007: 359): 359), aspecto que en su momento llamó la atención al investigador gallego. Los ejemplos de arqueología experimental desarrollados en Gran Bretaña en base a los registros arqueológicos, nos proporcionan más referencias de contraste: las varas verticales suelen ser siempre de estacas más gruesas: entre 75 y 80 mm de diámetro (Reynolds, 1988: 35), o incluso superiores a 90 mm (ibídem: 30). En algunas de los casas reconstruidas las varas verticales tienen entre 30 y 40 mm, pero se corresponden con armazones que no soportarían el peso de una cubierta (ibídem: 36), por lo que fueron interpretadas como estructuras descubiertas. Estos datos nos hacen pensar que las muestras procedentes de Pendia encajarían mejor como varas del entretejido horizontal; al menos parece más lógico relacionarlas con esta parte del tejido que con los postes verticales que forman la urdimbre de la pared, que vemos que suelen ser de mayor grosor. Por una cuestión estadística también es más probable que haya más restos de este tipo, ya que es más abundante el entramado de varas horizontales que los postes, que simplemente se encontrarían espaciados a distancias regulares. La considerable fragmentación de la pared en su momento de ruina produjo que en los fragmentos de barro analizados únicamente se hayan conservado restos de una vara, salvo en el caso de la muestra 52 que, aparte de las marcas del entramado horizontal que ejerce a modo de plemento de la pared, cuenta con huellas de un poste cuadrangular de cierto grosor, quizá la jamba de la puerta. Estos maderos también podrían ir recubiertos de barro, al ser una zona de tránsito continuo y muy expuesto a degradación. Sobre la madera se aplicaría una gruesa capa de barro que ejercería como película protectora de la madera y que facilitaría el aislamiento completo de la estructura, lo que afectaría no sólo a cuestiones térmicas; también proporcionaría intimidad al espacio, al convertir un esqueleto de madera traslucido en una superficie opaca. Alguna de las superficies exteriores de esta capa de barro sufrieron distintos procesos de acabado, aunque a día de hoy resulta imposible determinar qué caras son las que reciben esos acabados. No sabemos si afectan a la interior, a la exterior o a ambas, ni tampoco en qué grado (sobre una zona concreta o sobre toda la pared). También desconocemos si es un fenómeno general a todas las cabañas o se ciñe sólo a unas construcciones concretas, en función de la finalidad de las mismas o del poder adquisitivo del que la construye, sea un individuo aislado o una parte de la comunidad. Hasta que no se puedan analizar las piezas tampoco se podrán precisar más sobre el tipo de inclusiones que presentan los barros, aunque la gama pudo ser variada como apuntan algunos autores: arena, paja, o incluso el pelo de animal pueden formar parte del aglomerado de barro (Audouze y Buchsenschutz, 1989: 54). A este repertorio se podrían añadir otras especies vegetales, como el brezo o el helecho que fueron documentados en la Campa Torres (Maya y Cuesta, 2001: 57) y que también encuentran sus paralelos en castros gallegos (Carballo, 2002: Lám. No sería extraño que se regulara la cantidad de inclusiones que deben acompañar al barro, cribando la arcilla o añadiéndole elementos. Tampoco podemos conocer con precisión si fueron necesarios procesos de macerado del barro, que siempre sería mucho más cómodo realizar sobre el mismo espacio en el que se iba a construir la casa, o en el entorno próximo. Como ya apuntamos, el entorno inmediato al poblado cuenta con buenas barreras, pero el aprovisionamiento de las arcillas en las cercanías no excluye la búsqueda en parajes más lejanos. En el caso de Pendia un entorno de kilómetro y medio de radio máximo parece un margen de aprovisionamiento más que suficiente, siempre como propuesta de trabajo inicial y en base a los datos con los que contamos actualmente. Entre los acabados exteriores sí que podemos diferenciar dos tipos distintos de enlucidos: en primer lugar una serie de remates más sencillos de la cara vista que suponen la aplicación de una capa fina de preparado que tiene un color ligeramente más claro que el barro sobre el que se aplica (Audouze y Buchsenschutz, 1989: 54). Aunque de momento resulta imposible determinar la composición de esos acabados, a primera vista se asemeja a las lechadas empleadas en otras construcciones peninsulares del mismo período (Belarte, 1999(Belarte, -2000: 70): 70), que simplemente se han logrado mediante el incremento de la cantidad de agua utilizada, lo que explicaría las escasas diferencias en su composición. Para fijar este preparado más acuoso se utilizaría un instrumento del que parece que se han conservado incisiones muy leves sobre alguna de las superficies exteriores. En segundo lugar tenemos un enlucido de mayor calidad y que supuso la aplicación de varias películas más claras sobre una masa principal de barro rojizo. Sobre las superficies más anaranjadas se extendía un enjalbegado de color blanquecino. No sabemos hasta qué punto la acción del propio incendio, o el tiempo de exposición de la pared al aire y al sol afectó sobre el color original. Algunas muestras estudiadas por Camino en la ría de Villaviciosa nos permiten saber que el color blancuzco de las piezas, puede deberse a la exposición al sol de unas texturas que en origen tenían color amarillo o anaranjado (Camino, 1995: 121). Aunque los ejemplos 22 que estamos tratando son bastante sencillos, algunos edificios de la Edad del Hierro de la Meseta sí que manifiestan cierta complejidad en la composición y en los motivos decorativos (Celis, 1993: 105-106). A pesar de que, visto desde la óptica actual, la aparente sencillez de los revestimientos podría llevar a equívocos, la información que contienen acerca de los procesos constructivos es considerable. La preparación de los dos materiales supuso seguramente una larga cadena de procesos de trabajo para estas comunidades. La madera tuvo que ser seleccionada previamente entre distintas especies, ya que debió ser un bien abundante y diverso; así al menos lo demuestran algunos estudios de la Edad del Hierro meseteña, que han documentado el vínculo existente entre estas comunidades y determinadas especies vegetales, ya sea en las inmediaciones del yacimiento o en su entorno próximo (Delibes et alii, 1995: 565). Siempre se seleccionan varas de similares dimensiones, con lo cual tenemos que suponer que existe un control sobre las propiedades mecánicas del esqueleto de madera: con la colocación de varas tejidas de determinado grosor la pared se sostiene. Todo ello presupone unos conocimientos técnicos fruto del acervo constructivo donde el componente experimental ha de ser también importante; esa práctica permite la introducción de novedades, la resolución de las posibles deficiencias del edificio, así como observar el comportamiento de la estructura ante las inclemencias meteorológicas como bien demuestran los ejemplos de arquitecturas primitivas (Rapoport, 1972: 140). Para que tengan esas propiedades es necesario cortar la vara de unas dimensiones concretas; esto facilitaría no sólo su colocación, sino también su transporte en grandes haces hasta el poblado. Sería lógico que las varas, antes de preparar los fardos para el transporte, ya fueran peladas en el sitio de la corta para eliminar todas las ramificaciones que resulten molestas para el transporte y la colocación. Si la madera era cortada dentro de unos plazos temporales concretos, podría existir una necesidad de almacenamiento de la misma hasta su colocación, ante lo cual la experiencia etnográfica 22 El castro de la Campa Torres también presenta restos de este tipo de enlucidos (Maya y Cuesta, 2001: 57). nos indica que la inmersión de la madera en agua ya favorece su conservación. En la actualidad en Asturias se suele cortar la madera en relación con las fases lunares y en relación a los propios ciclos del árbol, conocimiento que seguramente viene de antiguo (Vitruvio, 2002: 121). La vareta de avellano por ejemplo, se suele cortar en el menguante de enero en la parte oriental de Asturias 23, norma que no debe diferir mucho de la parte occidental 24. La arquitectura popular es un buen ejemplo de la adaptación del avellano a las necesidades de la construcción, como demuestra su uso general en paredes exteriores de casas (Flores, 1987: 274), divisorias de construcciones auxiliares, etcétera. Es una madera flexible para el tejido, que es tenaz y duradera si se corta en los períodos adecuados y que hubo de ser abundante a lo largo de la Edad del Hierro como demuestra su aparición en yacimientos como la Campa Torres (Maya y Cuesta, 2001: 313-315), en el castro cántabro de los Baraones (Barril, 1995según Torres, 2001-02: 149), o en los castros de Villaviciosa (Camino, 1997: 82), por poner varios ejemplos. De todos modos, hasta no contar con análisis específicos de los restos carbonizados, no podemos conocer con exactitud qué tipo de madera se empleó. Recordemos además que en aquellos lugares en los que se ha analizado con detenimiento los tipos de especies el resultado ha sido una gama muy variada de maderas disponibles durante la Edad del Hierro (Delibes et alii, 1995: 566). Muchas de ellas serían aptas para construir, aunque la localización de unos tipos determinados tampoco excluye inmediatamente el resto de especies; quizá haya que pensar en un uso concreto de la madera, según el edificio o según la parte del mismo que se estuviera construyendo. Todo ello en relación con las propiedades de la madera o de su disponibilidad. Algo semejante ocurre en la arquitectura popular asturiana, donde se prefiere el castaño (con revoco de barro) para los cierres de las viviendas, mientras que el avellano predomina en construcciones auxiliares o como elemento divisorio (Paredes y García, 2006: 68). El trabajo en algunas zonas concretas, como las jambas de las puertas que seguramente serían también de madera e irían incardinadas en el esqueleto estructural del edificio sería aún más complejo. La corta de maderos grandes, su transporte y preparación, requiere un utillaje más diverso que el simple podón de cortar y pelar varas, además de más horas de dedicación a la tarea, al menos en lo que respecta a la preparación de la pieza. La aplicación de la capa de barro protectora sobre la madera también debería realizarse en épocas que favorecieran el secado correcto de la mezcla, para lo cual la climatología es un hecho determinante, mucho más en espacios tan húmedos y lluviosos como los de la Cornisa Cantábrica, que podrían alterar las propiedades mecánicas del barro. Una tarea más que añadir a los trabajos de mezcla del barro con otras inclusiones, sería el acarreo del producto final hasta el lugar de instalación de la casa. Tarea que aunque pueda parecer sencilla, no deja de tener cierta complejidad por el peso de la materia prima y por su conservación en buen estado hasta el momento de construcción. Resulta complicado calcular el barro necesario para las construcciones y quizá únicamente la arqueología experimental nos pueda proporcionar alguna referencia de interés. Reynolds ponderó la cantidad de barro precisa para revestir una construcción de madera (la casa Pimperne) obteniendo un resultado de varias toneladas de barro (1988: 38), cifra que aunque en primer lugar parezca excesiva, quizá no lo sea tanto si consideramos los más de diez metros de diámetro de la casa y la existencia de dos líneas de muro. Algunos autores mencionan la posibilidad de que se practicaran combustiones intencionadas y parciales del barro como método para alargar la vida de éste (González, 2006-07: 360). En el caso concreto de Pendia no contamos con datos para saber si este proceso se llevó a cabo. Sí tenemos constancia de la existencia de fuegos vinculados a los restos constructivos del poblado, ya que ese proceso de cochura de los barros es el que posibilitó la pervivencia de estos materiales en la tierra. La larga perduración de las arquitecturas perecederas dentro de los poblados a lo largo de la Edad del Hierro e incluso hasta fechas más avanzadas (González, 2006-07: 350), junto con las cubiertas vegetales a las que siempre van asociadas (Camino, 1995: 121), facilitarían que se desencadenasen incendios dentro de los caseríos prerromanos. La prevención ante los incendios aún se constata en el siglo XIX en los pueblos que conservaban techumbres de materias vegetales, como el de El Val.le (Somiedo) y esa cautela obligó a crear regulaciones específicas en sus ordenanzas locales para evitar los incendios (Graña y López, 2007: 32). La ciudad de Oviedo reaccionó de modo muy semejante en época medieval, ante los riesgos de incendios dentro del recinto amurallado por el uso de madera en las cubiertas y en muros (o en algunos tramos de estos). Eso propiciará la sustitución de las viejas cubiertas, posiblemente de madera o paja (Argüello, 1999: 31), y la introducción de la teja en las cubiertas de los edificios de la ciudad a partir del siglo XIII. Estamos pues ante una preocupación latente, que es posible que también estuviera presente en estos poblados por lo que nos podríamos preguntar si la abundancia de incendios fue un acicate, al igual que en otros períodos históricos ya mencionados, para el empleo masivo de la piedra en la construcción 25. El mayor número de atenciones que suelen precisar las construcciones de madera y barro pudo motivar también la preponderancia de unos materiales sobre otros en los ámbitos domésticos. Pero la existencia de este peligro no implica que debamos hacer lecturas unidireccionales o una identificación inmediata a estos procesos constatados en otros períodos históricos. Mucho más si tenemos en cuenta que resulta imposible conocer con exactitud la naturaleza de esos fuegos: la existencia de una intensa relación con el fuego doméstico durante la Prehistoria, así como los inevitables fuegos ocasionados por causas naturales, no eluden la consideración de otro tipo de fuegos. Este tipo de enfoques creemos que pueden resultar sugerentes y se podrían trasladar a nuestro caso concreto, enriqueciendo las interpretaciones y estimulando también nuevas preguntas al registro. Y siguiendo con este tipo de interpretaciones también nos podríamos preguntar si son relevantes en el cambio entre perecedero y pétreo otros aspectos, como la faceta estética o el simbolismo que pudo tener la piedra como elemento constructivo (¿asociado a una mayor firmeza o a mayor seguridad?). Es curioso que en los pueblos actuales del occidente asturiano se dé un proceso cargado de connotaciones hacia el pasado inmediato, por el cual la gente vincula sus viejas casas de piedra con la escasez sufrida en determinadas épocas y prefiera casas nuevas hechas en cemento, soslayando cuestiones como que la piedra es mucho más valorada que el ladrillo en el mercado de la construcción 26. Por tanto, nos preguntamos hasta qué punto la sustitución de las viejas construcciones de barro y madera por la piedra tiene que ver con procesos semejantes al descrito, extrapolados al contexto protohistórico. El cambio de materiales que se ha definido por algunos autores como monumentalización del espacio doméstico (Ayán et alii, 2005(Ayán et alii, -2006: 187): 187), todavía no resulta fácil de comprender. Quizá la conjunción de muchos factores sea la que nos pueda acercar más hacia las causas, sobre todo si tenemos en cuenta que en períodos anteriores la construcción con piedra ya había alcanzado gran desarrollo pero se limitaba únicamente a estructuras de carácter defensivo (murallas, torres), o de otros edificios relevantes para estas comunidades como las saunas u otras construcciones de cierta significación (Villa y Cabo, 2003: 149). Estos matices a la petrificación ya han sido expuestos, fundamentados en el desarrollo que en la Edad del Hierro adquieren las arquitecturas pétreas o las de los muros de aterrazamiento (De la Peña, 1988:22). Esto demuestra fehacientemente que el conocimiento de una determinada técnica constructiva no supone su aplicación a todo elemento construido (Rapoport, 1972: 39). Lo que desconocemos a día de hoy es el porqué de este fenómeno. Sólo el estudio de detalle por yacimientos y por regiones podrá matizar este panorama en un futuro, sobre todo en vista de las grandes variaciones existentes según la comarca o la época que mantengamos en observación, cuestión que no sólo se puede apreciar en Galicia (González, 2006-07: 358-360), sino que también está presente en nuestra región como demuestra la comparación de las arquitecturas domésticas de la II Edad del Hierro de la parte oriental y la occidental. Regresando de nuevo al castro de Pendia, quizá el mayor condicionante a la investigación de este tipo de restos en este yacimiento se encuentre en el propio devenir del caserío Sur: el núcleo con mayor concentración de edificios dentro del poblado. En este espacio se produjo un fenómeno muy frecuente en ocupaciones seculares sobre espacios tan concretos y delimitados como son los recintos intramuros: que las ocupaciones más antiguas se vean afectadas por las reformas posteriores. Casos como el de Torroso en Galicia (De la Peña,, 1992:16), Llagú (Berrocal-Rangel et alii, 2002: 126) o las intensas modificaciones documentadas en poblados como Moriyón durante la Edad del Hierro (Camino, 1997: 57), inspiraron a sus investigadores conclusiones muy similares. Será por tanto la intensidad de la ocupación sobre un mismo espacio la que dificulte realizar en Pendia un registro tan completo de la arquitectura de la Edad del Hierro como han propiciado, por ejemplo, algunos registros de los castros de la ría de Villaviciosa. La vinculación entre restos constructivos y las plantas de las construcciones, en los casos en los que se conserva y se puede recuperar, siempre nos permite contar Este fenómeno de la arquitectura tradicional «sucia», por el cual la gente identifica la vivienda tradicional con etapas de su pasado de cierta dureza ha sido ya bien constatado en Galicia por González Ruibal (1998: 175). con más información. Siempre y cuando el registro sea pulcro y la excavación lo suficientemente minuciosa, se puede llegar a recomponer la morfología de buena parte del edificio (si hay uno o dos pisos, los elementos presentes en cada uno de esos pisos, etcétera) (Morer et alii, 2000: 391). En este proceso de reconstrucción juegan un papel fundamental los materiales con los que se realiza la cubierta del edificio, al ser más problemático el rastreo de cubiertas hechas en exclusiva con materias vegetales, que acaban pereciendo dejando pocos rastros. Otro hándicap importante es que si los derrumbes de las estructuras de cubierta (viguería, tirantes, materiales de cubierta, etc.) no vienen asociados a barros con improntas es más difícil encuadrarlos como elementos constructivos. Sin embargo siempre hay casos que demuestran las posibilidades de un registro detallado; así, la excavación y estudio de los derrumbes de los materiales constructivos sobre los suelos de ocupación realizado en la Corona de Corporales demuestran la cantidad de información que se puede recuperar de cara a la reconstrucción de los tramos superiores del edificio (Sánchez Palencia y Fernández Posse, 1985: 92).En los poblados protohistóricos del este peninsular los tejados planos revocados con barro permiten rescatar en la excavación más elementos constructivos del viejo edificio (Morer et alii, 2000: 391). Bien es cierto que en otras ocasiones y a pesar de contar con los restos de los manteados de barro y de las estructuras negativas asociadas (hoyos de poste o zanjas), rehacer las plantas puede resultar de todos modos complejo, tal y como ocurre en el poblado de la II Edad del Hierro de Atxa (Gil, 1995: 195). Estos condicionantes justifican que actualmente conozcamos muy pocos sitios en los que se conserven las distintas fases constructivas en una sucesión vertical de estructuras, a modo de palimpsesto en el que estudiar la evolución de la arquitectura castreña desde los elementos perecederos a las construcciones en piedra 27. La aparición de los restos de Cameixa (López, 1953: 77) abrió un nuevo capítulo en el estudio de las arquitecturas perecederas del NW de la península, ya que si bien se habían documentado restos similares en algunas excavaciones de principios de siglo XX éstos no habían tenido una interpretación tan nítida, asociándolos a sus posibles es-tructuras originales. Más de medio siglo después de esa publicación, los restos de arquitecturas perecederas siguen formando parte de los informes de excavación y de publicaciones diversas, y continúan usándose como testimonio de la existencia de fases antiguas dentro de los poblados fortificados, sin que en muchos casos se precise más acerca de su cronología. El proceder más común es vincular estos restos a fases de la Edad del Hierro que pueden estar o no avaladas por dataciones absolutas de C 14. En Asturias, sólo a partir de la exhumación de espacios amplios de los caseríos castreños se pudieron documentar con claridad arquitecturas perecederas en las tres grandes demarcaciones de la región (central, occidental y oriental) 28. Aunque no tienen por qué registrarse en todos los yacimientos, debido a que están sometidos a la propia historia de cada lugar y a unas particulares condiciones para su conservación en la tierra, la nómina de yacimientos con este tipo de arquitecturas en nuestra región sigue ampliándose. Esta tendencia no parece que vaya a decaer, teniendo en cuenta la identificación casi generalizada de fases prerromanas en la gran mayoría de los yacimientos excavados, así como que, en muchas ocasiones, no es necesario que aparezcan los pallabarros. Los restos de estructuras de cimentación pueden ser un indicio suficiente para suponer el desarrollo de este tipo de arquitecturas. A través de este estudio tratamos de describir los restos documentados en Pendia, y definir su contexto de localización con el fin de establecer si ocupan posiciones primarias o secundarias, información que nos resulta crucial y complementaria de los apartados descriptivos. Por último, hemos intentado dotarlos de asignación cronológica en relación con la secuencia estratigráfica en la que fueron recogidos. Con todo ello podemos suponer que las arquitecturas perecederas fueron habituales en algunas zonas del poblado de Pendia durante la Segunda Edad del Hierro; y esto a pesar que los hallazgos fueron recogidos en un espacio muy acotado sobre el que se fueron superponiendo distintas fases de ocupación a lo largo de, al menos, seis centurias. No podemos determinar hasta qué punto la sustitución de estas estructuras pudo ser progresiva o bien producto de una serie de restructuraciones más amplias y generales que se pueden apreciar en el urbanismo del sector meridional del castro. Además, el espacio no sólo era 27 Las diez fases constructivas de la Primera Edad del Hierro del yacimiento de los Cuestos de la Estación, documentadas en una estratigrafía de 1,75 metros de potencia, podría ser uno de esos casos destacados de superposición de fases constructivas, aunque hay que decir que no presenta arquitectura pétrea (Celis, 1993: 97). 28 El proyecto de la Ría de Villaviciosa en la década de los 80 y los 90 y a partir de 1995 los trabajos del Plan Arqueológico del Navia-Eo son dos de los proyectos que no sólo han desarrollado excavaciones continuadas, sino que además han recuperado restos o estructuras constructivas de cierto interés vinculadas a un contexto estratigráfico muy explorado en distintos yacimientos y bien definido cronológicamente. reducido; también era bastante abrupto, lo que supuso que en algunos puntos se recurriese al desarrollo de terrazas, al menos en el último momento de ocupación. Se trata de plataformas que suelen requerir de estructuras de soporte o contención29 y de una necesaria reorganización del poblado no sólo en horizontal; sino también en vertical. Ante la carencia de espacio y la necesidad de reformas o ampliaciones, buena parte de los restos constructivos de fases previas se convirtieron en parte integrante de los escombros con los que se pudo elevar la cota del terreno. Esto es lo que propicia la aparición o la conservación de los restos constructivos más antiguos en aquellos horizontes que se encuentran siempre por debajo del ya bien conocido caserío de piedra hoy visible. No es casual este fenómeno: en su gran mayoría las viejas estructuras, cuando se conservan, cumplen la función de soporte a nuevos edificios construidos en una cota superior. La conservación de las ruinas puede deberse a ese papel activo y necesario o bien a que sean elementos que perviven porque simplemente no entorpecen los nuevos proyectos constructivos. Parece ser éste el caso del espacio exterior de la construcción 12, donde se hallaron todos los restos estudiados en este trabajo. El hecho de encontrarnos ante los retazos del incendio y el derrumbe de una cabaña realizada con materiales perecederos pudo facilitar no sólo la aparición de los barros con improntas sino también de restos de maderas quemadas que fueron datadas por radiocarbono. Pero, al margen de su contexto, los hallazgos de este tipo de arquitecturas, a pesar de que aparecen en muchas ocasiones en forma de escombro, siempre serán el resultado de una sucesión de pequeñas tareas sin las cuales no se pudo disponer de los materiales adecuados para construir una casa. La búsqueda, transporte y preparación del barro y de la madera dejan ver la necesaria organización de cada trabajo, posiblemente en tiempos muy determinados, así como un intenso conocimiento del entorno y de unos recursos perfectamente aprovechados. No obstante hemos de ser cautos en las afirmaciones, ya que los restos de este tipo de materiales constructivos suelen ser, salvo casos excepcionales, una pequeña parte de las estructuras vigentes en su momento. Pero podemos concluir que los fragmentos considerados en este trabajo nos indican la existencia en Pendia de paredes muy similares a las encontradas en las cabañas de la Edad del Hierro de la ría de Villaviciosa, formadas por postes verticales entre los que se entretejen varas más finas de similares groso-res. Todo ello revestido con barro sin que de momento se pueda precisar el tipo de maderas utilizadas. Los acabados del barro, que tendrían una función protectora de la pared, también pueden tener un componente estético viendo algunos remates en blanco u otros colores, de elaboración más cuidada. De momento no podemos dar más datos acerca de su extensión sobre la pared o de si su presencia es general en todos los paños o se limita a paredes concretas. El grosor de algunas piezas es estimable y estarían formando parte del núcleo interior de la pared, sin que muchas de ellas conserven restos de improntas. Por último, hemos de suponer que el barro proceda del entorno próximo al poblado, información que podrá verse corroborada si se desarrollan análisis cruzados de canteras y muestras. AGRADECIMIENTOS: Miguel Ángel de Blas, Ángel Villa, Esperanza Martín, Jorge Camino, Alfonso Menéndez, José Antonio Fanjul, Sofía Díaz y a Juaco López por su ayuda a la hora de hacer este artículo. Miguel Busto, Carmen Álvarez, Diego Díaz, Marta Ledo, Aurora Rodríguez, Teresa Suarez, Javier Vigil y David Expósito colaboraron en las campañas de excavación. El geólogo Roi Sampedro revisó la parte de geología y materias primas. Este y otros trabajos son posibles gracias a todo el equipo de la Cuenca del Navia-Eo, por eso nuestro agradecimiento y nuestra deuda.
Como hemos apuntado en alguna otra ocasión (Azkarate 2008(Azkarate, 2011, e.p.), e.p.), los estudios sobre arquitectura llevados a cabo desde la arqueología («arqueología de la arquitectura») tienen un larga trayectoria historiográfica, con tradiciones académicas diversas y enfoques conceptuales múltiples, en una suerte de proceso cognitivo colectivo que presintió y anticipó desde siempre (ya desde la conocida trilogía vitrubiana), la pluralidad de dimensiones que laten en el corazón de cualquier espacio construido. Nada hay nuevo por lo tanto bajo el sol, por mucho que la irrefrenable pasión por los nominalismos y «la neblina característica de una amnesia moderna que conduce a gestos intelectuales repetitivos» (Witmore, 2007) genere, de manera pertinaz, pretendidas reformulaciones en la bibliografía más reciente. En ese universo de temáticas y enfoques diversos, la arquitectura doméstica es probablemente una de las parcelas que menos atención ha recibido en la Europa meridional, a pesar de contar con una sólida tradición historiográfica anglosajona y latinoamericana (Steadman, 1996; Zarankin, 2005; Azkarate, e.p.). Desde que, en las décadas de los 60 a los 80, la «arqueología de los asentamientos» orientara sus estudios hacia los análisis tanto macroespaciales de los patrones de asentamiento como por los estudios microespaciales más específicos, las unidades domésticas se concibieron como escenarios de actividades que, en su diversidad, reflejaban los comportamientos sociales de quienes las habitaron. Fue precisamente en el ámbito micro y semimicro donde la «arqueología de los espacios domésticos» (Wilk, Rathje, 1982) alcanzaría un desarrollo notable, marcando las pautas de renovación de las tradicionales aproximaciones a la arquitectura y acabar prestando más atención al escenario mismo como espacio construido. El excesivo peso de los intereses positivistas, sin embargo, hizo que se priorizaran las estrategias funcionalistas orientadas al estudio de las dimensiones físicas y visibles del espacio construido en detrimento de la dimensión no visible y de sus significados simbólicos. Habría que esperar a los 90 para que se formulasen nuevas propuestas más orientadas hacia el conocimiento de los significados de la arquitectura y de los espacios construidos. Todas ellas beberán de precedentes que, desde la antropología y la arquitectura (Rapoport, 1976), la geografía y el urbanismo (Hillier, Hanson, 1984), la sociología (Bourdieu, 1972), la filosofía (Heidegger, 1994(Heidegger,, 1951;;Foucault, 1984) o la semiótica (Eco, 1968) venían insistiendo en la necesidad de contemplar los espacios construi- En este trabajo se expone, de manera sintética, la evolución de la arquitectura y de los espacios construidos en el principal centro urbano del País Vasco durante el Medievo más temprano. El contenido del artículo atiende únicamente a la dimensión física de cuantas conforman los significantes y significados del universo doméstico (su configuración espacial y sus técnicas constructivas), documentando hasta cuatro modelos que se suceden en el tiempo (los espacios domésticos desagregados, los espacios domésticos más compactos, la casa unitaria y la casa en altura) y advirtiendo, en consecuencia, sobre los riesgos derivados de las generalizaciones abusivas que generan imágenes planas y estáticas del universo doméstico de época medieval. dos no sólo como portadores sino como generadores también de significados. En este nuevo contexto, los espacios habitados, y la casa ante todo, acabarán viéndose como un «cosmograma» (Nielsen, 2001) en el que todas las cosas hablan metafóricamente y en el que los humanos aprenden a leer el mundo. La historia de los espacios construidos devendrá, consecuentemente, en una topografía de las complejas constelaciones cotidianas, susceptibles de ser estudiadas desde nuevas propuestas metodológicas procedentes de la etnoarqueología (González Ruibal, 2001), de los campos de la semiótica, del spatial syntax o de los estudios proxémicos sobre la territorialidad (Bermejo, 2009), por citar solamente algunas de las más relevantes. En esta ocasión, nuestros objetivos van a ser mucho más humildes y específicos y atenderemos sólo a la dimensión más física de cuantas conforman los significantes y significativos del universo doméstico: su configuración espacial y sus técnicas constructivas. Todo ello referido a una horquilla cronológica que transcurre entre los siglos VIII y XII d.C. y a un ámbito geográfico circunscrito a la ciudad de Vitoria-Gasteiz. En las sucesivas campañas de excavación arqueológica llevadas a cabo durante los años 2000 al 2009, tanto en el interior de la Catedral de Santa María de Vitoria como en sus inmediaciones, al exterior de la misma, se fueron registrando testimonios materiales de diversas estructuras distribuidas en el espacio, organizadas aparentemente en áreas distintas, con funcionalidades específicas. De tales testimonios pronto pudo inferirse la presencia de ámbitos domésticos que, con distintas configuraciones, se sucedían a lo largo de los siglos (Azkarate 2007, Azkarate, Solaun, 2009). El objetivo principal de nuestra investigación ha sido el de decodificar la evolución de dichas unidades domésticas definiendo, primero, sus rasgos morfológicos y constructivos; tratando luego de determinar la funcionalidad de los mismos; y registrando, finalmente, la variabilidad de los distintos patrones que las unidades domésticas iban adquiriendo con el tiempo. Este último punto resulta particularmente interesante en la medida que coadyuva a la superación de inferencias de tipo anacrónico (Bermejo, 2009, 58) nacidas de la aplicación de modelos interpretativos estáticos y que saltan por los aires en cuanto se someten al análisis exhaustivo en un asentamiento que evolucionó ininterrumpidamente durante siglos (Gutiérrez Lloret, Cañavete, 2010). Fijémonos, brevemente, en las variantes más significativas. El sector más septentrional del cerro donde nació la primitiva aldea de Gasteiz (origen de la actual ciudad de Vitoria-Gasteiz) estuvo ocupado desde sus orígenes por una unidad doméstica que, en conjunto, alcanzó una extensión superior a los 2.000 metros cuadrados. En su larga historia pasó por distintas fases, bien detectadas arqueológicamente (Azkarate, Solaun, 2009), pero mantuvo siempre una disposición configuracional básica en torno a dos espacios abiertos que articulaban y organizaban el resto de las estructuras que componen el complejo habitacional. El esquema, como se ve, parte de la concepción de la casa como agregación de estructuras que, dispuestas en torno a espacios abiertos (a modo de cortiles o corrales), se distribuyen en un primer momento de manera dispersa y desagregada, poco cohesionada formalmente, para ir compactándose progresivamente en el tiempo. Desde fechas tempranas, por lo tanto, el rasgo más característico de esta forma de ocupación altomedieval es el de la segmentación espacial de su arquitectura y la presencia de ambientes bien delimitados unos respecto de otros, independientemente de que estén o no construidos y configuren espacios formalmente abiertos o cerrados. Esta separación de espacios, perfectamente detectable en el registro arqueológico, tiene sin duda una honda significación en la medida en que responde a la voluntaria creación de escenarios orientados a actividades específicas. Todos ellos, espacios y actividades, modelaron el built environment que configuró el universo cotidiano de sus habitantes y en el que se desarrollaron los sucesivos patrones de su actividad doméstica. Nos fijaremos en esta ocasión en la configuración (Figura 2) que dicha unidad doméstica alcanzó entre mediados del siglo IX y mediados de la centuria siguiente (ca. 850-950 d.C.)1 y que estuvo constituida, como se ha señalado ya, por dos ámbitos bien diferenciados. El primero de ellos se articulaba en torno al espacio abierto A66 y comprendía las siguientes áreas de actividad: a) Una primera de carácter residencial (A1), representada por un gran edificio (longhouse) de aproximadamente 18 m de longitud y 8,5 m de anchura; b) Una segunda de naturaleza artesanal, con dos pequeñas cabañas (A2 y A3) destinadas muy probablemente a actividades textiles, a juzgar por las semillas de lino y las fusayolas recogidas en sus contextos estratigráficos; c) Una tercera destinada a almacenamiento de excedentes agrícolas (GA2), con un mínimo de cinco silos excavados en el subsuelo; d) Una cuarta (A34), de uso agropecuario, con un recinto destinado posiblemente a la estabulación de la cabaña ganadera a juzgar por los estudios palinológicos y de fauna detectados (Ibidem: 413); d) Una quinta, interpretable como área de evacuación de los residuos domésticos generados por la unidad, que se sirvió de los silos que quedaban en desuso para su reutilización como basureros; e) Una sexta de abastecimiento que, en forma de pozo (A115), surtía de agua a este espacio doméstico y probablemente también a algún otro de su entorno; f ) Y una última, probablemente la más significativa de todas, representada por el espacio abierto A66, escenario de actividades diversas y relaciones sociales múltiples. Inmediatamente al norte, en las traseras de A1, A2 y A3, se configuró un segundo ámbito caracterizado por un fondo de cabaña (A6), que sustituye a otro anterior en cuyo suelo y niveles de amortización aparecieron numerosos carbones y escorias, y un gran espacio abierto (A36). Estamos ante un área de actividad específica y segregada de la unidad doméstica principal que ha podido ser identificado con un espacio de trabajo siderometalúrgico (Azkarate, Solaun, 2009). Resulta casi imposible, a la vista del registro arqueológico, no recordar el socorrido testimonio de Valpuesta del año 975 en el que se mencionan kasas cum suos solares et suas divisas, et exitos et introitos, et sua hera qui est ad illa porta, cum suo orto et suo korro et suas adiacentias ad toto giro qui ad ipsas casas pertinent; et sunt ipsas casas in villa que uocitant Elezeto, latus kasa de Didaco; et de ilia partelatus casa de Munnio Amuscoz, et tertia et quarta latus campo qui est exito de villa (Pérez Soler, 1970: 66), reflejando de manera descriptiva la forma en que estas casas se distribuían sobre el terreno, unas junto a otras, adoptando un patrón de naturaleza alveolar nacido de la yuxtaposición de las diferentes unidades domésticas. Espacios domésticos más compactos: viviendo en torno a un patio (2a mitad siglo X) Algunas de las estructuras descritas en el punto anterior fueron amortizadas tras un importante incendio que explica, muy probablemente, las transformaciones que conoció el lugar a mediados del siglo X. La profundidad y alcance de dichas transformaciones fue tal que una parte de las estructuras descritas quedó sepultada bajo potentes nivelaciones y aterrazamientos que modificaron sustancialmente la orografía del lugar. Lo cierto es que la nueva nivelación favoreció una urbanización más racional de los espacios y la creación de un nuevo modelo de casa, más compacto que el anterior y estructurado inequívocamente en torno a un patio de límites mucho más precisos. Pese a su mayor racionalidad, esta tipología apenas se dilató media centuria en el tiempo. El cruce de resultados entre la secuencia estratigráfica, los análisis radiocarbónicos y los materiales cerámicos recuperados en los rellenos constructivos que nivelan los edificios que integran esta casa permiten fijar su cronología en la segunda mitad del siglo X, coincidiendo (y ello no deja de tener su significación, como luego veremos) con la aparición de la piedra como material constructivo en la arquitectura doméstica altomedieval de nuestro ámbito geográfico. Son varios los puntos que llaman la atención de esta variante del modelo primitivo: a) La regularidad de su trazado (Figura 3), resultado, como sabemos, de un plan previamente diseñado. b) Su gran patio A60, situado de manera más ordenada sobre el viejo espacio A66 y convertido ahora en escenario de una parte importante tanto de las ocupaciones sociales y familiares (fuegos bajos que evidencian puntos de reunión social, preparación y consumo de alimento) como de las actividades económicas (hallazgo de yunques de hueso utilizados por los herreros para afilar hoces que denotan su uso como espacio de trabajo ferrón2 ). c) El gran edificio (A57) que se construyó en el lado oriental de dicho patio sobre el mismo emplazamiento que ocuparan la longhouse (A1) y el recinto ganadero (A34), conformado como una gran estructura rectangular de más de 30 metros de longitud, 7,80 metros de anchura y una superficie conservada de 230 m2. Esta notable construcción comunicaba directamente con el patio a través de un acceso emplazado en su fachada occidental. Tras el umbral, ya en su interior, se situaba un espacio diáfano y multifuncional que ocupaba más de dos tercios de la superficie total y contenía un silo de almacenamiento. Por su lado septentrional se accedía a otra estancia de dimensiones menores en cuyo interior pudieron registrarse hasta dos suelos superpuestos sobre los que dispusieron tres hogares, dos de los cuales funcionaron simultáneamente. d) Uno de los aspectos más reseñables será, finalmente, la incorporación al espacio doméstico de una actividad que, hasta entonces, había permanecido segregada de este ámbito. Como puede verse en la planimetría que se adjunta, en el lado septentrional del patio y sobre el lugar que en la fase anterior ocupaban dos edificaciones auxiliares (A2 y A3), se construyó una fragua (A59), trasladando la antigua instalación ferrona al corazón mismo de la nueva unidad doméstica. Lo más destacable, arqueológicamente, de este nuevo establecimiento es sin duda la conservación de un suelo sobre el que se situaron tres hogares bajos y dos depósitos de agua destinados sumergir y templar el hierro candente. Estas estructuras de combustión y la conservación del propio suelo son precisamente los elementos que permiten definir la forma y dimensiones del taller, de planta rectangular y 130 m2 de superficie, con algunos alzados semiabiertos para la libre salida de humos y gases. La calle como nuevo espacio estructurador: la casa unitaria multifuncional (siglo XI d. Con el cambio de milenio, Gasteiz incorpora a su trazado una trama urbana organizada en tres calles paralelas que transformará radicalmente el antiguo paisaje construido. El viejo esquema alveolar (ya debilitado con la regularización descrita para el periodo anterior) desaparece definitivamente y se adopta un nuevo sistema de edificios residenciales alineados a ambos lados de las nuevas calles. Se abandona así el modelo de casa con patio (que seguirá perdurando todavía durante siglos en ambientes más específicamente campesinos) para ser substituido por un nuevo tipo de casa conformada por un único edificio multifuncional que reúne bajo el mismo techo los espacios de uso residencial, artesanal o de almacén que anteriormente se ubicaban en estructuras desagregadas. La nueva casa mantiene la traza y estructura del primitivo edificio A57 aunque, en su interior, se levantan tres medianiles que dividirán el conjunto en al menos tres estancias uniformes e independientes entre sí, cada una de ellas con su propio acceso individual desde la calle pavimentada del exterior. Estamos ante una tipología, bien conocida en otros ámbitos europeo, que yuxtapone bajo el mismo techo diversos espacios con funciones específicas. Dentro del primer ambiente (A71), de amplia planta cuadrangular (50 m2), se registraron hasta cuatro estructuras de combustión diferentes, dato éste que, junto a la abundancia de escorias, lleva a pensar en su función como taller metalúrgico, heredero de la antigua fragua A59. La aparición de un buen número de yunques de hueso sobre el empedrado exterior, a la altura del umbral, confirma esta actividad3 y denuncia además el uso de la calle como área de actividad multifuncional. En el interior del segundo ambiente (A72), similar en dimensiones al descrito, se documentó un hogar de cuidada factura, protegido por un murete de adobe, que debió de cumplir funciones culinarias y de calefacción. Recreación -con base en el registro arqueológico-de la «casa unitaria» y de la nueva trama urbana de Gasteiz (siglo XI d.C.). ( 1) Los restos de época altomedieval registrados en el espacio entre las dos calles, estaban profundamente alterados por la urbanización de los siglos XIV y XV, lo que desaconseja efectuar proyecciones sobre el mismo Fig. 5. Recreación -con base en el registro arqueológico-de la profunda modificación urbana acontecida en los primeros decenios del siglo XII d.C., con la «casa en altura» a la derecha. (1) (1) Los restos de época altomedieval registrados en el espacio entre las dos calles, estaban profundamente alterados por la urbanización de los siglos XIV y XV, lo que desaconseja efectuar proyecciones sobre el mismo biente restante (A73), similar a los descritos en dimensiones, debió ser utilizado como dormitorio y/o eventual espacio de almacenaje. La densificación de la trama urbana y la aparición de la casa en altura (siglo XII d.C.) El último episodio en la evolución de los espacios domésticos que estamos describiendo concluye con la casa en altura, surgida durante el siglo XII en el proceso de densificación de la trama urbana que debió de suceder al amurallamiento de Gasteiz (Azkarate, Solaun, 2009). Será en este contexto cuando el primitivo edificio se reconstruye ganando altura y generando un nuevo inmueble que superpone las diversas áreas de actividad en lugar de yuxtaponerlas como en el caso anterior. Se rompe así la estructura horizontal de la casa unitaria y se crea un nuevo modelo arquitectónico que desarrolla su programa en vertical mediante la superposición de uno o varios pisos superiores, resultando cuatro casas contiguas donde antes sólo había una. Un ejemplo representativo es el edificio situado en el extremo norte (A84). Su planta baja, de aproximadamente 50 m2, mantendrá su actividad artesanal heredera de la que tuvo A71, con dos estructuras de combustión bien documentadas en su ángulo noroccidental. En el piso superior se situaba el área de habitación y en el desván o bajocubierta la zona de almacenamiento. Esta nueva articulación espacial generará accesos independientes para la fragua y la vivienda. A la primera se entraba directamente desde la cota de la calle, mientras que el acceso a la segunda se efectuaba por un patín o escalera exterior que, además de dar acceso directo a la vivienda, permitía ganar espacio útil a costa de ocupar parte de la vía pública (Figura 5). La segunda casa (A85) ocupaba un estrecho solar de apenas 20 m2 y, a juzgar por la ausencia de indicadores materiales que inviten a pensar en prácticas artesanales, debió de cumplir una función básicamente residencial. En su planta baja se situó la cocina, con un suelo de arcilla y un hogar en torno al cual se documentó un importante ajuar cerámico compuesto principalmente por ollas y orzas, además de una gran concentración de leguminosas almacenadas en sacos de tela. Una escalera situada frente a la puerta daba acceso al primer piso, de uso habitacional, y a un desván que sirviera de almacenamiento. El tercero de los inmuebles (A86) configuró también una vivienda de aproximadamente 45 m2 por planta, que reproducía la organización espacial ya descrita en el caso anterior. Más dudas existen respecto a la funcionalidad de A87. Los escasos restos conservados en su planta baja (un pequeño suelo de tierra con su hogar en esquina, una fosa de considerables dimensiones y varios apoyos pertenecientes al armazón lígneo de un forjado superior) sólo permiten certificar la existencia de un nuevo edificio con varias plantas, siendo difícil aportar algún dato sobre la funcionalidad de ninguna de ellas. La madera y el barro fueron los materiales utilizados, casi de manera exclusiva, en la arquitectura doméstica levantada entre los siglos VIII y X en Gasteiz. Es lo que cabe deducir del material recuperado en los niveles de amortización de los edificios (revestimientos de arcilla y madera carbonizada) y de las trazas arqueológicas de su arquitectura, reconocibles en forma de improntas negativas (rozas, agujeros y fosas). Algunos de estos agujeros aún conservaban la huella de los pies derechos de madera, de sección mayoritariamente cuadrangular (entre 20 y 40 cm. de lado), conservando algunos de sus rellenos los restos del propio poste carbonizado. Los análisis antracológicos efectuados a estas maderas han confirmado la utilización preferente del roble como material de construcción para las estructuras portantes, algo lógico si tenemos en cuenta sus excelentes propiedades mecánicas y el predominio de esta especie en la masa forestal del entorno geográfico más inmediato. Menos frecuente fue el haya, principalmente por la mayor dificultad que conllevaba su acopio, al emplazarse sus zonas de captación en áreas de montaña más alejadas. Probablemente fue usada también en la construcción, aunque no tanto para las estructuras portantes como para los suelos y tablazones interiores. Los avellanos y fresnos son otras de las especies documentadas en el registro arqueobotánico que también debieron destinarse para la construcción, al ser especialmente apropiadas para elaborar el trenzado de los zarzos que componían gran parte de las paredes. Aún hoy en día, de hecho, numerosas casas rurales del norte peninsular muestran todavía la pervivencia de esta vieja técnica, restringida, eso sí, a las compartimentaciones internas de los edificios. Las techumbres debieron construirse con ramajes vegetales, tablillas de roble o haya, e incluso céspedes o tapines. No hay, desde luego, evidencias de paja de centeno en los análisis carpológicos, como cabría esperar por los ejemplos conocidos en otras latitudes. Si la madera fue el material más utilizado en los suelos y estructuras portantes de los edificios, el barro lo será en los alzados. Su empleo se realiza mayoritariamente en forma de pellas de barro crudo colocadas sobre zócalos de piedra (façonnage direct) y de manteados de arcilla aplicada sobre los zarzos (clayonnage), de los que la intervención arqueológica ha recuperado varios fragmentos, fundamentalmente revestimientos marcados con las improntas vegetales de las varas de avellano o fresno (Figura 16). Asimismo es habitual su uso como revoque aplicado directamente sobre las paredes de los edificios. Menos frecuente es la aparición del barro secado al sol, como adobe, y prácticamente inexistente en su versión cocida, como ladrillo, para paredes de cierre o teja para las cubiertas. La obtención de arcillas resultaba extremadamente fácil, al aflorar en buena parte de la colina de Gasteiz un estrato geológico aluvial de matriz arcillosa con algunas gravas de grano medio y fino. El acceso directo a este recurso por parte de los habitantes de la unidad doméstica exhumada en las excavaciones de la catedral de Santa María ha quedado documentado en el registro arqueológico con la presencia de un barrero de aproximadamente 80 m 2 de superficie, cuya actividad se mantuvo constante entre los siglos VIII y IX. La extracción del material arcilloso se realizaba mediante la excavación de zanjas y hoyos de escasa profundidad (entre 20 y 40 cm), al aprovechar únicamente los depósitos aluviales, respetando el substrato geológico de calizas margosas. Los años centrales del siglo X van a suponer un cambio substancial en lo que respecta a la arquitectura doméstica al incorporarse la piedra como material constructivo. El salto cualitativo era evidente, especialmente en lo concerniente a la durabilidad y consistencia de las estructuras. En este caso se trataba de caliza margosa extraída del propio substrato rocoso de la colina, un material que presentaba diversos hándicaps tanto desde el punto de vista de su resistencia mecánica (por ofrecer valores bajos de resistencia ante esfuerzos comprensivos no perpendiculares a la laminación) como desde su comportamiento ante las agresiones atmosféricas (principalmente por los cambios de humedad, ante los que se disgrega rápidamente; Martínez Torres, 1999: 11). A pesar de todo, y dadas las escasas cargas que transmitían los edificios construidos en aquellos momentos, está claro que, durante la décima y undécima centuria, pesaron más los criterios de accesibilidad a la piedra que los comportamientos mecánicos de la misma. La mayor complejidad estructural de los edificios a partir del siglo XII, sin embargo, conllevará otras exigencias y, en consecuencia, requerirá de los conocimientos de un ambiente técnico más elaborado. Es en este contexto en el que la débil caliza margosa local será sustituida por la calcarenita, un tipo de piedra que poseía también algún hándicap (su dificultad de labrar que la destinaba básicamente a mampuesto o sillarejo en el mejor de los casos) pero que ofrecía, en cambio, ventajas difíciles de rechazar como su gran dureza, su facilidad de extracción y la relativa cercanía de las canteras 4. La primera de las cualidades garantizaba unas propiedades geotécnicas suficientes para responder eficazmente a las tensiones de comprensión y flexión en los muros que derivaban del crecimiento en altura de las casas. La segunda no era menos desdeñable, puesto que los estratos afloraban horizontalmente en forma de diaclasas muy planas y no resultaba complicado extraer el material mediante cuñas. La presencia de amplias escombreras al pie de la contigua muralla refleja la labor de desbaste efectuada, posiblemente sobre andamio, lo que nos remite a ciclos constructivos más diversificados y a una mano de obra especializada. Junto a la calcarenita se introdujo también la lumaquela, aunque para un uso restringido en partes muy precisas de las obras más importantes (esquinales, recerco de ventanas, detalles escultóricos, jambas y dinteles, etc). Su limitado empleo resulta lógico, en tanto que se trata de una piedra obtenida en canteras aún más distantes que la calcarenita, concretamente en las proximidades de la localidad treviñesa de Ajarte, situada a más de quince kilómetros de Gasteiz. Su alejada ubicación se ve compensada, no obstante, por su fácil y sencilla explotación, amén de ser una roca de baja dureza y gran maleabilidad (Ibidem: 10). La tardía aparición de muros de piedra en el primitivo asentamiento de Gasteiz, no fue óbice para que el empleo de la cal y el yeso esté presente ya en la estructuras altomedievales más madrugadoras. Los análisis microestratigráficos y petrográficos efectuados a algunos revestimientos recuperados en estos contextos determinaron, en efecto, la presencia de enlucidos compuestos por cal, yeso y óxidos de hierro, que otorgaban a la superficie una tonalidad rosácea 5. Los materiales metálicos, en cambio, se reducen a unos pocos clavos de hierro que, atendiendo a sus pequeñas dimensiones (entre 27 y 37 mm. de longitud), debieron emplearse para ebanistería o la tablazón de suelos y medianiles, nunca en las estructuras portantes de los edificios. Aunque sea lógico suponer la presencia de otros elementos de carpintería metálica tales como bisagras o tiradores, si bien el registro arqueológico no ha documentado ningún resto. En este epígrafe se analizan los sistemas constructivos empleados en las estructuras portantes de los edificios, entre las que se han identificado cuatro tipos principales (de acuerdo con propuesta tipológica planteada por Fronza y Valenti, 1996): 4.1.1. Es, sin duda, el principal sistema portante utilizado en los edificios exhumados en Gasteiz para los siglos VIII y X d.C. Se caracteriza por la presencia de una armadura de postes embutidos directamente en el terreno, principalmente en el interior de agujeros y canaletas perimetrales, siguiendo diversas técnicas de disposición del suelo interno que han determinado tres variantes constructivas: Se basa en la utilización de complejos armazones verticales de postes de roble, firmemente asentados en el terreno y destinados a soportar un pavimento sobreelevado de madera. El uso generalizado de este sistema no es casual: además de evitar la humedad en los suelos, permite asentar los diferentes edificios sobre la pendiente natural de la ladera (en ocasiones superior al 10%) sin necesidad de modificar la geomorfología del terreno y, por tanto, sin una gran inversión de trabajo. El caso más representativo lo constituye el edificio residencial A1, una longhouse de aproximadamente 18 m de longitud y 8,5 m de anchura donde se registraron más de una treintena de agujeros destinados a alojar los postes de madera 6, en ocasiones arriostrados con vigas, algunos de los cuales debieron pertenecer también a pies derechos internos destinados a soportar la carpintería de la cubierta 7. Su estructura portante requiere la existencia de elementales armaduras de pares (en ocasiones dispuestos radialmente), extendidos desde las vigas cumbreras hasta las paredes, que servirían de soporte a los ramajes vegetales de la techumbre (Figura 6). Este tipo de estructuras sufrió múltiples labores de recambio y mantenimiento que el registro arqueológico documenta principalmente en forma de agujeros cortados sucesivamente entre sí, en ocasiones hasta tres veces. Aunque la casuística es grande, uno de los ejemplos más habituales es la característica forma de 8, que refleja un primer agujero cortado por un segundo en posición ligeramente corrida. La ausencia de clavos de hierro denuncia la construcción de estructuras ensambladas sin ayuda de piezas metálicas de fijación, recurriéndose en su lugar a diversas técnicas alternativas. El sistema más elemental consistió probablemente en el empleo de horquillas portantes, obtenidas de forma natural en la madera o bien talladas artificialmente. Otros sistemas más evolucionados que también debieron usarse, y que requieren de mayor trabajo y precisión, fueron el ensamble a media madera, utilizado tanto para ensamblajes perpendiculares como oblicuos, y el denominado a caja y espiga, usado principalmente para uniones en ángulo recto. Estas dos últimas técnicas presentan la virtud de no desunirse por efecto de tensiones o empujes ejercidos desde el plano de las dos piezas ensambladas, por lo que son especialmente indicadas para estructuras de gran porte y complejidad. Otro tipo de edificios más elementales con suelos de madera en suspensión fueron los graneros. En la primera de las fases detectadas en la primitiva Gasteiz (700-850 d.C.) se ha podido reconocer una de estas estructuras de almacenamiento, constituida por un mínimo de siete pilares, sobre los cuales debía de montarse la estructura portante (A4). El destacado diámetro y profundidad de los agujeros de poste, la escasa separación existente entre ellos y su disposición en ángulo son rasgos característicos de este tipo de edificios (Figura 8). -Con pavimento a nivel de suelo. Estamos ante otra de las principales variantes constructivas, utilizada en zonas llanas que no requieren de estructuras complejas que 5 Analíticas realizadas en Roma durante el año 2002 por Artelab s.r.l.: Analisi microstratigrafiche e petrografiche finalizzate alla caratterizzazione de alcuni campione prelevati da pitture. 6 Se ha podido calcular una sección para estos postes de entre 30 y 40 cm. Uno de estos agujeros conservaba en su fondo las huellas del pico utilizado para su apertura. 7 Aunque la bibliografía recoge dos tipos principales de estructuras interiores para la cubierta (con una y con dos filas de postes siguiendo el eje axial del edificio; Chapelot, Fossier, 1980; Valenti, 2004), en nuestro caso resulta muy complicado reconocer este tipo de modelos arquitectónicos, debido a la aleatoria disposición interna de los agujeros de poste que no parecen seguir un eje regular. corrijan el desnivel del terreno. Esta variante, más fácil de ejecutar que la anterior, viene definida por el empleo de un convencional sistema de postes perimetrales embutidos en agujeros o rozas tallados en la roca y dispuestos a intervalos cortos (A3). La sencillez de este tipo constructivo explica su larga perduración en el tiempo (Figura 9). Nueva variante constructiva cuyo suelo se sitúa al interior de un espacio excavado parcialmente en la roca. Se trata de una técnica minoritaria identificada en el edificio A5, de superficie próxima a los 20 m2, que parece asociarse con estructuras de almacén relacionadas a su vez con ambientes artesana-les. La ausencia de postes tanto en el interior como en el perímetro externo de esta cabaña obliga a pensar en una estructura portante a nivel de suelo o, como muestra la figura 10, con la cubierta a dos aguas apoyada directamente en el terreno. Su existencia se documenta en Gasteiz entre los siglos VIII y IX. La segunda estructura semiexcavada (A6) que se ha identificado en las excavaciones de Santa María no conservaba ningún tipo de suelo, ni se le puede asociar tampoco agujeros de poste al interior o exterior de la misma. La ausencia de estratos en el interior de esta cabaña y su ubicación en una zona de pendiente pronunciada podría denunciar la presencia de suelos de madera en suspensión cubriendo el rebaje8. La introducción de la piedra como material de construcción a mediados del siglo X supuso un avance notable: por una parte porque los zócalos de piedra posibilitaban la deposición de potentes rellenos de arcilla que corregían el fuerte desnivel de la ladera y por otra porque, al apoyar sobre ellos el armazón de postes perimetrales, mejoraban tanto la durabilidad (en un clima húmedo y adverso) como la eficacia de las estructuras portantes que aminoraban la carga del muro a los puntos de apoyo de estos postes. Identificados en el edificio residencial A57, estos zócalos presentan un aparejo de mampostería caliza margosa sin trabajar, de 0,6 m de grosor y apenas 0,4 m de altura, siguiendo hiladas más o menos horizontales (Figura 11). Se trata de estructuras construidas prácticamente en seco, sin ningún tipo de argamasa, aglutinadas mediante un pobre compuesto de arcilla enriquecida con pequeños puntos de cal. Para su asiento, especialmente en aquellas zonas con pronunciada pendiente, fueron necesarias zanjas de cimentación en las que se depositaron niveles arcillosos que servían de base al muro y proporcionaban mayor estabilidad a la estructura portante. Las innovaciones técnicas alcanzaron también a la estructura portante de la cubierta, al ubicarse los postes en los zócalos perimetrales y crear, de esta forma, un espacio interior despejado. Ello exigía, obviamente, una cubierta a dos aguas con armadura de parhilera, con los pares arrancando de un tirante debidamente encastrado en las vigas carreras. Cada cercha pudo estar reforzada, además, por un pendolón y dos tornapuntas (Figura 12). Las estructuras portantes en técnica mixta se caracterizan por el uso conjunto de zócalos (de piedra o madera) y armaduras de postes directamente embutidos en el terreno. El empleo de ambos elementos portantes debió proyectarse desde la fase inicial de cons- trucción o, en todo caso, como consecuencia de una reestructuración sustancial del edificio, pero nunca como resultado de acciones puntuales (Fronza, 2008) 9. En las excavaciones de la catedral Santa María podemos observar dos variantes de esta técnica si atendemos al diferente material empleado en la construcción de los zócalos, ambas documentadas en el siglo XI: -Con basamento de piedra. Técnica registrada en el edificio A70 como resultado de la importante reforma acontecida en A57 (Figura 13). Esta reforma consistió, a grandes rasgos, en la construcción de tres nuevos zócalos de piedra al interior de A57 que, actuando como medianiles, dividieron el espacio interior en distintas estancias (A71, A72 y A73). Al mismo tiempo, en cada uno de estos ambientes se levantó un piso bajocubierta del que conservamos las improntas negativas de los postes que integraban su forjado. La técnica constructiva empleada utilizaba un sistema de tres parejas de postes embutidos directamente en el terreno y adosados a los muros este y oeste, donde apear tres jácenas que soportaban a su vez las viguetas transversales del piso superior. En una de las estancias, la estructura se reforzaba además por una viga transversal norte-sur. Recreación de la estructura portante del edificio A70 Fig. 14. A la izquierda, impronta de varios durmientes de madera pertenecientes a un edificio exhumado en la catedral de Santa María (A77), donde se observa también el agujero de poste de un pie derecho intermedio. A la derecha, reconstrucción de su estructura portante sobre postes y zócalos de madera -Con basamento de madera. Nueva variante caracterizada por durmientes lígneos, jalonados a intervalos regulares por pies derechos sobre los que se articularon los alzados de carpintería. Las trazas de estos durmientes quedaron perfectamente reflejadas en el registro estratigráfico en forma de surcos abiertos en el suelo, algunos de los cuales aún conservaban restos de madera. Con una longitud de 1,2 m. y una sección rectangular de entre 15 y 18 cm. de grosor (Figura 14), su utilización, en cualquier caso, parece que fue muy limitada, documentándose en una única estructura datada en el siglo XI (A77). Los primitivos zócalos de piedra empezarán a ser sustituidos a partir del siglo XII por muros levantados a lo alto de toda o buena parte del piso inferior de los edificios. La gran estructura A83, compuesta por un mínimo de cuatro casas contiguas, es un buen ejemplo de esta nueva técnica (Figura 15). Su principal diferencia respecto a los anteriores basamentos pétreos radica, más allá de la altura, en que estos nuevos funcionaban como verdaderos muros de carga. Morfológicamente se trata de construcciones de doble hoja con núcleo incastrato10, de un gro-sor de ca. 0,65 m, aparejados en hiladas más o menos regulares con bloques de calcarenita regularizados por un desbastado previo. Los medianiles de cada casa se construyeron sobre zócalos de piedra en los que se intestaron dos grandes basas, muy sólidas y compuestas por bloques calizos superpuestos, que sirvieron para el apeo de sendos pies derechos. Esta circunstancia revela la existencia de un gran armazón lígneo transmitiendo importantes cargas: una crujía central de madera pensada para ser más alta que los muros perimetrales de cierre y, de este modo, ganar altura con un nuevo piso. En lo que atañe a la cubierta, no parece modificar mucho su aspecto respecto a la observada en el edificio A57, pudiendo mantener una armadura de parhilera o de par y nudillo, aunque con las vertientes más tendidas y desarrolladas de cara a alojar una crujía central superior. El material para la techumbre tampoco debía diferenciarse mucho del propuesto anteriormente (ramajes vegetales). Llamamos cierres a aquellas estructuras que delimitan los edificios en su perímetro exterior e interior, pudiendo funcionar como muros de carga sobre los que apoyar forjados o como simples paredes de cierre sin función estructural. Las técnicas identificadas en la primitiva Gasteiz para su construcción fueron las siguientes: La presencia, en el registro arqueológico, de numerosos testimonios de barro con improntas vegetales denuncia el empleo sistemático del clayonnage, técnica mediante la cual se construye un esqueleto de zarzos tejido de ramas entrelazadas y posteriormente manteado con arcilla cruda tanto al interior como al exterior (Figura 16). Su rapidez y sencillez en la ejecución, así como la posibilidad de levantar el armazón y cubierta del edificio sin necesidad de realizar antes los muros (quedando rápidamente al abrigo de la lluvia) son algunas de las ventajas que ofrece esta técnica. Como principales inconvenientes han de mencionarse la fragilidad del conjunto, su escasa durabilidad, el riesgo alto de incendio y la necesidad de enlucir las paredes exteriores para protegerlas de las inclemencias meteorológicas (Bardou, Arzoumanian, 1979: 22). Aunque constituye el principal sistema de cierre en los edificios con estructura portante de armadura de postes (siglos VIII-X), se trata de una técnica con una amplia difusión cronológica, identificable en todos los periodos estudiados. Es, junto al clayonnage, una de las principales técnicas utilizadas para el cierre de las paredes en los edificios de época altomedieval. En Gasteiz, la documentación de varias zanjas o canaletas perimetrales en algunas estructuras (A2 y A34) confirma también su uso (Figura 17). Se trata de un sistema que recurre al uso de troncos o semi-troncos verticales embutidos en el interior de las zanjas (calzados con tierra o piedras) que, con frecuencia, suelen estar intercalados por pies derechos de mayor porte pertenecientes a la propia estructura portante del edificio. Esta es, sin duda, una de las formas más primitivas de stabbau o mur-palissade, (Chapelot, Fossier, 1980). La aparición de los zócalos de piedra trajo consigo la incorporación de una nueva técnica para los alzados que la bibliografía francesa denomina bauge o façonnage direct (Chazelles-Gazzal, 1997: 19ss). Esta técnica mixta está basada en la disposición de pellas de barro modeladas manualmente y colocadas sucesivamente en varios niveles sobre el zócalo de mampostería, donde la cohesión y la resistencia se obtendrían por desecación (Figura 18). Aunque puede llegar a confundirse con otras técnicas de tierra, sus construcciones se diferencian por su aspecto uniforme, sin marcas de improntas vegetales como en el clayonnage, juntas de trabazón como el adobe o marcas de encofrado como el tapial (Sánchez García, 1999). Las ventajas de este nuevo sistema constructivo son muchas, principalmente referidas a la durabilidad y consistencia de la estructura, ya que el zócalo de piedra evita la humedad por capilaridad. Presenta además un excelente aislamiento térmico cuando la pared es de espesor grueso y una buena resistencia a los incendios. A la izquierda, fragmentos de revestimiento de barro empleados en el clayonnage o torchis. A la derecha, recreación de esta técnica constructiva diferencia de la técnica constructiva asociada al clayonnage, exige una cierta especialización en la mano de obra, un largo periodo de secado y la construcción de los muros de cierre antes de levantar el armazón del tejado, ya que en el façonnage direct la arcilla efectúa una función estructural. Por otra parte, y como todas las técnicas constructivas con barro, resiste mal la erosión del agua o el viento, por lo que la pared necesita ser enlucida (Bardou, Arzoumanian, 1979: 29; Sánchez García, 1999: 167ss). A diferencia de las técnicas precedentes, el adobe sólo se registra en Gasteiz como parte del equipamiento doméstico de la casa (como pared de aislamiento de algunos hogares), sin que hasta el momento haya podido reconocerse su uso como cierre de paredes perimetrales. Hay que suponer, no obstante, un uso más generalizado que el que registra la documentación arqueológica, máxima si tenemos en cuenta que su uso está bien constatado en otros asentamientos cercanos como Zaballa (Alfaro, 2012) y que algunas técnicas constructivas como el pan de bois necesitan de materiales de relleno como el adobe. El ejemplo mejor conservado se localizó en la vivienda A72, en cuyo interior un pequeño murete de adobes Fig. 17. A la izquierda, trazas visibles de la zanja perimetral de la estructura A34. A la derecha, recreación de la técnica constructiva en stabbau separaba el hogar de la puerta de acceso (Figura 19). Conservaba un mínimo de tres hiladas construidas por adobes de módulo rectangular o cuadrangular (ca. 30 cm. de longitud × 25 cm. de anchura x 10 cm. de altura) dispuestos a soga y elaborados con una mezcla de arcilla, arena, pequeños puntos de cal y carbones (composición muy similar, por otra parte, a la tierra empleada para la trabazón de los propios adobes, lo que dificultaba notablemente la identificación de algunas juntas de unión. Las ventajas de este material radican en que, una vez secos los adobes, su puesta en obra resulta muy simple y rápida. Frente al tapial requiere, además, menos mano de obra y se adapta a todo tipo de formas constructivas: bóvedas, viviendas circulares, rellenos de entramados, etc. Sus principales inconvenientes derivan del proceso de fabricación previo al poder presentar, por la contracción en el secado, fisuras que afectan a la estabilidad de la construcción (Sánchez García, 1999: 176). posterior montaje en el edificio, pudiéndose estimar una relativa estandarización de los tipos de estructuras, de los modos de ensamblaje y de los módulos (Chapelot, Fossier, 1980: 262). En nuestro caso, se han detectado tres tipos de suelos atendiendo al material empleado en su construcción: 4.3.1. Desde un principio expresamos nuestra sorpresa por la casi total ausencia de suelos en los primeros edificios documentados en Gasteiz11, una circunstancia que atribuíamos inicialmente a las escorrentías típicas de un terreno en ladera que, durante periodos de abandono, lavaron literalmente una zona de muy poca potencia edáfica (Azkarate, 2007). Sin ser totalmente equivocada esta afirmación, a día de hoy sabemos que su ausencia debe explicarse más por el uso generalizado de pisos suspendidos de madera que por razones postdeposicionales. Como señalábamos más arriba al describir las estructuras portantes, la utilización de complejos armazones verticales de madera facilitó la construcción de suelos lígneos en suspensión (difíciles de detectar arqueológicamente por no dejar ningún tipo de huella en el terreno, más allá de los agujeros de los propios pies derechos). Su uso, extendido entre los siglos VIII y X, permitió obtener un suelo confortable sin alterar la orografía del cerro y un correcto aislamiento del terreno, evitando humedades por capilaridad. Suelos de tierra batida. La incorporación de los zócalos de piedra a la arquitectura doméstica de Gasteiz (mediados del siglo X d.C.) coincidió con la modificación de la orografía del lugar mediante el recurso a grandes nivelaciones y aterrazamientos que lograron la explanación de la ladera facilitando su posterior reurbanización. Todo ello facilitó, sin duda, la construcción de suelos de tierra, generalmente de arcilla batida y apisonada, en ocasiones muy limpia, con un espesor variable entre los 10 y 20 cm. La presencia de estos pisos facilitó a su vez el registro «in situ» de hogares bajos que, atendiendo a su factura, pueden dividirse en dos tipos: el primero, menos representado aunque más sencillo de ejecutar, se conformaba con un manteado de arcilla extendido directamente sobre el suelo; el segundo ofrecía una técnica algo más elaborada, al mostrar una preparación térmica previa, compuesta por cantos de río en unos casos y por lajas caliza en otros, sobre la que se extendía una capa de arcilla decantada (Figura Fig. 21. Suelo de tierra y hogares registrados en la fragua A71. En primer plano puede verse el nivel de preparación de un hogar a base de cantos de río y lajas, sobre el que se conserva parte de la capa de arcilla decantada de color amarillento. Al fondo, un segundo hogar con la arcilla rubificada por efecto del fuego 21). En este segundo modelo, el fuego se aislaba frecuentemente con un resalta perimetral de piedra o arcilla. Suelos de yeso y cal. Una de las soluciones adoptadas para evitar o limitar la humedad y los procesos de deformación de los suelos fue la utilización de una compacta capa de yeso o cal mezclada con paja, fuertemente apisonada. Todo apunta, sin embargo, a que se trata de un tipo de pavimento bastante excepcional ya que se documenta en un único edificio datado en el siglo XI (A77), asociado a un tipo concreto de estructura portante en técnica mixta sobre zócalos de madera (Figura 14). La más antigua unidad doméstica exhumada en el extremo septentrional de Gasteiz muestra un patrón espacial que hemos venido a llamar «desagregado» y que se caracteriza por la presencia exclusiva de edificios con armaduras de postes y alzados de clayonnage o stabbau, acompañados ocasionalmente por algunas estructuras semiexcavadas (grubenhaus). Tal y como hemos visto, la madera y el barro fueron los materiales utilizados mayoritariamente en la primitiva Gasteiz. Los análisis de captación del material lígneo muestran una selección discriminada en función de su destino, lo que implica a su vez un conocimiento de sus propiedades. El roble, de fácil adquisición en masas forestales no demasiado alejadas, fue utilizado en la construcción de las estructuras portantes. El haya, en cambio, con fuentes de aprovisionamiento más apartadas, es minoritario según los análisis antracológicos. Parece, en consecuencia, que la facilidad de acceso a los materiales favoreció lógicamente su uso preferente. Otro tanto cabe deducir del uso de las arcillas: la extracción del barro empleado el manteado de los zarzos con los que se levantaron las paredes de cierre (clayonnage) se realizó en el mismo asentamiento, dentro incluso de los límites de la propia unidad doméstica, como demuestra la aparición de un barrero de aproximadamente 80 metros cuadrados de superficie, cuya actividad se mantuvo constante entre los siglos VIII y IX d.C. El recurso sistemático a los materiales del entorno inmediato, el empleo de técnicas constructivas poco sofisticadas y la escasa inversión de energía empleada explica que la mayoría de estructuras fueran levantadas de manera rápida y eficaz, en muy poco tiempo y sin necesidad de una mano de obra especializada, y esclarece también el elevado índice de recambio que requiere esta arquitectura efímera12. Se debe de pensar, en consecuencia, en una arquitectura realizada mayoritariamente por los propios habitantes de la unidad doméstica, sin la intervención de personal especializado y, por tanto, sin signos aparentes de iniciativas señoriales. Sólo la construcción de una longhouse a mediados del siglo IX permite percibir algunos signos de jerarquización social, circunstancia que se hará mucho más evidente años más tarde. Los años centrales del siglo X suponen un punto de inflexión en los modos constructivos de la unidad doméstica al constatarse, por primera vez, el empleo de zócalos de piedra en las estructuras portantes de los principales edificios. El cambio coincide con el momento en que la vieja unidad adopta una morfología más racional y agrupada que derivará en la aparición de un espacio abierto central de límites más precisos que en el periodo anterior (casa con patio), un esquema que recuerda algunos procesos de agregación espacial bien documentados en contextos del sur peninsular (Gutiérrez Lloret, Cañavate, 2010). Las dimensiones de la vivienda (A57) en esta nueva fase son espectaculares para la época y, por sí mismas, ya denuncian la relevancia del lugar, de sus propietarios y, en general, de la operación urbanística que condujo a esta profunda transformación. Un dato que, unido a la modificación de la orografía del lugar mediante el recurso a grandes nivelaciones de tierra, obliga a pensar en instancias de poder con capacidad suficiente para liderar e imponer operaciones de esta naturaleza. El recurso a los zócalos de piedra se complementa con alzados de barro amasado (façonnage direct) que, a diferencia del tradicional clayonnage, exigen una cierta especialización en la mano de obra. No se observa, sin embargo, una conducta selectiva en la obtención de la piedra ni una técnica cuidada, al emplearse exclusivamente margas calizas extraídas del propio substrato rocoso de la colina, a pie de obra, apenas desbastadas y aparejadas de manera irregular sin argamasa. Tampoco creemos que fuese preciso. Aunque esta roca suele presentar problemas de desintegración y resistencia mecánica, su utilización puede conside-rarse apropiada, dadas las escasas cargas que transmiten los edificios construidos en estos momentos, valorándose más su cercanía y facilidad de extracción que otros aspectos mecánicos. Estamos, en suma, ante una nueva etapa en la historia del lugar, caracterizada por la acentuación de determinados indicadores de poder. Como ha sido observado también en otros lugares (Ibidem: 125), la complejidad arquitectónica viene determinada no tanto por la técnica y morfología de los materiales empleados cuanto por la solución formal y adaptación al terreno, por el despliegue de medios dispuesto para generar aterrazamientos, construir márgenes de contención, por la capacidad, en definitiva, de alcanzar unos resultados que sólo cabe esperar de unas decisiones previamente planificadas y de una capacidad indiscutible para ejecutarlas. Además, la presencia de soluciones constructivas comunes a otros asentamientos regionales (Bagoeta, Zaballa, Zornoztegi..., principalmente la introducción del zócalo de piedra) nos informa de unos conocimientos técnicos medianamente especializados, derivados bien del contacto entre los habitantes constructores, bien de cuadrillas de trabajadores llegados del entorno. Sea por contacto con otros ambientes técnicos o por la llegada de mano de obra, se puede observar ya la existencia de fenómenos de convergencia técnica, tanto a nivel formal (adopción mayoritaria de la planta rectangular en los edificios) como técnico (zócalos de piedra), que evidencian semejanzas culturales expresadas también en otros aspectos de la cultura material como la cerámica. Al modelo de casa con patio le sucede durante los primeros años del siglo XI un modelo de casa unitaria, coincidiendo con el momento en que el urbanismo de Gasteiz se transforma radicalmente al incorporar una trama urbana organizada en calles. Son precisamente las nuevas necesidades impuestas por este entramado urbano las que provocarán la desaparición del modelo anterior y la adopción de un nuevo sistema de organización de las unidades domésticas en edificios multifuncionales alineados a ambos lados de las calles. El proceso es más complejo si cabe, ya que la nueva casa surge como resultado de una profunda reforma acometida en el primitivo edificio residencial A57, en la que se documenta una nueva técnica mixta consistente en la utilización conjunta de zócalos de piedra y armaduras de postes embutidos directamente en el terreno. En algunos contextos europeos el uso de esta técnica mixta es interpretada, dentro del continuum evolutivo de las técnicas cons-tructivas, como un tipo intermedio entre las estructuras íntegramente de madera y los edificios con estructuras de piedra (Fronza, 2008). En nuestro caso, sin embargo, su registro se efectúa con posterioridad a la introducción de los zócalos de piedra, que, tal y como vimos, hacían su aparición a mediados del siglo X, una circunstancia que creemos no debe ser leída tanto en clave de evolución técnica como de adaptación a nuevas necesidades espaciales y funcionales de la casa unitaria. Aunque en numerosos contextos peninsulares y europeos esta tipología pervive más de medio milenio, el ejemplar registrado en las excavaciones de Santa María se mantendrá en uso durante apenas cien años, siendo substituida a inicios del siglo XII por la casa en altura. El nuevo modelo de casa en altura se afianzó lentamente, debido a la complejidad constructiva que conllevaba: la elevación de verdaderos muros de fábrica superaba con creces los requerimientos tecnológicos de los elementales zócalos de piedra de periodos anteriores; y otro tanto cabe decir de las nuevas estructuras de madera que, como el pan de bois, exigía unos conocimientos de carpintería de mucha mayor especialización que la que los entrelazos de avellano y los manteados de arcilla habían requerido a los campesinos de centurias precedentes. No es casual que, en este innovador ambiente técnico, se introduzcan nuevos materiales pétreos, como la calcarenita, seleccionada por sus excelentes propiedades mecánicas, necesarias para garantizar la solidez constructiva que exige la casa en altura, sin importar que su extracción y acarreo requiriera la ampliación de las áreas de captación en varios kilómetros. Como tampoco lo es que el aprovisionamiento de la madera se diversificara, como evidencia el aumento significativo en consumo de haya que muestran los análisis antracológicos, a pesar de que para ello tuvieran que desplazarse hacia las zonas cimeras de los montes del entorno. Observamos, en definitiva, un acceso selectivo a los recursos que, junto a una mayor complejidad tecnológica, refleja la presencia de un artesanado especializado y un mayor coste económico de la casa, tanto en términos materiales como de mano de obra, que sólo podrá ser asumido por la población con mayor nivel adquisitivo. De hecho, la difusión de la casa en altura es vista en algunas regiones como un síntoma de la emergencia de importantes diferencias socioeconómicas entre la población, en una sociedad en la que una casa más amplia, más articulada y más compleja desde el punto de vista arquitectónico encarna el estatus social privilegiado de sus habitantes (Galetti, 2001: 48). Los habitantes de nuestra casa gozaron sin duda de ese estatus privilegiado desde fechas muy tempranas, primero con la edificación de la longhouse en el espacio doméstico desagregado, después con la profunda modificación de la casa con patio y más tarde con la transformación en altura de la casa unitaria. Todo ello respetando el primitivo solar, lo que nos confirma la relevancia de las diferentes generaciones que habitaron el lugar, con capacidad suficiente para mantenerse tras la reurbanización urbana del asentamiento en el siglo XI, su posterior amurallamiento y la edificación de la primera iglesia de Santa María en pleno siglo XII.
En este trabajo se presenta el dossier «Archaeology of Architecture and Household Archaeology in Early Medieval Europe», que pretende explorar los distintos enfoques, metodologías y temáticas analizadas en el estudio de las arquitecturas altomedievales en el marco de Europa occidental. Más concretamente se analizan los contextos que explican el desarrollo reciente de los estudios sobre esta materia, las principales aportaciones de los siete trabajos que conforman este dossier y se discuten los principales problemas históricos y arqueológicos que plantea el análisis de este registro material. Palabras claves: Arqueología de la Construcción, Arqueología de la casa, Procesualismo, Posprocesualismo, Longhouse, Fondos de cabaña.
Gramática de la casa. Perspectivas de análisis arqueológico de los espacios domésticos medievales en la península Ibérica (siglos VII-XIII) ¿POR QUÉ UNA GRAMÁTICA DE LA CASA? La casa como «edificio para habitar», pero también como espacio de la familia 2, constituye un escenario social privilegiado. El espacio doméstico construido es un producto social que a su vez crea sociedad, en tanto que actúa como medio de expresión y transmisión de conductas y comportamientos 3. La lectura social del espacio doméstico construido, de su lógica formal y organizativa, entraña el análisis complejo de su configuración, articulación interna, emplazamiento, visibilidad y visibilización, pero también trasciende esta dimensión puramente constitutiva del entorno construido, para englobar la actividad doméstica que en él se desarrolla, en tanto que unidad básica de producción y reproducción social. Al hablar de la casa en sociedades históricas se plantean varios problemas, que van desde la ambigüedad conceptual que reflejan las distintas semánticas empleadas para designarla, al dificultoso reconocimiento de su significado social a partir de los testimonios contemporáneos y los vestigios materiales que perduran. En ambos casos han atravesado el tiempo histórico con casuísticas y condicionantes tan variados y variables que no siempre son fácilmente contrastables o simplemente aprehensibles. La coexistencia de categorías como «unidad de edificación», «espacio habitacional», «unidad doméstica», «unidad habitacional», «grupo doméstico», «vivienda» o simplemente «casa» (según se connote la perspectiva morfológica, funcional, antropológica o social) a más de los referentes Resumen El espacio doméstico construido es un producto social que a su vez crea sociedad. La casa constituye un escenario privilegiado, un medio de expresión y transmisión de conductas y comportamientos. No obstante, resulta muy difícil comprender el espacio social a través de unas ruinas arqueológicas vacías y carentes de tercera dimensión, y se corre el riesgo de proyectar una imagen historiográfica previamente construida sobre las sociedades estudiadas. La comprensión del espacio social requiere formalizar y discutir los patrones formales de las estructuras domésticas y sus formas de agrupación. Este trabajo aborda el estudio de los espacios domésticos desde una perspectiva lingüística (una gramática de la casa), distinguiendo los elementos en sí y sus combinaciones. Se definen tres niveles distintos de análisis del hecho doméstico: el morfológico, que se ocupa de la forma de las unidades domésticas y de las transformaciones que experimentan; el sintáctico que enfatiza las relaciones entre las estructuras elementales en el marco de una estructura espacial organizada; y el semiótico, que las analiza como expresiones sociales, materialización e instrumento de significados culturales. De acuerdo a esta perspectiva se propone una reflexión metodológica sobre la caracterización de los espacios domésticos medievales e islámicos en la Península Ibérica; se plantean los problemas derivados del uso social del espacio, los modelos domésticos y su diacronía, y se discute acerca de la casa como indicador material de islamización. históricos medievales, documentados en las fuentes o «resignificados» por la historiografía moderna a partir de los términos árabes, latinos o romances que los designan en el Medievo 4, son una buena prueba de la complejidad conceptual antedicha. Y si hablamos desde la arqueología, a esta complejidad se le suma la dificultad intrínseca de aprehender los significados sociales y simbólicos del espacio doméstico, al modo antropológico de Pierre Bourdieu en el caso de la casa de la Kabylia 5, desde la materialidad de ruinas vacías de objetos e interlocutores: a significance which could never be deduced from the empty or ruined remains of the house itselff (Fentress 2000: 20). A la hora de estudiar los espacios domésticos hay que distinguir, como si de una gramática se tratase, los elementos en sí y sus combinaciones. De esta forma se definen tres niveles distintos de análisis del hecho doméstico: el morfológico, que se ocupa de la forma de las unidades domésticas y de las modificaciones o transformaciones que experimentan, y que suele ser el más comunmente transitado por orientaciones funcionalistas y taxonómicas que presiden frecuentemente los diversos ámbitos históricos de estudio; el sintáctico que enfatiza las relaciones entre las estructuras elementales y, al modo del lenguaje, las percibe en el marco de una estructura espacial organizada más compleja 6. Y, por fin, la dimensión semiótica, que las analiza como expresiones sociales, materialización e instrumento de significados culturales, y se centra en el uso social del entorno construido, es decir, en las relaciones entre los espacios construidos y la estructura social que los concibe y ejecuta a través de expresiones arquitectónicas concretas 7. Creo que en ocasiones se confunden los tres niveles de lectura y de esta forma, descriptores puramente morfológicos se transforman, sin que se expliciten convenientemente los argumentos, en modelos sociales. Se interpretan signifi-cantes formales sin comprender que sus significados dependen de una metodología acurada, capaz de reconocer e identificar áreas de actividad y secuencias estratigráficas complejas. Se descontextualizan y diluyen las unidades de análisis básicas (los signos, siguiendo el paradigma lingüístico) sin imbricarlos en su sintaxis, esto es, «sin contextualizarlos en una red de imbricaciones» (Bermejo 2009: 49), que en Arqueología no significa otra cosa que disponer de excavaciones en extensión, metodológicamente rigurosas, que permitan analizar las tramas y relaciones espaciales. O bien simplemente se planea sobre visiones sesgadas del conjunto (a menudo basadas en plantas de elementos múltiples, que representan la totalidad de las estructuras relevantes con independencia de su cronología, en lugar de plantas compuestas de fase con áreas de actividad identificadas) y que, en consecuencia, no recogen superficies sincrónicas significativas e impiden apreciar de manera diacrónica los cambios en la organización y uso del espacio, reforzando una imagen estática de los espacios domésticos que termina por caracterizar antropológicamente las sociedades estudiadas. La lectura arqueológica del uso social del espacio, ya de por si compleja desde la materialidad de ruinas vacías y carentes de alzados (la tercera dimensión que define el espacio per se), resulta imposible sin estos requisitos previos y a menudo se convierte en un reconocimiento aparente de significados sociales proyectados desde una imagen historiográfica previamente construida sobre las sociedades que se estudian. En este sentido, la experiencia multidisciplinar y multidimensional de lectura transversal de espacios sociales distintos, aplicando idénticas herramientas y metodologías de análisis espacial 8, ha permitido reconocer patrones de racionalidad comunes o al menos comparables, entre sociedades muy alejadas en tiempo y características (Criado y Mañana, 2003: 105), como parecía intuirse en ciertas configuraciones de los entornos construidos protohistóricos y altomedievales, en los contextos de cambio y ruptura impuestos por procesos de transformación social como la romanización y la islamización. La cuestión era, obviamente, determinar si esta similitud morfológica y funcional podía implicar significantes simbólicos y sociales comunes, cosa que no parece probable, pero que al mismo tiempo evidencia claramente los límites y riesgos de una lectura social (de una inferencia semiótica) directa o de trazo grueso, a partir de la semejanza de expresiones arquitectónicas concretas. Está por ver, por acudir un ejemplo preciso, si ciertos marcadores de 4 Por ejemplo, Bayt y Da ̄r en árabe, con todas sus matizaciones temporales y geográficas (Missoum 2010: 150); términos latinos como los de domus solarate o domus terrinee utilizados en el altomedioevo romano para designar las residencias urbanas de la aristocracia o del común de la población (Santangeli Valenzani 2011: 91 ss); o los términos cases, siempre en plural para referirse a una unidad doméstica en contextos de colonización feudal (Torró 1992: 175); o alberch para designar unidades domésticas completas con patio y crujías en las alquerías moriscas valencianas (Torró 2009: 207-8). 6 Y que debe mucho a la aplicación cada vez más extendida de herramientas y metodologías de análisis espacial (análisis sintácticos o perceptivos del espacio, a más de las aproximaciones basadas en herramientas arqueológicas clásicas como los análisis estratigráficos, cronotipológicos, de la estructura formal, etc), que permitieran reconocer la lógica estructural más allá de la casuística concreta, mediante planteamientos propios de la Arqueotectura, la Household Archaeology o las Arqueologías de la Arquitectura, de la Producción y de la Construcción. 7 Sobre la aproximación lingüística y la perspectiva estructuralista en el estudio del registro arqueológico F. Criado (2012, en particular 227ss). privacidad y preservación de la intimidad en las plantas domésticas púnicas (Fantar 1985) e islámicas en la Antigüedad y en el Medievo respectivamente, significan socialmente lo mismo respecto al control de las mujeres y la hegemonía de lo privado, por más que ambas hurten la percepción y accesibilidad al núcleo central de la vivienda, el patio, mediante un recurso arquitectónico en principio comparable: el acceso lateral mediante un corredor en codo. La morfología e incluso la sintaxis de la gramática de la casa son a menudo comparables en expresiones arquitectónicas concretas, pero su significado social puede no ser el mismo. No conviene olvidar, como ya advirtieron los lingüistas, que la relación entre significante y significado es siempre arbitraria y la asignación de significados a los significantes materiales requiere de procedimientos de contrastación arqueológica metodológicamente depurados, sin los cuales la interpretación del uso social del espacio será siempre un gigante construido sobre los pies de papel de modelos definidos a partir de la bidimensionalidad congelada de una «planta» arqueológica. Este trabajo pretende trazar una reflexión metodológica sobre los espacios domésticos medievales. No debe el lector buscar aquí un análisis teórico de la arqueología de los espacios domésticos o de la teoría de la sintaxis espacial, en la línea de la Household Archaeology, de la Arqueología de la Arquitectura o del Paisaje, ni tan siquiera un balance o comentario sobre las estrategias metodológicas e interpre-tativas aplicadas en la comprensión social del espacio doméstico 9. No lo encontrará, como tampoco hallará un análisis diacrónico de manifestaciones arquitectónicas, unidades constructivas o configuraciones espaciales concretas y su evolución en el Medievo, excepción hecha de alguna ejemplificación puntual. Ésta es, consciente y voluntariamente, una reflexión metodológica, destinada a discutir patrones formales de estructuras domésticas y formas de agrupación de las mismas (esto es, de morfologías y sintaxis), que se centra inicialmente en la caracterización del espacio 10. La diacronía en tanto que transformación es un argumento fundamental, pero en un primer nivel de análisis la comprensión del espacio puede ser independiente de la percepción de sus tiempos, o al menos en nuestro planteamiento viene después. Obviamente se ha 9 La bibliografía es extensa y variada; sin ánimo de exhaustividad algunas referencias clásicas desde la arqueología doméstica (Netting, Wilk & Arnould, 1984; Manzanilla 1986; Allison 1999; Nevett 1999); el espacio social y la arquitectura (Hillier & Hanson 1984; Rapoport 1972Rapoport, 1978;;Kent 1990; Miller Lane 2007); la antropología y la semiótica (Bourdieu 1972; Eco 1986; Steadman 1996; Criado 1999) acotado un marco cronológico amplio para esta reflexión, que comprende el análisis de las particulares expresiones arquitectónicas (espacios domésticos y entornos construidos) y sociales correspondientes al final de la Antigüedad y a la formación del Medievo en la Península Ibérica. Esto supone desde el punto de vista histórico la desaparición de los modelos residenciales aristocráticos rurales y urbanos propios de la Antigüedad, la aparición de nuevas formas de asentamiento altomedieval eminentemente rural, la creación de formas de poblamiento urbano y rural que llevan aparejada la introducción y generalización de nuevos modelos domésticos de origen mediterráneo y nuevos paisajes sociales, legibles, creemos, en la transformación de los entornos construidos a partir de los siglos VIII y IX, en el marco de un proceso de cambio y ruptura tan significativo como la islamización de al-Andalus. La desestructuración de las formas de ocupación del territorio y de organización del espacio en el final de la Antigüedad, con la desaparición de las uillae en tanto que centros productivos rurales de organización jerárquica y lugares de representación aristocrática en el medio rural (Chavarria, 2007; Vigil-Escalera, 2009), así como la crisis de la ciudad antigua (Brogiolo, 2011) suponen importantes procesos de mutación de los entornos construidos, sean rurales o urbanos, perfectamente legibles en el registro arqueológico, en las transformaciones de los diseños formales, su segmentación, cambio de uso, abandono, etc. De la misma forma, la aculturación y el nuevo conjunto de relaciones sociales que implica el proceso de islamización, debería estar acompañado por la transformación del entorno construido, en cuyo marco la generalización de una nueva tipología de vivienda «islámica» denota las nuevas relaciones sociales y familiares (Fentress 2000). No obstante, más allá del marco cronológico acotado, se ha evitado conscientemente elegir el eje temporal para ordenar los espacios domésticos y proponer su evolución; por el contrario se pretende primero definir los espacios y, en todo caso, secuenciarlos y connotarlos socialmente después. En cierto modo, parafraseando la reflexión de Gianni Rodari en su Grammatica della fantasia (título al que se refiere el de este trabajo), mi reflexión no es ni una teoría del espacio doméstico (en la línea de la Arqueología de la Arquitectura), ni una colección de recetas (una metodología de análisis arqueotectónico), ni un manual de historias (explicación diacrónica de las casas y sus procesos formativos en las distintas sociedades), sino una propuesta de reflexión sobre el análisis arqueológico del uso social de los espacios domésticos medievales, que permita reconocer y comprender los significativos procesos sociales que convulsionan la Alta Edad Media 11. LA MORFOLOGÍA: ¿PARA QUÉ LOS MODELOS? La taxonomía constituye un instrumento descriptivo que permite la ordenación jerarquizada y sistemática de las unidades domésticas según su morfología. La clasificación es, en consecuencia, un mecanismo de comprensión del hecho doméstico, que describe y explica de forma paralela las modificaciones o transformaciones que experimentan dichas estructuras. Si descendemos al detalle de la casuística concreta, las clasificaciones de las viviendas medievales son aparentemente variadas y adaptadas a la idiosincrasia específica de cada asentamiento 12. Sin embargo, una visión más amplia pone en evidencia que en la práctica se suele trabajar con dos categorías básicas (casi podríamos decir universales puesto que se adoptan por igual en varios contextos históricos y geográficos; Belarte 2009, Manzanilla 1986), que definen por regla general dos modelos domésticos: la casa sencilla, elemental o monocelular, formada por una única estancia, y la casa compleja o pluricelular, compuesta por varias estancias articuladas entre sí. En fondo y forma, ambas constituyen los dos modelos fundamentales de clasificación de la unidad doméstica, a los que se suelen aplicar significados sociales más o menos explícitos, en relación con la estructura familiar, las referencias culturales o incluso la etnicidad (Fentress 2000, Boone 2001, Santangeli Valenzani 2011: 67 ss.). Resulta interesante observar cómo ambas categorías se repiten con independencia de la realidad histórica y social que representan y se encuentran por igual en sociedades visigodas, islámicas y feudales, por poner ejemplos que afectan directamente a nuestro ámbito de estudio 13. Introduzione all'arte di inventare storie, 1973, Piccola biblioteca Enaudi (Gramática de la fantasía: Introducción al arte de contar historias, Barcelona, Planeta, 2009). La cita libremente parafraseada procede del capítulo «Imaginación, creatividad, escuela» y dice así: «La presente gramática de la fantasía [...] no es ni una teoría de la imaginación infantil (faltaría más...), ni una colección de recetas, ni un manual de historias sino, pienso, una propuesta más entre todas las otras que tienden a enriquecer con estímulos el ambiente (casa o escuela, da lo mismo) en que el niño crece». 12 Véase por ejemplo la clasificación cordobesa para las viviendas califales del arrabal de poniente (Cánovas et alii 2008 y Murillo et alii, 2010), la de las viviendas almohades de La Villa Vieja de Calasparra, entre otros muchos (Pozo et alii 2002: 164) o la de casas urbanas bajomedievales de Toledo (Passini 2004) 13 Pero también está presente en sociedades prehispánicas mexicanas, donde M. Winter identificó, a propósito de Oaxaca, unidades domésticas abiertas de una sola estructura residencial, semicerradas con dos estructuras separadas delimitando un patio central y cerradas en torno a un patio en una tipificación que relaciona complejidad estructural con rango social (Winter 1986: 337-30); o en sociedades protohistóricas mediterráneas, como las iberas, donde se señala la coexistencia de un modelo de casa sencilla y otra compleja (Belarte et alii 2009: 111), al tiempo que se enfatiza el significado social de esta variabilidad (Sala y Alfonso Vigil-Escalera (2003: 288) ha planteado la coexistencia regular de ambos modelos domésticos en diferentes yacimientos altomedievales en la Meseta (Madrid y Toledo) fechados de principios del siglo VI a mediados del VIII: de un lado, la unidad de edificación de planta rectangular (EPR), a veces con división interna y con frecuente recurso a la yuxtaposición; de otro, la unidad de edificación de planta compleja (EPC) con tres o cuatro ambientes diferenciados (uno alargado y estrecho cerrando generalmente uno de los lados) y una posible especialización funcional de los mismos 14 (Fig. 2.1). Por otro lado, el estudio ya clásico de la casa islámica en al-Andalus realizado por André Bazzana, plantea igual-mente la existencia de una maison monocellulair, la casa rectangular simple sin ventanas, cuyo origen vincula a la t. addart. bereber marroquí sin descartar influencias ibéricas indígenas en algunas regiones, frente a la maison pluricellulaire compleja surgida de la yuxtaposición de células organizadas generalmente en torno a un patio, de acuerdo a las necesidades de vida comunitaria. Esta última es considerada un sistema de habitación universal o al menos mediterráneo, que anuncia el modelo de casa islámica caracterizada por la segregación funcional de los espacios domésticos (Bazzana 1992, 164-175). Los términos sencillo y complejo plantean una indefinición conceptual, derivada de su enfoque cualitativo, que los hace ambiguos y no necesariamente sinónimos de unicelular o pluricelular, conceptos morfológicamente más precisos. Es el caso de J. Navarro Palazón (1990) que define dos modelos de viviendas en Siyâsa: el tipo elemental y el complejo, según el número de crujías, si bien en rigor ambos son pluricelulares en tanto que presentan varios módulos. 14 Esta modelización fue planteada a partir de ejemplos fundamentalmente rurales, que correspondían a las categorizaciones arqueológicas de «asentamiento disperso» y «agregado» formuladas por el mismo autor (Vigil-Escalera 2006 a). este caso de un esquema que en las sociedades islámicas remite de inmediato a los modelos «bereber» y «árabe», planteados por Elizabeth Fentress para el Magreb (2000) y objeto de una reciente reflexión a la luz de las excavaciones en Volubilis/Walîla (Fentress & Limane 2010). En la misma línea y a partir de su experiencia en el Bajo Alentejo, en Portugal, James I. Boone planteó un modelo hipotético de evolución de la casa rural, aplicando esquemas de sintaxis espacial, desde la casa transicional (siglos VII y VIII) a la islámica de patio (siglos XI y XII) que responderían básicamente a los dos esquemas que venimos describiendo, para confrontarlos con la casa rural postmedieval (siglos XVII al XX), que refleja un cambio radical en la organización doméstica, al convertir la cocina por donde se accede a la vivienda, en el centro nodal y distribuidor de la misma (Boone 2001: 116, fig. 7) (Fig. 2.3). En el caso de la arquitectura doméstica medieval es posible formular una tipificación más compleja y operativa, que integre nuevas perspectivas de análisis arqueológico de los espacios domésticos. Esta propuesta se plantea desde esquemas gráficos abstractos que si bien connotan ejemplos arqueológicos concretos no los representan de forma fidedigna, siendo esencialmente patrones y no casos particulares 16. 17 (Fig. 3.1) Se define como un volumen autocontenido y plurifuncional, una unidad de edificación con varias áreas de actividad en su interior, sin espacios subsidiarios, que constituye una unidad doméstica simple 18 a la que se accede directamente desde el exterior. Este esquema, representado aquí en una estructura confinada por límites construidos en piedra o barro, puede aplicarse también a estructuras realizadas con armadura de postes, excavadas o no (Vigil-Escalera 2000, Azkarate y Quirós 2001, Hamerow 2007: 31 ss.), siendo fundamental en su interpretación social la determinación de las áreas de actividad internas (García 2009: 59, fig. 2). Un rasgo fundamental de estas unidades domésticas sencillas (al menos de las construidas con zócalo de piedra) es la presencia de un «hogar» como elemento nuclear de la estancia, entendiendo por tal el lugar donde se hace la lumbre y, por extensión, la estructura (construida para tal fin) donde se produce la combustión, aunque su sentido está tan vinculado al ámbito doméstico que la palabra designa igualmente en español la casa y la familia que la habita (Gutiérrez y Cañavate 2010: 131). Es cierto que el área de combustión doméstica puede no tener una estructura definida, ser portátil o sencillamente realizarse en el exterior de la vivienda, aunque suele ser frecuente la presencia de un hogar o al menos un punto de fuego interno. Su posición puede ser variada: central, como suele ser frecuente en contextos protohistóricos (Belarte 2009); cercano a la puerta para asegurar la evacuación de humos como parece ocurrir en las domus terrinee del Foro de Cesar en Roma (Santangeli Valenzani 2011: 131-2); en posición lateral sobre el muro de la fachada o en los testeros cortos de la habitación, buscando siempre la privacidad implícita al giro lateral, en el caso de las unidades domésticas islámicas del Tolmo de Minateda (Gutiérrez y Cañavate 2010: 131) 19. Esta posición lateralizada del hogar y la disposición generalizada de la entrada en el lado largo de la crujía parece denotar una cierta preservación de la intimidad en el ámbito doméstico, a diferencia de lo que parece ocurrir en esquemas semejantes documentados en la Protohistoria, donde se observa un predominio de la secuencia axial y la disposición sucesiva de los espacios que remite a formas de vida expuestas (Grau e. p.). Los procesos de complejización de este tipo de unidad sencilla y autocontenida se pueden producir por dos mecanismos: la compartimentación interna segregando físicamente un espacio concreto de la unidad doméstica o mediante la anexión o subordinación de un nuevo espacio para acoger, en ambos supuestos, actividades específicas y diferenciadas (descanso, almacenaje, etc.). No obstante, tanto los espacios segregados como los anexados funcionan como un único volumen y son interdependientes entre sí, maison agglutinante (2011: 59). Según esta nueva propuesta la maison-bloc define las estructuras domésticas complejas, de origen posiblemente agrario, que se conciben unitariamente dentro de un espacio geométrico regular, poniendo como ejemplo el modelo clásico de la casa pluricelular U-71/72 de Monte Mollet. La maison agglutinante, por el contrario, se define como una vivienda construida por etapas a partir de una edificación inicial, tendiendo a definir un patio interior. Para ilustrar este segundo modelo, que puede asemejarse a algunas de las morfologías que se discuten más tarde, se recurre a la casa 203 de Miravet, en Vilafamés (Castellón), para la que se propone un proceso de complejización pas exactamente connu, a partir de una estructura monocelular clásica a la que se irían agregando las diversas dependencias (2011: 58-9, fig. 4 b). Previamente se había interpretado esta vivienda de forma diferente, documentándose varias fases de pavimentación en el interior de algunas estancias, pero considerando que el edificio se construyó de forma unitaria (Bazzana 1992: 298-9, pl. CCLXII). 16 Debo advertir que esta tipificación se representa gráficamente a partir de estructuras modulares construidas en piedra (zócalos y alzados), adobe o tapial, antes que en materiales perecederos y lígneos, si bien puede resultar igualmente aplicable a espacios domésticos realizados con otros materiales y procedimientos constructivos propios de la arquitectura lígnea (Azkarate y Solaun e. p.). 17 Módulo se utiliza aquí en el sentido que el Diccionario RAE le da en su 2a acepción («Pieza o conjunto unitario de piezas que se repiten en una construcción de cualquier tipo, para hacerla más fácil, regular y económica»). Módulos asociados (Fig. 3.2) Volúmenes independientes de funcionamiento asociado. Son módulos arquitectónicamente independientes pero interrelacionados desde un punto de vista funcional. Cada volumen es en sí mismo un módulo unicelular con su propio acceso directo desde el exterior, sin que se establezca ningún tipo de subordinación estructural de unos con respecto a los otros, si bien sus funciones especializadas y diferenciadas sugieren un funcionamiento asociado que los agrega para formar una única unidad doméstica. Esta asociación estructural puede afectar a dos o más módulos que se dispondrán de forma independiente (aislados sin colindar), yuxtapuesta (colindantes generalmente por los testeros cortos de la habitación) o de forma combinada. La asociación funcional básica suele destinar un módulo a cocina/sala/alcoba y otro a almacén/establo/dependencias auxiliares, como se documenta etnográficamente en el Magreb (Boone 1996: 30, fig. 1.5), aunque la casuística puede ser muy variada. La propia asociación de dos o más volúmenes connota socialmente el área «exterior» que comunica espacial y funcionalmente los módulos asociados, definiendo con límites físicos o simbólicos el espacio exterior que corresponde a dicha unidad doméstica 20. Los límites simbólicos (disposición de ciertos marcadores de uso social no evidentes o simplemente realización/ exclusión de determinadas actividades funcionales) son por definición evanescentes y raramente se reconocen en el registro material, pero existen indicios arqueológicos que permiten sugerirlos: la composición de los suelos o los ecofactos que indiquen, por ejemplo, actividad ganadera concentrada en esa zona (uso como corral), disposición perimetral de silos y estructuras auxiliares o presencia de cercas y empalizadas que delimiten ciertos ámbitos, como las que aparecen de forma esporádica en algunas construcciones rurales altomedievales, tanto sencillas como complejas (Vigil-Escalera 2003: 288). En cierto modo esta limitación del vacío mediante confines precisos es uno de los primeros elementos que caracterizan la sedentarización de una forma de vida nómada en su proceso de transformación en aldea, y presumiblemente deben demarcar el perímetro del espacio aledaño a la tienda, cuyo uso social estaba perfectamente asignado (Cribb 1991: 387, fig. 7). Este modelo de estructura doméstica desagregada puede intuirse con diversos grados de fiabilidad en ejemplos peninsulares medievales, como quizá en algunos asentamientos rurales de época visigoda de la provincia de Madrid como Navalvillar (Abad Castro 2006) o La Vega (Alfaro y Martí 2006), donde se observan módulos combinados con diversas funciones (residencia, cocina, almacén, establo, hornos, etc.) dispuestos delimitando un espacio abierto con procesos de sucesiva agregación diacrónica en el ejemplo de La Vega21. Más claro es el caso de la unidad doméstica de la fase 1 de Gasteiz (850-950), donde es la disposición del área residencial (interpretada como una longhouse), las estructuras auxiliares del área artesanal, el pozo y los silos destinados al abastecimiento y al almacenaje, y, por fin, el recinto ganadero, la que delimita el espacio abierto central que cohesiona y da coherencia unitaria a la unidad doméstica desagregada (Azkarate y Solaun 2009, e. p.) 22. En asentamientos islámicos resulta por el momento más difícil de determinar, aunque ejemplos como los de El Molón (Camporrobles, Valencia), en especial los módulos B4 y B2 dispuestos en «L» entre la muralla y la mezquita o los compartimentos alineados del sector A, parecen sugerirlo (Lorrio y Sánchez de Prado 2008: 146-7 y 150-1) 23. Sin embargo, en el caso de la estructuras del sector A también podría tratarse de un ejemplo del siguiente patrón (Módulos agregados delimitando un «protopatio»). El principal problema de los módulos asociados estriba en reconocerlos como tales y distinguirlos de las tramas urbanas de módulos unicelulares dispersos, como veremos más tarde, puesto que los patrones de organización espacial son muy similares en uno y otro caso. En este punto parece probable que la presencia de hogares en ciertos módulos y su ausencia en otros pueda resultar un indicador eficaz de eventuales asociaciones, junto con el reconocimiento de áreas de actividad24. Módulos agregados delimitando un «protopatio» (Fig. 3.3) Volúmenes independientes de funcionamiento asociado que se agregan demarcando un espacio central descubierto a modo de patio de imprecisos contornos («protopatio»). El perímetro de este espacio central no suele estar totalmente definido por los módulos edificados, que adoptan una disposición asociada similar a la propia del patrón anterior, sino que se delimita paulatinamente por tramos de cerramientos lineales (tapias) que terminan por limitar de forma física la circulación y uso del espacio abierto, privatizándolo. De esta manera se define una organización espacial centralizada y agrupada en torno a lo que se puede considerar, no sólo funcionalmente sino también arquitectónicamente, el patio de la vivienda. Este es, en rigor, un amplio recinto, cuyos contornos irregulares se definen por la propia disposición de los módulos construidos, las traseras de los edificios confinantes y las tapias libres, muy a menudo añadidas en su última fase constructiva. Esta conformación secuencial y diacrónica de las unidades domésticas ofrece una inusual panorámica de la dinámica de los entornos construidos, que contrarresta el estatismo funcional y estructural que suele caracterizar el análisis puramente sintáctico de los espacios (Bermejo 2009: 57-58). El patrón se reconoció a partir de la excavación estratigráfica de un extenso barrio islámico en la ciudad de Iyyuh (El Tolmo de Minateda en Hellín, Albacete), cuyas secuencias estratigráficas permitieron reconocer los procesos de agregación sucesiva de las unidades domésticas y la definición de un nuevo umbral de permeabilidad (el «protopatio») entre el exterior, público y transitable, y el interior, doméstico y privado (Gutiérrez y Cañavate 2010). Este espacio bisagra anuncia la pauta de privacidad que caracterizará al mundo islámico medieval, y a todo el ámbito mediterráneo antes que a él, y se convierte en el núcleo nodal de la estructura doméstica, un espacio intermedio entre la calle y la casa, cuya privatización se refleja en la demarcación paulatina de sus confines mediante tapias, pero que está lejos todavía del modelo de estructura altamente centralizada que caracteriza a la casa islámica de patio. En este sentido y a diferencia de ésta, con su absoluta preservación de la intimidad y la reclusión femenina representada en el control del único e indirecto acceso al patio, este patrón de unidad doméstica puede presentar más de un acceso desde el exterior 25. De hecho, el principal proceso de complejización de este patrón doméstico, y el último en la secuencia constructiva, es generalmente la demarcación de los confines del «protopatio» mediante la construcción de las tapias, que definen accesos generalmente oblicuos. Los diversos módulos, de espaldas al exterior, son accesibles únicamente desde el «protopatio», que constituye el verdadero epicentro de la vivienda y alberga un amplio elenco de actividades productivas y reproductivas de la vida doméstica, como por ejemplo la molienda (molinos de mano), elaboración de alimentos, actividad textil, o cría de animales, ya sea para el uso agrícola (mulas y asnos) o para la alimentación (aves, corderos y cabras). Este patrón de unidad doméstica permite intuir, como se comprobó en el caso del espacio habitacional 2 del Tolmo de Minateda (Gutiérrez y Cañavate 2010: 130-2 y 140, fig. 7), la especialización funcional de los diversos módulos independientes (residencia y reposo, transformación de alimentos, almacenaje, actividad ganadera y artesanal, etc.). No obstante, también sugiere una relativa segmentación social, al reconocerse más de un «hogar» dentro de cada unidad doméstica, con todas las implicaciones sociales que tal hecho puede tener respecto al reconocimiento de células conyugales dentro de un grupo familiar extenso, que cohabita en la misma unidad doméstica en razón de su parentesco. El análisis de varias unidades domésticas del Tolmo de Minateda permitió constatar también una marcada preferencia por construir las estancias principales (cocinas, despensas y alcobas) en los flancos septentrional y occidental de los patios, situando las puertas en los muros meridionales y orientales de las mismas, que se definen así como fachadas principales de la parte de la casa destinada a ser habitada por las personas. De hecho, se constata que en ocasiones el «protopatio» de la vivienda así definida, se cierra del lado opuesto a las fachadas principales (Este o Sur) por el dorso de las estancias igualmente principales de la casa vecina, orientadas ellas mismas hacia el Este o hacia el Sur, al igual que ocurría en las casas bereberes tradicionales de la Kabylia (Bourdieu 1972, 68, n. Unidad modular compleja estructurada en torno a un patio («casa de patio») (Fig. 3.4) Los módulos arquitectónicos se disponen en torno a un patio completamente rodeado de volúmenes construidos (crujías), con entrada demarcada espacialmente mediante ambientes, aquellas que carecen de hogar pueden identificarse con establos, depósitos o, en el caso de tener pavimentos de madera, dormitorios (Santangeli Valenzani 2011: 130) citando a S. Gelichi y a M. Librenti. un trayecto oblicuo (zaguán26 en recodo con puertas no alineadas), que al tiempo que regula la circulación segrega visual y espacialmente el patio y garantiza plenamente la preservación de la privacidad y el control de los miembros femeninos del grupo familiar. Este patrón define una unidad doméstica compacta, altamente centralizada y completamente cerrada al exterior, como se aprecia en la ausencia o escasez de ventanas, unicidad de su acceso desde el exterior e incorporación de un nuevo umbral de control de su permeabilidad (el zaguán) entre el exterior y el patio, que jerarquiza notoriamente los diversos niveles de profundidad estructural 27. El gráfico topológico resultante del análisis espacial es aún más dendrítico que el precedente, demarcando intensamente la privacidad del patio, que en cierto modo contiene todas las habitaciones (Fentres 1987: 62) al tiempo que las controla. Estas se disponen a modo de crujías longitudinales y no se comunican entre sí, sino directamente con el patio, con la sola salvedad de la segregación en el interior de los salones de espacios destinados al reposo, demarcados mediante tabiques, tarimas, plataformas elevadas o arquerías, conocidos en la literatura de la arquitectura doméstica islámica como alcobas o alhanías28. Se trata en consecuencia de una unidad doméstica compleja con especialización funcional, que constituye un nuevo modelo doméstico caracterizado por la aparición de las funciones específicas de zaguán en recodo, alcobas y letrina (Acién 2001, 29), propio de las sociedades islámizadas en todo el Mediterráneo desde al menos el siglo X (Fentress 2000, Missoum 2010). Aunque la casa de patio es una constante mediterránea desde la Protohistoria a la época romana, más allá del factor común que es el patio, el modelo islámico poco o nada tiene que ver con el concepto axial y el sentido social que tuvo la domus romana, pensada para expresar el rango jerárquico del dominus a través del control de la recepción y los mecanismos de representación pública de las elites (Funari y Zarankín 2001; Bermejo 2007Bermejo -2008)). La vivienda islámica, tanto urbana como rural, responde a un concepto del espacio social totalmente distinto, concebido como la salvaguarda de la privacidad hegemónica en la ideología de la formación social islámica, que se expresa bien en su propia materialidad introvertida (Acién 1998: 937). La complejización de este modelo de casa, ya de por si compleja, supone la doble dimensión de la especialización funcional de las crujías, de un lado, y de otro, el crecimiento en altura mediante la incorporación de pisos altos o algorfas29, que amplían las superficies habitables acogiendo funciones de residencia y almacenaje sobre todo en las casas rurales, generando soluciones de mayor complejidad arquitectónica (Santangeli Valenzani 2011:134). Ambas dimensiones abundan en la creciente diferenciación de ámbitos en el seno de la vivienda y su especialización funcional para desarrollar las distintas actividades que forman parte de la vida doméstica: alcobas para dormir, salones para estar y comer, cocina para elaborar los alimentos, letrina para la higiene personal, despensas, trojes y tinajeros para el almacenaje, establos para los animales y el patio como espacio central de la vida familiar (Adánez 2003: 40). Se diversifican así los espacios internos de la sociabilidad familiar en el ámbito estrictamente doméstico, sin que esta especialización modifique la «diferenciación sexuada global y binaria de los espacios entre un 'dentro' (espacio doméstico privado y femenino) y un 'fuera' (espacio exterior público y masculino)», dicotomía esencial en la que se funda la percepción de los espacios de la casa en la sociedad tradicional islámica (Guichard y Van Staëvel 1995: 47). En este sentido y recogiendo las opiniones de Robert Brunchvig, Manuel Acién señala que la vida privada que rige el urbanismo va más allá de la defensa de la intimidad, del honor familiar o del papel de la mujer, siendo la causa de que «el espacio público sea lo negativo, frente a lo positivo del espacio privado» en la topografía urbana (Acién 2001: 17). Discusión: procesos diacrónicos y lecturas sociales A la luz de lo expuesto, estos patrones morfológicos permiten plantear algunas cuestiones que trascienden la dimensión puramente taxonómica, y anuncian problemas de semiótica doméstica que no discutiremos por extenso en este marco. Uno de los elementos más significativos es el de la variabilidad diacrónica de las tipologías domésticas, que incurren a menudo en una apariencia estática y en cierto modo anacrónica. Las críticas a este estatismo en el análisis de los entornos construidos, formulada en varios trabajos recientes (Bermejo 2009: 58; Azkarate y Solaún e. p.), se une a la constatación directa del problema planteada por las secuencias estratigráficas del Tolmo de Minateda (Gutiérrez y Cañavate 2010). Sin volver sobre argumentos ya expuestos, resulta significativo destacar que la publicación de las primeras estructuras domésticas autocontenidas del Tolmo y de sus áreas de actividad (Gutiérrez 1999), las convirtieron en un referente del modelo doméstico unicelular o sencillo de época altomedieval, citado a menudo (Vigil-Escalera 2003: 288; Teichner y Schierl 2006: 125-6). Sin embargo, la excavación en extensión y la secuencia estratigráfica como instrumento de análisis arqueológico ha permitido a su vez comprender la secuencia de las unidades domésticas, perspectiva igualmente reivindicada en el estudio de los espacios domésticos romanos (Bermejo 2007(Bermejo -2008: 243 ss): 243 ss), llevándonos a afirmar que el modelo de unidad doméstica constatado en el Tolmo durante el Emirato no se ajusta, al menos en su fase final, al esquema monocelular clásico ni al patrón 1 de módulo unicelular definido en este mismo trabajo. Más bien ilustra, como ya hemos señalado, el proceso de transición hacia un modelo estructural de mayor complejidad, basado en la agregación de varias estancias rectangulares en torno a un amplio espacio abierto, que se corresponde mejor con el patrón 3 de módulos agregados delimitando un «protopatio» (Gutierrez y Cañavate 2010: 133). El ejemplo de la Unidad doméstica 1 de este yacimiento (Fig. 4.1) es particularmente revelador. En él se aprecia como su origen está en un módulo unicelular de gran tamaño con hogar interior, al que se asocian en un momento posterior y simultáneo desde un punto de vista estratigráfico, hasta cuatro módulos (dos de ellos yuxtapuestos y otros dos independientes) denotando un espacio abierto común propio del patrón 2 de módulos asociados, Fig. 4. Procesos diacrónicos: de los módulos unicelulares y asociados a los módulos agregados (Tolmo de Minateda). Evolución constructiva de un espacio habitacional; 2. Manzana septentrional del barrio islámico con indicación de los módulos unicelulares originarios pero todavía no segregado del espacio público y en consecuencia transitable. Estos módulos independientes evidencian una creciente especialización funcional que destina un módulo preferente por su orientación (al oeste del complejo pero accesible desde oriente) a la cohabitación familiar, como parece sugerir su hogar, mientras que las dos estructuras anejas al modulo originario pueden tener un valor polivalente (residencia o despensa, como sugiere el mobiliario cerámico), y el módulo más oriental, construido contra la terraza de la siguiente vivienda y dotado de un amplio vano inusualmente orientado al oeste, podría acoger el establo o almacén. Esta especialización espacial refuerza el carácter unitario de las estructuras que deben ser interpretadas como parte de una única unidad doméstica semicerrada, al modo de M. Winter (1986). La tercera fase refleja claramente que la evolución hacia un patrón de módulos agregados delimitando un «protopatio» ha culminado con éxito, como se aprecia en el confinamiento del espacio común definido por el uso familiar, consistente en un muro que flanquea la calle oriental, con un vano que canaliza la circulación de forma oblicua y que en este caso actúa como distribuidor de dos viviendas colindantes, y un amplio vano en el frente opuesto de la vivienda, con un muro que actúa de parapeto visual y enfatiza la privacidad del patio. Al mismo tiempo el tabicado interno de la amplia estancia originaria define, a mediados del siglo IX, el sentido de la alcoba, en tanto que aposento específico para el descanso demarcado del espacio de estar y comer, que constituye ahora el resto de la sala/cocina. En este sentido resulta igualmente ejemplificador el edificio AI de El Molón, en Camporrobles (Valencia), donde se han determinado dos fases constructivas: una primera con dos estancias contiguas yuxtapuestas, accesibles directamente desde el espacio abierto delantero; y una segunda en la que se elimina el muro medianero entre ambas estancias y se tapia uno de los accesos, convirtiéndola en una única y alargada crujía, al tiempo que se habilita «un pequeño espacio que queda separado del resto por dos tabiques construidos sobre los niveles de relleno acumulados en su interior», que únicamente puede ser interpretado como una alcoba semejante a las de El Tolmo (Lorrio y Sánchez de Prado 2008: 150 y 151, fig 5.2) 30. Esta segregación interna de la estructura rectangular y su propia conceptuación espacial, subordinada claramente al aposento principal y dependiente de éste en un trayecto sucesivo, refuerza la paulatina diferenciación de dos ambientes funcionales en el espacio residencial (la alcoba para dormir y la sala para estar) introduciendo un segundo nivel de profundidad estructural. Esta separación será característica de las viviendas a partir de los siglos X y XI, pudiendo ser leída, o al menos eso creo, en términos de «islamización» social, esto es, de adquisición y generalización de unos hábitos sociales islamizados que se reflejan y se refuerzan en el espacio doméstico. La figura 4.2 muestra la articulación completa de la manzana con una trama de unidades domésticas alineadas y colindantes, en las que se han coloreado los módulos unicelulares originarios31, que corresponden, de norte a sur, a dos construcciones islámicas ex nouo y al reaprovechamiento de un ingreso a la basílica visigoda ya expoliada, que permanecía en pie y se integró como posible estancia aneja en la vivienda más meridional, que seguramente utilizó también como tapia el muro perimetral del aula basilical, hoy perdido (Gutiérrez y Cañavate 2010) 32. Sin entrar en un análisis profundo de los aspectos sociales que estos datos sugieren, no quiero dejar de señalar que una misma expresión arquitectónica sencilla, como el módulo unicelular, es interpretada en diversos contextos históricos y sociales de formas muy diferentes. Así, en el Medievo islámico, su semejanza contrastada con espacios domésticos autocontenidos bereberes, estudiados por la etnografía, obliga a tomar en consideración, con todas las precauciones lógicas (Fentress 2000, 16-21), su eventual relación con estructuras familiares extensas y una fuerte solidaridad comunitaria basada en el parentesco. Por otro lado, la singular agregación que refleja el tercer patrón analizado y la geminación de estancias con hogar en las unidades domésticas, no puede sustraernos del eventual reconocimiento de células conyugales dentro de un grupo familiar extenso, que cohabita en la misma unidad doméstica en razón de su parentesco. La potente reflexión de Pierre Bourdieu a propósito de la organización doméstica de la sociedad kabileña no puede ser ignorada: La célula familiar es una unidad fundamental: unidad económica de producción y consumo, unidad política en el seno de la confederación de familias que es el clan, unidad religiosa en última instancia puesto que cada hogar es lugar de culto común (ritos de iniciación, del hogar, de los espíritus familiares, etc.). La cohesión se ve reforzada por la unidad del asentamiento -las casas de los descendientes de un mismo antepasado se agrupan generalmente alrededor de un patio común-y por la comensalía. La lectura social del espacio doméstico (su dimensión semiótica, que no vamos a abordar aquí) es compleja y poliédrica y no permite una traducción mecánica en términos de etnicidad. Por fin, el patrón de la unidad modular compleja estructurada en torno a un patio, la llamada «casa de patio», remite morfológicamente al modelo altamente centralizado que E. Fentress (2000: 21) denominó «modelo árabe» y que cabría considerar, en un sentido más preciso, la unidad doméstica propia de la formación social islámica (Acién 2001), en tanto que caracteriza la mayoría de las sociedades islamizadas (con independencia de su origen étnico) en todo el Mediterráneo desde mediados del siglo IX. La introducción y progresiva generalización de este nuevo modelo doméstico de origen mediterráneo, ajeno a la tradición romana, desemboca en una homogeneización morfológica y funcional de las estructuras domésticas, que puede ser interpretada como la materialización de la islamización social completa 34. Creemos, en suma, que la generalización de la «casa de patio» puede ser un buen indicador del ritmo y peculiaridades de dicho proceso (Cressier y Gutiérrez 2009:151). La casa de patio islámica, representada en la figura 5.1 por la casa I de Sétif (la romana Sitifis en Argelia), datada entre la segunda mitad del siglo X y la primera del XI d. C. y estudiada en el conocido trabajo de Elizabeth Fentress «The house of the prophet: North African Islamic Housing» (1987), muestra claramente sus características generales: la distribución en torno al patio de crujías independientes entre sí, la marcada privacidad connotada en el zaguán en recodo y la definición de ambientes especializados (fundamentalmente las salas, en este caso con una tarima de obra que demarca la alcoba; la cocina, la despensa-almacén y el establo). En el caso de al-Andalus, desde mediados del siglo VIII en el arrabal de Šaqunda en Córdoba (Casal 2008) y durante el siglo IX en Iyyuh / El Tolmo de Minateda (Gutiérrez y Cañavate 2010), algunos entornos construidos muestran ya ciertos indicios de interacción entre patrones domésticos distintos, plasmados sobre todo en la organización en módulos alargados abiertos a amplios recintos descubiertos, si bien existen fórmulas parecidas también en contextos visigodos. En Šaqunda resulta más difícil reconocer la funcionalidad de los espacios, pero las unidades domésticas de El Tolmo denotan ya claramente, a finales del siglo IX, una creciente especialización de las estancias, con marcada preeminencia de los módulos residenciales que integran todavía la función culinaria, en una lectura social muy próxima al patrón autocontenido de la casa unicelular. No obstante, comienzan ya a incorporar ambientes auxiliares tales como despensas y establos, e incluso (en el caso del espacio habitacional 2) una cocina común, que denota un estrecho funcionamiento comunitario, con independencia de que la presencia de estancias con hogar propio sugiera también la existencia de células conyugales independientes en el seno del grupo doméstico que cohabita (Fig. 5, 2.1) 35. En cualquier caso el modelo de casa islámica de patio aparece ya nítidamente representado a mediados del siglo IX en yacimientos urbanos como Baíía ̄na/Pechina (Fig. 5, 2.2), donde incorpora claramente la sala, la letrina como equipamiento sanitario y el zaguán en recodo como marcador de reclusión femenina y privacidad. El modelo se consolida en época califal en los ensanches urbanos de Córdoba, donde comienza a generalizarse la alcoba individualizada de la sala y la cocina como 33 La negrita es mía. 34 Sobre el sentido y definición de la formación social islámica y sobre el concepto de islamización social, en tanto que adopción de las formas sociales, económicas e ideológicas de dicha formación social, más allá de la práctica religiosa, debe verse M. Acién (1998), en especial para sus implicaciones en la concepción de la vivienda como salvaguarda de lo privado y traducción de un modelo familiar, pp. 937-9. espacio propio y exclusivo para las actividades culinarias, apareciendo el pórtico (Fig. 5, 2.3)36. La identificación entre ciudad e ideología islámica implica igualmente la generalización de este nuevo modelo de casa compleja con patio central, hasta suplantar definitivamente otros esquemas domésticos de mayor simplicidad, que perviven en los ambientes rurales hasta fechas más avanzadas. De esta forma, los contornos diferenciales de los medios urbano y rural terminan por difuminarse, alcanzándose tal homogeneización de las soluciones urbanísticas, morfológicas y constructivas, que resulta imposible reconocer el carácter urbano o rural de muchas unidades domésticas almohades (siglo XIII) por la materialidad de sus expresiones arquitectónicas concretas; es el caso de las unidades domésticas de la alquería de Siya ̄sa/Cieza en Murcia (Fig. 5, 2.4), donde se alcanza un alto grado de especialización funcional, que incluye alcobas y salones, cocina, letrina, tinajero, despensa y un piso alto, a más de un establo de acceso independiente. Nada distingue estas casas, ni tan siquiera en sus equipamientos ornamentales, de otras viviendas urbanas de época almohade, como las de Mértola, Saltés o la propia Murcia 37. Esta lectura diacrónica debería servir para matizar el estatismo antropológico que a menudo se infiere de los modelos taxonómicos (los propios incluidos) y que termina por caracterizar antropológicamente las sociedades estudiadas mediante arquetipos 38. De hecho, la «casa de patio» islámica es uno de esos arquetipos que atraviesa toda la historia de al-Andalus, y cuya alargada sombra se proyecta incluso en su derrota y sumisión al nuevo orden feudal. Es innegable que el ordenamiento de los entornos constructivos mudéjares y moriscos del Reino de Valencia (siglos XIV a XVI) se expresa de forma muy diferente a otros sistemas de organización de los espacios domésticos medievales, como el «conveniente para la reproducción de un sistemacristiano, feudal, occidental-donde las relaciones de parentesco juegan un papel muy secundario en la organización social» (Torró 2009: 212); pero las afirmaciones de que las pautas de desarrollo de las unidades de residencia musulmanas «no se modifican de manera sustancial entre los primeros momentos de presencia musulmana en al-Andalus y la expulsión de los moriscos» y que estas pautas «por otra parte, son comunes a una gran parte del mundo islámico y han perdurado hasta la actualidad en el Magreb y en otras regiones, tal y como lo demuestra la amplia literatura etnográfica» (Torró 2009: 206), refuerzan una imagen estática de los espacios domésticos medievales que está lejos del análisis de los mismos que aquí se ha expuesto. Más allá de las similitudes morfológicas entre los entornos construidos de forma autónoma en el temprano al-Andalus y las casas moriscas, rurales y sometidas, de su final, debe haber profundas diferencias en la organización y el uso social del espacio que tenemos que comenzar a reconocer, trascendiendo una similitud sintáctica que en ocasiones es más aparente que real y puede estar condicionada por soluciones espaciales, que no necesariamente sociales, comparables 39. Si bien nos hemos referido con preferencia a los procesos diacrónicos agregativos, esto es, aquellos que permiten reconocer el paso de, por ejemplo, módulos unicelulares y asociados a módulos agregados, no conviene olvidar que el análisis estratigráfico nos permite reconocer igualmente mecanismos de segmentación que nos pueden informar sobre procesos sociales de gran interés y complejidad; así por ejemplo, la conocida y bien estudiada fragmentación de una domus emeritense, de gran tamaño y propiedad privada, en un conjunto de siete viviendas sencillas (de una, dos, tres o cuatro habitaciones en la planta correspondiente al piso bajo) con uso comunitario del antiguo peristilo, ahora transformado en el patio de una casa de vecindad, nos informa sobre el final del modelo de vivienda señorial y sobre eventuales procesos de fragmentación de la propiedad en ciertos sectores urbanos durante la época visigoda (Alba 2007. Un panorama igualmente significativo ofrece el singular proceso de densificación poblacional constatado por Lauro Olmo en Recópolis, con la compartimentación y remodelación de dos grandes viviendas y edificios comerciales visigodos próximos al área palatina; en este caso, durante el siglo VIII se constata una compartimentación interna de las antiguas construcciones visigodas, respetando sus confines, pero reordenando completamente el espacio habitacional para alojar siete nuevas viviendas (Olmo 2011: 42-3. Por fin, en un contexto totalmente distinto, la división de una amplia vivienda en dos más pequeñas con apropiación del pasillo de ronda de la muralla, en la fase final de la alquería de Villa Vieja en Calasparra, Murcia (Fig. 6, 3), ilustra la relación entre espacios domésticos y conflicto social. Esta división puede interpretarse, de acuerdo con los investigadores responsables de su estudio con un proceso de segmentación familiar y fragmentación de su patrimonio (Pozo et alii 2002: 165), 37 Reflexión conjunta con Patrice Cressier, en el marco del material preparatorio del trabajo publicado por ambos en 2009. Sobre los espacios domésticos de estos enclaves puede verse el volumen general sobre Casas y palacios de al-Andalus. 38 En cualquier caso la necesidad de una perspectiva diacrónica no debe ser confundida con una concepción evolucionista y lineal de la evolución del espacio doméstico medieval desde las soluciones más sencillas (el módulo unicelular) a las más complejas (la casa de patio). Las diversas propuestas morfológicas aparecen y se relacionan en diversas épocas y contextos económicos y sociales, tanto urbanos y rurales. De hecho se podrían intuir ciertos procesos agregativos que explican la asociación y agregación de módulos unicelulares, pero raramente estos ejemplos devienen en unidades modulares complejas estructuradas en torno a un patio, o lo que es lo mismo, en «casas de patio». Bazzana también ha cuestionado la explicación evolucionista (2011: 55). En este sentido no parecen comparables las opciones económicas impuestas a las poblaciones rurales en el caso mudéjar con aquellas derivadas de la lógica social comunitaria que caracterizó la organización de los espacios rurales en el temprano al-Andalus y cuya cronología inicial por otra parte tampoco conocemos bien (Gutiérrez Lloret 2011: 38-9). 40 Agradezco a Lauro Olmo y al equipo de Recópolis la ilustración de dicho proceso. LA SINTAXIS: FORMAS DE AGRUPACIÓN DE LAS UNIDADES DOMÉSTICAS EN TRAMAS La tipificación de las unidades domésticas tiene un valor descriptivo pero su compresión requiere trascenderlas como unidades básicas de análisis y situarlas en el marco de una estructura espacial más compleja. De eso se ocupa precisamente la sintaxis: de analizar la organización de las formas construidas (privadas y públicas), en relación al espacio intersticial, y su forma de agrupación en tramas 42. De una forma concisa podemos considerar que la agrupación de las estructuras domésticas puede recurrir a dos formas de organización espacial básicas: la dispersa o diseminada y la colindante, que puede presentarse a su vez en organización lineal, agrupada o en trama 43. Para ilustrarlas gráficamente hemos elegido, de forma consciente, ejemplos de asentamientos medievales de diversa cronología y contexto social, ya que se trata de enfatizar las categorías sintácticas de los procesos de agregación, antes que de definir sus semánticas sociales, que, como venimos advirtiendo, pueden ser muy diferentes a pesar de su similar estructura. Esta clasificación pretende únicamente normalizar las categorías descriptivas de las formas de agrupación de las unidades domésticas, al menos en este nivel instrumental. Las organizaciones dispersas son aquellas en las que las unidades domésticas se diseminan por el espacio sin compartir paredes medianeras ni colindar, quedando aisladas e independientes entre sí. Los ejemplos propuestos engloban desde aldeas donde se reconoce la estructura parcelaria como Gózquez, que ejemplifica la categoría de asentamiento agregado altomedieval formulada por A. Vigil-Escalera 44 (Fig. 7, 3), hasta asentamientos concentra-dos de carácter fortificado y diversas cronologías como el temprano poblado castellonense de Monte Mollet (Fig. 7, 5), el h isn emiral de El Molón en Valencia (Fig. 7, 3) o el poblamiento bajomedieval de Uxó III (Fig. 7, 4), pasando por el asentamiento de pescadores de Ponta do Castelo, que ocupa una península del sur de Portugal entre los siglos XII y XIII (Fig. 7, 1) 45. Como puede apreciarse, esta forma de organización espacial se produce tanto con módulos unicelulares (Ponta do Castelo y Uxo III), como con módulos asociados (El Molón) o incluso agregados delimitando un «protopatio» (Monte Mollet), en diversas cronologías. Organizaciones espaciales colindantes o contiguas Las organizaciones colindantes o contiguas son aquellas que comparten alguna pared medianera y según su organización pueden ser de tres tipos: 2.2.1. Organización agrupada Aquella en que las unidades domesticas se reúnen en grupos, apiñándose entre sí, de forma que aunque dejen intersticios entre ellas establecen una relación basada en la proximidad o en el contacto físico, lindando parcialmente (Ching 2006: 189). Formas de organización similar son frecuentes tanto en asentamientos urbanos, como la ciudad preislámica siria de Umm al-Jimal, ss. V-VII (Fig. 8, 1), como rurales ejemplificados aquí en la aldea visigoda de Cuarto de las Hoyas en Salamanca (Fig. 8, 3), la alquería emiral de Peñaflor en Jaén (Fig. 8, 2) y el asentamiento morisco de L'Adsubieta en Alicante (Fig. 8, 4), todos ellos caracterizados por un patrón de unidad doméstica próximo al de módulos agregados delimitando un «protopatio». El caso de Umm al-Jimal es particularmente significativo ya que su conocida planta se suele traer a colación como ejemplo de urbanismo preislámico desagregado (Vries 2000) y del que recientemente Alan Walmsley ha sugerido que refleja la ruralización del entorno urbano, al argumentar que este modelo de casa con patio fue originariamente una forma rural bizantina que se adaptó al contexto urbano en la temprana época islámica (Walmsley 2007: 131-32) 46. 42 Agradezco las precisas observaciones de Débora Kiss sobre la disposición del tejido urbano y las organizaciones en trama. 43 Sobre este particular puede resultar clarificadora, aunque no totalmente coincidente, la propuesta de Francis D. K. Ching (2006: 189 ss). 44 No deben confundirse los formas de organización espacial que aquí se formulan, con las categorías arqueológicas del poblamiento rural («disperso», Las unidades domésticas con una organización alineada son aquellas que se disponen, sea cual sea su patrón, en una secuencia lineal o serie de espacios repetidos (Ching 2006: 189), de forma que comparten las paredes medianeras entre sí. Esta disposición, muy típica de los asentamientos concentrados protohistóricos, se documenta generalmente en asentamientos rurales medievales, tanto de época visigoda como en Vilaclara, Castellfollit del Boix en Barcelona (Fig. 9, 2.1), donde se disponen entre tres y cuatro unidades domésticas formadas por uno o dos módulos con su patio frontero y al menos un espacio común donde se ubica el horno, como de época islámica en el caso de la alquería de Foietes d'alt, L'Almisserà en Villajoyosa (Alicante. En este último asentamiento rural del siglo XI se yuxtaponen, adaptándose a la topografía, nueve unidades residenciales complejas o «casas de patio» islámicas de morfología similar a las urbanas, ilustrando un contexto de islamización social del medio rural. La organización en trama supone la disposición de las unidades domésticas en el interior de un tejido urbano coherente, estructurado y compacto, que define ejes de circulación entre las formas construidas (Ching 2006: 189). Es la forma de organización característica de la mayoría de asentamientos concentrados, tanto urbanos como rurales y puede adaptarse a esquemas regulares e irregulares. Aunque tradicionalmente se presuponía que las organizaciones urbanas medievales y en especial las islámicas raramente eran orgánicas y regulares, caracterizándose por el desorden, la Arqueología ha puesto en evidencia que en cronologías tempranas, tanto en al-Andalus como en Oriente, las tramas regulares e incluso ortogonales son frecuentes (Acién 2001:15). Todos los ejemplos de organización en trama elegidos muestran una distribución compacta, densa y organizada en manzanas, que surgen de la agrupación de varias unidades domesticas colindantes confinadas por los ejes de circulación. Estos últimos se jerarquizan simbólica y materialmente según predomine su carácter vial (destinados a facilitar la comunicación entre diversos sectores del tejido urbano) o residencial (destinados a facilitar el acceso a las unidades domésticas que quedan confinadas en el interior de la manzana). La precisa cronología del arrabal cordobés de Šaqunda (Fig. 9,1.1) permite reconocer grandes ejes viarios que mantienen su trazado prístino, junto con adarves y plazoletas que dan servicio a las diversas unidades domésticas, y lo que es más significativo definen desde el primer momento de construcción del arrabal a mediados del siglo VIII, los perímetros de las amplias manzanas, no totalmente urbanizadas por la corta vida del arrabal. Las unidades domésticas y productivas, propias de un sector urbano eminentemente artesanal, se organizan en base de cuerpos edificados y amplísimos espacios descubiertos, en un tejido difícil de interpretar, pero con claros indicios de planificación (Casal 2008: 133). Tanto en Šaqunda como en la ciudad de Baíía ̄na/ Pechina (primera mitad del siglo X; Fig. 9, 1.2) o en el despoblado de Villa Vieja en Calasparra ( siglo XIII; Fig. 9, 1.4), las unidades domésticas se engarzan unas con otras, definiendo parcelas de contornos irregulares que a menudo se intrusan en las viviendas limítrofes; este rasgo, muy notorio en el parcelario baíía ̄ní, ejemplifica el carácter introvertido de la vivienda y quizá el predominio de iniciativas colectivas de planificación basadas en acuerdos vecinales (Acién 2001: 28; Van Staëvel 2004: 38). Por el contrario, el sector occidental del arrabal cordobés de al-Rusa ̄fa (Fig. 9, 1.3) muestra un trazado ortogonal, con un entramado jerarquizado de vías (las amplias longitudinales, pensadas para la circulación, y las transversales más estrechas a las que se abren las puertas de las unidades domésticas), un sistema organizado de evacuación de aguas residuales y un parcelario regular en forma y tamaño, que define una doble hilera de viviendas rectangulares pareadas y yuxtapuestas, compartiendo medianerías (Murillo et alii 2010: 603-4). La disposición regular de las parcelas prácticamente lotificadas, indica una ocupación organizada y densa, confirmada por la partición longitudinal de ciertas viviendas en una segunda fase de uso. La magnitud de esta planificación urbanística, que no solo implica a este sector del arrabal occidental de al-Rusa ̄fa, fechado en las últimas décadas del siglo X y los primeros años del XI, sino a todo el espectacular ensanche de Córdoba hacia Madànat al-Zahra ̄¡ durante el Califato, permite confrontar la génesis de este proceso con otros modelos de urbanización espontánea más temprana, como el de la propia Pechina. En este sentido, para el caso cordobés se sugirió un primer impulso urbanístico del siglo IX, en el que la intervención oficial fue difusa y simbólica (fundación de mezquitas y baños) y donde debieron jugar un papel fundamental las formas colectivas de organización vecinal (Acién y Vallejo 1998: 121-2 y Acién 2001: 28), frente a un momento más avanzado en el que la magnitud, coherencia y complejidad urbanística del ensanche occidental parecía sugerir una intervención planificadora del Estado (Acién y Vallejo 1989:133). No obstante sigue siendo difícil calibrar su intervención, no tanto en lo relativo a la planificación de las infraestructuras (parcelación, trazado de vías y saneamientos, patrocinio de edificios públicos, etc.) cuanto en la regulación de los mecanismos de apropiación del suelo edificable, y que en ningún caso está reñida con la aplicación de un conjunto de normas reguladoras centradas en las relaciones de vecindad inmediata (Van Staëvel 2004: 32-34) 47. Discusión: formas y relaciones, tiempos y espacios La sintaxis de los espacios domésticos medievales refleja distintos patrones de organización y relación de las formas construidas, pero estos no son fijos ni están cronológicamente determinados. Podemos, no obstante, intuir aparentes concomitancias entre los patrones morfológicos de 47 Ejemplos de planeamientos urbanos precisos se aprecian en diversos barrios urbanos, como se ha podido constatar recientemente en el arrabal de Praça da Figueira, en Lisboa (Banha et alii 2011:23 y figs. 3 y 6). unidades domésticas y sus formas de agrupación, que hemos intentado ejemplificar en la figura 10. Así, los módulos unicelulares suelen disponerse de forma dispersa y en menor medida en contextos medievales de forma alineada; esta disposición será, por el contrario, frecuente en unidades domésticas protohistóricas caracterizadas por formas de vida expuestas (puerta y hogar en disposición axial), donde los módulos se yuxtaponen a lo largo de un eje o adosados a una cerca defensiva, compartiendo las medianerías más largas (Belarte 2009). En el caso de las estructuras domésticas medievales, la marcada preferencia por los accesos oblicuos en el frontal más largo, condiciona la yuxtaposición a los testeros más cortos, resultando poco frecuente su alineación. Los módulos asociados pueden disponerse de variadas formas, con cierta preferencia por organizaciones espaciales dispersas o agrupadas, colindando parcialmente. Esta es una forma de disposición muy característica de los asentamientos rurales en diversas cronologías y variados contextos sociales. Los módulos agregados delimitando un espacio común suelen asociarse en formas agrupadas, esto es colindando parcialmente, o totalmente dispersas, siendo muy frecuente la combinación de ambos sistemas, como se aprecia por ejemplo en la alquería morisca de L'Adsubieta (Fig. 8, 4), aunque también pueden conformar tramas urbanizadas irregulares como se atestigua en el caso de El Tolmo de Minateda (Fig. 4). Por fin, las unidades modulares complejas estructuradas en torno a un patio, características de sociedades plenamente islamizadas, suelen organizarse en tramas regulares o irregulares, tanto en asentamientos urbanos como rurales. Sin embargo, este patrón también puede aparecer alineado, como ocurre en la alquería de Foietes d'Alt, probablemente por condicionantes topográficos (Fig. 9, 2.2), e incluso, aunque no es muy usual, en forma agrupada como se constata en un contexto rural en la alquería del Tossal de L'Almisserà en Villajojosa, Alicante (García Gandía 2004: 85, fig. 2), en un espacio agrícola de explotación diacrónica donde las zonas de residencia parecen desplazarse entre Fig. 10. La sintaxis: formas de agrupación de las unidades domésticas en tramas los siglos XI (Foietes d'Alt) y XIII (Tossal de L'Almisserà, entre otras), indicando en ambos casos la profunda imbricación de la «casa de patio» islámica en el medio rural desde el siglo XI 48. La Arqueología pone de manifiesto que las organizaciones domésticas en tramas compactas son características y dominantes en el medio urbano y en ciertos contextos rurales caracterizados por un poblamiento rural concentrado de morfología casi «urbanizada», como es el caso de varias alquerías de época almohade en el sudeste peninsular. Sin embargo, en el medio rural y en asentamientos que no siempre se identifican con zonas de residencia concretas, sino más bien con un espacio agrario, son frecuentes las formas dispersas y diseminadas (Torró 2009: 210) o bien las soluciones agregadas que pueden incluso ir desplazándose por el territorio, manteniendo el anclaje efectivo con los espacios de cultivo (Vigil-Escalera 2009). En cualquier caso la casuística es muy variada y ciertas coyunturas históricas pueden suscitar soluciones imprevistas; es el caso por ejemplo del Castell d'Ambra en Pego, cuya tardía y corta ocupación, casi coetánea a la conquista feudal, y su carácter de refugio de los habitantes de las alquerías circundantes generó morfologías domésticas unicelulares inusuales a mediados del siglo XIII y totalmente distintas a las morfologías coevas de Siyasa o Villavieja, discutidas en este marco (Azuar et alii 1999:293, fig. 2). UNA REFLEXIÓN ABIERTA: EL CAMINO DE LA SEMIÓTICA En origen esta reflexión pretendía organizarse como una gramática de la casa, estructurándose en sus tres dimensiones constitutivas: morfología, sintaxis y semiótica. Los límites impuestos por el marco de este trabajo impiden abordar las relaciones entre los espacios construidos y la estructura social que los concibe y ejecuta a través de expresiones arquitectónicas concretas. Este camino requiere la discusión histórica de algunos problemas que se anuncian: los modelos domésticos medievales como elemento de reconocimiento social, convivencia o hibridación; los marcadores de jerarquización, la ritualización del espacio, la caracterización del poblamiento rural y urbano, la segregación social o sexual de espacios, la definición del hogar, la organización familiar, las diferencias de estatus, etc. Hasta aquí hemos analizado significantes materiales, pero la discusión futura ha de tratar sobre significados sociales y la relación entre ambos está lejos de resultar obvia. Quizá un ejemplo concreto sirva para comprender mejor el problema: los espacios domésticos de Umm al-Jimal, la ciudad bizantina tempranamente islamizada de Siria, e incluso su forma de organización agrupada (observados necesariamente desde la bidimensionalidad de un plano) son comparables en forma y estructura con los de otros asentamientos altomedievales de la Península Ibérica, ya sean de época visigoda o andalusíes, como el Cuarto de las Hoyas, Peñaflor o el propio Tolmo de Minateda. Basta confrontar su materialidad arquitectónica y productiva para comprender que sus espacios son expresiones sociales difícilmente comparables49. En ese nuevo umbral connotado de significados culturales se detiene este trabajo50.
Apuntes sobre la arquitectura de los hogares y hornos domésticos altomedievales del centro de la península Ibérica (siglos V-VIII d.C.) Alfonso Vigil-Escalera Guirado* Universidad del País Vasco UPV/EHU 1. INTRODUCCIÓN Hogares y hornos constituyen los elementos básicos en torno los cuales se articula el espacio doméstico en la arquitectura tradicional. Esa centralidad contrasta con la escasa definición arqueológica que tales estructuras han recibido en la caracterización de la arquitectura doméstica rural, tanto de época clásica como altomedieval, en nuestro territorio. A través de la exposición de una serie de casos pasaremos revista a algunos problemas de conceptualización e interpretación funcional de diversas estructuras de combustión, hogares y hornos domésticos, en el ámbito rural de la región madrileña. La extensión de la práctica arqueológica, en especial de la de carácter preventivo, contractual o comercial, ha permitido durante los últimos 20 años realizar un formidable avance en el conocimiento de la sociedad altomedieval, especialmente en el ámbito rural (Quirós 2007(Quirós, 2009)). Una de sus consecuencias destacables ha sido la reestructuración de los principales focos de interés de la investigación histórica, hasta el punto de que se haya llegado a hablar de un giro arqueológico en el estudio del campesinado (Escalona 2009). A pesar del extraordinario volumen y entidad de los nuevos descubrimientos, la publicación y sistematización del nuevo corpus de datos sigue siendo un asunto pendiente. Los principales resultados han ido concretándose en la delineación de las secuencias de desarrollo de las producciones cerámicas (Caballero, Mateos, Retuerce 2003; Alba, Gutiérrez Lloret 2008), parte troncal ineludible para la generación de cronologías ajustadas, en el esclarecimiento de la estructura del poblamiento rural (Quirós, Vigil-Escalera 2006; Vigil-Escalera 2007a), en un decidido impulso a todo lo relacionado con la arquitectura doméstica (Gutiérrez Lloret 2000; Azkarate, Quirós 2001; Quirós 2011) o incluso en la definitiva integración de los datos bioarqueológicos en el análisis completo del registro arqueológico (Quirós 2012), por poner solo algunos ejemplos. En el ámbito de la arquitectura doméstica, el énfasis ha estado centrado sobre todo en las técnicas y materiales constructivos, la morfología de los edificios, en la variabilidad regional y en los posibles cambios observables en los registros a partir del siglo VIII d.C. Resulta extraño que un elemento central en la arquitectura del espacio doméstico y en su precisa articulación como es el hogar, o más genéricamente, las estructuras para el manejo del fuego, hayan recibido durante estos últimos años tan escasa atención 1. A ellas estarán dedicadas estas páginas. El presente trabajo reclama la atención sobre la arquitectura de las estructuras de combustión de carácter doméstico (hogares y hornos) presentes en los asentamientos rurales de los primeros siglos altomedievales en el centro peninsular. A través de un somero repaso de las principales características de las mismas, tal y como se desprende de la documentación de un puñado de yacimientos de distinta cronología, se exponen los principales problemas de identificación de este tipo de estructuras y algunas posibilidades de categorización morfológica. Finalmente se apunta la relevancia y necesidad de una adecuada sistematización e interpretación de estas estructuras con objeto de comprender el funcionamiento del espacio doméstico campesino en su conjunto y su proceso de transformación a lo largo del tiempo. Las estructuras domésticas de combustión se distinguen de aquellas destinadas a actividades artesanales por caminos en muchos casos indirectos: bastantes veces por su emplazamiento en relación con la vivienda, otras por sus rasgos estructurales o constructivos, pero casi siempre por no presentar residuos, escorias o desechos de cualquier clase de actividad productiva. Como señala Bruley-Chalbot (2007), «el peor enemigo para la identificación de las estructuras de combustión es el arrasamiento. ¿Cómo distinguir un horno de un hogar cuando se conserva únicamente una rebanada del suelo?» La cuestión estriba en determinar si dos procesos de cocción diferentes pueden producir un mismo tipo de huella arqueológica. «Una solera, es decir, una superficie horizontal tostada, parece la resultante de un horno cuando alcanza una rubefacción homogénea superior a 3 o 4 cm, siendo necesario para ello la presencia de una bóveda. Sin embargo, algunas placas de hogar documentadas en contexto de vivienda asemejan a veces bastante a la solera de un horno» (Bruley-Chalbot 2007). A este autor se debe uno de los escasos trabajos de investigación centrados en el análisis arqueológico de esta clase de estructuras en el periodo que nos ocupa (Id: 1997). Hogar puede ser cualquier lugar donde se haya hecho fuego, si bien a efectos arquitectónicos (y arqueológicos) el hogar se definiría como el sitio donde se controla el fuego, ya sea para cocinar, calentar, alumbrar o una combinación de todas esas funciones (Cañavate 2008: 107). El tipo más básico no requiere ningún arreglo particular, pudiendo adoptar en planta formato circular, rectangular, cuadrangular o irregular. Si se dejan las cenizas en su sitio, éstas forman una capa aislante entre el suelo y el fuego, y el primero apenas quedará marcado. Los hogares pueden acondicionarse con una solera de arcilla que forme una placa de hogar, y a veces delimitarse con piedras o tejas que constriñen el fuego. Este es el caso más habitual en la arquitectura de casas y cabañas. A mayor recurrencia en el uso, mayor rubefacción se genera y más probable es que pueda llegarse a identificar la estructura, afirma Bruley-Chalbot a partir de los casos contemplados del Norte de Francia. Los hogares puede también estar excavados o rehundidos y a menudo las cenizas se dejan en el fondo. Las paredes quedan entonces rubefactadas, pero no así la base. En estos casos, el hogar podría ser confundido con un horno. Los hornos se encuentran representados mayoritariamente en nuestros registros por ejemplares de cámara hemisférica excavada parcial o totalmente en el sustrato geológico. La cavidad sirve a la vez de cámara de fuego y de cocción. El horno se asocia siempre a una fosa de trabajo delante de su embocadura, que permite la manipulación en el interior de la cámara. La configuración de ese espacio, como veremos más adelante, determina algunas de las principales variantes discriminatorias para la clasificación de los hornos. Varios hornos pueden instalarse en torno a una misma fosa, normalmente de forma consecutiva. Los casos de empleo en batería (simultáneamente) serían raros, según Bruley-Chalbot (2007) y en eso coincide también el análisis de los registros del interior peninsular. Las reparaciones y acondicionamiento de estas estructuras son habituales y a veces bien visibles, sobre todo en lo que respecta a la refacción de las soleras. En algunos casos una cámara de horno amortizada puede servir de espacio de trabajo para un nuevo horno excavado en uno de sus lados. La disposición de agujeros de poste en el entorno de la cámara o del ambiente de trabajo testimonia la existencia de cubiertas. Algunas de las instalaciones solo se explican probablemente en función de la comodidad del usuario: banquetas, sistemas de acceso... Los criterios tenidos en consideración por el citado autor para establecer la variabilidad tipológica de los hornos han sido las siguientes: las dimensiones de la solera (longitud, anchura, ancho de la embocadura...), su morfología (ovalada, circular, irregular...), su inclinación (plana, pendiente hacia la embocadura o hacia el fondo) y la altura de la bóveda o la de la embocadura (si fuera posible su determinación). La bóveda puede estar completamente excavada en el sustrato o puede estar parcial o totalmente construida (en piedra, en tierra o mixta), alternativa que se explica en parte por la naturaleza del sustrato geológico (excavabilidad y resistencia). Su funcionamiento resulta muy similar al del horno tradicional de pan que aún conocemos en la actualidad. El fuego se hacía en el centro o cerca de la embocadura, como testimonia el mayor espesor de la capa de rubefacción en esas zonas. Las brasas no parecen haber sido retiradas hacia los bordes de la solera del horno sino extraídas de su interior cuando el horno estaba suficientemente caliente para aprovechar así la cualidad irradiante de la arcilla. La embocadura debía estar cerrada para que el calor no se (Azkarate, Quirós 2001: nota 22). Igualmente, en el voluminoso estado de la cuestión sobre los asentamientos rurales altomedievales del Norte de Francia, el análisis de estas estructuras apenas ocupa un par de páginas (Peytremann 2003: 292-5). Dignos de reseña serían el riguroso análisis que estas estructuras han merecido en el yacimiento albaceteño del Tolmo de Minateda (Cañavate 2008) y el reciente trabajo de Roig (2009: 235-237). También Alba (1997) y Vizcaíno (2007) han reparado en estas estructuras en sus respectivos trabajos sobre Mérida y Cartagena. El estudio sintético de referencia sobre estas formas de arquitectura doméstica en el ámbito andalusí fue abordado años atrás por A. Bazzana (1996). perdiera con rapidez, pero la gestión del proceso podía resultar problemática, ya que un cierre hermético haría complicada la vigilancia de la cocción. Los análisis efectuados en distintas soleras revelan que la temperatura alcanzada estaría entre los 400 o y los 500 o C (Roig 2009: 236), aunque en algún caso esa temperatura podría haber sido superior2. El corpus de estructuras domésticas de combustión recopilado por Bruley-Chalbot (2007) ascendía en la región francesa de Île-de-France a unos 600 individuos, revelando otros dos tipos en activo junto a los hornos hemisféricos. A pesar de las diferencias en lo que concierne a la morfología, la función culinaria de éstos es indudable. El primer grupo estaría formado por estructuras con cámara de cocción tubular o cónica (a veces denominadas 'en forma de cigarro'). Tienen solera plana, las paredes redondeadas y su altura no es superior a los 30 cm. Estos ejemplos solo se han constatado en sitios de cronología bajoimperial. El segundo tipo sólo ha aparecido en el yacimiento de Saint-Pathus, al Oeste de Ile-de-France, ocupado ininterrumpidamente desde el siglo III al X d.C. Entre los hornos documentados se encuentran algunos de pequeñas dimensiones y planta alargada, cámara menos cónica que las del caso antes citado y con la solera bien cocida, con resaltes a menudo en la parte trasera de la cámara y espesores de rubefacción bastante elevados (10-15 cm). Las dataciones arqueomagnéticas probarían su uso exclusivo en época merovingia. Puede tratarse, según el autor, de una peculiaridad funcional de interpretación ignota o igualmente de una especificidad regional. Una de las carencias estructurales presentes en la documentación arqueológica de estas estructuras en los yacimientos del interior peninsular es precisamente la práctica inexistencia de análisis específicos. Los hornos hemisféricos considerados, como los de pan, pueden albergar otra clase de funciones culinarias o extraculinarias. Podrían usarse, por ejemplo, para secar o tostar productos cuando la temperatura disminuye. Sin embargo, la evidencia arqueológica a este respecto (el uso cotidiano de los hornos, los alimentos preparados en ellos), es en la práctica inexistente. Dos ejemplos de pan carbonizado hallados en el sitio de Louvres 'Orville' (Gentili 2000) revelaron una masa levantada con una harina más o menos terrosa, pero su recuperación no estuvo asociada a estructuras de cocción. Los hornos de grandes dimensiones (grupos 3 y 4) existen durante todos los periodos contemplados, entre el Bajo Imperio y el siglo XII. Sin embargo, se constata que a partir del siglo X sólo aparecen estos tipos mayores, aumentando el espesor de la capa rubefactada con el tiempo y reduciéndose el tamaño de la embocadura y el número de estructuras de cocción en el seno de los asentamientos. Durante el Bajo Imperio suelen aparecer uno o dos grandes hornos de gran tamaño. Aunque presumiblemente nos encontremos ante explotaciones de carácter familiar, no se excluiría una gestión centralizada de los mismos por parte de un eventual propietario o administrador. En los yacimientos franceses de época merovingia analizados por Bruley-Chalbot (2007), las aldeas cuentan con numerosos hornos, dispersos o agrupados en unidades de explotación con la vivienda. Después, las estructuras tienden a formar grupos, en sectores específicos, y su número se reduce. En los yacimientos de los siglos XI-XII, los hornos suelen ser estructuras únicas, revistiendo un probable carácter colectivo. CONTEXTOS DE CRONOLOGÍA ROMANA (SS. Los datos de una serie de yacimientos rurales de época romana localizados en el mismo ámbito territorial del centro peninsular (Figura 1) se emplearán como contraste a efectos de caracterizar las eventuales novedades que revela el registro arqueológico de época altomedieval. Por desgracia, hasta la fecha no han sido documentados hornos, y tan sólo los hogares ubicados en el interior de las viviendas servirán a efectos comparativos. La casa de patrón itálico de La Indiana (Pinto, Madrid) El yacimiento de La Indiana, excavado parcialmente durante el proceso de desarrollo urbanístico de la localidad de Pinto hacia el Norte entre 1996 y 2001 por distintos equipos y empresas, nunca ha sido objeto de una edición integral. Presenta numerosas ocupaciones solapadas relativas a distintos periodos, desde la prehistoria a época medieval. Durante el año 1997, la excavación en extensión de una de las parcelas deparó el hallazgo de un interesante edificio levantado hacia mediados del siglo I d.C. según patrones claramente romanos (Figura 2). A pesar de que estuvo en uso hasta inicios del siglo III d.C., su estructura original no sufrió excesivas modificaciones (Vigil-Escalera 2007b). El intenso expolio de material constructivo durante la Alta Edad Media3 afectó especialmente a los zócalos de piedra, aunque de modo muy puntual, sin alterar los derrumbes de las cubiertas de teja del interior de sus diversas estancias. Se distinguieron en su interior un ambiente interpretado como cocina (H6.2), huellas de rubefacción de planta circular en el centro de las habitaciones orientales (H1, H7, H6.3) y un posible hogar de planta cuadrangular sobre un banco de adobe en el patio (H9). Aunque no pueda afirmarse con rotundidad que todos esos puntos de fuego hayan estado en uso al mismo tiempo, se comprueba en este sitio la variabilidad de distintos elementos diferenciables por sus rasgos constructivos4. Es probable que cada una de ellas sirviese a fines específicos, con posibles estructuras de calefacción (correspondientes con las huellas de fuego detectadas en los ambientes del ala Este) diferenciadas del lugar específico asociado funcionalmente a la preparación de alimentos. La casa altoimperial de Zarzalejo (Arroyomolinos, Madrid) En el yacimiento de Zarzalejo, al Sur del arroyo de Los Combos, municipio de Arroyomolinos, se excavó por procedimiento de urgencia durante los años 2003-2004 un complejo de edificaciones de cronología imperial romana en torno a un área común abierta (Hernández et al. 2004). Los distintos bloques de construcciones incluyen espacios de uso residencial y productivo o de almacenamiento, y estuvieron en uso, de acuerdo con el análisis del repertorio cerámico, entre inicios del siglo II d.C. y mediados o el tercer cuarto del siglo III d.C. Se documentaron hogares o manchas de fuego en distintas habitaciones. A excepción del hogar del ambiente A13, cuya descripción detallada ofreceremos a continuación (Figura 3), el resto son simples huellas más o menos circulares o irregulares de rubefacción, a veces en posición centrada, otras adosadas a los muros perimetrales u ocupando alguna esquina. Las edificaciones dispuestas en la zona Norte parecen haber tenido relación con actividades productivas o de almacenamiento. El edificio situado al Suroeste tenía una sala destinada al pisado de la uva (lacus) y un depósito de recogida de líquidos. El bloque que ocupa el lado SW del patio central responde preferentemente a función residencial. La habitación mide 6,90 metros de largo por 4,50 de ancho, lo que deja unos 31 m 2 de superficie útil (Figu-Fig. Localización de los yacimientos citados en el texto. 1, La Indiana; 2, Zarzalejo; 3, El Rasillo; 4, Congosto; 5, La Huelga; 6, El Pelícano; 7, Gózquez Fig. 2. Distintas estructuras de combustión del establecimiento de La Indiana: un hogar sobre poyete de tierra en el patio central (H9), un ambiente específicamente destinado a cocina (H6.2) y huellas circulares de rubefacción en las tres estancias orientales (H1, H7, H6.3) ra 4). Una serie de pequeños agujeros de poste en torno al hogar tal vez tengan relación con el uso de la cocina; otras dos manchas de fuego de forma irregular (UUEE 1237, 1238) se documentan en el lado Este del mismo ambiente. La habitación presenta dos vanos, uno al Este da acceso al porche abierto al patio, el otro, al Norte, a una estancia menor que presenta en su suelo una fosa rectangular a modo de fresquera alineada con su pared septentrional. La casa bajoimperial de El Rasillo (distrito de Barajas, Madrid) El yacimiento de El Rasillo fue objeto de intervenciones arqueológicas entre los años 1999 y 2000 a resultas de su afección parcial por obras relacionadas con la ampliación del aeropuerto de Madrid-Barajas (Vigil-Escalera 2004, 2009b). Se localiza en la orilla occidental del río Jarama, en terrenos sedimentarios de vega, llanos, regables y de alta potencialidad agraria. La vivienda que hemos seleccionado de El Rasillo forma parte de una serie de construcciones en torno a un gran espacio abierto, probablemente la parte rústica de un establecimiento tipo villa con su sector noble y sus termas al Este, sobre la playa fluvial. La casa en cuestión se data entre el último cuarto del siglo IV e inicios del siglo V d.C., momento en el que resulta abandonada dejando en su interior, dentro de una fosa, una ocultación de enseres domésticos (recipientes de cerámica y vidrio) y diversos objetos de hierro y bronce (Pozuelo, Vigil-Escalera 2003). La estancia principal (A8) es un ambiente de planta rectangular con un hogar construido con placa de ladrillos sobre poyete de adobe, adosado al centro de su pared occidental (Figura 5). Otros dos ambientes menores (A5 y A7) se adosan al anterior por el Oeste. El meridional presenta igualmente un hogar sobre una pequeña platafor- En los establecimientos rurales de época romana de la región madrileña que hemos tenido ocasión de describir, pues, los hogares tienden a situarse sobre pequeños bancos ligeramente elevados sobre la cota de suelo. En algunos casos presentan soleras de ladrillo y suelen ubicarse en el centro de las habitaciones principales de la vivienda, tanto en posición exenta como adosados a uno de los muros largos. Son habituales, por otra parte, las huellas de rubefacción de planta circular en el centro de otras habitaciones, tal vez testimoniando la habilitación de sistemas de calefacción o alumbrado. En alguno de los sitios, determinados ambientes pueden desempeñar la función de cocina, y no se ha documentado con claridad la existencia de hornos abovedados para la cocción del pan. Llevaremos a cabo en este apartado una selectiva ilustración de casos de hogares y hornos documentados en asentamientos altomedievales de la región de Madrid para los que contamos con una documentación arqueológica suficientemente explícita. Se tratará de incidir en la variabilidad estructural o constructiva, en la cronología asigna-da a los contextos y en las relaciones espaciales de estas estructuras entre sí y con la vivienda, pretendiendo no un ensayo de sistematización, sino una primera aproximación a la entidad y significado de las mismas. El yacimiento de Congosto, emplazado sobre la vega del río Manzanares, fue objeto de una exploración arqueológica en extensión debido a la afección provocada por un proyecto constructivo en el año 2004 (Martín, Rincón 2004). Los terrenos albergaban estructuras pertenecientes mente precario estado de conservación de E1 (área 6900), se pudieron documentar dos hogares de planta cuadrangular (UUEE 6904 y 6905), delimitados por pequeñas lajas de yeso hincadas, con solera de fragmentos de material latericio y teja, ligeramente rehundidos respecto a la cota de frecuentación interior de los ambientes (Figura 7). La restitución completa en planta de este edificio y su división interna es hipotética. Las dimensiones de los hogares son de 100/110 cm de lado el mayor, del ambiente oriental, y 80/90 cm de lado el menor (occidental). En el edificio E2 se reconoce al menos un hogar construido, del mismo tipo a sucesivas ocupaciones prehistóricas y a un establecimiento altomedieval ocupado entre el último tercio del siglo V y el siglo VII d.C. El análisis del repertorio cerámico permitió definir una secuencia de evolución de la ocupación altomedieval marcado por un progresivo desplazamiento al Sur del núcleo de la actividad de solo una o dos unidades domésticas (Quirós, Vigil-Escalera 2006: 86-90, Fig. 6; Vigil-Escalera 2007a: 259). Los edificios con zócalo de piedra de las fases más antiguas (E1 Norte y E2 central) presentaban estructuras de fuego en su interior (Figura 6). A pesar del extremada- que los anteriormente señalados (a ras de suelo, planta cuadrangular, delimitación mediante lajitas hincadas, solera de fragmentos de teja y ladrillo). La datación de estos edificios dentro del primer periodo de la secuencia de ocupación altomedieval establecida para el yacimiento implica unas fechas comprendidas entre el último cuarto del siglo V y el primer tercio del VI d.C. A cierta distancia de cada uno de los edificios interpretados como viviendas (Figura 8), se emplazan algunas cabañas de perfil rehundido con hornos adosados, con soleras de fragmentos de teja, ladrillo o cerámica y huellas evidentes de rubefacción. En el extremo suroeste del área explorada, la pequeña cabaña de perfil rehundido UE 5650 con horno adosado constituye el único caso para el que resulta difícil establecer una asociación directa con alguna estructura residencial coetánea. En este yacimiento, desde su implantación a finales del siglo V d.C., encontramos ya perfectamente configurada la que será una constante en la arquitectura doméstica de todos los asentamientos campesinos altomedievales de la región: la marcada diferenciación topográfica y previsiblemente funcional entre los hogares, situados en el interior de los espacios residenciales, de arquitectura bastante simple, y los hornos con cámara abovedada, ubicados siempre a cierta distancia de la vivienda principal. La casa de El Pelícano P01A (Arroyomolinos, Madrid) El yacimiento de El Pelícano ha sido parcialmente excavado en extensión de forma discontinua entre los años 2002 y 2010, según se iban ejecutando sucesivas promociones urbanísticas en la orilla Norte del arroyo de Los Combos. A lo largo de las casi siete hectáreas exploradas de la aldea altomedieval se documentaron restos arqueológicos correspondientes a ocupaciones durante distintos periodos, desde la prehistoria a la Baja Edad Media. Objeto de reseñas parciales en varias publicaciones5, aún resta pendiente su edición integral. El asentamiento altomedieval (ss. V-VIII d.C.) se desarrolla a partir de la transformación de un establecimiento romano bajoimperial, localizado aguas abajo del arroyo, en el sector denominado P10 o El Jardín. El cementerio de la comunidad se emplaza a escasa distancia de aquellas ruinas, en torno a un mausoleo de la misma cronología. El hábitat permanece relativamente concentrado en un sector próximo a la necrópolis hasta la segunda mitad del siglo VI, cuando diversas unidades domésticas comienzan a instalarse aguas arriba ocupando una gran extensión de terreno. En el caso de la unidad doméstica localizada en el sector P01A, datada en torno a mediados o la segunda mitad del siglo VI d.C., no fue identificada ninguna estructura con los rasgos propios de un horno en el entorno de la vivienda. El rasgo más destacable de esta unidad sería su articulación en tres módulos (Figura 9). El meridional, con zócalo perimetral de piedra, muy arrasado, podría interpretarse tal vez como un espacio de almacenamiento. El bloque Norte, separado en dos, tiene probable carácter residencial y presenta un espacio presumiblemente de alcoba en la parte trasera (delimitado por una roza simple en el terreno, de planta rematada en curva, con una fosa menor rectangular centrada en su interior) y un ambiente principal de perfil rehundido con restos identificables de hogar solado con fragmentos cerámicos y peque-Fig. Núcleo principal de estructuras de la unidad doméstica documentada en el sector P01A de El Pelícano ños mampuestos de piedra en su lado occidental, a la izquierda del acceso. La definición arqueológica del hogar es imprecisa, dado el precario estado de conservación de sus restos. La solera se dispone sobre un banco o resalte unos 10-15 cm por encima de la cota de suelo interna del ambiente semisubterráneo. A unos escasos metros al Sur del conjunto se disponen cuatro silos y un probable pozo. La Huelga (Barajas, Madrid) La exploración arqueológica en el yacimiento de La Huelga, en terrenos situados a orillas del río Jarama, estuvo motivada por la excavación de una gran trinchera para el soterramiento de una infraestructura de transporte de electricidad en el año 2000 (Domínguez et al. 2004). Como en el caso del antes citado caso de El Rasillo, del asentamiento altomedieval sólo conocemos pues los resultados de la intervención sobre un largo corredor de 15-18 metros de ancho. En el sector meridional de la intervención se identificaron un grupo de silos, pozos, zanjas, dos cabañas de perfil rehundido y planta rectangular y una inhumación aislada. Los únicos testimonios relativos a estructuras domésticas de combustión consisten en un horno de bóveda presumiblemente hemisférica adosado a la cabaña de perfil rehundido UE 7003-7068 en el extremo Oeste de su lado largo septentrional. Se conservan la parte de la solera del horno excavada en el sustrato geológico y apenas unos 12 cm de las paredes inferiores de la bóveda. La solera, de arcilla rubefactada y unos 3 cm de espesor, presenta un diámetro de entre 142 y 147 cm. La zona de la embocadura del horno se construyó sobre estratos de amortización de la primera fase de uso de la cabaña, sirviéndose para su construcción de pequeños mampuestos de piedra (cantos rodados) y fragmentos de material latericio. En este caso resulta meridianamente claro que la instalación del horno constituye un añadido realizado a una cabaña de perfil rehundido y planta subrectangular preexistente que se encontraba ya entonces parcialmente amortizada. Aunque es difícil proceder a estimar el posible lapso transcurrido entre ambos usos, e incluso si existió una fase de inactividad entre ellos, los repertorios cerámicos proporcionados por los distintos estratos de relleno de la estructura y sus dos fases de amortización resultan a la postre muy homogéneos, y su análisis6 determinaría que la cabaña estuvo probablemente en funcionamiento entre el último cuarto o finales del siglo V y el primer cuarto del siglo VI d.C. Los hornos del sector P02 de El Pelícano En el sector P02 del ya citado yacimiento de El Pelícano, a unos 300 metros al Oeste del sector P01A, se documentaron al menos cuatro grandes conjuntos de estructuras que podrían asociarse a otras tantas unidades domésticas. En el más occidental no se reconoció con claridad el emplazamiento de la vivienda, pero sí dos estructuras independientes asociadas a funciones culinarias cuya descripción en detalle se expone a continuación. Se identifican una cámara de cocción abovedada con solera acondicionada con fragmentos de teja y su embocadura construida con grandes bloques de piedra. El espacio de trabajo delante del horno presenta sendos rebajes laterales y las huellas de lo que pudieron ser algunos de los elementos sustentantes de su cubierta (postes de madera). La disposición de los fragmentos de material latericio en la solera de la cámara (una parte puesta de canto, otra en plano, se advierte una línea sinuosa de trozos de teja dispuestos verti-Fig. Planta y sección de la cabaña con horno UE 3210, en el sector P02 de El Pelícano. En sombreado más oscuro, la probable disposición de los postes durante su segunda fase Fig. 14. Planta del sector central del barrio oriental de la aldea de Gózquez. Sombreadas en azul y rojo las asociaciones entre espacios residenciales y de trabajo durante la fase inicial y final de la secuencia de ocupación. calmente) sugiere la posibilidad de que ésta fuera remodelada o reparada en distintas ocasiones. Su diámetro ronda los 160 cm, y la boca tiene una anchura mínima de 32 cm. La amortización de la estructura, de acuerdo al repertorio cerámico, podría datarse durante el primer tercio del VIII d.C. La cabaña con horno adosado UE 3210 parece haber sido acondicionada como tahona en un segundo momento, o al menos eso podría deducirse de la reordenación de los apoyos de sustentación de su cubierta conservados en su interior (Figura 13). La solera del horno, acondicionada con fragmentos de teja, presenta pendiente hacia la embocadura. Tiene un diámetro aproximado de entre 140-150 cm., y la anchura mínima de su boca es de 46 cm. Los estratos de oclusión que amortizan definitivamente la estructura proporcionaron un lote de restos cerámicos fechable a grandes rasgos durante la primera mitad del siglo VII d.C. Los conjuntos asociados de viviendas y hornos de Gózquez (San Martín de la Vega, Madrid) La aldea altomedieval de Gózquez fue excavada entre los años 1997 y 2000 a consecuencia de la implantación de un parque de ocio. Los trabajos desarrollados revelaron la extensión en planta del asentamiento (unas 12 hectáreas), con su necrópolis comunitaria en el centro, dividiendo el poblado en dos barrios. El oriental fue objeto de una excavación intensiva que permitió reconocer una estructura parcelaria rígida en la que alternaban sectores vacíos (parcelas de uso agrario) y otras intensivamente ocupadas por estructuras sucesivamente amortizadas entre el segundo cuarto del siglo VI y mediados del VIII d.C. (Vigil-Escalera 2007a, 2009a). Cada unidad parcelaria de uso residencial-auxiliar parece haber contado con un edificio principal en torno al cual se distribuyen aisladas o en racimos distintas clases de estructuras auxiliares: silos, cabañas de perfil rehundido, algún pozo... La reutilización de material constructivo (mampostería de piedra y teja) es insidiosa, de modo que los vestigios de las primeras fases de ocupación que no son fosas casi han desaparecido por completo. En el sector central (Figura 14) se intuye el emplazamiento de ese edificio nuclear (E9) durante las primeras fases de ocupación alineado con las zanjas que delimitan un camino que separa esta parcela de la contigua, presumiblemente cultivada. El conjunto de cabañas con hornos adosados y de hornos exentos denominado complejo 6545 (Figura 15) debe ser coetáneo a la actividad de ese edificio, del que queda separado unos 40 metros, siempre flanqueando la estructura viaria citada. Durante las dos últimas fases de ocupación (segunda mitad del siglo VII y primera del VIII d.C.) el núcleo de esa parcela central la conforma el edificio E15, con su lagar E6 al Oeste. Los hornos correspondientes a este periodo se concentran en la estructura denominada UE 5740, donde se advierten las huellas de al menos tres estructuras de cocción (Figura 16). La última de ellas en activo (UE 6383) fue abandonada con la última carga de combustible en su interior, formada por ramas o plantas leñosas con un diámetro no superior a los 2-3 cm. Los hornos documentados presentan todos ellos distintas dimensiones, pero parece que fueron aparejados de forma relativamente similar, con la embocadura construida con fragmentos de teja dispuestos verticalmente. En ningu-na de las cámaras se utilizaron soleras de fragmentos cerámicos. El somero análisis efectuado sobre las estructuras domésticas de combustión (hogares y hornos) documentadas en varios yacimientos rurales del periodo altomedieval en el centro de la Península Ibérica nos lleva a delinear algunas conclusiones, por fuerza provisionales. En primer lugar, la investigación sobre este tipo de estructuras en nuestro país (pero no solo) se encuentra en un estadio relativamente incipiente. Los análisis llevados a cabo sobre esta clase de estructuras al otro lado de los Pirineos (Bruley-Chalbot 2007) han permitido fijar algunos de los parámetros que deberían guiar su sistematización formal. De igual forma, los casos estudiados en Francia revelan una paulatina transformación de los hornos hacia tipos de mayores dimensiones y con periodos más prolongados de actividad, lo que viene a coincidir con la progresiva implantación a partir del siglo X del uso comunal o colectivo en detrimento del carácter familiar que tienen las estructuras altomedievales más antiguas. En segundo lugar, parece relativamente complejo en bastantes casos, sobre todo a causa del estado de deterioro de la cota de frecuentación original de los yacimientos, discriminar entre las estructuras utilizadas sencillamente como hogar y las que fueron hornos. Las primeras (hogares) parecen emplazarse por norma en el interior de la vivienda, sin que sea posible determinar comportamientos sistemáticos ni pautas constructivas complejas. Frente a los hogares construidos sobre plataforma que caracterizan el periodo romano, los altomedievales suelen yacer directamente sobre la cota de uso del ambiente. Las segundas (hornos) suelen localizarse a cierta distancia del espacio residencial principal, entreviéndose en ello una conducta deliberada. No se tiene constancia, hasta el momento, de la documentación de hornos domésticos en los asentamientos de época romana imperial en la región. El modelo arquitectónico de horno repetido en los sitios de cronología altomedieval podría entenderse, a priori, como un elemento innovador en la arquitectura doméstica de esta etapa, con estrechos paralelos en otras partes de la propia península Ibérica o del continente europeo8. Por lo que respecta a las variables morfológicas observadas en el elenco de sitios abordado podrían deslindarse dos grandes grupos de estructuras para el horneado, independientemente de que todas ellas han debido contar con alguna clase de cubierta techada: los hornos exentos, en los que el área de manipulación es reducida y el edificio que lo engloba y su cubierta son apenas discerni-bles; y los hornos asociados a una cabaña de suelo rehundido, en cuyo caso la protección del horno frente a la intemperie es compartida con la de la estructura en la que se aloja. Los casos conocidos nos revelan que la cabaña de suelo rehundido puede ser construida específicamente para albergar un horno (como en el caso de las cuatro que integran el conjunto 6545 de Gózquez) o puede reutilizarse para ese específico propósito en un segundo momento, tanto presentando un aceptable estado de conservación (caso de la cabaña 3210 de El Pelícano P02) como habiendo sido parcial o completamente amortizada antes (cabaña 7003-7068 de La Huelga). Sería lógico pensar que las labores de amasado del pan, por ejemplo, tuvieran lugar en las citadas cabañas9, mientras que sería necesario proceder a esas mismas tareas en otra ubicación en el caso de operar con hornos exentos. No se excluye que una eventual alternancia en el uso de ambas estructuras pueda haber revestido un carácter estacional, dado que los asentamientos excavados en extensión demuestran que puede aparecer indistintamente más de un tipo de horno en el mismo yacimiento o incluso en el ámbito de una misma unidad doméstica. La utilización de los hornos presenta una variada gama de alternativas (culinarias y extraculinarias) que en gran parte nos es desconocida. Es posible que la cocción del pan fuese en realidad un acontecimiento llevado a cabo con una regularidad temporal establecida, es decir, no simplemente una tarea diaria, lo que economizaría el esfuerzo empleado en la tarea y el gasto de combustible 10. La relativa complejidad de la estructura, tanto la del propio horno como la del edificio en el que se alojaba, viene a sumarse a la elección para estas instalaciones de unos emplazamientos bastante estables. La recurrencia en el uso de los hornos parece demostrada, pero también las reformas, reconstrucciones o la nueva construcción de hornos en las inmediaciones de los preexistentes, muchas veces reutilizando las fosas abiertas con anterioridad. Una parte sustancial de los hornos que conforman el repertorio de ejemplos del centro peninsular se instalan aprovechando cabañas de suelo rehundido que funcionarían en realidad a modo de tahonas, con una función claramente subsidiaria con respecto a la vivienda principal. En algunos casos, dadas las escasas dimensiones del ambiente interior, podría descartarse que tales cabañas hayan podido tener otro uso distinto del proceso de horneado. Cuando hace algunos años se discutió acerca de la posible función residencial de las cabañas de suelo rehundido (Vigil-Escalera 2000), se señaló que la presencia de hornos y hogares podía ser una prueba al respecto 11. Con arreglo a los datos ahora presentados, tal vez sea necesario matizar aquel supuesto. Los hornos adosados no constituirían en sentido estricto un testimonio directo sobre el uso residencial de determinadas cabañas, aunque sí determinan el ejercicio de determinadas tareas en su interior. El catálogo de yacimientos del centro peninsular ofrece, por otra parte, muy escasos ejemplos de hogares instalados en su interior (se registra un solo caso en Gózquez, otro posible en el sitio de Los Berrocales, en Vicálvaro, Madrid), aunque es cierto que el reconocimiento arqueológico de los poco consistentes vestigios de un hogar es problemático. El carácter privado de la utilización de estos hornos altomedievales parece la alternativa interpretativa más plausible en función de las evidencias a nuestro alcance, lo que resulta compatible con los rasgos organizativos característicos de estos asentamientos y su división en unidades domésticas relativamente independientes en su agenda cotidiana. Es bastante probable que sólo funcionase un horno por unidad doméstica al mismo tiempo, independientemente del tamaño o número de individuos que la integraban 12. La confirmación de este extremo puede resultar muy útil a la hora de esclarecer el número de unidades domésticas que componían un determinado asentamiento, aunque sigue y seguirá siendo complejo establecer la secuencia de sustitución de las estructuras singulares en activo.
Taking all this into Resumen El objetivo de este trabajo es el de realizar un análisis social y económico de las unidades domésticas del cuadrante nordoccidental de la Península Ibérica a través de la arquitectura doméstica. En este estudio se analizan más de sesenta yacimientos, la mayor parte de los cuáles ha sido excavado en el marco de intervenciones de carácter preventivo realizado en el último decenio. Esta base de datos ha permitido estudiar las principales tipologías constructivas presentes en entornos aldeanos durante los siglos V y XI, así como reconocer la existencia de una notable variedad territorial geográfica y diacrónica, reflejo de una diversidad de «modos constructivos». Palabras clave: Alta Edad Media, unidad doméstica, arquitectura doméstica, Cuenca del Duero. Following Fernández-Posse and Sánchez Palencia, a domestic unit can be described as the «elemento articulador de la ordenación y desarrollo del espacio construido, el núcleo básico organizador de la producción y el mecanismo de regulación y control del comportamiento y relaciones sociales de la comunidad» (Fernández-Posse and Sánchez-Palencia, 1998: 130). Considering that ultimately in this period the demand generated by the elites is the key which determines the complexity of exchange and production (Wick-8 En inglés en el original (N. del T.) 9 «La perfecta nivelación del suelo rocoso del espacio interior, en el que se abren al menos cuatro hoyos de poste alineados y dispuestos en paralelo y próximos a la base del corte» En castellano en el original (N. del T.).
