text
stringlengths
21
422k
La iglesia de San Miguel en Caltojar. El Románico en transición La iglesia de San Miguel en Caltojar forma parte del amplio conjunto de arquitectura románica que puebla la provincia de Soria. De forma y escala sencillas, únicamente la decoración de su portada meridional ha llamado la atención de los escasos investigadores que se han ocupado de ella. Sin embargo, este edificio encierra una secuencia con dos fases originales de obra, atribuibles a finales del siglo XII e inicios del XIII, y un número importante de modificaciones posteriores, entre las cuales destacan las cubiertas abovedadas de las naves introducidas en época moderna, y no en época medieval como se había propuesto hasta hoy. La iglesia de San Miguel Arcángel funciona hoy como parroquia del pueblo de Caltojar, localidad situada junto al río Escalote en las estribaciones de las sierras meridionales de la provincia de Soria. El edificio se emplaza en un lugar destacado en el centro de la población, con una cabecera que descansa sobre un podio que monopoliza su paisaje urbano (Fig. 1). Declarada Monumento Histórico Artístico en 1981, ocupa un lugar muy discreto en los trabajos sobre el románico soriano, los cuales se han centrado fundamentalmente en sus elementos decorativos, especialmente los que componen su portada principal sur y los que visten el exterior de su ábside mayor. Vista general de la iglesia desde el Noreste. El carácter «rural» del edificio, apartado de los grandes centros urbanos, ha ocasionado que viajeros y estudiosos apenas lo hayan frecuentado. A finales del siglo XIX, la iglesia de San Miguel aparece citada de forma indirecta en textos de distinta índole. Es así recogida en el Diccionario geográfico de Madoz (1845-1850: 101), junto a otros bienes muebles del pueblo de Caltojar, como iglesia asistida por un sacerdote de provisión real, y en el estudio sobre el valor de las rentas de las iglesias del Obispado de Sigüenza, al cual pertenecía, realizado por el propio obispo Minguella (1912: 322). Pero no es hasta la puesta en marcha de la realización del Catálogo Monumental de España, que Caltojar merezca una primera atención. Cabré (1916)1, autor de los volúmenes correspondientes a la provincia de Soria, la describe y la data a inicios del siglo XIII. Sin embargo, a diferencia del catálogo de otras provincias, este quedó lamentablemente sin publicar y es en realidad la monografía de Gaya Nuño (1946: 213-218) la que sitúa a Caltojar en el mapa del románico. Gaya la atribuye también al primer cuarto del siglo XIII y la entiende como el resultado de una acertada combinación de aportaciones estilísticas. En su opinión, el carácter borgoñón de las bóvedas de arista de sus naves laterales, con sus semejantes en San Isidoro de León; el formato lombardo de los arquillos y mudéjar de los modillones de rollo de la decoración del ábside mayor, con paralelos en la cercana San Miguel de Almazán (Soria); y las raíces cistercienses de la portada sur, claro ejemplo del románico tardío y con paralelos en Santa María de Huerta (Soria), la caracterizan y al mismo tiempo la definen como una obra propia del «románico de transición» 2. A partir de la obra de Gaya Nuño, convertida en la referencia fundamental para el estudio de Caltojar y de las restantes iglesias románicas de la provincia soriana, las sucesivas obras no aportarán nuevos argumentos o datos que incrementen su conocimiento, pero sí nuevos paralelos, principalmente para su portada meridional y para la decoración de su ábside mayor. En el listado de comparaciones se afianzan las portadas de las iglesias de Santiago del Burgo (Zamora) y de San Vicente de Ávila, consolidándose como su principal referente la citada iglesia de Santa María de Huerta (Taracena y Tudela 1962: 205; Martínez Frías 1980: 73; y Rivera 1995: t. Entre todo ello, cabe destacar que Ruiz Ezquerro (1985: 46-47), en su monografía sobre tímpanos románicos en Soria, subraya que el de Caltojar es el único de factura monolítica de la provincia y que la figura en bajorrelieve que lo decora es San Miguel, santo titular de la iglesia, y cuyas alas no dejan lugar a duda sobre su identificación. Monteira (2012: 346), en un marco de interpretación del triunfo del cristianismo sobre el Islam, añade que el cimacio en el cual San Miguel clava la lanza está cubierto de escamas, representando así de modo sintético el reptil (dragón o serpiente) vencido. Junto a la portada sur y las decoraciones del ábside mayor, únicamente las bóvedas de arista de las naves laterales asumen algo de importancia en el estudio del edificio. Enríquez (1986: 78) opina que son todas de clara factura gótica y, por ello, posteriores al edificio primitivo. Es a partir del trabajo de restauración encargado por la Junta de Castilla y León a los arquitectos Cámara y Latorre (1990) que el conocimiento de Caltojar se renueva con la obtención de nuevos datos. La obra, proyectada inicialmente para el cambio de las cubiertas, se convierte en un detallado análisis del edificio3. La excavación de la zona de las cubiertas permite localizar cuatro fragmentos de madera con policromía, atribuidos a uno de los primeros artesonados de la iglesia y datados por dendrocronología a mediados del siglo XV (Cámara y Latorre 1995: 174), y confirmar que estos fueron sustituidos por las bóvedas de toba actuales a inicios del siglo XVIII. Concluyen que la iglesia se habría construido adosada a una obra defensiva preexistente, al observar una clara divergencia con la traza en planta de la torre, lo que les hace proponer la existencia de una torre anterior bajo la actual (Cámara y Latorre 1990: 11). A la vista de lo expuesto, cabe concluir el escaso protagonismo que ha tenido la iglesia de San Miguel dentro de la investigación sobre el románico soriano, ocupando un digno pero escaso espacio en los catálogos generales de la provincia y careciendo de un estudio monográfico. El proyecto de restauración de los años 90 ha sido la única actividad que ha implicado un análisis del edificio, por lo que la lectura de paramentos y el estudio documental que aquí se presentan deben entenderse como un trabajo necesario a tener en cuenta para su correcto estudio y contextualización dentro de la arquitectura románica y para su puesta en valor como monumento y como espacio cultual en uso. Etapa I. Edificio originario: basílica de tres naves y triple cabecera El análisis documenta un templo originario de planta basilical casi cuadrada, dividida en tres naves y tres ábsides, con una torre de campanas meridional (Fig. 2). El ábside mayor se conserva completo, no así los laterales y las partes altas y cubiertas del aula, elementos todos ellos transformados en épocas posteriores. Esta iglesia cuenta además con dos accesos en eje, uno septentrional y otro meridional, ambos ligeramente destacados de la fachada. Alzado meridional de la iglesia. La obra (A 100, 101, 102 y 103) se realiza en sillares de arenisca bien labrados y ajustados, dispuestos en hiladas regulares (mayores en la base) y predominantemente a soga, salvo en los muros laterales de la nave central, donde son algo sinuosas y de menor altura (A 100, UE 1020). Solo en algún punto concreto, como en el interior del muro sur del aula (A 100, UE 1000), se pueden detectar algunos desajustes, debidos a la colocación de la portada en obra. La herramienta empleada para labrar estos sillares tiene la hoja recta y se aplica a un ángulo de 45o, tratándose probablemente de un hacha. A diferencia de las etapas posteriores, son abundantes las marcas de cantero4 (Fig. 3). Detalle de la obra de sillería de la Etapa I, muro norte del ábside central (A 100). De la obra originaria, se conserva entero el ábside central (A 100, UE 1041), formado por un presbiterio rectangular y un santuario semicircular (Fig. 4). Ambos espacios se cubren con bóvedas de piedra, de cañón ligeramente apuntado el primero y de horno el segundo, arrancando ambas sobre sencillas impostas (Fig. 5). Su alzado exterior se divide en cinco calles gracias a un juego de tres columnas, rematadas por modillones de cinco rollos que sujetan una serie de arquillos y una doble cornisa. Aunque en la actualidad este ábside cuenta con dos accesos de comunicación con las sacristías laterales (Etapas III y IV), es muy posible que no tuviese ninguno en origen, pues los ábsides laterales eran mucho menores y por ello no se podían comunicar con él. Del ábside norte semicircular (A 100, UE 1058), sustituido parcialmente por una sacristía (Etapa III) y oculto al interior por un retablo (Etapa IV), apenas quedan vestigios. Al exterior se observa su alzado completo en hiladas de sillería rematadas, como el ábside central, por modillones de rollo, arquillos y cornisa (Fig. 6). El ábside meridional fue amortizado por la actual sacristía (Etapa IV), pero debemos suponer que fue simétrico al septentrional. Alzado oriental de la iglesia. Vista de las bóvedas del ábside (Etapa I, A 100), con la bóveda de cañón en el tramo del presbiterio y de cuarto de esfera en el del santuario. Alzado septentrional de la iglesia. Ambos muros (norte UE 1060, sur 1000) se componen de quince (norte) y dieciséis (sur) hiladas inferiores de sillería y cuentan con una ventana asaetada en el centro de sus tramos occidentales (Figs. En cada uno de ellos se abre una portada. Enfrentadas entre sí, la norte responde a un sencillo formato (Fig. 6), aunque la mayor parte de sus elementos son fruto de un remonte posterior (Etapa V). 2 y 7) decora su tímpano con una figura central en bajorrelieve del arcángel San Miguel apoyada sobre un pinjante que divide la entrada en dos arcos de medio punto. Cuatro arquivoltas abocinadas, decoradas las tres interiores por un sencillo baquetón y por un motivo de zigzag la exterior, y un guardapolvo ornamentado con puntas de diamante completan la portada. Tímpano y arcos son sustentados por juegos de basas, fustes y capiteles, estos de sencillos motivos vegetales, alzados sobre zócalos de fábrica. La portada conserva aún en sus jambas los huecos de la tranca de cierre (A 103, UE 1097). 2, 6 y 8) presentan la misma fábrica y cuentan con tres ventanas saeteras, con doble abocinado, destacando las centrales, en eje con las portadas de acceso al aula, por su remate al exterior con un arco de medio punto sobre columnas. Ambos muros de la nave mayor se remataban con canecillos de doble bocel. Arquería sur del aula, alzado desde la nave central. Al lado este del acceso meridional, se alza la torre campanario (Figs. Su cuerpo inferior se compone de diecinueve hiladas (A 100, UE 1027) y se ilumina con una estrecha ventana. El acceso a la torre se realizaría desde el interior del aula, donde existe una puerta aún en uso unitaria con el muro sur de la iglesia y con el husillo interior (Fig. 9). Este tramo bajo de la torre se interrumpe de forma horizontal en todos sus lienzos, salvo en el oriental, donde se observan dos piñones (Fig. 4). La ausencia de desplomes o saltos en los lienzos de la torre descartan la idea de una ruina intermedia y hace suponer la existencia de dos momentos constructivos en la misma (Etapas I y II). Acceso (A 100) a la torre en la cara interior del muro sur del aula (Etapa I) e impronta rectangular tallada en la Etapa V (A 175) para encajar otra puerta. Altar (A 174) recolocado aquí en la Etapa VI. En los extremos norte y sur, las cinco hiladas superiores se rematan en diagonal, marcando la pendiente original de la cubierta en esta fachada (Figs. El contacto con el remate superior central de este lienzo, perteneciente a la Etapa II, es también horizontal, sin observarse elementos que puedan indicar una ruina de esta parte del muro. Alzado occidental de la iglesia. Testero occidental del aula en la Etapa I (A 100). En ellos, sobre todo en el lado norte (A 101, UE 1055), se aprecia nuevamente la pendiente original de la cubierta, a la misma cota que la del testero occidental (Figs. Del mismo modo, los restos de un pequeño muro compuesto por tres sillares muy erosionados (UE 1059) situados entre el paño norte del ábside central y el testero oriental de la nave norte pertenecerían a esta primera obra. Notablemente rejuntados y de difícil observación, ambos elementos (A101, UE 1055 y 1059) han sido atribuidos por ello a otra Actividad, pero la secuencia del edificio y los datos observados parecen confirmar que son coetáneos. Al interior, el aula se divide en tres naves y tres tramos por medio de dos arquerías (A 100, UE 1127 y 1145) sustentadas por pilares de planta cuadrangular, alzados sobre sendos podios y rodeados por cuatro columnas semicirculares, las cuales sirven a los arcos de las arquerías así como a los arcos diafragma que marcan los tramos (Fig. 12). Estos últimos descansan sobre columnas en los correspondientes muros norte y sur del aula. Todas estas columnas están decoradas de forma similar, con basas con escocia y toro, con sobrias garras, y con capiteles con temas vegetales, entre los cuales se repiten las palmetas y los roleos. Solo dos capiteles son distintos. El primero situado en el extremo occidental del muro interabsidial sur, se decora con arpías. El segundo, en la cara norte del pilar oriental de la arquería norte, con tres caras humanas o mascarones de formas sencillas. Vista de la arquería septentrional desde Occidente (Etapa I), en la cual se observan los arcos dobles de las arquerías y los sencillos de la nave mayor (arranques) y de las laterales (A 100). Sobre todos estos soportes se montan los arcos. Mención aparte merecen los arcos diafragma de la nave central (A 100, UE 1181 y 1182), de los cuales solo se conservan sus arranques (Figs. El hecho de que estos correspondan siempre a cuatro dovelas puede indicar que fueron desmontados para construir los actuales, de mayor luz, descartando la presencia de una ruina intermedia. Interior de la nave central, con los arranques de los arcos de la Etapa I (A 100) y los posteriores montados sobre ellos en esta Etapa IV (A 119), así como el friso moldurado (A 119) que recorre la parte alta de las arquerías. Fachada occidental y cubiertas del edificio San Miguel se completa en una segunda etapa inmediata. Esta obra se identifica claramente por la diferente manera de labrar los sillares, empleándose ahora otra herramienta, y por la presencia de otros elementos decorativos, características que parecen reflejar la intervención de otras manos en la factura de la iglesia. Una serie de soluciones de continuidad (A 104 y 106) en los muros originarios tanto del aula como de la torre marcan el cambio de etapa. Estas soluciones no se distinguen por la existencia de cambios de plano ni de desplomes en los muros, sino por el de las características de las fábricas de sus lienzos. 2 y 6), junto a sus esquinas occidentales y con recorrido escalonado hacia el hastial oeste, continuando de forma horizontal en el caso del muro sur (Fig. 2), situándose por debajo de su hilada superior (A 104, UE 1178). En la torre (A 106, UE 1179) se sitúa a media altura en los muros de la misma y se desarrolla horizontalmente, salvo en sus esquinas orientales, donde asciende (Fig. 4). Sobre estas soluciones de continuidad se construyen nuevos muros en el aula (A105) y en la torre (A107). Su fábrica se distingue por un cambio de módulo de los sillares, de menores dimensiones, ayudándose de calzos de ripios de piedra y piezas acodadas; por el empleo de otro instrumento de talla, la «gradina», aunque existen sillares reutilizados de la etapa previa, tallados por tanto con hacha; y por la ausencia de marcas de cantero, sin olvidar aquí las adversas condiciones anotadas para su observación. Esta fábrica se emplea en la parte superior del testero oeste (A 105, UE 1189), en cuya zona central se abre un gran óculo ornamentado con cuatro círculos con baquetones, protegidos al exterior por un guardapolvo y con doble derrame (Figs. En el segundo círculo interior y en su guardapolvo se aprecia una decoración de ramas de hojas continuas. Los cuatro mechinales que le rodean sirvieron a su factura. Los extremos de este testero oeste traban con las esquinas correspondientes de la nave central, extendiéndose la obra por parte de sus lienzos laterales. Es decir, el aula se completa con la construcción de las esquinas de la nave mayor (norte A 105, UE 1067 y sur A 105, UE 1021), cuyos canecillos son aquí, a diferencia de los de la Etapa I, figurados. En el muro sur de esta misma nave mayor, la obra abarca toda la hilada superior (A 105, UE 1022) y es visible al interior (Fig. 8). Su aspecto es irregular, al componerse de los modillones y sillares intermedios reutilizados de la Etapa I, tal como evidencia su talla con hacha, sus diferentes alturas y ajustes. Las rozas horizontales de las cubiertas de las naves laterales (A 135, UE 1024 y 1068) recorren los muros de la nave central a media altura, ocultando la mitad inferior de las ventanas de la nave central (Figs. Recorren igualmente aquellos tramos alzados en esta fase (A 105, UE 1067 y 1021), es decir, las esquinas occidentales, lo que indica sino su contemporaneidad su posterioridad con estas. El segundo cuerpo de la torre (A 107, UE 1180) se compone de veintiuna hiladas, se remata con una imposta biselada y se dota de tres ventanas en, al menos, tres de sus muros6, situadas a distintas alturas, siguiendo el camino de ascensión del husillo (Figs. Al interior, este también presenta las mismas diferencias tipológicas en su fábrica que al exterior, identificándose a partir de este punto la «gradina» como tallante de todos sus componentes. Por último, hacemos referencia a un elemento localizado en el interior del ábside central. Se trata de una huella de cal que dibuja la impronta de un retablo anterior (A 113, UE 1192). Es anterior al retablo actual (Etapa III) y posterior al ábside originario, lo que nos lleva a situarlo en esta etapa. En la Etapa III el ábside norte es sustituido por una capilla de planta cuadrangular (A 108, UE 1051; Figs. La presencia de dos arcosolios en su interior (Fig. 15), uno en el muro oriental y otro en el septentrional, desvela su función principalmente funeraria. Este espacio se cubre con una bóveda cuatripartita sobre arcos formeros y dos nervios que descansan en sencillas ménsulas, y se pavimenta con un suelo de cantos rodados (A 108, UE 1175), actualmente conservado solo en el ángulo suroriental y en el frente norte. Su fábrica se talla igualmente con «gradina», aunque las hiladas son mucho más regulares que en la etapa previa, siendo completamente horizontales. La introducción de esta capilla conlleva la inevitable apertura de un vano de comunicación (A 108, UE 1051) con el ábside central (Fig. 16). Para ello, se corta el muro norte del tramo del presbiterio y se introduce una puerta de medio punto, cuyo arco lo forman tres grandes dovelas. Interior de la capilla septentrional añadida en la Etapa III (A 108), con los arcosolios funerarios y la bóveda del interior. Vano abierto en muro norte del presbiterio para comunicar con la capilla septentrional en la Etapa III (A 108). En el interior del edificio son evidentes los restos de otras intervenciones, sobre todo de carácter ornamental. Se detecta la presencia de distintas capas de pintura, así como de varios solados en el espacio de la cabecera. Los restos más antiguos de pintura se sitúan en la embocadura de la capilla norte (A 111, UE 1148). Es una pintura polícroma de colores rojo, verde, gris y blanco, muy deteriorada, que reproduce motivos vegetales. Se sitúa bajo el retablo existente en esta parte del edificio (Etapa IV) y bajo otra pintura (A 178, UE 1149) que se extiende por la embocadura del ábside norte. Estos datos obligan a situarla en esta Etapa III, pudiéndose tratar de la primera pintura aplicada tras la construcción de la capilla norte. La pintura que la cubre (A 178, UE 1149) está compuesta por una fina capa gris fijada sobre otra más gruesa de mortero blanco. Parece haber otra similar en el ábside sur (A 178, UE 1109), aunque aquí presenta además unos trazos blancos que imitarían sillares. Dicho tipo de despiece remite a un horizonte bajomedieval, por lo que situamos este conjunto de pinturas en la presente etapa, pudiendo tratarse de un segundo momento de uso dentro de la capilla norte. Se constata igualmente una secuencia de solados. Frente al mencionado suelo de cantos rodados originario de la capilla norte (A 108, UE 1175), encontramos otros pavimentos (A 193) en las embocaduras del ábside norte y sur, construidos en piedra caliza. El primero (A 193, UE 1152), muy deteriorado, se compone de piezas ligeramente rectangulares y un escalón con bocel. En el ábside sur (A 193, UE 1151), se observa alguna pieza reutilizada en la hilada del frente, también decorada con baquetones. Con la construcción de este último suelo, se realiza también el cierre del ábside sur con una reja (A 180, UE 1111), lo que supone el corte de los podios de su arco de embocadura. Aunque no hay relaciones directas con el suelo de la capilla norte, la tipología de los nuevos solados remite a un horizonte posterior. En la capilla norte, como sucedía con las pinturas, su pavimento se coloca antes que el retablo actual (Etapa IV). Por ello, todas estas relaciones llevan a situar los solados de piedra caliza en esta etapa, aunque en un momento de uso posterior al del suelo (A 108, UE 1175). En el ábside central se instala un gran retablo (A 112, UE 1125) sobre un zócalo de fábrica, facetado y dividido en cinco calles con tres bancos. La instalación de este elemento implica, por un lado, el sellado de las ventanas originarias del ábside (A 112, UE 1043) con material sobrante de obra y, por otro, la apertura de un nuevo vano (A 109, UE 1116), orientado hacia el sur del ábside y rematado con arco de medio punto abocinado, como nuevo punto de iluminación (Figs. En el presbiterio se documentan varios cortes en su imposta media (A 184, UE 1119), los cuales pueden estar relacionados con la introducción de muebles tales como retablos laterales dentro del propio ábside mayor. En el aula se instala un nuevo púlpito (A 110, UE 1128), adosado al pilar oriental de la arquería sur (Fig. 8) y parapetado con una barandilla de fábrica. Sobre ella se sitúa un tornavoz ensamblado al pilar con un gancho de hierro. Realizado en piedra, se recubre con decoraciones incisas en yeso. Muro sur del presbiterio (Etapa I, A 100) en el que se observa la apertura de la ventana de medio punto en el tramo del presbiterio (Etapa III, A 109; enlucida en la Etapa IV, A 116); de otra adintelada (santuario, A 116) y de un vano arcuado (presbiterio, A 114), estos dos últimos abiertos con la construcción de la sacristía sur (Etapa IV). Reparación de las impostas (A 185) en la Etapa VI. En la torre, sobre la cornisa biselada alta, se observa otra solución de continuidad horizontal (A 130, UE 1033). A partir de ella, la obra (A 131, UE 1034) se diferencia de la del cuerpo medio de la torre (Figs. 4 y 6) porque emplea material reutilizado de carácter heterogéneo, con hiladas de piedra caliza y juntas desiguales, así como con abundantes codos. Su muro oriental, el que mejor resistió a ruinas posteriores, cuenta con dos vanos para campanas, pudiendo ser este el formato característico de esta etapa en sus cuatro caras. Sacristía sur, coro occidental y abovedamiento del aula Esta etapa supone principalmente la construcción de nuevos espacios y la reorganización de otros. El ábside sur es sustituido por una amplia habitación con funciones de sacristía (A 114, UE 1038), la cual se adosa a la torre y al ábside central (Figs. Se alza en sillería de piedra caliza dispuesta principalmente a soga, en hiladas horizontales regulares y con juntas finas. Los muros descansan sobre una cimentación de grandes mampuestos (visibles en el lado este) y un plinto biselado de cuatro hiladas de altura, y se rematan con una cornisa en nacela. Los frentes de los sillares han sido tallados con «gradina», dejando un marco perimetral liso. En cada paño hay una ventana. La del muro oriental (Fig. 4) es rectangular, con derrame hacia el exterior y con todas sus piezas con alturas diferentes a las de las hiladas de la fábrica del muro correspondiente. La ventana del muro sur (Fig. 2) es circular y fue tallada en cuatro sillares. Sobre este vano se dispone una placa con bajorrelieve inciso y una inscripción que reza «SYENDO CURA DON CECILIO VELÁZQUEZ», todo ello flanqueado por cuatro números en las esquinas que componen la fecha: «1758» o «1785», según el orden de lectura. Ambas inscripciones aluden a su promotor y momento de construcción. La cubierta original de esta sacristía ha dejado su impronta de mortero de cal (A 158, UE 1039) en la parte superior del muro sur del ábside central. La construcción de la sacristía conlleva la apertura de un vano en el ábside central para comunicarla (A 114, UE 1120) con el interior del templo (Fig. 17). Para ello, se desmonta parte del muro sur del presbiterio, rompiéndose y macizándose el arco del nicho allí existente (Figs. El nuevo vano se remata con un arco de medio punto, adornado con una flor en relieve en su clave. En su cara sur, al interior de la sacristía, se abocina con un arco carpanel y se dota de un dintel de madera para albergar las hojas de la puerta. En el tramo del santuario, junto a la columna que marca el paso al presbiterio, se abre una ventana (A 116, UE 1042), la cual sustituye a la de la Etapa III, ahora cegada (A 114, UE 1117) y amortizada por la introducción de la sacristía. Dentro de la sacristía, un tabique de mampostería con una puerta (A 115, UE 1113) delimita una habitación en el extremo suroccidental de la misma. En el interior de este espacio, hoy funcionando como aseo, se observa el mechinal y los restos de una viga situados en su muro sur (A 115, UE 1114). Son restos de una cubierta que debió funcionar a la vez que el tabique (UE 1113), puesto que sobre él también existe una viga de madera que corresponde a esta techumbre. En el exterior del edificio se interviene en la torre. Se detecta una ruina (A 132, UE 1035) en su cuerpo superior, como evidencian las soluciones de continuidad que recorren los muros norte y sur (Figs. 2 y 6) en dirección diagonal y el occidental en horizontal. Esta interfaz diferencia dos tipos de obra, distinguiéndose además por el salto que se produce en las hiladas a uno y otro lado de la misma y por marcar un cambio de superficies, quedando la obra arruinada (Etapa III, A 131, UE 1034) más retranqueada que la nueva (A 133, UE 1036). El nuevo campanario (A 133, UE 1036) reconstruye el muro occidental completo y buena parte de los muros norte y sur. La obra se realiza en sillería de piedra caliza con una tronera rematada en arco de medio punto en cada muro. El conjunto, incluido el muro oriental, remata en una cornisa moldurada. También los accesos norte y sur del templo sufren importantes modificaciones en esta etapa. La portada sur es protegida por un pórtico (A 134), cuya roza, con caída hacia el sur y de 20 cm de ancho (Figs. Sus hiladas son horizontales, tienen las juntas gruesas y una superficie un tanto rugosa, reutilizando materiales tallados con diferentes herramientas (unos con tallante a 45o, otras con «gradina»). Este muro se adosa a un corte realizado en la imposta de las jambas de dicha puerta (A 129, UE 1071) con posterioridad al incendio del mismo vano (Etapa III). Su anterioridad a la restauración de las enjutas (Etapa V) y su posterioridad al incendio obliga igualmente a situarlo en esta etapa. Vista general de la fachada norte de la iglesia (Etapa I, A 100), recrecida en la Etapa II (A 105). Ventana rectangular abierta en la Etapa IV, al tiempo que se recrece el muro (A 118) para introducir las bóvedas y se instala una nueva cubierta (A 120). Por último, se documenta el cambio de cubiertas en el aula. Los antiguos tejados de par e hilera se sustituyen por un sistema abovedado, hecho que implica el realzado de los muros al exterior para sostener la nueva cubierta de madera (más alta) y la recomposición de los arcos diafragma al interior. Sobre las soluciones de continuidad horizontales (muro norte A 117, UE 1061), se recrecen los muros de la obra originaria (A 118). Se realza el frente este de la nave central (A 118, UE 1054; Fig. 4), significado por dos hiladas de sillería colocadas a dos aguas sobre un pequeño escalón que las diferencia de la fábrica anterior (Etapa I). Esta obra no se observa en el testero oeste, tal vez porque era más alto en origen o porque se ha desmontado en obras de cubiertas posteriores. 2 y 7) y otra análoga en el muro norte (Figs. 6 y 18), todas con dinteles de una sola pieza y derrame interior. Estos recrecidos oscilan entre tres (hastiales) y cuatro (fachadas longitudinales) hiladas de sillares y se realizan en sillería caliza trabada con mortero de cal y arena. Predominan las sogas y su talla es muy cuidada, empleándose el hacha y dejando el marco-guía. Solo los modillones de la fachada sur presentan huellas de «gradina», pues son reutilizados, proviniendo de la Etapa II. Junto a la distinta tipología de la fábrica, el salto de cuatro centímetros entre las superficies de estos recrecidos y de los muros previos confirma el cambio de obra. Estos recrecidos acogen unas cubiertas de un agua en las naves laterales para proteger las nuevas bóvedas, siendo aún visibles los huecos (norte A 120, UE 1069, sur A 120, UE 1025) de sus vigas (Figs. Recorren una hilada completa del muro sur de la nave central de modo regular, dejando tres sillares entre cada hueco. En el extremo oriental del muro, la hilada desciende paulatinamente hacia el Este de manera intencionada para evitar problemas de humedades en la zona de contacto con la cara norte de la torre. En el lado norte, los huecos (nueve visibles) se sitúan en la penúltima hilada. En el interior, se desmontan los arcos diafragma de la nave central (A 117, UE 1137), de los cuales restan únicamente las cuatro dovelas de cada arranque, y se reconstruyen otros (A 119, UE 1138), en piedra caliza, corrigiendo la luz de los anteriores (Etapa I), demasiado bajos para la construcción de la nueva cubierta (Figs. Una vez abovedada el aula, las partes altas de la nave central se decoran al interior con un friso moldurado en yeso (A 119, UE 1132; Figs. Bajo este friso y llegando hasta la altura de impostas y arquerías, se observan unas líneas verticales (A 119, UE 1136), simples improntas de cal, que corresponden a una decoración hoy desaparecida. También, a cada lado de los pilares de las arquerías, se situaría una pilastra, igualmente efectuada con yeso. Toda esta decoración únicamente queda interrumpida en la zona del óculo occidental (Etapa II) que ilumina la nave. En la fachada sur, se coloca una hilada de canecillos, decorados con dobles boceles (A 118, UE 1012), y una cornisa sobre la portada (Figs. Dado que los aleros previos estaban a mayor altura, tal como muestra la línea de cubierta del testero oeste, estos canecillos fueron necesariamente desmontados, recortados y remontados en su posición actual. Lo mismo ocurre con la cornisa en nacela, que es más corta que el cuerpo saliente de la portada que remata. En el interior, las intervenciones implican principalmente la introducción de nuevos elementos litúrgicos. Las huellas permiten reconstruir un tramo central, con suelo horizontal sobre bóveda rebajada, y dos laterales, a menor altura y sin bóveda. No obstante, no se puede confirmar si todos los elementos enumerados pertenecen a la misma estructura o a varias, dado que carecen de relaciones físicas directas entre ellos. En este mismo muro oeste se observa otra huella horizontal, correspondiente a un pavimento (A 196, UE 1163), el cual se situaría a 40 cm por encima del solado actual. Recorre todo el ancho del aula y coincide con el nivel de uno de los cortes anteriormente citados (A 125, UE 1162), por lo que cabe la posibilidad de que también pertenezca a una estructura de esta etapa. Segundo, se introducen nuevos retablos en los ábsides laterales (A 179) y en el aula (A 122). Al mismo tiempo se debió colocar el del ábside norte (A 179, UE 1150), con una mesa de altar compuesta de piezas reutilizadas. El tercero de los retablos introducido ahora es el del segundo tramo de la nave lateral norte. Por último, el interior del edificio cuenta con una serie de enfoscados y enlucidos que situamos en esta etapa por sus relaciones estratigráficas. En el aula, un mortero rosáceo de grano grueso con nódulos de cal y ladrillo triturado (A 123, UE 1102) regulariza la superficie de los muros, llegando a tapar algunos agujeros y sirviendo de base para un enlucido (A 123, UE 1090 y 1156) de cal con restos de pintura roja (visible detrás del retablo del segundo tramo de la nave lateral norte). Y en las naves laterales se conserva un encintado de cal blanca simulando el despiece de una sillería (A 127, UE 1105) y otro sobre él (A 126, UE 1191), el cual se aplica un encalado que se detecta en la práctica totalidad de la cara interior de los muros del aula. Todos ellos fueron retirados por el abujardado del interior de la iglesia (A 138, UE 1091) en época contemporánea, lo que justifica su adscripción en esta etapa. Restauraciones mayores y menores8 Los siglos modernos y contemporáneos se caracterizan por la realización de diversas obras de mantenimiento de menor y mayor entidad, las cuales no suponen una transformación significativa del templo, pero que evidencian su uso continuado como parroquia. Entre las numerosas actividades de reforma atribuidas a la Etapa V, destacamos, primero, la restauración de las enjutas de la portada norte (A 136, UE 1074), las cuales estaban dañadas por el incendio de la Etapa III (Figs. Su realización previa al techado de época contemporánea que cubre la portada la sitúa en esta etapa. Y segundo, la reconstrucción de la cornisa (A 161, UE 1082) en piedra caliza del testero oeste de la nave mayor (Figs. Ambas obras emplean material heterogéneo, gran parte reutilizado, combinando sillares labrados con «gradina», con tallante a 45o o con guía desbastada. Un segundo grupo de actividades se localiza en la torre. En su cuerpo inferior se observa una impronta (A 175, UE 1100) de recorrido rectangular que rodea el vano de acceso desde el aula (Fig. 9) y pone de manifiesto la existencia de una puerta intermedia, previa a la colocación de los escalones de la siguiente Etapa VI. En este mismo cuerpo se lleva a cabo la ampliación de la ventana meridional (A 152, UE 1028), abarcando ahora dos hiladas de altura, y de otro hueco (A 154, UE 1030), posiblemente con la misma finalidad de mejorar la iluminación del interior de la torre. Para ello, se introduce un pequeño retablo de madera (A 194, UE 1158) sobre una mesa de altar rectangular. Aunque su decoración es claramente barroca, se adosa a la huella del desmonte del coro alto (Etapa IV), por lo que debe situarse en esta etapa. Al lado occidental del retablo, se talló un hueco cuadrangular (A 195, UE 1160), el cual pudo funcionar a modo de credencia relacionada con esta capilla. En la Etapa VI, se dan igualmente reformas de calado menor, pero son las grandes intervenciones de los arquitectos encargados de las obras de restauración y conservación del edificio las cuales ocupan gran parte de este momento. El meridional (Fig. 9) es obra de Juan Artiaga o Arteaga en el último cuarto del siglo XVI, tal como reza en una inscripción situada en la tabla oriental. El retablo del muro norte estuvo, según las fotografías de los años 30 del siglo XX (Gaya 1946), en el muro norte del presbiterio. De hecho, los cortes en la imposta descritos en la Etapa III deben relacionarse con su instalación allí. Planta evolutiva de la iglesia. Al exterior, se alza una pequeña espadaña de mampostería (A 162, UE 1083) sobre la cumbrera del testero occidental (Figs. Por último, una reforma importante tiene lugar en la sacristía sur. Esta se pavimenta con losas de cerámicas (A 181, UE 1174) y se techa (A 181, UE 1112) con una escayola formando falsas ménsulas y bóveda esquifada con lunetos, todo ello rodeado por varias molduras. En cuanto a las intervenciones restauradoras propiamente dichas, la primera a la que podemos hacer mención es la llevada a cabo por el arquitecto E. Martínez Tercero (1981)9, quien se centra en la reposición de cantería, empleando para ello sillería nueva labrada con guía y bujarda. En la portada norte (Figs. 2 y 7) recompone los fustes de sus columnas y las piezas situadas entre ellos, decoradas con hojas de parra. Sobre el arcángel San Miguel introduce también una piedra rectangular (A 137, UE 1007). Al interior, repone elementos (A 137, UE 1146) tanto en la parte inferior de la columna del segundo pilar de la arquería norte (cinco tambores), como en el ángulo suroeste del mismo pilar (dos), todos ellos con las características antes mencionadas. Pero la actuación más importante es la labor de abujardado de todas las superficies interiores de los muros (A 138, UE 1091), actividad que pretendía limpiar los muros de los sucesivos enlucidos históricos, pero que dañó irreversiblemente algunas decoraciones, tales como las descritas en la Etapa IV y visibles en las fotografías de Gaya (1946), así como perjudicó el estudio estratigráfico de la fábrica. Una vez abujardados los paramentos interiores, estos se rejuntaron con cemento (A 176, UE 1103), rematado con una línea incisa, y se cubrieron con el mismo material los tímpanos de las naves laterales y de las bóvedas del aula (A 169, UE 1088), para luego ser encalados. Posteriormente, la intervención de los arquitectos Cámara y Latorre (1990)10 se centra en las partes altas y cubiertas del edificio. Su desmonte deja al descubierto los huecos para las vigas de la armadura moderna (Etapa IV), los cuales son ahora sellados (A 143, UE 1026; Figs. Aunque su decoración pintada con motivos de animales parecía apuntar a principios del siglo XIII, los análisis dendrocronológicos de cuatro de ellos ofrecieron una fecha de mediados del siglo XV (Cámara y Latorre 1995: 174). Para realizar las nuevas cubiertas (A 143, UE 1014), reconstruyen la esquina sureste de la nave sur (A 143, UE 1040) con sillería de piedra caliza de aristas vivas y piezas estrechas. La cubierta se apoya sobre una cornisa de perfil en nacela, calzada con fragmentos de teja, posiblemente reutilizada, y un tejadillo de placas de piedra caliza asentadas sobre una cama de hormigón. En la capilla norte, realzan los muros (A 143, UE 1053) con piezas de hormigón de perfil recto y cubierta de teja curva, mismo material que se emplea en el tejado de la nave central (A 143, UE 1023). En la cara norte de la torre, sustituyen una pieza (A 143, UE 1070) similar a la cornisa de las naves laterales, sobre la cual montan la cubierta de plomo con forma piramidal, adornada con sendas bolas en sus esquinas (A 143, UE 1014). Las fotografías de la obra (Cámara y Latorre 1990 y 1995) permiten también observar cómo la ausencia de contrafuertes en los muros perimetrales, los cuales asumen las bóvedas en época moderna (Etapa IV), se compensó con la introducción de unos tirantes que, situados sobre los arcos diafragma interiores, ayudan a reducir las cargas sobre los muros. Como dato anecdótico señalamos que la cubierta de la torre instalada por estos arquitectos sufrió, según fuentes orales, un desperfecto posterior a su restauración, a causa de una tormenta en la que su chapitel salió «despedido», de ahí las abolladuras que presenta en la actualidad. La última obra en el edificio fue llevada a cabo por el Proyecto Cultural Soria Románica en 2010. Se rellena entonces un hueco abierto en la cara occidental de la torre (Etapa IV), con mampuestos trabados con cemento blanco de restauración (A 145, UE 1084); y se rejunta la fábrica de la portada norte y el óculo occidental (A 145, UE 1190), el cual se protege además con un tejadillo de plomo (Figs. Sobre la portada norte se realiza una reparación que pudo tener lugar también en este momento, pues de nuevo se trata de la aplicación de un cemento de restauración, en este caso imitando dos hiladas de sillares con líneas incisas, sobre el que se dispone un tejadillo de plomo (A 142, UE 1064). Otras reparaciones, como las de las esquinas suroeste y noroeste del aula (A 141 y A 159), realizadas con sillares, tacos de madera y ripios, los rejuntados y sellados de mortero de zonas degradadas del aula (A 148 y A 160), o los cegados con este mismo material y fragmentos de teja (A 155, A 153 y A 166) en los paramentos exteriores, entre otros, no muestran relaciones entre sí que permitan precisar su autoría o momento, más allá de un horizonte contemporáneo. A ellos debe sumarse otro conjunto de actuaciones, caracterizadas por la utilización de cemento, como las que se observan en las impostas del ábside central (A 185) o en los pilares y muros interiores (A 170, A 197, A 201), las cuales tampoco podemos adscribir a un momento preciso. El estudio descubre una iglesia originaria, fruto de dos impulsos constructivos consecutivos atribuibles a inicios del siglo XIII, los cuales resultarán en una iglesia de respetado tamaño para la zona, con una cabecera destacada y una amplia aula (Fig. 19). El primero supone el alzado de gran parte de la iglesia (aula y cabecera), la cual se rematará en un segundo momento con la construcción de la parta alta del testero oeste, incluido el óculo, y las cubiertas. A diferencia de lo que algunos autores habían propuesto en referencia a la originalidad de las bóvedas del aula, el análisis confirma que esta estaba proyectada para ser cubierta con una estructura de madera a dos aguas. La identificación de los huecos de las vigas de tal cubierta en el testero oeste del aula, junto con la ausencia de contrafuertes exteriores, demuestran que sus lienzos no fueron diseñados para soportar bóvedas. La presencia de un nuevo instrumento de talla (la «gradina») y de distintos elementos ornamentales (de tipo figurado) son las principales características de la obra de la Etapa II, delimitada claramente por las soluciones de continuidad descritas. Estas, de trazado regular, continuo y horizontal, junto a la ausencia de otros indicios ya anotados, como posibles desplomes de los muros, parecen confirmar la interrupción, que no ruina, de la obra de la Etapa I durante un breve periodo de tiempo. Posiblemente sea precisamente la intención de realizar un óculo de notable tamaño la verdadera razón que motive la llegada de un nuevo taller capacitado para esta labor y, por ello, introductor de otra herramienta y de otros motivos decorativos, incluidos los canecillos figurados de la parte correspondiente de la nave mayor. La demanda de mano de obra para la construcción de las numerosas iglesias «rurales» garantizaba la pervivencia de unos talleres itinerantes que, lejos de las grandes producciones de los centros románicos monásticos y catedralicios de la región (considerados como tales Santo Domingo de Silos y Burgo de Osma), realizaban sencillas obras, más útiles que artísticas (Ruiz Montejo 1989: 21), si se permite la expresión, las cuales simplificaban las formas imperantes. Ello no significa que estos artesanos no poseyesen cualidades técnicas, aunque ciertos riesgos, como abovedar de modo completo el edificio, y detalles ornamentales, como la variación de los tipos de capiteles y otros elementos, quedan reservados para los centros mayores. En Caltojar, los canecillos y los capiteles (casi exclusivamente de sencillos motivos vegetales) junto con la organización del exterior del ábside constituyen los únicos alardes escultóricos de la Etapa I. Sintomático del cambio es que en la Etapa II el óculo occidental se acompañe de la introducción de canecillos figurados, delatando no solo la presencia de otra mano de obra, sino de otra formación. En la época bajomedieval (Etapa III) se aglutinan una serie de actuaciones que afectan de forma importante a la cabecera y a la torre, pero también a los elementos litúrgicos y cultuales del interior del templo (púlpito y retablos). Tanto la fábrica (tallada con «gradina» y reutilizando materiales), como la tipología de algunos elementos (bóveda de la capilla norte, púlpito), nos sitúan en un horizonte bajomedieval, estableciendo una cronología gótica para su desarrollo. De hecho, aunque conocemos la existencia de la capilla funeraria septentrional en el año 1732 por su mención en el segundo libro de fábrica (ADO-S, Libro 100/20, ff. 144v-145r 1732, enero, 4), sus características, principalmente las de la bóveda que la cubre y su vano de acceso, corresponden a una época gótica avanzada, tal vez muy entrado el siglo XV. En época moderna (Etapa IV), la información recogida en los cuatro libros de fábrica (comprenden 1522-1893) ayuda a situar gran parte de los elementos descritos. 145v [1769], para la cual se citan las cargas de piedra toba para la construcción de sus arcos y bóveda). El abovedamiento del aula implica el crecimiento en altura del templo, no así su masificación con elementos de refuerzo, ante la selección de un tipo de cubiertas ligero (empleo de la toba) y con una geometría óptima (bóvedas de arista apuntadas) para ser sustentada por los soportes previos. Llama sin embargo la atención que discurriesen más de cincuenta años entre el abovedamiento de la nave central y de las naves laterales, suponiendo este hecho un cierto riesgo, pues las bóvedas de la nave mayor quedaron libres de refuerzos durante ese tiempo. Verdad es que su citada geometría apuntada y su distribución con la ayuda de arcos diafragma aseguraban su estabilidad, pero no por ello garantizaban su seguridad. Esta diacronía no es observable en la fábrica, la cual se encuentra precisamente oculta por enfoscados posteriores en las bóvedas. Las bóvedas, consideradas por la historiografía tradicional bien propias del románico tardío, bien ya del gótico, se descubren, con ayuda de los documentos escritos, como obra del siglo XVIII, subrayándose así la simplicidad señalada de la fábrica románica. Los resultados conjuntos permiten reconstruir una secuencia general clara, cuyos horizontes temporales se definen además por características técnicas precisas: Lectura de paramentos encargada, financiada y supervisada por la Fundación Duques de Soria, en el marco del Proyecto Cultural Soria Románica. Equipo de análisis arqueológico (Octubre de 2010), ficha técnica: Dra. Utrero, arqueóloga, Instituto de Historia, CSIC (coordinación del encargo, trabajo de campo y redacción de la memoria); J. I. Murillo, arqueólogo (trabajo de campo y tratamiento de la planimetría); C. Cauce, arqueólogo (trabajo de campo y redacción de la memoria); y J. M.a Guerrero, arquitecto (trabajo de campo). Planimetría: METRIA DIGITAL, S. L. Equipo Técnico del Proyecto Cultural Soria Románica. Listado de Actividades y Unidades Estratigráficas (Lectura y transcripción de Josemi Lorenzo Arribas. Proyecto Cultural Soria Románica) 105r-v): Mandó su merced que la tribuna se repare de todo lo necesario por estar desolada, y los cimientos del edificio de la iglesia y del pretil se recalcen / atento están quitadas algunas piedras y podría ofrecerse mayor gasto que al presente hay || Asentó las puertas de la iglesia; costaron al precio de 3.000 reales, y las aguas las tienen deslustradas y se desencajan y se viene a remediar esto conque se haga un portal delante de la puerta de la iglesia para conservación de las dichas puertas. Manda su merced se haga el dicho portal cubierto de teja, pues la iglesia está ahora con buena fábrica para poderse hacer y se haga con la brevedad posible porque no se echen a perder las dichas puertas. 107r): Se le descargan 1.000 reales y 8 mrs que pagó a Domingo Lacarrera, montañés, en esta manera: los 660 reales por hacer a toda costa, fuera de teja, cal, arena y postes del soportal que con licencia del señor visitador se hizo en la portada de la iglesia de este lugar... 131v): 17 ducados que pagó a Pedro y Hernando de la Riba, canteros, de la ventana, de manos. Mostró carta de pago. 144r): Lo primero dio por descargo y se le pasan en cuenta 106 fanegas de trigo que por carta de pago dio y pagó a Luis del Castillo, maestro de cantería, por cuenta de la obra que hizo en la torre de la dicha iglesia que está a la tasa de suma, que montan 64.862 mrs. 157v): Se le reciben en cuenta 1.710,5 reales que pagó a Luis del Castillo, maestro de cantería, con que se le acabó de pagar la obra que hizo en la torre de la iglesia, como consta de la verificación de cuenta que está hecha en este libro... 151r): Da por descargo y se le recibe en cuenta 100 reales que tuvo de coste el trono de Nuestra Señora, de madera y gradas y demás ornato del transparente. || Da por descargo y se le recibe en cuenta 585,5 reales que pagó de las vidrieras que se han puesto en la iglesia del señor San Miguel de este lugar. 155r): Da por descargo y se le pasa en cuenta 515 reales que dio gastados en yeso blanco, y por la cal, arena, madera, peones y demás materiales y clavazón para el lucimiento de la capilla mayor y las dos pequeñas. || Se le pasa en cuenta 612 reales que importaron los jornales de los oficiales que lucieron las capillas. 157v): Se le reciben en cuenta 1.710,5 reales que pagó a Luis del Castillo, maestro de cantería, con que se le acabó de pagar la obra que hizo en la torre de la iglesia como consta en la verificación de cuenta que está hecha en este libro... 27v): Se le pasan y reciben en cuenta 15.729 mrs por otros tantos que pagó a Andrés Pérez de Ranedo, a Andrés Pérez de Lagarma, montañeses, por el retejo que hicieron en el tejado de la iglesia de la torre de ella, y de la torrecilla que hicieron para el cimbalillo, como consta por carta de pago que mostró. 85v): Se le pasan y reciben en cuenta 165 reales que pagó a Domingo Martínez a Andrés Fernández, montañeses, en que se concertó el aderezar el soportal de la iglesia, los postes de él y los escalones que estaban quebrados de piedra en el caracol de la torre, y de hacer una tarima para la sacristía, de que mostró cartas de pago. 5r-v): Se hacen buenos 1.422 reales que importó la obra que se hizo en el pórtico de dicha iglesia, retejo de toda ella y el echar una viga madre y desvolver la cuartonada de la tribuna, y aderezo y retejo de la ermita de la Magdalena. Y recorrer las piedras de dicho pórtico y echar / 32 piedras labradas alrededor de dicha iglesia. Y 2 gradas que se hicieron a la entrada del arco del poniente, en que se incluye cal, arena, teja, piedra, madera, traer agua y los demás materiales. 38v): Se le pasan en data 2.900 reales que costaron de hacer dos retablos colaterales en la iglesia para dos capillas, el uno para Nuestro Señor y el otro para Nuestra Señora, en que entran 700 reales, que a cargo de mejoras el señor provisor, como costa de su despacho. 109r): Se le pasan en cuenta 193 reales y 20 mrs que costó de hacer la nave que se cayó en la iglesia, de madera, tejas, clavos, maestros y otras cosas. 144v): Se le pasa en cuenta 430 reales y 12 mrs de teja, jornales de montañés, portear dicha cuenta, cal y arena para el retejo de la iglesia. Y «esvolver» la sacristía y echarle vigas y cuartones. 199v): Da en data, y se le pasa en cuenta a dicho mayordomo, 62 reales de componer la torre de dicha iglesia, piedra, sillería y maestro. 1752, febrero, 1 (ADO-S, Libro 100/20, s.f. v): Se le pasa en data 52 reales que importaron el labrar las piedras de sillería que se cayeron del frontispicio de la puerta de la umbría y colocarlas (o ponerlas) en su centro. 124r-v): Se le pasan 7.540 reales, los mismos que por recibo de Gregorio de / la Sierra, maestro a cuyo cargo ha sido la obra del embovedado, que con licencia del tribunal eclesiástico ejecutó en las dos naves de esta iglesia, haberle satisfecho, que es la misma cantidad en que por escritura se obligó a practicar dicha obra. 145v, 146v): Se le pasa en data 64 reales, los mismos que lo importaron de coste y porte 108 cargas de toba, que se invirtieron en los arcos y bóveda que se hizo en dicha tribuna, constó del dicho asiento. / Son data 1.309,5 reales, los mismos que satisfizo a Gregorio la Sierra, Ramón Sierra y José Ribero, Juan Ranz y Juan de Gonzalo, maestros y oficiales que ejecutaron las referidas obras de bóveda de la tribuna, embaldosado de ella, cielo raso, aposento de las andas, gradillas de sillería para la entrada del cementerio, empedrado del osario nuevo y retejo y enladrillado de la ermita de San Antón, todo lo cual fue mandado por el dicho señor visitador (...). Sección Civil, año 1784-05, doc. 2): José Rodríguez Romano, en nombre de Manuel Carrasco Almería, vecino del lugar de Caltojar y mayordomo de fábrica de la iglesia, delante de vuestra merced parezco y digo: que dicha iglesia se halla con grave necesidad de hacer de nuevo una sacristía, por ser muy reducida y húmeda la que hoy tiene, de que se sigue que los ornamentos y demás alhajas se perjudican mucho y, habiendo tratado con maestro de la facultad del actual cura vicario y tomado otros informes, se puede ejecutar dicha nueva sacristía inmediata a la antigua, y su coste de manos y materiales ascenderá a 2.000 reales de vellón, y algunos vecinos deudores a dicha iglesia que no pueden pagar se han ofrecido a concurrir con materiales y jornales en cuenta y parte de pago de sus descubiertos (...) A vuestra merced suplico se sirva conceder comisión y licencia... Berlanga de Duero (Archivo Diocesano de Sigüenza. Sección Civil, año 1784-05, doc. 2): Por haber entendido que el vicario de la iglesia parroquial de Caltojar, donde esa santa iglesia tiene y goza un beneficio, había mandado romper un cubo de la fábrica antíquisima de ella que servía de capilla, al lado de la Epístola, y que padecería ruina lo demás, pasé a su reconocimiento, y hallé ser cierta la rotura de tal cubo y pared de piedra sillar de dos varas de grueso, que remata en un arco de la bóveda y capilla mayor entre esta y la torre, parece que es con el fin de destinar el hueco de la capilla y un poco del cementerio a una sacristía más capaz de la que tiene al frente. En el mismo día concurrió do Juan Antonio Díez, maestro de obras, vecino de Medinaceli, llamado por el vicario para este efecto, quien aseguró no haber inconveniente alguno en dicha rotura, pero que para ejecutar la obra de sacristía uniforme con la otra y resto de iglesia no tenía materiales para empezar, previniendo que los cimientos deben ir muy profundos y del grueso correspondiente hasta encontrar tierra firme, y de vara en vara su mocheta. Sección Civil, año 1784-05, doc. 2): José Rodríguez Romano, en nombre de don Cecilio Velázquez, cura vicario de la parroquial de Caltojar, y en virtud de su poder que presentó y juró ante vuestra merced, parezco y digo: es llegado a noticia de mi parte que por el fiscal general de esta curia se ha solicitado se le comunique la pretensión de la obra de la iglesia de dicho lugar, fundado en haber abierto un cubo sin necesidad ni la correspondiente licencia de este tribunal, y con este pretexto cobrar a costa de los interesados, siendo así que en el año próximo pasado se le concedió comisión y licencia a mi parte para hacer de nuevo una sacristía, por ser muy reducida y húmeda la que tenía y evitar el perjuicio que se seguía, y en cuya virtud y a costa de los caudales de la referida iglesia, y por maestro de satisfacción, con intervención del mayordomo, se ajustó y trató la ejecución bajo las condiciones y obligación correspondiente, y siendo como es la oposición de dicho fiscal ajena de toda verdad, y tal vez comunicando la noticia sobre ello alguna persona o personas que captan a mi parte mala voluntad, para desquiciar su buena conducta, conviene, para vindicar el agravio y pedir y repetir contra los delatores cuanto haya lugar, que dicho fiscal manifieste el delator de semejante falsa noticia, y que unida al expediente, se me comunique para dicho fin, en cuya atención: a vuestra merced suplico que habiendo por presentado dicho poder se sirva mandar que dicho fiscal produzca la delación o queja que en el asunto se la haya dado, y todo se me comunique que en su vista protesto pedir lo conveniente en justicia con las costas. 25v): Da en data 6.306 reales y 31 mrs de vellón que ha importado de todo coste la sacristía que se ha hecho nueva en esta iglesia y con licencia del tribunal, que no le falta blanqueo y embaldosado. 38v): Da en data 820 reales que ha pagado Juan Ranz por el desmonte del pórtico de esta iglesia por amenazar ruina, hacer el paredón y «replén» arrimado a la torre, poner la esquina de una y otra parte de la entrada de piedra sillar, cerrar y abrir la puerta del granero que se ha hecho en dicho pórtico y lo demás de su construcción. 117r): Data 4.537 reales y 28 mrs que ha pagado de materiales y jornales de jornaleros y al maestro Bartolomé Sierra, maestro de obras y vecino de Almazán, para la construcción del c[h]apitel puesto sobre la torre de esta iglesia, a la que faltan 100 latas para su conclusión, y al maestro se le deben 100 reales para su colocación... 122v): 1.140 reales que ha tenido de coste la conclusión del c[h]apitel de esta iglesia, como constó del recibo que presentó de Bartolomé Sierra, maestro que ya ejecutó su obra.
La metrología histórica como herramienta para la Arqueología de la Arquitectura. La experiencia en los Reales Alcázares de Sevilla La caracterización métrica de materiales de construcción, estructuras y edificios asociada a los distintos sistemas de pesas y medidas históricos es una potente herramienta para la adscripción cultural y cronológica, como muestra su aplicación práctica en el Real Alcázar de Sevilla. El análisis dimensional de diversos ejemplos de arquitectura islámica nos muestra la difusión del sistema de medidas islámico en todos los territorios bajo su dominio. PROPUESTA, OBJETIVOS Y MÉTODO Este artículo pretende profundizar en el análisis de la forma y las dimensiones de materiales de construcción, estructuras y edificios, asociados a los diferentes sistemas de medidas empleados a lo largo del tiempo desde un punto de vista cronológico y tipológico. No es en absoluto algo nuevo. Es larga la trayectoria de los estudios relacionados de un lado con la metrología1, y de otro con el análisis de las formas arquitectónicas, su geometría y modulación, vinculados a las edificaciones históricas2. Nuestra aportación en este trabajo se fundamenta en un argumento básico que puede ser de utilidad, dentro de la Arqueología de la Arquitectura, para ayudar a resolver dilemas hasta ahora controvertidos, en especial los que afectan al conjunto arquitectónico al que hacemos referencia en el título de este trabajo. Como requisito previo es necesario indicar que la función cronotipológica de los estudios formales y metrológicos adquiere desarrollo completo cuando se realizan sobre una secuencia constructiva elaborada tras el análisis arqueológico del edificio, que pueda garantizar la correcta posición del elemento dentro de la secuencia estratigráfica. Formulado de una manera simple, el tamaño y la forma son importantes en el diseño de los edificios, esenciales para cubrir las necesidades funcionales para las que fueron concebidos y consecuentes con el conocimiento geométrico y concepciones simbólicas inherentes a la cultura que los generó. En este punto el sistema de pesas y medidas es una pieza esencial y no menor; con base en él, se diseñan y ejecutan los edificios, se organizan las ciudades, se parcelan los campos, se pesan los granos, se establecen las reglas para el intercambio comercial, en definitiva, se controla la economía de un estado. Por estos motivos el control estricto del sistema de medidas es una cuestión prácticamente sagrada y, por esta razón, tiende a ser inmutable en la zona bajo dominio de un determinado estado o cultura. El discurso que vamos a desarrollar se basa en este principio básico: todo poder político va a usar un sistema de pesas y medidas común a todo el territorio bajo su tutela y diferente al de sus vecinos y rivales, lo que tiene un enorme potencial para poder diferenciar cultural y cronológicamente las construcciones históricas a partir del análisis de sus dimensiones. Es un hecho asumido que los romanos utilizaban el mismo sistema de medidas para todo el imperio, con leves diferencias achacables más a las características físicas del soporte de la regla y a la aplicación sobre el terreno del diseño proyectado que a una variabilidad del patrón de medida. La medida estándar es válida para todo el territorio con un mínimo porcentaje de incertidumbre que por lo general no sobrepasa el 1%. Sin embargo, no ocurre lo mismo con los sistemas de medidas en los territorios islámicos, en los que se considera una cierta variabilidad. Félix Hernández en Córdoba (Hernández 1961, 1975), en un ejemplar trabajo en el que conjuga la información textual con el análisis directo de los elementos arquitectónicos, concluyó que el sistema de medida lineal empleado se basaba en un pie de 31,43 cm con un codo ordinario de 47,14 cm que nos sirvió de punto de partida para analizar su posible utilización en el entorno geográfico sevillano. El pie establecido por Félix Hernández se mostró muy preciso en el análisis metrológico de las construcciones islámicas de Sevilla independientemente de su datación, lo que conllevó el establecimiento, como hipótesis preliminar, de que este sistema hubiera sido común para todo el territorio andalusí. Su aplicación a diversos edificios en el territorio peninsular parecía confirmar este extremo lo que nos llevó a aventurar la idea de un sistema de medidas común a todo el Islam. Como expondremos abajo, los ejemplos que aquí analizamos parecen apuntar en esta dirección y dan cuerpo a la hipótesis de que los pilares esenciales del Islam fueron la unidad religiosa, la unidad política, la unidad lingüística, y también, la unidad económica a partir del control de los intercambios desde un único sistema de pesas y medidas. El pie árabe, en torno a los 32 cm (Cardarelli 2003: 76) o los 31,43 cm de Félix Hernández (Hernández 1961), parece ser válido desde Amán a Kairuán, Tinmal o para cualquiera de los territorios de Al Andalus, mostrando una posible uniformidad que contrastará con la variedad de sistemas empleados en los nacientes reinos cristianos de la Península Ibérica. Este principio nos ofrece la oportunidad de establecer una adscripción cultural, y por tanto, en gran medida cronológica de cualquier construcción, estructura e incluso artefacto, atendiendo al sistema de medidas bajo el cual fue creado. Sin embargo, creo que es necesario reflexionar sobre el papel de los sistemas de medidas lineales en una sociedad y más concretamente, en el diseño y construcción de edificios. Una tendencia generalizada en los estudios sobre las dimensiones de los edificios históricos es considerar el sistema de medida como variable, de tal manera que parece una potestad del arquitecto o incluso del propio gobernante el cambiar el patrón de referencia a voluntad, quizás sin entrar a considerar las implicaciones que para la economía de un estado pudiera tener este hecho3. Aunque en un principio pudiera parecer poco relevante, el patrón de medida afecta a todo el ciclo productivo, desde la modulación de los materiales de construcción, al aparejo constructivo y con todo ello, al control de los costos. Son motivos suficientes como para pensar que un arquitecto que diseñara un edificio tendría cierta libertad para la elección de su geometría, forma, estructura y distribución; podía establecer el módulo base a partir de una serie de unidades del sistema de medida vigente pero no modificarlo. Este principio es tan significativo que los primeros cambios que podemos observar en un proceso de conquista son los referentes a los símbolos ideológicos, políticos y religiosos, y el cambio del sistema de pesas y medidas. La conquista romana supuso la implantación de un sistema de medidas común en todo el territorio bajo su control, conviviendo en algunos lugares con los sistemas locales de larga tradición (Bridger 1984; Duncan-Jones 1980). Un proceso similar puede identificarse con la implantación del sistema de medida drusiano durante la Antigüedad Tardía y época altomedieval en el norte de España (Caballero y Utrero 2005: 172). La conquista islámica pudo suponer, a tenor de los datos que aquí vamos a tratar, la sustitución del sistema romano y godo por el islámico, que posteriormente fue reemplazado durante la conquista cristiana. Metodológicamente no siempre es fácil deducir el sistema de medida empleado; no basta sólo con dividir una medida lineal entre el valor estimado del pie. Para el análisis dimensional de edificios es necesario conocer primero la forma geométrica que sirve de base al proyecto y después aplicar la conversión al sistema de unidades de referencia, sólo en ese momento todo cobra sentido. Con respecto a los materiales de construcción, la variabilidad de sus medidas obliga a un análisis estadístico para su caracterización métrica. Un problema de no fácil solución es la falta del rigor necesario en la planimetría para poder sacar conclusiones del análisis de sus dimensiones, encontrando diferentes planos de un mismo edificio con variaciones sustanciales4. Por otro lado, debemos considerar un cierto grado de incertidumbre a consecuencia de: una puesta en obra no muy precisa, a las deformaciones de las estructuras debidas a fallos estructurales o a la fatiga de los materiales por los efectos del tiempo, o a un levantamiento planimétrico no demasiado ajustado. Aun así, en los ejemplos que aquí vamos a desarrollar hemos propuestos modelos geométricos cuyo margen de error está en torno al 1%. El Alcázar de Sevilla es uno de los conjuntos arquitectónicos más relevantes de la arquitectura medieval española, que hace que su conocimiento se convierta en paradigma. A este fin, desde hace ya mucho tiempo, se han dedicado multitud de investigadores desde ópticas y disciplinas distintas, con estrategias metodológicas diferentes y llegando a conclusiones, muchas veces, divergentes. En 19975 se inició un ambicioso proyecto de investigación arqueológica en los Reales Alcázares de Sevilla, con un conjunto de métodos basados en los criterios teóricos y metodológicos de la Arqueología de la Arquitectura6, que ha dado unos resultados que, en cierta medida, contradicen lo escrito hasta la fecha, especialmente desde otras disciplinas (Cómez 2007: 333-334). Nuestra incorporación a su equipo de investigación pretende seguir una vía metodológica que, con renovadas técnicas, aporte nuevos apoyos para la descripción y datación de las estructuras arqueológicas7. En primer lugar, la caracterización métrica de los materiales de construcción cuya variabilidad puede ser sensible a dos factores: la función y la cronología. En segundo lugar, el estudio metrológico de las estructuras, su puesta en obra y aparejos, que se realizan combinando materiales en una relación precisa, lo que otorga a cada estructura una característica metrológica, variable que, a su vez, nos permite compararlas con otras estructuras. Por último, todo edificio se diseña con base en un esquema geométrico definido, trazado en unidades enteras del sistema de medida propio, lo que proporciona la posibilidad de analizar cada esquema desde una perspectiva cronológica, geográfica o cultural. NOTAS SOBRE METROLOGÍA HISTÓRICA Siguiendo la idea básica que aquí defendemos, la modulación, las formas y formatos se crearon según un determinado sistema de medida y su definición nos proporciona una importante herramienta para deducir el diseño original. Vamos a sintetizar en las siguientes líneas los principales sistemas de medidas que nos afectan en nuestro ámbito de estudio, sus dimensiones y relaciones entre ellos. Los sistemas de medidas lineales anteriores a la instauración del sistema métrico decimal constan, de manera general, de una serie de unidades antropométricas, que permiten su utilización a diferentes escalas con base duodecimal, hexadecimal o vigesimal. La unidad base es el pie a partir de la cual se establecen otras con una relación equivalente entre los distintos sistemas de medidas que vamos a tratar aquí. Como podemos observar en la figura 1, un pie está compuesto de 16 dedos, 12 pulgadas ó 4 palmos menores; igualmente, existen medidas mayores como el codo, que en su forma ordinaria equivale a 1,5 pies, aunque hay una serie de variantes que iremos desarrollando a lo largo del texto. Síntesis de las unidades y valores en centímetros de los principales sistemas de medidas de uso en la Edad Media en el entorno de Sevilla. El sistema de medida romano (Hultsch 1882) parte de un pie de 29,57 cm, con un codo equivalente a 44,36 cm y con el carácter de ser común para todo el territorio imperial aunque pudo convivir con otros sistemas locales. El pie drusiano, según Higinio Gromático8, era 1/8 mayor que el pie romano, resultando 33,3 cm. El pie castellano tiene una equivalencia de 27,86 cm9. Acerca del sistema de medida islámico parece existir una cierta confusión entre las diferentes unidades de medidas. En Al Andalus están documentados dos tipos de codos que en realidad no son sistemas de medida distintos sino diferentes unidades del mismo sistema, el codo común o mamuní de 24 dedos y el codo rassasí de 30 dedos, o lo que es lo mismo, un codo normal de 6 palmos menores y otro mayor de 7,5 palmos, establecido en Córdoba por Umar b. Sus dimensiones quedaron definidas por Félix Hernández en 47,14 cm para el codo común y en 58,93 cm para el rassasí. El codo rassasí es, en realidad, una medida que establecía una equivalencia clara con el sistema romano equivaliendo a dos pies romanos con precisión de un decimal. Relación entre las unidades principales de los sistemas de medidas analizados en el texto. Para la mezquita de Tudela, sin embargo, se ha propuesto un codo de entre 52 cm y 54 cm (Navas, Martínez, Cabañero y Lasa 1995: 102) y para la de Zaragoza, dos codos distintos de 55 cm y 53 cm (Hernández Vera 2004: 81) para las dos principales fases detectadas en la mezquita. Para la mezquita de Tudela y la última fase de Zaragoza no parece obligado un nuevo codo de 52-54 cm, puesto que las medidas reseñadas en metros, son perfectamente traducibles a codos mamuníes según los valores expresados por Hernández Jiménez; así se indica que la longitud total del edificio es de 71 metros equivalentes a 135 codos de 53 cm ó 150 codos mamuníes; la longitud del patio de 23,66 metros la hacen equivaler a 45 codos, siendo 50 codos mamuníes; y la anchura total del edificio de 32 metros equivalentes a 100 pies derivados del codo mamuní (31,43 metros). El codo de 55 cm es un codo de 7 palmos del sistema de medida islámico frente a los 6 palmos del codo mamuní y los 7,5 del rassasí. Por tanto, las medidas otorgadas por Félix Hernández parecen representar un único sistema de medida válido, con leves variaciones, para todo el territorio andalusí y como sostenemos en este trabajo, común o generalizado para todos los territorios islámicos. Estos sistemas convivieron durante gran parte de estos dos milenios y llegaron a establecer entre sí unas equivalencias que mostramos en la figura 3. De esta forma, un pie romano equivale a 17 dedos castellanos, el islámico a 17 dedos romanos y el drusiano a 17 dedos islámicos; un codo mamuní equivale a 27 dedos castellanos (una relación 24/27) y un pie drusiano es una octava parte mayor del romano, es decir, 18 dedos romanos. Relación aritmética entre los distintos sistemas de medidas. Siguiendo con equivalencias geométricas, el codo castellano equivale a la diagonal de un cuadrado de un pie romano de lado; el codo romano es la diagonal de un cuadrado de un pie islámico de lado y lo mismo ocurre con el codo normal islámico respecto al pie drusiano, con una precisión de un decimal. Estas relaciones lineales permitieron durante la convivencia de estos sistemas una rápida conversión de unidades de un sistema al otro facilitando las transacciones. Relación geométrica entre los sistemas de medidas analizados. MENSIOCRONOLOGÍA: ANÁLISIS ESTADÍSTICO DE ELEMENTOS MODULARES La mensiocronología (Mannoni y Milanese 1988) debe ser considerada como una técnica para la caracterización metrológica de materiales constructivos modulares con la finalidad de contextualizar cultural y cronológicamente las estructuras de las que forman parte10. Aunque en origen la finalidad principal de su empleo fue la de datar los edificios con un procedimiento fácil de ejecutar, las implicaciones del método obligan a ampliar los objetivos y niveles de análisis de las dimensiones del material de construcción. Así, éste va a estar directamente relacionado con la tradición cultural del lugar de fabricación, con las técnicas de construcción, con el tipo de obra, con el promotor de las mismas, con las materias primas disponibles en el entorno de la ciudad; tendrá implicaciones sociales, económicas y, por supuesto, estará directamente relacionado con el sistema de medida empleado por la comunidad que los fabrica. Por tanto, la mensiocronología trasciende a la datación como objetivo único. Si hay algo común a todas las construcciones humanas eso son las matemáticas. Todo en cualquier tiempo y lugar está sujeto a patrones, a estrictas reglas que garantizan la eficiencia de las estructuras y que permiten controlar los costos de las mismas. De este modo, podemos considerar un muro como una fórmula en la que sus componentes son factores interrelacionados, el grosor del muro, el tamaño de los sillares, de los ladrillos, de las vigas, de los cajones de encofrar, la forma de aparejar, hasta el diseño de los edificios de los que forman parte. Con estos antecedentes, el diseño del método debe buscar una caracterización precisa y objetiva de las dimensiones del objeto así como de su utilización o puesta en obra. Además, debe poder aplicarse a cualquier material o parte estructural modular. La estadística descriptiva es la única forma de caracterizar métricamente unos materiales de construcción, especialmente irregulares como el ladrillo, de tal forma que puedan compartirse los valores obtenidos por los distintos investigadores. Aunque el método puede y debe emplearse para todos los elementos constructivos modulados es particularmente necesario en el caso de una pieza como el ladrillo. No es nuevo que el tamaño del ladrillo es importante a la hora de datar construcciones; su referencia ha estado presente en las publicaciones de las excavaciones urbanas y todos los investigadores conocemos, de una manera general, los módulos de ladrillos de los distintos períodos históricos. Sin embargo, esos valores no permiten una precisión cronológica suficientemente válida como para competir con los sistemas tradicionales de datación, cuya causa puede buscarse en que existen algunos elementos que dificultan y distorsionan nuestra capacidad para caracterizar métricamente las piezas: • En primer lugar, los ladrillos tras moldearse son sometidos al fuego que provoca su contracción y da lugar a una variabilidad en sus dimensiones. • Es común que aparezcan en una estructura piezas fragmentadas. • El ladrillo es un material duradero y caro por lo que su reutilización en obras muy posteriores a la fecha de su fabricación es una práctica habitual. • Aunque el formato está regulado oficialmente11, la picaresca está presente dando lugar a una merma en su masa que igualmente distorsiona el análisis de sus dimensiones. • En último lugar, los arqueólogos usamos nuestro sistema métrico decimal, redondeando los valores a éste, de tal forma que obtenemos ladrillos de 28 cm x14 cm, 30 cm x 15 cm que como veremos no son medidas muy ajustadas. La tabla de referencia El objetivo principal es la elaboración de una tabla de referencia donde se muestren los distintos formatos de ladrillos a lo largo del tiempo. Generalmente, se ha tendido a representar los valores mensiocronológicos en una curva, lo que induce a pensar en un proceso evolutivo continuo que si bien puede ser válido para un lapso temporal concreto, no creemos que refleje correctamente la complejidad de los formatos a lo largo de los distintos períodos históricos. En primer lugar, la competencia municipal en la regulación de los sistemas de pesas y medidas hace que la escala de referencia sea local y difícilmente puede ser válida para otros lugares; en segundo lugar, no ha existido siempre un único formato de manera que como ocurre en época islámica, conviven una serie amplia de tipos fabricados para una función específica. Para la elaboración de la tabla es necesario establecer una base obtenida sobre edificios que estén bien datados y que abarquen todo el rango cronológico. Posteriormente, se toman los datos, como a continuación detallaremos, teniendo presente que las estructuras analizadas deben haber sido objeto de un análisis arqueológico de los paramentos que certifique la cronología propuesta. Finalmente, es conveniente contrastar los datos obtenidos con otros edificios de la misma datación. Consideramos necesario que la tabla abarque distintos períodos históricos, para poder establecer mejor el contraste entre distintas etapas culturales y mostrar las inercias o herencias de los modelos precedentes, incluyendo la época Romana, la Tardoantigüedad, Edad Media, Moderna y Contemporánea. La tabla es un proceso retroalimentado, es necesaria para datar nuevas muestras que, a su vez, se incorporarán a la tabla para contrastarla, modificarla o complementarla. Una vez establecida, con la identificación de los distintos formatos, hay que analizar qué variables son más sensibles a la evolución cronológica, que, por supuesto, no serán generales para todos los periodos. Por último, consideramos necesario vincular las medidas del formato de la pieza con su puesta en obra de forma que lo podamos relacionar con el aparejo y con el sistema de medidas bajo el que se creó. El procedimiento ideal para la toma de datos es registrar todas las dimensiones de cada una de las piezas. Sin embargo, esto obligaría a desmontar las estructuras para medir sus componentes, hecho que generalmente no es posible y casi nunca deseable. Esta obviedad sirve para justificar el procedimiento que proponemos basado en la medición de las piezas a partir de los paramentos. El primer paso para una correcta toma de datos es elegir un paramento realizado con fábrica regular, con piezas igualmente regulares y cuya interpretación estratigráfica avale que se ha realizado en un único momento. Con este presupuesto, tomaremos un mínimo de 30 mediciones, aunque cuanto mayor sea la muestra mayor será la precisión de los siguientes valores: • Soga más la junta o llaga = l+ll • Tizón más la junta = a +ll • Hilada (grosor más el tendel) = hil Las mediciones deben tener precisión al milímetro y estar tomadas con instrumentos que minimicen el factor humano. Para ello el calibrador, pie de rey o forcípula son sin duda los mejores instrumentos para la medición. Las cintas métricas o flexómetros permiten precisiones ajustadas pero, como hemos podido comprobar, el registro de la información va a depender mucho de la persona que ejecuta el trabajo. Depuración de los datos Analizamos en primer lugar la muestra obtenida para conocer la tendencia central y la dispersión de los datos. Los principales valores que debemos considerar son el promedio, la mediana, la moda, la curtosis, el coeficiente de asimetría y el intervalo de confianza. En una distribución normal, las medidas de tendencia central (media, mediana y moda) serán coincidentes o tendrán valores muy próximos. La curtosis nos indicará el grado de dispersión de la muestra centrado en cero, de tal forma que un valor próximo a cero indicará una curva mesocúrtica; un número positivo mostrará una curva más concentrada o leptocúrtica; un valor negativo reflejará una muestra más dispersa o platicúrtica. El coeficiente de asimetría reflejará la distribución de la muestra, de tal forma que un valor próximo a cero indicará una curva simétrica, números negativos una curva con más valores a la izquierda y positivos con más ítems a la derecha. El intervalo de confianza, que generalmente establecemos en el 95%, indica un valor que sumado y restado a la media englobaría al 95% de los valores esperados. Expresión de los datos Una vez depurados los datos, estos se expondrán textualmente indicando la media y el intervalo de confianza al 95%, de l, a, h, hil, l+ll y a+ll. De los datos estadísticos primarios podremos obtener los siguientes valores derivados, que serán de gran utilidad para comparar los distintos formatos de ladrillo y su puesta en obra: • Junta prevista= l – 2*a • Junta ejecutada en soga = lll – l • Junta ejecutada en tizón = all – a • Proporción entre soga y tizón = l/a El volumen nos ofrece una síntesis de los tres valores principales para el ladrillo y suele ser muy sensible en los casos analizados a la variación diacrónica, ya que refleja las oscilaciones en cualquiera de sus variantes aun manteniéndose constante las otras dos. El tamaño del tendel ilustra sobre el aparejo constructivo y se vincula a la composición del mortero. Las juntas previstas y ejecutadas nos permiten relacionar si el formato del ladrillo se ajusta al aparejo ejecutado, en ese caso, estos valores debían ser coincidentes. La proporción entre la soga y el tizón es también significativa y complementaria de la información anterior, así por ejemplo, para los aparejos habituales en ladrillo en época medieval y moderna, la soga debe ser dos veces el tizón más el ancho de la llaga, es decir una proporción mayor a dos. En el caso de algunos ladrillos almohades analizados la proporción uno a dos, conlleva una evidente irregularidad en el aparejo. Para la expresión gráfica se emplearán los histogramas para representar los cuatro valores principales de cada muestra, L (longitud o soga), A (ancho o tizón), H (grosor) y Hil (hilada). Aportamos unas series representativas que abarcan un amplio marco cronológico entre los siglos XI-XII y XIX, principalmente obtenidas en Los Reales Alcázares de Sevilla, en el Patio de San Laureano y la Hacienda Miraflores de Sevilla, ordenadas cronológicamente. Localización: Antemuro de la muralla islámica almohade del Callejón del Agua. Resumen estadístico de la muestra 1. La muestra se realizó sobre 40 ítems de un paramento que estratigráficamente era monofásico y no mostraba indicios de restauración por lo que quedaba garantizado que las muestras correspondían a piezas uniformes y pertenecientes al momento de construcción del antemuro de la muralla. Los resultados estadísticos reflejan esta apreciación indicando una coincidencia casi exacta entre los valores de tendencia central. Las curvas obtenidas son leptocúrticas, mostrando una significativa agrupación de los valores en torno al valor central y con una asimetría irrelevante. De los valores obtenidos podemos concluir que el formato de la pieza es rectangular de tal forma que la anchura es exactamente la mitad de la longitud. Metrológicamente la longitud es equivalente a 11 pulgadas (28,8 cm) del sistema de medida islámico (pie de 31,43 cm); la anchura es justo la mitad de la longitud; el grosor es equivalente a 2,5 dedos (4,9 cm) y la hilada corresponde a un palmo islámico (7,86 cm). Localización: La muestra 2 fue obtenida durante una intervención arqueológica efectuada en el solar no 3 de la Calle Santo Tomás sobre un lienzo de la muralla almohade que conecta el Alcázar con la llamada torre de Abdl Aziz. Resumen estadístico de la muestra 2. La muestra se obtuvo entre unos 90 y 252 ítems, variación que se explica por la dificultad de detectar sogas completas en el aparejo de ladrillo de los machones de la muralla. Por ese motivo se tomaron más referencias sobre grosor e hilada que sobre sogas o tizones. La muralla presentaba múltiples rehechos producto de distintas intervenciones de reparación del paramento y, aunque las medidas fueron tomadas tras un estricto análisis estratigráfico que permitió seleccionar las unidades estratigráficas correspondientes al momento de construcción de la muralla, es posible que en la muestra se incluyeran ejemplares no pertenecientes a la misma. Además, el lienzo está construido principalmente con tapial, reservándose el ladrillo para elementos muy puntuales como machones de refuerzo o la torre adosada a la muralla, elementos que no suelen tener mucha extensión por lo que es frecuente que se utilicen piezas fragmentadas. A pesar de lo indicado los resultados validan los de la muestra 1. Los valores de tendencia central son prácticamente idénticos y sólo se diferencia en que la muestra 2 es algo más leptocúrtica y una asimetría negativa algo mayor. Patio de Banderas Casa 7-8, obtenida en el muro de separación de la alcoba oeste y la sala principal durante la reciente intervención arqueológica (Tabales y Vargas 2014). Resumen estadístico de la muestra 3. El espacio muestreado era demasiado pequeño como para obtener un número suficiente de piezas para realizar todas las mediciones. Aunque el número de datos tomados no llega al que consideramos necesario, hecho que se refleja en las cifras del intervalo de confianza, es representativa de un formato pequeño que encontramos igualmente en el Palacio de la Casa de la Contratación, en la nave norte y en las casas documentadas en el patio de banderas, fechadas en el siglo XI, y demolidas para la construcción del primer recinto del Alcázar (Tabales 2013: 99-101). Esta muestra se corresponde con un formato de ladrillo islámico de 10 pulgadas (26,19 cm) de manera que el tizón es de 5 pulgadas y la soga sean 10 pulgadas más la llaga, de manera que la relación l/a es de 2,04. Su grosor equivale a 1 pulgada y la hilada es de 3 dedos (5,88 cm). La muestra se obtuvo en el sótano del Palacio Gótico de Alfonso X. Resumen estadístico de la muestra 4. Los valores fueron tomados en el sótano del Palacio Gótico. Los paramentos aparecen libres de revestimiento pero en la mayor parte de su superficie las llagas están rejuntadas y se aprecian restauraciones parciales. Aunque las condiciones no fueron las idóneas la toma de muestras se realizó tras un análisis estratigráfico preliminar desechándose las zonas conflictivas. En general, las curvas adquieren una presencia normal, mesocúrtica y una leve asimetría positiva. Los valores centrales tienen valores muy próximos si no idénticos. La muestra indica un cambio en el formato con respecto a las dos primeras muestras almohades. En primer lugar, la longitud es 2,04 veces la anchura, es decir, dos anchos más la llaga, formato que permite un mejor aparejo de las piezas. En cuanto a la metrología, la anchura es medio pie castellano (13,93 cm), la longitud equivale a un pie más una llaga; el grosor de la pieza es 2,5 dedos castellanos (4,55 cm) y la hilada una undécima parte de la vara castellana (7,59 cm). Palacio de Don Fadrique, Convento de Santa Clara de Sevilla. Resumen estadístico de la muestra 5. Los valores fueron tomados en el palacio de Don Fadrique, actual Convento de Santa Clara de Sevilla construido poco después de la conquista de Sevilla (Oliva y Tabales 2011) con el fin de contrastar los resultados obtenidos en el Palacio Gótico del Alcázar de Sevilla. Los paramentos estaban picados en el momento de la toma de datos sin que existiera ningún obstáculo para la correcta toma de datos que, por premura de tiempo, quedó circunscrita a los valores principales. En general, las curvas adquieren una presencia normal, mesocúrtica y simétrica. Los valores centrales tienen valores muy próximos. La muestra ratifica el cambio en el formato con respecto a las muestras almohades, siendo coincidentes con las obtenidas en el Palacio Gótico. Sólo el grosor del ladrillo presenta un valor medio superior cercano a 0,5 cm que, no obstante, no afecta al grosor de la hilada que se mantiene en los mismos términos. La anchura es medio pie castellano (13,93 cm), la longitud equivale a un pie más una llaga; el grosor de la pieza es próximo a los 3 dedos castellanos (5,22 cm) y la hilada una undécima parte de la vara castellana (7,59 cm). Puerta entre el patio del León y patio de la Montería. Resumen estadístico de la muestra 6. Los datos obtenidos de la puerta entre los patios del León y de la Montería muestran una curva normal prácticamente mesocúrtica y simétrica. Los valores de tendencia central son muy próximos salvo en la longitud con una discrepancia entre la moda (28,5) y la media (29,13) y la mediana (29,05) y algo menos en la anchura, grosor e hilada. Estas diferencias pueden ser debidas a que las piezas pudieron adaptarse a los machones de las puertas (con piezas recortadas) o a la inserción de piezas reutilizadas. De todas formas, asistimos a un cambio de formato con un aumento significativo del tamaño de las piezas. La proporción entre longitud y anchura es de 2,04 lo que indica que ésta es dos anchos más una llaga, valor idéntico al de la muestra del Palacio Gótico. Metrológicamente la longitud y anchura son mayores al pie castellano sin que podamos establecer una correlación clara entre sus medidas y los valores originales. El grosor de las piezas aumenta hasta acercarse a los 3 dedos y la hilada se aproxima a la décima parte de la vara castellana (8,4). Sala del Billar y Sala de Fumar en la planta alta del palacio del Rey Don Pedro, en los paramentos del Salón de Embajadores. Resumen estadístico de la muestra 7. Esta muestra, obtenida de los paramentos que conforman la qubba principal del palacio de Pedro I, confirma el cambio de formato ya identificado en la muestra anterior. La longitud supera los 29 cm con un valor próximo al pie romano; el tizón de la mitad de la soga mientras que el grosor supera los 5 cm, cerca de 3 dedos castellanos y la hilada equivale a la 1/10 de la vara castellana. Resumen estadístico de la muestra 8. Esta muestra se realizó sobre los paramentos exteriores de la Capilla de Jesús en la Puerta de Jerez de Sevilla, muy próxima al Alcázar, aprovechando una renovación de su enlucido. Los valores centrales son prácticamente coincidentes y muy parecidos a los obtenidos en el Alcázar pertenecientes a las obras de Pedro I, lo que muestra una continuidad del nuevo formato aunque con algunas variaciones. El grosor del ladrillo es algo inferior, cercano a las 2 pulgadas castellanas, y la hilada es de 7,45, equivalente a 1/11 de la vara castellana. Muestra obtenida en el Señorío (ca. Resumen estadístico de la muestra 9. La muestra tiene una tendencia normal y no evidencia desviaciones significativas de los valores centrales. Sigue el curso de las muestras anteriores, desde Pedro I, con una longitud algo mayor cercana a los 30 cm y un grosor ligeramente inferior, aún así, la hilada llega a los 8,24 cm valor muy próximo a la décima parte de la vara castellana, otorgando un mayor protagonismo al tendel en el aparejo. El molino de aceite de la Hacienda de Miraflores se construyó en un momento incierto entre los siglos XVI y XVII con posterioridad a la erección del señorío de la misma. Resumen estadístico de la muestra 10. Muestra normal que sigue la tendencia de los ejemplos anteriores con un formato de soga próxima al valor de un pie romano, un grosor en torno a las dos pulgadas y una hilada correspondiente a la décima parte de una vara castellana. Colegio de San Laureano. Este emblemático edificio, antiguo palacio de Hernando Colón (Arenas, Carrasco, Conlin, Jiménez, y Lafuente 2004), fue objeto de una intensa campaña de actividades arqueológicas en la que realizamos, por primera vez, un análisis exhaustivo de las fábricas de ladrillos y cuyos resultados, ya publicados, sintetizamos en el siguiente cuadro que sirve para contrastar y completar la secuencia de formatos en Sevilla hasta época Contemporánea. Tabla de los formatos de ladrillos del Colegio de San Laureano (Sevilla). Valoración de las muestras: La intervención arqueológica en San Laureano nos permitió obtener un registro muy completo de los formatos de ladrillo de la Edad Moderna y Contemporánea, contrastando los valores obtenidos en las muestras coetáneas anteriores. En general, se mantiene el formato iniciado en tiempos de Pedro I hasta el siglo XVII, aunque los valores de esta centuria los ponemos en cuarentena porque sospechamos que las obras de esta época reaprovecharon los ladrillos que se salvaron de la total ruina del palacio colombino y, a mitad del siglo XVIII, asistimos a un nuevo cambio de formato con piezas sustancialmente más pequeñas, equivalentes a un pie castellano que se aparejan en hiladas que suponen la duodécima parte de una vara, tendencia que se sigue acusando a lo largo del siglo XIX y principios del XX. Repertorio de formatos de ladrillos en Sevilla entre los siglos XI al XX En general, los datos presentan una estructura muy coherente. Hemos conseguido certificar que los ladrillos empleados en estructuras islámicas utilizan un formato sensiblemente diferente del que posteriormente utilizarán los cristianos tanto en forma como en dimensiones. Evidentemente, la base metrológica es el sistema islámico con un codo normal o mamuní de 47,14 cm y su pie equivalente de 31,43 cm. Hasta la fecha la primera constancia que tenemos de fabricación estandarizada de ladrillos en Sevilla es de época Taifa. En el siglo XI el formato documentado es de 10 pulgadas más la llaga de longitud y 5 pulgadas de ancho; su grosor es de 1 pulgada y se apareja en hiladas de 3 dedos. Para el período almohade se han documentado una mayor diversidad de piezas que resumimos en la siguiente tabla: Formatos de ladrillos de época islámica en Sevilla. El más común y caracterizado por nuestros análisis mensiocronológicos es el de 11 pulgadas con grosor de 2,5 dedos puesto en obra en hiladas de 1 palmo o la duodécima parte de 3 pies. Es también muy habitual el formato de 10 pulgadas que se puede presentar con un grosor de 1 pulgada o de 2,5 dedos, dado que los distintos formatos pueden adquirir diferentes grosores, vinculables con su puesta en obra. De esta manera, la hilada más habitual es la de 1 palmo de altura, lo que significa cuatro ladrillos por cada pie de paramento o 12 hiladas equivalentes a un cajón de tapial de 3 pies, el más común. No obstante, las hiladas pueden ser sensiblemente menores, equivalentes a 5 hiladas por pie o a 11 por cajón de tapial de 2,5 pies, también muy común entre las fábricas islámicas. La conquista cristiana introdujo severos cambios en el formato de las piezas. En primer lugar, la gran variedad de ladrillos islámicos se reduce a un solo formato. Su base metrológica será el sistema de medida castellano con un pie de 27,86 cm, dando lugar a ladrillos rectangulares con una anchura de 0,5 pies y una longitud dos veces el ancho más una llaga, con un grosor de 2,5 ó 3 dedos y una puesta en obra de la undécima parte de la vara castellana (equivalente a 11 hiladas por cajón de tapial de 1 vara castellana). Con Pedro I se produce un gran cambio en el formato iniciado con la conquista cristiana con piezas de mayores dimensiones que superan incluso a los ladrillos almohades de 11 pulgadas. Este nuevo formato adquiere una correspondencia con el pie romano o con el aragonés que aún mantenía la tradición imperial; no encontramos una explicación convincente salvo el intento de reunificación de los sistemas de medidas en el sistema romano en tiempos de Alfonso X (Vallvé 1976: 341). Lo cierto es que este módulo seguirá vigente con algunas variaciones a lo largo de los siglos XIV, XV, XVI y XVII. En el siglo XVI se observan los mayores ladrillos de toda la secuencia con longitudes próximas a los 30 cm (17 dedos) y anchuras similares a las vistas para los ladrillos almohades, los grosores superan los 3 dedos y la hilada se mantiene de manera constante en la décima parte de la vara castellana, aunque no son raros los casos de hiladas equivalentes a un onceavo de vara, sobre todo entre los siglos XV-XVI. En el siglo XVIII asistimos a un cambio de la tendencia y los ladrillos se harán menores, descendiendo sobre todo el grosor de las piezas y aparejándolos en hiladas más pequeñas. El ancho será 0,5 pies, la longitud dos veces el ancho y una llaga y el grosor llega a bajar hasta los 2 dedos, situándose la hilada hasta un doceavo de la vara castellana. Esta tendencia se acrecienta durante el siglo XIX cuyos ladrillos tienen una longitud de 1 pie mientras la anchura se reduce a la mitad del pie menos media llaga. La hilada baja hasta ser un treceavo de la vara. Con esta primera serie de resultados esbozamos el esquema de la evolución de los ladrillos en Sevilla desde los siglos XI-XII hasta principios del siglo XX. Es evidente que estas muestras deben contrastarse con otras que certifiquen los formatos propuestos. Para época islámica necesitamos completar el repertorio y corroborar el empleo de un formato único durante el siglo XI y diferente de los usados en época almohade, lo que facilitaría un instrumento de gran utilidad para la distinción cronológica entre edificios de estas etapas históricas. Los primeros momentos de la conquista cristiana son claramente identificados por el empleo de un formato de ladrillos distinto a los almohades precedentes. Esperamos avanzar en la definición de los tipos de ladrillo usados entre los siglos XIV y XVII y poder precisar las cronologías a pesar de que se utilice la misma caja. Además, estos valores sólo son válidos, en principio, para la ciudad de Sevilla, lo que haría deseable que la experiencia se repitiera en otros lugares con una metodología compatible que nos permitiera analizar de manera conjunta esta información. ANÁLISIS METROLÓGICO DE ESTRUCTURAS De la misma manera que podemos caracterizar las dimensiones de los materiales de construcción, vincularlos a un sistema de medida específico y datarlos, podemos hacerlo con estructuras individualizadas: muros, arcos, torres, ventanas, puertas y todo el repertorio tipológico de elementos estructurales. Estos tienen, además de una geometría que es la que habitualmente se utiliza para establecer analogías con fines cronológicos, unas características métricas particulares que abren la posibilidad de vincularlas a un sistema de medida específico y con ello a una cultura generadora. En numerosas ocasiones estructuras indefinidas cronológicamente, al carecer de elementos característicos, pueden ser encuadradas cronológicamente a partir de sus dimensiones. Los arcos de herradura son una forma característica de la arquitectura islámica que, no obstante, se utilizó en época cristiana con formas tan parecidas a las originarias que ha dado lugar a no pocas adscripciones erróneas que podrían quedar resueltas atendiendo al estudio de sus dimensiones. En estructuras como los muros la relación entre los distintos elementos, materiales y aparejos genera una fórmula característica que puede servir para crear catálogos cronotipológicos de manera que, por ejemplo, lienzos de muralla con los mismos elementos y aparejos, relacionados entre sí según la misma proporción probablemente sean sincrónicos; al contrario, fábricas que parecen homogéneas pueden corresponder a momentos diferentes, construidos con base en otros diseños, con una razón entre elementos distinta. Traemos como ejemplo la composición de un lienzo de muralla de la calle Santo Tomás de Sevilla, la que une la Puerta de los Leones con la llamada torre de Abdl Aziz. El lienzo fue analizado durante una intervención arqueológica realizada en el solar no 3 de la calle Santo Tomás13, lo que nos dio la oportunidad de estudiarlo en profundidad. La muralla está realizada en tapial con algunos machones de ladrillo, conservando el almenado; tiene adosada una torre construida con aparejo de ladrillo y sillarejo reforzando las esquinas. Alzado del lienzo de muralla de la calle Santo Tomás no 3 de Sevilla y acotación de sus elementos en unidades islámicas. Metrológicamente la altura del paramento sobre la cimentación es de 10 cajones de tapia exceptuando el almenado; cada caja de tapia tiene una altura de 3 pies (94,3 cm) que se acompaña de machones de ladrillos aparejados con hiladas de 1 palmo de altura, lo que implica que a cada cajón corresponden 12 hiladas de ladrillo. Adosado al lienzo hay una torre realizada en ladrillo con una hilada de 1 palmo, con refuerzos de sillarejos en las esquinas que tienen, de media, 1 pie de altura, es decir, 1 sillarejo cada cuatro hiladas de ladrillo. El almenado tiene también una característica metrológica; los merlones son estructuras cuadradas de 3 pies de lado, salvo los próximos a la torre que reducen ligeramente su anchura para ajustarse al espacio restante, separados por un espacio estrecho de 1 codo. Esta forma característica de construir es propia de este tramo de muralla y diferente de otros visibles en el entorno del alcázar lo que nos abre la expectativa de poder diferenciarlos por su composición metrológica y establecer una secuencia cronológica de sus momentos de construcción. Aún pendiente de un análisis pormenorizado, existen tramos de muralla datados en época islámica que emplean ladrillos de formato de 10 pulgadas o cuyos tapiales se encofraron en cajones de 2,5 pies de altura (78 cm)14; almenado con un diseño y tamaños diferentes que son sensibles tanto a la cronología como a cuestiones poliorcéticas. Con respecto a las fábricas cristianas bajomedievales las diferencias métricas son tan sustanciales que, junto a sus características formales, nos permiten una distinción nítida entre ellas. De esta manera, los tapiales castellanos suelen adoptar una caja de una vara castellana de altura (83,58 cm) mientras que los islámicos alternan entre los 94 cm (3 pies) o los 78 cm (2,5 pies). ANÁLISIS METROLÓGICO DE EDIFICIOS Pasando a un nivel superior en la escala de la construcción podemos intentar vincular culturalmente un edificio a partir del sistema de medida bajo el que fue diseñado y construido. Durante este proceso de análisis que, en principio, estaba destinado a diferenciar las construcciones cristianas de sus precedentes islámicos cuyas analogías formales ofrecían dudas en su adscripción, fuimos encontrando similitudes formales y métricas que indicaban una uniformidad en las construcciones islámicas más allá de su ubicación geográfica o temporal. Posiblemente, la hipótesis más relevante derivada de este proceso sea la uniformidad del sistema de medida en todos los territorios del Islam, hipótesis que se sustenta en los casos que ahora presentamos pero que sin duda deberá corroborarse en análisis más profundos. Las formas de los edificios también ofrecen similitudes que van más allá del territorio y del tiempo y que deben relacionarse con las concepciones ideológicas y religiosas, especialmente cuando nos referimos a las mezquitas y los palacios. Análisis metrológico aplicado a algunas mezquitas representativas El estudio del diseño los edificios históricos a partir del sistema de medidas de sus constructores da sentido a las formas, permite obtener modelos que sirvan de analogía para el estudio de otros edificios y estructuras, atestigua la extensión geográfica del sistema de medidas, así como también constituye una importante herramienta para establecer el marco cronológico de las construcciones. Un serio apoyo al uso común del sistema de medidas lineal en todo el territorio de dominio islámico podemos observarlo en el análisis de algunas mezquitas representativas creadas en los primeros momentos del Islam como son la Cúpula de la Roca y la Gran Mezquita de Damasco. Qubba al-Sakhra fue construida por el califa abd al-Malik y terminada en el año 691/72 H. Su diseño se basa en tres polígonos regulares concéntricos, un octógono crea la fachada del edificio, otro menor intermedio divide las galerías y finalmente, un círculo interior que delimita la roca y sustenta su característica cúpula dorada. La relación entre estos elementos no es constante sino derivada de un sencillo desarrollo geométrico que conecta todas sus partes. El diseño nace de una circunferencia de 120 pies islámicos de diámetro (37,7 m) en la que se circunscribe el octógono que delimita el paramento exterior de la arcada intermedia. Circunscribiendo un cuadrado a este círculo y una circunferencia a este cuadrado creamos la fachada mediante la inscripción de un octógono en el círculo exterior; así, las circunferencias que delimitan la fachada y la arcada interior tienen una relación de √2 (1,4142). Para delimitar el anillo interior se unen mediante líneas los vértices opuestos del octógono de fachada que generan un octógono en el que se inscribe la circunferencia que limita el paramento interior de la arcada que sostiene la cúpula15. Este análisis se ha realizado sobre el plano acotado de Creswell. Análisis geométrico en pies islámicos de la Cúpula de la Roca en Jerusalén sobre plano de Creswell [URL] La Gran Mezquita de Damasco representa un modelo que se va a repetir en la larga expansión del territorio del Islam. Este edificio va a marcar unas pautas que encontraremos en otras mezquitas, trascendiendo a las etapas iniciales del desarrollo de la arquitectura islámica. En primer lugar, hay que destacar que el sistema de medida empleado para el diseño de este edificio es el mismo descrito por Félix Hernández. La forma geométrica que sirve de base es un rectángulo cuyos lados están relacionados en una razón de √2, teniendo presente que se parte del cálculo de la capacidad del edificio, es decir, la longitud interior de la mezquita es equivalente a 300 pies (94,3 m) ó 200 codos mamuníes ó 160 codos rassasíes, mientras que la anchura es la diagonal de un cuadrado de 300 pies de lado, o lo que es lo mismo, 300*√2 (424,3 pies ó 133,3 m). A pesar de aprovechar un recinto romano, diseñado con un sistema de medida romano, el nuevo patrón de medida encuentra su equivalencia con el imperial a través del codo rassasí, equivalente a 2 pies romanos. Su forma es quizás más relevante que su métrica ya que la relación √2 entrará a formar parte de algunas de las mezquitas que vamos a analizar. Análisis geométrico en pies islámicos de la Gran Mezquita de Damasco sobre plano de Creswell [URL] En Amán, la mezquita de la ciudadela fue excavada y documentada en 1997 por un equipo dirigido por Antonio Almagro (Almagro y Jiménez 2000) que permitió la restitución total de la planta. La mezquita, construida en el primer tercio del siglo VIII, tiene una forma cuadrada con una ligera deformación en su esquina noreste. Este peculiar diseño, que será reproducido posteriormente con diversas variantes, tiene como base el sistema de medida islámico. Como será habitual, el diseño parte del cálculo de la capacidad del edificio usando como planta un cuadrado de 100 pies de lado entre los paramentos interiores; a la sala de oraciones se da una longitud de 40 pies dejando el resto para el patio. Longitudinalmente el cuadrado se divide en siete naves de 12 pies cada una. Análisis geométrico en pies islámicos de la mezquita de la Ciudadela de Amán sobre plano de Almagro y Jiménez (2000: fig. 9). En Córdoba el arquitecto eligió la misma forma pero obtenida de otra manera. El primer recinto de la aljama cordobesa era un cuadrado de 80 m de lado, según se ha constatado recientemente corrigiendo la hipótesis hasta entonces vigente (Marfil 2010: 471 y ss.). Este cuadrado probablemente se trazara inscribiéndolo en una circunferencia de 360 pies de diámetro, alcanzando los 254,6 pies de lado (80 m). Esta será una forma habitual para trazar estructuras con planta de polígono regular como veremos abajo. En Madinat al Zahra (Pavón 1966), la mezquita mayor, inaugurada en el año 941/329 H, se trazó siguiendo la tradición geométrica iniciada en Damasco en un modelo que encontraremos en otros lugares. Las galerías interiores se trazaron desde el lado suroccidental otorgando 20 pies a las galerías laterales y 25 pies a la central que era de mayor tamaño. El sobrante se incorpora a la primera galería anexa a la central por el lateral nordeste, que adquiere una anómala anchura de algo más de 22 pies, sumando en total los 107,5 de ancho de la sala de oraciones. El patio cuadrado se rodea de una galería por tres de sus lados con una anchura equivalente a los 20 pies de las del haram, lo que determina sus dimensiones, de manera que su anchura son 107,5 pies y su longitud es ésta menos los 20 pies de la galería sureste, 87,5 pies; el espacio libre del patio sería un cuadrado de 67,5 pies (21,2 m). El edificio está presidido en su fachada por un alminar cuadrado de 10 codos normales ó 15 pies (4,7 m). Análisis geométrico en pies islámicos de la mezquita de Madinat al-Zahra sobre plano de Almagro (2012: fig. 19). A pesar de que la qibla no ha sido documentada, generalmente se ha supuesto bajo el muro sur que limita la actual iglesia del Salvador, mientras que el resto de las estructuras que limitan el edificio se han localizado durante los trabajos arqueológicos, como la división entre sahn y haram. Según esta hipótesis la mezquita se diseñó con los mismos parámetros con los que posteriormente se edificaría la de Medina Zahara: lo primero fue trazar el haram con la capacidad deseada, al que se dio una longitud interior de 90 pies o lo que es lo mismo, 60 codos mamuníes o 48 codos rassasíes (28,3 m) y una anchura de 90*√2 (127,3 pies ó 40 m). Más tarde se trazó el sahn con una longitud interior de 100 pies (31,4 m) con la anchura determinada por la sala de oraciones. La fachada aparece presidida por un alminar de planta cuadrada de 10 codos rassasíes de lado (5,9 m). Las galerías quedaron conformadas por la diferencia entre la longitud del patio y su anchura, es decir, 127,3 pies – 100 pies nos da los cerca de 14 pies para las galerías del patio. El haram repite estas medidas de manera que la galería central, el espacio libre entre los pilares, tenía 15 pies ó 10 codos normales, mientras que el resto de las galerías, incluido el ancho del pilar de una arcada, estarían muy próximas a los 14 pies (13,7 pies). Análisis geométrico en pies islámicos de la mezquita aljama de Ibn Adabbás de Sevilla sobre plano de Almagro (2008, fig. 20). En 1172 bajo Yusuf I se comienza la construcción de la mezquita aljama almohade17. Este edificio repite el esquema general de la precedente aljama, la mezquita de Ibn Adabbás, tanto en lo que se refiere a su orientación como a su geometría distanciándose de los ejemplos almohades africanos18. A la nueva mezquita se la dotó de una capacidad muy superior a la de su predecesora, de manera que la longitud del haram quedó en 250 pies (78,6 m), establecida en el eje de los muros que la conforman, mientras que su anchura quedó determinada aplicando una razón √2 a la longitud, lo que da como resultado 353,6 pies (111,1 m). El sahn tiene una longitud de la mitad de la anchura de la mezquita, es decir 55,5 m, o lo que es lo mismo, es una forma rectangular cuya anchura es dos veces su longitud, formando dos cuadrados inscritos en sendas circunferencias con un diámetro de 250 pies, igual que la longitud del haram. El alminar, la Giralda, se situó en la unión entre el sahn y el haram en el costado de levante de la mezquita y su planta es un cuadrado de lado equivalente a la décima parte de la longitud total de la mezquita 13,4 m. La altura total del alminar islámico sería cinco veces el lado (67 m) pudiendo alcanzar los 150 codos mamuníes (70,71 m). El espacio interior del haram en sentido E-O, 346,5 pies, se dividió en diecisiete naves de 20 pies de anchura cada una, exceptuando la nave central que asumió los 26,5 pies restantes. En dirección a la qibla, el interior de la sala de oraciones tenía 245,7 pies que se distribuyeron en trece arcadas (Jiménez 2007: fig. 6). Esta misma distribución determina la del sahn. Análisis geométrico en pies islámicos de la gran mezquita almohade de Sevilla sobre planta actual de la catedral realizada por Almagro y Zúñiga (2007: fig. 3). La Gran Mezquita de Tinmal erigida en 1153/547 H bajo el gobernante almohade Abd al-Mu'min en honor del mahdi Ibn Tumart, refleja algunas características que influirán en el diseño de las mezquitas almohades, entre las que destaca su orientación, y ejecutada con el mismo sistema de medida que venimos analizando. Ya se ha publicado un análisis metrológico del edificio (Wisshak 1989) en el que se establecía un módulo de 64 cm (2 pies) mientras que la planta cuadrada del edificio tenía una diagonal de 100 módulos (200 pies). Aunque en líneas generales los resultados muestran el uso del pie islámico como patrón de medida, la planimetría que nosotros usamos (Ewert 1973: fig. 3), nos muestra que la planta del edificio es un cuadrado de 150 pies ó 100 codos normales de lado (47,1 m); el haram tiene una longitud interior de 75 pies, la mitad del lado de la mezquita. El interior se distribuye en nueve galerías entre las que destaca la central, con 18 pies de ancho ó 22 pies si incluimos las dos arcadas que la conforman; las galerías perimetrales y la anexa a la qibla tienen una luz de 15 pies ó 10 codos normales, mientras que las restantes adquieren esta dimensión pero incorporando el ancho de la arcada. El patio tiene unas medidas de 75 pies de ancho por 50 de largo. El porqué de estas dimensiones y de la propia orientación del edificio posiblemente esté en el deseo de su diseñador de seguir estrictamente los pasos del Profeta; la mezquita adquiere la misma forma y dimensiones de la casa de Mahoma en Medina, un cuadrado de 100 codos de lado, incluso el número de naves puede ser un recuerdo de los nueve cobertizos que componían su casa (Creswell 1989: 4-5). No obstante, la orientación difiere de la de este edificio y probablemente se rija siguiendo el proceso por el cual se cambió el sentido de la oración cuando Mahoma volvió su rostro a la Meca dando la espalda a Jerusalén. Esa línea virtual que une Jerusalén con la Meca tiene una orientación de 157o, la que adopta la qibla almohade de Tinmal y de otras muchas que le suceden. Análisis geométrico de la Gran Mezquita de Tinmal en codos y pies islámicos sobre plano de Ewert (1973: fig. 3). Analizando una serie de edificios religiosos relevantes del Islam hemos podido documentar el uso común de un mismo sistema de medida independientemente del lugar y de la época, lo que sirve de sostén para mantener la hipótesis de un mismo sistema de medidas lineales en todo el Islam; además, la mayor parte de ellos surgen de formas geométricas comunes, de un lado el rectángulo con razón √2 entre longitud y anchura posiblemente originado en el modelo de la Gran Mezquita de Damasco y por otro, el cuadrado que recuerda la forma de la casa de Mahoma en Medina. Análisis metrológico en los Reales Alcázares de Sevilla Al igual que lo observado en las mezquitas, los alcázares, edificios palatinos protegidos por un recinto amurallado, van a seguir unas formas que deben su diseño a los primeros recintos omeyas. En el Real Alcázar de Sevilla vamos a encontrar soluciones que se repetirán más o menos transformadas a lo largo del territorio islámico. Qsar al-Mshatta fue construido por el califa omeya Walid II poco antes de su muerte en 744/126 H. Se trata de un recinto amurallado cuadrado de 240 codos rassasíes de lado o lo que es lo mismo 300 codos mamuníes ó 450 pies, que protegen un palacio originado en torno a un gran patio cuadrado de 100 codos rassasíes de lado, con el cuerpo edilicio principal ubicado al norte de 70 codos rassasíes de anchura. Análisis metrológico de Qsar al-Mshatta en codos rassasíes sobre plano de Nasser Rabat [URL]. En España el elemento más próximo a la forma del alcázar sevillano quizás sea la gran alcazaba de Mérida que tiene forma de cuadrado inscrito en una circunferencia de 600 pies islámicos de diámetro. Un palacio arropa el gran recinto amurallado de la Aljafería que tiene una forma irregular próxima al cuadrado de 240 pies de lado en su costado occidental. El Alcázar de Sevilla es uno de los lugares donde mejor podemos observar la diversidad de sistemas de medida que ofrecen un contraste nítido entre las distintas etapas culturales y cronológicas a partir del diseño de los edificios y estructuras, como ya hemos podido observar también en el análisis mensiocronológico de las fábricas de ladrillo. El conjunto edilicio de los Reales Alcázares de Sevilla formado a lo largo de casi mil años ininterrumpidos de construcciones, demoliciones, reformas y adiciones, presenta una complejidad extrema a la hora de comprender su proceso evolutivo, de desvelar los pasos que han dado lugar a lo que hoy vemos. Desde distintas disciplinas han sido muchas las propuestas sobre el origen y evolución del conjunto19. El proyecto continuado de investigación arqueológica en el Real Alcázar ha aportado valiosa información que ayuda a solventar muchas de las incógnitas previas que, a su vez, induce a nuevas cuestiones que habrá que resolver en el futuro. En primer lugar, se ha establecido una fecha para la creación del primer edificio y se ha esbozado un proceso evolutivo que da coherencia al conjunto. Análisis metrológico del Recinto I del Real Alcázar de Sevilla en unidades islámicas, según la interpretación de Tabales y Vargas 2014. El Alcázar de Sevilla tiene su origen en un núcleo primario, construido a finales del siglo XI, formado por un recinto amurallado de 300 pies de lado con torres equidistantes cada 100 pies; la muralla tiene una anchura de 6 pies (1,89 unidades) mientras que las torres se diseñaron inscribiendo un cuadrado en una circunferencia de 25 pies de diámetro para las de las esquinas (5,55 m de lado) y de 20 pies para las torres de flanqueo (torres de 4,4 m de lado). Esta manera de trazar es común a las torres poligonales del lienzo que avanza hasta el río que incluye la torre hexagonal de Santo Tomás, la octogonal de la Plata y la dodecágona del Oro. La torre de Santo Tomás es un hexágono inscrito en una circunferencia de 15 pies de diámetro o 10 codos mamuníes; la Torre de la Plata se trazó circunscribiendo un octógono en un círculo de 30 pies de diámetro o 20 codos mamuníes, compartiendo diseño con la Torre del Oro cuya planta parte de la circunscripción de un dodecágono en una circunferencia de 50 pies de diámetro, de lo que parece inferirse que ambas pudieron ser diseñadas al mismo tiempo (Valor 2008: 72-83). El primer recinto del Alcázar defendía un edificio palaciego de planta rectangular de 100 pies de ancho y una longitud documentada de unos 140 pies. El cuerpo del palacio tenía una anchura de 30 pies entre la crujía principal y la galería que se le anteponía20. Posteriormente, este recinto se amplía hacia el sur para dar acogida a un segundo palacio, mucho mayor que el primero (Tabales 2002b). Esta ampliación es mensurable en unidades enteras del sistema islámico; para acoger el nuevo edificio, la ampliación de la cerca adquiere una forma trapezoidal con el lado norte de los 300 pies del recinto primero hasta los 200 pies del lado sur, mientras que los lados oriental y occidental medirían 250 pies islámicos. El palacio al que protegía el recinto amurallado estaba construido en torno al inmenso Patio del Crucero que hoy antecede al palacio gótico. Las restituciones realizadas sobre dicho edificio (Almagro 1999; Tabales 2001), a pesar de no haber sido objeto de una profunda investigación arqueológica nos hacen percibir que este palacio era mucho mayor que el del primer recinto; y aunque la anchura del cuerpo principal mantuviese los 30 pies, su anchura pudo alcanzar los 150 pies ó 100 codos y su longitud hasta los 150 codos, escalando una vez y media la planta de su antecesor. Análisis metrológico del Recinto II del Real Alcázar de Sevilla en unidades islámicas sobre interpretación de Tabales y Vargas 2014. Más tarde, un tercer recinto alojaría un nuevo palacio de dimensiones muy similares a las del recinto I. El palacio ubicado en la Casa de la Contratación fue descubierto, excavado y restaurado por Rafael Manzano en 1973; documentó dos grandes fases constructivas, una que dató en época taifa y una segunda que transformaba de manera radical la morfología del patio en período almohade (Vigil-Escalera 1999). Durante la intervención en el edificio se documentó el patio y gran parte de las estructuras del ala norte del palacio, mientras que al sur sólo se documentó el arranque de uno de los pilares, por lo que su restitución se realizó considerando el edificio simétrico, dado que las obras durante la Edad Moderna no preservaron ninguna de las estructuras precedentes como sí ocurrió en el lado norte. El palacio, según esta configuración, tendría una longitud de 100 pies y una anchura de 30 pies islámicos, exactamente las mismas dimensiones que el palacio del recinto I, aunque difiere en la longitud total que, en este caso, llega a los 156 pies, aunque mostramos ciertas dudas sobre la fidelidad de esta restitución. Análisis metrológico del palacio de la Casa de la Contratación de Sevilla en unidades islámicas. Los espacios libres entre estos tres recintos se fueron ocupando de construcciones palaciegas de menor rango y tamaño que llegaron a colmatar todo el ámbito en una abigarrada trama urbana. Entre estos palacios destacan el Patio del Yeso y el palacio documentado durante los trabajos arqueológicos en el Patio de la Montería (Tabales 2000), con unas dimensiones similares, de planta cuadrada de 80 pies islámicos de lado, aunque el palacio del Yeso tiene uno de los lados ligeramente menor de 78 pies, tamaño que contrasta con el de los grandes palacios que presiden los tres recintos amurallados. La conquista cristiana de Sevilla provocará una drástica transformación de los alcázares islámicos que se evidencia de una manera muy elocuente en el Palacio Gótico. El Palacio Gótico supone un cambio radical en el diseño, forma de construir, lenguaje formal, orientación, renunciando a la arquitectura orientada al sol que constituía una premisa básica en la arquitectura islámica y también por supuesto, en el sistema de medida con el que se diseñó. El bloque del palacio se articula en una rejilla de 100 pies castellanos de largo por 200 pies de ancho, con una pequeña variación en su costado occidental por su adaptación al lienzo de muralla preexistente. Análisis metrológico del Palacio Gótico del Real Alcázar de Sevilla en unidades de medidas castellanas sobre plano de Almagro (2003: fig. 19). No obstante, la mayor transformación vino producida por la ambiciosa intervención de Pedro I. Para ello aprovechó el espacio existente entre los recintos I-II y III, demoliendo las construcciones menores, habilitando un nuevo eje de acceso y delimitando nuevos espacios funcionales (Almagro 2013). Si bien el Palacio Gótico no ofrece dudas sobre el carácter cristiano de su concepción y erección, el Palacio de Pedro I no está tan claro para algunos investigadores. El análisis metrológico del edificio parece apuntar a una obra castellana desde su concepción realizada con pies castellanos. El edificio se ejecuta a partir de la línea formada por los contrafuertes occidentales del palacio Gótico y de la línea de fachada perpendicular a esta primera. El eje del patio se establece a 100 pies de la línea de fachada, otorgando a éste 80 pies de anchura desde los ejes de los muros que lo limitan; la longitud del patio es de 100 pies desde el paramento del palacio Gótico hasta el eje del muro que cierra la qubba de los Embajadores por el noreste. Las crujías que cierran el palacio en sus costados suroeste y sureste tienen 25 pies castellanos de anchura contados desde los paramentos externos de los muros. La qubba es el elemento más significativo del palacio y su diseño se realizó en unidades castellanas: su planta interior es un cuadrado inscrito en un círculo de 50 pies de diámetro que implica un lado de 35,35 pies o 40 pies de eje a eje de los muros que la conforman. Además, estas medidas se repiten en las otras dos salas cuadradas del Alcázar: tanto la sala de la Justicia como el cuarto del Almirante son cuadrados de 40 pies de lado entre los ejes de sus muros. De este análisis se pueden extraer las siguientes conclusiones: • El palacio de Pedro I es un edificio de nueva planta que se adapta a un espacio previamente urbanizado, en el que, tras la demolición exhaustiva del área destinada al nuevo palacio, se construye sin aprovechar ninguna estructura previa, como ya se había demostrado a partir de los trabajos arqueológicos realizados. • El palacio fue mandado construir por un rey castellano empleando el sistema de medida castellano. Aunque en su construcción participasen trabajadores y artesanos islámicos, el diseño es castellano. • El hecho de que las tres qibab sean de dimensiones idénticas, basadas en un mismo diseño, parece indicar que son parte de un mismo proyecto arquitectónico como se ha apuntado recientemente (Almagro 2013). Análisis geométrico del palacio de Pedro I en el Real Alcázar de Sevilla en unidades de medidas castellanas. Las características métricas de una pieza, un aparejo, estructura o edificio son tan valiosas para establecer una tabla tipológica como las características formales y materiales; la analogía, con base exclusiva en características observables a simple vista: forma, color, textura, etc. son, muchas veces, insuficientes para individualizar elementos aparentemente idénticos; debemos acudir, entonces, a su caracterización fisicoquímica o también a sus medidas. Llevamos años ensayando y depurando una serie de técnicas que nos permitan de manera fiable esta caracterización, desde los materiales de construcción y la forma de aparejar, hasta el estudio de los edificios de distintas épocas a partir de su geometría y sistema de medida bajo el que fue creado. Tanto es así, que hoy creemos estar en condiciones de adscribir cronológica y culturalmente toda una serie de fábricas de ladrillo a partir de sus medidas. El análisis estadístico de fábricas latericias nos ha dado buenos resultados tanto en Sevilla como en Carmona, lugares en los que hemos establecido una tabla básica de referencia de formatos de ladrillos. Los aparejos que dan forma a las estructuras son el resultado de la combinación de diferentes elementos en una proporción precisa que nos sirven para caracterizar metrológicamente diferentes estructuras para establecer una tabla tipológica con base en analogías metrológicas y formales. Probablemente, los resultados más sorprendentes los obtenemos en el análisis metrológico y geométrico de los edificios. En el camino inverso de la ruina al plano, la deducción de la idea que inspiró al arquitecto para diseñar un edificio a partir de sus conocimientos geométricos y matemáticos desde un sistema de medida impuesto por el estado al que sirve, arroja mucha luz sobre el estudio de la arquitectura antigua. El análisis de las mezquitas, aunque se trate de una muestra preliminar, sugiere de un lado el uso generalizado del sistema de medida islámico en todo el territorio bajo su dominio, y de otro la formalización de una serie de formatos geométricos que se repetirán en un vasto territorio durante un largo período cronológico. La hipótesis central del empleo generalizado para todo el territorio islámico de un único sistema lineal se sustenta en su aplicabilidad a piezas de pequeño formato, a estructuras arquitectónicas y al análisis geométrico de grandes edificios. En estos últimos las diferencias entre el modelo teórico sobre la planimetría no superan de manera general el 1% y sólo en algunas ocasiones, las rebasa ligeramente sin alejarse de este valor. Además, el error no se incrementa con el aumento de la distancia desde el punto inicial de la trama sino que se mantiene constante, hecho que no ocurre aplicando otros valores. También se ha podido apoyar la aplicación del sistema de medida castellano en las obras realizadas tras la conquista cristiana, tanto a sus edificios como a sus materiales de construcción. Todo nos lleva a reforzar la idea de que los sistemas de medida eran inalterables en los territorios de un estado, dadas las imprevisibles consecuencias que en su economía tendría un sistema de pesas y medidas cambiante. Y si este hecho es asumido para el período romano y para el momento actual (donde un sistema variable de pesas y medidas sería impensable) ¿por qué no se aplica a la Edad Media? El uso de estas técnicas en el Real Alcázar de Sevilla ha ayudado a contrastar hechos que siguen en controversia; en este aspecto, destaca que el palacio de Pedro I fue una construcción de nueva planta, que no reutilizó ninguna estructura anterior, aunque formalmente imitara elementos culturales islámicos califales incorporados, eso sí, a un edificio diseñado a partir de presupuestos ideológicos cristianos bajo un sistema de medida castellano. Sin duda, la Arqueología tiene herramientas para resolver las incógnitas científicas que el Alcázar nos presente, en un proceso largo, paciente y continuo que nos ayude a desvelar las nuevas preguntas que a diario se nos presentan y ante estos retos, hay que tomar medidas. Este trabajo se realiza dentro del Proyecto de Investigación de Excelencia Análisis Estratigráfico y Cronotipológico de los Recintos Fortificados del Alcázar de Sevilla. Procedimientos, Sistemas y Aplicaciones desde su Vertiente Constructiva.
La doble medida en la arquitectura del pasado: El Palacio de Onda y su planta antropométrica Se describe en este artículo el proceso metodológico para reconstruir el diseño modular del palacio fortificado de Onda (Castellón) a partir de su planta arqueológica, aplicando los principios metrológicos desentrañados en las investigaciones previas del autor en este campo. Módulo, ejes, tamaños y esquema geométrico general quedan identificados sobre la planta base con precisión digital. Se clasifican los diferentes espesores de muros detectados. Se realizan comprobaciones mediante mediciones directas. En esta obra resalta la continua utilización de modulaciones dinámicas, tanto en la rotunda y caracterizadora geometría de su planta general, como en cada una de las partes. Destaca también la variedad de espesores de muro, los desplazamientos de ejes, y el correcto replanteo de la fortaleza. El conocimiento de un sistema común de proporciones en los usos del pasado puede representar un nuevo paradigma en el estudio y conservación de nuestro patrimonio histórico y cultural. Hace siglos que existe interés por cuantificar las proporciones de las arquitecturas del pasado. Ya en el Renacimiento tanto Francois Blondel (1618-1686) como Juseppe Ercolani (1672-1759) plantearon esquemas lógicos y leyes para expresar numéricamente algunos ejemplos de obras clásicas. Desde entonces se han formulado muy diversas propuestas e hipótesis encaminadas a justificar las medidas y proporciones de estas emblemáticas obras. Además de las cuadrículas racionales defendidas por la llamada Escuela Numérica, se han planteado distintas geometrías basadas en la proporción áurea (divina), en la proporción plateada (sagrada), la proporción cordobesa, triángulos de diversos tipos, series numéricas derivadas de estas razones clásicas, armonías musicales, trazados reguladores o proporcionales, correcciones ópticas... En cualquier caso sobre el tema existe una bibliografía muy variada, tanto histórica como contemporánea. Comenzando por el mítico texto de Vitruvio (2007), los sucesivos tratados surgidos a partir del Renacimiento (Evers y Thoenes 2011), y las más conocidas de las numerosas hipótesis que sobre la cuestión se han formulado. Entre los textos que analizan o recopilan teorías sobre la proporción en arquitectura destacamos los trabajos de Wittkower (1968), Moya (1981), Ruiz de la Rosa (1987) o Fernández Gómez (1999). A pesar de la extensa bibliografía disponible, aún existen grandes lagunas de conocimiento sobre la cuestión de la medida en la arquitectura del pasado, y hasta el momento no se han podido dilucidar con exactitud las reglas metrológicas que se usaron para construir tan magníficos edificios. Pero a nadie escapa que nuestra capacidad para preservar en el futuro el patrimonio arquitectónico heredado depende, en buena medida, de nuestra capacidad de entender cómo fueron construidos estos edificios. Y esto significa conocer exactamente en qué consistían estas reglas. Dado que el material escrito y las teorías de la proporción formuladas son confusas y poco prácticas, consideramos que lo más acertado para afrontar la cuestión sería volver a la propia fuente (la obra arquitectónica, o sus restos) para estudiar sus dimensiones con los nuevos avances científicos disponibles. El reciente hallazgo de una fortaleza estatal y su palacio en la alcazaba de Onda (Navarro 2012) ha puesto al descubierto que esta construcción —de forma rectangular, flanqueada con torres circulares y situada en la parte más alta del cerro— contó en su interior primero con un palacio andalusí, que después se sustituyó por otro gótico. Los trabajos arqueológicos han documentado estos tres edificios diferenciados construidos a lo largo de los siglos XI al XIV. Se ha contado con el levantamiento realizado y facilitado por Julio Navarro Palazón (fig. 1). Esta planta arqueológica —que representa los restos de apenas 40 cm de altura que se han conservado del palacio— constituye en este caso la única base de referencia, la única fuente necesaria para realizar el análisis, y para permitir contrastar los resultados en la obra real. Planta arqueológica del Palacio de Onda (Navarro 2012). Se presenta aquí el proceso y parte de los resultados obtenidos en el estudio antropométrico de dicha planta, con objeto de explicar el mecanismo de la doble medida y la metodología de análisis empleada, aplicada a este espléndido ejemplo del palacio andalusí de Onda. Teniendo en cuenta los antecedentes, el utilizar levantamientos de suficiente calidad para permitir el análisis dimensional de una obra arquitectónica, con la precisión que brinda la actual tecnología digital asistida, parecía ser el mejor abordaje para investigar científicamente la cuestión. La posibilidad de disponer del levantamiento fotogramétrico de la qubba nazarí del Cuarto Real de Santo Domingo de Granada, realizado por Antonio Almagro y Antonio Orihuela (1997), permitió su estudio pormenorizado (Roldán 2011). En él se detectó que un curioso y práctico principio modular justificaba todas las dimensiones (fig. 2). Se trata de utilizar, además de una gama de medidas de base duodecimal —las unidades antropométricas conocidas como brazas, varas, codos, cuartas, palmos...—, otra serie proporcional de valor la diagonal del cuadrado (√2) cuyo lado corresponde con cada una de las medidas antropométricas (fig. 2a). Así resultó que con un cuadrado (o con su mitad la escuadra) como único patrón geométrico se pueden componer y acotar correctamente todos los diseños Ad Quadratum de este edificio Nazarí, que están basados en la geometría del octógono. Y además se pueden generar otros tipos de tramas modulares compuestas por cuadrados, rectángulos √2 y rectángulos de plata, así como los triángulos que los componen, a las que se ajustan con suma precisión el resto de elementos y diseños (Roldán 2012a). Utilizar conjuntamente dos escalas duodecimales proporcionadas según el lado y la diagonal del cuadrado constituye un sistema modular altamente eficiente. Se aprovechan numerosos recursos matemáticos y geométricos, y proporciona unas posibilidades de diseño prácticamente ilimitadas. Estas dos escalas armónicas se pueden utilizar independientemente para generar cuadrículas en diseño estático, o bien se usan combinadamente produciendo tramas dinámicas bi-escalares (fig. 2d). En particular es práctico para generar composiciones de polígonos cordobeses derivados de la división canónica del octógono (Redondo y Reyes 2008; Roldán 2014a). Además de las aproximaciones fraccionarias a la proporción √2, conocidas y aprovechadas desde antiguo para relacionar ambas escalas (7/5, 10/7, 17/12...), las combinaciones dinámicas permiten obtener muy buenas aproximaciones a fracciones no presentes en el sistema duodecimal (1/5, 1/7...), y a otros valores irracionales usados en arquitectura como √3, √5, el número de oro o π (fig. 2e). Los errores cometidos serán casi siempre menores que si se usa cualquier aproximación fraccionaria. Y lo más importante es que utilizando una simple escuadra se elimina por completo la necesidad de realizar cálculo aritmético alguno. Estas combinaciones dinámicas posibilitan igualmente aproximarse a unas dimensiones totales determinadas por otro procedimiento modular distinto. Las diferencias o restos irracionales —los residuos a los que se refiere Luca Pacioli en La divina proporción (1987: 46)— se aprovechan constructivamente para proporcionar las holguras necesarias entre piezas, absorber el espesor de los recubrimientos, o se acumulan simétricamente en los extremos formalizando un marco liso. De esta manera se pueden integrar en cada porción de la trama principal de una obra otras tramas geométricamente no compatibles, con tal de que utilicen el mismo patrón y el sistema dual de unidades lado-diagonal (Roldán 2012b). Al ser analizadas con la misma metodología se ha podido comprobar con asombro que el mismo principio de proporcionalidad del palacio Nazarí se manifiesta en otras numerosas obras construidas desde la protohistoria. Sorprendentemente, todos los resultados apuntan hacia una posible validez universal de este principio de proporcionalidad (Roldán 2014b). Comparando los resultados obtenidos en las distintas obras arquitectónicas analizadas ha sido posible deducir otras reglas y normas comunes para la modulación de edificios, que podrían haberse usado desde la antigüedad. Lo más significativo es el principio de jerarquía, o reglas funcionales según el destino de la arquitectura, y que implica una disposición concreta de las medidas de la serie diagonal en las trazas generales del edificio (fig. 2f). Una vez que se dispone de al menos una base con suficiente calidad, como en este caso la planta arqueológica del palacio de Onda, se aprovecha la capacidad de llevar a cabo el control dimensional de las obras mediante simples cuadrados o escuadras, en proporción antropométrica, para representar gráficamente las distintas dimensiones. Las frecuentes modulaciones dinámicas requieren para su correcta cuantificación y expresión numérica de pares de valores enteros, binomios del tipo (a+b√2), donde a y b son números naturales. La justa proporción de las tríforas El proceso de análisis va produciendo resultados desde un inicio, y la investigación puede extenderse a nivel de detalle de cada elemento. En un principio es fundamental establecer relaciones antropométricas entre las dimensiones de elementos que se repitan rítmicamente. Como el módulo ha de ser humano, las proporciones que buscamos rara vez las encontraremos en las dimensiones generales del edificio, aunque este caso podría haber sido una excepción. En general para llegar a ellas debemos partir de tamaños del sistema antropométrico —brazas, varas, codos, pies, palmos...— que justifiquen tanto las proporciones de una parte de la obra como su posición con respecto a otros elementos cercanos. En este caso la búsqueda de la justa proporción1 se inició en las trazas de los pilares en forma de T de los accesos tripartitos (tríforas) a las salas principales del palacio andalusí de Onda, aparentemente iguales y simétricas. El grueso interior del pilar (fig. 3a) coincide con la profundidad hasta el retallo (unos 42 cm), pero este módulo no justifica racionalmente ni el espesor total del pilar, ni su frente, ni su separación a otros soportes. Si identificamos este tamaño con el codo del sistema (M/4), la unidad o módulo básico de referencia sería una braza de aproximadamente M=168 cm. Utilizando combinaciones dinámicas de escuadras con este tamaño M/4 de lado se observa que el frente exterior del pilar se adapta a √2/4 (60 cm aprox.), la profundidad del retallo lo hace a la mitad, y la separación interior entre soportes de unos 144 cm (fig. 3b) coincide con (2+√2)/4. Los 72 cm del espesor total del muro de la tríforas responden a la mitad de este valor, es decir (2+√2)/8. Los resultados previos de esta investigación apuntan a que la determinación dinámica de espesores de muro era una pauta común en obras de la Antigüedad, y una costumbre arraigada en la tradición andalusí que aquí veremos usar en abundancia. Evidentemente también es dinámico el ancho total de las tríforas (8+3√2)/4, como lo será la mayoría del resto de medidas. Responden a la misma combinación de módulos que las tríforas, y se alinean con la del salón sur. Este mismo espesor de (1+√2)/4 presentan los andenes laterales del patio. Sin embargo, el resto de andenes son distintos. El sur mide 1/2 de espesor (84,5 cm) y es también muro de la alberca, mientras que el norte y los centrales en cruz repiten los 72 cm de (2+√2)/8. Adosados a los andenes de los salones se levantaban los pórticos. Tríforas, alberca y pórticos. El principio de proporcionalidad de las partes El procedimiento de análisis consiste en un continuo tanteo, tratando de detectar la justa proporción en el resto de elementos secundarios hasta completar la mayor dimensión posible. Se puede saltar de zona analizada si se desea, o si los resultados de alguna dimensión no son convincentes. Se pueden iniciar varios focos aislados y recorrer distintos caminos para completar y comprobar las dimensiones parciales y totales. Pero siempre utilizando el mismo módulo. En este caso concreto el ancho de las naves de los pórticos no coincide con ninguna combinación sencilla, por lo que no fue posible en principio establecer su modulación. Las alcobas se separan con muros del mismo espesor que los del pórtico, y el ancho de sus puertas responde a distintas combinaciones de módulos. Las combinaciones dinámicas dominan también en la crujía oriental, mientras que en la estrecha crujía occidental tanto muros como espacios se adaptan casi a una cuadrícula 1/4. En la plataforma inferior del palacio —en el exterior de la fortaleza— se repiten gruesos de muros, y se añaden otros que tienen √2/4 de espesor dispuestos en paralelo entre la muralla de la fortaleza y la de la alcazaba, la cual presenta un espesor de (2+√2)/4 (fig. 4). Crujías laterales y plataforma inferior. Dimensiones generales y ajuste del módulo básico Comprobar en varias partes de un edificio el cumplimiento de la justa proporción mediante el mismo módulo reduce la posibilidad de error. No obstante, para establecer con precisión el valor métrico-decimal del módulo básico del edificio es necesario ir ajustando el tamaño de la combinación total de módulos deducidos a su dimensión real. Ello es debido a que los tanteos se han iniciado con valores aproximados (en este caso el codo de 42 cm), que irán produciendo más desajustes cuantos más módulos se combinen. Si tras escalar la combinación total se mejoran las coincidencias parciales de la modulación con la base de referencia, se da por aceptable el módulo obtenido. En ocasiones la suma de modulaciones parciales arroja totales que permiten agrupaciones duodecimales, y que suelen indicar líneas del trazado general de la edificación mediante unidades grandes (brazas). No ha sido éste el caso de la fortaleza de Onda, tal vez por ser el palacio una obra algo posterior a la del recinto rectangular amurallado. Aquí las modulaciones parciales no arrojan valores enteros coherentes, por lo que se ha actuado con las dimensiones generales como con un elemento aislado más. El análisis de las proporciones generales (fig. 5) revela que el recinto amurallado está definido por un rectángulo √2 exacto, con un ancho de 15 (este-oeste) por un largo de 15√2 (norte-sur). El espesor de la muralla perimetral coincide con M, al igual que el radio de las torres circulares que la jalonan formalizando divisiones binarias de sus lienzos: tres situadas en los extremos y el medio de los lados cortos, y cinco en los lados largos del rectángulo. Igualmente, se observa que la línea que separa los andenes de la zona rebajada del patio coincide con la división del rectángulo en dos cuadrados, de manera que el rectángulo inicial queda dividido en dos rectángulos de plata formalizando los cuerpos norte y sur del palacio, y en una franja central del patio que vuelve a ser un rectángulo √2. Responde por tanto el trazado general de la fortaleza a un diseño puro en justa proporción. Esto en lo que corresponde a la fortaleza y al palacio islámico. Respecto al palacio gótico de la Orden de Montesa sólo quedan las trazas de siete pilastras alineadas en el lateral norte de la fortaleza. Su análisis detecta otra unidad de medida. Los soportes tienen un largo de unos 46 cm, y la mitad de ancho. Su separación media es de 6 largos, por lo que considerando una longitud total de 16,61 m donde se distribuyen 36 largos obtenemos 46,1 cm para cada largo. El principio de jerarquía Se insiste en la modulación dinámica que rige numerosos elementos, como es el caso de la alberca, los pórticos, las tríforas de acceso a las salas principales, los rebajes de los huecos de paso, y la distribución de varios espacios secundarios. A varios de estos tamaños se adaptan también las dimensiones de los ladrillos y distintas piezas constructivas documentadas. Además del interés por la riqueza de tamaños que aporta el sistema, y que fueron utilizados en Onda, se destaca también la distribución de módulos que presenta el edificio (fig. 6). Se vuelven a repetir las pautas observadas en la arquitectura representativa desde la antigüedad. El uso de la segunda escala mayorada √2 se reserva a elementos nobles y sagrados, mientras que los diseños estáticos en cuadrícula dominan en las zonas y elementos destinados a usos ordinarios del hombre. Así en Onda el trazado de la fortaleza es eminentemente noble en sus proporciones generales, aparte de en su doble simetría. Sus murallas presentan espesores de módulos grandes y enteros de la escala base. También las puertas exteriores suelen presentar modulaciones estáticas base, como es el caso del acceso a la fortaleza. En la plataforma inferior del palacio sólo se utiliza esta modulación en el muro tras la puerta de la muralla, y en dos tramos del ámbito central próximo a la puerta de la fortaleza, con espesores en ambos casos de 1/2. No obstante, en el resto de dimensiones del palacio de Onda se utiliza la segunda escala, lo que avala el carácter regio de toda composición. Los juegos dinámicos definen los distintos espesores de muros y andenes, así como la composición de pórticos y tríforas. Los muros más gruesos formalizan en T los ámbitos de salones y pórticos, y limitan el patio para apoyo de la crujía oriental. El siguiente espesor predomina en las particiones secundarias. Llama la atención que las dos alcobas de los pórticos que presentan un menor espesor de muro se disponen en la misma posición respecto del salón, a su derecha. También destaca que el andén sur disponga de modulación base, y no dinámica como suele ser costumbre en elementos relacionados con el agua, según el estudio de otros edificios. En este sentido hay que hacer hincapié en que modulaciones estáticas rodeadas de dinámicas (como es el caso) responden a las normas funcionales propias de la nobleza. Esta zona, la presencia de la alberca, y el patio rodeado con andenes situado en la esquina sureste de la fortaleza, indican un especial tratamiento del cuerpo sur. Respecto a los ámbitos dimensionados en trama estática √2 sólo se detecta esta modulación en este patio previo a la letrina. La zona rebajada central, que correspondería probablemente con la parte descubierta del patio, dispone de los restos de una solería de lajas de piedra que responden a una cuadrícula de √2/12. El principio de simetría Resalta el desplazamiento del eje norte-sur del palacio respecto de la escrupulosa geometría de la fortaleza. Sin duda que existieron necesidades que obligaron a romper el principio de simetría en este sentido, como habilitar una crujía con ancho protocolario y otra de servicio. No obstante, el palacio mantiene estrictamente la simetría respecto del eje este-oeste de la fortaleza. Lo que parece no responder a cuestiones prácticas es el distinto desplazamiento de cada elemento respecto del eje norte-sur. Mientras que los pórticos se centran con un borde del andén central, las tríforas se desplazan cada una en un sentido, provocando que el salón sur disponga claramente del acceso descentrado. Tampoco queda centrada la alberca ni con los pórticos ni con las tríforas, pero se alinea con la modulación de la trífora sur. Este juego de ejes pudo ser resultado de varios errores, pero parece ser intencionado ya que los desplazamientos se ajustan a tamaños del sistema. ¿Tal vez buscando sólo efectos visuales? Lo que es de destacar es el distinto concepto de simetría dinámica de los antiguos, donde el eje no siempre tiene que coincidir con la mitad. Así ponemos en relieve que el andén central este-oeste del patio del palacio no se encuentra centrado con el eje principal de la fortaleza —respecto del cual se sitúan pórticos y salones— sino que distribuye su espesor (2+√2)/8 con 2/8, o sea 1/4 (1 codo) a un lado del eje principal, y con √2/8 al otro. Es la misma distribución que hacen los rebajes de las tríforas. Tampoco el andén norte-sur se centra con los ejes de los pórticos, sino uno de sus bordes. Digamos que en el pasado las alineaciones no siempre se realizaban "a cara" o "a eje" como en la actualidad, sino lo uno, lo otro, o una combinación. Cada elemento añadido se desplaza con autonomía dentro de la trama general, según necesidades, y siempre manteniendo la simetría propia. Los errores, la incertidumbre y la tolerancia Los ejes y modulaciones deducidas ponen en relieve las desviaciones que presentan los restos actuales respecto al tamaño y a la posición teórica que indica el análisis. En el caso de Onda es de destacar el replanteo general de la fortaleza. El rectángulo real coincide prácticamente con el trazado geométrico √2 detectado, con un ligero incremento de la longitud del lienzo oriental que provoca cierta desviación de las alineaciones norte (12 cm) y sur (15 cm), lo que representa un error total del +0,75% respecto a la longitud del lienzo occidental. Los torreones presentan siempre el mismo diámetro teórico, y su posición está ajustada en todos los situados en el lateral occidental, y en los centrales del lateral norte y oriental. El resto presenta ciertos desplazamientos, en parte debidos al incremento de longitud señalado en el lateral oriental. En el caso de la posición del torreón de la mitad sur de este lateral, tal vez se pretendía separarlo de la puerta de acceso a la fortaleza. Escasas diferencias más encontramos entre forma real y teórica. A pesar de los numerosos espesores de muros utilizados, sus tamaños y posición responden a la trama deducida mediante combinaciones sencillas de módulos escuadra. Por supuesto que un mismo elemento no mide siempre lo mismo, sobre todo si lo que queda son restos arqueológicos de siglos de antigüedad. Los errores que se cometieron en su diseño y ejecución, las necesarias aproximaciones por la utilización de valores irracionales del sistema (residuos), las reformas, los desgastes y deformaciones sufridos durante su existencia, las técnicas artesanales que se utilizaron, incluso los terremotos, los cambios reológicos y térmicos, la propia demolición de la obra, etc., provocan variaciones de tamaño y posición de cada parte de una obra. Y si bien siempre existen estas diferencias entre medida real y teórica, en parte por el propio principio de incertidumbre, se pone en relieve que las desviaciones obtenidas en el estudio de numerosas arquitecturas, incluidas éstas de Onda, son en general inferiores al 1%. Estos valores cumplen en general con las tolerancias actuales en la construcción, establecidas en distintas normas legales como la UNE-EN ISO 7976. Es decir, que si estas obras se construyeran hoy en día, los errores de replanteo que presentan serían en casi todos los casos aceptables. Es frecuente que se den algunos errores mayores en las obras, o que existan dimensiones puntuales que no respondan claramente a una modulación sencilla. En este caso es posible realizar un análisis pormenorizado del elemento deformado con objeto de discernir las causas de estas desviaciones (errores de diseño, construcción, lindes previas, deformación patológica, reforma...). En cualquier caso esta incertidumbre recaerá puntualmente sobre algunas partes, y estas excepciones no cuestionan los resultados generales si se ha procedido con rigor en el análisis antropométrico, y las coincidencias de la trama deducida son generalizadas. El principio de conservación La técnica aquí utilizada se basa en unos principios metrológicos comunes a otras obras analizadas, y permite detectar el módulo dimensional empleado, así como la modulación general y de cada parte, por lo que es muy valiosa para entender constructivamente el edificio. Y aunque el valor del módulo de forma aislada no proporciona información de la cronología de las obra, el estudio de varias edificaciones en ámbitos espacio-temporales concretos puede ayudar a su datación. Conocida es la variabilidad de las referencias de medida usadas en el pasado. Aunque en ámbitos concretos hubo épocas en que se mantuvo el mismo patrón de medidas, lo frecuente era que cada cierto tiempo se cambiase, bien por imposición en territorios conquistados, bien por cambios dinásticos o políticos (Kula 1980). Toda vez que se está constatando el mantenimiento milenario del sistema de doble medida en la arquitectura, podemos deducir con precisión el módulo con que fue construida cada obra, y compararlo con el de otras obras coetáneas en busca de coincidencias. Y si bien la muestra analizada hasta ahora no es significativa de ningún ámbito concreto, con los valores ya deducidos y los conocidos de antiguas medidas, podemos comentar que el módulo islámico del Palacio de Onda (169,09 cm) se asemeja a otros de tamaño mediano utilizados a lo largo de la historia, y coincide temporal y culturalmente con el de 169,92 cm detectado en el Salón Rico de Medina al-Zahra (Roldán 2014a: 264). A pesar de que la obra de la fortaleza de Onda es algo anterior a la construcción del palacio, en éste se mantuvo el mismo módulo. Se trata del principio de conservación que afecta a todo edificio construido, y que implicaría que durante toda su existencia, las reparaciones, reformas y ampliaciones deban emplear el mismo módulo original, manteniendo así el principio de proporcionalidad del todo con las partes. Este principio no se mantiene cuando el edificio es representativo de otro gobierno. En estos casos la pauta detectada es que las nuevas partes añadidas o reformadas adoptan el nuevo patrón impuesto. Como en la Mezquita de Córdoba, donde todas las fases de construcción emplearon la misma unidad de medida durante dos siglos, pero al convertirse en Catedral se adoptaron al menos tres valores distintos de módulo. O como en el Cuarto Real de Santo Domingo de Granada, al que se le añade un forjado en vara castellana al convertirlo en capilla cristiana (Roldán 2014a: 290). Así es como responden los escasos restos del palacio gótico que sustituyó al islámico tras la conquista de Onda en 1238. Su módulo algo mayor (184,39 cm) también es similar a otros históricos, estando próximo al correspondiente con las grandes varas levantinas de siglo XIX (Valencia y Castellón 181,2 cm, Alicante 182,4 cm)2. No obstante, en la visita realizada para las mediciones directas se observa que la mayor parte de edificaciones del centro histórico de Onda —Plaza del Almudín, Iglesia de la Asunción, Portal de San Pedro— se ajusta a una unidad de medida similar a la de la vara castellana o de Burgos. Esto podría indicar que el valor de los restos del palacio gótico corresponde posiblemente con el módulo propio de la Orden de Montesa, y que posteriormente Onda se rigió con medida castellana. Numerosos autores consultados han utilizado las formas octogonales y la √2 como premisa de sus propuestas geométricas sobre la proporción en arquitectura. En este sentido es de destacar la intuición de Jay Hambidge (1920) con su teoría de simetría dinámica. Sin embargo no han sido creíbles las tesis de que los antiguos tuvieran los conocimientos matemáticos para usar varias bases geométricas. Comenta Luis Moya que la propuesta de Hambidge presenta dos dificultades: (...) aceptar la hipótesis de que un matemático de la época se dedicase a construir rectángulos de proporciones muy variadas (...) adosando dos de ellos por sus lados largos, o por uno largo con un corto, o por los dos cortos. (...) el empleo constante de números irracionales, que en el caso de haberse hecho el proyecto con este sistema, hubiera dificultado en sumo grado la determinación de las medidas reales de cada pieza. No obstante las dificultades de utilizar rectángulos (o triángulos) de proporciones irracionales se reducen enormemente si solamente se usa uno. Y si la única proporción utilizada es la armónica √2 se facilitan las divisiones binarias, y el cálculo de cuadrados (áreas) y raíces, aumentando significativamente los tamaños y diseños geométricos disponibles. La dificultad del manejo de los valores irracionales se elimina precisamente adosando lados largos y cortos, y operando con binomios de números enteros bajos. Realmente esta cuestión ya fue resuelta por Enrique Nuere (1985) para los diseños de lazo y cubiertas de madera. Mediante cartabones específicos se pueden controlar, una por una, todas las bases geométricas. Y aunque a nivel de cuantificación Nuere se haga eco de las recetas simplificadas del tratado de Diego López de Arenas, sus investigaciones revelan la capacidad de controlar dimensionalmente estas geometrías irracionales adosando lados largos (cabezas) y cortos (colas) de los correspondientes cartabones. La hipótesis planteada es coherente con los conocimientos de los antiguos, al utilizar tamaños antropométricos comunes y números enteros bajos. Se basa en el empleo de sencillas herramientas y recursos gráficos que están bien documentados históricamente. Y constituye un sistema de coordinación modular sencillo, práctico y eficiente que permite justificar los distintos tamaños de cada obra arquitectónica en base a una medida de referencia. No obstante aceptar la hipótesis y los resultados cuestiona la mayoría de las premisas adoptadas en las investigaciones realizadas hasta ahora sobre la materia. Los resultados previos a esta investigación han permitido establecer la hipótesis de que una simple ley geométrica es suficiente para justificar las diferentes dimensiones de las construcciones arquitectónicas del pasado, desde su trazado general hasta cada una de sus partes. Esta conjetura de fundamenta en la observación de que toda modulación en los edificios históricos puede hacerse coincidir exactamente con lados y diagonales de un mismo cuadrado patrón, y con sus divisiones duodecimales. Pero no puede hacerse coincidir exclusivamente con la escala racional del lado del cuadrado. Es necesaria, y suficiente, la escala dual lado-diagonal. En este caso la planta arqueológica de la fortaleza de Onda ha permitido, como única fuente, deducir las tramas compositivas que definen sus distintos elementos en planta, y el tamaño teórico de los módulos antropométricos utilizados en sus construcciones. Onda también ha puesto de manifiesto los principios de jerarquía y de conservación anteriormente detectados en otras obras, aportando nuevos matices sobre la doble medida en la arquitectura del pasado. La riqueza de modulaciones dinámicas presentes en la planta de la obra islámica confirma su carácter regio y representativo. Utilizando el enfoque de la investigación, ha sido demostrada experimentalmente la utilidad del sistema propuesto para identificar las unidades de medida exactas que fueron utilizadas para construir edificios en el pasado, incluso a partir únicamente de sus restos arqueológicos. Y aunque admitir la hipótesis implica cuestionar el actual estado del arte, y surgen nuevas preguntas, la formulación del sencillo sistema de proporciones que tan generalizados y precisos resultados está ofreciendo debe ser tenida en consideración. Se espera que el presente trabajo sea considerado riguroso, y útil a otros investigadores capacitados que se animen a considerar la validez de la hipótesis, y el interés que representa realizar estos estudios antropométricos del patrimonio arquitectónico.
Reutilización de pares fotogramétricos de elementos arquitectónicos para la obtención de modelos 3D y ortofotografías a partir de técnicas SFM En el presente artículo se analiza la posibilidad de reutilizar pares fotogramétricos obtenidos originalmente con vistas a su restitución vectorial, con el fin de obtener nuevos productos cartográficos como modelos 3D con textura fotográfica y ortofotografías. Para ello se aplican las técnicas de visión por computador denominadas SFM (Structure From Motion, estructura a partir del movimiento). El artículo muestra los resultados de la aplicación en diversos ejemplos de manera que se puede apreciar los factores que condicionan la calidad de los resultados. Finalmente, se incluyen algunas conclusiones respecto a la utilidad de los algoritmos SFM en el ámbito de la Arqueología de la Arquitectura. Desde los inicios de la Arqueología de la Arquitectura, la fotogrametría se reveló como una valiosa técnica que permitía documentar las estructuras y paramentos con gran precisión y nivel de detalle, facilitando así la realización de los análisis estratigráficos y su representación. Los avances de la fotogrametría también han ido encontrando su reflejo en la mejora de las posibilidades ofrecidas como soporte a la documentación de edificios arquitectónicos (Lerma, Cabrelles, Segui y Navarro 2011), así por ejemplo, si durante el denominado período analítico de la fotogrametría (que, en nuestro contexto, podemos establecer hasta el año 2000) se resaltaba el interés de los planos con el despiece detallado, los conocidos como «piedra a piedra» (Latorre y Cámara 1993; Azkarate 2002; Cámara y Latorre 2003; Caballero 2004), el cambio de siglo trajo consigo el desarrollo de las técnicas digitales que no sólo facilitaron la obtención de los productos ya consolidados sino que, además, dieron entrada a otros nuevos como las ortoimágenes (Parenti 2002; Santa Cruz 2003; Mileto y Vegas 2003; Almagro 2008; Lodeiro 2011) o los modelos tridimensionales con texturas fotográficas (Álvarez, Lopetegi, Mesanza, Rodríguez, Valle y Vicente 2003; Finat, Delgado, Martínez, Fernández, San José y Martínez 2011) (figura 1). Ejemplos de los tres tipos de productos fotogramétricos comentados, de izquierda a derecha: despiece vectorial obtenido por restitución estereoscópica (LDGP 2004), rectificación fotográfica (LDGP 2002) y modelo 3D con textura fotográfica (LDGP 2008). En un nuevo paso dentro de esta evolución constante, las técnicas denominadas de SFM (Structure From Motion) permiten la generación de modelos tridimensionales a partir del procesamiento de conjuntos de fotografías, con la particularidad, respecto a las técnicas fotogramétricas tradicionales, de que: no es necesario mantener fija la geometría de la cámara, que los requisitos respecto al número y distribución de los puntos de apoyo se reducen considerablemente, que existe mayor flexibilidad en lo concerniente a la posición de los puntos de vista y que la intervención del operador durante el procesamiento es mínima (Pereira 2013). Por esta razón, las técnicas de SFM se han utilizado con éxito para obtener interesantísimos productos a partir de conjuntos heterogéneos de imágenes (por ejemplo, fotografías de turistas tomadas en diferentes épocas con múltiples tipos de cámaras) cuya explotación métrica, hasta bien recientemente, no se consideraba abordable. Quizás uno de los casos que, por su repercusión, marcó un hito en el reaprovechamiento de fotografías convencionales antiguas fuese el modelado de los destruidos Budas de Bamiyan (Grün, Remondino y Zhang 2004), encontrando múltiples aplicaciones más recientes que se valen tanto de fotografías individuales como de fotogramas extraídos de grabaciones de vídeo (Angulo 2013; De Reu, Plets, Verhoeven, De Smedt, Bats, Cherretté, De Maeyer, Deconynck, Herremans, Laloo, Van Meirvenne y De Clercq 2013; Aparicio, Carmona, Fernández y Martín 2014; López-Romero 2014) y que incluso han cristalizado en proyectos que pretenden el aprovechamiento sistemático de las fotografías disponibles en la red (Ioannides, Hadjiprocopi, Doulamis, Doulamis, Protopapadakis, Makantasis, Santos, Fellner, Stork, Balet, Julien, Weinlinger, Johnson, Klein y Fritsch 2013). A modo de ejemplo, las siguientes figuras muestran dos modelos resultantes de procesar fotografías de turistas obtenidas de la web (figura 2) y de un vídeo (figura 3). Modelo 3D de la Piedad de Miguel Ángel, realizado a partir de fotografías de turistas obtenidas de Internet. Modelo 3D del menhir de Canto Hito realizado a partir de los fotogramas de un vídeo (Parque Natural de Covalagua, Palencia). Por otro lado, cabe mencionar que el software para el procesado de las imágenes mediante la SFM es muy asequible e incluso existen opciones gratuitas, lo que ha contribuido a su rápida popularización e incorporación al mercado laboral (ver nota al final del texto). Se da la curiosa circunstancia de que las técnicas de SFM suelen proporcionar mejores resultados empleando fotografías convencionales —que según los criterios tradicionales de la fotogrametría métrica son inadecuadas— que intentando procesar colecciones de pares estereoscópicos obtenidos con cámaras calibradas y conforme a la más estricta doctrina fotogramétrica. Sin embargo, durante décadas se han obtenido —y actualmente se siguen obteniendo— colecciones de pares estereoscópicos de monumentos que sería muy interesante poder reprocesar mediante estas técnicas debido, entre otros, a los siguientes motivos: • La fotogrametría estereoscópica ha sido una práctica habitual de documentación, por lo que existe un número considerable de monumentos que cuentan con este tipo de fotografías. • En ocasiones, corresponden a la documentación más precisa y exhaustiva existente; en consecuencia, es la fuente de información con mayor potencial descriptivo y métrico (sobre todo si nos referimos a elementos patrimoniales ya desaparecidos o modificados). • Posiblemente se obtuvieron con vistas a su restitución. De ser así, los productos existentes corresponderán a dibujos lineales. La SFM obtiene modelos tridimensionales de mallas con textura fotográfica lo que supone un resultado complementario que ofrece posibilidades inéditas de medida, interpretación y difusión. • Los pares fotogramétricos requieren para su procesamiento de equipos específicos (restituidores) que, actualmente, se encuentran en desuso dado que son costosos y necesitan ser manejados por personal especializado. Poder recuperar esta información con medios más asequibles (tanto económica como técnicamente) aumentaría en gran medida su utilidad. En el presente artículo se expone el resultado de aplicar las mencionadas técnicas de SFM en varios casos de los que se dispone de colecciones de pares fotogramétricos estereoscópicos y se analiza la calidad de los modelos obtenidos atendiendo, en primer lugar, a su precisión, pero también a su completitud y estética. Asimismo, se realizan algunas consideraciones adicionales sobre la utilidad de las técnicas de SFM para la obtención de nuevos productos a partir de información ya existente y su posible aplicación en trabajos relacionados con la Arqueología de la Arquitectura. La primera dificultad a solventar reside en el hecho de que las técnicas de SFM están diseñadas para funcionar con una geometría diferente de la que se utiliza en los pares. Esta circunstancia ocasiona que la información estereoscópica no sea especialmente adecuada para su procesamiento con los nuevos programas. La tabla 1 (figura 4) recoge cuáles son las principales diferencias. Tabla comparativa de la geometría de las fotografías en pares estereoscópicos y programas de modelado SFM. Para comenzar el análisis, se trabajará con los pares fotogramétricos utilizados para la confección del modelo 3D alámbrico de la muralla de Logroño (La Rioja) (LDGP 2009a) que, por su fisonomía, va a permitir analizar el comportamiento de los algoritmos de SFM en diferentes tipos de geometrías (figura 5). De esta forma, seleccionaremos tres zonas de prueba: un lienzo recto de muralla (figura 6), la torre circular (figura 7) y el arco del puente de acceso (figura 8). Las imágenes utilizadas fueron tomadas con una cámara digital Canon EOS 5D (4.368 x 2.912 píxeles) con un objetivo de focal fija de 35 mm convenientemente calibrado (aunque la información sobre dicha calibración no se va a introducir en el software de procesado). Modelo 3D alámbrico obtenido por restitución a partir de pares estereoscópicos. Tramo aproximadamente rectilíneo de la muralla de Logroño. Torre circular (en realidad tronco cónica) de la muralla de Logroño, conocida como el «Cubo del Revellín», en 2009 antes de su restauración. Puente de acceso a la «Puerta del Camino» de la muralla de Logroño, en 2009 antes de su restauración. La primera prueba corresponde al tratamiento de 8 pares del lienzo de muralla (figura 9). Se comprueba que el software es capaz de determinar, de forma automática, la posición relativa de las cámaras (señaladas mediante los cuadriláteros azules con un segmento negro que marca el eje óptico) y, al mismo tiempo, reconstruir un modelo con textura de todo el área fotografiada. Modelo mallado con textura fotográfica resultado del procesado de una pasada de fotografías del lienzo de muralla. Los cuadros azules representan la posición y la orientación de las tomas. Al no haberse introducido ninguna información al respecto de la orientación, el modelo se presenta en coordenadas relativas, siendo necesario un cálculo adicional para escalarlo y referirlo al sistema de coordenadas del proyecto original. Para ello, se precisa identificar un mínimo de tres puntos en el modelo e indicar cuáles son sus correspondientes coordenadas en el sistema del proyecto. Al tratarse de un trabajo pensado para su restitución fotogramétrica, se dispone de con varias decenas de dianas que se situaron sobre el paramento (figura 10), de las cuales se obtuvieron coordenadas mediante métodos topográficos y cuya finalidad era servir de apoyo a los pares fotogramétricos. Estas dianas son claramente identificables en el modelo con texturas fotográficas por lo que servirán, en primer lugar, para el cálculo de la transformación de coordenadas y, en segundo término, para la estimación de la precisión geométrica del modelo de texturas generado. Colocación de las dianas utilizadas como apoyo fotogramétrico y que van a utilizarse ahora para referir el modelo generado mediante la SFM al sistema de coordenadas del proyecto, así como para analizar la precisión de dicho modelo. En concreto, del conjunto de dianas, se seleccionan cuatro que abarcan la mayor parte de la zona modelada para realizar la transformación de coordenadas (figura 11), utilizando el resto para estimar la precisión del modelo. Para ello, sobre el modelo ya transformado al sistema de coordenadas del proyecto, se midieron las coordenadas de las dianas utilizadas para los puntos de apoyo y se compararon con los valores que se obtuvieron por topografía clásica. El resultado obtenido en este caso son diferencias en el entorno de los 2 cm con discrepancias máximas de 4 cm. Puntos de control (representados mediante banderas) marcados sobre el modelo 3D para referirlo al sistema de coordenadas del proyecto. Aunque esta precisión puede resultar escasa para ciertas aplicaciones —caso del análisis estructural—, puede ser suficiente para obtener productos métricos siempre que se determine la escala de representación adecuada. Analicemos, por ejemplo, la obtención de una ortofotografía de dicha fachada que combinaremos con el dibujo vectorial que se obtuvo por restitución. Para calcular la escala máxima a la que se puede generar la ortofotografía, se separa la componente del error que corresponde al plano de la fachada y la componente en profundidad; en este caso, se comprueba que la mayor parte del error corresponde a esta última y que las diferencias en el plano de la fachada se mantienen en el entorno del centímetro. Con errores de 1 cm, la escala de representación de la ortoimágen puede llegar hasta el 1:50, siendo ésta la escala a la que se podrá combinar con el dibujo vectorial (figura 12), generando una nueva representación en la que la restitución original se enriquece con las información de la textura. Detalle del dibujo de líneas correspondiente al alzado obtenido a partir del modelo vectorial restituido estereoscópicamente al que se le ha incorporado, de fondo, la ortoimagen generada a partir del modelo 3D con textura fotográfica de la SFM. A continuación, se realiza una segunda prueba utilizando 65 pares correspondientes a la torre circular. Es interesante resaltar que esta zona es la más similar a las condiciones ideales de la SFM, es decir, que las fotografías se dispongan de manera convergente alrededor del objeto. Como puede comprobarse (figura 13) el procesado automático consigue orientar relativamente las fotografías y formar el modelo tridimensional. Al igual que para el lienzo recto de muralla, se utilizan las dianas establecidas como puntos de apoyo para referir este modelo al sistema del proyecto y comprobar la precisión geométrica del resultado obtenido. Los valores coinciden con los anteriores, es decir, unos 2 cm de diferencia promedio con discrepancias máximas no mayores de 4 cm. Disposición de las fotografías y modelo 3D generado de la torre circular de la muralla. La tercera zona de prueba corresponde al puente (44 pares). Aquí, la geometría de las tomas es divergente (se obtienen desde el interior hacia afuera) lo cual no es una buena situación de partida. Sin embargo, el resultado obtenido también es visualmente representativo (figura 14). La comprobación de la precisión geométrica se hace siguiendo el procedimiento descrito obteniendo de nuevo los mismos rangos de precisión que se han encontrado en las otras zonas de prueba. Modelo de mallas con la posición calculada de las cámaras (imagen superior) y modelo con las texturas aplicadas (imagen inferior) del arco del puente. En definitiva, en las tres zonas analizadas para el caso de la muralla de Logroño se han podido generar nuevos productos (modelos tridimensionales con texturas fotográficas y ortoimágenes) mediante la aplicación de las técnicas de SFM. Gracias a la existencia de puntos de control, estos nuevos resultados pueden contrastarse para conocer su calidad métrica de forma que es posible determinar la escala a la que se pueden representarse, bien de forma aislada, bien en combinación con la información previamente existente, aportando así una mayor riqueza interpretativa gracias a las texturas fotográficas y a la posibilidad de explorar un modelo realista en 3D. Sin embargo, no se puede establecer de forma automática que en todos los casos vaya a ser posible reprocesar con éxito los pares estereoscópicos mediante las técnicas de SFM. En ocasiones, los pares estereoscópicos fueron tomados en condiciones que son muy poco favorables a la fotogrametría convergente. Por ejemplo, en la imagen siguiente (figura 15) se muestra el proceso de toma de pares de la torre y fachada principal de la iglesia de Agoncillo (La Rioja) (LDGP 2009b), la cámara utilizada fue la misma que en el caso analizado anteriormente. Dicho proyecto contó con una grúa para situar la cámara en las posiciones más adecuadas para registrar la fachada, no obstante, con el fin de agilizar el trabajo de campo se procuró reducir al mínimo las maniobras de la grúa, por lo que los pares resultantes tienen las siguientes características: Toma de los pares estereoscópicos de la fachada de la iglesia de Agoncillo con ayuda de una grúa autoportante. • La cesta de la grúa sólo se posicionó en tres puestos diferentes, desde los cuales era posible abarcar la totalidad de la zona a documentar sin dejar zonas sin recubrimiento estereoscópico. • Las dos imágenes de cada par se obtuvieron desde los extremos de la cesta de la grúa que formaba la base del estereopar. • Desde una misma posición de la grúa se obtuvieron pares a toda la zona visible de la fachada, lo que requería realizar un mosaico de 3 x 3 pares. Este ahorro en campo resulta muy negativo para el procesamiento mediante SFM, el cual recomienda disponer de un mayor número de puntos de vista. Como puede comprobarse (figura 16), al procesar los pares se consigue determinar la posición relativa de las cámaras —en las tres posiciones de la grúa que se realizaron— pero no se llega a reconstruir el modelo de la fachada en su totalidad ni con suficiente precisión y al aplicar las texturas se aprecian deformaciones muy evidentes. Resultado del procesado de los pares, en el que se muestran las tres posiciones desde las que se obtuvieron los pares. También se aprecia que las texturas aparecen claramente deformadas en algunas zonas. Este tipo de situaciones será previsiblemente más frecuente en colecciones de pares analógicos ya que, en estos casos, el coste de cada fotografía era elevado y se tendía a optimizar el número de tomas. La recuperación de este tipo de material (figura 17) presenta algunos condicionantes adicionales: Fotogramas en película obtenidos con cámaras semimétricas de formato 6x6 cm. La imagen de la izquierda corresponde a una diapositiva tomada con una Rollei Metric 6006 y la de la derecha a un negativo obtenida con una Hasselblad 903 SWC. Ambos corresponden a la documentación de las murallas de Labraza (Álava) (LDGP 2003). Se trata de un material susceptible a degradarse a lo largo del tiempo: los negativos en fundas dentro de carpetas que se almacenan verticalmente en estanterías tienden a deformarse, las placas de vidrio son frágiles, la luz y la humedad afectan a las imágenes, etc. Es necesario escanearlos, lo que siempre es una posible fuente de error que repercutirá negativamente en la calidad final. Los mejores resultados se obtienen con escáneres fotogramétricos debidamente calibrados (tanto geométrica como radiométricamente) y mediante un cuidadoso proceso que garantice la máxima limpieza de las superficies y la planicidad de la película. Sin embargo, no siempre se dispondrá de esta opción, cuando se recurre a equipos convencionales la resolución de salida puede ser menor de la que permite la película, se introducen distorsiones, suciedad y efectos ópticos como los anillos de Newton (en el caso de que se coloque un vidrio para aplanar la película). El recorte de la imagen digitalizada es arbitrario y no está relacionado con la posición del centro óptico. En el proceso analógico, esta relación se recuperaba mediante la operación denominada «orientación interna», que consistía en marcar un conjunto de señales de referencia (marcas fiduciales) cuyas coordenadas en el sistema de coordenadas imagen era conocido previamente gracias al certificado de calibración de la cámara. Por el contrario, la fotografía procedente de cámaras digitales no requiere de esta operación y, en consecuencia, el software de SFM no la contempla, lo que ocasiona que la geometría interna de cada una de las imágenes escaneadas, aun procediendo de la misma cámara, sea completamente diferente. Al hilo del punto anterior. Un método habitual de disponer las marcas fiduciales en las cámaras utilizadas para la documentación era mediante una placa de vidrio que presentaba un patrón de cruces (placa réseau). Estos elementos, además del borde de los negativos y cualquier otra información que aparezca impresa en la película suponen ruido para los algoritmos de correlación. A la vista de los puntos 3 y 4 de la lista anterior, se podría pensar en pre-procesar las imágenes escaneadas con el fin de incluir su orientación interna, recortar el borde y, adicionalmente, eliminar distorsiones (se trataría de un proceso similar al conocido como «idealización» en algunos programas de fotogrametría). Con ello es previsible que se mejoren los resultados, pero supone un incremento importante en el volumen de trabajo por lo que será necesario evaluar su utilidad de manera particularizada en cada situación. Otro hecho que se da con cierta frecuencia en los pares fotogramétricos es la presencia de obstáculos. Para ilustrar esta situación vamos a analizar la documentación que se realizó del interior de la Torre de Muñatones en Muskiz, Bizkaia (LDGP 2005a), la cámara utilizada en esta ocasión fue una Canon EOS 300D (3.072 x 2.048 píxeles) con un objetivo de focal fija de 35 mm. Como puede apreciarse (figura 18), para poder acceder a la totalidad de los muros se instaló un andamio que aparece representado en las fotografías, por este motivo, cada par tiene zonas ocultas que, durante la restitución, debieron completarse con otros pares o fotografías complementarias. La imagen de la izquierda corresponde a una vista general del estado del interior de la torre durante el trabajo de documentación. Las dos imágenes centrales son los croquis de dos pares fotogramétricos en los que se aprecia cómo aparecían los andamios (los números corresponden a los puntos de apoyo). A la derecha se presenta el dibujo final, producto de la restitución estereoscópica manual. Por supuesto, a diferencia del operador de restitución, los algoritmos de la SFM no realizan el proceso de interpretación de cuáles de los elementos fotografiados pertenecen al elemento a documentar y cuáles no, así como el trabajo de descartar las zonas ocultas y tratar de completarlas con información de otros pares. Por este motivo, al procesar automáticamente estas fotografías comprobamos que dichos obstáculos generan errores en la geometría reconstruida y que además se proyectan en las texturas del paramento (figura 19), generando en conjunto un modelo 3D deficiente. Resultado de procesar automáticamente dos pasadas de tres pares cada una. Como puede comprobarse, tanto la geometría resultante como las texturas aplicadas presentan importantes deficiencias. Al hilo de este caso, cabe mencionar otra particularidad que se produce con frecuencia en los pares estereoscópicos cuando éstos corresponden a vistas cenitales. En estas situaciones, suele ser muy útil recurrir a sistemas auxiliares de sujeción que permitan suspender la cámara con el eje de la toma perfectamente vertical y que, además, posibiliten el desplazamiento lateral para la toma del correspondiente par. En estas imágenes no es extraño que parte de dichas estructuras, o su sombra, aparezcan en las imágenes (figura 20). El problema es que estos elementos no pertenecen al elemento fotografiado y que su posición cambia entre las tomas, como consecuencia, generan errores en los algoritmos de correlación y aplicación de las texturas. En la imagen superior se muestra la estructura de sujeción de la cámara para la toma de pares cenitales del empedrado del suelo del puente de la Venta de Piqueras en Lumbreras (La Rioja). La imagen inferior corresponde a una de las fotografías del par en la cual aparece uno de los pies de la estructura y su sombra (LDGP 2005b). Respecto a la utilidad de las técnicas de SFM para la documentación de elementos patrimoniales, en primer lugar, es preciso diferenciar entre (1) su aplicación a nuevos proyectos que se vayan a acometer y (2) el reprocesado de información ya existente. En el primer caso, su utilidad es indudable ya que permiten obtener unos productos de calidad contrastable con unos requerimientos mínimos respecto a los tipos de cámaras a emplear, apoyo topográfico, costes del software, formación de los operadores que generan los productos, etc. En el segundo caso, que es el objeto del presente artículo, y para el caso concreto de pretender reprocesar pares estereoscópicos obtenidos con vista a su restitución, se ha comprobado que los algoritmos de la SFM son muy versátiles y que, en general, permiten calcular la posición de las cámaras, así como generar modelos tridimensionales con texturas fotográficas de los elementos documentados con independencia de su geometría. Al utilizar la expresión «calidad contrastable», queremos referirnos al hecho de que dicha calidad puede evaluarse y, en consecuencia, que es posible determinar la adecuación de los productos a los diferentes usos que se prevean. En ocasiones, dicha evaluación indicará que los resultados no son aceptables para los fines propuestos, bien sea por la magnitud de los errores geométricos o debido a otros factores como pueden ser la completitud del modelo generado o su estética (fallos en las texturas, diferencias apreciables de tonalidad, etc.). Los factores determinantes a este respecto que se han podido extraer de los ejemplos analizados son la escasez de puntos de vista significativamente diferentes y el hecho de que se tratase de pares estereoscópicos en los que fuese necesario un importante nivel de interpretación del contenido, selección de los elementos de interés, necesidad de completar zonas ocultas, etc. En cualquier caso, es preciso indicar que el hecho de que, en estas situaciones, no se hayan podido generar modelos 3D con texturas satisfactorios mediante las técnicas de SFM no significa que no sea posible hacerlo aplicando otros procedimientos fotogramétricos. En relación a las posibles aportaciones de estas técnicas a los estudios de elementos patrimoniales y, más concretamente, a la Arqueología de la Arquitectura, son destacables, en primer lugar, que —respecto a los dibujos vectoriales obtenidos originalmente de los pares fotogramétricos— los nuevos productos generados mejoran las posibilidades de análisis de los elementos patrimoniales al representarlos de forma tridimensional recubiertos con sus correspondientes texturas fotográficas, ofreciendo así la opción de realizar nuevos tipos de estudios, reinterpretarlos o difundirlos a un público más amplio utilizando tecnologías más acordes a los hábitos actuales de los usuarios. Por otro lado, también permiten la generación de modelos 3D de estados pasados de los edificios (de los que se disponga de documentación fotográfica) con vistas a su comparación con los modelos tridimensionales que puedan obtenerse en la actualidad, bien sea mediante estas mismas técnicas de SFM, láser escáner, etc. Evidentemente, no será posible obtener productos como los descritos en el presente artículo si previamente no se ha realizado un esfuerzo en la preservación de la información fotográfica, su correcta clasificación y puesta a disposición de los usuarios. Otro aspecto a considerar es la dificultad de preservar los equipos de restitución necesarios para la explotación métrica tradicional de los pares. Por este motivo, resulta muy ventajoso poder tratar esta información mediante herramientas más versátiles pero que permitan igualmente obtener productos válidos. Por otro lado, el archivo de los pares fotogramétricos con vistas a su preservación también conlleva la necesidad de conservar los certificados de calibración de las cámaras utilizadas, así como los croquis de distribución y las listas de coordenadas de los puntos de apoyo. Las técnicas de SFM, al no requerir tanta información, permiten estructurar dichos sistemas de archivo de una manera más simple, facilitando así la preservación y la reutilización de los datos; por otro lado, al basarse en software de bajo coste y manejo sencillo, se aumenta el número de usuarios potenciales, mejorando la rentabilidad de los propios archivos y permitiendo que las organizaciones que los gestionan puedan incorporar entre sus funciones y servicios nuevos usos de la información, incrementando, de esta manera, su impacto en la sociedad. En cualquier caso, es preciso destacar que la funcionalidad de las técnicas tradicionales sigue estando vigente: la visión estereoscópica es una cualidad interesantísima para la exploración de la imagen fotográfica y el dibujo vectorial (bien sea por restitución de un par o por digitalización sobre ortoimágenes), más allá de una mera representación, supone un proceso que genera conocimiento sobre los elementos documentados (Almagro 2004: 14). En consecuencia, los nuevos productos deben considerarse como una oportunidad de aumentar las posibilidades de adquisición y difusión de dicho conocimiento. Por otro lado, nada impide que fotografías que, de dos en dos, produzcan pares estereoscópicos adecuados para su restitución, formen parte también de colecciones más amplias que estén preparadas para su procesamiento en bloque por algoritmos del tipo SFM. El procedimiento en campo puede partir de la configuración diseñada para realizar un recubrimiento estereoscópico por pares y completarla incorporando las tomas oblicuas necesarias para ir resolviendo y enlazando los diferentes modelos mediante fotogrametría convergente. En el cuerpo del presente artículo se ha preferido no hacer referencia a ningún software de procesamiento debido a que se trata de un campo sujeto a una rápida evolución. Algunas de las alternativas comerciales más utilizadas actualmente son: Agisoft Photoscan [URL] —que es el que se ha empleado en los ejemplos presentados en el presente artículo— y Pix4D [URL]. Por lo que respecta al software gratuito, caben mencionar: VisualSfM [URL] y Autodesk 123D Catch [URL].