La primera parte del artículo hace un resumen de la evolución de las casas particulares y viviendas domésticas en la historiografía italiana a partir de los años 70, cuando los estudiosos empezaron a interesarse por el tema y también gracias al desarrollo de la disciplina moderna de arqueología medieval. Tras identificar las actuales líneas de investigación, la segunda parte analiza los principales tipos de vivienda, su distribución geográfica y diversas cronologías. La tercera aborda el concepto de las viviendas residenciales como el resultado de determinadas habilidades técnicas y analiza las características del conocimiento del pueblo que las levantó, corroborando algunos casos con fuentes documentales. La cuarta parte intenta encontrar una relación entre las decisiones tomadas en determinadas soluciones constructivas y el contexto socioeconómico de la época, con el fin de establecer una conexión entre la tipología de las viviendas, la vida de sus moradores y la mentalidad de la época. El último apartado ofrece un resumen final con un breve repaso a los temas abordados en el artículo. Palabras clave: Viviendas particulares; Italia; alta Edad Media; arqueología de la arquitectura; conocimientos técnicos; modos de vida.
Palabras clave: historiografía; arquitectura rural; la formación de las aldeas; el medio; las propiedades de la elite; excavación en las aldeas existentes.
En la Gran Bretaña de la alta Edad Media se solían construir las viviendas de madera y por consiguiente no queda ninguna estructura en pie. Así, se han adoptado varios enfoques para interpretar las características de dichas viviendas, como el análisis de la madera saturada de agua, la recreación de la metodología de trabajo y la reconstrucción de edificios, así como los tradicionales análisis de las plantas de las construcciones en las excavaciones. La atribución étnica de las viviendas en Gran Bretaña resulta especialmente difícil porque rara vez se han identificado las tradiciones constructivas de Inglaterra y Escocia. No obstante, se ha argumentado que es posible identificar a una tradición característica de construcción en madera que se mantuvo del siglo V al siglo XI e incluso hasta el siglo XII y que se puede encontrar en toda Inglaterra y en el sur de Escocia. Palabras clave: Tradición constructiva; etnicidad; construcciones en madera; madera saturada de agua.
En Andalucía, como en el resto de España, se advierte un cambio radical en la concepción de la Arqueología desde mediados de los años ochenta, al recibir la comunidad autónoma las transferencias en materia de gestión e investigación. Junto a este hecho, cuya consecuencia principal fue la multiplicación de actividades sistemáticas y de urgencias, hay que destacar un considerable aumento de las operaciones de rehabilitación de edificios históricos que serían destinados a albergar organismos públicos. Esta dinámica se vivió especialmente en la ciudad de Sevilla donde se aunaron distintas circunstancias que desembocaron en un aumento considerable de investigaciones arqueológicas "de apoyo a la rehabilitación"; las causas principales fueron el crecimiento urbano natural propio de la capital, el acondicionamiento de numerosos inmuebles como sede de la Exposición Universal de 1992, la política de recuperación de grandes edificios históricos como sedes de delegaciones, consejerías y distintos servicios de la Junta de Andalucía y de la Gerencia de Urbanismo, etc. Como resultado de todo ello el análisis arqueológico de conjuntos monumentales de considerable tamaño y complejidad (Conventos, palacios, iglesias, cuarteles, hospitales, etc.) se tradujo en el desarrollo de sistemas analíticos, basados en experiencias italianas (PARENTI, 1988: 249-279; BROGIOLO, 1988) y nacionales (CABALLERO, 1985: 27-32; JIMÉNEZ, 1992; LÓPEZ, 1984: 19-21) capaces de garantizar un nivel razonable de conocimiento edilicio, histórico y urbano, a la par que una razonable inserción arqueológica en los procesos de rehabilitación, desde las fases preproyectuales. Las consecuencias de dos décadas de trabajos se traducen hoy día sobre todo en una aceptación "política y administrativa" de dichos procesos, habiéndose pasado de las complicadas excavaciones forzadas en inmuebles en pleno proceso de obra (algo común en los 80) a la integración de la cautela "Análisis arqueológico de paramentos" en los planes de protección urbanísticos para cualquier edificio histórico. ARQUEOLOGÍA DEL EDIFICIO EN SEVILLA Para entender el auge de la nueva disciplina en nuestra ciudad debemos retroceder a las décadas centrales del siglo XX, momento en el que se materializan algunas rehabilitaciones de cierto calado en su casco histórico y en edificios emblemáticos de su pasado islámico. Estas pueden enmarcarse dentro de una visión historicista y violletiana de la restauración típicas de ese momento de Paradores Resumen A partir del año 1985 la ciudad de Sevilla ha conocido un desarrollo extraordinario de la actividad de rehabilitación de edificios históricos debido a tres razones principales: la celebración en el año 1992 de la Exposición Universal y la consiguiente recuperación de viejas instituciones como el Convento de la Cartuja y San Clemente; las nuevas atribuciones de la administración autonómica, que se ha ocupado de palacios como los de Mañara o Altamira; el impulso prestado por el ayuntamiento para la recuperación de las murallas islámicas, monasterios, etc. Como resultado de estas experiencias se ha producido un desarrollo metodológico de la Arqueología de la Arquitectura. Palabras claves: Sevilla, Arqueología de la Arquitectura, Rehabilitación. Nacionales y reconstrucciones monumentales. Sus autores forman parte de una exquisita y reducida "casta" de arquitectos-historiadores formados dentro de la tradición erudítica de carácter histórico artística y especializados en la rehabilitación de monumentos islámicos; representaban un perfil (hoy muy escaso) de arquitectos como Félix Hernández o Rafael Manzano capaces de proyectar y restaurar con una comprensión de la edilicia histórica y de los lenguajes formales del pasado muy superior a lo habitual en la actualidad. A ellos debemos el descubrimiento, mantenimiento y recuperación de construcciones islámicas como el Patio de Crucero de la casa de Contratación de Sevilla, Patio del Yeso o el Sahan de la Mezquita Mayor Almohade, que nos hablan de una época (hasta 1985) en la que la Historia del Arte y la Arquitectura se aunaban en los procesos de rehabilitación en un momento en el que aún no existía lo que hoy denominamos Arqueología de Apoyo a la Rehabilitación y mucho menos Arqueología del Edificio. Son de este período algunas importantes excavaciones en monumentos locales como el Alcázar (BENDALA, NEGUERUELA, 1981: 335-379) o la Catedral (COLLANTES DE TEHERÁN, 1977) en las que ya se advierten las lógicas y habituales complicaciones metodológicas resultantes de las primeras aproximaciones de arqueólogos clásicos a los medios urbanos pluriestratificados. Por entonces, años setenta, se renovó en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura la asignatura "Análisis de Formas Arquitectónicas" gracias a los arquitectos Pedro Rodríguez y Alfonso Jiménez, quienes diseñaron un sistema de aproximación al edificio caracterizado por estudios tipológicos extremadamente rigurosos cuya finalidad era el conocimiento exhaustivo y sistemático del inmueble desde ópticas distintas: masiva, funcional, tecnológica y espacial. Un ejemplo magnífico del sistema fue puesto en práctica en 1977 en la Puerta de Sevilla de Carmona, publicada por Alfonso Jiménez en 1989. Dicho sistema se basaba en la tradición erudítica tradicional de la arqueología romana representada por Lugli y Jean Pierre Adam, desarrollada en el campo arqueológico desde aquellos momentos por Bendala y posteriormente Lourdes Roldán. Las posibles carencias del análisis tipológico se vieron complementadas por una excavación arqueológica de apoyo a la restauración que determinó la existencia de un amurallamiento del Bronce Final-Orientalizante (siglo VIII a.C.) bajo el actual sistema defensivo, que completaba una imagen ya bastante compleja dada la superposición de muros y espacios desde el período cartaginés al almohade. El conjunto tuvo su máximo esplendor durante el siglo I a.C., momento en el que se aprecia la erección de un sistema de acceso con intervallum y un templo sobre la terraza del bastión principal. Esta experiencia, a pesar de haber sido emblemática en su momento y haber servido de referencia durante años gracias a su depurada metodología, no tuvo un desarrollo posterior completo en otros edificios o restauraciones y esto a pesar de que la asignatura de Análisis de Formas posibilitó a cientos de arquitectos que hoy trabajan en nuestro entorno las herramientas adecuadas para su materialización en programas de restauración. Fueron de nuevo los citados investigadores los que en las décadas siguientes acometieron aproximaciones similares en inmuebles como el Hospital de las Cinco Llagas, hoy Parlamento Andaluz, Catedral o Iglesia de la Magdalena. En este foro de Vitoria, que ha supuesto uno de los intentos más serios de definición de una disciplina como la Arqueología de la Arquitectura en nuestro país, nos parece imprescindible reivindicar el carácter pionero de esta experiencia que fue coetánea de las primeras aplicaciones del método Harris sobre la edificación en Europa. De hecho los dibujos paramentales y reflexiones arqueológicas de Jiménez sobre la transformación muraria ya dejaban entrever un salto que no llegó a producirse, en nuestra opinión, por la escasa adhesión al uso de dicho sistema entre los arqueólogos locales clásicos durante los setenta. En cualquier caso, los resultados obtenidos en Carmona pusieron en evidencia la necesidad de complementar la rehabilitación con informes arqueológicos sobre el subsuelo y lo emergente, dejando atrás la etapa de los informes artísticos introductorios, algo presente en los debates que se desarrollaban en Italia en dicha época. A partir de 1985 se produjo un incremento extraordinario de la rehabilitación de edificios históricos en la ciudad debido a tres circunstancias principales: -Exposición Universal de 1992 y consecuente recuperación de inmuebles destinados a albergar eventos: Monasterios de la Cartuja y San Clemente, etc. -Transferencias a la Comunidad Autónoma, que decide restaurar viejos edificios para instalar consejerías y delegaciones, en especial la de Cultura en diferentes palacios del barrio de San Bartolomé (antigua judería). -Impulso urbanístico desde la Gerencia Municipal de Urbanismo: Murallas islámicas, Monasterio de San Jerónimo, etc. Las primeras rehabilitaciones de envergadura coinciden con la creación de un servicio de arqueología en la Delegación Provincial de Cultura dirigido sucesivamente por Fernando Amores y Juan Manuel Campos, y posteriormente por José Manuel Rodríguez, quienes impulsaron y cuestión). Metodológicamente son realizadas cada una según la formación del investigador y sus afinidades y generalmente no se rigen por el sistema de distinción de unidades estratigráficas. A este primer grupo, que coincide con nuestros primeras excavaciones en la ciudad de Sevilla pertenecen las rehabilitaciones del Noviciado de San Luis, El Convento de San Agustín, Miraflores, Monasterio de San Jerónimo, etc. En dichas intervenciones se produjo en los arqueólogos implicados una transformación de los conceptos sobre Arqueología inculcados por la Universidad manifestándose una contradicción entre el interés científico personal, el interés científico del yacimiento urbano per sé, las necesidades de la rehabilitación, los condicionantes temporales y presupuestarios, etc. Difícil panorama al que se añadía el interés político y la falta de atención a otros edificios restaurados por entonces. Los resultados de aquellas restauraciones, siempre parciales, vistos desde la distancia, fueron aceptables y en todas las intervenciones se detecta una aproximación intuitiva a los alzados aunque no se les aplica ni la misma atención que al subsuelo ni se le otorga el mismo rango científico. Son trabajos en edificios de grandes dimensiones en los que abundan los cortes puntuales y zanjas prospectivas; las áreas de excavación en extensión son poco frecuentes y se recurre a la vigilancia de movimientos de tierra con maquinaria. La lógica dicta las fases arqueológicas a valorar, que frecuentemente derivan en el redescubrimiento de ámbitos medievales o modernos derruidos. Caracterizado por su intención de análisis integral, con aspiraciones de asumir desde la óptica arqueológica el resto de los estudios multidisciplinares, generalmente bien integrados o aceptablemente insertados en el proyecto de rehabilitación. Son los estudios de la Cartuja y del Palacio de Altamira. A este grupo se pueden añadir en los años siguientes los del Palacio de Mañara, el Cuartel del Carmen, Atarazanas, Monasterio de San Clemente, etc. El salto cualitativo es notable durante este período y las experiencias en la Cartuja a cargo de Fernando Amores supondrán, además de una cantera de futuros arqueólogos urbanos, un escaparate mundial y una reivindicación de la Arqueología de la Arquitectura como disciplina necesaria en la toma de decisiones sobre rehabilitación en un grado no superado hasta el momento en nuestra comunidad. Debemos destacar la figura de Diego Oliva, conservador del Museo Arqueológico de Sevilla, quien defiende y pone en marcha la creación de grupos multidisciplinares y la figura del arqueólogo-historiador del edificio como alter forzaron la presencia arqueológica en las obras de rehabilitación en un contexto de excavaciones urbanas de urgencia cada vez más numerosas y complejas. Desde los distintos servicios de la Dirección General de Bienes Culturales se impulsó esta presencia en un ambiente de notable actividad e innovación (Creación del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, Ley del Patrimonio Histórico Andaluz, Reglamento de Actividades Arqueológicas, etc.) En las principales intervenciones (Cartuja, dirigida por F. Amores, o los Palacios de Altamira, Mañara, etc. por D. Oliva) se fue poniendo de manifiesto la necesidad de generar sistemas de trabajo específicos para la comprensión de la arquitectura antigua y su recuperación, pasándose de la excavación desvinculada del edificio a la creación de modelos ágiles de trabajo integrados de manera razonable en los proyectos de rehabilitación en los que se atendía prioritariamente a la edificación en sí a la par que se diversificaban los campos de análisis. Todo ello sucede, como en otras zonas de España de manera autónoma e intuitiva, a medida que comienzan a trascender las novedades científicas generadas en Italia (Brogiolo, Parenti, Doglioni, Francovich...) y las españolas (Caballero, López Mullor, etc.). En los años noventa la actividad metodológica del Instituto Andaluz del Patrimonio y de otros grupos locales se tradujo en la aparición de escritos referentes a dichos sistemas de investigación (OJEDA, TABALES, 1996: 41-52), (TABALES, 1997: 65-81), e incluso alguna tesis de Licenciatura sobre Metodología arqueológica de apoyo a la rehabilitación (TABALES, 1993) o la tesis doctoral denominada Arqueología y rehabilitación de edificios históricos en Sevilla (TABALES, 1998). LA REHABILITACIÓN EN SEVILLA Desde el punto de vista cronológico "creemos" que todas estas realidades han incidido en el panorama de la recuperación del patrimonio arquitectónico sevillano según el siguiente esquema: Se caracteriza por la realización de investigaciones parciales de edificios, generalmente condicionadas por su inserción a posteriori en los procesos de obra de rehabilitación, y realizadas por lo general con una visión aún muy parcial de los estudios sobre el patrimonio edificado. Comúnmente, consisten en meras excavaciones realizadas "en el edificio", pero no necesariamente con éste en el primer orden de prioridades (aunque después se intente completar la falta de atención a la estructura emergente con análisis por lo general superficiales y de carácter documental o artístico, del conjunto del monumento en ego del arquitecto diseñador (Oliva, 1993). Dicha figura, muy criticada desde el campo de la Arquitectura tuvo en dicho investigador a su mejor exponente durante el período en el que la reivindicación de la lectura arqueológica de los inmuebles era tema de discusión habitual en los foros universitarios y políticos andaluces. Sus trabajos en los Palacios de Atamira (1988), Mañara (1990), Marchelina (1995) y el Cuartel del Carmen (1993) son ante todo una muestra de integración y diversificación del campo de análisis arqueológico tradicional a la vez que un intento de integración en el programa de recuperación del inmueble, lejos de la lectura independiente y distanciada de la obra. Utilización de un sistema de trabajo específico, basado en las experiencias anteriores y destinado a suplir las carencias detectadas previamente, mediante la especialización del equipo de investigación básico y la definición de aquellos aspectos esenciales para la caracterización global del inmueble. Metodológicamente se caracterizó por su carácter experimental, poniéndose en práctica nuevos sistemas de registro, indagándose en diversos tipos de estudios paramentales. Pertenecen al grupo los trabajos en el Convento de Santa María de los Reyes, el Cuartel del Carmen, el Palacio de los Marqueses de Marchelina, etc. Aceptación generalizada de la presencia arqueológica en edificios en rehabilitación. Creación de programas de rehabilitación por parte del Servicio de Conservación de la DGBC en iglesias mudéjares (A. Pérez Paz), creación de fichas diagnóstico para la conservación (Arturo Pérez y otros...). Participación de diversos organismos públicos en la rehabilitación de conventos y palacios (Consejería de Obras públicas en el Convento de Santa María de los Reyes, Gerencia de Urbanismo en Santa Inés, etc.). Incorporación de la empresa privada (Palacio de San Leandro). Organización de equipos arqueológicos sistemáticos para la investigación y rehabilitación de grandes conjuntos monumentales en la Catedral, el Alcázar o el Antiguo Hospital de las Cinco Llagas. En la actualidad la mayor aportación consiste en la incorporación de la arqueología del edificio en los Planes Especiales de Protección Urbana. Mediante la utilización de una cautela referente a la lectura de paramentos en dos modalidades (general o básica) se añade la estructura edificada al subsuelo, cautelado a nivel general desde 1995. Esta decisión se entiende dentro de un proceso anual de excavaciones de urgencia cercana a la cincuentena y en un momento de renacimiento de la actividad inmobiliaria. La Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla ha sido una de las pioneras en Andalucía en la protección del Patrimonio Arqueológico Emergente, mediante la aplicación de una cautela específica contenida en el planeamiento urbanístico de protección de su Conjunto Histórico. Dicha cautela, denominada Análisis Arqueológico de Estructuras Emergentes, puede abarcar varios grupos de edificios, que, individualizados en las respectivas fichas de los Catálogos, alcanzan tanto a los inmuebles considerados o declarados monumentos, como a todo aquella arquitectura de menor entidad que pueda contener cualquier elemento relevante de carácter patrimonial (estructuras más antiguas que las aparentes, su propia cronología, etc.). El grado de protección establecido dependerá del nivel y tipo de obra, que, igualmente, basculará entre el estudio integral del edificio, en casos de obras generales, como el análisis mínimo de la tipología edilicia, mediante la documentación de elementos constructivos y los espacios que la conforman. Para todos estos casos, la Gerencia de Urbanismo ha establecido un procedimiento administrativo vinculado a la licencia de obras, y su seguimiento correspondiente mediante una inspección técnica municipal. Hasta diciembre de 2001, cerca del 10% de las intervenciones arqueológicas que se realizaron bajo tutela local contenían esta cautela1. • Proceso 7. Presencia de la Universidad como institución en los trabajos de apoyo a la rehabilitación o en la docencia de los métodos oportunos. Ya iniciada durante los ochenta por Fernando Amores en el Departamento de Prehistoria y Arqueología y complementada por cursos de doctorado y Masters. En el curso 2001-2002 se ha puesto en marcha una nueva asignatura: "Análisis arqueológico de edificios en rehabilitación", de libre configuración, diseñada para arqueólogos, arquitectos técnicos y arquitectos, impartida en la Escuela de Arquitectos Técnicos. UNA ESTRATEGIA DE INTERVENCIÓN En diferentes trabajos anteriores se ha incidido sobre aspectos vinculados al proceso de intervención arqueológica en inmuebles, desarrollando un sistema metodológico diseñado para ese fin por nuestro equipo (TABALES, 1993). No significa esto que todos los investigadores sevillanos hayan seguido ni aceptado dicha propuesta pero el número de rehabilitaciones en las que ha sido puesta en prácti-4-Control de Obras. -Control de las actividades de restauración. -Control de las obras de rehabilitación. En relación con el REGISTRO Y MÉTODO: a-Seguimiento del método Harris con ciertas puntualizaciones. b-Establecimiento de unos criterios de representación gráfica esenciales, tanto en las plantas y perfiles como en los alzados de tipo estratigráfico y tipológico-estructurales. c-Cumplimentación ordenada de registros de control: -Unidades estratigráficas. -Registro fotográfico. d-Utilización de un sistema de fichas apropiado: -Ficha de unidades única para cualquier tipo de elemento (emergente o soterrado). -Ficha de control de obras. -Ficha de control tipológico. -Ficha de Muestreo edilicio. -Ficha de estado previo. Por lo que se refiere al EQUIPO BÁSICO Y RELACIÓN INTERPROFESIONAL: a-Selección de los miembros esenciales del equipo y sus actividades. b-Los estudios multidisciplinares. Dentro del conjunto de actuaciones a realizar, el estudio de paramentos, en sus diferentes vertientes, supone la pieza fundamental, siendo además la línea de investigación en la que mayores esfuerzos metódicos hemos invertido. Dentro del sistema, los estudios de paramentos se ejecutan en dos niveles consecutivos de actuación. En primer lugar, como parte del período inicial de auscultación de la estructura se procede a las siguientes operaciones: -Obtención de un fichero completo en el que se reflejará el estado previo del edificio antes de la rehabilitación. Se realizará estancia por estancia, centrando nuestra atención en solerías, muros, vanos, detalles decorativos, etc. -Identificación numérica de los ámbitos o estancias y numeración de los "Paramentos Guía", o alineaciones principales que conforman las crujías y compartimentos. Serán las primeras unidades estratigráficas de la lista que luego continuaremos. Podríamos optar por una jerarquización de las unidades tal y como propone Brogiolo (1988), pero pensamos que este tipo de disquisiciones nos alejan más que ayudarnos en el objetivo general de la comprensión global del inmueble. ca y su uso casi exclusivamente local nos permiten divulgarla como una consecuencia del proceso antes expuesto 2. En síntesis, el citado sistema se basa, desde el punto de vista de la organización y dejando al lado los fundamentos metodológicos, en las siguientes pautas: 1-Acercamiento inicial al edificio. -División zonal, identificación de "unidades-guía"y estancias. -Estudio previo y pormenorizado de la estructura emergente. -Estudio de los sistemas de adosamiento y contacto entre alineaciones. -Análisis edilicio provisional (constatación de los tipos de muro). -Realización de un programa de Muestreos edilicios. -Cumplimentación de las observaciones tipológicas. -Registros de elementos artísticos o susceptibles de conservación. -Elaboración de una hipótesis evolutiva inicial. -Constatación de los principales eventos estructurales. -Realización de cortes estratigráficos. -Apertura de cortes y zanjas-guía. -Realización de cortes con carácter "extensivo" 2 Algunas investigaciones realizadas en inmuebles sevillanos por nuestro equipo: Cuartel del Carmen 1990-94, Monasterio de San Clemente 1991-1992, Convento de Santa María de los Reyes 1992, Palacio de San Leandro 1992, Palacio de Marchelina 1995, Catedral 1996-1998, Alcázar 1997-2002 La lista de investigadores en programas de rehabilitación durante estos años en la ciudad es aun mayor destacando el magnífico trabajo de Cruz Agustina Quirós en las Reales Atarazanas desde 1990, o Antonio Pérez Paz en iglesias de la Magdalena, San Bartolomé, San Esteban, San Julián, y en especial en la Iglesia de San Andrés, o las investigaciones de Manuel Vera en la Buhayra y en el castillo de San Jorge, donde participaron igualmente Marc Hunt y otros renombrados arqueólogos; C. Romero en Miraflores. Otros investigadores como Isabel Santana, Sandra Rodríguez, Oscar Ramírez, José Escudero, Teresa Moreno, F. Mendoza, etc. han contribuido notablemente a la implantación de esta disciplina en los programas urbanos. Aún a riesgo de olvidar a algún compañero, no podemos terminar esta breve recesión sin elogiar la labor pionera de J. Manuel Campos, Fernando Amores y José Manuel Rodríguez, quienes desde la Delegación Provincial de Cultura impulsaron la arqueología del monumento. La lista de responsables en los distintos servicios de la DGBC es importante por lo que debe excusarse una mención tan genérica como la presente. -Tras esta identificación, se procede al análisis de los distintos "tipos de adosamiento"; estos pueden ser de distinto tipo: simple, con encastres simples o complejos, coetáneos, etc. Con ello, obtendremos una primera planta con una lectura general clara. Por lo general, el orden de los adosamientos y su tipología suele definir con muy pocos cambios los procesos constructivos del palimpsesto. La comprensión del modo en que contactan cada una de las alineaciones principales que configuran el esqueleto del inmueble, es indispensable para empezar a tener un dictamen sistemático de su evolución. Para poder realizar esta lectura inicial debemos acceder a la fábrica de los muros en las zonas de unión. En el caso de que existan obras de arte, pinturas o impedimentos de cualquier tipo para poder descarnar y llaguear el muro, deberemos acudir a la excavación o a la interpretación de los contactos en la techumbre, y si esto tampoco fuera posible, recurrir en última instancia a la habitual reflexión analógica. Sin embargo, y siempre que sea posible deben iniciarse los trabajos con el llagueado de al menos un metro cuadrado continuado, o varios puntos separados; este picado debe realizarse, por supuesto posteriormente a un programa de catas en los enlucidos que descarte cualquier posibilidad de destrucción de pinturas o cualquier otro elemento paramental de interés artístico o arqueológico. Posteriormente se identifican las divisiones edilicias generales; es decir, se procede a rellenar sobre una planta con las unidades paramentales guía, aquellos componentes fundamentales del muro: tapiales, ladrillo, piedra, mixtos, etc. Con ambos estudios, el de adosamientos y ésta identificación de fábricas esenciales, ya pueden establecerse las primeras hipótesis de trabajo. Éstas, deberán plasmarse en una planta secuenciada en la que se otorgue a cada fase constructiva una trama distinta, acompañada de una matriz Harris interpretativa, con la secuencia cronológica provisional. El siguiente nivel de aplicación se da en la fase de investigación propiamente dicha. En ella se procede a cumplimentar varios "ficheros de control arqueológico", destacando, a nivel paramental el Fichero tipológico y el de muestreo edilicio. Respecto a ambos tipos de control, el uso de fichas específicas se hace imprescindible debido a varias razones. En el de Muestreos Edilicios, se ficha cada tipo distinto de aparejo, analizando a fondo sus elementos y relacionándolos estratigráficamente con otras unidades adyacentes, adjuntando número de muestra, medidas medias de los distintos elementos configurantes, esquemas de ubicación de la muestra, etc. En el Fichero tipológico, con la intención de completar las tipologías edilicias, se fichan por tipos cada vano, arco, suelo, cimiento, aparejo, etc. enfatizando las cuestiones métricas y en general todos los paralelos y cronologías asociadas en otros edificios locales. Seguidamente, tras la catalogación, se acometen los estudios paramentales sistemáticos (figs. 1, 2, 3, 4, 5). A nuestro entender existen dos vías de lectura de alzados, una con carácter estratigráfico y finalidad evolutiva derivada de los estudios arqueológicos tradicionales (medievalistas ingleses, etc.) pero sobre todo desarrollada desde la aplicación del método Harris (es la representada por Parenti) (PARENTI, 1988); y otra con carácter analítico estructural, con finalidad descriptiva, tipológica y patológica (representada por Doglioni) (DOGLIONI, 1988: 223-248). Existe una tercera vía analítica puramente arquitectónica (JIMÉNEZ, 1982), caracterizada, como ya vimos, por una minuciosa indagación física fundamentada en los aspectos tipológicos, descriptivos y espaciales. En nuestro caso, la experiencia sevillana reciente ha ido derivando hacia la absorción de las distintas vías, vinculándolas al resto de operaciones arqueohistóricas bajo una misma óptica y finalidad, asumiendo los fundamentos evolutivos, tipológicos, estructurales, etc., como diferentes caras de una misma moneda cuyo fin esencial es la valoración histórica de la estructura. Por lo que respecta a los análisis de tipo "EVOLUTI-VO", nuestro sistema propone el seguimiento del sistema Harris simplificado, generalizado en la medida de lo posible o circunscrito a aquellos muros que resulten básicos. Para ello, se procederá inicialmente a la citada estrategia de picado de paramentos, llagueados o limpiezas de determinados elementos. Cada alzado será dibujado de manera individualizada a escala 1:50 preferentemente. Para identificarlo se le dotará con su número de estancia y su orientación cardinal, además de la referencia a la planta. El registro de las unidades estratigráficas se cumplimentará mediante la ficha estratigráfica diseñada para el Cuartel del Carmen (TABALES, 1992), especialmente transformada para incoporar mejor los datos de alzados. En cuanto al modo de representar, se realizarán dibujos exactos de los contornos de las unidades principales y simplificado de las secundarias. Esto es variable según el caso, tendiéndose a la esquematización a medida que subimos la escala. Se esquematizarán los interiores de las unidades (fábricas murarias, rellenos, tapiados) salvo cuando presenten características particularmente interesantes, Carmen (1990) como en el caso de las reformas de las fábricas de muros. Cada fase, período o proceso constructivo será identificado mediante tramas. Preferimos simplificar los eventos cronológicos en un número reducido de fases mucho mas comprensibles. Las unidades principales se numerarán simplificando en un número aquellas que forman parte de un grupo homogéneo y coetáneo, como los mechinales de un forjado o las vigas de un techo. A este respecto la simplificación del método Harris, al igual que la excavación, nos permite concentrar nuestra labor de investigación en la globalidad del edificio. Los estudios "ESTRUCTURALES" fueron incorporados a nuestro sistema de análisis en el Cuartel del Carmen (1993) y desarrollados finalmente en El Palacio de los Marqueses de Marchelina (1995). Fruto de la cotejación de las experiencias propias (JIMÉNEZ, 1992) y foráneas (sobre todo DOGLIONI, 1988) relativas a la identificación de eventos no estratigráficos, pudimos comprobar cómo gran parte de las apreciaciones tipológicas referentes a los aparejos, o las patológicas (grietas, combamientos, rupturas estructurales o superficiales, etc.) incidían de manera providencial en la valoración arqueológica general (e incluso estratigráfica) (fig. 3). Ante esta apreciación optamos por crear un modelo propio de indagación en ese campo, tradicionalmente vetado a los arqueólogos, materializándose en varias tipologías fruto de la comprobación científica durante la última década en excavaciones urbanas en la ciudad de Sevilla. Ni que decir tiene que se trata de un modelo embrionario que tenderá a ser transformado y mejorado a medida que se vayan incorporando nuevos datos. Se dividen en dos: 1-Estructurales: Estableciendo mediante una simbología desarrollada por M.A.Tabales, (pero basada en DOGLIONI, 1988) las relaciones físicas más importantes (rupturas, erosiones, adosamientos, grietas, etc.). 2-Tipológicos: Mediante un código creado al efecto, se identifican: aparejos, vanos, añadidos y enlucidos. En el caso del aparejo, se subdivide en 4: el ladrillo (TIPO I); con una subdivisión en tipos basadas en Clairac y Parenti, añadiendo tipos sevillanos identificados hasta el momento. La Piedra (TIPO II); siguiendo a Parenti, complementados por M. A. Tabales. Los Mixtos (TIPO III); sobre lo que permanece y por tanto no deben dejarse de lado los aspectos edilicios o estratigráficos esenciales para el posterior diseño. La excavación no es un complemento sino un pilar básico, pero por lo general su implicación real con la rehabilitación será menor. Análisis selectivo primando lo general sobre lo anecdótico. Las posibilidades de estudio histórico sobre cualquier edificio son muy variadas; dependerá del tipo de trabajo a realizar el adoptar una estrategia determinada dentro de la cual debe existir una premisa prioritaria: no ahondar en la recogida de datos hasta el punto de perder posibilidades efectivas de adquirir una interpretación global de la secuencia. Mantenimiento de la investigación mientras existan remociones o alteración de lo preexistente, para lo que se adoptarán sistemas de análisis eficaces que propicien la recogida sintética del registro aunque la intervención arqueológica sistemática haya concluido. Si dicha actividad no se contempla el arqueólogo quedará excluido del proceso de toma de decisiones final. Debe existir una coordinación del arqueólogo director de la investigación sobre los restantes estudios multidisciplinares: históricos documentales, analíticos, etc. que redunden en la comprensión histórica final. Sólo una multidisciplinaridad dirigida en la misma línea de lo argumentado hasta ahora (selectividad, gradualidad, etc.) justificará una vinculación real y no anecdótica con el proceso de obra. Capacidad consultiva en la rehabilitación. No en el sentido de asumir competencias para la cual no existe formación en el campo de la arqueología, pero sí de garantizar la seriedad de los resultados mediante la colaboración entre el científico y el diseñador, de una manera reglada. Desde el colectivo de arquitectos y sobre todo de arqueólogos debe entenderse que la irrupción de la arqueología en la rehabilitación es un fenómeno imparable que probablemente transforme a la larga las responsabilidades legales a la hora de proyectar. Esta revisión pretende mostrar una experiencia, la sevillana, tan válida como cualquier otra, confusa y contradictoria como pocas pero a la vez rica y entusiástica desde los inicios. Somos conscientes de que nuestra percepción de este asunto puede ser diferente de la de otros investigadores locales e incluso de la de otros grupos profesionales; la discutible autoridad que el que suscribe pueda tener a la hora de arrogarse una visión "histórica" de hechos y situaciones tan recientes, viene exclusivamente de su dedicación siguiendo a Parenti, complementado igualmente. El Tapial (TIPO IV); 14 subtipos (de momento) identificados en Sevilla por M. A. Tabales, en función de sus características formales. A este respecto, la experiencia aún es muy escasa como para valorar mejor los aspectos derivados de la composición de los cajones (aunque estamos en ello), mientras que los aspectos métricos atraviesan por una fase de indagación que posiblemente desemboque en nuevas tipologías en breve. En el caso de los vanos, hemos establecido una clasificación basada en nuestra experiencia en Sevilla al igual que en los enlucidos. Los principios que justifican el sistema expuesto son los siguientes: 1. Vinculación esencial entre el estudio arqueológico y la rehabilitación; es decir, el análisis debe contemplarse integrado dentro de la renovación del inmueble. No debe entenderse como una indagación previa y desconectada del resultado final. Comprensión diacrónica del edificio. Éste, como organismo que ha ido transformándose, se rige por unas pautas procesuales que deben ser captadas como prioridad básica de la investigación. En un segundo plano estarán las distintas lecturas en extensión de cada fase constructiva; no se debe dar prioridad a procesos concretos si antes no se ha desentrañado la secuencia completa ya que esto alejará a la arqueología de su principal justificación dentro del engranaje de la rehabilitación. Inserción geohistórica y tipológica en el entorno. El edificio se encuentra imbuido dentro de una lógica urbanística e histórica. En las actividades del investigador debe estar presente el estado científico de la cuestión del entorno, única garantía de la valoración correcta de las evidencias rescatadas. Análisis general del inmueble. La parcialidad en la investigación es contraproducente en todos los niveles y terminará por convertir en anecdótico lo que debe ser el armazón de las soluciones de rehabilitación posteriores. El sistema de análisis arqueológico debe ser ágil y sistemático. Para aspirar a comprender un inmueble histórico desde una óptica secuencial debe tenerse en cuenta la vertiente estratégica de la investigación. Dentro de ella se propone avanzar hipótesis que determinen la posterior indagación sistemática y para ello se deben realizar aproximaciones previas claramente prefijadas. Atención prioritaria a la arquitectura. Al investigar edificios en pie el análisis sistemático debe partir de una serie de actividades preferentes entre las que destaca el estudio de lo elevado ya que éste será el objeto fundamental de la rehabilitación. Las operaciones constructivas se verterán Fig. 3. Propuesta de simbología para análisis tipológicos y descriptivos diseñado proyectos más lógicos y menos agresivos en los que la lectura de alzados ha supuesto un esfuerzo superior al de la excavación y ésta se ha centrado en actuaciones que combinaron el interés científico con las necesidades del edificio en sí y de la obra. Ni que decir tiene que para lograr una síntesis digna se dieron numerosos pasos en falso ya que ningún profesional vinculado a esta actividad (arquitectos, arqueólogos, historiadores del arte, restauradores) tuvo formación alguna previa que no fuera la del día a día en la obra. Los arqueólogos dejaron de mirar hacia abajo para incorporarse al andamio y tuvieron que asumir que el conocimiento puro del monumento no tenía justificación si no era en el ámbito de una operación de salvamento en la cual él no era más que una pieza. Los arquitectos tuvieron que asumir la necesidad de conocer en profundidad antes de tocar el inmueble y para ello tuvieron que delegar cuotas de poder relativo. Insistimos no obstante en la misma matización del punto anterior; es decir, este panorama de indagación ha afectado a numerosos inmuebles de notable calidad durante las dos últimas décadas pero en otros de carácter menor aun hoy se sigue prescindiendo del estudio pormenorizado de lo emergente desde nuestra óptica salvo que el arquitecto responsable esté sensibilizado con el patrimonio. • La especificidad del método arqueológico. Se ha pasado de aplicar sistemas dispares en función de la formación artística, prehistórica o medievalista, del arqueólogo, a generar una estrategia clara basada en la experiencia local y sobre todo en la manipulación libre de los trabajos italianos y españoles precedentes, sobre la base del método Harris y la revisión de Carandini. Somos muy conscientes de las carencias del sistema expuesto en las páginas anteriores aunque creemos haber conseguido cierto orden y nivel de conocimiento de los inmuebles investigados mediante su uso y a pesar de que seguimos considerando su transformación, no creemos equivocarnos en sus fundamentos. Cuestiones como la realización de campañas indagatorias previas, el planteamiento del estudio de paramentos según la estratigrafía, la tipología y la descripción constructiva y patológica, la contemplación de tres modalidades de excavación según los objetivos tras el estudio de alzados, etc. configuran una manera de entender el acercamiento arqueológico al inmueble que se ha mostrado hasta ahora cuando menos útil4. • La incidencia legal. Se ha pasado de la presencia anecdótica del arqueólogo a la reglamentación de cautelas de lecturas de paramentos en la carta del riesgo local y en las normas de protección de inmuebles. Es este un caso único que hasta ahora afecta sólo a los sectores del centro histó-profesional y metodológica al tema durante los últimos años. En ningún caso se pretende marcar caminos ni establecer sistemas infalibles ya que todo lo dicho hasta ahora es revisable, discutible y si se quiere desechable3. En "nuestra opinión" la conexión natural entre la investigación arqueológica específica y la rehabilitación del inmueble ha evolucionado mediante la interacción de varios conceptos básicos: • La presencia de la arqueología en la rehabilitación, y su vinculación metodológica con los proyectos arquitectónicos. En este sentido se ha pasado de la nula incidencia a la integración formal. Ha sido esta una evolución con altibajos que no obstante, no se ve aun reflejada en una normativa general clara. De hecho, salvando la inevitable investigación en subsuelo, algo que sí recogen las cartas del riesgo de los distintos cascos históricos andaluces, la profundización en el conocimiento arqueológico de la edificación en sí ha tenido que ver más hasta ahora, con el propio interés del arquitecto o con la preparación del arqueólogo, que con el desarrollo de un modelo obligatorio. A pesar de ello hoy día, a diferencia de los ochenta, es impensable que se plantee una rehabilitación en el casco histórico con un proyecto en el cual la indagación arqueológica no esté garantizada. Las comisiones patrimoniales y la actuación vigilante de las distintas administraciones (Gerencia municipal de urbanismo y Junta de Andalucía) son un aval para ello. Y a pesar de todo, en obras menores de rehabilitación en las que no existe movimiento de tierras pero sí trabajos emergentes que, como los picados murarios o consolidación de forjados, suponen una alteración de lo preexistente, la presencia arqueológica es mínima. • El ámbito de actuación. Se ha pasado de la excavación puntual a la lectura paramental integral y a la selección de modalidades de excavación en función de los objetivos, a la par que se organizan los controles de obra. Los trabajos más antiguos, planteados como emergencias o urgencias arqueológicas, se caracterizaron por la apertura de un número de sondeos excesivo, y tal vez en parte innecesarios, y fueron causantes de no pocos problemas de estabilidad para el edificio en rehabilitación. Con el tiempo se han disciplina, no exista conciencia de la falta de preparación en materias relacionadas con el conocimiento de la construcción antigua o los métodos específicos de indagación. Queremos creer que también en los departamentos de Arqueología se resolverá en un futuro este problema 8. • La aceptación social. Del rechazo manifiesto de la Arqueología, generalizado entre los organismos implicados en la rehabilitación se ha pasado en pocos años a la presencia de equipos organizados en las principales instituciones (Alcázar, Catedral...). Lo cierto es que en una ciudad donde los conflictos motivados por la arqueología de urgencia son cada vez más agudos parece existir algún consenso en dicha actividad, precisamente por influir de modo directo en la recuperación y valoración de inmuebles claramente asumidos por el colectivo como símbolos de su pasado. En síntesis, si de algo sirve nuestra experiencia local es tal vez de ejemplo de integración gradual entre las necesidades científicas y los procesos de obra, debido sobre todo a una constante fricción metodológica cuyo resultado, al menos momentáneamente, es esperanzador. Nos consta que en otras comunidades, provincias y ciudades se comienzan ahora a dar pasos similares a los que se dieron aquí años atrás, planteándose los mismos problemas que ya eran discutidos en los congresos italianos de los años setenta y ochenta, y repitiéndose los mismos planteamientos poco difundidos debido al carácter local y atomizado de nuestras publicaciones. Sirva este foro de Vitoria como verdadero acicate para difundir y generalizar de una vez por todas las múltiples experiencias desperdigadas entre congresos, memorias y artículos sin apenas difusión. rico en los que han entrado en vigencia los nuevos planes especiales de protección, todavía en proceso de ejecución. Hasta el momento la gestión correspondiente a la presencia arqueológica en inmuebles estaba asignada a la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía; de hecho así sigue siendo en gran parte del casco histórico donde a pesar de no existir norma alguna que obligue a dicha presencia cuando no hay remociones en subsuelo, sí existe de facto una vigilancia activa para evitar pérdidas irreparables 5. En un futuro cercano algunas cartas del riesgo como las de Antequera, Málaga, Priego, Córdoba, etc. tienen previsto dotarse de cautelas similares sobre la arquitectura emergente; estarán en relación con el sistema de Fichas Diagnóstico actualmente en elaboración por la Dirección General de Bienes Culturales 6. • La organización de la Docencia y difusión. De la nula presencia de la investigación del edificio con criterios arqueológicos se ha pasado a la impartición de asignaturas como la de Análisis Arqueológico de Edificios, de la Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica, así como su incorporación en Masters y cursos de doctorado 7. En un futuro cercano está prevista la creación de una asignatura de Arqueología de la Arquitectura en la Escuela Superior de Arquitectura a cargo del catedrático Alfonso Jiménez. No debe extrañar que sean las escuelas de Arquitectura las que hasta el momento se han interesado por la investigación arqueológica del inmueble ya que son las que surten a las rehabilitaciones de profesionales cada vez más interesados en el patrimonio, que aunque no serán los responsables de la investigación arqueológica, sí serán los principales receptores de sus informes. Sí sorprende no obstante que en las Facultades responsables de la formación de arqueólogos e investigadores capaces de desarrollar esta 5 No se olvide que el Plan General de Ordenación Urbana de Sevilla, vigente desde 1988, cautela los edificios históricos y prohibe la destrucción de cualquier inmueble histórico lo cual supone, al menos en teoría, que no debe haber peligro de alteración grave. Otra cosa es que se altere la superficie muraria sin vigilancia o lectura arqueológica. La labor de la Delegación Provincial de Cultura hasta ahora ha sido modélica en dicha salvaguardia. 6 Los servicios de Conservación, Protección e Investigación de la DGBC trabajan en la elaboración de una catalogación de inmuebles en la que esté presente con todo detalle el análisis arqueológico y documental previo a cualquier trabajo de recuperación. Debemos destacar la labor en este sentido del arqueólogo del Departamento de Proyectos del Servicio de Conservación Arturo Pérez Plaza, así como de un nutrido grupo de arqueólogos y arquitectos de los tres citados servicios. 7 El caso de la asignatura de Análisis de Formas y luego de Análisis Gráfico Arquitectónico impartidas en la ETSA desde 1973 es especial debido a su desvinculación respecto a la disciplina arqueológica actual y al desuso que de ella hacen los arquitectos locales, mayoritariamente no interesados en lecturas tan complejas como las realizadas por P. Rodríguez o Alfonso Jiménez. 8 Se puede producir la paradoja de que los arquitectos y aparejadores de una obra de rehabilitación tengan más conocimientos de la nueva disciplina que los arqueólogos encargados de la investigación.
Tenemos conocimiento de los asentamientos rurales de la alta Edad Media en Alemania gracias a un número creciente de excavaciones arqueológicas. La arquitectura rural es una arquitectura de madera, reservándose la piedra para las iglesias. Las alquerías comprendían varias edificaciones: la casa principal y varias construcciones destinadas a fines económicos, como las viviendas semienterradas y almacenes. Antes de los años 80 del siglo pasado, cuando las excavaciones a gran escala se hicieron más habituales, se conocía poco sobre la evolución de la historia de los asentamientos rurales. Las aldeas que aún permanecen se formaron a finales de la Edad Media e incluso hoy resulta difícil entender los cambios que se produjeron en la arquitectura rural cuando existen diferencias regionales. Es probable que el periodo comprendido entre el siglo V, por una parte, y los siglos X y XIII por otra fue la de mayor innovación. El presente artículo ofrece un resumen de las características edificativas y la organización de los asentamientos, con un repaso de la historia de la investigación, las tendencias actuales y las perspectivas para investigaciones posteriores. Palabras clave: asentamientos rurales; aldeas medievales; arquitectura; viviendas semienterradas; alta Edad Media; Alemania.
Reflexiones sobre cronotipologías en Arqueología de la Arquitectura. Métodos y sistemas de análisis Ofrecemos una reflexión sobre el estado de la cuestión de los métodos y sistemas que rigen los estudios tipológicos desde sus orígenes italianos hasta su llegada a la Península Ibérica en el contexto de Proyectos de Investigación, tesis y estudios específicos. Asimismo, presentamos el esquema de trabajo que venimos desarrollando aún de manera experimental en los recintos del Alcázar de Sevilla, cuyo objetivo es generar unas claves que sirvan para la caracterización, definición y determinación de técnicas constructivas a escala local. Los estudios tipológicos han sido objeto en los últimos años de una revisión conceptual cuyo resultado ha sido la transformación de sus principios metodológicos así como su posterior incorporación a la órbita de lo elevado, trascendiendo el conocimiento que podía obtenerse de ellos hasta hace relativamente poco tiempo. En este sentido, si nos retrotraemos al pasado, los primeros intentos de los que tenemos constancia a la hora de llevar a cabo una sistematización de fábricas y aparejos los encontramos en trabajos como los de Lugli (1957) y Adam (1996) para tipologías romanas, las aportaciones de Pavón (1999), cuyo esfuerzo de documentación y recopilación sobre técnicas constructivas históricas es inestimable, o Jiménez Martín (1989), con el estudio métrico de las fábricas antiguas en la Puerta de Sevilla en Carmona, enfocándolo desde la tradicional Arqueología de la Construcción. No obstante, y sin menospreciar la calidad de los trabajos anteriores, la naturaleza de los estudios tipológicos que vamos a tratar en este texto son los que se encuadran dentro de la disciplina arqueológica. Dicha tipología se fundamenta sobre principios bien distintos, haciendo notar que los análisis visuales tradicionales no pueden ser más que unos estudios previos a la investigación ulterior. Es decir, siguiendo las premisas de Caballero (2009), "tipo" y "estrato" son dos conceptos complementarios entre sí, estando la tipología preceptivamente asociada a la estratigrafía, ya que son las relaciones contextuales las que posibilitan la asignación de valores cronológicos a los objetos, ya sean sometidos a la estratigrafía o a la tipología. Ambos conceptos son susceptibles de ser complementados con un aparato documental y analítico que en conjunto hagan comprensibles los procesos diacrónicos que sufre el edificio. El método resulta fundamental en el proceso de caracterización, siendo necesario en primer lugar una ordenación de los objetos tipificables insertos en los estratos a través de la estratigrafía, asignándoles una cronología, para en un segundo lugar proceder a su clasificación. Realizadas estas consideraciones generales, pretendemos hacer una reflexión sobre los estudios tipológicos con el objeto de ilustrar cuáles son a día de hoy sus necesidades y carencias, si es que las hubiera, teniendo presente que es el afán de reciclaje y perfeccionamiento el motor que impulsa a toda disciplina a superarse de cara a estudios futuros. La eficacia de los estudios tipológicos ha sido una cuestión discutida desde el surgimiento de la Arqueología de la Arquitectura como disciplina; de hecho, en la actualidad sigue costando admitir en ciertos foros la idea de que los arqueólogos hayan asumido esta labor realizada anteriormente desde otras áreas de conocimiento, siendo diferentes los métodos de los que cada una se sirve para acometer sus investigaciones. La Arqueología de la Arquitectura, más que una herramienta de análisis, es un corpus de información que hace que todos los elementos que se integran en él tengan un significado, no como entes independientes, sino como un todo en el que cada parte está ligada a las demás de tal forma que si las separásemos no tendrían significado alguno y por lo tanto carecerían de valor. La "disección" de este "todo" tan sólo es una manera de optimizar la información buscando que sea comprensible, formando los estudios cronotipológicos parte de este sistema. En este sentido, siendo conscientes de la diversidad y complejidad conceptual que la tipología posee en según qué disciplinas, creemos conveniente hacer una breve digresión al respecto, ya que uno de los objetivos de nuestra reflexión es matizar la idea de que las tipologías en Arqueología de la Arquitectura guardan relación directa con la Teoría de los Estilos. No pretendemos decir con esto que los investigadores que se acercan a la realidad del patrimonio construido desde la perspectiva artística hagan mal uso de sus herramientas; sin embargo, al responder a aspectos únicamente formales y estéticos carecen de la precisión suficiente como para contextualizar el documento material, aislándolo de su realidad histórica, y por ende, cronológica. Podemos citar como ejemplos el atribucionismo y el formalismo1, métodos que tienen como base el análisis formal al que se le une la consulta de las fuentes documentales en combinación con apreciaciones de carácter social. Estas cuestiones quedan reflejadas en algunos estudios estilístico-formales2, siendo la cronología la que brilla por su ambigüedad. Otra carencia que observamos es la etereidad con la que se trata la investigación, la cual queda patente en las conclusiones tras el esfuerzo de recopilación documental, lectura, observación y descripción que imposibilita trascender más allá del planteamiento de una o varias hipótesis de partida. Si hay algo que diferencia la Historia del Arte de la Arqueología de la Arquitectura es el componente instrumental, metodológico (Arce, 2009:13). Esto no quiere decir que las herramientas de la Arqueología de la Arquitectura sean definitivas, de hecho, hay ocasiones en las que no queda otra opción que dejar abierta la investigación a la espera de nuevos datos susceptibles de constatar o transformar la hipótesis evolutiva inicial, pero al menos es ambiciosa, agotando las posibilidades de las ciencias remotas y actuales. En este sentido, los tipos no se presentan como un recurso independiente y anecdótico al estudio de un edificio sino como toda una "biografía constructiva" (Arce, 2009:24) complementaria e irremediablemente conectada al fenómeno constructivo. En definitiva, la Arqueología de la Arquitectura, a diferencia de sus precursores, aplica al edificio una lectura integral de sus paramentos en función de cuatro estrategias (Parenti, 1988) o herramientas: estratigrafía, tipología, fuentes documentales y analíticas, abriéndose en esta última un amplio campo de experimentación que parte desde las tradicionales, como el Carbono 14, a las más novedosas, como la rehidroxilación. Tratamos por tanto de optimizar, conjugar y relacionar la información que pueda extraerse a través del empleo de cada una de estas herramientas, no perdiendo de vista la disciplina matriz, que no es otra que la Arqueología de la Arquitectura. LA "TIPOLOGÍA" O "CRONOTIPOLOGÍA" EN ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA. ANTECEDENTES Y ESTADO DE LA CUESTIÓN Para conocer el germen de este tipo de estudios, debemos enfocar nuestra visión hacia Italia, y dentro de este marco geográfico buscar los arqueólogos especializados en el mundo postclásico. De esta manera, y teniendo muy presente la creación en 1970 del ISCUM bajo las directrices de Mannoni (Instituto de historia de la cultura medieval en Génova), comenzaron a surgir los primeros trabajos en los que se fijaron clasificaciones tipológicas relativas a elementos arquitectónicos concretos como vanos de puertas y ventanas (figs. 1, 2, 3). Su estudio fue satisfactorio a escala regional, ya que al ser modelos por lo general muy repetitivos y estar dotados en la mayoría de los casos de un epígrafe que indicaba la apertura de esa puerta o ventana, se convirtieron en elementos axiomáticos. Muestra de ello son los trabajos realizados por Mannoni, Gabrielli o Quirós (Mannoni, 1976; Gabrielli, 1996; Quirós 1992), pudiendo establecer cronologías fiables para determinados elementos de una secuencia estratigráfica relativa gracias a sus características tipológicas (Sánchez, 2007:75). Variables cronotipológicas de vanos de la fachada del Palacio público de Siena (Gabrielli, 1996: 34) El siguiente avance consistió en la ampliación del campo de estudio a los aparejos murarios, proponiéndose clasificaciones tipológicas de los mismos. De nuevo será Italia la pionera; no obstante en este punto debemos hacer una aclaración, ya que hay que tener en cuenta la notable heterogeneidad que caracteriza las distintas escuelas que operan en el ámbito de la "Arqueología de la Arquitectura" (Quirós, 2005a:7), pues la diversidad de ambientes geográficos en los que estas investigaciones se desarrollan hace que se aborden de manera bien distinta, predominando en algunas ocasiones y como veremos a continuación, una línea más encaminada al estudio de sistemas productivos, en otras a aspectos constructivos, etc., siendo esencial la problemática de cada edificio en concreto. Así pues, Mannoni (1994a), en sus trabajos desarrollados desde el ISCUM centrados en las cronotipologías edilicias de la Liguria centro-oriental, propone una clasificación de la "familia" de técnicas constructivas más importantes sobre la base de los aspectos constructivos y funcionales más allá de los formales, defendiendo los estudios cronotipológicos como un método de datación absoluta a escala regional, de fácil uso, bajo coste, y con una aproximación no inferior a la que pueda ofrecer cualquier método científico (Mannoni, 1997). Para ello elabora una metodología que pasa por la consideración del "artefacto" a estudiar como el resultado de una serie de condicionantes (técnicos, estilísticos, destino social, uso, función) que hacen que dicho elemento tenga una consideración concreta dentro del proceso productivo humano. Su labor por tanto es valiosa en cuanto a interés por la extracción de conclusiones cronológicas en la línea de análisis tipológico y de mensiodatación3, pero será Parenti (1983) el que, tomando de Mannoni y Fossati las premisas en cuanto a indicadores cronológicos se refiere, haga una primera clasificación que será importada en España (Tabales, 1997), pues algunas de las tipologías recogidas en sus tablas podrán ser extrapoladas a nuestro marco geográfico. En este sentido, partiendo de la posibilidad de aplicar el método estratigráfico a la lectura de paramentos, organizará unas clasificaciones de aparejos murarios en función de los materiales constructivos a pesar de su heterogeneidad (fig. 4). Su propuesta también contempla otras cuestiones indispensables como el grado de tratamiento realizado sobre el material, el análisis pormenorizado de la técnica constructiva, la métrica, así como el estudio de la técnica del acabado del material a través de sus huellas (fundamentalmente de aparejos pétreos), finalizando el proceso con el análisis de materiales aglutinantes, es decir, los morteros y sus componentes. Este sistema de lectura tipológica lo aplicará en Rocca de San Silvestro, sentando las bases para futuras intervenciones en el patrimonio edificado. Tablas tipológicas de aparejos pétreos, mixtos y de ladrillos en función de sus técnicas constructivas (Parenti, 1983: 335). En esta línea también podemos incluir posteriores trabajos en el contexto del ISCUM. Sus colaboradores, de la misma manera que sus predecesores, seguirán esta vía emprendida, poniendo en un lugar importante del análisis los contenidos sociales y técnicos que se desprenden de cualquier empresa arquitectónica reformulándolos en términos de la Historia de la Producción (Quirós, 2002: 9). Buenos ejemplos los tenemos en actuaciones realizadas en la región de Liguria (Cagnana, 2005), como el caso del análisis de la arquitectura en piedra de época medieval en Génova, a partir del cual se ha podido profundizar en el mundo de las élites urbanas identificando a los autores de esas primeras construcciones4 (figs. 5 y 6), o también el estudio de las técnicas constructivas asociadas a las estructuras de poder existentes en la Toscana sud-occidental durante los siglos VIII al XIV (Bianchi, 2005). De la misma manera que en el trabajo anterior, el proceso de documentación fue muy útil para apoyar el discurso posterior, centrado en el análisis de las transformaciones que se operan en la manera de construir desde la aparición de los primitivos poblados de los siglos VII-VIII, cuyo material predominante era la madera, pasando por asentamientos ya mucho más estructurados durante los siglos VIII al IX, momento en el que se comenzará a emplear la piedra. Al mismo tiempo harán su aparición los maestros especializados en las construcciones con dicho material hasta llegar a los siglos XI-XII donde la complejidad del trabajo del cantero se hará patente a través de construcciones de castillos asociadas al nacimiento de los señoríos territoriales, finalizando este horizonte de análisis con unos siglos XIII y XIV caracterizados por un nuevo cambio de técnicas motivado por la formación de nuevos pueblos asentados sobre esos castillos preexistentes (fig. 7). Tabla cronotipológica de las técnicas constructivas documentadas en Liguria entre los siglos V al XI (Cagnana, 2005: 27). Resultado del proceso de revisión de las fuentes escritas. En el diagrama observamos por orden alfabético algunos nombres de canteros "magistri antelami" mencionados en un documento notarial genovés del siglo XII (Cagnana, 2005: 39). Técnicas constructivas documentadas en los siglos XII y XIII (Bianchi, 2005: 55). Asimismo, también resulta obligado destacar el trabajo de Quirós (2005b) relativo a las técnicas constructivas de época altomedieval en la ciudad de Pisa y en la Toscana Noroccidental, empleando de manera metódica las herramientas de la Arqueología de la Arquitectura. Analiza en concreto cuatro construcciones medievales religiosas5 a las que aplica el método estratigráfico para, en un segundo paso, contextualizarlas en el ambiente productivo de los siglos V al X, incidiendo en los materiales utilizados, transformaciones de la estructura organizativa de la producción arquitectónica, evolución de la manera de construir, etc., siendo una de sus grandes aportaciones el análisis de las dimensiones de sus construcciones en el contexto del desarrollo de la escuela arquitectónica local pisana del siglo X (figs. 8 y 9). Tabla tipológica en la que se reflejan las técnicas constructivas registradas en Pisa en la Alta Edad Media (Quirós, 2005b: 102). Tabla cronológica de las técnicas constructivas documentadas en la tabla anterior (Quirós, 2005b: 103). En España, comenzarán a importarse a mediados de los años 90, discurriendo por diferentes derroteros epistemológicos, tomando una forma u otra en función de la disciplina a la que se asocie. Podemos hablar de los intentos por parte de la Historia y Arte medieval de crear verdaderos tratados de construcción6 (Pavón, 1999. Fig. 10), o también la denominada Arqueología de la Construcción, cuyos preceptos metodológicos, a pesar de no someterse estrictamente al lenguaje estratigráfico, resultan valiosos por la labor que han venido realizando a la hora de abordar el análisis de las técnicas constructivas, materiales y protagonistas a lo largo de toda la época clásica (Bendala, 1992; Bendala y Roldán, 1999; Roldán, 1992; Pizzo, 2009; Rodríguez, 2004. Ejemplo de técnicas constructivas documentadas por Pavón durante el periodo islámico (Pavón, 1999: 583). La Arquitectura también se verá implicada a través de las aportaciones de expertos interesados en el conocimiento de la Historia y de la Arqueología. Es el caso del análisis histórico-arqueológico realizado por Jiménez Martín (1989 ) en la Puerta de Sevilla en Carmona. Su estudio tipológico hará clasificaciones de piedra, ladrillo, tapial, fábricas mixtas y elementos varios, en los que hace referencia a la descripción de los materiales, orientaciones, medidas y técnicas constructivas empleadas, todo ello apoyado por un aparato gráfico y fotográfico. Habrá que esperar a finales de los años 90 y principios del nuevo siglo para ver los primeros resultados de los análisis cronotipológicos relativos a Arqueología de la Arquitectura7. En concreto, vamos a destacar dos ámbitos geográficos en los que este tipo de estudios han tenido mayor trascendencia por su profundidad y calidad, como son los llevados a cabo en el País Vasco y en Sevilla. En el primero, es obligado destacar la labor de Caballero, pionero de los estudios paramentales en España8; sus trabajos en torno a las técnicas constructivas altomedievales los abordará bajo una perspectiva íntimamente relacionada con la herramienta estratigráfica, fundiendo las características tipológicas de los aparejos murarios y elementos arquitectónicos con el discurso constructivo, evolutivo y productivo del edificio, dejando patente que el término "técnica constructiva" se emplea frecuentemente como sinónimo de "aparejo" o de "fábrica", remitiéndose únicamente a la tipología muraria o arquitectónica, cuando en realidad hace referencia a un ciclo productivo con una serie de actividades organizadas y una finalidad concreta que comienza en la cantera y termina en la ejecución del edificio (Caballero, 2009:171. Ejemplo de tipologías constructivas de arquitectura alto medieval documentadas en la Península Ibérica (Caballero y Utrero, 2005: 179). Otro caso de estudio es el desempeñado en la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz (Azkarate, 2001a). Su sistema de lectura cronotipológica se fundamenta en la identificación de una serie de variables que concentra en grupos o "clusters" de carácter técnico y formal llevada a cabo tras la lectura previa de los principales eventos constructivos (cuyo objetivo es encuadrar cada uno de esos eventos en fases). La práctica de ambos ejercicios de análisis conlleva a la elaboración final de una serie de cuadros en los que se exponen los resultados de manera impecable, ya que por un lado se muestra la tabla analítica de variables y por otro la tabla de edificios con esas variables asociadas por cronologías. En este sentido, estratigrafía, cronotipología y edificio (entendido como el resultado final de un proceso productivo) comparten el mismo peso dentro del discurso teórico, quedando así cubiertos todos los frentes que consideramos preceptivos en el contexto de cualquier estudio de lo elevado. Partiendo del sistema de "clusters" de Azkarate, Sánchez (2007) emprenderá un potente estudio sobre arquitectura altomedieval alavesa, objeto de su tesis9. La herramienta estratigráfica le permitirá detectar aquellos edificios con posibles restos prerrománicos, siendo el paso siguiente analizar las variables de los estratos diferenciados, agrupando éstos en conjuntos o "clusters". Finalmente los resultados se volcarán en tablas cronotipológicas apoyadas en razonamientos arqueológicos, históricos, documentales o arqueométricos10 (figs. 13 y 14). La aportación de Quirós y Fernández resulta igualmente providencial, pues aborda el análisis cronotipológico incidiendo en los aspectos sociales y económicos de la producción arquitectónica. Ejemplo de ello es la investigación de la evolución de las técnicas constructivas en Asturias en la Edad Media 2001), donde toma una muestra de varias construcciones de carácter casi exclusivamente religioso datadas a través de la documentación material (epígrafes), fuentes documentales y excavaciones arqueológicas. Los criterios (o variables) que selecciona para analizar las técnicas constructivas son, a saber, tipo de material, elaboración, dimensiones, aparejo, instrumentos para su fabricación y acabado final. Los resultados no sólo se ceñirán a establecer indicadores cronológicos, si no que mostrarán un fiel reflejo de la construcción religiosa asturiana en época medieval desde todas sus vertientes (evolución y transformaciones en función de los aspectos socioeconómicos, ciclo productivo de la piedra, ciclo del ladrillo, problemáticas relacionadas con su producción, etc.). Tampoco podemos olvidar el complejo sistema metodológico que idea Plata 11 (2008) para el estudio histórico-arqueológico del Valle Salado de Añana. Este caso resulta paradigmático a la hora de valorar la utilidad de la cronotipología, máxime si surgen dificultades en la lectura estratigráfica. En este sentido, el análisis no pudo ejecutarse en su totalidad, por lo que hubo que cambiar la estrategia previa "quizás excesivamente estratigráfica" (Plata, 2003:243) por otra en la que se enfocaba el conjunto como un proceso productivo fruto de una serie de condicionantes. Dicho cambio supuso invertir el proceso lógico de investigación, es decir, analizar las variables constructivas 12 en primera instancia para en un segundo momento organizar la secuencia estratigráfica con todas las que pudieran reconocerse en cada una de esas estructuras. Los resultados fueron volcados en un sistema de información geográfica que hizo posible la comprensión del proceso productivo de las salinas en todas sus vertientes. Pero faltaba todavía una cuestión, la de tratar de transformar incertidumbres en certezas. Hasta ahora los datos extraídos habían servido para establecer relaciones de anterioridad-posterioridad, aportando una cronología relativa, pero nada se sabía de las absolutas. Para ello se tomó el recurso de las ciencias auxiliares, analizando por un lado la documentación existente y por otro haciendo estudios arqueométricos. Tenemos aquí pues uno de los ejemplos más interesantes de cómo un análisis en principio, carencial, pudo convertirse a través de la cronotipología en una fuente de información, caracterización y datación asombrosa, dejando patente una cuestión muy importante: la estratigrafía es la base, el fundamento, pero la cronotipología es el complemento, y no un complemento arbitrario sino íntimamente asociada a la estratigrafía, como dos caras de una misma moneda, siendo ambas necesarias y dependientes (fig. 15). Centrándonos ya en el caso sevillano, resulta obligado hablar de la labor de Tabales con su protocolo de lectura paramental 13. A partir de la experiencia italiana llevará a cabo su propia aportación en base a la casuística local. Aplicará su sistema dividido en tres partes (estratigráfico, tipológico, y constructivo 14, haciendo notar que gran parte de las apreciaciones referentes a las patologías (grietas, combamientos, rupturas estructurales o superficiales, etc.) inciden de manera providencial en la valoración arqueológica general (e incluso estratigráfica. Respecto al análisis tipológico, comenzará a aplicarlo en 1990 16 reivindicándolo como parte necesariamente asociada a la estratigrafía. Sus trabajos incluirán un apartado específico reservado al estudio tipológico de aparejos, vanos, forjados, pavimentos y elementos constructivos varios (añadidos, enlucidos, etc.), utilizando como soporte de diagnóstico una ficha de análisis además de un aparato gráfico en el que de manera simbólica se identifican los diferentes tipos de aparejos detectados. Análisis tipológico y constructivo del Patio del Yeso. Ejemplo de tipología de pavimentos detectados en la intervención en el Palacio de Conde de Ibarra (Sevilla) en 1995 (Tabales, 2002a: 206). Ficha de registro tipológico empleada para la caracterización de cada técnica constructiva (Tabales, 2002a: 243). Para montar las clasificaciones toma el modelo de Parenti, extrapolándolo a nuestro ámbito de actuación y haciendo algunas aportaciones tipológicas más17. Su estudio tipológico contará además con una serie de analíticas específicas en las que, al igual que los demás, intentará dar ese salto de lo relativo a lo absoluto a través de análisis arqueométricos, contando para ello con diversos especialistas que contribuirán al conocimiento de la arquitectura islámica andalusí. De esta forma, desde la puesta en marcha de la aplicación del sistema tipológico en Sevilla a comienzos de los años 90, no se ha parado de investigar sobre esta cuestión, en el empeño de obtener unas tipologías fiables susceptibles de caracterizar y datar el patrimonio arquitectónico de nuestro territorio. Una de las recientes contribuciones ha sido la caracterización cronotipológica18 de las obras de tapial a escala local (Graciani, 2009; Graciani y Tabales, 2008. Clasificación tipológica de las fábricas de tapial en Sevilla (Graciani y Tabales, 2008: 138). En definitiva, desde la vía iniciada por Mannoni en la década de los 80, la tipología ha sido en los últimos años objeto de trabajos de investigación que han potenciado a la par que justificado su presencia como parte fundamental e imprescindible de cualquier análisis arqueológico de un edificio. No obstante, las recopilaciones y clasificaciones hechas hasta la fecha sobre fábricas concrecionadas, mixtas, técnicas pétreas y ladrillos aún no cuentan con las claves suficientes como para que resulten válidas y extrapolables a otros territorios. Con esto no pretendemos decir en ningún caso que la metodología empleada no sea la idónea o esté obsoleta, sino que falta aún aplicar un "orden" en el contexto del "caos" que supone sistematizar la ingente variedad y diversidad de materiales y técnicas constructivas. Nuestro objetivo es mejorar el sistema de lectura cronotipológica a través de unas claves que sirvan como referente para caracterizar, definir, contextualizar y determinar cronológicamente técnicas constructivas con unos niveles altos de certeza; también pretendemos que dichas claves resulten válidas y extrapolables tanto dentro del territorio como fuera de él, pero para ello hay que establecer una seriación que pasa por ordenar y codificar cada una de las variables que intervienen en el proceso productivo de un edificio histórico. La Arqueología de la Arquitectura ya tiene las herramientas, pero hay que optimizarlas a través de un ejercicio de recopilación y ordenación. Los objetivos expuestos en líneas precedentes pueden resultar demasiado pretenciosos teniendo en cuenta la complejidad de la cuestión que queremos resolver, pues la variedad y diversidad de soluciones constructivas desarrolladas en los diferentes ambientes geográficos hace que este ámbito de estudio sea una especie de rompecabezas que se va resolviendo por partes (es decir, a escala local), pero sin posibilidad de extrapolar a un ámbito territorial más amplio. El mismo Mannoni, precursor de la cronotipología, refiriéndose a la misma declaraba que la consecución de unos cuadros bien definidos suponía una ardua y compleja tarea teniendo en cuenta el método inductivo del que partía su elaboración (Mannoni, 1997: 24). Desde entonces, los especialistas implicados en despejar esta ecuación han hecho todo lo posible por allanar el camino empleando para ello el método científico, utilizando criterios basados en el análisis y la experimentación, o como Sánchez, pasando del lenguaje natural a un sistema cognitivo a través de un sistema descriptivo (Sánchez, 2007: 72), pero si lo que pretendemos es poder contestar en un futuro no muy lejano y con unos niveles de certeza elevados las cuatro preguntas que tan elocuentemente plantea Cressier; a saber, "¿Quién construye?, ¿Para qué se construye?, ¿Con qué se construye?, y sobre todo, ¿Cuándo?" (citado en Caballero, 2009:143 debemos ser ambiciosos, ya que de no ser así no podremos ir mucho más allá de las comparativas y el establecimiento de paralelos entre cuadros extraídos de estudios específicos. Es cierto que las variables son muchas y variadas, pero esto no significa que no se puedan abarcar en el contexto de un proceso lógico que permita ordenarlas y codificarlas según unos criterios bien definidos. En este sentido, estamos de acuerdo en que cuanto más profundizamos en el análisis de variables implicadas en un proceso productivo más se abre el abanico de posibilidades, pero por otro lado, no tenemos la obligación de tomarlas todas, sino sólo aquellas que tengan un valor lo suficientemente representativo como para ser consideradas como marcadores cronológicos. Por otro lado, no estamos hablando de algo que no se haya hecho ya de manera sistemática 19 dentro del campo de las ciencias naturales (Sánchez, 2007: 70) hace décadas, prueba de ello es el tratado sobre botánica de Linné (1784-1788), o el sistema de clasificación de plantas vasculares que presentaron los botánicos Bonnier y De Layens de la Universidad de la Sorbona en 1897 y que, después de más de un siglo sigue reeditándose y empleándose como libro de cabecera para asignaturas de carreras universitarias de ciencias (Bonnier y De Layens, 1990). A pesar de las diferencias abismales en cuanto a materia objeto de estudio, la problemática que ambas presentan es idéntica, es decir, parten de la intención de clasificar elementos (en su caso plantas vasculares) aparentemente infinitos en cuanto a variables reúnen en sus composición, pero su objetivo no es presentar tablas estáticas en las que éstas aparezcan ya descritas, sino poner a disposición del investigador una serie de claves sinópticas, es decir, un soporte que sirva como guía para que él mismo vaya de manera dinámica y paso por paso caracterizando el elemento hasta llegar a su composición y por tanto a su determinación (en su caso de familias y géneros) a través de un método inductivo. Nuestro caso es aún más complejo ya que, mientras que para las plantas ya están consignados los grupos de familias donde ubicarlas tras su caracterización, nosotros aún no contamos con tipologías homologadas como para hacer lo mismo (precisamente ese es uno de nuestros objetivos) pero por el contrario sí que podemos tomar como válido el mismo procedimiento. En esta dirección es en la que estamos trabajando actualmente 20. El objetivo es la ejecución de un modelo interpretativo que tiene como punto de partida el estudio de los materiales y técnicas constructivas de sus murallas, objeto de investigación y análisis por numerosos especialistas 21. Aunque nuestro estudio se encuentra aún en una fase inicial y experimental, creemos oportuno presentar una primera aproximación que parte de los requerimientos y problemáticas que a escala local ya apuntaba Tabales hace más de una década en su tesis: "disponer de seriaciones que permitan datar con cierto rigor, valorar funcionalmente y definir las pautas locales y regionales". Estos objetivos se han cubierto sólo parcialmente, ya que como comentábamos anteriormente, para el caso de las fábricas en tapial se han hecho sistematizaciones con resultados muy útiles, sin embargo, las fábricas en piedra, ladrillo y mixtas siguen siendo un interrogante aún por resolver. Además, a pesar de contar con clasificaciones, nos encontramos con un problema básico que consiste en la inexistencia de un "lenguaje común" que permita reconocerlas y encuadrarlas en un mismo grupo. En este sentido, agrupando variables iríamos confeccionando una secuencia compuesta por códigos alfanuméricos dando como resultado una tipología concreta, única y encuadrable dentro de un periodo cronológico. La repetición de las experiencias sería las que determinaran cronotipologías, ya que somos conscientes del nivel de desarrollo inicial en el que aún nos encontramos; por ello marcamos como cuestión indispensable el disponer de un soporte único que sirva como referente para codificar de manera homogénea el estudio de las técnicas constructivas históricas. Sólo así podremos llegar a hablar un lenguaje común y sólo hablando un lenguaje común podremos obtener las certezas que precisamos. Hemos apostado por tanto por iniciar una vía de experimentación a través de la propuesta de unas claves que ayuden a la determinación futura de cronotipologías, siguiendo un esquema homologado y único que se rija inflexiblemente por los principios planteados desde la Arqueología de la Arquitectura. El éxito radica en seguir una estrategia de intervención sobre un fundamento lógico y científico. Partiendo de esta premisa, debemos buscar sistemas que proporcionen certezas, siendo el lenguaje científico el más adecuado, y dentro del mismo, los sistemas cognitivos. Teniendo en cuenta la amplitud de miras que proporcionan (estudio de sistemas inteligentes naturales, artificiales, elaboración de una teoría general a través de la llamada "ciencia cognitiva", etc.), creemos oportuno utilizar la llamada psicología cognitiva, que estudia los sistemas inteligentes del ser humano, y es que si aislamos el elemento producido del productor estaríamos incurriendo en un grave error, descontextualizando la información. Combinando pues condicionantes naturales, humanos y procesos constructivos con las herramientas de la AA, podremos llegar a una comprensión no total, pero sí lo más completa posible del proceso productivo de un edificio (fig. 22). El primer paso fue la elección de un sistema que nos guiara en el proceso; tomamos la psicología cognitiva y, dentro de ella, la metáfora computacional como instrumento auxiliar a la misma para procesar el comportamiento humano. El ser humano, gracias a su capacidad intelectual, puede representar el mundo como objeto de conocimiento, conceptualizarlo y operar con ese conocimiento, razonando, resolviendo problemas y tomando decisiones, dando lugar a la filosofía, ciencia, arte, tecnología y productos culturales (García, 2007). Pero no solamente debemos tener en cuenta estos condicionantes históricos, culturales y sociales sino también los naturales, siendo susceptibles de tenerse en cuenta en el estudio de cualquier construcción realizada por un grupo humano en el contexto de una localización geográfica determinada. Esquema seguido durante el proceso de trabajo El siguiente paso, una vez contemplados estos condicionantes previos, fue definir el modelo más idóneo para emprender el estudio del fenómeno constructivo. En nuestra opinión, cuanto más sencillo sea más inferencias podremos extraer, por lo que consideramos que éste no debía ser otro que la inteligencia como estrategia de intervención. Estamos de acuerdo con García en que la conducta inteligente es también una conducta estratégica, mediante la cual podemos resolver problemas siguiendo un procedimiento ordenado. Así pues, a partir de la teoría triárquica de la inteligencia de Sternberg (1982, componencial, exponencial y contextual) resolvimos que podríamos hacer una extrapolación de este modelo analítico y aplicarlo a la resolución de la problemática del proceso constructivo en el contexto del patrimonio edificado. El modelo se basa en los siguientes pasos, mediante la utilización de "metacomponentes" y "componentes de ejecución y adquisición". Definición de la problemática a resolver y del procedimiento más adecuado para resolverlo. Selección de aquellas herramientas que van a ser utilizadas para resolver el caso planteado. Selección de la estrategia que resulte más eficaz para combinar las herramientas de análisis. Representar la información de manera clara y eficaz. Localizar los medios y recursos necesarios para resolver el problema. Controlar los procesos y resultados logrados. Asimismo, los componentes de ejecución y de adquisición están resultando igualmente importantes, pues son estrategias de las que nos valemos para optimizar la información contenida en cada uno de los puntos anteriormente definidos. De esta forma, una vez hecha la toma de datos y posterior ordenación de los mismos con las herramientas descritas, estaríamos en condiciones de extraer conclusiones relativas al descubrimiento de nuevas relaciones y también seríamos capaces de extrapolar inferencias a nuevos casos, hacer comparativas, codificaciones y comparaciones selectivas. En definitiva, el modelo consiste en aplicar la inteligencia junto a unos instrumentos analíticos ordenados, sistematizados y coordinados. Estos planteamientos de partida son los que estamos aplicando para el estudio cronotipológico y de la técnica constructiva de los recintos del Alcázar de Sevilla. Nuestra intención es generar un modelo interpretativo teniendo como soporte una base de datos que codifique las variables constructivas, dando lugar a una sistematización de las mismas a través de una terminología común que sirva para incentivar el empleo de un lenguaje universal que pueda extrapolarse al territorio. En este sentido, estamos de acuerdo con Quirós en que resulta imprescindible que las clasificaciones arquitectónicas partan de microanálisis en zonas con características geográficas e históricas comunes (Quirós, 1994: 147) para que en un segundo momento se pueda verificar la extensión real de cada tipo (Quirós, 1996: 183) Precisamente, esa verificación sería mucho más inteligible si contásemos con unas pautas para establecer una nomenclatura homogénea 22 que sirviera como instrumento de clasificación funcional, material y tecnológica. Una vez hecha esta operación, estaríamos en circunstancias de hacer discriminaciones entre zonas geográficas, todo ello sin perder de vista la contextualización del edificio dentro de su ambiente productivo, económico y social. Definición de la problemática a resolver y del procedimiento más adecuado para resolverlo Los estudios arqueológicos desarrollados en el Alcázar23 y materializados en el Proyecto General de Investigación denominado "Análisis Arqueológico del Alcázar de Sevilla 2000-2005" han puesto en evidencia la necesidad de mejora del sistema de análisis de las estructuras arquitectónicas en su vertiente constructiva. Esta razón es la que motivó en primera instancia a profundizar en la investigación de las defensas del conjunto palatino aplicando nuevos criterios analíticos que permitieran resolver contradicciones y polémicas abiertas en el contexto de la atribución cronológica, comprensión urbana y la misma justificación histórica. En este sentido, los sistemas defensivos del conjunto son el fruto de la adecuación a las transformaciones urbanas generadas en la ciudad desde el siglo XI al siglo XIV. Cada fase responde a una necesidad defensiva y política diferente siendo el exponente máximo de las técnicas constructivas de cada momento. Dado que en esos siglos Sevilla es la ciudad más dinámica de la Península y que en el Alcázar se concentra el poder real, primero islámico y después castellano, en toda su expresión simbólica, entendemos que la correcta valoración cronológica y la comprensión de las técnicas empleadas repercutirá en el reajuste de las dataciones y justificación de la arquitectura de esos momentos. Partimos de la hipótesis de que la valoración actual de dichos procesos es errónea desde la base de la adscripción histórica lo que supone por extrapolación una incorrecta valoración por comparación de algunos de los conjuntos palatinos y militares más importantes del Medievo hispano. Selección de las herramientas que van a ser utilizadas para resolver el caso planteado Nuestra pretensión es desarrollar una propuesta de futuras estrategias de intervención relativas al estudio de las técnicas constructivas detectadas en los recintos del Alcázar, estableciendo unos parámetros que permitan generar una cronotipología del conjunto para, en un segundo momento, conocer la extensión a escala regional de cada tipo detectado. Este trabajo se basa en los estudios que llevan realizándose en el conjunto desde el año 1997 atendiendo a investigaciones previas de especialistas en la materia. Asumimos por tanto como válida la herramienta que ha venido empleándose; a saber, la Arqueología de la Arquitectura. En este sentido, además de la lectura estratigráfica del edificio, ya se contaba con una serie de instrumentos (ciencias auxiliares o fuentes directas e indirectas) que han posibilitado la comprensión de los elementos arquitectónicos en su vertiente constructiva. No obstante, estos indicadores no han satisfecho hasta el momento las necesidades que precisamos en el contexto de un edificio pluriestratificado y tipologizado, existiendo en algunos puntos tanto incoherencias en cuanto a adscripciones cronológicas como vacíos de conocimiento relativos a tipologías constructivas. Estas irregularidades son las que pretendemos subsanar con la revisión y renovación de los estudios como las analíticas iniciadas y/o llevadas a cabo con anterioridad, imbricando toda una red de disciplinas científicas implicadas en el ejercicio de la interpretación: • Actualización y redefinición del sistema de representación gráfica. - Planimetría ex novo de los tramos de muralla correspondientes a los recintos no estudiados con anterioridad. - Planimetría actualizada de los recintos ya estudiados. • Relectura de paramentos de los recintos reseñados. Descripción, secuencia, cronología relativa. • Revisión de las tipologías edilicias detectadas a través del estudio de las fábricas murarias de los recintos. - Revisión cronológica de las fábricas a fin de establecer cronotipologías fiables. - Propuesta de nuevos sistemas de recogida de información (Informatización de los datos, fichas y gráficos creados a tales efectos). - Elaboración de tablas cronotipológicas. - Sistematización cronotipológica y de la técnica constructiva. • Incorporación de datos que se desprenden de herramientas de análisis tales como: • Interpretación de resultados obtenidos, poniéndolos en relación con la hipótesis de partida y resultados previos. Planteamiento y resolución de problemas. Nuevas dataciones y propuesta de nuevos modelos interpretativos. Selección de la estrategia que resulte más eficaz para combinar las herramientas de análisis El argumento teórico debe ser lo más dinámico y comprensible posible, es por ello que consideramos que debíamos tender a un discurso fluido en el que todos los datos que se desprendieran de la utilización de las herramientas no se trataran como entes dispersos e individuales sino que se integraran a lo largo de todo el discurso a través de un proceso de retroalimentación en virtud del cual la información obtenida se revisara y actualizara constantemente. Representar la información de manera clara y eficaz Llegados a este punto resulta fundamental poner en marcha el empleo de esas herramientas definidas en el punto número 2 de nuestra estrategia de intervención, estado en el que se enmarca actualmente nuestro análisis. En este sentido, hemos partido de un trabajo que viene desarrollándose desde 1997, con una "biografía constructiva" generada pero no cerrada y con un alto nivel de complejidad en cuestiones evolutivas. Esta complicación de la que hablamos es especialmente conflictiva pues existen ciertas irregularidades estratigráficas aún no resueltas detectadas durante nuestro proceso de estudios previos 24 y que irremediablemente imposibilitan en algunos casos elaborar las tipologías que precisamos. Podemos poner como ejemplos ilustrativos las fábricas mixtas de las cámaras superiores de las torres que coronan las murallas Occidental y Septentrional del Recinto I del Alcázar (figs. 23 y 24), cuya adscripción cronológica está actualmente en proceso de revisión 25, o el almenado que corona tanto las cámaras de las torres como los tramos de muralla conservada en los recintos primitivos, cuyas fábricas de ladrillo aparejado a soga y tizón han sido objeto de una relectura estratigráfica cuyo resultado plurifásico elimina por completo la tipología asignada inicialmente (figs. 25 y 26). Plano con las tipologías documentadas utilizando el sistema de lectura de Tabales En definitiva, y considerando el punto en el que se encuentra nuestra investigación, resulta preciso finalizar la revisión estratigráfica para así proceder a la aplicación tipológica. Esta cuestión en la que nos hallamos inmersos actualmente sin embargo no suprime el desarrollo teórico de una herramienta metodológica cuyo fundamento se nutre de las experiencias de casos antes mencionados en combinación con la casuística local, y cuyos resultados creemos pueden ser muy útiles como base en nuestra búsqueda de una fórmula que resuelva el problema de la organización de las cronotipologías y la denominación de sus variables, cuyo fundamento pasamos a explicar a continuación siguiendo el esquema planteado. Localizar los medios y recursos necesarios para resolver el problema En nuestro caso, el problema no radica en carecer de las herramientas adecuadas o emplearlas incorrectamente, sino en no optimizarlas lo suficiente. En otros ambientes geográficos es posible que las variables que hasta el momento hemos contemplado sirvieran para caracterizar, datar y definir las pautas constructivas, pero lo cierto es que hemos comprobado que siguen existiendo vacíos de conocimiento, máxime cuando estamos ante un panorama constructivo tan rico y variado que exige una revisión de la estrategia de intervención planteada hasta ahora. Es por ello que proponemos no una eliminación o subrogación del sistema empleado, sino una optimización del mismo a través de la incorporación de nuevas herramientas. En este sentido, a la par que estamos analizando los recintos del Alcázar de Sevilla, hemos ido, conforme a nuestros planteamientos metodológicos, adelantándonos a los futuros problemas de interpretación. La complicación de la que partimos es evidente, y se resume en la incapacidad de hacer en nuestro ámbito clasificaciones con las variables contempladas hasta el momento, por lo que la respuesta resulta igualmente evidente: hemos de diversificar más aún esas variables. La pregunta que esta afirmación suscita puede ser: ¿hasta qué límite? No debemos caer en la obsesión de aplicar un "zoom" a las variables hasta llegar a niveles celulares y por tanto imperceptibles, sino por el contrario tratar de seleccionar las que sean necesarias y suficientes como para crear "variables diagnóstico". Es por esta razón por la que estamos trabajando en la creación de una base de datos en la que se conjugan tres pilares fundamentales. Los dos primeros son caracterización (a través de la incorporación de un itinerario que sirva como guía para seleccionar nuestras variables) e identificación (con una serie de códigos alfanuméricos siguiendo un procedimiento que dote de nomenclaturas básicas y universales a esas tipologías de partida). En este punto del análisis tendríamos resueltas dos cuestiones: la caracterización (o descripción) y la nomenclatura (o identificación). Estaríamos pues en condiciones de pasar al último punto; el de la determinación. Éste sería el más relevante de los tres, pues valdría para fijar la tipología elaborada como representativa de un periodo cronológico concreto. Para ello nos valdríamos a su vez de dos instrumentos: • Ciencias auxiliares, a través de analíticas específicas que tomáramos según el caso de estudio (carbono 14, termografía, termoluminiscencia, análisis de documentos, mensiocronología). Sirviéndonos de estas herramientas relacionaríamos, o mejor dicho, interrelacionaríamos la secuencias estratigráficas y sus elementos de datación con las tipologías documentadas, iniciando un proceso de constante retroalimentación que supondría un intercambio permanente de datos. Así, las tipologías irían cargándose de cronologías absolutas, reciclándose periódicamente con nuevos datos fruto de la estratigrafía y analíticas. La base de datos contiene un programa estadístico cuya misión fundamental es registrar la frecuencia con la que se repiten esos mismos códigos (tipologías) y en qué lugares. Estas sencillas operaciones nos resultarán especialmente prácticas para extraer conclusiones con cierto rigor, pues conforme vayamos llenando de experiencias nuestra base de datos a través de los diferentes casos de estudio podremos establecer las pautas de producción, primero, a escala local, y en un futuro, allá donde los condicionantes geográficos, sociales e históricos nos lo permitan. Para ilustrar mejor nuestra propuesta pondremos una serie de ejemplos prácticos; en este sentido, hemos comentado que el primer paso de nuestro procedimiento sería la caracterización a través de un itinerario-guía de variables contenido en la Base de Datos, ¿cómo?; nuestra intención es que ésta sea lo suficientemente competente como para describir la totalidad de soluciones constructivas sensibles, al menos, a escala local. Para ello debemos hacer un ejercicio de "disección" que pasa por hacer una selección de variables. Como hemos dejado claro, nuestro objetivo no es obsesionarnos haciendo "colecciones" pero sí dar cabida en el sistema de información a todas las que puedan servirnos como indicadores. Es obvio que el ejercicio de ordenación es complejo, pero para ello nos valemos de la estrategia de intervención definida en el punto 3 de metodología: los sistemas inteligentes. Empleando estas pautas de organización iniciaríamos el proceso agrupando las variables dentro de tres grandes racimos o "cluster": Dentro de cada grupo, irían incluidas todas las recogidas a escala local, siguiendo este esquema y signatura concretos (fig. 27). Tabla orientativa de las variables generales con sus códigos asociados Dentro del primer grupo (A) están contenidas indiscriminadamente las variables que responden a una función concreta; esto es, cimiento, muro, pilar, jamba, arco, etc. Cada una de esas variables está asociada a un código numérico de dos dígitos, quedando esta primera parte de la secuencia conformada por una letra y dos números. Esta elección no es caprichosa, sino que tiene una justificación lógica que parte de la idea de crear una signatura única e identificativa, generando "identidades constructivas". Por esta misma razón nuestra elección es matemática; al tratarse de combinaciones de letras y números cuyas posibilidades son infinitas no nos estamos cerrando a la posibilidad de que surjan nuevas soluciones constructivas, sino que por el contrario el propio sistema sería capaz de asumirlas naturalmente 26. En este sentido, nuestra elección sigue un proceso lógico, seleccionando las letras del alfabeto para los grupos de variables que sabemos que no serán más de 28 (las 28 letras del abecedario) y números para codificar las variables más numerosas, dejando margen a aquellas que puedan documentarse en el contexto de futuras investigaciones. Es el caso de las variables funcionales, cuya codificación está conformada por dos dígitos. En este caso, este grupo sería susceptible de contener 99 variables funcionales, dejando un margen más que amplio para la inclusión de futuras tipologías. Los mismos criterios se han aplicado a las variables restantes. Para el caso de las materiales tendríamos una codificación de cinco dígitos y para las técnicas un código de dos. Siguiendo este sencillo itinerario tendríamos una primera tipificación muy general compuesta de 10 dígitos, que responderían a una clasificación diferente en cada caso (o igual si estuviera compuesta por las mismas variables. Ejemplo del itinerario a seguir para la elaboración de codificaciones generales El segundo paso sería orientar nuestro foco de atención hacia una de las variables técnicas, discriminando todas las demás. Siguiendo el mismo sistema de codificación empleado hasta ahora, se irían generando tipologías específicas atendiendo a criterios exclusivamente tecnológicos de cada tipo de material (ladrillo, piedra, fábricas mixtas y fábricas concrecionadas). Cada variable técnica contendría a su vez más variables, (aparejos, herramientas, métrica...), las que fueran necesarias para marcar una pauta cronológica (fig. 29). El resultado sería una signatura dividida en dos bloques: uno general y otro específico como resultado de codificar cada grupo. Ni que decir tiene que la homologación que defendemos no la aplicamos sólo a la creación de signaturas; estaría presente desde el proceso mismo de selección a través del empleo de términos comunes como los ya efectuados para la cerámica (Roselló, 1991). La información en materia constructiva que actualmente los arqueólogos vuelcan en sus informes suele ser deficiente en términos generales, ya que se hace patente la escasez de un vocabulario constructivo que permita analizar el paramento de una manera homogénea en cuanto a términos. Al no haber un conocimiento general sobre construcción, cada especialista hace uso de sus propios recursos lingüísticos en base a sus deducciones. Arquitectos como Pinto Puerto nos hacen este "prurito de rigor" comentando que: "es lógico que, ante el silencio absoluto de las culturas preliterarias, los arqueólogos se vean obligados a describir sus deducciones en términos absolutamente artificiales, o prestados de otras ciencias, adjudicando nombres a lo que van descubriendo, pero en cuanto se mueven en épocas que poseyeron documentos escritos los conceptos tal vez debieran expresarse en palabras coetáneas; por lo tanto es absurdo que, cuando lo que examinan es Arquitectura y ésta se produjo en momentos históricos en que se hablaba castellano, la describan en términos inventados, llegando a unos extremos tales que sus explicaciones son ininteligibles para quienes aún empleamos las palabras originales y con su significado original (...) por ejemplo, un "encastre", traducción directa de un término italiano, es para los nuestros una "jarja" o "adaraja". Ciertamente los Neandertales murieron sin dejar escritos, pero aún quedan albañiles que saben el léxico de su oficio (Pinto, 2003: 113). Esquema orientativo del itinerario a seguir en la elaboración de codificaciones específicas Una vez realizada esta operación de caracterización e identificación pasaríamos al tercer y último punto, el de la determinación, consistente en interrelacionar los datos estratigráficos y tipológicos. Para ello debemos partir de una necesaria y exhaustiva comprensión de la realidad evolutiva para de este modo datar las tipologías. Utilizaríamos pues las ciencias auxiliares, agrupándolas en: Consulta de documentación en base a: Analíticas específicas de materiales (tapiales, morteros, cerámica) con métodos instrumentales determinados, tanto clásicos como novedosos: - Análisis de materiales en base a dataciones absolutas: - Análisis mineralógicos-texturales mediante la difracción de rayos X, microscopio óptico, petrográfico o de barrido. - Tests de tenoltaleina para analizar los morteros de cal y sus propiedades físicas (niveles de PH, densidad aparente, real, porosidad accesible al agua). - Análisis de muestras de tapiales con el objeto de conocer su resistencia a compresión, índices de porosidad, estudios granulométricos para conocer el tipo de áridos (finos-medios-gruesos) que conforman esos tapiales, etc. (fig. 30). Caracterización de tapiales (análisis de carbonatos, sulfatos y curva granulométrica (Alejandre y Martín del Río, 2003: 16) - Mensiocronología como instrumento para la caracterización modular de materiales constructivos, con el objetivo de contextualizar cultural y cronológicamente las estructuras de las que forman parte (Jiménez Hernández, 2009: 130). Control de procesos, resultados y síntesis final En este apartado concluiríamos con la exposición de resultados tras el proceso de análisis combinado con los recursos descritos. En este último punto la base de datos jugaría de nuevo un papel significativo, pues generaría toda una red de información en la que podríamos consultar desde las cuestiones más básicas como la ficha de cada "tipo" detectado, caracterización, definición de las mismas, etc., a las más complejas como detectar su extensión en el tiempo y espacio, entendiendo así su peso específico en el contexto del ciclo productivo tanto del edificio como del ámbito geográfico objeto de estudio. En este sentido, para ejemplificar de forma sencilla nuestra propuesta, podemos tomar el caso de la fábrica a soga y tizón correspondiente a la merlonatura de la torre noroccidental de la muralla septentrional del Recinto I, cuyas suspicacias en cuanto a cronología hemos evidenciado en páginas precedentes. Hasta ese momento, tan sólo nos valíamos de una variable, la tecnológica, indicando que estábamos ante una fábrica de ladrillos aparejada a soga y tizón tipo I.3 de Tabales. El resto de la caracterización (forma del merlón y sus elementos, tipo de ladrillo, tipo de mortero, etc.) lo teníamos en cuenta como complemento a esa caracterización inicial, pero no como variables susceptibles de convertirse en indicadores cronológicos, de ahí las dudas más que razonables referentes a su datación. Sin embargo, siguiendo nuestro sistema de lectura cronotipológica, tendríamos cubiertas desde el principio, a saber, caracterización e identificación (con metodología exclusivamente arqueológica) y determinación (a través de las ciencias auxiliares). Para obtener las dos primeras, no tendríamos más que seguir el itinerario planteado generando una tipología concreta de merlón compuesta por un total de trece variables, es decir, una "identidad constructiva". Estaríamos pues ante un merlón (variable funcional cuyo código distintivo es A08), realizado en ladrillo (variable material con código, también único, el B1), con mortero de cal y barro (variable B ́04), que responde a la tecnología del ladrillo (variable tecnológica C1) componiendo un código de identificación general de 10 dígitos (A08 B1B ́04 C1). Esta primera clasificación es elemental, sin embargo resulta esencial para continuar con la codificación específica. Es aquí donde las variables se complican y ramifican exponencialmente, de ahí que hayamos tenido que agruparlas en función del tipo de tecnología empleada (tecnología del ladrillo, piedra, fábricas mixtas y concrecionadas), ya que de haber intentado concentrar todas las variables técnicas en un mismo bloque el itinerario marcado nos hubiera llevado a callejones sin salida (resultó imposible conjugar y codificar siguiendo una pauta lógica una bóveda de ladrillos, con una concrecionada, o con muro mampostería de tres hojas, por poner algún ejemplo). Siguiendo con la explicación, para el caso del merlón, incluiríamos, además de las ya mencionadas, tres variables más: la técnica constructiva, el módulo del ladrillo y la forma de la albardilla, generando un código final de 13 dígitos. Esta clasificación ya nos permite dos cosas: caracterizar de manera exhaustiva y con rigor a la par que sentar las bases para su inmediata definición. En este sentido, las variables específicas ya nos estarían marcando diferencias muy claras con respecto a otros tipos de merlón, poniendo de manifiesto su identidad como una tipología concreta en el contexto de una etapa determinada. Lo siguiente sería el paso de "lo relativo" a "lo absoluto" a través de las ciencias auxiliares, analizando con arqueometría, o con las técnicas de las que dispongamos, las fábricas objeto de estudio. El merlón estaba datado con Carbono 14, arrojando una cronología moderna (1788±35), encajando a la perfección con los argumentos arqueológicos, ¿Estaríamos pues en condiciones de presentar este tipo de merlón como un cronotipo?, es decir, ¿encuadrable en un momento histórico concreto debido a sus variables funcionales, materiales, técnicas y formales? Por lo pronto, los niveles de certeza serían muy elevados, pero además aquí es donde de nuevo la codificación toma protagonismo, pues al haber generado un código único en nuestra base de datos, podríamos conocer la extensión de ese tipo (comprobando simplemente si el código se repite, no se repite, si lo hace parcialmente (con lo cual estaríamos ante una variante del mismo tipo), etc., abriéndonos un mundo de relaciones e inferencias, siendo las experiencias en otras zonas el motor que guiara la futura determinación de esa tipología. Resulta indiscutible la complejidad conceptual que encierra la palabra "tipo" en según qué disciplinas, siendo la Arqueología de la Arquitectura la impulsora de su salto cualitativo al imprimirle un carácter científico y potencialmente datante que no poseía en otros ámbitos de conocimiento. Sin embargo, a raíz de nuestra revisión hemos hallado ciertos desajustes que parten de la imposibilidad, hasta el momento, de encontrar una pauta susceptible de conjugar y relacionar fácilmente tipologías, exceptuando ámbitos geográficos reducidos. Dicho desajuste no implica en ningún caso que la metodología empleada hasta ahora sea errática; por el contrario, la carencia que detectamos tiene que ver con la necesidad de homologar terminologías y nomenclaturas, o dicho de otro modo, establecer un referente que nos permita llamar a las cosas por su nombre, aquí y en cualquier otro lugar. El estadio en el que ahora nos encontramos resulta muy inicial, y la complicación es alta debido a las dificultades de homologación dadas las implicaciones geográficas, técnicas, materiales y humanas. No obstante, el potencial instrumental que ofrece la Arqueología de la Arquitectura supera con mucho los escollos que podamos encontrar en el camino. ¿Cuál sería por tanto nuestra aportación? Incluir dentro del actual sistema de lectura cronotipológica una herramienta que conjugue las variables seleccionadas conforme a un lenguaje matemático generando códigos, de manera que no haya solapamiento de tipos o confusión a la hora de referirnos a una técnica constructiva determinada. Con esto habríamos logrado marcar las pautas en cuanto a la caracterización, una cuestión de por sí importante si consideramos el escaso manejo de vocabulario constructivo que en general se detecta en los arqueólogos así como la divergencia en cuanto a consenso de terminologías que hace que la misma cosa reciba nombres diferentes, algunos inventados en el peor de los casos. Pero esto es sólo el comienzo. Nuestro objetivo es que esas codificaciones se conviertan, en un futuro no muy lejano, en técnicas constructivas con nombres y apellidos, totalmente definidas a través de sus variables, encuadrables dentro de una tipología concreta, en una fase cronológica determinada y contextualizada en su ámbito geográfico y productivo. Esto sólo se podrá conseguir a través de la inclusión en la base de datos de experiencias en otros lugares que permitan saber la extensión efectiva de cada tipo (cada código) y la cadencia con la que se produce. Esperamos por tanto que el caso práctico en el que actualmente estamos aplicando el sistema propuesto sirva de motor impulsor para generar el modelo interpretativo que precisamos, contribuyendo a una mejora en la calidad y cientificidad de los análisis tipológicos en Arqueología de la Arquitectura. Proyecto General de Investigación "Análisis Arqueológico del Alcázar de Sevilla", dirigido por el Dr. Miguel Ángel Tabales Rodríguez Atribucionismo o "estilo", donde se atribuye a cada objeto un estilo predeterminado. Formalismo: se estudia la obra de arte como un ente independiente, no teniendo en cuenta su contexto. No ponemos en duda la calidad de estos trabajos pero no obstante resultan carenciales; la utilización de la fuente escrita es la base del discurso, la cual resulta imprescindible pero como una herramienta auxiliar, es el medio, no el fin de la investigación. Las descripciones estéticas son excelentes aunque carecen de contextualización, y no vemos de qué manera se puede describir objetivamente un edificio "desde dentro a fuera" (Cómez, 1996:13) si no es mediante la aplicación de un instrumento más certero que el ojo humano capaz de depurar esas fuentes documentales que a veces, en un afán porque armonicen con la opinión de las grandes autoridades en la materia, son tomadas como verdades absolutas desembocando en erráticas interpretaciones. Interesante destacar la labor de Mannoni en datación de ladrillos en Italia (Mannoni, 1994b), Jiménez Hernández para el caso español (Jiménez Hernández, 2009), o Quirós en ambos (Quirós, 1996). Gracias a la combinación de herramientas de naturaleza científica con fuentes documentales ha podido desentrañar los aspectos sociales de estos "magistri Antelami", identificándolos como canteros cuya presencia comienza a hacerse patente a partir del s.XII. San Piero a Grado, San Zeno, Santa Cristina y San Matteo. Estos tratados se llevarán a cabo desde los planteamientos previos a la revolución harrisiana, es decir, siguiendo la teoría de los estilos, siendo por tanto buenos trabajos en cuanto recopilación de técnicas constructivas pero discutibles en lo que concierne a cuestiones cronológicas. Antes de la fecha tan sólo podemos destacar algún que otro estudio de ámbito regional, pero que tendrá pocas repercusiones a escala nacional debido a las particularidades tan concretas de los mismos, así como la existencia de ciertas incoherencias en sus planteamientos. Es el caso del estudio de Miyares sobre la identificación de las fases constructivas en el contexto del románico asturiano (Miyares, 1986: 425). Se centra en la aplicación de nuevas herramientas de análisis basadas en la cronotipología con el objetivo de probar la existencia de iglesias altomedievales, analizarlas y contextualizarlas para, en un segundo momento, ampliar la investigación al conocimiento del poblamiento medieval. Los intentos de datación no siempre se constatan, pues hay ocasiones en las que las variables no son lo suficientemente numerosas para ser representativas o bien pueden resultar confusas. No obstante, la cronología básica está conseguida desde el primer paso. El estudio arqueológico se llevó a cabo con motivo de la ejecución de un Plan Director elaborado por un equipo multidisciplinar cuyos estudios históricos se encomendaron al Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura del País Vasco. En este caso se seleccionaron tres tipos de variables; técnicas (tipo de aparejo, talla, acabado, material empleado), formales (dimensiones, plantas, tipologías de los pozos y almacenes) y espaciales (análisis de ubicación, estudio de las pendientes del terreno). Su "Sistema de análisis arqueológico de edificios históricos" (Tabales, 1997) aunque ya estaba presente previamente a través de los trabajos realizados. Denominado en su tesis "estructural", pero posteriormente el nombre será sustituido por "constructivo" debido a discrepancias con la disciplina arquitectónica, cuyos especialistas consideraban que se incurría en una cierta simplificación del término. Comenzará a incorporar esta clase de estudios a su sistema en el año 1993 (Tabales, Pozo, Oliva, 2002), consolidándose definitivamente en el año 1995 con la Intervención en el Palacio de los marqueses de Marchelina (Tabales, 1995). La clasificación de Parenti la completa con las aportaciones de Clairac y Sáenz, 1877 Subrayamos en este punto el carácter científico de la Arqueología, pues no dista tanto de la manera de pensar y actuar de las ciencias exactas, la única diferencia existente es su nivel de desarrollo, siendo una muy superior a la otra. Consideramos que este debate está más que resuelto, pero eso no quiere decir que nos olvidemos de ello, si no que debemos seguir reivindicando la arqueometría como parte integrante y esencial del método arqueológico. Muestra de ello es una reflexión llevada a cabo recientemente que parte de la revisión bibliométrica de congresos de arqueometría así como de su presencia en proyectos de investigación de Universidades españolas y publicaciones en revistas y monografías, evaluando su grado de implicación (Martín de la Cruz, 2011: 113-120). Las conclusiones muestran unos resultados carenciales, pues a pesar de la revolución que el empleo de análisis de esta naturaleza supuso para el avance del conocimiento del registro arqueológico, el esfuerzo por emplearlas es aún escaso en términos generales, siendo alarmante la cierta aprensión que sigue existiendo en la actualidad en algunos círculos académicos; según palabras del autor "los investigadores académicos aún no hemos madurado en la percepción de las posibilidades de la Arqueometría" (Martín de la Cruz, 2012: 117). Dentro del Proyecto General de Investigación: Análisis arqueológico del Alcázar de Sevilla 2 (2010-2015), dirigido por Miguel Ángel Tabales Rodríguez, financiado por el Patronato del Alcázar y autorizado por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía. Tanto a nivel de investigaciones como de intervenciones arqueológicas: (Valor, 1991; Amores, Rodríguez y Campos, 1987; Campos, Gómez y Carmona, 1993; Tabales y Jiménez, 1998; y diversas publicaciones de Tabales Tabales desde el año 1997) Materializados en el Proyecto General de Investigación denominado "Análisis Arqueológico del Alcázar de Sevilla 2000-2005" Trabajo de investigación denominado "Cronotipologías en Arqueología de la Arquitectura. Estudio de la técnica constructiva en los recintos primitivos del Alcázar de Sevilla". El análisis estratigráfico ejecutado por Tabales, 1997, arrojó una primera hipótesis evolutiva que situaba las cámaras dentro de una fase almohade, argumento que cuadraba perfectamente con el discurso tipológico (fábricas mixtas irregulares, realizadas con ladrillo, sillarejo y mampuesto con una cierta tendencia a la horizontalidad, muy frecuentemente empleada en muros de época almohade, Tabales, 2000: 1080). Sin embargo resulta preciso realizar una revisión estratigráfica pormenorizada de sus paramentos, ya que si bien podrían corresponder en origen a una etapa norteafricana, también resulta probable que hubieran sufrido refacciones en momentos posteriores, razonable si tenemos en cuenta los resultados del examen del Carbono 14 practicado en lo que se creía era una fábrica original en la torre de la esquina noroccidental del recinto I, o los resultados, aún inéditos, del análisis arqueológico de la torre occidental de la Puerta del León del Alcázar. Se trata de la extrapolación del mismo sistema de registro empleado para otros fines como puede ser la clasificación de sustancias farmacológicas y medicamentos (código ATC, Anatomic, Therapeutic, Chemical classification system), cuyas variables recogen, a saber; el sistema u órgano sobre el que actúa, el efecto farmacológico, las indicaciones terapéuticas y la estructura química del fármaco sobre el que interviene, estructurado en cinco niveles.
Propuesta metodológica para la restitución de la planimetría de una arquitectura medieval desaparecida: la iglesia románica del monasterio de San Julián de Samos (Lugo) El monasterio de San Julián de Samos (Lugo) es uno de los edificios religiosos más grandes de Galicia y también uno de los que goza de mayor antigüedad dentro del monacato español. El presente artículo se enmarca dentro de una investigación más amplia, en la que se analiza el largo proceso constructivo experimentado por dicho monumento, desde sus orígenes hasta la actualidad, con el fin de comprender la realidad de su arquitectura y valorar qué hay de auténtico y de nuevo en su fábrica. En este trabajo, presentamos el método desarrollado para llevar a cabo la reconstrucción gráfica del aspecto de este monasterio, en una de las primeras fases de su proceso evolutivo, la época bajomedieval. El presente artículo muestra el método desarrollado para llevar a cabo la reconstrucción gráfica de una de las primeras etapas del proceso creativo de la fábrica monacal de San Julián de Samos, la correspondiente al periodo bajomedieval. Este trabajo se enmarca dentro de una investigación más amplia, centrada en el análisis, de forma rigurosa y profunda, del dilatado proceso constructivo experimentado por dicho monasterio a lo largo del tiempo y que ha sido responsable de la imagen con la que hoy se muestra, gran palimpsesto de múltiples intervenciones, realizadas en diversas épocas, que dificultan su comprensión global. El trabajo que aquí presentamos se ha desarrollado desde la postura de un arquitecto ante una pieza arquitectónica histórica, pero sin entrar en el campo específico de la arqueología. Con ello queremos señalar, desde un principio, que la metodología de análisis elaborada para el alcance del objetivo planteado, no sigue el camino habitual de la lectura estratigráfica como herramienta de documentación de los restos conservados, de estructura parcialmente no visible o muy modificada por actuaciones de época moderna y contemporánea. Sin dejar de lado el conocimiento de la materialidad del edificio, se realiza un estudio paralelo, objetivo y racional de los objetos en sí mismos, apoyándonos en las referencias documentales existentes, en el análisis de obras tipológicamente similares y en la observación directa de todas y cada una de las piezas que, en el pasado, pudieron pertenecer al conjunto monacal románico. En este proceso de trabajo nuestra herramienta principal es el dibujo y los medios de partida, los documentos históricos y la realidad arquitectónica conservada (su forma, sus medidas, sus materiales, su técnica, su decoración,...), fuentes de las que se pueden obtener datos para la documentación de una arquitectura histórica, igualmente válidos que los procedentes de un análisis estrictamente estratigráfico1. Pero antes de abordar el objetivo planteado, en este apartado introductorio consideramos necesario relacionar aquellos trabajos que, con anterioridad, se ocuparon del estudio del monasterio de Samos en los siglos bajomedievales y, más concretamente, los que se preocuparon por conocer la producción arquitectónica en ese periodo, dentro de lo que se denomina arte románico. A pesar de que el monasterio de Samos es uno de los monumentos mejor estudiados del monacato gallego, no son muchas las obras que se centraron en el periodo bajomedieval y, las que sí lo hicieron, en la mayoría de los casos no fueron concebidas como estudios específicos sobre los restos románicos aquí investigados2, sino como trabajos con un carácter global, dedicados al conocimiento del conjunto monacal desde sus primeros años hasta la actualidad. Dentro de los que podemos llamar protagonistas del estado de la cuestión, fue Castro el que inició el estudio de la arquitectura medieval samonense, en una serie de artículos (1912). El siguiente paso fue dado por Durán (1947) con una obra de pequeña envergadura dedicada al estudio histórico-arqueológico del conjunto monacal, que comprende algunos apartados de análisis de los restos medievales que hoy permanecen. La transcripción del conocido como Tumbo de Samos realizada por 1986 representa un punto de inflexión en el conocimiento de diversos aspectos del monasterio entre los siglos VIII y XII, al ser la única fuente documental directa conservada de aquella época. Tras su publicación vieron la luz dos trabajos de Arias Cuenllas (1981, 1983) dedicados al estudio específico de este conjunto monacal desde sus orígenes hasta el siglo XII, que se completaron en su extensa monografía sobre la historia del monasterio publicada en 1992. La producción bibliográfica continuó con las aportaciones de De la Portilla Costa (1978, 1984, 1988) que, sin embargo, mantenían el carácter global de los estudios anteriores. Para encontrar obras que, de forma completa o en alguna de sus partes, contengan un estudio que atienda al conocimiento de los restos de la desaparecida iglesia románica de Samos, con mayor rigor, tenemos que esperar hasta fechas muy recientes. Yzquierdo Perrín (2001), al ocuparse del arte medieval en el arciprestazgo de Samos, dedicó un apartado concreto a la catalogación y estudio de los elementos románicos conservados en el monasterio actual. El siguiente avance en este campo vino de manos de Casal Chico quien, en su tesis de licenciatura, profundizó en el conocimiento histórico-artístico de los restos medievales del monasterio, si bien centrándose más en los correspondientes al periodo altomedieval, que en los propiamente románicos3. Para terminar este breve recorrido por la cuestión historiográfica, tenemos que citar el último trabajo publicado sobre el monasterio de Samos que, bajo el título San Julián de Samos. Historia e arte nun mosteiro (2008),recoge una serie de artículos que, en algunos casos, se ocuparon del estudio de la arquitectura samonense en el periodo bajomedieval4. EL PROCESO DE RECONSTRUCCIÓN DEL ESPACIO MEDIEVAL PERDIDO: LAS FUENTES Y SU TRATAMIENTO Del monasterio bajomedieval de Samos hoy en día sólo se conservan algunos restos correspondientes, en su mayor parte, a un templo románico desaparecido. De todos ellos, un primer grupo lo forman los elementos que no mantienen su aspecto original, porque sufrieron reformas en épocas posteriores; el segundo, aquellos que no están en su ubicación primitiva, pues fueron trasladados a distintos lugares, bien para seguir siendo utilizados cuando se derribó la iglesia románica o bien conservados como piezas independientes; y un tercer grupo los que no pertenecieron en un primer momento al templo bajomedieval, sino que son resultado de diferentes procesos de reforma que se llevaron a cabo en él en el transcurrir de los años. Sin embargo, la suma de todos esos vestigios y su estudio pormenorizado, es más que suficiente para constatar la anterior existencia de esa pieza arquitectónica, elemento fundamental en la configuración del conjunto monástico bajomedieval, y para poder hacer hipótesis de cómo pudo haber sido. Al primer grupo pertenece el elemento más significativo, por ser el que ha sobrevivido al paso de los siglos en su posición original, factor clave para que lo tomemos como punto de partida en el estudio de la obra medieval. Se trata de lo que en el pasado fue el ángulo sur del templo románico5, a saber, parte de la fachada principal con la escalera de caracol que subía por el interior de una de las torres que poseía, y parte de la fachada sur con un contrafuerte y una portada sencilla, pero con elementos y características propias del arte románico, como las columnas que la flanquean por ambos lados, rematadas en capiteles de variada decoración y que sirven de apoyo a las arquivoltas de medio punto que cubren el vano (Figs. En los sillares que conforman este esquinal todavía se pueden reconocer talladas distintas marcas de cantería (P, Λ, D, CO, F) que nos indican que en su construcción participaron varios canteros (Figs. El aspecto original de la portada fue modificado con la disposición de una pequeña bóveda de cañón con casetones, de estilo renacentista, que cubre el espacio de aproximación a ella. De igual modo, la observación de fotografías de la primera mitad del siglo XX, permite reconocer que la parte superior del hueco de la puerta fue restaurada, posiblemente en la segunda mitad de dicha centuria (Figs. Portada y contrafuerte conservados del antiguo templo románico de Samos (Fotografía de la autora) Ángulo suroeste conservado del antiguo templo románico de Samos (Fotografía de la autora) Forman parte del segundo grupo los elementos de la primitiva iglesia románica que, cuando ésta fue derribada, en 1746, se trasladaron al nuevo templo, el que hoy existe, o bien se conservaron como piezas independientes: parte de las losas de piedra de su pavimento, la escalera interior de una de las torres que poseía, un fragmento de una línea de imposta6, algún capitel y un sarcófago7. El tercer grupo lo constituyen aquellas piezas que fueron diseñadas para el templo románico, principalmente para adecuar su espacio interior a lo largo de diferentes procesos de reforma y que, una vez desaparecido este, se reutilizaron en el nuevo y en él se conservan actualmente. Se trata de varios altares, entre los que destacan, por permanecer casi totalmente completos, los de San Benito, la Virgen y Santa Gertrudis, los púlpitos y los órganos, todos ellos elaborados a lo largo del siglo XVII8. Pero no sólo los restos materiales citados, que iremos analizando poco a poco en las páginas posteriores, prueban que en la Baja Edad Media hubiera una verdadera iglesia románica en Samos. A nivel documental también consta su existencia. Hasta nuestros días ha llegado en el Tumbo de Samos una copia de la concordia celebrada en 1167 entre el abad y sus monjes9, en la cual se hace mención expresa de la intención de construir una iglesia. Para poner fin a las quejas que la comunidad había hecho por no tener lo necesario en cuanto a comida y ropa para cumplir con sus obligaciones, el obispo de Lugo, Juan, tras escuchar las explicaciones de ambas partes, puso fin al problema redactando una escritura de concordia, que recibió la aprobación tanto del abad como de los monjes. En este acuerdo tiene origen lo que se denominó la claustra, es decir, el reparto de la hacienda del monasterio entre el abad y la comunidad10. Entre las numerosas distribuciones que se hicieron y que han quedado reflejadas en ese documento, lo que nos interesa ahora es el reparto de las donaciones ofrecidas al monasterio por los difuntos, de las cuales se especificaba que "la mitad será para el abad y la otra mitad la recogerá el camerario" 11, el encargado de vestir a la comunidad, y añadía, "excepto cuando el abad inicie las obras de la iglesia" 12, momento en el que serían para el abad dos partes de las donaciones y la tercera para el monje camerario. Marca de cantería (CO) tallada en una de las columnas del lado izquierdo de la portada románica) Marca de cantería (P) tallada en uno de los sillares del contrafuerte románico (Fotografía de la autora) Marca de cantería (Λ) tallada en uno de los sillares del contrafuerte románico (Fotografía de la autora) Sesenta y un años después, en 1228, e igualmente en una concordia por el reparto de los bienes entre el abad y los monjes, encontramos referencias a las obras de la iglesia, cuando al detallar la distribución de las donaciones de los fallecidos al monasterio, se fijaba que "se dividan en cuatro partes: una para el abad, otra para el sustento de los hermanos, la tercera para el monje camerario y la cuarta para la construcción de la iglesia", añadiendo "hasta que se finalice" 13, lo cual hace suponer que estaba próximo su término. Con estos datos podemos afirmar que la construcción del templo románico se llevó a cabo aproximadamente entre 1167 y 1228, y gracias a las donaciones de los difuntos. Aunque las referencias a cómo era la iglesia medieval son escasas, tenemos tres formas de llegar a la hipótesis de cómo pudo haber sido su planta. La primera es la que hemos denominado documental, es decir, la reunión y análisis de los textos que sobre ella han recogido algunos autores que, si bien son reducidos en número y extensión, ofrecen datos valiosísimos para poder acercarnos al conocimiento de alguna de sus características arquitectónicas. La segunda forma es la tipológica, el conocimiento y estudio de otras iglesias benedictinas que en la época de construcción del templo samonense ya estuviesen hechas o cuyo proceso de creación se encontrase iniciado, ver cómo eran y buscar sus características comunes. Y el último camino es el de las dimensiones, las reales de piezas arquitectónicas conservadas del templo original (Figs. 8, 9 y 10) y las recogidas en documentos escritos, que representan un punto de partida seguro para el planteamiento de las proporciones del espacio del culto románico de Samos. Dentro esta vía, hemos logrado recopilar tres textos con referencias a la iglesia románica que vamos a reproducir literalmente, para inmediatamente después realizar el pertinente examen y razonamiento de cada uno de ellos. Los tres tienen en común que forman parte de trabajos contemporáneos dedicados al estudio de Samos, cuyos autores utilizaron como fuentes manuscritos que se conservaban en el archivo del monasterio hasta el año 1951, fecha del gran incendio que provocó, entre otros muchos daños, la pérdida de una gran cantidad de valiosa información sobre esta casa monástica. Son, por tanto, las únicas referencias escritas que poseemos para acercarnos al conocimiento de la configuración de la iglesia medieval desaparecida, hecho que justifica su utilización. La portada románica en 1947 (Fotografía de Miguel Durán La portada románica en 1978 (Fotografía de Pedro de la Portilla) El primer texto al que hacemos referencia es de Manuel Castro en 1912 "En el siglo XIII se reconstruyó la iglesia, pues a esta época pertenecen los escasos restos que de ella se conservan. (...) La planta de la iglesia, orientada como todas las de su época según acusan los restos existentes de sus muros, era una cruz latina, de dimensiones, sino iguales, poco menores que las de la actual. Estaba abovedada y tenía tres ábsides, probablemente semicirculares, en correspondencia con las tres naves en que se hallaba dividido el brazo mayor por dos series de cuatro ó cinco arcos cada una, sin incluir en este número los grandes torales del crucero. En el fondo de cada una de las naves laterales e incluyendo el compartimento inmediato a la fachada, se alzaban dos torres cuadradas, terminadas en chapiteles de poca altura* y destinadas: la una al reloj y la otra a las campanas.**" El autor añade dos notas a pie de página: "*Según un dibujo antiguo" y "**Las siguientes noticias están fielmente tomadas de un manuscrito anónimo del año 1723 que con el número 7 se halla comprendido entre los "Papeles varios", del tomo 23 de este título, que perteneció al Ilmo. Antonio Sarmiento Sotomayor, Obispo de Mondoñedo y actualmente posee el Monasterio de Samos." El siguiente texto que reproducimos pertenece al mismo autor y publicación que el anterior, pero en este caso transcribe un documento de finales del siglo XVII, muy útil para comprender cómo se organizaba el espacio interior del templo: "Volviendo a la antigua iglesia y en confirmación de lo que referente a ella queda dicho, transcribiré la parte más curiosa del acta que encabeza el'Libro de Visitas, Bautizados, Casados y Difuntos de la Parroquial Capilla de Santa Gertrudis, sita en nuestra Monasterial Iglesia de San Julián el R. de Samos''Visita del año 1684-Nos el M.o Fr. José Valdés, P.dor Gral. de la Religión de San Benito, Abbad y Sr. de Samos en lo espiritual y temporal, nullius dioecesis é inmediato á la sede Aplica, habiendo visitado el altar de Santa Gertrudis, sito en nuestra R.l y Monasterial Iglesia de San Julián el R.l de Samos, fabricado y señalado para capilla parroquial de la villa y demás feligresía... Considerando su R.ma... que por hacer merced hasta aquí y gracia los Sres. Abbades y Convento a sus criados únicos y pocos vecinos de la villa de Samos, enterrándolos en su Iglesia, no tanto por Parroquianos como por tales criados, sin llevarles derechos de sepultura, y perdonándoles las primicias, muchas familias assi de Nra. Abbadia, como de fuera, se han entrado a vecindar en dicha nuestra villa y más términos de la Parrochia, en grave perjuicio assi del derecho parrochial, como de este R.l templo, adonde como se ha visto, cada uno a su elección y gusto abre sepultura como se le antoxa, dexando quebradas las losas, desigual el pavimento e indecente. Por tanto, y porque semejante abusso no passe adelante, señalamos precio a todas las sepulturas en forma siguiente: El que quisiere le entierren desde la Rexa al primer arco y todo lo que forma el claro,* assi de la nave de Nuestra S.a como la de S.a Benito, haya de pagar por ella veinte y quatro R.ss =Por las que hay entre el claro del primer arco al segundo, doce R.ss =por las que hay desde el segundo al tercero, seys R.ss =las que hay desde el último arco hasta las Pessas del Relox, y desde el otro último hasta la Pila señalamos por sepulturas para pobres de solemnidad y para niños de hasta seys años de edad, y esta sin pagar, ni pensión alguna. Y para que este nuestro mandato tenga el debido cumplimiento, Mandamos en virtud de Santa Obediencia y pena de excomunión mayor, canon latae sententiae, á todos los sepultureros, aunque sean criados nuestros, no sean osados á abrir sepultura para nadie sin dar primero cuenta al P.e Sacristan, al que debaxo del mismo precepto Mandamos haga un libro o cartapacio en que escriba el dia, mes y año en que cada uno fue enterrado y en que parte etc. Cámara Abbacial á quinze de Julio de mil y SS.tos y ochenta y quatro años=El Abbad y S.or de Samos=Por mandato de su R.ma Fr. A partir de esta fecha se hacen inscripciones señalando el lugar de las sepulturas p. ej. "Junto á la rexa de N. P. S. Benito'. -'Enterróse en el tercer arco de Nuestra S.a arco segundo'. -'Enterráronle en el tercer arco delante de nro. P. S. Benito' -'Cuarto arco de la capilla (nave) de N. S.a' -'Debajo de las pesas del Relox', etc."15 El tercer y último texto al que nos referimos es de Miguel Durán en 1947 "En el archivo del Monasterio existe la siguiente descripción de la Iglesia antigua:'Estuvo emplazada en el claustro grande y tenía tres naves como la nueva, hallándose colocados los altares con el mismo orden que en ésta. Los libros parroquiales llaman a una de las naves de Nuestra Señora; a otra, de Nuestro P. San Benito, y a la del centro, de las pesas del reloj. La entrada debía de ser la que indica un grande arco de piedra que hay en el muro de la Iglesia nueva, el cual arco está rellenado de pizarra, pues se dice que fue inhumada una persona en la nave de Nuestra Señora, en la parte que da contra la entrada. La portada buena que hay en el claustro pequeño (la que hoy existe) era ciertamente la capilla del Santo Cristo, y allí se debía entrar desde la nave del centro por uno de los arcos señalados en dicho claustro, esto es, por el más próximo a la portada. Por debajo del otro arco contiguo debían caer las pesas del reloj, de las que se habla muchas veces en un libro de defunciones. Hay otro arco a mayor distancia, y por él se debía de entrar al signo, para salir después a la nave de San Benito. Indudablemente, la Iglesia antigua estaba orientada como la nueva y tenía torres de que carece ésta.' " Planta del monasterio de Samos en la actualidad, señalando en rojo la ubicación del esquinal de la desaparecida iglesia románica que se conserva (Plano de la autora) Dibujo en planta y alzado de la planta baja del esquinal románico (Planos de la autora) Axonometría de la planta baja del esquinal sur de la iglesia románica de Samos en la actualidad, señalando en gris la estructura muraria románica visible (Dibujo de la autora) Aunque sólo dispongamos de los pequeños fragmentos anteriores, de su lectura se desprenden todo un conjunto de datos para poder recrear el aspecto de la iglesia medieval en el momento de su construcción. Para empezar el templo románico samonense estaba orientado litúrgicamente, es decir, según eje este-oeste, con la cabecera hacia el oriente y con la fachada mirando a poniente. Su planta era de tipo basilical, con tres naves con tres ábsides —que, de momento, sólo tenemos base para decir que podrían ser semicirculares— y un crucero, estructura que refleja en su conjunto la importancia de la comunidad para la que fue construida. Asimismo, a través de estos textos sabemos que la iglesia poseyó dos torres, una destinada al reloj y la otra a las campanas, más adelante analizaremos si estas torres formaban parte de la iglesia desde su construcción inicial o si, por el contrario, fueron resultado de una reforma de una etapa posterior. En cuanto al número de tramos que conformaban las naves de la iglesia románica, aunque a través del primer texto de Manuel Castro parece que podríamos deducir que las naves estaban formadas por 4 ó 5 tramos, pues dice "se hallaba dividido el brazo mayor por dos series de cuatro ó cinco arcos cada una, sin incluir en este número los grandes torales del crucero"17; la lectura del acta de 1684, nos lleva a interpretar que en realidad el número de tramos en el que se dividían las naves era de tres, sin contar el espacio del transepto. En función del lugar en el que se ubicaba una tumba, la tasa a pagar por ella era distinta, lo cual obligó al monje de 1684, a detallar por escrito cuál era el coste de cada lugar de enterramiento. De esa descripción, se puede deducir cómo se distribuía el espacio interior del templo. Así sabemos que tras los tres ábsides de la cabecera se desarrollaba el crucero o transepto. La separación entre ellos tenía lugar mediante una reja. El ábside central acogía el altar, posiblemente dedicado a los patronos del monasterio, San Julián y Santa Basilisa; mientras que de los ábsides laterales, uno estaba dedicado a la Virgen y el otro a San Benito, de ahí se desprende el nombre de las naves correspondientes18. En el espacio entre la reja de los ábsides y el que llamaba "primer arco", que sería el que marcaba el fin del crucero y el inicio de las naves, era donde el coste del enterramiento era mayor, por ser el ámbito más próximo al altar. La siguiente zona se desarrollaba entre el llamado "primer arco" y el "segundo arco", que era el tramo de las naves más próximo al crucero, en el cual se reducía el valor económico de las sepulturas respecto al anterior. La distancia entre el "segundo arco" y el "tercero" se correspondía con el segundo tramo de las naves contando desde el crucero. Finalmente, se describe el tercer y último tramo, como aquel que se desarrollaba entre el tercer y último arco hasta la fachada. En este caso, se hizo referencia a dos lugares que serían en realidad los dos últimos tramos de las naves laterales, ya que se dice que era el espacio desde un "último arco" a "las Pesas del Reloj" —entendemos que se refiere a la torre que tenía ese nombre por acoger el reloj—, y añadió, "desde el otro último hasta la Pila", que sería el otro último arco de la nave lateral hasta el tramo de la fachada correspondiente a ella, espacio en el que se ubicaba la pila bautismal. Estas dos últimas partes, por ser las más alejadas de la cabecera, se destinaban al enterramiento, sin coste alguno, de pobres y niños. El hecho de que en ese tramo final se detallasen de forma precisa, sólo como lugar de enterramiento, las zonas correspondientes a las naves laterales, nos da pie a pensar que en los otros casos también se esté refiriendo a ellas, dejando excluida la nave central, que probablemente era una zona reservada al coro de los monjes. Con la reunión de todos los datos anteriores, podemos elaborar un primer esquema de la posible planta del templo románico de Samos (Fig. 11). Esquema de la planta románica de Samos resultado de la interpretación del texto de la visita de 1684 (Dibujo de la autora) La segunda vía para llegar a plantear una recreación hipotética de cómo fue la primera iglesia medieval samonense es la que hemos llamado tipológica que, como su propio nombre indica, nos conduce al estudio del "tipo" de iglesia que reúne en sí las cualidades propias de las construcciones benedictinas de la época en la que fue realizada la de Samos, es decir, tenemos que conocer el modelo que en ese periodo artístico se convirtió en el ejemplo a imitar. En el territorio gallego, la corriente dominante en el arte románico fue la compostelana, por la fuerte influencia que la construcción de la catedral de Santiago ejerció en cuanto a sus propias soluciones constructivas. Los inicios de las obras, en la segunda mitad del siglo XI, se enmarcaron en un contexto caracterizado por el crecimiento de la peregrinación jacobea, en cuyo impulso jugaron un papel fundamental los monjes benedictinos, especialmente los que pertenecían a la abadía de Cluny, en la Borgoña francesa. Sin embargo, la mayoría de templos elevados en Galicia durante los siglos XI y XII eran de reducidas dimensiones, con el fin de servir como iglesias parroquiales de pueblos pequeños. Tan sólo las iglesias de los monasterios llegaban a alcanzar un tamaño mayor, pero en cualquier caso moderado si lo comparamos con la envergadura de la fábrica catedralicia compostelana. Si bien el número es escaso, en la región gallega todavía se conservan algunos buenos ejemplos de iglesias de antiguos monasterios benedictinos, con dimensiones menores que la nueva catedral y más apropiadas a las comunidades monásticas gallegas, que en aquella época contaban con comunidades poco numerosas (Fig. 12). El modelo tipológico más extendido entre estas construcciones fue la planta basilical, formada de tres naves, crucero sólo marcado en planta y no sobresaliente en alzado, y cabecera con tres ábsides, el central más destacado19. Con esta disposición se conseguía un espacio muy bien organizado para las funciones requeridas por las comunidades monacales, de ahí el éxito de su utilización. Sigue este arquetipo la iglesia del monasterio de San Salvador de Bergondo (Bergondo - A Coruña), perteneciente a un antiguo conjunto monástico benedictino, del cual la parte que mejor se conserva es la iglesia, con tres naves, la central más ancha que las laterales, crucero poco desarrollado en planta y no sobresaliente, y cabecera formada por tres ábsides semicirculares, precedidos de un tramo recto. Esta iglesia coruñesa también mantiene, con pequeños cambios, su primitiva fachada, dividida en tres tramos por marcados contrafuertes, abriendo en la parte central una sencilla portada. Hay constancia documental de que este monasterio existía ya en el año 113820. También de la segunda mitad del siglo XII y de planta basilical, con tres naves de cinco tramos, rematadas en sus ábsides correspondientes, es la iglesia monasterial de San Julián de Moraime (Muxía - A Coruña), cuya pertenencia a la orden de San Benito consta desde 110521. La iglesia de San Martiño de Xuvia (Narón - A Coruña) es muy similar a nivel planimétrico a la anterior. La existencia de un monasterio en este lugar está documentada desde finales del siglo X. En la misma provincia que los ejemplos anteriores, pero todavía con menor dimensión, se encuentran otros dos casos de iglesias de antiguos monasterios benedictinos, con planta basilical de tres naves, desarrolladas en tres tramos y rematadas en sus respectivos ábsides semicirculares. Nos referimos a Santa María de Mezonzo (Vilasantar - A Coruña) y San Tomé de Monteagudo (Arteixo - A Coruña). Pero los modelos más próximos a nivel geográfico al caso que nos ocupa, son los de las iglesias de los antiguos monasterios de Santa María de Penamaior (Becerreá - Lugo), San Vicente de Pombeiro (Pantón - Lugo) y San Esteban de Ribas de Sil (Nogueira de Ramuín - Ourense). La existencia de una comunidad cenobítica en Penamaior, consta desde el año 919, cuando fueron enviados desde allí varios monjes al monasterio de Samos. Su iglesia románica fue construida en 1177, según una inscripción, por tanto a nivel temporal, esta construcción fue coetánea de la de Samos, y anterior a que el monasterio de Penamaior se convirtiese en casa cisterciense. San Vicente de Pombeiro es otro buen ejemplo de iglesia románica de planta basilical de tres naves y cabecera triabsidal, con magníficas portadas conservadas del mismo estilo en sus tres fachadas. Y, por último, el caso de San Esteban de Ribas de Sil, con una iglesia abacial que sigue la tipología benedictina propia de la época, aunque sobre ella se hayan realizado cambios en fases posteriores. El inicio de las obras de construcción de este templo, según una inscripción ubicada en una columna de la cabecera, se remonta al año 118322, pudiendo considerarse que los trabajos se prolongarían hasta principios del siglo XIII. Por tanto, temporalmente su construcción fue pareja a la de la iglesia de Samos, cuya obra recordemos que los documentos sitúan aproximadamente entre 1167 y 1228. Exteriormente, aunque la fachada principal del templo ha sufrido importantes cambios, todavía mantiene elementos de la original, como los contrafuertes que la dividen en tres tramos y el rosetón de la parte superior, hoy cegado. En cualquiera de los ejemplos anteriores vemos modelos reales conservados en Galicia, que bien pueden utilizarse para, por analogía tipológica, elaborar una planta hipotética de la iglesia románica de Samos en el siglo XIII, sin olvidar tener presentes todos los datos extraídos de la documentación escrita analizada anteriormente, que vienen a confirmar que el espacio de culto samonense siguió el modelo tipológico habitual de templo monástico, implantado en el territorio gallego. Modelos tipológicos de iglesias románicas de antiguos monasterios benedictinos gallegos (Franco Taboada, 2001; excepto la planta de la iglesia de San Tomé de Monteagudo que es un dibujo de la autora) Resta ahora hacer uso de un último recurso, el de las dimensiones, para que la solución hipotética planteada sea lo más próxima posible a la realidad desaparecida. Caminar por el ámbito de las medidas nos conduce en primer lugar a mirar hacia las piezas arquitectónicas que perviven del templo medieval. Ya anunciábamos al comienzo de este artículo que esas piezas son pocas, pero ofrecen una información certera. Centrando de nuevo nuestra mirada en el esquinal sur conservado, nos aporta, de forma fidedigna, la orientación del templo, que se desarrollaba desde esa posición hacia el noreste, extendiéndose en dirección a lo que hoy es el claustro grande o del P. Feijoo. Se trata de un muro pétreo que se resuelve con unas partes vistas ejecutadas en cantería de granito, con grandes sillares dispuestos en hiladas uniformes, y otras zonas hoy recebadas y pintadas (Fig. 27). Posee 8'50 m de longitud en su cara sureste y 6 m en el frente suroeste, con 2 '52 m de anchura en la zona del contrafuerte y 1' 80 m en la parte carente de él, alcanzando 3 m en la zona más ancha de la torre. En altura, el esquinal se prolonga hasta la planta segunda del claustro de las Nereidas, donde todavía hoy son visibles sus restos, llegando a tener en total 8'65 m. Durante la reforma del monasterio que tuvo lugar en los años posteriores al incendio de 1951, la comunidad decidió igualar las paredes en esa zona del esquinal, lo que conllevó la eliminación u ocultación de los restos murarios románicos sobresalientes a la altura de la segunda planta, tal y como podemos comprobar con una simple comparación entre el estado actual y el de mediados del siglo XX (Figs. Restos del esquinal sur románico a la altura de la segunda planta del claustro de las Nereidas, en la primera mitad del siglo XX (Fondo fotográfico del Monasterio de Samos) Restos del esquinal sur románico a la altura de la segunda planta del claustro de las Nereidas, en la actualidad (Fotografía de la autora) Tanto el contrafuerte como la portada pertenecieron sin duda al templo románico construido entre los siglos XII y XIII y creemos que también la torre conservada es de la misma época (Fig. 15). Existe constancia documental, en un contrato de 1621, de que el cantero Alonso Rodríguez se comprometía a "hazer ciertas torres y campanario y otras cosas" 23, lo cual nos podría hacer pensar que las torres fueron construidas a principios del siglo XVII. Por otra parte, Manuel Castro atribuye al abad Mauro de Vega (1633-1637) la realización, entre otras obras, de una torre24. Sin embargo, esas dos actuaciones debieron ser obras de reforma sobre torres ya construidas o remates de las ya iniciadas, pues en nuestra observación in situ de la escalera interior de la torre sur, hemos podido reconocer en uno de los sillares, una marca de cantería similar a una CO, idéntica a la existente sobre varios fragmentos pétreos de la portada, lo cual vincula, al menos el arranque de la torre, a la misma época y cantero que construyó aquella (Fig. 16). De igual modo, en los sillares de la cara suroeste de la torre, existen otras tres marcas de cantería —una F, una V y una P— que aparecen repetidas en la portada y el contrafuerte25. Zona inferior de la torre románica vista desde la escalera del claustro de las Nereidas (Fotografía de la autora) Escalera de caracol de interior de la torre del esquinal sur conservado de la iglesia románica, con algunos peldaños en mal estado. En algunos sillares del eje central de la escalera todavía se pueden reconocer marcas de cantería similares a las existentes en la cara exterior de los muros románicos conservados. (Fotografía de la autora) Pero lo que más nos interesa señalar ahora, es que a través de este esquinal obtenemos varias dimensiones reales del templo antiguo (Fig. 24). La primera el ancho de los muros, de 1'80 m, probablemente constante en toda la dimensión del templo. La segunda, la dimensión de un contrafuerte y su forma en planta, valores que podemos extrapolar a los demás contrafuertes que pudo tener. La tercera, la anchura del último tramo de las naves, que es la distancia entre el eje del contrafuerte conservado y el frente de acceso al interior de la escalera de caracol de la torre, en cuyo punto más estrecho son 3'20 m, y a medida que nos vamos desplazando hacia el norte, el muro se inclina hacia la línea de fachada, reduciendo su grosor respecto al que tiene en la zona de la torre, y aumentando así la anchura del último tramo hasta alcanzar aproximadamente los 3'80 m. La cuarta dimensión que podemos extraer es la altura total que alcanzaba el muro sureste de la iglesia románica, sobre 8'65 m. Este valor lo obtenemos a través de la observación y posterior dibujo sobre planimetría actual, del punto de remate de los restos de muro sobresaliente, que se aprecian en la segunda planta del claustro de las Nereidas, en la realidad y en fotografías de la primera mitad del siglo XX. La quinta y última medida que nos aporta este esquinal, es la de la anchura del segundo tramo de las naves, en cuyo extremo sur se abre la portada, que lo habitual, según los modelos tipológicos previamente estudiados, era que ocupase una posición simétrica entre dos contrafuertes. Si bien el contrafuerte izquierdo de la portada se conserva en buen estado, el inicio del derecho se puede percibir, pero está muy desfigurado, incluso mutilado, por causa de actuaciones de época posterior. Aún así, el dibujo de los restos y la consideración de la simetría en la apertura del pórtico, nos permite obtener la dimensión del tramo segundo, de 3'81 m. Medida esta última, que también podemos extrapolar al primer tramo de las naves, pues la igual dimensión de la anchura de los distintos tramos en los que se dividen las naves de una iglesia románica benedictina, es una característica propia del modelo tipológico analizado. Para obtener más medidas del templo medieval hemos de acudir a una serie de piezas escultóricas, los retablos que diseñó Francisco de Moure a principios del siglo XVII, para amueblar y embellecer el interior de aquel. En primer lugar, se sabe que Moure fue el autor del retablo mayor, hecho durante el abadiato del P. Cristóbal de Aresti (1613-1617) para la capilla principal del antiguo templo26. Este retablo fue trasladado a la iglesia actual cuando se derribó la anterior y allí permaneció hasta la construcción, en torno a 1781-1785, de uno nuevo de José Ferreiro, que provocó la pérdida de la talla barroca. Además del anterior, el escultor Francisco de Moure ejecutó cuatro retablos más durante el mandato del abad Miguel Sánchez (1618-1621): los de San Juan y Santa Catalina, posiblemente para dos altares de las naves colaterales, y los de la Virgen y San Benito para los dos ábsides laterales de la cabecera27. Los dos primeros, de San Juan y Santa Catalina, son obras desaparecidas, de las que apenas se conservan algunos elementos. No es así en el caso de los colaterales de la Virgen y de San Benito, que se mantienen íntegros28. Retablo de la Inmaculada creado por el escultor Francisco de Moure para el ábside lateral norte de la iglesia románica (Fotografía de la autora) Retablo de San Benito creado por el escultor Francisco de Moure para el ábside lateral sur de la iglesia románica (Fotografía de la autora) El retablo de la Virgen (Fig. 17) ocupaba en el templo medieval el ábside correspondiente a la nave del Evangelio, es decir, la norte, y la medida de su largo entendemos que equivalía a la anchura que tenía aquella, pues lo habitual es que el retablo se diseñase para extenderse a lo largo de todo el espacio para el cual era construido en su origen, y de no ser así, al menos podemos considerarlo como dimensión mínima del ábside lateral medieval en el que remataba por prolongación la nave norte. El retablo dedicado a San Benito (Fig. 18), se situaba en el ábside de la cabecera perteneciente a la nave de la Epístola, la orientada al sur, y la dimensión de su largo era la de la anchura de la nave correspondiente; que, atendiendo a cuestiones planimétricas, debía coincidir con la de la nave sur. Hoy en día, el retablo del santo nursiano se sitúa en la cuarta capilla de la nave de la Epístola y su largo es de 3'22 m, lo que equivale a 10 pies carolingios29, al igual que el dedicado a la madre de Cristo, que está colocado enfrente, en el cuarto tramo de la nave lateral norte. Asimismo, en ambos casos, la parte posterior del retablo, con una forma curva, es un indicador más de que fueron creados para encajarse en un ábside semicircular Justo en el tramo anterior, el tercero de la nave de la Epístola, nos encontramos con otro retablo trasladado de la iglesia medieval a la moderna, el dedicado a Santa Gertrudis (Fig. 19), cuya importancia radica en que era el altar parroquial del monasterio, situado en el extremo norte del crucero del templo antiguo30; por tanto, en este caso su largo, de 5'16 m, nos aporta la anchura interior del transepto de la iglesia medieval, que sería de 16 pies carolingios. Al ser trasladado al templo nuevo sufrió una transformación, reduciendo su longitud, para poder ser encajado en su nueva ubicación, de 4'24 m, a través de la eliminación por ambos lados de dos remates, que posiblemente fueran a modo de pilastras como las que todavía flaquean la imagen de la santa parroquial. Sumando la anchura de dos pilastras a la longitud del altar actual obtenemos la dimensión citada anteriormente de 5,16 m o 16 pies carolingios. Retablo de Santa Gertrudis ubicado en el extremo norte del crucero de la iglesia románica y mutilado por sus lados al ser trasladado al templo actual (Fotografía de la autora) Parte posterior del retablo de San Benito con una forma preparada para ser encajado en un ábside curvo (Fotografía de la autora) Después de examinar los vestigios anteriores, todavía nos falta, sin embargo, conocer cuál fue la dimensión de la capilla mayor y por extensión de la nave central. En la búsqueda de ese dato, nos tenemos que parar, primeramente, en el análisis de una pieza arquitectónica que algún autor considera que pudo pertenecer a la iglesia románica32. Se trata de la bóveda de crucería que cubre la parte superior del último tramo de la iglesia actual (Fig. 21). Su traza nada tiene que ver, a primera vista, con la arquitectura del conjunto de la iglesia moderna y las bóvedas de cañón acasetonadas que cubren la mayor parte de su nave central. Esta circunstancia es la que ha provocado que algún estudioso del monasterio samonense la considerase procedente de la iglesia románica, donde cree que sostenía el coro alto que se construyera a sus pies a finales del siglo XVI y, de ser así, nos aportaría la anchura de su nave central. Cuando se edificó el nuevo espacio de culto y se alcanzó su último tramo —momento en el que fue necesario derribar la antigua iglesia románica—, los monjes podrían haber decidido trasladar esta bóveda de crucería, para reaprovecharla en una nueva ubicación, permitiendo, al mismo tiempo, la utilización de las cajas de los órganos, que se realizaran para el templo románico, durante el periodo en el que las obras de la nueva iglesia estuvieran paralizadas33. Al medir el espacio que en la actualidad cubre la bóveda de crucería obtenemos unas dimensiones de 5 '68 m de ancho y 9' 85 m de largo. Los 5 '68 m son muy superiores a los 3' 80 m que existen de separación entre el contrafuerte y la torre románica conservada, y que determinan la dimensión del último tramo de las naves medievales. Por tanto, la hipótesis de que esta bóveda de crucería tuviera esa función en el pasado no es factible. Aunque decíamos que aparentemente nada tiene que ver la bóveda de crucería con la bóveda de cañón acasetonada, sin embargo, al observar con detenimiento la sección de aquella y, al mismo tiempo, fijarse en la sección correspondiente a los nervios que definen los casetones de la bóveda de cañón próxima (Figs. 22 y 23), podemos reconocer que son idénticas, lo cual nos conduce a la conclusión de que dicha bóveda de crucería, a pesar de su tracería discordante con el resto del conjunto, fue realizada expresamente para ese lugar34. El camino anterior no nos aporta el ancho de la nave central del templo románico. Para conocer ese valor tenemos que recurrir a un documento escrito de principios del siglo XVII, que no hemos reseñado en la vía documental, pues sólo recoge datos sobre la obra de reconstrucción de la capilla mayor primitiva. Al ser esa la parte más antigua del templo románico —pues generalmente las iglesias medievales se empezaban a construir por la cabecera—, se encontraba bastante deteriorada tras el paso de cuatro centurias. Tal y como señala el P. Maximino Arias, el 25 de septiembre de 1601, el abad Claudio Tenorio, firmó un contrato con los maestros de cantería Juan González y Alonso Rodríguez35, para que hicieran de nuevo la capilla mayor de la iglesia, la cual según lo acordado en un primer momento debía tener "veinte dos pies de ancho y treinta y un pie de largo que tenga cinco pies y medio de gruesso y veinte y hocho pies de alto" 36. La obra se aplazó en el tiempo, firmándose un nuevo contrato el 14 de febrero de 1606 con los mismos canteros, bajo el periodo de gobierno del abad Francisco del Castillo. En este documento quedan recogidas las dimensiones que, al principio, querían que tuviese el nuevo ábside, así como la intención de ampliar la traza inicial para que "en altura y hueco y anchura de la ducha capilla mayor se ensanche, alargue y alze el arco de la dicha capilla corresponda con el arco del coro"37. Cuando hablan del "arco del coro", entendemos que se están refiriendo al arco exterior de la bóveda que soportaba el coro alto situado a los pies de la iglesia medieval, y que como ya hemos dicho, habría sido construido pocos años antes, a finales del siglo XVI. A través de este contrato conocemos que las dimensiones que en un primer momento querían que tuviese la nueva cabecera eran de 22 pies de ancho, 31 de largo, 5'5 de grueso y 28 alto, que haciendo la correspondencia de pies carolingios a metros lineales, serían 7'08 m de ancho, 9'98 de largo, 1'77 de grueso y 9 de alto38. Evidentemente el espacio de la nueva capilla mayor poco podía diferir de la original románica en cuanto a su anchura, la cual estaba delimitada lateralmente por el espacio ocupado por las capillas menores contiguas, aunque sí podían variar las medidas de su profundidad, el grosor de sus muros y la altura. De lo anterior podemos concluir que el ancho de la nueva capilla mayor, era el mismo que el de la existente, 7'08 m, y esta era también la dimensión que tenía en anchura la nave central correspondiente. Bóveda de crucería que cubre el último tramo de la iglesia de Samos actual (Fotografía de la autora) Detalle de los nervios que definen los casetones de la bóveda de cañón de la nave central de la iglesia de Samos actual (Fotografía de la autora) Detalle de los nervios de la bóveda de crucería que está situada sobre el último tramo de la iglesia de Samos actual (Fotografía de la autora) Del templo románico también se conserva un fragmento de una línea de imposta de la iglesia medieval, con una decoración en forma de ajedrezado o molduras de "billetes", que son adornos a modo de pequeños tacos cilíndricos que se colocaban a tresbolillo39. Este tipo de solución decorativa fue muy utilizada en el románico gallego, para resolver las líneas de imposta tanto del exterior como del interior de los templos, y podemos encontrar ejemplos de este tipo de ornamento en los modelos tipológicos estudiados. Este último elemento que hemos citado no nos ofrece una información dimensional, pero sí estilística. De igual modo, en el interior del monasterio se guardan hoy en día otras piezas sueltas como algún capitel y un sarcófago40. Proceso de restitución de la planta hipotética de la iglesia románica del monasterio de San Julián de Samos a partir de distintas fuentes: restos reales conservados y documentos escritos (Planos elaborados por la autora) En la iglesia actual se conservan más elementos del templo románico. Entre ellos destaca la presencia de la escalera de caracol de la segunda torre desaparecida, que se trasladó al interior de torre norte nueva. Asimismo creemos que las losas de piedra que conforman el pavimento de la iglesia actual en algunas zonas de las naves laterales (Figs. 25 y 26), pertenecieron en el pasado a la iglesia románica. Aún se puede ver en algunos casos la huella de su primitiva función, por las marcas centrales de antiguas argollas que permitían elevar las piezas; así como por las numeraciones talladas en ellas, de traza muy similar a la de las marcas de los maestros canteros localizadas en los sillares del esquinal sur conservado. La mayoría de estas losas trasladadas se concentran delante de los retablos de la Virgen, de San Benito y de Santa Gertrudis. Coincidencia que entendemos que no es casual, pues el suelo del templo románico era un lugar de sepultura, en el que las personas con más recursos se enterraban en la zona del crucero, a la cual miraban los tres retablos citados. De arriba a abajo, reconstrucción hipotética del alzado sur, la sección por el último tramo de las naves y la fachada principal de la iglesia románica de Samos en el siglo XIII, a partir del esquinal conservado, de las dimensiones aportadas por documentos escritos y de la observación de otras iglesias de monasterios benedictinos (Planos de la autora) A modo de conclusión queremos hacer una reflexión acerca del proceso presentado en este artículo y de los resultados obtenidos. Para empezar, es necesario recordar que el estudio que aquí mostramos forma parte de un trabajo de investigación mayor, que pretende, entre otros objetivos, el conocimiento completo del proceso de evolución de la fábrica actual del monasterio de San Julián de Samos, declarado monumento nacional histórico-artístico en Septiembre de 1944. Por tanto, no estamos ante un estudio aislado, sino que constituye uno de los eslabones de la cadena del proceso creativo de una arquitectura monacal con casi quince siglos de existencia. La iglesia construida en Samos aproximadamente entre 1167 y 1228, permaneció en pie hasta 1746, fecha de su demolición para poder terminar la construcción del último tramo del actual templo monacal. Durante sus seis siglos de vida experimentó importantes cambios, responsables de la modificación de su imagen inicial, con el objetivo de adaptar el lugar de culto a las necesidades que tenía la comunidad en cada época. En el presente artículo nos centramos en el estudio del aspecto de la iglesia original, aunque también hemos tenido la necesidad de hacer referencia a las transformaciones sufridas en siglos posteriores, y que afectaron principalmente a su fachada, a la cabecera y al espacio interior. La recopilación de datos de muy distinto origen —de documentos escritos y de piezas reales conservadas— y su lectura con el punto de vista adecuado al objetivo planteado, nos ha permitido recrear con solidez la planta de la iglesia románica de Samos en el siglo XIII. Creemos que la mayor aportación de nuestro trabajo radica en la elaboración de un método de restitución del aspecto de una arquitectura desaparecida a través de una triple aproximación, documental, tipológica y dimensional, que puede aplicarse al conocimiento de otros bienes patrimoniales, desaparecidos por causa de procesos derivados de la demolición o simplemente como consecuencia de transformaciones, abandono o ruina. Aunque nuestra propuesta dibujada es hipotética, lo estudiado hasta aquí consideramos que aporta la suficiente seguridad para decir que nuestra hipótesis planimétrica no debió ser muy diferente de la arquitectura real desaparecida. Una excavación arqueológica en el terreno ajardinado que configura el espacio del actual claustro del P. Feijoo, podría sacar a luz parte de las cimentaciones del antiguo templo y confirmar o rebatir nuestros planteamientos. Este texto constituye parte de un capítulo de la Tesis Doctoral que estamos desarrollando bajo la dirección de José Ramón Soraluce Blond, en la que abordamos el estudio e interpretación del diseño y la evolución de una arquitectura monástica, San Julián de Samos, en la provincia de Lugo. Nuestra investigación ha sido parcialmente financiada por la Universidad de A Coruña (Ref.: Ayuda de apoyo a la etapa predoctoral UDC 2011) y actualmente por la Xunta de Galicia (Ref.: Ayuda de apoyo a la etapa predoctoral del Plan Gallego de Investigación, Innovación y Crecimiento 2011-2015 - Plan IC2), cofinanciado por el Fondo Social Europeo (FSE-FEDER). La autora quiere agradecer a la comunidad benedictina de San Julián de Samos su interés y su permanente predisposición para facilitar nuestra investigación, sin lo cual no sería posible el desarrollo de este trabajo. "Cuando en un edificio es posible conocer y fechar, directa o indirectamente, muchas de sus partes (forma de ciertas estructuras, elementos arquitectónicos, recubrimientos), se puede decir que, incluso en ausencia de estratigrafía visible, es posible un análisis arqueológico, basado en su observación y en las discusiones objetivas sobre la construcción en sí misma". Aunque no hemos seguido su metodología, el estudio presentado en este artículo puede relacionarse con lo que Mannoni denomina "análisis configuracional", aquel en el que, sin ser posible realizar un estudio estratigráfico completo, porque los revestimientos ocultan gran parte de la superficie muraria del conjunto analizado, se recurre al estudio tipológico y a los documentos escritos, como fuentes de datos para un análisis arqueológico no destructivo, igualmente válido, aunque con ciertas limitaciones. Los restos analizados en este trabajo pertenecen al periodo bajomedieval (siglos XII-XIII). Dejamos fuera de este estudio la llamada Capilla del Ciprés o del Salvador, una pieza arquitectónica prerrománica, construida a finales del siglo IX o principios del siglo X que, tanto por su posición, —ciertamente alejada del monasterio actual—, como por su datación, perteneció al conjunto monacal primitivo o altomedieval. Los trabajos publicados sobre esta obra superan considerablemente en número y grado de profundización a los que relacionamos sobre los restos románicos. Carolina Casal solamente reconoció como resto románico la portada de la antigua iglesia de Samos, de la cual realizó un profundo análisis tipológico, más quedaron excluidos del estudio todo otro conjunto de elementos correspondientes al mismo periodo histórico-artístico. Casal Chico, 2002, Estudio histórico-artístico: los restos medievales del monasterio de San Julián de Samos (tesis de licenciatura inédita. Las dos últimas solamente atendieron a algunos aspectos de cómo fue el espacio románico en su última fase de existencia. El autor cita como fuentes utilizadas dos manuscritos del P. Sarmiento: "Entre los escritos referentes a los orígenes de Samos son muy notables los debidos al eruditísimo P. Sarmiento* (*Este manuscrito del P. Sarmiento fue reproducido en el libro de López Peláez: "El Monasterio de Samos", La Coruña, 1894), y en lo que respecta a la cronología de sus abades y vicisitudes del monumento es de gran importancia e interés el manuscrito titulado "Relación sucinta de los sucesos principales del Real Monasterio de San Julián de Samos desde el año 759, en que se fundó, hasta el presente de 1723. Las advocaciones de los tres altares de la cabecera en la iglesia románica original nos son desconocidas, al menos hasta el siglo XVII, cuando el escultor Francisco de Moure diseñó tres altares absidales nuevos, de los cuales sólo se conservan los dos colaterales, de San Benito y la Virgen, mientras que del central tan sólo han llegado hasta nuestros días las representaciones de San Julián y Santa Basilisa. El contrato de 1621 ha sido trascrito de forma íntegra en Folgar de la Calle y Goy, 2008, Apéndice documental [CD-ROM]. Otra evidencia de que las torres fueron construidas, al menos la parte correspondiente a sus arranques, con la iglesia románica original, es que al observar la zona inferior de la hoy conservada, en su encuentro con la escalera del claustro de las Nereidas, cuya planta baja fue construida entre 1562 y 1582, se puede identificar una continuidad en la conformación de su base —con escalones ligeramente sobresalientes en tres niveles sucesivos—, de igual factura a los que recorren el resto de los muros medievales hasta su encuentro con la portada. Este sería un recurso innecesario si las torres fueran levantadas completamente en el siglo XVII, momento en el que, al menos en el caso de la torre sur, su parte baja ya estaría oculta al exterior por su encuentro con el claustro de las Nereidas. La razón de este cambio la desconocemos, aunque profundizamos en el análisis de varias posibilidades en un apartado de nuestra Tesis Doctoral. Contrato entre el monasterio de Samos y los canteros Juan González y Alonso Rodríguez para que construyan la capilla mayor de la iglesia abacial, por un importe que será determinado por el sistema de tasación ajena. Archivo Histórico Nacional (AHN). Fondo Instituciones Eclesiásticas, Sección Clero secular-regular, Legajo 3452, folios 16-17. Este documento ha sido transcrito de forma íntegra en Folgar de la Calle y Goy, 2008, Apéndice documental [CD-ROM]. Para hacer la equivalencia ver nota 26
La recuperación de una dignidad perdida (Alcalá de Henares, Madrid) La fortaleza de fundación musulmana situada al suroeste de Alcalá de Henares (Madrid) ha sido un yacimiento arqueológico maltratado por el tiempo y por el hombre. Tras las primeras intervenciones de excavación y restauración realizadas, fue abandonado de nuevo hasta la puesta en práctica de las obras de revalorización que se realizan en la actualidad. Excavación y conservación se solapan en su ejecución con el apoyo de estudios previos historiográficos y del análisis de los factores de alteración o del estado de conservación. Se garantiza, de esta forma, que las actuaciones tengan un sentido, un objetivo claro donde prime el respeto al yacimiento y la exhibición social de un recinto fortificado con unas características propias que lo definen. Las actuaciones se ejecutan sin ocasionar alteraciones fisionómicas colaterales en nombre de la preservación del lugar. Se presentan dichas características constructivas y defensivas del cerro y del entorno al amparo de su exhibición al público como obra referente de la arquitectura andalusí en la meseta. Como tal debe recuperar su dignidad hasta hoy perdida. Desde el año 2009 se están realizando una serie de actuaciones arqueológicas en el yacimiento de Alcalá la Vieja. A partir de la documentación de una amplia secuencia de ocupación, con conjuntos cerámicos estratificados de época andalusí, y del análisis de las técnicas constructivas de la puerta de acceso, de la torre no 9 y de los escasos restos de lienzos y torres conservados, se propone una nueva datación para la puerta de acceso a la fortaleza y se plantea una hipótesis del trazado y ordenamiento poliorcético del recinto fortificado para el período andalusí. Finalmente, se postulan los criterios que deben prevalecer al acometer actuaciones de conservación y restauración de los restos arqueológicos cuyo objeto no es otro que mejorar el acceso del visitante, y la comprensión del yacimiento, aplicando criterios vigentes y coherentes con la obra. Las excavaciones realizadas entre los años 1969 y 2006 permitieron identificar una dilatada secuencia de ocupación en el cerro que abarcaba desde época prehistórica, con restos de la Edad del Bronce, hasta su abandono definitivo en el siglo XVI (Zozaya 1983 En cuanto a la fundación de la fortaleza, investigadores como J. Zozaya (1980, 1983), A. L. Sánchez Montes (1992) o M. A. Castillo Oreja (2006) consideran que se levantaría en torno al año 920 a partir de la identificación de al-Qulay'a con Alcalá la Vieja propuesta por E. Lévi-Provençal (1982). Este autor señala que Ibn'Iḏārī, en su obra al-'Bayān al-Mugrib, refiere cómo en el año 920, durante la campaña de Mu'izz,'Abd ar-Raḥmān III es informado por el gobernador de Guadalajara de una incursión leonesa contra la ciudad y el castillo vecino de al-Qulay'a, desastrosa para los cristianos Lévi-Provençal 1982: 362 L. Torres Balbás (1959), en la publicación considerada como la más relevante sobre Alcalá la Vieja hasta ese momento y título de referencia, comparte con E. Lévi-Provençal la opinión de que la mención más antigua de la fortaleza es la del año 920. La noticia de la conquista en el año 825 del "Hisn al-qal 'a" por las tropas de Faradj, señor de Guadalajara4, también ha llevado a plantear que estaría construida en ese año, al identificar el hisn nombrado en las fuentes con Alcalá la Vieja5 (González 1975; Pavón 1982; Turina 1985; Herrera 1985). El hallazgo casual de un dirham del 825 ha servido a numerosos investigadores para confirmar la existencia de la fortaleza en ese año6. Sin embargo, las citadas intervenciones no aportan argumentos arqueológicos que permitan defender que la construcción de la estructura defensiva se iniciara durante la época emiral. Al margen de estas hipótesis sobre su fundación, la primera mención en las fuentes que hace clara referencia a Alcalá la Vieja, recogida por Torres Balbás, (1959) y aceptada por todos los investigadores, es la proveniente de Ibn'Iḏārī7 quien indica que en agosto del año 1009 se produce una batalla en las cercanías de Alcalá de Henares (Qal 'at' Abd as-Salam), con la derrota de Wadih, gobernador de la Marca Media, contra los rebeldes beréberes partidarios de Sulayman y Sancho García. De esta forma, la existencia de la fortaleza queda acreditada con seguridad en las fuentes escritas únicamente a partir de principios del siglo XI. Entre los años 2009-2011 se han realizado una serie de actuaciones arqueológicas que han incluido una prospección intensiva, el análisis estratigráfico preliminar de las estructuras defensivas visibles (torres y lienzo de muralla), la documentación gráfica, así como tres campañas de excavación en sectores considerados clave del yacimiento, bajo la codirección de los autores de este escrito: en la puerta de entrada a la fortaleza, la plataforma superior intramuros8 y los arrabales. En las siguientes páginas nos vamos a referir a la excavación arqueológica realizada en el área del acceso principal al recinto fortificado ( Planta general de las excavaciones arqueológicas La potente estratificación acumulada en el área de la puerta, intramuros, ha condicionado la estrategia de la intervención ya que ha sido necesaria la apertura de una amplia plataforma de trabajo que permitiera generar una superficie aterrazada. En este sector se ha realizado la excavación de una superficie de 450 m2 intramuros y 100 m2 extramuros ( Fig. 2), trabajos que han permitido registrar, solo parcialmente, los contextos bajomedievales. Con el objeto de completar la documentación de la secuencia de ocupación se ha procedido a la excavación, en el área anexa a la puerta, de un sondeo estratigráfico, continuación de las excavaciones realizadas en el pasillo de acceso por A. Turina (1990). Área excavada en el entorno de la puerta de acceso a la fortaleza. La puerta: secuencia y propuesta de datación La puerta principal de la fortaleza se localizó en las excavaciones realizadas por A. Turina (1990) en la zona suroeste del perímetro amurallado9. Es una puerta de acceso directo, flanqueada por dos torres de planta cuadrangular (no 5 y 6) y dos arcos de herradura en el pasillo. Estas primeras intervenciones identifican una primera fase constructiva, datada en época emiral (hacia 850), caracterizada por dos torres rectangulares más estrechas y un solo arco de herradura a la que se le incorporaría, en época califal, un segundo arco. La última fase constructiva, de época cristiana, modificaría la planta de los torreones que la flanquean. Las recientes actuaciones realizadas en el área de la puerta10 permiten, por un lado, confirmar y completar la secuencia de ocupación y por otro, proponer una nueva secuencia constructiva para la estructura defensiva a partir de un completo análisis morfológico, estructural y de las técnicas constructivas empleadas. Diagrama estratigráfico del área 400: puerta de la fortaleza Se constata cómo la torre occidental (no 5) cimienta sobre una estructura preislámica conservada in situ, de probable época romana ( Por otro lado, en el área central anexa a la puerta, intramuros, se han documentado sendos muros con fábrica de grandes sillares, sillarejo y mampostería irregular que formarían parte de una construcción de cierta entidad11, amortizada entre finales del siglo V o inicios del siglo VI12 ( Para el periodo andalusí la primera actividad documentada se relaciona con la propia construcción de la fortaleza, en el caso que nos ocupa, la puerta principal de entrada. El amplio desmonte requerido para su construcción afecta a la compleja estratificación13, y se desmantelan y expolian, parcialmente, los muros preexistentes. Se procede a la construcción de las torres que flanquean el acceso a la fortaleza y se genera una estratificación vinculada a los diferentes niveles de uso de este acceso, desde época andalusí hasta su abandono definitivo en el siglo XVI. La superficie superior del primer estrato asociado funcionará como el primitivo nivel de uso14, al que seguirá otro, con bloques de cal y mayor dureza. El resto de la secuencia de ocupación se refiere a las fases medieval cristiana y bajomedieval a las que no nos vamos a referir. Estructuras preandalusíes, carpetanas y romanas, localizadas en el pasillo de entrada y bajo la torre no 5 Muros de probable época romana localizados en el área de la puerta Los materiales cerámicos procedentes de los rellenos de las fosas de cimentación de las torres15 (UU.EE. 421 y 423) y el primer estrato asociado16 al uso del acceso (UE. 417) se caracterizan por el incipiente desarrollo de las piezas con decoración pintada, predominio de los alisados con engobes pajizos y ausencia de ejemplares vidriados y en cuanto al repertorio morfotipológico, se identifican ollas de borde vuelto redondeado o bífido, jarritas de cuello cilíndrico y cuerpo globular con decoración pintada, jarras con moldura triangular en el borde y un candil de piquera. Todos los ejemplares –salvo el candil– han sido torneados y no se documentan ni ejemplares modelados a mano/torneta, ni repertorios cerámicos de tradición visigoda ( Para el conjunto cerámico procedente del segundo de los estratos (U.E. 416), asociado también al uso del acceso al interior de la fortaleza, cabe destacar el considerable incremento de cerámicas con decoración pintada (21%), de ejemplares vidriados (14%) con la documentación de las técnicas decorativas de "verde y manganeso" y "cuerda seca" sumado a la identificación de nuevos tipos como la olla con escotadura. Materiales cerámicos procedentes del primer estrato (UE 417) asociado al uso del acceso a la fortaleza Sólo en fechas recientes empiezan a reconocerse secuencias de materiales cerámicos para las fases de ocupación paleoandalusíes en el centro peninsular. Las características más relevantes serían la convivencia de ejemplares torneados con otros modelados a mano/torneta unido a la pervivencia de repertorios de tradición visigoda y a la identificación de nuevos tipos, claramente islámicos (Vigil-Escalera 2009, 2011; Olmo 2011). Sin embargo, todavía nos encontramos lejos de poder afinar cronologías, a partir del registro cerámico, para determinar qué objetos son emirales del siglo VIII d.C., del IX d.C. o del primer tercio del X d.C. (Roselló 2002: 68). Para la fase de ocupación califal, los lotes datados en el siglo X d.C. resultan muy numerosos, pues la documentación del sistema decorativo en verde y manganeso se emplea como un claro indicador cronológico. Con o sin "verde y manganeso", la lista de asentamientos con una clara fase califal, a partir del registro cerámico, es extensa: Guadalajara, Madrid, Calatalifa, Talamanca, Rivas, Olmos, Peñafora, Recópolis, Los Casares y un largo etc.17. En este sentido, resulta muy sugerente la hipótesis planteada por Vigil-Escalera al vincular el proceso de abandono de los pequeños asentamientos rurales, constatado a partir de la segunda mitad del siglo IX, con el auge de núcleos urbanos y centros fortificados en altura, ya se trate de pequeñas fortalezas o de enclaves fortificados con vocación urbana (Vigil-Escalera 2011: 197-198). Ya hemos apuntado cómo, en nuestra opinión, las características de los repertorios cerámicos de época califal, en asentamientos donde se han documentado amplias secuencias como pueden ser los casos de Madrid o Guadalajara, no pasa por la generalización del vidriado ni por la difusión del "verde y manganeso", como parece documentarse en otras regiones peninsulares. En el área analizada se constata una perdurabilidad de los repertorios cerámicos durante el período omeya, con introducción de nuevos tipos en fase califal, desaparición de tipos preislámicos y de piezas modeladas a mano/torneta. En el siglo XI, asistimos a la generalización del vidriado en todas su variedades (verde y manganeso, cuerda seca, monocromos y melados con trazos de manganeso), al máximo desarrollo de las decoraciones pintadas, a la introducción de nuevos tipos y a la desaparición de otros (Serrano et al. 2004; Presas et al. 2009). Estas características de los repertorios cerámicos analizados son las que nos permiten datar en época califal la construcción de las estructuras defensivas y su primer nivel de uso y en época taifa la segunda y última fase de ocupación andalusí. Por otra parte, la lectura estratigráfica de las torres descarta la secuencia constructiva establecida por Turina (1990) y, por el contrario, permite concluir que se aprecia una clara unidad en el conjunto, que se remontaría al momento de su primera construcción ( Solo futuras excavaciones pueden aportar nuevos datos que completen la secuencia conocida hasta la fecha ( Alzados de la fachada principal y laterales de la puerta de entrada a la fortaleza Vista general del área excavada en el entorno de la puerta INFLUENCIA DE LOS CONDICIONANTES GEOLÓGICOS Antes de analizar el trazado de la fortaleza o las técnicas constructivas, es necesario revisar muy por encima el influjo de la subordinación geológica a la que está sometido el asentamiento, ya que es determinante, en la forma de construir, en algunas de las reformas documentadas en el yacimiento (véase el caso de la torre número 9), o en los sucesivos procesos de alteración y consecuentes problemas de conservación de las estructuras. La región donde se circunscribe la fortaleza constituye un paisaje de carácter continental típico del mioceno, formado por altas mesetas a diferentes niveles, que conforman un amplio ambiente de páramos, dependiendo de la erosión y de los materiales que rellenan la fosa tectónica del Tajo18. El paisaje actual se formará ya en el Cuaternario, creando un sinfín de cárcavas, barrancos y hoyas, que resultarán definitivos en la elección del lugar de asentamiento. Todo se inicia a principios del Cuaternario, cuando se genera la raña en las inmediaciones de Guadalajara, desarrollándose las redes fluviales cuaternarias, identificándose con dicha formación la primera terraza de los ríos Jarama, Sorbe, y Henares. El borde se articula en cuencas torrenciales, con los correspondientes conos de deyección a la salida de las áreas acarcavadas, donde a veces se detectan formas complejas de vertiente, como las facetas triangulares, que son pequeños testigos de la superficie original (Silva 1988 inédito). Es precisamente en una de estas facetas triangulares donde se instala la fortaleza, aprovechando sus peculiaridades geomorfológicas, en uno de los cerros. Su característica forma triangular se adapta por tanto al borde del páramo en su vertiente más acusada al noroeste, otra de menor pendiente, al noreste y por último, la más suave al suroeste, donde se aloja la entrada y, por supuesto, el mayor número de torres de vigilancia19 ( Vista aérea del cerro donde se ubica la fortaleza en el borde del páramo, aprovechando una de las facetas triangulares del Mioceno, que facilita la defensa natural del emplazamiento ORDENAMIENTO POLIORCÉTICO Y TRAZADO Se dibuja así una fortaleza de morfología peculiar al adaptarse al terreno, que aprovecha el máximo de superficie e instala murallas y torres en el borde de escarpes y cárcavas. El desconocimiento de un proceso erosivo aún activo provocó el deterioro y caída de muros y torres al descalzarse los cimientos. En el caso de la torre número 9 aún se aprecia la fuerte erosión y el recalce de época cristiana realizado con tapial y de nuevo descalzado y en peligro de caída en la actualidad. El trazado de murallas y torres se adapta, por lo tanto, a la topografía de la meseta y la puerta principal se localiza en la zona suroeste20. Se insinúan por el momento un total de nueve torres. La repartición se distribuye de forma desigual, con separaciones de 20 codos o de 70 codos en algunos casos, y se sitúan en las zonas más sensibles de asalto. En otro tipo de construcciones, como en Gormaz, Trujillo o Tarifa se disponen de forma ordenada (Zozaya 1992). En Qal 'at' Abd as-Salam habría que pensar en la escasez de materia prima o/y en la urgencia con que se ejecutó la construcción, para justificar esta reducción al mínimo indispensable de unidades y el desajuste poliorcético que acentúa la vulnerabilidad de la fortaleza21. El trazado es irregular, aunque la métrica aplicada en todos los tramos analizados, sin embargo, es la utilizada en la época. Fundamentalmente se distinguen dos tipos de codos islámicos: el rasasí y el mamuní o ma'muniyya. El codo rasasí mide algo más de 50 cm y fue introducido por Al-Râssâs en la península al utilizarlo como patrón en la mezquita de Córdoba y es el más empleado. Ambos tienen múltiplos (caña y qala) y submúltiplos (pie, palmo, dedo) (Martínez Enamorado et al. 2007). Si bien es cierto que en este caso parece que es el rasasí el empleado, es difícil establecer una correspondencia exacta22. Es preferible ser un poco más flexible, especialmente en métricas poco definidas como lo son las manejadas en la edificación de grandes estructuras. Sería más sugerente suponer un codo islámico de una equivalencia de 50 ±3 cm, que oscila en un abanico de entre 47 y 53 cm, que por otra parte es más que suficiente para el estudio de las características aquí propuestas. Para aproximarse a la verificación del codo que se haya podido manipular, es preciso buscar la referencia en el diámetro del arco de entrada, donde la concreción del módulo utilizado deja poco margen de error, a diferencia de la irregularidad general de la edificación, variable, como se ha señalado, especialmente en zarpas y primeras tongadas. Son diversos los factores que hacen indefinida la modulación de la construcción, especialmente al analizar, en su mayoría, restos de cimentación donde tiene poco sentido actuar con precisión. El diámetro real del arco de herradura de la entrada se encuentra dos centímetros por debajo de la cota superior del salmer occidental. Alcanza los 2,098 m, que se corresponde con cuatro codos de 52,5 cm. De este modo se encuentra la equivalencia exacta con el codo rasasí, que se mueve en la horquilla de los 52-55 cm de largo23. Así, se plantea un trazado de muralla de 4 codos de ancho, mientras que las torres de flanqueo en la entrada tienen una envergadura de 10 codos y 12 de fondo. El torreón número 5, situado al oeste es más grande (10 codos) que el número 6, ubicado en la zona más al este (8 codos). La zona de paso o acceso es de 4 codos, igual que el diámetro del intradós del arranque de arco conservado, mientras que el extradós es de aproximadamente 6 codos. Con respecto a las alturas, poco se puede decir, puesto que la torre que se conserva completa, la número 7, es de época cristiana (sin desechar que se asiente sobre una islámica), y la número 9 presenta una altura conservada de 6,5 m, pero no está entera24. ANÁLISIS ESTRUCTURAL Y TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS La construcción defensiva se adapta hasta el límite de la superficie edificable. La entrada principal se sitúa en la zona de pendiente más suave para facilitar el acceso. Las torres de flanqueo arrancan sobre zarpas escalonadas para contrarrestar la pendiente, tan características en este tipo de fábricas (Almagro 2008). Toda la edificación sigue unas pautas de sencillez propias de la arquitectura militar andalusí. Se extiende el uso de sillería mezclada con argamasas en el interior del paramento, especialmente en las regiones donde la piedra escasea. Para ello se hace necesario, en muchas ocasiones, el uso de encofrados debido a la lentitud de fraguado de la cal aérea. La ejecución de este tipo de obra obliga a evitar la línea curva en paramentos y torres en beneficio de construcciones cuadradas, rectangulares y de líneas rectas que posibiliten la tablazón para construir (Navareño 1988). Es necesario señalar que las edificaciones no se construyen previamente de tapia o argamasa para forrar el núcleo de sillares, como en ocasiones se ha interpretado huyendo de toda lógica constructiva, sino que el proceso común es el de recibir la fábrica de sillares y mampuestos, en tongadas, y se rellena al interior de argamasa para hacer una eficaz obra de resistencia masiva. La rigidez modular tan característica de la época pierde aquí protagonismo ante la influencia de diversos factores. Por una parte, el asentamiento sobre restos de edificaciones anteriores fuerza la realización de una construcción un tanto confusa, sin pautas regladas a seguir. La línea de fachadas de las torres de acceso no se corresponde en paralelo, dibujando un desarrollo suavemente abocinado al interior. Por otra parte, la situación topográfica influye en la diferencia de tamaño entre una y otra torre, como explicaremos más adelante. Otro de los factores que influyen en la manera de construir es la ausencia total de materia prima de calidad. El reaprovechamiento de sillares de caliza y granito, en menor medida, se hace habitual en la construcción de las zonas principales, de forma que en las torres 5 y 6 se colocan en la base y en los sectores más sensibles, mientras que en otros tramos, como es el caso de la torre número 9, los sillares empleados y reutilizados son escasos en beneficio del sistema de encofrado para la mayor parte del torreón. Los sillares de granito se retallan para construir las hojas de arco, mientras que se reutilizan otros para pies derechos o sillares angulares sin retallar (se pueden ver varios ejemplos de bloques sin trabajar con ranguas y cotanas). Los de caliza, de menor entidad estructural, se emplean sobre todo en el recibido de paramentos. El asiento de bloques y piedra describe un aparejo mixto concertado de sillares, mampuesto y ladrillo, recibido con mortero de cal y arena de río, en proporción de 1:4, según análisis realizados a pie de obra. El sistema empleado recrece en más de medio metro el aparejo en fachada y se rellena al interior con argamasa y piedra de pequeño tamaño, también llamado de calicanto (Navareño 1988). Esta técnica constructiva se basa en la edificación corriente de la línea de fachada en un codo aproximadamente. Si el grosor es suficiente se espera unos días y se rellena al interior con cal y canto, si bien el proceso habitual es encofrar al exterior y rellenar con seguridad sin necesidad de esperar tanto25. Para elaborar el material de amasado, se machacan piedras calizas y se calcinan, en hornos no hallados en la fortaleza hasta la actualidad, si bien es posible también su calcinación a pie de cantera. Tras el proceso de apagado se obtiene el hidróxido de calcio utilizado en la base de la argamasa. Para alcanzar el proceso de fraguado es preciso el transcurso de varios días hasta alcanzar la carbonatación necesaria (Sepulcre 2003). Este proceso se consigue en contacto con el CO2 ambiental en un período indeterminado de tiempo, nunca inferior a una semana según la reacción: Tras la reacción de fraguado se forma carbonato cálcico y agua. Tanto el proceso de secado de la argamasa como el de "carbonatación" de la misma supone que, después de cada tongada de trabajo, realizada en una jornada, se debe detener la obra en esa zona, al menos, una semana. La escasez de materia prima en otras construcciones, como es el caso de la torre número 9, obliga al encofrado directo para rellenar todo el interior con cal y canto sin sillares en fachada. En este caso el encofrado es más fuerte y sujeta directamente la argamasa y piedra aglutinada con agua del interior (30 tm). En la construcción de las torres 5 y 6 la tablazón de la armadura puede ser más débil, debido a que el empuje lateral del calicanto se reduce de forma considerable por el peso de la fábrica exterior de mampuesto y sillar. En la zona de la entrada, una vez resueltos los diseños de torres y accesos, se crea un pequeño túnel de 12 codos de profundidad, que alberga la doble entrada bajo el adarve, con dos hojas de arco de 4 codos de diámetro, situadas al interior. Es necesario construir un rebaje o derrame a modo de retranqueo para embutir los batientes de la primera puerta de forma que no interrumpa el paso en un estrecho acceso de 4 codos de ancho. Los encofrados se utilizan tanto en fábrica de mampuesto, cal y canto o tapial. Los constructores andalusíes son hábiles en el manejo de tablazones para recubrir paramentos. La técnica es sencilla, reutilizando el mismo armazón utilizado para la mampostería y la sillería según se recrece. La armadura se ata al muro y se ancla mediante agujas de madera y codales. La estructura desmontable (cajón) se compone de fronteras, costales que se ajustan con tensores (garrotes) (Monjó 1988). Esta técnica constructiva es por lo tanto la más arraigada en la tradición de quien se asienta en unos terrenos inestables para otros26. El hecho de que sean poco diestros en obras de plementería y cantería en general no es óbice para buscar este tipo de solución en los puntos más sensibles como pudiera ser el acceso al recinto (Márquez y Gurriarán 2008). El trazado de la puerta se dibuja en parte sobre los restos de construcciones romanas preexistentes, lo que facilita el aprovisionamiento de material. La cimentación de la torre occidental apoya directamente sobre dichos restos ( Esto sugiere la posibilidad de que se iniciara la edificación por la torre oriental, reutilizando los sillares y mampuestos existentes. Una vez concluida la construcción de la zarpa derecha, se procedería al planteamiento de la zona occidental, buscando la cimentación a más de 1,20 m de profundidad en relación a la practicada en la anterior. Esto supone la necesidad de aumentar tres tongadas de construcción, y ensanchar la superficie de base de la obra. Es decir, se hizo necesario aumentar el material constructivo en 90 toneladas extra de peso que ocasionó el replanteamiento de la torre número 5, ensanchando en dos codos la base de la zarpa. Es importante tener en cuenta que las torres aparentan ser desiguales en fachada. La desigualdad de ocho a diez codos, entre una y otra torre, existe solamente a nivel de zarpa, únicos restos conservados. Seguramente en altura las dos torres tendrían unas medidas de cuatro codos de ancho cada una ( Sin embargo parece claro que los restos romanos condicionaron la rectificación del torreón izquierdo, abocinando la entrada hacia el interior. Planta de la zona de acceso. La diferencia de tamaño a nivel de zarpa no se corresponde con seguridad en altura al tamaño real de las torres, que debía ser el mismo Alzado hipotético de la torre oriental en los diferentes pasos de su proceso constructivo La construcción se realiza de una sola vez, según un diseño y dibujo previo, siguiendo las pautas de la poliorcética califal (Souto 1997). Los gruesos sillares se reaprovechan en la zarpa para macizar torres y murallas. Si se hubiera recrecido, o reformado, o transformado en otra época, se hubiera reflejado en la separación de morteros de las tongadas, como se puede observar en la torre caída anexa, número 4 ( Sólo una semana es más que suficiente para dejar huella en la "carbonatación" del mortero. Esto es debido a que el nuevo mortero vertido no pega con el anterior como si fuera uno solo, sino que se junta o adhiere, presentando una zona de debilidad. Estos procesos de "carbonatación" son magníficos delatores de la obra realizada. No podemos estar de acuerdo con la sugerencia de que la entrada fuera única en época emiral y se ampliaran las torres al interior en época califal, creando una segunda hoja de arco y puerta (Turina 1990). Con menos garantía científica se puede acoger la proposición de una ampliación o "refuerzo" en época cristiana. Únicamente es necesario analizar los restos de supuesto soporte para comprender que la colocación más o menos ocasional de un sillar en la esquina izquierda de la torre oriental, sobre medio metro de relleno, poco tiene que recalzar, por no hacer referencia al conjunto de calicanto de poco más de medio metro cúbico asentado sobre la escarpa original miocena que buza más de 30 grados en sentido sur. Este "refuerzo" no podría sujetarse ni a sí mismo, por lo que difícilmente soportaría una estructura de varias centenas de toneladas ( Vista general de la zona de la entrada donde se aprecia el lienzo de muralla rehecho en las primeras campañas de intervención y los restos de las torres 3, 4 y 6. Los aparejos reconstruidos poco tienen que ver con la característica fábrica califal Vista de la torre oriental (número 6), antes de la intervención, donde se puede apreciar el derrumbe, adosado a un sillar y a la propia fachada de la torre y consolidado como refuerzo en intervenciones anteriores La forma de construir era la habitual en la época andalusí. La obra era, por lo tanto, dirigida por un ingeniero jefe (Urafa' al-muhandisin), siguiendo unas pautas y una manera de construir anclada en la tradición y empleando los materiales que dominaban sobre terrenos en los que se sentían cómodos. El dibujo de la qal'at se adapta a la topografía existente, en un pequeño cerro, sobre arenas y margas, es decir, sin una base sólida o consistente sobre la que cimentar. Prevalece la situación de dominio sobre el valle del Henares y su cercanía al corredor sobre otras circunstancias de seguridad en la edilicia. Otros ejemplos como Calatalifa (Pérez Vicente 1990), sobre el cerro que domina el Guadarrama, cimentada sobre un arenero, o incluso Madrid, sobre el cerro que domina el Manzanares y cimentada sobre arcosas de la sierra, certifican este sistema constructivo sólo utilizado por quienes se sienten habituados a este tipo de terreno. El trazado y dibujo se realiza siguiendo el módulo del codo rasasí y se encofra, prácticamente desde la zarpa, para rellenar el interior y macizar las construcciones. Es necesario precisar que no existe, ni se ha documentado, ningún cuerpo de guardia ni estancia en el interior de ninguna de las torres. Si así fuera, se hubiera reflejado en la existencia de una fachada interior o un paramento de mampuesto. Además, el sistema constructivo de tongadas de relleno es incompatible con este tipo de estructuras27 (Figs. Vista general de la zona de acceso tras su excavación en 1984. Se aprecia el grueso derrumbe de la propia torre que se confundiría en parte con un recalce cristiano en la zona próxima a la esquina oeste de la torre oriental, y que como tal fue consolidado, creando un falso histórico que ha sido corregido en la presente actuación (Foto J. Latova) Vista de la torre oriental tras la primera campaña de excavación. No se aprecia corte alguno en las tongadas que suponga la existencia de añadidos posteriores, ni restos fiables de tabiques o fachadas interiores de un hipotético cuerpo de guardia. Se observa con claridad que es una torre maciza cono el resto, que utiliza unas técnicas constructivas propias de ese tipo de edificaciones (Foto J. Latova) Otras características de la arquitectura militar andalusí aquí representada, además de la sencillez en el trazado, o el arranque de las torres sobre zarpas (Almagro 2008), aparejo de sillería combinado con la argamasa y calicanto, siguiendo el sistema de encofrado sobre base de piedra, etc., son la inclusión de uno o varios aljibes en la zona interior del recinto, o la tendencia a embutir la entrada entre torres alargando el acceso en un túnel interior (Navareño 1988), de doce codos en este caso. El uso, y abuso en ocasiones, de los encofrados obliga al diseño de construcciones cuadradas, rectangulares, o facetadas, en lugar de las construcciones circulares muy difíciles de encofrar. Se localizan paralelos de este tipo de construcciones en fases emirales de Gormaz, por citar un ejemplo. Pequeñas variaciones se pueden encontrar dependiendo de la pericia del ingeniero (al-muhandis), especialmente en el sentido de la poliorcética referida al arte defensivo, que podía incluir buhederas como en Gormaz (Almagro 2008: 64), saeteras, matacanes o merlones. En la reconstrucción hipotética que se ilustra ( Fig. 16), se combinan los datos arqueológicos, como el diseño, trazado, o alzado en relación a otras torres existentes de la fortaleza, aparejo empleado, rosca de la bóveda de ladrillo según los datos proporcionados de la excavación de 1984 (Turina 1990), con otros datos tipológicos de paralelos encontrados en otras fortalezas como las saeteras (Gormaz) o los merlones representados, característicos de la arquitectura militar andalusí. Vista actual tras la intervención y reconstrucción hipotética del acceso a la fortaleza Sobre las puertas de acceso, no son muchas las evidencias que han llegado hasta nosotros, sin embargo, se pueden esbozar una serie de conclusiones o reconstruir hipotéticamente la zona de la entrada siguiendo la lógica constructiva. Es evidente que no existe cerco propiamente dicho, sino que es el propio muro el que hace la función. La rotación de la hoja, o de las hojas en este caso, se realiza en quicios, uno superior (gorronera) y otro inferior (durmiente) (de éste último se ha documentado un ejemplar desplazado y reutilizado posteriormente). En ellos encaja el larguero de giro del que sobresalen dos pivotes (sean de una pieza o unidos al tablón posteriormente). De esta manera la puerta queda solapada a haces interiores. Este dato es importante y condiciona la siguiente suposición. El hecho de que las dovelas no tengan galce (o gargol), es decir, el rebaje que serviría de tope a una hoja de puerta, condiciona que el larguero sea evidentemente lo más largo posible de manera que se reduzca al máximo el descuelgue de la hoja. figura 17 se puede apreciar cómo una hoja rectangular prolonga en más de un tercio las quicialeras distanciándolas en más de 3 codos y reduciendo así el descuelgue de la madera28. Se puede afirmar con seguridad por lo tanto que la entrada de acceso se compone de dos hojas de arco, que a su vez presentan dos batientes cada una de dos codos de ancho por entre ocho y nueve codos de altura si completamos el desarrollo del arco de herradura. Igualmente, se puede concluir que se formaría cada batiente de tablones de distinto grosor y anchura, armados con riostras de la misma madera. Si se eligiera una madera de densidad media (castaño, roble, etc.), alcanzaría cada elemento los 80 kilos de peso. Existen dos posibilidades de batiente, una con remate circular, que se adaptaría a la bóveda descrita, sobre todo en el primer acceso, y otra de forma rectangular. La opción más simple podría conducirnos directamente al remate adaptado a la bóveda, ante la falta de espacio para el giro sobre el eje. Sin embargo, apostamos sin duda por la opción rectangular, puesto que hay espacio de sobra para ejecutar los 90 grados de giro, como se puede apreciar en la figura 17, y se prolongaría el eje en más de un tercio reduciendo el empuje del peso total en más de 14 kilos y retrasando así el descuelgue de la madera. Si existieran galces o rebajes en las dovelas, dicha resultante no se produciría. En un sistema mecánico, el empuje o peso viene determinado por la suma vectorial de las fuerzas horizontal y vertical con un mismo punto de aplicación y distinta dirección. El sistema de cierre se refuerza con trancas, como demuestran los mechinales existentes en los paramentos de las torres. Propuesta de reconstrucción de la zona de entrada. Las hojas rectangulares (nueve codos de altura aproximadamente), reducen en más de un tercio el peso y el empuje de la fuerza resultante (S) al alargar el eje. En el caso del batiente con remate circular, el descuelgue de la madera sería mayor al no existir galces en las dovelas donde se ajusten las puertas De todas las torres existentes, ya sean emergentes o semienterradas, es la número 9 la que merece especial atención debido a sus precarias condiciones de conservación y por sus peculiares características constructivas. En cuanto a su conservación, es necesario realizar una intervención de urgencia lo antes posible, puesto que el fuerte proceso erosivo ha descalzado la cimentación de la edificación. Dicho proceso sigue activo y las grietas abiertas son testigos evidentes del movimiento que está sufriendo la estructura. En poco tiempo se desplomará sobre el camino la reintegración de tapial (tậbiya) realizada, probablemente, en época cristiana. Es especial también por sus características constructivas, derivadas de unos problemas de cimentación que no son nuevos. Los perfiles erosionados son testigos que se dibujan en el escarpe del terreno. Fue edificada al borde de la meseta sin tener en cuenta la fuerte erosión que sufre la zona. Sobre una pequeña zanja de cimentación se construyó el torreón, macizo, de sillares reutilizados en la base, con una probable zarpa al este, hoy perdida, relleno de cal y canto al interior, en un rápido tránsito del sillar al relleno de argamasa y piedra de pequeño tamaño. En el lado sur se aprecia la altura real de la muralla que apoyaba sobre la fachada. Es probable que el mampuesto y los sillares se utilizasen en la fachada caída. Si fuera toda la construcción de tongadas de calicanto, se habría descalzado seguramente sin perder la fachada. El hecho de que haya caído hace pensar en esa posibilidad, dado que desde un punto de vista defensivo sería más lógico, pero especialmente porque, en lo estrictamente constructivo, si se hubiese edificado encofrando en bloque se habría socavado el cimiento sin perder la línea delantera, al presentar un conjunto compacto de peso similar, sin superar los 1800 kg por m3. Es fácil el desplome de una línea de sillar y mampuesto que supera los 2400 kg de peso en fachada rompiendo la homogeneidad de la construcción y presentando una línea de contacto débil entre frente y torre con una diferencia de 600 kg por m3 entre uno y otra (Azuar 1987). La torre estuvo un tiempo sin delantera, puesto que se aprecia en el perfil que la erosión continuó antes de su reparación en época cristiana. Si la fortaleza estuvo en activo algo más de seiscientos años, es de suponer que probablemente en un momento tardío se decidió su restauración. Ante la falta de material constructivo sólido, se opta por el tapial para recrecer la fachada perdida. La nueva construcción se cimienta casi dos metros por debajo de la cota original y se rellena de arcilla el encofrado realizado al efecto. Desde la época de abandono han transcurrido más de setecientos años en los que ha continuado el proceso erosivo, descalzándose de nuevo la edificación, y perdiendo parte del tapial en las zonas de chaflán donde es más débil el añadido29 ( Reconstrucción hipotética de las diferentes fases constructivas de la torre número 9. Reconstrucción hipotética del cubo número 9, con arranque de muralla y poterna; 2. Derrumbe de fachada por fallo estructural tras el proceso erosivo de su base de fundación; 3. Reconstrucción tardía de tapial en una posición adelantada, sobre una nueva base de cimentación; 4. Vista actual tras el derrumbe parcial de la torre y nuevo descalce de la fachada que pone en peligro de modo inminente la conservación de la construcción SÍNTESIS HISTÓRICA DE LAS INTERVENCIONES Y PROYECTO DE EJECUCIÓN En la actualidad existe un proyecto de intervención con el fin de recuperar la fortaleza. Aunque sólo se han realizado tres campañas de intervención, ya se pueden apreciar los resultados. Toda intervención va dirigida a mejorar la exhibición y comprensión del yacimiento, aplicando unos criterios de restauración y conservación vigentes y coherentes con la obra. Las agresiones de carácter antrópico que más han alterado la visión del conjunto han sido las ejecutadas en campañas de restauración por parte de la Dirección General de Bellas Artes en 1984 y de la Escuela Taller de Alcalá de Henares en 2006. La primera de ellas fue la más grave, al proyectar una actuación dura y agresiva, para realizar una obra que supuestamente iba a proteger las ruinas existentes. La segunda intervención fue dañina por continuista. Durante la ejecución de las obras no se realizó un estudio previo del estado de conservación, y no se detuvo el proceso de deterioro del yacimiento. La restauración se centró en el recrecimiento indiscriminado del paramento exterior y la realización de drenajes como actuación de conservación preventiva. Es preciso señalar que el drenaje natural funciona perfectamente al tener una acusada pendiente el lugar. Si se hubiera realizado dicho estudio, se habrían coronado todas las cabeceras de muros y torres descubiertas que dejaban expuestas a la destrucción las argamasas de cal muertas y "descarbonatadas" ( Intervención realizada en los años 80. Lienzo de muralla donde se aprecia abajo a la izquierda el aparejo original concertado de sillares, mampuesto y ladrillo. Arriba a la derecha, restitución de piedra sin carear, acabada con un pretil y dos mechinales de desagüe que remata la zona superior como "obra acabada" El error de interpretación arqueológica en los supuestos añadidos tardíos en la torre oriental desembocó en la consolidación precaria de un derrumbe parcial de la estructura que no hacía sino desvirtuar aún más la construcción. El resultado desde un punto de vista expositivo no fue acertado, al recrear una planta que no tiene que ver con las edificaciones andalusíes. El paramento exterior de la muralla se potenció, mostrando una reintegración que era el todo de una parte y no la parte de un todo como aconsejan las normas internacionales de conservación. Se creó un pretil artificial en la muralla al interior y al exterior de 50 cm que contraviene todas las normas poliorcéticas de edificación y se realizaron unos mechinales de desagües en la fachada sin criterio de referencia preexistente. El recrecimiento de la muralla se hizo con mampuesto concertado de caliza, sin respetar el original que era el concertado de sillares y mampuesto con nivelación de tongadas de ladrillo cocido, a la vez que se obviaron las zarpas tan características de la época en las zonas de pendiente. La zanja de cemento intramuros, a modo de canaleta de drenaje, descontextualiza definitivamente la muralla con la estratigrafía del relleno. Todo ello descoloca al visitante, especialmente al rematar la zona superior como bardas de obra acabada, haciendo incomprensible la exhibición del yacimiento, que ya nada tiene que ver con la característica edilicia musulmana del momento. Poco quedaba del aparejo mixto de fábrica, del trazado defensivo o de las verdaderas dimensiones de la construcción. El presente proyecto de intervención trata de recuperar la dignidad perdida por el paso del tiempo, el abandono y, sobre todo, el desacierto demostrado en las campañas de restauración anteriores, desenfocadas en objetivos superficiales y diseñadas para servir de coartada a interpretaciones erróneas. En la actual intervención de excavación y restauración, se elaboró un estudio previo del estado de conservación, que pronto dejó en evidencia la "descarbonatación" de los morteros tras su exhumación en la década de los ochenta, por lo que se realizó la coronación de una hilada de protección en todas las cabeceras de los muros, especialmente en la torre occidental, que presentaba una gran extensión deteriorada ( Se hicieron drenajes naturales y se recuperaron otros originales para no desvirtuar la obra primitiva. El resto de actuaciones se encaminaron a garantizar la seguridad del visitante, reduciendo perfiles estratigráficos, o vallando zonas de exhibición tras crear itinerarios y accesos. Vista del proceso de restauración de la torre occidental. Se recrecieron varias hiladas para reducir la pendiente interior de más del 40% que provocaba el lavado continuo de los morteros por escorrentías pluviales. Los aparejos del recrecido respetan la edilicia califal típica sin llevar a error al visitante como en intervenciones anteriores La recuperación de la dignidad perdida Es evidente que se trata de un yacimiento maltratado por el tiempo y por el hombre. El asentamiento edificado sobre terrenos inestables, así como los materiales constructivos utilizados, sobre todo en el interior, de muros de mampuesto recibido en seco con arcilla, no ayuda a garantizar un estado de conservación idóneo. De igual modo, las propias características defensivas del lugar, susceptibles de ser atacadas y demolidas, como lo atestiguan los numerosos bolaños y piezas de artillería localizadas30, o la tradición militar del entorno al convertir la zona en campo de tiro, tampoco es el mejor escenario de preservación para un yacimiento. La intención reconstructora de las primeras investigaciones hizo más daño, al realizarse sin criterio, desvirtuando por completo las características constructivas y la propia identidad de la fortaleza. La continua actividad y desarrollo poblacional, desde la ocupación musulmana hasta el abandono en época cristiana, solapa el testimonio de múltiples reformas de mayor o menor envergadura a nivel particular o a nivel supraestructural de trazado y diseño definitivo. Todas las intervenciones de reformas históricas realizadas en la fortaleza marcan la diferencia entre unas técnicas constructivas propias de la fábrica característica de época andalusí y otro tipo de reformas o ampliaciones de época cristiana donde se generaliza el aparejo mixto de piedra y caliza, como se puede observar en la torre albarrana, por citar un ejemplo. Es fundamental, por tanto evitar el falso histórico y mantener el respeto a cada fase de intervención, ya de por sí compleja para el visitante, sea andalusí o posterior, sin añadir nuevos tipos de aparejos del siglo XX o XXI, huyendo de un protagonismo que no nos pertenece y que no hace sino despreciar el original y confundir al neófito. ( ista general de la zona de la entrada antes y después de la intervención Los trabajos han sido promovidos por la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, enmarcadas en el Plan de Yacimientos Visitables. Todas las actuaciones han sido coordinadas por Inmaculada Rus, técnico de la citada Dirección General, a quien agradecemos, el interés demostrado en la puesta en valor del yacimiento. El levantamiento topográfico, caracterización geométrica de la fortaleza, así como las plantas y secciones de las estructuras, han sido realizadas por las empresas Actividades y Servicios Fotográficos y GIM Geomatics. Son las primeras que se realizaron en la Meseta en una fortificación andalusí tras la guerra civil (Zozaya 1991). Sus objetivos se dirigían a confirmar hipótesis de tipo arquitectónico referidas al análisis de la estructura del castillo, a localizar la puerta de acceso principal y a documentar sus fases de ocupación. Se identifican, por primera vez en suelo madrileño, abundantes materiales cerámicos de cronología medieval (islámica y cristiana) procedentes básicamente de la excavación de tres silos. Informes inéditos de las campañas arqueológicas de los años 2003 y 2006 depositados en la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid. Nota 53 de Lévi-Provençal (1982): "indudablemente, Alcalá de Henares, situada a 26 kilómetros al suroeste de Guadalajara. Las identificaciones propuestas por E. Fagnan (Alcolea de Cinca, provincia de Huesca) y por Codera (Alcolea de las Peñas, algunos kilómetros al este de Atienza) son geográficamente indefendibles". La cita proviene de Ibn'Iḏārī, de su obra al-'Bayān al-Mugrib, tomo II. Anteriormente estuvo reflejada por Ibn Hayyan en el al-Muqtabis V, de quien posiblemente la copia. En nuestra opinión, no queda claro que las menciones a hisn al-qal'a y a al-qulay'a se correspondan con Alcalá la Vieja, ya que la primera se refiere a un lugar indeterminado ocupado por los cristianos, sin mayor referencia geográfica, y la segunda, a una fortaleza cercana a Guadalajara que podría relacionarse con Alcolea del Torote como ya defendiera Pavón (1982) al expresar sus dudas sobre la correcta identificación de Alcalá la Vieja con la fortaleza citada por Ibn'Iḏārī en su al-'Bayān al-Mugrib. Ampliación de las primeras excavaciones científicas dirigidas por Zozaya en la década de 1960 Zozaya, 1983). Emplazamiento que había sido apuntado por Zozaya 1983. Las excavaciones a las que nos referimos en el área de la puerta son una ampliación —intramuros— de las anteriormente comentadas. La similitud de su fábrica con edificios documentados en Complutum fechados en el siglo I de nuestra era permite de momento establecer esta cronología. Agradecemos a Alfonso Vigil-Escalera la ayuda prestada en el análisis, revisión y propuesta de datación del conjunto cerámico procedente del estrato de amortización. Por lo que no se descarta que futuras excavaciones puedan permitir documentar nuevas fases de ocupación altomedieval. No se han identificado las sucesivas pavimentaciones documentadas durante la excavación del pasillo del acceso (Turina 1990: 192). Se han analizado un total de 117 fragmentos cerámicos (excluyendo el material residual que llega a representar el 14%). Cabe destacar el engobe exterior pajizo (29%) como acabado mayoritario y la decoración pintada con trazos rojos o negros en un 11% de los fragmentos. De la muestra recuperada, 144 fragmentos, cabe destacar el predominio de los fragmentos alisados (67%), los engobes pajizos (18%) y la decoración de trazos de pintura (11%). Solo en algunos de estos enclaves se han documentado amplias secuencias con contextos datados desde época emiral. Aunque la formación del entorno se inicia en el Cretácico, tiene su máxima expresión en el Paleógeno y sobre todo en el Neógeno. Al noroeste se extiende el Sistema Central, rico en granitos y arcosas, e importante fuente de sedimentos de la fosa. Los sedimentos terciarios descansan sobre rocas de edad cretácica y paleógena con un espesor medio de 600 m. A su vez se subdividen en unidades inferior, media y superior. La unidad intermedia, de unos 160 m, aflora en el borde del páramo, donde se encuentra la fortaleza y abundan los niveles margosos, yesos, bancos de caliza, así como la llamada formación blanca, compuesta de arenas con nódulos de sílex. La unidad superior, también presente en nuestra zona de influencia y de unos 50 m de espesor, está formada de conglomerados, arenas, arcillas, margas y rocas carbonatadas rematadas por la llamada caliza de los páramos (Martín Escorza 1979). El entorno es idóneo para el asentamiento, donde los nuevos pobladores deben habituarse a los elementos que les ofrece el terreno. Es preciso recordar que la fortaleza se sitúa en una zona rica en arenas, arcillas, y calizas. Se aprovechan por tanto como base de materia prima estos elementos para la construcción de todo tipo de estructuras, ya se trate de arquitectura militar o civil. También se encuentran materiales de importación, como los bloques de granito de la zona de acceso, que provienen sin duda del otro lado de la cuenca, ya en el Sistema Central. Es difícil saber la procedencia exacta y el momento de importación, si bien parece lógico pensar que se trate de sillares romanos reutilizados, como otros muchos de caliza que se amortizan en la construcción andalusí. Torres Balbás (1959) situaba en las proximidades de la torre 9 la puerta de la fortaleza. Es en las excavaciones de Zozaya (1983), cuando se interpretan los restos identificados junto a esta torre como un portillo. Finalmente, Turina (1990) localiza el acceso principal, flanqueado por dos torres (5 y 6), en el tramo suroeste. En asentamientos de similares características y condicionantes constructivos (Gormaz, Trujillo o Baños de la Encina), se distribuyen y alternan los paños de muralla y las torres de una forma más o menos equidistante. Se evidencia la diferencia en el trazado si se compara con este caso. Si los condicionantes son similares (visibilidad, sustrato geológico, etc.), la razón de que en algunos ocasiones se construyan torres defensivas con cierta asiduidad o equidistancia, o que en Alcalá la Vieja se distribuyan en las zonas más sensibles al asalto, demuestra que existe una austeridad constructiva, o una premura de ejecución, o una escasez de materiales y agua, o la combinación de todos los factores. La decisión de construir torres cada 20 o cada 70 codos viene determinada por la estrategia defensiva y la poliorcética, incluso por el estilismo o el gusto de la época, en casos de prosperidad, pero sin duda, está condicionada por las posibilidades de ejecución. Se puede calcular el volumen de una torre media de diez codos de base por ocho de ancho y una altura de veinticinco codos, en unos 260 m3. Todo el conjunto podría llegar a superar las 700 toneladas de peso, piedra y cal, de un material que no existe en el cerro y se debe traer de fuera. La ausencia de materia prima, sin duda condiciona la construcción, y quizás también la falta de tiempo para el transporte y ejecución de la obra. Otro de los argumentos para hablar de austeridad constructiva o premura de ejecución, se refiere al reaprovechamiento de los sillares de las zonas de acceso. Tanto la caliza, como sobre todo el granito se adapta mínimamente a la nueva construcción. De esta manera las dovelas se retallan de forma radial para completar la hoja del arco, pero las aristas se dejen rodadas e irregulares. Los sillares que conforman la jamba para sujetar los arcos se colocan uno sobre otro, sin siquiera igualar sus medidas, sin tapar antiguas quicialeras, ranguas, etc. No existe ningún cuidado en la construcción y lejos de recrearse en los acabados y en el valor estético, se centran los esfuerzos en la funcionalidad de la construcción. Es evidente que se debe hablar de austeridad constructiva o de premura en la construcción puesto que se redujo al mínimo la obra de cantería. Igualmente se delata la rapidez de ejecución en la extracción de sillares de la antigua construcción romana. En el pasillo de acceso quedan restos de sillares de gran envergadura que fueron golpeados y rotos en la zona superior para rebajar su cota superior y de esta manera eliminar obstáculos del paso. Sucede algo parecido con el pie romano, que puede medir 29,6 cm en el acueducto de Segovia, o 31,5 cm en las termas de Toledo. Este codo, como todos, se basa en el hasimi, medido en el nilómetro de la isla de Al-Rawda en el Cairo, de 54 cm, y está inspirado en los codos egipcios de época faraónica de 52,3 cm. (Vallvé 1976). Pasa lo mismo con el lienzo de muralla que presenta una línea de acabado con pretil y mechinales de desagüe que corresponde a una desafortunada intervención de restauración de 1984 y 2006, y no a la altura real de la construcción muraria. Es preciso tener en cuenta que en el caso de la torre 5, por ejemplo, se considera un peso de más de 30 toneladas por tongada, sin contar el del agua inicial extra, lo que explica que al soportar un peso estructural mayor (para 1,20 m más de potencia equivale aproximadamente a 90 toneladas), sea necesario ensanchar la base de cimentación para reducir superficie en altura hasta conseguir dimensiones similares a la torre oriental. Tanto en época romana, como posteriormente en época cristiana, las instalaciones defensivas se construían en otro tipo de sustrato geológico más firme, a la vez que las obras de cimentación eran más profundas y masivas. Sin embargo, en época emiral o califal, y siempre desde un punto de vista general, se pueden constatar la existencia de fortalezas sobre terrenos arenosos, arcillosos, etc., además de realizar cimentaciones de escasa profundidad (Alcalá, Calatalifa, Madrid, etc.). En época andalusí, se construye en terrenos firmes, rocosos, o en otros menos compactos. La incompatibilidad viene determinada por las dimensiones de la construcción. En una torre de poco más de cuatro codos no se puede debilitar la base con un sistema de encofrados y relleno de calicanto, y cargar con cientos de toneladas el resto de la construcción sobre dicha superficie reducida por el hueco del acceso al cuerpo de guardia. El quicio está formado por el durmiente donde se embute el espigón, reforzado seguramente con una funda metálica que reduzca el desgaste y facilite el giro de las hojas. Entra dentro de la lógica constructiva igualmente que la funda de hierro se proteja con un tocho de azufre para reducir la corrosión o que el larguero se refuerce igualmente con llantas metálicas a todo lo largo para evitar el pandeo de la madera. Este análisis forma parte del estudio previo a la excavación arqueológica prevista en una próxima campaña, y se centra exclusivamente en los restos visibles de la torre. En contextos claramente bajomedievales. La maquinaria de guerra documentada se desarrolla a partir del siglo XIII.
Estudio histórico-arqueológico de la muralla sureste de Arcos de la Frontera (Cádiz) Con motivo del proyecto elaborado por los técnicos del Ayuntamiento de Arcos de la Frontera para la restauración del tramo de muralla medieval conservada en el sureste de esta localidad, los autores de este artículo realizaron la intervención arqueológica, documentación planimétrica y estudio de dicha cerca. Como resultado de estas actuaciones se han identificado ocho períodos edificatorios, agrupados en tres grandes ciclos. De cara a obtener una mayor comprensión del objeto de estudio, estas actuaciones se han completado con el recurso a las fuentes escritas, la prospección urbana, el estudio de la microtoponimia, la analogía con otros elementos arquitectónicos y, en menor medida, con la información aportada por los materiales arqueológicos. Los resultados de estos análisis permiten el planteamiento de una hipótesis razonable para la fundación de la muralla y la relación entre las tres puertas históricas del frente suroriental de la localidad. Las conclusiones obtenidas suponen un acercamiento a la evolución urbana de esta zona de Arcos de la Frontera desde época andalusí hasta las postrimerías de la Edad Moderna. La intervención patrimonial realizada sobre la muralla sureste de Arcos de la Frontera ha sido la primera de esta naturaleza que se ha efectuado sobre este Bien de Interés Cultural1. Nuestro estudio se ha desarrollado sobre un frente de muralla y dos inmuebles asociados al mismo (Fig. 1). El objetivo fundamental ha consistido en la comprensión diacrónica de la muralla y de ambas viviendas, lo que traducido a una escala aún mayor supone una aproximación a la propia historia del municipio, prestando especial atención a momentos de relevancia social, económica y cultural que han dejado huella en el patrimonio edificado de Arcos de la Frontera. Ubicación del tramo conservado de la muralla sureste de Arcos de la Frontera. Emplazamiento de los sondeos arqueológicos en el subsuelo y en los paramentos de las edificaciones adosadas a la muralla en el entorno de la Puerta del Cómpeta (zona 1) y del Arco de Matrera (zona 2) El análisis también pretendía esclarecer el origen del único paso a través de la muralla arcense que sigue estando en uso, conocido localmente como Arco de Matrera (Fig. 2), así como obtener unas conclusiones técnicas —relativas sobre todo a la materialidad de las estructuras y patologías de las mismas— que se tradujesen en pautas para una posterior restauración. Desafortunadamente la descontextualización de gran parte de los materiales arqueológicos, así como los desmontes efectuados en distintos momentos históricos sobre la roca natural, nos han impedido alcanzar otro de los objetivos prioritarios del estudio como era establecer la fecha fundacional de la muralla, pese a lo cual trataremos de establecer una hipótesis razonable. Área excavada en el entorno de la puerta de acceso a la fortaleza. El desarrollo de nuestra investigación se puede dividir en dos etapas bien definidas: • Una primera en la que, junto al análisis estratigráfico y tipológico de los restos emergentes, hemos practicado algunos sondeos puntuales en el subsuelo. Esta fase se ha completado con un muestreo de medidas de ladrillos que no ha constituido un estudio mensiocronológico en sí, debido a la carencia de un patrón inicial bien datado. • Una segunda fase, desarrollada en campo y laboratorio, donde se ha prospectado el casco histórico y el territorio aledaño en torno al río Guadalete y se han analizado las fuentes escritas sobre la muralla y la propia villa, la microtoponimia, la cartografía y el estudio analógico con otras estructuras arquitectónicas. El trabajo que aquí presentamos ha sido estructurado en cinco apartados: • Introducción: supone unas breves pinceladas donde presentamos el estudio desarrollado, la estrategia de intervención y los objetivos de la actuación. • Evolución histórica de Arcos de la Frontera y sus murallas: a partir de la historiografía y las fuentes escritas se recogen algunos apuntes sobre la historia arcense desde el siglo VIII, prestando una mayor atención a los datos referidos a la cerca. • Descripción de las dos zonas de intervención y del proceso de trabajo: presentación de los dos inmuebles adosados a la muralla en los que se ha actuado, más un tercer subapartado donde explicamos el proceso de trabajo seguido, algunas notas sobre la metodología y nomenclatura empleada, así como la sectorización de las zonas de actuación. • Análisis estratigráfico: se han identificado ocho procesos edificatorios (subfases) agrupados en tres grandes fases cronoculturales (andalusí, bajomedieval y moderna). A su vez el último punto de la fase andalusí lo dedicamos a exponer algunos argumentos que nos permitan adscribir la muralla cronológicamente. • Conclusiones: reseñamos algunos aspectos que nos han parecido importantes a la hora de interpretar la evolución de las estructuras. Por último, concluimos dedicando unas líneas a las tres puertas históricas que se han localizado en el frente sureste de la muralla arcense2 (Fig. 3), planteando una hipótesis global acerca de su origen, uso y amortización. Puerta del Cómpeta (arriba izquierda), Arco de Matrera visto desde la calle Matrera Abajo (arriba derecha) y paso sobre la muralla existente en la calle Cardenal Espínola, flanqueado por la Torre de Matrera (abajo) EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE ARCOS DE LA FRONTERA Y SUS MURALLAS: HISTORIOGRAFÍA Y FUENTES ESCRITAS Sobre el promontorio rocoso en el cual se asienta esta población (en adelante utilizaremos el término coloquial, "la peña"), existió una fortaleza al menos desde época andalusí temprana, tal como se deduce a partir de Una descripción anónima de al-Andalus, fuente cronística y geográfica bajomedieval. En la misma, Arkus (Arcos de la Frontera) es definido como un castillo cuya fundación "... se remonta a tiempos muy lejanos, pues fue construida por los antiguos, que la llamaron Qal`at al-Nusur (Fortaleza de las Águilas)"3. La mención más antigua de Arkus para época andalusí nos remite a mediados del siglo VIII y los textos medievales islámicos indican que durante la etapa emiral fue destruida dos veces4. Ya en el siglo X, las fuentes escritas mencionan la fortaleza arcense en un par de ocasiones. La primera, como residencia de un alto ex-funcionario de la corte omeya5, y la segunda con motivo de la aceifa de 914, segunda campaña de ́Abd al-Rahman III al-Nasir por la Baja Andalucía6. Debemos señalar que durante estos siglos Arcos de la Frontera quedó inscrita en la kura de Sidonia7 como una de sus principales ciudades, llegando en ocasiones a ejercer de capital de la misma además de Medina Sidonia, tal como sucedió también con Calsena8 o Jerez de la Frontera9. En opinión de Viguera Molins10, el fenómeno del traslado de la capital de la kura, así como el cambio de topónimo —de Qal`at al-Nusur a Arkus— podría estar relacionado con la siguiente cita que nos transmite al-Himyari en época bajomedieval, basándose a su vez en testimonios previos: "... es una fortaleza (hisn) sobre el Guadalete. Es una ciudad que data de la antigüedad; ha sido destruida varias veces, después repoblada. Su territorio encierra numerosos olivos..."11. En el siglo XI Arkus contó con taifa propia regida por una dinastía beréber hasta el año 106612. Precisamente en este contexto contamos con una primera referencia para las defensas de la localidad, ya que en el año 1011 el primero de los régulos, Muhammad: "... se apoderó de Arcos (Arkus) que es una de las más importantes fortalezas de al-Andalus, y la dominó. Estableció en ella su soberanía, consolidando sus defensas e incrementándola en riquezas..."13. Algo más prolijas son las fuentes árabes para los dos siglos siguientes, cuando la población experimentó un notable crecimiento al amparo de su condición de escala para los ejércitos de los imperios norteafricanos durante sus campañas en al-Andalus, tal como sucedió por ejemplo en 1190 con las huestes almohades14. Unas pocas décadas antes, durante las segundas taifas, Arkus había sido la primera en someterse a los Unitarios15 en 114816, mientras que por esas mismas fechas el sufí Ibn Qasi también les prestaba juramento en el hisn Arkus17. Durante esta centuria, al-Idrisi incluyó este asentamiento en el distrito (iqlim) de Lac, junto a Tarifa, Algeciras, Cádiz, Beca y Jerez de la Frontera18, mientras que Ibn Sa'id lo define como kura y ma ́quil perteneciente al reino —mamlaka— de Sevilla19. Al amparo de las grandes conquistas de la Bética iniciadas por Fernando III, será su hijo el infante D. Enrique quién en 1253 conquiste Arkus a los musulmanes20, los cuales la volverían a ocupar momentáneamente entre 1261 y 1264, momento en el cual Alfonso X la integró definitivamente en la Corona de Castilla21. A partir de este momento asistimos a la configuración de la nueva realidad geopolítica y socioeconómica que será la frontera22. Desde entonces Arcos de la Frontera23 tendrá carácter de colonia o presidio militar, situación que perdurará durante toda la Baja Edad Media. Encontramos en las fuentes escritas de aquellos siglos algunas alusiones donde se nos da cuenta del estado de las murallas y del castillo, así como del acusado vacío demográfico que padeció la villa. Contamos con dos interesantes testimonios para finales del siglo XIII, en el primero de los cuales Arcos de la Frontera aparece como residencia de tan solo ocho caballeros24. El otro documento es una relación de gastos de las plazas fronterizas más expuestas de la comarca del Guadalete, emitido en 1294 con motivo de la campaña granadino-meriní. Según cálculos hipotéticos realizados por García Fitz25, los peones disponibles para la defensa de dicha población durante esta época oscilarían entre sesenta y ciento veinte. El problema de la despoblación debió ser tan acuciante por estas fechas, que Arcos de la Frontera ni siquiera aparece presente en las asambleas de Hermandades de la Baja Andalucía desarrolladas entre 1295 y 132026. Para paliar esta situación y salvaguardar la defensa del enclave, Alfonso XI pone la villa con todo su término bajo la jurisdicción de Sevilla en 1338, manteniéndose así hasta 140127. Durante esta época, una vez extinguida la amenaza meriní, se acomete un exitoso proceso repoblador concediéndose para ello franquicias jurídicas, fiscales y militares28. Por cuanto a nosotros más nos interesa, sabemos que a finales del siglo XIV, concretamente en 1380 y en 1394, se llevan a cabo reformas en el castillo y la cerca29. En la siguiente centuria se produce una continua mejora de las condiciones de vida, a la par que la iniciativa bélica pasa a manos castellanas. En este contexto se acomete una nueva y gran reforma en las murallas y en el castillo en 143030. Aunque la descripción que nos proporciona esta fuente es bastante detallada, nos parece significativa la ausencia de menciones a una puerta a la que llegase el camino de Matrera, así como la referencia a la Torre de la Traición, que el cronista local Mancheño y Olivares identificaba con la torre albarrana conservada en este frente sureste de la muralla (Fig. 4): "Item está caída e derribada la torre que diz de la Traición desde la bóveda que corre a la iglesia de San Juán "31. Fotografía de la torre albarrana situada en las inmediaciones del Arco de Matrera, realizada por José María de las Cuevas Olivares en la década de 1920. En ella se pueden apreciar los entalles realizados en "la peña" de Arcos de la Frontera hasta conformar un volumen troncopiramidal en la cimentación de esta torre, que de esta manera se vio realzada en altura Aunque pueda resultar paradójico tratándose de una fase más reciente, la aportación de los testimonios escritos de época moderna sobre la cerca no ha resultado tan importante como cabría esperar, debido a la desaparición de gran parte del corpus documental del municipio en 159332. El primer aporte que recogemos durante esta etapa lo hacemos no sin cierta cautela, ya que se emite más de un siglo después, y nos lo transmite, sin referir la procedencia, el historiador local Gamaza y Romero de Aragón. Según el mismo, en 1522 la Puerta de Matrera aún tenía alcaide, cargo que por entonces ya debía de ser más honorífico y prestigioso que real33. Contamos con alguna información que merece algo más de crédito, proveniente fundamentalmente de archivos sevillanos. Por ejemplo sabemos que en 1544 las murallas aún se seguían reparando34, aunque un siglo y medio después la situación había cambiado drásticamente, tal como nos informa en 1691 el historiador general de la Orden de la Merced: "... es la ciudad de Arcos de las más antiguas de España (...) y las murallas y torres que la ciñen arruinadas ya por el tiempo, y dejadas de reparar por el natural descuido de los Españoles que con la larga paz no se acuerdan de los daños que trae consigo la guerra, con quien ni las ciudades más fuertes y muradas están seguras..."35. Los efectos del gran terremoto de Lisboa de 1755 se hicieron sentir de manera notable en la villa, una circunstancia ante la cual las murallas no debieron ser ajenas36. En el siglo XIX contamos con dos descripciones de la cerca: una bastante detallada de Mancheño y Olivares37 y otra de Madoz Ibáñez38. En ambos casos se relacionan las tres puertas aún existentes (Carmona, Jerez de la Frontera y Matrera), resultando extraña la no mención, sobre todo por parte de Mancheño y Olivares, de la Puerta del Cómpeta. DESCRIPCIÓN DE LAS DOS ZONAS DE INTERVENCIÓN Y PROCESO DE TRABAJO El levantamiento fotogramétrico ha tenido por objeto el tramo de muralla conservado que cierra el núcleo histórico de Arcos de la Frontera por el sureste39, aunque la intervención arqueológica se ha centrado en los dos inmuebles situados en los extremos de dicha cerca, los cuales se adosan a la misma por su cara interna. La zonificación se ha realizado atendiendo a las áreas excavadas en estas dos viviendas. Puerta del Cómpeta y casa no 20 de la calle Torres La zona 1 (Fig. 5) se corresponde con una torre-puerta medieval en recodo simple, a la cual se adosa una vivienda en fechas posteriores. Al inicio de la intervención, y ante la inexistencia o desconocimiento del nombre real de la puerta por parte de los propios arcenses, decidimos referirla como "del Cómpeta" en alusión al barrio en el que se ubica. Emplazamiento de la Puerta del Cómpeta y planta baja de la casa situada en la calle Torres no 20, adosada por el sureste a la muralla y a dicha puerta. Esta puerta en recodo presenta fábrica pétrea y es de modestas dimensiones, de lo cual dan buena prueba los 11 m2 de superficie que posee. La portada está compuesta por un arco de ladrillo de medio punto tendente a la forma de herradura (Fig. 3, arriba izquierda), con 2,52 m de luz. Actualmente este vano se encuentra cegado por un aparejo constituido por fragmentos de piedra arenisca y ladrillo tomados con un mortero pobre, accediéndose al interior por una puerta metálica. Una vez dentro, la torre se compone de dos estancias delimitadas por un arco diafragma. Un segundo arco de descarga se emplaza una vez efectuado el recodo, tras el cual debió ubicarse la puerta que daría acceso a la ciudad. Estos dos arcos, ambos con roscas de ladrillo y jambas que alternan este material con la piedra, soportan sendas bóvedas de cañón, construidas mediante lajas de arenisca. Hacia la cara de la puerta que se ofrecería a la ciudad, se adosa un muro con una nueva entrada correspondiente a una vivienda. Este inmueble de la calle Torres no 20 constituye prácticamente un rectángulo en cuyo extremo suroeste, a modo de apéndice, se encuentra la puerta en recodo. La vivienda cuenta con patio y siete estancias en su planta baja, presentando la particularidad una de ellas —a la cual se accede desde el patio— de que es el acceso a un aljibe que se encuentra soterrado en el frente oeste de la casa. La intervención en esta segunda zona (Fig. 6) se ha desarrollado sobre el inmueble sito en calle Matrera Arriba no 5. Se trata de una casa que se adosa intramuros a la cerca medieval, en el arranque de la misma junto al precipicio formado por el río Guadalete. Por otra parte la vivienda es colindante con el Arco de Matrera, un paso recto a través de la cerca sobre el que se encuentra un camarín que acoge una imagen de la Virgen del Pilar. Este arco monumental permite el tránsito de vehículos desde el centro histórico de la población al Barrio Bajo, ubicado extramuros. Restos de la muralla conservados en torno del Arco de Matrera y planta baja de la casa situada en la calle Matrera Arriba no 5, adosada por el oeste a la muralla entre el Arco y la Torre de Matrera. El solar, que cuenta con un área de 155 m2, se asienta sobre "la peña" y limita al norte con los cortados que caen hacia el río. La casa cuenta con cinco habitaciones más un patio y en la actualidad presenta dos accesos: desde la calle Matrera Arriba y desde la calle Cardenal Espínola, que es un callejón ciego que discurre paralelo al precipicio. Este segundo acceso —referido en el texto como paso de la calle Cardenal Espínola (Fig. 3, abajo)— consta en nuestros días de una puerta adintelada, engrosada por un arco de medio punto con rosca de ladrillo. Está flanqueado por un muro que, a la manera de una coracha, se encuentra unido a una torre albarrana de factura claramente medieval. Junto a la puerta, en esta misma fachada de la calle Cardenal Espínola, hallamos otra torre (a la que nos referiremos como de Matrera), parcialmente desaparecida hacia el patio del inmueble aunque claramente apreciable desde el exterior, ya que se encuentra restaurada. No obstante, desde el interior sí que se intuye el alma de dicha torre, compuesto de tierra y piedras sobre zócalo pétreo. Precisamente en la cota desde la que arranca este alzado terroso existe un pseudo-adarve40 estanco sobre la puerta de la calle (Fig. 7). Estructuras conservadas en el extremo septentrional de la muralla sureste de Arcos de la Frontera (sector 1, muro A). Vista desde la terraza de la vivienda situada en la calle Matrera Arriba no 5 Desde el patio se puede subir a la azotea, y desde ésta a su vez acceder a la torre albarrana a través de la coracha, así como transitar unos pocos metros por el camino de ronda de la propia muralla, aunque éste último se encuentra tapiado debido a la presencia del camarín con la imagen mariana. Debemos señalar un singular fenómeno documentado en Arcos de la Frontera, consistente en una serie de desmontes practicados en el terreno natural a lo largo de la historia. Asociado a la expansión del tejido urbano y motivado por el deseo de suavizar la topografía y hacer las calles más accesibles, se han venido produciendo rebajes en algunas zonas de "la peña", cuyo componente fundamental es una arenisca dúctil y fácilmente erosionable. Estos rebajes son bien palpables en el casco histórico del municipio, donde con frecuencia se aprecia un considerable desnivel entre las cotas de las actuales calles y los umbrales de ciertas viviendas. Para el estudio de esta zona 2 y, en general, de los aledaños del Arco de Matrera (Fig. 4), esta circunstancia ha resultado fundamental. El sistema de trabajo adoptado no ha variado sustancialmente del que se viene aplicando a edificios históricos en proceso de rehabilitación41. En cuanto al análisis tipológico murario, nos ha parecido oportuno seguir la sistematización para fábricas de tapial en Andalucía Occidental establecida por Graciani García42. Las dos zonas de trabajo se han dividido en sectores que han sido numerados atendiendo fundamentalmente a la propia compartimentación de los inmuebles. Por otra parte a los muros se les ha asignado una letra a partir de la A y siguiendo un sentido dextrógiro en cada sector. De este modo 5A aludiría al muro A en el sector 5. En la zona 1, la casa junto a la Puerta del Cómpeta ha sido dividida en 10 sectores de trabajo y uno más correspondiente a un aljibe subterráneo (Figs. Mientras que en esta zona solo se ha excavado el interior de la puerta en recodo, la intervención muraria, aparte del interior de la torre, se ha hecho extensiva a buena parte del inmueble, donde se han practicado once sondeos parietales. Finalmente, y ante la carencia de cronologías absolutas para la casa, decidimos efectuar un pequeño corte en el pavimento del aljibe de cara a obtener materiales procedentes de un depósito sellado. La intervención arqueológica en la zona 2 (Figs. 1 abajo y Fig. 6) ha supuesto el picado completo de los paramentos del inmueble y de la cara interna de la Torre de Matrera, así como el planteamiento de cinco catas murarias en la azotea, el adarve de la cerca y la coracha. Asimismo, en subsuelo se han practicado tres sondeos que han demostrado una potencia mínima de los depósitos arqueológicos. Toda esta zona 2 de intervención se ha dividido en otros 10 sectores que comprenden las habitaciones de la casa, el adarve de la muralla junto al camarín, la coracha y la torre albarrana. El análisis nos ha permitido distinguir, al menos, ocho procesos edificatorios o subfases, que agrupamos a su vez en tres grandes ciclos históricos o fases (andalusí, bajomedieval y moderna). A esta primera etapa de la evolución constructiva pertenece la fundación del tramo sureste de la muralla de Arcos de la Frontera con las seis torres conservadas, la Puerta del Cómpeta, la torre albarrana y la Torre de Matrera. Dentro de ella distinguimos cuatro subfases que localizamos principalmente en la zona 2. Durante esta fase existe un claro predominio del tapial con un uso puntual del ladrillo. Asimismo podemos hablar de una evolución tecnológica, constatada en el enriquecimiento gradual de los encofrados con cal en detrimento de la tierra. • Zona 1: La excavación del interior de la Puerta del Cómpeta (sector 1) descubrió restos de la obra fundacional bajo la primera hilada de sillarejo de los muros. Estos restos consistían en un tosco pavimento de mortero y piedras, la zarpa de una jamba y un fragmento de enlucido de cal en la parte inferior de la misma, así como un cimiento de tierra oscura muy compactada que descansaba directamente sobre la roca natural (Fig. 8), ante lo cual podemos afirmar que en origen la puerta en recodo se edificó aprovechando la topografía existente y adaptándose a las irregularidades del terreno. La información aportada en este sentido por los materiales cerámicos es poco precisa, reduciéndose tan solo a un único borde de ataifor (Fig. 9) que proporciona una cronología post quem para la fundación de la puerta a partir de los siglos IX-XI43. Restos andalusíes conservados en la Puerta del Cómpeta (sector 1, muro A) Ataifor de paredes abiertas con borde recto y redondeado, melado al exterior y chocolate al interior • Zona 2: El paramento de la muralla fundacional ha sido documentado en el interior de la casa de la calle Matrera Arriba no 5 (sector 4, muro A), donde, al haber quedado protegido por tres revocos, ha aparecido prácticamente intacto. También en esta vivienda pudimos apreciar el alma de la cerca, concretamente junto al pseudo-adarve sobre el paso de la calle Cardenal Espínola (sector 1), donde la muralla se encuentra seccionada (Fig. 10). Esta muralla fue realizada en tapias o hilos de tierra oscura decantada procedente de depósitos aluviales del río Guadalete, material idéntico al constatado en la fundación de la Puerta del Cómpeta. Los hilos contienen cantos rodados sin ninguna disposición, se encuentran separados por una fina línea de cal y presentan una altura de 0,84 m, coincidentes grosso modo con dos codos rassasíes. Por otra parte algunos de los mechinales presentan la particularidad de que son dobles y tienen 5 cm de diámetro como término medio. Alma de la muralla, consolidada por revoco de cal y trozos de ladrillo, apreciable en el extremo sur del pseudo-adarve existente en la calle Matrera Arriba no 5 (sector 1, muro B) La coracha y la torre albarrana también se inscriben en esta subfase (Fig. 11). Aunque la zona de contacto con la muralla es mínima, ambas obras son coetáneas dado que se encuentran trabadas. La información aportada por la torre albarrana (sector 10) fue fundamental, ya que sus características formales y materiales resultaban claramente apreciables. Este cubo avanzado se adosa a la coracha y su fábrica es de tapias como las descritas en el párrafo anterior. Los hilos tienen algunas características idénticas a la obra fundacional de la muralla (0,84 m de altura y mechinales dobles) y los materiales que componen el tapial son también similares a los lugares en los que se ha podido constatar la obra fundacional de esta muralla de tierra44. A diferencia de ellos, la albarrana muestra cintas de mortero simulando un falso despiece de sillares45. Sección longitudinal por la calle Cardenal Espínola, con el análisis paramental y la materialidad del alzado norte de la torre Albarrana, la coracha y la vivienda de calle Matrera Arriba no 5 adosada a la muralla Este proceso supone la reparación de la muralla mediante encofrados de cal y arenisca, procedente de "la peña". Quizás entre ellos podría encontrarse el cuerpo inferior de la coracha (sector 0, muro B), que es una fábrica encofrada que contiene, al menos, dos hiladas horizontales de sillarejo de arenisca tomado con mortero de cal. A pesar de que no intervinimos directamente sobre este paramento y su superficie no se encontraba limpia, las piedras escuadradas parecen disponerse a soga y tizón. • Zona 2: Es de nuevo en la torre albarrana donde documentamos esta subfase, en la que se rehicieron con ladrillo (28/29x14x4/5 cm) los merlones esquineros de la torre, suponemos que por ser los más expuestos a los agentes atmosféricos, en especial a los vientos húmedos provenientes del Océano Atlántico. • Zona 2: Siguiendo un orden ascendente en la lectura muraria de la torre albarrana, es en ésta misma y en los merlones de la muralla junto al camarín (sector 9, muro C) donde se constata esta cuarta subfase andalusí, en la que aparecen verdaderas obras de hormigón de cal. En este momento se produce el cegado de las almenas y el recrecido de la merlatura que observamos en la torre albarrana. El objetivo sería aumentar la altura del antepecho respecto a los niveles de suelo existentes en aquella época bajo los muros. Datación de la muralla: argumentación En cuanto a la cronología de la muralla, tenemos, por un lado, indicios que apuntarían hacia una datación pre-almohade, aunque otros elementos permitirían adscribirla a la labor constructiva desarrollada por los Unitarios en la Península Ibérica. Las características de esta muralla andalusí de Arcos de la Frontera permitirían identificarla como una obra de módulo bajo y tapias simples o comunes, según la terminología empleada por Tabales Rodríguez y Graciani García, y que encajaría con la tipología establecida por dichos investigadores para época taifa/almorávide en la cercana ciudad de Sevilla y su territorio próximo46. La sencillez constructiva y material de la muralla (Fig. 12) —carente de basamento pétreo y con rollizos de poco diámetro por agujas, probablemente pasantes— el protagonismo de la tierra como principal componente —conjugada con piedras— y por ende, el hecho de que las obras de tapial que se vienen atribuyendo a los almohades parezcan conformarse, generalmente, mediante hormigón de cal47, apuntarían a momentos previos a la presencia de esta dinastía norteafricana en al-Andalus. Restos de la muralla sureste de Arcos de la Frontera aparecidos en el paramento este (muro A) del sector 4 de la casa de la calle Matrera Arriba no 5, con la presencia de mechinales dobles Por el contrario, otras evidencias apuntarían hacia una datación almohade, como la existencia de estructuras defensivas de este período en Garb al-Andalus carentes de ladrillo y con solución de agujas dobles48. Mención aparte merecen la puerta en recodo situada en el barrio del Cómpeta, así como la torre albarrana y el falso despiece en sillares que ésta presenta49. Y es que tradicionalmente las torres albarranas, al igual que el falso despiece en sillares, se han asociado a la edilicia de los Unitarios, aunque el caso más antiguo documentado por el momento en al-Andalus parece encontrarse en Calatayud50. Esta premisa es aplicable también a la puerta en recodo51, cuya cronología más temprana se ofrece en Calatrava la Vieja, fechada al igual que la torre albarrana aragonesa en el siglo IX52. Esta etapa se caracteriza por dos importantes hechos constatados en sendas zonas de trabajo: la reconstrucción de la Puerta del Cómpeta y el gran rebaje de la roca natural documentado en la casa de la calle Matrera Arriba no 5. En cuanto a los materiales y técnicas documentados, en esta fase aparece la piedra más o menos tallada —procedente de la misma "peña"— en, al menos tres variantes distintas: sillarejo, mampostería y lajas irregulares. Asimismo el ladrillo se combina con la piedra en jambas y roscas de arcos, aunque no se abandona la tradición de la tapiería. • Zona 1: La intervención demostró que, a partir del último cuarto del siglo XIV, la puerta acodada que venimos denominando del Cómpeta (sector 1) fue reconstruida prácticamente desde los cimientos y bajo unas pautas plenamente mudéjares, en un aparejo homogéneo de sillarejo y lajas de arenisca. La cronología post quem para este hecho nos las proporciona una moneda53, hallada bajo el suelo de trabajo asociado a la reforma. Asimismo se empleó el ladrillo —quizás de acarreo— en la portada y arcos del interior de la puerta, donde documentamos un módulo de 26x12x4 cm. A partir de la fábrica pétrea que presenta la Puerta del Cómpeta, tanto en los alzados como en la bóveda, podemos establecer un claro paralelismo con la Torre del Homenaje del cercano castillo de Matrera54 (Fig. 13), cuya construcción se produce a partir de 134155. (Izquierda) Interior de la Puerta del Cómpeta (zona 1, sector, muro C). (Derecha) Torre del Homenaje del castillo de Matrera, estado previo a los desperfectos sufridos como consecuencia de las lluvias del invierno de 2013 (fotografía cortesía de Alejandro Pérez Ordóñez) • Zona 2: Basándonos en los materiales cerámicos exhumados, pensamos que fue a partir de la conquista del siglo XIII cuando se produjo el primer gran rebaje de "la peña" en el interior de la casa de la calle Matrera Arriba no 5, alcanzándose cotas cercanas a las actuales (Fig. 14). Sería entonces, una vez rebajada la roca por primera vez, cuando se rehace la Torre de Matrera (sector 1, muro A) con un basamento de piedra tomada con mortero y un alzado macizo de tierra, probablemente reaprovechada de la muralla andalusí. Sin embargo, nada sabemos de la configuración del espacio en aquellos momentos, pues la casa que vemos hoy se data en fechas posteriores. Cara oeste de la muralla entre la Torre de Matrera (izquierda) y el Arco de Matrera (derecha). En el mismo se observan restos de la cota original de "la peña" de Arcos de la Frontera sobre la que asentaría la muralla medieval de tapias de tierra, de la que quedan indicios y restos conservados en este alzado. Se ha marcado la línea que presumiblemente definiría el terreno natural en el momento en el que se construyó la muralla sobre ella En esta fase también podríamos incluir la construcción de un peto de tapias hormigonadas en la parte superior de la coracha (Fig. 11). Éstas asientan sobre doble verdugada de ladrillo de acarreo, y su paramento denota la presencia del barzón de la horma, lo que nos demuestra que este muro se hizo mediante dos encofrados continuos. En este período se producen dos grandes momentos constructivos que transforman notablemente la fisonomía urbana del sureste de Arcos de la Frontera. Afortunadamente, para esta etapa los muros nos proporcionaron dos dataciones absolutas, una para cada zona de intervención, lo cual facilitó enormemente la interpretación de la secuencia cronoestratigráfica. Podemos afirmar que los dos inmuebles objeto de nuestro estudio se datarían en esta fase, en la cual se produce también el abandono de la Puerta del Cómpeta y la ruina paulatina de la propia muralla. Durante esta etapa surgen nuevas casas que invaden zonas de la muralla, se adosan a ella y reaprovechan sus materiales constructivos, unas circunstancias que se reflejan bien en las dos zonas de intervención. En la zona 1 constatamos hasta cinco fábricas diferentes asociadas a procesos de construcción-destrucción, en los cuales se redefinen espacios y aparecen nuevos cuerpos en altura (Fig. 15). En la zona 2 se produce un nuevo rebaje de "la peña", se amortiza definitivamente el adarve de la muralla, debido a la presencia del camarín con la imagen de la Virgen del Pilar, y se produce el crecimiento en altura de la casa de la calle Matrera Arriba no 5 (Fig. 16). Estudio evolutivo de la Puerta del Cómpeta y de la vivienda adosada a la misma por el norte Estudio evolutivo del lienzo murario existente en torno al actual Arco de Matrera en su alzado este Referente a los materiales empleados, podemos afirmar que se mantiene en ámbitos domésticos el uso de la arenisca procedente de "la peña" en diversas variantes (mampuestos de piedra, relleno de las tapias o conglomerante para morteros y revestimientos). Sin embargo, lo más destacable es el mayor protagonismo del ladrillo, que, aparte de en vanos y jambas, aparece en estos momentos conformando aparejos mixtos con fábricas encofradas, ya sean de tierra o de mampostería. • Zona 1: La moneda56 aparecida en un enfoscado del interior de la Puerta del Cómpeta, nos indica que, en algún momento a partir de 1598, la torre ya funcionaba como vivienda (Fig. 15), contando con una compartimentación tripartita. Pensamos que este momento hubo de ser tardío, ya que durante los siglos XVI y al menos gran parte del XVII, la puerta estuvo abandonada, o al menos no tuvo un uso doméstico claramente definido, lo cual se justifica por la poca cantidad de cerámica moderna aparecida en la excavación del interior. Este abandono explicaría la presencia del alzado postizo (sector 2, muro C) (Fig. 13, izquierda) que actualmente separa la propia puerta en recodo de la vivienda de la calle Torres no 20, cuya existencia supone también la destrucción de la muralla en esta zona. Este alzado presenta un notable interés porque refleja perfectamente el reaprovechamiento de los materiales de la cerca, ya que es una obra de tapial que contiene tierra negra y piedras de considerable tamaño, reparadas por alzados de mampostería irregular tomada con mortero de arenisca y poca cal. A partir de la información ofrecida por la cerámica hallada bajo el pavimento del aljibe, podemos sostener que la casa de la calle Torres 20 se erige en algún momento del siglo XVI57. A pesar de las reparaciones hemos documentado la fábrica de las medianeras de la casa, formadas por tapias sobre basamento pétreo, compuestas por tierra y algo de grava. A estas medianeras se encastran en un primer momento los muros transversales (6A, 6C, 7A y 7C) que definen los sectores 4, 5, 6, 7 y 9. Especial importancia presentan los sectores 2 y 3, que suponen el nexo entre la vivienda y la puerta en recodo. Aunque la intervención no lo ha aclarado completamente debido a que no se ha excavado el interior de la casa de la calle Torres no 20, barajamos la hipótesis de que en época bajomedieval existiese una calle paralela a la muralla por su cara interna, preservando de ese modo su finalidad defensiva. Si aceptamos esta propuesta, la cual no es desmentida por los contactos murarios, esta calle medieval habría quedado fosilizada en los sectores 2 y 3 (Figs. • Zona 2: La vivienda intervenida en la calle Matrera Arriba no 5 se data a partir de inicios del siglo XVII. Esta propuesta la basamos en la moneda58 aparecida en el interior del muro (1B) en su fachada hacia el patio, que podría adscribirse a esta subfase. Al contrario que la casa de la calle Torres no 20, esta vivienda, cuyos enfoscados fueron completamente retirados, presenta pocas reparaciones y bastante homogeneidad en cuanto a sus fábricas. Es por ello por lo que consideramos que la actividad edilicia se concentró en un arco cronológico no excesivamente amplio, que comprendería los siglos XVII y XVIII, a pesar de lo cual los contactos murarios nos permiten distinguir tres subfases. Pertenecientes a la primera, contamos con el muro perimetral 4B-5A que linda con la calle, de algo más de grosor que el resto, y formado por un vasto aparejo de piedra arenisca sin ninguna disposición ni regularidad. • Zona 1: Aparición de nuevos vanos transversales adintelados, también de ladrillo59 (5A, 7A) encadenados con aparejo mixto de hiladas de ladrillo con cajones de mampostería (7A, 7B). En esta subfase se produce el cegado de un doble arco de ladrillo existente en el muro 5A-6A, motivado por la ocupación del aljibe, posibilitando la entrada al mismo mediante una rampa desarrollada bajo el arco del muro 6A (Fig. 17). Este hecho a su vez generó la apertura de un nuevo acceso al patio en la parte meridional del muro 5A. Además se constata la ruina parcial de la fábrica originaria de las medianeras y su sustitución por obra de yeso y cascajo, (documentadas en el sector 6, muro 6B). Estas acciones se concretan en el crecimiento en altura de la vivienda, a partir del cual surgen la segunda planta y la azotea (Fig. 15). Doble arco de ladrillo (sectores 5 y 6, muros A). El acceso al aljibe se encuentra en la parte inferior del arco de la derecha • Zona 2: A esta segunda subfase de la fase moderna sería a la que corresponden los alzados 4C-5C, 5B-6A y 6B, formados por aparejo mixto de tapias y piedras. Todos estos muros presentan ladrillos de módulo 30x15x4 cm. Por otra parte, en el estudio de esta vivienda ha resultado particularmente importante la comparativa de morteros, apreciando la misma argamasa sencilla formada por arenisca y cal. • Zona 2: Documentamos, por último, una tercera subfase dentro de la fase moderna, fechable probablemente hacia la segunda mitad del siglo XVIII. Vendría representada por la construcción de una bóveda de arista (Fig. 18) asociada a un vano de medio punto realizado con ladrillo (muro 3C). Esta relación estratigráfica la observamos en el sector 3, donde las tapias de arenisca y cal del muro 3B fueron cortadas en su parte superior para insertar los ladrillos a panderete (30x15x4 cm) que conforman la bóveda. Bóveda en el sector 3 (al frente, muro B) en la vivienda de la calle Matrera Alta no 5 Este proceso constructivo de la vivienda fue inversamente proporcional a la ruina y amortización de la muralla y de la Torre de Matrera. Una enorme interfaz de destrucción, generada por el afán de obtener piedra para alzar y reparar muros, justifica la existencia del pseudo-adarve (sector 1, muro A, Fig. 7); en realidad equivale al alma de tierra de la Torre de Matrera, la destrucción de la muralla en esta zona y la consiguiente aparición de la actual portada de la calle Cardenal Espínola. El ladrillo presente en el aparejo mixto de la misma coincide con el que se encuentra en la bóveda del interior de la casa (30x15x4 cm). A su vez el mortero de la portada es el mismo que hallamos en los muros de la terraza y azotea de la casa, los cuales se corresponden con el cegado del adarve ante la presencia del camarín (sector 8, Fig. 14). Por último, se produce un segundo rebaje de "la peña" bajo el Arco de Matrera, alcanzándose las cotas de uso que observamos actualmente en esa calle (Fig. 16). Iniciamos este último epígrafe señalando algunos aspectos que nos han parecido importantes a la hora de tratar de comprender la evolución de las estructuras analizadas: En primer lugar, el fenómeno local de los desmontes y rebajes efectuados en "la peña" (Figs. 4, 14 y 16), al menos, desde época medieval, lo que supone la alteración de los depósitos estratigráficos. Por otra parte, la presencia de las usuales reparaciones de las fábricas de tierra en edificios históricos con un uso dilatado en el tiempo. Como es sabido, con bastante frecuencia la tierra fue el material elegido para construir murallas60, aunque debido a su propia naturaleza, la fábrica fundacional de muchas de estas cercas ha desaparecido, habiendo sido sustituida completa o parcialmente por fábricas más consistentes, o bien se encuentra enmascarada por revestimientos de piedra, ladrillo, etc61. Esta premisa ayudó a comprender la presencia de tierra en contextos secundarios y a explicar momentos de destrucción en los restos emergentes, ante la dificultad que puede suponer el tratar de identificar discontinuidades sobre estructuras terrosas. En función de lo expuesto en páginas precedentes y respecto a la atribución a una dinastía o entidad estatal de unos determinados patrones constructivos, hemos de tener siempre presentes algunas variables que nos obligan a ser prudentes, como los más de 80 años de poder almohade en la Península Ibérica62, la disponibilidad de materiales locales, la capacidad económica del promotor de la obra, etc. A partir de lo cual, y no sin cierta cautela debido al mínimo aporte de los materiales arqueológicos, proponemos una datación para el tramo sureste de la cerca arcense en torno a los siglos XI-XII. En estos momentos Arkus se nos presenta como una población andalusí de modesta superficie63 definida mayoritariamente como hisn por las fuentes islámicas64, y que por dos veces será cabeza de efímeros estados independientes, alcanzando su período de máximo esplendor hacia el siglo XIII65 (Fig. 19). Plano con la hipótesis del perímetro amurallado de Arcos de la Frontera y las estructuras emergentes constatadas (en negro) En cuanto a la configuración de la población en estos siglos, aunque la toponimia urbana podría remitirnos a un perímetro murado previo de superficie más reducida66, carecemos de datos concluyentes para afirmar que el frente amurallado que hemos estudiado pudiera corresponderse con un posible arrabal. La prospección urbana apenas aportó información al respecto, debido a la existencia generalizada de enjalbegados en las fachadas. No obstante pudimos identificar un par de torres de la muralla: los restos de una de gran tamaño sobre un espolón en el frente norte de la localidad67, y otro cubo de fábrica muy similar a la documentada en la muralla suroriental, situada en la calle Juego de Padilla (Fig. 20). Restos de la torre albarrana de San Antón (izquierda) y de la torre situada en la calle Juego de Padilla (derecha) Por último, concluimos nuestro trabajo dedicando unas líneas al origen del Arco de Matrera, uno de los objetivos que establecimos al inicio de la investigación. La respuesta a esta cuestión pasa por comparar la contradictoria información ofrecida por las fuentes escritas y la arqueología, para exponer a continuación una hipótesis razonada que pueda explicar tal discordancia. Recordemos cómo la historiografía solo menciona una puerta para el frente suroriental de Arcos de la Frontera (Puerta de Matrera), mientras que el estudio revela que en realidad hubo tres, aunque creemos que nunca llegaron a funcionar simultáneamente: Puerta del Cómpeta, Arco de Matrera y paso de la calle Cardenal Espínola (Fig. 3). Inicialmente, es necesario señalar que los datos extraídos a partir de la documentación escrita son parcos y poco esclarecedores. Por un lado, tan solo podemos afirmar que la alusión más antigua que hemos hallado, emitida hacia 163068, nos habla de una Puerta de Matrera hacia 1514, siendo difícil determinar a qué apertura sobre la muralla sureste se estaría refiriendo. Por otra parte la intervención demostró que la Puerta del Cómpeta estuvo en uso durante época medieval para caer en el olvido tras este período. Aunque carecemos de datos objetivos y el actual acceso se dataría en época moderna tardía, creemos que el paso de la calle Cardenal Espínola pudo corresponderse con una poterna existente desde época andalusí en un punto discreto y relativamente recóndito de la muralla, lo que justificaría la construcción de la torre albarrana en esa ubicación concreta, la cual junto al precipicio norte de "la peña", constituirían un paso previo a la poterna en forma de estrecho corredor fácilmente defendible. Además, tampoco debemos olvidar que una de las razones de ser principales de estas torres lo constituye la defensa avanzada de puertas69. En función de lo expuesto, barajamos la hipótesis de que, durante la Edad Media, Arcos de la Frontera podría haber contado con dos accesos por su frente sureste, la Puerta del Cómpeta y el paso de la calle Cardenal Espínola. Ante ello planteamos que el actual Arco de Matrera, realizado picando "la peña" bajo la muralla medieval, pudo haberse erigido a partir del siglo XVI, viniendo a sustituir a la Puerta acodada del Cómpeta, evitándose por tanto que la villa careciese de un acceso por este frente oriental en todo momento. Una vez olvidada la realidad de la frontera, pensamos que la amortización de la puerta en recodo pudo deberse a su propia naturaleza quebrada y defensiva. Ésta resultaba ya ineficaz y obsoleta en unos tiempos en los que nuevas necesidades debían atenderse, en especial el paso de carros que facilitase el comercio y el abastecimiento al interior de la villa. Este hecho llevó a construir un acceso directo más transitable y cómodo que permitiese el crecimiento extramuros del caserío medieval70. Ante la ausencia de fuentes escritas para aquella época que seguro hubieron de reflejar tan importante hecho71, pensamos que la apertura del nuevo paso a través del recinto se produjo en una coyuntura general de expansión urbana, que por ejemplo, y entre otras ciudades, sí que está atestiguada en Sevilla hacia 1560. Así lo refirió Hernán Ruiz el Joven, maestro mayor de obras del cabildo sevillano por entonces: "... entre las puertas de Macarena, de Córdoba, de la Trinidad, del Sol, de Osario, de la Carne, de Jerez se abran otras puertas de nuevo y se cierren las que ahora están, porque por ellas se va rodeando para salir de la ciudad y será más el ornato de la misma si se abren las puertas aludidas en derecho de las calles, como está la de Triana, y si se derriban de todo punto o se descombran los revellines (barbacanas) que se vienen abajo..."72. A partir de su posible construcción en el siglo XVI, el actual Arco de Matrera será protagonista, como eje vertebrador, de un segundo gran momento de desarrollo de la ciudad acontecido en el siglo XVIII, acorde con las medidas ilustradas de saneamiento, higiene y expansión urbana. Será entonces cuando definitivamente se consolide el caserío extramuros y se configure el actual Barrio Bajo, tal como ha llegado hasta nuestros días73 (Fig. 2). En cuanto al topónimo de Puerta de Matrera, cabría preguntarse si éste ya existía en el Medievo asociado a la Puerta del Cómpeta o al paso de la calle Cardenal Espínola, y por tanto se trasladó al abrir la nueva puerta de trazado recto, o se acuñó ex profeso para el mismo a partir del siglo XVI. Esta actuación fue desarrollada durante el verano de 2011 por encargo del Ayuntamiento arcense, como paso previo a la posterior consolidación y puesta en valor de la muralla. El equipo técnico ha estado formado por D. Manuel María Alonso Ruiz y el Dr. Luis José García Pulido. Por su parte los doctores D. Antonio Almagro Gorbea y D. Antonio Orihuela Uzal han ejercido de asesores científicos. Agradecemos sinceramente las aportaciones del Dr. Pedro Jiménez Castillo y D. Manuel Pérez Asensio. Nuestra gratitud se extiende a D. José Manuel Durán y D. Rafael Rossetti, por el material gráfico y textual que nos facilitaron durante nuestra estancia en Arcos de la Frontera. Según la descripción adicional segunda de la ley 16/85 de Patrimonio Histórico, Grado 1. La que hemos denominado como Puerta del Cómpeta (por encontrarse situada en el barrio del mismo nombre), el Arco de Matrera y el paso de la calle Cardenal Espínola. Solo la primera ha llegado a nuestros días con una planta en recodo. "En aquel año fue depuesto Yahwar b.`Abdalmalik al-Bujti del visirato en rabi I (5 octubre-3 noviembre 913), cargo al que ya no volvió, pues permaneció depuesto hasta fallecer en la fortaleza de Arcos, de la cora de Sidonia, a comienzos del muharram del 312 (9 de abril 924)"; Ibn Hayyan 1981: p. el ejército partió y fue a acampar frente a la fortaleza de Arcos, donde estaba Numara Sulayman, hermano de ar-Ruhayni, el huido del ejército, a quien sitió an-Nasir..."; Ibn Hayyan 1981: p. El yacimiento de origen romano de Calsena o Qalsana se encuentra en Junta de los Ríos, pedanía situada a 7 km de Arcos de la Frontera. De su importancia en época andalusí, tenemos constancia a través de las fuentes escritas y de algunas intervenciones arqueológicas efectuadas en su antiguo solar desde 1988, las cuales han identificado una trama urbana asociada, al menos, a una alcazaba y a un cementerio; Richarte y Aguilera 2003: pp. 87-102. El traslado de la capitalidad de una kura no fue un fenómeno exclusivo de Sidonia, ya que ocurrió entre otras, con Yayyan y Rayya; Vallvé 1986: pp. 325-326. al-Muwahhidun, como se denominaban a sí mismos los Almohades. A pesar de que la Crónica de Alfonso X proporciona la errónea fecha de 1255; Vid. Ingente es la producción historiográfica sobre la frontera bajomedieval hispana en sus diversas zonas y períodos. Por ser de nuestro mayor interés, remitimos a las Actas del I Congreso de Historia de Arcos de la Frontera. Este apelativo -de la Frontera- aparece por vez primera en un Privilegio Real de Fernando IV datado en 1300; Mancheño 2002: vol. I, p. El mismo número de caballeros con que contaba Baeza y uno más que Carmona. A gran distancia se encontraba Jerez de la Frontera con cincuenta y Sevilla con ochenta y cinco. Por otra parte este exiguo número de ocho caballeros se asocia a los nueve que, según la tradición, repoblaron Arcos desde Sevilla por orden de Alfonso X; Vid. Estas asambleas reunieron a casi todos los concejos andaluces para unificar posturas ante asuntos de común interés; Sánchez 2003: pp. 201-202. Acorde con el incipiente proceso de feudalización constatado en la Baja Andalucía por estas fechas, Arcos de la Frontera fue entregada en señorío al condestable Ruy López Dávalos. Tras varios cambios en la titularidad de dicho señorío, los Ponce de León se harán con el mismo en 1442. En 1394, el cabildo sevillano concedía a Arcos de la Frontera la siguiente merced para arreglo de muros y aumento de vigías: "La villa de Arcos que está muy mal poblada e los muros de ella, en algunos lugares derribados y asolados, e las dichas treinta velas que nos mandamos pagar eran muy pocas y do ellas no se podía velar ni guardar la nuestra dicha villa como complía a servicio de Dios e del dicho Señor Rey y nuestro"; Pérez Regordán 2002: vol. I, p. La antigua iglesia de San Juan de Letrán, hoy convento de San Agustín, se encuentra junto al precipicio sur de Arcos de la Frontera —"peña nueva"— en una zona del casco histórico opuesta al actual Arco de Matrera. Por otra parte tuvimos noticia de la celebración de unas jornadas sobre Historia Moderna de Arcos anteriores al 2003, aunque parece que las actas de las mismas no llegaron nunca a publicarse. Su Descripción de Arcos está plagada de relatos poco verosímiles, de lo que es buena prueba el desmesurado número de 50 que nos proporciona para los primeros caballeros sevillanos que repueblan Arcos tras la conquista, cuando en realidad no fueron más que ocho o nueve; Sánchez 2003: pp. 196-200. Esta circunstancia se aprecia perfectamente en la basílica de Santa María de la Asunción, en especial con el contrafuerte que se adosó a su alzado norte, que cuenta con documento epigráfico. Dicho frente murado, que tiene una longitud de 136 m, cuenta aún con 6 torres, si bien podría haber tenido inicialmente otras dos más. No se trata de un verdadero camino de ronda situado en lo alto de una muralla y detrás de las almenas, pues realmente está incomunicado y se encuentra más de 2 m por debajo del adarve de la muralla, así como del de la coracha, con los que no tiene comunicación. Los posibles paralelismos que encontramos en la Meseta (Alcalá la Vieja) parecen remitirnos a época omeya; Retuerce 1998: vol. I, p. 140, mientras que en Málaga hayamos una clara analogía, en cuanto a morfología y cromatismo, con formas datadas en época emiral; Íñiguez y Mayorga 1993: p. En ámbitos geográficos más cercanos, como en Sevilla, esta forma de ataifor vidriado se adscribiría a los siglos X-XI; Huarte y Lafuente 2001: vol. 2, p. Tales como los restos de la muralla existentes en la casa de la calle Matrera Arriba no 5, o los que afloran junto al Camarín de la Virgen, en la Torre 1, en el muro situado junto a la Puerta del Cómpeta y en restos de las tapias de tierra conservadas como basamento de esta puerta. La aparición de las fábricas hormigonadas parece ser un fenómeno más o menos generalizado en al-Andalus a partir del siglo XII, aunque siempre debemos mantener ciertas reservas al respecto. Para las murallas de Niebla: Pérez Macías et al. 1998: p. Para el Alcázar de Jerez de la Frontera: Aguilar 2000: p. Asimismo este empleo de la tapia de hormigón junto con el ladrillo está documentado también en la arquitectura mardanisí, coetánea de la almohade: Navarro y Jiménez 2011: pp. 85-120. Como las murallas de Cáceres, donde no aparece el ladrillo; Márquez y Gurriarán 2003. Sobre el falso despiece de sillares, vid. nota 45. Situado en la cercana localidad de Villamartín. 4 maravedís recortados de Felipe III, sin fecha, acuñados en la ceca de Granada. El único fósil director es un pequeño borde de loza con decoración en azul sobre blanco, que se podría adscribir a la producción trianera conocida como azul lineal; Fournier y Casado 2007: pp. 221-222. 4 maravedís recortados de Felipe III. Las fuentes escritas nos transmiten la existencia de fábricas de tierra en conjuntos murados y fortificados de al-Andalus durante la Edad Media. Tenemos los ejemplos de Tarifa en el siglo XII (al-Idrisi 1974: p. 31) y probablemente la cerca de Sevilla, construida durante la fitna del siglo XI (al-Bakri 1982: p. Estas prácticas reparadoras sobre antiguas obras de tierra, parcial o totalmente desaparecidas, se han documentado también en el castillo de Alhama de Murcia (Baños y Jiménez 2005: p. 69) o más recientemente en la Alcazaba de Baza (Caballero en prensa). Si contamos desde la conquista almohade de Sevilla en 1145 hasta el alzamiento de Ibn Hud en Murcia, en 1228. Contando con 14,5 ha de superficie, Arkus pertenecería a la inferior de las tres categorías de poblaciones establecidas por Mazzoli-Guintard en función de la superficie murada; Mazzoli-Guintard 1996: p. Como podría indicar la calle Torre de la Esquina. En un plano publicado hace unos años sobre Arcos de la Frontera en época medieval, el caserío aparece homogéneo, delimitado únicamente por la muralla que hemos estudiado; Valor 1999: pp. 196-197. Podría tratarse de la Torre de San Antón, citada por Mancheño 2002: vol. I, p. Pensamos que esta torre o castillete ejercería de albarrana de una barbacana previa a la cerca, la cual se intuye sobre el barranco del Arroyo de las Nieves. Las tapias, de módulo distinto a la muralla, tienen 47 cm de alto. Estas nuevas exigencias urbanas se debieron traducir también en el ensanche de las calles, al menos de las principales, tal como denotan, por ejemplo, las ordenanzas de alarifes cordobeses de fines del siglo XV (Escobar 1989: p. 185), o como sucedió en Murcia en el siglo XVI para facilitar el tránsito de carros (Chacón 1979: p. Ya apuntamos cómo gran parte de las mismas desaparecieron en 1593. En un dibujo fechado en 1760, se aprecia la existencia de casas en lo que hoy es la calle Matrera Abajo; Gamaza 1777: dibujos iniciales. El origen de este barrio se establecería en el siglo XVI, una vez abierto al actual Arco de Matrera, aunque la fisonomía actual del mismo es de finales del siglo XVIII, a tenor del testimonio epigráfico presente en la portada de varios de estos inmuebles, que suelen contar con cuatro crujías y hasta tres plantas, desarrollándose algunas entreplantas en "la peña" horadada, bajo la muralla.
El refugio en altura andalusí de Vilella (Almiserat, Valencia), un ejemplo de arquitectura defensiva rural en el ámbito centro-meridional valenciano (ca. Presentamos en este trabajo los resultados del estudio realizado sobre el pequeño refugio rural de Vilella (Almiserat, Valencia), construido mediante la técnica del tapial durante los últimos momentos de dominación islámica en el Sharq al-Andalus. Se analizan la planta y las defensas del recinto (sistema de ingreso y torre oeste) y, sobre todo, los distintos tipos de fábrica de tapia y las improntas constructivas asociadas a esta técnica. También se analizan otras técnicas de construcción documentadas. A lo largo del presente trabajo pretendemos abordar la revisión de un edificio defensivo concreto de época andalusí, localizado en el ámbito rural valenciano: se trata del refugio de Vilella (Almiserat, Valencia), ya publicado hace tres décadas por los investigadores franceses Pierre Guichard y André Bazzana (Bazzana, A. 1983a, 1983b; Bazzana y Guichard, 1980; Bazzana, Guichard y Créssier, 1988 ). Este edificio se encuadra en la categoría de las construcciones con carácter defensivo en altura situadas en la zona meridional del antiguo reino de Valencia (ca. s. XIII), conocida en la documentación como Montanea Valencie. Actualmente, dicha zona ocupa un área esencialmente montañosa comprendida por seis comarcas entre el sur de la provincia de Valencia y el norte de la provincia de Alicante: Safor, Marina Alta, Marina Baja, Condado de Cocentaina, Hoya de Alcoy y Valle de Albaida (figura 1). Creemos necesario actualizar el estado de la cuestión sobre Vilella y, además, proceder a ampliar la información que se tiene de esta construcción mediante el estudio de los aparejos, técnicas constructivas y materiales empleados. Plano de situación de las comarcas valencianas y alicantinas incluidas en nuestra área de interés (1. Condado de Cocentaina; 5. Los edificios de carácter defensivo, en su práctica totalidad de origen islámico, abundan en el área geográfica señalada. Se asientan sobre lomas, o montañas de mediana altura, y presentan una morfología muy variada. La historiografía lleva al menos tres décadas tratando de establecer una cronotipología válida dependiendo de la forma y función de estas construcciones (Azuar, 1981; Torró y Segura, 1991; Torró, 1998; Bazzana, 2002), y también de sus materiales y técnicas (López Elum, 2002), sin el éxito esperado, al menos en cuanto a una concepción global, a causa de su marcado localismo. Las técnicas de ejecución de cada una de las construcciones ofrecen una amplia variedad formal, a pesar de que se basan, en la mayor parte, en el tapial y la mampostería. La arquitectura rural se encontraba condicionada por la escasa especialización de los oficios y la lejanía de los principales centros urbanos, de modo que se veía obligada a explotar los recursos de su entorno inmediato (Navarro y Jiménez, 2011: 86); en nuestro caso, el único centro urbano importante es Denia, situado en la costa y no siempre cercano a todas las aljamas del macizo montañoso al que hemos aludido. De este modo, en vísperas de la conquista cristiana, serían los pequeños poderes de las múltiples aljamas quienes organizasen y defendiesen el territorio, de forma que la cuestión tiende a complicarse aún más. El período objeto de estudio se centra alrededor de las últimas décadas de poder almohade, entre la segunda mitad del siglo XII y el final del dominio mardanisí (1172) por una parte, y la descomposición política que sigue al inicio de la conquista cristiana del Sharq al-Andalus o levante peninsular, entre los años 1228 y 1233/1245 (Guichard, 2001; Torró, 2006), por otra. Responden a esta cronología, sobre todo, las torres defensivas de las alquerías islámicas y los refugios en altura: estos últimos se reforman ahora, aunque en otros casos se levantan ex novo para proteger a la población de las cabalgadas de los cristianos durante los momentos previos y coetáneos al avance de la conquista1. Como límite temporal hemos establecido la década de 1250, cuando finaliza la segunda revuelta de los musulmanes valencianos (1248-1258), la cual se extendió a lo largo del área de la Montanea Valencie. El hecho de plantear este límite para un edificio defensivo islámico se debe a que muchos puntos de protección y/o fortificados sufrieron en esos momentos cambios sustanciales que deben ser tenidos en cuenta: procesos de abandono y reocupación puntual, reformas de adaptación a la nueva sociedad cristiana y, también, casos de destrucción deliberada para evitar que los emplazamientos cayeran en manos de los musulmanes rebeldes. LOCALIZACIÓN GEOGRÁFICA DE VILELLA El refugio andalusí de Vilella (734010, 4312533, huso 30S) se encuentra situado en el término municipal de Almiserat, a unos dos km al NNO de este núcleo urbano de poco más de trescientos habitantes. Pertenece a la comarca valenciana de la Safor y se halla a poca distancia del límite con la comarca del Valle de Albaida (figura 2), también en la provincia de Valencia, lo cual ha provocado algunas confusiones en cuanto a su localización geográfica, sobre todo porque en esta última existe un despoblado con el mismo nombre que el del refugio (Bazzana y Guichard, 1980). El corredor del río Vernissa. Almiserat y Lugar Nuevo de San Jerónimo; c. Alfahuir (núcleos de población); e. Marchuquera, cierre del corredor; k. apertura del corredor hacia el interior de la provincia. Vilella fue construido en la cima de una pequeña meseta rocosa de 413 m de altura, entre dos barrancos a partir de los cuales se desarrolla un estrecho paso conocido como Coll del Llautó, una vía de comunicación histórica. Tres de las cuatro caras de la meseta presentan un perfil recto e inaccesible. El ámbito geográfico se define por la dirección de las últimas estribaciones de los sistemas prebéticos, perpendiculares a la costa, que dejan corredores de orientación O-E (interior-litoral) cada vez más anchos hasta dar paso a amplias llanuras litorales de formación aluvial (Segura y Carmona, 1999). A lo largo de uno de esos corredores fluye el río Vernissa, el cual vertebra un paso que comunica el interior del norte de la provincia de Alicante con la costa; la margen izquierda de este río es la más abierta, hallándose los recintos defensivos de época islámica sobre puntales (caso de Palma), mientras que la margen derecha es completamente montañosa, de modo que los refugios se encuentran encajados en el sistema de estrechos barrancos que predomina (caso de Borró y de Vilella). El emplazamiento de Vilella cuenta con escasas referencias documentales. Aparece por primera vez en la Crónica o Llibre dels Fets del rey Jaime I, relato pormenorizado de la conquista cristiana del Sharq al-Andalus (luego reino de Valencia): En marzo de 1239, Jaime I llegó con sus tropas a la fortaleza costera de Bairén (Gandía) y, de inmediato, se entrevistó con su alcaide, llamado Avencedrell / Ibn Sidray (Guichard, 2001: 293) y con los alcaides de otros castillos y refugios de la zona. Éstos, tras la descomposición del poder almohade, debían haber quedado bajo la órbita de influencia de Bairén, convertido en punto preeminente del territorio o hisn. Se acordó una tregua de siete meses, tras los cuales se rindió Bairén y, con él, los emplazamientos de Villalonga, Borró, Vilella y Palma. El relato es confuso acerca de si Vilella poseía un alcaide propio o no, pero en caso de que lo tuviera, no se conoce su nombre3 y muy poco o nada recibiría de los conquistadores a cambio de rendir el refugio, aparte de la permanencia en sus tierras, como venía siendo habitual en los pactos establecidos. Tras el cambio de jurisdicción, Vilella debió quedar abandonado4. En 1258, Vilella vuelve a aparecer en la mención de las guarniciones cristianas encomendadas a Arnau de Foces y a sus alcaides, destacadas en los sitios de Benicadell, Carbonera, Bélgida, Montes, Rugat, Vilella, Borró y Palma, con motivo de la resistencia musulmana a la conquista5. La guarnición de Vilella se destinó a la protección del paso del Coll del Llautó y a evitar que el refugio fuese tomado por los musulmanes, donde podrían haberse hecho fuertes. Una vez pacificado el territorio, Vilella volvió a quedar abandonado; así lo demuestra que no aparezca en la relación de guarniciones del año 1260, la cual solo afecta a Benicadell y Palma (Bazzana y Guichard, 1980). En el año 1261, el topónimo Vilella vuelve a aparecer en la documentación6, aunque en referencia a una alquería, hoy despoblada, del término de Luchente (Valencia), a unos 5 km del refugio. Es la primera y única vez que se menciona, lo cual nos lleva a pensar en una relación entre el edificio defensivo y los pobladores de este núcleo, aunque ignoramos de qué tipo. Desde la segunda mitad del siglo XIII, pues, Vilella queda abandonado. El refugio permanecería ajeno a la investigación y no sería "redescubierto" hasta diciembre de 1978, durante el transcurso de una prospección aérea de la zona. Serían los investigadores franceses Pierre Guichard y André Bazzana quienes asociaran la imagen de una estructura desconocida con el Vilella de la documentación medieval, basándose en su localización (Bazzana y Guichard, 1980; Bazzana, 1983a, 1983b)7. Sin embargo, las limitaciones de la fotografía aérea de la época los condujeron a formular algunas hipótesis que hoy cabe revisar. Actualmente es un Bien de Interés Cultural (BIC), con declaración genérica, sobre el cual no se plantea ningún tipo de actuación. EL RECINTO DE VILELLA El refugio de Vilella es hoy un recinto vacío, limitado por varios lienzos de tapia que forman un espacio amurallado de planta poligonal alargada en dirección E-O, con cierta forma de riñón (figuras 3 y 4). La muralla bloquea las caras norte, oeste y parte de la este de la meseta en la que se asienta el refugio. La cara sur carece de muros de defensa, pues aquí se aprovecha la orografía natural de la peña para ahorrar trabajo de construcción, como ocurre en otros refugios situados en altura (Bazzana, 2002). El único punto accesible se encuentra al norte, al final de un estrecho camino natural. Las dos únicas unidades complejas del refugio son una torre situada al oeste y el sistema de ingreso en recodo al norte. Ambas estructuras se encuentran unidas por los lienzos de la cerca. La defensa del recinto se centra en ellas dos, no hallando ninguna otra estructura más. Uno de los aspectos más llamativos del refugio es la ausencia de cisterna o aljibe para la recogida y almacenamiento de agua. No es algo habitual en los construcciones defensivas andalusíes, puesto que el aljibe es un elemento esencial para la supervivencia de los refugiados en caso de cerco o asedio8. Su ausencia plantea un grave problema para la ocupación efectiva de Vilella, ante lo cual cabe la posibilidad, por un lado, de que la cisterna haya desaparecido por completo o, por otra parte, que jamás llegara a existir. Si bien es cierto que existen diversas fuentes en los alrededores del refugio9, la falta de aljibe convierte a Vilella en uno de los pocos recintos carentes de esta instalación. En cuanto al registro cerámico, es escaso y el mayor porcentaje corresponde a fragmentos informes de teja cuya adscripción cronológica resulta muy difícil. Representa, sin embargo, la prueba de la existencia de estructuras techadas en el interior de Vilella, aunque no podamos decir a qué época pertenecerían ni cuál sería su naturaleza. El restante volumen cerámico está compuesto por galbos muy rodados y, en su mayor parte, sin decoración, de pasta anaranjada bícroma con desgrasante mineral grueso, y algún fragmento escaso vidriado en turquesa que nos sitúa a finales del siglo XII y comienzos del XIII. La escasez de material cerámico se debe, creemos, al corto espacio de tiempo que Vilella estuvo ocupado, según la documentación escrita, pero también a la inclinación de la meseta rocosa hacia el N-NO y hacia el S, lo cual ha provocado, en el primer caso, la acumulación de sedimentos contra los muros de cierre y, en el segundo, el arrastre de materiales hacia la ladera S y el barranco que discurre a los pies. El mayor volumen de información, pues, ha quedado en los restos arquitectónicos que se mantienen en pie. CONSIDERACIONES SOBRE TÉCNICA CONSTRUCTIVA El estudio y documentación de los restos arquitectónicos de Vilella nos ha permitido obtener un importante registro de técnica constructiva. Mayoritariamente se empleó, como en todos los recintos defensivos del área ya señalada, la técnica del tapial, consistente en encofrados móviles de madera (tapiales) que se rellenan con tierra y otros materiales: cal o yeso, piedras, gravas, ladrillos y eventualmente madera o fragmentos de cerámica; la mezcla se compacta por capas con ayuda de un pisón. Vilella ofrece la posibilidad de ampliar el panorama de estudio de esta técnica de construcción, puesto que presenta diversas tipologías de tapia; junto a la técnica y materiales, ha sido posible, además, recuperar algunas secuencias de construcción y, sobre todo, diversas marcas e improntas asociadas al uso de los encofrados. Ello nos permite conocer de forma indirecta el tipo y variedad de cajones utilizados, así como las partes de las que estuvieron compuestos. En menor proporción, los alarifes de Vilella hicieron uso de la mampostería, la cual, aun así, sigue siendo abundante. Fue utilizada, principalmente, para construir los zócalos de los muros de tapia y levantar las bases de regularización de los mismos en una meseta de superficies irregulares. De forma casi residual, la técnica de la mampostería aparece también en acabamientos y en parches de reparación. La piedra labrada es prácticamente anecdótica. No hay evidencias de sillares, y la única estereotomía la representan los sillarejos, que se colocan solamente en ciertos puntos bajos de la estructura de la torre oeste, los muros del perímetro y el sistema de ingreso. Salvo en zócalos y bases de regularización, aparte de otros pocos puntos, el refugio andalusí de Vilella se levantó mediante la técnica del tapial. Se utilizaron encofrados horizontales compuestos por tableros de barzones alternos (uno en el interior y otro en el exterior) y un cabecero de tablones verticales (figura 5). Los tableros estuvieron conformados por entre 4 y 6 tablones de altura variable (figura 26), hasta formar cajones de 86 centímetros de altura media (figura 23); se trata, en la mayoría de las once muestras claras tomadas, de cajones de módulo alto, entre 85 y 95 centímetros, derivados seguramente de la equivalencia de 2 codos mamuníes, de 47'14 centímetros cada uno (Graciani y Tabales, 2008: 137). El grosor de los cajones, en todos los casos, se encuentra entre los 70 y los 76 centímetros, pero este dato no lo consideramos relevante, dado que responde en cada caso a necesidades concretas relacionadas con la resistencia o la altura del paramento. Plano del refugio de Vilella El resultado son tapias simples, con superposición de cajones sin ningún elemento entre ellos que los articule y aspecto de fábrica homogénea y monolítica (Graciani y Tabales, 2008: 136), interrumpida solamente, en algunos casos, por la presencia de pies de aguja. En nuestro caso, dado que sabemos que al final de la década de 1230 el refugio ya estaba construido, el límite se establece en época postalmohade (1228-1233/1245), con pervivencia algunos años después de la conquista por la utilización de alarifes musulmanes. Ayudan también a ofrecer una datación relativa algunos ejemplos locales, como son los llamados albacares de nuestra zona geográfica, abandonados por los cristianos tras la conquista a causa del poco interés que les suscitaban (Epalza, 1984); por tanto, esos recintos no llegaron a sufrir las reformas de las alcazabas o "celoquias" desde el segundo tercio del siglo XIII y, sobre todo, a lo largo del siglo XIV. Las cercas de los albacares presentan una técnica de ejecución y unos materiales idénticos al caso de Vilella, prefiriendo el tapial de bloques y áridos con sistema de agujas pasantes y remate simple de laja o bloque a otras soluciones técnicas bastante menos representadas. Hay que puntualizar, sin embargo, que los materiales por sí mismos son incapaces de aportar una adscripción cronocultural, puesto que la presencia o ausencia de unos u otros se encuentra condicionada por razones diversas tales como el tipo y sistema de construcción, la envergadura del edificio, la disponibilidad económica de un momento concreto, las exigencias mecánicas y, sobre todo, el acceso a unas u otras materias (Graciani y Tabales, 2008: 137). Es la observación del conjunto la que debe guiar la datación. Partes de un encofrado: a. tablero o tapial; b. cabecero o puerta; c. barzón; d. costal; e. aguja; f. bastón; g. cuña; h. cuerda o lía; en el tablero, i. tablón; en los dos tipos de cabecero posibles, j. tope; k. tirador; l. tablón; m. pletina, que puede ser metálica o una tira de madera Montaje de un encofrado sin cabecero, entestado entre dos tapiadas finalizadas cuyos tapiales corrieron en sentido convergente hasta encontrarse; obsérvese cómo solapan los tableros Propuesta de montaje de un encofrado para formar los ángulos de la cerca del refugio. Ante la falta de cabecero, pudo utilizarse un sistema de anillos y tirantes En Vilella, el sistema de agujas más utilizado es pasante; sus improntas, llamadas agujales10, aparecen en dos posiciones: bajo el hilo superior de los cajones o rompiendo éste, dependiendo de si se colocan los bastones antes o durante el vertido de la última tongada. En algunos cajones, los agujales marginales rompen o se pegan a los hilos verticales. No se ha podido documentar que en todos los casos se trate de agujas recuperadas, aunque parece ser la opción más usada. El sistema de agujas no pasantes se emplea en los laterales cortos de los cajones para montar a lo largo los encofrados superiores en el contrapeado de las esquinas: se practica una roza de profundidad variable en la que se inserta una aguja que ayuda al montaje del encofrado superior. No se han registrado evidencias de tirantes. Tampoco ha sido posible determinar si las agujas empleadas fueron de madera o metálicas, aunque la primera opción es la más probable, dada la utilización de los recursos locales (en este caso, la madera) y el uso restringido del hierro en la Edad Media. En el interior de algunos agujales se han encontrado restos de madera de agujas perdidas. Por lo que respecta a los cajones, se ha podido registrar el uso de tres modalidades de tapia distintas: • modalidad que algunos autores llaman "hormigonada" u "hormigón de tapial" (Azuar, 1995; Graciani y Tabales, 2008; Martín, 2008): la hemos definido como una tapia de mortero de cal con áridos (proporción baja de gravas de tamaño no superior a los 3 centímetros de media, irregulares y de aristas vivas), rica en cal y pobre en tierra. Es muy compacta y de gran resistencia. Escasa o nula presencia de bloques en su composición. Se utiliza de manera preferente en las hiladas bajas de algunas estructuras por presentar una mejor resistencia al desgaste y a la capilaridad (figura 0). Distintas fábricas en el contacto entre la cerca NO y la torre oeste: el cuerpo superior es de tapia de mortero con bloques y áridos, mientras que el inferior es de tapia hormigonada. En los rectángulos, las líneas en que aparecen los agujales rectangulares de pequeño tamaño • tapia de mortero con bloques y áridos (presencia media de cantos de pequeño tamaño y gravas de entre 3 y 5 centímetros, irregulares y de aristas vivas): la mezcla de mortero presenta también una mayor proporción de cal que de tierra; sin embargo el porcentaje mayor de la composición lo representan los bloques, calizos y de tamaño medio (entre 10 y 20 centímetros de media). No están regularizados, la mayoría muestran trazas de extracción o de reducción y muchos de ellos solamente se encuentran desbastados para facilitar el encaje y la colocación contra los tableros. Estos bloques se disponen entestados, con la cara más plana contra los tableros y una tendencia horizontal, en hiladas regulares y por tongadas alternas. Las tongadas de bloques presentan un grosor medio de 13 a 15 centímetros, mientras que las de mortero se sitúan en una media de 8 centímetros. Cada hilada de bloques fue presionada para que el mortero de la tongada inferior, sobre la que descansaban los bloques, se infiltrase entre los huecos; del mismo modo, las capas de mortero se presionaban con el mismo objetivo, tratando de evitar al máximo las bolsas de aire. Gracias al desplazamiento por presión, los bloques tienden a retirarse de los tableros lo suficiente para que entre ambos se filtre el mortero, creando una costra poco homogénea y de espesor variable, la cual a veces ni siquiera llega a cubrir por completo las caras de los bloques. Este tipo es el dominante en Vilella. • tapia "calicostrada" o costrada: modalidad de la tapia de mortero con bloques y áridos. La mezcla de mortero y áridos supera la proporción de bloques; el mortero, al tiempo que rellena los huecos entre los bloques por la presión, se aplica con un espesor variable contra los tableros antes del vertido y compactado de las tongadas. Así se crea una capa de protección o costra que permanece tras el desencofrado. • Este tipo de tapias son consideradas recientes, y así lo creemos también nosotros, enmarcadas desde un momento indeterminado del siglo XI o comienzos del XII hasta la conquista del territorio valenciano, con perduración a lo largo del siglo XIII. Para esta fase reciente hemos observado, dentro de nuestra área geográfica, una generalización del uso de bloques en la composición de las tapias, en las construcciones fechadas entre la segunda mitad del siglo XII y la primera mitad del siglo XIII. Por otra parte, la aparición en un mismo paramento o una misma estructura de distintas modalidades de tapia responde a necesidades estructurales; mientras que las tapias "hormigonadas" se utilizan en posiciones inferiores dada su mayor resistencia, las tapias con contenido de bloques aparecen en posiciones superiores. Éstas últimas suelen ser las que presentan la mayor cantidad de reparaciones y las que con mayor facilidad se desgastan una vez el edificio queda abandonado. Uso de la mampostería La de la mampostería es una técnica muy localizada, pero abundante: se encuentra principalmente en zócalos, cimentaciones y bases de regularización (figura 11), así como en reparaciones y parches realizados en los paramentos de tapia, aunque en algunos casos se utilizó también en acabamientos y alzado de muros (figura 10)11. La mampostería se define como una técnica o fábrica basada en la piedra recibida con mortero (López Elum, 2002, vol. II: 156). Aparece en todos los recintos defensivos, en mayor o menor grado. Basándonos en el registro, hemos establecido dos grandes divisiones: • mampostería ordenada o concertada (figuras 10 y 11): los mampuestos o bloques presentan un orden regular, dispuestos en hiladas continuas de la misma altura. Normalmente suelen colocarse a plomo, la forma más habitual en las mamposterías encofradas, y en horizontal, con la parte larga y más plana descansando sobre las lechadas de mortero. Existe un tipo peculiar de mampostería concertada en la que se colocan en oblicuo o falso spicatum; más que como una herencia de las fábricas antiguas, hemos de buscar su causa en el deseo de ahorro de material constructivo, pues esta colocación favorece levantar las hiladas con un menor número de mampuestos. En Vilella no aparece, pero sí en construcciones de época cristiana (Torró e Ivars, 1990; Sánchez, 2010). Muro de mampostería del sistema de ingreso Mampostería regular cuyas hiladas se adaptan al contorno de la roca • mampostería desordenada o irregular: lo más habitual es que se trate de una fábrica libre (no encofrada) y oportunista (aprovechamiento máximo de los materiales disponibles). Los mampuestos se colocan tratando de formar hiladas regulares, interrumpidas por mampuestos o bloques de mayor tamaño (figura 12; obsérvese el zócalo); en ocasiones, la irregularidad es completa y resulta complicado o imposible definir hiladas. Ambos tipos se encuentran presentes en Vilella. No siempre las caras de estos alzados se disponen a plomo, aunque a veces ocurre. Cabe la posibilidad de que algunas fábricas irregulares fueran encofradas. Refuerzo de sillarejos en el sistema de ingreso. En rojo se han marcado los hilos de los cajones. Abajo, zócalo de mampostería más o menos irregular La división certera entre mamposterías libres y encofradas resulta mucho más complicada. A veces se reconocen con facilidad por la existencia de improntas de encofrados (agujales, mayoritariamente) o por el plomo recto de las fábricas. No obstante, que no aparezcan esas impresiones no significa que no se encofrasen: debieron existir cajones sin sistema de agujas, sujetos desde el exterior por puntales, también usados para levantar algunos tipos de tapia en las zonas bajas de los paramentos. Esta consideración se basa también en el acabado exterior plano que adoptan las lechadas de mortero al rebosar (Torró e Ivars, 1990: 76). El uso de bloques trabajados solamente se ha podido documentar en Vilella en dos refuerzos esquineros situados en el sistema de ingreso (figura 12) y en la torre oeste (figura 20), así como en varias de las bases de regularización constituidas por mampostería irregular, del tipo que tiende en la medida de lo posible a formar hiladas rectilíneas. Por su aspecto, no se trata de un trabajo muy especializado, pero su escaso número y el hecho de que no tengan un papel estructural determinado nos obliga a preguntarnos el por qué de las molestias en trabajarlos y si no se tratará de sillarejos reutilizados. Son bastante abundantes, sobre todo, en la parte inferior externa de la torre oeste (figura 20). No es común encontrar este tipo de material constructivo entre los zócalos de mampostería, constituidos normalmente por mampuestos sin trabajar o simplemente regularizados para facilitar su encaje, aunque tampoco es del todo extraño. Sí es más común, sobre todo a partir de época cristiana, encontrar sillares o sillarejos para encadenar o como machones. Llamamos improntas o marcas de construcción a todas aquellas evidencias que quedan impresas en negativo contra los cajones de tapia por el uso de encofrados (también en las obras de mampostería encofrada). A través de estas improntas se puede establecer el tipo de caja utilizada, sus longitudes y sus elementos constitutivos, o al menos los que estuvieron en contacto con el material de construcción. El abanico de improntas es amplio, pero se puede clasificar en dos grandes grupos, las asociadas a la caja de encofrado (tableros, cabecero y barzones) y los agujales. Respecto al primer grupo, hemos documentado el uso de tableros formados por un mínimo de 4 y un máximo de 6 tablones de madera. La altura de cada uno de ellos es variable, y se relaciona con la altura total que tendrá el tablero, así como con la disponibilidad de tablones o de materia prima; esta altura se encuentra entre los 14 cm en el menor de los registrados y los 29 cm, aunque son las medidas entre los 19 y los 21 cm las que más se repiten. La longitud de los tablones y, por tanto, de los tableros, parece ser más arbitraria. Hay que tener en cuenta los centímetros que se pierden en el montaje del encofrado, es decir, la distancia comprendida entre el cabecero y el extremo del tapial, y que resulta imposible de cuantificar salvo en los casos en los que el cabecero no se monta y se aprovecha todo el encofrado. Las improntas de barzones no son tan comunes. En todo el recinto hemos podido identificar únicamente dos; como otras marcas de barzón conocidas, presentan una altura idéntica a la del cajón. Pertenecen a encofrados formados por tableros de barzones alternos y aparecen en los casos en los que no se monta el cabecero porque el encofrado puede ser encajado entre dos tapiadas ya terminadas. La impronta de barzón suele aparecer en las tapiadas de las esquinas, así que es un buen indicador de la dirección en que corre el encofrado: nos informa de que esa tapiada ha sido la última de la hilada y posterior a aquella con la que formará ángulo en la esquina. Cuando estas improntas no aparecen, como en la práctica totalidad de las cajas, se debe a que el cabecero está montado, puesto que éste reposa por el interior contra los barzones internos. La impresión del barzón puede tener forma semicircular o cuadrangular/rectangular. Al desencofrar, estos huecos solían rellenarse con grava, cascotes o mortero y luego enlucirse para proteger la fábrica. La primera de estas improntas se identificó en el punto de muestra número 11: tiene sección semicircular, 6'5 cm de profundidad y 8 cm de anchura, con una separación respecto al extremo de 40 cm. La longitud total de esta tapiada se ha estimado en 316 cm, medida a la que es probable que se aproximen muchos de los encofrados utilizados en Vilella, de los que solamente podemos medir la parte útil. El segundo barzón es algo menor, de 5 cm de profundidad, 6 cm de anchura y también sección semicircular. Fue localizado en el punto de muestra número 16. Bastante más escasas en general son las improntas dejadas por los cabeceros. En Vilella aparecen dos en el lateral derecho del vano de acceso E a la torre oeste, uno sobre otro. Son idénticos, miden 76 cm de anchura (como el muro) y están formados por tres tablones verticales. Esta configuración no es una norma, sino que responde a la anchura de la que se va a dotar al paramento y al acceso a tablones de determinado tamaño. Por último, documentamos una impronta de función indeterminada en el lienzo N de la muralla E, sobre el hilo superior de la segunda hilada de cajas. Se hunde 3 cm respecto al plomo del paramento, tiene forma rectangular y se encuentra incompleta. Conserva algo desplazado del centro un orificio circular no pasante de 3 cm de diámetro (figura 13). Su forma y acabado indican una ejecución a molde previa al desencofrado, tal vez un refuerzo interno del juego12; es la única impronta de estas características que conocemos no solo en Vilella, sino también en el resto de edificios defensivos rurales de nuestra área de estudio. Impronta de función indeterminada en la cara interior del paramento NE de la cerca La categoría de los agujales agrupa el mayor número de improntas que se pueden registrar en cualquier construcción en tapia. La gran diversidad de los que encontramos en Vilella nos ha permitido realizar una aproximación tipológica a este tipo de improntas (figura 14) y una descripción de cada categoría. Esperamos que, con el tiempo y una mayor cantidad de datos y ejemplos, se pueda llegar a establecer relaciones cronotipológicas (figuras 16 y figura 17): Diferentes tipos de agujales documentados en Vilella Medidas y posición de las tapiadas tomadas como referencia Tipo, posición y número de los agujales contabilizados como muestra en Vilella Esquema de los patrones de separación entre agujales en los paramentos tomados como referencia • agujales cuadrados o rectangulares sin remate (figura 14.1): son poco habituales y su adscripción poco fiable, puesto que el mortero de rebose puede haber cubierto el remate. En Vilella son de aguja pasante. Normalmente se asocian a sistemas de aguja perdida, puesto que la presión del material y la expansión de la madera con la humedad vuelven luego muy complicada la extracción de la aguja. Documentados en el punto 2 (figura 19). Medidas de los tablones de los tapiales Croquis con los distintos puntos de referencia tomados para el estudio • agujales cuadrados o rectangulares con remate de piedra simple – bloque (figura 14.5): es el tipo más común, pues utiliza los mismos bloques que forman parte del ánima de la tapia para cubrir el mechinal. Como en el siguiente tipo, aparece a veces con refuerzos laterales de bloques que en ocasiones pertenecen a pies de aguja. • agujales cuadrados o rectangulares con remate de piedra – laja (figura 14.2): su porcentaje también es alto, tanto en Vilella como en otros edificios similares. Ignoramos si el hecho de escoger un remate de bloque o laja encierra una intencionalidad o se debe a simple oportunidad, puesto que no hemos hallado relación entre uno y otro y la anchura de los agujales. El remate se realiza con una laja de tendencia plana, de mayor longitud que altura. • agujales cuadrados o rectangulares con remate tipo "tejadillo": resultan también un tipo bastante común. Están formados por dos lajas en oblicuo, cuyos extremos se apoyan, formando un ángulo (como en un tejado a dos aguas). Hemos creído conveniente aportar una subcategoría, a la que hemos llamado de bloques apuntados: el remate está formado siempre por dos bloques de extremo apuntado y colocados en oblicuo, de forma que entran en contacto por arriba (forma ^) o en ángulo invertido (forma v). No suelen ser numerosos. • agujales cuadrados o rectangulares con remate de laja y bloque (figura 14.3): formados por una laja, normalmente en posición oblicua, que descansa uno de sus extremos sobre un bloque colocado en horizontal. En general, no abundan. Aparecen, sobre todo, en el punto 3 (figura 19). • agujales con remate oblicuo de laja o bloque (figura 14.4): tienden a tener forma apuntada, aunque en ocasiones se puede reconocer la sección cuadrada o rectangular del hueco. Aparecen, en la mayoría de los casos, asociados al comienzo de las tapiadas, apoyándose contra el frente corto del cajón ya terminado, por lo que son buenos indicadores de dirección; raras veces aparecen a mitad de tapiada. • agujales circulares (figura 14.7): a pesar de ser muy comunes en otros edificios, en Vilella resultan escasos, lo cual nos podría encaminar en un futuro hacia el planteamiento de un marcador cronológico basado en la presencia/ausencia de este tipo de improntas. En ocasiones se las ha relacionado con cronologías cristianas y agujas metálicas13, aunque es una hipótesis discutida; en el caso que sean de madera, puede que se trate de ramas del entorno sin trabajar. Se asocian siempre con agujas pasantes. • agujales rectangulares de pequeño tamaño: sin remate, no son demasiado comunes (figura 14.6). Se trata de orificios de pocos centímetros de anchura y altura, no siempre pasantes, y que aparecen tanto en obras andalusíes como cristianas14. Debemos incluir dos subtipos: los rectangulares de pequeño tamaño, algunos de ellos con ángulos en forma de cuarto de circunferencia, y los rectangulares de pequeño tamaño asociados en parejas (figura 14.8), que pueden aparecer en horizontal (cara externa del paramento N de la torre oeste) o superpuestos, el inferior en horizontal y el superior en oblicuo (cara externa del paramento O de la torre oeste); la función de estos pares resulta por ahora desconocida. Todos ellos se han documentado en el punto 12 (figura 19). • agujales indeterminados: el desgaste continuo provoca que esta categoría sea abundante en todo el recinto. En ocasiones, estas improntas no vienen determinadas por la sección o forma de las agujas, sino de los bastones, las piezas que se colocan entre los dos tableros en el interior del encofrado para contrarrestar la fuerza de presión que ejercen los costales. Hay tantos como agujas por caja. Se colocan en la parte superior del encofrado, de forma que, al verter la última tongada de material, compactarla y retirarlos, dejen rozas de un diámetro algo mayor que las agujas para facilitar la inserción de éstas (Font e Hidalgo, 1991: 52). En otros casos en que no existen agujales, se procede al montaje de pies de aguja. En el momento del estudio, dividimos la cerca del recinto de Vilella en cuatro sectores con el objetivo de facilitar su registro y la posterior ordenación de los datos: sector NE, sector N, sector O-NO y sector SO. En todos los casos, la técnica constructiva es la misma: encofrados de tapia horizontales, monolíticos, sobre zócalos y bases de regularización de mampostería. Los paramentos mejor conservados, en el sector O-NO, llegan a alcanzar una altura superior a los siete metros. No se ha conservado ningún resto de crestería, si es que lo hubo, ni tampoco evidencias de que hubiera podido existir un adarve: los muros tienen el mismo grosor en la base y en el final, y no se han encontrado mechinales que pudieran haber sujetado una pasarela, ni con vigas ni mediante tirantes. Así pues, los paños de Vilella cumplieron la sola función de cierre, reservándose la de defensa para la torre oeste y el sistema de ingreso. Las cajas de tapia fueron colocadas contrapeadas, aunque en algunos puntos presenten hilos verticales coincidentes. La construcción de los lienzos se realizó en zig-zag, adaptándolos al máximo al contorno de la meseta. Entre un lienzo y otro no existe relación de traba, sino de apoyo, formando ángulos de entre 45 y 60o en el interior, y 135 a 150o en el exterior: durante la ejecución, los tableros de los encofrados se montaron desplazados, el exterior entestado contra el frente corto de la tapiada finalizada, y el interior apoyado contra el frente largo interno (figura 07). Este tipo de montaje de los tapiales dejaba ángulos interiores difíciles de apisonar, de forma que en muchas de las esquinas que forman los lienzos existen mazacotes de mortero mal prensados (figura 09). El sector NE está dividido en los lienzos O (que forma parte del sistema de ingreso), N y E. Creemos relevante señalar aquí una peculiaridad en el lienzo N que soluciona un problema constructivo algo complejo: en este punto de la plataforma, la roca madre se eleva por encima del plano para luego descender hacia el este formando un abrupto desnivel en forma de escalón. La solución de los alarifes consistió en crear un plano artificial con el que solventar la irregularidad del terreno, que sirviera a la vez como zócalo o cimentación, y que regulara la altura de los cajones, puesto que, sobre el escalón, la primera hilada de tapial se corresponde con la tercera una vez sobrepasado éste. Para ello, en primer lugar se procedió a preparar un plano de trabajo sobre el afloramiento rocoso mediante una lechada de mortero de cal con áridos finos, sobre la cual se montó un pie de aguja constituido por una sola hilada de bloques (paso 1 de la secuencia de construcción); una vez regularizado el plano horizontal, se preparó el plano vertical, donde se forma el escalón, para poder encajar el encofrado, así que los constructores colocaron dos grandes bloques al comienzo del escalón para acabar de lograr un plano completamente horizontal y formar un ángulo recto; se construyó al mismo tiempo un murete de mampuestos, dispuestos sin demasiado orden, con los que rellenar las irregularidades de la arista vertical (paso 2). Los huecos restantes entre los bloques y entre los mampuestos fueron colmatados con el vertido de mortero de cal con áridos y cantos (paso 3). Una vez logrados dos planos lo suficientemente regulares, comenzó la construcción con encofrados desde la parte más baja del desnivel, entestando contra el plano vertical el encofrado para la primera tapiada de la hilada inferior (paso 4), levantándola de O a E. Una vez alzadas las dos hiladas más bajas, los constructores comenzaron a montar los encofrados sobre el plano horizontal y el pie de aguja, también de O a E, entestando la primera caja contra el lienzo O; esta hilada, al correr hacia el E, constituiría la tercera hilada de altura del paño (paso 5). La recuperación de esta secuencia constructiva completa nos permite aproximarnos al proceso arquitectónico del refugio. Comprobamos, pues, que tras la idea de improvisación o sencillez que se atribuye a la técnica del tapial, hubo planificación previa. Se trata del único punto por el cual se puede acceder al interior del recinto de Vilella. Es un sistema no excesivamente complejo, encuadrado en la categoría de accesos en recodo mediante torre, y reforzado por la orografía de la propia peña del refugio. Tiene planta rectangular con dos vanos no enfrentados: cuando se accede a la estructura, es necesario realizar un giro a la derecha para encarar el segundo hueco (figura 20). Su estado de conservación es muy deficiente: presenta patologías generales extensibles a los demás paramentos de Vilella, como efectos de derrubio en las partes inferiores, pérdida de materia constructiva, caída de las hiladas superiores, pérdida de recubrimientos y lavado de las aristas. Croquis de la planta del sistema de ingreso. En gris, el segundo cuerpo de la torre-portal Encuentro de la cerca N con el sistema de ingreso y representación gráfica Se han sugerido varias propuestas de interpretación para esta estructura, desde muros paralelos dotados de adarve hasta un pasillo con impedimento flanqueado por una torre (Bazzana, 2002: 36, ver plano). Sin embargo, la hipótesis que planteamos es que se trate de una torre-portal, edificio bastante común en las construcciones defensivas de época almohade (Márquez y Gurriarán, 2008). Presenta dos cuerpos bien diferenciados (figura 23), visibles todavía en los paramentos N y O, dado que el alzado conservado en los demás es mínimo. Vista del sistema de ingreso desde el interior del refugio Interior de la torre-portal: las dos flechas marcan el cuerpo superior y el inferior, y el círculo el parche de reparación de mampuestos El primer cuerpo está formado por cuatro hiladas de tapia (de abajo hacia arriba 84, 80, 84 y 54 cm de altura en el paramento NO), con un grosor de 120 cm. Sobre él se alzan los restos de dos hiladas de tapia (en el muro O, pero solo una en el NO), con un grosor de 90 cm, colocadas a plomo en la cara externa y dejando en el interior una bancada. Se construye con tapia de mortero con bloques y áridos, salvo el paramento NE: se trata de un pequeño muro incompleto (debido a la conservación) de 120 cm de anchura, 80 cm de longitud y cerca de 2 m de altura, realizado con mampostería ordenada y aparentemente libre. Se apoya contra el paramento E y pertenece al lateral izquierdo del vano exterior. Su fábrica se podría explicar por su longitud escasa, para lo cual no fue necesario montar un encofrado de tapia, solucionando el problema mediante un alzado de mampostería. Su altura original debió coincidir con la del vano, superado el cual el alzado volvería a ser de tapia. La altura de dos hiladas del segundo cuerpo, con evidencias de hiladas perdidas, nos obliga a descartar su interpretación como parapeto de terraza o de adarve. Creemos que son los restos de una segunda planta de la torre portal, a la cual se accedería mediante una escalera de madera. La bancada que queda, debido al estrechamiento de este cuerpo (90 cm frente a los 120 del inferior), sirvió para el montaje del forjado del segundo piso, mediante vigas de madera apoyadas en los paramentos N y S. Ignoramos si habría más cuerpos por encima del segundo, puesto que no han quedado evidencias. El carácter simultáneo de la construcción de Vilella se ve interrumpido por la aparición de una segunda fase en la cara interna del paramento O, una reparación o parche. Ocupa buena parte del alzado del primer cuerpo y se sitúa cercana a la esquina con el paramento SO. Se realizó con mampuestos y bloques colocados en hiladas regulares y recibidos con mortero de cal. Resulta imposible adscribir este parche a una cronología precisa: puede que se trate tanto de un fallo en la construcción que hubo de ser arreglado con relativa inmediatez o, de forma creemos que más probable, de un trabajo de reparación tras el primer período de abandono del refugio. De cualquier modo, estos retoques de la tapia mediante mampostería dispuesta en bataches resultan comunes en los edificios de tapia. También en mampostería, aunque utilizando sillarejos más o menos escuadrados, encontramos en la esquina O de la cara externa del paramento NO un refuerzo o machón encofrado, idéntico a otro que aparece en posición similar en la torre oeste (figuras figura 12 y figura 24). Ocupa la primera hilada. Los sillarejos forman cinco líneas regulares en horizontal, que alternan con lechos finos y de grosor desigual de mortero de cal con áridos. Guarda las mismas proporciones que las tapias, 120 cm de anchura y 84 cm de altura. No creemos que se trate de un forrado externo solamente, sino más bien de un refuerzo localizado en dos puntos (sistema de ingreso y torre oeste) que los alarifes debieron considerar débiles o más expuestos al desgaste, para contrarrestar la presión ejercida por la estructura sobre la esquina. Por ahora no conocemos otros machones cortos de estas características y cronología en ningún otro edificio defensivo rural de nuestra zona de estudio. Croquis en planta de la torre oeste Las relaciones entre los paramentos son de traba, salvo en el caso del muro de mampostería NE, el cual se apoya. Sin embargo, la unión del paramento SO con el lienzo de cerca N presenta un sistema que creemos interesante señalar: se contabilizan cinco hiladas de tapia costrada y de mortero con bloques y áridos, con una altura en torno a los 80-86 cm. Presenta dos llamativos acabamientos en mampostería en las hiladas tercera y cuarta, para solventar algunas deficiencias constructivas en el sistema de enjarje. Estos acabamientos fueron realizados con mampuestos (figura 16), colocados tratando de formar líneas regulares: el de la tercera hilada, al que hemos llamado A, mide apenas 15 cm de longitud, mientras que el de la cuarta hilada o B mide 70 cm de longitud. En ambos casos, la altura y la anchura son idénticas a las de las hiladas de tapia. Su función es la de rellenar los huecos que quedaron al tratar de trabar el lienzo de cerca con el sistema de ingreso mediante la colocación de cajas longitudinales y transversales: se trata de un hecho nada común, pero la clave se encuentra en la dirección en que corrieron los encofrados durante la construcción, de O a E en el lienzo de cerca N y de E a O en el paramento S del sistema de ingreso; ello indica la existencia de dos equipos trabajando y un cálculo de las medidas poco eficiente. Llegada la construcción, pues, al punto de enjarje, quedaron dos huecos, puesto que el avance de los encofrados había quedado corto, de forma que se optó por rellenarlos con mampostería. Dado que los encofrados del lienzo de cerca debían apoyarse contra las tapiadas de las hiladas tercera y cuarta del paramento O del sistema de ingreso, éstas ya estaban alzadas cuando los constructores del lienzo completaron el paño. Tras el sistema de ingreso, la torre oeste (figura 25) es la estructura conservada de mayor interés en Vilella: una construcción rectangular de 11 m de longitud por 4 m de anchura, dotada de dos vanos de acceso (uno situado en el frente S y otro en el lateral E) y dos aspilleras que baten la plataforma exterior, situada a varios metros por debajo de la cota de la meseta del refugio. Vista de la torre oeste desde el exterior. Se han marcado las distintas hiladas de tapia; la flecha marca el refuerzo de sillarejos que aparece también en el sistema de ingreso La torre se encuentra situada al oeste de la peña, sobre una pequeña elevación. Tanto los lienzos NO y SO de la cerca se apoyan contra la torre, la cual aparece como un elemento independiente, de forma que la única traba entre cajas de tapia se da entre los paramentos de la propia estructura. Se trata de una obra coetánea al conjunto del refugio, puesto que los materiales y técnica son homogéneos respecto al resto de muros registrados y estudiados. Aun así, por su relación con la cerca, puede que se trate de la primera estructura alzada del refugio. En un primer momento, esta torre fue interpretada por Bazzana y Guichard como un aljibe, a causa de la forma vista en las fotografías aéreas tomadas; recordemos, sin embargo, que Vilella carece de esa estructura de recogida de agua. Tanto los dos vanos como las dos aspilleras, así como la inexistencia de un recubrimiento impermeabilizante en la cara interior de los paramentos, descartan por completo esa interpretación. La construcción de esta estructura se llevó a cabo con dos tipos de tapia distintos: la mitad inferior de los paramentos N, E y O (visibles solamente desde el exterior debido al desnivel existente entre dentro y afuera) se levantó con tapia hormigonada, mientras que la mitad superior es del tipo de mortero con bloques y áridos; en todos los casos, la anchura de las cajas se ha calculado en 76 cm. Este uso de dos o más tipos de tapia de forma simultánea no resulta en absoluto extraño, pues se logra con ello diferentes resultados estructurales, dado que la tapia hormigonada resiste mucho mejor las cargas y el desgaste que se produce con el tiempo15. También se ha comprobado la existencia de una gran variedad de agujales, aunque queremos destacar el registro en la cara externa del paramento N, sobre la tapia hormigonada, de diez agujales rectangulares de pequeño tamaño, con unas medidas de 6 cm de longitud por 3 cm de altura como media, así como dos aún menores asociados en pareja horizontal, de 2 x 5 '5 cm y de 4 x 4' 5 cm; también aparece en este paramento uno de los pocos agujales circulares de Vilella, con un diámetro de 6 cm. El vano de acceso E, como ocurre con el S, no cuenta con jambas ni dintel, presentando los acabamientos laterales un aspecto liso idéntico al de las caras de las cajas. Muestra una gorronera a cada costado (figura 26), excavada en el frente corto de la tapiada; a diferencia de la S, la gorronera N cuenta con una roza superior que facilita la inserción y retirada del alamud. Dada la estrecha luz del vano, el cierre debería realizarse con una puerta de madera de una sola hoja. Lo mismo ocurre con el vano S, aunque en este caso no aparecen gorroneras. Gorronera del vano E de la torre oeste. Se aprecian las improntas verticales de los cabeceros En el paramento oeste se han registrado dos aspilleras (figura 27) abiertas cerca de cada una de las esquinas, en la segunda hilada de las tres que quedan en el interior de la torre. Fueron hechas a molde, durante el proceso de encofrado, mediante dos tableros formados por tres tablones horizontales y cubierta de grandes lajas de piedra. La aspillera S conserva una luz exterior de 18 cm y una interior de 74 cm, mientras que las medidas de la N son de 20 cm en el exterior y de 97 cm en el interior. Una de las dos aspilleras de la torre oeste, vista desde el interior de la estructura Dada la localización de las aspilleras, para batir la plataforma exterior por la que se accede al refugio, esta torre debió cumplir un papel de defensa activa más que de vigilancia. En cuanto a la altura original, resulta imposible determinarla. A pesar de todo, la anchura de los muros no parece permitir la existencia de más de un cuerpo o dos a lo sumo. De todos modos, cualquier hipótesis de restitución resulta arriesgada sin más evidencias. El edificio tradicionalmente conocido como castillo de Vilella o de Almiserat se define como un refugio temporal en altura, alejado de los núcleos de hábitat situados en el entorno inmediato del corredor del río Vernissa, para dificultar su localización en caso de peligro y el acceso hasta él. Como todos los refugios simples andalusíes de ámbito rural, Vilella fue concebido para albergar una determinada cantidad de personas, no excesiva en número, durante un lapso corto de tiempo. Los refugios no presentan, normalmente, defensas complejas más allá de los sistemas de ingreso y los filtros de acceso, y una o dos torres de dimensiones variables; tampoco suelen presentar más estructuras internas que un aljibe, al menos que conozcamos por ahora. Resultaban medidas más que suficientes, puesto que los cristianos no estaban dispuestos a sacrificar tiempo, hombres ni ganancias en largos asedios o complicados asaltos. A pesar de su deficiente estado de conservación, hemos podido recuperar la función de sus partes y su secuencia de construcción. Vilella se divide en tres sectores: el sistema de ingreso, construido como torre-portal con acceso en recodo, la torre oeste y la explanada interior, defendida por varios paños de cerca que desaparecen en la cara S. En cuanto a la secuencia, tanto el sistema de ingreso como la torre oeste fueron construidos de forma independiente aunque simultánea, seguidos de inmediato por los lienzos de cerca para conectar ambas estructuras y cerrar el espacio. Resulta evidente en la torre oeste, donde no existen más relaciones entre cerca y la propia estructura que las de apoyo, mientras que el sistema de ingreso muestra un enjarje con la cerca N poco planificado o fallido, y en el que los encofrados de tapial corrieron en dos direcciones distintas hasta encontrarse. El proceso evolutivo de Vilella se divide en cuatro fases (figura 28): una primera de acondicionamiento del lugar y de construcción de todos los elementos que habían de formar el refugio, situada entre la segunda mitad del siglo XII y el primer tercio del siglo XIII; una segunda fase de abandono temporal, encuadrada a grandes rasgos entre los años 1239 y 1247/1258, durante la cual se priva al edificio del necesario mantenimiento; una tercera fase de reocupación entre los años 1247 y 1258, los de la resistencia musulmana, donde puede que se efectuara el parche o reparación de la cara interior del paramento O del sistema de ingreso; y una cuarta y última fase, de abandono, definida por la ruina natural del edificio, que llega hasta la actualidad. Diagrama cronoevolutivo de las distintas fases del refugio de Vilella Desgraciadamente, la falta de materiales cerámicos con un contexto fiable y de campañas arqueológicas o de sondeos en el interior del recinto de Vilella, nos impiden precisar cronologías más concretas o determinar otras posibles fases intermedias. Por lo que respecta a los materiales y técnicas constructivas, se comprueba cómo el uso de distintos tipos de tapias no resulta un hecho arbitrario, sino que responde a la necesidad de hallar ciertos comportamientos estructurales. La tapia hormigonada aparece siempre en los niveles bajos de los edificios, como ocurre en la torre oeste, y es comparativamente la menos común: es una tapia mucho más resistente gracias a su alto contenido en cal y a su fuerte grado de compactación, y ofrece una base sólida que absorbe la presión de las hiladas superiores. Las tapias de mortero con bloques y áridos son mucho más comunes para alzar el resto de paramentos menos comprometidos: la menor cantidad de cal requerida y el uso de bloques del entorno inmediato abaratan su ejecución, por lo que es la más ampliamente utilizada. El tercer tipo, la tapia costrada, requiere algo más de cal para la costra exterior, pero ello no impide que sea también una categoría común y de larga perduración tras la conquista cristiana. Las improntas asociadas a las cajas muestran un uso preferente de encofrados formados por tableros de barzones alternos para facilitar el montaje del cabecero, y de entre 4 y 6 tablones, cifra que no responde a medidas concretas sino a la disponibilidad; la altura es la medida más estable, mientras que la longitud de los encofrados varía entre los 2 y 3 metros. La anchura, por su parte, se halla más relacionada con la altura de los paramentos que con otras posibles causas. Los agujales muestran una extrema variabilidad: aparecen varios tipos en una misma línea, lo cual denota una falta de patrón o norma en su uso: independientemente de la sección, su cometido es sujetar los costales y los tableros. La aparición de agujales rectangulares de pequeño tamaño, que siempre suelen ir agrupados, podría indicar el uso de tipos de aguja distintos y tal vez duraderos, aunque lo cierto es que la función, sobre todo la de los pares de pequeño tamaño, resulta desconocida. Existe una preferencia sobre los agujales rectangulares de pequeño tamaño en las tapias hormigonadas. Respecto a la mampostería, esta técnica es muy abundante tanto en Vilella como en los demás edificios defensivos valencianos. No es demasiado común que aparezca para alzar paramentos enteros en época islámica, pero sí resulta muy abundante en zócalos, bases de regularización y cimientos. Las tapiadas nunca se asientan sobre la roca, sino que entre ambos elementos aparecen zócalos mayores o menores de mampostería que pueden llegar a incluir sillarejos en su composición; en los casos en que no hay zócalo, se opta por verter una lechada de mortero de cal sobre la roca y colocar una hilada de mampuestos a modo de pie de aguja. En ningún caso hay contacto directo entre tapias y roca, ni siquiera en la torre oeste donde las tapias hormigonadas podrían haber funcionado, según algunos autores, como cimentación del paramento (Navarro y Jiménez, 2011: 97). Los sillarejos registrados no responden a una planificación, salvo en los dos machones o refuerzos que aparecen en las esquinas exteriores de la torre oeste (paramento O) y el sistema de ingreso (paramento N). El refugio de Vilella es un ejemplo de oportunidad y aprovechamiento máximo de los materiales del entorno. Del mismo modo, muestra el impulso propio de las aljamas por protegerse ante el avance de los cristianos. Creemos que el estudio de estos pequeños recintos, aún mal conocidos, puede aportar bastante información acerca de los procesos y técnicas de ejecución con que contaron aquellas comunidades andalusíes. La mayor parte de las fortificaciones desde mediados del siglo XII a principios del siglo XIII responde a las necesidades de protección de las comunidades andalusíes, lo cual implicó en el caso valenciano la creación de una densa red de castillos, torres y recintos defensivos (Azuar, 1989; S/a., 1996; Centre d'Estudis Contestans, 1996, 2009) contra las incursiones de los cristianos (Azuar, 1981, 1989; Guichard, 2001), un impulso que tras la descomposición del poder almohade a partir del año 1228 quedó asociado en los casos en los que fue posible a la iniciativa de las propias aljamas, las cuales previeron su propia defensa (Guichard, 1982; Bazzana y Guichard, 1983; Bazzana, Guichard y Créssier, 1988). Trad. del a.: "Y cuando esto hubo sucedido, entramos en el valle de Bairén, y hablamos con el alcaide que tenía el castillo de Bairén, y con aquellos [alcaides] de Vilallonga, de Borró, de Vilella y de Palma, que eran castillos roqueros grandes y fuertes. Y nos dijeron que cuando el alcaide de Bairén hubiera pactado con Nos, que todos aquellos del valle se rendirían". Nunca se llega a conocer el nombre de los alcaides de menor rango. Una de las pocas excepciones la representa el caso de Carmoixent. Guichard opina que la aparición reiterada décadas después de la conquista de los nombres de ciertos alcaides en la documentación cristiana puede llevar a pensar en la existencia de una categoría "militar" de estos personajes. Estos alcaides rurales siempre suelen recibir, tras la conquista, donaciones muy discretas por la transferencia de sus castillos a los cristianos. Suele tratarse de simples personajes preeminentes dentro de una pequeña aljama, normalmente la que ha construido el refugio o la más cercana a él. Ni el contingente militar del momento de la conquista era suficiente para ocupar y mantener los numerosos recintos fuertes tomados a los andalusíes, ni la Corona disponía de los recursos económicos, ni siquiera mediante la donación a manos privadas, para mantenerlos activos y en buen estado. Aparte, no todos tenían importancia militar o geográfica como para destinar hombres y recursos a su ocupación; ese fue el caso de los refugios rurales, abandonados del mismo modo que los albacares de los complejos de mayor entidad (López Elum, 2002). Archivo de la Corona de Aragón (A.C.A.), reg. 10, fol. 100 rv. La confusión en la historiografía es notable: en 1965, el historiador local Josep Camarena afirmaba que, tras la donación de Almiserà (Almiserat) en 1298 a Lorenzo d'Escala, éste construyó allí su propio castillo (Camarena, 1965: 38). El desconocimiento entonces de la localización de Vilella lleva a duplicar su existencia: "hacia el interior se escalonaban en profundidad los [castillos] de Palma, Borró (Rótova) y Vilella (Luchente). Otros dos de menor importancia, los de Villalonga y Almiserat, completaban el circuito defensivo de La Huerta" (Camarena, 1965: 25). No obstante, desde que Bazzana y Guichard relacionaron el nombre de Vilella con estos restos hasta las últimas publicaciones, se ha tendido a señalar que sí hay un aljibe: "Es nota l 'absència total de qualsevol classe d' edifici habitable de manera permanent. Se confunde la torre oeste con un depósito de agua. Agradecemos la información al respecto proporcionada por don José Signes Camarena, natural de Almiserat y buen conocedor del paraje donde el refugio se encuentra. Aunque se ha utilizado de manera muy mayoritaria el término mechinal para designar el orificio de inserción de las agujas, el adecuado y correcto es agujal, quedando reservado el primero para otros sistemas de construcción: el DRAE lo define como "agujero cuadrado que se deja en las paredes cuando se fabrica un edificio, para meter en él un palo horizontal del andamio", aunque también ayuda a sustentar entramados de vigas. El mismo DRAE define, por su parte, el agujal como "agujero que queda en las paredes al sacar las agujas de los tapiales". Tras la conquista cristiana, el tapial no se abandona, pero los paramentos exclusivamente de mampostería sí parecen más comunes en época cristiana, como ocurre en uno de los muros del recinto superior del castillo de Palma, o en los poblados moriscos de los valles interiores de la Marina Alta (norte de Alicante), donde la mampostería parece encofrarse (Torró e Ivars, 1990). Hemos de mostrar a este respecto nuestro más sincero agradecimiento a Josep Torró y a Ferran Soldevila por el interés mostrado a la hora de tratar de identificar esta impronta, aunque desgraciadamente no se ha podido llegar a ninguna conclusión satisfactoria. "En ocasiones se empleaban agujas de metal. Éstas tenían la ventaja de extraerse una vez terminado el tapial. La señal que [...] dejaban en las fachadas era la de su silueta o contorno (cuadrada o rectangular en el primer caso [de madera] y circular en el segundo [de metal])". Sin embargo, como ya hemos indicado, esta hipótesis se encuentra muy discutida. Hoy por hoy no hay pruebas arqueológicas que la avalen. Aparte de en Vilella, hemos comprobado su existencia en la torre extrema del recinto oriental del castillo de Bairén en Gandía (Sánchez, 2010: 151) y, aunque se halle fuera de nuestra área de estudio, en la torre de Santa Ana de Sagunto (Valencia), intervenida en el año 2011 por el arqueólogo Francisco Blay García (ARCA S.L., y a quien agradecemos el acceso a la misma durante los trabajos). Esta torre se construyó con encofrados circulares y horizontales, usando un tipo de tapia costrada con bajo contenido en bloques y una alta proporción de árido grueso. Los agujales son cuadrangulares y rectangulares en todos los casos y sin remate que, cuando aparece, es simple con bloque. Sin embargo, aparecen algunos agujales rectangulares de pequeño tamaño en torno a los 2 '5 cm de altura y 6' 5 de anchura; solamente en un caso se documentó el subtipo de orificios superpuestos, con el superior en oblicuo. La construcción de esta torre podría encontrarse entre los siglos XII y XIII. Respecto al uso de diferentes tipos de tapia en las torres, no podemos dejar de recomendar el excelente estudio realizado en la torre de alquería de la localidad de Torre de les Maçanes, Alicante (Pérez et al., 2011).
El análisis perceptivo de la arquitectura histórica y su aplicación al Alcázar de Sevilla del siglo XIV Este artículo trata de ilustrar el análisis de la arquitectura histórica desde un punto de vista tan propiamente humano como es la percepción. Hablamos de un tipo de análisis sensitivo, que permite aproximarse a cómo funcionaban o se entendían los edificios históricos desde una perspectiva plenamente vivencial, convencidos de que determinadas arquitecturas fueron construidas para propiciar experiencias perceptivas concretas en sus usuarios. Sin embargo, en ocasiones es difícil plantear este tipo de análisis puesto que las arquitecturas estudiadas han sido transformadas o incluso han desaparecido. En estos casos, las reconstrucciones virtuales son realmente interesantes como vehículo para recuperar esos espacios arquitectónicos y "restaurar", en la medida de lo posible, las emociones, vivencias y significaciones que suscitarían entre los observadores de su tiempo. Se exponen en primer lugar las claves conceptuales y metodológicas del análisis perceptivo, sirviendo como ejemplo su aplicación a la reconstrucción virtual del palacio construido por Pedro I en los Reales Alcázares de Sevilla del siglo XIV. Es obvio que sin un adecuado análisis arqueológico e histórico no podríamos hacer una lectura rigurosa y científica del patrimonio arquitectónico, pero con demasiada frecuencia esta lectura se limita a un acercamiento formalista y tipológico, que no llega a valorar ni a interpretar los factores que diferencian al hecho arquitectónico del resto de producciones artísticas o los significados y emociones que aquella arquitectura debió transmitir en su época. Quizá los arquitectos investigadores del patrimonio tengamos la culpa, puesto que nos hemos limitado a incorporar parte de nuestro bagaje instrumental al análisis de los edificios históricos, arrinconando muchas veces nuestro acervo conceptual. Perdemos de vista que los edificios deben ser concebidos como receptáculos donde se desarrolla la vida, como solución a una serie de condiciones previas y propósitos sociales, políticos, ideológicos, funcionales, etc. Olvidamos que la buena arquitectura es una obra de arte que debe disfrutarse con todos los sentidos1. Aunque en demasiadas ocasiones se identifica con la lectura estratigráfica de los paramentos de un edificio o el análisis de materiales constructivos antiguos, a lo largo de su corta historia como disciplina autónoma, siempre ha sido ánimo de la Arqueología de la Arquitectura sentar las bases para un diálogo entre la arqueología y la restauración del patrimonio arquitectónico, plantear estudios alternativos y nuevos instrumentos y metodologías analíticas con los que maximizar la información contenida en los restos de edificios históricos, bien para profundizar en el conocimiento de las sociedades pasadas o bien para proyectar restauraciones de forma responsable2. Pensamos que la propuesta analítica que desarrollamos en este artículo se adapta perfectamente a esta filosofía, aportando un enfoque más desde el que observar e interpretar el patrimonio arquitectónico transformado o desaparecido. SOBRE LA ESENCIA, LA PERCEPCIÓN Y LA REPRESENTACIÓN DE LA ARQUITECTURA «El espacio (interior) es la esencia de la arquitectura». Así lo aseguraba el historiador August Schmarsow en su discurso La esencia de la creación arquitectónica. Aunque en ningún momento definía en qué consistía ese "espacio interior", este autor alemán de finales del siglo XIX, sí que hablaba de un "sentido" de espacio (Raumgefühl) que surgía, fundamentalmente, a partir de la experiencia sensorial y del movimiento del observador que recorre la arquitectura. Con un planteamiento claramente estético, Schmarsow daba especial importancia a la percepción de la arquitectura, al sentimiento de empatía que el observador desarrolla al «penetrar en el conjunto y, con una opinión puramente libre, entiende y disfruta de todas sus partes»3. De las teorías de Schmarsow se deduce, por tanto, que el factor que diferencia sustancialmente a la Arquitectura de otro tipo de artes es el espacio envuelto, el espacio interior en el cual los hombres viven y se mueven, y que éste, además de responder a cuestiones formales, también debe ajustarse al orden perceptivo que, de esa construcción, se quiere dar a la sociedad. Estas ideas tuvieron gran influencia en teorías analíticas del espacio arquitectónico como las de como Bruno Zevi (teoría visual)4, Francis Ching (teoría formal)5, Bill Hillier y Julienne Hanson (teoría social)6, etc. Para nuestro estudio, una de las aportaciones más interesantes, pese a ser una de las más antiguas, son las que pueden extraerse de los capítulos que, en su libro Saber ver la arquitectura, Bruno Zevi dedica a reflexionar sobre la forma de representación del espacio arquitectónico. Explica cómo las plantas, alzados, secciones, perspectivas y fotografías son insuficientes para percibir el espacio arquitectónico, puesto que «toda obra de arquitectura, para ser comprendida y vivida, requiere el tiempo de nuestro recorrido»7. En este sentido, también expresa que la cinematografía y los recorridos subjetivos que la cámara marca al usuario que ve el video, son de inmenso alcance para la representación de los espacios arquitectónicos, aunque echa en falta en ella el resorte de participación completa del espectador, esa conciencia de libertad que advertimos en la experiencia directa del espacio. La conclusión final de este autor es que «en dondequiera exista una completa experiencia espacial para la vida, ninguna representación es suficiente. Tenemos que ir nosotros, tenemos que estar incluidos y tenemos que llegar a ser y a sentirnos parte y metro del organismo arquitectónico»8. Los planteamientos de Zevi se pueden aplicar con facilidad a organismos arquitectónicos reales y tangibles, pero ¿qué ocurre si la arquitectura que queremos experimentar ha desaparecido? Nuestro caso de estudio por ejemplo, el Alcázar de Sevilla del siglo XIV, no puede visitarse ni ser percibido "in situ" tal y como era originalmente, puesto que muchos de los espacios medievales han sido transformados a lo largo de la historia9. En estos casos creemos que es especialmente útil recurrir a las anastilosis digitales, a la virtualidad de los modelos tridimensionales generados por ordenador. En los años 40 del siglo XX, cuando Bruno Zevi escribía Saber ver la arquitectura, aún no se había producido la revolución informática ni se conocía la infografía. De haber sido así, no dudamos que este autor la habría incluido como otra de las formas de representar el espacio arquitectónico, o que habría defendido la utilización de las tecnologías de inmersión 3D10 para obtener la experiencia sensitiva del mismo. Aunque siempre incluirán cierto déficit sensorial y emotivo si las comparamos con la percepción directa de la realidad, probablemente sea éste el mejor medio para percibir la mayor parte de las cualidades que en su día definieron la esencia de un patrimonio arquitectónico transformado o desaparecido. Desgraciadamente, en tanto esas tecnologías de inmersión no sean económica y técnicamente más accesibles11, utilizarlas como herramienta habitual para el análisis perceptivo de la arquitectura histórica no pasará de mero planteamiento teórico. Lo que hoy sí que estamos en disposición de proponer como sistema de representación del espacio arquitectónico, de una forma asequible dado su bajo costo y la difusión casi universal del software, el hardware y los conocimientos informáticos necesarios, es la realización de animaciones audiovisuales a partir de las anastilosis digitales generadas mediante técnicas infográficas12. Reconocemos que el análisis no será del todo completo, porque «una cosa es estar sentado en la butaca de un teatro y ver los actores que se mueven, y otra es vivir y actuar en la escena»13 pero, al menos, podremos experimentar los espacios a lo largo de la secuencia temporal de un recorrido, consiguiendo producir una representación del patrimonio perdido en la que recoger gran parte de los conceptos vinculados a la percepción de la esencia de la Arquitectura. Llegados a este punto surgen nuevas preguntas: ¿Qué espacios arquitectónicos debemos representar y analizar? ¿Qué recorrido deberíamos seguir en nuestro análisis? ¿Podemos estar seguros de que nuestras percepciones son las mismas que las del observador para el que esas arquitecturas fueron construidas? Establecer un marco metodológico a partir del que analizar legítimamente el espacio arquitectónico y que nos permita centrarnos en una serie de elementos y experiencias perceptivas básicas, es sin duda primordial para abordar este trabajo. Por otro lado, si no describimos, al menos someramente, cuáles eran los gustos estéticos, los valores espaciales, las experiencias perceptivas que la arquitectura del Alcázar del siglo XIV pretendía producir en su contexto histórico y social, nuestra descripción no sería del todo válida. Por tanto, dedicaremos los siguientes epígrafes de este texto a profundizar, por un lado, en los conceptos estéticos medievales y, por otro, a desarrollar algunos de los instrumentos de los que dispone la Arqueología de la Arquitectura para plantear el análisis perceptivo de los espacios arquitectónicos. LA PERCEPCIÓN DE LA ARQUITECTURA EN EL SIGLO XIV ¿Qué sentiría un observador del siglo XIV al recorrer los espacios del Alcázar de Sevilla? ¿Qué impresiones querrían producir en él? Para ahondar en el simbolismo y las experiencias perceptivas que la arquitectura del palacio de Pedro I pretendería producir originalmente y poder interpretar convenientemente los espacios arquitectónicos virtuales generados, es necesario entender las particularidades del observador para el que esta arquitectura fue creada. Desafortunadamente no hay críticos de arte medievales que nos hayan dejado sus pensamientos. La evaluación de la arquitectura hispana de este momento de la historia, basada en referencias internas, apenas si se ha intentado. Sin embargo, como expresan los historiadores del arte islámico Wilber y Golombek: «se pueden buscar ciertas claves de cómo la mente medieval enfrentaba el problema del juicio artístico. El lugar natural para buscar serían las escrituras filosóficas»14. La opción pasa, por tanto, por analizar el pensamiento filosófico medieval y especialmente la rama de la Estética, que en su sentido etimológico se define como «ciencia del sentir» y tiene por objeto el estudio de la esencia de la percepción y la belleza15. La evidencia apunta a que la percepción de la belleza en el medievo, tanto en el mundo cristiano como en el musulmán, repite en general los postulados de los escritores clásicos16. Por ejemplo, en el siglo X, el científico chií Ibn al-Haytham, en su Tratado de óptica, dedica un capítulo a la belleza como cuestión de percepción. Obviamente, este texto no puede considerarse una teoría islámica de la belleza, pero resulta muy interesante porque insiste en ciertos parámetros estética y perceptivamente relevantes para el arte islámico: medidas, proporciones, luz, etc., que armónicamente combinados generan placer visual al espectador17. Asociados a la luz, las proporciones y las figuras, hay una serie de matices enumerados por Ibn al-Haytam: el color, la opacidad, la posición relativa, el orden, las dimensiones, la aspereza, etc. Estos matices, advierte, «carecen de belleza por sí mismos, y deben de estar integrados dentro de una composición armónica»18. Sin duda, con el empleo de los recursos citados por este ilustre matemático y físico se pueden configurar diferentes modos de ideación y composición con los que crear belleza ante los ojos de quien contempla el espacio arquitectónico y conseguir determinadas percepciones a través de la impresión de los sentidos. Unos años después, el filósofo persa Al Gazali (S. XI), al lado de la percepción y el conocimiento ordinarios, producto de los sentidos, coloca un conocimiento intuitivo, fruto de la ascética y la fe19. Se introduce así, de forma tangencial, la discusión en torno al tema de la belleza divina, básicamente abstracta. La belleza estética de las obras artísticas comienza a ponderarse en función a su aproximación a la perfección de la divinidad y de sus obras. La arquitectura es considerada bella cuando sus formas evocan imágenes de las cualidades divinas, como la luz o la luminosidad, la armonía, el orden, el equilibrio o la proporción20. Ya en el lado cristiano, Santo Tomás de Aquino (S. XIII) recopilará, sin cambios notables, los pensamientos de estos filósofos musulmanes. La afirmación tomista más conocida en relación a la belleza vincula a ésta con la divinidad y la supedita a tres condiciones que debe incluir: la integridad o perfección, la proporción o armonía y la luminosidad o claridad («claritas, integritas, proportio»)21. Si seguimos rastreando entre escritos de otros filosóficos medievales posteriores a los enumerados, comprobaremos cómo los conceptos de Luz, Simetría, Orden, Proporción o Equilibrio, se repiten incesantemente como cualidades de lo bello. La búsqueda de la belleza en las construcciones del Alcázar de Sevilla probablemente se sustentaría en estos criterios estéticos. Por eso trataremos de tenerlos permanentemente presentes, como pautas para el análisis perceptivo de sus espacios arquitectónicos. Por otro lado, y aunque no exista conexión directa con los conceptos estéticos medievales, entendemos que para juzgar adecuadamente las impresiones y simbolismos que la arquitectura del Alcázar trataría de transmitir originalmente es también muy importante considerar la personalidad, el contexto vital y los intereses particulares del promotor de la obra. Por ello nos propusimos conocer mejor al monarca castellano Pedro I, estudiando diversos artículos y obras literarias relacionadas con su perfil biográfico22. Advertimos que la ideología política de Pedro I de Castilla se caracterizaba por el fortalecimiento de la figura del monarca frente a otros estamentos y la creación de diversas instituciones gubernamentales relacionadas con la justicia, el erario público o el ejército. Sin duda Don Pedro debía encontrar los medios para transmitir claramente la legitimidad y la supremacía del poder que pretendía asumir. También descubrimos a un monarca culto y extremadamente interesado en la arquitectura como demuestran las numerosas empresas edilicias que acometió durante su corto reinado23. De esta parte de la investigación previa concluimos que este soberano encontró en la edificación de sus palacios, y especialmente en la del levantado en el Alcázar de Sevilla, una forma de crear escenarios acordes con la idea de un poder real absoluto, con los que además se reforzaran conceptos como el origen divino, la legitimidad y la supremacía de ese poder frente a los enemigos de la corona. LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA Y EL ANÁLISIS ESPACIAL Desde finales de los años 80 y especialmente en el mundo anglosajón, se vienen desarrollando una serie de herramientas de análisis espacial que, agrupadas bajo la ambigua denominación de space syntax, pretenden interpretar determinados aspectos sociales e ideológicos contenidos en el diseño y distribución de los espacios arquitectónicos. Aunque concebida originalmente por Bill Hillier y Julienne Hanson en la University College de Londres24 como una herramienta para ayudar a los arquitectos a simular los posibles efectos sociales de sus diseños urbanos, esta metodología se ha aplicado también a otras materias como la sociología, la antropología, la ingeniería civil o la Arqueología de la Arquitectura25. La idea general en esta "sintaxis espacial" es que los espacios arquitectónicos se pueden desglosar en componentes, analizados como redes de elección y luego representados como mapas y gráficos que describen la relación de conectividad e integración de los mismos, revelando el estilo de vida de sus usuarios. En sus versiones actuales26 esas representaciones combinan los mapas de líneas27, los mapas de convexidad28, los análisis de visibilidad29 o los análisis gamma30. Aunque creemos que estas herramientas pueden ser de utilidad para identificar las configuraciones espaciales más relevantes, no sirven para llegar a interpretarlas adecuadamente porque, como exponíamos en líneas anteriores, mapas y gráficos no son suficientes para describir un espacio arquitectónico en su totalidad. Por este motivo nos propusimos trasladar, en la medida de lo posible, los fundamentos teóricos sobre los que se basan estas técnicas analíticas bidimensionales a una animación en video y combinarlos con otros conceptos relativos a las teorías de la percepción visual31, la disciplina de análisis de formas arquitectónicas o el análisis de accesos32 y circulaciones33, que juzgamos son fundamentales para poder explicar la experiencia perceptiva generada al recorrer un espacio arquitectónico. Los mapas axiales y de convexidad en la elección del recorrido de la animación En una imagen estática, cada espectador puede pasar la mirada siguiendo el itinerario de lectura que prefiera. A lo sumo, el autor de la imagen puede tratar de inducir este itinerario utilizando determinados recursos que faciliten su seguimiento, pero nunca podrá predeterminarlo. Por el contrario, en una animación, la secuencia de lectura está establecida de antemano por su realizador, que selecciona la estructura argumental y el guión que mejor se adapten al orden secuencial de los conceptos que desea exponer. En nuestro caso debíamos plantear un hilo argumental que explicase, lo mejor posible, la esencia arquitectónica del palacio de Pedro I en los Reales Alcázares. Debíamos concebir una secuencia animada de los espacios que generasen las percepciones más intensas y significativas en un observador del siglo XIV. Por fortuna, la propia arquitectura establece secuencias perceptivas a través de las circulaciones y recorridos que relacionan los distintos espacios pero, además, en el caso de una arquitectura monumental como la que nos ocupa, es frecuente que exista un recorrido especialmente relevante, un itinerario que encadene los ámbitos espaciales y simbólicos más representativos del conjunto y vaya conduciendo al observador hasta el corazón de la obra arquitectónica. Nos dispusimos, por tanto, a identificar ese recorrido principal del Alcázar de Sevilla en el siglo XIV que iba a servir de hilo argumental a nuestra secuencia animada. Para ello recurrimos a los mapas axiales y de convexidad del la sintaxis espacial, trazados sobre la hipótesis reconstructiva del conjunto monumental sevillano (Fig. 1). Gracias a estos gráficos (Fig. 2), pudimos comprobar que la línea recta de mayor longitud de todas las trazadas que interconecta, además, la mayor parte de los espacios convexos del Alcázar de Sevilla, coincide con el recorrido de acceso al palacio privado de Pedro I, un eje visual y de movimiento que se inicia en la Plaza del Triunfo, franquea la Puerta del León, atraviesa el patio del mismo nombre y continúa por la Puerta y el Patio de la Montería hasta llegar a la puerta del palacio mudéjar. Nos parece muy interesante destacar que, de no ser por el muro que configura el cierre meridional del vestíbulo, esta alineación conectaría con el centro del Patio de las Doncellas34, siendo éste último el único espacio convexo del Alcázar que se encuentra rodeado por ejes perimetrales de circulación secundarios. Sin duda el quiebro del recorrido producido en el interior del palacio está condicionado por razones de privacidad, así que creemos que el Patio de las Doncellas debe identificarse con el núcleo espacial del conjunto palatino. Decidimos por tanto que el hilo argumental de la descripción animada al que nos referíamos anteriormente, seguiría el principal itinerario protocolario del complejo palatino, aquel que tras recorrer tres de los espacios convexos más importantes del Alcázar (Patio del León, Patio de la Montería y Patio de las Doncellas) aproximaba al súbdito hasta el ámbito imbuido de la máxima intensidad perceptiva de todo el conjunto edificado en tiempos de Pedro I. Planimetría del Alcázar de Sevilla en el S. XIV, dibujada a partir de la hipótesis de Antonio Almagro. Mapa de axialidad (a) y mapa de convexidad (b) del Alcázar de Sevilla en el S. XIV. A partir de ellos se determina la circulación principal del conjunto arquitectónico (a+b) Los mapas de visibilidad y el movimiento del objetivo de la cámara Habíamos definido la trayectoria de movimiento de nuestra cámara, pero ¿qué debíamos mirar? ¿Hacia dónde orientar su objetivo? Pensamos que la elaboración del mapa de visibilidad del recorrido de la animación podía ayudarnos en esta tarea (Fig. 3). Mapa de visibilidad del recorrido principal. A partir de él se localizan los hitos arquitectónicos que marcarán la orientación del objetivo de la cámara Puesto que los umbrales de ingreso al Patio de la Montería o el Patio de las Doncellas son conceptual y formalmente más complicados que una simple puerta de paso entre distintos espacios, decidimos trazar en ellos dos conos visuales diferentes, el primero correspondiente al momento en que el observador se ubicase en el punto central del acceso completo (conos verde oscuro del gráfico), el segundo dibujado a partir del centro del último umbral que debía atravesarse (conos verde claro). Gracias a este mapa pudimos constatar que la Puerta de la Montería o la fachada del Palacio de Don Pedro son los elementos visualmente más importantes de todo el recorrido, puesto que se percibirían independientemente de la posición ocupada por el observador en cada uno de los umbrales de acceso, pero también observamos que, estando el observador a punto de ingresar en el Patio de la Montería o el Patio de las Doncellas, determinadas piezas reclamarían su atención al ser visualizadas de forma tangencial: la qubba de la Montería en el primer caso, la qubba de la Media Naranja en el segundo. Resolvimos que serían éstos los hitos arquitectónicos hacia los que dirigiríamos nuestra mirada. En conclusión, los datos aportados por las herramientas propias de la sintaxis espacial nos permitieron plantear la secuencia más adecuada para nuestra animación. Por otro lado, disponíamos también de los términos básicos para redactar el guión de la misma: los conceptos estéticos medievales asociados al concepto de arquitectura bella. Sólo nos restaba levantar los escenarios en los que se desarrollaría la acción. Expondremos de forma muy somera y en grandes líneas los puntos de referencia metodológica seguidos durante la elaboración del modelo reconstructivo del Alcázar de Sevilla en el siglo XIV. METODOLOGÍA BÁSICA DE ELABORACIÓN DEL MODELO PARA LA ANASTILOSIS VIRTUAL En primer lugar se abordó la recopilación de la bibliografía y de los datos métricos y planimétricos disponibles. En esta fase se prestó una especial dedicación al registro de fotogrametrías y levantamientos del edificio actual, al análisis de imágenes fotográficas y grabados antiguos, así como a la búsqueda documental de reconstrucciones ideales, narradas o dibujadas, dotadas de cierto valor científico35. A partir de esta documentación se procedió a elaborar los planos digitales de las hipótesis reconstructivas, centradas en el estado cronológico del edificio en tiempos de Don Pedro36, continuando con el modelado tridimensional de estas hipótesis mediante programas de carácter vectorial como AutoCad y 3DStudio y la posterior aplicación de texturas realistas, iluminación natural y efectos visuales adecuados. Con ello tratábamos de caracterizar el espacio arquitectónico a través de sus atributos geométricos, de textura, iluminación y contexto. Para el modelado geométrico admitimos un cierto nivel de tolerancia con respecto a la precisión de la planimetría vectorial inicial, al entender que los pequeños desajustes con respecto a las coordenadas y las medidas originales no influirían en la percepción final del modelo. Intentamos, por tanto, homogeneizar los elementos geométricos "casi idénticos" o aquellos que por su tamaño no iban a ser percibidos en la animación, para optimizar la eficiencia del proceso. Para la texturización de los volúmenes geométricos generados utilizamos, por norma general, texturas reales extraídas de la rectificación de fotografías actuales del conjunto sevillano, obteniendo las coordenadas necesarias para ello de los archivos vectoriales correspondientes. Cuando los objetos tenían una textura con relieve, recurríamos en muchas ocasiones a la aplicación de mapas "bump", mapas que los motores de renderizado utilizan para modificar la reflexión de la fuente de luz sobre el objeto y dar apariencia de rugosidad en el mismo, evitando así incrementar el peso geométrico de la maqueta digital. En lo referente a la iluminación del modelo, optamos por utilizar una luz direccional que simulase el sol, colocándola en distintas posiciones para imitar su movimiento a lo largo del día y combinándola con luces omnidireccionales que no proyectasen sombras, tratando de lograr así una mayor gradación lumínica entre los espacios exteriores y las salas en penumbra. Para reproducir la impresión de deslumbramiento que nuestros ojos experimentan cuando pasamos de un interior oscuro a un exterior soleado, empleamos el efecto de volumen de luz ("volume light") aplicado a luces direccionales de pequeña intensidad localizadas en puertas de salida al exterior y pasillos que desembocan en patios. Evaluado visualmente el modelo obtenido a través de imágenes fijas o de síntesis37 y realizados los ajustes oportunos, podíamos por fin proceder al planteamiento de la animación de los espacios arquitectónicos más representativos del Alcázar de Sevilla en el siglo XIV, escogiendo para ello una cámara con un punto de vista situado a una altura similar a la de un hombre medio (1,70 m), con un objetivo de 28 mm que reproduce aproximadamente los 60o del foco visual humano, desplazándose a una velocidad de 1,40 m/s sobre la trayectoria obtenida a partir de la aplicación de las herramientas de la sintaxis espacial, y grabando una película standard con frecuencia de 24 fotogramas/s38. RESULTADOS: LA EXPERIENCIA SENSITIVA A TRAVÉS DE LA ANIMACIÓN DEL MODELO VIRTUAL39 El recorrido público de acceso al palacio [Secuencia 1] Los seres humanos sentimos una extraña fascinación por los ejes visuales por el hecho de que vemos en línea recta. Cualquier alineación de tres o más objetos, uno de los cuales es nuestro propio ojo, parece estar investida de un significado particular. En la animación del modelo virtual puede comprobarse cómo la nueva entrada axial al Alcázar de Sevilla, ideada en tiempos de Don Pedro, estaría dotada de un interesante planteamiento perceptivo: una "visión seriada" 40 que, mediante una concatenación de espacios comprimidos y descomprimidos alternos, potenciaría el carácter dinámico del recorrido (Fig. 4). El uso del contraste (pequeño-grande, oscuro-luminoso, lleno-vacío, etc.) entre las puertas y los patios excitaría al observador y haría que la percepción del espacio fuese más dramática. Es un hecho que al «comparar lo disímil, aguzamos el significado de ambos opuestos»41. Así pues, de la misma manera que si tocamos algo rugoso y a continuación algo liso, lo liso parece más liso aún, con esta estrategia los patios se percibirían aún más amplios y luminosos, generando en el observador la sensación de que el espacio se dilata indefinidamente hasta el foco visual que es la puerta de acceso al palacio mudéjar (Fig. 5). El primer elemento de esta composición axial es la puerta del León (Fig. 6). Al formar parte del recinto amurallado exterior, expresa un carácter marcadamente tectónico, una apariencia pretendidamente sólida y resistente. Esta sensación se ve acentuada por el uso de la piedra como material predominante y por los rotundos volúmenes prismáticos que conforman las dos torres que la enmarcan. Pese a no ser las torres idénticas en sus dimensiones ni en su configuración espacial, pese a no existir una simetría geométrica ni un trazado ortogonal en esta puerta, la percepción que se tiene del conjunto es la de una composición equilibrada y simétrica. Esta apariencia es el resultado de una adecuada armonía de los pesos visuales de los distintos elementos que la componen, del efecto de continuidad de textura entre la torre izquierda y el paño de muralla, que la hace aparentar una anchura mayor de la real y equipararla a la de la torre derecha y de la utilización en ambas de cuatro merlones como remate superior, mucho más esbeltos en la torre derecha. Por su parte, el hueco de esta puerta constituiría el nexo de unión espacial entre el exterior del Alcázar y el Patio del León (Fig. 7). El Patio del León se experimentaría en el siglo XIV como un ámbito extraordinariamente tenso, pleno de recursos escenográficos. Por ejemplo, el carácter uniforme y oscuro del acabado de los muros laterales o el ritmo repetitivo introducido por el almenado servirían para crear un fondo pasivo que acentuaría, también por contraste, los elementos más relevantes de la composición: el baldaquino de piedra que conformaría la Puerta de la Montería en época medieval42 y más allá la fachada regia, llevando la mirada y el movimiento hacia ellos (Fig. 8). Serviría este baldaquino para proyectar la autoridad del monarca hacia unos súbditos que, al franquearlo, creerían mermar ante su monumentalidad puesto que esta puerta estaría pensada para constreñir todo lo posible la percepción antes de experimentar la explosión espacial y sensitiva que se produciría al entrar en el Patio de la Montería (Fig. 9). En ella se generarían, además, una secuencia de claroscuros que ayudaría a enmarcar el fondo luminoso de la fachada principal del palacio de Don Pedro (Fig. 10). Por su parte, el espacio abierto del Patio de la Montería debió entenderse como núcleo del nuevo proyecto del Alcázar. En él convergerían las circulaciones principales y se separaría la zona pública de la privada y, a diferencia del dinamismo lineal que caracterizaba al Patio del León, sería un espacio estático, concebido posiblemente para realizar las audiencias públicas del monarca. Es probable que este patio estuviese porticado en todo su perímetro en época medieval43, introduciendo en la composición una simetría bilateral que ralentizaría la velocidad del movimiento del observador, instándole a realizar una lectura helicoidal del espacio del patio (Figs. 11, 12 y 13), invitándole a recorrer visualmente todos sus ángulos y a descubrir los dos hitos funcional y simbólicamente más relevantes, en los que se materializaría el poder absoluto del rey: las qubbas del Cuarto de la Montería44 (Fig. 14) y del Cuarto Real Alto (Fig. 15). La primera de ellas no llegó a ultimarse45 y quizá estaría pensada para funcionar como nuevo Salón del Trono en el conjunto general del Alcázar, reproduciendo el esquema espacial del Salón de Embajadores en el palacio de Comares de la Alhambra46. Sin embargo, ocuparía una extraña posición oblicua con respecto al ángulo visual del observador para conseguir que todo el énfasis escenográfico del Patio de la Montería se concentrase claramente sobre la portada del palacio de Don Pedro, el elemento con mayor peso visual de todo el conjunto. Es interesante destacar que, sin duda de forma deliberada, el centro de equilibrio de esa portada se localiza en las tres ventanas lobuladas de la segunda planta, desde las que el monarca podría mostrarse ante sus súbditos, congregados en el Patio de la Montería, como si de una tribuna se tratase. Por otro lado, es igualmente llamativo que los dos cuerpos laterales de la portada se apreciarían a simple vista como simétricos, aunque el izquierdo es más amplio que el derecho. Esta impresión podría deberse no sólo a la composición central del alzado, sino también a un efecto perceptivo descrito por Arnheim, derivado del hecho de que habitualmente leemos el espacio de izquierda a derecha, por el que si dos objetos iguales se muestran en las mitades izquierda y derecha del campo visual, el de la derecha siempre parece mayor, así que para que parezcan iguales es preciso aumentar el tamaño del de la izquierda47. En la misma obra del psicólogo alemán se describe otra sensación visual que nos refiere cómo para destacar un objeto en una composición artística no es necesario que éste sea grande, ni que esté situado en el centro, sino tan sólo que sea luminoso, ya que la iluminación guía la atención de forma selectiva, en conformidad con el significado pretendido48. Podríamos extrapolar este efecto perceptivo a la fachada del palacio de Don Pedro en la que «deslumbran los vivísimos colores y el oro» 49, como si emitiese una energía lumínica propia, a pesar de su orientación Norte y no recibir la iluminación directa del sol50. Este efecto, luminoso y cromático, serviría para acentuar aún más la importancia simbólica de la fachada en el conjunto palatino sevillano, constituyendo a la vez el refulgente palio para las apariciones públicas del monarca y la lujosa entrada principal a su palacio privado. El recorrido privado en el interior del palacio [Secuencia 2] Al atravesar la puerta abierta en el centro de la portada del palacio los ojos del observador, impresionados por el sol exterior, tardarían unos instantes en acostumbrarse a la nueva iluminación. El movimiento se ralentizaría, el concepto espacial cambiaría, y el eje visual y de circulación que caracterizaba la zona pública se transformaría en un recorrido quebrado y en penumbra, recuperando el espacio arquitectónico la sensación de intimidad (Figs. El hueco de ingreso se ubica en el eje de simetría de un espacio tripartito, constituido por una pieza alargada central separada de otras cuadradas que la flanquean por arcos sobre columnas con capiteles visigóticos. La composición espacial planteada en este punto es reconocible, un salón oblongo con dos alhanías laterales y vano único de acceso al patio al que se asocia, que pudiera acaso interpretarse como un nuevo artificio arquitectónico con el que reforzar la convicción mental de haber ingresado en un edificio palatino residencial. Sin embargo, la naturaleza asimétrica y las particularidades espaciales de estas estancias se hacen rápidamente patentes. Dirigiendo la mirada hacia la derecha encontramos el convencional muro de cierre de la alhanía occidental pero, hacia la izquierda, el espacio se prolonga en una nueva sala separada de la habitación previa por un arco sobre pilastras. La sucesión lineal de los arcos que separan estas habitaciones introduce una tensión perceptiva que dirige instintivamente la vista y el movimiento en esta dirección y enmarca la modesta puerta de acceso a la escalera que conducía al Cuarto Alto como foco de la perspectiva lineal generada (Fig. 18). Una vez alcanzado el segundo vestíbulo en donde se ubica esta puerta, la atención se desvía ineludiblemente hacia el único foco luminoso de este espacio, una segunda puerta abierta en el centro del muro meridional que marca el umbral de acceso al corredor que conduce hasta el Patio de las Doncellas, provista de una decoración destacada que subraya su importancia dentro de la composición (Fig. 19). Nos parece importante destacar que el recurso escenográfico desarrollado en torno a esta puerta utiliza los mismos elementos que los presentes en el acceso principal del palacio (hueco, eje, contraste lumínico, etc.), pero persigue un objetivo perceptivo inverso. Y es que, en lugar de conformar el remate de una composición axial, marcaría el inicio de una nueva, focalizada hacia el fondo luminoso del patio, animando un movimiento hasta ahora ralentizado (Fig. 20). A esta sensación psicológica se uniría además un factor físico, al desarrollarse el corredor de acceso sobre un plano inclinado descendente que, involuntariamente, obligaría al observador a acelerar el paso. Pensamos que la escasa iluminación de los espacios que se articularían a lo largo de este intrincado itinerario interior conseguiría diluir las impresiones previas, aquellas recreadas en el eje exterior de aproximación al conjunto palaciego, y relajar los sentidos del observador, preparándolo y haciéndolo receptivo a las nuevas sensaciones que experimentaría al llegar al Patio de las Doncellas, auténtico núcleo vertebrador del palacio privado, el espacio donde se concentraría la mayor intensidad perceptiva de todo el palacio. La entrada al mismo se localiza en su esquina Noroeste, con lo que la primera imagen que se tiene de él es una vista tangencial, que provoca casi irremediablemente que la mirada del observador gire hacia la derecha y se detenga sobre el volumen emergente de la Sala de la Media Naranja (Fig. 21). Dispuesto en el extremo occidental del eje principal del patio, ayudaría a definir claramente la dirección de lectura del espacio, alzándose como referencia visual principal. Además, al introducir una componente vertical, ascendente, central, simétrica y dinámica en una composición general caracterizada por la horizontalidad y el estatismo, subrayaría la importancia simbólica de la qubba, espacio regio por antonomasia, sirviendo como fórmula arquitectónica para materializar el poder y la grandeza del monarca. Como se desprende de una observación cuidadosa, el Patio de las Doncellas presenta una disposición simétrica únicamente respecto a su eje longitudinal, aunque aparentemente pueda parecerlo también en dirección transversal. El efecto se debe a la armonía de los pórticos perimetrales y a la equilibrada disposición del jardín rehundido con la alberca, elementos éstos que suministran nexos comunes, útiles para articular piezas discordantes. Por ejemplo, la particular forma en doble T de la alberca ayudaría a enfatizar la importancia de los lados menores y a homogeneizar su apariencia, y su lámina de agua actuaría como espejo de la arquitectura, creando nuevas simetrías irreales, estableciendo una particular fluidez espacial (Fig. 22). Otro de los elementos que insistiría en este mismo efecto sensitivo sería el alero continuo que recorrería los cuatro alzados del patio, al establecer claramente la frontera física entre dos conceptos arquitectónicos diferentes. Por debajo del alero, se haría presente el espacio perceptivamente homogéneo al que nos referíamos anteriormente, por encima, sobresaldría una planta alta que carecería probablemente de esa uniformidad, recibiendo un tratamiento distinto en cada uno de sus frentes51, con volúmenes que exhibirían una mayor o menor riqueza decorativa y ocuparían posiciones más o menos centradas en el conjunto en función de su jerarquía simbólica y de las actividades cobijadas en su interior. Dejando a un lado el volumen de la qubba de la Media Naranja, al que nos referíamos en párrafos anteriores, uno de los más interesantes es el correspondiente al Cuarto Real Alto, que se ubicaría en la crujía septentrional del palacio y estaría formado por dos crujías ideadas para dar respuesta a dos funciones y dos composiciones perceptivas diferentes (Fig. 23). La crujía orientada al Norte cobijaría el Salón de Recepción Alto. Su función protocolaria se haría claramente ostensible hacia el Patio de la Montería, a través de la magnífica fachada del palacio y del solemne volumen de su qubba, que sobresaldría por encima del resto de elementos de aquel patio, situado en la zona pública del Alcázar. Sin embargo, debido a sus particulares proporciones compositivas, este espacio no sería visible desde el Patio de las Doncellas, apreciándose únicamente el volumen de la crujía meridional, en donde se localizaría un salón oblongo con menor altura y contundencia perceptiva, quizá con función residencial ya que por su orientación meridional debía de ser uno de los lugares más cálidos del palacio. Aunque nada podemos asegurar en cuanto a su decoración o acabados, pensamos que el aspecto exterior de esta pieza sería austero y simétrico, para evitar que su excesivo peso visual restase ligereza a los pórticos de la planta baja o que la atención se desviase del nivel inferior del patio, donde las puertas de acceso a la Alcoba del Rey o la Sala de la Media Naranja concentrarían un mayor esfuerzo decorativo y escenográfico (Fig. 24). Precisamente siguiendo el recorrido en torno al Patio de las Doncellas llegaríamos hasta la segunda de estas puertas. El espacio interior de la qubba de la Media Naranja, misteriosamente iluminado por tenues reflejos dorados, atraería poderosamente la curiosidad del observador e invitaría a éste a desplazarse hacia su interior (Fig. 25). Una vez dentro, la centralidad de la estructura, su decoración y sobre todo su remate mediante una «espléndida cúpula» 52, conferirían a este espacio un carácter cósmico, utópico e ideal, reflejo del poder del soberano y de la nueva concepción del Estado. Los efectos lumínicos creados en él serían interesantísimos. Recordemos que, en época medieval, tanto para musulmanes como para cristianos la luz constituye: «la cualidad estética primordial y la más cercana a la sustancia divina» 53. Por eso, aunque la qubba es percibida desde el exterior como un ámbito en penumbra, interiormente nos descubre una riquísima variedad de luces indirectas, procedentes de lugares estratégicos, que generarían determinadas ilusiones visuales e introducirían ciertas connotaciones simbólicas (Fig. 26). Por ejemplo, la relativa oscuridad reinante en este salón, en contraste con la intensa luminosidad del patio, permitiría percibir el efecto aéreo del techo, constituido quizá por una cúpula dorada similar a la actual54, que parecería brillar con luz propia. Por otro lado, una serie de focos luminosos secundarios, no perceptibles hasta penetrar en el espacio de la qubba, determinarían un segundo eje compositivo importante dentro del palacio, perpendicular al que regía la organización y trazado del patio de las Doncellas. Este eje transversal hilvanaría, de Norte a Sur, los espacios correspondientes al Dormitorio del Príncipe, el Patio de las Muñecas, la Sala de la Media Naranja y sus salas colaterales, y las habitaciones de los Infantes. Parece evidente que los artistas que idearon estos espacios concibieron sofisticadas perspectivas interiores, creando así verdaderas escenografías que ofrecerían la sensación de continuidad espacial y una incesante sorpresa perceptiva. Por último, también desde el interior de esta sala, sería posible percibir en su totalidad el alzado Este del Patio de las Doncellas, el más sencillo formal y conceptualmente aunque, no en vano, dotado de gran belleza perceptiva. En él, el pórtico simplemente se adosa al muro que separa el palacio de Don Pedro de las salas del patio del Crucero, reaprovechando los contrafuertes de la construcción gótica y sus espacios intermedios para generar una ingeniosa articulación de formas y volúmenes (Fig. 27). De nuevo el alero sirve como línea divisoria entre dos tipos de arquitectura: funcional y austera la gótica, sensible y recóndita la andalusí. Así, la parte superior dejaría traslucir las formas desnudas y netas de almenas y torres y la inferior, la riqueza expresiva de tres nichos profusamente decorados, rematados superiormente por hermosos arcos de mocárabes. Sin embargo y a pesar del evidente contraste, la transición de una a otra se percibe como algo sereno, equilibrado y suave, permitiendo la convivencia armónica de las dos estéticas más representativas de los palacios cristianos medievales hispanos. Creemos ver en este recurso arquitectónico cierto trasfondo simbólico. No nos cabe duda de que Alfonso X sirvió a Don Pedro como modelo ideológico. Uno y otro buscaron la implantación del centralismo político a través de la unificación jurídica y el desarrollo de la Administración. Alfonso X defendía también que sólo el príncipe tiene capacidad para elaborar leyes y, consecuentemente, todos los súbditos están obligados a aceptarlas, correspondiendo al rey las alegaciones judiciales en última instancia55. Pero además, ambos soberanos compartieron su admiración por la cultura musulmana y judía. Quizá la inclusión visual del palacio gótico alfonsí en el núcleo principal de la nueva residencia privada de Don Pedro, el Patio de las Doncellas, en una composición que parece pensada para ser percibida desde el espacio de mayor importancia simbólica del mismo, la Sala de la Media Naranja, pudiera considerarse un homenaje del rey castellano al que fue, durante gran parte de su reinado, heredero al Sacro Imperio Romano-Germánico, constatando así no sólo la conformidad con el ideario político de su bisabuelo sino también la legitimidad dinástica de su poder. A pesar de la pluralidad de descripciones e interpretaciones que podrían derivarse de la riqueza de matices inherente a los espacios arquitectónicos, los análisis y estudios de arquitecturas transformadas o desaparecidas suelen a menudo limitarse a unas planimetrías más o menos rigurosas, acompañadas de unos artículos en los que se explican las hipótesis reconstructivas que las han generado. En otras ocasiones, se realizan fantásticas reconstrucciones virtuales con gran potencial y atractivo visual. Sin duda ofrecen nuevas y valiosísimas posibilidades de análisis pero, a pesar de que con ellas se consigue evocar, al menos en parte, las sensaciones que aquella arquitectura histórica suscitaría entre los observadores de su tiempo, son pocas las ocasiones en las que el espacio arquitectónico se interpreta o valora a partir de ellas56. La reconstrucción virtual de la arquitectura histórica permite elaborar distintas variantes de una misma hipótesis, compararlas entre sí y verificar sus posibilidades y su probabilidad pero, para el arquitecto, tiene un valor añadido porque, a través de ella, las impresiones espaciales se hacen evidentes y las condiciones de iluminación pueden comprobarse. El montaje mental que puede realizarse al articular imágenes animadas con sus respectivas representaciones planas en planta, sección y alzado ayuda no sólo a comprender el proyecto hasta sus más pequeños detalles, sino que provoca la recreación de una experiencia secuencial que conjunta perfectamente espacio y tiempo y que permite entender la experiencia perceptiva que esos espacios arquitectónicos generarían originalmente en el espectador. Sin embargo, no todos los espacios arquitectónicos son igualmente relevantes. En este sentido, pensamos que la utilización de las herramientas propias de la "space syntax" puede ayudarnos a hallar la secuencia espacio-perceptiva más adecuada para un análisis como el que planteamos. Aplicando estas premisas teóricas a un caso concreto, el Alcázar de Sevilla en el siglo XIV, creemos haber profundizado en torno al por qué y al cómo fueron ideados y construidos algunos de los espacios medievales de este conjunto monumental. Así, parece comprobarse que el proyecto palatino diseñado por los arquitectos y artistas que trabajaron al servicio de Pedro I de Castilla pretendía crear un escenario arquitectónico que transmitiese a los súbditos el poder, la supremacía y la legitimidad reales en un momento políticamente delicado para este monarca y, al mismo tiempo, erigir la arquitectura más bella de todas las alzadas hasta entonces, valiéndose de interesantes recursos perceptivos y compositivos. Gracias a las teorías modernas de la Psicología de la Percepción o el Análisis de Formas Arquitectónicas y a los conceptos acuñados por éstas, podemos decir que la ordenación física del espacio de la entrada axial al Alcázar atendería al planteamiento perceptivo de una visión seriada, una noción ligada habitualmente a la escala urbana, que en el conjunto sevillano medieval serviría para ennoblecer y expandir sensitivamente el nuevo acceso al palacio real. Creemos descubrir también cómo se acude reiteradamente al recurso perceptivo del contraste para acentuar determinados elementos simbólicamente importantes dentro de este recorrido protocolario de aproximación al monarca: la puerta de la Montería, la fachada real y el Salón de Recepciones situado en la planta alta de la misma, el momento en que se produce la transición entre la zona pública y la privada del conjunto, etc. Asímismo, en base al análisis realizado, estimamos que la experiencia sensitiva que pretendería generarse en el interior del palacio privado de Don Pedro sería muy diferente a la que suscitarían los ámbitos espaciales que compondrían el acceso monumental al mismo. Creemos que el mensaje perceptivo sería conscientemente distinto porque se dirigiría a interlocutores distintos: no serían simples súbditos sino personajes con la dignidad suficiente como para ser recibidos por el monarca en su residencia privada. Para ellos, para los más allegados al rey y para el propio soberano, la arquitectura se tornaría pródiga en matices, íntima y sorprendente. La luz, la sombra y la penumbra, la simetría, la decoración, la vegetación o el agua serían ahora protagonistas, y pensamos que las bellas composiciones que el uso acertado de todos estos recursos producirían, estarían ideadas para provocar el deleite y disfrute de todos los sentidos. Como consideración final, nos gustaría señalar que somos conscientes de que lo que vemos, descubrimos, reconocemos y sentimos gracias a estas evocaciones virtuales no puede describirse o explicarse en su totalidad, y de que las investigaciones que dirigen su interés al análisis sensitivo de cualquier realización arquitectónica se enfrentan a problemas como los de la subjetividad o la contaminación ideológica en la interpretación, al no ser fácil eludir el bagaje propio de experiencias, emociones, conceptos e ideas, pero creemos firmemente que el análisis espacial y perceptivo de la arquitectura histórica amplía la visión y los medios analíticos del investigador, mejorando sustancialmente su comprensión del Patrimonio Arquitectónico. Por ello pensamos que, en el seno de la disciplina de la Arqueología de la Arquitectura, lo realizado con la reconstrucción virtual del palacio medieval de Pedro I en los Reales Alcázares de Sevilla podría aplicarse, muy provechosamente, a otros referentes arquitectónicos. Se acompaña un vídeo en la versión html on-line. Los libros de Ana Marín Fidalgo, El Alcázar de Sevilla bajo los Austrias y Real Alcázar de Sevilla Bajo los Borbones. El reinado de Felipe V, y el escrito por M.a Rosario Chávez González bajo el título El Alcázar de Sevillla en el siglo XIX son básicos para entender las múltiples modificaciones y reformas experimentadas por el conjunto monumental desde finales del siglo XIV hasta nuestros días. Una de las tecnologías de inmersión 3D que parece ofrecer interesantes posibilidades en este sentido el Eon ICUBE, basado en el entorno de visualización CAVE. Su interfaz está formado por tres paredes blancas y un suelo, que componen una habitación cúbica blanca. Cada superficie brinda una proyección de alta resolución, así como imagen estereoscópica de un espacio. El espectador se encuentra en la habitación usando unas gafas polarizadas 3D, con pequeños marcadores que van en los marcos y que mueven la imagen de acuerdo al desplazamiento del usuario. En todo momento el usuario tiene su cuerpo como referencia, con lo que se aumenta el realismo de la escena y por tanto las sensaciones. http://www.eonreality.com/products_icube.html Definiciones extraídas del Diccionario de la Real Academia Española 2001. Es innegable la frenética actividad arquitectónica desarrollada por el monarca castellano, que en los diecinueve años de su reinado construyó palacios en Astudillo (Palencia), Tordesillas (Valladolid), Carmona y Sevilla, pero que también dedicó importantes sumas de dinero al levantamiento y reedificación de numerosos edificios religiosos. Las técnicas analíticas se asocian al marco teórico presentado por primera vez en The Social Logic of Space (Hillier y Hanson, 1984), a partir del cual se ha formado un programa de investigación a nivel internacional. En los mapas de líneas o mapas axiales se trazan el conjunto mínimo de líneas rectas de la mayor longitud y de movimiento no obstruido que cruzan e interconectan todos los espacios abiertos (convexos) de un sistema urbano. Un espacio convexo es tal que una línea dibujada desde una parte de él a cualquier otra no salga nunca fuera del polígono. Los mapas de espacio convexo representan los espacios disponibles para la interacción social. El análisis de la visibilidad permite definir el grado de privacidad de los espacios de una construcción arquitectónica cerrada. Se realiza en función de la situación del individuo que percibe el interior de la estructura desde un punto de vista concreto, que se corresponde con el centro del umbral de acceso a cada estancia o espacio. El análisis gamma cuantifica las profundidades y permeabilidades de los espacios, así como la facilidad de acceso, valorando el grado de dependencia de unos espacios respecto a otros, el control de acceso y el movimiento que permiten entre ellos. Los elementos clave en este análisis son los umbrales que separan / comunican los espacios entre sí, pues actúan como controladores de paso a determinado ambiente. Especialmente los derivados de la psicología de la Gestalt. El análisis de accesos tiene como premisa que una de las formas de analizar cómo se percibe un espacio arquitectónico es por medio del movimiento hacia él, el recorrido que hacemos tanto para aproximarnos como para pasar de un espacio a otro dentro de la construcción. Se trata de identificar el "hilo perceptivo" de una construcción a través del movimiento en sus espacios, reconociendo espacios preeminentes en el esquema general de circulación, bien sea por ser espacios distribuidores o bien porque estos se encuentran al final de un recorrido. De hecho, la apertura de una comunicación axial entre el Patio de la Montería y el Patio de las Doncellas ha sido siempre una idea recurrente. Si atendemos al plano de 1608 atribuido a Vermondo Resta, en el que se describían una serie de reformas que debían acometerse en el Alcázar del siglo XVII, podemos comprobar cómo aparece "grafiado" un hueco en el muro Sur del vestíbulo del palacio de Don Pedro, alineado con el eje principal de acceso. Desconocemos si ese hueco llegó a ejecutarse y si lo proyectado era una ventana o una puerta de paso. Posteriormente, y a través de la descripción de Don Miguel de Olivares y Guerrero de los reparos acometidos entre 1805 y 1806, sabemos que se abrió «puerta de entrada al muro interior enfrente de la puerta principal, franqueándole la entrada al gran patio principal». La huella de este hueco, hoy tapiado, aún se mantiene en forma de gran rehundimiento. La elaboración de estas hipótesis reconstructivas era uno de los propósitos del proyecto de investigación Los palacios de Pedro I de Castilla (BHA 2003-03983), dirigido por Antonio Almagro Gorbea entre los años 2003 y 2006 en la Escuela de Estudios Árabes de Granada (CSIC). Se entiende por elaborado de síntesis o imagen sintética digital al producto de procesar un conjunto de polígonos de un modelo informático de arquitectura, sometidos a unas condiciones virtuales de iluminación y contexto. En el modelo estándar cinematográfico la visualización está supeditada a la naturaleza lineal de la cinta cinematográfica, que condiciona la observación del espectador a la cadencia constante de los 24 fotogramas por segundo, es decir, la proyección tiene una sola dirección y a una velocidad constante. Las tecnologías de visualización disponibles actualmente (CD, DVD, Blu-Ray, etc.) aportan algunos cambios desde el momento en que el espectador puede variar la velocidad y el sentido de la proyección, permitiéndole la visualización parcial del documento audiovisual, repitiendo tantas veces la misma escena como sea necesario. Dada la imposibilidad de reproducir la animación para ilustrar este texto, se recurrirá al empleo de gráficos compuestos por un conjunto escogido de fotogramas mostrados en secuencia ("storyboard" en lenguaje cinematográfico), con objeto de que sirvan de guía para entender la narración. Antonio Almagro identifica las estructuras situadas en el lado Oeste del Patio de la Montería con el Cuarto de la Montería en base a un plano de 1587 que publica Juana Gil-Bermejo (Gil-Bermejo 1973). En las recientes labores de restauración de la fachada se han realizado varios análisis de materiales y recogido diversas muestras de policromía que todavía es necesario procesar hasta obtener datos que permitan proponer hipótesis con las que elaborar un modelo virtual detallado y riguroso, pero que al menos permiten hacernos una idea del color original que la portada exhibiría. Especialmente interesante ha sido el estudio de la policromía del alero, con el que se ha podido constatar un número elevadísimo de repintes sobre el acabado original. Al parecer, en el siglo XIV, el alero ofrecería una composición cromática a base de azules, verdes, rojos, dorados y negro. Según las hipótesis reconstructivas realizadas por Antonio Almagro, la planta alta del palacio sólo se extendería sobre determinadas partes de las crujías Norte y Sur del palacio. Casi todas las estancias tendrían carácter de habitaciones privadas, a excepción de una qubba y sus espacios anexos, construidos sobre el vestíbulo y pensados para funcionar, probablemente, como salón de recepciones. Esta frase aparece en las inscripciones árabes del portalón izquierdo del Salón de la Media Naranja. No se sabe con seguridad cómo sería la cúpula original. Tradicionalmente se ha atribuido la cúpula actual al maestro mayor de carpintería de Juan II, Diego Ruiz, que la realizaría en 1427. Esta fecha viene dada por Félix González de León, que al parecer pudo ver en 1844 una inscripción que así lo aseguraba. Sin embargo, en la reciente restauración de la cúpula, en la que se han inspeccionado minuciosamente todos los elementos, el equipo de restauración no ha encontrado la inscripción referida por este cronista sevillano. Partida II, Título I, Ley II del libro Las Siete Partidas, cuerpo normativo redactado por Alfonso X con el objetivo de conseguir cierta uniformidad jurídica en el reino de Castilla. A este respecto es especialmente significativo el libro de Almagro Vidal (2008).