Caracterización constructiva de las fábricas de tapia en las fortificaciones almohades del antiguo Reino de Sevilla La mayor parte del patrimonio monumental andaluz construido en tierra corresponde a edificaciones militares levantadas en tapial entre los siglos XII al XV. Las del Antiguo Reino de Sevilla constituyen un grupo muy significativo, muchas de las cuales han sido objeto de intervenciones en las últimas décadas. En este trabajo se determinan, analizan y evalúan los principales rasgos técnicos y métricos de las fábricas de tapia de este ámbito espacial de época almohade, con un triple fin: aportar directrices que garanticen una restauración coherente y respetuosa con el bien patrimonial, avanzar en el conocimiento de los usos históricos de esta técnica constructiva y plantear hipótesis en relación a fábricas de adscripción cronológica incierta. Para ello, se implementa la metodología propuesta por los autores en trabajos precedentes. La arquitectura fortificada de tapia en España es la mejor muestra de la importancia que esta técnica adquirió en su historia, tanto en grandes construcciones monumentales como en la arquitectura doméstica tradicional. Su consideración, tratamiento e interés han evolucionado en paralelo a los del resto de la construcción en tierra. De hecho, tras su despreocupación y abandono desde el siglo XIX, en las últimas tres décadas esta tipología ha sido objeto de un mayor interés por parte de los investigadores. A ello ha contribuido el impulso que desde mediados del siglo XX entidades nacionales e internacionales han dado a la construcción en tierra, pero también la necesidad de dar un soporte científico-técnico a intervenciones de restauración y rehabilitación. Aunque en la Península Ibérica existen muchos ejemplos de edificaciones militares califales o taifas de tapia, la mayoría fueron levantadas entre los siglos XII y XV. Unas fueron ejecutadas durante la época de las dinastías norteafricanas (siglo XII y primera mitad del XIII), momento en que la tapia se impuso a la mampostería, tanto en grandes poblaciones como en gran parte de las líneas fronterizas donde resultaba muy apropiada por su bajo coste y rapidez de construcción. Otras son posteriores a la Reconquista, evidenciando algunas novedades y variaciones respecto a las almohades. Las actuales provincias de Sevilla, Huelva, Cádiz y el sur de la de Badajoz, es decir el área que abarcó el antiguo Reino de Sevilla, atesora una parte importante de este patrimonio. De hecho, el SIPHA (Sistema de Información de Patrimonio Histórico de Andalucía) recoge setenta fortificaciones medievales en tapia correspondientes a este ámbito geográfico y al intervalo cronológico estudiado (siglos XII-XV). La importancia que la técnica adquirió tanto con los almohades en el entorno de la capital, Isbiliya, y en su frontera con el reino de Castilla, y posteriormente en la frontera con el reino de nazarí de Granada, justifican tal profusión. Sin embargo, son muy contadas las que, indiscutiblemente y con rigurosidad, se adscriben a época almohade. A fin de obtener una caracterización de las fábricas analizadas que contribuya a su datación, los autores de estas páginas han aplicado sobre estas fortificaciones la metodología de evaluación que, para el estudio de este sistema constructivo, de sus lesiones y sus causas y sus vulnerabilidades, han propuesto en el marco del proyecto BIA-2004 1094, del Plan Nacional I+D+i del Ministerio de Ciencia e Innovación, centrándose en concreto en los parámetros constructivos de dicha metodología (Graciani 2005; Canivell 2012; Canivell y Graciani 2012). El conocimiento de las características constructivas resultado de este estudio debería además ser considerado a la hora de intervenir sobre estas construcciones. ESTADO DE LA CUESTIÓN El impulso que en las tres últimas décadas del siglo XX experimentó la historiografía sobre castillos y arquitectura defensiva, llegó al ámbito español tras los ochenta y sobre todo en los noventa (Bazzana 1980; López 1994; Acién 1995). En este contexto se celebró en 1994 el I Congreso de Castellología Ibérica (cuyas actas se publicaron en 1998) y se desarrollaron algunos proyectos nacionales de investigación, como el PB95-1151 ("Los asentamientos medievales en la frontera entre el Reino de Granada y Castilla, siglos XIII-XV, Ministerio de Educación 1996-1999). Las primeras publicaciones al respecto se centraron en la organización del territorio a partir de fuentes historiográficas y cronísticas, perspectiva también aplicada a las fortificaciones del periodo andalusí (Azuar 1994, 1995; Iglesia 1995; Malpica 2003). En paralelo, se evidenció un interés por la cultura almohade, que con los años germinaría en un proyecto de investigación promovido por la Casa de Velázquez, el Departamento de Estudios Árabes (Instituto de Filología, CSIC, Madrid) y la UMR 5648 (CNRS_UniversitéLumiére_Lyon 2) y, puntualmente, por la Université de Toulouse_LeMirail, y en la realización de tres seminarios entre 2000 y 2002 (Cressier, Fierro y Molina 2005). La confluencia de ambos intereses (la arquitectura defensiva y la cultura almohade) propició que en nuestro país aparecieran algunas publicaciones sobre construcciones militares almohades, cuestión hasta el momento sólo abordada por Torres Balbás (1960a, 1960b). Entre ellas destacan algunas de Valor (2004a y 2004b), sin duda la máxima especialista en la materia. Por la importancia de la tapia en las construcciones defensivas almohades, estas primeras publicaciones abordaban la técnica bien a partir del estudio de las fábricas (Gurriarán y Sáez 2002; Azuar 2004 y 2005) o bien de los revestimientos con falsos despieces (Lozano, Menéndez, Azuar y Llopis 1996; Azuar, Llopis, Lozano y Menéndez 1998). Desde 2005, las investigaciones sobre las fábricas de tapia en la arquitectura defensiva han proliferado en España con una intensidad superior a la de otros entornos geográficos (Jaquin, Augarde y Gerrard 2008). En muchos casos, estos trabajos resultan de estudios previos en obras de restauración realizados en construcciones defensivas, unos estudios que son cada vez más frecuentes aunque no habituales. También se han realizado estudios zonales; en concreto, se han abordado las particularidades de las fortificaciones peninsulares en Andalucía Occidental y Oriental, Murcia y Valencia, en algunos casos conjugando el estudio constructivo con el análisis de caracterización material (De la Torre, Pardo y Rodríguez 1996; Ontiveros, Valverde y Sebastián 1996 y 2006; Graciani, Tabales, Alejandre, Barrios, Rodríguez y Ponce 2005). La mayor parte de ellos provienen de los resultados obtenidos durante el desarrollo del proyecto de investigación BIA-2004 1092, del Plan Nacional de Investigación I+D+I, durante cuyo desarrollo se estableció una metodología para determinar los procesos constructivos a partir de la caracterización de las fábricas, considerando también las circunstancias históricas, sociales y culturales de la construcción. Pese a los avances de los últimos años, quedan importantes lagunas de investigación. Las metodologías de caracterización deben aplicarse a construcciones de periodos concretos, a fin de determinar los rasgos constructivos propios de los diferentes ámbitos geográficos y etapas históricas. Para ello, han de considerarse tan sólo aquellas edificaciones sobre cuya datación los especialistas (arqueólogos, documentalistas y medievalistas) tengan certeza, debiendo obviarse aquellos ejemplos de datación imprecisa o dudosa. Los resultados de estas investigaciones podrán ser de aplicación en aquellas restauraciones científicas que se fundamenten en criterios de intervención compatibles y coherentes con las fábricas primigenias (Mileto, Vegas y López 2011; Maldonado y Vela 2011: 76; López 2012: 26). Al mismo tiempo, facilitarán a los historiadores la datación de fábricas, y en ocasiones, revisar las ya adscritas. En estas páginas se analizan las particularidades de una serie de fábricas de tapia de edificaciones defensivas del SO peninsular que están sujetas a parámetros similares, con el objeto de aportar conocimientos que puedan servir de apoyo en restauraciones de construcciones militares almohades en tapia. Valorar cómo estas novedades se fueron adaptando a la tradición previa y cuál fue su proceso de propagación por las distintas áreas territoriales nos permitirá determinar la posible existencia de particularidades zonales o tipológicas con relación a la técnica constructiva, los medios auxiliares, y cuestiones métricas y materiales. A tal fin, se considerarán como objeto de estudio las construcciones militares porque fueron este tipo de edificaciones, y no las domésticas, las que por el mayor espesor de los muros resultaron más favorables a la adopción de las innovaciones tecnológicas de los encofrados islámicos. Por ejemplo, la sustitución de la aguja pasante (y en ocasiones recuperable) por dos medias agujas (ancladas a la masa con clavos de madera) conllevaría otras novedades en el conjunto del encofrado respecto al de la construcción doméstica que, por el contrario, se resuelve al modo tradicional (Doat, Hays, Houben, Matuk y Vitoux 1991: 21); así, se mantiene el costal que, sobre cada aguja, se aplica al exterior de los tableros a fin de fijar la posición de los encofrados y se sustituye el codal que lo fija por puntales dispuestos en el interior del encofrado (Fig. 1). Comparación entre una sección tipo de un muro de tapia militar propuesto por López Osorio (2012: 30) (izq.) y otro tradicional (der.) tal y como proponen Doat, Hays, Houben, Matuk y Vitoux (1991: 13): 1. Por lo tanto, los objetivos de este trabajo son: (1) determinar los rasgos constructivos y los condicionantes propios y exógenos que son característicos de las fábricas militares de tapia en el ámbito espacio-temporal de estudio y que pueden ser las bases argumentales para intervenciones más coherentes y, con ello, (2) proponer una adscripción temporal de las fábricas de cronología incierta en función de las singularidades constructivas asociadas a cada periodo. CASOS DE ESTUDIO Y METODOLOGÍA DE ANÁLISIS De forma intencionada, no ha sido abordada la totalidad de las construcciones militares que de dichas provincias quedan recogidas en SIPHA, pues a fin de obtener datos certeros y fiables, sólo se han considerado aquellas que no presentan alteraciones en las características constructivas originales de sus fábricas, descartando tanto las excesivamente dañadas como las alteradas por intervenciones previas. Por lo tanto, en esta investigación, se han analizado un total de treinta y cinco edificaciones militares realizadas total o parcialmente con fábricas de tapia entre los siglos XII al XV, y emplazadas en su mayor parte en el antiguo Reino de Sevilla, a excepción de dos en su entorno más inmediato, en concreto del Algarbe portugués (Castillo de Paderne) y la actual provincia de Badajoz (Castillo de Reina), ambos de origen almohade. De estas treinta y cinco edificaciones, quince corresponden con certeza a época a almohade, nueve a cristianas, siendo las once restantes de adscripción incierta (Fig. 2); entre todas ellas se han registrado cuarenta y cuatro fábricas de tapia, de las cuales veinticuatro son almohades, nueve cristianas y once de datación incierta. Distribución de los casos de estudio de las fortalezas según su viabilidad (gráfica izq.), a su posible vinculación cronológica (gráfica central) y a su tipología militar (gráfica der.). En general, estos trabajos no recogen estudios estratigráficos que permitan puntualizar qué paramentos o tramos corresponden a qué etapa, lo que dificultó la elección de los tramos a estudiar por ser frecuentes las superposiciones de fábricas. Por ello, para realizar los estudios de cada caso se han seleccionado tramos concretos (que se detallan en la Fig. 3), procurando escoger paños de fábricas homogéneas, sin una excesiva estratificación paramental. A priori, el estudio constructivo que se aporta se fundamenta en los datos obtenidos en quince de estas treinta y cinco edificaciones, en concreto en aquellas que la historiografía más reciente adscribe al periodo almohade. El estudio de las nueve construcciones que son claramente consideradas cristianas, permitirá contrastar las particularidades constructivas almohades que se proyectaron o, por el contrario, desaparecieron tras la Reconquista. El análisis de estos casos aportará fundamentos constructivos para una datación preliminar de las once construcciones restantes, que responden en unos casos a ampliaciones de estructuras realizadas en algún momento posterior a la Reconquista, pero de las que se desconoce qué paramentos corresponden a cada fase, y en otros a fortificaciones realizadas ex novo pero de dudosa vinculación temporal. Las quince edificaciones almohades eje de este estudio no pueden ser comparables per se, en igualdad de condiciones; deben considerarse las diferentes tipologías que, en función de las unidades de poblamiento (Vigueras 2004:10) existían en el momento (Valor 2004a), es decir, tanto murallas y cercas urbanas (madīnas), como castillos (husun) —grandes y pequeños y torres (atalayas o almenaras, de alquería y de delimitación de términos), pero también una diversidad de parámetros (cronológicos, geográficos y geopolíticos) que pudieron condicionar diferencias en el proceso de implantación en el SO de la Península Ibérica de las novedades constructivas que las tribus norteafricanas aportaron a la ejecución de la tapia, haciendo que en unas construcciones se adoptaran las soluciones novedosas pero no en otras. Así, las construcciones almohades de mediados del siglo XII parecen no haber incorporado aún las novedades constructivas que en su segunda mitad (y ya sobre todo en la primera del siglo XIII) constituirán las verdaderas aportaciones de esta cultura a la técnica de ejecución de tapia. La situación geográfica condicionaría el proceso de expansión de las novedades, favorecido en aquellas zonas estratégicas y de fácil acceso (próximas a caminos o rutas rurales en los cauces fluviales) y, por el contrario, dificultado en zonas montañosas o fronterizas (como parte de la frontera norte del Reino Almohade y la Banda morisca). La envergadura de las principales murallas y cercas urbanas de la segunda mitad del siglo XII y la primera del siglo XIII hizo que, para dar respuesta a sus necesidades constructivas, se realizaran mejoras en los encofrados. Por ello, estas construcciones pueden ser consideradas fósiles directores de referencia, desde las cuales, las novedades técnicas se difundirían, gracias a la importancia de estos centros de población, generalmente bien comunicados y asociados a cauces fluviales, caminos y vías terrestres. En concreto, se han analizado cinco madīnas o cercas urbanas, nueve husun (o castillos y alquerías) y una torre. Considerando la fiabilidad de los datos obtenidos, ya que algunos de los tramos han sido alterados con el tiempo, este estudio se centra en la información obtenida en puntos concretos de las murallas de Écija (en torres y lienzos de la Plaza de Colón y en sendos tramos de la calle Merinos), Marchena (en el tramo del Mirador y El Parque, incluyendo el lienzo y la torre de la Alcazaba), Sevilla (los lienzos de los tramos de la Macarena, el Jardín del Valle, el Callejón del Agua, de la Casa de la Moneda y algunos tramos del sector SO, además de la Torre del Oro), en Niebla (lienzos de Puerta del Embarcadero) y Jerez de la Frontera (lienzo Norte). Los husun (alcázares y alquerías) que la historiografía precedente considera claramente almohades (bien reconstruidos o ex novo) y que, en consecuencia, han sido objeto de este estudio se encuentran el Castillo de Sanlúcar la Mayor (Valor 2004a: 157), la Muralla de San Juan de Aznalfarache (Valor 2004a: 155), el Castillo de Lora del Río, el de Guillena (Valor 2004a: 147), la Alcazaba de Reina en Badajoz (Valor 2004b: 688), la torre (de alquería) de Quintos (Valor 2004a: 158), el Alcázar del Rey Don Pedro en Carmona (Almagro 2013: 35), el castillo de Paderne (Catarino 1997: 449) y la Torre Mocha o de Don Fadrique en Albaida del Aljarafe (Graciani, Martín, Mora, Alejandre y Canivell 2012). Entre las torres (atalayas o almenaras, de alquería y de delimitación de términos) destaca la de San Antonio en Olivares (Valor 2004a: 146). Los puntos referenciados en este estudio se recogen en las figuras Fig. 3 y Fig. 4. Relación de los objeto de estudio de las fábricas de tapia correspondientes a los quince casos de estudio almohades. Como se ha indicado, las comparaciones entre las soluciones almohades y cristianas, se establecen a partir de la toma de datos realizada sobre aquellas edificaciones que la historiografía no duda en considerar cristianas (nueve casos); en concreto, los Castillos de Alhonoz, Mairena del Alcor, Estepa, del Hierro, Setefilla, Los Molares y Utrera (Valor 2004b: 692 y 696), además de la Torre de Alcantarilla (Valor 2004b: 692) y la de los Herberos (Guerrero 1990). En el tercer grupo, correspondiente a las construcciones de adscripción incierta, con núcleos islámicos ampliados o reformados (con un alcance indefinido) en época cristiana y de los que no hay certeza de qué paramentos corresponden a cada uno, se encuentran seis husun (en concreto, los castillos de Alcalá de Guadaira (García Fitz 2008: 235 y 251; Valor 2004b: 695), Castillo de las Guardas, Hornachos, Lebrija, Paredones (Osuna), y Tejada (Escacena del Campo), cuatro torres (las de la Dehesilla en Aznalcóllar, la Membrillera o Membrilla en Carmona, la Corchuela en Dos Hermanas, Almenara en Peñaflor) y la madīna de Utrera. Distribución geográfica de los casos de estudio de cronología almohade, cristiana e incierta. Vías de comunicación (Díaz, Olmedo y Clavero 2009). Frontera con Reino de Granada y Reino de Sevilla (García Cortázar 2007). Este trabajo de investigación se ha realizado aplicando la metodología de análisis constructivo y evaluación propuesta por Canivell (2012), según los parámetros técnicos y métricos de la Fig. 5. Esta metodología se fundamenta en unos estudios previos de caracterización apoyados en una toma de datos in situ (anamnesis) de un amplio grupo de parámetros y cualidades de las fábricas que pueden agruparse en tres categorías de caracterización: la constructiva (técnica, dimensional y material), la caracterización de daños (estructurales, materiales o de superficie y, para cada uno de las causas), y la de vulnerabilidades (considerando vulnerabilidad al agua, física y estructural). En el análisis realizado, no se han tomado en cuenta los parámetros constructivos que definen el material, ya que a fecha de hoy no se dispone de suficientes de datos objetivos obtenidos a partir de ensayos materiales, careciendo de la relevancia necesaria las observaciones cualitativas con que se cuenta. Clasificación de los parámetros constructivos considerados en el análisis. Partiendo de una toma de datos in situ de los parámetros técnicos y métricos propuestos, que han quedado registrados en una base de datos, a fin de conseguir los objetivos marcados, la investigación ha precisado acometer tres tareas: realizar un estudio constructivo de las fábricas seleccionadas; un análisis comparativo de los rasgos relevantes en fábricas almohades y cristianas con el fin de distinguir las singularidades de cada periodo histórico; y en tercer lugar, categorizar los parámetros constructivos según su relevancia en cada periodo analizado. La selección de parámetros para la caracterización constructiva de los casos seleccionados aporta novedades sobre los propuestos por otros autores (López 1999; Gurriarán y Sáez 2002; Martín 2005; Graciani y Tabales 2008; Canivell 2012; López Osorio 2012), incorporando aquellos que se entienden son relevantes para el análisis y la definición de la fábrica y que en consecuencia deben condicionar la intervención patrimonial (Fig. 5). Estructural de la fábrica. A partir de las variaciones observadas en los distintos recursos constructivos (mechinales, verdugadas o encadenados) Graciani y Tabales (2008) establecen la existencia en Andalucía Occidental de once tipos de estructuras de fábrica de tapia, que clasifican en tres grupos básicos: monolíticas, encadenadas y mixtas. Los ejemplos considerados en esta investigación justifican las afirmaciones de los autores sobre el uso en época almohade de los tipos monolítico y encadenado y el predominio de la solución encadenada a partir de la Reconquista. Mientras los lienzos, por requerir una ejecución más rápida y no estar expuestos a solicitaciones transversales que justifiquen los encadenados de refuerzo, se ejecutan en tapial monolítico, las torres presentan soluciones diversas, tanto las almenara como las de recintos amurallados. Aun siendo la mayoría monolíticas, existen ejemplos de torres encadenadas en piedra nunca en ladrillo; se trata bien de torres singulares —albarranas o vigía— (Torre de San Antonio, Castillo de Almenara, Torre del Oro) o bien (aunque más puntualmente) algunas torres de recintos amurallados (Murallas de Niebla y Reina). En estos casos, se utilizan sillares reaprovechados, romanos o árabes, lo que genera una falta de coincidencia entre los hilos de tapia y las juntas en los tramos de sillería. La diversa tipología de fábricas en las torres puede deberse a factores diversos: la complejidad de la construcción y la cualificación de la mano de obra (ya que las monolíticas resultan de más fácil ejecución), la disponibilidad de sillares para los encadenados y la calidad y el carácter de la construcción. Así, a diferencia de lo que sucede en Niebla, en las torres de los recintos amurallados de Sevilla, Écija, Carmona, Estepa, Marchena o Jerez de la Frontera, no es frecuente la fábrica encadenada, quizás por bastar la solución monolítica al contar estos recintos con otros recursos defensivos. Cuanto más, dichas torres presentan una o dos verdugadas en el nivel correspondiente al paso de ronda (por ejemplo, en las torres de las murallas de Sevilla y Marchena). La solución monolítica se aprecia también en torres de baja calidad edificatoria; por ejemplo, en algunas de la muralla de Écija (en Calle Merinos, 1 y 2) o en pequeños castillos rurales, como la Hacienda de los Quintos; en estos casos la tapia monolítica puede relacionarse también con la inexistencia de los materiales necesarios y con un menor riesgos de ataque, por no tratarse de áreas fronterizas. Mientras en las construcciones religiosas y civiles de época cristiana se generaliza la solución encadenada para resolver las solicitaciones transversales, los lienzos militares del momento mantienen la solución monolítica almohade. Por el contrario, las torres cristianas son comúnmente encadenadas. De hecho, lo son casi todas las torres cristianas consideradas en el presente estudio: la de los Herberos, la Torre Homenaje del Castillo de Utrera, la de la fortaleza de Alcantarilla y las de los Castillos de Estepa, Setefilla y la de Los Molares. La torre del Castillo de Hierro constituye la única excepción. En consecuencia, no cabe aplicar el criterio estructural para adscribir las fábricas de datación incierta a un periodo u otro. A excepción del empleo cristiano de encadenados de ladrillo en torres, el uso de remates latericios sobre las agujas de sección cuadrada (en muchos casos evidenciada por la oquedad del mechinal) puede ser uno de los argumentos para justificar su construcción cristiana. Por lo tanto, esta solución parece propia de fábricas tardías (siglo XIV), y principalmente de muros de espesor reducido; así sucede, por ejemplo, en la Torre de los Herberos y en los lienzos exteriores del Castillo de Luna. Por ello, la presencia de ese recurso en uno de los casos estudiados de datación incierta, en concreto la Torre de la Corchuela (en Dos Hermanas, Sevilla) es uno de los argumentos constructivos que podría contribuir vincular dicha torre al periodo cristiano. Las agujas constituyen un elemento importante de la caracterización. En relación a éstas se consideran tres parámetros de análisis: el tipo, según se usen agujas completas y pasantes (atravesando el espesor del paramento), o bien grupos de dos medias agujas; su posición respecto al tendel inmediato, dado que, aun quedando siempre por debajo de éste la aguja, ésta cuestión evidencia diferentes tipos de actuaciones previas a su colocación; y la disposición de los clavos que las fijan al soporte, según se usen tres perimetrales o uno central. Respecto al tipo de aguja, en todos los ejemplos almohades considerados, con independencia de la tipología arquitectónica, se usan medias agujas planas; con esta solución, propia de la construcción almohade militar, se consigue solventar el mayor espesor de la fábrica optimizando los medios disponibles. Aun no siendo un recurso específicamente cristiano, a excepción de los lienzos del Castillo de Luna (Barrios, Graciani y Núñez 2012), se han documentado agujas planas en las restantes construcciones cristianas; ello puede justificarse por corresponder a una fase inmediata a la Reconquista, por la pervivencia de mano de obra almohade o, simplemente, por perdurar la tradición constructiva almohade. La utilización de agujas pasantes en la Torre de la Corchuela en Dos Hermanas, cuya adscripción hemos puesto en duda previamente, podría ser otro argumento más para identificarla como una torre cristiana. Los ejemplos localizados evidencian que en el área geográfica estudiada se disponen tres clavos apoyados sobre el perímetro de una media aguja (Fig. 6), plana y normalmente de 7-8 cm x 2-3 cm, como efectivamente se constata en casi todos los casos registrados. Sin embargo, en otras fortificaciones coetáneas en Andalucía Oriental y el Levante peninsular, se suele emplear un único clavo perforando la testa de la media aguja (Climent, Gandía y Giner 2011: 267; López 1999; Martín 2005). La existencia de restos de clavos o bien de la huella que éstos han dejado ha permitido determinar su uso sólo en siete de los cuarenta y seis casos estudiados, con independencia de vinculación almohade o cristiana de la construcción. En concreto, entre los almohades, el Mirador Almohade de la Muralla de Marchena, las murallas de Sanlúcar la Mayor, San Juan de Aznalfarache y de Sevilla en el tramo de Casa de la Moneda; entre los cristianos, los castillos de Alhonoz y los Molares y entre los de datación incierta el Castillo de Tejada. No obstante, dado que estos seis registros abarcan muchos tipos y morfologías de fábricas, cabe pensar que el uso de este tipo de aguja fue genérico. Salvo en el Castillo de Tejada (en donde sólo se ha podido apreciar un clavo central en la cara de la aguja), en los restantes quedan visibles tres clavos, colocados en el contorno de la aguja, lo que puede indicar que este sería el número habitual para fijar cada media aguja a la argamasa. A la vista de los ejemplos analizados, se deduce que en las fábricas almohades el contacto entre los hilos se realizaba de modo directo o bien disponiendo de una capa de mortero, de entre 2 y 4 cm de espesor, a fin de regularizar el asiento del cajón superior, mejorar los apoyos y la adherencia entre los hilos y absorber los movimientos de los cajones (Graciani y Tabales 2008). Aunque tras la Reconquista, durante los siglos XIII al XV, continúan apreciándose ambas soluciones, la mayor proporción de ejemplos contrastados de fábricas con tongadas de mortero podría responder a su progresiva generalización como una evolución constructiva que además evitaría realizar cajeados previos para colocar las agujas del hilo superior (Fig. 7). En este sentido, las agujas de las fábricas más tardías quedan insertas en la capa de mortero, como se aprecia en el Castillo de Utrera y en la Torre de la Alcantarilla (Fig. 8), y no bajo ella; también se detectan ejemplos de utilización de pequeñas piedras en el contacto entre hilos (Fig. 8). Clavo embutido en la tapia (Castillo de Sanlúcar la Mayor). Mechinal bajo la junta horizontal y cubierto de una capa de mortero de cal (Torre de la Dehesilla, Aznalcázar). Mechinal en línea con la junta horizontal con capa de mortero de cal y piedras (Torre de Alcantarilla, Castillo de Utrera). La posición de la aguja respecto a la junta denota ciertas tendencias, aunque no se pueden asociar a periodos históricos dada la dispersión de datos. En más de la mitad de las fábricas almohades la aguja aparece unos 9 o 10 cm por debajo de la junta, lo que según algunos autores supondría realizar los cajeados sobre el cajón terminado (López Osorio 2012, Martín 2005, Font e Hidalgo 2009). Sin embargo, en lugar de este proceso, con el fin de evitar desperfectos, estos cajeados se podrían haber conformado al compactar la última tongada colocando unas hormas recuperables donde posteriormente se alojarían las agujas (Font e Hidalgo 2009; Doat, Hays, Houben, Matuk y Vitoux 1991). Asimismo, si no hay tallado, la aguja se coloca encima y se rellena el espacio vacío mediante un mortero y piedras (Font e Hidalgo 2009: 102), agilizando así el proceso de ejecución. Esta colocación desfasada de la aguja (Figs. 6 y 7) deja espacio para una cuerda y un solape entre la tapia inferior y el encofrado para impedir su deslizamiento. Tal disposición de las cuerdas y agujas se ha hallado solo en la muralla de Sevilla, aunque es posible que sea una solución más extendida. La aparición del cajón continuo o corrido es una novedad almohade que en el ámbito del SO peninsular se vincula a las construcciones de finales del siglo XII y comienzos del XIII (Márquez y Gurriarán 2008: 118; Graciani 2009: 121), pero que también está presente en otros ámbitos geográficos, por ejemplo en el levante peninsular (López 1999: 83; Climent, Gandía y Giner 2011: 266). Este tipo de encofrado mejora el rendimiento de ejecución, al ahorrar tareas y agilizar el proceso, y además facilita el armado, el vertido del material y el apisonado de la argamasa. En consecuencia, la ejecución con encofrados simples es más lenta y laboriosa. Para analizar la tipología del cajón de encofrado es necesario considerar la organización de las llagas o juntas entre tramos de argamasa. En concreto, una secuencia uniforme de llagas verticales evidenciará que la construcción se ha realizado mediante un cajón único de encofrado o con varios de igual módulo (Fig. 9); por el contrario, la presencia de juntas oblicuas y más distanciadas implicará el uso, en un mismo hilo o en parte de éste, de un encofrado continuo, sin fronteras, correspondiendo cada junta al encuentro de dos tramos yuxtapuestos (Fig. 10). Su estudio también proporciona información sobre la duración, el sentido y el alcance del proceso constructivo; así, la orientación de la llaga evidencia el sentido de la ejecución y de existir juntas contiguas con diferente inclinación, la participación de dos cuadrillas de obreros, avanzando en sentidos opuestos, probablemente para agilizar la construcción en respuesta a las recurrentes incursiones militares (Graciani y Tabales 2008: 147). Esta solución constructiva evitaría las juntas inclinadas cuando, como, sucede en la Torre del Oro, los encofrados corridos se encastran en los encadenados de ángulo. Lienzo construido mediante cajones independientes, mostrando las juntas verticales (Muralla de Sevilla). Lienzo construido con cajones corridos y muestra las típicas juntas inclinadas (Castillo de Alcalá de Guadaíra). Gran parte de los casos almohades considerados (60%, 15/24 casos) se ejecutaron mediante la técnica del cajón continuo. Entre los que hicieron uso de tapiales independientes se encuentran el Castillo de Paderne y la Muralla de Sevilla (en tres fábricas), en cuyos tramos de la Macarena, los Jardines del Valle y el Callejón del Agua se aprecia claramente la independencia de cada cajón; esto no sucede en su correspondiente barbacana ni en los nuevos hilos superiores de la muralla, obras que según algunos autores son posteriores (Jiménez Maqueda 1996), como así lo atestiguan las juntas inclinadas. Este avance cualitativo en el proceso de construcción perdurará en la construcción cristiana, constatándose en todos los ejemplos cristianos considerados en el presente estudio. Por su parte, el castillo de Paderne, que Catarino (1997) adscribe al siglo XI, pudiéndose establecer un paralelismo constructivo con las fábricas de cajones independientes de la muralla de Sevilla, las que, como recoge Jiménez Maqueda (1996), según algunos autores podrían ser también de factura anterior a los almohades (Jiménez y Pérez 2012: 275). Evidencias de medios auxiliares. El registro de los indicios que definen las particularidades de los medios auxiliares (cuerdas, tensores y puntales) empleados en la fijación de encofrados ha sido una base argumental fundamental a la hora de determinar la caracterización constructiva de las fabricas almohades; así, de quedar visibles, se han registrado las huellas de los puntales y las sogas que, bien a lo largo de la cara de la aguja (Martín 2005 y López Osorio 2012) o bien sobre ella y ascendiendo en diagonal hacia la cara opuesta, atan los elementos del encofrado. Pese a la importancia de esta información, los datos obtenidos en las construcciones evaluadas no son realmente significativos, pues al quedar embutidos en el interior de la fábrica, no siempre resultan visibles. De hecho, sólo se han localizado huellas de cuerdas (de 1 a 1,5 cm de diámetro) sobre las agujas de la barbacana de la Muralla de Sevilla (Fig. 11), que, probablemente, siguiendo un patrón similar al encontrado en la Alcazaba de la Alhambra (Fig. 12), fijaran los costales o el borde inferior del encofrado (López Osorio 2012); esta disposición se asocia más a la colocación de la aguja con mayor desfase bajo la junta horizontal y que además aporta la mayor holgura que se necesita para introducir la cuerda. Marca dejada por una cuerda sobre la aguja (Muralla de Sevilla, tramo de la Macarena). Cuerda sobre una aguja (Alcazaba de la Alhambra de Granada). Marca de una cuerda que asciende sobre el mechinal (Muralla de Sevilla, tramo de la Macarena). No obstante, en la Muralla de Sevilla, en el lienzo principal de la Macarena, en Paderne y en la Muralla de Marchena, las cuerdas se disponen de modo diferente; en ellas, una o dos ascienden en diagonal hacia la cara opuesta (Fig. 13), posiblemente para atirantar el sistema mediante retorcimiento, como efectivamente se realiza en la tapia tradicional (Doat, Hays, Houben, Matuk y Vitoux 1991; Cuchí 1996). Esta solución se relaciona más estrechamente con la disposición de la aguja en línea, y al contrario que la disposición anterior, quedaría menos espacio para introducir la cuerda. En los casos almohades analizados se han encontrado muy pocas huellas de los puntales que, cuando la horma estuviera vacía, se colocarían en el interior de los cajones a fin de resistir el vuelco del encofrado hacia dentro. Tales puntales, de mayor diámetro (4-5 cm), serían eliminados o cortados una vez que el cajón hubiera sido parcialmente colmado, por ser innecesarios y para facilitar la compactación (Fig. 14). Tan sólo se han localizado en una torre del Castillo de Lora del Río y, ya de época cristiana, en la torre del Homenaje del Castillo de los Molares y en un lienzo del Castillo de Alhonoz (Écija); en cualquier caso, las huellas no corresponden a toda la longitud del puntal por el modo en que éste se usa y se desmonta. Huellas de un puntal en el interior de un cajón (Castillo de Alhonoz). Aunque no se ha registrado el empleo simultáneo de tensores y puntales, el reducido número de casos y su compleja localización evita descartar que fueran recursos compatibles y combinables entre sí. Un importante número de las fábricas de tapia registradas (25 casos) aparecen desprovistas de revestimiento (el 50% casos almohades constatados y el 40 % de los cristianos); en estos casos, es la propia dureza de la tierra y la cal lo que les confieren la protección superficial. Sólo uno de los veinticuatro casos almohades estudiados evidencia claramente el calicostrado. Hay que tener en cuenta que el calicostrado, que se realiza durante el proceso de ejecución del cajón de tapia, apenas está presente en las fábricas árabes de los siglos XII y XIII, pues fue especialmente en época nazarí (siglo XIV), cuando el empleo de cal se hizo más eficiente y el calicostrado se hizo más común. En cualquier caso, los calicostrados de factura árabe aparecen generalmente en los hilos superiores y los merlones de las fábricas, a fin de generar una barrera impermeable al agua y facilitar la correcta transpiración del exceso de vapor de agua (Márquez y Gurriarán 2008: 119). Entre los ejemplos cristianos estudiados, la proporción de casos localizados (cuatro de diez) ha sido mayor; así han apareciendo en la Torre de los Herberos, el Castillo de Luna, el de Alcalá de Guadaira, y la Torre de Alcantarilla. Con ello, se confirma la hipótesis de autores previos que corroboraron que esta solución es más propia de las fábricas más tardías, mientras que en las más tempranas era el hormigón de cal lo que confería a la fábrica su resistencia superficial (Valverde, Ontiveros y Sebastián 1997; Martín 2005; López Osorio 2012). En referencia a otro tipo de terminaciones, cinco de las cuarenta y seis construcciones analizadas presentan falsos despieces, un tipo de revestimiento ya extendido en época almohade (Climent, Gandía y Giner 2011) incluso con inscripciones propagandísticas del Estado (Márquez y Gurriarán 2008); en concreto, aparecen en el Castillo de Paderne, en la Muralla de Niebla y, ya de época cristiana, en el Castillo de Luna; también se ha localizado en otras dos construcciones de adscripción incierta (la Torre de Corchuela y el Castillo de Hornachos). En cualquier caso, se trata de restos muy aislados y deteriorados; además, por no estar localizados en los lienzos estudiados, pese a su importancia, no han podido ser incluidos en el análisis constructivo. Por último, algunas fortificaciones presentan además forros o parcheados de ladrillo o mampostería, añadidos como resultado de reparaciones posteriores no almohades. Las medidas de los cajones, de sus agujas y de los mechinales de los casos objeto de este estudio han sido registradas con objeto de interpretar los datos sólo en un modo amplio, entendiendo que éstas pueden experimentar oscilaciones y aceptando que sería la altura de los tableros lo que marcaría el módulo y no la altura del tramo encofrado (Graciani y Tabales 2008). En concreto, se ha medido el ancho de los cajones, que corresponde al espesor del muro; el largo, cuando aparecen juntas verticales de construcción, y el alto, que se referencia según los módulos bajo (80-85 cm) y alto (90-95 cm) propuestos por Graciani y Tabales (2008). El predominio de los cajones que Graciani y Tabales (2008) ha denominado de módulos altos (de 85 cm a 95 cm) se confirma en las fábricas almohades analizadas, entre las cuales sólo presentan alturas menores a 85 cm los tapiales del Castillo de Guillena (75 cm), las Murallas de Niebla y la Torre de San Antonio (80 cm). Las mediciones efectuadas confirman la consolidación del módulo alto en época cristiana. Sin embargo, en muchos de los casos considerados de datación incierta el módulo predominante es bajo (presentando 80 cm de altura los tapiales de la Torre de la Dehesilla, el Castillo de las Guardas, la Hacienda de Quintos y el Castillo de Hornachos); en cualquier caso, el módulo de estos ejemplos no es argumento suficiente para adscribirlos a las fases previas y tempranas almohades, porque la altura de los cajones podría depender de procedimientos constructivos locales y de circunstancias específicas de cada obra (Márquez y Gurriarán 2008). La longitud del cajón (cuando no se aplican cajones corridos sino un tapial común) abarca de 2,1 m a 2,5 m. Para determinarlo, se valoran solo las distancias entre juntas verticales pero sin confundirlas con las marcas verticales consecutivas de dos encofrados, que no son juntas estructurales. El espesor del muro, pudiendo ser múltiplo del codo mamuní (47,14 cm), es variable y abarca desde 1,15 m hasta casi 3 m. Normalmente, en las torres árabes o cristianas se emplean espesores menores, entre 1 m y 1,5 m (2-3 codos mamuníes) dependiendo de la planta, ya que su configuración estructural es más estable que un lienzo. No obstante, ciertas torres cristianas de gran envergadura (Torres del Homenaje en Estepa y Utrera) alcanzan de 2 m a 2,5 m (4-5 codos mamuníes). Asimismo, los lienzos suelen mantener la sección constante, mientras que las torres disminuyen en altura, por lo que se toma el espesor máximo, que es el de la base, que además es la sección que siempre se conserva mejor en cualquier torre. Por otro lado, los lienzos, independientemente de su origen, siempre se construyen con mayores espesores, de entre 1,8 m a 2,5 m, que según la Fig. 15, corresponden aproximadamente a 4 codos mamuníes; de ser necesario su refuerzo, por ejemplo ante una previsible crecida fluvial, se aumentaría hasta 5 o 6 codos, como sucede en los lienzos de Niebla y en el tramo de la muralla de Sevilla en la Casa de la Moneda. Representación gráfica del registro de espesores máximos en relación al codo mamuní. En ocasiones las huellas dejadas en la masa del cajón por las tablas de madera resinosa (Gurriarán y Sáez 2002: 570) que lo conforman, permiten conocer el número de éstas. Las tablas se separarían unos milímetros entre sí (Cuchí 1996) a fin de expulsar el agua sobrante del amasado de la mezcla; en una cara, las unirían dos barzones (López Osorio 2012), en vez de una por cara del tablero como se hacía en Levante (Soler 2009), empleándose ocho clavos de hierro de cabeza redonda, en ocasiones marcadas en el paramento Fig. 16). En concreto, en las edificaciones estudiadas, se han encontrado marcas en construcciones almohades (Hacienda de los Quintos, Castillo de Lora del Río y Muralla de San Juan de Aznalfarache y Paderne), en cristianas (Castillos de Estepa, Setefilla, Luna y Utrera) y en el Castillo de Alcalá, de datación indeterminada. A excepción del Castillo de Utrera donde se emplearon tres tablas (como en la Muralla del Albaicín), en los restantes casos documentados, aparecen cuatro tablas (correspondientes a 2 codos mamuníes). Aunque el alto del encofrado no se puede determinar, debe ser algo mayor al del cajón, por lo que debería superar los 90 cm, encajado así con un encofrado de 2 codos mamuníes (94 cm), tanto para los módulos bajos (80 cm), como para los altos (90 cm). Las tablas de los tableros del encofrado tendrían aproximadamente 20 cm de altura. Debido a la erosión superficial de muchas tapia, el largo del encofrado solo ha sido registrado en el caso del Castillo de Alcalá de Guadaira, correspondiendo a 2,5 m. Con todo ello, las dimensiones hipotéticas1 para estos encofrados serían 2,5 m x 0,95 m x 0,025 m, cuyo peso sería el máximo2 que uno o dos operarios podrían manipular con agilidad (Cuchí 1996). Además coincide con los encofrados tradicionales actuales y con algunas observaciones sobre otras fábricas en el Reino de Granada (López Osorio 2012) y del Levante Peninsular (Font e Hidalgo 2009; Climent 2011: 227). Todas estas evidencias se han hallado tanto en fábricas almohades, cristianas, como en otras de datación incierta, lo que parece indicar una cierta continuidad constructiva. Huellas de los encofrados sobre el lienzo (Castillo de Alcalá de Guadaíra). Propuesta métrica y formal de encofrado tipo empleado en fortificaciones. Como en la tapia doméstica, también es posible encontrar muescas practicadas en los extremos y en medio del encofrado empleadas para facilitar su manipulación (Fig. 17). De quedar evidencias, se ha registrado el número de tongadas por cajón, a fin de argumentar la calidad de la fábrica; de hecho, ésta mejora, con una mayor compactación cuando las tongadas disminuyen de espesor y aumenta su número. El análisis de casos confirma las afirmaciones de autores como Doat, Hays, Houben, Matuk y Vitoux (1991), quienes indican que en cajones de aproximadamente 90 cm de altura, se compactarían (manualmente) 10 u 11 tongadas. Así, a excepción de la Torre del Homenaje del Castillo de Estepa (donde se han registrado 9 tongadas para unos 90 cm del cajón), los casos analizados muestran de 10 a 12 tongadas, por lo que, considerando un módulo medio de 0,9 cm, se obtiene un espesor medio de tongada de 9-10 cm. Por ello, con independencia de la cronología, todas las fábricas parecen haber seguido unos criterios generales muy similares, heredados de la tradición de los maestros alarifes árabes. En el estudio realizado se han considerado tres cuestiones relacionadas con las agujas del encofrado o tapial, sin duda, uno de los elementos más representativos de este tipo de fábricas. Asimismo, además de la tipología de las agujas (según su sección, plana, cuadrada o circular) y sus medidas, en caso de quedar éstas expuestas, se constató su longitud para poder realizar una aproximación sobre el largo total de la aguja antes del descabezado; como tercera cuestión, se registró el ritmo y la distancia de separación entre las agujas del encofrado, aspecto que, relacionado con la forma de ejecución de los cajones, puede responder a un ritmo uniforme o continuo o bien en secuencias repetidas, normalmente de 4 agujas. Las agujas que quedan visibles de todas las fábricas almohades (17 de 24) presentan secciones planas, de aproximadamente 7 a 8 cm de largo y de 2 a 3 cm de alto. No es posible conocer su longitud total, por ser descabezadas, si bien considerando que los restos encontrados almohades y cristianos miden 50-60 cm y considerando unos 10-15 cm para el apoyo de los tapiales, estimamos que el largo total oscilaría entre 60 y 75 cm. La aguja plana suponía un ahorro de material, facilitaba el acoplamiento y nivelación del encofrado y además permitiría perforar su tabla para recibir un costal. La pequeña sección resistente de estas agujas y su sistema de fijación mediante clavos limitaría su capacidad portante a flexión, por lo que descartamos su empleo como soporte de un andamio o elemento auxiliar; solo las agujas de cuadradas de mayor sección (7-10 cm x 7-10 cm) encontradas en fábricas cristianas (Castillo de Luna y la Torre de los Herberos) podrían cumplir dicha función. Si bien la aguja plana se empleó entre los siglos XII al XV, la sección cuadrada es exclusiva del ámbito cristiano, siendo de secciones más resistentes y pudiendo ser agujas pasantes y recuperables cuando el espesor es igual o menor a 3 codos, como es el caso del Castillo de Luna. La separación entre agujas es otra cuestión interesante. Un encofrado de 2,2 a 2,5 m de longitud solía apoyar sobre cuatro agujas, con una separación variable entre ellas, que oscila entre 70 y 80 cm aproximadamente; a este intervalo se adscribe el 46% de los veinticuatro casos almohades en que este dato se ha registrado. Se aprecian tres soluciones con relación a la colocación de las agujas; primero un sistema por el que las agujas se distribuyen casi uniformemente (Fig. 18a), otra asociada a las agrupaciones de cuatro agujas (Fig. 18b) y por último, la que emplea una secuencia uniforme y ordenada (Fig. 18c). En las fábricas analizadas con secuencias de grupos de cuatro agujas, las separaciones se adaptan para acoger distintas dimensiones de encofrados, como se ha constatado en otros ámbitos geográficos (Soler 2009). Representación de los tres tipos de secuencias de agujas. Secuencia uniforme (arriba), secuencia x4 no ordenada (medio) y secuencia x4 ordenada (abajo). La primera secuencia es más abundante (67% de los casos árabes) y podría implicar el montaje de un encofrado corrido no modular, pues las separaciones de las agujas son muy variables, no se han encontrado marcas en los paramentos de módulos de encofrado y cada hilo mantiene un ritmo totalmente aleatorio. Para la segunda opción (Fig. 18b) las agujas forman grupos de cuatro, coincidiendo cada uno con el largo de un encofrado (aproximadamente 220-250 cm). Parece ser un sistema más modulado y una planificación más medida, pues el encofrado siempre apoyaría sobre 4 agujas, a tenor de las marcas entre dos encofrados consecutivos justo en las agujas de los extremos. El último sistema (Fig. 18c) implica la colocación de las agujas en un orden y separación predefinidos y coincidentes entre todos los hilos, por el que cada cuatro agujas definen la longitud de un encofrado, lo que denota una ejecución aún mejor planificada. A diferencia del segundo tipo, la unión entre dos encofrados consecutivos apoya sobre una aguja en lugar de dos, para lo que la aguja plana es más apropiada. A tenor de los resultados, ninguna de estas particularidades puede asignarse claramente a un periodo histórico, salvo el tercer sistema, encontrado en la ampliación del Castillo de Alcalá de Guadaíra, que podría pertenecer a un periodo más tardío. También se han hallado secuencias más concentradas de agujas (entre 0,35 y 0,45 m) por lo que si suponemos que a cada aguja se asocia a un grupo de costal, codal y tensor, se delimitan espacios más reducidos de trabajo para el tapiador. Este empleo no es exclusivo de ningún periodo, pues se encuentra en tapias islámicas y cristianas. Se trata, por ello, de una solución funcional, como así también sostienen Font e Hidalgo (2009: 104). Probablemente se emplearan para sostener encofrados más pesados, levantar muros más anchos (Castillo de Alhonoz, 1,9 m de espesor), o como un mero hábito constructivo. La mayor parte de las secuencias cortas se dan en torres (Torres de la Muralla de Écija, Torre de los Quintos o Torre Mocha de D. Fadrique), posiblemente debido a los mayores empujes internos, por ser elementos normalmente macizos. Al doblar el número de agujas y costales, se pueden colocar más tensores frente a los empujes de la compactación un gran volumen. Sirva como ejemplo la Torre del Castillo de Estepa, de origen cristiano, con un volumen de 26 m x 13 m x 13 m y muros de casi 3 m, donde las agujas las agujas se separan 0,4-0,45 m. Las torres almohades de la Muralla de Écija, vuelven a presentar una separación similar, siendo también de gran envergadura. Sin embargo, la torre de la Hacienda de los Quintos, de menor volumen (14 m x 7 m x 7 m) y muros más esbeltos (1 m), presenta 0,35 m de separación en su tramo inferior; unos encofrados más pesados podrían haber obligado a emplear menor separación, en comparación con su tramo superior (separación de 0,75 m). El Castillo de Alhonoz, de origen cristiano y lienzos de 2 m de espesor, también presenta agujas más concentradas (0,45 m). Esta fortaleza fronteriza (de la banda morisca) pudo requerir tapias más resistentes, lo que requerirían una compactación más enérgica y un encofrado mejor arriostrado. Por lo tanto, la separación de agujas no marca la evolución temporal del sistema constructivo, pero evidencia rasgos técnicos que definen las distintas maneras de ejecución en respuesta a requerimientos técnicos diferentes. Pese a la carencia o falta de disponibilidad de fuentes más fiables para la datación, ha sido posible acometer un análisis de los parámetros constructivos de las fábricas de tapia militares entre los siglos XII y XV del que se pueden extraer ciertas pautas. Una vez más, se pone en evidencia la importancia de los estudios estratigráficos y documentales como herramientas indispensables en la fase previa a la intervención y posteriormente como apoyo y fundamento de posteriores estudios científicos. Para describir adecuadamente una fábrica militar de tapia dentro del ámbito espacio-temporal de estudio es necesario atender a todos los rasgos técnicos y métricos propuestos. Sin embargo, también es importante considerar a las circunstancias exógenas del edificio para entender el sentido completo de la técnica constructiva empleada. Por ejemplo, la localización administrativa (urbana o rural) en relación al periodo histórico (como frontera norte almohade hasta 1212, frontera sur cristiana partir del 1248 o no fronterizo) que, como se ha expuesto, condicionan el tipo y calidad de las fábricas. Todos estos parámetros deberían estar presentes en cualquier estudio previo de caracterización, pues serán las bases para establecer criterios sólidos en la intervención patrimonial. Asimismo, el análisis de los parámetros constructivos considerados puede establecer ciertos criterios de apoyo a la adscripción cronológica de una fábrica de tapia militar. Sin embargo, por la baja especialización que en comparación con otras técnicas (por ejemplo la sillería) la tapia exige, sus procedimientos y pautas tienden a ser flexibles, lo que a su vez dificulta obtener patrones constructivos más o menos constantes. Por ello, no es posible establecer siempre una correspondencia unívoca entre todos los rasgos constructivos estudiados y un periodo histórico concreto. No obstante, es posible categorizar los parámetros constructivos según estén asociados en mayor o menor medida a los dos periodos analizados: Los parámetros comunes (Fig. 19), es decir aquellos que presentan valores cualitativos o cuantitativos muy similares para cualquier periodo o elemento constructivo (torre o lienzo), denotan cierta continuidad histórica en los métodos de ejecución de las tapias, puesto que la población permanece y los reinos cristianos mantienen, al menos durante los s. XIII al XV, las estructuras administrativas y sociales, por lo que la mano de obra y los procedimientos deberían similares. Los parámetros característicos (Fig. 20) no son constantes pero muestran diferentes tendencias que permiten establecer relaciones para determinar agrupaciones o tipos genéricos en función del periodo histórico (almohade o cristiano) o del elemento constructivo (torre o lienzo). El resto de los parámetros son circunstanciales, ya que se trata de rasgos muy variables o con escasas evidencias, lo que dificulta su evaluación y por lo tanto, de momento no pueden ser asociados a periodos históricos. Rasgos comunes para las fábricas de tapia en el Antiguo Reino de Sevilla (s. XII-XV). Rasgos característicos de las fábricas de tapia en el Antiguo Reino de Sevilla (s. XII-XV). Según los datos de la Fig. 20, una clásica fábrica de tapia almohade corresponde a una estructura monolítica en lienzos y verdugada en torres; los cajones tienden a ser bajos (80-85 cm);la capa de mortero entre las hiladas de tapias no existe o es muy delgada; presenta pares de agujas planas (7 x 3 cm, aproximadamente) y sin remate pétreo o latericio sobre las mismas; la separación de las agujas llega a ser más reducida que en periodos históricos posteriores (35-45 cm) y su ritmo, aunque puede ser continuo, se caracteriza porque presenta agrupaciones en secuencias de cuatro. A partir de la Fig. 20, es posible definir con mayor exactitud la cronología de las fábricas sin vinculación cronológica. Así, en ocho de los trece casos de cronología incierta es posible establecer algunas hipótesis que apoyan el origen islámico o cristiano de las tapias. En cualquier caso se trata de planteamientos no definitivos, ya que solo establecen que los rasgos son más propios de alguna de los periodos, por lo que se deberían contrastar mediante estudios documentales o arqueológicos complementarios. En cuanto a las fábricas de posible origen cristiano, la Torre de la Corchuela presenta sólidos indicios constructivos para pensar que es de factura cristiana. Las secciones cuadradas (10 cm x 10 cm) de sus agujas y sus mechinales pasantes con remates de ladrillo representan rasgos constructivos impropios de los almohades en Andalucía Occidental y por el contrario se encuentran en numerosas fábricas cristianas, como las del Castillo de Luna (Mairena del Alcor) o la Ermita de Castilleja de Talhara (siglo XV, Benacazón). Además, el resto de los parámetros característicos son compatibles con un origen cristiano; su fábrica es monolítica, el módulo del cajón es alto y la secuencia de las agujas es continua. Por otro lado, la fábrica mixta de encadenados de piedra y verdugadas de ladrillo de la Torre de la Membrillera constituye un rasgo distintivo cristiano, como así sostienen Graciani y Tabales (2008). Asimismo, el resto de sus parámetros característicos vuelven a ser compatibles con fábricas del XIV-XV (remate de ladrillo en los mechinales, módulo alto o agujas planas). Aunque los lienzos del Patio de la Sima del Castillo de Alcalá de Guadaíra muestran rasgos híbridos con ambos periodos, la secuencia de las agujas es totalmente inusual para una fábrica almohade. Las agrupaciones de 4 agujas totalmente ordenadas, además de las marcas de los encofrados, podrían ser indicios de una fábrica cristiana. Pudo haber sido realizado con mano de obra musulmana pero en un periodo de transición menos conflictivo, como sostiene García Fitz (2008), lo que posibilitaría una ejecución menos apresurada y mejor ejecutada como la que se muestra. La torre de los Quintos presenta una situación especial, ya que los hilos inferiores muestran rasgos constructivos diferentes a los superiores, lo que podría indicar una ampliación cristiana debido al empleo de una pieza de remate sobre las agujas, a la verdugada de ladrillo que separa cada sector y a la diferente coloración de las tapias. Sin embargo, las agujas se encuentran menos distanciadas (35 cm) como ocurre en otras fábricas almohades, y los dos cuerpos comparten muchos rasgos comunes. Por todo ello, estas sutiles diferencias podrían responder a una simple reparación o refuerzo de la torre de mediados del s. XIII o bien durante las primeras décadas de la dominación cristiana. Como se observa, ciertas innovaciones técnicas marcan las diferencias entre las fábricas cristianas e islámicas. Sin embargo, asignar una datación antes de mediados del s. XIII es más comprometido pues muchos recursos islámicos se seguirán empleando en época cristiana. Así, la Torre de la Dehesilla reúne rasgos compatibles con lo almohade, pero ninguna innovación cristiana: la fábrica es monolítica, emplea dos medias agujas planas sin remates, la secuencia de las agujas forma secuencias de cuatro desordenadas, como en los Castillos de Lora, Sanlúcar la Mayor o Niebla. Además, su módulo es corto (80-85 cm), y aunque es un parámetro muy variable, suele responder a fábricas más antiguas. Por todo ello se podría afirmar que es almohade. Por razones similares, el Castillo de Tejada la Vieja responde a una técnica de rasgos más islámicos, salvo por su módulo alto (85-90 cm), que es muy empleado en ambos periodos. Por último, los castillos de las Guardas y de Hornachos y la Torre de los Quintos, con módulos cortos, como único parámetro diferenciador junto a otros rasgos afines almohades, (pares de agujas planas con secuencias continuos, sin remates y sin mortero en las juntas) indican fábricas del s. XIII. Aunque la conquista cristiana supuso un rápido cambio de poder, no fue así en las costumbres constructivas, que como muchas otras cuestiones administrativas, políticas o sociales tuvieron una clara continuidad. Sin embargo, este análisis demuestra la existencia de ciertos rasgos característicos constructivos ligados a etapas históricas y que por lo tanto pueden servir para datar y caracterizar la fábrica de tapia militar, aunque consideramos que, aun siendo argumentos sólidos, deben examinarse junto con otras evidencias históricas, documentales o arqueológicas.
Métodos de documentación, análisis y conservación de trazados arquitectónicos a tamaño natural Los trazados a tamaño natural o monteas han desempeñado un papel importante a lo largo de la historia de la arquitectura, pues no plantean los problemas de cambios de escala asociados a los dibujos en papel y por tanto permiten controlar la ejecución de forma muy precisa. Como consecuencia, aportan datos de gran interés para el conocimiento de la historia constructiva de los edificios donde se han conservado, a condición de contar con una documentación rigurosa y confrontarla con levantamientos igualmente precisos de los edificios o elementos constructivos que representan. El artículo recoge los métodos empleados por los autores para documentar estos trazados y compararlos con obras construidas, en una serie de experiencias ejemplos españoles de la Edad Moderna, y finaliza con algunas consideraciones acerca de los retos que plantea la conservación de estas fuentes materiales esenciales para la historia de la arquitectura y de la construcción. LOS TRAZADOS A TAMAÑO NATURAL EN LA HISTORIA DE LA ARQUITECTURA Los medios de representación han desempeñado un papel relevante a lo largo de la historia de la arquitectura, pues sólo en el caso de construcciones relativamente sencillas, en un contexto de reglas fijas bien conocidas, es posible construir sin una definición gráfica del elemento que se pretende levantar (Cabezas 2011; López 2011: 184-190; Rabasa 2000). Ahora bien, esta prefiguración de los edificios o elementos constructivos se puede llevar a cabo a escala reducida, sobre papiro, pergamino o papel; o bien a escala natural, sobre suelos o muros. Los dibujos a escala reducida presentan la ventaja de la facilidad de transporte y del menor esfuerzo de trazado, pero también el inconveniente del alto precio del papiro, el pergamino y, en las primeras fases desde su aparición, del papel. Por el contrario, los trazados a tamaño natural o a escalas grandes tienen a su favor la gratuidad del soporte y, sobre todo, la precisión como dibujos de ejecución, al no depender de los errores cometidos al cambiar de escala. Los dibujos a escala reducida se han mostrado, al menos desde la época de Vasari, como fuentes imprescindibles de la historiografía de la arquitectura; han permitido analizar las intenciones de los arquitectos, los cambios de proyecto, o incluso las disputas entre varios artífices participantes en el mismo edificio. No ha ocurrido lo mismo con los trazados a escala natural o a escalas grandes, conocidos como épures en francés o monteas en castellano. En primer lugar, muchos de ellos han desaparecido, en ocasiones ocultos bajo la propia obra, y en otros casos por el simple paso del tiempo o la incuria, mientras que los dibujos a escalas reducidas se conservaban en archivos o bibliotecas. Pero además, los dibujos a escala natural, ligados por lo general pero no siempre a la ejecución directa de la obra, han sido víctimas de un prejuicio elitista e idealista que limita la arquitectura al momento de la concepción y desprecia a los meros ejecutores, entendiendo esta fase como la reproducción mecánica de la idea inicial. En ocasiones se presenta esta posición como 'albertiana', pero probablemente no hace más que trasladar anacrónicamente a épocas pasadas los modos de producción de nuestro tiempo, con una organización industrial de los procesos de proyecto y ejecución y un control férreo del segundo por el primero; veremos que en realidad esta concepción sólo se materializa a partir de la Revolución Industrial. Todo esto ha hecho olvidar el papel desempeñado por los trazados a tamaño natural, al menos desde la Antigüedad hasta la Ilustración (v. Es bien conocido el pasaje vitruviano que habla de las tres especies de la disposición, pero no es frecuente señalar que la ichnographia alude en su nombre a la huella, y que Vitruvio menciona expresamente al solis arearum. Lothar Haselberger (1983, 1994) ha estudiado ejemplos helenísticos y romanos de trazados a tamaño natural, como los del templo de Apolo en Dydima y el frontón del pronaos del Panteón, situado en el Mausoleo de Augusto. Dos rasgos destacan en estos ejemplos clásicos: no aparecen proyecciones en sentido estricto, pues los trazados representan elementos en el mismo plano; y en el caso de un dibujo para el cálculo del éntasis en una columna en Dydima, se practica un cambio de escala, pero únicamente en uno de los ejes; la sección de la columna se traza como un arco de circunferencia, que se convertirá en una elipse al deshacer el cambio de escala, obteniendo así el éntasis de la columna. Todo esto señala que no estamos tratando con representaciones que pretendan llevar la imagen del elemento a construir a un observador externo, sino con estudios introspectivos preparados por los constructores del templo para uso propio. Apenas se han encontrado trazados de este tipo datados en la Alta Edad Media, pero algunas leyendas sugieren que las prácticas antiguas pervivieron, al menos en el imaginario colectivo. Según la tradición, el papa Liborio marcó el plano de Santa María la Mayor con una azada sobre la nieve milagrosamente caída en pleno verano romano. Cuando San Pedro, San Pablo y San Esteban despiertan al abad Gunzo para fundar la primera abadía de Cluny, le entregan larguísimas cuerdas. Entre los trazados medievales más antiguos se encuentran los de las abadías de Jervaulx y Bylands, representando basas de columna, en algunos casos a escalas grandes, pero no a tamaño natural (Fergusson 1979). Es de destacar que son frecuentes las rosas incisas en piedra a escalas grandes, como las de Saint-Quentin, pero no a tamaño natural; por el contrario, los gabletes y tracerías se representan casi siempre en verdadera magnitud. Esto indica que los constructores góticos disponían de métodos eficaces para cambiar de escala figuras radiales, pero que no confiaban en la aplicación de estos procedimientos a otro tipo de formas. Es llamativa la ausencia de trazados de bóvedas nervadas; tan solo han aparecido algunas monteas dieciochescas de bóvedas de crucería simple y de terceletes en Galicia (Taín 2003a, 2003b, 2003c; Taín, Alonso, Calvo y Natividad 2012) (fig. 1). Esta ausencia en el gótico medieval parece deberse a dos razones diferentes. Como ha señalado Enrique Rabasa (2000: 96-121), es posible resolver las jarjas y las claves de una bóveda de crucería simple sin dibujos o trazados, empleando plantillas en las jarjas y marcas simples en la superficie superior de la clave u operating surface (Willis 1842; Pérez de los Ríos y Rabasa 2014). Al mismo tiempo, en las bóvedas rectangulares o cuadradas la simetría de la pieza garantiza que los dos arcos ojivos o diagonales se cruzan en la clave principal. Ahora bien, con la aparición de la bóveda de terceletes el problema se complica, pues ya no podemos asegurar que los extremos de los terceletes y la ligadura se encuentren en el espacio en un punto resuelto con una clave secundaria. Esto exige una regla para el trazado de los terceletes en planta, para asegurar la simetría del conjunto. Entre las primeras bóvedas de terceletes están las conocidas crazy vaults de Lincoln (Frankl 1953), que no respetan este principio, y de hecho se pueden apreciar notables diferencias de trazado entre una bóveda y otra; además, el experimento apenas tuvo continuidad (v. por ejemplo López, Senent, Alonso, Calvo y Natividad 2015). Pero además es necesario asegurar que los extremos de terceletes y ligaduras están a la misma altura, lo que exige la construcción de un alzado o elevación de los nervios. Los dos problemas se abordan en un esquema sin texto del cuaderno de Hernán Ruiz (1998: 46v) que permite incluso medir la inclinación de los planos de lecho y sobrelecho de los nervios en su encuentro con las claves secundarias y principal (Rabasa 1996, 2000: 121-130) (fig. 2); lo esencial del procedimiento, con importantes variantes y adiciones, aparece también en los manuscritos de Alonso de Vandelvira (1977), Alonso de Guardia (c. Trazado de bóveda de cantería en la capilla de Santa Catalina de la catedral de Tui. Hernán Ruiz, Libro de arquitectura, c. No parece verosímil que los radios de curvatura de los arcos y, sobre todo, la inclinación de las juntas de lecho de Hernán Ruiz se trasladaran directamente de los dibujos en papel a la obra, entre otras cosas porque los canteros medievales y renacentistas no empleaban el transportador de ángulos, sino un instrumento conocido como saltarregla, similar a un compás sin puntas. Pero además, un pasaje del manuscrito de Rodrigo Gil de Hontañon (1991: 24r-25v) señala que se realizaban monteas de bóvedas sobre un andamio "tan cuajado de fuertes tablones, que en ellos se pueda trazar, delinear, y montear, toda la crucería". Esto es lo que explica que no se hayan conservado los numerosos trazados de bóvedas de terceletes y estrelladas que se debieron realizar durante el gótico tardío según métodos semejantes a los de Hernán Ruiz. Algo parecido ocurre en las complejas Netzgewölbe del gótico tardío germánico: aquí las claves secundarias son múltiples, por lo que se recurre a un arco virtual, el Prinzipalbogen, que corresponde a una serie de tramos de nervios, por lo general de trazado quebrado, y que da la altura de las claves. Merece la pena señalar que ya en la época gótica los trazados se disponen, bien en lugares apartados del paso, como tribunas o cubiertas planas (Barnes 1972; Claval 1990), bien en estancias específicas como la trasura mencionada en los documentos de la capilla de Saint Stephen en el palacio medieval de Westminster (Hastings 1955: 58-59), o bien directamente debajo de la pieza a ejecutar, con el fin de controlar la ejecución con plomadas, comprobando que los vértices de las piezas caen exactamente sobre su posición teórica en el trazado (Gil de Hontañón 1991: 24v-25r). Estos rasgos se mantendrán en la Edad Moderna, donde se sigue trazando en galerías o espacios bajo escaleras (Taín 2003a; Freire 1998) o en casas de la traza, como las de las catedrales de Sevilla y El Escorial, o debajo de la pieza, como atestigua Alonso de Vandelvira (c. La aparición del Renacimiento cambia sustancialmente este panorama. En el campo de las bóvedas, el cambio es más profundo. Como señaló en su momento Choisy (1899: II-704), se pasa de una concepción de la arquitectura en la que el vocabulario formal deriva de una razón constructiva (aunque la relación sea muy lejana en el gótico tardío) a un esquema completamente diferente en el que se impone a la construcción un sistema formal tomado más o menos literalmente del ejemplo de la Antigüedad. Esto lleva a la sustitución del esquema lineal del gótico por una definición formal basada en superficies o, en términos constructivos, la sustitución de nervios por piezas enterizas. Estas transformaciones hacen necesario desarrollar, en unas pocas décadas, todo un sistema de transformaciones geométricas para determinar la forma de las plantillas de intradós, lecho y testa de las dovelas de las bóvedas clásicas, y en muchas ocasiones, los ángulos entre aristas de las dovelas, que se venían midiendo con la saltarregla. Es importante tener en cuenta que la plantilla gótica es un dato del problema, elegido por el maestro cantero, mientras que las plantillas renacentistas de intradós o lecho son el resultado de operaciones geométricas como desarrollos, giros o abatimientos. Quizá por esta razón las voces que designan la plantilla gótica, "molde", moule, motlle, dan lugar a "moldura" o moulding al llegar al Renacimiento, mientras que para designar la plantilla renacentista de intradós o lecho es necesario crear neologismos como "planta por cara", "planta por lecho", panneau de joinct, panneau de doyle par dessoubz (De L'Orme 1657: 77r; Martínez de Aranda c. En este nuevo sistema de control formal desempeña un papel central la doble proyección ortogonal, pero sería un error pensar que este sistema de representación era nuevo en sí. La proyección simple, que como hemos visto estaba prácticamente ausente en la Antigüedad, aparece en el cuaderno de Villard de Honnecourt, tanto en planta como en alzado y sección. Por supuesto, lo hace de forma muy rudimentaria, pero esto es la marca de una técnica emergente. Poco a poco va ganando en precisión; en el conocido dibujo del campanario de la catedral de Florencia se incluye un remate octogonal dibujado en correcta proyección vertical que hubiera sido muy difícil dibujar sin el auxilio de una planta. Alberti contrapone el dibujo del arquitecto en proyección ortogonal con la perspectiva de los pintores (1966, 99; ver también 525, donde habla del trazado de columnas en el suelo; v. Thoenes 1993; Di Teodoro 2003) exponen cómo construir alzados a partir de plantas; la noción de línea de referencia es todavía confusa, por lo que se emplean reglas, hilos de seda o transferencias a lo largo de perpendiculares para obtener el alzado a partir de la planta. Sólo en algunos esquemas del Underweyssung der Messung de Alberto Durero (1525), como los que se refieren a la sombra del cubo en perspectiva, aparece claramente la línea de referencia que conectan planta y alzado; merece la pena señalar que Durero adscribe esta técnica a los canteros. En España este saber no se recogería en un volumen completo hasta la época del padre Tosca; esta situación daría lugar a la circulación, por supuesto más restringida, de una serie de manuscritos canteriles (Manuscrito anónimo de cantería c. 1700; Fernández Sarela 2014) que recogen la práctica constructiva de una forma más directa que algunos manuscritos franceses, influenciados por De L'Orme (Chéreau c. En cualquier caso, algunos pasajes de estos tratados y manuscritos, como el pasaje citado de Gil de Hontañón y una frase de Vandelvira (1977: 23r) que señala que la planta "ha de estar echada en el suelo a nivel y como se fueren asentando las piezas del arco se han de ir aplomando con ella" indican que en realidad los dibujos en papel de estos textos canteriles no hacen más que representar con fines didácticos los trazados a tamaño natural que se exponen en tratados y manuscritos. Una excepción confirma la regla; se conserva en el archivo de la catedral de Segovia un dibujo que representa el trazado de las plantillas de dos bóvedas de naranja, probablemente la del cimborrio catedralicio y su linterna. El método empleado coincide punto por punto con el propuesto en la gran mayoría de los tratados y manuscritos de cantería, empezando por De L'Orme (1567: 112v-115v) y Vandelvira (1977: 60v), que por otra parte se emplea en monteas de las terrazas de la catedral de Sevilla y la parroquial de Carnota (Ruiz de la Rosa y Rodríguez 2002; Taín 2006; Taín y Natividad 2011). Ahora bien, los errores e indecisiones del dibujo, que hemos analizado en otro lugar (Alonso, Calvo y Rabasa 2009), sugieren que si el autor se molestó en preparar la traza en papel y no abordó directamente la montea, es porque dudaba de su propia competencia para este trabajo. En cualquier caso, sería un error considerar que todos los trazados arquitectónicos a tamaño natural de la Edad Moderna tienen por finalidad resolver problemas de estereotomía de la piedra. En segundo lugar, entre los muy numerosos trazados hallados en Galicia, sólo tres grupos, los correspondientes a la escalera de Santo Domingo de Bonaval, las bóvedas de horno de Carnota (fig. 3) y un capialzado en el convento de Santa Clara de Santiago, abordan piezas que plantean problemas de estereotomía complejos, y entre ellos el único que incluye explícitamente las construcciones necesarias para la obtención de plantillas es el de Carnota (Taín 2006, 2009; Calvo y Taín 2015). Montea para las bóvedas de horno de la parroquial de Carnota, superpuesta a las bóvedas de horno de las naves de la epístola y el evangelio. Aún así, la estereotomía desempeñó un cierto papel en la última y decisiva evolución de esta técnica. Gaspard Monge, profesor de Teoría del Corte de las Piedras en la escuela de ingenieros militares de Mezières, transformó la práctica de la doble representación ortogonal de los canteros en una ciencia nueva y vieja, la geometría descriptiva, que mantuvo en secreto mientras estuvo en Mezières y explicó con gran resonancia en dos escuelas revolucionarias que darían lugar a cientos de émulas: la École Normale y la École Polytechnique (Monge 1798; Taton 1950, 1954; Sakarovitch 1992, 1995, 1997). En aquella época el término épure, que se aplicaba desde tiempo inmemorial a los trazados a tamaño natural de los canteros, pasa a designar los ejercicios en papel de los aspirantes de ingeniero. A partir de ese momento, los trazados a tamaño natural pasan a ser re-planteos, derivados de los dibujos en papel, invirtiendo la primacía de las monteas que se puede percibir en los tratados y manuscritos de cantería y sobre todo, en el dibujo de Segovia. LOS TRAZADOS A TAMAÑO NATURAL COMO FUENTE MATERIAL DE LA HISTORIA DE LA ARQUITECTURA Y DE LA CONSTRUCCIÓN Los trazados a tamaño natural pueden ofrecer una información muy valiosa acerca de los procesos de ejecución de las construcciones a lo largo del arco temporal que hemos definido en la sección anterior. En comparación con la atención suscitada por las marcas de cantero, que aportan ante todo indicios de autoría de una forma indirecta, resulta llamativo que el estudio de los trazados de cantería haya suscitado interés únicamente en círculos minoritarios. En primer lugar, la confrontación de los trazados con los métodos geométricos incluidos en tratados y manuscritos permite calibrar hasta qué punto los textos de la cantería recogían la verdadera práctica a pie de obra o la adornaban con intenciones didácticas, como ocurre en ocasiones con los manuales de nuestros días. Por ejemplo, entre el gran número de trazados de la iglesia conventual de Santa Clara de Santiago, hallados en 2014, se encuentra el del capialzado esviado de la portería del convento (fig. 4), similar a los incluidos en los manuscritos de Ginés Martínez de Aranda (c. Ahora bien, las sofisticadas plantillas de superficies alabeadas incluidas en ambos manuscritos brillan por su ausencia en la montea operativa de la iglesia; esto nos hace sospechar que ambos tratados presentan, al menos en estas trazas, prácticas de vanguardia que no se empleaban con frecuencia en la labor diaria. Trazado para el capialzado oblicuo de la portería de Santa Clara de Santiago, superpuesto al capialzado construido. Al mismo tiempo, la comparación de las monteas con los tratados y manuscritos permite precisar el momento de aparición de los métodos geométricos empleados en unos y otros e, indirectamente, el progreso de los conocimientos geométricos de los canteros. Por ejemplo, la técnica de obtención de plantillas de bóvedas esféricas basada en desarrollos de conos, presente en De L'Orme (1567: 111v-115r) y más claramente en Vandelvira (1700: 60v), aparece ya en una montea de las terrazas de la catedral de Sevilla, datada por Ruiz de la Rosa y Rodríguez (2002) en 1546. Ahora bien, en dos ejemplos comparables, la bóveda de la sacristía de la catedral de Murcia (fig. 5), fechada en 1525, y la montea de la capilla de Junterón, que se puede datar entre esta fecha y 1543, las plantillas brillan por su ausencia (Calvo, Alonso, Rabasa y López 2005; Calvo, Molina, Alonso, López, Rabasa, Pozo y Sánchez 2010; Calvo, Molina, Natividad, Alonso, Rabasa, López, Taín y Sánchez 2013a). En principio, esto permite situar la aparición de la técnica en Sevilla algo antes de 1546, pero también hay que tener en cuenta que la bóveda murciana lleva gallones cuidadosamente dispuestos, mientras que la capilla de Junterón incluye una decoración muy rica; podría ocurrir que la renuncia al empleo de plantillas fuera voluntaria, con objeto de labrar la pieza por escuadría para controlar mejor la ejecución de gallones y decoración. Sólo futuros hallazgos permitirán resolver definitivamente esta cuestión. Montea para la bóveda de la sacristía de la catedral de Murcia, superpuesta a la bóveda construida. Hasta ahora, estas dos formas de explotación de los trazados a tamaño natural no exigen su documentación por métodos especialmente precisos. Ahora bien, la confrontación entre trazados y piezas suministra una información muy valiosa a la hora de conocer la evolución constructiva de un determinado edificio. Como es obvio, esto exige la medición tanto de la obra construida como del trazado con la máxima precisión posible, idealmente con errores de pocos milímetros; los métodos para hacer esto, que se recogen en los dos apartados siguientes, son el núcleo de este artículo. Además, puesto que por lo general las monteas representan elementos de un edificio en planta, alzado o ambas, es necesario obtener una representación de la obra construida en proyección ortogonal. En primer lugar, la comparación de monteas y obra construida permite confirmar o descartar la identificación del referente de las monteas en muchos casos. En ocasiones, el referente del trazado es inequívoco, como en la montea de la coronación del edificio de la portería del convento de Santa Clara (Calvo y Taín 2015) (fig. 6); en otras no lo es tanto, en particular cuando nos encontramos con situaciones en las cuales se ha modificado el diseño sobre la marcha. Montea para la coronación de la fachada de la portería de Santa Clara de Santiago, superpuesta a la fachada construida. En cualquiera de los dos casos, la superposición de montea y proyección ortogonal del edificio permite calibrar la precisión de la ejecución y al mismo tiempo determinar si se han introducido voluntariamente variaciones del diseño entre la realización del trazado y la ejecución material del elemento al que se refiere. En principio, se trata de dos cuestiones distintas: precisión y fidelidad. En algunos casos, como la sacristía de la catedral de Murcia, el capialzado de Santa Clara de Santiago, la coronación de la fachada de este convento, o las bóvedas de Carnota (fig. 5, 4, 6, 3), la coincidencia entre montea y pieza, es llamativa, con errores no mayores de algunos centímetros, que se pueden entender como tolerancias de construcción plenamente aceptables, no ya en la Edad Moderna, sino incluso en obras de edificación ordinarias de nuestros días (Calvo, Molina, Natividad, Alonso, Rabasa, López, Taín y Sánchez 2013a; Calvo y Taín 2015; Taín y Natividad 2011). Ahora bien, la precisión no excluye la introducción de modificaciones en el momento en que se ejecutaron los trabajos; las hemos encontrado en la práctica totalidad de las obras analizadas, con la excepción de la sacristía de Murcia. En el capialzado de Santa Clara de Santiago (fig. 4), la planta, el número de dovelas y la disposición del batiente coinciden con el trazado con tolerancias de pocos centímetros, pero el ancho de la rosca se reduce en aproximadamente 10 cm, que ya no podemos justificar por tolerancias, ni tampoco por deformaciones mecánicas del elemento constructivo. Lo contrario ocurre en la coronación de la fachada, donde se aumenta la altura en unos 25 cm, medida próxima a un pie (fig. 6); es significativo que las partes superiores e inferiores de este elemento coinciden sustancialmente con la montea, mientras que las partes intermedias, en particular algunas volutas, se alargan para obtener el aumento de altura buscado (Calvo y Taín 2015). Todo esto parece responder a un deseo de utilizar en la mayor medida posible la montea y probablemente las plantillas preparadas partiendo de ella, que parece fueron realizadas antes de decidir el alargamiento. En otros casos, las modificaciones del diseño son graduales. En Carnota (Taín y Natividad 2011), la bóveda de horno situada a los pies de la iglesia, en la nave del evangelio, coincide en diseño y dimensiones con uno de los trazados. Ahora bien, al ejecutar la bóveda se decidió emplear piezas más grandes que las previstas al realizar el trazado, por lo que el número de hiladas de la pieza terminada es menor que las reflejadas en la montea (fig. 3). El trazado se emplea también en la bóveda de horno de la nave de la epístola, pero aquí, además del número y tamaño de las hiladas, se modifica la forma de los gallones, que pasan a ser de lados paralelos, frente a la disposición radial de la bóveda del evangelio y la montea. En otras ocasiones, las diferencias entre el trazado y la pieza ejecutada parecen responder a una simplificación deliberada. A simple vista o con mediciones sencillas, se aprecia que el trazado existente en el pavimento de la capilla de Santa Catalina de la catedral de Tui (fig. 7) corresponde a las bóvedas nervadas de la sacristía catedralicia, tanto en disposición general como en dimensiones (Taín, Alonso, Calvo y Natividad 2012). La medición de trazado y bóvedas con estación total revela que las bóvedas construidas presentan un cierto esviaje, mientras que en el trazado las ligaduras son ortogonales entre sí, dentro de las tolerancias usuales. Teniendo en cuenta que las bóvedas originales son de finales del siglo XV y el pavimento de la capilla de principios del XVIII, la única interpretación posible es que la montea se preparó para una reforma dieciochesca de las bóvedas tardomedievales. Los ejecutores de la reforma prefirieron representar en la montea un trazado ideal, que luego adaptaron como pudieron a la planta esviada de la sacristía; lo confirman los arcos trazados para computar el radio de los nervios, que son coherentes con el trazado ideal, pero no con la geometría de la bóveda oblicua. Trazado de bóveda de cantería en la capilla de Santa Catalina de la catedral de Tui, superpuesta a las bóvedas construidas. En otros muchos casos, las coincidencias entre trazados y piezas construidas se reducen a algunos datos básicos, como las luces de arcos o bóvedas, pero la disposición general es claramente diferente. En un principio, se puede pensar que se ha abandonado por completo el diseño y los constructores han optado por improvisar en la ejecución; esta hipótesis resulta sostenible en casos como el de la capilla de San Pedro González Telmo en Tui (fig. 8, 9), entre otras razones porque coincide con la accidentada historia constructiva de este santuario, recogida en documentos de archivo (Calvo, Alonso, Taín y Natividad 2013b). Monteas en el coro alto de la capilla de San Telmo de Tui. Montea para un arco en el coro alto de la capilla de San Telmo de Tui, superpuesta al arco central de la fachada. Ahora bien, el reciente hallazgo de los trazados de la iglesia conventual de Santa Clara de Santiago sugiere una interpretación diferente (Calvo y Taín 2015). Encontramos aquí en ocasiones varios trazados para un mismo elemento, como el capialzado esviado o el nicho de Santa Clara que ocupa el centro de la fachada; algunos coinciden con el elemento construido únicamente en los datos básicos como luces o flechas, otros presentan semejanzas más marcadas en datos como radios, y por último otros coinciden con fidelidad casi total, como hemos visto para el capialzado (fig. 10, 11, 4). Esto plantea una posibilidad de gran interés: podemos entender que las monteas de este convento no son exclusivamente dibujos de ejecución, como se ha venido entendiendo hasta ahora, sino que desempeñan una función análoga a los bocetos en papel en el proceso de diseño. Esta hipótesis es hoy por hoy de difícil comprobación. Habrá que esperar a que aparezcan otros conjuntos de monteas tan extensos y complejos como el de Santa Clara para determinar si se repite la presencia de varios trazados para un mismo elemento. Mientras tanto, un detalle parece apuntar en la misma dirección, poniendo a los trazados a tamaño natural en una posición comparable a los dibujos en papel. Se conserva en el archivo conventual de San Francisco de Santiago una traza atribuible a Fray Ignacio de Fontecoba para una obra indeterminada, que muestra una clara semejanza con la coronación de la portería de Santa Clara (fig. 6, 12). Pero lo más llamativo es que la traza de San Francisco representa únicamente la mitad izquierda del remate, como la mayor parte de las monteas de la iglesia conventual, y por tanto, podría derivar directamente de la montea y no tanto de la obra construida ni de una traza en papel (Vigo 2011: 522; Pita 2014). Tendríamos por tanto un dibujo a escala derivado de un trazado a tamaño natural, lo que pone unas fuentes y otras al mismo nivel y desmiente la consideración exclusiva de las monteas como dibujos de ejecución. Montea para un capialzado en la iglesia conventual de Santa Clara de Santiago, superpuesta al nicho de Santa Clara de la fachada de dicho convento. Monteas de la iglesia conventual de Santa Clara de Santiago, superpuestas al nicho de Santa Clara de la fachada de dicho convento. Traza de Fray Ignacio de Fontecoba para una obra indeterminada. Archivo del Convento de San Francisco de Santiago de Compostela. Vemos por tanto, que incluso con el reducido número de ejemplos analizados hasta la fecha, los trazados a tamaño natural pueden ofrecer datos valiosos acerca de las circunstancias de ejecución, y en ocasiones de diseño, de las obras de arquitectura y de la personalidad de sus protagonistas; pueden ayudar a valorar en su justa medida los tratados y manuscritos constructivos, precisando en qué medida se siguen en la práctica; y en último término permiten valorar los conocimientos científicos y constructivos de arquitectos y artífices. Por supuesto, como hemos visto en algún caso, estas fuentes de la cultura material deben emplearse en conjunción con las fuentes tradicionales de la historia de la arquitectura, como los documentos de archivo, los tratados y manuscritos, los dibujos en papel y sobre todo, los propios monumentos. MÉTODOS DE LEVANTAMIENTO DE TRAZADOS A TAMAÑO NATURAL Métodos de calco manual En un primer momento, los trazados a tamaño natural hallados en la catedral de Sevilla, en la capilla de Junterón de Murcia (fig 13), en numerosas localizaciones gallegas (fig. 14, 15) o en los sótanos de El Escorial fueron documentados mediante calco, empleando en algunos casos rollos de papel de croquis o láminas de acetato. Con objeto de facilitar la localización de los trazados bajo el papel, se ha empleado en ocasiones tiza, pintura reversible o cinta adhesiva, que no deterioran la obra original (Ruiz de la Rosa y Rodríguez 2002; Calvo, Alonso, Rabasa y López 2005; Calvo, Molina, Alonso, López, Rabasa, Pozo y Sánchez 2010; Taín 2003a, 2006). Estos métodos ofrecen una precisión aceptable, pues el error cometido al marcar el trazado en el papel no excede de algunos milímetros. Sin embargo, cuando nos planteamos su cambio de escala o digitalización para la presentación de los resultados, es preciso emplear técnicas de triangulación que pueden introducir errores mayores. Montea en la capilla de Junterón de la catedral de Murcia. Calco de una montea en el castillo de San Damián de Ribadeo. Calco de una montea en la sacristía de la iglesia conventual de San Francisco en Tui. Métodos basados en el empleo directo de la estación total Para evitar estos problemas, se han venido empleando métodos alternativos que ofrecen directamente un dibujo vectorial de los trazados. Al analizar el trazado de la sacristía de la catedral de Murcia, inscrito en uno de los muros de la estancia, se empleó un método basado en la actuación de tres operadores (Calvo, Molina, Natividad, Alonso, Rabasa, López, Taín y Sánchez 2013a). Uno de ellos permanecía junto al trazado, iluminando con una linterna puntos concretos de la montea, mientras otro operador tomaba coordenadas de puntos con una estación total láser Leica TCR 1005, que ofrece una precisión nominal de 3 mm en las coordenadas de los puntos medidos a menos de 30 m, como es el caso. Ahora bien, el producto de esta operación es una simple nube de puntos que no refleja el trazado de una forma inteligible a menos que se añadan los segmentos de recta y arcos que unen los puntos entre sí. Para evitar los errores que pueden cometerse en esta fase, un tercer operador tomó fotografías con una cámara Canon 5D Mark II, con 21,0 Mpx de resolución y un objetivo EOS 70-200 mm, montada sobre trípode. Se tomaron dos series, una primera de 9 fotografías tomadas con longitud focal de 70 mm para dar una visión por zonas relativamente grandes, y otra segunda, de 83 fotografías a 200 mm, para obtener el máximo detalle (fig. 16). A continuación se procesaron estas fotografías en blanco y negro y con un contraste elevado, con objeto de favorecer la localización de cualquier línea del trazado; es preciso tener en cuenta que en este método la definición de las líneas del trazado depende exclusivamente de estas series de fotografías, pues la estación total ofrece únicamente puntos. Se puede argumentar en contra que las recientes estaciones totales, dotadas de cámaras digitales, o la multiestación Leica Nova MS 50, permiten superar estas limitaciones, pero sus prestaciones son claramente inferiores a las de una cámara fotográfica digital propiamente dicha. Fotografía de detalle de la montea de la sacristía de la catedral de Murcia. Por el contrario, la experiencia demostró que el método era eficaz, pues permitía unir los puntos con seguridad, obteniendo una precisión elevada, que en este caso era muy importante; como veremos después, se trataba de afinar un levantamiento previo, que sugería que la construcción había reproducido el trazado con una precisión más que notable para la época (fig. 5). El mismo método se empleó en la documentación del trazado de la capilla de Santa Catalina de la catedral de Tui (Taín, Alonso, Calvo y Natividad 2012), que como hemos visto representa las bóvedas de crucería de la sacristía catedralicia, con algunas variantes en función de las circunstancias de toma (fig. 1, 7). Por una parte, la iluminación de la sala, destinada ahora a museo, hizo innecesario el empleo de linterna. Por otra parte, al estar realizado el trazado en el suelo, se empleó un trípode especial cuya columna central se puede disponer en posición horizontal, junto con un objetivo descentrable TS-E 24 mm, lo que permite obtener fotografías del pavimento evitando la obstrucción de las patas del trípode, cubriendo cada una de ellas un área de aproximadamente 1,5 m por 1 m. La pequeña dimensión del conjunto, de 6,36 m por 4,10 m, hace que el ángulo de incidencia del rayo láser de la estación en el pavimento no sea excesivamente agudo, por lo que no plantea problemas de precisión sustanciales. Sin embargo, como veremos, existen limitaciones para la aplicación de este método en conjuntos extensos o complejos, debidas tanto al problema de la incidencia del rayo láser en ángulos agudos, como a la posibilidad de errores al conectar puntos o al tiempo de trabajo necesario para tomar un alto número de puntos. Todo esto ha llevado a emplear otros métodos, cada uno con sus ventajas e inconvenientes. Métodos basados en rectificación fotográfica Estos métodos se basan en la rectificación de fotografías digitales, sometiendo bien a la fotografía, bien a un dibujo calcado digitalmente sobre ella, a una transformación homográfica con objeto de conseguir que el dibujo final represente en verdadera forma el plano del muro o pavimento sobre el que se inscribe el trazado. Como hemos dicho antes, en la sacristía de Murcia se realizó un levantamiento previo basado en la rectificación de una fotografía del trazado, por el equipo AeroGraph Studio, contratado para realizar esta y otras tareas con cargo al proyecto de restauración de la cajonería de la sacristía. Al superponer el dibujo obtenido a partir de la fotografía rectificada con un levantamiento anterior de la bóveda realizado mediante estación total, se apreció que la coincidencia entre uno y otro era verdaderamente notable, con errores máximos de 6 cm; pero también quedó claro que estos errores aumentaban de forma notable hacia la periferia de la imagen. Ambas circunstancias, la convicción de que nos hallábamos ante un caso excepcional de coincidencia de trazado y obra construida, y la sospecha de que podía obtenerse mayor precisión con otros métodos, nos llevó a emplear el método basado en estación total que hemos descrito en el apartado precedente (Calvo, Molina, Natividad, Alonso, Rabasa, López, Taín y Sánchez 2013a). Todo esto no nos ha llevado a descartar los métodos basados en rectificación fotográfica, sino a extremar las precauciones en su empleo. En el caso del coro alto de la capilla de San Telmo de Tui, si bien la extensión era reducida y no se planteaban problemas de ángulo de incidencia, el alto número de puntos y trazados entremezclados unos con otros desaconsejaba el empleo del método basado en estación total que se había seguido en la sacristía de Murcia o la capilla de Santa Catalina del propio Tui. Se recurrió a la toma de fotografías con un objetivo TS-E 17 mm, pero esta vez con la columna central en posición vertical y toma oblicua (fig. 17), y al mismo tiempo se tomaron con estación total las coordenadas de una serie de puntos clave del soporte del trazado, concretamente esquinas de baldosas. Al tratarse de un objetivo de focal fija, la distorsión es muy reducida. En gabinete, en lugar de emplear un programa de rectificación fotográfica estándar para transformar las fotografías, se empleó Homograf 2002, que sigue una metodología inversa. El operador calca el trazado desde las fotografías en AutoCAD 2010, marcando también algunos puntos de coordenadas conocidas, en este caso los vértices de losas tomados con estación total. Posteriormente, se aplica Homograf 2002, que se suministra como plug-in de AutoCAD; tras señalar en el dibujo los puntos de control y facilitar las coordenadas, el programa somete al dibujo a una transformación homográfica que ofrece como resultado la proyección del dibujo sobre un plano paralelo al del pavimento (Calvo, Alonso, Taín y Natividad 2013b) (fig. 8). Fotografía oblicua de las monteas en el coro alto de la capilla de San Telmo en Tui. Los resultados alentadores obtenidos en San Telmo de Tui nos han llevado a aplicar el procedimiento en el caso de los trazados de Nogueira do Miño, realizados sobre la base de pinturas murales, como expondremos más adelante. En este caso, la extensión relativamente reducida no planteaba problemas de incidencia del rayo láser, y por el contrario, la disposición de los trazados en el plano del muro propiciaba la orientación vertical del sensor de la cámara, empleando como primera aproximación los niveles de burbuja del trípode, y corrigiendo después con el nivel electrónico de la cámara. Se intentó además que el sensor fuera paralelo al plano del muro, pero para esto no se dispone de un sistema comparable al nivel de la cámara, por lo que esta regulación se realizó de forma visual y aproximada. El procesamiento posterior da idea del éxito parcial de esta operación. En un caso se logró tal grado de paralelismo entre sensor y muro que la rectificación fue innecesaria, pero se trata de una circunstancia afortunada; en las demás fotografías fue necesario realizar pequeñas correcciones, empleando las coordenadas de puntos marcados sobre pegatinas de papel ordinario colocadas fuera de las pinturas murales o en lagunas de la capa pictórica (fig. 18, 19, 20). Fotografía de las monteas y pinturas del muro sur de la iglesia parroquial de Nogueira do Miño. Fotografía de detalle de las monteas y pinturas murales de la iglesia parroquial de Nogueira do Miño. Levantamiento de las monteas del muro norte de la parroquial de Nogueira do Miño. Métodos mixtos para trazados complejos En Agosto de 2014 apareció un extenso grupo de monteas en la iglesia conventual de Santa Clara de Santiago, inscritos en una base de granito dispuesta bajo una tarima de madera que se estaba renovando en aquel momento (Calvo y Taín 2015). El conjunto supera en complejidad a cualquier ejemplo encontrado hasta el momento y sólo es comparable en extensión a los trazados de las terrazas de la catedral de Clermont-Ferrand. Además, las circunstancias exigían una toma de datos relativamente rápida, pues era necesario terminar la reposición de la tarima en un plazo muy breve para interrumpir durante el menor tiempo posible el uso de la iglesia. Todo esto planteaba dificultades para el empleo de los métodos descritos en los apartados precedentes y nos ha llevado a emplear métodos ad hoc adaptados a estas circunstancias particulares; creemos que tiene interés exponerlos aquí, aunque es importante señalar que no proponemos su empleo para resolver casos más sencillos que se pueden abordar con los métodos expuestos en los dos apartados precedentes. En primer lugar, la gran extensión del conjunto dificultaba el levantamiento mediante estación total, pues planteaba problemas de incidencia del rayo láser e incluso de simple identificación de los puntos, dada la muy escasa iluminación natural de la iglesia, obligando a realizar varios estacionamientos. En cuanto a la restitución fotográfica, se planteó en un primer momento la realización de fotografías desde un andamio móvil que permitía disponer la cámara unos 4 m por encima del plano del pavimento; se tomaron de esta forma una serie de fotografías por Gerardo Gil, de la empresa IKONO, cubriendo cada una un área de 2,5 m por 1,5 m aproximadamente. Si bien el conjunto ofrece una visión general de los trazados de gran interés, se comprobó que al separar la cámara de los trazados en esa distancia, se perdían algunos detalles de las monteas. Al comprobar esta circunstancia, se tomó una segunda serie de fotografías desde el suelo, empleando las técnicas descritas al hablar de la capilla de Santa Catalina de Tui, con la columna del trípode en posición horizontal y empleando un objetivo TS-E 17 mm con objeto de cubrir un área relativamente amplia y evitar las patas del trípode. Esta técnica permitió cubrir la práctica totalidad de los trazados con 33 fotografías, cada una de las cuales abarcaba un área de aproximadamente 1,5 m por 1 m (fig. 21). Estas fotografías resultaron de gran utilidad para preparar un levantamiento de los trazados, como veremos, pero su rectificación sobre base topográfica hubiera resultado difícil por dos razones. En primer lugar, el escaso tiempo disponible hacía problemática la toma de coordenadas para varios puntos de cada fotografía, contando además con la dificultad de emplear varios estacionamientos dada la gran superficie cubierta, el ángulo de incidencia muy agudo que hubiera conllevado un punto de estación único y sobre todo, la escasísima iluminación de la iglesia, que hacía imposible la localización de puntos distantes a través del anteojo de la estación total. Fotografía de una de las monteas de la iglesia de Santa Clara de Santiago. Ante estas dificultades, se recurrió al levantamiento de los trazados mediante técnicas tradicionales de dibujo arqueológico, complementadas como veremos por métodos más recientes. En primer lugar, se midieron y numeraron todas las juntas del pavimento de la iglesia, tanto las continuas como las discontinuas, referidas a un levantamiento del perímetro de la iglesia obtenido por trilateración. Esto permitió disponer una rejilla, materializada en un levantamiento del solado, que se empleó como base de un primer levantamiento de los trazados por medios manuales, diferenciando las lagunas reintegradas de los trazados existentes. Este primer levantamiento permitió comprobar que, en contraste con las primeras impresiones del equipo, el estado de conservación de los trazados era bastante bueno, y que la mayor parte de las lagunas se debían a la recolocación de algunas losas, lo que permitía reintegrarlas con seguridad. En cualquier caso, para incrementar la fiabilidad de este primer levantamiento se emplearon dos métodos con finalidades diferentes. Por una parte, se chequearon detenidamente las fotografías de la segunda serie contra el levantamiento, lo que dio lugar a la identificación de algunas discordancias entre levantamiento y fotografías; concretamente, líneas apreciables en las fotografías y no en el levantamiento y viceversa, pero también líneas recogidas en el levantamiento que a la luz de la fotografía se mostraban como arañazos en el pavimento, causadas probablemente por un objeto punzante. No se otorgó carácter decisivo ni a las fotografías ni al levantamiento inicial, pues se sospechaba que algunas líneas presentes en unas y otros podían corresponder a estos arañazos o a roturas de las losas. Por el contrario, se realizó una inspección visual detallada, para evitar errores de apreciación, en la que se resolvieron las discrepancias entre levantamiento y fotografías, obteniendo una segunda versión del levantamiento. Ya hemos dicho que la complejidad del conjunto, unida al escaso tiempo disponible, hacía impracticable la toma de coordenadas de todos y cada uno de los puntos de los trazados, o la rectificación de las 33 fotografías de la segunda serie. Ahora bien, para descartar la posibilidad de errores significativos en el levantamiento manual, se tomaron con estación total varios puntos relevantes en cada trazado, como el inicio y final de las trazas rectilíneas, los cruces o cambios de dirección, así como varios puntos sobre los arcos y sus centros en el caso de que formasen parte de la propia traza. Esto permitió comprobar que la precisión del levantamiento era aceptable para nuestros propósitos, con errores del orden de 1 cm en general. Los casos de mayor discrepancia volvieron a medirse con técnica manual —trilateración— a puntos conocidos tomados con métodos topográficos, lo que permitió obtener un tercer y definitivo levantamiento (fig. 22). Levantamiento general de los trazados de cantería de la iglesia de Santa Clara de Santiago. Además de los métodos descritos en el apartado anterior para Santa Clara de Santiago, se empleó con carácter experimental un levantamiento de los trazados por fotogrametría de imágenes cruzadas con procesamiento automático de puntos, empleando el software Artec Studio, realizado por la empresa Ialma 3D, obteniendo modelos tridimensionales en formato OBJ, a partir de los cuales se han obtenido ortofotos; por último, se ha intentado calcar los trazados desde las ortofotos. En el caso del capialzado oblicuo de la portería, que presenta trazados más marcados, los resultados han sido alentadores; se han podido calcar la mayor parte de los trazados, aunque no todos. Por el contrario, en el caso de la coronación de la fachada de la portería, se aprecia claramente que muchos de los trazados no han sido recogidos en el modelo tridimensional, dada la escasa profundidad de la incisión. En cualquier caso, cabe esperar que conforme avancen las prestaciones de las cámaras y objetivos fotográficos y el diseño de los programas de fotogrametría, esta técnica podría facilitar representaciones de los trazados a tamaño natural y de las construcciones que les sirven de referente con ventajas evidentes: precisan de un tiempo de toma corto, no presentan las dificultades que hemos ido sorteando a lo largo de los apartados anteriores y están libres de las ambigüedades de interpretación que conllevan prácticamente todos los métodos anteriores, permitiendo su revisión por otros investigadores y ofreciendo un alto grado de certeza. En la actualidad, nuestro grupo está trabajando en esta dirección empleando el software PhotoScan, que permite realizar levantamientos tanto de piezas como de trazados empleando una serie de fotografías convencionales de las que se obtiene una nube de puntos comparable en densidad a las obtenidas por los escáneres láser. En teoría, la mejor práctica pasa por disparar con trípode y emplear la sensibilidad base de la cámara, en la mayoría de los casos ISO 100, y una apertura que reduzca las aberraciones sin provocar una difracción apreciable, alrededor de f/5,6 o f/8 en función del objetivo empleado. También se recomienda en ocasiones tirar en formato RAW y convertir posteriormente las imágenes a TIFF, con objeto de evitar los artefactos de compresión habituales en el JPG. Sin embargo, la experiencia parece señalar que las fotografías tomadas sin trípode y los JPG obtenidos en calidad relativamente alta, con niveles de compresión reducidos, son aceptables en la práctica. MÉTODOS DE LEVANTAMIENTO DE CONSTRUCCIONES PARA SU COMPARACIÓN CON TRAZADOS No tendría sentido ofrecer aquí un panorama de los métodos de levantamiento de edificios históricos disponibles en la actualidad, entre otras cosas porque esta tarea ha sido llevada a cabo brillantemente en un número reciente de esta misma revista (Martín 2014). Nos planteamos únicamente efectuar un repaso de los métodos empleados en levantamientos efectuados con la finalidad de compararlos con trazados a tamaño natural, o en un caso concreto, a un levantamiento efectuado con anterioridad que se empleó para comparar con una montea, al comprobar que era innecesario levantar de nuevo el referente del trazado. Levantamientos por fotogrametría analítica La aparición en el año 1999 de un trazado de cantería en la capilla funeraria de la Gil Rodríguez de Junterón, en la catedral de Murcia, nos hizo plantearnos la necesidad de un levantamiento de las bóvedas de la capilla, llevado a cabo en 2000 por medio de fotogrametría estereoscópica a partir de imágenes de formato 6x6 tomadas con una cámara Senza Bronica SQ-Ai y un objetivo fijo Zenzanon-PS de 40 mm, calibrado el montaje en laboratorio, en un restituidor analítico Adam MPS2, con el apoyo de un instrumento que en aquel momento era muy novedoso: una estación total dotada de distanciómetro láser, lo que le permitía prescindir del prisma y ¿medir puntos inaccesibles? La comparación del trazado, documentado mediante calcos, con el levantamiento, permitió demostrar que el trazado tenía por referente la primera estancia de la capilla, o antecapilla, y que en realidad representaba algunos elementos a tamaño natural y otros a escala 1:2 (Alonso, López y Calvo 2001; Calvo, Alonso, Rabasa y López 2005; Calvo, Molina, Alonso, López, Rabasa, Pozo y Sánchez 2010) (fig. 23, 24). Esto muestra la persistencia en una obra renacentista del principio gótico según el cual las figuras radiales se representan sin vacilaciones a escala, pues se dominan las técnicas para replantearlas a escala natural. Por lo demás, la fotogrametría analítica se reveló como un instrumento eficaz para recoger la riquísima decoración de la recapilla (fig. 25), pero la evolución posterior de las técnicas de levantamiento ha hecho que nuestro equipo no haya continuado con el uso de este método. Trazado de la capilla de Junterón de la catedral de Murcia, superpuesto a las bóvedas de la antecapilla a escala 1:1. Trazado de la capilla de Junterón de la catedral de Murcia, superpuesto a las bóvedas de la antecapilla a escala 1:2. Sección longitudinal de la bóveda de la recapilla de Junterón de la catedral de Murcia. Levantamientos con estación total Los resultados satisfactorios del levantamiento de la capilla de Junterón llevaron a nuestro equipo a abordar otros levantamientos detallados de piezas de cantería en la catedral de Murcia, sin plantearnos la posibilidad de compararlos con trazados de otras piezas, que no habían aparecido en aquel momento. Entre otras piezas que no son relevantes para este artículo, se levantó en 2002 la bóveda de la sacristía catedralicia, tomando con estación la totalidad de los vértices de sus dovelas, estrías y gallones, con un total de más de 5000 puntos. Al aparecer en 2009 el trazado de la bóveda, se comprobó que el levantamiento de 2002 era fiable y se comprobó con el levantamiento preciso de la bóveda que hemos descrito más arriba. Con posterioridad, nuestro equipo ha realizado levantamientos con estación total en otras localizaciones, como la sacristía de la catedral de Tui o la capilla de San Telmo de esta ciudad. Si bien la precisión de estos levantamientos está fuera de duda y es más que suficiente para nuestros fines, su utilidad queda limitada por los largos tiempos de toma que exigen los levantamientos detallados, dovela a dovela, que son necesarios para comparar las piezas con los trazados efectuados para resolver problemas estereotómicos. A esto se une además, las dificultades que plantea el levantamiento de bóvedas nervadas, por la situación de sombra en la que quedan muchas veces los puntos de encuentro de nervios y plementería. Todo esto nos ha llevado, en casos como el de la capilla de San Telmo de Tui o la parroquial de Nogueira do Miño, a no intentar un verdadero levantamiento de estos edificios, que no era necesario para nuestros propósitos, sino más modestamente, tomar los puntos clave que permiten definir luces, flechas o trazados de arcos para compararlos con los levantamientos de los trazados. Levantamiento por fotogrametría de imágenes cruzadas En teoría, la fotogrametría de imágenes cruzadas se presta bien a los estudios estereotómicos, pues lo que se pretende es conocer la geometría de unas dovelas definidas por sus vértices, que son puntos bien definidos y fácilmente obtenibles por esta técnica, sin necesidad de recurrir a la detección automática de puntos, que facilita puntos indiscriminados. Sin embargo, a la hora de comparar con trazados sólo la hemos empleado en un caso singular. Por motivos que no vienen al caso, el tiempo disponible para efectuar un levantamiento del interior de la iglesia de Santa Columba de Carnota era limitadísimo. Por esta razón, un operador tomó alrededor de veinte fotografías de las bóvedas de horno de los pies, a razón de diez por bóveda, en un tiempo de diez minutos aproximadamente, por supuesto sin emplear trípode. Posteriormente se procesaron las fotografías en gabinete, empleando Photomodeler 6.0, lo que permitió construir un modelo tridimensional alámbrico de ambas bóvedas, a partir del cual se obtuvieron plantas y alzados que se compararon con los trazados (fig. 3). Tampoco presentó dificultades la obtención de un modelo de superficies del intradós de las bóvedas, pero conviene dejar claro que se empleó a efectos de presentación en un congreso (Taín y Natividad 2011) y no para compararlo con los trazados. Como es obvio, la naturaleza lineal de las monteas aconseja compararlas con una representación igualmente lineal de las piezas construidas, dejando las imágenes coloreadas para presentaciones más o menos espectaculares. Levantamiento por escáner láser 3D Como hemos dicho, en el caso de los trazados de Santa Clara de Santiago resultó evidente desde el principio su relación con el edificio de la portería del convento, lo que aconsejaba disponer de una representación fiable para su comparación con las monteas. Si bien en un primer momento se barajó la posibilidad de emplear fotogrametría de imágenes cruzadas, pronto se comprendió que dada la rica ornamentación de la fachada el método más fiable pasaba por la utilización de un escáner laser 3D. El trabajo fue contratado por el Consorcio de Santiago con la empresa Compass, S. L., que lo realizó empleando un escáner Faro Focus. En contra de algunos relatos acríticos sobre este medio de levantamiento que se han puesto en circulación en los últimos años, la toma no estuvo exenta de dificultades. Debido a que el espacio disponible frente a la fachada era relativamente escaso, en los primeros intentos de escaneado, desde la calle y desde la escalera de acceso al convento, la parte superior quedaba sin definición suficiente, siendo impracticable la definición manual de aristas a partir de la nube de puntos, y mucho menos la determinación automática de aristas que proponen las casas comerciales. En cualquier caso, se obtuvo una ortofoto utilizable, si bien presenta artefactos visibles en las cornisas y en algunos elementos de la parte superior (fig. 26). Para subsanar esta dificultad se realizaron tomas adicionales de fotogrametría de imágenes cruzadas desde una ventana dispuesta en un muro perpendicular a la fachada, lo que permitió preparar un alzado a línea calcando digitalmente desde la ortofoto, complementado con tomas de puntos mediante estación total en las zonas mal definidas o afectadas por los artefactos, que afortunadamente eran en general las menos decoradas. Al mismo tiempo se realizó un escaneo del vestíbulo de la portería; el carácter interior de este espacio y la posibilidad de estacionar en cualquier punto de la planta ha hecho que este trabajo no presente dificultades, obteniendo entre otras cosas plantas y alzados del capialzado. Estas plantas y alzados a línea han permitido la comparación con el levantamiento del trazado al que hemos hecho referencia más arriba, lo que ha permitido determinar entre otras cosas, la precisión de la ejecución del capialzado, el alargamiento de la coronación, o la existencia de diversos trazados de tanteo para el nicho de Santa Clara. Ortofoto de la fachada de la portería de Santa Clara de Santiago. OPORTUNIDADES DE INVESTIGACIÓN Y RETOS DE CONSERVACIÓN Hemos visto en los apartados anteriores que los trazados de arquitectura a tamaño natural pueden ofrecer materiales de gran interés para la historia de la arquitectura y la construcción, siempre en combinación con otras fuentes tradicionales. Nos informan de la evolución de la ejecución de las construcciones, de las modificaciones de diseño introducidas antes del comienzo de la ejecución efectiva o sobre la marcha, de la personalidad de los directores de las obras, e incluso de los métodos de talla empleados, e indirectamente de los conocimientos geométricos de arquitectos y canteros. Es importante recalcar que las monteas ofrecen todo su potencial en combinación con otras fuentes: por ejemplo, rara vez las monteas permiten datar una construcción, pues la evolución de las técnicas de trazado es en general relativamente lenta; al contrario, son habitualmente las construcciones las que hacen posible fechar los trazados. En ocasiones, es la documentación de archivo la que permite datar las monteas, pero en otros casos la arqueología de la arquitectura puede confirmar o precisar estas dataciones documentales. En ese sentido, es esencial enmarcar la montea en el contexto de la unidad estratigráfica que le sirve de soporte, ya sea un pavimento o un revestimiento mural. En otros casos, la montea en sí misma puede ser considerada unidad estratigráfica, pues es frecuente que la montea se realice décadas o siglos después de la ejecución del soporte, y en ocasiones se sitúa entre el soporte y una unidad estratigráfica posterior, como en el caso de Nogueira do Miño, donde queda entre las pinturas murales del siglo XVI y los recubrimientos de cal del siglo XVIII. Por el contrario, en la sacristía de Murcia el lapso entre unas unidades y otras es mucho más corto: el trazado de la bóveda se dispone sobre un muro levantado a partir de Octubre de 1521 y bajo una singular "unidad estratigráfica": la sillería comenzada a ejecutar por Jacopo Torni antes de su fallecimiento en Enero de 1526. Ahora bien, para todo esto es imprescindible, obviamente, una conservación adecuada de las monteas; de lo contrario se perderán para la investigación actual y para las generaciones futuras. En muchos casos, los trazados se han conservado adecuadamente simplemente porque estaban ocultos, como en la sacristía de Murcia o en la iglesia de Santa Clara. En casos como estos, la reintegración de la protección, renovando o recolocando el solado o volviendo a montar en su lugar la cajonería después de su tratamiento contra los xilófagos es la mejor medida de conservación, a condición, claro está, de proceder a una documentación rigurosa antes de recolocar la protección. Una solución similar se ha adoptado en la sala de trazas de la catedral de Sevilla, donde después de su estudio se ha colocado sobre la frágil capa de yeso una tarima protectora de madera que ha permitido la utilización del espacio como estudio o taller destinado precisamente a la preparación de proyectos de conservación de la catedral (Pinto y Jiménez 1993). En otros casos, como las monteas de Carnota, o las halladas en el Palacio Capitular compostelano o en las proximidades de la trompa de las Platerías de la misma ciudad (Taín 2003b, 2006; Taín y Natividad 2011), han estado dispuestas al exterior durante varios siglos, sin graves daños aparentes. Sin embargo, los problemas de erosión debidas a cambios de temperatura, sales por contaminación unidas a cambio de humedad, azote de lluvia y viento con partículas de polvo que pueden actuar como proyectiles, acción del hombre como pintadas u otros, aconsejan realizar un estudio específico, incluyendo un ensayo acelerado de sometimiento a ciclos climáticos del granito en el que están incisas, para asegurar su conservación a largo plazo. Un caso excepcional es el de las monteas de Nogueira do Miño, realizadas en el siglo XVIII sobre la base de unas pinturas murales del siglo XV que en aquel momento se consideraban amortizables y se cubrieron con una capa de cal. Los trazados, realizados con puntero, atraviesan las capas de cal añadidas en el siglo XVIII y llegan hasta la capa pictórica. Esta circunstancia permite conservar simultáneamente los trazados y las pinturas, pero plantea un problema: ¿deben reintegrarse las monteas como si fueran lagunas de las pinturas? Dicho en otros términos, ¿debe privilegiarse la lectura de las pinturas o la de los trazados? Al final se optó por rellenar los trazados con acuarela, y el efecto es similar al regattino: el trazado se percibe a corta distancia, e incluso sobre fotografías de alta definición realizadas con trípode, pero no perturba la lectura de la pintura (Cagigal 2014). Paradójicamente, las monteas que han sufrido mayores agresiones en los últimos años han sido las existentes en lugares que posteriormente se han utilizado como museo. Conservadas durante siglos en espacios más o menos recónditos de catedrales o conventos, al destinarse algunas estancias a museo han sufrido las agresiones de un uso más intenso e, incomprensiblemente, de una limpieza con productos inapropiados. Así, las monteas antropomórficas de la catedral de Santiago, unas piezas únicas, perfectamente reconocibles en 2003, han desaparecido desde entonces, debido al pulido mecánico del pavimento de piedra. Otro tanto parece estar ocurriendo en el trazado bajo la escalera triple de Santo Domingo de Bonaval, que ha perdido definición desde que fuera localizada en 2005. Pero lo más incomprensible es lo ocurrido con una serie de monteas en el museo de la catedral de Santiago, en dos estancias contiguas que pueden haber desempeñado el papel de sala de trazas, destinadas a la exhibición de piezas por el museo catedralicio. Con posterioridad a la publicación de las monteas en 2003, se ha dispuesto sobre los trazados peanas y vitrinas para la exposición de piezas de las colecciones de arte sacro y bancos para el descanso del público, lo que impide la visualización del conjunto y nuevos estudios del mismo. Estos episodios desafortunados muestran que la mejor medida de conservación preventiva es precisamente dar a conocer la existencia de estos trazados, mostrando su utilidad como fuentes de la historia de la arquitectura, y no sólo a un público de especialistas, sino a una audiencia más general, como ha hecho el Consorcio de Santiago al celebrar dos jornadas de puertas abiertas en el convento de Santa Clara para mostrar a los compostelanos este conjunto único de fuentes de la cultura material.
La documentación geométrica y la representación de edificios con el objetivo de servir como base a estudios históricos o arquitectónicos ofrece una variada oferta metodológica, cada una de ellas con unas características específicas. Antes de acometer una documentación, es necesario realizar un análisis previo de las necesidades finales del trabajo para elegir el método de documentación más conveniente. En la mayoría de las ocasiones la documentación de un edificio entraña una alta complejidad, bien por sus características, bien por la forma de llevar a cabo su representación. Esta dificultad se amplía aún más, cuando se trata de un edificio de carácter histórico ya que los detalles que de una manera u otra hacen de él un elemento de singular interés deben quedar claramente definidos. De igual manera, si sobre este edificio se va a realizar algún tipo de análisis especial que requiera una documentación geométrica sobre la que representarse o como base o ayuda al mismo análisis, la representación deberá cumplir los requisitos necesarios para dicho estudio. Actualmente, existe una gran diversidad de técnicas topográficas-cartográficas con aplicaciones a la documentación de edificios históricos, por lo tanto, cuando se requiere contar con documentación geométrica no es necesario que se limite exclusivamente a una colección de plantas y alzados obtenidos por restitución fotogramétrica. Al contrario, el método de documentación más adecuado a cada caso concreto parte de un estudio previo de las necesidades de registro, de los análisis que vayan a realizarse basados en los datos geométricos y de las representaciones gráficas que quieran obtenerse. A este respecto, se describirán algunos métodos de documentación que se han utilizado y en alguna medida desarrollado en el Laboratorio de Documentación Geométrica del Patrimonio, mostrando ejemplos y enumerando las características de cada uno. Por otro lado, estos productos obtenidos de la documentación no son incompatibles entre sí, de hecho es posible obtener productos mixtos que comparten las características de varios métodos, como se muestra en la figura 1. En un estudio histórico o arquitectónico el edificio se concibe como un elemento único y tridimensional, por lo tanto, el modelo gráfico que lo represente cumplirá estas dos características: unicidad y tridimensionalidad, frente a las representaciones como conjuntos de alzados independientes entre sí y con los cuales es difícil relacionar las diferentes partes de un mismo edificio. La forma más simple de representación es mediante la realización de un modelo volumétrico consistente en la extracción de las líneas definitorias más importantes del edificio, empleando para ello topografía clásica. Esta representación pese a su sencillez, no ha sido posible realizarla de una forma ágil y rápida hasta hace relativamente poco tiempo, con la llegada de los sistemas de medida directa de distancias incorporados en las estaciones topográficas. Anteriormente, la dificultad de acceso a los puntos, junto con la lentitud de los métodos de captura topográfica desembocaba en el empleo de otras técnicas de representación. -Iglesia de la Asunción de Viñaspre (Lanciego, Álava): volumétrico y modelo virtual obtenido a partir de imagen fotográfica. -Iglesia de San Andrés de Astigarribia (Mutriku, Guipúzcoa): restitución y restitución con imagen fotográfica de fondo. -Castillo de Lanos (Ocio, Álava): mallas y mallas con textura fotográfica. Como las necesidades que debe cubrir la representación final pueden ser muy variadas, será necesario definir previamente varios aspectos: -El grado de detalle que se quiere alcanzar, es decir, definir cuál va a ser la unidad mínima que debe aparecer representada y que coincidirá con la unidad mínima que tenga sentido dentro del estudio temático que vaya a acometerse. De esta forma se podrá acotar de forma más exacta el tiempo y por consecuencia los costes del trabajo, así como el instrumental necesario. Estará en función de las representaciones necesarias tanto durante la fase de estudio como en la presentación final de los resultados obtenidos. Existe la posibilidad de representar el modelo tridimensional mediante una estructura alámbrica, en la cual, los elementos plasman exclusivamente por las líneas de sus contornos, esto hace que en las vistas perspectivas, estos contornos se superpongan unos con otros. La alternativa consiste en modelos sólidos en los que, además de los contornos, se incluyen las superficies que definen, de esta manera en las vistas perspectivas los objetos más cercanos ocultan a los más alejados obteniéndose representaciones realistas. Aún se dispone de otro tipo de modelo sólido, en el que no se representa sólo sus superficies visibles sino que los muros son elementos macizos, es decir, que el interior no se considera hueco sino relleno, esta característica es especialmente interesante cuando se realizan secciones, de todas formas, los programas de dibujo asistido por ordenador no suelen dar muchas facilidades para realizar y gestionar modelos macizos por lo que, normalmente, hay que limitarse a geometrías sencillas o el aumento de trabajo necesario para la confección del modelo lo convierte en inviable (figura 2). -En tercer lugar, es necesaria una correcta organización y codificación de la información obtenida que permita extraer sólo los elementos de interés en cada análisis. Para la captura de la información y, conjuntamente con la topografía, puede recurrirse a la fotogrametría. La fotogrametría permite obtener una documentación exhaustiva y, si se recurre a pares estereoscópicos, se dispone además de un modelo óptico tridimensional de los elementos fotografiados que es a su vez un excelente archivo temporal del estado del edificio. A partir de los modelos estereoscópicos se puede extraer tanta información como sea necesario, por lo que son adecuados cuando la densidad de información a extraer es muy grande, por ejemplo, para el despiece completo «piedra a piedra» de un paramento. La información se extrae de forma vectorial, es decir, como modelo alámbrico, y si lo que se requiere es algún tipo de modelo sólido se ha de realizar un proceso posterior de edición que convierta los perímetros en superficies y éstas en elementos macizos. El trabajo fotogramétrico lleva implícito el empleo de un instrumental específico que consta de cámaras métricas calibradas, además de material auxiliar como andamios o grúas que permite obtener las tomas con una geometría correcta. Sin embargo, no se puede eludir el uso de la topografía para relacionar las coordenadas de los modelos estereoscópicos entre sí en un sistema tridimensional único. Esta relación se realiza mediante un conjunto de puntos que aparecen fotografiados y de los cuales se conocen sus coordenadas en el sistema tridimensional del objeto. La combinación de topografía y fotogrametría hace que el resultado final obtenga una gran calidad y un alto grado de detalle. En ocasiones, las superficies a representar son irregulares, por ejemplo, los restos de un castillo en ruinas, las piedras que forman un dolmen o, simplemente, la superficie del terreno donde se asienta el edificio. Para conseguir la correcta aproximación geométrica además de la representación visual de la irregularidad se recurre a dividir las super- ficies en teselas. Para ello, se parte del volumétrico previamente obtenido al que se añaden puntos de cota (figura 3). Hasta aquí se ha considerado exclusivamente la información vectorial, pero también es posible incorporar la propia textura fotográfica como información métrica, para lo cual se proyectan las fotografías sobre el volumétrico corrigiéndolas del efecto perspectivo, obteniéndose así un modelo virtual. Los modelos virtuales son la puerta hacia las representaciones multimedia, en las cuales, se puede contar con maquetas realistas de los edificios a estudio que pueden analizarse interactivamente sirviendo además como vía de difusión del patrimonio tanto en su estado actual como en las reconstrucciones o recreaciones que se hagan de él. El modelo virtual no es el único producto realizable a partir del volumétrico y las fotografías, al contrario, es posible obtener representaciones en las que se combine la información fotográfica con la restitución fotogramétrica o las superficies malladas.
Los graneros sobreelevados rurales en la Hispania romana: materiales y técnicas constructivas El presente trabajo pretende ser un acercamiento al análisis de las técnicas empleadas en la construcción de los graneros rurales hispanorromanos dotados de pavimentos sobreelevados. Se presta una especial atención a los materiales constructivos y al empeño que supuso la edificación de estas estructuras rurales específicas que requerían de unos conocimientos precisos para mantener en perfectas condiciones de temperatura y humedad los productos agrícolas en el interior de las cámaras de almacenaje. Este estudio forma parte de un proyecto de investigación más amplio que iniciamos hace algunos años, cuyo objetivo principal es analizar las técnicas constructivas de la arquitectura rural romana, en concreto, los granaria y horrea destinados al almacenaje de grano y otros productos agrícolas. Además de la lectura de la tesis doctoral1, aún inédita, recientemente hemos dado a conocer en trabajos más generales algunas de las cuestiones que nos permiten identificar los graneros rurales romanos, que comprenden los silos de almacenaje de cereal, los granaria sobreelevados y los horrea genéricos (Salido 2003-2004, 2008, 2011b). También recientemente se ha dado a conocer la secuencia crono-estratigráfica y el estudio multidisciplinar del horreum de la villa romana de Veranes (Gijón, Asturias) (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012). En este trabajo no abordaremos el análisis de los silos y los almacenes genéricos, sino que nos centraremos en el estudio de los graneros sobreelevados, que nos ofrecen la oportunidad de comprender las técnicas específicas aplicadas para la construcción de unas estructuras muy particulares que requerían un especial cuidado en su edificación, al tener una funcionalidad muy precisa: la conservación de productos agrícolas y cereal en el interior de la cámara de almacenaje. Antes de abordar este trabajo, debemos tener presente las dificultades del análisis, derivadas de la antigüedad de las excavaciones y la ausencia de secuencias estratigráficas, que nos impiden conocer con precisión el momento de construcción de la mayoría de las estructuras de funcionalidad agrícola. Generalmente se han datado a partir del momento de esplendor de la villa, de manera habitual fechadas tras el estudio parcial de los materiales aparecidos en la pars urbana. El análisis reciente publicado sobre el horreum de Veranes, nos debe hacer reflexionar sobre la posibilidad de que ciertas estructuras agrícolas se construyesen en un momento anterior al máximo desarrollo constructivo del establecimiento rural y también sobre la necesidad de reconocer e identificar las distintas reformas que sufrieron los graneros en el momento de su uso que, en el caso del horreum asturiano, supone incluso un cambio de funcionalidad. Por otro lado, debemos tener presente que los análisis más recientes de la arquitectura, gracias a la aplicación de la metodología arqueológica, como la estratigrafía de paramentos, han introducido un cambio significativo en el estudio de los edificios, no sólo romanos (Camporeale 2004; Pais 2008; Pizzo 2010a, 2010b), sino también medievales (Caballero 1996; Caballero y Escribano 1996; Fernández y Quirós 2001; Caballero y Utrero 2005). Por desgracia, el arrasamiento de los muros de los graneros hispanorromanos, nos impide conocer con mayor detalle las técnicas que nos informan sobre diferentes etapas constructivas y/o cronológicas de estas construcciones rurales. No obstante, en este estudio presentaremos un acercamiento a las mismas. PRINCIPIOS CONSTRUCTIVOS DE LOS GRANEROS Y SOLUCIONES TÉCNICAS A la hora de referirnos a la construcción de graneros romanos, debemos tener presente que estas estructuras precisan de la aplicación de unos métodos constructivos específicos. Estos edificios se ven notablemente condicionados por las exigencias técnicas relativas a la seguridad estructural de los mismos. La aplicación de unas determinadas técnicas constructivas tienen por objeto evitar los daños que pueden afectar a la cimentación, los soportes, vigas u otros elementos estructurales, o que reducen su estabilidad. De igual modo, se pretenden aislar de fuentes de posibles incendios, uno de los factores indicados por Vitrubio (6, 6, 5) respecto al levantamiento de los horrea y granaria 2, con el fin de evitar la pérdida de la cosecha. Además de estos condicionantes, los graneros deben cumplir otros requisitos a la hora de proyectarse, construirse y mantenerse en relación a su funcionalidad. Los graneros sobreelevados constituyen un sistema de almacenaje que tienen la propiedad de conservar el producto en una atmosfera renovada. En estos edificios, el cereal almacenado sigue respirando, obteniendo oxígeno y desprendiendo calor, dióxido de carbono y agua. Si este proceso continúa durante el tiempo de almacenaje, la fermentación, la aparición de hongos, moho e insectos o la germinación del cereal pueden acabar con la cosecha. Por ello, es necesario frenar este proceso manteniendo el ambiente interno de la cámara de almacenaje en condiciones ideales de temperatura y humedad. Una de las mayores amenazas para la conservación del cereal son los insectos y ácaros que se crían en el interior de los almacenes, tales como: el escarabajo del grano con dientes de sierra (Oryzaephilus surinamensis L.), el gorgojo del grano (Sitophilus granarius, L.), la carcoma achatada del grano (Cryptolestes ferrugineus, Steph.) y el ácaro de la harina (Acarus Siro, L.). La competencia entre estas especies depende de la humedad y de las condiciones de temperatura. Por ejemplo, el gorgojo del grano actúa cuando el ambiente es de 15 °C y la humedad del 11 %, mientras que el escarabajo del grano con dientes de sierra necesita 20 oC, pero puede soportar condiciones más secas (Gentry 1976: 2-4). En condiciones favorables pueden reproducirse muy rápidamente. Por ello, para almacenar el grano y conservarlo por un periodo de nueve meses a un año en buenas condiciones a granel o en sacos apilados, sin necesidad de ventilarlo, la humedad debe estar en niveles comprendidos entre 10 % y 15 % (ideal es de 14%) y la temperatura debe ser de unos 15 °C., condiciones generales que ya conocían los propios agrónomos romanos (Colum. La reducción del calor se consigue haciendo pasar el aire a través de las aberturas de ventilación y la parte inferior del suelo (Varro. rust. 6, 6, 4), disminuyendo al mismo tiempo el nivel de humedad. Estos factores son los que explican y justifican la construcción de los pavimentos sobreelevados. Para ello, es necesario construir una infraestructura con soportes suficientemente altos para facilitar la entrada del aire por la parte inferior de la cámara de almacenaje y aislar el grano de la humedad del suelo. La altura de estos apoyos evita además la entrada de animales perjudiciales para la cosecha. Los roedores más frecuentes son la rata (Rattus norvegicus Berk.) y el ratón común (Mus musculus L.). Para evitar su entrada, los hórreos actuales cuentan con una losa de piedra o muela colocada sobre el pegollo, denominada pegoyera o tornarratas, que evita la subida de los roedores desde el suelo (Lozano Apolo y Lozano Martínez-Luengas 2003: 56), sin embargo, no hay constancia de la existencia de estas losas en época romana, porque posiblemente se han considerado una piedra más del granero durante el proceso de excavación. LOS CONTEXTOS ARQUEOLÓGICOS: LOS GRANEROS SOBREELEVADOS HISPANORROMANOS Las investigaciones realizadas en los últimos años nos permiten reconocer los granaria en Hispania (Salido 2003-2004, 2008, 2009, 2011b), una región siempre mencionada como modelo de preservación del grano almacenado mediante el uso de diferentes técnicas de conservación (Varro. rust. Mapa de distribución de los graneros con pavimento sobreelevado. En la Península Ibérica se construyeron graneros sobreelevados en piedra desde por lo menos el siglo VI a. Los recientes estudios realizados nos permiten determinar que, aunque no supuso una gran novedad en cuanto a la técnica constructiva, sí llegó a convertirse en el modelo de granero más eficaz, pues entre otras muchas ventajas, ofrece la posibilidad de abrir y cerrar la cámara de almacenaje tantas veces como se quiera, de modo que se podía hacer entrega del grano en el momento convenido, sin echar a perder el resto del producto conservado. Es importante tener en cuenta este factor de manera especial, porque muy posiblemente el grano conservado en su interior no sólo se dedicaría como reserva para la cosecha del siguiente año o venta, sino también para el autoabastecimiento de la unidad familiar (Salido 2013: 133). Datado en el periodo republicano, el horreum de La Burguera (Tarragona) es el más antiguo conocido de época romana, fechado en la segunda mitad del siglo II a. Este edificio contaba con dos estancias separadas de funcionalidad diferente: una antesala al este que daba acceso a la cámara de almacenaje de mayores dimensiones, dotada de un pavimento apoyado sobre muros paralelos. Este esquema constructivo es el más extendido entre los horrea romanos de los establecimientos rurales altoimperiales (Salido 2003-2004, 2011b), edificios que analizamos en las próximas páginas (Figs. Sin tratar de repetir los datos ya indicados en trabajos anteriores, nos centraremos en aspectos específicos como el estudio de los materiales y las técnicas constructivas, ofreciendo datos concretos, ausentes en trabajos anteriores. Debemos señalar que además en los últimos años hemos podido precisar más la datación de determinados granaria y diferenciar las fases constructivas, como el horreum de la villa romana de Veranes (Asturias), objeto de una monografía reciente (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012) y dar a conocer otros que aún están pendientes de estudio, como el del establecimiento rural de Vale do Mouro (Coriscada, Mêda, Portugal). Planta de los graneros con pavimento sobreelevado de la Península Ibérica. En algunos edificios se distinguen dos estancias separadas: una antesala y una cámara de almacenaje apoyada sobre muros o pegollos alineados; a- La Burguera, b- Veranes, c- Los Términos, d- Freiria, e- Carrascalejo, f- São Cucufate (granero de la villa II), g- Carrión, h- Torre de Palma (granero norte), i- Cañaveral, j- São Cucufate (granero de la villa III), k- La Sevillana. Características y tipología de los graneros rurales hispanorromanos. La importancia secundaria de este tipo de estructuras utilitarias explica el uso masivo de materiales locales, pues no era necesario obtener maderas o piedras foráneas. Son materiales que se podían adquirir en el entorno de los establecimientos rurales. Simplemente se precisaban materiales duros y resistentes para soportar el peso de la techumbre, de los productos conservados y mantener estables los paramentos y pavimentos. La aplicación de unos criterios de excavación sistemáticos y metódicos permite reconocer en el terreno la construcción de estructuras rústicas edificadas en materiales perecederos como la madera. No cabe duda de que el uso de este material debió ser más frecuente en amplias comarcas forestales y boscosas, pero su escasa documentación en regiones meridionales mediterráneas puede responder más a un problema de índole arqueológico que a una ausencia de tales edificios en época romana. De hecho, el proceso de construcción de la cimentación y del apoyo de las cámaras de almacenaje erigidos en tierra y madera se encuentra bien testimoniado en textos como en la Naturalis Historia de Plinio (18, 73). Esta problemática arqueológica se encuentra directamente relacionada con el sistema constructivo en materiales perecederos y sus problemas de conservación. En otros casos, es muy posible que los paramentos y tejados fuesen construidos en madera, mientras que la cimentación se levantó en piedra, lo que nos ofrece más problemas para documentarlas en el registro arqueológico. La construcción en madera presenta más problemas que el uso de la piedra, porque su origen orgánico hace de éste un material efímero. Los componentes de madera pueden verse involucrados en procesos bióticos (hongos y ciertas familias de coleópteros y de isópteros) o abióticos (a causa de agentes como las variaciones de contenido en humedad, el fuego y las radiaciones ultravioletas). Suele deteriorarse en primer lugar la base del granero, pues los apoyos se hallan en contacto directo con la acción del agua y también el interior donde existen unas condiciones ambientales idóneas para la formación de hongo. Además la estructura se ve amenazada por las larvas de los coleópteros que se alimentan de la madera, la polilla y por el ataque de las carcomas. La madera es un material higroscópico y, por consiguiente, muy sensible a las variaciones de humedad, lo que motiva el hinchamiento que provoca mermas, cambios de volumen que ocasiona fendas, acortamientos y alabeos. Las fendas producidas facilitan la entrada y el desarrollo de los hongos y la colocación de los huevos de los insectos xilófagos. Por último, las radiaciones ultravioleta suponen una degradación de la lignina que posteriormente, al ser eliminada por la lluvia y el viento, hace que las fibras longitudinales pierdan cohesión, la superficie se arrugue, penetre la humedad y en estos huecos, se desarrollan hongos y facilita el depósito de los huevos de los coleópteros (Salido 2011a: 68-69). A pesar de los problemas de conservación, es posible caracterizar estructuras erigidas en madera y tierra. No cabe duda de que la distribución de evidencias arqueológicas sobre el terreno se encuentra sesgada por la casualidad del hallazgo, pero también es cierto que, a pesar de los numerosos inconvenientes y limitaciones, se han producido innegables avances en este campo, y por primera vez contamos con herramientas técnicas y metodológicas para definir un nuevo paradigma o protocolo de actuación científica en la investigación de los establecimientos rurales romanos, con especial atención a las estructuras dedicadas a la transformación y almacenaje de productos agrícolas. Las excavaciones arqueológicas deben propugnar la identificación de estas construcciones de madera a partir de los restos de estructuras constructivas negativas, practicadas por debajo del nivel natural del terreno, a modo de agujeros, trincheras o zanjas de cimentación, que estuvieron destinadas a albergar los durmientes en madera para fundamentar construcciones sustentadas mediante postes, cuyas huellas han quedado marcadas sobre el terreno. Otra prueba de su existencia es el hallazgo y documentación de la madera carbonizada correspondiente a la cámara de almacenaje e incluso del grano que fue almacenado en el momento de su abandono o destrucción. Dentro de las nuevas líneas de trabajo, se hace necesario también documentar la presencia de clavos y material de construcción conservados en hierro, que pueden identificarse a partir del uso de detectores de metales bajo supervisión científica, que pueden aportar pruebas concluyentes sobre la existencia de graneros de madera. También la recogida de muestras y el análisis paleobotánico de las muestras recogidas permiten confirmar la funcionalidad de determinadas estructuras de madera, así como el estado del cereal (en estado de germinación, carbonizado, etc.), que nos aporta muchos datos sobre el sistema de almacenaje y abandono del edificio (Salido 2008: 696-697). Los estudios más recientes plantean incluso la necesidad de tener presente la construcción de graneros de madera construidos sobre postes inclinados que nos informan de la existencia de techumbres inclinadas y de la posible prueba de la existencia de contrafuertes o refuerzos en este tipo de edificaciones (Blaising y Vanmoerkerke 2005: 37). En el caso hispano, son todavía escasos los estudios antracológicos aplicados al estudio de los graneros rurales. Recientemente se ha dado a conocer el análisis de las maderas documentadas en el horreum de El Saucedo donde se ha podido registrar el uso de P. pinaster (pino resinero) para la construcción del tabulatum (Castelo, López Sáez, López Pérez, Peña, Liesau, Ruiz, López Merino, Pérez, García, Gómez, y Manglano 2010-2011), un material que debió emplearse de forma recurrente por sus buenas propiedades para la construcción, mucho más ligero que otras maderas duras, lo que explica su documentación en otros yacimientos romanos (Domergue y Hérail 1978). Aunque es cierto que no tiene una vida tan larga y produce mayor cantidad de astillas, el uso práctico, para la construcción de la tarima, justifica su utilización. En el entorno de la villa romana de Veranes (Asturias), incluso se ha podido documentar que en la segunda mitad del siglo IV d. C. se reforestó con diversas especies de pinos, tanto resineros (Pinus pinaster) como posiblemente piñoneros (Pinus halepensis-pinea tipo) (López 2012: 168). La extensión del pino, así como del castaño, también ha sido confirmada en el análisis polínico del yacimiento romano de Paredes (Jiménez, González, Requejo y Ruiz 2004) entre los siglos III-VI d. C., donde puede afirmarse el cultivo del segundo en un ambiente muy antropizado. A diferencia de otras regiones donde la madera del tabulatum se importó desde regiones lejanas, como se ha podido comprobar en el granero militar de Thamusida, construido con castaño que no es originario de Marruecos (Papi y Martorella 2007), en Hispania a tenor de los datos conocidos parece que se optó por materiales locales. Además de la madera, se emplearon muy posiblemente otros materiales poco reconocibles en el registro arqueológico, también combinados con ésta, que permitieron levantar estructuras rústicas de manera eficiente y rápida. Es el caso del uso del adobe, el tapial o el sistema de crates, es decir, paja, caña o ramas unidas mediante cordaje para el levantamiento del maderamen interno de la estructura. Para su uso concreto en la construcción de horrea, predominantemente en regiones secas, requiere de su aislamiento con respecto al suelo mediante la instalación de un zócalo de piedra, a menudo aparejado en seco, para evitar que absorba la humedad del terreno, sobre todo cuando llueve. Este tipo de material presenta además ciertas ventajas frente al uso de otros materiales como la piedra (Bacchetta 2003: 122). Entre estas, podemos destacar la accesibilidad y sencilla obtención del mismo, sin complejos procesos de extracción, de modo que resulta menos costoso desde el punto de vista económico, la ventajosa proporción peso/resistencia, muy funcional para la construcción de alzados de gran altura o de estructuras de difícil estabilidad constructiva como los graneros suspendidos en altillos, etc., documentados en algunas residencias de Herculano (Monteix 2008), permite conseguir un buen aislamiento térmico y es flexible en cuanto a su uso, pudiéndose adaptar a las transformaciones funcionales del edificio. Las magníficas características de la piedra para su empleo en obra, principalmente por su gran resistencia mecánica a compresión y su resistencia a los agentes atmosféricos, hacen de este material uno de los elementos más utilizados en la construcción de los graneros rurales. El material puede ser variado, siendo empleado más frecuentemente el guijarro o canto rodado que la piedra obtenida directamente en las canteras, sobre todo en técnicas mixtas de construcción lapídeo-latericias. Esto se debe en la mayoría de los casos a la ubicación de los establecimientos rurales en zonas próximas a los cursos fluviales y en contextos de llanura alta de donde, traídos por las corrientes de agua o los corrimientos de tierra, son obtenidos directamente. A nivel general, la disposición de los elementos pétreos mantiene una cierta modalidad homogénea y coherente, con un paramento externo formado por piedras de mayor tamaño que los del núcleo interno, técnica que responde a una cuestión práctico-funcional. No obstante, debemos destacar que, en la mayoría de los casos, conocemos solamente la cimentación de los edificios, de modo que no sabemos si el alzado se construiría en madera. También era frecuente el empleo de materiales de unión como la arcilla o el mortero de cal, siempre condicionado por su disponibilidad. Se utiliza masivamente la piedra local para la construcción de los graneros, como la pizarra o el cuarzo blanco en el horreum de Monroy (Salido 2003-2004: fig. 2) (Figs. 4 y 5) o el granito en el horreum de El Saucedo (Castelo, López Sáez, López Pérez, Peña, Liesau, Ruiz, López Merino, Pérez, García, Gómez y Manglano 2010-2011: 216). Los muros del granero de Veranes están construidos con lajas de piedra caliza de tendencia paralepípeda, colocadas con la cara trabajada hacia el exterior y utilizando pequeñas piedras como cuñas y relleno en el interior de las paredes (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 131) (fig. 6). El mortero aglutinante tiene color blanquecino y es muy consistente. Los paramentos del horreum no presentan en su composición fragmentos de latericio o piedras areniscas, aspecto importante, ya que la mayoría de los muros bajoimperiales de la villa, además de contener un mortero amarillento, menos consistente y de granulometría más fina, muestran en sus rellenos fragmentos de tejas, ladrillos y areniscas reutilizados. Vista general y planta del horreum de la villa romana de Monroy (Extremadura). Imagen y fotografía: autor. Detalle del aparejo de los muros fabricados con cuarzo y cantos rodados del horreum de la villa romana de Monroy (Extremadura). Vista general del horreum de Veranes (Asturias) durante los trabajos de excavación de 2003 y planta del edificio, con indicación del canal del drenaje. LAS TÉCNICAS DE CONSTRUCCIÓN Los granaria de piedra se cimentan sobre una base muy sólida, resistente y equilibrada que ofrece estabilidad y consistencia a la superestructura. La anchura media de los muros perimetrales no es inferior a los dos pies romanos (0,6 m); por el momento desconocemos la profundidad de las zanjas de cimentación de los paramentos exteriores para los granaria hispanorromanos —en otras regiones alcanzan hasta 1 m (Salido 2011a: 69)—. Estos paramentos contaban en ocasiones con aberturas de ventilación que solían encontrarse en el nivel inferior del pavimento para facilitar la entrada de corriente de aire y, de este modo, favorecer la ventilación de la cámara de almacenaje 3. Es de notar que en algunos graneros como Veranes (Asturias), estas aberturas presentaban un cierto abocinamiento, es decir, un ensanchamiento del vano hacia el lado interno de la pared en forma de cuña que facilitaba la circulación del aire por la parte inferior de la cámara de almacenaje (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 133) (fig. 7). Aberturas de ventilación del muro norte del granero de Veranes (Asturias) con indicación de una que presenta un mayor abocinamiento. Imagen: Fernández Ochoa y Gil Sendino. A menudo se excavaron canales de drenaje que evitaban encharcamientos en las inmediaciones de las zanjas de cimentación de los muros, bien reconocidos en horrea militares (Salido 2011a: 109) y en algún granero rural como en Veranes (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 49). En el almacén de Monroy (Extremadura), se colocaron varias lajas de piedra en el extremo norte con el fin de cerrar los vanos situados en la parte inferior del entarimado de madera y, de este modo, conseguir que el aire pasara al interior del edificio por el lado sureste, ventilara el grano almacenado, mientras se aislaba de la humedad este extremo del edificio (Salido 2003-2004: 472) (fig. 8). Cierre del extremo oriental del granero de Monroy (Extremadura) con lajas de piedra. En cuanto a los alzados, por el momento no se han documentado vanos en las fachadas 4, aunque tanto la etnografía como los textos clásicos (Varrón, rust. La apertura de estas ranuras, junto al peso ejercido por la techumbre, obligó a la construcción de contrafuertes que reforzaban los paramentos, como los documentados en Freiria (Portugal) o Cañaveral (Extremadura). Los contrafuertes además de contrarrestar el peso de la techumbre y reforzar los paramentos que disponen de aberturas de ventilación e incluso de ventanas, servía para aguantar la presión ejercida por el cereal almacenado en caso de que este se almacenase a granel pues, en ese caso, actúa como un semifluido y su peso ejerce una enorme presión hacia los laterales. Especialistas como Gentry (1976: 18) defienden que el almacenaje de cereal a granel es un método poco práctico, porque de este modo no se podría separar el grano recientemente almacenado del antiguo y se impide también el aventamiento del cereal; por ello, plantea que posiblemente se almacenara en sacos. Sin embargo, estudios arqueobotánicos recientes concluyen que el almacenaje a granel (en forma de espigas o grano) era común en algunos horrea romanos (Matterne, Yvinec, Gemehl y Riquier 1998; Matterne 2001). La ausencia de muros perimetrales en determinados horrea, como el de la villa romana de Monroy (Extremadura) nos llevan a pensar incluso en la construcción de cámaras de almacenaje de madera apoyadas sobre una cimentación de piedra. Todavía aún es frecuente la construcción de este tipo de hórreos como el tipo asturiano. Los pavimentos eran generalmente construidos en madera mediante tablones y vigas ensamblados que se apoyaban directamente sobre los soportes inferiores. Los agrónomos romanos se refieren a estos suelos como sobrados de madera o entarimados, bajo el concepto latino de tabulatum/a (Varro. rust. Este entarimado es la base sobre la que se almacena el cereal. En el registro arqueológico, son perceptibles a partir de restos arqueológicos indirectos, tales como la presencia de mechinales en los que se insertaban las vigas de madera, el hallazgo de numerosos clavos pertenecientes al sobrado, la amplia separación de los soportes —lo que indica que los pavimentos debían estar construidos con vigas y tablones de mayor longitud— o la aparición de sedimentos que contienen restos carbonizados de la madera del sobrado (Salido 2011a: 108). El estudio particular del horreum de Veranes (Asturias) publicado permite comprender cómo se disponían las vigas de madera para mantener perfectamente estable el tabulatum (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 178). Parece evidente que los apoyos internos de la cámara de almacenaje servían de soporte de planchas de madera y vigas de madera horizontales sobre los que iba encajado un pavimento formado por tablones (fig. 9). La estabilidad que concedían estos soportes era suficiente para aguantar un peso considerable de grano. Así pues, se crea un sistema de ventilación en la parte inferior del pavimento que permite la entrada de corriente de aire procedente del oeste y del este por el interior de los arcos. Por otro lado, los abundantes clavos aparecidos durante la excavación nos han permitido determinar, por su tamaño y contexto cronológico, corresponden a la tarima de madera del granero y testimonian la reparación o sustitución del mismo en dos ocasiones, coincidentes con las fases del edificio (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 68-69). También como hemos indicado anteriormente, en la villa romana de El Saucedo (Toledo) se han podido realizar análisis antracológicos que confirman que los carbones pertenecientes a la tarima del granero, de la que aún se conserva una viga quemada, corresponde a Pinus pinaster (pino resinero) (Castelo, López Sáez, López Pérez, Peña, Liesau, Ruiz, López Merino, Pérez, García, Gómez y Manglano 2010-2011: 214). Los pavimentos de las cámaras de almacenaje no sólo se construyeron en madera (tabulata), sino también en otros materiales como la pizarra, como por ejemplo, en La Sevillana. En cambio, no se conocen pavimentos en opus signinum, hasta el momento solamente identificados en horrea militares y fechados a partir del siglo II d. Reconstrucción del interior de la cámara de almacenaje del horreum de Veranes (Asturias). Los soportes de los pavimentos sobreelevados Los pavimentos de las cámaras de almacenaje se apoyaban sobre distintos soportes: pegollos o pilares de piedra, muretes paralelos o varios tipos de apoyos que nos han permitido establecer una clasificación técnico-tipológica de los horrea romanos militares (Salido 2011a: 71) que aplicamos en este trabajo a los graneros rurales hispanorromanos. Estas clasificaciones se han propuesto a partir de la existencia o ausencia de los apoyos de la cámara sobreelevada, puesto que constituyen un argumento definitorio para plantear su uso como almacén de alimentos perecederos como el cereal. Graneros apoyados sobre pilares de piedra El empleo de pilares precisó un estudio concreto de la inclinación de los pavimentos o tabulata para mantenerlo horizontal y perfectamente equilibrado, lo que hace de éste un apoyo poco práctico. Este tipo constructivo se constata en ámbito rural a partir de la segunda mitad del siglo I d. C., coincidiendo con la época flavia, un fenómeno que ya identificamos en el estudio de los horrea militares (Salido 2011a: 86). En Hispania, por el momento solamente se han localizado dos graneros de este tipo. Es el caso del horreum de la villa romana de Quinta da Fórnea I (Belmonte, Portugal) (Santos 2009: 26 y 50) y de Veranes (Asturias, España) (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012). Respecto a la problemática arqueológica, tenemos que tener presente la importancia de estos soportes, pues en ocasiones se han retirado o desplazado sin constatar su presencia en los planos de trabajo. En otras ocasiones, debieron ser reutilizados para la construcción de nuevas estructuras, de modo que su ausencia en la excavación nos impide confirmar la función de un almacén como granero. De igual modo, algunas pilastras pudieron servir como apoyos del suelo y no de la techumbre 5. La localización de soportes in situ nos ofrece información determinante para conocer la posición de éstos, ya que generalmente se disponen a una distancia de separación equidistante y se suelen colocar entre las aberturas de ventilación de la fachada para no bloquear el conducto de aire. También el registro de pilares in situ nos permite saber la profundidad aproximada en la que estaban hincados en el terreno y, de este modo, podemos conocer la altura a la que estaba situado el pavimento con respecto al nivel de suelo. Los cambios en la disposición de los apoyos nos informan además sobre reformas importantes en el edificio. Así por ejemplo en el granero de Veranes (Gijón, España), pudimos identificar en la fase III (fines del siglo III d. C.-comienzos del IV d. C.) una nueva disposición de los soportes que implicó la anulación de los orificios de aireación de la construcción original, lo que supuso un importante cambio en la funcionalidad del edificio que pasó a ser un almacén con una función polivalente (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 48). Graneros apoyados sobre muretes de piedra Desde el punto de vista constructivo, la disposición de muretes internos paralelos presenta una mayor facilidad que otros soportes, porque responde a los mismos criterios y principios que los empleados en la cimentación de los paramentos externos del granero. De igual modo, ofrece notables ventajas, pues permite colocar fácilmente el pavimento de un modo equilibrado y constituye el mejor soporte para almacenar una carga pesada, al contar con gran superficie de sujeción. En el terreno no siempre resultan fáciles de identificar estos apoyos debido al arrasamiento de los muros o por la constatación de uno solo en el interior de la estancia encontrada. En ocasiones, se hace mención también a estos muretes como soportes del pavimento, aunque la distancia de separación nos impide interpretarlos como tal. También es conveniente tener presente que no siempre un edificio o estancia con muros internos debió cumplir la función de granero, pues en terrenos especialmente anegados, estos sistemas de sobreelevación pudieron servir como un simple método de aislamiento (Royet, Berger, Bernigaud y Royet 2004: 269). A pesar de los diferentes problemas de índole arqueológica indicados anteriormente, podemos afirmar que en la actualidad constituyen el tipo de apoyo mejor documentado y el más común en los graneros del Mediterráneo occidental. Probablemente la piedra utilizada en la construcción de los muretes internos no es tan aprovechable como los pegollos o pilares y nos resulta más fácil de identificar los muros paralelos que simples piedras trabajadas utilizadas como soportes del pavimento. Este tipo de construcción tan estable permite construir horrea de grandes dimensiones, como el horreum de Freiria (Cascais, Portugal) que mide 12 m de longitud y 8 m de anchura (fig. 10), de momento el de mayores dimensiones de los documentados en Hispania. Vista general del horreum de la villa romana de Freiria (Cascais, Portugal). Se constata este apoyo en gran parte de los establecimientos rurales del occidente del Imperio de época altoimperial. Se generaliza su uso en el siglo II d. C., aunque todavía en época bajoimperial es el soporte más empleado en la construcción de los horrea romanos. En la Península Ibérica, se han podido documentar estas cámaras de almacenaje en edificios aislados. Es el caso de los granaria de La Burguera (Tarragona) (fig. 2a; fig. 3, no 1), Los Términos/Monroy (Cáceres, Extremadura) (fig. 2c; fig. 3, no 14), Carrascalejo (Cáceres, Extremadura) (fig. 2e; fig. 3, no 3), São Cucufate (Beja, Portugal) —graneros de la villa II y III— (fig. 2f y j; fig. 3, no 5 y 15), Freiria (Cascais, Portugal) (fig. 2d; fig. 3, no 8), Vale do Mouro (Coriscada, Mêda, Portugal) (fig. 3, no 10), Fonte do Sapo (Santarém, Portugal) (fig. 3, no 11), Doña María en Esparragosa de Lares (Badajoz, Extremadura) (fig. 3, no 12) y Los Royanejos en Mérida (Badajoz, Extremadura) (fig. 3, no 13). En otros establecimientos rurales, los graneros son estancias que forman parte de ciertas construcciones polifuncionales, como los almacenes de cereal de Cañaveral (Cáceres, Extremadura) (fig. 2i; fig. 3, no 9), Carrión (Badajoz, Extremadura) (fig. 2g; fig. 3, no 4), La Sevillana en Esparragosa de Lares (Badajoz, Extremadura) (fig. 2k; fig. 3, no 16) y los denominados graneros norte y sur de la villa romana de Torre de Palma (Portalegre, Portugal) (cf. Salido 2011b: 134-135; 2013: 133-135) (fig. 2h; fig. 3, no 6 y 7). Graneros apoyados sobre varios tipos de soportes La colocación de diferentes soportes permite disponer el tabulatum perfectamente equilibrado en un plano completamente horizontal y, bien sujeto, consiguiendo una gran eficacia y resistencia para soportar el enorme peso de la carga conservada en el interior. Son diversos los problemas a la hora de identificar la presencia de varios tipos de apoyos. Es muy posible que los graneros sustentados sobre pilares o postes de madera contasen con mechinales y seguramente muchos agujeros de poste han pasado desapercibidos por los especialistas durante el proceso de excavación. Resulta también importante reconocer los cambios y reformas de la infraestructura, pues algunos horrea pudieron contar durante un primer momento con un solo tipo de soporte y, en un momento posterior, se dispusieron más para contrarrestar la inestabilidad de la cimentación. En los establecimientos rurales la combinación de distintos tipos de soportes se constata exclusivamente en horrea del periodo bajoimperial. En la Península Ibérica, se testimonia el uso de pilares y banquetas en El Saucedo (Castilla-La Mancha, España) (Castelo, López Sáez, López Pérez, Peña, Liesau, Ruiz, López Merino, Pérez, García, Gómez, y Manglano 2010-2011). Sin embargo, en otras regiones el número de graneros correspondientes a este tipo es más numeroso. Los accesos y las rampas de carga/descarga Los accesos en los horrea son espacios y estructuras de notable importancia, porque son elementos constructivos que no solo sirven de antesala del edificio, sino que juegan un papel central en la conservación del cereal almacenado. Generalmente, las cámaras de almacenaje estaban cerradas con puertas de madera, de las que no se han conservado testimonios materiales. En los graneros rurales hispanos, es habitual encontrar antesalas que permiten mantener un mayor aislamiento con respecto el exterior. Es de suponer que estos espacios servirían también como lugares donde se podían guardar los aperos de labranza e incluso almacenar productos alimenticios en sacos. Estas antecámaras son simples estancias que se deben recorrer antes de entrar en el interior del granero, como podemos comprobar en los horrea de Freiria (Portugal), Veranes (Asturias), Cañaveral (Extremadura) o Torre de Palma (Portugal). En la antesala del granero de Veranes, hemos podido constatar los restos de un pavimento hidráulico de terrazo rojizo sobre un potente rudus de piedras calizas de mediano tamaño trabadas con argamasa (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 131). Al oeste de la estancia, el pavimento se interrumpe para dar lugar a un espacio de 3 m de longitud por 2,80 m de anchura, donde debió levantarse en su día una pequeña rampa, que conducía a un descansillo por donde se accedía al almacén (fig. 11). Esta estructura pudo ser de madera, ya que no han quedado evidencias de una posible fábrica de mortero y piedras. El acceso a esta antesala se hallaba en la esquina suroriental de la misma y la comunicación desde este espacio a la cámara de almacenaje se encontraba en el lado opuesto, lo que obligaba a cruzar la antesala para ir hasta el fondo de la misma. El acceso acodado evitaba el paso directo al ambiente habilitado como almacén y, con ello, el cambio brusco de temperatura y, sobre todo, de humedad en el interior de la sala de almacenaje. En el horreum de Monroy, hemos podido identificar, en cambio, dos accesos externos que comunican separadamente con las dos estancias del edificio: la antesala y la cámara de almacenaje. Hasta el momento no se había llamado la atención sobre el acondicionamiento del camino por donde se accedía a la entrada de la sala de almacenaje. Posiblemente se preparó para la llegada de los carros. La entrada estaba además flanqueada por dos muretes de piedra que servían de base de una rampa de madera (fig. 12). Propuesta de distribución de los ambientes en el horreum de Veranes (Asturias). Detalles constructivos del horreum de la villa romana de Monroy (Extremadura): a- Acceso a la antesala con laja de marcación de la puerta; b- ingreso de la cámara de almacenaje, con suelo preparado para los carros y muros que sirven de base de una rampa; c- Muretes de soporte de la cámara vistos desde el sur; d- Cierre norte de los muros paralelos en que se aprecian las lajas que sirven para aislar este extremo del edificio. La ubicación de los accesos fue una elección importante también para la conservación del cereal almacenado; generalmente se situaban en las fachadas menores de los graneros. Estos edificios se solían construir con una orientación noreste-suroeste o noroeste-sureste, con el fin de evitar el aumento de la humedad en la cara norte o la insolación en la fachada sur (Salido 2003-2004: 470). La información que tenemos sobre la techumbre de los graneros es muy limitada y de forma habitual procede de evidencias indirectas (Salido 2011a: 111). Es probable que se instalaran tejados a dos aguas, con dos faldones que presentaban una inclinación suficiente como para desalojar el agua de lluvia. En el registro arqueológico, la evidencia más clara de la existencia de tejados es la aparición de tegulae e imbrices o pizarras utilizadas en la fabricación de la cubierta (Gentry 1976: 37-40); además la presencia de contrafuertes nos puede indicar el lugar donde se disponía el esqueleto de madera interno que permitía sostener el tejado. Hay que tener en cuenta que, además de techumbres construidas en material latericio o en pizarra, debió ser muy común la fabricación de cubiertas de madera. El enorme peso que debía soportar la infraestructura posiblemente motivó la generalización de tejados construidos en material lignario. Esto explicaría la ausencia o la escasa presencia de tegulae e imbrices en la mayoría de las excavaciones de horrea. Un testimonio indirecto que nos permite deducir el alero de las techumbres es la existencia de los canales de drenaje, como en el granero de Veranes, donde la anchura del conducto es de 20 cm (Fernández-Ochoa, Gil, Zarzalejos y Salido 2012: 136) (fig. 6). Es frecuente que estas zanjas o canales de piedra nos indiquen el lugar donde finalizaba el alero del tejado en la parte superior, pues el agua de lluvia se desviaba hasta estos desagües. En este estudio nos hemos centrado en el análisis de los horrea hispanorromanos destinados al almacenaje de cereal y otros alimentos perecederos. Entre estas edificaciones, hemos analizado los datos más recientes de que disponemos sobre los graneros con pavimentos sobreelevados, con especial atención a los materiales y los sistemas empleados en su construcción. El análisis de los materiales nos permite deducir que se emplearon mayoritariamente los de ámbito local, como nos indica el uso, entre otros, de cantos calizos en el granero de Veranes o la pizarra y el cuarzo blanco en Monroy, muy presentes en el entorno de los yacimientos. Más interesantes resultan los últimos estudios antracológicos realizados que, aunque todavía resultan escasos, nos permiten avanzar algunas hipótesis. La madera de pino resinero empleada en la construcción de la tarima del granero de El Saucedo, presente también en otros yacimientos de época romana, nos informa sobre la obtención local de los recursos leñosos, a diferencia de otras regiones donde la madera fue importada de otras regiones por vía marítima (Papi y Martorella 2007). Desde el punto de vista constructivo, resultan especialmente interesantes estas estructuras, pues la necesidad de mantener unas condiciones ideales de temperatura y humedad en el interior obligó a la aplicación de determinadas normas arquitectónicas como la construcción de paramentos de gran anchura, en ocasiones dotados de contrafuertes. Estas paredes podían incluso contar con aberturas de ventilación que facilitaban el paso de aire por la parte inferior de la tarima del granero. Junto a éstos, se abrieron además zanjas de drenaje que evitaban la acumulación de agua en la parte más cercana al espacio reservado al almacenaje. Además de la cámara de almacenaje, contaban con antesalas que sirvieron no sólo como espacios que preservaban los cambios bruscos atmosféricos, sino también como lugares donde guardar otros pertrechos y ubicar las rampas de carga y descarga desde donde se vertía el cereal a granel al interior de la cámara de almacenaje. A partir del estudio de las estructuras hispanorromanas, podemos afirmar que en la mayoría de las ocasiones se emplean técnicas constructivas muy similares —instalación de pavimentos sobreelevados, contrafuertes, aberturas de ventilación, canales de drenaje— a las de los horrea de otras regiones del Imperio (Morris 1979; Demarez 1987; Sigaut 1988; Van Ossel 1992; Busana 2002; Heimberg 2002-2003) y otros sistemas diferentes como la colocación de lajas de pizarra para el sobrado del granero quedan pendientes de confirmación. Respecto a la clasificación técnico-tipológica propuesta a partir de los apoyos de las cámaras de almacenaje, resulta difícil ofrecer una explicación definitiva. En nuestra opinión, no se atiene a una evolución cronológica —aunque el uso de pegollos se fechan a partir sobre todo de época flavia en ámbito militar y rural—, sino que se trata de una cuestión de practicidad. El hecho de que solamente se documente en el noroeste de la Península Ibérica el uso de pegollos para sobreelevar las cámaras de almacenaje, al modo de los hórreos actuales, podría explicarse por los altos niveles de humedad del entorno. Si nos fijamos en los dos factores ambientales importantes para la conservación del grano, es decir, la humedad a un nivel entre el 10 y el 15% y una temperatura en torno a los 15° C. En esta región, no parece que ésta suponga un condicionante clave para su conservación, en cambio la humedad supera frecuentemente el nivel de 85%. Los pegollos, a diferencia de los muros paralelos, permiten airear mejor la parte inferior del tabulatum, consiguiendo una mayor ventilación de la cámara de almacenaje 6. Este factor podría explicar por qué este es el sistema más empleado en otras regiones como en la Venetia romana al norte de Italia, documentada en los asentamientos rurales de Isola Vicentina-loc. En cambio, por el momento el uso de muretes paralelos y de otros soportes se constata en regiones de la Península Ibérica de mayor sequedad. La amplia concentración de estos últimos en la Lusitania se puede atribuir más a un problema de índole arqueológico que por cuestiones prácticas, pues por el momento son escasos los horrea documentados en otros territorios como el centro y sur de la Península Ibérica. En definitiva, respecto a la difusión y distribución de los tipos en la Península Ibérica, poco más podemos adelantar por el momento y no cabe duda de que la continuación de los trabajos arqueológicos, cada vez más centrados en el estudio de las zonas productivas de las villae, nos permitirán en el futuro corroborar o refutar las hipótesis aquí expuestas.
Un conjunto constructivo altomedieval. Quintanilla de Las Viñas y las iglesias con cúpulas sobre pechinas de piedra toba de las provincias de Álava, La Rioja y Burgos Se estudian las formas arquitectónicas y estructurales, conservadas o arruinadas, los usos constructivos y las soluciones decorativas empleados en el conjunto formado por las iglesias con cúpulas sobre pechinas de piedra toba de las provincias de Álava, La Rioja y Burgos. Primero se analizan los edificios; en segundo lugar, la producción constructiva y decorativa; y finalmente, con los datos obtenidos, se argumenta la datación del conjunto en época altomedieval, entre la segunda mitad del s. IX e inicios del s. X. Estos sistemas arquitectónicos, constructivos y decorativos suponen la existencia de varios grupos productivos que conformaron un conjunto unitario durante el tiempo y en el territorio en que estuvo activo. QUINTANILLA DE LAS VIÑAS (BURGOS) Iniciamos el análisis por el edificio de Quintanilla de las Viñas, el más complejo y protagonista del conjunto. Del edificio originario solo queda en pie parte de los muros del ábside y el transepto. Los giros en la cabeza de estos muros son indicio de que, al margen de la decoración, se terminó por completo, sufriendo a continuación una ruina catastrófica. Planta de la iglesia de Quintanilla de las Viñas (prov. Burgos). A, alzado este; B, sección a este; C, sección a oeste; D, sección a sur; E, alzado oeste. Vista general desde oeste. La construcción reutiliza sillares de origen romano. La piedra empleada es de tres tipos, arenisca marrón y calizas amarilla y blanca, lo que indica procedencias distintas y uso especializado. También se reutilizan fustes de mármol en las columnas de la embocadura del ábside. Para el abovedamiento se emplea toba calcárea extraída de cantera superficial. Los muros de carga son de dos hojas (0,9 m), sin núcleo, de sillares sin atizonar, trazados para su recorte con regla y ajustados a pie de obra, que conservan las huellas de careado de sus aristas y las de desbaste de sus caras. Debido al corte a regla, el aparejo presenta sillares en forma de cuña, juntas oblicuas y escalonadas, coincidencia de juntas verticales y desdoble de hiladas. Las hiladas tienden a ser regulares, pero con ligeras ondulaciones. Los sillares se agrupan por zonas e hiladas según sus tamaños y formas: en ocasiones, rectangulares alargados, que llegan a los tres metros de longitud, y en otras, "semicuadrados", que asemejan tizones, aunque todos ocupan una hoja. El ajuste y enjarje de las dos hojas de sillares se utilizó para reforzar la estabilidad del muro. La parte delantera de la iglesia conserva los muros del ábside, de planta cuadrada exenta, y un transepto tripartito, con un crucero, y los cimientos de dos habitaciones laterales exentas. Del aula sólo se conoce la planta de los cimientos por las excavaciones que, tras levantar una necrópolis medieval superpuesta a la ruina, descubrió "abundantes restos de cimentación" y "zanjas" expoliadas, las cuales fueron posteriormente rellenadas. De acuerdo con la documentación de estos trabajos, el cruce de sendos cimientos paralelos a los tres perimetrales individualiza una sala o nave central y tres habitaciones en el frente occidental (porche y habitaciones de esquina). Otros cimientos transversales separan tres habitaciones o naves a cada lado de la sala (obras dirigidas por Monteverde, Martínez Burgos e Íñiguez en 1935 y 1952. El acceso principal a la iglesia se hacía por su fachada occidental, a través del porche de cuyas puertas se conservan indicios. Las habitaciones que tenía a sus lados y los muros de carga que los separan pudieron sostener una tribuna alta. Aula y transepto se separan por un muro transversal, en el cual se abren tres vanos de comunicación (Figs. La sala central comunica con el crucero por un paso central, hoy tapiado. Las otras dos puertas comunican los espacios laterales del aula con las alas del transepto. La puerta sur, conservada, ofrece en el lado del aula un dintel y en el del transepto un arco de ligera herradura, con pequeñas nacelas y salmeres atizonados, que podía actuar de mocheta para el cierre de una puerta de madera que abriera hacia el aula, que no llegó a colocarse pues no existen quicios en su intradós (Íñiguez 1955). El acceso al ábside se efectúa por un arco de herradura, trasdosado, con la arquivolta resaltada y decorada (Figs. Una pareja de columnas aparentan soportar el arco. Sus fustes asientan sobre sillares que actúan de basa y culminan con parejas de sillares que remedan la función de desproporcionados capiteles con sus frentes tallados con relieves. Sobre ellos otros sillares actúan de cimacio, con sus caras proximales oblicuas, lo que vuela el arranque del arco dándole un aspecto de nacela. En los extremos occidentales de los testeros norte y sur del transepto se abren otras puertas adinteladas para acceder a las habitaciones exentas que no tendrían puertas al exterior (sacristías). Una quinta puerta, también adintelada, por la que se accedía desde el exterior, se sitúa en el extremo sur del muro oriental del transepto. El transepto posee dos ventanas en los muros orientales y el ábside, otras dos en el oriental y el meridional. Todas en forma de aspillera, cubiertas con dinteles recortados en forma de arco, que denominamos a partir de ahora "dinteles arcuados". Se conservan además, sueltos en el edificio, un dintel arcuado como el de las ventanas dichas y un salmer perteneciente a un arco geminado de herradura (ajimez), ambos de ventanas cuyo número y posición desconocemos (5). Arco de acceso al ábside. Dintel arcuado y salmer de arco geminado (ajimez). La iglesia funciona con dos zonas diferenciadas, cada una con su acceso propio. La occidental formada por el porche, el aula, con su sala, sus habitaciones laterales y una posible tribuna; y la oriental, por el transepto, las sacristías y el santuario. La zona oriental se ha supuesto de carácter monástico por su organización. El transepto asumiría la función de coro, pero también tendría la de distribuidor entre el santuario, las sacristías y las habitaciones laterales del aula. Los pasos entre el transepto y las habitaciones laterales estaban preparados para cerrar con puertas, que no se colocaron, como en la iglesia de El Trampal (Moreno 2011: 396-399; a partir de Schlunk 1971: 286). En el ábside (planta cuadrada, lado 3,5 m) se conservan los arranques (sin aristas) de las pechinas de toba que se ajustan a los tres tímpanos, recortados en medio punto ligeramente peraltados, y al trasdós del arco del ábside. No se conserva ningún resto de la bóveda, probablemente baída, que fue demolida en 1925 (Figs. Las alas del transepto son de planta cuadrada y del mismo tamaño que el ábside. Se cubrirían con bóvedas de cañón a su largo, sujetas y apoyadas en los testeros de las naves y en sendos arcos que rematarían su borde, de los que no se tiene ningún indicio, y que actuarían de torales con respecto al cimborrio del crucero. El ancho de sus roscas correspondería a la dimensión entre la alineación de la cara externa de los muros laterales del ábside y la interna de los de la sala central, aproximadamente igual a la rosca del arco de acceso al ábside, de modo que no tenían contrarresto por el lado del aula. Al restar a la superficie de cada ala del transepto la rosca de su arco, la planta de cada bóveda era rectangular, más corta que ancha. Las habitaciones de sacristía son también de planta y tamaño similares a los del ábside. Si admitimos el abovedamiento completo del edificio, podemos suponer que también se cubrieran con bóvedas de cañón (Utrero 2006: 151, propone armadura basándose en la ruina completa de sus muros). Todas estas bóvedas y los arcos del crucero arrancarían aproximadamente a la misma altura (5,4 m) que es la máxima conservada en los rincones orientales con el crucero y que coincide con el culmen del trasdós del arco de acceso al ábside y de sus pechinas. Por lo tanto, tendrían la misma altura que la bóveda del ábside (interior, 7,1 m). Podemos suponer que los arcos se construirían de piedra caliza mientras que las bóvedas serían de toba calcárea. Desconocemos la existencia de frisos de imposta, lisos, moldurados o decorados, que diferenciaran los soportes y muros de los arcos y de las bóvedas. Es posible que esta ausencia fuera una característica del grupo constructivo al que pertenece Quintanilla. No se duda de que las zanjas de los espacios occidentales del aula correspondieran a muros de carga que delimitaban un porche y sendas habitaciones de esquina. En su extremo oriental quedan restos que explican cómo eran los primeros tramos de los espacios laterales, a norte y sur, de planta cuadrada. En el lado sur de la pared de cierre del transepto se conserva un tímpano y el arranque de una pechina y junto a ellos, el salmer y la primera dovela de un arco de ligera herradura sobre una pilastra adosada y desplazados estos por efecto de la ruina (Figs. Este arco era el inicio del soporte longitudinal del aula y servía de apoyo a la bovedilla que cubría el tramo (sala central 9,4 m x 4,8 m, espacios laterales 8,4 m x 1,8 m). La propuesta de arquerías que separan naves propone tres tramos laterales cubiertos con bovedillas baídas o de arista y separados por dos pilastras intermedias (Fig. 8a. Según esta solución, el promedio de las dimensiones da lugar a tres tramos rectangulares (1,8 m x 2,2 m) con arcos torales o fajones intermedios sobre pilastras (0,9 m). Estas dimensiones contrarían las huellas que se conservan en el suelo (de las que no debemos dudar, igual que no dudamos de las restantes) y que documentan tres habitaciones, la primera de planta cuadrada y las otras dos rectangulares, separadas por tabiques intermedios (1,8 m, 2,1 m y 3,1 m y tabiques de 0,7 m). De acuerdo con esta interpretación que depende de las huellas conservadas, las habitaciones orientales se cubrirían con bóvedas baídas o similares y las intermedias de planta rectangular lo harían con bóvedas de cañón (Fig. 8b. Las habitaciones cuadradas de esquina, laterales al porche, podrían cubrirse con cualquiera de estas bóvedas, de pechinas o cañones. El porche, si incluía una tribuna, necesitaría dos bóvedas superpuestas de cañón, como S. Miguel de Lillo (Oviedo). Detalle del frente oeste. Arranque de arco, dintel de puerta y arranque de pechina. La estructura resultante según nuestra propuesta corresponde a una sala central abovedada y contrarrestada por habitaciones laterales también abovedadas (Utrero 2006: 167). La bóveda de cañón de la sala estaría limitada en sus extremos por los cuerpos del crucero y del coro. Su altura de intradós la marcaría la de las bóvedas del transepto, de modo que no las superara, aunque, al ser mayor su luz, su arranque estaría más bajo (entre 4,8-5 m, aproximadamente la luz de la nave). La bóveda debería apoyar en el arco que daba paso del aula al crucero. Pero la diferencia entre la luz de la sala y la del arco de paso al crucero (5 y 3,4 m), obliga a pensar en que habría un murete anular por encima del arco, de modo que sus dovelas no tuvieran una longitud extraordinaria (aproximadamente de 0,8 m de alto, la mitad de la diferencia entre ambas dimensiones). El extremo oeste de la bóveda apoyaría en otro muro en el que se abriría el vano de la tribuna (9). Propuesta de reconstrucción con crucero y cimborrio (dibujo Rafael Martín Talaverano). Tratamos a continuación de la cubierta del crucero. La luz del ábside y de las naves laterales del transepto (3,5 m) es significativamente menor que la de la sala central del aula (5 m), lo cual obligó a estrechar el paso entre el aula y el crucero con unas antas que unificaban su luz y conseguían en el crucero una planta cuadrada (3,8 m de lado), apropiada para cubrirla con un cimborrio abovedado (9). Si suponemos que su cubierta era una cúpula sobre pechinas se necesita que los muros del crucero rematen en cuatro tímpanos o, eventualmente, arcos. Las pechinas de la cúpula podían descansar, a una altura más baja, directamente sobre los dos arcos que hemos supuesto en el transepto, sobre un tímpano en el muro sobre el arco del ábside y sobre el murete anular sobre el arco de la sala del aula. Esta solución, mazacote pero estable, sería una excepción con respecto a las del grupo de iglesias con transepto y cimborrio, al que pertenece Quintanilla, que elevan el cimborrio con tímpanos levantados sobre los torales. Siguiendo esta solución habitual, las enjutas de los arcos estarían rellenas hasta el remate de los trasdoses, nivel al que arrancarían los tímpanos; sobre los tímpanos, apoyarían las pechinas; y sobre las pechinas, una cúpula semiesférica o continuarían sus superficies con una baída. La altura interior de esta solución elevada con tímpanos y cúpula semiesférica llegaría a los 11 m (similar a la de Melque); la altura de la solución baja, sobre tres arcos, se quedaría en 9,25 m. En ambos casos, estas medidas se reducirían aproximadamente un metro si la iglesia en vez de rematarse con pechinas y cúpula semiesférica lo hiciera con bóveda baída, que en cambio provoca más empuje. En cualquiera de ambas soluciones se debe valorar el material de toba calcárea empleado y la estructura de pechinas que reducirían su peso y sus empujes y aumentarían la estabilidad (Utrero 2006: 165-166). La solución (salvo las variantes señaladas) es similar a la utilizada en el grupo de iglesias cuya estructura está preparada para transepto y crucero con cimborrio abovedados: Santa Lucía de El Trampal (prov. Cáceres, incompleta), Santa María de Melque (prov. Toledo), San Pedro de La Nave (prov. Zamora, restaurada) y Santa Comba de Bande (prov. Orense, abovedada de ladrillo), además de Quintanilla (arruinada). En este grupo, muros corridos soportan las bóvedas del transepto de modo que, cuando el aula es de tres naves (El Trampal, La Nave y Quintanilla), los extremos orientales de sus naves laterales, que dan al transepto, se cierran por esos muros. Pese a ello, estas iglesias presentan notables diferencias entre sí. Ni sus proyectos ni sus talleres constructivos fueron los mismos, ni ellas son estrictamente coetáneas; pero forman parte del mismo ambiente técnico altomedieval y comparten esta solución (Figs. Secciones de iglesias altomedievales con transepto y crucero con cimborrio abovedados. Santa Lucía de El Trampal; Santa María de Melque; San Pedro de La Nave; y Santa Comba de Bande. Plantas de iglesias altomedievales con transepto y crucero con cimborrio abovedados. Santa Lucía de El Trampal; Santa María de Melque; San Pedro de La Nave; Quintanilla de las Viñas y Santa Comba de Bande. La existencia de una bóveda en la sala central de Quintanilla se había planteado como imposible porque su luz (5 m) supera el límite que se considera normal para una bóveda de su época. Y porque sus muros y las estructuras laterales no contrarrestarían sus empujes. Pero, bien mirado, estas son las causas que podrían confirmar que la sala estaba abovedada y que sus empujes provocaron la ruina. Los restos conservados del edificio presentan una ruptura por su eje que se refleja en las grietas en el testero del ábside y en los muros orientales de las naves del transepto y en los vuelcos hacia afuera de los testeros del transepto. Sorprende la supervivencia de las antas o jambas del paso entre la sala del aula y el crucero, que soportaban el arco toral occidental del crucero y los empujes laterales de los arcos torales norte y sur, contrarrestados de modo imperfecto. El empuje y la ruina de la bóveda de la sala, de luz exagerada e incorrectamente descargada por las habitaciones laterales, arrancó los muros de separación de las habitaciones del aula sobre los que se asentaba. Estos a su vez arrastrarían parcialmente el muro oeste del transepto en que apenas estaban anclados, como demuestra el fuerte movimiento que presentan el salmer y la primera dovela supervivientes en su zona meridional. Consecuentemente se arruinarían los muros perimetrales del aula y las bóvedas del transepto (Fig. 7 y 12). El cimborrio, estable y mejor compensado, se arruinaría sobre sí mismo sin afectar a sus esquinas y a las antas (como ocurrió en el ábside con menos daño). La zona de la fachada oeste pudo resistir, al estar arriostrada por la tribuna, pero aislada del edificio y, por tanto, sin función. Alzado oeste, restos correspondientes al edificio originario. La ruina debió producirse enseguida dado que el solar fue ocupado por una necrópolis de plena Edad Media (Íñiguez 1955: 81). En la segunda mitad del s. XIV, la ruina obliga a que Andrés, abad de Arlanza, traslade los restos de familiares de Fernán González (Huidobro 1927: 213). La solución abovedada que defendemos se basa en la estructura del edificio y en la ruina que sufrió, aunque sus detalles no son seguros. La decoración de la iglesia de Quintanilla se distribuye en dos grupos, exterior e interior (Schlunk y Hauschild 1978; Andrés y Abásolo 1982). El grupo exterior decora los muros del ábside y el transepto con tres frisos incompletos (Fig. 2a; alto 45 cm). Los frisos superior e intermedio figuran cintas entrelazadas y sogueadas formando círculos tangentes. El superior encierra figuras de toros, grifos, carnívoros y ciervos entre motivos vegetales. El intermedio, en el testero del ábside, encierra rosetas que en el lado norte se alternan con tres monogramas, quedando en el lado sur los huecos preparados para otros monogramas que no se tallaron. Los monogramas, cuya lectura se ha intentado sin éxito, no debían referirse a donantes, pues Flámola consta como oferente a nuestro parecer inscrita simultáneamente en el interior del edificio. Este friso continúa con pavones y gallináceas alternando con "árboles de la vida". El friso inferior se decora con roleos que encierran palmetas y racimos. La talla de los tres frisos se interrumpió cuando aún no estaba terminada, lo que indica que los sillares se decoraron cuando ya estaban colocados en obra y de modo que cada motivo se iba completando por orden y de modo independiente (13). Detalles de frisos exteriores del ábside, superior, medio e inferior, con decoración inacabada. El grupo interior se concentra en el arco del ábside. La arquivolta se decora con roleos con palmetas y racimos y gallináceas. Los frentes de los cimacios/capiteles lo hacen con relieves con ángeles con aureola (perdido uno en el capitel norte, roto) que sostienen sendos tondos con bustos masculinos, el norte coronado con un creciente y el sur coronado con rayos y con la presencia de una palma y una lira caídas, con las respectivas inscripciones Lvna y Sol (14). Las escenas se pretenden enmarcar con una doble moldura. En el borde superior del capitel sur la moldura se interrumpe por una inscripción que dice (del Hoyo e.p., lectura): Este modesto voto ofrece a Dios la humilde Flámola) Los bordes laterales distales de ambos sillares quedaron como un listel liso, al no tallarse la moldura porque las jambas del arco impedían la labor del tallista. También quedó el listel liso entre la inscripción y el rincón, sin que se pudiera repartir la inscripción a todo el largo del marco, ni tallar la doble moldura en ese espacio. Estos detalles indican que las decoraciones se hicieron, igual que las del exterior, cuando los sillares, lisos, ya estaban colocados en su sitio. Impostas/capiteles del ábside, sur y norte (según Schlunk y Hauschild 1978). Entre las piezas sueltas, una pareja de sillares es similar a los capiteles del ábside y pertenece al mismo grupo decorativo interior. Sus frentes se decoran con sendos bustos, masculino y femenino, acompañados de ángeles, que se supone representan a Cristo y la Iglesia o a los oferentes, en este caso con todos sus marcos moldurados (Schlunk y Hauschild 1978: lám. 148. Como ya dijimos, no se pudieron colocar en el vano entre el aula y el crucero. Una ubicación alternativa pudo ser el arco exterior del porche, cuya altura sería similar a la del arco del ábside y que no tendría cierres. En el edificio hay otros pequeños sillares, unos decorados y otros lisos quizás preparados para decorar. En la cara exterior del testero del ábside se encuentran tres de ellos resaltados y lisos. Otro también resaltado se encuentra encima de la clave del arco del ábside, decorado con un busto de Cristo barbado, coronado con una cruz y en actitud de bendecir (Fig. 2a y 2b). Otros dos sillares similares, sueltos, representan bustos de evangelistas con un libro en la mano que, por su significado iconográfico, podrían haberse situado en el crucero 1 (Schlunk y Hauschild 1978: lám. 150). Se conocen doce piezas más de friso, sueltas, que se consideran procedentes de la iglesia a las que nos referimos más adelante. Seis de ellas se decoran con roleos similares a los del friso correspondiente del grupo exterior de la iglesia, aunque presentan variantes de dibujo que achacamos a una mano o tallista distinto. Son de piedra caliza, dos de buena calidad que admite pulido y el resto porosas. Su escasa profundidad, con forma de losa, supone una variedad del aparejo distinta a la que ofrecen las ruinas conservadas (dos proceden del pueblo de Quintanilla. La iglesia no ofrece indicios de impostas, lisas, molduradas o decoradas, que marquen los arranques de arcos y bóvedas lo que, de confirmarse, se puede considerar una característica propia de esta iglesia (Caballero 2013: 209). Solo otro pequeño fragmento suelto, decorado con una onda de roleo con racimo, que citamos más adelante, por su menor altura que los frisos podría pertenecer a una imposta de las bóvedas de cañón. No tuvieron esta función de impostas las primeras hiladas de los tímpanos del ábside de Quintanilla que están resaltadas o ligeramente almohadilladas con biseles. Hiladas semejantes se repiten en el transepto, alternando con otras rasantes, en un reparto asimétrico y sin una función estructural ni tampoco claramente decorativa, dado que la decoración de la iglesia es en bajorrelieve. Del altar se conocen dos pilares de mármol, prismáticos con base moldurada y decoradas sus caras con cruces patadas con alfa y omega y con palmeras con racimos de dátiles, y un fragmento de tablero moldurado y con trifolios en las esquinas. Su estilo decorativo es el mismo que el de los frisos y el del arco del edificio. No existen indicios de canceles (Caballero 2013). OTRAS IGLESIAS CON ÁBSIDES CON CÚPULAS SOBRE PECHINAS Estudiamos a continuación las demás iglesias del grupo, agrupándolas por sus caracteres formales y constructivos (Figs. Mapa con la situación de los principales lugares citados en el texto (según Jesús Caballero García). Plantas de iglesias citadas. Secciones de iglesias con ábside con bóveda baída. Escala 1/200 (Según: Quintanilla, Arbeiter 1990; Arlanza, Caballero, Cámara, Latorre y Matesanz 1991-1992; las demás dibujo de Fernando Arce, G.I. Arqueología de la Arquitectura, IH, CSIC). Oca, Ventas Blancas y Arlanza Estas tres iglesias presentan algunos indicios que permiten discutir si estuvieron abovedadas por completo, lo que solo se puede asegurar de las de Quintanilla y Santa Coloma, de tipo arquitectónico y estructura muy distintos. San Felices de Oca (Villafranca de Montes de Oca, prov. Burgos. El material de sus piezas es de expolio, sillares (arenisca), dovelas (caliza blanca) y fustes (mármol). El aparejo es de doble hoja de sillería con relleno de hormigón, presentando abundantes codos, hiladas onduladas y desdobles. La bóveda es de piedra toba caliza extraída de cantera superficial. Estaba formada por un aula, un gran ábside ligeramente más estrecho (6,45 m x 7 m) y, en los extremos de sus muros laterales, sendas habitaciones sobresalientes (sacristías). El acceso principal se efectuaba por un arco abierto en la fachada sur. El arco del ábside, de ligera herradura con salmeres y primeras dovelas enjarjadas y el resto trasdosado, se apoyaba sobre fustes con sillares actuando de basas y una cornisa romana y una imposta sencilla, de capiteles (18). Están documentadas las puertas de las sacristías, con arcos de medio punto, similares al del ábside, que descargan dinteles. Sólo se conocen las ventanas del ábside, una en cada paño, saeteras y al exterior con arquito de medio punto labrado en dintel. El ábside se cubre con pechinas que arrancan con aristas y vuelan un anillo sobre el que se apoya la cúpula. Para asegurar su estabilidad, dado el tamaño de la planta, se rebajó proporcionalmente la cota de arranque de las pechinas. Aunque el grueso de muros (0,9 m) lo pueda avalar, el abovedamiento parece excesivo por su luz (metro y medio mayor que la nave central de Quintanilla) y la ausencia de contrarrestos. En la habitación sur se documenta el arranque de una bóveda de cañón de piedra toba, encastrada en su testero, de directriz transversal al edificio. San Felices de Oca (Villafranca de Montes de Oca, prov. Burgos). Alzado del acceso al ábside (según Uranga e Íñiguez 1971) y detalle de la bóveda. La iglesia de Santa María de Ventas Blancas (La Rioja. Su planta es de apariencia similar a Quintanilla y Oca, aula con ábside cuadrado y dos habitaciones delanteras, laterales al aula (sacristías). De la cúpula únicamente se conservan dos pechinas y parte del casquete (19). Tuvo además un espacio occidental sobresaliente, más estrecho que la nave y del que se desconoce la función, y un porche meridional. Se documenta que a mediados del s. XII perteneció al monasterio cisterciense de Santa María de Ruete, momento al que se adscriben algunos añadidos, pero no existe un análisis del edificio que defina su secuencia. El arco del ábside es de ligera herradura, con dos losas profundamente empotradas que actúan de imposta/capitel, mientras que el resto del arco está trasdosado. El aula, por su luz (ancho interior 4,8 m), pudo cubrirse con una bóveda de cañón, aunque la falta de contrarrestos y el grueso de los muros (0,7 m), de sillería (arenisca) de dos hojas con piezas de atado, hace dudoso que lo estuviera. Santa María de Ventas Blancas (prov. La Rioja). Ruina del ábside hacia oeste. La fase originaria de la iglesia de San Pedro el Viejo de Arlanza (o San Pelayo, Burgos) se diferencia de las anteriores por su planta sencilla de aula con ábside (16,9 m x 7,6 m. El material de su sillería es reutilizado (inscripciones romanas), de piedra arenisca para los cimientos y caliza para los muros; y procedente de cantera superficial las piezas de piedra toba de la bóveda del ábside (20). Los muros laterales y el testero occidental del aula son de dos hojas, sin relleno ni sillares pasantes (igual que Quintanilla; 0,95 m), mientras que el testero oriental y los del ábside son de una hoja (0,47 m). A pesar de su talla con regla, el aparejo es regular, con escasas cuñas y desdobles e hiladas de ligera ondulación. Las caras de los sillares se recortan, con guías de careado, al exterior, mientras que por dentro se dejan irregulares cubriéndose con una gruesa capa de estuco que quizás estaba decorado. Se diferencian sillares de módulo mayor y rectangulares, en la parte baja, de otros menores y cuadrados con mechinales a continuación; que se supusieron de dos fases pero cuya solución constructiva pertenece a la misma fase originaria. San Pedro el Viejo de Arlanza (Hortigüela, prov. Burgos). Cabecera y bóveda del ábside. El aula tenía dos puertas en la fachada sur. La principal, de forma perdida, está centrada y la secundaria se sitúa junto al ángulo oriental, adintelada al exterior y posiblemente arcuada al interior, que daría acceso a un coro delantero. El ábside tenía un arco de herradura, trasdosado y hoy recortado, y una ventana grande, de medio punto, tallada en dos sillares (como San Vicente del Valle 1). Su cúpula semiesférica se apoya sobre el vuelo de cuatro pechinas que a su vez apoyan sobre tímpanos ligeramente peraltados. El grosor de los muros del aula y el fuerte desplazamiento producido en los sillares del muro sur originario por la ruina hacen pensar que también debió estar abovedada, posiblemente con tres naves, dada la presencia de una pareja de ventanas asaeteadas abiertas en el testero oriental, quizás situadas a eje de las supuestas naves laterales (Caballero y Arce 2004. Según Utrero 2006, de existir las naves se separarían por arquerías sobre pilares. Recientemente la cúpula ha sufrido una restauración necesaria para su conservación pero de técnica inadecuada). Iglesias con dos etapas constructivas prerrománicas. Tobillas y San Vicente del Valle Estas dos iglesias ofrecen una secuencia constructiva de un mismo ambiente productivo. La iglesia de San Román de Tobillas (prov. Álava) conserva restos de dos obras prerrománicas (aprox. La primera (Tobillas 1), situada sobre un yacimiento romano, utiliza tres tipos de material, dolomía reutilizada de grandes sillares para los cimientos y parte baja de los muros; caliza brechoide, que se asegura procede de cantera, de pequeño módulo, para la parte alta de los muros; y toba calcárea, de cantera superficial, para la bóveda del ábside, perdida. La sillería está cortada a regla lo que da un aspecto muy irregular al aparejo con hiladas desdobladas y de regularización, y abundantes cuñas y codos. Los muros son de dos hojas sin atizonar (ancho 0,9 m). Se conservan los tres muros del ábside con los tímpanos de sus pechinas y una ventana asaeteada, rematada en dintel recortado en arco. El aula tendría una planta similar a la actual. En la segunda fase (Tobillas 2) se reconstruyó el aula desde los cimientos. El material procede de cantera local, tallada con regla pero con un aparejo de aspecto uniforme, con escasos y pequeños codos y cuñas e hiladas ligeramente onduladas. Sus ventanas son mayores, con dinteles arcuados (aparejo y ventanas como Quintanilla y San Vicente del Valle 1). Se desconoce a qué causa se debió la pérdida del aula originaria. En la iglesia de San Vicente del Valle (o Santa María, La Asunción, prov. Burgos) se distinguen dos obras, una originaria y otra de restauración y ampliación. Cada edificio cubrió su ábside con cúpula sobre pechinas, lo que los sitúa en momentos consecutivos del mismo grupo productivo (21. Estratigrafía del alzado sur (según Arce 2010). La sillería de la primera iglesia es de arenisca y caliza procedente de expolio romano. La arenisca se utiliza en cimientos y primeras hiladas, mientras que, por encima, se invierte la proporción a favor de la caliza. En los sillares de arenisca se evitó recortar las caras de los sillares, abriéndose mechinales para andamios en sus esquinas inferiores; en los de caliza se alisaron sus caras y los mechinales se abren en el centro de las superiores. Todos los sillares se tallaron con regla consiguiendo un aparejo uniforme con escasos y pequeños codos e hiladas regulares, para lo cual hubo de organizarse previamente el material por tamaño. Del primer edificio, construido y ampliado en dos fases, solo conocemos el aula, pero sabemos que tuvo un pórtico y un ábside. Los muros del aula (17,8 m x 8,7 m x 7,9 m) son estrechos (0,6 m) y de una hoja de sillería reutilizada, lo que obliga a que se cubriera con armadura de madera. El que las excavaciones no descubrieran indicios de posibles arquerías y las vertientes rectas de los testeros sugieren su organización en una nave única, a pesar de que la existencia de sendas troneras en el testero oriental pudieran argumentar la presencia de tres naves (como en Arlanza). Del pórtico solo se conocen sus arranques en los extremos de la fachada sur. El ábside, de planta cuadrada y exento (aproximadamente, 3,75 m x 3,9 m, ancho de muros 0,5 m) se conoce por su zanja de construcción y la primera hilada de su cimiento. Abundantes restos de piedra toba rellenaban la zanja amortizada sugiriendo que se cubría con una bóveda de pechinas. La sustitución de este ábside por el segundo ha hecho que se pierda su relación con el aula, pero el material y el aparejo de ábside y aula es el mismo. A pesar de ello se ha dudado de su relación proponiéndose la existencia de un edificio anterior, civil y sin ábside (Aparicio y Fuente 1993-1994), propuesta forzada rechazada (Arce 2010: 93). El aula presentaba abundantes puertas y ventanas. La puerta principal se centraba en la fachada sur. Otra puerta se situaba descentrada en la fachada norte, con dintel dovelado perteneciente a la segunda fase. Cuatro puertas más se situaban respectivamente junto a las esquinas de la fachada sur (en relación con el pórtico) y del testero occidental. Se conocen restos de ocho ventanas, situadas a la misma altura y con marco rectangular abocinado al interior. Dos parejas se reparten a los lados de la fachada sur, rectangulares, con remate semicircular y talladas en la sillería del paramento. La ventana mayor se sitúa en el testero occidental, con arco dovelado. Una tronera se coloca sobre la puerta principal y otras dos, a los lados de la embocadura del ábside, cegadas al adosar el segundo ábside. Con la segunda obra se sustituyeron el pórtico y el ábside, para agrandarlos. La altura del nuevo pórtico obligó a recrecer el aula y abrir nuevas ventanas por encima de su remate. Para ello se emplearon aparejos diferentes: sillería para el recrecido del aula y mampostería para el pórtico y el ábside. La semejanza técnica de las ventanas asegura que las labores fueron coetáneas. Las cuatro hiladas del recrecido del aula reutilizan los sillares de arenisca de la primera obra, recortados y con un aparejo más irregular. La mampostería del pórtico y el ábside es de lajas y sillarejos de esquisto, con abundante argamasa, cadenas de sillares en las esquinas y enfoscados los paramentos. El ábside se cubre con una cúpula de piedra toba, sobre pechinas de caliza que arrancan con arista, y se remata al exterior con una cornisa romana expoliada, quizás ya utilizada en el ábside precedente, completada con una cornisa de nacela. El pórtico se organizó interiormente en cinco tramos, un porche central y sendas parejas de habitaciones a cada lado. Antes de recrecer el aula se abrieron los huecos de dos parejas de ventanas en las dos hiladas superiores del primer edificio. Son ajimeces con columnilla central y arquillos de piedra caliza, dovelados de forma torpe. El ábside y las habitaciones extremas del pórtico tienen troneras abocinadas con marcos de sillería; y las habitaciones centrales del pórtico sendas ventanas (una perdida), grandes y con arcos dovelados, de técnica similar a las ventanas del recrecido del aula. Mientras que los capiteles y basas de las columnillas de los ajimeces del aula son de mármol fino y pulido, los fustes se han realizado con caliza local y su superficie conserva el corte facetado para lograr la forma cilíndrica. Los capiteles proceden de un mismo taller, dada su similar estructura y técnica. Son de tipo corintio, sin collarino, con tres pisos de hojas y se caracterizan técnicamente por profundos surcos de trépano que recortan las hojas y dibujan los nervios. El arranque ondulado de los surcos en el asiento de los capiteles reserva una faja lisa que sustituye a los inexistentes collarinos. En los frentes de la pareja principal de capiteles, situada en la fachada sur, figuran caras. Los del muro norte tienen plaquetas aisladas en las esquinas del ábaco. El quinto capitel, mayor e incompleto, correspondía a la ventana del testero oriental. Un sexto capitel, rodado y reutilizado, apareció en las afueras de Villafranca Montes de Oca (Aparicio 2007). Y uno séptimo, fragmentado, al parecer realizado en "piedra del país", procede de la cercana iglesia de Santa María de Oca (Santa María de Fuentes, no San Felices de Oca, Osaba 1951). Las basas se molduran con dos toros o baquetones separados por media caña. La homogeneidad de capiteles y basas obliga a desechar que procedan de expolio y a defender que se realizaron ex profeso para el edificio. Pero esto parece contradecirse con las características del ambiente productivo en que se les encuadra y con la cronología que se les otorga. Su material (supuesto mármol del Pirineo francés, con la discordancia del de Santa María de Oca), estructura y técnica se pone en relación con una amplia colección de capiteles de la Aquitania francesa que se data entre los siglos IV y VIII. Las piezas españolas se fechan por la mayoría de los autores en los siglos VI y VII, conforme con la cronología dada tradicionalmente al edificio, siglo VII, lo que explicaría la semejanza de las caras de sus capiteles con los de la iglesia de La Nave, datada también en esa fecha. Pero esto se opone a la cronología que hoy se otorga a estas iglesias y a los capiteles de La Nave (siglos VIII-IX) y a la semejanza que se puede observar con los capiteles de Córdoba, pertenecientes a talleres distintos, llamados de los evangelistas (considerado visigodo) y de los músicos (considerado califal). Si el ambiente productivo del norte de la Península en el siglo IX (fecha que a nuestro parecer tienen estas iglesias) desconoce la producción de capiteles de formato clásico, este grupo procedería del encargo o la adquisición a un taller lejano o forastero, ya fuera andalusí o derivado de los tardoantiguos aquitanos. El grupo homogéneo de capiteles españoles está compuesto por variantes pertenecientes a un mismo ambiente productivo altomedieval y no por derivaciones de grupos heterogéneos de distintos ambientes y cronologías (Aparicio y Fuente 1993-1994; Aparicio 2000 y Aparicio 2007; Arce 2010; Domingo 2011, aunque el capitel de los apóstoles procede de Córdoba, no de Almedinilla, según Santos 1958; Cruz 2009 relaciona los capiteles de La Nave, Quintanilla, Córdoba y Sant Germigny-des-Prés que data en el s. IX). Un tipo formal distinto. El edificio martirial de Santa Coloma El edificio de Santa Coloma (parroquia de La Asunción, Santa Coloma, prov. La Rioja) multiplica el ábside abovedado con cúpula sobre pechinas del grupo arquitectónico y acopla entre sí los elementos repetidos, para conseguir una forma adecuada a su función martirial o funeraria (10,7 m x 5,4 m. Se compone de tres cuerpos prismáticos, el central (5,4 m x 5,4 m), mayor, de planta cuadrada y dos pisos, flanqueado por dos menores (2,6 m x 3 m), a este y oeste, de un piso y planta rectangular exterior y cuadrada interior, colocados a una altura intermedia con respecto al central. Los espacios se cubren con cúpulas sobre pechinas; excepto la cripta del cuerpo central que posee una cúpula baída (única en el grupo; como Melque) de sección rebajada adecuada a su función de soporte del suelo del piso superior, cuya construcción será dovelada y no falsa para soportar la carga del suelo, aunque no se puede comprobar. La cripta reduce su espacio interior para ampliar el ancho de los muros (ancho 0,5 m en el piso superior, 1 m en la cripta) y la bóveda arranca desde el suelo para recoger mejor los empujes de la baída. Al contrario, el espacio principal, sobre la cripta, es mayor al cubrirse con una cúpula sobre pechinas que no provoca empujes, ampliando su planta y ganando tres veces en altura (1,9 m cripta, 5,9 m piso alto). Todas las bóvedas se construyen con toba calcárea. La del cuerpo occidental se distingue por decorarse con un friso de arquillos en el arranque (22c, de toba, como Tricio). Dos puertas enfrentadas en el piso superior, con arcos sobre impostas que reutilizan cornisas romanas, abren a los espacios laterales, comunicados entre sí por tres tramos de escaleras. Por la puerta occidental se baja a su espacio lateral, desde él a la cripta, y desde ella se sube al espacio oriental donde se situaba el altar, adosado. Se asistía al culto desde el piso alto, a través de su puerta correspondiente, como un mirador sin escalera. La puerta de acceso al edificio estaba en el lado norte del piso superior, hoy tapiada y cortada por la puerta actual. Las ventanas originarias son la del testero del cuerpo oriental, rectangular y con dintel arcuado y la pareja de saeteras del piso alto. Santa Coloma (prov. La Rioja). a y b, frente sudeste mostrando los cimientos durante las obras de restauración, en el cuerpo central se observa un zócalo de restauración moderna; c, bóveda baída del cuerpo oeste; d, dibujo de los estucos, escala 3/50 (d, dibujo Fernando Arce, G.I. Arqueología de la Arquitectura, IH, CSIC). Frente a lo que en ocasiones se ha pretendido, el edificio es unitario sin más fases que pobres añadidos y reparaciones. El material utilizado es sillería de arenisca de expolio romano, además de la toba calcárea procedente de cantera superficial. Los cimientos, que profundizan según la estructura de cada cuerpo, asientan sobre una capa de cantos rodados y se forman con sillares sin recortar ni alinear con los muros. Los sillares se tallan con regla, aparejando con regularidad, con escasos y pequeños codos, desdobles, sillares en forma de cuña, alguna hilada de regularización e hiladas ligeramente onduladas. Las caras exteriores de los sillares se alisan una vez colocados, dejando un escalón sin tallar al nivel del suelo. Lució una decoración de estuco que, aunque se conserva parcialmente en el piso superior del cuerpo central, debió cubrir por completo el interior de todo el edificio, sin que nada contradiga que sea unitario con él (22d). En la pared meridional queda un panel entre las dos ventanas (0,95 m x 0,75 m) y otro entre la occidental y su rincón (1,1 m x 0,3 m). El central se decora con un entrelazo de tallos en red de rombos con trifolios y hojillas, con el dibujo boca abajo, lo que indica la falta de familiaridad de la cuadrilla de estucadores que quizás utilizaba patrones que no eran suyos. El lateral se decora con un "árbol de la vida" de base triangular y copa rectangular con entrelazos de palmetas, unidos por un largo tallo. En el muro norte resta un listel con uñadas. La estructura decorativa se formaría por un zócalo, una zona central con los paneles descritos y la decoración, desconocida, de tímpanos y bóvedas. Representa un jardín ideal (el Paraíso) cerrado por setos y con frutales. Su estilo se relaciona con el arte islámico omeya y califal, aunque se le suponen un amplio abanico de paralelos desde la escultura visigoda toledana hasta la mozárabe de San Miguel de Escalada. Todos los autores la relacionan con la decoración de la mezquita islámica de la cercana Tudela (Navarra; primer cuarto del s. XI) con la que, aparte de cierto aire de familia de algunos motivos, es incierta la relación por la distinta estructura decorativa de los paneles. Del edificio originario de Santa María de los Arcos de Tricio (prov. La Rioja) solo se conserva su amplio ábside unitario (5,2 m x 5,2 m x 8 m. Su sillería de arenisca es romana, reutilizada. Sus muros son de una hoja (0,6 m), con los sillares ordenados por tamaño y recortados a regla, de aparejo regular, con escasos codos, cuñas y desdobles e hiladas ligeramente inclinadas. Los cimientos son de mampostería con abundante cal. Las caras exteriores de los sillares se alisaron una vez colocados en obra, mientras que las interiores sin alisar se recubrieron con estuco, que probablemente estaría decorado (como Arlanza y Santa Coloma). La cubierta es de pechinas voladas que sostienen una cúpula que arranca con un friso de arquillos (como Santa Coloma). Se ha reformado el arco de acceso. Se desconoce la causa de la pérdida del aula originaria, algo más ancha que el ábside, de la que solo quedan los cimientos sobre los que asientan las columnas (tambores romanos reutilizados) de la iglesia actual. En el suelo del ábside quedan restos de un mosaico, coetáneo, sobre el que descansaba el estuco de los muros (23). Asentado sobre un lecho de cantos rodados, tenía un cuadro central perdido y en su lado oriental una franja decorada con círculos y rombos alternados en damero, que dejan entre sí rectángulos con dos lados curvos, rellenos con motivos geométricos, "nudos de Salomón" y "hederas". Los colores que utiliza son blanco para el fondo, azul oscuro, rojo y ocre. Santa María de los Arcos de Tricio (prov. La Rioja). Dibujo del mosaico del suelo del ábside. Escala 1/50 (dibujo Fernando Arce, G.I. Arqueología de la Arquitectura, IH, CSIC). Del ábside de San Miguel de Montoria (prov. Álava; aprox. 4,5 m x 4,5 m, ancho del muro 0,6 m) restan los arranques de sus lados e indicios de sus enjarjes al testero del aula, sin bóveda documentada cuya existencia se supone por sus paralelos. El aparejo es de sillares reutilizados ajustados a regla. Se trata de la iglesia de un asentamiento nobiliario de los Ramírez de Montoria, anterior al siglo X (Sánchez Zufiaurre 2007: 180-184). Edificios de mampostería y sillarejo Además de la segunda etapa de San Vicente del Valle, ya estudiado, incluimos los siguientes edificios. La iglesia de Santa Cecilia de Tabladillo (Barriosuso, Burgos) es de aula con ábside exento de planta cuadrada y un pórtico (12,5 m x 5,8 m sin pórtico; testero occidental perdido; ábside 2,8 m x 3,5 m. Los muros son de dos hojas (0,6/0,7 m), construidos con sillarejo y mampuesto de piedra caliza, de colocación, tamaño y forma irregulares, con cadenas en esquinas y jambas de puertas. Aunque sin indicios de reutilización, los sillarejos deben proceder del yacimiento romano sobre el que se asienta la iglesia. La nave del aula se cubre con armadura de madera, restaurada. En la esquina suroriental del aula se conserva el arranque del pórtico originario. El esquema de puertas recuerda el de San Vicente del Valle y Arlanza 1: una puerta central, hoy sustituida, y dos junto a cada esquina del muro sur, tapiadas, con cargaderos de madera y marcos de grandes sillarejos (¿acceso a coro y baptisterio?). El arco del ábside debió ser de herradura, hoy recortado. El ábside se cubre con una cúpula sobre pechinas de piedra toba (24). El muro sur del aula tiene dos saeteras, con dintel arcuado, y el testero del ábside una ventana cuadrada, con celosía de piedra, que se considera original. Santa Cecilia de Tabladillo (Barriosuso, prov. Burgos). Bóveda baída del ábside. El ábside de San Esteban de La Canejada (Cervera del Rio Alhama, prov. La Rioja. Utrero 2007) se construye con sillarejos y lajas de caliza y mampuestos de arenisca, sin indicios de reutilización, de aparejo irregular reforzado en las esquinas. Se observan arranques del aula que sería de una nave más ancha que el ábside. Su cubierta es de nuevo una cúpula de toba alzada sobre pechinas resaltadas. El ábside de Nuestra Señora de Las Eras (Hérmedes de Cerrato, Palencia. El arco del ábside es de herradura cerrada con impostas mozárabes y su cubierta, la típica de cúpula sobre pechinas, enfoscada, que se supone de toba. El aula está perdida. IGLESIAS CASTELLANAS CON BÓVEDAS DE TOBA PERTENECIENTES A OTROS GRUPOS CONSTRUCTIVOS. RETORTILLO, PEDRO Y GORMAZ Otros edificios, construidos de mampostería, poseen también bóvedas de cañón de piedra toba (ábsides). Motivos decorativos de dos de ellos (Santas Céntola y Elena de Siero y San Martín de Elines) se relacionan con los del taller de Quintanilla. Salvo Gormaz, el conocimiento de estas iglesias es escaso, por lo que sus interpretaciones son revisables. Iglesias de otros grupos regionales también tienen bóvedas de piedra toba: en Asturias: Bendones, quizás Gobiendes, Lillo, Naranco y Valdediós; en Cantabria: Lebeña; en La Rioja: Suso y Torrecilla de Cameros; y en Castilla y León: Berlanga y quizás Mijangos. Estas iglesias obedecen a grupos técnicos y cronológicos específicos, de modo que, por ejemplo, en Asturias se distingue un grupo con bóvedas de piedra toba y otro con bóvedas de ladrillo. La pequeña ermita de Santas Céntola y Elena de Siero (Valdelateja, Burgos) es de una nave y un ábside exento de planta cuadrada (9 m x 5 m. La nave está rehecha, mientras que el ábside en parte es originario. Se construye con sillares (probablemente expoliados) y sillarejo de caliza. El arco del ábside es de ligera herradura sobre impostas con nacela, flanqueado por dos nichos o altares/nicho. La bóveda es de cañón de herradura, realizada con dovelas grandes de piedra toba, que arranca directamente de los muros, sin impostas. Su ventana oriental se cubre con un dintel, recolocado y recortado, arcuado en herradura, a cuyo espacio libre se ajusta una inscripción y su decoración. Por encima de ella corre una cornisa con nacela, de restauración, que cortó su parte superior. La fecha se ha cortado para borrarla: (Cruz patada con alfa y omega) Fredenandus / et Gutina (cruz potenzada con omega) / Era DCCCXV Además se encontró una "lipsanoteca" con la inscripción cursiva (Sastre 2013: 330): (Cruz con alfa y omega y astil) Siprianus fecit (rúbrica) Santas Céntola y Elena de Siero (Valdelateja, prov. Burgos). Vista general y detalle del dintel arcuado de la ventana del ábside (los dos negativos superiores de Alejandro Villa del Castillo). ¿Es posible que el dintel de Fredenandus y Gutina pertenezca a la fecha que documenta? Estos personajes se han puesto en relación con unos supuestos condes de Castrosiero, datados por un documento apócrifo en época de Alfonso III y el conde Rodrigo (entre 852/c.860 y 873/910), en contradicción con la fecha de 777. Por otra parte, letra, renglones y el "árbol de la vida", en relieve, recuerdan la manera de hacer y los motivos de Quintanilla, por lo que sus datas deben asimilarse al mismo momento cronológico, lo cual de nuevo es contradictorio para su fecha, tanto si Quintanilla se data como visigoda del s. VII o como condal de hacia el año 900. La colegiata románica de San Martín de Elines (Valderredible, Santander) conserva restos de dos edificios prerrománicos, de los que aquí interesa el acostado al norte de su claustro, aunque la falta de un adecuado estudio dificulta su adscripción. Los restos conservados y los conocidos por excavación definen un aula de tres naves separadas por arquerías con cinco arcos de herradura y un pequeño ábside exento cubierto con bóveda de piedra toba de la que desconocemos su tipo (10,75 m x ¿7? m). La construcción es de sillería de arenisca. El edificio sufrió una o varias ruinas que se restauraron amortizando las naves laterales y adosando nuevos muros al exterior de las arquerías, y sustituyendo el ábside originario por el actual mayor. En los muros adosados se reutilizaron dos ventanas con dinteles arcuados en herradura y decorados con alfiz moldurado, "árboles de la vida" y temas vegetales que se relacionan con el repertorio de Quintanilla y Siero, y se deben fechar avanzado el s. X. Desconocemos la cubierta del aula que pudo ser abovedada si atendemos a la ruina (Arbeiter y Noak 1999: 329; excavación, Domínguez Bolaños 2003; García Guinea 2007: 1426, 1433, 1474, arruinada en 1102). La iglesia de Santa María del Retortillo (Torrepadre, Burgos) suma a la ausencia de un estudio riguroso una lamentable reconstrucción. Se compone de una nave construida de mampostería reforzada con sillares de caliza, y un ábside abovedado, cuyos arranques son de dovelas alargadas de piedra toba. El actual arco de ábside, de herradura con alfiz, y la existencia de modillones de rollo se utilizan para datarla en el s. X avanzado, a lo que se unen sendos conjuntos de relieves descontextualizados de factura altomedieval y de época románica (Arbeiter y Noack 1999: 329; Palomero 2002: citas en los años 954 y 1048). La pequeña ermita de La Virgen del Val o de La Val, Pedro (Soria), es también de nave con ábside cuadrado exento y un porche meridional de madera (16,9 m x 7,4 m). La nave sustituye a la originaria perdida. El ábside también posee dos etapas que solo se pueden observar al exterior de modo que no se puede afirmar a cuál de ellas pertenece su bóveda, de cañón sin imposta y con dovelas de toba. Se ha datado en época visigoda por la decoración de las impostas de sus puertas que están reutilizadas. La iglesia de San Miguel de Gormaz (Soria) se sitúa en la falda del cerro del castillo homónimo (reconstruido por al-Hakam, 961-976). Consta de una nave con dos puertas, meridionales, una centrada restaurada y otra trasera originaria con arco de herradura con nacelas; un ábside exento de planta rectangular; y un pórtico meridional (22,6 m x 8,3 m). Tanto la nave, originaria y unitaria, como el ábside se construyen con mampostería de cal encofrada y reforzada. Pero el ábside sufrió una restauración inmediata a su construcción, de modo que su bóveda, de cañón con dovelas de piedra toba, sustituiría a otra similar. Las excavaciones han demostrado que el edificio se construyó sobre niveles y silos de los siglos IX-X. El ábside se decora al exterior con una cornisa que se ha supuesto de "estilo visigodo" y posteriormente fabricada ex profeso para el edificio, pero que, al margen de su cronología, se debe considerar reutilizada (datada en la segunda mitad del s. XI, como la iglesia, posterior al abandono islámico del castillo hacia 1060 y por análisis de C14 del cargadero de madera de la puerta trasera. Fuera de grupo, se debe citar también la iglesita de Las Tapias (Albelda de Iregua, prov. La Rioja) que, a pesar de lo que se pretende por su supuesta planta cruciforme, nada tiene que ver ni con San Vicente del Valle ni con la arquitectura "visigoda" (14,4 m x 10,2 m. Los muros eran de mampostería de cantos de río como posiblemente la bóveda de la cripta; el resto se cubría con armadura. Su planta está formada por una sala rectangular, con un muro delantero, atravesado a modo de cancel, que segregaba un espacio de coro, y cuatro habitaciones a cada lado, ábside, cripta trasera (sobre la que se inventa un "contracoro" o tribuna), un porche al norte y al sur un almacén con entramado para una segunda planta. Se pretende datar en el s. VII, pero sus caracteres constructivos le otorgan una cronología altomedieval. LA PRODUCCIÓN CONSTRUCTIVA Y DECORATIVA DEL GRUPO DE EDIFICIOS CON "CÚPULAS SOBRE PECHINAS" DE PIEDRA TOBA Estos edificios se producían por talleres o cuadrillas especializadas que trabajaban en coordinación. Canteros que utilizan sillería reutilizada que cortan a regla, sustituidos por albañiles en los edificios de S. Vicente del Valle 2, Tabladillo, La Canejada y Hérmedes; en todos, canteros expertos en extraer piedra toba y abovedar con ella, cuya labor caracteriza al grupo; carpinteros para andamios, cimbras, cargaderos, armaduras y quizás para refuerzo de los aparejos; y estucadores que decoran algunos edificios. Fuera de esta labor uniforme y coordinada, el grupo carece de maestría escultórica, recurriendo a piezas de expolio: fustes (Quintanilla, Oca, Ventas Blancas) y cornisas utilizadas como tales o como capiteles (San Vicente del Valle 2, Santa Coloma, Oca). Aparece escultura decorativa en la iglesia de Quintanilla, producida por un taller ambulante con escasa repercusión en otras obras locales; capiteles, quizás de comercio, en San Vicente del Valle; y mosaicos en Tricio. La arquitectura de este grupo se ajusta a una planta modelo: aula rectangular con ábside (santuario) cuadrado aislado y, en ocasiones, habitaciones (sacristías), también cuadradas y aisladas y colocadas en los extremos orientales de los lados largos del aula. Los ábsides se cubrían con las bóvedas sobre pechinas de piedra toba y las aulas, con armaduras. No podemos asegurar si en ocasiones se abovedaba también el aula, de una o tres naves. Los edificios de Arlanza, Oca y Ventas Blancas ofrecen indicios en este sentido que no es posible concretar por su estado, restaurado o en ruina, o por la falta de su estudio adecuado. Normalmente sólo se conserva el ábside gracias a la estructura estabilizadora de su abovedamiento que, sin empujes laterales, ata los muros, mientras que se arruina y se pierde el aula. Este proceso, señal de la escasa estabilidad del sistema estructural y constructivo del grupo, se inició en la alta Edad Media obligando a restauraciones históricas (Quintanilla, Arlanza, Tobillas, San Vicente del Valle, Tricio, Canejada, Montoria, Hérmedes). La forma de los edificios se relaciona con la actuación litúrgica. Los de planta sencilla plantean el problema de la inexistencia de sacristías, función que suponemos cumplen las habitaciones exentas laterales. San Vicente del Valle y Tabladillo presentan tres puertas en la fachada meridional, una principal en el centro y otras en sus extremos, indicando una jerarquización litúrgica interna. La puerta más oriental daría juego a un espacio de coro delante del santuario (también en Arlanza). La misma división litúrgica podría suponerse en los edificios con sacristías laterales (Oca y Ventas Blancas). Pero se desconocen restos escultóricos pertenecientes a canceles, cierres litúrgicos de coros, como los de época tardoantigua y los de otras iglesias altomedievales, o sus huellas en la arquitectura. El espacio de la iglesia de Quintanilla se organiza en dos zonas. El muro occidental del transepto sirve de cierre litúrgico entre el coro (que se supone de carácter monástico, Moreno 2011) y el aula, cada uno con su acceso individualizado. El transepto actúa a la vez como espacio de comunicación entre el santuario, las sacristías y la sala del aula. Estructura y función similares a las de El Trampal, Melque y La Nave. Al margen de la tribuna occidental (como las de las iglesias asturianas), desconocemos la función de las habitaciones laterales del aula, que son imprescindibles estructuralmente, igual que en El Trampal. Son singulares los edificios abovedados y decorados de Quintanilla de Las Viñas y Santa Coloma, debido a las condiciones funcionales y técnicas requeridas por sus promotores. Quintanilla aparenta el esquema tipo con ábside y habitaciones laterales sobresalientes, pero complica su forma interior para sostener una estructura abovedada, con transepto, nave con habitaciones laterales y tribuna sobre el porche de entrada. Su transepto abovedado y con crucero repite los del grupo de las primeras iglesias altomedievales (El Trampal y Melque) y será recurrente en otros grupos productivos (La Nave y Santa Comba de Bande). En la alta Edad Media hispánica, distintos grupos productivos, ante encargos extraordinarios, aplican sus técnicas constructivas propias a la obtención de estructuras con transepto de traza conocida. Esto invita a aceptar que las trazas dependen de "escuelas" de proyectistas, independientes de los "talleres" constructivos. Por otra parte, la decoración de Quintanilla destaca no sólo por su calidad, sino por su colocación en el exterior del edificio, recorriendo los paramentos de la cabecera y del transepto y quizás los del aula, lo que la convierte en única dentro de la producción altomedieval hispánica (Baños ofrece decoración al exterior pero sin un programa decorativo como Quintanilla). Todo ello indica su dependencia de un importante promotor, probablemente vinculado a los condes de Castilla, decidido a realizar una iglesia monástica extraordinaria, para lo que conforma un equipo constructivo y decorativo adecuado, de modo que su obra escapa a la unidad del grupo. Santa Coloma, un martyrium o edificio funerario, multiplica el elemento del ábside abovedado, adosando tres cuerpos de planta cuadrada, el central mayor que los situados a oriente y occidente, destacado y superpuesto a una cripta. Su decoración estucada debía cubrir por completo su interior. Las embocaduras de los ábsides que no se han recortado posteriormente y los escasos arcos supervivientes (Quintanilla, Oca y, de aceptarse, Elines) presentan arcos de herradura. Sin embargo, otros huecos de acceso a las iglesias y la mayoría de las ventanas se dintelan (San Vicente del Valle, Quintanilla, Oca; Siero y Elines). En Tabladillo (mampostería) las puertas utilizan cargaderos de madera. Las ventanas tallan sus dinteles arcuados al exterior y los dejan rectos al interior (Quintanilla, San Vicente del Valle). En San Vicente del Valle 2 se resolvió mal el excepcional dovelaje de huecos dobles arcuados. Los talleres de cantería que trabajan para estos edificios utilizan sillería que procede de desmontes sistemáticos de edificios romanos, al parecer inmediatos a la obra, como indican las huellas de manipulación, epígrafes o decoraciones (Quintanilla, Arlanza, Tricio, Santa Coloma, etc.). Queda la duda de si en estos edificios se pudo mezclar la sillería de expolio con la procedente de cantera (caliza brechoide de Tobillas), indiferenciada si fue tratada del mismo modo. Técnicamente no debió haber diferencias notables entre la obra de cantera y la de expolio, de modo que la existencia o no de canteras no dependía tanto de las condiciones técnicas como de la ausencia de unas necesarias condiciones sociales. En este grupo productivo se utiliza específicamente la sillería de expolio, trazada a regla y ajustada a pie de obra, sin utilizar nivel, y careada una vez puesta en obra, como demuestran las huellas que afectan a las juntas (Quintanilla). Es otro rasgo de su homogeneidad como taller. Esta labor es indudable en los edificios donde se recortaron y alisaron las caras exteriores de los muros, mientras que los sillares de las interiores se dejaron tal como se habían obtenido o con un tratamiento básico, para luego estucarlas (Arlanza, Tricio). En Santa Coloma se diferencian los sillares tallados de los muros aéreos, de los sin tallar que se colocan en los cimientos ocultos. En los muros se tantean alternativas constructivas y estructurales, como su formación con una o dos hojas. En las aulas de Quintanilla y Arlanza se utiliza como mecanismo de refuerzo el engatillado longitudinal y transversal de los sillares, ante la renuncia a engrosar lo suficiente los muros y a utilizar contrafuertes y tizones o sillares travesaños. Llama la atención esta renuncia al uso del atizonado que ya está presente en iglesias del s. VIII (EL Trampal, Melque). También son de dos hojas los muros del ábside de Tobillas; Oca, con hormigón de relleno; Ventas Blancas, con sillares travesaños; y Tabladillo, de mampostería. Sin embargo algunos ábsides utilizan muros de una hoja a pesar de abovedarse con pechinas (Arlanza, Tricio). Da la impresión de que los talleres constructivos experimentan. Los constructores también utilizaron distintos tipos de material para funciones distintas. La arenisca o la dolomía se utiliza en grandes sillares de forma rectangular para los sillares de cimiento y de las hiladas bajas, mientras que se prefiere la caliza, con sillares de tamaño menor y frente cuadrado, para el alzado de los muros, o la caliza blanca menos porosa para las roscas de los arcos (Quintanilla, Oca, Arlanza, S. Vicente del Valle, Tobillas) o para las hiladas decoradas (Quintanilla). No se utilizan mechinales para sujetar andamios salvo las excepciones de Arlanza y San Vicente del Valle, con sus variantes. Solo conocemos los cimientos de Tobillas, Tricio y Santa Coloma, los dos últimos ambos en zanja, con una cama de cantos rodados y sobre ellos sillares sin recortar. El robo de las profundas zanjas de cimentación de Quintanilla se debería a cimientos de sillería que interesaba reutilizar. La segunda cuadrilla especializada que trabaja en estos talleres es la de canteros de piedra toba que realizan bóvedas sobre pechinas. La toba caliza abunda en el territorio del grupo (estribaciones del Sistema Ibérico, sierras de La Demanda y Atapuerca, y Montes Vascos); es fácil de obtener y de tallar; de poco peso, lo que reduce sensiblemente los empujes laterales; y de rápida adherencia, lo que ayuda a que su empleo sea habitual en este y otros grupos productivos (Utrero 2006: 160). Estas cuadrillas se diferencian de las de sillería en que consiguen sus materiales en canteras de superficie, recurriendo a procesos de acopio y transporte. Además suelen influir en la producción aportando su material y colaborando en la construcción del ábside más allá de la expresa de las bóvedas. En Arlanza la toba se talla en forma de laja y ladrillo o adoquín para utilizarlas en falsa bóveda (20), pero en otros edificios del grupo adquieren forma de sillares (Ventas Blancas y Tabladillo, 19 y 24). En otras iglesias castellanas (Siero, Retortillo, Pedro, Gormaz) se utilizan grandes dovelas. Estas diferencias indican diferentes grupos productivos. Sobre los tímpanos recortados o los arcos de los vanos, utilizados como formaletas perdidas, se construyen las pechinas sobresalientes, que arrancan como nervios y cierran formando un anillo volado. La construcción de falsa bóveda sólo requería dovelar las piezas en el cierre. Todas las bóvedas de toba que conocemos son sobre pechinas, salvo la baída de la cripta de Santa Coloma por su función estructural y constructiva de suelo. Suponemos que serían bóvedas de cañón las de las naves y habitaciones de Quintanilla (con sus excepciones conocidas), Arlanza y Oca. El tamaño de los ábsides de estos edificios permite suponer una secuencia en sus producciones. Los de Tobillas, Montoria, Tricio, Oca y Quintanilla tienen el mismo tamaño (ancho exterior entre 5,2/5,3 m). Las iglesias de Ventas Blancas, Arlanza, San Vicente del Valle 1 y Elines poseen ábsides menores (entre 3 y 4 m). Estos edificios, con ábsides de tamaño homogéneo y aparejo de sillería, forman el núcleo principal del grupo productivo. A él se puede añadir Santa Coloma, también de sillería, que ofrece tres dimensiones distintas para sus "ábsides" (de Este a Oeste, 2,5 m, 5,4 m y 2,9 m). El ábside actual de San Vicente del Valle 2 (de restauración) y el de Hérmedes (fuera del territorio) son los mayores (6,45 m y 5,9 m). Además, estos dos ábsides se construyen con mampostería, abandonando el aparejo de sillería reutilizada. Es posible que correspondan a una fecha más avanzada. Si estos argumentos son aceptables habría que añadir a esta última producción las iglesias de mampostería de Tabladillo (a pesar de que su ábside es el más pequeño, 2 m) y de La Canejada (4,6 m). Llegados a este punto debemos comparar lo dicho con los resultados obtenidos en el estudio de los talleres constructivos altomedievales de la provincia de Álava (Sánchez Zufiaurre 2007: 267 ss.). Según este estudio Tobillas 1 y Montoria forman parte del grupo 1, siglo IX, caracterizado, entre otras variables, por la utilización de sillería reutilizada. Posteriormente se aplicó la misma metodología (clusters de variables) a otras iglesias entre las que se encuentran algunas que pertenecen al conjunto que estudiamos aquí, ordenándolas en tres grupos (Sánchez Zufiaurre 2009): • Grupo I (asimilable al grupo 3 alavés, s. X, Tobillas 1 y Montoria), Ventas Blancas y Quintanilla. Técnica de cantería con sillería ex novo. • Grupo II (asimilable al grupo 1 alavés, s. IX), Arlanza, Santa Coloma, San Vicente del Valle, Tricio y Oca. Técnica de cantería con sillería reutilizada. • Grupo III (asimilable a los grupos 4, 5 y 6 alaveses, con una cronología abierta entre los siglos IX y XI), Tabladillo y Hérmedes de Cerrato. Su estudioso señala el carácter especulativo de estas adscripciones en tanto que relacionadas con la asignación genérica a los modos constructivos altomedievales demostrados en Álava y como ejemplo de aplicación al método allí utilizado. Estamos de acuerdo con estas advertencias (Sánchez Zufiaurre 2009: 235 y 239; análisis más detallados, número de variables tenidas en cuenta, estudios locales o regionales). Lo que decimos aquí matiza las conclusiones obtenidas, ratifica la validez de la metodología y anima a su aplicación rigurosa. Asimilar las iglesias de Quintanilla y Ventas Blancas al grupo 3 alavés no es adecuado ya que ambos edificios reutilizan sillería, debiendo trasladarse al grupo II, equivalente al grupo 1 alavés; grupo en el que se deben inscribir las demás iglesias con técnica de cantería. Es cierto que en ocasiones no es segura la reutilización de sillería dado que en el proceso productivo se pudieron borrar las huellas del uso previo, pero esto, que puede considerarse en el caso de Ventas Blancas, no ocurre en el caso de Quintanilla donde las huellas de reutilización son evidentes (2). Sin embargo, la apariencia del aparejo de sillería de Quintanilla se asemeja más a la del grupo 3 alavés (Tobillas 2, Sánchez Zufiaurre 2007: fig. 137; Ullíbarri, Sánchez Zufiaurre 2009: fig.1) que a la del 1 alavés (Tobillas 1, Sánchez Zufiaurre 2007: fig. 134), debido a la utilización de la regla para la talla de sillares y a la ausencia de hiladas de regularización de mampostería. En resumen, las variables del conjunto estudiado pueden aparentar un grupo homogéneo. Sin embargo, dado nuestro actual nivel de análisis, debemos afirmar que esta sensación la provoca su pertenencia al mismo ambiente técnico y, dentro de él, a un conjunto definido por las bóvedas con pechinas y de piedra toba. La presencia de técnicas de cantería y albañilería evidencia que los edificios correspondientes deben pertenecer a distintos talleres constructivos que faltan aún por definir. Los estucos decorados de Santa Coloma (un jardín ideal con cercas y árboles que probablemente cubriría el interior de todo el edificio) y otros de los que solo tenemos indicios en las iglesias de Tricio, Ventas Blancas y Arlanza son coetáneos a sus obras y abonan por una cierta reiteración de su presencia. La escasez y debilidad de los indicios impide asegurar su verdadera importancia decorativa y su grado de relación con los constructores. Pero tanto las bóvedas, por el material utilizado, como en ocasiones, los paramentos interiores de ábsides y aulas, porque los sillares no se recortaron (Arlanza, Ventas Blancas, Tricio, Santa Coloma), necesitaban revestirse. Estas superficies se ocultarían por una gruesa capa de estuco decorado, indicando que este revestimiento estaría vinculado, al menos en ciertos casos, a la sillería reutilizada. La ausencia de la escultura en piedra y la presencia de la estucada se explican mutuamente. Solo en algún caso excepcional se preferiría la decoración esculpida en piedra a la tallada o moldeada en estuco, como en Quintanilla. La mejor superviviencia y el mayor impacto de la esculpida en piedra han facilitado que se ignorara la estucada. Condiciones de carácter técnico y económico, como su realización más sencilla, rápida y barata, una organización social diferente, aldeana frente a la urbana de los talleres surgidos en las metrópolis de Mérida y Toledo en los siglos VIII y IX, y la ausencia/existencia de talleres y operarios expertos facilitarían la primacía de los talleres de estucadores sobre los de escultores. El taller escultórico en piedra de Quintanilla está formado por mano de obra ambulante, contratada para una producción directa sobre el edificio y no "prefabricada" previamente en un taller alejado y urbano. La decoración se talla con la sillería puesta en obra y aprovechando sus andamios. Así se talló toda la decoración, tanto la exterior como la interior (frisos e impostas/capiteles del ábside). El taller decorativo depende de su coordinación con el taller constructivo (directamente o a través del promotor de la obra), asumiendo un compromiso temporal para realizar una producción extraordinaria que no se concluye. El taller es exclusivo; su decoración es más libre y apenas se somete a patrones formales repetitivos o esquemáticos; se distingue por decorar los paramentos externos; y su repertorio posee un carácter de unicum. Al no contar con núcleos urbanos donde implantarse, consolidar y distribuir su producción, su ciclo productivo se agota, desde nuestra perspectiva actual, apenas en una obra singular, con un escaso eco en producciones locales y secundarias. Las marmolerías de las ciudades de Mérida y Toledo, que sirvieron a edificios como El Trampal y Melque y a otros de sus ciudades y territorios en los siglos VIII y IX, o las de Oviedo no se relacionaron con el grupo productivo de La Rioja y Burgos, impedidas de rebasar sus límites cronológicos y territoriales (Caballero 2013; Utrero, Murillo, Martín, Rielo, Villa, Moreno, Álvarez y Baltuille e.p). La producción escultórica de Quintanilla manifiesta otras características diferenciadoras. Una es la ausencia de impostas molduradas o decoradas y asociadas a estructuras abovedadas. Ninguno de los edificios del grupo principal ni de los asociados (bóvedas de cañón de Siero, Gormaz, Pedro) ofrece estas molduras. Su ausencia impide su uso indiciario de la existencia de bóvedas, al contrario de lo que ocurre en otros grupos constructivos altomedievales (Mérida, Toledo, La Nave, Asturias. Solo un pequeño fragmento de friso, citado antes, que se diferencia por su menor altura de los frisos del grupo exterior al que sin embargo pertenece por su dibujo y talla, es posible que tuviera una función distinta que pudo ser la de imposta de las bóvedas de cañón, aunque ningún indicio positivo lo asegura (26a, en caliza blanca, procede de un terreno colindante con la ermita, documentado por Ordax y Abásolo 1982: lám. 22, pieza inferior, (14 x 13 x 6) cm, altura supuesta 17/19 frente a los 45 cm de los frisos). Solo se conocen cornisas coronando los muros exteriores en S. Vicente del Valle, decorada, y en Santa Coloma, lisa. Fragmentos de friso. a, b y c, Quintanilla de las Viñas (a y c en el Museo de Burgos); d, Valeránica (Tordómar, prov. Burgos; Museo de Burgos); e, San Pedro de Arlanza (Burgos), refectorio. La pieza a está al doble de su tamaño relativo. La segunda característica es la ausencia de canceles decorados. Este rasgo no es exclusivo de su grupo pues, como conocemos, se asimila también a la iglesia de La Nave. Conocemos dos soportes del altar de Quintanilla, excepcionalmente fabricados en mármol, encuadrado en el tipo evolucionado altomedieval (Melque, El Trampal, La Nave). Aunque la decoración exterior y la interior de la iglesia de Quintanilla pertenecen a distintos modelos y tallistas, se unifican como dos grupos de un mismo taller por su misma técnica y compaginar algún modelo (roleos con pájaros). Para proceder de distintos talleres deberían diferenciarse por unas técnicas de producción distintas. Tanto la epigrafía y la decoración exterior (por estar inacabada) como la interior (por los marcos distales sin tallar de los capiteles) se realizaron una vez colocada la sillería, lisa, en obra. Al pertenecer ambos grupos al mismo taller, no se puede argumentar que se interrumpió la decoración en el exterior y se reanudó en el interior varios siglos después. Se debe aceptar que el edificio se decoró e inscribió una vez terminada su construcción y que entonces quedó inacabado el proceso de decoración y de inscripción, bien fuera en el interior o en el exterior. Harris 2003: 121-130 considera, sin argumentarlo, que los frisos de Quintanilla se asemejan a los de la iglesia siria de Dayr Siman, finales del siglo V, y que no se tallaron in situ, sino en un taller). Ello no impide que este taller decorativo de Quintanilla, unitario, ofrezca grupos y variantes productivas, pertenecientes a manos y tallistas distintos. Un tallista labró el grupo formado por los frisos exteriores, aunque quizás decoró en el interior las impostas de las bóvedas. Otro decoró el grupo del arco del ábside que quizás se extendía a otras piezas que iban desde la portada occidental al crucero. A estos grupos principales se pueden añadir variantes de otros tallistas de menor habilidad o calidad diferenciados a partir de algunas piezas sueltas. Sin embargo dada la descontextualización de estas piezas y las excepciones que presentan, debemos considerar la posibilidad de que pudieran pertenecer a otros edificios vecinos a la iglesia. Los seis fragmentos de frisos con roleos son similares al grupo exterior de la iglesia aunque su dibujo es de calidad ligeramente inferior y su forma de losa corresponde a un aparejo diferente al conocido de la iglesia, como ya hemos dicho. Otros tres fragmentos pueden indicar la existencia de un tercer tallista de dibujo menos ágil y esquema compositivo más rígido. Una de las piezas, reutilizada en la iglesia, se decora a eje con dos palmetas y dos racimos que surgen de un tronco sogueado, simulando una palmera, encerrado el motivo por un listel (26b. Muro de cierre del paso del aula al crucero. Los otros dos fragmentos proceden de Quintanilla y del monasterio de Valeránica, célebre por su escritorio y situado a 40 km de Quintanilla (26c y d. En el museo de Burgos. Ambas piezas están talladas en piedra arenisca, rojiza y gris, frente al uso general de piedra caliza. Presentan "árboles de la vida", un tema a eje, en la de Quintanilla encerrado en un círculo sogueado y en la de Valeránica como remate de un friso limitado por un listel. El tema imita los frisos exteriores de Quintanilla pero su tratamiento demuestra la incapacidad de copiarlos con fidelidad al complicar el esquema, desfigurar los elementos que lo componen, ramas, triples hojas y racimos, y exagerar el uso de las incisiones para los sogueados y para figurar troncos. Así, por una parte se asegura la presencia de un taller que reparte entre sus tallistas las zonas a decorar de la iglesia o quizás de otros edificios. Los de superior habilidad decoran las zonas más simbólicas de la iglesia (con frisos y figuras) y los de inferior calidad, seguidores del tallista de los frisos exteriores del ábside, zonas hoy perdidas de la iglesia u otros edificios. Por otra parte, la pieza de Valeránica y otra reutilizada en un muro medieval del monasterio de San Pedro de Arlanza (26e. Muro de celdas del refectorio, inédita), plantean la posible producción de otras obras similares a la de Quintanilla, coetáneas y en su inmediato territorio (Al margen del fragmento de posible friso de imposta, 26a, al que ya hemos hecho referencia; nos faltan por señalar un fragmento al parecer decorado con un ave y sogueado, conservado en el Tabularium Artis Asturensis de Oviedo, desconocido por nosotros, citado por Barroso y Morín 2001: 60; otro con la decoración borrada, conservado en la iglesia del pueblo, Andrés y Abásolo 1982: lám. 23; y otro conservado en la fachada de una casa del pueblo, inédito. La iglesia y la cerca del cementerio están construidas con material procedente de la ermita). Los dinteles de ventana, arcuados y decorados con "árboles de la vida" de Siero y Elines defienden una irradiación del estilo de Quintanilla, en edificios que se asemejan técnicamente al del grupo de bóvedas de pechinas en piedra de toba. Abogan por la existencia de artesanos aislados cuyas semejanzas formales dependerían de una formación vinculada al taller de Quintanilla. Los alfices de las piezas de Elines denotan una cronología más avanzada. Los principios de la producción hacen insostenible la tradicional explicación "visigotista" que defiende una separación de doscientos o más años entre estas producciones (27. Todas ellas dependen de un mismo ambiente técnico y han de ser inmediatas, entre finales del s. IX y la primera mitad del s. X o poco más. Detalles decorativos, a-f, Quintanilla; h-i, ventanas de San Martín de Elines (Valderredible, prov. Cantabria); j, ventana de Siero (según Noak 1987). La misma excepcionalidad de la decoración esculpida de Quintanilla es característica de los capiteles de San Vicente del Valle 2. La bibliografía sobre estos capiteles refleja la duda de si procedían de un expolio y fueron realizados siglos antes o si su realización fue coetánea y encargada para la iglesia. Resolver este dilema a favor de su fabricación coetánea, como nosotros suponemos, confirmaría la llegada de tallistas excepcionales o, por comercio, de productos manufacturados a un ambiente productivo donde se ignora cómo se elaboran columnas y capiteles, como demuestra su sustitución por fustes, cornisas expoliadas (Oca), sillares con función de capitel (Quintanilla) o por un capitel de forma no clásica (procedente de Frías o Cillaperlata, prov. Burgos, Huidobro 1928-1929 y Noak 1987). Los cimacios/capiteles de Quintanilla recuerdan los de la tribuna de San Miguel de Lillo (Oviedo), que corresponden a la reforma de la fase originaria. No se pueden suponer ambos obra de un mismo taller constructivo, pero evidencian la similitud de soluciones técnicas, la incapacidad para realizar capiteles del taller que realiza la reforma y la simultaneidad de sus producciones. Algo parecido se puede decir de los capiteles de La Nave. La situación contrasta con la andalusí y en concreto con los capiteles figurados de Córdoba que creemos coetáneos de los de San Vicente del Valle y, en consecuencia, del grupo constructivo que estudiamos. Otra manifestación decorativa igual de excepcional es la del mosaico del ábside de Tricio. Como ocurre con las demás "excepciones" de este grupo, que hoy nos parezca única no nos obliga a considerar anacrónica su relación con la arquitectura a la que pertenece ni con el grupo productivo que tratamos. Estas producciones, estucos, escultura, capiteles, mosaico, son los indicios que nos quedan de los talleres decorativos que formaron parte o colaboraron con los talleres constructivos y que ayudan a comprender la identidad del grupo productivo. Aunque en la situación actual, estos productos no sirven como indicadores cronológicos "absolutos" de los edificios a los que pertenecen, su contextualización rompe la inmovilidad de su adscripción tradicional. Los problemas que presentan el mosaico de Tricio y los estucos de Santa Coloma recuerdan los similares de los estucos y mosaicos de otros edificios de los siglos VIII-IX (Melque, Villajoyosa. Cuando la iglesia de Quintanilla de las Viñas fue descubierta en 1927 por Huidobro, su análisis la hizo suponer de época visigoda (planta basilical con crucero, ábside cuadrado, sillería, arco de herradura, decoración, semejanza con La Nave, entre otras razones. Al margen de datos de imposible comprobación o fabulados, esta adscripción fue contradicha de inmediato por la relación de la oferente del edificio con la Flammola histórica, afianzada por la que la tradición defendía entre la ermita y el monasterio de Santa María de Lara y, en consecuencia, con los documentos históricos que se refieren a ellos (Serrano 1925: documentos 2 falso y 3, de 912, y 5, de 929: 5-13 y 18-21; Huidobro 1927, tradición en la segunda mitad del s. XIV; Huidobro 1927-1928, se apoya en Prudencio de Sandoval, Gregorio de Argaiz y Flórez, siglos XVII-XVIII). Mientras que la relación entre los dos personajes se ha contestado, la equiparación entre monasterio y ermita se ha aceptado sin excepción (hasta hoy, del Hoyo e.p.). Flámola se sitúa entre fines del s. IX e inicios del X († p.q. 929), en el territorio de Lara, donde se encuentra la iglesia, y fue esposa del conde Gonzalo Téllez, de Lantarón, Cerezo y Lara, presunta hermana de Mumadona y, de ser así, cuñada del conde Gonzalo Fernández, de Burgos y Lara, y tía de Fernán González. Posteriormente se afianzaron estas posturas. Por una parte, la unidad del edificio y el mantenimiento de la explicación "visigotista" obligaron a rechazar el valor histórico de los documentos, dado que a partir de ellos era imposible confirmar el s. VII como el de construcción del edificio (Camps 1939-1940 y 1940: 571-601). Y por otra, las dudas que mantenía la inscripción se procuraron resolver proponiendo, como en San Pedro de La Nave, la actuación de dos maestros decoradores, el segundo de los cuales, por encargo de Flámola, restauraría la iglesia y decoraría su crucero (Gómez Moreno 1966). Nota manuscrita de Huidobro sobre Quintanilla (1927. Cortesía de Manuel Casamar Pérez). En los años 1935 y 1952 se realizan las excavaciones de la iglesia que ofrecen algunas piezas que apoyaban la datación visigoda: una jarra de bronce y dos fragmentos de un vaso de vidrio (ajuar en la habitación norte del porche) y abundante cerámica de tradición romana y otra visigoda (habitación sur). Hallazgos no documentados y, por lo tanto, sin un definitivo valor cronológico (Íñiguez 1955). En 1945 se pretendió demostrar la ineludible existencia de una desconocida miniatura de época visigoda de la que dependerían dos grupos decorativos conocidos, la escultura figurada "visigoda" considerada del s. VII (capitel de Córdoba; decoración de Baños, la Nave y Quintanilla) y la miniatura hispánica del s. X. El argumento definitivo para demostrar su existencia sería la cronología "visigoda" del capitel de Córdoba y de las zapatas de la inscripción de Baños. De esta manera no era necesario plantear que la similitud de los temas decorativos (escultura y miniatura) equivalía a su producción coetánea, pero se incurría en un argumento falaz y circular (Schlunk 1945). Han sido múltiples los intentos de lectura de los anagramas de Quintanilla pero hasta el momento no ha sido posible conseguir su sentido correcto. Solo es seguro que corresponden a dos personas, dada la presencia de la conjunción et entre los dos primeros, que son sujetos del tercero, la forma verbal fecerunt (Caballero 1989; del Hoyo e.p.). Para los anagramas y para el busto de Cristo con nimbo crucífero de Quintanilla se ofrecieron paralelos en las monedas visigodas y otros anagramas de Constantinopla de fines del s. VII (Camps 1939-1940; Schlunk y Hauschild 1978: 230-234). La ausencia de un análisis paleográfico de la inscripción de Flámola se ha paliado recientemente defendiendo que su trazado es similar al habitual de los siglos VI y VII y está ausente en el panorama del s. X, concluyendo en consecuencia la datación visigoda del edificio (del Hoyo e.p.). Esta comparación no tiene en cuenta que las inscripciones tardoantiguas son incisas, mientras que estas son "en reserva", o en altorrelieve; técnica a lo que sabemos desconocida en el ámbito hispano tardoantiguo, lo que invalida su adscripción al s. VI/VII. Ya se ha puesto en relación esta manera de hacer propia del cancel de Lena (prov. Asturias) con la epigrafía andalusí y asturiana (Gómez Moreno 1966; Real 2007: 168, para Asturias s. XI. También Schlunk y Hauschild 1978: 196-197, lám. 96, al tratar el "capitel" de Bernardos, Museo de Segovia, que datan en el s. VII, aunque debe considerarse también de época altomedieval, comparan la técnica de su inscripción y su cruz con las inscripciones de Lena, Quintanilla y Siero). Otro dato que interesa para la datación altomedieval de la fórmula de la inscripción dedicatoria de Flámola es su relación con la también dedicatoria que, con otra de renovación, ambas perdidas, se situaba a un lado del altar mayor de la basílica de San Salvador de Oviedo, en una situación, salvando las diferencias, similar a la de Quintanilla. San Salvador fue renovado por el rey Alfonso II entre 796/808 y 842, aproximadamente un siglo antes de la fecha que proponemos para la de Flámola en Quintanilla. Discutida, como su compañera, por apócrifa, en la actualidad se consideran ambas auténticas. Frente a la larga tradición tardoantigua del término servus, exiguus sería utilizado a partir de Alfonso II, así como otros similares como vernulus y humilis. La misma idea aparece en el documento de donación de Flámola al monasterio de San Pedro de Arlanza en el año 912:... pro magis offerimus munuscula nullusque... La inscripción citada por Schlunk 1978-1980 en relación con la dedicación de la cruz de los Ángeles. Son falsas las noticias de unas desaparecidas inscripciones procedentes de los alrededores de Quintanilla y de un supuesto Becerro de Santa María de las Viñas que datarían la restauración y consagración de la iglesia por un obispo Almiro en el año 879 (Huidobro 1928-29; Gómez Moreno 1966; crítica por Camps 1939-1940; y Escalona 2002). Y es una interpolación la donación que figura en el testamento del abad Avito (822/952) de una iglesia de Santa María de Lara al monasterio de Tobillas (cuya iglesia pertenece al grupo que tratamos), que se refiere a otra iglesia diferente de la burgalesa (Peña 1993; Pastor 1996: 127-128; crítica por Larrea 2007). Los dos documentos de 912 y un tercero de 929 que se refieren a Flámola y a los monasterios de Arlanza y Lara, presentaban una contradicción entre ellos que recientemente se ha solucionado al considerar falso uno de los dos de 912. En el que se considera verdadero, el conde Gonzalo Téllez y Flámola confirman la fundación y dotan el monasterio de S. Pedro de Arlanza. Años después, en 929, Mumadona y su hijo Fernán González emancipan la comunidad de monjas del monasterio de Santa María de Lara. O sea, en el primer decenio del s. X, el conde Gonzalo Téllez, esposo de Flámola, detenta el poder de facto en Lara, fundando el monasterio de Arlanza, cuya iglesia, razonablemente, es la de San Pedro de Arlanza. En el mismo plazo temporal se puede suponer la intervención de Flámola promoviendo el monasterio de Santa María de Lara, cuya iglesia es la de Quintanilla. En un momento inmediato posterior, la influencia de esta pareja en el condado de Lara es sustituida por la de Gonzalo Fernández, su esposa Mumadona y su hijo Fernán González. Por ello es Mumadona y no Flámola la que interviene en 929 en Lara. La unidad constructiva, decorativa y epigráfica de la iglesia de Quintanilla, ya demostrada, impide suponer una restauración y permite asimilarla a los datos de la documentación escrita a través de la figura de Flámola. Las iglesias de Quintanilla y Arlanza, que pertenecen al mismo grupo constructivo y son coetáneas, habrían sido fundadas por el conde Gonzalo Téllez y su esposa Flámola (aceptada su relación con el documento y la inscripción), en el primer decenio del s. X (Serrano 1925; Escalona 2002; Escalona, Azcárate y Larrañaga 2002. Escalona, a pesar de explicar en este sentido los documentos, defiende la construcción visigoda de Quintanilla basándose en el continuismo y bizantinismo de la construcción, en el pobre panorama cultural altomedieval y en una restauración de la iglesia que, sin embargo, cree difícil de demostrar). La iglesia de Tobillas, perteneciente al mismo grupo productivo aunque sin ninguna relación con los promotores de las de Arlanza y Lara, se construyó por el abad Avito entre medio siglo o quizás un siglo antes, a.q. Queda una pregunta por contestar: a quiénes pertenecían los monogramas del testero de Quintanilla y en función de qué se les dedicaron. A pesar de la presión ejercida por la hipótesis "visigotista", la defensa de la cronología altomedieval de Quintanilla fue perseverante. En la década de 1960 se aprovechó la argumentación aparentemente desechada (homogeneidad productiva y documentación escrita) para procurar trasladar la datación de toda la arquitectura considerada "visigoda" al s. X. Sin embargo, la excepción de Baños, cuya datación epigráfica (661 d. C.) se consideraba inalterable, obligó a aceptar la existencia de una arquitectura visigoda con similares características a la considerada del s. X, provocada por una corriente artística continuista y "visigotista" (antes Porter 1928 y Whitehill y Clapham 1937; Puig i Cadafalch 1961 y Camón 1963). Hoy se ha puesto en duda la datación epigráfica automática de Baños y se considera que el argumento continuista es imposible por el principio de la unidad productiva que obliga a una paralela unidad cultural y cronológica. Así, a partir de 1994 se lleva este razonamiento a sus últimas consecuencias proponiendo un modelo explicativo "rupturista" debido a la llegada a la Península de una nueva cultura, la islámica, con el cambio de cronología. Un argumento básico en este modelo explicativo es el de que las iglesias de La Rioja y Burgos, con la de Quintanilla, forman un grupo productivo imposible de dividir en dos momentos históricos separados por el año 711 (Caballero 1994-1995 y 2001a). En el mismo año de 1994 se estudió y restauró la iglesia de Tobillas. Nos interesa la datación de su primera etapa que pertenece al grupo que ahora estudiamos. Se construyó sobre las ruinas de un edificio romano, sin que conste la existencia de niveles intermedios de época visigoda. El nivel que corta las fosas de fundación de la iglesia originaria está datado por cerámicas "de repoblación". Por otra parte, de acuerdo con el testamento del abad Avito (822 o 852) se puede afirmar que la iglesia fue construida en el s. IX. La segunda etapa de dicha iglesia se documenta por una inscripción encontrada en su excavación, la cual informa que el presbítero Vigila restauró la iglesia en el año 939 con una técnica constructiva distinta a la de la primera, especialmente con sillería de cantera (Azkarate 1995; Sánchez Zufiaurre 2007). Ambas fechas son los márgenes cronológicos del grupo constructivo al que pertenece Tobillas 1, entre los primeros decenios del s. IX y los del s. X. Desde la lógica de la producción constructiva y dada la homogeneidad tecnológica y formal del grupo, es difícil atrasar su cronología a inicios del s. VIII y es inaceptable llevarla hasta el s. VII. A este periodo altomedieval se ajustan las demás datas documentales; las características constructivas de los grupos constructivos con que se pueden comparar, bizantino y omeya musulmán; y la utilización de otras bóvedas hispánicas construidas con piedra toba durante los siglos IX al XI (Utrero 2006: 235-236). Se debe estimar la inexactitud de la fecha de Siero (777), borrada intencionadamente y difícil de suponer anterior al grupo por consideraciones de lógica productiva, tanto constructiva como decorativa. Santa Coloma se documenta como restaurada por el rey Ordoño II en 923, por lo que se supuso que se debería a él la decoración de estilo musulmán obtenida entre los Banu Qasi de Zaragoza, pero se debe considerar que edificio y decoración son coetáneas (Uranga e Íñiguez 1971: 37-39; Arbeiter y Noack 1999: 354-357). La datación de la alta Edad Media ha sido defendida también con argumentos de Historia del Arte, referidos a su decoración. El estudio de los relieves de Quintanilla solucionaría la tradicional indefinición de su ubicación cronológica entre los siglos VII y X, demostrando que sus orígenes remotos son la Persia sasánida y el Mediterráneo oriental, pero transmitidos a través de la cultura islámica (Córdoba, siglos IX y X). Así lo indicarían las diferencias técnicas y formales con los supuestos paralelos coptos, sirio-palestinos y sasánidas tardíos, que suponen una revitalización de lo sasánida en los siglos VIII y X. El foco común fue el núcleo difusor del Islam y el supuesto bizantinismo corresponde al fundamento oriental sasánida y tardomediterráneo de la cultura islámica. Por otra parte, no es lógico suponer un precedente en una miniatura visigoda de existencia no demostrada. Se concluye aceptando que fuera Flámola la promotora de la iglesia de Quintanilla en la primera mitad del s. X y en un ambiente artístico análogo al de la iglesia de San Miguel de Escalada (Cruz 2002-2003 y 2004; Utrero e.p.; argumentos que inutilizan otros como los de Grondjis 1952; y Garen 1997). Encuadrar la paleografía de las inscripciones de Quintanilla en el s. VII e inicios del VIII y equiparar sus monogramas con los de las monedas visigodas (entre 649-700) son consideraciones que no encajan con el modelo que defendemos y los argumentos que exponemos aquí. A ello se añade la opinión de que la relación entre las dos Flámolas (histórica y epigráfica) y los dos edificios (monasterio y "ermita") no es manifiesta (del Hoyo e.p.). Pero, si aceptamos que la iglesia de Quintanilla se construyó en el s. X, es evidente que las particularidades de los documentos y los edificios se acomodan sin contrariarse; y la iglesia del monasterio de Arlanza se construyó en el mismo territorio, con los mismos actores y como un producto similar. Si aún así quisiéramos salvar este salto, la homogeneidad que manifiesta el grupo al que pertenecen sitúa ambas iglesias en el mismo escenario sin que sea necesario recurrir a los documentos y a las tradiciones toponímicas para adscribirlas al mismo contexto tecnológico, cultural y cronológico. Las características paleográficas se manifiestan como el único obstáculo, a la espera de que puedan acomodarse debidamente pues, de acuerdo con el principio de la unidad productiva, también deben pertenecer al mismo momento. Dado que arquitectura, decoración y epígrafes tienen el mismo encuadre cronológico-cultural, habrá que resolver la aparente excepción que provoca la paleografía. Se acompaña el modelo 3D de la reconstrucción de la iglesia de Quintanilla en la versión html on line. Dibujo de Rafael Martín Talaverano. Descargar Modelo en 3D.