Las intervenciones que han abierto el Seminario de Arqueología de la Arquitectura -realizadas por el diputado de Urbanismo y Obras Públicas de la Diputación Foral de Álava Antonio Aguilar, el alcalde de Vitoria-Gasteiz Alfonso Alonso, Gonzalo Arroita, gerente de la Fundación, Antonio Ribera, vicerrector del Campus de Álava y por Agustín Azkarate-no se han limitado, como sucede generalmente en este tipo de encuentros, a saludar protocolariamente a los participantes, sino que han introducido de forma lúcida la problemática de la gestión de un gran proyecto como es el de la Catedral de Vitoria. Un proyecto de tal trascendencia social, económica y científica solo es posible si se logra crear una estrecha colaboración entre quien investiga, quien gestiona el patrimonio y los representantes políticos que se corresponsabilizan de frente a la ciudadanía, tal y como se ha planteado durante el Seminario por parte de varios participantes. Se trata de una colaboración que se puede llevar a cabo cuando el marco institucional y legislativo consiente la descentralización y la libertad en la investigación. Esta realidad contrasta con cuanto sucede en el ámbito de la gestión de los Bienes Culturales en Italia, donde se establece por ley que solamente una institución es la responsable de la protección, gestión e investigación del patrimonio, impidiendo la renovación de las personas y de las ideas, y negando la democratización de la investigación. En cambio, se consiente por ley al gobierno la alienación del patrimonio cultural italiano ante la desidia y el desinterés general. La legislación sobre Patrimonio Histórico en España se basa sobre una ley estatal "blanda" (Ley de Patrimonio Histórico del año 1985), que delega a las Comunidades Autónomas y, en el caso del País Vasco a los Territorios Históricos, la gestión y la planificación de las intervenciones, favoreciendo de esta manera la génesis de grandes proyectos. Por este motivo es envidiable, por parte de quien sufre cotidianamente las vejaciones del sistema administrativo italiano, la extraordinaria capacidad demostrada por el País Vasco para generar grandes proyectos capaces de incidir en la historia de toda la región. En el Museo Guggenheim de Bilbao y en el proyecto de la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz se reconoce el fruto de un sistema común que favorece la interrelación entre distintas instituciones, y que es capaz de obtener grandes resultados a nivel científico, social y cultural, sin olvidar el económico. Una política de grandes proyectos que constituyen modelos de experimentación e innovación en el plano GIAN PIETRO BROGIOLO, JUAN ANTONIO QUIRÓS CASTILLO científico y de gestión, se convierten en modelos a imitar, y en ocasiones para renovar los marcos de planificación y de intervención en el Patrimonio Histórico. Como ha recordado durante el Seminario A. Azkarate, esta apuesta por una determinada política cultural no va detrimento de la potenciación de los estudios históricos, sino ambos elementos son dos caras de la misma moneda. La restauración y rehabilitación no es sólo conservación; es también una ocasión para conocer. Por otro lado el monumento, como cualquier yacimiento, no es un fetiche autónomo e independiente. Solamente un estudio crítico le dota de significados y connotaciones. Un gran proyecto, sobre todo si contempla la participación de diversas especialidades, es asimismo capaz de realizar aportaciones fundamentales para el desarrollo teórico y metodológico de una disciplina. Ha sido en las grandes excavaciones inglesas de los años 60 y 70 de Winchester, Worcester o York donde ha nacido y se ha desarrollado la arqueología estratigráfica europea. En el proyecto de la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz se han realizado importantes aportaciones, integrando la lectura cronotipológica y estratigráfica. A partir de la selección de variables técnico -constructivas analizadas por cluster y luego georreferenciadas en una cartografía tridimensional ha sido posible identificar las interfaces de las principales fases estratigráficas para, a continuación, poder analizar de forma detallada la historia del edificio. El empleo de la epigrafía, las fuentes escritas, arqueométricas e iconográficas han permitido establecer una secuencia cronológica absoluta, mucha más compleja de lo que las blancas paredes del interior de la catedral dejarían pensar a primera vista. Esta lectura, además, ha permitido comprender de forma más completa el edificio cuando ha sido posible relacionar la secuencia estática con el análisis arqueológico, como ha mostrado la intervención de Pablo Latorre y Leandro Cámara. Este tipo de estudios nos muestran la necesidad de ir afinando nuestros instrumentos y métodos de análisis. Solamente el recurso a estrategias jerarquizadas de lectura permiten descodificar la complejidad de informaciones presentes en un edificio histórico, y aún está abierto el debate sobre los distintos niveles de lecturas. Desde los más generales realizados a nivel de Cuerpos de Fábrica (a escala macroscópica, como sugiere Roberto Parenti) en el estudio de enteros cascos históricos, o a nivel microscópico, como las huellas que dejan las obras y talleres (como ha mostrado la intervención de Anna Boato y Tiziano Mannoni). O bien a través de la minuciosa comparación, basada en la identificación de clusters homogéneos y en la interpretación de procesos productivos observables a través de las técnicas constructivas (como en la intervención de Giovanna Bianchi y Riccardo Francovich). Por otro lado resulta evidente que el desarrollo de la arqueología de la arquitectura pasa, además de los grandes proyectos y la intervención en monumentos singulares en los que es posible experimentar y llevar a cabo avances metodológicos relevantes, por la intervención en cascos históricos y en otros registros arquitectónicos. A pesar de que los debates y la atención por las intervenciones de restauración y rehabilitación se concentran complejo, sobre el que la se ha desarrollado un importante debate teórico en Italia en los últimos años. En este seminario se han planteado esencialmente dos interpretaciones posibles del empleo de las lecturas estratigráficas en la elaboración de los proyectos de intervención entre las muchas posibles. Por un lado Francesco Doglioni ha planteado como elemento fundamental de su intervención la necesidad de conservar la autenticidad manteniendo explícitas las relaciones estratigráficas en las superficies restauradas, mientras que Gian Paolo Treccani y Gian Franco Pertot recurren a una mentalidad estratigráfica a la hora de llevar a cabo la construcción de sus propuestas de intervención. En este último caso, aunque se adopta la lectura estratigráfica como uno de los instrumentos de análisis, se vuelven a plantear algunas criticas que creemos ya superadas, como las planteadas en su día por Renato Bonelli sobre los límites que plantea la comprensión del espacio tridimensional. Las mismas lecturas presentadas a este seminario sobre el castillo de Casteldefells por Albert López Mullor responden adecuadamente a estas objeciones. Por su parte las propuestas de Doglioni dan respuesta a una de las principales aspiraciones de la arqueología de la arquitectura, la posibilidad de repetir las lecturas. Pero tampoco se quiere defender desde este punto de vista el conservacionismo a ultranza ya que, como ha señalado Antoni González, la lectura estratigráfica debe ser el medio, y no un fin en si mismo. Este tipo de debate plantea a su vez la cuestión de la formación del personal investigador implicado en los procesos de rehabilitación y restauración del patrimonio edificado, tanto en lo que se refiere al bagaje instrumental y conceptual, como a las perspectivas y compromisos que se adquieren en el ejercicio profesional. A este propósito es preciso constatar que el sistema de formación superior en la actualidad difícilmente es capaz de dar respuestas a las demandas sociales que plantea la intervención, gestión e investigación sobre el patrimonio arqueológico en general, y edificado en particular. Sigue siendo privilegio de las humanidades en la universidad renunciar al compromiso social y a la implicación en la investigación aplicada que demanda una intervención madura y eficaz en el patrimonio arqueológico. Pero, paradójicamente, es de las mismas universidades desde donde se ataca con mayor agresividad a aquellos profesionales y empresas que, a pesar de la propia universidad, han conseguido dotarse de unos instrumentos y de una profesionalidad siempre denostada por los "investigadores". Esta contraposición, fatal en la experiencia española de los últimos decenios y responsable en última instancia de la crisis de la arqueología a la que ya nos hemos referido, puede aún evitarse en el ámbito de la arqueología de la arquitectura, siempre que se logre una mayor implicación entre las distintas instituciones de gestión e investigación. Las experiencias presentadas al Seminario sobre Sevilla, Valencia, Álava o Barcelona son buena prueba de ello. Si parece claro que la universidad tal como la conocemos en la actualidad debe cambiar radicalmente, ya que el modelo actual está acumulando tal déficit conceptual y de contradicciones que llevará a breve término a replantearse su organización y objetivos. Otra cuestión más compleja es establecer sobre qué bases se tendrá que llevar a cabo la formación de técnicos y profesionales que puedan intervenir en este ámbito de trabajo. Como se ha visto en el seminario, en Italia hay arquitectos y restauradores que utilizan instrumentos de los arqueólogos, y arqueólogos implicados en el campo de la rehabilitación y restauración monumental. En el momento actual no es esta la situación en España, aunque seguramente nos encontramos aún en una fase de decantación de experiencias y de rápida transformación. En síntesis, el encuentro ha permitido realizar un diagnóstico sobre la situación actual de la investigación en Italia y en España que demuestra la buena salud de la arqueología de la arquitectura. La creación de nuevos instrumentos que favorezcan el debate y la construcción de la arqueología de la arquitectura, como la homónima revista publicada por la Universidad del País Vasco y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, no deja de ser el mejor indicador de esta situación.
Agua, arquitectura y poder en una capital del Islam: la finca real del Agdal de Marrakech (ss. El Agdal es una finca real situada al sur de Marrakech y anexa a la kasba, fundada en época almohade. El perímetro amurallado actual contiene 340 ha que en su mayor parte son huertas que se han mantenido cultivadas ininterrumpidamente. En su interior se han estudiado más de 40 edificios conservados y numerosos restos arqueológicos; los más significativos han permitido identificar el recinto de Dar al-Hana como el área residencial de la finca almohade y saadí. Al sur de este recinto se han localizado los restos de un gran palacio saadí de patio central, edificado sobre otro más antiguo de época almohade. La prospección arqueológica origen de la presente investigación ha documentado el proceso de expansión del Agdal hacia el norte, que acabó transformando lo que era una finca aislada (una almunia) en un apéndice de la kasba. La prospección arqueológica de la llanura de Tasltante, inmediata al Agdal, ha permitido definir un modelo de finca y un patrón de implantación al que pertenece también esta finca real. Esta información arqueológica y el análisis exhaustivo de las fuentes cronísticas han hecho posible el primer intento de reconstrucción del Agdal y del paisaje periurbano, con anterioridad a la restauración alauí de la capitalidad imperial en Marrakech en el siglo XVIII. Reciben el nombre de Agdal2 las fincas y huertos de propiedad real anejos a las kasbas de las ciudades imperiales de Marrakech, Rabat, Fez y Mequínez. El topónimo es el mismo término con el que se denominan en Marruecos las áreas reservadas para pastos comunes, cuyo acceso está estrictamente regulado según las estaciones; el apelativo "agdal" o "aguedal" que reciben está cargado de una fuerte connotación de prohibición simbólica, como señaló Mezzine (1998: 69) al estudiar el derecho consuetudinario ( ́urf) de las zonas rurales del Atlas marroquí. Es probablemente este componente el que explica que el término se aplicara también a los espacios privativos del sultán, situados extramuros y perfectamente delimitados, estuvieran cultivados o no. En las fuentes escritas marroquíes de los siglos XIX y XX que recogen el término, éste no va acompañado de otro que lo califique o matice. Fueron los observadores occidentales, especialmente franceses, los que desde finales del siglo XIX acuñaron la expresión "jardins de l ́Agdal" para referirse a él. La denominación hizo fortuna aunque los mismos que la utilizaban eran, a veces, conscientes de sus límites; por eso emplearon también otras como parc (parque) o verger (vergel, huerto). Para un observador de lengua española, el Agdal de Marrakech es más una gran huerta que cualquier otra cosa3; por este motivo en las páginas que siguen nos referiremos a él como "finca" o "huerta", tanto en singular como en plural. El Agdal está situado al sur de la ciudad de Marrakech, como anexo de la kasba, a la que está estrechamente vinculado (Fig. 1). Es propiedad del majzén (Estado) desde su fundación en el siglo XII, pero las fuentes escritas no la recogen con este nombre hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX, ya bajo la dinastía alauí. En época almohade se la conocía como la Buhayra y en la saadí como Rawd al-Masarra (El Parque de la Alegría). Sus huertas se han mantenido cultivadas ininterrumpidamente, sirviendo a la vez de espacios de recreo. Desde 1985 integra la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del conjunto histórico de la medina de Marrakech. Cuenta con una muralla de tapia de unos 9 km de perímetro que protege una amplísima extensión de huertos y un conjunto de edificaciones de recreo, estructuras hidráulicas e instalaciones industriales de interés patrimonial (Figs. Este vasto recinto incluye en su interior otro de 1,5 km de perímetro que constituye el núcleo palatino de Dar al-Hana, compuesto por una alberca rodeada de huertos y flanqueada por los restos de un antiguo palacio situado en su frente meridional. A finales del siglo XIX y principios del XX, periodo de su máxima expansión, el Agdal llegó a tener una extensión de 535 ha y su muralla se prolongó hacia el sur hasta alcanzar un perímetro de 11 km que incluía en su interior lo que se conoce como Agdal Barrani (Agdal Exterior). Todo el conjunto se conocía con el nombre de Gran Agdal (Fig. 2). En la actualidad su superficie se reduce a unas 340 ha que se mantienen en plena producción, plantadas principalmente de olivos, cítricos y granados, cultivos documentados ya en época almohade. Su subdivisión en huertos separados por tapias parece remontarse, al menos, a época saadí, lo que no excluye que su actual fisonomía sea muy deudora de la restauración realizada por los soberanos alauíes en la primera mitad del siglo XIX. Vista aérea vertical de la zona sur de Marrakech y de la llanura de Tasltante. Se marcan en rojo las albercas abandonadas. La mayor parte de ellas ya lo estaban en el primer tercio del siglo XX, como muestra el Plano Topográfico de Marrakech de 1935-1950 (inserto). Las albercas 8 y 9 desaparecieron a mediados de la década de 2000 y la 4 fue parcialmente demolida en las mismas fechas. Croquis general del estado actual de la finca con indicación de las estructuras arquitectónicas y arqueológicas catalogadas. El tamaño de los elementos patrimoniales localizados se ha aumentado por claridad Parte central de la finca representada según el estado en que se hallaba en 1917, a partir de una fotografía aérea del ejército francés. La numeración de los elementos de interés se corresponde con la de la Fig. 2. Las puertas señaladas con los números 40 y 41 no se conservan No deja de sorprender que el Agdal, a pesar de su gran notoriedad, valor histórico y atractivo turístico, no hubiera sido objeto de un estudio en profundidad hasta la campaña de prospección arqueológica realizada en 2012 por la Escuela de Estudios Árabes de Granada, dependiente del CSIC. Un estudio de El Faïz (1996)4 había mostrado el enorme interés histórico, arquitectónico y paisajístico de la finca, y la publicación cuatro años después de una obra colectiva sobre el Agdal promovida por la Fundación Benetton (Luciani et al. 2000) sirvió para llamar de nuevo la atención sobre la necesidad de preservarlo. Llegar a conocer en detalle una realidad que se extendió por más de 500 ha y cuya evolución abarca ocho siglos requería mucho más: era necesario hacer planos actualizados y precisos de la finca, elaborar un catálogo de su patrimonio, documentar gráficamente de manera pormenorizada sus elementos más notorios, llevar a cabo, en fin, una indagación sistemática sobre su estado actual y sobre su pasado. Resultaba imprescindible realizar una encuesta exhaustiva que describiera adecuadamente lo que había, aunando la exploración de las fuentes escritas y arqueológicas con el análisis comparativo de otras realidades similares. La prospección realizada en 2012 permitió inventariar y documentar gráficamente, por primera vez, unos 400 elementos de interés arquitectónico y arqueológico, entre los que destacan unos 40 edificios que conservan sus alzados (Figs. 2 y 3), así como describir la red hidráulica de la finca. Se ha llevado a cabo un estudio detallado de las fuentes árabes disponibles y revisado la información que facilitan los textos en lenguas occidentales, especialmente las descripciones de viajeros de los siglos XVI al XIX. Todo ello se ha contrastado, por primera vez, con la información proporcionada por la prospección arqueológica y ha permitido proponer una hipótesis de la evolución histórica del Agdal desde época almohade hasta el siglo XX (Figs. Las almunias majzén de Marrakech en el siglo XII y su relación con los centros de poder Los primeros trabajos hidráulicos de Marrakech fueron obra de los almorávides, fundadores de la ciudad en 1070. Es necesario remontarse brevemente a esta época para entender el contexto de las actuaciones almohades posteriores. ́Ali Ibn Yusuf (1106-1143), el segundo emir almorávide, aprovisionó de agua la residencia palatina de Qasr al-Hadjar y la medina mediante jattara/s5 (y fue él el que emprendió la tarea de traer las aguas a la ciudad, aunque finalmente los almohades acabaron los trabajos (Al-Idrisi 1968: 68-69, 79; Triki 1995: 95-97)6. En la periferia de la medina abundaban las grandes fincas de regadío (Triki 1995: 96); la más famosa era la Buhayra al-Raqa ́iq, situada al este de la ciudad (Fig. 4), donde tuvo lugar en 1130 la célebre batalla entre almorávides y almohades que terminó con la derrota de estos últimos. La conquista definitiva de Marrakech no se producirá hasta 1147. La descripción de los acontecimientos bélicos que hicieran Al-Baydaq (Lévi-Provençal 1928: 78-79 y 127-128), Ibn al-Qattan (1990: 159-160) y el autor anónimo del Kitab al-Ansab (Levi-Provençal 1928: 28 y 41) permite saber que esta buhayra era una finca cercada, provista de una puerta fortificada dotada de una torre (burdj), que se regaba mediante acequias (sawaqi) alimentadas por jettaras ( ́uyun), y que había silos de grano (murus) en su interior. Esta descripción nos da una idea de los elementos básicos que componían las buhayra/s almorávides y almohades; falta solamente la mención a una gran balsa de agua, que debemos suponer existió. Será bajo la dinastía almohade cuando se generalicen los grandes proyectos hidráulicos. ́Abd al-Mu`min Ibn ́Ali (1130-1163) construyó en 1157 la gran buhayra de la Menara (Fig. 4). El hecho fue registrado por dos fuentes contemporáneas. La primera nos revela el nombre con el que se conoció originalmente la finca. Según el testimonio de Al-Baydaq, personaje que formó parte de la corte almohade, el califa hizo plantar una buhayra llamada Shuntululya hacia 1157-1558: "En 550 [1155-1156], el califa [ ́Abd al-Mu`min] visitó la tumba del Mahdi [en Tinmal], después fue a Salé, donde permaneció dos años. Volvió después a Marrakech e hizo plantar [garasa] la buhayra que está en Shuntululya" (Lévi-Provençal 1928: 125 [texto árabe], 199-200 [trad. francesa]). La segunda fuente es el Kitab al-istibsar, que nos informa de su ubicación: "[ ́Abd al-Mu`min] hizo plantar [garasa] una inmensa finca [buhayra ́adima] al Oeste de la ciudad, hacia el Nfis, de un perímetro de seis millas. Construyó dentro y fuera de ella [fi-ha wa jaridji-ha] dos albercas enormes [sahridjayn ́adimayn]" (Saad Zagloul 1985: 209-210). Como se ve, las dos fuentes utilizan el término buhayra para referirse a una finca regada. El término se utilizaba en el área de Marrakech para designar una gran balsa de acumulación y por extensión el terreno regado gracias a ella7. Las precisiones espaciales y toponímicas que ofrecen estos dos textos permiten descartar que se estén refiriendo al Agdal fundacional, dado que este último estaba situado al sur de la medina (Fig. 4), no al oeste, lo que apunta claramente a que se trata de la Menara, como señaló Deverdun (1959: 194-197). La Menara se aprovisionaba de agua mediante jattara/s. El sitio donde se construyó se hallaba en la llanura situada fuera de la Puerta del Estado (Bab al-Majzén), que debía su nombre a que constituía el acceso a Qasr al-Hadjar (Fig. 4.A), el alcázar almorávide que fue también residencia del primer sultán almohade8. La finca constituía así una proyección exterior del área palatina de la época, algo que emulará su sucesor Abu Ya ́qub Yusuf (1163-1184) fundando su almunia de la Buhayra frente a la ciudad palatina (kasba) que él fundó9 (Fig. 4.B). Según el Kitab al-istibsar (Saad Zagloul 1985: 210) este monarca puso en explotación fincas con albercas de proporciones nunca vistas hasta entonces, y una de ellas fue el Agdal fundacional. Según Ibn Sahib al-Salà (1969: 173), alto dignatario de la corte de Abu Ya ́qub Yusuf, la huerta más importante de Marrakech en esta época se llamó simplemente la Buhayra. Se la puede identificar con el primitivo Agdal gracias a un autor de mediados del siglo XIV, Al- ́Umari, que se refiere a ella con ese mismo nombre y da su localización10. Cuando enumera las puertas de la kasba, Al- ́Umari cita en primer lugar la Bab al-Bustan (Puerta del Jardín), que comunicaba el palacio con una gran finca extra-muros situada al sur de la ciudad palatina (Fig. 4.B): "[La kasba] tiene tres puertas que le son exclusivas: [la primera es] la Puerta del Vergel [Bab al-Bustan], que es privativa de los familiares del sultán; da acceso a un jardín [bustan] llamado la Buhayra; éste, que tiene 12 millas de longitud11, contiene construcciones magníficas, edificios inmensos y la alberca que no tiene comparación. Al- ́Uqayli afirma que tiene 380 brazas [ba ́]12 de largo y que sobre uno de sus bordes hay cuatrocientos naranjos, separados bien por un limonero, bien por una flor" (Al- ́Umari: 1988: 86; Gaudefroy-Demombynes 1927: 181). Ésta es la única descripción que existe de la Buhayra almohade, pero en ella vemos ya todos los elementos y características que mencionarán autores posteriores: finca de tamaño excepcional, alberca sin parangón, plantíos de naranjos y limoneros perfectamente ordenados y edificios asombrosos. De la misma manera que hiciera su predecesor ́Abd al-Mu`min al crear la Menara fuera de la ciudad, siguiendo un eje este-oeste en el que se articulaban la finca y el alcázar califal, también Abu Ya ́qub Yusuf proyectó su gran buhayra fuera de la nueva ciudad palatina de la que era promotor, la kasba, siguiendo en este caso un eje norte-sur completamente diferente al anterior (Fig. 4). El traslado de la capitalidad a Fez en este periodo provocó la decadencia y ruina parcial de Marrakech. A mediados del siglo XIV, sin embargo, muchos de los palacios y dependencias de la kasba estaban en uso y la red hidráulica funcionaba todavía (Ibn Marzuq 1981: 70-71, 156, 137). No puede descartarse pues que la Buhayra continuara existiendo, siquiera como explotación agrícola, dada la tenacidad con la que el majzén protegía sus propiedades. A principios del siglo XVI, León el Africano afirma del jardín asociado al palacio existente en el interior de la kasba que "tan hermoso antes, es hoy muladar de la ciudad" (León el Africano 2004: 171), sin hacer mención alguna a la famosa Buhayra almohade. Tras el paréntesis meriní, bajo la dinastía saadí Marrakech recupera la capitalidad del imperio, lo que traerá una reactivación de la vida urbana reflejada en la construcción y restauración de palacios y en la recuperación de la red hidráulica. También tiene lugar la revivificación de las grandes fincas del majzén, particularmente del Agdal, que en este periodo era conocido como Rawd al-Masarra o simplemente la Masarra. Los textos de la época, mucho más abundantes y prolijos que los anteriores, describen una finca muy extensa compartimentada en huertos más pequeños, presidida por una alberca imponente a la que se asoma un gran edificio que es atravesado por la acequia que la alimenta. Con esta información es posible reconstruir la finca con cierta precisión e incluso conocer qué sultán hizo en ella las obras más importantes. No tenemos noticia alguna de la Masarra para el periodo de gobierno del sultán ́Abd Allah al-Galib (1557-1574). El estado en el que se encontraba la finca durante el gobierno de su sucesor ́Abd al-Malik I (1574–1578) se conoce en cambio gracias al testimonio del embajador inglés Edmund Hogan, que relata cómo fue recibido por el sultán en 1577 "en su jardín", tumbado en una cama de seda (Hogan 1918: 245). En otro jardín adyacente, al que se desplazan después, había una gran alberca con su barca en la que ambos navegan; menciona también que allí había una "banqueting house" que en la arquitectura Tudor, con la que el embajador inglés estaba familiarizado, era un edificio destinado a recepciones y banquetes al que se llegaba desde la residencia principal a través de jardines13. El equivalente saadí de este tipo de estructura era un pabellón de recreo. También es de destacar en el testimonio de Hogan que el sultán le mostrara "sus caballos y otros objetos de valor que tenía por su casa", lo que indica la existencia en aquel lugar de un edificio residencial y unas caballerizas (Fig. 27). El sucesor de ́Abd al-Malik I, Ahmad al-Mansur (1578-1603), fue el gran constructor de la dinastía. Entre sus obras destaca el palacio del Badi ́, iniciado en 1578, apenas llegado al trono. Pudo inaugurarlo escasamente cinco años después, en 1593. También ejecutó otros muchos proyectos dentro de la kasba, edificó la rauda real conocida como tumbas saadíes y levantó la mezquita de Bab Doukkala y sus anexos (Deverdun 1959: 384ss.). La Masarra de este periodo se conoce gracias a los anales de la dinastía saadí redactados por ́Abd-al-Aziz ibn Muhammad al-Fishtali (1549-1621), visir de Al-Mansur e historiógrafo oficial. El autor la describe en los siguientes términos14: "Este parque [rawd] de al-Masarra [...] tiene la anchura de las murallas de la kasba y de Al-Saliha. Se distingue por su gran extensión y despliega un manto de verdura hasta el horizonte lejano; es tan grande que los mejores caballos de carreras serían puestos a prueba. La ordenación perfectamente simétrica de los cuadros de cultivo [hada`iq] hace sucederse a las viñas, los granados, y las palmeras, en parejas o en grupos de especies de plantas, dispuestas unas frente a otras como si se miraran mutuamente. Hay huertos [djannat] separados a lo largo y ancho por avenidas bordeadas de plantas aromáticas y árboles: mirtos, limoneros, saúcos [jabur], macizos de rosas, nisrin [¿rosas de Jericó o narcisos?], jazmines, y un bosque de innumerables olivos cuyo producto cubre las necesidades de la región. Cuando se llega a la Gran Alberca [al-birka al- ́udmà], parecida a un mar ondulante, situada en la parte más alta [de la finca de la Masarra], se descubre un panorama que maravilla la vista a causa de su inmensidad y de su anchura. [La alberca] es tan grande que podría contener una arena en la que los caballos corrieran a lo largo y a lo ancho [...] [Tiene] fuentes de surtidor central [jussas]15 integradas en la construcción, adosadas a sus muros al este y al oeste, bellas y enormes, cuya agua vierte en una conducción de corriente muy fuerte. [La alberca] está rodeada de plantas de múltiples variedades cuyas hojas son perennes y permanecen verdes siempre. Por lo que respecta al Gran Palacio [al-biniya al- ́udmà], el encanto que produce su visión es proverbial. Se eleva al borde de la gran alberca y es atravesado por el canal [nahr] que vierte en ella, comparable en eso al océano en el que ondean las olas" (Al-Fishtali 1964: 178-179)16. La kasba, según Al-Fishtali, se comunicaba con la Masarra mediante una puerta que se abría en un gran pórtico o galería (bahu) de la Gran Qubba (al-qubba al- ́udmà) situada en el extremo sur del Jardín del Canal (al-bustan al-nahr), el actual jardín del palacio alauí que hay en el interior de la kasba. El autor describe cómo se veía la Masarra desde allí: "La vista sigue el camino, bordeado a izquierda y derecha por plantas que le dan sombra, hasta el edificio dominante erigido sobre la gran alberca [al-biniya al-munifa al-mathila ́alà al-birka al- ́udmà] en la parte más alta de la Masarra [fi a ́là-l-Masarra]" (Al-Fishtali 1964: 177). La descripción de Al-Fishtali, testigo privilegiado de lo que narra, es valiosísima por los detalles que ofrece sobre la disposición de la finca, dividida en huertos yuxtapuestos (djannat, hada`iq) separados por avenidas bordeadas de plantas y flores. El autor diferencia claramente dos zonas de cultivo: la primera dedicada a frutales y a especies delicadas que necesitan más agua y son más propias de un jardín; la segunda un gran área de monocultivo del olivo. Esta misma distribución ha llegado en buena parte hasta nuestros días. Es de destacar que la extensión dedicada al cultivo del olivo debía de ser muy grande, dado que la producción obtenida en la Masarra cubría "las necesidades de la región". La información que proporciona Al-Fishtali sobre las enormes dimensiones de un palacio situado junto a la alberca, también excepcional por su extensión, es en todo coincidente con la realidad arqueológica descubierta en Dar al-Hana (Figs. 6, 7 y 8), punto sobre el que volveremos más adelante. Restos arqueológicos situados en las inmediaciones del edificio residencial. (A) Estructuras en superficie en las proximidades de las albercas de decantación. (B) Estructuras arqueológicas (1) seccionadas por la construcción de un pasadizo subterráneo de hormigón (2); al fondo el edificio saadí reconstruido por Paccard Vista desde el este de dos tramos de diferente grosor. En primer término, una tapia hormigonada que probablemente pertenezca al proyecto almohade; al fondo, una tapia de menor grosor y menor carga de cal, probablemente perteneciente a la reconstrucción saadí Vista desde el oeste. La estructura inferior es más gruesa y pertenece probablemente al proyecto fundacional almohade. El alzado del fondo pertenecería a la reconstrucción saadí Al Ifrani, autor de la primera mitad del siglo XVIII, atribuye a al-Mansur la revivificación de la Masarra, citando el Rawdat al-As de Al-Maqqari (1578-1632): "Al-Mansur había concebido tres cosas admirables por su forma y de una maravillosa belleza: el Badi ́, la Masarra y la Mushtaha [un jardín interior de la kasba]". Pero Al-Ifrani sabía que la Masarra había sido originalmente obra de los almohades y por eso afirma a continuación que lo que hizo Al-Mansur en la finca fue, más que crearla, restaurar "los lugares de la Masarra [ma ́alim al-Masarra] después de que hubiera caído en ruina [ba ́da indirasa-ha]"(Al-Ifrani 1998: 112, Houdas 1889: t. El aspecto impresionante que presentaba la Masarra saadí nos fue transmitido por Al-Maqqari al narrar una reunión de amigos, todos dignatarios de la corte de Al-Mansur, que tuvo lugar en marzo de 1601, en pleno Ramadán, al borde de la alberca de Dar al-Hana. En medio de un debate sobre los jardines más bellos del mundo decía: "Para mí [...] la Masarra supera a todos los jardines [...] las constelaciones mismas desearían pasearse en sus praderas [...] bañarse en su alberca es mucho más agradable que hacerlo en el Nilo o en el Genil [de Granada]" (Al-Maqqari 1983: 25-26). Contamos con dos testimonios europeos contemporáneos de Al-Fishtali y de Al-Maqqari que también la describen. Uno es el del cautivo portugués Antonio de Saldanha y otro el del francés Thomas Le Gendre. Ambos fueron testigos oculares. El primero describe una "huerta cercada de muros" de más de una legua de circuito en la que había una alberca de 500 por 400 pasos que podía llenarse en dos días y vaciarse en otros dos, y que se aprovisionaba de agua mediante un gran canal llamado "Rio del Rey" (la acequia Tassoultant) que Al-Mansur "mando traer de los Montes Atlas" (Saldanha 1997: 81)17. Sorprendentemente no hace comentario alguno del gran palacio que había en la finca. El segundo menciona la existencia de un jardín llamado la Pequeña Masarra (Dar al-Hana) desde el que se accedía a la gran finca que lo albergaba, la Masarra (Le Gendre 1911: 726-727). La suma de ambos recintos constituiría la gran finca heredera de la Buhayra almohade. Le Gendre especifica que el agua que la atraviesa termina llegando al Palacio del Badi ́, y afirma que los ciudadanos de Marrakech podían acceder a estos jardines, tradición que hoy día se mantiene. Al igual que De Saldanha, no dice nada del gran palacio que mencionara Al-Fishtali. En 1641, el holandés Adrien Matham realiza una vista panorámica de Marrakech para la que escribe un texto explicativo (Matham 1913: 635). La Masarra se hallaba según él "a una media hora de la ciudad". Si damos credibilidad a las cifras que ofrece, bastante superiores a las registradas por la administración del Protectorado para la primera mitad del siglo XIX, deberíamos imaginar una finca de dimensiones similares a las del actual Agdal18. El estado en el que se hallaba la Masarra saadí a poco de su advenimiento puede saberse gracias a dos testimonios de viajeros occidentales. El primero es la relación que hace Antonio da Silva Pereira de su embajada a Marruecos en 1677. Afirma que tiene casi legua y media de largo y que está atravesada por un camino completamente limpio de piedras (Da Silva 1864: 107). Su descripción coincide en lo esencial con las de Le Gendre y Matham, hechas sesenta y cuarenta años antes, respectivamente. Al igual que ellos, no menciona la existencia de un palacio en la Masarra, aunque es agasajado en la alberca, donde se le ofrece una comida amenizada por una orquesta (nûba). El segundo testimonio es de Germain Mouette, fechado en 1684. Según este cautivo francés la finca tenía un circuito de dos leguas y en ella había avenidas bordeadas de flores y cipreses, donde se podían ver "viveros llenos de peces", en una clara referencia a las albercas (Mouette 1924: 193-194). Destaca la disposición ordenada de la finca, algo que hará también, medio siglo después, Thomas Pellow, cautivo en Marruecos entre 1720 y 1736. A este último le llaman la atención el orden, la variedad y el buen estado de las plantaciones, o lo bien cuidados que estaban los árboles frutales, especialmente los naranjos (Pellow 1890: 193-194)19. El nombramiento en 1746 de Muhammad Ibn ́Abd-Allah, el futuro Muhammad III (1757-1790), como virrey (jalifa) de Marrakech, tras el juramento de obediencia prestado por sus habitantes a su padre el sultán ́Abd-Allah (1728-1757), supuso un gran acontecimiento para la ciudad. Como virrey inició la reconstrucción de la kasba, cuyo estado era tan deplorable que a su llegada hubo de instalarse en tiendas en su jardín. Tras su acceso al trono en 1757 continuó estas obras y ejecutó otras muchas que llegaron a valerle el calificativo de bienhechor de Marrakech (Deverdun 1959: 479ss.). Desafortunadamente los cronistas nos informan de todo esto de manera desordenada e imprecisa, algo particularmente de lamentar porque los proyectos que llevó a cabo en la kasba y su entorno, incluido el Agdal, determinaron la evolución urbana de esta parte de la ciudad durante el siglo siguiente. La construcción de los mechuares al sur de la kasba, en sustitución del antiguo espacio abierto (Asarag) 20 almohade y saadí situado intramuros, proyectó la ciudad palatina hacia el exterior de las murallas. No resulta casual que construyera, en los espacios del Agdal más próximos a los nuevos recintos protocolarios exteriores de la kasba, el núcleo original de la residencia de recreo de Dar al-Bayda y la huerta de Djenan Redouan. Una vista de las murallas meridionales de la kasba recogida por Georg Höst, danés que residió en Marruecos entre 1760 y 1768, permite saber hasta dónde habían avanzado los trabajos de construcción de los mechuares y de Djenan Redouan en esa década (Höst 1781: lám. VIII). En este grabado se representa, de izquierda a derecha, la huerta de Djenan Redouan, el Gran Mechuar, la muralla del Dar al-Majzén, la muralla de la Mellah y la huerta de Djenan al-Afiya (Fig. 9.A). En la década de 1760 no existían todavía los mechuares interior y exterior ni el barrio de Bab Ahmar, construcciones posteriores de este mismo sultán. El punto de vista del artista estuvo situado al sur del barrio de Bab Ahmar, en lo que actualmente es el sector Dakhlani del Agdal. Aunque desconocemos los detalles del proceso de creación de los mechuares (Deverdun 1959: 481, 497), la vista de Höst permite reconstruir en qué fechas tuvo lugar la primera fase de restauración alauí del Agdal, circunscrita a la construcción de Dar al-Bayda y de Djenan Redouan. (A) Vista del frente sur de la kasba según un grabado Höst (1781). Ya se habían construido, de izquierda a derecha, Djenan Redouan (1), el Gran Mechuar (5), Djenan al-Afiya (9) y un primer palacio en Dar al-Bayda (situado al sur de Djenan Redouan, no visible en la imagen). Todas estas obras fueron promovidas por Muhammad III (1757-1790), que durante su reinado construirá también los mechuares interior y exterior y el barrio de Bab Ahmar. (B) Interpretación del grabado de Höst sobre una fotografía aérea de 1917. (C) Interpretación del grabado sobre una fotografía aérea vertical de la misma fecha Sabemos que la antigua Masarra se salvó del designio destructor de Ismail gracias a las descripciones que hicieron varios viajeros occidentales. Las más interesantes son las hechas por los miembros de una embajada francesa de 176721. El diario oficial redactado por el diplomático Louis Chénier menciona lacónicamente la existencia de "un viejo palacio" en el jardín donde acampó la comitiva (Chénier 1943: 4-5) Pero los testimonios más prolijos pertenecen a otros dos componentes de esa misma embajada. El Duque Des Cars, entonces un joven oficial, narra que el lugar de acampada, situado a media legua de la ciudad, era la huerta de un "viejo palacio imperial arrasado". Estaba "cercada de muros, aunque con numerosas brechas". El palacio arruinado que contempla es el "gran edificio" que describiera Al-Fishtali más de siglo y medio antes, rodeado por el complejo amurallado de Dar al-Hana. Menciona también un curso de agua que atraviesa la finca de parte a parte y en ella encuentra limoneros, granados, albaricoqueros y melocotoneros. A pesar de que el palacio se hallaba en ruinas, la finca estaba lo suficientemente cuidada como para ser digna de albergar huéspedes ilustres, cuya satisfacción era cuestión de estado. Muchos años después, al redactar sus memorias, recordará haber visto desde el lugar de acampada "una cantidad considerable de pabellones construidos con elegancia, casi todos al borde de algún lago destinado a los paseos vespertinos del Emperador y de las Reinas, que venían a respirar el fresco, a pasearse sobre el agua en góndolas" (Des Cars 1890: vol. I, 47). El segundo testigo ocular es Bidé de Maurville, un cautivo liberado a raíz de las negociaciones realizadas por la embajada, que quedó impresionado por lo que vio: "las ruinas del palacio de uno de los antiguos reyes de este Imperio, que todavía dan claramente a entender hasta qué punto estaba infinitamente por encima de todos los edificios actuales de este país, y podía, creo yo, ir parejo con lo que hubo entonces de más bello en su género en toda esta parte" (Bidé de Maurville 1775: 345). Esta última descripción, aunque carente de detalles, es relevante porque establece una comparación entre los palacios contemporáneos que vio el autor y el palacio saadí del Agdal, en la que resulta claramente favorecido este ultimo. Curiosamente, ni él ni el Duque Des Cars mencionan la gran alberca de Dar al-Hana, a pesar de que los restos del palacio se encontraban inmediatos a ella (como lo están hoy). Es probable que para entonces no contuviera agua, ya que sabemos de su restauración cincuenta años después. Muhammad III construyó un primer palacio en Dar al-Bayda y el huerto de Djenan Redouan a mediados del siglo XVIII, pero serán los sultanes ́Abd al-Rahman (1822-1859) y Muhammad IV (1859-1873) los que restauren la gran finca del Agdal, que Muhammad extenderá hacia el sur creando el Agdal Barrani. Hassan I (1873-1894) continuará esta política haciendo diversos intentos por instalar actividades industriales de interés para el majzén. 1877), secretario de la cancillería e historiógrafo oficial de ́Abd al-Rahman y de Muhammad IV, escribió una obra laudatoria que permite conocer cómo se ejecutó este proyecto restaurador desde el punto de vista de su promotor, el majzén alauí (Akansus 1918: t. I, 9-10, 22-23). ́Abd al-Rahman recuperó primero el derecho de soberanía sobre la acequia Tassoultant, que traía el agua del rio Ourika desde época almohade. En tiempos de Muhammad III (m. 1790) los Mesfioua se habían apropiado de ella y Suleyman (m. 1859) "recuperó por la fuerza la acequia del Sultán" de manos de los Mesfioua23. Para la restauración de la finca trajo campesinos expertos de otras zonas del país. Restauró la alberca de Dar al-Hana, llena de limos y ocupada por un poblado (douar), y reparó las demás albercas del Agdal. Las plantaciones "estaban expuestas a la sequía durante el verano"; hasta entonces habría sido prácticamente imposible regar durante el estiaje. Akansus no especifica sin embargo las fechas en que se ejecutaron las obras. Según el historiador Ahmad ibn Jalid al-Nasiri (m. Aunque Akansus se detiene en la vinculación de la Gran Alberca (al-Birka al-Udmà) con el Pequeño Mar (al-Bahr al-Sagir) de los almohades, evocando los paseos en barca de los antiguos soberanos, no menciona que existiera allí ningún edificio residencial construido por ́Abd al-Rahman o Muhammad IV, algo que hubiera hecho sin lugar a dudas si tal cosa hubiera ocurrido. Es evidente que para los alauíes Dar al-Hana había dejado de tener interés como residencia, una vez que Muhammad III construyó Dar al-Bayda en la segunda mitad del siglo XVIII. A lo largo del siglo XIX se harán obras de ampliación y mejora en el nuevo palacio con el fin de cubrir todas las necesidades residenciales que los monarcas alauitas tenían en el Agdal. Djenan Redouan, obra también de Muhammad III a linde del Gran Mechuar, será el lugar donde en ocasiones señaladas los sultanes ofrezcan convites que duraban días a los altos dignatarios y jefes tribales (Fumey 1907: 264-265). En estas celebraciones el monarca se instalaba en la Qubba de Essaouira, abierta al norte y al sur, para observar los alardes que tenían lugar en el Gran Mechuar y disfrutar de la vista sobre el jardín. Los mechuares, por su parte, serán el escenario de recepciones multitudinarias y desfiles en los que participan miles de personas agrupadas según su rango y afiliación. En estas ocasiones, el público asistente tiene a sus espaldas los muros del Dar al-Majzén, residencia del sultán, y enfrente la muralla del Agdal. Casi un siglo de esfuerzos por parte de tres sultanes había conseguido hacer del Agdal una plantación rentable de olivos y frutales, a la que se dotó de instalaciones agropecuarias e industriales. Aún así el edificio residencial de Dar al-Hana mostraba a principios del siglo XX un estado de abandono que indica la escasa atención que le depararon los alauíes (Figs. 10 y 11) ¿Qué percepción tenían los contemporáneos de estas obras? Más allá del innegable valor económico y propagandístico de la restauración de la finca y de la puesta en cultivo de nuevas parcelas, afloraba siempre una insatisfecha aspiración a la gloria. El testimonio de Al-Nasiri cuando compara el Agdal alauí con las grandes obras de los antiguos así lo demuestra: "Los quioscos persas [al-mutanazahat al-kusruiya], las qubba/s de los césares [al-qubab al-qaysariya], los pabellones de los omeyas [al-maqa ́id al marwaniya] que se elevan en el interior [del bustan o parque del Agdal] son tales que inmovilizan la mirada y desafían toda descripción: así son Dar al-Hana, Dar al-Bayda, Al-Salha, Al-Zahra, etc." Vista del conjunto hacia el sur tomada desde la cubierta de Al-Manzeh. Tarjeta postal de principios del siglo XX que muestra una vista del patio que se extendía entre el cuerpo del edificio y la alberca. Se ve el estado en que se encontraban sus muros, que presentan pérdidas de la costra de la tapia, grietas y reparaciones. Todos los elementos visibles en la postal desaparecieron tras las obras de remodelación del edificio llevadas a cabo en la década de 1980 Lo exagerado de la afirmación no hace sino poner en evidencia el carácter más bien modesto de los proyectos residenciales alauíes en el Agdal. El mismo Al-Nasiri afirmó, refiriéndose al sultán Muhammad IV, que los tiempos en los que le había tocado vivir no le favorecieron, porque "sus aspiraciones valían más que su época" (Al-Nasiri 2001-2005, t. Las construcciones de nueva planta, la restauración de las antiguas y las ampliaciones de la finca son las obras que hicieron los alauíes para conformar el Agdal que ha llegado hasta nuestros días. Este Agdal es en lo esencial el que se cultiva hoy y el que aprecian sus escasos visitantes, pero representa apenas una cuarta parte de su historia, la más reciente. LA COMPARTIMENTACIÓN DE LA FINCA La configuración del espacio interior del Agdal muestra una ordenación rigurosamente geométrica organizada en torno a un eje director, orientado aproximadamente de norte a sur y coincidente con la pendiente del terreno (Fig. 12). Este eje queda marcado por el camino central que une Dar al-Hana con la kasba, y se prolonga hacia el sur entre las parcelas de Haj Lahcen y Belfkih. Su linealidad se resiente a la altura de Dar al-Bayda generando un pequeño quiebro en ángulo de 90o que se explica más adelante. A partir de él se organiza una trama ortogonal que divide la superficie en parcelas, y éstas a su vez en cuadros de cultivo cuadrangulares cuyos límites vienen marcados por la red de caminos, en cuyos linderos se plantan hileras de olivos. Tan sólo en algunas parcelas del frente occidental esta red pierde ligeramente su ortogonalidad para adaptarse a la desviación de la muralla exterior, que no es paralela a la dirección del eje principal. Las orientaciones definidas por esta trama no sólo comprometen la ordenación general de las parcelas, sino que son respetadas por los trazados de todos sus elementos. Tanto es así que la presencia de alguna construcción que no cumpla estos principios es considerada una anomalía necesitada de explicación. Este carácter marcadamente ortogonal tiene sentido tanto desde el punto de vista técnico de la gestión de una explotación agrícola asentada en el llano como de la consecución de un proyecto urbanístico y arquitectónico coherente y bien acordado. A pesar de las modificaciones sufridas a lo largo de su historia, la organización espacial general parece haber cambiado muy poco. Así, las trazas del proyecto fundacional almohade y del acometido durante la restauración saadí habrían quedado fosilizadas en el sector central de la finca, marcando la pauta que habrían de seguir las posteriores ampliaciones hacia el norte y hacia el sur (Fig. 5). Desde la restauración alauí a mediados del siglo XIX la finca quedó dividida en once parcelas, cuya superficie variaba entre 13 y 74 ha, que necesitaban de una cierta gestión coordinada debido a que dependían de una red hidráulica compartida25. Cada una de ellas estaba protegida por tapias de tierra y separada de las otras por los caminos que les daban acceso (Fig. 38). La mayoría de estos cercados han desaparecido debido a la escasa durabilidad de este tipo de fábrica y a su inadecuación a la gestión contemporánea de la finca, en la que los animales de labor han sido sustituidos por maquinaria agrícola y transporte mecanizado. En cambio, la mayor parte de las antiguas puertas de acceso a las parcelas, a pesar de haber perdido su función, se han conservado debido a la mayor solidez de su fábrica y al hecho de haber recibido cierta atención ornamental. Se trata por lo general de pequeños y sencillos edículos de planta cuadrada o rectangular, con acceso directo y situados a eje con los principales caminos internos. La uniformidad en su diseño, técnicas y acabados indica que la restauración alauí afectó a todas las parcelas. Se sabe por las fuentes que desde época almohade existió un gran eje norte-sur que llegaba a la puerta septentrional del recinto de Dar al-Hana, el actual pabellón de al-Manzeh construido en el siglo XIX26. Este trayecto ascendente lo era tanto en sentido estricto como figurado, ya que el camino tenía su culmen al llegar a Dar al-Hana. Con independencia de la capacidad que tiene este eje a la hora de estructurar toda la superficie de la finca, parece evidente que sirvió también para señalar cuál era el espacio neurálgico del Agdal, la parte que explicaba y justificaba la totalidad. Dado que este eje compositivo también ha sido y es el camino principal de la finca, parece razonable pensar que como vía de circulación no podía finalizar allí, pues la puerta principal del Agdal se encontraba al otro lado de Dar al-Hana, en el extremo meridional del recinto. Planteada la hipótesis de cuál fue el tramo de arteria principal del Agdal hasta llegar al frente septentrional de Dar al-Hana, es necesario reflexionar sobre lo que sucedía con este camino una vez llegado a este punto. No hay duda que en el lugar que hoy ocupa el pabellón septentrional de Dar al-Hana hubo una puerta que permitía acceder al recinto palatino cuando la autoridad de turno venía de la kasba. Dado que este acceso tendría un carácter más privado, es necesario considerar que el camino debió de continuar hacia el sur bordeando Dar al-Hana hasta llegar a la puerta meridional del palacio. Este segundo trayecto debió de iniciarse en el lugar en el que hoy día hay un acceso del siglo XIX, al oeste del pabellón de al-Manzeh (Figs. Desde allí el camino continuaría bordeando la muralla de Dar al Hana por sus frentes septentrional y occidental. Adosados a estos dos tramos de la muralla se instalaron en el siglo XIX dos molinos y el complejo industrial del polvorín (Figs. Aunque estas actividades se introdujeron cuando Dar al-Hana dejó de funcionar como núcleo palatino, ello no impediría que allí hubiera un camino importante cuya finalidad fuera poner en contacto el eje norte-sur con la puerta meridional de la antigua finca, que debió de formar parte del edificio palatino cuyas ruinas se han localizado al sur del recinto de Dar al Hana. El camino que bordea por el norte la parcela de Al-Garsia y une la Puerta de la Musalla con la puerta del polvorín y con el pabellón septentrional de Dar al-Hana es a todas luces una abertura decimonónica. Se hizo para crear un acceso de nueva planta al complejo industrial del polvorín que evitara circulaciones indeseables por el interior de la finca (Navarro et al., en prensa). A la hora de estudiar la organización interna del Agdal se ha creído oportuno dividirlo en tres sectores: septentrional, meridional y central. Esta subdivisión no es arbitraria; cada uno de ellos tiene una historia propia que puede explicar ciertas peculiaridades. Este sector engloba las actuales parcelas de Sousia, Djenan Redouan y Dakhlani (Fig. 12. La creación del complejo palatino de Dar al-Bayda27 es un elemento distorsionador que conviene individualizar. En el análisis se ha desgajado de Sousia con el fin de explicar su fundación en la parcela en la que probablemente tuvo su origen, Zahiria. Planta general con indicación de la parcelación y las circulaciones interiores a comienzos del siglo XX Limita al norte con Djenan Redouan, y al sur con las parcelas de Zahra y Dar al-Bayda, con las que compartía tapias. Una tercera tapia la separa por el este del camino central del Agdal. Su frente oeste queda definido por la muralla exterior de la finca. Tiene una superficie de 11,5 ha. El sector noroccidental está actualmente plantado de olivos. Esta parcela se introduce por su sector suroccidental dentro del área que puede considerarse el Agdal fundacional, es decir se trata de un fragmento de parcela que en origen perteneció a Zahra. Creado a mediados del siglo XVIII, se ubica en el extremo noroccidental de la finca, protegido por tapias de tierra y comunicado mediante cinco puertas, una de ellas situada en la Qubba de Essaouira (Fig. 12). Sus límites son los siguientes: al norte, el Gran Mechuar; al este, el camino entre tapias de Dar al-Bayda; al sur, la parcela de Sousia y al oeste la muralla exterior de la finca. Todo el espacio interior sufrió una remodelación íntegra a finales del siglo XX para construir un campo de golf. Albergaba dos albercas, de las que sólo se conserva en uso la meridional, desfigurada por el campo de golf, así como un pequeño complejo residencial formado por dos pabellones de recreo articulados a través de un patio. La Qubba de Essaouira se sitúa en el muro septentrional de la parcela y se proyecta sobre el Gran Mechuar, abriéndose a ambos lados (Fig. 9). La parcela estuvo plantada de cítricos, que convivirían con jardines de especies ornamentales en las proximidades de los pabellones. Esta parcela se ubica en el extremo nororiental del Agdal. Fue plantada por ́Abd al-Rahman hacia 1830 y desde entonces se ha venido destinando al cultivo exclusivo del olivar tal y como sucede en toda la mitad oriental de la finca. Tiene una superficie aproximada de 65 ha. Limita al norte con los mechuares interior y exterior y con el barrio de Bab Ahmar (Figs. 2 y 12), al oeste y al sur con las tapias del camino central del Agdal y de la parcela contigua de Belhaj, respectivamente, y al este por la muralla exterior del Agdal. Contó con cuatro accesos en su perímetro. En la zona septentrional existe un pequeño pabellón de recreo, rodeado por una zona ajardinada con alberquillas. Este sector engloba las actuales parcelas de Haj Lahcen y Belfkih, situadas en el extremo meridional de la finca. Cada una ocupa un área aproximada de 53,5 ha destinadas al cultivo de olivar. Son las únicas parcelas que no reciben aguas de jattara/s, lo que es un indicio más de que nunca formaron parte de las zonas regadas del Agdal fundacional; su puesta en funcionamiento como espacio agrícola está estrechamente relacionada con la recuperación alauí de la acequia Tassoultant (1824-1834). Su similitud permite describirlas conjuntamente. Limitan por el norte con las parcelas de Salha, Dar al-Hana y Al-Garsia. Sus frentes este, sur y oeste quedan recorridos por la muralla exterior del actual Agdal. Están separadas entre sí por el camino que enlaza Dar al-Hana con la puerta Bab al-Nasr, que se abre en el frente sur de la muralla. Tanto ésta como la puerta de la esquina suroriental, Bab al- ́Abid, deben considerarse accesos a la finca, no a estas parcelas en particular (Figs. Las dos parcelas se organizan internamente de la misma manera, con unos ejes orientados de este a oeste que generan tres bandas de anchura desigual que decrecen de sur a norte. Estas irregularidades resultan extrañas en un espacio de nueva colonización, lo que induce a pensar que existieron restos de una organización anterior lo suficientemente importantes como para condicionar el nuevo diseño. Entre las dos bandas mayores hay un camino importante en el que se han localizado los restos de una estructura rectangular, bien visible en la fotografía aérea de 1917. Estaba situada dentro de la parcela de Haj Lahcen, en las inmediaciones del camino principal que la separa de Belfkih (Fig. 2.42). En la prospección de 2012 no se pudo localizar, lo que impide hacer una propuesta de identificación o averiguar qué relación pudo tener con el cierre meridional del palacio. La banda más septentrional, inmediata a las parcelas Salha y Al-Garsia, es la más pequeña y tiene un ancho aproximado de 75 m; sus cuadros de cultivo presentan una forma muy alargada este-oeste y una superficie media de 1,8 ha, sensiblemente menor a todas las demás de este sector. En la parte central, en las inmediaciones del edificio residencial de Dar al-Hana, se ubica el gran edificio de caballerizas (Figs. Estas singularidades y su disposición ocupando todo el frente sur de lo que fue el Agdal fundacional hace pensar que su configuración actual es deudora del gran complejo constructivo que hubo en torno a las ruinas del palacio de Dar al-Hana. El sector central de la finca engloba las actuales parcelas de Al-Garsia, Belhaj, Zahra, Zahiria, Salha y Dar al-Hana (Figs. Se corresponde, aproximadamente, con la superficie ocupada por el Agdal almohade y saadí (Fig. 5). Es muy probable que, en gran medida, tanto su organización parcelaria como su especialización productiva, en función de la mayor o menor necesidad de riego de sus cultivos, sean realidades cuyo origen se remonte al Agdal fundacional o, como mínimo, a la restauración saadí. Por este motivo conviene observar detenidamente los criterios que se han seguido en la organización parcelaria y en la especialización de sus cultivos poniendo todo ello en relación con la red hidráulica. La fotografía aérea de 1917 puede ser muy útil para este fin, dado que se trata de la imagen más antigua que tenemos de la totalidad de la finca. Un dato que se obtiene al observarla es que no ha habido cambios significativos desde entonces. Otro es la clara diferencia que hay entre su mitad oriental y la occidental: en la primera hay tres parcelas de menor tamaño dedicadas al cultivo de frutales (Fig. 13), en la segunda hay dos, destinadas a olivar. En medio de estas dos realidades se situaban los jardines palatinos de Dar al-Hana, cercados por su propia muralla (Fig. 14). A partir de esta reflexión se puede argumentar que la restauración alaui acometida por ́Abd al-Rahman (1822-1857) hacia 1830 fue respetuosa con la mayor parte de los elementos esenciales de la organización espacial de la finca anterior. Vista del camino central, hacia el norte. A la izquierda, las parcelas de Salha y Zahiría y la tapia de tierra que las delimita por el este. Puede observarse la organización en grandes cuadros de cultivo delimitados por hileras de olivos que sirven de cortavientos Vista del frente oriental de la muralla Alberga en su interior el albercón del mismo nombre. Con anterioridad a su construcción en el siglo XIX es muy posible que existiera allí una alberca más pequeña, tal y como sucede en la parcela opuesta de Salha. Queda delimitada al oeste por el recinto amurallado de Dar al-Hana y al este por el frente oriental de la muralla exterior. Al norte y al sur está cerrada por tapias de tierra. Cuenta con una puerta de acceso centrada en su frente septentrional. Tiene una superficie aproximada de 18 ha dedicada al olivar. Este cultivo puede observarse ya en la fotografía aérea de 1917, aunque en ese momento se detecta una distribución irregular de los árboles, dejando grandes zonas vacías que más tarde han vuelto a replantarse. Al comparar esta parcela con Salha, situada al otro lado de Dar al-Hana se constata la notable asimetría que hay entre ellas, lo que resulta extraño en un diseño regular y simétrico como el que se observa en todos los elementos antiguos identificados en el Agdal. La configuración actual de Al-Garsia es fruto de las reformas del siglo XIX, y su límite norte, tal como lo conocemos hoy, se diseñó cuando fue necesario crear un acceso propio para el complejo del polvorín, la Puerta de la Musalla. En su origen la parcela debió de ser igual que la de Salha. Es la mayor parcela del Agdal, con una superficie de 74 ha. Queda delimitada al este por la muralla exterior de la finca. Los frentes meridional y occidental contaron con tapias de tierra, hoy desaparecidas, que la aislaban de los dos caminos más importantes del Agdal: el central que discurre de norte a sur y el que une la puerta de Dar al Hana con la de la Musalla. Contaba con una tercera tapia en el norte, que compartía con la parcela contigua de Dakhlani. Se ha destinado tradicionalmente a olivar, cultivo atestiguado ya en las fotografías históricas. En su extremo septentrional hay una antigua almazara que se describe más abajo y que en la fotografía de 1917 aparece en ruinas (Fig. 15). Hay motivos para pensar que se trata de una obra de época saadí. Su emplazamiento en el límite septentrional del Agdal fundacional responde a toda una lógica del diseño en el que se pretende evitar la entrada al interior de la finca de todos aquellos que no trabajan en ella. Un potente muro de hormigón de cal de una veintena de metros de longitud y 1,80 m de grosor se pudo localizar, visible en superficie, en el ángulo suroeste de la parcela (Fig. 2.14). Su presencia ha alterado la regular organización interna de sus huertos, generando en esta zona un ancho de huerto mayor que viene a coincidir con el camino que separa las parcelas de Salha y Zahiria. La estructura en cuestión está atravesada por bovedillas (qadus) destinadas a permitir el paso del agua de una acequia procedente de la alberca de Dar al-Hana28. Aunque no se puede descartar que se trate de un muro de contención destinado a salvar el desnivel existente, con una cota más baja en el lado norte de dicha estructura, es más probable que se trate del cierre meridional de una antigua alberca, que al quedar abandonada fue parcialmente demolida y colmatada29. La identificación de estos restos como pertenecientes a una alberca obliga a reflexionar sobre su integración dentro de la red hidráulica del Agdal. Dado que estas albercas menores estuvieron alimentadas por jattara/s, difícilmente podría llegarle una de ellas si se interpone, como ocurre, el recinto de Dar al-Hana en su trayectoria natural. La existencia de este obstáculo insalvable permite sugerir que los restos de la alberca pertenecieron a una almunia anterior al proyecto almohade que conocemos. De lo que existen menos dudas es que dicho muro señala una división parcelaria desaparecida, la que hubo entre la primitiva parcela de Al-Garsia y la de Belhaj antes de que en el siglo XIX se abriera el camino de acceso al complejo industrial, que iba desde la Puerta de la Musalla hasta el pabellón norte de Dar al-Hana (Fig. 12). Dicho de otro modo, el límite meridional de la parcela Belhaj debió de estar originalmente a la misma altura que están hoy los de Zahiria y Zahra. Tienen una organización interior sensiblemente diferente a la del resto. Están subdivididas en cuadros de cultivo de menor superficie que, a juzgar por las fotografías históricas, se dedicaban a cultivos de hortalizas, frutales, cereales y leguminosas, limitando la presencia del olivo a las alineaciones que definían los linderos. Hoy se encuentran plantadas de mandarinos. En origen debieron de formar una sola parcela pero sus límites septentrionales fueron alterados por la implantación de Dar al-Bayda en el siglo XVIII. Zahra tenía a comienzos del siglo XX una superficie de 15,7 ha pero la construcción de la carretera que la atraviesa segregó 1,7 ha de su extremo septentrional, que hoy se percibe formando parte de la vecina Sousia (Fig. 12). Queda delimitada al oeste por la muralla del Agdal. Los frentes norte, este y sur estuvieron cerrados por tapias que no se han conservado. Contó con dos puertas enfrentadas en los lados norte y sur. Zahiria tiene una superficie 22,6 ha. Estaba cerrada en sus cuatro frentes por una tapia que la separaba de Dar al-Bayda, del camino central del Agdal y de las parcelas vecinas de Zahra y Salha. Su organización interior está condicionada por la presencia de una acequia que la recorre de sur a norte y la subdivide en dos mitades. La oriental se abre al exterior mediante dos puertas situadas en sus extremos norte y sur; ambos accesos estaban unidos por un camino que conducía a un pabellón de recreo rodeado de un jardín rehundido, la Dar al-Nzaha o Pabellón del Picnic, conocido también como "Pabellón de los Periodistas" (Fig. 16). Dar al-Nzaha o Pabellón del Picnic. (A) Fotografía del estado actual. Levantamiento de la planta con detalle de sus pavimentos. La información obtenida en la toma de datos en campo ha sido completada con el análisis de las fotografías históricas, que nos permiten conocer el aspecto del pabellón antes de su destrucción por un incendio en los años 30 del siglo XX La actual conformación de Zahiria es el resultado de una importante mutilación de la parcela sufrida en su frente septentrional en el momento en el que se funda Dar al-Bayda dentro del recinto del primitivo Agdal en el siglo XVIII. Este antiguo límite septentrional de la finca estaría en la actual línea de división parcelaria que hay entre Belhaj y Dakhlani, quedando ésta última parcela fuera de ese perímetro. La expansión de Dar al-Bayda hacia el norte pudo llevarse a cabo demoliendo el primitivo frente de muralla septentrional, creando así los huertos de Sousia, y entre éstos y el Gran Mechuar se fundó Djenan Redouan. La implantación de Dar al-Bayda explica también que la actual parcela de Zahra no llegue más al norte, hasta el límite histórico del Agdal fundacional (Fig. 12). Tiene una superficie de 26,8 ha. Queda confinada al oeste por la muralla del Agdal y al este por la de Dar al-Hana y el camino central del Agdal, del que la separa una tapia (Fig. 13). Otras dos tapias la limitan por el sur y el norte. Su acceso desde el camino central se hacía a través de una puerta adosada al pabellón de al-Manzeh de Dar al-Hana (Figs. Una segunda la comunicaba con Zahra y una tercera se abría en la tapia meridional, ambas sobre el camino que era el eje principal de la parcela. En el extremo meridional y flanqueando el camino que se acaba de mencionar se construyeron las dos albercas Chouirjat, en las que se hizo un esfuerzo ornamental al rodearlas de parterres y canalillos (Fig. 2.28). Son probablemente una innovación de época alauí, contemporánea de la otra reforma que fue la construcción de la gran alberca de Al-Garsia. Los gestores de la restauración, al ampliar las zonas de cultivo, se vieron obligados a aumentar la capacidad de almacenaje de agua de los reservorios, para lo que fue necesario sustituir las pequeñas albercas pre-existentes por una más grande en Al-Garsia y por dos gemelas en Salha. Otra alberca de Salha es Batata, que se sitúa en el extremo opuesto a las Chouirjat, al borde del mismo camino (Fig. 2.16). Aunque pertenece a Salha por estar dentro de su perímetro, funcionalmente forma parte de Zahra pues fue diseñada para regar las tierras que hay más abajo. Su compartimentación interior es muy similar a la de Djenan Redouan, Sousia, Zahra y Zahiria, con una subdivisión en cuadros relativamente pequeños, dedicados al cultivo de frutales, que en el pasado se combinaban con hortalizas y cereales. Del análisis de la subdivisión parcelaria de la finca se puede concluir que existen dos tipos de parcelas diferenciables en función del tamaño de sus bancales y del tipo de cultivo. Las situadas en la zona occidental, con la excepción de Haj Lahcen, forman una banda homogénea caracterizada por una subdivisión en bancales de menor superficie, donde se concentraban los cultivos con una elevada demanda de agua, como se discute en el apartado siguiente. Por eso se las dotó de su propio abastecimiento mediante dos jattara/s reguladas por las albercas Chouirjat y Batata (Fig. 17, jattara/s 6 y 7). Las parcelas orientales y meridionales, dedicadas al olivar, con sus grandes cuadros de cultivo, se riegan con la acequia Tassoultant, bien directamente, bien a través de las albercas de Dar al-Hana y Al-Garsia. (A) Recorrido de la acequia Tassoultant. (B) Recorridos de las siete jattara/s del Agdal. ́Ayn Dar (1) y ́Ayn Zemzemia (2) lo atravesaban camino de la kasba. ́Ayn al-Mouassine (3) quedó parcialmente dentro del perímetro amurallado tras la ampliación del Agdal hacia el sur. Las demás jattara/s regaban sectores de la finca. Tramadas en verde intenso, las áreas regadas exclusivamente con las albercas de Dar al-Hana y Al-Garsia La severidad del medio natural del Haouz hace que tanto el desarrollo de la agricultura como el de la vida urbana estén estrechamente ligados a la obtención y movilización de recursos hídricos. Desde el momento de la fundación de Marrakech, su supervivencia dependió de la implementación de sistemas eficientes de captación, transporte y almacenamiento de agua. Las jattara/s eran la fuente de agua potable de la medina. Tres de ellas pertenecían al majzén y estaban destinadas al servicio del palacio real y la kasba ( ́Ayn Dar, ́Ayn Zemzemia y ́Ayn Sidi Mimoun). Otras tres eran bienes habices30 ( ́Ayn Mouassine, ́Ayn Qubba y ́Ayn Baraka). La situación no cambió sustancialmente hasta la llegada de los sistemas de bombeo y distribución modernos. Las jattara/s drenaban más del 60% del agua acumulada en la capa freática. El débito de las 16 que seguían en funcionamiento era solamente de 295 l/s, poco más del 19% del débito que proporcionaban las jattara/s unos años antes (Benbiba 1987: 42). La explicación de esta disminución en los débitos radica por una parte en la disolución de las solidaridades entre linajes, lo que dificulta las operaciones de mantenimiento, y por otra en la bajada del nivel piezométrico de la capa freática del Haouz, que descendió un 50% entre 1975 y 1985 (Benbiba 1987: 41). En la actualidad las jattara/s que todavía subsisten se hallan mayoritariamente en el medio rural, como el caso del área de Tamesloht. El aprovisionamiento de agua del Agdal se realizaba mediante una combinación de aportes, tanto subterráneos como superficiales, regulados por balsas entre las que destaca la gran alberca de Dar al-Hana. Este sistema tuvo su origen en época almohade y sobrevivió hasta una época relativamente reciente. A pesar de la gran importancia que tuvieron las jattara/s como parte del sistema de abastecimiento del Agdal, éstas quedaron obsoletas a partir del último cuarto del siglo XX una vez que se generalizó el uso de procedimientos modernos de captación y transporte, especialmente los grandes proyectos hidráulicos de derivación de aguas superficiales. El Agdal no podía sobrevivir al estiaje si, además del aporte continuo pero relativamente débil de las jattara/s, no disponía también de un suministro adicional que sólo se podía conseguir recurriendo a una derivación del río de Aghmat, 40 km al sureste de Marrakech, en tierras de los Ourika. Las áreas de donde se podía derivar el agua estaban ocupadas desde antiguo por comunidades que regaban según un orden estricto, sancionado por la costumbre y el derecho ( ́urf). Los regantes instalados en la parte alta del cauce tienen prioridad respecto a los situados en la parte baja. No había sitio para extraños. La puesta en funcionamiento del Canal de Rocade a mediados de la década de 1980 supuso un cambio radical en el sistema de aprovisionamiento y distribución de agua en el Agdal. Este canal es una conducción de 120 km procedente de las presas de Sidi Driss y Hassan I, al Este del Haouz. Para llevar sus aguas a la finca se construyó una red de canalizaciones que penetran en el Agdal por su esquina sureste y salvan los obstáculos en su camino mediante sifones. Esta traída de aguas asegura el aprovisionamiento durante el estiaje y se regula mediante las dos grandes albercas del Agdal. Supuso el abandono definitivo del sistema de jattara/s pero convive con las traídas tradicionales de aguas superficiales. Se describe a continuación el sistema tradicional de abastecimiento de agua del Agdal, diferenciando las aguas superficiales de las subterráneas. A mediados del siglo XII el majzén almohade construyó la acequia Tassoultant captando sus aguas del Ourika por encima de la localidad de Aghmat, a 40 km al sureste de Marrakech. Esta captación vino a ocupar el séptimo puesto en la secuencia de ocho acequias importantes que se derivaban del rio en tierras del grupo tribal de los Ourika32. Dio su nombre a la llanura de Tasltante, al sur de la ciudad, hasta la que llevaba el agua. En época saadí se realizó una segunda captación lejana de aguas, la acequia El-Bachia, derivada del rio Rhirhaia. Su excavación se hizo con un doble objetivo: por una parte permitir el riego de un área cultivable situada en la margen derecha del Rhirhaia y por otra aumentar el caudal de la acequia Tassoultant, con la que confluía. Tras recorrer la llanura y recibir el aporte suplementario de El-Bachia, la Tassoultant atravesaba el Agdal Barrani en dirección suroeste-noreste y penetraba en el Agdal propiamente dicho por el sur, a la izquierda de Bab al-Nasr (Fig. 17A). Esta conducción alimentaba la alberca de Dar al-Hana, a partir de la cual se regaba el sector del mismo nombre y una parte sustancial de los sectores Belhaj y Agdal Dakhlani. Unos 450 m antes de llegar a esta alberca y durante un recorrido de aproximadamente 300 m, la acequia se ensancha y se convierte en una sucesión escalonada de decantadores que permiten la precipitación de una parte de los lodos en suspensión. En el punto de arranque de este tramo de acequia, a unos 450 m al sur de la alberca, se derivaba un brazo secundario que partía en dirección este y que a su vez se dividía en otros dos que tomaban dirección norte, abrazando la alberca Al-Garsia. El brazo izquierdo, tras regar parte del sector Belfkih, se unía a la acequia de salida de la alberca de Dar al-Hana, lo que en caso necesario permitía suplementar su aporte de agua e incluso prescindir de la alberca para regar los plantíos situados pendiente abajo. El brazo derecho regaba una parte del sector Belhaj. El agua de la Tassoultant permitía regar, además del Agdal, el palacio de Dar al-Bayda, la parte Sur de la kasba y el barrio de Berrima (Parroche 1925: 59)33. Regaba también el Djenan al- ́Afiya. La acequia tenía un débito de 200 litros por segundo, aunque en 1913, debido a problemas de mantenimiento, no daba más que un hilo de agua. La alberca de Dar al-Hana es el destino final de la conducción (Figs. Vista general hacia el norte. En primer plano a la izquierda, el muro oriental del hangar de la barca Hipótesis de reconstrucción en la que se integran diferentes edificios y restos conservados. En la planta se muestran las construcciones que formaron parte del programa palatino almohade o saadí. Se han excluido las construcciones industriales posteriores, así como la ampliación del edificio residencial acontecida en el siglo XX Las aguas subterráneas: las'jattara/s' Todas las jattara/s del Agdal conocidas históricamente han podido ser identificadas (Fig. 17B). Las siete que llegaron a existir dejaron de funcionar en la década de 1980, si no antes. A mediados de la década de 2000 fueron seccionadas por la excavación de un gran canal de drenaje que atraviesa el Agdal Barrani de este a oeste, en paralelo al muro sur de la finca (Fig. 2). La reconstrucción de sus recorridos se ha hecho a partir de la información de Parroche (1925), de las fuentes gráficas y planimétricas34 y de los datos obtenidos durante los trabajos de prospección. Había tres jattara/s que atravesaban el Agdal camino de la kasba o la medina, cuyas aguas iban destinadas exclusivamente a esos espacios. Era una jattara majzén muy antigua con un débito abundante. Su destino era el Dar al-Majzén (palacio real), de donde le viene el nombre. El abastecimiento de Dar al-Bayda fue una innovación realizada para atender las necesidades del palacio construido a mediados del siglo XVIII. Su débito era muy abundante y se aumentaba mediante aportaciones de las acequias Tassoultant y El-Bachia, ya dentro del Agdal. Como en el caso de la ́Ayn Dar, su uso para abastecer Dar al-Bayda es una innovación del siglo XVIII. Esta jattara quedó parcialmente dentro de los límites del Agdal tras la ampliación de éste hacia el sur a mediados del siglo XIX. Atraviesa el SO del Agdal camino de la medina, en la que entraba por Bab al-Robb. Su trazado dentro del Agdal, que solo se podría haber detectado por sus pozos de aireación, no se localizó durante la prospección de 2012. Podría ser muy antigua ya que alimentaba unas cuarenta fuentes de la parte oeste de la medina, una parte de la kasba y parte del Mellah, pero probablemente es contemporánea de la mezquita Mouassine que le da nombre, construida por el tercer monarca saadí, ́Abd-Allah, entre 1562-63 y 1572-73. El hecho de que se ciña al exterior del extremo sur de la muralla occidental más antigua del Agdal, presumiblemente de época almohade, indica que es posterior a la muralla. Había cuatro jattara/s destinadas a aprovisionar diferentes sectores del Agdal. ́Ayn Lalla Chafia y la alberca Al-Garsia. Esta jattara era la única conducción de este tipo que abastecía la mitad oriental del Agdal. Es probable que esto se explique por ser esta zona la destinada tradicionalmente al cultivo del olivar, mucho menos necesitado de agua que los cítricos y frutales. No puede descartarse que formara parte del diseño fundacional de la finca. Era conocida también con el nombre de ́Ayn Miloudia. Parroche la llama "jattara del Agdal" y afirma que su débito es poco abundante (1925: 52). Se conservan numerosos restos superficiales de ella en el sector Belfkih, resultado de la demolición reciente de sus estructuras. La alberca Al-Garsia, en la que vertía, tiene forma de paralelogramo romboide con dos pares de ángulos de 95 y 85 grados. A partir de ella era factible regar una parte de los sectores Belhaj y Agdal Dakhlani, como complemento al riego que se realizaba desde la alberca de Dar al-Hana. A juzgar por las descripciones de la Masarra saadí que hacen a finales de siglo XVI y principios del XVII Al-Fishtali y varios viajeros europeos, en las que se menciona una sola alberca, no existía en esta época, al menos con esas grandes dimensiones. Todo apunta a que es una obra del siglo XIX, época en la que se replanta el Agdal. El Faïz (1996: 6-7) la considera obra almohade con una argumentación poco convincente. Las tres jattara/s que se comentan a continuación abastecían exclusivamente parcelas de la mitad occidental del Agdal. Su mayor número en este sector hay que relacionarlo con que esta es la zona tradicionalmente destinada a cultivos que necesitan una mayor cantidad de agua. Las jattara/s en cuestión son las siguientes: Parroche la llama "jattara de la parte Oeste del Agdal" y afirma que tiene un débito abundante (1925: 49-50). Parece haber aprovisionado principalmente Dar al-Bayda, aunque también abastecía una conducción de qadous que alimentaba la kasba de agua potable. Las construcciones más antiguas de Dar al-Bayda, destino aparente de ́Ayn Berda Qadima, datan de mediados del siglo XVIII. ́Ayn Berda Djadida y la alberca Batata. Esta jattara no es mencionada por Parroche, lo que induce a pensar que fue excavada con posterioridad a su estudio, publicado en 1925. Su nombre quiere decir Berda Nueva, lo que podría indicar que se trata del desdoblamiento de la Berda Qadima (Berda Vieja). Vertía en la alberca Batata para regar el sector Zahra. Su capacidad era originalmente la mitad, ya que su vaso se recreció 60 cm en época reciente. Desde esta alberca el agua podía derivarse, como aporte suplementario, hacia el sector regado por la jattara de las albercas Chouirjat. La alberca Batata fue diseñada para regar, al menos, el sector Zahra. Se trata de dos albercas dispuestas simétricamente y separados por un camino que les sirve de eje. Ambas eran abastecidas por una conducción subterránea procedente de una jattara cuyo recorrido no se pudo localizar durante la prospección. Actualmente riegan parte de los sectores Salha y Zahiria, ambos incluidos dentro del perímetro del Agdal fundacional. La presencia de dos albercas juntas parece una innovación alauí y cabe pensar que en el diseño original de la finca solo se contempló una de ellas alimentada por la misma jattara que aprovisiona las actuales. Su emplazamiento en la cabecera del sector Salha era el adecuado para regar la totalidad o parte del sector occidental de la finca fundacional. EL MODELO DE FINCA Y SU IMPLANTACIÓN TERRITORIAL La investigación sobre el Agdal demandaba desde el principio su identificación tipológica, ya que una cosa es reconocer su evidente singularidad y otra bien distinta considerarlo excepcional. Lejos de ser un apéndice exquisito y anómalo de la kasba, el Agdal fue durante la mayor parte de su historia un elemento periurbano separado y autónomo. No fue hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando se produjo su anexión. A la hora de identificar el modelo de finca al que perteneció fue de mucha utilidad la prospección arqueológica de la llanura de Tasltante, al suroeste de Marrakech, donde se localizaron los restos arqueológicos de 17 grandes albercas de riego (Fig. 1). Todas se hallan abandonadas y no han sido hasta ahora objeto de atención por parte de la comunidad científica. Están en inminente riesgo de desaparición debido a los grandes proyectos urbanísticos que se están llevando a cabo en la zona. Las fuentes cronísticas permiten entender la razón de la presencia de estas albercas. Una de ellas, de finales del siglo XII, afirma que Marrakech era la ciudad del Magreb donde había más "vergeles [basatin] y jardines [jannat] que reciben el nombre de baha`ir [pl. de buhayra] por lo grandes que son" (Saad-Zagloul 1985: 209-210). Este testimonio temprano, generado en la época del esplendor almohade de Marrakech, puede ser la referencia con la que medir la salud de la ciudad en los siglos venideros, pues muchos de los observadores que dejarán relatos de su paso por ella hacen mención a las fincas y jardines situados extramuros, bien para describir su belleza, bien para lamentar su desaparición. Al- ́Umari señalaba, refiriéndose a los almohades, que fuera de la Bab al-Sadat (Puerta de los Señores), situada en la muralla occidental de la kasba, estaban "las tumbas de sus grandes personajes [maqabir akabiri-hum] y las fincas de los dignatarios [djana`in al-a ́yan]" (Al- ́Umari 1988: 87; Gaudefroy-Demombynes 1927: 184)35. El área señalada por este geógrafo del siglo XIV es justamente el extremo norte de la zona donde se han localizado los restos de las albercas (Fig. 1). Ésta y otras informaciones suyas permiten imaginar un entorno de la medina ocupado por fincas organizadas en torno a grandes balsas36. La supervivencia de estas fincas periurbanas dependía de la existencia de ciertas condiciones de seguridad, que sólo podían ser garantizadas por el majzén. Cuando León el Africano visita Marrakech a principios del siglo XVI afirma que "en los campos de fuera no puede la gente disponer de un palmo de terreno a causa de los árabes", pues la ciudad había envejecido antes de tiempo debido "a las guerras y a los cambios de amo" (León el Africano 2004: 166, 171). Para principios del siglo XVII sabemos que el paisaje periurbano de Marrakech era muy próspero: "Fuera de la ciudad, en los alrededores, por el campo, hay gran número de jardines y vergeles con toda suerte de frutos y viñas, con aguas, y una pequeña residencia para ir a recrearse; tienen allí algunos esclavos para trabajar" (Mocquet 1909: 401). El panorama floreciente descrito por Mocquet se explica por la presencia de un poder fuerte como el del majzén saadí. Pero la amenaza de la desintegración estaba siempre presente. Será Thomas Le Gendre, comerciante francés que visitó Marrakech entre 1618 y 1625, quien nos informe de que pocos años después de la visita de Mocquet todo ha cambiado a peor: "Los propios moros no tienen posesiones ni jardines más allá de un tiro de mosquete de las murallas de sus ciudades, porque no los disfrutarían, los árabes les robarían todo de noche; lo que es la causa de que estas gentes no cultiven, y no se sirvan de la bondad de su país" (Le Gendre 1911: 717, 721). La similitud de esta última descripción con la que hiciera poco más de un siglo antes León el Africano resulta aleccionadora sobre el carácter cíclico de las crisis que sufrió la ciudad de Marrakech, en este caso la acaecida tras la muerte de Ahmad al-Mansur (1603). A los problemas sucesorios que siguieron hay que añadir el impacto de las grandes epidemias de peste (el propio Al-Mansur murió de ella) y las hambrunas que se sucedieron en la primera mitad del siglo XVII y que indudablemente contribuyeron a la despoblación de muchas áreas de la ciudad y sus alrededores (Rosenberger y Triki 1973 y 1974). Testimonios de viajeros y cronistas de la segunda mitad del siglo XVIII y principios del siglo XIX hablan de un pasado esplendor de la ciudad todavía reconocible. Un cautivo francés afirmaba en la década de 1770 que la única zona susceptible de cultivo y soportable a la vista eran las proximidades de la kasba (el "Palacio del Rey"), lo demás era de una fealdad inimaginable (Bidé de Maurville 1775: 346). Otro francés, un diplomático que visitó Marrakech entre 1767 y 1784, afirma que la llanura estuvo "dividida en un número infinito de huertos cercados", plantados de olivos "que han sobrevivido a la barbarie de los hombres". Estos huertos habían albergado en otro tiempo las "casas de campo de los particulares y sus plantaciones", regadas por "más de seis mil fuentes". Todo eso había desaparecido y solo quedaban ruinas, pues las "ricas propiedades fueron devastadas en las revoluciones que precedieron y caracterizaron el reino de Moulay Ismail [1672-1727]" (Chénier 1787: t. En la primera mitad del siglo XIX los alauíes intentarán regularizar parte de sus fuentes de ingresos mediante una doble política: revivificar las antiguas plantaciones reales y colonizar nuevas tierras. Desde 1824, el sultán ́Abd al-Rahman (1822-1859), con la colaboración de su hijo el príncipe heredero, el futuro Muhammad IV, emprendió en el Haouz cinco grandes proyectos agrícolas: 1o, la replantación del Agdal; 2o, la revivificación de la jattara de Bou ́Okkaz y la restauración de su alberca, al suroeste de Marrakech; 3o, la replantación de la Menara; 4o, la excavación de la acequia Targa, derivada del Nfis; 5o, la construcción del canal de Tassaout, en el Haouz Oriental (Akansus 1918: vol. I, 9-10, 23-25). La Menara, edificada en 1157 por el primer califa almohade ́Abd al-Mu`min Ibn ́Ali, es el único ejemplo vivo de finca peri-urbana medieval del entorno de Marrakech que ha conservado su coherencia tipológica hasta nuestros días. El Kitab al-hulal al mawshiya, una fuente anónima del siglo XIV, hace la siguiente descripción: "El califa ́Abd al-Mu`min plantó fuera de Marrakech un jardín [bustan] de tres millas de largo y una anchura aproximada; en él había toda clase de frutas apetecibles y llevó a él el agua desde Agmat y perforó muchos manantiales [istanbata ́uyun La Menara precedió por pocos años a la buhayra que dio origen al actual Agdal, como se discute en el apartado 2. La singularidad tanto de una como de la otra reside más en su tamaño y en su promotor (el majzén almohade) que en cualquier otra característica. A pesar de ser una finca de recreo bien conocida, todavía no ha sido objeto de análisis arqueológico y arquitectónico. Su estudio pormenorizado permitiría obtener elementos de comparación tanto para la comprensión de las etapas más antiguas del Agdal como para la caracterización de otras fincas hoy desaparecidas, que sólo pueden detectarse por los restos arqueológicos de sus albercas. A partir de la información arqueológica y del análisis de las fuentes escritas podemos concluir que en el entorno de Marrakech existió un modelo de finca periurbana con una serie de características comunes: Todas estuvieron situadas fuera de las murallas de la ciudad, sin alejarse de ella más de 7 u 8 km, lo que permitía llegar a ellas sin hacer grandes desplazamientos. Cabe recordar que estas propiedades han de entenderse indisolublemente ligadas a la vida urbana. De hecho, la localización ideal de este tipo de explotaciones era la llanura de Tasltante, prácticamente a vista de la kasba (Fig. 1). La existencia de estas fincas dependía de las posibilidades que tenían sus propietarios para crear un sistema propio de captación de agua destinada a la agricultura y al consumo humano. Para ello se recurría a drenar el acuífero con jattara/s; solamente las propiedades majzén disponían del uso de las grandes acequias estatales. En todas las fincas se construyó una alberca de grandes dimensiones reguladora tanto del débito de las jattara/s como del riego de los espacios cultivados. La alberca, además de ser una pieza clave para la explotación agrícola, se convierte en el elemento central en torno al cual gira la composición general de la finca. Su forma es la de un contenedor de planta cuadrada o rectangular, cuyo eje principal se orienta en sentido nor-noroeste, coincidente con la pendiente topográfica. El borde del vaso solía ser utilizado como andén de circulación perimetral. A partir de cierto tamaño incorporaban contrafuertes salientes para el refuerzo de sus esquinas. Contaron siempre con un amplio espacio cultivado de regadío, preferentemente arbóreo. Dada la débil pluviometría de la zona, en estas fincas no existieron los cultivos de secano, pues hasta los olivos requerían de riego. En todas ellas la presencia del olivar parece que fue relevante. Según la extensión del área cultivada, la finca podía tener edificios de carácter productivo: almazaras, molinos, caballerizas, silos, etc. La presencia de edificios residenciales en estas fincas parece que fue una constante. Sin duda eran necesarios para acoger a sus propietarios en los momentos de solaz y proporcionarles el necesario cobijo. Según la importancia de la finca, el número y monumentalidad de estos edificios iba en aumento. La expresión más sencilla de estas construcciones es un pequeño pabellón, en el que sus dueños podían residir temporalmente. Cuando había necesidad de permanecer más tiempo o se deseaba incrementar el carácter protocolario del edificio, aparecía el auténtico palacio y se multiplicaban las construcciones de recreo a modo de pabellones exentos. Tanto los espacios cultivados como el área residencial de la finca solían presentar un diseño basado en los principios de axialidad, ortogonalidad y simetría. Este tipo de ordenación, además de ser idóneo para la explotación óptima de esos espacios irrigados, producía un innegable deleite estético al visitante. Contaban siempre con una cerca o muralla rodeando todo el perímetro de la finca. Su presencia responde a requerimientos funcionales tanto como simbólicos y propagandísticos. Entre los primeros podemos citar la necesidad de garantizar un adecuado aislamiento y protección respecto al exterior, la defensa frente al robo, la generación de una pantalla cortavientos, etc. Entre los segundos, la construcción de un alto muro, que en ocasiones incorporaba torres almenadas y puertas de aparato, era una poderosa herramienta de escenificación del poder de su promotor. Asociación con el majzén y con las élites urbanas. Esta forma de colonización del entorno de la ciudad fue promovida por el majzén y por las élites urbanas, instancias que tenían la capacidad técnica y los recursos financieros necesarios para enfrentarse con éxito tanto a un contexto geográfico hostil como a la movilización de los recursos humanos necesarios. Sin embargo, a diferencia de los perímetros de regadío gestionados por las comunidades campesinas del Haouz, sistemas ultra-estables, fruto de órdenes agrarios viejos y perdurables, estas fincas periurbanas eran creaciones sofisticadas pero frágiles. Su dependencia de las fortunas cambiantes de sus promotores las hacía vulnerables a los episodios de crisis política y social. Esto es lo que explica los testimonios aparentemente contradictorios de viajeros y cronistas de distintas épocas que se discuten en los apartados 2 a 4. La historia de Marrakech estuvo siempre ligada a la fuerza y a la capacidad de imponerse de los poderes dinásticos de turno, y esta historia tuvo siempre su reflejo en el entorno inmediato de la ciudad. El Agdal cuenta con un perímetro amurallado de unos 9 km, jalonado por torres. Una primera aproximación permite afirmar que se trata de una obra heterogénea en donde se refleja la compleja historia formativa de la finca. La información que proporcionan las fuentes escritas sobre esta muralla es prácticamente inexistente, y el análisis arqueológico es todavía preliminar debido a la gran extensión de la cerca, a las reparaciones sufridas recientemente y también a las limitaciones existentes para acceder a determinados sectores. En la prospección de 2012 se catalogaron en la muralla unos ciento cincuenta elementos de interés, correspondientes a lienzos, torres, bastiones y puertas que hoy día están en pie; también se localizó un tramo de otra más antigua, completamente arrasada, situada bajo la primera. Este trabajo nos ha permitido conocer las principales características de la fábrica de la cerca, así como documentar ciertas discontinuidades estructurales y realizar el estudio formal de sus torres. Todo ello ha hecho posible la individualización de ciertos tramos del recinto en cada uno de sus cuatro frentes. El cierre del lado norte del Agdal, más que una autentica muralla es una sucesión de tapias que separan la finca de los mechuares. En el lado oriental, el muro aísla el Agdal Dakhlani de los mechuares interior y exterior y del barrio de Bab Ahmar; en el occidental separa Djenan Redouan del Gran Mechuar y de otro gran recinto con funciones militares (Figs 2, 9 y 12). Las modificaciones contemporáneas en la disposición de los mechuares y la presencia de revestimientos recientes dificultan su adecuada documentación; no obstante, todo este frente es obra de Muhammad III (1757-1790). Gracias al grabado de Höst (Fig. 9) sabemos que hacia 1768 estaba ya construida la tapia oriental del Gran Mechuar y la que lo separa de Djenan Redouan. La del Agdal Daklani se construirá años después, en todo caso antes del final de su reinado. Se han identificado cuatro tramos que presentan rasgos morfológicos propios, coincidentes aproximadamente con el desarrollo de las parcelas que hay en sus inmediaciones. El último de ellos será analizado en el apartado dedicado al frente meridional. La descripción de cada tramo que se hace a continuación sigue un orden de norte a sur. El primero es una tapia de tierra que separa Djenan Redouan del cementerio de Sidi A ́mara y del barrio del mismo nombre (Figs. El hecho de que este tramo sea una simple tapia se debe, probablemente, a que cuando se fundó Djenan Redouan ya existía el cementerio en el exterior38, lo que hacía innecesario las torres, que en el Agdal normalmente cumplen una función más simbólica que poliorcética. El segundo tramo es también obra de tapia de tierra aunque está torreado. Se extiende por 1,2 km desde el norte de la parcela de Sousia hasta el sur de Zahra. Su mitad meridional transcurre apoyada sobre una antigua muralla amortizada que le sirve de cimiento y zócalo (Figs. Lo que mejor caracteriza este tramo es la escasa distancia que hay entre sus torres, con una media de unos 32 m. En su extremo septentrional se localizan dos irregularidades que debemos señalar. La primera es la inflexión que la muralla hace a la altura de la división parcelaria que hay entre Belhaj y Dakhlani, línea que venimos considerando el limite septentrional del Agdal fundacional (Fig. 3). La segunda se sitúa dos torres más al norte; allí observamos un quiebro cuyo diseño intencionado nos hace pensar en la posible presencia de un antiguo portillo. En este momento no tenemos información suficiente para hacer una propuesta cronológica que nos convenza. A lo único que nos atrevemos es a decir que esta fábrica no es almohade. Si nos atenemos solamente al ritmo en la implantación de las torres habría que concluir que tampoco es alauí por su densidad. Hay que señalar en todo caso que no se ha detectado una discontinuidad de fábrica entre este tramo y el siguiente, en el que las torres aparecen más distanciadas. El tercer tramo coincide aproximadamente con la parcela Salha. Se diferencia del tramo anterior en el menor número de torres y en la mayor distancia que hay entre ellas, que oscila entre 215 y 281 m. En los 500 m aproximados que mide este tramo de muralla no se reprodujeron las torres preexistentes y se reconstruyeron solamente dos, lo que nos hace sospechar que estamos ante una fábrica de época alauí (Figs. Tramo anexo a la parcela Salha. La muralla y la torre actuales se asientan sobre los restos de otra preexistente, más oscura Tramo anexo a la parcela de Salha. La actual muralla (A) se asienta sobre los restos de otra más antigua (B), cuya torre (C) no fue reconstruida Las diferencias que existen entre los dos últimos tramos fueron explicadas por Deverdun (1959: 529) a partir de una tradición oral según la cual los Rehamna destruyeron la totalidad de la muralla oeste del Agdal en 186239. Tras este acontecimiento fueron obligados a reconstruirla, obteniendo el favor de no tener que volver a levantar todas las torres destruidas. No se conoce ninguna fuente cronística que narre este acontecimiento. Es oportuno recordar que las destrucciones generales de murallas han sido siempre excepcionales, pues para inutilizar un recinto solamente era necesario abrirle brechas. Puede cuestionarse por tanto que tuviera lugar una demolición total del frente occidental tal y como la describen los testimonios orales que recogió Deverdun. Sea como fuere, no puede descartarse que la zona arrasada por los Rehamna afectara solamente al tercer tramo de la muralla. Por otra parte, sabemos que Muhammad III (m. 1790) restauró las murallas de la kasba, lo que conllevó entre otras obras la refacción de todo su frente occidental. La observación de la cartografía detecta en este nuevo recinto alauí una baja densidad de torres y la existencia de separaciones irregulares entre ellas. Fotografías de principios del siglo XX permiten distinguir cómo la nueva muralla alauí no reprodujo todas las torres preexistentes del recinto de la kasba40, fenómeno análogo al que encontramos en el tercer tramo del frente occidental del Agdal. Así pues, en principio no era necesario que ocurriera un suceso extraordinario para que los alauíes reconstruyeran desde sus cimientos las antiguas murallas, y hay precedentes de que cuando lo hacían no siempre reproducían la secuencia de torres que encontraban. Los restos visibles de la muralla preexistente sobre la que asienta parte de la cerca del segundo tramo y la totalidad del tercero, tienen 1,2 km de longitud y su fábrica es una tapia hormigonada. Fue demolida de manera controlada con el fin de servir de basamento sobre el que asentar la que subsiste (Figs. Es seguramente obra almohade. Si exceptuamos el tramo anexo a la parcela Belfkih, ampliación bien fechada en el siglo XIX, el resto de este frente mide 2.360 m desde Bab al- ́Iyal (Fig. 2.2) hasta el extremo sur de Al-Garsia. En contraste con el frente occidental es completamente rectilíneo y conecta con la muralla del barrio de Bab Ahmar en la puerta que le da acceso por el este (Figs. Es en esta puerta, obra del siglo XVIII, en donde parecen confluir dos alineaciones diferentes: la septentrional, generada por la cerca de Djenan al-Afiya, y la meridional, prolongación del primitivo frente oriental del Agdal almohade. A la luz de lo expuesto, la muralla anexa a la parcela Dakhlani y la del barrio de Bab Ahmar serian obra Muhammad III (m. En este mismo frente de muralla e inmediata a la parcela Al-Garsia se yergue la Puerta de la Musalla (Fig. 2.20). La musalla, espacio abierto destinado a grandes celebraciones religiosas en las que participaba el califa, fue trasladada desde las inmediaciones de Bab al-Robb, donde se hallaba todavía a principios del siglo XVIII, hasta el exterior de la muralla oriental del Agdal en fecha que se desconoce (Deverdun 1959: 576). Se trata de una puerta monumental de entrada recta alojada en una torre, ubicada en el frente oriental de la muralla exterior del Agdal (Fig. 2.20). Durante la prospección de 2012 se pudo comprobar la superposición de dos enlucidos ornamentales en sus muros exteriores. El más superficial presenta el acabado prototípico de la reforma alauí de la segunda mitad del siglo XIX. El más antiguo es un encintado realizado directamente sobre la tapia con el fin de simular una obra de sillería. Como en el frente occidental, también en el oriental existe una discontinuidad que indica hasta dónde llegó la muralla antes de que se ampliara el Agdal hacia el sur. Esta muralla cierra el Agdal por el sur. Su disposición en forma de "U" y su desarrollo a lo largo de 3 km le permite cercar las parcelas de Haj Lahcen y Belfkih (Fig. 2). Las dos esquinas del gran recinto fueron dotadas de bastiones que permitían alojar piezas de artillería. La muralla de esta última ampliación tenía una longitud de 3,3 km. Cercaba el área en la que se construyó una fábrica de pólvora y otra de municiones (Fig. 2. En la actualidad solamente se conservan fragmentos de este recinto, dado que no forma parte de la zona declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1985. LÍMITES DE LA FINCA ALMOHADE Y SAADÍ Con anterioridad a la gran expansión alauí del Agdal, la finca tuvo un perímetro menor que el actual y estuvo físicamente separada de la kasba (Fig. 5). Ante la escasa información que proporciona el análisis de la muralla del Agdal para conocer los límites precisos de la finca almohade y saadí, es necesario recurrir a datos indirectos para sustentar la hipótesis de restitución que proponemos y que se representa gráficamente en las Figs. Se enumeran a continuación los indicios que existen de los cuatro frentes que constituyeron la delimitación original de la finca: No tenemos ningún testimonio arqueológico seguro que pruebe la existencia de este límite en el lugar en el que lo proponemos. Los datos que ofrecemos son los siguientes: en la muralla preexistente que hay en el frente occidental, su extremo sur llega hasta un punto que podría indicar el lugar en donde estuvo el límite sur (Fig. 2); en la muralla que se conserva en pie en ese mismo frente, en su extremo meridional hay un quiebro que coincide con el extremo de la muralla preexistente; la división parcelaria que separa Salha, Dar al Hana y Al-Garsia de Haj Lahcen y Belfkih señala una línea recta que traspasa todo el Agdal de este a oeste; el emplazamiento de la alberca de Dar al-Hana y de las otras que hay en Salha y Al-Garsia conforma otra línea, coincidente con la anterior, que señala la zona más alta de la primitiva finca y por tanto el límite meridional de la zona irrigada fundacional. Respecto a la existencia de restos arqueológicos sucede aquí algo similar a lo visto en el límite meridional. Los datos son los siguientes: un quiebro existente en el trazado de la muralla occidental a la altura de Dar al-Bayda (Fig. 3); la discontinuidad que se detecta en el trazado del camino principal, cuando éste llega al primitivo núcleo de Dar al-Bayda desde el sur (Fig. 12); la división parcelaria que hay entre Belhaj y Dakhlani y la ubicación de la almazara como instalación periférica; todos estos indicios señalan una línea que coincide con el quiebro visto en la muralla occidental (Fig. 3). El frente occidental original se encuentra con toda probabilidad subsumido en el actual, a pesar de su notoria falta de alineación al presentar un giro de 9 grados en sentido horario respecto a su homólogo del frente oriental. Desconocemos las razones de esta falta de simetría, que debió de responder a la existencia de un fuerte condicionante previo a la fundación de la finca. A pesar de ser este el único lado irregular y por lo tanto el menos idóneo para ser considerado parte del programa fundacional almohade, es el único que cuenta con información arqueológica para probar que su actual conformación es muy antigua. Si se acepta una cronología almohade para la muralla subyacente, estaríamos ante uno de los escasos testimonios materiales del Agdal fundacional. Para sustentar la hipótesis de que el actual frente oriental coincide con el fundacional no contamos con información arqueológica alguna. No se localizó en superficie ningún resto de una muralla preexistente similar a la vista en el frente occidental; no obstante mantiene una orientación ortogonal respecto al resto del conjunto que facilita su consideración como parte del proyecto fundacional. Es probable que en época saadí la revivificación de la finca mantuviera en lo sustancial la organización espacial de la fase almohade anterior. Sabemos que la finca tenía en ese momento, en torno al año 1600, una anchura similar a la de las murallas de la kasba y del huerto de Al-Saliha, contiguo a ella, lo que supone el mismo ancho que tiene la finca en la actualidad, aproximadamente 1400 m. Fue bajo los alauíes cuando se produjo un gran cambio en la organización espacial de la finca, debido a dos fenómenos diferentes pero estrechamente relacionados. El primero fue la proyección de la kasba hacia el sur, con la creación de los mechuares que todavía existen. El segundo fue el desplazamiento del área residencial del Agdal de sur a norte, abandonando el complejo residencial de Dar al-Hana en favor del de Dar al-Bayda, cuyo primer núcleo se construye a mediados del siglo XVIII por Muhammad III. La creación por el mismo monarca del huerto de Djenan Redouan en el espacio que mediaba entre el Gran Mechouar y Dar al-Bayda terminó por poner en contacto dos realidades diseñadas en el siglo XII como entes separados: la kasba y el Agdal. Lo que había sido una finca aislada, satélite de la ciudad, se convertía así en un apéndice de la ciudad palatina (Figs. EL NÚCLEO PALATINO DE DAR AL-HANA. Desde el momento en que iniciamos el estudio del Agdal, reconocimos que el recinto de Dar al-Hana fue el núcleo principal de la finca almohade debido a que en su interior se encontraba el área palatina por antonomasia. En el extremo sur de este recinto, presidiendo el conjunto, se emplazan los restos de un gran edificio residencial, que las crónicas llaman "palacio", al que rodean otras construcciones independientes. Todo el conjunto circunscrito por sus murallas debe ser considerado como espacio palatino. Cada uno de sus componentes tiene una formalización y función particulares, pero ninguno de ellos puede ser entendido si no es formando parte de la unidad mayor. Así, no es oportuno considerar al edificio meridional como palacio en sí mismo, sino tan sólo como el componente residencial más significativo de un conjunto áulico que se completa con los demás elementos. Desde su fundación en época almohade, el recinto de Dar al-Hana fue siempre un espacio diferenciado dentro de una finca más extensa que las fuentes escritas describen unánimemente como inmensa. Un testimonio de 1625 diferencia estas dos realidades, llamando a Dar al-Hana "la Pequeña Masarra" y al resto del primitivo Agdal "la Masarra" (Le Gendre 1911: 726-727). Lo que nos ha llegado del área palatina queda definido por un perímetro amurallado de planta rectangular, con unas dimensiones de 347 m de lado medido en la dirección norte-sur y 384 m en la este-oeste, por lo que su superficie alcanza 13,3 ha (Figs. Su planta presenta una composición marcada por la axialidad en dirección norte-sur, formando un conjunto ordenado y de geometría perfectamente ortogonal. Alineados con este eje principal encontramos la antigua puerta septentrional sobre la que se construyó, en época alauí, el actual pabellón de acceso o al-Manzeh (Figs. Rodeando estas edificaciones se disponen zonas cultivadas, además de otras construcciones de carácter subsidiario y edificios industriales. Podemos observar un especial protagonismo concentrado en la zona meridional. Aquí, además del edificio residencial que hoy podemos ver, encontramos un amplio campo de ruinas de indudable valor arqueológico que se extiende hacia el sur, ocupando una superficie aproximada de una hectárea. Se han localizado varios muros de hormigón de cal de gran grosor, enterrados a una profundidad superior a los dos metros, puestos al descubierto hace unos años por la excavación de una zanja41 (Fig. 6.B). Sorprendentemente, a unos cien metros al sur de estos muros se hallaron otros cubiertos simplemente por la maleza (Fig. 6.A). En las inmediaciones del recinto se conserva un gran edificio de caballerizas cuya función estaría indudablemente ligada al área palatina. Frente a éstos se extendería una explanada en la que se hacían alardes y escaramuzas, mencionada por una fuente del siglo XVII (Da Silva 1864: 108). El complejo palatino que estos restos ponen en evidencia estaría compuesto por el palacio propiamente dicho pero también por las caballerizas y por un sofisticado sistema de puerta que además de dar acceso al palacio permitiría una entrada diferenciada al resto de la finca desde el sur. Desde esta puerta, un camino interior bordearía el recinto de Dar al-Hana por el oeste hasta salir al camino central del Agdal en el lugar que hoy ocupa la puerta que hay junto al-Manzeh, en su extremo norte. La muralla de Dar al-Hana cierra un perímetro de casi 1,5 km, jalonada con 30 torres distribuidas a intervalos aproximadamente regulares (Figs. Conserva la mayor parte de su trazado, a excepción de pequeños tramos desaparecidos al noroeste, sur y este. A modo general, podemos describir unas características comunes, con algunas particularidades que presentaremos más adelante. Se trata de una obra de tapia hormigonada de cal y grava, muy consistente. Su alzado visible ronda los 4 m, con 5 hiladas de cajones, tanto en las torres como en los lienzos, aunque dependiendo del tramo se detectan algunas variaciones, como veremos. Las dimensiones de estos cajones son las siguientes: una altura de entre 0,76 y 0,80 m, similares a las que venimos observando en la actual muralla exterior del Agdal; un espesor que oscila entre 1,05 y 1,10 m y una longitud variable, aunque es frecuente encontrar medidas entre 1,60 y 2,20 m. Las torres se adosan a los lienzos por su cara exterior. Presentan planta rectangular, con unas dimensiones de 7 m en su lado mayor, paralelo a la muralla, y un ancho de 3,7 m. Su superficie interior es de 15 m2 aproximadamente. En algunas de ellas se han conservado evidencias de las puertas de acceso, fundamentalmente en el tramo oeste. Éstas se disponen centradas en el eje de simetría. Presentan jambas y arcos rebajados de fábrica de ladrillo. Las torres de esquina tienen planta en "L", con unas dimensiones exteriores de 7 m. Los frentes este y oeste muestran unas características similares, con una secuenciación de torres que varía entre 32 y 48 m. Cabe señalar que las torres centrales de ambos paños han desaparecido, al emplazarse la Bab Saghir en mitad del frente occidental (Figs. 2.24 y 3.24), ocupando el lugar de la torre previa, y arrasarse la del frente oriental para dar acceso rodado al interior del recinto. El frente norte es el tramo más modificado. Un gran número de sus estructuras han sido reutilizadas al adosarse, tanto en el exterior como en el interior, diversas construcciones del complejo industrial septentrional, que incluye, entre otros, un molino y un polvorín (Figs. 2.21 y 3.21) y, en época reciente, varias casetas e infraestructuras modernas. Presenta una secuencia de torres bastante regular, con separaciones de 30 m, aunque desde las que flanquean al actual pabellón norte, al-Manzeh, hasta éste la distancia aumenta a 32 m. La razón de esta variación en la secuencia puede estar en que este edificio ocupa el lugar de la antigua puerta norte del recinto, y su construcción supuso la demolición de ésta. Prueba de ello puede ser el grueso muro que aún se conserva en su flanco oriental, cuya presencia sólo se puede explicar considerándolo un vestigio del torreón oriental de la puerta. Si aplicamos el módulo de separación entre torres, este muro coincide exactamente con la ubicación que le correspondería, y podemos restituir el sistema de puerta formado por un vano centrado en el eje norte-sur del recinto flanqueado por dos torreones iguales a los conservados en el resto de este frente (Fig. 19.18). En el frente sur se detectan varias peculiaridades. Presenta una altura variable: en la mayor parte de su tramo oriental se cuentan 3 hiladas, aunque en la zona central se observa un escalonamiento que llega hasta 7; en el tramo occidental, sin embargo la altura es de 4. Sus torres son ciegas, sin ningún vano de acceso a su interior. Se conservan 4 de ellas, en los extremos oriental y occidental, que mantienen una separación media de 35 m, aunque desconocemos si existieron más en este frente. En la parte central su trazado queda interrumpido por la presencia del edificio residencial. A ambos lados de éste se dan varias singularidades. En primer lugar, se observa un mayor espesor en la fábrica de la muralla. Esto se evidencia en alzado al oeste del edificio, donde un tramo es 23 cm más grueso, alcanzando 1,26 m (Fig. 7), y al este, donde el basamento de la muralla alcanza 1,40 m (Fig. 8). La ausencia de torres en la parte central, rompiendo claramente la secuencia del resto del perímetro, es significativa. Está indicando la existencia de algún condicionante que impidió que el cierre del frente sur se realizase de manera sencilla siguiendo el mismo esquema general de los demás lienzos. La mayor parte de la materialidad de la muralla es una obra cronológicamente homogénea, adscribible a época saadí, aunque en momentos posteriores se hayan realizado modificaciones puntuales en algunas partes de su alzado. En cuanto a los tramos de mayor grosor detectados en el frente meridional, se trata probablemente de la muralla fundacional almohade sobre la que se construyó la obra que actualmente se conserva en pie (Figs. Se trata sin duda del edificio más importante del recinto de Dar al-Hana, tanto por su función como por la envergadura de su arquitectura. Lo que hoy día vemos es una obra inacabada proyectada por el arquitecto André Paccard a finales del siglo XX (Figs. Tiene sótano, planta baja y entreplanta en algunas zonas. Su trazado actual muestra una composición axial, de organización tripartita, simétrica, con los dos cuerpos laterales mayores avanzados hacia la alberca. Se presenta en estado de estructura de hormigón armado (Fig. 6.B), sin acabados ni decoración, aunque en su interior se localizan numerosas estructuras de la antigua residencia consistentes en muros de carga, con fábrica tanto de ladrillo como de tapia, y restos de bóvedas (Fig. 22.B). Con independencia de la afección causada en el viejo palacio, el edificio de Paccard es muy deudor de aquél, tanto en su organización espacial como en su materialidad. Con la excepción de las cubiertas, abovedadas o adinteladas, la mayoría de las estructuras antiguas que se conservaban en pie se reutilizaron. La gran alteración compositiva que introdujo el proyecto de Paccard fue construir un frente avanzado hacia la alberca, en cuyo centro se dispuso un patio porticado que alteró negativamente la relación tradicional que mantenía el antiguo palacio saadí con aquélla. (A) Levantamiento del estado actual del edificio reformado por el arquitecto A. Paccard. (B) Planta y sección hipotéticas, que pretenden reconstruir el edificio saadí eliminando las alteraciones contemporáneas. Los dibujos se elaboraron a partir del análisis de las estructuras arqueológicas que aún existen en el interior del edificio y de las fotografías históricas Los datos de que se dispone para plantear una hipotética reconstrucción de la antigua residencia provienen del estudio arqueológico-arquitectónico de sus estructuras y del análisis de la fotografía aérea de 1917. Se han consultado también otros documentos gráficos históricos, entre los que destacan diversas postales antiguas que han proporcionado una valiosa información adicional. En la fotografía de 1917 podemos observar cómo estaba, antes de que fuera demolido parcialmente, englobado dentro de un recinto de planta rectangular, con unas dimensiones de 95,3 por 32 m (Figs. 19 y 22.B), definido por tapias de cierre, que en el ángulo nororiental entestan contra una segunda construcción, el denominado hangar de la barca, sobre el que más tarde volveremos. Es notorio el hecho de que este recinto se encuentre alineado aproximadamente con el eje de simetría de la alberca, marcado por el canal que la alimenta desde el sur. La importancia de este eje es crucial en el discurso, dado que es el mismo que organiza todo el conjunto de Dar al-Hana; esta alineación, sin embargo, no es respetada por la implantación del edificio, que aparece desplazado 5,7 m hacia el oeste (Fig. 22.B). El inmueble, tal y como se encontraba a comienzos del siglo XX, presentaba una planta de contorno rectangular con unas dimensiones de 79 por 19 m, dispuesto paralelamente al borde sur de la alberca, y separado de ella por un espacio de 17,7 m de ancho (Figs. En cuanto a su organización interna, observamos una disposición simétrica y tripartita con un complejo principal en su centro, flanqueado por dos secundarios. Se describen a continuación sus espacios interiores (Fig. 22.B). Es la parte más importante del edificio. Se caracteriza por presentar una fábrica muy sólida de tapia de hormigón y por estar sus dependencias cubiertas con bóvedas de cañón construidas con ladrillo. Sus muros alcanzan un importante espesor, que va desde 1,3 a 2,5 m en los costados de las mayores bóvedas. Se divide en 5 cuerpos aproximadamente simétricos. En la cara meridional del muro norte de la crujía de acceso se pueden observar los encastres para las gorroneras de una gran puerta de hojas batientes Bóvedas de la crujía de acceso (véase situación en la Fig. 22.A1). Se ha marcado con línea naranja el luneto de la bóveda longitudinal, posteriormente modificada por la secuencia de bóvedas de la segunda fase, señaladas con línea blanca Es el cuerpo central y debió de tener cuatro crujías orientadas de este a oeste. Solo la más meridional se conserva y todo parece indicar que perteneció al pórtico de acceso desde el sur. En el muro meridional se abre un vano centrado, con una luz aproximada de 2,9 m. A su lado occidental encontramos los restos de un pilar conservado in-situ, compuesto por varios sillares de piedra con un ancho de 43 cm y que identificamos como uno de los pilares del pórtico que se abría hacia el sur. Dos ventanas se sitúan en los extremos, hoy tapiadas. El muro septentrional presenta un vano centrado similar y alineado con el anterior. Se conservan los encastres de las gorroneras, resueltos mediante dintelillos de madera, testimonio inequívoco de que la sala contigua se abría al antiguo patio interior a través de este pórtico (Fig. 23). Otros dos vanos se disponen en sus extremos, cegados en la última reforma. También existen puertas en los frentes cortos, comunicando con los cuerpos laterales (A2 y A4). Este espacio estuvo cubierto por bóvedas de cañón y en ellas observamos dos fases diferenciadas. La primera se resuelve con una única bóveda de cañón longitudinal, que más tarde es modificada por una composición de 5 bóvedas transversales sobre machones adosados al muro norte, sobre la que cabalga una segunda bóveda longitudinal (Fig. 24). Esta segunda fase sólo puede documentarse por las huellas que dejó en los paramentos, dado que fue eliminada por la obra de Paccard. No podemos precisar, sin embargo, si la presencia de ambas soluciones se debe a fases cronológicamente distintas o si se trata de modificaciones en el proyecto inicial durante el curso de las obras. Su muro septentrional es a la vez la única estructura conservada de la segunda crujía, a la que se accedería desde el pórtico. Los demás muros de este cuerpo han sido arrasados por la obra contemporánea, conservándose tan sólo el primer tramo de los muros laterales de la segunda crujía. Éstos nos indican que este espacio estuvo cubierto por bóvedas de arista. Si en su frente septentrional hubo un pórtico simétrico al descrito, no lo podemos asegurar, aunque por las fotografías históricas sabemos que existió un importante vano centrado, con gorroneras, equivalente al de la crujía sur (Fig. 10). Se sitúa al este del anterior. Es un gran espacio de 7,45 m de ancho, organizado en 4 naves transversales que se intersecan con una longitudinal centrada, todas ellas de 3,30 m de luz, que estuvieron cubiertas por bóvedas de arista (Fig. 25). En sus muros más largos se abren 4 puertas: dos en el muro oeste, que comunican con la zona central, y dos en el este que dan acceso a un cuerpo de escaleras (A3). (A) Vista de su estado actual. Puede observarse la grave afección que el proyecto moderno causó en las estructuras antiguas. Se han indicado sobre la fotografía los lunetos de las bóvedas que cubrían este espacio. (B) Ortofotografía del alzado este. (C) Restitución de la planta. Poco podemos decir de este cuerpo debido a que la obra de Paccard lo destruyó casi en su totalidad, sustituyendo la escalera antigua por otra moderna y aumentando el ancho de su ámbito. En la zona occidental se emplaza un espacio de dimensiones similares a las de su homólogo oriental, aunque en este caso se cubre con una sola bóveda. Un muro transversal lo divide en dos mitades. El propio funcionamiento estructural de esta bóveda, que no necesitaría apoyos intermedios, y el reducido grosor de este muro, 60 cm, indican que se trata de una simple compartimentación. En la mitad sur, sin embargo, encontramos el arranque de un importante muro de 1,45 m de espesor, que no parece tener relación directa con la estructura de esta sala. En los laterales de la bóveda, para salvar el encuentro con éste, se realizan sendos nichos bajo arcos de descarga. Más hacia el oeste hay otro complejo estructural en el que se inserta un cuerpo de escaleras que rodea por el norte y el este una crujía de 3 m de anchura que presenta una entreplanta. Sectores laterales (B y C). A ambos lados del sector central se emplazaban dos núcleos secundarios. Solamente la fotografía antigua nos informa de sus características, pues el proyecto de Paccard los destruyó casi en su totalidad. Tienen una fábrica significativamente más pobre, de tapia de tierra, con un espesor homogéneo, en torno a 50 cm. La organización de ambos es muy similar: cuatro crujías, con un ancho de 3,3 m, rodean un patio central, el cual mide 6,2 por 9,7 m. A modo de recapitulación, podemos decir que el análisis tipológico y constructivo nos llevan a dar una cronología homogénea, de época saadí, tanto a las estructuras del interior de edificio como a los restos que se encuentran soterrados en sus inmediaciones, si bien podemos observar que existen otras que posiblemente pertenecieron al palacio almohade. En la discusión sobre la posible existencia de cuerpos altos hemos de conjugar los datos aportados por las fuentes literarias con los obtenidos en el análisis arqueológico y estructural de los muros conservados. Un testimonio de época saadí nos describe el edificio en 1631, siendo el único procedente de una fuente occidental que habla del palacio de la Masarra: "Este joven príncipe [Moulay al-Walid] [...] está al presente con su favorito el caíd Ayagena en su palacio de placer de Monserrat, soberbiamente construido pero de una sola planta al estilo del país y (algo que os dejaría atónitos) sin ventanas ningunas, contentos de la luz que les da una única gran puerta"42. La mención explícita de la existencia de una sola planta resulta llamativa dado que hay varios indicios que hacen pensar que el edificio contó con otros cuerpos en altura. Antes de discutirlos, es necesario distinguir entre las plantas altas del sector central y las de los laterales, pues se trata de casos muy diferentes. En los núcleos laterales existe una planta alta en la actualidad, fruto del proyecto contemporáneo, que reproduce básicamente la que existió previamente. A ella se accede desde los descansillos de las respectivas escaleras. La altura libre de los espacios de estos cuerpos secundarios es bastante reducida en comparación con los del cuerpo principal, limitándose a unos 3,68 m, por lo que en la altura del cuerpo bajo de aquél, de 6,80 m, tienen cabida las dos plantas de éstos (Fig. 22). Estos pisos estuvieron resueltos con alfarjes planos y armaduras de madera, rasgo diferenciador respecto al central, donde se emplea la bóveda de cañón. Descartamos que por encima de ellos haya habido una tercera planta o que existiesen espacios en alto de un desarrollo considerable, dada la reducida capacidad portante de sus muros y el carácter subsidiario de estas zonas. El caso del sector central es totalmente distinto. La gran solidez de su estructura, la altura uniforme de la plataforma generada por el sistema de bóvedas y la presencia de dos cajas de escaleras ofrecen pruebas suficientes de que se concibió como basamento de una planta superior que habría alcanzado un gran desarrollo. Desafortunadamente el proyecto de Paccard destruyó lo que se conservaba de las coronaciones del edificio. En la fotografía de 1917 no se aprecian restos de ninguna estructura emergente que pueda corresponderse con las de una planta alta. El testimonio del escritor y crítico de arte Leandre Vaillat, que visitó el Agdal a finales de la década de 1920, permite pensar que existió un proyecto de planta superior, cuyas obras llegaron a iniciarse. Subido a la terraza del edificio, observó el arranque de los muros que habrían definido los ámbitos de esa planta que no llegó a construirse: Así pues, Vaillat identificó claramente las trazas de la disposición de la planta alta del cuerpo central del edificio de Dar al-Hana: tres piezas vivideras, los umbrales de las entradas en recodo y las tres arcadas que constituirían una galería mirador sobre la alberca. A pesar de que no tenemos vestigios materiales que nos permitan conocer con más detalle su organización espacial, podemos aportar algunos argumentos para proponer una hipótesis de reconstrucción de la misma. Siguiendo un criterio de lógica estructural, debemos considerar que el trazado y ubicación de los grandes muros conservados en la planta baja están directamente relacionados con el que habrían tenido los de la planta alta. Incluso, podemos apreciar que si solamente consideramos aquellos muros con mayor capacidad portante obtenemos combinaciones espaciales significativas. Esto se hace especialmente notorio en el cuerpo oriental (A2) del sector central. El esquema estructural de esta sala es bastante elocuente. Si obviamos el muro central, de espesor sensiblemente menor al resto, obtenemos que los grandes muros de carga dibujan un espacio central, de planta cuadrada, con un lado de aproximadamente 7,4 m, flanqueado por el norte y el sur por dos espacios menores rectangulares. Creemos que nos encontramos ante la infraestructura destinada a soportar una composición de qubba con saletas laterales, solución ampliamente conocida en los espacios nobles de la arquitectura palatina islámica. Aunque en el cuerpo central (A1) y en el occidental (A4) no tenemos indicios suficientes para poder continuar con esta analogía, por el principio de simetría cabría pensar que el espacio representativo que acabamos de describir en el lado oriental tendría un equivalente en el occidental, estuviese formalizado del mismo modo o no. Con estos criterios tendríamos una distribución aproximadamente simétrica de espacios nobles en la planta alta, separados por un patio en cuyo frente septentrional se abriría el mirador descrito por Vaillat (1930: 454). Así, observamos una interesante dualidad compositiva: mientras que en la organización espacial de la planta baja prima el eje norte-sur, en el cuerpo alto lo hace el este-oeste. Otro aspecto que enriquece la composición arquitectónica es el tratamiento de los accesos a esta planta alta: mientras que la escalera oriental comunica tanto con el complejo central (A2) como con el exterior, a la occidental solamente se llega desde el núcleo secundario occidental (B), evidenciando una clara diferenciación funcional. Asimismo, los desembarcos de éstas se producen en ángulos opuestos de la planta alta, dando paso en ambos casos a saletas anexas a los salones principales. A partir de los datos expuestos se puede formular la hipótesis de que la superficie ocupada por los restos documentados en el interior de este edificio no es más que una parte de la que abarcó la gran residencia que allí hubo, demolida casi en su totalidad con anterioridad a 1767 pero todavía reconocible por viajeros occidentales siglo y medio después de que la describiera Al-Fishtali en torno a 1600 (1964: 178). Las estructuras conservadas en pie, cuyo análisis se acaba de presentar, pertenecerían al frente septentrional de un gran edificio que se extendía hacia el sur, sobresaliendo de la línea amurallada en forma de apéndice rectangular. De él formarían parte los numerosos muros enterrados que se han documentado, tanto los seccionados por la zanja como los que afloran en superficie. Puede calcularse que el complejo construido al que pertenecieron alcanzaría los 170 x 100 m, un tamaño algo menor que el del palacio del Badi ́, cuyo patio mide 135 por 110 m. Las menciones que hacen las fuentes cronísticas ensalzando el tamaño del gran palacio del Agdal resultarían ser más veraces de lo que se sospechaba. Esta gran residencia habría contado con un patio central, atravesado en su eje norte-sur por el canal44 que alimenta la alberca (Fig. 19). A este patio se abrirían el pórtico y la crujía meridional del cuerpo principal. La presencia de un gran patio, que garantizaría la luz y ventilación necesarias, explicaría además que estuviese completamente cerrado al exterior, como describe una fuente de 163145; esta disposición ha sido la habitual en la arquitectura residencial islámica hasta época colonial. Este edificio presentaría así una doble vocación en sus relaciones con el exterior, manifiesta especialmente en sus salones principales, que debemos entender ubicados en el sector norte. Éstos podrían abrirse a través del doble pórtico tanto hacia el sur, mirando al patio y disfrutando de su carácter más íntimo y protegido, como al norte, hacia la apertura visual que ofrecía la alberca, sin olvidar su goce directo. Esa dualidad también se experimentaría en el disfrute de la presencia vegetal próxima, en el interior del patio, mientras que hacia el otro lado la alberca necesariamente impide la presencia de cuadros de cultivo próximos46. La residencia almohade debía de hallarse en avanzado estado de ruina en época saadí. La falta de alineación del edificio saadí respecto a la alberca, a todas luces una anomalía en una obra estatal de esta importancia, puede explicarse si consideramos que las ruinas almohades condicionaron parcialmente la construcción de la nueva residencia. Los saadíes habrían restaurado la finca almohade para desarrollar sobre ella un ambicioso proyecto que contemplaba el gran palacio descrito por Al-Fishtali y por la fuente europea de 1631. El edificio saadí habría seguido los mismos principios compositivos del palacio almohade, repitiendo el esquema de gran apéndice proyectado hacia el sur. Apoyando esta idea encontramos las mencionadas anomalías del frente sur de la muralla de Dar al-Hana, que serían coherentes con este argumento si consideramos que en su tramo central se encontraría con el cuerpo emergente del palacio, impidiendo completar un paño rectilíneo de trazado similar a los demás. Este segundo palacio, a su vez, habría sufrido dos fenómenos de destrucción acontecidos en fechas muy alejadas entre sí: El primero debió de suceder a la caída de la dinastía saadí. Supuso la desaparición de la mayor parte de su superficie construida, perdiéndose todo el sector que se extendía hacia el sur, fuera de la línea de la muralla, el cual habría sido abandonado a su suerte y sufrido un intenso expolio. El frente septentrional del palacio, dado que se adentraba en el recinto de Dar al-Hana, fue segregado del resto y protegido dentro del perímetro amurallado. A pesar de la restauración de la finca por los alauitas, ésta no alcanzaría a la arquitectura en ruinas de sus edificios residenciales, ya que se habría limitado a realizar un mínimo acondicionamiento de algunas de las construcciones previas, entre ellas las caballerizas por su interés como espacio agropecuario, y a levantar de nueva planta tan sólo el hangar de la barca y las instalaciones industriales del recinto. De esta forma se estaban primando los aspectos productivos sobre los residenciales, toda vez que Dar al-Bayda había asumido las funciones que anteriormente cumplía Dar al-Hana. El segundo sucedió en los años 80 del pasado siglo y supuso la destrucción parcial del único sector de la obra saadí que se había salvado de la primera demolición. En este momento el causante de los daños fue la edificación del nuevo palacio construido por Paccard. Tampoco este proyecto llegaría a conseguir una reactivación de la vida palatina de Dar al-Hana, al quedar inconcluso. A pesar de las grandes mutilaciones que ha sufrido, este edificio sigue constituyendo una de las construcciones más notables de la finca y su presencia al borde de la gran alberca deja traslucir una parte del magnífico panorama que el conjunto palatino debió de ofrecer en épocas pasadas (Figs. Desempeña un papel regulador del riego y su importancia estriba en la capacidad de retener gran cantidad de agua que pueda ser utilizada durante el estiaje. Tradicionalmente estaba llena en el mes de marzo y se hallaba vacía hacia finales de octubre. La alberca se alimentaba por un canal que la acometía desde el sur, centrado en su eje de simetría, de un ancho de 65 cm que alcanza los 75 cm en la embocadura. Las fuentes de época saadí describen un gran palacio situado en este punto bajo el cual pasaba la canalización. El desagüe se efectúa por el lado norte mediante un orificio practicado en el fondo, regulado por una compuerta, del que parte una acequia de tierra que distribuye el agua por la finca. El vaso de la alberca lo forma una estructura cuyos muros tienen unos 5,60 m de grosor. Su frente septentrional es el que presenta mayor alzado, llegando a alcanzar los 3,50 m de altura respecto al suelo del andén perimetral que hay en su base. En el centro de este frente existe hoy una rampa que da acceso a la plataforma. Se tiene constancia, sin embargo, de que se trata de una intervención reciente, pues a finales del siglo XIX aparece descrita una amplia escalinata en este punto (Harris 1889: 197; 1895:37). Aunque la pendiente del terreno en el que está situada no supera el 0,75%, sus enormes dimensiones obligaron a los constructores a realizar desmontes en su frente meridional para alojar el vaso. El frente septentrional, peligrosamente expuesto a la presión de la masa de agua, fue provisto de contrafuertes cúbicos en las esquinas, que miden 9 m de lado y se proyectan hacia el exterior 2,30 m. Conocemos pocos detalles sobre las características estructurales de la alberca, pues solo son visibles la superficie externa del vaso y el pavimento del andén que recorre su borde superior. Aunque las caras exteriores están enlucidas es posible comprobar que se trata de una obra de tapia de hormigón en la que se aprecian numerosas reparaciones superficiales realizadas con ladrillo y mortero que deben de corresponder a la última restauración importante, de mediados del siglo XIX, y a obras menores de mantenimiento posteriores. No se puede descartar que existan refacciones más antiguas y de mayor calado, como por ejemplo la construcción de un forro perimetral que añadiera solidez a la fábrica original almohade, aunque tales obras nunca pudieron realizarse con posterioridad a época saadí, como se argumenta a continuación. El acceso al fondo del vaso queda resuelto por ocho juegos de escaleras, dispuestas en los ángulos y en los centros de sus lados (Fig. 19). Tienen un ámbito de 1,15 m de ancho, y se construyen mediante zancas abovedadas. Presentan traza simétrica, con un escalón superior ampliado a modo de plataforma, mientras que los demás tienen una huella de 35 cm. El pavimento del andén es un simple mortero de cal asentado sobre una gruesa capa de hormigón, visible gracias a una canalización subterránea que recorre el andén occidental y que hoy se halla abierta en alguno de sus tramos. Adosado a la base de la alberca hay un andén perimetral conservado en el frente norte que aloja una canalización en su borde que facilitaba la irrigación de los huertos inmediatos. Por sus dimensiones y cronología el paralelo más cercano de la alberca de Dar al-Hana es la de la Menara (198 x 195 m), obra también de origen almohade. Ésta última presenta contrafuertes de esquina más desarrollados y otros menores dispuestos en los lados este y oeste que no existen en la de Dar al-Hana. Otras albercas más pequeñas, localizadas en la llanura de Tasltante en mayo de 2013 Fig. 1), presentan características compartidas como la presencia de andenes perimetrales y contrafuertes. En algún caso, como el del Sahridj al-Baqar, éstos forman un frente a todo lo largo del muro norte del vaso; en otros se limitan exclusivamente a las esquinas de su frente septentrional. La alberca de Dar al-Hana garantiza la disponibilidad de agua durante todo el año en las zonas de la finca situadas al norte de ella, siempre que su aprovisionamiento funcione adecuadamente, algo que debe tener lugar durante el invierno. El Agdal, tal como lo conocemos, no podría existir sin ella. La supervivencia de las especies arbóreas más resistentes, los olivos, exige en este medio que se rieguen al menos una vez al mes en la época de estiaje, entre marzo y octubre ambos incluidos, como estipulaba el contrato de arrendamiento entre las autoridades del Protectorado y el arrendador de la finca en 1922 (El Faïz 1996: 60). El papel que desempeña la alberca dentro del conjunto de Dar al-Hana no se limita al aspecto funcional. Tiene una gran importancia compositiva en el proyecto arquitectónico y constituye el elemento central del complejo palatino de Dar al-Hana, en torno al cual se articulan tanto sus edificios como las zonas de cultivo. No cabe duda de que su enorme tamaño, su imponente construcción y la equilibrada distribución de las edificaciones de su entorno constituían motivo de ostentación y causaban gran asombro a sus visitantes, como sigue sucediendo hoy. La gran alberca estaba cargada de connotaciones estéticas, lúdicas y simbólicas. El apéndice oriental de la alberca La presencia de diversas estructuras arqueológicas adosadas al frente oriental de la gran alberca aporta algunos datos acerca de la antigüedad de sus alzados exteriores. Lo descubierto son muros de tapia rica en cal que delimitan un cuadrado perfecto de 14,5 m de lado, emplazado en el eje director que cruza Dar al-Hana de este a oeste (Figs. La descripción que hiciera Al-Fishtali de la gran alberca a principios del siglo XVII permite entender la función de estas estructuras. Según el autor a la alberca se le adosaban al este y oeste dos fuentes de surtidor central (jusas, sing. jussa) "bellas y enormes, cuya agua vierte en una conducción de corriente muy fuerte" (Al-Fishtali 1964: 178). A la luz de este texto los restos arqueológicos pueden interpretarse como muros de contención pertenecientes a una plataforma en la que habría una alberca con una fuente ornamental en su interior. Dado que estas estructuras de época saadí aparecen adosadas a la cara exterior de la gran alberca, su vaso es contemporáneo o anterior a los restos adosados. Independientemente del valor suntuario de estas fuentes, las alberquillas tendrían un papel funcional relacionado con la regulación del riego de los cultivos aledaños. La simetría que indica el texto no ha podido ser corroborada arqueológicamente, pues en el frente occidental de la alberca no existe resto alguno en superficie. Cimentaciones (A) pertenecientes a una estructura hidráulica adosada al muro oriental de la alberca de Dar al-Hana (B). A la derecha, la rampa de acceso actual (C) al andén de la alberca, construida sobre los restos arqueológicos Puede establecerse un paralelismo entre estas estructuras y la fuente existente en el costado oriental de la alberca de la Menara, aunque en este último caso la fuente está integrada en una doble escalinata de acceso al andén de la alberca. Nave del hangar de la barca Se trata de una obra sencilla, de planta rectangular, con unas dimensiones de 20,30 por 5,50 m, consistente en una crujía cubierta por tejado a un agua. Está adosada a la cara interna de la tapia de cierre de la antigua residencia meridional, en su ángulo nororiental. Su función es la de contener la barca con la que el sultán navegaba por la alberca. Se conservan todavía los restos de una antigua barca, incluida su maquinaria de vapor. Probablemente sea la única intervención constructiva de carácter recreativo realizada por los alauíes en Dar al-Hana. Se sabe que en 1577 el sultán ́Abd al-Malik I, estando en su palacio de Dar al-Hana, le mostró al embajador Hogan "sus caballos y otros objetos de valor que tenía por su casa" (Hogan 1918: 245). A este dato hay que añadir la información proporcionada por otro texto de 1677 en el que se habla de los alardes y escaramuzas que tenían lugar en un campo en las inmediaciones del palacio (Da Silva 1864: 108). Las caballerizas eran una necesidad de la vida cortesana. Este gran edificio, una de las mayores construcciones de la finca, se ubica en la esquina nororiental de Belfkih, en las inmediaciones del recinto de Dar al-Hana. Presenta un volumen prismático de planta rectangular con unas dimensiones de 44,8 por 54,8 m. El espacio interior se organiza en una batería de nueve naves paralelas cubiertas con bóvedas de cañón realizadas íntegramente en ladrillo (Fig. 27). En su frente sur se localizan tres vanos de acceso. La puerta principal se ubica en el eje de simetría de la fachada, dando entrada directa a la nave central. Se ha detectado otro vano, hoy cegado, en el extremo occidental de este mismo frente, flanqueado por los restos de un machón de tapia (a). Un tercer vano se abre en el extremo opuesto, para dar acceso a un espacio que se ha segregado recientemente ocupando el primer tramo de la crujía oriental. La comunicación directa con el palacio se haría a través de un pasillo abovedado que parte de la esquina noroccidental del edificio, a modo de apéndice; allí se ha localizado un vano de acceso cegado posteriormente (Fig. 28). (A) Improntas, realizadas en fresco, de faluses acuñados entre los años 1863 y 1873 durante el reinado de Muhammad IV. Se ha señalado la interfaz entre dos fases constructivas diferentes en la fábrica de tapia, caracterizadas por una distinta composición y técnica constructiva. (D) Fotografía del machón del sector suroriental (a) Detalle del vano que lo comunicaba con el palacio saadí a través de un pasillo abovedado. Fue tapiado en época alauí. Véase su situación en la Fig. 27.C Se aprecian como mínimo dos fases en su construcción. La primera se caracteriza por el uso de potentes fábricas de tapia, en los muros este, sur y oeste de la envolvente exterior, y en el machón mencionado (a). Éstos pertenecerían al edificio fundacional, presumiblemente saadí, que posteriormente fue amortizado con el trazado de las bóvedas y los muros interiores, en fábrica de ladrillo. Esta segunda fase puede datarse con bastante precisión gracias al hallazgo de improntas, realizadas en fresco, de faluses acuñados entre los años 1863 y 1873 durante el reinado de Muhammad IV (Fig. 27.A). En ese mismo momento se procedería al tapiado del vano de comunicación (b) con el edificio residencial, que ya no tendría sentido al desaparecer la mayor parte de éste. Actualmente es un gran almacén polifuncional en el que se guardan todo tipo de maquinas y aperos destinados al mantenimiento de la finca. Los resultados de los trabajos de investigación que hemos realizado en el Agdal de Marrakech y en la llanura de su entorno han permitido avanzar en el conocimiento de la finca. A continuación presentamos de manera concisa las conclusiones a las que hemos llegado: La prospección arqueológica de la llanura de Tasltante, inmediata al Agdal, ha permitido localizar en el entorno de Marrakech un paisaje periurbano salpicado de fincas entre las que se encontraban la Menara y el Agdal. Todas ellas, incluida el Agdal, seguían un mismo modelo organizativo y un mismo patrón de implantación. Además tenían una serie de características comunes: emplazamiento extramuros; existencia de una red hidráulica; presencia de al menos una alberca; tenían una clara función productiva y residencial; su diseño solía ser regular; disponían de una cerca perimetral y estaban asociadas al majzén y a las élites urbanas. De entre todas ellas, la única finca que ha llegado viva conservando su coherencia tipológica ha sido la Menara. Tanto la ciudad palatina (la kasba) como la finca del Agdal fueron diseñadas como parte de un mismo proyecto califal emprendido por Abu Ya ́qub Yusuf. La finca del Agdal se implantó frente a la kasba almohade, siguiendo un eje norte-sur, que venía a sustituir el anterior eje este-oeste, compuesto por el antiguo alcázar almorávide y la Menara. La finca del Agdal se emplazó a una distancia de 1 km de la kasba almohade, aunque la puerta septentrional de su área palatina (Dar al-Hana) quedaba más alejada, a una distancia de algo más de 2 km. El límite norte de la finca almohade debió de coincidir aproximadamente con la ubicación de Dar al-Bayda, mientras que el frente sur bordeaba el recinto del Dar al-Hana y su edificio residencial. Los límites oriental y occidental coincidirían con los actuales. Consideramos que la antigua muralla localizada bajo parte del frente occidental de la muralla exterior pertenece a la fase fundacional. La finca almohade sufre un periodo de decadencia tras el traslado, en 1244, de la capitalidad a Fez. El recinto amurallado de Dar al-Hana encierra el área palatina, espacio diferenciado dentro de una finca más extensa que las fuentes escritas describen unánimemente como inmensa. El conjunto palatino estaba presidido por un gran edificio residencial, emplazado en su extremo meridional. Éste sobresalía hacia el sur, proyectándose hacia el exterior a modo de apéndice. A él pertenecerían tanto las estructuras conservadas en el interior del edificio actual como los restos arqueológicos conservados en las inmediaciones. El complejo palatino presenta un proyecto arquitectónico unitario y de gran coherencia interna, que somete tanto la organización general del conjunto como la particular de cada uno de sus elementos a un elaborado trazado basado en los principios de axialidad, ortogonalidad y simetría. Estos principios, heredados del proyecto almohade, son extensibles al conjunto de la finca, y se mantienen en los sucesivos procesos de transformación y crecimiento que ha experimentado tanto hacia el norte, hasta ponerse en contacto con la kasba, como hacia el sur. La finca almohade sufre un periodo de abandono tras el traslado, en 1244, de la capitalidad a Fez, que supuso su abandono y la ruina de la casi totalidad de sus construcciones. La dinastía saadí emprende una restauración a gran escala del Agdal, respetando en gran medida el trazado almohade pero construyendo de nueva planta la mayor parte de sus edificios y los recintos amurallados. En época alauí se produce un crecimiento y revivificación de la finca, que atiende mayoritariamente a los aspectos productivos. Las funciones palatinas se desplazan al nuevo complejo áulico de Dar al-Bayda, en detrimento de Dar al-Hana. Al menos, desde la restauración alauí la finca quedó dividida en once parcelas, que necesitaban de una cierta gestión coordinada debido a que dependían de una red hidráulica compartida. Se detectan, a grandes rasgos, dos tipos de parcelas, diferenciadas por su tamaño, su compartimentación interna y el tipo de cultivo a que estaban destinadas. Las situadas en la zona occidental, excepto la de Haj Lahcen, forman una banda homogénea, con cuadros de cultivo de menor superficie, donde se concentraban los cultivos con una elevada demanda de agua. Este trabajo se ha realizado en el marco del proyecto de investigación titulado "La arquitectura residencial de al-Andalus: análisis tipológico, contexto urbano y sociológico. Bases para la intervención patrimonial" (HAR2011-29963), cuyo investigador principal es Julio Navarro Palazón. Forma parte del Plan Nacional de I+D+i y se enmarca en el VI Plan Nacional de Investigación Científica, Desarrollo e Innovación Tecnológica 2008-2011. La prospección arqueológica que ha dado lugar al presente trabajo es parte de un proyecto más amplio denominado "Proyecto de restauración del jardín del Agdal de Marrakech" encaminado a la recuperación integral del sitio. Fue auspiciada por la Fundación de Cultura Islámica (FUNCI), con la participaron de las siguientes administraciones marroquíes: Comuna Urbana Mechouar-Kasbah, Región de Marrakech-Tensif-El Haouz y el Institut National de la Recherche Agronomique du Maroc (INRA). El equipo de investigación ha estado compuesto por los siguientes miembros: Julio Navarro Palazón (arqueólogo) director del grupo; Hamid Triki (historiador) responsable de la revisión sistemática de las fuentes escritas; Manuel Pérez Asensio y Paula Sánchez (arqueólogos) encargados de los análisis y de la caracterización de las murallas; José Manuel Torres (arqueólogo) responsable de la prospección hidráulica y colaborador con Hamid Triki en el análisis de las fuentes escritas; Fidel Garrido (arquitecto), Juan Luis Benítez (arquitecto técnico), Juan Antonio Hernández (delineante y fotógrafo) y Manuel Rodríguez (estudiante de último año de arquitectura) se ocuparon de los trabajos de documentación arquitectónica. Todos los planos y levantamientos que acompañan al texto son inéditos y han sido elaborados por el equipo responsable de la prospección. Las restituciones infográficas son fruto de los levantamientos realizados en campo. Nota sobre transcripción de términos árabes: los topónimos se transcriben siguiendo el uso marroquí más habitual; para los términos técnicos y las citas de textos se ha elegido la opción más próxima posible a la fonética de la lengua española, evitando el uso de signos diacríticos y la indicación de las vocales largas. Puede establecerse un claro paralelo entre el Agdal y las conocidas "Huertas del Rey" que abundan en la toponimia de la península ibérica, a menudo herencia de las grandes fincas palatinas de época islámica. Este estudio fue vuelto a publicar con ligeras variantes en una edición bellamente ilustrada (El Faïz 2000a); un extracto de los pasajes específicos sobre el Agdal se publicó ese mismo año en italiano (El Faïz 2000b). Dada la similitud existente entre los cuatro textos, en adelante se citará la publicación de 1996, origen de las otras tres. El término jattara se utiliza en Marrakech para designar una galería drenante. Este sistema de captación de aguas subterráneas recibe el nombre de qanat en muchas zonas del próximo oriente. Al-Idrisi terminó su obra a mediados de enero de 1154, aunque se sabe que hizo algunas adiciones posteriores (Al-Idrisi 1968: 4). El mismo autor afirmaba que esto es lo que se llama en Marrakech un "aguedal", nombre que no aparece en las fuentes cronísticas hasta época alauí. Por extensión, el término se utiliza actualmente en el sentido de vergel. Las menciones a las fincas peri-urbanas de los califas almohades recogidas en el Kitab al-istibsar y el Mann bi-l-imama de Ibn Sahib al-Salà, dos de las fuentes fundamentales para el periodo, se refieren a ellas como buhayra, y a las balsas en torno a las que se organizaban como birka o sahridj. Las ruinas de Qasr al-Hadjar o Dar al-Hadjar se conocen gracias a las excavaciones arqueológicas realizadas en las inmediaciones de la mezquita Koutoubia en época del Protectorado. El primer oratorio almohade se construyó sobre parte de este palacio almorávide (Meunié et al. 1952 y 1957). Fue este califa el que en 1163 trasladó la residencia palatina desde el Qasr al-Hadjar hasta su nueva localización al sur de la ciudad, en un lugar llamado Al-Saliha donde existía una gran huerta extramuros de época almorávide. Las medidas que da Al- ́Umari son imposibles. La braza equivale a cuatro codos. Se acepta generalmente que el codo rashshashi utilizado en el Magreb y Al-Andalus equivalía a 54,04 cm (Hinz 2013). Pero el codo almohade utilizado en Marrakech equivalía a 64 cm, según se ha podido comprobar a partir de las medidas de las mezquitas de la Kutubiya y de Tinmal proporcionadas por Al- ́Umari (Wilbaux 2001: 180). Las dimensiones que da Al- ́Umari para la alberca de Dar al-Hana generarían un cuadrado de 243,2 m de lado, lo que no coincide con la realidad que hoy día vemos (208x183 m). Este tipo de edificios, al no tener carácter de residencia permanente, no contenía dormitorios ni cocinas. La versión castellana que se ofrece aquí está basada en la traducción francesa realizada por Hamid Triki en el marco de la presente investigación. En árabe marroquí una jussa, llamada fisqiya en Oriente, es una pila de mármol o material similar en la que el agua mana de un surtidor central. La descripción que hace Al-Fishtali de los palacios de la kasba y de la Masarra no ha sido nunca objeto de análisis detallado. Véase Mouline (2009: 139-148) para una síntesis útil en la que lamentablemente se deslizan errores importantes, como confundir la localización del Jardín del Canal (Bustan al-Nahr), situado dentro del palacio de la kasba, con la de la Masarra, situada extramuros (Mouline 2009: figura de la p. Esta acequia es en realidad la construida por los almohades a mediados del siglo XII, cuyo uso recuperó Al-Mansur. La confusión de De Saldanha puede deberse también al hecho de que en esta época se efectuó la traída de aguas de la acequia El-Bachia, que confluía con las aguas de la Tassoultant al sur de Marrakech (véase apartado 6.1). Morsy (1983) hizo una traducción al francés de la obra de Pellow, acompañada de una valiosa introducción. La comitiva de la embajada procedía de Safi y se acercó a Marrakech por el noroeste. Una vez en las afueras bordeó las murallas occidentales de la medina y la kasba para acceder al Agdal a través de Bab Ighli, pasando por el Gran Méchouar. Allí fueron saludados con tres salvas de cañón. En la esquina sureste del Gran Mechuar existe todavía un edificio que era utilizado como almacén de guerra de las piezas de artillería del sultán. El metical (mitqal) equivalía a 10 onzas ( ́uqiya) o 10 dirhems de peso legal (un dírhem contiene 2,93 gramos de plata). La solución parece haber sido solamente temporal, a juzgar por una revuelta de los Mesfioua de 1859, no recogida por las crónicas oficiales. Fue desencadenada por la imposición del majzén, al menos desde 1852, de cerrar periódicamente, entre abril y septiembre, todas las acequias situadas en el rio Ourika por encima de la acequia estatal de Tassoultant, con objeto de aumentar el débito de esta última. Los incidentes terminaron con el arresto del líder de los Mesfioua y otros miembros de la tribu, que intentaron evadirse; la guardia mató a veinticinco de ellos e hirió a cuarenta y cinco. Las cabezas de los muertos fueron colgadas en la plaza de Jmaa al-Fna. Se excluye de este recuento la parcela del Agdal Barrani que no fue colonizada con los mismos criterios que el resto del Agdal. Un estudio de este edificio como parte de una instalación industrial para la fabricación de pólvora puede verse en Navarro et al., en prensa). La primera noticia de trabajos en el palacio en esta zona data del reinado de Muhammad III, a mediados del siglo XVIII. Fue ampliado por Hassan I en el último cuarto del siglo XIX. Éste es el sistema empleado en varios puntos de las murallas del Agdal para hacer entrar o salir el agua del recinto. En la fotografía de 1917 se observa una calva en el lugar, que podría explicarse por la proximidad del pavimento del vaso en el subsuelo. Habus, sing. habis, donación religiosa inalienable. El recorrido de la acequia Tassoultant fue modificado en época colonial para hacerla llegar más directamente a la llanura de Tasltante y alejarla en lo posible de las acequias tribales. Esta acequia se conoce con el nombre de Tassoultant Majzén y también con el de Rumia, que delata su origen (rumi tiene el significado de europeo por contraposición a baladi, del país. La nueva conducción atravesaba la acequia El-Bachia para después dirigirse a la llanura de Tasltante. En la actualidad es imposible reconstruir estos circuitos. Lo impide la urbanización contemporánea de la kasba y del barrio de Berrima. Dar al-Bayda, por su parte, tiene el acceso estrictamente regulado y solo se han podido identificar los restos de las conducciones que se dirigían hacia ella, visibles al norte del sector Zahiria y al noroeste del sector Belhaj. El estudio de Braun (1974) sobre las jattara/s del Haouz y las consideraciones que hace Wilbaux (2001: 140-154) en su obra sobre el urbanismo de la ciudad son los únicos análisis contemporáneos de las jattara/s de Marrakech. Ambos deben mucho a las descripciones que hiciera Parroche (1925). Deverdun (1959: 226) ya comentó la relación existente entre la información de Al- ́Umari y las albercas abandonadas de la llanura de Tasltante. Al exterior de la Puerta de Al-Saliha (que estuvo situada al sureste de la medina, entre la Puerta de Agmat y la kasba almohade) también había cementerios y jardines (maqabir wa basatin). Extramuros de Bab al-Robb se extendía la Gran Alberca (al-Sahridj al-Kabir), conocida después como Sahridj al-Baqar o Alberca de las Vacas, y más allá de la Puerta de Nfis había otra alberca en la que los niños aprendían a nadar (Al- ́Umari 1988: 88-89; Gaudefroy-Demombynes 1927: 184-190). Como señaló Huici, la fecha de 1148 que ofrece el texto para las cifras de producción es imposible, ya que el huerto fue creado en 1157. Sin embargo, no hay por qué dudar de ese montante, revelador de la importancia económica que tenían tanto el cultivo del olivo como el de los frutales. Deverdun recogió esta información en 1949 del testimonio de un viejo albañil y del guardia de la Sqallat al-Mrabit, el bastión situado en el extremo suroeste del barrio de Sidi A ́mara (Deverdun 1959: 529 n. Actualmente no existen evidencias superficiales de esta refacción. La cota del terreno circundante ha sido elevada y ha enterrado los restos de la muralla anterior, visibles a principios del siglo XX. La zanja fue excavada con maquinaria pesada en los años 80 para construir un pasadizo subterráneo de acceso al edificio residencial de Dar al-Hana, que en aquellos momentos estaba siendo rehecho. Se trata de una trinchera de 2 m de profundidad y unos 40 metros de longitud. Tras el desbroce y el examen de los cortes se identificaron un elevado número de estructuras arquitectónicas que habían sido seccionadas, algunas de ellas de gran porte (Fig. 6). Traducción: "Sobre la terraza en la que estoy [...] veo la cara de las piedras talladas [la tranche des pierres de taille] que debían de ser la base del primer piso. He aquí las tres piezas, con el lecho rehundido, el umbral de las puertas de acceso, en recodo, el punto de arranque de las tres arcadas que debían encuadrar la vista, la galería sobre el agua. Todo eso no ha existido nunca. El albañil se ha parado, o más bien lo han parado, faltos de dinero, faltos de tenacidad, una fantasía detrás de otra; pero se ve el soporte de lo que habría podido ser. Se diría que estamos ante un plano de arquitecto, trazado a grandes rasgos, en el mismo suelo duro de esta terraza". Este esquema es el mismo que observamos en el Generalife, usando el canal de agua como elemento vertebrador de la composición. Casos similares de salones con doble apertura tanto a un patio cerrado como a una gran alberca los encontramos en la almunia omeya al-Rumaniya (a. 973) de Córdoba, y en el gran núcleo residencial de Dar al-Bahr, o Palacio del Lago, de la Qal'a Bani Hammad, construida por la dinastía hammadí entre 1007 y 1105 en la actual Argelia.
Análisis arqueológico del pabellón occidental del palacio Al-Badi' de Marrakech Las ruinas del palacio al-Badi' son seguramente uno de los testimonios más sugerentes de lo que fue un edificio deslumbrador en su tiempo, llevado a un estado de obligada austeridad por efecto de su expolio sistemático. Sus dimensiones colosales hacen que sus restos aún estén revestidos de un carácter monumental que recuerda el de ciertas construcciones de la antigua Roma que nos evocan su pasada exhuberancia ornamental a través de meros detalles y sutiles huellas. Un detenido análisis de éstas, junto con un estudio comparativo con otros monumentos andalusíes de los que éste fue sin duda un emulador a una escala hasta entonces desconocida, nos permite plantear hipótesis sobre su forma y decoración originales que nos facilitan a su vez entender algunos de sus significados. El proceso metodológico seguido, que ha incluido un levantamiento detallado, el análisis de las huellas que permanecen en las estructuras existentes y el estudio comparativo con edificios anteriores y coetáneos desembocando en el recurso a las tecnologías infográficas, ha conducido a unos resultados que estimamos de interés para la mejor comprensión del carácter de esta magna obra que fue un portentoso epígono de la arquitectura andalusí. El análisis arqueológico no busca sólo desentrañar la ubicación cronológica, y en su caso, la evolución en el tiempo, de un determinado elemento material, sino que aborda el conocimiento de su realidad física original y su interpretación funcional y simbólica. Dentro de esa evolución, los procesos destructivos sustraen valores y con ello información, a los testimonios del pasado, pero ello no puede ser causa de que cejemos en nuestra búsqueda de un conocimiento lo más completo posible de su realidad original. La lectura, lo mismo de presencias como de ausencias, desvelada muchas veces por sutiles huellas, permite llegar a reconstruir realidades hoy desaparecidas y procesos de creación y trasformación a través de los cuales podemos alcanzar a conocer numerosos episodios de su existencia y a través de ellos, de la historia de quienes los crearon o usaron. 1 y 2) fue un edificio de corta vida, nacido por voluntad de un soberano para satisfacer sus ansias de protagonismo y sus pretensiones políticas y que sucumbió apenas cien años después para satisfacer similares intereses materializados en otro lugar y sobre los que su predecesor arrojaba una sombra insoportable. Sometido a un expolio implacable que hizo desaparecer todo atisbo de su esplendor original, sólo quedaron sus muros desnudos y descarnados que sin embargo, a través de sus cicatrices, nos hablan de los materiales que los adornaron y las estructuras con que se cubrieron, permitiéndonos de ese modo imaginar, si no en sus detalles, si en su impacto visual, el efecto que produciría la percepción de los espacios arquitectónicos que conformaron este singular palacio. Plano de situación del palacio al-Badi' en la ciudad de Marrakech Vista actual del palacio al-Badi' de Marrakech En este trabajo hemos abordado el análisis de una parte mínima del conjunto arquitectónico, el pabellón o qubba occidental (Fig. 3), que reúne a nuestro entender unas características que facilitan el estudio. Fue posiblemente un salón del trono del palacio, y por tanto un foco de atención singular dentro del conjunto áulico, no sólo por su forma y situación, sino seguramente también por la decoración que lo adornaba. Los muros maestros de su estructura están casi intactos en su altura y forma y pese al expolio y destrucción de sus revestimientos, las huellas dejadas sobre sus caras facilita la identificación de los elementos que los recubrían. Aunque privado de cubierta, numerosas huellas permitían plantear hipótesis sobre la forma en que se cerraba el espacio en su parte superior. Además, cuando iniciamos nuestros estudios, apenas había sido objeto de alguna intervención restauradora, por lo que sus restos eran aún perfectamente legibles. También su suelo había sido excavado y se encontraba limpio, presentando abundantes restos y huellas que hacían posible analizar numerosos detalles de un sofisticado sistema hidráulico ligado a la decoración y ambientación del salón interno. A todo esto se debe añadir la información documental de la que luego hablaremos, y que nos ha permitido plantear las hipótesis que presentamos. Planta del palacio al-Badi' En esta zona concreta del palacio no cabe hacer un análisis estratigráfico pues todo parece indicar que este pabellón sea obra de un solo momento y que las superposiciones de elementos que pueden observarse obedecen exclusivamente al breve desfase temporal producido en un proceso constructivo normal realizado en un único momento cronológico. Hay indicios de que hubo algún uso marginal posterior al expolio1, pero casi todo lo que aportó debió ser eliminado en las restauraciones realizadas tras su excavación en la época del protectorado francés de Marruecos. El proceso seguido ha sido el habitual en nuestros trabajos2. Lo iniciamos con la toma de datos de fotografías realizada con una cámara Canon EOS 1D de 8 Mpix. de resolución y objetivo de 14 mm (equivalente a 20 mm para formato 24 x 36 mm) convenientemente calibrada para uso fotogramétrico. Se croquizó la planta y se midió con un metro-láser Leica Disto, incluyendo el levantamiento de las estructuras hidráulicas del suelo. A continuación se realizaron los dibujos de estado actual (Fig. 4). Para ello se orientó un bloque de 14 fotografías que cubrían todos los paramentos, tanto exteriores como interiores, de la sala y que conformaban además 7 pares estereoscópicos, usando el programa Orthoware3. Para la orientación absoluta se utilizaron algunas de las medidas tomadas manualmente y la referencia de un plano horizontal, para lo que aprovechamos la huella de la parte superior del zócalo de alicatado. Con este sistema evitamos tener que usar un taquímetro u otro instrumento semejante. La precisión lograda, con errores de alrededor de 3 cm, la consideramos suficiente para los objetivos de este trabajo pues resultan prácticamente inapreciables a la escala en que se reproducen los planos. Por este procedimiento obtuvimos coordenadas tridimensionales de 66 puntos que fueron utilizados como puntos de control para la orientación de los pares estereoscópicos con el programa VSD4. Una operación semejante se realizó para las dos pequeñas habitaciones del lado occidental, para las que se trabajó con 12 fotografías y 50 puntos, enlazando ambas restituciones por medio de puntos comunes. Alzados exteriores e interiores del pabellón occidental del palacio al-Badi' Por medio de la restitución realizada con el auxilio de la visión estereóscópica se obtuvieron los dibujos tridimensionales de las siete caras visibles del edificio que al integrarse en un solo dibujo nos permitió obtener un modelo 3D que refleja su estado en el momento en que se realizó la toma de datos (Fig. 5). Este procedimiento, que venimos utilizando en muchos de nuestros trabajos, permite realizar los levantamientos con un tiempo muy breve de permanencia en el sitio y con instrumentos de coste muy reducido y fácilmente transportables a cualquier lugar5. Modelo tridimensional del pabellón occidental Sobre la base de la planimetría obtenida iniciamos el estudio de las propuestas de reconstrucción que basamos en las huellas que se conservan en el monumento y en el estudio comparativo con otros edificios semejantes, lo mismo contemporáneos como de períodos anteriores. En este caso, tal proceso se ha realizado tanto mediante la inspección ocular in situ, como por observación de los pares estereoscópicos que permiten generalmente ver con mayor comodidad y detalle muchas de estas huellas. Para el estudio comparativo se ha recurrido a realizar otros levantamientos parciales de algunos de los edificios que presentan semejanzas. El estudio de fuentes, tanto escritas como gráficas, ayudó a completar la información. Con estos datos se inició el proceso de propuesta que se realizó primeramente mediante dibujos en 2D de plantas, alzados y secciones. A partir de estos dibujos se fue montando el modelo 3D, primero volumétrico, al que se le fueron agregando las texturas y posteriormente la iluminación, hasta poder realizar las oportunas imágenes "renderizadas". El palacio al-Badi' de Marrakech es seguramente uno de los conjuntos áulicos más imponentes del occidente islámico, no sólo por sus enormes dimensiones, totalmente fuera de lo habitual en edificios anteriores de su mismo carácter, sino también por lo original de su estructura y disposición. Todo ello justifica sobradamente el nombre que se le dio: al- Badi', el Incomparable. Sus restos ocupan una amplia área de lo que fue la qasba sa'adí de Marrakech y formaban parte del gran conjunto palatino allí levantado sobre el mismo emplazamiento que ocupó la anterior qasba almohade6. Resulta imposible analizar esta magna obra sin hacer una referencia a la vida y acciones de su promotor, el sultán sa'adí Ahmad al-Mansur al-Dehbhi7, ya que esta obra sólo cobra pleno sentido dentro de la acción política y de la ambición que siempre marcaron las líneas de su gobierno. Bajo su mandato, que se extiende entre 1578 y 1603 Marruecos alcanzó uno de sus periodos de mayor pujanza y prosperidad de la Edad Moderna. Con esta suntuosa y monumental obra se propuso sin duda crear un marco arquitectónico que constituyera un respaldo a su política encaminada a sustentar su legitimidad y la construcción de una ideología imperial8. Ahmad era el sexto hijo de Muhammad al-Sheij, primer monarca de la dinastía Sa'adí, que consiguió reunificar el territorio marroquí tras las luchas que desmembraron el sultanato meriní. Tras el asesinato de su padre y la subida al trono de su hermano'Abd Allah al-Ghalib (1557-1574), él y su otro hermano'Abd al-Malik se exiliaron para salvaguardar sus vidas, siendo acogidos en el imperio otomano, primero en Argel y después en Estambul, lo que le permitió tener un contacto directo con la cultura y el protocolo de la Sublime Puerta. A la muerte de'Abd Allah, le sucedió su hijo Abu 'Abd Allah Muhammad II en contra del mayor derecho de' Abd al-Malik, quien con ayuda turca consiguió finalmente derrotar a su sobrino que a su vez buscó apoyo al otro lado del estrecho de Gibraltar, comprometiendo la intervención portuguesa. En la batalla de al-Qasr al-Kebir, también conocida como de los Tres Reyes (4 de agosto de 1578), fue totalmente derrotado el ejército portugués que bajo el mando del rey D. Sebastián pretendía favorecer las aspiraciones del pretendiente Abu'Abd Allah Muhammad II, que falleció en el transcurso de este encuentro, lo mismo que'Abd al-Malik. La muerte de su hermano, ocurrida no a causa del combate sino de la enfermedad y las penalidades de la campaña, proporcionó a Ahmad al-Mansur la ocasión de apropiarse, no sólo del trono, sino de la gloria de la victoria que en verdad correspondía principalmente al monarca fallecido9. Ahmad al-Mansur hubo de hacer frente a las presiones expansivas del imperio otomano, fuertemente asentado en los vecinos territorios de la actual Argelia, y a la realidad del final de al-Andalus y la presencia de potentes estados cristianos al otro lado del Estrecho. La desaparición del sultanato de Granada, acaecida apenas un siglo antes, y el hecho de que muchos de sus habitantes habían emigrado al norte de África, le permitía sentirse legítimo heredero de su legado, al contar entre sus súbditos a una parte considerable de los antiguos pobladores del reino nazarí. Al-Mansur estaba bien informado de cuanto sucedía en la Península Ibérica, e incluso de los planes constructivos de Felipe II de cuyas obras en El Escorial fue buen conocedor10. El desaparecido reino nazarí y los edificios y palacios levantados por sus soberanos constituyeron sin duda para él un referente al que acudir en busca de formas y modelos que permitieran sustentar sus pretensiones políticas y sin duda sirvieron de inspiración para la edificación de su palacio. La construcción del palacio de al-Badi' se inició en diciembre de 1578, apenas unos meses después de la ascensión al trono de su promotor. El sustancioso botín logrado de los pertrechos de los vencidos en la batalla de al-Qasr al-Kebir, y los cuantiosos rescates que debieron pagar por su liberación muchos de los prisioneros portugueses capturados, proporcionaron fondos para el inicio de la construcción a los que se sumaron posteriormente las pingües rentas que generaba la producción azucarera del reino y los beneficios de la campaña de conquista del Sudán, que permitió el control del comercio del oro y los esclavos provenientes de esta región. Su construcción se desarrolló hasta 1594, cuando fue inaugurado con una espléndida recepción, aunque en 1602, poco antes de la muerte de al-Mansur aún seguían haciéndose obras en él. Sin embargo, su vida resultó bastante efímera. Este fabuloso conjunto fue destruido por el sultán alauí Mulay Ismail (1672-1727) quien con este acto no sólo aprovechó para llevarse muchos de sus materiales a Meknes, sino que con ello pretendía eliminar cualquier construcción que pudiera rivalizar con los palacios que estaba construyendo en su nueva capital. Así lo confirma, entre otras fuentes, un texto de J. B. Estelle que en 1698 nos da una clara referencia del proceso de destrucción y de las razones de ésta11. Las ruinas del palacio fueron excavadas a mitad del siglo pasado por el arquitecto Regional de Monumentos Históricos A. Nolot, y por C. Allain12 sin que se llegara a publicar ninguna memoria de los resultados. Sólo disponemos de un plano de planta, realizado después de estas excavaciones y publicado por J. Meunier13. Al-Badi' era en realidad la parte pública del palacio del sultán, destinada a las grandes ceremonias de audiencia y a los festejos de la corte, entre los que cabe destacar las celebraciones del mawlid, que más que a conmemorar el nacimiento del Profeta parecían estar destinadas a la mayor gloria del propio sultán, poniendo así en evidencia el principal objetivo buscado en la construcción de este conjunto14. Debido a sus proporciones descomunales, y considerado como célula diferenciada dentro del conjunto residencial al que pertenecía, podemos afirmar que se trata sin duda del edificio áulico más grande que conocemos en el mundo islámico occidental, pues alcanza unas dimensiones de 155 x 130 m. Todos los elementos que lo integran orbitan en torno a un patio de 150 x 106 m en el que agua y vegetación están presentes como verdaderos protagonistas acompañando a la arquitectura (Fig. 6). A lo largo de todo su perímetro se levantan crujías y pabellones que por el tamaño del conjunto adquieren dimensiones y aspecto que nada tienen que ver con las de otras construcciones anteriores o posteriores, aún cuando, como vamos a ver, los elementos que en él se integran y su ordenación son un claro reflejo de los modelos andalusíes, a los que sin duda su promotor buscaba dar continuidad como modo de legitimarse. Visión reconstruida del palacio al-Badi' desde el noreste. Elemento fundamental en la composición es una gran alberca de 90 x 20 m dispuesta en el eje mayor del patio que sigue aproximadamente la dirección este-oeste (Fig. 7). Esta alberca contiene en su centro una pequeña isla, que parece inspirada en la existente en uno de los grandes albercones de la cercana propiedad real del Agdal15. Según documentos gráficos contemporáneos, parece que en ella hubo una fuente de doble taza16. Vista de la alberca central y el pabellón occidental desde el este. A ambos lados de la alberca hay cuatro grandes áreas de plantación de forma rectangular rehundidas respecto a los andenes (Fig. 2). La disposición del suelo de cultivo a más de dos metros de profundidad permite que la mayor parte de la vegetación, incluso arbórea, apenas sobresalga del nivel de los paseos que la rodean, facilitando de este modo la contemplación completa del conjunto sin interferencias visuales, a la vez que se logra una percepción de alfombra vegetal en una parte considerable de la superficie del patio17. A la zona cultivada se accede por escaleras dispuestas en los ángulos más cercanos al centro del patio. La separación entre las zonas de jardín se hace mediante amplios paseos, que estuvieron solados con azulejos, y que en la dirección longitudinal bordean también la alberca central, mientras en la transversal forman un a modo de crucero que no obstante, queda interrumpido por el estanque central, aunque estrechos puentecillos permitían cruzarlo a través de la isla antes mencionada. Acompañando a los parterres ajardinados y ocupando los cuatro ángulos del patio se dispusieron otras cuatro albercas que junto con la central rodean dos pabellones de los que hablaremos a continuación (Fig. 8). Vista del pabellón occidental desde el norte. Seguramente los elementos más distintivos de este conjunto lo constituían los dos pabellones con forma de qubba que se levantaban en el centro de los lados menores del patio. Sólo en el del lado occidental nos han llegado en pie los muros de su estructura principal, aunque nada de sus elementos ornamentales ni de su cubierta (Fig. 9). Del pabellón oriental únicamente se conserva su cimentación. Conocemos los nombres dados a ambos edificios: la Qubba al-Jamsiniya y la Qubba al-Dehbhiya18. La primera sería la del lado occidental y su nombre aludiría a su dimensión de 50 codos, alrededor de 25 metros19. El nombre de la segunda, la del lado oriental, haría referencia a los dorados de su decoración o incluso al sobrenombre del propio sultán, al-Dehbhi. Aunque para nuestro estudio nos hemos fijado de una manera especial en el pabellón occidental, único que conserva estructuras en alzado susceptibles de proporcionar información suficiente para plantear una hipótesis de reconstrucción, sí debemos indicar que el del lado oriental, a juzgar por el menor tamaño de su sala interior y por las indicaciones de alguno de los documentos gráficos de que disponemos, debió funcionar como espacio de contemplación y de acceso al jardín que se extendía, en un nivel inferior, al este del palacio, conocido como Arsat al-Ŷaŷ, y al que se descendía por una escalera desde el mismo pabellón. Frente oriental del pabellón occidental en 2005 En todo el perímetro del patio existían otras dependencias de muy diversa índole y entre ellas, algunas salas de gran importancia a juzgar por sus dimensiones y características. Aunque de momento aún no hemos dedicado nuestra atención a ellas, esperamos poder hacerlo en el futuro. En el presente trabajo vamos a analizar con detenimiento este pabellón ya que aunque se encuentra enteramente expoliado de todos sus elementos ornamentales y estructurales leñosos, como sucede con la totalidad del conjunto, conserva casi por completo los muros que conformaban la sala interna que contienen gran cantidad de información merced a las huellas dejadas por la decoración que sobre ellos se dispuso y por las vigas y otras piezas que en ellos se empotraban. Gracias al estudio meticuloso de estos datos ha sido posible plantear una hipótesis para su reconstrucción que hemos llevado a cabo mediante imágenes de ordenador (Figs. La sala tiene unas dimensiones internas de 13 x 13 m (Fig. 10) y sus muros alcanzan actualmente una altura aproximada de 13 m también. Estos muros están compuestos por una masa de hormigón de cal vertida en los correspondientes moldes de madera según la técnica conocida como tapia. La obra de tapia quedaba delimitada en las jambas de los huecos mediante fábrica de ladrillo según un modo constructivo que es habitual en la arquitectura hecha con esta técnica. Se aprecia con claridad en todas las superficies de los muros los huecos dejados por las agujas de madera que servían para sostener los tapiales durante el proceso de vertido y apisonado de la masa, que en este caso no es de tierra sino de una mezcla de gravas, piedras, ladrillos y cal. Pese a la alteración de los paramentos a causa del expolio y destrucción de los tratamientos ornamentales, se aprecia hasta la altura del alicer la presencia de ladrillos dentro de la masa de tapia en un sistema que recuerda la denominada "tapia valenciana", consistente en la colocación de ladrillos, a veces sólo simples fragmentos, como tizones dentro de la masa pero con uno de los lados cortos pegado a los tapiales y distribuidos de manera regular, aunque sin formar una auténtica fábrica de ladrillo20. Por encima de este nivel, la tapia es toda de argamasa. La cal está presente dentro de la masa del muro en muy alta proporción por lo que nos encontramos ante un verdadero hormigón de elevada resistencia, que además se ha comportado como muy durable en el tiempo pues pese a llevar más de trescientos años desprotegido sigue conservándose en razonable buen estado. Presentan en el centro de cada lado un gran hueco de acceso, que hasta hace poco estaban muy desfigurados (Fig. 4). De estos huecos, tres dan hacia el exterior mientras que el que mira a occidente da paso a una pequeña habitación que se comunica con otra contigua por el lado norte y a través de la cual puede salirse al patio. Hasta la reciente restauración, estos huecos presentaban una apariencia amorfa debido a que sus jambas estaban construidas de ladrillo que mostraba enjarjes para su mejor trabazón con la obra de tapia. Al haberse expoliado los ladrillos, las jambas quedaron totalmente irregulares, lo mismo que la parte superior del hueco, por el desmoronamiento subsiguiente. Planta reconstruida del pabellón occidental A pesar de todo, en la jamba derecha del arco de entrada del lado oridental, que corresponde al eje principal del pabellón, se ha conservado un pequeño resto in situ del pavimento junto con el arranque de la jamba (Fig. 11), lo que nos proporciona un dato preciso para conocer el nivel del suelo en el interior de la qubba y las dimensiones de los arcos, que eran de 3.30 m de luz. Además, por el exterior de este mismo arco aún pueden verse en el suelo las dos piedras con el orificio circular de las quicialeras de las hojas de madera con que se cerraba, lo que nos facilita una información fundamental respecto a la forma de clausura de la sala. Una cuestión que a nuestro juicio plantea serias dudas es la de si estos huecos tuvieron arcos estructurales de ladrillo o si por el contrario tenían dinteles de madera bajo los cuales se disponían arcos decorativos de lambrequines y mocárabes hechos de yeso y sin ninguna función portante, como es habitual en la arquitectura nazarí21. Creemos que la reciente restauración de estos huecos con arcos de ladrillo resulta totalmente desafortunada pues como hemos indicado, es muy posible que tuvieran dinteles de madera y en todo caso no debería haberse adoptado una solución basada en una hipótesis discutible. Hueco de acceso oriental al pabellón. Se aprecian las quicialeras de las puertas y un resto del pavimento del umbral junto a la jamba derecha en cerámica verde En el lado oeste de la sala existen otras dos puertas más pequeñas, de 1.25 m de ancho, justo en los rincones, que tuvieron probablemente forma adintelada, pues conservan huellas de haber tenido cabeceros de madera. La del ángulo suroeste es en realidad una simple alacena que cabe suponer que tendría hojas que abrirían hacia la sala. La puerta del ángulo noroeste da paso a la habitación contigua a la situada al oeste de la qubba y de la que trataremos a continuación. Esta habitación tiene aparentemente planta rectangular de 6.85 x 4.40 m y presenta actualmente huecos de paso en sus lados norte y este (Fig. 17). El del lado oriental es el hueco que comunica con el salón, similar a los que hay en el centro de cada uno de sus lados, mientras que el del norte parece fue una simple puerta que daba paso a otra habitación de dimensiones muy parecidas, aunque es muy posible que en origen este hueco no existiera, a juzgar por el tipo de fábrica que lo conforma que parece fruto de una actuación posterior. Constructivamente, ambos espacios fueron inicialmente uno sólo que luego se dividió mediante un muro de tapia de 0.57 cm de espesor, que presenta algunos elementos de ladrillo seguramente de una fase tardía. La primera habitación debió tener una planta aparente más compleja de lo que hoy vemos pues mediante elementos decorativos adosados se le dio aspecto de espacio centralizado con alhanías. Éstas resultan bastante evidentes en los lados norte y sur y es posible suponer su presencia también en el lado oeste donde tendría menor profundidad. Los datos que nos permiten plantear esta hipótesis son varios. En primer lugar la presencia de dos pilastrillas de ladrillo adosadas por el lado oeste del muro occidental de la qubba, de las que la del lado norte resulta plenamente visible mientras que de la simétrica sólo se aprecia la roza del muro en donde se empotraban parcialmente los ladrillos. En el muro frontero pueden verse las huellas de dos huecos, posteriormente tapados, que debían permitir el trabado de las paredes que confrontaban con las pilastrillas, lo que hace suponer la existencia de sendos arcos que delimitaban las alhanías. La anchura de éstas debió ser menor que la de la sala tal como hoy la vemos a juzgar por los rebajes realizados en los muros norte y sur, que nos dan una dimensión de 3.30 m de ancho por 1.60 m de profundidad. Podemos suponer que en el lado oeste había un arco semejante de la misma anchura pero de sólo 0.65 m de profundidad. Podemos pensar que este espacio se cubriría en la parte central con algún tipo de armadura de rica decoración y con pequeños alfarjes en las alhanías. El suelo de la habitación presentaba dos niveles distintos, uno más bajo que debía estar a la misma cota que el salón o ligeramente más elevado y otro correspondiente a las alhanías que se encontraría un peldaño más alto. De este peldaño se conserva la traza de su tabica en los tres lados (Fig. 12). Vista de la pequeña habitación del lado occidental del pabellón La disposición de este espacio parece marcarlo como un lugar preeminente que podría indicar que la habitación estaría destinada a ser el lugar en que se ubicaba el sultán, a semejanza del pequeño espacio de la ventana central del salón de Comares de la Alhambra en el que la epigrafía pone de manifiesto que era utilizado para este fin22. La disposición de dos albercas y una fuente dentro de la qubba hace imposible ubicarlo en ningún sitio del espacio principal. Sin embargo, el uso de un ámbito lateral para disponer el solio real permitiría además la colocación de una cortina, tras el arco, que ocultaba al soberano de la vista de sus súbditos, recurso ya usado por los califas omeyas y fatimíes y del que hay constancia que también utilizó al-Mansur23. No sabemos si la habitación lateral comunicaba originalmente con la antes descrita, aunque sí lo hace con el salón a través de la puerta que se abre en su ángulo noroeste y cabe la posibilidad que también lo hiciera con el pórtico que rodea la qubba. En sus muros aparecen huellas de distinto tipo. En el lado norte encontramos mechinales de gruesas vigas que nos indican que no tuvo mucha altura. Y que muy posiblemente hubo una planta alta. Esto lo corroboraría la existencia de una roza en el paramento oeste que pudiera ser la huella de una bóveda que sostuviera uno de los tiros de la escalera. De todos modos, el hecho de que la atarjea de desagüe de la fuente y las albercas del salón pase por aquí, permite igualmente suponer que al menos parte de la habitación contuviera una letrina. Sería necesaria una limpieza cuidadosa del suelo de este espacio para poder disponer de más información. El espacio principal de pabellón occidental es uno de los pocos lugares en que la excavación del subsuelo ha quedado visible permitiendo observar la compleja disposición de las redes hidráulicas que abastecían y drenaban la fuente y las dos alberquillas que hay en el interior y cuyo levantamiento nos ha permitido interpretar el funcionamiento de todo el sistema. Por ligeros indicios aún visibles alrededor del pabellón, por referencias dibujadas en el plano de la excavación y por el testimonio que nos aportan distintos documentos gráficos de la época24 (Figs. 3, 15, 16), sabemos que la qubba estaba rodeada en tres de sus lados, por un pórtico sostenido por columnas y que era de doble crujía en el frente. Dentro de este pórtico frontal había una fuente circular y delante de él una alberquilla rectangular de dimensiones parecidas a las de las existentes en el interior. El análisis de los paramentos y la experiencia y conocimiento de las pautas ornamentales y métodos constructivos usados en la arquitectura andalusí ha permitido identificar las huellas que los distintos materiales y sistemas decorativos habían dejado (Figs. Así, en la parte baja de los muros se aprecia un ligero picado de la superficie del paramento para facilitar la adherencia del mortero de agarre de los zócalos de alicatado. A una altura de aproximadamente 2.25 m el paramento vuelve a ser liso pues el yeso de la decoración labrada no tenía dificultades de adherencia y agarre. A 6.35 m de altura, tanto en el exterior como en el interior, aparecen los huecos dejados por una serie de rollizos verticales que se empotraron en la masa del tapial cada 1.20 m aproximadamente y que servían para fijar sobre ellos los tableros que conformaban el arrocabe de madera labrada y policromada. Paramento interior del lado occidental del pabellón en 2005 En los paramentos exteriores, por encima de la huella del arrocabe, se aprecian los huecos en que se empotraban las vigas del techo del pórtico. Algo más arriba hay otra serie de huecos algo más irregulares que corresponden a los pares de la estructura de la cubierta que pudieron haber estado constituidos por rollizos. De esta forma quedan perfectamente definidas todas las alturas de los distintos paños decorativos externos. Entre el nivel del alfarje del pórtico y el de apoyo de los pares de la cubierta aparecen en los tres muros de los lados norte, este y sur, unos huecos rectangulares de 1.10 x 1.40 m que permitían comunicar el espacio bajo cubierta de la zona de los pórticos con el existente sobre la armadura de la qubba. En el muro meridional, por encima del nivel de apoyo de los pares de la cubierta del pórtico, existe otro hueco de 0.75 x 1.00 m que serviría para poder acceder al tejado desde este último lugar, facilitando el mantenimiento de la cubierta. Por el interior, en donde el arrocabe es mucho más alto, las huellas de vigas adoptan por encima de aquél una disposición distinta. En concreto, a una distancia de las esquinas equivalente a un tercio aproximadamente de la longitud del lado de la sala, se observa en todos los paramentos interiores de la qubba la presencia de huecos de empotramiento de vigas en disposición diagonal, uniendo los dos muros contiguos a cada esquina (Fig. 13). La presencia de estos huecos se repite a tres niveles distintos. Estas vigas en diagonal o cuadrales, nos indican con toda claridad que la sala se cubrió con una armadura ochavada cuyos estribos octogonales apoyarían en estas vigas25. Es de suponer que los muros se rematarían con el correspondiente alero de canecillos de madera que quedaría anclado mediante un remate de fábrica de ladrillo que se asentaría sobre la obra de tapia y que hemos de presumir expoliado al igual que otros elementos hechos de igual modo. Para establecer la hipótesis sobre la forma y apariencia original de este pabellón disponemos, además de la información que nos proporcionan las estructuras conservadas, de dos testimonios gráficos contemporáneos al edificio que nos aportan datos de enorme utilidad. El primero de ellos es el dibujo realizado por el fraile trinitario Antonio de Conçeyçao, adjunto a un informe remitido a Felipe II sobre el martirio sufrido por siete jóvenes cristianos en 1585 por orden de Ahmad al-Mansur, y que se conserva en la biblioteca de El Escorial26. El dibujo, que cuenta con el interés de estar realizado a color (Fig. 14), nos ofrece una descripción de la qasba sa'adí llena de ingenuas representaciones pero de fácil interpretación gracias al realismo con que se muestran. Para lo que más nos interesa del pabellón occidental, podemos destacar los siguientes detalles: Detalle del dibujo conservado en la Biblioteca del Escorial representando el palacio al-Badi'. © Patrimonio Nacional La qubba está rodeada en sus tres lados exentos por pórticos formados por arcos sostenidos sobre columnas, prolongados en sebka y con un vano central de mayor tamaño con arco de lambrequines. El pórtico se cubre con tejado de tejas verdes a la misma altura que todas las construcciones del perímetro del patio. Por encima de este tejado sobresale la parte alta de la qubba que presenta un aparejo de grandes sillares, seguramente fingido sobre la obra de tapia, tratamiento muy habitual en este tipo de construcción. El cuerpo de la qubba se cubre con un tejado de pabellón a cuatro aguas rematado con un yamur a base de esferas doradas27. El tejado es también de tejas verdes. El pavimento de los andenes del patio está formado por azulejos cuadrados de colores variados y alternos. Dejamos de lado otros muchos detalles que para el objetivo limitado que nos hemos propuesto no tienen relevancia. La otra imagen corresponde a un plano esquemático pero bastante bien proporcionado y detallado (Fig. 15), dibujado en 1623 por el ingeniero holandés Jacob Gool, o Golius, y publicado por John Windus en 172528. También en este caso nos interesan los detalles siguientes: El pórtico perimetral es de una sola crujía en los laterales pero doble en el frente. Un vano de cada pórtico, que coincide con las puertas de la qubba, es mas ancho, tal y como también aparece en el dibujo de El Escorial. Aunque con algunos errores, se representan con bastante exactitud puertas y escaleras así como las fuentes y albercas del interior de las salas y los pórticos, corroborando y completando en parte la información que da el propio suelo actual del palacio. Con toda esta información hemos podido plantear la hipótesis representada en los planos y dibujos que publicamos (Fig. 10, 25, 26 y 27) y sobre la que volveremos más adelante. Una atención especial merece a nuestro entender el análisis de los restos conservados en el suelo de este pabellón y que tienen relación fundamentalmente con el sistema hidráulico que abastecía y drenaba la fuente y albercas ubicadas en su interior. Todo el suelo actual del pabellón se nos presenta como el resultado del expolio producido en el edificio que produjo la desaparición de los pavimentos y de una parte considerable de las canalizaciones de agua (Fig. 16). No obstante, al estar éstas embutidas en una masa de calicanto de gran resistencia, han dejado abundantes restos adheridos y muchas huellas que nos permiten conocer cómo estaba dispuesto el sistema de suministro y evacuación de agua. Hay que advertir que en este suelo también se aprecian huecos y rozas que parecen corresponder a usos del edificio posteriores al expolio. Vista del suelo actual del pabellón occidental mostrando los restos del sistema hidráulico Dentro del pabellón se dispusieron dos pequeñas albercas rectangulares, alineadas con el eje principal y una fuente que ocupaba su centro geométrico. De la fuente no tenemos más datos que la huella de la tubería de llegada del agua y la canalización de desagüe, pero no ha quedado ningún testimonio ni de su forma ni de los materiales de que estaba hecha. De las albercas, sin embargo, se ha conservado su pavimento casi íntegro y restos del recubrimiento de sus paredes, así como las huellas de las tuberías de abastecimiento y las conducciones de desagüe prácticamente intactas. Todo esto nos permite conocer con bastante precisión cómo pudo funcionar el sistema hidráulico, que hemos de considerar resultaba bastante sofisticado (Fig. 17). Planta actual del pabellón occidental con las distintas canalizaciones del sistema hidráulico (Se incluyen como hipótesis las columnas del pórtico) Las dos albercas son de dimensiones idénticas, de 1.65 x 3.29 m y 0.65 m de profundidad, ocupando ambas una posición inmediata a los arcos de acceso por el este y el oeste. Estuvieron revestidas por un fino alicatado que presenta motivo de lazo de ruedas de 12 con cinta blanca y zafates, sinos, almendrillas y candilejos en colores negro, verde melado y azul. Cerca del ángulo del lado norte más cercano al centro de la sala aparecen en el pavimento de ambos estanques unas placas de mármol con un orificio en el centro que servían de desagües pues hasta ellas llegan las atarjeas dipuestas para esta función. No sabemos si estos desagües eran utilizados únicamente para vaciar completamente las alberquillas cuando se fueran a limpiar o si servirían también de aliaviaderos para la circulación permanente, en cuyo caso deberían tener algún sistema de regulación del paso del agua, o quizás se adaptarían en ellos unos tubos verticales que funcionaran como rebosaderos. No obstante, parece más probable que tal función de rebosadero se realizara a través de los canalillos que, al menos en tres lados, bordean ambas albercas. El hecho de que haya desaparecido el pavimento de la sala junto con la base en que se asentaba en un espesor de casi 35 cm nos impide saber cómo era el remate de los bordes de las albercas y cómo se resolvían detalles importantes como el del rebosado del agua sobrante, que bien pudo hacerse mediante orificios situados en la parte superior de las paredes que comunicarían con los canalillos mencionados, que muy posiblemente quedaban cubiertos por el pavimento, pues hay indicios de ello. Estos canalillos, o más bien pequeñas atarjeas perimetrales, se unen con la que recoge el desagüe de fondo en una atarjea principal que lleva dirección diagonal y se dirige hacia la puerta del ángulo noroeste de la sala, por donde salía toda el agua sobrante. Aunque las albercas tienen una disposición totalmente regular y simétrica, las atarjeas no, pues el hecho de que su salida se realice por un ángulo provocó que se adoptaran recorridos irregulares. En todo caso, la hipótesis de cómo funcionaba el sistema de desagüe hay que contemplarla en relación con la llegada del agua. Ésta se realiza por el suelo, a través de los dos arcos de acceso a la qubba por los lados norte y sur. No sabemos por donde llegaba el agua hasta estos puntos, aunque lo más seguro es que se hiciera desde la zona sur del palacio, pues es por ese lado por donde llegaba el acueducto que se abastecía de algunas de las jetara-s o kanat-s con que se procuraba una parte sustancial del abastecimiento de Marrakech. El hecho es que en el subsuelo de ambos huecos encontramos seccionadas una serie de conducciones construidas mediante atanores cerámicos. Aunque no se ha excavado en la zona exterior, todo parece indicar que las canalizaciones se encuentran casi intactas en esa parte, mientras que en el interior fueron sistemáticamente arrancadas, pese a lo cual se puede seguir su trayectoria gracias a las improntas dejadas en la masa de calicanto en que estaban embutidas y que ha desaparecido en su parte superior pero que se conserva bastante intacta en lo que sería el lecho de apoyo de todo el sistema. En el arco meridional pueden observarse nueve tuberías mientras en el norte solo hay ocho. Esto se debe a que la conducción central del lado sur era la que abastecía la fuente del centro de la sala, lo que nos permite insistir en que la llegada general de agua era por ese lado. Los conductos del lado norte deben provenir de un repartidor que estaría alimentado por una canalización que se debió hacer trascurrir por el exterior de la sala para no interferir con el complejo sistema de tuberías dispuesto en el interior, pero cuyo recorrido desconocemos. Las otras ocho tuberías se dividían dentro del salón en dos grupos dirigiéndose hacia los lados meridionales de ambas albercas a las que acometen con espacios de separación regulares. Los ocho atanores que entran por la puerta septentrional llevan un recorrido simétrico a los antes descritos desembocando por el costado norte de ambas albercas (Fig. 18). El hecho de que todas las conducciones discurran por el pavimento a cierta profundidad y que su huella se aprecie hasta muy escasa distancia de los bordes de las albercas hace pensar que el agua se introducía en éstas por las paredes de los lados norte y sur, seguramente mediante toberas situadas a unos 25 cm por debajo del borde, lo que permite suponer que probablemente lo hacía por debajo del nivel de la superficie del agua. Naturalmente, esto dependería de la cota a la que se encontraran los rebosaderos, pero habida cuenta de que en las paredes no hay huella alguna de ellos por debajo de las que existen de las tuberías de abastecimiento, nos inclina a pensar que se encontraban más altos. Dado que sólo hay atarjeas de desagüe en los lados este, oeste y norte, pero que además en éste último no tienen continuidad, podemos deducir que la salida del agua de las albercas se producía por los lados este y oeste, al contario que la entrada que lo hacía por el norte y el sur. Huella de las canalizaciones que abastecían la alberquilla occidental por el lado norte La pregunta que surge de inmediato es ¿qué efectos produciría esta disposición de entrada y salida del agua? En primer lugar hay que afirmar que el primero sería el de que el observador no sabría cómo circulaba el agua29. Como ésta debía entrar con cierta presión se tenía que producir un movimiento en la superficie que debía resultar inexplicable al no verse ningún chorro ni canal de llegada. La ondulación de la superficie produciría, por efecto de la reflexión de la luz que entraba por las puertas, efectos de iluminación dinámica dentro del espacio de la sala en el que hay que imaginar que las superficies doradas se extendían por doquier30 produciendo nuevas reflexiones, lo que contribuiría a generar una sensación de espacio mágico e irreal provocando sin duda la admiración y sorpresa en los visitantes. La fuente que se ubicaba en el centro de la sala debía de ser circular, seguramente con taza de mármol o de otra piedra de calidad como el onix, de las que sabemos por los textos de su existencia31. Tendría seguramente un pequeño surtidor central que añadiría un murmullo de agua en movimiento complementando con este sonido la ambientación del espacio. La presencia de estos elementos de agua dentro de la sala provocaría también una sensación de frescor ayudando a la climatización del ambiente. En suma, cabe decir que mediante un sofisticado sistema de manejo del agua se lograba a la vez una ambientación climática, pero sobre todo de percepción visual del espacio que contribuía poderosamente al logro de los objetivos que el promotor de esta magna obra se había propuesto: la creación de una arquitectura que no sólo por sus dimensiones colosales sino por el refinamiento en el usos de determinados recursos como el agua o la luz, generaran en el visitante efectos sorpresivos que le llevaran a una actitud de admiración y finalmente de sumisión y respeto ante el soberano que habitaba tan mágicos espacios32. Aunque a través de las imágenes de ordenador hemos tratado de recrear algunas de estos efectos, hemos de reconocer que la tecnología hasta ahora disponible por nosotros no nos permite provocar las sensaciones lumínicas que sin duda se podían contemplar y que en todo caso tendrían que apreciarse dentro de una observación dinámica del espacio33. Deberá seguir siendo nuestra imaginación la que supla nuestras carencias técnicas. El palacio al-Badi' es sin lugar a duda una consecuencia de la evolución de la arquitectura de al-Andalus. Tanto la forma general del edifico como los distintos elementos que lo forman tienen claras raíces y precedentes en lo construido por los califas y soberanos musulmanes en la Península Ibérica34. La disposición general del inmueble, organizado en torno a un patio concuerda con la de la mayoría de los edificios áulicos andalusíes35. La organización del área del patio, por su parte, representa también una clara continuación de los modelos andalusíes aunque con innovaciones que en parte pueden deberse a las necesidades impuestas por la escala monumental adoptada. La presencia dentro del patio de un gran estanque en el eje de la composición nos muestra una continuidad con los esquemas que se imponen en el período nazarí, a partir de finales del siglo XIII, y que ya están presentes en el período de transición desde lo almohade, en la primera mitad de ese siglo, como es el caso del Qasr al-Sagir, en el actual Convento de Santa Clara, de Murcia36, conjunto con el que comparte también otras similitudes (Fig. 19). El más claro exponente de este tipo de composición es sin duda el patio de Comares de la Alhambra, donde la gran alberca bordeada por dos pequeños parterres plantados de arrayán confiere la fisonomía característica al conjunto conformando un gran espejo en el que se refleja la arquitectura que la circunda, y especialmente la de los lados menores en donde no existe jardín separador37. Planta del Qasr al-Sagir en el convento de Santa Clara de Murcia Sin embargo, en el caso granadino, desaparece totalmente el esquema de crucero que sigue presente en el palacio de Marrakech, manteniendo una tradición de siglos anteriores que en el período nazarí parece olvidarse, aunque también resurgirá en los palacios de los Leones y de Alijares. El patio de crucero está ya implícito en el jardín alto de Madinat al-Zahra y plenamente implantado en su jardín bajo38. En el siglo XII, en el Castillejo de Monteagudo39 tenemos un patio con jardín de crucero, albercas con agua en el eje y parterres de jardín rehundidos, es decir, todos los ingredientes que vemos siguen presentes cuatro siglos después. En el Qasr al-Sagir de Murcia (Fig. 19) aparece seguramente la disposición más parecida a la de al-Badi', con cuatro parterres rehundidos separados por un anden de crucero que queda interrumpido por una gran alberca longitudinal40. Algo más tarde, a finales del siglo XIII, encontramos también un patio de crucero con alberca central en el Alcázar Real de Guadalajara41. Pero no sólo podemos citar como precedente de patio de crucero con alberca o fuente central el caso del palacio de los Leones y los otros antes citados. También resulta de sumo interés comparar este palacio de Marrakech con el desaparecido palacio de la almunia de los Alijares, en los alrededores de la ciudad de Granada. Según la hipótesis de reconstrucción recientemente realizada42 tendría una alberca central y cuatro pabellones con forma de qubba en los extremos de los andenes del crucero, en el centro de cada lado del patio. Esto último guardaría relación con la disposición de al-Badi', en donde además de los pabellones prominentes hacia el jardín existían otros dos salones o espacios de mayor categoría en el centro de los lados largos del patio. La alberca del palacio marroquí presenta la particularidad de la presencia de una pequeña isla en la que, según la documentación disponible, sabemos había una fuente. La disposición de una isla en medio de una alberca la encontramos en época almohade tanto en al-Andalus, caso del estanque de la huerta de la Cartuja de Nuestra Señora de las Cuevas de Sevilla, como en el que pudo inspirar más directamente la solución adoptada en al-Badi', que sería el de la alberca al-Ghrisiyya de la cercana almunia real del Agdal. Las dos albercas que en cada lado ocupan los ángulos del patio y que junto con la central rodean los dos pabellones, forman una disposición que recuerda la del pabellón central del jardín alto de Madinat al-Zahra, primer ejemplo de este tipo de jardín con presencia de amplias áreas de vegetación y extensas albercas que además de servir para el riego permitían un control climático y provocaban visiones espectaculares al actuar como espejos en los que se reflejaba tanto la arquitectura como la luz que penetraba en ella43. Los jardines rehundidos tienen una larga tradición en al-Andalus. Ya en Madinat al-Zahra, con la disposición de andenes a distinto nivel en el jardín alto, junto a los grandes salones de recepción, se persigue la idea de "caminar sobre la vegetación", que adquiere así la función de alfombra. El tema toma mayor relevancia en época almohade, cuando se construyen algunos ejemplos notables como es el caso del Patio del Crucero del Alcázar de Sevilla44, en el que el jardín ocupa un nivel totalmente distinto del resto del palacio, a más de cuatro metros por debajo de éste. Otros casos como el de la Casa de Contratación45, también perteneciente al Alcázar sevillano, ofrecen soluciones intermedias (Fig. 20). En este caso resulta también llamativa la presencia del agua en el eje del patio con una fuente en su centro, de la que apareció en la excavación la huella de su apoyo. Patio de la Casa de Contratación del Alcázar de Sevilla en época mudéjar. (Imagen realizada por M. González sobre hipótesis de A. Almagro) La presencia de los dos pabellones prominentes hacia el centro del patio nos trae inmediatamente a la memoria la disposición semejante que hay en el Patio del Qasr al-Riyad al-Sa'id (Palacio del Jardín Feliz)46 hoy conocido como Patio de los Leones de la Alhambra (Fig. 21), aunque salvando las enormes diferencias de tamaño de ambos conjuntos47. El uso de tal disposición de pabellones prominentes en los extremos del patio y con unas proporciones más cercanas al precedente nazarí ya había sido aplicado en este mismo período al construir los dos pabellones del sahn de la mezquita al-Qarawiyyin de Fez48, lo que confirmaría ese casi obsesivo recurso a los modelos de al-Andalus durante el período que nos ocupa. Vista del Patio de los Leones con sus pabellones prominentes Sin embargo, los pabellones de este palacio de Marrakech tienen unas características especiales que una vez más están en gran medida motivadas por la escala colosal del conjunto. No se trata en este caso de sencillos kioscos para albergar una fuente o para ser meras protuberancias de los pórticos del patio, sino que constituyen grandes qubba-s usadas sin duda como espacios de recepción y protocolo. La qubba occidental, que hemos analizado con más detenimiento, fue seguramente un salón del trono. Sus precedentes andalusíes así lo confirmarían. El ejemplo más inmediato lo constituye el salón de Comares de la Alhambra, salón del trono de los sultanes nazaríes y verdadero espacio lleno de simbolismos49, que muy posiblemente estaría presente en la mente de al-Mansur a través de crónicas y relatos de los emigrados andalusíes50. En la Alhambra, aparte de la gran qubba de Comares, existen otras muchas, generalmente con función de miradores o pabellones de jardín: palacio del Partal, torre de Machuca o de los Puñales, mirador del palacio del exconvento de San Francisco, torre de los Abencerrajes y miradores del Generalife51. El recurso a las qubba-s como espacio áulico ligado a la simbología del poder lo mismo que al disfrute de los espacios en que estas se asentaban no se limita sólo a la Alhambra ni tan siquiera a los territorios musulmanes de la Península. Tal función tuvo la qubba del Cuarto Real de Santo Domingo, primer ejemplo nazarí, de la segunda mitad del siglo XIII52. Resulta significativa la enorme semejanza que debía presentar este edificio granadino con el pabellón del palacio de Marrakech, pese a que éste lo doblaba prácticamente en tamaño (Fig. 7 y 22). Pero el uso de la qubba como salón del trono tiene precedentes también en la arquitectura del reino de Castilla, no sólo en construcciones coetáneas a las de la Alhambra, como pueden ser los palacios de Pedro I en el Alcázar de Sevilla y quizás en el de Tordesillas, sino de fecha anterior como es el caso del Alcázar Real de Guadalajara, no obstante todos ellos de clara ascendencia andalusí. El uso de columnas pareadas del que después hablaremos, no es habitual en la arquitectura andalusí pero tenemos dos ejemplos claros en el período nazarí. Uno es el que testimonia la documentación gráfica antigua sobre el Cuarto Real de Santo Domingo, cuyo pórtico parece estuvo sostenido por columnas dobles (Fig. 22). El otro vuelve a ser el del Patio de los Leones de la Alhambra en donde hay agrupaciones de dos y de tres columnas, aunque en este caso los capiteles sean siempre independientes y no labrados en el mismo bloque como en al-Badi'. Todos los paralelos antes referidos muestran claramente que en el palacio levantado por Ahmad al-Mansur en la qasba de Marrakech pervive la tradición de la arquitectura áulica andalusí, a la que evidentemente recurrió el sultán sa'adí como soporte de su legitimidad y de sus ambiciones políticas entre las que sin duda se encontraba la asunción del título califal, que si bien finalmente no llegó a utilizar, sí parece que aspiró a detentar y trató de justificar mediante actos que, como la construcción de un gran palacio, le asemejaban a los grandes califas a quienes quiso emular53. HIPÓTESIS DE RECONSTRUCCIÓN DEL PABELLÓN Toda la información recogida ha permitido definir con bastante fiabilidad tanto la planta como los alzados del pabellón en sus líneas generales (Fig. 10). Pero quedan algunos detalles aún por precisar, incluso de tipo métrico. El principal se refiere a la altura de las columnas del pórtico que rodeaba el pabellón54, para las que el único dato que poseemos es la existencia de dos grupos de capiteles conservados en el propio monumento. Se trata de un capitel doble y otro triple de disposición angular que indican la existencia de columnas pareadas y triples en ángulo55. Hemos procedido a dibujarlos también mediante su restitución estereoscópica (Fig. 23). Para plantear una hipótesis sobre las dimensiones de las columnas hemos recurrido a analizar las del edificio coetáneo más directamente relacionado con este palacio, que es el panteón de los sa'adíes situado a escasa distancia de al-Badi' y construido en su parte más importante por el mismo Ahmad al-Mansur56. El proceso seguido ha sido dibujar las columnas allí existentes en su verdadera magnitud y escalarlas después de acuerdo con el diámetro de los capiteles conservados en al-Badi', obteniendo así una serie de columnas con distintas proporciones (Fig. 24). Las correspondientes a la sala llamada de las Doce Columnas y que contiene la tumba de al-Mansur, son las que proporcionan una solución más acorde con las medidas de los otros elementos, especialmente la altura del techo del pórtico determinada por los empotramientos de sus vigas (Figs. Análisis de medidas y proporciones de distintas columnas del mausoleo de los sa'adíes en Marrakech. En la fila inferior se dibujan las distintas columnas en su verdadera magnitud y en la superior cada una de ellas redimensionadas con el diámetro de los capiteles de al-Badi' conservados. A la izquierda la dimensión adoptada para la reconstrucción Alzado del pabellón occidental según la reconstrucción propuesta Para definir los detalles de la decoración se ha recurrido también a la ornamentación de esa misma sala en la que encontramos los mismos materiales y formas que cabe suponer hubo en el palacio. Zócalos de alicatado, de los que existen algunos restos en la sala norte del conjunto, paramentos recubiertos de yesería, aliceres de madera y arcos de perfil de lambrequines con la composición de arco central de mayor tamaño y arcos menores rematados por paños de sebka. Las huellas que los elementos de madera han dejado en los muros resultan muy elocuentes permitiendo establecer unas hipótesis generales, y sobre todo, conocer dónde terminaban los paños de yesería y dónde comenzaba la decoración en madera. Desgraciadamente para la forma del techo, aparte de saber que tuvo disposición ochavada, no podemos precisar mucho más ya que no hay otros indicios que nos permitan presentar una hipótesis plenamente fiable entre las varias posibles. De entre éstas podemos plantear dos como más plausibles. Una se basaría en una simple armadura de tres paños, con ocho faldones y almizate, que arrancaría sobre un tambor octogonal (Fig. 26), a semejanza del techo de la capilla de San Miguel de la Seo del Salvador de Zaragoza, conocida como la Parroquieta57. Otra hipótesis podría contener una armadura de cinco paños, también ochavada (Fig. 27), como el techo del presbiterio de la iglesia del monasterio de Santa Clara de Tordesillas58. En ambos casos cabría que la propia armadura soportara la cubierta o más probablemente, que hubiera otra armadura cuadrada más simple, de par y nudillo, para conformar el tejado. Sección hipotética por el eje norte-sur del pabellón occidental Sección hipotética por el eje este-oeste del pabellón occidental mostrando otra de las posibles soluciones del techo En nuestra hipótesis que hemos representado en imágenes de síntesis, hemos optado por la primera solución, por ser más sencilla de definir (Fig. 28). No obstante, la existencia de una armadura de cinco paños, aunque de planta cuadrada, en la llamada sala de las doce columnas del mausoleo de los sa'adíes59, al que hemos hecho ya referencia, obliga a considerar igualmente como muy posible la otra hipótesis. Evidentemente, dentro de ambas soluciones cabe también pensar en casi infinitas variantes en lo que respecta al tipo de lazo utilizado o a otras muchas opciones ornamentales. Imagen virtual del techo de la qubba. Con todos estos datos se ha planteado y dibujado la hipótesis que ha servido para realizar la reconstrucción virtual del conjunto. En ella se hace especial hincapié en incorporar la policromía como un componente esencial en la conformación de la imagen del edificio (Fig. 29). La presencia del agua y su comportamiento como elemento especular en el que se refleja la arquitectura, contribuye igualmente a reproducir los efectos perceptivos que conferían a este singular monumento unas características que lo emparentan directamente con sus precedentes andalusíes (Fig. 30). También la vegetación como elemento primordial en la creación del ambiente del patio, que por las desmesuradas proporciones adquiere aquí un protagonismo especial, se percibe en la reconstrucción virtual de un modo más próximo a lo que pudo ser la realidad respecto a la pobre vegetación que hoy ocupa los parterres (Fig. 6-7). Imagen virtual del pórtico con su policromía y su reflejo en la alberca. El pabellón oriental visto desde el pórtico del occidental, en una imagen virtual. Sin embargo, las imágenes de síntesis creadas nunca deberían tomarse como una representación verídica de lo que fue la realidad original del monumento, sino más bien como una evocación de sus características formales y perceptivas. El necesario recurso a tomar de otros edificios coetáneos elementos de detalle que nos permitan recrear un ambiente suficientemente real como para percibir el mayor número posible de las cualidades que esta arquitectura poseía (Fig. 31), nos obliga a reconocer que sin duda las soluciones originales fueron otras, dada la enorme creatividad de los artesanos que intervenían en estas construcciones, que raramente repetían formas ornamentales de manera mimética. Por este motivo, la observación de estas imágenes debe hacerse sin fijar nuestra atención en los detalles, sino sólo en la percepción general del espacio, que es el verdadero objetivo que se pretende. Debe ser principalmente el recuerdo que quede en nuestra memoria después de una visión fugaz de estas recreaciones lo que debemos retener. La mayor parte de las soluciones adoptadas son puras conjeturas que pueden ser revisadas y enmendadas con otras propuestas, seguramente sin muchas posibilidades de aseverar ninguna. En todo caso, siendo aproximaciones posibles, facilitan el objetivo ya apuntado de suscitar en nuestra mente impresiones cercanas a las que pudieron experimentar visitantes y usuarios de este singular palacio. Imagen virtual del interior del pabellón occidental. Este trabajo se inició en el marco de un proyecto de cooperación inter-universitaria, entre la Escuela de Estudios Árabes y la Universidad Caid Ayyad de Marrakech financiado por la AECID en 2005, gracias al cual pudimos realizar la toma de datos. Los trabajos de gabinete se han desarrollado dentro de sendos proyectos del Plan Nacional (HAR2011-29963 ART) e Intramural del CSIC. Diversas circunstancias fueron retrasando su desarrollo que se ha circunscrito hasta ahora al estudio del pabellón occidental. Deseo expresar mi agradecimiento al Prof. Muhammad El-Faïz de la Universidad Caid Ayyad, al Sr. Faissal Cherradi, a la sazón inspector de monumentos de Marrakech, así como al Prof. Hamid Triki por la colaboración prestada para el desarrollo de este trabajo. ANEXO (Vídeo recorrido virtual) Se acompaña un vídeo en la versión html on-line. Alguna foto antigua muestra tapiado el hueco del arco oriental del pabellón y con una puerta rectangular (Deverdun 1959: Pl. Desarrollado por Metria Digital. http://www.orthoware.es/cas/index.asp Desarrollado por la Universidad AGH de Cracovia. En la actualidad el desarrollo de los instrumentos y el software han permitido mejorar los resultados. Ahora usamos una cámara digital Canon EOS 1Ds de 21 Mpixels, de formato completo 24 x 35 mm, con objetivos de 20 y 28 mm y el programa de restitución que empleamos es Poivilliers F, desarrollado por Yves Egels del IGN de Francia (Almagro 2011). Es importante conocer todas estas vicisitudes para comprender el verdadero alcance y significado de la construcción del palacio, que fue un verdadero instrumento de legitimación frente a posibles cuestionamientos de su poder y sus derechos a detentarlo. A la muerte de al-Mansur se desataría de nuevo la guerra civil entre distintos pretendientes al trono. Así puede interpretarse el dibujo de la figura 13 conservado en la Biblioteca del Escorial. Esta dimensión se referiría al exterior del edificio que incluyendo los pórticos alcanzaba los 27.10 por 22.70 m Este procedimiento permitía dar mayor adherencia a la costra externa del muro, que siempre se hacía más rica en cal, con el núcleo de éste que poseía menor concentración de conglomerante (Cristini y Ruiz 2012: 297-298). Este tipo de remate suele ser común y casi exclusivo de las mezquitas y alminares, aunque el dibujo en este caso no deja lugar a dudas. Aunque el plano aparece rotulado como Palacio Real de Fez, no cabe duda de que se trata de un error, bastante común en ediciones de viajes de esa época en que la falta de memoria de sus autores y la imposibilidad de control de los editores por desconocimiento, producía este tipo de equivocaciones. Algo parecido puede verse en la publicación de los planos del Cuarto Real de Santo Domingo por Murphy, que aparece rotulado como si correspondieran al Generalife (Murphy 1813). Este dispositivo parece muy similar al que suponen Darío Cabanelas y Antonio Fernández Puertas para la fuente de los Leones de la Alhambra (Cabanelas y Fernández 1981: 6, 29-30). Algunos de estos efectos pueden estar narrados en los poemas que aparecían escritos en los paramentos del salón y que en parte están recogidos en al-Ifrani 1889: 179-195. En la recreación animada que hemos realizado y que puede verse mediante un DVD (Almagro 2012), resultó imposible introducir la reflexión de la luz en la superficie en movimiento del agua pues el programa 3D-Studio generaba efectos inaceptables para la realidad. Desgraciadamente son casi inexistentes en Marruecos los ejemplos de arquitectura áulica anterior a este palacio de los que tengamos información ya que en general han sido destruidos o transformados. De los que sería más interesante tener noticias en relación con este caso, los de época meriní, apenas sabemos nada, ni siquiera si puede haber restos de ellos en dentro del actual palacio real de Fez al-Yadid, cuya construcción se inició apenas unos años después de la Alhambra. Sabemos que en sus jardines había estanques y pabellones (Bressolette y Delaroziére 1978-1979). Esta qubba de al-Badi' supera ampliamente con sus 13 m de lado las dimensiones de la de Comares que sólo alcanza los 11.30 m, pese a ser la mayor de que tenemos noticia en al-Andalus. La casi totalidad de las columnas fue trasladada a Mekinez por Mulay Ismail para su reempleo en la construcción de sus palacios (Barrucand 1976: 155). Un número importante de ellas quedó, al parecer, en la localidad de Safi, puerto más cercano a Marrakech en la costa atlántica, sin duda en un viaje inacabado hacia la nueva capital alauí. Agradezco al Prof. Hamid Triki esta información. Estos capiteles están labrados en una caliza muy fina que parece proceder de las canteras de Imi n'Tala (Allain 1956: 111-112)
Arqueología de la Arquitectura. Una visión conciliadora desde la Historia del Arte El artículo arranca de la discusión entre Arqueología de la Arquitectura e Historia del Arte escenificada parcialmente en las páginas de esta revista. A partir de ahí se profundiza en las relaciones entre ambas disciplinas poniendo de relieve puntos comunes así como divergencias metodológicas. Tras analizar de forma crítica el grado de actualización historiográfica y los diferentes enfoques utilizados por la Historia del Arte en su estudio de la arquitectura histórica se ofrecen caminos que conducen a la colaboración efectiva. A finales del siglo pasado se afirmaba que las ciencias sociales atravesaban un estado de confusión metodológica disfrazada de pluralismo (Aróstegui 1995: p. En el caso concreto del estudio del patrimonio edificado, dicho pluralismo incumbe, entre otras disciplinas, a la Historia del Arte (HA) y a la Arqueología de la Arquitectura (AA), cuyas trayectorias epistemológicas se encuentran en un punto de máxima divergencia (Azkarate 2002, Carrero 2008, Arce 2009, Boto y Martínez 2010, Caballero 2012). Resultaría temerario cuestionar el hecho de que la discusión, más aún en el caso de las ciencias históricas, contribuye a perfeccionar los mecanismos que facilitan el conocimiento de un pasado que, por definición, no se puede ya modificar (Bloch 2006: p. Como historiador del arte convencido de los beneficios que proporciona una perspectiva interdisciplinar de trabajo, me propongo enriquecer este debate añadiendo algunos argumentos a favor del respeto y la comprensión metodológica como únicas vías para la colaboración efectiva. Parto del convencimiento de que el lector de esta revista está familiarizado con el bagaje instrumental de la AA, por lo que me centraré en la presentación crítica de las herramientas que la HA está en disposición de poner en marcha para el análisis de los edificios históricos. El balance provisional de esta disputa, a la espera de profundizar en los argumentos esgrimidos por unos y por otros, arroja una importante conclusión: pese a los muchos y diversos ámbitos de estudio, la coyuntura actual sitúa a ambas disciplinas en un escenario compartido como es el análisis del patrimonio monumental construido. Como consecuencia de ello el entendimiento es necesario e ineludible (Arce 2009: p. Por mucho que arqueólogos e historiadores del arte nos empeñemos en lo contrario, los "problemas históricos" que plantea la investigación de un edificio son irresolubles desde una perspectiva metodológica exclusivista (Pierotti y Quirós 2000: p. Al contrario, cuanto más avanzamos en nuestro anhelo por reconstruir la complejidad de los fenómenos histórico-constructivos, más necesaria será la convergencia de testimonios de diferente naturaleza y, por ello, de profesionales capaces de enfrentarse a su esclarecimiento (Bloch 2006: p. De seguir discurriendo por senderos paralelos, los resultados de nuestras indagaciones adolecerán del adecuado encuadre cultural (Carandini 1988: p. 33) y, lo que es todavía peor, podrán ser censurados por su desactualización. Estas son las consecuencias directas del desconocimiento y del recelo mutuo. A tenor de lo expuesto, no resultará superficial efectuar un breve recorrido por los puntos más controvertidos de la discusión con el propósito de subrayar los "reproches" metodológicos emitidos desde uno y otro ámbito1. Tal vez la más recurrente de las críticas, y sin duda la más injusta, hacia la AA es una aparente complejidad terminológica en la presentación de sus herramientas de análisis para el estudio de la secuencia diacrónica de un edificio (Carrero 2008: pp. 6 y 18; Boto y Martínez 2010: pp. 264 y 267). Sus procedimientos han sido banalizados al compararlos con un simple rompecabezas2, convirtiendo a la matriz Harris en blanco predilecto de ciertos comentarios irónicos. Merced a esta artificial complejización hermenéutica, los equipos arqueológicos se beneficiarían del acceso privilegiado a tecnologías inalcanzables para grupos de investigación infra subvencionados como los de HA. Un ejemplo de ello sería el de la fotogrametría, cuyos beneficios son, además, cuestionados al compararlos con los de las tradicionales fórmulas de representación planimétrica (Carrero 2008: p. Con todo, la crítica más profunda consiste en minusvalorar la aportación del método estratigráfico a la investigación del monumento, pues en nada mejora a los utilizados por la HA desde sus más tempranos orígenes (Carrero 2008: p. Establecimiento de fases edilicias, identificación de talleres y profundización en las técnicas de construcción han sido tradicionalmente aspectos solventados por los historiadores del arte gracias a la aplicación del método filológico3. Es más, la lectura de paramentos había sido ya aplicada en este ámbito antes del desembarco de una "sistematización metodológica tan exhaustiva" como es la que desarrolla la AA. Dicha artificiosidad tendría el propósito de alejarla de los saberes humanísticos y aproximarla a las ciencias sociales y experimentales proporcionándole una "autosuficiencia en sus procedimientos" (Carrero 2008: p. 18, Boto y Martínez 2010: pp. 264 y 267) que supondría -y esta es interpretación mía- un obstáculo insalvable de cara a la colaboración profesional. Según los mismos investigadores, todo esto, sumado a la que consideran como tendencia a la reducción de la arquitectura a un mero proceso material, explica que la AA se vea imposibilitada para abordar el estudio de los contextos sociales y humanos en los que se confeccionaron los edificios (Boto y Martínez 2010: pp. 264 y 268). Bajo su punto de vista, solamente la HA trasciende del análisis objetual para interpretar los usos y las funciones de los espacios que generan las estructuras edificadas. En última instancia, se culpabiliza a la AA de dinamitar con sus propuestas la compartimentación estilística de la historia de la arquitectura, labor redundante e innecesaria puesto que ya desde las propias filas de la HA se habían dado pasos firmes en esa dirección. Aunque más adelante tendremos oportunidad de incidir sobre algunas de las frecuentes objeciones que, desde la Arqueología en general, se presentan hacia la HA, en el marco del debate que nos ocupa la principal de todas ellas atañe a la superioridad manifiesta de los análisis visuales de raíz estratigráfica (Arce 2009: pp. 21, 24 y 25). Desde esta perspectiva, aparentemente menor, se cuestiona el planteamiento básico del método histórico-artístico en su vertiente objetual, que no es otro que la definición de estilos a través de la observación y de la comparación. La HA se ve así condenada injustamente al establecimiento de taxonomías agrupadas por estilos que, para colmo, se encuentran sometidas por la tiranía contextual que imponen las fuentes escritas. Las razones de orden instrumental utilizadas para justificar la superioridad en la observación del alzado de los edificios se encuentran en la revolución que sufrió la Arqueología con la introducción y expansión del sistema Harris (Caballero 2012: p. 102) y, sobre todo, en su aplicación a la cultura material por encima de la cota 0. Esta mejora en los sistemas de observación y registro no debería confundirse con la búsqueda de una inexistente autosuficiencia metodológica puesto que si "para su uso excavador no se pone en duda su terminología específica (...) ni sus instrumentos (...) ni su proceso, ni sus resultados" ¿por qué se cuestiona cuando el objeto de estudio pertenece a la cultura material arquitectónica4? Existen indicios suficientes como para sospechar que este cuestionamiento recíproco tiene su origen en la convergencia profesional sobre un mismo ámbito de estudio, en este caso la edilicia monumental. Es natural —y todavía lo es más en las circunstancias económicas actuales— que la concurrencia laboral despierte ciertos recelos, pero es preocupante que éstos sobrepasen los límites de las reclamaciones corporativistas (Azkarate 2010: p. 18) hasta convertirse en injustificados ataques entre disciplinas5. Arqueología e Historia del Arte. De lo expuesto hasta aquí se deduce que detrás de esta disputa metodológica se oculta un desencuentro profesional y académico6. Nada de esto debería escandalizarnos, puesto que las cuestiones de método y de competencias resultan clave para comprender las relaciones entre Arqueología e HA desde sus orígenes. La crítica coincide en señalar a Winckelmann (1717-1768) como el padre de los estudios científicos de ambas disciplinas. Sus estudios consiguen superar definitivamente la visión propia del anticuario, si bien dentro de un marco de referencia cultural exclusivamente clásico (Díaz-Andreu 1995: p. El renovado interés por la observación directa del objeto artístico, sumado a la relectura de las fuentes, alumbraron una Arqueología y una HA elitistas sometidas a una percepción parcial del concepto de belleza (Ripoll y Ripoll 1988: p. Me interesa subrayar que existe una génesis común para ambas ciencias. La naturaleza ilustrada y academicista, seña de identidad de estos primeros estudios, alcanza también a España donde figuras como Ceán Bermúdez desarrollan una labor que resulta de gran interés historiográfico. A comienzos del siglo XIX las circunstancias políticas y culturales obligaron a los estados a diseñar estructuras adecuadas para la investigación, la enseñanza y la conservación de su patrimonio histórico artístico. Es aquí donde debemos localizar el primer impulso en la separación entre Arqueología e HA7. Fue la búsqueda de las raíces históricas e identitarias la que permitió redirigir las investigaciones hacia otros periodos históricos y, como consecuencia de ello, a iniciar la renovación en las fórmulas de aproximación a la cultura material. La Arqueología puso su foco sobre la prehistoria y comenzó a explorar instrumentos como la estratigrafía y la tipología. Ambos fueron fundamentales en el progresivo distanciamiento de la disciplina respecto de la raíz filológica que compartía por nacimiento con la HA (Díaz-Andreu 1995: p. Mientras la Arqueología profundizaba en los métodos de aproximación al objeto, la HA comenzaba a transitar por la senda teórica que caracterizaría su posterior evolución. Pese a estar ya establecidas las bases conceptuales sobre las que se asentó esta incipiente separación, todavía tardó en extinguirse un perfil profesional que, con amplias responsabilidades en el cuidado del patrimonio, reunía en sí mismo las figuras de arquitecto, historiador del arte y, en ocasiones, incluso arqueólogo8. Durante las primeras décadas del siglo XX, la Arqueología inició la búsqueda de instrumentos mediante los cuales dar respuesta a las necesidades generadas en el trabajo de campo, al compás de la extensión del conocido como método Wheeler de excavación. La base estratigráfica de dicho sistema provocó el redimensionamiento del valor de los materiales hallados. Bajo esta nueva perspectiva, el objeto, como si de un fósil se tratara, cobraba un valor topográfico que trascendía del puramente material, o dicho de otro modo, el objeto arqueológico fue perdiendo progresivamente su valor artístico (Díaz-Andreu 1995: p. Por su parte la identidad teórica de la HA se vio reforzada a partir de las reflexiones generadas en el seno de la llamada Escuela de Viena, atenta a la imparable evolución (o "revolución") experimentada por la práctica artística en el cambio de siglo. Nacidas al amparo del clasicismo dieciochesco de cuño filológico, en apenas cien años la Arqueología y la HA habían reconducido sus objetivos y métodos de trabajo hacia caminos completamente distintos. Mientras que en otros países europeos esta brecha tuvo su eco en la organización de las estructuras académicas y de investigación, en España la distinción no fue efectiva. En el Centro de Estudios Históricos, creado en 1910 al amparo de la Junta de Ampliación de Estudios, la sección de Arqueología y Arte Medieval fue sustentada por figuras de la talla de Manuel Gómez-Moreno o, posteriormente, Leopoldo Torres Balbás. Ambos investigadores, amén de ejemplificar la indefinición existente entre HA y Arqueología, ocupan un lugar destacado como mentores de sucesivas generaciones de historiadores del arte, arqueólogos y/o arquitectos, que contribuyeron a la consolidación de sus respectivas disciplinas (Borrás 2001: p. También actuaron como canalizadores de las escuelas teóricas foráneas y fueron impulsores de la revista Archivo Español de Arte y Arqueología, fundada en 1925 y cuyo título nos advierte de la fructífera hibridación metodológica del momento. Mientras se gestaba la separación entró en escena una trascendental novedad historiográfica. Durante el período de entreguerras se alumbró en Francia la Nueva Historia, corriente teórica que sirvió como estímulo para la renovación de otros ámbitos del conocimiento humanístico, entre ellos la Arqueología (Ripoll 1992: p. A medida que historiadores como Bloch o Febvre acuñaban conceptos como "cultura material" o "historia desde abajo", arqueólogos como Lamboglia fomentaban la excavación estratigráfica y los estudios de las tipologías cerámicas con un doble objetivo. Se perseguía afinar en las dataciones al tiempo que se utilizaban estos objetos de la vida cotidiana para confeccionar discursos históricos alejados de la perspectiva aristocrática cercana a los trabajos de HA (Ripoll y Ripoll 1988: p. En última instancia, a lo largo de las décadas finales del siglo pasado se asistió a la irrupción de la escuela anglosajona de Arqueología que tuvo una profunda influencia en el ámbito mediterráneo, especialmente dentro de la Arqueología medieval. Este fenómeno contribuyó a la reafirmación de sus bases metodológicas estratigráficas y tipológicas y, con ello, a la ruptura definitiva respecto de la HA (Carandini 1988: p. A pesar de la honda fractura epistemológica, no han faltado las voces de quienes reivindican y practican meritorios estudios colaborativos, alimentándose así un debate que no es exclusivo de la academia española. En Italia, sobre todo en el terreno de la Arqueología clásica, investigadores de la talla de Bianchi Bandinelli o el propio Carandini apostaron por el entendimiento efectivo, no sólo entre arqueólogos e historiadores del arte, sino también con los arquitectos, como vía para la construcción de un único relato histórico (Ripoll y Ripoll 1988: pp. 412 y 426, Ripoll 1992: p. Por el contrario, desde ciertos sectores de la Arqueología medieval, la HA ha sido relegada por su impreciso funcionamiento cuando la escala del análisis se reduce (Mannoni 1988: p. 414), así como por las deficiencias demostradas a la hora de aportar dataciones dentro de ambientes constructivos tendentes a la pervivencia de formas y técnicas (Parenti 1988: p. Por ajustarse a la idea que yo mismo defiendo, me gustaría destacar la opinión de Brogiolo (1995: p. 32, 2002: 22), puesto que considera la alianza entre AA e HA como el único camino válido a la hora de compensar las inconsistencias que ambos procedimientos presentan por separado. Se atreve a proponer la formación doble como la mejor solución para canalizar y poner en marcha este procedimiento. De acuerdo con esta idea, la interiorización metodológica recíproca, real y efectiva señalaría el camino más adecuado. Para ello debemos asumir un cambio en la dinámica formativa que ayudará a redefinir los métodos de "estáticos" a "itinerantes". En cierto modo, algo similar sucede ya con uno de los pilares de la AA, la estratigrafía, nacida en el marco de la geología y adaptada para su uso adecuado en el análisis del yacimiento y del edificio9 (Caballero 2012: p. Las condiciones impuestas para la correcta asimilación de estas "metodologías itinerantes" son las lógicas cuando se pretende traspasar las barreras impuestas por la práctica científica académica: una comprensión profunda y una puesta en práctica rigurosa. Entiendo que los postulados de la AA son ya de sobra conocidos por los lectores de esta revista10, de manera que mi propósito a partir de este punto será el de clarificar ciertos procedimientos de la HA y poner el acento sobre aquellos métodos y enfoques que, solos o en combinación con la AA, son útiles para el mejor conocimiento de la edilicia histórica. Intento con ello levantar un primer peldaño para el reencuentro entre ambas formas de concebir el estudio de la arquitectura. 38) quien vaticinó este reencuentro a un nivel superior, puesto que cada una de ellas por separado habrá perfeccionado los métodos que le son propios. Análisis objetual y análisis contextual Partiré de la idea de que el propósito principal de la Arqueología y de la HA consiste en reconstruir la historia a partir del estudio de objetos. Hemos de asumir, no obstante, que el relato compuesto a partir de nuestras indagaciones es inexacto porque la recreación completa de los acontecimientos del pasado resulta científicamente imposible (Asti 1973: p. ¿Significa esto que debemos renunciar al reconocimiento científico para nuestras investigaciones? Sucede que el criterio de "cientificidad" no debe aplicarse sobre nuestras hipótesis, sino que ha de servir como mecanismo mediante el cual debemos controlar los procedimientos utilizados en la aproximación al objeto de estudio (Pizza 2000: p. Dicho de otro modo, el rigor del trabajo del historiador se sustenta, fundamentalmente, en el método elegido para extraer la información de los materiales con los que trabaja. Se ha definido método como un "procedimiento, o un conjunto de procedimientos, que sirve de instrumento para alcanzar los fines de investigación (...) que puede ser común a varias ciencias" (Asti 1973: p. Una ciencia concreta se distingue del resto en la utilización de sus propias técnicas (o enfoques), que son resultado de la aplicación práctica de dichos procedimientos. Igualmente, la mejoría del método es fruto de la experiencia11, pues éste se moldea y se adapta para dar respuesta a las exigencias generadas durante la investigación (Pächt 1986: p. Como ya se ha expuesto, la HA y la Arqueología nacidas a fines del XVIII parten de una raíz metodológica común que privilegiaba el uso de los testimonios escritos sobre el análisis de las piezas. Quiere esto decir que estuvieron unidas en sus orígenes a través del "método filológico". La introducción del pensamiento científico en las disciplinas responsables de la construcción histórica planteó nuevos retos que obligaron al diseño de renovadas estrategias con las que superar la reducida visión del pasado que ofrecían los documentos y los textos. Inevitablemente, esta encrucijada produjo una división metodológica que todavía hoy permanece abierta. La Arqueología, sin abandonar plenamente el uso de los testimonios escritos, persiguió su autonomía a través de la adopción de la estratigrafía, método que comparte con la geología. La HA se mostró reacia al abandono definitivo de la seguridad que suministran las fuentes y construyó su especificidad a partir del formalismo propio del positivismo decimonónico combinado con la reflexión teórica en torno a los componentes y al alcance del objeto artístico. La distancia entre disciplinas se vio incrementada como resultado de las divergencias en la elección del método de aproximación a lo que hoy denominamos "cultura material". Mientras la forma es el parámetro principal en la configuración de un estilo artístico, para la Arqueología la variable taxonómica es una más en la construcción de series tipológicas de materiales cuyo valor como herramienta de conocimiento histórico radica fundamentalmente en su posición dentro de la secuencia estratigráfica. En la práctica, esto supone que una investigación histórico-artística original deberá combinar el análisis contextual con otro de carácter objetual12 (Freixa 1990: p. Objeto y contexto configuran un binomio ineludible y fundamental para la consecución de los objetivos fijados y sólo un estudio adecuado habilitará la posibilidad de pasar a la interpretación o especulación. El proceso de investigación se sitúa en "una fase centrípeta en la que se organiza toda la información (...) a fin de convalidar la hipótesis de partida" (Pizza 2000: p. Se puede hablar de dos niveles distintos: Recogida de datos a través del análisis combinado tanto contextual como objetual. En primera instancia, la obra de arte se estudia desde una perspectiva filológica/documental con el propósito de recomponer de la manera más precisa posible el contexto en el que fue creada, recibida, utilizada/modificada y, en ocasiones, destruida13. Posteriormente, en la medida en que sea posible, se procederá a su estudio directo con el propósito de realizar una correcta clasificación estilística. A la adecuada catalogación se llega gracias a la puesta en marcha del método de observación y comparación. Contemplamos rasgos formales y técnicos, buscamos equivalencias entre éstos y los que caracterizan al estilo predominante para el horizonte cronológico ofrecido por las fuentes. La confección de la historia, sea desde los documentos sea desde los objetos, nos obliga a no detenernos en el análisis objetual y a trascender la mera recolección de datos (Pächt 1986: p. Nuestra obligación es la de explicar los rasgos de la obra final, así como todo lo relativo a su realización, recepción y uso. Aquí nos situamos en una fase "centrífuga en la (...) cual se ramifican caminos interpretativos en dirección a las revaloradas densidades semánticas del dato" (Pizza 2000: p. Es evidente que la fractura metodológica entre Arqueología e HA se localiza dentro del nivel acumulativo, en el momento de la obtención de la información. Ante esta realidad cabría preguntarse ¿cómo se enfrenta el historiador del arte a la recogida de datos procedentes del objeto y del contexto en el que fue realizado? ¿Qué rasgos definen nuestra capacidad analítica frente a la de otros profesionales? El análisis contextual suele preceder al trabajo de campo, llegando a convertirse en ocasiones en el propósito mismo de la investigación. El estudio de las fuentes ha sido considerada por Schlosser como la labor a la que la "historia del arte debe su naturaleza mucho más rigurosamente científica" (Cfr. en Pizza 2000: p. Por tratarse de un método instrumental, es compartido con otras muchas ciencias formales y humanas (Bloch 2006: p. Lo que nos diferencia del historiador que trabaja exclusivamente con documentos es que nuestra principal fuente de información es la propia obra de arte. A través del análisis objetual se procede a la verificación material de los datos textuales. La lectura de la obra requiere de la aplicación de un método adecuado y riguroso puesto que "leer o descifrar un cuadro o un monumento no es tarea de un instante por medio de una aprehensión espontánea (...) son necesarias horas —o días— para asir realmente su significación" (Francastel 1972: p. Por supuesto, no se trata de una observación pasiva sino una labor analítica que concluye con la descripción pormenorizada de los aspectos morfológicos, materiales y técnicos que facilitan su comparación y posterior encuadramiento estilístico (Schapiro 1953: p. 80), asumiendo que, por muy objetivo que se pretenda ser, resulta inevitable traspasar la frontera de la interpretación (Pächt 1986: p. Por tanto, la comprensión de la imagen para su posterior definición estilística es un proceso que se fundamenta en el mecanismo sensorial de "ver" o "contemplar" 14 (Fernández Arenas 1982: p. La mirada del experto ha sido forjada en la asimilación natural de este proceso, de manera que esta "habilidad" se entiende como pieza clave en la profesión del historiador del arte (Freixa 1990: p. El estilo, como categoría visual, guarda relación con un determinado periodo crono-cultural consensuado previamente por parte de la historiografía. Esto explica su potencialidad como herramienta para prefigurar horizontes históricos, además de para identificar modificaciones sobre la obra originaria (Schapiro 1999: pp. 78 y 79). Observación y comparación preceden a la identificación estilística. Sin embargo, el método comparativo, como operación intelectual, no es exclusivo de la HA y se encuentra en la raíz de todas las ciencias humanas (Bloch 1999). Este mecanismo permite sobreponerse a la ausencia de referencias históricas concretas gracias al establecimiento de relaciones de filiación y/o dependencia entre fenómenos análogos surgidos en diferentes medios sociales. Desde la historiografía, este procedimiento está sujeto a unas normas de las que depende la validez de los resultados obtenidos. Solamente la selección adecuada de los sistemas sociales de comparación, tanto en términos territoriales como temporales, garantiza no cometer el error de confundir influencia con coincidencia fortuita. También dentro de la HA se han denunciado los riesgos que corre la disciplina al utilizar indiscriminadamente la comparación como método de trabajo. El mayor de todos ellos es el de caer en la autosugestión que suele preceder a la búsqueda de infundados paralelos taxonómicos (Pächt 1986: pp. 81 y 82). Si no respetamos las reglas básicas de toda comparación —especialmente la colocación en el mismo plano temporal de los elementos comparados— ésta se queda en mera concordancia. La HA frente a los retos de la "nueva historia" Una adecuada contextualización crono-cultural contribuye a dotar a la obra de arte de valor documental. Esa es la razón por la que la HA, al contrario de lo que sucede con la crítica, se ocupa de la dimensión histórica de la producción artística (Fernández Arenas 1982: p. Sin embargo, la tensión entre estética e historia15 es consustancial al propio hecho artístico y el conocimiento histórico que arroja su análisis está lastrado por la exclusión de todo aquello que no alcance el mínimo exigible de un concepto tan subjetivo como es el de artisticidad (Pächt 1986: pp. 10 y 113). Esta afirmación cobra gran trascendencia cuando la obra objeto de análisis es un edificio histórico (García Granados 1992: p. 64), siendo éste un aspecto negativo que no ha pasado desapercibido entre las filas de la AA (Mannoni 1988: p. La crítica emitida es tan contundente como comprensible: a partir del instante en el que un estudio sitúe su foco sobre valores formales y de uniformidad estilística, se está condenando a permanecer en la penumbra histórica a un elevado número de construcciones cuyo uso secular ha provocado la deformación, distorsión o pérdida de dichos valores. Paradójicamente, es en la alteración y en el cambio donde se concentra la sustancia de la información histórica, de manera que si el análisis carece de los medios para detectar las modificaciones provocadas sobre la estructura de origen verá mermado su interés histórico (García Granados 1992: p. En mi opinión, el historiador de la arquitectura comete una imprudencia al renunciar a aquellas alternativas metodológicas que le permitan rehabilitar el edificio, tanto en su estado inicial como en los muchos estados intermedios por los que la fábrica ha transitado hasta llegar a nuestros días. La lectura crítica del documento (en nuestro caso un documento "construido") y la detección de las mutaciones del fenómeno histórico a través de la "larga duración" son dos de las ideas sobre las que giró la renovación de la ciencia histórica durante el siglo pasado. No podemos dudar de la validez de estas reflexiones para los estudios histórico-artísticos. Tanto es así, que la obra de arte ha llegado a ser definida como el medio "vivo" y "objetivo" a través del cual captar los cambios que jalonan los grandes períodos de la historia (Francastel 1972: p. De entre todas destacan los edificios, capaces de encerrar en sí mismos mejor que cualquier otro producto artístico la dimensión temporal (Zevi 1951: p. Si la historia del arte en general, y de la arquitectura, en particular, reclaman legítimamente formar parte del conjunto de saberes que contribuyen a mejorar nuestro conocimiento del pasado, resulta lícito interrogarse acerca de en qué medida, desde estos ámbitos, se ha tenido en cuenta la evolución experimentada por la Historia en su último siglo de vida. Establecer el grado de actualización teórica no es una cuestión menor (Fernández Arenas 1982: p. Si nuestro propósito radica en contribuir al conocimiento del pasado a partir del estudio de la arquitectura histórica, creo que merece la pena ver si los procedimientos e instrumentos aplicados concuerdan con los de quienes, con este mismo objetivo, utilizan otros recursos de acceso a la información16. Documentos y textos constituyen la base tradicional de toda investigación histórica desde el origen de la disciplina. Su madurez científica se alcanzó en el siglo XIX a partir del rechazo de la mera descripción a favor del positivismo fundamentado en el trabajo metódico sobre las fuentes (Aróstegui 1995: p. A lo largo de la primera mitad del siglo XX esta visión feliz respecto a los documentos viró hacia el criticismo, lo cual supuso una auténtica revolución en el método que, indirectamente, afectó a otras ramas del conocimiento humano. En este interesantísimo proceso juega un papel trascendental la conocida como Escuela de los Annales (Pizza 2000: p. Las valiosas aportaciones vertidas por las distintas generaciones de historiadores vinculados a este grupo sobrepasan con creces los límites de este trabajo. Me limitaré a sintetizar aquéllas que considero de utilidad para el propósito fijado. •A una historia superficial sustentada en la descripción de acontecimientos oponen otra compleja e interpretable que cuestiona la atomización que supone concebir el pasado como una mera ordenación cronológica de "hechos" (Aróstegui 1995: p. De una "historia-relato" se pasa a una "historia-problema". • Abogan por la superación de los límites impuestos por el documento escrito y, como consecuencia de ello, proponen la ampliación del repertorio de fuentes y evidencias hacia otros ámbitos de las ciencias sociales y humanas (Aróstegui 1995: pp. 104 y 105). Si la historia es una, no existe justificación para persistir en la compartimentación académica de su estudio (Pizza 2000: p. Denuncian la necesidad de contar con los datos arqueológicos, si bien advierten de que éstos, al igual que los textos, pueden haber sido alterados voluntariamente (Bloch 2006: pp. 57 y 71). • Apuestan por el trabajo en equipo antes que por la multiplicidad de aptitudes. La especialización contribuye a aumentar la intensidad del trabajo de investigación, pero debe llevar asociada la puesta en común de estos esfuerzos (Bloch 2006: p. • La posición del historiador frente al documento debe ser profundamente crítica. Reflexionar sobre su veracidad externa e interna. Renunciar a esta perspectiva empobrece la investigación al tiempo que ratifica la pereza consustancial a la condición humana (Bloch 1999: p. Se promocionan los estudios desde el interior del mismo documento, desestructurándolo, analizándolo pormenorizadamente hasta llegar a establecer unidades y sus relaciones (Pizza 2000: p. •Como consecuencia de todo lo anterior, denuncian las visiones que reconstruyen la historia a partir de narraciones nacidas al amparo de grupos sociales históricamente privilegiados. Tras esta reflexión surgirán conceptos tales como los de "representaciones colectivas" o "historia de las mentalidades", así como estudios cuyo objetivo es la recuperación de la vida cotidiana a través de la indagación material de las distintas civilizaciones (Pizza 2000: pp. 41 y 53). • Contribuyen a cambiar la visión estática del tiempo histórico por otra más dinámica. El pasado no estará surcado de acontecimientos sino de estructuras cuya indagación debe ser proyectada desde el análisis de sus cambios. Plantean, dicho de otro modo, una concepción "estratigráfica" de lo real. Otros dos focos de renovación historiográfica que vieron la luz a mediados del siglo pasado deben ser obligatoriamente tenidos en cuenta en un análisis como el que venimos desarrollando. La llamada escuela marxista parte del convencimiento de que el motor que provoca el cambio histórico es el conflicto generado entre fuerzas productivas (Aróstegui 1995: p. Este enfrentamiento de clases, como veremos, puede trasladarse también a la producción artística (Hadjinicolaou 2005: p. Por otro lado, la variante historiográfica basada en la matematización de modelos de comportamiento a través del registro numérico en el largo plazo (Aróstegui 1995: p. 121) generó una visión cuantitativista de construcción del relato histórico no exento de críticas18. A partir de los años 80 se produce una profunda crisis de estos paradigmas y, como consecuencia de ella, una cierta renovación metodológica no exenta de confusión. En esta interesante encrucijada convergen propuestas nuevas con otras que miran hacia el pasado para encontrar la inspiración epistemológica. Lo más llamativo para nuestro propósito es que casi todas ellas asumen con naturalidad la incorporación de resultados procedentes de otros campos de la investigación (Aróstegui 1995: pp. 129 y 133). La postmodernidad, entendida como una actitud intelectual basada en la pérdida de confianza en el conocimiento científico de la historia, representa una visión cercana a la que propugna el llamado "giro lingüístico" en la filosofía de fin de siglo. El historiador debe abandonar la ilusión de contribuir a la comprensión objetiva de la historia puesto que la "evidencia" y el "dato" se difuminan y pierden su objetividad al ser interpretados. La buena o mala historia dependerá en última instancia de la forma en la que ésta es narrada más que en el grado de rigurosidad de las fuentes utilizadas. Este último aspecto explica la nula incidencia de la postmodernidad en el estudio de la arquitectura histórica. Mucho más relevante resulta en nuestro ámbito de estudio la aplicación del concepto de microhistoria19. Se trata, a grandes rasgos, de una redefinición de los aspectos instrumentales de la observación histórica: reducción de la escala, análisis microscópico y una intensiva labor de estudio de los documentos. Esta nueva orientación permite revisitar aspectos ya estudiados que, al verse reducidos en su foco de observación y aumentar la intensidad, pueden mostrarse completamente nuevos (Levi 1993: p. Dicho modelo de análisis encierra gran potencial a la hora de estudiar ciertos fenómenos socio-antropológicos en su vertiente histórica a muy pequeña escala de observación (Aróstegui 1995: p. 143), como pudiera ser la construcción de un determinado edificio20. Se podrá argüir que la HA asume algunos procedimientos amparados por esta renovación historiográfica. Es cierto que se ha experimentado una teórica superación de la dependencia respecto de las fuentes escritas o que en muchos trabajos se ha experimentado el paso del relato histórico a la "historia de las mentalidades". No estoy tan seguro, sin embargo, de que se pueda afirmar lo mismo con respecto a la crítica de autenticidad del documento construido, la visión desde la "larga duración" y la aplicación de la escala microhistórica, aspectos éstos que sí son consustanciales a la dinámica de trabajo de la AA. Con todo, existe todavía un obstáculo aún mayor que condiciona a la HA a la hora de confeccionar un relato histórico plenamente actualizado. Me refiero a la noción de artisticidad, que ha sido definida como la cualidad que adquiere cualquier producción antrópica cuando se diseña para ser contemplada (Fernández Arenas 1982: p. Este sistema selectivo margina intencionadamente a la mayoría de los objetos del pasado (edificios incluidos) que no disfrutan de cualidades artísticas21 (Furió 1990: p. Corresponde a los historiadores del arte el establecimiento de los parámetros utilizados para medir tal condición. Innovación, creatividad, belleza o capacidad expresiva, entre otros, suelen ser algunas de las categorías elegidas al efecto. No podemos obviar que, en no pocas ocasiones, dichas variables responden a intereses ajenos a la obra, lo que merma objetividad al proceso de elección (Hauser 1975a: p. Se ha dicho que lo "artístico" aparece cuando el placer (estético) ya no es tributario del encargo, esto es, cuando la labor del artista trasciende de lo comúnmente aceptado (Debray 1994: p. Es precisamente esta consideración como algo excepcional lo que explica que el valor estético carezca de equivalente sociológico (Hauser 1975a: p. 81) y condicione el manejo de la obra de arte como fuente de información histórica plenaria. Esto no sucede con los documentos escritos, dado que "los malos testigos casi no existen y una narración, por muy imperfecta que sea, siempre puede contener noticias útiles" (Bloch 1999: p. Solamente asumiendo los postulados de una historia del arte marxista es posible desembarazarse de esta pesada carga (Hadjinicolaou 2005: p. Al verse libre del yugo de la estética, la producción artística se aproxima al concepto de "cultura material" propio de una Arqueología que, recordemos, en su evolución metodológica había ido reubicando dentro del análisis contextual a las categorizaciones de tipo morfológico (García Granados 1992: p. Acotación de los métodos en HA y su aplicación a la historia de la arquitectura Expuestas las inconveniencias que, a mi modo de ver, posee la HA a la hora de contribuir en la reconstrucción global del pasado, es justo evaluar la validez de sus métodos y enfoques dentro de un ámbito concreto de las sociedades históricas como es el de la arquitectura. Partiré para ello de una afirmación incuestionable; "todo cuanto el hombre dice o escribe, todo cuanto fabrica, cuanto toca, puede y debe informarnos acerca de él" (Bloch 2006: p. El edificio es testimonio de una voluntad colectiva que está presente en todas y cada una de las actividades que contribuyen a su levantamiento, su modificación y, en ocasiones, destrucción (Pizza 2000: p. No cabe duda de que nos encontramos ante un "documento construido" (Caballero 1996: p. 58, Mandoul 2005: 139) que, con frecuencia, posee valores estéticos que obligan a enfocar su estudio desde una perspectiva histórico-artística. Las dudas planteadas obligan a interrogarnos en dos direcciones; ¿cuál es el bagaje epistemológico con el que HA cuenta para el análisis de un edificio?, ¿podemos aplicar al estudio de la arquitectura todos los métodos y enfoques que le son propios? La plurivalencia del objeto artístico ha provocado una preocupante variedad de prácticas profesionales dentro de la misma disciplina23 (Fernández Arenas 1982: p. El panorama es tan sumamente complejo que tal vez ayude a comprenderlo este símil. Hemos de pensar en un árbol de gruesas ramas que corresponden a la tradicional división de las llamadas "bellas artes". Desde ellas parten, a su vez, tantas ramificaciones como variables cronológicas, geográficas, técnicas o materiales encierra la producción artística24. La plurivalencia de lo que denominamos "obra de arte" ha contribuido a confundir enfoques, multiplicidad de puntos de vista y diversidad interpretativa con método de aproximación al objeto. Esta es la lectura que se desprende de un brevísimo repaso por la génesis y evolución de nuestra disciplina. Aunque tal vez resulte sorprendente, la rama ocupada por la arquitectura no ha sido unánimemente considerada una categoría de estudio por parte de la HA. La explicación se encuentra en la propia naturaleza del edificio, definido ya por Vitruvio como una suma de valores constructivos, utilitarios o estéticos. Tanto los medios de análisis como los resultados variarán sustancialmente en función de la prevalencia de una u otra dimensión (Zevi 1951: pp. 17 y 150, Vilà 1990: p. Winckelmann y Lessing postulaban que lo importante en la actividad constructiva es la práctica, y por ello excluyen la arquitectura de sus trabajos dedicados al arte de la antigüedad (Kultermann 1996: p. 148), mientras que Wölfflin cuestiona la posibilidad de que el estilo de determinadas épocas pueda verse reflejado en su arquitectura (Gombrich 1997: p. Croce excluía la arquitectura de la HA y, sin embargo, Longhi "che era più crociano di Croce" la considera una de las grandes artes (Carandini 1988: p. Posturas como la de Zevi (1951: pp. 15 y 31), priorizan el elemento funcional por encima de los otros dos, anulando prácticamente la dimensión técnica. Más allá de posicionamientos dogmáticos, a día de hoy resulta incuestionable que atender exclusivamente a la venustas vitruviana, obviando función y técnica, resulta un gravísimo error de planteamiento que conduce a la improductiva realización de análisis epidérmicos. Es preciso entender la arquitectura más como un "proceso" que como un "objeto" inerte (Pizza 2000: p. Todo edificio es resultado de un procedimiento que se inicia con diseño ideal y concluye cuando ha podido ser materializado gracias a la disponibilidad de conocimientos técnicos y materiales. Su estructura, sea inicial o resultante de las lógicas modificaciones, puede —aunque no tiene porqué— contener en sí misma, o servir de soporte para, elementos artísticos con significados y funciones que varían al mismo ritmo que lo hace el propio edificio. La HA, durante sus más de dos siglos de vida, ha sabido dotarse de herramientas precisas para el estudio e interpretación de tales elementos. Muy lejos queda la concepción elitista y pre-científica motivadora de los primeros trabajos que, allá por el siglo XVIII, se interesaban en la reconstrucción de la biografía del artista como genio creador y que ponían el acento sobre la relación entre espíritu nacional y producción artística. La simplista concepción de una arquitectura que unía su suerte a la de un determinado pueblo para conformar un estilo constructivo resulta hoy día inadmisible (Kultermann 1996: p. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la HA alcanzó una notable madurez científica que fue avalada tanto por su incorporación al mundo universitario (Borrás 2001: p. 17) como por el inicio de una fecunda relación con los cada vez más modernos museos (Kultermann 1996: p. Tras la inicial reacción en contra del espiritualismo romántico, basada en la depuración del método filológico y del acercamiento a las fuentes, se viró hacia un positivismo que convertía al historiador del arte en experto catalogador de obras a partir de su análisis técnico y material (Fernández Arenas 1982: p. Algunos protagonistas de este proceso procedían del ámbito de los estudios arquitectónicos, como Choisy o Semper. Este último llegó a jerarquizar los tres rasgos que determinan la creación de toda obra de arte: material, técnica y función. La evolución posterior de la disciplina hacia postulados más teóricos e ideales, explica la negativa opinión que buena parte de los investigadores continúa manteniendo hacia los trabajos de catalogación como fin en sí mismos (Pächt 1986: p. Una crítica ecuánime de este procedimiento, no obstante, no debería pasar por alto que las circunstancias culturales en las que surgió justifican plenamente su aplicación; incremento de la tutela del patrimonio cultural por parte de los estados, primeros pasos en las políticas de conservación y nacimiento de los museos. 88) cuando señala que la posterior denuncia que el formalismo vierte sobre el determinismo semperiano coartó momentáneamente el desarrollo de investigaciones destinadas a calibrar la incidencia que sobre la arquitectura ejercen factores exógenos de tipo material y social. Durante la segunda mitad del siglo XIX se produjo una reacción formalista contra el positivismo mayoritariamente protagonizada por historiadores del arte de la llamada Escuela de Viena y que resulta trascendental por muchos motivos. Fue a partir de entonces cuando el componente artístico comenzó a superar la subordinación respecto del contenido histórico presente en toda obra (Kultermann 1996: p. Aun a riesgo de simplificar, el formalismo trataba de explicar el hecho artístico aislándolo del contexto en que surge y considerando sus variaciones a partir de un proceso exclusivamente estético. "El contenido artístico propio de la obra de arte consiste en la forma" (Fiedler 1990: p. 16), bajo esta premisa se condena la visión filosófica según la cual la belleza/forma depende de un elemento externo como es la idea y nace el concepto de "pura visualidad" que, trasladado a un colectivo, desemboca en lo que Riegl denominó "voluntad artística" 25 (Pizza 2000: p. Esta "voluntad", entendida como instinto/impulso formal o energía abstracta, actúa como motor para la evolución de la HA (Pächt 1986: p. Una de las claves que explica su éxito es que esta concepción "endogenética" del fenómeno artístico hizo saltar por los aires la teoría evolutiva de los estilos impuesta por Winckelmann (Fernández Arenas 1982: p. 93), relativizando así el maniqueísmo cualitativo de los estilos. La concepción de la belleza como reflejo de valores culturales pasó a un segundo plano y se reivindicaron periodos artísticos que habían sido tachados tradicionalmente como decadentes. Al mismo tiempo se abandonó el interés por los datos documentales, muy especialmente por los de naturaleza biográfica y los que informaban de las condiciones sociales en las que la obra había sido gestada. La exaltación de una belleza residente en la forma condujo a la sobrevaloración del camino filosófico (Debray 1994: p. 104) en detrimento de la perspectiva materialista y de la curiosidad por los procedimientos técnicos. La Escuela de Viena, en definitiva, auspició el que una parte de la historiografía de la HA se introdujera en el siglo XX liberada de la supuesta tiranía del documento priorizando, en cambio, el estudio directo de la obra como fórmula para la obtención de conclusiones de naturaleza estética. Hay quien establece en este punto el origen de un "método" puramente histórico-artístico (Kultermann 1996: p. 227), pero, en mi opinión, se trata estrictamente de un enfoque26 que cortocircuita la relación arte/sociedad y sustrae a la obra de arte una gran parte de su capacidad para construir relatos históricos. En el caso particular de la arquitectura, supuso la adopción de una perspectiva de investigación parcial, puesto que parte de la consideración del edificio como estructura para ser vista y no para ser utilizada (Pizza 2000: p. A comienzos de siglo pasado, la posesión de un método propio que independiza el "hecho estético" a la vez que relativiza la importancia de las fuentes documentales y obliga al conocimiento exhaustivo de la obra, abonó el terreno para el florecimiento de nuevos o renovados enfoques, muchos de los cuales no son aplicables al estudio del edificio27. Entre todas ellas destaca por su importancia la redefinición del concepto de estilo, elemento clave como parámetro de comparación y análisis de nuestro método. Fueron desechadas las explicaciones simplificadoras que concebían sus formas como el reflejo romántico del espíritu de una nación o como predeterminación de las posibilidades técnicas o materiales. En su lugar se optó por denominaciones complejas que, partiendo de las anteriores, fueron completadas con ideas procedentes de nuevos enfoques sociales y simbólicos. Para Riegl y Wölfflin, el estilo se debe buscar en ciertas formas a las que el ser humano responde instintiva y colectivamente (Gombrich 1997: p. Esta definición le despoja de cualquier significación histórica y, en consecuencia, también lo empobrece (Hadjinicolaou 2005: p. Coincide parcialmente con ellos Schapiro (1953: p. 278), quien considera que el origen del estilo en el seno de un grupo se debe, no a una reacción abstracta, sino que actúa como reflejo de una "personalidad colectiva" forjada en un determinado contexto social. 97), ayudó a restituir al estilo su perdida capacidad para trasladar informaciones de tipo contextual. Antal añade que el contenido se combina con la forma para la configuración del estilo, abriendo así la puerta a su interpretación en clave marxista, o lo que es lo mismo, un aspecto simbólico más de la ideología dominante, en la línea de otros como el gusto o la moda (Hadjinicolaou 2005: p. Finalizado este proceso de decantación, el estilo ya no será jamás el rasgo definidor de un determinado periodo histórico ni tampoco reflejo de identidades culturales, pero sí podrá ser depositario de valores que nos informan acerca de condiciones sociales o ideológicas. Pese a lo que pudiera pensarse, la actitud de los propios historiadores del arte no ha sido, ni mucho menos, complaciente con el uso del estilo (Schapiro 1953: p. Al contrario, se ha cuestionado su encorsetada tendencia a la jerarquización que desemboca en la compartimentación artificial y la simplificación del fenómeno artístico. En línea con el pensamiento postmoderno, es frecuente la crítica hacia la adjetivación como método para la definición de un estilo, lo que acaba por categorizar a cuantas obras engloba. Tan profunda ha sido esta autocrítica que sorprende el grado de coincidencia con las vertidas desde la Arqueología. Desde esta disciplina se le acusa —con razón— de falta de precisión a la hora de servir como herramienta de datación (Parenti 1988: p. Sin embargo, otras denuncias han de matizarse a la luz de lo ya expuesto, como la de que el estilo responde únicamente a la forma sin tener en cuenta otros elementos generadores como la materia (García Granados 1992: p. Creo que el concepto de estilo así decantado y asumiéndolo como algo hipertrofiado, utópico y abstracto de una realidad naturalmente más compleja (Hauser 1975a: p. 95), debe seguir siendo considerado la principal variable de análisis en la aplicación del método comparativo (Miranda 2000: p. Despliega todo su potencial como herramienta de aproximación a horizontes sociales de los que emanan formas, materiales y contenidos particulares. Renunciar a ello debilita nuestra práctica profesional. Algunos historiadores del arte lo consideran erróneamente como la equivalencia al tipo arqueológico28 (Vilá 1990: p. Recordemos que la Arqueología redimensionó desde temprano su interés por los objetos considerándolos productos antrópicos clasificables técnica y materialmente cuyo valor aumenta al hallarse dentro de un determinado contexto (Mannoni 1988: p. La tipología, así concebida, se construye uniendo la forma a la posición que la pieza ocupa dentro de la secuencia estratigráfica, igual que sucede con los fósiles geológicos (Caballero 1995: p. Al desprenderse del lastre que suponía la noción de "artisticidad", el tipo arqueológico aplicado al estudio del edificio permite la ordenación de elementos, sea cual sea su aspecto, que, contextualizados estratigráficamente y relacionados con ambientes productivos prudentemente acotados desarrolla una enorme capacidad para ofrecer cronologías (Sánchez Zufiaurre 2007). Es más, nada impide proceder a la "tipologización" de objetos con valor artístico incluidos en las fábricas históricas, pues basta con tener en cuenta los rasgos frecuentes de la catalogación estilística entre las variables que definen el tipo. Otro de los enfoques más comunes en la historiografía del siglo XX es el iconográfico/iconológico, sistematizado por Panofsky (1972) a partir de los estudios culturales e icónicos de Burckhardt y Warburg. Su punto de partida es el siguiente: una forma desconectada de toda idea previa pero surgida a partir de la voluntad artística colectiva puede ser contenedora de símbolos y significados profundos. Mediante la observación iconográfica se accede al contenido convencional residente en la forma que, sometida posteriormente a un análisis iconológico profundo, puede llegar a revelar significados atribuibles exclusivamente al comportamiento social de un determinado grupo o persona29. Pese a lo que pudiera pensarse, su ámbito de aplicación rebasa ampliamente la frontera de las artes figurativas. Así lo demuestran trabajos como los de Krautheimer (Kultermann 1996: p. 99), en los que parte del análisis arquitectónico consiste en la interpretación iconográfica e iconológica de determinadas planimetrías. El símbolo utiliza la imagen como vehículo de traslación, de lo que se deduce que pueda materializarse tanto a través de la forma como del contenido, pero también mediante la técnica o el material30. Conviene recordar que estos componentes no son exclusivos de la creación escultórica y pictórica, sino que también se dan cita en procesos constructivos. Si la iconografía recupera la conexión entre obra de arte y comportamiento colectivo a nivel simbólico, este mismo recorrido, en términos intelectuales y técnicos, será restaurado a través del enfoque sociológico (Francastel 1972). Su planteamiento básico es el siguiente. El artista, al elegir una técnica a través de la cual materializar una idea, se convierte en portavoz del entorno que le rodea. La obra finalizada es portadora de una jugosa información de carácter social que atañe, no sólo a los agentes que participan directamente en su realización, sino que va mucho más allá. Incluso los individuos que no participan de la creación son sensibles a los valores que permiten su existencia y contemplación. Esta variante interpretativa de la producción artística recupera, aunque matizada, uno de los elementos que había sido marginado por la Escuela de Viena. La forma no sólo traslada valores eternos indescifrables por ser fruto de una abstracta voluntad artística, sino que éstos pueden ser descodificados en términos sociológicos y, añadiría, también históricos. Como parte del comportamiento social normativizado, la producción artística (y la arquitectónica especialmente) puede ser analizada atendiendo a los parámetros básicos de toda creación humana; producción, distribución y recepción (Furió 1990: p. El arte, así entendido, se convierte en valioso instrumento para la aproximación a sociedades del pasado (Hauser 1975a: p. Adecuadamente interrogado nos transmite datos de naturaleza económica y política relativos a la sociedad que lo crea. Dichas informaciones complementan aquéllas de carácter religioso, moral o filosófico que pudieran extraerse a partir del análisis simbólico (Schapiro 1999: p. Pero ¿cuál es la fórmula que, partiendo de los elementos de producción, nos permite extraer noticias de este tipo? Desde comienzos del siglo XX, teóricos como Focillon volvieron a reivindicar el papel desempeñado por la técnica en la construcción de la forma artística (Gombrich 1997: p. La sociología del arte situó el componente tecnológico al mismo nivel del intelectual y se recuperó el perdido interés hacia los procedimientos manuales31 (Francastel 1972: p. Para el caso concreto de la arquitectura, la equiparación de las capacidades técnicas a las intelectuales resulta crucial. Si la producción de un edificio se divide en proyección y construcción, resulta fácil comprender que tan importante es la posibilidad técnica para proceder a su levantamiento como el diseño ideal sobre el plano (García Granados 1992: p. La técnica, en sentido amplio, evoluciona en consonancia con las circunstancias económicas y, por ello mismo, es natural que se ponga al servicio de la clase social dominante. Quienes conforman la élite tienden a establecer el monopolio de los medios de producción (también los destinados a la elaboración artística) utilizándolos como eficiente vehículo para la traslación de su ideología (Francastel 1972: p. Vemos, por lo tanto, que una de las bases teóricas de la sociología del arte coincide con los planteamientos del materialismo histórico definido por Marx y Engels cuyo valor científico acapara numerosos elogios por su empirismo de probada aplicación práctica32. El marxismo se basa en la idea de que es el poder económico el que determina tanto el político como el ideológico, lo que conduce inevitablemente a la lucha de clases. Un enfoque marxista de la historia del arte tratará de indagar en el papel desempeñado por la producción de las obras dentro de estas relaciones de dependencia (Hadjinicolaou 2005). El "estilo" se interpreta como producto simbólico de la clase dominante, y su presentación (suma de forma y contenido) en la obra (o del edificio) es depositaria de la ideología de dicho grupo. Lo que la historiografía tradicional ha llamado "belleza" no es más que el placer que experimenta el individuo al reconocer dicha ideología, por ello independiente del efecto estético33. Investigar sobre la producción y recepción de la obra obliga a intentar reconstruir las condiciones que auspiciaron su producción, así como a aproximarse a las ideologías de las diferentes clases que han participado de su creación, modificación y recepción hasta nuestros días. El recorrido por las variantes interpretativas surgidas a lo largo del siglo pasado concluye en el enfoque espacial, perspectiva que reivindica la tridimensionalidad de la arquitectura como pauta fundamental a la hora de construir su concepción histórico-artística (Zevi 1951). Tridimensionalidad real —al contrario de lo que sucede en la pintura— que envuelve a la figura humana —por ello distinta a la de la escultura— y que requiere del diseño de estrategias adecuadas que permitan recomponer el espacio generado por las estructuras construidas. A partir de la definición de sus características y dimensiones podrán atisbarse funciones y emitir interpretaciones de tipo político, social, religioso, etc. Se entiende así que las contribuciones filológicas, formales y técnicas resultan "epidérmicas" y, por lo tanto, insuficientes para comprender el edificio histórico en toda su magnitud. El interés, la viabilidad y la actualidad de todos estos enfoques resulta incuestionable. Basta con realizar una mínima cata entre la extensísima bibliografía dedicada al estudio artístico de la arquitectura. No me cabe ninguna duda de que su adecuada combinación permite afrontar con garantías la extrema complejidad de la actividad constructiva en la que, como se ha expuesto, confluyen múltiples factores ideológicos, materiales y técnicos (Pizza 2000: p. Esto, sin embargo, no impide llamar la atención sobre una objeción crucial para dimensionar la discusión que aquí se está planteando. Retomemos por un instante el esquema teórico del trabajo del historiador del arte utilizado en el tercer punto de este mismo artículo. Basándonos en él, se justifica que estos enfoques tengan cabida dentro del nivel interpretativo de la investigación histórico-artística. Utilizando un léxico científico han de ser considerados como técnicas propias de nuestra disciplina. Es un error pensar en ellos como opciones válidas frente a los utilizados tradicionalmente pues no ofrecen alternativa alguna de aproximación objetual. No se cuestiona su utilización como medio para encontrar respuestas al sentido o al propósito cultural con el que fue levantado el edificio (Boto y Martínez 2010: p. Pero, ¿de qué edificio?, ¿el originario?, ¿el modificado una y otra vez para satisfacer nuevos usos o funciones?, ¿el restaurado (en no pocas ocasiones) con fines historicistas? Todos estos interrogantes apuntan hacia una idea que resulta fundamental en toda actividad científica. Para que las interpretaciones sean correctas, es necesario que la aproximación objetual y contextual haya sido lo más rigurosa posible. Los datos así recogidos proporcionan confianza en las explicaciones que emanan de ellos. El historiador del arte cuenta para ello con herramientas básicas en su formación; lectura crítica de las fuentes y capacidad visual, descriptiva y comparativa. Éstas han permanecido ahí desde los orígenes de nuestra disciplina, mejoradas a través de la experiencia de sucesivas generaciones de investigadores. No se ha producido ninguna "revolución" epistemológica sino que, caso de considerarla como tal, esta renovación se circunscribe al ámbito teórico y especulativo. En mi opinión es un error cerrar la puerta a otros instrumentos analíticos de validez comprobada como es la AA34. Hacerlo equivale a renunciar a las posibilidades que ofrece la estratigrafía, un "método itinerante" cuya aplicación requiere únicamente de preparación teórica y rigor práctico. Los edificios —como ocurre con los textos, los materiales arqueológicos o las piezas artísticas— no hablan sino cuando se sabe interrogarlos (Bloch 2006: p. Se muestran más parlanchines a medida que vertemos sobre ellos preguntas que trascienden de lo epidérmico. Si contamos con dos textos anónimos que relatan de forma muy similar el mismo acontecimiento histórico, su estilo servirá para descubrir original y copia (Bloch 1999: p. Ahora bien, es habitual toparse con una artimaña todavía más insidiosa que consiste en utilizar el mismo estilo para modificar el texto original. Cuando eso sucede, es preciso acudir a otras herramientas para detectar este engaño35. Las interpolaciones también son muy frecuentes en el edificio y el estilo puede ser el vehículo utilizado para no levantar sospechas. Por fortuna, la "reintroducción" del elemento copiado deja suturas que son detectables con los instrumentos adecuados. Mientras en la diplomática la alteración del documento originario suele tener intereses espurios, lo habitual en arquitectura es que ésta venga motivada por el propio uso del edificio, lo que la convierte en una acción ciertamente habitual. Si no se es capaz de detectar las interpolaciones en el documento/monumento, nuestra interpretación del mismo será con seguridad errónea. Allí donde no alcanza el estilo será aconsejable recurrir a otros métodos que, como la estratigrafía, facilitan esta tarea. Por supuesto, no bastará simplemente con identificar "el engaño" y será obligación descubrir los motivos que lo originaron. En última instancia, corresponderá al historiador del arte o al arqueólogo interpretar el valioso testimonio que encierra toda falsificación o imitación del original, sea sobre pergamino, sea sobre el muro. Una cooperación real y efectiva Desde mi experiencia personal considero que la visión estratigráfica del edificio, como estrategia para la realización del trabajo de campo, contribuye a aumentar la rigurosidad del análisis objetual y mejora la sistematización en la toma de datos. Al mismo tiempo no creo que la adopción de este método obstaculice la interpretación en clave histórico-artística de la información obtenida. El lector familiarizado con sus procedimientos habrá percibido que este modo de operar responde a buena parte de las exigencias de la "nueva historia". Bajo la perspectiva de un tiempo histórico continuo, cualquier fenómeno humano —y la construcción sin duda lo es36— debe ser valorado en razón a sus mutaciones (Bloch 2006: p. La estratigrafía nos proporciona las herramientas adecuadas con las que establecer una biografía completa utilizando las huellas que los cambios han legado en los alzados de un edificio. Según Bloch, la "tribu" de los historiadores permanece obsesionada por el ídolo de "los orígenes" que explica el comienzo de un fenómeno. Por eso lo perseguimos sin descanso y, en ocasiones erróneamente, lo convertimos en la razón final del estudio. Así actuaban los arquitectos/historiadores del XIX, puesto que decretaban el estilo originario y se procedía a la restauración depurando sus trazas originales. Pero, de forma menos excepcional de lo que se piensa, ocurre que para encontrar la luz es necesario llegar hasta el presente (Bloch 2006: pp. 33 y 50). Siguiendo estos postulados, la AA se aplica con la misma intensidad de análisis sobre todos y cada uno de los componentes del edificio, con independencia de sus cualidades formales o de su identidad estilística. Si "la verificación necesita un esfuerzo, mientras que el simple hecho de creer no" (Bloch 1999: p. 21), efectuar un estudio de larga duración basado en la lectura de paramentos sobre un muro exige paciencia. Como contrapartida, posibilita la revisión crítica tanto del monumento como de las conclusiones alcanzadas por anteriores estudios pre-estratigráficos. Por la escala en la que se desenvuelve, todo análisis estratigráfico cumple los requisitos para ser considerado microhistórico. Se aparca el idealismo de las formas grandilocuentes en favor de la recogida minuciosa de datos, algunos de los cuales pueden resultar aparentemente insignificantes. Al mismo tiempo que se recompone completamente la secuencia constructiva del edificio se reescribe una historia que le es propia e irrepetible y se le restituyen las particularidades que el estilo atenúa. Aunque el protagonista del relato es indiscutiblemente el monumento, por sus páginas van desfilando personajes que participan, con distinta intensidad, en las acciones constructivas y destructivas que van configurando su aspecto. Entre estas personas se encuentran comitentes, arquitectos o restauradores, pero también canteros, albañiles, carpinteros o herreros cuyas dinámicas de trabajo no suelen quedar reflejadas en la documentación escrita. Tampoco la Arqueología aplicada al estudio del monumento está en disposición de dar la espalda a las implicaciones estilísticas depositadas en una parte de los datos obtenidos. Atendiendo a los esquemas prefijados desde la HA es posible ordenar en horizontes artísticos (y por ello también culturales) los resultados procedentes del análisis estratigráfico (Brogiolo 1995: p. La cooperación, además de beneficiosa, resulta ineludible37. Pero, dadas las tensas relaciones, ¿existe alguna fórmula que facilite tal colaboración? Bajo mi punto de vista, y pese a las opiniones contrarias, el camino hacia el entendimiento debería pasar por plantear una formación dúplice, preferentemente dentro de la educación reglada38. Historiadores del arte que asimilen y apliquen los instrumentos de la Arqueología estratigráfica (Brogiolo 1995: p. 32) y viceversa, que desde la AA se atienda a los resultados y se practiquen los métodos y técnicas propias de la HA39. Llego a esta conclusión a partir de mi propia experiencia en la que, como historiador del arte, he tenido la oportunidad de integrarme en un equipo de arqueólogos sin tener la sensación de estar facilitando la subordinación de mi disciplina (Boto y Martínez 2010: p. No tengo duda alguna de que un historiador del arte, con la adecuada formación teórica y el necesario rodaje práctico, está capacitado para trabajar como estratígrafo frente al edificio40. Ni la identificación de los estratos y de sus relaciones, ni la discusión a pie de obra constituyen un obstáculo insalvable. Al contrario que la Arqueología de subsuelo, destructiva por definición, la observación del alzado no suele alterar41 su secuencia estratigráfica ni lleva asociada la puesta en marcha de técnicas de excavación que nos son completamente ajenas42. Ni picos, ni paletas, ni cepillos, ni la estación total son aquí necesarios. La comprensión de los principios básicos de la estratigrafía (con las lógicas adaptaciones cuando se aplica sobre contextos construidos), la paciente observación microscópica, la discusión con los compañeros, un lapicero y planimetrías adecuadas son los instrumentos necesarios para "excavar" el edificio. Más allá de integrarse como uno más en el equipo, la presencia de un historiador del arte ejerciendo su oficio está suficientemente justificada43. Conviene no olvidar que la mayoría de los ejemplos estudiados han sido inventariados y protegidos merced a sus valores históricos y artísticos. Además, la fábrica suele actuar como soporte para obras de escultura y de pintura que deben ser estudiadas en combinación con métodos y enfoques propios de la HA. El estilo, redefinido a partir de la reflexión teórica que ha sido expuesta líneas atrás, se convierte durante el trabajo de campo en instrumento eficaz (con la adecuada verificación estratigráfica) para señalar interfaces (Sánchez Zufiaurre 2007). Documentado en contextos estratigráficos, el estilo de ciertos elementos constructivos y ornamentales también constituye una variable tipológica capaz de ofrecer cronologías de notable precisión para espacios culturalmente acotados. Como historiadores del arte, nuestra formación nos permite trascender la percepción y comprensión general de una imagen artística. Somos buenos conocedores de los convencionalismos culturales vigentes en una determinada época y, partiendo de ellos, efectuar una lectura simbólica del objeto (Fernández Arenas 1982: p. Por eso mismo, la identificación de programas iconográficos completos o, al contrario, la detección de alteraciones del mismo, se convierte en herramienta para señalar soluciones de continuidad entre UEs durante la lectura estratigráfica. Desde luego, la interpretación iconológica de los datos recogidos es un material valiosísimo para lanzar hipótesis e interpretaciones en torno al medio social (especialmente religioso y político) en el que fue creado o modificado dicho programa y, en consecuencia, la fase constructiva en la que se inserta. También en la fase interpretativa que sucede al análisis estratigráfico tienen cabida las lecturas sociológica y materialista. La construcción es resultado de la interacción entre individuos de variada extracción que poseen distintas capacidades materiales y técnicas dentro de un marco socioeconómico e ideológico determinado. Bajo estas coordenadas descubrimos con sorpresa que la HA y AA confluyen en sus planteamientos respecto a los procesos de creación de la cultura material, si bien desde escalas distintas (García Granados 1992: p. La HA actúa a escala supraestructural cuando inserta los datos de producción en la dinámica segregadora de los estilos. Por el contrario, la AA habla de "arqueología de la producción" cuando establece las características básicas de un taller que opera desde una escala infraestructural (Mannoni 1988: p. 57) o de la evolución de ambientes constructivos suprarregionales interconectados (Caballero y Utrero 2013). En consecuencia, tanto el alcance como el grado de fiabilidad de las conclusiones que, en el plano social, se desprenden de sendas maneras de trabajar serán sustancialmente diferentes. El modelo teórico de aproximación a la arquitectura pre-industrial emitido desde la Arqueología, si bien no exento de crítica (Azkarate 2008: p. 12), considera como estructura básica de análisis los ciclos productivos (extracción, acarreo y manipulación) de todos y cada uno de los materiales utilizados en la construcción (madera, piedra, metal) con independencia de su calidad artística. Previo establecimiento de límites temporales y geográficos, es posible relacionar estos ciclos con las circunstancias sociales y las variaciones técnicas. Esta fórmula utiliza las capacidades tecnológicas y no las estilísticas como indicio mediante el cual calibrar la evolución de las prácticas constructivas. La base de este planteamiento resulta incuestionable cuando nos situamos en un horizonte antropológico. Las formas tal vez puedan ser reproducidas tras observarlas, capacidad inherente al género humano en cualquier tiempo y lugar, mientras que las técnicas necesitan ser transmitidas, aprendidas y, sobre todo, aplicadas de manera ininterrumpida para evitar su olvido y consiguiente pérdida. Las huellas de todos estos procesos permanecen indelebles en los muros del edificio que, como si de un palimpsesto se tratara, aguarda impaciente su adecuada ordenación e interpretación. En conclusión, la arquitectura es el punto donde convergen habilidades técnicas, posibilidades materiales e intereses ideológicos. El producto finalizado, sea considerado objeto artístico, sea tratado como mero producto material, requiere para su estudio de pluralidad metodológica y multiplicidad de enfoques. Pese a un origen común, la Historia del Arte y la Arqueología están hoy académicamente separadas por abstracción y delimitación de planos de realidad, desarticulación científicamente necesaria pero que tiene el inconveniente de ocultar los puntos que las unen (Debray 1994: p.
Patrones arquitectónicos, clusters constructivos homogéneos y variabilidad en el estudio de edificios históricos. Aspectos técnico-formales de la vivienda rural en la provincia de La Rioja (Argentina) durante el período republicano El artículo presenta el procedimiento metodológico con el cual se analizaron las características de la arquitectura popular del ámbito rural en la provincia de La Rioja (Argentina) del período republicano (s. XIX a la actualidad). La aplicación integral de análisis estratigráficos y tipológicos, y el auxilio de técnicas analíticas multivariantes, permitió identificar y caracterizar los patrones arquitectónicos desarrollados. Se utilizó el concepto de patrón arquitectónico en el diseño metodológico, como alternativa al de tipo edilicio, para considerar y evaluar no sólo los aspectos estables (el cluster constructivo homogéneo o estructura interna del patrón), sino también aquellas características variables que se observaron en la edificación de las unidades domésticas consideradas. El presente trabajo expone un procedimiento metodológico para analizar los procesos complejos involucrados en la variabilidad de la producción de la arquitectura doméstica, entendiéndose como tal la interrelación que se establece entre diversos factores o variables, sean culturales, históricos, técnicos y/o ambientales. El análisis de la interrelación en el conjunto de variables y rasgos que suelen considerarse para caracterizar un objeto arquitectónico, y de aspectos sincrónicos y diacrónicos que están involucrados en estos procesos de variabilidad, constituye un campo temático escasamente abordado hasta el momento. Es posible que esta escasez radique no tanto en la carencia de interés en realizar dichos análisis como en la ausencia de técnicas analíticas y de una metodología adecuada para tal fin. El abordaje metodológico que se presenta fue elaborado tomando en consideración algunos conceptos y avances actuales, como los estudios sobre patrones arquitectónicos y los clusters constructivos homogéneos, que vienen siendo desarrollados y discutidos en el último tiempo desde el ámbito de la Arqueología de la Arquitectura (Azkarate 2002; Plata 2003; Sánchez Zufiaurre 2007; García 2009; Azkarate y Solaun 2012). Este estudio forma parte de una tesis doctoral concluida destinada a analizar los procesos históricos y tecnológicos que establecieron el marco referencial para la producción y reproducción de determinados patrones arquitectónicos de la vivienda rural popular en la región de los valles riojanos de Argentina durante el período republicano (Rolón 2013). El lapso temporal específico abarcó desde mediados del s. XIX, momento en el que se registra el establecimiento de gran parte del conjunto de viviendas analizadas en dicha investigación, hasta mediados del siglo siguiente, cuando la combinación de determinados procesos colaboran para la acelerada discontinuidad de los patrones arquitectónicos de la arquitectura doméstica. Existe consenso en que, como parte de la cultura material, la arquitectura es un importante marco referencial para la interpretación de los contextos sociales (Mañana, Ayán y Blanco 2002; Ayán 2003 y 2014). Es evidente que su estudio posibilita abordar diversos aspectos involucrados en la construcción de los paisajes culturales tales como los procesos históricos y políticos, el análisis de los horizontes tecnológicos, la disponibilidad de recursos o características concernientes con niveles de significación simbólica de los espacios construidos (Azkarate y García 2004; Bermejo 2009; Caballero 2009) pero, fundamentalmente, permite dilucidar las complejas estrategias de organización social y territorial de una comunidad (Ayán 2014; Vigil-Escalera 2014). Con estos fines, una parte significativa de los estudios abordados desde la Arqueología de la Arquitectura sobre el patrimonio arquitectónico han tomado en consideración las expresiones más singulares (iglesias, fuertes, edificios públicos o cívicos singulares, etc.). En las últimas décadas, sin embargo, diversas investigaciones han profundizado y puesto en evidencia el importante reservorio de información que presenta la arquitectura menor, doméstica, popular (o como deba ser definida según el marco teórico que se adopte), para alcanzar objetivos semejantes (Azkarate y Solaun 2012; Azkarate 2013; Gutiérrez y Grau 2014). Tipología de la edificación Un marco teórico posible para efectuar este planteamiento y hacer comprensible la compleja trama interna en la que se desenvuelve la producción material de la arquitectura se encuentra en los estudios sobre la tipología de la edificación. Los estudios tipológicos, basados durante bastante tiempo en el concepto de «tipo edilicio» o «tipo de edificación» (Martín 1984; Caniggia y Maffei 1995), fueron muy recurrentes en la disciplina arquitectónica durante los últimos dos siglos. En la etapa presente, como resultado de una mayor complejidad analítica vinculada a los análisis sobre la relación dialéctica entre la unidad (el edificio) y el conjunto (la ciudad), y sobre los procesos históricos y continuos en la conformación de ambos, emergerán cuestiones que estuvieron ausentes en etapas precedentes (Güney 2007). En la actualidad, el objetivo se orienta a analizar diversos asuntos (como el uso del territorio, la conformación urbana, la estructuración del edificio, las técnicas constructivas, la elección de los materiales de construcción) vinculados al tema en cuestión y las interconexiones y procesos de retroalimentación entre cada uno de ellos a través de la historia, las formas de percepción de la realidad y el contexto socio-cultural. Es por ello que en la etapa contemporánea cobró relevancia una línea de pensamiento sistémico en la arquitectura que indaga sobre los aspectos más complejos de la conformación urbana (Rossi 1977; Caniggia y Maffei 1995; Diez 1996), cuestiones que, como señala Ardelean (2004), en la arqueología ya tenían una importante tradición, lo cual explica especialmente su actual cristalización en la Arqueología de la Arquitectura (Azkarate y García 2004; García 2009) y en la Arqueología del Paisaje (Criado 1999). Patrón arquitectónico y cluster constructivo homogéneo Dentro del pensamiento sistémico acontece la introducción y definición del concepto de «Patrón» en arquitectura (Alexander, Ishikawa y Silverstein 1977; Alexander 1981)1, en términos semejantes a los de «conciencia espontánea» de Caniggia y Maffei (1995), y en relación complementaria con la interpretación que realizan Hillier y Leaman (1974) de los conceptos «genotipo» y «fenotipo». El mayor aporte de estos autores, fundamentalmente de los últimos dos, radica en relevancia puesta sobre la estructura «subyacente» de un objeto arquitectónico; es decir, la red de relaciones que lo define como producto de la cultura material; red que se presenta relativamente constante entre objetos semejantes y permite establecer la clase tipológica a la que pertenecen. Esta postura comienza a cuestionar, en cierta medida, la construcción de tipos edilicios basada en unos pocos caracteres considerados diagnósticos (Sánchez Zufiaurre 2007), resultando sumamente importante porque pondrá el foco en determinar y describir la red de relaciones para la interpretación de los procesos en la conformación de la arquitectura y de los asentamientos humanos (Azkarate 2002). De este modo, mediante el empleo del concepto de patrón en arquitectura es posible asumir la existencia de una red de relaciones, donde la variabilidad de esta red es en respuesta al contexto concreto de aplicación. Por lo tanto, definir el patrón implica realizar el intento de reconocer esta red de relaciones subyacente, permitiendo que la identificación tipológica emerja un tanto más objetiva respecto del operante, pero también más compleja. Un aspecto actual del enfoque sistémico en el estudio tipológico de la edificación en el que se está profundizado procede de la taxonomía numérica y corresponde al análisis de conglomerados o análisis cluster (Mountford 1970; Sneath y Sokal 1973). La importancia de los análisis clusters radica en el aporte de una metodología de análisis multivariante para identificar los grados de semejanza entre elementos que conforman el continuo en una seriación. El factor que impulsó su empleo en la Arqueología de la Arquitectura fue la puesta en consideración de que para obtener clasificaciones satisfactorias no debía asignarse a juicio propio y a priori ninguna ponderación de las variables consideradas al analizar un conjunto de elementos (Sánchez Zufiaurre 2007). Al mismo tiempo, debido a que la cantidad de variables y de unidades de análisis suele ser numerosa en estos estudios, la implementación de métodos cuantitativos y multivariantes resultaba ciertamente insoslayable (por ejemplo, Van Dyke 1999; Pugh 2003). La propuesta de este concepto en la Arqueología de la Arquitectura aconteció en la última década durante el proceso de restauración de la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz (Azkarate 2002). Mediante la proposición del concepto de «cluster constructivo homogéneo» sugerido por Azkarate, se evaluó la posibilidad de identificar e interpretar conjuntos de rasgos y variables que permitirían reflejar «...la homogeneidad formal que todo acto constructivo coetáneo conlleva intrínseco» (Azkarate 2002: 69). Debido a que este instrumento de análisis se encuentra en pleno proceso de evaluación, la cantidad de estudios efectivos no es numeroso, restringiéndose específicamente al análisis sobre la arquitectura religiosa medieval alavesa (Sánchez Zufiaurre 2007), a la conformación del complejo productivo de Salinas de Añana (Plata 2003) y a un estudio sobre la estructura urbana de la ciudad de Vitoria-Gasteiz en espera de salir a la luz (Azkarate 2011: 22). Este estudio incluyó el análisis de 31 viviendas rurales prospectadas entre 2008 y 2012, distribuidas en el sector noroccidental de la provincia de La Rioja (Fig. 1A), en la región de valles intermontanos: el valle oriental conocido como La Costa de Arauco, el valle central de Antinaco-Los Colorados, el valle occidental del Río Bermejo, y los valles occidentales menores del Río la Troya y el Bolsón de Jagüe. El recorte temporal específico quedó determinado entre la primera mitad del s. XIX, momento en que se establecen las viviendas más antiguas analizadas, hasta mediados del s. XX, cuando se produce el abandono de dichas viviendas y su coincidencia con la introducción de materiales convencionales industrializados en la edificación de la vivienda rural. a) Distribución de las viviendas analizadas, los colores asignados corresponden a los clusters establecidos para MpPF; b) Cluster jerárquico de casos para MpPF, c) Representación de los clusters en el plano inducido por los dos primeros componentes principales. Como se indicó en la introducción, el objetivo de este trabajo se remite a presentar el procedimiento metodológico utilizado para la identificación de los patrones arquitectónicos de las viviendas rurales para el área de estudio considerada y la caracterización de este último a partir de otros dos conceptos centrales: el cluster constructivo homogéneo y el margen de variabilidad del patrón arquitectónico. El primero resulta fundamental para poder definir un patrón arquitectónico, para entender cuáles son las variables y rasgos estructurales que determinan su cohesión interna y al mismo tiempo su diferenciación con respecto a otros patrones arquitectónicos. Esto se interpreta de tal manera porque el cluster constructivo homogéneo, como lo define Azkarate (2002: 69), constituye la red de relaciones entre variables y rasgos subyacentes que, al mantenerse relativamente constante entre diversos casos edilicios, les otorga un alto grado de semejanza entre sí. Por otra parte, y al no ser una red cerrada, las variables y rasgos menos estructurales pueden alterarse, y con ello el caso concreto adaptarse al contexto específico de aplicación, teniendo un margen de variación, sin que supongan dejar de formar parte del patrón al que se asocian. Con este estudio no se plantea invalidar el uso del concepto de tipo en el estudio tipológico; el mismo, como bien señala Vargas (2013), continúa siendo una importante herramienta de análisis para determinados objetivos (por ejemplo, obtener dataciones de estratos). El proceso de trabajo fue realizado en dos etapas tomando como referencia la metodología implementada por Sánchez Zufiaurre para el estudio de la arquitectura prerrománica alavesa (2007: 77): una primera etapa de análisis estratigráfico destinada a definir el proceso diacrónico de transformación de las viviendas y una etapa posterior correspondiente al abordaje tipológico en el que se evaluaron principalmente procesos sincrónicos. La etapa de análisis estratigráfico consistió en determinar las distintas fases constructivas de cada vivienda para poder establecer el conjunto de casos de estudio (Fig. 2). Es decir, los casos de estudio no fueron las viviendas en sí mismas, sino las distintas fases constructivas que fue posible identificar en cada una de ellas. Esta definición de los casos de estudio tiene su explicación en que parte del interés que motivó el objetivo de la investigación consistió en examinar la incidencia de la variabilidad de rasgos (en cada vivienda y entre patrones) como parte del proceso diacrónico y dentro del lapso temporal considerado. Ejemplo: análisis estratigráfico del caso ANT2 y determinación de las fases constructivas. Fuente: Elaboración propia y fotografías del archivo personal del autor. La segunda instancia de análisis correspondió al estudio tipológico y el auxilio de técnicas de análisis multivariante para la identificación y caracterización de los patrones arquitectónicos. La metodología llevada a cabo implicó como primer paso descomponer y describir cada caso de estudio mediante un conjunto amplio de variables seleccionadas; luego, a través del empleo de técnicas específicas de análisis multivariante, determinar las articulaciones que subyacen entre las distintas variables consideradas, estableciendo con ello agrupamientos que sean estadísticamente significativos. Sánchez Zufiaurre comenta al respecto que «...una de las ideas fundamentales de este sistema de trabajo es la consideración de que los rasgos, de manera individual, no tienen valor diagnóstico. Son las interrelaciones entre variables las que permiten el establecimiento de categorías. [...] no se puede predecir (de antemano) qué rasgos o combinación de rasgos es pertinente o variante. Por ello se debe extraer la máxima cantidad de información de cada caso analizado, al menos en las fases preliminares de análisis, hasta el establecimiento de los rasgos que serán tomados en cuenta como constitutivos de similitud o diferencia entre "clusters"...» Es por ello que la instancia inicial de esta segunda parte se orientó a desarrollar un procedimiento metodológico para obtener dicho «establecimiento de rasgos» señalado. El proceso de trabajo En la selección de las viviendas analizadas se tuvieron en cuenta dos aspectos: por un lado considerar una cantidad equilibrada de edificios para los distintos valles que comprenden la región de estudio y por otro lado, dado el carácter exploratorio de la metodología multivariante implementada, se consideraron viviendas con particularidades, a priori singulares, para que funcionen en el análisis multivariante como elementos de control de la variabilidad2. El procedimiento estratigráfico aplicado a este tipo de edificios fue explicitado en un artículo previo (Rolón y Rotondaro, 2010), motivo por el cual a continuación se describe exclusivamente el proceso realizado para el análisis tipológico. Este procedimiento incluyó las siguientes etapas de trabajo: Definición y estados de las variables iniciales En primera instancia se seleccionaron rasgos que pudieran estar implicados tanto en la definición como en la variabilidad de los patrones arquitectónicos. Estos rasgos permitieron definir las variables iniciales de análisis, las cuales se organizaron en tres grandes grupos con diferente peso relativo entre ellos: de carácter tecnológico, de carácter morfológico/espacial y de localización. El peso relativo entre los grupos se aseguró a partir de la cantidad de variables que quedaron establecidas en cada uno de ellos. Es importante destacar que se reforzó el peso del grupo de variables tecnológicas para evitar, de esta manera, errores de valoración subjetiva que podrían derivarse de la interpretación morfológico/espacial y de los rasgos de emplazamiento; la intención es asegurar una observación con mayor grado de objetividad considerando los rasgos tecnológicos como los más fiables (Sánchez Zufiaurre 2007: 79). Construcción y denominación de las matrices La instancia de análisis tipológico por métodos de análisis multivariante tuvo dos objetivos: por un lado, identificar los patrones arquitectónicos a partir de un análisis cluster que estableciera la conglomeración de casos, y por otro lado, determinar la existencia de clusters constructivos homogéneos y el margen de variabilidad. Por tales motivos, una vez establecidas las variables de análisis, se procedió a la construcción de dos matrices de trabajo según la naturaleza de análisis que requería cada objetivo (en el primer caso se requiere la conglomeración de casos mientras que en el segundo de los rasgos de las variables). Las matrices fueron construidas con los mismos datos recogidos, pero el número de variables fue significativamente diferente para cada una. En la matriz utilizada para el análisis de patrones arquitectónicos (denominada en adelante Mp) se consideraron 32 variables. Sin embargo, para la construcción de la matriz utilizada en el análisis de clusters constructivos homogéneos (denominada en adelante Mc), las variables (cuantitativas y cualitativas) fueron transformadas en variables cualitativas dicotómicas de la forma «presencia / ausencia». Para que esto fuera posible, gran parte de los estados de variables de Mp fueron transformados en variables nuevas para Mc. Esto último provocó que se pasara a 130 variables en Mc. En el caso de variables cuantitativas continuas se utilizaron intervalos de clase. Por otra parte, con el fin de analizar la variabilidad de los patrones arquitectónicos y de los clusters constructivos homogéneos en términos diacrónicos se efectuó un procedimiento que consistió en realizar la comparación entre el conjunto formado por la totalidad de casos de estudio (G) y el subconjunto integrado únicamente por las primeras fases constructivas de cada vivienda analizada (PF). Para llevar a cabo este procedimiento se realizaron matrices complementarias, tanto en Mp como en Mc, considerando sólo las primeras fases de las viviendas analizadas. De este modo se establecieron cuatro matrices de trabajo: MpG, MpPF, McG y McPF. Análisis de patrones arquitectónicos Para realizar el clustring con el fin de identificar los patrones arquitectónicos se utilizó el programa estadístico 'R' 3 aprovechando varias de las particularidades que presenta: a) estudio de variables estructuradas en grupos; b) Análisis conjunto de variables cualitativas y cuantitativas como elementos activos; c) consideración de variables suplementarias, es decir, variables que no entran en el cálculo de la distancia entre casos pero su representación posterior permite colaborar en el proceso de interpretación de los resultados; d) salidas gráficas de lectura complementaria para la instancia de interpretación de resultados (Pagès 2004; Lê, Josse y Husson 2008; Husson, Josse y Pagès 2010). Variables consideradas, denominación simplificada y estados posibles de las mismas. Un paso preliminar y sumamente importante fue evaluar las variables mediante un análisis de componentes principales (salvo las variables de carácter cualitativo que no pueden ser analizadas mediante este procedimiento). Con este análisis se determinó el aporte individual de cada una de ellas (inercia) a la variabilidad del modelo y la existencia de variables pertenecientes a un mismo grupo que estuvieran correlacionadas4. De modo tal que, con el fin de reducir el ruido en la representación de la variabilidad general que pudieren introducir aquellas con escasa inercia (se consideraron de escasa inercia aquellas variables proyectadas en el primer plano factorial que no superaron el círculo del primer tercio del diámetro total de la representación o con información redundante por estar correlacionadas entre sí, fueron descartadas (Fig. 4A). Este análisis se realizó para las matrices MpPF y MpG. a) Representación de las variables para MpPF y MpG (luego del ACP). Las siglas corresponden a la denominación de las variables escogidas. En azul las variables consideradas de menor aporte tomándose como referencia un círculo de un tercio del diámetro total; b) Representación de las variables finales (izquierda) y de los grupos de variables (derecha) en el primer plano factorial luego del AFM para MpPF; c) Representación de las variables finales (izquierda) y de los grupos de variables (derecha) en el primer plano factorial luego del AFM para MpG. A continuación se procedió a realizar un Análisis Factorial Múltiple (AFM) sobre las variables activas y suplementarias finales. Los casos considerados en la matriz se agruparon (clustering) por el método de la media (Average linkage) y para la medida de asociación entre datos se consideró como algoritmo de cálculo la distancia euclidiana. A partir del resultado obtenido se denominaron: a) «casos marginales» a aquellos casos extremos pero no alejados de otros casos y dentro de un cluster; b) «casos singulares» a aquellos que se ubican aislados de cualquier otro, aún formando parte de un cluster. Análisis de clusters constructivos homogéneos Para caracterizar los patrones arquitectónicos se realizó un análisis multivariante, en este caso, sobre el conjunto de variables seleccionadas originalmente (sin considerar en forma activa las variables de Posición). El objetivo de este análisis fue determinar qué conjunto de variables, o más específicamente, qué conjunto de estados de las variables son concurrentes para la mayor parte de los casos de estudio; es decir, qué estados de variables se articulan entre sí en un edificio y esta articulación aparece, además, de forma reiterada en otras construcciones. Para este análisis se utilizó el programa estadístico PAST ver. Los casos se agruparon por el método del «vecino más cercano» (neighbour joining), en tanto la medida de similitud entre ellos se estimó con el coeficiente de similitud de Jaccard. Se utilizó este coeficiente porque permite el procesamiento de matrices que contengan datos binarios y no considera las concurrencias negativas. Este método, al igual que el aplicado para la determinación de patrones, consiste en dos procesos, en primera instancia establece los grados de similitud entre los individuos de la población (establece el coeficiente de Jaccard para cada par de casos) y luego procede al armado del diagrama de agrupamiento según el método elegido. Mediante el análisis estratigráfico aplicado a las 31 viviendas analizadas fueron identificados un conjunto total de 75 fases constructivas (Fig. 5). A continuación, y luego de descartar preliminarmente algunas de las variables según los criterios considerados, se reservaron para MpPF 19 variables activas y 4 variables suplementarias. Para MpG fueron 18 las variables activas y 4 las variables suplementarias. Las variables suplementarias correspondieron específicamente a las de localización (altitud, latitud, longitud y emplazamiento). El paso siguiente consistió en realizar un clustering por medio de un AFM para las matrices MpPF y MpG. Viviendas analizadas y casos de estudio establecidos. Interpretación de resultados para MpPF El cluster jerárquico de casos (dendograma) para MpPF se construyó considerando los primeros seis componentes del AFM. Con ello se logró explicar alrededor del 65,33% de la variabilidad total del modelo y se observó la existencia de tres agrupamientos posibles (Fig. 1B). En la Figura 1A se representa la distribución territorial de los casos según las aglomeraciones obtenidas. Puede observarse que los clusters azul y negro tienden a agrupar a los casos que se ubican hacia los sectores centrales de los distintos valles, en tanto que el cluster naranja agrupa a los casos que se ubican en los sectores periféricos de los mismos y es a la vez el conglomerado más numeroso. A pesar de que para el AFM las variables de localización han sido incluidas como variables suplementarias (de este modo, sin incidencia en el proceso de cálculo), la presencia de grupos de casos tales como [ANT1 - ANT2], [CON2 - CON3 - VIC2], [CON1 - CON4 - CON5 - CON6], [UPD1 - UPD2 - UPD3] y [CHA1 - CHA2 - CHA3 - CHA5 - PIT1] dan la pauta de que la proximidad espacial constituye un factor significativo de aglomeración. Los clusters fueron representados empleando como ejes de representación los dos primeros componentes principales del AFM (Fig. 1C). Considerando la distribución de los baricentros de cada uno, su distribución se observa más sensible al primer eje factorial. En cambio, la distribución de los casos agrupados en cada cluster es más sensible a la variabilidad registrada por el segundo eje factorial. La interpretación de estos resultados permite sugerir que los patrones arquitectónicos en MpPF tienden a diferenciarse entre sí fundamentalmente por aspectos ligados a resoluciones tecnológicas y luego, internamente dentro de cada cluster, son los aspectos morfológicos los que entran en juego para explicar la variabilidad de los casos de estudios. Esto surge de la lectura complementaria entre los gráficos de las Figuras 1C y 4B donde se observa una correlación de los grupos de variables «Muros» y «Aberturas» con la primera dimensión y los de los grupos de variables «Orden», «Implantación» y «Superficies» con la segunda dimensión. Por otra parte, al examinar los casos tomados como control, se confirmó la posición marginal de CON5.1 en la distribución. Asimismo, se observaron como casos singulares ALT2.1 (lo cual se explica por su valores atípicos de superficie construida y altura de muros en extremo bajos), ANL1.1 y VIC2.1, (Fig. 1C). Estos dos últimos corresponden a casos característicos de arquitectura vernácula urbana en tierra según la clasificación propuesta por Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso (1970) y además presentan valores de superficie muy elevados para una primera fase constructiva. Características de los patrones arquitectónicos vigentes durante la segunda mitad del s. XIX Para no abrumar con los detalles que permitieron caracterizar puntualmente a cada uno de los patrones arquitectónicos observados sólo se presentará una breve comparación entre los mismos. El primer aspecto a destacar es la correlación que se presenta entre el nivel de sofisticación de las técnicas constructivas empleadas en cada patrón arquitectónico para resolver los edificios y el tipo de asentamiento con el que se identifican. Aquellas viviendas que se encuentran preferentemente en asentamientos rurales aislados tendieron a conglomerarse en el primer patrón arquitectónico (cluster azul) haciendo uso de las resoluciones tecnológicas más elementales y ciertamente precarias en comparación con los otros patrones arquitectónicos. Es decir, la relación que se establece principalmente entre el uso de delgados muros de albañilería de adobe (por presentar aparejos a soga o entramados de «quincha» 5) y de escasa altura; el empleo de cubiertas de «torta liviana» 6 con muy escasa pendiente y la carencia de «sobrecimientos». En contraste, las viviendas que se emplazan en poblados netamente rurales o bien con algunos rasgos urbanos7 implementan resoluciones tecnológicas un tanto más sólidas y perdurables donde se observa el empleo de cubiertas de tipo pesadas y paredes de albañilería de adobe con aparejos a soga y tizón, tizón o inglés, o de los escasos ejemplos de piedra con aparejo ordinario o enripiado, en ambos casos dando como resultado espesores de muros de mayor dimensión (dentro de un rango de 40 a 80 cm). Un segundo aspecto lo constituye la correlación que se da entre los patrones establecidos, el tipo de asentamiento y el sentido creciente en el que se presentan los valores de superficies construidas en favor de los casos asentados en áreas mayormente urbanizadas. Resultados obtenidos para MpG y comparación con MpPF El dendograma para MpG se construyó prácticamente en iguales condiciones que en MpPF. Se consideraron las primeras siete componentes principales del AFM para alcanzar una explicación del 62,80% de la variabilidad del modelo con la diferencia de que el incremento de casos de estudio conllevó la diferenciación de un cuarto patrón arquitectónico (Fig. 6). En esta representación se destaca una característica generalizada: distintas fases de una misma vivienda se agruparon entre sí en una primera instancia de aglomeración antes que con fases correspondientes a otras viviendas. Esto demuestra que, si bien la proximidad espacial entre viviendas como factor de aglomeración deja de ser tan fuerte como se presentó en los casos de MpPF (basta observar que acontece sólo de manera clara en los grupos de casos correspondientes a las viviendas analizadas [CON1 - CON4 - CON5 - CON6] y [UPD1 - UPD2 - UPD3]), esta característica se traslada ahora a la relación entre fases constructivas de una misma vivienda. Distribución de los casos de estudios, los colores corresponden a los clusters establecidos para MpG; b) Cluster jerárquico de casos para MpG. Existen otras cuestiones más asociadas a la distribución de los casos aglomerados y su distribución en el territorio: en la Figura 6A se puede observar que la distribución del cluster naranja, el más numeroso, ocurre de manera homogénea entre los distintos valles, marcando una diferencia respecto de lo que se observa para el cluster equivalente de MpPF. Distinta es la situación de los clusters azul y verde que tienden a diferenciar sectores orientales y occidentales de distribución8. La lectura combinada del gráfico de las variables activas y el gráfico que representa la contribución de cada grupo de variables (Fig. 4B) permite señalar los siguientes aspectos: a) Existe una agrupación relativamente densa de casos (Fig. 7), elipse punteada) y otros casos que se alejan de este conglomerado. Aparentemente como producto del incremento de casos de estudio, la distribución de los mismos y de los baricentros de los cluster azul, naranja y verde de MpG resultan más aglomerados entre sí que en MpPF demostrando una distribución «de contagio». Por otro lado, una parte de los casos que se alejan del conglomerado de casos citado corresponden al cluster negro y presentan una clara distribución «de repulsión» 9. Representación de los clusters de la MpG en el plano inducido por los dos primeros componentes principales. En el extremo inferior derecho se indica el sector de mayor densidad de casos. b) Los grupos de las variables tecnológicas y morfológicas se presentan igualmente correlacionados para ambos ejes del primer plano factorial (Fig. 4C, derecha). Por esta razón, a diferencia de lo observado en MpPF, no es posible realizar una clara interpretación de los ejes factoriales en términos del tipo de variables que se les correlacionan. En este caso, la interpretación debió centrase atendiendo a las variables en forma individual: el conglomerado de casos relativamente denso se dispersan en función de las variables del grupo Superficies y de las variables tecnológicas TSOBREC y PENDTECHO (Fig. 4C, izquierda). Las direcciones de estas variables conforman el espacio vectorial donde se produce la dispersión de los mismos. c) Al igual que en MpPF, los casos CON5.1 y ANL1.1 seleccionados como control volvieron a presentarse como marginales respecto de la distribución general. Los casos de control adicionales para esta matriz, CHA3.4 y UDP3.3, también se presentaron como marginales y dentro de un mismo cluster. Entre los casos singulares se observan todos aquellos que integran el cluster 4, en particular el caso ANL1.5; incluso se puede señalar que el caso CON5.1 adquiere características de singularidad (Fig. 7). Patrones arquitectónicos en MpG: vigencias y alteraciones hasta finales de la primera mitad del s. XX En la identificación de patrones arquitectónicos para MpG, la vigencia de las características de los clusters azul y naranja respecto de MpPF se confirma si se toman en cuenta los casos que siguen integrándolos y su ubicación relativa al espacio vectorial que definen las variables (Fig. 7). Sin embargo, la mayor heterogeneidad de los rasgos que presentan los casos que lo integran explica la disposición de contagio que adquiere la distribución. Como se señalará más adelante, este aspecto es clave para comprender el proceso general de la variabilidad durante el recorte histórico considerado. Asimismo, la distribución territorial que refleja en particular el cluster naranja, ahora más amplia y homogénea para toda el área que lo observado para MpPF, podría interpretarse en esta línea argumentativa (Fig. 6A). Distinta es la situación que presentan los clusters verde y negro. El primero de ellos es, fundamentalmente, un nuevo patrón arquitectónico. Éste es producto de la incorporación de fases constructivas de ampliación en la que se emplean en forma combinada tecnologías vernáculas e industrializadas como albañilerías que utilizan bloques de cemento y cubiertas de materiales prefabricados. El segundo es un patrón arquitectónico vinculado a asentamientos implicados en procesos de urbanización. Ello favoreció una mayor incorporación de rasgos tecnológico y morfológico urbanos que marcan una acentuada tendencia de diferenciación con el resto de los casos (por ejemplo, la inversión de la galería respecto del frente de la vivienda y la elevada altura de muros y superficies construidas). Articulación de variables: clusters constructivos homogéneos La primera articulación de variables para definir un cluster constructivo homogéneo se estableció a partir del dendograma de variables de McPF (Fig. 8, dendograma izquierdo) observándose la articulación de 12 rasgos (Fig. 9 y Fig. 10). Por lo que pudo apreciarse, la articulación de rasgos de variables que entraron en juego en este cluster constructivo homogéneo incluyeron aspectos de los tres grupos de variables considerados: tecnológicos, morfológicos y de localización. Clusters constructivos homogéneos: dendogramas de las variables para McPF, McG y para los distintos patrones arquitectónicos obtenidos en MpG. Clusters constructivos homogéneos: rasgos estructurados para cada una de las matrices y ordenados según tipos de variables. Aplicación del Cluster constructivo homogéneo y posibles variaciones utilizando el cluster obtenido para MpPF. a) Caso CHA1.1 (Fuente: Colección personal del autor); b) Representación de vivienda típica para la región de valles riojanos (Fuente: Instituto de Investigaciones de la Vivienda 1972:121); c) Vivienda habitada, ca. 1960 (Fuente: Fototeca del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas, autor anónimo). En McG se presentó la posibilidad de establecer más de un cluster constructivo homogéneo; al menos dos en este caso (Fig. 8, dendograma central, y Fig. 9). Uno de ellos, el más numeroso, está formado por la articulación de 18 rasgos: doce de variables tecnológicas y seis de variables morfológicas. Algunos de estos rasgos son compartidos con el cluster constructivo homogéneo establecido para McPF (es el caso de los rasgos 1.A, 2.T, 4.40, 8.H, 15.2 y 25.P). El segundo cluster constructivo homogéneo está formado por siete rasgos. Este segundo conjunto se caracteriza por articular rasgos vinculados a la introducción de materiales y tecnologías de origen industrial. De seis rasgos que son compartidos por McPF y McG, cinco corresponden a variables tecnológicas (Fig. 9). En parte, la concurrencia de estos rasgos tiene un sentido lógico si tomamos en cuenta que los casos de estudios de McPF conforman un subconjunto dentro de McG. De todos modos, de las observaciones mencionadas se desprenden dos cuestiones que es preciso adelantar: a) en relación a los rasgos de variables compartidos: su persistencia, luego de la incorporación significativa de casos para McG, sugiere que la relación establecida entre las variables resulta robusta (en términos estadísticos), suficiente como para mantenerse vinculadas frente a la aparición de nuevos casos (nuevas viviendas o fases constructivas) y rasgos (introducción de nuevos materiales y/o técnicas constructivas). b) a partir de lo observado en la McG: es posible identificar simultáneamente más de un cluster constructivo homogéneo dentro de una misma matriz. Pero esto está sujeto a que la relación entre los rasgos que integran cada cluster constructivo homogéneo no se presente compartida. Es decir, si uno o varios rasgos pueden formar parte de dos o más clusters constructivo homogéneos, estos rasgos sólo se asociarán al cluster que se estructuran de manera más robusta. Ante esta situación, una alternativa que permite la metodología para lograr identificarlos separadamente, es la construcción de matrices parciales. Por ejemplo, se pueden conformar matrices parciales a partir de separar los datos asociados a los casos que forman cada patrón arquitectónico. Para ejemplificar lo mencionado en el segundo punto, se realizó el clustering sobre matrices parciales de McG obteniéndose clusters constructivos homogéneos para cada uno de los patrones arquitectónicos (Fig. 8, dendogramas derechos)10. Los resultados confirman lo que se señaló anteriormente: la existencia de clusters constructivos homogéneos distintos formados por algunos rasgos de variables que se comparten. En general, entre los clusters constructivos homogéneos obtenidos para cada uno de los patrones arquitectónicos de McG, los principales rasgos compartidos que se observaron fueron los tecnológicos, lo que nos conduce a sugerir que, efectivamente como sugiere Sánchez Zufiaurre (2007), constituyen los rasgos más estables frente a la variabilidad general. El carácter de los estudios tipológicos para el área La estudios existente referidos a la arquitectura rural de la provincia de La Rioja no sólo han resultado escasos (Aparicio 1937; Cáceres, 1946; Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso 1970; Canepuccia, Castro, Ocvirk y Ostroposky 1976), sino incluso insuficientes para comprender de manera más precisa la incidencia de los procesos históricos en la materialización de las viviendas populares. Asimismo, estos antecedentes no se han centrado en esclarecer los motivos que condicionaron el surgimiento o abandono de los patrones arquitectónicos observados; en general, se han remitido a señalar simples razones de disponibilidad de recursos, reproducción de soluciones existentes e introducción de conocimientos técnicos por parte de nuevos pobladores. Por otra parte, los estudios de Aparicio (1937) y Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso (1970) fueron los únicos realizaron un intento por diferenciar algunos tipos arquitectónicos para el ámbito rural, siendo sólo los segundos quienes aventuraron una explicación de las razones (principalmente socioeconómicas en este caso) vinculadas a tal proceso. El trabajo de Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso (1970) constituye un referente importante para señalar, entre otras cosas, aquellos problemas o limitaciones metodológicas recurrentes que se observan en los estudios tipológicos para el área y, por extensión, para aquellos estudios que se sirven del concepto de «tipo edilicio». Este trabajo es el antecedente más cercano, contiene numerosos casos de observación considerados y presenta un análisis que comienza a tomar en cuenta la complejidad involucrada en la producción de la arquitectura doméstica. Sin embargo, al recurrir al concepto de «tipo edilicio» para establecer la estructura clasificatoria propuesta se observa que los autores no se involucraron en un análisis tipológico más profundo al no considerar los procesos de variabilidad sincrónica entre los casos observados y al no tomar en cuenta transformaciones socioeconómicas y tecnológicas que se estaban desarrollando contemporáneamente en el área de estudio. Desde el punto de vista teórico esta profundización no se produce debido a que el concepto de «tipo de edificación» no requiere especificar la red de relaciones que en el «patrón arquitectónico» está presente por definición. De este modo, una contextualización más profunda de los tipos edilicios identificados queda librada al interés del investigador y no por ser parte del marco teórico escogido y la metodología de análisis implementada. Para ejemplificar esta problemática observada podemos remitirnos a las categorías establecidas por estos autores para el área rural en particular: los tipos edilicios identificados en el estudio citado fueron denominados recurriendo en varios casos a términos nomotéticos que pusieron en evidencia el problema de reiterar modelos explicativos preestablecidos y el uso de denominaciones ambiguas para el establecimiento de su clasificación. Nos referimos a tipos edilicios designados bajo los apelativos de «Ranchos», caracterizados por resoluciones precarias y para los que sugieren un origen prehispánico en sus formas y soluciones11; «Viviendas de transición», las cuales resultarían de procesos en los que se van incorporando tradiciones constructivas de las poblaciones colonizadoras a los patrones arquitectónicos propiamente desarrollados por la vivienda prehispánica12; y finalmente, «Viviendas criollas», edificaciones que comienzan a incorporar rasgos urbanos como, por ejemplo, la inversión de la galería frontal, el desarrollo de fachadas de gran altura hacia la calle, muchas de las cuales se localizan, sin embargo, en ámbitos principalmente rurales o en la periferia de los pocos espacios urbanos que existen en los valles (Fig. 11). Sosteniendo lo que sugiere Sánchez Zufiaurre (2007), recurrir a este tipo de reducciones en etapas iniciales del estudio supone un fuerte inconveniente dada la complejidad a que está sujeta la producción de la arquitectura, conduciendo con ello a evaluaciones incompletas y sesgadas. Viviendas rurales riojanas: a, b y c) ejemplos registrados e indicados por Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso (1970) para «Rancho», «Vivienda de transición» y «Casa Criolla» respectivamente; d, e y f) ejemplos para los tres principales patrones de MpG: CON5 (patrón 1), TAP1 (patrón 2) y UDP3 (patrón 3), respectivamente. Fuente: Colección personal del autor. Patrones arquitectónicos y variabilidad Es en función del mayor o menor grado de relación que se establece entre los casos de estudio (es decir, su similitud o disimilitud) lo que permite determinar clusters y, a partir de las características del análisis que se realice sobre los resultados, arribar a tipos o patrones. Al mismo tiempo, si se atiende a la variabilidad interna y entre agrupamientos, y se identifican aquellas variables más importantes que son responsables de tal proceso de «variabilidad sincrónica», también es posible reconocer con qué grado de regularidad son definidas las clases tipológicas establecidas. Para ello, el concepto de variabilidad se interpretó en este estudio como el espacio pluridimensional definido por un conjunto específico de variables donde se produce la distribución y entran en relación los casos de estudio definidos. En general, los estudios tipológicos desde la disciplina arquitectónica han indagado escasamente en los procesos de variabilidad sincrónica, y en particular en la interpretación de las causas que van marcando las diferencias o disimilitudes entre casos. Esto se debe a que la mayor atención ha estado puesta en la identificación de aquellos rasgos que permiten establecer las similitudes. Por otra parte, la literatura se ha focalizado principalmente en analizar los procesos de «variabilidad diacrónica» al dar mayor importancia a las variaciones producidas que permitieron explicar, por ejemplo, el pasaje de un tipo edilicio a otro (Diez 1996: 31) o el tránsito desde el prototipo hasta el estereotipo (Martín 1984: 173-175), y que forman parte de lo que se ha denominado «proceso tipológico» (Caniggia y Maffei 1995: 31-32). Sin embargo, en la definición del patrón arquitectónico, y a diferencia del de tipo edilicio, ambos conceptos de variabilidad constituyen rasgos fundamentales que permitirían explicar la capacidad de reproducción y adaptación del patrón arquitectónico al contexto de aplicación. Para el presente estudio, el espacio de variabilidad fue representado en MpPF por los mismos ejes de representación (recordemos la correlación de los grupos de variables tecnológicas con el primer eje y de las variables morfológicas con el segundo). Por su parte, en MpG se encontró definido por un conjunto específico de variables que estableció la dirección principal sobre el que se desarrolló la diferenciación de la masa crítica de los casos de estudio y la distribución por contagio de los tres patrones arquitectónicos más importantes. En este segundo caso, observando el sector del eje menor de la elipse de la Figura 5, se aprecia que el resto de las variables representadas, complementariamente, terminan de definir este espacio de variabilidad al dejar en evidencia la dirección más conservadora de la misma. Sólo cuando los rasgos de la mayor parte de las variables involucradas en dicha dirección son suficientemente divergentes se produce la diferenciación de un nuevo patrón arquitectónico (cluster negro). Este suceso en la distribución general de MpG puede interpretarse en los siguientes términos: si bien existe una recurrencia de aspectos que son los que conducen a la constitución de los patrones arquitectónicos, también es posible sugerir que la «permutabilidad de rasgos» entre casos de distintos clusters es un hecho importante que está presente y que provoca la distribución por contagio entre los tres principales patrones arquitectónicos obtenidos; de no existir tal permutabilidad, el gráfico debería haber experimentado una distribución de repulsión entre los distintos patrones arquitectónicos establecidos (semejante a la distribución observada para MpPF, en la cual la distribución por contagio es menos acentuada). Argumentación que puede ser reforzada si se toma en cuenta otros dos aspectos: la forma de distribución por repulsión del cuarto patrón arquitectónico (cluster negro) de MpG y si se comparan los rasgos que integran cada cluster constructivo homogéneo de los patrones arquitectónicos obtenidos. Los casos de estudio que integran la masa crítica en MpG, y dan la forma característica de distribución por contagio, se corresponden con la categoría «Vivienda de transición» de la clasificación propuesta por Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso (1970). Esta circunstancia pone en evidencia que tal tipo edilicio sería el patrón arquitectónico más extendido en el área rural para el período considerado. Sin embargo, según las observaciones de estos autores (Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso 1970: 10), el citado patrón habría ido perdiendo vigencia progresivamente desde inicios del s. XX hasta ser finalmente abandonado a mitad del mismo. Otro aspecto a señalar en la distribución de MpG es aquel en el que se aglomeraron los casos que introducen materiales y tecnologías industrializadas como parte de las resoluciones técnicas incorporadas (cluster verde). Si bien estas incorporaciones son parciales y no plantean modificaciones sustanciales de las estrategias morfológicas y de crecimiento de las viviendas diferentes a las desarrolladas para el período, son suficientes para plantear una tendencia en la diferenciación entre clusters desde el punto de vista tecnológico. Se observaron cambios muy graduales desde la simple incorporación de bloques de cemento en la construcción de algunos muros donde antes se recurría al uso de albañilerías de adobe o piedra, hasta la incorporación de todo un sistema constructivo (casos CHF1.2, CHA3.4, UDP3.3 y ANJ1.4). Este proceso, que se inicia recién en el transcurso de las décadas de los años 50 y 60 del s. XX en el ámbito rural, no parece haber sido identificado como algo significativo por estos autores. Por otra parte, CON5.1 (Fig. 11D) es el único caso de estudio prospectado en esta investigación que se corresponde con el tipo edilicio «Rancho» de la misma clasificación tipológica señalada. Es posible que esta circunstancia responda al fácil deterioro estructural de estas unidades domésticas debido a lo lábil y efímero de su conformación frente a los agentes ambientales, pero también podemos sostener, recurriendo al concepto de «proceso tipológico» de Caniggia y Maffei (1995: 31-32), que tal caso de estudio no es más que la expresión remanente de un patrón arquitectónico que para el período considerado había comenzado a caer en desuso. Este tipo edilicio prácticamente no fue observado en el estudio y por ello el caso se incorporó de manera premeditada en el estudio como elemento de control con el fin de contar con otro instrumento de evaluación del proceso de variabilidad. Las condiciones del contexto histórico y socioeconómico Desde el período colonial (fines del s. XVI a inicio del s. XIX) y hasta mediados del republicano (s. XIX a la actualidad), la provincia de La Rioja mantuvo un creciente intercambio comercial extrarregional con el Centro y Norte de Chile. Este intercambio específico, que inicia su fase de decadencia entre fines del s. XIX y las primeras décadas del siguiente, resultaba el principal motor de la actividad económica de las poblaciones rurales riojanas (Olivera 2001a; Fuente 2007). Hacia el final de este ciclo, y con la intención de contrarrestar la progresiva situación de desvinculación comercial que se estaba produciendo, se intentó reforzar el endeble comercio que se mantenía con el resto de las provincias argentinas centrándose fundamentalmente en las actividades extractiva forestal, minera, vitivinícola y en el estímulo de la producción olivícola, pero sin alcanzar mayores ventajas inmediatas. De todas formas, tanto antes como durante el proceso de reorientación comercial, el arreado de ganado vacuno y el transporte de otras mercancías (fundamentalmente vino y aguardiente) sustentaban una práctica trashumante muy extendida que propició, además del establecimiento de los lazos comerciales (y que logró, como señala Olivera (2000), una favorable articulación con el servicio ferroviario establecido hacia fines del s. XIX), un intercambio de informaciones y conocimientos permanente entre el rosario de poblaciones asentadas en las diversas rutas establecidas. En este contexto, la extrema escasez hídrica fue uno de los factores de mayor complejidad que debió enfrentar la población rural. Las acciones de los distintos gobiernos provinciales no lograban encontrar solución para revertir tal situación y propiciar el aumento de la productividad agrícola. Recién en la década de los años treinta del s. XX se da inicio a diversas obras de embalse, explotación de acuíferos y mejoras en las redes de acequias que posibilitaron el incremento en la reserva del recurso hídrico y un menor desperdicio en su distribución. Es por ello que, hasta pasado el primer cuarto del s. XX, no existieron posibilidades de expandir la frontera agropecuaria en ninguno de los poblados de la provincia (Cresta y Suárez 1970; Olivera 2000). A pesar de las circunstancias referidas es evidente que entre la segunda mitad del s. XIX y hasta las primeras décadas del siglo siguiente existieron ciertas condiciones, aunque exiguas, para el establecimiento de nuevas unidades domésticas y una modesta prosperidad económica de la población rural. La limitada expansión económica, propiciada por el valor agregado de las renovadas actividades productivas, permitió sostener este proceso de establecimiento de la población hasta las primeras décadas del s. XX (Barros, Thierry, Huergo y Alsina 1894; Sánchez 1928). Este bienestar acotado permite explicar, en cierta medida, la antigüedad de las viviendas analizadas en este estudio y las ampliaciones que se observaron en las mismas como por aquellas informadas en investigaciones previas (Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso 1970: 35). Si bien durante las décadas de los años 20 y 30 del s. XX acontecieron algunos importantes avances técnicos y de infraestructura para mejorar la producción agropecuaria en la región13 (Díaz 1974), en simultaneo se desencadenaron factores externos (fundamentalmente la demanda de mano de obra debido a procesos de intensa industrialización de las urbes) que propiciaron un repentino e intenso proceso de emigración de la población rural. A este panorama se sumaron factores internos también importantes: los jefes de familia de la población comprometida eran minifundistas (estancieros o labradores), trabajadores asalariados, obreros, pastores o peones que no poseían la propiedad de la tierra (Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso 1970: 13). La irregularidad en los títulos de propiedad de las tierras rurales (o títulos imperfectos, como se los denominaba) se mantuvo finales del s. XX, con lo cual a muchos productores rurales se les hizo imposible acceder a préstamos bancarios para realizar inversiones, mejorar el equipamiento para las tareas rurales o comprar semillas (Olivera 2001b). Debido a ello, se vieron impedidos de aprovechar los programas oficiales de estímulos para incrementar su capacidad productiva. En paralelo, la venta de cuotas de agua entre particulares constituyó una práctica común a la cual recurrían los pobladores para resolver transitoriamente sus problemas económicos, viendo reducida de tal forma su capacidad productiva. A su vez, el otorgamiento de nuevas cuotas de agua no se efectuó sobre una base de distribución equitativa. Olivera (2001b) señala que el «amiguismo», el «clientelismo político» (y podría agregarse que la posición dominante en el mercado de determinados actores como propietarios latifundistas, familias tradicionales o representantes políticos de la administración provincial) propiciaron o efectuaron, durante todo el período, un proceso de concentración de cuotas de agua en pocos regantes, aspecto que hoy en día da cuenta del paisaje cultural como se puede apreciar (Rolón y Rotondaro 2011). Este conjunto de circunstancias mencionadas desencadenó, hacia finales del período considerado, un proceso en el cual gran parte de la población rural de los valles encontró seriamente dificultada la posibilidad de afianzarse económicamente y, como ya se señaló, se encontró obligada a migrar al ámbito urbano en busca de mejores expectativas de desarrollo. Este proceso señalaría el tiempo en que acontecieron los abandonos registrados de gran parte de las viviendas analizadas en el estudio. 4.4 El horizonte tecnológico en la arquitectura rural riojana La tierra como material de construcción constituyó el principal recurso tecnológico elegido para resolver la materialidad de las viviendas rurales populares en los valles riojanos. Si bien es algo que se observó durante las prospecciones, varios de los rasgos incluidos en los clusters constructivos homogéneos obtenidos en todos los casos son concluyentes en este aspecto. La primera impresión nos aventuraría a proponer que la disponibilidad de este material constructivo de origen natural explicaría tal elección. Varios de los autores citados a lo largo de este estudio se han inclinado por esta posibilidad (Aparicio 1937; Chiozza y Aparicio 1961; Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso 1970). Sin restar cierto grado de veracidad a esta apreciación, no resulta suficiente para explicar por qué otros materiales naturales, como la piedra, también abundantes en la región, no fueron aprovechados con igual o mayor frecuencia que la tierra. Tampoco logra aclararse este interrogante si verificamos que el empleo de la albañilería de ladrillos no se utilizó en la región como sí aconteció en gran parte de la región de la pampa húmeda o incluso en Córdoba, provincia con la que mantuvo un persistente vínculo comercial y cultural; de hecho, la vinculación económica y espacial existente con esta provincia hubiese posibilitado el comercio de este producto y la sostenibilidad de la industria ladrillera con la introducción del ferrocarril. Aquí es donde entra en juego la consideración de los factores de orden cultural y las estrategias de producción y reproducción técnica en el territorio. Viñuales (1991) señalaba que la arquitectura con tierra en la región andina ha contado con una sólida presencia desde períodos prehispánicos, en la que si bien se han ido descartando ciertas técnicas específicas (como el caso de la técnica del tapial), no por ello se vieron interrumpidos los procesos que permitieron la continuidad de estos conocimientos hasta avanzado el Período Republicano. Incluso las tecnologías de construcción con tierra continúan vigentes en el espacio social del Noroeste argentino (Pastor 2000; Tomasi y Rivet 2011). La introducción de materiales industrializados en el último tiempo por iniciativa de los pobladores locales es otro de los tópicos presentes. Este proceso no significó por ello el abandono de sus tradiciones vernáculas de construcción pero, en conjunción con otros factores presentes14, sí afectaron negativamente el volumen de producción de la construcción con tierra en el ámbito rural. Es posible discutir si la incorporación de materiales industrializados en la actualidad supone cambios sustanciales en las tradiciones vernáculas de construcción. Pero esto no significa que las mismas no hayan estado en transformación permanente en el pasado por la interrupción o la incorporación de otras técnicas y materiales. Estos aspectos permiten suponer que, si bien el horizonte tecnológico de la vivienda rural estuvo asociado a patrones tecnológicos que han hecho uso de la arquitectura con tierra, este horizonte difícilmente se ha mantenido estático. Ya de por sí, la identificación de clusters constructivos homogéneos relativamente diferentes para cada patrón arquitectónico presupone variaciones. Por citar un ejemplo del ámbito local, Armellini, Cóppola, Iglesias y Rosso (1970: 117) señalan que el empleo de cubiertas de tortas livianas responde a tradiciones constructivas procedentes de la región cuyana, en tanto que las cubiertas de tortas pesadas tienen mayor afinidad con los patrones tecnológicos de la vivienda rural santiagueña15. En igual sentido, es posible también reconocer que los dinámicos circuitos comerciales regionales y extrarregionales y la trashumancia característica de estos pobladores rurales (Olivera 2001a; Fuente 2007) propiciaron los procesos de reproducción técnica y cultural. Como señala Navarro (2006), estos procesos son característicos de la arquitectura popular y posiblemente favorecieron la homogeneización y la extensión de estas estrategias, aún en lo vasto de este territorio. En general, se ha considerado que la cultura popular tiende a ser conservadora en la proposición y resolución técnico-formal de sus espacios construidos. En este sentido, es evidente la existencia de un patrón de racionalidad común durante el período y para el extenso espacio geográfico considerado en este estudio. La existencia de pocos patrones arquitectónicos, la tendencia a una distribución por contagio de los casos de estudio (en parte por un proceso de permutabilidad de rasgos) y la presencia de un horizonte tecnológico consolidado en torno a la arquitectura en tierra son algunos de los aspectos que corroboran este punto de vista. Sin embargo, los conceptos teóricos aplicados y la metodología de análisis implementada para identificar patrones arquitectónicos y sus respectivas estructuras internas resultaron claves para dejar en evidencia y caracterizar la variabilidad sincrónica que se observó en la construcción de las viviendas rurales analizadas; variabilidad que responde al contexto específico de aplicación y a la dinámica de los procesos sistémicos en los que se desarrolla el hábitat popular. Como se mostró a lo largo del trabajo, un patrón arquitectónico puede ser definido por dos características principales: su estructura interna, que permite caracterizar sus aspectos más estables y diferenciarlo respecto de otros patrones, y su margen de adaptación. Es por ello que la metodología presentada fue estructurada con el fin de poder determinar no sólo los patrones arquitectónicos, sino sus respectivas estructuras internas y, al mismo tiempo, el espacio de variabilidad o margen de adaptación del patrón al caso específico de aplicación. Por lo tanto, la variabilidad sincrónica y el cluster constructivo homogéneo son conceptos complementarios que permiten caracterizar un patrón arquitectónico y definir su alcance de aplicación. Para finalizar es oportuno señalar dos aspectos sobre los cuales se abre la posibilidad de profundizar en nuevos estudios a partir de los resultados obtenidos16: El primero de ellos es en relación a la metodología: en este estudio no se consideraron variables de orden social y cultural para ser aplicadas en el análisis multivariante. Esto se debe a la instancia exploratoria en la que se encontraba el proceso metodológico propuesto pero, sin duda, constituye una línea de trabajo sobre la cual progresar. La inclusión de este tipo de variables permitirá, en tanto sea posible lograr una codificación adecuada de los rasgos para efectuar el análisis, mejorar las interpretaciones sobre los procesos de variabilidad, ampliar la caracterización de los patrones arquitectónicos e indicar la posible existencia de procesos de complejidad social. El segundo aspecto está en relación al tema abordado: la investigación se ha concentrado en el período previo a dos acontecimientos de profunda transformación en el territorio rural: el inicio de las políticas de intervención estatal en el ámbito de la vivienda de interés social en La Rioja, y con ello la introducción de un actor institucional y dominante en la programación y diseño sistematizado de la vivienda, y el desencadenamiento de un desarrollo agroindustrial más incipiente. Ambas circunstancias son factores principales y nuevos que podrían estar implicados en la transformación del patrón de racionalidad y del horizonte tecnológico del período previo al actual, con un impacto sustancial en la producción material y cultural del espacio doméstico. Analizar y comparar ambos períodos desde estos puntos de vista son líneas de investigación que podrían aclarar aspectos importantes de los procesos tipológicos de la vivienda doméstica en los dos últimos siglos.