Metalurgia medieval aplicada a la construcción. Las rejas góticas de la Catedral de Barcelona En la Catedral de Barcelona se mantienen en uso diversas rejas contemporáneas a la construcción gótica original, elaboradas con estructura de hierro o acero y apliques decorativos de aleación de cobre. Previas a los avances en calidad y productividad de las innovaciones del método catalán del s. XVII, se ha considerado de interés identificar el nivel tecnológico aplicado mediante su estudio metalográfico. El análisis ha consistido en la obtención de muestras para su observación en microscopía óptica y electrónica (SEM), microdurometría y microanálisis (EDAX). De forma genérica, los resultados evidencian un metal adecuado con su funcionalidad y pragmatismo de coste, con calidad de acero hipoeutectoide, utilización de soldadura por capas y singular resistencia a la corrosión. Los ornamentos, de bronce y latón, son suficientemente maleables para facilitar al máximo el detalle artístico y presentan indicios evidentes de reutilización. El objetivo del presente artículo se centra en mostrar la siderurgia medieval con fines edificativos en su aplicación práctica. Para ello se identifica el nivel de desarrollo tecnológico precisado para forjar diversas rejas sitas en las capillas de la nave central y el claustro de la Catedral de Barcelona, las cuales se datan en las etapas iniciales de construcción y forman parte del patrimonio gótico del conjunto. Su análisis metalúrgico debe permitir describir calidades del metal, el procedimiento utilizado y la adaptación a las necesidades constructivas; a su vez, faculta la actuación en el ámbito de las tareas de preservación patrimonial, disponiendo de datos físicos referentes a su estado de conservación. Sin estudio analítico previo de los diversos enrejados y cancelas, el proyecto ha posibilitado diferenciar las reparaciones posteriores y establecer la relación directa entre la metodología de producción y la documentación histórica conservada en el Archivo Capitular de la propia Catedral1. A partir de dicha información, se ha procedido a seleccionar aquellas rejas que, supuestamente, corresponden a la obra gótica original2. CONTEXTO HISTÓRICO Y TÉCNOLÓGICO Con larga tradición en su estudio histórico-artístico, la construcción de la catedral gótica de Barcelona se inició oficialmente el año 1298 como resultado de la voluntad de substitución del precedente y menor edificio cultual románico que, a su vez, se erigía sobre estructuras paleocristianas. Finalizadas las obras con el claustro y el cimborio provisional durante la segunda mitad del s. XV, la intervención de estilo neogótico (finales s. XIX-inicios s. XX) consistió en la culminación de la fachada y el cimborio y la renovación de instalaciones diversas. El conjunto arquitectónico presenta una basílica con estructura de cruz latina en cuyos extremos del crucero se sitúan los campanarios, en la base de los cuales se ubican accesos; el cuerpo principal se articula en tres naves y un único ábside, aprovechando los contrafuertes para, interiorizándolos, habilitar capillas auxiliares que circundan el espacio sacro y que, a su vez, perimetran parcialmente el claustro anexo rectangular. La necesidad de distribuir los espacios litúrgicos y proceder a los cerramientos de las capillas y los ventanales al exterior propiciaron la utilización de gran cantidad de estructuras metálicas, principalmente cancelas, barandas, pasamanos, enrejados y portones, que debían añadir a la funcionalidad un componente estético acorde al entorno. La tecnología siderúrgica medieval consistía en una industria artesanal cuyo proceso se iniciaba en la extracción del mineral, su reducción y la obtención del metal de forma directa3, la producción de calidades y formatos estandarizados y su comercialización al maestro forjador, el cual se especializaba en las múltiples aplicaciones del hierro y el acero y adaptaba los procedimientos al encargo a ejecutar. Durante el periodo de producción de las rejas góticas de la Catedral, el proceso se hallaba en una etapa intermedia de desarrollo del llamado método catalán o farga catalana, posterior a la aplicación de la energía hidráulica en la purificación de la esponja de hierro, datada de la primera mitad del s. XII, y anterior a la trompa de aire, innovación del s. XVII (Mascarella 1993: 42-49; Mas 2000: 73-78). A las características formales y documentales de los materiales susceptibles de estudio, determinantes de su inclusión en el conjunto muestral, se añaden condicionantes de tipo logístico o patrimonial, tales como el estado de conservación, el uso litúrgico aún vigente, su ubicación en el área cultual o el nivel de protección como elemento singular. A partir de las premisas anteriores se ha procedido a la extracción de diecinueve muestras correspondientes a siete rejas bibliográficamente enmarcadas en el período histórico de interés. De las muestras obtenidas, trece se obtienen de la estructura de barras y pasamanos y de los elementos de fijación, de hierro o acero; las seis muestras restantes proceden de los elementos ornamentales, con unas características físicas propias del cobre y sus aleaciones. En el presente resumen se incluyen únicamente cinco muestras del total del conjunto, correspondientes a las rejas de cerramiento de las capillas referenciadas en la figura 1 con los números 1, 2 y 7: Planimetría de la Catedral de Barcelona con la situación de las capillas originarias del conjunto muestral del estudio y las citadas en el presente artículo (capillas 1, 2 y 7). La metodología de trabajo experimental se ha orientado a la identificación de las características tecnológicas de las rejas originales. Con esta finalidad se llevan a cabo los siguientes estudios analíticos: • Metalografía de la estructura cristalina mediante observación microscópica óptica y electrónica de barrido (SEM). • Microanálisis químico cualitativo y semicuantitativo por dispersión de energía de rayos X (EDAX), de aplicación en la estructura cristalina y en las fases mineralógicas de las inclusiones no metálicas atrapadas en el metal. • Determinación de la dureza de las distintas estructuras metálicas mediante la técnica microdurométrica. El procedimiento seguido se ajusta a la metodología clásica de preparación de muestras metalográficas y posterior investigación4. Estudio arqueometalúrgico del enrejado 1 La reja estudiada corresponde al cierre de la capilla dedicada en inicio a Santa Clara y Santa Catalina que, a partir de 1840, modificó el culto a la veneración de San Clemente (figura 2). Imagen genérica del enrejado 1 (capilla de San Antonio de Padua y de los Santos Cosme y Damián). La elaboración de la reja se data en 1450, obra del artesano barcelonés Joan Vilalta, por encargo de Sança Ximenis de Foix y de Cabrera, esposa de Arquimbau de Foix, con un valor de 335 florines de oro. Existe constancia documental de dicho encargo y del pago por parte de la misma patrocinadora de 55 florines más al pintor Joan Cabrera para dorar parte de la estructura metálica (Farrando y Omella 1996: 30; Amenós 2004: 137-138). De estructura recargada, se elaboró a partir de un cuerpo central con acceso de doble batiente y laterales con continuidad de barrotes y pasamanos. En un estado de conservación aparentemente correcto, la presente reja se caracteriza por la ornamentación propia del gótico florido, con arcos conopiales sobre el umbral, gabletes, soportes de figuras escultóricas flanqueantes, hoy ausentes, y ornamentación floral de coronamiento formando crestería, con grandes frutos, posiblemente granadas, y todo tipo de hojas lobuladas también presentes en la culminación superior de los barrotes y en los bastidores: cardinas, hojas de vid, de roble, de trébol, espigas y palmas. Con presencia de añadidos más modernos, presenta marco moldurado clavado en el pavimento, de doble puerta con bastidor central y triple pasamano afianzado en los laterales. El pasamano central destaca por una acanaladura lateral de borde inferior redondeado, detalle diferenciador y evidente de una factura esmerada. La muestra presenta una microestructura con heterogénea gradación de carbono (C), siendo la zona más interna del pasamano casi ferrítica (104,1 HV)5, con inclusiones no metálicas agrupadas y de pequeño o mediano tamaño; sin indicios de deformación ni de carburación en sus límites, el grano ferrítico presenta tamaño medio uniforme. Se observa una transición repentina a la estructura hipoeutectoide con disposición Widmanstätten (134,3 HV) que evoluciona hasta el eutectoide (182,7 HV), con granulometría acicular e inicial presencia de cementita terciaria intergranular. Decreciendo el contenido de C en dirección a la superficie de la muestra, se aprecia una microestructura casi ferrítica muy cercana a la cara perimetral; en la zona ya superficial, con enriquecimiento de C, aparecen granos de perlita (160,6 HV) y ferrita acicular que contrastan con la microestructura anterior (figuras 3a-3d). A mayor aumento, se detalla la carburación superficial y una tipología de las inclusiones no metálicas que difiere visualmente de las identificadas en el área interior de la muestra. En una ubicación intermedia de la muestra, y formando una banda paralela a la cara superior, la zona de mayor carburación presenta una microestructura hipereutectoide, con cementita intergranular en los límites de grano perlítico. A fin de detectar cualquier elemento minoritario que afecte las características y propiedades de la matriz metálica, el correspondiente análisis semicuantitativo atestigua un metal de hierro químicamente casi puro. En referencia a las inclusiones no metálicas de supuesta naturaleza cristalina se han realizado "mappings" de identificación individualizada de componentes elementales6. Se procede a diferenciar dos variantes formales de inclusiones, unas de formato irregular (figura 3e) y otras circulares o anulares (figura 3f); las inclusiones de forma más irregular corresponden a nódulos de óxidos de hierro, probablemente wustita; las inclusiones circulares son formadas por silicato de calcio-magnesio, con un nódulo de wustita (FeO) en el centro de aquellas anulares, donde el manganeso (Mn2+) ha substituido parcialmente al hierro (Fe2+). Fotomicrografías correspondientes a la muestra 0101. La interpretación de los resultados obtenidos queda limitada por el hecho de no disponer de una sección entera del pasamanos y reducirse la muestra a un fragmento de uno de los ángulos de su cara superior. Respecto a la presencia de inclusiones diversas, algunas de primera obtención 7 y otras derivadas de los trabajos sobre el metal, evidenciarían las obvias dificultades en la depuración durante el proceso de post-reducción y forja, propias de la tecnología del momento. La heterogeneidad de microestructuras identificadas y la discontinua presencia de inclusiones no metálicas indican el uso de diferentes porciones de metal, láminas u otros fragmentos. El estudio de la muestra presume un mínimo de dos, diferenciadas por el diverso porcentaje de inclusiones y por el súbito cambio microestructural, que pasa al eutectoide en el área central de la muestra. El pasamanos fue trabajado mecánicamente en caliente, a temperatura superior o igual a la de recristalización, evitando la deformación del grano para, finalmente, ser cementado depositando la cara plana más ancha sobre las brasas, circunstancia que le proporcionó un enriquecimiento de carbono muy superficial, con poca penetración (inferior a 0,1 mm), que no se repitió en el lado estrecho observado. En referencia a las inclusiones no metálicas, el análisis muestra los elementos habituales que forman las fases típicas de las escorias de obtención directa, con nódulos formados por wustita (FeO), una fase cristalina fayalítica (Fe2SiO4) y un fondo de silicato actuando como remanente de los elementos menos abundantes y parte del sílice presente. La wustita identificaría escorias de primera reducción, originarias del mineral, y mostraría un proceso de depuración incompleto, incapaz de extraer las impurezas del metal. Destaca la presencia de fósforo (P) y azufre (S): en el caso del P, su existencia en las inclusiones está vinculada al mineral original de hierro; respecto al hallazgo de S, las hipótesis relativas a su presencia son diversas: una contaminación durante la forja del útil por impregnación de restos de metales previamente trabajados, por la existencia de sulfuros originarios en el combustible o, probablemente, por formar parte del mineral original, como el P. La presencia de potasio (K) y calcio (Ca) se encontraría asociada, respectivamente, al combustible utilizado, carbón vegetal, y a las reacciones químicas que, durante la reducción, se producen con los silicatos de la arcilla que forma las paredes internas del horno (Simon 1992: 107-124). El objeto se conformó a partir de porciones de acero con diferente grado de carburación y soldadas a la calda, quedando poco acerado en la cara superior. Descarburado durante el trabajo en caliente, fue enfriado a suficiente velocidad (sin temple) para formar una estructura acicular típica (Widmanstätten), y se procedió a una última cementación para aumentar la dureza perdida durante la conformación. Obtenida de una de las molduras decorativas del marco del acceso. A diferencia de la estructura férrica a la que se sujeta, está elaborada con cobre o una de sus aleaciones. La microestructura observada se caracteriza por dos fases, una de tonalidad clara (64 HV) y otra más oscura (64,9 HV), de carácter totalmente dendrítico, entre las que se desarrollan numerosas y diversas inclusiones generalizadas en la superficie de estudio (figura 4). Fotomicrografía de la muestra 0102 con imagen de las dos fases visibles e inclusiones de diversa naturaleza (x 960 augm.). Se ha procedido a analizar la matriz metálica comprobando la presencia mayoritaria de cobre (Cu) y, en menor proporción, de plomo (Pb), zinc (Zn) y estaño (Sn). Asimismo, se han identificado ambas fases y se ha procedido a su análisis semicuantitativo junto al de las inclusiones: en la matriz, la fase oscura se encuentra formada por Cu y la más clara con Cu como elemento mayoritario y Sn y Pb como minoritarios; en referencia a las inclusiones, se distinguen físicamente dos tipologías por morfología y cromatismo; las inclusiones negras están en su mayor parte formadas por Pb y las de tonalidad azul por azufre (S) y Zn (Tabla 1). Análisis semicuantitativo del metal y las inclusiones en la muestra 0102 (% en peso). Identificación: spectrum 2: área marrón oscura del metal; spectrum 3: área marrón clara del metal; spectrum 4: inclusión negra; spectrum 5: área marrón oscura del metal; spectrum 6: área marrón clara del metal; spectrum 7: inclusión azul; spectrum 8: inclusión azul; spectrum 9: área marrón clara del metal. El grano dendrítico de la matriz metálica es el propio de un enfriamiento rápido desde el estado líquido. Los análisis confirman que se trata de una pieza de bronce-latón compuesta por los elementos Cu-Sn-Zn-Pb. Durante el proceso de solidificación se formaron dos fases: una prácticamente de cobre puro, y la otra de un bronce ternario compuesto por Cu-Sn-Pb; la mayor parte del plomo, metal con punto de fusión inferior, se segregó durante la solidificación creando inclusiones en los límites de grano de la aleación. En el mismo orden, se ha evidenciado en las inclusiones de tonalidad azulada los elementos S y Zn, que han formado sulfuro de zinc; posteriores espectros cualitativos revelan la presencia de hierro (Fe) como elemento traza, en forma de impureza y considerada posible huella identificadora del mineral originario. Desde la antigüedad, el procedimiento de elaboración de objetos de bronce empleaba metales de primera utilización y, como alternativa, metales reutilizados a partir de objetos en desuso o amortizados, técnica de interés ante la posible escasez en el suministro de materia prima. La aleación cuaternaria faculta la posibilidad de la utilización de más de un objeto refundido en la elaboración de la pieza; a su vez, el original se elaboró a partir de un molde, donde el metal llegó en estado fluido. Durante la observación microscópica no se han detectado burbujas dejadas por el gas, lo que indicaría una técnica de moldeo eficiente en la que el fundidor demuestra el conocimiento empírico de situar adecuadamente la alimentación del metal respecto a la geometría de la pieza. El procedimiento óptimo corresponde a poner el molde en una posición que permita que la solidificación del objeto se inicie en la parte baja de dicho molde y siga progresivamente hacia arriba, eludiendo el riesgo de que se formen perniciosas burbujas de gas en el metal sólido. Actualmente se añade plomo al bronce para mejorar su maquinabilidad y resistencia al desgaste. Su uso en la muestra indicaría dos posibilidades no excluyentes: que se utilizara intencionadamente por su moldeabilidad y la no necesidad de otras propiedades mecánicas en la pieza original, lo que afirmaría un conocimiento de dicho beneficio ya documentado en la metalurgia preindustrial; por otra parte, y de forma pragmática, el uso de plomo podría vincularse al simple abaratamiento en el coste del producto. Estudio arqueometalúrgico del enrejado 2 La reja objeto de estudio corresponde al cierre de la capilla bajo advocación de Sant Josep Oriol (figura 5), la cual, con anterioridad al culto del santo barcelonés, estaba consagrada a San Agustín y al también local obispo Sant Oleguer, cuyos restos permanecieron depositados en dicho espacio entre 1380 y 1936 (Martí 2003: 10-11)8. Si bien es posible la existencia de una reja contemporánea a la instalación de las reliquias correspondientes, tal vez de madera o también metálica, la documentación histórica precisa que la estructura actual fue forjada por el maestro Joan Sort en 1568, al precio de 200 libras barcelonesas (Farrando y Omella 1996: 29), y posteriormente restaurada durante la intervención del s. XIX (Amenós 2004: 142) 9. Imagen genérica del enrejado 2 (capilla de Sant Josep Oriol) En estado de conservación aparentemente correcto, la reja de la capilla de Sant Josep Oriol se caracteriza por, siendo de cronología posterior a las rejas de la etapa de construcción del conjunto, continuar el modelo de ornamentación de gótico florido. Sin embargo, son posibles añadidos posteriores los que en buena parte motivan el estilo tardío y recargado, con presencia de decoración sobrepuesta en el cuarto superior de los batientes rectangulares de arcos conopiales rematados por palmas de tres ramas, gabletes laterales, soportes de figuras escultóricas, hoy ausentes, y ornamentación floral abundante de coronamiento; también con añadidos, muestra marco cuadrado y moldurado clavado en el pavimento, doble batiente con bastidor central, triple pasamano de sección cuadrangular afianzado en los laterales y barrotes coronados por pomos alternados de hojas y flores abiertas, con la cruz de la Catedral como motivo central. La muestra se caracteriza microestructuralmente por una matriz metálica casi ferrítica (84,1 HV) con alguna cadena de cementita terciaria intergranular y granulometría sin deformación. De forma minoritaria y en la zona superficial se localiza la existencia de pequeños granos perlíticos en los límites granos ferríticos (90,4 HV). El análisis cualitativo puntual de los elementos constituyentes en diferentes zonas de la matriz metálica muestra el hierro (Fe) como único elemento junto, en mínima proporción, del carbono (C). Se identifican numerosas inclusiones no metálicas distribuidas por la matriz, si bien en diferente cantidad y características morfológicas. Por una parte, inclusiones dispuestas en los límites de los granos ferríticos; su análisis cualitativo indica Fe, manganeso (Mn) y oxígeno (O2), correspondiente, por tanto, a una inclusión de wustita (FeO) en la que se ha producido la sustitución parcial de Fe2+ por Mn2+. Por otra, en áreas cercanas a las anteriores, son visibles inclusiones caracterizadas por diferentes fases y con nódulos internos (figura 6); los análisis semicuantitativo correspondientes no han ofrecido resultados concluyentes en referencia a los nódulos, debido a su escaso grosor, si bien una hipótesis sería considerarlos óxidos de hierro; el espectro del fondo de la inclusión indicaría la presencia de fayalita, con el silicio (Si) sobrante formando un remanente de silicato vítreo junto a los elementos presentes en menor proporción (figura 7). Fotomicrografía de la muestra 0201 con detalle de una inclusión no metálica sobre la granulometría ferrítica, con nódulos y al menos dos tonalidades de fondo. Análisis cualitativo de los elementos constituyentes de una inclusión no metálica en la muestra 0201. La muestra estudiada presenta una estructura casi ferrítica, con un ligero porcentaje de carbono en el límite de la cara vista. Partiendo de la hipótesis que se trata de un producto de la farga catalana es factible o que el metal original ya presentara distribución aleatoria de C desde la reducción, o que a lo largo del procedimiento de conformación se produjera una cementación superficial al apoyar la pieza sobre las brasas, con penetración de C a profundidad muy limitada. En ambos supuestos no parece que existiera voluntariedad respecto a la ubicación de las zonas aceradas, ya que dichas áreas no precisaban cualidades de dureza singulares. La microestructura muestra una granulometría regular, sin deformación y tamaño bastante uniforme, que indicaría trabajo mecánico en caliente, a temperatura suficiente para permitir la recristalización simultanea a la deformación plástica. La estructura metálica observada es propia del producto que ha sido sometido a un recocido contra la acritud; este procedimiento se efectúa entre 600o C y 750o C y aumenta la ductilidad del acero de poco contenido en C (menos del 0,4%) estirado en frío; calentando el objeto a esta temperatura, empíricamente detectada a partir del color rojo cereza, se elimina la cristalización alargada de la ferrita, creándose nuevos cristales poliédricos más dúctiles que los primitivos que permiten estirar o laminar nuevamente el material sin mayor dificultad. Las abundantes y diversas inclusiones son indicativas de una ineficiencia del purificado de la esponja original, habitual en las producciones siderúrgicas antiguas y medievales; tampoco el posterior trabajo mecánico logró la expulsión efectiva de las inclusiones, mermando las propiedades mecánicas de la pieza. Las inclusiones complejas que aparecen en las analíticas presentan los elementos habituales de las escorias del método de obtención directa, con nódulos formados por wustita, un fondo gris claro de naturaleza cristalina de fayalita y un fondo oscuro vítreo de silicato que actúa como remanente. En el mismo sentido, la presencia de potasio (K) y calcio (Ca) se encontraría vinculada, respectivamente, el combustible utilizado, carbón vegetal, y restos originarios de la reacción con los componentes internos de las paredes de la infraestructura. El pasamanos se conformó aprovechando los diversos formatos estandarizados producidos por la farga catalana (Molera y Barrueco 1983: 24), con una calidad de acuerdo con las necesidades mecánicas. No era preciso un metal especialmente duro para montar la reja sino ductilidad para, entre otros procedimientos, perforar el paso de los barrotes, por lo que se utilizó hierro o acero muy dulce. Obtenida de un elemento floral decorativo, una hoja de hiedra, que coronaba un gablete del bastidor de acceso. Muestra elaborada con cobre o una de sus aleaciones. Se observa una microestructura dendrítica muy fina, formada por dos fases, una oscura (78,2 HV) y otra de color claro, casi blanco (63,7 HV), siendo visibles inclusiones diversas (figura 8). Fotomicrografía de la muestra 0203 con imagen de las dos fases visibles e inclusiones no metálicas. Se han practicado análisis semicuantitativos a la matriz metálica y a las inclusiones de tipología diferente. En la matriz se advierte la presencia mayoritaria de cobre (Cu) con zinc (Zn) y, en menor proporción, estaño (Sn), plomo (Pb) y arsénico (As) (tabla 2); de los anteriores, el Cu y el As minoritario parecen corresponder al componente de la fase oscura y la aleación del Cu-Zn-Sn a la fase más clara. El Pb aparece como componente segregado formando inclusiones metálicas, visibles como blancas en la fotomicrografía del SEM, que pueden resultar arrancadas en ocasiones por el pulido de preparación de la muestra; a ellas se unen los poros, en color negro, habituales en las muestras analizadas. Análisis semicuantitativo de la matriz metálica de la muestra 0203 (% en peso). La muestra presenta una estructura dendrítica fina producto de un enfriamiento muy rápido, sin duda motivado al verter el metal en estado líquido en un molde frío (a temperatura ambiente) y por las propias características físicas del objeto, de pequeñas dimensiones. La funcionalidad ornamental de la pieza explica la composición de la aleación empleada, un bronce arsenicado o latón inferior (<5% Zn), si bien la superior cantidad de Zn respecto del Sn hace más cercana su asignación al grupo de los latones. Esta tipología de aleación, de color oro viejo, resulta distintiva por su ductilidad e indicada en trabajos de orfebrería, joyería o decoración; a dichas propiedades se añaden las cualitativas generadas por el Sn y la maquinabilidad y facilidades para la fundición y moldeo proporcionadas por el Pb. Como hipótesis de trabajo se interpreta que la experiencia empírica del artesano permitió vincular la utilidad de la pieza con el material metálico a emplear, combinando buenas propiedades para la fundición y moldeado con el color más interesante para el ornamento. El metal base fue posiblemente obtenido del reciclaje de diferentes objetos: uno de bronce ternario (Cu-Sn-Pb) de donde provendrían el arsénico, propio del mineral de obtención de Cu; por otra parte, un latón Cu-Zn. La presencia de arsénico faculta la reutilización de un utensilio antiguo, conformado a partir de Cu arsenical o de bronce formado por esta aleación natural; el porcentaje de As presente testimoniaría una gran cantidad del elemento en la pieza original. Estudio arqueometalúrgico del enrejado 7 Capilla de inicial advocación a San Mateo y San Matías (figura 9), en el 1367 el mercader de Barcelona Guillem Almugaver ofreció 100 libras para forjar la reja correspondiente, motivo por el que se añadió su escudo heráldico flanqueando el doble acceso (Farrando y Omella 1996: 52). Se trata de uno de los elementos de hierro de mayor antigüedad en el conjunto catedralicio, si bien las reformas que se realizaron para acondicionar la capilla al uso vigente han inducido a cuestionar su originalidad (Amenós 2004: 142)10. Imagen genérica del enrejado 7 (capilla del sepulcro de la familia Girona Agrafel). Contrariamente a la mayor parte de las rejas estudiadas, ésta se caracteriza por la simplicidad y austeridad decorativa, circunstancia que destaca la ortogonalidad del conjunto, si bien el desgaste de las bisagras de uno de los batientes y la conservación deficiente desmerece su valor. De triple pasamanos, presenta una alta frecuencia de barrotes longitudinales que los atraviesan y que obligan a engrosar la sección a cada paso de elemento; dichos barrotes son de sección circular irregular, de factura tosca, en sintonía con la sencillez de la reja. Sin pasamanos a ras del pavimento, los barrotes y los bastidores encajan directamente en las losas pétreas del suelo mediante espigas con remaches de suspensión de elementos decorativos perdidos. El acceso es de doble batiente y muestra refuerzo de cubrimiento en los marcos, el umbral y en el bastidor central, creando la superficie donde se apoyaron los escudos con la heráldica del patrocinador inicial de la capilla. Siguiendo secuencias de cinco barrotes, la crestería está formada por flores o florones simples abiertos con punzón central. Obtenida de un remache de sujeción de un elemento desaparecido y fijado en la parte inferior del bastidor. Elemento forjado en hierro o acero. Presenta una microestructura ferrítico-perlítica de muy bajo contenido en carbono (C) (104 HV) o ya ferrítica (94,2 HV); en una zona perimetral, y de forma localizada y aleatoria, se advierte una área más carburada (127,8 HV) (figura 10). Fotomicrografía de la muestra 0701 con imagen de la microestructura ferríticoperlítica (x 440 augm.). En general, la granulometría ferrítica se muestra poligonal, sin deformación visible, con tamaño homogéneo, pequeño o mediano; granos de perlita y algunas cadenas de cementita se ubican en los límites de los granos de ferrita. En referencia a la zona puntual de mayor carburación, se observa una microestructura ferrítico-perlítica (0,4% C aprox.) con disposición acicular tipo Widmanstätten de la granulometría ferrítica; en áreas más internas, se aprecia naturaleza laminar y globular en la perlita. Se ha realizado el análisis cualitativo de la matriz metálica comprobándose que los elementos hierro (Fe) y, en mínima proporción C, componen el metal. Son numerosas y diversas las inclusiones no metálicas y se distingue singularmente una tipología de dimensiones variables y forma irregular donde se observan fases internas. Las analíticas cualitativas identifican dichas fases: el espectro del fondo de la inclusión (figura 11) muestra un conjunto de elementos que se supone forman una fase cristalina con un silicato olivino-fayalítico ((FeMn)2SiO4, tefroita); el resto de componentes advertido formaría un silico-aluminato probablemente vítreo; como en otras muestras estudiadas, destaca la presencia de trazas de fósforo (P) y azufre (S). La analítica de los nódulos de la inclusión (figura 12), de tonalidad más clara que el fondo, presenta los elementos hierro (Fe), manganeso (Mn) y oxígeno (O2) que formarían un óxido de hierro-manganeso tipo wustítico; en proporción menor también aparecen los elementos calcio (Ca), silicio (Si) y aluminio (Al). Análisis cualitativo del fondo o remanente de una inclusión no metálica de la muestra 0701. Análisis cualitativo de un nódulo correspondiente a la misma inclusión no metálica de la muestra 0701. La muestra de estudio corresponde a un pequeño remache o roblón de sujeción, siendo la superficie analizada su sección íntegra. Se trata de hierro de la calidad estandarizada en la farga catalana conocida como "hierro bueno" (Molera y Barrueco 1983: 24), el más apto para trabajar en la forja debido su ductilidad y sin características específicas de dureza. La zona de mayor carburación, con perlita y cadenas de cementita terciaria intergranular, puede ser interpretada como una cementación local, sin intencionalidad apreciable; una hipótesis alternativa consideraría la carburación como original de la esponja de metal tras la reducción. En todo caso, la disposición acicular de la granulometría indicaría que se produjo un enfriamiento relativamente rápido, posiblemente provocada por la temperatura ambiente en un contexto frío. La perlita laminar indica un enfriamiento al aire, posterior a un calentamiento (en el horno o la fragua) de austenización incompleta, lo que permitió la formación de la perlita globular también observada. Las estructuras aciculares, tipo Widmanstätten, son difíciles de destruir, incluso con recalentamientos posteriores. El resto de la microestructura muestra un hierro químicamente puro, donde los límites de grano son poco visibles; el tamaño reducido de grano indica que no se superó significativamente y de forma mantenida la temperatura de austenización Ac3 (aprox. 900o C); la granulometría tampoco muestra deformación, lo que señala que se trabajó en caliente, a temperatura suficiente para la restauración simultánea. En referencia a las inclusiones complejas, éstas forman las fases típicas de las escorias del método directo, con nódulos formados por wustita, una fase cristalina fayalítica y un fondo de silicato actuando como remanente de los elementos minoritarios. Las tres fases mencionadas identificarían escorias de primera reducción, originarias del mineral, y mostrarían un proceso de depuración ineficiente. Tal y como se atestigua en otras muestras, la presencia de fósforo (P) está vinculada al mineral original de hierro; el hallazgo de azufre (S) podría motivarse por una contaminación durante la forja del útil o por ser originarios del mineral. En el mismo sentido, y como en muestras precedentes, la presencia de potasio (K) y calcio (Ca) se relacionaría, respectivamente, al combustible utilizado, carbón vegetal, y a las reacciones químicas con el recubrimiento interior de la infraestructura durante la reducción. Uno de los aspectos de discusión que sugería el conjunto de rejas de estudio se centraba en su originalidad gótica. Esta cuestión se planteaba a partir de determinadas noticias documentales (Amenós 2004: 142-144) que aludían a actuaciones sobre algunos enrejados durante las restauraciones de finales del s. XIX y posteriores. En dicho sentido, es conocida y reproducida en tecnología siderúrgica contemporánea la capacidad de obtener acero de muy bajo contenido en carbono a partir del método indirecto (Guliáiev 1994: 198). Ante la incógnita respecto la real datación de las rejas analizadas, cabe argumentar los siguientes indicios: • El metal estructural de las rejas es de gran pureza y corresponde a un hierro casi puro, sin otros elementos hallados a nivel analítico, o un acero con muy bajo porcentaje de carbono; en nomenclatura de la farga se identificaría como "hierro dulce" o "hierro bueno". • Esta calidad de metal era conocida y utilizada para la confección de barrotes y rejas en época medieval, ya que confería al producto final una dureza relativa pero suficiente para sus necesidades mecánicas, alto límite elástico y una gran tenacidad, aparte de la conocida resistencia a la corrosión. • Todas las muestras estudiadas, inclusive la documentalmente susceptible de ser de factura moderna, presentan numerosas inclusiones no metálicas con características propias del subproducto obtenido por el método directo. • En el mismo ámbito de las rejas de la Catedral11 se analizó una muestra de un elemento sobreañadido a una reja original, una rejilla decorativa de arcuaciones apuntadas (Auladell y Simon 2012: 63-67). Microestructuralmente correspondía a una fundición gris (Guliáiev 1994: 202), donde el carbono se hallaba en estado libre y en forma de grafito laminar. Las características comunes de las rejas históricamente identificadas como góticas reconocen un metal acorde con el producto de la farga; en contraposición, se ha podido detectar una evidencia de fundición que no reproduce las microestructuras de las estructuras precedentes. No existen razones para suponer que, en otros casos de substitución de rejas antiguas, se procediera de forma diferente. Las rejas originarias muestran una especial resistencia a la corrosión y a la perdurabilidad, todavía vigente tras más de medio milenio. Por orden general, se considera que uno de los motivos que justifican la pervivencia de las estructuras de hierro se halla en la estructura fibrosa de la granulometría del metal, lo que no se evidencia en ninguna muestra del conjunto estudiado (Molera y Barrueco 1983: 80); al contrario, son características las microestructuras no deformadas, indicadoras de un trabajo mecánico a temperatura de recristalización, consiguiendo una continuidad del metal menos propensa a la fragilidad o la rotura. Entre otras razones12, el buen estado de conservación se debe a que el hierro obtenido por el método directo no alcanzaba temperaturas suficientes para incorporar otros elementos que pudieran ser perjudiciales13; esta pureza y la formación en proceso natural de magnetita (óxido ferroso-férrico, Fe2O3), de color negro adherente a la superficie y casi impenetrable para el aire atmosférico, protegían al metal (Molera y Barrueco 1983: 80). Desde el campo de la arqueología experimental se han logrado reproducciones de los procesos del método catalán, descritos al detalle por tratados clásicos como el de J. M. Muthuon (1807) y el de J. François (1843). El producto resultante de la reducción muestra las mismas estructuras Widmanstätten, ya presentes en producciones de la siderurgia antigua, al parecer a causa de la práctica de presionar todo el material metálico del interior del horno con la pala y contra la masa incandescente para evitar las pérdidas de hierro; de las posteriores porciones de la masa de hierro-acero se procedía a elaborar los objetos trabajando al rojo en la fragua, pero a temperatura insuficiente para eliminar la microestructura acicular, reliquia de la reducción. La necesidad de conformar piezas de gran tamaño, como pasamanos o barrotes, implicaba la soldadura de porciones de metal. La técnica también se empleaba con capas de diferente gradiente de carbono, lo que permitía aportar propiedades mecánicas específicas a remaches o clavos que debían soportar tensiones más elevadas; mediante el color y la resistencia al corte se identificaban en todo momento las zonas del metal de diferente carburación. En referencia a las inclusiones presentes en el hierro y acero, se advierten las fases propias de las escorias de método directo: nódulos de wustita, una fase cristalina fayalítica y un fondo de silicato remanente de elementos minoritarios. Las tres fases corresponden a restos del subproducto de primera reducción, identificadoras del mineral y testimonio de una reducción incapaz de licuar la totalidad de escoria y de una post-reducción incompleta. A nivel analítico, se ha reconocido manganeso en todas las muestras, elemento no extraño en los filones de mineral de hierro y habitual del Pirineo, Cataluña norte y el prelitoral central 14, origen concordante con las noticias históricas respecto los talleres productores (Simon 1992; 20-32; Auladell 2005: 52-57). Dicho elemento se halla habitualmente en las inclusiones, circunstancia indicadora de hornos de reducción a temperaturas inferiores al tránsito del manganeso a la matriz metálica (1245o C aprox.). También se ha identificado azufre en alguna de las inclusiones de las muestras, indeseable en la matriz metálica ya que la fragiliza, pero que no afecta si se ubica en las inclusiones como es el caso. No hay certeza sobre su procedencia, quizá contaminación del horno, traza del mineral, como el fósforo, de un uso desconocido o limitado de carbón de origen mineral, o, más factiblemente, vinculado al combustible vegetal, ya que el elemento está presente en pequeña proporción en el pino mediterráneo. El potasio podría relacionarse al carbón vegetal y el calcio sería el testimonio de un horno de reducción de factura primitiva, sin interior forrado, que permitía la transferencia durante la reducción. En relación a las aleaciones de cobre analizadas, motivos decorativos y molduras, el tamaño del detalle ornamental obligaba a un minucioso trabajo del metal, por lo que se recurría a la técnica del moldeo. Sin necesidad de dureza, la moldeabilidad, especialmente en los adornos vegetales y florales, se convertía en el requerimiento mecánico fundamental. Existen diferencias notables en el metal base cobre empleado. Por una parte se encuentra bronce, cobre y estaño en proporciones diversas de aleación, utilizado básicamente para las molduras a las que confieren color rojizo oscuro; por otro, se detecta el uso del latón, cobre y zinc, dedicado a las decoraciones vegetales, a las que dota de un color dorado brillante y claro. Es posible un uso de materiales amortizados mezclando objetos de composición diferente que provoca muestras de bronce-latón y de aleación Cu-Sn-Zn-Pb. La presencia de plomo resultaba contraproducente por su mayor capacidad de deformación pero facilitaba el moldeo. De la práctica antigua se constata la acumulación de recortes de cobre para su fundición, por lo que no extraña la inclusión conjunta de fragmentos de bronce y latón15. En el ornamento floral (muestra 0203) el zinc sólo está presente en las inclusiones de azufre y éstas se encuentran en poca cantidad; sin presencia en los espectros de la fase metálica interdendrítica, se puede hipotetizar acerca de un proceso de desintegración del zinc producido por la corrosión atmosférica, con supuesto alto índice de azufre ambiental. El interés de las estructuras metálicas estudiadas responde a su sincronía con las fases iniciales de la construcción del templo gótico (siglos XIV-XVI). Esta etapa en la tecnología siderúrgica supone un momento intermedio en la evolución del método catalán; con energía hidráulica para fuelles y martinete y mayor temperatura del horno se logra un procedimiento más eficiente y un metal más depurado, pero todavía no se ha alcanzado un total dominio de las condiciones que afectan a la esponja metálica durante la reducción y que influyen en la homogeneidad del producto. En este sentido, uno de los aspectos principales que determinan el nivel tecnológico de los hierros medievales reside en el control de la carburación en el horno bajo, donde una misma infraestructura permite obtener indiferentemente hierro o acero, en dependencia de la ventilación que convierte la masa en un producto con distribución aleatoria de carbono; el flujo de aire se erige en el parámetro esencial: posición, inclinación y orientación de las toberas, cantidad de aire inyectado y regularidad de alimentación (Forrieres y Merluzo 1995: 84-86). La evolución técnica posterior al conjunto muestral solucionó el problema con la incorporación de la trompa de aire que proporcionaba continuidad al flujo de ventilación y, por tanto, daba uniformidad a las condiciones del producto de la reducción a voluntad del metalúrgico (Simon 1992: 64-65). Con las características previas evidenciadas en las muestra de estudio se forjaron barrotes, pasamanos y elementos de sujeción de hierro y acero de baja carburación. A partir de una calidad estandarizada de hierro casi puro, los enrejados se conformaron con las técnicas necesarias para asegurar una larga perdurabilidad, siendo a su vez eficaces en la función estructural encomendada y consiguiendo un cromatismo que, del brillo metálico original, tendía a oscurecerse con una pátina de óxido protector natural. En un plano más pragmático, se localizó la totalidad de la cadena logística (obtención de la materia prima, transformación y obra final) en un contexto de proximidad, posibilitando la máxima eficiencia productiva y de costes. Complementando al hierro y al acero se utilizaron las aleaciones de cobre para elaborar los elementos decorativos que, a la solidez del conjunto y al estilismo artístico, añadían un sobrio grado de ostentación y combinación cromática. Nuevamente, los artesanos muestran practicidad en el uso de material reciclado muy diverso, alternando bronces y latones para conseguir elementos de composición heterogénea, más duras las molduras y más moldeables las decoraciones, que permitían una detallada elaboración y un atractivo impacto visual.
Aplicaciones de sintaxis espacial en arqueología La aplicación de técnicas de sintaxis espacial para el análisis de entornos construidos del pasado se ha revelado en los últimos años como un campo de investigación arqueológica muy dinámico y en constante crecimiento. No obstante y a pesar de los denodados esfuerzos de algunos investigadores, el grado de conocimiento de este tipo de aplicaciones en diversos ámbitos científicos de la arqueología contemporánea es todavía relativamente limitado. Con la intención de dar mayor visibilidad a las líneas de investigación que están desarrollando actualmente este tipo de aplicaciones en contextos arqueológicos, decidimos plantear una actividad académica que también sirviera para establecer vínculos científicos y personales entre los propios participantes del evento. De esta forma empezó a gestarse la idea de lo que luego fue denominado como el "Workshop Internacional Aplicaciones Arqueológicas de Sintaxis Espacial", celebrado el día 29 de Septiembre de 2014 en el Instituto de Cultura y Tecnología de la Universidad Carlos III de Madrid (fig. 1), donde disfrutaba por aquellas fechas de un contrato postdoctoral del programa Alianza 4 Universidades. Fue el empuje voluntarista de Luis Caballero Zoreda (CCHS-CSIC), mucho antes de que esta idea tomase forma definitiva, el que me ayudó a perseverar en la idea de celebrar esta actividad científica cuando mis circunstancias académicas y personales no eran tan buenas como las actuales. La inspiración intelectual de alguien que en su momento fue pionero de la aplicación de estándares metodológicos que hoy son normales (o debieran) en la práctica investigadora hispana supuso para mí el mejor de los sustentos. El hecho de que finalmente este monográfico pueda ver la luz en el marco de la revista Arqueología de la Arquitectura se debe en una gran parte a su ayuda en esta iniciativa. En el plano personal también debo agradecer a Luz Neira Jiménez (ICyT-UC3M) su sostén incondicional a todas las iniciativas científicas que he desarrollado antes, durante y después de mi paso por el Instituto de Cultura y Tecnología (UC3M). Su apoyo junto con el de Antonio Rodríguez de las Heras (director del Instituto de Cultura y Tecnología, UC3M) fue clave para la obtención de una "Ayuda para la organización de actividades científicas" del Servicio de Investigación de la Universidad Carlos III de Madrid que sirvió para cubrir todos los gastos logísticos generados por una actividad de este tipo. En este apartado de agradecimientos debo destacar también el apoyo brindado por Sonia Gutiérrez Lloret (Universidad de Alicante) en representación del Departamento de Prehistoria, Arqueología, Historia Antigua, Filología Griega y Filología Latina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante, así como el de Agustín Azcárate Garai-Olaun (Universidad del País Vasco) en representación del Grupo de Investigación del Patrimonio construido y la Cátedra Territorio, Paisaje y Patrimonio (UPV/UHE). Por supuesto, también quiero agradecer a las doctorandas del Instituto de Cultura y Tecnología, Estela Martínez Garrido y Beatriz Fernández Bonet, por su ayuda con la organización del evento; así como a todos los participantes y asistentes por hacer posible aquella jornada tan productiva en el plano científico como agradable en el personal. El monográfico que ahora presentamos es el resultado de esta reunión, pero para contextualizar de forma adecuada este volumen debemos resaltar que, si bien no se trata del primer monográfico sobre aplicaciones de sintaxis espacial en Arqueológia1, sí que se puede afirmar que se trata del primer tomo de estas características publicado en el ámbito hispanohablante. Sin embargo, la trascendencia de una publicación científica de estas características no puede medirse únicamente en términos cronológicos. Su verdadera importancia, o al menos eso pienso, se debe al hecho de que entre sus páginas el lector puede encontrar una ventana a algunas de las líneas de investigación más prometedoras sobre la interpretación arqueológica de la arquitectura en clave social. Todos los estudios recogidos en este volumen permiten ilustrar de qué modo la aplicación de herramientas de análisis sintáctico-espacial puede ser utilizada para conocer la vida social de las comunidades que diseñaron, construyeron y habitaron toda clase de edificios y asentamientos. La estructura de la obra responde a un doble criterio, cultural y temático, que ha servido para plantear el orden en el que finalmente se presentan los artículos del monográfico. En primer lugar se incluye mi propio trabajo. Se trata de una contribución que trata de explorar, desde una perspectiva plenamente personal, algunas de las más destacadas tendencias metodológicas e interpretativas que pueden leerse en las cada vez más numerosas publicaciones relacionadas con las aplicaciones de sintaxis espacial en contexto arqueológico. En virtud de una posible lectura lineal del monográfico este trabajo está diseñado para sugerir al lector una serie de contextos temáticos en los que poder insertar otras aplicaciones específicas. El lector podrá comprobar cómo en el resto los trabajos del monográfico podemos encontrar puntos de conexión con varios de los bloques temáticos planteados en dicha síntesis inicial. A continuación figura el trabajo de Ignasi Grau Mira (Universidad de Alicante) sobre la aplicación de diversas herramientas sintáctico-espaciales para el análisis de una serie de estructuras domésticas, aparentemente sencillas, documentadas en diversos oppida ibéricos. Su estudio permite vislumbrar de qué forma la elección de unos determinados modelos espaciales para la construcción de algunas de estas casas puede leerse como reflejo de los procesos de complejidad social acontecidos en los asentamientos de la franja central de la Iberia mediterránea. En clara relación con el texto de Ignasi Grau, el siguiente trabajo firmado por Gloria Fernández García (Universidad de Zaragoza, Grupo HIBERUS) analiza el proceso de introducción del modelo espacial de la casa de patio central en el seno de las comunidades del oeste peninsular ibérico durante el periodo que ella denomina helenístico, en torno a los momentos iniciales de la conquista romana de la Península. La comparación de ambos trabajos resulta muy gráfica a la hora de advertir de qué modo la aplicación de herramientas sintáctico-espaciales similares sobre casos de estudio idénticos puede ser utilizada para articular interpretaciones sociales vinculadas a perspectivas historiográficas diversas, en este caso complementarias. En tercer lugar tenemos el artículo de Hanna Stöger2 y Eraldo Brandimarte (Leiden University) sobre el análisis sintáctico de dos sectores urbanos de la ciudad romana de Ostia. Este trabajo es una muestra de cómo el análisis sintáctico puede ser utilizado para ilustrar la importancia de los vecindarios como entidades sociales y su influencia en la configuración urbana de las ciudades históricas. El siguiente texto, firmado por Xurxo M. Ayán Vila y Sonia García Rodríguez (Universidad del País Vasco), nos transporta al área cultural andina, en concreto a la región atacameña de Antofagasta (al norte de Chile). En sí mismo este trabajo supone un modelo de actuación para la aplicación de una estrategia de análisis arqueológico en un asentamiento orientada a partir de la aplicación de diversas herramientas sintáctico-espaciales. Un punto especialmente destacable de su estudio se refiere al análisis de la configuración urbanística de estos asentamientos como escenografía ritual destinada a expresar una visión cosmológica del espacio tal y como era percibido por estos grupos culturales. El último, pero no por ello menos importante, de los trabajos contenidos en el monográfico está firmado por Feren Castillo Luján (Universidad Nacional de Trujillo) y trata sobre los espacios residenciales moches en las huacas de Sol y de la Luja (Moche, Perú). En él se detalla una propuesta analítica de las necesidades sociales que subyacen en la configuración espacial de los habitantes de estas viviendas del periodo Mochica peruano. Especialmente interesante desde un punto de vista metodológico es su propuesta para interrelacionar los datos derivados del análisis sintáctico-espacial con otros generados por el cotejo de otros materiales arqueológicos registrados durante el proceso de excavación. Para finalizar esta presentación quisiera reiterar mi agradecimiento a los responsables de la revista Arqueologia de la Arquitectura por su amable acogida entre sus páginas, en concreto a su nuevo director Miguel Ángel Tabales Rodríguez (Universidad de Sevilla) y a Adelaida Aguilar Ollero (CCHS-CSIC) por su constante ayuda y paciencia a lo largo de todo el proceso editorial. Espero y deseo que la publicación de este monográfico pueda contribuir en alguna medida a la normalización del uso de este tipo de aplicaciones arqueológicas para el análisis social de las arquitecturas del pasado.
Aplicaciones de sintaxis espacial en Arqueología: una revisión de algunas tendencias actuales Este trabajo realiza un recorrido por algunas de las principales tendencias teóricas y metodológicas sobre la aplicación de técnicas de análisis sintáctico-espacial para el estudio de edificios y asentamientos arqueológicos. Hemos divido nuestra exposición en una serie de claves temáticas que sirven para agrupar los trabajos y autores comentados. Nuestro análisis nos permite obtener, por primera vez, una síntesis comprensiva sobre la orientación actual de este tipo de aplicaciones en el ámbito de la Arqueología actual. Para concluir nuestro trabajo planteamos una serie de propuestas de futuro que creemos que contribuirán a asentar este tipo de aplicaciones arqueológicas como un elemento destacado en los debates en torno a la ciudad como uno de los problemas fundamentales del ser humano en el siglo XXI. En las últimas décadas hemos asistido a la publicación de un número creciente de trabajos sobre la aplicación de técnicas de análisis sintáctico-espacial en entornos construidos de diversos periodos del pasado. La capacidad de este tipo de métodos para explicitar las dinámicas o conductas sociales que subyacen en la configuración espacial de los edificios, asentamientos y paisajes creados por el ser humano ha sido recientemente explotada por arqueólogos de diversa orientación metodológica y teórica. El hecho de que este tipo de herramientas de análisis puedan ser utilizadas como base para establecer inferencias e interpretaciones sobre la vida social de individuos y comunidades de todo tipo, incluídas aquellas que no han dejado documentación textual sobre estos aspectos, ha contribuido al progresivo interés por su aplicación en diversos contextos prehistóricos. Al mismo tiempo, el uso de este tipo de herramientas en contextos históricos se está revelando como una herramienta muy eficaz a la hora de generar interpretaciones historiográficas alternativas, o abiertamente críticas, con las que matizar las narrativas tradicionales (p. e. Pero a pesar de que este creciente interés está empezando a cristalizar en forma de encuentros1, conferencias, tesis doctorales y publicaciones específicas (como este monográfico; también cf. Paliou, Lieberwirth y Polla 2014), todavía no contamos con ningún trabajo de síntesis que aborde la revisión sistemática de las tendencias reflejadas en los trabajos publicados hasta la fecha (Smith 2011: 176). Con esta intención, la de ofrecer una síntesis reflexiva de las obras que se han ido publicando en los últimos años, hemos creído pertinente la elaboración de este trabajo. El alto nivel de abstracción al que debemos enfrentarnos todos los arqueólogos interesados en el uso de este tipo de herramientas de análisis ha generado un cierto ánimo pedagógico que se refleja en gran parte de las publicaciones sobre este tipo de aplicaciones. En cierto sentido, nos vemos avocados a tener que explicar, si queremos trascender las fronteras del reducido público introducido a estas cuestiones, el funcionamiento de este tipo de herramientas de análisis. En muchos casos, esta tendencia a explicar el cómo, por otra parte fácilmente comprensible, llega incluso a eclipsar la discusión del porqué de dichos estudios. Sin embargo, al hacer esto corremos el riesgo de convertirnos en una especie de comisarios políticos o de exégetas oficiales de una ortodoxia transmitida en los textos de los "padres fundadores". Nada más lejos de la realidad actual de un campo, el de la sintaxis espacial, que en los últimos años se ha convertido en un floreciente foco de investigación (verdaderamente) interdisciplinar. A diferencia de otras tendencias metodológicas o teóricas, la sintaxis espacial está sometida a un continuo proceso centrífugo/centrípeto de reelaboración de críticas y creación de nuevas herramientas de análisis y aplicaciones en los más diversos campos de las ciencias sociales y humanas. Tanto es así que, en algunos casos, los arqueólogos nos hemos apropiado la capacidad de inventar nuevas formas de análisis que, aunque inspiradas en principios sintácticos previos, pueden considerarse como aportaciones absolutamente originales (Blanton 1994; Grahame 2000: 56-57; Fisher 2009: 444-445). Por todos estos motivos, este trabajo, más que intentar medir el grado de comprensión de las técnicas de sintaxis espacial por parte de algunos arqueólogos, se va a concentrar en analizar la orientación final de estas aplicaciones en tanto que trabajos de Arqueología. Para conseguir de forma más efectiva este objetivo hemos agrupado todas las aplicaciones arqueológicas de técnicas sintáctico-espaciales a las que hemos tenido acceso en una serie de grupos temáticos. "Space Syntax es...": introducciones sintáctico-espaciales Como ya hemos señalado, uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos los practicantes de este tipo de aplicaciones radica en que, muy a menudo, los resultados de nuestros trabajos deben ser presentados ante audiencias que desconocen los más elementales fundamentos de estas estrategias de análisis. Por este motivo, muchas publicaciones arqueológicas sobre la aplicación de técnicas de sintaxis espacial suelen incluir capítulos introductorios con objeto de explicar los rudimentos metodológicos de sus herramientas de análisis. Por supuesto, la lectura de estas introducciones o definiciones iniciales no pueden sustituir en modo alguno el estudio dichos trabajos seminales, así como de las publicaciones específicas sobre sintaxis espacial y, por supuesto, algunas de las críticas clásicas a este tipo de metodologías2. Sin querer presentar una nueva y redundante explicación, creemos pertinente realizar algunos comentarios sobre este tipo de introducciones con objeto de caracterizar algunos patrones relevantes en el marco de las aplicaciones arqueológicas. Un primer grupo de estas introducciones estaría compuesto por aquellos textos escritos por arquitectos interesados en el análisis de edificios y ciudades históricas o arqueológicas. Dentro de este grupo habríamos de situar el frecuentemente citado trabajo de Bafta (2003). Se trata de un artículo muy sintético donde podemos encontrar una completa explicación de los principales índices cuantitativos y las características básicas (sobre todo a nivel gráfico) de los análisis alpha y gamma. Otro trabajo más reciente y mucho más completo desde un punto de vista metodológico, es el publicado por Akkelies van Nes (2014) en el marco de un volumen más amplio sobre geodiseño y ciencias geoespaciales (Lee, Dias y Scholten 2014). En ambos trabajos se recogen recursos gráficos muy útiles desde un punto de vista pedagógico. Sin embargo, ambos adolecen de una cierta falta de profundidad sobre las raíces teóricas de estas formulaciones. Este hecho es especialmente relevante en el caso de las aplicaciones arqueológicas ya que, en algunos casos, se asumen principios teóricos (como la relación entre profundidad (Depth) y privacidad) asociados a ciertos principios sintáctico-espaciales de forma automática. Otro grupo de estas introducciones es el conformado por aquellos trabajos firmados por arqueólogos. En él se incluye un conjunto de trabajos muy amplio ya que prácticamente en la totalidad de las publicaciones arqueológicas sobre este tema se incluyen pasajes introductorios de este tipo. Hace algunos años, en esta misma revista, tuvimos la oportunidad de publicar un artículo sobre esta misma cuestión (Bermejo 2009). En él tratábamos de realizar una genealogía reflexiva sobre las raíces teóricas de la sintaxis espacial, además de introducir las principales herramientas de representación gráfica y los índices analíticos consignados en los trabajos seminales anteriormente consignados. Revisando este artículo, encuentro que dicho trabajo contiene una carencia fundamental. Hubiera sido conveniente introducir un punto relativo a los principios matemáticos, sobre todo los relativos a la teoría del grafo y la geometría oculta, de la sintaxis espacial. Esto hubiera permitido contextualizar con mayor precisión las génesis de muchas herramientas de análisis sintáctico-espacial. Afortunadamente, disponemos de otro magnífico capítulo introductorio, enmarcado en un libro publicado por Shapiro (2005: 36-58) en el que se aborda la discusión de los fundamentos geométricos de la sintaxis espacial de un modo accesible para cualquier lector no introducido en la materia. Especialmente interesante resulta la genealogía léxica de conceptos como los análisis alpha y gamma, rastreando la influencia de trabajos fundamentales, no explicitados previamente, como el volumen de Taaffe y Gauthier (1973) sobre la relación entre la geometría y la geografía humana. Además de estos dos grupos, queremos introducir un comentario sobre la reciente publicación de un texto de Hillier (2014) sobre la necesidad de introducir modelos teóricos en los análisis sintáctico-espaciales aplicados en contextos arqueológicos. A pesar de la comprensible falta de familiaridad con los detalles técnicos de la investigación actual de determinadas realidades arqueológicas que aparecen vinculadas a su propia agenda investigadora3, lo cierto es que este trabajo contiene una explicación comprehensiva de algunas de las más importantes concepciones teóricas de la sintaxis espacial como método de análisis arquitectónico. Su lectura resulta especialmente esclarecedora sobre la concepción geométrica del espacio social, lo que sirve de fundamento a gran parte de sus paradigmas interpretativos para el fenómeno urbano. En este apartado se agrupan todos aquellos trabajos que utilizan técnicas sintáctico-espaciales con objeto de registrar la materialización de determinadas dinámicas o conductas sociales a través de análisis de la configuración espacial de los entornos construidos. En un trabajo clásico, Hillier, Hanson y Graham (1987: 363), propusieron el concepto de genotipo social, es decir, el conjunto de características sintáctico-espaciales que presentan determinados edificios en función de su contexto o función social. Sobre la base de esta definición, cada vez más arqueólogos están desarrollando diferentes estrategias de análisis con objeto de identificar el genotipo social de diversas tipologías edilicias del pasado. Se trata, con diferencia, del grupo más numeroso de estudios en el marco de este tipo de aplicaciones. Dentro de él englobamos, por un lado, aquellas aplicaciones destinadas al establecimiento de genotipos sociales en el marco de contextos culturales prehistóricos o ágrafos (Van Dyke 1999; Dawson 2002; Stockett 2005; Vaquer y Nielsen 2011; Grau 2013; Nevadomsky, Lawson y Hazlett 2014), y por el otro, aquellos estudios de edificios históricos pertenecientes a contextos en los que es posible deducir modelos de conducta social a través de fuentes escritas (Fairclough 1992; Mol 2012). En este segundo grupo, como veremos en detalle más adelante, la aplicación de estrategias de análisis sintáctico espacial ha demostrado ser muy efectiva a la hora de registrar genotipos sociales divergentes a los paradigmas canónicos, que normalmente eclipsan otras formas de conducta. Asimismo, en otros casos concretos, la aplicación de este tipo de técnicas nos ha permitido completar nuestra percepción de aspectos poco conocidos, en el marco de normativas sociales bien documentadas (Chatford Clark 2007). El análisis de conjuntos palaciegos o grandes residencias en de las diversas culturas del Bronce egeo puede ser utilizado como paradigma del primer subgrupo planteado. En este sentido, los trabajos de Fisher (2009, 2014) sobre algunos edificios del Bronce Final chipriota, como el complejo Ashlar de Enkomi (fig. 1), nos han permitido conocer que estos edificios también estaban destinados a facilitar el desarrollo de distintos tipos de interacción social dentro de estas comunidades. Sus trabajos nos muestran de qué modo el diseño de estos edificios incluía diversas características espaciales (como la conexión de espacios singulares o la construcción de salas para la celebración de distintos tipos de comitivas y reuniones) destinadas a articular interacciones sociales entre diversos grupos de la comunidad. El control espacial de estas relaciones sociales era clave para la hegemonía de las elites que construyeron este tipo de edificios. Plano esquemático de la Fase del Bronce Final IIIA del Complejo Ashlar, Enkomi (Chipre) que muestra un gráfico de distancias proxémicas generadas a partir de una isovista cuyo punto generador es el altar central (H) del edificio. En esta misma línea, resulta muy significativo el interés suscitado por el estudio sintáctico-espacial de los palacios minoicos. Los datos ofrecidos a partir del empleo de diversas técnicas de representación gráfica, como los gráficos de accesibilidad o los gráficos e interacción visual (VGA) (fig. 2), le han permitido reconocer un genotipo configuracional en la arquitectura neopalacial orientada a la creación de nodos de interacción que sirvieron como espacios de relación entre los llamados palacios y las casas circundantes a estos complejos. Según este autor, frente a la arquitectura de los periodos anteriores (pre y proto-palacial), caracterizada por el surgimiento del modelo palaciego de forma segregada a su entorno, la arquitectura de los grandes conjuntos neopalaciales debería entenderse como entornos construidos en los que los palacios se encuentran integrados con el resto de áreas domésticas dentro de estos asentamientos en función de una dinámica de configuración. Desde este punto de vista el palacio no era tanto un núcleo de proyección social de las elites minoicas como la materialización de una nueva forma de articular la comunidad. Un reciente trabajo de este mismo autor (Letesson 2014b) sirve para remarcar el papel que los hogares y kernoi, situados en dichas áreas de interacción, tenían dentro de estas dinámicas configuracionales neopalaciales. 1: Planimetría esquemática de la Fase II del Palacio minoico de Zakros. 2: Gráfico de accesibilidad. 3: Gráfico de integración visual. También relevantes, en el marco de esta revisión sintáctico-espacial de la arquitectura palaciega del Bronce egeo, son los trabajos de Hacigüezeller y Thaler (Thaler 2005; Hacigüzeller 2008; Hacigüzeller y Thaler 2014). Estos trabajos parten de la premisa de que la aplicación de estrategias analíticas tipo Space Syntax, del mismo modo que en el caso de los SIG, no tiene por qué estar vinculada a ninguna de las orientaciones teóricas previamente establecidas (Hillier 2014). En su estudio comparativo de la arquitectura palacial del Bronce Final en Malia (Creta) y Pilos (Mesenia) (Hacigüzeller y Thaler 2014) se infieren dos formas diferentes de articular la circulación dentro de los palacios. Mientras que en Malia los índices de integración son altos en todas las fases (Hacigüzeller y Thaler 2014: 227), a medida que el edificio va sufriendo reformas durante los últimos periodo del Bronce Final, se observa cierta tendencia a la compartimentación funcional. En el caso de la Pilos micénica, a lo largo de todas las etapas se observa cierta tendencia a la diversidad de recorridos de las principales rutas de circulación y acceso a los distintos ámbitos del complejo (Hacigüzeller y Thaler 2014: 245-247). Esto se interpreta como una tendencia a la diferenciación de los diversos ambientes en relación a su actividad funcional o económica dentro del complejo. La comparación conjunta de ambos casos desde una perspectiva diacrónica sugiere un aumento progresivo de los índices de integración en las sucesivas ampliaciones de ambos complejos edilicios a lo largo de las últimas fases del Bronce Final minoico. Como hemos señalado al principio de este punto, la aplicación de técnicas de análisis sintáctico-espacial también se ha utilizado para la caracterización de genotipos sociales en el marco de culturas históricas. En algunos casos, dichos trabajos han servido para poner de manifiesto realidades divergentes a modelos canónicos estudiados a través de las fuentes escritas. En este punto nos gustaría destacar una serie de estudios que se han encargado de analizar la arquitectura doméstica de época clásica (griega y romana). Un artículo de R. Westgate (2007) ha servido para poner de manifiesto cómo los modelos canónicos de la arquitectura residencial urbana de las polis clásico-helenísticas de centros como Atenas, Delos y Olinto (Pesando 1989) coexistieron con otras formas de concebir la casa griega. Su trabajo utiliza como contrapunto la arquitectura doméstica de varias ciudades clásico-helenísticas en la isla de Creta como Lato, Trypetos o Praisos. Pero, más allá de constatar esta variabilidad, lo verdaderamente destacable del trabajo de Westgate es que logra articular una muy convincente hipótesis interpretativa para interpretar estas diferencias en clave sociológica. Las casas del modelo canónico están diseñadas para albergar unidades domésticas en las que la concepción de ciudadanía está fuertemente relacionada con la reproducción sexual de los cónyuges, pertenecientes a un estatus cívico determinado: el de ciudadanos, en el exclusivo marco de un matrimonio legalmente sancionado por la autoridad política. En el caso cretense, según Westgate, la concepción de la ciudadanía estaría relacionada con la pertenencia efectiva a la comunidad, no tanto regulada en función de unas relaciones de parentesco sancionadas por la ciudad-estado como por la participación de las familias en las tareas y obligaciones comunitarias, como se atestigua en diversas fuentes escritas (Westgate 2007: 448-453). Planimetría y gráficos de accesibilidad de la Casa D del Agora de Atenas (Siglo V a. C.) y de las Casa de los Pendones y Casa de los Comediantes (Siglo II a. C.) de Delos con gráficos de accesibilidad en los que se puede observar la presencia de espacios controladores. La vinculación de ciudadanía y control sexual de la reproducción en el matrimonio impuso la necesidad de modelos domésticos con espacios controladores (fig. 3) como recurso panóptico para regular la vida social en el marco de los oikoi de los ciudadanos de una parte de las polis ático-délicas. No debemos olvidar que, a diferencia de lo que ocurre con las actuales familias nucleares occidentales, en el seno de las unidades domésticas de la Antigüedad clásica, sobre todo en el caso de las elites, se daba una convivencia espacial efectiva de múltiples individuos (familares, esclavos, dependientes, trabajadores, invitados, etc.). Las obligaciones sociales y económicas de estas unidades domésticas provocaron la necesidad de someter a las esposas e hijas de ciudadanos (garantes de la correcta transmisión de los derechos de ciudadanía a través de una reproducción sexual regulada en el marco del matrimonio legalmente sancionado) a la posibilidad de un escrutinio continuo dentro de la propia casa. La regulación espacial de este tipo de conductas sociales (y sexuales) ayuda a explicar el hecho de que el surgimiento del modelo canónico de la casa con patio (panóptico) ocurra fundamentalmente en aquellas regiones en las que, como en Atenas, tenemos noticia del surgimiento de este tipo de estructuras políticas. Por el contrario, en el caso cretense, o en otros contextos del área cultural griega clásica como por ejemplo la ciudad de Colofón, en la región jonia del Asia Menor (Pesando 1989: fig. 60), la presencia de formas de regulación cívica alternativa quedó materializada en el rechazo de la adopción de estas características sintáctico-espaciales, así como en el mantenimiento de modelos lineales arcaicos (Westgate 2007: 445-448; Bintliff 2014) en los que no aparecen espacios controladores, para las casas de estos asentamientos, incluso para las que podrían haber pertenecido a las elites locales (fig. 4). Casas del Norte del Pritaneo (Lato, Creta). En el marco del periodo romano, varios trabajos de Grahame (1997, 2000) han servido para probar que el modelo canónico de la domus pompeyana, se debe más a una construcción historiográfica que a la presencia generalizada de un modelo tipológico unitario, incluso en la propia Pompeya. Sus estudios han servido para plantear que, el modelo vitruviano de la arquitectura doméstica romana, estaba relacionado con la política social del periodo altoimperial, destinado a regular la concepción paterfamiliar de la ciudadanía romana (Milnor 2005: 94-139), del mismo modo que el régimen victoriano estaba estrechamente relacionado con una concepción moral de la vida cotidiana. En todos estos casos hemos podido comprobar de qué modo el desarrollo de modelos normativos de conducta doméstica (o su rechazo) en función de diversos tipos de regímenes político-sociales se materializa a través de la configuración sintáctico-espacial de los diversos tipos de arquitectura privada desarrollados por una comunidad. Pero, más relevante aún que la capacidad de reconocer el impacto de los modelos normativos en el diseño arquitectónico, es que la aplicación de técnicas de análisis tipo Space Syntax nos permite establecer genotipos sociales específicos para cada caso de estudio. A diferencia de los modelos canónicos tradicionales, que sólo pueden establecer interpretaciones histórico-sociales a partir del parecido de nuevos casos en relación a tipologías preestablecidas, el análisis sintáctico-espacial puede ser utilizado para inferir el genotipo social de un edificio concreto de forma individualizada. También en el marco de los estudios centrados en contextos de época romana, otros autores se han encargado de analizar otras dinámicas sociales materializadas por medio de la configuración arquitectónica de entornos construidos. Dentro de este apartado quisiéramos destacar especialmente los trabajos de J. Stöger (2011, 2014) (véase su capítulo dentro de este mismo monográfico), que nos han permitido, entre otras cosas, conocer el impacto de la configuración de comunidades vecinales en el entorno ostiense como un factor fundamental a la hora de entender la configuración sintáctico-espacial de determinados sectores urbanos. Desde un punto de vista metodológico quisiéramos destacar un reciente estudio a cargo de Paliou (2014) sobre el análisis de la conectividad visual en el interior de la iglesia bizantina de San Vital de Ravenna. La aplicación de este tipo de técnicas de análisis de isovistas integradas a partir de modelos 3D (fig. 5) le ha permitido matizar el patrón de segregación por género que subyace en el genotipo social del diseño de este edificio, como escenario de la liturgia cristiana de época altomedieval. Su estudio ha permitido caracterizar nuevos escenarios de relación visual entre géneros y las relaciones de dominación visual de los diversos sectores del edificio. Dichas relaciones generan modos de interacción social más complejos que los que deja traslucir la estricta normativa litúrgica reflejada en los textos canónicos (Paliou 2014: 107-108) y que no pueden ser registrados a través del cotejo de las tradicionales planimetrías en 2D. A) modelo 3D de San Vital de Rávena. B) gráfico de visibilidad en las que se aprecia las veces que el matroneum del edificio puede verse desde la planta baja. C) Gráfico de visibilidad en el que se aprecia el área visible del matroneum desde el cancel del edificio. Configuración urbanística en el pasado El estudio de la ciudad como fenómeno histórico ha sido un aspecto esencial para el desarrollo de la Space Syntax como método de análisis (Hillier y Vaugan 2007). Muchos autores se han preocupado por utilizar este tipo de estrategias de análisis para cotejar de qué modo la configuración espacial de las ciudades estaba influida por las actividades de sus habitantes y viceversa (Van Nes 2014). En el marco de la Arqueología, la aplicación de este tipo de estrategias de análisis para el análisis de la configuración urbana se ha circunscrito fundamentalmente a casos de ciudades destruidas y abandonadas, excavadas posteriormente en extensión. Por este motivo no debe extrañarnos que la mayor parte de aplicaciones arqueológicas se hayan centrado en ciudades de la Antigüedad romana, las culturas del Oriente Próximo antiguo y en determinados contextos urbanos de la América prehispánica, aunque también contamos con algún estudio referido a contextos medievales (Craane 2007). Gran parte de estos estudios han abordado el estudio sintáctico-espacial de los modos de circulación que caracterizaron a estas ciudades y, especialmente, los patrones de actividad que se observa en el registro arqueológico de estas urbes del pasado. En la ciudad vesubiana convergen dos factores fundamentales que explican esta preeminencia: la conservación de una compleja configuración urbana, con un porcentaje de superficie excavada muy elevado, y la posibilidad de conocer, a través del cotejo del registro arqueológico compilado a través de varias centurias de trabajos arqueológicos, la distribución de un gran número de actividades económicas y sociales acontecidas en la ciudad en el momento de su destrucción. La publicación (con una segunda edición revisada) del célebre libro de Laurence (2007) sobre Pompeya puede considerarse como un hito fundamental en este sentido. Su pionero análisis de la trama urbana pompeyana sirvió para reconocer diversos patrones espaciales sobre la distribución de las actividades económicas en la ciudad (Laurence 2007: 62-81) en relación a los principales nodos de comunicación de la ciudad (Laurence 2007: 127). La comparación de los gráficos de accesibilidad de las casas de las regiones VI y VII, en relación al número de vanos que las comunican con las calles principales y al tamaño de las propiedades le ha permitido plantear una relación proporcional entre dichas variables y la RRA (Real Relative Asymetry) registrada en dichas insulae (Laurence 2007: 130-133). Su trabajo, a pesar de haber recibido bastantes críticas (Taner 1995; George 1995; Ulrich 1997) puede considerarse como un trabajo seminal a la hora de considerar el análisis de todos los componentes de comunicación y viabilidad de una ciudad como objeto de análisis arqueológico. Otro autor que ha afrontado más recientemente el estudio de la configuración urbana de las ciudades romanas como reflejo de su estructura social es Kaiser. Su obra, The Urban Dialogue (Kaiser 2000), fue uno de los primeros trabajos en aplicar este tipo de estrategias de análisis en contextos urbanos romanos diferentes a los del área vesubiana. Para ello recurrió a Emporion, un centro portuario en el que se desarrollaron un núcleo de población ibérico, un emporio griego y una ciudad romana, como caso de estudio. Su trabajo introdujo el análisis de profundidad (Depth) para el análisis de las calles y plazas de la ciudad, en tanto que ejes de circulación. Su método parte de asignar un valor de profundidad a cada calle en función del número de vías e interconexiones que había que cruzar desde las puertas exteriores hacía los diferentes componentes urbanísticos documentados en el trazado urbano registrado. Este trabajo sirvió para reconocer una configuración urbana en la que determinadas calles tenían una mayor relevancia dentro de la escala de hegemonía social de la ciudad. Además, fue el primer arqueólogo que conocemos que introdujo el método de la RRA (Real Relative Asymetry) para dotar de mayor inferencia estadística a sus inferencias. Un segundo libro (Kaiser 2011) supuso la aplicación de esta misma perspectiva a un número más extenso de casos de estudio. Partiendo de la conceptuación funcional de las diversas categorías urbanísticas recogidas en la obra de Vitruvio, así como en otras referencias textuales (Kaiser 2011: 16-46), desarrolla su análisis de profundidad de las calles y demás unidades urbanísticas previamente definidas4 (fig. 6). En este caso, para justificar su análisis de profundidad toma dos tipos de referencia, las puertas de acceso y los recintos forenses del interior de todas las ciudades analizadas (Ostia, Pompeya, Silchester y Emporion). Los resultados obtenidos le permiten inferir la existencia de un patrón de circulación y distribución por el que cualquier habitante de una gran urbe romana podría reconocer inmediatamente cualquier calle o sector en orden a su importancia social dentro de la ciudad (Kaiser 2011: 199-205). Planimetría con los usos sociales del espacio urbano de la ciudad romana de Silchester (siglo IV d. Otro ejemplo centrado en el análisis sintáctico espacial de la configuración urbana en época romana lo encontramos en un reciente estudio de Van Nes (2014b), de nuevo centrado en el caso de Pompeya. En cierto modo, su trabajo viene a confirmar algunas de las tesis planteadas por Laurence en su libro (2007). Por ejemplo, la aplicación de un análisis agent-based, generado mediante la herramienta correspondiente del software DEPTHMAP, ha permitido confirmar que la concentración de tiendas y negocios en la ciudad vesubiana era mayor en las calles con una mayor posibilidad de circulación (fig. 7). Su trabajo también destaca por mostrar la importancia de analizar la correlación de las dinámicas a microescala (edificios, insulae, barrios) con la red de circulación general, con objeto de conocer en mayor profundidad la evolución de la configuración urbana de las ciudades de la Antigüedad romana. Modelo agent-based de los espacios públicos pompeyanos. El empleo de este tipo de perspectivas de análisis para el estudio del urbanismo mesoamericano ha protagonizado recientemente en una serie de estudios (Seibert 2006; Morton 2007; Morton, Peuramaki-Brown, Dawson y Seibert 2012, 2014; Peuramaki-Brown 2012). La aplicación sistemática de los análisis de líneas axiales y de profundidad sobre diversos tipos de asentamientos prehispánicos como Teotihuacán (México), Naachtum (Guatemala) o Copán (Honduras), han permitido conocer hasta qué punto, la articulación de los rituales comunitarios que las elites urbanas utilizaban como elemento de naturalización del orden social, tenía también su reflejo en la propia estructura de urbanística de estas ciudades de época prehispánica. En concreto, el caso de Teotihuacán (Morton, Peuramaki-Brown, Dawson y Seibert 2012), representa mejor que ningún otro ejemplo mesoamericano esta materialización urbana de la ideología dominante a través de la distribución espacial de la liturgia en la propia planificación urbanística. El análisis axial planteado en Teotihuacán (fig. 8) refleja de forma gráfica hasta qué punto el establecimiento de un eje vinculado a los principales centros de culto, sirve como articulador de la estructura urbana de la ciudad. No obstante, la más destacable novedad que ofrece el estudio sintáctico-espacial de este asentamiento se infiere a partir de la aplicación del análisis de profundidad a escala microespacial, sobre una serie de vecindarios de patio-central (Multi-Apartment Compounds) documentados en distintos sectores residenciales de la ciudad. Este parecido es utilizado por los autores del estudio (Morton, Peuramaki-Brown, Dawson y Seibert 2012: 391) para proponer que la configuración espacial de estos ámbitos residenciales se puede interpretar como un indicador del grado de aceptación de los aparatos ideológicos generados por las elites para naturalizar su preeminencia a través de la adaptación privada de la configuración espacial de los espacios de culto a escala local-vecinal. Plano de la trama urbana del centro de Teotihuacan y mapa axial. Según Morton, Peuramaki-Brown, Dawson y Seibert 2012: Fig. 5. Estos trabajos sobre la configuración urbana de Teotihuacán también han servido para establecer comparaciones con lo que sabemos sobre la distribución de actividades económicas en los distintos barrios de la urbe mesoamericana (Manzanilla 1996). Dicha comparación ha permitido comprobar la existencia de un patrón sintáctico de profundidad para la distribución funcional de los distintas unidades espaciales dentro de los barrios como Xoapan (Morton, Peuramaki-Brown, Dawson y Seibert 2012: figs. 3 y 4) (fig. 9). Los espacios relacionados con actividades productivas tienden a presentar valores de profundidad sintáctica mucho menores que los hábitats residenciales de las familias. Planimetría esquemática de tres multi-apartment compounds de Xoalpan (Teotihuacan). En azul se destacan los patios centrales con indicios de culto a los ancestros. En naranja aquellos espacios relacionados con áreas productivas. En verde aquellos espacios relacionados con el hábitat residencial de las familias. Según Morton, Peuramaki-Brown, Dawson y Seibert 2012: Fig. 3. Desde un punto de vista comparativo, el contraste entre ambas perspectivas culturales, de los denominados periodos clásicos mediterráneo y mesoamericano, resulta un ejercicio muy ilustrativo. En ambos casos podemos ver la aplicación del principio de la economía del movimiento, explicitada en varios textos teóricos de Hillier y sus seguidores (Hillier 1996, 2002). No obstante, en términos específicamente culturales vemos diferencias entre las explicaciones manejadas en uno y otro contexto. En el caso mesoamericano, las explicaciones están basadas fundamentalmente en motivos de índole cosmológica o ritual. Sin embargo, las explicaciones preferentemente utilizadas para interpretar las inferencias sintáctico-espaciales de la configuración urbana de época romana se circunscriben, fundamentalmente, a principios de índole productiva o logística (Laurence y Newsome 2011). En el caso de la propia Urbs, a pesar de que contamos con algunas propuesta que han tratado de analizar la propia ciudad de Roma como una materialización simbólica de los aparatos ideológicos de las elites de época imperial (Wallace-Hadrill 2000; Zanker 2000; Carandini 2010), no tenemos constancia de ningún estudio sintáctico-espacial orientado a la documentación de este tipo de patrones. Geometría discreta de la ciudad antigua En relación al estudio empírico del urbanismo antiguo, una de las líneas de trabajo propuestas en los últimos años (Hillier 2014: 39-40) se refiere al análisis de las tramas geométricas que subyacen las ciudades a lo largo de su desarrollo, con objeto de conocer sus implicaciones en la vida cotidiana de las personas y grupos sociales. A la concepción clásica del planeamiento urbanístico hipodámico, basado en la aplicación regular de un modelo de rejilla cuadrangular, representada en la planimetría de la antigua Mileto, Olinto o Priene, así como en múltiples escenarios urbanos contemporáneos (fig. 10), algunos teóricos del urbanismo han contrapuesto el concepto de ciudad orgánica (Hillier 2002; Carvalho y Penn 2004), como aquella generada a lo largo de un proceso histórico en el que no se ha podido aplicar un plan de diseño urbanístico unitario a lo largo del tiempo. Plano Esquemático de la trama urbana de Priene (Asia Menor) en época helenística (Fuente: Wikipedia). Plano esquemático de la retícula urbana del Middle/Lower Side de Manhattan (Nueva York) (Fuente: web de la ONU). Con el objetivo de testar la posible existencia de un principio geométrico discreto general para la configuración urbana de estas ciudades orgánicas, el propio Hillier y algunos de sus colegas han analizado (con la ayuda de las herramientas de análisis axial y de profundidad del s oftware DEPTHMAP) un gran número de ciudades orgánicas desarrolladas sin aparentes conexiones culturales (Hillier y Vaugan 2007). El resultado de estos trabajos es que un número sorprendentemente elevado de estas ciudades (con desarrollos históricos tan diferentes como Londres, Tokio o Nicosia) muestran un patrón geométrico común, el llamado Deformed Wheel Model. (fig. 11). Mapa axial con las principales vías de comunicación del área metropolitana de Londres. Mapa axial con las principales vías de comunización del centro histórico de Nicosia (Chipre). Este modelo consiste en la generación de una rejilla con forma de rueda de bicicleta con radios irregulares configurados por el propio desarrollo urbanístico. Esto genera una cuestión fundamental: ¿Cómo es posible que una misma trama geométrica pueda emerger tras décadas o siglos de actividad urbanística de innumerables agentes y contextos sociales, económicos y culturales tan diversos? Tal vez, uno de los casos de estudio arqueológico más adecuados para testar esta hipótesis sea la propia Roma. Una comparación de la disposición topográfica de la Urbs en época imperial en relación con la distribución de las principales vías de circulación del actual área metropolitana romana (fig. 12: 1 y 2), parece mostrarnos que el desarrollo histórico de la ciudad antigua, fosilizado en la disposición de las principales vías radiales y anulares de comunicación, parece reflejar la configuración del modelo geométrico del DWM (Deformed Wheel Model) ya desde la Antigüedad. Plano del trazado urbano de las principales vias de comunización en el area metropolitana romana dentro del GRA. Derecha plano esquemático del área urbanizada de la Roma imperial en el controno de la Muralla Serviana y la Muralla Aureliana (Siglo IV d. La esencia del modelo DWN, como patrón geométrico discreto en la configuración de las ciudades orgánicas, se basa en el concepto de centralidad. Varios estudios han resaltado la importancia topográfica de los ámbitos centrales como elementos fundamentales de la configuración metropolitana en distintos contextos urbanos de la Antigüedad, no sólo romana (Kaiser 2011), sino también en otros ámbitos culturales como el Oriente próximo o Mesoamérica (Smith 2003; Collins 2005). No obstante, muchas de estas conclusiones sobre la geometría discreta de las ciudades arqueológicas se pueden alcanzar sin la necesidad de la aplicación específica de herramientas de sintaxis espacial (Smith 2011: 176). De hecho, tenemos diversas noticias históricas que nos hablan de configuraciones urbanas relativamente similares. Uno de los casos más conocidos está recogido en las Leyes platónicas (VIII, 845 b-c), donde tenemos la descripción de una ciudad utópica, conocida como Magnesia, cuyo diseño urbanístico se asemeja al ideal pitagórico de la rueda con radios y distritos concéntricos (Cervera 1976: fig. 2). A la vista de estas pertinentes críticas, creemos que la verdadera innovación que ofrece la aplicación de este tipo de estrategias analíticas para el cotejo de los patrones geométricos emergentes en la configuración de las ciudades (no sólo arqueológicas) se refiere a la capacidad de ilustrar las consecuencias sociales de las tramas urbanísticas en términos de segregación. Para ilustrar esta afirmación vamos a volver al tema de las ciudades de planta hipodámica. A diferencia de las llamadas ciudades orgánicas, las ciudades de planta hipodámica están dotadas de una estructura geométrica con forma de rejilla ortogonal. Frente a la idea de concepción jerarquizada de la centralidad, el diseño geométrico de la planta hipodámica ha sido interpretado por algunos autores como reflejo de una cierta tendencia isonómica en la que todos los componentes de la trama urbana quedan aparentemente equiparados. En este principio de diseño urbanístico se ha querido ver un reflejo del ideal democrático de la polis clásica (Hoepfner y Schwandner 1994), del que el propio Hipódamo de Mileto fue un teórico destacado (Cervera 1987). Sin embargo, la aplicación de herramientas Space Syntax para el análisis de ciudades o barrios diseñados a partir de la aplicación de este urbanismo ortogonal, han permitido mostrar que, a pesar del aspecto aparentemente igualitario de las tramas urbanísticas, este tipo de forma urbana también genera ámbitos nucleares y áreas de segregación (fig. 13). Gráfico de visibilidad de la red urbana en la antigua Dura-Europos (Siria). El color expresa la escala de conexión visual (máximo rojo/mínimo azul). El análisis sintáctico-espacial de la trama urbana (obtenida a partir de la aplicación de un programa sistemático de teledetección) de la ciudad helenístico-romana de Dura-Europos (Siria) por parte de Benech (2010) nos ha mostrado de qué modo la implantación de un diseño hipodámico, basado en una rejilla ortogonal de manzanas regulares, en realidad genera un patrón de segregación espacial de determinados sectores de la ciudad (Benech 2010: 408). Estos resultados, obtenidos mediante la aplicación de la herramienta de análisis de visibilidad de DEPTHMAP, parecen refrendar la tesis planteada por Sennett en un célebre trabajo (Sennett 2004) sobre las raíces ideológicas de la trama ortogonal en las ciudades modernas. Según el sociólogo norteamericano, detrás de la aparente racionalidad isonómica que parece guiar este tipo de organización urbana, se esconde el deseo de las elites rectoras de implantar un orden coercitivo, reflejado en la segregación forzosa de comunidades marginadas, para controlar más fácilmente a diversos sectores urbanos. Este principio de coerción urbanística, a la vista de los datos atisbados en el trabajo de Benech (2010), también habría podido registrarse en el diseño urbano de ciudades del periodo helenístico y romano. La lógica social del paisaje La aplicación de herramientas de sintaxis espacial para el análisis de la configuración de paisajes históricos y prehistóricos se ha desarrollado, muy recientemente, en paralelo al surgimiento de concepciones alternativas para el urbanismo en las sociedades antiguas (Smith 2007; Isendhal y Smith 2013). Sintetizando en gran medida estas discusiones, del mismo modo que nos hemos referido a la existencia de ordenamientos geométricos discretos en ciudades llamadas orgánicas, la aplicación de técnicas de sintaxis espacial también se ha utilizado como método para identificar patrones de configuración paisajística en diversos tipos de asentamientos. La mayor parte de estos trabajos se basan en una aplicación previa de sistemas de información geográfica para el análisis territorial de las rutas menos costosas (least-cost paths analysis 5) para visualizar la red de comunicaciones internas dentro de regiones o asentamientos (Anderson 2012). En un trabajo desarrollado por Neff (2010), la red de rutas menos costosas del Cerro Jazmín, un asentamiento prehispánico en alto con una ocupación dilatada desde el periodo Formativo hasta su etapa de máximo desarrollo durante la época Post-clásica (Pérez, Anderson y Neff 2011), ha sido utilizada como base para la aplicación de un análisis sintáctico de profundidad entre los denominados nódulos de circulación, coincidentes con las casas y los aterramientos agrícolas distribuidos por toda la superficie de este cerro amesetado. Esta aplicación le ha permitido documentar un ordenamiento urbanístico interno con un patrón sintáctico espacial claramente articulado (fig. 14) en un asentamiento considerado, en un principio, como un hábitat disperso sin un orden generalizado. Gráfico de profundidad global (incluyendo los datos del análisis space syntax más los del least cost path) del área residencial del asentamiento prehispánico del Cerro Jazmín (Oaxaca, México). A pesar de la orografía complicada del terreno, es posible reconocer un patrón de distribución espacial entre los asetamientos aterrazados (márcados con un punto). En esta misma línea de aplicación mixta de SIG y sintaxis espacial, dos trabajos (Hudson 2012; Richards-Risseto 2012) publicados en un volumen sobre la aplicaciones de análisis LCP en Arqueología, son dos claros ejemplos de las posibilidades de este tipo de línea de investigación. Ambos trabajos son claras representaciones de cómo, la aplicación de herramientas de sintaxis espacial para el análisis puede servir para visualizar distintos tipos de dinámicas sociales ocultas tras la configuración espacial de paisajes sagrados y funerarios a escala territorial. Arqueología de las arquitecturas (ocultas) del poder Dentro de este punto vamos a incluir todos aquellos trabajos que han utilizado herramientas tipo Space Syntax con objeto de registrar el modo en que el espacio arquitectónico ha sido utilizado por diversos poderes para imponer determinados principios ideológicos y sociales sobre las poblaciones que gobiernan. A diferencia de otros enfoques tradicionales, centrados en el estudio de arquitecturas monumentales con evidentes connotaciones propagandísticas, este grupo de trabajos ha tomado como foco de atención principal sobre edificios funcionales, muchas veces vinculados a la vida cotidiana de las personas, así como aquellos complejos arquitectónicos relacionados con diversos aparatos administrativos de los Estados desde una perspectiva histórica. El análisis sintáctico-espacial de edificios de uso rutinario (como las casas, las escuelas, hospitales o prisiones) ha sido utilizado por algunos autores para registrar el desarrollo de mecanismos biopolíticos con los que los poderes rectores regulan ciertos aspectos de la vida cotidiana y la conducta de sus súbditos (como la educación, la sexualidad, las formas de estructura familiar y de las unidades domésticas, etc.). Precisamente este tema fue objeto de un libro recientemente publicado por quien suscribe este artículo (Bermejo 2014). Dicho trabajo se centra en el análisis del impacto de las políticas sociales desarrolladas por el estado romano en la vida cotidiana de las comunidades locales de Meseta oriental hispana. La aplicación de análisis sintáctico-espaciales sobre los diversos ejemplos de arquitectura doméstica registrados por la Arqueología en la región nos permitió comprobar que la configuración espacial de algunas de estas casas respondía a las necesidades y restricciones sociales del modelo familiar configurado por la normativa augustea. Dicho modelo, fue codificado por diversos aparatos del Estado como el derecho privado, la política fiscal o los textos de autores clásicos claramente vinculados al poder imperial, cuyo ejemplo más relevante en lo que se refiere a la arquitectura se puede encontrar en el libro VI de los tratados vitruvianos. Pero, al mismo tiempo, el análisis sintáctico-espacial de otros ejemplos de la muestra seleccionada nos permitió comprobar que en otras ocasiones la configuración espacial de la casa podían interpretarse como un prueba fehaciente de la resistencia cotidiana de parte de estas comunidades (claramente desvinculadas de las elites en la escala social local) a someterse a la normativa imperial de ordenación de la vida familiar. Existen otros autores, circunscritos casi siempre al ámbito de la Arqueología histórica, que se han encargado de estudiar este tipo de problemáticas en edificios pertenecientes a diversos contextos temporales y culturales. Es el caso por ejemplo de A. Zarankin, un arqueólogo que ha aplicado estrategias de análisis tipo Space Syntax para el estudio del diseño arquitectónico de edificios públicos y privados de la Argentina entre los siglos XIX y XX (Zarankin 1999, 2002; Funari y Zarankin 2003; Zarankin y Niro 2006). La aplicación comparativa de análisis de accesibilidad, asimetría relativa, valor de control y los índices desarrollados por Blanton (1994: 31-36) ha sido desarrollada por este autor para registrar la implantación de estructuras hegemónicas propias de las sociedades capitalistas a través del diseño arquitectónico de espacios como bancos, escuelas públicas y casas construidas en el entorno bonaerense. Especialmente destacables son sus trabajos en relación a los centros de represión clandestina de la dictadura militar argentina (1978-1983) (Zarankin y Niro 2006). A través de ellos hemos podido reconocer una serie de patrones espaciales propios de estos centros diseñados para conseguir de forma más efectiva la confusión y coerción de los prisioneros políticos torturados en estos centros (fig. 15). Gráfico de accesibilidad del Centro Clandestino de Detención de la dictadura militar argentina "Club Atlético" también denominado como "Centro Antisubversivo"(Buenos Aires, Argentina). Tendencias presentes y perspectivas de futuro Desde un punto de vista historiográfico hemos de destacar viarias tendencias que se han acentuado en los últimos años. Una de ellas es la gran concentración de aplicaciones sintáctico-espaciales en contextos de época romana. Como ya hemos mencionado, en gran parte, esta tendencia puede explicarse por la posibilidad específica que ofrecen algunos yacimientos romanos para analizar ciudades complejas excavadas en extensión, sobre todo en relación a periodos anteriores y posteriores. Sin embargo, esta especial concentración de aplicaciones resalta bastante en contraste con un marco historiográfico, el de la Arqueología clásica continental, que en las últimas décadas ha sido muy poco dado a liderar innovaciones de corte teórico-metodológico en comparación con otras tradiciones arqueológicas a escala global. Otros patrones historiográficos que se registran en la bibliografía referida muestran diferentes orientaciones epistemológicas en clave geográfica. Por un lado, gran parte de los estudios desarrollados por autores anglosajones (a los que habría que añadir de forma destacada las investigaciones desarrolladas en el marco de centros holandeses como Leiden) se caracterizan por plantear sus estudios desde una perspectiva esencialmente inferencial, cuando no meramente descriptiva. De otra parte, los investigadores iberoamericanos se caracterizan por presentar puntos de vista mucho más inductivos, en los que la aplicación de técnicas sintáctico-espaciales se concibe como una mera herramienta que debe estar orientada por concepciones teóricas independientes y previamente ajustadas al contexto histórico objeto de estudio. En ambas corrientes, que en ningún caso pueden considerarse como ámbitos estancos, detectamos ciertas tendencias perniciosas que queremos resaltar a modo de crítica constructiva. En el caso de los estudios descriptivistas, es relativamente frecuente encontrar trabajos sin un planteamiento explícito de hipótesis teóricas previas. En muchos casos, el esbozo de un marco interpretativo se produce después de la obtención y el tratamiento de los datos. Esto supone cierta querencia por el planteamiento de hipótesis post hoc, en función de los datos manejados. De esta manera se generan interpretaciones arqueológicas que, obviamente, no pueden ser falsadas pero que al mismo tiempo son incapaces de aclarar problemas históricos o procesos sociales de importancia. La cara opuesta a esta tendencia la encontramos en algunos trabajos del ámbito hispano en la que el planteamiento de un aparato conceptual muy rígido configura un tratamiento selectivo de los datos, obviando aquellos que no concuerdan con las ideas inicialmente planteadas. Para concluir este trabajo quisiéramos enunciar dos elementos que, desde nuestra óptica, habrán de tener importancia en el desarrollo futuro de este tipo de aplicaciones en el marco de la Arqueología de la Arquitectura a escala global. El primero de ellos se refiere al planteamiento sistemático de proyectos de investigación comparativa desde una perspectiva intercultural. A lo largo de estas líneas hemos comprobado que la aplicación de las mismas herramientas e índices sintático-espaciales para el análisis arqueológico de edificios y ciudades de los más diversos ámbitos culturales. Sin embargo, en gran parte debido a la inercia de la especialización académica, son muy pocos los trabajos que afronten la comparación de los datos obtenidos en contextos históricos diferentes de un modo consistente y sistemático (quizá la mayor excepción la encontremos en el libro de Blanton 1994). Es cierto que, como ya hemos mencionado, en los últimos años hemos asistido al surgimiento de encuentros y a la elaboración de libros editados destinados a la publicación de aplicaciones de Space Syntax de estudios de diversos contextos culturales. Pero hemos de reconocer que casi siempre se trata de estudios compartimentados en sus respectivos contextos históricos o culturales. Un reto de futuro en el marco de este tipo de aplicaciones arqueológicas, será el de desarrollar proyectos científicos orientados programáticamente (Smith y Peregrine 2012; Feinman 2012) desde una perspectiva comparativa sistemática. Otra línea de trabajo que habrá de ser abordada en los próximos años, en clara relación con el desarrollo de estudios comparativos, se refiere a la cuestión de la estandarización de los datos generados en aplicaciones arqueológicas de este tipo de herramientas de análisis. Por sus propias características, la generación de datos analíticos en el marco de estudios tipo Space Syntax se ajusta perfectamente a un alto nivel de estandarización matemática, lo que genera un marco de actividad especialmente recomendable en términos de inferencia estadística. Al mismo tiempo, el acceso generalizado a aplicaciones software (como DEPTHMAP) ofrece un entorno ideal para el uso estandarizado de índices gráficos en estudios de este tipo. Sin embargo, hasta la fecha, son muy pocos los investigadores que se hayan aventurado a ofrecer los archivos originales con los datos aritméticos y gráficos de sus análisis, a pesar de que el número de publicaciones científicas sobre este tipo de aplicaciones está aumentando. Entre las razones fundamentales que encontramos para explicar esta situación divergente debemos destacar aquellas relacionadas con la percepción y la valoración de los méritos académicos relacionados con la publicación científica en Arqueología. En la actualidad, la escasa o nula valoración de la publicación científica de los datos generados en un formato telemático (bien sea a través de bases de datos, bien a través de archivos gráficos de imágenes o generados a través de diversos tipos de aplicaciones informática como SIG, etc.) ayuda a mantener esta situación en la que, en la mayoría de los casos la publicaciones textuales se producen sin que los lectores o investigadores interesados puedan tener acceso a los datos en los que están basados. A la vista de lo que está ocurriendo en otras áreas de la investigación científica actual, en las que el desarrollo de inferencias establecidas sobre grandes repertorios de datos (Big Data) está revolucionando nuestra capacidad analítica en muchos aspectos, creemos necesaria una reconsideración estratégica de las políticas de valoración de méritos científicos en el ámbito de la Arqueología actual. En este sentido, las posibilidades analíticas que se han esbozado en el marco de las aplicaciones arqueológicas de herramientas de sintaxis espacial, podrán jugar un papel importante en un deseable proceso de convergencia y diálogo entre la Arqueología y otras ciencias sociales como el Urbanismo, la Economía, la Historia, la Sociología, la Geografía humana y la Arquitectura en su más amplia acepción.
Sintaxis espacial en el oppidum ibérico. Reflexiones sobre los modelos espaciales y sociales En el presente trabajo realizamos un aproximación mediante el análisis basado en la sintaxis espacial aplicado al espacio doméstico de las sociedades de la edad del Hierro de la franja central de la Iberia Mediterránea, entre los siglos VI y III a. C. En una primera sección se introduce la importancia de la configuración de las casas para comprender la sociedad ibérica. A continuación seleccionamos algunos ejemplos de la mitad meridional del País Valenciano para realizar nuestro análisis. Se identifican de dos modelos espaciales claramente definidos. Por último se relacionan estos esquemas constructivos con los procesos de agregación de unidades familiares para constituir las comunidades ibéricas. INTRODUCCIÓN: LA CASA EN EL OPPIDUM IBÉRICO La inclusión de un estudio referido al mundo ibérico en este volumen dedicado al análisis espacial nos permite reflexionar sobre algunas de las propuestas de organización social que encuentran en los modos de articulación espacial no solo un reflejo, sino también el medio de la acción humana. Es decir, tomamos la perspectiva de entender el diseño arquitectónico desde una perspectiva sociológica que atienda a los comportamientos y usos sociales del espacio. Así, el espacio construido transmite normas, mediante mensajes de índole no verbal, que van indisolublemente asociadas al diseño formal de las casas y especialmente la segmentación y las relaciones de los distintos espacios (Rapoport 1978; Kent 1990; Allison 1998). Nuestro propósito no es hacer un riguroso estudio, basado en un exhaustivo corpus de unidades domésticas, que excedería las posibilidades de un artículo. Más bien queremos mostrar las capacidades heurísticas del análisis basado en la sintaxis espacial y reflexionar sobre los modelos sociales que pueden interpretarse a partir de los esquemas espaciales presentes entre los grupos ibéricos de la franja central mediterránea. Nuestras primeras líneas, y antes de entrar en las particularidades de nuestro análisis, van a ir dirigidas a señalar el alcance y condicionantes de la aproximación que desarrollaremos en este trabajo. La primera consideración es la referida a la propia área ibérica en la que se centra este estudio. Iberia no fue una unidad política hasta que la llegada de Roma unificó los territorios bajo su dominio. Más bien nos referimos a un conjunto cultural formado por grupos relativamente autónomos que hacia la época plena, principalmente en el s. III a. C., se organizaron en entidades territoriales presididas por asentamientos urbanos (Ruiz 2007) que pudieron reunirse temporalmente bajo la forma de federaciones regionales. Dentro de este amplio mosaico político, en este trabajo vamos a centrarnos en el área central de la fachada mediterránea ibérica (fig. 1), y que en la actualidad conforman las tierras del centro y el sur del País Valenciano. Esta región cuenta con rasgos que le confieren uniformidad cultural y de organización social, aunque acogería distintas unidades políticas en su seno (Bonet, Grau y Vives-Ferrándiz 2015). Esta zona se distinguiría de otras áreas al sur y al norte de Iberia, donde los modelos sociales presentan sus propias particularidades (Ruiz 2007; Sanmartí 2004; Sanmartí y Belarte 2001). Localización del área de estudio con los sitios analizados: 1: La Bastida de les Alcusses, 2: La Serreta, 3: El Puig d'Alcoi, 4: La Illeta del Campello, 5: El Oral. Debemos señalar las limitaciones del registro arqueológico referido a los espacios de hábitat ibéricos, donde en pocas ocasiones contamos con amplias áreas excavadas que permitan el análisis de plantas completas. Escogemos para nuestro estudio grandes asentamientos fortificados que podemos caracterizar como oppida o centros de poder locales, donde su amplia extensión y la variabilidad de la población nos permiten encontrar grupos sociales diversos y su expresión en los ámbitos domésticos. Durante el primer milenio a. C. en Iberia acaecen procesos de urbanización y centralización de la población en oppida. Para la mayor parte de la población dedicada a la agricultura y el pastoreo, la vida urbana y concentrada supone una desventaja, especialmente por la necesidad de desplazarse desde el lugar de residencia a los campos y pasturas. Este inconveniente se acentúa cuando el emplazamiento de los oppida busca las cimas de los cerros, en ocasiones con largos y penosos desplazamientos hasta las tierras de labor. En ese sentido, la existencia de asentamientos dispersos próximos a las áreas de cultivo y espacios de trabajo configuraría un patrón espacial mucho más eficiente desde el punto de vista productivo. De esta evidencia se deriva que el proceso de formación del modelo ibérico del oppidum está relacionado con procesos sociales, económicos y políticos de hondo calado. De ese modo, este tipo de asentamientos se convierte en el escenario principal de los juegos de poder y los procesos de configuración de la sociedad ibérica y por ello nuestro análisis se centrará en las casas de estos centros principales. En estos oppida, pese a reconocerse viviendas de elites y grupos subordinados (Belarte, Bonet y Sala 2009), no existe una gran complejidad en la configuración de las unidades domésticas, antes bien son viviendas muy sencillas, como a continuación veremos. Esas características en principio abogarían en contra del uso de análisis sintáctica que encuentra todo su potencial en estructuras domésticas complejas del mediterráneo antiguo, como la casa romana (Bermejo 2013). Sin embargo, ofrece interesantes posibilidades que vamos a tratar de explorar. LA IMPORTANCIA DE LA CASA EN LA SOCIEDAD IBÉRICA El estudio de las estructuras sociales de época ibérica puede abordarse desde planteamientos y fundamentos variados, orientados por posiciones teóricas diferentes, que enfatizan distintos aspectos de la organización social. Por lo general, los estudios referidos a los iberos coinciden en señalar que habían alcanzado formas de organización social definidas como jefaturas complejas (Aranegui 2012) alcanzando formas estatales (Ruiz 2007; Grau 2007). Aunque estos estados ibéricos no habrían desarrollado algunos de los rasgos de sociedades estatales clásicas, lo que los aproximaría a las estructuras definidas como estados arcaicos, con escaso desarrollo institucional (Sanmartí 2004). La documentación disponible expresa con cierta claridad este limitado desarrollo de algunas estructuras estatales clásicas. En los escasos textos grecolatinos no existe una mención explícita de estado al referirse a los iberos. Tampoco los rasgos arqueológicos mostrarían claramente las instituciones propiamente del estado, como son el palacio y el templo. Aunque pueden reconocerse algunas residencias destacadas y lugares de culto, no tienen la consideración de centros articuladores de la administración y la actividad económica, como sucede en otras culturas. Tampoco existen otras instituciones como burocracia y ejércitos permanentes. De ello se deriva que nos encontramos con formas poco formalistas de estado clásico, que suelen definirse como estados arcaicos, estructuras en las que las formas sociales pre-estatales tendrían mucho peso: el lenguaje del linaje, las formas personales de asunción del poder, los matrimonios, las relaciones de parentesco de algunos linajes, etc. En segundo lugar, en el ámbito ibérico la mayor parte de las actividades económicas de especialización quedan circunscritas al ámbito doméstico. Buena parte de los talleres e infraestructuras artesanales, los equipamientos de transformación agraria, como lagares y almazaras, los almacenes... se vinculan a las casas y espacios domésticos. Algunos ejemplos destacados como La Bastida de les Alcusses ofrecen una expresión clara de este esquema organizativo (Vives-Ferrándiz 2013). Por todo ello, adquiere un especial interés explorar las bases de la organización económica y social en el seno de los grupos domésticos ibéricos. Recientes trabajos han fijado su atención en como la casa, como estructura física, y la Casa, como unidad social según el concepto de Lévi-Strauss, ofrecen una aproximación de gran valor para entender la sociedad ibérica (Vives-Ferrándiz 2013). De ese modo la agencia, o capacidad transformadora y articuladora de las formas sociales, adquiere relevancia en relación al nivel del grupo doméstico (el household en términos anglosajones) y también las asociaciones de los grupos corporativos, para ir estructurando posteriormente los niveles de instituciones superiores. De acuerdo a estos planteamientos, nos centramos en este trabajo en el análisis de la estructura de estas unidades domésticas, su relación entre ellas y con los procesos de transformación como evidencia de las dinámicas sociales de los grupos ibéricos. PROPUESTA TEÓRICA: PRÁCTICA, SINTAXIS ESPACIAL, INTERACCIÓN SOCIAL Las propuestas teóricas derivadas de la agencia se basan en la insatisfacción producida por las aproximaciones sistémicas que al centrarse en la estructura de la sociedad han obviado el comportamiento de la gente. El postulado básico es que las personas no son autómatas sin conciencia que reaccionan a los estímulos externos, sino al contrario intervienen plenamente en la reproducción de las estructuras sociales. Las personas son conscientes de las normas sociales y pueden actuar creativamente en el seno de estas estructuras, aunque están constreñidos por estas reglas y sólo excepcionalmente pueden subvertir el orden social establecido (Dobres y Robb 2000, 2005; Dornan 2002). Esta aproximación es especialmente pertinente para orientar la investigación de los espacios domésticos y las prácticas cotidianas. La configuración de las casas es un ámbito de estudio que permite referirnos a la existencia de normas y reglas, pero también las posibilidades de modificación. Así mismo, en este ámbito se expresan los modos de interacción social en el contexto de lo cotidiano. Desde el punto de vista metodológico nos proponemos desarrollar el estudio combinado de las funciones de los espacios domésticos que se deduce por los equipamientos y ajuares recuperados, teniendo en cuenta los condicionantes propios de la formación del registro, y la estructura espacial de la casa. Vamos a analizar la circulación en las estructuras construidas mediante el denominado justified gamma map, mapa gamma justificado (Hillier y Hanson 1984: 149), también denominado 'mapa jerárquico' según la terminología de Blanton (1994: 37). Se trata de una representación gráfica que muestra por medio de líneas las diferentes conexiones entre unidades espaciales, el conjunto de la edificación se pone en relación al espacio exterior, que se representa como un círculo con un aspa, que se sitúa en la base del gráfico (Bermejo 2009: 53). Con ello se permite reconocer los modos de conexión topológica, o relación entre espacios, como el gradiente de penetración (Rapoport 1978: 289-298) o de profundidad estructural (Blanton 1994: 37), es decir, las posibilidades de controlar la circulación entre el exterior y el interior de las viviendas. La principal aportación de una aproximación de este tipo es la descripción de genotipos arquitectónicos reconocibles en las viviendas ibéricas. Si bien la principal característica de la arquitectura doméstica es su gran heterogeneidad, lo que dificulta la observación de modelos normativos (Belarte 2013; Belarte, Bonet y Sala 2009; Grau 2013; Sala 2005), el empleo de estas herramientas analíticas de la sintaxis espacial permite detectar la existencia de recurrencias topológicas. Esto significa que dentro de la variedad de plantas y organización de las estancias, se pueden detectar las formas de organizar las relaciones espaciales que subyacen al diseño de las construcciones. Nos interesa especialmente identificar las formas potenciales de regular la circulación a través de espacios transicionales y, a partir de ellas, explorar las normas y preceptos sociales que subyacen a la producción y uso del espacio. Para ilustrar nuestro procedimiento acudimos a un ejemplo que expresa claramente como viviendas muy semejantes reflejan esquemas espaciales claramente distintos. Se trata de las casas del sector III del asentamiento ibérico antiguo, fines del s. VI y s. V a. C., de El Oral (San Fulgencio, Alicante) (fig. 2), descritas y analizadas en trabajos de detalle que aportan la información necesaria para el análisis (Abad y Sala 1993; Abad, Sala, Grau, Moratalla, Pastor y Tendero 2001). 1: Planta y mapa gamma justificado de las casas IIIC, IIID y IIIG de El Oral (Elaboración propia a partir de Abad, Sala, Grau, Moratalla, Pastor y Tendero 2001). Nos interesan las casas IIIC, IIID y IIIG, cuyas estructuras a simple vista reproducirían un esquema similar. Las dos primeras son viviendas prácticamente idénticas formadas por una estructura rectangular que se divide en dos departamentos: uno principal que dispone de hogar y que sería el área de vivienda, y un segundo espacio ligeramente menor y situado en la parte posterior que posiblemente es un área de almacenaje (Abad y Sala 1993: 60). Por su parte, la casa IIIG en su fase inicial, que ahora nos interesa, configura una vivienda inscrita en un rectángulo que repite el esquema anteriormente descrito de casas simples de forma simétrica, pero con el añadido de un vestíbulo en forma de T, el espacio IIIG1, que separa el exterior del interior (Abad, Sala, Grau, Moratalla, Pastor y Tendero 2001: 159). Posteriormente se añade a la vivienda inicial un nuevo cuerpo formado por dos departamentos que se añaden a la zona postrera de la vivienda. El conjunto se interpreta como una casa que acoge a dos familias nucleares que incorpora una tercera por el crecimiento del grupo familiar (Abad y Sala 1993: 60). De ese modo, tendríamos en origen dos conjuntos: uno formado por la unión de IIIC-IIID, y el de la casa IIIG. Cada uno de ellos acoge en la primera fase dos unidades domésticas muy semejantes por la replicación de la estructura de casa básica y con espacio de vivienda, caracterizado por la presencia del hogar, cuyas superficies son prácticamente idénticas: IIIC1 con 10,85 m2, IIID1 con 10,40 m2, IIIG2 con 10,75 m2 y IIIG3 con 13,55 m2. Ahora bien, el análisis de la sintaxis espacial (fig. 2) nos permite observar que la identidad de las unidades domesticas básicas desparece en la forma de agregación de estos módulos. La casa IIIG muestra un esquema agregado y replegado en sí mismo, con el núcleo del hogar en las partes profundas de la casa y cuyo acceso se mediatiza con espacios transicionales, en busca de una separación del exterior. Mientras que las otras casas se encuentran disociadas y abiertas al exterior, sin espacios intermedios entre la calle y el núcleo de la vivienda con el espacio del hogar. LAS CASAS BAJO EL ANÁLISIS ESPACIAL Vamos a extender el análisis que nos ha servido de ejemplo a otras unidades domésticas del área de estudio y del mismo ámbito sociocultural. 4.1 Las casas con espacio de transición: el control de los contactos Empezando por el mismo poblado de El Oral, nos encontramos con otros ejemplos que seguirían el mismo esquema topológico caracterizado por el esquema arboriforme con un 'espacio de transición externo', es decir, un espacio transicional que puede ser un vestíbulo, un corredor o un patio. Se trata de una gran vivienda de 209 m2 que se inscribe en un trapecio adosado a la muralla de cierre del poblado. Tiene una entrada en codo por el extremo sudoeste que da acceso a un gran patio IVH6 que distribuye la circulación a varias zonas. Al norte del patio se encuentra un espacio IVH7 con un gran hogar central que evidencia un ámbito con actividad de transformación. Adjunto a este espacio se localiza otro hogar en un espacio sin individualizar del patio. La habitación principal de la casa se encuentra al oeste del patio en una posición central, es el espacio IVH8, la sala noble de la casa (Sala y Abad 2006: 31), que se opone a una batería de estancias que forman el ala oriental. Son las estancias IVH5, IVH4, IVH3 y IVH2, ésta última con un vestíbulo que la antecede, IVH1. Estos departamentos se interpretan como salas de reposo, o incluso con funciones de almacén (Sala y Abad 2006: 31). Planta y mapa gamma justificado de la casa IVH de El Oral (Elaboración propia a partir de Sala y Abad 2006). De nuevo es una casa cuya amplia entrada da lugar a un gran patio, IVA1, que es el foco de actividad principal de la casa y el espacio distribuidor de la circulación. Desde este patio se accede a tres estancias muy semejantes, caracterizadas por testimonios limitados de actividad, la existencia en dos de ellas de hogares, las IVA2 y IVA3, y con equipamientos y acabados domésticos cuidados en las tres. Se interpretan como espacios de reposo o reunión, y posible función mixta de despensa (Sala y Abad 2006: 32). Planta y mapa gamma justificado de la casa IVA de El Oral (Elaboración propia a partir de Sala y Abad 2006). Como vemos, estas viviendas se dotaron de estos dispositivos liminales o espacios de transición que tienen una naturaleza dual, pues pueden generar un lugar de encuentro entre el exterior y el interior de la casa, pero por otra parte tienen el potencial de dividir el espacio, las actividades y la gente (Hanson 1998: 285). El uso de este ambiente liminal tiene la función de evitar intrusiones no deseadas en el foco de vivienda, mediante la reducción de la permeabilidad al foco del hogar, y también actúa como una señal eficiente que emite el mensaje de la división de la actividad exterior y el dominio interior de la casa. La existencia de estos espacios de transición evidencia dos hechos que debieron estar interconectados. El primero es que las relaciones entre los miembros del interior y del exterior de la unidad doméstica debieron ser lo suficientemente frecuentes como para crear la necesidad de regularlos mediante dispositivos arquitectónicos. Y el segundo aspecto, conectado con el primero, es que las relaciones necesariamente debían estar sometidas a reglas específicas, cuyas propiedades sociales se canalizaron a través del espacio de transición. Se produjo, de ese modo, una configuración espacial en forma de árbol que enmarca, distingue y articula circulaciones y categorías de gente y actividades en un patrón de encuentros controlados (Hillier y Hanson 1984: 166-167). 4.2 Las casas sin espacio de transición: la permeabilidad del contacto exterior En el mismo poblado del Oral se reproduce el genotipo de casa sin espacios transicionales que hemos descrito al referirnos a IIIC y IIID, cuyo esquema extremadamente simple no permite ningún tipo de articulación de la circulación. Sin embargo, otras casas más complejas muestran un esquema homologable y que se caracterizaría por carecer de control sobre los encuentros entre los habitantes de la casa y las personas ajenas. Tal es así, que al espacio del hogar, núcleo de la vivienda, se accede directamente desde el exterior. Ese es el caso de la vivienda IIIK (fig. 5) una de las más grandes y complejas del poblado, especialmente debido a las ampliaciones que se sucedieron en la casa (Abad, Sala, Grau, Moratalla, Pastor y Tendero 2001: 103; Sala y Abad 2006: 34). Planta y mapa gamma justificado de la casa IIIK de El Oral (Elaboración propia a partir de Sala y Abad 2006). En su estructura original, desde el exterior se accede a la habitación IIIK9, cuyos equipamientos y ajuares, con el hogar central, la convierten en el núcleo de actividad doméstica de la casa (Sala y Abad 2006: 34-35). También desde el exterior se accede a IIIK5, que es una sala que ejerce de distribuidor hacia las habitaciones al este y hacia IIIK6, una habitación con acabados cuidados y un banco corrido. El ala oriental se interpreta como la zona de trabajo y almacén de la vivienda (Abad, Sala, Grau, Moratalla, Pastor y Tendero 2001: 163). Está formada por una habitación principal IIIK1 que da paso a IIIK2 y desde ésta a dos habitáculos profundos de menores dimensiones IIIK3 y IIIK4. Esta vivienda, a pesar de sus grandes dimensiones, su compleja estructura y sus sucesivas ampliaciones, no transformó el esquema básico de ofrecer una gran permeabilidad al núcleo de actividad de la vivienda, con el espacio del hogar accesible directamente desde la calle, pauta que se repite con la ampliación de un nuevo espacio de hogar con IIIK8. De ese modo, nos encontramos el mismo genotipo en esta casa compleja y en las casas de esquema simple como son las ya descritas IIIC y IIID, y también en otras del mismo poblado como las IIB, IVE y IVF (Abad, Sala, Grau, Moratalla, Pastor y Tendero 2001). Podemos deducir que más allá de la disponibilidad de espacio, complejidad de las casas y su posible asociación a familias con estatus elevados, como podría ser el caso de IIIK, encontramos que en el diseño escogido en ningún momento priorizó el control del acceso al núcleo de la vivienda y obvió la creación de un esquema arbóreo con un espacio de transición frontal. Este mismo esquema es el que más frecuentemente encontramos en otros casos de viviendas complejas en el área de estudio. Para ilustrar este aserto acudimos a ejemplos de la zona que corresponden a momentos posteriores, centrados en el s. IV a. C., por lo que se podría aludir que corresponden a otro periodo ibérico. Sin embargo, en términos sociales son apenas dos, quizá tres generaciones posteriores a las casas del Oral, por lo que la proximidad temporal sostiene la comparación. Una casa cuya comparación con las de El Oral es especialmente interesante es la casa ibérica de la manzana 3 de La Illeta dels Banyets de Campello, datada en el s. IV a. C. Ambos asentamientos son enclaves litorales con una base económica claramente orientada hacia los intercambios, según se deduce de las particularidades de sus emplazamientos y los registros materiales que han proporcionado (Abad, Sala, Grau, Moratalla, Pastor y Tendero 2001; Olcina 2005). La vivienda del Campello forma parte de un complejo edificado formado por dos unidades constructivas. En el sector sureste se dispone un bloque interpretado como área de trabajo y transformación agrícola, en concreto un lagar y otras instalaciones (Olcina 2005: 154-155) a las que no aludiremos en este momento. Adosada a esta unidad del sureste se construye un bloque que se interpreta como una vivienda inscrita en un rectángulo con una superficie de 78 m2 (fig. 6). Al sur se dispone un patio semi-cubierto de 34 m2 al que se accede desde la calle y también desde el núcleo de la vivienda formado por los departamentos 27, 28, 30 y 31. El foco de la casa, señalado por la presencia del hogar se localiza en el dep. Planta y mapa gamma justificado de la casa de La Illeta dels Banyets (Elaboración propia a partir de Olcina, Martínez y Sala 2009). Interesa señalar que el esquema topológico de la vivienda muestra un contacto con el exterior sin mediatizar por un espacio conector de forma arbórea, como en las casas de patio de El Oral. Aunque la estructura de la casa hubiese permitido anteponer este espacio de transición, se prefirió abrir el núcleo de la vivienda directamente a la calle, aunque el espacio del hogar aparece mediatizado por un departamento intermedio. Traemos a nuestra discusión la casa 10 del conjunto 4 del asentamiento de La Bastida de les Alcusses (Moixent, Valencia) (fig. 7). Esta vivienda compleja del s. IV a. C. en un primer estudio se interpretó como un posible conjunto palacial con las particularidades propias del mundo ibérico, es decir, sin una arquitectura especialmente destacada. Los argumentos que hacían destacar esta vivienda de las restantes del poblado eran su tamaño excepcional, la calidad de sus ajuares y la calidad de sus acabados domésticos, con el uso de la cal y decoraciones interiores (Díes y Álvarez 1998: 337). Planta y mapa gamma justificado de la casa de La Bastida de les Alcusses (Elaboración propia a partir de Bonet, Soria y Vives-Ferrándiz 2011). Una reciente revisión de este conjunto propone que en realidad se trata de dos bloques independientes separados por un espacio abierto (Depto. La parte occidental se conforma por dos partes independientes: un sector con acceso directo desde la calle formado por los deptos. En esta parte oriental carecemos de información respecto a la ubicación de los hogares, lo que limita el alcance de las interpretaciones, pero destacan los ajuares localizados en los departamentos 218 y 219, que podrían corresponder con sendos espacios de vivienda. En el 218 se halló la célebre figura de bronce que representa un guerrero a caballo. Así las cosas, este conjunto pudo estar compuesto por un agregado de varias unidades domésticas, al menos una formada por los departamentos 219 y 220, y otra formada por los deptos. En ellos se encontraría un departamento más profundo, quizá el núcleo de la vivienda, al que se accede por un espacio interpuesto. A ellos habría que sumar los espacios anexos de la parte oriental. Esta vivienda tiene su origen a fines del s. V a. C., cuando se construye una casa inscrita en un rectángulo y que cuenta con sendas habitaciones con dimensiones entre 20-25 m2, cada una con acceso independiente y con un hogar en su parte central, lo que sugiere que se trata de dos viviendas habitadas por sendas familias íntimamente relacionadas, pues cooperaron en la construcción unitaria de la casa. La simplicidad de la estructura doméstica en esta primera fase imposibilita la segregación de espacios y encontramos una conexión directa entre el espacio de la calle y la habitación del hogar, auténtico foco de la vivienda. Planta y mapa gamma justificado de la casa de El Puig d'Alcoi. Una generación después, a inicios del s. IV, se amplía la vivienda con la construcción de las cuatro estancias hasta configurar un agregado doméstico de aproximadamente 100 m2, unas considerables dimensiones para la norma del poblado. Se construyen dos estancias, la 5000 y la 11000, de dimensiones en torno a 20 m2 con hogares centrales y repertorios cerámicos variados que sugieren que nos encontramos con estancias plurifuncionales que pudieron operar como viviendas de familias nucleares. A ellos se suman un espacio de trabajo, dep. El gráfico de accesibilidad de las viviendas de la nueva fase sigue mostrando un esquema disgregado, aunque se puede reconocer que las estancias del hogar, foco de la vida social de las familias se reservan un mínimo de privacidad. Para ello se interponen espacios domésticos entre la calle y el departamento del hogar, con lo que el grado de permeabilidad se reduce. La limitación de las relaciones físicas entre los hogares y la calle se establece en el ámbito 5000 con la existencia entre medio del ámbito 7000. Mucho más evidente es el caso de la estancia 6000 en que se construye un tabique que separa un corredor, 11000, a modo de vestíbulo que se interpone entre la calle y el hogar y ejerce de pantalla visual. INTERPRETACIONES TENTATIVAS Y REFLEXIONES SOBRE EL ESQUEMA ESPACIAL La identificación de esta diferente relación topológica en las formas de agregación de unidades familiares básicas abre las posibilidades de proceder al análisis comparativo, y extender el número de ejemplos y casas en busca de recurrencias estructurales que podamos asociar a ambos genotipos. Y lo que es más importante, proponer interpretaciones en términos sociales del porqué de ambas estructuras. Conviene empezar sintetizando de forma sumaria los rasgos de los dos esquemas espaciales claramente diferenciados. a) Un modelo en que se identifica un espacio de transición entre el exterior y el interior. Este ámbito permite dividir y también integrar a los distintos miembros de la unidad doméstica, y a estos con los visitantes ajenos. Sugiere la necesidad y voluntad del control de los encuentros y las dinámicas sociales que requieren situaciones de co-presencia. Al construir las casas con estos espacios liminales, se generó un patrón de movimiento y ocupación que claramente condicionó los encuentros entre los miembros de la casa y los externos: favoreciéndolos, controlándolos o evitándolos. En un trabajo anterior (Grau 2013) hacíamos alusión a que este esquema arbóreo, con el espacio de transición, correspondía a viviendas multifocales. Se caracterizan por la replicación coherente de habitaciones idénticas, muchas de ellas dotadas de hogares, en una unidad arquitectónica más amplia, lo que se asociaría a residencias multifamiliares, posiblemente formadas por familias extensas. Estas familias escogen el modelo replegado en el que la experimentación del espacio favorece el desarrollo de distancias sociales entre los residentes y el mundo exterior. Es decir, desde los momentos de socialización en la infancia se está inculcando que existe una clara diferencia entre el espacio de la familia y el de los individuos ajenos a ella. Tales normas de conducta se adquieren mediante una experiencia física del espacio (Bourdieu 1972). En definitiva, la segmentación de espacios facilitaría la codificación de pautas de comportamiento y un claro sentido de las esferas públicas-expuestas y privadas-encubiertas. b) Otro modelo de casas se define porque en ningún momento sus espacios se integraron a partir de un espacio de transición interior, a pesar de su complejidad estructural y de disponer de varios departamentos adosados. El movimiento es exclusivamente exterior. Las viviendas disponen de varias entradas a espacios segregados. En ocasiones se interpone un habitáculo entre la calle y el espacio del hogar, pero en otras ocasiones se accede directamente a este foco principal de la vivienda. De ello se deduce que no hay una decidida búsqueda de separar el grupo residente del ajeno, fomentando la distancia social, como sí ocurría en el caso anterior. La pauta recurrente de ordenamiento del espacio, con escasas posibilidades de segregación del hogar y el predominio de la vida expuesta, sugiere un intenso contacto entre los grupos familiares. El favorecimiento de esta interrelación debió potenciar las posibilidades de formación de los grupos corporativos ibéricos en el nivel superior a la propia familia nuclear. A nuestro parecer, esa capacidad de trascender el grupo consanguíneo para conformar nuevos grupos de carácter suprafamiliar debió ser un elemento clave en la formación de la sociedad ibérica y por ello se dio la preferencia de unidades fácilmente asociables. Se podría argüir que en estas casas agregadas pero con circulación exterior nos encontramos simplemente con un conjunto de viviendas independientes, lo que justificaría la falta de conexiones interiores. Sin embargo, hay dos rasgos que definen la configuración del espacio y abogan por su consideración como casas interrelacionadas. El primero es que la construcción de habitaciones o unidades es dependiente de la existencia de una arquitectura preexistente, sobre cuyos muros descansa la ampliación. La segunda es la preferencia que muestran en la ampliación de una estructura preexistente en vez de crear una unidad separada, independiente, en una zona del solar del poblado a pesar de que hubiese espacio para ello. Estos puntos favorecerían considerar que la unidad doméstica básica estaría formada por el conjunto de varias familias nucleares. El resultado final expresaría, de ese modo, el crecimiento de la familia y el éxito en su reproducción, como se propone en otros contextos mediterráneos (Glowacki y Klein 2011: 410). Se evidenciaría la formación de unidades correspondientes a familias extensas, si entendemos la existencia de lazos consanguíneos, o bien, segmentos de linajes o facciones, si los lazos de unión están basados en relaciones sociales no consanguíneas. Estas dinámicas de crecimiento y agregación son las más frecuentes no solo en los casos que hemos estudiado, sino en otros contextos reconocibles en el área de estudio. A nuestro parecer son relevantes por cuanto ayudan a entender el significado de la estructura social ibérica más allá de la unidad básica de la familia nuclear y así, comprender la configuración de la sociedad como una estructuración desde la base, con el entretejido de las unidades básicas, en un proceso de abajo a arriba que alcanza de forma escalar a unidades organizativas cada vez mayores. PROCESOS DE CONFIGURACIÓN DEL ESPACIO Y DINÁMICA SOCIAL La visión de los planos de asentamientos y viviendas nos ofrece la imagen final del estado del poblado tras el abandono, formación del depósito estratificado y excavación. Y la lectura que se puede ofrecer parte de la limitación de la foto fija. Sin embargo, podemos transformar esa imagen en una secuencia de la configuración del hábitat. Ello es posible en aquellos casos donde el propio proceso de ocupación ha sido lo suficientemente largo y donde el registro arqueológico ha permitido detallar esas transformaciones. Los ejemplos que hemos empleado en este estudio permiten esa lectura secuencial y ofrecer algunos comentarios de interés. En primer lugar, podemos señalar que en los casos estudiados en ningún momento se produce un cambio del esquema espacial que rige el diseño inicial de las viviendas. Las casas con espacio de transición y convergencia añadieron nuevos departamentos a partir de su conexión a este ámbito, como en la casa IIIG de El Oral. Por su parte, la casa IIIK pudo haber transformado su esquema inicial tras la agregación de nuevos espacios, pero no lo hizo. En segundo lugar, los espacios que se anexan al núcleo original de la casa son de naturaleza variable. En ocasiones se trata de áreas de actividad económica como almacenes, zonas de trabajo y transformación, etc. en ese sentido se podría deducir la ampliación de la capacidad económica de la unidad doméstica sobre la que se consideró necesaria en el diseño inicial. En otras ocasiones se trata de adyacencia de nuevas viviendas a la estructura inicial, lo que se puede relacionar con la ampliación del grupo doméstico, bien por el crecimiento de la familia o por la incorporación de allegados y grupos afines. En el caso de la casa-agregado del Puig ya decíamos que puede tratarse de un rápido crecimiento del grupo doméstico que produjo la ampliación desde dos familias nucleares a fines del s. V a. C. hasta cuatro unidades en la primera mitad del s. IV a. Esta duplicación de familias puede responder a un proceso de crecimiento vegetativo o natural, con el consiguiente incremento de los pobladores que son los hijos naturales de las familias originarias. En tal caso, toda la descendencia de la familia originaria pasó a habitar los nuevos espacios construidos. Pero también cabe la posibilidad de que los vínculos fuesen de carácter no consanguíneo y se relacionen con pactos y clientelas. Nuevos ejemplos pueden añadirse a estos procesos de agregación que nos trasladan a los vínculos más allá de la estricta familia nuclear. En la ciudad ibérica de La Serreta d'Alcoi durante el s. III a. C. encontramos procesos de adyacencia que desde un punto de vista estructural señalan un paulatino crecimiento de la zona habitada. En el conocido como sector G (Llobregat, Cortell, Juan y Segura 1992) se observa claramente cómo se adosan sucesivamente hasta tres unidades de vivienda (fig. 9) que replican un idéntico esquema espacial simple y expuesto. Las nuevas viviendas se vinculan unas a otras físicamente, construyéndose aprovechando las estructuras preexistentes, de lo que se deduce algún tipo de vínculo entre ellas. En caso contrario, se hubiera conformado una manzana de casas separadas, como las que componen el bloque al sur de la calle, con muros independientes que aíslan cada vivienda. Planta y mapa gamma justificado de las casas del sector G de La Serreta (Elaboración propia a partir de Llobregat, 1972). De nuevo pudo tratarse de crecimiento vegetativo y ampliación de las familias originarias en un corto espacio de tiempo, correspondiente a una única fase del s. III a. C. Sin embargo, la rapidez de los procesos de ampliación descritos puede responder a dinámicas sociales de agregación producida por la vinculación de familias a partir de lazos de afiliación. En ese sentido las relaciones sociales, la cooperación en el trabajo, la utilización compartida de medios de producción y otros motivos serían la justificación de estos agregados. Parece claro la sociedad ibérica se caracterizó por una estructura dinámica de interrelación de unidades domésticas de diverso tipo y composición. Posiblemente en estas agregaciones lo que estamos documentando es la formación de unidades suprafamiliares, que acogerían grupos biológicos amplios y también grupos afiliados sin relación consanguínea. De ese modo se abría el proceso de reconfiguración de las unidades sociales en la base y la creación de la estructura del linaje, facción o grupo. La vinculación por lazos de tipo político, como la clientela, permitiría transformar las unidades sociales anteriores y hacerlas crecer más allá de los límites estructurales que establecía la consanguinidad. Las funciones y la acumulación de riqueza aparecen reflejadas en estos conjuntos, como las manzana del asentamiento, reforzando el sentido de las agrupaciones suprafamiliares (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 253). Por lo tanto, podemos reconocer los procesos sociales dinámicos a partir de la transformación de los espacios domésticos, con el aumento y disminución de la importancia de unas unidades y grupos sobre otros. Así las cosas, ubicamos la agencia a nivel del grupo doméstico y podemos reconocer la importancia de las agregaciones de unidades de base en un complejo trenzado de relaciones económicas y sociales. La puesta en marcha de estas dinámicas sociales permite entender la forma en que se fueron agregando unidades cada vez mayores para constituir facciones, comunidades y territorios. Las aproximaciones realizadas a partir de las posibilidades que ofrece el análisis de sintaxis espacial nos permiten reconocer la materialización arquitectónica de prescripciones sociales específicas, que hacían que determinada gente se comportase de una determinada forma. Los diferentes modelos de casas se generaron a partir de programas específicos escogidos por determinadas familias al construir sus viviendas. Unas quisieron dotarse de espacios liminales, mientras que otras no lo hicieron, de forma que permitieron o evitaron encuentros no deseados. Las casas replegadas en sí mismas, con esquemas arbóreos y espacios de transición son las menos frecuentes en la región de estudio, al menos con la documentación disponible a día de hoy, y solo las encontramos en las casas del s. V a. Las circunstancias socioeconómicas que condicionaron su existencia, desde el modelo de familia, la reclusión femenina ante visitantes, o las estrategias de reproducción de la familia (Grau 2013) no debieron ser extensibles a otros contextos y asentamientos. Ni siquiera en poblados con grandes similitudes como La Illeta dels Banyets de Campello. Por el contrario, las formas de agregación de carácter abierto y expuesto se encuentran de forma recurrente en gran cantidad de casos en el área de estudio. Los procesos que se reconocen en la configuración del hábitat posiblemente se relacionen con las dinámicas sociales de agregación de los grupos ibéricos. Este proceso produjo la forma arquitectónica que a su vez, recíprocamente, materializó, perpetuó e intensificó la complejidad social, socavando la cohesión social y acentuando la diferenciación de determinados grupos familiares sobre otros. Estos juegos de poder entre familias que acrecentaron su poderío, mientras otras se vieron abocadas a una posición subalterna, se materializaron en los modelos y formas de configuración del espacio. Nuevos y específicos estudios en este complejo campo de investigación, sin duda contribuirán a una mejor comprensión del espacio y la sociedad ibérica.
La articulación del espacio doméstico en las casas de patio central. Un estudio para el Noreste peninsular ibérico entre los siglos IV - II a. Presentamos un estudio comparativo diacrónico a través de la metodología analítica de la sintaxis espacial de un conjunto de casas de patio del este de la Península Ibérica datadas entre el siglo IV y el II a. C., periodo anterior e inmediatamente posterior al inicio de la conquista romana de esta región. Estas grandes casas complejas y con patio han sido interpretadas como las residencias de grupos minoritarios y poderosos: las aristocracias locales. A partir de esta idea trataremos de conocer el comportamiento y evolución de esta clase social durante el periodo de cambio que abordamos. La aplicación de un análisis sintáctico del espacio sobre una serie de casos nos ha permitido conocer las diferentes connotaciones que pueden adquirir las casas con patio. La principal diferencia entre las casas prerromanas e hispanorromanas está marcada por la mayor complejidad sintáctica de las primeras, que procede de las formas de la tradición indígena. La problemática que a continuación desarrollamos se contextualiza históricamente en el periodo de cambios que tienen lugar entre el siglo IV y el siglo II a. C. en las regiones del litoral mediterráneo de la península ibérica y en el interior, en el Sistema Ibérico, definidas como el ámbito ibérico y el celtibérico durante la Protohistoria. Este periodo, que a escala mediterránea se denomina tardo-helenístico, se caracteriza por el incremento de las relaciones entre diferentes áreas regionales y culturales, la circulación de productos e ideas y la continuación de las colonizaciones que culminarán con el proyecto expansionista romano. En consecuencia, en los diferentes procesos de transformación que tienen lugar durante este periodo, intervienen tanto las dinámicas de cambio locales como las influencias externas, coordenadas entre las que se sitúa nuestro análisis. Proponemos acercarnos a este momento histórico a través del registro arqueológico del espacio doméstico. Los numerosos trabajos1 en los que hasta ahora se ha desarrollado este enfoque, confirman la validez que desde el inicio se confirió a su estudio. De acuerdo con las premisas de la arqueología espacial, uno de los ámbitos donde comenzó a desarrollarse la arqueología de los espacios domésticos, el estudio de la vivienda representaba el nivel mínimo de resolución del registro arqueológico y nos acercaba a la comprensión de aspectos como "la economía del núcleo doméstico, las relaciones de género, la división del trabajo, la estratificación social, el estatus social, aspectos ideológicos o el análisis de los modos de vida" (Clarke 1977: 11). El estudio de los aspectos referidos nos resulta de suma importancia para comprender un periodo de transición como el de los siglos III y II a. C. en la península ibérica. Consideramos que los procesos de cambio tienen lugar de forma paulatina, y de ello da constancia el ritmo lento en la mutación de las costumbres y los modos de vida dentro de las unidades domésticas. De tal manera que el espacio doméstico será clave para comprender la dialéctica del cambio, en el que sus habitantes desempeñan un papel tanto de agentes receptivos como de promotores del mismo. Con este planteamiento pretendemos definir el proceso histórico previo a la romanización del Mediterráneo Occidental partiendo de las casas con patio como un símbolo de la transformación o una de las tantas materializaciones del cambio. LAS CASAS CON PATIO ENTRE LOS SIGLOS IV Y II a. C. EN EL OCCIDENTE MEDITERRÁNEO Las casas complejas y con patio del Levante peninsular ibérico durante la Protohistoria Durante la Protohistoria en el nordeste peninsular y el Levante, una parte de todo el ámbito definido culturalmente como ibérico, la edilicia doméstica se escapa a cualquier intento de estandarización; el emplazamiento de las viviendas, así como la organización del asentamiento donde se encuentran, da pie a una gran diversidad. Tan solo ha sido posible identificar la tendencia a organizar el espacio en estructuras cuadrangulares, dentro de las cuales ha sido posible reconocer lugares destinados a la molienda y otras actividades culinarias y al almacenaje de productos en algunas de las casas excavadas (Belarte, Bonet y Sala 2009: 98). Dependiendo de la compartimentación interior, estas actividades conviven en el mismo espacio o aparecen segregadas, pero siempre se mantienen espacios en torno al hogar que permiten albergar funciones de cocina, molienda, estancia colectiva o trabajos artesanales; es frecuente, sin embargo, la separación de la zona para el almacenaje en una estancia separada o sencillamente hacia el fondo de la casa en el mismo espacio (Belarte 2008: 182-184; Belarte, Bonet y Sala 2009: 98-99). En el último tipo de casas se incluyen aquellas que "poseen superficies superiores a 50 m2, a menudo superan los 100 m2 (la mayor de ellas alcanza incluso los 800 m2); pueden tener planta rectangular o cuadrada y están subdivididas en un mínimo de 4 estancias. Estas residencias pueden incluir patios o corredores de acceso a las distintas estancias" (Belarte 2013: 78). El análisis de la organización del espacio en estas viviendas atendiendo a su diseño, la funcionalidad y la interconexión entre las divisiones interiores, realizado por Grau (2013), considera estas viviendas dentro de los tipos de "casa monofocal compleja" y "casa plurifocal" (Grau 2013: 62-64), siendo el hogar el elemento nuclear y articulador. En el primer grupo encontraremos casas con un solo hogar y varias estancias, y en el segundo varias estancias donde se encuentran hogares en alguna de ellas. En ambos se repiten los espacios abiertos o patios. Ilustran esta tipología edilicia una serie de yacimientos del ámbito valenciano: La Sénia, Villares de Caudete de las Fuentes (Kelin), La Bastida de los Alcusses, El Oral (Grau 2013); y del catalán: Illa d'en-Reixac y el Puig de Sant Andreu en Ullastret, El Castellet de Banyoles en Tivissa, Alorda Park en Calafell, El Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet, Mas Castellar de Pontós y Fondo del Roig de Cunit (Belarte 2013). Estas viviendas, con una representación minoritaria en el urbanismo del asentamiento en el que se encuentran, tienen también elementos arquitectónicos que no posee el resto de las casas —columnas, pavimentos elaborados a base de opus signinum, revestimientos de mortero de cal—, así como signos indicadores de riqueza —altos porcentajes de cerámica de importación—, y concentración de ciertos materiales como pesas de telar, molinos, etc. (Belarte 2013: 86), y suelen situarse en lugares de importancia en la estructura del asentamiento. La introducción de las casas complejas en el nordeste, tanto en asentamientos urbanos como en pequeñas aldeas rurales, forma parte de un proceso de cambio más profundo que tiene lugar durante el Ibérico Pleno, es decir, entre los siglos IV y III a. C. y que se manifiesta igualmente con la aparición de los primeros rasgos que pueden ser calificados de urbanos en la organización interior de los oppida, así como en la introducción de innovaciones en la arquitectura defensiva y sacra y en los enterramientos (Moret 2006: 207-208). Sin embargo, en el sur y en el levante las casas complejas se documentan ya a partir del s. V a. C., como en el poblado de El Oral sobre el que nos detendremos más adelante. En ambos contextos la aparición del patio supone un cambio, y en cierto modo una ruptura, con la tradición doméstica indígena que en ocasiones se ha asociado a influencias externas. La relación que las casas con patio guardan con su entorno físico, aisladas del exterior y construidas hacia el interior para aprovechar la luz, permitiría apoyar el desarrollo local de la vivienda de patio. No obstante, como defienden Sala y Abad (2006: 36) es "la falta de precedentes lo que lleva a relacionar estas casas con impulsos externos". En el asentamiento de El Oral (San Fulgencio, Alicante) (Sala y Abad 2006) (fig. 1) son varias las casas complejas que se disponen a ambos lados de una calle central; las de patio se encuentran en el lado Este adosadas a la muralla. La unidad constructiva 19 se organiza en torno a un patio con un canal de desagüe decorado con conchas que, como en los ejemplos que siguen, recoge el agua procedente del área abierta y lo evacua hacia fuera de la muralla. De igual manera se dispone la Unidad constructiva 18. En la casa IVA, el patio se antepone al resto de la casa y en la Casa IVH, 209 m2, el patio que corresponde a la segunda fase de ocupación, tiene un acceso en codo y ocupa el centro de la vivienda (Sala y Abad 2006: 28-34). Localización de los yacimientos con casas de patio analizados en el presente trabajo. Las casas IIIG y IIIK son igualmente de grandes dimensiones y podrían clasificarse como complejas por su compartimentación interior, pero carecen de patio. La primera de ellas repite el esquema de espacio central en "T" que encontramos en otras del mismo asentamiento. La casa IIIK es de estructura compleja y bastante original y no se asemeja al resto. En el interior de estas viviendas destacan materiales de gran valor en contraste con una arquitectura más humilde (Sala y Abad 2006: 34-35). Nos interesa detenernos en la casa IVH cuyas dimensiones (280 m2) son superiores al resto y con dos fases constructivas (fig. 2a). Desde el inicio se dispone un espacio central abierto empedrado con guijarros que, en la siguiente fase datada a finales del siglo IV a. C., se cierra en el extremo noroccidental con un tabique; y lo mismo en el lado opuesto para crear así dos estancias más. La entrada se mantiene en el lado noroccidental y crea un acceso en codo hacia el patio. En la interpretación del uso y funcionalidad de las habitaciones se han tenido en cuenta principalmente los dispositivos y elementos constructivos detectados en cada una de ellas (Sala y Abad 2006: 30-31). Las dos habitaciones centrales situadas en el lado este de la vivienda servirían como lugares de reunión, comida o reposo, según indican los materiales constructivos. En una de ellas, la más al sur, el suelo estaba empedrado con guijarros con función aislante, en el centro se disponía una mesa hecha con un adobe y las paredes estaban pintadas. En la otra, más al norte, el pavimento estaba construido con adobes cubiertos por finas capas de yeso y ceniza alternativamente y las paredes estaban igualmente decoradas con pinturas. Las dos estancias situadas en los extremos de este mismo flanco serían almacenes, según indica el tipo de materiales cerámicos hallados en su interior, así como el tipo de suelo construido con adobes cubiertos de arcilla, a modo de aislante, que ha sido localizado en la habitación del ángulo sureste. Igualmente, la estancia creada en la segunda fase, al lado de ésta y frente a la entrada, se ha interpretado como almacén. La habitación central del otro lado del patio, en la parte oeste, tenía el papel de la habitación noble, según se desprende de su posición central, su gran tamaño, así como del suelo sobreelevado cubierto de guijarros. Al norte de esta habitación, el espacio situado en el ángulo ha sido considerado como un área de trabajo, al lado de la cocina, que estaría al fondo norte del patio (Sala y Abad 2006: 30-31). Representación esquemática de las plantas de las casas analizadas en el presente trabajo. a: Casa VHI de El Oral (a partir de Sala y Abad 2006: 30, fig. 5); b: Casa del estrígilo de Segeda I; c: Casa 2 de El Castellet de Banyoles (a partir de Asensio, Sanmartí, Jornet, Miró 2012: 179, fig. 5); d: Casa 2D de El Cabezo de Alcalá de Azaila (a partir de Beltrán 1976: 143, fig. 40); e: Casa de Likine de La Caridad (a partir de Vicente, Punter, Escriche y Herce 1991: 86, fig. 7); f: Casa número 1 de Ampurias (a partir de Santos 1991: 24, fig.5). Para sus excavadores, esta vivienda comporta un carácter complejo por los desagües, así como los acabados interiores o el empedrado del patio; afirman que se trataría de una "residencia privilegiada, con una planta bastante racional, imposible de explicar por un paulatino proceso de mejora de la vivienda tradicional" (Sala y Abad 2006: 38). Las excavaciones recientes (Asensio 2002) han permitido datar en el siglo III a. C. los trabajos de construcción que modifican completamente la fisionomía del asentamiento y la ocupación anterior parece ser bastante modesta. En la arquitectura doméstica a. C., organizada en torno a un trazado viario bien definido en su parte norte (Sanmartí, Asensio, Miró y Jornet 2012: 47-49), las dieciséis viviendas identificadas se pueden definir como complejas, a pesar de la gran diversidad formal entre ellas. Según sus excavadores, a pesar de la dificultad que conlleva la datación del momento inicial de este sistema urbanístico, los niveles de uso de estas viviendas permiten interpretar la vida en ellas de dos generaciones y sitúan su construcción aproximadamente medio siglo antes de la destrucción del asentamiento que tuvo lugar en torno al 200 a. C., es decir, en el tercer cuarto del siglo III a. La estructura interior de estas tres viviendas adosadas a la muralla es casi la misma: un patio delantero que da acceso a las habitaciones, precedidas éstas por un espacio transversal a modo de pórtico o distribuidor que recuerda la pastas de algunas casas griegas (fig. 2b). El centro del espacio doméstico en cada casa está marcado por la única habitación que dispone de hogar y que sería la cocina. Las funciones del resto de las habitaciones no han sido definidas debido a la escasez de material documentado in situ (Álvarez, Asensio, Jornet, Miró y Sanmartí 2008: 91; Sanmartí, Asensio, Miró y Jornet 2012: 55). Entre los materiales hallados se encuentra la mayor concentración de signos de riqueza de todo el asentamiento; lo que se ha interpretado como las lujosas residencias de familias pertenecientes a las clases dirigentes (Álvarez, Asensio, Jornet, Miró y Sanmartí 2008: 98). La arquitectura doméstica en el interior peninsular: el Sistema Ibérico durante la Protohistoria Según se ha puesto en evidencia en varias ocasiones, la escasez de datos procedentes de yacimientos excavados en la región del interior peninsular que pretendemos abordar en este epígrafe, denominada Celtiberia en los textos clásicos, dificulta la tarea de reconstruir o trazar el panorama de la arquitectura y los espacios domésticos. Sin embargo, este hecho no ha impedido la lectura del registro disponible, que no debe menospreciarse, y el planteamiento, no tanto de conclusiones como de posibles líneas interpretativas. En líneas generales se puede afirmar que los patrones urbanísticos comienzan a presentar bastante heterogeneidad y complejidad a partir de inicios del s. V a. C., es decir, a partir de la II Edad del Hierro. En este momento se documenta la ampliación de los pequeños asentamientos que entre los siglos VII y V a. C. se habían ido consolidando y constituían las formas de hábitat típicamente protohistóricas de esta región. C. los poblados adquieren formas diversas y se reparten desigualmente en el territorio; dentro de ellos aumenta la superficie construida con edificios para la producción artesanal y el almacenaje, se reduce el espacio colectivo y se construyen calles que articulan el urbanismo (Arenas 2010: 347; Arenas 2011: 139-140), según muestran las excavaciones de algunos de los yacimientos del Sistema Ibérico como La Coronilla de Chera, la fase II de El Ceremeño en Herrería (Cerdeño, Chordá y Gamo 2014), El Palomar en Aragoncillo (Arenas 1999) o Peña Moñuz (Arlegui 1992). Las viviendas se construyen en base a una "planta angular con un módulo heterogéneo que produce espacios de diversa morfología y que rara vez rebasan los 40-50m2 de superficie útil. (...) En algunos casos, las unidades domésticas alcanzan cierta complejidad dado que parecen estar compuestas por varios edículos de distinta funcionalidad" (Arenas 2011: 138). La interpretación al uso hasta no hace mucho, que identificaba una unidad doméstica por cada construcción rectangular adosada que forma parte del conjunto, se ha puesto en cuestión a partir de las excavaciones de El Palomar y El Ceremeño, donde Arenas ha identificado unidades domésticas formadas por varios ámbitos constructivos que antes se consideraban casas independientes (Arenas 2007). De tal manera se pone de relieve que la clave para la comprensión del espacio doméstico radica en la identificación de las actividades propias de una unidad doméstica y por tanto, de los espacios donde tendrían lugar en el registro arqueológico. En este proceso en el que el hábitat se va diversificando y coexisten poblados en llano abiertos con poblados fortificados, con funciones diversas, surgen en las etapas finales de la Edad del Hierro otros asentamientos de grandes dimensiones, los oppida, que han sido identificados como los protagonistas en el desarrollo del fenómeno urbano (Burillo 2007: 260-262, 313-326). Muchos castros se abandonan y se produce una concentración de la población en núcleos cada vez mayores, que se configuran como grandes centros u oppida, como Numancia, Tiermes, Contrebia Leukade, Los Rodiles o Segeda que se convertirán en cabezas jerárquicas de sus ámbitos territoriales (Jimeno 2011: 232; Cerdeño, Chordá y Gamo 2014: 310), y coexisten con pequeños núcleos que perviven como El Castellar de Berrueco (Polo y Villagordo 2004) o Herrera de los Navarros (Burillo 1983). La trama interna de los asentamientos de mayores dimensiones amplía el modelo anterior de calle central y se organiza de acuerdo con un urbanismo de tendencia ortogonal con varias calles. "El urbanismo celtibérico en Numancia se muestra como anexión de casas iguales, ordenadas en torno a calles o espacios, como ampliación del esquema inicial de los poblados de calle central" (Jimeno 2011: 252). Esta nueva forma de hábitat implica una cierta estandarización de la vivienda: "se establece la casa rectangular tripartita como pauta, con el hogar en el centro, el vestíbulo como espacio más público y la despensa en la parte trasera, como espacio más privado, junto con la estancia subterránea para almacenamiento" (Jimeno 2011: 255). Sin embargo, en esta arquitectura doméstica están ausentes los patios centrales o espacios abiertos incluidos dentro de la arquitectura doméstica. El primer ejemplo conocido hasta ahora es el de la denominada Casa del estrígilo de Segeda I. La Casa del estrígilo de Segeda I Las excavaciones y prospecciones arqueológicas llevadas a cabo en el yacimiento de Segeda I (Mara, Zaragoza) (fig. 1) nos ofrecen la imagen de un asentamiento con carácter urbano. Las murallas que lo rodean delimitan un perímetro de cerca de 40 ha., extensión que no llegó a urbanizarse por completo, y que albergaba barrios de arquitectura diversa según muestran las excavaciones realizadas en diferentes partes del conjunto arqueológico (Burillo 2006, 2009). 2), situada a los pies del poyo que constituye el núcleo del asentamiento, representa un cambio notable respecto a los esquemas de las viviendas de las otras zonas, tanto por la planta compartimentada en varias estancias que se organizan en torno a un patio, como por sus dimensiones, 283 m2, que superan ampliamente la superficie de las casas del área 4, de entre 63 y 76 m2 y las del área 3, de unos 24 m2. La entrada, localizada en la fachada noroeste, conduce a través de un zaguán al patio central de 35 m2, pavimentado con grandes losas de yeso, que funciona como espacio distribuidor a partir del cual se accede a las once habitaciones que componen la casa. En ellas se han podido reconocer actividades y funciones complementarias que formarían parte del mismo espacio o núcleo doméstico: tres estancias con dos placas de hogar y una tahona para el preparado y el consumo de alimentos, un almacén, una estancia relacionada con la producción metalúrgica y finalmente, tres habitaciones destinadas al reposo (fig. 2c). En el sistema constructivo se reconocen las técnicas vernáculas que predominan en Segeda y en la arquitectura tradicional de esta región: muros con alzados de adobe y tapial sobre zócalos de piedra, enlucidos de yeso para las paredes, y suelos construidos con morteros de yeso. Estos acabados internos con yeso y cal se emplean en las habitaciones destinadas al reposo, mientras que en el resto, los suelos y paredes están revestidos con arcilla. El conjunto cerámico hallado en los niveles de abandono y destrucción del asentamiento y de la Casa del estrígilo incluía algunas piezas de importación —fragmentos de ánfora de las últimas producciones grecoitálicas y de Dressel 1A, otra de producción fenicio-púnica denominada "Campamentos Numantinos", así como fragmentos de barniz negro que corresponden con cuencos o copas típicos del círculo de las Campanienses A— que sitúan cronológicamente el último periodo de vida de Segeda y de ocupación de la Casa del estrígilo durante la segunda mitad del siglo II a. En la Casa del estrígilo constatamos la aparición aislada de una casa de patio en el interior peninsular y su desconexión con la arquitectura tradicional protohistórica donde hemos visto una ausencia de precedentes en cuanto a la planta. El elemento de ruptura con la tradición local es el patio como parte orgánica de la casa, pero según hemos referido anteriormente no se desvincula de los sistemas constructivos locales. Los rasgos formales y el periodo de desarrollo de esta vivienda la emparentan con las casas de patio central que durante el periodo helenístico se extienden por el Mediterráneo Occidental, en las cuales contribuyen tanto los aportes de la cultura griega como de la romana, que se mezclan como en el caso de Segeda, con la arquitectura local (Tang 2005; Jolivet 2011: 94). Las casas de patio durante la primera romanización Las evidencias arqueológicas de la arquitectura doméstica que se desarrolla en el Levante y el Sistema Ibérico durante el inicio del dominio político romano en estos territorios son bastante escasas; sin embargo, los casos conocidos evidencian las consecuencias del nuevo orden político en los espacios domésticos3. Las formas de la edilicia doméstica itálica, caracterizadas por su articulación en torno a patios o atrios, comienzan a introducirse y a modificar el hábitat en los asentamientos de origen indígena. En las ciudades de nueva fundación se implantan de forma más generalizada. Como ejemplos del primer grupo señalamos el asentamiento de Numancia, El Cabezo de Alcalá de Azaila, o la ciudad de fundación focea Emporion. Entre las primeras ciudades romanas podemos hacer referencia a las casas de la ciudad romana de Ampurias y a las de La Caridad de Caminreal, que analizamos a continuación. La casa 2D de El Cabezo de Alcalá de Azaila (Teruel) En el Cabezo de Alcalá de Azaila (Teruel) (fig. 1), la arquitectura doméstica documentada a partir del plano de 1929 de las excavaciones de Cabré, incluye varias casas de patio central que abren hacia la calle principal del asentamiento (Beltrán 1991, 2013). La datación de la construcción y uso de estas viviendas resulta difícil por el registro procedente de su excavación realizada a principios de siglo XX y por la ausencia de materiales asociados a las viviendas; lo que también dificulta la interpretación de las funciones de los espacios. Sin embargo, a pesar de la incertidumbre para vincular las pinturas y los pavimentos de opus signinum encontrados en el foso sur del yacimiento con las estructuras arquitectónicas, se señala que "debieron inscribirse en determinadas casas de la acrópolis en el último cuarto del s. II a. C., que se adornaron siguiendo los criterios estéticos y materiales de los esquemas itálicos pertenecientes al Primer Estilo" (Beltrán 2013: 238). Por tanto, se asocian a las casas concentradas en la parte central del poblado, en posición privilegiada, articuladas en torno a patios centrales. Entre ellas, la Casa 2D que ocupa una superficie de 350 m2, es la de mayores dimensiones (fig. 2d). La entrada desde la calle central del asentamiento está precedida por una acera enlosada, al igual que el vestíbulo y el patio rectangular al que nos aboca. A ambos lados del vestíbulo se comunica con las estancias laterales, dos hacia el este y tres hacia el oeste, si bien los accesos están poco claros y bastante alterados por la restauración de 1944. Al fondo del patio hay otras tres estancias, y en el ángulo noreste un recinto dividido en tres partes y que comunica con el exterior (Beltrán 2013: 242-244). La interpretación de las funciones resulta imposible por la ausencia de materiales asociados, como ya hemos señalado, si bien esta lectura se ha realizado en clave a la distribución de una casa itálica, donde el tablinum sería la habitación del fondo, el triclinium ocuparía la habitación de la esquina noroeste, y el resto de las habitaciones se corresponderían con cubicula (Beltrán 1991: 133). La casa de Likine de La Caridad (Caminreal, Teruel) El asentamiento de La Caridad (Caminreal, Teruel) (fig. 1) proporciona una interesante muestra de la arquitectura doméstica de influencia itálica en un núcleo de población que surge durante los primeros años de control romano de este territorio. De todas las estructuras domésticas excavadas, que se enmarcan en una trama urbana ortogonal, la mayor y más suntuosa es la Casa de Likine (915 m2), que se ubica en la ínsula I en el sector noroeste del yacimiento (Vicente, Punter, Escriche y Herce 1991: 81-90) (fig. 2e). El esquema organizativo se desarrolla a partir del amplio patio central porticado de 14,8 m x 15,6 m, que ocupa casi el 25 % de la vivienda, en cuyos cuatro lados se disponen dieciocho estancias. La interpretación de la distribución de los espacios funcionales se ha realizado de acuerdo con la concentración de materiales y del tipo de acabados internos de las habitaciones. De forma general, aquellas donde los suelos aparecen pavimentados con opus signinum o con mortero blanco pintado de rojo sobre un preparado de cantos rodados, se vinculan con espacios de representación. La habitación localizada al fondo del patio, con un rico mosaico con una inscripción interpretada, entre otras lecturas, con el nombre del propietario de la casa, Likine Las otras dos habitaciones nobles son cubicula situados en los laterales Este y Oeste. En el ángulo suroeste se concentran cuatro estancias dedicadas en principio a actividades artesanales. Mientras que en el ángulo opuesto los materiales asociados a las dos grandes estancias que lo ocupan indican que podrían ser almacenes. En el ángulo noreste, entre otras habitaciones de función indeterminada, se ha detectado un espacio abierto que comunica con el patio y con tres estancias residenciales (Vicente, Punter, Escriche y Herce 1991: 108-112, 121: fig. 62). La interpretación de este esquema compositivo bien puede seguir la acertada observación de sus excavadores, para los que "la disposición centrípeta se impone a cualquier otra intención de axialidad o simetría y quizás sea el resultado de la unión de dos esquemas compositivos muy difundidos: el propio de la casa de ámbito helénico, con un patio de grandes dimensiones, generalmente con solo tres lados porticados, y el esquema típicamente itálico con la composición clásica de entrada/atrio/tablinum/hortus" (Vicente, Punter, Escriche y Herce 1991: 107). El corto periodo de ocupación del yacimiento y de la casa se sitúa entre la segunda mitad del siglo II a. C. y la primera del siglo I a. C., a partir, fundamentalmente, de la cronología que ofrecen los materiales cerámicos de importación —Campaniense A y B, ánforas Dressel 1A, 1B, 1C y Brindes, lucernas tipo Broneer I y XI y cerámica de paredes finas tipo Mayet II y III— así como los hallazgos numismáticos (Vicente, Punter, Escriche y Herce 1991: 92-95). Ampurias, la Casa número 1 En la arquitectura doméstica de la Neapolis (Emporion) y de la ciudad romana de Ampurias (Emporiae) (fig. 1), dos núcleos urbanos con trayectorias históricas diferentes y la influencia de la edilicia doméstica itálica se funde con otros aportes culturales. Conocemos del panorama urbanístico de Emporion la última fase constructiva, entre el s. II a. C., cuando tienen lugar una reforma urbanística, y el s. I a. C., donde se ha podido constatar que a pesar de la importancia de las influencias itálicas, perviven elementos griegos, helenísticos, púnicos e iberos. En recientes estudios (Tang 2005: 145-148; Cortés 2014b) sobre las viviendas excavadas en la Neapolis, que toman como partida el análisis de los sistemas y elementos constructivos que forman parte de las casas, se han identificado influencias procedentes de varios ámbitos culturales que forman un paisaje heterogéneo de formas, donde no solo se distinguen ejemplos tributarios de los esquemas itálicos de atrio y peristilo, sino también la presencia de formas helenísticas, púnicas e iberas. La clasificación del panorama urbanístico que propone Cortés está representada por las siguientes líneas constructivas: las casas que pretenden reproducir un esquema itálico de periodo republicano; las casas de concepción griega pero con elementos itálicos, las casas de patio de disposición centrípeta, que representan el porcentaje más alto, y las casas simples multifuncionales (Cortés 2014b: 134). Los restos conservados y estudiados de esta última fase representan los últimos momentos de la misma, es decir, entre el cambio de era y el s. I a. C. Pero entre ellos ha sido posible reconocer la pervivencia de estructuras del periodo republicano que en ocasiones no han sido modificadas y en otras han condicionado las nuevas construcciones. Como vemos, el patio se ha generalizado bajo una forma u otra y de acuerdo con influencias diversas. Por otro lado, las viviendas de la ciudad de fundación romana son reflejo de "la temprana recepción en la Península de los modelos arquitectónicos característicos de la vivienda urbana itálica" (Santos 1991: 19). La Casa número 1 o Casa Villanueva representa un ejemplo interesante en este punto y para el presente trabajo. La fase inicial de esta vivienda correspondiente al periodo tardorrepublicano, es el núcleo a partir del cual se desarrolla una gran domus de peristilo durante su último momento de uso. En este caso se respeta la estructura más antigua, no como en la vecina domus 2 en la que las sucesivas reformas borraron la disposición inicial. Las dimensiones que alcanza la Casa 1 durante su última fase, 3500 m2, triplican la superficie inicial de la vivienda (598 m2) y llega a ocupar la totalidad de la ínsula que, al inicio, pudo dar cabida a tres unidades diferentes que acaban siendo asimiladas por esta sola casa (fig. 2f). En la estructura del s. II a. C., sobre la que nos detendremos, la articulación interior está marcada por el eje de simetría tripartito presente en las domus de cavaedium canónicas de la península itálica. En su eje longitudinal, orientado oeste-este, se alinean con la entrada, el pasillo o fauces, a cuyos lados se sitúan dos habitaciones en cada lateral, el impluvium del atrio y el tablinum, situado al fondo flanqueado por dos cubicula. Ambos lados del patio, hacia el norte y hacia el sur, están ocupados por tres habitaciones en posición igualmente simétrica. La planta de esta vivienda, cuya primera fase se sitúa cronológicamente durante la fundación de la ciudad en torno al año 100 a. C. (Santos 1991: 25), remite por un lado al canon itálico, a pesar de que el espacio de las alae está ocupado por dos habitaciones cerradas, pero también denota influencias helenas (Jolivet 2011: 143). UN ANÁLISIS SINTÁCTICO DEL ESPACIO DE LAS CASAS DE PATIO DEL NORESTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA ENTRE LOS SIGLOS IV Y II a. El arco cronológico seleccionado nos permite observar la evolución del elemento arquitectónico del patio en un contexto sujeto a trayectorias y dinámicas regionales e históricas diferentes, pero no desconectadas. C. tan solo algunas viviendas del yacimiento de El Oral presentan este elemento, mientras que durante el siglo III a. C. se hace más frecuente en otros asentamientos ibéricos del litoral mediterráneo. Su aparición en zonas del interior tiene lugar a principios del s. II a. C. de forma aislada, como muestra el caso de Segeda I donde su aparición puede vincularse a la entrada de influencias del Mediterráneo por la intensificación de los contactos con este ámbito. La ocupación romana del noreste, durante el siglo II a. C. impulsará la importación directa de los estilos de viviendas dominantes en el ámbito itálico durante el periodo tardo-republicano que incluyen de forma general el patio, en los que confluyen la influencia itálica y la helenística de patio central. En el recorrido que hemos realizado por diferentes casas de patio, vemos que los patios se construyen en las casas que manifiestan una voluntad mayor de diferenciación respecto al resto del conjunto de la arquitectura doméstica. En el mundo hispanorromano hay pocas dudas sobre la vinculación de estas casas a las élites de las ciudades. En el ámbito ibérico la asociación de estas viviendas con grupos minoritarios sentido, Álvarez y Asensio (2008: 100) identifican un tipo de grandes residencias, con un posible origen en el siglo IV a. C. con patios abiertos, próximos a murallas, con revestimientos de paredes y pavimentos sofisticados, como el opus signinum y en algunos casos actividades rituales, que consideran "manifestaciones arquitectónicas vinculadas a sectores aristocráticos" (Álvarez y Asensio 2008: 100). Por otro lado, Sala y Abad (2006: 28) consideran importante "enfatizar los aspectos arquitectónicos como elementos de juicio más fiables, es decir, los materiales y técnicas constructivas de un lado y el tamaño de los edificios de otro". En los casos expuestos, el patio se combina con una rica decoración y cuidadosos acabados de muros y pavimentos, grandes dimensiones y materiales de prestigio en sus dependencias. Características que denotan su pertenencia a grupos minoritarios y poderosos que se identifican y representan en la trama urbana mediante una arquitectura diferenciada. Observamos cómo el patio perdura, bajo formas diferentes, como elemento de distinción y representación de las élites a lo largo de un periodo de tiempo de casi cuatro siglos, durante los cuales se producen cambios en las relaciones políticas y económicas. Por ello, nos proponemos indagar en el conocimiento de los grupos que habitan estas casas a través, precisamente, de su característico espacio doméstico y nos planteamos si acaso se asemejan los comportamientos de los grupos sociales dominantes del periodo prerromano con las élites que se asientan inmediatamente después de la inclusión de estos territorios bajo el control romano. El análisis sintáctico del espacio construido en Arqueología se propone como una herramienta analítica que permite interpretar los comportamientos de un grupo social a partir de los edificios que éste habita (Bermejo 2014a: 86-87; Grau 2013: 58). Con esta metodología abordamos el análisis de los casos descritos, con el objetivo de conocer el sentido de las casas de patio a lo largo de este periodo de transición. El análisis que sigue se orienta a partir de las siguientes cuestiones clave: en primer lugar, qué características confiere a la vivienda el espacio central abierto del patio que se repite en todos los casos descritos, y en segundo lugar, cuáles son las diferencias en la configuración del espacio interior entre este conjunto de casas de patio. Como habíamos señalado en un trabajo previo en el que analizábamos en solitario la Casa del estrígilo de Segeda I (Fernández e.p.), un estudio comparado de varias plantas de casas de patio a través de la sintaxis espacial podrá ser útil para comprender la complejidad del proceso de transición a partir de los rasgos que perduran y aquellos que mutan y que, de acuerdo con la lógica espacial, implican y reflejan cambios en las relaciones del núcleo doméstico y nos acercará a la complejidad de este periodo de transición. Por otra parte, el análisis de las plantas a partir de esta perspectiva permitiría completar un análisis tipológico-descriptivo y proponer una caracterización de este tipo de vivienda, no solo a partir de sus rasgos formales sino también de acuerdo con la lógica social en la que se genera. Según ha planteado Bermejo (2014a: 85-93), los métodos que proporciona la sintaxis espacial complementan un análisis basado en la forma de la planta de las viviendas, con los análisis de los gráficos de accesibilidad (Hillier y Hanson 1984). El estudio de estos gráficos y sus valores numéricos nos permite extraer una serie de características específicas en cuanto a su configuración espacial5. La interpretación de estas características a la luz del contexto histórico servirá para conocer las relaciones sociales que pueden tener lugar dentro de los espacios arquitectónicos y definir patrones espaciales en la arquitectura doméstica y por tanto la lógica de la articulación interior. Valores descriptivos: superficie, índice de escala e índice de complejidad Respecto a la superficie de las casas se pueden diferenciar dos grupos entre los que hay un salto cuantitativo y se triplican las dimensiones: un grupo entre 600 m2 y 900 m2, que corresponde a etapas más recientes entre la segunda mitad del siglo II a. C.; el resto de viviendas, entre 200 y 350 m2, pertenece a contextos previos a la conquista romana, a excepción de la casa de Azaila (fig. 3). Tabla de los valores descriptivos. Sin embargo, en los valores del índice de escala, que representa el número de unidades espaciales dentro de una construcción, las diferencias entre un grupo y otro no son tan grandes, sino que reflejan un aumento del número de habitaciones de forma gradual. Igualmente sucede en cuanto a la complejidad, valor que se obtiene mediante la suma del índice de escala y el número de accesos entre ellas. De modo que el aumento de las superficies no se corresponde tan directamente con un aumento de la compartimentación interior y de la complejidad. En el cálculo de la ratio entre índice de escala y la superficie, que muestra las condiciones de habitabilidad de las viviendas, se afirma la división que marcaba el drástico aumento en las dimensiones de los espacios domésticos. Por lo tanto, en las casas mayores, la complejidad es tan solo ligeramente mayor; en vez de multiplicar el número de estancias, son más amplias y se favorece así las condiciones objetivas de habitabilidad. La segregación de los espacios: la "Asimetría Relativa" Para valorar el grado de segregación o separación entre las habitaciones que generan las compartimentaciones internas de un edificio, la sintaxis espacial utiliza el índice de la "Asimetría Relativa" (fig. 4). Se calcula a partir de la profundidad total y el número de las unidades espaciales del conjunto y se expresa en valores entre 0 y 16. De acuerdo con los valores obtenidos podemos diferenciar en primer lugar dos grupos, en función de la diferencia entre los valores mínimos y máximos. Obtenemos un grupo de dos casas, la Casa de Likine de La Caridad y la casa número 1 de Ampurias, con valores más uniformes que los del otro grupo, ligeramente más dispares. De acuerdo con la lectura que plantea Bermejo (2014a: 106-108), refleja un patrón de convivencia estrecho en el que los miembros de la unidad doméstica estarían abocados a compartir espacios. Concretamente lo observamos en las casas de filiación itálica, de donde podemos interpretar que los siervos comparten las habitaciones con los dueños. Tabla de los valores de Asimetría Absoluta. En gris claro, los valores más bajos y en gris oscuro, los más altos. Si entramos en un análisis minucioso podemos igualmente observar una serie de comportamientos. En primer lugar, los espacios cuyos valores altos indican mayor segregación, se corresponden con almacenes en el caso de El Oral, de Segeda y de Azaila. Mientras que en las casas del otro grupo, las habitaciones con esta función no están en una posición diferenciada del resto de estancias de la casa, como en la Casa de Likine de La Caridad, donde el almacén se encuentra al lado de la entrada. En segundo lugar, la posición del patio respecto al resto de estancias adquiere los niveles más bajos de Asimetría Absoluta en todos los casos y por tanto es el lugar que mayor integración muestra dentro de la estructura de la vivienda. En Ampurias la habitación al fondo, interpretada como tablinum, y las dos adyacentes comparten con el patio los espacios de menor segregación. Los patrones de convivencia en los espacios domésticos: la integración Como hemos visto, el comportamiento contrario a la segregación, expresado en el valor de Asimetría Relativa, es la integración; se puede calcular para cada una de las unidades espaciales o para el conjunto arquitectónico7, opción que nos parece más representativa una vez calculada la segregación de forma individual. El concepto de integración en el análisis espacial se refiere al grado de comunicación de las habitaciones entre sí; es decir, si las interconexiones que pueden existir dentro de un edificio facilitan o dificultan la relación entre los espacios y el movimiento de las personas. Los valores altos indicarán que hay más accesos que habitaciones, y por tanto éstas se mantienen muy comunicadas entre sí. Si hubiera casas con valores inferiores a 1, querría decir que hay habitaciones que no están comunicadas. Sin embargo, el valor 1 indica un equilibrio. En nuestro caso de estudio, los valores que obtenemos se agrupan en torno a 1 o ligeramente lo superan, y se mantiene la separación que se reflejaba en los cálculos anteriores (fig. 5). En las grandes casas de La Caridad y de Ampurias la arquitectura interna no favorecía la separación o reclusión de personas en ningún ambiente o, según la interpretación de Bermejo (2014a: 105), "vivían bajo patrones de convivencia muy estrechos". En las otras cuatro casas es frecuente la existencia de espacios con menores conexiones y que por lo tanto se sitúan en un plano de profundidad respecto a la entrada o el patio como hemos señalado en el apartado anterior. Tabla de los valores de Integración. Finalmente, las relaciones que posibilita la articulación de los espacios a través de sus accesos, también se puede medir en términos del control; cómo unos espacios son controlados por otros espacios controladores. El Valor de Control8 se calcula asignando a cada unidad espacial un valor de 1 que se reparte equitativamente sobre los espacios con los que conecta, de forma que el valor de control de cada nodo será igual a los valores que recibe de los otros. En todas las viviendas analizadas el patio siempre tiene los valores más altos; luego es el espacio controlador (fig. 6). Excepto en la vivienda de Azaila, los valores distorsionan esta imagen y lo achacamos a la poca fiabilidad que se desprende de la información de que hoy en día disponemos a partir de la reconstitución y restauración de los muros a mediados de siglo XX y que falsean el registro original. En las casas de El Oral, El Castellet de Banyoles y Segeda, los pórticos situados al lado de los patios, así como los receptáculos con hogares y asociados a la cocina, son los espacios de mayor control después del patio. En las casas de La Caridad y de Ampurias, sin embargo, las habitaciones situadas al fondo del patio, interpretadas como el tablinum de la domus, adquieren los valores de control más altos junto con el patio. Nos parece razonable y que concuerda con la función de representación asignada a esta habitación en la cultura itálica. Se evidencia una trasposición de los lugares de importancia desde los espacios de cocina o pórticos hacia los espacios de representación asociados con el dominum de la casa. Tabla con los valores de Control. Nos preguntamos en consecuencia qué habitaciones se controlan desde estos ámbitos. En primer lugar, el exterior, la calle, aparece con los niveles más bajos de control en los casos de El Oral, El Castellet de Banyoles y Segeda. En El Oral se pueden considerar espacios controlados los tres señalados como habitaciones nobles, mientras que en Segeda sería también el almacén. En las casas de La Caridad y Ampurias casi todas las habitaciones periféricas están igualmente controladas por los espacios señalados. Podemos extraer la siguiente información a partir del análisis sintáctico comparado de estas seis viviendas de patio (fig. 7). En primer lugar, el aumento de la superficie en las casas de estilo itálico no se corresponde con un aumento de la complejidad interior, sino de una mejora en las condiciones de habitabilidad al disponer de habitaciones más espaciosas. Mientras que en las casas cuya superficie no supera los 350 m2, el aumento del tamaño implica una mayor compartimentación interior que, de acuerdo con la lectura de los ambientes que ha posibilitado el registro arqueológico en algunos casos, se corresponden con espacios de trabajo, cocina o almacenes. Síntesis del análisis comparado de las seis viviendas de patio. En segundo lugar, si bien en las casas hispanorromanas se ha identificado una convivencia más estrecha, ésta incluye también los espacios de producción, que no están separados del resto de habitaciones de la casa, como en la Casa de Likine, donde las seis estancias dedicadas a almacenaje y a trabajos artesanales están al lado de la entrada y su acceso no presenta ninguna restricción. Por lo tanto, estas actividades relacionadas con el consumo y la producción están controladas dentro de la estructura doméstica. Sin embargo, en las casas prerromanas donde también se incluyen estas funciones, quedan distribuidas en habitaciones con alto grado de segregación y controladas por otras. Los espacios identificados con almacenes en la Casa IVH de El Oral y el almacén de la Casa del estrígilo, demuestran esta idea. En tercer lugar, el patio, espacio definido en la sintaxis espacial como central y controlador en todos los casos, adopta un carácter diferente al combinarse con las otras habitaciones que también controlan la estructura doméstica. En las casas de estilo itálico los tablina situados al fondo del patio conforman junto al patio un ámbito para la representación y exhibición de los miembros destacados del núcleo doméstico; en este caso, del dominus, cuya habitación por excelencia en la casa era el tablinum. Por otro lado, en el resto de viviendas al lado de los patios, se construyen pórticos y lugares con placas de hogar destinados al preparado de alimentos y a su consumo, y son los lugares preeminentes de la casa. Hay una traslación de los lugares de importancia, desde los destinados la convivencia, hacia los que están relacionados con la representación. Si bien existían espacios más nobles también en las casas de El Oral o Segeda, su localización en la trama interna de la casa les confería un lugar más apartado y con valores de control no muy altos; podemos decir que estaban mejor protegidos. La función que adoptan los patios en las casas de La Caridad y Ampurias recuerda el modelo panóptico de la arquitectura interpretado por Foucault como sistema de control, que Bermejo ha identificado en domus hispanorromanas del periodo tardo republicano e imperial (2014a: 108-110). La aparente continuidad que se podría desprender del empleo del patio en la arquitectura doméstica de las élites entre el periodo anterior a la conquista romana e inmediatamente posterior, no encuentra apoyo alguno en el análisis sintáctico realizado. La construcción de casas con patio, si bien crea un espacio central en torno al cual giran las actividades y la vida doméstica, puede dar lugar a viviendas con una sintaxis espacial diferente y, como vemos, no siempre determina modelos panópticos, asociados a las formas de vida de las élites romanas. De modo que a pesar de que nuestra selección de casos comparta este espacio central, encontramos una ruptura entre las casas del primer grupo —El Oral, Banyoles, Segeda, Azaila— y las del segundo —La Caridad y Ampurias—. La distribución de funciones en la organización interna, muestra viviendas cuyos núcleos domésticos son reflejo de estructuras sociales diferentes. De acuerdo con la lógica del análisis sintáctico derivaríamos de los datos extraídos, la interpretación de las relaciones sociales de los habitantes de las viviendas que necesariamente ha de insertarse en el contexto político, económico y social estudiado. Las casas ibéricas de El Oral y de El Castellet de Banyoles reflejan un cambio notable, respecto a la tónica general del urbanismo ibérico, que radica en un aumento de la complejidad y del tamaño, para cuya organización se deja un espacio interior abierto. La ampliación del espacio doméstico en este contexto histórico se ha explicado de diversas maneras, bien con la presencia y consolidación de grupos dominantes basados en familias extensas o bien con la inclusión de trabajo dentro de la vivienda y la consiguiente generación y acumulación de más excedente. Esto se hace patente en algunas casas con la integración de ciertas actividades productivas y medios de producción dentro del ámbito doméstico (Grau 2013: 65). En El Castellet de Banyoles, la formación de la aristocracia local se explica a partir de fundamentos económicos como la producción metalúrgica o el control de la producción de cereal (Álvarez, Asensio, Jornet, Miró y Sanmartí 2008: 100). Sin embargo, la acumulación de funciones como base para la riqueza, no es óbice para descartar un aumento del núcleo doméstico, ya que ambos factores bien pueden estar relacionados. Belarte acude a los ejemplos etnográficos donde las élites poseen grupos extensos porque controlan más recursos y aseguran un mayor número de funciones que a su vez podrían implicar un mayor número de habitantes en la vivienda (Belarte 2013: 89). La relación entre estos numerosos componentes del núcleo doméstico estaría regida, de acuerdo con Grau (2013: 66), por los lazos de parentesco que caracterizan las relaciones sociales en el mundo ibérico. La interesante aportación de Gorgues (2008) propone identificar a las grandes familias del noreste peninsular que habitaban en las casas complejas como familias extensas cuya base económica eran precisamente la producción doméstica. Para Gorgues el estudio del espacio doméstico entre los íberos es un lugar privilegiado para entender las actividades de producción. En las casas se han encontrado utensilios para el desarrollo de trabajos de distinto tipo, desde la forja hasta el hilado, el tejido, la molienda y la preparación culinaria; también es el lugar donde se guardan los aperos de labranza, el grano y otros alimentos y los objetos procedentes del comercio a larga distancia y del intercambio (Gorgues 2008: 174-175). En ciertas estructuras domésticas de notable tamaño y complejidad, se han encontrado evidencias de producción especializada, como el tejido o la forja, que revelaría cómo estas familias extensas podían asumir una mayor carga de trabajo al emplear a todos los miembros del núcleo doméstico, incluidas las mujeres que tendrían un papel esencial en las producciones domésticas. El control de esta producción especializada asegura la influencia de estas grandes familias sobre los otros grupos domésticos menores, de tipo nuclear, con producciones orientadas al autoconsumo (Gorgues 2008). En las casas analizadas en el presente trabajo cuyo registro arqueológico ha permitido la interpretación de la funcionalidad de los espacios, se observa siempre la presencia de habitaciones dedicadas al almacenaje y a actividades artesanales. En la Casa IVH de El Oral del conjunto de nueve habitaciones que forman la casa, dos son almacenes; en la Casa del estrígilo, tan solo se ha podido determinar uno; y en la casa hispanorromana de Likine de las diecinueve habitaciones, seis están dedicadas a almacenes y talleres artesanales. Por lo tanto, en el aumento del espacio doméstico implica la asunción de más trabajo doméstico. La Casa del estrígilo de Segeda en términos formales refleja la introducción de unos rasgos de influencia mediterránea, pero cuya sintaxis espacial recuerda las casas complejas ibéricas. Muestra un momento de transición en el que los núcleos domésticos de las élites introducen elementos culturales del ámbito cultural del Mediterráneo, perolas relaciones sociales no habían llegado a cambiar. Por lo tanto, el paralelismo formal que se podría establecer entre la Casa del Estrígilo y la Casa del Likine, a nivel sintáctico resulta muy débil. Durante el siglo III a. C. se ha constatado la influencia helenística en diversos ámbitos de la península ibérica, tanto en el Levante, en el nordeste, como en otras zonas del interior, por la aparición de elementos o rasgos del amplio repertorio helenístico, griego, fenicio o púnico, formando parte de la cultura indígena. Una de las expresiones arquitectónicas que se hacen eco de estas influencias son las fortificaciones, murallas y torres de este periodo. El análisis de estas influencias de Moret (2006) a través de una serie de ejemplos del nordeste y del sur peninsular, revela un origen púnico en cuanto a los elementos arquitectónicos empleados y lo que es de más interés para el presente trabajo, que dichas innovaciones no responden a mejoras técnicas solamente, sino a la búsqueda de elementos de diferenciación, marcas de prestigio y ruptura con la arquitectura local y se inscriben en una corriente de monumentalización de los lugares de poder (Moret 2006: 209-214). En esta línea podría interpretarse la adopción de casas con patio, como la adaptación o reinvención local de una forma importada, que no supone una ruptura formal con los esquemas sociales tradicionales, que perduran detrás de diferentes fachadas. La ruptura con el sistema social tradicional o prerromano se produce más tarde y lentamente, cuando el poder romano empieza a consolidarse en el territorio. La casa 2D de Azaila, a pesar de la escasa fiabilidad que comporta su registro arqueológico, reflejaría en principio la lenta adaptación al nuevo orden social y económico, donde la estructura interna se mantiene apegada a la tradición y mutan tan solo algunos elementos formales. Sin embargo, en ciudades de nueva planta como La Caridad y Ampurias, las élites utilizan el espacio doméstico, no solo como lugar donde concentrar espacios para la producción, sino también para la auto-representación y exhibición, como ya hemos señalado, del señor de la casa con el tablinum. Las grandes domus se configuran de acuerdo con criterios de comodidad y amplitud y no tanto de complejidad. Incluso podríamos afirmar de acuerdo con la expresión arquitectónica de las élites hispano-romanas, que su posición en la sociedad está mucho más asentada y es más estable que en la estructura social anterior. Esta idea se desprende de la diferente posición en la casa de los espacios más nobles y de los almacenes: en las casas prerromanas ni se exhiben ni ocupan espacios de fácil acceso, como sí sucede con los espacios de representación bien visibles y accesibles de las casas hispano-romanas. Sin embargo, las inscripciones que hemos referido de la Casa número 1 de Ampurias o la Casa de Likine, serían un indicio de la identidad cultural de las élites hispano-romanas, vinculada con el sustrato cultural prerromano, celtíbero en un caso, griego en otro. En estos dos modelos de unidades domésticas y por tanto de relaciones sociales, vemos la traslación de la importancia del grupo o conjunto de todos los habitantes de la casa del dominus con su propio espacio de representación. El grupo doméstico que encabeza, dado que las relaciones sociales que se producen dentro del núcleo doméstico dependen de las relaciones sociales dominantes en el sistema económico en el que se encuentren, incluirá no solo miembros consanguíneos, sino también siervos y esclavos por relaciones de dependencia. Como apuntábamos al inicio el ritmo del cambio social se produce de forma muy gradual. Las élites que podemos reconocer en las casas complejas y con patio del siglo III a. C. manifiestan un comportamiento diferente al de las élites que se instalan tras la dominación romana. La adaptación de esta clase social al nuevo orden tiene lugar de forma paulatina; a pesar de la introducción de ciertos rasgos formales de origen externo en momentos previos a la conquista romana, como el patio en las casas del interior peninsular, no se produce una importación e instalación de una lógica social nueva y foránea, sino que hay una recepción y adaptación de estos elementos por la sociedad receptora, que como agentes activos dentro del proceso de intercambio cultural, también transforman e integran estos elementos dentro sus propias relaciones sociales.
El estudio de los vecindarios y el uso social del espacio habitado son temas de interés creciente. Mediante la combinación de métodos arqueológicos y space syntax, este artículo ofrece nuevas formas de analizar el entorno físico de la vida cotidiana en las ciudades romanas. El examen detallado de dos bloques urbanos en Ostia (la ciudad portuaria de Roma en época imperial) nos ha permitido identificar espacios que fomentan la cohesión social y la vida en comunidad. El uso común de patios y pasillos en el Bloque IV ii sugiere un uso comunal continuado desde el siglo II hasta el siglo V d. C. En claro contraste con este sector, el Bloque IV iv no tiene espacios comunes y muestra edificios aislados con accesos individuales al espacio público. El Bloque IV ii disfruta de espacios compartidos dentro de su propio perímetro, mientras que el Bloque IV iv parece estar orientado por el interés de comunidades externas con actividades desarrolladas hacia la calle creando cierto aislamiento del bloque. Estos resultados muestran la flexibilidad de las estructuras urbanas romanas y nos permiten atisbar la actividad de comunidades que permitieron el desarrollo sostenible de la ciudad en procesos de larga duración.
El poblado en altura de Topaín (segunda región, Chile): una residencia en la Tierra Este artículo aborda el estudio arqueológico del espacio doméstico del asentamiento de Topaín, ocupado durante la fase final del Período Intermedio Tardío (850-1470 A. D.). Desde la Arqueología del Paisaje y la Arqueología de la Arquitectura llevamos a cabo una relectura de la trama edificada del poblado, empleando como herramientas metodológicas el análisis formal y el análisis sintáctico del espacio. Nuestra interpretación hace hincapié en la existencia de un ordenamiento urbanístico y de toda una escenografía arquitectónica que obedece tanto a factores socioeconómicos (emergente división social) como a tradiciones culturales (culto a los ancestros y a los cerros tutelares). Hay algo denso, unido, sentado en el fondo, repitiendo su número, su señal idéntica. Cómo se nota que las piedras han tocado el tiempo, en su fina materia hay olor a edad, y el agua que trae el mar, de sal y sueño. (Residencia en la Tierra) ARQUEO-LOGÍA DE TOPAÍN O LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE UN CERRO-ISLA Sin un cambio de actitud ante estos lugares prehistóricos cualquier intento comprensivo estará condenado al continuismo, o sea a seguir forzando el registro arqueológico para hacerlos compatibles con un modo de vida campesino primigenio que sólo existió en la mente de los arqueólogos. El presente artículo es un avance de resultados del trabajo que los autores hemos llevado a cabo en el marco del proyecto "Agriculture and Empire in the High Altitude Atacama", iniciativa desarrollada desde la Universidad de Chile, la Universidad de New Mexico (USA) y el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC. Este proyecto se centra en el análisis arqueológico de las diferentes economías políticas que se suceden en esta región desde el Período Intermedio Tardío (850-1470 A. D.) (de ahora en adelante PIT) hasta la llegada del imperio inka. Este momento de la prehistoria regional ha sido tradicionalmente caracterizado por el surgimiento de distintas organizaciones sociopolíticas producto de la desintegración de los desarrollos Tiwanaku y Wari que se expandieron por distintos espacios de los Andes durante el período medio. Mientras en la costa andina este proceso va de la mano con la conformación de grandes entidades estatales como Chimú (Moore 1992), en tierras interiores este proceso se expresa en la proliferación de poblados amurallados (pukaras)1 y la conformación de extensas obras agrohidráulicas (Covey 2008; Troncoso 2015). Nuestra participación en los trabajos de campo realizados en noviembre-diciembre de 2010 y julio de 2013 se centró en el estudio de la arquitectura y el espacio doméstico del poblado en altura de Topaín. Este yacimiento arqueológico se ubica en el alto Loa, en la región de Antofagasta, norte de Chile, concretamente en el interfluvio Loa-Salado (fig. 1). Esta zona, próxima a la ciudad minera de Calama, está experimentando en los últimos años un proceso de desertización demográfica, ya que la escasa población abandona paulatinamente el mundo rural y emigra a la ciudad. La presión de las compañías mineras del cobre y el modelo de gestión neoliberal de los recursos hídricos por parte del Gobierno chileno no hacen más que incentivar esta lucha estatal contra el hábitat disperso y los derechos de las comunidades locales (Tecklin, Bauer y Prieto 2013). La pequeña estancia cercana al pukara está abandonada desde hace años, mientras que los pocos habitantes de la zona residen en pequeñas aldeas como Turi y Paniri. En la actualidad, la propiedad de Topaín es reivindicada por las comunidades indígenas atacameñas de Cupo y Ayquina-Turi. El interés estratégico del área de Topaín (Prieto y Ayán 2014) y su trasfondo simbólico como cerro sagrado se mantiene incólume en la actualidad. Ubicación del área de trabajo y principales poblados fortificados (pukara) citados en el texto. La Arqueología del espacio doméstico por la que abogamos busca contribuir a recuperar el sentido de lugar de Topaín, respetando su naturaleza simbólica. A este respecto compartimos la filosofía llevada a la práctica en la década de 1980 por el grupo arqueológico Toconce (Castro, Berenguer y Aldunate 1979; Castro, Aldunate y Berenguer 1984; Aldunate y Castro 1981). Su enfoque etnohistórico y su respeto hacia la ritualidad local mostraban una ética de trabajo que abogaba por la integración de la comunidad local. El pago preceptivo a la Pachamama era una conditio sine qua non para iniciar las intervenciones arqueológicas. Nuestro equipo de trabajo ha pretendido hacer lo mismo, si bien cabe destacar que el contexto histórico es muy diferente, debido al proceso de empoderamiento patrimonial por parte de una comunidad indígena que tiene reconocimiento jurídico desde 1993. En esta nueva situación no contamos con permiso de los comuneros para realizar excavaciones, pero sí hemos podido elaborar planos, llevar a cabo una prospección intensiva (Parcero, Fábrega, García, Troncoso y Salazar 2012; Parcero, Fábrega, Ferro, Troncoso y Salazar 2013) y, en la campaña de julio de 2013, un análisis sintáctico del espacio. Dentro de la metahistoria arqueológica de Topaín, nuestro trabajo continúa las meritorias aproximaciones llevadas a cabo en años precedentes por investigadores chilenos, entre los que destaca Simón Urbina (2010). Cabe señalar el esfuerzo de estos trabajos de campo, realizados siempre con escasos recursos y sin poder desplazar grandes equipamientos topográficos, como también ha sido en nuestro caso. Su investigación sobre la arquitectura formativa en la cuenca del Loa superior aporta un buen registro centrado en el análisis descriptivo de las formas arquitectónicas. Este tipo de trabajos se enmarca en una tradición funcionalista a partir de la cual se han generado modelos interpretativos del poblamiento a escala territorial. Dentro de estos patrones Topaín ha sido definido como pukara (Urbina 2007),'sitio aglutinado' (Urbina 2010),'aldea productiva' o 'asentamiento satélite' (Salazar 2013). De acuerdo con este modelo, el poblamiento se articularía en el PIT a partir de tres tipos de asentamiento: pukaras, esto es, poblados fortificados, aldeas abiertas y pequeñas estancias. Todos estos recintos habitacionales estarían integrados por grupos familiares campesinos, artífices de la arquitectura hidráulica necesaria para maximizar los recursos agrícolas de las vegas, auténticos oasis en el desierto (Parcero, Fábrega, Ferro, Troncoso y Salazar 2013). Así mismo, parece fuera de toda duda la vinculación de estos espacios residenciales con rutas caravaneras por las que circularían diferentes grupos étnicos, mercancías, artefactos e ideas (Nielsen 1998-1999; Berenguer 2004; Pimentel 2008, 2009). En comparación con los vecinos pukara de Paniri y Turi, el asentamiento de Topaín carece de muro perimetral, de necrópolis asociada y de arquitectura monumental, además de poseer un tamaño muy reducido. Quizás estas variables hayan incidido en su tradicional consideración como sitio aldeano menor (Urbina 2010: 130), asentamiento complementario en la red poblacional de la cuenca del río Salado o como aldea productiva orientada a la producción que garantizase la supervivencia de la población concentrada en asentamientos de mayor envergadura, como el cercano pukara de Turi (Salazar 2013). Como señala S. Urbina (2010: 129): "estas aldeas representan asentamientos satélites y especializados en alguna actividad productiva, agrícola en el caso de Talikuna, agrícola/ganadera y minera en el caso de Topaín, ya que no se encuentran cementerios en sus proximidades inmediatas". En nuestra opinión, creemos que este sugerente modelo debe ser contrastado a una escala más microespacial con el registro arqueológico disponible. Una herramienta para alcanzar este objetivo es la aplicación de un análisis arqueotectónico integral que nos permita alcanzar mínimamente la lógica social subyacente al entramado edificado del sitio de Topaín (fig. 2). Ortoimagen producida por fotogrametría semiautomática a partir de fotografías de baja altitud tomadas con un drone del pukara de Topaín. ARQUEO-TECTURA DE TOPAÍN: ANÁLISIS FORMAL DE UN POBLADO EN ALTURA Pero nadie dice nada. La tierra desnuda aún rueda Y hasta las piedras gritan. Vicente Huidobro, Las ciudades. Desde la Arqueología del Paisaje y la Arqueología de la Arquitectura abordamos el estudio del espacio doméstico de Topaín con la intención de complementar la imagen que nos aportan la arquitectura hidráulica y las áreas de captación de recursos, estudiadas por otros compañeros y compañeras en el marco del proyecto "Ecología Política de la Puna Atacameña" 2. Esta aproximación a escala micro aplica un marco teórico-metodológico que hemos definido en trabajos precedentes (Mañana, Blanco y Ayán 2002) y que hemos aplicado hasta el momento en contextos europeos y africanos (González, Ayán, y Falquina 2009, 2013; Ayán 2012a, 2012b). Desde estos presupuestos, el análisis arqueotectónico integral llevado a cabo en esta campaña de julio de 2013 abordó las siguientes actuaciones: Análisis formal de las estructuras arquitectónicas, partiendo del trabajo de sistematización inicial llevado a cabo en la campaña de noviembre de 2010 (García Rodríguez 2011). Análisis estratigráfico de paramentos murarios. Registro de accesos y recorrido circulatorio por el interior del asentamiento. Análisis funcional: con un registro en planta de las áreas de actividad visibles en superficie. Así mismo, contrastamos esta información con los estudios elaborados anteriormente sobre los artefactos cerámicos recogidos en el interior de las estructuras arquitectónicas del asentamiento. Análisis sintáctico del espacio doméstico. Dibujo arqueológico en planta de tres de las unidades domésticas identificadas en el precedente análisis sintáctico. Fotogrametría 3D de estructuras de carácter cultual del denominado sector C, empleando el programa AGISOFT. La herramienta metodológica primordial de esta propuesta es el análisis formal (Blanton 1994; Ching 1995; Baker 1998; Criado 1999) centrado, para nuestro caso, en un nivel espacial concreto del paisaje agrario de Topaín como es la arquitectura de las unidades domésticas. Prioriza, por lo tanto, la configuración espacial concreta del registro arquitectónico, su patrón de emplazamiento en el espacio circundante, articulación interna, función social, condiciones de visibilidad y condiciones de visibilización, patrón de movimiento y accesibilidad. El análisis formal de todas y cada una de estas dimensiones nos permitirá establecer el patrón formal y seguidamente un modelo hipotético de la organización espacial propia de la arquitectura doméstica del sitio. Los edificios —y su agrupación en asentamientos— son los únicos artefactos de la cultura material que dan orden al espacio vacío, generando los patrones espaciales donde tienen lugar las relaciones entre las personas. Las construcciones no son otros objetos, simples signos y símbolos que reflejan la sociedad, sino transformaciones del espacio a través de objetos. Tienen, por lo tanto, unas características estructurantes, forman parte activa del elenco de actores que conforma la sociedad. Existe toda una lógica social del espacio, incluso en ese aparente desorden de casas apiñadas sin resquicio que reina en el interior de los poblados en altura como Topaín (fig. 3). El carácter estructurante de la realidad social que otorgamos al espacio construido es la idea básica a partir de la cual se ha desarrollado desde la década de 1970 el método de análisis espacial de asentamientos, desarrollado ampliamente por Bill Hillier y Julienne Hanson en su libro The social logic of space (1984). Planta del asentamiento de Topaín a partir de la ortoimagen de la figura 2. Nuestro análisis arqueotectónico engloba dentro del análisis formal este análisis sintáctico del espacio, una herramienta útil para acceder a los significados discursivos de los entramados arquitectónicos (Hillier 1996: 305-306) concebidos como signos de comunicación no verbal (en la línea de la gramática transformativa de Chomsky) susceptibles de ser registrados en su calidad de elementos articuladores de las relaciones sociales. Del mismo modo que la sintaxis lingüística estudia las relaciones de ordenamiento y jerarquía entre los distintos miembros de una oración (sin entrar en su contenido semántico concreto), la space syntax estudia las formas en las que se vinculan y organizan los espacios de un conjunto arquitectónico, tratando de inferir aquellos aspectos de la estructuración social que pudieron influir en su diseño. Este tipo de análisis partió de la necesidad acuciante de replantear el paradigma vigente en ese momento sobre el diseño arquitectónico, un paradigma que marginaba la relación existente entre vida social y organización espacial y que obviaba el hecho de que las decisiones arquitectónicas estratégicas sobre la forma construida y la organización espacial tenían consecuencias sociales. El espacio carecía de contenido social y la sociedad no poseía un contenido espacial (Hillier y Hanson 1984: xi). No obstante, mientras el estructuralismo léviestraussiano estudiaba la organización espacial, trataba el espacio como un producto de esquemas previos, de estructuras cognitivas preexistentes (¿existen las organizaciones duales?), con la sintaxis del espacio el equipo de Hillier busca la autonomía descriptiva: los modelos espaciales deben ser descritos y analizados en sus propios términos, al margen de asunciones y prejuicios, de meras agencias causales externas. El ordenamiento del espacio, la construcción del espacio edificado es un elemento más en la construcción del mundo material, un reflejo y un activador de la conducta social. La incidencia de estas propuestas analíticas desarrolladas por Hillier y su equipo en el University College de Londres (Hillier 1973; Hillier y Leaman 1974; Hillier y Hanson 1984; Hillier, Burdett, Peponis y Penn 1987) ha sido notable desde comienzos de los 80, alcanzando un notable desarrollo en las últimas dos décadas, debido en gran medida a tres factores (Dawson 2002: 471): a) la aplicación del análisis sintáctico del espacio a un conjunto más amplio de tipos de edificio de asentamiento; b) el desarrollo de software informático sofisticados que permiten una cuantificación precisa de las diferencias en la configuración espacial; 3) la organización de simposios internacionales sobre space syntax. A todo ello añadiríamos la solidez teórica que sustenta estas analíticas y su capacidad para poner en evidencia las normas que rigen las relaciones sociales a través de un estudio de las formas. Unas formas y una configuración espacial que obedece a reglas y normativas que marcan los procesos de generación y crecimiento de los asentamientos. Pocas metodologías en Arqueología se han acercado tanto al ámbito del poder ideológico de las comunidades objeto de estudio (Chapman 1990: 57). Así mismo, contribuyen a conciliar teoría y práctica, ya que la arquitectura doméstica reactualiza los principios reguladores de una sociedad a través del uso de un espacio doméstico, dinámico, cambiante y en constante transformación. Para el área andina contamos con un reciente trabajo centrado en la arquitectura del valle del Colca (Perú) (Wernke 2012). A este respecto, cabe destacar que en nuestra área de trabajo atacameña es ésta la primera vez que se aplica este tipo de analíticas a registros prehispánicos. Cadena técnico-operativa de la arquitectura doméstica La arquitectura es una herramienta de construcción de la realidad social, toda una tecnología cultural que obedece al patrón de racionalidad de una comunidad concreta. Desde la captación de materias primas hasta el producto final, la construcción obedece a una cadena técnico operativa en la que ocupan su papel tanto los condicionantes medioambientales como las decisiones culturales (Lemonnier 1986, 1991; Cobas y Prieto 2001). Partiendo de esta base podemos definir el espacio construido en el cerro de Topaín como una 'arquitectura orgánica', que toma como referente la propia orografía de un elemento fisiográfico de hondo trasfondo simbólico para aquellas comunidades. En este sentido, cabe destacar que no se documentan materiales constructivos alóctonos. El propio cerro sirvió de cantera natural para la extracción de la toba volcánica empleada en la arquitectura doméstica. A este respecto, la gran estructura abierta del sector A (10S013) es la única del asentamiento en la que podemos ver un frente de explotación de las entrañas líticas del cerro. La labor de devastado ha dejado a la luz una pared natural que se ha amortizado para maximizar su potencialidad como escenografía arquitectónica. La misma labor se documenta en las laderas del monte, en donde también se pudieron reutilizar cascotes desgajados por procesos de alteración (erosión, cambio brusco de temperaturas) y postdeposicionales. Cuatro son los tipos de materiales líticos utilizados: • Grandes bloques ciclópeos para asentar la base de determinados muros. • Mampuestos de tamaño medio para los paramentos murarios de las unidades domésticas, estructuras de almacenaje y tipo chullpa • Pequeños cascotes, utilizados sobre todo en el entramado que conforma las terrazas de cultivo y muros de contención de plataformas habitacionales y caminos. • Pequeños cascajos empleados como ripios en los paramentos murarios de mayor calidad. A diferencia de otros ejemplos vecinos, como en la fase incaica de Turi (Castro y Cornejo 1990; Castro, Maldonado y Vázquez 1993; Murphy 2015), aquí no observamos una utilización intencional de determinadas piedras en función de su textura, color o condiciones lumínicas. Por el contrario, documentamos una estrategia constructiva que discrimina materiales en función del tamaño. Así pues, las grandes viviendas adoptan el aparejo ciclópeo para monumentalizar los esquinales, los tramos de muro que dan a caminos públicos o los paramentos con buenas condiciones de visibilización desde cotas bajas del asentamiento. A este respecto, se constata una voluntad clara de construir de una determinada manera sin estar condicionada por limitaciones tecnológicas. Son decisiones conscientes las que llevan, por ejemplo, a pulir el acabado únicamente de las jambas de las puertas de acceso al interior de las construcciones o el remate de los deflectores que controlan el acceso y la visibilidad en la entrada a determinadas unidades domésticas. Como decíamos, estamos ante una arquitectura orgánica que da lugar a escenografías que se integran perfectamente en el propio cerro, como una continuación del sustrato rocoso. Este efecto se realza con la ausencia total de cimentaciones. Las construcciones se asientan directamente sobre la roca, conformando en ocasiones un continuum que impide diferenciar de lejos el entramado edificado del espacio natural. Esta circunstancia se da sobre todo en la arquitectura doméstica emplazada en las laderas SE y SW. Pero también es una constante en las estructuras aéreas tipo chullpa, dispuestas siempre sobre el roquedo para realzar su presencia y sus condiciones de visibilización5. Esta arquitectura nos remite a una relación estrecha entre espacio construido y solar6, algo común en los espacios sacrales que son habitados, como los santuarios de la Grecia clásica por poner un ejemplo conocido por todos. Pero también puede ser interpretada como una estrategia poliercética intencional. No olvidemos que Topaín no es en puridad un pukara ya que carece de muro perimetral. Sí es, en cambio, un poblado en altura que maximiza las condiciones naturales de defensa y su óptima situación para ver y ser visto. En este contexto, las vías de circulación a media ladera, prácticamente laberínticas, o el propio paramento murario exterior de las estructuras son elementos defensivos per se. Dentro de la cadena técnica seguida por la comunidad (o comunidades) que construyó Topaín, la selección de la materia prima se hace en función del tipo de estructura a realizar. En este sentido, se constata todo un modelo diferenciado en la mampostería, dependiendo si se utiliza la piedra para aterrazamientos o estructuras habitacionales. A este respecto, se emplea la misma técnica constructiva (mampostería a hueso de cascote de pequeño tamaño) tanto en las terrazas de cultivo como en los muros de contención de los espacios habitados y de las vías de circulación. En ambos casos estamos ante una materialidad generada necesariamente por el trabajo colectivo. Mover grandes bloques líticos o habilitar una superficie plana en la pendiente del cerro Topaín nos remite a una colaboración entre individuos. En la figura 4 podemos ver las diferentes terrazas identificadas por nosotros. Esta verdadera arquitectura fundacional nos plantea cuestiones interesantes para intentar dilucidar la estructura social de esta comunidad: ¿cada terraza habitacional o cada terraza de cultivo es erigida por una unidad doméstica, por una familia, o todos los miembros colaboran solidariamente en su construcción? ¿Esas estructuras son usufructuadas como vivienda o campo de cultivo por cada unidad doméstica o estamos delante de un modo de producción doméstico (Sahlins 1972) sin diferencia ni relación alguna con la estructura de parentesco? ¿Es la consecuencia de un vínculo comunitario o del Poder ejercido por una élite local en un marco de división social? Como veremos más abajo, el análisis sintáctico nos permitirá calibrar estas hipótesis. En todo caso, resulta bastante clara la existencia de una planificación urbanística previa, materializada en la construcción de terrazas habitacionales en función de estimaciones previas en relación a la superficie disponible por cada unidad doméstica (fig. 4). Identificación de las terrazas de cimentación habilitadas para asentar la trama edificada. Esta mampostería empleada tanto en terrazas como viviendas o estructuras cultuales carece totalmente de argamasa o mortero. Siempre se elabora en seco, a hueso; únicamente en algunos paramentos murarios con mejor acabado observamos la utilización de pequeños ripios como refuerzo para asentar las juntas. En ningún caso detectamos empleo de tapial o adobe, elementos diagnósticos de las fases de ocupación del período incaico (Castro, Maldonado y Vázquez 1993; Urbina 2010). Únicamente documentamos en el sector B el empleo de una suerte arena decantada con gravilla, de color amarillento, en las estructuras de almacenamiento registradas en la estancia 10S100 y en las estructuras cultuales 10S066, 10S073, así como en la estancia 10S053. Estas construcciones semisubterráneas se encuentran excavadas en el subsuelo y presentan este revestimiento térreo, en relación con cubiertas de falsa cúpula y pequeños ventanales de acceso 7. Desde el punto de vista tipológico recuerdan un poco a las estructuras tipo troja o incluso al modelo de las qulqas incaicas. En cuanto a los acabados de las estructuras y su sistema de cubierta poco podemos decir ante la falta de restos documentados en superficie, relacionados con el colapso y derrumbe de las construcciones. En este sentido, cabe llevar a cabo un estudio etnoarqueológico de la arquitectura doméstica tradicional en las vegas de Paniri, Turi y Topaín. En observaciones durante la campaña pudimos comprobar, en Ayquina y cabañas antiguas sobre el sitio arqueológico de Paniri, la utilización de la misma técnica constructiva que la empleada en el PIT para levantar las terrazas de cultivo y habitacionales. A su vez los accesos se realizan de la misma manera, con bloques careados a modo de jambas. A este respecto, teniendo en cuenta los condicionantes medioambientales, resulta plausible que se emplease también la misma técnica para la techumbre que en la arquitectura tradicional, con la utilización de madera de cactus y un entramado de paja de coirón y tepes de pasto. Se trataría de una cubierta plana ya que no documentamos evidencias de tejado a dos aguas, introducido por el Inka en la zona. Desde el punto de vista de la cadena-técnica no observamos un uso diferenciado de recursos ni de saberes tecnológicos. Independientemente de su complejidad interna, todas las estructuras comparten una misma manera de hacer, de construir. El poblado de Topaín responde a un modelo arquitectónico evidente, aceptado por el colectivo, un estilo que es fruto de una tradición cultural respetada por la comunidad. La tradición es una garantía de la indivisión, un antídoto a la innovación y al cambio, un dispositivo que legitima la comunidad como totalidad autónoma y unidad homogénea. Las sociedades primitivas hacen gala de un conservadurismo intransigente, expresando en la incesante referencia al sistema tradicional de normas (Clastres 2001: 212). En relación con esto, la arquitectura doméstica de Topaín presenta las características definitorias de lo que algunos antropólogos han dado en llamar arquitectura primitiva (Guidoni 1989; Rapoport 1972). En este tipo de formaciones socioculturales —muy orientadas hacia las tradiciones— el proceso de diseño arquitectónico se basa en unos conocimientos técnicos que están al alcance de todos los integrantes de la comunidad, de ahí que cualquier miembro del grupo sea capaz de construir su propia vivienda. No obstante existe siempre un modelo preescrito que permite hacer o no hacer ciertas cosas, y que se ajusta a la mayor parte de las exigencias culturales, físicas y de mantenimiento (Rapoport 1972: 15-16). Este modelo es completamente uniforme, presenta muy pocas innovaciones y da lugar a una fuerte persistencia de la forma. Siguiendo con nuestra argumentación, en las sociedades primitivas —e incluso en las campesinas tradicionales— la tradición cultural impone una disciplina o férreo control a la hora de construir la vivienda, configurando un modelo conocido por todos, lo que explica la ausencia de diseñadores o especialistas. Así mismo en estas comunidades no existe una diferenciación entre la magia y el trabajo, lo religioso y lo secular, el ritual y el uso del espacio; todas las manifestaciones de la cultura material reflejan de un modo u otro la cosmovisión aceptada y compartida por el colectivo. La cadena técnica que conduce a la arquitectura doméstica, la forma edificada, es una encarnación física de ese patrón de racionalidad, de esa tradición; el proceso de construcción de la vivienda, y las actividades cotidianas desarrolladas en su interior, expresan simbólicamente las bases ontológicas y metafóricas que articulan la particular cosmovisión de sus habitantes (Parker y Richards 1994b). Evolución del espacio doméstico. Desde las primeras referencias arqueológicas al sitio de Topaín (Pollard 1970) hasta los más recientes estudios sobre su arquitectura (Urbina 2007: 121-122; García Rodríguez 2011; Parcero, Fábrega, García, Troncoso y Salazar 2012) siempre se ha señalado la existencia de tres sectores de estructuras claramente individualizados: uno ubicado en la zona baja, al E sobre las terrazas de cultivo (sector A), un sector intermedio con construcciones a media ladera y sobre la cumbre allanada del primer alto (sector B) y un último sector que se desarrolla sobre una vaguada, con estructuras de carácter ritual asentadas sobre afloramientos rocosos y en relación con dos grandes espacios rectangulares (sector C). Aparentemente esta configuración del asentamiento podría responder a los condicionantes impuestos por la orografía. Sin embargo, la aplicación de un análisis sintáctico del espacio nos indica que estamos ante la materialidad generada por la propia metahistoria del sitio y ante un ordenamiento planificado que impuso una determinada lógica espacial y no otra (fig. 5). Identificación en planta de la trama edificada, principales vías de circulación y afloramientos rocosos. En el caso del sector A podemos comprobar la existencia de un patrón de regularidad formal que se va a repetir en el sector B. El mapa de articulación axial nos permite individualizar tres conjuntos de estructuras separados por viales de circulación con una orientación NE-SW. La superposición del mapa axial y convexo deja entrever la presencia de tres nodos que canalizan la circulación, a modo de plazas o espacios abiertos (fig. 6). El primer conjunto parece corresponderse con lo que Urbina denomina estancia pastoril (Urbina 2010: 122). Destaca la presencia de una gran estructura rectangular con aparejo de mala calidad y acceso estrecho en el que no se constata ningún control de la visibilidad interior. Esta forma arquitectónica se identifica también en otras zonas de ladera del sector B, siempre en relación a los senderos de entrada al poblado, en posición periférica y con acceso directo y rápido a los pastos y terrenos de cultivo. A su vez, suelen adosarse pequeñas estructuras a modo de chiquero. A su vez, la potencia de los derrumbes y la altura de los muros hacen pensar en que se traten de espacios abiertos sin techumbre. Esta materialidad sigue caracterizando los corrales de llamas en la arquitectura tradicional de la zona. En el segundo conjunto, el análisis de accesos (fig. 6) nos lleva a individualizar dos unidades domésticas: la primera de ellas es una casa compleja conformada por tres estancias diferenciadas. La segunda es un tipo de vivienda que vamos a ver reproducido en el asentamiento en numerosas ocasiones: estructura de planta rectangular, con unas dimensiones de 8 m x 3 m, construida con mampostería. El acceso desde la calle se complementa con un nuevo filtro, un retranqueo generado por un muro transversal, a modo de deflector, que obliga al visitante a girar a la derecha, impidiéndole la visibilidad del espacio privado de la unidad doméstica. El interior de la estructura está formado por un único espacio multifuncional, sin subdivisiones internas. Esta impermeabilización del espacio doméstico podemos verla reflejada también en el tercer conjunto de habitación, incluso de una manera más sofisticada: el acceso desde la calle conlleva entrar en una suerte de recibidor (que en otros casos comparte espacio con un granero) desde donde se entra a la unidad doméstica. Desde la estancia principal se puede pasar a una última habitación a la que se adosa una estructura tipo chullpa con ventana interior. Este vano está orientado hacia los cerros de Chita y Q'aiqu, emplazados en dirección S. Por primera vez registramos una evidente estructura cultual formando parte de una vivienda compleja. Gráficos de accesibilidad del sector A del pukara de Topaín. Teniendo en cuenta la estratigrafía muraria, esta unidad doméstica se asienta sobre una antigua terraza (aparejo de cascote menudo) relacionada con la gran estructura 10S013. Este espacio abierto, de grandes dimensiones, parece vertebrar toda esta zona del asentamiento. Como comentamos antes, aprovecha un frente de roca del cerro como pared W contribuyendo a la escenografía arquitectónica del conjunto del asentamiento, siendo bien visible desde la zona baja. Esta gran estructura tiene adosadas dos estructuras circulares con accesos bien definidos en las esquinas NW y SW; a su vez, el acceso desde el S se canaliza a través de una estructura ovoide con una puerta realmente monumental. Finalmente, la ES10S013 contaba con un acceso original (tapiado posteriormente) hacia el E, que a través de una terraza conducía al exterior del asentamiento. La monumentalidad de la estructura y el hecho de contar con tres accesos diferenciados desde los nodos principales de circulación incrementan su notoriedad dentro del conjunto habitacional de este sector A. Finalmente en el extremo meridional de esta área baja vemos repetido el que denominamos 'módulo de vivienda tipo de Topaín', en este caso representado en la vivienda 10S017, con granero, atrio, deflector y remate absidiado con ventana. Aún a pesar de tratarse de una unidad doméstica aislada, ésta mantiene la misma orientación en planta N-S que el resto del espacio construido. Este también es el caso de la casa emplazada en la cota más baja del sitio (ES10S001). Esta estructura aporta un dato sustancial a la hora de interpretar la evolución del asentamiento, ya que se construyó directamente sobre una terraza de cultivo como se comprueba en el paramento E. Por otro lado, la casa se emplaza directamente a la vera del canal que ciñe por el E el sector A. Entre la esquina SE de la vivienda y el canal se emplazaron intencionalmente una serie de bloques pétreos que canalizan el acceso hacia el asentamiento, y preceden a una suerte de pequeño muro perimetral que separa el espacio de la producción del espacio habitacional. Esta es su función real ya que el camino que marca acaba directamente sobre la ruptura de pendiente sin comunicar ninguna estructura habitada. Por su parte, el sector B es el que concentra un mayor número y variedad de estructuras arquitectónicas (figs. 7 y 8). Dentro de esta zona el recorrido circulatorio por la abrupta ladera segmenta claramente un grupo de construcciones que denominamos área B1. Nuevamente nos encontramos aquí con una estructura que por sus características formales podemos definir como corral en la línea de la estructura 10S016. Le siguen una serie de unidades domésticas que reproducen el modelo-tipo ya conocido. De entre todas ellas destaca un complejo habitacional conformado por varias estructuras adosadas. Todas ellas se asientan sobre el mismo espacio aterrazado, entre el camino principal y el precipicio, y comparten muros siguiendo la línea de la pendiente. Aquí, el análisis de acceso y visibilidad nos permite identificar tres unidades con entrada directa desde el exterior. Se constata la existencia de una estrategia consciente de control del acceso (recibidores y deflectores). Así mismo, dos de las estructuras poseen sus propias estructuras de almacenamiento. En este sentido, por un lado, se deduce un cierto ideal de autarquía e independencia de estas tres viviendas, que se acrecienta si atendemos al hecho de que esas dos unidades poseen sus propias estructuras de carácter cultual. Pero por otro lado, observamos una clara conexión espacial entre las unidades, como se puede apreciar en la individualización del conjunto y la práctica del adosado. En este sentido, vemos aquí por primera vez un detalle arquitectónico que se va a repetir en el sector B2: dos de las viviendas anejas que comparten muro enfrentan sus estructuras de carácter cultual en el mismo tramo. Esta relación microespacial puede corroborar la existencia de un vínculo estrecho entre los habitantes de las distintas viviendas. Volveremos sobre este tema más adelante. El área B2 aparece perfectamente delimitada por el camino que asciende desde el pie del asentamiento. Se ubica en una zona alta en el que se ha llevado a cabo un notable trabajo de aterrazamiento. El mapa axial muestra la diferenciación clara entre las viviendas ubicadas en la ladera y esta arquitectura doméstica de carácter mucho más monumental (fig. 7). La aplicación del análisis de accesos nos permite identificar una unidad doméstica con un elevado grado de impermeabilidad espacial, ya que existe una estrategia intencional de control de la circulación por el interior de la vivienda. Para llegar a la habitación de mayor privacidad (10S064) el visitante o habitante debe cruzar obligatoriamente el umbral de ocho espacios sin tener contacto alguno con el exterior. Volvemos a encontrar aquí el ya conocido sistema de deflectores y recibidores. Esta casa compleja cuenta a su vez con una estancia a mayores que posee un acceso directo desde la calle, una puerta monumental ceñida por dos graneros que parece proyectar hacia el vial la riqueza y prestigio de la unidad doméstica. Este acceso permite entrar en una estancia en la que se ubica una estructura circular semisubterránea con una ventana que conecta con la estancia (10S064), esto es, la habitación más privada de la vivienda. A su vez, esta estructura cultual comparte pared medianera con otra de las mismas características (10S073) pero ubicada en la esquina N de la habitación contigua 10S070. Mapa de axialidad del sector central (B) del pukara de Topaín. El cículo pequeño se corresponde con las dos chullpas centrales y el círculo grande indica la localización de la casa compleja. La parte NE de esta área B2 está ocupada por unidades domésticas vecinas que vuelven a repetir el modelo de casa-tipo con acceso directo desde un espacio público abierto y con granero y estructuras adosadas tipo chullpa. El espacio convexo que actúa como canalizador de la circulación da acceso a un espacio rectangular en el que se dispone una alineación de estructuras de almacenaje y cultuales semisubterráneas, con vanos y cubierta elaborada con sedimento amarillento de naturaleza arenosa. A diferencia de la casa compleja, que cuenta con estructuras cultuales en su interior, de uso privado, documentamos aquí un espacio de acceso directo desde el exterior y que parece remitir a un uso colectivo por parte de las viviendas más modestas emplazadas en esta zona del asentamiento de Topaín. Al otro lado de la calle se dispone el área B3, también individualizada por el camino y la calle principal. A nivel sintáctico comprobamos una característica que se repite por sistema en el poblado. A pesar de disponer de viales rectos que canalizan la circulación, las construcciones ubicadas a ambos lados jamás comparten espacio, es decir, nunca enfrentan sus entradas unas a otras. Esta constante evidencia una clara voluntad de individualización de las unidades domésticas. En este barrio distinguimos dos conjuntos diferentes de estructuras. El primero de ellos es un nuevo ejemplo de casa compleja, formada por varias estancias, con estructuras cultuales asociadas y un marcado control de accesos con deflectores y recibidores. Desde la calle se accede a dos habitaciones no conectadas entre sí pero que comparten en la pared medianera un complejo cultual formado por una mesa de ofrendas (en la estancia S) y una chullpa (en la estancia N). Nuevamente, una estructura ritual relaciona espacialmente construcciones habitadas por personas con un vínculo probablemente de parentesco, si vemos aquí evidencias de un culto a los ancestros y a los cerros tutelares (vid infra.). El análisis sintáctico parece dejar fuera de toda duda el carácter habitacional de esta estancia (que da acceso a 10S083 y10S082). Con todo cabe destacar que esta estructura comparte ubicación, orientación, forma y presencia de vanos con las construcciones vecinas que se extienden hacia el W y que parecen tener una función más propia de espacios de agregación social a través del procesado colectivo de productos agrarios8. Al S de esta área B2 se presenta de manera aislada otra unidad doméstica que resume perfectamente el modelo tipo de vivienda que hemos definido para Topaín: módulo rectangular, interior indiviso, presencia de reflector, estructuras de almacenamiento y/o cultuales asociadas y voluntad manifiesta de independencia espacial con respecto a estructuras vecinas. Como podemos apreciar, este modelo de vivienda no ocupa el área residencial más conspicua sino que es relegada a zonas periféricas de media ladera. El sector B4, emplazado al N de la calle principal, está compuesto por tres tipos de estructuras: • Unidades domésticas convencionales, con acceso directo desde la calle como la estructura 10S085. • Espacio que integra estructuras de almacenamiento y de carácter cultual (10S100). Esta última estancia presenta una singularidad notable en el conjunto del asentamiento. De forma prácticamente cuadrada en planta (un unicuum en el poblado), se emplaza justo al final del primer tramo de la calle principal, al lado de las dos chullpas que constituyen el centro espacial y simbólico del recinto de Topaín (fig. 7). Perfectamente individualizada, esta construcción cuenta con un acceso semejante al de las viviendas (dos jambas careadas) pero en su interior no se registra un área de actividad propia de un espacio habitacional. Por el contrario, alberga una serie de estructuras excavadas en el sustrato, semisubterráneas, con falsa cúpula y pequeñas ventanas. Este espacio guarda ciertas concomitancias con aquel que identificamos en el sector B2, si bien cabe destacar una serie de diferencias sustanciales. En este caso no se trata de un acceso abierto desde el exterior, sino que las estructuras se concentran dentro de una construcción específica con un acceso definido y restringido. Nos encontramos, por lo tanto, ante una edificación con una funcionalidad especializada, probablemente centrada en el almacenamiento de excedente agrario. El sector B5 participa de lleno del ordenamiento ortogonal que preside el asentamiento de Topaín. Las dos chullpas centrales sancionan simbólicamente el punto donde confluyen las vías de circulación principales, una longitudinal E-W y otra transversal N-S. Desde aquí parte otra calle en dirección W al sur de la cual se emplazan cuatro estructuras prácticamente idénticas. De planta rectangular y aparejo de mampostería de baja calidad, reaprovechan grandes bloques pétreos, carecen de deflectores u otros elementos arquitectónicos que regulen el control del acceso y la visibilidad y presentan escasos materiales en superficie. De hecho en su interior no documentamos materiales diagnósticos como los que aparecen en las unidades domésticas que hemos definido como casas-tipo. El sector B6 se ubica al N de la misma calle y en él se registran unidades habitacionales (una de ellas con dos estancias, 10S111 y 10S109) con acceso desde la calle. Completan el panorama grandes estructuras tipo corrales con puertas que abren hacia el camino que asciende desde la cara N para llegar a las dos chullpas centrales. Al NW un conjunto aislado de estructuras se ha visto afectado por una explotación primaria de cobre abierta tras el abandono de la ocupación del asentamiento. Finalmente en la vaguada que separa los dos primeros altozanos de Topaín se extiende el singular sector C del que nos ocuparemos más adelante. MONUMENTALIZACIÓN DE LA VIVIENDA Y DIVISIÓN SOCIAL Cuando golpeo me turban igual que la vez primera. como la espada despierta y los batientes se avivan Entro como quien levanta paño de cara encubierta, sin saber lo que me tiene mi casa de angosta almendra y pregunto si me aguarda mi salvación o mi pérdida. El análisis arqueotectónico desarrollado en Topaín nos acerca a la lógica social que pudo presidir el espacio doméstico del asentamiento. En este sentido hemos podido analizar toda una serie de características formales, secuencias estratigráficas y relaciones espaciales entre las construcciones. Así pues, en el aparente caos urbanístico de Topaín documentamos, por un lado, un patrón de regularidad que facilita la identificación de espacios habitacionales (cultura material en superficie, artefactos domésticos, estructuras de combustión) y, por otro lado, una gran variabilidad formal que nos indica diferentes estrategias de construcción del espacio de la casa. De este modo, el trabajo desarrollado nos ha permitido definir cuatro tipos de edificaciones supuestamente habitacionales: Recinto simple de planta cuadrada/rectangular, de aparejo de mala calidad y espacio único multifuncional. Estas construcciones se concentran en el extremo W del sector B. Vivienda-tipo: conformada por un módulo rectangular, acceso bien marcado, con recibidor y deflector. Presenta normalmente una estructura cultual y al menos una estructura de almacenamiento. Prolifera sobre todo en el sector A y en la ladera S del sector B. Vivienda-tipo pero conformada por dos o más estancias, con recorrido circulatorio entre ellas o accesos separados, pero siempre adosadas, integrando un conjunto doméstico separado del resto. En esta categoría englobamos aquellas unidades domésticas que responden a las siguientes características formales (fig. 8): Ubicación en una zona preeminente del asentamiento. De hecho, el acceso principal se emplaza en los viales que ordenan el espacio y canalizan la circulación por esta área central del poblado. Monumentalización de la vivienda en aquellos puntos de contacto con el espacio público. Se constata una notable inversión de recursos en los accesos, paramentos exteriores y esquinales, en los cuales se emplea aparejo ciclópeo. Compartimentación interna con numerosas estancias y áreas de actividad especializadas. Presencia de estructuras de almacenamiento, presumiblemente destinadas para albergar la producción agraria de la unidad doméstica. Integración dentro del recinto habitacional de estructuras cultuales de uso privado. Este modelo hipotético concreto conlleva la definición de estos tipos desde un punto de vista formal y espacial, esto es, no es nuestra intención abordar una aproximación tipologizante en el sentido de buscar únicamente indicios cronológicos. En la gramática del espacio doméstico de Topaín, estas unidades domésticas9 se concretan en función de su morfología arquitectónica y sintaxis espacial. A este respecto nuestro análisis sirve para fundamentar dos hipótesis no planteadas hasta el momento: la casa como símbolo étnico e identitario y la existencia de un espacio doméstico jerarquizado en función de un determinado status socioeconómico. Principales ejes axiales del sector B y gráfico de accesibilidad de la casa compleja identificada. La casa como herramienta de construcción de la etnicidad El contexto postmoderno de la globalización, los cambios políticos producidos en los últimos años, la configuración de unidades políticas supranacionales en detrimento de las fronteras tradicionalmente entendidas, el resurgimiento de los nacionalismos, el mestizaje y la inmigración al primer mundo son quizás variables que explican el papel preponderante jugado por la identidad y la etnicidad en el debate de la teoría social en la última década (Pimentel 2003: 75-76). La reflexión teórica a este respecto ha acabado impregnando la disciplina arqueológica, sobre todo en el ámbito anglosajón, en donde tradicionalmente se han estudiado las comunidades del pasado desde una óptica funcionalista, como un conjunto de unidades familiares corresidenciales sometidas a la interacción del día a día y al peso de una cultura común. El todo social era la base de la reproducción social y biológica, de acuerdo con una visión internalista, estática, ahistórica y sistémica. El postprocesualismo reivindicó nuevamente el análisis de los condicionantes externos e internos de carácter histórico que determinan la estructura interna de toda comunidad. Así pues, en el marco de los últimos desarrollos teóricos de Arqueología contextual se han desarrollado diferentes aproximaciones como la denominada Archaeology of Communities (Yaeger y Canuto 2000a) que intenta dar buena cuenta de los procesos de construcción social de la etnicidad en las comunidades premodernas. Todas estas líneas de trabajo reivindican el análisis de la percepción y cosmovisión de la gente dentro de la comunidad y remarcan la experiencia social del espacio. Desde un punto de vista fenomenológico, la gente a través de los usos, las experiencias, los movimientos y las interacciones también influyen en los significados que vertebran las relaciones espacio-identidad-género. Una comunidad como Topaín es una institución dinámica socialmente constituida, no es únicamente una unidad socioespacial, un agregado de unidades domésticas, ya que estructura las prácticas de sus miembros dentro de espacios definidos y de un contexto histórico concreto. La influencia de los planteamientos semióticos (Barthes 1986; Eco 1986, 1987) ha permitido a la investigación arqueológica considerar una cara de la Arquitectura hasta el momento inédita como es su carácter de signo de comunicación (Preucel 2006: 8- 14). El espacio construido no sólo presenta una funcionalidad pragmática sino que también es un objeto simbólico, ya que trasmite un mensaje que es asimilado de manera inconsciente dentro del marco espacial de la vida cotidiana. Esta perspectiva se ha aplicado al estudio de la arquitectura doméstica y monumental prehistórica poniendo de manifiesto la existencia de auténticos programas arquitectónicos e iconográficos en esas sociedades. La forma arquitectónica en definitiva es un significante que transmite significados culturales. De hecho, apenas se han abordado estudios de la cultura material del PIT desde ópticas que intenten analizar su papel como recursos icónico- visuales para transmitir información en la vida cotidiana. No debemos olvidar que estas comunidades premodernas carecían de escritura, conformando la cultura material un vehículo para la transmisión y materialización de los códigos culturales manejados por estas sociedades campesinas. La decoración externa de las viviendas, la manera de techar y de rematar las cubiertas de las chozas, la forma de decorar los cacharros o la decoración de ropajes y pieles adquirirían una dimensión textual como transmisores de significados no verbales. Dentro de esta aproximación interaccional, la identidad no es inmutable, sino que se modifica, se construye y se cambia situacionalmente. Teniendo en cuenta esta realidad, resulta complicado aplicar al espacio doméstico del pasado clasificaciones taxonómicas inherentes a nuestro imaginario moderno occidental. Las viviendas y poblados no son meros escenarios fijos y asépticos en los que se desarrollan las acciones e interacciones sociales, sino que devienen referentes identitarios y étnicos de primer orden para comunidades que conviven con lugares, espacios y significados. A través del uso del espacio doméstico, de la construcción de la arquitectura doméstica, la gente define áreas de actividad, construye y recrea identidades (De Certeau 1984). Retomando a Bourdieu, la casa, como todas las formas espaciales, es todo un recurso mnemotécnico para sus ocupantes, es un generador de prácticas que construyen significado social, es un escenario en el que conviven diferentes percepciones, distintas identidades que también entran en conflicto (Moore 1986). La interacción social es clave para comprender el rol activo del espacio doméstico, de la cultura material en la construcción de la identidad individual y grupal. Esta realidad se muestra claramente en zonas de frontera en donde se dan interacciones culturales entre distintos grupos étnicos. Este parece ser el caso de esta zona de la puna atacameña en el PIT. Un espacio en el que confluyen tradiciones locales (desierto), en el que se constata la presión de comunidades del altiplano y tienen lugar fenómenos de hibridación como el protagonizado por el denominado grupo cultural de Toconce. En este contexto (violento o no) multiétnico es central el papel de la arquitectura doméstica como herramienta de resistencia cultural y generador de identidad. A su vez, juega un rol fundamental el proceso de renegociación de la identidad y la resolución de conflictos. Dentro de este marco, creemos que la definición de lo que llamamos vivienda-tipo (fig. 9) se corresponde con una tradición constructiva propia de una comunidad concreta. La presencia sistemática de esta casa rectangular con deflector en el acceso remite a un esquema que puede relacionarse con la adscripción étnica de sus habitantes. En este punto, recordaremos que la arquitectura doméstica de una comunidad del presente y/o del pasado reproduce una determinada lógica social, un patrón cultural y una distintiva forma de estar en el mundo. Desempeña también un rol en la construcción material de la realidad social, condiciona, limita y canaliza la agencia social, el habitus, la praxis... o como queramos denominarlo en función el marco sociológico del que partamos. Nuestro trabajo etnoarqueológico con grupos étnicos de la frontera entre Etiopía y Sudán nos demuestra el papel de la vivienda como signo de comunicación no verbal y proyector de la identidad étnica de las comunidades premodernas (González, Ayán, y Falquina 2009; Ayán 2012b). En estas sociedades ágrafas, la etnicidad y la identidad se construyen a través de la materialidad (Fernández Götz 2008). La constatación etnoarqueológica 10 de este hecho cultural tiene unas consecuencias determinantes para intentar aprehender el trasfondo cultural de la vivienda con deflector de Topaín. Este modelo arquitectónico obedece a una estrategia intencional tanto de la comunidad como de las unidades familiares, mediante las cuales se apropian y semantizan los espacios habitados, preservando memorias, activando conocimientos y construyendo identidad. Desde estas coordenadas, la casa con deflector no sólo restringe el acceso y la visibilidad, no sólo es un elemento de prestigio y una inversión, sino que puede ser concebida como un auténtico monumento mnemotécnico que reactualiza el sentimiento de pertenencia y denota etnicidad (fig. 9). La casa con deflector, unida a la presencia del fenómeno chullpario en Topaín, puede ponerse en relación con la presencia física en el asentamiento de gentes procedentes del altiplano. De hecho, en la zona boliviana de Lipez podemos identificar un modelo arquitectónico semejante. Arriba: vivienda tipo no 2 documentada en Topaín: planta de la estructura 10S017. La trama gris se corresponde con el espacio semipúblico de la vivienda. El recibidor y el deflector restringen la visibilidad del interior por parte del visitante. Monumentalización de la vivienda y división social La casa es una estructura estructurante (Bourdieu 2002: 90), todo un sistema simbólico que refuerza las jerarquías sociales de las personas, los animales, los espacios y los objetos. Este sistema simbólico se establece, mantiene y reproduce a través de la práctica (cotidiana, social y ritualizada) en la que interactúan estrategias de poder y relaciones sociales (Hodder 1982: 132). El uso del espacio doméstico es especialmente importante dentro del sistema estructurante de la sociedad, ya que sanciona divisiones, impone jerarquías entre personas y refuerza los principios subyacentes de una cultura. El uso cotidiano del espacio doméstico deviene un modus operandi, una práctica social producto de la aplicación sistemática de principios coherentes que conforman un determinado patrón de racionalidad. De acuerdo con esta perspectiva la casa es un opus operandum a través del que se vehicula la organización social del espacio (Bourdieu 2002: 87-89). A este respecto, el análisis sintáctico abordado en Topaín parece mostrarnos procesos determinantes en esta organización del espacio doméstico. Así pues, en primer lugar, detectamos una voluntad clara, en todos los casos, de individualización de la unidad familiar dentro del poblado, algo que quizás tiene que ver con la vigencia de un ideal de autarquía propio de una sociedad campesina. Se aprecia una estrategia de impermeabilización del espacio habitacional, la cual también hace uso de otras herramientas arquitectónicas que intervienen activamente en el funcionamiento del recorrido circulatorio interno, como es la presencia de atrios, machones salientes, pequeñas terrazas y deflectores en la puerta de entrada. Así mismo, el control del acceso parece remarcarse mediante la utilización de lajas de gran tamaño careadas para servir de jambas. Esta autonomía espacial de la vivienda-tipo se relaciona con un estilo arquitectónico propio que se deja entrever en todas las construcciones, independientemente de su tamaño o complejidad interna. En segundo lugar, documentamos un tipo de casa compleja en la que se registran espacios distribuidores de la circulación, una notable compartimentación interna, un acentuado control del único recorrido posible dentro de las estructuras habitacionales. De este modo, se advierte la restricción establecida por la unidad social para preservar el espacio habitacional. Estas viviendas son un conjunto arquitectónico individualizado y cerrado, conformado por espacios que se pueden definir como espacio público, semipúblico/semiprivado y privado. Este proceso de segmentación se asocia, en los casos de las dos grandes casas del sector B, a una clara estrategia de monumentalización de la casa. A este respecto, compartimos uno de los presupuestos básicos de la Arqueología del Paisaje, aquel que afirma que todo lo visible es simbólico (Criado 1993: 42). Esta voluntad de visibilidad puede ser tanto consciente y explícita como implícita e incluso inconsciente: es la racionalidad de un grupo social la que determina qué rasgos de ese grupo serán visibles. De todas las estrategias de visibilización posibles se han definido cuatro básicas (Criado 1993: 45-51): • Estrategias de carácter inhibidor: se definen por la falta absoluta de interés en destacar/ocultar la presencia de la acción social como productos, sin producir resultados o efectos intencionales, aunque cabe la posibilidad de que estos estén incorporados al registro arqueológico. • Estrategias de ocultación: hay una intención consciente de invisibilizar la presencia de la acción social, lo que implica un rechazo de su existencia. • Estrategias de exhibición: voluntad de que los efectos de la acción social sean visibles en el espacio. • Estrategias de monumentalización: son las que pretenden, además de exhibir un elemento en el espacio, que éste perdure en el tiempo. Produce resultados intencionales de proyección temporal y espacial. Cada uno de estos tipos de estrategias de visualización puede relacionarse con una determinada racionalidad cultural, o incluso puede emplearse como escala valorativa de las relaciones visuales de los elementos que conforman un espacio construido (fig. 10); precisamente identificar esta voluntad puede permitir valorar/interpretar qué tipo de condiciones de visibilización/estrategias de visibilidad están presentes en cada nivel espacial de un fenómeno, y en cierta manera, acceder a la parte del imaginario de una sociedad. Arquitectura orgánica y estrategia de invisibilización de un poblado en altura: vivienda del sector B integrada en el cerro de Topaín. En el caso de estas dos casas de Topaín vemos materializada una clara estrategia de monumentalización en el seno del poblado. En los dos ejemplos se maximizan las condiciones de visibilización del solar, se levantan potentes terrazas, se realzan los paramentos murarios con el empleo de aparejo ciclópeo y se utiliza una cuidada mampostería. Estas casas complejas son dueñas absolutas de la gestión del espacio conformado por la parcela, por el solar en el que se asientan. Cerradas sobre sí mismas, actúan como estructuras autónomas y autosuficientes, con una complejidad interna notable gracias a compartimentaciones internas y la presencia de construcciones con una función especializada. Dentro conviven los miembros de la familia, y los bienes que comportan riqueza y prestigio al agregado familiar. El control de los accesos, del recorrido circulatorio, la búsqueda de la privacidad de la unidad doméstica son estrategias espaciales que manifiestan un deseo de autoafirmación de la familia. La casa es todo un símbolo identitario de los miembros que residen en ella. La vivienda posee su propia metahistoria, tiene un pasado vinculado con los antepasados, es un escenario para la acción social que se reactualiza con el paso del tiempo. Estas dos casas-monumento son auténticos símbolos de prestigio social, escenografías arquitectónicas que nos remiten a un asentamiento en el que se comienza a atisbar una cierta jerarquización social, a diferencia de lo que parece ocurrir en otras áreas limítrofes en las que sigue primando un ideal comunitario (Nielsen 2002; Acuto 2007). Determinadas unidades domésticas, con características más modestas, se ubican en la ladera (fig. 10) y la zona baja, mientras estos grupos se escinden del todo social, almacenando excedente e invirtiendo notables recursos en su arquitectura doméstica. La casa, como materialización de la unidad familiar, pasa a ser, como decíamos antes, el marcador de la identidad, de la jerarquización social, del prestigio y del poder. La monumentalización y ritualización del espacio doméstico, la sanción simbólica de la propiedad son todas evidencias materiales de un proceso de desigualdad social en el que comienzan a visibilizarse determinadas unidades domésticas vinculadas a linajes concretos. En definitiva, podemos atisbar la emergencia de un proceso de división social, bastante claro si comparamos la gran casa del sector B con el resto de unidades habitacionales. La proliferación de estructuras de almacenaje, proyectadas hacia el exterior, hacia el espacio público, nos hace pensar en el control de excedente agrario en una cuantía superior a las viviendas medias. Por otro lado, la documentación de una estancia específica de almacenaje en el sector B nos plantea un interesante dilema: o ese almacén es de uso comunitario o está controlado por una unidad doméstica (o varias) que tiene el poder y la legitimación para concentrar y redistribuir esa producción agraria generada por el trabajo en las terrazas de cultivo. COSMOLOGÍA, DISEÑO URBANO Y RITUALIZACIÓN DEL ESPACIO DOMÉSTICO Porque es así que cada provincia, cada nación, cada pueblo, barrio, cada linaje y cada casa tenía dioses diferentes unos de otros porque les parecía que el dios ajeno, ocupado con otro, no podía ayudarlos, sino el suyo propio. Y así vinieron a tener tanta variedad de dioses y tantos que fueron sin número El análisis arqueotectónico planteado para el caso del sitio de Topaín abre la puerta a nuevos enfoques sobre el surgimiento y desarrollo de esta forma urbana. Hasta el momento se había considerado este yacimiento arqueológico como un espacio habitacional menor, secundario, satélite, en comparación con los grandes aglomerados o sitios multicomponentes (Castro y Cornejo 1990: 57) como Paniri o Turi. Quizás por ello siempre se ha minusvalorado la posible existencia de un ordenamiento urbanístico en Topaín (Urbina 2010: 126-127). Creemos que nuestro trabajo contribuye a matizar y poner en tela de juicio esta visión que minusvalora el carácter urbano del asentamiento de Topaín. Sin duda, la identificación del sistema de terrazas habitacionales demuestra, como en el caso también de las terrazas de cultivo, una planificación previa). A la hora de construir las edificaciones éstas se van levantando siguiendo un modelo aditivo mediante adosados, siguiendo el sentido de la pendiente. Este crecimiento del asentamiento no es desordenado sino que se desarrolla en función de unas vías de circulación claras. Cuando el poblado, en una fase posterior abandona el emplazamiento en altura, conquista la zona baja (sector A) pero adoptando el mismo patrón urbanístico con viales E-W y unidades domésticas con una orientación N-S. Aquí vemos como esta organización del espacio no está condicionada por la orografía sino que obedece a un diseño urbano concreto, a una decisión culturalmente condicionada. Como en el caso del asentamiento de Likan (Aldunate, Berenguer y Castro 1982), el registro arquitectónico de Topaín reproduce un estricto patrón espacial, una topología ritualizada en la que la proximidad a la cumbre del cerro y la orientación hacia las montañas y volcanes juegan un papel esencial como ordenadores simbólicos del espacio habitado (fig. 11). Como decíamos antes, nuestra experiencia etnoarqueológica nos muestra cómo en las comunidades premodernas que carecen de escritura toda la información se transmite por medio de la cultura material, que deviene todo un signo de comunicación no verbal. A su vez, la arquitectura de los asentamientos y la propia casa son en sí mismos espacios ritualizados que reproducen la cosmología y la manera de estar en el mundo de sus habitantes (Rivolta 2011: 232-233). A este respecto es importante consignar aquí la importancia de la orientación ritual de vanos y puertas de las construcciones, y de las ventanas de las chullpas, hacia los cerros tutelares que protagoniza el paisaje de esta zona (fig. 11). Esta cuestión se introdujo en el discurso arqueológico gracias a la original e interesante aproximación etnohistórica llevada a cabo por el equipo Toconce (Berenguer, Aldunate y Castro 1984). El trabajo de campo desarrollado en la década de 1980 en esta zona de la puna atacameña les hizo reconocer el papel central de montañas y volcanes como ejes vertebradores del paisaje simbólico. Deflector que canaliza el acceso a las dos chullpas centrales, verdadero espacio cultual vertebrador del espacio. Al fondo, los cerros tutelares de Aguas de León y Toconce. Así pues, las comunidades locales creen que las montañas son estrellas que descendieron a la tierra, mientras que los volcanes regulan el funcionamiento de la tierra, ya que son volcanes de fuego (Licancabur), agua (San Pedro) y viento. Éstos dos últimos son responsables de la lluvia y de la tormenta (Castro y Aldunate 2003: 73). Las montañas (denominadas Mallku en lengua aymara) son espacios sagrados con varios niveles de significado; son lugares míticos de origen, habitados por los ancestros, son también elementos propiciatorios de la fertilidad y la riqueza, son altares (mesas) y vivienda de las divinidades. El asentamiento de Topaín ejemplifica perfectamente la hipótesis defendida por Castro y Aldunate en su trabajo con las chullpas de los asentamientos de Likan y Quebrada Seca. Según ellos, las ventanas de estas estructuras cultuales no se orientaban únicamente hacia los puntos cardinales, sino hacia las montañas sagradas y volcanes (Castro y Aldunate 2003: 76). En nuestra opinión, esta orientación ritual es una variable muy tenida en cuenta en la planificación topológica y urbanística del asentamiento11. Las calles presentan una disposición en planta E-W con el cerro Topaín y el Cerro León como referentes topográficos claros (fig. 11). El Cerro León está estrechamente vinculado en la actualidad a la comunidad indígena de Toconce. Considerado como una montaña masculina recibe diferentes nombres: Mallku Kulliri, Cerro León, Mallku Agua de León y Puma Urko. Guardián de las riquezas de los ancestros, es especialmente dadivoso, protege el ganado y propicia la lluvia. Este papel clave en la reproducción y supervivencia de las comunidades hace que reciba pagos y ofrendas para ganarse su favor (Castro y Aldunate 2003: 77). Hacia este Cerro León se orienta la calle principal del sector B de Topaín, una de las dos chullpas centrales (fig. 11) y el alineamiento de vanos que recorren las estancias de la estructura compleja del sector B3. Hacia el S la totalidad de los vanos documentados se orientan en dirección a dos montañas estrechamente ligadas a la localidad de Caspana. Más pequeños, de forma redondeada y casi nunca cubiertos de nieve, son la montaña femenina Q'aulor (o Sipitare Mama, o Mama Sipaqa) y la montaña masculina Chita (Sipitare Tata) (fig. 12). Orientación del vano de una estructura doméstica del sector A: al fondo, la montaña femenina Q'aulor y la montaña masculina Chita. A nivel de espacio doméstico, la orientación de los vanos de las estructuras cultuales privadas nos sugiere otra interesante cuestión. Si planteamos la posibilidad de que Topaín sea un asentamiento multiétnico, un reasentamiento de poblaciones procedentes de otros lugares para habilitar todo el terrazgo y sistema de irrigación con el objeto de producir nuevas tierras de cultivo, resulta sugerente pensar que esa orientación recuerda el origen de la unidad familiar de la casa, estrecha el vínculo entre el cerro tutelar originario y la nueva vivienda. Como ha señalado Nielsen (2006a, 2009) a través del culto y centralidad de las chullpas en el paisaje de los poblados se construiría y legitimaría la filiación de los distintos linajes en torno a los antepasados, así como de la comunidad en relación con sus ancestros. Estos a su vez, legitimarían las reclamaciones y derechos territoriales de estas comunidades. Sea como fuere, lo que demuestra el análisis formal es que en Topaín, además de contar con espacio ceremonial comunitario específico (sector C) (fig. 13), las propias unidades familiares desarrollan sus propios escenarios para la ritualidad. Este fenómeno de ritualización se constata a través de chullpas adosadas o incorporadas a la propia estructura modular de la casa (como en el ejemplo de la vivienda 10S017), de pequeñas mesas en las esquinas interiores o asociadas a una estructura cultual compartida entre estancias con accesos diferenciados. Esta privatización del espacio ideológico y religioso que se da en las unidades domésticas de Topaín es una consecuencia más del valor simbólico de la casa, que cuenta con sus relatos míticos, sus historias y leyendas, sus propios dioses y sus propios rituales, como parece colegirse de la cita de Garcilaso de la Vega que encabeza el presente apartado. La familia es una comunidad de vivos, pero también de muertos. El culto a los antepasados, la evocación de los muertos forman parte del capital simbólico acumulado por la unidad doméstica. Aparte de esta sacralización de la casa, vemos cómo se impone una idea de comunidad sobre las unidades familiares. En este sentido, en Topaín nos encontramos con espacios arquitecturizados claramente ritualizados que ocupan una posición simbólica central dentro del asentamiento. Por ejemplo, las dos chullpas centrales parecen proteger a la comunidad entera. Este es un ejemplo bastante claro de espacio ritualizado integrado en el seno de la comunidad, difícilmente adscribibles a élites o grupos de poder escindidos de la colectividad. TOPAÍN COMO ESCENOGRAFÍA RITUAL El cerro-isla de Topaín, ubicado en la precordillera del río Loa, en una planicie aluvial, continúa siendo un referente simbólico en el paisaje cultural de este territorio. Todavía en la cumbre se pueden ver los restos materiales de ofrendas cerámicas, relacionadas con rituales performativos realizados por las comunidades locales. Estos objetos ritualizados se orientan hacia el volcán de Aguas de León, una de las montañas sagradas vinculadas a la cosmovisión compartida con matices tanto por los habitantes del PIT, como por la población Inka o por la actual comunidad indígena atacameña de Ayquina-Turi (Castro y Aldunate 2003). En el siglo XXI el cerro de Topaín sigue siendo la residencia en la tierra de los abuelos y los comuneros, como nos recordó un vecino en la reunión de presentación del proyecto ante la comunidad, son los legítimos herederos de los abuelos. En este contexto, la Arqueología supone, en cierta medida, una nueva agresión a la naturaleza cultual del cerro de Topaín. Es por ello que toda intervención arqueológica debe tener en cuenta el carácter multidimensional del sitio; éste no es un fósil arqueológico, sino un espacio vivo, repleto de significado. Dentro de estas coordenadas el cerro de Topaín sigue siendo objeto de pagos y cultos. Incluso en la ladera N del yacimiento podemos ver pequeños depósitos de malaquita en grietas de la roca orientadas hacia el Paniri. Esta relación entre cerro y culto es muy propia de estas comunidades atacameñas actuales. Incluso en la tradicional fiesta de la limpieza de canales se desarrollan ofrendas a los cerros tutelares empleando una piedra como trasunto material del Mallku 12. Si Topaín, como otros elementos orográficos de la región, sigue siendo un espacio sacral en la actualidad no debemos obviar que probablemente también lo fue en el PIT. Ya apuntamos temas como la ritualización del espacio doméstico o la existencia de un orden espacial que remite a un modelo topológico concreto. Sin embargo, las evidencias empíricas de mayor calado para sustentar esta hipótesis vienen dadas por la escenografía13 arquitectónica generada por las dos chullpas centrales y por el llamado sector C (fig. 13). En las dos chullpas (una de ellas orientada al cerro León y la otra al propio cerro Topaín) vemos materializada toda una estrategia de monumentalización. En ambas confluyen las dos grandes calles del sector B; su estructura se realza al ubicarse en un punto de amplia visibilidad, pero también al sobreelevarse sobre el propio sustrato rocoso. Se configura así un auténtico panóptico desde el que se observan todos los cerros tutelares. El acceso a las chullpas desde el W es canalizado a través de una línea de piedras que recuerda al deflector presente en muchas unidades domésticas de Topaín. A este respecto, creemos que podemos defender una cierta relación metafórica entre las chullpas y el espacio habitado. De hecho, estas dos estructuras se asientan en un espacio en el que se habilitan muros de contención innecesarios, con una funcionalidad más escénica que práctica. Da la impresión de que estamos ante una versión en miniatura de la arquitectura aterrazada que caracteriza al asentamiento. Por su parte, la arquitectura del sector C se emplaza en la subida a lo alto del cerro, es la zona en la que desemboca el recorrido circulatorio desde los pies del asentamiento (fig. 13). Una característica esencial de este espacio es la presencia sistemática de depósitos de malaquita, que comienzan a aparecer ya en el límite W de la calle principal. Estas ofrendas cupríferas (la comida de los dioses) forman parte de una práctica tradicional de las comunidades preincaicas e incaicas (Pimentel 2009: 29). Este conjunto del sector C nos recuerda, a pequeña escala, a los espacios ceremoniales documentados en el interior del gran asentamiento vecino de Turi: grandes espacios rectangulares abiertos que preceden a estructuras normalmente de planta oval con acceso restringido y orientado hacia estructuras cultuales (habitualmente chullpas en el caso de Turi; en González 2014). El análisis de accesos muestra una voluntad clara del control de la circulación por este espacio ceremonial. De entre todas las estructuras destaca por su carácter aislado y calidad en la construcción, la edificación 10S123. Cuenta con una puerta monumental y un vano claramente orientado al Paniri. Sector C del pukara de Topaín, en el ascenso a la cumbre del cerro. Al W de este conjunto arquitectónico, sobre el punto más alto, se define en planta una estructural cultual de planta rectangular, subdividida en dos estancias, con una orientación clara hacia el cerro León. Parece vincularse al modelo formal de los muros y cajas propio de las regiones del Loa Medio y la subregión del río Salado y que algunos autores vinculan con vías de circulación prehispánicas (Sinclaire 1994; Berenguer 2004; Pimentel 2009; Urbina 2010). Esta variabilidad de formas arquitectónicas cultuales documentada en el asentamiento de Topaín pone de manifiesto los procesos de interacción cultural que tuvieron lugar en esta zona de frontera en el PIT. Por otro lado, nos permite volver sobre un tema ya abordado con anterioridad: la materialización de la etnicidad. En este sentido queda por dilucidar si Topaín es un poblado multiétnico o un asentamiento nuevo fundado por comunidades del altiplano que se apropian de nuevas tierras de cultivo en una zona de tránsito natural como es ésta. Sea como sea, la arquitectura performativa de Topaín se puede relacionar con un claro proceso de territorialización por parte de comunidades campesinas que construyen un paisaje cultural a partir de los cerros tutelares, los recursos hídricos y las terrazas de cultivo (fig. 14). Finalmente, el carácter de escenografía ritual que parece vislumbrarse en Topaín se incentivó, paradójicamente, con su abandono como espacio habitacional. Así pues, hemos registrado ejemplos más que significativos de clausura intencional de vanos (tanto puertas como ventanas) en unidades habitacionales, espacios comunales y estructuras cultuales. Sirva de ejemplo paradigmático el caso de la casa con deflector 10S017 el sector A. Sus dos vanos fueron sellados, mientras que en el centro del suelo ocupacional se depositó una escudilla tipo Dupont con cenizas en un agujero marcado por una pequeña laja hincada. Sobre esta estructura se ubica el derrumbe interno de los paramentos murarios. Rituales de abandonos de espacios domésticos de este estilo se documentan en numerosas sociedades premodernas, variando desde el incendio ritual de la casa que se abandona hasta el sellado simbólico de puertas y ventanas. Sistema hidráulico y terrazas de cultivo documentadas en el entorno del asentamiento de Topaín (éste señalado con un círculo). VALORACIÓN FINAL: REPENSANDO TOPAÍN No cabe duda de que una reflexión o una investigación sobre el origen de la desigualdad, en el sentido en que las sociedades primitivas son precisamente sociedades que obstaculizan la diferenciación jerárquica, puede suscitar una reflexión sobre lo que sucede en nuestras sociedades. (P. Clastres: La sociedad contra el Estado). Los paisajes arqueológicos muestran la forma de estar en el mundo de las comunidades que lo habitaron y lo construyeron a lo largo de la historia, sus relaciones sociopolíticas, pero también, como un palimpsesto, son el resultado final de procesos recurrentes y cíclicos en los que son continuamente alterados y reinterpretados (Thomas 2001: 173). Las relaciones sociales, la práctica diaria (habitus sensu Bourdieu 1997) la negociación constante, la experimentación del espacio y del tiempo, la gestión de la memoria y el olvido son procesos espacializados y materializados en esa construcción social, cultural y política, en esa performance de la vida social que es el paisaje (Bender 1993: 111). El cerro de Topaín es el elemento vertebrador de todo un paisaje cultural orientado a la producción agraria en un difícil nicho ecológico. Para garantizar la supervivencia de la comunidad se desarrolló toda una impresionante arquitectura hidráulica (fig. 14), pero también se construyó un poblado en altura, fortificado mediante una arquitectura orgánica que une inextricablemente comunidad, emplazamiento, cerros tutelares y dioses. El yacimiento, por tanto, se vincula con el proceso de territorialización de una comunidad campesina, un proceso probablemente conflictivo y truncado con la llegada del Imperio Inka. Los grupos humanos asentados en Topaín configuraron colectivamente toda una escenografía arquitectónica, levantaron un poblado monumental para ver y ser visto, sancionado simbólicamente con espacios comunitarios cultuales como el sector C. El trabajo comunitario que se deduce del ingente esfuerzo para edificar terrazas de cultivo y habitacionales hace prevalecer el todo social por encima de las unidades familiares del asentamiento. Este valor colectivo se acompaña de un modelo arquitectónico doméstico compartido por la comunidad, sancionado por una determinada tradición cultural. El modelo de casa-tipo identificado en nuestro trabajo puede actuar como indicador material de la etnicidad de la comunidad aquí asentada. La vivienda con deflector y el fenómeno chullpario son argumentos que redundan en un posible origen altiplánico de esta población. Siempre se ha concebido Topaín como un asentamiento agropastoril secundario, satélite, formado por gente dependiente, mera ejecutora de procesos productivos controlados por otros. Nunca se plantea la posible existencia de comunidades autogestionadas, al margen de poderes alóctonos, de centros y lugares centrales. Igual que la extinta vega de Topaín era un archipiélago en un mar de puna y arena, también esta comunidad podía ser un archipiélago en medio de sociedad estatales o encaminadas hacia el Estado. A este respecto, nuestro análisis arqueotectónico pone de manifiesto un proceso no detectado hasta el momento. A pesar del peso de la tradición y de los valores comunitarios, se atisba en Topaín una emergente división social, síntomas materiales claros de una jerarquización interna. Esas casas complejas nos hablan de unidades domésticas con mayor capacidad de producción, almacenamiento y redistribución, de viviendas que acumulan también un notable capital simbólico dentro del poblado. Esta realidad doméstica que hemos podido esbozar en las presentes páginas abre el camino para plantear la posibilidad de la aparición de élites locales en esta zona de la puna atacameña en la fase final del PIT. Estos grupos jugarían un papel sustancial en la configuración del nuevo modelo de ocupación del territorio por parte del Imperio Inka. Por ahora no existen evidencias de una conquista violenta de esta región, por lo que resulta factible una asimilación de estos jefes locales, clave en la renegociación de la identidad y en la instauración de un nuevo orden social. Este fenómeno de división social atisbado en Topaín alcanza su pleno desarrollo en el vecino asentamiento de Turi, en donde el espacio doméstico muestra claramente las diferencias de status socioeconómico entre unidades familiares. Finalmente, nuestro trabajo ha intentado mostrar el papel fundamental jugado por Topaín como escenografía ritual. Parafraseando a Neruda, este lugar es una residencia en la tierra, no sólo de una comunidad, sino también de los dioses. Sin abordar el proceso de ritualización de este espacio doméstico seguiremos corriendo el riesgo de acercarnos a un registro arquitectónico complejo partiendo de ideas preconcebidas y de enfoques que buscan analizar Topaín desde otros sitios y desde otros horizontes. Como decíamos al principio, recuperar el sentido de lugar de Topaín, desde su propia materialidad, es el objetivo marcado por nuestro proyecto. Y para alcanzarlo, el análisis arqueotectónico y el análisis sintáctico son herramientas útiles para generar conocimiento sobre la lógica social que sustentó esa escenografía. Hemos empleado el programa AGRAPH (Manum, Rusten y Benze 2005) para elaborar los mapas de accesibilidad y el cálculo de relaciones espaciales. Los índices numéricos manejados para cada estancia son TD (profundidad total), MD (profundidad específica), RA (asimetría relativa), i (valor de integración) y CV (control de valor). Aquellas estructuras que tengan un índice CV más elevado ejercen dominio y control sobre el espacio, a diferencia de las que poseen índices bajos. Mientras un bajo valor de RA indica una alta integración espacial, es un alto valor de i el que indica también una alta integración espacial. Como se puede apreciar, los deflectores y recibidores son esenciales en el control de la permeabilidad de los espacios. Sector B2 (Casa compleja)
Las residencias Moches: un primer análisis de la sintaxis espacial en las huacas del Sol y de la Luna, Perú Este trabajo muestra las primeras aproximaciones obtenidas del uso de la sintaxis espacial en viviendas del tipo residencial en la antigua ciudad Moche (s. VII-IX d. Los estudios realizados en el sitio de huacas del Sol y de la Luna han permitido entender que durante los últimos siglos de ocupación, el sistema teocrático colapsó y se inició un cambio hacia un nuevo sistema político e ideológico por parte de las nuevas elites gobernantes. Los análisis realizados han permitido entender la lógica del espacio construido en tres viviendas complejas y que muestran un alto entendimiento de jerarquía y distribución espacial por parte de sus antiguos habitantes. Evidentemente el uso de la Arqueología de la Arquitectura en sociedades como la Moche necesita mayores estudios, puesto que, estas viviendas presentan divisiones internas muy complejas, donde la unidad espacial no siempre funciona de manera independiente, sino que en muchos casos se articulan con otras constituyendo un espacio funcional complejo. La sociedad Moche o Mochica integró un espacio de más de 500 kilómetros a lo largo de la costa norte de Perú. El territorio mochica estuvo conformado al norte por el sistema de grandes valles: el valle alto de Piura, el sistema de valles del bajo Lambayeque y Jequetepeque; mientras al sur —como una sola unidad— por los valles de Chicama, Moche, Virú, Chao, Santa, Nepeña (Castillo y Uceda 2008) y las periferias sureñas en los valles de Casma, Culebras y Huarmey (Giersz 2011). Como la mayoría de sociedades costeras, los Moche se adaptaron con éxito al ambiente desértico, donde los recursos marítimos estaban combinados con una agricultura avanzada, basada en técnicas de irrigación que permitieron transformar el desierto en campos de cultivo (Canziani 2012). Para ello, construyeron grandes asentamientos urbanos ceremoniales en cada valle, constituidos por edificios públicos y una red urbana altamente planificada. Además, la organización social tenía una estratificación compleja, representada por sacerdotes y guerreros (Castillo y Rengifo 2008). La ciudad de las huacas del Sol y de la Luna fue el asentamiento urbano ceremonial más importante del territorio sureño (Figura 1). Ésta se asienta en la parte baja del valle de Moche, a pocos kilómetros al sureste de la actual ciudad de Trujillo (Perú). Las recientes investigaciones han permitido establecer dos grandes periodos en la secuencia ocupacional del sitio, denominados: estado teocrático, entre los orígenes —aún no precisos— hasta el 650 d. Plano general de ubicación del Complejo Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna. Los primeros reportes sobre contextos urbanos en el sitio se remontan a 1899. El alemán Max Uhle (1998, 2014 ), a pesar de no realizar excavaciones, hace hincapié en la presencia de un antiguo pueblo en la explanada que separa los grandes edificios. Años después, a mediados del siglo pasado, Schaedel (1972) propuso un modelo teórico de desarrollo del urbanismo andino desde los centros ceremoniales vacíos hasta la aparición de las ciudades con la influencia Wari. Schaedel planteaba que en la explanada no existía ningún tipo de arquitectura que caracterizara a un núcleo urbano, por el contrario ésta era un área dedicada exclusivamente al peregrinaje religioso. Esa idea se mantuvo hasta la década de los 70, momento en que en el marco del Proyecto Chan Chan-Valle de Moche se excavan los primeros conjuntos residenciales al sur de huaca de la Luna (Topic 19771; Pozorski y Pozorski 2003). Estos datos fueron empleado por Topic para plantear una división de la arquitectura doméstica, a partir de las técnicas y materiales de construcción, disposición y contexto del material asociado. Para Topic la arquitectura doméstica mochica era de tres tipos: arquitectura de bajo estatus, que se caracterizaría por presentar pequeños ambientes sin enlucir, con pisos desnivelados, muros de canto rodado y quincha, así como la presencia de cerámica burda; arquitectura de estatus intermedio, caracterizada por ser viviendas de mayor tamaño, con muros de piedra y adobe con enlucidos, además de presentar cerámica fina; y la arquitectura de alto estatus, caracterizada por construcciones muy elaboradas con presencia de almacenes que indican el gran control del espacio y bienes domésticos. Posteriormente, el Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna, a partir de un convenio de cooperación académico-científico con la Universidad de Montreal, inicia las excavaciones en la planicie en 1995, cuyos primeros resultados pusieron en evidencia que realmente existía una vieja ciudad Moche. Se trataría de una desarrollada red urbana compuesta por unidades arquitectónicas que corresponderían a residencias de élite, sitios de producción artesanal, sectores administrativos, áreas públicas y vías de circulación (Chapdelaine, Uceda, Moya, Jaúregui y Uceda 1997). No sería hasta el año 2003 en que las propuestas de Topic serían descartadas, ante la evidencia que un sólo conjunto arquitectónico presentase las características de los tres tipos descritos por la autora. De esta manera, se sugería que todas las viviendas registradas en la planicie corresponderían a residencias de élite (Chiguala, Gamarra, Gayoso, Prieto, Rengifo y Rojas 2012). Ese mismo año, se introduciría el estudio de la dinámica ocupacional, el cual consistía en entender el uso sincrónico de los diversos ambientes y el sistema de comunicación entre estos (Bourget 2003); así mismo se definió la primera vivienda multifuncional, conocido como: bloque arquitectónico 1 (cuyo concepto es definido más adelante). Durante los años siguientes se definieron otros tres bloques arquitectónicos o manzanas (Chiguala, Almonacid, Orbegoso, Rojas y Sandoval 2006; Seoane, Campaña, Castillo, Chumbe, Mejía y Gamboa 2010; Gayoso 2010). Uno de los aportes significativos fue las diferencias funcionales entre los bloques 1 y 2 (sector central) y los bloques 3 y 4 (ubicados en el sector norte). Los bloques del sector central se caracterizaban por presentar talleres artesanales (taller orfebre, taller de abalorios de piedra y taller de abalorios de cerámica); además de áreas administrativas, residenciales y de servicios a pequeña escala. En cambio, los bloques del norte presentaban grandes patios centrales, rodeados de áreas de producción a gran escala de alimentos y/o bebidas; lo cual sugería que eran espacios destinados a la realización de festines (Seoane, Campaña, Castillo, Chumbe, Mejía y Gamboa 2010). El uso de la dinámica ocupacional como herramienta de análisis espacial se mantendría hasta tener los primeros contactos con los precursores de la Arqueología de la Arquitectura (en adelante AAr) en el año 2008. La AAr es una disciplina de la Arqueología que ha desarrollado una estrategia de investigación centrada en el estudio de los espacios culturales construidos, que se centra, por ejemplo, en el análisis de la concepción territorial, la forma de conceptualización del espacio y construcción del paisaje generados por las diferentes sociedades extintas (Mañana, Blanco y Ayán 2002). Ésta disciplina se ha centrado en estudiar las construcciones históricas con una metodología arqueológica, pero aportando modelos analíticos y herramientas metodológicas que contribuyen significativamente al estudio de las diferentes dimensiones del espacio construido. En el corpus metodológico de la AAr destacan el estudio de estratigrafía de paramentos y las herramientas analíticas aplicadas al estudio del espacio arquitectónico. En este último caso destaca el análisis sintáctico del espacio que contempla los análisis de accesibilidad, de visibilidad y de recorrido circulatorio (Hillier y Hanson 1984). A partir de estas bases teóricas, se utilizan conjuntamente tres métodos analíticos: el análisis constructivo, el análisis formal y el análisis sintáctico. El entendimiento de la configuración espacial y la jerarquización de los espacios urbanos construidos por la sociedad Moche desde esta perspectiva sintáctica empezó a dar sus primeros resultados en los últimos años por egresados de la Universidad Nacional de Trujillo (Meneses, Castillo, Figueroa, García, Gómez, Torres, Velásquez y Villanueva 2011; Meneses, Castillo, Torres, Ríos, La Rosa, Santisteban y Zuñiga 2012; Castillo 20122; Rojas y Mejía 2013; Castillo, Mejía, Avalos, Paredes, Pérez, Rodríguez, Samaniego, Villanueva y Chávez 2015), siendo las tres últimas referencias, las más completas hasta el momento en emplear la sintaxis espacial. En este artículo, se presentan los resultados del análisis realizado en tres de doce subconjuntos, en el marco de la tesis de licenciatura del autor sobre el uso del fuego en la sociedad Moche (Castillo 20123). Estos espacios presentan un patrón funcional recurrente (áreas residenciales), cuyos análisis permiten tener un primer alcance de los resultados que se pueden obtener en contextos urbano-domésticos Moche. Las áreas residenciales son viviendas cuya estructura interna presentan patio con banqueta, áreas de descanso, depósitos y cocina. Estas fueron habitadas por personas de la élite urbana Moche hasta mediados del siglo IX. LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA. ASPECTOS TEÓRICOS Y METODOLÓGICOS Estudiar la espacialidad humana en Arqueología y, en general, aproximarse a la interpretación del registro arqueológico en la Arqueología del Paisaje resulta todo un reto. El concepto de espacio supera la consideración formalista como algo que viene ya dado, como una realidad estática de orden físico y ambiental, no es sino "una construcción social, imaginaria, en movimiento y enraizada en la cultura, hallándose en estrecha relación pensamiento, organización social, subsistencia y uso del espacio" (Mañana, Blanco y Ayán 2002: 28). Éste es uno de los objetos fundamentales de la investigación arqueológica y de su concepción dependen las técnicas analíticas que se empleen. Para Criado (1999) el paisaje como producto social están conformado por tres tipos de elementos: (1) El espacio en cuanto al entorno físico o matriz medioambiental sobre la que los hombres realizan sus actividades. (2) El espacio en cuanto entorno social o medio construido por el ser humano, en el que se producen las relaciones entre individuos y grupos. (3) El espacio en cuanto entorno pensado o medio simbólico que ofrece la base para comprender la apropiación humana de la naturaleza. La investigación arqueológica ha girado en torno a dos conceptos básicos de espacio: el espacio tridimensional (que deriva en estudios gramaticales y semánticos) y el espacio como experiencia vital (que deriva en estudios de la percepción) (Bermejo 2009). Ambos conceptos han formado los pilares de estudio que han dado forma a la denominada Arqueología de la Arquitectura. El espacio construido o espacio arquitectónico es definido como "un producto humano que utiliza una realidad dada (el espacio físico) para crear una realidad nueva: el espacio habitacional y, por consiguiente, social, a la que se confiere un significado simbólico" (Ayán 2003: 18). El espacio construido se muestra como el producto o efecto de la acción social, cuya forma arquitectónica está interrelacionada con variables sociológicas como la familia, el estilo de vida, la solidaridad inter grupal o el sistema de poder. El espacio construido constituye el paisaje cultural en sentido amplio, que participa de lleno en la construcción del aparato simbólico, el imaginario colectivo y las prácticas rituales de la comunidad que lo construye y habita (Mañana, Blanco y Ayán 2002). Por otra parte, la arquitectura es entendida como "la manipulación antrópica de un espacio dado mediante técnicas constructivas que varían a lo largo del tiempo atendiendo a factores sociales, culturales y económicos" (Ayán 2003: 14). Este concepto, desarrollado por la AAr, permite entender como ésta se relaciona tanto con su entorno físico como con la sociedad que la genera; siendo la forma fruto de una idea o percepción compartida por la colectividad de individuos de una sociedad, relacionada con los códigos de uso y percepción del espacio, y esquemas de pensamiento. Estudiar la arquitectura no solo implica estudiar la forma, sino también la función social, para a partir de ella comprenderla como un fenómeno social. Para Ayán (2003: 17) la arquitectura es "una tecnología y herramienta básica para la reproducción social, un catalizador y a la vez producto de la acción social, una herramienta cultural que construye el paisaje social". Esto implica que la arquitectura es un reproductor de la racionalidad de una sociedad generando una estructura y relación espacial que refleja una determinada lógica social. Las formas producidas (elementos muebles e inmuebles) por la acción social pretérita y que muestran la orientación específica del contexto socio-cultural (o pensamiento) hacia la realidad circundante forman el registro arqueológico (Criado 1993). Además, Criado señala que en la formación de este registro intervienen tres diferentes instancias: una social que produce las formas originales; otra física que afecta a esas formas una vez producidas; y otra socio-institucional que las hace accesibles a través de la práctica interpretativa realizada en un determinado contexto socio-institucional. Estas formas son interpretadas por la arqueología como cultura material dentro de los procesos socio-culturales. En efecto, las estructuras arquitectónicas son parte de los yacimientos arqueológicos, un elemento más de la cultura material. Estas son estructuras vivas, dinámicas, que cambian y evolucionan a lo largo del tiempo; además de poseer un valor urbanístico, social y funcional tan importante como su papel como documento histórico y objeto arqueológico. De esta manera guarda una gran importancia, que implica el compromiso de conservar nuestro pasado, que en palabras de Luis Caballero (2009: 18): "No es el patrimonio material lo que es de todos, por más que deba de serlo en cierto modo, son sus significados y nuestro derecho a reflexionar sobre los mismos y desde ellos sobre nosotros...". Para cumplir con los objetivos del estudio se han empleado tres análisis importantes: análisis arquitectónico, que consiste en resumir las descripciones arquitectónicas y posibles funciones de los diferentes espacios registrados durante la penúltima ocupación o piso 2. El análisis sintáctico, consiste en la aplicación de la spacesyntax o sintaxis espacial e interpretar los valores numéricos obtenidos con el uso de Agraph (Bermejo 2009). Finalmente el análisis de actividad y uso, y de dieta, el primero consistió en revisar la distribución de la cerámica en relación directa con las unidades espaciales y espacios funcionales donde se producen o son empleadas, teniendo como base el trabajo de Uceda (2010); mientras el segundo se centró en análisis general de la dieta, a partir de los restos óseos agrupados en peces, aves y mamíferos. Se han recuperado otros tipos de cultural material (restos malacológicos, vegetales, utillaje lítico, restos de metal y textiles); sin embargo, la muestra es muy pequeña y no está presente en todas las unidades espaciales o espacios funcionales, lo cual dificulta tener un buen análisis comparativo. Estos análisis estadísticos permiten tener una mejor óptica de los contextos arquitectónicos, de esta manera se emplean las tres herramientas que permiten entender el espacio construido y obtener una mejor interpretación de los datos o PSEUDO-SIG (Bermejo 2009). LOS ESPACIOS EN LAS HUACAS DEL SOL Y DE LA LUNA Desde los inicios en 1991, el Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna ha desarrollado una serie de conceptos operativos para definir sus espacios arquitectónicos, algunos de carácter arquitectónico y otros netamente funcionales. Las investigaciones, conforme avanzaban, adaptaron nuevos conceptos, producto del trabajo sistemático realizado por parte de estudiantes de pre-grado. Es importante hacer hincapié, que los diferentes conceptos alcanzados a continuación provienen de las diferentes excavaciones realizadas en los últimos pisos de ocupación del núcleo urbano. Se conoce —a la fecha— la existencia de trece pisos de ocupación diacrónicos, es decir, trece ciudades superpuestas, de las cuales sólo se ha excavado una décima parte de lo que serían las dos últimas. En 1995 cuando se inician las investigaciones en el núcleo urbano, se definió como ambiente "la unidad de registro base para la localización de los vestigios" (Chapdelaine, Uceda, Moya, Jaúregui y Uceda 1997: 73). El concepto ambiente (en adelante A) es utilizado en los trabajos de campo para definir cada unidad espacial delimitada por muros y en algunos casos puede presentar uno o varios vanos de acceso, posteriormente, tras los análisis de gabinete se le asocia una función determinada. Desde la perspectiva del presente estudio, el concepto de unidad espacial (UEsp) se aplica para los análisis interpretativos de los ambientes registrados al interior de cada conjunto arquitectónico urbano (Figura 2). La UEsp es tomada en cuenta como la unidad fundamental de análisis, deriva del concepto de límite como elemento separador, destinado a definir una región o espacio y segregarlo de aquello que se le denomina espacio indiferenciado (Bermejo 2009). La segregación posibilita un encuentro social con un grado diverso de accesibilidad, respecto al espacio indiferenciado o a otras unidades espaciales. El límite de la unidad espacial es crear una discontinuidad fundamental que se relaciona con el resto de la organización espacial, a través de la permeabilidad. Los análisis realizados en este trabajo, permiten generar un nuevo concepto al entendimiento funcional de los espacios urbanos Moche: el espacio funcional (EsF). Este es un espacio delimitado por muros donde se realiza una determinada actividad, conformado por una o varias unidades espaciales o ambientes; además se encuentran articulados con otros espacios funcionales a través de uno o varios accesos. La revisión de las diferentes UEsp estudiadas, permite observar recurrencias lógicas en su modelización arquitectónica. Estas recurrencias sugieren dos tipos diferenciados: espacio funcional independiente y espacio funcional complejo (Figura 2). Esquema de los espacios construidos en el núcleo urbano Moche. La UEsp sombreada corresponde al ambiente 35-2 y que a su vez correspondería a un espacio funcional independiente.El espacio funcional complejo corresponde a una serie de ambientes ubicados al noreste de la AR3. El conjunto arquitectónico sombreado corresponde a un área de servicios CA35-SC2). Finalmente el bloque arquitectónico sombreado es el primer bloque identificado en la temporada 2003 por Chiguala y colaboradores (2012). El espacio funcional independiente (EsFI) se caracteriza por estar conformado por una sola unidad espacial. Un ejemplo se puede observar en la antesala (A30-30) del área residencial 1. El espacio funcional complejo (EsFC), en cambio, se caracteriza por presentar varias unidades espaciales que se complementan y forman parte de una actividad compleja, un ejemplo en la misma área residencial lo conforma los almacenes (A30-23, A30-24, A30-25 y A30-27). El análisis general de las unidades espaciales, permite identificar siete tipos de espacios funcionales (independientes o complejos), estos son: almacén, patio, cocina, antesala, dormitorios, taller y área ritual. El almacén se caracteriza por presentar varios depósitos articulados por un eje de circulación menor (pasadizo). El depósito es un espacio pequeño y cerrado empleado para guardar bienes de forma temporal o permanente; estos pueden estar agrupados o aislados complementándose a otros tipos de espacios funcionales. En algunos casos, los depósitos fueron empleados como espacios para almacenar los residuos producidos al interior de las residencias, convirtiéndolos en botadero. El patio es un espacio amplio sin techo o semi-techado, construido para albergar un determinado aforo de personas que se congregaban para distintas reuniones, celebraciones o para la ingesta de alimentos. Este puede presentar una o más banquetas, así como depósitos anexos a manera de encajonamientos. Las banquetas (B) son pequeñas plataformas que funcionaban como asientos o tarimas hechas de adobes. La cocina es un espacio funcional complejo equipado para la preparación y transformación de alimentos y/o bebidas. Éste se caracteriza por estar conformado por varias unidades espaciales que cumplen una determinada función. La cocina puede presentar tres grandes áreas: área de almacenamiento, área de preparación de alimentos y área de cocción de alimentos. En el caso de las áreas de preparación de alimentos, estos deben presentar batanes y manos de moler o banquetas altas como tarimas. Las áreas de cocción se puede dividir en tres categorías: (1) áreas de cocción para transformación de alimentos, las cuales deben contar en sus asociaciones con restos de alimentos, en especial dentro o cerca de las estructuras de combustión (fogones). Lamentablemente no se cuenta con una información muy fina en el registro arqueológico que permita tener un análisis más detallado sobre la distribución de vestigios o micro vestigios al interior de cada espacio (Figura 3). (2) Áreas de cocción para preparar chicha, las cuales deben estar asociados con grandes tinajas para su fermentación. (3) Áreas de cocción de objetos cerámicos, asociada a restos de estos objetos como desechos de cocción, a menudo recocida o mal cocida. Vista norte-sur de una compleja cocina (área residencial 2), conformada por un área de cocción y un área de preparación de alimentos (Foto: PAHSL). Otros espacios recurrentes son: la antesala, que funciona como eje de circulación a interior de cada residencia. El dormitorio es un espacio empleado para el descanso y se caracteriza por presentar banquetas altas. El taller es el espacio donde se realiza un trabajo manual o artesano y el área ritual es un espacio donde se realizan actividades religiosas/rituales como el entierro de familiares. Por otra parte, arquitectónicamente las UEsp pueden estar conformando espacios mayores conocidos como: conjunto arquitectónico (CA). El CA es "aquel que posee un acceso diferenciado y directo a un callejón. Sin embargo, algunos de ellos presentaban uno o dos subconjuntos, pues compartían un mismo acceso desde una especie de vestíbulo" (Uceda 2004: 110). En teoría el conjunto arquitectónico es un término arbitrario que permite llevar el registro arqueológico de una determinada vivienda urbana (Figura 2). El termino bloque arquitectónico fue empleado por primera vez en el año 2003 por Chiguala y coautores (2012) (Figura 2). Esto llevo a Uceda (2004: 110) a sugerir que "Varios conjuntos pueden formar un bloque o manzana, el cual está delimitado por callejones, de la misma manera que el sistema moderno". Más adelante, añadiría que los bloques "están delimitados básicamente por ejes de circulación como callejones, avenidas o espacios abiertos, que se han definido como plazas" (Uceda 2010: 264). Según Uceda cada conjunto era una sub-entidad espacial de cada bloque y que se comporta como unidades complementarias a las que denomina 'áreas de actividad'. Este concepto funcional es aplicado al conjunto en general, según Uceda existen ciertas características para definirlas, por ejemplo: las áreas de residencia tienen que poseer patios con banquetas, área de cocina, depósitos y espacios que debieron funcionar para descanso (dormitorio). Las áreas de servicio deben presentar principalmente grandes fogones (fg) asociados a grandes tinajas, posiblemente para preparar chicha, también deben contar con espacios para comer y descansar. Las áreas administrativas poseen patios sin banquetas con espacios para depósitos y descanso. Finalmente las áreas de producción artesanal deben presentar de uno o dos espacios con evidencias de tal producción a gran escala. El presente estudio se centra en analizar tres residencias ubicadas en el sector central del núcleo urbano (Figura 4), descartando otros bloques por no presentar rasgos arquitectónicos que los definan; como en el caso de los bloques del norte que presentan espacios mejor comunicados con accesos directos a las vías de circulación. Plano delos bloques arquitectónicos 1y 2, donde se pueden apreciar las sub-entidades o "áreas de actividad". El bloque 1 conformado por: A) área administrativa (CA27-SC1), B) área de servicios (CA27-SC2), C) taller orfebre (CA27-SC3), D) área residencial (CA30-SC1) y E) área de servicios y celebraciones (CA30-SC2). El segundo bloque conformado por: F) área residencial (CA35-SC1), G) área de servicios (CA35-SC2), H) área residencial (CA17-SC1), I) taller lapidario (CA17-SC2), J) área administrativa (CA21-SC1) y K) taller alfarero (CA21-SC2). El arquitecto José Canziani (2003), considera que el sitio huacas del Sol y de la Luna tiene los atributos que permiten establecer la trascendencia de un centro urbano del nivel de ciudad. En efecto, este centro urbano está conformado por una serie de elementos arquitectónicos que la han llevado a considerarla como tal. El sitio está compuesto de dos grandes edificios públicos: la huaca de la Luna y la huaca del Sol, mientras en la explanada que separa a ambos edificios se desarrolló un conjunto de residencias del tipo multifuncional denominado núcleo urbano Moche. El núcleo urbano, corresponde a una trama urbana que exhibe ciertos niveles de planificación, a partir de la presencia de espacios públicos y vías de circulación, quienes además delimitan a los bloques arquitectónicos o manzanas. Las vías de circulación, presentes en el sitio han sido clasificadas en tres tipos: plazas, calzadas y callejones (Uceda 2013). Las plazas articulaban la red de callejones, tenían un carácter público donde se desarrollaron actividades de intercambio de bienes, culto u otras aún desconocidas. Por otro lado, las calzadas o avenidas son vías de alto recorrido y desde donde se articulaban las demás vías menores como los callejones. La ciudad Moche, cuenta hasta la fecha con tres calzadas claramente identificadas que podrían estar sectorizando la ciudad. Las diferentes investigaciones han mostrado que las vías de circulación mayor como las calzadas presentaban una red de canales que permitían el abastecimiento de agua para el consumo humano o para los talleres artesanales presentes en la ciudad. Los diez callejones identificados se distribuyen en su mayoría de este a oeste y parten de la calzada 1 y convergen en espacios abiertos como las plazas. Es muy posible la presencia de barrios, conformados por varios bloques arquitectónicos y plazas. Un ejemplo claro —hasta la fecha— se observa en el sector central, posiblemente la calzada 1 y los callejones 1, 2 y 7 estarían delimitando un espacio mayor. La huaca de la Luna está asentada sobre la ladera oeste del cerro Blanco y estaría conformada por dos templos, utilizados en dos periodos diferentes de la ocupación Moche del sitio, denominados: el templo viejo y el templo nuevo. El templo viejo es el de mayor tamaño y fue construido durante el primer periodo de ocupación (estado teocrático), presenta un eje mayor de norte a sur y está compuesto por una pirámide trunca escalonada conformada por cinco edificios superpuestos, construidos a diferentes épocas, uno sellando al anterior (edificios F, E, D, BC y A [siendo F el más temprano]). Internamente se han identificado una gran plaza ceremonial donde se congregaba un alto número de feligreses que se reunían para observar las ceremonias relacionadas a rituales privados de sacrificio humano al este del templo (Castillo, Mejía, Avalos, Paredes, Pérez, Rodríguez, Samaniego, Villanueva y Chávez 2015). El templo nuevo está ubicado al noreste del templo viejo, es el templo más pequeño y está conformada por una plataforma con un sistema de rampas, cuyo altar principal se encontraba en la cima. Este templo fue construido durante los últimos ciclos de ocupación Moche (periodo secular) y es contemporáneo con la huaca del Sol. Este último es el edificio más grande del complejo, se ubica cerca del río Moche, a pesar que las investigaciones aquí son escasas, a partir de las formas arquitectónicas y recurrencia con huacas lambayecanas tardías, Uceda (2008) sugiere que este edificio no era un templo, sino un palacio. El área residencial 1 El área residencial 1 (AR1) se encuentra en el lado noreste del bloque arquitectónico 1, abarcando un área total de 235,01 m2 (Figura 4 y 5). Limita por el norte con el callejón 2, por el este con la calzada 1, por el sur con el corredor sur y por el oeste el CA30-SC1. Plano de planta de la penúltima ocupación del área residencial 1. El ingreso a esta residencia se conseguía desde la calzada 1, a través de un estrecho corredor ubicado al sur (espacio indiferenciado). Este acceso presenta un umbral alto (algo común en esta sociedad; el cual le da una mayor permeabilización a las residencias). Al ingresar a la vivienda un espacio cuadrangular a manera de antesala (A30-30) segrega el acceso al interior, a través de dos accesos. El primero ubicado al este, de umbral alto, conecta al A30-31; el cual se caracteriza por presentar una banqueta con una tinaja, sugiriendo su función de área de descanso (dormitorio). El segundo acceso (al norte) de manera directa se ingresaba a un pequeño patio (A30-26); el cual articulaba por el norte, a través de un estrecho pasadizo (A30-26x) hacia un área para la cocción de alimentos o cocina (A30-22) con depósito (A30-22x); el cual presenta dos pequeños fogones (fg4 y fg5). El diagrama de permeabilidad permite observar que esta residencia presenta un recorrido asimétrico y no distribuido (Figura 6A), cuyos resultados analíticos obtenidos en Agraph (Figura 7) permite observar que el valor de control (CV) más alto lo presenta el A30-25 (CV3), puesto que este articula a otros depósitos y se convierte en el espacio con mayor control. La antesala (A30-30) es el segundo espacio controlador (CV2), los espacios controlados son el patio (CV1), el área de cocción de alimentos y el resto de espacios (como los depósitos). Gráficos justificados del análisis gamma: A) área residencial 1, B) área residencial 2 y C) área residencial 3. Tabla con los valores numéricos de los análisis aplicados en las tres residencias del núcleo urbano Moche. El índice de integración (i) más alto lo registramos en el patio (i5), seguido por el depósito/antesala (i4). El resto de unidades espaciales tienen un índice bajo (i2), que sugiere que la residencia presenta una integración compleja de circulación; sin embargo el espacio más restringido estaría conformado por el pequeño depósito (A30-22x) ubicado en la cocina. El índice de profundidad (MDn) más bajo lo presenta el patio (A30-26), lo cual lo convierte en el espacio más integrado, cuyo acceso no presenta restricciones además que articula a dos espacios funcionales complejos. El análisis del material cerámico (Figura 8) indica que el material recuperado para la producción de chicha es la más abundante (58,5%), seguido por el material de uso doméstico (19%), ritual (15,6%), producción de textil (5,1%) y en menores proporción los ornamentos de distinción social (0,9%), producción de cerámica y producción de metal (0,4% respectivamente). El análisis de la dieta a partir de los restos óseos (Figura 9), señala un predominio de los restos de mamíferos (71,2%), cabe indicar que las especies más representativas son la Lama sp.'llama doméstica', la Otaria sp.'lobo marino' y la Cavia porcellus 'cuy'. En segundo lugar se ubican los peces con 27,7%, entre estos destacan la Merlucciusgayi 'merluza', Sardinopssagaxsagax 'sardina' y el Paralonchurusperuanus 'suco'; y en menor proporción las aves con 1,1%, de las cuales destaca la Phalacrocoraxbougainvilli 'guanay'. Análisis cerámico según la actividad y uso en las tres residencias del núcleo urbano Moche. La casa como herramienta de construcción de la etnicidad Análisis de dieta, a partir de los restos óseos de peces, aves y mamíferos en las tres residencias del núcleo urbano Moche. El área residencial 2 Limita por el lado norte con el CA17-SC2, por el este con la calzada 1, por el sur con el callejón 2 y por el lado oeste con CA35-SC2. Plano de planta de la penúltima ocupación del área residencial 2 El único acceso a esta residencia se ubica al suroeste, se trata de un acceso abierto, a través de un pequeño corredor que permite la comunicación desde la calzada 1, a través del callejón 2 (espacio indiferenciado). Este acceso conduce a una antesala (A35-8) desde dónde se ingresa, a través de un vano de umbral alto, hacia un pasadizo (A35-6) con una hornacina en el muro oeste. Este espacio permeabilizaba el ingreso a dos espacios funcionales distintos. El primero, ubicado al norte conforma un área ritual (A35-5a y A35-5b), destinado a actividades litúrgicas, a manera de templo familiar para enterrar muertos, a juzgar de las evidencias de tumbas registradas en las diferentes ocupaciones (Tello y Delabarde 2008). El otro acceso conducía a un pequeño patio (A35-1a), el cual se caracteriza por presentar adosado al muro norte tres muros que forman pequeños compartimientos; así como un posible encajonamiento en la parte central. Este ambiente presenta una remodelación donde se añade una banqueta en forma de "L" adosada al muro norte y oeste; así mismo se aprecian dos concentraciones irregulares de cenizas a manera de fogatas en la parte central (fg12 y fg13). Al sur se ubica el A35-1b, el cual pudo funcionar como depósito anexo. Desde el patio se podía ingresar a una pequeña área de descanso (A35-2) ubicada en la esquina sureste; mientras desde la parte central, a través de un pequeño pasadizo se accedía a otro espacio funcional complejo (cocina), conformada por un área de preparación de alimentos (A35-3) con un pequeño depósito (A35-3x) y un área de cocción de alimentos (A35-4). Este último se caracteriza por presentar cinco fogones de tipo fosa (fg2, fg5, fg7, fg8 y fg10) y presentan un buen estado de conservación (Figura 3). El diagrama de permeabilidad permite observar que esta residencia presenta un recorrido asimétrico y no distribuido (Figura 6B), cuyos resultados analíticos obtenidos en Agraph (Figura 7) permite observar que el valor de control (CV) más alto lo presenta la A35-1a (CV3), este patio se convierte en el espacio controlador o eje central de circulación, similar a la AR1. El índice de integración (i) en la residencia presenta un promedio de i3, siendo el patio el que presenta el índice más alto (i7), seguido por el pasadizo (i5). Esta área residencial no presenta una complejidad en la integración y circulación de sus espacios; e incluyendo el área de cocción de alimentos (A35-4) que presenta un i2; además este presenta un índice de profundidad alto (MDn3), junto con un pequeño depósito (A35-3x); lo cual los convierte en los espacios más restringidos. El análisis del material cerámico (Figura 8) indica una patrón similar al área residencial 1, los restos que evidencia la producción de chicha sigue siendo la más abundante (56,1%), le sigue el material de uso doméstico (23,2%), ritual (13,6%) y en menor proporción producción los objetos de producción textil (3,3%), ornamentos de distinción social (3,1%), producción de metal (0,5%) y producción de cerámica (0,3%). El análisis de la dieta a partir de los restos óseos (Figura 9), señala un predominio de los restos de mamíferos (80%), cabe señalar que las especies más representativas son similares a las de la residencia 1. En segundo lugar se ubican los peces con 19,3%, cuya tercera especie más representativa es la Sciaena deliciosa 'lorna'; y en menor proporción las aves con (0,7%) predominando nuevamente el guanay. El área residencial 3 Limita por el norte con el callejón 3, por el este con la calzada 1, por el sur con el CA35-SC1 y por el oeste con el CA21-SC1. Plano de planta de la penúltima ocupación del área residencial 3. Foto panorámica, abajo el área residencial 3 (CA17-SC1) y arriba el taller lapidario (CA17-SC2). Nótese el grado de destrucción a causa de excavadores clandestinos (Foto: PAHSL). Esta residencia resulta ser más compleja, el ingreso se daba a través de un estrecho corredor (espacio segregado), que comunicaba con la calzada 1. El vano de acceso tenía un umbral alto, el cual se hacía más restringido al presentar una banqueta (B-7) para finalmente acceder al A17-30. Este primer espacio estaba conformado por un fogón del tipo estufa (fg7), indicando claramente su función como área de preparación de alimentos. Desde este ambiente se puede acceder a través de amplios vanos de acceso hacia un área de preparación de alimentos al oeste (A17-4c) y a un patio al este (17-4). El A17-4c es un espacio amplio donde se realizaban actividades complementarias que abastecían al fogón 7. Al sur del ambiente se encuentra una alargada banqueta (B-10), así como un posible acceso de umbral alto que comunicaba a dos depósitos (A17-4a y A17-19). Al este, a través de un segundo vano de acceso se comunicaba con el A17-4f; el cual presenta en su interior dos muros orientados de este a oeste. La presencia de un batán en la esquina noreste y un pequeño fogón (fg9), indicaría su función complementaria como la molienda de productos utilizados en el área de cocción. El A17-4, presenta una forma rectangular cuya función específica no se puede establecer, pero posiblemente haya servido para el consumo de alimentos; además presentaba dos pequeños depósitos al norte (A17-14 y A17-15). Al este de la B-7 se ubica un acceso de umbral alto, que permitía el ingreso a un espacio funcional independiente (A17-9). El ingreso se realizaba a través de una banqueta (B-1) y se descendía a un nivel inferior por intermedio de una escalera. Desde este nivel bajo se podía desplazar a una serie de banquetas a diferente niveles (B-2, B-3 y B-4), estas debieron ser empleadas como áreas de descanso. El diagrama de permeabilidad permite observar que esta residencia presenta un recorrido simétrico (Figura 6C), cuyos resultados analíticos obtenidos en Agraph (Figura 7) permite observar que valor de control (CV) más alto lo presenta el A17-6 (CV3), seguido por los A17-4 y A17-30 (CV2), estos espacios serían los controladores y articuladores de la residencia. El índice de integración (i) en la residencia presenta un promedio de i3, siendo el A17-4 el que presenta un índice mayor (i7), seguido por el A17-30 y A17-6 (i6 respectivamente). El índice de profundidad (MDn) en promedio es de MDn3; siendo el A17-19 y A17-18 los espacios más restringidos del área residencial (MDn4). El análisis del material cerámico (Figura 8) indica que la producción de chicha sigue siendo la más abundante (46%), a pesar que se presenta en menor proporción que las dos residencias previas. Seguidamente el material de uso ritual y doméstico se encuentra distribuido de manera equitativa (21%), de igual forma con los objetos de producción de textil y ornamentos de distinción social (4,1%) y en menor proporción los objetos de producción de cerámica (2,5%) y producción de metal con 1,3%. El análisis de la dieta a partir de los restos óseos (Figura 9), señala un predominio de los restos de mamíferos (65%), cabe señalar que las especies más representativas son similares a las AR1 y AR2. En segundo lugar se ubican los peces con 34,5%, cuyas tres especies más representativas es similar a el AR2; y en menor proporción las aves con (0,5%) predominando el guanay y la Zenaida asiatica 'tórtola'. El análisis sintáctico es totalmente aplicable para las viviendas moches; sin embargo resulta un poco difícil hacer otros análisis (como los de visibilidad) por la razón de conservación de los accesos y muros (Figura 12). El mal estado de conservación de los muros registrados para la penúltima ocupación o piso 2 en las tres residencias estudiadas, limita de cierta manera, entender como realmente estaban construidas. Los análisis arquitectónicos y de movimiento, se puede sugerir que las áreas de circulación como pasadizos y antesalas no presentaron techumbre y los patios debieron estar a medio techar, es decir abierto en la parte central. Estos espacios debieron funcionar como tragaluces o áreas de admisión/extracción de aire. Según los datos iconográficos, existe una gran variedad de techos y es posible que estos variasen de acuerdo al espacio en el que eran empleados (Bonavia 1961; Donnan 1978; Hocquenghem 1987; Campana 1983, El ingreso a las tres residencias se da por intermedio de corredores estrechos (espacios segregados), que las comunicaban con el eje de circulación mayor (calzada 1). En dos casos (AR1 y AR3), la circulación se ve permeabilizada por un umbral alto, estos van a dificultar la libre circulación entre el espacio indiferenciado y segregado; dándole un alto valor de jerarquización al momento de concebir la permeabilización de sus residencias. Las evidencias de vanos con umbrales de acceso alto, han sido registradas en otras partes del templo principal y presenta una altura promedio de 0,5 m aproximadamente. A primera vista, la mayoría de UEsp presentan accesos de umbral alto, salvo las áreas de cocción de alimentos, éstas áreas como parte de un espacio funcional complejo (cocina) han sido construidos sin mostrar impedimento de circulación en los accesos; sin embargo en dos casos (AR1 y AR2) estos son los menos integrados, es decir hay que recorrer varios espacios previos para llegar a ellos. El análisis espacial permite detectar la presencia de espacios recurrentes en las tres residencias (Figura 13). Estas presentan obligatoriamente: patio, dormitorios, cocina; pero también pueden presentar: antesala, almacén y/o área ritual. Los patios son espacios controladores, se encuentran en la parte central del recorrido y desde estos se puede acceder a espacios más privados como la cocina en el caso de las AR1 y AR2 o a áreas de depósitos como en el caso de las AR1 y AR3. Otra característica común en las tres residencias son los dormitorios, éstos varían de tamaño según la vivienda, siendo el más pequeño en el AR2 y la más grande en el AR3, posiblemente se trate de varias camas que debieron albergar un mayor número de personas. En dos casos (AR1 y AR2) se componen por una antesala para iniciar el recorrido al resto de la vivienda, en el primer caso, la antesala comunica al patio y al dormitorio; en el segundo caso a un patio y un área ritual. Sin embargo, llama mucho la atención el caso del AR3, aquí la cocina se convierte en un espacio previó, a modo de antesala, y que articula al patio principal e incluso a la gran área de descanso o dormitorio. Distribución de espacios funcionales en el área residencial 1. B) Distribución de espacios funcionales en el área residencial 2. C) Distribución de espacios funcionales en el área residencial 3. El análisis comparativo de la cerámica según la actividad y uso en todas las residencias indica el predominio de estas formas empleadas para producción de chicha. Ésta la componen bordes de cántaros y tinajas, y se encuentran con mayor frecuencia en los patios y cocinas; sin embargo están también presentes en las antesalas y almacenes, pero en proporciones menores que las anteriores. En el caso de los restos óseos, sí se aprecia cambios significativos, en el caso de los peces se encuentra con mayor presencia en el almacén y la cocina del AR1, en el caso del AR2 está presente en la cocina y patio, mientras en el AR3 es más abundante en el dormitorio y cocina. Evidentemente en las áreas de preparación (cocina) está muy bien representada, pero resulta confusa su documentación en los espacios identificados como almacén y dormitorio. Caso contrario sucede con los mamíferos, en las AR1 y AR2 el patrón es recurrente, mayor concentración en la cocina y patio; sin embargo en la tercera residencia se encuentra mayormente concentrado en la cocina y almacén. Es clara la idea de encontrar mayor restos de alimentos al interior de las cocinas (donde eran preparados) y los patios (donde eran consumidos); pero no se puede explicar porque en los otros espacios son recurrentes. El patrón constructivo de las viviendas más el comportamiento del material cerámico y óseo (dieta), demuestran una alta complejidad y jerarquización en la modelización y distribución de los espacios en las residencias moches. Esto debió responder a una estrategia de la nueva clase urbana en su búsqueda de nuevas formas de organización social, con las disputas y conflictos entre grupos menores de la misma elite Moches, que se comportarían como un grupo corporativo de donde se desprende el poder central que debió ser frágil y efímero (Uceda 2010).
Durante los trabajos de excavación e investigación en un torreón romano en Calagurris Iulia (Calahorra, La Rioja), la utilización de la información suministrada por la topografía y la fotogrametría digital ha permitido la elaboración de una base de datos geométrica del yacimiento. El enlace de estos datos geométricos con aquellos puramente arqueológicos ha tenido como resultado la creación de un Sistema de Información Patrimonial que propicia la sistematización del registro de lo excavado, facilitando su posterior lectura y la reinterpretación de todos los niveles arqueológicos significativos. El yacimiento de El sequeral se encuentra ubicado en el casco histórico de Calahorra (La Rioja). La excavación efectuada durante la campaña del año 2000 ha ocupado la totalidad de la cuesta que, sin asfaltar, comunicaba las llamadas Murallas Altas con Murallas Bajas1. Recogida de la información La metodología empleada consta de una primera fase de recogida de información, en sus dos vertientes, la arqueológica y la topográfica, que se desarrolla durante la realización de los trabajos de campo. Para una mejor recuperación de sistemas de estructuras y estratos de tierra lo más complejos y continuos posibles (CARANDINI, 1997: 53), se ha optado por una excavación en área a lo largo de toda la superficie del yacimiento. Asimismo se ha elegido el método estratigráfico desarrollado por Harris a través del cual se identifican las distintas unidades estratigráficas y sus relaciones de anterio-posterioridad (BARKER, 1977; HARRIS, 1991), que ayudan a desentrañar el proceso de formación del yacimiento. El registro geométrico de las diferentes unidades estratigráficas aparecidas a medida que avanzaba la excavación ha sido ejecutado de dos formas diferentes, dependiendo de su complejidad: -Las unidades estratigráficas de geometría sencilla fueron registradas por métodos topográficos. -El registro de unidades estratigráficas de geometría compleja fue realizado por métodos fotogramétricos. Tratamiento de la información De forma paralela a los trabajos de campo, en el laboratorio, se ha creado una base de datos relacional específica para la documentación arqueológica. Dicha base de datos engloba registros de yacimientos, unidades estratigráficas, hallazgos e imágenes generadas -croquis, dibujos a escala y fotografías-disponiendo en soporte informático de la posibilidad de localización y extracción de todo tipo de información, estructurándola por búsquedas lógicas de interés para el investigador. (fig. 2) A partir de los datos topográficos obtenidos en campo (pares de fotografías, coordenadas de puntos de apoyo y ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 2 -2003, págs. 13-16 coordenadas de puntos que definen los objetos no fotografiados) se procede, mediante el consiguiente trabajo de gabinete, a la obtención de los documentos que formarán parte de la base de datos geométrica de cada uno de los yacimientos. En esta base de datos geométrica aparecerán representadas las unidades estratigráficas de forma que puedan ser utilizadas para el análisis arqueológico del yacimiento y constará de diversos tipos de representaciones: plantas, alzados, desarrollos, secciones... En lo referente a la documentación geométrica del proyecto se han conseguido resultados significativos en cuanto a la sistematización del registro de lo excavado, propiciando la posterior lectura y reinterpretación de todos los niveles arqueológicos significativos. En este sentido se ha utilizado de forma pionera el registro fotogramétrico digital, generando archivos de pares estereoscópicos debidamente documentados, referidos geométricamente y depositados de forma estructurada para la fácil recuperación de todos y cada uno de los elementos arqueológicos significativos de las excavaciones. También se han diseñado, construido y depurado prototipos de elementos auxiliares para la toma fotográfica de pares estereoscópicos constituyendo una auténtica aportación instrumental a este tipo de trabajos, ya que suponen una mejora en el rendimiento, disposición y posibilidad de control de la toma fotográfica (Fig. 5). En el yacimiento de El Sequeral, durante el proceso de excavación pudieron identificarse estructuras que formarían parte de un lugar de habitación fechable en el siglo XVIII. Bajo éstos se documentaron unidades constructivas de época romana que conforman una única estructura. La lectura de los distintos paramentos -bloque de opus caementicium, lienzo de muralla y tirantes transversales-manifiestan relaciones estratigráficas muy estrechas. El opus caementicium de dirección este-oeste -UE 1.048-se asocia de manera directa con el lienzo de muralla -UE 1.122-, sin que pueda establecerse desde la lectura del alzado de los paramentos, las relaciones de anteroposterioridad existentes entre uno y otro. Tampoco se han podido contrastar tales relaciones en el plano horizontal, puesto que la unión entre ambos se produce fuera del sector excavado en esta campaña. Este opus caementicium, que se encuentra fracturado y desplazado en parte, presenta un cuerpo conformado por fragmentos de piedra de factura homogénea procedentes del desmenuzamiento de piedras calizas de mayor tamaño y argamasa de cal. La total compactación de los elementos tiene como resultado un conglomerado de alta solidez y durabilidad. En el bloque puede diferenciarse una zona inferior de factura descuidada que conformaría la cimentación propiamente dicha. Más arriba existe otro tramo que presentaba una cara alisada que reflejaba una elaboración mediante la técnica del encofrado. En El Sequeral, las hiladas de opus quadratum del exterior -paramento sur-se habrían perdido por causas que desconocemos; tal vez por la degradación ambiental y antrópica, o quizá debido a una expoliación premeditada para la posterior reutilización de los sillares en edificaciones de épocas posteriores Se propone por tanto, la existencia de un lienzo mural compuesto por un cuerpo interno de opus caementicium recubierto por sendos paramentos de opus quadratum y adelantado notablemente con respecto al lienzo de muralla. Está claro que las unidades constructivas descritas hasta el momento formarían un único conjunto estructural y así parecen confirmarlo las estrechas relaciones estratigráficas establecidas entre ellas. Pero, tal conjunto se vería reforzado por otra combinación de elementos murales que se unen a él ayudándole a adaptarse al fuerte desnivel del terreno natural. Estos elementos presentan una disposición transversal al lienzo que tradicionalmente se ha considerado como parte de la muralla de la ciudad romana. El resultado era una estructura que responde a un patrón de composición rítmico: una serie de paramentos de sillarejos de arenisca se disponen paralelos entre si y relati-vamente próximos uno de otro, el espacio resultante se rellenaba de cantos rodados cuidadosamente colocados en capas horizontales y trabados con tierra arcillosa, finalmente los extremos se cierran con un paramento de hormigón. Esta técnica constructiva responde a los denominados «muros de cajones». Según ésta, a mayor pendiente mayor cercanía de los tirantes, y El Sequeral es el punto de mayor pendiente del asentamiento calagurritano respecto al valle del Cidacos. Queda así conformada una estructura compacta de planta originariamente cuadrangular, adelantada con respecto al eje de la muralla y a la que se adosaría por su lado oriental. Pero no hemos podido documentar la unión por el oeste con aquélla. La ausencia del paramento occidental apunta la posibilidad de un cambio de dirección en el trazado del sistema defensivo calagurritano justo en éste punto, aunque no ha sido posible confirmar este extremo al adentrarse parte de las unidades constructivas en un solar anexo al área de excavación. Toda esta información lleva a plantear como hipótesis la existencia en El Sequeral de los restos de cimentación de una gran torre de estructura cuadrangular de carácter angular, compacta y maciza al menos hasta la banqueta de cimentación y adelantada con respecto al eje de la muralla a la que se adosa. Las características constructivas, así como los materiales cerámicos recuperados en uno de los cajones refleja una cronología de la primera mitad del siglo I d.C. Podríamos por tanto asociar la erección de los elementos defensivos documentados en El Sequeral a las primeras décadas de la vida de Calagurris Iulia como municipium civium Romanorum. Seguirían en pleno funcionamiento durante el resto de los siglos imperiales e, incluso, durante gran parte del proceso histórico medieval de la ciudad. Muy probablemente la destrucción, intencionada o accidental, de este bastión de la muralla se produciría durante un momento concreto comprendido entre el siglo XIII y el siglo XVI. Así puede deducirse de los materiales cerámicos asociados a las unidades estratigráficas de amortización de las estructuras (IGUÁCEL DE LA CRUZ, 2001: 146-156).
Cáceres) ha sido objeto de un estudio que incluye la realización de nueva documentación gráfica y un análisis de las trasformaciones históricas y estructurales sufridas por el monumento. Diferentes evidencias apoyan la hipótesis de la existencia de un proyecto arquitectónico para un puente anterior que, probablemente, se empezó y no llegó a construirse en su totalidad. Los restos de dos arcos externos y una bóveda de una estructura anterior al puente de época de Trajano indican la presencia de una construcción muy diferente respecto al monumento que conocemos en la actualidad. Este primer puente, fundamental para la explotación económica del territorio circundante ya en la temprana época altoimperial, pertenecería a un modelo arquitectónico poco adecuado para la topografía de esta zona del Tajo. Escribir un nuevo ensayo sobre el puente de Alcántara (Fig. 1) es una tarea difícil debido a la gran cantidad de estudios existentes realizados con el objetivo de obtener, progresivamente, un panorama exhaustivo de su fábrica y su valor simbólico. En varios siglos de referencias sobre este monumento se han tratado cuestiones de diferente tipo que, en su totalidad, ofrecen una visión completa sobre su arquitectura. No es nuestra intención recuperar aquí los estudios existentes y ofrecer una visión global y completa del monumento, sino focalizar nuestra Fig. 1. Mapa de la Lusitania con localización del puente de Alcántara 3 diacrónica de los acontecimientos históricos sufridos por el puente a lo largo de su existencia. La mayoría de estos testimonios se centran en alabar la belleza y majestuosidad del edificio sin entrar, excepto en casos muy concretos, en los elementos técnicos de la construcción o en un análisis en profundidad de la composición arquitectónica 4. Con respecto al segundo de los objetivos de este trabajo, en la amplia bibliografía existente, en ningún caso se menciona la posibilidad de la presencia de estructuras previas a la realización del puente de época de Trajano. Sin embargo, profundizando en la caracterización de las principales etapas de modificación y, gracias al análisis estratigráfico del monumento, se ha podido documentar la presencia de restos pertenecientes a una fase edilicia todavía no identificada. A partir de la nueva documentación gráfica elaborada mediante Scanning 3D y Fotogrametría Digital, se han realizado nuevos levantamientos gráficos generales del edificio (Fig. 2a-c) que permiten la lectura de la volumetría tridimensional del conjunto arquitectónico y, sobre todo, su inserción en un terreno muy complejo desde el punto de vista topográfico. En este estudio, además, se ha utilizado un antiguo levantamiento fotogramétrico (Liz 1988: Láminas III, IV) 5 como soporte del análisis estratigráfico del puente de Alcántara en el que se evidencian las distintas restauraciones efectuadas en el monumento, intentando, por primera vez, organizar diacrónicamente las trasformaciones en un aparato gráfico sistemático realizado según dos tipos de planimetrías temáticas. Por un lado, intentando localizar de forma aproximada aquellas restauraciones que se conocen a partir de las diferentes noticias históricas y estudios realizados sobre el edificio y que, actualmente, se ocultan en su fisonomía actual. Estas primeras trasformaciones han sido sustituidas e incluidas en restauraciones posteriores o resultan imposibles de rescatar en los paramentos actuales, todas ellas anteriores a la gran restauración de A. Millán de mediados del siglo XIX. Por otro lado, fruto de nuestro análisis de paramentos, las intervenciones reconocibles en la actualidad en las superficies del puente, tras la restauración citada. Levantamiento realizado por la Jefatura Regional de Carreteras (División Regional de Planeamiento y Proyectos) en Julio de 1975. Los elementos que pueden contribuir a nuevos ámbitos de discusión sobre este monumento son: La realización de una nueva documentación gráfica de precisión (Scanning 3D y fotogrametría digital) para la representación volumétrica en 3D del puente, su contextualización con la topografía original y la aplicación de esta técnica en el diagnostico arqueológico relativo al reconocimiento de fases edilicias diferentes. La publicación de nuevos datos en relación con el análisis arquitectónico sobre la historia del puente. En este sentido, se presentan sintéticamente los resultados de un análisis de paramentos con la visualización gráfica de las distintas trasformaciones sufridas a lo largo de su historia. Las novedades principales, sin embargo, se relacionan con las dinámicas constructivas anteriores al edificio de época de Trajano que conocemos en la actualidad. A raíz del análisis arquitectónico, se plantea la hipótesis de la existencia de una estructura previa a la construcción del puente, muy visible en una de sus pilas. A pesar de su evidencia, este dato no ha sido considerado en la bibliografía anterior. Es preciso recordar, en términos generales, que a diferencia de otros puentes analizados arquitectónicamente2, el puente de Alcántara se caracteriza por la dificultad del análisis estratigráfico de los paramentos, debido a una reciente intervención de restauración superficial con rejuntados de mortero que oculta la lectura de las diferentes soluciones de continuidad entre las distintas etapas de trasformación del monumento. Por su originalidad constructiva, dimensiones y situación topográfica el puente de Alcántara posee numerosas referencias historiográficas, dibujos y noticias que representan un auténtico patrimonio de relatos fundamentales para la reconstrucción de la historia de este edificio. Sin embargo, en su totalidad, las noticias existentes en la abundante bibliografía3, ofrecen, en algunas ocasiones, datos muy escasos en relación con los dos objetivos citados anteriormente. Es difícil obtener documentación gráfica para la visualización a una fortaleza 6, mientras que las citas de comienzo del siglo XV se refieren al ámbito de maniobras militares, entre ellas la de Alfonso V rey de Portugal que, al ver como se empezaba a destruir el puente para evitar su paso, se retiró de la zona para impedir la destrucción de una obra tan importante (Liz 1988: 36; Durán 2005: 264). A lo largo del siglo XVI se producen las primeras referencias que encuadran al monumento en su época de construcción, con visiones históricas generales apoyadas por los primeros estudios de las inscripciones existentes en el conjunto monumental. Entre estas referencias la única que nos interesa para comprender las trasformaciones reales del puente es la P. Barrantes de Maldonado, alrededor del año 1550 (Liz 1988: 37; Barrantes s.f.: folios 31, 33-36). Este trabajo es muy destacable por las referencias originales que el autor hace respecto a cuestiones constructivas y de aprovisionamiento de materiales muy interesantes y detalladas para su época 7. En esta ocasión, el testimonio es fundamental para conocer una de las primeras intervenciones de restauraciones de algunos elementos del puente que han dejado rastros exclusivamente en 6. Sobre la entidad y complejidad de esta fase de la vida del puente véase Gilotte 2006. Destacan una serie de indicaciones sobre la posible colocación de las canteras, las dificultades constructivas debidas al tipo de piedra del lecho del río y, sobre todo, algunos apuntes en relación con el transporte del material, su elaboración y las diferentes etapas de construcción del arco superpuesto situado en el centro del puente. LA tRASFORMAcIONES INVISIbLES EN LOS PARAMENtOS DEL PUENtE Como ya se ha indicado, en los distintos estudios sobre el puente de Alcántara se tiene noticia de una serie de trasformaciones que afectaron a la estructura a lo largo de varios siglos que, sin embargo, no han dejado rastros en el monumento actual. Nuestra intención, a partir de la bibliografía existente, es intentar visualizar de manera orientativa las zonas afectadas por estas restauraciones, conscientes de la ausencia de elementos concretos para su identificación (Fig. 3). Entre las primeras actividades de modificación del puente original existen noticias que plantean la posibilidad de que, a comienzos del siglo XIII, se cortara de alguna forma el primer arco del puente en la margen derecha del río, tras la intervención de recuperación cristiana del lugar por Alfonso IX (Rodríguez Pulgar 1992: 65). Resulta extremadamente difícil establecer si efectivamente esta destrucción tuvo lugar, siendo imposible percibirla en los paramentos del monumento. Además, creemos que sería inverosímil que el puente permaneciera con un arco destruido hasta las restauraciones del siglo XVI sin que este hecho afectara al resto de la estructura durante más de tres siglos y, sobre todo, sin que este desarreglo no tuviera eco en otras noticias y referencias históricas. Las primeras citas procedentes de las fuentes árabes resaltan, fundamentalmente, el papel del puente asociado Fig. 3. Individualización de distintas zonas del puente de Alcántara afectadas por restauraciones actualmente no visibles en las superficie del monumento. Levantamiento gráfico efectuado con fotogrametría digital. probablemente en los paramentos exteriores por parte de Diego Castañeda (Sánchez Lomba 1984: 312-316) que, al igual que el resto de elementos citados, se mezclan totalmente con el aspecto actual de la fábrica. Antes del trabajo de M. Cruz Villalón (2002Villalón ( -2003: 89-99): 89-99), no se conocían grandes trasformaciones e intervenciones en las estructuras del puente de Alcántara en los siglos XVII y XVIII. La recuperación de documentación militar de esta época nos ofrece interesantes aspectos sobre los daños sufridos por el puente en el segundo arco de la margen derecha durante la guerra de Restauración de Portugal, concretamente en el año 1648 9. En este enfrentamiento, ocupando los portugueses la mitad del puente se destruyó parte del segundo arco, sin afectar la parte central y evitando su total derrumbamiento (Cruz 2002(Cruz -2003: 90-91): 90-91). Se indica que en esta parcial destrucción resultaron afectados pocos elementos constructivos del arco (60 piedras) y se habilitó el paso con grandes vigas de madera (Claver 1980: cap. VIII). Se trata, una vez más, de un acontecimiento fundamental para la estructura del puente que no ha dejado rastro arqueológico en la piel del monumento, debido a la coincidencia con la posición de la gran intervención de restauración efectuada en el siglo XIX. A raíz de esta voladura de parte del arco mencionado el puente tuvo que permanecer con esta parte destruida a lo largo de aproximadamente un siglo, vista la ausencia de datos sobre otras intervenciones y reparaciones puntuales del tramo afectado con suspensiones de madera que facilitaban el paso (Cruz 2002(Cruz -2003: 90, nota 4): 90, nota 4). En este siglo, el estado de conservación del puente sufrió su peor momento ya que no prosperaron las recomendaciones sobre la necesidad de restaurar la parte del arco afectado para evitar la degradación de la totalidad del monumento 10. Tras estos daños, se plantean otras propuestas para la reparación del Puente de Alcántara. La autora corrige, además, a partir del estudio de los documentos citados, algunas noticias trasmitidas por la historiografía tradicional (Torres y Tapia 1768; Ponz 1784). Concretamente los datos relativos a la destrucción del arco en la Guerra de Sucesión, en un momento posterior al indicado en los documentos. La presencia de un proyecto realizado por el ingeniero militar D. Bordick fechado en el 1751 testimonia la necesidad de realizar una serie de obras de arreglo del puente debido al deterioro sufrido. Sin embargo, los trabajos no se efectuaron y el proyecto permanece como documento de gran interés para conocer las dinámicas de una obra de época preindustrial, los cálculos de costes para la carpintería, la piedra empleada y la complejidad de la articulación de la mano de obra y las infraestructuras desplegadas para la restauración de un solo arco. Se trata de la reconstrucción ordenada por Carlos V al maestro de cantería Martín López que consistió en la reconstrucción del arco derribado situado en la parte superior del monumento; intervenciones puntuales en los paramentos del estribo y primer arco de la margen derecha y la demolición sistemática de aquellas construcciones defensivas y residenciales que ocupaban el área y obstaculizaban el paso por el puente. De estas actividades que tuvieron que representar un cambio sustancial en la imagen del monumento y del paisaje circundante, no permanecen rastros visibles en la arquitectura del edificio. La envergadura de la reconstrucción del arco se recoge en un manuscrito que relata la visita de B. De Villavicencio, comendador de la Orden de Alcántara, fechado en Marzo de 1586 (Villavicencio s.f: folios 96-102). A este manuscrito no se ha atribuido gran importancia debido al hecho de que, en líneas generales, refrenda las anteriores informaciones de Barrantes, confirmando, además, la restauración del arco superior por orden de Carlos V. En nuestra opinión y en ausencia de otras informaciones sobre la entidad real de estas obras de restauración del siglo XVI, los datos existentes sobre el arco central son fundamentales para comprender las peculiaridades de la intervención, el tipo de actividad efectuada y los elementos estructurales afectados. En este relato se hace evidente la gran envergadura del proceso de intervención en el arco central al encontrarse en un estado de casi ruina, necesitando una rehabilitación profunda de su estructura 8. Esta noticia nos resulta de extraordinaria importancia por el hecho que constituye el único testimonio histórico de la restauración efectuada por Martín López en la época de Carlos V, actualmente invisible en el arco del puente, debido a otra intervención posterior efectuada por A. Millán que analizaremos más adelante. A partir del año 1574 se efectuaron otras intervenciones de reposición de sillares y arreglo de pilastras, 8. En la parte del texto sobre el arco se anota literalmente: En el medio de la dicha puente sobre uno de los pilares y tajamar dicho tiene un arco grande a manera de arco triunfal hecho y dos pilares grueso a manera de torre... y dicen se llama la Torre de la Espada... Parece también que lo último de la dicha Puente a la salida de ella derribaron los portugueses un pedazo por que no se pudiera pasar y en tiempo del Emperador Carlos V nuestro Rey y Señor se reparó dicho pedazo con lo que es toda la mayor parte del arco postrero con su medio pilar, estribos, entablamentos y cítaras y enlosado conforme al demás edificio de la dicha Puente y de piezas grandes como ella está y ansí mesmo se hizo en este tiempo la mayor parte de la vuelta del dicho arco postrero de grandes piedras de bolsones y sobrearco que buenamente se hecha de ver todo lo que ha sido hecho de nuevo y está conforme al demás edificio de la dicha Puente sin haber diferencia a la fábrica antigua... conservada en el Archivo Histórico Nacional, realizada por Carlos Geisto de Gendia, presenta una maqueta con el estado de conservación del monumento y la idea de reemplazar el segundo arco destruido con un proyecto de construcción de dos arcos iguales (Rodríguez Pulgar 1992: 72) 11. En el mismo segundo arco de la margen derecha del río se produjo una ampliación de esta destrucción a comienzos del primer decenio del siglo XIX, durante la Guerra de Independencia, que permanecerá sin restaurar hasta las grandes intervenciones de Alejandro Millán. Esta brecha en el monumento ha sido representada en distintas ocasiones, entre ellas por Douglas (1832), A. Millán (Rodríguez Pulgar 1992: 84 plano I, 86 plano II) o M. Salaberry (González 2002: 52; Chias y Abad 2012: 131), ofreciendo una serie de imágenes que resumen las vicisitudes del puente de Alcántara hasta su gran restauración de mediados del siglo XIX. Esta intervención ha marcado hasta la actualidad el aspecto del monumento, permitiendo su definitiva consolidación y conservación tras los acontecimientos bélicos citados. Resumen de las principales trasformaciones del puente representadas en la Fig. 3: 1. Hipotética voladura del 1213-1214, encargada a los Caballeros de Calatrava por parte de Alfonso IX. Arco de triunfo central). Reparaciones puntuales de sillares y elementos en mal estado de conservación por Diego de Castañeda (1575-1577). Destrucción en el año 1648 durante la Guerra de Restauración de Portugal (Arco 5 en la zona de aguas abajo). Destrucción de 1810 con voladura del arco 5 durante la Guerra de la Independencia. LAS tRASFORMAcIONES VISIbLES EN LOS PARAMENtOS DEL PUENtE La dificultad sustancial en el reconocimiento de las distintas trasformaciones estructurales del puente, se refleja también en el estudio de los paramentos actuales. A diferencia de otros conjuntos históricos en los que, generalmente, el análisis arquitectónico permite reconocer un número mayor de actividades edilicias respecto a las existentes en la documentación escrita, en este caso, como se ha observado anteriormente, las noticias históricas son más contundentes que su reflejo en la estructura. A raíz de nuestro análisis arquitectónico del puente de Alcántara es posible presentar una síntesis que plantea una periodización estratigráfica de las principales etapas de trasformación visibles en la actualidad (Fig. 4a-b) y centrar la atención en el descubrimiento de los restos de la pila 1, entre los arcos 1 y 2 del monumento. La novedad principal que ha impulsado la publicación de este trabajo concierne a la presencia de una fase constructiva precedente a la construcción del puente de época de Trajano, hasta la fecha no identificada. La zona interesada por la presencia de estructuras anteriores se encuentra en la pila 1 (Fig. 5). En el estudio estratigráfico y técnico-constructivo de la fábrica se ha podido evidenciar una serie de elementos y detalles que indican la presencia de un arco anterior embutido en la construcción del puente actual. Los restos de dicha estructura se documentan en ambos paramentos, aguas arriba y aguas abajo y en la zona interna de la pila, en la bóveda. En el paramento aguas arriba (Fig. 6) se conserva una sola hilada formada por dos elementos constructivos de granito, mientras que en el paramento aguas abajo de la pila, tres hiladas con un perfil inclinado (Fig. 7) que pertenecen claramente a las dovelas de los arranques de un arco de fachada. En el interior de la pila, se conservan tres hiladas de sillares de granito que presentan el mismo perfil curvilíneo del paramento (Fig. 8), visible en distintas imágenes y elaboraciones gráficas realizadas para confirmar su orientación. Los elementos en cuestión pertenecen al arranque de una bóveda. El puEntE romano dE alcántara: nuEva documEntación arquEológica y EvidEncias constructivas prEvias para la trasmisión de las indicaciones técnicas para la construcción de la bóveda (Fig. 11) que no se han documentado en el resto de arranques de los arcos. En la parte interna relativa a la bóveda se observa un aparejo muy diferente respecto al resto de pilas del puente. En esta zona (Fig. 12), perteneciente claramente a una fase previa, se emplea un aparejo extremadamente regular en la disposición formal, con elementos dispuestos solamente a tizón en la totalidad de las tres hiladas conservadas. En las pilas del puente del periodo trajaneo, en cambio, la construcción se realiza con sillares de granito almohadillados y colocados según una disposición irregular, alternando, sin un orden preciso, elementos a soga y tizón. El modulo empleado en las dovelas para la construcción de los arcos de fachada del puente más antiguo es de 110-120 cm de longitud, mientras que en el puente trajaneo el tamaño de las dovelas de los arcos de fachada es de 160-170 cm. Los elementos constructivos de la misma bóveda varían sustancialmente empleando una modulación distinta en la altura de los bloques. En la bóveda más antigua los sillares sin almohadillar miden entre 46-53 cm de anchura x 42-45 cm de anchura, mientras que en la bóveda del puente de época trajanea las dimensiones oscilan entre 83-90 cm x 64-67 cm. Existen, además, varios detalles y diferencias técnicas relativas a los materiales y a su elaboración que confirman la evidencia constructiva detectada. Estos elementos justifican la atribución de este sector de la pila a la construcción de un arco de puente (o parte de un arco) anterior al edificio de época de Trajano. Las peculiaridades de esta primera construcción con respecto a la técnica constructiva del puente de época de Trajano afectan a distintos aspectos del edificio: La zona relativa a la cimentación de la estructura anterior, aguas arriba, presenta una peculiaridad formal que no encontramos en las demás pilas fuera del cauce del río. Es evidente que existió, en una primera fase, un proyecto para realizar un tajamar de planta triangular al que se superpuso, en un segundo momento, la pilastra de planta rectangular (Fig. 9). En la zona aguas abajo, en el mismo nivel de cimentación, el espolón parece adquirir en la primera etapa una forma ligeramente curva, lejos del modelo empleado en la sucesiva construcción del puente (Fig. 8). En la cimentación en la que apoya el arranque del arco más antiguo no se emplean grapas de cola de milano como las documentadas en otras pilas o en las plataformas de cimentación recientemente descubiertas (Fig. 10). Sin embargo, se emplean, en el sobrelecho de los sillares, líneas de montea sido detectada por el levantamiento realizado con Scanning 3D. La reflectancia 13 de ambos materiales en las distintas estructuras es diferente (Figs. 14a-b), presentando la parte inferior una más alta concentración de tonalidades de colores. En este sentido, este caso representa un ejemplo evidente de la posibilidad de emplear los datos del Scanning 3D en el campo del diagnóstico arqueológico. Generalmente, es posible obtener resultados en relación con la detección de materiales totalmente diferentes desde el punto de vista geológico; en esta ocasión, en cambio, se han podido evidenciar diferencias claras en superficies relativas al mismo material (granito) perteneciente a épocas distintas. Es posible que en este caso la reflectancia, además de indicar la presencia de superficies anómalas que corresponden con las etapas históricas 13. La técnica de levantamiento con Scanning 3D restituye fundamentalmente dos tipos de información. Por un lado la colocación de una serie de puntos en el ámbito espacial y por otro lado, un valor de intensidad del reflejo del objeto alcanzado por el laser: la reflectancia. La intensidad de la energía depende de la distancia del objeto que se quiere representar y, sobre todo, por el tipo de material que restituye la luz al Scanner 3. La diferencia de material o el estado de conservación de sus superficies puede registrar valores distintos que pueden ser empleados, como en nuestro caso, como elementos de visualización del empleo de elementos constructivos diferentes. El tipo de granito empleado es diferente en las dos etapas (Fig. 13). En la primera, se utiliza un material de color más grisáceo con inclusiones de cuarzo de pequeñas dimensiones mientras que para el puente trajaneo se emplea un granito mas amarillento y con inclusiones de cuarzo de dimensiones mayores. Esta anomalía en la composición del granito ha Fig. 10. Plataforma de cimentación de la pila 3 con sillares de granito unidos con grapas de cola de milano. Detalle de la línea de montea para la edificación de la estructura perteneciente a la primera fase. 12 En la zona en cuestión en la que hemos detectado la presencia de un arco de puente más antiguo es posible observar un corte regular en el nivel geológico que, como se aprecia en la imagen con la reconstrucción del perfil de este primer arco, correspondería, en nuestra opinión, al cálculo para el encaje de la pila más antigua de este mismo arco (Fig. 16). Es imposible establecer si esta pila se realizó y desmontó sucesivamente, aunque es evidente la intención de construirla en la preparación del espacio para su colocación. determinadas por nuestro análisis arqueológico nos ayude a plantear, en el futuro, una distinta procedencia del granito utilizado de canteras diferentes o de otros frentes de canteras en el mismo lugar de extracción. En la zona aguas abajo de la pila se observa una actividad de adaptación de la nueva fábrica del puente respecto al anterior con una restricción progresiva del grosor desde el interior de la pila hasta el punto de contacto con el espolón rectangular (Fig. 7), detalle vinculado con un recurso puntual para adaptar los restos existentes con la nueva construcción. En la parte opuesta, en el punto de descarga del arco 1, es evidente la presencia de una estructura de opus caementicium con bloques centrales de sillería de granito situada bajo el puente trajaneo (Fig. 15). Se trata claramente de una plataforma de cimentación anterior, en relación con la estructura visible en el lado opuesto. Este tipo de construcción es muy común como solución estructural en puentes construidos en situaciones topográficas llanas, menos complejas, como por ejemplo en los distintos tramos de la parte sur del puente sobre el río Guadiana en Mérida o en el arco de arranque situado en tierra firme en el tramo más antiguo del mismo puente emeritense. Esta solución constructiva no parece emplearse en contextos topográficos de grandes pendientes, como es el caso del puente de Alcántara. El levantamiento con Scanning 3D ha permitido incluir el entorno en el que se construyó el puente. distintas pilas, suponiendo un trabajo en profundidad en las centrales situadas en el lecho del río. A partir de una de fotografías tomadas desde el año 1969 16 cuando se iniciaron los trabajos para la construcción del pantano de Alcántara en el río Tajo, es posible observar una serie de detalles que indican que la construcción de las pilas se realizó con una serie de actividades de preparación del terreno esquistoso del fondo del río, debidamente rebajado para alojar las estructuras directamente en el mismo nivel geológico. Las pilas son de planta rectangular con anchuras que varían y crecen progresivamente hacía el centro al igual que los arcos. Las tres centrales presentan tajamares triangulares, mientras que las dos de las extremidades se caracterizan por la presencia de pilastras escalonadas en sus bases. Aguas abajo del puente, las pilas presentan espolones salientes que reducen su grosor a partir de los arranques de los arcos. Arcos y bóvedas son de medio punto con dimensiones simétricas desde las extremidades hacía el centro 17. Las roscas de los arcos presentan La construcción del puente de Alcántara de época de Trajano se caracteriza por la presencia de seis arcos de medio punto con luces simétricas (Figs. 2a-c, 5) que crecen progresivamente desde las orillas hasta el centro con rasante alomada, cuyo perfil original fue modificado por las restauraciones de A. Millán. A la edificación del puente se asocian tradicionalmente el arco situado en el centro que, en cambio, ha sido reconstruido en dos ocasiones, y el templo existente en la margen izquierda 14. La fábrica del monumento trajaneo es totalmente de opus quadratum con superficies almohadillas retalladas con cinceladura en los cuatro lados de las caras vistas de la sillería de granito. Está construido directamente en el nivel geológico que ha sido parcialmente modificado en algunos puntos en función de la preparación de las diferentes áreas de trabajo para la cimentación de las cinco pilas que desarrollan la función de descarga de los arcos 15. Las modificaciones de la configuración natural de la roca para la realización del puente se observan en las 14. Una descripción completa de la fábrica en Fernández Casado 2008: 80-85. anteriores, definiendo una nueva estética del mismo con la eliminación de la forma ligeramente alomada y el arreglo del entorno del monumento. La parte más importante de la restauración afectó a la reconstrucción completa del segundo arco desde la margen derecha del río (destruido en el año 1809), la integración de varios elementos constructivos afectados en los paramentos del edificio, entre ellos el mismo tajamar relativo al arco, la reconstrucción del arco de triunfo central y la pilastra de descarga del arco en el paramento aguas abajo e, integralmente, los pretiles del puente (Rodríguez Pulgar 1992: 101-113). En esta última fase de restauración del puente, promovida por la Junta de Extremadura, se ha efectuado un rejuntado de la sillería de granito con el empleo de mortero de cal, con el objetivo de evitar filtraciones de humedad en los núcleos del puente. Esta intervención dificulta sustancialmente la posibilidad de leer de forma más exhaustiva las reformas efectuadas en el monumento a lo largo de su historia. Resumen de las principales trasformaciones del puente representadas en la Fig. 4a-b: 1. Estructuras previas a la construcción del puente de Alcántara (Arco y pila 2). Construcción del Puente de Alcántara en época de Trajano. Restauraciones puntuales sin cronología. Restauraciones con rejuntado de mortero efectuadas por la Junta de Extremadura. HIPÓtESIS SObRE LA PRESENcIA DE UN PUENtE PREVIO Es difícil interpretar el significado de un arco anterior bajo uno de los arcos actuales del puente de Alcántara. Los aspectos técnico-constructivos que se han evidenciado anteriormente indican, con mucha claridad, la presencia de un proyecto distinto y restos arquitectónicos que responden a un modelo de puente de otra envergadura, con perfil distinto, dimensiones menores de los elementos constructivos, luz de arcos y altura total reducida (Figs. 17-18) y, sobre todo, la presencia de un modelo arquitectónico diferente al actual. En ausencia la peculiaridad de un doble orden de dovelas, el primero con elementos de grandes dimensiones y el segundo con dovelas apoyadas en el arco inferior, colocadas, al igual que los sillares de granito, a soga. Los tímpanos son de proporciones reducidas respecto a la luz de los arcos para evitar carga excesiva en los riñones de los mismos y, consecuentemente, problemas estructurales al puente. Se trata, en nuestra opinión, de un detalle técnico específico del proyecto en el que la bibliografía anterior no ha hecho demasiado hincapié y que constituye una innovación interesante en el panorama arquitectónico de los puentes de la Lusitania donde, generalmente, la superficie ocupada por los tímpanos es mayor respecto a la dimensión que ocupan en Alcántara. La zona de los tímpanos superpuesta a los arcos, así como el pretil del puente fueron modificados en la restauración de A. Millán que comentaremos más adelante, con el objetivo de cambiar el perfil ligeramente alomado, visible en diferentes representaciones antiguas. Esta fase de trasformación de la fábrica afecta de manera muy marginal al aspecto general del puente. Se han detectado, en este sentido, algunas reposiciones de sillares en el paramento aguas abajo, en la parte superior del tímpano izquierdo del arco 6 y por debajo del arranque del arco 3 en la parte superior de la pila 2 (levantamiento topográfico-fotogramétrico de la Jefatura Regional de Carreteras). La posición estratigráfica de estas intervenciones en los paramentos indica su anterioridad respecto a la gran restauración del mediados del siglo XIX, resultando difícil concretar una cronología específica. En esta fase se incluye la totalidad de las restauraciones ejecutadas por el Ingeniero de Caminos Alejandro Millán y Sociats que finalizaron en el año 1860. Se trata de una restauración muy compleja, con una inversión de recursos económicos y materiales de gran envergadura de la que se han conservado los detalles de la documentación escrita del proyecto, los gastos económicos y las diferentes indicaciones en relación con la ejecución de la obra 18. Esta restauración permitió la recuperación del puente tras las múltiples vicisitudes sufridas en los siglos 18. Los detalles de la restauración de A. Millán en la publicación monográfica realizada por Rodríguez Pulgar 1992. sis juega el desarrollo del territorio cercano al puente, directamente relacionado con el mismo ya desde época augustea, como veremos más adelante. En este caso existió la necesidad, en un momento imposible de descifrar actualmente, de construir un puente en el mismo lugar en el que posteriormente se realizó la imponente obra que se ha conservado. La economía de la zona, claramente vinculada con el desarrollo de la minería, podría justificar la presencia de una infraestructura de este tipo en una fase temprana de la explotación territorial y, además, en su momento de máxima actividad. En contra de esta hipótesis, nosotros mismos aportamos un dato significativo. Si este primer puente se acabó de construir y estuvo funcionando hasta la construcción del monumento actual ¿por qué permanecen restos arquitectónicos exclusivamente en la zona en cuestión? El material empleado en su construcción debería permanecer en de datos cronológicos absolutos para enmarcar correctamente este primer proyecto en un momento concreto de la historia romana de la Lusitania, es posible indicar dos posibles soluciones que explicarían la presencia de un puente previo a la construcción de época de Trajano. En una primera hipótesis podría tratarse de restos de un puente construido, probablemente, en época anterior al siglo II en relación con el desarrollo de esta zona de la Lusitania ya desde época augustea. En la segunda, en cambio, podría tratarse de los restos visibles de un proyecto fallido que se empezó ejecutándose y se interrumpió por causas que intentaremos explicar. En nuestra opinión y en ausencia de datos contundentes para explicar la presencia de esta estructura, ambas resultan plausibles a la espera de nuevos datos que aporten nueva luz respecto a las razones históricas de este primer proyecto. En favor de la primera hipóte-Fig. Levantamiento arquitectónico realizado con Scanning 3D. Perfil aguas abajo del puente. Elaboración con la modulación de los arcos simétricos, líneas de impostas e indicación del primer proyecto edilicio del arco 2. de la obra a raíz de la insuficiencia de su construcción en un ámbito geográfico tan complejo. La altura total del puente, no adaptada contra las grandes avenidas del río en esa zona obligó a interrumpir el proyecto y aplazarlo en favor de una mayor monumentalidad y altura total que, evidentemente, necesitó de un planteamiento distinto que emplea, como hemos visto y leído en numerosos estudios, un modelo arquitectónico muy original y una adaptación específica al medio natural en el que se inserta el puente. Este replanteamiento aparece con más claridad si se observa con atención la reconstrucción (Fig. 17) que hemos aportado de las dimensiones teóricas del primer puente en la que es visible la diferencia de altura con el edificio actual y la reducción de la luz. Son estos dos elementos los que, probablemente, llevaron a los constructores a abandonar la realización del proyecto a la espera de soluciones mejores y al empleo de un modelo muy original que facilitó la consecución de una infraestructura más idónea a la complejidad del lugar. otros lienzos del puente, aunque fuera reutilizado en la nueva fábrica, a pesar de que el mismo se pudo derrumbar o ser destruido por una avenida del Tajo. La total ausencia de otros restos del primer puente en la estructura trajanea abre una segunda posibilidad. En un momento que no se puede situar cronológicamente, aunque sea lógico pensar en la primera fase de organización del territorio para su explotación y gestión de las comunicaciones, se planifica la construcción de un primer puente, empleando un modelo arquitectónico conocido en el resto de la región (Pizzo 2015: 342-376), con luces de arcos más reducidas, arranques de bóvedas sobre pilas no tan profundas como las construidas en el monumento actual, modulación de bloques inferior y sistemas de cimentación con plataformas de hormigón como las documentadas en otros contextos ya indicados. Por razones que dificultan nuestra interpretación este primer proyecto relacionado con modelos arquitectónicos conocidos en la región, se interrumpió, debido probablemente a una reconsideración de la envergadura El puEntE romano dE alcántara: nuEva documEntación arquEológica y EvidEncias constructivas prEvias reconstruir sobre la base de algunas evidencias y la adaptación del recorrido al medio natural. Esta calzada, tras la fundación de Augusta Emerita y la relativa modificación de las estrategias de comunicación se adaptó a un nuevo recorrido, desviándose probablemente en la zona del Salor hacía el Noroeste (Fernández Corrales 1987: 75-78). Esta posibilidad parece evidenciar la presencia de una vía de comunicación vinculada con territorios distintos ya desde tiempos más antiguos al proceso de organización de época romana 21, elemento que apoya un discurso fundado en el desarrollo económico de estas áreas en momentos anteriores a la construcción del puente de Alcántara de época de Trajano. En síntesis, las referencias sobre la vía son múltiples y todas ellas concuerdan con su paso por el puente de Alcántara aunque en la bibliografía no hay acuerdo general sobre el origen de las mismas que podría situarse en un primer momento en Metellinum, en Norba, o en la misma Emerita. Todas ellas plantean su paso por Igaeditania y Vissaium y una conexión con Bracara, Conimbriga y Olisipo, según diferentes variantes. Los elementos que nos interesan son, sin duda, la presencia de un entramado de vías en estas zonas en épocas tempranas respecto a la gestión romana del territorio (Blanco 1977: 27) y, por otro lado, la existencia, en las mismas áreas, de una serie de actividades económicas de gran relieve que facilitaron la organización de un amplio ámbito geográfico, acreditadas por la presencia de numerosos hallazgos arqueológicos. A. Blanco Freijeiro señalaba ya un fenómeno de organización temprana del territorio, a pesar de la ausencia de fuentes históricas abundantes, a raíz de la lectura de la extendida y amplia red de vías existentes en la zona de la Beira (Blanco 1977: 27) 22, directamente conectada con el puente de Alcántara. Este mismo autor desmonta la idea del puente como una obra de carácter religioso (Blanco 1977: 12) aportando datos sobre la presencia de esta construcción como elemento de vertebración del territorio, ampliamente explotado desde el punto de vista minero y en época muy anterior a la de Trajano en la que se edifica el monumento actual. Es probable, en este sentido, que la explotación minera de la zona de la Beira y el sistema de penetración implantado por la administración romana alcanzando ya la línea 21. La posibilidad de que parte de este itinerario fuera reestructurado sobre caminos proto-históricos se encuentra también en Gil 2012: 235. Véase el mapa de vías realizado sobre el anterior de Moreira de Figueiredo. LA PRESENcIA DE UN PUENtE PREVIO O UN PROYEctO NO REALIZADO: EL cONtEXtO HIStÓRIcO El descubrimiento de la presencia de una construcción anterior al puente de época de Trajano en Alcántara abre, como se ha percibido en el anterior apartado, una serie de cuestiones sobre distintos aspectos históricos relativos a este territorio y a su papel en el proceso de "romanización" de esta zona de la Lusitania. Es necesario analizar brevemente las referencias bibliográficas dispersas sobre la organización del territorio en la época de la conquista romana para comprender si efectivamente es justificable, como pensamos, la presencia de un puente en Alcántara ya en época temprana. El puente de Alcántara se encontraba en una vía de comunicación que no aparece en el Itinerario Antonino, hecho peculiar vista la envergadura de esta infraestructura. Sobre el recorrido de la vía existen diferentes hipótesis que ofrecen algunas variantes sobre el trazado en la parte española y portuguesa. Se trataría presuntamente de una vía secundaria de la red viaria romana de la Lusitania (Fig. 1) que desde Augusta Emerita o Norba Caesarina 19 se dirigía con orientación noroeste hacía el actual Portugal para unirse posteriormente con la vía Olisipo-Bracara o Conimbriga, pasando por Civitas Igaeditanorum, atravesando la Beira para unirse también con la actual Viseu (Blanco 1977; Galliazzo 1995: 352) 20. La confirmación arqueológica de la presencia de esta vía en la zona portuguesa y su paso por Idanha, Monsanto, Vale de Lobo, Lameira, Quinta da Eira y Espinho, están confirmados por la presencia de varios miliarios, a pesar de no figurar en el Itinerario Antonino (Alarção 1974: 95-99. Respecto al origen se ha planteado también la posibilidad de la existencia de una vía originaria que tendría salida desde Metellinum, pasando por Norba y alcanzando el puente de Alcántara. Aún no conociéndose miliarios que señalen exactamente el trazado, éste se podría 19. Ciudad fundada por C. Norbanus Flacus a mediados de la década de los años 30 del siglo I a.C. Este mismo personaje será el que fundará, también, Civitas Igaeditanorum en el 35 a.C. Algunas puntualizaciones sobre el trazado de la parte extremeña de la vía en Álvarez 2000: 27-52. del Tajo se encontrase ya muy adelantado durante las décadas finales del siglo I a.C. 23. Desde el punto de vista arqueológico, está testimoniada con seguridad la presencia de explotaciones mineras en todo el territorio conectado con el puente en terrenos donde abundan hallazgos de monedas romanas fechadas en la primera mitad del siglo I a.C.: minas de oro en la zona de Rosmaninhal 24 y Escadia Grande, plomo en la región de los Medubrigenses 25 citados en la inscripción de los pueblos "constructores" del puente 26 23. El territorio, sin embargo, presentaba elementos de organización y explotaciones económicas ya desde épocas anteriores vista la capacidad de las poblaciones locales de organizar una buena resistencia frente al ejercito romano. Prueba de ello es la deditio de Alcántara, documento de rendición de los Seanos al general L. Caesius, que testimonia la capacidad organizativa de estas poblaciones en un momento histórico, en torno a finales del siglo II a.C., en el que el control romano de la zona no está asegurado. La influencia de Roma en la Beira comienza a ser más intensa tras el fin de la Guerra Sertoriana. En la centuria anterior el poder romano se habría centrado en la lucha contra los pueblos lusitanos y su sometimiento (así como demuestran las ocultaciones monetales de este periodo, como por ejemplo la de Penha Garcia. En las décadas centrales del siglo I a.C. la Beira será zona de paso de las diferentes campañas militares emprendidas contra los pueblos lusitanos rebeldes. En este sentido, cabe destacar la acción de Julio César como propretor de la Hispania Ulterior. En el año 61 a.C. comenzó una campaña de castigo contras los pueblos lusitanos localizados en el Mons Herminius (Sierra de la Estrella, Portugal). Su ruta comenzaría en el núcleo de Metellinum y cruzaría el Tajo por la zona del actual puente de Alcántara, aunque otros autores proponen por el área de la Sierra de São Mamede. Esta acción permitió a César, junto a sus acciones militares en el área de la actual Galicia, adquirir los recursos monetarios que le permitieron liquidar sus deudas. Por otro lado, César promovió una nueva reorganización del espacio lusitano-vetón fundamentado en el modelo de la civitas romana (Novillo 2010: 210-214). Un proceso que el área cercana al puente de Alcántara cristalizaría en la década de los años 30 del siglo I a.C con la fundación de Civitas Igaeditanorum y Norba Caesarina por C. Norbanus Flaccus. Si, como sostiene Alarção 1974: 124, la inscripción CIL II 5132 se ha leído correctamente, tendríamos una prueba más de la explotación de esta zona vinculada al territorio de la actual Idanha a Velha en época anterior a la de Trajano. La inscripción relata de un T.C. Rufo ciudadano romano en tiempos de Claudio que recuperó en la zona 120 libras de oro, agradeciéndolo a Júpiter. El mismo Plinio (IV, 118) nombra los Medubrigenses en una de las inscripciones del puente como "qui et plumbarii sunt". Además de la amplia bibliografía existente sobre la identificación de los pueblos que financiaron la construcción del puente (García 1976: 263-275), se ha abierto un debate sobre la originalidad de las inscripciones dedicatorias. Estos autores plantean un proceso de regrabación de las inscripciones relativas a los pueblos implicados en la construcción del puente, a partir de un original, coincidiendo con las obras de Carlos V en el puente (Carbonell, Gimeno y Stilow 2007: 250-251). Solamente alrededor de 1491 se descubrirían y monumentalizarían en el arco central las inscripciones de Trajano, auténticas a pesar de las diferencias de mano y peculiaridades existentes entre ambos epígrafes uno de ellos cubierto de grafitos e inscripciones árabes del XI. A estas indicaciones específicas es necesario añadir el reconocimiento general del aurifer Tagus (Fernández Nieto 1970-1971: 245-260) durante todo el periodo de explotación romana del territorio 27. La presencia romana en la zona de la Beira inmediatamente al norte del puente de Alcántara en relación con la exploración y control de sus recursos mineros, especialmente auríferos, puede rastrearse, con seguridad, en el último cuarto del siglo I a.C. (Sánchez y Pérez 2005). Los epígrafes de Argemil, Quinta da Urgueira y Alfaiates, permiten localizar, en este área, destacamentos militares romanos que cumplirían las acciones mencionadas, al mismo tiempo que, seguramente, se ocuparían de su desarrollo viario (Carvalho 2007: 89-91; Perestrelo 2008: 60). Esta parte del territorio comenzaría a ser explotada, de manera sistemática, a partir del 35 a.C. con la fundación de Civitas Igaeditanorum, cuyos habitantes empezarían integrandose rápidamente dentro de las estructuras sociales romanas de Lusitania (Etienne 1982). A este fenómeno minero se conecta la regularización territorial de esta zona de la Lusitania 28, planificada con la creación de nuevos núcleos urbanos fundamentales para un cambio económico de la zona desde la ganadería de trashumancia a otras actividades sedentarias como la misma minería. Existe incluso la presencia de un personaje fundamental encargado de estas políticas que es Q. Articuleius Regulus entre los años 4-6 d.C. (Alarção y Etienne 1976: 175), uno de los primeros gobernadores de la Lusitania. La presencia de términos augustales y militares 29, vinculados con esta política trabajo. Los autores plantean que "no hay razón para pensar que los populi enumerados en la placa hubiesen financiado la construcción del puente. Esta idea procede de la praescriptio de Nebrija... Sin embargo, es preferible ver en los populi de la lista a los beneficiarios de una vía que comunicaba Augusta Emerita con Bracara Augusta, emprendida en época augustea, pero no completada con sus obras de infraestructura. En agradecimiento por esa medida los populi habrían erigido ese arco, coronado probablemente por una estatua del emperador. Recientemente sobre la minería para extracción de oro en esta zona vinculada con el río Tajo véase Cardoso, Guerra y Fabiao 2011: 171-178. Esta pieza es puesta en relación con la inscripción LIIII MA (o MD), correspondiente con la Legión IIII Macedónica, hallada en una tégula documentada territorial, indicaría que la planificación del territorio pertenece a este momento histórico de época augustea 30 y al desarrollo de una organización que tuvo que incluir obligatoriamente el sistema viario 31 y, consecuentemente, la construcción de puentes. El panorama histórico que hemos dibujado brevemente como elemento de contextualización del puente plantea la presencia de un sistema de infraestructuras existente y en pleno funcionamiento ya en época anterior a Trajano, cuando se construye el puente que conocemos en la actualidad. Como se ha observado, existen los datos arqueológicos y la posibilidad para pensar en una explotación temprana de este territorio desde el punto de vista agrícola, pero sobre todo desde el punto de vista minero. No se trata de una zona despoblada en la que se implanta un elemento simbólico, sino de una construcción necesaria para la explotación del territorio y la gestión de los recursos económicos que, desde época augustea captaron la atención de los romanos, dinamizando al máximo un contexto con un alto nivel de organización. La presencia de una infraestructura para cruzar el río en ese punto tuvo que ser, necesariamente, una exigencia temprana, relacionada con la política de explotación de este área. La presencia de una red amplia de vías de comunicación en la zona de paso del puente plantea la posibilidad de que se trató, en varios momentos históricos, de un lugar obligado de en el sitio de Quinta da Urgueira (freguesia de Manigoto, Concelho de Pinhel) (CNS 19787), a unos 20 km al NE de Argomil (HEp 8, 2002,604). Esta pieza indicaría la presencia de un destacamento de la legión la zona con una función que debería consistir en el control de un territorio donde el estado romano empezaba a definir su interés por la exploración aurífera y en el que, probablemente, los pueblos indígenas presentaron una importante resistencia a la conquista (Carvalho 2007: 91; Perestrelo 2008: 60). De otro lado, esta tarea de vigilancia sería compatible con otras acciones como el desarrollo de una red de comunicaciones en esta zona. Los epígrafes de Argemil y Quinta da Urgueira presentan una clara conexión con la inscripción documentada en la freguesia de Alfaiates (concelho de Sabugal), a unos 80 km al SE de donde se documentaron los dos primeros. Este epígrafe, considerado anteriormente un miliario procedente de Idanha-a-Velha, es interpretado, también, como un terminus militar datado entre los años 5-4 a.C. M. Osório (2006: 70) afirma que el núcleo de Alfaiates se levanta sobre un antiguo campamento romano, fundamentándose en las descripción de Brás Garcia de Mascarenhas -quien describe estructuras romanas en este sitio en el siglo XVII-, en la fotointerpretación del sitio y en el hallazgo de estructuras y materiales de esta cronología. Los termini de Argemil y Alfaiates indicarían la presencia de prata legionis en esta zona de la Beira en último cuarto del siglo I a.C., poco antes de que se produjera la reorganización territorial y administrativa de este área en la primera década del siglo I d.C. (Ariño, Gurt y Palet 2004: 148-149). En este sentido, se recuerdan el terminus de Peroviseu (Fundao) que indica el limite territorial entre los Igaeditani y Lancienses (Alves 1974: 57-61), fechado entre 4-5 d.C (Alarção y Etienne 1976: 176). Sobre la organización de esta área lusitana véase concretamente Alarção y Etienne 1976: 171-179. paso vinculado con los caminos ya existentes. En nuestra opinión, la explotación sistemática de los recursos naturales del territorio, tuvo la necesidad de un puente previamente a los comienzos del siglo II d.C., cuando se construyó el que ahora se conserva. Estos datos indican claramente que el territorio conectado con el puente de Alcántara se explotó plenamente desde época augustea en relación con la gestión de la minería de la zona. Este fenómeno, en nuestra opinión, impulsó la construcción del puente de Alcántara en un momento anterior a época de Trajano, así como indica nuestro hallazgo de los restos de una parte de arcos y bóvedas de un proyecto precedente al actual. No podemos establecer cuáles fueron las vicisitudes que llevaron al abandono de ese proyecto y a la realización de un puente que emplea un modelo arquitectónico único en la Península Ibérica, a pesar de que es posible intuir, como ya hemos señalado, un cambio de planes causado por la insuficiencia del primer proyecto en relación con la complejidad del lugar elegido para la construcción. En este estudio se ha presentado el resultado de dos diferentes proyectos de investigación sobra la arquitectura romana de la Lusitania. El análisis técnico y estratigráfico del puente de Alcántara, realizado en un primer momento con el objetivo de sistematizar las distintas trasformaciones arquitectónicas sufridas por el monumento nos ha permitido descubrir la presencia de un tramo de arco de puente conservado bajo la pila 1 del puente actual. La anomalía visible en la construcción de este sector del edificio nos ha permitido asociar esta primera estructura con un modelo de puentes muy presente en la región, desde los puentes de Mérida o Vila Formosa, en nuestra opinión, inadecuado para el paso del Tajo en esta zona. La confirmación de este proyecto anterior al puente conocido como trajaneo se ha visto respaldada por una serie de aspectos, entre ellos la evidencia estratigráfica, la diferencia de modulación de los elementos constructivos y las dimensiones del primer arco, el distinto tratamiento en la elaboración de los materiales en los dos proyectos, la diferente procedencia de los granitos empleados y, finalmente, la sustancial variación resultante de la reconstrucción de la altura del arco del primer proyecto respecto al actual. En nuestra opinión, este último factor pudo incidir de manera contundente a la hora de abandonar la realización de la primera obra a favor de un nuevo proyecto adecuado a la fuerza de las aguas en este punto del Tajo. Debido a la ausencia de estructuras precedentes en otros sectores del puente y de materiales en las cercanías del mismo hemos planteado la posibilidad de que no hubo un primer puente en función, sino un primer proyecto que se abandonó rápidamente. En esta idea subyace también la posibilidad de que, al igual que en los puentes citados anteriormente como por ejemplo en Vila Formosa, la unión del tramo de arco construido con el firme de la margen izquierda se hubiera planificado con un largo estribo. Esta idea podría indicar que el primer proyecto de puente en Alcántara tuviera su primer arco en el que en la actualidad es el segundo. Una cuestión que permanece sin solución, en ausencia de elementos para una cronología absoluta del primer proyecto, es la de la fecha de construcción de la primera estructura y el tiempo transcurrido entre una obra y otra. Es muy difícil indicar hipótesis concretas al respecto ya que el único elemento de cronología que se posee es la fecha indicada por la inscripción de Trajano relativa al puente actual. Como hemos demostrado en la contextualización histórica del territorio en cuestión, la zona estuvo condicionada por varios eventos históricos de gran interés ya desde la mitad del I a.C. y, sobre todo, vinculada con una explotación temprana de varios recursos naturales relacionados principalmente con la minería y, fundamentalmente, con la extracción de oro. La presencia de cierta articulación territorial, la existencia de una trama viaria bien desarrollada y diferentes evidencias arqueológicas que hemos reseñado anteriormente, nos indican que la exigencia de tener una comunicación operativa en este punto estratégico para toda la zona, tuvo que pertenecer a un momento más temprano a la realización de un puente en época Trajano. Esta posibilidad se refleja en la construcción que hemos individualizado en una de las pilas del actual puente de Alcántara y abre una nueva perspectiva sobre la imagen de esta obra monumental respecto al desarrollo de este territorio. bIbLIOGRAFÍA
El empleo de la cal en labores constructivas durante la Prehistoria reciente en la cuenca mediterránea constituye una de las cuestiones más relevantes del proceso investigador en las últimas décadas. Las dificultades para determinar con fiabilidad la presencia de cal antrópica entre los materiales constructivos procedentes de contextos arqueológicos se han puesto de manifiesto en diversos estudios. Es de gran importancia identificar este producto pirotecnológico en las construcciones prehistóricas, diferenciándolo del carbonato cálcico natural, dadas las implicaciones sociales y medioambientales que suponen su producción y empleo. La aplicación de un amplio protocolo de análisis a un conjunto de muestras procedentes de diversos asentamientos del VI al II milenio cal BC del Levante de la península Ibérica, ha posibilitado abordar dicho problema y proponer la posibilidad del empleo de la cal desde momentos avanzados del III milenio cal BC y, con mayor seguridad, desde el II milenio cal BC. No obstante, para estos momentos, ya se conocía también la tecnología del yeso, creándose grandes áreas culturales en las que predominan uno de los dos materiales, aunque parece que no suelen convivir: en el Levante siriopalestino, Anatolia y Grecia predomina la cal, mientras que en el área del Tigris y el Eufrates, el yeso. Por lo que respecta a la península Ibérica, el inicio del empleo de la cal tradicionalmente ha sido ligado a la presencia de los fenicios y al proceso de copelación de la plata hacia el siglo VII BC (Díes 1994; Blázquez 2008: 26-27). Con la intención de contestar a estas cuestiones, en el presente artículo exponemos, en primer lugar, los problemas analíticos inherentes a la constatación del empleo de la cal, proponiendo un protocolo de análisis físico-químico para su determinación. Y, en segundo lugar, como caso de estudio, presentaremos los análisis efectuados en un conjunto de muestras procedentes de distintos asentamientos del Levante de la península Ibérica, abarcando un espectro cronológico desde el VI hasta el II milenio cal BC, con el objeto de contribuir a fijar el momento a partir del que se constatan la producción y uso intencional de la cal en labores constructivas. ¿cÓMO DEtERMINAR LA PRESENcIA DE cAL ANtRÓPIcA? A la hora de abordar el estudio arqueológico de la utilización de la cal en los morteros constructivos, en primer lugar es necesario diferenciar la presencia de carbonato cálcico natural respecto de la cal en sí, un producto de origen antrópico. El carbonato cálcico es un compuesto químico abundante en la naturaleza, y omnipresente en todos los Los avances en las técnicas de registro y análisis del conjunto de las evidencias documentadas en los procesos de excavación vienen posibilitando la realización de nuevas preguntas sobre las sociedades prehistóricas, entre las que destacan las relacionadas con la arquitectura prehistórica y, en concreto, las basadas en la descripción física y contextual de las edificaciones que fueron construidas con diferentes tipos de materiales, utilizando primordialmente la tierra (Aurenche 1981 En este sentido, uno de los avances más destacados en relación con las técnicas constructivas durante la Prehistoria reciente fue la producción y el uso de la cal como material aglomerante (Hobbs y Siddall 2011: 34), ya sea en la elaboración de morteros, ya sea en recubrimientos de pavimentos, cubiertas o alzados, también con funciones decorativas. Así, con mucha probabilidad, la cal o el yeso fueron los primeros productos fruto de la alteración química intencional (Brysbaert 2007: 30). La producción y el uso de la cal de forma generalizada supusieron importantes mejoras en la impermeabilización, durabilidad y salubridad de las viviendas (Guerrero 2007; Russell y Dahlin 2007: 407; Goren y Goring-Morris 2008; Guerrero, Soria y García 2010; Rodríguez-Navarro 2012: 91; Villaseñor y Barba 2012), lo que implicaría avances en las condiciones materiales de una importancia similar a la que pudo suponer la aplicación de la tecnología del fuego sobre el barro para la producción de ladrillos o tejas, algo introducido en la península Ibérica ya en época romana, lo que en ninguno de los dos casos tuvo necesariamente que implicar el abandono de otras técnicas tradicionales y habituales de construcción. Ahora bien, el problema central en relación con la cal reside en determinar cuándo se comenzó a utilizar de forma generalizada y, mucho más específicamente, en cómo identificar la presencia de cal antrópica o de carácter intencional en un mortero o revestimiento de una estructura. En relación a la primera cuestión, las técnicas de fabricación de la cal parecen originarse en 3 diversa naturaleza, incluidos restos de piedras calizas naturales u otros materiales con contenido en calcita. La presencia de restos de piedra caliza con evidencias de combustión en el interior de los morteros no significaría per se el uso intencional de la cal en los mismos, pues podrían haber sido añadidos accidentalmente. Dentro de los entornos arqueológicos existen dos fuentes principales de calcita de origen pirotecnológico: la combustión de materia vegetal y la producción de cal a partir de diferentes rocas calcáreas, como la calcita, el aragonito, la caliza o el mármol, o incluso de conchas marinas (Brysbaert 2007) o corales (Carran, Hughes, Leslie y Kennedy 2011: 135; Hobbs y Siddall 2011: 41). En ambos casos, y dependiendo de la temperatura final alcanzada, se produce óxido de calcio (CaO). En el primer caso, cuando la combustión de la materia vegetal alcanza una temperatura de entre 430-510oC, el oxalato cálcico de esta materia se convierte en carbonato cálcico. En ambos procesos este compuesto se descompone al alcanzar los 800oC, temperatura variable en función de las circunstancias, formando CaO. En el caso de la combustión de la materia vegetal, el óxido reacciona con el CO 2 de la atmósfera y formará carbonato cálcico. En el caso de la cal, se mezclará con agua formando hidróxido cálcico (CaOH) que, una vez seco, reaccionará también con el CO 2 atmosférico, para formar carbonato cálcico. De este modo, los dos procesos son químicamente muy similares (Karkanas 2007: 776; Vilaplana, Martínez, Such y Juan 2011: 276) y ambos carbonatos cálcicos recarbonatados, así como el de partida, presentan la misma fórmula química (CaCO3), pero diferentes formas y tamaños de partícula (Goren y Goldberg 1991: 132; Boynton 1980). yacimientos arqueológicos. Es el componente principal de rocas calcáreas, aunque también está presente, por ejemplo, en moluscos. Así, presenta diferentes polimorfos: calcita, aragonito, vaterita, monohidrocalcita, ikaita y carbonato cálcico amorfo. De todos ellos, la calcita y, en menor medida, el aragonito son los más habituales. En los yacimientos arqueológicos, la calcita puede tener tres posibles orígenes: geológico, biológico y pirotecnológico (Fig. 1). El aragonito suele presentar un origen biológico, aunque en determinadas condiciones éste también podría ser pirotecnológico (Weiner 2010: 76-77). Por el contrario, la cal es óxido de calcio resultado de un proceso antrópico. Se obtiene generalmente de la calcinación de la piedra caliza a altas temperaturas, que varían entre unos 650-900 °C. Puede ser utilizada tanto viva, como apagada o hidratada. Es una sustancia alcalina que presenta un tacto liso y gran dureza, generalmente de color blanco, aunque también puede ser amarillento o gris. Una aproximación macroscópica, mediante la observación directa, no permite determinar con seguridad la presencia de cal en morteros arqueológicos. Es necesario llevar a cabo estudios microvisuales mediante la aplicación de técnicas experimentales físico-químicas. No obstante, la detección de cal en los morteros constructivos de momentos prehistóricos, valiéndose de este procedimiento, ofrece asimismo considerables dificultades, en comparación con la determinación de la cal en morteros estandarizados, habituales fundamentalmente en cronologías posteriores. En el caso de contener cal, los morteros de tierra prehistóricos suelen presentarla en cantidades bajas y variables, y en combinación con elementos añadidos a la tierra de muy A MODO DE PROPUEStA: EL PROtOcOLO DE ANÁLISIS FÍSIcO-QUÍMIcO Con el fin de poder determinar la presencia de cal como producto originado en una combustión antrópica intencional, proponemos el uso conjunto de una serie de técnicas experimentales (Fig. 2), siguiendo la propuesta de Middendorf, Hughes, Callebaut, Baronio y Papayianni (2005) para el estudio de morteros antiguos. Consiste en la aplicación conjunta de cinco técnicas diferentes y complementarias, que intervienen escasamente sobre las muestras analizadas, al requerir una cantidad reducida de ellas. Los tratamientos se limitan a una molienda manual en un mortero de ágata, y sólo en el caso de las láminas delgadas el proceso es más laborioso. Lo anteriormente expuesto hace que una aproximación macroscópica, mediante la observación directa, no permita determinar con seguridad la presencia de cal en morteros arqueológicos. Para ello es necesario llevar a cabo estudios microvisuales, mediante la aplicación de técnicas experimentales físico-químicas. Tampoco un análisis químico elemental, como la fluorescencia de rayos X (FRX), o un análisis de los componentes minerales presentes en las muestras -a partir de la identificación de sus fases cristalinas-, mediante difracción de rayos X (DRX), son determinantes a la hora de dilucidar el origen de los diferentes tipos de calcita (Martínez y Vilaplana 2010: 124). Con el fin de abordar la presencia de la cal en la composición de restos de morteros constructivos prehistóricos se ha aplicado en distintos trabajos de las últimas décadas, un análisis mediante difracción de rayos X (DRX). Esta técnica puede revelar la presencia, por ejemplo, del mineral de calcita, con contenido en carbonato cálcico. No obstante, este análisis cristalográfico no proporciona información acerca de fases amorfas u orgánicas (Martínez y Vilaplana 2010: 124). A modo de ejemplo, la DRX ha sido empleada en restos constructivos procedentes de los yacimientos argáricos del Rincón de Almendricos y del Cerro de las Viñas de Coy (Lorca, Murcia), interpretados como enlucidos, en los que se observaban distintas capas distinguibles por su diferente coloración. En la composición de los fragmentos procedentes de ambos yacimientos se halló, mediante DRX, carbonato cálcico asociado a la presencia del mineral calcita, aunque no óxido de calcio. Los autores afirmaron que los constructores de las estructuras argáricas analizadas podrían haber conocido y aplicado la tecnología de la cal, pero que el óxido de calcio no se halló en los enlucidos al haberse transformado en carbonato cálcico, probablemente, mediante procesos postdeposicionales (Ayala y Ortiz 1989). Asimismo, en un estudio macrovisual de los restos constructivos de barro con improntas vegetales del Rincón de Almendricos, interpretados como pertenecientes a alzados y techumbres, se afirmaba que una parte de ellos estarían enlucidos con cal en su cara externa (Ayala, Rivera y Obón de Castro 1989: 282). Ante los problemas de identificación descritos, creemos necesario aplicar un protocolo de análisis integrado por diversas técnicas con las que poder diferenciar claramente la cal intencional o antrópica, de los carbonatos cálcicos de origen geológico o biológico. A continuación, pasamos a exponer de forma concisa las técnicas experimentales que conforman el protocolo de análisis seguido, según su orden de aplicación, partiendo de aquéllas que no destruyen la muestra. Dicho protocolo se concreta en: Como punto de partida, se establece la documentación gráfica mediante fotografía digital de la muestra a analizar. El segundo paso sería su observación, mediante una lupa equipada con una cámara digital. Esto nos permite una primera e importante aproximación, que nos guiará en las siguientes fases. B. Fluorescencia de rayos X (FRX). Consiste en un análisis químico elemental, tanto cualitativo como es indicativa de un cristal desordenado, lo que implica su formación a partir de óxido cálcico formado a alta temperatura. Por tanto, el uso de esta técnica nos podría permitir una primera aproximación al origen de la calcita en las muestras analizadas. E. Termogravimetría y análisis térmico diferencial (TG-ATD). Estos análisis proporcionan termogramas o curvas de temperatura, que recogen el comportamiento de las muestras al aplicarles un aumento lineal de temperatura. Mediante ellas se puede determinar el grado de humedad, la presencia de yeso o calcita en la composición o el rango de temperatura -temperaturas de inicio y finalización-de los procesos de descomposición térmica de estos compuestos (Martínez, Vilaplana, Juan, Such y Cazorla 2012: 2). La implementación de estas técnicas mediante su acople a un espectrómetro de masas (TG-MS) nos permite registrar cómo evoluciona la emisión de gases, tales como CO, CO 2 o vapor de H 2 O, por parte de la muestra, durante su proceso de descomposición térmica (Vilaplana, Such, Juan y García 2014: 82). Esto implica una mejora a la hora de interpretar las curvas, al delimitar mejor las pérdidas de peso producidas al calentarse la muestra que, en ocasiones, se han interpretado de manera errónea. Esta es una técnica destructiva, aunque necesita muy poca cantidad de muestra -ca. 20 mg-y para ella utilizamos la porción ya utilizada en los análisis anteriores. Si la calcita analizada mediante esta técnica proviene de la recarbonatación de un hidróxido cálcico -cal hidratada-, su temperatura de descomposición será inferior a la del carbonato cálcico original de partida. Esta variación parece estar relacionada con que, tras la recarbonatación, el tamaño de los cristales del nuevo carbonato formado es inferior a los del carbonato de partida (Webb y Krüger 1970: 317). Según esta idea, podríamos diferenciar la calcita pirogénica de la geológica. Ahora bien, estas temperaturas varían según las diferentes condiciones de análisis empleadas: velocidad de calentamiento, peso de la muestra, tamaño de partícula de la muestra, atmósfera empleada, etc. (Wendlant 1986: 12; Bish y Duffy 1990: 116-118), por lo que es difícil poder diferenciarlas adecuadamente. F. Microscopías: electrónica de barrido unida a una sonda de energía dispersiva de rayos X (SEM-EDX) y óptica de transmisión (MOT). Con ellas analizamos las superficies de las muestras, tanto si éstas están "frescas", como sobre lámina delgada. Este último análisis requiere el uso de una cierta porción de la cuantitativo, con el objetivo de conocer la composición química de los restos arqueológicos analizados. Esta primera aproximación resulta de utilidad para la interpretación posterior de los datos obtenidos en los análisis que se realizarán a continuación. Este análisis requiere la toma de una pequeña porción de muestra. En algunos casos, en los que no sea posible la toma de muestras, puede ser necesaria la microfluorescencia de rayos X (μFRX), que no precisa ninguna preparación (Martínez, Vilaplana, Such, Juan y García 2014: 341). C. Difracción de rayos X (DRX). Se trata de un análisis destinado a determinar los componentes minerales presentes en los restos, a partir de la identificación de fases cristalinas, aunque con bajo nivel de detección. De los prístinos asentamientos neolíticos se cuenta con el registro de parte de uno de ellos, Benàmer (Muro d'Alcoi, Alicante) (Torregrosa, Jover y López 2011) (Fig. 3), ubicado en el curso medio del río Serpis, el cual presentaba una secuencia de ocupación en la que se distinguieron, al menos, cinco fases. De ellas, aquí nos interesan las fases II y IV. La fase II, localizada en el sector 1, se corresponde con la documentación de lo que se ha interpretado como un área de hábitat de un grupo cardial de la segunda mitad del VI milenio cal BC, integrado por lo que pudo ser un fondo de cabaña y diversas áreas de producción al aire libre, entre las que destaca un conjunto de estructuras de combustión (Jover 2013). EL LEVANtE DE LA PENÍNSULA IbÉRIcA cOMO EJEMPLO: DE LOS PRIMEROS ASENtAMIENtOS AGRÍcOLAS A LAS cOMUNIDADES cAMPESINAS EStAbLES DE LA EDAD DEL bRONcE Dentro de la península Ibérica, las tierras centrales y meridionales valencianas constituyen uno de los espacios geográficos mejor conocidos en cuanto a la Prehistoria reciente se refiere. Una dilatada trayectoria investigadora y el desarrollo, en las últimas décadas, de un diverso número de proyectos de investigación y de excavaciones arqueológicas, han permitido contar con un destacado registro de asentamientos al aire libre correspondientes a comunidades agropecuarias, presentes desde mediados del VI milenio cal BC (Bernabeu, Molina, Diez y Orozco-7 De este momento se ha analizado un fragmento de mortero o material de construcción. En el mismo yacimiento de Benàmer, en su fase IV, correspondiente a finales del V o principios del IV milenio cal BC (Fig. 4), fue localizado en el sector 2 un conjunto concentrado de más de 200 estructuras negativas de tipo silo, algunas de las cuales presentaban una especie de enlucido blanquecino de varios centímetros de espesor en sus paredes interiores. Fragmentos de las mismas también han sido analizados. Por otra parte, también contamos con la información de dos asentamientos al aire libre del III milenio cal BC, ubicados ambos en la cuenca del río Vinalopó. El asentamiento de Galanet (Elche) (Jover, Torregrosa y García 2014), de inicios del III milenio cal BC, estaba integrado por numerosas estructuras negativas de tipo silo y foso. Vertidos en el interior de algunos silos, se documentaron algunos fragmentos de barro endurecido interpretados como restos de material constructivo (Fig. 5). Por su parte, el asentamiento de La Torreta-El Monastil (Elda) estaba integrado por silos, un foso de gran tamaño y parte del fondo de una cabaña (Jover 2010). En el interior del foso también se habían vertido gran cantidad de desechos de materiales constructivos. De un amplio conjunto de restos de barro -casi un centenar-, se seleccionaron dos de ellos. Por último, y en relación con el II milenio cal BC, las investigaciones arqueológicas han puesto de manifiesto un denso poblamiento estable en asentamientos al aire libre de diversos tamaños pero, sobre todo, dos espacios sociales coetáneos, aunque social y culturalmente diferentes: el espacio argárico en las tierras del sur de Alicante (López 2009) y el resto del este peninsular, que se englobaría dentro del área cultural del Bronce Valenciano (Jover y López 1997, 2009). En este espacio se ha excavado en diversos asentamientos, como Terlinques, Polovar y Cabezo Redondo en el corredor de Villena, así como en el yacimiento argárico de Cabezo Pardo (López 2014). Las muestras analizadas hasta el momento y recogidas en el presente trabajo proceden de diversos edificios de este último asentamiento, cuya cronología se sitúa en la primera mitad del II milenio cal BC. pertenecen a diversos fragmentos constructivos de barro o de revestimientos. Proceden de los asentamientos señalados con diferentes cronologías, desde el Neolítico antiguo cardial hasta momentos plenos de la Edad del Bronce (Fig. 6). ANÁLISIS Y RESULtADOS DE LAS MUEStRAS SELEccIONADAS Las muestras analizadas con el objetivo de determinar la posible presencia de cal en ellas, un total de doce, Fig. 6. Cuadro explicativo con la aplicación de las distintas técnicas aplicadas a la determinación del origen del carbonato cálcico. identificación incorrecta del carbonato cálcico como cal antropogénica. Estas estructuras se asocian a la fase neolítica postcardial, datada hacia la segunda mitad del V milenio cal BC. Se trata de dos estructuras de gran tamaño, con revestimientos de varios centímetros de espesor en sus paredes, que presentaban diferentes estratos de relleno con escaso material arqueológico. Ambos fragmentos de recubrimiento presentaban una coloración blanquecina y mostraban dos superficies paralelas, una de ellas plana y compacta, que fue interpretada como la cara interna (Torregrosa, Jover y López 2011). La determinación de la composición química mediante FRX reveló la presencia predominante de carbonato cálcico, y la aplicación de DRX y espectroscopía infrarroja ATR-IR aportó la presencia del mineral calcita, además de cuarzo y caolinita. No obstante, el empleo de microscopía, combinando la microscopía electrónica de barrido (SEM) con la óptica de transmisión (MOT), mediante láminas delgadas, determinó que la presencia de calcita era biogénica, por lo que el supuesto revestimiento de las estructuras negativas con probable contenido en cal resultó ser una mineralización y calcificación de cianobacterias, cuya composición química es mayoritariamente carbonato cálcico. Por otra parte, del asentamiento del IV milenio cal BC de Galanet (Elche, Alicante), se ha abordado el estudio de las muestras de tres fragmentos constructivos procedentes de la UE 250, relleno de la estructura negativa circular UE 249. Se trataba de fragmentos de morteros Por una parte, se aplicó el protocolo analítico señalado, integrado por cinco técnicas instrumentales -FRX, DRX, ATR-IR, TG-ATD, SEM-EDX/MOT-a un fragmento de barro, interpretado como de naturaleza constructiva, procedente del asentamiento neolítico cardial de Benàmer (Muro d ́Alcoi, Alicante). La muestra procede de la UE 1017, ubicada en el sector 1 del yacimiento. Se trataba de un estrato de tierra de relleno, con presencia de limos orgánicos compactos de coloración negruzca y gran cantidad de restos arqueológicos, en su mayor parte fragmentos cerámicos y productos líticos. El fragmento no presentaba improntas ni caras distinguibles. La muestra estaba compuesta principalmente por calcita, cuarzo, arcillas, así como por otros elementos como hematita, sin descartar otros óxidos/hidróxidos de hierro, o rutilo. La aplicación de ATR-IR no reveló la presencia de materia orgánica en la muestra concreta tomada, sí observándose carbón y cenizas en el fragmento mediante microscopía, que por su localización en la pieza no formarían parte de la matriz del mortero, sino que se habrían depositado sobre él. El estudio reveló la presencia de carbonato cálcico recarbonatado, pero éste habría tenido su origen en la combustión de biomasa, es decir, de cenizas y carbones presentes en la muestra, que habrían sido, probablemente, añadidos como estabilizantes a la tierra con finalidades constructivas (Vilaplana, Martínez, Such y Juan 2011). Del mismo modo, el estudio de dos muestras procedentes del recubrimiento interno de dos silos (Fig. 7) de la fase IV del mismo yacimiento de Benàmer, ha resultado ser muy ilustrativo en cuanto a las técnicas físico-químicas que pueden aplicarse para evitar una Fig. 7. Silos UE 2121 y 2131 del yacimiento de Benàmer, de los que proceden los recubrimientos analizados. El uso dE la cal En la construcción durantE la PrEhistoria rEciEntE capas a modo de enlucidos (Fig. 9). El análisis de la composición química de los restos mediante FRX reveló óxidos de calcio, y en la composición mineral se halló calcita tras aplicar DRX, así como cuarzo y dolomita. La espectroscopía mediante reflectancia total atenuada (ATR-IR) documentó asimismo la presencia de calcita en la composición. No obstante, los análisis termogravimétricos aportaron unas curvas de temperatura de descomposición de la calcita algo inferiores a las indicadas habitualmente en la bibliografía en la producción de cal. En cualquier caso, se estableció la presencia de carbonato cálcico recarbonatado en el mortero, con fragmentos de piedra caliza sin carbonatar, que pueden deberse a que los restos estuvieran incluidos como impurezas de algún componente del mismo, pero también pueden provenir de la roca calcárea original y no haberse transformado durante el proceso de calcinación, al no alcanzarse suficiente temperatura o no haberse mantenido ésta suficiente tiempo. Por último, el estudio realizado sobre cuatro muestras de elementos constructivos de barro procedentes del poblado argárico de Cabezo Pardo (San Isidro/ Granja de Rocamora, Alicante), situado en la primera mitad del II milenio cal BC (López 2014), ha planteado asimismo el posible uso de la cal antropogénica como revestimiento de los alzados de una estructura de su segunda fase de ocupación, cuya fecha de construcción se data en torno al 1780 cal BC (Jover, López y García-Donato 2014). de tierra vertidos al interior del silo como material de desecho, junto a una gran cantidad de material arqueológico. Los elementos de barro analizados no presentaban improntas vegetales que se pudieran corresponder con las de un entramado constructivo. Sí mostraban marcas de elementos vegetales desaparecidos integrados en el mortero, así como orificios que pueden corresponderse con huellas de ramas o haber sido producidos por insectos anélidos. En este caso, a las técnicas utilizadas en estudios previos se añadió la termogravimetría acoplada a un espectrómetro de masas (TG-EM). Los resultados de las distintas técnicas aplicadas proporcionaron un considerable porcentaje de carbonato cálcico en la composición de las muestras, pero no se han hallado evidencias de que se hubiera empleado cal antropogénica. Sin embargo, la aplicación de este mismo conjunto de técnicas físico-químicas -FRX, DRX, ATR-IR, TG-ATD, SEM-EDX-a dos muestras procedentes de elementos constructivos de barro del asentamiento de la Torreta-El Monastil (Elda, Alicante) (Fig. 8), de mediados del III milenio cal BC, sí ha apuntado la posible presencia de cal antropogénica en los morteros. Los fragmentos escogidos para su análisis -muestras 4860 y 4864-proceden del foso UE 2, donde fueron hallados un total de 96 fragmentos de similares características. Ambos presentan coloración blanquecina, una cara plana y e improntas de sección circular generadas por elementos vegetales desaparecidos, así como diversas Fig. 8. Fotografía del foso de La Torreta-El Monastil y plano con la distribución general de restos arqueológicos. Para esta muestra y en el caso del encalado o pintado, necesariamente las dolomías utilizadas en su fabricación han tenido que sufrir un proceso pirotecnológico, puesto que no habría sido posible conseguir el mismo resultado utilizando materiales de origen geológico. Con el desarrollo de la arqueología procesual en la década de 1970, en buena parte del ámbito mediterráneo y europeo, la disciplina arqueológica adquiría un perfil cientifista, gracias a la introducción del método hipotético-deductivo, metodologías científicas probabilistas y un amplio número de técnicas procedentes de las ciencias naturales, como la química. En este marco, se empezaron a efectuar un amplio y variado número de estudios analíticos de tipo arqueométrico, sobre toda clase de restos arqueológicos. Una de las vías de investigación que se abrieron a partir de entonces fue la determinación de la presencia de cal entre los componentes de los materiales inorgánicos utilizados Por un lado, las tres muestras procedentes de las UUEE de derrumbe 1063 y 1067, de la fase I o fundacional de Cabezo Pardo, presentan gran dureza, improntas negativas vegetales de caña y carrizo, marcas provocadas por insectos anélidos, restos de gasterópodos en el mortero de barro y, una de ellas, una capa de enfoscado de barro en una de sus superficies alisadas. La totalidad de las muestras estarían compuestas mayoritariamente del mineral calcita, seguido del cuarzo, según la DRX. Del mismo modo, se identificó la presencia de carbonato cálcico procedente del aragonito presente en los gasterópodos que formaban parte de los morteros de tierra. No obstante, la cuarta muestra, procedente de la UE de derrumbe 1139 de una estancia interpretada como singular, el llamado edificio L (Fig. 10), presentaba características diferentes. El resto constructivo de barro del que se tomó, poco cohesionado y compuesto principalmente de dolomita, presentaba una superficie alisada cubierta por un enfoscado y, sobre éste, una delgada y heterogénea capa de coloración blanquecina. En la superficie de este encalado o pintado se observan las marcas de los trazos realizados durante este proceso, posiblemente con una brocha de esparto o fibras vegetales blandas (Fig. 11). Esta fina capa estaba compuesta por dolomita y calcita. El interior del mortero de barro contenía restos orgánicos carbonizados, entre los que se identificaron semillas. petrográfica sobre las mismas muestras determinó que realmente se trataba de material calcáreo sin combustionar (Matthews, French, Lawrence y Cutler 1996). Así, el empleo de láminas delgadas se ha aplicado al problema de la determinación de la cal en morteros prehistóricos (Goren y Goldberg 1991; Karkanas 2007; Goren y Goring-Morris 2008), así como la microscopía infrarroja (Chu, Regev, Weiner y Boaretto 2008). Estos estudios cuentan con las limitaciones inherentes al empleo de una sola técnica en aquellos trabajos de investigación que pretendían caracterizar las muestras de morteros constructivos. Es necesaria, por tanto, la aplicación de diversas técnicas de carácter complementario. No obstante, por su singularidad y en relación al tema que nos ocupa, es necesario mencionar aquí las denominadas "tumbas-calero" del valle de Ambrona (Soria). Se trata de unos enterramientos tumulares de cronología neolítica -Peña de la Abuela y La Simacompuestos por una falsa bóveda de piedras calizas, que posteriormente habrían sido incendiados de forma en la construcción. A modo de ejemplo, la aplicación de técnicas como la DRX en yacimientos del Próximo Oriente, permitía plantear el empleo de la cal ya desde el Epipaleolítico Geométrico de Kebaran (Bar-Yosef y Goring-Morris 1977), y su empleo en el ámbito de la construcción durante la fase Natufiense (Kingery, Vandiver y Prickett 1988), servía para deducir la progresiva consolidación y sedentarización de los grupos cazadores y recolectores en vías de neolitización. Así, el empleo de esta técnica instrumental se extendió a otras zonas del Mediterráneo como la península Ibérica, aplicada en solitario (Ayala y Ortiz 1989; García, Carrión, Collado, intencional. Fruto de dicha combustión se materializó una gruesa capa de cal, que selló los mismos (Rojo, Kunst y Palomino 2002). La reproducción experimental del enterramiento de la Peña de la Abuela ha resaltado, entre otras cuestiones, la cantidad de trabajo que tuvo que ser necesario invertir en el abastecimiento y transporte de las distintas materias primas necesarias para su construcción, tarea que probablemente hubo de abordarse de forma comunal (Rojo 1999: 9). Si bien la interpretación dada a los hallazgos apunta a la producción de cal al combustionar una estructura caliza de carácter funerario, es cierto que este material no ha sido identificado mediante técnicas instrumentales como resultado de un proceso de origen antrópico. Los resultados de la reproducción experimental indican que "sólo la parte superior de la estructura se transformó en CaO, mientras que en los dos tercios inferiores (de la estructura), sólo una pequeña capa se deshidrató suficientemente como para descomponerse en cal viva" (Rojo 1999: 8), unido esto a que, en el proceso de excavación, se documentó "una potente costra de cal de unos 20-25 cm de espesor y 20 m2 de superficie", cuyo levantamiento "dejó al descubierto la evidencia de un nivel de incendio en forma de capa cenicienta y restos vegetales en avanzado proceso de combustión. Paralelamente se recuperaron, en y bajo este nivel de incendio, numerosos restos humanos completamente calcinados" (Rojo 1999: 5). Ello nos induce a pensar que la capa de cal se formó a partir de la de cenizas, originada por la combustión del material vegetal de la pira, y que durante la combustión se alcanzaron temperaturas suficientes para descomponer el carbonato cálcico formado en la descomposición del oxalato cálcico de la materia vegetal. Por ello, la cal producida no tendría un origen antrópico, aunque sin los análisis pertinentes, esto no puede asegurarse. De cualquier modo, estas "tumbas-calero", sin consistir en la materialización de producción de cal para un uso al margen del funerario, podrían reforzar el planteamiento de que la tecnología de la cal se conociese en la península Ibérica durante el Neolítico, si se constatase el probable uso de la cal en más asentamientos de esa cronología. Como ya hemos adelantado, esta cuestión no puede abordarse obviando los problemas planteados en la investigación a la hora de discriminar, en el análisis de muestras de morteros arqueológicos, entre la presencia de carbonatos cálcicos naturales y la cal. No obstante, la aplicación de forma aislada de determinadas técnicas instrumentales, más que profundizar sobre bases firmes en la resolución de dicho problema, vendría a seguir errando, no sólo en la caracterización de los morteros, sino también en las proposiciones de orden social deducibles de los mismos. Algunas técnicas, como la DRX, se siguen aplicando en solitario en la caracterización de morteros, interpretando la presencia de cal como un producto antrópicamente generado. En cuanto a algunos de los asentamientos de cronologías posteriores, correspondientes a sociedades iberas -s. IV a.C.-del Levante peninsular, como la Bastida de les Alcusses (Moixent, Valencia), son únicamente la aproximación sedimentológica y las referencias a la abundante presencia de cal en asentamientos del entorno de la misma cronología, las que argumentan la existencia y el empleo de cal de origen antrópico (Ferrer 2010), pero no la aplicación de técnicas de caracterización arqueométrica. Por esta razón, en la línea de investigación emprendida sobre la caracterización de los materiales empleados en la construcción de momentos de la Prehistoria reciente en las tierras del Levante peninsular, hemos optado por seguir la propuesta de Middendorf, Hughes, Callebaut, Baronio y Papayianni (2005), de aplicar diversas técnicas, cuyos resultados son complementarios en buena medida. No obstante, la experiencia alcanzada con los resultados obtenidos también ha mostrado que, a pesar del protocolo instrumental aplicado, no siempre puede discriminarse el origen de los carbonatos cálcicos presentes en las muestras. Quizá, cuando el número de muestras sea más cuantioso, podrá determinarse su origen con mayor precisión. Por el momento, y con los resultados obtenidos del análisis de un total de doce muestras procedentes de distintos yacimientos, y con una cronología que abarca desde el Neolítico a la Edad del Bronce, podemos proponer que en la zona del Levante peninsular no se fabricó y empleó la cal hasta, posiblemente, momentos avanzados del III milenio cal BC. No obstante, los primeros grupos neolíticos, implantados desde mediados del VI milenio cal BC, ya conocían las propiedades aglutinantes de la ceniza y otras materias carbonizadas, en especial si éstas procedían de estructuras de combustión elaboradas con cantos calizos, por lo que pudo darse su empleo en morteros. En cualquier caso, los datos disponibles permiten descartar que la presencia de la cal se relacione con la llegada de los fenicios a las tierras peninsulares (Díes 1994; Blázquez 2008: 26-27). Las dos muestras analizadas del asentamiento de La Torreta-El Monastil, datado hacia mediados del III milenio cal BC, ya permiten plantear, aunque no asegurar, el uso de la cal en el mismo. No obstante, requiere todo un proceso de elaboración previo, que supone una mayor necesidad de empleo de energía humana que la preparación y adición de otros estabilizantes a los morteros de tierra, como los vegetales, el estiércol o la ceniza. La cal, que parece documentarse en algunas construcciones del área del Levante peninsular a partir de momentos avanzados del III milenio cal BC, se produciría, considerando los datos de los que disponemos hasta el momento, en pequeñas comunidades y para un uso doméstico, reducido al ámbito del propio lugar de hábitat. Para obtener el producto final sería necesario todo un proceso previo de trabajo, que comenzaría con la obtención de los recursos naturales necesarios para ser empleados como materias primas. Además de la propia piedra caliza, que habría de recogerse de la superficie terrestre o ser obtenida en canteras, sería necesaria una considerable cantidad de combustible, generalmente madera, aunque también puede emplearse estiércol para este fin, previamente secado al sol (Aurenche y Maréchal 1985: 405). La cantidad considerable de madera necesaria para la producción de cal se añadiría a la ya requerida por otras actividades, como la alimentación, la obtención de calor o la construcción. Por tanto, la producción de cal y su uso extendido en la sociedad supone un cambio en la relación de las comunidades campesinas con el medio natural en el que viven, ya que requiere de una mayor inversión laboral y una mayor incidencia antrópica sobre el medio vegetal del entorno de los asentamientos, aspecto que, a nuestro juicio, debería comenzar a valorarse en mayor medida, en relación con la incidencia del impacto humano sobre el medio. Pero, al mismo tiempo, también implica un cambio en las relaciones sociales, ya que con su empleo se consiguen construcciones más estables y duraderas, afianzando la transmisión generacional de los espacios residenciales y, por extensión, la transmisión de la propiedad. Por otro lado, la piedra caliza pudo calcinarse, en un primer momento, quizá accidentalmente, en estructuras de combustión destinadas a otras funciones, como la cocción cerámica. La producción de cal también pudo comenzar a desarrollarse a raíz de que las comunidades comprobaran la reacción del agua al contacto con piedras calizas expuestas a altas temperaturas, que se utilizaran para cocinar sobre ellas (Carran, Hughes, Leslie y Kennedy 2011: 118; Villaseñor y Barba 2012: 14). No obstante, la obtención de la cal en sí requiere una muestras de fragmentos de morteros, de éste y otros yacimientos coetáneos. No obstante, otros indicadores indirectos podrían avalar la producción de cal desde, al menos, estos momentos, o incluso en fechas algo anteriores. Por un lado, consideramos un indicio de enorme importancia que en varios fragmentos constructivos, además de observarse una cara alisada, ésta está enfoscada con varias capas superpuestas de una materia cuya coloración es de tendencia blanquecina. Por otro lado, desde aproximadamente el 2800-2700 cal BC, comienza a constatarse la edificación de cabañas de tendencia circular con zócalos de piedra (Jover, García, Moratalla, Segura, Biete, Tormo y Martínez 2012). Cabría la posibilidad de que transformaciones como éstas en las técnicas constructivas vayan unidas al desarrollo de otras mejoras y, así también, a los inicios de la producción de cal antropogénica. En cualquier caso, los análisis efectuados sobre diversos fragmentos de morteros de la primera fase del asentamiento de la Edad del Bronce de Cabezo Pardo, datada a inicios del II milenio cal BC, no muestran indicios del empleo de la cal, aunque los enfoscados del edificio L de la segunda fase constructiva de este mismo poblado, ya lo evidencian. La presencia, en varios asentamientos de la Edad del Bronce como Cabezo Redondo (Soler García 1987) o La Almoloya (Lull, Micó, Rihuete y Risch 2015), de enfoscados blanquecinos sobre morteros similares, mostraría, en caso de comprobarse que se trata de cal -en el caso del Cabezo Redondo, análisis químicos propios inéditos nos muestran hasta 10 capas de encalados en un mismo fragmento-, que la producción y uso de este producto ya se habría extendido entre las comunidades campesinas del II milenio cal BC, aunque, al parecer, solamente sería empleada en el enlucido de determinados edificios. Ello concordaría con los primeros usos de la cal en el Próximo Oriente (Kingery, Vandiver y Prickett 1988), en enlucidos, pavimentos y, con posterioridad, en morteros constructivos. cONcLUSIONES La aplicación de la cal a usos constructivos aporta a los morteros cohesión y resistencia, además de protección frente a la humedad interna y externa, tanto en pavimentos, como en alzados. Es un excelente estabilizante constructivo, que supondría una gran mejora en las condiciones de habitabilidad de los espacios construidos AGRADEcIMIENtOS Queremos agradecer al personal de los Servicios Técnicos de la Universidad de Alicante su disposición y ayuda a la hora de realizar los análisis de las muestras. También agradecer a Palmira Torregrosa Giménez, Juan Antonio López Padilla y a la empresa Alebus Patrimonio Histórico S.L.U. la cesión de materiales para su estudio y publicación.