Documentación gráfica de edificios históricos: principios, aplicaciones y perspectivas La documentación gráfica de edificios históricos constituye una de las herramientas más potentes para la preservación de sus valores culturales materiales y es la base para su investigación, conservación y difusión. Si bien históricamente el dibujo manual ha sido la principal técnica de representación, recientemente se han desarrollado otras para mejorar la toma de datos y su posterior gestión. Este artículo tiene como objetivo mostrar de un modo claro y sencillo los principales conceptos vinculados a la elaboración de la documentación gráfica, para facilitar la selección de las técnicas de un modo razonable y eficaz. Para ello se exponen y comparan los distintos métodos actuales, ofreciendo además varios casos de estudio con los criterios considerados en cada uno de ellos. Como conclusión se describen las ideas fundamentales derivadas de este análisis, así como las perspectivas de futuro que a nuestro juicio abren vías de desarrollo en este campo. El patrimonio histórico edificado engloba una serie de valores culturales materiales, entre los que se pueden destacar los arquitectónicos (relativos a la forma, el espacio y la tecnología constructiva), los arqueológicos (entendiendo el edificio como un conjunto de tipos constructivos con su secuencia estratigráfica y sus relaciones contextuales) o los artísticos (relacionados con el estilo). Todos ellos son valores que han de ser debidamente registrados para ser preservados, lo cual se consigue con una adecuada documentación gráfica. Al margen de esta consideración, los trabajos de representación de edificios históricos han ido tradicionalmente vinculados a la labor restauradora de los mismos. Sin pretender profundizar en la historia de la restauración (ver Capitel 1998; Ceschi 1970; González-Varas 1999; Jokiletho 1999; Lamberini 2003 o Martínez 2000), sí es conveniente puntualizar la estrecha relación entre las distintas corrientes restauradoras y las diversas formas de elaborar la correspondiente documentación gráfica. Atendiendo a la experiencia española, podemos señalar que no ha sido hasta tiempos recientes en que se ha empezado a tomar conciencia de la necesidad de elaborar una adecuada y rigurosa documentación gráfica de los edificios como base para su conocimiento e intervención. Ha sido usual hasta hace pocos años (y lo sigue siendo en algunos casos) manejar planimetrías idealizadas o simplificadas en exceso, que no reflejan la realidad compleja del edificio histórico ni sus valores culturales materiales. Además, se ha considerado en ocasiones la representación gráfica como un elemento de exhibición del virtuosismo de sus creadores, sin atender a su finalidad esencial como documento de un bien cultural. Por otro lado, el desarrollo de nuevas técnicas para la toma de datos ha ampliado el espectro de posibilidades y métodos, siendo compleja en algunos casos la elección por parte del usuario final, que queda a expensas de la opinión interesada de los proveedores de dichas tecnologías. El presente texto surge a partir de las necesidades y carencias identificadas a lo largo de nuestra experiencia profesional en este campo. Por ello, creemos importante reivindicar una vez más la importancia de una adecuada documentación gráfica del patrimonio edificado, algo que, si bien es ya una idea recurrente a nivel teórico, no percibimos que esté asumida de un modo generalizado en la práctica. Por otro lado, ante la extensa gama de técnicas y métodos para abordar la documentación gráfica, este artículo pretende aportar una visión comparativa de los mismos de cara a obtener criterios claros y razonables para la elección por parte de los usuarios potenciales. Debemos dejar claro que no es este un texto que profundiza en las descripciones técnicas (ya existen publicaciones al respecto, como Docci y Maestri 1994; Jiménez y Pinto 2003 o Almagro 2004), sino que pretende ofrecer ideas y criterios relativamente sencillos, basados en nuestra experiencia como usuarios de dichas tecnologías. REPRESENTACIÓN GRÁFICA DE EDIFICIOS HISTÓRICOS La representación como interpretación de la realidad material A lo largo de la historia, la representación gráfica de los elementos arquitectónicos ha sido una de las herramientas fundamentales tanto para la concepción y ejecución material de un proyecto, como para la documentación o difusión (con distintos fines) de los edificios ya construidos. El método por excelencia de representación ha sido y sigue siendo el dibujo de arquitectura, caracterizado por la definición de las propiedades geométricas y constructivas de los edificios a través de planos de planta, alzados y secciones, así como perspectivas cónicas o axonométricas (Sainz 2005). Recientemente han aparecido otros medios complementarios, como la fotografía, el vídeo o las modelizaciones informáticas tridimensionales. No obstante, en adelante nos centraremos en el dibujo de arquitectura, entendido en su vertiente bidimensional (planimetrías), así como en los modelos tridimensionales. Cualquier proceso de representación de un edificio debe ir precedido de un conocimiento del mismo, puesto que el dibujo de arquitectura se basa en una interpretación de la realidad construida, es decir, en el análisis de los datos obtenidos para poder extraer los aspectos fundamentales que se deseen plasmar en la documentación gráfica (Figura 1). El elemento básico del dibujo, la línea, no deja de ser una abstracción del límite entre el lleno o el vacío, o el contorno aparente de los volúmenes que configuran la materialidad construida. La decisión sobre el trazado de dichas líneas precisa de un conocimiento del edificio y su configuración constructiva y además implica una selección de la información para representar los elementos. Por ello, en todo momento existe una intencionalidad en la representación, de modo que es un proceso subjetivo y, por lo tanto, imposible de automatizar completamente (Ortega, Martínez y Muñoz 2011: 55). Sección del pórtico de la catedral de Santa María (Vitoria-Gasteiz). Fundación Catedral Santa María. Realización, Latorre y Cámara S.L. Por otro lado, el proceso de representación gráfica, al implicar un análisis geométrico y constructivo, se convierte en un auténtico proceso de investigación. De este modo, cualquier elaboración de la planimetría de un edificio histórico debería suponer un avance en el conocimiento y la difusión del mismo (Ortega, Martínez y Muñoz 2011: 57). El papel de las tecnologías aplicadas a la restitución gráfica (láser escáner, fotogrametría, termografías, georradar, fotografía espectroscópica, etc.) es muy notable, ya que han supuesto una multiplicación de las posibilidades de la toma y gestión de los datos y han permitido que el registro gráfico final sea más riguroso y preciso. Sin embargo, dichas herramientas tecnológicas no deben ser un fin en sí mismas, sino servir a los objetivos de la documentación gráfica. Finalidad y alcance de la documentación gráfica La representación gráfica del patrimonio cultural edificado debe ser ante todo una vía para registrar y documentar sus valores culturales materiales, asegurando su preservación. Aunque en ocasiones esta premisa fundamental se deja de lado, creemos que una adecuada documentación gráfica puede ser uno de los más efectivos medios para la conservación del patrimonio cultural, gracias a los relativamente reducidos recursos que se necesitan y la elevada cantidad de información registrada y salvaguardada. En un caso extremo, un edificio podría desaparecer, quedando sus valores culturales materiales convenientemente preservados mediante una completa documentación gráfica. Cabe además destacar los valores arqueológicos que el patrimonio cultural edificado posee, configurados mediante las relaciones estratigráficas y tipológicas entre los materiales. Estas relaciones, así como la secuencia que se genera, son las que proporcionan la información necesaria para entender la evolución constructiva del edificio y su contextualización espacial, temporal y social. La riqueza de relaciones es la base de la evocación del paso del tiempo a través del mismo y, en gran medida, de la noción de antigüedad que desprende (Caballero y Latorre 1995: 10-11). Por ello, el adecuado registro de dichas relaciones, así como la correcta definición de los materiales y sistemas constructivos del edificio histórico, se convierten en requisitos básicos de la documentación gráfica, ya que supone la salvaguarda de buena parte de sus valores culturales materiales (Figura 2). Muro de la iglesia del monasterio de Santa María la Real (Nájera). Además del registro de dichos valores, se deben atender las necesidades particulares de los trabajos posteriores (investigación, conservación y/o difusión) que tendrán como base fundamental la documentación gráfica. En primer lugar, la documentación gráfica sirve como herramienta básica para la investigación y conocimiento de los edificios históricos. Así, puede emplearse para el análisis arquitectónico (tipología edificatoria, diseño y trazado, usos y funciones, materiales y técnicas constructivas, sistemas estructurales, contexto urbano, etc.), para la investigación arqueológica (tanto en excavaciones como en el análisis de los paramentos, con todos sus materiales y sistemas constructivos) o en los estudios artísticos (elementos tipológicos singulares como capiteles, basas, molduras, esculturas, etc.). Incluso otros campos tradicionalmente más alejados del ámbito del patrimonio cultural, como la ingeniería civil, se apoyan en la documentación gráfica de obras como presas, puentes, molinos, etc. En cualquier caso, cada tipo de estudio posee unas necesidades específicas que la documentación gráfica ha de atender. Más allá de la investigación, la planimetría rigurosa y completa de un edificio histórico es la base sobre la que desarrollar cualquier proyecto de intervención. A los estudios previos, constituidos por los análisis anteriormente mencionados, se le añaden los estudios de lesiones que generalmente demandan tanto información de color mediante imágenes (para registrar grietas, alteraciones superficiales, coloraciones, elementos vegetales, suciedad, etc.), como datos de la geometría tridimensional real (para analizar deformaciones, movimientos, roturas, giros, etc.) que permiten analizar el comportamiento estructural. Todos estos trabajos tienen como soporte la documentación gráfica (bidimensional y tridimensional), que se constituye en una base común fundamental para desarrollar un diagnóstico patológico integrado y eficaz, ya que sobre ella pueden representarse, compararse y analizarse los distintos resultados. Posteriormente, la intervención, como cualquier otro proyecto de arquitectura, se basa esencialmente en la planimetría, tanto para concebirse como para generar los documentos técnicos que hagan posible su realización. Sin embargo, las aplicaciones de la documentación gráfica no se limitan a la investigación y la conservación del patrimonio construido. También constituye una base fundamental para la difusión de sus valores culturales. En este sentido, la documentación gráfica de un edificio histórico es por sí misma una base para la transmisión de los mismos (con el adecuado tratamiento de la información). Pero además, a partir de los modelos tridimensionales es posible obtener recreaciones virtuales (estáticas o animadas) del objeto, constituyendo una herramienta de gran ayuda para la musealización, ya que permiten entender y disfrutar en mayor medida el patrimonio cultural por parte del público no especializado. MÉTODOS PARA LA DOCUMENTACIÓN GRÁFICA Antes de pasar a la descripción sintética de los distintos métodos, conviene aclarar algunos aspectos clave que pueden generar confusión, como las diferencias existentes entre una imagen de mapa de bits (imagen raster) y un dibujo o imagen vectorial. Si bien ambos son documentos gráficos, la imagen de mapa de bits se compone de un conjunto de «pixeles» o puntos homogéneamente distribuidos que contienen información de color, pero no ofrecen directamente ningún tipo de interpretación geométrica o constructiva. La cantidad de información queda determinada entonces por la densidad de «pixeles» en el conjunto de la imagen. Dicho parámetro nos permite acercarnos en menor o mayor medida al objeto representado sin perder la cualidad continua de la imagen, limitada en el momento en que dicha imagen se «pixeliza», o lo que es lo mismo, se hacen visibles los «pixeles» (Figura 3). Imagen de mapa de bits y ampliación de la misma con «pixelización». Bóveda de la iglesia del convento de San Marcos (León). Frente a este documento de información continua e indiscriminada, el dibujo de arquitectura proporciona una interpretación discriminada y selectiva de la realidad construida, basada en puntos y líneas. Esta información gráfica describe la geometría, los materiales y los sistemas constructivos del edificio a partir de unos datos determinados, desechando otros. Por ello, cada uno de los documentos (imagen de mapa de bits y dibujo o imagen vectorial) aporta una información distinta, en muchas ocasiones complementaria, pero no intercambiable. En ambos, es necesario distinguir el concepto de precisión frente al de detalle. El primero de ellos hace referencia a la exactitud geométrica de la información respecto a la realidad de un determinado método, o lo que es lo mismo, qué margen de error métrico estamos asumiendo al emplearlo (1 m, 1 cm, 1 mm...). Por ello, es fundamental tener claro el grado de error asumible, en función de los propósitos de la documentación gráfica y de las características del objeto a documentar, de tal modo que no aporta ninguna ventaja disponer de registros de medidas más pequeñas que las propias irregularidades que pueda tener el edificio. Frente a la noción de precisión, el grado de detalle se refiere a la cantidad de información que proporciona el documento gráfico, independientemente de su rigor métrico. De este modo, un dibujo puede contener un elevado nivel de detalle (representando hasta los más pequeños matices de un motivo ornamental), pero carecer de una adecuada precisión métrica. Por el contrario, un documento gráfico puede contener el mínimo nivel de información pero estar muy ajustado métricamente a la realidad. Una vez más, el adecuado equilibrio entre precisión y detalle es una de las claves para obtener una documentación gráfica eficaz. Una vez revisados estos conceptos generales, pasaremos a continuación a describir brevemente las distintas técnicas de levantamiento agrupadas en tres categorías principales: manual, instrumental y fotogrametría. La toma de datos manual ha sido el método tradicional para la realización de levantamientos arquitectónicos, consistente en mediciones lineales (cinta métrica), así como sistemas de control de la verticalidad y los niveles (plomada y nivel de agua), que se registran en los correspondientes croquis de campo. La realización de croquis a mano alzada constituye un proceso de pensamiento y un paso fundamental en la interpretación constructiva del edificio, de modo que mientras se dibuja in situ se está llevando a cabo una investigación sobre sus características materiales (Figura 4). La oportunidad de observar cada uno de los elementos desde distintos ángulos y distancias (incluso acercándose hasta tocarlo) no se puede sustituir por el trabajo de gabinete a base de imágenes. Croquis de campo de la iglesia de Nuestra Señora de Campanario (Almazán). Realización, Carmen Pérez de los Ríos. Por otro lado, el dibujo y la medición de detalles (como carpinterías, molduras, elementos decorativos, etc.) sólo pueden hacerse in situ si se quieren obtener unos resultados satisfactorios. Además, la medición manual permite acceder a algunos lugares recónditos de un edificio (bajocubiertas, escaleras de caracol, etc.), donde es complicado desarrollar el levantamiento con otras técnicas. Por el contrario, en muchas ocasiones este tipo de toma de datos es totalmente inviable, debido a la imposibilidad de acceso directo al objeto medido. Sin embargo, para conseguir la interrelación de los distintos datos métricos es necesario desarrollar una sistemática triangulación que los incluya en un sistema general de referencia. Por ello, en el contexto general del levantamiento de un edificio completo, la medición manual de plantas, alzados y secciones adolece de una falta de precisión considerable. Además, la gestión de los datos obtenidos es compleja y sujeta a errores, debido a su escaso grado de informatización. Por ello entendemos que las mediciones y croquis manuales son esenciales en cualquier levantamiento, pero como complemento de otros sistemas. Frente a la toma de datos manual, existen actualmente una serie de instrumentos que aportan una mayor rapidez y facilidad en el proceso de toma de datos, ya que, sobre todo, permiten la medición a distancia de puntos inaccesibles. Además, los dispositivos permiten la medición a distancia con láser de puntos sobre elementos inaccesibles y en general posibilitan una gestión informatizada de los datos, los cuales se registran automáticamente en archivos de coordenadas y pueden ser fácilmente manejados en aplicaciones CAD. El más básico de los instrumentos es el distanciómetro láser, un pequeño aparato de mano que permite obtener mediciones de distancias de forma rápida, gracias al empleo de un rayo láser que rebota sobre la superficie medida. Sin embargo, los datos obtenidos no están relacionados entre sí con un sistema de referencia común, por lo que su aplicación es, al igual que la cinta métrica, complementaria a otros sistemas. Un instrumento de aplicación también limitada es el teodolito, que permite medir ángulos horizontales y verticales respecto de una orientación de referencia dada. De este modo, midiendo los ángulos de los rayos visuales lanzados a un mismo punto desde dos posiciones distintas y conocidas, se puede calcular su posición relativa a dichas posiciones. La combinación de la medición de ángulos con la obtención de distancias mediante el empleo de un rayo láser, todos ellos integrados en un único sistema de referencia, es la base de una serie de dispositivos más sofisticados que nos permiten abordar con garantías de rigor métrico el levantamiento de un edificio completo, como la estación total o el escáner láser. Estos aparatos permiten la medición de puntos referenciados a un sistema de coordenadas común, que debe ser definido inicialmente, configurándose así la estación o punto base desde la cual se radian los puntos sobre el edificio. En principio, dicha medición se basa en un sistema de coordenadas polares, registrándose el ángulo horizontal (respecto de una dirección horizontal establecida como origen), el ángulo vertical (respecto del plano horizontal) y la distancia desde la estación al punto medido; así se configura lo que se denomina «lectura» de cada punto. El conjunto de lecturas (ángulo horizontal, ángulo vertical y distancia) son automáticamente convertidas en coordenadas cartesianas (x, y, z), referidas al sistema definido inicialmente. De este modo, se obtiene el conjunto de puntos radiados desde una estación. Sin embargo, dadas las características geométricas de los edificios, no suele ser suficiente con la medición desde una única estación, ya que generalmente no se visualizan todos los puntos desde una ubicación. Por ello es preciso repetir el proceso desde distintas estaciones, las cuales deben quedar convenientemente referenciadas entre sí, generándose un itinerario preferentemente cerrado. Así, se asegura que todas las mediciones están referidas a un mismo sistema de coordenadas, generándose un conjunto de puntos coherente. A partir de estos principios básicos, existe una amplia gama de dispositivos topográficos que ofrecen distintas prestaciones. Sin pretender desarrollar una descripción exhaustiva en el presente texto, sí creemos conveniente apuntar algunos tipos básicos para orientar en la elección por parte de los usuarios, los cuales encontrarán más información en las correspondientes casas comerciales. En primer lugar, encontramos las estaciones totales, las cuales, en su versión más básica, se limitan a la medición punto a punto tal y como se ha descrito anteriormente. Es este un proceso con el nivel más bajo de automatización, ya que el usuario debe seleccionar cada punto y medirlo independientemente. La medición de los puntos es por lo tanto totalmente discriminada y selectiva, puesto que sólo se miden los puntos deseados; por ejemplo aquellos que definen la geometría general de los distintos elementos del edificio, como muros, huecos, cubiertas, bóvedas, etc. (Figura 5). Al ser un método selectivo, requiere más tiempo en campo que el resto de métodos automatizados, aunque ello permite por otro lado alcanzar una comprensión más profunda del edificio y sus elementos. Croquis de campo con puntos medidos en la iglesia de San Salvador (Priesca). A partir del modelo básico de estación total, se han desarrollado otros tipos, como la estación total robotizada o la estación de imagen. La primera permite definir un margen espacial dentro del cual el dispositivo realiza una medición automática de todos los puntos con una distancia entre ellos especificada previamente. Sin llegar a las prestaciones de un escáner láser, permite acelerar notablemente el proceso, a costa de realizar una medición indiscriminada. El segundo tipo de estación incorpora una cámara fotográfica que aporta la información de color de cada uno de los puntos medidos, la cual puede ser útil en función de los casos. Además, continuamente se desarrollan mejoras tecnológicas que permiten la detección automática de prismas, la autonivelación de los dispositivos, etc. En los últimos años, el escáner láser terrestre ha venido a revolucionar el panorama actual de la cartografía de edificios. No pretendemos aquí desarrollar una descripción técnica de un dispositivo tan complejo, la cual puede además consultarse en otras publicaciones (Lichti, Pfeifer y Maas 2008; Mañana-Borrazas, Rodríguez y Blanco-Rotea 2008; García-Gómez, Fernández de Gorostiza y Mesanza 2011), pero sí creemos conveniente aportar ideas básicas sobre su funcionamiento y los resultados que se obtienen. En primer lugar, cabe destacar que este dispositivo conlleva el más alto grado de automatización, lo que permite obtener en un tiempo muy corto una gran cantidad de información, pero por el contrario es un sistema totalmente indiscriminado (no se selecciona ningún punto, sino que se miden todos). Basado en un sistema motorizado, el escáner láser realiza un barrido de mediciones a una alta velocidad, combinando un movimiento horizontal con giros verticales que le permiten alcanzar todos aquellos puntos que no queden ocultos desde la posición del aparato. Las lecturas efectuadas son registradas automáticamente, de tal modo que el conjunto de puntos medidos configura lo que viene a llamarse «nube de puntos», dada su elevada densidad. Este dispositivo de registro permite elaborar una documentación gráfica de alta definición (High-Definition Survey, HDS). Además, algunos dispositivos incorporan cámaras fotográficas sincronizadas, por lo que junto a las coordenadas espaciales de cada punto se obtiene la cualidad del color de cada uno de ellos (Figura 6). Nube de puntos obtenida con escáner láser en el monasterio de Panagia (Goumenissa, Grecia). Para el adecuado empleo del escáner láser es importante controlar el tipo de láser, las distancias desde el aparato a los objetos que se quieren documentar y, sobre todo, la densidad de la captura. Es este último un parámetro fundamental, ya que define, en términos generales, la cantidad de puntos que se miden en cada unidad de desplazamiento del aparato. Por ello ha de ir relacionado con las necesidades de la documentación gráfica que se va a elaborar y debe establecerse en función de las dimensiones y características geométricas de los elementos a representar. Frente a los métodos anteriores, basados en la medición directa de datos sobre el edificio, la fotogrametría se basa en el empleo de imágenes fotográficas de un objeto para obtener sus datos geométricos. Dado que la bibliografía al respecto es amplia (Almagro 2004; Álvarez, Lopetegui, Mesanza, Rodríguez, Valle y Vicente 2003; Antoñanzas, Iguácel, Lopetegui y Valle 2003; Cámara y Latorre 2003; e Iglesias 2002), en el marco del presente artículo, nos interesa únicamente apuntar las bases teóricas generales para entender los diversos métodos y sus aplicaciones. Aunque la técnica de la fotogrametría se desarrolló inicialmente con la fotografía analógica, nos referiremos a continuación a las aplicaciones que emplean fotografía digital, entendiendo que este formato es el más común actualmente. La fotografía es un sistema de registro automático de imágenes perspectivas cónicas, similares a nuestra propia percepción visual, basadas en la intersección de un haz cónico de rayos proyectivos (que unen cada uno de los puntos del objeto con el centro de proyección, es decir, el observador) con el plano de proyección donde la imagen queda registrada (Figura 7). Al contrario que ocurre con las imágenes en perspectiva axonométrica, de las cuales sí se pueden obtener las dimensiones de los objetos directamente (puesto que es una proyección de rayos paralelos, no un haz cónico), con una única fotografía no es posible deducir la forma tridimensional de un edificio. Sin embargo, a partir de dos imágenes fotográficas de un mismo objeto, conocidas su posición y orientación es posible calcular los rayos proyectivos de cada una correspondientes a un mismo punto de dicho objeto, obteniéndose su posición mediante la intersección de dichos rayos. Para realizar este proceso, es necesario conocer la posición del centro de proyección de cada una de las imágenes fotográficas (orientación interna) en relación con la posición y orientación de la cámara (orientación externa), reconstruyendo posteriormente el haz proyectivo y obteniéndose las direcciones de proyección de cada uno de los puntos. Así, podemos definir la fotogrametría como «aquella técnica que permite medir objetos, edificios o la misma superficie terrestre a partir de imágenes perspectivas obtenidas por procedimientos fotográficos» (Almagro 2004: 52). No obstante, en el marco de esta definición es conveniente distinguir claramente dos técnicas cuya metodología y resultados son notablemente distintos, como son la fotogrametría tridimensional y la rectificación fotográfica (fotogrametría bidimensional). Queremos destacar este aspecto para no generar confusión con una terminología que engloba genéricamente a dos técnicas que a nuestro juicio son muy distintas. Como ya hemos apuntado anteriormente, en el proceso de obtención de la forma tridimensional de un objeto es necesario contar con al menos dos imágenes fotográficas del mismo, de modo que la restitución se desarrolla con varias imágenes, en contraste con la rectificación fotográfica que, como se verá más adelante, se basa en una única imagen fotográfica. También se ha señalado que la base de la restitución consiste en la determinación de la intersección de dos rayos proyectivos que unen el centro de proyección de cada toma (la posición de la cámara) con el punto a medir. Por ello, la mecánica de la restitución fotogramétrica se fundamenta en la identificación de dicho punto en cada fotografía, o, dicho de otro modo, la definición de los puntos homólogos que representan el mismo punto real en cada imagen. Las distintas formas de identificar estos puntos homólogos han derivado en el establecimiento de dos técnicas fotogramétricas diferenciadas. La primera que se desarrolló es la denominada fotogrametría estereoscópica, basada en dos imágenes fotográficas (par estereoscópico), realizadas con la misma dirección y distancia al objeto, pero separadas lateralmente entre sí una pequeña distancia (Figura 8). A partir de dichos pares, gracias el empleo de estereoscopios o monitores estereoscópicos y gafas polarizadas es posible visualizar tridimensionalmente el objeto, de modo que con un puntero flotante es posible «recorrer» su superficie. El movimiento de dicho puntero a través del espacio tridimensional virtual es automáticamente traducido por una aplicación informática en los correspondientes pares de puntos homólogos de cada imagen fotográfica, calculando la posición espacial de los puntos del objeto real. De este modo, al mismo tiempo que se desplaza el puntero se pueden ir dibujando los distintos elementos en el espacio (aristas, juntas, revestimientos, etc.), obteniéndose modelos tridimensionales delineados, con la información seleccionada. Par estereoscópico de la portada del convento de San Telmo (San Sebastián). Por otro lado, han surgido recientemente aplicaciones informáticas capaces de automatizar en mayor o menor medida el proceso de identificación de puntos homólogos en varias imágenes fotográficas, acelerando notablemente la restitución de los objetos. Al no recurrirse a la visión estereoscópica, pueden emplearse más de dos fotografías, que además no tienen por qué tener direcciones paralelas entre sí, de ahí que se denomine a esta técnica como «fotogrametría convergente» o «multi-imagen» (Figura 9). Así, a partir de la identificación de una serie de puntos iniciales del objeto que aparezcan en todas ellas, mediante los correspondientes algoritmos y procesos de iteración, se puede obtener una nube de puntos tridimensional similar a la proporcionada por un escáner láser. Son diversas las aplicaciones informáticas que permiten desarrollar esta técnica, como Orthoware [URL], PhotoModeler Scanner [URL] o PhotoScan [URL]. Incluso algunas aplicaciones, como 123D Catch [URL] o Arc3D [URL], ofrecen la obtención de dichos resultados on-line, de modo que el usuario sólo tiene que enviar las fotografías y la aplicación le devuelve el modelo tridimensional (Figura 10). Fotografías convergentes de la portada del convento de San Telmo (San Sebastián). Levantamiento de las bóvedas sexpartitas de la Catedral de Bourges (Francia). Realizado con 123D Catch de Autodesk a partir de fotogrametría convergente o multi-imagen. A la izquierda modelo fotográfico, a la derecha malla triangulada. Rectificación fotográfica o fotogrametría bidimensional Tal y como se ha comentado anteriormente, la obtención de los datos geométricos tridimensionales de un objeto sólo es posible a partir de dos o más imágenes fotográficas. Sin embargo, con una única imagen es posible restituir elementos planos, sin información sobre su profundidad en la tercera dimensión. Es lo que se conoce como rectificación fotográfica, y tiene como objetivo conseguir una proyección ortogonal de un elemento plano del edificio, obteniéndose una representación bidimensional métricamente definida sobre la que se pueden realizar mediciones (ortoimagen). Para ello sólo es necesaria una imagen fotográfica, así como una serie de medidas de apoyo que definen un perímetro en el interior del cual la imagen queda rectificada. Una vez más, encontramos varias aplicaciones informáticas con las que desarrollar esta técnica de un modo más o menos sencillo. Desde Photoshop, que permite deformar las imágenes en perspectiva (aunque con un nivel de error bastante alto), hasta aquellas aplicaciones específicas más completas como Homograf, ASRix [URL] o PhotoModeler Scanner [URL], existe una amplia gama de productos para rectificar imágenes. En todos los casos, es preciso aportar puntos conocidos (medidos previamente con otra técnica) que definan el perímetro de rectificación, obteniéndose en el interior del mismo una ortoimagen frontal en verdadera magnitud como transformada de la imagen original en perspectiva (Figura 11). Imagen en perspectiva y rectificada de un paramento de la iglesia de Santa María (Alaejos). A diferencia de la fotogrametría tridimensional, la rectificación aporta únicamente una imagen transformada de la original, de modo que los puntos o líneas han de delinearse manualmente sobre ella. Además, su aplicación queda limitada a objetos esencialmente planos, ya que no es posible rectificar elementos con otras formas tridimensionales. Puesto que tanto la base metodológica de la rectificación como los resultados que se obtienen son muy distintos respecto de la fotogrametría tridimensional, consideramos fundamental distinguir dichas técnicas en su terminología, evitándose confusiones al emplear el término genérico «fotogrametría». Además de los procedimientos mencionados anteriormente, también creemos oportuno señalar algunos complementarios, con la idea de potenciar una concepción más amplia de la documentación gráfica del patrimonio construido, abierta a nuevas tecnologías. En primer lugar, es ya conocido el empleo del georradar para el sondeo y análisis de estructuras edificadas bajo tierra (García 2003; Zamora, Pocoví y Pueyo 2005). Las emisiones lanzadas por este aparato hacia la tierra son reflejadas y rebotadas en distinto modo dependiendo de las características físicas de los materiales que se encuentre en su camino, de ahí que posibilite identificar distintos elementos en función de la penetración de las ondas. No obstante, los resultados son en ocasiones difusos e inciertos, por lo que suele emplearse en combinación con otras técnicas. La termografía es una técnica que permite determinar las temperaturas superficiales de un objeto a distancia, sin necesidad de contacto directo (Cusidó 1996). El flujo de transmisión del calor desde el interior de los edificios hacia el exterior depende de las características de los materiales que componen sus paramentos. De este modo, mediante el empleo de cámaras termográficas es posible detectar cambios y degradaciones en los materiales gracias a las diferencias de temperatura superficial de la envolvente del edificio. En relación con el aspecto anterior, hemos de mencionar el campo de investigación basado en las imágenes espectrales (Banerjee y Srivastava 2013). Del mismo modo que las cámaras termográficas captan las radiaciones infrarrojas (emisiones con frecuencias por debajo del espectro visible), las imágenes espectrales y multi-espectrales ofrecen información sobre las radiaciones emitidas en distintas frecuencias, las cuales pueden relacionarse con las propiedades de los materiales que conforman un determinado objeto. Discusión comparativa de métodos La descripción sintética y aséptica de los métodos anteriormente expuesta queda corta en nuestra opinión si no se realiza a continuación una discusión crítica sobre los criterios de uso para la documentación gráfica del patrimonio construido. Por ello exponemos a continuación una serie de reflexiones propias basadas en nuestra experiencia, que en cualquier caso queda abierta a la discusión y que habrán de actualizarse con el desarrollo de las tecnologías de captura y gestión de datos (Figura 12). Tabla resumen de métodos y resultados. Tipos de resultados obtenidos Una vez establecidos los requisitos de la documentación gráfica (en función de los valores culturales materiales y de las necesidades de los trabajos posteriores), debe considerarse el tipo de resultados que cada método ofrece y las implicaciones relativas a la gestión de los datos obtenidos. Al margen de las mediciones manuales, podemos señalar tres tipos básicos de resultados directos: conjunto de puntos discriminados, nubes de puntos de alta densidad y ortoimágenes. En primer lugar, las mediciones selectivas con estación total aportan un conjunto de puntos discriminados (Figura 13). Ello implica que la cantidad de datos es sensiblemente menor que la obtenida con otros métodos y que dichos datos son todos ellos útiles y significativos para elaborar la documentación gráfica, por lo que su procesado en oficina es muy rápido. El resultado es un listado de puntos topográficos con sus coordenadas cartesianas, de muy fácil manejo, y que es altamente compatible con cualquier aplicación CAD usual, lo que le aporta una gran versatilidad. Como los puntos suelen definir las principales líneas geométricas del edificio, mediante la unión de dichos puntos puede obtenerse lo que se denomina modelo alámbrico tridimensional (Figura 14). Este modelo permite representar las directrices geométricas y formales del edificio, a partir de las cuales pueden elaborarse los dibujos planimétricos (plantas, secciones y alzados), todos ellos referidos a un único sistema de coordenadas. La característica fundamental de este tipo de modelos tridimensionales es que únicamente representan líneas, no superficies ni masas, lo que dificulta su visualización y entendimiento, pero al mismo tiempo son muy ligeros y fáciles de manejar. Levantamiento con estación total de las bóvedas sexpartitas del presbiterio y del brazo crucero de la catedral de Santa María (Sigüenza). Modelo alámbrico tridimensional de la iglesia de Santa María (Alaejos). Los modelos alámbricos tridimensionales obtenidos a partir de la medición con estación total suelen limitarse a las líneas geométricas principales, debido al elevado tiempo de campo que requeriría un modelo más completo que incorporase, por ejemplo, los despieces de las fábricas. Al estar la información ya seleccionada y limitada, cualquier aumento o complemento de la misma requeriría un nuevo trabajo de campo con el coste adicional correspondiente, por lo que una adecuada selección inicial de los datos a medir es fundamental. Sin embargo, mediante el empleo de la fotogrametría estereoscópica, el registro de los datos es completo y se puede obtener un modelo alámbrico tridimensional con el nivel de detalle deseado (Figura 15). Además, en sucesivas fases de trabajo se puede completar dicho modelo en oficina sin tener que hacer una nueva toma de datos. Modelo alámbrico tridimensional completo de la iglesia del convento de Santa Clara (Córdoba). Realizado por Latorre y Cámara, S.L. En segundo lugar, el empleo de escáner láser o fotogrametría convergente aporta nubes de puntos de alta densidad. La ventaja fundamental es que se realiza una toma de datos prácticamente completa y las posteriores ampliaciones de la documentación gráfica no necesitan de nuevas tomas de datos. Sin embargo, al no seleccionarse los datos en campo, la información obtenida es muy elevada, por lo que su manejo posterior es muy complejo y necesita aplicaciones informáticas específicas. Las nubes de puntos de alta densidad presentan por lo tanto una doble vertiente en relación con su uso, debido a la gran cantidad de información que contienen por un lado y a la dificultad de su manejo por otro. Además, en el caso del método de la fotogrametría convergente, la obtención de la nube de puntos no es para nada inmediata a partir de las fotografías y el proceso hasta lograr un resultado satisfactorio suele ser largo y complejo. La nube de puntos de alta densidad contiene una gran cantidad de información en bruto, tanto las coordenadas cartesianas de los puntos como generalmente también su color. A partir de ellas puede elaborarse una documentación gráfica de alta definición. Sin embargo, por sí mismas no constituyen un documento o modelo susceptible de ser empleado directamente; si bien en una vista general pueden apreciarse formas y volúmenes con claridad, al acercar el punto de vista se pierden los elementos y es imposible reconocer aristas o superficies, ya que no están destacados o seleccionados los puntos principales que las definen (Figura 16) Por lo tanto, es imprescindible un procesado de los datos, como la obtención de perfiles o la elaboración de modelos tridimensionales de mallas o masas. Nube de puntos en la iglesia de Santa María (Alaejos). Vista general a la izquierda y detalle a la derecha. La operación más inmediata que se puede realizar con una nube de puntos de alta densidad es la obtención de cortes horizontales o verticales, seleccionando dos planos paralelos relativamente cercanos que delimitan un conjunto de puntos y excluyen el resto. El resultado es equivalente al perfil horizontal o vertical del edificio en una determinada posición. Sin embargo, dista mucho de convertirse directamente en una planta o sección propiamente dicha. En primer lugar, porque estos documentos arquitectónicos incluyen más información que el corte estricto, como son los objetos proyectados por delante o por detrás del plano de corte. Y en segundo lugar, porque una planta o una sección son interpretaciones que describen formal y constructivamente el edificio, mientras que el conjunto de puntos no ofrece información sobre cómo está construido dicho edificio. Una vez más, no debemos confundir ni pretender equiparar una serie de datos objetivos en bruto con un dibujo de arquitectura. Como ya hemos señalado, la representación gráfica de los edificios implica necesariamente un proceso subjetivo de análisis, interpretación y plasmación gráfica de las características constructivas de los mismos. Aunque existen opiniones que abogan por la virtud de los datos objetivos, sin tratamiento alguno (García-Gómez, Fernández de Gorostiza y Mesanza 2011: 35), creemos firmemente que una parte importante de la representación gráfica debe seguir siendo la expresión constructiva y formal del edificio, con una carga analítica e interpretativa sin la cual el documento gráfico queda incompleto y no cumple sus objetivos. Además de estos cortes, a partir de una nube de puntos de alta densidad es posible generar un modelo de superficies o mallas, que suponen un avance en la materialización física del edificio. El proceso de mallado puede describirse en términos generales como la generación de superficies triangulares planas entre conjuntos de tres puntos, llegándose a crear superficies completas asimilables a las de los objetos reales. Este tipo de modelo permite tapar las partes ocultas desde un determinado punto de vista, facilitando en gran medida su comprensión espacial. Además, puede determinarse un único plano de corte (no dos, como en el caso anterior), que proporciona un perfil mucho más definido. Puesto que los puntos poseen generalmente información de color, los triángulos planos pueden generarse con un valor intermedio del color de los tres vértices, aumentando el realismo del modelo. El nivel más avanzado en el desarrollo de modelos tridimensionales de edificios se consigue al generar objetos con entidad material propia, es decir, elementos sólidos internamente y definidos por sus superficies externas, con las propiedades físicas de los objetos reales que representan (muros, pilares, vigas, bóvedas, etc.). Actualmente se conoce esta técnica como BIM (Building Information Modeling), o modelados con información constructiva, y están muy extendidos en el ámbito de los proyectos de edificación de nueva planta (Angulo 2012). Sin embargo, su aplicación a edificios históricos presenta todavía considerables limitaciones, derivadas de la naturaleza irregular y deformada que casi todos presentan, lo que hace complejo un tipo de modelización sistematizada. El tercer y último tipo de resultado que hemos considerado son las denominadas ortoimágenes. A diferencia de las fotografías, que representan una perspectiva cónica sobre la que no se pueden obtener medidas ni proporciones directas, la ortoimagen consiste en una proyección ortogonal del edificio sobre un plano previamente definido y que suele estar orientado según el elemento a representar (por ejemplo, una fachada). De este modo, se consigue un resultado que combina la determinación métrica de un plano a escala con la información de una imagen (texturas, colores, etc.). La obtención de una ortoimagen puede conseguirse mediante dos vías. Por un lado, mediante la proyección sobre un plano de la parte vista de una nube de puntos de alta densidad o de un modelo de mallas (Figura 17). Así, los puntos tridimensionales con color se convierten en los pixeles de la ortoimagen y, una vez más, el factor densidad se convierte en crucial para la calidad de la imagen resultante. No obstante, la obtención de una adecuada ortoimagen a partir de una nube de puntos dista mucho de ser un proceso sencillo e inmediato, ya que es preciso dotar de una buena iluminación al edificio y evitar así las zonas ocultas producidas por elementos intermedios. Alzado norte de la iglesia de Santiago de Peñalba (Peñalba de Santiago). Dirección General de Patrimonio Cultural. Junta de Castilla y León. El método más sencillo para obtener ortoimágenes es la fotografía rectificada. Como ya se ha comentado, este proceso distorsiona las imágenes fotográficas originales en perspectiva para transformar una parte plana de ellas en proyección ortogonal. Sin embargo, este método necesita de un apoyo métrico, generalmente con una base topográfica, por lo que no es autónomo en sí mismo. Además, su aplicación se limita a elementos esencialmente planos, si bien es cierto que la gran mayoría de los objetos arquitectónicos son o pueden descomponerse en superficies planas (Figura 18). Ortoimagen con fotografía rectificada del alzado occidental del claustro de la colegiata de Santa María (Valpuesta). En cualquier caso, sea cual sea el método de toma de datos empleado y el resultado directo obtenido, en general la documentación gráfica debería estar constituida por el conjunto de dibujos planimétricos (plantas, alzados y secciones). Queremos destacar este aspecto ya que, si bien los modelos tridimensionales son potentes e insustituibles herramientas para el conocimiento y la difusión de los bienes patrimoniales, el dibujo de arquitectura sigue siendo la base fundamental para la documentación gráfica y el desarrollo de trabajos y estudios sobre el edificio. Entendemos por un lado que el dibujo, al implicar una interpretación formal y constructiva, supone un filtro que traduce los datos geométricos abstractos en un lenguaje comprensible por todos los futuros usuarios. Además, el formato de la planimetría junto con la estrategia de correspondencia planta-alzado-sección es, a día de hoy, la herramienta más versátil y eficaz para transmitir y manejar la información geométrica y constructiva sobre el edificio. Recursos necesarios, procesado de los datos y tiempos de ejecución Uno de los aspectos fundamentales a la hora de seleccionar un determinado método de toma de datos para la elaboración de la documentación gráfica son los recursos materiales y humanos necesarios en cada uno de ellos. Al margen de las mediciones manuales, los tres grandes grupos que podemos establecer en función de los recursos necesarios son la medición con estación total y el apoyo de la fotografía rectificada, el escáner láser y la fotogrametría tridimensional. Sea cual sea el método, para elaborar una documentación gráfica de un edificio completo, en general es necesario disponer de una base geométrica global, de modo que suele ser necesario el empleo de dispositivos topográficos. La toma de datos con estación total aporta directamente dicha base geométrica común. Este método demanda unos recursos materiales relativamente reducidos, puesto que el equipo necesario tiene un precio muy asequible tanto en modo alquiler como en venta. Sin embargo, el tiempo de campo requerido es el mayor de los tres grupos, debido a la medición individualizada de cada punto. Además, generalmente se requieren dos personas, especialmente cuando se realizan mediciones con prisma. Este mayor trabajo en campo se compensa con una menor necesidad de horas en oficina, puesto que el volcado de los datos es prácticamente inmediato y los puntos obtenidos ya están seleccionados, por lo que la delineación del modelo alámbrico y una planimetría básica se consigue con la mayor rapidez de todas las técnicas. Si además se quiere documentar más información (como los despieces de las fábricas), es preciso combinar con técnicas como la fotografía rectificada, por lo que aunque el tiempo en campo no aumenta significativamente, sí se incrementan las horas de oficina, tanto para la rectificación como para la delineación. En cualquier caso, el software específico para la rectificación es asequible y sencillo de manejar. El empleo del escáner láser reduce muy significativamente el tiempo de toma de datos en campo. Sin embargo, el coste en venta o alquiler de un escáner láser es muy superior al de una estación total básica. Además, aunque se pueden encadenar las distintas tomas de láser mediante elementos de referencia (bolas, dianas, etc.), en general es aconsejable apoyar la captura en una base topográfica obtenida con estación total, especialmente en levantamientos de edificios enteros por el interior y el exterior, con el consiguiente aumento de coste y la dificultad del manejo de dos dispositivos. Por ello, es recomendable la presencia de dos personas. El trabajo en oficina con una nube de puntos de alta densidad es una labor con claras ventajas, pero también conlleva serios inconvenientes. La disponibilidad de tal cantidad de información hace posible obtener una documentación gráfica muy completa. Sin embargo, su manejo requiere por un lado de equipos informáticos con una elevada potencia de procesamiento y, por otro, aplicaciones específicas generalmente vinculadas a la casa comercial del escáner láser. El procesado de los datos de nubes de puntos incluye tanto la inclusión de todas las tomas en un único sistema de referencia, la generación de mallas trianguladas, la realización de cortes singulares y la proyección sobre planos para obtener ortoimágenes. La compatibilidad de los datos obtenidos con aplicaciones usuales de CAD no es siempre adecuada, haciendo más complejo el proceso. A todo ello se le une el proceso de generación de ortoimágenes y la posterior delineación necesaria para obtener una documentación gráfica completa. Ello hace que la ventaja de tiempos en la toma de datos contraste con un mayor tiempo en oficina respecto al empleo de la estación total combinada con la fotografía rectificada. En cualquier caso, creemos que algunos problemas podrán irse solventando con el desarrollo de las distintas aplicaciones informáticas, especialmente aquellas de uso abierto y compatible con los distintos formatos de datos. Finalmente, los métodos basados en la fotogrametría tridimensional sólo demandan a priori el empleo de cámaras fotográficas para la toma de datos, así como instrumentos para obtener medidas de apoyo, abaratando notablemente el proceso. Sin embargo, de cara a obtener una documentación rigurosa de un edificio completo es prácticamente imprescindible el apoyo topográfico de una estación total que integre todos los datos en un mismo sistema de referencia, con el consiguiente aumento de costes y tiempos. No obstante, este tipo de técnicas son las que requieren en general un menor tiempo de toma de datos en campo. En contraste, la fotogrametría tridimensional demanda un procesado de datos en oficina que en general es mayor que con las técnicas anteriormente citadas. En el caso de la fotogrametría estereoscópica, el delineado tridimensional de los distintos elementos es largo y complejo, comparado con el dibujo sobre una ortoimagen plana. Además, los recursos necesarios en oficina (estereoscopios o monitores estereoscópicos y gafas polarizadas, así como las correspondientes aplicaciones informáticas) son los más costosos de todas las técnicas. Frente a este método, la fotogrametría convergente demanda en oficina únicamente las aplicaciones informáticas correspondientes. Sin embargo, el procesado de las imágenes es también largo y en ocasiones complejo, aunque indudablemente más barato que el empleo del escáner láser. Es cierto que esta labor varía en función de cada aplicación, y posiblemente la evolución de las mismas contribuya a una optimización del proceso en oficina. Nuestra experiencia con herramientas como Orthoware [URL] nos señala que es necesario realizar varios procesos iterativos de generación de nubes de puntos y mallado con sus correcciones, además de tener que montar casi manualmente un mosaico final para obtener ortoimágenes, lo cual dificulta la obtención de resultados satisfactorios. En este sentido, creemos que Photoscan [URL] ha logrado una mejora en el procesado de los datos, más intuitivo y sencillo. No obstante, estimamos que el tiempo necesario para la obtención de una correcta nube de puntos de un edificio completo es superior al que se emplea con el escáner láser. Al margen dejamos aplicaciones web como 123D Catch [URL] o Arc3D [URL] las cuales sin duda proveen los resultados más rápidos de todo el conjunto de técnicas. Sin embargo, puesto que el procesado de los datos es realizado sin control ni supervisión alguna del autor del trabajo, creemos que no debe emplearse para la realización de planimetrías que aspiren a un rigor métrico y documental como las que en este artículo se tratan. Sin embargo, sí pueden ser herramientas muy útiles para la visualización rápida y sencilla de edificios. Criterios básicos para la selección de métodos En primer lugar, es necesario recalcar que los métodos expuestos no dejan de ser herramientas que tienen una finalidad, la cual debe ser necesariamente el criterio principal de cara a la elección del método. Para definir el alcance de la documentación gráfica, es preciso considerar tanto los valores culturales materiales del edificio como los posteriores trabajos a desarrollar, tal y como se ha expuesto anteriormente. Además, los recursos disponibles son otro factor fundamental a la hora de seleccionar un método y la optimización de los mismos un objetivo en todos los casos. Así, la finalidad de la documentación, los valores culturales del edificio y los recursos disponibles constituyen los tres elementos básicos para la toma de decisiones. A partir de aquí, la cuestión radica en el tipo de resultado que se desea obtener, lo cual está directamente relacionado con la finalidad de la documentación. De este modo, cuando se pretenda obtener una documentación básica de la geometría del edificio, se podrá optar por la medición con estación total de un conjunto de puntos discriminado y elaborar el modelo alámbrico básico, a partir del cual se puede obtener la planimetría y además permite registrar deformaciones y movimientos de las fábricas gracias a dicho modelo tridimensional. Si además se requiere mayor nivel de detalle en elementos planos (revestimientos, despieces, pavimentos, etc.), se puede complementar con fotografía rectificada para obtener ortoimágenes sobre las que delinear. Así, la combinación de medición con estación total y fotografías rectificadas constituye uno de los métodos más versátiles y económicos. Los casos en los que se requiera un modelo tridimensional completo, especialmente cuando existan elementos de geometrías no planas que se deseen documentar en su forma tridimensional, será necesario recurrir al escáner láser o la fotogrametría tridimensional. En este caso, la elección consiste en obtener nubes de puntos de alta densidad (con escáner láser o fotogrametría convergente) o un modelo alámbrico completo (con fotogrametría estereoscópica). Como ya se ha comentado, la nube de puntos contiene una elevada cantidad de información y, si bien su obtención es rápida, su procesado hasta la obtención de la documentación gráfica es complejo y lento. Por su parte, la fotogrametría estereoscópica requiere una toma de datos y un procesado más lentos, aunque el modelo tridimensional que se obtiene es más útil que la nube de puntos de alta densidad, ya que a partir de ella es necesario recurrir a la proyección en ortoimágenes o al modelado de superficies o de masas para poder sacar partido a dicha información, y ninguno de los procesos es rápido ni sencillo. En definitiva, creemos que, si es posible, se debería optar por la fotogrametría estereoscópica, ya que el resultado final es mucho más útil, comprensible y manejable que la nube de puntos de alta densidad, gracias sin duda al proceso de análisis, interpretación y síntesis que requiere la delineación del modelo tridimensional completo. No obstante, desde nuestra experiencia, y teniendo siempre en cuenta los criterios generales enunciados anteriormente, creemos que no existe un método óptimo universal, sino que la adecuada combinación de ellos permite ajustarse mejor a las necesidades y a los recursos disponibles. En este sentido, la estación total ofrece una base geométrica de referencia imprescindible en casi todos los casos. Con dicha base sólidamente establecida, las distintas técnicas se podrán además combinar sin problemas, permitiéndonos responder a los objetivos planteados con un equilibrado planteamiento de recursos. Para finalizar esta exposición de ideas, destacamos a continuación los aspectos más relevantes de algunos trabajos realizados, enfatizando los criterios concretos de selección de los métodos empleados. Iglesia de Nuestra Señora de Campanario (Almazán) En el primero de los casos aquí mostrados se trataba de elaborar la planimetría completa del templo, incluyendo sus plantas, secciones y alzados, con el objetivo de documentar el bien cultural y servir como herramienta para las actividades de investigación, conservación y difusión. El edificio, construido con sillería y mampostería, presenta unas dimensiones amplias, con tres naves de cuatro tramos, crucero y cabecera con triple ábside semicircular. Además del exterior y el interior de las naves, se requería la documentación de una serie de espacios bajocubierta de difícil acceso. Mientras que el exterior presenta sus fábricas vistas, el interior (exceptuando el crucero y la cabecera) está completamente revestido. Con estas premisas, se optó por el empleo de una estación total para obtener un conjunto de puntos discriminado que representan los principales elementos geométricos del edificio. Con dichas mediciones pudo elaborarse la planimetría completa e integrada en un único sistema de referencia, incluidos los espacios bajocubierta de difícil acceso, gracias a la versatilidad que permite el empleo de la estación total y la relación entre los distintos puntos de estacionamiento. De este modo se estableció un itinerario principal exterior y dos itinerarios interiores (uno para el nivel del suelo y otro en el bajocubierta). A partir de los puntos medidos se elaboró el modelo alámbrico básico que permitió dibujar cada uno de los planos. Puesto que además de la información geométrica básica se requería la delineación de los despieces de las fábricas vistas, se decidió complementar el trabajo con fotografías rectificadas, de modo que al estar apoyadas topográficamente con la estación total, quedaron integradas en el mismo sistema de referencia que el resto de puntos (Figura 19). Alzado sur de la iglesia de Nuestra Señora de Campanario (Almazán). Cabe destacar la elevada versatilidad de la combinación de la medición con estación total y la técnica de fotografía rectificada apoyada topográficamente e integrada en el mismo sistema de referencia. Sin requerir de unos elevados recursos, permite obtener una documentación de casi todos los elementos del edificio, incluso en situaciones complicadas, como los espacios bajocubierta de los edificios. Entendemos por ello que es actualmente un método con una de las mejores relaciones entre calidad y coste. Claustro de la Colegiata de Santa María (Valpuesta) Dentro del programa de restauración de la Colegiata, se iba a abordar la intervención en el claustro, para lo cual era necesario disponer de planimetrías adecuadas incluyendo el interior y el exterior del mismo. Además, se requería un registro exhaustivo de las deformaciones de todos los muros y bóvedas para el posterior análisis estructural, de cara a determinar las soluciones más idóneas para la restauración. El edificio, adosado al templo, presenta una planta aproximadamente cuadrada, con seis tramos en cada lado, además de dos capillas en el interior y otras dos adosadas al exterior del muro perimetral. Además, una gran cantidad de tramos están tabicados con cierres de ladrillo a modo de apeo temporal. La fábrica está construida con sillería y mampostería, además de los tejados de madera que cubren las cuatro pandas del claustro. El trazado de la planta presenta notables irregularidades en sus dimensiones y alineaciones que habían de ser registradas, del mismo modo que los desplomes de los muros y la deformación de los nervios de las bóvedas (Figura 20). Sin embargo, no se iba a desarrollar ninguna investigación que demandara la delineación de los despieces de las fábricas, por lo que se consideró suficiente con la obtención de un modelo alámbrico tridimensional básico con todas las aristas de muros, estribos y bóvedas. Planta del claustro de la colegiata de Santa María (Valpuesta). De este modo, atendiendo a las necesidades y recursos disponibles, se optó una vez más por el empleo de una estación total para medir selectivamente los puntos que definen los principales elementos constructivos del claustro y que permitió obtener el modelo alámbrico correspondiente a partir del cual dibujar las plantas, secciones y alzados (Figura 21). Aunque no se necesitaba la delineación de los despieces de las fábricas, entendimos conveniente realizar tomas fotográficas de los paramentos exteriores para abordar su rectificación apoyada en los datos topográficos. Así, aunque no se dibujaron los despieces, se obtuvieron fácilmente las ortoimágenes de cada alzado exterior, posibilitando su futura delineación si fuese necesario. Además, estas ortoimágenes permitieron señalar las distintas lesiones superficiales en los paramentos (Figura 22). Modelo alámbrico tridimensional del claustro de la colegiata de Santa María (Valpuesta). Alzado occidental del claustro con lesiones patológicas de la colegiata de Santa María (Valpuesta). La mayor dificultad en este caso consistió en la extrema división de los espacios interiores (tabicados muchos de ellos) que obligó a establecer una estación en cada tramo del claustro, con un total de 25. Se demuestra así la versatilidad de este sistema, que se puede adaptar con relativa sencillez a espacios cerrados y fragmentados. Iglesia de Santa María (Alaejos) Como contrapunto a los casos anteriores, queremos destacar en este el trabajo realizado para obtener una planimetría completa, con la geometría básica del edificio y los elementos constructivos de los paramentos, así requerida por las labores posteriores correspondientes a la lectura de paramentos y al proyecto de intervención. La iglesia de Santa María es una construcción casi íntegra de fábrica de ladrillo, con unas notables dimensiones en planta, de tres naves, cabecera recta y un crucero que no se destaca al exterior. Uno de los elementos más significativos es su torre, con una altura muy elevada, y que, junto con la vecina del templo de San Pedro, configuran los hitos urbanos en la silueta del municipio. Para abordar la documentación gráfica se optó, una vez más, por el empleo de una estación total y la medición discriminada de los puntos singulares del edificio, de cara a obtener un modelo alámbrico tridimensional básico. Además, la combinación con la fotografía rectificada apoyada en las mediciones topográficas permitió obtener ortoimágenes de los alzados exteriores, aportándose una documentación completa del edificio (Figura 23). Alzado occidental con ortoimagen delineada de la iglesia de de Santa María (Alaejos). Dos fueron en este caso los condicionantes más destacados. En primer lugar, la elevada altura de la torre, que forzaba a realizar tomas fotográficas para rectificar con direcciones excesivamente oblicuas respecto de los paramentos en sus zonas más altas. Si bien la técnica de la rectificación no obliga a que las tomas se realicen con total perpendicularidad a los elementos planos, sí es conveniente ajustarse lo más posible a esta condición. Por ello las imágenes de las partes altas de la torre, tomadas desde el suelo, no iban a ofrecer un buen resultado. En consecuencia, se optó por instalar la cámara fotográfica en un dispositivo aéreo controlado remotamente, gracias al cual se fueron realizando las tomas en condiciones mucho mejores, obteniéndose un resultado final satisfactorio (Figura 24). Es destacable la versatilidad de este sistema, ya que la toma de fotografías puede realizarse sobre grúas, plataformas elevadoras o aparatos voladores, sin que la calidad se resienta, mientras que el apoyo topográfico se hace desde el suelo. Esto no sería posible con dispositivos como el láser escáner, que se vería afectado por la más leve vibración, de modo que la toma debería hacerse desde el suelo, con la consecuente aparición de zonas de sombra en la ortoimagen resultante. Dispositivo aéreo para la toma de fotografías en la iglesia de de Santa María (Alaejos) Sin embargo, el láser escáner se empleó en este trabajo para la documentación de una serie de elementos singulares del interior de la iglesia, como son los retablos, las cúpulas de madera y el frente del coro (Figura 25). Estos elementos poseen una geometría tridimensional muy compleja, de modo que su adecuada documentación mediante la fotografía rectificada no era posible, y con la estación total el tiempo de ejecución habría aumentado en exceso. Por ello, se optó por realizar un escaneo de estos elementos, que se llevó a cabo en un tiempo muy reducido, y se integraron las nubes de puntos de alta densidad parciales en el sistema de referencia global gracias al apoyo topográfico. Así se pudo elaborar una planimetría completa, optimizando los recursos mediante una adecuada combinación de técnicas. Nube de puntos a la izquierda y ortoimagen a la derecha de la bóveda de madera escaneada en la iglesia de de Santa María (Alaejos). Realización, Miguel Ángel Alonso. Capilla de la Mejorada (Olmedo) y capilla del Corpus Christi de la Catedral de Burgos Finalmente, queremos señalar dos trabajos con un enfoque análogo, puesto que se trata de espacios de reducidas dimensiones en los que se requería un alto nivel de detalle en la representación gráfica. Del primero, correspondiente a la capilla de los Becerra-Zuazo del Real Monasterio de Nuestra Señora de la Mejorada, en Olmedo, queremos destacar el trabajo realizado en el interior, completamente revestido por enlucidos en sus paramentos, pero con una profusa decoración de yeserías sobre los mismos que había que documentar completamente (Figura 26). El segundo trabajo estaba dirigido a elaborar la planimetría completa del interior de la capilla del Corpus Christi de la catedral de Santa María en Burgos, una construcción íntegra en sillería que además posee motivos decorativos heráldicos en sus paramentos. Vista interior de la capilla de la Mejorada (Olmedo). En ambos casos la documentación gráfica se planteó como base tanto para el análisis del edificio como para los proyectos de intervención que se iban a realizar. Puesto que se requería la delineación de todos los elementos, despieces y motivos decorativos, era precisa la obtención bien de un modelo tridimensional completo (a partir de fotogrametría estereoscópica), u ortoimágenes de cada uno de los alzados interiores (Figura 27). Dada la práctica ausencia de elementos intermedios que estorbasen las mediciones y la sencillez espacial de los recintos, hubiera sido un caso donde el empleo de escáner láser hubiese sido útil para generar ortoimágenes sobre las que delinear, ahorrando tiempo de ejecución en campo. Sin embargo, se optó por el empleo combinado de estación total con fotografía rectificada para reducir costes totales del trabajo y aprovechar el mayor tiempo en campo para analizar y entender el edificio que se iba a representar (Figura 28). Detalle de la decoración de la capilla de la Mejorada (Olmedo). Realización, Carmen Pérez de los Ríos y Francisco Martínez González. Sección de la capilla del Corpus Christi de la catedral de Santa María (Burgos). Las técnicas de documentación gráfica de edificios históricos han evolucionado rápidamente, apareciendo nuevos dispositivos, métodos y aplicaciones. Sin embargo, este desarrollo puede conducir a una cierta desorientación a la hora de la toma de decisiones por parte de los usuarios, que no deben quedar condicionados por las casas comerciales o profesionales interesados por una determinada técnica. Para ello, queremos destacar como conclusión a este artículo las ideas fundamentales que en nuestra opinión deberían tenerse en cuenta. La primera de ellas radica en la importancia de entender la finalidad y los objetivos de la representación gráfica, siendo un paso previo a cualquier toma de decisiones. En este sentido, creemos que debe ser ante todo un medio para el conocimiento, la documentación y salvaguarda del patrimonio cultural y sus valores materiales. Así, el adecuado registro de los mismos supone automáticamente su preservación, incluso en casos extremos de pérdida del propio bien cultural. Por lo tanto, el primer paso en la selección de las técnicas debería ser el análisis del valor intrínseco del edificio a documentar. Además de esta finalidad principal, es importante considerar las necesidades de los estudios y trabajos posteriores que tienen como base la documentación gráfica, los cuales definirán el tipo de resultado. En especial creemos que es de suma importancia asegurar la compatibilidad de la información en distintos soportes. En un mundo cada vez más interconectado, las posibilidades de uso de la documentación gráfica se multiplican, siempre y cuando se asegure la compatibilidad de la información. Y nos referimos a la compatibilidad no sólo pensando en términos estrictamente informáticos (formatos, aplicaciones, etc.), sino también a la posibilidad de que la documentación gráfica sea manejada por distintas personas, independientemente de su autor, por lo que debería ser editable, actualizable y contrastable. Esto es algo que desgraciadamente no ocurre en muchos casos, en los que el manejo de la información gráfica en su totalidad es casi imposible por parte de personas ajenas a su realización. En este sentido, la compatibilidad de la documentación depende en gran medida del método y los datos obtenidos. Una nube de puntos es un material en bruto que sólo puede ser manipulado generalmente por el autor de la toma de datos, ya que sin unas adecuadas referencias del objeto real se dificulta en gran medida su empleo por otras personas; sin embargo, un modelo tridimensional o una ortoimagen facilitan la comprensión del mismo. Para asegurar la compatibilidad, al igual que en un experimento científico, el proceso de la elaboración de la cartografía de un edificio debería describir exhaustivamente la metodología empleada, las hipótesis y variables asumidas, así como el grado de error máximo que se ha obtenido, e incluso deberían diferenciarse zonas, si las hubiese, con distinto nivel de rigor métrico. Aunque esto pueda entorpecer y ralentizar el proceso, entendemos que este aspecto es fundamental, ya que como hemos señalado al principio de este artículo, la documentación gráfica es en sí misma un proceso de investigación del edificio, y como tal deberían adoptarse estas pautas propias del método científico. Desafortunadamente no es ésta una práctica mayoritariamente generalizada, ni por iniciativa del autor del trabajo ni por exigencias del cliente. Por otro lado, no creemos que exista una técnica «universal» cuya aplicación sea la más eficaz en todos los casos. Por ello, más allá de las recomendaciones de los proveedores de cada uno de los instrumentos o aplicaciones informáticas, entendemos que la auténtica habilidad del autor del levantamiento radica en la adecuada combinación de métodos, optimizando los recursos disponibles para conseguir los objetivos iniciales. En este sentido, la magnitud y alcance del levantamiento es un factor clave, puesto que es radicalmente distinto abordar la documentación gráfica de un elemento aislado (como por ejemplo una portada), las fachadas exteriores de un edificio, o también todos los espacios interiores, incluidos los más recónditos. Creemos de todos modos que el levantamiento no debería restringirse a las zonas afectadas por un determinado estudio o intervención, sino que, en la medida de lo posible, deberían abordarse trabajos integrales, que más allá de su función como herramienta de trabajo, sirvan al fin inicial de documentación y salvaguarda de los bienes culturales. Además, la documentación gráfica debería actualizarse con los cambios que se producen en el edificio (por ejemplo, fruto de las intervenciones restauradoras), para lo cual, una vez más, es imprescindible asegurar la compatibilidad de la información. En cualquier caso, sean cuales sean las técnicas utilizadas o el alcance del trabajo, creemos que el resultado final, por su versatilidad, facilidad de manejo y compatibilidad, debería ser siempre la planimetría dibujada y adecuadamente referenciada a un único sistema de coordenadas. Además, como ya se ha mencionado, el proceso de dibujo supone un análisis, investigación e interpretación del objeto que añade un elevado valor al documento, sin que se pierda información dado que se conservan los datos en bruto. Frente a las opiniones que abogan por una sustitución del dibujo por otros medios de visualización, seguimos firmemente convencidos de la necesidad del mismo por su irreemplazable valor documental, así como por ser a día de hoy la herramienta más eficaz y compatible para todos los usuarios potenciales. En definitiva, entendemos que la planimetría dibujada, convenientemente complementada con los modelos tridimensionales y las ortoimágenes, constituye el producto más adecuado y potente para alcanzar los objetivos fundamentales de la documentación gráfica de los edificios históricos. No queremos terminar este artículo sin apuntar las que creemos que pueden ser líneas de innovación y desarrollo del campo de la documentación gráfica de edificios. En primer lugar, existe un terreno aún por investigar en el ámbito de la interpretación de los datos obtenidos automáticamente, especialmente las nubes de puntos de alta densidad. Como hemos comentado, esta información es totalmente indiscriminada, de modo que actualmente los procesos de selección de los datos relevantes son largos y complejos, lastrando la eficacia de las técnicas como el escáner láser o la fotogrametría convergente. Creemos que la obtención de procesos semiautomáticos para alcanzar dicha selección sería de gran ayuda. Por ejemplo, sería útil discriminar todos los puntos que pertenecen aproximadamente a un plano, sustituyéndolos por las líneas que definen su perímetro y hallando las intersecciones de planos adyacentes. De este modo, se conseguiría por un lado eliminar información inútil y, por otro lado, se obtendrían las líneas geométricas principales que definen los elementos. También cabría la posibilidad (y de hecho se han desarrollado algunos proyectos en este sentido) de vectorizar las ortoimágenes, para automatizar en la medida de lo posible la delineación de las mismas. Además de la interpretación de los datos, se abre el campo de la gestión avanzada de los mismos mediante el empleo de sistemas SIG en modelos tridimensionales. La aplicación de estos sistemas sobre modelos de edificios históricos ya se viene llevando a cabo, aunque de un modo parcial y limitado, pero sin duda alguna estas experiencias apuntan una línea de investigación que en nuestra opinión puede ser de gran utilidad (Angulo 2012; Trizio 2009; Azkarate, Cámara, Lasagabaster y Latorre 1999). Queda ahora la puerta abierta a desarrollar herramientas que de un modo generalizado, accesible y compatible con múltiples usuarios permitan la vinculación de datos tanto históricos, como constructivos, patológicos, artísticos o sobre el uso del edificio, con su ubicación exacta en el mismo mediante modelos tridimensionales. En este sentido, el desarrollo de los modelos BIM (Building Information Modeling) aplicados a edificios históricos puede suponer también un avance en la gestión de la información. Tanto este tipo de modelos como los sistemas SIG amplían enormemente el alcance tradicional de la documentación de los edificios, superando el carácter gráfico para convertirse en potentes sistemas de información integrada. La posibilidad añadida de actualizar dicha información, hacer búsquedas selectivas y facilitar la accesibilidad de los datos permitiría generar potentes aplicaciones enfocadas a la investigación, la conservación, la gestión y la difusión del patrimonio cultural edificado. Finalmente, la cadena de valor del patrimonio incluye la difusión de sus valores culturales y en este ámbito las nuevas tecnologías pueden apoyar en gran medida. En concreto, la aplicación de la realidad aumentada y los sistemas ubicuos en dispositivos móviles permite basarse en los modelos tridimensionales, convenientemente simplificados, para superponer información virtual de carácter didáctico sobre las imágenes reales obtenidas por las cámaras de dichos dispositivos (Figura 29). Así, esta tecnología permite la visualización conjunta del edificio real desde un punto de vista concreto y la información deseada (reconstrucciones virtuales, animaciones, significación de unas partes respecto de otras del edificio, etc.), favoreciendo el entendimiento y el disfrute del patrimonio cultural por parte del público no especializado. Reconstrucción virtual de la bóveda junto a la capilla de la Mejorada (Olmedo). • Iglesia de Nuestra Señora del Campanario (Almazán). Trabajo contratado por la Fundación Duques de Soria en el marco del Proyecto Cultural «Soria Románica». • Colegiata de Santa María (Valpuesta). Trabajo contratado por el Arzobispado de Burgos con el apoyo de la Junta de Castilla y León. • Iglesia de Santa María (Alaejos). • Capilla de los Becerra-Zuazo del Real Monasterio de Nuestra Señora de la Mejorada (Olmedo). • Capilla del Corpus Christi en la Catedral de Santa María (Burgos). Trabajo contratado por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León. Salvo en los casos donde se indica lo contrario, todas las imágenes aquí incluidas han sido realizadas por el autor del artículo.
El subsuelo de la Torre del Pretorio: substructiones de tradición helenística bajo la sede del Concilium Prouinciae Hispaniae Citerioris (Tarraco) El artículo presenta el estudio de un área arquitectónicamente compleja, integrada dentro del denominado Foro Provincial de Tarraco. El análisis de la estratigrafía arquitectónica y de los procesos de construcción, ha representado un instrumento fundamental para la interpretación de un área caracterizada por una compleja evolución urbanística, poniendo en evidencia el desarrollo del proyecto constructivo de una obra de gran envergadura como la del Foro Provincial. Desafortunadamente, la ausencia de datos procedentes de las excavaciones arqueológicas, ha limitado la definición de una cronología absoluta exacta. El proceso de monumentalización de la cima de la colina tarraconense iniciado, según las fuentes históricas y numismáticas, en época julio-claudia, culminó en época Flavia con la finalización del complejo monumental distribuido en tres terrazas. El sector que se examina, situado junto al circo, se encuadra dentro de un sistema de substructiones que a menudo caracterizan los conjuntos forense y sacro organizados en terrazas. La Torre del Pretorio, conocida también como Castell del Rei o Torre de Pilats, identifica un sólido edificio que, tras 2000 años de historia y restauraciones arquitectónicas en los años 60 del siglo pasado, mide actualmente unos 26,40 m de anchura por una altura máxima de 23 m. Se trata de un cuerpo turriforme levantado en el s. I d.C. y realizado en obra de sillería como parte del complejo monumental que albergó la sede del Concilium Prouinciae Hispaniae Citerioris, conocida comúnmente con el neologismo del "Foro Provincial" de Tarraco. Este vasto complejo urbanístico alcanzó unas 12 hectáreas de superficie, fruto de la suma de un Témenos, una gran Plaza de representación y, en la plataforma inferior, el Circo que, a la vez, lo separaba de la ciudad residencial. Se trata de un esquema evolucionado del modelo helenístico integrado por la secuencia de templo-área pública-área lúdica extendido a partir de Augusto (cfr. Gros 2006); donde lo que hoy conocemos como Torre del Pretorio no es más que el extremo meridional del criptopórtico oriental de la Plaza de representación, ampliado como caja de escaleras y cuya función principal fue vertebrar parte de la comunicación entre el Circo y el perímetro de la plaza. Dicho esquema urbano motivó la existencia de otra estructura prácticamente gemela situada en el ángulo opuesto: la Torre de la Antigua Audiencia (Dupré y Carreté 1993. Nos hallamos en una zona intramuros que limita con el lienzo oriental de la muralla republicana y cuyos accesos más próximos están orientados hacia la vertiente oriental y marítima de la montaña de Tarragona, cerca de la ramificación de la via Augusta procedente de Barcino. El acceso más próximo a este sector es una posible puerta tardorepublicana desaparecida en el siglo XIX, más otro abierto durante la reforma de la vía romana. Posteriormente se abrió otra puerta para comunicar la Porta Triumphalis circense con el exterior de la ciudad (Figura 1). Planta del llamado Foro Provincial (a partir de Macias et al. 2007a El objetivo de este documento es analizar una serie de ámbitos anteriores al foro provincial que, en las últimas décadas, habían atraído la atención de diversos investigadores (Dupré y Subías 1993, Piñol 2000, Macias et al. 2007b. El estado actual de la investigación lleva a interpretarlos como los restos de un hipotético proyecto urbanístico previo que, aún, plantea numerosos interrogantes debido a la ausencia de secuencias estratigráficas que faciliten una cronología absoluta. Ante esta deficiencia se ha elaborado, como una experiencia conjunta del Institut Català d'Arqueologia Clàssica y la Escola-Tècnica Superior d'Arquitectura de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona1, un análisis centrado en la lectura de la estratigrafía arquitectónica y en los procesos constructivos de la Torre del Pretorio. Para la consecución de estos propósitos, la Torre constituye un espacio de reflexión idóneo porque su estado actual es el resultado de numerosas reformas arquitectónicas fruto de una particular evolución histórica. Además, las escasas y antiguas intervenciones arqueológicas2 no han facilitado una exhaustiva documentación y es imprescindible una lectura de la estratigrafía arquitectónica para el esclarecimiento de sus fases constructivas y sus especificaciones funcionales. La Torre se asienta sobre unas estructuras anteriores de difícil interpretación que, a nivel de hipótesis, se habían asociado a espacios de almacenamiento. Finalmente, este sector urbano fue parcialmente destruido por voladuras de las tropas napoleónicas al abandonar la plaza militar en el año 1813. Por ello debemos acudir a los grabados de Alexandre de Laborde (1806. Figura 18) para conocer el estado en que se hallaba el edificio antes de su agresión; o a los dibujos de Vicenç Roig para apreciar el nivel de destrucción que produjo este episodio (Salom 1997. El sector de la Volta llarga: marco histórico-urbanístico 3 entendemos un largo espacio abovedado en opus caementicium de 88,80 m de longitud y 7 m anchura, que constituye el eje vertebrador de un sector perteneciente al gran proyecto urbanístico que transformó el antiguo castro militar. La bóveda, así como las galerías añadidas perpendicularmente constituyen el conglomerado arquitectónico previo al conjunto flavio-domiciano y, de un modo u otro, refleja la voluntad de monumentalizar en terrazas la parte superior de la cima tarraconense y plantea, inevitablemente, la materialización de un proyecto urbanístico que cambió la funcionalidad de este sector de la parte superior de la ciudad. Se trataba de una verdadera acrópolis que, tras la ampliación del recinto amurallado original una vez finalizadas las llamadas "guerras celtibéricas" (153-133 a.C.), alcanzó unas 19 hectáreas de superficie. De forma genérica se ha atribuido a este sector una titularidad pública y un uso relacionado con el ámbito militar y administrativo de una de las principales ciudades en la Hispania Citerior republicana. Únicamente la muralla del siglo II a.C. se erige como el principal vestigio de una etapa marcada por la funcionalidad estratégica de la que fue puerto de arribo de los principales contingentes y estamentos militares durante la conquista de la península Ibérica. Como ejemplo, la asamblea de representantes de la provincia que convocó Julio César el 49 a.C. tuvo que realizarse en la parte elevada de la ciudad, donde la arqueología ha detectado escasos vestigios estratigráficos como resultado de diversos procesos de acondicionamiento (Díaz García 2000; pero éstos son insuficientes para la identificación de sus usos específicos. Es una extensa e irregular área —comprendida entre los 50 y 80 m sobre el nivel del mar— de ignota estructuración que cuesta creer que no estuviera afectada por la intensa actividad militar tardorepublicana. Al respecto, se ha querido ver una distribución en terrazas en base a muros de opus siliceum similares al basamento de la muralla (cfr. Menchon 2009: pp. 143-150), o también se han planteado esquemas de circulación en base a las poternas de la muralla y otras evidencias historiográficas (Martín y Rovira 2009). La conversión del recinto superior en el complejo imperial de época flavia consumó, urbanísticamente, la transformación iniciada a partir de finales de la República. Fue el resultado de un siglo de obras que condujo a la monumentalización de la cima tarraconense, cuya propiedad pública justifica la gran extensión del complejo provincial que incluyó la que pudo ser la segunda plaza más extensa de todo el Imperio, debido a que su construcción no requirió una intensa actividad de confiscación y demolición de residencias intramuros. Los prolegómenos de este fenómeno son poco conocidos desde la vertiente arqueológica y, desde un punto de vista histórico, pueden asociarse al avance definitivo de la conquista peninsular y a la consolidación cultural y política de la Hispania romana. Dentro de este proceso, podemos considerar Tarraco como un núcleo urbano estable en torno al 100 a.C. y, a nivel jurídico, colonia por gracia de Julio Cesar y capital provincial por disposición de Augusto. Diferentes proyectos arqueológicos han calibrado este proceso en la zona residencial y portuaria de la ciudad pero, respecto a la acrópolis, no disponemos de datos concisos. Solo podemos hacer referencia a la extensísima excavación de la plaça de la Font, aproximadamente una cuarta parte de la arena circense (Gebellí 1999); donde se constataron evidencias estratigráficas de época tardorepublicana, un posible punto de extracción de arcillas y una figlina de época julio-claudia, cuya presencia plantea dudas interpretativas en relación a la función y a la índole jurídica de esta zona intramuros a inicios del alto Imperio. Entre los hallazgos derivados de dicha excavación destaca una serie de magníficas y exclusivas terracotas arquitectónicas —lastras campanas, antefijas y placas de revestimiento—. Lamentablemente no ha sido posible asociar dicha evidencia a un edificio concreto, y su registro estratigráfico pertenece a la fase constructiva de una figlina (López y Piñol 2008: pp. 71 s.). En el marco de nuestra investigación es importante insistir en la presencia de lastras campanas y antefijas con motivos decorativos típicos de la época augusta (motivo de la palma o de la cabeza de Artemis Selene). Estos hallazgos, por aislados e inciertos que sean, constituyen elementos que, hipotéticamente, pueden relacionarse con la estancia del princeps en Tarraco. La aportación documental muestra cómo Tarraco fue sede del Imperio debido a la estancia de Augusto (Horacio, Odes III, 14; Suetonio, Aug. 81; Dion Cassio, Hist. LIII, 25, 6-7); a quien se debe la capitalidad provincial a inicios de su principado y, de una forma indirecta, el proceso de consolidación urbana. A partir de la etapa augustea se constatan reformas de la red viaria periurbana, transformaciones en la zona portuaria incluyendo la construcción del teatro y unas termas públicas anexas. El foro de la ciudad también fue objeto de una ampliación que incluyó la construcción de una basílica jurídica (Mar et al. 2010). Otro motivo de monumentalización urbana se debió a la adopción pionera del culto imperial por parte de las elites locales y provinciales. Al respecto, es conocida la embajada griega procedente de Mitilene que, durante la estancia de Augusto en Tarraco, vino a comunicar que la ciudad le había consagrado un templo (26 a.C.; IGRR IV; Étienne 1956, 366). Asimismo, gracias a la breve anécdota transmitida por Quintiliano (Institutio Oratoria VI, 77), sabemos de la presencia de un altar tarraconense, levantado en honor al princeps y donde milagrosamente había nacido una palmera. Más allá de la anécdota y su simbología, esta referencia demuestra un incipiente culto al emperador en Tarraco, y por ende en el occidente mediterráneo, que tuvo que realizarse en un escenario significativo que aún no ha sido localizado. Desconocemos las características y dimensiones del marco urbanístico de este altar monumental, siendo su emplazamiento una incógnita. Actualmente se plantea una ubicación en el entorno del forum coloniae republicano (Ruiz de Arbulo 2009); o bien en el recinto superior y bajo las estructuras de la Plaza de Representación del foro provincial de época flavia (Pensabene y Mar 2010: fig. 27; Mar y Pensabene 2010: fig. 13). Ambas hipótesis no gozan de vestigios arqueológicos directos para su ratificación pero, en relación a la posibilidad de que el altar de Augusto estuviese en la acrópolis tarraconense, en clara relación urbana con el posterior templo de Augusto, plantea más dudas la sugerencia de R. Mar y P. Pensabene4. Si aceptamos que la consolidación del culto a Augusto se manifestaría, después de su muerte, con la construcción del gran templo octástilo autorizada por Tiberio en el año 15 (Tácito, Ann I, 78), nos cuesta entender la conexión y sincronía urbanística que estos autores han propuesto para dos complejos urbanísticos en terraza —altar y templo— que fueron concebidos y alzados en momentos históricos diferentes. Su hipótesis plantea que el recinto del altar habría sido construido en vida del emperador estableciendo una ordenación urbanística en terrazas, que posteriormente continuó el templo tiberiano dedicado a Augusto. En relación a dicho templo, su emplazamiento ha sido igualmente motivo de discusión científica. Recientemente, se ha localizado geofísica y arqueológicamente un gran basamento bajo la Catedral Metropolitana de la ciudad que se ha identificado con sus últimos restos tras una intensa actividad de expolio tardoantiguo y medieval (Casas et al. 2007, Macias et al. 2012). En este contexto, el desarrollo del proyecto Excavaciones arqueológicas en la Catedral de Tarragona condujo al planteamiento hipotético de dos vastos proyectos urbanísticos en la cima de la colina (Macias et al. 2007b). Se intentó establecer un "hilo arqueológico" entre la construcción del templo dedicado a Augusto —reproducido en las emisiones monetales de época de Tiberio y posteriormente restaurado por Adriano—, y la finalización del conjunto conocido como foro provincial, situado en la etapa flavia a partir de los referentes ceramológicos y epigráficos (Aquilué 2004 y Alföldy 2011, respectivamente). Este planteamiento continuaba las líneas interpretativas de uno de los principales investigadores del recinto sacro (Hauschild 1983), posteriormente confirmadas por el estudio de dos nuevos frisos arquitectónicos (Pensabene y Mar 2004). Éstos, fechados uno en época julio-claudia y otro en época flavia, se atribuyen respectivamente a la decoración del templo de Augusto y del aula axial ubicada al fondo de la plaza sagrada. Más adelante la teoría de dos proyectos consecutivos fue ampliada mediante la propuesta de identificación de sus correspondientes módulos urbanísticos (Puche et al. 2007. Con estas premisas hemos afrontado la documentación y el estudio de todos los componentes arquitectónicos conservados, prácticamente todos ellos sin la ayuda de secuencias estratigráficas. No es necesario insistir en las dificultades que existen para reconstruir el proceso de edificación de dicho conjunto estructural cuando, por el hecho de ser documentos históricos interrelacionados, su apariencia actual es el fruto de una compleja evolución. De acuerdo con este principio, resulta imprescindible la identificación y documentación de las diferentes unidades estratigráficas murarias, cuyo reconocimiento permite comprender la evolución diacrónica del monumento y clarificar su proceso constructivo. Por último no ha sido fácil identificar el proyecto teórico original que se esconde tras una secuencia arquitectónica relativa, no solamente por las reformas sufridas a lo largo de su evolución, sino también por los replanteos y correcciones que pudieron modificarlo ya durante el propio proceso de construcción. La ejecución de uno o dos proyectos tan imponentes, que pudieron haberse desarrollado durante un período extenso de tiempo (70-75 años según Puche 2010, 40), implicaría necesariamente la existencia de replanteos o correcciones que pudieron modificar su aspecto en mayor o menor medida, pero cuya identificación es compleja en base a sus propias alteraciones. Una lectura de la estratigrafía arquitectónica permite proponer una periodización relativa del sector de la Volta llarga aunque de momento falta una comprensión global del complejo, dado que las fases que proponemos no corresponden a una definición cronológica absoluta, sino a la sucesión de diferentes momentos constructivos (distanciados en semanas, meses o años) que hemos ordenado en diferentes fases y procesos como discurso argumental de nuestras propuestas interpretativas5. Fases y procesos constructivos Responde a la primera actuación urbanística que detectamos en este sector, donde identificamos estructuras arquitectónicas con una orientación geográfica diferente a los ejes urbanos del área residencial intramuros, definidos durante la proyección de la ciudad tardorepublicana. Estas nuevas estructuras muestran ya una disposición coincidente con el posterior foro provincial y el Circo. No es el único elemento nuevo en esta área, ya que hallamos restos de una gran puerta en opus quadratum, abierta en la muralla republicana y estratigráficamente anterior al circo romano. Su abertura permitió el trazado de una amplia vía intramuros que separaba el área de la colonia respecto a una zona superior en fase de monumentalización, constituyendo un eje urbano fundamental en la historia de la ciudad actual (TED'A 1990). Esta abertura ha sido tradicionalmente asociada a la reforma de la Via Augusta, cuya constatación arqueológica en Tarraco se establece a partir de la recuperación in situ de un miliario en un tramo periurbano que conducía al foro de la colonia (CIL II2/14, M. 12). Definimos la fase I en base a dos muros de sillares (muros 1, 2 y 3, Figura 2) que conforman un recinto indeterminado que aún conserva un acceso. En la zona de estudio las estructuras permanecen ocultas por reformas posteriores y solo son visibles en determinados sectores del sector museográfico Pretori-Circ Romà de Tarragona. La morfología de los paramentos responde a una única tipología constructiva realizada en sillería utilizando la piedra local, una biocalcarenita, que se denomina del Mèdol, y que procede de las zonas de explotación ubicadas en el entorno de Tarragona. La cantera se localiza en el término municipal de Tarragona y se sitúa a unos 7 km al este de la ciudad, cerca de la costa y a pie de la ladera meridional del cerro de Sant Simplici, próximo a la autopista AP-7 (Gutiérrez 2009: p. Planta y restitución de la fase I El muro de cierre meridional 1 tiene un grosor aproximado de 2 m y en algunos puntos se ha apreciado una cimentación de opus caementicium con una altura mínima de 2,6 m. Este muro quedó oculto tras la posterior construcción de la Volta llarga y el Circo, y sólo las afectaciones producidas por este último han permitido su visualización. Tiene más de 100 m de longitud y en su extremo oriental se aprecian los restos de una puerta de arco de medio punto en sillería (puerta 1, Figura 3 y 11)6. En este acceso solo puede apreciarse el arranque del arco sobre una de sus jambas, dado que el resto ha sido desmontado o bien permanece oculto tras estructuras posteriores. La abertura permitía una circulación N-S y en el lateral visible se han conservado una serie de marcas de cantería (Dupré y Subías 1993: fig. 3; Balil 1969: figs. 39-49). Éstas y otras marcas localizadas en diferentes muros de la obra se datan, sin un estudio detallado, en época julio-claudia. Por otro lado, la restitución gráfica de la puerta permite presumir una anchura teórica de 2,69 por una altura mínima de 2,80 m. Detalle y restitución de la puerta 1 Bajo la cimentación de la Torre del Pretorio apreciamos los restos del muro 1/2. Se trata del lienzo situado al este de la puerta 1 y que finaliza a unos 2,70 m de distancia respecto la jamba que hoy es visible. Este segmento de muro (individualizado como núm. 2 aunque sea la continuación del anterior) conserva únicamente 3 hiladas de sillares (con una altura total de 1,84 m) y destaca por presentar en su extremo tres paramentos almohadillados (Dupré y Subías 1993: lám. 1). Planteamos la posibilidad de que dicho muro fuera la jamba de la puerta 1 y de otra puerta teórica (núm. 2), de la cual documentamos el arranque en el paramento sur del mismo muro 2. Esta puerta núm. 2 podría tener relación con un hipotético acceso abierto en el lienzo amurallado, pero las construcciones posteriores así como las voladuras efectuadas durante las guerras napoleónicas han eliminado todo vestigio. De este modo se podría acceder al recinto desde el exterior de la ciudad. La posterior incorporación del ámbito 13 (fase IV, Figuras 13 y 16), proporcionando continuidad a este eje de circulación, refuerza aún más la teoría de una puerta en la muralla republicana que actualmente no se ha conservado. Finalmente, documentamos en el costado septentrional el muro perpendicular núm. 3. Se trata igualmente de otra obra de opus quadratum almohadillada y de similares proporciones. El muro tiene una anchura de 2,40 m y una longitud mínima conservada de 25 m. Posteriormente se aprovechó como pared de encofrado de uno de los criptopórticos de contención de la Plaza de Representación de época flavia. Desgraciadamente la esquina entre los muros 1/2 y 3 no se conserva por el vaciado medieval del piso inferior de la Torre del Pretorio (Figura 4). Asimismo, la puerta 2 permite suponer la continuación teórica del muro 3 hasta la muralla republicana. Detalle muro 3, cortado en reformas medievales. A la izquierda de la imagen se aprecia el criptopórtico de contención de la fase III Estas evidencias demuestran la existencia de un amplio recinto delimitado por gruesos muros de sillares y un mínimo de dos accesos. El extenso muro dispuesto en sentido E-W ha sido constatado de antiguo y también se aprecia puntualmente en otros solares de la ciudad. Todos estos hallazgos sugieren un extenso límite que, por su solidez, fue aprovechado como cimentación en fases romanas posteriores y, ya en el siglo XII, en el Mur vell, la primera muralla medieval de la ciudad. Se trata de una estructura que todavía constituye la cimentación de inmuebles contemporáneos. Restos de otra estructura en sillería (con elementos colocados a soga y tizón) se conservan dispuestos en sentido perpendicular al muro 1 (muro 4). El muro fue rebajado durante la construcción de la Volta llarga y permaneció oculto bajo su nivel de pavimentación hasta las excavaciones arqueológicas. L. Piñol propuso que fuera una base de grúa (Piñol 2000), pero creemos que se trata de una compartimentación indeterminada. Corresponde a la construcción de un complejo de ámbitos abovedados adosado a la cara meridional del extenso muro de sillares de la fase anterior (Figuras 5-7). La Volta llarga (ambiente 1), es la estancia que constituye actualmente el principal nexo de circulación museográfica del sector y se ubica bajo el carrer Enrajolat extendiéndose en sentido E-O y alcanzando unas medidas de 300 p (pedes) de longitud por 13,50 p de anchura (88,80 por 4 m). El estribo septentrional de la bóveda se levantó adosándose al muro de sillares precedente, mientras que el meridional se alzó simultáneamente con seis ámbitos rectangulares dispuestos perpendicularmente y con igual cubierta de cañón. Todo el conjunto está realizado en opus caementicium (Figura 8). Planta y restitución de la fase II Planta numerada de las estructuras de la fase II Sección longitudinal volta llarga en el marco urbano actual El principal acceso conservado (puerta 3) se encuentra en el extremo oriental y se halla rematado con un arco de 15 dovelas de perfil trasdosado y factura cuidada (Figura 9). Este acceso se sitúa perpendicularmente en relación a la puerta 1 y define un ángulo recto entre ambos accesos de dos fases diferentes. Asimismo la puerta núm. 3 se situaría frente a la puerta núm. 2 y, a pesar de que son accesos de dimensiones diferentes, las cotas de los umbrales de las puertas 1 y 3 serían muy similares. Ello se deduce a partir de las cotas de arranque de los arcos (53,91 msnm la puerta 1 y 53,14 msnm en el acceso 3) y, por el contexto general, creemos que estuvieron simultáneamente en funcionamiento. La Volta llarga estaba cerrada en su extremo occidental pero la construcción del circo creó en este punto una abertura alterando los restos de esta fase. Vista de la volta llarga. A la derecha los accesos a las bóvedas perpendiculares y al fondo la puerta 3 Paramento externo de la puerta 3 En relación al proceso de construcción de la Volta llarga, los únicos indicios no ocultos por el moderno revestimiento museográfico realizado con mortero de cal, son las improntas de las juntas de las cimbras montadas a lo largo de la bóveda como soporte de la lechada de mortero. Se pueden identificar tres secciones de trabajo que miden 71 p y que, a la vez, se hallan subdivididas en tres tramos de cimbras de 23,5 p. Cada una de las particiones coincide con la longitud de las galerías perpendiculares indicando así la utilización constante de este armazón de madera en todos los ambientes. Es un dato más que aboga por la coherencia del proyecto constructivo de este conjunto de salas. Las salas anexas a la Volta llarga presentan dimensiones similares (4 m x 7 m), a excepción de la estancia 7 que, por un criterio de adaptabilidad, redujo sus dimensiones entregándose a la estructura precedente "A" (3,10 m x 5,20 m, Figura 14). Igual que la bóveda principal, dichas estancias se ejecutaron en caementicium y su análisis constructivo identifica en los estribos de cada habitación las improntas de los ristreles usados en los respectivos tramos de encofrado (0,50 m), así como el número y la dimensión de estas tongadas de alzado. Podemos observar cómo en cada bóveda los muros de soporte perpendiculares a la Volta llarga se levantaron en dos tramos encofrados (1,50 m); mientras que en los muros N el proceso se articuló en 3 o 4 tongadas de encofrado, debido a la sincronización del proceso de puesta en obra de la puerta de comunicación. El análisis de la estratigrafía muraria ha permitido marcar las cronologías relativas que determinan la evolución constructiva de todo el conjunto y que se desarrollan en un lapso temporal que puede abarcar días, semanas o meses (Figura 6). A partir del sector meridional, ambos estribos del ambiente 8/9 (M-100 y M-110) se adosan a una estructura previa (estructura A) cuya interpretación no se ha podido definir. Al mismo tiempo, todos los muros de separación de las seis pequeñas estancias (M-120 – M-190) se apoyan en su muro de cierre sur (M-110; a la vez estribo norte del ambiente 8/9). Sucesivamente el cierre sur de la Volta llarga, en el primer sector, que coincide con el cierre norte de las seis estancias, se realiza por tramos separados (M-200 – M-260), los cuales engloban constructivamente los muros perpendiculares de dichas habitaciones. Al mismo tiempo, el muro norte del ambiente 1 (M-270), como se ha puesto en evidencia anteriormente, se adosa al muro de sillares de la fase I (M-1). Detalle de la puerta de acceso al ámbito 2 Detalle de las puertas 3 (izq.) y 1 (fondo). Esta última tapiada (fase III) y reabierta parcialmente Además, cabe destacar un interesante detalle relativo al proceso de construcción: la parte superior del cierre norte de las galerías perpendiculares, a la vez extradós de la cubierta de la galería larga, se realizó prescindiendo del encofrado y utilizando bloques de piedra de dimensiones medianas y sin labrar (Figura 12). El grado de regularidad de las piedras es desigual y se dispusieron de manera más o menos ordenada, obteniendo cierta similitud con un pseudo-vittatum. El encuentro de salas abovedadas perpendiculares entre ellas determinó dicha solución. El desarrollo del proceso de construcción implicó, tras el levantamiento de los estribos de la Volta llarga y de las estancias anexas, la puesta en obra de la cubierta del ambiente principal y finalmente las de las galerías perpendiculares. Este hecho respeta el proceso edilicio con el que normalmente se realizan este tipo de estructuras, donde se construye primero la bóveda de cañón que discurre en el eje principal y sucesivamente se le adosan los ambientes secundarios (Lancaster 2005: pp. 36-37). El paramento añadido en pseudo-vittatum correspondería al extradós de la cubierta de la Volta llarga, constituyendo la última fase del proceso de trabajo. De esta modo, se solucionaba en cada sector el encuentro entre dos bóvedas perpendiculares con cubierta de cañón, utilizando, para el extradós de la Volta llarga, materiales diversos. El empleo de éstos, amalgamados con una escasa cantidad de mortero, tendría la ventaja de economizar el material constructivo, además de disminuir la carga soportada por el sistema de cubierta. Detalle interior del ámbito 5 delimitando los tramos del proceso de construcción A excepción de la estancia 2, donde la puerta está muy degradada, el resto ha conservado íntegramente los pasos originales de comunicación entre la Volta llarga y sus ámbitos meridionales. Ellos presentan unas reducidas dimensiones: 0,80 m de ancho y 1,50 de alto. La factura de dichas puertas resulta menos cuidada respecto al acabado del acceso oriental a la Volta llarga (puerta 3); en cuanto al arco se realiza con elementos lapídeos de forma irregular, sin ningún tipo de elaboración previa. Constituye una excepción el paramento meridional de la puerta del ambiente 2 (Figura 10), el cual presenta piezas más regularizadas y elaboradas ex profeso para la realización del arco. No obstante, su factura no alcanza el cuidado del acceso principal a la Volta llarga (puerta 3) y por esta razón se plantea que todos los pasos a las seis estancias se conciben como estructuras secundarias, realizadas sin ninguna preocupación estética. Además, es posible que se emplearan para facilitar la circulación de obreros y materiales durante los procesos de edificación de unas galerías perpendiculares cuya única función era convertirse en un elemento de contención y/o cimentación (cfr. Detalle interior del ámbito 13 con las puertas 3 y 7 Al sur de estas seis estancias (salas 2-7) hallamos una serie de evidencias escasamente conservadas que se consideran, por su estratigrafía arquitectónica y vínculos constructivos, pertenecientes al mismo complejo. En los muros de cierre meridional de los ámbitos 5 y 6 existen dos aberturas irregulares que debieron ocasionarse una vez abandonado el circo romano. La galería presenta la misma técnica constructiva e incluye una ventana de iluminación abocinada o en forma de gola di lupo (0,20 m x 0,45 m, Figura 15). En el extremo oeste la bóveda se adosa a la estructura "A" mientras que en el oriental se halla interrumpida por un tapiado contemporáneo, que la separa de la sala 9 y oculta parcialmente un arco original de sillares. Al este de dicho tapiado las estructuras han sido intensamente derruidas e incluso todavía se hallan parcialmente ocultas por restos estratigráficos. No obstante, el ámbito 9 se puede asimilar al núm. 8 por presentar características arquitectónicas idénticas como la misma anchura útil y el mismo grosor de los estribos. Los restos de una puerta documentarían la existencia de una comunicación entre los ámbitos 2-9 (P-4). Finalmente, en el muro meridional del ambiente 9, determinamos el arranque de una cubierta, única evidencia de otra bóveda contigua (a cota de 51,88 msnm y estancia 10), a la que se accedía por medio de otra conexión (P-5) que se documenta todavía en situ. Estas observaciones permiten confirmar la existencia de un vasto complejo de galerías abovedadas dispuestas regularmente y con unos mismos criterios arquitectónicos. La Volta llarga y las estancias contiguas responden a un proyecto análogo, cuyas relaciones de superposición constructiva nos indican la existencia de un único conjunto arquitectónico. También podemos afirmar que este nuevo complejo se adosó a las estructuras de la fase I, pero no podemos asegurar si su construcción implicó, total o parcialmente, el abandono del recinto previo dado que la puerta núm. 1 se mantuvo en uso durante este proceso. Estructura "A" visible en la parte occidental del ámbito 8 Detalle de la abertura a gola di lupo visible en el ámbito 8 Esta fase corresponde a las reformas ocasionadas por la superposición de la Torre del Pretorio, como elemento integrante de la llamada Plaza de Representación del foro provincial. El nuevo proyecto representó una elevación substancial del nivel de circulación, de modo que la cota de circulación de la fase I, en torno a los 52,34 m, fue substituida por un nuevo nivel a 55,32 m, determinado por la puerta de conexión entre la plataforma superior del circo y el interior de la Torre del Pretorio (puerta 6). Consecuentemente, los cimientos de la Torre tapiaron la puerta 1 y todo el recinto de la fase I —delimitado por los muros 1, 2 y 3— quedó cubierto por las estructuras y rellenos constructivos que elevaron el nivel de circulación de la Plaza de Representación de época flavia. Planta y restitución de las fase III y IV. Aunque pertenece al mismo proyecto que la fase precedente, determinamos que es consecutiva a ella dado que presumimos que los trabajos de acondicionamiento y de construcción del Circo fueron, dentro de la ejecución de la obra, cronológicamente posteriores a la Plaza de Representación. La nueva puerta meridional de la Torre (P-6) se ubicó para conectar su interior con la plataforma superior del circo. Frente a dicha puerta se dispuso una gran escalinata que conectaba la zona superior de la gradería del circo con una bóveda inferior de 50 m de longitud que, discurriendo en paralelo a la muralla republicana, conducía a la fachada sur del recinto de espectáculos (Figuras 17-Figura 19). De este modo se conectaba, mediante la Torre del Pretorio, la Plaza de Representación con la ciudad salvando el edificio circense. Al mismo tiempo esta bóveda fue seccionada transversalmente por otra que unía la Porta Triumphalis circense con un nuevo acceso de la muralla, abierto en ella para comunicar el exterior de la ciudad con la arena del circo. El lecho de la escalinata constituía un grueso núcleo de mampostería delimitado por paramentos acabados en opus vittatum y soportando un número aproximado de 22 escalones. La cimentación de la escalinata comportó la destrucción parcial de las bóvedas 9 y 10, al mismo tiempo que se añadieron otras (11, 12 y 13) para sostener la plataforma circense y modificar los circuitos inferiores de las bóvedas de la fase II que siempre fueron transitables. La puerta 1 fue tapiada por la cimentación de la Torre y el acceso a la puerta 2 quedó cubierto por las bóvedas 12 y 13, esta última con otra nueva puerta (P-7, Figuras 11 y 13) prolongando la comunicación de la Volta llarga con la teórica puerta de la muralla. Es de suponer que en este momento se acabó de desmontar la puerta núm. 2 de la fase 1. Finalmente entre los ambientes 9 y 11 se abrió la puerta núm. 8. Planta y restitución final tras la fase IV Sección longitudinal del recinto y gravado de A. de Laborde de la cara interna de la torre, decorada con pilastras (1806) Este análisis refleja la compleja evolución urbanística e histórica de los primeros siglos de ciudad romana, que goza de un nivel de conocimiento limitado. Éste no obedece exclusivamente a las intrínsecas dificultades de conservación que han sufrido los vestigios arqueológicos por la actividad edilicia moderna, sino también a la intensa transformación urbanística producida a raíz de una agresiva actividad arquitectónica romana. En especial la relativa a la construcción de la sede del Concilium Prouinciae. Se trató de un extenso e imponente proyecto urbanístico que, por realizarse en una cima irregular, comportó rebajes de la misma montaña amén de una intensa destrucción durante el proceso de ejecución del proyecto (Puche 2010: fig. 18). De este modo, el "urbanismo" republicano fue profundamente alterado por unos procesos que culminaron en la creación de un sistema de terrazas de tradición helenística y claramente inspirado en modelos arquitectónicos precedentes. Ante esta realidad, la arqueología no puede localizar las principales actividades realizadas en la parte elevada de la ciudad entre el primer asentamiento militar de la segunda guerra Púnica y la monumentalización definitiva de finales del siglo I d.C. No se identifican estructuras relacionadas con la ocupación militar y mucho menos los órganos de poder que imaginamos para una ciudad relevante de la provincia republicana de la Hispania Citerior. Es tal el desconocimiento arqueológico que incluso ignoramos el emplazamiento de la sede imperial de Augusto durante los dos años en que permaneció convaleciente en Tarraco. Debemos considerar la existencia de un vasto recinto, acorde a la relevancia histórica del primer emperador romano, donde, entre otras actividades, recibía delegaciones de todo el Imperio. Los restos estudiados reflejan la intensidad de las actuaciones arquitectónicas llevadas a cabo pero, por si solas, no son suficientes para la correcta definición de su estructuración urbanística ni para su vinculación con las principales referencias históricas del período. Aun así, la monumentalidad de las fases I y II debe considerarse testimonio de una transformación escenográfica relevante en la acrópolis tarraconense, estableciendo los principios urbanísticos fundamentales para la "preeminencia escenográfica" de la cima superior de la ciudad, en torno a los 50-80 m sobre el nivel del mar, y desde la época romana hasta la actualidad. La investigación actual incide en la substitución de un primer témenos sagrado dedicado a Augusto por otro de época flavia de mayores proporciones y complementado con una gran aula axial posterior, que confiere una imagen de santuario urbano a imagen del Forum Pacis. Si comparamos el caso tarraconense con las otras dos capitales hispanas, observamos cómo en Mérida y Córdoba se programaron diversos espacios o santuarios de culto provincial distribuidos por la ciudad (cfr.Ayerbe et al. 2009; Vaquerizo y Murillo 2010); mientras que el caso que nos ocupa se caracteriza por el poder de atracción de la cima de la montaña, que todavía actualmente constituye un referente visual e ideológico visible desde las inmediaciones de la ciudad. Cabe presumir, además, que la disponibilidad de suelo imperial en la zona superior no acarreó la pérdida de suelo residencial privado, como en el caso emeritense, lo que sin duda facilitaría y abarataría la realización de los diferentes proyectos de monumentalización. Además, cualquier otro proyecto dentro de un área residencial intramuros, intensamente poblada y con un desnivel medio teórico del 7% (Fiz y Macias 2007), pudo ser otro motivo a tener en cuenta para desestimar otro emplazamiento. La única zona elevada y relativamente visible dentro del recinto intramuros ya había sido ocupada por el viejo foro republicano, que fue objeto de un proceso particular de ampliación y monumentalización, no exento de obras de contención, durante el período augusteo como respuesta a las necesidades lúdicas y representativas de la municipalidad (Mar et al. 2010). Consecuentemente, esta capacidad de atracción de la acrópolis tarraconense justifica la superposición simbiótica de un segundo proyecto de monumentalización estrechamente ligado al desarrollo del culto imperial en las provincias hispanas. La investigación actual debate sobre el grado de finalización del proyecto inicial. Las estructuras arquitectónicas aquí expuestas muestran la complejidad del proceso constructivo y la dificultad de su comprensión global. Las fases II-III-IV-V se han incluido dentro del segundo proyecto, pero tal complejidad no debe entenderse como una improvisación o redefinición constante del proceso, si no como el resultado de una construcción ambiciosa, compleja y con un largo periodo de realización. Esta complejidad incide en la identificación del alcance de cada fase urbana en la totalidad de la zona superior de la ciudad, y en especial en el subsuelo del circo. Diversas aproximaciones han intentado demostrar la presencia, con anterioridad al gran complejo provincial de época flavia, de otra plaza previa a la gran Plaza de Representación (Macias et al. 2007b: figs. 2 y 3). Incluso las características y dimensiones de las estructuras de la fase I han sido el principal referente en la delimitación de dos proyectos arquitectónicos con una modulación urbanística diferenciada (Puche et al. 2007: figs. 26 y 27). Todas estas evidencias obedecen a un nuevo concepto funcional y articulan el recinto superior de Tarraco en base a cierres perpendiculares a la muralla, que ya no coinciden con la modulación urbana de época republicana. De este modo los extensos lienzos en opus quadratum de la fase I, con 2,6 m de grosor, se han relacionado con el primer gran proyecto arquitectónico que, sin otra opción interpretativa en la actualidad, cabe vincular a las reformas del área en función de la implantación del gran templo a Augusto. Este ángulo arquitectónico se interpreta como perteneciente a una primera plaza que, de acuerdo con diversos restos arquitectónicos, plantearía un recinto delimitado a partir de la proporción áurea, entroncando con la morfología de determinados fora hispánicos augusteos y del siglo I d.C. (Macias et al. 2011), donde la identificación de los rectángulos áureos es una característica destacada7. Asimismo, el planteamiento de una doble plaza integrada por el recinto sacro del templo de Augusto más la plaza inferior dibuja un modelo urbano que tiene como referente la propia vertiente meridional del Palatino, donde el complejo de Casa de Augusto/Templo de Apolo, pórtico de las Danaides, Silva Apollinis, más el Circo Máximo, acabó estableciendo un nuevo concepto representativo a reproducir (véase Carandini y Bruno 2008: pp. 234). El planteamiento específico tarraconense destaca por la similitud geométrica con la composición del Aedes Apollinis y el pórtico de las Danaides. Una composición que recuerda enormemente al foro de la vecina Caesar Augusta, ciudad fundada por Augusto hacia el 15 d.C. (Asís et al. 2007: fig. 10). Es significativa la similitud entre Caesar Augusta y Tarraco, más aún cuando las estructuras de sillares de la fase I presentan marcas labradas recordando las estructuras documentadas entre el foro y el puerto fluvial de Caesar Augusta o en el puente de Martorell (Aguarod y Erice 2003, Gurt y Rodà 2005). Ello permite incidir en la presencia de contingentes militares construyendo las obras públicas asociadas a estas dos ciudades. Con la fase II se inició un nuevo proyecto constructivo, radicalmente diferente del anterior y con el cual establece un diálogo aún no bien definido arqueológicamente. Esta fase representa un cambio de concepto en la topografía urbana de este recinto. La Volta llarga, principal referente del proyecto, no constituye un elemento aislado dado que, en la actual plaza dels Sedassos, se apunta la presencia de otra bóveda de similares características que, en disposición simétrica, delimitaría el espacio comprendido entre un costado y otro de la muralla tardorepublicana. La fase I mantenía aproximadamente el nivel de circulación coincidente con la muralla tardorepublicana pero, aunque inicialmente se mantuvo en uso la puerta núm. 1 (fase I), las nuevas evidencias indican la voluntad de construir, mediante terrazas, una nueva área pública a una cota muy superior. La conservación de la puerta núm. 1 se justifica en base al tránsito de los operarios durante el proceso constructivo de la fase II, del mismo modo que todas las puertas de esta fase tenían como principal justificación el traslado de los materiales durante los procesos de puesta en obra. Más compleja es la comprensión del vasto conjunto de bóvedas interconectadas que definen cuatro ejes paralelos (ambientes 1, 2-7, 8-9 y 10) y que, a excepción del meridional, presentan cotas similares. En conjunto los restos identificados deben considerarse vestigios de soporte de una gran plataforma elevada, siguiendo una tradición derivada de los vastos santuarios en terrazas de tradición republicana. Dicha plataforma podría corresponder a un primer proyecto que, en su planteamiento, ya preveía la inclusión de un circo. De esta manera, el conjunto de bóvedas y la platea superior, habría garantizado la comunicación entre la Plaza de Representación y el edificio circense, manteniendo quizás también un acceso secundario desde el exterior por medio de la puerta que posiblemente se abría en la muralla (puerta 2). Además, la secuencia de ambientes abovedados solucionaría la articulación de un espacio triangular, comprendido entre la muralla tardorepublicana y el circo. Es un sistema de substrucción que contaba con las puertas o ventanas imprescindibles durante el proceso constructivo, pero no documentamos evidencias de una posible rampa de acceso a la terraza superior o en relación a un criptopórtico de circulación —tipo via tecta— encarado a la presunta puerta de la muralla. La puerta 3 presenta una factura más cuidada que los accesos interiores, pero la estrechez de sus dimensiones no apunta en esta dirección. En conjunto, se trata de una práctica ampliamente ejecutada en la arquitectura romana, pública o privada, y que, a nivel terminológico, conocemos como fundamenta o substructiones para una terraza o platea. En este sentido conocemos amplios ejemplos de alternancia de largas bóvedas combinadas con baterías de ámbitos abovedados, que constituyen el soporte de plataformas elevadas para desarrollar extensos programas arquitectónicos privados o públicos (Mari 2003). El carácter público del proyecto no se justifica únicamente por su emplazamiento, sino también por el volumen de la obra, al mismo tiempo que una serie de evidencias pone de manifiesto una réplica simétrica en el otro costado del recinto superior (Macias et al. 2007b: fig. 2). Definir la función específica del complejo se antoja difícil y solo podemos entroncarlo en una extensa tradición de sistemas de elevación abovedados para la definición de terrazas arquitectónicas. Conocemos numerosos paralelos en la zona centro itálica a partir del período republicano (D'Alessio 2010) y, para el caso hispánico, se adaptó durante el alto Imperio a la definición de espacios cívicos elevados. Sirvan de ejemplo los casos de Bílbilis, Zaragoza, Sagunto, Coimbra o, en el ámbito rural, Munigua. Estos proyectos son, como el tarraconense, casos únicos adaptados a objetivos y condicionantes orográficos específicos8. Este vasto sistema de bóvedas fue parcialmente alterado durante la finalización de la sede del Concilium Prouinciae y el Circo, pero ello no presupone que la fase II represente un proyecto diferente. A nuestro entender, la fase III/IV constituye un replanteo del proceso anterior que pudo obedecer a dos motivos que, con los datos actuales, no podemos discriminar. La primera causa derivaría de una modificación del proyecto aumentando las dimensiones del Circo y modificando todo el sistema de circulación de la zona en cuestión. Esto resulta evidente en la destrucción de determinados ámbitos de la fase precedente (ámbitos 9 y 10), un hecho que vuelve a poner de manifiesto cómo las rectificaciones en una obra fueron parte de la cotidianeidad constructiva. Otra causa tendría relación con el desmonte programado de una serie de estructuras relacionadas con los procesos de abastecimiento de material constructivo dentro de un recinto de acceso limitado por la propia muralla tardorepublicana. Una vez finalizada la construcción del recinto sacro y la plaza, en la plataforma inferior se demolerían las infraestructuras útiles durante el proceso constructivo. No disponemos de indicios suficientes para determinar el alcance urbanístico de las fases I y II, cuyas evidencias se documentan escasamente y a una cota muy inferior a la que posteriormente establecieron las estructuras de la plaza provincial. La finalización de la gran plaza de representación flavia conllevó un recrecimiento importante de la cota de circulación. De este modo, el primer recinto delimitado por los gruesos muros en opus quadratum tuvo una cota de circulación en torno a los 52,34 (puerta 1, fase I); mientras que la puerta 6 de la Torre del Pretorio (fase III) marca un nivel de acceso de 55,32 m para, posteriormente, subir por la escalinata hasta el nivel del gran podio sobreelevado y perimetral de la plaza (cota aproximada de 62,65 m). A nivel cronológico no estamos en disposición de pautar las diferentes fases constructivas, aunque presumimos que la fase I pudiera englobarse en la transformación del recinto superior encabezada por la construcción de templo a Augusto. Mientras que las fases posteriores deben emplazarse, por el contexto histórico del Concilium Prouinciae, entre finales del período julio-claudio y finales de la etapa flavia. Todos los restos que hemos descritos dibujan una realidad urbanística en vías de conocimiento, pero aún estamos lejos de comprender el esfuerzo real que implicó su construcción y, por ende, las dificultades técnicas propias de un gran complejo de 19 hectáreas de superficie desarrollado dentro de un antiguo campamento militar encastillado.
CF II-PERIODO II-Fase 2
Construcción y reconstrucción de una basílica románica Este artículo presenta los principales resultados obtenidos en el análisis arqueológico de los alzados de la basílica de San Isidoro de León, centrándose principalmente en aquellos que afectan a su concepción y evolución durante los siglos XI y XII. La extensa investigación que se ha ocupado de este edificio se caracteriza por un prolongado debate en torno a sus fases constructivas y al mecenazgo de la monarquía leonesa. El presente análisis constata una basílica originaria construida a mediados del siglo XI. Esta construcción será sustituida por otra de mayor escala y con transepto, la cual sufre una temprana ruina que afectará principalmente a la mitad occidental del aula. Tanto las bóvedas de ladrillo de esa zona como la Puerta del Cordero pertenecen a la obra de restauración de mediados del siglo XII. Acercarse al estudio de la Real Colegiata de San Isidoro de León supone entrar en uno de los conjuntos eclesiásticos más visitados por peregrinos, estudiosos e investigadores. Intentar sintetizar su historiografía equivale a recorrer, sin ánimo de exagerar, toda la bibliografía del Románico europeo. Su relevancia histórica y artística como basílica vinculada al poder regio y estación obligada del Camino de Santiago hace de esta iglesia una de las protagonistas asiduas de la investigación de la historia del arte medieval tanto en España como en la Europa occidental. Su historia ha sido, sin embargo, principalmente dictada por la secuencia monárquica y las referencias escritas (documentales y epigráficas), y apuntada de manera complementaria con la materialidad del edificio, dando lugar a distintas propuestas con puntos comunes. Todas estas hipótesis coinciden en reconocer, primero, una obra de mediados del siglo XI en el lugar a partir de la interpretación de las fuentes escritas y de los vestigios hallados a inicios del siglo XX en el subsuelo del edificio, puestos a su vez en relación con los alzados del ángulo noroeste de la basílica; y segundo, en identificar hasta cuatro obras diferentes en la construcción de la gran iglesia románica consagrada en 1149. El análisis que aquí se expone, realizado únicamente en la basílica, constata una secuencia inédita que incorpora nuevos episodios a ese relato histórico2. Un edificio, de posible origen romano y de función indeterminada, es amortizado por la construcción de otro nuevo a mediados del siglo XI. Este será a su vez reutilizado a lo largo de la segunda mitad del siglo XI e inicios del XII en la ejecución de un nuevo y ambicioso proyecto que concibe una gran basílica abovedada con transepto. Dimensiones desproporcionadas y cargas excesivas se alían para arruinar esta obra, la cual es sin embargo reconstruida en un breve periodo de tiempo y, posiblemente de forma apresurada, finalizada en la segunda mitad del siglo XII. De este modo, construcción, ruina y reconstrucción de San Isidoro se suceden en el tiempo, condicionando su forma en época románica y su estado de conservación actual. San Isidoro de León como sujeto de estudio Las ideas de cambio y de sucesión de varios proyectos constructivos han perseguido a San Isidoro de León desde los inicios de su investigación allá a mediados del siglo XIX. Así lo expresaban Quadrado y Parcerisa (1855: p. 338) al observar cómo "venerables lapidas concretan y fijan a cada paso el objeto y la fecha de su erección, de sus trasformaciones, de sus aumentos y vicisitudes". Es por ello que la revisión de las etapas y promotores propuestos a partir de la puesta en común de las fuentes históricas y de la observación del edificio permite dibujar el marco histórico e historiográfico en el que se inscribe San Isidoro y su análisis, así como identificar las principales cuestiones y problemáticas que encierra (Fig. 1 Síntesis de las principales propuestas evolutivas sobre San Isidoro de León Los precedentes: San Juan Bautista y San Pelayo. La historia de San Isidoro comenzaría con la construcción de una o varias iglesias intramuros en el ángulo noroeste del recinto romano de la ciudad de León. Se supone, por un lado, la presencia de una iglesia dedicada a San Pelayo, cuya advocación fue cambiada a San Juan por Alfonso V (De Morales, Florez 1765: p. 41); o, por el contrario, de una primera iglesia consagrada a San Juan, construida por Ordoño I (821-866), a la cual siguió posteriormente otra dedicada a San Pelayo, fundada por Sancho I el Craso (956-58 y 960-66), pasando así el monasterio a tener una doble advocación (Risco 1786: p. La iglesia de San Juan Bautista sería, en principio, la precedente de San Isidoro. 151), quien relacionó estas iglesias con las estructuras halladas en excavación y con los correspondientes alzados en los muros oeste y norte del aula, la mayoría de los investigadores aceptan la ausencia de cualquier evidencia material atribuible a ellas, quedando por tanto registradas solamente en los documentos escritos. La consideración de Almanzor como su destructor a finales del siglo X, como se cita en el epitafio de Alfonso V, reproducido por Risco (1786: p. 29), justificaría este hecho. En el citado epitafio de Alfonso V reza que el rey hizo la iglesia de barro y ladrillo: "Et fecit ecclesiam hanc de luto et latere". Esta inscripción plantea sin embargo varios problemas. Primero, el verdadero alcance de la obra de Alfonso V, la cual pudo ser nueva o, por el contrario, reformar una previa. Segundo, la pieza en sí misma, la cual parece haber sido tallada dos siglos después, a inicios del siglo XIII, momento en el que se asistiría a un intento de recalcar el papel de San Isidoro como lugar de enterramiento regio desde el siglo X (Suárez González 2003: p. Finalmente, la fecha de la obra, ausente en el epígrafe, y que se sitúa entre los años 1020 y 1027, cuando fallece Alfonso V. Por lo tanto, esta obra tampoco se ha identificado en el edificio actual ni en los restos hallados en excavación, quedando, de nuevo, únicamente testimoniada en la epigrafía. La referencia a una obra de barro y ladrillo es además llamativa, por lo que apoyamos la idea de que sea un recurso literario que pretende subrayar tres siglos después la antigüedad del lugar4. Solamente Boto (2009) ha propuesto su identificación con los cimientos exhumados a inicios del siglo XX en el ángulo noroeste de la basílica, cuya potencia demostraría que no fueron concebidos para una iglesia de barro. En su opinión, su factura "asturiana", con una cabecera triple recta y escalonada, le haría además más propia de este momento a caballo entre los siglos X y XI. La inscripción, durante un tiempo situada en el claustro5 y trasladada a su posición actual, seguramente la original6, en los años 80 del siglo XX, da fe de la consagración del templo a San Isidoro de Sevilla, después de haber traído sus reliquias de dicha ciudad, el 21 de Diciembre del año 1063 (Era 1101) por los monarcas Fernando I y Sancha. La obra se realizaría en piedra ("aedificaverunt lapideam"). Informa además de que dos años después, el 10 de marzo de 1065, antes de su fallecimiento, el rey trajo el cuerpo del mártir San Vicente de Ávila. La última parte de la inscripción se referiría a la reina Sancha ("Sancia regina deo dicata peregit"). 185), esta referencia aludiría a que en su tiempo, ya que sobrevivió dos años a su marido, se concluiría el templo. Por otro lado, la lauda sepulcral de Fernando I, hoy perdida, pero copiada también por Risco (1792: pp. 149-150), menciona que el monarca "fecit Ecclesiam hanc lapideam, quae olim fuerat lutea". Como hemos indicado, esta pieza pudo ser coetánea del siglo XI o posterior, ya del siglo XIII. 461), quienes atribuyen a este momento del segundo tercio del siglo XI la cabecera de la iglesia, el transepto y los primeros tramos occidentales del aula, casi todos los autores consideran el muro oeste y norte y los hallazgos de los cimientos de un edificio, cuya alineación se correspondería con las huellas de los alzados, como la obra de Fernando I y Sancha. 5 y p.173), por un lado, y a la secuencia del panteón, considerado como original o posterior, concretamente de la infanta Urraca, por otro. Entre aquellos que aceptan el panteón como coetáneo a la obra de estos monarcas, unos optan por una función inicial como tal (Quadrado y Parcerisa 1855; Muir Whitehill 1939: p. 228, conversión por el mismo Fernando I). Obras en el último cuarto del siglo XI y a lo largo del siglo XII. Este periodo es testigo de una sucesión de monarcas y obras. La infanta Doña Urraca (1072-1101) parece asumir el protagonismo constructor de sus progenitores Fernando I y Sancha y, según reza en su inscripción sepulcral copiada por Risco (1792: p. 150), habría ampliado la iglesia de su padre: "haec amplificavit ecclesiam istam". Pero ¿qué amplió y cómo? 98) propone que prolonga la basílica desde la puerta principal sur hacia Occidente. 186), por el contrario, atribuye a la infanta la cabecera, el transepto y los dos primeros tramos orientales del aula, y Camps (1935: pp. 76-77), la edificación en tres fases de toda la iglesia. Pérez Llamazares (1927: pp. 361-362), por su parte, dice haber visto los cimientos de los ábsides semicirculares que se unían con los últimos pilares orientales conservados y que correspondían a las naves laterales, atribuyendo por ello a la infanta la cabecera y el transepto. La Puerta del Cordero entra de pleno en esta secuencia, siendo adscrita mayoritariamente también a la infanta (Moralejo 1977, ca. Pero esta ampliación también pudo materializarse en la obra del panteón, siendo la infanta Urraca, y no Fernando I y Sancha, su promotora (Williams 1973: pp. 180-183; Yarza 1979: p. La idea de una posible iglesia con cubiertas de madera es apuntada por Muir Whitehill (1939: p. 76), adjudica la iglesia a la infanta. La obra habría comenzado por la cabecera y al pretender conservar los muros norte y oeste de la obra de Fernando I y Sancha se estrechan necesariamente las naves laterales y "se paró la obra a la altura del arranque de las ventanas de la nave mayor". 388) propone que el proyecto de la infanta, iniciado hacia el año 1090, contempló una iglesia cubierta en madera, construida desde el este, con tres ábsides y sin transepto, llegando a completar cuatro tramos. Su hermano Alfonso VI (1065-1109) ha pasado desapercibido (ausente en Fig. 1), tal vez por suponerse ocupado en el comienzo de las obras de las catedrales de Burgos y de Santiago de Compostela (1075 en adelante), así como en potenciar la ciudad de Sahagún con la construcción de un nuevo conjunto palatino con su correspondiente panteón real (Prado-Vilar 2009: p. 186) considera que, desde 1072, una vez desaparecido de la escena su hermano Sancho de Castilla, enfrentado a Alfonso VI en una lucha dinástica por el poder, tendría lugar el inicio de la obra románica de San Isidoro. En el año 1110 las infantas Urraca y Elvira, hijas de Alfonso VI, realizaron una donación para unas obras ("ad laborem"), lo que indicaría que estos trabajos estarían en marcha, continuando un proyecto en ejecución. Lo mismo ha ocurrido con la reina Urraca (1109-1126), a la que únicamente la presencia de una inscripción con fecha 1124 en el paramento exterior del ábside norte le ha otorgado algún protagonismo. 173), quien ya le atribuye la construcción del transepto de la iglesia, subraya el papel patrocinador de la reina Urraca (Martin 2008a) y la apertura de una iglesia, en principio vinculada al círculo real y monástico, al peregrinaje (Martin 2008b), siendo el transepto el reflejo arquitectónico de ambos fenómenos7. Entre 1110 y 1124 tendrían lugar la destrucción del tramo oriental de la iglesia y la introducción del nuevo transepto y de la nueva cabecera, la cual reutilizaría elementos decorativos de la primera. La Puerta del Perdón, cuya factura contextualiza a inicios del siglo XII (Martin 2003), y las pinturas del panteón serían de este mismo momento. 16) habla de un cambio de proyecto en marcha que implica la introducción del transepto. No establece dos momentos, como por el contrario hacen Martín o Boto (2007: pp. 76-83), quien supone la construcción de una primera iglesia sin transepto, ampliada en el periodo 1120-1145, a caballo entre los reinados de Urraca y Alfonso VII, con la construcción de los dos tramos orientales del aula. Estas propuestas se basan en la presencia de ciertas anomalías, como las juntas de obra en los muros del aula junto al transepto, un capitel picado en la arquería sur o la estrechez de los muros. Observamos pues cómo el transepto ha pasado de manos de la infanta Urraca (1072-1101) a las de la reina Urraca (1109-1126), planteamiento en el que subyace la defensa de las etapas concluidas a partir de los documentos y que apunta al transepto y a su relación con el aula como una de las zonas cruciales para comprender la secuencia de San Isidoro. 207) retoma el relato de Lucas de Tuy (m. 1249), canónigo de San Isidoro (1221-1239), quien se refiere a la lápida de consagración de ese año: "Conservase la memoria de esta consagración en una lapida que está encajada à el sitio que hoy ocupa el altar dedicado à N. P. S. Agustin". Esta fecha es aceptada de modo unánime por la investigación. Además, en el epitafio del considerado como maestro Pedro de Dios se dice que "superaedificavit ecclesiam hanc". Este pasaje también ha dado lugar a diversas interpretaciones, asociándose a la elevación de la nave mayor para su alumbramiento directo (Díaz-Jiménez 1917: p. Dentro de la idea de que la infanta Urraca proyecta una iglesia cubierta en madera, Viñayo (2002: p. 557) propone que la obra de Alfonso VII es un nuevo proyecto que pretende abovedar la nave central con un cañón, lo que obligó a "reforzar el segundo pilar de cada lado, a contar del crucero, muy sencillo, adosando una media columna por la cara de las naves laterales y metiendo la correspondiente del lado opuesto por el centro de una ventana y volteando sobre ellas un arco perpiaño. Todavía fue mayor su audacia al querer rebasar el grosor de los muros altos de la nave mayor sobre los asientos de la arquería y apoyándolos sobre las bóvedas de las naves laterales". Esto supuso que quedaran "mal contrarrestados los empujes de la bóveda central", deformándose la construcción. Como epílogo, queda el monarca Fernando II (1157-1188), cuya actividad solo ha sido identificada en el panteón, bien en las bóvedas y pinturas (Gómez Moreno 1925: p. Análisis de la basílica de San Isidoro La iglesia de San Isidoro posee una planta basilical en cruz latina9. Su aula se divide en tres naves separadas de la cabecera triple por un transepto. El ábside principal, con la misma luz que la nave central, fue sustituido en época gótica por otro rectangular mayor cubierto con una bóveda de crucería, restando de la cabecera primitiva únicamente los ábsides laterales menores y los arranques del central. La amplitud total de la cabecera se proyecta un tercio respecto a la línea de los muros longitudinales del aula, siendo por lo tanto más amplia. Los brazos del transepto se dividen en dos tramos, equivalentes a los ábsides menores, mediante arcos fajones sustentados al interior por columnas semiadosadas y acompañados al exterior por pequeños contrafuertes. El crucero se delimita con dos arcos polilobulados en sus lados norte y sur y uno de medio punto en el oeste. Se debe pensar en la probable existencia de un cuarto arco oriental, desmontado con la introducción mencionada del santuario gótico. Mientras los brazos se abovedan con cañones que discurren en un eje N-S y se refuerzan en sus esquinas con grandes contrafuertes, el crucero se cubre con una bóveda que continúa la dirección E-O y la altura de las correspondientes cubiertas análogas de la nave central. El aula se articula en tres naves, mayor la central, de seis tramos originados por dos arquerías de arcos peraltados doblados que descansan sobre pilares cruciformes compuestos con columnas entregas por cada frente. Las arquerías sostienen los muros de la nave central, iluminada con sendos ventanales arcuados y cubierta con una bóveda de cañón reforzada por arcos fajones. Estos se refuerzan con robustos contrafuertes al exterior. Los seis tramos de las naves laterales se cubren con bóvedas de aristas, separadas de nuevo por arcos transversales que arrancan respectivamente de las semicolumnas en los muros longitudinales y de los pilares cruciformes de las arquerías. Mientras que los cuatro tramos occidentales del aula se cubren con bóvedas de ladrillo, los restantes lo hacen en piedra. El análisis realizado en su fábrica obtuvo una prolongada secuencia formada por seis periodos que discurren desde mediados del siglo XI hasta inicios del XXI (Fig. 2). De esta dilatada historia, solo exponemos a continuación los dos primeros periodos, aquellos que comprenden desde mediados del siglo XI a mediados del XII, los cuales han situado a San Isidoro en todos los catálogos artísticos del Románico. Las referencias a los periodos posteriores se reducen a las necesarias para la comprensión de la evolución aquí expuesta (Fig. 3). Síntesis de los Periodos posteriores de San Isidoro Síntesis de la evolución en planta de la iglesia de San Isidoro Periodo I. Edificio Primitivo [A 100. Una primera hilada [UE 1072] en el muro norte, a modo de zócalo (saliente 0,3 m), discurre hasta la jamba occidental de la puerta (Fig. 4). En el oeste, lo hace hasta la jamba norte de la puerta meridional con el tímpano de crismón (Fig. 5). En el resto de este frente, la hilada ha sido picada y eliminada. Este muro se reforzó al exterior (Fig. 6) con unos contrafuertes (A 0,66 m), convertidos en arcos en el Periodo II y ampliados en las restauraciones del Periodo VI, por lo que ignoramos cómo eran en origen. Solo conocemos algunos de sus arranques trabados con el muro. Dos parejas flanquean el vano norte. Otros dos se localizan en los extremos oeste y este del muro. Alzado interior del muro septentrional de San Isidoro Alzado interior del testero occidental de San Isidoro Alzado exterior del muro septentrional de San Isidoro 176), a raíz de las restauraciones de Menéndez Pidal (1964), constataron un sistema de escalonado de tres saltos en este muro norte y de dos de los respectivos contrafuertes a una altura de 4,40 m respecto al nivel del suelo actual (Fig. 7)10. Los arcos del Periodo II rompen los contrafuertes en la parte alta y los transforman en arcos en la parte baja. De ahí la irregularidad de este sistema arcuado posterior, el cual debe adaptarse a unos contrafuertes preexistentes no equidistantes. Restos del escalonamiento del muro norte [UE 1071, A 101] visibles en el exterior del primer tramo occidental detrás de los arcos restaurados por L. Menéndez Pidal Entre pilares con zócalos ataludados, se abre un vano central, de medio punto dovelado en el lado este y con dintel de tres piezas y tímpano macizo en el oeste, evidenciando que al oeste/exterior debió existir una estructura desde la que se ingresaba, de acuerdo a la disposición arco este – tímpano oeste (Fig. 9). Sobre esta puerta hay otra alta de doble arco. Su arco exterior descansa sobre jambas rectas, mientras que el interior lo hace sobre un orden de cimacios, capiteles con motivos figurados, fustes cilíndricos y basas clásicas12. A la altura de sus impostas, el arco estaba flanqueado por dos óculos circulares simétricos13. La parte alta del muro se completa con un arco, del cual se conservan únicamente dos dovelas de su arranque sur (Figs. Prolongado con otras dos dovelas por las restauraciones de Torbado (Periodo VI), pudo funcionar como arco de descarga del vano alto o formar parte de una eventual bóveda, tema sobre el que volveremos más adelante. Alzado exterior del testero occidental de San Isidoro Ambos muros norte y oeste se alzan en sillería caliza dispuesta en hiladas horizontales, con filas altas (0,40 m) alternadas con otras más bajas (0,15-0,20 m), cuya unión se ayuda a veces de engatillados y saltos (Fig. 11). Los sillares fueron tallados a pie de obra con un cincel o pico pequeño, dejando huellas longitudinales con una inclinación de 45o (Fig. 12)14, y alzados con los andamios sin agujas pasantes, como evidencia la ausencia de mechinales. No tienen marcas de cantero. Se emplean de manera indistinta sogas y tizones y muy esporádicamente el ladrillo (L 255, A 135, H 60 mm) en vertical y en horizontal, en zonas de ajuste como las esquinas o los ángulos entre pilares y muros. Las juntas estaban además selladas con un estrecho encintado en relieve terminado con la punta de una herramienta. Calcos de las tallas de la sillería ordenados por periodos Los muros altos norte (Fig. 6) y este (Fig. 5) del panteón [UE 1290], aunque fuera de los límites del estudio, fueron analizados para poder secuenciar los paramentos septentrionales descritos. Estos muros muestran las mismas características: sillería caliza en hiladas horizontales, tallada a cincel, sin marcas de cantero, con juntas en relieve y escasa presencia de ladrillo. El muro norte del panteón dobla en su extremo oriental hacia el sur, unificándose así con el muro oeste del aula. Sobre el tejado del claustro bajo, se observa15 cómo el tramo visible del muro este [UE 1290, Fig. 5] recibe el muro norte de la nave central [UE 1370], confirmando su anterioridad. El adosamiento de la UE 1292 (Fig. 6) de la etapa románica, tampoco deja lugar a duda de la anterioridad del muro norte y, por ello posiblemente, del panteón y de la cámara. El muro norte [UE 1290] tiene una ventana de medio punto y jambas abocinadas. Junto a ella y a 0,55 m de la esquina oeste, un contrafuerte de 0,45 m de ancho y 0,22 m de proyección se alza a lo largo del muro. Este refuerzo continúa el del piso inferior. El hecho de que el muro norte de la cámara alta del panteón [UE 1290] sea de este Periodo I fuerza a que los arcos [UE 1324] situados bajo él y que abren el panteón al claustro también lo sean (Fig. 6). Estos arcos dobles descansan sobre pilares cruciformes asentados sobre un zócalo solidario con el muro sur y sobre una semicolumna oriental que une con los muros de la basílica [UE 1071 y 1215]. Estos elementos carecen de marcas de cantero y se tallan de la misma forma. Desde el lado este del contrafuerte y hasta la esquina del panteón (Fig. 6), una imposta de talla ajedrezada recorre la parte alta del muro de la nave, sustentada por un modillón figurado de cabeza antropomorfa (Fig. 13). Esta imposta debe tomarse como referencia a la hora de calcular las alturas de las cubiertas exteriores, las cuales quedarían por encima de las bóvedas laterales tradicionalmente propuestas al interior (Fig. 14), como veremos. Ángulo noroeste del interior del aula [UE 1215, A 101], donde se observa la línea dibujada por J. C. Torbado [UE 1235, A 140] marcando el supuesto perfil de la bóveda norte Consideraciones generales sobre el Periodo I Contamos con una primera obra (Fig. 3) de la cual únicamente conservamos parte del muro norte con un acceso de arco de medio punto flanqueado por contrafuertes y parte del muro oeste con un vano bajo y otro alto flanqueado por una pareja de óculos. Estos restos han sido interpretados como parte de una basílica de tres naves con cabecera tripartita recta, con el ábside central ligeramente adelantado, y adscrita al reinado de Fernando I y Sancha (1063), según la inscripción correspondiente, junto al panteón y a un probable claustro norte. Esta propuesta se reforzó con las inspecciones del subsuelo realizadas a principios del siglo XX a los pies de la iglesia, las cuales sacaron a la luz una serie de estructuras que parecían definir un edificio de tres naves, cuyos únicos muros conservados en alzados serían los tramos norte y oeste descritos (Fig. 15). Los datos obtenidos en el análisis invitan a revisar esta propuesta. Sección transversal de la basílica actual con la recreación (en discontinuo) de la altura de las naves localizadas bajo el solado ( Díaz-Jiménez 1917: p. - Los muros hallados en excavación. Los trabajos en el subsuelo del edificio realizados por el arquitecto J. Crisóstomo Torbado a inicios del siglo XX quedaron inéditos. 151), quien habla del hallazgo de los "cimientos y muros de fachada y lado del Evangelio de una basílica pequeña de tres naves y tres ábsides". Díaz-Jiménez (1917: pp. 92-94) aporta más detalles y dice que salieron a la luz "cuatro líneas de cimentación, que arrancando del muro divisorio de la iglesia y el panteón, se extendían hasta rebasar las terceras pilas". A pesar de que solo menciona los muros longitudinales, no duda en reconstruir una basílica de cabecera triple, con la capilla central ligeramente adelantada, y totalmente abovedada, de acuerdo a los vestigios de las bóvedas norte y central visibles en el paramento interior de la fachada oeste, rematada en su lado meridional con un pórtico, cuyos cimientos coincidirían con la arquería sur actual. Ni Mélida ni Díaz-Jiménez hacen mención a un muro de dirección norte-sur atribuible a la cabecera, pero el segundo (1917: p. Este muro oriental tiene sus caras rectas en la nave norte, pero su perfil exterior es sinuoso en las naves central y sur, reduciéndose a una estrecha faja en el espacio considerado como pórtico. Los cimientos tienen grosores desiguales. Si en la nave norte, el vacío de la trama del cimiento corresponde a la puerta original, en el muro oeste lo hace con los vanos románicos, no así con el original. Es decir, la ausencia y presencia de los cimientos no corresponde con la secuencia de los vanos originales y posteriores. Por último, remarca un pequeño saliente en el ángulo noroeste de la nave central. Planta de la basílica con los restos documentados en los trabajos de J. C. Torbado, destacados en negro según Díaz-Jiménez (1917: p. Iguala la luz de las naves laterales y recrea una cabecera tripartita con capilla central saliente y muros regulares (Fig. 16). Insinúa con una trama de puntos los grosores de los muros sobre los cimientos, cierra el cimiento del vano de la nave meridional y abre el de la central. En la mitad oriental del cimiento norte de la nave central añade un saliente rectangular, sin parejo en el muro contrario y sin explicación aparente. Del pórtico sur, dibuja el arranque oriental, pero no se compromete con los restantes muros. Entre ambas reconstrucciones hay casi dos metros (1,82 m) de diferencia en la amplitud total del templo propuesto (Fig. 17)16. Medidas comparadas de los planos de Díaz-Jiménez y Gómez Moreno [A anchura, L longitud, H altura] Los trabajos de Williams, realizados a finales de los años 70, permanecieron también inéditos. 5) menciona que J. C. Torbado "discovered the foundations of a three-aisled church with squared apses and a southern porch", descripción que se basa sin embargo en los artículos de Mélida (1910) y Díaz-Jiménez (1917), cuyo plano ilustra su trabajo. Debemos entonces suponer que Williams tampoco vio la documentación original de Torbado, si es que esta existió. En un breve epílogo al final de su texto, Williams (1973: p. 184) adelanta que en los trabajos dirigidos por él no se hallaron trazas del porche meridional. De mayor detalle que los conocidos hasta ahora, este plano permite realizar algunas puntualizaciones (Fig. 18). Mientras los cimientos de la nave norte se alinean con el muro actual, los correspondientes occidentales siguen una ligera (des)orientación noroeste-sureste, provocando el estrechamiento del extremo oeste del muro sur de la nave central. Precisamente este muro, de perfil irregular, es recorrido por canalizaciones, las cuales se pierden bajo el muro común con el panteón y se repiten en el mismo extremo oeste del muro sur. Estos canales ya fueron advertidos por Viñayo (1978: p. 228), quien debió ser testigo de su hallazgo durante los trabajos de Williams: "¿Por qué no se hace constar que en los muros de cimientos apareció a todo lo largo de los mismos un canalillo cuya finalidad no se ha podido determinar, que recorre los muros de la iglesia y, sin solución de continuidad, se introduce en los actuales del panteón?". La mitad sur de esta estructura está parcialmente perdida, por lo que no se puede reconocer la línea exterior de lo que se ha supuesto como ábside sur ni tampoco del muro sur, ambos representados por líneas irregulares, tal vez reflejando su ruina. Una tumba antropomorfa, seguramente infantil (L máx 1,10 m)18, corta el cimiento del muro oriental. El saliente de tres sillares del muro norte de la nave central corresponde al dibujado por Gómez Moreno (1934), así como la "desaparición" del denominado pórtico. Se observa así la irregularidad de una planta que puede reflejar en realidad elementos de distintos momentos, tal como insinuó Viñayo (1964: p. 93) al referirse al hallazgo de muros romanos y de los cimientos de la iglesia. Plano de las excavaciones en el ángulo noroeste del aula publicado por Williams (2008) 57) introduce un nuevo argumento. En su opinión, el muro oriental no sería el testero de la cabecera, sino el cimiento continuo de la embocadura de una cabecera triple de ábsides semicirculares. La ausencia de articulaciones entre los espacios que corresponderían al aula y a la cabecera le hace retrasar unos metros esta última, la cual debió diferenciarse de alguna manera. Crea así una basílica de mayor longitud y de formato plenamente románico. - Los muros hallados en excavación y las UE murarias. La lectura de paramentos considera el tramo oeste del muro norte hasta el tercer pilar y sus correspondientes cimientos (Fig. 04), así como la fachada oeste con el vano hoy sellado (Fig. 05) como originarios de esta primera fase. Los cimientos del muro oeste continuaban hacia el sur, aunque fueron picados posteriormente (Periodo Vb). Sin embargo, a partir del punto que marca el pilar norte de la arquería actual en su encuentro con el muro oeste, los cimientos dibujados por Williams (2008) giran hacia el sureste (Fig. 18). Al mismo tiempo, el cimiento del muro norte montaría sobre el muro corrido documentado en las excavaciones. En ambos muros se daría por tanto lugar a un anómalo sistema de dos cimientos: el zócalo hoy visible en el muro norte montaría sobre las cimentaciones exhumadas en las excavaciones, lo que indicaría en realidad la existencia de dos estructuras distintas. Lo mismo parece indicar el extremo oriental de las excavaciones, cuyo cimiento dobla hacia el sur. Su pérdida debería haber dejado huella en el alzado norte, sobre el cual se monta de modo escalonado el muro de la ampliación románica. Es decir, no hay una esquina que corresponda a la de la excavación y que evidencie que el edificio terminaba allí. Por último, los contrafuertes conservados parcialmente en el alzado norte no tendrían sus correspondientes en el muro sur excavado. A esto hay que sumar las huellas en el muro occidental, asociadas al abovedamiento de las naves (Fig. 5). Las roturas y reparaciones del muro (Periodo IIIb) indican la presencia de unas cabezas de muros o pilares terminales de arquerías, cuya pérdida dejó en el muro unas rozas verticales. Siguiendo la línea de la reparación en la nave norte, Torbado marcó en negro una línea recta que correspondería al soporte norte y que continúa en una curva que sería el perfil de la bóveda norte (Fig. 14). Esta línea pasa sin embargo por encima del tapiado de la puerta abierta posteriormente (Periodo IIIa), por lo que Torbado no pudo ver aquí traza alguna de la bóveda. Únicamente pudo apreciarla en el ángulo noroeste. En este punto, maltratado por varias superficies de cemento, las hiladas sobre la imposta, de factura algo más irregular y juntas gruesas, se adosan al muro norte del aula, lo que confirmaría su pertenencia a un periodo posterior (Periodo IIc). Solamente los dos sillares inmediatos a la jamba norte de la puerta, situados a la izquierda de la línea curva dibujada por Torbado, pudieron pertenecer al tímpano de la bóveda, si se da por buena la línea citada. Un segundo dato a considerar en esta reconstrucción tradicional es la carencia de indicios seguros sobre la situación de la bóveda central, a la cual únicamente se la podría adjudicar el arco restaurado sobre el gran arco de ingreso a la Cámara de Doña Sancha (Fig. 5). La diferencia de más de cinco metros de altura entre la nave central (H ca. 12 m) y las laterales (H 6,8 m) supondría un alto riesgo para la estabilidad del edificio, difícil de asumir por muros que no alcanzan los 0,80 m de grosor19. Por ello, el abovedamiento del San Isidoro de este periodo se antoja arriesgado, incluso en el caso de adoptar cubiertas de ladrillo. Por lo tanto, aunque la reconstrucción de una estructura abovedada es plausible, la ausencia de indicios deja la puerta abierta a otras posibilidades. Se puede suponer la existencia de un edificio con cubierta de madera, con los aleros laterales descansando al nivel marcado por el tramo de imposta conservado en el tramo norte, sorteando la pareja de óculos por debajo y descansando sus cabezas sobre los muros de la nave central, aproximadamente a la altura de las impostas. La nave central se cubriría del mismo modo. En su caso, la presencia del arco de descarga situado sobre el ingreso a la cámara marca la cota mínima de su altura. El análisis identifica una construcción de tres naves en dirección este-oeste, separadas por pilares, si optamos por una iglesia, o por muros, si es otro tipo de obra. Un vano norte de arco de medio punto peraltado se abría al exterior20, mientras otro occidental comunicaba con un espacio cerrado a sus pies, bien sea el panteón u otro ámbito. El muro norte estaba reforzado por contrafuertes no equidistantes que reforzaban un muro que reducía su grosor en altura mediante una serie de escalonamientos. Su anómala disposición difícilmente pudo corresponder a arcos fajones. Aunque su abovedamiento ha sido generalmente aceptado, ya hemos mostrado nuestras dudas. La continuidad del muro conservado obliga a pensar que, de estar abovedado el edificio, las cubiertas, notablemente rebajadas, no se pudieron ayudar de apoyos singulares ni de fajones, los cuales hubiesen sido aún más rebajados. El hecho de que falten los muros sur y este de esta obra, convierte en arriesgado la búsqueda de paralelos21. Respecto a su cronología, la tradicional adscripción a Fernando I y Sancha (1063) no se enfrenta a otros indicios cronológicos desprendidos del análisis estratigráfico. La ausencia de marcas de cantero, propias de la última década del siglo XI en adelante (Moralejo 1996, Alexander 2007 y Esquieu y Hartmann-Virnich 2007) y las cuales aparecen de forma numerosa en la obra del periodo inmediatamente posterior, encaja en ese momento. Por otro lado, la pertenencia de las impostas taqueadas a esta fase es clara desde el punto de vista estratigráfico y artístico, estando representadas en la caja de las reliquias de San Juan Bautista y San Pelayo, atribuida a Fernando I y Sancha y datada en el año 1059 (Bango 1997: p. Este elemento arquitectónico y decorativo sería por tanto prácticamente coetáneo a los primeros ejemplos de la catedral de Jaca (Huesca, ¿ca. 1063?), monumento que precisamente le otorga el título de "ajedrezado jaqués". Los otros elementos decorativos son la pareja de capiteles figurados que sujetan el arco de la tribuna y el modillón septentrional22. En nuestra opinión, estos muros serían conservados por razones de pragmatismo, más que por motivos de tributo a los monarcas que los construyeron23. Es más, su carácter macizo les permitió aguantar las ruinas de periodos posteriores. Su aplomo indica que tampoco sufrieron ruina en un momento original, sino que fueron desmontados para dar paso a la nueva obra románica, la cual, se engarza en el extremo oriental mediante un suave escalonamiento. La presencia del panteón y la cámara, si no de manera coetánea a esta obra, al menos cuando se produce su desmonte, justificaría igualmente la conservación de estos muros, obligados a permanecer por la existencia de esos espacios. Pero esta es una hipótesis a confirmar. Finalmente, el hecho de que los muros hallados en excavación estén recorridos por canales de agua, que no se correspondan cimientos, vanos y direcciones de los muros, y que falten contrafuertes en la zona excavada son serios obstáculos para pensar en una única estructura. En nuestra opinión, es más probable la presencia en el lugar de una construcción previa, la excavada (¿romana?), y de otra, la construida, que se superpone a ella aprovechando los cimientos de la primera. La constatación de estructuras romanas en el lugar24, como es de prever, dado que estamos intramuros de la ciudad romana, convierte esta posibilidad en algo más que probable. Por lo tanto, rechazamos la unidad de los restos hallados en excavación por J. C. Torbado con las UE documentadas en alzado. A diferencia de las secuencias tradicionales, las cuales asumen grosso modo la construcción continuada de San Isidoro a lo largo de la segunda mitad del siglo XI y la primera mitad del XII, el análisis arqueológico pone de manifiesto la irrupción de una ruina en el edificio, la cual supone una novedad importante en su conocimiento, con implicaciones en la datación e interpretación de la basílica románica. De este modo, este periodo se secuencia en una etapa constructiva (Periodo IIa), una ruina inmediata (IIb) y una reconstrucción urgente (IIc). El desmonte de la obra originaría en el ángulo noroeste del aula debió acometerse de manera coetánea a la construcción de la basílica (Periodo IIa), la cual continúa la obra originaria en el testero oeste hacia el sur y en el muro norte hacia el este y amortiza sus vanos occidentales para introducir la arquería norte. La nueva obra superará tanto en extensión como en altura a la primitiva, evidenciando la implantación de un nuevo proyecto completamente distinto y que se mueve en otra escala. Como es de esperar ante una obra de esta índole, el análisis evidencia que es el resultado de varios grupos de canteros o cuadrillas trabajando al mismo tiempo. ¿Qué elementos permiten reconocerlos? La técnica constructiva de las tres etapas de este periodo es idéntica. Los muros de doble hoja se fabrican en sillería caliza arenosa, dolomía característica de la zona de Boñar (León) y caliza arcillosa, marga que denominan "piedra del país" (Fig. 18). Se dispone principalmente a soga, en hiladas de variadas alturas, pero horizontales y continuas, excepto en aquellos puntos donde hay juntas de obra, reconocibles por la presencia de codos y saltos entre hiladas. Dentro de las hiladas, el empleo de codos es muy escaso y se observan algunos ladrillos verticales (22 x 4 cm). Las juntas son estrechas y los sillares se tallan con un hacha aplicada a 45o (Fig. 12). Esta homogeneidad es alterada únicamente por tres elementos, los cuales ayudan a reconocer los grupos de trabajo (Fig. 20): Detalle de la fábrica del Periodo IIa, segundo tramo occidental del muro sur [UE 1240, A 168], con un encuentro de obra en la zona central (salto de hiladas) Planos con la secuencia constructiva del Periodo IIa (la trama de colores corresponde a las Etapas de este periodo), alzado meridional de la nave sur y alzado occidental del transepto La ubicación de los mechinales, empleando hiladas bajas que corresponden a su tamaño, o cortando los sillares aprovechando la junta y preferentemente en sus esquinas. Aunque estos huecos puedan parecer elementos distintivos, son unificadores. Aquellos abiertos en hiladas bajas se encuentran principalmente en los tramos inferiores, concretamente en los paramentos interiores de los muros sur y norte del aula y en el occidental del brazo sur y norte del transepto (Fig. 20). Estos mechinales se abren siempre en la penúltima o última hilada bajo la imposta taqueada inferior. En los tramos restantes, los mechinales se cortan en las esquinas de los sillares. Estos mechinales no pueden existir sin los anteriores, con los cuales se alinean en vertical, reflejando la posición del andamio empleado. Los saltos de las hiladas horizontales se resuelven mediante el acoplamiento de los sillares con codos y la introducción de otros sillares menores que tapan los huecos generados por los encuentros de obra verticales (Fig. 19). Las impostas funcionan como juntas horizontales "invisibles", disfrazando el cambio y sin los indicios observables en los encuentros verticales. Por ejemplo, los saltos más evidentes se sitúan bajo la imposta inferior en el extremo occidental del muro sur (Fig. 21) y entre la imposta baja y media junto al vano meridional (Fig. 22). Ambas soluciones de continuidad traban sin embargo obras edilicias idénticas, teniendo mechinales en hilada en el paramento inferior, y cortados en las esquinas en el paramento medio. Estas líneas deben ser entonces entendidas como juntas de obra o de encuentro entre cuadrillas que trabajan en el mismo piso del andamio, viniendo una desde el oeste y otra desde el este. Las puertas de los hastiales del transepto funcionan también como lugares de encuentro, como evidencia la falta de correspondencia entre las hiladas que componen sus dos jambas (Figs. Junta de encuentro en el muro sur del aula, al este de la puerta del Cordero, marcada en rojo por J. C. Torbado, distinguiendo a la izquierda una obra [UE 1246, A 102] y a la derecha otra [UE 1359, A 168] Alzado interior del muro meridional de San Isidoro Las marcas de cantero aparecen por primera vez en este Periodo IIa. Agrupadas por zonas, reflejan, junto a los aspectos anteriores, el proceso de construcción (Fig. 24), aunque debemos tener en cuenta las limitaciones de su capacidad informativa. Ignoramos si corresponden al trabajo y movimiento de un cantero o de un grupo de ellos; si su asociación por conjuntos tiene un carácter excluyente; si su ausencia tiene, por el contrario, otro significado, teniendo en cuenta la posibilidad de que se hallen además ocultas en los lechos de las piezas, o que hayan sido abrasadas o sustituidas en las restauraciones o eliminadas por procesos naturales de erosión y desgaste. Su tentador uso debe someterse a los principios de la estratigrafía, ofreciendo su análisis resultados complementarios, pero no definitivos por sí mismo. Deben entenderse como un atributo más que contribuye a crear el tipo. Síntesis de las marcas de cantero ordenadas por periodos La consideración conjunta de estos tres aspectos (mechinales, saltos de hiladas y marcas de cantero) permite seguir el ritmo de una obra que fue proyectada con aula, transepto y cabecera triple y que no siguió un avance cardinal, sino desde sus cimientos hacia las alturas. Con la intención de explicar de manera clara este proceso, hemos optado por el siguiente esquema. Adecuación de los elementos originarios del testero occidental y construcción de la nave meridional. El proyecto comienza con el desmonte del edificio original. La construcción de una basílica mayor implica la prolongación del muro oeste hacia el sur [UE 1232], el alzado de una nueva fachada meridional [UE 1209, 1240, 1359] y la introducción de unas arquerías que sirven a un aula de mayores dimensiones. Por un lado, las arquerías amortizan los vanos originales del testero oeste, que ahora quedaban descentrados (Fig. 5). Las fábricas de pilar y del sellado de los vanos son continuas, aunque del superior no podamos asegurarlo por haber sido eliminado por restauraciones posteriores. Por otro, se desmontan los soportes del Periodo I, más próximos entre sí por pertenecer a naves más estrechas. Sus huellas se reconocen por el "chapado" vertical (Periodo IIIb, UE 1216) que recorre el muro oeste (Fig. 5) y parcialmente por la puerta nueva [UE 1225]. Ambos elementos sellarían las jarjas provocadas al retirar los apoyos correspondientes. Paramento oeste de la fachada occidental en la nave central, donde se observa el cierre [UE 1224, A 105] del vano inferior por la construcción de la arquería norte y los nuevos vano central polilobulado [UE 1225, A 105] y meridional con tímpano decorado con un Crismón [UE 1232, A 105], así como las ménsulas y bóveda sobre las que se sustenta el coro occidental [UE 1143, A 110] Para mantener la comunicación con el panteón, una vez amortizado el vano occidental inferior, se abre otro [UE 1225] más hacia el sur, centrado así respecto al eje del nuevo aula (Figs. Se dota de tres arcos sucesivos, de este a oeste: un arco de herradura exterior sobre imposta de nacela abrazado por una moldura continua, hoy degollada; un arco intermedio con el mismo perfil y otro inferior polilobulado. La sillería que flanquea este vano se continúa 75 cm hacia el norte, donde se encuentra con la jamba de la puerta del Periodo I, y 1,05 m hacia el sur, donde lo hace con otros restos de la misma fábrica; y en altura hasta la base del coro, excepto por encima del arco, donde aún se conservan también tres hiladas de la obra primitiva [UE 1215]. El lado oeste del vano, dentro del panteón (Figs. 8 y 26), se salva mediante un arco de medio punto peraltado cuyas jambas se adosan a la fábrica del panteón. Detalle de las pinturas del panteón [UE 1325, A 200] y la apertura de la nueva puerta [UE 1225, A 105], observándose cómo un estrecho filo de pintura pasa en el ángulo norte (izquierda) sobre los sillares del tímpano En este lado (Fig. 8) no queremos dejar de hacer referencia a la relación entre las pinturas del panteón [UE 1325] y la apertura de esta puerta [UE 1225]. Aunque a primera vista parece que las pinturas fueron cortadas por este vano25, la observación evidencia cómo un estrecho filo de pintura en el ángulo norte pasa por encima de los sillares que forman su tímpano (Fig. 26). Esta relación confirma la posterioridad de las pinturas, cuya cronología también ha tenido su propio debate (Fig. 1), en el cual no entramos por estar fuera del ámbito de nuestro análisis. Esta puerta de comunicación con el panteón está acompañada por otra pareja de vanos meridionales en eje vertical [UE 1232], los cuales evidencian de nuevo la presencia de un cuerpo occidental de dos pisos coetáneo. Ambos se ajustan al lado norte de la arquería sur (Fig. 5), situándose así en el espacio de la nave central. El vano inferior se salva con un arco de medio punto de dovelas decoradas en su frente con una incisión perimetral (Fig. 25). El arco encierra un tímpano monolítico con un crismón central, con la alfa y la omega invertidas en su orden, dentro de un círculo perlado. El vano superior vuelve a ser un doble arco de medio punto, alzado sobre jambas rectas y sin imposta en la cara oeste (Fig. 8), y sobre capiteles y fustes en la este, la que da a la nave central. Moldura, impostas y capiteles fueron víctimas del incendio que asoló esta zona (Periodo Va), perdiendo sus decoraciones. Los tramos correspondientes a la nave central y septentrional de este muro oeste son los únicos carentes de mechinales (Fig. 5), pues seguramente la obra iría rellenando los huecos dejados por el edificio primitivo, como su vano o los desmontes de los muros, instalándose andamios independientes para tal efecto. El tramo meridional [UE 1232] (Fig. 5), por su parte, es nuevo desde sus cimientos por sobrepasar ya el perímetro del edificio del Periodo I. Se alza en sillería caliza sobre un zócalo saliente de dos hiladas y posee mechinales en las hiladas bajas. No se aprecian saltos ni codos y las marcas de cantero no son aquí muy abundantes. Esta fachada occidental estuvo reforzada por una pareja de contrafuertes (Fig. 8), arrasado posteriormente el meridional, del cual conservamos sus jarjas reparadas en la planta baja [UE 1352] y alta [UE 1348]. El septentrional arranca sobre la cubierta de la cámara de Doña Sancha, sin que podamos reconocer su base oculta por el tejado actual26. De nuevo, el pilar occidental [UE 1232] de la arquería sur adquiere una planta en forma de "T", fruto de unir pilar y semicolumna, siendo sus hiladas y las del muro oeste continuas (Fig. 5). Se corona con un capitel corintio doble bajo imposta taqueada. El adosamiento del coro (Periodo IIIb) eliminó las (cuartas) columnas del lado de la nave mayor. La sillería del muro sur (Fig. 19) se ejecuta de la misma manera, repitiéndose la presencia de mechinales que aprovechan las hiladas bajas hasta la imposta baja, y manteniéndose el zócalo (H 38 cm) hasta la jamba oeste de la portada. Unas semicolumnas marcan los tramos abovedados: mientras la más occidental es solidaria con un semipilar y con el muro, siendo sus hiladas continuas, las dos orientales lo hacen directamente con el muro. Este alzado se conserva hasta una hilada por encima de la imposta baja taqueada, pues la ruina sufrida por el edificio (Periodo IIb) arrastró su parte alta. Se compone de tres vanos arcuados concéntricos, el central de medio punto apeado al exterior en machones prismáticos y los otros dos arcos en columnas. De estos elementos, son originales los machones situados detrás de las columnas [UE 1209, A 168], con huellas de talla de puntero. El resto de la portada es fruto de la reconstrucción del Periodo IIc. Alzado exterior del muro meridional de San Isidoro Avance de la obra hacia el este. Al este de la puerta (Fig. 23), el muro sur [UE 1359] continúa empleando semicolumnas. Sin embargo, nos encontramos ya con el primer cambio evidenciado en la disposición de los mechinales y en la presencia de juntas de obra. El tramo inferior del muro, bajo la imposta baja, se realiza con la ayuda de andamios que se sirven de hiladas bajas para introducir las agujas (Figs. Esta manera de hacer recorre los frentes occidental y meridional del brazo sur del transepto hasta la puerta, por un lado, y todo el meridional de la nave, por otro (Fig. 20). El encuentro entre las dos cuadrillas que están construyendo estos muros se da junto al extremo oriental, precisamente donde el muro gira hacia el sur, evidenciándose la construcción coetánea de ambos tramos, apoyándose el oriental sobre el occidental de acuerdo a la inclinación de la junta (Fig. 21)27. A diferencia de los correspondientes alzados meridionales, aquí no hallamos junta en la esquina nave-transepto, siendo el muro oeste del transepto, desde la jamba sur del vano oeste, y el lienzo de la nave norte continuos. Es este lienzo norte [UE 1074] (Fig. 4) el que muestra una solución de continuidad casi vertical (Fig. 28) que discurre por el lado occidental de la tercera columna adosada, formando una "cremallera" que, a diferencia de los anteriores saltos, sí refleja una nueva fase de obra, pues va acompañado de otros aspectos que posteriormente resaltaremos. Las marcas de los muros norte y sur del aula coinciden con los occidentales del transepto, validándose la unidad de aula y transepto. El paramento exterior del muro sur [UE 1359], muy alterado por actuaciones posteriores, ha perdido casi toda su superficie original, por lo que desconocemos sus posibles marcas (Figs. En aula y transepto, la imposta baja marca el cambio hacia la obra con mechinales tallados en las esquinas de los sillares (Fig. 20). Su alineación coincide con los inferiores, confirmándose el entramado de andamios que servían a la construcción. De nuevo, los saltos y las marcas avalan la coetaneidad de la construcción. En la nave sur, la junta o salto en las hiladas del tramo de muro comprendido entre las impostas se sitúa al este de la parte media de la semicolumna que flanquea la puerta (Fig. 22). Mientras del oeste apenas podemos aportar datos, por haberse perdido en la ruina posterior (Periodo IIb), del este contamos con las marcas 4, 5, 12, 13, 16, 49, 70, 71, continuándose parte de ellas en el paramento correspondiente ya al muro oeste del transepto: 5, 6, 7, 11, 12, 16. Tanto en la nave sur (Fig. 23) como en la norte (Fig. 4), en los tímpanos de las bóvedas, es decir, en la parte superior del muro sobre la imposta alta, se reducen las marcas, prácticamente ausentes en el sur (4) y mínimas en el norte (18, 68 y 69). Las bóvedas tienen en común la marca 12, presente también en los muros del transepto29. La disposición de mechinales cortando las esquinas de los sillares marcará el devenir del resto del edificio, por lo que parece que la obra que aprovechaba las hiladas bajas para anclar sus andamios se limita prácticamente a la parte baja. Es posible que, una vez en marcha, se complique el ajuste de hiladas y mechinales, los cuales pasan a cortar los sillares. La obra avanza por todo el extremo oriental del aula, el transepto y la cabecera. Se efectúa de manera unitaria, empezando por los cuerpos inferiores hasta abovedar los ábsides laterales, aunque no quedará cerrada por completo en la nave norte. Incluimos en esta etapa los pilares orientales de ambas arquerías y el cuerpo de ventanas superior. Las únicas ventanas (Fig. 30) de las naves laterales se encuentran precisamente en estos tramos orientales [sur UE 1246, norte UE 1074]. Ambas se ajustan en el interior a la imposta baja del muro y hacen coincidir el arranque de su arquivolta con la imposta media. Su sección es simétrica, mostrando tres jambas escalonadas que acogen órdenes de basas, fustes y capiteles en sus frentes. Al exterior, la norte fue restaurada por Torbado [UE 1127] (Fig. 6) y la sur alterada por el adosamiento de una capilla gótica (Fig. 27) y la posterior restauración de su desmonte [UE 1030], aunque puede apreciarse aún su forma original (Fig. 29). Detalle de la columna [UE 1248, A 103] coetánea al tapiado de la ventana oriental del muro sur del aula [UE 1246, A 102], con el frente posterior de los tambores, capitel y arranque de la bóveda inacabado El transepto presenta una altura y anchura similares a la nave central, aunque la longitud de sus brazos es proporcionalmente mucho más corta. Sus frentes meridional [UE 1000, 1012], septentrional [UE 1077] y longitudinales [UE 1251, 1077] se alzan en la fábrica propia de este periodo: sillería dispuesta en hiladas horizontales que alternan sogas y tizones tallados con un hacha aplicada a 45o y unidas con juntas finas. Las marcas de cantero están presentes en todo el alzado, aunque el incendio interior (Periodo V) y la erosión exterior dificultan su identificación. Al brazo meridional se accede por una portada, conocida tradicionalmente como la Puerta del Perdón (Figs. Dos arcos de medio punto concéntricos encierran un tímpano decorado con tres placas, en las que se tallan la "Resurrección", el "Descendimiento" y la "Ascensión de Cristo". Este conjunto descansa sobre una imposta continua y dos parejas de columnas. El vano está flanqueado por dos figuras ("San Pablo" y "San Pedro") encerrados por un último arco-imposta. Este grupo decorativo estaría rematado por una figura de "San Isidoro" en lo alto del tímpano del muro del transepto, hoy tan erosionada que es difícil de reconocer30. Fachada meridional del transepto con la Puerta del Perdón [A 102] y serie de mechinales correspondientes a los apuntalamientos de la ruina [UE 1001, A 126] Aunque el segundo cuerpo de la fachada sur del transepto [UE 1012] presenta un cambio de material, la identidad técnica de su fábrica y la ausencia de cortes confirman su pertenencia a una misma obra (Fig. 27). El cambio de dolomita naranja a otra de tono más claro debe buscarse en la variación de la fuente de aprovisionamiento, pero no en la identificación de otro momento constructivo (Fig. 31). Superada una imposta taqueada con modillones y otra de más sencilla factura con bolas [UE 1006] tallada en una piedra más clara, un juego de tres arcos decora su frente, siendo ciegos los laterales y abierto a modo de ventana el central. Tanto esta [UE 1004] como la ventana occidental [UE 1018] de este mismo brazo meridional conservan los anclajes de las rejas primitivas que las protegían. El remate exterior, de sillares ligeramente menores [UE 1003, A 105], es posiblemente un muro de única hoja que cierra el transepto y sujeta la bóveda de cañón. El hecho de que esté fuertemente desgastado impide añadir detalles descriptivos sobre su fábrica. La lectura del interior no identifica soluciones de continuidad con la parte interior, lo que confirma su originalidad. A diferencia de la fachada sur del transepto, la septentrional [UE 1077] (Fig. 6), hoy oculta por la Capilla de los Quiñones, prescinde de los tres vanos y abre únicamente el de la ventana. La portada repite el esquema de dos arcos e imposta exterior de la meridional31. Los mechinales en las esquinas de los sillares se observan en los lienzos interiores [UE 1251 sur, 1077 norte]. El brazo norte del transepto (Fig. 20) comunica con el claustro mediante un vano de arco de medio punto y jambas continuas salvado por la imposta taqueada inferior que recorre todo el transepto. La imposta se reproduce en tres niveles en los muros longitudinales del transepto, estando ausente el central en los testeros (Figs. Ambos brazos del transepto (Fig. 20) se organizan en dos tramos diferenciados por arcos fajones [norte UE 1079, 1080, 1081] que descansan sobre columnas adosadas asentadas sobre el zócalo perimetral con baquetón. La longitud de los tramos próximos a la nave central corresponde a la luz de los ábsides laterales, siendo por ello más anchos que los extremos iluminados por ventanas de medio punto que, como las de los ábsides, superan la imposta media y respetan la inferior. Los arcos fajones son correspondidos al exterior por pequeños y estrechos contrafuertes [UE 1284 norte, 1012 sur] en los muros longitudinales. Los contrafuertes nacen aproximadamente a la altura de la imposta alta interior, sobre la que arranca la bóveda, permitiendo la transición hacia unos paramentos más estrechos a una altura donde las bóvedas pueden prescindir del grosor inferior de los muros. El refuerzo de los muros se completa con dobles juegos de gruesos contrafuertes en las esquinas. Delimitado por dos fajones polibulados al norte [UE 1151] y al sur [UE 1207], el crucero se aboveda con una forma de medio cañón [UE 1173] en eje con las bóvedas de la nave central (Fig. 32). Otro arco fajón, en este caso de medio punto, arranca de la imposta alta, dando el paso a las bóvedas de la nave central elevadas a la misma altura. Alzada en hiladas horizontales y marcada con signos de cantero, desconocemos el enganche de la bóveda del crucero con la del ábside primitivo, al haber sido cortado por la cabecera gótica (Periodo IIIc). Alzado meridional de la arquería norte de San Isidoro El arco polibulado norte [UE 1151] se alza de manera solidaria con la arquería, incluido hasta el tercer pilar con sus dos arcos de medio punto peraltados (Fig. 32). De nuevo, una imposta taqueada marca el paso al cuerpo del muro donde se abren dos ventanas de medio punto sobre parejas de columnas e impostas propias. El resto del muro alto, del mismo modo que ocurre en el lado meridional, se arruinó, perteneciendo la obra actual a una reparación posterior (Periodo IIc). Al exterior (Fig. 6), únicamente el vano más oriental y el muro que continúa el arco polilobulado [UE 1371], acompañado por estrechos contrafuertes, y la parte inferior del primer contrafuerte de la nave [UE 1372], visible sobre la cubierta lateral, se han conservado íntegramente. Del mismo modo, el arco polilobulado sur [UE 1207] se alza junto con la arquería meridional [UE 1053] que, como la septentrional, alcanza hasta el tercer pilar, repitiéndose el esquema de arcos peraltados, imposta y ventanas altas con imposta propia. La nave central se levanta sobre una arquería de pilares compuesta por arcos doblados y peraltados (Fig. 32). Los cuatro arcos occidentales tienen una luz ligeramente menor que los dos orientales. Esta diferencia se mantiene también en las ventanas superiores, unidas por una imposta continua y de mayores dimensiones que sus compañeras occidentales. Aunque estas sean ahora el fruto de la restauración posterior (Periodo IIc), debemos suponer que mantienen el mismo ritmo que las originales. Otra diferencia singular de esta zona es que, a diferencia de los cuatro tramos occidentales de la nave mayor, aquí se prescinde de la columna semiadosada que recorre el muro en toda su altura, por lo que el arco fajón de la bóveda se ve obligado a arrancar de una ménsula independiente. La misma constante de mechinales cortados en las esquinas de los sillares se observa en los muros interiores de los dos ábsides conservados: el septentrional [UE 1078] y el meridional [UE 1252], ornamentados con zócalos con baquetón y columnas semiadosadas. Ambos poseen una mitad oriental con planta de medio punto rebajado y otra menor occidental recta. Estas dos partes se traducen en altura en una bóveda de cuarto de esfera, una bóveda de medio cañón y un arco fajón sobre pilastras, todo ello en sillería. Se iluminan con ventanas centrales de medio punto abocinadas que superan la imposta taqueada superior y respetan la inferior. Al exterior [UE 1000], zócalo, doble línea de impostas y columnas semiadosadas repiten el modelo interior (Fig. 27). Las columnas sirven además a la división en tres calles, en las que se sitúan las ventanas centrales abiertas y laterales ciegas (Fig. 33), estas no reflejadas al interior. Los exteriores se rematan con canecillos decorados bajo una imposta ajedrezada, como en el resto del edificio. El ábside norte está parcialmente oculto por la Capilla de la Santísima Trinidad adosada en su flanco nordeste (Fig. 34). Exterior del ábside septentrional, detalle del tramo norte al cual se adosa la Capilla de la Santísima Trinidad [UE 1078, A 102] Del ábside central, suplantado por la gran cabecera gótica, conservamos únicamente la embocadura recta en el interior [UE 1176] hasta una altura aproximada de 8,50 m. Tanto en el paramento norte (Fig. 32) como en el sur se abre un arco ciego sobre el zócalo con baquetón. Este tramo recto y los vestigios documentados en el subsuelo permiten afirmar que su planta era como la de los ábsides laterales conservados (Díaz-Jiménez 1917: p. Las arquivoltas que adornaban estos arcos y la imposta media del paramento fueron degolladas con posterioridad (Periodo III), por lo que desconocemos sus motivos decorativos. Cierre de la nave norte y abovedamiento del templo. Se realiza un lienzo de sillería [UE 1075] de hiladas horizontales, misma talla y materiales, con los mismos mechinales en las esquinas, que rellena el hueco dejado por el desmonte de la obra del Periodo I [UE 1073] y la nueva obra de la Etapa 2 de este Periodo IIa [UE 1074]. Dos elementos hacen atribuir este muro a una etapa algo posterior. Aunque sus mechinales cortan las esquinas de los sillares, son sin embargo pasantes, perforando el muro y siendo así visibles al interior (Figs. Segundo, fueron tallados por un andamio distinto, como evidencia el hecho de que la altura de sus pisos no coincida con la del andamio utilizado para construir los dos tramos orientales de la misma nave. La ausencia de imposta baja y la citada "cremallera" (Fig. 28) confirman su pertenencia a otro momento. La presencia de una marca distinta, una "R" (marca 31) de gran tamaño, hizo pensar en la introducción de sillares de restauración [UE 1114], pero una vez realizado el análisis, entendidas las marcas de cantero e identificadas aquellas correspondientes a las obras de restauración modernas y contemporáneas, debemos aceptar que pertenece a este Periodo IIa. El nuevo muro septentrional incluye, por tanto, la parte occidental del Periodo I [UE 1071], la parte oriental de la segunda etapa del Periodo IIa [UE 1074] y la parte central de esta tercera etapa del Periodo IIa [UE 1075], reforzándose al exterior (Fig. 6) por unos arcos adosados [UE 1323] que reaprovechan los contrafuertes del Periodo I. Restaurados casi en su totalidad por Menéndez Pidal (Periodo VI), estos arcos tenían como cometido igualar el ancho del nuevo muro que desde el este viene a encontrarse con el de menor espesor del Periodo I. Estos arcos tenían pinturas, cuyos exiguos restos de tonalidades rojizas se han conservado en los ángulos entre las dovelas de los arcos y las superficies de los muros. 4, 23 y 30), delante de las ventanas, no deja de sorprender, pero la lectura confirma que ambos pilares se realizaron de manera coetánea a las fábricas que tapiaban los vanos de luz, como evidencia la superficie irregular de la cara posterior de los tambores de las columnas (Fig. 30), y que fueron concebidos para soportar las bóvedas de aristas [A 103]. Las columnas adosadas a los pilares de las arquerías implican tanto la construcción de un zócalo propio como el adosamiento de sus medios tambores. En la norte, la limpieza de las superficies en 2008 permitió constatar que el fuste se compone de dos piezas de mármol blanco reutilizadas. Pero tal vez debamos afrontar esta anomalía de la manera contraria y considerar que esta reside en la situación de la ventana. Tanto la altura de los arcos de las arquerías, notablemente peraltados, como de la misma ventana del muro hubiesen forzado a situar el arranque de una hipotética bóveda de cañón longitudinal32 por encima de la clave de estos, de lo contrario, como demuestra el arco diafragma actual, no podrían convivir. Esta solución habría forzado igualmente a elevar la altura de los muros de la nave central que montan sobre la arquería para poder abrir los correspondientes vanos de luz en ellos. Es decir, se tendría que haber remodulado todo el edificio en altura, lo que implica asumir un riesgo aún mayor en la absorción de los empujes originados por la cubierta abovedada de la nave central. Una segunda posibilidad hubiese sido plantear bóvedas de aristas, como las actuales, pero con una planta rectangular correspondiente a dos tramos o arcos de la arquería, lo que hubiese dado un total de tres bóvedas en cada nave lateral. Esta solución hubiese permitido reducir el número de arcos diafragma a la mitad, abrir las ventanas y mantener la altura de los muros de la nave central. Sin embargo, la presencia de semicolumnas en el tramo occidental del muro sur, de las cuales se conserva su mitad inferior, y la originalidad del tramo correspondiente del muro norte eliminan la posibilidad de que se contemplasen tres ventanas por muro, por lo que las ventanas orientales conservadas son las únicas proyectadas y realizadas. Ante la unidad de los paramentos, los arcos diafragma, sus soportes y las bóvedas de los dos tramos orientales en ambas naves laterales, esta anómala disposición de columnas y ventanas solamente se puede explicar mediante una corrección en marcha. Ante la imposibilidad de reconstruir tanto bóvedas de cañón como de aristas por la posición de la ventana, la tercera opción posible hace pensar en una cubierta de madera que podría haberse servido de los arcos diafragma en los cuatro tramos occidentales, como marca la presencia de las semicolumnas del muro sur y los pilares cruciformes, y prescindir de ellos en los dos tramos orientales, donde se abrían las ventanas. La decisión de sustituir la armadura de madera por bóvedas de aristas, menos problemáticas que las de formato de cañón por lo indicado, implicó la partición del tramo oriental rectangular en dos cuadrangulares mediante la introducción de arcos transversales, cuyas columnas se adosan al muro, pero que se solidarizan con el tapiado de la ventana y sirven a las bóvedas de aristas33, cuya geometría salva sin problemas las alturas de las claves de las arquerías. Por lo tanto, una vez completados los muros [A 169], tendría lugar el abovedamiento de las naves laterales [A 103], la construcción de los muros de la nave central y su bóveda. De esta nada podemos decir, pues no conservamos ningún tramo original, aunque debemos suponer que se alzó también en sillería como el resto de las bóvedas de este Periodo II. Como ya se ha indicado, las pinturas que decoran las bóvedas del panteón [UE 1325, A 200] cubren la puerta abierta en el Periodo IIa [UE 1225] (Figs. No tiene relaciones con otras partes del edificio, por lo que ignoramos si fueron previas o posteriores tanto a su ruina (IIb) como a su reforma (IIc). De este modo, su situación en esta fase se rige por el término post quem, siendo su iconografía el principal indicio datador, el cual se mueve en un amplio periodo desde finales del siglo XI hasta mediados del XII (Fig. 1). Consideraciones generales sobre el Periodo IIa El análisis de la fábrica adscrita a este periodo ofrece datos que pueden ayudar a avanzar en distintos temas tratados por la investigación dedicada a San Isidoro, por lo que consideramos oportuno su sistematización de cara a una correcta comprensión de la secuencia de la basílica. - Transepto y aula como espacios unitarios. Las juntas de unión y la presencia del capitel picado en el extremo oriental de la arquería sur han sido argumentos para debatir la forma original de la basílica románica, bien proyectada sin transepto y alterada por su posterior introducción (Pérez Llamazares 1927, Gaillard 1938, Williams 1984, Caldwell 1986, Martin 2006 y Boto 2007, entre otros), bien modificada durante el proceso de construcción para acoger este espacio (Gómez Moreno 1934, Yarza 1979, Poza 2003). Las excavaciones de Torbado a inicios del siglo XX también exhumaron restos en la mitad oriental de la basílica, los cuales permitieron argumentar la existencia de una iglesia primitiva sin transepto. El hecho de que los ábsides actuales sobrepasen el ancho del aula fue indicio para que Gaillard (1938: pp. 11-12) y, recientemente, Martin (2005: p. 384) defendiesen la existencia de una cabecera anterior, en línea con el aula, desplazada por la inserción de un transepto y sustituida por la actual. Ambos autores remiten a los trabajos de Torbado, los cuales documentaron supuestamente los cimientos de los ábsides y la base de la arquería sur34. Pérez Llamazares (1927: pp. 361-362) dice haber visto los cimientos de los primitivos ábsides semicirculares y los de los pilares eliminados por la inserción del transepto a cargo de la infanta Urraca (1072-1101). La presencia de un capitel picado en la zona inferior de la cara este del último pilar oriental de la arquería sur (Fig. 35), descubierto por Díaz-Jiménez (1917: pp. 84-85), es argumento añadido para que Muir Whitehill (1939: p. 153) suponga la concepción de una nave central más baja sin muro alto con ventanas, proyecto que no llegaría a ejecutarse. 187)35, suponga la continuación de esta arquería sur hacia el este, lo que sumado a los cimientos de la arquería y del muro sur hallados en el subsuelo y la reutilización de los elementos decorativos de los primitivos ábsides en los actuales, confirmaría la introducción del transepto y la cabecera a principios del siglo XII, bajo el patrocinio de la reina Urraca (1109-1126)36. 29) es el primero en citar los cimientos relacionados con el muro sur, los cuales asocia a una planta previa de basílica sin crucero. Opina además (Williams 1984: pp. 286-288) que la construcción del "primer transepto" saliente del aula sería el de la catedral de Santiago de Compostela, alzado hacia el año 1100. El transepto de San Isidoro sería deudor de aquel, como justificarían las marcas de cantero análogas, y, por ello, posterior a esta fecha. La secuencia obtenida en el análisis hace revisar esta propuesta y sus argumentos. Primero, llama la atención que ni Díaz-Jiménez (1917) ni Gómez Moreno (1925 y 1934) mencionen los hallazgos de Torbado en la mitad oriental de la iglesia, a lo que se puede dar dos posibles explicaciones. Bien las desconocían, lo que cuesta creer si visitaron el lugar y reconocieron los vestigios del lado occidental, bien no las consideraron como parte de la basílica. 152) son los primeros en referirse a ellas, aunque la primera publicación de un plano al respecto se lo debemos a Williams (1984: p. En este dibujo (Fig. 36) se observa cómo un tramo de muro se alinea con el paramento meridional del aula y otro tramo, de planta angulosa, se sitúa junto al pilar más oriental de la arquería sur. La misma planta reproduce en un trabajo reciente (Williams 2011: p. 98, fig. 6), donde también publica los dibujos inéditos que documentan los vestigios considerados cimientos de la arquería sur (planta) y del aula (planta y alzado norte y fotografía del mismo lado37, Williams 2011: p. lanta de Williams (1984), con trama rayada los cimientos que atribuye a la primitiva iglesia románica, y dibujos de las estructuras documentadas (Williams 2011, modificado; el alzado inferior corresponde a la cara norte de la estructura meridional dibujada en planta, marcada con una "C") Aun partiendo de la base de que ignoramos el tipo de cimentación del resto de las arquerías, llama la atención que el muro que se supone como su cimiento no esté alineado con la arquería meridional, situándose en realidad al sur de ella, y que, además, ocupe el sitio del supuesto intercolumnio. Por lo tanto, los indicios de una arquería que continuaba hacia el este son inciertos en el lado sur e inexistentes en el norte. Punto donde debería ubicarse el capitel norte [UE 1077, A 102] si la arquería continuase hacia el este Respecto a los cimientos del muro sur del aula, aunque la planta idealizada representa un muro que recorre todo el ancho del brazo sur del transepto, los vestigios parecen ser menores (como demuestra la planta incompleta), llamando la atención que el muro se asiente sobre una bóveda, elemento que desde luego supone una debilidad para la cimentación de un edificio de las dimensiones de San Isidoro. Tanto como si muro y bóveda inferior son unitarios, como si son sucesivos, creemos arriesgada la presencia de una bóveda como parte de un cimiento. 106) de forma genérica y como supusieron los arqueólogos del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid (según recoge Williams 2011: p. 97), creemos que estas estructuras pueden ser previas, tal vez de época romana. Tampoco hay motivos para pensar que los elementos decorativos de los ábsides laterales procedan de los primitivos. No presentan huellas de retalle ni de adaptación, por lo que fueron realizados para estos ábsides. Finalmente, como ya hemos explicado, las juntas de obra reflejan el avance en la construcción del edificio, pero no etapas históricas de calado, identificadas no solo en el transepto, sino también en otros tramos del edificio (Fig. 19). Cierto es que el picado del capitel meridional [UE 1272, A 175], del cual se observan restos del follaje inferior, no está correspondido por uno septentrional (Figs. A esa altura, lo que se aprecia es un reajuste en la sillería en el correspondiente norte, con varias juntas verticales coincidentes, que vendría a confirmar el cambio de proyecto dentro de este periodo, pero no la proyección de una arquería hacia el este desmontada posteriormente. - Transformación del proyecto original. El proyecto de la iglesia románica de San Isidoro adopta un esquema sencillo de aula de tres naves, transepto y triple cabecera absidiada, todo ello abovedado. El reto de la obra consiste en la adaptación a un conjunto preexistente (Periodo I), lo que supone un ajuste tanto de la planta como de los alzados. Parece que la iglesia avanzó desde el Occidente, aprovechando las líneas marcadas por el edificio preexistente (Periodo I). El muro sur, por simetría con el norte de la fase previa, sería posiblemente ciego, pues la ubicación original del vano de acceso meridional indica que no se contemplaba una pareja de ventanas para este muro. Por lo tanto, como confirman además los pilares cruciformes emparejados con los pilares solidarios con el muro meridional, las naves laterales tendrían cuatro tramos occidentales desde su inicio. Adicionalmente se puede decir que la hipotética presencia de tres ventanas similares a las dos actuales en el muro sur, realizadas en el Periodo IIc, rompería toda la simetría del edificio. La obra discurre hacia el este. Una trama de andamios permite construir en "extensión" una planta de aula de tres naves y transepto concebida como tal desde su inicio. La continuidad de los muros meridional y septentrional con los correspondientes occidentales de los brazos del transepto, realizados por un mismo grupo de canteros, como demuestra la coincidencia del tipo de mechinales y de las marcas entre los paramentos por debajo de la imposta inferior y los situados entre las impostas bajas y medias, con sus oportunas juntas de encuentro, avalan la presencia de un proyecto unitario. Transepto y cabecera muestran además su coincidencia en el tipo de ventanas, todas ellas formalmente idénticas, y en su fábrica continua. Es la decisión de abovedar el edificio lo que implica un ajuste en los únicos tramos en los que se habían dispuesto ventanas, los orientales del aula. Ni el muro ni el correspondiente pilar enfrentado de las arquerías habían sido proyectados para sujetar un arco fajón ni en la nave central ni en las laterales. En la nave mayor, la ausencia de las pertinentes columnas se soluciona mediante la introducción de una ménsula para sostener el fajón de la bóveda, recurso que no puede emplearse, sin embargo, en la nave lateral por la presencia de la ventana. Únicamente la introducción de una pareja de columnas permite cubrir el espacio, ahora dividido en dos tramos. En cualquier caso, es significativo cómo la propia arquería ya suponía un obstáculo a la ventana, cuya apertura parece forzada por la necesidad de aportar luz a las naves laterales, pero cuya disposición fue errónea. Este procedimiento de oeste a este parece refrendarse precisamente con la junta vertical, la denominada "cremallera" que se observa en la nave norte y que marca el paso a esta nueva fase que contempla la finalización del muro norte, realizado con otro andamio y reforzado con arcos ciegos que permiten equiparar los grosores de los muros de los distintos periodos (I y IIa), y el abovedamiento del edificio. En este momento se acaba de desmontar el muro de la primera basílica (Periodo I), la cual no podía estar en uso pues sus arquerías y restantes muros perimetrales habían sido eliminados durante la construcción de la nueva basílica. Puede que el tramo ocupado por esta obra [UE 1075] funcionase como una puerta de obra, cerrada una vez se termina el perímetro del edificio. Debemos aclarar aquí que la última Etapa 3 corresponde al abovedamiento de las naves laterales y de la central, la cual no conservamos. Las bóvedas del transepto y sus arcos fajones polilobulados pueden adscribirse tanto a la Etapa 2, donde están incluidos, ya que al ser independientes estructuralmente no necesitan del aula para su erección, como a la Etapa 3, si consideramos que esta lo es únicamente de abovedamientos. - La basílica no está sola: estructuras occidentales. Aunque el análisis se circunscribe a la basílica, no podemos obviar la pertenencia de los vanos occidentales (Figs. Fig. 8 y Fig. 25) a este periodo y su valor como indicadores de la presencia de unos espacios coetáneos a ella en esta zona. La disposición de los arcos lobulados en la cara este y de las jambas en la oeste del vano que comunica con el panteón indica su concepción como puerta interior, de paso desde un espacio construido a la propia basílica, y no abierto, como manifestaría la posición inversa de esos elementos. Por el contrario, el tapiado del arco superior supone la pérdida de relación directa entre la iglesia y la denominada Cámara de Doña Sancha, aunque eso no impide que siga existiendo una estructura elevada, a modo de coro, que sirva al nuevo vano sur alto. Idénticos caracteres encontramos en los vanos de la nave meridional de este mismo sector. Situados en eje vertical, la apertura hacia Occidente de sus hojas, como anotó Gómez Moreno (1925: p. 190), y la disposición de las columnas en el superior y del tímpano en el inferior en la cara oriental subrayan el mismo hecho: la presencia de un cuerpo construido de dos alturas en el ángulo suroccidental del edificio38. A este respecto, las fuentes documentales mencionan la existencia de un palatium regis en el año 1096 (Estepa 1977: p. Williams (1997: pp. 13-14) lo atribuye al rey Alfonso V (999-1027), el cual habría trasladado el palacio del siglo X situado en la zona sur a esta nueva zona norte de la ciudad, como parte integral de la iglesia entonces dedicada a San Juan. 1249), canónigo de San Isidoro (1221-1239), quien se refiere a "como la Reyna Doña Sancha, hermana del dicho Emperador D. Alonso [Alfonso VII, 1126-57], morase en el palacio Real, que era pegado con la Iglesia de S. Isidro, è continuamente se ponia à orar en una ventana que está en lo mas alto de la pared de la nave mayor de dicha iglesia". Este pasaje indica la existencia de un espacio edificado adicional desde el que acceder a la cámara alta. Dado que al norte no hay un acceso desde esta, lo propio es pensar que se situase en el flanco sur. De ser así, este espacio, el probable palacio, podría ser el aquí documentado. 190), también según Lucas de Tuy, considera que el vano inferior, cuyo tímpano con crismón atribuye a la renovación de las estancias previas en el siglo XVI, daba acceso al palacio de Doña Sancha, hermana de Alfonso VII, y que el superior servía de ventana para asistir a la oración. 382), por el contrario, identifica el palacio con la tribuna y el panteón, construido en torno a 1080 por la infanta Urraca, formando parte del primer envite de la iglesia románica. Este supuesto palacio pudo verse afectado por la ruina de la obra (Periodo IIb), aunque el enfoscado del muro perpendicular al ángulo suroeste de la basílica impide aportar argumentos estratigráficos. El siguiente elemento en la secuencia es la biblioteca (Periodo IIIc), por lo que queda una extensa laguna a resolver entre el palacio del siglo XI y la biblioteca del siglo XVI. 339) mencionan que "Hacia el norte de la ciudad, en una vasta y herbosa plaza ocupada ahora por solitaria fuente, y solar un tiempo del primitivo palacio real reedificado en cal y piedra por la varonil madre de S. Fernando, que el rey Católico dejó desaparecer para dar mas desahogada vista al monasterio". Este periodo supone el diseño, construcción y primeros usos de la basílica románica, lo que implica el desmonte progresivo del edificio primitivo sobre el que se asienta (Fig. 3). El análisis evidencia que la construcción es el fruto de un único proyecto constructivo que se organiza mediante la participación de distintas cuadrillas de canteros y constructores trabajando al mismo tiempo, sobre el mismo andamio, que al encontrarse dan lugar a las juntas de obra observables en el muro. Los encuentros verticales suelen ser escalonados, mientras que los horizontales suelen aprovechar las impostas. Y es ahora cuando entran en juego las fuentes documentales y epigráficas, en las que gozan de un protagonismo destacado la infanta Urraca y el monarca Alfonso VII. Respecto a la primera, el término amplificavit empleado en su inscripción sepulcral (m. 1101), referido ya en la introducción, podría interpretarse como el comienzo de esta grandiosa obra que conserva parte y destruye otra de la obra primitiva. Como ya hemos indicado, esta opción responde al pragmatismo constructivo y evidencia, en nuestra opinión y de manera indirecta, la presencia del panteón. Sin embargo, antes de llegar a esta fecha de mediados del siglo XII se deben tener en cuenta varios datos. En primer lugar, debe considerarse el epitafio tallado en el muro sur de la iglesia, atribuido por Gómez Moreno (1925: p. Esta fecha debe tomarse con cuidado al tratarse del traslado del cuerpo, siendo tallada en un momento posterior en el sillar in situ de la fábrica. Solo nos vale para decir que este muro ya estaba construido entonces, en un momento posterior al año 1112. En segundo lugar, la fecha del 1124 (Era 1162) presente en un sillar del paramento exterior del ábside norte (Fig. 39), data que pertenecería al gobierno de la reina Urraca (1109-1126), podría servir para precisar la extensión de la construcción en este momento. 212) se fija en ella, pero desestima su valor cronológico al considerarla como parte de un posible epitafio. 362) actúa de manera similar para defender así su propuesta de que la infanta Urraca (1072-1101) fue la artífice de la cabecera y transepto actual, indicando que en la fecha de 1124 la obra, dada su magnitud, estaba aún en marcha. 13) también opina que se trata de un epitafio, pero reutilizado, por lo que da relevancia a la fecha. Aceptada como tal también por Williams (1973: p. 183), Martin (2005: pp. 386-388 y 2006: pp. 111-126) considera que esta inscripción fue movida desde el lado occidental de la iglesia, pues sus dimensiones coinciden, en su opinión, con un agujero en la parte alta del palacio y fue rodeada en negro por Torbado, lo que indica que él pensaba que no era original; además tenía otra línea perdida, de la que queda una F, posible inicio de FECIT o FACTA. Esta fecha conmemoraría la finalización de la obra y coincidiría con la cronología tradicionalmente atribuida a la escultura de la cabecera en torno al año 112539. Ignoramos los motivos por los que Torbado marcó este sillar, tal vez por tratarse de una pieza significativa al tener una fecha, pero no parece que esta pieza esté movida, coincidiendo bien su altura con la hilada en la que se inserta (Fig. 39). Tampoco parece el sitio apropiado para situar un epígrafe de fundación, al exterior de un ábside menor, cuyo contenido, por otro lado, sería bastante pobre como reflejo de la obra de una reina. El hecho añadido de que se omita el nombre del patrocinador, sea la reina Urraca o no, es un serio indicio de que nos encontramos ante un epígrafe de otro carácter, tal vez funerario como han indicado ya otros autores. En tercer lugar, la interpretación del término superaedificavit en la lápida de Pedro de Deustamben abre una serie de posibilidades que debemos remitir, por el momento, a la interpretación del Periodo IIc y que adelantamos únicamente en tono de pregunta: ¿Qué obra consagró Alfonso VII en 1149, la basílica románica (Periodo IIa) o la basílica románica restaurada después de un proceso de ruina y posterior restauración (Periodo IIc)? Probablemente la desproporcionada diferencia de altura y luz entre la nave central y las laterales fue el origen de un movimiento en el sector occidental del edificio que le costó sus cubiertas y gran parte de los muros del aula. El replanteo del diseño original para introducir las cubiertas abovedadas puso en evidencia que esa diferencia era excesiva. Los empujes de las bóvedas de cañón de la nave central serían parcialmente acogidos por la parte alta de los muros laterales, pero la pronunciada altura de estos, cuyo único refuerzo son los contrafuertes, provoca que los empujes caigan en parte fuera del espesor de los muros. De este modo, el edificio se abrió en su mitad oeste, donde están los quiebros de los soportes individuales (semicolumnas) y continuos (arcos, muros), los cambios acusados de los planos y las bóvedas de ladrillo. En el sector oriental, la bóveda del crucero, independiente de la nave central gracias al arco de embocadura, mejor contrarrestada por cañones perpendiculares y más altos que las cubiertas de las naves laterales, aguantó y, con ella, todo el transepto y la cabecera. La ruina [A 104], profundamente reparada tanto en el Periodo IIc como en el VIa, aún se observa en el pandeo de los muros de la nave central, los cuales se inclinan hacia el exterior del edificio por encima de sus arcos (Figs. Afortunadamente para nosotros, las reparaciones en los muros altos fosilizaron los movimientos, convirtiéndolos en ruinas estabilizadas. Estas son especialmente notables en la arquería meridional. En su tercer pilar desde el este (Fig. 41), la semicolumna [UE 1338] se dobla hacia el exterior, siguiendo la deformación del muro. Desde este punto a occidente, la nave central se perdió, estando su parte alta ya enderezada en las restauraciones del siglo XIX, aunque sobre las tres ventanas más orientales de la fachada sur de la nave central [UE 1055] se produce un escalón que debe atribuirse al mismo hecho. El mismo efecto sufrió la arquería norte (Fig. 32), donde el movimiento provocó escalones o cambios de planos en el hombro occidental del arco más oriental [UE 1157]. Este salto se prolonga hasta la línea de imposta bajo las ventanas altas. Deformación [A 104] del muro norte de la nave mayor, con la segunda columna desde el este restaurada [UE 1150, A 109] y bóveda y arcos fajones en ladrillo [A 109] reparados Deformación [A 104] y corrección (columna central de la imagen) del muro sur de la nave mayor y bóveda y arcos fajones en ladrillo [A 109] reparados En el brazo norte del transepto, una grieta [UE 1267] recorre la bóveda transversalmente. El hecho de que esta zona resistiese a la ruina apunta la posibilidad de que esta grieta pertenezca a este movimiento, aunque tampoco podemos descartar su origen por asientos diferenciales. La finalización del edificio, con la puesta en carga de la bóveda o secciones de bóvedas de la nave mayor se manifestó como una prueba estructural no superada. Las dimensiones de la nave central con una luz de 7,5 m y una altura de 17 m (a la clave de la bóveda) doblan las correspondientes de las naves laterales (norte A 2,7 m, H 8,5 m; sur A 3,2 m, H 8,5 m). Esta notable diferencia impidió que los muros de la nave central (A 1,10 m) funcionasen como un efectivo contrarresto de la bóveda de cañón. La nave central cedió, como demuestran los soportes vencidos hacia el exterior, por su lado occidental y, con ella, las naves laterales, mucho más bajas de lo debido para poder funcionar como contrarrestos de la central. El muro macizo de la nave norte (Periodo I) (Fig. 4), donde el claustro ejercería la función de gran contrafuerte, respondió de manera efectiva. Aquí el movimiento se observa en los saltos en las hiladas de las dovelas de los arcos transversales, conservadas hasta una altura de tres-cuatro sillares en los arranques meridionales (Fig. 42), y en el retalle de algunas de las marcas de cantero de las piezas reutilizadas. Las marcas también cambian de formato, evidenciando todo ello la obra de reparación (Periodo IIc). No sucedió lo mismo con la fachada meridional que, exenta de refuerzos, se arruinó prácticamente hasta la línea baja de imposta. Arcos de la nave septentrional en los que se aprecia su deformación, mostrando arranques rectos y tercios superiores reconstruidos [UE 1082, A 106] El temor a la ruina total se evidencia en la labor de andamiaje del edificio [UE 1001, A 126] (Fig. 27), la cual reforzará en el Periodo IIc aquellos tramos que resistieron, el transepto y la cabecera. Las bóvedas transversales de los brazos (4 m más bajas que las centrales) y la del crucero, con la misma luz, altura y dirección que las de la nave central, no se vieron sujetas a los desplazamientos del aula, actuando además como freno de los efectos de la ruina hacia el este. La disposición adicional de arcos fajones y transversales convirtió a la estructura en un conjunto fragmentable que respondió de forma individual al proceso de descomposición. La reparación de los estragos producidos por la ruina del Periodo IIb debió tener lugar rápidamente a juzgar por la secuencia estratigráfica, la técnica constructiva y el estilo decorativo, el cual sigue un lenguaje aún románico. Los caracteres de esta obra continúan las pautas del Periodo IIa, indicios evidentes de que no debió transcurrir un largo periodo de tiempo entre la ruina (Periodo IIb) y la restauración (Periodo IIc). Su fábrica (Fig. 43) se caracteriza y distingue por los siguientes elementos: Detalle de la fábrica del Periodo IIc en el ángulo occidental del muro sur [UE 1034, A 106], entre el alfeizar de la ventana y la imposta baja, con abundantes marcas de cantero • Las hiladas son horizontales, pero se observan sinuosidades, así como algunos codos en las mismas, características que no encontrábamos en los periodos previos. • Se observan indicios de reutilización, tales como las aristas escantilladas de la sillería caliza o la presencia de abundantes marcas de cantero, de mayor tamaño y de diseño más marcado y profundo, llegando a producirse retalles de marcas. • Aunque las impostas taqueadas siguen siendo mayoritarias, se combinan con otras decoradas con motivos vegetales tanto en las ventanas superiores de la nave central como en las inferiores del tramo oeste de la fachada sur. • Se pierde el ritmo de los mechinales del Periodo IIa. Prácticamente, a excepción de una pareja de mechinales en el tímpano más occidental de la nave meridional [UE 1034], no se localizan mechinales. Es decir, se trabajó con andamios independientes. Los alzados de esta restauración corresponden a la portada sur [A 107] y al tramo situado al oeste de ella [A 106] (Figs. Aunque en una primera lectura (Murillo 2006)40 defendimos el alzado de un forro exterior (Fig. 27) para reparar su ruina, la lectura completa muestra que toda la fachada fue elevada de nuevo y reforzada con contrafuertes [UE 1034], cuya fábrica era solidaria con la de los muros y de los cuales únicamente conservamos su base. Este muro sur se realizó en sillería caliza de tamaño heterogéneo, con aristas escantilladas y anchas juntas y alternancia de talla a cincel o pico pequeño y gradina (Fig. 12). Sus dos ventanas son más estrechas que las del Periodo IIa y sus arcos ligeramente apuntados, irregularidades que se suman a la diferente localización en altura tanto de las ventanas como de las impostas ajedrezadas. Otro elemento distintivo es el notable aumento y concentración de marcas de cantero, visibles especialmente al interior (Fig. 23). Mientras la ruina del exterior afectó a casi toda la altura del paramento, no ocurrió así en el interior, donde la hilada inmediata sobre la línea de imposta baja marca la rótula por la que el muro se rompió y venció hacia fuera. Esta solución de continuidad se escalona a medida que nos aproximamos a la portada, situándose del lado de la ruina el tímpano [A 107] de la Puerta del Cordero y la bóveda de ladrillo del tramo correspondiente. Son exclusivas de este momento (Fig. 24). En su extremo occidental, la ruina del muro se detecta también en el encuentro con el muro de fachada (Fig. 5). Posiblemente la pérdida de la esquina suroeste provocó una grieta y una pérdida de material que fue rellenada con una obra [UE 1239] de sillería caliza escantillada, dispuesta en un ritmo de hiladas independiente del resto del muro occidental. Al exterior, la esquina [UE 1354] se realiza en la misma sillería caliza escantillada, pierde la línea de muro y las caras de los sillares, algunos calzados con ladrillos, se sitúan en distintos planos. La Portada del Cordero [UE 1038, 1241, A 107] es el fruto de una reconstrucción que crea un cuerpo de tres arcos de medio punto concéntricos, el exterior apeado en machones prismáticos y los dos interiores en columnas (Figs. De la primitiva portada (Periodo IIa, Etapa 1) tan solo se conservan como originales los machones detrás de las columnas de los arcos interiores, estando el occidental algo más remetido que el oriental. El empleo de material reutilizado, unos con ajustes irregulares, otros con cortes para servir de asiento a las impostas decoradas, colocadas en este Periodo IIc, con el objeto de subsanar la diferencia de tamaño entre el asiento y las piezas; la destacada y novedosa presencia de huellas de gradina, como se puede observar en las jambas y el dintel de la puerta; o la solución de continuidad entre las piezas que componen las jambas y muros del Periodo IIa, evidencian la nueva obra. A diferencia de otras piezas de la portada, la del "Sacrificio de Isaac" no está reutilizada, pues se ajusta perfectamente a su ubicación y tiene huellas de gradina original, no repasada (Fig. 45). Sin embargo, las piezas situadas por encima de ella, dos placas laterales con la representación de un ángel y una tercera central con otra pareja de ángeles soportando un cordero sagrado, no fueron concebidas originalmente para este vano. Las piezas laterales no presentan un orden lógico, dirigiendo los ángeles su mirada hacia el exterior del tímpano, fuera de la composición. El ángel occidental tiene un ala cortada y restos de un motivo vegetal a sus pies que evidencian que la placa continuaba. El ángel oriental tiene también un pie y parte de su aureola cortados. Todos estos ajustes son necesarios para adaptar los fragmentos a la curva del tímpano, como también delatan las juntas desiguales entre las piezas. La pieza que alberga la representación del cordero en un medallón sostenido por una pareja de ángeles presenta también huellas de gradina y una curvatura que no se ajusta a la del tímpano, delatando su uso primitivo en un tímpano de menor diámetro. Estas tres últimas piezas, es decir, las dos laterales con los ángeles y la central con el cordero, pudieron tal vez formar parte de una única placa, al modo de la central que ocupa el tímpano de la portada meridional del transepto. Los recortes han ido buscando las líneas de los perfiles de los relieves. Por lo tanto, mientras la pieza de la escena del "Sacrificio de Isaac" se introduce en este momento de reconstrucción (Periodo IIc), siendo tallada ex novo para ello, las tres piezas restantes (ángeles y cordero) se reutilizan, pudiendo ser parte de la portada primitiva en el lugar. Algunos elementos reutilizados podrían pertenecer a la puerta original, como las esculturas de "San Isidoro" y "San Vicente", con un aspecto similar a las figuras que flanquean la puerta oriental de la fachada sur (Periodo IIa). Igualmente, llama la atención la existencia de lagunas sobre la arquivolta superior, la cual parece demandar una decoración más tupida (Fig. 44). Todas las piezas del zodiaco están acuñadas, presentando distintas alturas (comparar, por ejemplo, Géminis con Tauro), factura y estilo y tipo de piedra (caliza blanca frente a la habitual caliza naranja). Es más, el guerrero situado a la izquierda de la puerta tiene también su pie izquierdo cortado por el guardapolvos. Las piezas de la portada se unifican al interior (Fig. 23) con un tímpano de ladrillo [UE 1241] dispuesto en hiladas horizontales y a sardinel que deja vista la parte posterior de la pieza del "Sacrificio de Isaac". Esta posee un grosor de 0,33 m, correspondientes a la jamba del vano. Considerando que los ladrillos puedan alcanzar un grosor de unos 0,10 m, las piezas de los ángeles y el cordero no deben superar los 0,23 m, dato que confirma la heterogeneidad de las piezas que componen el tímpano al exterior. La fábrica de ladrillo no hace sino facilitar el ensamblaje de un conjunto de piezas heterogéneas. Por lo tanto, la ruina se llevó por delante gran parte de la fachada sur, no así la norte (Fig. 4), que al ser maciza y estar reforzada por las estructuras del claustro respondió de una manera más efectiva al movimiento lateral procedente de las bóvedas. La ruina afectó a la parte alta del muro [UE 1082, 1083, 1292], cuya factura presenta las mismas características que las expuestas para la meridional. Los saltos observables a la altura de las terceras dovelas de los arranques meridionales de los arcos diafragma de las bóvedas corresponden al movimiento y relevación de los nuevos (Fig. 42), cuyas dovelas presentan marcas de cantero de mayor tamaño y reaprovechan otras anteriores, como evidencia el retalle de algunas marcas. La sillería sigue siendo caliza y tallada a hacha aplicada a 45o. Aquellas zonas que no cayeron, fueron apuntaladas para evitar su ruina. Así se explica la presencia de al menos seis filas de mechinales [UE 1001, A 126] que recorren los muros sur, oeste y este del transepto (Figs. 27 y 33) así como el tramo del muro sur que queda al este de la Portada del Cordero (Figs. Esta densa maya de agujeros cuadrados corta los muros ya construidos, coincidiendo algunas veces con las juntas. Estos mechinales son propios de apuntalamiento, como evidencia su sección triangular, no cuadrada, como sería de esperar si fuesen constructivos. No afectan a elementos de periodos posteriores ni a los restaurados en este momento (Periodo IIc), motivo por el cual deben adscribirse a esta obra restauradora, ayudando a discriminar así las partes que no cayeron de las que fueron restauradas. Aunque hay grietas [UE 1267] en las bóvedas del transepto, el apuntalamiento evitó la ruina. Si ascendemos por el edificio, observamos los mismos síntomas que en la zona inferior. Una vez reparadas y abovedadas las naves laterales, ahora en ladrillo para reducir su peso, se debió hacer lo mismo con la nave central [A 109]. Al interior (Fig. 32), se alternan arcos fajones doblados y sencillos (Figs. 40 y Fig. 41) que marcan el ritmo de tramos abovedados también en ladrillo, siempre según las noticias de los autores (v. Infra) que las vieron. La observación del exterior del muro norte de la nave central [UE 1370, 1375] desde una notable distancia impide ofrecer una descripción detallada de sus caracteres tipológicos, no así de su estratigrafía, la cual avala su unidad y pertenencia a este momento de la secuencia (Fig. 6). La fábrica del muro se compone de hiladas de distintas alturas, siendo más bajas aquellas que coinciden con las impostas de las ventanas. Se presentan algunos codos y saltos de hiladas. Las UE 1370 y 1375 son en realidad la misma obra, pero los refuerzos posteriores introducidos por Menéndez Pidal [A 143] en los arranques de la bóveda han provocado su dislocación partiendo el muro en dos, al quedar la parte inferior aún sometida a los empujes de la bóveda [UE 1370] y la superior [UE 1375] libre de ellos por su elevada posición y el empleo de los tirantes. Esta obra es uniforme en todo el frente hasta llegar al último contrafuerte situado entre la pareja de ventanas más orientales (Fig. 6). Mientras la parte baja del contrafuerte se encuentra, como el muro, pandeada hacia el exterior, la parte superior cae a plomo, asentando sobre la anterior gracias a un salto o solución de continuidad escalonada en ascenso hacia el siguiente contrafuerte, coincidente con los torales del crucero. Se aprecia de nuevo cómo la zona del transepto resistió a una ruina que arrastró la nave hasta este punto. El interior de la nave central [UE 1152] está notablemente restaurado [A 141], quedando su fábrica prácticamente reducida a las jambas de las ventanas (Fig. 32). Aún así, se aprecia cómo el paramento interior aguantó más, salvándose la penúltima ventana oriental, estando marcado su límite por la semicolumna [UE 1150] que recorre toda la altura de la nave central por el lado occidental de la segunda ventana desde Oriente (Fig. 40). Este soporte abandona la pauta de tambores enterizos combinándolos con otros fragmentados. Se adosa en la parte baja, donde ha sido reconstruido como base de la parte alta, trabada a partir de la imposta media de la nave, es decir, desde el comienzo del muro reconstruido por su lado oeste. La sillería es caliza, con sus aristas escantilladas y las juntas de unión gruesas. Se repite la partición del muro en una zona baja [UE 1365] y otra alta [UE 1056] por la introducción de los tirantes de Menéndez Pidal (Periodo VI). De los contrafuertes, el más oriental [UE 1054] se adosa al muro en su parte baja, mientras es solidario con la obra [UE 1056] en las últimas hiladas, relación que no es de extrañar si se considera este refuerzo incluido en este momento de restauración. Los dos siguientes contrafuertes hacia Occidente [UE 1057, 1058] confirman la misma secuencia, siendo sus zonas bajas aún originales (Periodo IIa) y las altas parte de la restauración y enderezamiento del muro. De hecho, el contrafuerte UE 1058 requiere una labor de engarce [UE 1059] realizada en sillares de arenisca de tono ocre que rompe el ritmo de las hiladas. Este mismo contrafuerte coincide al interior con una semicolumna [UE 1336] que, como ocurría en el muro norte, marca el límite de la ruina. Como su pareja septentrional [UE 1150], este soporte es solidario con el muro [UE 1365] solo desde la imposta. La cubierta del tramo occidental de la nave central se dotó igualmente de tres arcos fajones [UE 1368] y comenzó la reconstrucción en sillería de la bóveda [UE 1369] (Fig. 32). Las marcas de cantero de los primeros y su situación sobre los muros longitudinales reconstruidos nos llevan a situarlos en este momento. Los arranques de las bóvedas deben entenderse dentro de la misma secuencia, pero no podemos confirmar su relación con el plemento central en ladrillo, por lo que se puede plantear un problema: arranques de sillería y plemento de ladrillo son coetáneos, reutilizándose material de la primera bóveda; sillería y ladrillo son de distintos momentos, lo que obligaría a pensar en una segunda ruina. No hay que olvidar la dificultad de su observación así como las pinturas modernas y contemporáneas que cubren la bóveda y, por tanto, las relaciones entre los elementos. Por último, incluimos dentro de este Periodo IIc la inscripción tallada [UE 1361, A 208] en un sillar de la tercera hilada del segundo tramo occidental del muro sur (Figs. 23 y 38), la cual reza: "Pr(a)esul Petre laces IDS hic tra(n)slat(u)s ap(r)ilis", traducido "El obispo/prelado Pedro Jaqués, fue trasladado aquí el 15 de abril"41. Esta inscripción parece corresponder a la mencionada por Gómez Moreno (1925: p. 212), quien la atribuye al obispo D. Pedro, fallecido en 1112, cuyo lugar de sepultura se ignora. Consideraciones generales sobre el Periodo IIc Como hemos expuesto en el Periodo IIa, el estudio de la fábrica atribuida al Periodo IIc permite subrayar algunos puntos frecuentemente debatidos y otros completamente ignorados en la historiografía y aportar una nueva explicación. - Bóvedas de ladrillo en los tramos occidentales. La restauración de Torbado a inicios del siglo XX no parece que afectase ni a las cuatro bóvedas occidentales de las naves laterales y ni a la bóveda de la nave mayor. Completamente ocultas por los enfoscados históricos y actuales, sabemos gracias a Gómez Moreno (1925: p. 189) que estas bóvedas están realizadas con baldosas de ladrillo de 0,25 m. 91), "llamó la atención del ilustre arquitecto leonés D. Juan Bautista de Lázaro42 el agrietado que se notaba en el enlucido que cubría parte de la bóveda de la nave central; la gran hienda abierta en la falsa bóveda del coro, y el movimiento iniciado en algunas de las que cerraban la nave menor de la Epístola". El mismo Díaz-Jiménez recopila varias de las obras de Torbado, pero no menciona, al igual que Gómez Moreno (1925), actuación alguna sobre las bóvedas del aula. La falta de referencias a una posible restauración por parte de Torbado por los investigadores inmediatos al momento43 y la secuencia estratigráfica fuerzan a admitir la erección de las bóvedas de ladrillo en una fase de reforma antigua (Periodo IIc), la cual optó por unas cubiertas más ligeras para minimizar las cargas excesivas que habían provocado la ruina previa. Las nuevas cubiertas de las naves laterales se elevan sobre unos arcos diafragma también reconstruidos, como muestran sus cortes, saltos y distintivas marcas de cantero. Únicamente sus arranques, solidarios con los muros, resistieron la ruina. Como argumento indirecto, se puede añadir el uso del ladrillo también en la reparación del tímpano interior de la Portada del Cordero. Bóvedas de los cuatro tramos occidentales y tímpano son los únicos elementos del edificio románico ejecutados en material latericio. Subrayar por último cómo casi ningún autor contemporáneo ha reparado en estas cubiertas y su posible datación44, siendo obviadas en las distintas propuestas (Fig. 1) sobre la historia del edificio y, con ellas, la restauración (IIc). - La Portada del Cordero: iconografía, estratigrafía y cronología. La singularidad de la portada meridional del aula de San Isidoro de León ha dado lugar a una extensa bibliografía sobre la iconografía, el significado y la cronología de su tímpano y cuerpo de portada. La homogeneidad o heterogeneidad de su temática se basa en un aspecto que ha pasado, sin embargo, desapercibido para la investigación: el origen de las piezas decoradas que lo componen. Tres interpretaciones principales se han planteado al respecto: la realización de todas las piezas ex profeso para la portada45, la reutilización de las piezas y relieves decorativos que rodean la puerta46 o la reutilización de todas las piezas de la portada, es decir, las que enmarcan la puerta y el tímpano47. Esta última propuesta apenas ha gozado de protagonismo. 16) afirmó breve pero rotundamente que los ángeles del tímpano fueron recortados de una placa originalmente rectangular, según el modelo de la Porte Miégeville de Saint Sernin (Toulouse, Francia), y readaptados a su nuevo emplazamiento. Las juntas irregulares de las placas que forman el tímpano, la errónea dirección de la mirada de los ángeles hacia arriba y los cortes efectuados en los pies y en el nimbo del ángel de la derecha fueron sus principales argumentos. Los indicios reconocidos por Sauerländer (1966) y rechazados por Williams (1977), quien prima la coherencia temática sobre la realidad material de las piezas48, han sido confirmados por el análisis, el cual aporta además un contexto para la portada. La ruina, grosso modo, de la mitad occidental de la basílica dio paso a una restauración que planifica este sector mediante la reconstrucción de las cubiertas abovedadas en ladrillo, la introducción de nuevos elementos, como los contrafuertes y ventanas de esta misma fachada sur, y la reelaboración de una nueva portada con una pieza monolítica ("Sacrificio de Isaac") que determina la colocación de las restantes piezas reutilizadas, cuyo origen pudo, o no, estar en una puerta previa. Las propuestas sobre su cronología no deben perder de vista las emitidas sobre la evolución general del edificio, por lo que de nuevo están en una amplia horquilla que se mueve entre finales del siglo XI y primera mitad del XII (Fig. 1). Los estudios iconográficos sobre esta puerta, que seguro serán aún numerosos, deben considerar la reutilización de estos elementos, los cuales forman una portada alzada en un momento de reforma del edificio, para el cual sí parece que se talló el "Sacrificio de Isaac", hecho que conlleva implicaciones cronológicas e interpretativas, pues el contexto histórico es otro49. La ruina de la mitad occidental de la basílica (Periodo IIb) fue reparada con un estilo similar al que caracteriza a la basílica románica (Periodo IIa), pero con variantes estilísticas y tipológicas que permiten pensar en un periodo posterior, como también ratifica la secuencia estratigráfica. Por estos motivos, no debió transcurrir mucho tiempo entre la ruina de la obra basilical y su reparación. De hecho, aunque se reconstruye siguiendo el formato de la fábrica románica (Periodo IIa), se reutilizan materiales y se emplean herramientas propias (gradina) de un momento más avanzado. Se adoptan medidas contra otra eventual ruina, como demuestran los dos macizos contrafuertes meridionales, de los cuales conservamos sus arranques, al oeste de la portada principal del aula, precisamente la zona afectada por la ruina (Fig. 3). Este muro se dota de ventanas, posiblemente como medio para iluminar una nave lateral obviamente oscura, pues sus únicas ventanas orientales estaban selladas desde el momento inmediato de su construcción. Por otro lado, los mechinales de los apuntalamientos que recorren en varias alturas toda la mitad oriental de la basílica están ausentes en la mitad occidental, la cual se arruinó y restauró, por lo que las huellas de los apuntalamientos actúan como negativo de la ruina y restauración del edificio. Como ya observamos en el Periodo IIa, la historiografía tiende a reconocer diferentes momentos constructivos asociados a la secuencia dinástico-real recogida en las fuentes escritas. Como ya hemos apuntado, esta labor asume ciertos riesgos, pues si bien no se mencionan ruinas en la documentación escrita, ello no quiere decir que no existan, como demuestra por el contrario el análisis arqueológico del edificio. ¿Qué hacemos entonces con este nuevo periodo del edificio? Como hemos apuntado en las consideraciones cronológicas del Periodo IIa, la interpretación de las fechas y del término superaedificavit abre una serie de posibilidades: si tenemos en cuenta que el edificio es consagrado en el año 1149, durante el reinado de Alfonso VII, ¿se consagra la basílica concluida, siendo Pedro Diostamben el "responsable" de introducir el abovedamiento que a la postre provocó la ruina del edificio? o, por el contrario, ¿se consagra una basílica ya reparada por él con bóvedas de ladrillo? Las referencias a una ruina por parte de la historiografía son escasas, aunque coincidentes. 461) es uno de los pocos en anotar cómo el contrarresto de las naves laterales fue ineficaz ante una bóveda tan alta como la central, lo que provocó "un desequilibrio que ha dado por resultado el desplome de los pilares", argumento por el que confirma la pertenencia del transepto y la cabecera a la obra de Fernando I y su hija Urraca y el aula, por su atrevimiento estructural, a Alfonso VII. 189), son los sillares reutilizados en el muro sur, sus estribos, el trazado más próximo de los cuatro pilares occidentales y la introducción de columnas en el segundo desde el este, la evidencia de la reforma de una ruina en época de Alfonso VII. 105) la estrechez de las ventanas bajas y la diferencia de las ventanas y capiteles altos, aunque lo atribuye a finales del siglo XI. 76) prefiere hablar de un derribo controlado, atribuyendo a una tercera fase los cuatro tramos occidentales con sus contrafuertes meridionales, ventanas menores y dos accesos nuevos, la Puerta del Cordero y la del panteón. A estas opiniones, sumamos ahora los argumentos estratigráficos expuestos aquí y otro adicional. La capilla nordeste, conocida como de la Santísima Trinidad y fuera del ámbito de nuestro análisis, se fecha tradicionalmente en el año 1190 de acuerdo a un epígrafe que recorre la rosca del arco de su portada septentrional (Gómez Moreno 1925: p. De ser cierta esta fecha, la relación de adosamiento de esta capilla al ábside norte de la basílica y a sus mechinales de apuntalamiento, efectuados para defenderse de la posible ruina, estrecharía el paréntesis del proceso de restauración en esta segunda mitad del siglo XII. Consideraciones generales sobre el Periodo II Dada la importancia de la obra románica de San Isidoro, es necesario valorar los nuevos datos ofrecidos por el análisis arqueológico. Entre los numerosos temas que se abren a la luz de los resultados obtenidos, podemos detenernos en algunos que consideramos relevantes para una eventual investigación de la basílica y del románico en general: - Las marcas de cantero (Fig. 24). 188) recurrió a los tipos de marcas para argumentar las dos etapas que, por motivos arquitectónicos e históricos, veía en el edificio. La primera, atribuida a finales del siglo XI, se definiría por la presencia de marcas de "hechura de letras generalmente, entre ellas la W, y, además, en un solo sillar aparecen estas: VDO; hay también una ballesta, flecha, cuchilla y signos convencionales muy escasos". La segunda, situada dentro de un largo siglo XII, tendría "más signos convencionales, un jarro, letras como siempre, y el grupo F-S-J". 104) ya anota la similitud de las marcas de cantero del transepto de San Isidoro con las de la Catedral de Santiago de Compostela, interpretando el ejemplo leonés como el lugar de aprendizaje de los canteros que posteriormente marcharían a trabajar a Santiago. 381) invierten, al considerar San Isidoro como el consecuente del modelo gallego por el mismo argumento de las marcas comunes. El hecho de que las mismas marcas aparezcan en otros edificios que, aunque con cronologías similares, no tienen por qué ser coetáneos, invalida la idea de un mismo cantero trabajando en distintos lugares. Posiblemente le correspondía al "jefe de obra" (Alexander 2007: p. 65) otorgar una marca o signo de autoría y controlar así el volumen de piedra tallada por cada cantero. Se refleja así la participación de canteros que cobran por el número de sillares elaborados, cuya cuidada talla permitiría ajustar las juntas, disponer hiladas regulares y horizontales, crear sillares estandarizados, como los de los pilares cruciformes (los únicos con marcas de posición e intercambiables) o ciertos elementos decorativos (como los frisos y las cornisas) y, en definitiva, agilizar la construcción. Todos estos elementos (sillería, marcas, estandarización) evidencian un proceso de profesionalización y organización de la obra que se consolidará durante el siglo XII (Kimpel 1980 y Stalley 1999: pp. 106-107). El incremento de la sofisticación repercutirá en la organización del trabajo y en el status del constructor, donde debemos recordar la presencia de la figura de Pedro Diostamben en la inscripción. Esa especialización también se puede leer en las marcas, siendo los elementos decorativos y los tambores de los pilares cruciformes firmes indicadores. Los primeros, en los que se incluyen impostas y capiteles, no requieren marcas de cantero, siendo su estilo la firma del maestro decorador. Hay que considerar la probable elaboración de estas piezas en un taller y su emplazamiento posterior en el edificio, lo que haría aún más innecesaria el sello del artista. Por el contrario, los tambores de los pilares, cuya puesta en obra y talla final exigen una notable precisión, presentan gran número de marcas de autoría específicas propias a la vez que marcas de posición, estando gran parte de las semicolumnas recorridas por una línea vertical que marca el eje central y la coordinación entre las piezas para su correcta colocación. En este análisis no debemos olvidar que, sin embargo, ignoramos si la marca corresponde a un único cantero (individuo) o a un grupo (taller), por lo que su capacidad informativa sobre el número de canteros trabajando es limitada. También ignoramos por qué hay un gran número de sillares que, siendo de la misma etapa, carecen de marcas. No se puede concluir de ello que estas piezas no fuesen pagadas, pero tal vez lo fueron de otra manera51. También es muy significativo que la obra de restauración del Periodo IIc se ve posiblemente sometida a un ritmo de urgencia, como evidenciaría el notable incremento del número de las marcas de cantero, probable indicio de un trabajo a destajo que pretende y necesita acelerar el final de la obra con la intención de reparar un edificio inestable como consecuencia de su ruina parcial. Del mismo modo que la obra del Periodo I carece de marcas y, por ello, puede ajustarse sin problemas a una cronología de mediados del siglo XI, la obra del Periodo II cuenta con ellas desde su inicio, el cual, de acuerdo a las cronologías más tempranas que se barajan sobre el empleo de las marcas de cantero (Moralejo 1996, Alexander 2007 y Esquieu y Hartmann-Virnich 2007), no pudo tener lugar antes de la última década del siglo XI. - Maestros, escultura y estratigrafía. Mientras las distintas propuestas evolutivas sobre el edificio son numerosas, la lista se reduce en cuanto al análisis de las decoraciones. Como iglesia situada en el Camino de Santiago, su relación con algunos de los templos localizados en este itinerario de peregrinaje se ha planteado claramente desde un principio, siendo las catedrales de Jaca (Huesca, principalmente por la presencia de impostas taqueadas) y la de Santiago de Compostela (La Coruña, por las portadas) sus habituales referentes. Es precisamente la evolución del conjunto compostelano la que de una manera más o menos directa ha influido en la comprensión de cuerpo decorativo de San Isidoro y, por ende, de su evolución constructiva. Aunque todos los autores coinciden en identificar dos o tres artistas como autores de las piezas decorativas, su relación con Santiago ha introducido notables variables. De este modo, se establece una estrecha vinculación con el maestro Esteban de la Puerta de las Platerías compostelana, el cual bien habría aprendido en San Isidoro antes de marchar a Santiago (Gómez Moreno 1934: p. 78), bien, por el contrario, una vez acabada su labor en Santiago habría venido a San Isidoro (Martin 2007: p. Siguiendo con esta línea argumentativa, recordamos que, lógicamente, para Gómez Moreno y Camps el transepto pertenecería a la obra de la infanta Urraca (1072-1101), mientras que Martin lo atribuye a la reina Urraca (1109-1126). Todos ellos coinciden, sin embargo, en que la Puerta del Perdón, o sur del transepto, es posterior a la Puerta del Cordero, o sur de la nave52. Un tercer maestro, relacionado con la obra de Pedro de Deustamben, actuaría en la primera mitad del siglo XII, en opinión de Camps (1935: pp. 78 y 83). Es indudable que un edificio con las dimensiones y el prolongado proceso constructivo de San Isidoro debió contar con una nutrida plantilla de canteros, como demuestra la variedad y dispersión de las marcas, y de canteros especializados o decoradores, cuya firma en este caso es su propio estilo. Tanto capiteles como impostas y cimacios no tuvieron porqué ser tallados a pie de obra, pudiendo provenir de talleres fijos o itinerantes. Pero lo que realmente pone de manifiesto el análisis arqueológico es que todos estos artesanos y/o talleres trabajaron para un mismo proyecto constructivo que avanzó de manera homogénea. Una vez alzado su perímetro, prosiguió en altura sus naves laterales para finalmente ser abovedado. La ausencia de fases constructivas marcadas por interrupciones hace del conjunto de estos artesanos un grupo que trabaja de modo coetáneo, aunque ello implique cincuenta años de construcción y diferentes manos y estilos. - La construcción en marcha. De acuerdo a los datos expuestos, carece de relevancia en el momento actual argumentar una construcción que se origina de oeste a este o viceversa, pues el análisis nos demuestra cómo nos encontramos ante una construcción concebida de manera orgánica. Las líneas se trazan desde occidente, siguiendo las establecidas por la obra del Periodo I, y desde oriente contemplando ya una zona destinada a transepto y cabecera. De hecho, la diagonalidad de las juntas de obra indicadas evidencia cómo las hiladas del este se montan sobre las del oeste, se coloca la imposta como elemento unificador y se vuelve a empezar. La construcción va alzándose así al mismo tiempo, siendo las únicas diferencias entre las etapas 1 y 2 de este Periodo IIa la posición de los mechinales (abiertos en hiladas bajas la primera, tallando los ángulos de los sillares la segunda). Una vez creado este perímetro, se cierra el muro norte y se procede al abovedamiento de las naves laterales y de la central. Es ahora cuando tiene lugar el cambio de proyecto, el cual justificaría la anómala presencia de columnas que amortizan las ventanas para sujetar las respectivas cubiertas abovedadas y el remate en ménsula del arco fajón correspondiente de la bóveda de la nave mayor. Este cambio de proyecto se produjo en marcha, como intuyó Gómez Moreno (1934: p. 104), sin que podamos confirmar cómo se pensaba cubrir o abovedar el plan primitivo, aunque consideramos la cubierta de madera como la opción más probable. En este sentido, nuestras propuestas no pasan de ser simples conjeturas. No sabemos el tiempo qué transcurrió, pero posiblemente muy poco después de su puesta en carga, las diferencias de luz y altura de las naves central y laterales provocaron la ruina de algo más de la mitad occidental de la basílica (Periodo IIb). Los soportes se giraron y los muros se abrieron hacia afuera, requiriéndose refuerzos que evitasen que la ruina fuese a más. Las huellas de los apuntalamientos conservados en la mitad oriental, no venida abajo, evidencian el miedo hacia ese proceso de ruina y el intento de buscar un medio de estabilidad. La reparación (Periodo IIc) no se hizo esperar, como pone de manifiesto el estilo románico de esta obra. El retalle de las marcas y su abundancia reflejan el apremio en reformar las partes perdidas, mientras que las cubiertas de ladrillo pretenden minimizar los empujes que causaron la ruina previa. Se refuerza con gruesos contrafuertes el muro sur, carente de los contrarrestos del septentrional, y se reconstruye la portada perdida empleando piezas antiguas y nuevas. Sin embargo, la inestabilidad estable de San Isidoro no se resolvió con las cubiertas de ladrillo que, a pesar de ser más ligeras, se vieron forzadas a continuar la geometría y altura de sus precedentes, por lo que heredaron los problemas de la estructura previa. 94) no duda en creer que el coro occidental del siglo XV, el claustro del XVI y los refuerzos de los contrafuertes meridionales pretendían amortiguar los movimientos estructurales atando y reforzando los distintos elementos. El análisis arqueológico individualiza periodos, no ofrece cronologías concretas, por lo que no podemos responder a la cuestión de las autorías, cuya respuesta ha movido normalmente la investigación de San Isidoro. Pero sí creemos que el análisis puede modificar la lectura de los documentos escritos de acuerdo a los resultados obtenidos, el cual deberá ser llevado a cabo por especialistas. 1067) la construcción de una iglesia previa a la actual. La inscripción es el primer elemento digno de un estudio pormenorizado por un epigrafista, que analice no solo la veracidad de la información, sino además las fórmulas empleadas con el objetivo de afrontar de un modo riguroso el problema de la autoría de la propia inscripción. Por otro lado, el análisis arqueológico documenta en el ángulo noroeste del aula de la basílica los restos de un conjunto alzado con paramentos de sillería y dotado de dos accesos, uno septentrional y otro occidental. Ya hemos anotado los problemas de reconstrucción en alzado (cubiertas) y en planta (ausencia de retranqueos de los muros) de esta estructura. Del mismo modo, hemos confirmado que los muros atribuidos a ella no corresponden con los hallados en excavación, los cuales parecen pertenecer a una construcción previa, posiblemente de época romana, a tenor de las excavaciones efectuadas en el entorno inmediato, reutilizada como cimentación de una nueva obra. Sobra decir que ignoramos la secuencia estratigráfica entre ambos (muros en alzado y vestigios en subsuelo), por lo que poco o nada podemos aportar a su cronología. Solo una nueva apertura del suelo y un detallado análisis de la relación entre los muros en alzado y los vestigios exhumados por Torbado resolverían con certeza esta relación. Respecto a la basílica románica, podemos afirmar que se construye desde ambas direcciones, como delatan los andamios (posición de mechinales) y las juntas de obra, perteneciendo el transepto al proyecto primitivo. Los distintos datos expuestos permiten argumentar que no se trata de un espacio añadido, sino de un espacio unitario a la basílica, la cual asiste, sin embargo, a un cambio de proyecto en marcha que introduce el abovedamiento, hecho que explica ciertas anomalías, como la posición de la pareja de columnas delante de las ventanas del tramo oriental. Se constata igualmente la existencia de una estructura construida a los pies, comunicada con la basílica gracias a un vano alto, relacionable con el palacio de las fuentes. La ruina del edificio interrumpe en la secuencia textual. Detectada en el primer análisis (Murillo 2006)53, se consideró entonces como "superficial", pero los indicios ahora observados en toda la basílica permiten afirmar que esta ruina es estructural e identificar los límites de su alcance. Parece que la puesta en carga del edificio al erigir la bóveda central supuso la caída de su mitad occidental. El hecho de que la altura de la bóveda central duplique la de las laterales (17 m frente a 8,5 m) impide que los muros de 1 m de grosor de la nave mayor funcionen de modo efectivo. El muro norte del aula resiste porque está contrarrestado por el claustro, mientras que el sur, libre de refuerzos, dobla por encima de la imposta baja tanto al interior como al exterior. La ruina se observa en las roturas de soportes (columnas de la nave central) y en los saltos de los paramentos y arcos diafragma. La reconstrucción se producirá de forma inmediata, reutilizando parte de la sillería, trabajando con rapidez, posiblemente "a destajo" (como evidencian las abundantes marcas de cantero y los retalles de algunas de ellas), e introduciendo potentes contrafuertes en el muro sur, así como apuntalando aquellas partes del edificio que no se habían arruinado. Obviamente, si nunca se había documentado una ruina, tampoco su reconstrucción, siendo por ello ambas una novedad en la historia del edificio. La ruina permite explicar, fundamentalmente, dos aspectos. Primero, la presencia de bóvedas de ladrillo en los tramos occidentales, apenas tratadas por la investigación sino en un intento de explicarlas como una medida efectiva estructural de la basílica original. Estas nuevas bóvedas reemplazan a las primitivas de piedra con el objetivo de descargar el edificio. Segundo, la organización de la Portada del Cordero, con un tímpano, soportes y cuerpo adelantado compuestos en realidad de piezas nuevas y reutilizadas, provenientes posiblemente de una misma puerta previa en el lugar. Este hecho ya se documentó en el primer análisis del edificio (Murillo 2006)54, siendo ahora contextualizado dentro de los procesos de ruina y reconstrucción indicados. Esta evidencia tiene notables implicaciones para su lectura e interpretación histórica e iconográfica, las cuales deben ser planteadas teniendo en cuenta la secuencia estratigráfica aquí identificada. Como ya hemos dicho, tanto la ruina como su reconstrucción irrumpen en la secuencia textual y obligan a una relectura de los indicadores cronológicos conocidos. Cronológicamente, como ampliación de la obra del Periodo I, las fechas de 1063/1067 son un post quem obvio. A ellas se suman tres indicios a tener en cuenta en la datación de la basílica románica. Primero, el discutido término amplificavit referido en las fuentes sobre la infanta Urraca (1072-1101), quien habría patrocinado la ampliación de la obra de sus progenitores, sin olvidar la discusión que afecta al panteón, espacio no analizado en este trabajo. Segundo, la inscripción con fecha 1124 (Era 1162) situada en el ábside norte, considerada funeraria por algunos investigadores y, por ello, posiblemente más tardía, o de fundación, por otros. En nuestra opinión, la primera opción cobra fuerza teniendo en cuenta la posición anómala que ocupa y la ausencia de mención del autor de la obra en la inscripción si se la atribuye un carácter fundacional. Tercero, el también debatido término superaedificavit de la inscripción de Alfonso VII, con consagración en el año 1149 y la figura de Pedro de Deustamben. Y por último, la inscripción funeraria que menciona el traslado del obispo prelado Pedro Jaqués, tallada en el muro meridional, efectuada en un momento posterior a 1112. A ello se añade un último dato. La Capilla de la Santísima Trinidad, situada en el lado norte de la cabecera y también fuera de nuestro estudio, se alza en el año 1190 según la inscripción de su acceso meridional, y se adosa a los apuntalamientos de los muros que evitaron la ruina de esta zona. Sin embargo, la presencia de huellas de gradina o trinchante, una herramienta cuyo uso no parece emplearse antes de un momento avanzado del siglo XII, difundiéndose notablemente en las grandes obras de época gótica, se destapa como un indicador cronológico que parece situar la gran reforma de la basílica (Periodo IIc), donde incluimos la Puerta del Cordero, en la segunda mitad del siglo XII55. Es decir, proponemos como posibilidad que en los años finales del reinado de Alfonso VII (1126-1157), Pedro de Deustamben proyectase las bóvedas de piedra, teniendo en cuenta el término de superaedificavit, el cual reflejaría la decisión de abovedar un edificio que no estaba preparado para ello. La basílica se consagraría en el año 1149, teniendo lugar la ruina poco después. La restauración ya en época de Fernando II (1157-1188) optó por introducir bóvedas de ladrillo, a priori más ligeras, aunque la basílica arrastrará riesgos estructurales hasta nuestros días. El análisis arqueológico de San Isidoro demuestra cómo su historia se hace más compleja y completa al añadir capítulos inéditos a la historia escrita desde las fuentes textuales. Estas hablan de varias generaciones de promotores actuando en las obras a lo largo de un periodo de tiempo indeterminado que parece iniciarse con Urraca en las últimas décadas del siglo XI y concluir, en primera instancia, a mediados del siglo XII con Alfonso VII. Los muros, por su parte, nos dicen que también fueron varias las generaciones de técnicos, canteros, escultores, etc. que trabajaron en San Isidoro en tres impulsos edilicios consecutivos y que tuvo lugar una ruina que conllevó una profunda reforma de la configuración original del edificio.