Esto se debe, posiblemente, a que su estudio casi no fue abordado luego de que, en la década del 30 del siglo XX, se generó una gran controversia en torno a su origen natural o antrópico (Wagner y Wagner 1934; Relaciones 1940). Caracterizó sus aspectos de conjunto (orientación, disposición entre sí y en relación a otro tipo de formaciones) y en tanto unidades (variación de tamaños y composición cultural), preguntándose sobre las características que pudieron haber tenido las viviendas dada la ausencia de registros constructivos (Lorandi 2015). No obstante estos acercamientos, hasta ahora no se habían realizado estudios específicos sobre la arquitectura y el espacio doméstico de las poblaciones prehispánicas de la región ni sobre su relación con el problema de los montículos de Santiago del Estero. INtRODUccIÓN Y PLANtEO DE LA PRObLEMÁtIcA En gran parte de la provincia de Santiago del Estero (tierras bajas de Argentina) (Fig. 1) se registran montículos arqueológicos cuyo origen y significación conductual en relación a los espacios de habitación del pasado presentan varios interrogantes. Este tipo de configuración, con variantes estructurales y culturales, es característico de las poblaciones de las tierras bajas sudamericanas y su estudio ha ido cobrando creciente importancia en concordancia con el papel activo que se les ha ido reconociendo a dichos grupos en su modelación (Ochoa, Rostain y Salazar 1997; Barreto 2006; Bonomo, Politis y Gianotti 2011; Rostain 2011; Prümers y Jaimes Betancourt 2014, etc.). A pesar de participar de esta problemática macro-regional, los montículos de Santiago del Estero no han sido considerados en MONtÍcULOS, REPRESAS Y ESPAcIO DOMÉStIcO EN LA ARQUEOLOGÍA SANtIAGUEÑA El primer acercamiento al tema fue la definición, realizada a principios del siglo XX por Emilio y Duncan Wagner (1934), de un patrón de montículos ("túmulos") en vinculación con depósitos de agua ("represas"). Los autores señalaron que los montículos se orientaban o bien "a modo de avenidas", o formando grupos, y presentaban dimensiones máximas de 25 a 50 m y hasta 3-4 m de alto (aunque nuestro registro remite a menores medidas, sobre todo en altura). El patrón fue presentado como producto de la acción antrópica, conformando yacimientos de diferentes extensiones, con cantidad y tamaños variados de montículos. Esta idea llevó a los autores a plantear que la región había sido habitada por una civilización muy avanzada y antigua de constructores de túmulos, evocando similitudes con los Mound Builders de EE.UU., algo que los miembros de la Sociedad Argentina de Antropología vieron como afrenta a una naciente ciencia argentina (Relaciones 1940; Martínez, Taboada y Auat 2011). Les objetaron la gran antigüedad, la función funeraria a la que el término "túmulo" aludía, y el origen construido de los montículos. Sin embargo, aunque ambiguamente expresado, los Wagner en realidad dijeron que los montículos de Santiago del Estero habían servido para el "asiento de habitaciones". El origen construido lo aplicaban al núcleo de base sobre el cual señalaban que se acumulaban a lo largo del tiempo desechos domésticos. Afirmaron, por su parte, que las represas habían sido "cavadas por la mano del hombre". En franca disputa y negando los que eran aciertos, sus opositores plantearon que estas estructuras no podían haber sido ejecutadas de forma planificada y que eran producto del aprovechamiento de la topografía natural (Frenguelli 1940), resultando planteos tan acotados como aquellos de los Wagner para entender la variabilidad de los procesos antrópicos en torno a ellas. El análisis del ámbito doméstico quedó así subsumido en la confrontación sobre la génesis y antigüedad de los montículos. No hubo una problematización sobre cuáles podían ser los procesos, construcciones y actividades que habían dado lugar a los montículos, ni cómo se concebían los espacios de habitación. Tampoco se pensó la vinculación entre ellos en términos de actividades concretas, complementarias o diferenciadas. Los restos eran simplemente asignados a dos tipos de Estas formaciones se organizan en el terreno según diversas disposiciones y en distinta asociación a relieves negativos, tradicionalmente referidos como "represas", además de a áreas bajas longitudinales, interpretadas como paleocauces y/o posibles canales antrópicos (Wagner y Wagner 1934; Reichlen 1940; Lorandi 1978; Ortiz y Fernández 2014). También diferentes actividades y configuraciones expuestas por las crónicas coloniales (Lorandi 2015) hacen legítimo preguntarse por el papel que las poblaciones pudieron desarrollar en la modelación del terreno en relación a diversas épocas y situaciones socioculturales. Hoy es posible pensar en una variedad de formaciones de diverso origen, uso y características, y afirmar que los montículos con restos arqueológicos de la llanura santiagueña son producto de procesos antrópicos y naturales combinados. Estos han generado un registro diferenciado que puede ser interrogado por la arqueología para intentar comprender los modos de instalarse y habitar de las poblaciones de la región. Sin embargo, la variedad de situaciones de la que parecen ser referentes fue quedando oculta tras la unificación en un mismo rótulo clasificatorio. Esta diversidad remite no solo a diferencias de orden natural y a diversos procesos de formación puestos de relieve en las discusiones pioneras, sino también en las actividades domésticas y en las construcciones desarrolladas, con implicancias para pensar usos y formas de vida particulares. En este último aspecto nos centramos en este trabajo, que consta de dos partes. Primero, presentamos información desconocida para la región en términos de evidencias arquitectónicas y estratigráficas, a las que sumamos luego la relectura de datos aportados por otros autores para plantear diversas situaciones en torno a los montículos y su potencial para analizar la estructuración de los espacios domésticos y modos de habitar. Dado que la mayor parte de los trabajos que abordan la problemática de los montículos de las tierras bajas sudamericanas enfatiza el estudio de las secuencias culturales, funcionalidad, origen, monumentalidad y/o construcción del paisaje (Rostain 1999; Erickson 2000; Cabrera 2013; Gianotti y Bonomo 2013; Pestana 2013; entre otros), este artículo aporta una mirada centrada en el espacio doméstico y la arquitectura asociada como otro modo de acceder al análisis de formas de vida en torno a una práctica de instalación generalizada macroregionalmente. integrar el análisis de la arquitectura y el entorno construido, a los que se confiere un papel crucial dentro de dicho enfoque (por ejemplo, Adams 1983; Manzanilla 1986; Wilk y Ashmore 1988; Stanish 1989; Kent 1990; Blanton 1994) y en el cual damos particular relevancia a una concepción dinámica y cambiante de la arquitectura en relación a la historia de vida de las construcciones y a las necesidades del grupo doméstico (Schiffer 1972; Stevanovic 1997). El estudio del registro arqueológico en los términos referidos se complementa, en este trabajo, con el análisis de expectativas surgidas de una observación actual de los modos locales tradicionales de construir y usar el espacio doméstico. Sin ser específicamente un estudio etnoarqueológico, nuestra estrategia de investigación asume sus fundamentos teóricos-metodológicos, que buscan "información sistemática acerca de la dimensión material de la conducta humana, tanto en el orden de los comportamientos y actividades concretas que los producen, como en el de las pautas de racionalidad subyacentes. Es una generadora de referentes análogos para la interpretación arqueológica y es una fuente de producción y contrastación de hipótesis y modelos acerca de cómo funcionan las sociedades" (Politis 2004: 92). De hecho, la argumentación analógica en el proceso de interpretación del registro arqueológico ha sido reconocida por gran cantidad de arqueólogos (Cfr. Sin embargo, como ha marcado Nielsen (2001), es necesario proceder con precaución en la analogía con pueblos actuales, ya que el seguimiento de un modelo limitado conlleva el riesgo de ignorar usos y tipos funcionales de estructuras arquitectónicas no registrados en casos etnográficos. Como también señala este autor, una de las más importantes contribuciones de la arqueología de unidades domésticas, o incluso de la arqueología en general, radica en la posibilidad de estudiar configuraciones sociales completamente diferentes a aquellas que existen en el presente y que, de hecho, abordaremos también en este trabajo. En nuestro caso, la legitimidad de integrar algunas implicancias derivadas de una observación actual se basa en la permanencia y determinación del ambiente local tanto en los materiales constructivos y en sus patrones de destrucción natural, como en los requerimientos de eficiencia, que generan pautas conductuales de uso del espacio actividades: funerarias o domésticas. Sin embargo, algunos investigadores que por entonces tomaron cierta distancia de aquellas disputas, como Reichlen, von Hauenschild y Greslebin, aportaron datos y gráficos muy interesantes a partir de trabajos de campo en Santiago del Estero que se suman a información consignada por los Wagner, y muy posteriormente por Lorandi, para pensar actualmente el tema. Además, tres informes inéditos de von Hauenschild, Vellard y Lorandi ofrecen valiosas referencias no registradas en las publicaciones. Este corpus documental, analizado a la luz de una nueva problematización, de nuestras propias excavaciones, y de un modelo preliminar de uso del espacio habitacional nos llevó a re-conceptualizar en otros términos la información disponible y plantear la existencia de diferentes tipos de montículos y situaciones que analizaremos en este trabajo. Como marco general nos encuadramos dentro de la llamada "Archaeology of Architecture" (sensu Steadman 1996), que se aboca al estudio del ambiente construido reconociéndole el papel que puede desarrollar en las relaciones sociales. Uno de sus fines es definir prácticas constructivas y formas de uso del espacio habitacional como un medio de acceder a las conductas cotidianas, modos de vida y organización social de los grupos domésticos en relación a sus marcos históricos de referencia y a una dinámica mutuamente constituida. Estos objetivos pueden ser abordados a partir de diversas orientaciones, según prioricen algún aspecto del accionar social o escala de abordaje. En nuestro caso, tomaremos como unidad de análisis el espacio doméstico (Household archaeology), buscando el contenido social detrás de las formas constructivas habitacionales. Su adopción como foco de análisis arqueológico tiene importantes fundamentos prácticos y teóricos que han sido señalados por Wilk y Rathje (1982). Entre ellos cabe destacar la posibilidad de establecer correlatos materiales del grupo doméstico. Dado que las actividades que desarrollan estos grupos generan residuos que se incorporan al registro arqueológico (Seymour y Schiffer 1987), se busca determinar el rango de actividades desarrolladas (por ejemplo, Netting, Wilk y Arnould 1984; Ashmore y Wilk 1988), indagando sobre su organización espacial y sus transformaciones en función de los cambios en la sociedad y en la economía. Este marco conceptual permite 5 otros que también pudieron darse-similar al tradicional en su configuración y arquitectura, con posibles diferencias de instalación, disposición y resolución en función de tiempo, espacio y tradiciones culturales. La comprobación -para al menos fines de la época prehispánica-de asentamientos estables, con agricultura e importantes vínculos interregionales, sumada a referencias coloniales sobre la existencia de viviendas de cierta estabilidad en torno de poblados organizados, habilita pensar en un modo de vida ligado a arquitectura permanente para dicho momento, pero no necesariamente para períodos anteriores u otras situaciones. En cualquier caso, la carencia de indicadores arqueológicos de construcciones, y las características ambientales de la región -ausencia absoluta de piedra y abundancia de árboles de maderas duras-, hacen presuponer edificaciones domésticas de tierra y madera, quizás similares a la construcción tradicional1 (Fig. 2), con necesidad de acondicionamiento periódico y con poca visibilidad directa en el registro arqueológico. Una cita sobre la vivienda de los sanavirones que podrían ser análogos generales a los prehispánicos en función de similares condicionantes y necesidades. Sin embargo, como ha señalado Politis, el "grado de semejanza por sí mismo no garantiza de modo alguno la fortaleza de la argumentación ni la veracidad de los enunciados" (Politis 2004: 3). La metodología adoptada, entonces, "no pretende establecer relaciones no ambiguas y regularidades transculturales entre las conductas y sus derivados materiales, sino solo establecer relaciones de tipo general e intentar entender bajo qué condiciones sociales se puede esperar cierto tipo de registro arqueológico" (Politis 2004: 21-22). Nuestra investigación apunta a los objetivos señalados precedentemente, planteándose como primera instancia para este artículo, la definición de pautas arquitectónicas y de uso del espacio doméstico y sus posibles variantes en tiempo, espacio y situaciones socio-históricas, dada la -hasta ahora-ausencia de tratamiento del tema para la llanura santiagueña. Sobre la base de un modelo básico de performances (Nielsen 1995(Nielsen, 2001;;Taboada 2003), de la relectura bibliográfica, de nuevos trabajos de campo generados por nuestro proyecto, y de observaciones actuales sobre modos tradicionales de construir y organizar el espacio habitacional en la zona de trabajo de campo, consideramos viable un modelo de habitación prehispánico tardío -entre Fig. 2. Habitación realizada con material y técnica tradicional de palo a pique. Vivienda de la Familia Silva. También se generaron expectativas arqueológicas a partir de la observación actual de construcción, remodelación, desarme, abandono y deterioro de viviendas -indígenas que al momento del arribo hispano ocupaban la actual zona de Córdoba y parte de la llanura santiagueña-la caracteriza efectivamente en dicho sentido, conformada por "...cuatro horcones clavados en tierra; techo asentado sobre estos palos, de ramas y paja amasada con barro, paredes de adobe crudo, grosero o de tierra pisoneada, o de quincha, tan sólo, y puerta de caña, de tientos, o de varas de alguna planta forestal" (Cabrera 1931en Di Lullo 1943: 81). Con base a la orientación señalada, generamos entonces expectativas arqueológicas sobre el potencial registro arqueológico que cabría esperar de haberse dado una organización del espacio, actividades cotidianas básicas y prácticas constructivas similares a las actuales (Figs. 3 y 4) y al modelo en juego, así como otras que pudieran rechazarlo parcial o totalmente. El modelo concibe un espacio doméstico prehispánico tardío organizado, pero constructivamente discontinuo, en torno a un ambiente principal techado usado fundamentalmente para el resguardo de bienes y personas, con posibilidad de estructuras menores semi-cerradas (por ejemplo, cocina) y áreas al aire libre donde se desarrollaría la mayor parte de las actividades dada la posibilidad de iluminación, ventilación, comunicación, amplitud, etc. Las ofertas y limitaciones ambientales de la región serían muy posiblemente determinantes de una tecnología constructiva mixta, basada en tierra y especies vegetales, como es la tradicional del lugar, aun cuando las formas de resolución pudieran ser diferentes e incluir otros materiales. de este tipo en relación a pensar su historia de vida (Schiffer 1972; Taboada 2005). Cierra el modelo una concepción dinámica de la arquitectura (Stevanovic 1997; Taboada 2003Taboada, 2005Taboada, 2010)), en tanto puede ir cambiando a medida que se transforman las necesidades de la unidad doméstica que la habita, y del proceso de deterioro de las construcciones. Esto incluye la posibilidad de modificaciones estructurales y de ubicación por acciones de remodelación y reutilización de materiales, como se da hoy a medida que el rancho santiagueño va envejeciendo. Cabe resaltar la intensa afección por lavado y salinización de estas construcciones mixtas, ante lo cual es frecuente el desarme y rearmado en espacios contiguos, con reutilización de postes de quebracho por varias generaciones, reformulación del uso de estas áreas, e inclusión de restos de las construcciones caídas (tierra de techos y muros) y rasgos (hoyos de poste, bordes del piso) a la matriz del suelo de un espacio que acoge nuevas actividades y usos, con importantes implicancias a nivel de registro arqueológico (Fig. 5). ANÁLISIS DEL REGIStRO ARQUEOLÓGIcO LOcAL Primera parte: nuevos datos de campo A partir de 2011 iniciamos trabajos de campo en sitios arqueológicos de la cuenca del río Salado medio-sur (en el área de los Bañados de Añatuya de Santiago del Estero) que no se trabajaban desde la década del 40 del siglo XX, concentrándonos en el estudio del sitio Sequía Vieja (ver fig. 1). Varios fechados obtenidos y contextos excavados dan cuenta de una ocupación prehispánica tardía y colonial (Taboada 2014), manejando la hipótesis que Sequía Vieja fue un asentamiento indígena prehispánico que se transformó en asiento del pueblo de indios de Lasco durante la Colonia (Taboada y Farberman 2014). Los sitios de esta zona presentan -además de las evidencias de desarrollo local-bienes incaicos, que pensamos son el resultado de interacciones con el Tawantinsuyu (Angiorama y Taboada 2008; Taboada y Angiorama 2010; Taboada, Angiorama, Leiton y López Campeny 2013). Estos y otros indicadores no han llevado a plantear que, al menos, para momentos prehispánicos finales, las poblaciones de esta zona estaban lejos del estereotipo de sociedades simples con que se caracterizó a los pueblos de tierras bajas, mostrado, en cambio, capacidad de negociación política y caciques sostenidos durante la Colonia (Taboada y Farberman 2014; Taboada 2016). El área de los Bañados de Añatuya se inserta en plena llanura en el chaco santiagueño, a una altura media de 90 m.s.n.m. Presenta vegetación de monte xerófilo y gran dinámica fluvial. Es periódicamente afectada por desbordes estivales del río Salado y por sequías en época invernal. El sitio Sequía Vieja ocupa un área naturalmente algo más elevada que el área circundante. Se extiende por 15 ha y se compone de decenas de montículos de diverso tamaño y altura que no siempre presentan solución de continuidad, formando terraplenes. La densidad vegetal y la ausencia de material rocoso dificultan aproximaciones a su estructura y función sin intervenciones. Los montículos y terraplenes se Fig. 5. Reutilización de espacio y materiales. Nueva habitación en proceso de construcción a partir del reuso de troncos procedentes del desarme de la estructura de palo a pique ilustrada en la figura 2 que ocupaba el área inmediata contigua (Familia Silva). Montículos arqueológicos, actividades y Modos de habitar En este marco, los principales aportes para el estudio del espacio doméstico fueron las excavaciones que practicamos en los sectores SV150 y SV157 del sitio (Figs. Corresponden a sendos montículos y sus áreas bajas inmediatas, distantes entre sí 350 m en línea recta, y mediados por alta densidad de evidencias arqueológicas muebles y formaciones monticulares. A continuación presentamos su análisis. combinan con relieves negativos longitudinales y pseudocirculares. Si bien, en general, coinciden con paleocauces, no se descarta su potencial acomodamiento y uso antrópico (Ortiz y Fernández 2014) como represas y canalizaciones para deriva de agua que ya señalaran los Wagner (1934) y algunas fuentes coloniales (Lorandi 2015). Entre medio y en los bordes quedan áreas planas, que podrían haber funcionado como espacios públicos, áreas de cultivo, etc. origen hispano (un fragmento de loza Talavera y otro de loza blanca, un fragmento de hierro, dos cuentas coloniales de vidrio) tampoco es determinante de esta cronología de uso, ya que se recuperaron en depósitos de relleno y el asentamiento llegó a momentos coloniales. El montículo fue excavado abriendo en área dos sectores, uno en la cima, de 5 m2, y otro en la base, de 2 m 2, más un perfil practicado en el límite con el paleocauce (Fig. 8). Las excavaciones pusieron en evidencia una estratigrafía bien diferenciada por sectores, según detallamos a continuación (Figs. Estratigrafía del sector superior de SV150 A. NUCLEO: Masa limosa blanquecina sin material cultural, de forma abovedada por sobre el nivel del terreno. Se interpretó como el núcleo (natural o preparado5 ) del montículo, asiento de un piso y construcción habitacional. B. PISO: Capa compacta de sedimento similar al del núcleo (A), dispuesta a modo de plataforma sobre él. Presenta superficie horizontal, mostrándose rebajado el borde expuesto. No se detectaron concentraciones de restos, fogones ni rasgos que pudieran adscribirse a áreas de actividad. Descripción y análisis de SV150: Montículo de planta aproximadamente oval y perfil abombado. Por su lado oeste presenta un talud bien marcado y por el sudeste colinda con una hondonada pseudocircular de aproximadamente las mismas dimensiones que el montículo, inserta a su vez en un aparente paleocauce 2. Hacia los otros lados, se diluye en una elevación de tierra compuesta por una sucesión de montículos sin límites precisos a lo largo del paleocauce referido. Presenta una altura máxima conservada sobre el nivel general actual de 0,90 m. La muestra datada se hallaba incluida en una matriz que se interpretó como el piso de una vivienda (según veremos más adelante). Se estimó que podría corresponder y datar el momento de arreglo del espacio de ocupación. Sin embargo, si bien la muestra presenta una mayor probabilidad de ser prehispánica, el fechado puede estar envejecido si el piso contenía carbón de maderos con usos anteriores 3. El material cerámico decorado corresponde al estilo prehispánico tardío Averías 4, pero que continuó en uso en tiempos de la Colonia temprana. Por su parte, el hallazgo de algunos pocos elementos de 10 Fig. 9. Perfil Norte de las cuadrículas 1 y 4. Perfil Este de las cuadrículas 1 y 8. Planta del sector superior con áreas que cubren el techo, límite del piso, lente de arena y ubicación del Rasgo 1. Las letras de referencia de cada estrato/nivel remiten a la descripción que se presenta en el texto. Gráficos realizados por la autora y digitalizados por Gustavo Carello. con una huella carbonosa de 0,10 m de diámetro en su interior (Rasgo 1-R1) se ubicó coincidiendo con el límite lateral tanto del piso consolidado como del estrato de techo (E). La matriz del nivel presentó abundante fósforo, espículas de carbón y escaso material cultural (fragmentos cerámicos, huesos de fauna, y varios torteros especialmente en la cuadrícula6 11, fuera del área con techo). Se concluyó que el nivel se correspondía a un piso de vivienda con material incluido por pisoteo y/o en la preparación misma. El Rasgo 1 (R1) se interpretó como un pozo y huella de poste vinculado al techado. El rebajado en el límite del piso podría remitir a la zanja para calzar muros de estructura vegetal (y/o recuperar troncos) que se practica en las construcciones tradicionales. C. RESTOS DE ESTRUCTURA (?) VEGETAL: Estrato discontinuo blanco jaspeado (materia orgánica descompuesta (?)) asociado a restos de cañas y ramas parcialmente incluidos en la compactación del piso. Podría corresponder a restos de paramentos tipo quincha. D. DEPOSITO POR MUROS MIXTOS CAIDOS (?): Depósito suelto, oscuro, de estructura granulosa y con terrones. Mostró escaso y fragmentario material arqueológico, en principio, no remontable ni roto in situ. Presentaba gran potencia en el talud (perfil Norte, C1), escasa entre el piso y el techo (perfil Este, C8), y mínima sobre el sector de piso que no cuenta con registro de techo (perfil Norte, C10). F. LENTE DE ARENA: Depósito acotado de arena, sin material cultural. Se extendía cubriendo parcialmente los depósitos de relleno (D) y techo (E). Si bien podría ser natural7, por lo acotado se especula con un aporte intencional de arena sobre los restos de la vivienda caída, quizás para cubrirlos o acondicionar el espacio para otros usos (ver G)8. Estrato superior con bastante material cultural. La dificultad para explicar la "subida" del material por factores naturales9 permite pensar en el desarrollo de actividades, Es un depósito formado antes de la caída del techo (E). Parece ser una matriz de origen vegetal y tierra. Podría corresponder a muros mixtos colapsados mezclados con elementos culturales asociados al espacio habitacional. E. TECHO: Capa horizontal (0,15-0,25 m de espesor) compuesta por material orgánico oscuro recubierto por tierra arcillosa rosada. Coincidía con parte de la planta del piso expuesto (el piso es de mayor dimensión), con el límite rebajado del mismo y con la huella de poste (R1). Se interpretó como un techo caído formado por vegetales y una capa de arcilla (análogo a las cubiertas tradicionales), y constituye el primer registro de un techo arqueológico para Santiago del Estero. Habría colapsado sobre el derrumbe de muros (D), implicando la caída previa de los mismos. Esto es posible si los muros no son portantes, como se da en las construcciones actuales. Foto de excavación de SV150 con referencia a estratos. Montículos arqueológicos, actividades y Modos de habitar doméstico. Parte habría estado techado con torta de vegetales y arcilla y posiblemente estuviera cerrado lateralmente con muros mixtos. Sería asignable a un ámbito interior de vivienda usado para el resguardo de personas y bienes, sin evidencias de otras actividades a su interior (por ejemplo, culinarias o de manufactura). Por su parte, mientras el piso continúa hacia el norte con un mayor registro de material de facto (principalmente torteros12 ), no lo hace el techo (E) ni los restos asignables a vegetales (C) (ver figs. 9 y 10). Esto lleva a pensar que dicho sector pudo no estar techado ni cerrado, constituyendo un área extramuros. La ausencia de registro de muros, el rebajado del piso en su límite externo y el potente depósito D lleva a plantear el derrumbe de la estructura y la posibilidad (a seguir indagando) de recuperación de materiales constructivos. El lente de arena y la situación de los depósitos superiores hacen factible pensar en una reutilización del espacio. Las características identificadas permiten entablar una identidad muy cercana con datos arqueológicos aportados para la región por von Hauenschild (1949, s.a.), Reichlen (1940) y Greslebin (1934) sobre pisos consolidados, bien definidos en forma y espesor a modo de plataformas, que a la luz de nuestras excavaciones retroalimentan su comprensión y que analizaremos en la segunda parte del artículo. Caso 2: Montículo SV157 Descripción y análisis de SV157: Montículo de perímetro bastante definido y mayores dimensiones que el de SV150, con una altura máxima conservada de 1,16 m. Los sectores excavados presentaron una sucesión de eventos estratigráficos de difícil definición, acrecentada por la escasa superficie expuesta. Un único elemento de cronología colonial (un fragmento de cerámica vidriada) hace necesario plantearse esta temporalidad de uso, aunque con dudas por proceder de zaranda y estar el depósito alterado. El material cerámico decorado corresponde al estilo Averías. Se estima una cronología similar a la de SV150, entre prehispánico final y colonial. Dado que los perfiles y planta no son representativos, presentamos a continuación una lectura general de la situación. tránsito o eliminación intencional de elementos sobre él. Podría corresponder a un nuevo uso del espacio -menos formalizado-luego de caída la construcción. Estratigrafía del sector inferior de SV150 (ver fig. 9 La matriz se disponía en "cuñas" paralelas a la pendiente, lo que permite pensar en un aporte de material desde arriba en un evento rápido (P. Cuenya, com. personal). Este depósito fue interpretado como producto de la acumulación por caída rápida de materiales desde la parte superior, posiblemente por derrumbe de la vivienda11. No se detectó un nivel estratigráfico que pudiera corresponderse con el depósito G de la cima. No obstante, la densidad de material es menor en el sector superior y podría caber una diferenciación con base a ello. El análisis estratigráfico permite proponer que el sector excavado en la cima formaba parte de un espacio de uso En la excavación de un área lateral de la cima (C3 y C4), el depósito más profundo se componía de una matriz compacta, blanquecina, de textura fina, arqueológicamente estéril, similar a la del núcleo de SV150. Por encima, se determinó una capa horizontal compacta y blancuzca que parece constituir un piso o nivel de uso. Hacia el interior del montículo formaba un pozo con carbón y ceniza. Este podría tratarse de un rasgo vinculado a cocción de alimentos, ya que el piso adyacente presentó grandes fragmentos de platos y ollas, carbón y huesos de fauna quemados. Este contexto aparecía cubierto por sedimento suelto, a modo de relleno. Arriba de él se disponía una capa no muy definida de cañas, que quizás pudieron constituir una mampara o techo liviano similar a los que actualmente se hacen en cocinas y espacios semicerrados 13. Los estratos superiores no mostraron una definición clara como para avanzar en interpretaciones hasta ampliar las excavaciones, pero parecen corresponder a depósitos de relleno y caída de materiales. La excavación en el área media del montículo (C1 y C2) mostró un depósito diferenciado al de la cima, compuesto por abundante material ecofactual en concentraciones horizontales y capas discontinuas, pero sin estratos estériles. El nivel de base estaba constituido por una matriz limosa compacta, rojiza y estéril. Por encima, una matriz similar con material cultural parecía constituir un primer nivel de uso. La misma estaba cortada por un pozo de 30 cm de profundidad y 70 cm de 13 Alternativamente nos preguntamos si las cañas no podrían corresponder a una cobertura similar a la que Lorandi (2015) registra sobre los hornos del sitio El Veinte, aunque el rasgo no muestra otras similitudes morfológicas. diámetro, donde se recuperaron fragmentos cerámicos y algunas semillas. A partir de allí, y hasta la superficie, se disponía un potente depósito compuesto por restos de fauna, carbón, ceniza, nódulos de barro calcinados, pocos fragmentos cerámicos, algunos quemados, arena carbonosa y diferentes aportes sedimentarios, material que en conjunto parece constituir limpiezas de fogones y descarte de comida, pero no áreas de actividad in situ. Un sondeo en el sector bajo del montículo (C5) mostró un depósito muy poco fértil. Como nivel de base presentó una matriz clara, compacta y estéril que pudo ser comprobada hasta los 2,36 m de profundidad por medio de una prueba de barreno y que, al igual que SV150, muestra la aparente ausencia de albardones naturales de arena como base de este montículo, pero que requerirá de mayores estudios para su ratificación. Sobre este nivel se disponía un depósito con sectores muy compactos y sedimento suelto con escasísimo material (cerámico y óseo); por encima, un depósito blancuzco con muy escaso material y carbón disperso. El contexto excavado en la parte superior parece constituir un nivel de ocupación asociado a actividades de uso del fuego y elaboración y consumo de alimentos. La evidencia es compatible con un área semicerrada por un techado y/o tabique de cañas 14. El piso coincide con el 14 Resulta interesante tener presente que los espacios de preparación y uso del fuego y cocina tradicionales de la región se desarrollan fuera del espacio principal cerrado por la combustibilidad de los materiales constructivos (ver fig. 4). • Registro e interpretación: El montículo presentaba un núcleo oval, según Reichlen artificial, de tierra tomada del terreno circundante. Presentaba en la parte superior una capa rectangular compacta (de 0,20-0,25 m de espesor y 5 x 5,5 m de superficie) de la misma composición que el núcleo, análoga a la de SV150 y a las que veremos refieren von Hauenschild y Greslebin. Bajo este piso halló una escudilla, situación que se repite también en los otros casos que analizaremos. Por encima del piso y también del núcleo en los sectores laterales, Reichlen halló un depósito conformado por ceniza, espinas de pescado, huesos de fauna, puntas de piedra, cuentas de caracol, figurinas cerámicas y unos 2.000 fragmentos. También encontró fragmentos de 18 "campanas" (sensu Serrano 1938) en asociación con conos de cerámica, que asimila con los soportes para ollas de la zona de Mojos en Bolivia referidos por Nordenskiöld. La indiferenciación por parte del autor de este depósito superior no permite más que especulaciones. Pensando en el caso de SV150, podría estar aunando materiales de actividad culinaria sobre el nivel de uso, de descarte y derrumbe de la vivienda en los bordes del montículo, e incluso de una postocupación. En las partes bajas del montículo, Reichlen halló 4 urnas con restos humanos. • Ubicación: El paraje Colonia Chilca está ubicado en el área del río Dulce (ver fig. 1). Según Argañaraz (en Greslebin 1934) el sitio corresponde al de Huilla Catina. • Cronología y asociación cultural: El sitio registra alfarería Negro sobre Rojo Brillante, una vasija con representación de búho en Negro sobre Rojo que Lorandi estima de la fase Quimili Paso15, y material Averías, entre el cual hay un puco con representación de búho geometrizado asignable a fase Oloma Bajada-Icaño (Lorandi 1978). No se conocen evidencias coloniales. Se calcula una cronología prehispánica tardía para el sitio en general. Según Greslebin, tenía como base nivel consolidado detectado en el sector medio del montículo y correspondería al primer uso de dicho espacio. El sector medio parece haber servido, posteriormente, como área de descarte de restos de alimentación. La cercanía al área propuesta como de preparación de alimentos apoya la interpretación funcional del espacio en su conjunto. La situación permite entablar ciertos paralelos -dado además su similar contexto cronológico cultural-con la descripción de una posible "cocina" referida por von Hauenschild (s.a.) que analizaremos en la segunda parte del artículo. El sondeo en el sector inferior daría cuenta de un área marginal a los espacios de actividad recurrente. Segunda Parte: relectura de las situaciones de la bibliografía Analizamos ahora los datos recuperados de la bibliografía en función de nuestras preguntas y de los contextos analizados anteriormente. Dado que la mayoría de la bibliografía que aporta al tema (salvo los trabajos de Lorandi) se generó dentro una arqueología pre-científica, la asignación cronológica, funcional y el marco sociocultural propuesto son producto de un re-análisis de la documentación a la luz de los modos y condiciones de producción de cada autor (Martínez, Taboada y Auat 2008, 2011), razón por la cual se expone en detalle el proceso interpretativo que hemos realizado. De nuestra lectura hemos diferenciado 3 Situaciones (A, B y C) o tipos de montículos, que exponemos a continuación. Contamos con 4 casos que asignamos a esta situación en base a reconocer una recurrencia de caracteres morfológicos, estructurales y de composición de pisos bien delimitados (Fig. 12), asimilables a la situación de SV150. Montículo del sitio Cayo López (Reichlen 1940) • Ubicación: Sitio del chaco santiagueño, al noreste del río Salado (ver fig. 1). • Cronología y asociación cultural: El sitio presenta cerámica Averías y ausencia de alfarería Sunchituyoj y de material colonial (Fig. 13). Se estima una cronología prehispánica tardía. Según Reichlen es un importante sitio de montículos, de los cuales excava uno completamente. Indica su carácter habitacional y similitud con los de la zona de los Bañados de Añatuya. por lo que nos preguntamos si no estamos, más bien, ante restos de muros o techo de origen vegetal sobre un piso. La sección lenticular consolidada podría tener también su análogo en SV150, donde el piso se presenta plano en su sector medio pero rebajado hacia el borde. Hay evidencias domésticas: fogones, restos de cocina y de fauna, cerámica y algunos instrumentos de hueso y de piedra, además de la referencia a que la capa endurecida presentaba "fajas" de cenizas dispuestas irregularmente en el perfil. Argañaraz (en Greslebin 1934) propone, en base a observaciones en un médano de arena y por encima una capa endurecida de planta oval y sección lenticular (de 10 x 6 m y 0,45 m de espesor máximo). El gráfico recuerda a la situación de Cayo López, a la de SV150 y a la que veremos del montículo T57 de Vilmer Norte. Sin embargo, Greslebin considera que se trata de una capa de guano 16. Se señala la presencia de un "micelio blanco", comparable quizás al que referimos para SV150, 16 Los análisis realizados no pudieron comprobarlo, mostrando solamente que contenía alta proporción de materia orgánica y fosfato cálcico (Ducloux, en Greslebin 1934). arena superior que considera agregada y, sobre todo, en los bordes del montículo, lo cual no hace más que plantearnos la posibilidad de un piso habitacional limpio de evidencias y con acumulación de materiales en áreas externas y/o superiores a él, similar al caso de Cayo López. Al igual que Reichlen, halló bajo el piso una escudilla, en este caso con material "similar a ceniza". En el núcleo de base se hallaron urnas con adultos y niños, ofreciendo dos elementos más de unidad funcional con la situación referida por Reichlen y que veremos también para Vilmer Norte. Túmulo 57 (T57) del sitio Vilmer Norte (Von Hauenschild 1949, s.a.) • Ubicación: Sitio ubicado en el área del río Dulce (ver fig. 1). • Cronología y asociación cultural: Para el sitio se describe material que interpretamos como Averías, Negro sobre Rojo Brillante, y Sunchituyoj geométrico Negro sobre Rojo. El asentamiento pudo continuar en época colonial. Del T57 se describen 3 vasijas con grecas formadas por eses acostadas que podrían corresponder al material ilustrado por los Wagner (1934: Lam XLVI) y ser análogo al asignado a la Fase Quimili Paso (Lorandi 1978). Se estima cronología a partir de la fase Quimili Paso y posterior. Presentó un estrato horizontal muy duro que el autor considera un "piso artificial". Estaba delimitado por un escalón -que asimilamos al registro de SV150-que configura una especie de plataforma con una superficie de 6 x 4 m y una potencia de 0,40 m. Bajo el piso se encontró la parte inferior de una urna con huesos. Sobre el piso se halló muy poco material, cubierto por una capa arenosa de 0,20 m, que repite las situaciones de los otros casos analizados. El núcleo estaba formado por sedimento estéril, pero contenía 14 vasijas (la mayoría funerarias) y 5 entierros directos. La capa superior del montículo, que el autor atribuye al manto eólico -pero que nos interpela sobre su factibilidad de acumulación en la parte superior en base a lo desarrollado para SV150-, presentó abundancia de cerámica fina, figurinas y ausencia de otro tipo de materiales. Esta situación, sumada a la gran cantidad de entierros, lleva a von Hauenschild a proponer que el montículo estaba destinado exclusivamente a sepultura y culto funerario. Nosotros estimamos que tal situación no obsta para pensar un uso habitacional similar a los demás casos. Por el contario, aporta un otros montículos del sitio, que es una capa producto de actividades de consumo. La objeción de Greslebin se basa en que el material aparece en una capa de eventos alternados de uso y desuso que incrementaran la altura del montículo (Fig. 14). • Ubicación: Sitio de la mesopotamia santiagueña (ver fig. 1). • Cronología y asociación cultural: Del sitio18 procede material Sunchituyoj pintado y con búhos en relieve y no se menciona Averías ni colonial. Podría ser cronológicamente acorde a las fases Las Lomas y Quimili Paso. • Registro e interpretación: Montículo de planta oval (aprox. Los gráficos de elemento más de unidad, ya que un depósito superior compuesto fundamentalmente de fragmentos cerámicos, por sobre el nivel de piso, y de una capa de arena, se registra en todos los casos analizados y podría remitir a nuevas actividades postocupación habitacional, según planteamos antes. • Ubicación: Ídem al T57. • Cronología y asociación cultural: Ídem al T57.Para el T59 se refiere, específicamente, presencia de cerámica polícroma que interpretamos como Averías. • Registro e interpretación: Von Hauenschild (s.a.: 30) dice: "...una vez despejada la cima del túmulo de arena que se había acumulado, apareció un piso, pero de dimensiones mucho mayores que el del túmulo 57, de 12 metros de largo por 4 metros de ancho, dividido en 3 secciones de 4 metros por cuatro; la del medio se elevaba 20 centímetros sobre el nivel de las otras dos... además tenía un anexo en la parte sud de aproximadamente 2 por 2 metros, donde podemos juzgar que estaba instalada la cocina por la cantidad de carbón vegetal, cenizas y amontonamiento de los más diversos restos de huesos de animales como así también de espinas de pescado...". Este caso muestra lo esencial que define a la Situación A, pero presenta diferencias de tamaño y detalles que podrían remitir a un espacio de vivienda techado más amplio y su complementación con otro menor. El registro obtenido muestra la ausencia de un patrón habitacional rígido, y lleva a pensar en un posible ajuste a la composición del grupo doméstico y/o a otras pautas socioculturales. La ausencia de hallazgo de entierros en una zanja cavada alrededor de la base del montículo, nos lleva a preguntarnos si estas diferencias no podrían vincularse a modificaciones en el tratamiento del espacio habitacional y de los muertos 17 relacionadas con el proceso colonial. • Registro e interpretación: Altura y largo estimados: 3,28 m y 15,85 m. En el gráfico de los Wagner se aprecia similar situación al montículo de Sunchituyoj. Una tercera situación la definimos en base a 3 montículos analizados por Lorandi (1978Lorandi (, 2015, s.a.), s.a.) para los que refieren pisos poco definidos y una sucesión de depósitos alterados por la construcción de rasgos de uso doméstico (Fig. 15). Montículo B5 del sitio El Veinte (Lorandi 2015, s.a.) • Ubicación: Sitio ubicado al este del río Salado, en el chaco santiagueño (ver fig. 1). los Wagner muestran un núcleo estéril, y capas discontinuas de tierra alternadas con materia orgánica, carbón, ceniza, restos de pescado, tiestos y huesos. Según Vellard, la estructura es similar al caso de Yaso, pero las capas son más gruesas y los restos se distribuyen en concentraciones de hasta 1 m de diámetro, lo que podría indicar áreas de actividad y/o de arroje de basura. Montículo del sitio Llajta Mauca (Wagner y Wagner 1934) • Ubicación: Sitio del chaco santiagueño muy excavado por los Wagner (ver fig. 1). • Cronología y asociación cultural: Lorandi (1978) asigna el sitio a las fases Quimili Paso y Oloma Bajada-Icaño. Parece haber tenido larga ocupación y ausencia de intervención colonial (Taboada y Farberman 2014)..3. Montículo M2 del sitio Quimili Paso (Lorandi 1978, 2015) • Ubicación: Sitio de la mesopotamia santiagueña, sobre el río Mailín (ver fig. 1). • Cronología y asociación cultural: El montículo registra material Sunchituyoj y mínima presencia de Averías. Lorandi lo atribuye a la Fase Quimilí Paso. • Registro e interpretación: Montículo de 0,80 m de altura. Se excavaron varias cuadrículas en el sector más alto. Presentó un depósito superior de 0,50 m donde el material cultural era más abundante y se prolongaba por la periferia hasta los 0,90 m de profundidad. No hay indicación de un piso compacto y bien definido, pero sí de un "fondo de vivienda" a una profundidad de 0,80 m, desplazado hacia la periferia del montículo, situación que Lorandi (2015) atribuye a cambios en el emplazamiento de la vivienda o de los fogones, de forma similar a lo que ocurre en el sitio El Veinte. En el montículo se hallaron una vasija boca abajo y una variada e importante cantidad de artefactos completos y fragmentados20 que remiten a actividades domésticas. Sobre lo morfológico-funcional: configuración de los espacios domésticos Sintetizando, podemos asignar la Situación A a espacios estables de habitación. Según las evidencias arqueológicas, es factible plantear la existencia de viviendas techadas y cerradas lateralmente, con superficies de cerca de 30 m 2 y hasta 60 m 2 y posibilidad de divisiones internas según el caso del T59. Las mismas remiten a ámbitos interiores afines al resguardo de personas y bienes, en tanto hay presencia de restos de techo y pisos bien delimitados, posiblemente preparados, con escaso material cultural y sin registro de fogones ni otros rasgos que pudieran adscribirse a áreas de actividad al interior (como preparación de comida o manufactura). Esto es consistente con el modelo que exploramos y con las prácticas habitacionales tradicionales. Las medidas también son asimilables a los espacios • Cronología y asociación cultural: Sitio tipo de la Fase Las Lomas. • Registro e interpretación: Montículo en el que se identificaron 3 depósitos además del núcleo, que según Lorandi parece remitir a un albardón natural. Cavado en el núcleo se halló un horno de barro y paja de 1,5 m de diámetro, con restos óseos de un guanaco articulado en su interior. Cubriendo el horno y parte del centro del montículo se hallaron restos culturales y "consolidaciones irregulares de tierra quemada color rojiza alternando con lentes de ceniza" (Lorandi 2015: 124). Este nivel fue definido por Lorandi como un "fondo de vivienda". La autora señala que este depósito no parece haber sido alterado para incluir el horno, que sería anterior. El nivel superior se componía de sedimentos uniformes y restos culturales. Montículo B6 del sitio El Veinte (Lorandi 2015, s.a.) • Ubicación: Ídem al montículo B5. • Cronología y asociación cultural: Ídem al montículo B5. • Registro e interpretación: Montículo de planta aproximadamente oval, de 20 x 10 m. Se excavaron 3 cuadrículas alternadas de 2 x 2 m, dos en el centro y otra lateral (ver fig. 15) 19. En la CII-5 se halló un horno cavado en el núcleo estéril similar al referido antes. Arriba se registraron restos incompletos de otros hornos y/o fogones asociados a carbón, ceniza, huesos, bases de vasijas quemadas y soportes cónicos in situ, que Lorandi estima servían para sostén de ollas y recuerdan la igual asociación referida por von Hauenschild. Las CI-3 y CII-4 mostraron similar situación, pero también la presencia de una matriz blanquecina, consolidada "como suelo apisonado" (con poco material y algunos artefactos completos) ubicada sobre el núcleo estéril. Lorandi señala que no se pudo reconstruir material entre las 3 cuadrículas, indicando mucha dispersión. Concluimos que una parte del montículo parece haberse utilizado para acciones de preparación y cocción de alimentos, siendo periódicamente transformado mediante la construcción de hornos y fogones, mientras el sector central pudo albergar un primer piso poco definido (Lorandi 2015). tomamos por compartir tanto el sitio como la ubicación cronológica-cultural de la Situación A) tampoco resultan determinantes, ya que ambos montículos presentan una importante área no excavada que podría dar cabida a diversas construcciones, rasgos y áreas de actividad. Aun así, la referencia a una posible "cocina" separada en el T59 y la distribución fuera del área de piso y de techo de ciertos depósitos y materiales en los otros montículos analizados para la Situación A, permiten pensar la complementariedad de actividades en un mismo montículo en relación a dicha situación. Que el área que ocupa el piso sea relativamente chica en relación al tamaño del núcleo de base también apoya la idea. De todas formas, es la situación que describe Lorandi (Situación C), la que más claramente muestra el otro aspecto que nos interesa del modelo: espacios donde se desarrollan actividades cotidianas -fundamentalmente las vinculadas al fuego, cocina y descarte-y que parecen poder corresponder a lugares externos con alguna formalización (como la construcción de hornos y fogones), con cierta sectorización en su ubicación, recurrencia de uso y refacciones, y áreas asignables a pisos poco definidos. Sin embargo, no tenemos por el momento ningún indicio para plantearlos como espacios complementarios a los contextos interpretados como techados de la Situación A, a lo que se suma que el escenario cronológico-cultural es diferente. Para los montículos y sitios que estudia Lorandi no hay registro de evidencias de instalación del tipo A. Pero tampoco contamos para dichos casos -ni para otros de situación cronológica cultural análoga-con algún otro tipo de registro residencial. Como sea, a pesar de la ausencia de indicadores de alguna construcción habitacional, Lorandi (1978Lorandi (, 2015) ) concluye, en base al contexto general, que los montículos excavados correspondían a situaciones de "viviendas-basurero", señalando que ciertas capas más definidas -por el tipo y disposición de sus restos-dentro de la secuencia de disrupciones podían constituir "fondos de vivienda". Los datos analizados y la divergencia socio-histórica en relación a la Situación A habilitan explorar la idea de que estos contextos pudieran contar con un tipo de cobijo diferente, y que este fuera más precario y/o menos estable. Recordemos la presencia de niveles y espacios un poco más consolidados, sin definición clara de forma, con restos materiales diferentes a los asociados a comida y fuego, insertos en espacios centrales cercanos a la distribución de los indicadores de actividad y rasgos antes referidos, que se ubican, en cambio, más lateralmente. Esto nos muestra, de habitación actuales, donde el tamaño está dado, en última instancia, por la luz posible de cubrir con las maderas disponibles. Algunos indicios dejan abierta la posibilidad de reclamación de materiales y reacondicionamiento de espacios para nuevos usos. La Situación A estaría registrada, por ahora, para época prehispánica tardía y colonial, con amplia distribución territorial dentro de Santiago del Estero (río Dulce medio, río Salado centro-sur y chaco santiagueño norte). Una forma rectangular de planta parece poder derivarse del registro arqueológico y pensarse como lógica en función de la tradición constructiva ortogonal de la región. La cuestión se abre en cuanto a la forma elíptica del piso registrado por Greslebin, que se aparta de los demás pero se corresponde con la única referencia documental conocida que menciona la forma de las viviendas de la región 21. Sin embargo, la referencia a que eran casas muy grandes no parece aplicable al caso. Nos preguntamos si el cronista pudo haber descripto construcciones de otro tipo que las que el registro arqueológico da cuenta hasta ahora. La cita también podría hacer alusión a una configuración oval del espacio doméstico vinculada a la forma que adoptan los montículos. De todos modos, cabe dejar abierta tanto una variante en la forma de las viviendas, como otra función para el caso de Colonia Chilca -como supone el autor-, aunque el resto de los elementos en común parecen dar unidad funcional habitacional a los distintos casos. Respecto de la recurrente práctica de inclusión de un recipiente bajo los pisos de la Situación A, se podría especular con algún tipo de acto fundacional vinculado a los ancestros (al menos en un caso se trata de una urna, en otro parece contener ceniza y, de hecho, los núcleos de los montículos son receptores de entierros) anterior a la construcción habitacional, una práctica prehispánica común en Sudamérica. Lo dicho permite avanzar por sobre la simple propuesta morfológica y de eficiencia para visualizar otros aspectos significativos en la configuración del espacio doméstico. Ahora bien, que los autores se concentraran en describir el bien definido piso central de la Situación A, con falta de detalles para el área circundante, impide evaluar potenciales usos dados a esta última, específicamente si acogió el desarrollo de actividades complementarias y rasgos asociados en áreas extramuros o parcialmente cerradas y de estructura independiente a un espacio techado principal. Al respecto cabe analizar también el "crecimiento" de los montículos de tipo B y C, lo que podría aportar a sostener interrupciones de uso de los mismos 22. Desde nuestra lógica es de suponer que las acciones realizadas en áreas de actividad no generen un crecimiento del nivel de piso sobre el que se actúa diariamente, a diferencia de los depósitos de desechos. En cambio, períodos de desuso o desocupación (sea por abandono temporal del espacio o por remodelación) darían cuenta tanto de la necesidad de reacondicionamiento repetido de espacios de instalación y de rasgos como los señalados por Lorandi23, de acumulaciones de basura y de sedimentos (muchas veces arena en los casos analizados) de forma natural o intencional para reacomodar el lugar, y/o de hiatos estériles entre usos. Ya vimos cómo el cubrimiento con arena es lo que "cierra" los niveles de ocupación en la Situación A que, como hecho natural -desbordes fluviales-o antrópico -arroje intencional-, podría remitir a un hecho o práctica común de clausura del espacio de habitación también en los otros casos. Por fin, como señala Lorandi (1978Lorandi (, 2015)), el espacio doméstico parece completarse con un tercer ámbito -común para las situaciones A, B y C-: el destinado a los muertos, ubicado siempre alrededor de la parte baja de los montículos y también en el núcleo mismo. Los dibujos y referencias de los diversos autores muestran que las urnas y entierros directos se insertan bajo la capa superior postocupación, sin referencia a cortes en la misma, por lo que habría que asumir que, al menos en algunos casos, su disposición pudo darse antes, durante o inmediatamente después del período de uso habitacional. Más aun, la inclusión de entierros directos lleva a pensar que todo el proceso funerario, hasta la reducción secundaria, se hacía quizás dentro del mismo espacio. La urna bajo piso con restos humanos (a la que posiblemente se suman las dos escudillas, una potencialmente contenedora de ceniza, en la misma disposición) para la Situación A, indicaría la participación de los muertos en la vida doméstica desde un inicio de la instalación, al menos en estos casos. Paralelamente no hay que olvidar la referencia de von Hauenschild (1949), y también una de Reichlen (1940), sobre la posible función específicamente ritual de algunos montículos. Sin embargo, dado que en los montículos de referencia los restos adscriptos a esta actividad parecen estar en la capa postocupación habitacional, se podría concluir que los mismos remiten, más bien, a nuevas funciones dadas al espacio posteriormente al uso y abandono como lugar de habitación. Las inhumaciones directas podrían suponer, así, el retorno para su reducción, y los materiales de la capa superior vincularse a remociones y ritos en relación a ello. Sobre lo cronológico-cultural: ¿Modos de habitar diferenciados? Articuladamente al estudio morfológico funcional, nos interesa ahondar en lo que parece ser una distinción cronológica-cultural entre las situaciones analizadas y que podría afianzar los contrastes en los modos de instalación que se vislumbran entre las situaciones A y B/C para explorar potenciales diferencias en los modos de habitar. Al respecto, fue sugerente reconocer que la que definiéramos como Situación A sólo ha sido registrada en asociación a contextos que involucran alfarería Averías y paralelamente se halla ausente en contextos sin Averías y con cerámica Sunchituyoj. A partir de ello nos preguntamos si el desarrollo de este tipo de instalación se pudo dar de forma concomitante con la emergencia de cerámica Averías en la región, y vincularse al proceso, poblaciones y tradiciones culturales involucradas en el mismo. La problemática se vincula, en primer lugar, a la divergencia que los Wagner (1934) señalaran en el contenido -no es su estructura, que no analizaron-entre montículos con material asignable a tradición Sunchituyoj y Averías. A pesar de ello, hasta ahora el espacio habitacional no había sido analizado en función de esta diferenciación. Estos autores distinguieron dos grandes grupos cerámicos asociados a otros elementos culturales específicos: las Ramas A y B de su Civilización Chaco-Santiagueña, esencialmente correspondientes con las posterior clasificación de Reichlen (1940) en Averías y Sunchituyoj respectivamente. Lo más interesante es que aislaron no solo materiales y sitios diferenciados para cada una de ellas, sino que insistieron en la existencia, dentro de ciertos sitios, de montículos asociados a uno y otro contexto, planteando que podrían dar cuenta de grupos distintos en lo ideológico o social, pero no en lo político dada su coexistencia. Aun cuando no pusieron en juego la potencial no contemporaneidad de ambas ocupaciones, la situación resulta inquisitiva y Lorandi la retoma y piensa en otros términos. A partir de su propio planteo, que veía en la cerámica Sunchituyoj caracteres chaqueños locales y en la Averías elementos más altiplánicos y exógenos, de la comprobación de la coexistencia en cierto tiempo y espacio de ambas tradiciones alfareras, de la perduración de ambas hasta la Colonia, y de las referencias documentales que apuntaban al carácter multiétnico de la región, Lorandi (1978Lorandi (, 2015) ) se pregunta si no habrían existido asentamientos biétnicos. Pone en juego en su hipótesis otros elementos más, como son los importantes cambios tecnológicos, económicos e ideológicos (auge de hilado, desarrollo agrícola, importante manejo del agua, cambio en la representación del búho, aumento demográfico) que se dan de forma concomitante a la emergencia y afianzamiento de la nueva tradición alfarera Averías, bien diferenciada tecnológica y estilísticamente de la preexistente (Lorandi 1978). A partir de semejanzas que ve en relación a la cerámica de Bolivia, plantea que su desarrollo en la llanura santiagueña podría tener que ver con grupos de dicha región que se pudieran haber vinculado con las poblaciones de tradición local, que hasta ese momento se situaban en contextos socioculturales más dependientes del monte y el río, con una economía fundamentalmente extractiva (1978,2015). Y dice: "Uno de los nudos de esta interrelación se encuentra posiblemente en la Fase Quimilí Paso. Muchos elementos invitan a pensar que es entre los años 1200 y 1400 cuando se inician los contactos más constantes y densos entre los portadores de las Tradiciones Sunchituyoj y Averías" (Lorandi 2015: 154). Es significativo recordar que todos los casos conocidos de nuestra Situación A pueden ser referido a esta fase o posteriores, mientras no hay referencias de ella para sitios, contextos ni fases anteriores. La idea se apuntala con la referencia de Reichlen de que los montículos de la región mesopotámica (donde se ubican tanto sitios asignados a las Situaciones B como C y ninguno de la A) muestran diferencias en los materiales, disposición, base y tamaño en relación a los de los Bañados de Añatuya. Y aunque el autor señala similar estructura general que los de "Industria Averías", no menciona pisos del tipo A como sí lo hace para Cayo López (que compara con los de Greslebin y von Hauenschild y con los de la zona de Icaño en los Bañados de Añatuya, donde se inserta SV150), por lo que parece evidente que no dio con ellos en la mesopotamia santiagueña. Paralelamente, von Hauenschild (s.a.) expresa que dentro de la variedad de montículos y cerámica de Vilmer Norte -que incluye Averías y Sunchituyoj-los montículos artificiales y con piso como los del T57 y T59 se asocian a cerámica Averías. Por último, la única referencia de Lorandi (1967) para un montículo asociado a cerámica Averías, ubicado en Icaño (de la fase más tardía Oloma Bajada-Icaño), concluye que tuvo una única ocupación (asimilable a la Situación A). A lo dicho parece posible establecer otra diferencia en relación al origen antrópico o natural del núcleo de base. Según la determinación de los diversos autores, los montículos asociados a situaciones B/C se resuelven sobre albardones o suelos naturales, mientras que al menos algunos de la Situación A pueden ser interpretados como artificiales. Aunque esto requiere mayor estudio y constatación, y además puede tener que ver con posibilidades del ambiente de inserción, su elección misma también puede ser significativa como modo cultural. Más aun, pensar que son los montículos más tardíos y asociados a grupos con mayor desarrollo socio-económico y estabilidad los que pudieran ser construidos, tiene lógica. Esto se vincula a su vez a la posibilidad de modelación general del paisaje tardío que parece poder derivarse de ciertas referencias de las crónicas y que parece vislumbrarse concretamente en relación a Sequía (Ortiz y Fernández 2014) donde se inserta un caso A. La pregunta final, entonces, es si la ausencia de pisos y de espacios techados definidos en los contextos asociados a cerámica Sunchituyoj y momentos anteriores a la irrupción de Averías, podría ser indicativa no solo de un tipo de cobijo diferenciado, sino de un modo de habitar distinto. Tengamos en cuenta la intensa refacción de rasgos y discontinuidades señaladas por Lorandi y el amplio rango temporal obtenido para un montículo de tipo C, así como los hiatos aparentemente estériles de los gráficos de los Wagner para la Situación B. Vellard (s.a.) se plantea, de hecho, que estos casos pudieran tener que ver con retornos de los habitantes al mismo punto con períodos de desocupación marcados por la acumulación de arena (que vimos podría considerarse un indicador de cierre de instalación). Recordemos también que para las Situaciones B y C, o contextos cronológicosculturales equivalentes, no contamos con ningún registro que pueda dar cuenta de construcciones, lo que ya definiría un modo de refugio diferente sobre el que ignoramos sus características. Esta ausencia de registro hace pensar en tecnologías más perecederas, que dejaran huellas menos firmes. Por su parte, referencias a sectores de pisos más limpios y no muy definidos -como los únicos referentes posibles de asimilar a ambientes de resguardo personal-, muy directamente asociados a áreas de actividad removidas y superpuestas, permiten pensar en una organización del espacio y actividades menos formalizada, además de una estrecha vinculación espacial y social entre actividades y entre personas. Se ponen de relieve así que las diferencias reseñadas podrían ser indicativas de modos de habitar diferenciados, donde la permanencia y la formalidad de instalación de la Situación A se contraponen a la informalidad, la remodelación, la recurrencia y la perecibilidad de las situaciones B/C. Estas últimas podrían dar cuenta de diversos eventos de uso y reconfiguración de un mismo espacio. La cuestión se plantea sobre si esto se dio dentro de un proceso de habitación continuo, donde cada tanto se originaban nuevos rasgos y lugares de cobijo (dadas, por ejemplo, su perecibilidad o inundaciones) que era reubicados parcialmente corridos y separados de la ocupación anterior por aportes naturales o antrópicos de arena o sedimento, o si las nuevas ocupaciones implicaron tiempo de desuso, abandono temporal del espacio, y reocupación posterior. La falta de excavaciones actuales en este tipo de contextos deja, por el momento, planteada ambas opciones. Sin embargo, en cualquier caso, se trataría de modos de habitar y organizar el espacio diferenciados a la Situación A. Más aún, la opción de desocupaciones temporales sería afín a un modo de vida menos estable, consistente con el amplio rango aportado por los 3 fechados en un mismo montículo y con la situación sociocultural definida por Lorandi para las fases correspondientes, con alta interacción con el ambiente natural. De hecho, todos los ejemplos analizados para la Situación B/C remiten a momentos o contextos con una importante presencia de instrumentos y restos de caza y pesca y escasas evidencias de maíz sin capacidad de sostén alimenticio (Lorandi 1978(Lorandi, 2015)), por lo que no sería ilógico pensar en grupos con cierta necesidad o tradición de circulación por el monte pero con retorno a los mismos poblados (Taboada 2016). A ello se suman las posibles movilizaciones vinculadas a inundaciones y sequías, que podrían haber sido menos controlables si pensamos la hipótesis de una menor capacidad de modelación del terreno y manejo del agua para estas poblaciones. Inundaciones acotadas, deterioro de las viviendas u otras causas pudieron también generar movilizaciones y rotaciones de instalación intrasitio, tal como se hace actualmente refuncionalizando los espacios desocupados. Procesos de reformulación de usos del espacio, variando entre áreas de instalación techada y exterior, son una práctica generalizada en la actualidad al caer o desarmar viviendas e instalarlas a pocos metros dentro del mismo ámbito de residencia, implicando arreglo de pisos, reutilización de maderos y descarte in situ de materiales no reutilizados de la vivienda colapsada, como también nuevos circuitos de tránsito, desecho y actividades, pero que conservan el funcionamiento del resto de los ámbitos y la actividad general en el espacio doméstico. La diferenciación expuesta remite, por último, a la posibilidad de conjugarla con la polarización que, aunque estereotipada, vieron los cronistas en los habitantes de la llanura santiagueña, caracterizados por la historiografía como "alarabes sin casa" (nómades) a unos y sedentarioslabradores a los otros. Una distinción que nos venía interpelando por la aparente ausencia de registro arqueológico que diera cuenta de ella, además de por los presupuestos que implicaban caracterizaciones tan taxativas (Farberman y Taboada 2012; Taboada y Farberman 2014; Taboada 2016). Aun cuando estamos ante el panorama expuesto para momentos de contacto hispano indígena para el que no tenemos aún identificadas Situaciones B/C, no es imposible su existencia o una situación derivada de ella, pensando en la posibilidad de continuidad de ciertas prácticas con base en una tradición de fondo diferenciada y de la pluralidad percibida por los cronistas. Arqueológicamente no es descartable, porque Lorandi comprobó la perduración de Sunchituyoj -como referente material asociable a la Situación B/C-hasta la Colonia. A ello se suma que la calibración actual de los fechados amplía los rangos temporales y, al menos, uno de Quimili Paso donde se da una Situación C podría llegar al momento de contacto hispano (Taboada y Farberman 2014). Además hay sitios que presentan ambos tipos de evidencias que no están ni datados ni estudiados modernamente. De hecho, al menos Llajta Mauca, con un montículo de la Situación B, presenta elementos de la fase Quimili Paso pero con continuidad hasta la fase pericolonial de Oloma Bajada-Icaño. Como vemos, el problema parece más bien vincularse a una cuestión cultural que estrictamente temporal. Por último, de una lectura global concluimos que, a la par de los elementos específicos señalados, se dan también pautas comunes en la configuración del espacio de habitación. Estas hacen a cuestiones generales y permiten pensar en una tradición de instalación compartida. Engloban el establecimiento sobre montículos, el cierre de ocupaciones por capas de sedimentos, la reutilización de montículos para nuevos usos, la configuración de espacios de desecho y preparación de fuego y comida como lugares particulares y la inhumación en el espacio doméstico (salvo quizás para época colonial). Todas las diferencias pueden entenderse, en cambio, en relación específica a la estabilidad de la instalación, lo que es consistente con las características económicas y sociales que la arqueología puede adscribir a los contextos cronológicos culturales asociados, y eventualmente también a las referencias de las fuentes coloniales. Creemos que un aporte de esta investigación es la posibilidad de señalar, por primera vez en la arqueología local, un modelo de vivienda prehispánica para los habitantes de la llanura santiagueña. Basado en la Situación A, sería aplicable -por ahora-a momentos prehispánicos tardíos y coloniales, con amplia distribución territorial, y no excluye la posibilidad de otros modos de instalación contemporáneos. Articuladamente cabe admitir un modelo básico de distribución de actividades (interior-exterior) en la conformación de los espacios de habitación, y plantear al menos dos formas de resolución en aparente concordancia con dos escenarios socioculturales y con dos potenciales modos de construir (y quizás aún de habitar) el espacio doméstico respectivamente. Estos se muestran más claramente diferenciados en relación a dos momentos, pero nada implica la necesaria suplantación de uno por otro. Por el contario, algunos datos podrían apuntar a su coexistencia en cierta época. Esta propuesta se basa en la tendencia observada en los datos y casos conocidos, que no son muchos, por lo que se requerirá de nuevas situaciones para afinarla o rechazarla. La confirmación de un modo de habitar espacialmente discontinuo implicaría un cambio importante en la conceptualización arqueológica que hasta el momento se tenía de las poblaciones agroalfareras tardías de Santiago del Estero, para empezar a pensar en grupos quizás parcialmente móviles, en las prácticas que los constituyeron e interrelacionaron con otros, y en los indicadores arqueológicos que pudieran dar cuenta de su idiosincrasia. A su vez, nos requerirá la discusión y re-conceptualización de categorías estereotipadas, limitantes y cargadas de sentidos definidos para otras realidades, tales como sociedades simples o complejas, nómades o sedentarias (Dillehay 2013, entre otros), y que en sus definiciones más tradicionales y cerradas no pueden ser directamente extrapoladas a las situaciones expuestas. Por su parte, las prácticas y características socioculturales que la arqueología parece poder adscribir a cada uno de estos dos modos de instalación presentan puntos en común con la diferenciación básica que los conquistadores españoles hicieron de las poblaciones de la región al entrar al territorio provincial. Esto nos interpela sobre su posible identidad de origen y sobre los procesos de constitución y mutuo relacionamiento a lo largo de su historia, sobre los que la arqueología y la historia vienen preguntándose (coexistencia, integración, fusión y diferenciación de identidades, alianza, conflicto, enemistad). Para ello habrá que salvar problemas arqueológicos, cronológicos, de definición y de relectura de fuentes que hace un tiempo intentamos hacer de forma interdisciplinaria (Farberman y Taboada 2012; Taboada y Farberman 2014), y que buscaremos hacer con este aspecto en particular. Finalmente, cabe decir que la caracterización lograda y las interpretaciones generadas podrán resultar significativas no solo a nivel local y regional, sino también macro-regionalmente. Por un lado, al ampliar el conocimiento sobre la distribución, características y variantes de las formaciones monticulares dentro de Sudamérica con el caso de Santiago del Estero, escasamente conocido extra-localmente. Por otro, por el enfoque (tanto a nivel de objetivos como en la propuesta de abordaje) hacia los aspectos arquitectónicos y espacios domésticos, poco estudiados desde esta perspectiva para la problemática señalada, y que aporta otra forma de acceso a una práctica de instalación generalizada macro-regionalmente. Puntos a resolver, quedan varios. De hecho, nuestro trabajo ha sido más bien el armado de una problemática y el planteo de preguntas e hipótesis. Quedan como problemas puntuales con implicancias generales para la interpretación y que requieren de nuevos datos de campo para ser profundizados: definir el grado y diversidad de acción antrópica que pudo mediar en la configuración de los núcleos de los montículos y en la modelación del terreno en general; afinar los procesos de constitución de niveles estériles de arena, de los contextos culinarios derruidos y de los depósitos superiores de los montículos; ajustar observaciones sobre posibles indicadores de construcciones residenciales para las Situaciones B y C; determinar la relación estratigráfica y cronológica de los contextos funerarios insertos en montículos habitacionales; y estudiar patrones de deterioro (derrumbe natural o provocado, reutilización de materiales, reinstalaciones) que pudieran dar cuenta de los procesos e historia que sufrieron las viviendas, sus usuarios y el asentamiento que los reunió. Con base a ello podremos comenzar a analizar diversidades o recurrencias al interior de grupos domésticos y socioculturales en relación a composición, prácticas y formas de vida en ambos niveles de organización social y para diferentes situaciones históricas. Hoy no estaría abordando este tema si, hace años, Ana Teresa Martínez no me entusiasmara con él, si luego Ana María Lorandi no me incentivara para seguir, si antes Axel Nielsen no me diera herramientas de trabajo y si Carlos Angiorama no hubiera estado todo el tiempo al lado mío. El artículo se ha nutrido de conversaciones sostenidas con ellos y con Judith Farberman, Patricia Cuenya, Mirian Collantes y Guillermo Ortiz, a quienes agradezco sus aportes y libero de responsabilidad sobre la interpretación final. Gracias también a Diego Argañaraz Fochi, María José Barazzutti, Florencia Becerra, Andrea Bertelli, María Domínguez, Florencia Finetti, Melissa Gallardo, Carlos Juárez, Jimena Medina Chueca, Guillermo Ortiz, Josefina Pérez Pieroni, Silvina Rodríguez Curletto, Bruno Salvatore, Santiago Savino y Sebastián Silvestri por su ayuda en el campo y el gabinete. A Paz Núñez Regueiro agradezco la ayuda en la consulta del Archivo del Musée du Quai Branly, y a Gustavo Carello la edición de las imágenes. Un especial agradecimiento para Don Luis Silva, Doña Margarita, Nicolás, Candelaria, Vanesa, Evelyn, Andrea y Daniel por su hospitalidad y por el consentimiento para publicar las fotografías de su vivienda. Al director del Museo Wagner, Andrés Chazarreta, agradezco los permisos de trabajo, y al intendente de Colonia Dora, Juan Sequeira, su apoyo.
La población indígena que ocupaba el lugar donde en 1580 se fundara Buenos Aires siempre ha sido considera como nómade o semi-nómade. Eso ha sido interpretado como que no tenía ninguna forma de arquitectura, o que lo que usaron no dejaba huellas que la arqueología pudiese recuperar. Una revisión de los estudios ya hechos en la ciudad muestra al menos dos casos en que una serie de agujeros de poste ubicados en líneas podría indicar la probable presencia de los llamados toldos indígenas. Es decir, evidencias de haber existido construcciones hechas con postes verticales y cerrados con ramas, paja o cueros de vacas o caballos tal como consta en la documentación histórica, los que subsistieron en regiones cercanas hasta finales del siglo XIX. Pero también es posible que haya sido algún tipo de arquitectura maderera muy modesta de los criollos pobres, aunque la materialidad cultural tiene a confirmar la primera hipótesis. 2 llama localmente como de Área Abierta (Open área, o en España Superficie abierta). La presencia de estos agujeros identificados desde el inicio como de postes no fue llevada más lejos porque nadie se imaginaba su alcance, tanto porque la bibliografía disponible no tomaba en consideración ese tipo de situaciones, como porque nadie había hablado jamás de la posibilidad de la presencia de toldos indígenas en la ciudad. Sólo las publicaciones posteriores sobre arqueología de la arquitectura, llegadas desde el exterior, nos hicieron entender la importancia de este tipo de evidencia. Entendemos la palabra "toldo" o "toldería" como una construcción indígena en que el cerramiento se hacía con cueros de animales, términos que se remontan hasta el siglo XVI. No tenemos evidencias materiales que demuestren que este tipo de construcción se usaba en tiempos prehispánicos, pero es muy posible que así haya sido (Fig. 1 y Fig. 2). Lo interesante en este caso es que la construcción posterior, de criollos y blancos, también la usó y en las zonas inundables isleñas cercanas a Buenos Aires sigue en uso (Fig. 3 y Fig. 4). En 1989 al excavarse la Imprenta Coni nos atrevimos a experimentar con dos avances: trabajar en Open Area y a usar el llamado Método de Harris 1 (1991) que se había editado en inglés en 1979, pero la edición española sólo fue accesible a partir de 1991. El libro de Philip Baker con la manera de excavar sistemáticamente áreas abiertas, Techniques of Archaeological Excavations en el mundo local pre-internet era casi inexistente (Baker 1993). La primera edición fue de 1977 y Gran Bretaña era un país considerado como enemigo tras la Guerra de Malvinas, absurdamente ¿quién iba a importar libros de allí?, por lo que sólo se difundió con la tercera edición de 1987, y aun más tarde. Stanley South nos había enfrentado a sus grandes excavaciones en Carolina del Sur (a partir de 1990 estuvo en contacto estable con América Latina), lo que abrió la puerta a las técnicas de excavación de asentamientos históricos en Estados Unidos. Sabíamos que esto se hacía, pero en América Latina la tradición era absoluta y rígida, y las influencias mayores llegaban desde Estados Unidos y no de Europa. Los métodos diferentes de trabajo aun no se han instrumentado en una Argentina donde ni siquiera se usan las mismas herramientas de trabajo, como la pala sin mango para levantar grandes estratos abiertos. Todo eso, la arqueología histórica, la arqueología urbana y el encarar la excavación de arquitecturas, era 1 Fue usado por primera vez en las excavaciones de la calle Defensa 755 en 1987, actualmente conocido como Zanjón de Granados. Resulta un ejercicio intelectual interesante el revisar lo que uno mismo excavó hace años, sea en base a hallazgos que lo reiteran o a interpretaciones recientes que le dan nuevos significados. Es decir, el presente que nos obliga a revisar el pasado para avanzar sobre un nuevo presente. Eso puede significar reconocer errores cuando simplemente es aceptar que hay cosas a las que no se le prestó la suficiente atención porque las condiciones no estaban dadas, porque no entraban en los paradigmas vigentes. Otra mirada sería el aceptar que en las excavaciones grandes como es los casos de edificios urbanos, o de espacios muy amplios, trabajos siempre hechos con tiempos y recursos mínimos, y en los momentos iniciales de una actividad compleja como fue arqueología urbana, era tanto lo que se veía que era imposible darle importancia a todo. Hay cosas que uno deja de lado porque ya llegará su tiempo y uno discrimina lo que se considera significativo, en especial en operaciones de rescate o salvamento. Estos casos que presentamos fueron rasgos arqueológicos, otro dato más en excavaciones complejas, pero que ahora y en base a nuevas evidencias se tornan significativos. Se trata de revisar algunos pequeños agujeros de postes encontrados en pisos de tierra, probables productos de la antigua existencia de arquitecturas. Si bien fueron relevados y documentados nunca se los puso en un contexto específico o se trató de interpretarlos. Los más complejos provienen de la excavación de la Imprenta Coni que se hizo hace varios años, ubicada en la calle Perú 680 (Schávelzon 1995). Lo que nos llevó a repensarlos fue el encontrar en fecha reciente algo parecido en el patio de la llamada Casa del Virrey Liniers, por cierto a poca distancia una de la otra (Hernández de Lara, Odlanyer y Schávelzon 2014). LA EXcAVAcIÓn En SUPERFICIE ABIERTA (OPEn AREA) Los primeros pozos que evidenciaban ser restos de postes en esa excavación eran sólo tres de ellos alineados, algo poco significativo en ese contexto de una casa de mampostería de ladrillos encima de otra por dos siglos. El hallazgo resultó ser el producto del uso de una técnica de excavación nueva en su tiempo al menos en la arqueología histórica nacional, del paso de la cuadrícula y las deformaciones en el registro que producía, al que se se discutía la pertinencia de la arqueología histórica (Rafinno e Igareta 2004; Igareta y Malbrán 2013) 2 (Fig. 5). Este tipo de excavaciones se comenzó a hacer en el país de forma sistemática en sitios históricos a partir de la intervención de Agustín Azkárate en las excavaciones de Puerto Gaboto en el año 2009, mostrando las enormes posibilidades que tenía el método por sobre las técnicas usadas antes (Letieri, Cocco, Frittegotto y Astiz 2010; Cocco, Letieri y Frittegotto 2011; Azkárate 2013). 2 Tuvimos acceso a ese y otros planos y libros de su trabajo a partir de 1995. ya demasiado trabajo para un grupo de jóvenes como para observar simples agujeros de poste aun sin un significado establecido y reconocido. La existencia de publicaciones sobre arqueología de la arquitectura era impensable localmente hasta finales de la década de 1990, y el inicio fue a través de la bibliografía italiana quizás por casualidad personal. El plano de South, por dar un ejemplo, del trabajo hecho en el Moundless Ceremonial Center en Albermarle Point en 1969, que aquí reproducimos, estaba más allá del límite de nuestra imaginación cuando nos lo presentó con otros más en 1990, aquí aun LOs HALLAZGOs DE LA ImPREntA cOnI La excavación del edificio que ocupara durante siglo y medio la Imprenta Coni significó la apertura completa de varias habitaciones. La llamada Habitación I fue trabajada con el Método de Open Area por lo que se liberó el suelo totalmente hasta el nivel estéril (Fig. 6). Al excavarla se encontró, entre otras cosas, un cimiento hecho con ladrillos fragmentados y diferente a los demás que eran de ladrillos enteros, que se interpreta como a ser previo, a haber pertenecido a una pequeña casa anterior, y habría sido reusado. Fue identificado como perteneciente a la casa Rodríguez existente ya en 1740 según la documentación histórica. Ese cimiento cortaba una línea perpendicular formada por tres agujeros de postes (Fig. 7). Dos de ellos sólo contenían la tierra del estrato superior pero un tercero tenía una estratigrafía interna clara que incluía fragmentos de cerámica y restos de una astilla de hueso que pudo identificarse como de una costilla de mamífero grande, casi con seguridad un vacuno (Fig. 8). De esta forma los agujeros son previos a esa fecha aunque es imposible saber a cuándo se remontan, aunque luego analizamos en detalle las cerámicas y su fechamiento. La posición de esos tres agujeros resulta interesante ya que son paralelos a la fachada del edificio actual, es decir en la línea norte-sur que es el trazado de la ciudad desde 1608. La ciudad original desconocemos cómo había sido LOs AGuJEROs DE POstE Estas simples y modestas marcas en el espacio y en el tiempo sobre los suelos sugieren la posibilidad de repensar los orígenes de la vivienda en la región de la ciudad, y la existencia de arquitecturas de materiales perecederos, lo que es el inicio en un terreno del que nada sabemos. Es nuestra hipótesis asumir que los agujeros de poste encontrados hasta la fecha correspondan a arquitecturas no consideradas anteriormente. Buenos Aires fue un primer establecimiento hecho por Pedro de Mendoza en 1536 aunque no sepamos aun cómo o dónde. En los pocos documentos existentes no se describe la existencia de viviendas indígenas con quienes tuvieron enormes dificultades, quienes se mantenían viviendo en sus aldeas jamás descritas. Ese asentamiento fue desmantelado en 1541 para volver a ser fundada la ciudad por Juan de Garay en 1580. Allí la traza urbana era exclusiva para españoles o criollos. Pero pese a la ley veremos más adelante que los indígenas sí construyeron y vivieron dentro de la traza urbana, pero no tenemos ninguna descripción concreta de una de estas obras más que el dato de su existencia y ser de "cueros". Es decir que de ser nuestra hipótesis posible acerca de que líneas de agujeros de postes excavadas fueran indígenas o de arquitecturas perecedera criollas, podríamos estar frente a evidencias muy antiguas de la arquitectura local en el territorio hoy cubierto por la ciudad, sean previas o contemporáneas en el tiempo a la cuadrícula urbana española. orientada más allá de los documentos para su fundación, que si bien dice que también era norte-sur no se explica porqué hubo que rectificarla en 1608. Es posible que la diferencia no haya sido mucha, o que los vecinos y tal como sucedió incluso hasta finales del siglo XVIII no respetaban algunas de las calles apenas delineadas, o que realmente el trazado era un eufemismo y cada quien puso su casa donde pudo y quiso y luego fue necesario arreglar eso ante las autoridades en España, que era ante quien se enviaban los planos3. Es decir, en este caso es evidente que la línea de agujeros de postes está orientada y es preexistente al muro. Luego veremos que la orientación podría indicar su construcción dentro de la traza hispánica de manzanas regulares, dándonos una fecha. Por otra parte las estructuras indígenas de cuero relevadas en el siglo XIX en Patagonia y Pampa, aunque alejadas de la ciudad, también estaban orientadas según los puntos cardinales. Dijimos que en uno de esos agujeros se encontraron en su interior cinco fragmentos cerámicos que muestran la convivencia del tipo Monocromo Rojo de tradición indígena regional con dos mayólicas españolas, una blanca y la otra con decoración en cobalto azul (Schávelzon 1995) (Fig. 9). Las tres primero citadas no son cerámicas indígenas precolombinas aunque su tradición sí lo es, pero fueron hechas en torno y con bordes imitando formas europeas por lo que su asociación a mayólicas españolas del siglo XVII es coherente. Si la casa que cortó y rellenó los agujeros se hizo antes de 1740, resulta adecuado que las cerámicas sean precedentes aunque sin saber la fecha de los agujeros en sí mismos. Esa excavación mostró una fuerte presencia de elementos indígenas o al menos de una tradición indígena no habitual en la ciudad posterior (Fig. 10). LA cAsA DEL VIRREY LInIERs La excavación hecha en la calle Venezuela 460, más reciente, llevó a encontrar otros tres agujeros de poste de este tipo (Hernández De Lara, Odlanyer y Schávelzon 2014). Aquí la situación fue diferente ya que no pudo abrirse una superficie amplia por el uso actual del sitio. De esa manera se hallaron dos en un lado y otro cuya relación no pudo ser encontrada al quedar muchos metros entre ellos sin excavar. Pero los dos primeros citados estaban alineados norte-sur. Uno de los agujeros, el aislado (aislado debido a la forma de excavación), fue encontrado en una trinchera de tres metros de largo por uno de ancho en el centro del patio de la casa actual, suponiendo que allí estaría el aljibe, lo que no fue así (Fig. 11). Resultó interesante que el estrato que cubría el agujero de ese poste mostraba los rasgos culturales típicos del ejido de la ciudad inicial: restos grandes de bóvidos y cerámica española del siglo XVII, lo que indica que al menos ese era anterior a ese evento (Fig. 12). Los otros dos pozos se excavaron en una superficie mayor iniciada como Open area aunque no se pudo lograr ampliar totalmente la superficie, ubicada al noroeste del patio. El sector estaba alterado por muros diversos aunque la mayoría eran de los siglos XVII e inicios del XVIII. Pese a estar ambos agujeros 9 ubicados sobre una línea paralela a los muros de la antigua casa tenían diferente forma: uno era ligeramente ovalado (Fig. 13 y Fig. 14) mientras el otro era más ancho arriba y más angosta abajo, es decir con forma de embudo (Fig. 15, Fig. 16 y Fig. 17). Igualmente ambos tenían menor profundidad que en origen ya que toda la superficie de ese patio había sido rebajada en el siglo XX para hacer un piso de cemento, bajando el nivel uno 30 o 40 centímetros. Y es posible que antes ya hubiese habido una acción similar llevándose toda evidencia del siglo XIX y la mayor parte del XVIII. Y si bien nos quedaron cimientos de esos dos siglos, el contexto de la tierra entre muros era básicamente del XVII. Desconocemos, como ya se ha dicho, la función que cumplieron estos muy probables postes enterrados, las que pueden ser muchas. A la vez las evidencias son aun pocas para avanzar en las interpretaciones. Pero hay posibilidades que se plantean como probables: 1) que sean evidencias de toldos indígenas predecesoras a la ciudad española, o de sus primeros tiempos de existencia, 2) que sean postes de ranchos4 y/o de galerías frontales o laterales de casas anteriores a la Real ordenanza de 17845, y 3) que sean parte del sistema de andamios para construir muros, lo que parece coincidir con ninguna pared encontrada cerca. La presencia indígena en la ciudad y la posible existencia de su propia arquitectura son temas complejos. Sabemos que vivieron en la ciudad, que ocuparon el territorio antes de la llegada de Pedro de Mendoza con quienes tuvo que luchar y su presencia está documentada hasta en los censos aunque en muy bajos porcentajes. Llamó la atención a los ilustradores viajeros en los inicios del siglo XIX que los retrataron ya como algo exótico desde la mira Romántica. El tema ha sido estudiado por la antropología desde hace un siglo y existe un extenso y exhaustivo estudio de la arquitectura de toldos de cuero sostenidos por postes desde la Pampa hasta Tierra del Fuego, hecho con detalle (Casamiquela 2000). No vamos a redundar en ello más que para una descripción muy amplia de los toldos hechos cueros de caballo o animal cosidos entre sí, sostenidos por hileras paralelas de postes enterrados en el suelo, formando tiendas de mayor o menor dimensión interna. Si bien sobre la ciudad de Buenos Aires el tema no ha sido analizado, sabemos por los censos que existían estas construcciones a no muchas cuadras de Plaza de Mayo: el Censo de la ciudad que se hizo en 1738 habla de la existencia de "ranchos de cuero" en la actual calle Viamonte (Ravignani 1920-55; Schávelzon 1994a), es decir a sólo cuatro cuadras de la central Plaza de Mayo. Para esa época la población indígena censada en la ciudad era siempre menor al 5 %, posiblemente haya sido el 2 % según algunas fuentes. Pero recordemos la dificultad de usar este método para calcular ya que Fig. 17. Vista del Sector Oeste de la excavación del patio de la Casa del Virrey Liniers, con la ubicación de los dos agujeros sobre la misma línea norte-sur. EvidEncias dE arquitEctura dE matErialEs pErEcEdEros En BuEnos airEs, argEntina (siglos Xvi-Xviii) Finalmente hay un detalle que podría ser importante, surgido al observar que al menos en la Imprenta Coni la hilera de postes es una sola y en este tipo de toldos son varias paralelas entre sí. Las fotografías muestran que los postes del frente son mucho más altos que los demás porque debían permitir a la gente estar parados; en otros la hilera del centro es la más alta. Eso implica que para enterrarlos fue necesario hacer agujeros más profundos y hasta más anchos unos que otros. Como en ambos casos, Coni y Virrey Liniers, los suelos originales fueron rebajados hasta en 40 cm, lo lógico es que se hayan conservado sólo evidencias de los postes más altos y por ende con pozos más profundos (Fig. 8). Esto implicaría que quizás otros agujeros cercanos hayan desaparecido en esas nivelaciones del terreno. Es claramente una suposición razonable en función del proceso de alteración que produjo la nivelación de casi toda la ciudad en el siglo XIX. Galerías y ranchos previos a la Real ordenanza de 1784 La ciudad tenía desde el inicio, en forma mayoritaria hasta el siglo XVIII, ranchos de todo tipo. Si bien así se identificaba cualquier construcción modesta de pocos recursos económicos, nos interesan los de paredes de postes y ramas, recubiertos o no con barro. Las paredes estaban hechas con una hilera de palos verticales entre los cuales se entretejían ramas, que podían o no estar recubiertas por barro embostado9 o blanqueadas10. Era común que los toldos fuesen indígenas y los ranchos de criollos, pero no necesariamente es así; un criollo difícilmente viviría en un toldo, pero sí se usaba despectivamente la palabra rancho para cualquier cosa que no fuese una construcción de mampostería de ladrillo, crudo o cocido. El Censo de la ciudad hecho en 1738 hablaba de la presencia de "ranchos", "rancho de paja con adobe crudo" y "ranchito de paja" como categorías habituales de arquitecturas que eran entendidas por las autoridades (Fig. 4). Es decir, sí había en la ciudad construcciones que dejaban marcas en forma de agujeros de postes. al circular para vender productos era casi imposible hacerlo. Además que para hacer trabajos ocasionales en las grandes obras públicas, tal como sucedía con los guaraníes a los que los jesuitas los traían masivamente (hasta dos mil personas por vez), los que no eran siquiera considerados numéricamente para los censos. Se supone que muchos de ellos vivirían en las rancherías7 de las iglesias. Tampoco tenemos números exactos de los indígenas esclavizados o reducidos, lo que si bien era en buena forma ilegal igualmente los habían. En estos casos la cantidad era mucho mayor de lo censado pero no entraba en los documentos, los que estaban preocupados por el número de vecinos y de propiedades para poder tasar impuestos. Quizás la primera descripción de estos "toldos de cueros" es la que dejó el viajero padre Sánchez Labrador hacia 1770: "De las pieles de los baguales8 fabrican también sus casas. Estas no son otra cosa que unas grandes tiendas, o toldos, altas, cuadradas, y algo arqueadas en el medio. Para el techo cosen veintiséis cueros de caballo, dejando el pelo hacia afuera para que corra el agua cuando llueve" (Sánchez Labrador 1910). Un dato que nos parece sustantivo que trae también la descripción que hizo este religioso es cuando indicó que esas viviendas estaban orientadas según los puntos cardinales, o al menos que "dejan dos puertas, una al Oriente y otra al Poniente; o una al Norte y otra al Sud, según les viene mejor a los dueños" (Fig. 2), lo que coincide con lo encontrado en los ejemplos anteriores de agujeros de postes. Otra descripción muy cercana en el tiempo a la referida la dejó Félix de Azara para las cercanías de la ciudad en los finales del siglo XVIIII: "Para hacer su toldo o casa, clavan en la tierra, apartados como seis palmos, y en línea, tres palos (...) el del medio largo como diez palmos, los otros menos, y todos con horquillas en la punta. A distancia de cuatro a seis varas clavan otros tres palos idénticos; de éstos a aquéllos ponen en las horquillas tres cañas o palos horizontales y sobre éstos tienden pieles de caballo: esta es la casa para una familia, pero si tienen frío acomodan otras pieles verticales en los costados" (Azara 1923: 220). La presencia de pilares, es decir postes recios generalmente cuadrados ubicados en las entradas de casas formando un pórtico, es también motivo de interés, pero hay dos detalles que nos lleva a descartarlos: generalmente tenían bases de ladrillos para evitar la putrefacción de la madera en la tierra húmeda. Y la Real Ordenanza de 1780 los acabó al menos al frente ya que si bien era posible construir en el interior del terreno, necesariamente había que hacer una fachada plana hacia la calle (Schávelzon 1994b). La posibilidad de que sean agujeros hechos para los postes de los andamios fue una de las primeras hipótesis ya que es imposible hacer muros sin ellos. Pero hay un inconveniente en estos pocos datos: deben correr paralelos a él y a una distancia de cerca de un metro, cosa que no sucede. Pero es un tema que no debería minimizarse ya que para construir en altura son necesarios y al sacarlos dejan una fila de agujeros de postes separados y alineados. En los dos hallazgos que hemos descrito creemos que se trataba, sea de toldos indígenas o de ranchos criollos. Que fueron construidos con postes de madera y algunos de ellos en su interior se los afirmó con tierra conteniendo fragmentos de cerámicas, ladrillos o huesos, de ahí su mayor ancho. Que hayan existido muchas otras construcciones que dejaron evidencias de agujeros de poste no creo que pueda dudarse pese a la poca evidencia arqueológica aun encontrada, pero determinar quienes vivieron -indígenas, criollos, blancos pobres, esclavos-es imposible actualmente. La presencia estable de construcciones indígenas es un tema que generará enormes polémicas ya que rompe la imagen de la ciudad tradicional, pero en las excavaciones se han encontrado desde cerámicas pre y poshispánicas claramente indígenas, incluso sin torno sin o con poca influencia hispánica hasta manos de morteros de piedra para moler, la que se traía de largas distancias. ¿Estamos ante algunas de las más antiguas arquitecturas locales? ¿Estamos ante la presencia de la ocupación indígena en el inicio del período hispánico? ¿Estamos ante evidencias de construcciones de material perecedero de muy bajos recursos económicos que no habíamos visto ni imaginado? Osvaldo Mondelo que nos permitió reproducir sus fotografías, a Stanley South que me facilitó sus planos de viejos años y a Rodolfo Casamiquela por todos sus conocimientos del tema, y a ambos porque vieron la posibilidad de que hubiera restos de ocupación indígena en la ciudad expresada en evidencias de arquitectura, y lo comentaron en la década de 1990. A la amistad de Agustín Azkárate y su equipo que han aplicado el método de Open area en el país con éxitos reconocidos en Sancti Spíritu. Los dibujos han sido hechos por Francisco Gireli.
Shuracpamba, una de las históricas haciendas del Sur del Ecuador, ha permanecido prácticamente en el anonimato. Pretendiendo difundir algunas de las singularidades de este conjunto arquitectónico, se desarrollaron las tareas de búsqueda documental y reconocimiento in situ de la casa de hacienda conservada. El construir su secuencia histórica, e histórica-constructiva, a la par de atar algunos vínculos sociales y culturales históricos, hacen de esta investigación uno de los escasos textos que abordan al objeto y algunas de sus múltiples dimensiones, aunque parcialmente. Particularmente, es el primero en ensayar el método de análisis estratigráfico constructivo, evidenciando cinco campañas edificatorias, materiales y técnicas utilizados. Entre los anónimos de la región se encuentra la hacienda de Shuracpamba, sobre ella y por la documentación más abundante, la secundaria, se sabe que al igual que la Hacienda de Susudel 5, son a día de hoy constantes de interés en el diseño, oferta y demanda de planes turísticos y deportivos. La referencia a su pasado histórico nativo y colonial, lo promueven (Maldonado 2009: 9), así como las características intrínsecas de su territorio, y en los últimos años, el avistamiento de algunos ejemplares de cóndor 6, ave insignia del Ecuador. En el territorio destaca la transición entre la ocupación cañari, inca y española en la zona, por hablar de las más recientes 7, o datos generales sobre sus propietarios históricos, como el caso de Maldonado (2009) y Ortega (2015). De investigaciones, como Nudos de poder y familias encadenas de frontera 8, desarrollada por Marcia Stacey (2007) y El Paso: Una Hacienda Tradicional en la Sierra Centro -Sur del Ecuador 9 de Manuel Carrasco (2012), es posible deducir características afines y relaciones entre las haciendas de El Paso, Susudel y Shuracpamba. Se sabe que su origen, proveniente de la merced de tierras, requerimiento efectuado por españoles y/o sus descendientes ante la Audiencia y Virreinatos (siglo XVI), con intereses económicos en torno a la producción, agrícola-ganadera o minera. Stacey (2007) en oposición a Espinoza (2012) afirma que estas estructuras tenían enormes extensiones, superando los miles de hectáreas, aunque no siempre productivas por su calidad y/o escarpada topografía. Según Valdivieso (2016a), la relación productividad-extensión territorial, no era directa, y se veía afectada -aún hoy-por la ausencia de carreteras, su elevado estado de deterioro, el fatigoso trabajo para la obtención de recursos y lo elemental de los medios de explotación (Stacey 2007: 12; Espinoza 2012). Por su cercanía geográfica frecuentemente se incluyen ambas en los itinerarios. Desde el año 2014 el Gobierno Municipal de Oña, ente de gestión y administración territorial, se ha planteado como Eje Cultural de Desarrollo Local, la gestión de la Declaratoria de Área Protegida Municipal, a las zonas de Shuracpamba y el río León, por ser hábitat de dicha especie. Investigaciones realizadas por Matilde Temme Witt desde 1977, en la zona de Oña y cercanías, muestran evidencia de asentamientos del año 7000 a. Para ampliar ver http://myslide.es/documents/hacienda-el-tablon-de-ona. html, recuperado el 27/03/2016. A mediados del XX, la Ley de Reforma Agraria y Colonización de 1964 trastocaron de fondo y forma las estructuras latifundistas del Ecuador. En el caso del territorio meridional, los vestigios materiales y culturales de ejemplos singulares como la Hacienda de Shuracpamba 1, Susudel, El Paso, El Tablón, etc., son aún visibles, en mayor o menor medida. De ellas, quizá las que conservan mayor integridad arquitectónica son las dos primeras, aunque su situación no deja de ser desoladora. Ambas vinculadas al medio natural, hitos potentes del territorio, el paisaje, la estructura urbana y el imaginario local. Shuracpamba, en especial, se caracteriza por la activa presencia social y práctica en instancias concretas de la Medicina Natural y Ancestral, así como por sus históricos propietarios, las familias Serrano Coronel de Mora y Valdivieso 2. Esta realidad da lugar a un rico legado construido desde la convivencia histórica y material, haciendo del sitio y los elementos característicos, un conjunto de interés integral que bien valdría abordar ampliamente desde otras disciplinas. En adelante y por los propios intereses del presente, se desarrolla concretamente el elemento principal del complejo arquitectónico y su relación con algunas dimensiones a él asociadas, ya que otros aún existentes muestran en primer caso un elevado estado de deterioro, y en el otro, una presencia temporal sin representatividad histórica (Fig. 1). A través del método de análisis estratigráfico constructivo 3, con asistencia de las fuentes escritas y gráficas identificadas, más la acotación de información de relevancia se identifican las cinco transformaciones producidas entre 1773 y la actualidad, fruto del paso del tiempo, la limitada gestión monumental, así como la incidencia de las condiciones viales, la propia ubicación y distancia 4 a los asentamientos más cercanos. Sobre el nombre, existente textos que la identifican como Zhuracpamba, Shuragpamba o Zhuragpamba. La definición de toponimia y correcta escritura, deberá ser objeto de otro estudio. Estas familias son de los típicos núcleos pudientes del Sur del país. La primera desde el siglo XVI, y la segunda que durante el siglo XIX conformaron la clase dominante cuya hegemonía se mantuvo por la ratificación de vínculos con otras familias del mismo estrato. Término utilizado por Camilla Mileto y Fernando Vegas (2003) con referencia a las aportaciones de Luis Caballero Zoreda (1995), en relación a la discusión terminológica sobre el método. Otras acepciones referenciales serían lectura de paramentos, lectura estratigráfica muraria, análisis estratigráfico murario, entre otros. La Casa de HaCienda de sHuraCpamba: visión arquiteCtóniCa desde eL anáLisis estratigráfiCo Los vestigios de la antigua fábrica de panela 16 y la casa de hacienda pueden tener su origen en esta época. Serrano Coronel de Mora lega tanto Susudel como Shuracpamba a su hijo Bartolomé Eugenio, quien la vende a Don Fernando Valdivieso de la Carrera, hermano de Sebastián, propietario de la Hacienda El Tablón. En adelante, Don Agustín Valdivieso Jaramillo quien la recibe parcialmente en herencia, permutará la propiedad, y a través de él, su hijo Don Agustín Valdivieso Arteaga la cederá en legado a sus descendientes. Alejandro Valdivieso Pozo, la conserva (Valdivieso 2016a). De lo previo se deriva una transferencia directa del legado, influenciada por aspectos económicos, políticos, administrativos y sociales, propios de la historia del Ecuador 17. En 1964 -momento en el cual el propietario es Don Agustín Valdivieso Arteaga-la Ley de Reforma Agraria y Colonización desmembró la propiedad, mediante un proceso de reparcelación para los huasipungueros 18, para su posesión, uso y usufructo. Desde el ámbito arquitectónico, el escaso o nulo estudio del complejo -tanto de lo existente como de lo desaparecido-desde la perspectiva arquitectónica motiva la realización de la presente investigación (Fig. 1). El grabado en el dintel del ingreso principal denota que el edificio se terminó de construir el 28 de noviembre de 1773, siendo Antonio López el maestro constructor y, Antonio Bega, el maestro carpintero (Fig. 2). Sobre ellos Valdivieso (2016b) afirma que fueron quienes también construyeron el complejo hacendario de Susudel, aunque de dicha relación no se tiene documentación fehaciente. Autores como Martínez (1983) y Arteaga (2008), hablan también de la presencia en la zona del artista Joan de Orellana para la ejecución de los trabajos 16. Históricamente en el sector se producía panela y aguardiente. Algo del equipamiento y enseres para estos procesos reposan en la casa de hacienda conservada. Sobre el edifico en sí se sabe que se consumió en un siniestro que lo inhabilitó permanentemente, quedando minúsculos vestigios. Sin ser el único suceso de esta naturaleza, años más tarde otro extinguiría la capilla, localizada en las proximidades de la casa hacienda (Valdivieso 2016a), del complejo arquitectónico que hoy se forma de 3 edificios (casa hacienda objeto de estudio del presente, cocina (edificación pequeña y actual) y antiguas bodegas en ruinas). Patrimonio Histórico Urbano-Regional del Azuay (1800-2010), Historia del Azuay: estudios de caso. Memorias del II Encuentro Nacional de Historia de la Provincia del Azuay. Prefectura del Azuay y Universidad de Cuenca, Cuenca, Ecuador. Se entiende por tal a cada área o cuerpo de terreno que localizados en un latifundio. Eran cedidos a los trabajadores de la hacienda para gozar de sus beneficios, a cambio de trabajo. Obras literarias fundamentales de la producción ecuatoriana como Huasipungo de Jorge Icaza (1934), narran la vida de los indígenas ecuatorianos en la época. que se conducían desde la zona hacia Perú, algunos de ellos para su exportación a Europa 10. Define también el hilo de sesión de El Tablón, relacionado por las líneas Serrano y Valdivieso, con las Haciendas de Shuracpamba y Susudel. Entre los descendientes en línea Valdivieso se encuentra Agustín Valdivieso Arteaga, a quien Rodolfo Pérez Pimentel, en su Diccionario Biográfico del Ecuador, lo identifica como propietario de la Hacienda de Shuracpamba en Oña 11, padre de Alejandro y Agustín Valdivieso Pozo 12 y sus 3 hermanas. Por este grupo familiar se sabe que la hacienda de 3 mil ha. 13, fue gran productora de caña de azúcar y sus derivados -con énfasis en el aguardiente-, así como de mieses y la crianza de ganado vacuno, caballar y caprino. Espinoza (2012) indica que en la época, los más celebres corrales de ganado equino se encontraban localizados en la zona, así como en Yunguilla. De Agustín Valdivieso Pozo, autor del libro Valdivieso: el valle, el apellido y la familia (1991), que recoge la cronología familiar como fruto de una intensa búsqueda en el sur del Ecuador, su amplio dominio documental y disfrute de material privilegiado 14, se desprende fácilmente la cronología de propietarios, todos ascendientes suyos (Valdivieso 2016a). En 1581 y habiéndose concretado la merced de tierras, la Hacienda de Shuracpamba fue de Don Antonio de Mora y de la Serna, al contraer nupcias con Doña Agustina de Contreras y Cajas de Ayala 15. Años más tarde el inmueble es de propiedad de Don Sebastián Serrano de Mora y Morillo de Montalván, que al contraer nupcias con Doña Teresa Coronel de Mora -quien hereda de su padre la propiedad, conjuntamente con las de Susudel, El Paso, Granadilla y Yunguillapamba-, la lega a su hijo Don José Serrano Coronel de Mora (Valdivieso 2016a). La más importante de ellas en su momento sería la quinina o cascarilla. Identificado en el presente y en diversos textos como Taita Alejandro o Taita Alejo. Se considera esta extensión entre los límites de las quebradas de El Rompe y la Tranca, la Cordillera de Allpachaca y el río León. Años más tarde se ampliará, siendo en comparación al tiempo de Valdivieso Jaramillo y Valdivieso Arteaga, notablemente inferior. Hace referencia a un conjunto de elementos de carpintería: puertas, hojas de ventanas y objetos muebles de alto valor artístico que formaron parte de la casa de hacienda. El más importante, el dintel con la inscripción de fecha y autores del edificio (Valdivieso 2016a). Se trata de una hija de Don Pedro Cajas de Ayala, uno de los fundadores de Cuenca, Santa Ana de los ríos de Cuenca, el 12 de abril de 1557. (Chacón 1977) sin embargo clara la necesidad de estudios a detalle tanto de técnicas, como de materiales, para descartar esta hipótesis o su posible vinculo con la Escuela Quiteña (Valdivieso 2016a) (Fig. 3). A nivel formal el edificio se muestra sobrio. Sus anchos muros de adobe evidencian gran dominio de la técnica constructiva del aparejo soga-tizón, con base en el empleo del material local 20, sin recurrir, empero, a los 20. Para evidencia de tal, Susudel y sus alrededores, hasta la actualidad son conocidos por la fabricación a gran escala de ladrillo artesanal. Moscoso (s/f, 4) ratifica está situación. en la Capilla de Susudel, pudiéndose presumir que el denominado retablo móvil o tríptico 19 que permaneció en Shuracpamba hasta 1875, fuese de su autoría, quedando 19. Del mencionado objeto no se ha identificado exista documentación previa al presente. Su propietario lo conserva conjuntamente con un ejemplar de igual factura, pero no vinculado a la Hacienda. Destacan en su tamaño (45 cm de alto por 22 cm de ancho) los detalles de pintura tabular que muestra a la Virgen del Rosario al centro, San Francisco y San Ignacio. Los Santos Sebastián, Miguel, Antonio y Agustín, en las hojas desplegables, cierran el objeto. Llama la atención la coincidencia con los propietarios del fundo en línea Valdivieso. Se ha encontrado en el sitio otro objeto similar, que sin ser contemporánea, que guarda relación de características formales y dedicación al anterior. pigmentos naturales (tierra de color) como acabado 21. Su volumen se desarrolla en un solo nivel adaptado a la topografía del sitio, predominantemente rugosa (Fig. 4), lo cual garantiza su posicionamiento estratégico en términos administrativos históricos 22. Se compone de tres ambientes claramente reconocibles, rodeados en dos de sus lados por el que fuese un antiguo portal, desde cuyo extremo la visión domina el territorio. Hacia el centro, se ubica la escalera de acceso que marca el eje de simetría parcial del edificio y nos enfrenta a la puerta principal con sitio del dintel de la inscripción. El edificio se corona con cubierta de estructura de madera de guagual o Myricaceae, enchacleado 23 de carrizo 24 -Arundo donax-y paja, y tejas sobre mortero de tierra. Las características formales y constructivas del remate sobresalen por la notable influencia mudéjar visible en el tirante central con decoraciones geométricas, apoyado en canes o ménsulas de buena factura y decoración, así como en la forma y disposición de tirantes, zapatas o monterillas (Fig. 5). Es posible que se trate de uno de los pocos ejemplares de esta factura en la región y que de manera general exponga la realidad arquitectónica y artística del complejo (Fig. 1), hoy muy venido a menos. Con reflexión y análisis propios de la Antropología, Bravo Díaz (2013) aborda los componentes materiales e inmateriales relacionados a la Hacienda de Shuracpamba. La práctica de la Medicina Ancestral refiere de manera inmediata a las figuras del Taita 25 Alejandro Valdivieso y su hijo Juan Alejandro, por las leyendas mágicas que se cuentan del sitio (Bravo 2013: 76), incluso desde su influencia como formadores en la práctica del chamanismo 26. De esta práctica, con certeza se sabe que desde época de Doña Ignacia Riofrío 21. Esta práctica es muy común en la zona, incluso a día de hoy y por la abundancia del material en cantidad y tonos se sigue utilizando. Al respecto Moscoso (s/f, 10) indica que dichas pinturas -y sobre el caso de Susudel y Oña, asentamientos cercanos-, siguen dándole a su arquitectura ese carácter auténtico y pintoresco que se han ido perdiendo poco a poco otros sectores del país. Su ubicación permite control y dominio del territorio, y por tanto su directa distribución en relación a mano de obra y productividad, vínculos de familia, etc., incluso luego de 1964. Usado para referirse a la estructura de bambúes, colocados sobre la estructura de la cubierta de un edificio y atados entre sí con una fibra vegetal, generalmente cabuya, proveniente de los pencos o agaves. Al igual que el suro (Chusque scandens), se trata de una gramínea típica del Austro y una de las 5 especies andinas identificadas en el Ecuador Celi, esposa de Don José Serrano y Jaramillo, se desarrolló para dar tratamiento a diversas dolencias, con especial énfasis en el mal gálico 27. Ante dicha labor, la hacienda sufrió una ampliación 28 (Fig. 1). Sobre este vasto antecedente histórico que evidencia tantos nuevos intereses de investigación, como la necesidad de profundizar en otros (sociales, culturales, económicos, administrativos, etc.), incluso inexistentes o no intencionados (Riegl 1905), se inició la investigación arquitectónica y patrimonial, desde la empresa estratigráfica enfocada en un componente del antiguo complejo arquitectónico (Fig. 1), es decir, desde un segmento de la obra de arte y no desde su integridad (Brandi 1988). El punto de partida teórico universal, Edward Harris, y el libro Principios de estratigrafía arqueológica, así como la adaptación de Parenti, Francovich y Brogiolo respecto del conocimiento de los procesos y técnicas constructivas, así como al contexto cultural (Doglioni 1997). Aunque el repertorio teórico es vasto, e incluye a exponentes como los anteriores, además de otros y sus múltiples aportaciones, como Luis Caballero Zoreda, Agustín Azkárate, Martín Talaverano, Camilla Mileto y Fernando Vegas (2010), Antonio Almagro, etc., se ha considerado como referente directo al trabajo de Rolón y Rotondaro (2010) sobre el estudio de la vivienda rural vernácula construida con tierra en la Rioja, que eleva el nivel de conocimiento a la vez de ratificar la aplicabilidad del método. En asistencia de otros se extrapola al territorio a través de clusters o grupos constructivos homogéneos y su variabilidad en el estudio de edificios históricos (Rolón 2014), enunciado por Parenti (1995). El acercamiento documental al caso de estudio, así el aporte de las fuentes orales, si bien han expuesto datos e información extraordinaria, no trasciende hasta la médula de la evolución del bien, sus diversas etapas y las del complejo. Esta particularidad es propia del análisis estratigráfico constructivo (Tabales 2002). En la práctica del análisis estratigráfico que envuelve a la Hacienda de Shuracpamba, se ha aplicado la propuesta metodológica de Caballero Zoreda (1995) 27. Se denomina así a la sífilis. La hipótesis más aceptada proviene de documentación de autores españoles como Ramón Pané, Fray Bartotomé de las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo y Rodrigo Díaz de Isla, sugiriendo que se trata de una enfermedad endémica de América Central que por los viajes de Colón y la propia conquista se extendió por el Viejo y Nuevo Mundo. Para ver más consultar Linares, Sáenz, Pérez, Clemente y Maganto 2013. Se trataría de un cuerpo rectangular. El primero hacia el Norte y próximo al acceso, posiblemente el hospital. (Valdivieso: 2016.a). y previamente ensayada en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán en Pajarejos, Segovia 29, cuyo procedimiento se compone de siete pasos. El primero de levantamiento fotográfico y fotogramétrico -en este caso parcial por las densa vegetación que ronda al edificio en varios sectores-y desarrollo de planimetrías base 30, en donde a partir de croquis in situ, posteriormente apoyados en software especializado, permiten desarrollar el ejercicio de análisis e identificación de elementos. A continuación se procede a la identificación, numeración y descripción de las Unidades Estratigráficas Murarias -UEM-in situ, también, y con ello la primera aproximación material y constructiva (Caballero 1995: 39). La observación, identificación y rotulación 31, de la totalidad de UEM (Sánchez 2004) se realiza bajo un mecanismo propio de codificación 32. En adelante se conforman ortofotos -parciales y específicas-utilizando el software Agisoft Photoscan y Adobe Photoshop, mientras Autocad Autodesk, para el tratamiento de dibujos técnicos. Ambos insumos asisten en la delimitación de las UEM y verificación de notas de campo, apoyado en fichas analíticas y de caracterización de cada UEM 33. Como tercer momento, se encuentra la lectura de relaciones temporales y construcción de diagramas según los principios de homogeneidad, individualidad y temporalidad, para relacionar, vincular y ordenar elementos por espacio y posteriormente, tiempo, lo cual conduce directamente al cuarto momento, la construcción del diagrama estratigráfico Harris Matrix, que a efectos del caso de estudio, no ha representado una verdadera simplificación de los procesos anteriores, sino un ejercicio de ordenamiento de las UEM, con base en parámetros de correlación y periodización. El proceso atiende así a etapas constructivas, frente a la periodización clásica (Harris 1991: 159), obteniendo una cronología relativa. En adelante las etapas restantes, son menos intensas. A partir del diagrama estratigráfico, se procede a la 29 Para ampliar información consultar Aguirre y Álvarez 2015. 30 Se emplearon herramientas técnicas como cinta métrica, distansiómetro láser, flexómetro rígido y jalón. 31 Aunque Azkárate (2010: 59) recomienda la georreferenciación de las UEM, considerando la monumentalidad del caso de estudio no se aplica. 32 Dicho mecanismo no se vincula al orden de identificación de las UEM y se ajusta a sus propias condiciones. En opinión de Luis Caballero Zoreda, anticipado por Parenti (1988), sería potencialmente aleatorio. Para el caso de estudio está dada por: Punto Cardinal Principal de Orientación_Número. 33 Esta herramienta y proceso derivado permiten comparar, relacionar y precisar aquellos aspectos de carácter problemático iniciales. La Casa de HaCienda de sHuraCpamba: visión arquiteCtóniCa desde eL anáLisis estratigráfiCo cambios socio económicos (Azkárate, Barreiro, Criado, García, Gutiérrez, Quirós y Salvatierra 2009: 601), a su vez ratificados siguiendo a detalle una comparativa entre la historia de la nación y la herencia de sucesión de la propiedad. Incluso por legado, desde la sabiduría popular debe ser considerado su conocimiento a detalle en futuras investigaciones, extensible al ámbito territorial y cronotipológico. Dejando de un lado el ámbito arquitectónico e investigativo del edificio, -que se retomará en breve-y los vestigios de lo que fuese el complejo arquitectónico, y con referencia en Icaza (1934) se evidencia que pudo más la incidencia política y administrativa sobre la redistribución de los históricos latifundios que el verdadero énfasis de progreso y desarrollo económico, social y territorial. Derivadas de dicha ley y sus efectos colaterales, persisten a día de hoy situaciones como las denominadas "migraciones golondrinas" o estacionales se transformaron en permanentes, tanto en lo nacional como internacional 35, y con ellas el abandono del territorio, despoblamientoincluyendo las transformaciones que a nivel familiar se generan-y olvido de la práctica de actividades y saberes vinculados a los rasgos de identidad. Situaciones todas que afectaron a Shuracpamba y sus contemporáneas, que aún no se superan. Retomando la lectura estratigráfica, a partir del diagrama (Fig. 7), los alzados (Fig. 8a y 8b) y las planimetrías de evolución (Fig. 6), se determinan las etapas constructivas, quedando de la siguiente manera. La primera, iniciada en 1773 se extiende aproximadamente tres décadas e incluye la implantación de la edificación, seguramente de manera conjunta con los edificios desaparecidos y en ruina (Fig. 1). A nivel arquitectónico el tipo se evidencia como una sola crujía rodada perimetralmente por el portal -hoy cerrado y cambiado de usos-. Los materiales empleados son tierra -de las cercanías, del sitio de Pullcanga-a manera de cielo raso y mampostería de adobe, alcanzando entre 70 y 86 cm de sección, madera para carpinterías y cubierta, piedra local con especial coloración rojiza en basas de columnas y escaleras, hoy desaparecidas (Valdivieso 2016a) (Fig. 9). Son propios de este momento el conjunto de carpinterías de nogal talladas con motivos geométricos y el conjunto 35. A nivel nacional las primeras surgieron en el siglo XIX principalmente por el auge cacaotero y luego bananero, haciendo que los habitantes de la sierra se trasladen a la costa durante temporadas específicas. En el ámbito internacional hasta los años sesenta eran frecuentes sobre todo desde el ámbito económico y social. En adelante la situación empeora como consecuencia del deterioro de las condiciones de vida y acceso al trabajo en el Ecuador. vinculación con la documentación histórica para el establecimiento -cuando lo es posible-de la cronología absoluta de las campañas constructivas 34. Finalmente se da paso a las conclusiones, construidas sobre la base de los pasos previos y la definición de la hipótesis históricoconstructiva. El punto culmen está en la aportación de dibujos planimétricos de las UEM y la construcción definitiva del diagrama estratigráfico. Como consideración última, se encuentra la etapa de archivo de datos/publicación, con lo cual la difusión de resultados cumple efectivamente la labor paliativa del desconocimiento generalizado. Para tal efecto, se pretende difundir el presente en el ámbito local vinculada principalmente desde la vertiente histórica, así como a la comunidad académica y científica, como una contribución al estudio de la arquitectura hacendaria del sur del Ecuador en tiempos de colonia y república. Al ensayar el método de análisis estratigráfico constructivo, se ha documentado el edificio principal del conjunto arquitectónico de la Hacienda de Shuracpamba, quedando pendientes los restantes -incluidos aquellos en estado de ruina-, y los desaparecidos (Fig. 1 y Fig. 4). Podría considerarse al edificio una obra autónoma, aunque ello signifique su evidente disminución, al quedar vinculado con el resto del complejo, no sólo desde la huella formal (Brandi 1988), sino desde la constructiva, temporal y social, es factible su comprensión. Del proceso técnico-científico de investigación se obtuvieron 45 fichas de caracterización de las UEM -revisadas, omitidas redundancias y duplicados-, distribuidas en 19, 23, 2 y 1, en los paramentos Norte, Sur, Este y Oeste, respectivamente. Así mismo diversidad de material preliminar, que en conjunto han posibilitado la determinación de las cinco fases constructivas, de ellas al menos dos de cambio o incorporación de materiales y técnicas constructivas (Fig. 6). Investigar aquello exige más que la secuenciación insertada en el diagrama estratigráfico, más cuando las fuentes documentales explícitas son limitadas. Su diversidad denuncia la existencia de 34. Al respecto se han consultado los fondos documentales del Archivo Nacional de Historia, sección del Azuay, entre el 11 de diciembre de 2015 y el 25 de marzo de 2016. Así como diversa documentación secundaria, que recoge aunque de manera parcial y atendiendo a interés particulares alguna información. La Casa de HaCienda de sHuraCpamba: visión arquiteCtóniCa desde eL anáLisis estratigráfiCo como a una mejora importante en los réditos obtenidos, situación que posibilitó la inversión tanto en material de calidad, cuanto en mano de obra especializada que lo ejecute con propiedad. De manera importante esta intervención incide en la calidad estética del edificio, así como en el confort térmico y acústico36. Derivada de esta etapa, se encuentra la acción reconstructora del área de ampliación (segundo aposento hacia Oeste) (Valdivieso 2016b), que es la que persiste hasta la actualidad sin rastro de su antecesora. En adelante, la cuarta etapa involucra un conjunto de intervenciones diversas. Una reparación en el área de la ampliación (segundo aposento hacia Oeste), así como la inserción de elementos inexistentes hasta ese momento, como la terraza frontal revestida de baldosa bicolor (blanca y roja), que desde la escalera da acceso a la vivienda. Su ubicación si bien corresponde a la escalera original de la fase 1, en tamaño y materialidad es de monterillas de madera que coronan las columnas para dar paso a la cubierta (Fig. 5). Sobre la última, sus características intrínsecas y poco frecuentes en el territorio, demandan un análisis minucioso, en tanto a forma y razón de su implementación en el lugar (Fig. 10), con lo cual se suma a la lista de intereses investigativos futuros. Con la ampliación del aposento hacia el Oeste y la evidente reforma de la cubierta, se define la segunda etapa constructiva, siendo la muestra más fehaciente la acentuada grieta del muro Sur (Fig. 11), que se observa desde el exterior no empañetado ni revocado. A nivel funcional, pero en el mismo espacio arquitectónico, se aprecia la existencia de otra(s) dependencias entre el antiguo muro de cierre del edificio hacia el Oeste, y la estructura auxiliar dispuesta para dar soporte a la cubierta. Puede suponerse que fuesen dormitorios de servicio para los sirvientes de mayor confianza, que en lo posterior se convirtieron en trojes -espacios propios para el almacenamiento de cereales-o depósitos de granos (Valdivieso 2016a). Con la habilitación parcial del portal, hacia el Noreste y bordeando el aposento principal, se define la tercera etapa. En ella se incluye la incorporación de madera para pavimentos, rastreras y zócalos, uno de los motivos obedece al cambio de su condición, hacia dormitorios, situación que se mantienen hasta la fecha, así madera tallada de nogal y modelos geométricos, por las actuales de madera de eucalipto 37 -especie introducida en el Ecuador a mediados del siglo XIX y ampliamente 37. Aunque es una especie exótica, su presencia y amplio despliegue, contribuye a la definición paisajística de numerosos asentamientos de la sierra ecuatoriana, implantado en un intento de modernización con sentido ecologista para recuperar los bosques nativos desaparecidos. El contexto territorial de Shuracpamba se ve inmerso, pero El caso de Shuracpamba es otro, no así su contexto territorial inmediato. Su aspecto cambió derivado del abandono. totalmente contraria, evidenciando con ello las nuevas necesidades de los ocupantes, sino también sus afinidades estéticas que desplazan a las prácticas, materiales y técnicas usadas hasta el momento. De esto también se deriva la incorporación de la escalera introducida en el paramento sur (Fig. 8b), desde el antiguo portal (luego dormitorio) y con conexión hacia el exterior. Posteriormente otras intervenciones provocarán el reemplazo de las carpinterías de puertas y ventanas -originales-de datación del edificio será una de las piezas que formando este conjunto de extracciones se desplazarán hasta Cuenca, como objetos suntuarios, dejando evidencia utilizada en carpintería-y de menor calidad artística, a excepción de la denominada UEM N.03 (Fig. 8a). En este mismo contexto, el dintel de la inscripción de Pese al paso del tiempo y la existencia de graves lesiones, cuya evidencia de mayor alerta se localizan en los muros Sur y Oeste, que experimentan un desplome de entre 15 y 30 cm, el edificio es una muestra de calidad, solvencia y nobleza constructiva. Sobre él el paso del tiempo no ha incidido tanto como la falta de mantenimiento e intervenciones oportunas (S.01, Figura 8a), que presentaría a día de hoy su situación como diferente. Bien pudiera entenderse este estadio como temporal, sin embargo, y reclamar por él aquello que Riegl (1905) define como valor limitado de la copia. Con lo cual la actual visión íntegra del edificio, su situación histórica y relevancia territorial, abordada desde la cadena de valor 38 (Azkárate, Barreiro, Criado, García, Gutiérrez, Quirós y Salvatierra 2009: 609) la canalización de los resultados hacia el establecimiento de posibilidades concretas de actuación desde la práctica multidisciplinar, extendida además hacia sus realidades patrimoniales diversas y de las cuales se han intentado identificar hitos o elementos de relevancia. En el caso de la casa hacienda de Shuracpamba y su potencial no limitado al ámbito arquitectónico, se fortalece como objeto de estudio transdisciplinar, donde la dimensión histórica es determinante. Con la identificación de las cinco etapas constructivas del edificio principal conservado de Shuracpamba (Fig. 6), se expone una visión de la dinámica del lugar que incluye matices desde el ámbito social, económico y administrativo, así como las dimensiones patrimoniales material -arquitectónico, inmueble, territorial-e inmaterial vinculadas e indisolubles a ella hasta la actualidad. Todos considerados como testimonios diacrónicos de valor. Las transformaciones identificadas conciernen en buena medida con el proceso histórico comprendido entre 1773 y mediados del siglo XIX, correspondiéndose con las etapas de auge productivo de la hacienda, pero también a la imperiosa necesidad de hábitat y trabajo en potencial incremento que posibilite esta bonanza, frente a la pérdida de la fábrica de panela o mejor conocida en la cotidianeidad como "hacienda vieja". Estas acciones y las subsiguientes hasta la actualidad han posibilitado visibilizar lo definido por Choay (2007) en jambas y dinteles del mecanismo de pivotaje que las operaba, y por tanto de su prematura ausencia motivada por un declive económico importante. La alacena de la dependencia principal (N.02, Figura 8a) se desplazará hacia el paramento Norte y en su sitio se localizará la puerta actual y escaleras (con descripciones semejantes a las anteriormente acotadas). Caso semejante el de la veneciana simétricamente dispuesta en relación a la existente, hacia el Noroeste, y otros elementos de interés. En la última etapa, menos venturosa que el resto, por intentar definir el vertiginoso proceso histórico del edificio y el complejo al que pertenece, se agrupan las intervenciones contemporáneas, de mínimas reparaciones, frente a los problemas identificados a simple vista. Entre ellas se encuentra la atadura o refuerzo de los muros Norte y Sur en el cuerpo aposento ampliado y luego reconstruido hacia el Oeste. Para este fin se han utilizado rústicas llaves de madera a nivel del coronamiento de ambos muros, perfectamente visibles. Otras actuaciones menores a nivel de superficie complementan la fase con la incorporación de un aseo delimitado por modernos paramentos de ladrillo y cemento. Como parte de este propósito, a más de estructurarse metodológicamente the Harris Matrix, se ha definido dentro de su estructura la característica material de las UEM, (Fig. 7) aspecto que permite identificar y relacionar históricamente parte de la tradición constructiva, la compatibilidad de los materiales, su manejo, capacidad de adaptación al lugar y durabilidad en el tiempo. En suma, recuperar sistemáticamente parte el reflejo de la enseñanza no reglada que es la base del legado patrimonial existente en la región. A Agustín por el tiempo desinteresado brindado al progreso de este trabajo. Al Taita Alejo, por la labor de conservar Shuracpamba. A Martín Alejandro y Edison. bIbLIogRAFÍA Giovannoni, como integración a la vida contemporánea, en su propio momento y contexto, que liberando al edificio (hablando por la casa de hacienda, no así del resto) de los riesgos de estar en desuso lo expone al desgaste y a las usurpaciones de uso, pero permiten su conservación material en el tiempo a través de la cual son factibles de identificar todas aquellas situaciones. Sustentando lo anterior, con la nueva edificación implantada, y más representativa, si bien se mejoraron las condiciones de comunicación y relación con el territorio próximo fuera de los límites hacendarios, incluso a día de hoy, su posición geográfica sigue siendo un tema de análisis contrapuesto. Ha garantizado la conservación de elementos aislados del arquitectónico hacendario, a costo de su deterioro y las precarias condiciones de ocupación. Al respecto del complejo arquitectónico integral, por la existencia de vestigios materiales in situ y la supervivencia de testimonios auténticos localizables (Brandi 1988), sería de interés su estudio en profundidad, con fines de gestión oportuna. Un importante ejercicio de reconstitución supondría un primer paso hacia el conocimiento del complejo así como de la realización de estudios tipológicos territoriales, incluso con fines didácticos. Deberá además considerarse el ambiente paisajístico monumental propio de la espacialidad arquitectónica (Brandi 1988; Latorre y Caballero 1995: 5-18), las manifestaciones sociales, culturales y de la técnica constructiva que el presente ha expuesto, como otras que contribuyan a su comprensión y preservación. En tanto al ensayo del método de estudio, si bien es incipiente, se cree que su desarrollo debe continuarse con el fin de estudiar los rasgos tipológicos locales -en arquitectura menor y complejos hacendarios-, tanto desde la morfología y funciones como desde los sistemas constructivos y el empleo de materiales, para rebasar la mera noción de definición estilística unitaria. Ya desde las propias bondades del método se puede vislumbrar la factibilidad de su aplicación como medio de conocimiento integral arquitectónico de ejemplos menores, poco conocidos, etc., ya que su viabilidad a nivel teórico no está limitada y la inversión económica es mínima, aunque bien pudiese implicar la utilización de tecnología de última generación; para documentación, análisis de procesos patológicos, estudios de confort térmico y microambientales, caracterización de materiales, etc., actividades fundamentales para articular las dimensiones histórico-documental y científicotécnicas.
El transporte de grandes fustes monolíticos por el interior de la trama urbana de Roma innumerables daños en las cloacas que hubo que reparar (Plin., N. H. XXXVI, 6-7) (Barresi 2000: 340), mientras que Juvenal recuerda el peligro que el transporte de bloques de mármol podía representar para los peatones (Juvenal, Sátiras, III, 256-261) y el insoportable ruido que hacían los pesados y molestos carros que transitaban por las estrechas calles de la ciudad (Juvenal, Sátiras, III, 236-237) 2; un transporte, el de los bloques de piedra y otros elementos necesarios para la construcción, que tenía lugar principalmente durante las horas diurnas, a diferencia de otras mercancías que debían hacerlo de noche 3, interrumpiendo por tanto el tráfico en una ciudad ya de por sí bastante caótica y congestionada. Las dificultades derivadas de la manipulación de grandes y pesados bloques de piedra comenzaban ya en el momento de su extracción en la cantera. En otra sede hemos visto como la estandarización de las medidas que se observa en algunos elementos arquitectónicos gigantescos podría ser debida en parte a la necesidad de disponer de complejos sistemas mecánicos de extracción, elevado y transporte expresamente diseñados para ellos, cuyo peso y volumen serían por tanto parecidos. Esto explicaría en parte la exigencia que se verificó en las capitales provinciales de imitar la arquitectura de Roma, y en Roma misma de replicar o al menos de acercarse a las medidas del elevado arquitectónico del templo de Mars Ultor (Pensabene y Domingo 2014: 118-121) 4. Pero en estos primeros estadios de la producción (extracción de los bloques en la cantera y primeras etapas de su elaboración) las operaciones de maniobrabilidad contarían con la ayuda de voluminosos y complejos sistemas mecánicos -estos resultaban absolutamente imprescindibles para llevar a cabo determinados proyectos arquitectónicospues los espacios libres disponibles en las canteras, o quizás expresamente reservados para ellos, permitían el despliegue de tales infraestructuras. Además, las rutas seguidas para el transporte de los fustes gigantescos estaban provistas generalmente de todos los servicios necesarios para el desarrollo de esta actividad. Por ejemplo, en el desierto egipcio se conoce una importante red de fortines colocados en los puntos 2 "¿Qué pensión permite el sueño? En la ciudad (Roma) hay descanso para las grandes fortunas. Ahí está la causa de la enfermedad: el trasiego de las ruedas en la estrechez y cruce de las calles y el encuentro de las cuadrillas de carreteros arrebatará el sueño a Druso y a las vacas marinas». 3 Una ley dictada por Julio César, que sabemos todavía vigente en tiempos de los flavios y Trajano, permitía el transporte de bloques de piedra y otros elementos necesarios para la construcción durante las horas diurnas, (Carcopino 2007: 61-63). 4 La necesidad de crear una gran cantidad de bloques de piedra podría ser la causa también de la estandarización de las medidas de los bloques en tufo que se documenta ya desde la aparición de la opera quadrata en Roma hacia finales del s. VII a.C., (Cifani 2010: 41). La construcción de algunos edificios que podemos definir como gigantescos planteaba numerosas dificultades técnicas y logísticas, como las derivadas del transporte y alzado de los grandes y pesados fustes monolíticos presentes en muchos de ellos: consideramos gigantescos los fustes con una altura de entre 40-60 pies. Además, el paso de estos fustes por el interior de la trama urbana de las ciudades no hacía más que incrementar tales dificultades que debían afrontarse necesariamente con una precisa planificación de todas las acciones que dichas operaciones requerían. Pensemos, por ejemplo, en los enormes fustes del templo de Antonino y Faustina en el Foro Romano o del Aula de Culto del Forum Pacis -respectivamente en mármol cipollino y en granito rosa de Assuán-que tuvieron que cruzar una parte considerable de la ciudad hasta alcanzar el centro neurálgico de la urbs: el análisis de las dificultades derivadas del transporte de estos fustes, así como las posibles rutas urbanas seguidas, centrarán la última parte de este estudio. De hecho, la peculiar trama urbana de Roma, con el predominio de callejones estrechos y frecuentemente en pendencia, debió dificultar enormemente este transporte1. Pero, al mismo tiempo, las dificultadas que este tipo de transporte debía afrontar provocaban la admiración de los ciudadanos, espectadores de un despliegue técnico y de fuerzas que magnificaban irremediablemente el poder y prestigio de los comitentes (DeLaine 2002: 213-214): Plinio el Viejo, por ejemplo, narra la admiración provocada por el transporte de los obeliscos a Roma y de los enormes bloques de piedra destinados al entablamento del templo de Artemisa en Éfeso (Plin.,, mientras que Amiano Marcelino se recrea en la construcción de una nave expresamente diseñada para el transporte del obelisco colocado en la espina del Circo Máximo en, sobre el que volveremos más adelante, y Teodosio hizo inmortalizar en un relieve situado en la base de su obelisco en Constantinopla las complejas operaciones realizadas para el transporte y alzado de este monumento (Pensabene 2013: 259-260). Como contrapartida, el transporte de los grandes monolitos generaba también importantes molestias: Plinio, por ejemplo, cita como el paso por las calles de Roma de una serie de columnas de 38 pies de altura provocó Patrizio Pensabene y Javier Á. Domingo magaña 3 pies de altura almacenados en un primer momento en Porto y paulatinamente transportados a Roma en naves más pequeñas, como mostraría un relieve hoy en el Louvre (Paris, Louvre MA 593; Maischberger 1997: 29, nota 129) 6. Además, el gran tamaño de los fustes hacía poco rentable económicamente someterlos a demasiados cambios de medio de transporte y su elevado coste hacía poco factible su adquisición para tenerlos almacenados sin un uso todavía claro. De hecho, en los depósitos de Roma, Porto y Ostia raramente se encuentran fustes almacenados mayores de 5 m de altura 7. Por tanto, los fustes gigantescos eran importados para ser utilizados en proyectos arquitectónicos concretos que ya estaban en construcción, y eran transportados directamente a su lugar de destino. Una operación esta última que debía coordinarse perfectamente con el desarrollo del proceso constructivo, previendo por tanto la disposición del espacio necesario para su maniobrabilidad, la preparación de los entablamentos que debían apoyarse encima de estas columnas y la construcción de los muros circundantes encima de los cuales debían encajar estos elementos sustentantes (Taylor 2006: 134-136). Podemos citar, a modo de ejemplo, la fachada del Panteón, diseñada en el proyecto original para albergar columnas con fustes de 50 pies de altura. Según una hipótesis de R. Taylor (Taylor 2006: 138-141) 8 las 6 En este sentido, podemos citar el hallazgo de una pequeña nave que transportaba dos bloques de piedra, tallados en placas, por el Ródano. Para cargas más pesadas se podría pensar en la presencia de naves con fondo plano, sin quilla, diseñadas para el transporte por río. De todos modos, esta tipología de barca no ha sido documentada en Roma ni en fuentes escritas ni arqueológicas, pero sabemos que existía en Dalmacia, en Galia y en Germania, (Maischberger 1997: 30). De todos modos, los fustes de columna gigantesca eran demasiado pesadas para este tipo de transporte. Incluso se ha sugerido recientemente que podría responder a una cuestión estética (Giuliani 2015: 146). de parada previstos para el reposo de los animales de tiro, una red que permite conocer el número de Km que podían recorrer en un día estos animales y el número de bestias de carga necesario en función del peso transportado5. Otras máquinas debían disponerse en los puertos de llegada de los grandes bloques, para facilitar las operaciones de elevación y desembarco. El puerto de las canteras del sector de Aliki en Tasos, por ejemplo, ofrece el testimonio -a través de los agujeros conservados en el muelle-de la existencia de grúas con ruedas movidas por fuerza humana, probablemente similares a la que se representa en el conocido relieve de los Haterii de Roma, donde la rota para el enrollado de las cuerdas que regulaba la inclinación del cabrestante tenía como fuerza motriz a hombres que caminaban en su interior (rota calcatoria). En el caso de fustes de pequeñas dimensiones, las operaciones de elevación podían hacerse mediante el uso de tenazas de hierro o, como muestra otro relieve de Capua, mediante la presencia de un collarín a una cierta altura del fuste, en el que podían ligarse varias cuerdas para tirar de los objetos (Taylor 2006: 125, fig. 54). LA LLEgADA A LA cIuDAD El punto de llegada y desembarco de los grandes elementos arquitectónicos dependía de las posibilidades de maniobrar estos monolitos, del lugar de destino de las piezas transportadas y de las posibles rutas que podían seguir dichos elementos por el interior de la trama urbana de la ciudad. Es necesario señalar ahora que a diferencia del transporte de bloques de mármol, que sabemos llegaban a Porto, donde podían ser almacenados y embarcados periódicamente en naves más pequeñas que remontaban el Tíber hasta Roma en función de las necesidades que se producían, los fustes monolíticos gigantescos tenían que ser transportados directamente a su lugar de destino, debido principalmente a dos motivos: 1) En primer lugar, no parece lógico pensar que los bloques gigantescos fuesen almacenados en algún depósito marmorario a la espera de ser utilizados en alguna construcción que pudiese necesitarlos, como sí sabemos que sucedía, por ejemplo, con elementos arquitectónicos más pequeños; quizás incluso con fustes de hasta 20 gunos obeliscos. Sabemos, por ejemplo, que Augusto hizo transportar un obelisco destinado al Circo Máximo, de 24 m de altura y 440 toneladas de peso, hoy en la Piazza del Popolo (Plinio,N. H.,36,70). Sabemos que Calígula hizo transportar otro obelisco para su circo en el Vaticano, de 25 m de altura y un peso de 325 toneladas (Plin.,N. H.,16,(201)(202), hoy en la plaza de San Pedro, que precisó de una nave expresamente diseñada que atracó en el puerto de Ostia; nave que más tarde fue reutilizada por Claudio en la construcción del faro de su nuevo puerto (Suet.,Claud.,20,3) (Maischberger 1997: 29), y llevado a Roma por tierra a través de la vía Ostiense hasta el Circo Máximo. Ningún indicio, por tanto, permite pensar en el transporte de estos pesados elementos en naves más pequeñas a su llegada a la costa. A partir de los datos relativos al transporte de estos obeliscos se aprecia una significativa diferencia entre la época de Augusto-Calígula -la nave que transportaba el obelisco para el Circo Máximo permaneció en el puerto de Ostia-y la época de Constancio II -la nave utilizada consiguió remontar gran parte del Tíber-. Y esta diferencia podría derivar, entre otros motivos, de la construcción del Puerto de Claudio, inaugurado en el 64 d.C., y del puerto de Trajano y la Fossa Traiana (Canale di Fiumicino), que hicieron más fácil la navegación del Tíber hasta Roma. Además, muy probablemente también en época de Trajano se construyó el denominado Canale Romano, de 35 m de anchura y unos 5-7 m de profundidad, situado entre el Tíber y la Fossa Traiana, que permitiría la navegación de embarcaciones cargadas hasta con 350-390 toneladas de peso (Salomon, Goiran, Bravard, Arnaud, Djerbi, Kay y Keay 2014: 31-49, fig. 1 y 6). De todos modos, es necesario tener en cuenta que la llegada de los grandes bloques de piedra era siempre una operación muy compleja sujeta a las condiciones de navegabilidad del Tíber en su paso por la ciudad, unas condiciones que variarían en función de las estaciones del año, más o menos lluviosas, y por tanto del cabal de agua transportado. No podemos excluir la posibilidad que el transporte de cargas muy pesadas por el río fuese diferido al momento en el que el nivel de cabal de agua era más elevado, en otoño o invierno, para permitir el paso de las naves de mayor tamaño; un periodo que no necesariamente coincidía con el momento de llegada de la nave al puerto. Además, una confirmación de la llegada directa a Roma de grandes bloques nos la ofrece en época de Adriano la zona del mausoleo de Augusto, delante del cual se conservan las marcas de la preparación, y quizás también del corte, de los gigantescos bloques de piedra destinados al entablamento del Panteón; aunque quizás la zona fue adaptada para tal uso sólo de manera provisional para este edificio (Wilson Jones 2009: 206-207) o quizás también, y siempre de manera puntual, para la construcción de otros importantes edificios (Haselberger 1994: 299) 12, que suponemos debieron erigirse en esta zona del Campo de Marte. EL tRAnspORtE DEntRO DE LA cIuDAD Como ya hemos señalado anteriormente, las mayores dificultades que debía afrontar el transporte de los grandes fustes se presentaban en el interior de la trama urbana de las ciudades, con calles cuyas dimensiones no siempre permitían el uso de los complejos sistemas mecánicos que habrían facilitado enormemente tales operaciones. Roma no era ciertamente una excepción y ya Tácito, por ejemplo, atribuyó a la anarquía de sus calles cerradas y sinuosas la rapidez con que se propagó el incendio del 64 d.C. (Tac., Ann. Pocas calles permitían de hecho el paso de dos carros a la vez -dentro de las murallas republicanas sólo dos, la via Sacra, de 4,8 m de anchura, aunque en su entrada al Foro Romano podía alcanzar los 10 m, y la via Nova, de 6,5 m, aunque muy probablemente ésta debió desaparecer con motivo de las reformas realizadas tras el incendio neroniano (Coarelli 2012: 94)-pues la mayoría de ellas presentaban una anchura de apenas 2,9 m (Carcopino 2007: 57) 13. Podemos incluir en este elenco la via Lata, el tramo de via Flaminia que pasaba por el interior de la ciudad, entre la porta Fontinalis y la porta Flaminia (Patterson 1999: 139-140), cuya anchura alcanzaba los 6,5 m. Con todos estos datos queremos ahora analizar las posibles rutas urbanas utilizadas para el transporte de los grandes fustes monolíticos de dos edificios que por su localización, en el entorno del Foro Romano, obligaron a estas piezas a atravesar gran parte de la trama urbana de la ciudad: el templo de Antonino y Faustina y el Aula de Culto del Templum Pacis. Hemos visto como la construcción de los puertos de Claudio y Trajano pudo favorecer que los bloques gigantescos alcanzasen la ciudad por dos vías: el sur, por tierra a través de la vía Ostiense, o el norte, remontando el Tíber hasta la zona del Campo de Marte. A estas dos posibles rutas podemos añadir la propuesta realizada por E. Bianchi y R. Meneghini para el transporte de los fustes gigantescos destinados muy probablemente al templo de Trajano, con una altura de unos 15 m y un peso cada uno de unas 107 toneladas. Según estos autores, los fustes podrían haber remontado el Tíber hasta la altura del Aventino, alcanzando posteriormente la zona del Foro de Trajano pasando o bien por el Velabro, el clivo Argentario y el vico Iugario, o bien rodeando el Capitolio por el lado norte (Bianchi y Meneghini 2002: 405, fig. 9). De todos modos, esta propuesta, que parece factible para el transporte de las columnas utilizadas en el Foro de Trajano, pues rodeando el Capitolio alcanzarían fácilmente este conjunto arquitectónico y/o cruzando la zona del Foro Romano alcanzarían el de Trajano sin necesidad de realizar ningún giro (en tiempos de Trajano el Foro de César fue remodelado y, por tanto, probablemente no constituiría un obstáculo para el paso de las columnas [Amici 1991: 75-136]), plantearía en cambio algunas dificultades si se quisiera alcanzar el templo de Antonino y Faustina o el Aula de Culto del Templum Pacis: en ambos casos los fustes deberían haber entrado en el foro por el vicus Iugarius y haber realizado un peso cada uno de aproximadamente 140 toneladas 19 (Fig. 2). En ambos casos es factible suponer su llegada a la ciudad tanto por tierra, a través de la vía Ostiense, como en naves que remontando el Tíber habrían alcanzado sin demasiados problemas la zona del Campo de Marte. La elección de la ruta seguida, por tanto, dependería del lugar de destino de los fustes y del medio de transporte utilizado para moverlos, teniendo en cuenta las mayores o menores dificultades que ofrecía el paso por determinados espacios urbanos. De hecho, y a diferencia de cuanto ocurría con el transporte de pequeñas columnas, que podían ser cargadas encima de carros -un carro podía transportar fustes de hasta 30 toneladas y 30 pies de altura (Bülow-Jacobsen 2009: 206), aquéllos no muy pesados dispuestos a veces ligeramente inclinados, como muestra un mosaico tardoantico de Oued R'mel, ahora en el Museo del Bardo en Túnez (Russell 2013: 98, fig. 4.1)-el transporte de grandes fustes no siempre permitía esta solución, pues el propio peso de los elementos transportados habría dañado las ruedas o provocado su bloqueo en cualquier irregularidad del terreno. Queriendo transportar desde las canteras hasta el templo de Diana en Éfeso los fustes de unas columnas, ante la duda de que, dada su magnitud y su peso y la poca solidez de los caminos, se hundiesen las ruedas de los carros (...). Por tanto, hemos de suponer su transporte mediante trineos de madera, deslizándose sobre troncos a través de planos inclinados (Adam 2011: 30, fig. 31), que precisaban de un terreno poco abrupto y preferiblemente con pocos desniveles. Así fueron transportados, por ejemplo, los bloques de piedra del trilithon del templo de Júpiter en Baalbek (Adam 2011: 32, fig. 36), el obelisco traído por Constancio II a Roma y, más recientemente, el obelisco de Mussolini en Roma (Fig. 3). Pero este sistema requería además de una gran fuerza de tracción, formada por un numeroso conjunto de hombres o animales que debían disponerse por el interior de la trama urbana de Roma: un bloque de 20 toneladas debía ser tirado por 12-15 flavia (Rizzo 2001: 241; Meneghini, Corsaro y Pinna 2009: 199; Fogagnolo y Rossi 2010: 96). Por otro lado, y por lo que se refiere al transporte de bloques de mármol de pequeñas y medianas dimensiones, podemos citar como una posible vía para el transporte el Euripus, un canal artificial de agua que recorría desde época de Augusto y hasta al menos la época de Adriano, el Campo de Marte hasta el Stagnum Agrippae (Pentiricci 2009: 32-34). Este canal tenía una anchura de 3,35 m y una profundidad de 1,40 -2,00 m, con una sección en el fondo semicircular y en determinados tramos trapezoidal (Coarelli 1977: 830) 14, por lo que permitía sólo el paso de pequeñas naves. En torno a este canal se encuentran numerosos depósitos de mármol, formados por piezas de pequeña entidad 15, que demostrarían su uso también para este tipo de transporte. En la elección de una u otra ruta jugarían un papel destacado el peso y las dimensiones de los elementos transportados (algunos, los más pesados, muy probablemente no podrían remontar el Tíber hasta la zona del Campo de Marte) y el lugar de destino de los bloques, buscando siempre la ruta más breve y evitando el paso por calles demasiado estrechas, sinuosas o en pendencia. Por lo que respecta a los fustes de los edificios objeto de nuestro estudio, veremos que su transporte por vía fluvial no habría implicado grandes problemas 16. De hecho, los fustes del templo de Antonino y Faustina, de mármol cipollino, con una altura de 11,8 m y un diámetro en el imoscapo de 1,48 m, debían tener un peso cada uno de aproximadamente 50-55 toneladas 17 (Fig. 1). Los fustes de la fase severiana del Aula de Culto del Forum Pacis, de granito rosa de Assuán, con una altura de 15 m (= 50 pies) y un diámetro de imoscapo de 1,75 m 18, debían tener 14 Sobre las últimas novedades y hallazgos de este canal ver: Filippi 2014: 53-70. 15 Como el localizado en la zona del Palazzo della Cancelleria, del que proceden elementos arquitectónicos de época de Domiciano; el localizado no muy lejos, en el corso Vittorio Emanuele, del que proceden cuatro capiteles; el hallazgo de estatuas y elementos arquitectónicos en la zona de la Chiesa Nuova; el hallazgo de una estatua de un Dacio en via del Governo Vecchio; el hallazgo al sur de este canal de diversos bloques de travertino con molduras no terminadas debajo de un estrato de tierra de época flavia (Pentiricci 2009: 56, 62); así como otros hallazgos dispersos (Maischberger 1997: 155). 18 Parece que la restauración de este monumento tras el incendio del 192 d.C. respetó las dimensiones de los elementos arquitectónicos de la fase hombres (Marano 2014: 422) 20, por lo que el transporte de los fustes del templo de Antonino y Faustina y del Aula de Culto del Forum Pacis requeriría de una fuerza notablemente mayor 21; unos 30 bueyes para mover cada 20 Este fue muy probablemente el sistema de transporte utilizado para un fuste de columna de 50 pies de altura destinado probablemente al templo del Divo Traiano en Roma (Theodore Peña 1989: 129). 21 Un papiro (P. Gis 69) informa de las dificultades de gestionar y alimentar el gran número de animales necesario para transportar en el 118 d.C. un fuste de columna de 50 pies de altura por el desierto egipciano, muy probablemente destinado al templo del Divo Traiano de Roma (Theodore Peña 1989: 126-132). No tenemos datos ciertos acerca del número de animales de tiro que servían para transportar determinados pesos, ya que su número dependía de las condiciones del transporte y del terreno, de la pendencia de las calles, de la distancia a recorrer, etc. (Adam 2001: 174), pero podemos citar algunos ejemplos: uno de los fustes del templo de Antonino y Faustina y de unos 100 bueyes para mover los fustes del Aula de Culto del Forum Pacis. Para transportar los bloques del trilithon del templo de Júpiter en Baalbek, de 800 toneladas cada uno, fueron utilizados 800-825 bueyes (Adam 2011: 55-56), mientras que para mover el obelisco de Mussolini, de 32 m de altura y un peso de 560 toneladas, transportado cuesta abajo desde la colina de Carrara hasta Marina de Carrara, bastaron 60 bueyes (Adam 2011: 30). dedicado a Mussolini en el Foro Italico de Roma, de 39,56 m de altura y realizado en mármol de Carrara (el pedestal que sustenta el obelisco fu realizado con 16 bloques de mármol), transportado por 100 bueyes, permite hacernos una idea de la dificultad que suponía la disposición en fila de todos los animales de tiro necesarios por el interior de las calles de una ciudad (Fig. 4). Este despliegue contaría puntualmente con la ayuda de maquinaria dispuesta allí donde las condiciones de las calles lo permitiesen y muy probablemente bajo la atenta supervisión de un grupo de arquitectos: de algunas inscripciones que aparecen sobre fustes en el desierto oriental egipcio sabemos que las grandes máquinas tractorie y elevatorie dotadas de poleas y tornos para la elevación de las columnas gigantescas, como las que describe Vitruvio (10, 1, 1ss), eran proyectadas por arquitectos (Dubois 1908: no 133, 135-137, 150, 170). Sin embargo, la falta de espacio para maniobrar estos enormes monolitos condicionaría muchas de las operaciones necesarias para el transporte, hasta el punto de determinar quizás el emplazamiento de algunos elementos gigantescos. Pensemos en los fustes de granito de las termas de Caracalla, de 36 pies de altura y 90 toneladas de peso, que en el momento de su puesta en obra, tras ser transportados en posición horizontal, tuvieron que ser elevados gracias a un complejo y voluminoso sistema de grúas diseñadas precisamente para compensar las tensiones que dichas operaciones generaban (Taylor 2006: 129, fig. 56). O pensemos también en el complicado proceso de elevación del obelisco de Tutmosis III, de 32,5 m de altura, que Constancio II colocó en el 357 d.C. sobre la espina del Circo Máximo en Roma, un proceso que nos narra Amiano Marcelino con gran detalle (17, 4, 14-15): Para ponerlo en vertical se llevaron y alzaron un gran número de vigas, a las que se colgaron largas y pesadas cuerdas que con su gran número parecían una densa red que escondía el cielo. A esta estructura se ató aquélla auténtica montaña cubierta de figuras esculpidas y gradualmente fue elevado en alto, en suspensión y, tras permanecer suspendida por un cierto tiempo, mientras muchos millares de hombres giraban ruedas parecidas a máquinas fue finalmente colocada al centro del circo. De hecho, si analizamos la disposición de los mayores obeliscos de Roma observamos que éstos fueron alzados en zonas o no completamente urbanizadas o fácilmente accesibles desde el Tíber y con amplios espacios a su alrededor para disponer las máquinas necesarias tanto para su transporte como para su alzado: pensemos al obelisco del circo de Calígula en el Vaticano, a los obeliscos erigidos en el Campo de Marte o al obelisco que a través de la puerta Ostiense alcanzó el Circo Máximo. De este último, como hemos visto, Ammiano nos detalla las dificultades derivadas de su transporte hasta Roma y de su puesta en obra, pero nada dice acerca de posibles (Fig. 6). Estas propuestas se sustentan en las evidencias que tenemos acerca del transporte de grandes bloques, como el obelisco de Constancio II a través de la puerta Ostiense, una ruta que podría proseguir por las inmediaciones del Coliseo hasta la vía Sacra y el Foro Romano, y las marcas dejadas delante del mausoleo de Augusto por los elementos del entablamento del Panteón, que indicarían la llegada de naves cargadas con grandes bloques de mármol a través del Tíber hasta la zona del Campo de Marte, desde donde fácilmente podrían alcanzar la vía Lata y el centro de la ciudad. Este recorrido habría permitido, por ejemplo, el transporte de la columna monolítica en sienite de Antonino Pío que sabemos se alzaba en la zona de Montecitorio, cuya altura era de 50 pies 22. De todos dificultades derivadas de su transporte por el interior de la ciudad, muy probablemente porque recorrió un trayecto no densamente urbanizado entre esta puerta y el Circo Máximo que no planteó especiales dificultades. Podemos citar también, a modo de ejemplo, el proyecto diseñado por Domenico Fontana para desplazar el obelisco del Vaticano, que muestra el volumen y complejidad de los sistemas mecánicos que requerían este tipo de operaciones así como la abundante mano de obra empleada dispuesta a lo largo y ancho de un enorme espacio (Marconi 2008: 45-56). Una complejidad que se percibe también en un relieve grabado en la base del obelisco de Teodosio en Constantinopla que reproduce el propio obelisco todavía dispuesto horizontalmente en el suelo pero preparado ya, con la presencia de innumerables cuerdas y poleas, para ser alzado (Fig. 5) (Pensabene 2013: 259-260). Además, la forma alargada de los fustes no facilitaba su maniobrabilidad, pues sus dimensiones impedían muchas veces realizar giros de 90o por las calles de Roma. Más sencillo debía ser el transporte de piezas con una forma más compacta, que podían contar con la ayuda de máquinas especiales (Adam 2011: 31, fig. 33a), como las que describe Vitruvio (Libro 10). Por tanto, y teniendo en cuenta estas premisas, dos son las posibles rutas que aquí proponemos para el transporte de los grandes fustes utilizados en el templo de Antonino y Faustina y en el Aula de Culto del Templum Pacis modos, no hay que perder de vista que en cada momento histórico, y en función de las características urbanas de la zona, las rutas utilizadas podrían adaptarse a las distintas necesidades; recordemos a modo de ejemplo la propuesta realizada para el transporte de las columnas utilizadas en el Foro de Trajano. En base a estos datos podemos señalar que: 1) Las columnas del templo de Antonino y Faustina podrían haber alcanzado el centro de la ciudad bien a través de la vía Ostiense, flanqueando el circo Máximo hasta alcanzar la vía Sacra, que en este punto alcanzaba los 10 m de anchura, o bien a través de la vía Lata, de unos 6,5 m de anchura y un recorrido perfectamente rectilíneo hasta el centro de la ciudad; aunque en este caso los fustes hubiesen tenido ciertas dificultades, no insalvables, para realizar giros de 90o (Fig. 7). Recordemos que la ruta propuesta para el transporte de los fustes del templo del Divo Trajano plantearía en este caso algunos problemas, como la realización de un giro de casi 90o en el interior del Foro Romano, sorteando los Rostra. 2) Las columnas del Aula de Culto del Templum Pacis, mucho mayores, hubiesen tenido serias dificultades para transitar por la vía Lata, pues no hubiesen podido realizar un giro de 90o por una calle de tan sólo 6,5 m de anchura (Fig. 7). Por tanto, es más probable que hubiesen utilizado la ruta que desde el sur permitía alcanzar la vía Sacra, mucho más ancha, flanqueando la elevación de la Velia y los "horrea Piperataria", situados donde hoy se levanta la basílica de Majencio (Coarelli 1983: 44) 11 las diversas soluciones posibles. Tampoco hemos de excluir la posibilidad de la destrucción parcial de algunas construcciones para permitir el paso de estos elementos gigantescos. Recordemos ahora como el transporte por las calles de Roma de algunas columnas de 38 pies de altura que planteaba el transporte de los fustes gigantescos por el interior de la trama urbana de la ciudad. No obstante, es necesario tener presente que no existiría un único modo de resolver las dificultades derivadas del transporte de estos fustes, y que cada proyecto arquitectónico podía adaptar De hecho, no parece casual que los primero fustes monolíticos gigantescos documentados en Roma sean todos posteriores a la construcción del puerto de Claudio. Es cierto que los fustes podrían haber sido transportados por tierra: pero en este caso los gastos derivados de su transporte hubieran sido mucho más elevados -el coste del transporte por tierra era aproximadamente 8 veces más elevado que el realizado por río (Russell 2008: 114)-y, por tanto, menos conveniente. Estas circunstancias -mayores dificultades técnicas y mayor coste económico-pudieron haber favorecido la división de los fustes en tambores que predominó durante todo el periodo julio-claudio. Otra observación que podría añadirse a cuánto hemos dicho en relación al frecuente uso de fustes de enormes dimensiones en la gran arquitectura de Roma -recordemos su capacidad de generar asombro y de comunicar el poder del emperador o de los comitenteses que éstos simplificaban también algunas operaciones del proceso constructivo: bastaba por ejemplo una sola operación de carga y descarga para cada fuste (podemos citar en este sentido la columna cuadrilobulada procedente del Canal de Fiumicino, formada por cuatro fustes importados todavía unidos en un mismo bloque de mármol pavonazzetto) (Fig. 8) (Pensabene 1994: 73, no 19, dañó algunas cloacas que fueron posteriormente reparadas (Barresi 2000: 340). El transporte de los fustes era, por tanto, una de las operaciones más delicadas vinculadas al proceso constructivo, sobretodo en el caso de la arquitectura gigantesca. Debido a ello existían leyes que penalizaban a los encargados de su desembarco y transporte si durante estas maniobras malmetían las costosísimas columnas (Digest. El transporte de enormes fustes monolíticos por las calles de Roma debía ser un espectáculo digno de admiración, como muestran algunas fuentes clásicas. Las dificultades que planteaban estas operaciones eran muy numerosas, hasta el punto, hemos visto, de determinar la posición de algunas construcciones; recordemos la disposición de algunos de los mayores obeliscos de Roma. A pesar de estas dificultades, la construcción del puerto de Claudio, y sucesivamente del de Trajano (con el Canale Romano del que recientemente se ha precisado su recorrido y dimensiones), facilitaron muy probablemente que las columnas más grandes y pesadas remontasen el Tíber hasta el interior de la ciudad. Simulación del paso de los fustes gigantescos por las calles de Roma. A la izquierda la reconstrucción de la anchura de la vía Lata, de 6,5 m; en la parte superior los fustes del templo de Antonino y Faustina y en la parte inferior los fustes del Templum Pacis. A la derecha la reconstrucción de la anchura del tramo de la vía Sacra en el Foro Romano, de unos 10 m; en la parte superior los fustes del templo de Antonino y Faustina y en la parte inferior los fustes del Templum Pacis. Las fotografías e imágenes que acompañan el texto, a excepción del la Fig. 3 y 4, han sido realizadas por los autores de este artículo.
Alzamiento y transporte marítimo de grandes columnas líticas: evidencia de métodos tradicionales usados en programas constructivos de los siglos XVIII y XIX, como indicio para la reconstrucción de los procesos romanos de transporte
ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA, 1 • 2002, págs. 15-18 Cuando el catedrático Agustín Azkarate me propuso participar en la presentación de este Seminario, no pude por menos de sentir un cierto atávico amago de sorpresa, puesto que mi formación como arquitecto y mi dedicación a la restauración arquitectónica, vista desde una óptica por desgracia con frecuencia recurrente, podría aún suponerme más vinculado a los procesos transformadores del patrimonio construido que a los propios de su conocimiento e investigación. Pero fue precisamente por considerar que esta un tanto perversa antinomia no se daba en mi caso, es por lo que me atrevo a tratar de exponer en esta breve introducción, algunas reflexiones basadas en mis experiencias al frente del Servicio de Patrimonio Histórico-Arquitectónico de la Diputación Foral de Álava. Para empezar citaré al eminente Psiquiatra y escritor, D. Carlos Castilla del Pino, quien, en el marco del IV Simposio sobre Restauración Monumental celebrado en Cardona (Barcelona) en noviembre de 1993, decía en su conferencia:...."la Historia es un proceso de construccióndeconstrucción"..."todo edificio al que conferimos categoría de histórico ha de ser concebido no sólo como discurso, sino como un género particular del mismo, una narración (en piedra, ladrillo, argamasa, yeso, hormigón...)". Y, más adelante, comparando los procesos mentales del individuo, en relación con la definición de su misma identidad como sujeto, con el proceso de reconstrucción de la identidad cultural de una sociedad, decía:..."La restauración de lo olvidado, no destruido, y ahora evocado gracias a la memoria, ha de hacerse con sumo cuidado. Nos va en ello la conciencia de nuestra continuidad biográfica. Hay que evitar ante todo la distorsión posible y, muy en especial, todo falseamiento. Preferible no recordar a, o bien recordar mal, o bien falsear lo recordado..." Lógicamente, debía ser un psiquiatra quien, como analista de los mecanismos con que el sujeto percibe su realidad, tratara de encontrar las claves con las que se produce esta percepción que, desde luego en cada momento, será ineludiblemente contemporánea y como tal sucesiva y constantemente manipulada. Desde este punto de vista, el conocimiento del pasado, de la historia, siempre se verá mediatizado por el filtro de la interpretación subjetiva de cada investigador. La necesidad de profundizar en el desarrollo de metodologías e instrumentos de análisis, en aplicación del método científico, capaces de minimizar los inevitables componentes subjetivos incardinados en los resultados de las investigaciones, se hace, por lo tanto, perentoria. En el caso concreto del Patrimonio Arquitectónico, la necesidad de poseer una información completa e integral Protagonismo de las Administraciones Públicas en el conocimiento real del Patrimonio Edificado JUAN IGNACIO LASAGABASTER GÓMEZ Servicio de Patrimonio Histórico Arquitectónico. Diputación Foral de Álava El conocimiento del pasado, de la historia, siempre se verá mediatizado por el filtro de la interpretación subjetiva que cada investigador inevitablemente intercala. En consecuencia, la necesidad de metodologías e instrumentos de análisis, en aplicación del método científico, capaces de minimizar los inevitables componentes subjetivos imbricados en los resultados de las investigaciones se hace, por lo tanto, perentoria. La Arqueología de la Arquitectura se revela como un instrumento de análisis riguroso para la obtención este conocimiento e imprescindible para la investigación sobre la realidad construida. El conocimiento de esta Disciplina y su potenciación por parte de los agentes responsables de la documentación y conservación del Patrimonio Construido (Administraciones y técnicos), será a partir de ahora cada vez más necesaria. Reivindico la necesidad de que las Administraciones públicas exijan de oficio, la aplicación sistemática del método científico en el estudio y documentación de aquél, instaurando la elaboración personalizada de "Biografías histórico-constructivas" sobre cada uno de los Bienes catalogados. Asimismo reclamo el acercamiento de aquella Disciplina al ámbito de los demás agentes manipuladores del Patrimonio: Arquitectos, Restauradores, Técnicos especialistas, Gestores y Usuarios, haciéndola más próxima, más democrática, más evidente. Palabras claves: Patrimonio Edificado; Administraciones Públicas; Gestión; Conservación; Aplicación del método científico. sobre la realidad histórica de cada Monumento y, por lo tanto, sobre la determinación de los valores conservables en cada uno, se hace aún mucho más evidente por cuanto que las fuerzas transformadoras que se concitan sobre ellos son poderosas, se hallan dotadas de su propia dinámica y sus ritmos normalmente no son coincidentes con los necesarios para serenas reflexiones. En esta época en la que todo bien cultural es susceptible de ser transformado en un consumible engranado a las demandas de los mercados, resulta constantemente distorsionada la percepción que la Sociedad tiene sobre su propio pasado, sobre su Historia: se recuerda lo que conviene, se reconstruye constantemente el recuerdo. Afecta esta duplicidad también al Patrimonio Construido en la medida en que dentro de su misma esencialidad va penetrando, aviesamente, el concepto de la "utilitas" y, con él, el de "sostenibilidad" con su poderosa influencia sobre las determinaciones últimas que, con frecuencia, suelen afectar a los procesos de reconversión de los Monumentos. Herederos de ambos conceptos, la precipitación, la superficialidad, la falta del tiempo necesario, probablemente constituyan hoy, en nuestras desarrolladas sociedades, un problema mayor, incluso, que la escasez de medios económicos. Si añadimos también, la subjetividad no contrastada, la ignorancia bienintencionada, cuando no el puro interés crematístico hábilmente disfrazado, completaríamos buena parte del catálogo de peligros reales (para el Patrimonio) que se suelen detectar a menudo, en torno a la sensibilización creciente de la Sociedad ante la conservación de su Memoria Histórica. En este Seminario nos encontramos reunidos representantes de casi los tres estamentos principales, a mi juicio, de la cadena de agentes vinculados a su conservación: En primer lugar, aquellos que se dedican al conocimiento y estudio de su realidad material, a la interpretación de su particular lenguaje constructivo, de su más directo, objetivo y esencial mensaje: Investigadores y estudiosos de una especialidad, la Arqueología de la Arquitectura, que aporta al conocimiento del Patrimonio Construido, buena parte de esas dosis necesarias de objetividad. Incluyo en este numeroso grupo, interdisciplinario por definición, a los estudiosos de las percepciones (historiadores del arte) y de las descripciones (documentalistas), así como a la numerosa nómina de técnicos analistas de los materiales. Compartiendo foro, me consta asisten también varios profesionales responsables de su protección y conservación, representantes de las diferentes Administraciones Públicas competentes, encargados de establecer los límites de las intervenciones, de regular usos y destinos y, en suma, de definir y estipular la cuota de pasado que (¿merece?) permanecer en cada etapa. Dentro de este grupo debería incluir, por que si no ya se encargarán ellos mismos de hacerlo, a los denominados "gestores del patrimonio", profesión que últimamente acompaña asiduamente a la nave de la Cultura por los procelosos mares de la economía de mercado. El tercer grupo en el que me he permitido dividirles a ustedes lo compondrían los Técnicos especializados en la restauración, en la manipulación directa sobre el Patrimonio Arquitectónico y Artístico, es decir, en su reencarnación: Redactores de Planes Directores y Especialistas en restauración (Arquitectónica y Artística). Como arquitecto especialista en una de estas disciplinas y responsable en buena medida de la aplicación de las normas de protección que la administración ha dispuesto para la Conservación del Patrimonio Histórico-Arquitectónico de Álava, me interesa sobremanera recalcar la utilidad que una especialidad como la Arqueología de la Arquitectura proporciona al desempeño de las funciones que en aquél campo tienen encomendadas los dos últimos grupos en los que un tanto artera, aunque amistosamente, les he discriminado. En lo que respecta a las Administraciones Públicas, y en especial a las encargadas de realizar labores de catalogación e inventario, deberían extremar el rigor en el estudio y el análisis, mediante la sistemática y previa documentación gráfica, planimétrica y estratigráfica, de los edificios catalogados, realizada con la calidad suficiente como para ser el testimonio científico de una realidad, posibilitando la toma de decisiones ponderadas con relación a las posibles (e inevitables) transformaciones que cualquier intervención, por leve que fuese su nivel o grado, necesariamente produciría en los mismos. Las Administraciones responsables deberían establecer un código de mínimos de carácter metodológico en materia de documentación, estipulando con precisión las cualidades de ésta, del mismo modo (como mínimo) que se ha establecido ya en relación con los potenciales arqueológicos (áreas de presunción arqueológica y zonas arqueológicas). En esta idea, reivindico desde aquí la necesidad de contar también, con una "Biografía histórico-constructiva" y un "Pliego o Carta de Condiciones personalizado para su Conservación" de cada Monumento, antes de considerar cualquier intervención y previamente a la concesión de los diferentes permisos administrativos (autorizaciones de los Organismos encargados de la Conservación del Patrimonio y licencias de obra municipales). profesional durante los años que he tenido el honor de colaborar con Agustín Azkarate, se ha evidenciado la complementariedad de ambas disciplinas y el mutuo enriquecimiento que, en beneficio de los objetivos planteados, se ha producido en ambos. Desde estas experiencias, la especialidad de la Arqueología de la Arquitectura, como toda actividad exitosamente emergente, también puede ser objeto de algunos intentos de mixtificación y así se pueden dar casos en los que las carencias metodológicas debidas a causas diversas (formación insuficiente, apoyo en otros especialistas no cualificados, prisa, falta de rigor, etc.), vayan en detrimento de la calidad de la documentación final y en último extremo del Bien que se quiere preservar. Para finalizar, y ya de nuevo en mi campo, me dirijo a mis colegas, compañeros y amigos aleccionándoles sobre la necesidad de la implicación consciente y enriquecedora de los técnicos encargados de las nuevas adaptaciones de los Monumentos (Arquitectos Superiores, Arquitectos Técnicos, Aparejadores, Arquitectos de Interiores, Decoradores, Constructores) en la aplicación e interpretación de esta Disciplina del conocimiento de los mismos. Esta implicación debería hacerse mediante el convencimiento y la formación extra académica gradual (cursillos, cursos postgrado, charlas, etc.), hasta llegar a formar parte de la misma formación académica especializada más tarde. Si bien y aunque parece que nos dirigimos hacia un horizonte de progresiva especialización y comienza a no concebirse que pueda ser delegada la manipulación (documental ni material) de un Monumento a cualquier profesional de formación genérica, esta especialización debería cultivarse cuidadosamente al mismo tiempo, en un medio interdisciplinar, interrelacionado y metodológicamente colegiado, dotado de directrices y objetivos claramente definidos. El acercamiento de la Arqueología de la Arquitectura también, al entorno de otros agentes "manipuladores" del Patrimonio igualmente determinantes de su destino, como políticos, gestores y usuarios, haciéndola más próxima, más democrática, más evidente, contribuiría sobremanera a afinar las claves de sus percepciones culturales en esta materia y a que se comprenda mejor, en definitiva, la importancia, pero también la gran fragilidad de este legado. La importancia de explorar nuevas formas de establecer esta absolutamente vital comunicación entre los dos niveles coexistentes y mutuamente interdependientes de esta experiencia cultural, introduciendo, por ejemplo, parte del proceso investigador en otros ámbitos más próxi-De igual manera en que para la edificación de obra nueva se exigen y realizan numerosos estudios previos sobre el terreno, medio ambiente, paisaje, etc., y se cumplen sin rechistar todo tipo de reglamentos y normas de planeamiento, las intervenciones sobre el patrimonio Arquitectónico no están sujetas, de hecho, aunque lo parezca, a tantas limitaciones. Con un agravante, la materia con la que se trabaja es en este caso, única e irrepetible. Es responsabilidad de la Administración, saber y conocer sobre el Patrimonio, sobre "la verdad" del mismo, evitando que pueda ser intervenido (deformado, irrecuperado, incomprendido) sin antes ser investigado. La Arqueología de la Arquitectura ofrece el instrumento de análisis más riguroso para la obtención este conocimiento y este rigor debería tenerse en cuenta en la determinación de las condiciones mínimas para la homologación de una documentación en este sentido. Consciente de estas carencias, desde el Servicio de Patrimonio Histórico-Arquitectónico de la Diputación Foral de Álava, a través de un convenio suscrito al efecto con la Universidad del País Vasco, se ha venido aplicando progresivamente esta metodología de conocimiento previo en aquellas intervenciones participadas directamente por la Institución. Bajo la dirección de Agustín Azkarate, se va consiguiendo de esta manera, además de la obtención de las documentaciones pertinentes sobre los diversos Monumentos estudiados, que se potencie un ámbito propicio a la formación especializada de los futuros profesionales en Arqueología de la Arquitectura y su salida al mercado laboral. Asimismo en el marco del citado convenio, en estas mismas experiencias participa también el área de Fotogrametría de la Escuela de Ingeniería Técnica en Topografía, bajo la dirección del profesor José Manuel Valle a quien se encomienda la materialización de la documentación planimétrica necesaria mediante técnicas fotogramétricas. Como horizonte, nos hemos fijado la conveniencia de que en esta empresa vayan participando también alumnos de arquitectura o arquitectos con formación de postgrado en Restauración, entendiendo como muy necesaria la sensibilización de este colectivo hacia esta disciplina. No puedo por menos que apuntar, en este contexto interprofesional en el que estamos, otro de los riesgos que toda especialización conlleva y que no es otra que la de la exclusividad. En este campo es enriquecedora la sintonía y conexión que se da (o al menos, obviamente, debería darse) entre dos grupos de profesionales, los arqueólogos como padres de la metodología y los arquitectos como receptores y aplicadores de esos conocimientos. En mi experiencia mos a iniciativas relacionadas con el Turismo cultural o la divulgación multimedia, posiblemente contribuiría a reducir la excesiva presión que se produce en torno a lo que se ha dado en denominar un tanto ligeramente, la "recuperación del Patrimonio". Objetivo: desvincular el "tempo" necesario para el estudio y la documentación, de la velocidad que los procesos "recuperadores" intentan imponer. De alguna forma, lo que bien podría entenderse como una claudicación del estamento científico frente a los agentes gestores, podría devenir en beneficiosa actividad para todos: El Monumento podría ir desvelando paulatina y un tanto impúdicamente sus "secretos" a sus futuros usuarios (en último término, también propietarios y promotores), se entenderían los esfuerzos realizados para su conocimiento y el respeto hacia el mismo, acaso, floreciera de nuevo. De esta forma la "recuperación" tendría un cierto sentido metafísico y no solamente material o funcional (positivista). Las experiencias emprendidas en este sentido por la Diputación Foral de Álava en la Catedral de Santa María de Vitoria y continuadas ahora por la Fundación Catedral Santa María, sobre las que tendremos la ocasión y el gusto de poderles hablar durante estos días, pretenden (y considero que están consiguiendo) deslindar funcionalmente los procesos de investigación y restauración con un permanente, pero paralelo, acercamiento de estas actividades a la sociedad. En esta línea, pensamos que el apoyo a la celebración de este tipo de encuentros estimula y alienta en nuestro medio cultural, la germinación y posterior crecimiento de una sensibilidad mucho más abierta y permeable, cada vez más capaz de identificar los valores que intentará transmitir hacia el futuro al reconocerse mejor en su pasado.
Se desarrolla textualmente el enfoque arqueotectónico reflejado en el póster homónimo presentado en el I Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura con el que se pretendía mostrar gráficamente la potencialidad y aplicabilidad al registro arqueológico de determinadas analíticas y metodologías desarrolladas en el ámbito interdisciplinar de la Arqueología de la Arquitectura. Partiendo de una propuesta teórica concreta definida a partir de la Arqueología del Paisaje postprocesual, abordamos el análisis sintáctico del espacio doméstico a nivel de poblado como herramienta básica para alcanzar una definición de modelos o patrones de organización espacial que fundamenten una interpretación sociológica de las formaciones socioculturales del pasado. En este sentido mostramos un ejemplo práctico concreto: la aplicación de analíticas espaciales a un poblado fortificado galaicorromano prácticamente excavado en extensión permitirá esbozar el modelo de espacialidad vigente en ese período ahondando en la problemática de la estabilidad y pervivencia de tradiciones arquitectónicas de la Edad del Hierro conjuntamente con el factor de cambio y ruptura impuestos por la romanización del NW peninsular. LA ARQUEOLOGÍA DEL ESPACIO CONSTRUIDO La integración de este póster en el citado Seminario se explica como una consecuencia lógica del enfoque asumido por nuestro grupo de trabajo en lo que se refiere a la relación Arqueología y Arquitectura. Desde la Arqueología del Paisaje desarrollamos un marco teórico que bajo la denominación genérica de Arqueotectura intenta definir una Arqueología del Espacio Construido de carácter integral que aboga por una perspectiva diacrónica en el tratamiento de la información arquitectónica, aplicable tanto a la Prehistoria Reciente, como a la Arquitectura protohistórica e histórica, configurando una perspectiva que supere la aproximación clásica que identifica la Arqueología de la Arquitectura con la metodología concreta de la lectura estratigráfica de paramentos (MAÑANA et alii, 2002; AYÁN et alii, 2003). Nuestra propuesta no pretende invalidar otros modos de investigar el registro arquitectónico, simplemente se ha tratado de trazar los aspectos básicos de una línea de investigación multidisciplinar, con el fin de obtener de los espacios construidos la mayor información posible, una forma de analizar el registro que trata de buscar regularidades y cuyo medio de contrastación de las hipótesis debe bastante a la Arqueología interpretativa estructuralista (CRIADO BO- ADO, 1993ADO,, 1999;;JOHNSON, 1993; HODDER, 1994). Desde nuestro punto de vista la arquitectura es una tecnología y herramienta básica para la reproducción social, un catalizador y a la vez producto de la acción social, una herramienta cultural que construye el paisaje social. La arquitectura reproduce el patrón de racionalidad de una sociedad, generando una estructura espacial, unas relaciones espaciales que reflejan una determinada lógica social. En consecuencia un edificio no se reduce a un mero objeto arquitectónico, es una entidad material que desempeña un rol activo en la constitución social de la realidad arqueológica. ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA Y ESPACIO DOMÉSTICO El análisis del espacio doméstico a escala microespacial y su concepción como objeto de estudio de la investigación prehistórica fue una consecuencia directa del desarrollo de los planteamientos procesuales en el ámbito anglosajón. Para los nuevos arqueólogos las unidades arquitectónicas ubicadas dentro de los asentamientos (nivel micro) daban la clave para comprender el patrón de subsistencia y la estructura social de las comunidades que habían construido esas edificaciones. Es por ello que los programas de investigación privilegiasen la identificación de áreas de actividad en el seno de los asentamientos, con el objeto de definir la funcionalidad de los diferentes espacios y aproximar una interpretación global de los poblados. El análisis de la distribución y asociaciones de artefactos dentro de las estructuras arquitectónicas, las actividades y función de los espacios eran la base para una interpretación sociológica del espacio arquitectónico (CLARKE, 1972; UCKO et alii, 1972). Este enfoque motivó el desarrollo activo de dos tendencias, la Settlement Archaeology y la Archaeology of Household Activities (WILK y RAHTJE, 1982; ALLISON, 1999) que promocionaron una notable innovación metodológica, diseñándose nuevas técnicas de análisis que permitieron la definición de modelos espaciales. El surgimiento posterior de los diferentes enfoques postprocesuales incrementó el marco analítico para acercarse al estudio de los espacios domésticos configurándose un notable bagaje metodológico (SÁNCHEZ, 1998) dentro del que destacan el análisis funcional y simbólico (BLANTON, 1994; HODDER, 1994), el análisis formal (CHING, 1995; BAKER, 1998; CRIADO, 1999) y el análisis sintáctico del espacio (HILLIER y HAN- SON, 1984). La aproximación al espacio doméstico que proponemos aplicar al registro arqueológico del NW pretende aplicar un modelo analítico que combina la descripción formal de las estructuras con la aplicación de las herramientas metodológicas citadas 1 con el objetivo de maximizar el enorme potencial de los restos arquitectónicos. El espacio construido se presenta como el producto o efecto de la acción social. Por lo tanto constituye un paisaje 2 cultural en sentido amplio; así por ejemplo, la forma arquitectónica aparece interrelacionada con variables sociológicas como la familia, el estilo de vida, la solidaridad intergrupal o el sistema de poder. De este modo, se puede definir como un producto humano que utiliza una realidad dada (el espacio físico) para crear una realidad nueva: el espacio habitacional y, por consiguiente, social, a la que se confiere un significado simbólico. Dicho producto se compone de diferentes entidades formales, que se proyectan espacialmente, son visibles, por lo que pueden ser percibidas y descritas por la observación arqueológica. El análisis de las relaciones espaciales significativas entre las entidades del registro, permite reconstruir mínimamente su contexto y, en menor medida, su sentido originales. El estudio de estas relaciones espaciales entre elementos, esto es, la estructura espacial, permite acercarnos no sólo a la lógica espacial de una determinada comunidad sino también a la propia lógica social del espacio (HILLIER y HANSON, 1984). Dicha estructura espacial es generada por una sociedad concreta por medio de unas determinadas tecnologías espaciales y arquitectónicas que reproducen el patrón de racionalidad imperante y obedecen a un determinado sistema de representaciones. Éste aparece reflejado en todos los ámbitos de la acción social, los cuales están determinados por códigos espaciales compatibles y semejantes entre sí. Por lo tanto los diferentes productos materiales de una formación social (arquitectura, cerámica, etc...) presentan relaciones de compatibilidad, configurando una regularidad espacial, ya que obedecen a la misma estrategia de construcción del espacio social. La problemática fundamental que presenta el estudio arqueotectónico del espacio doméstico radica en el procedimiento a utilizar para emprender la contrastación empírica de la propuesta teórica anteriormente enunciada. En este sentido, en el estudio específico de la arquitectura doméstica castreña (AYÁN, 2001) utilizamos de manera conjunta las siguientes metodologías analíticas. Se parte de un estudio descriptivo de las construcciones para poner de manifiesto las características genéricas de la arquitectura doméstica del yacimiento objeto de estudio. Este análisis tipológico y constructivo permitirá aislar y definir las formas que definen esa arquitectura. Estas formas arquitectónicas modelan el espacio interior en que se vive, el espacio doméstico; por lo tanto generan una serie de relaciones espaciales y pautas de organización interna que responden a las exigencias funcionales impuestas por los habitantes/constructores del yacimiento. Mediante el análisis formal podremos llegar a vislumbrar los principios ordenadores-jerarquizadores del espacio arquitectónico e interpretar la hipotética funcionalidad de las estructuras que lo delimitan. Análisis sintáctico del espacio Una vez definidas las estructuras arquitectónicas y reseñadas las relaciones espaciales a que dan lugar, se puede llevar a cabo una aproximación al significado social subyacente. La aplicación de las siguientes metodologías ayudan a deconstruir la lógica social que preside ese ordenamiento espacial: -El análisis gamma cuantifica las profundidades y permeabilidades de los espacios, así como la facilidad de acceso, valorando el grado de dependencia existente entre ellos. Por lo tanto, permiten valorar la relación existente entre el espacio exterior a la vivienda, ésta y el interior habitacional de la misma. Mediante el diagrama de permeabilidad se pueden ver las relaciones sintácticas entre los espacios, representados cada uno de ellos por medio de un círculo, y colocando en la misma horizontal los espacios que tienen igual valor (FOSTER, 1989). -El análisis de la circulación -materializado igualmente en un diagrama-identifica el orden perceptivo de una construcción a través del movimiento de sus espacios, reconociendo espacios preeminentes en el esquema general de la configuración del recorrido. -El análisis de la visibilidad permite definir el grado de privacidad de los espacios de una construcción arquitectónica cerrada. Se realiza en función de la situación del individuo que percibe el interior de la estructura desde un punto de vista concreto, que se corresponde con el centro del umbral de acceso a cada estancia. En este sentido los diferentes grados de visibilidad desde el exterior son definidos por la ubicación y tamaño del vano de la puerta de entrada, así como por los propios paramentos murarios. Para conocer la ubicación hipotética de cada uno de ellos, se trazan dos líneas imaginarias desde el centro de cada umbral, y se dirigen hacia los límites establecidos por las barreras arquitectónicas; los espacios que no se ven supuestamente serían los de carácter más restringido al observador, hasta que le fuese permitido el paso al interior de la estructura. Mediante analíticas de este estilo se puede llegar a identificar patrones de espacialidad que se pueden interpretar correlacionándolos con la estructura socioeconómica y el aparato simbólico manejado por las comunidades que erigieron, usaron y transformaron las construcciones arquitectónicas estudiadas. UN EJEMPLO DE ANÁLISIS ARQUEOTECTÓNICO. EL CASTRO DE VILADONGA (CASTRO DE REI, LUGO) Para el ámbito gallego apenas contamos con análisis microespaciales4 aplicados a castros, de ahí que la investigación sobre el espacio doméstico y la vida cotidiana en la Edad del Hierro esté aún por desarrollar. Esta carencia explica la concepción predominante en la actualidad sobre el hábitat castreño como así se ha señalado en anteriores trabajos (FERNÁNDEZ POSSE, 1998; AYÁN, 2002). De acuerdo con este enfoque clásico (ROMERO MASIÁ, 1976; ACUÑA CAS- TROVIEJO, 1996; CARBALLO, 1996) las comunidades castreñas presentarían una escasa jerarquización y complejización social, como así parece manifestarse en la enorme dispersión del poblamiento en el territorio, la aparente homogeneidad del registro arquitectónico o en la nula articulación interna de los poblados. Sólo la llegada de Roma al NW conllevaría la urbanización de unos poblados caóticos carentes de lógica espacial 5. Desde nuestra óptica creemos que esta visión se encuentra directamente condicionada por una práctica arqueológica que ha repetido sus limitaciones durante décadas. Es necesario establecer las bases de una relectura de un registro, eso sí, sesgado6, pero que mantiene un potencial informativo capaz de ampliar el conocimiento arqueológico. A ello queremos contribuir con el análisis arqueotectónico propuesto. No obstante, somos conscientes de las enormes limitaciones con que se puede encontrar, para el ámbito castreño, una estrategia de investigación como la aquí esbozada. El análisis arqueotectónico propuesto sólo puede ser aplicado en su integridad a yacimientos con un amplio XURXO M. AYÁN VILA sector excavado de su espacio habitacional. Este es el caso del castro de Viladonga, yacimiento significativo para comprender el paso del patrón de espacialidad prerromano a un nueva modelación del espacio doméstico en época galaicorromana. El castro de Viladonga7 (Castro de Rei, Lugo), ubicado en la corona de un monte que domina la zona NE de la Terra Chá, presenta una acrópolis de forma circular y defendida por muralla pétrea, fosos y parapetos, con una extensión próxima a los 10.000 m 2. El yacimiento fue objeto de 16 campañas de excavación desde 1971 (dirigidas por Chamoso Lamas hasta 1978 y posteriormente por F. Arias Vilas) dejando al descubierto un conjunto arquitectónico monumental utilizado como espacio habitacional de manera continuada y estable en época tardorromana, entre finales del siglo II y finales del siglo V d. El yacimiento cuenta con un museo de sitio dependiente de la Xunta de Galicia y dirigido por F. Arias Vilas. Desde esta institución se ha desarrollado recientemente un trabajo de revisión del registro arqueológico generado por las intervenciones antiguas centrándose entre otros aspectos en el análisis pormenorizado de la organización espacial del, 1999, 2000, 2001). Algunas de las hipótesis esbozadas por estos autores se corroboran mediante la aplicación de un análisis arqueotectónico. Análisis sintáctico del espacio doméstico En las figuras que acompañan el presente texto recogemos gráficamente las analíticas8 llevadas a cabo a partir de la planimetría disponible sobre el yacimiento (ARIAS, 1985). El mapa de articulación axial del poblado nos muestra claramente la existencia de dos ejes N-S y E-W (a modo de cardo y decumano). Estas dos líneas -que completan el marco espacial definido por la propia muralla a la que se ciñen otras unidades arquitectónicas-no sólo articulan el ordenamiento interno al definir el recorrido circulatorio básico, sino que también definen una serie de conjuntos arquitectónicos significativos o barrios. Existe una organización espacial interna basada no sólo en la adaptación a las condiciones del terreno sino también en un planteamiento urbanístico de naturaleza ortogonal, con vías de circulación en función de las cuales se ordenan las unidades habitacionales. A su vez el mapa de articulación convexa define los espacios públicos-semipúblicos del asentamiento y el grado de permeabilidad directa de esas unidades con respecto a éstos. El análisis gamma y el análisis de visibilidad de las unidades habitacionales completa a escala micro la visión general sobre el asentamiento en una triple vertiente: a) refleja las restricciones impuestas al libre recorrido circulatorio; b) muestra la segmentación interna y la jerarquización de los diferentes espacios o estancias, y c) permite elaborar el mapa general de accesos del yacimiento. Las construcciones domésticas delimitan un espacio arquitectónico propio en el que se dan una serie de relacio- nes espaciales asimétricas. Se constata una organización espacial distribuida (sólo se puede acceder de una manera) que manifiesta un control estricto del acceso: para llegar a B desde el exterior es necesario pasar antes por A, que actúa como un filtro de acceso y una barrera a la libre circulación por el interior de la vivienda. Los atrios pavimentados, los machones salientes, la presencia de umbrales perfectamente trabajados y los vestíbulos constituyen herramientas arquitectónicas que actúan como manifestación material de una estrategia de impermeabilización del espacio habitacional. Asimismo se registran espacios distribuidores de la circulación, propios de estructuras con una notable compartimentación interna, constatándose un acentuado control del recorrido posible dentro de las estructuras habitacionales. De este modo, se advierte la restricción establecida por la unidad social para preservar el espacio habitacional. Las viviendas del castro son un conjunto arquitectónico individualizado y cerrado, conformado por tres espacios fundamentales que se pueden definir como espacio público, semipúblico/semiprivado y privado. A este respecto el análisis de visibilidad muestra una articulación perceptiva de los controles de acceso que definen en la práctica estos tres espacios. En consecuencia se obtiene un patrón espacial que en gran medida se explica por la existencia de un modelo social de articulación del espacio doméstico interpretable dentro del contexto de la sociedad galaicorromana. Un ejemplo del modelo de espacialidad galaicorromano Los resultados del análisis corroboran el modelo espacial esbozado a partir de la aplicación de esta misma metodología al castro de Elviña (A Coruña) (AYÁN, 2001). Este yacimiento, datable en el cambio de era, experimentó -como otros castros costeros reconvertidos en lugares centralesuna honda transformación con el impacto romanizador, con unos cambios en la organización interna que muestran una sociedad inmersa en un proceso de aculturación que culmina con el asentamiento en las zonas llanas y el abandono de los poblados fortificados en el siglo II d. C. Dentro de este contexto el castro de Viladonga es un ejemplo de pervivencia en época bajoimperial del modelo de poblado fortificado (con la crisis del s. III d. C. tuvo lugar en la Gallaecia un proceso de reocupación de antiguos castros, si bien el algunas zonas del interior se dio una continuidad de hábitat) pudiéndose considerar como el paradigma del modelo de espacialidad imperante en los asentamientos galaicorromanos. Este patrón espacial consolida una serie de variaciones significativas que reforman la uniforme tradición arquitec-tónica doméstica de la Edad del Hierro del NW. En primer lugar la utilización de la planta cuadrangular supone una maximización del espacio interior de la vivienda; no olvidemos que la construcción circular constituye una solución arquitectónica poco rentable en lo que se refiere al aprovechamiento de la superficie habitacional. Asimismo la línea recta permite una distribución más ordenada de las edificaciones, haciendo posible la práctica del adosamiento de estructuras mediante el empleo de paredes medianeras. Todo ello revierte en una mayor racionalización del espacio construido en la línea del modelo urbanístico mediterráneo. La forma rectangular favorece igualmente la aparición de divisiones internas dentro de las construcciones domésticas. La compartimentación del espacio interno implica la delimitación de diferentes áreas, la presencia de límites espaciales físicos y, en consecuencia, un mayor grado de privacidad, preservado por un control acusado del acceso a esas estancias. La segmentanción del espacio doméstico indica una complejización socioespacial notable con respecto al espacio único de la vivienda circular. A su vez, no se da un acceso directo desde el exterior al interior del espacio doméstico; aparecen ahora estructuras arquitectónicas que mediatizan y limitan la libre circulación, actuando como mecanismos de control del espacio de la entrada. Otro aspecto novedoso a tener en cuenta es la ruptura de la disposición radial de las áreas de actividad en torno a un punto marcado por el hogar central. La lareira comienza a ubicarse de manera sistemática junto a la pared, ya sea en un lateral al lado de la puerta o enfrente de ella. Se incrementan las labores de aterrazamiento y preparación del terreno y se favorece la circulación en el interior del recinto con rebajes, escaleras y pequeños viales pavimentados. Asimismo, se registran edificios de carácter público, diferenciados claramente del resto de edificaciones. Se mejoran notablemente las técnicas constructivas (generalización del uso de instrumental de hierro en las labores de cantería, desarrollo de la carpintería). El aparejo de mampostería de los muros es objeto de mayor cuidado, utilizándose en algunos casos argamasa de mortero en las juntas; la cara interna de las paredes recibe también un mejor tratamiento, extendiéndose la práctica decorativa del enlucido. Asimismo se generaliza la introducción de nuevas soluciones arquitectónicas, como es el empleo de la teja para la cubierta de las construcciones rectangulares (el tejado va haciéndose un hueco al lado de la tradicional cubierta de colmo). Estos cambios en la arquitectura van acompañados a su vez de novedades en el ajuar doméstico de las viviendas: la introducción del molino circular giratorio, la generaliza- Estas discontinuidades señalan la incipiente configuración de un nuevo modelo de espacialidad en los castros que siguen siendo utilizados como lugar de habitación durante el proceso de conformación de la sociedad galaicorromana. Son, por lo tanto, claros signos de aculturación de una sociedad indígena sobre la que actúa la política socioeconómica promovida por Roma. En este sentido se percibe un proceso ambivalente de continuidad y ruptura; por un lado, la arquitectura de donga refleja la transformación producida en el patrón de racionalidad y en la estructura social de estas comunidades; por otro lado, muestra también la persistencia de la fuerte tradición arquitectónica indígena. La interpretación de este fenómeno debe abordarse por lo tanto en una doble dirección. Cabe plantearse la posibilidad de que en este período se mantuviese todavía a grandes rasgos el modelo conceptual del espacio doméstico prerromano. Los cambios afectan de hecho a la arquitectura doméstica y a las técnicas constructivas; sin embargo, la casa circular castreña, la forma de la vivienda y del asentamiento, continúan siendo utilizados a pesar de que la cultura que los dotó de sentido esté cam- La romanización acentuó el poder de la línea masculina en el seno de las unidades familiares (de acuerdo con el modelo patrilineal y patrilocal latino), siendo la que detenta ahora la propiedad de los medios de producción, dentro de un proceso de privatización de la tierra. Se establece así un nuevo modelo que prefigura la familia campesina altomedieval, sancionado ideológicamente por la doctrina cristiana desde el s. IV d.C. De este modo, creemos que los cambios en la organización interna del espacio doméstico obedecen a una transformación en la estructura económica y familiar; la ruptura de un espacio doméstico único, colectivo, quizás ponga de manifiesto una concepción diferente del individuo. La compartimentación del espacio, organizado en diferentes estancias, reflejaría una mayor especialización económica (diferentes áreas de actividad) y una segmentación en el interior de la unidad familiar (espacios con un alto grado de privacidad). La casa, más integrada dentro de la organización urbanística del poblado, se define todavía más como núcleo identitario, con un control y una restricción más acusada del acceso a la misma. Se trata de cambios sustanciales, producto de un proceso de aculturación que minó la legitimidad y estabilidad de la inamovible, hasta ese momento, tradición arquitectónica prerromana.
Reconsideraciones sobre materiales cerámicos romanos de construcción: economía, logística y factores sociales en el suministro de tejas a Dorchester en el Támesis, Oxfordshire Este trabajo analiza el suministro de materiales constructivos cerámicos de época romana de Dorchester-on-Thames, Oxfordshire. La mineralogía y la composición química del material latericio se han analizado con láminas delgadas y microscopía electrónica de barrido. En el caso de esta "pequeña ciudad" romana se ha demostrado la presencia de una producción local de tegulae que, en ocasiones, se transportaban a 50 Km de distancia por carretera. La composición del material empleado para la fabricación de algunas tegulae es análoga a la utilizada en la producción de grandes jarras de almacenamiento en las cercanías del parque de Stowe, Buckinghamshire. En este sentido, se analizan los mecanismos y la logística que permitieron la producción y el transporte a larga distancia de estos materiales y se discuten los factores sociales y económicos que intervinieron en su proceso de producción y adquisición. El estudio demuestra, además, la importancia de la investigación de estos elementos constructivos sencillos que ofrecen para registro arqueológico informaciones y visibilidad a los estratos sociales más bajos. Palabras clave: Bretaña romana; Materiales de construcción cerámicos (CBM); Tegulae; cerámica de color rosatemplado; Comercio; Transporte por carretera; Microscopía electrónica de barrido (SEM); Lámina delgada; Petrografía.
Se analiza la utilización del o. testaceum en contextos urbanos del sur de la Bética (Hispania), especialmente en Carteia y Baelo Claudia. Para ello se considerará como un proceso único de estudio desde la producción en las figlinae, su distribución y puesta en obra. Por ello, el análisis de estas piezas se acompañará con una valoración espacial de su territorium así como de los sigilla que aparecen sobre estos materiales, algunos de ellos, indicadores de la organización productiva en el seno del alfar. 2 algunas de estas innovaciones. De igual modo, no se dejará de lado, el territorium en el cual se insertan estos enclaves y en los que otros complejos termales ayudan a completar esta visión. El ámbito espacial en el que se centra el proyecto Corpus documental, Métodos de análisis de la Arquitectura, Técnicas y Sistemas Constructivos romanos. Definición de la Cultura Arquitectónica en el Círculo del Estrecho (HAR2012-36963-C05-01), que ampara este trabajo, nos ha permitido conocer todo el proceso productivo de estos elementos, desde las propias figlinae hasta su puesta en obra. El trabajo se articula en dos grandes capítulos, el primero dedicado al estudio de las figlinae del entorno y, un segundo, en el cual se evaluará de manera pormenorizada el uso de este material en los dos enclaves que centran nuestra atención. Este método de análisis es novedoso en Hispania ya que, hasta el momento, ambas disciplinas -la ceramología y la edilicia-parecían tener ámbitos de actuación autónomos. El espacio geográfico que vamos a analizar se caracteriza por presentar un elemento que, a su vez, lo hace casi único, como es su disposición a ambos lados de una masa de agua, el Estrecho de Gibraltar. El objetivo de este trabajo es analizar la utilización del material latericio en enclaves emblemáticos del sur de la Bética (Hispania) y, especialmente, del área del Estrecho, como Baelo Claudia o Carteia, los cuales serán valorados con el fin de conocer las soluciones técnicas utilizadas, sobre todo, en los complejos termales (Fig. 1). Bien es sabido que el uso del ladrillo en Hispania es reducido en los contextos urbanos, en los que casi en exclusividad, queda relegado a las termas. La ausencia de un figlinario docto en la fabricación de estas piezas, que ha sido utilizado como argumento principal para explicar esta escasez, no parece ser adecuado si analizamos las complejas soluciones técnicas que se adoptan en espacios específicos, como en el mundo termal. Será preciso, por tanto, buscar otras causas que expliquen este hecho en el ámbito más general de la arquitectura hispanorromana y el uso de las técnicas de construcción más adecuadas según los diferentes contextos y situaciones históricas. En el presente artículo se realizará un análisis productivo, distributivo, morfológico y técnico, el cual se acompaña con una nueva revisión de los sigilla conocidos en estos ámbitos y que, en determinados casos, insinúan un posible intervencionismo imperial en estas obras. Todo ello se evaluará sin olvidar la presencia de un sustrato indígena y púnico único en la zona que pudo ser el impulso necesario para adoptar muy tempranamente 3 que el estudio productivo que vamos a esbozar tenga una doble vertiente geográfica, al Norte y al Sur de este emblemático espacio 1. En la actualidad, el estado aún incipiente en el que nuestra investigación se encuentra nos fuerza a plantear una serie de hipótesis que sólo en un futuro, acompañadas de estudios arqueométricos podrán verse confirmadas. Por ello, en este apartado lo que presentamos es una recopilación de figlinae en el entorno de ambos enclaves: Baelo Claudia y Carteia que, plausiblemente, podrían haberlos surtido de estos productos (Fig. 2). La producción latericia en la orilla norte del Estrecho de Gibraltar La zona sur de la Bética está bien caracterizada por ser uno de los espacios que mayor producción cerámica concentró. El valle del Guadalquivir y la Bahía de Cádiz son buenos ejemplos de lo indicado por presentarse en ellos una compleja red productiva abocada, por un lado a la comercialización del aceite y, por otro, a los aproximación al mapa productivo de este entorno (Díaz Rodríguez 2011 e ined. A priori, se observa una masiva presencia de alfares destinados a la producción de ánforas, prioritariamente, asociadas a la comercialización de productos piscícolas. En este rosario de alfares, la producción de material latericio está presente en el 47% de los complejos y, mayoritariamente, en asociación con otros productos, principalmente ánforas y cerámicas comunes. Este primer dato de corte cuantitativo nos va a avanzar una de las conclusiones fundamentales de este trabajo, como es 2 Díaz Rodríguez, J. J. (inéd.): Los alfares romanos en Hispania (s. II a.C. -VII d.C.). Sistematización de la documentación del conventus Gaditanus y análisis comparativo interprovincial, Tesis Doctoral, Universidad de Cádiz, 2014. El espacio que centrará nuestra atención es el ubicado en el entorno de la Bahía de Algeciras y en la denominada como Costa de la Luz que, por su proximidad geográfica a Baelo Claudia y Carteia, podrían haber estado al servicio de estos enclaves. La Bahía de Algeciras La bahía de Algeciras, lugar de emplazamiento de la ciudad de Carteia, cuenta con un rico sustrato margoso y cursos de aguas prestos a ser usados que potenció un rico y amplio espectro de figlinae. Aunque en la actualidad no contamos con un estudio específico sobre la producción cerámica en el Círculo del Estrecho, sí se conocen datos que permiten perfilar una primera el uso puntual y restringido de este tipo de materiales. Sin embargo, no podemos precisar si esta carencia hunde sus raíces en un déficit productivo o si esta ausencia de producción se retroalimenta por un desinterés hacia este tipo de materiales en las propias construcciones. De igual modo, el mapa cronológico-productivo nos avanza la percepción de que la producción latericia se dispara cuantitativamente y se diversifica en época bajoimperial. A partir de un análisis exhaustivo de la historiografía vinculada a la producción cerámica, se desprende un fuerte desinterés por el estudio de este tipo de materiales. Este hecho, unido al continuo expurgo del que esta categoría cerámica es sujeto pasivo, hace de estos materiales los grandes olvidados del panorama ceramológico de la zona. Uno de los lugares mejor conocidos en cuanto a producción cerámica en este ámbito geográfico corresponde a lo que ha sido denominado por nuestro equipo como el vicus de Villa Victoria, un barrio alfarero de Carteia (Roldán, Blánquez Bernal, Prados y Díaz 2006). En este núcleo la idea de simple figlina trasciende a un complejo habitacional y productivo en la zona extra moenia de la Colonia, activo entre época augustea y los ss. C. No obstante, los procesos deposicionales propios de un alfar, con un vertido de piezas fragmentarias, hacen que no sea posible valorar mediciones completas. Junto con este barrio, claramente dependiente de Carteia, también aparecen otros enclaves de menor entidad pero, de igual modo, bien posicionados en el entorno y que, puntualmente, también podrían haber servido estos productos a la ciudad. En primer lugar, estaría la figlina de la Venta del Carmen, activa entre el cambio de era y la época flavia. Ésta presentaba un horno de planta cuadrangular y una producción de ánforas selladas con la indicación CNPFCR, interpretada como el trianomina CNP unido a F(iglina) C(a)R(teiana) (Lagóstena y Bernal 2004: 52). El interés del complejo se asienta en ser uno de los mejor estudiados en lo que se refiere al material constructivo (Torrecilla, Sánchez, Gómez y Ochoa 2002). En segundo lugar, se encontraría la figlina de la villa de Puente Grande, Ringo Rango (Los Barrios) con una amplia producción alfarera en época tardorromana, fin del IV -inicios del V d. C. Presenta dos hornos y, de nuevo, una producción diversificada con ánforas y material latericio (Lagóstena y Bernal 2004: 52). Paralelamente, ya fuera del ámbito espacial de la Bahía de Algeciras, concretamente en la figlina de Burguillos -Sevilla-se ha localizado recientemente un ejemplar de tegula con sello alusivo a Petrucidius. El hecho de localizarse este sello en ámbito productivo ha sido primordial para lanzar la propuesta de que esta figlina habría sido el centro productor de estas piezas que, por otra parte, han sido ampliamente documentadas en Carteia (Bernal, García Vargas, Lavado, Díaz, Luaces, y Gethsemaní 2014: fig. 1a). De hecho, a pesar de esta hipótesis de trabajo que ubica espacialmente este complejo en el Conventus Hispalense, la principal concentración de este tipo de sigilla, como luego veremos, se focaliza en Carteia (para más datos Del Hoyo 2006). Este dato nos parece de interés ya que la distancia entre ambos enclaves sería mayor de 200 km lo que nos hablaría de un comercio muy organizado y, sobre todo, masivo para que fuera rentable a efectos de comercialización. El ámbito costero comprendido entre Tarifa y Barbate presenta un mapa productor más pobre quizás eclipsado por los dos focos productivos entre los que queda constreñido. En primer lugar, la Bahía de Cádiz y, en segundo lugar, la de Algeciras comentada en el apartado previo. En este espacio geográfico, casi el 30% de los pocos alfares documentados presentan producción de material latericio y, como previamente vimos, en asociación a otras categorías cerámicas. A diferencia de lo que ocurre en el ámbito de la bahía de Algeciras, en este caso contamos con el problema de que se trata de estudios realizados años atrás sin que se haya llevado a cabo ningún tipo de análisis de estas piezas. Dicho handicap, sin duda, coarta nuestra capacidad de análisis del ámbito productivo. La Mauritana Tingitana y el abastecimiento interprovincial de material latericio En nuestro espacio geográfico, el caso de Baelo Claudia constituye un ejemplo paradigmático a la hora de analizar el abastecimiento del material latericio utilizado, debido a que la llegada de piezas de ultramar parece haber dado respuesta a este fenómeno. A ello debemos unirle el suministro por parte de figlinae que se sitúan en lugares más cercanos a la colonia carteiense que al enclave baelonense, como sería el alfar del Rinconcillo (Étienne y Mayet 1994) cuyos sellos, tanto anfóricos como latericios se han documentado en Baelo Claudia. La citada hipótesis de importaciones norteafricanas hunde raíces en la aparición de un abultado elenco de determinados núcleos poblacionales, hizo de una práctica poco fructífera -como es la producción y venta a escala de ladrillos-un recurso económico bastante rentable. En el Círculo del Estrecho se observa un accidente físico que no actúa como freno para el comercio de estas piezas sino que, más bien, implica una organización muy específica e intensa entre los talleres y el consumidor. Este fenómeno de traslación de piezas con una posible "barrera" también se aprecia entre Italia y Dalmacia con un comercio a través del Adriático (Wilkes 1979: 70). El paralelo en este último caso es aún más cercano si tenemos en cuenta, además de la existencia de un elemento intermedio -en este caso el Adriático-, la alusión directa al nombre del emperador reinante. Si bien se trata ahora de un elenco más amplio que se desarrolla entre los reinados de Tiberio y Vespasiano y que se asocia nominalmente con el dueño de taller, Pansiana así como a otros artesanos, Solonas y Cinniana (Wilkes 1979: 67-68). Similar fenómeno se aprecia también en otro espacio geográfico. Se trata del círculo espacial existente entre el sur del Reino Unido y la Bretaña Francesa donde, de nuevo, una masa de agua, el canal de la Mancha actúa como elemento de separación salvable para el comercio de este tipo de piezas (Peacock 1977). eL usO DeL LAteRIcIO en LA ORILLA nORte DeL cÍRcuLO DeL estRecHO El uso del latericio en la zona sur de la Bética podemos decir que es muy restringido. El tradicionalismo constructivo "extremadamente conservador" de la arquitectura antigua (Gros 1983; Mar Medina 2008) explicaría, en cierto modo, el uso mantenido de materiales locales de más fácil acceso, o de técnicas de construcción bien conocidas y el rechazo a innovaciones que requerían una compleja infraestructura de producción -madera para alimentar los hornos, mano de obra abundante y poco especializada, etc. (Roldán 2008: 768). Sin embargo, en un momento más avanzado se observa una serie de innovaciones puntuales que engrandecerán el saber constructivo de los romanos (Lancaster 2016). Sin embargo, cuando se analizan las soluciones técnicas que fueron utilizadas en los edificios termales nos planteamos una serie de dudas. En primer lugar, parece evidenciarse que el conocimiento técnico de este tipo de materiales era amplio y, en segundo lugar, que el marcas sobre los ladrillos de las termas. El interés de las mismas se eleva al ser sellos imperiales que tienen paralelos directos, tanto formales como en la composición de su soporte, en el norte de la Mauritania Tingitana (Étienne y Mayet 1971). Dicho interés, además, se acrecienta por la localización de los mismos no sólo en ámbitos de consumo sino también en figlinae, caso de Gandori (Étienne y Mayet 1971), cuyo radio de distribución parece también afectar al sur de la Mauritania Tingitana (Camporeale 2015) o en el entorno de Tamuda, recientemente confirmado por análisis arqueométricos (Bernal, Bustamante, Díaz y Raissouni 2012). A priori, se podría suponer una llegada de piezas puntuales fruto quizás de la necesaria praxis de lastrar el barco, un problema solventado de manera variada por los romanos como nos indica Plinio (Nat. Sin embargo, la homogénea composición de pastas de todo el lote utilizado en las termas y el elevado número de sellos -tanto en obra como en piezas depositadas en los almacenes del Conjunto Arqueológico-nos hablan de un conjunto premeditado y encargado al amparo de un proyecto organizado (Roldán y Bustamante 2015: 142). Del taller de Gandori, que es el que centra nuestra atención, no se han localizado estructuras de combustión, sin embargo, los abundantes desechos localizados de antiguo, y ya referidos por el propio Thouvenot (1954) y por Ponsich (1970), han sido los elementos con los que se contaba para establecer esta hipótesis. Ponsich, concretamente hacía un elenco de tipos producidos en este taller entre los que destacaban los testae cuadrangulares, en cuarto de círculo, con escotaduras, o las tegulae. El interés del complejo radica, sobre todo, en la aparición de sellos de clara titularidad imperial HADRI AVG, ANTO AVG y EX FIGVL CAES con una producción amplia en el tiempo, que pervive hasta bien entrado el IV d. En este caso la cercanía a un campamento militar, lo mismo que ocurría en Tamuda, sería un dato incontestable para la aparición de este tipo de sellos. A tenor de lo hasta ahora conocido, el comercio del material latericio fue una realidad en época antigua. Ello habría estado amparado, quizás, en una compleja red comercial articulada por determinadas figlinae o artesanos -como ocurre con L.Herennius Optatus para el levante peninsular (para más datos Rodá 2015)-que, necesariamente, implicaba precios muy competitivos. O, posiblemente, la carestía de filones plásticos en 7 uso de este opus -seguramente por cuestiones económicas-no fue rentable. En este apartado comentaremos de manera muy somera el uso de este material en los enclaves de Baelo Claudia (Fig. 4a) y Carteia (Fig. 4b). Lo mismo que ocurre en Carteia, Baelo Claudia cuenta con un sustrato geológico óptimo para el desarrollo de una arquitectura pétrea. Los afloramientos de caliza fosilífera, de Almarchal y del Algibe (Ménanteau, Vanney y Zazo 1983) aportan recursos suficientes como para darle la espalda a la producción latericia, sobre todo, teniendo en cuenta que se trataba de un producto que no estaba presente en la tradición alfarera de la zona. En Baelo Claudia se observa la ausencia casi total de este tipo de materiales en toda la ciudad, hasta el punto de que, a partir de un primer análisis constructivo realizado hace ya algunos años podemos exclusivamente hablar de un uso focalizado en las termas centrales y en la necrópolis. Las termas de Baelo Claudia fueron intervenidas en 1969 gracias a las excavaciones desarrolladas por la Casa de Velázquez. A día de hoy podemos decir que no ha habido un trabajo amplio que haya analizado el edificio de manera íntegra sino que han surgido diversos trabajos en el seno del equipo francés que han permitido valorar tanto la campaña de 1970 (Bourgeois y Del Amo 1970) como los sigilla localizados (Étienne y Mayet 1994). A partir de un análisis constructivo de las termas podemos asegurar que el uso del ladrillo estuvo concentrado, principalmente, en las pilae/suspensurae así como en la cubierta. Puede observarse, por tanto, que se DesDe las figlinae a los eDificios: el uso Del barro cociDo en el sur De la Baetica trata de un uso muy específico y asociado a problemas técnicos difícilmente salvables con el uso de la piedra. Si tenemos en cuenta que tanto la producción de ladrillos como el uso de opus testaceum no está muy atestiguado en la zona sería muy plausible pensar en una importación de estos productos allende el Estrecho de Gibraltar (Fig. 5). El uso de estas piezas en ámbito termal ha sido ampliamente estudiado (Fernández Ochoa, Morillo y Zarzalejos 1999; Roldán 1995). Esta práctica está amparada por una constante alusión de las fuentes clásicas a las bondades del uso del latericio en ambientes húmedos (p. ej. Vitrubio V, 10, 2 o Plinio Nat. Uno de los trabajos más extensos sobre esta temática, elaborado por Bouet (1999: 13), evalúa el uso y las ventajas de estos materiales en ambientes termales muy cálidos. En primer lugar, las elevadas temperaturas a las que se llega en estos ambientes pueden generar una constante dilatación que, el material latericio, podría soportar. En segundo lugar, su consistencia porosa, ayuda a mantener durante más tiempo la constante térmica. Por ambos motivos su uso está bien atestiguado en el ámbito calefactado. Para abordar este estudio de los ladrillo baelonenses nos hemos centrado, en primer lugar, en el análisis de las piezas que, aún in situ, se documentan en las termas. En segundo lugar, se ha procedido a la autopsia de los materiales localizados durante el proceso de excavación del edificio que aparecían en los niveles de derrumbe exhumados. Espacialmente, las piezas se localizan únicamente en los tepidaria, en el caldarium, así como en la fuente del caldarium, en tres ubicaciones concretas: -pilae y arquillos de la suspensura -carretes de anclajes de las dobles paredes -bóvedas y sistema de calefacción en altura Con respecto al primer tepidarium, podemos decir que es la sala mejor conservada y la que menor proceso de restauración ha sufrido. En ella aparecen diez líneas de arquillos divididos en treinta y seis arcos con dirección sellados es la piscina lateral del caldarium donde el buen estado de conservación nos permite valorar la colocación de los arquillos y de una atarjea "a la capuchina" in situ. Para concluir con el espacio inferior del complejo termal contamos con la aparición de un módulo concreto de piezas en el praefurnium. Concretamente se documenta un banco corrido a ambos lados de la puerta realizados con ladrillos de una medida, hasta el momento, no localizada en el edificio (41 x 20 x 4 cm). Esta diferencia también se aprecia en la propia composición del material latericio con una arcilla de coloración más clara y menos depurada. De la cubierta pocos son los datos que podemos valorar in situ debido al fuerte deterioro que presenta la estructura. El único indicio perceptible es la aparición de unos tubos cuadrados horadados en la piedra, a modo de tiro, junto con el sistema de cámara calefactada generada por el uso de bovinas. Así pues, para poder conocer el sistema de bóveda del complejo debemos recurrir a las piezas que se ubican en los depósitos del conjunto arqueológico de Baelo Claudia. Allí hemos podido realizar una amplia autopsia de las piezas y, por consiguiente, plantear una posible reconstrucción del sistema de cubrición. Concretamente se utilizaron para ello ladrillos rectangulares con orejetas (37 x 29 x 4 cm) que se alternarían con placas de lengüeta lateral que se apoyarían sobre las orejetas. Ambos tipos presentan sección ligeramente curva para ajustarse a la bóveda. Este doble módulo permitiría ir ajustando la obra al espacio restante. El interés de estas piezas, es que, casi en su totalidad, aparecen selladas con el mismo sello y posicionados en el mismo punto, a excepción de algunos ejemplares que presentan un sellado diferente y que, a posteriori, valoraremos. Cronológicamente, el uso de bóvedas calefactadas en el Imperio es muy amplio, desde los primeros complejos termales datados en el primer tercio del I d. C., hasta avanzado el siglo III d. C., momento en el que se atestigua un declive de las instalaciones termales. Para la narbonense, este tipo de bóvedas está bien atestiguado entre el fines del I d. C. con su inicial presencia en Limoge y finales del IV d. C. en Montoulieu (Bouet 1999: 93), lo que nos indica un saber formal eficaz y muy amplio en el tiempo. Otros autores restringen su uso entre el final del II d. C. y los inicios del IV d. Dichos arcos están unidos por medio de pechinas también rellenas con fragmentos de material latericio recortados. Una estimación numérica de las piezas nos permite afirmar que la suspensura de la primera sala podría albergar hasta 1960 ladrillos de los cuales más del 95% aparecen sellados. De manera individualizada, las pilae se forman a partir del uso de ladrillos rectangulares (20/21 x 15/16 x 3/4 cm) en número de dos que se elevan hasta configurar seis hiladas. En ocasiones estos dos ladrillos se sustituyen por una única pieza (29/31 x 22 x 6 cm) lo que genera una mayor consistencia de estos soportes. Sobre los arquillos de las pilae apoyaría un estrato de grandes ladrillos (60 x 30 x 5 cm) sobre el que se dispuso una gruesa capa de signinum que actuaría como pavimentación de la sala. Para generar la cámara por la que elevar el aire desde la zona inferior se procedió a la construcción de una sobrepared de placas de cerámica que permitiera circular el aire cálido hacia la zona superior y calefactar las bóvedas. Para ello se utilizaron carretes de cerámica con vástago de aprox. 30 cm de longitud que permitían, con una espiga metálica, anclar las placas. Una lectura de paramentos nos permite determinar un uso ordenado en cuanto a hiladas horizontales, sin embargo, lo que no queda claro es la distancia vertical equidistante entre ellas que permita obtener un módulo concreto de placas. La unión entre cada una de las salas calefactadas se producía a partir de un pequeño arco de medio punto con ladrillos con leve cuña, que presentan un módulo (29 x 20 x 4'5 cm) totalmente distinto a los que se observan en las salas propiamente dichas. La diferencia también se acentúa por la utilización de una arcilla totalmente distinta, de color más amarillento. La segunda sala templada, de nuevo, viene a repetir el esquema compositivo de la anterior pero con una ordenación y dirección totalmente distinta de los arquillos de la suspensura que, en este caso, se disponen E-W. El módulo utilizado en esta ocasión es el de 27/29 x 19/20 x 4/5 cm que viene a corresponder a una dimensión de casi el doble de los ladrillos dispuestos en las pilae. De nuevo se repite el uso de clavijas para anclar las placas y generar una cámara de circulación del aire cálido. El tercer espacio en el que se observa la aparición de ladrillos es el caldarium y su piscina adyacente, donde se vuelve a repetir el esquema de la sala anterior. En ambos casos el uso de los ladrillos sellados se reduce en número, hecho que creemos puede corresponder a una refacción a posteriori de la terma. El único espacio donde se mantiene la cuantificación en el uso de ladrillos (Fincker 1986: 146). En relación a su aparición en otros puntos del Imperio sigue siendo significativa su ausencia en Italia o su, por el contrario, masiva presencia en la Mauritania Tingitana. Retornando, de nuevo, al ejemplo de Baelo Claudia, un análisis amplio de las termas nos permite afirmar la existencia de dos fábricas distintas de su material constructivo. En primer lugar, se percibe un tipo más duro y consistente de coloración rojiza muy oscura con desgrasantes calcáreos que asociamos a las partes que presentan una mayor dificultad técnica. En segundo lugar, los otros ejemplares presentan una pasta amarillenta cuarteada y se focalizan únicamente en los vanos de comunicación entre una habitación y otra. La otra gran diferencia es que la fábrica más oscura e imperante presenta, casi en su totalidad, ladrillos sellados por los sigilla asociados a las fábricas imperiales. Llegados a este punto debemos plantearnos cuál sería el motivo de la llegada de estas dos fábricas. Creemos que una opción plausible sería la producción y compra de este tipo de materiales más complejos técnicamente en talleres especializados y que, concretamente, parecen estar asociados a una producción militarizada como demuestran los ejemplares de Tamuda y Gandori y posicionada a la otra orilla del Estrecho. Se produciría así la compra de un lote completo destinado, en exclusividad, a la construcción de las pilae y de la bóveda. Únicamente, en algunas partes del complejo, como en el praefurnium o el poyete corrido de la entrada se utilizaron los otros materiales a los que nos hemos referido. Para finalizar se ha localizado un ejemplar romboidal de amplias dimensiones, concretamente de 280 mm de largo por 160 mm del cual, sin embargo, no se ha localizado in situ ningún indicio que pudiera apuntar a su uso en esta instalación. A pesar de ello, creemos que este ejemplar procede de las termas y su uso, estaría, indudablemente, unido a las solerías. El hecho de que las salas cálidas y templadas estén pavimentadas con opus signinum creemos que apuntaría directamente a las salas frías y de recreo como las más óptimas para presentar este tipo de pavimentación. En relación a la fabricación de los ladrillos utilizados en este edificio, uno de los puntos que más nos interesa resaltar es la presencia de algunas señales que nos inducen a valorar el proceso productivo seguido para su fabricación. Generalmente se observa el uso de moldes de madera que dejaron impresas algunas marcas en los productos manufacturados. En el caso de los ladrillos rectangulares, dichas marcas se hacen patentes por la aparición de una línea incisa y tenuemente plegada que hablaría de moldes de madera, cuyo desmolde habría forzado la impronta de estas hendiduras. Habría un molde específico para el desarrollo de las piezas más grandes, las cuales una vez generadas serían despiezadas en más pequeñas. Este despiece se llevaría cabo a partir de lamas de madera o metálicas que favorecieran un corte limpio. El análisis de las piezas cocidas nos permite ver el sistema de ensamblado de las láminas de madera del molde a partir de espigas, datos que hasta el momento no habíamos podido definir (Fig. 6). Uno de los ejemplares más clarificadores serían los ladrillos de orejetas que presentan marcas en las esquinas de una caja ensamblada a partir de un sistema de espiga intercalado. El uso de moldes de madera ha sido ya apuntado para la producción de material latericio, con ejemplos de piezas de este tipo que se localizan en Egipto, concretamente en un depósito del Kahun o ya en época más moderna en muchos puntos de la geografía mediterránea (p. ej. Shepherd 2007: fig. 3). La necrópolis de Baelo Claudia En el plano funerario se observa una total reticencia al uso del ladrillo en la necrópolis de Baelo Claudia en los primeros momentos de vida. Ya desde las intervenciones llevadas a cabo por P. Paris y otros (1926: 59-71) se pone de relieve la ausencia de este tipo de materiales contexto geológico muy propicio como cantera. Concretamente, calizas fosilíferas y margosas, areniscas o la denominada "losa" de Tarifa, hacen del entorno un espacio idóneo para abordar el progreso urbanístico que la Colonia Latina Libertinorum Carteia afronta a fines de la República (Roldán 1999: 182). Lo mismo que ocurre en otros puntos peninsulares a inicios del I a. C. se percibe la inserción del barro cocido en la arquitectura carteiense a partir del uso de tegulae e imbrices destinados a las cubriciones. En este contexto cronológico, el acompañamiento de estas piezas con referencias epigráficas, caso de los sigilla M. PETRVCIDIVS M.F. / LE.PRO. M. LICI, apuntan a un hito cronológico y un episodio histórico focalizado en la Bética a fines del I a. Sin lugar a dudas, el único espacio donde sí se tiene constancia de un proyecto de obra con uso específico del ladrillo son las termas. Sin embargo, un análisis arqueo-arquitectónico de la obra nos ayuda a valorar este uso en un segundo momento de vida de dicho complejo entre fines del I e inicios del II d. En primer lugar, encontramos su utilización en el muro de separación entre el caldarium y el tepidarium. Este muro presenta 84 cm de grosor y está realizado con ladrillos rectangulares de módulo regular (29/30 x 22 x 5/6 cm) con una compleja disposición alterna posicionados con una compleja red machi-hembrada. En segundo lugar, y como vimos en Baelo Claudia, se percibe su aparición en el hypocaustum. Este espacio, destinado a soportar la suspensura, presenta una técnica edilicia típicamente itálica y oriental por la ausencia de arquillos sobre los que descansar el pavimento (Nielsen 1990: 14). Para ello se usan ladrillos semicirculares (de 32 x 17 cm) que se colocaron alternando su eje para, de este modo, conseguir una mayor consistencia. Sobre la pilae se dispuso directamente una hilada de ladrillos (59/60 x 29 x 4 cm) sobre la cual se superpuso una capa de argamasa muy tosca, una nueva hilada de ladrillos, en este caso reutilizados y, por último, dos capas más de opus signinum de las que la superior es más depurada. En algunos puntos del suelo, concretamente en las zonas de acceso de una sala a otra, se colocaron amplias losas bipedales a modo de umbral (Fig. 7). En tercer lugar, el uso del material latericio también está atestiguado en el specus realizado para la canalización del ciclo del agua dentro del complejo termal, así como formando parte de los conductos de evacuación de las aguas de las termas. en los monumentos más relevantes arquitectónicamente hablando. Este hecho sorprende al propio P. Paris pues es un recurso técnico usado para el mismo tipo de tumbas -concretamente las cilíndricas-en otros espacios de la Bética como en Cañada Honda (Gandul) o Carmo (Carmona). En esta primera monografía también se aportan algunas fotografías que nos permiten valorar la proliferación de tumbas con cubierta a la capuchina así como con cubierta plana de tegulae (Archivo General de Andalucía, fotografía 273 y 274). Este tipo de estructuras, a falta de un análisis estratigráfico actual, se le ha supuesto un carácter transicional entre las últimas incineraciones y las primeras inhumaciones y, en su amplia mayoría, están asociadas a tumbas infantiles, al menos, en el área funeraria Este (Paris, Bonsor, Laumonier, Ricard, y Mergelina 1926: 87; VV.AA. 2009: nn. Pocos años antes, Furgus (1907: 155-159) ponía sobre la mesa la aparición de más de treinta tumbas con cubierta a dos aguas en la necrópolis Oeste, datadas a mitad del II d. Junto con las tumbas de inhumación, la presencia de las tegulae en los enterramientos con ritos de incineración también está atestiguada en Baelo, sobre todo, como parapeto de protección de las cenizas de los difuntos en los busta (Sillières 1997: 197). Evidentemente uno de los usos menos constatados, debido al estado de conservación de las estructuras, serían las cubriciones. Una de las únicas alusiones al tema vendría de la mano del equipo que intervino el templo de Isis en las inmediaciones del foro. El estudio proponía un complejo sistema de cubrición a un agua de uno de los pórticos que circundaban el complejo isiáco. Se aludía a la existencia de cornisas con huecos que posibilitaba el encastre de un esqueleto de madera que, a su vez, habría permitido colocar unos tablones que generaban una superficie plana para, a partir de ella, posicionar las tegulae así como los ímbrices (Fincker 2008: fig. 44). Carteia: las termas y la necrópolis de Villa Victoria Uno de los motivos por los que se ha esgrimido la falta del barro cocido en la zona, además de las reticencias amparadas por el inmovilismo tradicional, es por un destacar dos piezas. En primer lugar, un ladrillo cuneatus cuya principal función es facilitar la construcción de arcos. La ausencia de espacios arcados actualmente conocidos y, sobre todo, la definición de un hypocaustum, formado por pilares rectos y no por pequeñas arcadas -como sí pasa con Baelo Claudia-, permiten plantear la más que plausible posibilidad de que existiera otro espacio calefactado, actualmente no conocido. En segundo lugar, también parece de interés la aparición de un ladrillo triangular tradicionalmente usado para ser embutido en muros con núcleo de opus caementicium. Esta técnica, de clara raíz itálica -donde se encuentran estos ladrillos con bastante asiduidad-fue escasamente desarrollada en Hispania donde se optó mayoritariamente por ladrillos rectangulares (Roldán 1999: 186;2008: 752 ss.). En el caso de Carteia, estos ejemplares han sido documentados formando parte de las cistas de las tumbas tardoantiguas localizadas en el foro y posiblemente de cronología previa. Para finalizar, se utilizaron elementos latericios en la construcción de la pared y de las bóvedas calefactadas. Aunque las intervenciones son muy antiguas, los materiales depositados en el museo de San Roque nos permiten llevar a cabo una serie de apreciaciones que ayudan a proponer una posible reconstrucción del sistema. Se trata de ladrillos con muesca superior (de 28 x 22 x 5/ 6 cm con muesca de 4 cm en cada lateral y de 18 x 15 x 5'3 cm), así como placas con lengüetas que nos permiten reconstruir técnicamente una bóveda calefactada. La cámara de aire estaría generada por medio de un ladrillo colocado de manera saliente que permitiría generar este espacio. Así, este sistema viene a reproducir el desarrollado en Baelo aunque la gran diferencia es la ausencia del sistema de clavijas/carretes que, en este caso, se suple por el uso de ladrillos colocados horizontalmente. De todo el elenco de ladrillos antes referido y que, en su casi totalidad, proceden de las termas, es necesario A pesar de lo indicado el uso del ladrillo en Carteia no es exclusivo de las termas ya que en otros puntos de la ciudad también se observa. Sin embargo, como ya hemos apostillado previamente, este uso se hace de manera muy esporádica y, en gran medida, como medio de gestionar residuos arquitectónicos previos por medio del reciclado que está bien representado en la ciudad, tanto en el área forense, como en el teatro y en las propias termas. En primer lugar, en la parte baja del foro se produjo un uso de material latericio, fuera del proyecto de obra, en el muro frontal de las tabernae A, B así como en una canalización de la taberna C (Roldán 1992: 53-56). De igual manera, en la plataforma superior del foro se utilizaron estos materiales para realizar una compartimentación tardía en el interior del templo republicano. También se perciben las posibles reutilizaciones para configurar las tumbas tardías presentes tanto en el foro como en las termas, aunque en este último edificio fueron retiradas (Bernal 2011: 150). Otros interesantes ejemplos del uso de latericio en las necrópolis aparecen documentados en fotografías de las excavaciones realizadas por Martínez Santa-Olalla en los años 50. Aunque la ubicación de estas necrópolis es imprecisa debido a la ausencia de documentación escrita sobre las excavaciones, las fotografías de las mismas no dejan lugar a dudas del tipo de material empleado en la configuración de algunos de los enterramientos. Se trata en concreto de dos necrópolis; la denominada de la Huerta del Gallo y fechada tradicionalmente en época tardía y la del entorno de la torre del Rocadillo, junto a la muralla que comprende un amplio espectro cronológico desde la época altoimperial hasta el tardo imperio (Roldán y Blánquez 2011: 141-144; Roldán y Blánquez 2012: 108-110). En relación al uso de la arcilla sin cocer en las construcciones de Carteia, el empleo del adobe y del tapial está bien atestiguado en el precedente periodo púnico de la ciudad en alzados y elevaciones de muros con zócalos de piedra que, con el tiempo, han ido desapareciendo tal y como el Proyecto Carteia ha puesto de manifiesto en las últimas anualidades. Es un tema aún por valorar debidamente, en el que venimos trabajando, hasta qué punto la tradición constructiva de época púnica influyó en las posteriores construcciones romanas. En este sentido ha quedado abiertamente demostrado que los cambios transicionales que se produjeron en Carteia con la llegada del mundo romano fueron muy graduales y extendidos en el tiempo. Los aspectos constructivos no quedarían fuera de esta tendencia que ha quedado bien atestiguada en el aprovechamiento de estructuras púnicas anteriores en el posterior asentamiento romano (Arévalo, Blánquez, y Roldán e. p.; Blánquez, Roldán, y Jiménez e. p.), así como también en la cultura material (Roldán, Blánquez, Bernal, Prados y Díaz 2006). No se trata aquí de ahondar sobre este fenómeno del que, únicamente, queremos llamar la atención. Una de las paradojas que presenta el uso del ladrillo en nuestra zona de estudio es que, a pesar de su escasa presencia, el índice de material sellado es elevadísimo. Concretamente, uno de los edificios que hemos analizado, las termas de Baelo Claudia, presenta sellos en casi un 80% de las piezas localizadas in situ. Este elevado número plantea un fenómeno alejado de lo que suele ser común en Hispania y que, por consiguiente, pone sobre la mesa una práctica difícilmente explicable con la hipótesis que en la actualidad se baraja sobre el uso de los sigilla. Podemos decir que esta ciudad, junto con Itálica, son los enclaves que mayor número de sigilla presentan. Concretamente en Baelo Claudia se han podido documentar más de trescientos veinte sellos de los cuales el 96% proceden de las termas. Esta repetición en su ubicación también se reitera en su morfología si tenemos en cuenta que de todo este número de sigilla, únicamente se han podido determinar siete punzones distintos, de los que tres se localizan en los sellos de las termas (Fig. 8). El fenómeno del sellado del material latericio en época romana ha generado mucha controversia ya que tanto su posicionamiento, como su cronología, significación y, sobre todo, praxis son continuo objeto de análisis sin que exista aparente consenso en la comunidad científica. Quizás uno de los puntos que más interesa para nuestro análisis es el de su función. En relación con ello, tanto la contabilidad en los centros de producción (Böcking 1978: 113), como la exención de tasas, la expresión de una locatio-conductio (Steinby 1982: 227-237) o la prohibición de su uso fuera de determinados contextos -como los militares- (Spitzlberger 1968: 82 o Peacock 1982: 137), son algunas de las interpretaciones aportadas. A ello debemos añadir toda una serie de sigilla más complejos, sobre todo gestados en Roma, cuya extensa nómina epigráfica ha hecho que hayan sido interpretados como el contrato entre el dueño de la cantera de arcilla y aquel que sustentaba la propiedad de la fábrica propiamente dicha. Recientemente, además de estas interpretaciones que podemos determinar como de carácter profano, se ha planteado, a propósito de los sellos de la Regio Octavia Aemilia, una sacralidad intrínseca en el acto del sellado, interpretación que, aunque muy sugestiva, necesita ser contrastada (Pellicioni 2010). Si nos centramos en los sellos de Baelo Claudia, uno de los primeros ejemplares localizados corresponde a un sigillum hallado en el sondeo 36 de la excavación desarrollada por la Casa de Velázquez en 1966 y espacialmente ubicado en la zona sur de la ciudad. En dicho sello se puede leer en letras incusas el epígrafe (Domergue 1973(Domergue: 56, n. 2098)), cuyo desarrollo podría ser el siguiente: [L]vcr(eti)•(S(ocietas)• C(etarii)•G(aditanorum). Este dato nos parece muy resaltable ya que en él se repite el esquema de sellado de algunas ánforas de salazones localizadas en Baelo, tradicionalmente asociada a una societas organizada a tal efecto y cuyo centro productor se localizaría en el alfar del Rinconcillo en Algeciras (para más datos Étienne y Mayet 1994: 131-138). En relación con ello y también sobre tegula [S(ocietas) C(etarii)] G(aditanorum) se localizó otro ejemplar en Baelo que volvía a incidir en esta formulación epigráfica (Rico 1999: fig. 4e). Asimismo, aunque con un formato ligeramente distinto pero con el mismo agente de actuación M. Lucretius, se localizó otro ejemplar en la intervención de 1966, en el sondeo 26 ubicado la zona suroeste de la ciudad. En esta ocasión los caracteres también son incusos y se puede leer [O]p(us)•M•Lucr(eti) (Domergue 1973: 75, n. Además de estos ejemplares se documentó un sello sobre ladrillo en el que se lee con letras en relieve Tarq (Rouillard, Remesal, y Sillières 1975: 533, pl. XIX, n. 2) que podría desarrollarse como Tarquinii. No existe ningún otro ejemplar de similares características en Baelo Claudia aunque, sin embargo sí contamos con una alusión directa a dicha familia en Carteia, gracias al sello CNT desarrollado recientemente como Gnei Tarquinii asociado directamente al legado Petrucidius (Del Hoyo 2006: 55). En el cómputo general de los sellos de Baelo Claudia el grupo que aparece más reiteradamente, con diferencia, es el que alude a la familia imperial. Ambas marcas aparecen de manera aleatoria tanto en pequeños ladrillos rectangulares, en ladrillos de orejeta, así como en las placas destinadas a formar las bóvedas calefactadas. De ellas, un 99% de los casos aparecen posicionadas en los cantos de las piezas, en los lados cortos y, casi siempre, muy centrados mientras que, en el caso de las placas de encaje vienen a coincidir con la parte más gruesa de la sección. Únicamente, en tres ocasiones hemos podido atestiguar la presencia de las marcas en la cara inferior o superior de las placas que nos permite considerar una función distinta a la que estamos acostumbrados a definir. Concretamente consideramos que este cambio en el posicionamiento podría corresponder a una posible función administrativa o de contabilidad, como sería la de señalizar lotes cerrados de piezas con un número clausus concreto. La hipótesis de que los sigilla sean marcas de contabilidad dentro de las figlinae ya fue planteada por Böcking (1978: 113) lo que parece confirmarse con el ejemplo que apuntamos en Baelo Claudia. Esta posición del sello sobre uno de los lados planos, documentada en nuestro ejemplo, evitaría tener que inclinarse para ver el sello en consecuencia, permitiría conocer el volumen de las piezas allí apiladas desde una posición erguida del contable. El que se haga alusión a la titulatura imperial apoya la idea de que fueron manufacturadas en talleres de esta propiedad, de lo que existe un amplio elenco de ejemplos recogidos en Roma (Steinby 1993: 140), así como también se distribuyen por toda la cuenca mediterránea y, especialmente, en la Mauritana Tingitana (Thouvenot 1954o Ponsich 1970: 268). La primera marca imperial citada correspondería a Imp(eratoris) Aug(usti) en cartela rectangular con esquinas redondeadas y enmarcada en la zona superior e inferior por dos líneas excisas al igual que la totalidad de las letras, con la única excepción de la "p" que aparece incusa al quedar envuelta por las otras letras. También aparece una variante en la que todos los caracteres son en relieve perdiéndose la "p" incusa. Este hecho aludiría a la existencia de dos matrices pero con similares características en cuanto a dimensiones. Estas piezas ya fueron estudiadas para la Tingitana por Ponsich (1970: 380) quien las databa en el siglo III d. C. como fecha más temprana y cuya datación también se aplicó a las termas de Baelo Claudia (Étienne y Mayet 1971: 68). No obstante, el estudio más reciente de estas piezas viene a considerarlas de la época de Teodosio (Villaverde 2001: 299) a partir de la recopilación de datos previos. A pesar de lo anteriormente indicado, con fecha reciente se ha aportado una nueva datación para las termas de Baelo retrotrayendo la inicial cronología a la primera mitad del II d. Es preciso considerar, sin embargo, como su propio excavador afirmaba, que "el hundimiento de los suelos ha alterado grandemente la estratigrafía (...) aunque para comprobar la verdad de esta hipótesis habría que hacer un sondeo", es decir, que la datación de este espacio no parece estar bien definida ya que se basa, principalmente, en paralelos estructurales (Lenoir 1991: 158-159). Retornando al análisis del epígrafe, es innegable que alude a la figura del emperador por lo que el problema estriba en intentar asignarlo directamente a un emperador. Si bien no es posible en la actualidad atribuirlo con certeza a ninguna figura concreta, creemos que tendríamos que asociarlo a momentos previos a los Antoninos, momento de auge de estos elementos (Chic 2001: 509). A ello habría que añadirle un dato arqueoarquitectónico como sería la supuesta caída de la bóveda primigenia de las termas que podemos deducir del uso de bloques de ladrillos de orejetas de bóvedas en posición secundaria. La solidez de estas cubriciones está bien demostrada (Lancaster 2016), por lo que el colapso debió estar motivado por un hito traumático como el acaecido en la zona a mitad del I d. C. y cuyos efectos más sobresalientes se han localizado en la muralla (Sillières 1995: 57). La existencia de un segundo complejo termal -las denominadas termas marítimas-de menor entidad y más alejado del núcleo neurálgico de la ciudad, con niveles de construcción en época tardo-neroniana y con una fuerte reforma en pleno II d. C. (Bernal, Arévalo, Muño, Expósito, Díaz, Lagóstena, Vargas, Lara, Moreno, Sáez y Bustamante 2013: 131), nos induce a pensar que previamente ya estaría construido el complejo termal forense, de ahí la cronología altoimperial que le presuponemos. El segundo tipo localizado correspondería a la marca Imp(eratoris) Aug(usti)G(e)r(manici). El problema se acentúa, de nuevo, al intentar asociar esta titulatura con un emperador. Si seguimos con la idea que planteamos, de otorgar a las termas y, consecuentemente, a estas piezas una cronología altoimperial, podríamos asociar este tipo de sello al emperador Claudio. Dicho emperador heredó la titulatura de "Germanico" que ostentaba su padre como se observa en algunas leyendas monetales. Este dato cronológico no debería sorprendernos dado que fue en época de Claudio cuando la ciudad, además de recibir el título de Claudia, iniciaría un fuerte ascenso económico acompañado por una efervescencia constructiva (Sillières 1997: 56-58). Nuestra propuesta es centrar la construcción de este complejo termal en torno a la mitad del I d. C. coincidiendo con el momento del evento sísmico, e inmediato apogeo de la ciudad amparado con una fuerte actividad constructiva desarrollada por parte del emperador Claudio. Recientemente un estudio funcional del edificio viene también a plantear esta fecha Araujo 2013). Para esta nueva hipótesis, esta autora habla de un mismo proceso constructivo para las tiendas delanteras y el edificio termal propiamente dicho (Gómez Araujo 2013: 175). Si se confirmara esta hipótesis, el material cerámico localizado en las tiendas sí hablaba de una cronología focalizada en el siglo I d. Como conclusión se documentan tres grupos de sellos según la epigrafía. En primer lugar, un conjunto que hace referencia a M. Lucretius y a la Societas Cetarii Gaditanorum y cuyo principal interés radica en que dicho sello repite el formulario registrado en las ánforas que han sido ligadas al comercio de este preciado bien. De hecho, un análisis morfológico de los sellos nos permite afirmar que las matrices fueron las mismas tanto en las ánforas como en los materiales constructivos. Esto aludiría a una producción polivalente tanto de ánforas como de otro tipo de materiales, en este caso de tegulae, asociados a las conservas pesqueras. Dicha explicación a priori nos podría resultar extraña debido a la intensa actividad haliéutica de Baelo Claudia que precisaría un abastecimiento continuo de ánforas y, por consiguiente, la manufactura de material latericio podría quedar diluida. Sin embargo, un análisis minucioso de los procesos pesqueros nos permite considerarlo como un fenómeno estacional y, por consiguiente, la cadena de producción cerámica también podría verse alterada y desviada a otros menesteres, en este caso la producción latericia. Este fenómeno no sólo atañe a la producción de salazones sino que también parece documentarse en el arco noreste peninsular donde se encuentra el ejemplo del sello MARI, el cual aparece tanto en tegulae como sobre ánforas Dr. 2-4 (Berni 2010: n. Otro ejemplo sería el sello P VSVL VEIE [.] que se localiza en Llafranc sobre tegulae, además de sobre ejemplares de ánforas Pascual 1 (Rico 1993: 56, fig. 1b), o el sello PHARALI en el Algarve que de nuevo se vuelve a repetir sobre ánforas (Veiga 1974(Veiga -1977: fig. 1): fig. 1). El segundo sello aludiría a un productor independiente del que únicamente tenemos constancia de su nomen Tarquini pero que sí podemos relacionar directamente con otro ejemplar localizado en Carteia y asociado al legado Petrucidius. El tercer grupo vendría a corresponder a una serie de sellos con alusión a la titulatura imperial tradicionalmente valorados como bajoimperiales y que, con la lectura que ahora realizamos, proponemos asociarlo a la primera mitad del I d. C. Ambos sellos podrían aludir a algún emperador de la dinastía Julio-Claudia, posiblemente Claudio coincidente con el ascenso urbanístico que vive la ciudad en ese momento. En tal caso, el uso de material latericio sellado con este epígrafe sería una manera fácil, rápida y llamativa de dejar patente quién produjo la financiación de dicho edificio. El hecho de que no se hallan localizado otros edificios o muros en los que se emplee el ladrillo como material constructivo no nos permite hacer valoraciones comparativas al respecto, sin embargo, la similitud técnica que se percibe en la construcción de este espacio con respecto al macellum, quizás podría apuntar a que se trata de una obra pública. Los sellos documentados en Carteia El caso de Carteia dista mucho de lo que hemos podido ver en Baelo Claudia. En primer lugar, hay un descenso bastante significativo del número de ladrillos que se ha podido documentar en las construcciones de esta ciudad, hecho que propicia también el limitado número de sellos documentados. Y, en segundo lugar, no se ha localizado en la actualidad ningún ejemplar sellado in situ que nos permita hablar de un posible intervencionismo público en sus construcciones (Fig. 9). Para el periodo tardorepublicano resulta especialmente interesante el ejemplo de Carteia (Roldán 1992; Bendala y Roldán 1997; Roldán, Bendala, Blánquez y Martínez 2006), donde el primer material constructivo cocido que se ha documentado se asocia a la utilización de tejas con la marca M. Petrucidius, natural del Piseno y legado pro praetore de Augusto. En esta ocasión la marca aparece enmarcada en una cartela rectangular, con doble fila escrita en letras capitales incusas en las que se puede leer M(arcus) Petrucidius M(arcus) F(ili) / Leg(atus) Pro Pr(aetrore) M(arcus) Li(cini), así como [M(arcus) Petrucidi]us M(arci) f(ilius) / [leg(atus) pro p]r(aetore) sin asociación directa con otro personaje. Podemos decir que es uno de los sigilla con mayor campo epigráfico hallado en la Península Ibérica. Estas piezas han generado una fuerte literatura sobre su interpretación desde el siglo pasado y que recientemente ha sido revisada en el seno de nuestro equipo de investigación (Del Hoyo 2006). En un inicio Hübner interpretó la figura de Petrucidius como legado de un procónsul M. Licinio, sin embargo, a posteriori Desssau habló de M. Licinio así como de otro nombre que aparecía, Alexander como alfareros al servicio de Petrucidius legado de Cn Pompeyo (Broughton 1951). Esta producción ha sido relacionada con la actividad de fortificación realizada en torno al año 45 a. C. en ciudades béticas del bando pompeyano con motivo de la guerra civil (Presedo, Muñíz, Santero, y Chaves 1982: 279-282). Si bien, en Carteia podría haber estado vinculada a una importante renovación arquitectónica constatada arqueológicamente en el sector del llamado foro de la ciudad (Bendala y Roldán 1997). El examen de las pastas de estas producciones ha permitido apuntar su fabricación en talleres costeros ubicados seguramente en la propia Carteia, a pesar de que el único ejemplar dentro de un contexto productor lo debemos ubicar en Sevilla (Bernal, García Vargas, Lavado, Díaz, Luaces y Gethsemaní 2014). Quizás esto aportaría datos de una renovación arquitectónica no focalizada en exclusividad en Carteia sino en general en otros territorios fruto de una actividad edilicia impulsada por la propia Roma (González 1989: 522). Como hemos dicho, una de las marcas del legado se asocia a otro sello con caracteres incusos y enmarcado en una cartela rectangular en la que se lee CNT y que recientemente ha sido desarrollado como CN(eo) T(arquini) (Del Hoyo 2006: 55). Aparece en un lugar cercano a la otra marca de Petrucidius pero sin solaparse en la misma pieza. Como ya vimos previamente, un sello con este nomen ya fue localizado en Baelo Claudia hecho que podría poner sobre la mesa una posible vinculación productiva y de abastecimiento entre ambos yacimientos. Al igual que la marca comentada, existe otra tegula con El siguiente ejemplar correspondería a los sellos Herculis / Herculis en el que las letras y la cartela aparecen incusas. El formato del sello nos parece digno de resaltar al presentarse en dos cartelas individualizadas y posicionadas una encima de la otra. También la propia alusión a la divinidad titular del sitio lo hace único entre todos los sellos recopilados en Hispania hasta la fecha. Otros ejemplares localizados serían el de L Maessina y (.)ML(.) El primero aparece con caracteres incusos, mientras que el segundo se enmarca en una cartela con los caracteres en relieve. De estos sellos pocos datos más podemos aportar debido al grado de fragmentación que presentan. Quizás el sello más conocido de este enclave correspondería al de CARTEIA. Concretamente se trata de un sello con cartela poco definida y con los caracteres en letra capital incusa. Mayoritariamente aparecen sobre tegulae quedando el sellado de ladrillos para otros cuños. Lamentablemente todos los ejemplares proceden de contextos deposicionales, hecho que limita mucho la información cronológica de los mismos. Dicho sello hace claramente alusión al nombre de la Colonia y, por consiguiente, hablaría de un intervencionismo municipal en la producción y del mecenazgo de la obra. A pesar de ello, no podemos precisar el grado y categoría de participación del ente público. Quizás tengamos que pensar en una locatio conductio a un figulus independiente -hecho atestiguado para los sellos de Roma (Steinby 1982: 227-237) así como para otras categorías cerámicas, como lucernas o ánforas-, o bien en figlinae municipales. El caso de Carteia no es el único, ya que contamos con ejemplos similares en Conimbriga con el sello R(es) P(ublica) C(onimbrigensis) (Étienne, Fabre y Lévèque 1976: 297, pl. XXIII), en Mérida con el epígrafe C(olonia) I(ulia) A(ugusta) E(merita), en Celti con el de Pop(ulus) Celti (CIL II 4967, n. 17), en Tomar con el ejemplar R(es) P( ublica Tras el análisis realizado en el presente artículo podemos decir, a modo de conclusiones, que las ciudades analizadas de la Betica -Baelo Claudia y Carteia-son expresivas del empleo del material latericio de manera específica y experta, introduciendo soluciones técnicas complejas propias de un buen conocedor del uso de este material. Por esta razón, creemos que los ladrillos se utilizaron intencionadamente de manera puntual, con abrumadora mayoría en los edificios termales de ambas ciudades, no solo para el acondicionamiento de las zonas calefactadas -hypocaustum y suspensura-, sino también en cubriciones y canalizaciones. No dudamos de que en esta elección pesó de manera importante el hecho de que para la construcción del resto de edificios monumentales resultaba más práctico y, seguramente más económico, el empleo de otro tipo de materiales y técnicas, más tradicionales, conocidas y accesibles (Fig. 10). No podemos discernir, en el estado actual de nuestros conocimientos, hasta qué punto las anteriores tradiciones constructivas podrían haber influido en esta elección; es probable que sí lo hicieran, pero es algo que aún no podemos valorar con datos concretos. Creemos haber demostrado a través de estas líneas el interés de este enfoque en la investigación que aúna la producción del material latericio con su puesta en obra. Se trata de una línea de análisis aun poco valorada, aunque ya iniciada por nosotros hace algunos años, pero en la que todavía queda mucho por hacer. De hecho, los datos que aquí presentamos demuestran que son aún muy escasos los alfares en los que se ha estudiado la producción latericia en la misma medida que se ha hecho con otras producciones cerámicas. Por otro lado, tampoco es ajena a ello la ausencia de análisis de pastas y estudios arqueométricos que permitan determinar la procedencia de los materiales lo que resulta imprescindible, especialmente, ante la ausencia o escasez de sellos existentes en lo hasta ahora conocido. De ahí el interés de hacer una recopilación de todos ellos en el conjunto de Hispania en lo que estamos trabajando dentro del proyecto en que se encuadra este trabajo. Un hecho cierto es que la abundancia de sustratos arenosos en el entorno de los dos núcleos urbanos objeto de este estudio propició la concentración de figlinae -especialmente en la bahía de Algeciras y no tanto en la costa de la Luz-lo que también potenció la producción de ladrillos. No obstante, dicha producción se haría siempre de forma minoritaria lo que pudo haber sido provocado, no por completo pero sí al menos en parte, por la estacionalidad de las industrias a las que dichas figlinae abastecían de contenedores. En cualquier caso, no deja de ser llamativo el hecho de que la producción latericia fue mucho más abundante en el bajo imperio, a lo que habrá que buscar una explicación quizás en relación con la propia estructura económica y productiva de este periodo. El análisis de los sigilla, nos ha permitido constatar que no siempre los núcleos urbanos fueron abastecidos por los alfares más cercanos como lo demuestra, por ejemplo, el caso de los ladrillos con la marca Petrucidius que quizás habrían sido producidos en la figlina de Burguillos, en Sevilla, a más de 200 km de la ciudad de Carteia. Otro ejemplo es el de los ladrillos traídos expresamente de Mauritania Tingitana para las termas de Baelo para lo que el supuesto escollo del Estrecho de Gibraltar, que había que atravesar, no actuó como barrera sino como elemento de comunicación de ambos núcleos, por otro lado, bastante cercanos entre sí en línea recta. Estos ejemplos demuestran, sin lugar a dudas, la existencia de un comercio activo de material latericio, de medio alcance. Al analizar el uso de estos ladrillos conservados in situ hemos podido constatar -algo ya señalado por nosotros con anterioridad-que se trata de material muy diversificado que responde a necesidades y funciones muy concretas dentro del acondicionamiento de las zonas calientes de las termas. Como aspecto complementario de gran interés podemos decir que los materiales latericios, al margen de que se encuentren o no in situ, nos permiten en muchas ocasiones adivinar su función. Es el caso de las bóvedas, obviamente las estructuras que con menor frecuencia se documentan in situ. La existencia de ladrillos con orejetas, o de lengüeta, o las placas con lengüeta, como las que se documentan en los ejemplos presentados, no dejan lugar a dudas de su empleo en dobles paredes o en bóvedas calefactadas. Otro aspecto a resaltar de este estudio es que las características físicas de los ladrillos hallados en un mismo contexto -como en los termales-pueden ser un elemento esencial para indicarnos momentos de construcción distintos, o bien remodelaciones en fases posteriores del primer proyecto del edificio. Asimismo, el análisis directo y minucioso de los ladrillos conservados permite extraer algunas conclusiones acerca del proceso productivo para su fabricación, como es el uso de moldes de madera configurados mediante piezas desmontables. Cuestión interesante que merece la pena ser estudiada en el futuro es la reutilización de material latericio. Sin duda las necrópolis son un ámbito muy adecuado para ello, dada la proliferación que se aprecia de este tipo de material constructivo en las tumbas tardías, que no en todos los casos habrían sido reutilizados. Asimismo, la decadencia arquitectónica que se produce en los periodos tardorromano y tardoantiguo habrían propiciado la necesidad y posibilidad de acudir a materiales de reempleo y, entre ellos, los ladrillos habrían sido un objetivo prioritario. Quizás el aspecto más desconocido o menos estudiado y valorado en relación con el uso del material latericio sea el de la epigrafía. Es también un ámbito de trabajo en el que aún queda mucho por hacer y de gran interés desde el punto de vista de la producción. En esta primera aproximación al elenco de sigilla presentes tanto en Carteia como en Baelo, hemos podido constatar datos de cierta relevancia que alimentan el conocimiento del trabajo de las figlinae -percibido sobre todo por sus fabricaciones de vasos cerámicos-relativo a las producciones latericias. En este sentido, la posible interpretación de los sigilla como marcas de contabilidad parece confirmarse. Asimismo la presencia de dichos sigilla en la construcción de determinados edificios, como en el caso de las termas de Baelo, constituye un gran indicio a la hora de determinar su cronología con el apoyo de otros argumentos. Por otro lado, la dualidad de sellos en ánforas y material constructivo no deja lugar a dudas de la fabricación de ambos en los mismos talleres. Dicha manufactura polivalente puede entenderse desde la consideración estacional de los procesos pesqueros -en el caso de las ciudades costeras que nos ocupan-y, en consecuencia, de las necesidades también estacionales de fabricación de los contenedores. La presencia de dichos sígilla sobre ladrillos o tegulae de época republicana, como los de Carteia, nos indican que este material no era desconocido en las figlinae de la Betica en este periodo aunque su uso fuera aún muy concreto y específico. Alfar de Villa Victoria Tipos Medidas
Refuerzo de fustes de columna en la arquitectura monumental de Italica (prov. Baetica). Aplicación de nuevas tecnologías para la reconstrucción de una práctica singular recuperado un limitado número de fragmentos, abandonados en sus inmediaciones. Al menos tres fustes monolíticos de columna en mármol portasanta y uno en cipollino verde, ambas variedades con origen en el Mediterráneo oriental, ofrecen rasgos técnicos peculiares (Fig. 3). En los diferentes fragmentos conservados se reconocen, con claridad, los restos de cavidades longitudinales cilíndricas para espigas metálicas internas, oquedades para grapas del mismo material y mortajas para parches (tasselli) marmóreos. Todos estos recursos tendrían el objetivo de reforzar, quizá ya en cantera o, más probablemente, en un taller asociado a la obra, un material valioso pero cuyas características podrían suponer un peligro potencial de carácter estructural, con graves consecuencias para la estabilidad y perdurabilidad del conjunto. Dicha práctica, documentada en otros edificios de la ciudad, como el teatro, así como en otros puntos del Imperio, incluida la propia Roma, ha sido analizada con anterioridad por nosotros (Rodríguez 2001(Rodríguez, 2015) ) y parece, por tanto, bien caracterizada en líneas generales. La mayor parte de la bibliografía disponible, aunque Las piezas objeto de este estudio proceden del bien conocido "Traineum" de la ciudad romana de Italica (Santiponce, Sevilla, España, antigua provincia Baetica), una gran área monumental, constituida por una plaza abierta porticada con un templo central, construida con motivo de la ampliación de la ciudad hacia el norte, en tiempos del emperador Adriano (Fig. 1). El área, lamentablemente, se encuentra hoy mal conservada debido al intenso expolio sufrido por sus materiales de construcción, así como, incluso, al hecho de que aún la atraviese un antiguo viario público de servidumbre al cementerio del pueblo actual (Fig. 2). No obstante, los restos de las cimentaciones han podido ser bien identificados en el curso de excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en la década de los ochenta del siglo pasado (León 1988), lo que ha propiciado la restitución de la totalidad de su planta. Del elevado número de columnas asociadas tanto al edificio de culto como al pórtico perimetral y al cuerpo monumental de acceso a éste último, sólo se ha Fig. 1. Vista general actual de la ciudad romana de Itálica, desde el norte; en primer término, la ampliación de tiempos adrianeos (Fot. J. Hernández para Rutas del Teatro en Andalucía, Consejería de Cultura, Junta de Andalucía). 3 esta singular y aparentemente atípica práctica antigua, son las que han llevado a buscar auxilio en nuevas herramientas susceptibles de aplicación a estas cuestiones de índole histórico y patrimonial. De esta forma, el presente estudio aborda, de forma concreta, la incorporación a la investigación sobre estas singulares soluciones de la arquitectura romana de técnicas de programación visual y diseño paramétrico, aplicadas al análisis comparativo de modelos tridimensionales obtenidos a partir de capturas fotogramétricas (con imágenes capturadas por UAVs o dron) y modelos de geometría teórica. Ello facilita la reconstrucción completa de cada uno de los fragmentos con la precisión suficiente que posibilite recoger, con detalle, todos los rasgos técnicos que contienen. El grado de desarrollo de estos instrumentos, frente a versiones más antiguas, permite hoy, incluso, dotar a las nubes de puntos del aspecto real de los volúmenes originales. Esto es especialmente valioso en este caso, dado que, como se verá más adelante (Fig. 4), los rasgos técnicos parecen tener directa relación con las características estructurales del mármol, reflejadas en sus vetas, matriz y grano. De esta forma, será posible proponer la hipótesis de funcionamiento de minoritaria en conjunto, hace alusión a evidencias de ensamblaje entre elementos de la arqueología modular romana (Amici 2011(Amici, 2015(Amici: 66-67, 2016;;Voigts 2012: 150-153 y 160-163, e. p.), cuando no a testimonios de restauraciones antiguas fruto o no, de dinámicas de reutilización (Ismaelli 2013), en ocasiones asociadas a medidas antisísmicas de las que ya se tenía conciencia en la antigüedad. Con frecuencia, los investigadores no han prestado a estos indicios la suficiente atención, en la medida en la que los han tenido por testimonios de reutilizaciones propias de la tardoantigüedad o la época medieval, cuando no, de actividades asociadas a expolio o restauraciones recientes. En cualquier caso, las piezas del Traianeum, frente a los ejemplos estudiados de otros contextos, son únicas, en la medida en la que se ha preservado un número suficiente de fragmentos de los fustes originales para permitir una propuesta de restitución bastante completa de cada uno de los ejemplares. Ello, no obstante, dada su complejidad, volumen, peso y estado fragmentario, está siendo posible valiéndose de nuevas posibilidades de aplicación tecnológica sólo hoy a nuestra disposición. De esta forma, las necesidades de estudio e interpretación de RefueRzo de fustes de columna en la aRquitectuRa monumental de ItalIca (pRov. BaetIca) contexto geogRáfIco e hIstóRIco La ciudad romana de Itálica (provincia Baetica, actual Santiponce, Sevilla), en el fértil valle el Guadalquivir, a pesar de haber sido ya fundada a fines del siglo III a. C. y contar con antecedentes turdetanos, se hizo especialmente célebre por ser la patria del primer emperador provincial, Trajano. La tradición literaria insistía, además, en los vínculos que con la ciudad habría siempre mantenido Adriano, su sucesor. Con él, tradicionalmente, incluso en forma de una implicación directa no constatada con seguridad, se ha asociado una imponente obra de ampliación de la ciudad que la extendió hacia el norte en varias hectáreas (Fig. 1). Durante más de Fig. 3. Imagen de parte de las piezas objeto estudio, generada a partir de la fotogrametría de detalle de cada uno de los fragmentos. Fragmento de fuste con cavidad para espiga metálica longitudinal, insertada de forma perpendicular a las vetas del mármol. dos siglos los trabajos arqueológicos se han sucedido en su solar, hoy correspondiente, a grandes rasgos, con la entidad patrimonial del Conjunto Arqueológico de Itálica. En el área, buena parte amurallada, se reconocen no solamente diferentes unidades domésticas de grandes dimensiones y ricos acabados, sino también notables edificios públicos (Caballos 2010). Entre ellos destacan unas termas con palestra, el anfiteatro y un gran espacio porticado con templo central, conocido en la bibliografía reciente como Traianeum, por considerarse un recinto de culto imperial levantado por Adriano en honor de su antecesor (Fig. 2), hipótesis que, por el momento, se mantiene, a pesar de no existir pruebas de ello todo lo sólidas que sería deseable. el edIfIcIo y sus mAteRIAles Es, precisamente, de este último complejo del que proceden las piezas objeto de este estudio. Los trabajos de análisis y restitución del edificio (Montero en León 1988: 91-101) han permitido reconstruir el número, módulo y características de los principales órdenes arquitectónicos: la columnatio perimetral del pórtico presentaría 20 columnas en sus lados cortos y 28 en los largos, con una fachada monumental hexástila en el eje axial. En el primer caso los fustes, combinados con basas y capiteles en mármol blanco de Luni, estarían realizados, al menos, en mármol cipollino (Eubea), en sus variantes gris y verde (∅ 63/65 cm); la fachada monumental de acceso, a su vez, se resolvería con grandes fustes rosados en mármol portasanta (Chíos), de en torno a 72 cm de diámetro. Sin embargo, de ese abundante número de elementos arquitectónicos originales han sido muy pocos los recuperados, ya sea a partir de las excavaciones realizadas en la década de los ochenta del siglo pasado o, más aún, abandonados en el área, objeto de rebuscas en diferentes momentos. En cualquier caso, el expolio intenso ha sido generalizado en el edificio, que hoy tan sólo puede ser reconocido al nivel de sus cimientos. En cualquier caso, de las escasas piezas documentadas, hoy localizadas en el entorno directo del Traianeum y sin contextos arqueológicos claros de hallazgo1, un elevado número de fragmentos presenta diferentes recursos técnicos (Fig. 3). Han sido identificados, al menos, en fustes de mármol portasanta 2 y cipollino verde. Uno de los aspectos relevantes que podrá ser confirmado a través del ensayo en curso es, precisamente, el número mínimo de individuos, dado que se logrará ubicar los diferentes fragmentos en sus posiciones concretas en la geometría completa de los fustes. Los diferentes rasgos técnicos, a pesar de las ligeras variantes, pueden simplificarse en tres categorías principales que, a su vez, pueden aparecer combinadas entre sí: De ellas resta el canal del barreno o sierra cilíndrica 3 (Voigts 2012: 151), que no trépano, para su inclusión con, ocasionalmente, restos de metal (hierro) 4. Las barras, a diferencia de otros ejemplos estudiados (Amici 2015: 66-67), en ningún caso parecen ubicarse en el eje axial vertical de los fustes, sino que son oblicuas y excéntricas. En muchos casos se documenta el final de la espigas alojado en el interior de las piezas; por tanto, no las atravesaban de lado a lado. A su vez, fueron incluidas de forma perpendicular a las vetas del material y no a favor de ellas (Fig. 4), lo que parece descartar su identificación como recursos para la reutilización de material constructivo en bruto en época reciente. -Grapas o tirantes metálicos en forma de "pi" de longitud diferencial, alojadas en mortajas realizadas en la piedra a tal efecto. -Cavidades de diferentes formas pero con contornos lobulados 5 y fondo generalmente desbastado a base 2 Un significativo ejemplo de fuste en el mismo material, reforzado al interior con espigas metálicas verticales procede del orden del pórtico de la palestra oriental de las termas de Trajano en Roma (Amici 2015: 67). 3 Evidencias formalmente muy semejantes han sido identificadas por C. Voigts (e. p.) en diferentes materiales arquitectónicos de la Domus Augustana (piezas de entablamento) y la Domus Flavia del Palatino (capitel corintio), aunque de nuevo, en esta ocasión, para favorecer una adecuada tracción entre elementos independientes. No deja de ser significativo que la datación de dichos recursos se sitúe a comienzos de la segunda centuria lo que parece confirmar una pericia técnica consolidada. 4 En numerosas ocasiones se ha documentado la cobertura de las grapas y pernos de hierro con una capa de plomo, recurso que las protegía de la oxidación, evitando así que los propios tirantes, al degradarse, generaran dañinas presiones internas. 5 Que, desde el punto de vista técnico y formal, podría corresponder a los emblemata del tipo C.2 de Ismaelli (2013: 278), D, en caso de reforzarse las uniones con elementos metálicos. No obstante, este autor, para su coherente clasificación parte, en prácticamente todos los casos, de su carácter de reparaciones de daños efectivos, por lo que se distanciaría, en cierto sentido, de la interpretación de los casos italicenses, preventivos. En cualquier caso, o, incluso, en época reciente 7. Ello quizá se haya debido a la perfección técnica en la ejecución de estos recursos, especialmente de las cavidades cilíndricas. Para ello se empleó, como ya se ha indicado y constan ejemplos metropolitanos (Voigts 2012), una potente barrena circular que cortaba el mármol por presión mecánica, dejando incluso, en el fondo de algunas de estas perforaciones la huella del anillo cortante. Casi como única excepción a las anteriores interpretaciones cabe citar una serie de ejemplares procedente de Ostia, con rasgos muy similares (Baccini Leotardi 1979;1989; Pensabene 1995), casos que parecen poder ampliarse en número con el creciente interés de los investigadores por estos aspectos técnicos. Así, T. Ismaelli ha identificado evidencias en ciudades de Asia Menor como Klaros (2013: 276), Éfeso y Nysa (2013: 277), sobre bloques reforzados en la propia obra, una vez que los trabajadores tomaron conciencia del peligro de roturas potenciales. También en cantera se documentan fustes con intentos de refuerzo por medio de grapas/tirantes metálicos, si bien, a pesar de ello, finalizaron por ser allí abandonados (Wurch-Kozelj 1988: 55; Ismaelli 2013: 277). Del análisis pormenorizado de las piezas se ha llegado a la conclusión de que estos rasgos no solamente son coetáneos a su momento de utilización sino, más aún, que se realizaron a fin de reforzarlas, con fines preventivos, con anterioridad a la colocación en el 7 Como hace también notar C. M. Amici para el caso de Villa Adriana (Amici 2011: 223, fig. 3). de puntos de pico a fin de generar superficie de anathyrosis; finos pernos metálicos internos podían, asimismo, reforzar las uniones 6. Aunque pueden aparecer aisladas, con frecuencia su función será la de ocultar, en la superficie vista de los fustes, la inclusión de espigas y grapas (Fig. 6). Estas prácticas han sido documentadas y estudiadas en otros edificios italicenses como el teatro (Rodríguez 2001) y su área superior (Rodríguez 2015: 366-368), lo que parece constatar su relativa difusión en la ciudad. Lamentablemente, a pesar de su interés, se trata de recursos que, de forma general, apenas han llamado la atención de los investigadores de la arquitectura romana en otros puntos del Imperio. Ello se debe a que, de forma un tanto simplista, han tendido a leerse como fruto de dinámicas de reempleo y reutilización de espacios y materiales de época tardoantigua en adelante y no, por tanto, coetáneos al uso original de las piezas. En el mejor de los casos, se han interpretado como reparaciones y/o restauraciones de piezas dañadas ya sea de antiguo en dicha variante incluye los conocidos ejemplos ostienses que citamos más adelante, identificándola como una solución itálica, incluso metropolitana, con cierto predicamento en los territorios occidentales del Imperio (Ismaelli 2013: 286) y sin apenas repercusión en Oriente, área objeto de su detallado estudio. 6 Junto a recursos de anathyrosis y pernos se ha documentado (Ismaelli 2013: 278), además, el uso de sustancias adherentes para reforzar las uniones de piezas: cera de abeja, argamasas, arcillas, caseínas. De ello, lamentablemente, no se han encontrado evidencias en los ejemplos italicenses, pero cabe suponerlo en el caso de parches sin recursos de fijación lo suficientemente eficaces. edificio. Éste se trata, sin duda, de un fenómeno bien conocido en la arquitectura antigua para garantizar la cohesión de las estructuras construidas articuladas (Amici 2011: 227), aunque no deja de ser excepcional en casos como el que nos ocupa, al interior de elementos monolíticos sin función de ensamblaje entre piezas independientes. No obstante, parece tratarse de soluciones de elevada sofisticación técnica que no alteraban la percepción visual de la integridad del material. Visto todo lo anterior y dado que nada llevaba a pensar, a partir de la actual observación de los fragmentos conservados, en roturas efectivas, se hacía preciso tratar de entender la trascendencia estructural de estos recursos en el contexto de las piezas completas, tanto en lo referido a la naturaleza del material pétreo como a la función estática desempeñada por los fustes. lA metodologíA de tRABAjo Partíamos de la experiencia previa de la restitución y modelado de los numerosos fragmentos de columnas conservados de la scaneae frons del teatro de Itálica con objeto de diseñar su anastylosis (Pinto, Guerrero y Angulo 2011). En esa ocasión se planteó la necesidad de obtener un conocimiento de las características métricas de los fragmentos con objeto de verificar, una vez modelados digitalmente, las hipótesis existentes sobre sus tamaños y composición sobre el conjunto murario del teatro. La exactitud en la modelización digital garantizó la obtención de medidas ciertas de diámetros, curvatura de éntasis y encaje de las roturas, sin necesidad de mover una gran cantidad de masas de piedra de su actual localización, con unos recursos técnicos y económicos discretos. Una vez establecida como punto de partida esta primera experiencia, la metodología seguida supone una evolución del método empleado en aquel trabajo mediante la incorporación de nuevas técnicas de análisis digital basadas en herramientas de programación visual y diseño paramétrico. Éstas introducen una importante innovación respecto a los procesos que en aquel momento se emplearon para el reconocimiento geométrico y formal, a partir de la restitución tridimensional de los diferentes fragmentos conservados, correspondientes, en este caso, a fustes de los citados materiales y módulos. Así, el avance propuesto para el trabajo que ahora presentamos es el de incorporar, por un lado, la parametrización de la geometría de los modelos digitales de los fragmentos, es decir, la incorporación de un serie de variables numéricas susceptibles de ser relacionadas entre sí y con otros valores externos cuya manipulación permite su control geométrico; y, por otro, la introducción de la programación visual como herramienta capaz de controlar dichos parámetros y aprovechar las ventajas de la computación para la realización, en tiempos insignificantes, de múltiples cálculos y procesos8, destinados a facilitar el análisis geométrico y material de los fustes. Por otro lado, se ha mejorado el procedimiento RefueRzo de fustes de columna en la aRquitectuRa monumental de ItalIca (pRov. BaetIca) 8 de obtención de cualidades liminares, fundamentales para relacionar las piezas y valorar la utilidad de los refuerzos aplicados en épocas antiguas. Las piezas han sido descritas e inventariadas, así como fotografiadas desde todos los ángulos posibles a través de imágenes digitales capturadas de forma convencional y con tecnología UAV. A partir de dichas imágenes, a través de la aplicación de la fotogrametría digital, se han generado modelos 3D texturizados de cada uno de los fragmentos (Fig. 7). Mediante la aplicación de las nuevas técnicas incorporadas se han realizado los análisis métricos precisos de las piezas conservadas, así como su cotejo con los principios de proporciones convencionales Fig. 7. Ejemplo de generación del modelo tridimensional de algunas de las piezas a partir de la nube de puntos inicial. 9 integración de los fragmentos en ella, a fin de contextualizar en los elementos arquitectónicos completos los recursos técnicos identificados y poder llevar así a cabo su interpretación (Fig. 8). para los órdenes en arquitectura romana, obteniendo como resultado la estructura geométrica de referencia de los fustes. Una vez conocida ésta se ha procedido, a través de los cálculos geométricos pertinentes, a la Fig. 8. Ensayo de contextualización de fragmento con recursos técnicos en la geometría ideal de un fuste monolítico del módulo correspondiente. BaetIca) captura métrica mediante fotogrametría digital de las piezas La irregularidad en las roturas que presentan muchas de las piezas ha hecho necesario recurrir a las últimas técnicas desarrolladas en el ámbito del levantamiento arquitectónico. A partir de éstas, hemos podido producir modelos tridimensionales de geometría precisa y portadores de atributos visuales suficientes (color, textura, marcas, etc.) como para permitir un adecuado análisis de la configuración geométrica y material de las mismas. El proceso se ha basado en los siguientes hitos (Fig. 7): -Captura de nubes de puntos mediante fotogrametría digital. A partir de tomas fotográficas de conjunto9 y detalle, y de algunos datos métricos obtenidos de forma tradicional (no era necesario recurrir a la topografía para georreferenciar los modelos), se generaron nubes densas de puntos mediante el software PhotoScan (© Agisoft). -Tratamiento de nubes en el software Meshlab para su limpieza y conversión en mallas de triángulos optimizadas. -Importación de mallas en Photoscan para la generación de texturas y la exportación de los modelos tridimensionales definitivos. Ichnographia de las piezas arquitectónicas Con objeto de avanzar en el conocimiento de las características geométricas y formales de las marcas y roturas de las piezas se procedió al tratamiento de los modelos generados en la captura. Para ello se trabajó en un software de modelado digital en 3D, en concreto Rhinoceros (© Robert McNeel & Associates), construyendo sobre los modelos lo que viene a denominarse su ichnographia (Jiménez 1994: 29-71): generatrices, directrices, ejes de simetría, ejes de taladros, posición de cavidades, etc. (Pinto, Guerrero y Angulo 2011). Estos trazados geométricos realizados sobre los modelos 3D solventaban la dificultad de su obtención directa sobre las piezas, pero mantenían algunas de las problemáticas comunes en el estudio geométrico tradicional. En ambos casos no era posible la sistematización ágil y eficaz de un proceso que, como 11 Como punto de partida se han tomado las medidas propuestas para el pórtico del Traianeum (Montero en León 1988: 58) de 5,30 m para la longitud del fuste, para un diámetro de 0,66 m medido en el tercio inferior (el más cercano al imoscapo), que responde a la propuesta de Vitruvio de entre 7,9 y 8 veces el diámetro. Estas proporciones serán a su vez modificadas para reajustarse a la realidad de los fragmentos conservados, hasta obtener un resultado óptimo. Estos mismos resultados se han podido verificar, en principio tan sólo de forma experimental, a través de impresiones 3D de las piezas merced a los recursos disponibles en el FabLab de la ETSA de la Universidad de Sevilla, pudiendo así obtener una maqueta a escala (Fig. 10). En el conjunto templo-pórtico la combinación de diferentes marmora coloreados parece haber sido un recurso estético y simbólico de gran impacto. De este modo, las variedades foráneas elegidas para algunas de las series de fustes eran de gran singularidad cromática así como muy valoradas en el mundo romano, aunque El proceso de análisis arquitectónico de cada pieza continúa con la comparación de cada fragmento con un modelo de fuste teórico, basado en los módulos y tipos definidos por la tratadística vitruviana (Jiménez 1989: 312). Este modelo teórico sirve así de soporte o base en el que ir verificando la posición de cada fragmento en función de las peculiaridades de sus atributos de figura, tamaño y orientación, es decir, por la presencia de imoscapo, sumoscapo, directrices rectas o curvadas de éntasis, que es posible medir con exactitud gracias al levantamiento realizado con los procedimientos antes expuestos. Una vez ajustados a este modelo teórico se verifican los atributos de color, textura y figura de las superficies que se han modelizado por medio de los recursos tecnológicos anteriores, es decir, coloración, veteados. Posteriormente se verifica el ajuste de las roturas y se procede a su encaje, comprobando así la pertenencia a una misma unidad o individuo, y la comprensión del funcionamiento conjunto con el objetivo de evaluar el alcance y trascendencia de los recursos técnicos, principal cometido de la investigación. BaetIca) 12 resultados obtenidos de la restitución de las piezas en el curso de esta investigación lleva a pensar que los refuerzos se ejecutaran teniendo muy en cuenta las funciones estructurales y los valores tectónicos de los elementos, y esto sólo cabe esperarlo dentro de la propia dinámica de obra. En esa línea, diferentes estudios recientes (Amici 2011(Amici, 2015) ) insisten en el óptimo conocimiento que de la aplicación de elementos metálicos 11 se llegó a tener en la arquitectura romana imperial, especialmente a partir de época de Augusto, para garantizar la cohesión de las construcciones modulares en piedra o también en opus caementicium. Estos recursos no habría necesariamente que contemplarlos exclusivamente como soluciones provocadas por imprevistos de obra, sino que en buena medida formarían ya parte de la planificación de la misma fruto de un largo recorrido en investigación aplicada 11 Entre sus principales propiedades (Amici 2011: 221) se encuentran la capacidad para resistir los empujes, aligerar las cargas y limitar el efecto de eventuales presiones diferenciales, así como garantizar, de forma general, la estabilidad de sistemas constructivos articulados y complejos. su naturaleza estructural, con componentes de diferente dureza y compactación, podrían responder de forma diferencial a las presiones y empujes, una vez colocados en el edificio. Todo parece indicar que se habrían llevado a cabo complejas y costosas acciones de refuerzo de los elementos, a modo de "cosidos" internos, por medio de espigas, grapas y cuidados parches marmóreos lobulados para disimular las anteriores. No es posible precisar aún si estas acciones se llevaron a cabo ya en cantera, con anterioridad al transporte, o ya a pie de obra o en un taller asociado a ella. En ese sentido, el hecho de tratarse de recursos semejantes en materiales diferentes no resulta un dato dirimente, en la medida en la que las técnicas de cantería y ejecución de elementos se encontraban enormemente estandarizadas tanto en el espacio como en el tiempo. De hecho estas prácticas parecen poder enmarcarse en un momento de especial demanda de piedras ornamentales, en paralelo con un mayor perfeccionamiento de la pericia técnica tanto en cantera como en talleres de destino. No obstante, los Fig. 10. Producción de maqueta a escala de la propuesta de restitución por medio de impresora 3D (FabLab ETSA). cuenta que en diferentes zonas del Imperio ha podido constatarse la adopción de estrategias específicas antisísmicas en arquitectura (Ismaelli 2013: 270), tanto tras sus deterioros efectivos como con carácter preventivo. En cualquier caso y como conclusión principal, a la espera de nuevos datos, puede afirmarse con rotundidad que se trata de soluciones técnicas asociadas a medidas preventivas de refuerzo y nunca de reparaciones posteriores de elementos fragmentados o deteriorados. Sólo de forma por el momento preliminar cabe proponer su realización asociada, con mayor probabilidad, a la obra de construcción mejor que a la cantera de origen, a partir de un real y efectivo conocimiento por parte de sus responsables de las problemáticas estructurales a las que las piezas estarían sometidas en su destino final. y en los éxitos de una experiencia práctica que, en buena medida, superaría a los planteamientos teóricos. Ello toma aún más sentido valorando la efectista y "teatral", si cabe, arquitectura romana, en la que la complejidad estructural, como pueda ser el caso de esta vulnerabilidad contenida al interior de las piezas, no sólo no afecte a su aspecto exterior sino que, además, trate de ser disimulada cuidadosamente cuando lo compromete. En el estado actual de la investigación, todavía en curso, son muchas aún las cuestiones que deben ser resueltas, sea o no con el auxilio de las nuevas aplicaciones tecnológicas aquí presentadas. Por un lado, en cuanto al proceso metodológico, es preciso mantener en el ámbito de debate la necesidad de plantear un ajuste entre los recursos tecnológicos utilizados en el estudio y las necesidades planteadas con objeto de evitar el predomino de los medios sobre los fines. En este sentido, la evaluación crítica de los medios es siempre beneficiosa. Por otro, en cuanto a los fines del estudio, es importante llegar a entender en qué medida pudo ser más rentable recurrir a los complejos recursos técnicos investigados para la época romana, con una elevada inversión en operarios cualificados, instrumental y materiales (e.g. metal transformado) que desechar las piezas. Cabría igualmente preguntarse cuándo se habría tomado conciencia de la debilidad de las mismas, y si habrían sido comercializadas y enviadas a la obra como material intacto de primera calidad. De no ser así, quizá sería de esperar la existencia de circuitos encargados de comercializar productos de menor calidad o subproductos, aunque, en el caso que nos ocupa, un gran edificio público de carácter religioso y connotaciones incluso político-ideológicas, no deja de ser un tanto sorprendente. La relativa abundancia de estos recursos en diferentes edificios italicenses, hace preguntarse por posibles problemáticas específicas de carácter estructural que pudieran afectarles; en ese sentido y, a pesar de tratarse de un argumento muy controvertido en la historia de la ciudad y cada vez más cuestionado, cabe recordar el eventual efecto nocivo que pudieron ejercer las arcillas (desde el punto de vista geológico Fm margas azules) subyacentes, calificadas tradicionalmente de "expansivas". Al respecto, no deja de ser atractivo tener en
Este artículo nació con un deseo, y es hablar de arquitectura de la antigua ciudad de Teotihuacan (México), sin que se omita la labor de los gremios de albañiles que la hicieron posible y cuyas actividades no han figurado dentro d e l as p reocupaciones a cadémicas d e l os e specialistas d e e sta m etrópoli p recolombina. Por ello, en el marco de las exploraciones arqueológicas realizadas dentro del barrio teotihuacano de La Ventilla y particularmente del hallazgo de enigmáticos patrones de fosas sobre sus suelos, es que realizamos ejercicios de arqueología experimental con el fin d e aproximarnos a a lgunas operaciones, t écnicas y s oluciones ingenieriles que cotidianamente realizaban estos albañiles como parte de su subsistencia básica. Un intento por dimensionar la relevancia técnica e importancia social de estos gremios en el universo de la arquitectura antigua. La ciudad se planificó con base en la intersección de dos grandes calzadas (Calzada de los Muertos y Avenida Este-Oeste) formando cuatro grandes cuadrantes, en cuyo punto cero se localiza el conjunto conocido como Templo de la Serpiente Emplumada, lo que ha dado lugar a la hipótesis de que este templo en su momento, representó la unidad religiosa de la ciudad. Otros edificios emblemáticos de Teotihuacan son La Pirámide del Sol, La Pirámide de la Luna y el Conjunto Plaza Oeste, entre otros (Cabrera 2000: 58). Con estos ejes de planeación inicial, la ciudad se dividió en cuatro grandes sectores, y dentro de estos se ha postulado la existencia de barrios de distintas clases y jerarquías. En este sentido, La Ventilla, descubierta en 1992-1994, se ha convertido en uno de los ejemplos más representativos de un barrio teotihuacano y uno de los más extensamente excavados (con 23,697 m 2 ) en virtud de que presenta un complejo urbano integrado por tres conjuntos arquitectónicos, que estando interrelacionados espacial y temporalmente difieren en sus características arquitectónicas, calidad constructiva, motivos pictóricos y distribución de espacios (Gómez 1995 y Cabrera 2000) (Fig. 1). Desde el año 2008 y hasta el año 2013 tuve la oportunidad, o mejor dicho el privilegio de realizar una serie de investigaciones arqueológicas en el barrio teotihuacano de La Ventilla, ubicado en el sector suroccidental del centro cívico de la ciudad prehispánica de Teotihuacan, México. Durante estos años bajo la coordinación del profesor Rubén Cabrera Castro tuvimos un objetivo en mente; identificar y analizar evidencias materiales que nos ayudaran a entender el sistema urbano del barrio de La Ventilla mediante la exploración de sus calles y algunos segmentos interiores de los conjuntos arquitectónicos. Para contextualizar estas exploraciones, debemos mencionar que la ciudad arqueológica de Teotihuacan fue una de la metrópolis del Altiplano Central de Mesoamérica más influyentes y poderosas de la época clásica (100-650 d. C.), con una población estimada entre los 150 a 200 mil habitantes distribuidos en más de 2.000 conjuntos arquitectónicos, que a su vez ocuparon en una extensión de más de 20 kilómetros cuadrados (Millon 1973). pudieron tener los grupos de fosas localizadas sobre los suelos de algunos espacios arquitectónicos cubiertos o abiertos dentro del barrio teotihuacano de La Ventilla? Pero, antes de intentar responder a este cuestionamiento, debemos mencionar que los estudios sobre sistemas constructivos en Teotihuacan han sido escasos y antiguos, ya que si bien se cuenta con la importante publicación de Carlos Margain sobre el Templo de Quetzalpapalotl en Teotihuacan, ésta data del año de 1966 (Margain 1966), lo mismo podemos decir de la publicación de Noel Morelos que analiza los sistemas constructivos del llamado Conjunto Plaza Oeste, publicada en 1985 (Morelos 1985). Esta situación contrasta con el interés que este tema ha suscitado en Europa, particularmente en España, Italia y Francia, donde las técnicas constructivas y sus implicaciones sociales, han sido objeto de diferentes estudios e interpretaciones, lo que ha quedado patente por ejemplo en la obra de Jean-Pierre Adam (2002) considerada hoy en día como un clásico del estudio de los sistemas constructivos de edificios romanos, así como las obras de carácter tecnológico y social de Mannoti (1997), Brogiolo (1996) y Cagnana (2000), que han contribuido a reformular los estudios de la arquitectura romana y los marcos teóricos que las sustentan. Asimismo, destaca la realización de nuevos estudios sobre las técnicas constructivas de época medieval y postmedieval de Kipel (1977), Mannoti (1994), Fiorandi (1996) y Cassanelli (1995), que muestran la importancia de este tipo de análisis en las investigaciones más recientes sobre la arquitectura medieval. Hasta aquí una advertencia se hace necesaria y es que cuando mencionamos la existencia de los barrios de la antigua ciudad, no profundizamos en su concepto y materialidad (véase Millon 1966, Gómez 1995, Manzanilla 1996, Cabrera 2000y Delgado 2015), ya que esta revisión requiere de mayor espacio de análisis del que disponemos en este artículo. Lo que sí queremos hacer es invitar al lector a dirigir su mirada en algunos de los detalles constructivos del barrio que por años han sido obviados o ignorados en la literatura arqueológica teotihuacana, nos referimos a un enigmático patrón de fosas presentes en algunos suelos, plazas y patios de este barrio. Patrón de fosas en el barrio arqueológico de La Ventilla Hoy en día en cualquier recorrido que se haga por el interior de los diferentes conjuntos arquitectónicos de La Ventilla, se hace patente, la enorme capacidad económica, política y social de los residentes del barrio para realizar diversas y variadadas remodelaciones constructivas en cortos periodos de tiempo. De este despliegue constructivo destaca la existencia de algunos grupos de fosas sobre los suelos, que en algunos casos forman patrones en líneas paralelas, diagonales o perpendiculares y que arqueológicamente han sido registradas (cuando esto ha ocurrido) como "huellas de poste", afirmación que desde nuestro punto de vista no ha hecho sino evitar su estudio más profundo y sistemático, convirtiendo a este supuesto en una antonomasia. Con este antecedente nos propusimos realizar un registro de estas fosas en todos los conjuntos arquitectónicos del barrio, para posteriormente, seleccionar algunos grupos de éstas y excavarlas arqueológicamente en pos de localizar cualquier indicio material que nos ayude a establecer conclusiones sobre su posible uso o significado (Fig. 2). El resultado de este registro dio como resultado la existencia de 225 fosas cuyos diámetros oscilaron de los 15 a los 35 cm, resistiendo en todo momento a la tentación de asignarles alguna cronología por simple asociación con su espacio arquitectónico, ya que sabíamos de antemano que muchas de éstas corresponden a diferentes épocas constructivas del desarrollo del barrio. Con tales antecedentes definimos la siguiente pregunta de investigación: ¿Qué función o significado en cambio, sugería que estas fosas probablemente hubieran contenido pequeños recipientes de barro con algún líquido o semillas para la celebración de algún ritual dentro del conjunto 3. Con esto en mente procedimos a explorar el total de las fosas, encontrando que mantenían una profundidad que oscilaba de los 30 a los 40 cm, datos que contradicen la hipótesis de la destrucción de antiguos glifos propuesta por Gómez, ya que de haber sido así, los antiguos teotihuacanos solo hubieran destruido el suelo o si acaso el estuco superficial para borrar "los glifos", sin necesidad de excavar más profundo. Por otra parte y respecto a la hipótesis de las vasijas de barro debemos decir que no encontramos restos de material cerámico alguno, ni la impronta de alguna vasija en los perfiles interiores de las fosas. En cambio, en tres de estas fosas excavadas localizamos huellas de probables calzas o estacas en los perfiles interiores, tomando una muestra de tierra para su análisis paleobotánico. Los resultados de dicho análisis revelaron la existencia de astillas probablemente de Pinus sylvestris (Alvarado 2012) por lo que, postulamos la existencia de una cimbra de madera empotrada sobre el suelo para soportar una losa de concreto (Fig. 4). Para argumentar a favor de esta hipótesis fue necesario observar el entorno del conjunto teotihuacano, 3 Cabrera, comunicación personal, noviembre del 2012. Continuando con la descripción de las fosas de La Ventilla y en aras de cumplir satisfactoriamente con este objetivo, seleccionamos las fosas que formaban grupos dentro de un conjunto arquitectónico cubierto y dos sin cubierta. Con este criterio determinamos tres grupos de fosas a saber: Conjuntos de fosas localizadas dentro un espacio cubierto (Aposento Norte y Templos Rojos del Conjunto de los Glifos), -Grupo 2. Conjuntos de fosas localizadas en espacios sin cubierta dentro del conjunto arquitectónico (Altar Central de Conjunto Templo de Barrio) y -Grupo 3. Conjuntos de fosas ubicadas en espacios sin techo fuera del conjunto arquitectónico (Fachada Principal del Conjunto Templo de Barrio). Posteriormente definimos los siguientes objetivos de excavación: 1) determinar el nivel de profundidad de las fosas; 2) definir la forma de sus bordes interiores y 3) localizar cualquier indicio material de su posible función y/o uso. Fosas en espacio cubierto En el primer caso exploramos un conjunto de 22 fosas dispuestas en 4 líneas paralelas sobre el suelo del Aposento y pórtico de los Templos Rojos (Fig. 3), llegando a una profundidad de 30 o 40 cm. La excavación del interior de las fosas tuvo como criterio la diferencia de textura y compactación de la tierra al interior de la misma. En este sentido la estratigrafía registrada se comportó de la misma forma en todas los casos, iniciando con el suelo de concreto teotihuacano de 6 cm de espesor, hecho de cal, arena, agua y aglutinantes vegetales, y por debajo de este, una capa de tepetate compacto de color café que funcionaba como firme de nivelación del mismo2. Paralelamente, documentamos que en el año 2000 el arqueólogo Sergio Gómez sugirió que estas fosas fueron producto de la destrucción de antiguos glifos pintados sobre el suelo (Gómez y King 2000: 28) tomando como referencia la existencia de 42 glifos pintados sobre un suelo contiguo al aposento estudiado. Otra hipótesis lógico suponer que este sistema constructivo seguramente fue perfeccionándose a lo largo del tiempo, pero al parecer siempre resultó insuficiente para aquellas azoteas amplias y pesadas. En este sentido, debemos mencionar que, durante las exploraciones del Patio de los Chalchihuites en La Ventilla, se localizaron pequeñas líneas de horadaciones sobre el suelo que probablemente fueron provocadas por el intenso goteo desde la azotea y que llegaron a exponer el hormigón constitutivo del suelo. No obstante, un indicio quizá más importante en este sentido, lo tenemos en las llamadas "bajadas de agua" que eran canaletas de concreto adosadas sobre la pared exterior de los muros perimetrales del conjunto desde el techo y hasta el suelo, construidas para canalizar el agua de lluvia acumulada en las azoteas. Aquí llama la atención que en algunos casos los teotihuacanos construyeron hasta dos bajadas de agua juntas; una de forma muy sólida aparentemente planificada con la construcción del edificio y otra "emergente" sin decoración y acabado de superficie, lo cual denota la ineficacia de la primera y la necesidad de corregir el desagüe con la segunda, desvelando la preocupación manifiesta de los residentes por mantener seca la azotea el mayor tiempo posible (Fig. 5). Con lo expuesto hasta aquí postulamos que algunas azoteas teotihuacanas deterioradas fueron constantemente renovadas, lo que implicaba una operación de demolición sistemática, sin que ello incluyera necesariamente la destrucción de los muros perimetrales del aposento, tal y como se aprecia en el siguiente dibujo reconstructivo (Fig. 6). particularmente aquellos elementos arquitectónicos relacionados con las azoteas del barrio. Aquí debemos señalar que desde la década de los años sesenta Mosser (1968: 365), había advertido que el régimen pluvial de la época Teotihuacan debió ser intenso, lo cual es posible verificarlo a través de la enorme red de drenajes pluviales subyacentes en el barrio, en las llamadas bajadas de agua que descargan las aguas desde la cubierta hasta el suelo y en los profundos cauces fósiles del otrora poderoso río de San Juan, todo lo cual es indicio de la enorme cantidad de agua manejada cotidianamente por los teotihuacanos, pero sobre todo con la capacidad de carga de agua en las azoteas, particularmente en aquellas que cubrían muchos metros cuadrados, como es el caso de nuestro aposento estudiado. Sobre el particular y atendiendo a Margain (1966: 164-165) y Morelos (1985), sabemos que la típica losa de concreto teotihuacano se integró de una mezcla de tezontle 4 molido, cal, barro cementante, arena, agua y algún aglutinante (posiblemente baba de nopal 5 ), formando un mortero que se vertía sobre un entramado o tejido de palmas, descansando sobre una serie de morrillos y vigas transversales empotrados sobre los muros perimetrales del aposento. En este sentido resulta 4 El tezontle es una roca roja de origen volcánico (ígnea) que se ubica en las laderas de los cerros, volcanes y depresiones. Se produce a partir de piedra pómez, arena y magma. Su aspecto es deteriorado y esponjoso y algunas veces se convierte en una piedra dura. Se emplea en la construcción de casas o diques, y en la industria minera por ser rico en minerales como calcio y zinc (Real Academia, 2015). 5 Planta cactácea de tallos muy carnosos formados por una serie de paletas ovales con espinas que representan las hojas, flores grandes con muchos pétalos y fruto (higo o tuna) en baya de corteza verde amarillento y pulpa comestible, de sabor dulce y color anaranjado o verdoso. Figura 5.-Muestra una bajada de agua planificada con la construcción (primer plano) y una segunda (señalada en círculo rojo) construida de forma emergente. Foto Jaime Delgado Rubio. No obstante, la demolición del techo no debió ser un acto puramente destructivo, sino potencialmente selectivo, en la medida en que todos los materiales, aun los mayormente pulverizados fueron reutilizados en los rellenos constructivos de obras mayores, por ejemplo en los aplanados en donde se han encontrado restos de estucos triturados de edificios anteriores (Fig. 7), lo cual hace factible suponer que los morrillos, viguetas y demás materiales constitutivos del techo, también fueran reutilizados en la misma obra o en otras diferentes. Continuando con la descripción de este evento, debemos mencionar que una vez demolido el techo, los albañiles teotihuacanos procedieron a perforar el suelo abriendo las fosas a distancias regulares y equidistantes teniendo un cálculo mental o más aun un conocimiento geométrico sobre la colocación y funcionalidad de una cimbra de madera que deberá estudiarse con base en los estudios sobre unidad de medida en Teotihuacan, que hoy en día sigue siendo un tema abierto a discusión (Fig. 8). Y es que técnicamente, la cimbra para la techumbre es una operación constructiva que involucra una serie de conocimientos especializados sobre cargas, juntas, viguetas, Figura 6.-Proceso de demolición de losa y separación de materiales para su posterior reutilización. Dibujo reconstructivo de Víctor Germán Álvarez Arellano. Figura 7.-Muestra fragmentos de estucos de edificios demolidos formando parte de los aplanados. Muro perimetral del Templo de Barrio de La Ventilla. Foto Jaime Delgado Rubio. crucetas, cuñas, etc., por lo cual, la apertura de las fosas debió realizarse bajo una operación de cálculo especifico con distancias, profundidades y diámetros regulares acordes con la cimbra de madera y sus capacidades de carga. Figura 8.-Proceso de apertura de fosas en suelo para colocar los postes de cimbra. Dibujo reconstructivo de Víctor Germán Álvarez Arellano 7 En este momento es donde pensamos que los albañiles colocaron los postes de la cimbra, siendo necesario en algunos casos fijarlos con pequeñas estacas o cuñas del mismo material, para proporcionarles mayor estabilidad estructural, lo que explicaría el hallazgo del patrón de fosas del que hemos dado noticia (Fig. 9). Teniendo en mente el objetivo de corregir las goteras del techo era necesario poner especial atención a las nuevas pendientes, niveles y capacidades de drenado de la cubierta, tal y como se señala en la siguiente cita: los problemas más comunes en las cimbras se localizan en el punto de encuentro entre las vigas de carga y el encofrado, pues si esta transición no está normalizada y los tablones apoyados sobre horquillas no son solidarios con el husillo que las soporta, puede provocar inestabilidad y fracturas (Botero 2006: 7). Finalmente y habiendo terminado el nuevo techo, los albañiles procederían a retirar la cimbra y construir un nuevo nivel de suelo, operación que dejaría sepulto el patrón de fosas referido, tal y como se aprecia en el siguiente corte estratigráfico (fig. 10), lo cual explicaría la aparente discordancia de tener un patrón de fosas abiertas dentro de espacios habitacionales cubiertos. Aquí es preciso recordar que el barrio teotihuacano de La Ventilla tuvo una secuencia ocupacional de más de seis siglos de duración, por lo que tenemos registro de más de cuatro etapas constructivas subyacentes en las cuales seguramente también se requirieron andamios, cimbras o postes como parte de sus procesos constructivos. Habiendo dicho esto queremos invitar al lector a mirar una huella de poste sellada por un suelo (marcada con un círculo en la fig. 10) por debajo del nivel de suelo motivo de esta presentación, lo cual no hace sino corroborar nuestra hipótesis de la existencia de estas y otras huellas en todas las etapas constructivas subyacentes de La Ventilla. Fosas en espacios rituales Un caso diferente fueron las fosas localizadas alrededor del Altar de la Plaza Central del Templo de Barrio, un edificio de carácter ritual ubicado al centro de la Gran Plaza Central del Templo de Barrio, es decir en un lugar sin cubierta. Respecto al Altar debemos mencionar que durante su exploración en 1992-1994 se localizó su basamento cuadrangular, con un acceso hacia el poniente y una altura estimada entre los 2 y 2.50 metros, inferencia que se apoya no solo en las dimensiones de su base, sino también por la analogía con otro altar bien conservado y de las mismas dimensiones localizado en un espacio contiguo (Altar Sur). Aquí se observa un grupo de 19 pequeñas fosas alternadas formando una línea que rodea los cuatro lados del altar (Figura 11). El tamaño de las fosas es Figura 10.-Corte estratigráfico que muestra la manera en la que el nuevo suelo cubría las fosas de cimbra. Foto cortesía de Rubén Cabrera Castro. bastante regular y oscila entre 7 y 9 cm de diámetro en promedio, presentando sellos de concreto que indica que fueron restauradas por los propios albañiles teotihuacanos luego de terminar sus operaciones y maniobras. Debido a su pequeño tamaño fue imposible excavarlas, por lo cual decidimos retirar los sellos y colocar postes de madera en cada uno de los orificios, con el objeto de determinar la forma que adquiría esta estructura a escala humana (Fig. 12). En este ejercicio de arqueología experimental, observamos que la estructura de madera se alineaba de forma paralela al edificio. No obstante, destaca el hecho de que en los cuatro vértices del cuadrángulo, los teotihuacanos abrieron una fosa más en dirección diagonal separándose de la línea, con lo cual lograron generar otra línea de postes, suficientemente amplia para colocar plataformas de trabajo entre ambas (Fig. 13). Por estas razones postulamos la existencia de un pequeño andamio, es decir una estructura de madera empotrada sobre el suelo lo suficientemente estable para realizar maniobras de trabajo relacionadas con la remodelación, pintura, mantenimiento y colocación de almenas del Altar Central, ¿pero cómo demostrarlo? Nuevamente, para apoyar estas inferencias observamos que en el entorno inmediato todos los edificios que rodean la plaza presentan la superposición de hasta 9 andamio estabilidad estructural, lo que hacía innecesario el uso de estacas a nivel de suelo (Fig. 15). Así, pudimos demostrar que técnicamente el andamio de madera permitiría el trabajo de carga y descarga, reparaciones y colocación de ornamentos arquitectónicos al edificio tal y como se aprecia en el dibujo hipotético reconstructivo (fig. 15). Por otra parte debemos señalar que a diferencia de las fosas de cimbra del primer grupo, estas se sellaron una vez terminadas las operaciones, lo cual nos indica que estas fosas sí son contemporáneas a la plaza. Fosas en espacios abiertos Con este mismo experimento, pero con notables diferencias en escala y grado, fueron las estructuras de madera fosas correspondientes, para obtener una visual a escala humana de las estructuras de madera. El resultando fue revelador, ya que los postes formaban tres módulos separados entre sí, tal y como se aprecia en el siguiente dibujo reconstructivo (Fig. 17). Durante esta operación observamos que las fosas no solo se encontraban en el suelo, sino también sobre los pórticos, lo que nos lleva a pensar que el andamio se apoyó en ambas áreas. También debemos mencionar que localizamos pequeñas fosas, que a la luz de la colocación del andamio de madera, pudieron servir para anclar pequeñas escalinatas de ascenso y descenso. Finalmente debemos mencionar que en este caso volvimos a encontrar huellas de estacas de apuntalamiento sobre las fosas, lo que nos indica que la práctica de "apuntalar" era una operación mayormente, aunque no únicamente, empleada en los casos de estructuras de madera de gran tamaño. Luego entonces, con estas operaciones, es viable imaginar a los lapidarios, pintores, albañiles, arquitectos y canteros, trabajando en la remodelación, restauración o mantenimiento de la fachada principal del Gran Templo del Barrio 9. 9 Finalmente debemos mencionar que, durante la exploración de una de estas fosas, se localizó una pequeña ofrenda consistente en una concha (valva), quizá como una manera de consagrar el trabajo de alguno de los gremios de constructores participantes. En este sentido queremos señalar que en una excavación profunda localizada en al noreste del Patio de los Glifos se localizaron algunos ejemplares de pulidores de estuco con el enmangue tallado con diferentes formas, (tipo muela, pato y otras figuras apenas distinguibles) desvelando la intensión quizá de personalizar las herramientas de trabajo y luego de terminado este, sepultarlas como ofrenda constructiva o consagratoria de su gremio. que colocamos en las fosas del suelo localizadas frente a la Gran Plataforma de Acceso al Templo de Barrio, edificio que en su momento fungió como el símbolo del estatus social de sus residentes. El Templo de Barrio es una fachada monumental, con más de 55 m de largo y una altura estimada de 3,5 m de suelo a techo, presenta una escalinata central de 11 m de longitud flanqueada por sendos taludes y tableros, cuyas molduras representaron un desafío de estabilidad y manutención debido a que alcanzaron longitudes de 22 m. Aquí, el hallazgo de tres fragmentos de almenas de barro al pie de la fachada y una serie de estucos superpuestos, califican su alta jerarquía (Fig. 16). En este sentido recientes estudios postulan que estas almenas u ornamentos arquitectónicos transmiten información específica sobre la riqueza, el estatus o la identidad de los residentes del barrio (Smith y Paz Bautista 2015: 3). Otra hipótesis en cambio, sugiere que este tipo de ornamentos califican específicamente a los Templos de Barrio, es decir a los principales espacios comunitarios de religión y culto de estas unidades económicas y sociales8. En este contexto se localizaron una serie de pequeñas fosas de 10 cm de diámetro adyacentes a la gran fachada. La única distinción técnica respecto al caso del Altar, anteriormente descrito, fue que estas fosas no formaban líneas continuas, sino grupos de fosas alternadas. Por ello nuevamente decidimos repetir el experimento de colocar los postes de madera dentro de las Figura 16. Aspecto de la fachada de la Gran Plataforma de Acceso al Templo de Barrio. Fotografía cortesía de Rubén Cabrera Castro. Por más de 600 años el barrio teotihuacano de La Ventilla experimentó una intensa actividad constructiva que en términos generales tendió a ampliar los espacios de habitación, reparación y mantenimiento de los edificios y restitución de cubiertas, en una intensa y variada remodelación de las cuales las fosas son testimonios materiales de las distintas soluciones de madera realizadas para este efecto. No obstante, este tema no termina con las fosas en suelo ya que hoy en día en el barrio teotihuacano de La Ventilla existe una gran cantidad de fosas de diferentes tamaños y formas localizadas al interior de muros, patios, tableros y jambas, sin que a la fecha tengamos una idea siquiera aproximada de su posible función. Sin embargo, los casos documentados aquí, desvelan el enorme potencial que tienen estos elementos como objeto de estudio y análisis, ya que no se trata solo de fosas en suelo, si no de operaciones cognitivas tendientes a resolver problemas específicos con los recursos disponibles por parte del gremio de albañiles, quienes, por una condición de clase, probablemente desaparecían del escenario luego de concluida la obra. Por ello, ante las escasas publicaciones sobre estos gremios en la literatura arqueológica en México, en contraste con el gran énfasis que se le pone a estos temas en otras latitudes del mundo, es pertinente abrir la discusión de estos temas empezando por generar preguntas: ¿Qué tanto sabemos del gremio de albañiles, canteros, pintores de las ciudades mesoamericanas? ¿En muchos casos serían los mismos? ¿La transformación de las técnicas constructivas era el reflejo de los cambios en las estructuras sociales de una sociedad progresivamente más compleja? ¿Los albañiles eran un grupo itinerante que se desplazaban de una construcción a otra transmitiendo sus conocimientos técnicos de forma individual o parental? ¿El proceso de especialización y revolución urbana generó barrios especializados en albañilería en Teotihuacan? ¿Los albañiles teotihuacanos de etapas iniciales de la ciudad eran originarios de otras regiones como la Zapoteca o Purépecha, es decir minorías étnicas que llegaron a la ciudad? 10Por ello frente a más preguntas que respuestas, sostenemos que una manera de iniciar una teoría y método sobre los sistemas constructivos en Teotihuacan,
Con este artículo pretendemos contribuir a la conciliación entre los estudios de Historia del Arte y de Arqueología de la Arquitectura, disciplinas que frecuentemente se han visto enfrentadas debido, fundamentalmente, a desavenencias entre sus métodos de trabajo. Para ello, presentamos y estudiamos un caso concreto, el de los estudios arqueológicos y artísticos llevados a cabo por Francisco M.a Tubino en el Alcázar de Sevilla durante 1885. Estos trabajos fueron los primeros en realizarse en el conjunto monumental con un método de investigación analítico y sistemático, constituyendo un punto de inflexión e n l a historiografía artístico-arqueológica d el siglo XIX. Consideramos que son fiel reflejo de una época en la cual los perfiles de historiador del arte y de arqueólogo no estaban tan definidos como en la actualidad, y que bien pueden ilustrarnos acerca de las ventajas que trae consigo la vinculación y coordinación entre los métodos arqueológicos y los histórico-artísticos. estratigráficas a la construcción (Brogiolo 2002: 19); preferimos ampliar la concepción de esta disciplina, recordando a Mannoni cuando define la AA no como una ciencia completamente autónoma sino como una "tradición de estudios sobre arquitectura, basado no tanto en los estilos y cánones estéticos o en fuentes escritas e iconográficas de la arquitectura, cuanto en sus caracteres constructivos y en las transformaciones de los edificios" (cit. por Azkarate 2002: 13). Es en esta tradición de estudios y en su concepción epistemológica en la que estimamos oportuno emplazar a Francisco M.a Tubino, considerándolo por ello un precursor de la AA. FRANCISCO M.a TUBINO Y LA ARQUEOLOGÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XIX Francisco M.a Tubino y Oliva (San Roque, Cádiz, 1834 -Sevilla, 1888) fue un destacado arqueólogo, historiador y crítico de arte español de prolífica actividad. Comenzó su andadura profesional como periodista, siendo además literato, político, antropólogo y académico. Recuérdese que a finales del siglo XIX, los perfiles profesionales no estaban tan bien definidos como lo están ahora, donde la especialización es una constante en todas las ramas del saber. Hasta mediados del siglo XX, en España era habitual encontrar individuos tan polifacéticos como nuestro protagonista. Aún teniendo muchas ocupaciones y todas de gran importancia, durante la mayor parte de su vida se mostró especialmente interesado por los estudios artísticos, así como por la incipiente ciencia arqueológica. Tubino fue un hombre de su época y al igual que ocurría con otros investigadores coetáneos, en él confluyeron los perfiles de arqueólogo de gabinete, al abrigo del estudio de las bellas artes, y el de campo, formado con especialistas procedentes de las ciencias naturales, de raigambre mucho más experimental. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la Arqueología y la Historia del Arte -o de las Bellas El incremento de las investigaciones en Arqueología de la Arquitectura (AA), ha generado un creciente interés por los estudios teóricos y epistemológicos acerca de esta disciplina. Buena parte de los mismos han sido abordados en confrontación con la estrecha vinculación existente entre la Historia del Arte (HA) y la AA, y las relaciones que en el ámbito profesional y académico se han ido entretejiendo en torno a estas, comprendiendo tanto sus divergencias como sus puntos en común (Pierotti y Quirós 2000; Azkarate 2002; Carrero 2008; Arce 2009; Boto y Martínez 2010; Caballero 2012; Moreno 2014). La abundante bibliografía disponible y la calidad de las aportaciones que ya se han presentado sobre este particular, nos animan a no retomar las controversias que actualmente existen entre los historiadores del arte y los arqueólogos de la arquitectura. Controversias que son fundamentalmente de carácter metodológico, pero que en nuestra opinión ya han sido correctamente argumentadas. Contando con ello, estimamos que el debate generado entre HA y AA debe seguir avivándose, no tanto desde una óptica teórica, que también es fundamental, sino mediante el estudio de casos concretos. Consideramos necesario acrecentar la conciliación entre ambas disciplinas, posicionándonos a favor de las ventajas que en el ámbito académico y patrimonial proporcionaría vincular los estudios y métodos de la AA con los de la HA. Por esta razón, deseamos contribuir a esta iniciativa presentando un caso que bien puede servir para recordarnos la importancia de las investigaciones interdisciplinares, en las cuales, la ciencia arqueológica se complemente con los métodos y aportaciones de la HA, y viceversa. Este fue el caso de las investigaciones llevadas a cabo por Francisco M.a Tubino en el Alcázar de Sevilla, en las que supo combinar las técnicas arqueológicas más vanguardistas de su época con los tradicionales estudios histórico-artísticos. Estos trabajos resultan idóneos para conocer y comprender un periodo historiográfico en el que apenas existía diferencia entre las investigaciones arqueológicas y las de las bellas artes. Tampoco existe una clara definición en Tubino, pero el método de trabajo que empleó en sus estudios arqueológicos y artísticos del Alcázar de Sevilla, comparte similitudes con las actuales técnicas de la AA. No queremos caer en el reduccionismo y considerar la AA una mera trasposición de las técnicas 3 2002: 48), fue un pilar importantísimo para la formación en Prehistoria de Tubino. Ambos compartieron su afán investigador y su interés por los orígenes del hombre, circunstancia que motivó que se convirtieran en compañeros de viaje en numerosas visitas y estancias en el extranjero. Juntos, recorrieron y visitaron los centros de investigación y las excavaciones prehistóricas más vanguardistas, aprehendiendo sus métodos con el fin de llevarlos a la práctica en el panorama español. De hecho, asistieron y participaron en el Congreso Internacional de Prehistoria de Inglaterra en 1868 y al de Copenhague en 1869. También estuvieron en Suiza, Francia, Italia, Bélgica y Portugal. Gracias al contacto con otros expertos, Vilanova y Tubino introdujeron y difundieron los métodos arqueológicos más avanzados que por entonces se desarrollaban en Europa, convirtiéndose en los principales difusores de la ciencia prehistórica en España desde finales de los años 60 del siglo XIX. Pero mientras que Vilanova tuvo un papel mucho más preponderante que Tubino en tareas de investigación prehistórica, las de este último fueron escasas, siendo su investigación más señalada la del descubrimiento-reconocimiento del dolmen de la Pastora en Valencina de la Concepción (Belén 1991: 10-15). Esta fue la principal aportación del autor a la historiografía de la arqueología prehistórica, sin menoscabo de la gran labor divulgativa que llevó a cabo (Ayarzagüena 1994: 42; Belén 2002: 43 y 44). Esta circunstancia no impidió que pudiera aplicar los métodos de estudio de la Prehistoria a otras investigaciones. Pero estas no se dirigieron hacia el trabajo de campo arqueológico que se entendía por entonces y hasta hace no pocos años, es decir, las tareas de excavación, sino que los métodos desarrollados por la Prehistoria, posteriormente asimilados por la Arqueología, los aplicó al estudio de la arquitectura histórica. Este planteamiento, que Tubino comparte con la AA, lo diferenció de la tradición de investigaciones sobre arquitectura histórica llevadas a cabo en España. En conclusión, Francisco M.a Tubino, después de haberse formado en la práctica de las técnicas empleadas por los investigadores en Prehistoria -fundamentalmente trabajos de campo inspirados en la Geología y en la anatomía comparada-, aplicó esos conocimientos a su afición por los estudios arqueológicos y artísticos, dando lugar a una serie de investigaciones que por sus objetivos, enfoque y método, podrían considerarse como precedentes para la AA. Artes-, convivieron formando parte de una misma materia de estudio. Las diferencias sustanciales que existen actualmente entre ambas no eran apreciadas entonces. Recordemos que tradicionalmente se ha considerado que Arqueología e Historia del Arte comparten un origen común en los estudios de Winckelmann (1717Winckelmann ( -1768)). Desde mediados del siglo XIX, e incluso durante las primeras décadas del XX, y especialmente en España, la Arqueología fue considerada una ciencia que estudiaba las obras de arte y de la industria desde la óptica de su antigüedad (Peiró y Pasamar 1991: 146), precisando de grandes transformaciones hasta llegar a ser autónoma, en la década de 1920(Díaz-Andreu 1995: 156). A este fructífero periodo de transición contribuyeron especialmente la adopción y puesta en práctica de métodos de investigación tomados de la Prehistoria (Bianchi Bandinelli 1982: 23), ciencia que durante la primera mitad del siglo XIX había permanecido en un discreto segundo plano. Igualmente sucedió con la Antropología, a la que era asimilada y con la que tuvo un desarrollo parejo. Estos nuevos estudios prehistóricos se fundamentaban en ciencias naturales como la Geología y la Paleontología (Ayarzagüena 1994: 401); de hecho, fueron naturalistas europeos de varios países los que contribuyeron a establecer la base instrumental definitiva para la Arqueología (Díaz-Andreu, Mora y Cortadella 2009: 27). Con la aplicación de estos nuevos métodos, los trabajos de campo pudieron perfeccionarse gracias a la introducción de las técnicas estratigráficas, hasta convertirse en herramienta principal para el arqueólogo, y en consecuencia, la Arqueología inició un camino divergente al que hasta entonces había seguido el estudio de las Bellas Artes (Díaz-Andreu 1995: 156). Pero años antes de que la Arqueología española hubiera asumido los métodos de trabajo desarrollados y empleados en Prehistoria, algunos visionarios como Francisco M.a Tubino, ya habían considerado su importancia; sabedor de su falta de conocimiento en la misma, decidió formarse convenientemente en sus técnicas y planteamientos. Para ello, asistió a las clases de Juan Vilanova y Piera en el Ateneo Científico y Literario de Madrid. Vilanova, sin duda el principal promotor de los estudios prehistóricos en España (Belén elucubraciones por parte de los antiguos cronistas de la ciudad, salvo honrosas excepciones protagonizadas por los primeros "críticos de arte" del siglo XIX (Amador de los Ríos 1874a y 1874b). No debemos olvidar el testimonio de Rodrigo Caro, quien apuntó sobre el Alcázar en el siglo XVII que "el Palacio de los Reyes Moros fue en este mismo sitio, porque alguna parte de su edificio lo muestra así" (Caro 1634: fol. 56). Se refería al Patio de Crucero y a su jardín subterráneo y probablemente, siguiendo sus descripciones, a las que se aludirán más adelante, al Patio del Yeso. Esta noticia fue determinante para Tubino, quien confiaba en que la residencia real de época musulmana aún se conservara camuflada entre los muros del Palacio de Pedro I. Dominado por una febril actividad investigadora, movió los resortes adecuados para poder explorar el conjunto arquitectónico del Alcázar. Gozando de buena posición social en la ciudad, en la cual se había instalado definitivamente en 1884 (Revuelta 1989: 68), respetado y admirado por sus contemporáneos, no debió resultarle difícil contar con los permisos que le permitiesen adentrarse libremente en su interior. Con el beneplácito de las autoridades competentes, Francisco M.a Tubino procedió a explorar las construcciones del Alcázar y sus alrededores durante los primeros meses del año 1885. Previo estudio topográfico, −del cual no se han conservado planos, dibujos o cuadernos de campo−, basado en "el reconocimiento geológico que hace algunos años practicamos, en union de muy experimentado naturalista" (Tubino 1886: 209), pudo inducir que parte del terreno ocupado por el conjunto monumental del Alcázar perteneció a la zona que en época protohistórica ocupó el "akrópolis hispalense" (Tubino 1886: 205-220). Este estudio topográfico se vio reforzado por la consulta de testimonios literarios, y por el conocimiento que tenía acerca de los hallazgos materiales casuales registrados a lo largo del tiempo en esta área urbana3. Esta hipótesis sobre el "akrópolis hispalense" condujo a Tubino a formular su tesis de partida: que el Alcázar primigenio de época musulmana, dado su instrumento de estudio de los procesos constructivos en la historia de la arquitectura (Carrero 2008: 18). De esta forma, no sólo continuó con la tradición de estudios estilístico-comparativos de sus contemporáneos, sino que fue más allá al comprender que para conocer la realidad diacrónica de la historia constructiva del Alcázar, era necesario estudiar los elementos constructivos que lo conforman desde su caracterización tipológica. De este análisis esperaba poder encontrar indicios que le guiaran hacia el descubrimiento de los restos palaciegos anteriores al reinado de Pedro I, como así ocurrió. Durante este proceso llamaron su atención varios elementos constructivos que no casaban dentro del entorno circundante. En primer lugar, "en la banda oriental de dicho pátio [de Banderas] algunos arcos antiguos". Estos arcos, en principio podrían ser relacionados con los del callejón de la Judería, pero no coinciden con la localización que les da Tubino en su plano (Fig. 1). También pudiera ser que se refiriera a la primitiva puerta del Alcázar, localizada y estudiada por Miguel Ángel Tabales (2002b), pero tampoco coincide su ubicación en el plano con la real. De modo que, teniendo en cuenta las sucesivas reformas que a lo largo del siglo XX han modificado la fisonomía del lienzo oriental de murallas del Alcázar (Tabales 2002a: 104-105), la identificación de estos arcos se hace muy difícil. Continúa enumerando: "(...) otro [arco] muy bien trazado (...) al final del Callejón del Agua" que en este caso no puede más que tratarse del arco de la Puerta del Agua, al pie de la Torre del Agua del Alcázar, de cronología almohade (Tabales 2002a: 202). Cita además como elementos sugerentes "el subterráneo dicho Baños de la Padilla, el muro ciclópeo que separa los pátios de la Montería y de Banderas", es decir, el lienzo paramental occidental de la primitiva alcazaba, el "recinto I" del Alcázar (Tabales, 2006); "y sobre todo, el Salon llamado de Justicia" (Tubino 1886: 239). Estos indicios materiales le dieron pie a formular la teoría de que las construcciones que estaba buscando, el Cuarto del Yeso y el del Caracol, "debían estar más o menos alteradas, si ya era que no habían sido destruidas por completo, en la región media del área palatina, hácia el Patio de Banderas y el Apeadero" (Tubino 1886: 238). Centrando sus exploraciones en esta área, ingresó en un espacio del Alcázar destinado a almacén de maderas y tejas, del cual señala que estaba situado junto a la casa no 6 acco de dicho patio. Gracias a un plano de Joaquín Fernández de 1872, perteneciente al Archivo privilegiado emplazamiento, siempre estuvo dentro de los límites del "akrópolis", o como él mismo formuló: "que aquí [en el actual emplazamiento del Alcázar], puede colocarse, sin violencia, la habitación normal de Abdalasiz, y de todos sus sucesores" (Tubino 1886: 280). Rehuía por tanto de la teoría argüida por Pedro de Madrazo, quien sostenía que el emplazamiento del Real Alcázar en su actual localización databa de época abbadí (Madrazo 1884: 461)4. Por tanto, estas primeras investigaciones le llevaron a considerar que el Palacio de Pedro I no fue la primera construcción regia erigida en aquella localización. Tan sólo le restaba encontrar restos del Alcázar, anteriores al reinado de Pedro I. Guiado por las fuentes literarias, comenzó la búsqueda de los desaparecidos Patio del Yeso y Palacio del Caracol, sobre cuya existencia se pensaba que nada había sobrevivido a los avatares del tiempo. Se citaban en las crónicas de Pedro I y de Alfonso XI pero nada se sabía acerca de su cronología. A pesar de ello, Tubino perseveró en su certera opinión de que aún se conservaban restos de estas construcciones. Y para hallarlos, sólo era necesario comenzar una búsqueda metódica por el conjunto edilicio. Para alcanzar este objetivo, no pensó en recurrir a excavaciones arqueológicas, cuya técnica, aún muy rudimentaria, debía conocer; recordemos su amplia experiencia en los estudios sobre Prehistoria. Prefirió poner en práctica un método de investigación basado en la observación directa de las construcciones del Alcázar. Este consistía en el estudio de la morfología de los muros, las distintas tipologías presentes en los paramentos y las relaciones espaciales entre los distintos ámbitos. Esta concepción del estudio de la arquitectura, comparte, a grandes rasgos, la misma base epistemológica de la AA: "partiendo de la lectura muraria de un edificio histórico, se propone el estudio de sus procesos constructivos identificando individualmente los cambios de fábrica en cada uno de los paramentos que la componen" (Carrero 2008: 6). Tubino no llegó a aplicar el análisis estratigráfico en los paramentos, técnica que no se sistematizó exhaustivamente hasta finales de los años ochenta del siglo XX. Pero anteriormente a esta fecha, y como se evidencia en los estudios de Tubino, la lectura de muros ya había sido empleada con anterioridad como General de Palacio, comprobamos que dicha casa está actualmente rotulada con una A, frente a la no 6 del Patio de Banderas (Fig. 2). En una segunda habitación de este recinto, próximo al cercano almacén, pudo contemplar "entre los hierros de una ventana alta, un muro antiguo, grandemente mutilado, y en él pedazos de extraña ornamentación mahometana" (Tubino 1886: 239-240). Probablemente se asomara por una de las ventanas altas de lienzo oriental del Patio del Yeso, que comunica con el local accesorio desde donde menciona haber entrado. Fue en ese momento cuando Tubino redescubrió, aún sin ser consciente de ello, los maltrechos restos del Patio del Yeso. De este recinto se había perdido toda referencia espacial, pues aún no había sido descubierto ni estudiado el fragmentado plano del Alcázar, ejecutado, muy posiblemente, por Vermondo Resta hacia 1608 (García Martín 1979 y Marín 1990 respectivamente), en el que se localizan el "patio del quarto de los yessos" y el "quarto de los yessos" 5 (Fig. 3). Exceptuando este 5 Archivo General de Simancas. Mapas, planos y dibujos, 38, 134 plano, no se conserva otro que haya documentado este ámbito hasta que lo redescubriera Tubino. Sin restar valor a este hallazgo, el historiador José Gestoso advirtió poco después, en 1889, que él ya había visto el muro de "arabescos" perteneciente al frente meridional del Patio del Yeso en 1875, en una de sus numerosas visitas al estudio del pintor Manuel Ussel de Guimbarda. Los restos del patio habían formado parte de su taller, al menos, durante el año 1875. No obstante, este historiador le atribuyó el mérito a Tubino por haber sabido identificar estos restos correctamente (Gestoso 1889b: 305). Este muro que apenas pudo vislumbrar, era uno de los frentes de un patinillo interior de la casa no 2 del Apeadero, tal y como se aprecia en el plano de 1872. A esta se accedía a través del corredor que comunica el Apeadero con el Patio de la Montería (Fig. 2). Esta vivienda era habitaba por aquel entonces por el marqués de Villasegura, Imeldo Serís, que en esas fechas ocupaba el cargo de jefe de la casa de Dña. Es posible que esta casa hubiera mantenido hasta 1885, año de las investigaciones, la misma estructura que aparece en el plano de 1872, tal y como interpretamos en el escueto plano que trazó Tubino, localizando sus descubrimientos en el Alcázar (Fig. 1). En el plano de 1872, después de compararlo con el plano de Vermondo Resta (Fig. 3), y con el de Van der Borcht (Fig. 4), puede apreciarse cómo el Patio del Yeso fue profundamente modificado a lo largo de la Edad Moderna, habiéndose tabicado y compartimentado su espacio y mutilado la mayor parte de su estructura y decoración. La lectura estratigráfica de su lado meridional, el que contempló Tubino, revela las múltiples modificaciones a las que fue sometido este ámbito (Tabales 2002a: 40-56). En cambio, los espacios pertenecientes al "quarto del yesso", en el ala septentrional, conservaron en esencia su disposición espacial primigenia (Almagro 2015: 18) 6. Tubino confrontó sus descubrimientos con testimonios de antiguos cronistas de la ciudad, especialmente con el de Rodrigo Caro. Este estudioso del siglo XVII ya había advertido la antigüedad de la estancia que llama "cuarto del Maestre", que localiza "luego como se entra [desde el Apeadero], á la mano derecha" (Caro 1634, fol. 56). También había llamado la atención sobre 6 Las modificaciones llevadas a cabo en el Patio y Cuarto del Yeso durante la Edad Moderna fueron documentadas por José Gestoso (Gestoso 1889b: 327-334) y analizadas por Ana Marín (Marín 1990). Igualmente, las transformaciones de esta área pueden apreciarse con claridad en los planos de Van der Borcht (1759) y el de Joaquín Fernández (1872). Detalle del plano en el que se aprecia en la zona superior derecha la entrada a la casa no 2 del Apeadero; dentro de sus límites, marcados con línea discontinua, aparece incluido el Patio del Yeso, junto a la Sala de la Justicia, apreciándose su espacio muy compartimentado. La flecha negra señala la ubicación de la ventana por donde Tubino vio el frente meridional del Patio del Yeso. Fig. 3: Vermondo Resta (atribuido a), Plano de los Alcázares de Sevilla para lo que toma el audiencia, (s.f.) (hacia 1608), Archivo General de Simancas, Mapas, planos y dibujos, 38-134. Este plano es el testimonio documental más antiguo que nos ilustra acerca de la planta y disposición del Patio y Cuarto del Yeso. Su comparación con la figura no 1 y las no 3, permite comprobar cómo ha sido este un espacio muy transformado a lo largo de los siglos, hasta su redescubrimiento en 1885 por Tubino. el origen musulmán de "algunos caracteres arábigos que se descubren en los yesos" (Caro 1634: fol. 56). Con el apoyo de estas antiguas observaciones, Tubino supo identificar aquel maltrecho muro con el olvidado Patio del Yeso. De su fachada meridional, realizó un fidedigno dibujo, especialmente minucioso al mostrar bien diferenciando lo conservado de lo cubierto o mutilado (Fig. 5). Aunque es bien conocida la importancia que tuvo en su época el descubrimiento del Patio del Yeso por Francisco M.a Tubino en 1885, debemos valorarlo como un punto de inflexión en la historiografía sobre el Alcázar. Supuso el conocimiento fehaciente de la existencia de restos de construcciones musulmanas en el mismo, existencia anteriormente insinuada pero nunca debidamente argumentada. Pero no contento con este importante hallazgo, Tubino prosiguió sus investigaciones en el Patio del Crucero, entonces llamado de Doña María de Padilla. En este recinto practicó un estudio morfotipológico de los paramentos de sus galerías subterráneas, interpretadas entonces como baños7. Estas exploraciones, le llevaron a confirmar su hipótesis previa: que el Palacio Fig. 4: Sebastián van der Borcht, Plano de los Reales Alcázares de Sevilla con sus jardines y sus posadas accesorias (hacia 1759), Archivo General de Palacio, plano no 4581. En este fragmento del conocido plano de Sebastián van der Borcht, observamos cuán profundamente se ha modificado el Patio y Cuarto del Yeso, apareciendo su espacio compartimentado y dividido entre dos ámbitos diferentes del Alcázar: la 1K que se corresponde con la posada del Escribano, y la 1C que se trata de la posada del Médico. Fig. 5: Francisco M.a Tubino, "Fachada interior en el Palacio del Yeso", en Estudios sobre el arte en España. Minucioso dibujo del alzado del frente meridional del Patio del Yeso. El interés de Tubino por el análisis formal de los arcos que conforman el maltrecho pórtico, queda bien demostrado en su afán por distinguir las zonas que aún se conservaban y presentar una hipótesis de reconstrucción de las formas para las zonas mutiladas. 9 reconquista, para apropiar la construcción arábiga, á las necesidades de la vida cristiana" (Tubino 1886: 259). Es decir, que defendió el origen islámico de la construcción del Cuarto del Caracol, considerando la fábrica gótica una reconstrucción del Alcázar islámico 10. De estas investigaciones arqueológicas que llevó a cabo Francisco M.a Tubino en el Alcázar de Sevilla, consideramos las más relevantes el redescubrimiento del Patio del Yeso y la identificación del Cuarto del Caracol. No debemos pasar por alto la adscripción del Patio de Crucero al periodo islámico del conjunto palaciego. Y además planteó otras interesantes hipótesis acerca de los avatares constructivos del conjunto monumental. Estas teorías que también recogió en su libro Estudios sobre el Arte en España (Tubino 1886), si bien son de índole secundaria y han sido refutadas por investigaciones recientes, constituyen buena muestra de la exhaustividad del trabajo que puso en práctica. Presentamos una de ellas, referente al posible origen islámico del Palacio de Pedro I. Tubino estimaba que este conjunto "no se sacó de cimientos, ni se derribó, el que ántes existía, limitándose los alarifes, á modificar, adaptar y embellecer lo anterior" (Tubino 1886: 280). En otras palabras, consideró que el rey no dispuso edificar un palacio ex novo, sino que se limitó a ordenar la restauración de construcciones anteriores de origen islámico. Las razones aducidas para sostener esta opinión, se fundamentaban, principalmente, en la presencia de elementos constructivos de cronología anterior a la conquista cristiana, por ejemplo en el salón de Embajadores: "se señalan capiteles, anteriores al siglo XIV. ¿Se adaptaron cuando la restauración, ó estaban donde los vemos desde época precedente?" 10 Esta hipótesis fue corroborada por el profesor Rafael Manzano apoyándose en su aspecto externo, que presenta similitudes con obras como el Alcázar de Córdoba o la Mezquita aljama de Sevilla (Manzano 1995: 99). Pero las investigaciones más recientes no dan la razón a Tubino, puesto que para edificar el Palacio Gótico, previamente se derribó gran parte del edificio almohade anterior (Tabales 2010: 271-282). Este desacierto no ha de ser óbice para valorar el mérito de Tubino al identificar acertadamente el Cuarto del Caracol, pues su estructura, planta y disposición fueron muy modificados durante las obras posteriores al terremoto de 1755 (Almagro 2007: 156). 11 Esta hipótesis ha sido rechazada actualmente, y se ha demostrado que la construcción del palacio de Pedro I fue una operación radical, en la que no se reutilizó ninguna estructura previa (Tabales 2010: 290-293), pero su propuesta demuestra el interés de Tubino por plantear las secuencias constructivas del Alcázar. Al respecto, cabe recordar que la presencia de elementos constructivos de fecha anterior a la construcción del palacio de Pedro I, sigue siendo para algunos investigadores un indicio que sugiere la posibilidad de que se reaprovecharan estructuras almohades previas al actual recinto cristiano (Cómez 2007: 333-334 y Cómez 2013: 124-135), tal y como sostenía Tubino. de Pedro I estuvo precedido en el tiempo por otras construcciones en el Alcázar, y que precisamente uno de los ámbitos más antiguos era el Patio de Crucero. Esta conclusión estaba reforzada, una vez más, por el testimonio de Rodrigo Caro. Caro ya había descrito a la perfección el citado patio antes de su remodelación dieciochesca; opinaba además que ese espacio era, junto al Cuarto del Maestre "del Antiguo Alcázar de los Moros" (Caro 1634: fol. 56) Lejos de perpetuar la tradición romántica que avivaba la leyenda de los amores de Pedro I con María de Padilla, y sus encuentros en el evocador ambiente que les proporcionaba el escenario de los míticos "baños", Tubino rescató del olvido la correcta identificación de estos subterráneos con los restos del jardín inferior del Patio de Crucero musulmán8, ya adelantada por Rodrigo Caro. Reconoció además que esta antigua construcción islámica había mantenido su estructura esencial, aún con severas transformaciones durante la Edad Media, hasta las remodelaciones llevadas a cabo por Van der Borcht después del terremoto de Lisboa (Tubino 1886: 247-248 y 254) 9. Anteriormente hemos señalado que otro de los intereses de Tubino fue la localización del Cuarto del Caracol, también denominado Palacio Gótico. Siguiendo con la exploración de los subterráneos del Alcázar adyacentes a los llamados Baños de Doña M.a de Padilla, justo bajo el Palacio Gótico, descubrió "altas bóvedas, con aristones robustos y arcos apuntados, que se apean en columnas de jaspe, con la mitad del fuste enterrado, y capiteles propios de la transición entre el estilo románico y ojival". Estos indicios le llevaron a concluir, acertadamente, que sobre estas estructuras se encontraba el Cuarto del Caracol. Para corroborar esta idea y justificar la denominación de aquel espacio, buscó concienzudamente y descubrió en él cuatro escaleras de caracol que comunicaban con la planta alta (Tubino 1886: 259-260). Esta acertada interpretación supuso el redescubrimiento del Cuarto del Caracol, estancia ya conocida pero cuyo origen islámico y reconstrucción posterior en época cristiana se desconocía por completo. A esta identificación, Tubino añadió que "esta parte del Alcázar fue modificada, en lo preciso, después de la 10 CONSIDERACIONES ACERCA DEL MÉTODO DE INVESTIGACIÓN DE FRANCISCO M.a TUBINO Al dedicar al Alcázar de Sevilla un capítulo de su obra Estudios sobre el arte en España (Tubino 1886), Tubino pretendía dar a conocer sus descubrimientos en este conjunto monumental. Su objetivo era demostrar la existencia en el mismo de construcciones anteriores al reinado de Pedro I. Para tal fin presentó, con un discurso bien hilvanado, su teoría acerca del origen primigenio del Alcázar. El redescubrimiento del Patio del Yeso y del Cuarto del Caracol, y el reconocimiento de los orígenes del Patio de Crucero, fueron determinantes para la comprensión de la realidad material del edificio. Pero también fueron reveladoras las técnicas de investigación empleadas por Tubino para el estudio de estos restos palatinos, distintas a las empleadas hasta ese momento por los eruditos decimonónicos españoles. Gracias a la lectura de los citados Estudios... y del informe conservado en la Real Academia de la Historia, hemos podido conocer y analizar el método de trabajo que llevó a cabo durante sus investigaciones en el Alcázar de Sevilla, que comparte planteamientos epistemológicos y procedimentales con la AA. Pero además, puso en práctica otros que en la actualidad se consideran propios de la HA. En definitiva, encontramos en la labor de Tubino, un destacado ejemplo de conciliación entre la AA y la HA, sin obviar las diferencias existentes entre el estudioso decimonónico, y el actual oficio de historiador del arte y el de arqueólogo. A pesar de ello, y con las pertinentes limitaciones de su oficio, nos apoyamos en la opinión del profesor Manzano, quien afirma sobre Tubino y sus investigaciones en el Alcázar de Sevilla, que fue "el primer estudioso que exploró aquel prodigioso conjunto de edificios con verdadero afán científico y espíritu de arqueólogo" (Manzano 1999: IX). Suscribimos su juicio pues consideramos que, efectivamente, fueron las suyas las primeras investigaciones metódicas y sistemáticas que se realizaron en este lugar. De esta forma, Tubino logró superar los estudios artísticos de la tradición romántica anterior. Una tradición que adolecían de falta de rigor, fundamentalmente debido a la repetición de leyendas y tópicos no contrastados y a la inclusión de opiniones personales carentes de argumentos. Aquella aún deficiente historiografía decimonónica, se caracterizaba por la tendencia hacia la fabulación, a la par que se mostraba propicia a la recreación en los aspectos estéticos. Ese «verdadero afán científico» de Tubino que menciona Manzano, estuvo respaldado por su adscripción a dos corrientes: el positivismo, entendido como método, no como escuela filosófica, ante la cual Tubino sostuvo una postura crítica, dada su firme defensa del evolucionismo (Ayarzagüena 1994: 44); y el formalismo. Las corrientes positivistas, fundamentadas en la confianza en el método científico, comenzaron a llegar a nuestro país procedentes de Europa a lo largo del siglo XIX. Tubino se convirtió en un adelantado a su tiempo, pues las conoció en sus países de origen, trayéndolas a España. Así lo demuestra su falta de reconocimiento hacia los estudios histórico-artísticos sobre el Alcázar de otros investigadores, por no haber sido elaborados con base en una metodología experimental. La profesora María Belén recoge la opinión que Tubino tuvo respecto al método que debe guiar a ciencias como la Arqueología: "[los estudios de los grupos humanos del pasado] han entrado en el círculo de las ciencias positivas y, por tanto, se les aplica en rigor el método que en éstas predominan" (Belén 2002: 9). Así, la postura epistemológica de Tubino supuso una ruptura radical con la tradición historiográfica romántica, deudora del idealismo hegeliano, para abrirse a los nuevos procedimientos experimentales que concedían mayor importancia a las ciencias de la naturaleza. El método al cual se acogió Tubino, fue explicado claramente por su coetáneo Sales y Ferré en 1881, quien, como él, contrario al Positivismo filosófico, aclaraba lo siguiente acerca del término: «...[investigación] positiva en el sentido del método, que sin desconocer a la inteligencia la cualidad de fuente propia de conocer, exige sin embargo a todo conocimiento, para que sea científico, base experimental; que considera a la experiencia no sólo como fuente de conocer, sino como medio de comprobación universal, de tal manera que ningún conocimiento, por elevado que sea, debe ser considerado como tal si no tiene alguna raíz en el suelo de la experiencia» (Sales y Ferré 1881: 6)12. Este aserto haya su paralelo en un escrito anterior de Tubino, fechado en 1876, señalando sobre su formación: "Emprendí el estudio sistemático y teórico de la Arqueología prehistórica, acompañándolo de trabajos prácticos" (cit. por Belén 2002: 8), claro exponente de la necesidad de la experiencia en el aprendizaje de la nueva disciplina. Por otro lado, Tubino hizo uso del método formalista, de tanto arraigo entre los futuros historiadores del arte a partir de comienzos del siglo XX13, en tanto clasificaba en épocas las estructuras arquitectónicas, siempre en función de sus caracteres o apariencia formal. Esta actitud debe entenderse como contrapuesta al idealismo romántico propio de la historiografía de la primera mitad del XIX, más apegada al historicismo y a los métodos literarios. Los estudios formalistas vinculan la estética sólo con la forma, razón por la que resulta imprescindible la exhaustiva clasificación estilística, casi taxonómica, de lo existente. En efecto, así hubo de actuar Tubino, estudiando con minuciosidad los restos arquitectónicos que había redescubierto en el Alcázar, especialmente el Patio del Yeso, que supo identificar como almohade. A esta conclusión llegó tras poner en práctica completos estudios comparativos con la arquitectura del norte de África. Argumentando su adscripción del Patio del Yeso al arte almohade, señalaba: "al expresarnos así, no consultamos texto alguno, concretándonos á la observación de los caracteres artísticos que las fábricas ofrecen. A ellos nos atenemos, como Cuvier se atenía á los restos fósiles de los mamíferos antidiluvianos, para reconstruir la totalidad de la osamenta" (Tubino 1886: 257) 14. Al margen de estas corrientes europeas en las que Tubino apoyó sus investigaciones, queremos destacar la similitud entre el método de trabajo que empleó en los estudios arqueológicos y artísticos del Alcázar de Sevilla, con los planteamientos epistemológicos y las técnicas de la AA. Estos no surgieron de la nada, de hecho, podemos rastrear sus precedentes desde el comienzo mismo de la Arqueología en el siglo XVI (Quirós 2002: 28). Y en la obra de Tubino apreciamos una cercanía a los postulados que sustentan la AA, más incluso que a la actual HA. El punto de contacto más evidente entre Tubino y la AA, se encuentra en el enfoque de sus estudios sobre el Alcázar y su arquitectura. "Fíjanse los críticos [de arte] en el exterior, en lo aparente, hablan (...) de paredes embellecidas con azulejos, mocárabes y frisos (...), pero ni una sóla linea, sobre el aparejo, la construcción y la extructura, que después de todo, son en su conjunto, lo sustantivo del arte arquitectónico" (Tubino 1886: XXIII). Esta perspectiva de estudio coincide con los actuales planteamientos epistemológicos que presenta la AA. La propuesta de Tubino rompe con la historiografía artística coetánea, que se reducía a ser una historia de las Bellas Artes convertida en un género literario más, preocupada en generar textos formalmente bellos y no tanto en la adscripción de sus trabajos a un método científico (Carrero 2008: 20-21). Tubino en cambio estuvo mucho más preocupado por hacer una lectura arqueológica del edificio, y así llegar a comprender mejor su evolución histórica, "la compleja textura y densidad biográfica de la memoria petrificada" (Azkárate 2008: 59), que a día de hoy se preocupa por reivindicar la AA. De hecho, Tubino advertía con claridad de los peligros que conlleva un excesivo apego por la "historia de los estilos", y a los usos y abusos que se practicaban, y se siguen practicando, adscribiendo determinadas construcciones a un solo periodo histórico (Azkárate 2008: 63). En estas afirmaciones subyace el interés por despojar a la arquitectura de su revestimiento decorativo para conocer la realidad de su proceso constructivo. Por otro lado, y aunque Tubino no llegó a aplicar el método estratigráfico al estudio de las construcciones del Alcázar, la relación entre su método de investigación y el de la AA es constatable. Este último se basa fundamentalmente en la adaptación de determinadas técnicas de la excavación arqueológica, especialmente aquellas vinculadas a la estratigrafía, que recordemos tiene su origen en fundamentos geológicos. En línea con esto último habría que entender las investigaciones de Tubino. La aplicación de los métodos arqueológicos para el estudio de la arquitectura, supuso todo un hito en su época. Él, que apenas había excavado en España empleando las nuevas técnicas, las aplicó por encima de la "cota 0" de los edificios: "quisimos averiguar (...) merced á los restos de construcciones que se conservan todavía" (Tubino 1886: 236). Con ello buscaba interpretar la realidad constructiva de los mismos y sus avatares temporales con metodología arqueológica. El estudio morfotipológico de los paramentos del Alcázar no se había llevado a cabo hasta entonces. Sí habían prestado atención sus coetáneos, como José Amador de los Ríos, al estudio formal de los aspectos decorativos de este conjunto monumental (Amador de los Ríos 1874a y 1874b), pero no a su realidad constructiva, ni a la consideración de que esta era producto de una serie de intervenciones sucedidas a lo largo de los siglos. Este es el matiz que diferencia a Tubino de los estudiosos de la arquitectura histórica de su tiempo, y que lo convierte en un precursor de los trabajos de la AA, aún sin emplear la lectura estratigráfica. Por otro lado, Tubino quiso vincular esta nueva forma de estudiar las edificaciones con los estudios artísticos. Con esta acertada combinación, superaba la barrera interpuesta por los estudios filológicos y estilísticos. De esta forma, contribuyó a mejorar el conocimiento de la realidad constructiva del Alcázar de Sevilla, fundiendo a la perfección métodos de investigación arqueológicos y artísticos. En relación a su aplicación, Tubino asegura que "Requiérese no escasa perspicacia, y hallarse familiarizado con este linaje de estudios, para poder discernir lo propio, de lo añadido, y á veces, no hay medio de obtener esta separación" (Tubino 1886: 262). La perspectiva expuesta ilustra un cambio de paradigma en la historiografía artística decimonónica, que no alcanzaría su máximo desarrollo hasta comienzos del siglo XX con personajes como Manuel Gómez-Moreno y Leopoldo Torres Balbás. Y aunque en fechas recientes se ha demostrado la inexactitud de muchas de sus hipótesis 15, Tubino fue en España un precursor de los actuales estudios que lleva a cabo la AA sobre la arquitectura monumental, tanto epistemológica como instrumentalmente. Sus investigaciones en el Alcázar evidencian, una vez más, la conveniencia de acometer los estudios de la arquitectura histórica a partir de trabajos interdisciplinares. No en vano, se ha señalado que "hay capítulos de la investigación histórica en los que la HA y Arqueología se entrelazan y confunden" (Arce 2009: 22), como hemos podido comprobar. En línea con esta circunstancia, Luis Caballero (2012: 102) se considera heredero de una tradición de historiadores entre los cuales no se aprecian diferencias entre el historiador del arte, el arqueólogo y el arquitecto, como lo fueron Vicente Lampérez, Josep Puig i Cadafalch o el ya citado Leopoldo Torres Balbás. Teniendo en cuenta estas consideraciones respecto a la estrecha relación entre HA y AA, no queda otra opción posible más que la necesidad de coexistencia de ambas en los estudios de arquitectura histórica. Referentes de la HA ya nos han advertido de la necesidad que tiene un historiador de la arquitectura medieval en formarse debidamente en técnicas arqueológicas (Borrás 2001: 176) y más concretamente, añadiríamos nosotros, en AA. La excesiva especialización de los métodos de la HA puede limitar nuestra visión, máxime si prolongamos una investigación y una docencia continuista con la "historia de los estilos". A pesar de haber quedado obsoleta hace años, esta tendencia historiográfica aún se mantiene en las aulas universitarias, sin renovación metodológica alguna procedente de la AA, que permitiría mayor rigor en las investigaciones (Arce 2009: 24.). Y aunque el historiador del arte normalmente se ha mostrado interesado por el conocimiento diacrónico del edificio, debe aprovechar las aportaciones de la AA, comenzando a familiarizarse con las novedades metodológicas que le son propias, aplicándolas a su práctica profesional. Manifestamos nuestra gratitud hacia quienes nos han ayudado durante la elaboración de este trabajo, que ha sido realizado gracias a un contrato de formación predoctoral (Personal Investigador en Formación P.I.F.) del V Plan Propio de la Universidad de Sevilla.