Aportaciones al estudio arqueológico del mudéjar en la Alpujarra: las iglesias de planta de cajón En este artículo se aborda el estudio de los restos emergentes de varias iglesias mudéjares en la comarca de la Alpujarra. A través del análisis arqueológico de paramentos llevado a cabo, así como del examen de las fuentes escritas y el análisis del contexto urbanístico y territorial, se han caracterizado las iglesias de planta de cajón como una tipología propia del mudéjar alpujarreño. A la vez se ha mejorado el conocimiento tanto de la implantación parroquial en este medio rural del antiguo Reino nazarí de Granada, ya en época cristiana, como de la historia de los edificios que evolucionaron a la par que su territorio. Objetivos y planteamientos iniciales del estudio El objeto del presente trabajo es el estudio de un conjunto de iglesias en la Alpujarra que se pueden identificar entre las más antiguas de las conservadas en esta comarca, pero nuestros objetivos y planteamientos han sufrido una evolución desde que iniciamos la investigación hasta esta publicación. Nuestra primera toma de contacto fueron unas dudosas referencias a un supuesto «edificio antiguo», a veces calificado como «obra de romanos» 1, otras «iglesia visigoda» 2 e incluso como edificio «sin duda musulmán» 3, que nos hicieron aproximarnos a la aldea de Capilerilla (Granada) con gran curiosidad. Allí encontramos un edificio en ruinas del que hicimos una primera documentación gráfica y un análisis arqueológico de los restos emergentes, que nos llevó a caracterizarlo como una iglesia mudéjar. La necesidad de trazar paralelos con otros edificios para apoyar nuestras observaciones y reflexiones, en combinación con la investigación en las fuentes documentales y la bibliografía al respecto, escasa, dispersa y no siempre enfocada sobre los aspectos que nos interesaban de estos edificios, nos animaron a continuar abordando el tema hasta hacer un rastreo, no exhaustivo, pero sí suficientemente significativo, del territorio alpujarreño en busca de los rasgos característicos de este conjunto de edificios. Las primeras iglesias alpujarreñas tienen un gran interés para la comprensión de la implantación de la cultura cristiana impuesta por los conquistadores castellanos a la población islámica de la zona, inicialmente protegida por las Capitulaciones de 1491, pero presionada para su conversión tras la rebelión de 1500-15014, es decir, toda la problemática de los moriscos, de la que existe un prolijo tratamiento historiográfico pero a la que tal vez aún no se ha realizado un suficiente acercamiento desde el punto de vista de la cultura material. En conjunto, nuestro proceso de trabajo se ha configurado como una prospección, según un modelo que presenta algunos aspectos convergentes con la propuesta metodológica de Leandro Sánchez Zufiaurre en sus estudios del prerrománico en la Diócesis de Vitoria5, si bien realizamos únicamente el análisis de planta y técnicas constructivas de un número limitado de edificios. Para fijar unos límites razonables a este trabajo, debíamos ser selectivos en los ejemplos a tratar. Estudiamos un conjunto de iglesias en cuanto a tres aspectos fundamentales: el diseño de sus plantas, los materiales y técnicas constructivas empleados y la ubicación urbanística y territorial de estos edificios. Asimismo, en lo geográfico nos hemos ceñido a la comarca de la Alpujarra, extendida entre las provincias de Granada y Almería, si bien en otras zonas limítrofes se pueden encontrar edificios con características similares creados en un contexto sociohistórico también parecido. Igualmente, dentro de la Alpujarra existe un elevado número de iglesias que tienen elementos en común con las estudiadas, pero decidimos elegir exclusivamente un grupo que fuese suficientemente homogéneo en sus características y que presentase las menores modificaciones posibles respecto al modelo o proyecto original. Así, hablamos de una tipología de planta de iglesias de cajón, que presentan una única nave rectangular, originalmente cubierta con techumbres de madera de tradición artesanal mudéjar, que a veces tienen una capilla mayor cuadrada diferenciada del resto de la nave por pilastras y un arco toral, y con una torre-campanario de planta cuadrada adosada generalmente en un lateral, con clara influencia de los alminares de las mezquitas preexistentes en estas localidades, que están entre las que han contado con población musulmana durante un periodo más largo en la península Ibérica medieval y moderna. Las técnicas constructivas que hemos documentado para este modelo de iglesias, de estructura muy simple, son casi exclusivamente la mampostería de esquisto o caliza para la mayor parte de los muros, así como el ladrillo y la sillería para determinados elementos de refuerzo y ornamentales. Partiendo de estas premisas, los ejemplos elegidos debían ser los más representativos del modelo planteado y presentar el menor número posible de alteraciones. En ese sentido, Capilerilla era un caso muy limitado por su estado de ruina y el gran expolio sufrido a lo largo de su historia. Otro ejemplo muy claro que resume todas las características que debió presentar Capilerilla pero con mayor conservación de sus alzados es la iglesia del despoblado de Iniza (Almería), que quedó abandonado desde la rebelión morisca de 1568, de modo que muestra a día de hoy una imagen más completa de lo que debieron ser estos templos. Otras iglesias aquí documentadas siguen en uso, pero dado que se encuentran ubicadas en núcleos de población cuya demografía y urbanismo en líneas generales no parecen haber sufrido grandes cambios desde la Edad Media, las intervenciones en las fábricas no las han desfigurado demasiado y son fácilmente identificables en una lectura diacrónica de la estratigrafía muraria de los edificios. Nos referimos a iglesias como la de Bayárcal (Almería) o la de Júbar (Granada). Finalmente, otros edificios elegidos muestran alguna ampliación del proyecto original como fue frecuente ya a lo largo de los siglos posteriores al XVI, consistiendo a veces en la ampliación volumétrica de la capilla mayor, caso de Juviles (Granada), o la modificación de los accesos, abriendo nuevas puertas y tapiando las antiguas, como se aprecia en Yátor (Granada). Un caso significativo puede ser el de Tímar (Granada), donde se dio una reducción sustancial de la planta original, acortando el templo por los pies. También se llegó a la sustitución de la iglesia, ya totalmente arruinada y expoliada, por una mínima ermita sobre una pequeña parte de su superficie original, como hoy vemos en Capilerilla. La ubicación geográfica de los ejemplos elegidos tampoco es baladí, tratando de abarcar un amplio territorio de esta extensa comarca y estudiando iglesias situadas en las dos provincias en las que hoy se divide administrativamente (Fig. 1). Mapa general de situación de las iglesias estudiadas. Tras la selección de los casos a tratar, se acometió el estudio directo de la realidad construida de éstos: documentación de sus técnicas constructivas y materiales de construcción, análisis mensiocronológico de los mismos, identificación de elementos constructivos que lo componen, análisis de la planta y organización de los espacios, así como el examen posterior del contexto espacial donde se enmarca el edificio, en busca de analogías a nivel técnico, material, etc., junto a su encuadre urbanístico y territorial. Con todo ello se elaboró una documentación básica a nivel de plantas y técnicas constructivas, confeccionando un corpus que ha permitido realizar ciertas comparativas y cotejar datos entre ellas, proceso cuyos resultados son presentados en este artículo, interrelacionando los datos obtenidos en los diversos casos de estudio de manera sintética e integradora, extrayendo conclusiones generales para todos o la mayor parte de ellos e identificando también las variantes y elementos divergentes o de carácter excepcional. Los trabajos pioneros sobre el tema: Gómez-Moreno Calera y Cressier Algunos interesantes trabajos han abordado el estudio de las iglesias de esta región desde una perspectiva documental y arqueológica. Para una comprensión de esta temática abordada desde el estudio de las fuentes documentales, son esenciales las publicaciones de Gómez-Moreno Calera6 y Sánchez Real7. En las investigaciones arqueológicas, destaca la llevada a cabo por Cressier, quien en el transcurso de un estudio de paisaje en la transición de la Edad Media a la Moderna en la Alpujarra8 realizó un acercamiento a algunas de las iglesias construidas tras la conquista castellana en esta zona, analizando sus técnicas constructivas, plantas, materiales, etc. Si bien los resultados de su investigación han sido ya superados o puntualizados, la metodología de estudio arquitectónico y material empleada por el autor se revela como esencial para entender la arquitectura mudéjar como un modo de trabajo con fuerte carácter gremial, de amplia extensión y relacionado con las «técnicas de albañil» 9. El estudio de esta particular arquitectura, abordado desde las fuentes escritas y el análisis paramental (técnicas, materiales, etc.), profundiza más allá de su fábrica y nos permite tomar el pulso cultural al siglo XVI granadino en un ámbito rural de gran particularidad. Aproximación geográfica e histórica: la Alpujarra La Alpujarra, configurada como una extensa zona montañosa entre las provincias de Granada y Almería, se presenta como un amplio valle que engloba las cuencas de los ríos Guadalfeo y Andarax, y que está formada por el conjunto meridional de laderas de Sierra Nevada y las tres sierras litorales que bordean la costa: Lújar, Contraviesa y Gádor. Esta geografía tan accidentada se ha comportado históricamente como una unidad cerrada a influencias externas, originando una región de fuerte personalidad y un tanto aislada, que ha llegado a desarrollar cierta singularidad en diversos aspectos socioculturales. Se trata de una zona que ha sido habitada desde época prehistórica y que ha mantenido cierta continuidad en el poblamiento antiguo y medieval. Será sobre todo en este último periodo, en época nazarí, cuando alcance cierto auge económico y revelando una mayor presencia en las fuentes documentales. La toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492 va a provocar una transformación, a diversos niveles, en esta región; unos procesos de cambio que son rastreables a lo largo del siglo XVI, además de esenciales para la comprensión histórica de este territorio en un momento clave como es el tránsito de la cultura islámica a la cristiana, en el escenario de paso de la Edad Media a la Modernidad. La Alpujarra nazarí: un contexto islámico en transición. Aproximación al urbanismo de sus núcleos de población Uno de los aspectos que nos interesa evaluar es la implantación de estas iglesias en un contexto urbanístico. Existe una serie de rasgos interpretados como específicamente característicos del urbanismo alpujarreño, en gran parte de origen medieval. Lo más habitual es que los pueblos alpujarreños se dividan en varios barrios, esto es, núcleos compactos con relativa separación entre ellos mediante espacios intersticiales ocupados generalmente por huertos, con caminos o calles que los cruzan y conectan los grupos de casas, como vienen documentando diversos investigadores10. Estos barrios suelen contar con un nombre propio que los identifica desde la Edad Media en muchos casos, pues en la documentación histórica, por ejemplo los libros de hábices, aparecen los topónimos de estos barrios11. Como muestra de ello, y refiriéndonos a la Taha de Ferreira12, Gómez-Moreno13 menciona que Pitres se distribuía en tres barrios: El Çijar o Çigar, Beneuz y Haratalayni, teniendo muy cerca las aldeas de Aylacár y Capileyra; que Ferreyrola tenía como anejo a Haratalbeytar; que Meçina de Ferreyra tenía tres barrios, por poner sólo algunos ejemplos. También podemos referirnos al caso de Bayárcal, en la Taha de Andarax, dividido en varios barrios: Alolia (al-ulià, la más alta), Açufla (al-suflà, la más baja) y Abuleyhem, interpretados como el barrio alto, barrio bajo y el tercero separado a una cota más baja14. Aún siglos después, esta agrupación del poblamiento en barrios dispersos sigue siendo patente en la cartografía histórica (Fig. 2). A la izquierda, Mecina Fondales, con indicación de Mecina en la parte superior, Mecinilla un poco más abajo, quedando la iglesia en la parte central; en la parte inferior, Fondales. En la imagen de la derecha, representación de Bayárcal y su entorno más próximo. Se puede observar la división en varios barrios y la posición central de la iglesia. En la parte inferior, el templo del despoblado de Iniza, junto al «cerro del castillejo», actual Castillo de Paterna. Además del refrendo de la documentación histórica, es fácil constatar que el urbanismo de muchos de estos pueblos se divide en varios barrios aunque éstos no aparezcan mencionados en la documentación archivística o no conserven topónimos antiguos. Se puede considerar que este poblamiento de carácter disperso sería la forma más primitiva de hábitat en el ámbito alpujarreño, y que la sucesiva ocupación de los espacios intersticiales entre los barrios ha sido el fenómeno que ha generado un urbanismo más compacto en las localidades que han ido concentrando la población en detrimento de otras en las que se ha mantenido la disposición dispersa o que incluso históricamente fueron quedando despoblados15. A lo largo del siglo XVI, y más acusadamente desde el inicio de la repoblación en 1572, se ha ido produciendo un proceso de saturación urbana en los núcleos con condiciones más favorables para el poblamiento. Por el contrario, en las localidades peor comunicadas o con otro tipo de condicionantes, el crecimiento de la población y sus construcciones ha sido sustancialmente menor, quedando en muchos casos prácticamente fosilizado el núcleo de origen medieval, con escasas modificaciones del parcelario hasta nuestros días16. Este carácter polinuclear estaría basado, según investigadores como Cressier, en la organización de la sociedad andalusí por grupos tribales y familiares17. Capilerilla puede considerarse como uno de estos ejemplos originarios del modelo de agrupación urbana característica de la Alpujarra (Fig. 3). Muestra un urbanismo de carácter disperso, dividido en al menos tres barrios (Capileyr, Mundir y Binevz), separados entre sí por zonas de huertas. Las casas, conectadas a través de tinaos (cobertizos), se adosan entre sí formando grupos y dejando entre ellos estrechas calles (Fig. 4). Los límites con los campos de cultivo están definidos tradicionalmente por albarradas de piedra y muros de contención (paratas), de trazados irregulares y muy adaptados al terreno y a su gran plasticidad, generalmente realizados en piedra seca con pequeñas lajas de esquisto. Contexto urbanístico: planos de Capilerilla y Mecina Fondales con indicación de los barrios que los forman y la ubicación de las iglesias. Urbanismo alpujarreño: 1 - Vista de los núcleos del Barranco de Poqueira. En primer plano Pampaneira y a una cota superior, de derecha a izquierda, Bubión y Capileira. 2 – Tinaos en la calle Real de Capilerilla. 3 – Tinao en la calle Adarve de Atalbéitar. Este modelo de urbanismo polinuclear se repite, aún en la actualidad, en pueblos como Mecina Fondales (fig. 3), dividido en Mecina (con los barrios de Harat Axehel y Harat Fedna), Fondales (con los barrios Azeuya y Harat Aben Ged) y Mecinilla, en medio de ambos y tal vez escindido de alguno de ellos18. También en Mecina Bombarón, Yegen y Juviles19, en los que se observa una pluralidad de núcleos de casas agrupadas, separados entre sí por espacios agrícolas más o menos amplios, y la iglesia siempre en una posición relativamente central. Estas formas urbanas reflejan la estructura de poblamiento nazarí bajomedieval, donde la alquería, con un asentamiento de carácter disperso, será la unidad de poblamiento esencial en la Alpujarra en este momento, y donde se producirá una serie de transformaciones con la llegada de los cristianos. La documentación castellana refleja a la perfección la composición esencial de este poblamiento rural nazarí, donde la mezquita (o la rábita en su defecto) se configura como elemento esencial dentro del aparato urbanístico, claramente definido en barrios separados entre sí. La erección parroquial en la Alpujarra en el siglo XVI Desde el momento de la conquista castellana, la Alpujarra se convirtió en un territorio eminentemente mudéjar, manteniendo dicho estatus hasta perderlo tras la revuelta protagonizada entre 1499-1501, donde se procederá al bautizo forzoso de la población rebelde. Este proceso de conversión masiva adquirió gran intensidad en los meses de verano de 150020. En este contexto de tensión social, adquirirá gran importancia el proceso de erección parroquial en la diócesis granadina, cuya génesis y evolución a lo largo del siglo XVI va a reflejar la implantación material de un modelo de ocupación y organización del territorio en una zona predominantemente morisca, de fuerte cohesión social y alta dispersión poblacional. Un proceso que se va a llevar a cabo mediante la transformación de los lugares de culto islámico en templos cristianos, primero con escasas modificaciones y, posteriormente, la construcción de nuevas iglesias, pasándose a amortizar las mezquitas y rábitas, como se detalla a continuación. En la Alpujarra, esto se llevará a cabo de manera desigual, y difícilmente llegará a tener homogeneidad, a pesar de los esfuerzos del arzobispado. Una de las primeras fases de la erección parroquial alpujarreña se va a materializar mediante la transmutación de uno de los elementos más importantes de cohesión cultural islámica, como es la mezquita, en espacio de culto cristiano, reutilizándose sus estructuras, pero otorgándoles una nueva simbología y un nuevo contenido, en pro de comunicar el cambio de poder y facilitar así la adhesión del nuevo credo21. Los antiguos lugares de culto nazaríes, tanto mezquitas como rábitas, se van a transformar en iglesias22 por medio de una serie de rituales de sacralización, tales como la aspersión de agua bendita, la colocación de un altar en el lado oriental, la destrucción del nicho del mihrab mediante la construcción de una puerta o su cegado, la colocación de una cruz en el alminar..., en definitiva, redefiniendo el espacio de culto y adaptándolo a los nuevos usos. Se suplanta así la mezquita por la iglesia con una serie de reformas esenciales que buscan, en la mayoría de los casos, una solución de bajo coste para la dotación parroquial en las zonas rurales. También subyace un intento por parte de la Iglesia y la Corona de rápida aculturación de una población que hasta hace poco era nazarí, después fue brevemente mudéjar y ahora es morisca. Un proceso aculturador de urgencia que requirió la adopción de una serie de medidas pragmáticas ante la nueva situación social surgida. De este período (1501) datará la adopción, por parte de la Iglesia, de la división administrativa nazarí (organizada en tahas) para la organización del partido alpujarreño23. En general, en estos primeros momentos apenas se construirán iglesias24, aprovechándose para ello los lugares de culto islámico (rábitas y mezquitas), ahora sacralizados para el ritual cristiano, pero en definitiva prácticamente inalterados. Una situación que corre paralela a lo ocurrido en otras zonas rurales del Reino de Granada. Así sucede en las comarcas de Guadix y Baza, donde la dotación parroquial se nutre en esencia de los edificios islámicos hasta el segundo tercio del siglo XVI, poco apropiados por sus reducidas dimensiones, pero bien situados y numerosos25. En el caso alpujarreño existe un documento esencial para comprender hasta qué punto perviven las estructuras de culto nazaríes aún a finales del siglo XVI. Se trata de un informe que data de diciembre de 1578 y enero de 1579, donde se relata la inspección realizada por el visitador Alonso López de Carvajal, a las iglesias de la Alpujarra tras el levantamiento morisco de 1568. En él se señala la utilización de un gran número de «iglesias de las antiguas», una denominación que algunos autores afirman ser un claro indicador del uso y pervivencia de las mezquitas y rábitas, aún en fechas tan avanzadas (Busquístar, Poqueira, Carataunas, Cáñar, Bayacas, Bentarique, Yegen, etc.)26. Más reveladores son en este sentido los datos recogidos en la visita pastoral del arzobispo Pedro de Castro27. En ella se detallan las modestas medidas y técnicas constructivas de algunas de estas mezquitas, ahora utilizadas como oratorios cristianos (Barge, Benizalte y Beires)28. Se trata de una situación que revela el desigual desarrollo del proceso de erección parroquial en el territorio alpujarreño en el siglo XVI, dándose indistintamente el uso de iglesias de nueva planta y la utilización de las antiguas mezquitas y rábitas transformadas para el culto. El siguiente paso de la erección parroquial, ya superado el primer tercio de siglo, será la construcción de parroquias de nueva planta, siendo las Alpujarras una de las últimas comarcas en ser atendida, aunque la mejor dotada de la diócesis granadina (44 parroquias de las 97 totales)29. Este dato no hace sino reforzar la imagen de una región mayoritariamente poblada por moriscos, aún arraigada a las costumbres y cultura islámicas, lo cual justificaría el considerable esfuerzo por parte de la Corona y la Iglesia por cristianizar este abrupto territorio. No será hasta mediados del siglo XVI cuando se empiecen a construir iglesias de nueva planta con cierta continuidad. Un proceso que va a tomar nuevos bríos a merced del auge económico que experimenta Granada y de un mayor interés por parte del arzobispado. Estos nuevos espacios van a amortizar las antiguas mezquitas, sustituyéndolas en sus antiguos solares, ampliados estos por la compra de terrenos anexos30, o buscando nuevos espacios más diáfanos o en lugares estratégicos donde poder aglutinar los habitantes de varias parroquias. En este sentido, Cressier ha destacado el hecho de que generalmente en estos asentamientos polinucleares la iglesia vino a establecerse en un espacio ajeno a los diferentes barrios pero equidistante entre ellos, poniendo como ejemplo el caso de Juviles31. Yegen y Mecina Bombarón32 muestran también esta característica aún en nuestros días. Trillo ha puesto de manifiesto cómo ya desde época nazarí al menos se daba esta organización territorial, en la que varios barrios de una misma alquería o varias alquerías próximas entre sí compartían el uso de una mezquita aljama común, a veces en una ubicación geográfica aproximadamente central33. En otras ocasiones cada núcleo se ha considerado un pueblo diferenciado de los próximos, a pesar de la escasa separación física en algunos casos, y aun así han tenido un templo de uso común. Se trata, por ejemplo, del antiguo municipio34 de Mecina Fondales, formado por los pueblos de Mecina y Mecinilla, prácticamente unidos por el punto donde se localiza la iglesia común a ambos, y Fondales en una posición geográfica a menor cota (Fig. 3). También sería el caso de Atalbéitar y Ferreirola, que si bien hoy en día tiene cada uno su propia iglesia, compartieron en un primer momento la denominada como Albáizar, que se localizaba en un pago rústico a medio camino de ambos pueblos. Observando el caso de Capilerilla y Aylácar (esta última hoy desaparecida, aunque identificable con el pago llamado Los Hilacares) se puede deducir que la iglesia fue construida en un espacio intermedio entre ambas aldeas, que estarían muy cercanas entre sí, apenas separadas por un arroyo (Fig. 3). LAS IGLESIAS DE PLANTA DE CAJÓN EN LA ALPUJARRA MUDÉJAR Introducción: el sistema de trabajo mudéjar La construcción de estas iglesias debe ser enmarcada en un contexto gremial, directamente relacionado con lo que se ha venido denominando «sistema de trabajo mudéjar» 35. En el ámbito granadino, la arquitectura mudéjar representa en sus materiales una forma de trabajar concreta, directamente relacionada con el sistema de gremios y oficios medievales, profundamente reglamentada y con una fuerte estructura jerarquizada, que nos permite entender el porqué de la pervivencia de las técnicas medievales, aun en época moderna36. En el caso concreto de la Granada del siglo XVI, esta organización corporativa se halla regulada por las Ordenanzas Municipales, creando un corpus jurídico que reglamenta todas las actividades del taller. Así, mientras el maestro mayor o veedor se encarga de definir los modelos y del diseño y trazas de los nuevos proyectos eclesiásticos, serán los alarifes o maestros contratantes de la obra quienes den forma a dichos proyectos, encargándose del cálculo y acopio de materiales que harían falta para la consecución del proyecto. Tipología de plantas: la nave de cajón. El diseño de las plantas de estas iglesias las pone en relación directa con el plan de erección parroquial más arriba descrito, cuando ya a mediados del siglo XVI se desarrolla con más continuidad la construcción de iglesias de nueva planta que sustituyan los oratorios nazaríes. La relativa urgencia y la necesidad de acogerse a modelos perfectamente conocidos y fácilmente asimilables deriva en la elección, para la gran mayoría de nuevas parroquias, del modelo de nave única con testero plano y capilla mayor diferenciada según la entidad del proyecto: unas veces con una simple elevación del altar, otras con la construcción de un arco toral. Su amplia extensión e idoneidad queda reflejada en algunos testimonios escritos de la época, como en este fragmento de la carta que envía el deán de Almería al marqués de los Vélez, don Pedro Fajardo, el 12 de julio de 1512, indicando el modelo a seguir, referido en este caso a la iglesia de Vélez Blanco (Almería): Que sea de una nave de treinta e tres pies de ancho e çiento e cinco de largo, de los quales a tener la capilla treinta e tres pies y el arco dos pies. El cuerpo de la iglesia sesenta pies. Han de ser las paredes de tres pies de grueso de mamposteria e tenga la iglesia treinta de alto. A de ser la armada de su armadura de pino, la capilla por sy ochavada e la iglesia por sy de su armadura de pino. Los tirantes que tengan medio pino de gordo e los estribos pino entero los pares, seys de un pino. E derribar la torre vieja que está fecha e fazerla junto con el flasçe del arco toral de manera que quede debaxo una capilla para pila de bautizar tejar la iglesia muy bien con sus alas de ladrillo, blanquear aquella de dentro e rebocalla de frente. El modelo descrito encaja a la perfección con la mayoría de las iglesias analizadas en este estudio. Se trata de una tipología de extrema sencillez que procede de las iglesias conventuales de planta única38, de las que ejemplos no faltan en la Alpujarra: Yátor, Juviles, Iniza, Benecid, Golco, Tímar, Padules, Bayárcal (Fig. 5), Bérchules, Mecina Fondales, etc. Y también podría hacerse extensivo a otras regiones del recién conquistado Reino de Granada, como el Zenete o el Valle de Lecrín. Vista general de la iglesia de Bayárcal y parcial del núcleo urbano. Concretando, las medidas de las naves de las iglesias estudiadas oscilan entre los aproximadamente 35 metros de largo por 10 m de ancho en el caso de Bayárcal, la más extensa de todas, y las iglesias de un tamaño menor, preparadas para albergar a los feligreses de lugares menos poblados, como los casos de Júbar o Iniza, ambas con similares medidas de cajón (19 x 8,5 m). Mención especial merece el caso de la iglesia de Tímar, cuyas medidas actuales son 17 m de largo por 9,5 de ancho, quedando una planta un tanto desproporcionada. Ello se debe a la evolución sufrida por el edificio, el cual tuvo problemas de cimentación desde el mismo comienzo de su construcción, en el primer tercio del siglo XVI. Sus medidas originales eran por entonces 24 m de largo por 9,5 m de ancho. Como decimos, su débil cimentación y el estar ubicada junto a un terraplén de escasa estabilidad, dan como resultado que pronto se den noticias de «quiebras que atraviesan la iglesia» 39, solucionándose a mediados del siglo XIX con la construcción una nueva fachada retranqueada 7 m. Atendiendo al texto antes incluido y a las medidas recogidas, se observa que en muchos casos los templos tienden hacia una proporción 1/3, aunque con claras oscilaciones (Fig. 6). Comparativa de las plantas de las iglesias estudiadas, con indicación de las técnicas constructivas principales y adiciones posteriores al proyecto original observadas en los paramentos exteriores. El resto elaboración propia. En la mayoría de los casos, estas iglesias presentarían una capilla mayor diferenciada del resto de la nave mediante un arco toral, como sería el caso de Juviles, Tímar, Yátor, Bayárcal (no conserva el arco pero sí las pilastras sobre las que apearía) y Capilerilla. La utilización de esta separación espacial en el interior de la iglesia conlleva una serie de adiciones sobre el proyecto básico de nave sencilla. Así, el arco toral expone a los paramentos a una solicitación transversal que requiere de unos contrafuertes exteriores que desempeñen la función de riostras para evitar la deformación de los muros. Estos contrafuertes están patentes en Tímar y Capilerilla, en donde la torre, ubicada en el lado de la Epístola, cumple las funciones mecánicas de riostra. También se observa cómo en algunos casos, la capilla mayor ha sido ampliada en alzado y a veces también en planta, aunque por sus características constructivas suele tratarse de modificaciones posteriores del proyecto original, como es apreciable en Juviles40. El acceso a los templos se hacía mayoritariamente desde una portada lateral, siendo únicamente en la iglesia de Tímar donde hallamos un único acceso a los pies, aunque debemos recordar la reconstrucción total de la fachada de esta iglesia en el siglo XIX, por lo que no sería descartable un traslado del vano en este sentido. Por lo general, la puerta se ubica en el lado donde se ubica la torre, donde encontramos opciones variadas: lado de la Epístola para Iniza y Capilerilla, o la curiosa ubicación de la torre de la iglesia de Júbar, adosada al testero de los pies. Sin embargo, la opción más común observada es la de la ubicación de la torre en el lado del Evangelio, junto a la cabecera (Juviles, Bayárcal y Yátor). También existen los templos con portada a los pies y lateral, como es el caso de Juviles, Bayárcal y Yátor, aunque nos inclinamos a pensar que la portada de los pies de la última se trata de una obra posterior a tenor del reducido módulo de los ladrillos que presenta (21,5 x 11 x 3 cm). Esta composición del espacio mudéjar mediante nave rectangular y capilla mayor cuadrada diferenciada por un arco, se completará siempre con una carpintería de lo blanco. Por ejemplo, en Júbar la cubierta de la nave se resuelve con una armadura de limas moamares ochavada en la cabecera y tirantes apeinazados con lazo de ocho y diez sobre canes de tracería gótica. Es el único ejemplo de armadura ochavada que se conserva en la Alpujarra actualmente41, siendo lo más frecuente que dichas techumbres no hayan pervivido hasta nuestros días, salvo excepciones, siendo sustituidas generalmente por otras soluciones, como bóvedas de cañón y vaídas (Yátor) o carpinterías contemporáneas sin valor histórico (Bayárcal). No obstante, por motivos de espacio y temática preferimos dejar esta cuestión apartada. Los materiales principales que componen la obra de estos templos son la piedra de cantería (mampostería y sillares) y el ladrillo. La fábrica esencial de los muros está realizada con mampostería. Los tamaños de los mampuestos varían según su utilización en el paramento, hallándose piezas careadas de gran volumen para la parte inferior, y de mediano y pequeño tamaño para el resto del alzado conservado. A excepción de estas piezas careadas de la base, la mampostería está poco trabajada, aunque sí que presenta algunas muestras de labra que permiten configurar hiladas horizontales más o menos regulares, combinado con el uso de ripios para el relleno de los intersticios, tomada la fábrica con un mortero de cal de gran dureza. La piedra utilizada con mayor asiduidad es el esquisto o falsa pizarra, autóctona y de fácil extracción (Bayárcal, Capilerilla) (Fig. 7), aunque también se encuentra la roca caliza combinada con la anterior (Iniza) (Fig. 8). Levantamiento de los paramentos conservados de la iglesia de Capilerilla. Comparativa de paramentos: A – Capilerilla, con rafas de ladrillo. B – Iniza, con elementos de sillería (aristones y biseles). Un aspecto interesante documentado en algunos de los paramentos de las iglesias es el de su acabado exterior. En ciertos casos, se ha ejecutado un rejuntado completo del muro, convertido en un enfoscado total que presenta un llagueado en forma de vitola, como sería el caso de Iniza, o un esgrafiado sobre las líneas de contacto de los mampuestos, en Yátor (Fig. 9). También se realizan fingidos de sillería, como en la iglesia de Tímar (Fig. 10). Acabados exteriores con esgrafiados decorativos: 1 – Iniza. Aristones y cornisas: 1 – Aristones y portada de cantería de Juviles. 2 – Cornisa de perfil de gola reutilizada en la era de Capilerilla. Una de las características más destacadas de estas iglesias son las zarpas. Estas marcan el final de los niveles de cimentación a través de un escalón, cuyo releje oscila entre 20 (Capilerilla) y 30 cm (Bayárcal, Júbar, Iniza), rematándose exteriormente con unas piezas de cantería biseladas. Este saledizo se situaría a 1 m de altura desde el primer nivel de cimentación en el caso de Capilerilla (Fig. 7), pudiendo darse el caso de la gran zarpa de Bayárcal, que salva el importante desnivel en sus paramentos noroeste y suroeste con tres tramos de más de 2 m de altura cada uno. La sillería será el otro gran protagonista en la fábrica de estos edificios. Esta hace referencia directa a un ciclo productivo de larga tradición y gran complejidad que tendrá en la arquitectura mudéjar granadina un interesante papel. Numerosas familias de origen cántabro y vasco se encargarán de producir este material en el contexto de la erección parroquial del Reino recién tomado42, presentando un fuerte arraigo en el trabajo de este material y trasladando a Andalucía sus métodos y formas de organización gremial. En casos como el de muchas pequeñas iglesias alpujarreñas construidas en el siglo XVI, donde el trabajo de sillería ocupa sólo una parte concreta de la fábrica, será el alarife o maestro albañil el encargado de asentar estas piezas en la obra, lo cual nos habla del uso de las «técnicas de albañil» 43. En el caso concreto de esta región, más alejada de los grandes ciclos productivos de la capital, la cantería se transportaba ya directamente trabajada a pie de obra, donde el alarife se encargaría de buscar su mejor adecuación sobre un material ya finalizado44. Se produce así una relación de los diferentes gremios (ladrilleros, yeseros, canteros, azulejeros, etc.), cuyo trabajo definitivo quedará en manos del alarife, erigido en un maestro albañil que llega a dominar los distintos aspectos que conforman la construcción de la iglesia. La obra de sillería se reduce en estas iglesias a partes concretas (esquinas, puertas, ventanas, cornisas, etc.) requeridas de una mayor resistencia, pero también como parte del programa decorativo elegido. Uno de los casos más interesantes para el estudio de esta parte esencial se da en la iglesia de Capilerilla, la cual ha sufrido un dilatado expolio de los materiales más nobles de su fábrica, impidiendo precisar con más exactitud las características de la obra. No obstante, las piezas de sillería pueden ser rastreadas con relativa facilidad, dados sus volúmenes fácilmente reconocibles. Además, parte de este expolio ha sido llevado a cabo por los mismos vecinos de la aldea, con el objetivo de rehacer balates, reconstruir muros, reparar sus viviendas y, sobre todo, en la construcción de una era anexa a la iglesia (Fig. 10). Se puede por ello distinguir distintas piezas según su funcionalidad y reconstruir una imagen aproximada de este templo. A ello se suma el estudio comparativo con otras iglesias, pudiendo constatar la existencia de elementos pétreos con la misma talla, aún conservados in situ en sus fábricas originales. Así, tendríamos los sillares de esquina o aristones, una solución orientada a dotar al paramento de una mayor solidez en su fábrica. Dispuestos en cadena, presentan varios módulos, dentro del cual el más común hallado es el de 28 x 28 x 68 cm. El uso de este material para las esquinas se puede documentar en una gran cantidad de iglesias alpujarreñas, sobre todo en aquellas realizadas en mampostería, y obviamente en los ejemplos analizados en este estudio (Juviles, Tímar, Yátor, Bayárcal o Iniza; Fig. 8). De igual forma, aunque esta vez con un sentido no sólo funcional sino también estético, otras partes de estas iglesias recibirán un tratamiento más significativo a través del empleo de obra de sillería. Por ejemplo, las cornisas, donde hemos reconocido dos tipos de piezas similares, aunque de distinto módulo. Por una parte, las piezas con un lecho de 72 cm y un grosor de 52 cm. Otra, de corte similar, varía en el lecho (40 cm), siendo su grosor coincidente con el ancho que los muros poseerían en la gran mayoría de estas iglesias (95 cm aproximadamente). La altura es de 25 cm, mostrando la cara vista una decoración de moldura con perfil de gola. Es una solución que va a aparecer en Tímar, Juviles, Capilerilla, Bayárcal e Iniza (Fig. 10). Las ventanas (Fig. 11), por lo que suele ser común en la gran mayoría de los templos de esta zona, debieron ser escasas. Estos vanos estarían abocinados y así lo atestiguan las piezas de sillería halladas en la era de Capilerilla, donde documentamos una de las esquinas con una sección profunda que permitiría el cambio de luz desde el interior del paramento hacia el exterior, estando también documentadas en Yátor, Juviles, Tímar y en la ventana central (la original) de la portada de los pies de Bayárcal. Algunos de estos vanos, por su estrechez, se pueden calificar de saeteras (Yátor). Ventana y biseles de Bayárcal. Una pieza ya antes mencionada serían las talladas a bisel, preparadas para rematar las zarpas (Figs. Se trata de una solución que encontramos en Capilerilla, Juviles, Tímar, Iniza y Bayárcal, cuya soga puede llegar a los 80 cm, pero sin que aparezca un módulo claro y constante en los templos analizados. Por último, queda referirnos a las portadas (Figs. Las realizadas en cantería, presentan unas jambas de sillares con un pequeño rebaje en uno de sus laterales (2 cm) para adelantar la línea de portada con respecto de la fachada. La solución más común es la de un arco de medio punto enmarcado por una cornisa de perfil de gola, como vemos en Juviles (Fig. 10) y Bayárcal (Fig. 12). Sospechamos que también se dio este tipo para el templo de Capilerilla, a tenor de la aparición de algunas dovelas reaprovechadas en la aldea. Sobre la fachada de Tímar no es posible aseverar nada, al haber desaparecido la original, siendo la actual una obra relativamente reciente. Mención aparte merece Iniza, con portada en sillería, pero solucionada con arco escarzano (Fig. 12). Quedan para el siguiente apartado las de Yátor y Júbar, realizadas en ladrillo, muestra de la diversidad de soluciones utilizadas en una misma región. Portadas: 1 – Portada lateral de Bayárcal. 2 – Portada de Iniza, en arco escarzano. 3 – Puerta adintelada en Iniza. Los módulos de los ladrillos documentados en algunas de las iglesias estudiadas dan unas proporciones similares, mayoritariamente entre los 28 y 32 cm de longitud, de 14 a 16 cm de anchura y con un grosor entre los 3,5 y los 6 cm, como reflejamos en la siguiente tabla (Fig. 13). Medidas de los ladrillos analizados. Estas medidas coinciden esencialmente con los módulos de labor o común y es el utilizado en el trabajo de fábrica de los muros en el siglo XVI45. Se trata de un modelo que se tiene documentado en Andalucía Occidental desde el siglo XII46, presentando sus módulos a lo largo del tiempo mínimas diferencias, según la zona de aparición47. En síntesis, estos ladrillos poseen una medida muy similar a los módulos utilizados en arquitectura mudéjar en el sur de la Península en el siglo XVI, que arrojan una proporción 1/2, de tradición almohade, y diferente de la proporción 2/3, más normal en el área castellana-toledana48. No es necesario mencionar las diversas posibilidades del ladrillo, en su uso no sólo constructivo, sino también como elemento decorativo, aunque en el caso de las iglesias analizadas sea un material que escasamente aparece (Capilerilla, Yátor y Júbar). Hemos observado en Capilerilla su utilización para remarcar la zarpa (figs. 7 y 8), conformando una base horizontal sólida sobre la que trabajar las fábricas de mampostería. En el caso del primer saledizo, se trata de una verdugada doble de ladrillos, cuya línea inferior se halla dispuesta a tizón y la superior a soga (aparejo inglés). Se juega con la posición del mismo y con los grosores del tendel, donde para el horizontal tenemos prácticamente el grueso de un ladrillo (4 cm aproximadamente) y prácticamente nulo (1 cm como máximo) para la llaga vertical, conformándose una perspectiva del edificio con tendencia a la horizontalidad (Fig. 14). 2 – Yátor (portada lateral). También hay que destacar la utilización de pequeñas rafas de ladrillo en el eje central del muro lateral oriental de Capilerilla, donde parece finalizar el saledizo inferior, salvándose con ello el desnivel existente entre la cabecera y los pies (Fig. 7). Estas cajas se hallan muy afectadas por el proceso de desmonte del edificio efectuado a mediados del siglo XX, perjudicando sensiblemente su conservación e impidiendo en gran medida su comprensión. Se han conservado 6 hiladas de altura de caja, por 2 sogas aproximadamente para su ancho. Este indicio podría indicarnos el uso de una técnica mixta de rafas de ladrillo y cajas de mampostería (aparejo toledano), combinada con la mampostería para el resto de las fábricas. Con todo, nos movemos únicamente en el terreno de la hipótesis dada la imposibilidad actual de completar el análisis en un paramento tan deteriorado. En otras iglesias se emplea el ladrillo fundamentalmente para las portadas y el alzado de los últimos cuerpos de las torres-campanario. Entre las portadas, destaca la de Júbar (Fig. 15), en el lateral oeste y realizada íntegramente en ladrillo, cuyas piezas presentan un módulo de 28 x 14 x 3,5 cm. Se compone mediante un arco ligeramente apuntado, enmarcado en alfiz, de estética tendente al gótico-mudéjar. Las jambas aparecen muy erosionadas bajo la línea de impostas. A ambos lados de esta portada se han adosado sendos contrafuertes ataludados, constituyendo un añadido del siglo XIX. Los demás paramentos están hoy en día completamente enlucidos de modo que es imposible hacer una lectura de los mismos. No obstante, en el muro posterior de la sacristía, que da al cementerio, sí se aprecia que está realizado en ladrillo con cajones de mampostería (aparejo toledano), aunque de ello no podemos deducir que el resto de la iglesia haya sido construida con el mismo aparejo. Este apartado no hace sino resaltar la gran variedad de soluciones adoptadas en la elaboración material de las iglesias alpujarreñas en el siglo XVI49. En el caso del ladrillo, su aparición es bastante común no sólo por su versatilidad constructiva, solución de economía o las posibilidades decorativas que permite, sino también como sistema de medida para la ejecución de la obra50, revelándose como el material sobre el que se calculan las dimensiones de la obra. Con los datos recabados desde las líneas de trabajo presentadas en este artículo, hemos podido conceptualizar un conjunto de edificios como iglesias mudéjares de nave única o de cajón, realizando un análisis de plantas, técnicas constructivas, materiales y, en parte, el urbanismo que lo acoge y en el que encuentra sentido. Para ello se han conjugado las herramientas metodológicas de la Arqueología de la Arquitectura y de la Historia del Arte51, generando un diálogo entre ambas disciplinas que ha conducido a caracterizar una serie de edificios religiosos mudéjares surgidos en un contexto rural en un momento de alta conflictividad sociocultural, como es la Alpujarra en el siglo XVI. En la Granada del quinientos se van a dar cita varios lenguajes arquitectónicos: uno heredado de la capital del reino nazarí, prácticamente intacta en su configuración y edificación; otro presente en la tradición figurativa y productiva gremial medieval, que va a dar forma a los programas constructivos oficiales y eclesiásticos más importantes de la primera época; y otro en proceso de asimilación, el clasicista, más acorde a la imagen de ciudad imperial ideada por Carlos V. En una situación intermedia, la arquitectura mudéjar se revela como una posibilidad integradora en una ciudad con dos realidades radicalmente ajenas y en conflicto: la cristiana y la morisca52. Frente a los lenguajes constructivos y estéticos elegidos para la construcción de los grandes proyectos de la Corona y el arzobispado, más ligados a los estilos internacionales góticos y clasicistas, para la dotación parroquial de la ciudad recién tomada y de los ámbitos rurales del Reino de Granada se adopta el mudéjar como principal opción, ante la situación de urgencia surgida, siendo asimilado por su bajo coste, la versatilidad constructiva relacionada con las posibilidades de contratación de mano de obra cristiana o morisca (o ambas) y, sobre todo, por la búsqueda de un lenguaje estético común que permitiera tanto consolidar la religión cristiana como aglutinar al infiel desde una postura proselitista53. Si nos desplazamos a la Alpujarra, en el marco ya visto de desigual desarrollo del plan parroquial, cualquiera de las iglesias estudiadas, aún en su estado de ruina o abandono de algunas de ellas, puede revelarse como un ejemplo de implantación de la Iglesia en un ámbito rural morisco, adquiriéndose el «espacio mudéjar» como opción oficial aglutinadora de la experiencia granadina. La elección de una planta sencilla de origen bajomedieval, de nave única con capilla mayor diferenciada mediante arco toral y testero plano; la presencia perfectamente rastreable del sistema de trabajo mudéjar, organizado en gremios, definiéndose como un sistema operativo y bien definido y siempre encabezado por la figura del alarife; la elección de un sistema de cubiertas con una gran carpintería de lo blanco en una clara asimilación del lenguaje decorativo nazarí, o los trabajos de sillería que son sintomáticos de los nuevos lenguajes clásicos que ya se imponen: todo ello se da cita en este programa arquitectónico que va a conformar el particular espacio mudéjar granadino, y del que estas iglesias son una pequeña muestra dentro del enorme y particular solar alpujarreño.
El Salón Norte del Palacio al-Badi' de Marrakech: Estudio arqueológico e hipótesis sobre su forma original El palacio al-Badi de Marrakech es uno de los monumentos arquitectónicos más impresionantes del occidente islámico, cuya construcción se remonta a finales del siglo XVI, y que tras breve vida pasó a un estado de forzada austeridad al ser sistemáticamente expoliado. Sus colosales dimensiones aún confieren a sus ruinas un carácter monumental que recuerda al de algunas construcciones de la antigüedad, que aún nos evocan su pasada exuberancia ornamental a través de detalles y vestigios. Basado en un cuidadoso análisis de sus restos y en el estudio comparativo con otros edificios contemporáneos y anteriores se propone una hipótesis sobre su forma original, que a su vez nos ayuda a entender algunas de sus funciones y significados. Para el estudio del Salón Norte, que por su tamaño y situación debió ser uno de los principales espacios del palacio, hemos seguido una metodología similar a la de otros trabajos ya realizados en este conjunto que incluyen un detallado levantamiento, el examen de las trazas aún visibles en las estructuras conservadas, el estudio comparativo con otros edificios coetáneos, así como el análisis de fuentes gráficas y escritas. El palacio al-Badi' de Marrakech es seguramente uno de los conjuntos áulicos más imponentes del occidente islámico, no sólo por sus enormes proporciones fuera de lo habitual sino también por lo original de su estructura. Recientemente hemos dedicado un primer estudio a una de sus partes1 y con este nuevo artículo abordamos el análisis de otro de sus espacios más significativos. Los restos que aún subsisten de este palacio están situados dentro de lo que fue la qasba sa'adí de Marrakech donde formaban parte del conjunto palatino renovado durante ese período sobre el mismo emplazamiento que ocupó la anterior qasba almohade2. Este palacio fue probablemente la más importante obra arquitectónica del sultán Ahmad al-Mansur al-Dehbhi3 que gobernó entre 1578 y 1603. Con esta suntuosa y monumental obra se propuso sin duda crear un marco arquitectónico que constituyera un respaldo a su política encaminada a sustentar su legitimidad y la construcción de una ideología imperial4. La construcción del palacio se inició en diciembre de 1578, el mismo año en que ascendió al trono su promotor tras la batalla de al-Qasr al-Kebir, también conocida como de los Tres Reyes a causa de que en ella perdieron la vida los tres monarcas que allí combatieron: Abu Abadallah Muhammad II pretendiente al sultanato, su aliado D. Sebastián de Portugal y el sultán'Abd al-Malik, hermano de al-Mansur. La derrota de los dos primeros y la muerte de los tres proporcionaron a al-Mansur la ocasión de apropiarse no sólo del trono, sino de la gloria de la victoria que en verdad correspondía principalmente a su hermano fallecido. El sustancioso botín logrado de los pertrechos de los vencidos y los cuantiosos rescates que debieron pagar por su liberación muchos de los prisioneros capturados, proporcionaron fondos para el inicio de la construcción a los que se sumaron posteriormente los pingües beneficios que generaba la producción azucarera del reino y los beneficios de la campaña de conquista del Sudán, que permitió el control del comercio del oro proveniente de esta región. Su construcción se desarrolló hasta 1594, aunque en 1602, poco antes de la muerte de al-Mansur, aún seguían haciéndose obras. En su política exterior Ahmad al-Mansur hubo de hacer frente a las presiones del imperio otomano, fuertemente asentado en los vecinos territorios de la actual Argelia, y a la realidad del fin de al-Ándalus con la presencia de potentes estados cristianos al otro lado del estrecho de Gibraltar. La caída de Granada, acaecida apenas un siglo antes, y el hecho de que muchos de sus habitantes habían emigrado al norte de África, le permitía sentirse legítimo heredero de su legado, al contar entre sus súbditos a una parte considerable de los antiguos pobladores del reino nazarí. Al-Mansur estaba bien informado de cuanto sucedía en la Península Ibérica, figurando entre sus planes, quizás más propagandísticos que reales, la reconquista de al-Ándalus5. El desaparecido reino nazarí y los edificios y palacios levantados por sus soberanos constituían para él un referente al que acudir en busca de formas y modelos que permitieran sustentar sus aspiraciones políticas y que sin duda sirvieron de inspiración para la construcción de su palacio. Este fabuloso conjunto tuvo una vida efímera ya que fue destruido por el sultán alauí Muley Ismail (1672- 1727) no sólo para llevarse sus materiales a Meknes, sino para eliminar cualquier construcción que pudiera rivalizar con los palacios que estaba construyendo en su nueva capital. Así lo confirman distintas fuentes, tanto árabes como occidentales6. Al-Badi' era en realidad la parte pública del palacio del sultán, destinada a las grandes ceremonias de audiencia y a los festejos cortesanos entre los que cabe destacar las celebraciones del mawlid, que más que a conmemorar el nacimiento del Profeta parecían estar destinadas a la mayor gloria del propio sultán, que sin duda fue el principal objetivo buscado en la construcción de este conjunto. Por sus proporciones descomunales, y considerado como célula diferenciada dentro del conjunto residencial al que pertenecía, se trata sin duda del edificio áulico más grande que conocemos en el mundo islámico occidental, con unas dimensiones de 155 x 130 m (Fig. 1). Su disposición, como es habitual en la arquitectura palatina andalusí, orbita en torno a un patio de 150 x 106 m en el que están presentes como verdaderos protagonistas junto a la arquitectura, el agua y la vegetación. En su perímetro se levantan crujías y pabellones que por el tamaño del conjunto adquieren dimensiones y aspecto que nada tienen que ver con las de otras construcciones anteriores o posteriores, aún cuando como vamos a ver, los elementos que en él se integran y su ordenación son también reflejo de los modelos andalusíes, en los que sin duda su promotor buscaba dar continuidad como modo de legitimarse. El centro del patio está ocupado por una gran alberca de 90 x 20 m dispuesta según la dirección del eje mayor, es decir Este-Oeste, y en cuyo centro hay una pequeña isla que parece albergó una fuente de doble taza según puede deducirse de documentos gráficos contemporáneos. La alberca está rodeada por cuatro grandes áreas de vegetación de forma rectangular rehundidas más de dos metros respecto a los andenes por lo que la vegetación allí plantada apenas sobresaldría del nivel de los paseos que las rodean, facilitando de este modo la contemplación completa del conjunto sin interferencias visuales a la vez que se lograba una percepción de alfombra vegetal en una parte considerable de la superficie del patio7. La separación entre las zonas de jardín se hace mediante amplios andenes, que estuvieron solados con azulejos de colores, y que en la dirección longitudinal bordean también la alberca mientras en la transversal forman un a modo de crucero que queda interrumpido por la alberca, aunque estrechos puentecillos permitían cruzarla a través de la isla. En los cuatro ángulos del patio hay otras cuatro albercas que junto con la central rodean dos pabellones de los que hablaremos a continuación. Seguramente los elementos más distintivos de este conjunto lo constituían los dos pabellones con forma de qubba que se levantaban en el centro de los lados menores del patio. Sólo en el del lado occidental nos han llegado en pie los muros de su estructura principal, aunque nada de sus elementos ornamentales ni de cubrición. Del pabellón oriental únicamente se conserva su cimentación. Conocemos los nombres dados a ambos edificios: la Qubba al-Jamsiniyya y la Qubba al-Dehbhiyya8. La primera era la del lado occidental y su nombre aludiría a su dimensión de 50 codos, algo más de 25 metros. El nombre de la segunda, la del lado oriental, haría referencia a los dorados de su decoración o incluso al sobrenombre del propio sultán, al-Dehbhi. En algunas descripciones también se cita esta qubba con el nombre de al-Zuŷaziyya9 o de cristal. En todo el perímetro del patio existían otras dependencias de muy diversa índole y de entre ellas al-Fištali nos describe la existencia de otras dos qubbas, aunque más bien se trata de salones, situados uno en frente del otro en los laterales del palacio10. Analizaremos el situado en el centro del lado norte, que a juzgar por sus dimensiones y ubicación pudo ser uno de los espacios protagonistas de todo el conjunto (Fig. 2). Desgraciadamente, el salón del lado sur fue objeto de una restauración hace algunos años que hace imposible cualquier estudio que permita conocer su forma original. El pórtico construido en su frente y la cubrición realizada mediante bóvedas en ese salón meridional son, en todo caso, estructuras que nada tienen que ver con las formas originales pero que han acarreado la pérdida de información que habría sido muy valiosa para una correcta intervención en él. En el salón del lado norte pudimos hacer una toma de datos antes de la última intervención restauradora llevada a cabo en el palacio, que aunque no tan agresiva como la antes mencionada, también ha supuesto la ocultación o destrucción de información valiosa y la comisión de algunos errores graves como haber construido un arco de ladrillo a modo de puerta en el muro del lado este del espacio actual, dentro de un hueco que allí había, sin duda abierto cuando, después del expolio del palacio, este espacio se dedicó a una actividad fabril. Bastaría haber visto la conocida información gráfica de la época o el plano dibujado por los excavadores del palacio de la época del protectorado para percatarse de que en ese punto nunca hubo una puerta. Nuestro estudio lo corrobora. Por otro lado, la existencia del hueco no suponía ningún peligro para la estabilidad de los muros. Algo parecido cabe decir respecto al arco de entrada al salón, también reconstruido con ladrillo hasta una altura que interfiere con el arrocabe que corría a todo lo largo del muro, tanto por el exterior como por el interior. El proceso seguido para este estudio ha sido el habitual en nuestros trabajos11. Lo iniciamos con la toma de datos de fotografías realizada con una cámara Canon EOS 1Ds de 22 Mpix. de resolución y objetivos de 28 mm y 20 mm convenientemente calibrada para uso fotogramétrico. Se hizo un croquis de la planta y se tomaron medidas para su dibujo con un metro-láser Leica Disto. A continuación se abordó la realización de los dibujos de estado actual. Para ello se orientó un bloque de 20 fotografías que cubrían todos los paramentos de la sala, tanto exteriores como interiores, y que conformaban además 8 pares estereoscópicos, usando el programa Orthoware12. Para la orientación absoluta se utilizaron algunas de las medidas tomadas manualmente y la referencia de un plano horizontal, para lo que aprovechamos la huella de la parte superior del zócalo de alicatado. Con este sistema evitamos tener que usar un taquímetro u otro instrumento semejante13. La precisión lograda, con errores de alrededor de 3 cm, la consideramos suficiente para los objetivos de este trabajo pues resultan prácticamente inapreciables a la escala en que se reproducen los planos en la publicación. Por este procedimiento obtuvimos coordenadas tridimensionales de 66 puntos que fueron utilizados como puntos de control para la orientación de los pares estereoscópicos con el programa PoivilliersF14. Por medio de la restitución realizada con el auxilio de la visión estereoscópica se obtuvieron los dibujos tridimensionales de la planta y de las cinco caras visibles del edificio (Figs. 3, 4, 5, 6, 7 y 8) que al integrarse en un solo dibujo nos permitió obtener un modelo 3D que refleja su estado en el momento en que se realizó la toma de datos (Fig. 10). Este procedimiento, que venimos utilizando en muchos de nuestros trabajos, permite realizar los levantamientos con un tiempo muy breve de permanencia en el sitio y con instrumentos de coste muy reducido y fácilmente transportables a cualquier lugar. Esta documentación se ha complementado con la realización de ortofotos y de un modelo 3D texturizado con el uso del programa Photoscan (Fig. 9 y archivo pdf adjunto). Alzado exterior actual del Salón Norte Alzado interno del lado sur del Salón Norte Alzado interno del lado norte del Salón Norte Alzado interno del lado este del Salón Norte Alzado interno del lado oeste del Salón Norte Fotoplano del lado norte del Salón Norte Modelo 3D del Salón Norte Sobre la base de la planimetría obtenida iniciamos el estudio de las propuestas de reconstrucción que basamos en las huellas que se conservan en el monumento y en el estudio comparativo con otros edificios semejantes, lo mismo contemporáneos como de períodos anteriores. En este caso, tal proceso se ha realizado tanto mediante la inspección ocular in situ, como por observación de los pares estereoscópicos que permiten en muchos caso ver con mayor comodidad y detalle muchas de estas huellas. Para el estudio comparativo se ha recurrido a realizar otros levantamientos parciales de algunos de los edificios que presentan semejanzas. El estudio de fuentes, tanto escritas como gráficas, ayudó a completar la información. Con estos datos se inició el proceso de propuesta que se ha realizado primeramente mediante dibujos en 2D de plantas, alzados y secciones. En el centro del lado norte del patio existe en la actualidad un gran espacio rectangular conformado por muros de tapia de notable altura, aunque sin cubrición alguna (Fig. 11). En realidad, este gran espacio de 23.00 x 12.90 m es el resultado de la demolición de diversos muros internos que lo dividían en diversas salas y habitaciones, quedando de ellos visibles algunas huellas tanto en los paramentos como en el suelo. Según la descripción del palacio realizada por el visir y poeta al-Fištali, contemporáneo de al-Mansur, y aunque sea con todas las reservas posibles, podemos identificar el salón que aquí se levantaba como la Qubbat al-Nasr de acuerdo con los datos que este autor aporta15. Vista interior actual del Salón Norte Para establecer la hipótesis sobre la forma y apariencia original de este salón disponemos, además de la información que nos proporcionan las estructuras conservadas, de dos testimonios gráficos contemporáneos al edificio que nos aportan datos de enorme utilidad. El primero de ellos es el dibujo realizado por el fraile trinitario Antonio de Conçeyçao, adjunto a un informe remitido a Felipe II sobre el martirio sufrido por siete jóvenes cristianos en 1585 por orden de Ahmad al-Mansur, y que se conserva en la biblioteca de El Escorial (Fig. 12)16. El dibujo, que cuenta con el interés de estar realizado a color, nos ofrece una descripción de la qasba sa'adí llena de ingenuas representaciones pero de fácil interpretación gracias al realismo con que se muestran. Para lo que más nos interesa del salón norte, podemos destacar los siguientes detalles: El salón presenta en su frente al patio un pórtico formados por arcos sostenidos sobre columnas, con un vano central de mayor tamaño con arco de lambrequines. A diferencia de lo que ocurre con los pabellones de los lados este y oeste, aquí el dibujo resulta mucho más confuso y parece no representar con verosimilitud la realidad. Sobre el pórtico no se dibuja tejado sino que parece que el paramento seguía en su vertical hasta el alero general del pabellón. Esto resulta totalmente contrario a la realidad que nos muestran las estructuras existentes. Seguramente se trata de una simplificación poco realista. Por encima del pórtico se representa el paramento con un aparejo de grandes sillares, seguramente fingido sobre la obra de tapia, tratamiento que también presentan las qubbas oriental y occidental. En este caso no se representa sebka sobre los arcos del pórtico. El cuerpo del salón se cubre con un tejado de pabellón a cuatro aguas. El tejado se representa con tejas verdes. Lo más confuso del dibujo es que este pabellón aparece como si tuviera pórticos en tres de sus lados, lo que resulta a todas luces imposible ya que de acuerdo con las estructuras que han sobrevivido no se adentraba hacia el centro del patio como los pabellones de los lados este y oeste, sino que su frente quedaba enrasado con el de todas las construcciones del lado norte. Dibujo del palacio al-Badi' conservado en la Biblioteca de El Escorial con el Salón Norte representado en el centro de la parte superior. © Patrimonio Nacional La otra imagen con la que contamos corresponde a un plano esquemático pero bastante bien proporcionado y detallado, dibujado en 1623 por el erudito holandés Jacob van Gool, también conocido como Jacobus Golius, y publicado por John Windus en 1725 (Fig. 13)17. También en este caso nos interesan los detalles siguientes: El pórtico frontal es de una sola crujía con siete arcos y un vano mayor en el centro que coincide con la puerta del salón, tal y como también aparece en el dibujo de El Escorial. Aunque con algunos errores, se representan con bastante exactitud puertas y arcos así como las fuentes y albercas del interior de las salas y los pórticos, corroborando y completando en parte la información que da el propio suelo actual del palacio. En lo que respecta a este salón del lado norte vemos que en realidad era un espacio con planta de T invertida, muy característica de la arquitectura residencial del norte de África. Aparece bien representado un pórtico de siete vanos, con el central de mayor tamaño y con una fuente en su frente. La parte transversal del salón en T se dibuja con alhanías en sus extremos, a través de las cuales se accede a dos patios ubicados a ambos lados del espacio que forma el palo vertical de la T, y a los que a su vez se abren otras pequeñas habitaciones. Aunque ya veremos que las proporciones de estas habitaciones tal y como aparecen en este dibujo difieren bastante de la realidad, este croquis nos proporciona unos indicios de enorme utilidad para determinar cómo era la distribución interior del pabellón. Planta del palacio al-Badi dibujada por Jacob Gool en 1623 (reproducida de Meunier 1957) con el Salón Norte en el centro de la parte superior Con toda esta información y la minuciosa observación de numerosos detalles conservados en los paramentos del edificio que aún subsisten, hemos podido plantear la hipótesis representada en los planos y dibujos que presentamos y que nos permiten describir la forma original de los distintos espacios y estructuras que quedaban integrados dentro de él. Gran parte de los cuerpos de edificación del lado norte, y entre otros este salón que nos ocupa, se construyó sobre una infraestructura que dio lugar a una serie de habitaciones de sótanos que aunque se usarían como almacenes, su verdadera función fue la de proporcionar una plataforma a un nivel adecuado sobre la que construir las dependencias del palacio salvando de este modo el desnivel natural18. El interior del edificio estaba ocupado mayoritariamente por un gran salón de planta en T invertida, con alhanías en los extremos del brazo horizontal, y por dos pequeños patios con habitaciones anejas que se adosaban al espacio dispuesto según el trazo vertical de la T (Fig. 14). En las zonas inmediatas a los patios hubo unas estancias en planta alta a las que se accedería mediante escaleras que suponemos dispuestas en los extremos laterales. Nada de lo que venimos de describir se aprecia a simple vista cuando se penetra en el espacio actual, aunque son numerosas las huellas que aparecen en los paramentos, pero en las que se mezclan trazas de la estructura original con huecos y aditamentos debidos a la reutilización posterior del espacio y a trabajos de restauración recientemente realizados y a nuestro entender muy poco afortunados19. Planta baja hipotética del Salón Norte o Qubba al-Nasr del palacio al-Badi' La zona de más fácil análisis es la correspondiente al frente sur en donde se levantaba el pórtico (Figs. Aquí, la sencillez de la estructura, la semejanza con otros casos ya estudiados en el palacio y la claridad de las huellas visibles en el paramento hacen fácil la lectura de la disposición original. El análisis de los paramentos y la experiencia y conocimiento de las pautas ornamentales y métodos constructivos usados en la arquitectura andalusí ha permitido identificar las huellas que los distintos materiales y sistemas decorativos han dejado. Así, en la parte baja de los muros se aprecia un ligero picado de la superficie del paramento para facilitar la adherencia del mortero de agarre de los zócalos de alicatado. A una altura de aproximadamente 2.30 m el paramento vuelve a ser liso pues el yeso de la decoración labrada no tenía dificultades de adherencia y agarre. A 6.50 m de altura, aparecen los huecos dejados por una serie de rollizos verticales que se empotraron en la masa de la obra de tapia cada 1.80 m aproximadamente y que servían para fijar sobre ellos los tableros que conformaban el arrocabe de madera labrada y policromada. Por encima de la huella del arrocabe se aprecia a 7.75 m del suelo una roza longitudinal en que se apoyaba el techo del pórtico, cuyas vigas debían ser de reducida escuadría o incluso puede que estuviera formado por simples tableros ataujerados con decoración de lazo clavada sobre paneles de madera, solución que resulta lógica ya que dicho techo no tenía ninguna función portante y el ancho del pórtico era escaso. De hecho, 1.95 m más arriba encontramos los mechinales de ocho vigas que serían los pares que soportaban la cubierta. Es de notar que en la zona del paramento entre el techo del pórtico y la parte alta de los pares la fábrica de tapia se nos aparece totalmente desnuda, sin enlucido alguno, mientras que por encima y por debajo quedan distintos restos de enlucidos lo que prueba que esta zona correspondía al camaranchón que había entre el techo y el tejado del pórtico. En el borde superior del muro, muy deteriorado e irregular por efectos del expolio y la acción de la intemperie, aún se aprecia la existencia de tres huecos que pudieron corresponder a otras tantas ventanas. Es de suponer que los muros se rematarían con el correspondiente alero de canecillos de madera que quedaría anclado mediante un remate de fábrica de ladrillo que se asentaría sobre la obra de tapia y que hemos de presumir expoliado al igual que otros elementos hechos de igual modo. De esta forma quedan perfectamente definidas todas las alturas de los diversos paños decorativos externos que resultan muy similares a las que encontramos en el pabellón occidental20, por lo que podemos presumir que las columnas y arcos de los pórticos de ambas construcciones eran muy semejantes. Basándonos en ello hemos establecido la propuesta de reconstrucción (Fig. 15). Alzado exterior hipotético del Salón Norte o Qubba al-Nasr del palacio al-Badi' El pórtico tenía a ambos lados dos habitaciones con entrada desde los extremos, cuya función nos resulta desconocida aunque pudieran relacionarse con espacios que se enumeran en la descripción coetánea que analizaremos más adelante. Por el interior, los distintos paramentos nos ofrecen información bastante detallada con muchos datos fundamentales. En el lado sur resultan visibles tanto la huella del zócalo de alicatado como la de un amplio arrocabe que nos permite conocer el nivel del arranque del techo de la zona del salón correspondiente a la parte horizontal de la T (Fig. 5). La ausencia de este elemento en el centro del paramento norte que corresponde al extremo de brazo vertical de dicha T nos permite asegurar que ese espacio tuvo una solución distinta. El hecho de que por encima de esta huella del arrocabe no se vean mechinales de grandes vigas nos induce a pensar que esta sala no contó con techo de armadura sino que posiblemente se cubriría con un techo ataujerado21 semejante al que existe, por ejemplo, en el salón de Comares de la Alhambra22. La sección dibujada a partir de estos datos nos muestra que debía quedar un gran espacio a modo de camaranchón, entre el techo de la sala y la estructura que soportaría el tejado y al que darían luz y ventilación las ventanas que hemos visto en la parte superior de la fachada (Fig. 16). De hecho, por encima de la huella del arrocabe la superficie de la fábrica de tapia aparece sin rastro alguno de enlucido o tratamiento, lo que indicaría que quedaba a la vista en una zona no visible desde el salón. Como se aprecia en la impronta dejada en el muro, el arrocabe no llegaba a los extremos del actual espacio y además se ven con bastante claridad las huellas de los muros que delimitaban por el este y el oeste el salón y que coinciden con el final del arrocabe, podemos determinar con precisión cuál era la dimensión de la sala en esa dirección. Para definir su anchura debemos fijarnos en la existencia de un cimiento que recorre en la misma dirección el centro del espacio actual y que sin duda corresponde al muro que lo dividía originalmente en dos crujías. La crujía frontal estaba pues ocupada por una sala alargada dotada de dos alhanías o nichos con arcos en los extremos según se desprende del plano de Gool. Pero además veremos que también debían estar en los extremos de esta crujía las escaleras de subida a las habitaciones altas existentes en la otra. Sección hipotética del Salón Norte por la primera crujía Las huellas visibles en el centro del muro norte correspondientes al espacio del brazo vertical de la T (Figs. 6 y 9) nos permiten conocer su anchura y, relacionándola con el ancho de la crujía septentrional, suponer que se trataba de una habitación de planta cuadrada, comunicada con la sala rectangular mediante un amplio arco que ocuparía casi todo su lado sur, sobre todo si presumimos que tenía la misma anchura que el arco de entrada al salón. Por los enlucidos que han quedado en el centro del muro norte parece que este espacio de la crujía más septentrional se cubría con un techo que debía tener una altura algo menor que el de la otra zona (Fig. 17). Como la planta de este espacio según nuestra hipótesis debió ser cuadrada, podemos pensar en un techo también ataujerado con forma de cúpula o con más seguridad, un techo de planta cuadrada de cinco paños23. Este espacio, con forma de pequeña qubba, tuvo que funcionar como presidencia del salón con una solución muy parecida a la que se da en la qubba del lado occidental del patio y que creemos también estuvo presente en la oriental2424. Sección hipotética por el eje central del Salón Norte Vemos cómo las dimensiones y forma del espacio principal quedan adecuadamente definidas gracias a los documentos gráficos y a las huellas que han pervivido de los elementos desaparecidos. Algo más complejo resulta descifrar la forma original de los espacios satélites. El plano de Gool nos indica que en las zonas que resultaban entre los brazos de la T había dos patios. En el área correspondiente al patio oriental quedaba en 2005 el arranque de tres pilares con forma de L25 lo que permite reconstruir su planta (Figs. Estos patios los podemos imaginar muy semejantes a los existentes en las zonas de los dormitorios de los estudiantes de la madraza Ben Yusef de Marrakech26 (Fig. 19). Por el plano de Gool sabemos que se entraba a ellos desde la alhanía del salón rectangular, aunque hemos de suponer que el ingeniero holandés simplificó la solución en el dibujo, ya que tampoco representa la escalera de subida a la planta superior. En el patio oriental se conservan dos tuberías que debieron funcionar una como acometida de agua y otra como desagüe de la fuente que Gool dibuja en el centro del patio. En el patio occidental no hay restos visibles de conductos. El patio del lado oriental con los arranques de dos pilares en L y las canalizaciones de la fuente. El hueco abierto en el centro para ventilar los sótanos es moderno Sección hipotética por la segunda crujía del Salón Norte En estas zonas, a juzgar por las huellas existentes en los muros, sabemos que hubo un piso alto conservándose las improntas de los arrocabes y alfarjes y algunos azulejos del zócalo de la planta alta, lo que nos permite dibujar con bastante seguridad una sección por esta parte (Fig. 20). De lo que no cabe duda es de que en la planta superior, entre el patio y la qubba sólo hubo una habitación en cada lado tal y como muestran las huellas del muro norte, mucho mejor conservado en la parte alta que en la baja, donde la humedad de capilaridad ha producido grandes estragos en su masa (Fig. 21). Sección hipotética del Salón Norte por la segunda crujía Planta alta hipotética del Salón Norte Concretamente tenemos en la pared del lado norte y en ambos lados, los huecos de los zoquetes sobre los que se clavó el arrocabe de las galerías inferiores de los patios y la roza correspondiente al apoyo del alfarje. También se ve la huella del arrocabe del piso superior (Figs. En la zona de las habitaciones del piso alto, la pared sufre un rebaje para hacerlas más anchas y las vigas de los forjados debían ir en paralelo al paramento norte apoyándose en los muros hoy desaparecidos. Sin embargo aquí si ha quedado la huella de la banda inferior de los paños de alicatado incluso con algún trozo de azulejo (Fig. 22), y también queda algún trozo más de alicatado en la zona correspondiente a la galería alta del patio del lado oriental (Fig. 23). Restos de alicatado de la galería alta del patio oriental Huella del zócalo de azulejos de la habitación alta del lado occidental Más dudas presenta la distribución en la planta baja. Según Gool la zona entre el patio y la qubba estaba ocupada por dos pequeños cuartos (Fig. 13), aunque las improntas en el muro norte y las huellas que quedan en el suelo resultan algo confusas para fijar con precisión sus dimensiones. El grueso del muro que separaba la qubba de las letrinas se puede deducir con bastante seguridad de las huellas del muro, aunque no está tan clara la situación del otro muro paralelo. Dentro del espacio que suponemos letrina del lado oriental hay una arqueta de registro cuadrada y dos tubos cerámicos que salen verticalmente (Fig. 3). Uno más grueso, situado más cerca del muro norte que pudo ser el desagüe de la letrina y otro más delgado que abastecería de agua una pileta y que hemos de considerar que subía empotrado dentro del muro antes mencionado. Si el desagüe estaba en el centro de la habitación podemos deducir aproximadamente la situación del otro muro, que coincide con una huella visible en el suelo actual. En el lado occidental también existe una conducción de tubos cerámicos que correspondería al desagüe de la letrina y que se dirige hacia el centro del patio de ese lado. Las letrinas tenían forma de pasillo en recodo con puerta en la esquina del patio. Gool dibuja una a modo de alhanía o nicho en el lado de éste contiguo a la letrina tal como hemos dibujado en la solución que proponemos, sin que dispongamos de mayores indicios para ello. Estos nichos pudieron estar destinados a espacios de reposo o quizás a alojar a los servidores que vigilaban y limpiaban los retretes. Imaginamos que las habitaciones superiores contaron con alguna ventana o abertura que permitiera ver lo que sucedía en el salón de forma discreta. Estas habitaciones pudieron por tanto estar destinadas tanto al reposo como a ser ocupadas por personas que desearan ver discretamente las ceremonias y recepciones que ocurrían en el salón sin ser vistas, como por ejemplo, a las mujeres del sultán. La otra cuestión de solución más compleja es la disposición de las escaleras por las que se subía a ese piso alto. Que éstas existieron no nos cabe duda, aunque Gool no las dibuje, pues resultaban imprescindibles para acceder al mismo. Y además tuvieron que ser dos ya que la presencia del bahw en el centro del edificio impedía que existiera comunicación entre las plantas altas de ambos lados. De las escaleras tenemos algunos datos suministrados por los paramentos de los lados este y oeste. En el lado occidental se conserva la cenefa inferior, la que estaba en contacto con el pavimento, de un zócalo de alicatado que se encuentra a una altura inferior a la de los que se conservan en el muro norte correspondientes al piso alto (Figs. Esto nos hace suponer que ese zócalo podría corresponder a un descansillo de la escalera. En base a esto hemos dibujado una hipótesis que creemos bastante plausible. Las escaleras arrancarían de los ángulos meridionales del actual edificio, desde unas habitaciones en parte horadadas en el muro meridional a las que se accedería también a través de la alhanías por puertas enfrentadas a las de acceso a los patios. Cada una de estas habitaciones tenía dos ventanitas abiertas al pórtico del edificio (Figs. Las escaleras subirían entre dos muros con un solo tramo hasta los descansillos antes mencionados situados aproximadamente en el centro de los actuales paramentos oriental y occidental. En estos descansillos las escaleras se debían dividir tomando dos direcciones (Fig. 21). Una seguiría la misma que en el tramo inferior para alcanzar las galerías altas de los patios. La otra seguiría subiendo en paralelo al tramo primero, por encima de las alhanías del salón, pero con dirección contraria, para acceder a los camaranchones y posiblemente a alguna terraza que hubiera en parte del edificio. Esta hipótesis estaría avalada por la existencia del apoyo de unas bóvedas escalonadas que se aprecia en el paramento oriental, horadado en la masa de tapia del muro y que cubrirían el primer tramo de la escalera (Figs. Desgraciadamente en el lado occidental los indicios son más confusos al haberse construido la chimenea de uso industrial (Fig. 26) cuando el edificio ya se había destruido, lo mismo que en el lado oriental, no ha quedado huella del descansillo de la escalera por haberse abierto un gran hueco de paso para comunicar la sala resultante tras las demoliciones interiores con el espacio contiguo que al parecer también sufrió un proceso semejante. Restos de alicatado en el descansillo de la escalera occidental Vista del lado oriental del Salón Norte mostrando los cajeados para el apoyo de las bóvedas que cubrían la escalera Vista del lado occidental del Salón Norte con la chimenea de su reutilización industrial En lo que respecta a la decoración que pudieron tener estos espacios debemos guiarnos igualmente por las huellas dejadas tras el expolio. Como en el pórtico, el muro meridional del salón rectangular conserva la impronta del zócalo de alicatado así como del alicer de madera. Cabe pensar que el espacio restante entre ambos estaría recubierto de yeserías. Los arcos de entrada, de paso a la qubba regia y a las alhanías serían de lambrequines. Ya hemos indicado que el techo debió ser ataujerado, seguramente de cinco paños y sin duda con rica decoración de lacería. Las habitaciones anejas se cubrían con alfarjes. En el ángulo suroeste del salón aún se conserva un resto significativo del pavimento constituido por un fino alicatado (Fig. 27). Los patios tendrían cargaderos de madera con zapatas en sus pórticos siguiendo la tradición de lo almohade y meriní. En un ángulo correspondiente a la parte alta del descansillo de la escalera se ha conservado un pequeño resto de yesería tallada con labor de ataurique (Fig. 28). Restos del alicatado del pavimento del Salón Norte conservados en su ángulo sureste Restos de decoración de yesería del descansillo de la escalera occidental Toda la información recogida ha permitido definir con bastante fiabilidad tanto la planta como los alzados y secciones del salón en sus líneas generales. Para la altura de las columnas del pórtico hemos supuesto que serían semejantes a las de otros pórticos del palacio y en concreto al del pabellón occidental con columnas pareadas27. Para definir los detalles de la decoración podemos recurrir a la ornamentación de los edificios coetáneos, sobre todo el mausoleo de los sa'adíes y la madraza Ben Yusef, en los que encontramos los mismos materiales y formas que cabe suponer hubo en el palacio: zócalos de alicatado, de los que existen algunos restos en esta sala norte, paramentos recubiertos de yesería, aliceres de madera y arcos de perfil de lambrequines con la composición de arco central de mayor tamaño y arcos menores rematados por paños de sebka. Las huellas que los elementos de madera han dejado en los muros resultan muy elocuentes permitiendo establecer unas hipótesis generales, y sobre todo, conocer dónde terminaban los paños de yesería y dónde comenzaba la decoración en madera. Desgraciadamente para la forma del techo, no podemos precisar demasiado ya que no hay otros indicios que nos permitan presentar una hipótesis plenamente fiable entre las varias posibles. Con todos estos datos se ha planteado y dibujado la hipótesis que esperamos sirva para realizar en un próximo futuro la reconstrucción virtual del conjunto a semejanza de la hecha para el pabellón occidental. Como en otros casos, también aquí insistimos en que muchas de las soluciones que proponemos son puras conjeturas que pueden ser revisadas. En todo caso, siendo aproximaciones posibles, facilitan el objetivo ya apuntado en otras ocasiones de suscitar el adecuado debate que nos permita acercarnos a una mejor comprensión del monumento. La descripción de al-Badi en un texto coetáneo De entre los distintos textos coetáneos a la vida del palacio que describen en mayor o menor grado este conjunto merece destacar por la información que nos ofrece el debido a Abu Fares'Abd-al'Aziz ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Fištali que fue secretario del sultán Ahmad al-Mansur y compuso muchos de los poemas que decoraron las distintas estancias del palacio al-Badi. Resulta del mayor interés analizar la descripción que hizo del palacio y en particular de este Salón Norte en el texto que nos dejó28, cuya traducción debo a la cortesía del Prof. Hamid Triki. No obstante, hay que considerar el hecho admitido de que el texto que ha llegado hasta nosotros está desordenado en algunos pasajes, lo que plantea dificultades de interpretación He aquí el texto junto con algunos comentarios sobre lo que nos dice: Al-Dar al-Kubra (la gran residencia) Palacio de la residencia del Imam, construido al lado de la muralla en la muy espaciosa llanura. Posee 20 cúpulas dispuestas simétricamente, con decoraciones pintadas y esculpidas. Estos distintos edificios comprenden diversos mihrabs (alhanías) tamathils (elementos arquitectónicos esculpidos), maqsuras (recintos aislados), maŷazin (almacenes o alacenas), maŷlis (salas de recepción). Cubierta de vidrios coloreados difunde una brillante luz proyectada desde su techo labrado en maderas preciosas, llamadas al-ŷullaf, y recubierto de oro resplandeciente. Los ventanales allí abiertos iluminan los muros creando una especie de ambiente paradisíaco. El suelo está revestido de un mármol de la más pura agua. En cada una de sus tres puertas se halla un vasto bartal (pórtico), obra monumental de dobles calles soportada por columnas de mármol alargadas como palmeras. Se apoyan en sólidas losas de un trabajo delicadísimo. Comentario: Por la alusión a los cristales, y las dobles calles de los pórticos, no cabe duda de que se está refiriendo a la qubba al-Zuŷaziyya. También la alusión al recubrimiento de oro del techo permite pensar en la otra denominación de esa qubba, al-Dahbiyya o dorada. El nombre de qubba de cristal podría estar haciendo indicación a la presencia de ventanas con vidrios de colores en la parte alta, a modo de linterna, como es habitual en muchos casos andalusíes. Es cierto que el dibujo de El Escorial no representa ningún hueco, ya que dibuja esta qubba como idéntica a la occidental, cuando en realidad el cuerpo sobresaliente por encima de los pórticos y que correspondía al tamaño de la sala era bastante menor. Tampoco dibuja huecos en la zona alta del Salón Norte donde está comprobado que existieron por lo que en este tipo de detalles no puede considerarse absolutamente fiable. Esta célebre qubba llamada al-Jamsiniyya, de altura inabarcable, modelo perfecto de su género. Comparada con las otras cúpulas parece la novia asentada sobre el trono de la belleza. De una parte y otra del gran rafraf (vano de las galerías?) enmarcando la mansión se encuentran dos enormes águilas rodeadas de otras aves de presa con sus alas desplegadas o recogidas. Por su magnífico techo, su belleza, su amplitud y su altura majestuosa que deslumbra la mirada, la cúpula se puede comparar con la bóveda celeste, suspendida como está, sin soporte de columnas, como la omnipotencia del Divino Creador sostiene el cielo sin que éste se abata sobre la tierra. Los enormes techos de estilo berchla (armaduras?) están soportados por vigas de madera y barras de hierro. Comentario: Es sin duda la estancia principal del palacio y a la que dedica más elogios, en espacial a su techumbre. Es de resaltar la alusión a elementos escultóricos en forma de aves. El Bahw (alcoba reservada al sultán) El Bahw, por la exhibición de su belleza resplandece sobre la qubba. Es desde aquí desde donde se accede al ryad maravillosamente ordenado a través de una puerta ricamente decorada, inscrita entre dos arcos en el mármol más puro, labrado de alveolos de mocárabes y reposando sobre un pedestal de un amarillo claro veteado de un color de ébano. En el centro del espacioso Bahw de la qubba hay aves cuyas cabezas se dirigen hacia abajo como para cantar la alabanza del soberano. Comentario: No cabe duda que este bahw era la sala menor destinada al sultán y situada en el lado oeste del pabellón occidental. La alusión a una puerta de acceso al ryad o jardín haría pensar en una confusión con el pabellón oriental en donde la pequeña alcoba al este de la qubba sí parece que daba acceso al jardín al-Muštaha situado a oriente del palacio, mientras que en el pabellón occidental el bahw sólo tenía acceso a través de la qubba. De nuevo aquí aparecen aves, al parecer como esculturas. La Gran Qubba está precedida por un vasto pórtico con numerosos arcos soportados por una línea de columnas dobles asentadas sobre zócalos de mármol labrado. El suelo está revestido de mármol puro. En cuanto a la Manara (el burŷ descrito a continuación) atrae la mirada por su estructura gigantesca. Comentario: Aparte de confirmar la presencia de pórtico en el pabellón occidental es interesante la alusión a columnas dobles, confirmadas por los capiteles que aún se conservan en el monumento. También debemos resaltar la información de que el pavimento era de mármol, en contra de nuestra primera hipótesis en que lo supusimos cerámico. El burŷ, alta torre fortificada Para levantar y sostener los techos de la más alta torre, se usaron 700 cargas de enormes maderos de cedro, componiendo cada carga dos maderos. Se emplearon igualmente 100 quintales de hierro. Así es como se coronó la torre lo que permitió a continuación decorar sus techos con toda clase de motivos en forma de sello y otras obras de estilo llamado minqar y muhŷam. La qubba [al-Jamsiniyya] y su hermana llamada Zuŷaziyya (de vidrio) están coronadas con bolas de cobre dorado cuyo brillo casi ciega la mirada. Las dimensiones de las bolas fueron reducidas intencionadamente con respecto a las que coronan el alminar, por el respeto debido a los santuarios dedicados a Alá, el Muy Alto. Comentario: Esta torre a la que también parece se alude en otra parte del texto de al-Fištali, estaría situada sobre la habitación del sultán y tendría emplazamiento de cañones en su parte alta. Aunque parece estar representada en algunos de los grabados y dibujos existentes, no resulta posible conocer su situación exacta, pues en los restos actuales del palacio no se identifica ninguna estructura que pudiera ser la base de esta torre. Es muy probable que este fragmento esté fuera de su sitio y corresponda a otra zona de la qasba y que por tanto la torre no tenga relación con la qubba Jamsiniyya. Es interesante la descripción de las bolas de cobre dorado que rematan los tejados de las dos qubbas y que confirma lo que se representa en el dibujo de la biblioteca de El Escorial. Las otras dos qubbas del palacio A las dos qubbas descritas desafían en belleza otras dos situadas una en frente de la otra a lo largo de los lados del palacio. Una de ella que lleva el nombre de Qubbat al-Nasr (qubba de la victoria) es un ejemplo de obra de arte donde abundan los mihrabs (alhanías), los tamathils (esculturas o pinturas figurativas?), las maqsuras (compartimentos aislados) los oratorios, las alacenas, los maŷazines (almacenes) y aspiradores para evacuar el humo de los cirios encendidos permanentemente y evitar que oculten las decoraciones. Comentario: Todo parece indicar que estas otras dos qubbas estaban situadas en el eje perpendicular al de las dos antes descritas y por tanto se trata de los salones existentes en el centro de los lados norte y sur. Sin duda, de estos dos salones el más importante era el del lado norte, que acabamos de estudiar, y por tanto hemos de interpretar que se trata de la mencionada aquí como qubba al-Nasr. La complejidad a la que parece aludir esa presencia de muy distintos tipos de espacios concuerda con la hipótesis que hemos planteado para ese edificio. No es posible saber a que tipo de sistema de ventilación se está refiriendo para la evacuación del humo de las velas. Quizás tuviera relación con la presencia de los patios o con la existencia de ventanas que ventilaban el camaranchón existente entre el techo de la sala y el tejado. Si las cúpulas antes descritas tuvieran que rivalizar en belleza con la qubba al- Nasr, esta podría exhibir su bahw decorado con motivos realizados en marfil y en ébano, y su amplio techo que se cierne a una altura comparable a la de las nubes. De sus crepúsculos emanan colores pintados en amarillo aplicado sobre verde en un fondo blanco. Sus alicatados están tan finamente tallados que se diría trabajados con aguja. Toda esta obra ejecutada en mocárabes habría admirado a los antiguos gigantes de antaño y a los sabios de los antiguos Yunan (griegos de la antigüedad). Comentario: No cabe duda de que también en este caso el bahw es la alcoba situada en el centro del lado norte del salón y que era el lugar donde se situaba el sultán. Es interesante la referencia a la riqueza de materiales nobles, como marfil y ébano, utilizados en su decoración, lo mismo que a los alicatados de los que ya hemos comentado que quedan restos en varias zonas del edificio. El bartal (pórtico) de la qubba al-Nasr Está situado delante de la qubba, soportado por altísimas columnas de mármol y coronado por una chechia (casquete) muy labrado. Las columnas allí intercaladas son de colores verdes y blancas. Comentario: la confirmación de la existencia de un pórtico también delante de este salón, no por obvia deja de tener su interés así como la referencia a un casquete decorado como coronamiento del pórtico. Podría tratarse de una cupulilla en el techo del pórtico como la que existe en posición parecida en el palacio del Partal de la Alhambra29. Posee varios bahw-s labrados con mocárabes con sus lados policromados con polvo de lapislázuli y salpicado de lentejuelas de oro emana una luz que se refleja en los nichos. Tiene también otros elementos arquitectónicos, oratorios, almacenes, etc. El color aquí dominante es el verde. Enormes columnas soportan una masriyya (sala alta con vistas) con decoración labrada sin pintar. Comentario: por el orden de la descripción este salón debía ser el situado en el lado sur. Resulta difícil interpretar los detalles del texto en primer lugar por su inconcreción, pero sobre todo porque con la restauración a que fue sometida esta parte del palacio no ha quedado ningún elemento reconocible ni en el suelo ni en los paramentos. De todos modos no parece que fuera tan compleja como la del lado norte, pero pese a ello resulta complicado saber cómo se organizaban todos los elementos que se citan. El estudio que hemos llevado a cabo sobre esta parte del palacio al-Badi nos ha puesto de manifiesto un edifico de notable interés tanto por su originalidad como por la riqueza espacial y decorativa que tuvo que tener con una imagen muy distinta de cómo hoy lo observamos. El expolio y, en este caso, la destrucción de los muros de compartimentación interior del edificio que pudo haberse llevado a cabo en el primer momento del saqueo o en período posterior cuando se adapta el edificio a un uso industrial, transformaron el espacio interior haciendo irreconocible su primitiva forma. Si bien es cierto que en el plano realizado después de la excavación por la Inspección de Monumentos del Protectorado30 y otro plano expuesto actualmente en el monumento se recogen algunos de los indicios visibles en el suelo, ninguno de estos documentos plantea una verdadera hipótesis sobre la disposición del salón. Nuestra propuesta configura un espacio principal en forma de sala alargada con alhanías en los extremos, dentro de la tradición andalusí, pero con la particularidad de la presencia del bahw o pequeña sala de planta cuadrada adosada al espacio principal y destinada al sultán. Este elemento, aunque tiene algún paralelo en la arquitectura de al-Ándalus confiere al conjunto un carácter más relacionado con lo norteafricano e incluso lo oriental. El más inmediato paralelo es sin duda la alcoba o hueco central del lado norte del Salón de Comares, que por la epigrafía allí presente sabemos que estuvo destinada al sultán, aunque en una primera visión del salón parezca una más de las nueve ventanas que tiene a nivel del suelo. También puede considerarse una variante de la asociación de una sala alargada con una qubba presente igualmente en el palacio de Comares, pero también en otros palacios castellanos como el de D. Fadrique en el convento de Santa Clara de Sevilla, el Alcázar Real de Guadalajara o el Cuarto de la Montería del Alcázar de Sevilla31. Pero en estos casos, sala y qubba tiene una clara separación como espacios autónomos comunicados por una puerta mientras en este caso lo que se configura es un auténtico salón en T invertida aunque con sistemas de cubrición independientes. Desde este punto de vista, el espacio del salón norte guarda relación con los salones en forma de T comunes en la arquitectura residencial tanto del norte de África, especialmente en Argelia y Túnez (Fig. 29)32, como en Siria33. Aunque el resultado en planta sea similar, el origen de esta forma parece distinto para oriente, en donde surge de un espacio central, originalmente un patio con iwanes en tres de sus lados que se acaba cubriendo con linterna, que para occidente, en donde su desarrollo parte de la sala alargada a la que se une un espacio agregado que adquiere carácter preeminente34. Este modelo de sala en T se extendió y generalizó en toda el área de influencia del imperio otomano. En al-Badi' el espacio dedicado al sultán, o lo que es lo mismo, el brazo vertical de la T, adquiere un papel protagonista que sin duda estaría enfatizado por la decoración. Es interesante comprobar la existencia de estos bahws o espacios regios en todas las estancias principales del palacio, tanto en las dos grandes qubbas que se proyectan hacia el patio, como en los salones de los lados norte y sur. Aunque en la qubba oriental el bahw parezca un espacio de paso, no debe ignorarse su carácter preeminente al ser el lugar desde el que se controla la qubba, el patio con sus parterres y albercas, y también el jardín al-Muštaha35 situado en un plano inferior a oriente del palacio (Fig. 1). La presencia del bahw se produce tanto junto a qubbas de planta cuadrada como en combinación con salones alargados, lo que crea un modelo arquitectónico con clara vinculación a la presencia del sultán que sabemos gustaba ocultarse de la vista de sus súbditos detrás de una cortina36, siguiendo formas protocolarias ya adoptadas por otras dinastías, y cuya materialización podría hacerse fácilmente en estos espacios agregados donde el arco de comunicación podía cerrase con facilidad mediante un cortinaje. Todo esto nos hace pensar que este Salón Norte junto con el pabellón occidental eran los espacios de mayor entidad protocolaria de todo el conjunto áulico sa'adí. En la adopción de estas salas en T podemos considerar que se manifiesta una distinción entre este palacio y sus predecesores andalusíes, estableciendo un paso intermedio entre el modelo de sala alargada con qubba adyacente, propio de los ejemplos antes mencionados, hacia la sala en T con los brazos casi idénticos propio de los modelos orientales y que acabó difundiéndose en el norte de África a partir del período otomano. En al-Badi' el espacio destinado al sultán parece mantener cierta autonomía determinada por la diferencia de tamaño con el resto de la sala, y por disponer de un techo igualmente independiente. En el período inmediatamente posterior, especialmente en los palacios que Muley Ismail construyó en Mequinez, parece seguirse una pauta similar, según se puede ver en la sala oriental de la Dar al-Sultán dentro de la Dar al-Madraza37 o en las salas norte y este del patio principal de la Qasr al-Muhannaša38. Es de resaltar en este último caso una similitud con al-Badi', tanto en lo que se refiere a sus grandes dimensiones como a la disposición de un jardín en situación parecida al de al-Muštaha del ejemplo que estudiamos. También los pórticos delante de las salas integrados en la crujía general que bordea el patio parecen seguir pautas compositivas semejantes. Como ya hemos tenido ocasión de indicar en otro trabajo anterior39, el palacio al-Badi' constituye un ejemplo sobresaliente de la arquitectura áulica enmarcada dentro de la tradición desarrollada en al-Ándalus desde el periodo califal, que aquí recobra un carácter monumental y de escala comparables a los de Madinat al-Zahra', tanto por la extensión de los jardines como por el tamaño y diversidad de los salones y espacios de aparato. En este sentido el palacio de al-Mansur posee la grandeza de las obras califales, recuperando el sentido de originalidad creativa que en buena medida se diluye tras la desmembración del califato cordobés, pero que aquí reaparece por vía de las ansias imperiales de su promotor, que supo conjugar la tradición andalusí con modelos propios de otras zonas del mundo musulmán que sin duda pensó que podían ayudarle en la escenificación de sus ideas del poder. La adopción de salas o salones en forma de T, que ofrecen un espacio más jerarquizado y representativo que los, en gran medida, anodinos salones alargados característicos de la arquitectura de al-Ándalus, y cuyo ejemplo representativo es este Salón Norte del palacio que hemos estudiado, aportan un cierto aire de renovación a aquella arquitectura cuyo tradicionalismo sólo se había llegado a refrescar con las obras acometidas por el sultán nazarí Muhammad V, de una de cuyas creaciones más singulares e innovadoras, el Palacio de los Leones de la Alhambra, este conjunto áulico resulta tan claramente acreedor40. Es de lamentar, en todo caso, la falta de elementos comparativos del periodo almorávide y almohade que nos permitieran presentar un panorama más homogéneo en nuestro conocimiento de la arquitectura palatina medieval en el occidente islámico. Ni los escasos ejemplos murcianos ni los pocos ejemplos conservados en Sevilla, pero, sobre todo, la casi nula información de que disponemos sobre las residencias regias de este período en Marrakech nos consienten conocer cuánto debe a ellos el palacio al-Badi'. No es mayor la información de que disponemos del período meriní, de cuyos palacios podrían subsistir restos dentro de las actuales residencias reales de Fez, aunque nada podemos decir al respecto. Tampoco favorece el adecuado enmarque de esta obra la desaparición del resto del palacio sa'adí de la qasba marrakusí así como la casi total destrucción del núcleo residencial que sin duda existió en la otra gran creación de al-Mansur, la almunia de la Masarra41, en la actual finca del Agdal, tan celebrada por escritores y viajeros contemporáneos y posteriores hasta su abandono y ruina con el cambio de dinastía. Esperemos que futuras investigaciones en estas áreas puedan aportar nueva información que nos permita tener una visión más amplia sobre la arquitectura del periodo sa'adí, cuyo estudio general está aún por abordar. Se acompaña el modelo 3D en la versión html on line. Descargar Modelo en 3D.
Con la publicación del segundo número de esta revista se da cumplimiento al compromiso que en el año 2002 asumió la organización del «Seminario de Internacional de Arqueología de la Arquitectura» al garantizar la difusión tanto de las ponencias como de las comunicaciones que, en forma de pósters, se presentaron en aquel evento. Aunque en un principio se pensara publicar todo ello en un único volumen, el inesperado número de pósters recibidos y los límites de un presupuesto ya prefijado obligaron el aplazamiento de estos últimos. Es ahora cuando ven la luz, diversos en su temática y en sus enfoques, en una pluralidad poco ortodoxa, seguramente, para algunos. Para otros sin embargo constituirá, en un futuro inmediato, una "foto fija" de la situación que existía en España allá por los inicios del nuevo siglo. Se ha optado por la publicación de los artículos siguiendo el orden alfabético de los autores de los mismos. No es, probablemente, la mejor de las opciones, pero tampoco otras que se barajaron estaban exentas de ciertos inconvenientes.
Marco historiográfico y metodológico La historiografía del Románico en la provincia de Soria tiene tres etapas diferenciadas. Una inicial, que parte de los estudios de Eduardo Saavedra (1856) y se extiende hasta 1934, fecha de la lectura de la tesis doctoral de Gaya Nuño (La arquitectura románica en la provincia de Soria), cuya publicación, no obstante, se demora hasta 1946. La Guerra Civil y posguerra marcan el comienzo de la segunda etapa, transicional y sin grandes aportaciones. La última etapa se inaugura con la publicación de los tres volúmenes sorianos de la Enciclopedia del Románico en Castilla y León (2002). Esta obra ha multiplicado el conocimiento del patrimonio edilicio románico, acrecentado, después, por la labor de la Oficina Técnica del Proyecto Cultural Soria Románica (2007-2012), que estudió en profundidad e intervino en más de treinta edificios del sur de la provincia, y en cuyo marco se produjeron las lecturas de paramentos de los cuatro templos que aquí se presentan. Esta valoración historiográfica del Románico provincial excluye la capital, así como la catedral de El Burgo de Osma, el monasterio de Santa María de Huerta y la ermita de San Baudelio (Casillas de Berlanga) responsable del Archivo Diocesano de Osma-Soria, por todas las facilidades que me ofreció La valoración historiográfica del Románico provincial que sigue se centra en las iglesias parroquiales y ermitas dispersas por la provincia. Se excluyen los edificios de la capital así como los estudios dedicados a los restos románicos arquitectónicos de la catedral burgense, al monasterio de Santa María de Huerta y a la ermita de San Baudelio (Casillas de Berlanga), que han atraído la atención ininterrumpida de los investigadores desde finales del siglo XIX y exigen tratamiento diferenciado. Se descarta también, porque desviaría del tema, la que únicamente se apoya en elementos decorativos (pintados o esculpidos) para realizar lecturas iconográficas y desde ellas inferir conclusiones cronológicas, que será citada solo en la medida en que interese al objetivo de estas páginas, que pretenden dar cuenta de estudios que aborden las fábricas edilicias. La actual provincia de Soria cuenta con una alta densidad de edificios conservados de origen románico, la mayor parte religiosos, especialmente concentrados en la ciudad de Soria y en dos comarcas, la de San Esteban de Gormaz, y la llamada de la Sierra, esta última a pocos kilómetros al norte de la capital. De todos dio cuenta la Enciclopedia del Románico de Castilla y León, que a Soria le dedicó tres volúmenes, redactados por José Luis Hernando Garrido, José Manuel Rodríguez Montañés, Pedro Luis Huerta Huerta y Jaime Nuño González (Huerta, Rodríguez, Nuño, Hernando, Echeverría y Aragón 2002). Prácticamente nada de lo conocido escapó a su escrutinio, que hizo las veces de inventario de bienes inmuebles y muebles adscritos a este estilo, y que estudió y sistematizó lo que de Románico quedaba en más de trescientos edificios. Como Rodríguez Montañés aseguraba en la Introducción a esta obra, «la primera característica del románico soriano es su anonimato» si se exceptúan los acercamientos a «los edificios más relevantes, o aquellos que descuellan por su exotismo, tales como San Miguel de Almazán, la catedral de El Burgo de Osma, la concatedral de San Pedro, Santo Domingo, San Juan de Rabanera, San Juan de Duero o San Nicolás de Soria, San Bartolomé de Ucero, San Baudelio de Berlanga, la iglesia de Tiermes o las de Caracena, entre otras» (Rodríguez 2002a: vol. I, p. Esta afirmación puede sostenerse también en el año 2014, pero yendo incluso más allá, porque ni siquiera algunas de estas construcciones paradigmáticas están bien explicadas desde el punto de vista arquitectónico o de la historia de la construcción. Ocurre en numerosas ocasiones, y esta no es excepción. Si interesa una construcción románica, se deja de dar cuenta de las transformaciones que el edificio haya acumulado con el paso de los siglos y se desatiende su evolución. Por otro lado, casi toda la bibliografía que ha prestado atención al Románico soriano se ha centrado en cuestiones iconográficas, sea de las representaciones esculpidas, sea de las pintadas. En las primeras, se insiste una y otra vez sobre si la filiación de las labras pertenece a los llamados primer y segundo Maestro de Silos o si, por el contrario, es más influjo aragonés el que prima en las improntas. Los estudios que dejan aparte la escultura monumental o bien se centran en algún elemento del mobiliario litúrgico, como las pilas bautismales (García 2007), o abordan en detalle un caso concreto o un pequeño número de muestras. Si trasladamos el enfoque a cuestiones arquitectónicas estructurales, la palma se la llevan los análisis de las galerías porticadas, consideradas elemento identitario en la sintaxis constructiva edilicia del Románico castellano, con muchas y buenas muestras representadas en la provincia. Así las cosas, dos hitos se pueden establecer en la historiografía sobre el Románico en la provincia de Soria, y consiguientemente tres etapas. Uno, el citado al comienzo de estas páginas, la publicación de la parte soriana de la Enciclopedia del románico, que vio la luz cuando se estrenaba este siglo actual (Huerta, Rodríguez, Nuño, Hernando, Echeverría y Aragón 2002). El otro se retrotrae hasta 1934, año en que Juan Antonio Gaya Nuño redacta El Románico en la provincia de Soria, publicado doce años después. Estos dos jalones diferencian tres claras etapas de una bibliografía que trata de dar cuenta estructural de la evolución de los edificios, a la que nos vamos a referir. El Románico en Soria comenzó, como no podía ser de otra forma, siendo arte bizantino, pero tempranamente tendrá reivindicación adaptada a la nueva terminología que llega allende los Pirineos y se transmuta en Románico desde pronto, gracias al tarraconense Eduardo Saavedra, académico, ingeniero, arqueólogo y arabista, que en 1856 estudió las ruinas de San Juan de Duero, y las de San Nicolás tres años después, ambas en la ciudad de Soria, inmediatamente antes de demostrar el emplazamiento de Numancia en la muela de Garray y acabar definitivamente con varios siglos de discusión sobre su correcta ubicación (Saavedra 1856 y 1859). Un esfuerzo personal significativo, que venía a interesar a foráneos en el patrimonio cultural soriano, habida cuenta de que la mayor parte de los viajeros que desde el siglo XVI hasta el XIX recorrieron las tierras de la mitad norte peninsular apenas pasaron por Soria (tampoco los fotógrafos pioneros), o que esta quedó fuera de títulos referenciales como Viage de España (Ponz 1785) que tan solo visita Medinaceli y Santa María de Huerta, monasterio del que sí ofrece información, o Recuerdos y bellezas de España (Quadrado y Parcerisa 1855, 1865a, 1865b), que aborda todas las provincias de la actual Comunidad Autónoma de Castilla y León, excepto Soria y Burgos. Las iglesias de la capital fueron, por tanto, las primeras de las medievales de la provincia en atraer la atención científica (vid. el clásico de Rabal, 1889). A su estudio se consagró el arquitecto Teodoro Ramírez Rojas, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que dejó varios opúsculos. Uno generalista (Ramírez 1894a), de 39 páginas, publicado por haber sido premiado en un Certamen Científico-Literario local, y dos más, uno sobre posibles emplazamientos para la portada de la iglesia de San Nicolás (Ramírez 1894b), y otro sobre San Juan de Duero (Ramírez y Lorenzo 1904). Autoridades nacionales como Lampérez y Mélida se interesaron también por este Románico. El primero escribió sobre esta última iglesia otra aportación (Lampérez 1904), y el último publicó dos estudios sobre San Juan de Rabanera (Mélida 1910a y 1910b). El propio Lampérez, más allá de estos breves acercamientos, contribuyó a dar a conocer a un público mayor las iglesias de Santo Domingo, San Juan de Duero y San Juan de Rabanera al incluirlas en su monumental Historia de la arquitectura cristiana española en la Edad Media (Lampérez 1908: 508-514, más una pequeña reseña de la ruina de la iglesia de San Nicolás: 516). Sobre la provincia, de esta época inicial apenas destacan los estudios monográficos sobre Santa María de Huerta (Pérez-Villamil 1875; Lampérez 1901b; Cerralbo 1908; y González 1929), la iglesia de San Miguel de Almazán (Lampérez 1901a. La iglesia de San Miguel también mereció cuatro líneas en la Historia de Lampérez, única de las que cita de Soria que no contaba con estudio previo (Lampérez 1908: 517). Planta de la iglesia de San Miguel de Almazán levantada por Vicente Lampérez (1901a: 32), primer acercamiento riguroso al Románico provincial de Soria. Sin duda, el esfuerzo más importante, por su ambición, alcance y rigor, se debe al arqueólogo (y fotógrafo) Juan Cabré Aguiló, autor del Catálogo Monumental de la provincia de Soria. Esta obra formaba parte del magno proyecto catalogador que se comenzó en España en 1900, y que quedaría malogrado. Los ocho tomos que escribió (con fotografías propias) y presentó en 1916 quedaron lamentablemente inéditos (desde hace poco, es consultable en línea el original), y por tanto han sido muy poco conocidos y aprovechados....en la provincia de Soria hay bastantes más iglesias o ermitas románicas que no describiré minuciosamente 1o Porque algunas de esas no las he visitado y su conocimiento lo debo a investigaciones realizadas después de mis viajes. Nada extraño es que algún monumento interesante se nos pase por alto a pesar que he recorrido la provincia de Soria en todas sus direcciones, por ferrocarril, en carruaje, a caballo y aun a pie. Esta provincia es muy extensa y montañosa y consta de trescientos hayuntamientos (sic), número mayor de poblaciones al plazo fijado de días para la presentación del Catálogo. Con un año de tiempo para tomar datos a la vista y luego ordenarlos. No se pueden hacer milagros. Y 2o, porque la mayoría de las que en breve citaré, o bien hállanse muy desfiguradas por reparaciones posteriores, o carecen de alto interés por la sencillez de sus elementos arquitectónicos (Cabré 1916: tomo VI, 118-119). El tomo VI del Catálogo, por tanto, lo dedicó a «Arquitectura cristiana de la Edad Media», y el VII a «Catedral del Burgo de Osma y Monasterio de Santa María de Huerta». En el primero de ellos, daba cuenta de seis iglesias capitalinas, la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga, las iglesias de Almazán, San Esteban de Gormaz, Caracena, Rejas de San Esteban, y las parroquiales de Omeñaca, Villasayas, Barca, Cerbón, Ágreda, Fuensaúco, Tozalmoro, Peroniel del Campo, Aldealpozo, Bordecorex, Retortillo, Valdenebro, Paones, Tera, Muro, y las ermitas de Brías, Garray, Gormaz, Ucero, así como las ruinas de la iglesia de San Pedro el Viejo (San Pedro Manrique). Hubo espacio también para las cuatro iglesias que introducen estas páginas, con una extensión en texto que osciló tan solo entre media y una página manuscrita, pero con aporte gráfico y fotográfico adicional: Nuestra Señora de Campanario de Almazán (Cabré 1916), la ermita de Santa María de Tiermes (Cabré 1916: 87-89; seis fotografías y una planta), Caltojar (Cabré 1916: 99-101; seis fotografías, marcas de cantero y una planta. Página del inédito Catálogo monumental de la provincia de Soria de Juan Cabré, con la planta y dos fotografías del costado sur de la iglesia de San Miguel Arcángel de Caltojar (Cabré, inédito: vol. 6, lám. LXXIX). Apenas accesible este gran Catálogo, la primera visión provincial de conjunto que se publicó fue una obra de otra naturaleza: Soria. Guía artística de la ciudad y provincia, volumen que firmaron Blas Taracena y José Tudela (1928)1. Muy sumaria en lo que a descripciones arquitectónicas se refiere, supondrá, sin embargo, una pauta a seguir por la autoridad de ambos autores y su amplia difusión. Si esta Guía iba dirigida a un público general, a otro específico y muy especializado se dirigieron las Memorias de excavaciones que diera a la luz en los años veinte el primero de estos2. Son importantes porque se comenzaba una metodología de publicación y registro de materiales de trabajo que quedaría tristemente interrumpida con la Guerra Civil y posguerra en cuanto al diálogo científico se refiere entre tres disciplinas en liza, Arqueología, Historia e Historia del Arte. En los años veinte, esta labor previa de investigación se vio reconocida por el interés de figuras referenciales patrias como Gómez-Moreno (1923), así como internacionales. Soria todavía no estaba situada en el mapa que se traza en la polémica «Spain or Toulouse» que protagonizan Arthur Porter y Émile Mâle, y que tuvo por objeto dilucidar o no la precedencia de la zona tolosana como cuna del Románico europeo, según quería el historiador francés, frente a lo cual el norteamericano saca a la palestra los grandes centros de la ruta jacobea, Santo Domingo de Silos (que se convirtió en piedra de toque del debate) y otros catalanes (Porter 1924. Un análisis de los posicionamientos que animaban esta discusión en Mann 1997). Porter, incluso, reprodujo las esculturas en bulto del pórtico de Tiermes pocos años después (1928, vol. II, lám. XLCV). Soria entra en la cartografía del Románico hispano gracias a una investigadora norteamericana, Georgina Goddard King (1871-1939). También estudiosa del Camino de Santiago, se deja seducir por el influjo musulmán en el arte medieval, particularmente en la arquitectura (King 1923; le seguirá Lambert 1928), y llega a tematizar en un artículo «The problem of the Duero», en que trata de Zamora, Plasencia y Soria capital, ciudad adonde viajó en más de una ocasión (King 1925). Al margen de sus teorías sobre el posible influjo oriental de la escultura monumental (que llega a vincular al Extremo Oriente), lo cierto es que la mitad de las 22 láminas que incluye en el artículo se refieren a Soria (11 a la capital, y una dedicada a San Miguel de Almazán). Esta década, por otro lado, asistirá a la publicación de dos Catálogos monumentales sobre trabajo de campo realizado veinte años antes, los correspondientes a las provincias de León y Zamora, ambos firmados por Manuel Gómez-Moreno, figura ya de autoridad en el panorama internacional (Gómez-Moreno 1925 y 1927). Aunque trascienden la época románica, los estudiosos internacionales de este estilo, particularmente norteamericanos, saludarán alborozados esta puesta a disposición de datos (y láminas) inéditos, nuevos edificios y bienes muebles datados entre los siglos X a XIII3. Este era el panorama cuando un joven estudiante soriano, Juan Antonio Gaya Nuño, se licenció en 1932 en la Universidad Central de Madrid en Filosofía y Letras y decidió embarcarse ese mismo verano en el ambicioso proyecto de dedicar su tesis doctoral al estudio del Románico soriano capitalino y provincial, animado por Manuel Gómez-Moreno. La elección del tema fue, sin duda, decisión valiente por los escasos precedentes de que disponía, pues ni había mucho publicado, como se ha visto, ni apenas había tradición de monografías territoriales sobre Románico en las provincias fronterizas con Soria, si exceptuamos la obra de Ricardo del Arco y Garay sobre la región pirenaica (Arco y Garay 1932), publicada el mismo año de la licenciatura de Gaya (este autor, sobre Huesca, publicará el Catálogo monumental en 1942). No parece que pudiera consultar el inédito Catálogo de Cabré para la redacción de su tesis doctoral. El esfuerzo se tuvo que hacer sin apenas precedentes, como se comentó. Escribirá el soriano en una obra posterior: «Recordaré cuán poca era la bibliografía existente de carácter responsable, limitada a la obra de Puig y Cadafalch para lo catalán y a títulos abundantes, pero de escaso foco visual, en lo que respecta a otras regiones» (Gaya 1962: 5-6). Juan Antonio Gaya Nuño es, por tanto, la primera persona que se afana en estudiar sistemáticamente el Románico de la provincia de Soria con ambición territorial (Lorenzo 2013). La tesis llevó por título La arquitectura románica en la provincia de Soria, y a modo de homenaje lo he escogido para titular estas páginas. En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense, entonces Central, donde se defendió, no era habitual una tesis sobre Historia del Arte en esos años, pues primaban temas literarios o historiográficos. La investigación comenzó en el verano de 1932 y parece que estaba terminada año y medio después, a finales del siguiente (Gaya 1962: 5). Para hacerla, además de consultar una exhaustiva lectura de prácticamente toda la bibliografía existente, viajó, a pesar de las limitaciones de la época, por grandes sectores de la provincia, con el fin de conocer de primera mano (y de fotografiar) el mayor número posible de edificios, y consultó, de primera mano o a través de la ayuda de terceros, ciertos libros de fábrica. El arqueólogo Blas Taracena, paisano y amigo, hubo de guiarle en estos primeros pasos. A finales de 1933 tenía preparado el manuscrito para su defensa. Ese mismo año el propio Taracena firmó un estudio contextual pionero en que por primera vez se abordaba un tema llamado a ser referencial: las galerías porticadas románicas y la de la ermita de Tiermes, que aparece reflejada y representada en planta (Taracena 1933: 418-420 y lám. 5). El tribunal de la tesis estuvo compuesto por los catedráticos José Ferrandis (presidente), Elías Tormo (Historia del Arte), Manuel Gómez-Moreno (Arqueología Arábiga), Andrés Ovejero (Literatura general e historia del arte) y el entonces auxiliar de la cátedra de Historia del Arte, Enrique Lafuente Ferrari. Posiblemente la lectura se produjo el lunes 22 de enero de 1934, lo que celebró el diario local La Voz de Soria unos días después4. Por razones desconocidas, no se conserva el manuscrito en el archivo del Servicio de Tesis Doctorales y Publicaciones Académicas. En la Biblioteca de Tesis de la Universidad Complutense tan solo queda como huella de la misma una copia de una ficha manual donde figura: «No se recibió ningún ejemplar en el Archivo. Retenida en la Fac. de Ga e Historia», pero en dicha Facultad no queda nada anterior a 1946. Tampoco hay ninguna copia del manuscrito en el Legado Gaya Nuño, ni siquiera borradores, aunque sí se encuentran algunos de sus planos, plantas y dibujos. Una vez defendida, inició inmediatamente gestiones con la editorial Plutarco para su publicación. El epistolario permite seguir el itinerario y avatares. Resumidamente, la primera comunicación conservada entre autor y editorial data del 2 de abril de 19345 (Fig. 3), y la última de 20 del mismo mes de 1936, en que se le enviaban galeradas para la corrección hasta la página 806. En ese ínterin y paralelamente a la negociación para la publicación del libro tuvo lugar su primera incursión editorial stricto sensu sobre Románico en la prensa generalista, y permitió al soriano dar a conocer una noticia de actualidad en la prensa, el descubrimiento, tres meses después de leída su tesis, del frontal de altar pétreo románico procedente de la iglesia de San Nicolás en Soria. Simultáneamente, el médico e historiador Francisco Layna Serrano, presidente de la Comisión Provincial de Monumentos de Guadalajara, publicó la contraparte a la tesis gayana de provincia vecina, La arquitectura románica en la provincia de Guadalajara (Layna 1935; Lorenzo 2012a). Cada uno era consciente de las investigaciones del otro. En carta a Blas Taracena, de octubre de 1934, se lamenta Layna Serrano: «Menciono la obra de Gaya, pero como está inédita, no puedo referirme a ella como quisiera...»7. Pero la Guerra Civil interrumpió el avanzado estado de publicación del libro, acontecimiento fatídico que, además de la devastación cultural que produjo en el panorama español (apreciable en el campo que nos ocupa), afectó directamente al joven doctor. Gaya Nuño fue encarcelado por su militancia republicana durante la contienda al fin de esta, en abril de 1939. Primera carta (de 2 de abril de 1934) conservada en el Legado Gaya Nuño del epistolario entre el soriano y la editorial Plutarco para la malograda edición de su tesis doctoral (Legado Gaya Nuño, Caja 15 P 282), proyecto que quedaría interrumpido por la Guerra Civil. La tesis, La arquitectura románica en la provincia de Soria, se había defendido el 22 de enero del mismo año. No sería hasta 1946 cuando finalmente el libro es publicado por el Instituto Diego Velázquez del CSIC, con quien el historiador del arte colaboró a la salida de prisión (obtuvo la libertad provisional en 1943). En la edición el título original de la tesis se abrevió como El Románico en la provincia de Soria. La monografía fue ampliamente reseñada y acogida con todos los parabienes por su calidad, lo que hizo que el Románico soriano diera un salto de gigante en el panorama internacional que antes solo había conocido la zona catalana en cuanto se refiere a publicación de monografías regionales específicamente dedicadas al Románico. Desde luego, Gaya actualizó, para su edición final, numerosos datos con respecto a la versión de 1934 (Gaya 1946. Porter ya no vivía para disfrutarla, pero se cumplía un antiguo deseo suyo que formuló cuando se publicó el Catálogo monumental de León: «we must know Castile and Galicia and Navarre and all the other provinces of Spain as we now know Leon» (Porter 1926: 236). «Para que rabies de curiosidad, te diré que en San Miguel [de Almazán] han salido los dos absidiolos, las 3 ventanas absidales y un frontis de altar estupendo, mucho mejor que el de S. Nicolás [de Soria], del aire de los segundos relieves de Silos», postal de Blas Taracena a Juan Antonio Gaya Nuño franqueada el 12 de febrero de 1936 (Legado Gaya Nuño. Aunque lo cualitativo acabe imponiéndose, los números también aproximan a la relevancia de esta obra, que da cuenta de 106 edificios de los que, poco o mucho, se dice algo y se ponen en el mapa literalmente, porque se incluye uno que muestra gráficamente cómo la «mancha románica» en la provincia no es algo anecdótico sino constitutivo. Acompaña al texto (285 páginas) una exhaustiva documentación fotográfica, y no es detalle menor, con 278 tomas (un tercio de las cuales realizadas por el propio Gaya), que corresponden a 83 localidades distintas y abarcan un total de 102 edificios. A la documentación fotográfica hay que sumar los dibujos, con escala gráfica, básicamente correspondientes a plantas. Este apartado gráfico aseguró las citas a la obra de las generaciones de investigadores que se acercaran al Románico hispano en adelante, tan escaso de imágenes de edificios «menores». Se puede afirmar que esta obra supuso tanto un análisis (de muchos ejemplos desconocidos o apenas estudiados) como una síntesis (de lo que se sabía). En la posguerra, el Románico de la provincia de Soria no despertará una atención preferente. Como en otros aspectos de la historia general, por tanto, la Guerra Civil marcará un hito negativo en lo que a historiografía románica, metodología y reflexión se refiere. El propio Gaya Nuño redactará, ya excarcelado y dedicado a otros menesteres, la parte correspondiente a Castilla del volumen V de Ars Hispaniae, dedicado al Románico ibérico, cuya redacción comparte con José Gudiol Ricart (Gudiol y Gaya 1948), resumiendo mucho las líneas y planteamientos ya publicados, con referencias de pasada a la ermita de Tiermes y a la parroquial de Caltojar (Gudiol y Gaya 1948: 300 y 315). Una excepción personal a este panorama se concentra en la figura del arqueólogo soriano Teógenes Ortego (Cortés 1988). En su catálogo bibliográfico hay media docena de artículos publicados entre 1952 y 1975, casi todos en la revista local Celtiberia, que comenzó su andadura en 1951, los cuales aportan nuevos elementos de comprensión, bien a templos conocidos (Ortego 1952, 1957 y 1959), o bien primeras investigaciones sobre otras tantas iglesias a las que nadie había prestado atención hasta el momento, como la ermita de la Virgen del Val en Pedro (Ortego 1958), la parroquia de San Bartolomé en Viana de Duero (Ortego 1969), o las ruinas de la ermita de San Esteban en Alcozar (Ortego 1985), así como algunos libros en cuyas páginas se tratan también iglesias románicas (Ortego 1973, 1975, 1987). De hecho, si la lectura correcta que Ortego hizo de la fecha (año 1082) que se ofrece en un canecillo de la galería porticada de la iglesia sanestebeña de San Miguel la hubiera conocido Gaya Nuño (el arqueólogo la publicó dos décadas después: Ortego 1952), quizá los derroteros sobre el origen del Románico extremadurano hubieran ido por otra dirección (Álvarez y González la publicaron con otra lectura, año 1119, en su artículo de 1934-19355. Otros autores han tratado desde un punto de vista documental algunos monasterios sorianos de origen medieval (Zamora 1951, 1952 y 1953), iglesias como la parroquial de Andaluz (Lafuente 1971), y también desde el conocimiento arqueológico (Barrio, Lerín, Tarancón, Ruiz y Arellano 1991). Situaciones de urgencia, como la ermita de la Virgen del Vallejo en Alcozar, y la presencia de un fuerte movimiento popular de denuncia en pro de su recuperación (Olañeta 2006) han provocado también la investigación arquitectónica sobre dicho templo (Amo y Frías 1995; Yusta, Diestro, Esteras, Gonzalo y Lorenzo 2010), un ejemplo lamentablemente aislado de colaboración entre técnicos y comunidades locales. Fallecido ya el gran conocedor del Románico soriano (Gaya Nuño muere en 1976), María Elena Sáinz Magaña realizó su tesis en 1983 con el título El románico soriano. Estudio simbólico de los monumentos, epígrafe que refleja bien el interés del acercamiento a este patrimonio. La tesis, de dos volúmenes, de los cuales el segundo se dedicó íntegramente a un apéndice fotográfico, comprendió las comarcas de la histórica Comunidad de Villa y Tierra de Soria, y las de Ágreda y Almazán, dejando fuera, entre otras, las de San Esteban de Gormaz o Berlanga, donde se sitúan tres de las cuatro iglesias que se analizan en este monográfico. Sobre el tema de esta tesis doctoral, reprografiada por la propia Universidad un año después de su defensa, tan solo se publicaron dos brevísimos artículos sobre aspectos parciales de la misma (Sáinz 1983 y 1984b), pues la autora no dio continuidad a esta línea. Casi paralelamente, se publicó el primer volumen de la Historia de Soria, dirigida por José Antonio Pérez Rioja, en que Izquierdo Bértiz dedica unas páginas a «Arte románico» (1985), que vienen a ser un estado de la cuestión. Medio siglo después de redactada la tesis doctoral de Gaya Nuño, y cuatro décadas después de publicada, el panorama crítico no había cambiado demasiado. Otros libros, de naturaleza variada, han sintetizado aspectos básicos de las construcciones arquitectónicas de la provincia, pero no han incluido aportes novedosos, bien por ser inventarios generales de patrimonio más centrados en bienes muebles (Manrique, García y Monge 1989; de las iglesias aquí estudiadas, tan solo se dedican tres breves páginas a la de Calatañazor, en 170-173), o trabajos a medio camino entre la divulgación histórica y la turística (Lojendio y Rodríguez 1981; Enríquez 1986). Bango ofreció su versión más extensa del Románico provincial de Soria en unas páginas insertas en una obra sobre estas manifestaciones en la totalidad de la comunidad castellanoleonesa, siguiendo el esquema de Gaya Nuño en secuencia discursiva y casi hasta en los ejemplos (Bango 1997: 238-273; Gudiol y Gaya 1948: 296-315), salvo en algún detalle. El prometedor listado final de 117 iglesias románicas (todo o en parte) defrauda al comprobar que se sigue al pie de la letra8 lo que el erudito soriano publicara medio siglo antes (Bango 1997: 268-273). Tan solo se añaden a la nómina las parroquias de Alparrache, Ojuel, Osona, Palacio de San Pedro, Pozalmuro, y una ermita románica de la que no se ofrece advocación en Magaña (parece tratarse de Ntra. Por el contrario, sorprende la inclusión de los restos de muros «románicos» de la ermita de Santa Ana en Calatañazor, que no consta su conservación. Otros trabajos han analizado desde antiguo la influencia musulmana en ciertas soluciones arquitectónicas, como las bóvedas (King 1923; Torres 1940; Lambert 1928 y 1935; Momplet 1992a y 1992b) o, más recientemente, iconográficas (Monteira 2004 y 2005, y diversos estudios más, que han culminado ahora con un libro –2012–, en realidad su tesis doctoral, donde sistematiza su línea de investigación en torno a la lectura anti-islámica de ciertos iconogramas). Ciertos autores, los menos, siguieron la antigua y buena costumbre de publicar resultados de intervenciones arqueológicas. Basten los ejemplos de las excavaciones parciales realizadas en las iglesias de San Miguel de San Esteban de Gormaz (Larrén 1984), San Pedro de Caracena (Morales y Borobio 1991 y 1992), y la parroquial de Castillejo de Robledo (Morales y Borobio 1995), sin que falte alguna aportación que estudia específicamente un edificio desde sus propios elementos constructivos y estructurales, como la parroquia de San Miguel Arcángel de Andaluz (Yusta 1993), o pequeñas monografías que centran el foco en iglesias románicas de la mitad norte de la provincia apenas tratadas, siempre menos estudiadas que sus homólogas meridionales (Recio 1981; Quiñones 1983, A falta de otras perspectivas y enfoques, la mayor parte de las iglesias se han pretendido datar por la calidad escultórica de sus elementos decorativos, con insistencia en tipologías de las que derivan frecuentemente consideraciones casi autorreferenciales. En este sentido, ha sido particularmente bien acogida la influencia en muchas de ellas del llamado «Segundo Taller de Silos» (con motivo del IX Centenario de la abadía burgalesa, tres estudios incidieron en ese hecho: Ruiz Ezquerro 1990, Izquierdo 1990 y Sáinz 1990). Aunque no sea motivo de estas páginas, añado que los bienes muebles románicos corrieron en esta época peor suerte bibliográfica en trabajos de conjunto (Hernández Álvaro 1984; una reflexión parcial en Diestro y Lorenzo 2010). Más asistemáticamente, se deben referenciar en este punto los Catálogos de las dos muestras de Las Edades del Hombre realizadas en la provincia, en la catedral de El Burgo de Osma (La ciudad 1997) y en la concatedral de Soria (Paisaje interior 2009). Con motivo de esta última exposición se hizo una amplia reflexión sobre las galerías porticadas románicas sorianas (Gonzalo, Esteras y Lorenzo 2009), tema que sigue atrayendo a los investigadores desde la reconceptualización que hiciera Bango de ellas (Bango 1975; importante también Ruiz Montejo 1980), cuatro décadas después del artículo de Taracena (Taracena 1933), y continúa produciendo más bibliografía (Salgado 2012, de entre sus varios estudios). Por lo general, esta bibliografía no ha contado, salvo contadísimas excepciones, ni con planimetrías buenas ni con planimetrías nuevas, instrumento de trabajo básico y previo cuando de entender la arquitectura se trata. LA ENCICLOPEDIA DEL ROMÁNICO EN CASTILLA Y LEÓN. Sus tres volúmenes de esta constituyen a día de hoy una obra referencial, y por su ambición, extensión y resultados están llamados a estar vigentes durante varias décadas, del mismo modo que la obra de Gaya Nuño hizo en las precedentes (Huerta, Rodríguez, Nuño, Hernando, Echeverría y Aragón 2002). En casi mil quinientas páginas se vertió el trabajo de campo realizado por un equipo compuesto por cuatro personas entre 1998 y 1999, que comenzaban un proyecto que tuvo como primer objetivo, alcanzado años después, estudiar entera la Comunidad de Castilla y León. El primer resultado obvio fue que la nómina de los edificios existentes que conservaban elementos arquitectónicos románicos se acrecentó en más del doble de los conocidos hasta entonces, alcanzando cerca de los doscientos cincuenta que contaban con estructura o elementos románicos monumentales. Estos volúmenes contaron bibliográficamente con dos adelantos. Por un lado, en forma de exposición y catálogo, realizado por los mismos autores (Soria Románica 2001). Por otro, la publicación aislada de la parte correspondiente al Románico de la capital, pero desprovista de aparato crítico (Hernando, Huerta, Nuño y Rodríguez 2001). Además de estos precedentes, también ha tenido una «secuela» más accesible al público general, el resumen de la obra de conjunto en un pequeño libro, a modo de prontuario, en el que se actualizaron algunos datos relativos a iglesias que habían sido intervenidas con posterioridad a la publicación de los volúmenes en 2002 (Huerta 2012). A nuestro juicio, el estudio que se hizo en la Enciclopedia del apartado soriano se sitúa entre los mejores de la misma dedicados al conjunto castellano-leonés, que luego extendió objetivos hacia otras regiones, tarea en la que continúa. Desde el punto de vista que privilegiamos en estas páginas su principal escollo fue una de las apuestas metodológicas de las que se partió, el estudio de lo que de Románico había, quedaba, o se podía documentar, postura que renuncia de antemano a integrar las diferentes fases constructivas de un edificio. No obstante, son numerosos los comentarios de los autores que vinculan orgánicamente fases y estilos, poniéndolos en relación, a pesar de que la obra se realizó con rápidas visitas a los edificios donde frecuentemente se disponía solo de pocas horas para la fase de visu, lo que se suplió con un exhaustivo conocimiento de la bibliografía existente y de las memorias de algunas intervenciones arqueológicas. El trabajo se completó con planimetrías de todos los edificios estudiados, sucintas muchas veces, pero únicas en la mayor parte de los casos, pues no se contaba con plantas, alzados o secciones previas. Estos condicionantes, si cabe, engrandecen más el resultado, al que solo se le puede achacar una visión excesivamente centrada en elementos formales, abordada desde la historia del arte. Otro aspecto que no se debe pasar por alto es la presencia de levantamientos de todos los templos estudiados, lo que supone el siguiente hito, nuevamente, en términos cualitativos y cuantitativos, desde la publicación de la monografía de Gaya Nuño. En la Enciclopedia, se encargaron de las entradas de las iglesias aquí estudiadas los historiadores del arte Juan Manuel Rodríguez Montañés (las parroquias de Nuestra Señora de Campanario: Rodríguez 2002b; San Miguel de Caltojar: Rodríguez 2002c; y la ermita de Santa María de Tiermes: Rodríguez 2002d) y Pedro Luis Huerta Huerta (la parroquial de Calatañazor: Huerta 2002). Otras publicaciones recientes se limitan al aspecto turístico, o a compilar noticias sumarias de varios centenares de iglesias provinciales, como la de García Gómez, que sigue las conclusiones tradicionales en cuanto a las iglesias estudiadas aquí: Calatañazor, Tiermes, Caltojar, Campanario (García 2012: 120-121, 163-167, 191-193 y 375 respectivamente; García 2004), o a historiar un pueblo (con su iglesia) por parte de esforzados investigadores locales, y en líneas generales sin mayores pretensiones científicas, carentes de novedades de interpretación en lo que nos interesa aquí. Novedoso es un estudio, aunque discutible en sus argumentos y valoración, sobre los restos del Románico civil en la provincia de Soria, pues lista, además de la capitalina Casa de San Blas, el objetivo del artículo, testimonios recientemente destruidos o deslocalizados en Calatañazor, Almazán y Alcozar (Sobrino 2013). Rompen esta tendencia los estudios dedicados a la ermita de San Miguel de Gormaz a raíz de la intervención integral restauradora a que se vio sometido el templo con el descubrimiento de sus pinturas murales románicas (Ávila 2012), el aporte de la intervención arqueológica (Heras, Escribano y Balado 2001) y, sobre todo, el magnífico conjunto de estudios recogidos en un volumen monográfico que resumía todas las intervenciones y estudios practicados al hilo de la restauración de la ermita (Escribano y Heras 2007). Puede afirmarse que la calidad del conocimiento que tenemos ahora de tal ermita supera, por la integración de disciplinas y trabajo interdisciplinar, al que hay de la cercana de San Baudelio, aunque esta lleve un siglo de ventaja de investigación y continuos aportes, individuales casi siempre (desde el estudio de Álvarez y Mélida 1907). Finalmente, hemos de reseñar, siquiera de pasada, la labor de investigación realizada por el equipo del Proyecto Cultural «Soria Románica», estrechísimamente vinculada a sus intervenciones y a la observación y estudio continuado de los edificios, y que no pudo materializarse en las publicaciones esperadas por la supresión del propio Proyecto10. Además de la labor conservadora, restauradora y de rehabilitación de edificios, bienes muebles o entornos, este trabajo ha enriquecido el conocimiento del Románico soriano de manera exponencial, particularmente en lo que a arquitectura se refiere, muchas veces apoyada en otras disciplinas. Particularmente fecunda ha sido la arqueología, que ha permitido confirmar las dimensiones de la galería románica original de la iglesia de San Pedro en Caracena, descubrir la singularidad de la de la ermita del Vallejo en Alcozar (en forma de L), y conocer la de la ermita de la Virgen de Lagunas en Villálvaro. En este apartado cabe añadir la novedad de la galería porticada románica de la parroquia de Paones, curioso ejemplar por su configuración y materiales. En la ermita de la Virgen del Val de Pedro el descubrimiento de un alquerque en la piedra angular del templo (esquina sureste del ábside, bajo cota actual) y la falta completa de ajuar en la necrópolis rechaza la teoría de su origen visigodo (Resino, Delgado y Villanueva 2014); la confirmación de sus dimensiones primeras, por otro lado, permite sospechar que nos hallamos ante un edificio de planta y proporciones similares a la ermita de San Baudelio11. En la iglesia de Santa María de Caracena, interesantísima construcción románica oscurecida por la atención prestada a la célebre galería porticada de la vecina iglesia de San Pedro, la datación de un madero constructivo de la torre (un fragmento de aguja extraído de su zona noroeste, a la altura del coro)12 confirma la anterioridad de esta (en realidad, una atalaya musulmana) a la iglesia románica que se adosará posteriormente. Otro aspecto interesante es el establecimiento de iglesias románicas en loca sacra previos, lo que se confirma observando cómo la cimentación de algunos edificios rompe tumbas previas, como en las parroquias de Aguilera13 y Alpanseque14, algo documentado ya en otras tierras extremaduranas (Martín 2012: 30). La nómina escasa de iglesias románicas con cabecera recta se ha incrementado con el conocimiento de la que tuvo en un primer momento la parroquia de San Pedro de Mosarejos15, y la de la ermita de San Juan en Calatañazor16. En cuanto a estructura de cubiertas, el avance más interesante lo ha proporcionado la de la ermita de Ntra. Sra. de la Dehesa (Velamazán), compuesta de vigas y pares sobre arcos de diafragma, por su originalidad en tierras orientales de Castilla (Yusta, Santa-Olalla y Lorenzo 2013: 507). Sin duda, la intervención integral sobre la iglesia de San Miguel de San Esteban de Gormaz es la que más conocimiento ha ofrecido, y también sobre la que más exhaustivamente se trabajó en el Proyecto, durante los cinco años que duró (Yusta, Arévalo, Gonzalo, Frías, Santa-Olalla, Ruiz, Borque, Diestro, Sanz y Lorenzo 2013). Especialmente relevantes han sido los datos obtenidos de la intervención arqueológica (el templo se asienta sobre silos musulmanes que amortiza), así como de la retirada minuciosa de revocos hasta rescatar el revestimiento que recubría el templo en toda su extensión al menos en el siglo XII, cuajado de información ofrecida por cientos de grafitos incisos sobre él (Esteras, Gonzalo, Lorenzo, Santa-Olalla, Yusta 2012). Próximas publicaciones alumbrarán sobre este edificio, coetáneo de la ermita de San Baudelio, que contó con una tribuna perimetral que recorría su nave por entero, y con un sistema de puertas y circulaciones que hemos observado en numerosos edificios románicos de la provincia y que están por interpretar. Para terminar, cabe destacar los «descubrimientos» de los templos románicos de los despoblados de Alconeza, ya arruinado pero en pie, en Tierras de Berlanga (Yusta, Esteras, Gonzalo, Lorenzo y Santa-Olalla 2010), y de Tartajo17, todavía inédito, una iglesia románica «entera», enclavada en una finca particular, construida con la técnica de encofrado de cal y canto, de nave única, ábside semicircular cubierto con bóveda de horno y largo presbiterio recto con bóveda apuntada, que hoy es majada de ganado, y tiene cubierta la nave con uralita. Desde la publicación de los tres volúmenes de la Enciclopedia, son las «novedades» arquitectónicas más relevantes que se añaden a la larga nómina provincial. METODOLOGÍA SEGUIDA PARA EL ESTUDIO DE LAS CUATRO IGLESIAS El método de trabajo que siguió la Oficina Técnica del Proyecto Cultural «Soria Románica» (2007-2012) se pensó y diseñó antes de conformar el equipo que habría de constituirla, y se mantuvo durante los cinco años de su existencia. Se constituyó finalmente dicho equipo, dirigido por el arquitecto José Francisco Yusta, y compuesto por nueve profesionales de distintas disciplinas. En la provincia, este método supuso trascender el trabajo prácticamente individual, con intervenciones puntuales, por un método en que participan equipos interdisciplinares de manera estable y coordinada. Muchas veces se emplea el adjetivo interdisciplinar como talismán en declaraciones programáticas, pero lo cierto es que no se practica demasiado la interdisciplinariedad real. Prueba de ello, entre otras muchas, la escasez de bibliografía firmada por varias personas de disciplinas distintas. Incluso cuánta bibliografía administrativa, informes y memorias, a pesar de estar participadas por profesionales de distintos oficios, suelen formalizarse, siguiendo la metodología empleada, amalgamando estudios y firmas. La parcelación de los saberes, la especialización en la profesión, la ausencia de equipos interdisciplinares estables, y, en fin, la costumbre de trabajar aislados, provoca que apenas se pongan en diálogo conclusiones procedentes de los estudios iconográficos, arqueológicos, históricos y arquitectónicos, más allá de aprovechar este o aquel dato que la bibliografía desgrana. El hecho es que sigue siendo excepcional que especialistas de distintas disciplinas trabajen juntos, condicionante que se ha conseguido vencer en este caso. Para intervenir en un edificio, objetivo último del equipo que compuso la Oficina Técnica del Proyecto Cultural «Soria Románica» (Yusta, Diestro, Esteras, Gonzalo y Lorenzo 2010; Yusta, Santa-Olalla y Lorenzo 2013), se consideró que había que estudiarlo previamente en profundidad, dado que el propio proceso de intervención desvelaría problemas no planteados antes o perspectivas novedosas en las que profundizar y a las que solo se accede después de un profundo conocimiento del mismo, de su materialidad. Estos estudios incluyeron, en todos los casos, un escrupuloso registro planimétrico nuevo, comparaciones dimensionales, investigación y análisis de la documentación almacenada en archivos, encuesta oral, y puesta en relación del bien en cuestión con el resto del patrimonio cultural conservado desde la más remota antigüedad hasta 1500. Luego, en función del tipo de intervención, se procedió a enriquecerlo con actuaciones arqueológicas, o de restauración-conservación sobre bienes muebles, recreaciones virtuales de estudio, u otro tipo de técnicas especializadas (dendrocronología, radiodatación, estudios geotécnicos, petrológicos, de morteros etc.). Sobre el conocimiento bibliográfico completo de lo que se ha publicado sobre estas iglesias, y sobre el método de investigación propio que impulsa la Arqueología de Arquitectura, se decidió abordar estos cuatro estudios monográficos que aquí se presentan. Para llegar a las conclusiones a las que se arriba, se han tenido en cuenta, además de la bibliografía previa, exhaustivamente rastreada, memorias de arqueología (Calatañazor, Tiermes), información documental y gráfica de intervenciones anteriores (Calatañazor, Caltojar, Tiermes), la información ofrecida y extractada procedente de la lectura minuciosa de todos los libros de fábrica conservados (en las cuatro iglesias), información oral (Lorenzo 2012b y 2014; en las cuatro también), fotografía histórica procedente de publicaciones y archivos, públicos y particulares (Lorenzo 2012c), e incluso una lectura de paramentos previa que se había realizado en Calatañazor. Particularmente interesante resultó la discusión entre los dos equipos que colaboraron (Proyecto Cultural «Soria Románica» y CSIC) sobre este templo y su controvertido hastial occidental. El Proyecto Cultural «Soria Románica» partía, pues, de una visión territorial del Románico extremadurano, con exhaustivo conocimiento, a partir de estudios propios, del patrimonio románico provincial, y los necesarios vínculos al de las zonas limítrofes. Aunque pudiera parecer paradójico, muchas de sus intervenciones se centraron precisamente en aspectos, bienes u objetos «no románicos», bien porque las necesidades de conservación así lo exigían, o bien, como en este caso, porque del conocimiento preciso de lo que ocurre «después del Románico» pueden ofrecerse datos, inalcanzables con otros métodos, que informan de lo que sucedió «durante». El Románico soriano se suele definir como «rural» (sobre este tema: Ruiz Montejo 1989; Rodríguez y Garcinuño 2003), consideración que hay que poner en cuarentena cuando se trata de iglesias como las que se estudian en este monográfico, ya que salvo la ermita de Tiermes (perteneciente en su día a la Comunidad de Villa y Tierra de Ayllón, hoy localidad segoviana), el resto son parroquias enclavadas en poblaciones que fueron importantes núcleos demográficos cuando se erigieron (Fig. 5). Así, Caltojar perteneció a la Comunidad de Villa y Tierra de Berlanga (luego, con el proceso señorializador, marquesado de Berlanga), de la que era su aldea más importante todavía en el siglo XIV, y tanto Nuestra Señora de Campanario como Nuestra Señora del Castillo fueron una de las parroquias de sus respectivas villas, Almazán y Calatañazor, es decir, cabezas de Comunidad de Villa y Tierra. Hablar de "ruralidad" en los siglos XII y XIII en la actual provincia de Soria ha de contraponerse a las zonas netamente urbanizadas, que no pasarían de media docena, entre ellas estas dos últimas, con un puñado de parroquias, collaciones, recinto amurallado, etc. Adolece esta visión aparentemente ruralizada del mundo de antaño de una trasposición simétrica y anacrónica con la situación actual, en que la provincia de Soria es casi un desierto demográfico con respecto a los estándares poblacionales europeos. Pero no se puede hacer la correspondencia sin más con respecto a los siglos centrales de la Edad Media que vieron erigirse estas iglesias. Salvo la ermita termestina, la magnitud y proporciones de las otras tres iglesias para nada presuponen que dieran servicio a población eminentemente rural. De ellas, la que mejor se ha conservado en su traza inicial ha sido la de Caltojar, de tres naves (y con torre románica), configuración tripartita que también compartieron en origen las parroquias de Calatañazor y Almazán. La villa de Gormaz, hoy casi despoblada, fue cabeza de Comunidad de Villa y Tierra en la Edad Media, y contó con las parroquias de San Miguel, San Juan, Santa María de la Antigua y Santiago, lo que pone en duda los criterios de «ruralidad» que hoy se aplican a ciertas localidades y, por extensión, a sus construcciones románicas. En la imagen, caja de muros de la iglesia románica de San Juan, hoy cementerio, con la fortaleza califal al fondo. El patrimonio medieval construido, tal como nos ha llegado, por lo general, no es adscribible a un estilo. Cuando hablamos de «la iglesia románica de...» estamos pensando a través de un paradigma estilístico que fosiliza un edificio en un momento (o momentos) concreto. Después, ese edificio ha tenido su propia evolución que suele quedar minusvalorada, si no directamente obliterada. La propia terminología de la Historia del Arte acusa este imaginario, al sobredimensionar conceptos como «añadidos», «no original», «falso», etc., que dificulta el entendimiento del patrimonio edilicio como un edificio «con historia», orgánico, diacrónico, o en evolución, en pos de criterios más «artísticos» en que, a igualdad de circunstancias, se privilegia lo anterior sobre lo nuevo, igualmente original, no obstante (Fig. 6). En esta provincia, como en general, de los edificios originalmente románicos han interesado a la investigación las partes que conservan de esas épocas, despreciándose el resto. Referencia documental a arreglos en el «soportal» o pórtico desaparecido de la iglesia de San Miguel Arcángel de Caltojar (1659, noviembre, 25. Es esta la primera vez que se publican lecturas de paramentos de iglesias sorianas, realizadas al calor del mismo impulso y por los mismos equipos, con idéntica metodología de tratamiento. Sus conclusiones, por tanto, establecen un punto de partida que habrá que confirmar o falsar en un futuro, y añaden un nuevo acercamiento al patrimonio construido de origen románico de la Extremadura castellana. Los escrupulosos levantamientos planimétricos realizados fueron material de trabajo tanto para las intervenciones realizadas en los templos al amparo del Proyecto Cultural «Soria Románica» como para las lecturas de paramentos. Hoy son, también documento fehaciente del estado de las fábricas cuando se realizaron. El Proyecto Cultural «Soria Románica» eligió para la lectura de paramentos estas iglesias por diferentes circunstancias, siempre teniendo en cuenta que no se las consideró aisladamente, sino insertas en un plan que hubo de intervenir, de una manera u otra, sobre otros treinta edificios, como se ha dicho, con necesidades de estudio e intervención muy distintas. Además de los estudios generales ya descritos y aplicados a todos los edificios que competían al Proyecto, solo se intervino arquitectónicamente, en la parroquia de Caltojar, con el fin de frenar el deterioro del óculo del hastial occidental y de la abandonada portada norte, elementos románicos ambos. En la ermita de Tiermes se eliminó vegetación inmediata a la fábrica, que la dañaba y dificultaba el correcto levantamiento. En Calatañazor se intervinieron numerosos bienes muebles y se hizo un estudio con georradar de todo el interior del templo. Un tratamiento antitermitas se realizó en Campanario (Almazán), además de una intervención instrumental que a continuación se describe. Del Románico de la villa de Almazán, muy poca bibliografía se había ocupado de Campanario, templo con el que se ceba Madoz (Madoz 1845-1850: sub voce Almazán, 46) y a la sombra siempre de la más favorecida y agradecida iglesia de San Miguel, y lo había hecho confusamente, hasta la publicación de la Enciclopedia. La abundantísima documentación que ofrecían sus libros de fábrica, el desconocimiento cabal de la evolución del templo propendían al estudio sistemático de los acaeceres de su fábrica, y la liberación de las toneladas de palomina en el bajocubierta que realizó el Proyecto Cultural «Soria Románica» en 2007, permitió el acceso a este singular espacio, y particularmente a la cámara abovedada situada sobre el ábside septentrional, por primera vez en tiempos recientes. En el caso de Calatañazor, localidad bien conocida por su atractivo monumental y por su significación legendaria, la única parroquia actual había sido poco tratada. Lo que había se limitaba en lo fundamental a ciertos rasgos iconográficos de la decoración románica superviviente, pero las profundas remodelaciones acaecidas en el imponente edificio, que «desfiguraron» su imagen medieval, habían desanimado a su estudio. A pesar de ello, intervenciones arqueológicas realizadas en las últimas dos décadas, y el hecho de ser el único caso que contaba con una protolectura de paramentos previa, aconsejaban realizar un estudio de arqueología de la arquitectura en profundidad. A estos estudios hay que sumar el citado estudio geotécnico, que descartó, por ejemplo, algunas creencias transmitidas por vía oral, como la presunta existencia de una cripta bajo la capilla del ángulo sureste del templo. A pesar de su innegable excepcionalidad por las tres naves románicas, tampoco había un conocimiento preciso de la parroquia de Caltojar, presente sin embargo en toda la bibliografía científica y divulgativa del Románico soriano por la curiosidad de su portada meridional, conformada por arcos de medio punto geminados sin parteluz. La influencia «cisterciense» vía monasterio de Santa María de Huerta que apuntaran hace casi un siglo Taracena y Tudela (1997: 223) se había venido repitiendo sin mayores avances. Se contaba en este caso con la documentación de los proyectos de restauración arquitectónica realizados en las últimas décadas (Cámara y Latorre 1995). Finalmente, solo la ermita termestina había contado con atención historiográfica continuada, desde el siglo XIX, al calor del yacimiento sobre el cual se erigió y por otro factor de atracción, su presunto visigotismo, teoría a la que se vuelve en la revisión de la guía del yacimiento de 1989 por la aparición de algunos frisos decorados, uno empotrado en la casa del santero y otros en rellenos arqueológicos (Argente, Argente, Casa, Díaz, Domenech, Fernández, González, Izquierdo, Teres, Zozaya, Alonso y Archilla 1989: 70-100), vuelta otra vez a desmentir (Gutiérrez 2003). Para ello se partía de los numerosos estudios que trataban de la decoración escultórica monumental presente en su galería porticada, básicamente centrada en aspectos iconográficos, y de la abundante documentación arqueológica generada por las diversas campañas realizadas en la ciudad celtíbera, romana y visigoda de Tiermes, sistemáticamente excavada desde 1975, y con muchas de sus memorias publicadas, alguna de las cuales ofreció conocimiento válido sobre la ermita románica de Nuestra Señora (Calvo 1913; Casa e Izquierdo 1978, 1979 y 1992; Casa 1979, 1984 y 1992; Casa y Terés 1984a, 1984b, 1984c y 1984d; Casa y Rodríguez 1990). Desgraciadamente, no se conservan datos de la excavación que hiciera Teógenes Ortego en 1969. Es, por tanto, el edificio sobre el que más reflexión arqueológica se ha realizado, interés motivado, no por sí mismo, sino por el excepcional yacimiento en que se encuentra. Finalmente, la abundante documentación parroquial, conservada en el Archivo Diocesano de Osma-Soria, de estas cuatro iglesias (excepto la ermita termestina, suplida por la información de las numerosas campañas arqueológicas realizadas en torno a ella), y el hecho de haber sido templos que han llegado mayormente a nuestros días sin destrucciones en su fábrica ocasionadas por conflictos bélicos, animaban a una lectura de paramentos. Sobre este último aspecto, se debe destacar que no parece que el paso de los franceses a principios del siglo XIX afectara demasiado a estos templos (sí a otros, o a sus bienes muebles, archivo, ajuar litúrgico...), salvo en el caso de Almazán. En esta localidad sufrieron los libros y parroquia de San Miguel18 y es más que probable que también la guerra afectase a Campanario, no a sus libros, pero sí a la fábrica, por las obras que se suceden después de la francesada, como se apunta en el artículo sobre esta iglesia. En Caltojar no se observan daños significativos, por más que sí se destruyó la casa del curato y hasta asesinaron al propio párroco19. En Calatañazor se protegió la parroquia20. Por el despoblado donde se asienta la ermita de Tiermes no parece que afectara la francesada, aunque sí al vecino pueblo de Pedro21. Los resultados de la aplicación de la arqueología de la arquitectura que se siguen a continuación confirman o desmienten ciertas hipótesis sobre los edificios estudiados. Pero, más allá de ello, muestran la profundidad en el abordaje de estas fábricas. Los artículos resumen las correspondientes memorias presentadas a la Dirección General de Patrimonio de la Junta de Castilla y León, que las encargó a través del Proyecto Cultural «Soria Románica». El minucioso estudio del despiece de los edificios en cada uno de sus elementos, y el posterior ensamblaje de datos, unidades estratigráficas, actividades y etapas queda ahí recogido para quien lo quiera consultar. Destaco, para finalizar, las aportaciones que considero más novedosas a que se llega en cada edificio, comenzando por los dos más grandes en tamaño y complejidad evolutiva, que además son los que menos interés han despertado historiográficamente desde el punto de vista del estudio del Románico. Ambos suponen un estimulante reto para cualquier equipo de investigadores. Sobre la iglesia de Nuestra Señora de Campanario, en Almazán, las conclusiones reivindican la «autenticidad románica» de elementos sobresalientes conservados aquí, y que en otros sitios no han llegado a nuestros días. Tres de las nueve etapas constructivas diferenciadas son románicas. En aquellas se configura la cabecera tripartita, el transepto (con el husillo para la escalera de caracol) cuya bóveda se ha venido considerando gótica y aquí se establece su carácter románico, la cámara suprabsidal (Fig. 7) y el primer tramo de la nave, que aunque se pensó abovedada se cerró con cubierta de madera. Será la gran actuación de finales del siglo XVIII la que sustituya la cubierta de madera del templo por bóvedas (Fig. 8), a la vez que eleva el campanario del que toma su advocación. Finalmente, en el siglo siguiente se reformula el cimborrio sobre el crucero, elemento que el análisis estratigráfico secuencia en este punto, a pesar de su tipología (pero no cronología) gótica. Sra. de Campanario, en Almazán. Acceso desde el interior de la cámara suprabsidal abovedada, situada en el costado norte. Fotografía: José Ángel Esteras Martínez. Asiento documental de 25 de noviembre de 1799 procedente de la parroquia de Ntra. Sra. de Campanario, en Almazán, donde se documentan, entre otros gastos, «24.280 reales y 26 mrs restantes en la obra empezada para alargar la iglesia y bóvedas nuevas ya ejecutadas» (ADO-S, Libro 38/35, s.f., v). El establecimiento de las secuencias constructivas de la iglesia de Nuestra Señora del Castillo de Calatañazor descubre, como novedad, parte del muro norte de la nave como originario (junto a partes del occidental y meridional) y una configuración de tres naves (otra iglesia más, poco «rural», a añadir a la lista, en un población que, efectivamente, fue villa), y un edificio, hasta hoy desconocido, adosado al sur del templo, sobre el que se asienta la capilla lateral visible hoy. La interpretación secuencial del hastial occidental (Figs. 9 y 10), quizá la parte más compleja y a la vez visible del templo, se resuelve, no sin razonables dudas, en esta lectura asociando el elemento que se ha venido entendiendo, también con cautelas, como probable resto de una torre defensiva anterior o una posible «espadaña prerrománica» fosilizada en el muro actual como, en realidad, un estribo de la torre de campanas, realizado de forma curva para salvar el buzamiento del terreno, y por tanto contemporáneo a ella (siglo XVII). La dificultad de este edificio, que enmascara otros a su vez, sitúa a la Arqueología de la Arquitectura como el método más capaz, de los que actualmente se aplican, para abordarlo e interpretarlo diacrónicamente. Frontispicio de uno de los libros de fábrica (o carta-cuenta) de la parroquia de Ntra. Sra. del Castillo de Calatañazor, donde una mano dibujó el alzado occidental del templo en 1748 (ADO-S 96/42). Sra. del Castillo de Calatañazor. Vista del complejo hastial occidental. En Caltojar se concluye que, a pesar de sus tres naves, la central se pensó en origen en que fuera rematada con cubierta de madera, y no por una bóveda. No llegaría esta hasta 1713, y medio siglo después las laterales. Como en Campanario, es el siglo XVIII el que dota de bóvedas a iglesias, románicas en origen, que se cubrieron con madera en la época de su construcción. No son, por tanto, bóvedas románicas ni góticas por cronología, como se pensaba hasta ahora. Del mismo modo, la estancia norte no es del siglo XVII, sino que hay que retrotraerla a finales del siglo XV. Esta iglesia tuvo un pórtico meridional, del que nada ha llegado, y del que desconocemos su morfología. La lectura de paramentos de la ermita de Tiermes confirma que no hay argumentos estratigráficos para defender el recurrente argumento de la existencia de un edificio previo, que cierta historiografía hacía romano o visigodo (Fig. 11). La huella de las columnillas que se adosaron a los muros interiores de la nave, articulándola pero sin función estructural, permiten afirmar que se hicieron en fase románica. La célebre galería porticada que hoy vemos sustituye a otra anterior, no muy lejana en el tiempo, pudiendo corresponder la nueva al siglo XIII. Del XVI será la parte inferior de la estancia norte y la espadaña, y del XIX la elevación de la segunda planta del primero. Ermita de Santa María en Montejo de Tiermes. Inscripción en letras góticas con la advocación del templo: SanCtA MARIA en el intradós del salmer oriental del arco de la portada de ingreso. En conclusión, desde un punto de vista metodológico el estudio del Románico en la provincia de Soria, como en general, ha consistido en meritorios esfuerzos individuales de investigadores, a veces casi épicos, que a lo sumo contaron con el consejo y cercanía de otros colegas de profesión, pero trabajaron solos. Circunstancias favorables han posibilitado que un amplio equipo de trabajo haya podido alterar esta tendencia, y queda a juicio del lector evaluar si este salto cualitativo ha merecido o no la pena. Desde un punto de vista historiográfico, la mayor parte de las iglesias románicas que esmaltan la provincia de Soria carece de estudios arquitectónicos rigurosos, hecha la salvedad de las descripciones de los volúmenes de la Enciclopedia del Románico y de las que tratara Gaya Nuño, con las limitaciones apuntadas. Casi siempre se ha pretendido inferir información sobre las fábricas de los templos a partir de su escultura monumental o rasgos decorativos. Excluidas las iglesias de la capital y las antedichas al comienzo de estas páginas, tan solo las iglesias de San Esteban de Gormaz y la ermita de Tiermes parecen haber contado con atención permanente. Apenas se cuentan ejemplos de trabajos interdisciplinares, panorama del que se exceptúa el mentado trabajo colectivo sobre la ermita de San Miguel de Gormaz, convenientemente publicado (Escribano y Heras 2007), y que debiera ser un espejo metodológico donde mirarse otras intervenciones y publicaciones posteriores. La aplicación de la Arqueología de la Arquitectura a los cuatro templos seleccionados trasciende el hecho obvio de que ahora conozcamos mejor que antes estos edificios singulares. Su construcción, y aun su evolución, se imbrican en un sistema orgánico que solo tiene sentido analizado desde una perspectiva territorial que, obvia decirlo, trasciende la actual división provincial. La interdisciplinariedad desde la cual se los ha abordado y la novedad de la aplicación de la metodología de la lectura de paramentos, realizada contando con una gran cantidad de documentación de variado tipo que se ha integrado en el análisis, trasciende la idea de los edificios considerados como «monumento artístico» y aun la de testigos materiales que los hace susceptibles de tratamiento arqueológico. Su análisis minucioso y detenido los convierte también en indicadores de los recursos de las sociedades que los hicieron y transformaron, haciendo de sus fábricas testimonio siempre original en su devenir diacrónico. En cierto modo, se supera, con estos cuatro ejemplos, el tradicional tratamiento de la arquitectura románica provincial como repositorio descriptivo de elementos formales aislados que revelan ese estilo. Es más, entender la fase o fases románicas exige muchas veces analizar elementos posteriores (materiales, documentales...) que informan de sí mismos, pero también retrospectivamente. Dicho esto, la actitud fundamental con la que entendemos que ha de abordarse este patrimonio ha de considerar el edificio como proceso histórico, vivo por tanto e inacabado, y no como fósil que dejó huellas originales maltratadas por una evolución histórica que hay que deconstruir analíticamente para llegar a unas conclusiones que «rescaten» un estilo u otro. En esencia, explicar un edificio es dar cuenta de dicho proceso. Nota: Criterios de transcripción de los Apéndices documentales Al final de cada uno de los artículos que siguen se incluye un Apéndice documental que resume algunos de los asientos más significativos con información arquitectónica. Se extraen de los gastos («descargo» o «data») registrados en los libros de fábrica de las respectivas iglesias. Los documentos se presentan por orden cronológico, y fechan el momento del apunte. Hay que tener en cuenta que los mayordomos suelen hacer las cuentas de lo gastado con cargo a la fábrica de la iglesia cada dos años más o menos, con lo que los asientos de gasto corresponden a obras realizadas en los años inmediatamente antecedentes o en el propio año en que se recogen las cuentas. El margen de error va desde la fecha de las últimas cuentas consignadas a la que recoge el asiento que interesa. Se recoge la data tópica solo cuando el lugar de firma difiere de la localidad donde se emplaza el templo. A continuación, entre paréntesis, figura la signatura archivística del libro consultado. Salvo pocas excepciones, estos se custodian en el Archivo Diocesano de Osma-Soria, sito en El Burgo de Osma. El primer número corresponde a la localidad (que el Archivo indexa por orden alfabético), se sigue de una barra (/), y un segundo guarismo, que se refiere al número de libro de los conservados de esa iglesia. Comienza siempre la serie por los libros sacramentales, y continúa por los de administración, entre los que se encuentran los de fábrica. Finalmente, la foliación (o paginación) de donde se extraen los datos. Si el libro no está foliado se expresa si el asiento documental se encuentra en el recto o vuelto del folio o folios. La transcripción recoge el tenor literal, pero modernizando y actualizando la grafía, signos diacríticos y acentuación. Se desarrollan las abreviaturas. Las cantidades, en el original tradicionalmente escritas en letra, se expresan en guarismos para facilitar la lectura. Ha de tenerse en cuenta que el fin último de este trabajo fue instrumental, propedéutico para la intervención en los edificios, y por ello se presentó de la manera más accesible posible para facilitar la consulta y discusión de profesionales no acostumbrados a traslados de tipo más paleográfico. En la documentación que produjo el Proyecto Cultural «Soria Románica» figuran las memorias por extenso, con las transcripciones completas y con las fotografías adjuntas de los folios de los que se extrajo información. Allí difiere el modo de presentación, más elaborada, pero el espacio disponible y la función de Apéndice que aquí cumple, aconsejaron su simplificación. Referencias administrativas / agradecimientos El Proyecto Cultural «Soria Románica» es un plan de conservación, difusión y divulgación del Románico de la provincia de Soria. La Junta de Castilla y León promovió y financió este Proyecto, gestionado por la Fundación Duques de Soria con la colaboración del Obispado de Osma-Soria, desde el que se encargaron estas cuatro lecturas de paramentos que este artículo presenta. La historiadora Blanca Bazaco Palacios y el historiador Marino Real Gallego colaboraron, en el marco del Proyecto Cultural «Soria Románica», en la transcripción de parte de la documentación de las parroquias de Campanario (Almazán) y Caltojar. Ficha técnica de la Oficina Técnica del Proyecto Cultural «Soria Románica» José Francisco Yusta (arquitecto y Director de la Oficina Técnica). José Ángel Esteras e Inés Santa-Olalla (arquitectos). José Manuel Borque (aparejador). Josemi Lorenzo (historiador y documentalista). Carmen Frías (gestora cultural). Luis Miguel Sanz (infógrafo y delineante).