La puerta meridional del recinto amurallado de la ciudad de León (siglos I-XIII). Análisis estratigráfico e interpretativo de una nueva evidencia constructiva La rehabilitación de un inmueble situado en la calle Platerías no 7 de la ciudad de León durante el año 2000 reveló la existencia de un gran muro de sillería formando parte de la obra actual. Su posición topográfica permite plantear su identificación como el frente de una de las torres de flanqueo de la porta praetoria del campamento de la legio VII gemina erigido en torno al 74 d. El paramento presenta numerosas reformas posteriores que permiten documentar su historia entre el periodo romano altoimperial y los siglos XII-XIII d. C., que trataremos de clarificar en este trabajo aplicando una metodología de lectura de paramentos y estratigrafía mural. Los restos de la puerta se han hallado en una zona de la ciudad muy compleja desde el punto de vista urbanístico, profundamente alterada durante la Antigüedad Tardía y la época medieval, que apenas conserva restos de época romana (Morillo 2012). Su apariencia actual es fruto de una compleja evolución estructural. DESCRIPCIÓN Y CARACTERIZACIÓN CONSTRUCTIVA DEL PARAMENTO CONSERVADO. Más allá de procedimientos rígidos e inmutables, las experiencias de los últimos años aconsejan analizar las estructuras murales de una forma flexible, adaptando la metodología a las diferentes casuísticas. Evidentemente, el punto de partida a día de hoy del estudio Dell'elevato debe ser el análisis estratigráfico, complementado con todos los métodos analíticos a nuestra disposición (Quirós 1994: 142; Brogiolo y Cagnana 2012). En este caso concreto, nos hallamos ante un paramento que fue descubierto en el transcurso de una obra de rehabilitación de un local comercial y, condicionado por esa circunstancia, se nos muestra en la actualidad como un frente pétreo que ocupa toda la cara norte de la habitación en que se localiza. En el transcurso de los trabajos de rehabilitación del local comercial (Tatoo) el revoco que ocultaba el paramento objeto de este estudio fue completamente picado sin dejar huella ni registro alguno de la situación previa a la reforma. La fábrica se sometió a una exhaustiva limpieza, recibiendo posteriormente un acabado uniforme con la piedra vista y un encintado moderno a base de un mortero de cemento blanco, arena y cal que oculta las juntas, lo que impide establecer las preceptivas relaciones estratigráficas, así como la delimitación completa del muro objeto de estudio. Se nos presenta en la actualidad como un lienzo cuya lectura es aparentemente sencilla pero que, a medida que nos vamos acercando, plantea multitud de interrogantes. El muro constituye el límite septentrional del espacio del local comercial en el que se encuentra, tanto de su sótano como de su planta baja3. Su orientación es este-oeste respecto al norte geográfico, siguiendo la alineación básica del recinto amurallado edificado por la Legión VII Gémina (Fig. 1). Su alzado total es de 4,8 m, mientras que su longitud visible es de 5,8 m. No ha sido posible acceder a la cara posterior del muro, ya que este sector forma parte de la cámara acorazada de un banco, habiendo sido completamente reformado hace algunos años, según la información disponible. Por este motivo, tampoco hemos podido medir su anchura, aunque a juzgar por el plano topográfico de la ciudad, debe encontrase en torno a los 0,80-1 m. La imposibilidad de conocer las interfaces debido al agresivo tratamiento del que ha sido objeto la fábrica, planteaba una disyuntiva respecto a la subdivisión en unidades estratigráficas. Siguiendo una aproximación metodológica estricta, lo apropiado sería asignar a cada sillar una UEM (unidad estratigráfica mural), debido a la ruptura de las relaciones estratigráficas entre ellos. Esta situación suele ser habitual en edificios de época romana debido a su estado de conservación (Pizzo 2009: 36). Como bien indica este investigador, en estos casos se "permite orientar la atención solamente hacia 3 profundizar hacia niveles más profundos en la lectura estratigráfica. Sin embargo conoceremos los rasgos básicos del proceso de formación del depósito, esto es la sucesión de fases constructivas a lo largo del tiempo. Asimismo, consideramos imprescindible, para apoyar el rigor científico, que los datos obtenidos sean a su vez puestos en relación con el espacio topográfico tridimensional en que se encuentran, tanto a nivel particular del propio muro como en su integración en el conjunto de los restos coetáneos conservados en la ciudad de León, dando coherencia a la evolución del paisaje urbano como el organismo vivo que es. Volviendo al análisis del paramento contemplado, de visu, sus características constructivas permiten identificar al menos tres tipos de fábrica. Las dos primeras están realizadas en sillería, y pueden distinguirse entre sí por el diferente módulo de los sillares. La tercera está representada por las intervenciones que emplean el ladrillo para suturar vanos (Fig. 2). La obra original correspondería al zócalo y las 5 hiladas inferiores, 4 de las cuales se encuentran actualmente al nivel del sótano, mientras la quinta constituye la primera de la actual planta baja del local comercial. El alzado total de esta primera fase es de unos 3 m. Dos sillares situados en los extremos de la sexta hilada podrían corresponder asimismo a esta primera fase constructiva, aunque bien pudieran encontrarse en posición secundaria, movidos respecto a su localización original (Fig. 3). Los sillares empleados en la obra original son de caliza procedente de las canteras de Boñar (León), localidad situada al norte de la provincia de León, a unos 50 km de la capital. Es piedra caliza de grano fino de color ocre-beige, con tonalidades que van del dorado al grisáceo, que no es de gran dureza y fácil de trabajar, que proporciona además un buen efecto estético. Geológicamente la piedra de Boñar es una sucesión eminentemente carbonatada que contiene intercalaciones arcillosas y arenosas. Su ámbito abarca entre la Cordillera Cantábrica y el margen septentrional de la cuenca del Duero (depósitos cenozóicos) que coinciden con la zona norte de la actual provincia de León. Su depósito se ha relacionado con el ascenso generalizado del mar durante el Cretácico Superior. El proceso de deposición (una sedimentación de tipo lagoon) ha propiciado que las partes ricas en calcarenitas se empleen en trabajos de mampostería mientras que las dolomías de la parte superior, son las que configuran propiamente la llamada "piedra de Boñar"; en efecto, se trata de micritas dolomíticas de tonos beige-ocres que, ocasionalmente, pueden presentar unas zonas o manchas irregulares grises los indicadores, reconocibles en contextos homogéneos pertenecientes a una actividad estratigráfica coherente". Brogiolo y Cagnana aplican la terminología de unidades estratigráficas posdeposicionales (UP) a estos casos en los que la alteración y degradación de la obra original ha enmascarado las relaciones estratigráficas (Brogiolo y Cagnana 2012: 40). En el caso que nos ocupa, serán entonces el análisis morfológico y metrológico del paramento, junto con la tipología y la lógica constructiva, los indicadores que nos permitan interpretar las relaciones estratigráficas, a partir de analogías o correlaciones tipológicas, constructivas o funcionales, esto es, relaciones indirectas. Definiremos así Unidades Constructivas continuas para, posteriormente, llegar a las Actividades y, finalmente, a las Fases, siguiendo las propuestas de trabajo de, entre otros, M. A. Tabales (2002). El resultado final será una secuencia diacrónica y una hipótesis razonada de la evolución histórica del edificio, aunque no podamos en este caso que suponen una merma en su calidad y uso como piedra ornamental (Gómez Fernández et alii 2003). Este tipo de material comienza a ser empleado en el campamento de León en la primera mitad del siglo I d. C., si bien su empleo se generaliza a partir de época flavia, coincidiendo con el asentamiento de la legio VII gemina. De hecho es el material empleado en las grandes puertas monumentales del recinto militar, como hemos podido constatar en el caso de la porta principalis sinistra (Morillo y García Marcos 2005), actualmente Puerta Obispo, junto a la catedral. La naturaleza de esta piedra es muy sensible a los agentes atmosféricos, especialmente al agua, que provoca una intensa oxidación y meteorización de los sillares, que en algunas zonas de dicha puerta romana llega a afectar directamente a la estabilidad de la estructura 4. Tan sólo 4 Esta misma piedra se empleó siglos después en la construcción de la catedral gótica de León y corrobora la mediocridad del material el hecho de que haya tenido que restaurarse dicho templo de manera sistemática, ya que el agua, de manera especial, descompone la mencionada piedra. en algunas zonas concretas, como el paramento exterior del lateral septentrional del cuerpo de guardia de la torre norte, la piedra está mucho mejor conservada. La explicación de este comportamiento diferencial se debe a que este sector, nada más construirse, quedó oculto y protegido por el terraplén de la muralla altoimperial, en uso al menos hasta el final de la época romana (Morillo y Garcia Marcos 2005; Morillo et alii en preparación). En el caso que nos ocupa en este trabajo, los sillares presentan una intensa meteorización, debido sin duda a su exposición a los agentes atmosféricos, así como a las filtraciones y humedades del terreno una vez amortizada y soterrada. Dicha degradación de la piedra es especialmente visible en las zonas más expuestas, como las hiladas superiores conservadas, donde casi ha desaparecido la mitad de los sillares, y en los zócalos, casi limados por completo. La presencia de grietas verticales en la obra de la puerta, muy visibles en el paramento conservado de la torre septentrional, que ya debieron afectar a la propia estructura cuando estaba en pie, debió verse propiciada por la propia degradación de la piedra a partir de las juntas entre los sillares, debido a las filtraciones. En algunos casos dichas grietas traspasan el muro casi por completo. El muro, realizado en aparejo de opus quadratum, se apoya en un zócalo de sillares que se alza entre 0,05 y 0,10 m respecto al pavimento actual del sótano, perdiéndose por debajo de éste. En el caso de la porta principalis sinistra, al este del recinto romano, donde ha sido posible vislumbrar dicho zócalo en su totalidad, el alzado completo del mismo son unos 70-80 cm de altura, realizado mediante dos hiladas superpuestas de sillares, al igual que en nuestro caso convirtiéndose en una auténtica zarpa sin ningún tratamiento decorativo particular en la transición entre la zarpa y el alzado del muro (Fig. 4). Debemos suponer que estamos ante una obra semejante tanto en tipología como en dimensiones. Un aspecto muy llamativo es que el zócalo sobresale unos 0,55 m respecto al perfil del paramento actual. Sin embargo, la cara vista del muro en esta zona se encuentra muy alterada por la humedad, habiendo desaparecido casi por completo 20 cm del paramento exterior del muro. En origen el zócalo sobresaldría unos 0,20 m respecto al perfil del paramento en la obra original, que se ha meteorizado en los sillares inferiores. Teniendo en cuenta que no es posible determinar el nivel de circulación original de la puerta romana, pero que nos encontramos en un declive natural del cerro ocupado por el antiguo campamento, es muy probable que más que un zócalo visto nos encontremos ante un basamento enterrado o semienterrado en origen (zarpa), que sobresaldría unos 20 cm de la línea de la muralla. Por encima de dicha zarpa se disponen 5 hiladas de sillares de caliza dispuestos a soga y tizón de manera aleatoria. La superficie de los mismos, se encuentra también profundamente alterada, al haber sido retallados o encontrarse intensamente meteorizados en un momento posterior a su colocación. Las dimensiones de los bloques se encuentran también completamente alteradas, al haber desaparecido casi todas sus esquinas y aristas. Aún así, varios sillares presentan una longitud de entre 0,80 y 0,90 m (aprox. La segunda hilada por encima de la zarpa se ve más afectada que las superiores, indicio tal vez de que posiblemente se encontró durante un tiempo bajo el nivel de circulación original y en contacto directo con la humedad del suelo, algo que no se verifica en la hilada más inferior y en el zócalo, cuyo drenaje debía estar previsto en la obra original y por lo tanto debía ser más efectivo (Figs. 5 y 6) La mayor parte de los sillares se coloca a soga, si bien aparecen algunos tizones de unos 0,60 m de lado. Evidentemente nos referimos a un pie romano "estándar", difícil de determinar por la degradación de los sillares. Nuestras investigaciones actualmente en curso sobre la porta principalis sinistra nos permitirán determinar si estamos ante el pes monumentalis (29, 57 cm) o bien ante el pie, algo mayor (entre 31 y 33 cm), que se aplica a partir del periodo flavio en numerosos monumentos hispanos (Morillo et alii 2017: e. p.). practicados en los sillares, especialmente en la segunda hilada, y profundas fisuras en los mismos que enmascaran la individualización de los distintos bloques de piedra. Todas las esquinas de los sillares se encuentran redondeadas y deterioradas. Entre la cuarta y quinta hilada se aprecia una serie de pequeños huecos irregulares de tendencia rectangular cuyas dimensiones están sobre los 40-50 cm de altura y de longitud y 0,35-0,40 m de altura. En el lado más oriental se observan varios sillares que corresponden claramente al patrón y a la naturaleza litológica de la fábrica inferior. Sin duda nos encontramos ante bloques de piedra retallados y reaprovechados. Las juntas entre los sillares presentan una argamasa de cal muy arenosa, de al menos 1,5 cm, cubierta casi por completo por un enfoscado moderno. Sólo en los lugares donde éste se ha perdido resulta visible el encintado antiguo (Fig. 8). A una altura aproximada de un metro respecto a la primera hilada de pequeños huecos alineados descritos anteriormente, encontramos una nueva hilera de oquedades abiertas en el muro, en este caso mucho más irregulares que la fila inferior. En la zona oriental se encuentra un vano practicado en el paramento, de 1,67 m de altura y una anchura que oscila entre 0,45 y 0,65 m. En la actualidad, dicho vano se encuentra tapiado con ladrillos. Aunque sabemos que perfora por completo el muro llegando hasta el paramento septentrional, no ha sido posible contemplarlo. El nivel inferior de este vano tiene una cota ligeramente superior a la hilada de oquedades que acabamos de describir (Fig. 9). Los sillares de este segundo cuerpo de fábrica también han perdido su cara exterior, ya que han sido repicados intencionadamente. El perfil original de la muralla sobresaldría unos 15 cm más que en la actualidad. Este dato lo confirmamos en la zona oriental, al otro lado del vano tapiado con ladrillo, donde los sillares no han sido retallados y conservan su perfil exterior original. Muestran además una coloración más blanquecina, mientras los sillares repicados muestran un color dorado y textura arenosa. Tal vez las zonas con sillares retallados correspondan a habitaciones interiores de las que se ha intentado sacar el máximo partido picando incluso la piedra del paramento, mientras que las zonas que conservan la superficie exterior de los sillares estuvieron expuestas al aire libre en algún momento y tal vez revocadas. Formando parte de la hilada más alta, que se pierde bajo el forjado que soporta el actual piso superior, se aprecia una alineación de cinco sillares en perfecto estado, que sobresalen respecto al resto y presentan una coloración distinta. Sin duda nos encontramos ante bloques repuestos en época contemporánea para sujetar las vigas del piso alto. La fábrica continúa por encima del techo actual del local comercial, si bien no ha sido posible documentarla ya que forma parte de una vivienda privada (Fig. 8). Las últimas intervenciones desde el punto de vista edilicio corresponden a las fábricas de ladrillo que suturan dos vanos abiertos. Un paño de ladrillo, dispuesto tal vez para cerrar un vano o reforzar la estructura del muro se dispone en la zona más oriental del sótano, forrando la cara exterior de los sillares y dejando fuera el antiguo zócalo del muro. Se sutura de esta misma manera el vano Fig. 8.-Vista frontal del paramento del muro analizado, correspondiente a la planta baja del actual local comercial, empleada como tienda (lateral occidental). Corresponde al cuerpo edificado sobre la torre romana en época altomedieval (Fase 2A), apreciándose en la parte inferior de la imagen una hilera de mechinales regulares que albergaron grandes vigas de sección cuadrada para sustentar un forjado. Dicho forjado fue desmantelado hace pocos años para crear el suelo actual, al mismo nivel que el antiguo. A media altura se observa una apertura en el muro, a la derecha de la imagen, y una hilada de mechinales irregulares. En la parte superior de la imagen se aprecia una nueva hilada de mechinales, ocultos parcialmente por varios sillares repuestos en época contemporánea para soportar el suelo del piso superior. que se practicó en el paramento a la altura de la actual planta baja. Dichas intervenciones, con toda seguridad de época contemporánea, parecen corresponder a la adecuación actual del local comercial, que tuvo lugar durante el año 2000. SECUENCIA RELATIVA DE ACTIVIDADES CONSTRUCTIVAS: HACIA UN ANÁLISIS ESTRATIGRÁFICO E INTERPRETATIVO Partiendo del análisis arquitectónico del muro conservado (materiales y técnicas constructivas) que acabamos de exponer, e integrando otros elementos visibles (mechinales, alteraciones de la superficie exterior de los sillares, indicios de modificaciones en el nivel de circulación), y teniendo en cuenta que la reforma practicada en este paramento en época contemporánea nos ha privado de las relaciones estratigráficas entre las diferentes fábricas, planteamos como hipótesis la siguiente secuencia de actividades y fases constructivas (Fig. 10) 1a Fase constructiva: época altoimperial La primera fase corresponde a la estructura más antigua en pie. Se detecta una única actividad constructiva, identificada Fig. 10. Alzado con diagrama general de las fases y actuaciones constructivas con las 5 hiladas inferiores del paramento del muro, que se elevan unos 3 m, así como el zócalo inferior. Como ya hemos apuntado, el material constructivo son grandes sillares dispuestos a soga y tizón cuya longitud oscila entre 0,80 y 0,90 m (aprox. A pesar de que los restos constructivos llegados hasta nosotros son muy reducidos y presentan un importante grado de alteración, no cabe duda de que guardan evidentes semejanzas con la única puerta del campamento legionario de la legio VII gemina que se ha podido conocer en profundidad desde el punto de vista arqueológico. Nos referimos a la porta principalis sinistra, que permitía el acceso al recinto campamental desde el este, situada en el sector denominado de Puerta Obispo, nombre que alude a la obra de época medieval que se encontraba inmediatamente encima de los restos romanos. Las excavaciones desarrolladas en 1996 en este sector de Puerta Obispo pusieron al descubierto varias puertas superpuestas de época romana y medieval, conservadas actualmente en una cripta arqueológica. La estructura más antigua correspondía a una puerta construida en grandes bloques de opus quadratum dispuestos a soga y tizón, en idéntica disposición a la construcción que analizamos en este trabajo. Sin embargo, en el caso de la porta principalis sinistra los sillares conservaban restos de encintado de cal en algunos lugares (García Marcos 2002: 186-187; Vidal et alii 2002), algo que no ha sido posible identificar en el paramento que aquí analizamos. En el sector mejor conservado, correspondiente a la torre septentrional, los sillares estaban almohadillados y medían al menos 0,70 m de longitud, alcanzando alguno los 0,90 m. No se pudo documentar bien el frente de las torres, oculto parcialmente bajo obras posteriores. Bajo la hilada inferior de sillares se disponía un zócalo proyectado unos 20 cm respecto a la vertical del muro. En planta, la torre está dividida en dos cuerpos, uno casi cuadrado correspondiente a la torre propiamente dicha, proyectada 3,43 m (aprox. 11,5 pies romanos) fuera de la línea de la muralla hacia el exterior como parte de la fachada monumental, y otro rectangular identificado como el cuerpo del guardia. En el espacio comprendido entre ambas torres la puerta se retranquea ligeramente. El acceso se realizaba sobre dos pasajes con arcos de medio punto de 4,66 m de luz, que en los extremos voltean sobre pilastras adosadas a los muros de las torres, mientras en el centro lo hacen sobre gruesos pilares de perfil rectangular alineados a manera de spina central. A partir del análisis del registro estratigráfico (terra sigillata hispánica), actualmente en proceso de estudio, dicha estructura se edifica en un momento flavio-trajaneo, coincidiendo con la erección de la muralla del campamento de la Legión VII o tal vez en un momento algo posterior (García Marcos 2002: 189-192 Esta misma estructura de puerta de doble vano debió repetirse en las otras cuatro puertas del recinto, como la occidental (porta principalis dextra), tal y como atestiguan las evidencias exhumadas a comienzos de siglo (Díaz-Jiménez 1906: 31-32), y posiblemente en la porta decumana, la puerta norte de recinto. Por lo que se refiere a los restos que nos ocupan, correspondientes a la puerta sur del recinto legionario (porta praetoria), carecíamos de cualquier dato, más allá de su situación topográfica sobre el parcelario contemporáneo, heredado de la época medieval, que en este sector alteró sensiblemente la planimetría del antiguo campamento legionario. Sin embargo, las murallas son elementos fosilizadores casi inamovibles en la trama urbana, lo que permite rastrearlas planimétricamente hasta nuestros días, a pesar de los cambios en su estructura y epidermis. El hallazgo del paramento que aquí presentamos, viene a cubrir esta laguna en el conocimiento del campamento de la legio VII gemina. A pesar de la reducida evidencia arqueológica, la coincidencia planimétrica con el espacio teóricamente ocupado por la porta praetoria, en paralelo a la línea de la muralla romana pero varios metros adelantada, nos permite avanzar la hipótesis verosímil de que nos encontramos ante Fase 1 (?) > la torre que flanqueaba por su lado occidental una puerta también bífora. Su posición topográfica coincide asimismo con el arco de entrada meridional de la ciudad altomedieval, conocido como Arco del Rey, que al igual que en el caso de Puerta Obispo, ha fosilizado el lugar de paso del antiguo campamento romano. Sin embargo, en este caso nos encontramos ante una estructura de mayores dimensiones que la puerta romana oriental (porta principalis sinistra), como correspondería a las entradas norte y sur del recinto, que suelen tener una importancia más destacada. En este caso el frente de las torres es 6,90 m (unos 23 pies romanos), lo que nos llevaría por modulación a calcular su longitud hipotética total entre 18 y 21 m (60-69 pies romanos). Los vanos probablemente también serían de mayor luz, unos 4, 86 m (14 pies), mientras que la spina central alcanzaría los 3,57 m (12 pies) de anchura. Carecemos de datos estratigráficos absolutos sobre la cronología de esta obra, pero de nuevo en este caso sus semejanzas constructivas y la indudable pertenencia a la misma empresa constructiva nos permiten hipotetizar sobre su datación flavio-trajanea (Fig. 14) Contamos con algunos indicios arqueológicos que confirmarían está hipótesis de trabajo. Hace algunos años, en las obras de pavimentación acometidas en esta misma calle Platerías-Cardiles, aparecieron restos de varios sillares alineados, pertenecientes a una estructura constructiva perpendicular al muro romano de la torre, que se perdían bajo la casa actual, interpretados como parte de la spina de la puerta romana6. Su posición planimétrica coindice exactamente con el lugar que debería tener la spina de la puerta praetoria. Además, hemos podido confirmar la presencia, en los sótanos del local comercial situado al otro lado de la calle Cardiles (Almacenes Los Catalanes), de un muro con las mismas características constructivas que el que aquí presentamos y alineado siguiendo el mismo eje de axialidad, muro que gira hacia el norte en paralelo con la fachada de la casa actual7 (Fig. 14). Aunque en este caso no ha sido posible estudiarlo, su posición planimétrica coincide con la de la torre de flanqueo oriental y su embocadura hacia uno de los arcos de paso de la puerta en el modelo hipotético que aquí presentamos. Finalmente, la propia ubicación de la calle Platerías-Cardiles en el parcelario actual coincidiría con la de uno de los vanos de paso de la puerta romana, concretamente el vano más oriental, el único que se mantendría vigente en el parcelario medieval con el nombre de Arco del Rey (Figs. La puerta monumental que aquí presentamos se integraría dentro del potente sistema defensivo de la legio VII gemina, que se asienta en este lugar hacia el 74 d. Dicha muralla sigue el modelo canónico de planta rectangular con esquinas oblongas y cuatro grandes puertas en cada uno de los costados. Presenta entre 1,80 y 2 m de anchura, con cimentación de cantos rodados de cuarcita trabados con arcilla muy plástica y cuenta con un paramento exterior de opus vittatum de bloques de arenisca con las juntas encintadas. El relleno interior era de hormigón de excelente calidad. Recientemente hemos podido completar nuestro conocimiento sobre esta estructura defensiva. La muralla del campamento flavio se construyó desmantelando la mitad exterior del terraplén del vallum o sistema defensivo del campamento precedente de la legio VI victrix, pero manteniendo parte de su declive interior integrado dentro de un nuevo terraplén adosado a la muralla, que alcanza unos 6-6,5 m de anchura y que hizo desaparecer parte de la antigua via sagularis, la calle perimetral interior. El espacio entre el antiguo terraplén (agger) del campamento julio-claudio y la nueva muralla se rellenó con arcilla. El hormigón en este sector fraguó contra el terraplén adosado. Por este motivo la muralla del campamento En época tetrárquica tiene lugar una actuación urbanística de gran envergadura en la muralla del antiguo campamento de la legio VII gemina. En efecto, a finales del siglo III o comienzos del IV se construye una nueva muralla de 5,25 m de anchura, envolviendo y apoyando a la anterior por su cara externa, que amortiza como hemos señalado los fosos del campamento altoimperial (Fig. 17). La obra total de la fortificación, incluyendo el muro flavio, alcanza un espesor de 7 m, a lo que debemos sumar los más de 6 m del terraplén interior, que seguiría todavía en pie en este momento. La altura de la muralla conservada en algunos puntos es de 10 m, aunque los paramentos romanos no se conservan generalmente por encima de los 6 m (Morillo, 2012: 245-247). En la nueva obra se alterna la fábrica de opus quadratum, bastante regular, con sillarejo consistente en hiladas de bloques irregulares de cuarcita importada de más de 40 km de distancia, unidos con cal8. Este último parece ser el sistema más empleado, reservándose el opus quadratum para zonas con especiales necesidades estructurales, como las torres de los ángulos meridionales (la Torre de los Ponce o sudoriental es la única que sobrevive), o bien donde simplemente disponían de sillares para reutilizar. Respecto a la fábrica de sillares, se aprecia como en un alto porcentaje los bloques proceden de edificios ya amortizados, entre los que abundan los monumentos epigráficos, tanto religiosos, como funerarios. Este hecho no indicaría una especial premura en la construcción, sino un espíritu práctico muy acentuado: todo aquello que ya no sirve o que va a ser desplazado por el adosamiento de la nueva muralla, se usa como material constructivo. Es probable que algunas hileras de regularización realizadas mediante ladrillos correspondan también a la fase bajoimperial, lo que indicaría la existencia de un tercer sistema constructivo (García Marcos et alii 2007: 392-393). El núcleo es de opus caementicium en el que abundan los cantos de río y el material reutilizado (García Marcos et alii 2007: 390-394; Durán 2009: 798-800; Morillo, 2008 La construcción de la muralla bajoimperial va asociada a profundas transformaciones en el interior del campamento, que vamos comenzando a intuir. De cualquier manera la arqueología confirma la existencia de potentes rellenos que determinan la elevación general de la cota de circulación (Morillo, 2012: 250). La erección de semejante obra defensiva se encontraría tal vez vinculada a las nuevas funciones asumidas por el ejército en época bajoimperial, ligadas al avituallamiento de los limites germánico y británico, principal cometido asignado a la Diocesis Hispaniarum (Fernández Ochoa y Morillo 1992 y 2005). Recientes descubrimientos proporcionan los primeros indicios directos de intervención militar en la construcción del recinto amurallado de León. Se han descubierto restos numismáticos (monedas de Maximiano y Diocleciano) y de militaria (pectoral de armadura con decoración repujada) que relacionan la reforma de la vieja muralla altoimperial del campamento de la legio VII gemina con la presencia de nuevas tropas procedentes de la zona de la Gallia y Pannonia, en un momento que podemos situar a finales del siglo III (Morillo y García Marcos 2007: 404; Fernández Ochoa et alii 2011: 271). En coincidencia con el levantamiento de la muralla bajoimperial, se acometen profundos cambios en las puertas del antiguo campamento. De nuevo es la porta principalis sinistra, que permite el acceso desde el este, la que más información nos proporciona. El recrecimiento exterior de la antigua muralla altoimperial en 5,25 m determina que las torres de flanqueo de la puerta queden en posición ligeramente retranqueada respecto al frente de la nueva muralla, que se adosa a la puerta. Además, el acceso más septentrional se clausura mediante un muro de 0,43 m de anchura, aprovechándose para ello grandes sillares procedentes del propio edificio, reforzándose sus juntas con argamasa (Morillo y García Marcos 2005: 575). Años más tarde, a finales de la cuarta centuria o primeros años de la siguiente, el cierre del vano se refuerza interiormente con un nuevo muro de sillería de entre 0,80 m de espesor, aunque de aspecto mucho más descuidado que el precedente. Esta reforma se ve acompañada por una modificación del nivel de circulación de la calle, que se sobreeleva unos 0,40 m, reforma que debió ir acompañada por el desmantelamiento de partes de la estructura de la antigua puerta, especialmente de los cuerpos de guardia y de los pisos superiores (Morillo y García Marcos 2005: 575) (Figs. Por lo que respecta a la obra que analizamos en el presente estudio, aunque no hemos documentado actuación edilicia alguna en el paramento de la torre de la puerta romana meridional, que pudiera correlacionarse con esta profunda reforma estructural de la muralla en época bajoimperial, es muy probable que la estructura de la porta praetoria se viera afectada de una forma muy semejante a la porta principalis sinistra. Sin embargo, sus mayores dimensiones probablemente le dieron un aspecto diferente, ya que no quedaba como la anterior retranqueada respecto a la línea de la nueva muralla, sino a la misma altura e incluso algo realzada respecto a aquella. Las evidencias de la muralla tetrárquica, tanto en los tramos conservados como en su fosilización en el Es muy posible también que en este momento se cerrara el vano más occidental, dejando un único acceso que coincidiría con el antiguo vano oriental de la puerta romana, cuya existencia en el lugar ocupado por la actual calle Platería-Cardiles, donde la propia denominación Arco de Rege indica la presencia de una puerta cubierta por un único arco, se verifica documentalmente ya en el siglo X. Esto nos indica claramente una fecha ante quem para el cierre del vano más occidental de la puerta bífora romana. Es probable que entre mediados del siglo III y los siglos VII-VIII también se sobreelevara el nivel de 9 En 1921 se halló una gran lápida funeraria de mármol altoimperial dedicada a Flavio Sabino en una bodega situada justo en la esquina entre las calles del Pozo y Platerías, cerca del ángulo de una de las torres de la puerta romana (Diego Santos 1986: 154, no 181, lám. CXXXIV). Tal vez nos hallamos ante una pieza traída junto al resto del material pétreo de acarreo para la construcción de la muralla tetrárquica. circulación, como se ha verificado en las intervenciones arqueológicas desarrolladas en la ciudad de León con niveles de este periodo, como en la de la porta principalis sinistra. Algunas evidencias indirectas apuntarían en este sentido: el buzamiento del terreno desde la puerta hacia el este y el oeste, y la cota más alta (algo más de un metro) de las cimentaciones de las construcciones altomedievales. Es más que probable que entre el periodo bajoimperial y el final de la Antigüedad Tardía, el nivel de circulación en el exterior de la torre subiera entre 0,40 y 0,50 m, mientras la calle aneja que conducía al único vano de la puerta sur, debió elevarse en torno a 1 m. Pero no dejan de ser hipótesis de trabajo. 2a Fase constructiva: actuaciones de época altomedieval (siglos X-XI) En un momento claramente posterior tienen lugar distintas actuaciones constructivas que afectan al paramento objeto de este estudio, que nos confirman la existencia de fases edilicias posteriores, así como modificaciones estructurales considerables en la obra de la puerta romana. A manera de hipótesis, y ante la carencia de datos estratigráficos tanto horizontales como verticales, proponemos a continuación una correlación entre dichas actuaciones y diferentes actividades que tuvieron lugar en este sector de la ciudad entre los siglos X y XIII según la documentación medieval. Sin duda el muro anterior que aquí presentamos siguió siendo visible como frente de la torre occidental de flanqueo de la puerta meridional del recinto amurallado bajoimperial durante todo el periodo tardoantiguo y altomedieval. En un momento indeterminado se acomete una modificación sustancial de la estructura. Es en esta fase cuando se añaden nuevas hiladas de sillares, también tallados en la misma piedra caliza de las canteras de Boñar pero que presentan un módulo considerablemente más reducido que los romanos originales (0,55-0,60 m de longitud y 0,35-0,40 m de altura), dispuestos a soga y con encintados de argamasa arenosa. Entre ellos se observan algunos sillares de caliza de mayor tamaño, que por su módulo deben pertenecer a la obra romana original, sin duda reaprovechados en la nueva fábrica medieval. Todo ello permite identificar esta obra como un cuerpo de fábrica completamente diferente al anterior y claramente posterior a éste (Fig. 22). defensiva desde el periodo altoimperial, terraplén que no aparece ya en el periodo altomedieval y que habría proporcionado nuevo espacio intramuros para colonizar, así como grandes cantidades de tierra y arcilla para adecuaciones en el interior del recinto. La incorporación de León al reino de Asturias por parte de Ordoño I en el 856 y la asunción de la capitalidad en el año 912 supondrán transformaciones urbanísticas de gran trascendencia, que apenas vamos conociendo desde el punto de vista arqueológico (Gutiérrez y Miguel 1999: 53-64; Torres Sevilla 2002). A juzgar por la documentación, todo el cuadrante sudoeste de la ciudad medieval, que en estos momentos coincide todavía con el recinto del antiguo campamento de la legio VII gemina, se encuentra ocupado desde comienzos del siglo X por el palacio real, delimitado por el sur y el oeste por la muralla bajoimperial romana, que se encuentra perfectamente operativa. El complejo palatino, ubicado en esta zona por la Crónica del obispo Sampiro (Casariego 1985: 97), debió agrupar diversas dependencias (plaza y salas para ceremonias, basílica palatina, estancias domésticas, Sólo podemos especular sobre los motivos que llevaron a reformar tan profundamente la parte superior de la antigua torre romana. Resulta claramente perceptible un buzamiento de las nuevas hiladas de sillares hacia el centro del cuerpo de la torre, lo que podría hablarnos de un desplome parcial de la obra original romana en este sector o una amenaza de ruina que motivó el derribo de las hiladas de sillares superiores y que hizo necesaria una nueva obra. Justo en la parte central del muro, por debajo de la obra medieval, se aprecian varias fisuras en la fábrica original romana, en la actualidad completamente rellenas con cemento moderno, que podría apuntar tal vez el motivo que debilitó la estructura. No podemos olvidar que los sillares inferiores romanos en este momento se encontrarían ya profundamente meteorizados por efecto de la humedad, lo que dejaría el frente de la torre descalzado y debilitado desde el punto de vista estructural. Respecto a la cronología de dicha actuación, debemos basarnos en los datos documentales a la hora de formular hipótesis verosímiles. No cabe duda de que la muralla romana siguió en uso a pesar de las indudables reformas provocadas por los acontecimientos del periodo tardoantiguo, entre los que se ha propuesto incluso la presencia de una guarnición beréber durante la primera mitad del siglo VIII (Gutiérrez González et alii 2013: 314). Sin embargo, dichas obras no han podido ser verificadas arqueológicamente por el momento. Es más que probable que a lo largo de este periodo desapareciera el terraplén interior que había acompañado a la obra sobre "dos torres" de la muralla (Ruiz Asencio 1987: doc. 701). Tal vez una de ellas sería la torre oriental de flanqueo de la puerta, lo que indicaría que había sobrevivido al menos parcialmente, hecho que hemos confirmado en la actualidad 11. Respecto a la propia puerta de época altomedieval nada más podemos decir, aunque probablemente fue readecuada para las necesidades defensivas del momento de la misma forma que hemos documentado en la antigua porta principalis sinistra de época romana, que ya en el año 917 recibe el nombre de "Puerta del Obispo" (Porta de Aepiscopo) (Sáez 1987: doc. no 43). En esta última obra, entre los siglos X y XII, sobre la puerta tardorromana se construye un nuevo vano adelantado al exterior, con quicialera doble y un posible rastrillo, que presenta una luz de 2,80 m (Gutiérrez y Miguel 1999: 69) (Fig. 23). Dichas modificaciones debieron ir acompañadas por cambios en el cuerpo de guardia. La calle altomedieval que atravesaba bajo el arco de la "Puerta del Obispo" estaba situada más de 1 m por encima del nivel tardoantiguo. Probablemente la Puerta del Arco del Rey sufrió modificaciones semejantes a lo largo del tiempo, que no han podido ser constatadas arqueológicamente. Pero tanto la cota actual de circulación como la del actual sótano donde se encuentra el muro que aquí presentamos nos permiten formular la hipótesis de que la calle altomedieval se encontraría al menos 1,5 m por encima del nivel correspondiente a la época romana altoimperial. Sin embargo, el parcelario actual, que ha fosilizado el vano de paso y la posición topográfica de las construcciones adyacentes, muestra que las construcciones plenomedievales de las que hablaremos más adelante, respetan un espacio exterior regular y de dimensiones constantes, adosado a la fábrica del arco occidental de la puerta romana, cegado desde el periodo tardorromano. Este hecho podría hacernos suponer la existencia de un muro adosado a la obra anterior posiblemente entre los siglos X y XI, que podría formar parte de una reforma estructural de la puerta, dotándola tal vez de vano adelantado, barbacana y rastrillo, como en el caso de Puerta Obispo, donde se ha constatado arqueológicamente. En dicha obra debió emplearse la madera en abundancia, ya que es un material muy habitual en la arquitectura 11 Ya hemos apuntado que los restos de esta torre oriental de flanqueo, conservados en el sótano de uno de los locales comerciales de las calles Platerías y Cardiles, serían la responsio de la que aquí analizamos. cuadras, almacenes, baños, cocinas, bodegas, etc.). En el ángulo noreste del complejo palatino, en eje con el palacio real, se emplaza el monasterio de San Salvador de Palat de Rey (Torres Sevilla 2008: 68-91; Gutiérrez González et allí, 2013: 315). Las excavaciones arqueológicas han revelado las características del templo original altomedieval, edificado por Ramiro II (931-950) junto a su palacio para la profesión religiosa de su hija Elvira, quien años más tarde construiría un cementerio junto a la iglesia destinado a Panteón Real (Miguel Hernández 1996: 135). El acceso a todo el complejo palatino se hacía a través de la puerta meridional de la ciudad, situada en el mismo lugar que había ocupado la porta praetoria romana. El acceso se conoce en la documentación medieval a partir del siglo X como "Puerta del Arco", "Puerta del Arco del Rey" o "Puerta del Palacio del Rey" (Estepa 1977: 119, nota 63). Al exterior de la misma se desarrollaba desde el siglo X el mercatum "de Rege", embrión de un nuevo burgo que surge a partir del siglo XI en torno a la cercana iglesia de San Martín y en el eje del Camino de Santiago o Camino francés, junto a la iglesia de Santa María del Mercado (Represa 1969: 253; Estepa Díez 1976: 126-129). La presencia de mercados junto a las puertas, que desempeñan además una importante función para la recaudación del portazgo al entrar en una ciudad o villa, es algo habitual en época medieval (González Mínguez 1989: 146). Las referencias documentales confirman, por lo tanto, la presencia de la Puerta del Arco en el mismo lugar donde según la planimetría romana, debía encontrarse la porta praetoria, que coincide topográficamente con la posición de la obra que aquí analizamos. Tenemos algunas evidencias sobre el aspecto de la Puerta del Arco en este momento. Su propio nombre alude probablemente a la presencia de un arco que alojaba la puerta de la ciudad, tal vez todavía la propia bóveda y arco romanos que cubría uno de los vanos, más o menos adaptados. La identificación de la Puerta del Rey con el antiguo vano oriental de la puerta romana, el único que debió mantenerse en uso desde la Antigüedad Tardía se ve confirmada por la posición topográfica de la actual calle Cardiles, que ha fosilizado el paso en este sector en el parcelario histórico. Junto a la puerta, seguramente en el lateral occidental, a escasos metros del paramento que aquí presentamos, se alzaba una torre, que fue empleada como cárcel en la Baja Edad Media (Gambra 1998: doc. 39;Álvarez 1992: 59). Al otro lado del Arco de Rege se encontraba el monasterio de San Juan Bautista, fundado en 1011 Otros indicios indirectos para fundamentar la hipótesis propuesta nos los proporcionan los paralelos metrológicos y litológicos con la Torre de San Isidoro, edificada en el siglo XI (Williams 1973: 179). El reciente trabajo sobre San Isidoro de León no aporta nuevos datos sobre la edificación de dicha torre, más allá de la propuesta general de retrasar de la construcción de la basílica al siglo XII, reconociendo no obstante la existencia de obras del siglo XI en el ángulo noroccidental del templo actual (Utrero y Murillo Fragero 2014: 7). En el siglo XI también se construye o adecua el castellum o turres regis de la ciudad, conformado por un torreón de sillería también muy semejante al nuestro (Gutiérrez y Miguel 1999: 72), que protegía el acceso a la ciudad por el norte, la llamada "Puerta del Conde" o "Puerta Castillo", nombre que alude precisamente al gobernador de la ciudad o al propio castillo en el que residía. Estasobras coinciden cronológicamente con el traslado del Palacio Real desde el cuadrante sudoeste de la ciudad (zona de Palat-Conde Luna) a San Isidoro, y la aparición posterior de la figura del Tenente de las Torres a comienzos del siglo XI. Sampiro y Lucas de Tuy mencionan las reparaciones de las puertas y murallas ex luto et ligneo (en adobe o tapial y madera) por parte de Alfonso V a comienzos del siglo XI, seguramente en relación con la concesión del fuero de León en 1020, destinadas a reparar sin duda los efectos de las incursiones de Al-Mansur y Abd-al-Malik contra la capital del reino a finales del siglo X, a las que corresponderían evidencias arqueológicas del desmochamiento de la parte superior de los cubos y murallas y su recrecimiento ulterior (Gutiérrez González et alii, 2013: 315). Posiblemente, y teniendo en cuenta toda esta casuística histórico-arqueológica, en algún momento de los siglos X u XI tendría lugar la reconstrucción del muro que aquí presentamos, identificado con la torre occidental que se encontraba junto al Arco del Rey, torre que se mantuvo en uso y se convirtió en cárcel durante la Baja Edad Media. del periodo tardoantiguo y ocultaba sin duda las dos primeras hiladas de la obra romana. Su escasa altura sobre suelo no permite identificar dichos mechinales o ménsulas con las huellas dejadas por un cadalso, que suelen proporcionar improntas muy parecidas en las obras de piedra o mampostería. Dicha estructura de madera se proyectaban como un voladizo defensivo que protegía la falta del edificio (Azkárate y García Gómez 2004: 25). El porche o tejadillo que aquí planteamos se encontraría relacionado con las estructuras defensivas que custodiaban el acceso a la Puerta del Rey. La presencia de un cuerpo de guardia es inherente a una puerta que da paso franco a la ciudad y la zona palatina. El muro que aquí analizamos se encontraría a unos 7-8 m de la Puerta del Arco altomedieval, en un espacio que correspondería al antiguo vano romano tapiado en un momento entre los siglos III-IV y X y a parte de la spina de la vieja puerta romana. Dicho espacio longitudinal paralelo a la única entrada superviviente, y ya perdida su función original, pero ubicado en un lugar de especial relevancia para la defensa de la puerta, fue sin duda parasitado por la propia torre, ya que ofrecía un lugar inmejorable para convertirse en un cuerpo de guardia avanzado que protegía el acceso. Teniendo en cuenta los escasos datos constructivos que han pervivido, seguramente estaríamos también en este caso ante estructuras perecederas de madera y tierra (Fig. 25). En el caso de Puerta Obispo, el espacio del antiguo vano romano tapiado fue parasitado por estructuras pertenecientes al complejo catedralicio (Gutiérrez y Miguel 1999: 69), posiblemente con el sistema defensivo de la ciudad. La fortificación de las mismas entraba sin duda en sus competencias en el ámbito político-militar. Tal vez corresponda también a este momento la primera fase medieval del Torreón de los Ponce, situado en el ángulo sureste del recinto amurallado romano-altomedieval de la ciudad de León12, conocida en la documentación medieval como Turris Quadrata, cuyas primeras referencias se remontan al año 917: foris munitione murum solares et cortes... per terminos certissimos de Turris quadrata, quod est ad Orientalis parte civitatis foras murum... Dicha obra, que en 1249 ya aparece en la documentación escrita como "Torre del Conde Don Ponce", guarda también evidentes similitudes constructivas (metrología, litología, edilicia) con la que aquí reseñamos. Por el momento carecemos de evidencias arqueológicas directas para correlacionar la intensa actividad edilicia que parece registrar la ciudad de León en los siglos X-XI con las destrucciones causadas según las crónicas por los ataques de al-Mansur y Abd-al-Malik a finales del siglo X. Como ya hemos señalado, a comienzos del XI, Alfonso V repara puertas y muralla con materiales efímeros, que no se documentan, ya que fueron sustituidos por otros más sólidos posteriormente. De cualquier forma son evidentes en muchas zonas de la muralla las suturas y recrecimientos con cantos de ríos y areniscas locales que podrían obedecer a las reparaciones tras las incursiones andalusíes (Gutiérrez González et alii, 2013: 315). Esta actuación constructiva, que tal vez sea prácticamente coetánea a la reconstrucción de la torre, se encuentra representada por los mechinales irregulares que se abren a media altura en la obra nueva de sillería, que consideramos indicios de un porche o tejadillo exterior apoyado en el frente de la torre (Fig. 24). La altura libre de dicha estructura debía encontrarse en torno a 2,20-2,30 m respecto al nivel de circulación, que en este momento debía ser muy semejante al de hormigón que se ha echado en tongadas (se han documentado al menos tres tongadas) sin encofrado de madera en una zanja abierta en el terreno, zanja que alcanza el nivel del zócalo de la muralla romana. El propio peso de los grandes cantos de rio que formaban el núcleo del hormigón y la ausencia de encofrado han provocado que el derretido sea más ancho en la parte inferior de la zanja de cimentación (Fig. 26). Dicho muro, que arranca como hemos señalado de la esquina oriental de la antigua torre, es perpendicular a la obra romana, configurando un ángulo recto y proyectándose hacia el sur para definir un espacio cuadrado correspondiente al interior del actual sótano, observándose en todo su perímetro las mismas características constructivas (Fig. 27). Resulta también muy significativo que el tramo del muro que intesta con la antigua torre romana coincide No es posible pronunciarse sobre la fecha en que se llevó a cabo esta actuación, tal vez vinculada a la intensa actuación constructiva en la ciudad durante los siglos X u XI (Gutiérrez y Miguel 1999: 69). Actuación plenomedieval (¿finales siglo XIIcomienzos siglo XIII?) Durante la siguiente fase tienen lugar al menos dos actuaciones estructurales en este sector, que debieron transformar notablemente el aspecto exterior de la torre y los niveles de circulación. La primera de ellas apenas se refleja en el muro analizado, mientras la segunda fue mucho más intrusiva. Como acabamos de señalar, se ha podido documentar una primera actuación constructiva, que nos permite establecer relaciones estratigráficas de anteroposterioridad. Esta actuación constructiva no afectó directamente al muro, pero resulta claramente visible en el sótano actual, que aún no había sido vaciado y se encontraba en ese momento claramente por debajo del nivel de circulación altomedieval. El límite oriental del mismo es un grueso muro de hormigón medieval realizado con grandes cantos de río trabados con cal, que apoya en la esquina oriental de la torre y adopta una dirección norte-sur, paralela al vano de acceso a la ciudad. Los rasgos edilicios de dicha obra permiten identificarla más que como un muro alzado, como un cimiento la humedad, tal y como se conservan hoy en día. E incluso el cimiento de hormigón de la fase anterior (Fase 3A), que fue repicado intentando regularizarlo como un paramento de muro, claro indicio del cambio de cota de circulación. El acceso al sótano se realizaba por una trampilla de madera y varios tablones de madera insertos en el muro, de los que ha quedado testimonio en pequeños orificios alineados y descendentes abiertos en el muro. En este caso estamos de nuevo ante una relación locacional (Fig. 28). Tal vez en este momento se repican algunos sectores de la superficie exterior de la torre, especialmente en el lado occidental. Estas modificaciones indican claramente que se ha adosado un nuevo cuerpo delante de la fachada de la antigua torre occidental de flanqueo romana, lo que implicó grandes adecuaciones estructurales, entre ellas la creación de un sótano y de varias dependencias a las que se tuvo que dar acceso desde el interior de la torre, y de ahí el nuevo vano que perfora sus muros y que indica profundas alteraciones en el esquema de circulación interior del complejo. Dicho cuerpo, de unos 4,5 x 3,5 m y unos 8 m al menos de altura, era paralelo al paramento de la antigua torre y se adosó a su vez a la estructura perpendicular que había surgido junto a la actual calle Cardiles, ocupando la parte delantera del vano cegado posiblemente desde época tardorromana. Carecemos de elementos para determinar la anteroposterioridad de ambos cuerpos adosados a la muralla, pero su coherencia planimétrica fosilizada en la parcelario actual, nos llevan a plantear que no debió pasar mucho tiempo entre una y otra construcción (Figs. Podríamos correlacionar esta actuación constructiva con la amortización de la mayor parte de la antigua calle o Cal de los Escutarios. Ya desde el siglo XI planimétricamente con el muro actual del inmueble anejo a aquel que alberga actualmente la fachada de la torre romana, cuya anchura es mayor de dos metros y ha sido perforado intencionadamente en época reciente para comunicar ambos locales a nivel de la planta baja, lo que indica que en origen eran cuerpos independientes. Claramente el cimiento medieval que aquí presentamos pertenece a dicho muro, que se prolonga como una obra unitaria también en altura hasta la calle Cardiles, ocupando todo el local comercial actual, que presenta planta casi rectangular de 10 x 4,5 m en paralelo con la mencionada calle, que fosiliza el acceso al Arco del Rey medieval. La configuración como un organismo independiente de este cuerpo, que debió adosarse tanto a la torre como a la estructura de la propia puerta, se percibe asimismo en el parcelario actual, que perpetúa el de época medieval en este sector de la ciudad. Esta segunda actuación constructiva plenomedieval ha dejado profundas huellas en el paño que aquí analizamos. En estos momentos se desmantela la cubierta de madera alzada en el frente de la torre y se abre en el muro una nueva hilera de mechinales regulares y de tamaño mayor para acoger una viguería de madera (¿de roble?) que soporta un piso justo a la altura de la última hilada de sillares romanos conservados, y que responde grosso modo al actual nivel de circulación de la planta baja del local comercial. Asimismo se abre un pequeño vano de acceso a esta planta, que perfora el frente de la antigua torre romana e hizo desaparecer varios mechinales de la Fase 2B. La vinculación de dicha apertura con esta fase deriva de su posición inmediatamente por encima del nuevo forjado, lo que confirma su relación estructural o locacional. Además el sillar que constituye el umbral de dicha apertura muestra claros signos de desgaste provocado por el paso continuo. Un nuevo suelo correspondiente a una planta superior se encuentra bajo el actual cielorraso del local comercial, oculto bajo el forjado moderno. Sin embargo, debajo de dicho forjado se aprecian los mechinales del antiguo piso medieval. Por debajo del nivel de la planta baja (planta de calle actual) se crea un sótano de unos 2 m de altura libre. Para ello se debió rebajar el nivel de circulación tardoantiguo y altomedieval casi un metro, descarnando la cara exterior de la torre hasta la zarpa romana, lo que dejó al descubierto los sillares romanos profundamente dañados por efecto de ex calce e lapidabus y que la arqueología ha identificado en obras realizadas con cantos de río y cal (Gutiérrez González 1995: 235-245), el lienzo sur parece haber sufrido una evolución bien distinta. La pérdida de la función defensiva de este sector de la muralla, rápidamente colonizado por construcciones privadas parasitarias que en la actualidad lo enmascaran completamente, se encuentra sin duda en relación con sabemos que van adosándose casas al lienzo meridional de la antigua fortificación romana, aún en uso en época altomedieval, que debieron inutilizarlo poco a poco (Figs. A finales del XII ya sólo era visible como huella fosilizada de la antigua Cal de los Escutarios, que discurría junto al lienzo meridional de la muralla de la ciudad. A diferencia de otros sectores de la muralla, donde se verifican a través de los testimonios literarios reparaciones posiblemente atribuibles a Alfonso IX Hemos agrupado dentro de esta Fase 4 las actuaciones contemporáneas que han afectado al muro. Entre ellas se encuentran el tapiado con ladrillo de la pequeña puerta abierta en el frente de la torre, debido seguramente a la parcelación del espacio y la existencia de diferentes propietarios (Fig. 34). Asimismo, sin duda para reforzar el muro o cerrar algún vano abierto del que sólo podemos especular, se sutura también con hormigón y ladrillo la zona más oriental del sótano, casi hasta el antiguo zócalo romano, que todavía aflora bajo el material latericio. Tanto ésta como la anterior actuación tuvieron lugar durante el siglo XX como demuestra el ladrillo empleado. Sin embargo, hemos podido comprobar que esta adecuación es posterior a la Fase 4A, ya que corresponde al proyecto de reforma del local comercial, acometido en el año 2000. En este momento, además del cierre del vano con ladrillo, se crea un nuevo forjado de vigas de hierro en el lugar del antiguo forjado de madera que sostenía el techo del sótano, desmontando el anterior de vigas de roble. En este mismo momento también se reponen algunos sillares en la zona más alta del muro para sostener el nuevo forjado metálico de la primera planta, ocupada actualmente por una vivienda. Estas intervenciones debieron ir acompañadas por el repicado de todo el revoco que hasta ese momento ocultaba el paramento y el intenso rejuntado de los sillares la edificación de una defensa terrera que encierra los nuevos barrios que habían ido surgiendo al sur del antiguo recinto amurallado a finales del XII (Represa 1969: 256), que es un claro precedente de la cerca medieval actual, edificada durante los siglos XIII-XIV, al igual que el castillo situado junto a la puerta norte (Cobos et alii 2012: 215-217) (Fig. 33). La torre o fortaleza que se configura en torno al antiguo Arco de Rege debió continuar en uso como parte de un castillo o fortificación. Algunas dependencias, tal vez en relación con los restos que se conservan, funcionaron como cárcel al menos desde 1447 (Álvarez, 1992: 59). En la década de 1530 se acomete el traslado de la dicha cárcel, ubicada en la Puerta del Arco, a los palacios reales, debido a las pésimas condiciones que revestía el antiguo recinto carcelario dispuesto junto a la puerta de la antigua muralla, cuya angostura y elevada altura no permitían la adecuada separación entre hombres y mujeres. A época contemporánea hemos asignado varias actuaciones, que consideramos independientes porque no hemos podido correlacionarlas ni estructural ni locacionalmente. En el caso de la segunda actuación contemporánea, sabemos la fecha concreta en que tuvo lugar, concretamente en el año 2000. el periodo romano altoimperial y los siglos XII-XIII d. C., que coincide en buena medida con los avatares sufridos por la propia muralla romana de León a lo largo del tiempo. La obra de la muralla ha presidido y condicionado la propia evolución de la topografía urbana, tanto en vertical como en horizontal. La obra original altoimperial, sufre una importante reforma durante el periodo tetrárquico (finales del siglo III - comienzos del IV d. C.), que la dota de la fisonomía que va a conservar a grandes rasgos hasta nuestros días, a pesar de las reformas y remodelaciones que ha sufrido y que han modificado notablemente su aspecto exterior, especialmente el tipo de fábrica de sectores enteros, en particular en las partes más altas de su alzado, y el almenado, que presentan una envoltura claramente medieval, retocada por las transformaciones y restauraciones de los siglos XIX y XX. No cabe duda de que precisamente las puertas del recinto, lugares de paso y acceso necesario, han sufrido las mayores agresiones y esfuerzos ulteriores para su mantenimiento. En el caso del lienzo meridional del circuito amurallado, que es el que nos ocupa, dicho interés se mantiene al menos hasta que en el siglo XIII la construcción de la nueva cerca hace que pierda su función defensiva, motivo por el cual es el sector peor conservado y más deformado de toda la muralla. El análisis de la estratigrafía mural ha permitido marcar las cronologías relativas de las diferentes fábricas y actividades constructivas que determinan la evolución de todo el conjunto y que se desarrollan en un lapso temporal que abarca varios siglos. Fue preciso adaptar el estudio estratigráfico a las exigencias concretas que marcan las mismas estructuras constructivas, condicionadas por su estado de conservación, la eliminación de las relaciones estratigráficas murales durante la restauración, su posición topográfica en el parcelario, etc. (Figs. La obra original de grandes sillares de caliza se conserva en el zócalo y las 5 hiladas inferiores. Por sus características edilicias nos encontramos ante una obra romana altoimperial. Su posición topográfica permite plantear su identificación como la torre oeste de flanqueo de la porta praetoria del campamento de la legio VII gemina, hipótesis que se ve refrendada por la aparición de restos de la torre gemela que flanqueaba la puerta bífora en un sótano al otro lado de la calle, así como de la spina central bajo la propia vía. Entre los siglos X-XI la estructura superior de la torre debió derrumbarse, motivo por el que se añade un nuevo con cemento, que ha enmascarado las juntas pero le ha dado solidez a una construcción descalzada y con graves problemas estructurales de conservación (Fig. 35). En el año 2000, las obras de adecuación de un inmueble situado en la calle Platerías no 7 de la ciudad de León revelaron la existencia de un gran muro de sillería visto, integrado en el sótano de la obra actual. Tanto sus características constructivas como su posición topográfica en el parcelario actual en relación a la muralla, permiten identificarlo como el frente de una de las torres de flanqueo de la puerta meridional del campamento de la legio VII gemina edificada a finales del siglo I - comienzos del siglo II d. C. El paramento presentaba numerosas reformas y adecuaciones, que permiten documentar su evolución entre un cuerpo constructivo en la esquina de la antigua romana, prolongándose hacia la calle Cardiles y el espacio del Arco del Rey, testimoniado por un cimiento de cal y canto. Ello confirma que la estructura ha dejado de tener un carácter defensivo, lo que podemos correlacionar con la construcción de la nueva cerca medieval que rodeaba el burgo nuevo o barrio de San Martín a finales del siglo XII y la colonización del todo el antiguo frente meridional de la antigua muralla romana por construcciones privadas. Las últimas actuaciones sobre la pared, consistentes en varias suturas de ladrillo y la creación de nuevos forjados de paso, tuvieron lugar en época contemporánea, coincidiendo en su mayoría con la adecuación de este espacio para local comercial y vivienda privada en el año 2000. El análisis que aquí presentamos, evidencia la necesidad de correlacionar siempre los datos extraídos de cualquier lectura mural con su inserción en el espacio topográfico tridimensional en que se encuentren cuerpo de fábrica, de sillares de módulo más reducido, entre los que se encuentran algunos romanos reutilizados. Esta actuación se enmarca históricamente en un momento en que todo este cuadrante suroeste de la ciudad estaba ocupado por el palacio real, que tendría uno de sus accesos principales a través de esta puerta meridional de la ciudad, denominada en las fuentes como Arco de Rege. En un momento posterior el paramento experimenta diversas actuaciones, como la apertura de varios mechinales que indican la presencia de porche o estructura exterior de menor porte y probablemente de materiales perecederos. Posiblemente entre finales del siglo XII y comienzos del XIII detectamos una nueva adecuación, consistente en la apertura en el paramento de mechinales para soportar dos plantas superpuestas sustentadas mediante un forjado de madera y un sótano inferior. Se abre un pequeño vano de paso a la altura de la planta baja. Dicha obra indica claramente que lo que antes fue un espacio exterior ha sido parasitado al adosársele un nuevo cuerpo por delante. Asimismo se detecta el adosamiento de Fábrica de opus quadratum con zarpa proyectada. 2a Fase 2A Época altomedieval. Siglos X-XI Ruina de la parte superior de la torre occidental y reconstrucción con sillería de menor módulo. Siglos X-XI Apertura de hilera de mechinales irregulares, a media altura, en la nueva obra medieval 3a Fase 3A Época altomedieval. Siglos X-XI Adosamiento de un nuevo cuerpo contra el paramento romano en el lateral occidental, testimoniado por un cimiento de cal y canto. Época Plenomedieval (finales del siglo XII-comienzos del siglo XIII?) Apertura de dos hileras de mechinales regulares para soportar forjados de madera a dos alturas, además de un nuevo vano de paso a nivel de la planta baja. Reexcavación de los niveles inferiores y creación de un sótano con acceso a través de una escalerilla de madera, que confirma el adosamiento de un nuevo cuerpo a la obra de la antigua torre romana. 4a Fase 4A Época contemporánea. Tapiado con ladrillo de pequeño vano a nivel de planta baja. Año 2000 Desmantelamiento de los forjados de madera y creación de nuevos forjados de acero y hormigón, manteniendo los niveles de paso de época plenomedieval. Tapiado con ladrillo de parte del paramento del sótano para proporcionar estabilidad.
En este artículo se analizan los alzados de las cuatro crujías que rodean el patio central del palacio al-Badi' de Marrakech. Pese a haber sido expoliados de todos sus recubrimientos ornamentales, presentan suficientes huellas como para hacer una lectura e interpretación, no sólo de su disposición original, sino del proceso proyectual y constructivo que los generó. Resulta de especial relevancia el hecho de poderse distinguir varios arrepentimientos y correcciones en la composición de al menos dos de los alzados que pueden ser observados gracias al expolio de los recubrimientos. Así, resulta posible verificar c ómo u na d isposición i nicial d e l as pilastras a dosadas con que se articulaban las fachadas fue modificada demoliendo parcialmente las ya construidas para disponer otras con distinto ritmo y menor separación. En algunas zonas se observan hasta tres soluciones sucesivas distintas. El trabajo incluye también el estudio de otras estructuras secundarias del palacio. LOS ALZADOS DEL PATIO DEL PALACIO AL-BADI' DE MARRAKECH La construcción del palacio se inició en diciembre de 1578, y se desarrolló hasta 1594, aunque aún seguían haciéndose obras poco antes de la muerte de al-Mansur. Sin embargo, la vida de este fabuloso conjunto resultó bastante efímera pues el sultán alauí Muley Ismail (1672-1727) ordenó un expolio sistemático del mismo para aprovechar sus materiales a la vez que con ello eliminaba cualquier construcción que pudiera rivalizar con los palacios que estaba levantando en su nueva capital, Mekinez. El palacio está conformado alrededor de un gran patio ocupado en su mayor parte por cuatro amplias zonas de jardín y cinco grandes albercas, la mayor de las cuales se sitúa sobre su eje principal (Fig. 1). En su perímetro se levantan crujías y pabellones que por el tamaño del conjunto adquieren dimensiones y aspecto de auténticos edificios que pudieron funcionar con independencia de lo que sucediera en otras salas o dependencias del palacio, aunque siempre relacionados entre sí a través del patio. Pese a ello, una composición general se imponía en todo el conjunto mediante un diseño unitario de las fachadas que quedaban rematadas por un potente alero de madera por encima del cual sobresalían los volúmenes de algunos elementos singulares. Este palacio formaba parte del conjunto de la alcazaba sa'adí en la que se agrupaban distintos palacios y jardines así como dependencias de la administración y el ejército. Al-Badi era el palacio destinado a las grandes celebraciones de la corte, especialmente fiestas y audiencias de personajes y embajadores.3 DESCRIPCIÓN GENERAL DEL PATIO El gran patio central de esta colosal construcción, de planta rectangular y con unas dimensiones de 152 x 113 m, estaba rodeado de distintas crujías y edificios que por sus colosales proporciones llegan en muchos casos a tener un carácter prácticamente autónomo. De entre ellos destacan los cuatro grandes salones ubicados sobre los extremos de los dos ejes principales y que constituían los espacios de mayor prestancia del palacio, con la particularidad de que los que se sitúan sobre el eje mayor, de dirección este-oeste se albergan en construcciones que se proyectan hacia el interior del patio, a modo de pabellones casi exentos, mientras los dispuestos sobre el eje norte-sur quedan integrados dentro de las crujías laterales aunque su presencia queda marcada por su mayor altura respecto a éstas4. Otros cuatro edificios, también de carácter protocolario, se ubicaron en los extremos de los lados mayores dando lugar a otros espacios o salas de aparato de importancia secundaria que obedecen a soluciones arquitectónicas diversas. Separando estos salones existen otras salas de menor tamaño y relevancia que adoptan la típica disposición de los espacios principales de las residencias andalusíes y del Magreb, con forma de salas alargadas con alhanías en los extremos y acceso a través de un arco central. Otros espacios menores a través de los cuales se accedía al patio o desde éste a otras zonas periféricas ocupan zonas intermedias entre los anteriores según tendremos ocasión de analizar más adelante (Fig. 2). El área libre del patio está ocupada por cuatro grandes parterres, cinco albercas y los andenes o paseos que los separan. La alberca central, que se extiende en dirección este-oeste entre los dos pabellones prominentes, tiene unas dimensiones de 90.75 x 21.55 m. En su centro hay una isla cuadrada de 8.90 m de lado que albergó originalmente una fuente con dos tazas superpuestas de acuerdo con lo representado en un dibujo de la época (Fig. 3). A ella se llegaba por dos estrechos andenes desde el centro de los lados largos del estanque. Cuatro escaleras colocadas en las cuatro esquinas de la alberca facilitaban la bajada a su fondo, que se sitúa a 1.30 m respecto del nivel de los andenes. Unos desagües a nivel del suelo situados en los laterales permitían conducir el agua a los parterres para su riego. Los cuatro parterres son casi idénticos de tamaño, con dimensiones de 32.90 m de ancho por 44.40 m de largo. La tierra de cultivo se encuentra a 1.95 m de profundidad en los del lado norte y 1.60 en los del lado sur. Para bajar a esta cota, cada parterre cuenta con una escalera situada en el ángulo más externo de sus lados meridionales. Unos pequeños túneles que discurren por debajo del andén central comunican los dos parterres del lado norte y los dos del lado sur entre sí junto a los lados más alejados del centro del patio. Los andenes estaban pavimentados con baldosines de cerámica vidriada de colores blanco, negro, verde, azul y melado, dispuestos a cartabón y formando cuadros con colores alternos (Fig. 4), mientras los paramentos tendrían rica decoración de alicatados, yeserías y aliceres de madera tallada. En los cuatro ángulos de éste, a ambos lados de los pabellones que se proyectan hacia su centro, hay unas albercas rectangulares de unos 33.00 x 11.95 m que compositivamente se alinean con los ejes de los salones ubicados en los extremos de las crujías y de los pabellones prominentes, además de resultar en la otra dirección continuación de los parterres. Poseen dos escaleras cada una en ángulos opuestos y su profundidad es de 1.15 m. Separando albercas y parterres se dispusieron andenes o paseos. Los que bordean la alberca central tienen una anchura de 6.90 m. Los dispuestos según el eje transversal que separan los parterres tiene 8.95 m mientras los que separan a éstos de los muros perimetrales del patio son de alrededor de 5 m de ancho. Hay que resaltar la distinta anchura que tienen los andenes que separan los parterres de las albercas más pequeñas. Mientras en el lado oriental la separación es de algo más de 7 m, en el occidental es de 10.20 m. Esta mayor anchura nos está indicando que este paseo tenía una importancia mayor que el resto y esto se debe a que, como veremos, en el extremo sur del mismo se abría la puerta principal de acceso del palacio según nos lo indican ciertos dibujos de la época. Hemos de advertir que en fotografías antiguas de la primera mitad del siglo XX 5 se aprecia que los andenes transversales situados en el eje del patio, con dirección Ya hemos abordado en otro trabajo las relaciones que esta estructuración del patio tiene con distintos precedentes andalusíes6. En especial cabe resaltar el Qasr al-Sagir de Murcia7, por la presencia de la gran alberca en su eje y los cuatro parterres de jardín que la acompañan así como su más inmediato paralelo, el palacio del Partal Alto de la Alhambra8. También cabe mencionar en cuanto a la disposición de los cuatro grandes salones o qubbas en el centro de cada uno de sus lados y la de otros espacios protocolarios menores en los cuatro ángulos, el ejemplo del palacio de los Alijares de Granada9, obra de Muhammad V al igual que el Patio de los Leones con el que se asemeja por la intrusión de los dos pabellones hacia el centro del patio. LAS HUELLAS DE LOS MUROS: ALICERES Y ROZAS VERTICALES La parte sustancial de la estructura del edificio está formada por muros de tapia de hormigón de cal. Como suele ser frecuente en este tipo de estructuras, las jambas de los huecos principales estaban formadas por machones de ladrillo enjarjados con la tapia y cuyas caras siempre quedaban enrasadas con las del muro de modo que los tapiales o tableros del encofrado no tuvieran que recortarse para adaptarse a salientes o retranqueos. Como tendremos ocasión de comentar con más detalle, la formación de pilastras adosadas a los muros u otras formas o variaciones respecto de la planta elemental de partida, se realizaron haciendo rozas o vaciados en la fábrica de tapia una vez desencofrada, y seguramente antes de que endureciera. Este modo de proceder tenía sin duda como finalidad economizar en los elementos auxiliares usados en la construcción, realizándose todos los muros con caras paralelas y uniformes para que con tapiales siempre reutilizables se pudiera ejecutar la parte fundamental de la estructura. En lugar de encofrar formas complejas, proceso siempre complicado y que comporta un mayor desperdicio de madera, se realizaban los sólidos capaces de la forma más simple posible y se tallaban, horadaban y adosaban a ellos todas las formas que necesitaba la obra final. Cualquiera de estas operaciones quedaba luego oculta por los revestimientos y la decoración, de modo que la imagen final que podía observarse ocultaba un proceso constructivo a veces no demasiado ortodoxo, aunque eminentemente práctico. El proceso de expolio a que fue sometido todo este conjunto palatino se concentró principalmente en aquellos elementos y materiales de mayor valor y mejor aprovechamiento, dejando in situ sólo las estructuras cuya destrucción no tenía mayor utilidad. Entre estos se encontraban sin duda los ladrillos, que han sido sistemáticamente arrancados de la fábrica, lo mismo que los alicatados y las maderas. Los agentes atmosféricos actuaron sobre materiales más endebles como los enlucidos y yeserías que quedaron a la intemperie, de modo que lo único que ha llegado hasta nosotros son las masas de tapia descarnadas en sus paramentos, y horadadas y recortadas para adaptarse a las formas deseadas. Además nos aparecen privadas incluso de las jambas de los huecos y de los remates superiores que también estuvieron formados con fábrica de ladrillo para la sujeción de los aleros. La contemplación de esos muros a los que tanto escarnio no ha logrado privarles de un aspecto de ruina no exenta de nobleza, resulta inicialmente bastante sorprendente y confusa, confusión que las intervenciones modernas de restauración no han hecho en la mayor parte de los casos más que acentuar. Los muros aparecen con interrupciones de bordes dentados, con los huecos de los mechinales de las agujas, generalmente amplificados por el deterioro de sus bordes, que se suceden regularmente junto con otros muchos de distribución más irregular, y con las características pérdidas de material en las zonas bajas por los efectos de las humedades de capilaridad. Junto a esto se aprecian las aperturas de grandes rozas verticales de distribución aparentemente aleatoria, así como huellas de elementos que estuvieron adheridos al muro dentro de otras rozas situadas en su parte alta, y una larga casuística adicional. Tratar de desentrañar cuál es la causa de estas alteraciones y a través de su análisis obtener un conocimiento verosímil de la forma y aspecto originales de estos paramentos ha requerido una observación minuciosa y un estudio pormenorizado de todo ello. Este análisis, como no puede ser de otro modo, ha partido de un detallado levantamiento gráfico plasmado en dibujos vectoriales obtenidos mediante restituciones fotogramétricas estereoscópicas. A ellos se acompañan ortoproyecciones con textura fotográfica que facilitan la identificación e interpretación de todos los accidentes que hoy presentan los paramentos de los muros. A partir de esta información se han podido realizar las interpretaciones pertinentes que se han plasmado en los correspondientes dibujos de alzado de cada uno de los paramentos, y obviamente, también en las correspondientes plantas (Figs. Debemos advertir que de los muros perimetrales del patio, los que formaban los alzados del mismo, sólo se conservan algunas zonas, ya que al expolio siguió la destrucción de ciertas partes, tanto en el interior de las crujías y salones, como en algunos de los muros principales. Así, del muro norte del patio apenas queda un fragmento de unos 5 m de longitud de un frente que tuvo casi 152 m (Fig. 5). En su extremo oriental se reconstruyó, en época del protectorado, el pórtico que hubo en ese extremo con pilares y arcos de ladrillo enlucidos, solución que difiere de la que debió tener en origen. Salvo el fragmento mencionado que se conserva junto a este pórtico rehecho, todo el resto del muro ha sido demolido no subsistiendo más que algún resto de su arranque y trozos del hormigón con el que estuvo construido. En una fotografía antigua, seguramente anterior a los años cincuenta del siglo pasado, se aprecia que se mantenía en pie otro fragmento algo mayor en posición simétrica, pero que no ha llegado a nuestros días. El muro sur se conserva bastante más íntegro, aunque han desaparecido los pórticos que precedían a los salones de aparato junto con parte de los muros que los flanqueaban cerrando habitaciones laterales a aquellos (Fig. 6). En los años ochenta del siglo pasado, en la zona central, se reconstruyó también el muro con un pórtico similar al rehecho en el ángulo noreste y que nada tiene que ver con la forma original que debió tener. Estas actuaciones no han hecho sino enmascarar cualquier vestigio que pudiera haber quedado de las soluciones originales. También en la parte occidental se aprecia una zona reconstruida que corresponde al lugar en que según varios testimonios gráficos, debía encontrarse la comunicación principal entre el patio y la residencia del sultán. Con todo, este muro conserva en sus paramentos bastantes huellas e indicios que permiten plantear hipótesis sobre su ornamentación. El muro oriental se conserva casi completo, si no es por la destrucción total del pabellón que se levantaba en su centro y que ha dejado un gran boquete, hoy cerrado mediante un muro moderno (Fig. 7). En él se pueden apreciar con detalle las huellas dejadas por los distintos elementos que lo decoraban. Finalmente, el muro occidental, pese a conservar la estructura del pabellón que a él se adosa, presenta grandes pérdidas de modo que sólo en sus dos extremos hay paramentos susceptibles de ser analizados (Fig. 8). Lo que más llama la atención en todos los muros del perímetro del patio es la presencia de grandes rozas verticales horadadas en la masa de la tapia, con unas dimensiones aproximadas de entre 0.75 y 0.80 m de ancho y entre 0.15 y 0.20 m de profundidad (Figs. Mientras en algunas zonas su presencia parece seguir pautas regulares, en otras se identifican de forma confusa al superponerse En toda la parte alta de los muros que forman el perímetro del patio se aprecian otras rozas menores, también verticales, muchas de las cuales presentan restos de mortero, al parecer de yeso, y que por el aspecto que ofrecen parecen corresponder al empotramiento de maderos de unos 1.50 m de longitud y unos 0.15 m de grosor (Figs. Como ya interpretamos en el estudio de otras zonas del palacio 10 se trata sin duda de zoquetes que se empotraron para clavar sobre ellos las tablas de los aliceres, seguramente labrados, que servían de base al alero que como veremos remataba todo el perímetro del patio. Para saber qué papel jugaban estas pilastras en la composición ornamental del patio, hemos de recurrir a otras fuentes de información como son algunos documentos gráficos de la época que se nos han conservado y a construcciones coetáneas en las que podemos encontrar soluciones con alguna semejanza. La documentación gráfica se reduce a los dos dibujos a los que ya hemos recurrido en nuestros estudios anteriores sobre el palacio, el plano de la qasba sa'adí de Marrakech dibujado por el fraile trinitario Fray Antonio de Conçeyçao conservado en la Biblioteca del monasterio de El Escorial 11 (Fig. 3) y el plano del ingeniero holandés Jacob Gool publicado en el libro de Windus 12 (Fig. 11). El primero dibuja el patio rodeado por arquerías, en las que no hace diferencia entre las que hay delante de los pabellones principales y las del resto del perímetro. Puesto que sabemos que los pabellones principales estaban rodeados o precedidos por pórticos, podría deducirse por el dibujo que todo el perímetro del patio contó con pórticos o galerías cubiertas. Sin embargo, esto entra en contradicción con lo que expresa el plano del Gool, que dibuja claramente los pórticos de los pabellones mientras que el resto de los muros del patio los dibuja lisos, con sólo puertas que daban directamente al patio. Si tenemos en cuenta que el dibujo del fraile portugués es bastante torpe, casi naif, en su forma de representar mientras que el plano del holandés 10 Almagro 2013: 11;2014: 10. La interpretación de estos elementos puede hacerse gracias a que en unos pocos lugares se han conservado restos de la disposición original que muestra que estas rozas servían para encastrar pilastras de ladrillo de 0.70 m de frente y que sobresalían unos 0.15 m respecto al paramento del muro de tapia. Concretamente existe un fragmento de la parte alta de la primera pilastra del lado oriental del muro sur, otros dos en el extremo norte del lado oeste (Fig. 9) y cuatro en el sur de este mismo lado, uno de ellos en el mismo ángulo. Como ya hemos indicado anteriormente, esta forma de construir está basada en la idea de usar unos tapiales o encofrados genéricos con los que se hacen los muros principales, a los que después se abrían rozas para encastrar los elementos que debían configurar su forma definitiva, evitando así encofrados complejos que suponen a la larga más desperdicio de madera y mayor complejidad de montaje. Las pilastras encastradas fueron finalmente expoliadas, al igual que las jambas de Nos quedaría la duda de saber si esos arcos ciegos entre pilastras eran realmente arcos o podían ser composiciones adinteladas de madera como ocurre en los otros dos lados del patio de la madraza Ben Yussef16. Creo que ese dilema queda resuelto al observar el extremo occidental del lado sur del patio en el que quizás por algún problema en el replanteo de los muros no se horadaron rozas ni se encastraron pilastras de ladrillo sino que se labraron en la masa del muro los arcos y las pilastras. Aunque este labrado fue, por la naturaleza del material, muy burdo y la forma final se resolvió con los enlucidos de yeso hoy perdidos, en uno de los dos falsos huecos que había en ese extremo de la fachada aún se puede apreciar la forma del arco e incluso en la clave queda un resto de yesería del hoyuelo que se formaba en el vértice (Fig. 13). Se trataría probablemente de arcos de mocárabes que generaban un cierto abocinado. Con todos estos detalles hemos podido plantear la hipótesis del alzado meridional (Fig. 6) que recoge las ya propuestas para los pórticos de los grandes salones, además de plantear una solución de arcos ciegos de madera encuadrando los huecos de acceso a los salones menores según el modelo de los de la madraza Ben Yussef17. Esta hipótesis está avalada por la presencia de rozas para el encastre de zoquetes en torno a las puertas de entrada de los salones menores, así como a la mayor es mucho más técnico dentro de su simplicidad al tratarse más de un croquis o esquema que de un verdadero plano arquitectónico, creemos que hay que dar más verosimilitud a éste último que al primero y por tanto afirmar que el patio no contó con pórticos perimetrales, cosa que por otro lado estaría avalada por la ausencia de restos de tales elementos. Pero lo que en realidad nos está aportando el dibujo del portugués es una imagen de los alzados que nos indica que todo el conjunto tuvo una composición general a base de arcos, unos reales y otros ciegos, para los que el dibujo no es capaz de hacer distinción 13. Esos arcos ciegos se apoyaban en las pilastras que hemos visto que se adosaban a los muros en todo el perímetro, salvo delante de los grandes salones en que su función pasaba a estar asumida por columnas de mármol que soportaban arcos reales en lugar de fingidos 14. Esta solución, naturalmente a menor escala y con lógicas diferencias, puede verse en edificios coetáneos como la Madraza Ben Yussef 15 (Fig. 12), en donde los frentes del patio del lado del oratorio y del vestíbulo tienen una composición de este estilo. Este edificio nos permite también imaginar cómo se desarrollaba el alero corrido con un extenso alicer que esquemáticamente insinúa Fray Antonio de Conçeyçao al representar un tejado corrido en todo el perímetro sobre el que se elevan los cuerpos de los pabellones y salones principales. 13 Esto estaría corroborado por el hecho de que dibuja puertas dentro de algunos arcos, tal y como sucedía en la realidad. 14 separación de las pilastras en donde existen dichas puertas. El alzado del lado norte debió ser básicamente similar (Fig. 5), cambiando sólo la volumetría de los edificios que albergaron los distintos salones, de mayor tamaño los del lado norte que los del sur. Esta organización de los alzados más largos del patio plantea sin embargo diferencias con respecto a los lados más cortos, del este y el oeste, pues aquí existen muchas más rozas y restos de pilastras que no siguen aparentemente un ritmo continuo, es más, en algunos casos se superponen y solapan, estando algunas de estas rozas vacías, pero otras están rellenas de fábrica de ladrillo enrasada con la alineación del muro. Un análisis más detallado en el lado occidental nos lleva a comprobar que la causa de esto es la existencia de dos composiciones distintas, una de las cuales ha cancelado o amortizado otra anterior (Fig. 9). Esto se aprecia especialmente en una de las pilastras de la zona más septentrional situada a 15 m del ángulo, en donde puede verse el resto de una pilastra de la primera composición cuya parte superior ha quedado como testimonio fosilizado habiendo sufrido la porción inferior, en una parte el recortado del cuerpo saliente hasta la línea del paramento del muro mientras otra parte ha sido completamente vaciada al abrirse una nueva roza para construir otra pilastra ligeramente desplazada de la anterior. Esta última ha sido a su vez expoliada en su zona inferior (Fig. 9). Al haberse extraído también lo que quedaba de la primera pilastra, ha quedado una roza de notable mayor anchura. Esto nos indica claramente que hubo una primera disposición de pilastras con una separación de entre 3.35 y 3.50 metros que fue sustituida por una nueva con separaciones de entre 2.20 y 2.35 m, más parecida a la de los lados largos. Pero si analizamos la zona septentrional del lado este del patio (Fig. 10), podremos observar que aquí la cosa aún se complica más pues la primera composición con separación de entre 3.30 y 3.50 m sólo existe entre el ángulo noreste y la primera puerta de la sala de ese lado y se reduce a solo 5 rozas que fueron rellenadas posteriormente con una tosca fábrica de ladrillo sólo en parte expoliada. Existe otra composición con separación entre las pilastras de alrededor de 2.90 m. que se extiende a todo el alzado de este lado. Y finalmente hay una tercera distribución con separación de 2.15 m (Fig. 14). Teniendo en cuenta que en el alzado sur las pilastras tienen una separación de entre 2.20 y 2.35 m (aunque las labradas en la tapia en el extremo oeste llegan a los 2.56 m), cabe deducir que a esta separación general se llegó después de hacer varias tentativas. Una primera con la separación mayor de unos 3.40 m se ejecutó en todo el lado occidental y se empezó a hacer también en el oriental comenzando por su extremo norte. Luego, por alguna razón se pensó que esa separación no era la adecuada y se inició otra haciendo las pilastras cada 2.90, aunque sólo se ejecutó en el lado este. Finalmente se adoptó la separación definitiva de alrededor de 2.30 m aplicándola a todo el perímetro. Resulta bastante sorprendente este modo de actuar pues parece denotar una falta de planificación que debió acarrear un notable sobrecoste a la obra. Las sucesivas correcciones parecen haber ido en el sentido de reducir constancia de la existencia de dibujos arquitectónicos sobre papel o pergamino en el mundo islámico medieval, aunque está confirmado que en la arquitectura otomana de esta época ya se utilizaban20. La complejidad y perfección con que se realizaron las obras y el hecho de que un arquitecto como Sinán trabajara simultáneamente en distintos proyectos dirigiendo una especie de oficina o taller centralizado, obliga a pensar que los diseños tenían que estar suficientemente definidos y representados mediante dibujos. No nos parece que éste haya sido el caso en el palacio al-Badi. DEPENDENCIAS SECUNDARIAS DEL PALACIO El salón del ángulo noroeste En el ángulo noroeste del patio, existió un salón dentro de un edificio del que hoy sólo quedan los muros perimetrales que dejan un espacio de 13.20 x 10.90 m. Tenía delante un pórtico de cuyo techo queda la huella en el frente que da al patio así como de los muros laterales que definían pequeñas habitaciones de servicio. Actualmente, dentro de este la luz de los arcos, seguramente para de ese modo lograr un módulo que se adaptara mejor a las longitudes de todas las paredes18. Pese a ello, todo indica que los arcos presentaban pequeñas diferencias y a pesar de ello hemos tenido que adoptar alguna solución algo extraña en algún punto que con todo, pasa prácticamente desapercibida dentro de las colosales dimensiones del patio. Esta forma de ejecutar la obra por el sistema de prueba y error indica a nuestro entender que se actuó sin un proyecto bien definido a priori, quizás solo dibujado en planta 19, pues si se hubiera recurrido mínimamente a una representación gráfica de los alzados, se podrían haber hecho los sucesivos tanteos y se habría evitado tener que hacer y deshacer varias veces la misma operación. En esta época, en el área europea, ya se utilizaban ampliamente los medios gráficos para definir los proyectos, por lo menos a nivel general, y también se recurría a la realización de modelos en madera para poder representar de forma tridimensional lo que se quería construir de tal modo que el comitente podía hacerse una idea bastante precisa de los resultados de su encargo y realizar sobre el mismo las correcciones y modificaciones que quisiera introducir. No tenemos espacios protocolarios del palacio y por lo que se aprecia en la cara interior de este muro que a partir de una cierta altura presenta la fábrica de tapia sin signo alguno de haber estado revestida y con un hueco de ventilación del camaranchón similar a los que existen en el pabellón occidental y en el salón norte 22. Se trataba sin duda de un salón de cierta importancia compuesto, como ya se ha dicho, de dos espacios, uno principal de mayor tamaño y altura y otro secundario con carácter presidencial. Ambos contarían con ricos techos de madera, seguramente con forma de artesa o cúpula ataujeradas, decoración parietal de yesería y zócalos y suelo de alicatado. Las habitaciones laterales servirían como alcobas de reposo que tendrían anexas su correspondiente letrina. Delante de él había un pórtico de tres arcos, de los que el central debía ser algo más ancho, tal y como lo representa Gool. En el actual muro de fondo de este pórtico se aprecian con facilidad las marcas del zócalo de alicatado y del arrocabe de madera así como los mechinales de las viguetas del techo y un poco más arriba los del empotramiento de los pares de la cubierta. Por encima de ésta se abría la ventana ya mencionada que ventilaba el camaranchón existente entre el techo de la qubba y la estructura del tejado. En los laterales de este frente se observan igualmente las rozas, de escasa profundidad, en que entestaban los muros de separación de las dos pequeñas habitaciones que flanqueaban el pórtico. En la del lado izquierdo se ve la huella de su techo a menor altura que el de aquél. espacio existe un almacén cubierto en el lado oriental, una caseta de transformadores eléctricos y un pequeño cuarto en el lado oeste y un espacio descubierto en el centro. Por lo que dibujaron en su plano los arqueólogos franceses que excavaron el palacio (Fig. 15)21, parece que dentro de este espacio quedaban configurados otros mediante muros internos hoy desaparecidos pero de los que quedan rastros en los paramentos perimetrales. No sabemos si los franceses encontraron restos de esas particiones en el suelo o si sólo se guiaron por lo que se aprecia en las paredes. La disposición original era con una sala cuadrada de 6.90 m de lado a la que se adosaba otra de forma similar de sólo 3.90 m. Se trata sin duda de una qubba con su bahw o alcoba presidencial. En el muro norte se ven las huellas de los dos muros laterales de esta alcoba mientras en el muro sur se aprecia la del muro occidental de la qubba. La del muro oriental ha quedado oculta por el almacén moderno. Según esto, a ambos lados del espacio principal quedaban dos habitaciones y a los lados del bahw otros dos cuartos a cada lado según se representa en el plano de las excavaciones. Es muy probable que alguno de esos cuartos fuera letrina. El muro sur actual, que era el límite de la qubba por ese lado, tiene en su parte central una sobreelevación que nos indica que este espacio interior tenía una notable mayor altura debida en parte al camaranchón que quedaría entre el techo interior de madera y la cubierta. Podemos concluir la existencia de esta cámara por lo que sabemos de otros Las unidades residenciales de la crujía norte Entre este edificio y el salón central del lado norte existen dos crujías paralelas. La inmediata al patio alberga cuatro espacios contiguos. Los dos centrales tienen forma de salas alargadas con alhanías en ambos extremos y acceso desde el patio a través de sendos arcos. Estas alhanías, aunque desaparecidas, pueden reconstruirse gracias a las improntas que han dejado en el muro central. Los otros dos espacios que flanquean a las salas descritas corresponden a habitaciones anejas a los pórticos de los salones principales. La del salón del lado oeste era en realidad el vestíbulo a través del cual se pasa a la crujía situada más al norte, que tiene su suelo unos 3.50 m por debajo del pavimento del patio del palacio. Esta diferencia de nivel tiene su causa en el desnivel que presenta la topografía del lugar, en descenso hacia el norte, y que se resolvió mediante rellenos en unas zonas y la construcción de unas infraestructuras que luego describiremos en otras, aunque en esta parte se prefirió dejar las construcciones al nivel del terreno original. Al vestíbulo parece que se entraba directamente desde el patio a juzgar por una fotografía antigua 23 realizada antes de que se hundiera la última parte del muro norte del patio en la que se aprecia un hueco de acceso en este lugar. Esta crujía más septentrional de este lado oeste del palacio, queda definida entre dos grandes muros de tapia (Fig. 16), y tiene en su lado occidental una escalera para descender al nivel en que se encuentran las distintas habitaciones en que se distribuye. La escalera se desarrolla en dos tramos, uno perpendicular a la dimensión mayor y otro adosado al muro septentrional. Tras alcanzar la zona inferior continúa en un corredor que discurre a lo largo de la mayor parte de este muro. Por él se accede a tres viviendas o unidades residenciales de planta casi idéntica 24. Están compuestas por un patio cuadrado con cuatro pilares en forma de L que determinan pequeñas galerías en sus cuatro lados. En el centro de cada patio hay una pequeña fuente circular dentro de un recercado cuadrado hechos de cerámica vidriada. Dos salas enfrentadas en los lados este y oeste conforman el resto de la vivienda. Existen pequeñas diferencias en las casas extremas. En la del oeste hay un pequeño bahw o nicho en la sala 23 Expuesta en 2016 en los sótanos del lado norte del palacio. 24 El plano de Gool representa cuatro patios más occidental acompañado de dos espacios satélites a una cota más elevada. Las restauraciones realizadas impiden saber cómo eran verdaderamente estos espacios en su origen. La del lado este aprovechó la interrupción del corredor de acceso común para disponer dos pequeñas habitaciones. La solución adoptada tras la última restauración difiere de la que se dibuja en el plano de las excavaciones (Fig. 15), que es la que hemos seguido nosotros. Patios, galerías y habitaciones estaban solados con baldosines de cerámica vidriada de colores verde, negro y melado, colocados a cartabón. El aspecto de los patios en alzado debió ser similar al de los que existían dentro del edificio del salón norte del palacio o Qubba al-Nasr25. Estas pequeñas viviendas debieron quedar amortizadas y enterradas sus ruinas tras el expolio sufrido por el palacio, pues en una foto antigua26 se ve que el espacio entero de la crujía se unificó posteriormente, construyéndose 7 pilastras adosadas a cada uno de los muros en las que debían apoyar arcos para sostener una cubierta unitaria, convirtiéndolo en una gran nave para uso industrial o de almacén. De estas pilastras aún son visibles las rozas efectuadas en los muros para su encastre. En la crujía norte, al otro lado de la Qubba al-Nasr, hay actualmente otro gran espacio cerrado por grandes muros de tapia, por el que se accede en la actualidad al monumento a través de puertas de apertura moderna. Como la mayor parte de las estructuras del palacio se encuentra también sin cubierta. De acuerdo con el dibujo de Gool y por las improntas que pueden observarse en las paredes, dentro de esta gran nave había dos unidades residenciales a las que se accedía desde el patio principal a través de un corredor que discurría adosado al lado meridional de la crujía. Este corredor parece que comunicaba con el patio central del palacio a través de otra habitación que describiremos más tarde. Gracias a la planta del holandés sabemos aproximadamente la distribución de las habitaciones pero los detalles y dimensiones nos los proporcionan las improntas y huellas que han quedado en los muros (Fig. 17). Todo ello a pesar de los deterioros que han sufrido y de numerosos huecos que pueden verse en las paredes, que parecen deberse a que la habitación resultante tras la ruina de las viviendas pudo usarse como palomar. Confrontando ambas fuen-tes de información hemos podido dibujar una plausible reconstrucción de esta crujía (Fig. 18). De las dos viviendas, la del lado occidental resultaba de mayor tamaño al interrumpirse el corredor de acceso una vez convertido en zaguán y tras llegar a la altura del patio, ya que este ocupa todo el ancho de la crujía. Su patio tenía pilares en L para conformar pórticos en los cuatro lados. Dos salas, a este y oeste configuraban la unidad residencial. Más al oeste de la sala occidental existía otra habitación que no dibuja Gool, pero cuya existencia queda probada por la huella del entronque de su muro divisorio en ambos extremos. Lo que no sabemos es si este espacio era accesible por esta vivienda o lo era desde el patio oriental de la Qubba al-Nasr, a través de un hueco abierto en el muro de tapia y que inopinadamente ha sido tapiado en una reciente restauración. La otra vivienda, de más pequeño tamaño al ser menor el espacio disponible por la presencia del corredor, tiene también dos salas contrapuestas y otra habitación en el lado opuesto al acceso. Entre ambas viviendas había otra habitación que tampoco dibujó Gool y que suponemos tenía su acceso por el mencionado pasillo. En el muro oriental que cierra la crujía existe un nicho sobre el que se ve el arranque de una cúpula de planta octogonal y con las típicas trompas de tradición almohade. No resulta posible saber a qué correspondía esta estructura, pues ni el plano de Gool ni el que levantaron los arqueólogos franceses nos proporcionan ninguna pista. El primero es muy impreciso e incluso erróneo en varios detalles. El segundo tampoco ofrece ninguna información clara al respecto. No pudiendo hacer ningún sondeo para buscar restos de los muros de compartimentación27, nos hemos aventurado a proponer una hipótesis considerando que esta cúpula pudo ser un pequeño bahw como anexo de la sala oriental de la vivienda menor. La construcción del ángulo noreste (¿burŷ?) En el extremo oriental de la crujía norte se encuentra una construcción que al analizar su planta nos aparece como mucho más sólida y masiva que el resto (Fig. 2). El holandés Gool no dibuja nada del interior de este edificio pero sí la escalera que existe en el lateral oriental por la que se subía al piso alto que rotula: "another stair-case into Dar as-Sultan", lo que permitiría suponer que se trataría de uno de los lugares de habitación del sultán. Esta hipótesis vendría avalada por el grabado del artista, también holandés, Adriaen Matham quien dibujó en 1641 una vista general de la qasba desde el nordeste y en la que representa una construcción más elevada que el resto y que rotula como el lugar donde se sitúa la residencia del sultán ordinario y que sin duda corresponde a este edificio (Fig. 19). De acuerdo con este dibujo, parece que la construcción tenía al menos una segunda planta y un pabellón o torre mirador en su esquina noroeste rematada con tejado a cuatro aguas. El edificio aparenta tener un antepecho lo que indicaría que disponía de terraza aunque con un pequeño alero con tejadillo alrededor de todo su perímetro. Otro cuerpo adosado por el lado este podría corresponder a la escalera de subida a esa terraza. En el antepecho parecen apreciarse aperturas cerca de los ángulos lo que permitiría pensar si se trata de troneras y de lo que al-Fištali describe como un burŷ en cuya base estaba el "bahw de la Gran Qubba" reservada al sultán y desde la que se accedía a la torre, en cuyo terraza había emplazados varios cañones. Al-Fištali da algunos datos sobre esta construcción: "Para levantar y sostener los techos de la más alta torre, se usaron 700 cargas de enormes maderos de cedro, componiendo cada carga dos maderos. Se emplearon igualmente 100 quintales de hierro. Así es como se coronó la torre lo que permitió a continuación decorar sus techos con toda clase de motivos en forma de sello y otras obras de estilo llamado minqar y muhŷam" 28. El problema es que Matham dibuja otra torre aún más alta al sur del palacio de la que dice que el sultán podía subir hasta lo alto a caballo y que también podría corresponder a lo descrito por al-Fištali. Actualmente la planta baja del edificio se encuentra restaurada e incluso decorada en su interior con labores de yeso y alicatado, a todas luces modernas. La planta de Gool dibuja un pórtico delante con cinco vanos y un arco de acceso desde éste al interior. La restauración realizada, al parecer en época del protectorado, reconstruyó el pórtico con pilares y arcos que en nuestra opinión no responden a la solución original, pero que han sido copiados en la posterior reconstrucción del salón central del lado sur. El interior está integrado por una gran sala cubierta con bóveda de cañón apuntada, y tres espacios menores en cada lado, comunicados entre sí y con posible acceso original por el fondo de la sala central. No podemos saber si la bóveda es original al estar revestida y decorada modernamente. Las pequeñas habitaciones laterales se cubren con bóvedas de cañón de dirección perpendicular a la de la sala central. El muro de fondo del edificio que da al pasaje entre el palacio y la muralla de la qasba es de notable mayor espesor que el resto. Todo ello confiere a esta construcción una notable solidez, sin duda necesaria para soportar otras estructuras en la parte alta. A oriente de este edificio existe una escalera de dos tiros paralelos y de suave pendiente por la que se sube actualmente a la terraza. Parece ser original, pues aparece dibujada en el plano de Gool. Nada de lo construido en la terraza actual tiene visos de corresponder a la estructura original que pudo ser una simple repetición de la planta baja o quizás tener la organización típica de las viviendas con un patio central y salas con alhanías alrededor29. En todo caso, parece que la planta alta sólo se extendía en su parte frontal hasta el muro del fondo del pórtico dejando el tejado de éste al nivel del alero que recorría todos los muros del patio. Es imaginable que existiría algún hueco o pórtico que permitiera contemplar el patio y su jardín desde estas dependencias altas del sultán. La subida a la terraza se haría, como ya hemos dicho, con una escalera adosada al edificio, seguramente de planta cuadrada con machón central (Fig. 5). Las subestructuras de las crujías septentrionales El palacio al-Badi se construyó sobre un solar con suave pendiente que desciende de sur a norte. Para poder conformar una plataforma horizontal sobre la que disponer tan monumental edificación fue necesario sobreelevar la zona más baja mediante una serie de estructuras que evitaran tener que hacer un enorme terraplenado. Se puede suponer que el fondo de los parterres de los jardines está al nivel que debía tener el terreno inicialmente, aunque quizás los del lado sur tuvieran que ser parcialmente excavados Por tanto, lo que se debió hacer fue construir los muros perimetrales de los andenes y rellenar las zonas destinadas a la circulación. Pero en el lado norte, tanto en la crujía de las salas abiertas al patio como en el gran salón central y en la crujía más septentrional se evitó tener que hacer un acopio y compactación de tierra. Para ello, en la zona occidental de la crujía norte se dispusieron las pequeñas viviendas al nivel inicial del terreno. En el resto, el problema se resolvió mediante la construcción de una infraestructura compuesta por pequeñas habitaciones abovedadas intercomunicadas entre sí (Fig. 20). No ocupan la totalidad de los espacios pues hay zonas que claramente se hicieron macizas, como ocurre debajo del bahw, de las letrinas y de las escaleras del salón norte o en la mayor parte del patio de la vivienda mayor del lado oriental. En general, sus muros divisorios son de mayor espesor y procuran servir de base a los que se dispusieron encima, aunque hay casos en que estos debieron asentarse sobre las bóvedas. Una cuestión importante a considerar es la de los accesos a estas habitaciones así como el posible uso al que pudieron destinarse. Tenemos que decir que debido a que todas las paredes de estos cuartos, incluidas sus bóvedas, se han revocado recientemente con mortero, no es posible saber si los huecos son originales o corresponden a roturas posteriores, lo que dificulta en gran medida aclarar esta cuestión. En la actualidad se accede a ellos por una escalera que arranca en la zona oriental de la crujía norte. Si consideramos la hipótesis de distribución de espacios que hemos propuesto basada en las improntas conservadas en los paramentos, resulta que el desembarco de esta escalera estaría situado en el salón occidental de la vivienda mayor, cosa que resulta bastante inasumible. Por tanto, cabe pensar que dicha escalera sea posterior, quizás de cuando el palacio se adaptó para actividades industriales. Existe otro acceso, éste a nivel, desde la sala oriental de la última vivienda de las situadas en el lado oeste de esta crujía. Tampoco este parece ser un lugar muy apropiado para entrar a estas dependencias. Los cuartos ubicados bajo las salas abiertas al patio en el lado occidental tienen actualmente puertas abiertas a diversos ámbitos de las viviendas de la crujía norte, sin que se pueda tampoco asegurar si son huecos originales. Por otro lado la única iluminación y ventilación que hoy poseen estas habitaciones es la que proporcionan unas aberturas practicadas en algunas de las bóvedas y que aparecen en el suelo de las habitaciones superiores. Todos estos huecos resultan inapropiados en la planta superior pues se encuentran en mitad de las salas, rompiendo los pavimentos de alicatado, como ocurre en medio del salón norte, espacio protocolario de la mayor importancia. Por tanto hay que afirmar que tales aberturas son todas modernas o al menos de cuando el palacio perdió su función original. Por lo extraño de los accesos y por ser locales sin luz ni ventilación, a lo más que pudieron estar destinados sería a almacenes, y aun así, de enseres que no precisaran disponer de un ambiente salubre. Cabe incluso pensar que su única función fuera la ya apuntada de conformar una plataforma a nivel de los andenes del patio sobre la que se dispusieron los distintas salas del palacio. Además de evitar tener que hacer un gran relleno de tierras proporcionaban un adecuado aislamiento evitando humedades en los ámbitos superiores. El salón del ángulo suroeste En el ángulo suroeste del patio principal del palacio existió otro salón protocolario del que hoy apenas queda nada. Según el dibujo de Gool (Fig. 11) parece que se trataba de una sala alargada precedida por un pórtico y con un bahw en el centro del lado opuesto a la entrada. Actualmente solo se conserva el espacio del pórtico, que debió ser de tres vanos como el del salón frontero del lado norte, en cuyo muro trasero se aprecia, en la zona central, una discontinuidad de la fábrica que demuestra que existió allí un vano, del que no se han conservado las jambas, que fue posteriormente tapiado (Fig. 6). Detrás de este muro una serie de viviendas han invadido el espacio del salón y aunque parece conservarse algún resto de muro, no es posible deducir nada más. Al este del pórtico, en la crujía que bordea el patio existe actualmente una habitación cuya fachada tiene aspecto de estar reconstruida pues el muro es de una tapia de peor calidad y carece de las típicas rozas verticales de las pilastras. En este lugar, tanto Gool como el fraile portugués dibujan un acceso principal al patio (Fig. 3 y 11). Este último lo rotula como "portas q el rrey abriu da obra noua pera assuas casas". Se trataría por tanto de una de las entradas principales del palacio, por las que posiblemente el sultán accedía al mismo. Esto explicaría, como ya dijimos, que el andén que se inicia en este lugar sea de mayor anchura que los demás. La unidad residencial del ángulo sureste En el ángulo sureste del patio existe otro conjunto residencial y protocolario más complejo que los de las otras esquinas (Fig. 2). Está precedido por un pórtico que hemos de suponer semejante al opuesto del lado norte, de cinco vanos y con dos habitaciones laterales a las que se accedería a través de él. La del lado oeste era vestíbulo de un corredor que tras una doble curva se dirige hacia el sur, alejándose hasta más de cien metros del patio. Debía ser un acceso secundario del palacio. La habitación del lado este quizás también sirvió de vestíbulo de otro acceso hacia una zona que hoy pertenece al palacio real y en la que Gool dibuja una serie de pequeños apartamentos residenciales. El muro de fondo del pórtico, reconstruido parcialmente en su lado derecho, conserva improntas de los aliceres y del techo que lo cubría (Fig. 6). El arco de entrada al conjunto que se desarrolla a continuación ha sido reconstruido con forma apuntada arrancando sobre nacelas, aunque sin ninguna base cierta ya que sus jambas y su rosca de ladrillo fueron expoliados como en casos semejantes. A ambos lados del vestíbulo existen pequeñas habitaciones que completan una estrecha crujía de sólo 2.40 m de anchura. Los dos lados largos del patio cuentan con dos salas simétricas con puerta en el centro de 3.45 x 8.70 m. En el lado sur la disposición original no resulta clara. Actualmente se han reconstruido unos muros que repiten la forma del vestíbulo antes mencionado de acceso al patio (Fig. 1). Gool sólo dibujó en este lado una especie de nicho. Los arqueólogos franceses lo dejan de forma muy imprecisa, pero que difiere de la reconstruida en varios detalles, pues dibujan muros en lo que hoy hay vanos. Nosotros nos inclinamos a pensar que debió existir un pórtico delante del salón que hay a continuación (Fig. 2). A ambos lados del pórtico o vestíbulo había dos habitaciones que repiten el esquema del lado opuesto. A través de un arco que perfora un grueso muro de 1.50 m de espesor, se accede a una sala alargada de 4.70 x 17.00 m cuyos paramentos han sido restaurados presentando pequeñas pilastras que determinan alhanías en ambos extremos y un pequeño nicho en el centro del lado sur. Nada de esto puede asegurarse que corresponda a elementos originales. Dos puertas comunican las supuestas alhanías con las habitaciones laterales del pórtico, con huecos aparentemente modernos. En este mismo muro, cerca del arco de entrada a la sala hay empotrada una pieza de mármol formada por un haz de tres columnas con sus capiteles que sin duda provienen de otro lugar del palacio pues tiene factura sa'adí. Actualmente esta sala sirve para exponer el espléndido almimbar de la mezquita Kutubiyya. EL PROBLEMA DE LAS RESTAURACIONES MODERNAS Resulta necesario hacer una crítica a las restauraciones que se han venido haciendo en el monumento hasta ahora y que han generado las mayores dificultades para nuestros estudios. Gracias a una campaña de documentación fotográfica que realizamos en el año 2005 hemos podido soslayar algunas de estas dificultades pero es de lamentar la forma en que se han realizado. Ya desde antiguo, al parecer en la época del protectorado, se procedió a reconstruir el pórtico del salón ubicado en el extremo oriental del lado norte de forma totalmente arbitraria que poco tiene que ver con lo que pensamos fue la solución original. A la vez se recubrieron y enfoscaron todos los paramentos de los muros de tapia, sin que se documentara el estado inicial. Los espacios interiores de esta zona han sido también reconstruidos, incluso con decoración, sin que tampoco podamos saber ni siquiera si las bóvedas de cubrición son originales. En la musealización que se ha llevado a cabo en 2015 en los sótanos del lado norte del palacio se han colocado unos dibujos, de buena calidad gráfica, realizados en esa época, pero que sólo documentan el alzado norte y parte del sur después de estas intervenciones, en los que se han marcado en color rojo las zonas restauradas, por lo que apenas aportan información del estado anterior. Después de esta obra, en los años ochenta del siglo pasado se volvió a repetir una operación similar en el salón central del lado sur. También aquí se han recubierto los muros de tapia con enfoscados modernos y se ha reconstruido el pórtico con formas semejantes a las del ángulo noreste. También carecemos de información sobre la situación anterior. En este punto tenemos además la discordancia entre lo que indica el plano de Gool, que representa un salón alargado con dos alhanías y un bahw o pequeña qubba a modo de alcoba presidencial. Hoy el salón está cubierto con dos bóvedas de medio cañón paralelas apoyadas en dos arcos y dos grandes vigas metálicas soportadas por unos pilares cilíndricos que han venido a sustituir a otros tres arcos hoy desaparecidos que apoyaban en grandes pilares. Al parecer, este sistema de bóvedas se conservaba parcialmente antes de iniciarse la intervención. Sin embargo, todo apunta a que sea fruto de una adaptación tardía del espacio para algún uso industrial o de almacenaje, pues por lo que hemos podido estudiar de los otros grandes salones, sabemos que estaban cubiertos por techos de madera con forma de bóveda o artesa, generalmente ataujerados. Desgraciadamente, hoy por hoy es imposible confirmar estos extremos al haber quedado todo oculto por enfoscados y enlucidos. Más recientemente se han realizado nuevos enfoscados en todas las partes bajas de los muros sin ninguna distinción de si se cubría el paramento del muro o las rozas de las pilastras o huecos modernos tapiados o cualquier otra incidencia. Tampoco se ha procurado buscar en la base de los muros los arranques de las pilastras, que muy probablemente se conserven. Esto, además, ha quedado rematado con la colocación de un pavimento de losas de piedra que ha cubierto sin el menor reparo ni distinción los andenes del patio, los muros desmontados, los cimientos de los pórticos y muchas otras cosas, borrando todo vestigio y la posibilidad de recuperarlo. Y todo sabiendo que el pavimento original era de pequeños azulejos de cerámica vidriada de colores. También es de lamentar la formación de arcos en los huecos que el expolio había dejado sin jambas y sin rastro de si realmente había arcos o dinteles de madera bajo los cuales se montaron arcos decorativos de yeso como sabemos que ocurre en muchos ejemplos nazaríes. Estas actuaciones han incluido algunos arcos construidos en huecos modernos en los que no hubo paso en su origen. Cuando se escribe esto aún no han concluido los últimos trabajos que auguran la colocación de surtidores de nueva invención en las albercas y no sabemos cuántas otras creaciones consecuencia del más lamentable desconocimiento de lo que fue este magnífico conjunto palatino.
El artículo constituye un avance de un proyecto de investigación en curso sobre las iglesias alavesas anteriores a los siglos XII-XIII, invisibles hasta la fecha a una metodología tradicionalmente de base analógica y formal. Se efectúa una nueva propuesta de análisis experimentada ya en la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz y que se articula de la manera siguiente: 1. Lettura veloce de los principales momentos constructivos de los templos seleccionados con el objeto de individualizar estratigráficamente la fase o fases anteriores al periodo «románico». Creación de una tabla analítica que recoja la presencia o ausencia de estas variables en cada uno de los edificios a estudiar. Agrupamiento de los edificios que comparten variables entre sí. Resultado de todo ello ha sido la individualización de seis grupos de iglesias que se articulan diacrónicamente entre los siglos IX y XII. A modo de conclusión se avanzan, finalmente, algunas consideraciones interpretativas sobre la naturaleza de estos templos de época prefeudal. Es bien conocido el carácter madrugador de muchas localidades del occidente alavés a la hora de incorporarse al registro escrito altomedieval y son muchos, y buenos, los estudios que se han ocupado de este fenómeno1. Sabemos por ellos que, ya para el siglo IX eran más de diez los núcleos habitados sólo en el valle de Ayala, que otro tanto sucedía en el valle de Valdegovía -a juzgar por los conocidos testimonios del obispo Juan para Valpuesta (año 804) y del abad Abito para Tobillas (822)-, que en el valle de Cuartango eran también diversas las iglesias que se agregaron a San Esteban de Salcedo en el año 873 y que esta ocupación del territorio alcanzó incluso las estribaciones del Gorbea tal y como refleja la donación a San Vicente de Acosta efectuada en el año 871 por el senior Arroncio. Para el siglo X las menciones se multiplican hasta tal punto que renunciaremos a sintetizarlas en este breve texto. La undécima centuria, finalmente, se abre con el famoso documento conocido como «Reja de San Millán» y que recoge más de trescientos núcleos que debían satisfacer bien hierro -en la mayoría de los casos-bien cabezas de ganado al monasterio emilianense. Sin embargo, son muy pocos los testimonios materiales que tradicionalmente se conocían de aquella espléndida floración de núcleos habitados y que tanto recuerda al famoso pasaje en el que el monje Raoul Glaber alude al blanco manto de iglesias con el que el mundo de su época cubría su vetusta desnudez. Porque, efectivamente, son excepcionales los casos -como el de San Román de Tobillas-en los que los restos materiales conservados son adscribibles al periodo de su primera mención documental. En otros la advocación primitiva del templo mencionado en los siglos altomedievales pervive en el templo actual y cabe pensar que su ubicación siga siendo la misma. Sin embargo las fábricas actuales no conservan el más mínimo resto de los primitivos templos, desaparecidos totalmente ante edificios de culto muy posteriores. Es el caso de San Vicente de Acosta o San Martín de Estavillo, por citar únicamente un par de ejemplos. Imperceptiblemente, por tanto, se fue extendiendo una cierta desesperanza en la historiografía que acabó por renunciar al conocimiento de aquellas primeras estructuras eclesiales. Así se refleja, por ejemplo, en el testimonio de la más concienzuda y prestigiosa investigadora sobre esta cuestión: «Conocida la existencia de estas iglesias nos preguntamos cómo serían sus edificios. Construidas en momentos difíciles, los monjes recién llegados o los señores que, con escasos recursos, ocupaban las tierras incultas, las edificarían con pobres materiales: sencilla mampostería, ladrillo, madera y, muy posiblemente, adobe en los edificios anejos, sobre todo en el Suroeste alavés (...). Es muy posible que en los edificios más ricos entre los señalados -Valpuesta, Armentia, Tobillas o San Esteban de Salcedo-, se hubiera empleado piedra labrada y sillería en sus partes más nobles y en sus esquinales; en los muros de la iglesia románica de Tobillas pueden verse -por ejemplo-piedras con motivos incisos, posiblemente del edificio primitivo.» (PORTI- LLA, 1983: 42) Las causas de nuestro escaso conocimiento son diversas y no podemos extendernos en su análisis. Sabemos que en un porcentaje importante fueron construcciones lígneas2 y, por tanto, hoy en día sólo susceptibles de ser detectadas mediante excavaciones arqueológicas. Únicamente los hábitats rupestres y las iglesias abiertas en la roca -que debieron constituir un porcentaje no desdeñable entre los centros de culto de entonces-nos han permitido acercarnos a la materialidad de los templos altomedievales. Es el caso de los ejemplares rupestres treviñeses, indiscutibles en su morfología y funcionalidad litúrgicas. Su uso como templos cristianos desde el siglo VI hasta, al menos, los siglos XI-XII no parece ofrecer dudas (AZKARATE, 1988) 3. Tampoco es ajena, desde luego, a esta enorme laguna en nuestros conocimientos la poca atención que hasta fechas relativamente recientes ha venido mereciendo la arqueología medieval. Pero ésta es una circunstancia que no debe servirnos de excusa permanente para ocultar graves carencias metodológicas y enfoques excesivamente arqueográficos por parte de quienes nos hemos dedicado desde hace algún tiempo a este periodo histórico. Es hora de aventurarnos críticamente a una diagnosis que nos sirva de punto de partida para iniciar una renovación de nuestros instrumentos hermeneúticos. En esta línea, este breve artículo tendrá como objetivo articular una propuesta de análisis metodológico que permite descubrir la existencia de unos testimonios que, hasta la fecha de hoy, han permanecido ocultos a nuestros ojos. Son varios ya los trabajos en los que nos hemos referido a las generalizaciones abusivas que, con base en criterios idealistas y analógicos, se acostumbra a efectuar a la hora de articular la secuencia diacrónica de nuestro patrimonio edificado. La tiranía de los analogismos formales y la ausencia de análisis constructivos precisos han distorsionado nuestro conocimiento, favoreciendo la invisibilidad de fases constructivas primitivas que se «ocultaban» en fábricas de cronología posterior o han convertido en románicos templos levantados en los siglos XVII o XVIII. Se ha aducido con frecuencia, para justificar la desaparición de nuestro patrimonio más antiguo, la profunda modificación que han sufrido muchas de las primitivas iglesias altomedievales, sustituidas en momentos de crecimiento económico o demográfico por templos erigidos de nueva planta. A pesar del paso implacable del tiempo y su acción destructora, sin embargo, «no hay nada tan difícil como borrar todas las huellas» de nuestro pasado. «La homogeneidad absoluta es absolutamente rara en el mundo material». Para reconstruir estos mundos perdidos, sin embargo, es en parte necesaria una metodología especial que no puede ser sino el método estratigráfico (CARANDINI, 1997: 256). Recurriremos a este renombrado autor italiano, algo que hacemos con frecuencia, para ilustrar el contexto al que debemos enfrentarnos a la hora de responder al objetivo que más arriba señalábamos. Si la materialidad de las primitivas iglesias altomedievales alavesas no ha sido observada por los numerosos investigadores que han trabajado aquel periodo es, entre otras razones, porque su presencia no es evidente. O no lo era, al menos, a los códigos de lectura que hemos venido utilizando. Nos resultaban imperceptibles, no porque no existieran sino porque resultaban invisibles a nuestra manera de mirar las cosas. No éramos capaces de detectar «lo que se encuentra sumergido en el interior de las construcciones». No fuimos conscientes de que, con frecuencia, nos enfrentábamos a «una construcción expoliada de la que apenas queda su propia sombra» y que la comprensión de un determinado lugar «no puede ser justa ni completa si no se controla la superposición y la destrucción de todas las estructuras que allí han surgido a través del tiempo y de las que el edificio todavía en uso no es más que el último representante» (Ibidem: 257). Todo ello nos sitúa en el ámbito de las habilidades instrumentales, en el de la depuración de las técnicas de análisis. Este breve texto es un modesto ejemplo de una metodología que ya ensayamos en la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz y que ofreció, creemos, resultados sumamente interesantes. Es también un avance de una tesis doctoral en curso sobre técnicas constructivas del medievo y que viene realizando uno de los arriba firmantes. Si nos conformáramos con ello, sin embargo, caeríamos en lo que, a modo de denuncia, ha calificado G.P. Brogiolo como hiperestratigrafismo (1997:183). No tenemos que olvidar, en efecto, que la consolidación de una tendencia orientada a investigar, mediante el análisis de los testimonios materiales del pasado, el antiguo contexto social y productivo, se ha revelado, con el tiempo, como una de las aportaciones más importantes de la arqueología medieval y de la arqueología de la arquitectura. Las investigaciones han ido confirmando la idea de que las técnicas constructivas son sólo en parte el producto de la elección formal de los proyectistas y destinatarios, dado que éstos, en sus decisiones, están condicionados inevitablemente por los recursos materiales del territorio y por el contexto histórico y productivo que determina tanto la calidad de los medios de transporte como la disponibilidad de maestros especializados (CAGNANA, 1994: 40). Investigar, por tanto, el uso de técnicas constructivas diversas exige algo más que su secuenciación en un diagrama estratigráfico, algo más -incluso-que su seriación en tablas de carácter cronológico en la medida en que esa diversidad está denunciando, probablemente, la existencia de cambios socioeconómicos que reflejan la mayor o menor capacidad excedentaria de una sociedad y, consecuentemente, su mayor o menor capacidad para controlar ciclos productivos complejos. Es por ello por lo que aventuraremos también, de manera muy breve, algunas cuestiones sobre el contexto histórico de cada uno de los grupos de iglesias altomedievales que, como se verá, hemos podido detectar en nuestro territorio. Su desarrollo más pormenorizado es uno de los objetivos del trabajo doctoral mencionado, como lo será también la cronotipología que ahora, de manera provisional, avanzamos. La diócesis de Vitoria cuenta con más de 700 iglesias dispersas por su territorio. Había que racionalizar la búsqueda estableciendo algún criterio con el que pudiéramos establecer una primera criba que redujera el muestreo inicial. Como punto de partida general -y con intención de obtener un ante quem operativo-se decidió seleccionar todas aquellas iglesias que tuvieran en su edificación actual alguna fase constructiva de lo que en Historia del Arte se ha definido como «románico» y que, en Álava, se inicia a finales del siglo XII. Un vaciado bibliográfico exhaustivo permitió reducir a 326 las iglesias o ermitas a visitar en esta primera etapa del trabajo, número de templos que venía a coincidir aproximadamente con el de las localidades recogidas en la Reja de San Millán de 1025 y en la lista del Arcedianato de Álava de 1257. Teniendo en cuenta que los actuales despoblados alaveses comenzaron a abandonarse a lo largo del siglo XIV y durante la primera mitad del XV (DIAZ DE DURA-NA, 1986: 121), contábamos con la seguridad razonable de acceder, de esta manera, a la práctica totalidad de las principales iglesias potencialmente altomedievales. Nuestras experiencias previas en San Román de Tobillas (AZKARATE, 1995), Andra Mari de Ullíbarri Arana y San Vicente de Hueto Abajo (SOLAUN, 2003) nos habían permitido constatar la existencia de iglesias «románicas» construidas literalmente «sobre» pequeños templos de época anterior que permanecían, de esta manera, fosilizados en Fijado el objeto de la investigación, había que articular una metodología que permitiera rentabilizar el trabajo de campo. Una lectura estratigráfica de cada uno de los templos hubiera exigido un esfuerzo más allá de nuestras posibilidades reales, aunque se ha efectuado en los tres casos arriba mencionados y se llevará a cabo en algún otro en un futuro inmediato. La veintena de edificios detectados ofrecían fábricas de una gran variedad, debido a su construcción con materiales obtenidos en las inmediaciones y aparejados con téc- nicas «complejas» 4 que conllevan, por su propia naturaleza, una notoria heterogeneidad. Se hacía necesario, pues, un esfuerzo de sistematización, articulando la muestra en grupos que compartieran unas mismas características, puesto que es de esperar que, en un mismo ámbito espacio-temporal, las técnicas detectables estuvieran participando de las especificidades propias de los diversos ciclos constructivos. Contábamos, además, con las experiencias cronotipológicas llevadas a cabo en la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz (AZKARATE, 2002) que, en este caso, se han adecuado a las circunstancias específicas de la investigación en curso. El proceso de trabajo, a ejecutar sistemáticamente en cada uno de los edificios seleccionados, ha sido el siguiente: Lettura veloce de los principales momentos constructivos del edificio con el objeto de individualizar estratigráficamente la fase o fases anteriores al periodo «románico». Creación de una tabla analítica que recoja la presencia o ausencia de estas variables en cada uno de los edificios a estudiar (Fig. 2). Agrupamiento de los edificios que comparten variables entre sí (Fig. 2). Las fuentes documentales en unos casos, las epigráficos en otros o los recursos arqueométricos llegado el caso, Fig. 4. Imagen de San Román de Tobillas, con dos de las variables más representativas del Grupo 1: ventana rematada en herradura y sillería reutilizada en su aparejo Fig. 5. Imagen de San Pedro (Urbina de Basabe) con algunas variables del Grupo 2: Ventana rematada en arco de herradura, labra en azuela y aparejo de mampostería con material extraído por capas naturales están permitiendo y permitirán en el futuro que los resultados del trabajo efectuado constituyan verdaderos indicadores cronológicos de alto valor para la investigación en curso. AVANCE RESUMIDO DE LOS PRIMEROS RESULTADOS CRONOTIPOLOGICOS Grupo 1 a) Variables: Sillería reutilizada en muros (1), esquinales (10) y ventanas (20). Técnica de cantería (31). Saetera rematada en herradura (50). b) Todas las variables que caracterizan a este grupo se encuentran asociadas en la Fase I de San Román de Tobillas (con una fecha documentada: ante quem 822). Similar cronología, pues, cabe suponer para la iglesia de San Julián de Aistra de Zalduondo que reúne también la totalidad de las variables y otro tanto es posible defender también para San Miguel de Montoria que carece de una de ellas (50) pero cuya ausencia es perfectamente explicable por haber sido modificado el hastial de su testero en fecha posterior. Cronología: siglo IX. c) Iglesias: San Miguel de Montoria, San Román de Tobillas (fase 1), San Julián de Aistra (Zalduondo). Grupo 2 a) Variables: Aparejo de mampostería recogida (3) o extraída de cantera por capas naturales (4). Sillarejo en esquinales (12) y en las ventanas ( 22). Azuela en vanos y esquinales (40). Saetera rematada en herradura (50). b) Carecemos de dataciones absolutas para este segundo grupo. Pero la coincidencia de algunas variables como el uso de la azuela o la presencia de vanos rematados en herradura, sus dimensiones reducidas (característica propia también del grupo anterior) y su emplazamiento asimismo en zonas periféricas y bien protegidas nos llevan a proponer una cronología no lejana a la del Grupo 1, aunque quizá correspondiente ya al siglo siguiente. Urbina de Basabe aparece mencionada ya en el Cartulario de Valpuesta el año 952 y Samiano constituye una de las localidades mencionadas en la Reja (1025). Cronología: siglo X. c) Iglesias: San Pedro de Urbina de Basabe, Nuestra Señora de la Asunción de Samiano 6. Grupo 3 a) Variables: Aparejo de sillería ex novo tanto en muros (2) como en esquinales (11) y ventanas (21). Saeteras y ventanas abocinadas con remate en arco de medio punto (51). b) Cuenta con la fechación que le otorga la inscripción que conmemora la restauración efectuada por el presbítero Vigila en el año 939 de nuestra Era (AZKARATE, GARCÍA CAMINO, 1996: 127-130). Coinciden, pues, en el tiempo con el grupo anterior. Cronología: siglo X. c) Iglesias: San Román de Tobillas (fase 2), Andra Mari de Ullíbarri Arana. Grupo 4 a) Variables: Aparejo de mampostería con material tanto recogido (3) como extraído de cantera por capas naturales (4). Reutilización de sepulcros monolíticos tanto para esquinales (13) como para ventanas (24). b) Poseemos datos documentales de interés a la hora de realizar una aproximación cronológica a las iglesias de este grupo. San Pedro es hoy en día una ermita que perte-Fig. Aparejo de sillería labrada ex novo de la ermita de Andra Mari de Ullibarri Arana. Grupo 3 6 Aunque queda fuera del trabajo de campo efectuado, es preciso recoger -como perteneciente a este grupo-la iglesia excavada en los Castros de Lastra (Caranca) por F. Saénz de Urturi. De planta rectangular de pequeñas dimensiones (6,70 ¥ 3,90 m.), contó con dos vanos rematados en herradura que fueron recuperados en los trabajos de excavación, uno ubicado en el hastial oriental y otro de mayor porte en el hastial opuesto. Contaba con puerta de acceso al sur y para su construcción se recurrió tanto a la caliza como a la toba (SÁENZ DE URTURI, 1984URTURI,, 1985URTURI,, 1986)). De planta también rectangular e igualmente de pequeñas dimensiones fue la iglesia del siglo X descubierta en el subsuelo del Santuario de Nuestra Señora de la Encina (Artzeniega). Posteriormente fue ampliada -tal y como ocurre en los ejemplos aún en pie que recogemos en este trabajo-con otra iglesia románica: los testimonios de ambas fases constructivas han sido exhumados recientemente por las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el actual Santuario (TORRECILLA GORBEA, 1999GORBEA,, 2000)). neció a Gorostiza, lugar actualmente despoblado que aparece mencionado en la Reja de San Millán en unas donaciones que, en el año 1067, el obispo Nuño y varios nobles efectúan a la iglesia de San Vicente de Acosta: «ego senior Didaco Gondissalvo de Gavari dono (...) in villa Gorostiza, mea portione, cum divisa (Cart. Su fase constructiva «prerrománica» debe pertenecer sin duda a este periodo. La localidad de Hueto aparece recogida también en la Reja de San Millán de 1025. La iglesia fosilizada dentro de la que se erigió posteriormente en «estilo románico» debe corresponder también a la misma época. Podemos, por tanto, presuponer una adscripción cronológica para estos ejemplares en la undécima centuria. De Eribe no tenemos constancia documental hasta la lista del Arcedianato de Alava de 1257. Ello, sin embargo, no resulta cronológicamente determinante porque esta localidad está ubi-cada en la circunscripción de Zuffia de Suso que entrega a San Millán 12 rejas por todo el territorio, sin especificación de núcleos particulares, aún cuando conocemos la existencia de aquellos desde fechas anteriores como en el caso de Acosta (781), Cestafe (871), o Letona (871) que han perdurado hasta la actualidad. Cronología: siglo XI. c) Iglesias: San Pedro de Gorostiza, San Martín de Eribe, San Vicente de Hueto Abajo. Grupo 5 a) Variables: Muros de mampostería bien recogida (3), bien extraída de cantera por capas naturales (4) bien semielaborada (5). Esquinales con material semielaborado ( 14) y piezas escuadradas (15). b) Cronología: idem grupo 6. c) Iglesias: Nuestra Señora de la Asunción de Valluerca, San Andrés de Tortura, Santiago de Gujuli, San Bartolomé de Olano, La Natividad de Hueto Arriba. Grupo 6 a) Variables: Muros de mampostería bien extraída de cantera por capas naturales (4) bien semielaborada (5). Material semielaborado también tanto para esquinales ( 14) como para ventanas (23). Saeteras a los pies articuladas en dos niveles (54). b) Existen varias iglesias -una (Eribe) mencionada ya en el grupo anterior, tres en este grupo (Tortura, Gujuli Olano), y cuatro en el siguiente (Acilu, Gopegui, Ondategui y Gáceta)-cuya primera documentación es muy tardía (Arcedianato de Alava de 1257). De esta retardada aparición en el registro escrito podría deducirse una cronología igualmente tardía. La conclusión, sin embargo, sería precipitada. Al igual que veíamos en Eribe -y ello resulta altamente significativo-en seis de los siete casos restantes las iglesias aparecen ubicadas en circunscripciones que entregan sus diezmos a San Millán de forma conjunta (Gopegui, Ondategui y Olano en la circunscripción ya mencionada de Zuffia de Suso, Gujuli en la de Urca y Tortura en la de Quartango). El caso, sin embargo, de Gáceta puede servirnos como indicador cronológico. Esta localidad no aparece mencionada en 1025 a pesar de estar ubicada en la pequeña circunscripción de Hiraszaeza en la que el recaudador de San Millán anota hasta 15 núcleos de poblamiento que deben sus diezmos al monasterio emilianense, alguno de ellos ubicado en sus inmediaciones, como es el caso de Burguellu (actual Elburgo) situado a menos de un kilómetro. Es posible deducir de este hecho significativo que la aparición de Gáceta sea posterior a la fecha de la Reja y convertir este dato en un post quem que permita adscribir las iglesias de los grupos 5 y 6 a una horquilla cronológica situada entre 1025 y finales del XII o comienzos de la centuria siguiente, fecha en la que el «románico» se extiende por el territorio alavés. Cronología: siglos XI-XII. c) Iglesias: San Juan Bautista de Acilu, Nuestra Señora de la Asunción de Gopegui, San Lorenzo de Ondategui, San Martín de Otazu, San Martín de Gáceta, San Esteban de Zuazo de Vitoria. ALGUNOS APUNTES A MODO DE CONCLUSION Hemos de advertir, antes de nada, que el trabajo de campo que se está llevando a cabo en el contexto de la tesis doctoral mencionada no está todavía finalizado. Es probable, por lo tanto, que el mapa que presentamos se modifique en un futuro próximo. Esta circunstancia nos obliga a ser prudentes a la hora de efectuar consideraciones de carácter histórico sobre dinámicas poblacionales o procesos de ocupación del territorio. No es esta nuestra intención ni es éste el marco -por su extrema brevedad-que permita aportaciones de esta naturaleza. Las ideas que se apuntan hay que tomarlas, en consecuencia, como reflexiones que orientarán la investigación en curso. Llamamos la atención, en primer lugar, sobre la ubicación -no sabemos hasta qué punto significativa-de las iglesias de los siglos IX y X en los márgenes de la Llanada alavesa. Este emplazamiento periférico en valles bien protegidos o a pie de sierra pudiera estar reflejando, quizá, al menos dos cosas: a) En primer lugar, una complicada situación geopolítica, con continuas incursiones musulmanas 7 que hacían que un territorio como la llanada, abierto y surcado por una iter XXXIV todavía en uso 8, resultara poco seguro para la prosperidad de asentamientos estables. Es por ello por lo que éstos madrugaron antes en lugares geográficamente más protegidos y adecuados a unas circunstancias como las descritas. b) En segundo lugar, su emplazamiento pudiera estar reflejando también la dedicación predominantemente ganadera -ya subrayada por la historiografía-de las primeras aristocracias, laicas o eclesiásticas, que se establecen en valles y pies de monte de fácil acceso a los pastos que necesitaban sus animales. Esta dedicación queda atestiguada en el sorprendente número de cabezas de ganado que, en calidad de diezmo, recibía el conde Diego de tres de sus monasterios o iglesias propias ubicados en el valle de Ayala 9. El análisis de las técnicas constructivas permite avanzar algunas otras consideraciones de interés sobre los contextos productivos que permitieron la construcción de aquellos templos primitivos. El Grupo 1 refleja unas capacitaciones (recurso a la técnica de cantería, ejecución de bóvedas sobre pechinas como en el caso de la fase primera de San Román de Tobillas) que sólo pudieron sufragar comitentes perceptores de rentas importantes. La generosa dotación que el abad Avito efectúa al recién fundado monasterio de San Román de Tobillas confirma, en este sentido, las capacidades excedentarias de quien fuera su promotor 10. 8 Como lo han demostrado las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en Mariturri, asentamiento próximo a Armentia que desde fechas tempranas se ubicó junto a la vieja calzada romana. Las excavaciones han confirmado que ésta continuaba en uso en fechas tardoantiguas y que su trazado seguía vigente en periodo altomedieval como lo demuestra otro iter de dimensiones más reducidas detectado también en los trabajos que se han llevado a cabo. (Información debida a Julio Núñez, director de las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el asentamiento mencionado). 10 Constituida por 24 yuntas de bueyes, 100 vacas, 80 yeguas, 20 caballos y mulos, 500 ovejas, pozos de sal en las Salinas de Añana, 24 libros y extensas propiedades distribuidas por Losa, Orduña, Valdegovía, Valluerca, Quintanilla, Acebedo, montes Obarenes, Bureba, Cerezo y Lara. Los dos ejemplares del Grupo 3 constituyen también casos excepcionales. La segunda fase de San Román de Tobillas, llevada a cabo en el año 939 y ejecutada con sillares labrados ex novo para la ocasión, se ha convertido -hasta la fecha-en uno de los testimonios más madrugadores que conocemos para el norte peninsular sobre la recuperación de ciclos constructivos complejos. Tampoco es casual que, en este caso, sea de nuevo un personaje relevante -el presbítero Vigila, emparentado probablemente con la familia condal alavesa-quien lleve adelante una iniciativa de esta naturaleza. Las iglesias del Grupo 2, en cambio, parecen más propias de comitentes con menos recursos económicos que pudieran ser esos seniores locales que, desde fechas tempranas, comienzan a menudear en la documentación de los principales cartularios: senior Arroncio, dompno Vitulus, dompna Obtavia (871), o también las propias comunidades campesinas que participan, por estas fechas, en un crecimiento agrícola cada vez mejor atestiguado en ámbitos geográficos limítrofes al nuestro (PASTOR, 1996; GARCÍA CAMINO, 2002). Con menos posibilidades económicas 11, como decíamos, e incapaces todavía de iniciativas constructivas de mayor porte, recurrieron sin duda a artesanos locales que levantaron sus edificaciones con materiales e instrumentos que denuncian el predominio del albañil sobre otros artesanos de mayores conocimientos técnicos. Los templos de los grupos 4-6, de cronología más tardía adscribible a los siglos XI y XII, van ocupando ya espacios más centrados que, significativamente, comienzan a jalonar ya la vieja iter XXXIV. Su presencia y diversificación responde al crecimiento económico que acompañó al cambio de milenio. Muchas de estas iglesias -tanto en estos casos como en los de las dos centurias anteriores-, fueron con toda seguridad agentes activos que coadyuvaron a la fijación del poblamiento campesino en el proceso de crecimiento que se detecta a partir del siglo VIII 12. Que en algunos casos fueron, además, centros perceptores de las rentas señoriales es cosa admitida ya por la historiografía y queda comprobada también en nuestro caso por los silos que, cada vez con más frecuencia, se están detectando en las excavaciones arqueológicas o las estructuras anexas que algunas iglesias tuvieron -tal y como denuncian las ménsulas conservadas generalmente en sus fachadas septentrionales-y que debieron funcionar a modo de cellarii. Finalmente no hay que olvidar tampoco el carácter representativo que alcanzaron, sobre todo las de los siglos XI-XII como símbolos del paulatino aumento del poder señorial. Resultan del máximo interés, en este sentido, las iglesias del grupo 6, caracterizadas por su hastial occidental articulado en dos niveles de saeteras que traslucen la existencia de otros tantos forjados interiores y que invitan a interpretaciones sobre su funcionalidad del máximo interés 13. * * * Cuando la gran movilización de recursos propios de una sociedad ya feudal permita la construcción de las iglesias que llamamos «románicas» a partir de la segunda mitad del siglo XII y sobre todo a lo largo de la centuria siguiente, el futuro deparará distinta suerte a los pequeños templos que habían ido floreciendo durante los siglos altomedievales. -Bastantes de ellos continuaron como parroquias y como tales han perdurado hasta nuestros días. Sus primitivas fábricas han desaparecido completamente en muchos casos, pero en otros, afortunadamente, han quedado fosilizadas en las estructuras románicas que las substituyeron. Es el ejemplo, bastante paradigmático, de Hueto Abajo. Tal y como se refleja en la imagen que presentamos (Fig. 1), la pequeña iglesia altomedieval pervive aún como humilde testimonio semioculto en la potente estructura de fábrica del siglo XIII; una construcción ésta que luce orgullosa el poder económico de unos comitentes capaces de sufragar el coste generado por unos ciclos productivos mucho más especializados. -Otros templos pervivieron como iglesias parroquiales durante algún tiempo y fueron ampliados incluso en los siglos XII y XIII, pero los núcleos a los que servían acabaron despoblándose y quedan hoy como simples ermitas rurales. Es el caso de San Pedro de Gorostiza que en el siglo XIII es parroquia todavía del Arciprestazgo de Cigoitia (CARO BA-ROJA, 1983: 143), pero que se transformó en «mortuorio» ya para el siglo XVII (LÓPEZ DE GUEREÑU, 1989: 551). 11 Para la cuestión de los escasos recursos de las aristocracias de los primeros siglos altomedievales, cfr. 12 No hay que olvidar, sin embargo, la posibilidad de que la fijación de las comunidades campesinas precediera en algunos casos a la aparición de las iglesias. En el caso de Gasteiz, por ejemplo, hemos documentado un asentamiento estable desde el siglo VIII en adelante, pero la primera iglesia detectada hasta el momento en las excavaciones arqueológicas no puede llevarse más allá de finales del siglo XI. I. García Camino ha prestado atención a esta cuestión en su magnífico trabajo sobre Bizkaia (GARCÍA CAMINO, 2002). 13 En relación con todo ello, parece que estaremos obligados a plantear en un futuro próximo algunas cuestiones que no han recibido excesiva atención en la historiografía de nuestro entorno. Por ejemplo, la cuestión bien conocida en otras latitudes de los sacrarios o «sagrers» catalanas, e ignorada sin embargo en nuestro ámbito geográfico a pesar de que existen indicios suficientes de su existencia. En la necrópolis vizcaína de Momoitio, por ejemplo, fueron detectados diversos agujeros tallados en roca que delimitaban, por el oeste, el ámbito del cementerio (GARCIA CAMINO, 2002: 113-114). Las excavaciones arqueológicas que estamos llevando a cabo en la antigua sede episcopal de San Andrés de Armentia están ofreciendo datos de la máxima relevancia reacionados con este punto. -Hubo, finalmente, pequeños templos altomedievales que no prosperaron de ninguna de las maneras descritas y quedaron como humildes ermitas o, simplemente, como hagiotopónimos fosilizados. Así ocurrió, entre otras muchas, con las iglesias de San Victor de Gardea en Llodio (Cart. San Millán,n.o 15,873), San Milán y Santiago de Abecia (Car. En cualquier caso, el conocimiento más exhaustivo de este proceso aportaría mucha luz a un periodo poco conocido todavía entre nosotros. En este sentido, sería deseable que investigaciones como ésta que esbozamos de forma excesivamente breve, se fueran realizando de manera sistemática en otros territorios porque es casi seguro que son muchos todavía los testimonios altomedievales que siguen resultando invisibles aunque «estén ahí», a la espera de ser descubiertos.
Todo un ejemplo personal y profesional El presente trabajo constituye la base teórica y conceptual desde la que se ha abordado el estudio de los paisajes fortificados de época moderna en la parte occidental de la frontera luso-galaica y se ha diseñado un programa de investigación para tal fin. Se propone una aproximación al estudio de ambas realidades del registro arqueológico desde una aproximación simbiótica entre la Arqueología del Paisaje y la Arqueología de la Arquitectura, introduciendo los conceptos de espacio construido y Arqueología del Espacio Construido. un programa desarrollado para el estudio de los paisajes fortificados de época moderna, que aunque no trataremos aquí, de él derivan algunas consideraciones que sí expondremos. Las reflexiones que traemos a colación surgen de una investigación que tuvo varios objetivos transversales. Uno de ellos intentaba comprender el paisaje fortificado que se construyó en la frontera miñota entre el sur de Galicia y el norte de Portugal durante la Guerra de la Restauração Portuguesa (1640-1668), atendiendo también a procesos previos y a las transformaciones que afectarán después de la firma del tratado de paz en 1668, que establece la frontera administrativa entre Portugal y España. Para estudiar este fenómeno se atendió a las distintas arquitecturas defensivas edificadas en este entorno, que contribuyeron a la transformación de un paisaje de defensa heredero de tradiciones arquitectónicas anteriores y a la construcción de un nuevo paisaje que quedó parcialmente fosilizado en el bajo valle del río Miño. Partimos de la hipótesis de que este paisaje es resultado de la suma de varios procesos patrimoniales. Nuestra investigación intentó entonces identificar uno de estos procesos procurando, a través de la aplicación de la Cadena de Valor del Patrimonio, 5 comprender cómo se había gestado y transformado a lo largo del tiempo. 6En este texto no se trata el estudio de ese paisaje de forma directa, de ello se ocupan otros trabajos de la autora (Blanco-Rotea 2011 y 2015), sino de la reflexión sobre los conceptos de registro arqueológico, arquitectura y paisaje utilizados en ese estudio, así como sobre distintas estrategias de investigación que se ocupan de la comprensión de los espacios construidos desde la arqueología. 5 La Cadena de Valor o Cadena Valorativa del Patrimonio Cultural, fue desarrollada inicialmente por F. Criado-Boado (1996a: 27-30 y 1996c) bajo el concepto de cadena interpretativa y recogida posteriormente por M. González Méndez en su tesis doctoral (1999: 17-23). Será posteriormente cuando se otorgue esta nueva denominación (Amado et al. 2002) porque se considera que "Es más acertado el concepto de cadena valorativa o cadena de valor porque en el proceso [...] entran en juego diferentes estrategias para la producción de conocimiento, no sólo la interpretación" (Barreiro 2009: 10). [...] la inteligencia arqueo-lógica es la capacidad actual para hacer simultáneamente tres cosas: recuperar a través de los objetos la memoria de la razón perdida, preservar debidamente esos objetos y, con ello, la memoria perdida de una otredad radical, y resignificar y revalorizar en la actualidad esos objetos utilizando para ello la razón recuperada. La razón perdida ¿Es cierto que "Vivimos una realidad fragmentada y ésta sólo permite saberes fragmentados, superpuestos y autónomos entre sí" (Martín Hernández 1997)? Nosotros creemos que no, que precisamente estamos asistiendo a una realidad totalmente conectada, 3 rizomática, trans, donde los saberes no se muestran fragmentados, superpuestos y autónomos, sino integrados y dependientes. Creemos además que los proyectos ya no se articulan en base a esos saberes o disciplinas, sino que saberes y disciplinas se conectan en torno a proyectos. La investigación bajo la cual se ha desarrollado este texto se rige por esta filosofía. El objeto ya no es la disciplina académica desde la cual nos enfrentemos al estudio del patrimonio, sino que lo realmente importante es el objeto, el patrimonio. Del modo en que queramos enfrentarnos a él y de la visión que tengamos del mismo, surgirá el entramado disciplinar desde el que abordemos su estudio y construyamos un discurso sobre éste. Este enfoque es el que está detrás de los planteamientos teóricos que aquí se muestran, ya que ha sido el objeto de estudio al que nos hemos enfrentado el que ha demandado un programa de trabajo concreto, en función de su especificidad, 4 2 Este texto está basado en parte de la tesis de la autora, defendida en la Universidad del País Vasco el 18 de julio del 2015: https://www.academia. edu/13166836/Arquitectura_y_paisaje._Fortificaciones_de_frontera_en_el_ sur_de_Galicia_y_norte_de_Portugal._Tesis_doctoral._2015. 3 Hoy no podemos separar el trabajo en Patrimonio Cultural (PC) del nuevo significado social que ha adquirido gracias a su vinculación a determinadas tecnologías. Estos instrumentos conectan distintas realidades en relación con el PC y con cómo se construye el discurso en torno al mismo, conectan disciplinas y agentes. Iniciativas como Patrimoniogalego.net [URL] liderada por Manuel Gago, cuyo objetivo es elaborar un Catálogo Social del PC gallego sobre la base de las nuevas tecnologías y la cooperación social (fundamentado en lo que se denomina inteligencia colectiva -González Sabater 2012: 21-22), son un buen ejemplo de ello (para una explicación de la gestación de Patrimoniogalego. net véase Ayán y Gago 2012: 233-238; recomendamos también en esta misma obra "Eu quero ser andaluz" -Ayán y Gago 2012: 133-135). 3 proceso de apropiación del espacio 8 y artificialización del medio. Entendemos que son objetos que pueden ser estudiados desde distintas perspectivas para poder acceder a los mecanismos que los han producido; que son también documentos que nos informan sobre distintos aspectos de las sociedades que los han generado (su saber tecnológico, su orden económico, social o cultural, en definitiva, su sistema de saber-poder); y que son recursos en el presente, como objetos y documentos debemos estudiarlos y gestionarlos. Estas premisas siguen planteamientos que ya han sido formulados en Arqueología de la Arquitectura (AA) 9 y Arqueología del Paisaje (ArPa). 10 En concreto, hemos usado como modelo conceptual la matriz empleada por Criado-Boado (2012: 193-194) que representa la ontología del Patrimonio Arqueológico (PA) que se resuelve en las tres dimensiones que recogemos arriba, el PA como documento (del pasado), como objeto (del pasado en el presente) y como recurso (en el presente). Esta concepción, no deja de ver el objeto (cultura material mueble o inmueble, paisaje) como eslabón entre pasado y presente, tendiendo puentes entre 8 "Cuando un espacio comienza a ser aprehendido, encerrado, conformado y estructurado por los elementos de la forma, la arquitectura empieza a existir" (Ching 1984: 108). 9 El autor que quizás más haya incidido en estas tres dimensiones de la arquitectura es Azkarate (2001Azkarate (, 2002bAzkarate ( y 2013, por ejemplo), por ejemplo). De manera similar González en su Restauración Objetiva nos habla también de las dimensiones documental, arquitectónica y significativa de la realidad construida (González Moreno-Navarro 1999b: 13). Caballero apunta el doble valor documental y comunicativo o social que tienen los edificios históricos, y, en cierto modo, alude a su valor como recurso cuando además apunta el compromiso que deben asumir los profesionales que trabajan con patrimonio para preservarlo y actualizarlo (Caballero Zoreda 2009: 18). 10 Esta triple dimensionalidad de los bienes patrimoniales ha sido tratada ampliamente en el seno del grupo de investigación en Arqueología del Paisaje, englobado en el actual Incipit, CSIC (véase, por ejemplo, Amado et al. 2002). DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO AL PAISAJE Arquitectura y Paisaje son dos conceptos clave en este trabajo. A pesar de la aparente diferencia que pueda existir entre ambos, la arquitectura es una parte del paisaje, son realidades que están íntimamente relacionadas porque en ambas la acción constructiva está presente tanto en su génesis como en su transformación. Evidentemente hay otros aspectos que en mayor o menor grado las separan, su materialidad, por ejemplo. Pero lo cierto es que entre arquitectura y paisaje existen límites muy difusos que son difíciles de identificar cuando abordamos su estudio de forma conjunta. 7No es nuestra intención hacer aquí un estudio pormenorizado que nos permita responder a las preguntas ¿qué es el paisaje? o ¿qué es la arquitectura?, sino delimitar cuáles son los conceptos de arquitectura y paisaje que hemos manejado para abordar su estudio desde el enfoque que nos interesa y, sobre todo, teniendo en cuenta ese marco conceptual, identificar qué información puede aportar el estudio de la arquitectura y el paisaje al análisis de la fortificación miñota de época moderna (Figura 1). Partiremos de varias premisas. La primera supone que tanto la arquitectura como el paisaje son resultado de un Figura 1. Último tramo del río Miño desde el Alto do Cervo (Vila Nova de Cerveira, Portugal). ¿Qué es paisaje y qué arquitectura? APROXIMACIONES DESDE LA ARQUEOLOGÍA recurso. Teniendo en cuenta nuestro ámbito de trabajo, los paisajes y la arquitectura de época histórica, el RA va a suponer el eje sobre el que vamos a articular toda una serie de datos que nos aportan información para enriquecer y precisar nuestro discurso. ¿Qué queremos decir con esto último? La conceptualización del RA, qué es, cómo se forma y qué representa (Schiffer 1987), es uno de los aspectos en los que se ha incidido desde los distintos posicionamientos teóricos en arqueología, generando un debate que ha venido "reflejando el desarrollo de las estructuras ideológicas, tecnológicas y sociales" (Soler 2007: 43) en las que se produjo y que ha tenido como consecuencia que el significado de registro material se haya ido ampliando y complejizando cada vez más (Hodder 2012; Gordillo 2013), vinculado a distintos posicionamientos teóricos,12 parejo a la propia transformación de las técnicas y métodos de excavación pero también a la adopción por parte de la Arqueología de los avances tecnológicos que se han venido desarrollando en otras disciplinas (Soler 2007: 43-44). Precisamente porque es la naturaleza de las fuentes que emplea la arqueología la que determina su especificidad frente a otras ciencias históricas, ya que el discurso arqueológico, tradicionalmente, se ha construido sobre un registro preliterario, frente a otros discursos históricos (Criado-Boado 2012: 181). Aunque esta afirmación es válida para la arqueología prehistórica, cuando nos enfrentamos a la construcción de un discurso sobre sociedades de épocas históricas desde la arqueología, el RA debe convertirse en el eje sobre el que se articulan otros datos de distinta naturaleza, el Registro Escrito y Documental (REyD), por ejemplo. Éste sería el caso de las Arqueologías más acá de la prehistoria, incluyendo la arqueología del presente. Cabría preguntarnos ¿por qué el eje de la construcción de este discurso debe ser el RA y no el REyD? Creemos que es su carácter contextual el que le confiere esa posición, el RA está anclado en uno o varios contextos: se genera para ser usado, contemplado o habitado en un contexto, y forma parte del mismo; es objeto, acción y resultado de esa acción; nos informa sobre los efectos que otras acciones y el tiempo han producido sobre él, por lo tanto, nos permite acceder a la relación entre la acción social originaria y sus productos (Hodder su dimensión documental y como recurso. A esta matriz que relaciona el pasado y el presente del PA, habría que añadir el componente temporal del futuro, puesto que nuestra valorización del Registro Arqueológico (RA) supone su transformación en el presente y la creación de nuevas relaciones con la sociedad, estableciendo un proceso retroalimentado. La segunda premisa supone que abordaremos el estudio de ambas entidades, arquitectura y paisaje, desde una perspectiva arqueológica, pues ambos se entienden como objetos que pueden ser estudiados y gestionados arqueológicamente, es decir, pasan a formar parte del RA y, sobre todo, del PA. 11 Detrás de la nueva forma de abordar el estudio de los espacios construidos (arquitectónicos y paisajísticos), que se produce a partir de las décadas de 1970-1980, hay un cambio conceptual. En el caso de la arquitectura este cambio se produjo cuando el patrimonio construido pasó a considerarse como documento histórico y, además, como un elemento pluriestratificado. En consecuencia, se demandó el desarrollo de un método arqueológico que permitiera registrar y analizar esas estratigrafías (Utrero 2011: 12), método que se materializó en lo que vino a llamarse lectura de paramentos, englobada dentro de la AA. De igual modo, la ArPa pasó a manejar un concepto de espacio que superó la consideración formalista de espacio como algo dado, como una realidad estática de orden físico y ambiental propia de la Arqueología Espacial procesual, para considerarlo como una construcción social, imaginaria, en movimiento continuo y enraizada con la cultura. Ya hemos esbozado arriba que el RA es el objeto material sobre el que focalizamos nuestra actividad, su estudio nos permite acceder al contexto socio-cultural de las sociedades que nos interesan (Criado-Boado 2012: 189). Nos interesaba reflexionar sobre este concepto tanto por su especificidad como por su carácter contextual. Éste es el primer eslabón de la práctica arqueológica, en el sentido de que constituye los restos materiales que han quedado de una realidad a la que queremos acceder y nos va a servir para construir nuestro discurso, por lo tanto, debe ser nuestro primer 11 "...el patrimonio arqueológico está constituido por aquellos elementos (todos, una parte o ninguno) del registro arqueológico que a través de un proceso de valoración histórica y patrimonial parezca oportuno sancionar como bienes patrimoniales" (Criado-Boado 2012: 192). Si únicamente contáramos con el grabado, tendríamos una referencia inexacta de sus vanos. El dibujante posiblemente se inspiró en la fotografía, lo cual se deduce del encuadre, los personajes representados, las figuras sobre la atalaya..., pero introdujo algunas variaciones porque hizo una representación personalizada del objeto a través, probablemente, de otra representación del objeto (la fotografía). Por eso, el RA se convierte en información de primer orden frente a otro tipo de registro. En 1997 en la Punta Xenete del puerto de A Guarda, la Escuela Taller15 empieza a construir una réplica de este elemento que el ayuntamiento había demolido a mediados del siglo XX para ampliar el malecón (Figura 3). Esta réplica, destinada a Museo do mar, se sitúa frente a la punta donde se localizaba la original. Presenta ventanas bajas, situadas en una posición similar a las del grabado de Avendaño. La construcción de la réplica era una demanda de la ciudadanía guardesa pues esta construcción siempre había sido un símbolo de la villa, tanto es así que su demolición suscitó importantes críticas en su momento, y su imagen ha estado presente en escudos y sellos de A Guarda desde el siglo XIX. Traemos este ejemplo aquí para introducir el hecho de que el RA es un producto del pasado en el presente y, por tanto, además de estudiarlo para reconstruir ese pasado, debemos gestionarlo en el presente. A Atalaia (A Guarda). A la izquierda la fotografía de Buch y Buet (propiedad de A. Martínez Vicente). existe, transformada y despojada de su uso primigenio; en el siglo XX desaparece, pero permanece en documentos gráficos y en la memoria de los vecinos; ya en el siglo XXI se recupera, reinterpretada a través de sus representaciones. Lo que la convierte en patrimonio arqueológico es el haber dotado a esta arquitectura defensiva de un significado y relevancia contextual en la actualidad (Quirós 2013: 24-25). Pero además, la multidimensionalidad y multivocalidad de este tipo de PA hace que pase a formar parte de pleno derecho del Patrimonio Cultural (PC). Sobre arquitectura y paisaje Nuestro acercamiento a la arquitectura y paisaje como objetos de estudio arqueológico se basa entonces en tres conceptualizaciones que entendemos comunes a ambas realidades: son materialización de un concepto, 19 resultado de un proceso y recurso del pasado en el presente. 20 Esta conceptualización nos permite precisamente abordar las distintas escalas en las que se manifiesta el RA, seleccionar las herramientas de documentación, registro y análisis tanto de la arquitectura como del paisaje, y establecer los límites de la investigación. Nuestro objetivo es aproximarnos a los distintos niveles de significación del RA que nos interesa y a la relación que guardan con la sociedad que inició su proceso constructivo. Intentar acceder 18 No es posible dar una definición lo suficientemente flexible y dialéctica sobre Patrimonio Cultural (véase, por ejemplo, la que propone González Méndez 1999: 192). "Este patrimonio no puede ser definido de un modo unívoco y estable. Sólo se puede indicar la dirección en la cual puede ser identificado. La pluralidad social implica una gran diversidad en los conceptos de patrimonio concebidos por la comunidad entera" (Carta de Cracovia, Rivera y Pérez 2000 tal punto, que no sólo tenemos que gestionar el RA que nos permite acceder a la memoria del pasado, sino la propia memoria. La reconstrucción de A Atalaia es un buen ejemplo de ello. Esta visión del RA permite recoger tanto la multidimensionalidad del registro que reconocen los presupuestos teóricos postprocesuales,17 como la multivocalidad propuesta desde otros presupuestos teóricos, como hacen la ArPa y la AA cuando reivindican las tres dimensiones del Patrimonio Arqueológico/Arquitectónico ya mencionadas (objetual, documental y recursiva). Atendiendo a todas estas dimensiones y abordando la interpretación del RA desde marcos conceptuales y teóricos explícitos, superaremos aquella preocupación de V. Lull de considerar el RA como realidad arqueológica. Para el autor, la descripción de los restos arqueológicos es sólo el comienzo de la investigación arqueológica (Lull 1988: 65-66). Esta idea ha sido ampliada posteriormente por otros autores que aún desde distintos planteamientos teóricos insisten en ver el RA desde un punto de vista mucho más enriquecedor y transversal a los distintos eslabones de la práctica arqueológica (Criado-Boado 2012: 189-190). Concordamos en que la recuperación del RA debe realizarse dentro de un contexto social y disciplinar concreto (Criado-Boado 2012: 190), que debe ser especificado. Uno de los aspectos importantes dentro de la argumentación que proponemos, es que el RA pasa a ser PA cuando la sociedad lo sanciona como tal, cuando sufre un proceso de valoración (Amado et al. 2002: 33). El PA, y dentro de él la arquitectura y el paisaje, se compone de objetos físicos que tienen su propia existencia que varía a lo largo del tiempo. Si recordamos el ejemplo de A Atalaia, se construye en el siglo XVII; en el siglo XIX Figura 3. Réplica de A Atalaia construida por la Escuela Taller de A Guarda. Rebeca blanco-Rotea 7 social, de un concepto, y en este sentido se intentarán comprender los ámbitos de esta materialización que afectan a la arquitectura como objeto, desde dentro de sí misma, en sí misma y hacia fuera de sí misma. Nos interesa como espacio, como estructura y como parte de un todo que es su entorno inmediato, el territorio en el que se asienta y con el que se mimetiza o en el que se destaca, para pasar a formar parte del proceso de construcción de un paisaje cultural. En el caso que nos ocupa, se abordó el estudio de la arquitectura entendida como estructura (desde dentro de sí misma y en sí misma) fundamentalmente desde la AA, mientras que el análisis de la arquitectura en su relación con el entorno (hacia fuera de sí misma) se hizo desde la ArPa. Esta aproximación múltiple que aúna los planteamientos teórico-metodológicos de ambas estrategias de investigación, se denominó Arqueología del Espacio Construido (AEC), como veremos más adelante. La AEC se entendió como una forma de abordar de manera conjunta el estudio de la arquitectura y del paisaje, es decir, de la construcción del espacio, no como una subdisciplina arqueológica. Una manera de dar dimensión humana a un espacio es acotándolo, diferenciándolo de otro espacio mediante el uso de la forma y sus elementos (Ching 1984: 108), y es precisamente la información que estos elementos guardan, que está cargada de significados distintos, 22 la 22 "El ente de la arquitectura no sólo hace visible nuestra existencia, sino que la llena de significación" (Ching 1984: 386). a la mayor parte de estos niveles de significación sólo será posible si se hace desde una aproximación múltiple y una mirada interdisciplinaria. Recuperar todos sus niveles de significación, sin embargo, no lo es. La arquitectura se entiende como una tecnología constructiva cuyo objetivo es dar dimensión humana a un espacio (Mañana et al. 2002: 25), pero además ofrece diversos modos de significarse que van desde su propia estructura (el continente), los espacios que ésta crea internamente (el contenido), las relaciones entre interiorexterior (Sennet 1991) o entre lo privado y lo público, su forma de significarse en el paisaje, su representación... 21 Ámbitos que es imposible estudiar desde una única disciplina, como apunta Parenti (1995: 20). Nos centraremos en tres de las dimensiones donde algunos de estos ámbitos se manifiestan y que resultan de interés para nuestra hipótesis de trabajo (Figura 4). Arquitectura como materialización de un concepto En primer lugar, interesa a nuestra investigación la arquitectura entendida como materialización de un pensamiento 21 Sobre el concepto de arquitectura véase Scruton 1979. Comprender la arquitectura como un objeto que puede ser estudiado desde la arqueología, ha posibilitado el desarrollo de la AA, así como una fructífera reflexión en el campo de la restauración arquitectónica25 al entender que el yacimiento arqueológico se extendía más allá del subsuelo y que el edificio formaba parte del yacimiento. Y que en él se aúnan aspectos materiales y simbólicos que debemos decodificar y relacionar adecuadamente (Rabí 2004). Resaltar, nuevamente, que en esta investigación nos aproximamos a la arquitectura desde una perspectiva arqueológica. Intentaremos ejemplificar nuestra concepción de la arquitectura como materialización de un concepto a través de la óptica del objeto de estudio de este trabajo, volviendo a la Figura 4. En la columna de la izquierda se representa una imagen satélite de la Praça Forte de Valença. En ella se observan dos espacios urbanos encerrados dentro de una estructura amurallada con varias figuras geométricas exteriores, formando todo ello un polígono irregular. Nos interesa detenernos ahora brevemente en el modelo de fortificación de época moderna. La aparición de las balas metálicas durante la segunda mitad del siglo XV llevó aparejado la introducción de una serie de cambios en la artillería, que obligaron a buscar nuevas soluciones para la arquitectura defensiva: disminución de la altura de las murallas, construcción de un terraplén por el interior sobre el que situar la artillería y sustitución de los matacanes de la parte superior de las murallas medievales por parapetos macizos más resistentes, además del uso de recintos poligonales, como el que observamos en la Figura 5, o del baluarte. 1809) (copia del Archivo Jaime Garrido; original en el archivo del Gabinete de Estudos Arqueológicos de Engenharia Militar de Lisboa -signatura 2755-2A-25A-36). 9 aportaciones a diferentes campos de la arqueología, la historia, la historia de la arquitectura o la restauración arquitectónica. Autores como Azkarate (2013: 290) definen la arquitectura "como el precipitado final de un denso proceso histórico", por lo que ésta se convierte en depositaria de una memoria que resignificamos en un momento concreto, a través de un proceso de deconstrucción primero y reconstrucción después que nos permite acceder a la huella de esa memoria. En nuestro ejemplo, recogemos en la columna central una imagen que se corresponde con una parte del recinto amurallado de Valença, situado entre los baluartes de São José e de Nossa Senhora do Carmo. En ella se aprecia una puerta de factura medieval inserta en una muralla de la misma época (Figura 6). En la parte superior de la muralla se superpone un parapeto sobre un cordón magistral y se le adosa por el sur el baluarte de São José (en la imagen de la izquierda de la Figura 6, se corresponde con el muro inclinado), que forma parte de las reformas llevadas a cabo en época moderna para convertir la ciudad amurallada medieval en una plaza fortificada, adaptándola a los nuevos sistemas defensivos de la época. A partir de este momento, la plaza sigue siendo constante objeto de ampliaciones, reformas y mejoras en el sistema defensivo. Es hoy el resultado de un proceso constructivo que muestra los cambios producidos en los distintos sistemas de fortificación desde la Edad Media hasta época contemporánea. A su vez las transformaciones operadas en la parte superior de las murallas obligaron a reforzarlas desde la cimentación, construyéndose ahora por el exterior en talud y avanzando los baluartes. Se introducen también nuevos elementos como los revellines, las medias lunas, la torre con cañones, la cañonera o la casamata. A esta fortificación, desarrollada en Europa en el siglo XVI, se la conoce como fortificación abaluartada. En los siguientes dos siglos será objeto de diferentes cambios, en la búsqueda de nuevos modelos encaminados a la mejor defensa de las plazas. Este es el caso de la planta de Valença: la ciudad medieval (que corresponde al recinto situado más próximo al río) se abaluartúa, sus murallas se adaptan a las nuevas necesidades defensivas. Se complementa con la construcción de una obra coronada (la parte derecha de la planta de la Figura 5), se dota de foso y de una serie de defensas exteriores. En definitiva la planta de Valença se construye siguiendo las máximas de la fortificación abaluartada de los siglos XVII-XVIII, está materializando un concepto. Arquitectura como resultado de un proceso En segundo lugar, nos interesa destacar también la arquitectura como resultado de un proceso, de hecho es ésta la idea que se ha enraizado fuertemente en la AA y ha permitido su desarrollo generando importantes Figura 6. Puerta situada en una de las cortinas del recinto medieval de Valença. Los restos de la fábrica medieval son de sillería irregular dispuesta en hiladas horizontales. Está rematada al exterior por un arco apuntado con clave decorada con escudo, mientras que la interior está rematada por un arco escarzano dovelado. La muralla medieval está alterada tanto por la construcción del parapeto que remata la cortina, como por el flanco del baluarte de São José, de perfil ataludado, ambos realizados en un aparejo de mampostería irregular. APROXIMACIONES DESDE LA ARQUEOLOGÍA 10 presente, en el caso de la arquitectura donde su conservación y mantenimiento están ligadas a su uso, esta afirmación se hace especialmente necesaria. El uso (actual) que le demos dependerá de muchos factores, de políticas patrimoniales, de su régimen de propiedad, de su estado de conservación y, ante todo, de su reconocimiento social. Arquitectura como recurso del pasado en el presente La tercera conceptualización manejada, entiende la arquitectura como un recurso del pasado en el presente. Si tenemos la obligación de estudiar y gestionar el PA en el Figura 7. Fotografías del frente suroeste del Castelo de Santa Cruz (2003). En la imagen de la izquierda se pueden observar las fincas particulares que se adosan al frente del castillo, se ha marcado en magenta el Baluarte de la Guía. A la izquierda la Puerta de la Villa a la que se accede a través de un camino situado entre dichas fincas, que han ocupado el espacio en el que se localizaba la media luna de la Villa. El muro de una de las fincas particulares que ocupan el frente sureste del Castelo de Santa Cruz se adosa al ángulo capital del Baluarte de San Sebastián. Proceso de invisibilización del Castelo de Santa Cruz entre la primera mitad del siglo XX y el 2001. En 2009 el castillo empieza a visibilizarse de nuevo a raíz de los trabajos llevados a cabo en FORTRANS y las intervenciones para la rehabilitación y puesta en valor del castillo, además de la urbanización de su entorno. objetivarlo y estudiarlo, pues materializa aspectos de las sociedades humanas para las que el paisaje constituye una dimensión relevante (Criado-Boado 2012: 20). Nuestro trabajo parte de la comprensión del paisaje como un producto socio-cultural que objetiva "sobre el medio físico y en términos espaciales" la acción social, "tanto de carácter material como imaginario", donde la acción social está constituida por las prácticas intencionales y no intencionales (Criado-Boado 1999: 5). Este concepto de paisaje intenta superar la consideración formalista del espacio como una realidad estática de orden físico y ambiental, para considerarla una realidad eminentemente social que se construye culturalmente. El paisaje así entendido supuso una reconversión conceptual del espacio que no sólo sería materia sino también imaginación (Criado-Boado et al. 1991: 29; Criado-Boado 1993a: 42). Esta categoría más contextual entiende que En nuestro ejemplo, hemos reservado la columna de la derecha de la Figura 4 para representar esta conceptualización. No trataremos aquí la distinta valoración que las comunidades locales, gallega y portuguesa, tienen de cada una de las arquitecturas que conforman el conjunto de la fortificación fronteriza, ni tampoco de su valoración como conjunto, pues existen importantes diferencias en su percepción, conocimiento y valoración que van más allá de los objetivos perseguidos en este artículo. Pero resultaba especialmente llamativo descubrir que en A Guarda el castillo había sido prácticamente invisibilizado y eliminado de la memoria de la vecindad, a pesar de ser una de las fortificaciones permanentes de mayor envergadura del lado gallego de la frontera. Se le habían ido adosando fincas privadas que ocultan parte del perímetro; en su frente sudoeste, únicamente el acceso a la Puerta de la Villa se respetó dejando un camino que discurre entre las fincas y sus respectivos muros de cierre (Figura 7). Lo mismo sucedió en su frente sureste, donde los muros que delimitan las propiedades mueren, respectivamente, en el ángulo capital de los baluartes de Santa Tecla y San Sebastián (Figura 8). Su frente quedó oculto tras la vegetación arbórea, al igual que en el interior del castillo de propiedad privada, donde las estructuras construidas quedaron ocultas en un frondoso jardín tras abundante vegetación. Todo ello hacía que esta pieza de la fortificación fronteriza se hubiese invisibilizado en el pasado reciente guardés hasta llegar a eliminarse de la memoria de algunos de sus vecinos y vecinas (Figura 9). Cuando comenzaron los trabajos arqueológicos existía un plan urbanístico para el entorno del castillo que suponía su urbanización, la construcción de pistas y varios edificios de vivienda sobre su glacis. A pesar de los resultados de los estudios previos, este plan siguió adelante como estaba proyectado. Hoy se ha ejecutado parcialmente, se han construido dos de esas torres de viviendas, lo que ha motivado una nueva invisibilización parcial o total del castillo, en función de la ubicación del observador (Figura 10). Esta concepción del paisaje como síntesis (Orejas 1995a: 218-219) ha permitido (definen, articulan y nombran) necesarios para poder llevar a cabo la articulación de un espacio. Analizando estos dispositivos mecánicos (las formas), su configuración, los cambios según el distinto tipo de sociedad, etc., se debería poder llegar a acceder, en cierta medida, a los dispositivos conceptuales que los han generado, a su patrón de racionalidad (Criado-Boado 1999: 10). Espacio, pensamiento y sociedad están íntimamente ligados, siendo la construcción del espacio una parte fundamental de la construcción de la realidad de un determinado sistema de saber-poder, herramientas conceptuales que desarrollada la ArPa. El paisaje así entendido conjuga tres tipos de elementos: físicos, sociales y simbólicos, que a su vez configuran las tres dimensiones presentes en el paisaje: el espacio en cuanto a entorno físico o matriz medioambiental de la acción humana; el espacio en cuanto a entorno social o medio construido por el ser humano sobre el que se producen las relaciones entre individuos y grupos; y el espacio en cuanto a entorno pensado o medio simbólico27 en el que desarrollar y comprender la apropiación humana de la naturaleza (Criado-Boado 1999: 6). Atender a estas tres dimensiones es lo permitirá, para este autor, comprender la globalidad del paisaje y es lo que se aborda en una "Arqueología total del paisaje", frente a otras ArPa que se centran únicamente en una u otra de estas dimensiones. Únicamente añadiremos que el paradigma de paisaje seguido aquí, sigue los presupuestos definidos por Anschuetz et al. (2001), que a su vez toma de Whittlesey (1997), donde éste se define más por lo que hace fronteras de la materialidad del registro (Soler 2007: 48). A partir de estos trabajos el paisaje empieza a entenderse en un sentido relacional que transmite la actividad humana material y mental y se convierte en objeto de estudio histórico (Orejas 1995b: 63). La objetivación del paisaje como tal, implicó entender que el uso del espacio genera unas formas concretas en el paisaje y que esta morfología puede ser estudiada con metodología arqueológica (como el análisis fisiográfico, Criado-Boado 1999: 28). A partir de su estudio, era posible acceder al uso que las sociedades hicieron de esos espacios y, por tanto, a las sociedades mismas a través del conocimiento de sus conductas espaciales, integradas en una racionalidad y en unas pautas globales de comportamiento plasmadas en la morfología de ese espacio. Cuando se entiende que las prácticas sociales se objetivan en el espacio, se pasa a hablar de paisaje, se abandona el concepto más neutro de espacio, y se fijan las bases metodológicas para la investigación. El paisaje se convierte así en el espacio usado, diseñado, pensado, apropiado, sacralizado, abandonado... por diferentes sociedades (Orejas 1995a: 217) (Figura 12). La estrategia de investigación en ArPa se centró en analizar, reconstruir e interpretar los paisajes arqueológicos a partir de los elementos que los concretan, estudiando de manera integral los procesos y formas de culturización del espacio a lo largo de la historia (Mañana et al. 2002: 27). Para ello, se parte de la idea de que las actividades humanas que tienen lugar en relación con el espacio, están organizadas de forma coherente con la representación ideal del mundo que tiene el grupo social que las realiza, o lo que es lo mismo, en el proceso de construcción de los espacios intervienen no sólo los dispositivos mecánicos (físicos) sino que se incluyen también los conceptuales ARQUITECTURA Y PAISAJE. APROXIMACIONES DESDE LA ARQUEOLOGÍA forma avanzada y dinámica en figura triangular, lo que permitía el empleo de sus dos caras exteriores para la defensa de las cortinas y el apoyo en su enfrentado para lanzar fuego cruzado" (Porras 1995: 53). La descripción que hace Porras del baluarte recoge uno de los más importantes principios del arte de este tipo de fortificación, que dice que cada parte de la fortificación defiende y es defendida por otra parte, de manera que "Una fortaleza ha de constituirse como una máquina perfectamente articulada, que haga posible la mutua visibilidad y defensa de todos los elementos arquitectónicos que la componen" (Martín González 1995: 17). Detrás de esta idea se encuentra el hecho de que para conseguir una correcta fortificación se intenta alcanzar una figura que responda a la siguiente máxima: "que una pequeña fuerza resista a una más grande, o un pequeño número de hombres a un número mayor"28 (Figura 14). Esta máxima que se aplicaba al diseño de las fortificaciones se puede hacer extensible a una escala aún mayor, pues una fortificación no defendía sólo una plaza, sino una zona y, en casos complejos como el que nos ocupa donde debía defenderse un territorio muy amplio, formaba parte de un sistema defensivo (Martín González 1995: 9). En el paisaje trasfronterizo miñoto se produce un traslado de las formas características de la fortificación que por lo que es. Las principales bases del paradigma de paisaje manejado por ambos se rigen por cuatro premisas: "1. Paisaje como materialización de un concepto Tras esta introducción al concepto de paisaje volveremos a esa triple conceptualización que nos interesa. Nos serviremos esta vez de la observación del paisaje fortificado miñoto para analizar cómo éste se concreta como la materialización de un concepto, para lo cual revisaremos primero la columna izquierda de la Figura 13. Comentábamos arriba cuáles eran las características básicas de la fortificación abaluartada, y cómo el desarrollo de este tipo de fortificación venía a su vez motivado por el desarrollo de una nueva tecnología armamentística, derivada de la introducción de la pólvora y el consiguiente perfeccionamiento de la artillería. Esta fortificación recibe su nombre del uso del baluarte, "una Figura 13. Modelo conceptual de la noción de paisaje manejada. Se representan las tres conceptualizaciones que nos interesa valorizar y analizar en este texto. La imagen de la derecha corresponde a un Estudio de Fortificação del Teniente General Nicolao de Langres (Ca. Representa la planta de una fortificación ideal, con ocho baluartes y cortinas protegidas por revellines. En la parte superior derecha se presenta un estudio detallado de las líneas de tiro desde y hacia cada una de las partes de esta fortaleza. La imagen de la izquierda muestra el emplazamiento de los castillos de San Felipe, La Palma y San Martín, que defienden la zona más angosta de la ría de Ferrol. Se representan los sectores que baten los dos primeros (San Felipe C-A, La Palma B-D, ambos B-A) (imagen extraída de López Hermida 2005; el original se conserva en el Archivo Intermedio de la Región Militar Noroeste). Como vemos, la defensa de las plazas no sólo se tiene en cuenta en cada plaza, sino también entre plazas que forman parte de un mismo conjunto defensivo. abaluartada y de las máximas a las que estas formas responden, a la espacialidad del territorio (Figuras 14 y 16). De la misma manera que debe existir una mutua visibilidad y defensa entre todos los elementos arquitectónicos que componen la fortaleza, esta máxima se aplica también a la relación entre fortalezas, que funcionan como cada una de las partes de una fortificación, siguiendo una planificación y diseño que trate de cubrir todas las partes del territorio, donde unas arquitecturas visibilicen y defiendan a otras. Ello supone que los ingenieros militares deben llevar a cabo previamente un estudio pormenorizado de la topografía y los distintos elementos morfológicos que la componen, a fin de localizar los mejores emplazamientos, adaptar las plantas a ellos y complementar la defensa natural con la disposición de elementos fortificados complementarios de distinta tipología y funcionalidad (Figura 15). Cada arquitectura se ubica en un espacio estratégico dentro de las zonas que se quieren defender, unas Un ejemplo de ello podemos observarlo en el conjunto defensivo que hemos identificado como subsistema de Goián-Vila Nova de Cerveira-Medos, donde las fortificaciones se disponen protegiendo tanto el paso de barcas que se localiza en el río Miño como las vías de tránsito que discurren siguiendo el trazado del mismo, a uno y otro lado de la frontera, tal y como se puede ver en la Figura 17. Las fortificaciones agrupadas situadas en ambas márgenes del río corresponden a dos momentos distintos,30 uno de época medieval y otro de época moderna. Será en el siglo XVII cuando en torno a dos poblaciones anteriores, la gallega Barca de Goián y la portuguesa Vila Nova de y desde cuántas entidades es visible la entidad analizada (visibilización). Como se puede apreciar existe una relación visual entre todas ellas. Únicamente no existe relación con el Castelo de Medos, que se corresponde en la Figura 19 con el punto situado más arriba, ya que los radios que hemos usado para el cálculo son de 800 m y 2 km, pero desde éste se domina la vía de tránsito terrestre gallega, así como otros puntos a larga distancia, pudiendo ser visible, por ejemplo, el movimiento de grandes tropas cruzando el río, tal y como se muestra en la Figura 20. La ubicación de estas fortificaciones responde a aspectos estratégicos, por una parte, la defensa de las vías de tránsito terrestres o fluvial, por otra, el control de los pasos de barca históricos: en uno de ellos la Praça Forte de Vila Nova de Cerveira se enfrenta al actual Castelo de San Lourenzo, 31 aquí se emplazaba hasta hace pocos años el Ferry que comunicaba Goián con Vila Nova; el otro, situado 31 Este fuerte se construye con posterioridad a la finalización de la Guerra de la Restauração, pero se hizo sobre otro de menores dimensiones conocido como Forte da Barca que fue destruido por los portugueses una vez conquistada la villa. Por lo tanto, el análisis que hacemos de la relación entre ambas fortificaciones corresponde al de las defensas originales de aquel periodo de guerra. Cerveira, se vaya poco a poco articulando un sistema defensivo complejo que protege el paso de barcas del Miño y la vía que discurre por el lado portugués y que comunica Valença, población enfrentada a la ciudad de Tui, y Caminha, situada en el estuario del Miño. En el año 1663 los portugueses ocupan la villa de Goián y comienzan a construir aquí una defensa que funcionará conjuntamente con la que ya existía y se perfecciona a la moderna ahora en Vila Nova de Cerveira (Ericeira 1945, vol. IV: 170 y ss.) habilitando aquí una zona estratégica de dominio portugués en territorio gallego desde donde se efectúan varias incursiones en el país vecino. Los gallegos deciden establecerse entonces en las proximidades, protegidos por el noroeste por la Serra do Argalo, al otro lado de la vía de tránsito que comunica la ciudad episcopal de Tui y la villa de A Guarda en la desembocadura del Miño, construyendo el Forte de Santiago Carrillo en el lugar de Medos. En la Figura 18, se recogen las visibilidades y visibilizaciones que hemos calculado entre las entidades identificadas en el subsistema Goián-Vila Nova de Cerveira-Medos, es decir, qué número de entidades son visibles desde cada entidad analizada (visibilidad) Figura 18. Visibilidad y visibilización entre fortalezas y estructuras que conforman el subsistema Goián-Vila Nova de Cerveira-Medos. Se han calculado en un radio de 800 m y 2 km y se tiene en cuenta también la visibilidad acumulada entre todos los elementos de la totalidad de la raia húmeda. Significado de las abreviaturas empleadas en la tabla: mín.: número mínimo de entidades que se observan desde una entidad concreta; máx.: número máximo de entidades que se observan desde una entidad concreta; Ac. Mín.: número mínimo de entidades que visibilizan teniendo en cuenta el cálculo de visibilidad acumulada; Ac. Máx.: número máximo de entidades que visibilizan teniendo en cuenta el cálculo de visibilidad acumulada. Nombre de entidad Tipo de entidad Estos aspectos materializan en el paisaje las máximas de la fortificación abaluartada por las que se rige el arte de la guerra de época moderna. Vemos cómo las relaciones entre las partes de una fortificación se trasladan al territorio, existiendo también relaciones entre fortalezas. Pero además, también existen otros elementos en este territorio que permiten comunicar un subsistema con otro. Para el caso gallego33 conocemos la existencia de fachos, por la documentación histórica y bibliográfica,34 por su representación en distintos documentos cartográficos (Figura 21) o por la toponimia. A partir de esta documentación, hemos localizado algunos a lo largo del Baixo Miño (se corresponden con los puntos rojos de la Figura 22). Estos se emplazan en zonas de mayor altitud que aquellas en las que se ubican las fortificaciones, normalmente en la línea de montañas que cierra por el norte el valle del Miño. Desde estos puntos hemos realizado el cálculo de visibilidad en un radio de 2 y 5 km, con lo que pudimos comprobar que complementan, a mayor distancia, las visibilidades de las entidades que confirman los subsistemas y que, además, se encadenan con estas y con las del facho anterior y posterior (Figura 22). Paisaje como resultado de un proceso La segunda conceptualización se refiere al paisaje entendido también como resultado de un proceso constructivo que, en este caso, conllevó su adaptación al nuevo arte de fortificar, transformando los espacios urbanos medievales, que estaban ceñidos por una cinta amurallada con sus correspondientes torres, en espacios de mayor amplitud delimitados por una o varias líneas defensivas que a medida que avanzaban hacia el exterior del recinto urbano descendían en altura. Buen ejemplo de ellos son los núcleos fortificados que se construyeron en torno a ciudades medievales anteriores como Caminha, Vila Nova de Cerveira, Tui, Valença, Salvaterra do Miño, Monção o Melgaço. MDE con las entidades que componen los subsistemas de A Guarda-A Ínsua-Caminha y Goián-Vila Nova de Cerveira-Medos. En la imagen central, visibilidades en un radio de 2 km de estas entidades. En la imagen de la derecha, las visibilidades anteriores se complementan con las de los fachos en un radio de 5 km. 20 transformación de sus elementos constructivos (como en el caso de Lapela, donde no hubo una alteración significativa del castillo medieval, Figura 25), o bien se conservan pero son envueltas por estructuras modernas (como en el caso de Tui, Figura 23) o bien se emplean como soporte de las estructuras modernas (como mostrábamos en la Figura 6 para el caso de Valença). Por otra parte, estarían las construcciones realizadas ex novo, escogiendo los emplazamientos que responden a los principios comentados anteriormente y siguiendo ya las máximas de la fortificación abaluartada, como el Castelo de Medos (Figura 21). Pero al igual que sucedía con la aplicación del concepto defensivo de una plaza a la totalidad del territorio, en este caso también se produce el mismo proceso y poco a poco sobre un paisaje anterior, se va conformando a lo largo del periodo de guerra una nueva estructura morfológica que responde a otras lógicas defensivas y constructivas (Blanco-Rotea 2011: 145-148). Un paisaje fortificado que seguirá completándose en los dos siglos siguientes (Figura 24). En este proceso se conjugan dos aspectos, por una parte, la reutilización de fortificaciones previas que o bien se mantienen sin que exista una Figura 24. MDE de la zona de Salvaterra-Monção y Extremo, en el que se han indicado las poblaciones medievales, a la izquierda, y las construcciones realizadas una vez conquistada Salvaterra do Miño en 1643 por los portugueses, a la derecha. Además se han situado los fuertes de Extremo (Forte de Bragandelo y Forte da Pereira) dispuestos en dos altos que jalonan la vía de tránsito que desde Monção se dirige hacia el interior de Portugal por Arcos de Valdevez. de valor del patrimonio, que ha sido posible gracias precisamente a la elaboración de aquel Plan Director y al trabajo de difusión que de él hicieron tanto los miembros del equipo como las distintas administraciones implicadas. El caso de "Espazo Fortaleza" [URL], resultado del proyecto de recuperación del entorno del Forte de San Lourenzo en Goián (Tomiño) realizado recientemente, es un ejemplo de la relación entre la arquitectura y el paisaje como recurso, ya que, por una parte, hace hincapié en la revalorización y resignificación de esta fortaleza, centrándose en un único bien, pero también como punto de partida y lugar de enlace con otros elementos fortificados de la zona a través de una ruta por otras fortificaciones menos conocidas (y visibilizadas) del entorno, que se han englobado bajo el nombre de "patrimonio oculto" dentro de una iniciativa de Turgalicia. Ahora queda por ver la implicación y aceptación que tiene la sociedad local por este tipo de iniciativas y si se identifica o no con ellas. Pensando en una doble dirección Siguiendo nuestro argumento inicial, volviendo a la fuerte relación entre paisaje y arquitectura que apuntábamos al principio y revisando lo visto en los dos apartados anteriores, podríamos decir, siguiendo a Derrida (1986) en su Metáfora Arquitectónica, y trasladando su pensamiento también al paisaje, que arquitectura y paisaje son una espacialización del tiempo y el pensamiento. Si el paisaje es "el espacio de las relaciones sociales" (Orejas et al. 2002: 306), la arquitectura es una porción de ese espacio acotado (Ching 1984: 108), por tanto, paisaje y arquitectura están unidos espacialmente, materializados temporalmente y significados simbólicamente. Unificar el estudio de ambas entidades del registro arqueológico era importante puesto que partíamos de la idea de la existencia de una interacción entre ellas, ya que las arquitecturas defensivas y todas las estructuras asociadas a las mismas (de control, viarias, de interrelación, etc.) conformaban unos espacios construidos, unos conjuntos o subsistemas39 defensivos, y no debían estudiarse, analizarse y Paisaje como recurso del pasado en el presente Algunas de las construcciones que componen el paisaje fortificado miñoto se están convirtiendo en un recurso cultural. El Castillo de Santa Cruz en A Guarda fue recientemente restaurado y rehabilitadas sus construcciones como centro de interpretación de las fortalezas transfronterizas,35 pero existen otros ejemplos similares a ambos lados de la raia. Uno de los aspectos que nos interesa destacar de la iniciativa de llevar a cabo un plan director de las fortalezas transfronterizas de esta zona en 2003 era precisamente su interés por conocerlas, comprenderlas y revalorizarlas como conjunto y como paisaje, sirviendo de base "para a construción de novos equipamentos e dotacións de calidade e para a recuperación de valores culturais materializados na raia húmida" (Vecoña 2006: 5). Precisamente la documentación y valorización de estas fortificaciones y los elementos asociados a ellas, y la divulgación de su conocimiento entre el público en general y las poblaciones locales en particular, permitió poner en marcha distintos procesos de resignificación entre los que se engloban diferentes iniciativas que inciden en la puesta en valor de los diferentes conjuntos defensivos y, con ello, del paisaje fortificado transfronterizo. Una de ellas es el diseño de unas rutas realizadas a pie, en bicicleta y en canoa que tienen como objetivo promover el conocimiento de las fortificaciones del subsistema que se emplaza en el ayuntamiento de Tomiño, bajo el título de "Descubrindo as Nosas Fortalezas".36 O el diseño de una "Ruta de puesta en valor de las fortalezas transfronterizas del Miño" 37 por parte del Estudio Crecente Asociados. 38Este tipo de iniciativas son una muestra de cómo el paisaje se está empleando como recurso, contribuyendo a la puesta en marcha de los últimos eslabones de la cadena sin renunciar a la potencialidad de cada una de ellas, a través no del desarrollo de nuevas arqueologías, que sólo seguirían contribuyendo a la fragmentación del discurso arqueohistórico (Mañana et al. 2002: 23), sino para servir a nuestro propósito de articular estrategias de investigación en torno a proyectos o programas que focalicen sus objetivos sobre el patrimonio, desarrollando perspectivas de investigación y métodos de trabajo realmente adecuados al objeto, y no a intereses disciplinares o curriculares concretos. Por otra parte, ya tratamos en otra ocasión el porqué de la introducción de la AA dentro del grupo de investigación en el que se desarrolló este trabajo (Mañana et al. 2002: 12-13), en el cual se diseñó un plan de investigación centrado en el estudio de los paisajes construidos durante la Prehistoria en el noroeste de la Península Ibérica a través del análisis de la concepción territorial, la forma de conceptualización del espacio y construcción del paisaje generados por las diferentes sociedades que habitaron nuestro país en ese periodo (Mañana et al. 2002: 12). El estudio de estos paisajes se había llevado a cabo desde una escala macroespacial, aportando aspectos sobre la ubicación de los espacios habitacionales, los patrones de emplazamiento, los sistemas de ocupación del espacio y las condiciones medioambientales y de subsistencia; pero era necesario contrastar los modelos a escala macro con otros que permitieran completar y matizar la visión de los paisajes prehistóricos, por lo que se propuso abordar el estudio a escala microespacial del registro arqueológico, lo que nos llevada directamente al análisis de la arquitectura. Inicialmente, este estudio se centró en dos tipos de arquitectura, la funeraria y la doméstica (Mañana et al. 2002: 12), pero la introducción del análisis del registro arquitectónico conllevó además ampliar el periodo cronológico en el que se había centrado el plan de investigación que mencionamos arriba, para trabajar también con arquitecturas de períodos postclásicos, lo cual conllevó, además, analizar construcciones con otras funcionalidades, como las vinculadas a la arquitectura de poder (arquitecturas eclesiásticas y fortificaciones) y, por extensión, con la caracterización de los paisajes en que éstas se ubican y contribuyen a construir. Trabajar con el registro arquitectónico suponía acceder a otras claves para la comprensión de las formaciones socioculturales estudiadas, pues aportaba una importante información que permitía "ver de diferente forma los factores de orden individual, social, políticoeconómico, subsistencial y simbólico que prevalecían en las comunidades del pasado" (Mañana et al. 2002: valorizarse como entidades aisladas. Conjuntamente con el espacio físico articulan un paisaje cultural, un sistema defensivo complejo, el paisaje fortificado transfronterizo del Baixo Miño en Galicia y Alto Minho en Portugal. Si el estudio en detalle de la arquitectura y del paisaje, por separado, ha permitido en las últimas décadas abordar otras dimensiones del registro arqueológico que no estaban antes presentes y acceder así al mayor número de elementos (materiales y simbólicos) que conforman ambas realidades, intentar introducir dentro del proceso de análisis e interpretación del registro arqueológico al paisaje y la arquitectura conjuntamente, nos permitirá acceder a un mayor número de significados. Nuestra propuesta pasará por abordarlas como parte integrante de un mismo espacio construido, con distintos niveles de significación, donde la arquitectura construya paisaje y el paisaje signifique la arquitectura. Trataremos ahora de identificar las herramientas teóricas con las que intentar deconstruir primero y reconstruir después esos espacios pensados, materializados y transformados en la frontera galaico-portuguesa. ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA Y ARQUEOLOGÍA DEL PAISAJE Comentábamos anteriormente, que este texto pretende desgranar el marco conceptual y teórico empleado a la hora de trabajar con el paisaje fortificado de época moderna en la frontera miñota. Valorándolo con distancia, este marco se ha ido ensanchando a medida que nuestras necesidades de investigación se ampliaban y que nuestra visión sobre la arquitectura y el paisaje y la relación existente entre ambos se iba enriqueciendo. Visto con cierta perspectiva, se puede llegar a pensar que, tal vez, sea un marco estrecho y que la AA y la ArPa sean insuficientes para captar todos los matices que los espacios construidos nos proporcionan. Pero lo cierto es que adoptar ambas estrategias de investigación nos ha permitido, precisamente, aunar, ampliar, abrirnos y buscar sinergias con otras disciplinas. Creemos que ambos enfoques al haber adoptado (y contribuido a construir) los conceptos de arquitectura y paisaje a los que nos hemos referido más arriba, nos permitieron generar aproximaciones al patrimonio construido mucho más abiertas, dinámicas y, al final, transdisciplinares que las que habríamos conseguido con otros enfoques más tradicionales. Se puede ampliar más el marco, pero nuestra propuesta pretende aunar ambas perspectivas actualidad. Este concepto surge, sobre todo, en ciertas aproximaciones de la Arqueología, la Geografía y el Urbanismo, desde hace 25 años (aunque ya había sido acuñado por el geógrafo Carl O. Sauer, de la escuela de Berkeley, en los años veinte del siglo pasado), y sólo más tarde se incorpora en otras disciplinas (como la Historia del Arte, la Arquitectura o la Historia)" (Barreiro et al. 2009: 8). Para Orejas en los orígenes de la ArPa deben tenerse en cuenta dos aspectos relacionados entre sí. Por una parte, el contexto científico que ha motivado que en el campo de la Arqueología, durante la década de 1980 la ArPa fuera suplantando paulatinamente a la Arqueología Espacial y agrupando los análisis territoriales sobre el mundo antiguo, lo que "responde a una nueva realidad científica y social desde que en los primeros años de la década pasada, se sentaran las bases de la superación tanto de los enfoques fenomenológicos como de los derivados de la arqueología procesual" (Orejas 1995a: 216). Por otra, el contexto social desde el que aparece una idea de patrimonio en la que ya no se subraya la yuxtaposición de elementos, sino el "reflejo de la dinámica social que dio lugar a su construcción y uso" (Orejas 1995a: 216). En esta idea encajaría una ArPa que "supone integrar, interpretar y comprender en un doble sentido: la lectura (o las lecturas) que nosotros hacemos hoy de un paisaje del pasado y la (o las) que de él hicieron las comunidades que lo construyeron" (Orejas 1995b: 62). Uno de los aspectos necesarios para que se produjera este desplazamiento de la Arqueología Espacial por parte de la ArPa, es que tuvo lugar dentro de un determinado contexto historiográfico (Bernardi 1992; Rossignol and Wandsnider 1992; Ashmore and Knapp 1999) en el que se introdujo una nueva perspectiva sobre la práctica arqueológica y su objeto de estudio, que quedó reflejada en el marco conceptual propuesto para definir los términos básicos manejados por la ArPa (Mañana et al. 2002: 26), nos referimos a los términos arqueología, registro arqueológico y, sobre todo, paisaje, sobre los que ya hemos abundado en el apartado anterior. De acuerdo con aquel nuevo marco teórico y conceptual la ArPa se definió como la inclusión de la práctica arqueológica dentro de coordenadas espaciales, a través de las cuales se trata de pensar el registro y la cultura material arqueológica desde una matriz espacial y, al mismo tiempo, convertir el espacio en el primer objeto de la investigación arqueológica para no solo reconstruir los ambientes del pasado, sino también intentar elaborar 12). A partir de estos planteamientos y de la adopción del estudio de la arquitectura desde la AA, se diseñó un programa de investigación integral centrado en la arquitectura y los espacios construidos que se acabó articulando en cuatro sublíneas de investigación: monumentalidad megalítica, espacios domésticos de la Edad del Hierro, arquitectura histórica y espacios agrarios. El objetivo entonces de la introducción de la AA fue, por una parte, atender al cambio de escala macroespacial a una microespacial y, por otra parte, a la ampliación de nuestra óptica arquitectónica para abarcar el estudio de nuevos periodos y de estructuras con otras funcionalidades. La base conceptual inicial de aquella propuesta fue la ArPa (Criado-Boado 1999), pero era necesario introducir otras estrategias de investigación que completaran una aproximación macro al espacio construido. Se entiende la ArPa como un modelo interpretativo del registro arqueológico, donde los elementos que lo conforman, sea cual sea su escala, se analizan "como objetos implicados en el paisaje y participantes del mismo" (Parcero-Oubiña 2000: 20), y también como una estrategia de investigación derivada de ese modelo, tal y como proponen Barreiro et al. (2009: 4). Entender la ArPa como tal implica, al mismo tiempo, manejar una determinada concepción de paisaje, donde éste es tanto un contexto como un objeto de estudio susceptible de ser analizado e interpretado con una metodología arqueológica (Parcero-Oubiña 2000: 20),40 como hemos visto. Este marco interpretativo pretende superar, tal como apuntamos, una perspectiva espacial determinista (Mañana et al. 2002: 25). En la ArPa se integran numerosas corrientes que conforman un variopinto panorama, pues el estudio del paisaje es de interés a numerosas disciplinas, en él "confluyen intereses, puntos de vista, tradiciones académicas y de investigación y técnicas diferentes" (Orejas 1995a: 222). Dentro de este interés, la arqueología se ha mostrado como una de las más activas, en parte por ser "precursora en la problematización e investigación del concepto de paisaje cultural, de gran fortuna en la marco teórico. Sin embargo, podemos indicar que muchos de los esfuerzos desarrollados dentro de la ArPa se encaminaron a llevar a cabo un desarrollo metodológico que insistía en abordar nuevos aspectos el registro, no tratados hasta la fecha, y en incorporar determinadas técnicas de análisis, centrándose en elementos más perceptivos del paisaje, en definir de forma más precisa el registro arqueológico y en ofrecer explicaciones más globales (Soler 2007: 43; Tilley 1994; Knapp and Ashmore 1999). En el caso del paisaje, la aplicación de técnicas como la fotointerpretación, los análisis de 14 C, la dendrocronología, los análisis polínicos, la teledetección, la informatización del registro arqueológico, el uso del GPS, de los SIG (Sistemas de Información Geográfica) o, más recientemente, los datos LiDAR, supuso reconocer que es necesario contar con un mayor número de información y que ésta sea de mejor calidad, de manera que permita profundizar en aspectos no registrados desde perspectivas de investigación anteriores. El uso de estas técnicas transformó la visión de la naturaleza de los datos arqueológicos y su interpretación, enriqueciendo significativamente la disciplina arqueológica (Soler 2007: 44). Diseñar una metodología específica en ArPa está directamente ligado al concepto de paisaje manejado (Orejas 1995a: 217), como sucede también con la arquitectura, de ahí la importancia de su definición previa. En todo caso, la autora apunta que los paisajes antiguos son resultado de racionalidades antiguas que no deben analizarse desde la nuestra, tener esto en cuenta conlleva implicaciones metodológicas, siendo necesario incorporar la comprensión pretérita del paisaje, junto a su explicación: "el espacio sólo adquiere sentido cuando va acompañado de una lectura del individuo o de la comunidad, que genera determinados comportamientos, actitudes y formas de percepción" (Orejas 1995a: 218-219). Orejas propone que para entrar de lleno en el estudio del paisaje y el territorio es necesario superar el análisis de los mapas de punto y de las relaciones planas entre ellos para analizar las relaciones espaciales tridimensionales y temporales, para acceder así a las articulaciones de las diversas formas, su origen y evolución (Orejas 1995a: 219). Este aspecto ha tenido implicaciones prácticas a la hora, por ejemplo, de desarrollar un sistema de registro arqueológico desde ArPa. "La Arqueología del Paisaje repiensa el yacimiento como área, y como consecuencia de ello prioriza no sólo la importancia de localizar y de definir el yacimiento, sino también de delimitarlo y zonificarlo" (Amado et al. 2002: 22). modelos sobre las interrelaciones entre espacio imaginado, utilización del espacio y organización social en las comunidades (pre)históricas (Mañana et al. 2002: 26). La propuesta desarrollada por el equipo dirigido por Felipe Criado-Boado, intentaba diseñar un Programa de Investigación en Arqueología del Paisaje y Paisajes Culturales, que trataba de estudiar el paisaje entendido como una dimensión relevante de las sociedades humanas, puesto que no sólo constituía la base en las que éstas se desarrollaban sino también su resultado y, como tal, representa a la formación sociocultural (Criado-Boado 2012: 20). 41Sobre esta base conceptual, el objetivo cognitivo de este Programa de Investigación y de la ArPa sería deconstruir los paisajes sociales, "descomponer los mecanismos mediante los cuales las tecnologías espaciales y arquitectónicas producen el espacio doméstico reproduciendo el sistema de poder" para mostrar después "que el espacio construido es el producto de una serie de mecanismos de representación" de un determinado sistema de saberpoder (Criado-Boado 1999: 2), gracias a un ejercicio de reconstrucción (a partir de la deconstrucción) de los paisajes arqueológicos como "medio para penetrar en la prehistoria del pensamiento" (Criado-Boado 2012: 20-21). En la reconstrucción de los paisajes históricos que aquí nos interesan tenemos la ventaja de que contamos con otro tipo de información que podemos sumar a la información que nos proporcionan los paisajes como RA. Constituye un ejercicio que nos permite inferir conclusiones desde informaciones, herramientas y disciplinas que pueden actuar conjuntamente. Estamos de acuerdo con Orejas et al. cuando dicen que los procesos de formación de un paisaje son tremendamente complejos, por ello, documentarlo e investigarlo requiere una aproximación flexible e interdisciplinar que combine varios métodos, e interpretarlo requiere tener en cuenta una gran variedad de factores (Orejas et al. 2002: 303 y 305). Uno de los aspectos por los que deberíamos preguntarnos a continuación es cómo podemos llevar a cabo el estudio de estos paisajes (deconstrucción) y su interpretación (reconstrucción), pero no es el objetivo de este texto tratar el proceso metodológico, 42 sino el naturaleza arquitectónica y también una estrategia de investigación derivada de ese modelo. La AA es ciertamente joven y, por lo tanto, todavía se encuentra en construcción. Pero no por ello podemos decir que esta estrategia de investigación esté poco extendida, todo lo contrario, al analizar la evolución que ha tenido en las últimas décadas (desde la de 1990 cuando Mannoni (1990aMannoni (, 1990b) ) acuñó el término Arqueología de la Arquitectura), sobre todo en ciertos contextos europeos como el italiano y el español, observamos que ha gozado de una importante implantación y desarrollo en ámbitos relacionados, por una parte, con la investigación de edificaciones y conjuntos históricos y, por extensión, de las sociedades que los construyeron, transformaron y habitaron, por otra, con la restauración y rehabilitación arquitectónica. Si bien es cierto, en la década de 2000-2010 los contextos de aplicación, las metodologías y el ámbito geográfico se han ido ampliando poco a poco, tal y como apuntan distintos autores (Quirós 2002: 31 y 2006; Utrero 2011: 17-19; Azkarate 2013), "...la AA se está convirtiendo en un campo de juego abierto a cuantos les interesa el espacio construido como herencia del pasado, pero también como recurso para el futuro, como depósito de memorias históricas, archivos estratigráficos, como elenco de técnicas constructivas, compendio de dimensiones simbólicas y significantes, reflejo de conflictos y vivencias sociales, en definitiva como topografía de las complejas 'constelaciones cotidianas' de la sociedad" (Azkarate 2013: 272). Es precisamente en esta década, en la que han aparecido varios trabajos en España que recogen con bastante precisión el nacimiento, desarrollo e implantación de la AA en diferentes contextos europeos (Quirós 2002 y 2006; Utrero 2011), con un interesante análisis sobre las causas que están detrás del progreso diferenciado de la misma entre distintos países, como Inglaterra, donde se pusieron las bases en la década de 1970 para el desarrollo tanto metodológico como de nuevos sistemas de registro que posibilitarían la extensión del método estratigráfico al análisis de la arquitectura (Utrero 2011: 12), o Italia, donde se llevaron a cabo "las primeras sistematizaciones teóricas y aplicaciones al análisis de las construcciones históricas entendidas como secuencias de unidades estratigráficas" y donde realmente la AA se consolidó como disciplina (Utrero 2011: 13-18), sobre todo a partir de la década de 1990 cuando, como decíamos, Mannoni acuña este término que aglutinaba experiencias heterogéneas que resultaban de la aplicación de instrumentos, conceptos y problemáticas de la En el marco en el que se desarrolla esta propuesta teórica, la ArPa se concibió como una propuesta que "apunta hacia una necesaria transdiciplinariedad, vertebrada en torno al paisaje, concepto que, cada vez más, se va revelando como clave para ahondar en los procesos de conocimiento y ordenación del territorio" (Barreiro et al. 2009: 8), porque además: "Cualquier intervención propuesta [desde el presente] es un nuevo elemento en la dinámica de los paisajes, al investigar sobre ellos los repensamos, les damos un nuevo sentido y los incorporamos a nuestro presente" (Orejas 1998: 18). ALGUNAS CUESTIONES SOBRE ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA En cuanto a la AA, nos centraremos en varios aspectos que consideramos importantes: por una parte, la redefinición del concepto de arquitectura que tuvo lugar en los orígenes de esta estrategia de investigación; por otra, su heterogeneidad (entendida en un sentido positivo) en su posterior desarrollo; finalmente, en su contribución a la "transición epistemológica y renovación metodológica" que la disciplina arqueológica viene atravesando desde la década de 1990 e incluso antes (Azkarate et al. 2002a: 9). No haremos, sin embargo, un análisis pormenorizado de la misma, más allá de estos aspectos, puesto que éste se realizó en varios trabajos durante las últimas dos décadas (Quirós 2002 y 2006; Utrero 2011; Azkarate 2013; entre otros). Más allá de las definiciones que hagamos de la AA, ésta, como categoría conceptual, ha sido identificada como disciplina de pleno derecho,43 pero también como un universo de experiencias de naturaleza diversa, que ha ido adquiriendo un perfil específico en la década de 1980-1990 y que sigue siendo objeto de un proceso de construcción y experimentación enriquecido de forma constante con distintos enfoques (Azkarate 2013). En este sentido, la AA ha seguido un proceso de consolidación que, en ciertos aspectos, guarda muchos paralelismos con la ArPa, empezando por el propio cambio en la concepción de su objeto de estudio y en la aproximación a su análisis desde la arqueología y con herramientas metodológicas propias de ésta. Es por ello que creemos que aquella afirmación que hacíamos sobre la ArPa puede hacerse extensiva a la AA, entendiéndola como un modelo interpretativo del registro arqueológico de "La labor arqueológica en centros urbanos ha venido enriqueciéndose a partir de la introducción de los métodos que la Arqueología de la Arquitectura emplea para el estudio de alzados. Esto ha traído consigo una gradual transformación en la conceptualización de estos contextos, que aún se abre paso entre los investigadores, para la comprensión de las construcciones como totalidades de varios niveles de materialización cultural" (Rodríguez y Hernández 2005: 4). Algunas de estas experiencias latinoamericanas ya están siendo publicadas en revistas especializadas en contextos europeos, aunque su difusión en ellos es todavía muy escasa (véase, por ejemplo, Rolón y Rotondaro 2010: 213-222). Desde nuestro punto de vista esta escasa difusión está motivada por dos cuestiones distintas pero relacionadas, en primer lugar, la fuerte tradición estratigráfica de la AA europea (mediterránea sobre todo) y, con ella, del método estratigráfico como herramienta casi exclusiva de análisis de la arquitectura; en segundo lugar, la diferente concepción de arquitectura de la que se parte en ambos contextos, fundamentalmente entre la AA anglosajona y latinoamericana y la del sur de Europa, donde el estudio del espacio en arquitectura no ha sido asumido de la misma manera. En este sentido, creemos que es importante apostar por una postura abierta como la que propone Azkarate cuando dice que deberíamos "aprender de la historiografía anglosajona en la que, desde hace ya algunas décadas, se habla con toda naturalidad de archaeology of architecture para referirse a experiencias distintas nacidas de enfoques también muy diversos" (Azkarate 2013: 272). Revisando los inicios, focalizando objetivos, buscando una definición Ese compendio de experiencias que desde la arqueología focalizaron su interés en el estudio de la arquitectura, cogió cuerpo no sólo en el momento en que Manonni las aglutina bajo una única denominación, sino sobre todo porque se consolidó una tradición que defendió que un edificio histórico era ante todo un documento que aportaba información sobre sociedades pasadas (Azkarate 2013), era cultura material y podía ser estudiado como tal con una metodología arqueológica. Este cambio de visión de la arquitectura desde la arqueología, permitió que ésta pasara a entenderse no sólo como una estructura, un contenedor de espacios y funciones, sino como un objeto cargado de contenido, como un documento que había que decodificar. En parte, esta nueva concepción no hizo sino ampliar los pasos que dio el postprocesualismo cuando reconoció el carácter multidimensional del registro arquitectónico y se concibió la arquitectura disciplina arqueológica al estudio de la arquitectura 44 (Quirós 2006). También en esta década se lleva a cabo un análisis más profundo de la situación y perspectivas actuales en AA, que si bien ya habían sido tratadas en los trabajos arriba mencionados (Utrero 2011), es Azkarate (2013) quien hace especial hincapié en una doble tendencia que se viene notando de forma más reciente. Esta tendencia se hace eco, por un lado, de la necesidad de potenciar nuevos enfoques en el estudio de la arquitectura para desarrollar la investigación de los espacios construidos con propuestas que proceden de distintos campos de investigación (arquitectura, semiótica, historia del arte, antropología...). 45 Estos enfoques entienden que el espacio es un concepto fundamental en arquitectura y han desarrollado estudios que inciden tanto en el análisis del espacio tridimensional como perceptivo, pero asumen además el concepto de Norberg-Schulz (1980: 13-15) de espacio existencial, que entiende que la espacialidad de la arquitectura está integrada dentro de la racionalidad que la generó. Una vez asumida esta concepción, tiene sentido el análisis de los aspectos geométricos y perceptivos del espacio a los que nos referíamos arriba (Mañana et al. 2002: 27). Estos enfoques se han desarrollado, fundamentalmente, en contextos de aplicación anglosajones donde ya existía una importante tradición en este sentido. En nuestro país es todavía escasa su difusión, aunque cada vez tienen una mayor representatividad en publicaciones especializadas en AA. La segunda tendencia a la que hace alusión Azkarate, se refiere a la implantación de la AA en otros ámbitos internacionales donde se están produciendo múltiples experiencias con problemas de investigación, enfoques y métodos muy heterogéneos, como sería el caso de Latinoamérica: 46 44 Son varios los autores que han incidido en la existencia de una tradición anterior en arqueología que se centró en el estudio de la arquitectura (Latorre y Caballero 1995, Quirós 2006, Azkarate 2013), pero frente a aquella tradición basada en una historia de las formas, de los estilos y de las técnicas que Mannoni denominó "la arquitectura en la arqueología" (Quirós 2006) y que se basaba en métodos estilístico-comparativos (Azkarate 2013), la AA que comienza en los años 70 del siglo XX y se materializa en los 90, se dota de nuevos instrumentos de análisis y se plantea nuevos problemas de investigación, que motivan, precisamente, la búsqueda de otros nuevos instrumentos, de manera que ambos aspectos se retroalimentan. En el fondo esas experiencias heterogéneas que se aglutinan bajo esta denominación, no dejan de recordar a aquellas primeras experiencias llevadas a cabo en contextos europeos, si bien es cierto que en el caso de Europa la estratigrafía tuvo un gran peso y se convirtió en el eje fundamental de la AA, mientras que el análisis estratigráfico se está implantando de manera desigual en el cono sur americano. Por otra parte, en su vertiente más aplicada, la AA tiene un compromiso con el estudio y la gestión del patrimonio edificado, pues siendo documento de las sociedades pasadas, es también recurso de las sociedades actuales. Ocupa, además, una incómoda posición disciplinar intermedia que debe superar los límites entre distintas disciplinas que se dedican al estudio y gestión de este patrimonio, como la propia arqueología, la arqueometría, la restauración o la arquitectura. Este último aspecto es importante porque a pesar de encuadrarse dentro de la arqueología, toma muchas de sus herramientas de otras disciplinas y guarda fuertes sinergias con ellas. El problema es que en vez de haberse visto esta relación como una fortaleza, tal y como apunta Quirós ( 2002), desde algunos sectores se ha visto la AA como un intrusismo profesional en aspectos que eran competencia exclusiva de sus feudos disciplinares, imposibilitando la colaboración entre disciplinas y la construcción de conocimiento nuevo desde nuevas ópticas. Afortunadamente, esta tendencia se ha visto rota la mayoría de las veces desde las propias necesidades de los proyectos (y de los contextos construidos) que, por sí mismos, demandaban esta colaboración, siendo el propio objeto de estudio el que ha propiciado muchas veces la construcción de esta estrategia de investigación, o al menos ésta ha sido nuestra experiencia. Ya hemos comentado que la AA hunde sus raíces en experiencias anteriores, pues la preocupación de los arqueólogos y arqueólogas por la arquitectura no es un fenómeno reciente. Sin embargo, lo que diferencia los como una herramienta de construcción de la realidad social (Mañana et al. 2002: 24-26), convirtiéndose así en un potente medio para el conocimiento de los contextos productivos y sociales que la generaron (Azkarate 2002b: 57). Si a esta concepción del contexto construido como documento se unía la conservación de muchos de ellos, sobre todo de periodos postclásicos, e incluso su reutilización en el presente (Figura 25), se hacía necesario articular nuevas aproximaciones de estudio al patrimonio construido que permitieran su conocimiento exhaustivo y previo a la práctica restauradora y rehabilitadora de los mismos. De forma muy general la AA se define como la estrategia de investigación que estudia la arquitectura con una metodología arqueológica cuyo principal objetivo es el conocimiento histórico de los contextos construidos y de las sociedades que los generaron y su finalidad última contribuir a su gestión integral. Ahondando un poco más, podemos recurrir a los criterios básicos que, para Quirós (2002: 28-29), ayudan a definir la AA, y que están relacionados tanto con la investigación básica como con la aplicada. Por una parte, para este autor se trata de una estrategia que se inserta dentro de la disciplina arqueológica y por lo tanto, histórica, que utiliza un bagaje instrumental de naturaleza fundamentalmente arqueológica. Pero su sentido no es reconstruir únicamente la historia del edificio, sino el conocimiento de la sociedad a través de los restos materiales arquitectónicos, y por ello considera que debe propugnar el desarrollo de modelos interpretativos que superen los modelos de la historiografía de la arquitectura. La torre de Lapela (Monção) es uno de los pocos restos que hoy se conservan del castillo de Lapela. Esta torre homenaje, construida en el siglo XIV y despojada de su funcionalidad primigenia, se ha convertido hoy en testigo de los procesos que ha vivido desde su origen. anteriores, la AA introducirá "una visión crítica, una rigurosa renovación metodológica y una ampliación de sus objetivos y de sus campos de estudio habituales" (Azkarate et al. 2002a: 7-8). Es precisamente en el ámbito de la arqueología medieval donde se llevan a cabo las primeras experiencias en Italia, cuyos inicios en la investigación arqueológica de esta época desde la AA vinieron de la mano de los arqueólogos, quienes experimentaron la aplicación de los instrumentos propios de la excavación arqueológica al análisis de los edificios en pie, considerados "como 'depósitos verticales' de información histórica estratificada que debía individuarse, registrarse e interpretarse en estrechísima relación con todo lo que se estudiaba en el 'depósito horizontal' " (Parenti 2001: 41) (Figura 26). Los primeros criterios de registro adoptados venían directamente de los trabajos de excavación, siendo estas primeras experiencias parte integrante de las mismas (Parenti 2001: 42). 50 A partir de estas primeras experiencias tiene lugar lo que Parenti denomina como una "segunda fase italiana", en la que se comienza a experimentar y verificar las posibilidades que ofrece el análisis estratigráfico fuera del ámbito de la excavación arqueológica, aunque 50 "...el edificio forma parte de un contexto, por lo que no es posible limitarse a analizar solamente las estructuras situadas por encima de la cota cero. Hay en primer lugar una continuidad estratigráfica entre los depósitos en alzado y en el subsuelo, y esta continuidad no se puede fragmentar, sino que hay que primar la unidad de la intervención arqueológica..." anteriores estudios arqueológicos sobre arquitectura de esta disciplina, es el empleo de ciertos instrumentos de análisis en su estudio, el desarrollo de nuevos problemas y ámbitos de investigación y de una práctica arqueológica orientada a la investigación aplicada (Quirós 2002: 28). Su "nacimiento" tiene una clara vinculación con la aplicación del método estratigráfico al estudio las construcciones históricas47 (éstas pasaron a entenderse como objetos pluriestratificados que había que estudiar conjuntamente con el yacimiento soterrado, ya que existía una clara vinculación entre ambos) en contextos anglosajones en la década de 1970 (Harris 1991(Harris y 1993)), evidentemente con la arqueología urbana que se practica a partir de entonces (Quirós 2005: 124-126) y con la arqueología medieval que adoptará éste y otros métodos48 para abordar el estudio de las arquitecturas desde una renovación instrumental. Cambio de perspectiva en el estudio del edificio (Preguntoiro 23, en Santiago de Compostela. Fotografía ©Sonia García Rodríguez). Hasta la introducción de la AA los arqueólogos se centraban, casi con exclusividad, en el estudio del subsuelo, mientras que arquitectos, historiadores de la arquitectura o historiadores del arte lo hacían de lo que se conservaba por encima de la cota cero. La AA dotó al arqueólogo de herramientas para abordar también el estudio de la arquitectura por encima de esta cota cero, pasando a entender el edificio como un sistema y haciendo el yacimiento extensible a la totalidad del mismo. et al. 2002a: 7; Vega 2011: 7).51 La revista Arqueología de la Arquitectura (CSIC-UPV-EHU) que nació de aquel seminario ha contribuido precisamente a crear uno de esos campos de debate, reflexión e intercambio que se reivindicaba, gracias a la importante demanda y difusión que tiene a través, sobre todo, de la red. A pesar de la heterodoxia de todas las experiencias que se siguen llevando a cabo bajo el paraguas de la AA, creemos que precisamente esta heterodoxia ha contribuido a su enriquecimiento, tal y como apunta Azkarate (2013). No podemos, sin embargo, obviar la importancia que la estratigrafía tuvo (y debe tener) dentro de estas experiencias. Por una parte, la incorporación de instrumentos estratigráficos al estudio de la arquitectura propició el comienzo de un nuevo campo de investigación generando una importante renovación metodológica y no menos importante reflexión teórica. Por otra, se sigue considerando que la AA está determinada por su carácter estratigráfico, donde el diagrama o matrix52 se convierte en el "eje principal de análisis y decodificación de la historia del edificio" en el que insertar la información obtenida gracias a otros instrumentos de análisis53 "de carácter tipológico, formal, estructural, arqueométrico o el recurso a fuentes escritas son absolutamente imprescindibles para lograr un afianzamiento de nuestra disciplina y un acercamiento más sólido a la historia constructiva de nuestros edificios históricos" (Azkarate et al. 2002a: 8). Sin embargo, esta importancia central de la estratigrafía en el estudio de los contextos construidos desde la AA ha jugado a veces en su contra porque, por una parte, ha invisibilizado la propia AA, llegando a equipararse o confundirse ésta con el análisis estratigráfico, y, por otra, ha hecho que muchas veces la investigación de estos contextos se quede en el edificio sin ir más allá. inicialmente se aplicó exclusivamente a edificios monumentales. En este momento se diversifican los trabajos, cruzando y verificando datos procedentes de distintos tipos de fuentes como la documentación histórica, la iconografía, la cartografía o los análisis de las características de los materiales constructivos con los resultados de los análisis estratigráficos de los edificios. En estas primeras fases, que Parenti califica de experimentación, los objetivos prioritarios de la disciplina eran determinar las fases de la historia de los edificios y describir sus técnicas constructivas, sobre todo en grandes contextos monumentales y para períodos medievales. Será después cuando se amplíe el campo cronológico y constructivo, analizando toda clase de edificaciones y no únicamente las monumentales. Para Brogiolo la AA en Italia se posicionará entre dos perspectivas: de un lado, la oportunidad de perseguir objetivos de conocimiento histórico investigando sinergias y colaboraciones con otras disciplinas que se ocupan también de lo construido; del otro, la necesidad de mantener una relación con aquellos que trabajan en la transformación de la arquitectura para asumir una responsabilidad común en su salvaguarda (Brogiolo 2002: 24-25). Desde Italia, la AA se difunde a otros ámbitos europeos donde en las últimas décadas se ha asistido a una profunda renovación de los estudios arquitectónicos realizados desde la arqueología, surgiendo distintas líneas de trabajo como la Archéologie du bâti o Archéologie des élévations en Francia, la Baufordchung y la "Arqueología de la Construcción" en Alemania o la Archaeology of Buildings o Building Archaeology en Gran Bretaña. Pero, a pesar del común origen de todas ellas en un mismo contexto social y científico no se puede hablar de una disciplina única en Europa, ya que su génesis, desarrollo y ámbito e instrumentos de aplicación son muy distintos (Quirós 2002: 28). Para este autor, es la experiencia italiana la que cuenta con una masa crítica de estudios más afirmada, además de una codificación y normalización de instrumentos más sólida teniendo como criterio fundamental de análisis de la arquitectura, la estratigrafía (Quirós 2002: 28). Efectivamente, en las distintas reuniones celebradas en la última década en España (el Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura celebrado en Vitoria-Gasteiz en 2002 o el encuentro Arqueología aplicada al estudio e interpretación de edificios históricos. Últimas tendencias metodológicas, celebrado en Madrid en 2009) se sigue reclamando la necesidad de una normalización conceptual e instrumental (Azkarate o Divulgativa, se tiene que basar siempre en un modelo coherente de registro arqueológico. Su formación y, en concreto, la formación del PA (que es una parte privilegiada de aquél), depende de prácticas sociales actuales, determinadas por circunstancias contextuales concretas, y que constituyen un tipo de trabajo especial que, en realidad, adopta siempre el modo de una interpretación o valoración" (Criado-Boado 1996a: 28). La AA adquiere entonces un compromiso social con el conocimiento, la protección y la gestión del patrimonio edificado (Azkarate et al. 2002a: 9). Es precisamente esa implicación una de las razones que ha coadyuvado a su importante impulso en el marco de intervenciones de restauración y rehabilitación (Quirós 2002: 28) que, al mismo tiempo, han contribuido a la construcción de su corpus teóricometodológico al tener que dar respuesta, precisamente, a los desafíos generados por la intervención en patrimonio edificado. Como sucede para el contexto general europeo, en España la AA tiene también en la actualidad una concepción y un campo de actuación muy heterogéneo que va desde las lecturas estratigráficas de alzados hasta los análisis espaciales, pero que incluye también el análisis de la cadena operativa de los materiales constructivos, los análisis arqueométricos, las lecturas basadas en criterios analógicos y estilísticos, la excavación de las bóvedas de iglesias, las propuestas de instrumentos de datación, el estudio de procesos sociales a partir del documento arquitectónico o el análisis crítico de documentación planimétrica histórica (Quirós 2002: 27). HACIA UNA GESTIÓN INTEGRAL DEL PATRIMONIO CONSTRUIDO DESDE EL CONOCIMIENTO Sí nos interesa, sin embargo, focalizar sobre cuáles son los principales campos de investigación y aplicación a los que la AA se ha orientado y en los que se ha consolidado desde sus comienzos. Desde las primeras fases de su desarrollo, distintos autores reivindicaron que el estudio del edificio debía ser el instrumento base que permitiera generar investigaciones sobre temas más generales (Brogiolo 2002: 24), que la AA fuese una disciplina histórica, que contribuyese a la elaboración de una historia social de nuestro pasado a través del registro arqueológico, impulsando nuevos problemas históricos y la creación de nuevos ámbitos de investigación (Azkarate et al. 2002a: 8). Pero precisamente la observación de la arquitectura desde una óptica estratigráfica, permitió ver cada edificio no como un modelo de estudio que representaba a un determinado estilo arquitectónico, sino como un resultado único de distintos modos de construir, funciones, usos y representaciones simbólicas, "La historia de la arquitectura se convierte así en una historia de los modos de construir más que de lo construido. Es necesaria, pues, la adopción de nuevas propuestas epistemológicas que complementen las propuestas que hasta ahora se han seguido en los estudios de la arquitectura" que permitan comprender los procesos sociales que se encuentran detrás de una secuencia estratigráfica, para pasar de hacer estratigrafía a hacer arqueología "explorando las múltiples posibilidades que ofrece la arquitectura, más allá de su consideración como contenedora de objetos o soporte de estilo" (Azkarate et al. 2002a: 8). Existe un último aspecto importante que está relacionado con la formación y consolidación de la AA en determinado contextos y, muy especialmente, en la península ibérica. La AA trabaja fundamentalmente con un tipo de registro, el patrimonio edificado, que se encuentra todavía en uso o que está sujeto a constantes procesos de intervención restauradora o rehabilitadora. Ya hemos visto como este patrimonio, tras un proceso de re-conceptualización, está siendo objeto de estudio de la AA a través de una importante renovación metodológica y del planteamiento de nuevos modelos interpretativos del registro construido. Pero hay que añadir que la AA nace comprometida socialmente (Azkarate et al. 2002a: 9), como parte integrante de la disciplina arqueológica ha heredado sus presupuestos epistemológicos, y comparte aspectos como los que apunta Criado-Boado sobre la arqueología en general, "como intervención intenta restablecer el sentido original de esos objetos en un universo actual, tendrá que ser siempre una empresa intelectual, cognitiva, y la gestión de los recursos arqueológicos una práctica interpretativa realizada desde códigos concretos y en niveles diferentes. La Arqueología, sea Pública, Comercial, Académica (Criado-Boado 2002: 92). 57 Por ello el análisis histórico debe ser imprescindible dentro de cualquier proceso de intervención en conjuntos construidos, permitiendo a partir de él restituir la memoria colectiva (Brogiolo y Quirós 2002: 209), la memoria social (Criado-Boado 2002: 91). Se podrían poner muchos ejemplos para mostrar como la AA se ha convertido en una potente herramienta de conocimiento histórico, pero quizás dos de los más paradigmáticos en nuestro contexto peninsular sean, por una parte, los trabajos liderados por Luis Caballero Zoreda del Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura del CSIC, para las iglesias altomedievales de la península y, por otra, los desarrollados por el Grupo de Investigación en Patrimonio Construido de la UPV-EHU, dirigido por Agustín Azkarate, en la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, a los que ya nos hemos referido en varias ocasiones. Otro aspecto a destacar es que, a pesar del enorme potencial de la AA para el estudio de la arquitectura de cualquier período al que nos enfrentemos, no debemos olvidar que ésta es un elemento sumamente complejo, cuya formación y transformaciones responden a diferentes aspectos, que se pueden escapar a su estudio exclusivo desde esta estrategia de investigación si tiene un foco de mira muy reducido (Caballero 2002: 98). Por ello, consideramos que los planes integrales que focalizan sus objetivos en el conocimiento de nuestro patrimonio construido se tienen que articular en torno a una importante multiplicidad de disciplinas, que realmente se integren entre sí, 58 para estudiar, conocer y valorar éste de la forma más completa posible. En este sentido, nuestra propuesta intenta abordar la investigación en patrimonio construido desde dos estrategias de investigación, como hemos dicho, AA y ArPa, atendiendo así a varios niveles espaciales y de significación en los que se manifiesta la arquitectura. Como apunta Caballero, todas estas disciplinas, aplicadas a las construcciones históricas bajo objetivos convergentes, nos ofrecen informaciones de distinto carácter, que no son excluyentes ni determinantes, pero sí complementarias. Aplicar este tipo de perspectivas a todos los proyectos arqueológicos en los que participemos, no es siempre posible, dependerá de la casuística de cada proyecto, pero nuestro objetivo debería ser intentar que esta mirada transdisciplinar lo sea, 57 Creemos que es dentro de estas coordenadas como ha de entenderse la filosofía que había detrás del proyecto Catedral de Vitoria o de otros llevados a cabo por el mismo grupo de investigación (Azkarate 2002b: 57-58). 58 Respondan, como decía Azkarate (2004: 45) a una mirada interdisciplinar e incluso si es posible transdisciplinar. Herramienta para el conocimiento histórico Parenti se refiere a la información histórica "legible" en las superficies arquitectónicas como "la autenticidad de la construcción arquitectónica" (Parenti 2001: 44), o lo que es lo mismo, la arquitectura y las huellas que la actividad humana y los procesos naturales han ido dejando sobre ella, son la primera fuente documental sobre la historia del edificio y la sociedad que lo ha generado. De ahí la necesidad de estudiarlas adecuadamente, de entenderlas como Cultura Material y de su potencial para la Historia. Con la introducción de la AA se produce un salto respecto a prácticas anteriores en el estudio de los espacios construidos. Simplificando mucho, las aproximaciones que se hacían a la arquitectura desde la arqueología se quedaban muchas veces en la mera descripción de sus materiales o de sus formas, para definir sus características principales y clasificarlas, encuadrarlas en un momento histórico concreto o en determinado estilo arquitectónico, establecidos desde disciplinas como la Historia del Arte o la Historia de la Arquitectura. Si bien la AA atiende también a la materialidad de la arquitectura, no se limita a identificar los materiales con los que está realizada, sino que intenta entender y explicar por qué se emplean unos materiales, unas formas arquitectónicas o unas técnicas constructivas y relacionarlo con la sociedad que los ha utilizado, trata de introducir todos estos y otros aspectos en unas coordenadas espacio-temporales y sociales,55 a partir del cambio conceptual al que hemos hecho mención por el que la arquitectura se entiende como "potente medio de conocimiento de los contextos sociales y productivos que la generan" (Azkarate 2002a: 57). Para este autor esta idea es la mayor aportación de la AA puesto que la condición primigenia del monumento es la dimensión documental, por la riqueza informativa que nos suministra, a través del análisis de lo material, sobre el edificio y su contexto social, 56 porque una sociedad "mientras construye edificios, en realidad construye la sociedad misma" restaurarlo, rehabilitarlo o ponerlo en valor, desde proyectos focalizados en monasterios o fortalezas que se iban a convertir en hoteles, restos de murallas sobre las que se pretendía construir viviendas de obra nueva o edificaciones rurales abocadas a desaparecer. Y a cada uno de ellos corresponde una relación distinta que podría ser representativa de los modos de relación socio-profesional entre arquitectos-as e historiadoresas/arqueólogos-as. Basándonos también en nuestra práctica, diríamos que existen algunos planteamientos que deberían tenerse en cuenta a la hora de intervenir en un edificio histórico y que deben tener presente tanto su irrepetibilidad como su propiedad compartida. En primer lugar, destacar la irrepetibilidad del patrimonio. 60 Cada objeto patrimonial, cada arquitectura, posee unos valores propios e intrínsecos, por tanto, no existen recetas universales para la actuación en materia de patrimonio construido ni tampoco para su estudio y comprensión. Pueden, por un lado, aplicarse herramientas consensuadas desde las que identificar determinados patrones que se repiten tanto sincrónica como diacrónicamente, determinadas técnicas constructivas, determinadas iconografías o relaciones espaciales que son replicadas y adaptadas en distintas arquitecturas, tal y como propone la AA. Por otro, pueden tratar de interpretarse estos espacios construidos desde distintos modelos interpretativos. O también se puede plantear la intervención restauradora, acudiendo a la experiencia acumulada sobre el uso de materiales, la recuperación de antiguas técnicas, el conocimiento sobre las relaciones y diálogos entre lo contemporáneo y el pasado...61 Cada uno de estos aspectos se manifiesta de manera individual en cada arquitectura motivado por factores sociales, técnicos, medioambientales o de disponibilidad de materiales y solamente la conjunción (y comprensión) de todos ellos al unísono tendrá como resultado un producto final, que no otro, que es el edificio, la construcción histórica o el paisaje arquitecturizado. fusionando o vertebrando incluso este tipo de intervenciones en planes de investigación de mayor envergadura. Herramienta para la praxis restauradora La práctica restauradora en los últimos años del siglo XX y primeros del XXI se mueve entre dos planteamientos que si bien son complementarios chocan en algunos aspectos por las propias contradicciones que conllevan a la hora de llevarlos a la práctica. Por un lado, hablamos de la necesidad de conservar nuestro patrimonio construido y su memoria para las generaciones futuras y, por otro, de la necesidad de seguir habitando ese patrimonio, lo que supone intervenir sobre él. Muchos son los debates que tratan el tema de la conservación, restauración y rehabilitación del patrimonio arquitectónico. Podemos encontrar opiniones en las que, en materia de ciudades históricas, se ve la intervención como la búsqueda de un equilibrio entre la protección, la revalorización y la revitalización de los espacios patrimoniales, y la necesidad de introducir nuevos elementos que mantengan a la ciudad viva (Gallego 2000: 9-10); u otras donde la intervención-restauración tiene una lectura doble y contraria, como vehículo de la evolución o como baluarte contra la evolución (Manieri 2002: 23-24). Opiniones que reflejan esta dualidad y que confrontan la protección y la transformación de las ciudades históricas. El problema en este punto es cómo encontrar un justo equilibrio entre ambos extremos, donde la práctica restauradora es sinónima, por un lado, de intervención que introduce cambios que permiten seguir usando los espacios construidos aportándoles nuevos usos o recuperando otros viejos; y, por otro, se entiende como vehículo para la conservación de nuestro patrimonio construido, tanto de sus valores materiales como inmateriales. 59 Y es aquí donde la AA juega un importante papel. Es innegable la relación que existe entre la práctica restauradora y la AA. Si valoramos nuestra propia práctica, los proyectos en los que hemos intervenido, con escasas excepciones, estaban relacionados con la intervención en patrimonio construido, bien para 59 El cortometraje "O Castelo da froita", https://www.youtube.com/ watch?v=BbPdFtkstjw, fue presentado recientemente en el I Festival de Curtametraxes sobre o Patrimonio Arqueolóxico da Provincia de Pontevedra Telearqueoloxía 2016. En él se muestra la percepción que parte de la vecindad de la villa de A Guarda tiene del Castelo de Santa Cruz y su reciente recuperación patrimonial. Y no todas hacen la misma lectura de esta trasformación. previos llevados a cabo bajo los planteamientos metodológicos de la AA y de otras disciplinas, han permitido intervenciones posteriores mutiladoras y transformadoras del patrimonio bajo la justificación de que había sido previamente estudiado. En otras ocasiones los estudios previos son muy deficientes, pero simplemente se consideran válidos por llevar el apellido "análisis estratigráfico" o "arqueología de la arquitectura". En ese sentido, compartimos la idea de Antoni González "la lectura estratigráfica debe ser un medio y no un fin en sí mismo" (en Brogiolo y Quirós 2002: 209). Herramienta para la conservación Las y los profesionales que nos dedicamos a la gestión del patrimonio debemos tener como un objetivo fundamental su conservación (Carta de Cracovia, Rivera y Pérez 2000). Hemos visto que el conocimiento histórico debe ser consubstancial al acto de restauración y que en este acto debía haber un proceso previo en el que no sólo identificásemos la historia del edificio, sino todo aquello relativo a su materialidad, como información necesaria para la elaboración del proyecto de restauración (Mileto y Vegas 2004: 155). Lograr este conocimiento se puede hacer desde muchos ámbitos disciplinares. La experiencia acumulada en las últimas décadas en aquellos proyectos que se han dedicado a abordar el estudio del patrimonio edificado desde la AA, demuestra que esta estrategia de investigación genera, además de una interpretación sobre el espacio construido analizado, un importantísimo volumen de datos que van desde la documentación geométrica del patrimonio hasta la información relativa a las unidades estratigráficas identificadas, tanto desde su georreferenciación en el edificio hasta aspectos de tipo descriptivo e interpretativo, o a la evolución de sus espacios. Toda esta información corresponde, lógicamente, al momento previo de intervención en el edificio, intervención que también deberá documentase puesto que pasará a constituir una nueva etapa en el mismo,64 y constituye un material importantísimo que contribuye a la conservación de la memoria de los espacios construidos. Este proceso de documentación se puede llevar a cabo desde varios planteamientos teórico-metodológicos, pero lo cierto es que la AA, gracias al corpus metodológico que legislado. 65 Este es un aspecto que todavía no hemos reivindicado lo suficiente. No puede ser que la conservación de cierto tipo de patrimonio siga dependiendo de la sensibilidad de un investigador, un técnico, un gestor o un político. 66 La información resultante del estudio de un espacio construido desde la AA puede resultar muy heterogénea, va desde los resultados de la lectura estratigráfica, su interpretación y el establecimiento de las fases del edificio, hasta su representación gráfica con anterioridad a la intervención o como resultado de las interpretaciones de las lecturas o de la aplicación de otro tipo de análisis, empleando, por ejemplo, reconstrucciones de los diferentes momentos de uso, pasando por el vaciado documental, el estudio de las tipologías edilicias o de las técnicas constructivas. Pero toda ella contribuye a la creación de archivos documentales del patrimonio construido que ayudan a su conservación, convirtiéndose así en un instrumento de primer orden en este sentido. Esta conservación se puede llevar a cabo de muchas maneras, pero es también fundamental su transmisión y reversión a la sociedad, desarrollando los últimos eslabones de la Cadena de Valor del Patrimonio. Por ello, diferentes autores han reivindicado siempre, como una de las fases del proceso de estudio, la elaboración de archivos documentales en los que se ponga a disposición pública la información obtenida de este tipo de estudios y la publicación de los resultados (Caballero 1995: 44). Ésta es una parte fundamental en todo el proceso de revalorización de patrimonio. 65 "La Arqueología de la Arquitectura, al no estar reglamentada, resulta «invisible» para la Administración. Para que ésta encargue su aplicación, tiene no sólo que ser consciente de su existencia, sino de su necesidad y del trámite que puede seguir para gestionarla. Como este camino no está normativizado, es necesario que lo siga un intermediario, al que hemos llamado «responsable», una persona interesada, que normalmente puede ser el arqueólogo [...] o el arquitecto encargado de la intervención o un técnico responsable con funciones administrativo/políticas conocedor del método y atraído por su introducción" (Caballero 2004: 129). 66 Un ejemplo reciente de este debate se puede ver en el artículo de Álvaro de Cózar y José Marcos "La ciudad descatalogada", publicado el 14 de abril de 2013 en El País, que hace referencia a nueva ley autonómica de patrimonio madrileña: "La arqueología es, según denuncian los críticos, una de las grandes perdedoras con la nueva Ley de Patrimonio.'Con la nueva ley el valor arqueológico queda difuminado y casi eliminado. La labor arqueológica queda bastante defenestrada', asegura Diana Díaz, presidenta del Colegio de Arqueólogos de Madrid. La ley elimina la obligatoriedad de realizar informes arqueológicos preventivos en los proyectos de construcción. Sin esos informes, las excavadoras pueden arrasar yacimientos sin que nadie se diera cuenta.'La ley no va a afectar a yacimientos como el de Titulcia, declarado BIC el pasado agosto. Pero para llegar a esa declaración, antes de todo eso tuvieron que ir arqueólogos, descubrir los yacimientos que había y documentarlos', concluye la arqueóloga". ha desarrollado en las últimas décadas, se ha convertido en una potente herramienta para la conservación. Por todo lo que hemos visto, es importante incorporar dentro de cualquier proceso de intervención en espacios construidos un riguroso programa de estudio desde el que se empleen las herramientas más adecuadas en cada caso. Esto implica también diseñar y planificar las intervenciones en todas sus fases que, lógicamente, deben contemplar una fase previa de documentación. Somos conscientes de que durante el proceso restaurador, ciertos aspectos de la biografía del edificio pueden llegar a perderse ante la propia y necesaria salvaguarda de la totalidad del mismo, o ante la decisión consensuada de priorizar ciertos elementos del edificio sobre otros ante la imposibilidad de conservar todos ellos (motivo por el cual debemos documentar todo el proceso y aprovechar la oportunidad única que para el conocimiento supone esta práctica). Esa fase previa irrenunciable de conocimiento de los espacios construidos permite obtener infinidad de datos que hay que interpretar y conservar para futuras investigaciones, intervenciones o para su disposición pública. La AA se ha mostrado como una de las estrategias de investigación más rigurosas, productivas y eficaces, porque intenta comprender las construcciones históricas de forma sincrónica y diacrónica a través de su materialidad y desde dentro de sí mismas. No entendemos por qué, después de dos décadas largas de desarrollo de la AA en España en las que se ha demostrado su potencialidad y se ha teorizado sobre la fragilidad del patrimonio construido, sobre su irrepetibilidad, sobre la necesidad y obligatoriedad de llevar a cabo proyectos de restauración respetuosos con este patrimonio y con los valores materiales e inmateriales de los que es portador, todavía en 2016, las legislaciones estatal y autonómicas, en su mayoría, no presentan las mismas cautelas a la hora de intervenir en patrimonio construido que, por ejemplo, en patrimonio arqueológico "convencional". Si no es posible llevar a cabo en muchas comunidades un proyecto de construcción de una autopista sin que haya una evaluación previa de impacto ambiental y arqueológico que conlleve el estudio de cada uno de los elementos arqueológicos que vayan a ser afectados por este proyecto, ¿cómo es posible, sin embargo, actuar sobre nuestros cascos históricos, monasterios, fortalezas o paisajes construidos sin que haya una documentación previa exhaustiva de los mismos? En la mayor parte de los casos, su documentación dependerá de la mayor o menor sensibilidad de los técnicos que formen parte de dirección general de patrimonio que corresponda, cuando este aspecto tendría que estar de la Catedral de Santa María (Azkarate et al. 2002b) o Salinas de Añana 67 (Plata Montero 2008 y 2009). 68 Para concluir, breves aportaciones de la AA Recientemente se apuntaba que nadie puede negar una evolución desde los momentos iniciales de la AA "en los que los testimonios arquitectónicos no eran para los arqueólogos sino contenedores de contextos estratigráficos que permitían su secuenciación histórica, a otros más recientes en los que se enfatiza también su capacidad para acceder a dimensiones simbólicas y sociales o se reconoce su potencialidad para participar activamente en proyectos interdisciplinarios relacionados con la documentación, conservación y socialización de los paisajes culturales" (Azkarate 2013: 11). Hemos reseñado algunos proyectos que ejemplifican este hecho. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer para regularizar, normativizar y democratizar la disciplina. En la reunión organizada en el Instituto del Patrimonio Cultural de España en 2009 se apuntaba hacia este hecho, y en 2016 los que participamos en aquella reunión todavía no hemos realizado un documento en este sentido. Sigue siendo además necesario apostar por programas de formación en AA dentro de los planes específicos de arqueología, pero también de restauración arquitectónica, de arquitectura y de historia del arte. Es necesario normativizar una exigencia por parte de las administraciones públicas de documentar los espacios construidos antes de ser intervenidos (insistimos en la idea de Azkarate de que el conocimiento es un acto 67 La investigación llevada a cabo en este valle salinero ha desencadenado una serie de procesos sociales, culturales y económicos que ponen de manifiesto la rentabilidad en términos patrimoniales y sociales de la aplicación de la cadena de valor del patrimonio [URL]. net/salon/index.php? route=actividades%2Fexpositores%2Fdetalle&expos itor_id=483576, http://www.elcorreo.com/vizcaya/v/20130409/alava/colaboracion-valle-salado-anana-20130409.html, son algunos ejemplos de esta rentabilidad). 68 Aunque estos son dos de los proyectos más identificativos del actual Grupo de Investigación en Patrimonio Construido, esta misma filosofía y enfoque hacia la gestión integral del patrimonio construido se ha aplicado a otras proyectos desarrollados más recientemente, como el que el grupo lleva a cabo en el Fuerte Sancti Spiritus (Puerto Gaboto, Santa Fe, Argentina) y su entorno (Azkarate et al. 2012), con presencia en las redes sociales [URL].Fuerte.Sancti.Spiritus. Existen otros muchos proyectos arqueológicos llevados a cabo por otros grupos y planteados desde la gestión integral del patrimonio, pero hemos acudido a estos ejemplos porque nos interesaba hacer hincapié aquí en trabajos desarrollados para este fin desde la AA, o al menos con una fuerte presencia de esta estrategia de investigación en sus planteamientos teórico-metodológicos. Herramienta para la gestión Recordemos que una de las mayores aportaciones de la AA a la arqueología y la historia fue comprender que las arquitecturas eran un potente medio de conocimiento de los contextos sociales y productivos que las generaron (Azkarate 2002a: 57). Pero, "sería un grave error estratégico y metodológico (también deontológico) preocuparnos únicamente del conocimiento histórico, ignorando la situación que vive el patrimonio edificado" (Azkarate 2002a: 58). Y efectivamente, de nada nos valdría seguir aumentando el conocimiento sobre nuestra arquitectura, ampliando o completando estudios anteriores, si no somos capaces de gestionar este patrimonio, y en la gestión entran todos los aspectos anteriores, el propio conocimiento, la restauración o la conservación, pero también otros como la reversión del conocimiento a la sociedad, su divulgación y difusión, la toma de decisiones sobre el presente y futuro de ese patrimonio, la participación de la sociedad en esa toma de decisiones, etc. Uno de los aspectos que más interesaba desarrollar en la propuesta de la que deriva este texto era contribuir a generar un modelo de gestión integral del patrimonio construido o, al menos, identificar determinados procesos que se puedan adaptar a generar modelos de gestión integral que se adecúen a cada caso, si bien es cierto, este aspecto no se trata en este texto, pues presentar ese modelo no es su objetivo. Simplemente queremos incidir en que es en el campo de la gestión del patrimonio construido donde la AA presenta un grandísimo potencial, no sólo por la contribución que precisamente ha realizado a la gestión integral de ese patrimonio (análisis, documentación, restauración, rehabilitación, puesta en valor, socialización, conservación, etc.), sino porque en la mejora de esa gestión se han desarrollado diferentes técnicas que han permitido la renovación de la disciplina arqueológica, contribuyendo a generar una estructura retroalimentada entre los procesos técnicos y la investigación (Azkarate 2002b: 61). Es precisamente desde la comprensión de la diferentes dimensiones del patrimonio y de su potencialidad como multi-recurso, donde surgen proyectos que en su planteamiento intentan atender a todos los eslabones de la cadena de valor del patrimonio y, evidentemente, a su gestión desde los ámbitos más diversos (científico, cultural, social, político, económico...). Sólo desde estas perspectivas se pueden entender proyectos como el arqueología comienza a formar parte del proceso de restauración, logrando codificar un protocolo de intervención estratigráfica integral de los edificios analizados (López Mullor 1993, 1999, 2002y 2011). Y gracias a la vertiente social de muchos de los proyectos planteados (volvemos a remitirnos tanto a los trabajos que se llevaron a cabo desde el Servei del Patrimoni Arquitectònic -López Mullor 1993-como desde el Grupo de Investigación en Patrimonio Construido de la UPV-EHU). No han faltado tampoco aquellos grupos e investigadores que han empleado la AA como herramienta para la revisión de modelos interpretativos anteriores y la construcción de nuevos modelos, tal es el caso del trabajo de Luis Caballero y su equipo sobre las iglesias altomedievales de la península ibérica (Caballero y Utrero 2005), o de Juan Antonio Quirós y el Grupo de Investigación en Patrimonio y Paisajes Culturales que dirige, sobre la Alta Edad Media. Pero, como decíamos, aún quedan pasos por dar hasta lograr, sobre todo, la regularización y normativización de la disciplina. Es, tal vez, momento para la reflexión sobre qué camino queremos construir en el futuro y cuáles con las necesidades fundamentales para que la AA consolide su papel dentro de la historia de la arqueología. Y creo que puede ser de la mano de otras compañeras, como la ArPa, como pueda maximizar sus potencialidades. UNA PROPUESTA INTEGRADORA A MODO DE CONCLUSIÓN Estos fueron los conceptos y marcos teóricos desde los que se abordó la investigación sobre paisajes fortificados que comentábamos al inicio de este texto. En el primer caso, intentamos revisar dos conceptos clave en nuestra aproximación, los de arquitectura y paisaje, observándolos desde la matriz que representa la ontología del Patrimonio Arqueológico (PA) empleada por Criado-Boado (2012: 193-194). A partir de esta matriz presentamos ambos elementos patrimoniales como materialización de un concepto, resultado de un proceso y recurso del pasado en el presente. Esta conceptualización común nos permitió estudiarlos desde una misma perspectiva y dentro de una misma matriz espacial. Unificar el estudio de ambas entidades era importante puesto que partíamos de la idea de la existencia de una interacción entre ellas, las arquitecturas defensivas, todas las estructuras asociadas a ellas y el territorio en el consubstancial a la restauración). Algunas de las prácticas que se han llevado a cabo en nombre de la AA, desde diferentes ámbitos sin la formación necesaria, simplemente por considerarse que muchas de las metodologías que se aplican al estudio de los edificios históricos no son destructivas, sin tener en cuenta que las consecuencias de esos informes sí pueden llegar a serlo, tienen que dejar de producirse o al menos conllevar una reflexión profunda sobre sus consecuencias. Independientemente de que nuestras interpretaciones sobre los espacios construidos puedan ser o no cuestionadas, el acto de registrar la información que nos proporcionan los documentos construidos y los contextos en lo que se ubican, es un acto fundamental en arqueología y de una tremenda irresponsabilidad no llevarlo a cabo adecuadamente. Finalmente, nos gustaría remarcar algunos aspectos ya comentados que hacen hincapié en la importancia que la AA está teniendo en la renovación arqueológica de las últimas décadas. En primer lugar, un aspecto a destacar es el alto grado de publicación que ha tenido desde el comienzo de su desarrollo en Europa, ya que desde momentos muy tempranos contó con el suplemento Archeologia dell'Architetura dentro de la revista Archeologia Medievale [URL], o con la publicación de monográficos en revistas o de actas de distintos cursos, congresos y encuentros que iban mostrando los avances en la disciplina, 69 lo cual contribuyó a su rápida difusión que, a su vez, ayudó a paliar la importante carencia de formación específica en AA que existía (y existe) en la mayoría de las universidades españolas, sobre todo en los primeros años de su implantación en la península. Por otra parte, cabe destacar también que desde su inicio la AA tuvo una vertiente muy aplicada, tanto en el desarrollo metodológico, como en la transferencia de conocimiento, gracias sobre todo a su vinculación con el campo de la restauración desde el que se abrieron nuevos caminos para la misma. Es el caso, por ejemplo, de la importante labor desarrollada por el Servei del Patrimoni Arquitectònic Local de la Diputación de Barcelona de la mano de Antoni González Moreno-Navarro (González Moreno-Navarro 1999ay 1999b; González Moreno-Navarro et al. 1990) donde se consolidó un equipo dedicado a la restauración arquitectónica en el que se primaba la interdisciplinariedad y donde la 69 Archeologia dell'Architettura 2; Caballero y Latorre 1995; Caballero y Escribano 1996; Fontenla 1997Fontenla y 1998;;Azkarate 2002a y 2003Ayán et al. 2003; por ejemplo. nuestra estrategia de investigación deriva directamente del concepto teórico de espacio, de su interpretación en el campo de la arquitectura y de cómo acaba contribuyendo a la investigación de las arquitecturas pretéritas. Haremos un breve recorrido por estas temáticas antes de llegar a la conclusión que nos interesa. Recordemos que la arquitectura es ante todo una tecnología constructiva cuyo objetivo es dar dimensión humana a un espacio (Mañana et al. 2002: 25). Analizando la configuración formal de una construcción se puede, por un lado, encontrar ciertas pautas de regularidad que la hacen coherente dentro de un patrón de racionalidad y, por otro, identificar recurrencias estructurales que indiquen un determinado modo de concebir el espacio en esa cultura. En la arquitectura fortificada de época moderna, el baluarte constituye un elemento que se repite y confiere una forma característica a este tipo de fortificación (polígonos estrellados); pero más allá de ser un elemento representativo de la arquitectura que analizamos, formalmente hablando, también lo es de los principios que la generan, de su patrón de racionalidad. El baluarte es una figura que evoluciona a partir de los cubos de la muralla medieval para intentar paliar los efectos que en ésta produjo la introducción de la artillería; los cubos evolucionan hacia formas triangulares, primero el bastión y, más tarde, el baluarte. Éste tiene forma de punta de flecha, con dos caras, dos flancos y una gola. Supone "una forma avanzada y dinámica en figura triangular [...] que permitía el empleo de sus dos caras exteriores para la defensa de las cortinas y el apoyo en su enfrentado para lanzar fuego cruzado. Es decir, es una figura que materializa una de las máximas de la fortificación abaluartada "MAXIMA No1 / Todas las partes de la fortificación deben ser vistas y flanqueadas las unas de las otras" (Lucuze 1772, en Porras 1995: 48). El mismo argumento podríamos usar para el concepto paisaje, que veíamos cómo también suponía la materialización del patrón de racionalidad que está detrás de la fortificación del período que nos ocupa, al llevar al territorio los mismos principios que regían la arquitectura. La conceptualización final del PF moderno que surgió de nuestra investigación, y que veremos más adelante, apoya esta afirmación. Teniendo en cuenta las conclusiones obtenidas en nuestro trabajo, proponemos dar un salto hacia una noción simbiótica de ambos conceptos que nos permita estudiarlos de forma conjunta, sin renunciar a las especificidades de cada uno de ellos y a su individualización que se insertan conforman un paisaje construido, por lo que su valorización y caracterización como entidades aisladas no creíamos que fuese la estrategia adecuada a nuestro fin de caracterizar este paisaje. El estudio en detalle y por separado de la arquitectura y el paisaje, permitió en las últimas décadas abordar otras dimensiones del registro arqueológico y acceder a un mayor número de elementos materiales e inmateriales que conforman ambas realidades; pero intentar introducir dentro del proceso de caracterización y valorización del registro arqueológico al paisaje y la arquitectura conjuntamente, nos permite acceder a un mayor número de significados. Nuestra propuesta aboga por abordarlas como parte integrante de un mismo espacio construido, con distintos niveles de significación, donde la arquitectura construya paisaje y el paisaje signifique la arquitectura. Detrás del planteamiento de aquella investigación no sólo estaba abordar su estudio conjunto, sino proponer también un modelo de trabajo. Nuestra intención era plantear una estrategia o programa de investigación arqueológico (PIA) en Paisajes Fortificados (PF). Un PIA necesita "proveerse de una formulación teórica pertinente que incluya reflexiones y dispositivos que le permitan dar cuenta de aquel segmento de la realidad que investiga" (Id: 178), en nuestro caso, los paisajes culturales. El autor analiza los aspectos que debe incluir un PIA70 (Criado-Boado 2012: 178-179): una ontología, una epistemología, una base teórica, una propuesta metodológica, una metodología, un método, unos modelos interpretativos y una dimensión crítica. Haremos aquí simplemente una reflexión sobre el modelo de trabajo que construimos para abordar el estudio de los PF. Desde la arquitectura y el paisaje hacia el espacio construido Tras haber analizado los conceptos de arquitectura y paisaje e identificarlos como básicos en nuestra investigación, era inevitable que emergiese el de espacio como sustancial en nuestro trabajo. El Espacio es una de las dimensiones fundamentales de la investigación arquitectónica, y de determinada investigación arqueológica, y de su concepción dependen las técnicas analíticas a emplear en su estudio. Una parte imprescindible de con el tiempo (Criado-Boado 1993b: 15 y ss.): tal y como indica Foucault, el primero es considerado como lo inmóvil, lo muerto, mientras que el tiempo era rico, fecundo, dejando al espacio en un segundo plano, supeditado al tiempo. Pero en todos estos conceptos de espacio, quedan muy empobrecidos aspectos de la vivencia espacial, como la relación emocional y simbólica con el medio ambiente. Englobando estos aspectos esenciales C. Norberg-Schulz (1980: 9-12) al hacer un estudio sobre la noción de espacio distingue entre varios conceptos: espacio pragmático, espacio perceptivo, espacio existencial, espacio abstracto, espacio cognoscitivo del mundo físico, espacio abstracto de las puras relaciones lógicas, espacio expresivo o artístico y espacio arquitectónico. 73 Aunque están encadenados unos con otros (Mañana et al. 2002: 26) nos interesan aquí los dos últimos, el primero porque acoge al segundo, el segundo porque se puede definir como una concretización del espacio existencial del hombre. En este breve recorrido por los distintos ámbitos teóricos en los que se reflexiona sobre el concepto de espacio, se observa que éste ha pasado de ser una noción con un único significado (lugar, espacio tridimensional, etc.), a valorarse de forma multidimensional, considerando tanto su concepción como matriz física como la percepción que el ser humano tiene sobre él y el significado cultural que lleva implícito. Este espacio multidimensional está directamente relacionado con el patrón de racionalidad 74 de la sociedad que lo genera y vive, siendo además la arquitectura (y el paisaje) el medio más evidente de concretar los conceptos espaciales de esta racionalidad. Quizás sea el estudio de la espacialidad de una sociedad pretérita uno de los medios más satisfactorios de acceder a su racionalidad, como lenguaje que permanece. El espacio en Arquitectura, espacio y paisaje, espacio construido En las últimas décadas del siglo XIX nace la arquitectura moderna para romper con el eclecticismo decimonónico dominante; en ella destacan la fusión de ornamentación y construcción como unidad y el hecho de ser el primer movimiento que visualizó la nueva conciencia de la 73 Sobre el concepto de espacio véase también Scruton 1979: 43-52 y Sennet 1991. 74 El pensamiento de Lévi-Strauss. cuando sea necesario, de manera que podemos caracterizarlos y valorizarlos tanto por separado como conjuntamente, según el enfoque que hemos presentado en las páginas anteriores. Nos referimos a la introducción del concepto de espacio construido. El concepto de Espacio 71 La mayor parte de las acciones humanas encierran un aspecto espacial; por un lado, los objetos están distribuidos según relaciones espaciales (lejos-cerca, interiorexterior, etc.), por otro, el ser humano para poder llevar a cabo sus acciones debe comprender esas relaciones y unificarlas en un concepto espacial. El espacio, considerado como una de las dimensiones existenciales fundamentales del ser humano (Norberg-Schulz 1980: 9), ha sido objeto de estudio y reflexión de la filosofía y las ciencias desde muy antiguo. La última revolución del concepto en ambos campos llegó con Einstein, que sintetizó los conceptos de espacio existentes en física a tres categorías principales (Ven 1981: 67-72): el concepto aristotélico de espacio como lugar; el concepto de espacio como contenedor; y el concepto de espacio como campo cuatridimensional, el espacio relativo. A partir de aquí, el antiguo concepto de un único tipo de espacio se complejiza: espacios de la circulación en los edificios. En todas estas teorías, la percepción de los espacios, se perfila como fundamental en el estudio de la arquitectura, siendo una de las claves el movimiento. De este modo, en la arquitectura moderna se propusieron diversos supuestos respecto al espacio. Uno de los autores fundamentales en esta actualización fue S. Giedion (1980Giedion ( y 1988)), para quien el proceso por el cual una imagen espacial puede ser transpuesta a la esfera emocional es expresado por el concepto espacial: "Proporciona información acerca de la relación entre el hombre y lo que lo rodea. Es la expresión espiritual acerca de la realidad que se halla frente a él. El mundo situado ante él es modificado por su presencia; le obliga a proyectar gráficamente su propia posición si desea relacionarse con él" (Norberg-Schulz 1980: 13). Este aserto coincide con el identificado en la Arqueología del Paisaje, en el que se considera que a través del estudio de los conceptos de espacialidad, de su modelo estructural, se puede acceder al esquema de racionalidad que los generó (Mañana et al. 2002: 27). Los estudios sobre el espacio arquitectónico dependen del concepto de espacio base que se utilice. Norberg-Schulz (1980: 13 y ss.) distingue los estudios que se fundamentan en el espacio euclidiano, el tridimensional, y estudian su gramática, es decir, se basan en el desarrollo de modelos de dos o tres dimensiones de carácter geométrico, formando parte ésta de la sintaxis del espacio arquitectónico; y aquellos otros que tratan de desarrollar una teoría del espacio sobre la base de la psicología de la percepción, sobre todo de las impresiones, sensaciones y análisis de los efectos generados sobre el ser humano que percibe. El autor considera que ambos tipos de estudios serían deficientes y parciales. El primero porque excluye al ser humano, discutiendo de geometría abstracta, y el otro porque reduce el espacio y la arquitectura a impresiones, olvidándose del espacio como dimensión existencial y como lugar de relación entre el hombre y el medio que lo rodea. Para salvar esta carencia, propone introducir el concepto de espacio existencial dentro del estudio del espacio en arquitectura y de su interpretación, ya que si los aspectos geométricos y perceptivos se analizan dentro de un esquema de comprensión más general, cada uno de ellos adquiere una mayor significación que la que tendrían por separado (Norberg-Schulz 1980). Un estudio de la espacialidad de una construcción arquitectónica que no está integrado dentro de la racionalidad que la generó, queda mutilado y sin sentido. Ésta es precisamente una de las abstracción espacial, surgiendo por primera vez la idea de espacio en cuanto idea arquitectónica 75 (Ven 1981, en Mañana et al. 2002: 26). Es entonces cuando arquitectos e historiadores del arte empiezan a considerar el espacio como un concepto fundamental en arquitectura, gracias a influencias como las del filósofo Lao-Tsé. En lo que se refiere al espacio, fue fundamental la expresión en su teoría (ca. C.) de la superioridad de lo contenido en un espacio arquitectónico, del espacio interior. Este pensamiento ejerció una gran atracción entre los arquitectos, "quienes perciben el contenido intangible de la forma arquitectónica como lo que verdaderamente impulsa a la arquitectura" (Ven 1981: 23). Esta es la primera tentativa escrita de interpretación de la línea fronteriza como continuidad del espacio, poniendo énfasis no tanto en el espacio interior como en aquellas partes del edificio que transmiten lo interior hacia el espacio exterior (los umbrales). En el estudio del concepto de espacio en Arquitectura destacan las teorías de varios historiadores del arte y arquitectos. Schmarsow considera que la arquitectura se genera a partir del cuerpo humano y defiende su carácter funcionalista. Distingue tres modalidades de espacios: el táctil, el móvil y el visual, con lo que incorpora los sentidos en simultáneas y sucesivas experiencias en el espacio y el tiempo. Hildebrand, sin embargo, percibe el espacio a través de la visión pura (imágenes en reposo) y la visión cinética (imágenes recibidas con el espectador en movimiento). Las teorías cubistas que a partir de la teoría de la relatividad de Einstein añaden el concepto de la cuarta dimensión, que se adquiere con el movimiento del cuerpo 76 (frente a la tradicional dimensión euclidiana estática), fueron también fundamentales para el estudio del espacio en arquitectura. Uno de los mayores representantes de la arquitectura moderna, Le Corbusier acabó adoptando también esta cuarta dimensión llamándola "espacio inefable" o "estado emocional por el que se experimentan espacios definidos por series armónicas" (Ven 1981: 91), lo que deriva en una gran consideración en la disposición del volumen y al orden 75 "...fue a mediados del siglo XIX cuando la palabra 'espacio' comenzaba a ser utilizada por algunos críticos, sobre todo en el ámbito alemán donde 'espacio' y 'habitación' son lingüísticamente similares" (Martín Hernández 1997: 165). 76 En las vanguardias de principios de siglo, se emplean modelos arquitectónicos directamente relacionados con los planos superpuestos característicos del cubismo, en los que la transparencia del material permite la visión a través y simultánea de los diversos planos interior/exterior. "En esa influencia recíproca de espacios, que se producía a través de un material real pero 'invisible', radicaba la concepción espacio-temporal entendida como el nuevo paradigma de la arquitectura de este siglo [XX]" (Martín Hernández 1997: 166). De acuerdo con este marco teórico y conceptual, la ArPa prioriza el estudio del espacio, analizado y pensado a través del registro y de la cultura material, integrando en este estudio la parte imaginaria-simbólica del mismo, es decir, intenta elaborar modelos de interrelaciones entre los tres tipos de espacios definidos (Criado-Boado 1995: 8 y 1996b: 17) y articular el análisis complementario de estas tres dimensiones del espacio, tratando de no centrarse en una de ellas como representación de la globalidad del paisaje. Cada uno de estos ámbitos está determinado por códigos espaciales compatibles y semejantes entre sí, presentando relaciones de compatibilidad y configurando una regularidad espacial, ya que obedecen a la misma estrategia de construcción del espacio social (en el sentido lefebvriano del término, Lefebvre 2013: 125 y ss.), al mismo patrón de racionalidad. Desde este punto de vista, destaca la importancia del estudio de las formas y del espacio que éstas definen, ambas constituyen realmente el registro arquitectónico y paisajístico, su aspecto físico es lo que se conserva en el tiempo. Para llegar a profundizar en la sociedad que los construyó, además de estudiar los tipos de materiales, la forma en que se disponen en el edificio o las técnicas constructivas, es fundamental definir cómo se han organizado estos volúmenes y qué espacios han sido formados (Ching 1984), o bien qué recursos (simbólicos) se han empleado para crear una determinada escena, ambiente en el que se desenvuelven las relaciones sociales a todos los niveles, desde las relaciones individuales, familiares hasta los más generales (intergrupales). Igualmente, el espacio arquitectónico, como los restantes elementos formales del registro, es esencialmente un espacio social que se construye culturalmente; es el producto o efecto de la acción social. Constituye un paisaje cultural en sentido amplio, que participa de lleno en la construcción del aparato simbólico, el imaginario colectivo y las prácticas rituales de la comunidad que lo construye y habita; así por ejemplo, la forma arquitectónica aparece interrelacionada con variables sociológicas como la familia, el estilo de vida, la solidaridad intergrupal o el sistema de poder, como en el caso de los PF modernos. De este modo, el espacio arquitectónico se puede definir como un producto humano que utiliza una realidad dada (el espacio físico) para crear una realidad nueva: el espacio construido y, por consiguiente, social, al que se confiere un significado simbólico (Mañana et al. 2002: 28). Esta es la base de la primera consecuencia de nuestra investigación, que realmente se viene gestando ya desde teorías esenciales de las que parte nuestra investigación, la asunción de que "las actividades que tienen lugar en relación con el espacio están organizadas de forma coherente con la representación ideal del mundo que tiene el grupo social que las realiza" (Criado-Boado 1999: 10), por lo que es fundamental integrar estos análisis, tanto el gramatical como el de la percepción espacial, en un determinado patrón de racionalidad. Esta teoría da sentido a nuestra conceptualización de la arquitectura y el paisaje como materialización de un concepto, tal como hemos expuesto. Conviene también a nuestro propósito observar la relación entre los conceptos de paisaje y espacio. Recordaremos que cuando tratamos el de paisaje comentábamos que uno de los objetivos principales de su estudio desde la ArPa es analizar, reconstruir e interpretar los paisajes arqueológicos a partir de los elementos que los concretan, es decir, analizar de manera integral los procesos y formas de culturización del espacio a lo largo de la historia, comprendidos como entidades espaciales y fenómenos sociales y no como hechos aislados (Criado-Boado 1999: 6). En ArPa se parte de que las actividades que tienen lugar en relación con el espacio, están organizadas de forma coherente con la representación ideal del mundo que tiene el grupo social que las realiza, al igual que sucedía con la arquitectura. Es decir, en el proceso de construcción de los espacios intervienen tanto dispositivos mecánicos (físicos) como dispositivos conceptuales, necesarios para poder llevar a cabo la "humanización" o "antropización" de un espacio. Analizando los dispositivos mecánicos (las formas), su configuración o los cambios según el distinto tipo de sociedad, se debería poder llegar a acceder en cierta medida a los dispositivos conceptuales que los han generado, a su patrón de racionalidad (Criado-Boado 1999: 10). La definición de paisaje que utilizamos arriba como producto socio-cultural (Criado-Boado 1999: 5), es un concepto foucaultiano del que dimanan varias derivaciones útiles para la Arqueología (Criado-Boado 1993c): espacio, pensamiento y sociedad están íntimamente ligados, siendo la construcción del espacio una parte fundamental de la construcción de la realidad de un determinado sistema de saber-poder. Del mismo modo, nuestra investigación parte del presupuesto teórico de la multidimensionalidad del paisaje/espacio, donde éste se encuentra constituido por tres dimensiones ya apuntadas: el espacio en cuanto entorno físico; en cuanto entorno social; y en cuanto entorno pensado (Criado-Boado 1996b: 17 y 1999: 6). Hemos manifestado que la ArPa y la AA son los modelos interpretativos del registro arqueológico en los que basamos la investigación. Pero nos interesa focalizar en la repercusión que tuvo el uso de ambas estrategias de investigación en el estudio de un tipo de registro arqueológico concreto. Recordemos que definíamos ArPa como un modelo interpretativo que analiza los objetos que forman parte del registro arqueológico como objetos implicados en y participantes del paisaje; pero también como una estrategia de investigación derivada de este modelo. Esto implica que desde ArPa el paisaje se entiende, por un lado, como un contexto en el que se inserta el registro arqueológico y, por otro, como un objeto susceptible de ser analizado con metodología arqueológica. Es decir, los paisajes se entienden como una dimensión relevante de las sociedades humanas, puesto que no sólo constituyen la base en la que éstas se desarrollan sino también su resultado, por lo que se considera que representan a esas sociedades. ArPa es además una herramienta de gestión, pues comprende una cierta utilidad crítica y actual, se relaciona con temas que están muy próximos de la sensibilidad y preocupaciones a las que en la actualidad se enfrentan nuestras sociedades (Criado-Boado 1999: 1). Esta doble dimensión también se observa en la AA, entendida como una estrategia de investigación que estudia la arquitectura con una metodología arqueológica y tiene como principal objetivo el conocimiento histórico de los contextos construidos y de las sociedades que los generaron y, como finalidad última, contribuir a su gestión integral. De hecho proponíamos para la AA una finalidad múltiple, como herramienta para el conocimiento histórico, para la praxis restauradora, para la conservación y para la gestión. Al igual que la ArPa, la AA ha demostrado su utilidad crítica y actual en numerosos proyectos orientados hacia la resolución de problemas reales muy enraizados con importantes cuestiones patrimoniales. Si en los años 90 la ArPa se convirtió en una importante herramienta para la gestión patrimonial en el marco del desarrollo de grandes obras públicas (Criado-Boado 1996by 1996c; Barreiro et al. 1999; Amado et al. 2002), la AA lo hizo también en las mismas fechas y a principios del siglo XXI gracias a su participación directa e integración dentro de importantes programas de restauración y rehabilitación arquitectónica (Azkarate 2002b(Azkarate, 2009(Azkarate y 2011)). Este hecho viene de la mano de un cambio de concepción en la comprensión de la arquitectura por parte de la AA, en relación uno de los primeros trabajos que abordamos en esta línea (Mañana et al. 2002(Mañana et al.: 2002)). Haciendo un breve recorrido por los aspectos que acabamos de analizar, podríamos concluir diciendo que el espacio es multidimensional y multivocal. La arquitectura es forma y es espacio definido por la forma, es significado y es significado traducido en una forma. En este sentido se aboga por hablar de espacio arquitectónico, un espacio social que se construye culturalmente. Este espacio arquitectónico se inserta además en un entorno físico. Ambos acaban formando parte del paisaje, una construcción social donde espacio, pensamiento y sociedad están íntimamente ligados, siendo la construcción del espacio una parte fundamental de la construcción de la realidad de un determinado sistema de saber-poder. Arquitectura y paisaje construyen espacio a escalas distintas. Abordar la multidimensionalidad de su carácter, como hemos propuesto aquí, implica abordar estas escalas; hacerlo de forma conjunta demanda atender a un concepto que englobe ambas formas del espacio. Abogamos pues en aproximaciones del tipo que presentamos en este trabajo por el uso del término más contextual espacio construido. Es decir, se propone adoptar el concepto de espacio construido cuando se use una aproximación simbiótica a la arquitectura y el paisaje como concepto operativo, de manera que no se aborde únicamente y por separado la arquitectura y/o el paisaje, sino ambos como parte de una misma realidad que supone la manifestación de códigos sociales de un determinado grupo humano, el paisaje que éste construye y cómo lo construye muestra unos códigos de lenguaje que reflejan a esa sociedad concreta. La arquitectura no sólo es espacio, sino que se manifiesta en un espacio; el paisaje sólo se comprende si trascendemos el concepto de territorio y atendemos a su ordenación, de la que forma parte la arquitectura. El concepto de espacio construido pretende englobar la visión y aproximación conjunta a ambas manifestaciones. "Una vez más, el espacio exhibe el orden mejor que el tiempo. ¿Cuándo los arqueólogos e historiadores aprenderán esta lección?" Sobre Arqueología del Paisaje, Arqueología de la Arquitectura y Arqueología del Espacio Construido La asunción del concepto de espacio construido, nos llevó a plantearnos la necesidad también de abogar por un programa de investigación interno que abarcase el estudio conjunto de la arquitectura y el paisaje, como ya hemos visto. Nuestra propuesta intentó fusionar ambas estrategias de manera que pudiéramos abordar de forma conjunta nuestro objeto de estudio, el espacio construido, un concepto que intenta entender la arquitectura y el paisaje en clave espacial, temporal, funcional, social y simbólica. Esta propuesta conceptual nos permite ir un paso más allá y abogar por una Arqueología del Espacio Construido (AEC) que, al igual que en el caso del objeto de estudio, es un término operativo que pretende abordar las dimensiones espaciales del paisaje y la arquitectura para comprender, precisamente, el espacio construido en las claves que acabamos que comentar. No pretendemos invalidar otros modos de investigar el registro arquitectónico, ni sustituir las estrategias de investigación propuestas, AA y ArPa, sino maximizar sus potencialidades aplicándolas de forma conjunta y dentro de programas que aborden el espacio construido de manera integral, tratando de trazar las líneas básicas de un con otras aproximaciones a ésta desde la Arqueología, la Historia de la Arquitectura o la Historia del Arte, entendiéndose ahora la arquitectura como el resultado final de un proceso histórico. Al igual que el paisaje, no sólo es el contexto en el que se producen las acciones humanas que dejan su propio registro arqueológico, sino que es resultado de esas acciones, por lo que también las representa. Ello implica redescubrir en la arquitectura ciertas dimensiones que habían quedado ocultas, al menos parcialmente, para estudiarlas, analizarlas, gestionarlas de forma integral: la arquitectura es yacimiento, es cultura material, es tiempo, es espacio, construye paisaje, refleja un patrón de racionalidad, se transforma, evoluciona, cambia,... y no es únicamente producto de un hecho concreto de la historia, de un gusto estético determinado o del saber de un arquitecto. Tiene otros significados que van más allá de su singularidad como objeto. APROXIMACIONES DESDE LA ARQUEOLOGÍA diacrónica en el tratamiento del espacio construido, una Arqueología del Espacio Construido aplicable tanto a la Prehistoria Reciente, como a la Arquitectura histórica, que se implique de lleno en proyectos de puesta en valor de los espacios construidos, de rehabilitación, en programas de corrección... Nuestra propuesta presenta un modelo para el análisis arqueológico de los paisajes fortificados de época moderna78 que hunde sus raíces en programas que apostaron por una gestión integral del patrimonio, articulados desde un modelo teórico como la Cadena de Valor del Patrimonio Cultural (CVPC) que propició, precisamente, su naturaleza integral. Este modelo se compone de cuatro instrumentos básicos, un modelo abstracto del paisaje fortificado de época moderna (Figuras 27 y 28) gracias al cual se definieron las entidades arqueológicas que conforman nuestro objeto de estudio y las relaciones que se establecen entre esas entidades, ya que éste era el primer paso que nos permitiría proceder a la identificación y caracterización de los elementos que conforman el paisaje y, al final, del propio paisaje. Un segundo instrumento es una propuesta metodológica, que presenta los planteamientos, principios, y alternativas de orden teórico Figura 30. Ejemplo del proceso metodológico seguido a partir de la propuesta que se muestra en la Figura 29. Se pueden observar algunas de las metodologías aplicadas en los tres niveles espaciales analizados en la fortificación de la frontera miñota. El último instrumento fue la abstracción de un modelo teórico del paisaje fortificado (Figura 31) en el que se representan las entidades principales del paisaje de la frontera del río Miño, las relaciones entre éstas y las fronteras entre entidades y entre el paisaje y su entorno. Este modelo, se observó en su momento en la zona del Miño, pero actualmente está siendo contrastado en el paisaje fortificado de la raia seca que responde al mismo fenómeno de fortificación que en el caso del Miño, para observar su funcionamiento y comprobar si el modelo teórico es aplicable a otras zonas o sólo es un caso específico de la frontera miñota. Y, del mismo modo, comprobar si el programa de investigación propuesto articulado desde el concepto contextual de "espacio construido" y desde la perspectiva simbiótica de una AEC, es aplicable al estudio de otros paisajes fortificados.