Nuestra Señora de Tiermes (Montejo de Tiermes, Soria). De una ermita que antes fue monasterio y parroquia La ermita de Nuestra Señora de Tiermes (Soria), situada sobre el yacimiento romano, ha atraído, por un lado, el interés de aquellos dedicados al yacimiento, y por otro, de la investigación orientada a los problemas de la arquitectura románica de la provincia. Esto ha conllevado que en la actualidad la ermita cuente con una abultada nómina de publicaciones donde se enfrentan diferentes propuestas acerca de su origen. Para unos, es evidente el empleo de fábricas romanas o visigodas en la cabecera del templo y, para otros, su génesis no es anterior al periodo románico. En cualquier caso, sus fábricas originarias han sido la base de una dilatada secuencia de transformaciones. Con el objetivo de confirmar o corregir estas hipótesis, ofrecemos los resultados de la lectura de paramentos del edificio, enfrentándolos con las conclusiones de las investigaciones precedentes. La notable atención prestada por los especialistas al templo de Santa María, un destacado ejemplo de la arquitectura románica, sobre el que existen referencias documentales que relacionan su origen con un complejo monástico desaparecido, se ha visto fomentada por su localización dentro del perímetro amurallado de la ciudad romana altoimperial de Termes, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de la provincia soriana. El registro en sus fábricas de materiales decorados de posible adscripción tardoantigua ha ayudado a ampliar el debate sobre una ya extensa bibliografía, con propuestas que retrotraían hasta este periodo su construcción. En la actualidad es una ermita, situada en el término municipal de Montejo de Tiermes, al suroeste de la provincia de Soria. Diferentes autores recogen que la ermita de Tiermes se asienta sobre estructuras de la ciudad romana, para ellos evidentes en su ángulo noreste (Figueroa 1910: 17; Taracena 1941: 112), llegando a afirmar el propio Gaya (1946: 75) el origen romano de parte de los muros de la estancia allí situada (Fig. 1). Sin embargo, la posterior documentación de fragmentos de escultura catalogada como visigoda en las fábricas del templo fue argumento suficiente para atribuir a una iglesia de época tardoantigua los restos precedentes del ángulo noreste (Ortego 1983: 9). En la actualidad, a raíz de los resultados ofrecidos por las excavaciones arqueológicas efectuadas tanto en el interior como en los terrenos adyacentes a la basílica, estas suposiciones han quedado desestimadas, confirmándose que las cimentaciones de la iglesia corresponden a cronologías medievales (Gutiérrez 2003: 185; Gutiérrez 2007: 157). Quizá la reutilización de fragmentos esculpidos de filiación visigoda en los muros del aula y estancias anexas, a los que se suman los fragmentos documentados en tumbas, todos de cronologías pleno y bajomedieval (De la Casa e Izquierdo 1992), estén apuntando a la presencia de un edificio de dicha cronología que aún no ha sido localizado1. Alzado oriental de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes Los primeros trabajos de investigación sobre la ermita y su pórtico (Fig. 2) sitúa el conjunto en el siglo XIII merced a la inscripción tallada en una de las figuras del grupo escultórico (Fig. 3) situado en el muro sur de su galería porticada (Rabal 1888). Otros autores posteriores adelantan su construcción un siglo por la dependencia del conjunto de fórmulas románicas (Figueroa 1910: 16). Pero será a partir de la publicación de un pleito de los años 1136 y 1138 por el establecimiento de los límites entre los obispados de Sigüenza, Osma y Tarazona, cuando comencemos a contar con testimonios sobre los primeros edificios cristianos en Tiermes, el cenobio Sancti Salvatoris, del que no existen evidencias identificables, y el Sanctae Marie de Termis, que por la continuidad de su advocación se interpreta que debe corresponder con nuestro templo. Gaya (1946: 74-75) propuso que el claustro monástico se situaba al norte de la iglesia, donde más adelante Palomero (1987: 129) interpreta que existieron diversas estancias monásticas medievales (Fig. 4). Sin embargo, De la Casa y Rodríguez (1990: 560) mostrarán posteriormente que las estancias del costado norte son de época moderna. Imagen exterior desde el sureste de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes (Metria Digital S.L.) Grupo escultórico situado en el interior de la galería sur de la ermita Alzado septentrional de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes La denominación monástica es abandonada ya en el siglo XIII. En el año 1207 se fecha en Sigüenza un documento de concordia entre el concejo de Sotillos y los clérigos de la Iglesia de Tiermes. Y aún en el siglo XV se mantiene como parroquia, como así consta en diferentes documentos de visita2. Más tarde, la despoblación del enclave (Rodríguez 2002a: 655) a lo largo del XVI conllevó su conversión en ermita. Entre los años 1645 y 1826 se anotan en los Libros de Fábrica algunas actuaciones efectuadas en sus estructuras y en las dependencias anejas, mayormente durante el siglo XVIII, que con asiduidad se llevan a cabo en «la residencia del santero» (santero que se cita desde 1754: ADO-S, Libro 279/6, s.f. En el siglo XIX se constituye la Cofradía de Nuestra Señora de Tiermes, activa en la actualidad. La galería porticada meridional presenta en su hoja interior una hornacina ojival, donde se cobijan tres figuras con inscripciones que indican que un maestro, de nombre Domingo Martín, construyó la galería en el año de 1182 (Fig. 3). Gaya (1946: 78) considera que el corredor fue levantado con material reutilizado, sustituyendo a otro anterior, como así subraya la medida de los arcos reutilizados (De la Casa 1979: 529) y los aspectos derivados del análisis de los capiteles (Palomero 1987: 137). No obstante, para otros autores el empleo de un aparejo en el que se mezclan sillares labrados con hacha y otros con trinchante, así como la ausencia de canecillos, les hace pensar que la estructura porticada actual fue remontada en época post medieval (Rodríguez 2002a: 661). Y tampoco está consensuada la autoría de Domingo Martín, ya que la situación de esta inscripción, tallada en un sillar situado detrás del lugar que ocuparía la desaparecida cabeza de la figura central del conjunto, y por lo tanto no visible, plantea la duda sobre su origen (Gutiérrez 2003: 182). Las diferentes excavaciones efectuadas en el exterior del templo testimonian la presencia de una prolongada secuencia de enterramientos, con el establecimiento de inhumaciones desde época muy temprana, durante el siglo XI3. Junto al podio de la galería porticada, proyectada sobre una colmatación previa que oculta las basas y el umbral de la puerta de acceso meridional, se identificaron, adaptados a su cimentación, una serie de enterramientos que fueron fechados en el siglo XIV (De la Casa y Terés 1984b: 358 y 363). Pese a la pérdida o el deterioro de buena parte de la escultura en Tiermes, su inserción dentro del ámbito creador del monasterio de Santo Domingo de Silos ha contribuido también a la multiplicación de menciones sobre la ermita. Para Gudiol y Gaya (1948: 300), en el edificio se identifican dos fases constructivas que llevan asociadas la actividad de dos talleres distintos. El más arcaico y de menor calidad interviene en la decoración de los canecillos bajo el alero de la iglesia y en los capiteles de la portada sur (con una escena del Pecado Original). En su opinión, esas piezas serían una torpe reinterpretación de escenas del ciclo de San Esteban de Gormaz. En cambio, quien se ocupa de la talla de los capiteles de la galería es un maestro local pero formado en el círculo silense. Su temática está estrechamente vinculada a la del claustro burgalés (cestería, grifos, Resurrección de Cristo), con precedentes en la escuela francesa de Moissac y derivación en otros ejemplos del norte de la provincia de Guadalajara. Palomero (1987: 133) se ocupa de profundizar en estos paralelos, ofreciendo para el primer maestro, además de San Miguel y el Rivero en San Esteban de Gormaz, el pórtico de Aguilera, tallando canecillos y motivos de la portada, a los que el autor suma un capitel reutilizado en la galería. Por su parte, al maestro del pórtico le hace deudor de las fórmulas utilizadas por el segundo taller de Silos (Palomero 1987: 147). Boto (2000: 219-222) considera que el conjunto decorativo de la galería y sus características iconográficas son propias del contexto monástico, por lo que no descarta que los capiteles y el grupo escultórico con inscripciones correspondan a un claustro desaparecido o inacabado, para el que mantendría la fecha de finales del siglo XII. En la primera se levantaría la cabecera (ábside y tramo recto), el arranque de la nave y los cimientos de la estancia noreste, (interpretando que estos últimos fueron diseñados como el arranque de una torre), para, en una inmediata fase posterior, cerrar el perímetro de la nave y elevar el arco de triunfo. Indica que la cubierta original de la nave sería de madera, sin relación con la serie de huellas verticales situadas en ambos paramentos laterales del aula, que para este autor corresponden a reformas de época moderna (Rodríguez 2002a: 661). Esta propuesta será rebatida por Gutiérrez (2003: 180 y 183), quien identifica en una primera fase la edificación de la cabecera, el aula y la sacristía norte, incluyendo la espadaña de los pies. De acuerdo con la inscripción conservada en el pórtico, deduce que uno originario se construye a finales del siglo XII y es sustituido por la galería actual en el siglo XIII, datación defendida por la tipología ojival de la hornacina de su muro interior. Y entre otras cuestiones, considera que el muro sur de la nave fue reconstruido posteriormente sobre la solución de continuidad vertical que existe entre el ábside y la fachada meridional del aula. Los trabajos de excavación en el interior de la sacristía alcanzaron a recuperar el suelo de enlosado que hoy está en uso, fechado en torno a los siglos XVII y XVIII (De la Casa y Terés 1984a: 336 y 337). Esta actividad estuvo precedida por trabajos destinados a la eliminación de enfoscados históricos, constatándose hasta cuatro capas de recubrimientos, e incluso de «los falsos pilares de caña con maderas y base de cemento y ladrillos que hacían de soportes de arcos escarzanos rebajados, igualmente falsos» (Fig. 5). De paso, se aprovechó para consolidar el arco de acceso a la sacristía norte y para liberar la embocadura de la capilla mayor de las pilastras «herrerianas» que camuflaban las columnas pareadas románicas originarias (De la Casa y Terés 1984c: 328-333). Sección longitudinal septentrional de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes Etapa I. Románico I. Elevación de la cabecera De los resultados de la lectura de paramentos se deduce que la cabecera y la estancia norte constituyen la parte más antigua conservada del edificio originario (A 100, UE 1000), delimitada en su encuentro con los muros laterales de la nave, así como en la parte media de los muros este y norte de la actual sacristía (Fig. 1). El ábside se compone de un tramo recto o presbiterio y de uno curvo o santuario. La planta exterior del tramo curvo es de medio punto sin correspondencia al interior, de medio punto ultrapasada4, aspecto obviado por trabajos anteriores que pudimos constatar durante este estudio accediendo a la parte trasera del retablo ubicado en él5. Esta obra fue construida con sillares de tamaño medio y buena estereometría, aparejados con mortero de cal formando sogas. El material empleado corresponde mayoritariamente a piezas reutilizadas, provenientes del yacimiento romano donde se sitúa, retalladas con hacha a 45o. Son piezas de arenisca rojiza, probablemente extraídas del entorno geológico inmediato. No se reconocen marcas de cantero. El aparejo procura juntas finas, aunque llegan a alcanzar el centímetro, acuñándolas en muchas ocasiones con lajas de pizarra. Con el fin de corregir los desniveles que se producen en las hiladas, se tallan codos. Solo documentamos un mechinal de obra, aunque con reservas, situado al exterior del muro sur del presbiterio (A 100, UE 1142). Los lienzos, interior y exterior, se elevan sobre un banco (Fig. 6), decorado con perfil mixtilíneo, con un gran bocel en su remate superior y un filete en la parte baja. Los muros carecen de divisiones verticales, tales como columnas, pilastras o arcos ciegos. Un alero soportado por canes, tanto decorados (geométricos, figurados y vegetales) como con perfil de nacela, culmina la obra6. En el flanco sur del ábside se sitúan prácticamente todos aquellos que poseen decoración. Las metopas entre los canes son lisas, en tanto que el alero de perfil achaflanado se forma a partir de piezas recortadas que apoyan directamente sobre estos (Fig. 7). El tramo absidal se cubre con una bóveda de horno y el presbiterio con un cañón, arrancando ambos sobre una moldura continua con perfil de nacela y sin decoración (Fig. 8). El presbiterio comunica con el aula por medio de un monumental arco triunfal de medio punto, con una luz de casi seis metros, y estuvo profusamente decorado con columnas dobles de fuste sogueado sobre basas molduradas, soportando capiteles de notables dimensiones y de los que solamente conservamos algún indicio7. Finalmente, señalar que las posteriores transformaciones impiden demostrar si el diseño del ábside incluía un vano en el eje central del hemiciclo. Zócalo exterior e interior de la cabecera de la ermita. Vistas exteriores tomadas alrededor de su excavación (Figura superior, Luis Caballero Zoreda, 1989) Serie de canecillos originarios bajo el alero del presbiterio en su lado sur Detalle de la imposta que discurre por el interior del hemiciclo del ábside Construcción del aula y espacios anexos. De acuerdo con nuestro análisis, el edificio quedaría concluido en una segunda etapa. Sin someter la cabecera a ninguna modificación8, se le conecta un aula de nave única de gran anchura, con tres accesos desde el exterior y con una cubierta de madera (A 101, 102 y 103. En el lado norte se culmina una estancia auxiliar de planta cuadrangular abovedada (A 101. Fig. 4), con altar propio (A 143), cuyo perímetro había comenzado a ser construido en la etapa anterior. Y recorriendo el costado sur del templo fue levantada una galería de dimensiones y configuración desconocidas (A 104). Sección longitudinal meridional de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes La nueva fábrica del aula se reanuda sobre unas prolongadas soluciones de continuidad en la sillería de las esquinas orientales del aula (A 101, UE 1001 y 1022. Las características del material empleado, piedra arenisca y toba tallada formando sillares de tamaño medio/pequeño, y su aparejo, en sogas que forman hiladas regulares con correspondencia de altura entre paños, relativamente constante (de 40 cm) y empleando de forma generalizada cuñas de pizarra, permite confirmar su sincronía. Y, al igual que en la etapa anterior, no se observan marcas de cantero. En este segundo momento, se concluyen también los muros de la sacristía, empleando un aparejo y material similar al resto del templo, y abovedándola con un medio cañón ligeramente apuntado que arranca desde una sencilla imposta (A 101, UE 1079, 1081 y 1086). La estancia septentrional se comunica con el aula (Fig. 5 y 10), por medio de un vano, posteriormente adintelado (Etapa IV). También consideramos que este espacio podía haberse iluminado por un vano originario desde el Norte. Concluida la habitación, esta es dotada de un altar de bloque macizo en su lienzo oriental (A 143, UE 1078), que, aunque adosado, presenta características propias de este momento (Sastre 2009). Secciones de la capilla septentrional de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes El muro meridional fue proyectado con diversas puertas y ventanas. Hay en él dos accesos, ambos con arco de medio punto, uno prácticamente en el centro del paño, abocinado, con arquivoltas decoradas sobre columnas con capiteles figurados y cimacios-imposta vegetales (es la puerta utilizada hoy día), y otro situado hacia Occidente, más sencillo (cegado en la actualidad). Dos ventanas aspilleras abocinadas con derrame en el alfeizar, únicamente visibles desde el interior y ocultas por la cubierta del pórtico (Fig. 9), iluminaban la nave. En el muro septentrional del aula, además del acceso a la sacristía, se construyó otra portada centrada, con un arco exterior ultrapasado y otro interior de medio punto, con dintel adovelado (Fig. 5). El interior de la nave cuenta con dos piezas cúbicas molduradas de arenisca adosadas, una a la base de los muros del ángulo noreste de la nave (A 141, UE 1075) y otra junto a la jamba oeste de la puerta central del muro sur (A 141, UE 1184. Sobre esta última, documentamos las huellas del desmonte posterior de un elemento vertical, el cual podría formar parte de una estructura mayor que compartimentaría los muros del aula (Etapa IV). El edificio románico recibió el añadido de un pórtico adosado en el lado sur. La presencia de dos líneas completas de mechinales superpuestas que cortan sus fábricas (A 104, UE 1049 y 1051) permitieron encastrar los tirantes y los pares que cubriría este espacio. Es en esta etapa (con techo en la Etapa V) cuando se produce la apertura de una amplia ventana en el eje del hemiciclo absidial (A 151, UE 1012). Se trata de la alteración de los sillares de la fábrica románica para obtener un vano de medio punto sobre impostas horizontales proyectadas (Fig. 11). Sus dimensiones impiden demostrar la existencia de un vano originario más estrecho. Secuencia de las transformaciones acaecidas sobre la ventana del eje central del ábside de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes Por último, también corresponden a esta etapa una amplia serie de agujeros o de líneas de estos a los que resulta extremadamente complicado adjudicarles una función concreta9. De hecho debemos tratar esta cuestión con prudencia ya que la sillería, proveniente de la reutilización, podría haber llegado con dichas oquedades abiertas con anterioridad. En tanto que otros pudieran haberse realizado con la misión de servir para instalar obras de arte mueble o estructuras de uso litúrgico hoy desaparecidas. Así pues, tanto sus características técnicas (abovedamiento de medio cañón de la capilla septentrional), como materiales (sillares), tipológicas (impostas, pórtico adosado) y ornamentales (portada monumental sur) remiten inevitablemente al universo estilístico románico, próximo en el tiempo al observado en la cabecera. Sus límites cronológicos están definidos por los de las etapas que lo flanquean: desde finales del siglo XI y principios del XII, en que pudieran iniciarse las obras del ábside, hasta el siglo XIII en el que, como muy pronto, pudiera datarse la sustitución del pórtico primigenio por el actual. Otras claves para precisar mejor en este sentido las proporcionan las relaciones estilísticas establecidas entre la escultura del pórtico actual de Tiermes y los talleres románicos de Santo Domingo de Silos y su derivación hacia territorios meridionales, con un importante punto intermedio localizado en la catedral del Burgo de Osma (Palomero 1987; Boto 2000). Pues bien, a pesar de la opinión de Palomero (1987: 149), creemos que es imposible relacionar estilísticamente las tallas de los capiteles de la portada con alguno de los del pórtico, ni en cuanto a temática (veterotestamentaria la primera), ni en cuanto a ejecución. Consideramos más evolucionada la mano que talla la galería. Sin embargo, estamos de acuerdo con Boto (2000: 221) en que los relieves de las tres figuras con filacterias con cartelas fueron labradas por el mismo cincel que se ocupó de los capiteles del pórtico10 (Fig. 12). De ser así, la fecha de 1182 podría corresponder a la de las obras del pórtico hoy desaparecido, cuyas piezas sirven en parte para levantar el actual, momento que encaja perfectamente con el de la aparición en este territorio de los modelos desarrollados por los maestros del segundo taller del claustro silense11. Aparato decorativo de la galería porticada La iglesia de Tiermes (y de acuerdo con la documentación textual, una vez perdido su carácter monástico) debió continuar sin sufrir reformas de calado, hasta que se procedió al desmonte y sustitución del pórtico lateral12 por otro adosado a su costado sur (A 105, UE 1041. Es una estructura de planta rectangular, con un podio rematado con gruesas losas con moldura acanalada. La fábrica de sillería está tallada sobre arenisca de diferentes calidades y entre algunas piezas los encuentros son muy estrechos. La talla se efectuó con hacha de filo corto a 45o y son abundantes las marcas de cantero de fino trazo13 (Terés 1994). Sobre el podio se abren cinco arcos de medio punto al sur, el central como acceso, y otro igual a este en su flanco oriental. Cada arco, trasdosados con guardapolvos, está flanqueado por parejas de columnas con basas y capiteles dobles decorados (Palomero 1987; Rodríguez 2002a). Una línea de agujeros cortando la fachada sur del aula, por encima de la cúspide de la cubierta de la nueva galería, señala cual fue la vertiente originaria de su tejado (A 105, UE 1043). De nuevo detectamos síntomas característicos de la reutilización de materiales (Fig. 13). Las dovelas y guardapolvos ofrecen un desarrollo segmentado de su geometría curva y los capiteles muestran recortes evidentes de su decoración para su correcta adaptación al marco arquitectónico (Fig. 3). La amplia hornacina que, como ya se ha comentado anteriormente, se abre en la hoja interior de un machón de la galería está compuesta por un arco apuntado trasdosado mediante una compleja moldura, con dobles baquetones estilizados que se alternan con escocias. El nicho cobija tres figuras en altorrelieve que, por sus soportes avenerados, consideramos que fueron concebidas para una ubicación diferente. Detalle constructivo de la galería porticada La nueva galería se edificó a una cota más alta, pavimentada con losas irregulares (A 137, UE 1055) que ocultan las basas de la portada oriental. La mayoría de los trabajos sobre el templo de Tiermes coinciden en apuntar que el pórtico actual ocupa el lugar de otro anterior, reutilizando todo el material decorativo y algunos elementos singulares. De acuerdo con la fecha inscrita en la filacteria, habría sido llevado a cabo a finales del siglo XII. Sin embargo, la combinación de los resultados estratigráficos, los rasgos tecnológicos del aparejo tallado ex novo y las molduras de la hornacina ojival nos conducen a un marco constructivo y decorativo gótico. Primeras intervenciones en época moderna: Ampliación norte y espadaña Es ahora cuando se decide llevar a cabo una importante remodelación estructural de la capilla norte, adosándole una estructura que ocupa el ángulo formado por ella y el muro norte de la nave de la iglesia, de filiación renacentista (A 109, UE 1018, 1021, 1023 y 1084. Es una obra de sillería arenisca y piedra toba, con predominio de esta última, bien escuadrada, de juntas gruesas con calzos de ajuste. En el centro del lienzo septentrional de la capilla se abre una ventana abocinada de dintel de venera. Y en el nuevo muro norte se construye con gran arco de medio punto rebajado de dovelas molduradas con gruesos boceles. Sobre él, se sitúa una sencilla ventana con jambas, dintel y alfeizar de robustos sillares, con sendos bancos de piedra interiores. Consideramos posible que, coincidiendo con esta intervención, se reforme el acceso de comunicación entre el aula de la iglesia y la capilla septentrional (A 108, UE 1072. La nueva puerta, abocinada, se construye con vano de medio punto sobre impostas de nacela que, en su desarrollo hacia el interior, rebaja ostensiblemente su clave hasta convertirlo en casi un arco carpanel. Para ello, amplía el vano originario conservando su jamba oriental y parte de su dintel monolítico. Imagen exterior desde el noroeste de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes Otra intervención de esta etapa es la transformación del testero occidental para construir una espadaña con dos troneras de medio punto15 (A 113, UE 1113. Centrada en su arranque sobre el muro originario, contaba con una aspillera. La parte trasera de la espadaña poseía un cadalso (seguramente en madera y forja), del cual aún quedan huellas después de su desmonte (Etapa VII) y al que se accedía a través de un irregular vano alto que corta el muro en la esquina noroeste del aula (A 113, UE 1104). En el interior de la nave identificamos el desmonte de elementos verticales originarios de sus muros laterales que, sin función tectónica y separados entre sí 2,50 m, articulaban los paños (A 111. La pareja occidental fue seccionada por un coro anterior al actual. La distancia entre ellos es similar (aproximadamente 2,50 m), mientras se alternan huellas anchas16 (0,90 m) y estrechas (0,40 m). El tipo de piedra utilizado en su relleno es el mismo que el de la iglesia primitiva, pero con módulos más variados y una manera irregular de aparejarlos, posiblemente porque esta obra quedaría oculta tras un enfoscado. Por último, dentro de estas actividades que consideramos realizadas durante los primeros años de la Edad Moderna, incluimos la apertura de una aspillera adintelada y abocinada con derrame en el alfeizar en el flanco sur de la cuenca absidial (A 110, UE 1008. Se deduce de la documentación que, coincidiendo con el final de la Edad Media, el templo pierde su condición de parroquial para convertirse en ermita. Esta circunstancia obliga a realizar una serie de intervenciones en el edificio con el objetivo de adecuarlo a su nueva función. Su nuevo papel dentro de la devoción popular de la zona lleva implícita la construcción de un espacio destinado a la vivienda de quienes se dedican a su cuidado, así como para dar cobijo a los fieles que hasta allí se acercan coincidiendo con las festividades periódicas. Esta debió ser, previsiblemente, la función de las estructuras adosadas al norte. Etapa V. Segundas intervenciones en época moderna: Coro desaparecido, óculo y retablo Pese a la lógica disminución de las actividades asociada a la despoblación del lugar, la veneración a la Virgen de Tiermes se mantiene intacta e incluso parece repuntar a finales del siglo XVIII. Al menos esto es lo que se desprende del análisis arqueológico de su fábrica, puesto que es en estos momentos cuando se instala el gran retablo que hoy cubre todo el hemiciclo absidial y el primer coro adosado a los pies del templo. Una estructura de madera de forma semicircular, decorada, policromada y estofada, se adapta al hemiciclo del ábside e incluso reproduce su bóveda de horno (A 112, UE 1067). El cuerpo de en medio se sitúa sobre una predela que simula mármoles de colores, dividido con columnas salomónicas y con tres nichos, de los que el central es un camarín con transparente trasero y ocupado por la figura de la Virgen. En sus laterales se abrieron unas puertas que comunican con sendas escaleras, que permiten acceder al pasadizo situado entre el muro del ábside románico y la estructura de madera17. Y por la misma razón se ciega la ventana en el flanco meridional (A 112, UE 1011) y en el eje del hemiciclo se le dará más luz a la ya existente (A 152, UE 1073), para así adecuarla a la forma del camarín del retablo de la Virgen (Fig. 11). Y consideramos que a partir de este momento se debió transformar la aspillera que iluminaba esta zona con un óculo de doble abocinamiento de mayor luz (A 114, UE 1114 y 1115). Así pues, la ermita de Tiermes sufrió a inicios del siglo XVIII, probablemente gracias a la devoción popular, la reconfiguración de dos de sus zonas más importantes: la cabecera, con la instalación de un retablo, cuyo encargo se efectuó el año 1721 (Marco 1997: 478-481), y un coro a los pies. Las últimas intervenciones en época moderna Se incluyen en esta etapa una serie de actividades que el análisis estratigráfico ha permitido individualizar y que, gracias a la documentación, hemos podido interpretar como producto de una remodelación general de la cubierta del aula. Dicha documentación recoge que en el año 1773 el «artesonado» del aula y su testero oriental amenazaban ruina. Las condiciones para solicitar la licencia de construcción proponen edificar una nueva armadura de madera a dos aguas, que aprovechase todo el material posible de la anterior. Esta cubierta descansaría sobre las cabezas de los muros del aula, previamente reconstruido el oriental y rebajado el meridional. Al interior se programa un abovedamiento de ladrillo «a panderete sencillo» con lunetos sobre arcos transversales al aula que directamente apoyaban sobre los pilares originarios de este espacio (Etapa II). Estas mismas condiciones recogen que la tribuna del coro se ha de acortar y que mantendrá su órgano18. Las restauraciones han eliminado el acabado interior del templo, del que tan solo conservamos la colocación del coro situado a los pies (A 117, UE 1129 y 1151). Se trata de un forjado para un piso superior, sustentado mediante unos pies derechos de madera que sirven de apoyo para las vigas transversales, encalado (A 117, UE 1130), y al que se accede por medio de unas escaleras laterales formadas por bloques de piedra adosados al muro sur. Las reformas de los muros perimetrales del aula son aun evidentes, como la apertura de las dos nuevas fuentes de luz en su costado meridional, donde anteriormente fueron clausuradas las aspilleras originarias ocultas bajo la cubierta de la galería porticada. Se trata de una pareja de ventanas rectangulares que cortan la parte superior del lienzo sur (A 118, UE 1044). Muy rudimentarias, ni tan siquiera poseen dintel de piedra, sino que este se constituye gracias al durmiente de la propia cubierta. Esta modificación de las partes altas del muro sur altera la disposición originaria del alero y sus canecillos (A 118, UE 1045) recolocados de manera irregular (Fig. 15). Reubicación de los canecillos bajo el alero sur Parece aconsejable situar en este momento la proyección de la última de las ventanas (la conservada en la actualidad) en el eje del ábside semicircular (A 153, UE 1013 y 1014), que reduce la dimensión del vano transformado anteriormente para iluminar el transparente del retablo barroco (Fig. 11). Sin duda, la modificación más notoria corresponde a la ampliación de la «casa del santero» situada sobre el costado septentrional del templo. La ruina o destrucción parcial del edificio anexo precedente hace que sea reedificado con mampostería, cantos y sillares reutilizados19, cogidos con mortero de bajo contenido en cal e incluso barro (A 115, UE 1029, 1172 y 1173), aumentando su superficie construida y rodeando la esquina noroeste de la iglesia románica (Fig. 4). La comunicación de la nueva edificación con el aula se efectuaba por medio de la puerta septentrional del muro norte (Etapa II), modificada para adaptar una puerta rectangular con un dintel recto exterior (A 115, UE 1175). Consideramos que puede corresponder también a este momento el corte oblicuo efectuado sobre sus jambas (A 142, UE 1077 y 1092), obteniendo un falso arco mixtilíneo que camufla el de medio punto primigenio. Sobre el mismo muro fue abierto un tosco vano (A 115, UE 1110) que comunicaba el forjado del actual coro con el segundo piso de la nueva edificación. El muro occidental de la sacristía (etapa I/II) es horadado también para habilitar una puerta (A 144, UE 1087) de comunicación con la estancia norte y sospechamos que será en este momento cuando se cegó (A 144, UE 1028) el único acceso exterior conservado de la estancia septentrional originaria añadida (Etapa IV). Identificamos que el interior de la estructura norte estuvo compartimentada por diferentes espacios, de los que conservamos numerosas huellas en sus muros como agujeros individuales, líneas de huecos y cortes (A 149, UE 1177, 1179, 1180 y 1181). Uno de los usos de las habitaciones del complejo norte adosado a la ermita fue la exposición de exvotos. Contamos con el testimonio excepcional del arqueólogo alemán Schulten (1913: 465), quien nos habla de ojos, caras, brazos y piernas moldeadas en cera, así como otros objetos, expuestos como piadoso agradecimiento a la Virgen de Tiermes. El recuerdo de esta práctica se aprecia aún sobre los muros, tanto del interior de la estancia septentrional, como en el pórtico sur (A 147, UE 1080 y 1143), a través de pequeñas piezas de madera a modo de rollizos, de 2 a 4 cm de diámetro, que se insertaban entre las juntas de los sillares y que permitían colgar dichos exvotos. Para concluir, incluimos alteraciones de menor envergadura, las cuales no parecen haberse producido antes, tales como cortes y roturas que afectan a puntos muy concretos del edificio. Reformas y restauraciones en los siglos XX y XXI En la última de las etapas distinguimos un elevado número de actividades que corresponden al uso de los últimos años del santuario mariano, otras cuyo origen se encuentra en el abandono del lugar y, por último, todas aquellas intervenciones encuadradas dentro del proceso de restauración del monumento. Fig. 10) del arco abierto en la etapa anterior y que comunicaba la sacristía románica con la nueva estancia septentrional, y al cegamiento de dos de las ventanas del muro norte (A 121, UE 1030 y 1031. Ambas actividades se encuentran directamente relacionadas con la habilitación de un nuevo forjado alto (A 121, UE 1174). Este nuevo acondicionamiento parece ir asociado a parches en el interior de sus muros (A 155, UE 1183). Del anclaje de un retablo, antaño situado sobre el altar de la capilla septentrional, identificamos una serie de agujeros alineados en los muros este y norte de dicha habitación (A 134, UE 1082 y 1085). Sin embargo, otros tantos, solo pueden ser interpretados con carácter general, como las huellas dejadas al arrancar elementos del mobiliario litúrgico, cuadros u objetos para la iluminación, entre otros20. Llegados aquí nos resta referirnos a las labores de restauración que se han practicado sobre el edificio a lo largo de los últimos años. Solo ha quedado constancia de las llevadas a cabo a finales de los años setenta del siglo pasado21, coincidiendo con la excavación de los alrededores y algunos ámbitos del interior de la ermita (De la Casa y Terés 1984c). Sabemos que durante tal actuación se procedió a la eliminación de los enlucidos históricos en ciertas zonas, mientras que en otras, como los muros del presbiterio, tan sólo fueron objeto de catas con la misión de comprobar la densidad y calidad de estos revocos (A 124, UE 1069). La intervención más notoria fue la colocación de las cubiertas, tanto de la iglesia como de sus espacios anexos. La nave se cubre con una estructura de madera a dos aguas que apoya directamente sobre la cabeza de los muros perimetrales (A 119, UE 1034 y 1128). Como es habitual, este alfarje contemporáneo se trasdosa con teja curva cogida con un tipo de cemento que delata la modernidad de todo el conjunto (A 119, UE 1026). Gracias a la lectura estratigráfica, hemos podido detectar una serie de reparaciones localizadas en la zona de la cabecera y en el pórtico sur (A 135). Se trata, fundamentalmente, de reparaciones de agujeros (UE 1010) y reposiciones de algunos sillares y piezas de las fábricas anteriores (UE 1020). Al ser uno de los elementos más característicos del monumento románico, la zona de la galería meridional ha sido objeto de reposiciones puntuales que afectan tanto a sus muros (UE 1053), como a algunas piezas de las arquerías (UE 1046 y 1047) y la portada meridional (UE 1054). De hecho, contamos con algunos indicios que nos hacen sopesar una reubicación de ciertas columnas del pórtico tras corregir un leve pandeo de toda la estructura (A 139, UE 1059). Todas estas intervenciones estuvieron dirigidas a la recuperación del edificio como centro de culto y a una adecuada presentación dentro del conjunto monumental que supone el yacimiento de Tiermes22. Su ejecución se encuentra, en mayor o menor medida, dentro de los parámetros fijados para lo que podría considerarse como una restauración no lesiva con su estructura originaria. Sin embargo, hemos de poner el acento sobre una actuación que no ha beneficiado a las fábricas del monumento y oculta, en muchos casos eliminándola, la documentación histórica que hasta este momento atesoraban sus muros23. Síntesis de la secuencia en planta de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes a partir de sus elementos conservados En primer lugar, es preciso subrayar que, pese a lo propuesto por algunos investigadores, no existen argumentos estratigráficos que permitan seguir defendiendo la presencia de un edificio anterior, ni romano ni visigodo, incluido en la fábrica de la iglesia de Santa María. Aunque es cierto que la gran mayoría del material utilizado en su elevación es de origen romano, no lo es menos que este material fue retallado y ajustado con herramientas y tecnología estrictamente medievales. La construcción de la iglesia termestina se interrumpe tras levantar íntegramente ábside, presbiterio y arco de embocadura, además de marcar hasta media altura los muros este y norte de la capilla mayor (Etapa I). Descartada la ruina, nos queda dictaminar si esta pausa se prolongó en el tiempo o si, por el contrario, se trata de un mero replanteo del proyecto primigenio. El ábside con alero bajo canecillos nos remite a un momento maduro de este estilo, lo que le situaría en la frontera entre los siglos XI y XII, fecha que no entra en contradicción con la ofrecida por la investigación precedente. A continuación se acometerán las labores para cerrar por completo la iglesia, dotándola de la caja del aula y la estancia norte (Etapa II). El aula emplea una cubierta de madera y la estancia norte, capilla o sacristía, con un altar correspondiente a esta fase, se cubre con bóveda de medio cañón ligeramente apuntada. Los muros interiores del aula se compartimentan por elementos verticales originarios, sin una clara función estructural, que no alcanzan toda su altura, posteriormente arrancados. Y este espacio se comunica con tres puertas al exterior, tan solo la oriental de su costado meridional con ornamentación propia de su estilo. Una vez concluido el templo, entendemos que durante el siglo XII, se lleva a cabo la construcción en el lado sur de un pórtico, anterior al conservado hoy en día. Las características de la decoración empleada, propia de los talleres silenses del último cuarto del siglo XII, argumento que unido a la fecha de 1182 que podemos leer dentro de la hornacina interior de la actual galería, delimita el periodo constructivo del aula, adelantándolo siempre a las fechas del primer pórtico. Desconocemos qué pudo motivar la renovación del costado meridional del templo, donde se edifica una nueva galería porticada (Etapa III). Esta estructura se construye con sillería tallada ex novo y elementos singulares reutilizados (columnas, capiteles, guardapolvos) con el empleo de ajustes que facilitan su combinación. Las esculturas de la hornacina del muro interior muestran rasgos que permiten defender su unidad estilística con respecto a algunos capiteles reutilizados; sin embargo, las molduras estilizadas que trasdosan el arco ojival ofrecen ya características del siglo XIII en adelante. Los cambios de naturaleza funcional sufridos por nuestra iglesia, convertida en una ermita a partir de la despoblación del lugar durante el siglo XVI, conllevan la construcción de un espacio doméstico para los ermitaños y de acogida a los peregrinos sobre su costado norte y la proyección de la espadaña a los pies (Etapa IV). Probablemente, la ampliación norte ofreciese antes de sus posteriores transformaciones una logia de arcos rebajados similares al aun visible, cegado. Estas reformas ofrecen a la capilla norte nuevas ventanas, con decoración propia del momento postmedieval o renacentista. A inicios del siglo XVIII se dan las circunstancias adecuadas para acometer importantes reformas en la cabecera y en la nave (Etapa V). En el año 1725 se decora el interior del ábside románico con un retablo muy del gusto barroco dominante, con un camarín iluminado por la ventana del eje central, ampliada para la ocasión. Sin embargo, casi cincuenta años después la cubierta presenta un estado de ruina tal que ha de ser sustituida. Esta reforma conlleva una nueva adecuación del interior del aula, con la construcción de unas bóvedas de lunetos en ladrillo, que se relaciona con la colocación de un coro a los pies, posiblemente en madera, anterior al hoy existente, y del que solo conservamos algunas huellas. Asociamos a esta actividad la apertura de un óculo en el hastial occidental, probablemente para dar más luz a la plataforma del coro. Más adelante, a lo largo del siglo XIX (Etapa VI), se plantea una profunda remodelación del espacio adosado en el lado norte de la iglesia, ampliándolo hasta rodear al edificio por su esquina noroeste, bajo presupuestos materiales populares. La planta superior se destina a vivienda del santero, mientras que la inferior acoge actividades vinculadas a la piedad popular. Es en este piso inferior, ahora comunicado con el altar de la capilla norte mediante una puerta de gran anchura (tal vez cerrada con una reja), donde fueron expuestos numerosos exvotos como fórmula de agradecimiento hacia la Virgen de Tiermes24. También se interviene directamente en el aula, colocándose el coro de madera que actualmente ocupa los pies de la iglesia y abriéndose dos grandes ventanas adinteladas bajo la cubierta del lienzo sur con el objetivo de aumentar la luminosidad en el interior. Esta alteración de la parte alta del muro meridional llevó asociada la reordenación de los canecillos de la cornisa en esta área, quizá el año 1803, como indica la referencia que habla de la «compostura de la cornisa de la ermita» (ADO-S, Libro 279/9, s.p. 1803, enero, 25, Manzanares), lo que explica su extraordinario agolpamiento, la falta de ritmo entre ellos y el mal encaje con la fábrica que les rodea. El periodo final en la trayectoria del edificio viene definido por tres circunstancias concretas que se pueden situar en el último medio siglo de vida útil de la iglesia; últimas intervenciones de naturaleza funcional, abandono progresivo y recuperación. Por ello consideramos la Etapa VII el paso de ermita a su consideración como monumento histórico. Aún es posible discernir cuáles fueron las últimas obras realizadas en la casa del santero. Se cierra definitivamente su conexión con la capilla norte mediante el tapiado del acceso abierto en la etapa precedente y se construye el forjado que actualmente divide este complejo en dos plantas. A partir de ahí, la zona será víctima de un rápido proceso de abandono que afectará también a la iglesia, llegando incluso a perder la cubierta del aula, y que se refleja en la gran cantidad de grietas y agujeros que salpican todos sus paramentos. Algunos de ellos pueden tener su origen en la pérdida del mobiliario litúrgico que, necesariamente, debió engalanar su interior. A finales de los años setenta del siglo XX se acometen las necesarias obras de restauración y la iglesia pasa a formar parte del conjunto histórico-arqueológico de Termes. Las labores se centran en los espacios de culto, olvidándose por completo del conjunto anexo del lado norte, que permanece semiabandonado. Se instala la cubierta de madera y se eliminan de los muros los enlucidos históricos para poder mostrar la fábrica pétrea (Fig. 17), aunque lamentablemente rejuntada con mortero cementoso. Vista interior del muro meridional durante el proceso de restauración de la ermita, aun sin rejuntar (Luis Caballero Zoreda, 1989) Con el objetivo de verificar el alcance de la investigación precedente sobre la ermita de Nuestra Señora de Tiermes, el Proyecto Cultural Soria Románica (Fundación Duques de Soria y Junta de Castilla y León) encargó una planimetría completa y su lectura de paramentos. Planimetría: Metria Digital, S.L. Tratamiento de la planimetría: Francisco Martínez, arquitecto. Equipo de trabajo de campo lectura de paramentos (Agosto 2009): José Ignacio Murillo (coordinación del encargo y tratamiento de la planimetría); Francisco José Moreno (redacción de la memoria); María de los Ángeles Utrero, arqueóloga; Rafael Martín, arquitecto; Irene Mañas, arqueóloga; Jesús Bermejo, arqueólogo; Simona Trudu, historiadora del arte. Recopilación de la documentación en archivo: Josemi Lorenzo (historiador, Proyecto Cultural Soria Románica). La autoría de las figuras es de los autores del texto, salvo cuando se indiquen otras referencias. Listado de Actividades y Unidades Estratigráficas (Lectura y transcripción de Josemi Lorenzo Arribas, Proyecto Cultural Soria Románica) Manzanares (ADO-S, Libro 279/6, s.f., v): Visitó su merced la ermita de Nuestra Señora de Tiermes, que halló con aseo y decencia, y en el libro de cuentas de sus limosnas queda su aprobación. 1754, agosto, 23, Manzanares (ADO-S, Libro 279/6, s.f., r-v): Se le pasan en data 212,5 reales que lo ha importado el hacer el campanario nuevo de Nuestra Señora de Tiermes, con materiales. || (f. v) 4 medias de trigo y lo mismo de centeno que se le dan al santero de Nuestra Señora de Tiermes en dichos dos años. 1760, agosto, 9, Manzanares (ADO-S, Libro 279/6, s.f., r): Se le pasan en data 124 reales y 7 mrs que lo han importado el retejo, teja y demás materiales con los jornales de los oficiales del portalejo de Nuestra Señora de Tiermes. Sección Civil, año 1773-05, doc. 5): Condiciones por la cuales se ha de ejecutar la obra que se pretende hacer en la iglesia parroquial del lugar de Montejo y son las siguientes: 1.- Primera condición, que se ha de desmontar el tejado y paredón del cierzo y, desmontado que sea, se volverán a sacar los cimientos, al mismo grueso que hoy tiene, y sacados que sean, según han la línea recta de la capilla mayor hasta / la elección del talud, que se ha de guardar la misma altura del de la capilla mayor y torre, y este se ejecutará de piedra de sillería labrada, como el antiguo de la torre, y ejecutado así, subirá el calicanto hasta la altura de dejar libre el arco toral de la capilla mayor, para que no impidan a la vuelta de las bóvedas que se han de ejecutar, y el paredón del medio día se rebajará todo lo necesario hasta encontrar lo firme para volver a levantar sobre él la altura del otro, y enrasados que sean, con sus gruesos y largos que sean, se sentarán sus nudillos y soleras de cuarta y sexma para sentar los tirantes, que serán de pie y cuarto y, sentados que sean, se estribarán según arte, siendo los estribos de cuarta, y ejecutado lo referido, se sentarán sobre dichos tirantes sus tijeras de tercia, para aprovechar toda la madera de la antigua armadura, todo bien clavado, con la clavazón correspondiente así, solera, estribos, y tirantes, tijeras, cuartonadas, cinta, que estas serán de cuarta y sexma, como la tabla, y ejecutada dicha armadura, se retejará sobre tortada de barro toda la teja, cogiendo boquillas y caballetes y respaldos de cal. 2.- Es condición que, rematado todo lo referido, que es echar agua fuera, se seguirá con la elección de las bóvedas de cuerpo de iglesia, habiendo criado (sic, creado) en la pared nueva sus pilastras al / tiempo de su nacimiento, sentando sus basas de piedra de sillería, como demuestra la planta, hasta la altura necesaria de la vuelta que demuestra la pla[n]ta, adonde nacerá el arco del reparto de cada bóveda, y este arco será de asta y media de grueso, y de ancho lo que demuestra la planta, dejando en dichos arcos sus rebajos para el asiento de las bóvedas. 3.- Es condición que dichas bóvedas se ejecutarán de ladrillo a panderete cencillo (sic, sencillo), echándolas sus lengüetas hasta adonde les corresponda y manda el arte, y sus anchos correspondientes en lunetos y bóveda, dándolas por encima una mano de yeso negro, y se guarnecerán como demuestra el diseño, así bóvedas como pilastras y cornisa, la que seguirá toda la longitud de la iglesia de un lado y otro, y su hechura correspondiente a la de la capilla mayor, para que haga uniformidad. 4.- Es condición de que se ha de acortar la tribuna y se ha de dejar solo de ancho 9 pies, esta se ejecutará entre el empotro de las dos paredes de la iglesia formando, en lugar de la vieja, un arco / de ladrillo de dos dobles, y en línea del cierzo, se meterán sus muñecones de madera, lo menos de cuarta, en cuadro para formar una repisa para el asiento del órgano, y para la subida de dicha tribuna se ha de desbaratar la que hoy tiene, para dar más ámbito a la iglesia, y se ha de ejecutar en el hueco de la torre, junto a la pila del bautismo, un caracol para subir a dicha tribuna y torre. 5.- Es condición que dicha obra se ha de ejecutar y concluir a toda satisfacción, así cornisa exterior de sillería demostrada para los paredones, como remates de todos, tejado de la iglesia y torre, como revocos exteriores, ventanas demostradas con sus vidrieras y redes, como puertas de tribuna y torre, blanqueos y tarimas de sepulcros, si alguna se devorase, se ha de reedificar de nuevo, de forma que todo haya de quedar concluido así por lo exterior como por lo interior sin que haya que gastar después de concluida material alguno, y estos si acaso se hubiese olvidado alguna que incluir, como es antes de empezar a demoler nada el hacer un cerramiento / a la capilla mayor, para poder celebrar los oficios divinos y evitarla del polvo, y custodia de altares. 6.- Y dicha obra debajo de todo lo referido y acondicionado digo, tendrá de costo de manos y materiales, aprovechándose el maestro de los antiguos materiales de esta fábrica, y no ser de su cargo el apeo de los altares, 10.290 reales de vellón, y por ser así lo firmé. 1776, enero, 30, Manzanares (ADO-S, Libro 279/9, pág. 47): Se le pasan en data 56 reales y 18 mrs que lo han importado los vidrios necesarios para las vidrieras del transparente de Nuestra Señora de Tiermes, la de la sacristía de esta iglesia, sus marcos para ellas y trabajo del maestro que las puso. 1778, noviembre, 6, Manzanares (ADO-S, Libro 279/9, pp. 68-69): Que el referido vicario tenga más cuidado en que no caigan goteras, por haberse advertido no haber habido en esto ni en la ermita de Nuestra Señora de Tiermes la menor solicitud, siendo informado su merced que en algunas temporadas ha faltado el santero, que es el que cuida de su fábrica y lámpara, proviniendo esto de que no se le deja a dicho santero algunas de las heredades que corresponden a la ermita y entran agregadas a esta iglesia, mediante lo cual, y para que / los santeros se puedan mantener y estar de continuo a la vista y cuidado de la ermita e imagen, manda su merced que por su justo precio se le dejen o arrienden algunas de las heredades, y señaladamente las que estuviesen más inmediatas a la ermita, para poderlas administrar sin faltar a su obligación y obviar otros inconvenientes que se le originan con los ganados domesticos. 1786, octubre, 10, Manzanares (ADO-S, Libro 279/9, pp. 123-124): Es data 1.293 / reales y 9 mrs que lo ha importado la obra de levantar el tejado de la capilla mayor de esta iglesia [de Manzanares], madera, ripia y jornales, y de la [ermita] de Tiermes para poner un tirante nuevo y entablar un pedazo de tejado. 1794, noviembre, 20, Manzanares (ADO-S, Libro 279/9, s.p., r): Es data 69 reales, importe de la madera y jornales gastados en la compostura de la cocina de Nuestra Señora de Tiermes. 1801, febrero, 5, Manzanares (ADO-S, Libro 279/9, s.p., r): Es data 256 reales [y] 26 mrs que lo ha importado la obra empezada en el pórtico y chimenea de la ermita de Nuestra Señora de Tiermes, madera, tablas, ripia, yeso, clavazón y jornales. || Es data 48 reales que ha pagado a la santera de la ermita de Nuestra Señora por razón de su ocupación y trabajo según y conforme ha corres- / pondido a un año de los dos de su mayordomía, no abonándose el otro a causa de no residir en dicha ermita. 1803, enero, 25, Manzanares (ADO-S, Libro 279/9, s.p., r): Es data 294,5 reales que lo han importado los jornales de los maestros y del mayordomo, clavos, yeso y ripia, que se han consumido en la compostura del cementerio de la ermita y casa de Nuestra Señora. || Es data 485 reales gastados en la compostura de la cornisa de la ermita de Nuestra Señora. 1808, diciembre, 7, Manzanares (ADO-S, Libro 279/9, s.p., v): Son data 10 reales, coste de dos peones que se echaron en la composición de la cocina y puerta de la sacristía de Nuestra Señora de Tiermes. 26v-27r): Durante el presente año se han realizado obras en el Santuario de «Nuestra Señora de Tiermes», consistentes en el rejuntado de las piedras del interior y de la espadaña, restauración de un arco que comunica con el Anexo y el descubrimiento de otro arco en la sacristía. Esta obra, promovida y solicitada por el santuario, ha sido financiada al 50% por la Junta de Castilla y León y por el santuario. || (f.
La iglesia de Nuestra Señora del Castillo (Calatañazor, Soria). Un gran edificio moderno de compleja secuencia medieval La iglesia de Nuestra Señora del Castillo ha generado pocos estudios dentro de la historiografía dedicada al Románico en la provincia de Soria. Estos, fundamentalmente, se centraban en la existencia de un edificio románico en su hastial occidental y la presencia, en la misma fachada, de una alta estructura con remate semicircular identificada como una espadaña prerrománica. Sin embargo, la secuencia estratigráfica identificada en sus muros nos permite revisar estas propuestas mostrando un edificio con numerosas reformas y transformaciones de época medieval y moderna La iglesia de Nuestra Señora del Castillo ocupa un lugar preeminente dentro de los límites de la muralla de la localidad de Calatañazor, a 32 km al suroeste de Soria (Fig. 1). El aislamiento que sufre esta comarca, alejada de grandes centros urbanos, ha facilitado que el edificio haya permanecido ajeno a intervenciones historicistas. No obstante, los añadidos que lucen sus muros evidencian su uso continuado hasta nuestros días y le proporcionan el aspecto de un edificio ecléctico, difícilmente clasificable dentro de los cánones clásicos manejados para los estilos artísticos arquitectónicos. Vista General de la localidad de Calatañazor Tal y como la conocemos, la iglesia es un edificio de formas sobrias. Posee una planta rectangular con testero recto, engalanado al interior con un retablo renacentista y de nave única muy elevada, con fachada románica en el hastial occidental y coro de madera a los pies. Algunas estructuras flanquean su planta, como la torre cuadrangular situada en el ángulo noroeste y una serie de estancias adosadas al flanco sur, compuestas por baptisterio, sacristía y capilla en su extremo oriental. Pocas son las referencias historiográficas que conservamos de este edificio, aunque fue objeto de estudio ya en el siglo XVIII, cuando Loperráez (1788: vol. XIII, p. 212) nos la refiere indicando "que mucha parte de ella es bastante antigua, y tiene el título de nuestra Señora del Castillo, y antes tuvo el de S. Salvador...". A partir del siglo XX aparecen someras descripciones de la iglesia centradas más en la tipología de sus elementos ornamentales que en el valor de sus estructuras arquitectónicas. Las dos primeras obras que se ocupan del edificio serán además referencia para los posteriores trabajos. Así, la guía artística de Taracena y Tudela (1928: p. 152) lo menciona centrándose en su fachada occidental, donde llama la atención sobre sus motivos ornamentales vegetales, a los que denomina como califales, y la composición de los tres arquillos ciegos bajo el rosetón baquetonado situado sobre la portada. 97) llama de nuevo la atención sobre la portada occidental, donde apunta que se conserva su fábrica más primitiva, de época románica, sin distinguir ningún tipo de diacronía en los elementos que la componen. Con más precisión relata los componentes decorativos de capiteles, arquivoltas y alfiz de dicha portada que, en su opinión, dotan al conjunto de "un aire francamente árabe". También los estudios posteriores se centran en la misma fachada del templo, con referencias explícitas al trabajo de Gaya. 102) por la pujanza alcanzada por esta localidad en dicha centuria, lugar de paso entre El Burgo de Osma y Soria. 575) trata de profundizar en la influencia que sobre la ornamentación de la iglesia ejerce el arte hispanomusulmán, a la par que insiste en introducir en el debate la recepción de fórmulas propias de los talleres silenses, ya comunes en todo el románico soriano. Para ello introduce paralelos tan dispares como el Castillo de Gormaz o la propia mezquita de Córdoba, edificios que garantizarían su raigambre andalusí con la aparición de ciertos rasgos como el alfiz o los arquillos lobulados en la portada principal (p. No obstante, debe destacarse también en este trabajo la consideración de la fachada occidental como elemento reutilizado dentro de la fábrica gótica del edificio (p. El único autor que alude a una reforma del edificio en época moderna será Martínez (1980). Esta intervención, según señala, afectaría a toda la iglesia y solamente respeta el hastial occidental primitivo. La bóveda de terceletes de la capilla mayor, con los gruesos contrafuertes que la contrarrestan (p. 173), le sirven al mismo autor para dictaminar además una fase gótica avanzada para esta obra, aportando como cronología el primer cuarto del siglo XVI y adjudicando su patrocinio a la familia de los Padilla, señores de Calatañazor. El resto de nave y coro serían muy posteriores, correspondiendo al siglo XVIII. A principios del siglo XXI se realiza un estudio de la iglesia, con motivo de la restauración llevada a cabo en sus cubiertas, en la que se plantea una evolución arquitectónico-constructiva1. En este estudio se llegan a diversas conclusiones de las que destacamos algunas de ellas. En primer lugar, consideran el muro de perfil convexo existente en dicha fachada como un elemento anterior al edificio, una espadaña prerrománica a la que posteriormente se le adosa la iglesia románica; en segundo lugar, la concepción de un templo medieval de planta tripartita, de acuerdo a la tipología basilical de la fachada; y por último, la conservación de todo el lateral sur y la esquina sureste de la iglesia original románica (incluyendo en dicha fase la capilla con cubierta de crucería en este ángulo. Fig. 2), la cual habría sobrevivido a la reforma de la cabecera en el siglo XVI. "Lectura elemental de las fábricas" de la fachada occidental (Cobos 2001, citado supra en nota 1) LA EVOLUCIÓN CONSTRUCTIVA DE LA IGLESIA Como hemos apuntado con anterioridad, gran parte de la iglesia que actualmente observamos en una primera aproximación a sus fábricas corresponde a una gran reforma realizada en época gótica avanzada. Sin embargo, la lectura de paramentos ha revelado distintas fases anteriores y posteriores. En total, nueve fases que configuran la evolución constructiva de la iglesia hasta nuestros días. Etapa I. Edificio originario y primera fase de época románica Los escasos testimonios del edificio originario aparecen repartidos en los muros norte, sur y oeste del aula (Fig. 3). Desde el punto de vista estratigráfico son elementos independientes aunque poseen características materiales que nos permiten interpretarlos como parte de una misma obra. La fábrica, de doble cara, fue realizada en sillería rectangular calcárea muy bien ajustada, que nos remite a un horizonte cronológico románico reforzado por el tipo de tallante empleado (a 45o con hoja de aproximadamente 5 cm de anchura que deja una huella fina y ligeramente curvada) y la presencia de numerosas marcas de cantero: sencillas flechas, aspas, estrellas o triángulos, entre otras (Fig. 4). Ejemplo de marca de cantero en la fábrica de la fachada occidental. En la fachada oeste del templo identificamos como de este período las primeras 14 hiladas de su lateral meridional, destacando en las inferiores una disposición a soga y tizón (A101, UE1001). Esta construcción se prolonga por el costado sur del templo sin proyección hacia occidente formando así el ángulo suroccidental de la construcción. También en el costado sur de la iglesia y sin conexión física con la fachada oeste, a una distancia de 5 m y desplazado 90 cm hacia el sur, conservamos otro lienzo de similares características (A102, UE1082 y 1097). Sin embargo, en él podemos apreciar dos rasgos que hacen singular al edificio originario. En su extremo occidental se puede observar el ángulo de su esquina suroccidental de la construcción. Además, de todos los restos identificados para esta primera etapa, este es el único paño donde se observa parte de un estrecho contrafuerte. El último de los muros localizados con las características comunes de esta primera etapa, se sitúa a 11 m del paño anterior, en la fachada norte. Dos son las singularidades que apreciamos en esta fábrica. Al interior, en el segundo tramo de la actual nave, el muro se remata con una sencilla moldura en piedra con perfil de nacela, características propias del periodo románico. Probablemente corresponda con la altura sobre la que apoyaría una cubierta, aunque también pudo ser el nivel desde el que se alzase otro cuerpo constructivo. Además, el muro cuenta también con un acceso con arco de medio punto y rosca de jambas lisas, perfectamente integrado en su fábrica. Sin embargo no conservamos nada de su decoración, posteriormente modificada (A112). La situación independiente de los tres paños aludidos en tres de las fachadas de este edificio, no permite defender desde el punto de vista estratigráfico su pertenencia a una misma estructura. Sin embargo, desde el punto de vista tipológico sí podemos relacionarlos entre sí. Las características de su fábrica, las alturas que conservan o el espacio que delimitan son argumentos suficientes como para defender su unidad constructiva, aunque no podamos aclarar cómo sería su límite occidental. En cualquier caso, es evidente la anterioridad al resto de estructuras que conforman la iglesia actual, función que no tiene por qué determinar la originaria. Y a pesar de las pocas evidencias que venimos observando, también podemos aportar algunas hipótesis sobre su cubierta, dado que el tipo de contrarrestos empleados nos permite suponer la utilización de una cubierta de madera. Ni las características materiales ni las noticias acerca de Calatañazor en estos siglos ayudan a definir mejor la edificación documentada, si bien el hecho de que una de las parroquias de la ciudad de Soria, tras otorgársele fueros en época de Alfonso VIII (1155-1214), estuviera poblada por gentes procedentes de este emplazamiento (García 1982: p. 20) es garantía para suponer la presencia de una población estable aquí desde la primera mitad del siglo XII. Alteración de la fábrica original en época románica En un segundo momento constructivo, el edificio originario recibirá una serie de transformaciones con claros signos de reempleo de materiales en sus fábricas. La sillería que se utiliza en estos momentos, presenta las aristas escantilladas, disponiéndose mayoritariamente a soga con algún tizón intercalado. Este hecho implica la realización de hiladas algo más sinuosas, lo que provoca la utilización de codos para regularizar hiladas y cuñas de madera o piedra para ajustar los sillares. Además, también se observan pequeñas diferencias en cuanto al tipo de material empleado puesto que el calcáreo se acompaña ahora con alguna piedra toba. Dos son las zonas del edificio donde identificamos este tipo de fábrica. En la fachada de poniente (A103, UE1002) se construye una portada, que incluye en su obra los paramentos aledaños y una pequeña arquería triple situada sobre ella (Fig. 5). Dicha portada posee una puerta abocinada que queda enmarcada en un alfiz con moldura ornamentada, utilizando una doble técnica decorativa, incisa y en bajorrelieve. El arco de entrada es ligeramente apuntado como las dos arquivoltas (la interior decorada con motivos fitomórficos y la exterior de baquetón simple) y el guardapolvo que lo enmarca. La degradación sufrida por la portada en columnas y capiteles apenas deja observar en estos últimos la decoración figurada y vegetal de sus cestas. De los tres arquillos ciegos construidos sobre ella el central es polilobulado y los laterales de medio punto rebajados trasdosados y con decoración de perlado. Sin embargo, esta pequeña arquería también presenta síntomas de reutilización entre las piezas que la componen puesto que ofrece desviaciones en las columnillas, los salmeres sobre sus capiteles están intercambiados y los arcos laterales están interrumpidos en su desarrollo. La otra zona del templo donde identificamos este tipo de fábrica es en el costado sur, donde se añade una estancia (Fig. 6) cuyo nivel de uso quedó por debajo del que conocemos para la nave principal (A105, UE1037)2. De una única planta, este espacio posee una portada en su muro meridional flanqueada por tres ventanas de las cuales, la más próxima a la puerta por su lado este conserva un dintel trasdosado con decoración de perlado enmarcada muy similar a la situada en la triple arquería ciega sobre la portada occidental. El acceso posee cierta monumentalidad, puesto que está adornado con un guardapolvo con bolas apeado sobre impostas de nacela. Su parte superior es recorrida por una hilada horizontal compuesta por seis ménsulas, sobre la cual se colocaría el durmiente de la cubierta de madera de un pórtico. Vista panorámica de la parte baja de la ampliación meridional En los dos casos observados se sigue construyendo con fórmulas que se mueven dentro de los cánones románicos y su posición estratigráfica nos permite situarlo cronológicamente en un siglo XII avanzado (García 2012: p. Sin embargo, cuestiones tales como la procedencia del material reutilizado, del que nos sabemos si formaba parte del edificio originario, y la función de la ampliación meridional, sin utilidad clara desde el punto de vista litúrgico, quedan ahora abiertas. Transición del Románico al Gótico La fachada occidental es nuevamente transformada en altura con la construcción de un paño que se desarrolla desde la esquina suroeste del edificio actual hacia el Norte, donde ha sido alterado por adiciones posteriores. Sobre la portada se eleva un cuerpo a mayor altura en el que se inserta un gran óculo (A106, UE1003. Esta composición, que parece corresponder a la división tripartita de la fachada de un edificio basilical, conserva en su ángulo superior meridional un canecillo figurado, que igualmente nos está indicando el lugar sobre el que apoyaría uno de los aleros de esta nueva edificación. Óculo en fachada occidental Su fábrica, presenta una sillería de módulo menor con predominio de sogas que forman hiladas sinuosas en las que observamos cierto escalonamiento. La presencia del óculo, abocinado mediante dos arquivoltas boceladas y con guardapolvo, provoca que las hiladas no guarden horizontalidad al aproximarse a él, inclinándose. El propio rosetón presenta una forma más próxima al óvalo que al círculo, aunque no creemos que se deba a que sus elementos hayan sido reutilizados, sino más bien a la adecuación a la obra precedente y cierta falta de experiencia en la fabricación de este tipo de elementos. Además de las relaciones estratigráficas, las variantes tipológicas observadas lo sitúan en un momento de transición entre el Románico y el Gótico. Su léxico reinterpreta formas ya conocidas, plasmadas en la traza del aula y en la presencia de canecillos, e incorpora de manera titubeante otras de cronología más avanzada, como el óculo. Construcción de una primera iglesia Gótica El análisis estratigráfico nos ha deparado la identificación de un edificio del que hasta ahora no se tenía noticia alguna, realizándose en este período su primera gran remodelación. Es ahora cuando contamos por primera vez con referencias sobre la delimitación oriental del templo (Fig. 8). Comenzamos la descripción de esta remodelación del edificio en la fachada sur. Aquí, el muro meridional del aula es ampliado en altura con fábrica de sillería reutilizada probablemente de etapas anteriores, a tenor del módulo y talla empleado, tipo de marcas de cantero y su aspecto escantillado (A107, UE1098 y 1101. Sección septentrional de la ampliación meridional Avanzando hacia Occidente, la construcción enlaza los muros de fachada con un lienzo realizado en mampostería con predomino de material de toba y rematado con canecillos de nacela (A109, UE1091 y 1095). En él se construye una aspillera adintelada formada por sillares a la que se enfrenta, abriéndola en el muro que delimita la claustra, otra pequeña ventana adintelada (A109, UE1039). El objetivo de la construcción de este nuevo juego de ventanas es el de iluminar mejor dicho espacio, que ahora funciona como baptisterio. En el otro extremo, hacia oriente, la nueva construcción sobrepasa a la originaria y conforma un ángulo constructivo (A107, UE1051) con un recio estribo sobre una potente plataforma que permite salvar el fuerte desnivel del terreno en este punto. El tramo ampliado incluye una ventana ojival abocinada que, combinada con otras ventanas adinteladas en una reforma posterior, nos sitúa en un horizonte cronológico distinto a etapas anteriores. No obstante, la presencia de una cornisa sostenida por canecillos de perfil convexo totalmente lisos, es síntoma de que aún nos encontramos ante un taller escultórico próximo a la tradición románica. Sobre este nuevo tramo oriental situado en la fachada sur del edificio, se construye una capilla exterior de planta cuadrada (A108, UE1049) configurada de la misma forma, aunque añadiendo elementos nuevos. La fábrica de sus muros se realiza en un tipo de sillería que deja juntas muy gruesas entre las que se introducen cuñas que dan regularidad a las hiladas. Sobre ellos se sitúan canecillos que configuran el alero de la cubierta, realizados con material reutilizado de un edificio más antiguo y, alguno de ellos, con decoración. Toda la estructura queda cubierta con una bóveda de crucería de nervios con sección cóncavo/convexa y clave posiblemente decorada, realizada íntegramente con piedra toba. Pese a que los argumentos estratigráficos quedan ocultos en la cara interior de sus muros, totalmente enlucidos, y su observación al exterior es imposible por lo escarpado del terreno, tanto su fábrica como la tipología de su bóveda nos ayudan a situarla en esta etapa. Con todo lo dicho, la obra que hemos definido en esta etapa nos descubre una nueva construcción hasta la fecha ignorada por la historiografía. Esta intervención cambió profundamente la fisonomía original del edificio, del que ahora conocemos cómo pudo ser su cabecera. Y considerando la posición dentro de la secuencia del templo y las características de sus elementos singulares (vanos, bóveda de crucería, canecillos, etc.), de arcaicos rasgos góticos, debemos situar esta intervención a lo largo del siglo XIV. Nuevas adiciones en la fachada occidental De forma inmediata, dada la tipología y, sobre todo, la situación estratigráfica de los elementos que nos ocupan, se llevan a cabo una serie de pequeñas intervenciones en la portada principal del templo. En el hastial occidental, coronando el tímpano triangular del paño central de la fachada románica, se construyó una pequeña espadaña (A111, UE1013) que posee un único vano apuntado. También es en este momento cuando se proyecta la construcción de un pórtico (A125, UE1008 y 1009) a modo de nártex para cobijar la parte central de la fachada occidental. La única evidencia con la que contamos para dar testimonio de este elemento es la presencia de una línea horizontal de tres agujeros rectangulares que cortan distintos lienzos de las etapas II y III y que recibiría la estructura de la cubierta de dicho atrio hoy desaparecido. Esta estructura quedaría centrada con la portada aunque desconocemos la anchura que llegó a alcanzar hacia su lateral septentrional, donde se producen reformas posteriores. Estas pequeñas intervenciones las consideramos claves para poder recomponer la fisonomía que poseía la iglesia medieval de Santa María. Por un lado, la construcción de la espadaña sugiere que esta iglesia no tenía torre durante este período. Por otro lado, El pórtico protegía su entrada principal y su posterior desaparición debió coincidir con las adiciones modernas. Etapa V. El comienzo de la gran transformación gótica del templo en el siglo XVI El recorrido medieval de la iglesia de Santa María acaba con una extraordinaria alteración de su fisonomía que la historiografía concede al patrocinio del linaje de los Padilla, señores de Calatañazor, durante el primer cuarto del siglo XVI (Martínez 1980: p. Es en esta etapa cuando el aula del templo adquiere su altura definitiva. El extremo oriental románico queda totalmente desmantelado y sobre los restos conservados del aula se elevan sus nuevas fábricas que, con un testero recto, alcanzan aproximadamente los diecinueve metros de altura (A112, UE1029 y 1052). Esta construcción, dividida en dos grandes tramos, se diseña para ser cubierta con un sistema abovedado de crucería plenamente gótico (A112, UE1072). El grueso de esta intervención se centra en generar un nuevo espacio capaz de acoger en su interior un retablo de grandes dimensiones (Fig. 10). La proyección de altos y gruesos contrafuertes capaces de soportar el empuje de los nuevos paramentos y bóvedas proporcionan al templo el aspecto 'abaluartado' que hoy le caracteriza. Su función condiciona su tipología, más gruesos los contrafuertes situados en los ángulos, que recogen los empujes de todos los nervios de la bóveda, frente a los ubicados en el centro de los paños. A medida que se eleva la construcción sus elementos van perdiendo anchura y esta circunstancia se resuelve articulando los paños de fachada en tres 'calles' horizontales con impostas biseladas intermedias y rematando los escalones de los estribos con una especie de vierteaguas. En la "calle" superior de los paños laterales se abren dos vanos ojivales y abocinados mediante una arquivolta baquetonada y moldura interior cóncava. La única estructura que rompe la simetría entre ambos flancos de la obra gótica en la cabecera es la instalación de un contrafuerte prismático en el ángulo suroriental del templo (A112, UE1054), reforzando la parte más inestable del mismo provocada por la topografía del terreno sobre el cual se asienta. Pese a que esta actuación posee cierta heterogeneidad material, la tipología de sus elementos singulares (ventanas y contrafuertes) y la confirmada coetaneidad estratigráfica fueron argumentos suficientes para garantizar su pertenencia a esta misma etapa de elementos puramente góticos. Los muros de doble hoja de sillería combinan grandes bloques de mampostería al exterior de las fachadas este y sur, donde la sillería se reserva para los encadenados en las esquinas de los contrafuertes (A112, UE1052). La transformación del primer tramo de la nave y el presbiterio lleva asociada la alteración de sus accesos laterales. Parece que fue en estos momentos cuando se ciega la puerta románica del costado septentrional y se convierte parte de su vano en un simple nicho. Lo interesante es que al interior el muro de cierre de este acceso es coetáneo a la construcción del arcosolio gótico (A112, UE1074), pues las piezas que lo componen forman parte, igualmente, de la decoración del extradós del arco. Interpretamos que en estos momentos es cuando se desmonta la capilla existente en esta fachada, documentada por medio de la excavación arqueológica de esta zona y que, sin embargo, atribuye a esta reforma gótica su construcción3. Al interior, destaca por su morfología la cubierta de la capilla mayor (Fig. 12), con una bóveda nervada compuesta por arcos cruceros y terceletes curvos que se disponen formando una figura tremolada, decorada con pinjantes (hoy perdidos). La tipología de esta bóveda, sumada a los pilares compuestos del interior de los lienzos y a la imposta que los recorre (A112, UE1072), forman un conjunto homogéneo que permite validar la cronología del siglo XVI propuesta por la tradición historiográfica (Martínez 1980: p. Bóveda compuesta de arcos cruceros y terceletes en Capilla Mayor Por último, quedaría definir cómo se llevó a cabo esta gran reforma a los pies del edificio. En la esquina noroccidental, entre el contrafuerte occidental del muro norte y la torre posterior identificamos un muro (A114, UE1030) sobre la imposta románica, construido con material reutilizado de acarreo (mampuestos de tamaño medio, sillares, ladrillos e incluso piezas decoradas), que nada tiene que ver con la factura de los lienzos anteriores (Fig. 13). Sin embargo, sus relaciones estratigráficas lo sitúan en este mismo momento, ya que es posterior al edificio románico y anterior a la ampliación de la etapa moderna. La precariedad que presenta es indicio de una solución de emergencia que pretende cerrar el espacio del aula conectándolo con la fachada existente. No podemos determinar los motivos que llevan a realizar esta obra, pero, a tenor de la forma de este muro, parece claro que la obra gótica quedó interrumpida de manera precipitada. Alzado septentrional y sección meridional de la torre Así pues, la presencia de todas estas novedades supone asumir un cambio de escala y proporción hasta entonces condicionada por un ambiente cultural y litúrgico guiado estrictamente por las formas medievales/románicas. Esta variación de la iglesia de Santa María debe ser interpretada como reflejo de un nuevo contexto social en el que se ha querido ver la intervención directa de la familia de los Padilla, señores de Calatañazor en estos momentos (Martínez 1980: p. Por lo tanto, también se debe a este proyecto el desmonte de la capilla norte, posiblemente de función cementerial y vinculada a un personaje ajeno a este linaje. El arcosolio que sustituye a su acceso podría albergar un sepulcro que sirviera para hacer ostentación de su patrocinio. Reformas de un edificio inacabado El muro de cierre de carácter provisional anteriormente aludido (Etapa V. A114, UE1030), es horadado para construir en él una puerta con dintel de madera (A115, UE1123). Su posición coincide con un rellano de la escalera actual de ascenso al campanario de la torre, sin embargo da paso a un nivel interior del aula que no coincide con la actual plataforma del coro. Por ello, nos preguntamos si hubo un coro anterior en una posición diferente, sin embargo no contamos con referencias materiales que nos ayuden en esta cuestión. Por otro lado, en este mismo muro se origina una grieta vertical (A116, UE1125), que no aparece en los elementos precedentes ni posteriores a su construcción. El hecho de que la grieta se sitúe en este lugar y que no se extienda a otros elementos diacrónicos con el lienzo parece suficientemente importante como para mencionarlos de cara a la problemática que afecta a la siguiente etapa. Conclusión de la gran transformación en Época Moderna La gran transformación del aula de la iglesia de Nuestra Señora del Castillo, que comienza en época gótica (Etapa V), es concluida a continuación por medio de la construcción de su tramo occidental y una torre. Como ya dijimos en su lugar correspondiente, el proyecto gótico no llegó a terminarse, cerrando el edificio de manera precipitada. Será ahora cuando se retome y finalice. La nueva edificación elevará todos los muros perimetrales del aula a la misma altura, alcanzando la cota fijada en el proyecto del siglo XVI. La obra, que arranca sobre bancadas de regularización (A117, UE1012), se realiza combinando bancos de mampostería de diferente dimensiones y tipo de material que encadena en sus esquinas sillería de diferentes características (A117, UE1018). Además, se observan algunas piezas singulares reutilizadas (A117, UE1017) que, unidas al conjunto, otorgan a la obra un pobre aspecto que es enlucido al interior. Reconocemos el mismo aparejo en el nuevo estribo (A117, UE1053) adosado sobre el contrafuerte central del muro sur, el cual es así reforzado ante eventuales problemas de estabilidad. Es en este momento cuando situamos la construcción de la torre existente sobre el extremo occidental de la fachada norte puesto que su fábrica tiene similares características a las que aludimos para los elementos anteriores. Además de la tipología de su fábrica, la documentación consultada confirma que en el año 1688 el obispo del Burgo de Osma observó, y puso por escrito, que lo que más falta le hacía a esta iglesia era un campanario, por lo que la construcción de la torre se puso en marcha de inmediato4 (Fig. 14). Posee planta cuadrada y dos cuerpos que han llegado hasta nuestros días. El inferior (A117, UE1021), con una fábrica que continúa lo ya expresado anteriormente para esta etapa, y que en su fachada de poniente cuenta con un óculo hexapétalo, alcanza en altura la línea actual de cornisa del templo y está reforzado en sus esquinas con contrafuertes. Sin embargo, en los muros y los estribos del cuerpo superior se emplearon sillares en sus ángulos al igual que en el jambaje de las troneras de campanas, organizadas por parejas en cada paño. Estas características nos han hecho sospechar cierta falta de sincronía entre el cuerpo superior y el inferior que no éramos capaces de demostrar estratigráficamente5. Sin embargo, la presencia en el alero norte de una inscripción que menciona al maestro de obras, Francisco del Molino, y el año de 1679 como el de finalización de las mismas, nos ha permitido abandonar esta hipótesis confirmando su unidad constructiva. Torre en el ángulo noroccidental de la iglesia de Nuestra Señora del Castillo La tipología de todos los contrafuertes de la torre es la misma salvo la del situado en su esquina suroccidental (A117, UE1014) con un remate convexo y un aparente vano ciego de medio punto. Pero su singularidad no acaba aquí puesto que, además, su desarrollo se realiza hacia el sur invadiendo el tercio septentrional de la fachada occidental del templo. Estas características han sido interpretadas por los redactores del proyecto para su reciente restauración6 como propias de una espadaña, que sería anterior a toda la secuencia de etapas expuesta hasta aquí, y por lo tanto de cronología prerrománica (Fig. 15). Sin embargo, este singular elemento presenta una fábrica de mampostería con esquina de piezas encadenadas similares a la empleada en el cuerpo inferior de la torre, con la que estratigráficamente constituye una construcción solidaria. Para su edificación, observamos que los elementos pétreos colindantes de las etapas II y III, y que forman parte de la fachada actual, fueron desmantelados hasta el eje vertical exterior del marco septentrional del alfiz de la portada, el cual es respetado. Esta acción supuso la rotura, aún evidente, de las aristas de todas las molduras y sillares afectados, demostrando así la posterioridad constructiva de este discutido elemento. Igualmente, no podemos interpretar como vano de campana el arco ciego ubicado en la zona superior de su fábrica por un doble motivo. Por un lado, carece de alféizar y, por otro, el material que lo condena es similar al resto de su fábrica. Estos argumentos nos hacen pensar que dicho elemento forma parte de su propio proceso constructivo, quizá un vano de obra, que fue cegado a medida que esta era concluida. Las diferencias formales con el resto de contrafuertes de la torre se puedan explicar por su función de contrarresto, que junto al estribo adosado sobre el contrafuerte central de la fachada meridional en esta etapa, persiguen equilibrar la edificación frente al declive del terreno natural donde se documenta la aparición de grietas verticales abiertas en etapas precedentes (Etapa VI. Estructura con remate convexo en el hastial occidental de la iglesia. Finalmente, recordar que la construcción del contrarresto meridional de la torre elimina evidencias de etapas anteriores. Por un lado, es desmantelada la fachada oeste de la nave septentrional de la iglesia románica, según se deduce de los restos conservados atribuibles a la etapa II y III, y por otro, a raíz de este desmantelamiento dejamos de conocer la verdadera dimensión del pórtico para cubrir la portada que se origina en la etapa IV. La intervención del siglo XVII en el interior de la iglesia se hace menos evidente por la existencia de enfoscados y enlucidos. Los pilares laterales que dividen en dos tramos el occidente del aula (A118, UE1064) son de sección compuesta y se apean sobre sendas basas molduradas. Su remate superior se realiza mediante una moldura compuesta que también recorre los paños laterales de esta misma etapa. Dicha moldura se adosa en el lado sur a una imposta anterior, de época gótica, que habrá de ser cortada cuando se realiza esta obra. Sobre los apoyos que acabamos de describir se construyen dos bóvedas de cañón con lunetos que tipológicamente se corresponden con la etapa en la que nos encontramos. Pero una obra de tal envergadura también hace necesaria una reorganización de los espacios. Así se realiza un nuevo coro (A118, UE1060 y 1062) en el tramo occidental del edificio con una arquería triple que sustenta un forjado de madera, al cual se accede a través de una escalera en codo situada en el ángulo noroccidental. Sus arcos apoyan sobre una pareja de columnas toscanas. Este coro pudo venir a sustituir a otro que ya debió existir, al menos, durante la Etapa VI. Por último, en la capilla mayor se instala el retablo actual (A128, UE1092) de rasgos contemporáneos con esta etapa, con un camarín para la imagen de la Virgen en su composición, que es iluminado practicando la apertura de un vano en el testero oriental (A128, UE1055). La intervención se fecha en el año 1771 de acuerdo con la inscripción conservada en esta zona. En resumen, esta etapa se identifica con las importantes reformas documentadas entre los siglos XVII y XVIII y con las que se concluyen los trabajos llevados a cabo en época gótica. Su realización debía de ser absolutamente necesaria para concluir dichos trabajos que, como vimos, acabaron de forma abrupta y que finalmente no pudieron llevarse a término hasta más de un siglo después. Esta será la última de las grandes obras realizadas en el templo. Ampliación de algunas estructuras en período neoclásico Las actuaciones de esta etapa poseen una doble naturaleza, centrándose en la funcionalidad y ornamentación de la iglesia. En lo que respecta a su ornamentación, algunas de las obras realizadas en la segunda mitad del siglo XVIII, poseen un aire verdaderamente clasicista que afianza esta cronología. En este sentido, hemos de mencionar la instalación del púlpito (A119, UE1073) en el primer pilar gótico del muro norte, con una figura desnuda de un atlante que sustenta el podio. También los elementos arquitectónicos recuperan este clasicismo. La introducción de la puerta en el muro sur (A119, UE1018), abierta hacia la sacristía, así lo constata, puesto que está compuesta por una pareja de pilastras jónicas que soportan un entablamento liso bajo frontón triangular (Fig. 16). Puerta de acceso a la sacristía desde el interior del aula Es precisamente en el espacio de la sacristía donde podemos apreciar con ciertas garantías la magnitud de esta obra. En su interior, y en relación con la construcción de la puerta anteriormente mencionada, se eleva tanto el nivel del pavimento como el techo de la habitación de manera ostensible. Esta intervención queda reflejada en la construcción de un lienzo que combina mampostería y sillería reutilizada en el muro meridional de dicha estancia (A119, UE1046). Junto con este recrecido, se construye una ventana adintelada, mientras se ciegan las originarias de la estancia por quedar muy bajas con respecto al nuevo nivel de suelo. Inmediatamente después de esta obra, tal vez dentro del mismo proyecto, se lleva a cabo el segundo piso de la claustra7 y su compartimentación interna. Una vez elevada la cota de uso y los muros de la sacristía, se construye el lienzo (A120, UE1047) que ocupa la mitad occidental de este espacio con mampuestos con encadenados de sillares en las esquinas (Fig. 17). Pese a las evidentes fases constructivas, la tipología de sus elementos así como de las ventanas indica que el desarrollo oriental del muro pertenece a la misma obra, aunque la solución de continuidad existente nos ha llevado a individualizarlo en otra unidad (A120, UE1048). Destacamos aquí la reutilización de material medieval decorado, como el relieve con escenas de la Resurrección de Cristo que pudo pertenecer a un sarcófago (A120, A1024). Aspecto actual de la estancia sur de la iglesia con el segundo piso construido Del interior de este espacio solo podemos realizar conjeturas en base a la presencia de algunos agujeros y cortes en sus muros. Estos podrían ser los restos de las huellas de los travesaños que formaría parte un forjado de madera perteneciente a una cubierta (A120, UE1107 y 1108). El apoyo de esta estructura se realizaría en las ménsulas aquí existentes. En lo referente a la compartimentación de dicho espacio interior, el piso bajo posee dos tabiques (A120, UE1116 y 1119) que divide el total en tres y en el que el central sería el lugar por donde se ascendería al segundo piso. Mantenimiento contemporáneo del templo. Lejos de todas las grandes reformas documentadas hasta ahora en los dos últimos siglos, las actuaciones contemporáneas se orientan hacia la conservación, mejora de las instalaciones y restauración, aunque responden a distintas formas de intervención. Por lo que se refiere a las obras de conservación, la nave de la iglesia ha sido enfoscada en sus tramos central y occidental, resaltándose las ventanas y nervios de cubiertas con policromías (A122, UE1058). Las lagunas y humedades que le afectan denotan cierta antigüedad, sin que podamos precisar más en este sentido. Solamente contamos con la orientación que nos ofrece el grafito en el intradós de la ventana abierta en la fachada occidental (A118, UE1007), en el cual permanece escrita la fecha 1932. La ausencia de otras referencias y las características similares existentes entre ellos llevan a poner en relación estos enfoscados con otros aplicados en la capilla gótica (A122, UE 1115) o en el baptisterio (A122, UE1063). Las mejoras en determinados aspectos de la iglesia se refieren a distintas actividades, como la inclusión de un reloj en la cara norte de la torre (A122, UE1026), el banco de piedra adosado en la parte inferior del hastial occidental (A122, UE1010) o el zócalo de mampuestos en la parte inferior del muro sur de la ampliación meridional (A122, UE1036), posiblemente construido como refuerzo ante la sustracción constante de terreno en este lado al tener un uso como cementerio. Al interior, se registran actuaciones como la de insertar un pequeño armario a los pies del templo (A122, UE1061), por el cual se llegó a romper parte del muro románico primitivo, o el corte de parte del muro correspondiente a la cabecera del primer templo gótico (Etapa III. Finalmente, tenemos que enunciar las labores vinculadas a la última de las restauraciones llevadas a cabo (A120)8, entre las que se encuentran el alero de madera sobre el recrecido con modillones de piedra que remata todos los muros del edificio, las cubiertas de teja, los miradores de cristal en la segunda planta de la ampliación sur o la reposición de impostas y canecillos medievales. Así pues, la heterogeneidad de las actuaciones llevadas a cabo en los últimos dos siglos responde a las necesidades del uso diario y al consecuente desgaste de la iglesia de Santa María, más que a la presencia de problemas que pongan en peligro la integridad del edificio. La realidad material de la iglesia de Nuestra Señora del Castillo nos ha dejado una rica secuencia arquitectónica conservada en sus muros (Fig. 18). Gracias a la conjunción de los datos procedentes de la estratigrafía muraria y de los testimonios documentales, la evolución constructiva del templo se vuelve mucho más rica desvelando una complejidad que hasta ahora no se conocía. Evolución de las fases constructivas del edificio a través de sus plantas La primera novedad corresponde con la documentación de un edificio románico (Etapa I) del cual se conserva parte del hastial occidental y restos de los muros norte y sur. A pesar de la inconexión entre estos tres paños, sus características permiten defender la pertenencia a un mismo proyecto. Sin embargo no podemos definir cuál fue su planta, ni su función. Tampoco han quedado elementos ornamentales capaces de ofrecernos una mayor precisión cronológica, por lo que únicamente las referencias históricas al poblamiento medieval de la villa pueden situar su construcción en la primera mitad del siglo XII. Esta primera edificación será objeto de modificaciones llevadas a cabo en esa misma centuria (Etapa II). Por un lado, se construye una nueva portada con material reutilizado en su fachada occidental, que no permite defender con rotundidad una función litúrgica para este edificio. Pero por otro, se edifica un nuevo cuerpo adosado al costado meridional del edificio originario, que por su organización interna, así como su posterior referencia en las fuentes modernas como claustra9, permite suponer que este era un área de residencia para el clero encargado de los servicios y el cuidado del templo. Posteriormente se lleva a cabo una nueva reforma en su fachada que permite definir la organización interna de la iglesia de Santa María (Etapa II/III), un aula de disposición tripartita con la nave central más elevada que las laterales, iluminada por un nuevo gran óculo abocinado. Y es este elemento el que sitúa cronológicamente su construcción en un momento más avanzado, de transición hacia fórmulas góticas. Será difícil conseguir algo de información acerca de cuál fue la disposición de la fachada oriental de la iglesia, transformada desde este momento (Etapa III) para configurar un testero plano. La nueva construcción introduce en el templo un lenguaje diferente, definido en el estilo gótico. Y es en este momento también cuando se incluye una capilla lateral sobre su costado meridional. La continuada utilización del templo requiere igualmente de pequeñas intervenciones que se concentran en la fachada principal (Etapa IV). La construcción de una espadaña en el piñón de la misma y la elevación de un pórtico que la cobija, son acciones que reflejan que la actividad no cesa incluso en fases que podemos llamar de transición por el hecho de no realizarse ninguna gran obra generalizada en la iglesia. En el siglo XVI, coincidiendo con la pujanza económica de la familia de los Padilla en Calatañazor, se lleva a cabo la transformación más notable realizada en el templo (Etapa V). La búsqueda de un nuevo espacio interior, más alto, que permite incluir retablos de mayor dimensión, y las fórmulas constructivas del momento conllevan un proyecto que altera su fisonomía. Los altos muros y el sistema de cubiertas nervadas se contrarrestan con sólidos estribos que dotarán al templo de un aspecto abaluartado. Sin embargo, este gran proyecto no llegó a consumarse en su desarrollo a occidente y siendo tabicado con carácter temporal a la espera de alcanzar un momento apropiado para concluirlo. Así lo indica la identificación de un muro en el lado norte del edificio con la misma altura que los de la obra anterior, pero construido con material reutilizado. La apertura en este muro de un acceso a un posible coro a los pies, implica un cierto desarrollo temporal (Etapa VI). Habrá que esperar hasta finales del siglo XVII para poder concluir de forma homogénea la reforma total del conjunto (Etapa VII). Es en este momento cuando se procede al cierre definitivo de los tramos central y occidental del templo así como a la elevación de la torre en la esquina noroccidental de la iglesia, quedando configurada su imagen actual. Los contrarrestos situados en los ángulos de dicho campanario se rematan con una morfología recta salvo el ubicado en el ángulo suroccidental, con un remate curvo. La construcción de este último, material y estratigráficamente coetáneo con el primer cuerpo de la torre, supuso la destrucción del tercio septentrional de la fachada oeste románica, desapareciendo así también los mechinales al norte donde estuvo anclada la cubierta del pórtico adosado a la portada de Occidente durante la Etapa IV. La proyección de una segunda planta en el espacio agregado al costado sur se produce a lo largo de la "fase neoclásica" (Etapa VIII) debido a los elementos que adornan sus dos principales exponentes arquitectónicos: el púlpito y la portada de la sacristía, ambos construidos en 1790. La monumentalización de este espacio meridional, que incluye la elevación de su cota hasta ponerla al nivel actual, afectó a la reordenación del resto de los espacios inferiores del mismo. Configurados sus rasgos básicos, los últimos doscientos años en la vida del edificio (Etapa IX) se han caracterizado por diversas actuaciones encaminadas a su mantenimiento, su mejora y su restauración. El revoco y enlucido de sus paramentos; la construcción de armarios en su interior y bancos exteriores; y la reparación de las cubiertas y reposición de sillares, dan cuenta del paso del tiempo en unos muros que siguen albergando las actuaciones asociadas al uso continuado de la iglesia de Nuestra Señora del Castillo. Este artículo resume el informe arqueológico resultante de la lectura de paramentos de la iglesia de Ntra. Iglesia de Nuestra Señora del Castillo. Informe manuscrito depositado en el Servicio Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León). El trabajo fue encargado por la Fundación Duques de Soria en el marco del Proyecto Cultural Soria Románica. Asesor científico: Luis Caballero (Instituto de Historia, CSIC). Trabajo de campo: José Ignacio Murillo (arqueólogo, coordinador y tratamiento de la planimetría), Francisco J. Moreno (historiador del arte, redacción de la memoria, Dep. Historia del Arte I, UCM), María de los Ángeles Utrero (arqueóloga, IH, CSIC), Carlos Cauce (arqueólogo, IH, CSIC), Simona Trudu (historiadora del arte, Università di Cagliari), Maite Iris García (historiadora del arte, IH, CSIC), Rafael Martín (arquitecto, planimetría original, Escuela de Arquitectura, UPM) y Oskar Bell (arquitecto, planimetría original). Supervisión: Equipo Técnico del Proyecto Cultural Soria Románica. Fundación Duques de Soria. Recopilación de la documentación en archivo: Josemi Lorenzo (historiador, Proyecto Cultural Soria Románica). La autoría de las figuras es de los autores del texto, salvo aquellas en las que se indica una referencia distinta. (Lectura y transcripción de Josemi Lorenzo Arribas. Proyecto Cultural Soria Románica) 6r-v): Se le cargan 40 reales en que se remató cierta madera de enebro que son vigas, pies y ciertos cabrios, todo de enebro, y se apregonó públicamente y es de lo que se deshizo de la claustra. || (f. 6v) 108 ducados de retejar la iglesia y capilla de San Pedro, y 22 reales por desechar en la claustra y echar dos cabrios nuevos en la capilla de San Pedro, que pagó a Rodrigo de Esteban, carpintero, vecino de Herreros, de que dio carta de pago. 162v): Mando que se abra un poco más, conforme el cuadro tiene, la ventana que está en la sacristía, poniéndole una reja de hierro para que esté segura, atento hay poca claridad en ella, lo cual se haga luego. 1645, junio, 8 (ADO-S, Libro 96/40, 4r): Dio por descargo y se le recibe en cuenta 7.594 reales que pareció haber pagado a Pedro Navarro, maestro de cantería, que está haciendo la obra de la dicha iglesia, con licencia de su señoría, hasta 1o de junio de [16]45, como consta por cartas de pago firmadas de su nombre. 1647, julio, 17 (ADO-S, Libro 96/40, 11r): [al margen: Bóvedas y columnas, o pilastras] Primeramente dio por descargo dicho Marcos de Vinuesa y se le reciben en cuenta 4.936 reales que parece haber pagado a Pedro Navarro, maestro de la obra, que hizo en la dicha iglesia, en que entran 2.000 reales que su señoría ilustrísima mandó darle para las dos columnas y los 1.000 reales que, además del concierto principal de la obra, le mandó dar su señoría cuando la vino a ver en 3 de octubre de 1646, como constó por cartas de pago firmadas de su nombre con que se le ha hecho de pagar la obra que hizo en dicha iglesia. || Dio por descargo y se le reciben en cuenta 600 reales que pagó a dicho Pedro Navarro de hacer el cancel que está a la puerta de la iglesia y abrir la ventana para dar luz al altar mayor, que fue concertado por su señoría ilustrísima en la villa del Burgo de Osma en 13 de enero de este año de 1647, de que dio carta de pago. 92v): [Al margen: El señor Godoy manda hacer la torre] Porque Su Ilustrísima reconoció por vista de ojos que lo más de que necesita la fábrica de la iglesia es de una torre para las campanas (...) dio su ilustrísima y mandó que se haga dicha torre, guardando en las cédulas que para ello se han de poner posturas y remates, escrituras y plazos y condiciones de la obra, lo que en esta parte dispone la constitución sinodal de este obispado. 117r-118r): Primeramente da por descargo el dicho Lázaro Pérez, como tal mayordomo, 1.870 reales de vellón que con licencia del tribunal pareció haber pagado a Andrés Martínez, el mayordomo que fue de la dicha iglesia, a Francisco del Molino Hermosa, maestro de cantería y persona que estaba haciendo la obra de la torre de la iglesia de esta villa, los cuales se le dieron para despachar los oficiales que estaban trabajando (f. 117v) en la dicha obra, y constó de carta de pago del dicho Francisco del Molino Hermosa por ante Simón de Miranda, notario apostólico, su fecha en Calatañazor, a 22 de septiembre de 1670 años. || (f. 118r) Se le pasan en cuenta al dicho mayordomo 7.625 reales de vellón que pareció haber pagado a Francisco de Molino Hermosa, maestro de cantería, para materiales de la dicha obra de la torre y para su gasto suyo y de sus oficiales, como constó de su carta de pago firmada de su nombre en esta villa a 12 de octubre de [1]671. || Se le reciben y pasan en cuenta 20.226 reales que pareció haber pagado a Simón Gutiérrez y Juan de Lamier, Bartolomé Cobo y Antonio del Molino y a otros oficiales que asistieron a la dicha obra de la torre para los jornales que por el tribunal se les señalaron, como constó por cartas de pago de los susodichos. 121r) Vicente del Molino y oficiales de la dicha obra de la torre para su sustento por los jornales que se les señalaron por el tribunal de este obispado, que vino remitida al licenciado Francisco la Molinera, beneficiado de esta villa, y al dicho Lázaro Pérez, mayordomo, que todo se gastó este presente año de 1672 y constó por cartas de pago del dicho Vicente del Molino, maestro, y uno de los obligados en la dicha obra de la torre. || Se le pasan en cuenta al dicho mayordomo 2.745,5 reales que pareció haber pagado a Miguel Casado y Domingo Ortego y a Juan Casado, Andrés Ibáñez y Juan Fernández y Juan de Pascual y a otras diferentes personas que han traído con carretas la piedra labrada de la villa de Talveila y Cubilla, y piedra para la mampostería de la obra de la dicha torre y la arena que fue necesaria, como todo constó por cartas de pago de las personas que hicieron los dichos acarretos, y de la licencia que para ello tuvo el licenciado Francisco la Molinera, beneficiado de esta villa, el licenciado Luis García, caballero beneficiado de la dicha villa, y a Lázaro Pérez, mayordomo de la iglesia. 121v) Se le pasan en cuenta 540 reales que se pagaron a Juan Langre y Domingo Langre, oficiales que trabajaron en la dicha obra, en que alcanzaron al maestro, además del sustento, como constó de carta de pago de Vicente del Molino, maestro de dicha obra. || Se le pasan en cuenta al dicho mayordomo 1.258 reales que los susodichos, en virtud de la dicha licencia, pagaron a Bartolomé Cobo, Juan del Cotero, Jerónimo del Cotero, Nicolás Crespo y Antonio del Molino, oficiales de la dicha obra, en la cual dicha cantidad alcanzaron al maestro de los jornales que ganaban, además del sustento que por el dicho tribunal se les mandó dar, como constó de carta de pago de los susodichos, que todos sabían firmar. || Se le pasan en cuenta 59 reales que pagaron a Vicente del Molino, maestro de la obra. || (f. 122r) Se le pasan en cuenta al dicho mayordomo 718 reales que pareció haber pagado del sustento de algunos oficiales y de la madera que se compró para la escalera de la torre y garita y tablones para los suelos. || Se le pasan en cuenta 367 reales que pareció haber pagado a Hernando de Arbaira, maestro de carpintería, por cuenta de 880 reales en que se remató la obra de carpintería de la torre, suelos y escalera. || Se le pasan en cuenta al dicho mayordomo 40 reales que pagó a Francisco Martínez, vecino de esta villa, de los portes del agua para la dicha obra. || (f. 122v) Se le reciben y pasan en cuenta al dicho mayordomo 200 reales que por carta de pago que mostró pareció haber pagado a Juan Antonio Pérez de Villarreal, maestro de carpintería, por la ocupación y trabajo que tuvo en ver la obra de la torre de esta villa que hicieron Francisco del Molino y Vicente del Molino, como persona que fue nombrada por los señores provisores para el dicho efecto. || (f. 123r) Se le pasan en cuenta al dicho mayordomo 237 reales que pareció ir de yerro en la segunda partida de los jornales de Bartolomé Cobo, Juan del Cotero y compañeros, porque habiendo de dar carta de pago de 1.495 reales que recibieron solo la tienen dada de 1.258, y por olvido no la dieron de los 237 reales del yerro que lo habían recibido antes para que estuviese todo en una partida, porque parte tenían dado recibo de ellos, de que constó y además de esto lo declaró el licenciado Francisco la Molinera, que les pagó dicha cantidad. 145r-v): Se le pasan en cuenta al susodicho [mayordomo] 16 reales que se gastó en limpiar el cementerio y echar cantidad de tierra contra iglesia por el daño de las canales. || (f. 145v) Se le pasan en cuenta al dicho mayordomo 120 reales de vellón que se le dan por 25 días que se ocupó en ir a la villa del Burgo y Rabanera y Hontoria con negocios tocantes al pleito de la torre que se ha hecho sobre el litigio con los fiadores de Molinos. || Se le pasan en cuenta al dicho 100 reales de vellón por otros tantos que dicho mayordomo dio y pagó a Juan de Santos García, receptor de la Audiencia Episcopal de Osma, por su trabajo y salarios del tiempo que se ocupó en hacer la información que se hizo en esta villa sobre el pleito de la torre, con orden del tribunal. 295r-v): Se le reciben y pasan en cuenta a dicho mayordomo 120 reales de vellón por los mismos que por libran- / za dicho señor juez dio y pagó a Juan García Pedraza, vecino de la ciudad de Soria, en virtud del poder que tenía de la heredera del mayorazgo de Marquina, por el arco y piedras sillares que están puestas en el cementerio de la iglesia, en que otorgó venta de dichas piedras y arco a favor de dicha iglesia... 174r): Se le abonan a dicho mayordomo 180 reales de vellón que ha tenido de costo el archivo, fijado en la sacristía nueva, según al presente se halla. || Da en data 127,5 reales de vellón del costo de la puerta nueva de la sacristía, en que entra el gorrón y quicio y portal. Se le abonan. || Se le abonan 82 reales de vellón que tuvo de costo el levantar el suelo de la sacristía vieja, así de madera, jornales y clavazón, como se justificó por el memorial que para ello se formó. 221v-222r): Es data 1.189,5 reales de vellón, los mismos que se han ganado en hacer 104 tapias y media para cerrar la claustra, incluyendo en esta cantidad los jornales de oficiales, coste de cal, conducción de arena, agua y piedra. || Es data 233 reales y 2 mrs de vellón, los mismos que ha tenido de coste la piedra que se sacó del castillo, con licencia del excelentísimo señor duque, conducción, hacer el andamio y componer el estribo que está contiguo y refrescos que se dieron a las personas que quedaron cuidando la iglesia por de noche, mientras estuvo abierta la ventana. || (f. 222r) Es data 350 reales y 16 mrs de vellón que ha tenido de coste la pared del baptisterio, componer la de la huesera, entrando la conducción y coste de materiales. 55r): Se le pasa en data 7.345 reales de vellón que costó la obra de la bóveda y coro de dicha iglesia; consta de recibos del maestro. 100v): [al margen: Hubo ruina en el baptisterio de notable consideración] Que se haga dos colaterales en la capilla mayor, que suban a más de la mitad del lienzo, con el ancho correspondiente, para que la iglesia tenga la decencia que no tiene, buscando maestros de toda satisfacción que las ejecuten con arte, y de solo medio relieve y una buena arquitectura, y para ello se da comisión al cura actual... 1767, enero, 12 (ADO-S, Libro 96/53, pliego suelto):...que respecto que uno de los días por la noche del mes de diciembre próximo pasado escalaron la dicha iglesia, quebrantando y falseando doce cerrajas y aunque no faltó alhaja alguna de dicha iglesia, para su seguridad es necesario cerrar de cal y canto la puerta que sale del baptisterio a la claustra, por no ser útil, antes bien de mucho perjuicio a dicha iglesia. Asimismo, quitar el balcón de la sala que hay encima de la sacristía, como también en su lugar hacer una ventana con su buena reja de hierro, y los tabiques que hay en dicha sala derribarlos y hacer una pared madre encima de la sacristía que cerque toda dicha sala con sus esquinas y ventanas de sillería, echando en estas y en las de la sacristía de la capilla de la Concepción / y ventana del baptisterio buenas rejas de hierro. Asimismo, barrear las puertas principales de dicha iglesia y sacristía con las planchas de hierro correspondientes y necesarias, como también poner una puerta en el paso de la entrada de la capilla de la Concepción con su cerradura correspondiente. Y asimismo quitar el portegado que hay arrimado a dicha iglesia, y el de dentro de la claustra, para evitar el subir a las ventanas ni tejado por no ser útiles para cosa alguna, y que los materiales de estos se aprovechen a favor de dicha iglesia... Burgo de Osma (ADO-S, Libro 96/53, pliego suelto): Digo que en uno de los días del mes de diciembre próximo pasado el año de 17[66], a deshora de la noche, escalaron la expresada iglesia, quebrantando y falseando doce cerrajas, aunque no pudieron conseguir los delincuentes, o no quisieron, quitar alhaja alguna de la iglesia mencionada, se hace preciso para obviar otro semejante lance, y el que extraigan y roben dichas alhajas y que queden aseguradas, el cerrar de cal y piedra la puerta que sale del baptisterio de la claustra, la que es enteramente inútil y perjudicial a la iglesia, y asimismo es útil y conveniente el quitar el balcón de la sala que hay encima de la sacristía y en su lugar poner una ventana con una reja fuerte de hierro, derribar los tabiques que hay en la sala de que va hecha mención y hacer una pared maestra encima de dicha sacristía que cerque toda la dicha sala con sus esquinas y ventanas de sillería, / y echar en las de la sacristía de la capilla de la Concepción y ventana de dicho baptisterio unas fuertes rejas de hierro, y barrear las puertas principales de la enunciada iglesia y sacristía con las planchas de hierro necesarias, y asimismo es conveniente y preciso para el fin recordado poner una puerta en el paso de la entrada de dicha capilla de la Concepción con su cerradura y quitar el portegado que hay y está arrimado a la expresada iglesia y el de dentro de la claustra, para evitar el subir a las ventanas ni tejado por ser inútiles, y se pueden aprovechar todos sus materiales para hacer y fabricar cuanto va relacionado... 1767, septiembre, 24 (ADO-S, Libro 96/53, pliego suelto): Ante su merced dicho señor juez de comisión pareció presente Pedro Aguilera, residente en dicha villa, maestro de cantería y carpintería, [...] quien ofreciose declarar y reconocer por menor las obras que se citan en la petición de estos autos y, habiéndolo ejecutado, declaró lo siguiente. Primeramente declaró ser preciso cerrar la puerta que sale del baptisterio a la claustra con buena mampostería de cal, dejando una ventana / de sillería con su reja en cruz, poner dicha puerta en un todo inútil y perjudicial a dicha iglesia y esto tendrá de coste 190 reales. Asimismo declaró ser muy útil y necesario a dicha iglesia el quitar un balcón de madera que hay encima de la sacristía, como también un tabique que allí mismo hay, y en su lugar se ha de hacer una pared de mampostería de cal y piedra, dejando una ventana de sillería proporcionada con su reja, que tendrá de coste 593 [reales]. Declaró débese reparar en toda forma un estribo que está encima de la sacristía, sacando las piedras que tiene rompidas y poniendo otras de sillería, de modo que la esquina quede bien enlazada y unida, y que también se ha de quitar una zarza con sus raíces que hay en lo alto del estribo, descubriendo bien todo el remate y amacizándolo de nuevo con cal y piedra, y el vertiente para las aguas ha de ser de sillería según arte. También se ha de calicostrar y tapar los agujeros en la pared de la iglesia según y cómo sea necesario, como también el recorrer todo cimiento de la sacristía y baptisterio por hallarse por muchas partes devorado, lo que tendrá de coste 308. También se ha de dar de cal a la pared que baja desde la esquina del baptisterio a las peñas, / cerrando los portillos que se hallan para evitar la subida por aquella parte, que tendrá de coste 60. Declaró ser necesario el quitar los dos portegados que hay, el uno bajo la puerta de la iglesia y el otro en la claustra, por ser peligrosos a dicha iglesia y de los que se ha de aprovechar piedra y materiales que tiene para lo necesario de la obra de la iglesia, lo que tendrá de coste 40. Declaró y dijo que para mayor seguridad de dicha iglesia se hace necesario hacer cerraja nueva para la puerta de la iglesia y guarnecer dicha puerta con unas planchas de hierro, como poner rejas en la ventana del baptisterio y sacristía, lo que tendrá de coste 200 reales. Todos los cuales reparos declaró bajo del juramento. Cabrejas del Pinar (ADO-S, Libro 96/53, pliego suelto): Para hacer el transparente arriba mencionado se hará un rompimiento a todo el grueso de la pared, que es lo que va demostrado en su planta, y lo alto lo que representa en su alzado, para poder / guarnecerla de sillería conforme se demuestra, por fuera y por dentro se hará lo restante de su grueso de un arco fuerte de rajola para contener el peso de la pared de dicho rompimiento, macizándolo bien para su seguridad, y contemplando lo elevado del sitio por aquella parte lo fuerte de la pared, y lo estéril de materiales, digo yo, Juan Antonio Miguel, maestro arquitecto, que habiendo reflexionado el coste de las tres mencionadas obras me parece llegará como a 7.000 reales de vellón, y por verdad lo firmo... 240v-241r): Es data 17 reales que ha costado una cerraja y cerrojo / para la puerta de la claustra de abajo. 325r-v): 1.998 reales que costó la construcción de la portada de piedra para la sacristía. || 1.868 reales que ha costado la construcción de piedra del archivo. || (f. 325v) Son data 1.692 reales que ha costado el allanar y ensanchar la sacristía, terraplenar la Concepción y hacer las paredes de la claustra. 333v): Son data 842 reales que ha pagado a Cipriano Antonio Miguel, maestro director de las obras del púlpito, archivo y puerta de la sacristía por los planes y trazas. || Son data 3.435 reales y 31 mrs del coste, conducción y colocación de las puertas del archivo que se ha hecho para dicha iglesia, los 3.000 del coste y los restantes de su conducción y colocación. 1810, octubre, 2 (ADO-S, Libro 96/39, s.f.): 116 reales de vellón que ha importado el componer el transparente de Nuestra Señora del Castillo. || 6.000 reales de vellón que se le prometieron y gratificaron al capitán de guardia cuando en el 21 de noviembre de 1808 se acampó en esta villa y sus confines la tropa francesa, porque puso guardia en la puerta de la iglesia para que no fuese saqueada como otras lo fueron.
Secuencia constructiva de la iglesia de Nuestra Señora de Campanario en Almazán (Soria). Datos para la interpretación de sus estructuras románicas Se exponen los principales resultados obtenidos tras la lectura estratigráfica de un templo que, pese a su escala, ha suscitado un moderado interés en los estudios del románico soriano. La secuencia, que se prolonga hasta nuestros días, arroja interesantes datos acerca de un posible proceso de fortificación en época medieval así como sobre las dificultades experimentadas para su cierre definitivo. La imbricación de los datos arqueológicos con las referencias escritas conservadas nos ha permitido, además, documentar las intensas remodelaciones de la fábrica en la edad Moderna. «(...) situada en el punto sur mas elevado del pueblo, de solidez pero muy deforme a la vista, y de malas proporciones en el interior: mas parece una fortaleza que un templo...» La denigrante categorización que ciertos eruditos decimonónicos vertieron sobre este edificio parece haberlo estigmatizado incluso hasta nuestros días (Fig. 1). Pese a poder considerarlo como uno de los monumentos medievales más interesantes de la provincia de Soria, lo cierto es que apenas recibe atención por parte de quienes llegan hasta la localidad de Almazán. Situada al pie de la desaparecida fortaleza adnamantina, la iglesia de Nuestra Señora de Campanario observa irremediablemente cómo el interés del visitante se concentra en la zona más próxima al Duero, donde fueron levantados el palacio de los Mendoza y la también iglesia románica de San Miguel. Imagen del templo desde el cerro del castillo Su imponente fábrica se alza por encima del caserío mostrando altiva una interesantísima sucesión de elementos de variada adscripción. La parte más antigua es, tal vez, la de mayor nobleza material. La cabecera triple de ábsides semicirculares y el transepto a la que abren fue levantada en sillería bien escuadrada. El aula, con sus tres naves, muestra una mayor humildad exterior. Si acaso los accesos del sur y del norte -este hacia el centro de la población- son la única concesión monumental (Fig. 2). El crucero, decorado en su interior, pasa desapercibido al exterior merced a la existencia de muros de diferente factura que afean la silueta, entre ellos la esbelta espadaña que da nombre al edificio1. La conjunción de estos factores, sumada a la casi total ausencia de restauraciones «en estilo», auguraba la presencia de una rica secuencia constructiva que pudo ser corroborada a través del análisis estratigráfico. Topografía medieval de Almazán donde se señala la ubicación del edificio (Márquez 1987) Desde una perspectiva metodológica, el desarrollo global de los trabajos se inserta dentro de los planteamientos establecidos por la Arqueología de la Arquitectura, si bien con una particularidad. Para el estudio de los alzados interiores de las naves y el coro fue preciso acudir a la estrategia denominada «análisis configuracional» (Mannoni 1998). Los revoques en esta zona impedían documentar la secuencia estratigráfica, de manera que se procedió a la realización de una tabla de variables tipológicas de los elementos singulares (basas, pilares, ménsulas y plafones). Esto permitió establecer áreas de convergencia/divergencia para una posterior reconstrucción secuencial de las zonas cubiertas por los enlucidos. 2.- HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN Sea por su ecléctica naturaleza, sea por desconocimiento, lo cierto es que el interés mostrado hacia este edificio ha sido moderado. En el siglo XIX no pasó de ser catalogada como de origen gótico con añadidos que «forman un todo desagradable» (Madoz 1845: 77), quizás por su falta de adscripción estilística bajo postulados positivistas. Entrados en el siglo XX, sería Gaya (1946: 185) quien procediera con una pormenorizada descripción de su parte románica y un primer encuadramiento cronocultural sobre la base de un intento de recomposición evolutiva. En su opinión, románicos —si bien de fechas avanzadas en el desarrollo de este estilo2— son tanto la cabecera como el transepto, excluyendo por razones tipológicas el aula, que considera de época moderna. A partir de este trabajo, y hasta el reciente siglo, apenas hay estudios que superen lo expuesto, al menos en lo referido a la construcción románica. De mayor profundidad y relevancia es el artículo recogido en el volumen que dedica a Soria la Enciclopedia del Románico. En este trabajo se habla de la iglesia como el proyecto más ambicioso de la población. Un proyecto románico que se considera inacabado, pues sólo la cabecera y los muros perimetrales del transepto entran dentro de los parámetros formales fijados para este estilo (Rodríguez 2002: 150). También se dan a conocer los espacios bajocubierta en la cabecera, si bien la acumulación de material impidió el adecuado acceso y la recogida de datos que hubiera permitido emitir hipótesis acerca de su posible función. La cronología románica tardía propuesta por Gaya se ve refrendada aquí mediante la datación de una escultura catalogada como «borgoñona» (Rodríguez 2002: 153). Pese a resultar lógico el interés demostrado por las fases románicas del edificio, la desatención hacia el resto de sus componentes ha favorecido el mantenimiento de un interrogante fundamental hasta la actualidad: ¿se llegó a concluir la gran iglesia románica? Veamos aquí algunas de las propuestas al respecto. Sin embargo, no tardarán en aparecer análisis que reclamen la existencia de una fase gótica intermedia especialmente visible en los restos de la desmontada capilla norte llamada de los Laynez3, así como en la cubierta de terceletes del crucero, datada a través del análisis estilístico y heráldico en la segunda mitad del siglo XV (Martínez 1980: 406). Para Rodríguez (2002: 150), el hecho de que las bóvedas del transepto cubran parcialmente las ventanas románicas del cimborrio apoyaría una cronología gótica también para dichas cubiertas4. La constatación de una etapa intermedia bajomedieval entre la primera fábrica románica y el aula moderna sirve como punto de apoyo para el establecimiento de la siguiente secuencia; la obra románica se detendría en los pilares orientales del crucero para ser retomada en el entorno del 1500, siendo remozada el aula en los siglos XVII y XVIII (Rodríguez 2002: 154). Esta es, hasta el momento, la propuesta evolutiva de mayor precisión y, como hemos visto, está fundamentada en el análisis formal combinado con el uso de las escasas referencias textuales. Nuestra labor aporta a lo ya expuesto una visión estratigráfica y tipológica acompañada de la revisión de la documentación conservada. Como veremos a continuación, a partir del trabajo efectuado estamos en disposición de matizar algunos de estos aspectos. 3.- LA CONSTRUCCIÓN DEL EDIFICIO ROMÁNICO La primera conclusión que se desprende del análisis de sus paramentos es que, al menos por encima de la cota 0, la parte más antigua del templo corresponde a la actual cabecera tripartita y el transepto que la precede (A 100), no habiéndose registrado ningún elemento en alzado que permita suponer la existencia de estructuras anteriores5. Se trata de un ambicioso proyecto constructivo desarrollado a escala monumental, como testifica la conservación de los tres ábsides de planta semicircular dispuestos en batería que abren hacia una nave transversal o transepto destacado, pues corre perpendicular a las trazas conservadas del muro originario sur del aula (A 101). Como hemos señalado más arriba, el análisis formal efectuado por quienes nos han precedido les llevó a considerar todo el sector oriental del templo, desde el transepto hasta el hemiciclo del ábside central y desde los zócalos hasta las cubiertas, como parte de un mismo proyecto de transición hacia el gótico (Fig. 3). Sin embargo, la observación detenida de sus características materiales y las relaciones estratigráficas de las unidades que lo conforman nos proporcionan argumentos para matizar esta idea. Exterior de la cabecera románica Etapa I. Elevación de la cabecera y trazado del transepto La primera etapa constructiva estaría formada por una gran unidad cuyos límites hemos establecido, en el exterior, hasta la cornisa en los ábsides y hasta una altura aproximada de 19 hiladas en el transepto (A 100, UE 1000). Para su edificación se levantaron muros de doble hoja en los que se utilizan sillares de piedra caliza, tallados con hacha y dispuestos a soga, preferentemente, formando hiladas muy regulares con una altura máxima de 40 cm. Sus aristas, en ocasiones, muestran numerosos tajos y están ciertamente escantilladas. Entre las juntas podemos apreciar un mortero arenoso con desgrasantes. La superficie, además de las huellas de talla, muestra numerosas marcas de cantero con variables sencillas entre las que abundan aspas, cruces, flechas y escuadras. La ausencia de estos signos lapidarios será, además de otros argumentos, uno de los discriminantes para establecer una segunda etapa constructiva. Al exterior, la cabecera resulta de gran monumentalidad. El ábside central, sobre un zócalo resaltado de poco más de medio metro de altura, es el más complejo en cuanto a su articulación externa. Dos semicolumnas surcan verticalmente sus paramentos para dividirlo en tres paños, en cada uno de los cuales se abren sencillos vanos de medio punto asaeteados. De extrema sobriedad decorativa, solamente podemos mencionar en este ámbito los sencillos capiteles vegetales que rematan las columnas y una corona de canecillos que son modillones de rollo. Llama poderosamente la atención el que los ábsides laterales se unan al central a través de un pequeño paño recto de menos de 30 cm de anchura. Comparten con este algunos elementos como el zócalo y la sencillez de los vanos, únicos en este caso y a eje, en la capilla norte, y ligeramente descentrado, en la sur. Aunque hoy se encuentre liberada, gran parte de la cabecera estuvo durante largo tiempo oculta tras estructuras posmedievales, de las cuales todavía se observan sus huellas. Las características materiales y técnicas presentes en los hemiciclos de los ábsides laterales se prolongan por los muros exteriores de sus respectivos tramos rectos, así como por las partes bajas del transepto, lo que permitió definir sus límites en esta primera etapa (Fig. 4). Tanto en su lado norte como en el sur se alzaba, al menos, hasta la decimonovena hilada y en ambos casos el muro se retranqueaba en la parte occidental para encontrarse con los del aula, lo cual nos permite hablar de un transepto destacado en planta para este primer proyecto. De las naves al exterior, tan sólo hemos podido documentar su arranque hacia los pies en el costado meridional, si bien es un dato importante porque, combinado con otros procedentes del interior, nos permite asegurar que este primer proyecto contemplaba la construcción de un aula de notable anchura apta para una división en tres naves. En el ángulo suroeste del brazo sur de esta auténtica nave transversal se construyó un husillo circular con una escalera de caracol interna que, en la actualidad, sirve para acceder al bajocubierta de la cabecera (Fig. 5). Pudimos observar cómo, en el exterior, las hiladas inferiores de su paramento traban con las del transepto y sus sillares comparten con los de aquel las mismas características materiales. Estas circunstancias se aprecian tanto en el interior de la iglesia como del propio husillo, al menos hasta cierta altura. En esta zona son visibles marcas de cantero coincidentes con las presentes en los muros externos. Podemos estar seguros por ello de que este proyecto contempló la instalación de un acceso a las partes altas del edificio. Husillo en la esquina SO del brazo sur del transepto La observación y descripción tipológica de los elementos correspondientes a esta primera etapa resultó trascendental en el interior del templo, puesto que los muros habían sido totalmente picados y las juntas repasadas unificando la superficie (Fig. 6). Las características técnicas y materiales utilizadas para establecer los límites del edificio originario al exterior permitieron señalarlos también en el interior. Estos rasgos tipológicos se mantienen de manera constante en todos los muros internos en ábsides y sus correspondientes cubiertas, pero se van diluyendo a distintas alturas en la zona del transepto. Alzado interior norte de la nave y ábside central En el muro oriental esta etapa primera se extiende por los tres arcos de embocadura a los ábsides, interrumpiéndose a la altura de la línea de imposta decorada, límite que también es válido para los muros meridional y septentrional. Sin embargo, en el alzado de poniente la UE 1000 (A 100) no alcanza demasiada altura, deteniéndose bajo los arcos de comunicación con las naves laterales. Este mismo cambio se aprecia nítidamente en los pilares compuestos que separan las naves (UE 1140). Pese a las mutilaciones posteriores, todavía es posible reconstruir su imagen primitiva. Se apoyaban sobre basas circulares y poseían núcleo cruciforme con semicolumnas adosadas (Fig. 7). Una estructura, en suma, preparada para recibir los empujes de los arcos formeros y fajones típicos de las estructuras románicas. Sin embargo, a medida que recorremos su superficie en altura, multitud de saltos y cambios de plano permitieron establecer una solución de continuidad que marca la frontera con la siguiente etapa. Detalle de los pilares compuestos de época románica que separan el transepto del aula moderna La combinación de estos datos permite concluir que las bóvedas de cañón apuntado del transepto y gran parte del muro occidental del mismo fueron construidas en la segunda etapa. Asimismo, caso de existir, también la cubierta del crucero románico debió ser, necesariamente, sustituida en época gótica. La estructura de los espacios que componen las capillas posee la ordenación habitual dentro del estilo románico; arcos de embocadura doblados, tramo recto cubierto con bóveda de cañón apuntada, arco de triunfo sobre columnas y capiteles antecediendo al hemiciclo cubierto con bóveda de horno (Fig. 8). De las ventanas descritas al exterior, no ha sido posible localizar rasgo medieval alguno al haber sido restauradas en época contemporánea (A 153; UE 1093, 1094). El ábside central desde el crucero Sí pudimos documentar los elementos ornamentales que recorren las partes altas de esta primera etapa. Son un total de 10 capiteles, 4 ménsulas y varios metros de impostas. En el ábside mayor, la estructura bipartita de su interior sobre arcos fajones ofrece dos parejas de capiteles vegetales con hojas nervadas y potente claroscuro. Sus cimacios e impostas exhiben roleos de grueso tallo y zarcillos (Fig. 9). Guardan una gran similitud, aunque hay ligeras variantes, como la introducción de pequeños motivos animales, con los capiteles orientales sobre los que apean los arcos torales norte y sur del crucero. Detalle de uno de los capiteles de la etapa I. Ábside mayor, muro sur, entre presbiterio y hemiciclo Estilo y temática se mantienen en la decoración de los ábsides laterales, si bien la ejecución transmite una menor pericia, puesto que abundan las imprecisiones. Cimacios e impostas muestran círculos entrelazados, en tanto que los capiteles de los arcos de acceso son "fitomórficos", salvo en el sur de la capilla meridional, donde aparecen cuadrúpedos rampantes con el torso girado hasta enfrentar sus cabezas. Al interior de los ábsides, los capiteles del arco que antecede al hemiciclo son aquí estilizadas ménsulas en las que se alternan motivos vegetales, geométricos y, concretamente en el absidiolo sur, figurados de difícil interpretación. Vemos aquí un personaje masculino haciendo sonar un cuerno y otro vestido con ropas talares que levanta la mano derecha en señal de bendición. Otro elemento a destacar de esta primera fábrica es el constituido por el nicho que, en la actualidad, cobija la pila bautismal en el muro sur. Tal espacio debió de tener, al menos, dos funciones previas; puerta de acceso al templo y, anteriormente, arcosolio con posible carácter funerario (A 101, UE 1154). La presencia de impostas biseladas en todo el intradós de la jamba impide pensar en que fuera originariamente concebido como puerta. Si, como presumimos, su función original fue cobijar un sepulcro, estaríamos ante una prueba evidente del desarrollo de las obras como para que, al menos, alguien decidiera elegir este edificio como lugar para su sepelio. Este monumento fúnebre, sumado a una parte del muro románico fosilizado (hoy enfoscado) sirven como argumento para sostener que la caja del aula, al menos en esta zona meridional, avanzó al menos hasta el límite que hoy fija la puerta neoclásica. Al observar cuidadosamente la jamba occidental de este acceso moderno, los rasgos tipológicos de sus sillares permitieron incluir esta zona dentro de la fábrica medieval. Definida la primera etapa, quedan pendientes de resolución dos interrogantes. El primero se refiere al momento inicial de construcción, mientras que una ulterior duda afecta a las razones que justifican la interrupción de este proceso. Para dar respuestas satisfactorias a ambas preguntas, resulta indispensable conocer los detalles de cómo se desarrollaron las tareas en fases sucesivas. De acuerdo con lo expuesto, el primer impulso constructivo sufrió una alteración antes de proceder con la cubierta del transepto y de lanzar las naves del aula hacia poniente. No hemos documentado ningún indicio que denote una interrupción brusca, y mucho menos una ruina, por lo que resulta lógico pensar que la pausa fue debida a un cambio de obra o un replanteamiento del proyecto inicial. Por otro lado, la siguiente fase presenta una serie de rasgos que la individualizan, si bien combinados con otros ya observados en esta primera etapa. El resultado podría definirse entonces como un segundo empuje constructivo con adaptación parcial al proyecto ya iniciado6. El desarrollo de los trabajos debió ser este: después de la necesaria cimentación, se trazan los ábsides y se delinean los muros perimetrales del transepto; los hemiciclos se levantan hasta la imposta y se procede a cubrir las tres capillas de acuerdo con los parámetros habituales, bóveda de cañón, ligeramente apuntada y de horno en la cuenca absidal. Al mismo tiempo, se dejan preparados los soportes para proceder a la colocación de las bóvedas del transepto, acción que no se concluye en esta etapa. La explicación a tal comportamiento está implícita en la descripción de la siguiente fase. Cubiertas románicas y cámaras sobre los ábsides laterales Llegados a este punto, podemos decir que el aspecto general del templo ha sido definido. Su parte más importante —capilla mayor y ábsides laterales— está concluida y preparada para acoger celebraciones litúrgicas, por lo que no se puede descartar una consagración en este momento. Transepto y aula, caso de que esta hubiera sido delineada en todos su muros, permanecen sin cubrir. Estas acciones serán llevadas a cabo a lo largo de la etapa que nos ocupa, momento en el que además se materializan algunos rasgos estructurales genuinos del edificio incardinados con su fortalecimiento. Concluidas estas labores, la parte oriental de la iglesia habría sido completamente abovedada y dotada de un muro de sillería que actúa a modo de parapeto tras el cual se construyeron unas poco comunes cámaras ubicadas por encima de los presbiterios de los ábsides laterales. Al exterior, esta acción se concreta en la realización de una ancha franja de sillería que recorre todas las partes altas de la cabecera, incluyendo los testeros del transepto y el husillo (UE 1034). El material utilizado así como el aparejo, pese a poseer ciertas concomitancias, se diferencian con claridad de los de la etapa originaria. Se trata de sillares de tamaño medio, en general más pequeños que los de la fábrica primigenia, dispuestos a soga formando hiladas no excesivamente regulares. Sus aristas escantilladas y la multitud de ripios a modo de cuña incitan a pensar en el reempleo de algunos de ellos. Al contrario que en la etapa anterior, aquí las marcas de cantero son prácticamente inexistentes y, salvo la ventana de medio punto en el alzado sur del transepto, no contamos con elementos tipologizables o encuadrables dentro de un estilo predefinido. Utilizando estos discriminantes es posible definir con cierta precisión los límites de esta fase, así como describir los elementos principales que la forman. El enjarje de la parte superior del husillo con el resto de la fábrica, demuestra que la escalera proyectada en la etapa anterior fue continuada ahora, si cabe con justificado uso puesto que sirve de acceso al complejo oriental de bajocubierta. El muro se prolonga por el testero meridional del transepto y gira en diagonal sobre el presbiterio del ábside sur hasta encontrarse con un lienzo similar que procede del lateral norte de la iglesia. En planta se aprecia cómo se genera una especie de proa que protege un amplio espacio interior, en el que se sitúan sendas cámaras cuya existencia, al exterior, se delata por la presencia de pequeñas aspilleras (Fig. 10). Se trata de un espacio semioculto que, por el momento, denominaremos cámaras suprabsidales7. Nótese cómo los muros sobre los ábsides laterales que cobijan las cámaras suprabsidales se proyectan en ángulo Al igual que vimos en la anterior fase, también esta tiene su correlato en la zona oriental del interior del templo. Es ahora cuando se concluyen las partes altas, incluyendo bóvedas del transepto, arcos y capiteles del muro occidental de dicha nave transversal (UE 1139). Aquí, pese al irritante abujardado de los paramentos, la diferente tipología de la fábrica de esta segunda etapa pudo corroborarse mediante la documentación de evidentes cambios de plano en ciertos paños de los muros de sillería. Utilizando esta estrategia, pudimos concluir que los capiteles e impostas situados por encima de los mencionados cambios de plano, en el alzado occidental del transepto, poseían características que los diferenciaban de sus homónimos en el muro de enfrente. Por tanto, esta fase cuenta entre los miembros de su cuadrilla a canteros que labran y ubican piezas decoradas. Hay una cierta similitud entre los elementos ornamentados de esta y la anterior etapa, lo que invita a pensar en la utilización de material conservado y puesto en fábrica en este momento8. Sin embargo, es ahora cuando se utiliza por primera vez la tipología de imposta "anacelada" sin ornamentación, detalle que ayuda a definir las superficie correspondiente a este momento constructivo. En cualquier caso, la suma de estos datos arroja una información muy jugosa en lo referido a la forma en la que hemos de imbricar dichas etapas en la secuencia evolutiva de la obra, permitiéndonos proponer un replanteamiento de la misma más que una interrupción. De la información correspondiente a la etapa primera deducíamos que tal vez ya se pudo construir el perímetro del aula. En esta fase se completan los pilares compuestos del primer tramo y sobre ellos apea la bóveda apuntada del transepto, por lo que hemos de suponer que estaban proyectadas las cubiertas de las naves, al menos en la zona más próxima al crucero. Esta conclusión depende en gran medida de la interpretación que efectuamos de las huellas verticales dejadas por los muros laterales del aula (A 103), hoy visibles en el alzado occidental del transepto (UE 1059, 1077). Estos indicios permiten suponer la existencia de un muro perpendicular —posteriormente desmontado y del que desconocemos su desarrollo longitudinal— de mayor altura que los actuales que equivaldría al cierre de la caja del aula de época románica y que sería coetáneo al transepto. Sin duda, el aspecto más llamativo en este momento de la fábrica es la realización de, al menos una, cámara abovedada sobre la capilla lateral norte (UE 1169), que incluiría, previsiblemente, una similar en el lado opuesto9 (Fig. 11). Para acceder a ella, en la actualidad, se ha de alcanzar el bajocubierta ascendiendo por la escalera de caracol del husillo del brazo sur del transepto. Desde allí es preciso recorrer toda la cabecera hasta llegar a la escalera de dos tramos, con caja de sillería, que permite acceder al interior del edículo. Se trata de una estancia rectangular (2 x 3,30 m aproximadamente) abovedada, dispuesta oblicuamente en relación al eje del ábside norte sobre el que se emplaza, adaptándose al paño recrecido en la cabecera (UE 1034), siendo este uno de los argumentos básicos para considerarlos coetáneos. Interior de la cámara suprabsidal norte No estamos en disposición de garantizar que el actual nivel de uso al interior con un pavimento de tierra batida sea el original. A partir de dicha cota arranca una hilada de sillería de tamaño medio con marcas de cantero (cruces mayoritariamente), de fino trazo. Sobre esta se asienta un banco de cantos rodados y mampuestos pequeños trabados con mortero que sirve, a su vez, de asiento para la bóveda de medio cañón construida con sillares. Posee dos ventanas, una hacia el norte y otra hacia el este, simples aspilleras al exterior pero abocinadas notablemente en su desarrollo interno hasta formar un arco rebajado, cuya tipología remite sin problemas a tiempos medievales. Completada esta segunda etapa, podemos garantizar la elevación y cubierta de toda la zona oriental del edificio, incluido el transepto. Menor definición posee la información con la que contamos para conocer el estado de la construcción del extremo este del aula. Con seguridad estaban preparados los pilares para recibir las cubiertas de los tramos más cercanos a la cabecera, si bien no podemos garantizar que las bóvedas llegaran a proyectarse. Carecemos de datos acerca de la solución originaria para la cubierta del crucero, puesto que este espacio está actualmente ocupado por un cimborrio gótico con bóvedas de terceletes remontado en el siglo XIX (Fig. 12). Cierre occidental del transepto y comienzo del aula No sin dificultad, la construcción pudo avanzar hacia los pies de forma aparentemente ininterrumpida, aunque mostrando importantes correcciones con respecto a lo atisbado en las etapas anteriores. Pese a las dificultades de observación que supone la presencia de encalados interiores, pudimos identificar los restos de las arquerías medievales (A 105) y el cierre oeste del transepto (A 104), acciones ambas que ponen de manifiesto la finalización de los trabajos en esta zona del templo. La pauta que seguirá a partir de este momento la fábrica denota una evidente pauperización de los medios con los que se contaba. Esta circunstancia se aprecia con claridad en el alzado de poniente de la nave que actúa de transepto, todavía hoy visible a ambos lados de la nave central (UE 1057, 1076, 1078). Se trata de un muro de mampostería, ladrillo y mortero de cal de aparejo irregular, que cubre la superficie sin formar hiladas o bancos. A través de esta operación se desbarata parcialmente lo proyectado en la etapa anterior, donde los muros perimetrales del aula eran más elevados. Se rebaja así considerablemente la altura de las naves laterales, tal vez con la idea de adecuarlas a la tipología de las cubiertas que, por fin, podemos asegurar existieron en los primeros tramos del aula. Resulta muy interesante el haber podido constatar que es en este periodo cuando se procede a lanzar los arcos formeros de separación (A 105). Los restos de esta arquería primigenia son visibles todavía al exterior de la nave central, en su lado meridional (UE 1085), y también al interior, esta vez en la cara sur de la arquería norte (UE1164) y únicamente adivinando su perfil bajo los enlucidos posteriores10 (Fig. 13). Si tomamos el primero como referencia, podemos concluir que se trató de arcos apuntados realizados en piedra y cuya anchura es sustancialmente más amplia que cualquiera de los descritos hasta ahora (por ejemplo, los torales del crucero o el de triunfo). Al proyectar su previsible luz, se observa cómo estos apoyarían hacia oriente sobre los pilares del transepto, mientras al oeste irían a descansar en otros, actualmente desaparecidos, que se situarían aproximadamente en el lugar que hoy ocupa el tercero de los de época moderna. Por lo tanto, se podría considerar que cada tramo de la nave medieval correspondería aproximadamente a dos de los actuales. La clave de estos arcos se sitúa en una cota inferior a la de la cumbre del transepto, lo que induce a pensar que respondan a proyectos distintos, si bien ambos situados dentro de un horizonte cultural y artístico indudablemente medieval. Al rebaje sustancial de la altura del aula hemos de sumarle la inferior calidad de los materiales utilizados puesto que un documento del año 1781 nos revela que la cubierta de este espacio, suponemos que sobre los arcos apuntados, fue realizada en madera11. Arco medieval en piedra embutido en el muro norte de la nave central. Nos situaríamos aquí frente a la que debió ser la última etapa del periodo románico, si bien conjeturamos que ya dentro de las cronologías habitualmente manejadas para el estilo gótico. Un proceso constructivo que se nos ha revelado lento y caracterizado por cambios de proyecto, tal vez relacionados con el intento de fortificar la zona hacia levante. Ya concluido, documentamos un tramo destinado a los fieles en el que las poderosas cubiertas pétreas dieron paso aquí a otras realizadas en madera, evidenciándose así un más que posible descenso en la disponibilidad de recursos destinados a la construcción del edificio. «Más parece una fortaleza que un templo» No contamos con argumentos estratigráficos, tipológicos o documentales que permitan rebatir la cronología tardorrománica para el inicio de las obras que, en líneas generales, ha sido consensuada por la historiografía. Parece razonable mantener como referencia un horizonte de finales del siglo XII. En cierto modo, el contexto histórico de la villa aconseja utilizar una fecha tardía dentro del estilo románico, si bien no tanto en el contexto soriano. El asentamiento definitivo tras la pacificación de la zona se produjo en tiempos del dominio aragonés de Alfonso I y su inclusión en los límites del obispado de Tarazona (Rodríguez 2002: 129). Sería a partir de entonces cuando surjan nuevas parroquias extramuros del recinto militar que, con el correr del tiempo, fueron incluidas dentro de un segundo cinturón amurallado12. Resulta incuestionable que al finalizar estas tres etapas la zona oriental de la fábrica poseía el aspecto abaluartado que da pie a los eruditos decimonónicos a la afirmación que abre este epígrafe. Parece claro que en el ánimo de los primeros constructores se encontraba proyectar un piso superior con acceso desde una escalera de caracol en el extremo sur del transepto. Así al menos parece desprenderse del hecho de que el husillo que alberga este elemento se contemplara en la fase inicial. Ahora bien, no sabemos si tal espacio incluía, inicialmente, la construcción de la cámara (previsiblemente «cámaras») sobre el tramo recto del ábside norte. No podemos pronunciarnos de manera tajante al respecto ya que, este replanteamiento no provocó alteraciones profundas en la fábrica primitiva, si exceptuamos algunas insignificantes grietas y desperfectos mínimos en ciertos sillares de las partes bajas de la cabecera. Sea como fuere, esta acción está directamente ligada a la cubierta del monumental transepto al que se abren los tres ábsides en batería, así como del desaparecido cimborrio en el crucero. En esta actividad sí encontramos referentes tipológicos y estilísticos que nos permiten situarla en una cronología románica. Bóveda de cañón, impostas y capiteles deben enmarcarse sin duda dentro de este léxico tecnológico y ornamental. Muy diferente resulta conjeturar acerca de la función para la que fueron instaladas estas cámaras13. Que los templos medievales cobraron papeles protagónicos en funciones que van más allá de las meramente congregacionales es una circunstancia que hemos de asumir a la luz de documentos y evidencias materiales. Pese a la generalizada ausencia de referencias documentales, entre otras misiones, la iglesia, como edificio, debió convertirse en espacio de almacenamiento y también en lugar fuerte dentro de una villa medieval (Nuño 2002: 129 y 131; Nuño 2008: 153). En el caso que nos ocupa, las estancias sobre los ábsides disponían únicamente de un intrincado acceso que dificulta la subida de objetos de gran volumen o peso, por lo que hipotéticamente podríamos descartar su uso como depósitos. Esta función, no obstante, no invalida que aquí se guardaran objetos de reducido tamaño y, previsiblemente, de cierto valor14. Más sencillo resulta imaginar una estructura fortificada, compuesta de sólidos sillares, con extrema dificultad para acceder a ella, circunstancia que redunda en su carácter defensivo. Podemos, incluso, redibujar los remates de los muros si eliminamos la cubierta leñosa actual, lo que liberaría por completo esta zona y la dejaría abierta a modo de gran terraza desde la cual apostarse, vigilar y defenderse. Por otro lado, tenemos la certeza de que los muros perimetrales del aula alcanzan en este momento una altura desorbitada en relación con la de las naves laterales, marcada por los arcos que abren al transepto. El esquema resultante, de acuerdo con este desarrollo hipotético del alzado del aula, mostraría un espacio sobre dichas naves que quedaría oculto tras los paramentos norte y sur. Tal vez este desnivel fuera proyectado como bajocubierta, aunque también podría conformar un segundo piso en todo el perímetro del edificio. Los acontecimientos violentos documentados en Almazán, desde finales del siglo XII, en nada contradicen esta interpretación, si bien hemos de advertir sobre su carácter hipotético15. Pese a que la consolidación de la red parroquial puede ser interpretada como indicio de estabilidad política, social y económica, en el caso que nos ocupa, las disputas episcopales de Osma y Sigüenza por incluir la villa dentro de los límites diocesanos debió provocar no pocos conflictos (Ortego 1973: 12). No en vano, las tropas de Alfonso VII llegaron a ocupar algunas zonas para hacer cumplir lo dictado por el papado y sólo en 1165 es restituida al obispado seguntino (Márquez 1987: 37). Su condición fronteriza entre castellanoleoneses y aragoneses también provocó situaciones de tensión durante la plena y la baja Edad Media. Así ocurrirá durante el conflicto sucesorio acaecido a la muerte de Alfonso X. El rey aragonés Alfonso III, alineado en el bando de los infantes de la Cerda que reclaman el trono castellano contra su tío Sancho IV, se apostó con sus tropas frente a Almazán, que tomará por la fuerza en 1290 pasando a ser temporalmente corte del infante rebelde don Alfonso (Madoz 1845: 54; Ortego 1973: 13). No será hasta la regencia de María de Molina, esposa de Sancho el Bravo, cuando la villa pase de nuevo a manos castellanas para ser gobernada por el hijo de ambos, futuro Fernando IV. Pese a todo, todavía a comienzos del siglo XIV quedan algunos rescoldos de oposición que fueron descritos de manera muy gráfica por la reina viuda a su vástago, pues habla de «algunos caballeros e malfechores que tenían casas fuertes desde donde hacía mucho mal» (Ortego 1973: 14). Entre 1356 y 1369 Almazán volvió a convertirse en base para las operaciones militares de las tropas castellanas que desde la frontera amenazaron territorio aragonés durante la llamada Guerra de los dos Pedros (López de Ayala 1991: 199-201). Si esta centuria se desarrolló de manera agitada, hemos de pensar que avanzado el tiempo la situación no habría mejorado sustancialmente. Un tiempo de crisis poblacional y de contracción económica que ha quedado perfectamente reflejado en una carta de privilegios dada por Enrique III, con fecha de 20 de febrero de 1392, en la que se dice «que para recompensar los muchos servicios que la villa de Almazán hizo a sus mayores y a él mismo, y porque la villa y arrabal eran pobres y estaban yermas y despobladas, las libera de todo pecho, servicio y fonsadera...» También durante el reinado de Juan II, a comienzos del XV tenemos noticias sobre nuevas tensiones entre Castilla y Aragón. En el año 1429, un ejército compuesto por más de dos mil hombres dirigido por don Álvaro de Luna, condestable de Castilla, se guareció en los muros de Almazán a la espera de entablar batalla con las tropas de Alfonso V de Aragón que habían tomado el monasterio de Santa María de Huerta (Huerto y Frías 1991: 11). Si bien no referido a la iglesia que nos ocupa, el agitado discurrir por la historia adnamantina no desentona con las características fundamentales de la dilatada construcción románica; replanteada como si de una fortaleza se tratara y concluida apresuradamente y con un descenso de calidad notable debido, en nuestra opinión, a la más que probable merma en los recursos destinados a su finalización. 4.- USOS, REFORMAS, REPARACIONES Y RESTAURACIONES El sufrido deambular de la iglesia por la cronología plenomedieval es solamente la antesala de una agitada vida que se prolonga hasta la actualidad. Es evidente que no todas las etapas que surcan esta trayectoria gozan de la importancia de las hasta aquí expuestas. La calidad de la información obtenida tras nuestro análisis presenta altibajos que guardan relación con la posibilidad o no de acceso a la estratigrafía muraría. Sin embargo, la combinación con los datos extraídos de la documentación conservada ha permitido presentar interesantes novedades referidas a los restos de época gótica así como a los avatares de la fábrica durante la Guerra de la Independencia. El siglo XV y las reformas góticas de carácter funerario A finales de la Edad Media, al menos el transepto y el tramo más inmediato al mismo, acogieron monumentos funerarios tan representativos de la piedad del momento16. El impulso experimentado por esta villa en el tránsito a la Edad Moderna, su eventual capitalidad y el enriquecimiento consiguiente, pudieron contribuir a la realización de estos espacios17. Fue entonces cuando se construyó, adosada al muro norte del edificio, la capilla de los Laynez (A 106), que sería desmontada en el siglo XVIII18, pero de la que conservamos importantes restos, como el arranque de los nervios de la cubierta de crucería, las molduras del arco apuntado de acceso y el umbral original (UE 1051. Nada, sin embargo, permite adivinar la distribución interna y solamente la excavación del área ocupada por esta podrá contribuir a aumentar nuestro conocimiento al respecto. Restos del desmonte de la capilla gótica en el costado septentrional Por tipología, función y por situarse cortando la fábrica originaria, situamos en este momento la apertura de un lucillo sepulcral en el interior del brazo meridional del transepto (A 117, UE 1183). Hoy, sin embargo, se muestra cegado y cubierto por la restauración contemporánea. En una línea similar situamos la reforma del único enterramiento privilegiado documentado de época románica. El arcosolio del primer tramo del muro de la nave lateral sur es modificado en su perfil apuntado para convertirlo en medio punto sobre tabiques o rejas no conservados (A 163, UE 1156). Debemos puntualizar que, pese a que sus rasgos apuntan a una cronología del gótico avanzado (Martínez 1980: 406), la bóveda estrellada sobre el crucero y bajo la torre-cimborrio fue completamente rehecha en el siglo XIX. Es muy probable que su aspecto originario fuese cercano al que hoy muestra; sin embargo las razones estratigráficas que aseguran su alteración nos hacen ser prudentes a este respecto. Etapa V. Las primeras intervenciones en la Edad Moderna Debido a la gran modificación de las naves que se producirá en la siguiente etapa, solamente estamos en condición de enumerar ciertas reformas modernas en la zona del transepto y de la cabecera. Situamos los límites de esta fase, de manera flexible, entre los siglos XVI y finales del XVIII. Parece que debió de ser durante este largo periodo cuando se adosó una estructura de grandes dimensiones que llegó a ocultar buena parte del exterior del ábside central, del absidiolo sur e, incluso, el testero meridional del transepto (A 114). Pese a haber sido liberada de edificios adosados, quedan huellas de las suturas exteriores así como de los huecos abiertos para comunicar el interior del edificio con las nuevas dependencias. Todavía hemos podido ubicar con precisión la puerta (UE 1029) y la ventana (UE 1030) que comunicaban la capilla sur con este gran edificio. Al mismo tiempo, se documentan varias intervenciones al interior con el objetivo de adecuar el vetusto templo medieval a las nuevas necesidades litúrgicas propias de la Contrarreforma. Tal vez la más arriesgada sea la que seccionó los muros laterales de la capilla mayor para la apertura de dos grandes arcos de medio punto en esviaje con derrame parcial dirigido hacia la cuenca del ábside (A 107, UE 1103) donde debió de situarse el altar mayor20. Se facilitaba así el seguimiento de los oficios desde cualquier punto de las naves. Esta nueva escenografía fue acompañada de la instalación de elementos mueble como retablos y altares secundarios así como púlpitos21. En esta misma línea interpretativa situamos las desaparecidas estructuras en los muros laterales del transepto, cuyas huellas nos permiten concebirlas como tribunas (posiblemente de madera) elevadas. Para facilitar esta conexión, fue preciso abrir tres puertas que afectaron a la fábrica románica; una en el muro oeste del transepto (UE 1144) y su correspondiente en el lado este (UE 1111), además de otra en el muro norte de la cámara (UE 1173). De confirmarse tal hipótesis permitiría confirmar el uso de esta estancia semioculta durante la Edad Moderna. Prácticamente nada podemos decir respecto al cuerpo de naves, como veremos profundamente reformado en la siguiente etapa. Todo cuanto nos dice la documentación de momentos anteriores a esta modificación es que poseía un órgano (1652)22, las puertas de la iglesia se encontraban a poniente (1659)23 y que contaba con un coro, posiblemente en madera (1692)24. Construcción del aula barroca Cuando la Edad Moderna toca a su fin, se emprenden una serie de obras que contribuyen a dotar al edificio con una gran parte de su actual apariencia. La ruina inminente de ciertos espacios aconsejaba actuar de manera inmediata. Por estos motivos, se había llevado a cabo el desmonte controlado de la capilla gótica en el costado septentrional, en aquellas fechas conocida como del Santo Cristo (A 110, UE 1065). La documentación conservada ofrece detalles de una operación que fue llevada a cabo por dos maestros albañiles de la villa en el año 176225, quienes procedieron también a la venta de parte de los materiales obtenidos. No debieron los responsables del templo quedar satisfechos con esta intervención, lo que apenas veinte años después les empujó a acometer la reforma total de buena parte del edificio. El profundo calado de esta actividad ha permitido establecer estratigráficamente unos límites amplios dentro de los cuales se inscribe la construcción del aula y el hastial occidental (coro y puerta de la esquina N-O)26. Posteriormente hemos podido fechar con precisión esta gran intervención gracias a una entrada de los libros de fábrica fechada en 178127. Por esos años, la opinión desfavorable hacia el aspecto de la nave cubierta con madera y del fuerte contraste que producía su comparación con el noble crucero fueron los argumentos esgrimidos para acometer el «embovedado» del espacio destinado a los fieles (Fig. 15). El tracista propone una ampliación en la que, pese a su natural y lógica vinculación con el estilo barroco dominante, el resultado final no produce una ruptura radical respecto del proyecto románico. El aula se divide en tres naves separadas por pilares que sostienen arcos de medio punto y las cubiertas son de crucería para la central y de arista en las laterales. Nave central del aula desde occidente Al exterior (A 111), esta obra combina sillería, mampuestos, ladrillos y material reutilizado28, extendiéndose hasta la fachada occidental que alberga el coro interior (UE 1075). Pese a su heterogeneidad, posee una clara uniformidad estratigráfica e incluye varios vanos entre los que destaca por su buena labra la puerta de piedra abierta en el extremo occidental del muro norte. La apertura de la monumental entrada en este momento responde a la necesidad derivada de la celebración en el templo de los actos públicos del municipio. Presumimos que es ahora cuando, siguiendo estas mismas coordenadas, se reforman y dignifican algunas partes notables situadas en el costado del templo que se ofrece a la villa. Así interpretamos la elevación de la robusta espadaña con troneras de medio punto para tres campanas ubicada estratégicamente sobre el cierre septentrional del transepto, para proyectar la llamada de campanas hacia el caserío (A 112, UE 1048)29. Reparación de los desperfectos tras la Guerra de la Independencia y obras decimonónicas Llama la atención el hecho de que, transcurridos apenas unos lustros desde su reforma, se detecten obras de reparación en numerosas partes del edificio. Alzado interior norte de la nave y el ábside septentrional Las relaciones estratigráficas del cimborrio son claras al respecto puesto que su cierre oeste (coetáneo al resto de sus muros perimetrales) se prolonga perpendicularmente hasta adosarse al de la espadaña moderna, respecto a la cual es posterior (Fig. 17). Se deduce entonces que este espacio (A 124) fue reconstruido tras la elevación del campanario con el único fin de recuperar la estructura que soportaba la bóveda gótica, de ahí el aspecto desordenado de su trasdós que, por otro lado, no posee indicios de haber tenido cubierta30. Trasdós del cimborrio e intervención contemporánea bajocubierta ¿Por qué acometer ahora obras de tal envergadura cuando a fines del siglo anterior se había remozado casi por completo? La respuesta hemos de buscarla en los dramáticos acontecimientos acaecidos en Almazán durante el asedio de las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia. Por su posición estratégica y privilegiada, este templo había sido desde antaño considerado entre los edificios más fuertes del municipio. Pese a no contar con datos precisos, parece plausible que en la jornada más sangrienta (el 10 de julio de 1810) fuera utilizada como bastión para su defensa y, en consecuencia, le fueran infringidos serios daños. Ese día, tras los duros combates que suceden al asedio al que someten las tropas francesas dirigidas por el capitán Basté a los guerrilleros refugiados, se produjo un terrible incendio que afectó a gran parte del trazado urbano. Tal es así, que no se guarda memoria escrita de los desperfectos hasta algunos meses más tarde, si bien el dato es de notable importancia para nuestro estudio puesto que en el acta del pleno del ayuntamiento con fecha de 13 de noviembre se recogen las declaraciones de un capellán, que describe los grandes destrozos que sufrió la villa, especialmente en los lugares sagrados31. Pese al carácter general de la cita, es posible que uno de estos edificios damnificados fuera la iglesia de Ntra. Sra. de Campanario, lo que justificaría la actividad reconstructora que situamos en los primeros decenios del siglo XIX. No podemos asegurar la relación entre la reparación de todos estos desperfectos y la instalación de ciertos elementos de corte neoclásico para los que contamos con referencias que los datan en el siglo XIX. Así sucede con la puerta meridional (A 122) y el recubrimiento con placas de piedra32 de las zonas aledañas que muestra una inscripción con la fecha de 1848 y los altares actualmente expuestos en las capillas laterales. La agitada andadura del templo por el siglo anterior da paso en el XX al inicio de ciertas intervenciones restauradoras que persiguen recuperar parcialmente la imagen del edificio medieval. En la que hemos denominado etapa VIII esta intención parece ya desprenderse de la liberación en el lado norte de estancias adosadas (A 157, UE 1071). Un mayor carácter «repristinador» poseen las actividades recogidas en la novena y última etapa documentada, referida a las restauraciones efectuadas desde mediados del siglo pasado. Es posible agrupar las intervenciones en dos grandes bloques en función de las técnicas utilizadas con ese propósito. Un primer bloque lo compondrían acciones escasamente profesionalizadas y con un evidente componente popular. También son las más antiguas de este periodo. En primer lugar la cabecera fue liberada de estructuras adosadas (A 154) desmontando también las que todavía permanecían en el lado norte (A 156). En los años 70 las gentes del pueblo, que con dicha tarea compensaban parte de sus obligaciones fiscales, se afanaron en picar con bujarda todos los paramentos de la cabecera para extraer la obra románica de los revestimientos pluriseculares para, posteriormente, rejuntar la fábrica de sillería. No cabe duda de que el empeño puesto fue tan intenso como efectivo, puesto que la acción afectó a todos los muros de la cabecera desde el pavimento hasta las bóvedas (A 174, UE 1178), incluyendo elementos ornamentados que sufrieron daños irreparables (UE 1121). Tampoco resulta afortunada, ni material ni estéticamente, la decisión de recrecer con ladrillo hueco todos los muros del área del crucero sobre el cimborrio recuperado para crear una falsa torre cúbica que se prolonga hasta adosarse contra la espadaña que se recubre de un enfoscado pardo que simula el color de la piedra (A 152). Por último, hemos recogido las restauraciones recientes en las que se utiliza un mortero arenoso33 mediante el cual se recuperan las formas de ciertos elementos románicos como ventanas, basas, pilares y columnas (A 175; UE 1094, 1108). Esta misma técnica, pero aplicando sobre la argamasa terrosa aún fresca una rejilla para imitar la superficie de la piedra y trazos del despiece, se utiliza para cubrir lagunas en las fases románicas (UE 1093, 1146). Especialmente llamativo resulta el uso de este mismo trampantojo al interior del cimborrio sobre el crucero donde se simula un perfecto acabado en sillería cuando, en realidad, el muro es de mampostería (UE 1152). La lectura estratigráfica de la iglesia soriana de Ntra. Sra. de Campanario ha arrojado resultados que, a nuestro entender, incrementan sustancialmente el conocimiento sobre su origen y evolución constructiva. De manera global, los objetivos alcanzados se sitúan en dos horizontes diferentes pero estrechamente imbricados: la comprensión del desarrollo constructivo del edificio y la aproximación a las funciones originarias concedidas a algunos de sus espacios singulares. Pese a que su aspecto se alejara, a ojos de los eruditos decimonónicos formalistas, del de los edificios-modelo, estilísticamente hablando, nosotros valoramos esta cualidad entre sus principales valores. Es esta morfología ciertamente ecléctica la que ha salvaguardado espacios «únicos» hoy desaparecidos en otros ejemplos románicos, así como también ha permitido estudiar con precisión la azarosa historia de su construcción. Suponemos que también se debe a este mismo estigma formal el hecho de que, pese a tratarse de uno de los edificios románicos de mayores dimensiones de la provincia, su estudio apenas haya repercutido en la historiografía contemporánea. La principal conclusión que se desprende del repaso por la investigación previa es que la mayoría de los autores venían centrando su interés en establecer una cronología inicial para el templo, siendo apenas Rodríguez (2002) el único en establecer algunos pautas para el desarrollo posterior del mismo. Quedaban pendientes de resolución algunos interrogantes fundamentales: ¿llegó a tener un aula acorde con la cabecera levantada en este periodo? y, de ser así, ¿de qué manera se alcanzó este aspecto «ecléctico» que hoy muestra? El análisis estratigráfico nos ha permitido establecer un total de nueve etapas que jalonan de manera desigual el desarrollo constructivo del templo, desde el proyecto originario románico hasta nuestros días. Sin embargo, no todas ellas han de ser entendidas como acciones herméticas o inconexas que redefinan la estructura precedente, pudiéndose algunas considerar como parte de un mismo empeño arquitectónico cuyas alteraciones provocan diacronías merecedoras de ser individualizadas. Así sucede con lo que podría catalogarse como «obra románica», que hemos acordado extender a las tres primeras etapas. Durante la primera se lleva a cabo la elevación de la gran cabecera y se establece el perímetro del transepto y parte del aula. Se marca así la pauta típicamente románica de tres ábsides semicirculares en batería, transepto destacado y aula, presumimos, tripartita y alzado basilical. Se ha podido confirmar que este diseño primigenio incluía el husillo en la esquina SO del transepto, imaginamos que como parte de un sistema de acceso a las partes altas del edificio. No obstante, desconocemos algunos elementos singulares de esta primera fábrica, tales como las ventanas de los ábsides, pero sí estamos en disposición de asegurar que ya entonces se proyecta la edificación de un aula completamente abovedada para la cual se construyen los soportes compuestos que la comunican con el crucero. Para este planteamiento arquetípicamente románico se opta por una fábrica de sillares con abundantes marcas de cantero, dato que será muy importante para su identificación al interior, donde las alteraciones del siglo XX ocultan las relaciones entre las unidades. También forma parte de la obra un taller de escultores en el que se puede proponer un maestro aventajado, que talla los capiteles del ábside central, y uno de menor calidad que trabaja en los de los laterales. La observación detallada de estos rasgos tipológicos y ornamentales ha permitido establecer una fractura entre esta primera etapa y la segunda, si bien ésta obedece a un replanteamiento del proyecto inicial. Se reduce el tamaño de los sillares y apenas existen marcas de cantero en piezas distribuidas en hiladas irregulares. Concluidas las bóvedas pétreas de las tres capillas, es ahora cuando se genera un gran espacio aterrazado sobre ellas, instalándose las cámaras suprabsidales34 dispuestas a modo de artesa sobre los ábsides norte y sur. Ante la ausencia de documentación que precise su función, hemos barajado las hipótesis de considerarlas lugares de almacenamiento, de devoción o defensa, siendo ésta última la que pensamos mejor se adapta a sus características edilicias y ubicación topográfica. Al exterior, tal intervención genera un aspecto abaluartado sobre la cabecera, cobrando sentido pleno el husillo iniciado durante la primera fase, que se completará ahora. La otra gran aportación de esta segunda etapa es la elevación de las bóvedas de cañón apuntado en los brazos del transepto, y suponemos también que de otra (sustituida a finales del gótico) en el crucero. Aparejo y motivos ornamentales, en tanto que siguen las variables anteriormente expuestas, apoyan su cronología románica que viene avalada por la tipología de la propia cubierta. De esta manera, al finalizar la segunda fase constructiva, se podría contemplar un edificio masivo y esbelto, como resultado de la inclusión de sendos espacios fuertes en el frente oriental y del hecho de que, según nuestra lectura, no se haya procedido a la construcción del espacio reservado para los fieles. Así las cosas, y de acuerdo con la tónica habitual en las edificaciones religiosas medievales, la consagración del templo pudiera haberse realizado ahora o incluso en la etapa anterior. En la tercera fase se procede a fijar el perímetro del aula, así como a la cubierta de la misma, si bien parece que dejando de lado las coordenadas establecidas en el proyecto original. Se aprecia un notable descenso en la calidad de los materiales empleados, fundamentalmente muros de mampostería, reservándose la piedra labrada para elementos singulares. Así sucede con los arcos de separación entre las naves, de los que se ha podido localizar el despiece de uno fosilizado en la obra posterior del muro sur de la nave central. Se trata de un gran arco formero de perfil ojival y amplia luz, ciertamente medieval pero incompatible con los pilares compuestos de la obra anterior y sustancialmente distinto a los arcos y bóvedas de las etapas I y II. Interpretamos esta arquería, que no podemos llevar más allá de un único tramo, como una solución de contingencia que tiene como misión concluir el edificio y que, como veremos, pudo soportar una techumbre de madera. Finalizada esta tercera etapa, podemos decir que el edificio posee con seguridad todos los elementos que aseguran la finalización de las obras. Se trata de un proceso lento y, probablemente, con un profundo replanteamiento al acometer la compartimentación y cubrición de las naves. Parece sensato pensar que la cubierta de madera de la nave sobre formeros apuntados de amplia luz debió instalarse abandonado ya el románico más ortodoxo y dentro de cronologías propias del gótico. Su aspecto actual se ha ido forjando a través de modificaciones de distinto calado que, con mayor o menor intensidad, son deudoras de las corrientes estilísticas dominantes en el momento en que fueron proyectadas. La lectura de paramentos nos permite secuenciarlas con independencia de sus rasgos formales puesto que hay ocasiones en las que, como sucede con el cimborrio gótico, un análisis exclusivamente taxonómico puede conducirnos a una comprensión errónea de la evolución del edificio. Agradecimientos y Ficha técnica Este trabajo resume en lo esencial el informe arqueológico resultante de la lectura de paramentos de la iglesia de Nuestra Señora de Campanario (Moreno, F. y Murillo, J. I. 2010: Iglesia de Nuestra Señora de Campanario en Almazán (Soria). El trabajo fue encargado por la Fundación Duques de Soria en el marco del Proyecto Cultural Soria Románica. Asesor científico: L. Caballero (IH, CSIC). Trabajo de campo: José Ignacio Murillo (arqueólogo, tratamiento de la planimetría), Francisco J. Moreno (historiador del arte, redacción de la memoria, UCM), María de los Ángeles Utrero (arqueóloga, IH, CSIC), Carlos Cauce (arqueólogo, IH-CSIC), Rafael Martín (arquitecto, planimetría original, UPM) y Francisco Martínez (arquitecto, UPM). Supervisión: Equipo Técnico del Proyecto Cultural Soria Románica. Fundación Duques de Soria. Recopilación de la documentación en archivo. Josemi Lorenzo (historiador, Proyecto Cultural Soria Románica). Agradecemos a José Ángel Márquez, del Ayuntamiento de Almazán, las valiosas referencias que ayudaron a la adecuada contextualización de parte de los resultados del trabajo. Por último, nos gustaría dejar constancia de cómo las acertadas indicaciones de los evaluadores del texto han enriquecido su contenido35. La autoría de las figuras es de los autores, salvo aquellas que poseen referencias concretas. Apéndice I. Listado de Actividades (Lectura y transcripción de Josemi Lorenzo Arribas, Proyecto Cultural Soria Románica) 33r): Se le pasan en cuenta 50,5 fanegas de trigo y 6,5 reales que se dio a Juan de Medina por el empedrado que hizo en los portales de dicha iglesia. 177r): Y se le recibe en data 482 reales de vellón que son los mismos que se han gastado en dos púlpitos que se han hecho en dicha iglesia y un aderezo que se hizo en la sacristía así de todos materiales como de jornales... 271v): Se le recibe en data 210 reales que son los mismos que se han gastado en el aderezo de la capilla del Santo Cristo y su retejo, y materiales... 256v-257r): Se le pasan en cuenta 651 reales y 22 mrs, los mismos que lo han importado el reparo que se hizo de un retejo general en los tejados de la iglesia y capilla del campanario, y de la casa que tiene en la calle de Santa Clara, cal, teja, agua y trabajo de los maestros y peones, y lo que se gastó en desmontar el tejado, la parte que se hundió por quiebra de las maderas y trabajo de cubierta de tabla, / lo que no se viese hasta la perfección de la obra que se está ejecutando. 363r): 126 reales y dos maravedíes que constó de recibos y libramientos de dicho señor cura haber pagado de Sebastián de Salguero, maestro de obras, por la que ejecutó en el coro de dicha iglesia y levantar la tribuna. 84v): 95 reales que costaron las vidrieras para el camarín y coro de Nuestra Señora. 150v-151r): Y por cuanto uno de los coros de esta parroquia se halla no con poca indecencia, lleno de huesos de los difuntos que se han enterrado en ella, manda Su Merced, que en el término de un mes se haga un osario (f. 151r) a que se trasladen todos los expresados huesos, dejando el templo con mayor aseo y decencia. 163r) 57 reales y 13 mrs que se pagaron de jornales a Germán de la Sierra, Diego Solar y Luis Leonés, por el tiempo que trabajaron en componer la pared y cornisa y en desbolazar y renovar el tejado de la iglesia... 179v-180r): Es cargo 920 reales en que Gregorio y Fernando de la Sierra, maestros albañiles de esta villa, tajaron la piedra de mamposterías, sillería, que se vendió para una pared del palacio y procedía de la capilla del Santo Cristo, que por estar amenazando ruina se desmontó... || Es cargo 210 reales de la piedra de sillería de dicha capilla desmontada, que se vendió por su tasación al hospital de esta villa. || Es data 1.720 reales y 33 mrs gastados en obras y / reparos que se han hecho en la iglesia y en el desmonte de dicha capilla es, a saber, una pared de mampostería en un lienzo que había de tapia antigua, y el retejo general de la iglesia uno y otro por Vicente Sierra, maestro albañil y compañeros, vecinos de esta villa, y el blanqueo en lo interior de la iglesia y aberturas de dos ventanas grandes con sus vidrieras y redes, hecho por Diego Solán, también maestro albañil... 215v):...se componga la quiebra de las vigas que están encima del caracol asomado a la capilla de la pila bautismal subiendo un porte de ladrillo desde el esconce de machón para que reciba las cabezas de dichas vigas. || [Nota marginal:] Están ejecutadas todas las obras que mandó su merced. 1781, marzo, 1 (ADO-S, Libro 38/34, s.f., v): 590 reales de vellón que pagó de manos y materiales por el blanqueo general que se hizo en la iglesia, y picar unas piedras que sobresalían de los arcos. || 89 reales que pagó de manos y materiales por la ventana que se abrió en la bóveda principal, por la vidriera y red que en ella se puso y hacer una buhardilla (guardilla) que le comunica la luz. 1781, mayo, 25 (ADO-S, Libro 38/34, s.f., r-r-v-r-v): Copia de la licencia concedida por su Señoría Ilustrísima a don Bonifacio Zapata para la obra que a sus expensas ha hecho del embovedado de la iglesia de campanario y otras obras que fue preciso. [Carta del señor cura] don Francisco Javier Gómez de Segovia, cura de la parroquial de Santa María del Campanario de la villa de Almazán, puesto a los pies de Vuestra Ilustrísima con el mayor rendimiento dice que esta iglesia solamente está embovedada poco más de la mitad y lo restante toda de maderas, lo que dice notable deformidad a la hermosura y majestad de su crucero, notándose más este / defecto por ser esta iglesia en la que se hacen las funciones públicas de villa, cabildo y rogativas. Con esta imperfección y desigualdad ha continuado desde su primera construcción, de que no hay memoria, y proseguiría por no tener su fábrica caudales para ello; pero don Bonifacio Zapata, presbítero de esta villa y feligrés de esta parroquia ofrece concluir sus bóveda a su costa sin que quede gravada con carga alguna a su favor, a cuyo fin tiene ajustada esta obra en 11.000 reales con Gregorio Sierra, maestro de obras muy inteligente y conocido, quien otorgará escritura pública con las debidas seguridades, y dicho don Bonifacio de darle dicha cantidad cumpliendo aquel con las condiciones estipuladas de la planta que imita y sigue las tres naves de la obra antigua (...) 2 de septiembre de 1780. || (f. v) [Carta del señor Don Bonifacio]...he resuelto con el consentimiento, beneplácito y licencia de Vuestra Ilustrísima embovedar de medio abajo que hoy se halla con techo de madera la iglesia de Nuestra Señora del Campanario de esta villa (...) lo tengo tratado con Gregorio La Sierra, maestro de este obispado y hombre inteligente y convenido y ajustados en 1.000 ducados, y no faltándome más que la venia y consentimiento de Vuestra Ilustrísima, espero de su gran cristiandad y caridad apruebe mi pensamiento (...) / Almazán y septiembre de 1780. || [Decreto] Sigüenza, 5 de septiembre de 1780. Concedemos a don Bonifacio Zapata, la licencia que solicita aprobando su celo y caridad. Juan Obispo de Sigüenza. || [Recibo de la obra principal] Confieso yo, Gregorio la Sierra, vecino de esta Villa de Almazán, maestro alarife de cantería y albañilería, que en atención a que con el señor don Bonifacio Zapata, presbítero en ella y feligrés de la iglesia del Campanario, y su unida de Santiago, tenía tratado de embovedar dicha iglesia, por precio y cantidad de 1.000 ducados que hacen 11.000 reales de vellón, por hallarse sumamente independiente y artesonada de madera, y que respecto que dicho señor don Bonifacio consiguió la licencia correspondiente de su Ilustrísima para que no le fuera puesto embarazo, a cuya obra se dio principio el día 10 de septiembre de 1780 y se concluyó en 30 de marzo de 81, he recibido del referido señor don Bonifacio Zapata los 11.000 reales de vellón (...) Gregorio la Sierra. || (f. v) [Otro de la ocurrida después] Asimismo yo, el dicho Gregorio la Sierra, confieso haber recibido del señor don Bonifacio Zapata, presbítero, 900 reales de vellón, en 225 pesetas de a 4 reales, porque, hallando que habiéndose hecho el embovedado quedaba imperfecta la obra si no se hacía la escalera del coro alto y el de abajo se la hacía cielo raso, molduras media caña y su florón al medio, que fue en lo que nos convenimos y de hecho se hizo y ejecutó así. Y de haber recibido dicho dinero y haberse concluido la obra doy el presente recibo en dicho a 25 de mayo a 1781 años. 1795, noviembre, 20 (ADO-S, Libro 38/35, s.f., v): 550 reales pagados a Vicente Gómez, maestro carpintero, según su recibo, por componer la sillería del coro, sus tarimas, confesionarios, guardavoz y una de las puertas, principio de la iglesia. 1799, noviembre, 25 (ADO-S, Libro 38/35, s.f., r-v): 6.686 reales que, según recibo y libramiento de Su Merced, entregó para empezar a soportar los gastos de las obras de la iglesia de que abajo se hará mención. || 34.988 mrs y 2 mrs que además a la partida anterior se han gastado en la nueva obra incoada, y no concluida, de alargar la iglesia, y otras cosas que se expresaron, que juntas las dos hacen 41.674 reales y 2 mrs invertidos en esta forma: 11.885 reales y 10 mrs en hacer el granero contiguo a la iglesia, puerta que se abrió para la sacristía, aguamanil nuevo que se hizo, espejos y cuadros que se compraron para su adorno, rasgar las ventanas altas en el crucero, águilas del presbiterio, abrir el pozo y sacar piedra para la / obra, cortinas y barritas y cuerdas para las ventanas; 600 reales que costó el blanqueo de toda la iglesia, excepto la obra nueva que no se ha concluido; 300 reales que costaron de enyugar las campanas; 1.200 reales que costó cerrar un prado y otros reparos hechos en la heredad y bienes de la Riba de Escalote; 3.508 reales que costaron 5 casullas de varios colores y una cortina para la Virgen en su trono; 24.280 reales y 26 mrs restantes en la obra empezada para alargar la iglesia y bóvedas nuevas ya ejecutadas, cuyas partidas componen la dicha total de 41.674 reales y 2 mrs, según aparece de las listas y asientos que ha llevado el señor cura y mediante ir datados los 6.686 reales, que por primera partida suplió el mayordomo, es última partida de obras los derechos. 1807, enero, 7 (ADO-S, Libro 38/35, s.f., v-r): 1.600 reales de vellón que pagó por el coste que tuvo el rasgar y hacer la ventana de la iglesia en la capilla mayor del lado de la Epístola, y encima de la sacristía, reparo hecho en el tejado de la nave pequeña arrimado a el caracol de la torre que se había hundido, / composición de las tapias detrás de la sacristía, excavación de arena y piedra que se sacó de la calle contigua a la conejera, abrir otra ventana de la capilla mayor al lado del Cierzo, piedra sillar que se sacó encima de la capilla del Carmen, y construcción de un pozo arrimado a la iglesia para depósito de las aguas para la obra de ellas. || Se le pasan en data 13.308 reales y 18 mrs que, en virtud de libramientos dados por Su Merced, ha entregado y pagado para los materiales y jornales de la obra de la iglesia, en alargarle la nave y nueva torre que se ha principiado a fabricar. 1814, julio, 27 (ADO-S, Libro 38/35, s.f., r-v): Son data 2.921 reales y 31 mrs que ha suplido en la obra del retejo de la iglesia, con materiales de / cal, tierra, piedra, agua, jornales de maestros y oficiales, yeso para el cielo raso de la sacristía, ladrillo para levantar la esquina del pórtico de la iglesia, una viga para el tejado del mismo, pórtico y cerrar con tajos a los dos arcos del embaldosado del cuarto bajo de la escalera del coro, desarmar la vidriera grande de él, teja y otros reparos que constaron de asiento pormenor. 52v): Lo son al maestro carpintero y albañil de la obra del presbiterio y altar mayor, pagando el Ayuntamiento 559 pesetas y la iglesia según la autorización que aconsejaría solo 268 pesetas.