En el Val d'Aran existe un conjunto de iglesias románicas construidas entre el siglo XI y el primer tercio del XIII, de lo que se ha llamado primer románico aranés. Estas iglesias han sido sistemáticamente estudiadas a través de la captura masiva de datos con un Escáner Láser Terrestre (TLS) en cinco campañas (2014)(2015). Los datos obtenidos nos han permitido hacer un análisis transversal de estas iglesias con el fin d e a nalizar s u topología y sus relaciones y asonancias desde la aproximación a las liturgias románicas, especialmente desde el Gemma Las iglesias que pertenecen total o parcialmente al primer románico, según Emmanuel Garland (2012) y Elisa Ros Barbosa (2015), son: Santa Maria de Cap d'Aran, Sant Estèue de Tredòs, Santa Eulària d'Unha, la nave de Sant Pèir d'Escunhau, el ábside y los restos de parte de los muros de Santa Maria de Mijaran, Sant Joan d'Arròs, el muro norte del presbiterio y parte central del ábside de Sant Ròc de Begòs, Sant Miquèu de Vilamòs, Sant Fabian d'Arres de Jos, la torre campanario de Era Mair de Diu dera Purificación de Bossòst, Sant Pèir de Betlan y la cabecera de lo que fue la antigua iglesia de Sant Blas de Vilac, actualmente reconvertida en vivienda, así como también las naves y la torre campanario de Santa Maria de Vilamòs. El objetivo del estudio es determinar algunos aspectos relacionados con la topología de estas primitivas iglesias del Val d'Aran, entendidas como el lugar que ocupan estas construcciones. Para ello, se va a analizar la topología de estos De aedificiis sacris en los términos de los enciclopedistas medievales como Isidoro de Sevilla (c. L XV. iii, iv) (Isidoro de Sevilla 1919) y Rabano Mauro (c. El objetivo es dar a conocer unas primeras conclusiones sobre las principales liturgias de la época (XI-XIII), en base al tratamiento inicial de los datos obtenidos en las cinco campañas de levantamiento (2014)(2015). El estudio así se realiza a través de sus atributos físicos, los cuales permiten identificar las coincidencias y disonancias entre estas construcciones y las principales liturgias de referencia. Se estudia así la cantidad y calidad del espacio a través del volumen. No forman parte de la investigación algunos patrones generales sobre la proporcionalidad de estas edificaciones, dado que los patrones metrológicos no son en este momento concluyentes, y relacionados con la dimensión del Galin Reiau. Se establece una metodología por comparación entre la realidad física de los edificios y las prescripciones de las liturgias románicas de Honorio de Autun, el Gemma animae (c. El Val d'Aran conserva treinta y cinco iglesias en pie, o con restos suficientemente significativos, de cuya construcción se tiene una cronología algo incierta, pero iniciada a partir del siglo XI. Las primeras construcciones del Val, se extienden hasta el siglo XIII, cuando todavía no habían hecho su aparición los elementos característicos del arte gótico. Este periodo es definido tradicionalmente como románico aranés. Las construcciones del románico se realizaron bajo la influencia de las principales liturgias de la época, según exponen diversos autores como José Antonio Íñiguez Herrero (1986), Santiago Sebastián (1994), Nicolas Reveyron (2003), Francesca Mambelli (2004), Constant J. Mews (2009), Eduardo Carrero (2009). Estas liturgias se basaban en el Liber officialis (820-826) de Amalario de, que inspirará a los principales autores de los siglos románicos: Ruperto de Deutz (c. Así, las primeras iglesias aranesas se forjan en el contexto románico con este entorno litúrgico. Esta consideración difiere de aquellas iglesias ibéricas donde el rito mozárabe planteará unos postulados para su definición arquitectónica muy diferentes, ya que estos fueron paulatinamente adaptándose a los ritos europeos (Martínez 2002). El grupo más antiguo de estas iglesias se inscribe entre los siglos XI y XII, al que se define como primer románico. Puig i Cadafalch lo define como una primera escuela de tradición foránea que será sustituida por otra de readaptación local (Puig i Cadafalch et al. 1918). Esta caracterización la hará patente Marcel Durliat (1917Durliat ( -2006) ) (Durliat y Allègre 1969), aunque la primera gran catalogación del románico aranés la realiza José Serrate Forga, bajo una forma territorial, Naut-Aran (Sarrate i Forga 1975a), Mig-Aran (Sarrate i Forga 1975b) y Baix-Aran (Sarrate i Forga 1976a). Este primer inventario concluirá con el Esquema del Arte Románico Aranés (Sarrate i Forga 1976b), el cual ha alcanzado un reconocimiento enciclopédico en la Catalunya Romànica (Pladevall 1987). 3 malla tridimensional, con el programa 3DReshaper.5 La precisión estimada del conjunto de puntos obtenidos de este proceso lo determinamos con un error de [0.02-0.01 m] (Fig. 1). Teniendo en cuenta la condición topológica de los espacios sagrados, es necesario precisar las relaciones dimensionales de estas edificaciones, a través tanto del volumen como de su superficie, con respecto a la ocupación de los fieles a los que pertenece la iglesia. La importancia del dato demográfico para realizar estos cálculos ha de extrapolarse a la fecha de cuando Juan II (1267-1327) recupera el Val d'Aran y otorga los privilegios de la Era Querimònia (1313). Para el cálculo se utiliza el criterio de los focs u hospicia, considerando 5,2 habitantes por cada uno de ellos (Reglà 1951). Se utiliza el criterio estadístico de máxima población posible, arrojando una población a principios del siglo XIV, de 8.455 habitantes (Tabla 1). 1150) de Jean Beleth y el Mitralis de Officio (1190) de Sicardo obispo de Cremona, para poder determinar si estas edificaciones siguen o no los patrones determinados por las principales liturgias. Así, el estudio comparado de la topología con las liturgias quiere determinar el posible seguimiento de los preceptos invocados, organizados bajo la secuencia de las decisiones a tomar para la construcción de los espacios sagrados. La primera dimensión del espacio sagrado se determina tipológicamente como Templi y De capellis. En segundo lugar, se determina la orientación, con el objetivo de identificar si siguen la orientación canónica del Ortum solis aequinoctialem. En tercer lugar, se traza el edificio con la definición del espacio sagrado, diferenciando entre el Sancta y el Sancta Sanctorum, para finalmente determinar la construcción del espacio sagrado, Muri lapidum caementati sunt religiosorum. Para determinar el espacio topológico se ha utilizado un Escáner Láser Terrestre (Terrestrial Laser Scanner, TLS), el cual permite obtener una topografía completa de forma no invasiva y sin contacto. Se obtiene así una información geométrica y radiométrica de una superficie (Pesci et al. 2012), de gran precisión para el estudio de estos edificios (Guarnieri, Vettore y Remondino 2004). El escáner láser utilizado es el P20 de Leica, la información obtenida ha de ser tratada informáticamente, para convertirse en una nube de puntos completa mediante el programa Cyclone. Posteriormente se genera la volumetría del objeto mediante una Otras Con el objeto de determinar la geometría de la sección se establecen unos planos (ω i ) que son los transversales a la directriz (τ). Las secciones (ω i ) variarán en función de la tipología de la planta, bien sea de planta basilical de tres naves o de nave única. Para determinar el estudio topológico se establecen unas secciones extremas, la (ω 1 ), la más próxima al ábside, y la (ω 2 ), en la fachada opuesta (Fig. 6). TOMA DE DATOS EN LAS IGLESIAS ROMÁNICAS DEL VAL D'ARAN La técnica de levantamiento topográfico mediante el escáner láser terrestre (TLS), es mucho más precisa que las que utilizaron los grandes historiadores de la construcción, como Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc (1814-1879) en la Eglise de Bosost (Español 2013), Lluís Domènech i Montaner (1850-1923), quien realiza los primeros levantamientos topográficos con la Escuela de Arquitectura (1905) (Granell y Ramon 2006), o Josep Puig i Cadafalch en la expedición científica al Val d'Aran y la Ribagorza (1907) (Alcolea 2008). Los métodos topográficos tradicionales fueron también utilizados por Juan Bassegoda Nonell en Santa Maria d'Arties (Sàez-Aragonès 1976), y a partir de medianos de los años 80 fueron utilizados los sistemas Computer-Aided Design (CAD) en Santa María de Arties (Polo y Cots 2009). Estas técnicas tradicionales basadas en la inspección visual, disponen de un error relativo de [3%-5%], mientras que las de instrumental topográfico tradicional un 1%. Otra técnica fue la utilizada por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Rovira i Virgili (2012)(2013)(2014)(2015)(2016), mediante levantamiento con medidas directas (Lluis i Ginovart, Costa y Coll 2016a) y fotogrametría digital (Lluis i Ginovart, Costa y Coll 2016b), basada en la técnica Close Range Photogrammetry (CRP) y la basada en algoritmos de Structure From Motion (SFM), con un error [0.05-0.03 m] (Fig. 2). Estas primeras experiencias, permitieron identificar las limitaciones de las diferentes técnicas. Así, se decidió realizar un topografiado masivo con un dispositivo láser terrestre de todas las iglesias del Val d'Aran, a través de cinco campañas en el periodo (2014-2015) (Figs. Para conseguir una representación bidimensional de estos edificios, se genera la sección longitudinal a través del plano (τ), el cual es perpendicular al plano del suelo y pasa por los puntos (s 1 ) y (s 2 ), situados en el punto más alto de la boca del presbiterio y de la fachada opuesta respectivamente. Esta sección determina un eje imaginario que marca la orientación del edificio, y permite también identificar los puntos importantes para representar la planta, con cuatro planos horizontales característicos de las posibles secciones de la planta. El primer plano horizontal es el que suponemos como indeformable (A 1 ), y se define a partir de la intersección 9 pequeñas e inicialmente itinerantes, instaladas en tiendas de piel de cabra, recibiendo este nombre de los capellanes, en referencia a la capa de San Martín, llamadas también capeum o lugar de limosna. Estas son las que, actualmente, se entenderían como ermitas (Monge España 2013). La diferencia de tipología, plantea el Templi con planta basilical con tres naves y las Capellis de nave única. La definición topológica del espacio permite analizar en cada construcción el volumen útil interior (V u ) en relación a la superficie interior (S u ). Esto permite además determinar la utilización por habitante que pudieran tener estas construcciones. Con estos parámetros podremos determinar qué nivel de ocupación tienen tanto los Templi como las Capellis, con respecto a su volumen (O vu ) y a su superficie (O su ) (Tabla 2). LA DIMENSIÓN DEL ESPACIO SAGRADO, EL TEMPLI Y LAS DE CAPELLIS Honorio de Autun avanza el futuro hacia el ideal gótico, defendiendo que el mundo es el templo de Dios. Estas construcciones románicas simbolizan las piedras reales del templo de gloria construido en la Jerusalén Celeste, venerando los antecedentes del Tabernáculo de Moisés y el Templo de Salomón (Gem. Dentro de esta clasificación, se pueden diferenciar entre las edificaciones que pueden ser definidas como Templi (Gem. Las Capellis son construcciones más terrestres y nos permite comparar la orientación de las iglesias estudiadas en territorios distantes. Se define como la proyección en la esfera celeste de la coordenada de la latitud terrestre y se obtiene a partir del acimut geográfico real (A), la altura del horizonte (h) y la latitud (φ). En el periodo de este estudio, las hipótesis cultas de orientación son la canónica, de oriente a occidente, y la de la Festividad del Patrón de la advocación de la construcción. En cuanto a la primera tesis, hay que tener en cuenta que la declinación de un edificio orientado hacia el orto tiene un rango de coordenadas [-23o 26', +323o 26']. Para los equinoccios astronómicos, la declinación es igual a 0°, mientras que en los solsticios de verano e invierno tienen sus valores extremos. Las orientaciones que no están en este rango, no están dentro del orto del horizonte. Para la segunda hipótesis de estudio, la de la fecha del Patrón de la construcción de la Iglesia, hay que tener en cuenta que el actual Calendario litúrgico se basa en el Calendario Romano de Pablo VI (1897-1978), el Mysterii paschalis celebrationem, y no coincide con los calendarios de referencia en los siglos XI-XII; el Martirologio Hieronymianum (s.VI) y, pudiéndose incorporar a finales del siglo XIII, la Legenda aurea de Jacopo della Voragine (1230-1298). Para la determinación de la segunda hipótesis de estudio, la de la fecha del Patrón de la construcción, hay que tener en cuenta el cambio de la fecha del calendario Gregoriano (1582) de la bula Inter gravissimas del Papa Gregorio XIII (1502-1585), con el Juliano existente en el periodo de estudio. La Festividad del calendario eclesiástico tiene que tener en cuenta el desajuste del calendario Juliano con el Gregoriano. 6 El ajuste de los calendarios de los equinoccios en el periodo de estudio (siglos XI-XIII), aequus nocte, era de entre cinco y siete días, donde el 6 Calculadora: https://carta-natal.es/calendario_gregoriano.php. LA ORIENTACIÓN, ORTUM SOLIS AEQUINOCTIALEM Tanto las orientaciones de las iglesias como la colocación del altar y la sede, fueron evolucionando desde una orientación de los ábsides a poniente, a una alineación inversa, con el ábside al Este y, por ora parte, desde una alineación del altar y la sede determinada, a la colocación trasladada de la sede hacia la epístola. La cronología que determina las orientaciones de las iglesias se enmarca dentro de lo que se conoce como el primer románico aranés (Vogel 1962). 630) define los De aedificiis sacris, de forma que los grandes edificios, templa, han de estar dispuestos en dirección al oriente equinoccial (Etymo. También lo hará Rabano Mauro (c. Esta tradición se impuso en las liturgias románicas con Honorio de Autun: ecclesiae ad orientem vertuntur ubi sol oritur (Gem. Según Sicardo obispo de Cremona: Ad orientem, id est, ortum solis aequinoctialem (Mitra. Una parte de la metodología de la arqueoastronomía actual, se basa en la astronomía moderna (González-García y Belmonte 2015). Ambas tienen como base universal, para la comparación de las orientaciones de los edificios, el concepto de declinación astronómica (δ). Este parámetro es independiente de las coordenadas ecuador celeste es paralelo a la declinación del Sol. En este entorno, podemos determinar los resultados de la investigación según los datos de la Tabla 3. EL ESPACIO SAGRADO, EL SANCTA Y EL SANCTA SANCTORUM El espacio definido por el Sancta y el Sancta Sanctorum tiene su referencia en el Tabernáculo de Moisés, referido por Honorio de Autum (Gem. CXXIX) y por Sicardo de Cremona (Mitra, L. 1, Cap. Era una tienda cuadrangular, de treinta codos de largo por diez de ancho, de proporción (1:3), por diez codos de alto de proporción en sección (1:1), ad quadratum. La tienda estaba dividida en dos compartimentos, el Sancta de 10 codos por 20 de proporción (1:2) dupla, y el Sancta Sanctorum, constituido por un cubo de 10 codos por lado, de proporción (1:1). El tabernáculo estaba rodeado por un atrio de 50 codos de ancho por 100 de largo de proporción (1:2). Ambos autores definen el Templo de Salomón como una reinterpretación del Tabernáculo (Gem. El templo tenía sesenta codos de largo por veinte de ancho, con una proporción total de (1:3), y treinta codos de alto, con una proporción (1:1,5). El Templo disponía de un vestíbulo o entrada, de veinte codos de ancho por diez de profundidad, de proporción (1:0,5). Se accedía al Sancta, de veinte codos de ancho por cuarenta de largo, de relación (1:2) y a continuación al Sancta Sanctorum, un cubo de veinte codos por lado, con una proporción de (1:1) y una sección (1:1) (Fig. 7). Existen otros autores como Raoul de Saint-Trond (c. 1110-1120), que buscaba una relación antropomórfica, y entendía que, en su abadía, la construcción de su iglesia era como la de las iglesias que los entendidos consideran bien acabadas, porque estaba realizada a semejanza del cuerpo humano. La comparativa de las medidas y proporciones de los espacios sagrados, la realizaremos a través de la diferenciación entre las dos partes principales de los edificios, las cuales son el Sancta y el Sancta Sanctorum. Los datos analizados son la envergadura de los espacios, definidos como longitud, (E s ) y (E ss ), respectivamente, así como la luz total de los espacios, definida como anchura (L s ) y (L ss ). Estos datos están representados en la Tabla 4. Según la metodología explicada anteriormente en la Figura 6, se han realizado 78 secciones tipo (ω i ). En ellas se determina previamente la proporción del cuerpo central de la edificación (L sc ), sea ésta la bóveda única, o la de la nave central, con el gálibo total de esta edificación (a), que es la altura máxima de esta en la sección (ω i ), a través de la relación (a/L s ) (Tabla 5; Fig. 8). También se analiza la luz total de construcción (L s ), entendida como la distancia interior de los muros de cerramiento y el gálibo (a/L s ) (Tabla 6). LA CONSTRUCCIÓN DEL ESPACIO SAGRADO, MURI LAPIDUM CAEMENTATI SUNT RELIGIOSORUM. Según la trascendencia simbólica de la construcción de la ecclesia materialis, la iglesia se cierra mediante muros, que representan a los de la Jerusalén celestial (Gem. Estos simbolizan las cuatro partes del mundo, los cuatro eruditos, las cuatro virtudes establecidas. La fortaleza de la edificación representa también a esta virtud (Mitra. IV), como también a los cuatro evangelistas. Por ello en el Liber de Miraculis Sancti Iacobi (c. 1140), dice refiriéndose a la basílica de Santiago de Compostela, "en esta iglesia no hay ninguna grieta o rotura; está maravillosamente construida" (Cap. Encontraremos el mismo simbolismo DISCUSIÓN DE LOS RESULTADOS TOPOLÓGICOS El análisis conmensurable realizado en estos edificios, permite determinar relaciones entre diferentes parámetros de las edificaciones. El análisis de los sistemas constructivos, permite investigar la relación entre la superficie total de la construcción (S c ) y su superficie útil (S u ), así como también determinar la relación entre la superficie de muros (S m ) y pilares (S p ). Los muros originales de cerramiento (S mo ) son, a la vez, muros estructurales que han ido reforzándose con la construcción de contrafuertes (S mc ). Con la diferencia entre la superficie total de construcción y de los contrafuertes, podemos determinar la superficie de la construcción original (S co ) (Tabla 7). Podemos concluir que, tan solo las secciones de Sant Pèir de Betlan y Sant Ròc de Begòs, consideradas Capelli, tienden a la misma proporción que la del Templo de Salomón (1:1+1/2). Las iglesias mayores, Templi, de planta basilical, disponen de una ratio de ocupación para el fiel, por su superficie interior, similar a los parámetros funcionales definidos en la actualidad. La proporción de las basílicas que conservan su sección es sesquiáltera en Santa Eulària d'Unha y sesquitercia en Santa Maria de Vilamòs. Este hecho hace pensar en la influencia de la proporción del mundo clásico en estas iglesias de planta basilical. Esta proporción fue transmitida por los principales comentaristas medievales de Platón. Es el caso del Timaeus translatus commentarioque instructus de Calcidio (f. 350), y el Comentarii in Somnium Scipionis de Macrobio (f. 400), y el De Nuptiis Philologiae et Mercurii de Marciano Capella (f. La iglesia de Sant Pèir de Betlan tiene una proporción en planta de (1:3), como el Templo de Salomón, y a su vez tiene orientación canónica, de oriente a occidente. Por ello, de las once iglesias del primer románico, tan solo la iglesia de Sant Pèir de Betlan tiene una tendencia hacia los tratados litúrgicos Gemma animae de Honorio de Autun y el Mitralis de Officio de Sicardo obispo de Cremona. denominaciones Nombre iglesia Focs/ Hospicia Cálculo Fieles
El objetivo de este trabajo es analizar un grupo de construcciones domésticas de cronología altomedieval de notables dimensiones que ha sido identificado e n e l ú ltimo d ecenio e n a lgunos s ectores d el n oroeste d e la península ibérica y que han sido definidas como longhouses. Este es un término que ha sido utilizado de forma implícita por parte de varias tradiciones arqueológicas para designar estructuras alargadas que cuentan con dimensiones, funcionalidades y significados s ociales m uy h eterogéneos e ntre s í. A lgunas tradiciones europeas han definido e ste t ipo d e estructuras e n t érminos f uncionales ( casa-establo), f ormales ( plantas a largadas) o tipológicos, mientras que en el centro de Italia se han identificado c on r esidencias d e l as é lites intermedias. Tomando como caso de estudio la llanada de Álava, en este artículo se realiza una caracterización social de los contextos en los que se han hallado este tipo de construcciones y, a continuación, se analiza desde la perspectiva La arqueología de la arquitectura del sur de Europa de los últimos decenios ha sido, prevalentemente, una arqueología de arquitecturas de carácter monumental tales como iglesias, templos, monasterios, fortificaciones o estructuras de relieve, cuyo estudio ha permitido renovar profundamente nuestro conocimiento de las sociedades clásicas y postclásicas desde una amplia diversidad de perspectivas (p. e. Sin embargo, en los últimos años se ha producido un notable incremento de los trabajos dedicados al estudio de la arquitectura doméstica, de forma que en el 'IV Congresso Nazionale di Archeologia Medievale Italiana' celebrado en San Galgano en el año 2006 se propuso acuñar el término 'Archeologia delle architetture' con el fin de reivindicar una apertura conceptual y temática hacia este universo construido (Francovich y Valenti 2006). El hecho de que esta sugerencia terminológica no haya sido acogida de forma unánime es un síntoma de que esta dicotomía ha sido rápidamente superada, de tal forma que tanto en España como en Italia se han ido publicando en los últimos años varios estudios monográficos y trabajos colectivos de carácter arqueológico que han puesto en el centro del análisis social el estudio de las arquitecturas domésticas. 2Por otro lado, la arqueología de las arquitecturas domésticas constituye, sin duda alguna, el vector más dinámico de la arqueología de la arquitectura en ámbito anglosajón, tal y como muestra el reciente manual de S. R. Steadman (2015). El desarrollo desde los años 70 de líneas de investigación que se reconocen en experiencias como la settlement archaeology, la household archaeology, la sintaxis espacial, las sociedad-casa de Levi Strauss y, más recientemente, los estudios que exploran la dimensión simbólica e ideológica del espacio doméstico, han dado pie a una producción abundante e informada en términos teóricos de particular interés (p. e. Y aunque muchas de estas reflexiones teóricas no hayan tenido más que un reflejo puntual en la arqueología de la arquitectura doméstica europea, a fecha de hoy éste es un campo transversal muy dinámico en el que sería posible establecer formas de mestizaje intelectual entre distintas tradiciones arqueológicas. Uno de los ámbitos que más se ha visto beneficiado por el impulso del estudio de las estructuras domésticas ha sido, sin duda alguna, el análisis de las sociedades europeas altomedievales. El desarrollo de una arqueología de las arquitecturas domésticas altomedievales en el suroeste de Europa, y en particular el estudio de las arquitecturas realizadas en materiales efímeros, ha contribuido de forma decisiva a superar la identificación entre arquitecturas de madera y sociedades simples, pobres e itinerantes, planteando propuestas interpretativas mucho más articuladas (p. e. Pero mientras que en países como Inglaterra, Italia, Francia o en el centro de Europa se han llevado a cabo estudios que han inventariado y analizado de forma sistemática este tipo de arquitecturas (Rahtz 1976; Donat 1980; Peytremann 2003; Fronza 2005), los registros de la península ibérica no cuentan aún con un tratamiento integral y sistemático. Son varias las razones que pueden explicar esta carencia. En primer lugar, el hecho de que la mayor parte de las intervenciones arqueológicas realizadas en los últimos veinte años que han proporcionado arquitecturas domésticas altomedievales en España y en Portugal han sido realizadas en el marco de proyectos preventivos o de urgencia en los que la administración ha delegado en los profesionales y las empresas de arqueología los criterios de actuación, documentación y análisis. Como consecuencia de ello, y en función de las distintas praxis que se han generado en cada territorio, se han obtenido resultados muy variados en cada comunidad autónoma, en cada provincia o incluso en cada proyecto. Esta ausencia de coordinación se ha traducido en que, a fecha de hoy, no solamente no haya un catálogo centralizado de la arqueología preventiva realizada en España en los últimos veinte años comparables a los elaborados en otros países europeos, sino que ni siquiera sea posible saber el número de yacimientos que han sido intervenidos. Si a ello sumamos la escasa implicación de los centros de investigación, el hecho de que muchas empresas hayan desaparecido, y que muchos arqueólogos hayan dejado la profesión en el contexto de la crisis actual quedando informes y memorias por elaborar, solo podemos concluir que muchas excavaciones arqueológicas preventivas y de urgencia ejecutadas, nunca han tenido lugar. En segundo lugar, aunque algunos grupos de investigación peninsulares y profesionales han potenciado 3 últimos años en varios sectores del noroeste peninsular que han sido definidas como longhouses. Tal y como veremos, este término ha sido utilizado para caracterizar tanto construcciones de la prehistoria reciente como de la alta edad media. Pero más allá del interés clasificatorio o tipológico, el análisis de estas arquitecturas es relevante porque en diversos trabajos realizados en el centro de Italia, se ha considerado que las longhouses identifican residencias de élites rurales menores altomedievales4 de tal manera que, en lugares como Poggibonsi (Siena), una estructura de este tipo constituye el eje de un centro dominical carolingio (Valenti 2004; Francovich y Valenti 2007). Esta interpretación ha sido posteriormente extendida también al ejemplo de Gasteiz, donde se ha hallado una longhouse que ha sido identificada con una ocupación de estatus social privilegiado (Azkarate y Solaun 2012: 128) ¿Pero son realmente residencias de élites todas las longhouses del suroeste de Europa? ¿Se puede emplear esta categoría también en la península ibérica? ¿Por qué se localizan solamente en algunas zonas? ¿En qué contextos sociopolíticos aparecen? El análisis de una tipología arquitectónica específica es un ejercicio altamente arriesgado porque, por un lado, se puede caer en el error de la cosificación del objeto de estudio abrazando planteamientos formalistas, culturalistas o funcionalistas. Más allá de su dimensión material, la "casa" debe ser considerada, en primer lugar, como una entidad social en sí misma, y por lo tanto es una escala de análisis de procesos sociales (Beck 2007).5 Pero además, la arquitectura doméstica no es un mero reflejo pasivo de prácticas sociales o un marcador que identifique un cierto tipo de clase, grupo o élite, sino que es un instrumento activo de construcción de identidades, hábitos sociales y comunidades políticas (Gerritsen 2008; Blanco González 2011; Steadman 2015). Por otro lado, si hay un criterio que define la arquitectura doméstica es el de su permanente transformación en función de las dinámicas de los sujetos sociales residentes, lo que va en contra del análisis estático y tipológico de las formas arquitectónicas 'tradicionales'. Los estudios realizados sobre la temporalidad de los espacios domésticos en términos de notablemente el estudio de las arquitecturas domésticas altomedievales en los últimos años, el número de casos de estudio analizados y publicados es aún limitado (p. e. Esta carencia se hace aún más patente en el noroeste de la península ibérica, que apenas cuenta con un puñado de monografías publicadas con un cierto grado de detalle de contextos domésticos altomedievales.3 Y aunque nos consta que hay ejemplos aún inéditos, no se ha logrado aún consolidar -salvo excepciones puntuales-una línea de investigación específica en torno a esta temática comparable a la de otros países europeos. En tercer lugar, la ausencia de una tradición de estudios local, en particular en lo que se refiere a las arquitecturas realizadas en materiales efímeros, puede haber determinado una excesiva dependencia tanto terminológica como conceptual respecto a otras tradiciones europeas en el análisis de estas evidencias materiales. La literatura hispana recurre con frecuencia a conceptos tomados de otros idiomas (p. e. fondo de cabaña, longhouse, clayonnage, façonnage direct, etc.), sin que todos estos términos hayan sido adecuadamente discutidos. En trabajos previos se ha realizado un esfuerzo a la hora de conceptualizar categorías como 'fondo de cabaña' o estructuras de fondo rehundido (Azkarate y Quirós Castillo 2001; Tejerizo 2015) diferenciándolas respecto a las estructuras aéreas, pero hay otros conceptos que se utilizan de forma implícita. En otras ocasiones se asume por contagio que los 'fondos de cabaña' han de ser estructuras auxiliares, o que las inferencias funcionales, morfológicas, simbólicas, sociales o políticas realizadas en el espacio carolingio o anglosajón pueden ser utilizadas directamente para dar sentido a las evidencias materiales hispanas. Desde nuestro punto de vista resultaría más provechoso recurrir a un enfoque diacrónico regional antes que sincrónico continental, aunque en ocasiones sea casi inevitable recurrir a trabajos realizados en otros sectores europeos. El objetivo de este trabajo será el estudio de una serie de construcciones singulares de notables dimensiones realizadas con materiales efímeros halladas en los cambios y permanencias espaciales (procesos de desplazamiento, reconstrucción y perduración de las estructuras domésticas) en la prehistoria reciente son particularmente iluminantes desde esta perspectiva (Brück 2000; Gerritsen 2007). Por último, tanto las longhouses como otras estructuras asociadas no se presentan aisladas, sino que forman parte de espacios domésticos articulados y cambiantes, por lo que la escala de análisis de referencia es la parcela doméstica (Vigil-Escalera 2015: 522-526). Sin embargo, el estado de conservación de los espacios domésticos altomedievales no siempre permite recurrir con una cierta solidez a esta escala de análisis, por lo que suele ser común que sean construcciones como la longhouse las que se conviertan en el foco de atención (p. e. Asumiendo estos riesgos, y dejando para futuros trabajos el análisis detallado de otras escalas analíticas (parcelas domésticas, comunidades, sistemas territoriales), en esta ocasión se priorizará el estudio de las denominadas longhouses debido a las connotaciones sociopolíticas que han adquirido en los relatos sobre la conformación y articulación de los centros de poder local en el sur de Europa. En primer lugar, se realizará un acercamiento al concepto mismo de longhouse, tal y como ha sido empleado por parte de la arqueología hispana y europea. A continuación, se realizará una caracterización social de los contextos en los que han aparecido longhouses de cronología altomedieval en un caso de estudio, el de la llanada alavesa. Por último, y siguiendo el marco teórico de la biografía cultural de las casas, se explorará el proceso de construcción de las comunidades políticas locales a través del estudio de la arquitectura doméstica a partir de la comparación de la arquitectura doméstica de la llanada alavesa. ¿CÓMO DEFINIR UNA LONGHOUSE? Hay algunas construcciones domésticas que son más fáciles de identificar, definir e interpretar que otras. Las estructuras negativas son, normalmente, las primeras en ser identificadas. No es, por lo tanto, extraño, que hayan sido los 'campos de hoyos' o 'campos de silos' las primeras categorías empleadas por los especialistas para definir, en el noroeste peninsular, los espacios domésticos de la prehistoria reciente y la alta edad media (p. e. Solamente la realización desde los años 90 de excavaciones en extensión ha permitido reconocer con claridad estructuras domésticas realizadas sobre postes o sobre zócalos, entre las que se encuentran las estructuras denominadas como longhouse. En rigor, el término longhouse es una categoría de clasificación y análisis de arquitecturas domésticas empleada de forma más o menos implícita por parte de numerosas tradiciones arqueológicas en todo el mundo designando realidades materiales, funciones, dimensiones y sociales muy heterogéneas. Mientras que en el sureste de Asia una única longhouse está diseñada para acoger una comunidad completa (las denominadas longhouse villages), las longhouses de los iroqueses o 'gentes de las casas largas' de Norteamérica son estructuras residenciales multifamiliares que acogen la familia matrilineal extensa; en el Algarve portugués se han documentado algunas construcciones alargadas de grandes dimensiones empleadas como habitaciones de pescadores; en cambio las longhouses vikingas acomunan funciones como la residencial, la exhibición social o la realización de rituales y actos sociales que incluyen banquetes colectivos (Veiga de Oliveira et al. 1994: 239-240; Metcalf 2010; Moore 2012). Aunque la casuística podría ampliarse ulteriormente (véase p. e. Quizás simplificando en exceso, en la literatura especializada europea se pueden diferenciar al menos tres formas de utilizar esta categoría, no necesariamente excluyentes entre sí, para referirse a arquitecturas fechadas desde la prehistoria reciente hasta la época moderna. El término longhouse fue acuñado como tal en el Reino Unido en los años 20 por I. C. Peate a partir de la traducción literal de un vocablo presente en la documentación medieval galesa para definir una casa que contaba en uno de sus extremos con un espacio dedicado al ganado (Hurst 1971; Alcock y Smith 1972). En el centro de Europa y en el área escandinava, donde se funden las trayectorias de la arqueología de la prehistoria reciente y de la alta edad media, ésta es la noción de longhouse predominante: se trata de una estructura caracterizada por la coexistencia bajo un mismo techo de animales y personas (Hurst 1971: 104-107; Klápště y Nissen Jaubert 2007: 89-92). Así por ejemplo, en su glosario sobre arquitectura de madera, L. Volmer y H. Zimmermann definen la longhouse o langhaus como:...elongated building of usually one storey and without aisles. En otra entrada del mismo volumen ambos autores asocian o identifican el concepto de longhouse con el de byre-house (Volmer y Zimmermann 2012: 48-49), aunque mantienen las dos entradas separadas. También en Escandinavia se establece una relación estrecha entre forma y función, de tal forma que K. Anstrong Oma ha señalado recientemente que, aunque no todas las longhouses hayan acogido siempre y necesariamente animales, la creación de este tipo constructivo -que estuvo vigente durante 2500 años en este territorio (desde la Edad del Bronce hasta el final del período vikingo)-, fue el resultado del establecimiento de una nueva relación entre las personas y los animales (en particular el ganado vacuno), así como del desarrollo de determinadas prácticas sociales a escala local (Amstrong Oma 2016). Pero frente a esta visión estática de larga duración H. Hamerow ha mostrado que, en distintos sectores del noroeste europeo, la clásica longhouse compartimentada con establo fue sustituida en el siglo VIII por una construcción abierta, sin divisiones internas y sin establo, de manera que el módulo unicelular compartimentado -que a su vez contaba con otros edificios auxiliares-fue reemplazado por una serie de construcciones funcionalmente especializadas (Hamerow 2002: 14-26) (Klápště y Nissen Jaubert 2007: 92). Y es desde esta perspectiva que la residencia señorial del centro dominical de Poggibonsi (Siena) ha sido definida como una longhouse, con el fin de remarcar las diferencias dimensionales y morfológicas respecto al resto de las viviendas y las construcciones auxiliares del poblado (Valenti 2004; Fronza 2005: 141-203). En el Reino Unido -donde hay un claro consenso a la hora de negar la existencia de longhouses altomedievales similares a las continentales (es decir, a las byre-houses), puesto que solamente se documentan a partir del siglo XIII (Gardiner 2014)-se utiliza el término hall para denominar las grandes construcciones (normalmente alargadas) de carácter comunitario y de representación que aparecen en algunas localidades (Hamerow 2012: 46-48; Pollington 2012; Brenna y Hamerow 2015). Pero en términos conceptuales no se considera que una hall sea una longhouse o un tipo de ellas, aunque ambas sean construcciones alargadas (Loveluck 2013: 253; Gardiner 2016). Una tercera y última caracterización es aquélla que define la longhouse, o mejor, tipos concretos de longhouses, como "tipos arquitectónicos" bien definidos y estandarizados. Este es por ejemplo el caso del denominado tipo Warendorf (Chapelot y Fossier 1980: 79-88) que identifica construcciones alargadas realizadas con los lados largos curvos 'a forma de barca' durante los siglos VII-VIII y que fue reconocido por vez primera en los años 50 en el yacimiento homónimo de Westfalia. Más allá de su valencia cronotipológica, los procesos de estandarización de la arquitectura doméstica precisarían de análisis tanto socioeconómicos (Gelichi y Librenti 1997) como simbólicos e ideológicos (Cutting 2006: 230-231) que explorasen las implicaciones de la aparente difusión de determinadas prácticas sociales. 6 En España se han descrito en los últimos años varias longhouses fechadas entre el Bronce Final y el Hierro I (Moreno 2014). En la mayor parte de estos trabajos el concepto de longhouse ha sido empleado para describir construcciones alargadas (proporciones entre 1:2 a 1:4) de planta rectangular u ovalada realizadas sobre postes, con extremos rectos o curvos, aunque también hay algún ejemplo de construcciones definidas mediante rebajes o rozas perimetrales que han sido asimiladas a este tipo arquitectónico (p. e. Por lo que se refiere a su funcionalidad, la mayoría de los especialistas sugieren que las longhouses han tenido una función residencial (Sanguino et al. 2007; Urbina et al. 2007; Agustí et al. 2012: 127), comunitaria (Flores y Sanabria 2012; Unanua y Erce 2014) y, en algún caso, ceremonial (Vázquez et al. 2015), sin que se haya entrado a considerar la presencia o no de espacios de estabulación interna. En definitiva, en este sintético recorrido se puede observar que el término longhouse se utiliza para designar realidades materiales diferentes en función de las distintas tradiciones de estudio, y por lo tanto esta categoría debe ser analizada en contextos cronológicos y culturales concretos. Desde un punto de vista estrictamente geográfico la "gran familia de las longhouses" (Fronza 2011: 97) se distribuye principalmente por el centro y el norte de Europa, mientras que su presencia es mucho más reducida en las periferias, y en particular en el suroeste de Europa, aunque el número de hallazgos ha ido aumentando en los últimos años. En Italia, pero también en la península ibérica, es la segunda acepción la que se ha afirmado, por lo que será preciso definir, en términos contextuales, los significados sociales e ideológicos de estas construcciones. LAS LONGHOUSES EN EL NOROESTE PENINSULAR EN LA ALTA EDAD MEDIA: EL CASO DE LA LLANADA ALAVESA A pesar de que ha sido sugerida la existencia de longhouses en el interior peninsular ya desde el período visigodo (Arce 2011: 41) o en centros altomedievales como es el caso de la ciudad de Oviedo (Estrada García 2014: 200), la realidad es que el catálogo de yacimientos altomedievales en los que se ha reconocido este tipo de estructuras es aún incluso más reducido que el de la prehistoria reciente (Tejerizo 2013: 323). Es cierto que también en esta ocasión nos consta que hay ejemplos inéditos de construcciones domésticas alargadas o no reconocidos adecuadamente que, quizás, se den a conocer en el futuro (Fig. 1). Por otro lado, el avance de los estudios sobre la arquitectura doméstica altomedieval en la península ibérica ha mostrado la existencia de una notable regionalización en lo que se refiere a las técnicas, morfologías y organización social de los espacios domésticos altomedievales, de tal forma que, por ejemplo, las arquitecturas sobre postes portantes de madera parecen estar prácticamente ausentes en el área mediterránea o en amplios sectores del interior, mientras que son mucho más frecuentes en el cuadrante noroccidental (p. e. Asimismo, en el valle del Duero se ha reconocido la existencia de importantes diferencias constructivas a escala subregional en época visigoda (Tejerizo 2012). Teniendo en cuenta todo ello centraremos nuestra atención en esta ocasión únicamente en una subregión, la llanada alavesa, que es uno de los territorios que cuenta con una masa crítica de datos sobre la arquitectura doméstica altomedieval más significativa, muchos de ellos ya publicados. Se trata de una subregión que tenía ya en la alta edad media una identidad sociopolítica propia, cuya primera manifestación conocida e institucionalizada es el condado de Álava, documentado en el siglo X. Al igual que toda el área castellana, Álava carece de centros urbanos en este período, y hasta el momento tampoco se conocen centros fortificados que puedan ser identificados como central places antes del siglo X. Es por ello que los ejes de articulación política eran centros rurales de distinta entidad en los que se localizan iglesias, pequeños monasterios como los de Acosta, Zaballa, Bolívar o Esquivel, o incluso sedes episcopales como la de Armentia. Pero también es en los centros rurales donde residen las élites y las aristocracias. 7 En un contexto de esta naturaleza el estudio de la arquitectura doméstica adquiere un significado relevante para analizar las formas de articulación de los poderes locales en términos comparativos. Hasta el momento son solamente dos los yacimientos de cronología altomedieval en la llanada alavesa en los que se han descrito estructuras domésticas consideradas como longhouses según los estándares definidos previamente: Gasteiz y Aistra. A continuación, se analizarán brevemente ambos yacimientos desde una perspectiva social con el fin de encuadrar el contexto en el que se realizaron estas construcciones. El registro material de la aldea de Gasteiz (Vitoria-Gasteiz) es bien conocido porque ha sido objeto de varias publicaciones recientes que, con el tiempo, han ido añadiendo matices o recogiendo interpretaciones algo más sólidas y rotundas respecto a los primeros trabajos (Azkarate y Quirós Castillo 2001; Azkarate y Solaun 2012, 2013y 2015). En el marco del proyecto de rehabilitación de la Catedral de Santa María se ha llevado a cabo por vez primera en el noroeste peninsular una intervención extensiva que ha permitido reconocer De forma sucinta se ha descrito la organización espacial de Gasteiz durante el primer período (700-950) en términos de patrón agregado de naturaleza alveolar conformado por parcelas domésticas definidas a su vez como espacios domésticos desagregados. En este primer período las distintas estructuras y elementos constructivos se disponen en torno a un espacio abierto de manera que cada una de ellas cuenta con funciones diferenciadas incluyendo construcciones de uso residencial, cierres para el ganado, espacios y estructuras de función artesanales, áreas de almacenaje o áreas de abastecimiento, entre otros. Dentro de este primer período se han diferenciado dos fases distintas (fase 1, 700-850; fase 2, 850-950), de manera que la comparación ente las dos plantas de fase (Azkarate et al. 2013: fig 7.2 y 7.4) revela la existencia de cambios, pero también de continuidades muy significativas en lo que se refiere principalmente a la organización del espacio doméstico y la disposición de los espacios de almacenaje y residenciales. Resulta particularmente significativo observar cómo la vivienda de la segunda fase (A1) se superpone a la de la primera fase (A7). La más antigua es una estructura probablemente alargada, realizada sobre postes perimetrales e interiores, aunque no ha sido posible estimar sus dimensiones debido a su precaria conservación. La más moderna, definida como una longhouse de 18 x 8,5 m, es una estructura alargada definida por una treintena de postes de madera y una roza perimetral (Azkarate et al. 2013: 400 y 404). El rasgo más significativo de esta estructura es que fue reparada en varias ocasiones, de tal forma que se han hallado secuencias de postes que se cortan entre sí (Azkarate y Solaun 2012: 113). La ausencia de 'suelos' en ambas estructuras ha llevado a sugerir que contarían con tarimas de madera en suspensión. Ello determina que sea muy difícil establecer la funcionalidad de la estructura, aunque se haya apostado por una interpretación residencial teniendo en cuenta la funcionalidad posterior de este espacio y los hallazgos realizados en los depósitos de amortización (Azkarate y Solaun 2012). La tesis principal defendida por los responsables de la excavación es que la parcela doméstica principal indagada en este yacimiento se corresponde con una ocupación de 'estatus social privilegiado' durante toda la alta edad media, hasta el punto que ha llegado a sugerirse que se trata de la residencia de los condes de Álava, los Vela (Azkarate et al. 2013: 473). La interpretación social propuesta reposa, principalmente, sobre lo que se denomina el control del proceso de producción siderometalúrgico, el hallazgo significativo de materiales cerámicos importados, la capacidad de almacenaje estimada, la larga perduración funcional del lugar donde se ubica la estructura residencial principal, así como el carácter jerárquico en términos espaciales que ejerce la longhouse (Azkarate et al. 2013). Sin duda la interpretación social de estos contextos domésticos es compleja (Azkarate y Solaun 2015: 542), y un análisis comparativo con otros yacimientos del noroeste permite proponer algunos matices o incluso alternativas a este cuadro tan sugerente.8 Así por ejemplo, se podría contemplar la posibilidad de que la estructura A7 ubicada bajo la longhouse A1 pudiese ser también interpretada a su vez como una longhouse previa si se utilizase el criterio clasificatorio inicial (Azkarate y Quirós Castillo 2001: 37, n. Asimismo, creo que podrían contemplarse otras posibles interpretaciones de algunos elementos utilizados para definir el estatus social de los habitantes de esta parcela. Así por ejemplo, la existencia de conjuntos de silos utilizados a lo largo de uno o dos siglos es un fenómeno que se documenta con facilidad en varias unidades domésticas de familias campesinas comunes en aldeas altomedievales de Madrid o del País Vasco. Y aunque, como en el caso de Gasteiz, existe la posibilidad de que algunos de ellos estuviesen en uso a la vez siguiendo las informaciones proporcionadas por las relaciones estratigráficas, la disposición espacial o los rellenos secundarios o terciarios (p. e. en Zornoztegi la serie de silos alineados ue 4100,4102,4013; en Zaballa ue 3902,3904,3905,3911), este extremo no es siempre fácil de demostrar de forma indiscutible. Es también posible sugerir que los grupos de silos hallados en Gasteiz, interpretados en términos de silos de renta (Azkarate y Solaun 2015: 557), fuesen estructuras destinadas al almacenaje de 'excedente normal' por parte de productores con el fin de reducir el riesgo interanual (Halstead 1989; Wintherhalder et al. 2015) y que hayan tenido un ritmo de uso y reemplazo similar al observado en otros yacimientos. 9 La diversificación del registro carpológico podría ir en esta dirección, pero hay que ser conscientes de que este registro arqueobotánico es siempre difícil de historiar en términos sociales (De Hingh y Bakels 1996). En cambio, hay un cierto consenso a la hora de considerar los patrones alimentarios que se infieren a partir de los registros arqueozoológicos como un marcador relevante de complejidad social (Loveluck 2013: 66-70; Sykes 2014: 149 y ss.; Grau 2017). Y los materiales de Gasteiz no muestran patrones de consumo propios de grupos aristocráticos10 según los estándares actualmente disponibles en lo que se refiere al consumo de animales salvajes, de animales jóvenes o de representación de determinadas especies (Grau 2015(Grau y 2016)). Dicho de otra forma, no cabe duda de que hay elementos suficientes como para pensar que Gasteiz en la alta edad media fuese un centro relevante en términos sociopolíticos en el contexto de la llanada alavesa. O que en las parcelas domésticas indagadas haya claros marcadores de distinción social.11 Otra cuestión diferente es establecer con criterios materiales objetivables la escala de acción política de los habitantes de la longhouse, o incluso del entero núcleo de Gasteiz antes del año 1000. Para apurar estas cuestiones creo que sería muy útil contar con análisis comparativos a escala subregional, así como construir, a partir de registros materiales, categorías de análisis social más complejas y matizadas de las que generalmente utilizamos en la Arqueología medieval (Loveluck 2013: 13-14 y 98-99). El segundo caso de estudio analizado es el del despoblado de Aistra (Zalduondo-Araia), situado en el extremo oriental de Álava y objeto de excavación mediante un proyecto conjunto entre la University College London y la Universidad del País Vasco.12 Aistra es un asentamiento polinuclear articulado en torno a, al menos, dos ejes: un primer sector situado en el llano, donde se preserva el topónimo de Aistra y las fotografías aéreas han mostrado la existencia de anomalías de carácter arqueológico, y un segundo sector denominado San Julián, donde se ubica en la actualidad la ermita del siglo X de San Julián y Santa Basilisa13 (Fig. 2). Los trabajos arqueológicos se han focalizado en este último sector, y en particular en el entorno de la ermita, aunque recientes prospecciones geofísicas extensivas han permitido definir con detalle la naturaleza de la ocupación del área de San Julián. La excavación de una extensión de ca. 3000 m 2 ha permitido reconocer una densa ocupación doméstica altomedieval, aunque su interpretación ha estado penalizada porque parte de los depósitos han sido arrasados como resultado de las prácticas agrarias que han tenido lugar una vez que el lugar se despobló. 14 Aunque se ha detectado una larga secuencia ocupacional que arranca en el período romano y se prolonga hasta la plena edad media, en esta ocasión nos centraremos únicamente en dos de las fases de cronología altomedieval: una primera ocupación de naturaleza doméstica que se puede situar entre el siglo VI y todo el siglo VII, y una segunda fase de carácter doméstico y funerario fechada entre los siglos VIII y IX. La primera ocupación está conformada por una serie de estructuras de fondo rehundido y por una longhouse que ha sido excavada de forma parcial (E6). Se trata de una construcción rectangular con un extremo semicircular de al menos 20 x 8 m de longitud. En su lado oeste está delimitada por una serie de grandes agujeros de poste, y en el sur por una roza perimetral semicircular similar a la hallada en Gasteiz y en otras construcciones domésticas identificadas en Gorliz (Bizkaia). 15 Es posible que esta roza estuviese destinada a acoger una pared de tierra reforzada con postes. En el interior del edificio se reconocieron una serie de agujeros de postes alineados que permite pensar que su interior estaba compartimentado en, al menos, dos ambientes separados. Sin embargo, solamente se ha identificado una única puerta en el sur, por lo que no es posible saber si los distintos ambientes contaban con accesos separados. La presencia de postes dobles y de otras reparaciones permite pensar que la construcción estuvo en uso durante un largo periodo de tiempo que ha sido estimado en unos dos siglos en función de las dataciones radiométricas realizadas. Al sur de esta estructura se han hallado algunos silos y estructuras de fondo rehundido que en parte han sido afectadas por el cementerio de la fase posterior. Hacia el 700 este primer edificio fue completamente desmantelado y en su proximidad se construyó una nueva longhouse (E5) con una orientación casi perpendicular. Se trata de un edificio similar al anterior. Su planta es rectangular con un extremo semicircular en el este en el que se conserva una roza perimetral destinada probablemente al alojamiento de un muro de tierra reforzado (Fig. 3). El resto de la estructura está delimitada por postes de madera y se ha perdido tanto el extremo occidental como parte del perímetro septentrional como consecuencia del rebaje posterior de la superficie. En términos dimensionales esta construcción es aún mayor que la de la fase anterior (dimensiones estimadas 24 x 10 m), y también en esta ocasión son evidentes las huellas de reparaciones. Atendiendo a las dataciones radiocarbónicas obtenidas en los rellenos de los dobles agujeros preservados se puede pensar que la construcción estuvo en uso entre los siglos VIII y al menos una parte del siglo X. Al sur de la longhouse se realizó un amplio cementerio formado por más de medio centenar de tumbas, así como una serie de estructuras dispuestas en torno a un espacio abierto en cuya proximidad se construyó, hacia el 950, la iglesia de San Julián. Debe reseñarse que no se ha hallado ni un solo silo que pueda ser asignado de forma indiscutible a esta fase. La interpretación funcional de estas construcciones y de sus compartimentaciones está penalizada por el alto grado de arrasamiento del yacimiento, lo que explica que prácticamente no se hayan preservado niveles de ocupación en el interior de las estructuras. En ausencia de suelos primarios, en Aistra se han medido los rellenos de amortización de los agujeros de poste de las dos longhouses (E6, E5) y de un edificio rectangular de la segunda fase (E3), siendo conscientes de los problemas interpretativos que supone analizar este tipo de depósitos 17. Los valores de PO 4 3-(Fig. 3) muestran una sustancial homogeneidad de las medidas obtenidas en las tres estructuras, lo que permite excluir que coexistan usos domésticos y establos bajo el mismo techo. 18 Teniendo en cuenta los residuos y materiales recuperados en ambas estructuras, se plantea que estas grandes construcciones hayan tenido como función principal la residencial, aunque contasen con compartimentaciones internas destinadas al almacenaje y a la realización de actividades sociales no necesariamente privadas. 17 Sobre las medidas de fosfatos en agujeros de poste y sus problemas interpretativos ver Zimmermann 1998, p. 18 El protocolo seguido para el análisis de fosfatos es el propuesto por Terry et al. 2004. Se agradece a L. A. Ortega su colaboración en la realización de este estudio. La interpretación completa y detallada de estos análisis será realizada en el volumen en preparación sobre Aistra. Para terminar de caracterizar este yacimiento es preciso dedicar algo de atención a los registros bioarqueológicos. 19 Los patrones de consumo de Aistra permiten sugerir que el centro de San Julián se abastecía de forma regular de cereales, aunque careciese, al menos desde el siglo VIII, de sistemas de almacenamiento subterráneo de reservas estratégicas a largo plazo destinadas a evitar el riesgo. Es posible que algunas de las estructuras halladas, o que incluso uno de los compartimentos de la longhouse, estuviesen destinadas al almacenaje a corto plazo de cereales y de otros productos agrarios. La fauna recuperada en este yacimiento se caracteriza por una significativa representación de animales salvajes, incluyendo ciervos y corzos, el consumo relevante de animales jóvenes (en particular ovejas y cabras) y el alto porcentaje de cerdos, que es el más elevado de todo el 19 Todo lo referido a los objetos muebles y al análisis social del yacimiento será tratado en la monografía en avanzado estado de preparación en colaboración con A. Reynolds (UCL), al que se agradece la posibilidad de analizar los registros de Aistra. territorio (Grau 2015: 75-87; Grau 2016). Los bajos porcentajes de cerdos hallados en los yacimientos rurales altomedievales de buena parte de Europa han llevado a considerar su presencia como un marcador de estatus (Morales 1992; Loveluck 2013), pero en la actualidad se considera que es el consumo de carne en general, y no la del cerdo en particular, lo que permite caracterizar las ocupaciones de alto nivel social (Grau 2017). En definitiva, el perfil de consumo cárnico de Aistra es distinto del de otros yacimientos alaveses e hispanos altomedievales (Grau 2015) y se corresponde con un cuadro propio de élites supralocales que tienen acceso a espacios donde se practica la caza, actividad que define la identidad de este tipo de élites. Además, los habitantes de las longhouses se abastecen regularmente de animales jóvenes criados específicamente para el consumo de carne en otras localidades. No se debería de excluir, por otro lado, que en las longhouses de Aistra se desarrollasen actividades como la redistribución de determinados alimentos o la realización de banquetes colectivos que constituirían las bases para la creación de redes clientelares y el reforzamiento de los poderes locales. Este tipo de prácticas tiene reflejo tanto en la documentación textual (Wickham 2005: 195-196) como material en otros contextos europeos altomedievales (p. e. 20En definitiva, los dos casos analizados sugieren que las construcciones grandes y alargadas identificadas como longhouses en Álava en la alta edad media se corresponden con espacios domésticos de 'élites menores' o intermedias. Son construcciones complejas, que presentan ciertas similitudes formales, probablemente realizadas por especialistas (Gerritsen 2008: 149) y en las que se ha realizado una importante inversión de capital social (Hamerow 2002: 51). Con ello no se quiere afirmar que necesariamente todas y cada una de este tipo de construcciones deban ser leídas en estos términos en todas las ocasiones (véase p. e. Bianchi 2012: 199), pero al menos en Álava esta interpretación parece ser la que mejor se ajusta a los registros disponibles. Partiendo de esta constatación se pretende argumentar a continuación que, a través de estos registros domésticos, es posible analizar los procesos de construcción de comunidades sociopolíticas que han tenido lugar en su seno. La comparación de estas longhouses a escala territorial (entre sí y respecto a otras arquitecturas domésticas alavesas), peninsular o continental (mediante el análisis de las residencias de las élites de otros espacios peninsulares o europeos, p. e. Nissen-Jaubert 2010; Hamerow 2010; Santangeli 2011; Thomas 2012) debería permitir el análisis, tanto de la complejidad social interna, como de la amplitud y la articulación de los sistemas sociopolíticos englobantes. Por motivos de espacio se abordará en esta ocasión solamente la primera de estas dos temáticas. Una de las líneas de trabajo más fructíferas que ha desarrollado la arqueología doméstica de la prehistoria reciente en los últimos años ha sido el estudio del ciclo de vida de las casas en relación con las transformaciones de los grupos sociales residentes (Brück 1999; Gerritsen 1999Gerritsen, 2007Gerritsen y 2008)). El concepto de biografía cultural ha sido aplicado al análisis de la temporalidad de la cultura material para afirmar que la perduración de un objeto depende más de factores y significados culturales que de variables técnicas o funcionales, incluso en contextos de obsolescencia planificada. Tomando en consideración varios estudios etnográficos, autores como F. Gerritsen han analizado la correspondencia existente entre el proceso de construcción, uso, ampliación, y abandono o destrucción intencionada de las construcciones domésticas con el proceso de formación, expansión, contracción y desaparición del núcleo familiar original, hasta que las nuevas generaciones reinician el ciclo (Gerritsen 1999). A partir de esta analogía biológica varios especialistas han analizado la transformación de los paisajes sociales de la prehistoria reciente en distintos sectores europeos, en particular en el contexto de la conformación y nucleación de asentamientos estables y dotados de una cierta perduración espacial (Gerritsen 2007). Frente a explicaciones funcionalistas que han analizado el proceso de estabilización y el fin de la movilidad de las construcciones domésticas en la prehistoria reciente en términos de cambios en las prácticas agrarias o de intensificación de la producción (crítica en Fokkens 2003), autoras como J. Bürck han subrayado que la nueva racionalidad que supone el fin de los desplazamientos cíclicos de las construcciones domésticas responde a un complejo proceso de creación de identidades espaciales en un contexto social altamente fluido (Brück 1999). 21 21 Este marco conceptual ha sido también utilizado, desde perspectivas muy diferentes, por A. Blanco González para analizar la emergencia de las longhouses del interior peninsular entre el fin de la Edad del Bronce y el inicio de la Edad del Hierro (1250-800 a C). Fue éste un período en el que se crearon asentamientos rurales estables como resultado de un proceso de la nucleación y estabilización del poblamiento rural. Los asentamientos precedentes estaban constituidos por construcciones efímeras que se desmantelaban y se desplazaban siguiendo ciclos cortos de vida. La implantación de asentamientos estables creó las condiciones para la creación de edificios de larga duración que fueron reconstruidos una y otra vez en el mismo lugar, constituyendo no solamente un instrumento de legitimación de derechos de propiedad, sino también de construcción de comunidades sociopolíticas basadas en la creación de memorias transgeneracionales (Blanco González 2011). Precisamente, si hay un criterio que acomuna la longhouse de Gasteiz con las de Aistra es el de su la larga duración, puesto que cada una de las tres estructuras han sido continuamente reparadas y mantenidas en el mismo lugar durante varias generaciones. Es posible, incluso, que la longhouse de Gasteiz haya sido construida sobre otra construcción similar previa ubicada en la misma posición. La existencia de dobles postes que se cortan entre sí, de reparaciones y la ausencia de ampliaciones o añadidos son rasgos comunes en los dos yacimientos. De hecho, se ha podido estimar que la estructura A1 de Gasteiz ha estado en uso durante un siglo, mientras que las de Aistra han perdurado durante unos dos siglos cada una de ellas, aproximadamente. 22 Esta constatación es importante porque muestra que la duración de este tipo de construcciones complejas realizadas sobre postes de madera no ha estado determinada por factores funcionales o técnicos, sino sociales. Si se examinan otros espacios domésticos excavados en extensión en el territorio alavés se observa que esta larga perduración de los edificios es muy poco común en época altomedieval (Fig. 5). Así por ejemplo en Zornoztegi o en Zaballa se ha podido inferir que las estructuras domésticas se reconstruían siguiendo ciclos cortos de vida, quizás de una o dos generaciones, manteniéndose como elementos de estabilidad espacial más legibles en el espacio doméstico la ubicación plurisecular de los lugares de almacenamiento. De hecho, el estudio antracológico y estratigráfico muestra que las construcciones sobre postes de las viviendas y construcciones ordinarias se desmontaban y raramente se reparaban o se ampliaban (p. e. Este fenómeno se ha observado, asimismo en numerosas aldeas altomedievales peninsulares, como es el caso de La Mata del Palomar o de Gózquez en el interior peninsular (Tejerizo 2013; Vigil-Escalera 2015). 23 Es particularmente interesante este último caso de estudio, en el que se ha podido observar que son la parcelación, los campos de cultivo y el cementerio los únicos referentes espaciales que perduran durante todo el ciclo de vida de la aldea, mientras que las parcelas domésticas fueron transformadas regularmente. No obstante, tanto en Zornoztegi como en Zaballa también hay ejemplos concretos de construcciones domésticas que han tenido una mayor perduración respecto al resto. Este es el caso de la construcción E8 de Zornoztegi, una estructura rectangular de notables dimensiones (12 x 8 m), pero no alargada, que estuvo en uso desde el siglo IX hasta el XI. Los patrones de consumo que se infieren a partir de los materiales recuperados o las características de los silos asociados no muestran la existencia de diferencias sociales sensibles respecto al resto de las ocupaciones de la aldea. Algo parecido podría decirse respecto a la construcción E6-E8 de Zaballa, en uso durante el siglo IX y mediados del X, y que fue posteriormente arrasada por la construcción de una iglesia. En este caso se trata de una estructura de dimensiones medias (9 x 4 m), poco mayor que otras construcciones domésticas del yacimiento (Alfaro 2012). Tampoco en esta ocasión ha sido posible reconocer patrones de consumo diferenciados respecto al resto del asentamiento. La permanencia y estabilidad de las longhouses, en el caso de Gasteiz y de Aistra, o de construcciones domésticas grandes o medianas, en el caso de Zornoztegi y Zaballa, determina que estas estructuras hayan tenido un papel relevante en la construcción de un determinado orden espacial y social en un contexto fluido como es el de la conformación de las aldeas y asentamientos estables que se están conformando en la llanada alavesa en un proceso que arranca entre el siglo VII y el VIII. Mientras que las unidades domésticas del campesinado se reelaboran siguiendo ciclos generacionales, las longhouses y las construcciones grandes y medianas han sido instrumentos de construcción de identidades sociopolíticas en el contexto de la reconfiguración o de creación de comunidades locales mediante la construcción de una memoria social (Fentress y Wickham 2003). En otras palabras, el hallazgo de este tipo de construcciones no constituye un mero reflejo pasivo de la existencia de comunidades locales internamente diversificadas, sino que son instrumentos básicos en la construcción de sistemas sociopolíticos a escala local y supralocal. Aistra proporciona quizás el ejemplo más significativo para analizar este proceso. A pesar de haber realizado prospecciones geofísicas extensivas, no se ha localizado un espacio funerario que pueda ser fechado con seguridad entre los siglos VI y VII, cuando estuvo en uso la primera longhouse. En un medio espacial polinuclear la longhouse constituye un elemento de referencia espacial multigeneracional, seguramente en competición con otros, en el que se construye la memoria social de una comunidad y se desarrollan prácticas como los banquetes colectivos de alto valor sociopolítico. Hacia el 700, cuando se construye la segunda longhouse y se configura la red aldeana de la llanada alavesa, este sector de Aistra (San Julián) se conforma como el eje principal de articulación político, capaz de unir en un mismo espacio los dos instrumentos básicos de construcción de la memoria social colectiva: el cementerio 24 y la longhouse. 25 Por ello no resulta nada extraño que fuese precisamente en Aistra donde se construyese 250 años después una de las primeras iglesias rurales conocidas de toda la llanada alavesa en el siglo X. La construcción de la iglesia de San Julián tuvo lugar en el mismo momento que se produjo el desmantelamiento de la segunda longhouse, por lo que podría sugerirse que el capital simbólico y social de esta longhouse se transfirió a esta construcción de culto en un nuevo contexto sociopolítico legitimado esta vez por la Iglesia (Fig. 6). 26 En definitiva, creo que se puede afirmar que, a pesar de su dificultad interpretativa, las arquitecturas domésticas altomedievales no tienen por qué ser menos elocuentes que los cementerios, las iglesias u otros registros a la hora de analizar la complejidad social en la alta edad media. El análisis de la biografía de las casas combinado con el estudio de los patrones de consumo doméstico y la valoración de la inversión técnica, social y simbólica empleada en la realización de las construcciones constituyen, al menos en la llanada alavesa, marcadores de complejidad social que permiten realizar análisis sociales densos, incluso en términos comparativos. 27 Mientras que los residentes de las casas grandes de Zornoztegi o Zaballa podrían caracterizar élites aldeanas, quizás conformadas por campesinos enriquecidos que habrían logrado obtener y mantener una posición de relevancia en el seno de las comunidades locales, 28 se podría sugerir que la escala de acción política y social de las familias residentes en Gasteiz y en Aistra superan el ámbito local, de tal forma que tienen acceso a recursos y redes de intercambio supralocales. 24 A partir de la notable variabilidad de los patrones alimentarios de los individuos enterrados en Aistra en los siglos VIII-X (Quirós Castillo 2013a) podría sugerirse que, en este cementerio, carente de iglesia, se enterró el conjunto de la comunidad de Aistra, y no solo los habitantes de la longhouse y los espacios anexos. Sobre la alimentación del cementerio de Aistra véase ahora Lubritto et al. 2017. 25 Es importante, a este propósito, señalar que no son muy abundantes los espacios funerarios conocidos en la llanada alavesa fechables entre los siglos VIII y X (p. e. 27 La larga duración de las construcciones domésticas ha sido reconocida como uno de los principales rasgos que caracteriza las residencias de élites en la alta edad media en varios contextos europeos (p. e. Por otro lado, tal y como se ha señalado en un trabajo reciente (Quirós Castillo e. p.), la emergencia de estas construcciones domésticas de larga duración permite analizar a escala local los diferentes recorridos sociales y políticos que han tenido los distintos asentamientos. En Gasteiz, donde el proceso formativo de la comunidad rural parece que puede remontarse al siglo VII (Cabrerizo y Cardoso 2009), la realización de la longhouse en el siglo IX podría ser el resultado de un proceso de complejización social interna antes que una imposición externa que se manifiesta en la ampliación y/o transformación de la primera fase de la unidad doméstica hallada en el área de la Catedral. En cambio, en el caso de Aistra la primera longhouse (E6) es la estructura doméstica más antigua reconocida hasta el momento en el lugar de San Julián, y podría constituir el elemento fundante de este núcleo. Si nuestra propuesta interpretativa es correcta, ambos yacimientos mostrarían caminos muy diferentes en términos de agencia y desarrollo sociopolítico interno. Esta diversidad se documenta también en Zornoztegi y en Zaballa, puesto que la estructura E8 es también la más antigua reconocida en la aldea de Zornoztegi, mientras que la E6 de Zaballa no parece que pueda ser fechada en el primer momento de conformación de la comunidad aldeana. La movilidad social a escala local raramente tiene reflejo en la documentación textual, 29 de tal forma que cuando las élites aldeanas aparecen en los textos es cuando precisamente cuentan con una posición ya consolidada y realizan donaciones y actos destinados a conectarse con agentes políticos externos, tal y como ocurre con algunos presbíteros, saiones o merinos activos en el occidente alavés (Quirós Castillo y Santos Salazar 2012). En cambio, los documentos son más elocuentes a la hora de caracterizar los poderes supralocales que se van articulando, al menos desde el siglo IX, también en el occidente alavés. El caso del abad Avito, promotor a inicios de este siglo de la construcción de la iglesia de San Román de Tobillas y que contaba con bienes y derechos en una serie de aldeas localizadas en torno a esta localidad (Larrea 2007), muestra la escala en la que actuaban estas élites rurales intermedias, 29 Véase Portass 2017. la interpretación social de estas arquitecturas domésticas pasa por la realización de análisis comparativos a escala territorial y de estudios contextuales que analicen criterios como los patrones de consumo o la dimensión ideológica y sociológica del espacio doméstico (Peytremann 2012: 222-223; Loveluck 2013; Burnouf y Catteddu 2015: 49-50). Este trabajo pretende ser un primer paso en esta dirección, pero quedan pendientes muchos retos. Entre ellos, comparar el universo material de las longhouses del País Vasco con las arquitecturas domésticas realizadas en piedra o en técnicas mixtas en otros sectores de la península ibérica, en particular allí donde residan 'elites intermedias' como las analizadas en este trabajo. Es necesario, asimismo, poder analizar el caso alavés con otros sectores del noroeste peninsular. Resulta paradójico constatar que sea en el País Vasco, territorio considerado tradicionalmente como uno de los espacios menos desarrollados en términos sociales y políticos en el noroeste y periférico respecto a los poderes centrales, donde se ubiquen todas las "casas grandes" y las longhouses conocidas hasta el momento. El atronador silencio de otras regiones del noroeste probablemente sea más el resultado del estado de los estudios sobre la arquitectura doméstica que un reflejo real de las presencias y ausencias. Por último, hay que señalar que, desde un punto de vista meramente morfológico, no parece haber una filiación tipológica o formal estrecha y directa entre las longhouses hispanas y las del norte o noroeste europeo en la alta edad media, por lo que no parece procedente recurrir a interpretaciones culturalistas o étnicas (Ariño 2013: 107; Reynolds 2015: 171). 30 Quizás sería más oportuno, en vez de concentrar nuestros esfuerzos en identificar paralelos que pueden resultar erráticos, poner la atención sobre lo que ocurre a escala subregional. En definitiva, cabe preguntarse hasta qué punto sea necesario u oportuno recurrir a este neologismo en la literatura arqueológica hispana, puesto que, en rigor, estamos tratando más con "casas grandes alargadas" que con longhouses en sentido propio.31 Este trabajo ha sido realizado en el marco del Proyecto "Agencia campesina y complejidad sociopolítica en el noroeste de la Península Ibérica en época medieval" que quizás puedan ser confrontables con los residentes en las longhouses de la llanada alavesa. En un cuadro de esta naturaleza seguirían todavía faltando las aristocracias territoriales, que se hacen patentes en la documentación sobre todo a partir del último cuarto del siglo IX (como es el caso de Arroncio y su familia, o los Vela), pero que aparentemente todavía no son reconocibles en el registro doméstico, pero sí en la arquitectura monumental. En definitiva, la estabilidad y la duración de las construcciones domésticas principales, las "casas", en un medio fluido como el de las sociedades altomedievales constituye un instrumento básico, pero no el único, para la construcción de un orden social jerárquico y articulado a varias escalas en el marco de la construcción y reconfiguración de las comunidades políticas que dan lugar a las aldeas y a los poderes fragmentados que dominan el paisaje alavés en este período. En este contexto la longhouse es un instrumento de empoderamiento que utilizan las élites emergentes o fundantes para construir una memoria social sobre la que se legitima un nuevo orden social y una serie de derechos en la esfera local y supralocal. Las estructuras que han sido clasificadas como longhouses en el noroeste de la península ibérica son sustancialmente construcciones grandes alargadas, sin que se haya detectado la presencia de espacios dedicados al ganado en su interior, y siempre parecen contar con estructuras auxiliares próximas. Por este motivo los especialistas han sugerido que su función sería principalmente residencial. Y aunque la tensión entre forma, función y significado social es fundamental a la hora de definir esta categoría arqueológica, el uso que se hace de ella en el sur de Europa es puramente morfológico. En este trabajo se ha pretendido realizar una lectura social de este tipo de construcciones, pero esta interpretación tiene una validez únicamente contextual y no debiera de generalizarse. Por lo que se refiere a la interpretación social de estos hallazgos, son varios los autores que han alertado acerca del riesgo que supone establecer una conexión inmediata entre el estatus social y las dimensiones de las construcciones domésticas (Hamerow 2002: 89-93; Ulmschneider 2010: 161). No cabe duda de que este debe ser un criterio más para caracterizar residencias de élites activas a distintas escalas (p. e. Steadman 2015: 223 y ss.), pero contamos con suficientes evidencias arqueológicas (Moore 2012) o etnoarqueológicas (Guidoni 1989) para saber que hay otras interpretaciones y usos posibles. arquitectura doméstica; alta edad media; complejidad social; península ibérica; prehistoria reciente; biografía de la casa.
se materializó en el aspecto inexpugnable del asentamiento, ubicado en lo alto de una muela y provisto de un complejo sistema defensivo. Sin embargo, la formación y transformación de este sistema no fue un hecho exclusivo de la Edad Media, sino que se trata de un proceso continuo que duró hasta el mismo siglo XIX. El presente artículo pretende recuperar el paisaje urbano fortificado de este último periodo, ya que, como consecuencia del convulso siglo XIX, la ciudad se transformó, adaptándose para su defensa, con un complejo sistema, que en su mayor parte no sobreviviría a su propia centuria, y del que quedan contados vestigios. El análisis de estos, así como de diversos documentos, entre los que se encuentran grabados, algunas de las primeras fotografías de la ciudad o cartografías históricas, han permitido recomponer una imagen que parece haber caído en el olvido. LA FORTIFICACIÓN DE TERUEL DURANTE EL SIGLO XIX: UN PAISAJE EFÍMERO definitiva hasta la reforma promovida por Javier de Burgos y plasmada en el Real Decreto aprobado el 30 de noviembre 1833 (Madoz 1849: XIV, 709), cuando se estableció la actual división provincial. En diciembre de 1835 (Rújula 2014: 326) las tropas carlistas, que transitaban las cercanías de Teruel, intentaron un ataque sobre la ciudad, pero sin éxito. El aumento en la intensidad bélica durante los próximos años provocó una situación crítica para la población, que vio como, durante demasiado tiempo, se interrumpiría su rutina social y económica. La postura de Teruel durante el proceso bélico quedó plasmada unos años más tarde por Miguel Ibáñez en su topografía médica de la ciudad: "En la primera contienda civil, y dados sus sentimientos e ideas liberales, se mantuvo fiel a la legalidad existente, y sus habitantes defendieron con las armas en la mano la causa de la libertad" (Ibáñez 1895: 12). Tras el fin de la guerra en el norte de la península en 1839, se produjo una ofensiva a la resistencia carlista liderada por Cabrera en el Maestrazgo, lo que provocó finalmente la retirada de estos y el fin de la guerra en 1840. La capital turolense fue durante todo el siglo XIX el bastión del liberalismo progresista dentro de la provincia y tuvo en el nombre de Víctor Santos Pruneda Soriano (1809-1882) a su activista más conocido y punta de lanza de este movimiento. Con la revolución de 1840 concluyó la regencia de la reina María Cristina, que marcha al exilio, con lo que comenzó el periodo de la regencia del general Espartero (1840Espartero ( -1843)), que pronto se enfrentaría con los propios liberales. Los republicanos prunedistas se levantaron en Teruel contra Espartero el 11 de junio de 1843 (Villanueva 2010b: 136), teniendo que resistir el bombardeo llevado a cabo por el brigadier Enna durante el sitio del verano de 1843, como describe Cosme Blasco en su Historia de Teruel: [...] y por haber resistido Teruel el sitio que la puso el brigadier Enna a fines de Junio de 1843, a pesar de la gran constancia y valor con que la atacaron las tropas sitiado- En los albores del siglo XIX, en 1807, se produjo la consentida ocupación francesa de España para la invasión de Portugal, sin embargo, las intenciones ocultas del ejército galo iban más allá: el derrocamiento de la casa de Borbón para implantar su propia dinastía. Frente a la delicada situación, se produjo, el dos de mayo de 1808, el levantamiento de la población, lo que dio origen a la guerra de la Independencia, un preludio de lo que sería el siglo XIX: un periodo convulso en el que la inestabilidad fue producida por el ambiente bélico en el que se desarrolló. Tras la caída de Zaragoza, como consecuencia del segundo Sitio de la ciudad en febrero de 1809, en mayo se estableció en Teruel una Junta Superior de Aragón y parte de Castilla (Lafoz 2009). Durante la presencia francesa se decretaron varias ordenaciones del territorio -como la de departamentos de 1809 o la de prefecturas de 1810 (Madoz 1849: XIV, 708)-que, finalmente, resultaron en la división política promulgada en junio de 1812 (Villanueva 2010a: 129) que convirtió a Teruel en capital de una de las cuatro provincias en las que se dividió Aragón: Zaragoza, Huesca, Alcañiz y Teruel. Con la expulsión de los franceses en 1813, entró en vigor la Constitución de Cádiz -aprobada el 19 de marzo de 1812-en todo el territorio español. Situación política efímera pues, con la vuelta de Fernando VII, quien había prometido acatar las disposiciones de las Cortes, se restauró el absolutismo tras la derogación de la Carta Magna el 4 de mayo de 1814 en la ciudad de Valencia. La delicada situación del país provocó la revolución de 1820, dando paso al llamado Trienio Liberal (1820-1823), periodo en el que se volvió a aplicar la Constitución de 1812, y en el que la ciudad de Teruel recuperó su importancia política-administrativa al ser designada como capital de provincia por la ley aprobada en enero de 1822 (Madoz 1849: XIV, 709), aunque apenas tendría vigencia. Al igual que en el periodo de la ocupación francesa, el territorio se ordenó en cuatro provincias, sin embargo, cambió la configuración del mismo pues ahora eran Zaragoza, Huesca, Calatayud y Teruel. Se había creado una gran brecha entre la España urbana en proceso de industrialización y la España agrícola (Terán 1999: 111), y Teruel, al igual que otras ciudades, se había convertido en una capital de provincia que se distinguía únicamente del medio rural, en cuanto a la incorporación a la modernización, por la acumulación de servicios derivados de su condición administrativa. UN PAISAJE URBANO CAMBIANTE: OBJETIVOS Y METODOLOGÍA El convulso siglo XIX produjo un gran cambio en la imagen exterior de Teruel, pues a su ya desfigurado antiguo recinto murado, del que ya no quedaba rastro en algunas zonas, se le añadieron las nuevas fortificaciones decimonónicas levantadas para la defensa de la ciudad y que apenas sobrevivirían al mismo siglo. Atendiendo a la particularidad de este periodo tan intenso y, a la vez, tan olvidado, el objeto de la presente investigación es el de recuperar el cambiante paisaje urbano que se produjo durante estos años, que permitirá además poder contextualizar los escasos vestigios que hoy persisten. Para el estudio de la imagen de la ciudad decimonónica, a los grabados y descripciones realizados por estudiosos y viajeros, que ya aparecen desde finales del siglo XVIII, aportando importantes datos sobre la percepción urbana, siempre con la necesaria prudencia que estos merecen, hay que añadir la aparición de la fotografía, un nuevo medio que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, dejó un importante legado documental que, de forma mucho más objetiva, plasmó la imagen urbana de Teruel. A través de ella se puede apreciar el exterior de la ciudad, pero también los principales espacios públicos, donde se levantaron los nuevos edificios dotacionales y residenciales que cambiaron el paisaje urbano, entre los que cabe destacar, por su innovación y singularidad, las obras modernistas de Pablo Monguió. Entre los fotógrafos profesionales y aficionados, turolenses o foráneos, que captaron interesantes instantáneas de la ciudad durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, cabe destacar a figuras como José Martínez Sánchez, Dámaso Fuertes, Frutos Moreno y Pérez, Juan de Valdivielso, Eduardo Vidal, Domingo Uriel Pascual, Juan Cabré, Francesc Xavier Parés i Bartra u Otto Wünderlich (Pérez 2013: 37-65). Además, con el inicio del siglo XIX, aparecieron las primeras ras, el gobierno provisional de la Nación por decreto de 11 de Setiembre de 1843, concedió a su Ayuntamiento el tratamiento de Excelencia [...] Sin embargo, el descontento político y la crisis económica que sufría el pueblo alimentó el malestar de la población en todo el país, situación que terminó por explotar en forma de revolución en 1868 -La Gloriosa-, en la que se derrocó a Isabel II, lo que daría paso al Sexenio Democrático (1868Democrático ( -1874)), momento estelar del republicanismofederal turolense (Villanueva 2010b: 136). Al final de este paréntesis democrático se proclamó la Primera República Española, que acabó con la Restauración borbónica, en la que Alfonso XII ocuparía el trono tras el pronunciamiento del general Arsenio Martínez-Campos en Sagunto. Durante el Sexenio Democrático comenzó la tercera guerra carlista, desarrollada entre 1872 y 1875, en la que los carlistas se hicieron fuertes en Cantavieja, donde establecieron su capital a partir de 1873. Desde este punto fuerte intentaron la conquista de Teruel con dos ataques llevados a cabo el 3 y 4 de julio y el 4 de agosto de 1874 (Ibáñez 1895: 12-13), repelidos por la defensa de la ciudad. En el primer ataque, los sublevados lograron ocupar el Arrabal, posición desde la que simularon un ataque por tres puntos distintos, con el que llegaron a perforar la muralla cerca del corral del Roquillo, entrando en el interior, aunque la guardia civil logró cortar su incursión. Volvieron a intentar la conquista con un segundo ataque pertrechado por diez mil hombres al que la ciudad respondió de igual manera (Rújula 2014: 339-340), terminado con el momento más delicado de la guerra para Teruel, donde, pese la resistencia, la situación sería crítica. Con la vuelta de la monarquía borbónica, se aprobó la Constitución de 1876 promulgada por Cánovas del Castillo, en la que la soberanía era compartida por el rey y las Cortes. El turno de partidos entre conservadores y liberales, que se dio a nivel nacional, se reprodujo en el gobierno de la ciudad de Teruel, en un estado de retraso y abatimiento debido, entre otros motivos, a las consecuencias de las guerras carlistas, las importantes crisis agrarias, las epidemias de cólera, la falta de un proceso de industrialización real y el haber quedado fuera de las principales líneas ferroviarias construidas en España durante las décadas de los 50 y 60, siendo en 1891 la única capital de provincia que carecía de ferrocarril (Rújula construido durante las guerras carlistas que corona el tramo más imponente y mejor conservado de la muralla medieval, que se levanta entre la torre de la Bombardera y la torre del Agua. Tramo que afortunadamente está en proceso de restauración, con lo que se ha podido realizar un análisis in situ de la fábrica carlista, gracias a que la dirección facultativa5 de la obra nos ha facilitado el acceso, así como importantes datos sobre este singular patrimonio (Fig. 1). Desde la fundación de la ciudad, se le otorgó una gran importancia al sistema defensivo. Hay que considerar que la muralla no sólo tenía un sentido defensivo; a la función de delimitación jurídica o fiscal existente en casi todas las poblaciones desde la Edad Media, hay que sumar el papel que jugó durante los siglos XVI y XVII para el control de las epidemias, al aislar la ciudad en caso de peste (Lozano 2011: 168). Sin embargo, tanto la muralla como el resto del sistema defensivo se encontraban, al comienzo del siglo XIX, en proceso de abandono, pues desde la guerra de Sucesión no había sido de utilidad para la ciudad, además de entenderse como un impedimento para la expansión y modernización del espacio urbano, por lo que fue derribada en algunas partes y tapada por la edificación en otras, aunque aún era visible en gran parte del perímetro: "Estuvo antiguamente fortificada y aún conserva sus antig. muros" (Miñano y Bedoya 1826-1828: VIII, 423). Todo cambió con el belicoso siglo XIX, primero debido a la ocupación francesa, en los albores de la centuria, y, más tarde, se volvió a hacer necesaria la defensa de la ciudad frente a los ataques carlistas. Durante la guerra de Independencia, el ejército francés, una vez tomada Teruel, fortificó la zona del seminario, lo que afectó a diversas construcciones, tal y como se aprecia en el plano levantado por las tropas francesas en 1811 (Ejército francés 1811 [plano]). No fue la única transformación que provocó la ocupación, ya que también se produjeron importantes cambios en muchos edificios de la ciudad6, aunque de mayor calado fueron las reformas producidas en el sistema defensivo por los conflictos posteriores. Así, como consecuencia de la primera guerra carlista, se planteó el proyecto de fortificación de la ciudad. En este punto, hay que tener en consideración que las condiciones topográficas de la ciudad habían cambiado como consecuencia del terraplenado necesario para la creación de las rondas durante el siglo XVIII y, además, tampoco se tenían los mismos requerimientos defensivos que en la Edad Media debido a la evolución de los artefactos bélicos, por lo que el proyecto de fortificación planteado no trataba únicamente de reforzar y reconstruir el sistema defensivo existente, sino que fue planteado desde el punto de vista de las nuevas necesidades militares. Se planteó la formación del antiguo recinto, así como aspillerar las casas que formaban parte de él, mientras que el seminario sería utilizado como ciudadela o casa fuerte, ubicado al norte de la muela. Además Sobre el rio Turia se encuentra, siguiendo la corriente un hermoso y sólido puente de hierro, obra que data del año 1867, sirviendo de paso á la carretera de Cuenca, y mas abajo hay otro llamado de Tablas: también debajo de los Arcos hay otro puente de madera denominado de la Reina, por el que pasa la carretera de Alcañiz" (Blasco 1870: 102) Esta estructura fue quemada la mañana del 4 de julio de 18748 con motivo de la tercera guerra carlista, como medida de defensa. Tras este suceso quedó con el aspecto que aparece en una fotografía de la época donde se observan distintos elementos de la fortificación de la ciudad (Fig. 3). No sería hasta 1885 cuando se adjudicaron las obras para la terminación del puente, lo que se anunció en la prensa local: "La subasta para la construcción del puente de la Reina, cuyo proyecto hizo el Sr. D. Alejandro el foso defensivo; en el oeste al subir la calle de San Francisco, se situó otro acceso junto al convento de Carmelitas y, por último, en el norte la puerta de Daroca o de la Andaquilla, que sería la única que coincidía con una de las siete puertas del recinto fortificado levantado en la Edad Media que, aunque la mayoría estaban muy modificadas, aún subsistían pues aparecen citadas tanto en el plano de 1835 como en el de 1838 (CEME ca. En cuanto a las mencionadas puertas del antiguo recinto, de las siete existentes alrededor de 1838, en 1870 ya sólo se citan tres (Blasco 1870: 160): la de San Salvador -Puerta de Guadalaviar-, que ya no tenía su configuración medieval, pues se había derribado, por lo menos parcialmente, en 1764, con lo que sería una reconstrucción posterior o parte de la antigua, que no contaba con torres, a diferencia de su antecesora; la de la Andaquilla y la de la Traición -puerta de San Miguel-, mientras que Miguel Ibáñez publica al final del siglo XIX que ya sólo quedan dos, la de la Andaquilla y la de la Traición o San Miguel, puntualizando que el resto habían desaparecido con las nuevas construcciones que cambiarían completamente el aspecto de las zonas donde se ubicaban (Ibáñez 1895: 64) (Fig. 6). sitúan sobre elevadas o inaccesibles, donde no se plantea la construcción de foso, puesto que por la propia topografía no era necesario. El flanqueo del foso se resuelve mediante el trazado de los baluartes entre los que se ubica. En la parte derecha del plano se incluye un texto explicativo en el que se especifica, en su punto cuarto, que la calle San Francisco y la parte del Arrabal representada en el plano, así como otras edificaciones contiguas a las obras, deberían demolerse al menor recelo de ataque, y, en el punto quinto, que en este caso el convento de Carmelitas debería ocuparse y sostenerse hasta el último extremo, lo que denota la importancia dada a esta edificación dentro del sistema defensivo (Fig. 4). 1840 [plano]) parece que este recinto contaba con cuatro accesos, el situado más al sur se ubicó en el paseo del Ovalo, al que se accedía desde el camino de Valencia; otro en el este comunicando con el Arrabal como continuación del Tozal, y que según una cartografía de 1842 (Campuzano, J. J. 1842 [plano]) se accedía a través de un puente levadizo que salvaba Tras la primera guerra carlista se continuó ocultando la muralla medieval, edificando por la parte exterior de esta en la parte noreste y este del perímetro (Ibáñez 1895: 64), así, a mediados de siglo, Madoz dice que aún se apreciaba la muralla a partir del Gobierno Civil hacia contorno de esta de forma irregular, su construcción de tabiques de medio pie de espesor con sus aspilleras correspondientes, y esplanadas en los ángulos salientes, por los cuales se comunica a otra parte de la fortificación interior que se llama muro (Blasco 1870: 159). En 1873 los periódicos editados en la capital de España, se hicieron eco de la fortificación de Teruel: "La población de Teruel está ya fortificada, y un muro de circunvalación rodea aquella capital" 10. Esta fortificación, que debió reconstruir y emular, en gran medida, a la levantada con motivo la primera guerra carlista, se puede observar en algunas fotografías existentes de aquel periodo. En ellas queda reflejada la distinta traza del lienzo exterior en la zona norte de la ciudad, que pasó de circundar la ronda, tal y como se plasma en los planos de fortificación de la primera guerra carlista, a dejar la calle Miguel Ibáñez fuera del recinto, pues se levantó sobre el límite del corral de Roquillo 11 (Figs. 3 y Una vida más efímera tendría la nueva fortificación, que, levantada con motivo de la primera guerra carlista, gran parte de ella no debió de sobrevivir hasta la tercera guerra carlista, tres décadas más tarde. Su estado de conservación a mediados de siglo no era muy bueno, tal y como describe Madoz: Penétrase en ella por siete puertas que tienen los débiles y vetustos muros que la ciñen, cuyo contorno es una forma irregular, siendo su construcción de tabiques de medio pie de espesor con sus aspilleras correspondientes y esplanadas en los ángulos salientes, que por ellos se comunica a otra parte de la fortificación interior que es lo que llama muro. Este es de una mampostería de bastante espesor y solidez, sobre el cual se han construido casas de habitación (Madoz 1849: XIV, 739). Pues, hay que tener en cuenta que, la mayoría de estas obras no estaban pensadas para ir más allá del propio conflicto. De hecho, cuando en 1870 Cosme Blasco realiza una minuciosa descripción de la ciudad, al hablar de la muralla se centra en la medieval, y sólo en un párrafo hace referencia a lo que parece tratarse de una fortificación de la primera guerra carlista: Entre O. y N. existe otro cuadrado, y fundado sobre un peñasco, constituye parte de la muralla, siendo el El nuevo lienzo exterior se materializó mediante una tapia reforzada por pilares cada cuatro metros, y tres o cuatro aspilleras para fusilería por paño (Pérez 2014: 513), y se recreció la antigua muralla en algunos tramos estratégicos con un sistema similar al empleado en el lienzo exterior, pero con una métrica algo distinta. En el tramo comprendido entre el portal de San Miguel y la torre de la Lombardera, el recrecido se realizó mediante tapia de yeso con aljezones y otros materiales de relleno, encofrado con enlistonado vertical, con un espesor que varía de los 24 cm en la base a 14 cm en coronación, reforzado con pilastras, de base cuadradas y 50 centímetros de lado, con un intereje algo variable de aproximadamente dos metros, y con una o dos aspilleras por paño12. En este tramo se forjó y se cubrió el espacio existente entre el nuevo lienzo, en el exterior, y el recrecimiento de la muralla realizado como consecuencia de la traída de aguas a la ciudad en el siglo XVI, en el lado interior. Este espacio conectaba con la torre del agua, donde termina el acueducto de Los Arcos. Sobre esta torre y sobre la tercera pilastra del acueducto se levantaron sendas garitas, cuyo paso se protegió con un parapeto que unía ambas construcciones. Al igual que las citadas garitas, se dispusieron otros elementos singulares: construcciones fortificadas dispuestas en el perímetro del recinto, como la situada junto al corral de Roquillo; o una puerta de considerables dimensiones que daba acceso al recinto por el paseo del Óvalo, desde la carretera de Valencia. Entre ambos trazados, el de la muralla medieval y el nuevo lienzo, quedaron encerrados los paseos y alamedas, que surgirían en el siglo XVIII como extramuros, circundando gran parte del núcleo urbano, como alivio de una ciudad encerrada por sus murallas. Unos espacios que cambiarían su uso lúdico, de esparcimiento, por el de formar parte del sistema defensivo en época de guerra. Un espacio que dotó a la fortificación de una mayor funcionalidad, adaptándose a los requisitos marcados por la nueva artillería, con mayor espacio de carga y maniobra (Fig. 8). Este nuevo sistema defensivo apenas sobrepasará los albores del siglo XX, ya que existen documentos gráficos 13, de sólo unos años más tarde del final de la tercera guerra carlista, que atestiguan como se iría arruinando el nuevo recinto murado. Se tiene 13 Fotografía datada alrededor de 1889 en los archivos del Instituto de Estudios Turolenses (Otra vista de Teruel, Frutos Moreno. Archivo Dosset, Instituto de Estudios Turolenses). permanencia, respetando también las heridas causadas por la fusilería, tanto de la guerra carlista como de la última guerra civil, con el fin de preservar la memoria de lo allí ocurrido16 (Fig. 9). Durante el siglo XIX se produjo un proceso de transformación funcional y constructivo en las edificaciones que hasta ahora habían pertenecido a las distintas órdenes religiosas. Este proceso se inició al comienzo de la centuria, como consecuencia de la guerra de Independencia, pero se acentuó con las distintas medidas legales promulgadas durante este siglo, encaminadas a enajenar los bienes eclesiásticos. Durante la ocupación francesa, en el año 1809, José Bonaparte ordenó la supresión de las órdenes religiosas en España (Esteban 2014: 40), a raíz de lo que se utilizarían muchos conventos como cuarteles militares. Una vez expulsadas constancia que en el Óvalo el derribo de la muralla comenzó el 6 de junio de 1877 14. Además, en las fotografías de principio de siglo, ya no se aprecia ni rastro de este nuevo trazado en la mayor parte del recinto. Sólo en los lugares de peor acceso se conservaron restos de este periodo, de tal forma que en la actualidad se vislumbran contados vestigios: en el lienzo que va del portal de San Miguel a la torre de la Bombardera, actualmente en proceso de restauración, y en la parte posterior de algunas casas de la calle Andaquilla, quedan recrecidos realizados en esta época sobre el muro medieval 15. De igual manera, existía un importante tramo en la ronda Miguel Ibáñez con remate aspillerado de época carlista, que se perdió junto con la muralla medieval sobre la que se asentaba, en un desgraciado suceso que tuvo lugar en 2001 (Ibáñez 2010: 328). Por el contrario, el tramo que se encuentra en restauración se va a consolidar y reforzar, para garantizar su 14 El turolense: Avisos, noticias, anuncios e intereses materiales. 15 El muro medieval sufriría reformas durante la Edad Moderna como las realizadas como consecuencia de la traída de aguas a la ciudad en el siglo XVI. Junto al emplazamiento del convento de Trinitarios se ubicaba el seminario conciliar, que, utilizado como plaza fuerte por los franceses, fue fortificado, adicionando elementos y derribando las edificaciones anexas del convento de la Trinidad y parte del de las monjas de Santa Clara para conseguir su aislamiento18. La torre de San Martín también se utilizó como parte del conjunto defensivo, a la cual se le practicó un nuevo vano en su lado suroeste, pudiendo así acceder a la misma a través de un patio cercado, que ocupaba el lado norte de la futura plaza del Seminario. Desde este patio se accedía también a la torre-puerta de la Andaquilla que actuaba como bastión del recinto y control de acceso a la ciudad (Fig. 10). En 1815 el edificio del seminario fue reparado por el obispo Felipe Montoya Díez (Sebastián 1963: 107), pero su privilegiada posición hizo que repetidamente se utilizara como baluarte defensivo de la ciudad. En el proyecto para la fortificación de Teruel, realizado durante la primera guerra carlista, consta como ciudadela o casa fuerte. Tras el conflicto, en el año 1849, según Madoz, el interior del edificio estaba muy deteriorado y servía de cuartel a una pequeña guarnición y a los quintos de la ciudad y la provincia (Madoz 1849: XIV, 742), y en un plano levantado en 1850 (Ortiz De Pinedo 1850 [plano]) por la Comandancia de Ingenieros de Zaragoza, se especifica el uso compartido del edificio por los seminaristas y la tropa, contemplando accesos diferenciados para ambas funciones. Tras la tercera guerra carlista, en 1877, fue convertido en Real Seminario de la Purísima Concepción y de Santo Toribio de Mogrovejo por el obispo Francisco de Paula Moreno (Sebastián 1963: 107). Pero volvió a ser bastión defensivo de la ciudad durante la fatídica guerra de 1936, en la que fue destruido. El convento de Capuchinos, que estaba situado en el paseo del Óvalo, fue demolido durante la guerra de Independencia (Madoz 1849: XIV, 742), por lo que se trasladó a la Villa Vieja tras la ocupación: En la desamortización de Madoz, se alude al Convento de la Villa Vieja, tasándolo en 315.000 reales, lo que supuso el fin del Convento de Padres Capuchinos en Teruel, aunque el edificio fue reutilizado, posteriormente, por los Padres Paules, que en 1936 se trasladaron a Alcorisa (Esteban 2014: 42-43). Los frailes del convento de Carmelitas Descalzos fueron expulsados de su edificio durante la ocupación francesa, con lo que dicha construcción sufrió un grave deterioro, tanto en su fábrica como en su contenido. Tras la marcha de los galos, el 11 de junio de 1814 (Esteban 2014: 166), los frailes volvieron a hacerse cargo del convento, del que reconstruyeron su iglesia. En la desamortización de Mendizábal, en la que se suprimieron todos los conventos religiosos de varones, salió a subasta pública, junto con los bienes que poseía (Esteban 2014: 168). En 1842, el convento de Carmelitas alojó el cuartel de fusileros, junto a la puerta de la iglesia, y en el piso superior las cárceles públicas de la ciudad y partido (Madoz 1849: XIV, 742). Tres años más tarde, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército redactó un proyecto para adaptar el convento al único uso de cuartel 19. En 1870, ya no existía la iglesia del convento, ya que según Cosme Blasco fue: [...] destruido este convento después de la fatal guerra civil, fue demolida su Iglesia por donde hoy pasa la carretera de Zaragoza, y el resto del edificio se destinó a cuartel de la tropa que guarece la ciudad: ahora está convertido en graneros desde los sucesos de 1868, y la guarnición ocupa parte del Seminario (Blasco 1870: 140). Pronto volvió a funcionar como cuartel, tal y como queda reflejado por Miguel Ibáñez, quien apuntaba que este uso se venía realizando desde años atrás: "El exconvento de Carmelitas, sólido y grande edificio, emplazado a la entrada de la calle de San Francisco, con magníficas vistas a la vega, está habilitado hace muchos años para cuartel, puede contener hasta mil plazas" (Ibáñez 1895: 73). Lo que queda corroborado por el plano de la ciudad de Teruel editado en 1881 (CEME 1881 [plano]), donde también se especifica el uso de Cuartel de Infantería, que continuó ocupando el edificio hasta el siglo XX, como se puede observar en el plano de Teruel editado por A. Martín -editor de las primeras décadas del siglo XX-, o en el plano de 1912, levantado por el Instituto Geográfico y Estadístico. El convento de Santo Domingo fue abandonado por los frailes durante la guerra de Independencia y ocupado como cuartel y como polvorín por las tropas invasoras, y la iglesia como almacén de paja (Esteban 2014: 103-104). Tras la salida de los franceses, los frailes volvieron al convento, aunque poco les duró la estabilidad, ya que, durante el trienio liberal (1820-1823), tras la clausura y expolio del edificio, los frailes se vieron obligados a emigrar al convento de Santa María de Albarracín (Esteban 2014: 100). En 1822, se subastó parte de los bienes del convento, proceso que tuvo continuidad con 15 Se realizó un nuevo proyecto para el convento, que fue reedificado en 1901 e inaugurado en 1902, posiblemente obra del mismo Pablo Monguió (Pérez 1998: 33). El proyecto, que tiene reminiscencias góticas por el empleo del arco apuntado en los vanos de planta baja, incluyendo el acceso, cuenta con planta baja, a modo de zócalo, marcada mediante imposta resaltada, y dos plantas más, cuyas ventanas quedan unidas por franjas verticales de ladrillo que unifican conceptualmente ambos pisos. En cuanto a la materialidad, es predominante el uso de la piedra combinado con el del ladrillo en elementos singulares. Antonio Pérez lo clasifica como pre-modernista (Pérez 1998: 32) junto con otros edificios con semejanzas compositivas, materiales y cronológicas de la ciudad de Teruel. Los acontecimientos bélicos acaecidos durante el siglo XIX, unidos a las nuevas corrientes de pensamiento, supusieron para la ciudad de Teruel un fuerte impacto sobre su paisaje urbano. La adaptación del recinto para su defensa requirió de un complejo sistema de fortificación, del que hoy en día no quedan apenas restos, y que en su mayor parte no sobreviviría a su propia centuria. Además, las trasformación física y funcional, o incluso la desaparición, de los edificios conventuales, que en su mayor parte ocupaban la cornisa oeste de la muela, intensificó el proceso transformador, cambiando completamente la percepción de la ciudad desde el exterior. El análisis de los documentos escritos entre los que destacan las fuentes hemerográficas o las numerosas descripciones realizadas por viajeros o estudiosos de la época, junto con las fuentes gráficas principalmente grabados, algunas de las primeras fotografías de la ciudad o cartografías históricas, y las fuentes directas que perviven, han permitido recomponer una imagen que, pese a su cercanía histórica, parece haber caído en el olvido. Un patrimonio que es imprescindible recuperar para poder interpretar las huellas que la historia ha dejado impresas en la ciudad. Para la elaboración de la presente investigación debemos agradecer a Antonio Pérez Sánchez quien nos ha facilitado fotos de su archivo personal, así como por compartir con nosotros su profundo conocimiento de la ciudad de Teruel. De igual modo, queremos agradecer a José Ángel Gil su disposición explicándonos y enseñándonos in situ el proyecto de restauración de la muralla lo que nos ha permitido tener contacto directo con los vestigios de la antigua fortificación de las guerras carlistas. Por último, es necesario nombrar al Centro Geográfico del Ejército y al Archivo General Militar de Madrid por permitir la reproducción de los valiosos fondos de sus archivos.
Este artículo tiene como objetivo profundizar en el conocimiento arqueológico de las técnicas constructivas altomedievales del noroeste peninsular, y la dimensión social en las que éstas se enmarcan, a través del estudio Hasta la fecha gran parte del prerrománico gallego ha permanecido ajeno a la renovación metodológica que ha supuesto la arqueología de la arquitectura en el estudio de las iglesias altomedievales de la península ibérica, y que ha impulsado nuevos debates como en los casos de (Blanco-Rotea et al. 2015). Al margen de estos cinco casos4 permanece un amplio conjunto de edificios tradicionalmente atribuidos al período prerrománico, si bien existen importantes diferencias entre los autores a la hora de señalar su cronología e influencias. Se trata de un importante conjunto de información que no sólo tiene un gran valor por sí mismo sino que puede modificar y enriquecer los esquemas explicativos de la arquitectura y, en general, las dinámicas sociales del periodo altomedieval en la península ibérica. En este trabajo presentamos el análisis arqueológico y datación de tres iglesias de la provincia de Ourense (Fig. 1) que conservan parte de sus alzados prerrománicos, realizado en el marco del proyecto europeo "Early Medieval Churches: History, Archaeology and Heritage" (EMCHAHE) (Sánchez-Pardo y Blanco-Rotea 2014). Se trata de Santa Eufemia de Ambía (Baños de Molgas), San Xés de Francelos (Ribadavia) y San Martiño de Pazó (Allariz), tres edificaciones que, pese a ser bien conocidas, nunca habían sido estudiadas desde la arqueología de la arquitectura. Estas tres iglesias han sido seleccionadas, tras haber realizado una prospección arqueológica, por presentar una fase altomedieval con características diferentes entre sí, lo cual posibilita avanzar en la caracterización y comparación de las distintas técnicas constructivas altomedievales en esta zona del noroeste hispánico así como en su contextualización en los debates sobre los ciclos constructivos y sus dimensiones sociales en la Alta Edad Media peninsular. No obstante, para alcanzar estos objetivos creíamos necesario avanzar más allá de las cronologías relativas aportadas por la estratigrafía, que pese a su importancia y necesidad, no siempre han logrado desbloquear los debates antes mencionados, en los que, en el caso que nos ocupa, no existe un consenso. Por ello, en este trabajo combinaremos el análisis estratigráfico José Carlos sánChez-Pardo, rebeCa blanCo-rotea, Jorge sanJurJo-sánChez 3 análisis petrológico de los materiales empleados, estudio de epigrafía y de elementos decorativos y formales, etc. Esta es la perspectiva general aplicada al estudio de las tres iglesias aquí presentadas. En todo caso, conviene hacer algunas puntualizaciones. En primer lugar, hay que indicar que en el exterior de Santa Eufemia de Ambía únicamente se pudo realizar la lectura estratigráfica de los paramentos actualmente accesibles al público, que son las fachadas sur y este de la iglesia, pues las restantes (fachadas norte y oeste) se encuentran en propiedades privadas 6 (en todo caso ambas se corresponden a reformas modernas como veremos). En el caso de San Xés de Francelos se llevó a cabo la lectura de las cuatro fachadas exteriores, pero no del interior ya que se encuentra totalmente encalado. En San Martiño de Pazó también se realizó únicamente el análisis estratigráfico de los alzados exteriores, pues los interiores estaban rejuntados con una gruesa capa de mortero y pintados marcando el despiece de la sillería en color negro, lo que dificultaba la lectura. A pesar de ello, las UEs de las grandes fases se correspondían entre interior y exterior del edificio. Finalmente, es importante aclarar que al tratarse de un trabajo prospectivo con intención de identificar la posible existencia de paramentos altomedievales, no fue nuestro objetivo la documentación geométrica exhaustiva de las iglesias seleccionadas. En el caso de contar con planimetrías previas realizadas por nuestro equipo o por otros equipos, se acudió a ella dentro del proyecto general. Sí se hizo, sin embargo, un registro fotográfico exhaustivo que luego fue utilizado, realizando montajes fotográficos si era necesario, para identificar y diferenciar las UEs. Y, en caso de ser posible, por disponibilidad de tiempo y recursos, se realizaron algunos levantamientos fotogramétricos aprovechando el material gráfico obtenido (Mañana-Borrazás, Blanco-Rotea y Sánchez-Pardo 2016). Es por ello que los alzados que aquí presentamos no tienen rigor métrico, sino que están realizados sobre montajes fotográficos (en el caso de San Martiño de Pazó) y fotogrametría sin escalar (en el caso de San Xés de Francelos y Santa Eufemia de Ambía). Análisis y datación de morteros Aunque existen diversas formas de tratar de fechar la construcción de edificios históricos y su secuencia 6 En el momento en el que se efectuó la lectura, los propietarios no se encontraban en el lugar de Santa Eufemia de Ambía, por lo que no se pudo acceder a estas fachadas. con la obtención de dataciones absolutas de morteros que permitirán completar y afinar nuestros modelos explicativos. El primero, nos ha posibilitado identificar con claridad la secuencia constructiva del edificio, y localizar en éste las fases más antiguas que, gracias a las técnicas constructivas, la tipología de sus aparejos o la existencia de trabajos anteriores, se han identificado como altomedievales. Las segundas nos han permitido afinar esa cronología, estableciendo una datación más precisa para esas fases antiguas conservadas en los tres edificios. Desde el año 2014 estamos desarrollando dentro del proyecto EMCHAHE un programa de estudio de las técnicas constructivas altomedievales gallegas a través de una perspectiva extensiva centrada en un estudio territorial, ya explicada en anteriores trabajos (Sánchez-Pardo y Blanco-Rotea 2014; Mañana-Borrazás, Blanco-Rotea y Sánchez-Pardo 2016). Dicha estrategia se basa inicialmente en la propuesta metodológica establecida por L. Sánchez Zufiaurre en su trabajo sobre las iglesias prerrománicas de Álava (Sánchez Zufiaurre 2004 y 2007), aunque adaptada al caso concreto gallego y sus problemáticas y ampliada con otros tipos de análisis que luego comentaremos. La herramienta de base de este trabajo fue la prospección arqueológica, a partir de la cual se seleccionaron un total de 12 iglesias susceptibles de contener fases prerrománicas, que fueron analizadas estratigráficamente a través de una lectura veloz (Brogiolo 1988: 33; Caballero 2004: 135), en la que nos interesaba identificar paramentos altomedievales y sus técnicas 5 para datarlas de forma absoluta. En este sentido, nuestro objetivo no era tanto hacer un estudio pormenorizado de las fases constructivas de cada uno de estos edificios como localizar la posible presencia de paramentos altomedievales en ellos. La diferencia entre una lectura veloz y una convencional radica en el uso de listados de Unidades Estratigráficas (en adelante UEs) en vez de fichas analíticas de registro, agilizando la fase de toma de datos en campo. En caso de resultar positiva la lectura, es decir, de identificar una fase potencialmente altomedieval, se procedió con otros tipos de análisis como caracterización y datación de morteros, 5 Siguiendo el método ya comentado propuesto por Sánchez Zufiaurre (2004 y 2007). posterior, en ausencia de evidencias documentales o inscripciones en las propias estructuras, muchas de ellas presentan importantes problemas a la hora de su interpretación. Así, por ejemplo, se ha utilizado habitualmente la madera o los ladrillos para datar estructuras, pero lo cierto es que ambos son materiales que se suelen sustituir o reutilizar, lo que proporciona edades que no necesariamente corresponden a la de una determinada estructura. Esto ha hecho que recientemente se haya concentrado la atención en materiales no reutilizables como los morteros. En los últimos 20 años se han realizado diversos esfuerzos en intentar datar morteros, básicamente por medio de radiocarbono y luminiscencia, con éxito variable, aunque los procesos analíticos se han ido refinando hasta conseguir una tasa de éxito elevada (Sanjurjo-Sánchez 2016). Por esta razón, en los tres edificios estudiados se tomó un número diferente de muestras de morteros (y de otros materiales constructivos) en función de las características y posibilidades de cada caso. Las razones de esta variabilidad son tres: (a) en algunos de los edificios estudiados las estructuras identificadas como altomedievales suponen un pequeño porcentaje del edificio, lo que implica un reducido espacio para la posible toma de muestras; (b) en muchos casos resulta difícil acceder a los morteros originales a través de las juntas de los bloques sin alterar el paramento o bien éstas han sido rejuntadas con mortero más reciente de cal y arena o cemento, que no siempre conservan morteros originales debajo; (c) en ocasiones los morteros se conservan en muy mal estado o apenas queda muestra de ellos. Todo ello ha impedido, en varios casos, obtener las muestras necesarias para tener las suficientes dataciones que permitan hacer una comparación entre ellas. En Santa Eufemia de Ambía se tomaron 6 muestras de morteros de junta de tierra en puntos donde éste era accesible y una muestra complementaria de roca del mismo material que el de la sillería para la datación por Luminiscencia Ópticamente Estimulada (OSL -siglas en inglés-en adelante). Cuatro de estas muestras fueron datadas por 14 C y otras dos fueron caracterizadas y datadas por OSL. En San Xés de Francelos solamente se pudieron tomar dos muestras en el mismo lugar, una de mortero de junta de tierra y otra de roca. Para acceder al citado mortero hubo que eliminar mecánicamente el mortero de cemento del rejuntado exterior. Una porción de la muestra de mortero fue datada por OSL y la otra por 14 C. En el caso de San Martiño de Pazó se tomaron 4 muestras de mortero de junta de tierra y muestras de los materiales pétreos utilizados en la sillería o como ripio en el entorno de las muestras extraídas. De estas muestras, tres fueron caracterizadas y una datada por 14 C. La relación de muestras tomadas y dataciones realizadas se expone en la figura 18. La datación por OSL en morteros de tierra se realiza en la fracción de arena fina que contiene, concretamente en el cuarzo de ésta (Goedicke 2003(Goedicke y 2011)), ya que el cuarzo es un buen dosímetro, es decir, acumula señal con el tiempo al recibir radiación de su entorno. La señal OSL se elimina por exposición a la luz del día, tras pocos segundos de exposición, durante el proceso de preparación del mortero (mezcla y/o amasado), quedando los granos de cuarzo protegidos de la luz una vez que el mortero es colocado entre sillares de roca, con lo que comienzan a acumular señal luminiscente (Aitken 1998). De esta forma, la señal acumulada desde ese momento hasta el momento en que se toma la muestra y se mide, permite obtener la edad del mortero. Ésta corresponderá al tiempo en que la muestra de mortero estudiada ha estado en una junta desde que fue colocada durante la construcción de un paramento hasta el momento de extracción. Esta señal OSL se produce por el efecto de la radiación ionizante recibida del propio material estudiado y su entorno (las rocas empleadas en el muro). Esta radiación se origina porque muchos materiales geológicos contienen cantidades variables de radioisótopos, de los cuales el 238 U, 235 U, 232 Th y 40 K constituyen casi el 100% de los radioisótopos que la generan. Analizando el contenido en elementos radiactivos del propio mortero y los materiales pétreos que lo rodean se puede obtener la tasa de radiación. Por ello, estos materiales fueron muestreados y analizados y, adicionalmente, se realizaron medidas de radiactividad in situ (en los puntos de muestreo). De hecho, la edad obtenida por OSL resulta del cociente entre señal OSL acumulada desde el momento de colocación del mortero (que corresponde a la estimación de la radiación recibida por el cuarzo) y la tasa de radiación recibida durante el tiempo transcurrido desde la colocación del mortero hasta la actualidad (Sanjurjo-Sánchez 2016). Si la señal luminiscente no ha sido completamente eliminada del cuarzo durante la preparación del mortero es posible que la OSL sobreestime la edad del mortero. Esta es la principal limitación de la datación por luminiscencia, aunque existen procedimientos analíticos y estadísticos para comprobar si el borrado de la señal ha sido completo o no, y obtener una edad fiable en caso de que esa señal denominada "residual" no fuese completamente eliminada (Goedicke 2003(Goedicke y 2011)). La datación por radiocarbono AMS se realiza en la fracción de materia orgánica de los morteros de tierra, en ausencia de cualquier otro material en el mortero que permita aplicar la técnica, como carbones o fragmentos vegetales (Sanjurjo-Sánchez 2016). La materia orgánica suele tener origen en la fracción orgánica de suelos o sedimentos utilizados para la preparación del mortero, que a su vez suelen proceder de restos vegetales intactos o parcialmente transformados por procesos edáficos. Por ello, la edad obtenida por esta técnica corresponderá realmente a estos restos, y no necesariamente a la preparación del mortero. Si esta materia orgánica es coetánea a la preparación del mortero proporcionará la edad de construcción. Sin embargo, esta materia orgánica puede ser anterior al edificio, sobreestimándose en tal caso la edad, o bien puede alterarse por la acción de microorganismos una vez que el mortero haya sido preparado y colocado, lo que llevaría incluso a incorporar 14 C atmosférico más reciente y proporcionar así una edad más reciente que la del edificio (Sanjurjo-Sánchez 2016). Caracterización de los morteros La caracterización de morteros se realizó siguiendo las sugerencias de Middendorf et al. (2005ade Middendorf et al. ( y 2005b)), si bien son más adecuadas para morteros de cal y arena o similares. En primer lugar, se llevó a cabo un tamizado húmedo para caracterizar la granulometría de los morteros, y se realizó además un análisis mineralógico por difracción de Rayos-X (DRX) y un análisis elemental con espectroscopía por Fluorescencia de Rayos-X (FRX). Adicionalmente se analizó la composición en elementos traza por Espectrometría de Masas con Plasma Acoplado Inductivamente (ICP-MS) lo que permite conocer su composición elemental total y el origen de los materiales que los componen, así como comparar la posible coincidencia entre morteros de un mismo edificio, lo que suele ocurrir en caso de tratarse de morteros coetáneos. Estos procedimientos analíticos fueron realizados en el Instituto Universitario de Geología y en los Servicios de Apoyo a la Investigación de la Universidade da Coruña. Lo más importante para una correcta datación por OSL es tomar muestras de mortero íntegras, es decir, sólidas y que no se desmenucen, ya que se va a utilizar la parte interna de la muestra, protegida de la luz también durante el proceso de muestreo, para la datación. Por ello, se realizó un muestreo muy cuidadoso y se tomaron muestras de mortero de junta, extraídas como pequeños bloques. Una vez en el laboratorio de Luminiscencia de la Universidade da Coruña, se eliminó la parte más externa de las muestras (2-4 mm), en condiciones controladas de iluminación roja, con ayuda de una espátula. Una parte de la muestra se utilizó para análisis elemental cuyo objeto es conocer la concentración de radioisótopos de U, Th y K, y la otra para la medida de luminiscencia. Esta última parte fue secada y luego tamizada para extraer las fracciones de diámetro de grano de 90-180 y 180-250 mm. Estas fracciones fueron tratadas para purificar cuarzo a partir de ellas. Para ello, se sometieron a ácido clorhídrico y peróxido de hidrógeno para eliminar posibles carbonatos y materia orgánica. A continuación, se preparó una solución de politungstato de sodio con diferentes densidades y se aplicaron varios pasos de centrifugación para separar la fracción de feldespatos de la de cuarzo y minerales más pesados (como micas, circones, etc.). Posteriormente, la fracción de cuarzo obtenida fue tratada con ácido fluorhídrico para eliminar cualquier feldespato adicional y las capas externas de los granos de cuarzo. El procedimiento detallado puede encontrarse en Viveen et al. (2014). Como resultado, se obtuvo cuarzo puro para todas las muestras, lo que se comprobó estimulando éstas con infrarrojo (IRSL), ya que produce señal luminiscente en cuarzo, mientras que si lo hace en feldespatos y otros minerales. Las muestras fueron medidas en la Universidade da Coruña en un lector de luminiscencia automatizado Risø DA-15 TL/OSL equipado con un sistema de iluminación de diodos azules (LEDs con emisión a una longitud de onda de 470±30 nm), para la estimulación de alícuotas multigrano. Las señales emitidas por las muestras son medidas con un fotomultiplicador 9235QA acoplado al equipo situándose en la ventana de emisión un filtro Hoya U-340 que permite el paso de longitud de onda de 340±80 nm. Para estimar la radiación recibida, también denominada dosis equivalente (D e ), se utilizó el protocolo SAR (single-aliquot regenerative dose protocol) propuesto por Murray y Wintle (2000y 2003), estimulándose la señal OSL azul a 125oC durante 40 segundos después de un preheat seleccionado y obtenido para cada muestra tras efectuar un test preheat (Murray y Wintle 2000). Se integraron los primeros 0,8 segundos de la curva de caída de la OSL extrayendo la señal de fondo a partir de los últimos 4 segundos de la estimulación. Se realizaron tests de recuperación (recovery dose tests) para todas las muestras. Las tasas de radiación anuales (o dosis anuales), es decir, la tasa de radiación que recibe cada muestra por unidad de tiempo, fueron calculadas de varias formas para comprobar la fiabilidad de la estimación obtenida. Por una parte, las muestras fueron analizadas por FRX e ICP-MS para conocer la concentración de K, U y Th en las muestras de morteros y materiales pétreos situados en su entorno. Estos elementos son los responsables de la radiación ionizante que genera la señal luminiscente en el cuarzo. Los datos obtenidos en los morteros permitieron estimar la tasa de radiación anual beta y parcialmente la gamma, que también fue obtenida a partir de los datos de las rocas de sillares que rodeaban a cada muestra aplicando un modelo geométrico (Guibert et al. 1998). Se aplicaron los factores de conversión de Guerin et al. (Guerin, Mercier y Adamiec 2011) y se desestimó la dosis alfa debido a la aplicación del ácido fluorhídrico en el cuarzo, lo que elimina las capas externas afectadas por esta radiación. Así mismo, se aplicaron factores de corrección de la dosis beta en el cuarzo por este efecto (Brennan 2003). Tampoco se consideró ninguna dosis interna producida por la autoirradiación del cuarzo, ya que esta suele ser muy baja y casi despreciable en materiales con un contenido relevante de K, U y Th como los estudiados (De Corte et al. 2006; Vandenberghe et al. 2008). Para estimar la dosis cósmica se utilizó el procedimiento propuesto por Prescott y Hutton (1994), aunque para superficies verticales resulta complejo estimar la dosis cósmica real (Sanjurjo-Sánchez 2016), si bien este factor no ha sido considerado en estudios de datación previos de morteros, obteniéndose igualmente un buen resultado (Goedicke 2011; Liritzis et al. 2013, Stella et al. 2013, Urbanova et al. 2015). La datación por radiocarbono se hizo a partir de la materia orgánica contenida en muestras de mortero. Aunque su proporción en las muestras no es muy elevada, si es suficiente para la datación, de modo que las muestras fueron enviadas al laboratorio de Beta Analytic (Florida, USA) para ser sometidas a un tratamiento ácido previo a la medición por Espectrometría de Masas acoplado a Acelerador (AMS). Las edades obtenidas fueron calibradas por medio del software Oxcal 4.1 (Bronk Ramsey y Lee 2013) en base a la curva de calibración publicada por Reimer et al. (2013). SANTA EUFEMIA DE AMBÍA La capilla de Santa Eufemia de Ambía está situada en el medio de la pequeña aldea de Santa Eufemia, en la parroquia de Santo Estevo de Ambía, ayuntamiento de Baños de Molgas, en la provincia de Ourense. Se trata en la actualidad de una pequeña edificación de planta rectangular con cabecera triple, con un grosor de muros de medio metro y con un único ingreso en el lateral Sur. Cada una de las tres capillas de la cabecera presenta una doble ventanita, estando la capilla central más avanzada con respecto a las otras dos. La iglesia mide 8 por 9,5 m aproximadamente, con una anchura interior de unos 7 m. En su interior subsisten los arranques de unos arcos desde la cabecera en sentido longitudinal, y conserva como soporte de altar un ara romana reutilizada con inscripción dedicada a las ninfas (Sastre 2009: 324). El valor arqueológico e histórico-artístico de esta capilla fue sacado a la luz en otoño de 1927, durante unos trabajos de documentación de cara a la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. Al año siguiente visita la iglesia Manuel Gómez Moreno, quien publica un primer y breve estudio de la misma. Para este autor, dadas las características de su cabecera y sus ventanas, así como los trazos de dos inscripciones de dedicación a San Salvador y Santa María halladas en el entorno, la obra original podría clasificarse del siglo X. Se trataría de un edificio de claro influjo mozárabe, dentro de su rudeza y quizá sería algo anterior a las próximas iglesias de San Miguel de Celanova y San Martiño de Pazó (Gómez Moreno 1928: 197). En ese mismo año, y de forma casi paralela, Ángel del Castillo publica otro estudio más detallado del edificio. Para este autor se trata de una iglesia de tradición visigótica, aunque con algunas similitudes con las asturianas, en su planta, y con las mozárabes, en sus ventanitas, por lo que la data entre fines del IX o muy inicios del X (Castillo 1928). En 1931 este mismo autor analiza los fragmentos de inscripción concluyendo que, por paralelos de algunas de sus letras, deben encuadrarse en la segunda mitad o fines del siglo IX, que sería, por tanto, la fecha de la iglesia (Castillo 1931). En 1971, Juan Carlos Rivas Fernández propone que esta iglesia sería una reedificación en época mozárabe de un templo de época suevo-visigótica de triple nave anterior, del que reutilizaría distintos elementos, originando así una superposición de estilos (Rivas 1971: 85). Esta opinión tan sólo parece ser seguida por M. Castiñeiras (1990: 78) cuando considera que la reutilización de piezas romanas que hay en esta iglesia debió de producirse en época suevo-visigótica. El resto de los autores que desde entonces han estudiado esta iglesia, en cambio, coinciden en encuadrarla entre los siglos IX-X, aunque difieren en su adscripción a un estilo o influencia arquitectónica. Para Manuel Núñez (1978: 219) se trata de un ejemplo de arquitectura de repoblación del siglo X con un planteamiento muy elemental y técnicas populares, explicable por su entorno rural y relativa incomunicación, aunque también guardaría cierta relación con el arte asturiano, como la planta de tres naves con cabecera triple. También E. Rivas Quintás (1985: 246) considera que la iglesia sería una obra de los siglos IX-X, de estilo visigótico con influjos asturianomozárabes. Por su parte Ramón Yzquierdo (1993: 137-142) señala que debió tratarse de una iglesia de tres naves rectangulares cubiertas de madera y terminadas en tres capillas con bóveda de cañón, comunicadas entre sí. Para este autor nuevamente se dataría en el siglo X y habría que relacionarla con el arte asturiano aunque con algunos elementos mozárabes. Por su parte, M. P. Carrillo y J. R. Ferrín (1997: 167) subrayan su proximidad a formulaciones asturianas así como el mantenimiento de tradiciones visigodas, para fecharla de nuevo en el siglo X. Desde un punto de vista estrictamente arqueológico hay que destacar dos trabajos recientes. En primer lugar, M. Ángeles Utrero incluye esta iglesia en su estudio arqueológico de los sistemas de abovedamiento tardoantiguos y altomedievales, indicando la posibilidad de que las capillas estuvieran cubiertas por bóvedas de cañón. Para esta autora no hay argumentos arqueológicos para la datación del edificio, pero considera que toda la cabecera pertenece a una única fase, con lo cual quedaría invalidada la hipótesis de J. C. Rivas de una restauración mozárabe sobre un edificio anterior visigodo (Utrero 2006: 581). Poco después I. Sastre, en su tesis doctoral, también desde un enfoque arqueológico, estudia el ara romana reutilizada como soporte de altar en la iglesia, que algunos autores consideran que sería el primitivo altar mozárabe (Rivas y Rivas 1989; Caballero y Sánchez 1990: 475), si bien este autor advierte que no hay relaciones estratigráficas que lo confirmen (Sastre 2009: 324). El último estudio en aparecer ha sido el de J. C. Rivas Fernández en 2014, quien publica el hallazgo, en las casas inmediatas a la iglesia, de dos nuevos fragmentos de la inscripción atribuida al templo prerrománico. Estos fragmentos confirmarían que la iglesia estaba dedicada al menos a tres patrones: San Salvador, Santa María y Santa Eufemia. Además concluye que se trataría de una inscripción monumental, de gran tamaño, compuesta al menos de tres placas de granito de diferentes dimensiones, realizadas para ser leídas en vertical, y que posiblemente se situaban en el interior del edificio, en los frentes y en la parte superior de los arcos de cada capilla. En este mismo trabajo Rivas realiza algunas observaciones sobre el aparejo de los muros exteriores, en el que aprecia la reutilización de algunos sillares romanos (con marcas de fórceps) y accede al lienzo exterior oeste (normalmente imposible de observar ya que se encuentra en el interior de una propiedad privada), en el que aprecian piezas de mejor calidad que en los otros, y además indica que la iglesia original no pudo ser mucho más grande hacia este lado, como se ha dicho alguna vez, debido a la roca natural que aflora en esa parte. Por último, este autor reafirma su hipótesis de que existió un edificio visigodo previo con planta basilical (que aprovechaba sillería de otro romano anterior) que sería restaurado en estilo mozárabe a finales del siglo IX. Igualmente cree que hubo otra reparación, menos de un siglo después, cuando se modificó la parte inferior de la ventana central y se sustituyó totalmente la izquierda por la pieza monolítica de cuatro huecos. En otra nueva reparación, quizá a inicios del XVI, se reconstruirían casi todos los muros laterales (Rivas 2014). Por otra parte, cabe señalar que en los años 80 del siglo XX fue descubierta en la aldea de Suatorre de Ambía, a unos 1500 m de Santa Eufemia, un ara romana con inscripciones altomedievales en tres de sus lados y un hueco para contener reliquias. Dos de esas inscripciones presentan el mismo tipo de letra y decoración que los epígrafes hallados en las casas inmediatas a Santa Eufemia, datados en los siglos IX-X, por lo que los autores de su estudio consideran que muy probablemente proceda también de dicha iglesia prerrománica, en la que funcionaría como soporte de altar de alguna de las tres capillas (Rivas y Rivas 1989). La tercera cara epigrafiada repite el mismo contenido que las otras dos pero con caracteres diferentes y sin decoración, por lo que algunos autores consideran que podría ser anterior, de los siglos VI-VII (Fariña 2004; Sastre 2009: 325;2011: 81) mientras que otros creen que sería coetánea a las otras dos caras (Rivas y Rivas 1989). Según E. Rivas y J. C. Rivas Fernández (1989: 122), la inscripción, en un correcto latín, indica que está dedicada, en nombre de Dios, a Analso y correspondería con un texto de deposición de reliquias. Esta fase se corresponde con la construcción original de la iglesia, de la que resta la cabecera (UE003) y parte de los muros norte (UE015, UE016 y UE018) y sur (UE001, UE002 y UE003) de la nave, en este último caso se conserva únicamente hasta una altura máxima de 2 m, mientras que en la cabecera y casi todo el muro norte llega hasta la cubierta. Se compone de unos muros de 0,50 m de ancho, de sillería dispuesta en hiladas horizontales que presentan codos, doblan y, en algún caso, inclinan. La hilada inferior se adapta a la pendiente del afloramiento de granito sobre el que se emplaza la iglesia. Conserva 6 hiladas al exterior y hasta 9 al interior. Los sillares son de granito y están cortados a regla; en su mayor parte se disponen a soga. Las piezas, en general, son de tamaño medio-grande, aunque hay alguna cuña rellenando las irregularidades del aparejo. Los sillares son muy irregulares entre sí; sus medidas oscilan entre (largo x alto): 124 x 25 cm, 36 x 17 cm; 44 x 9 cm; 66 x 24 cm y 34 x 31 cm. Por el exterior, la parte superior del remate del muro es recta, mientras que por el interior es escalonada, descendiendo hacia el oeste; en su extremo oeste también es escalonada. Las juntas son finas y se aprecia mortero pero muy disgregado. 7 En la cara interna del muro el aparejo es más irregular, las hiladas presentan menor altura, algunas son más inclinadas y abundan los codos. Desconocemos cómo sería el remate, ni la altura original de la puerta ya que no se conserva, pues el muro se interrumpe a la altura de la puerta más occidental, cuya parte superior está modificada en una fase posterior (UE005). En el muro sur y este se combina en alguna zona la sillería con sillarejo. En este muro se abren dos puertas, la más occidental es el acceso a la iglesia y la más oriental 7 De este mortero se extrajeron varias muestras para su datación por 14 C y OSL, como veremos. está cegada. Al no observarse un corte posterior que pueda indicar que son coetáneas, ambas parecen estar hechas al mismo tiempo. Barajamos la hipótesis de que la puerta más oriental comunicaría la cabecera con una estancia hoy perdida. Sin embargo, la presencia de la roca, a una cota más elevada que el umbral de la puerta, nos hace pensar que esta estancia estaría más elevada que la iglesia y que habría que acceder a ella mediante una escalera. La roca presenta varios cortes que pueden corresponder a la existencia de una construcción. Se conservan los dos esquinales de la cabecera, son esquinas encadenadas realizadas con grandes sillares de granito, algunos de ellos reutilizados (con decoración y un epígrafe). En algunas zonas del muro este el granito está muy meteorizado por lo que las juntas parecen más anchas. En ellas también se aprecia un mortero de tierra8 y restos de un rejuntado posterior, posiblemente de cemento. En la cabecera (UE003, UE018) se conservan tres ventanas dobles decoradas, la única decoración con la que cuenta el edificio. La sur está formada por dos piezas rectangulares de granito, tiene en la parte inferior dos ranuras rectangulares verticales y sobre ellas sendos óculos con el vano interior de menor tamaño que el exterior; carece de decoración. La central está formada por cuatro piezas de granito, los vanos son también dos ranuras verticales en la parte inferior y dos arcos de herradura sobre ellas, el del lado sur no está totalmente rasgado. Las piezas inferiores son dos sillares irregulares las exteriores y la central un posible ara reutilizada sin decoración. La pieza superior es irregular por el exterior, con cortes inclinados en las esquinas superiores. Está decorada con una doble moldura enmarcando los arcos de herradura y una forma de corazón en el encuentro de ambos arcos; en el parteluz se representan dos vanos rematados en sendos arcos de herradura (similares a la forma de las ventanas); en las jambas se aprecian decoraciones geométricas, en el lado derecho dos ranuras verticales y al izquierdo una forma geométrica. La ventana norte está formada por dos piezas rectangulares, en las que se rasgan dos vanos rectangulares verticales y, sobre ellos, dos arcos de herradura. Ambas piezas están decoradas. La superior presenta dos molduras enmarcando los arcos, con orejones a los lados (en la zona del salmer). En el encuentro de los arcos se representa una especie de rombo, y en el parteluz dos rectángulos verticales. La pieza inferior presenta molduras enmarcando la zona de los vanos, y en la parte central, correspondiente al parteluz, una "S" sobre una bola. Las ventanas son al interior rectangulares y adinteladas, con dinteles monolíticos de granito. En el caso de las ventanas norte y sur el parteluz, por el interior, es una semicolumna. Sobre la ventana central se abre un ventanuco rectangular, sin decoración, realizado también en dos piezas de sillería. Por el interior, este muro (UE018) contiene el arranque de unas arcadas que dividirían en tres capillas la cabecera. Bajo el arranque de los arcos se localizan sendas molduras de medio bocel corrido. Conservan el pilar, la imposta, el salmer de la arcada sur y el salmer y la primera dovela de la arcada norte. El aparejo interior es ligeramente diferente al exterior, como sucedía en el muro sur, pero la presencia de las ventanas nos lleva a considerarlos coetáneos. Se emplea, fundamentalmente sillarejo de granito (de grano grueso, con distintas coloraciones que oscilan entre el gris, los anaranjados y rojizos) dispuesto en hiladas horizontales, aunque en algún caso las hiladas doblan o se inclinan ligeramente. Se aprecia algún codo, aunque en menor cantidad que al exterior. El aparejo parece más regular y de menor tamaño en la parte baja. En las arcadas se emplea sillería. Los pilares están realizados a soga y tizón, rematan en sendas molduras formadas por un cuarto bocel corrido y un listel. Las dovelas son de grandes dimensiones, sobre todo la sur. Actualmente están desplazadas con respecto a la curvatura del arco; este hecho unido a que no contamos con la parte superior de las arcadas, la nave original, ni los pies del templo, nos lleva a pensar que el edificio tuvo que sufrir una importante ruina. Esta fase corresponde a un momento de ruina del edificio. No sabemos exactamente cuándo, pero debió producirse un importante colapso que provoca la caída de las partes altas de la nave y el muro oeste de Santa Eufemia, en el sentido de la pendiente del terreno en el que está emplazada la iglesia. A este momento, corresponde la reconstrucción de los muros norte (UE017) y sur (UE005) de la misma, reutilizando unos materiales que son muy similares a los empleados en la Fase I, sólo que se disponen de distinta manera. Las hiladas son más irregulares (prácticamente todas ellas se rompen, inclinan y ondulan y apenas se documentan codos), las juntas son más anchas y están calzadas con ripios. Presenta abundantes cuñas y los sillares muestran roturas, sobre todo en las esquinas. Posiblemente con motivo de una segunda ruina, se lleva a cabo la reconstrucción de los extremos occidentales de los muros norte y sur de la nave (ambos UE014) y el muro oeste (UE019), así como las partes altas de la cabecera (UE009, UE010, UE011). Se realiza en un aparejo de mampostería irregular de granito, de tamaño pequeño-medio, con materiales posiblemente reutilizados. Aunque por lo que pudimos apreciar en su cara externa se emplean materiales de mayor tamaño, sillares y bloques de granito, muchos de ellos con marcas de fórceps. En algunas zonas se aprecian pseudohiladas. En el muro oeste se abren tres ventanucos cuadrados en la parte baja y descentrados con respecto al muro, realizados con sillares de granito. En este último caso se aprecia un corte en el muro de la Fase I (UE021) sobre el que se dispone un muro de mampostería que incluye una moldura en los alzados norte y sur de la capilla central, formadas de arriba abajo por un filete, un cuarto de caña, y un cuarto bocel. Corresponde a esta fase también la construcción de una espadaña (UE006) situada sobre la puerta principal del muro sur realizada en sillería de granito, con una zona de engarce con el muro UE005 en mampostería. Presenta un único vano rematado por un arco de medio punto. En esta fase se encuadra también el cierre (UE004) de la puerta más oriental del muro sur que creemos comunicaría con una posible capilla lateral, ya que el aparejo empleado es muy similar al utilizado en el muro oeste (UE014). Posiblemente el motivo del cierre sean las reformas que se llevan a cabo en el interior de la cabecera: subida del suelo de la zona central y sur (UE022) con un enlosado de granito y disposición de un pilar adosado al muro sur (UE012, UE013). También en este momento se dispondría un nuevo umbral que cierra la parte inferior de la puerta de acceso al templo (UE024). Ya en época reciente se llevaría a cabo la construcción de una nueva cubierta para lo cual se reparan las partes altas del muro sur (UE007 y UE025) con mampostería irregular a hueso y se dispone una cubierta a tres aguas con teja curva (UE008). A esta fase hemos vinculado, además, la disposición de una nueva mesa de altar (UE023), cuyo pie está realizado con sillares de granito, sobre el suelo UE022. Se recogen tres muestras de mortero de tierra, la AMB_ MU160122U17 en una junta de la capilla norte de la cabecera por el exterior, bajo la ventana, donde se tomó la muestra EUF-0526U05 para datación por C14 (Fig. 2), y AMB_MU160122U18A y 18B (Fig. 3) en una junta del muro sur de la nave por el exterior, al oeste de la puerta de acceso a la iglesia. El mortero estaba algo disgregado, se recogió también muestra para datar la fase constructiva mediante 14 C. La muestra AMB_MU160122U17 fue excesivamente escasa en cantidad como para poder realizar tanto la caracterización como la datación por OSL. Los otros dos morteros eran muy similares entre sí, con un elevado porcentaje de arena media a gruesa (más del 45%) y relativamente bajo en limos y arcillas (menos del 20%), lo que se refleja en su composición química también es muy similar, con proporciones muy parecidas de SiO 2 (65-67%), Al 2 O 3 (21-22,7%) y K 2 O (en torno al 6%), si bien, la proporción de Fe 2 O 3 es relativamente baja (en torno al 1,5%). La gran similitud entre muestras se debe a que el origen de los materiales es la meteorización de granito, roca predominante en la zona, como refleja la presencia de cuarzo, microclina, anortita, biotita y moscovita, junto a minerales de hierro como la westita o productos de la meteorización de feldespatos como la caolinita. Para datación por OSL, a pesar de la escasa cantidad de muestra (apenas 10 gr) se pudo obtener material suficiente para la extracción de cuarzo, gracias a que su concentración era elevada en la fracción de arena fina. A pesar de tratarse de muestras de tipo histórico, caracterizadas habitualmente por bajas dosis acumuladas (D e ) y por tanto por bajas señales, las señales OSL obtenidas fueron relativamente elevadas, lo que es importante en la precisión de las dataciones, ya que cuando las señales son bajas, el error tiende a ser mayor en la datación final. Se midió la señal OSL en alícuotas pequeñas de la fracción 90-250 mm (de unos 100 granos), debido a la escasez de muestra y poco cuarzo obtenido, siendo la señal inicial entre 4 y 70 veces mayor que el fondo. Normalmente, se considera que entre 20 y 30 alícuotas aceptadas según el protocolo SAR son suficientes para obtener una datación estadísticamente fiable. En ambos casos, una gran parte de alícuotas presentaban señal saturada o superior al intervalo de dosis comprendido en las secuencias SAR empleadas. Esto quiere decir que en algunos granos de cuarzo del mortero, la señal residual no estuvo expuesta a la luz lo suficiente y, por tanto, no fue completamente eliminada durante la mezcla de materiales para preparar el mortero. Las señales de ambas muestras presentaban una caída rápida de la señal OSL, lo que es un indicativo de fiabilidad, reduciéndose la señal OSL inicial al 20% tras 1,5-2,5 segundos de exposición. Esto implica que sólo esos segundos de exposición a la luz eliminan prácticamente el 80% de la señal OSL. La presencia de agua afecta a la radiación que recibe el cuarzo, dado que el agua tiene la capacidad de reducirla o atenuarla. La porosidad al agua de las muestras era del 30%, por lo que, dada la posición de las mismas, en el interior de juntas y a una altura aproximada de metro y medio sobre el suelo, lejos de infiltraciones directas por lluvia y del alcance del ascenso capilar de agua, pero expuestos a una elevada humedad ambiental durante al menos la mitad el año, se estimó su humedad relativa en el 20±5%. El contenido en U, Th y K era muy similar para las dos muestras (Fig. 19). Parece, por tanto, lógico pensar que ambos morteros tienen origen común, y observando que sus características son casi idénticas puede afirmarse que fueron colocados simultáneamente. Las dosis beta y gamma obtenidas para todas las muestras fueron relativamente similares (Fig. 20). La dosis gamma estimada a partir del contenido en U, Th y K de la muestra, pero también de las rocas de los sillares proporcionaron, además, una dosis similar a la obtenida por medio de espectrometría gamma in situ, siendo la proporción entre ambas estimaciones de 1,02. La sobredispersión suele usarse como indicio de borrado parcial de la señal. Sin embargo, se realizaron histogramas y radial-plots para los resultados de ambas muestras y se obtuvo más de una población de alícuotas y una distribución normal centrada, bajo apuntamiento y elevada dispersión, por lo que se optó por aplicar el modelo de edad central (CAM). Este modelo proporcionaba dosis similares para ambas muestras (7-8 Gy) y coherentes con las expectativas arqueológicas (Fig. 23), situando la colocación del mortero en 753 d. Sin embargo, dada la mayor dispersión de las alícuotas medidas por OSL en la primera muestra, consideramos más fiable el resultado de la muestra AMB-MU160122U18B. Sería deseable en un futuro realizar un mayor número de dataciones para poder acotar ese intervalo de edades. Por otra parte, en el caso de Ambía se realizaron 4 dataciones por 14 C de muestras de mortero que contenían materia orgánica. Estas dataciones proporcionan edades muy diversas (Fig. 22) que difieren de las obtenidas por OSL. Como ya se comentó, las dataciones por 14 C dependen del origen de la materia orgánica y sus posibles transformaciones postdeposicionales. Para evaluar las dataciones se puede utilizar el d 13 C obtenido durante la datación, si bien resulta un indicador insuficiente en muchos casos para obtener una interpretación totalmente satisfactoria. En este sentido, todos los d 13 C (Fig. 22) se encuentran en el rango de las plantas C 3 terrestres, pero también está en el rango de la materia orgánica terrestre (Marshal, Brooks y Lajtha 2007; Garten et al. 2007). El hecho de que el d 13 C sea el de las plantas C 3 terrestres es indicativo de una baja degradación de la materia orgánica vegetal original en el suelo utilizado como materia prima para el mortero. Esto revela dos aspectos importantes para la interpretación de la edad obtenida: (a) que es probable que la formación de esa materia orgánica en el suelo no esté muy alejada en términos cronológicos de la preparación del mortero y por lo tanto sea representativo de su edad, y (b) que no ha habido alteraciones biogeoquímicas de la materia orgánica posteriores, es decir, en la matriz del mortero, que conduzcan a "rejuvenecer" la edad de radiocarbono de los morteros analizados. Si se considera que la fecha de 14 C es representativa de la de los morteros a la vista de este razonamiento, queda patente que en la iglesia de Ambía ha habido rejuntado de morteros posterior a su construcción, probablemente entre los siglos XV, XVI y XVII. Alternativamente, si la materia orgánica de origen vegetal en los morteros sufriese procesos de degradación muy lentos, podría incluso considerarse que la edad de estas intervenciones debería situarse en la fecha más reciente obtenida, es decir, del siglo XVII en adelante. La otra posible explicación a esta datación, es el hecho de que la fachada fuese colonizada por organismos vegetales, sobre todo, plantas superiores por falta de mantenimiento, lo que se produciría preferentemente en los morteros de tierra ya que se puede ocasionar la penetración de materia vegetal en estos proporcionando la edad de ese momento de colonización. De hecho, los morteros de tierra más superficiales presentaban, de visu, una coloración y compactación diferente de los extraídos en el interior del muro que se pudieron datar por OSL. A través del análisis estratigráfico hemos comprobado que la cabecera de Santa Eufemia de Ambía es unitaria, y que por tanto todas las ventanas están in situ, confirmando lo que apuntaba M. A. Utrero, y lo que ya en 1928 indicaba Gómez Moreno, quien también consideraba que parte del alzado del muro sur era original, algo que igualmente hemos constatado. El hecho de que la cabecera sea unitaria invalida la idea de J. C. Rivas de que la ventana de la capilla sur es posterior, fruto de una remodelación (Rivas 1971: p. De este modo, las diferencias formales entre las ventanas deberán explicarse por otras razones (distintos artesanos, gusto por la variedad, reutilización de algunos materiales...). Del mismo modo hemos podido datar la arquitectura original de la iglesia en algún momento entre fines del siglo VIII y primera mitad del XI, con mayor posibilidad en alguna fecha en torno a inicios del siglo X, algo que coincide con la mayor parte de las hipótesis planteadas previamente, y que sitúa a la iglesia en el mismo horizonte de otras construcciones con características similares (Utrero 2016; Caballero y Utrero 2013). Por otro lado, esta cronología coincide bien con el contexto histórico de la zona (Núñez 1978: 191-196) y su dedicación a San Salvador y Santa María, recientemente confirmadas además de la de Santa Eufemia (Rivas 2014). Finalmente, no se puede demostrar, como en alguna ocasión se ha dicho, que el ara de Suatorre provenga de esta iglesia (Rivas y Rivas 1989; Rivas 2014). En todo caso, la existencia de un ara romana sirviendo de base de altar, pese a no estar demostrado estratigráficamente que corresponda al edificio original, encajaría bien con el tipo de soporte de altares característico de la Alta Edad Media en el Noroeste peninsular (Sastre 2009). En cuanto a las dataciones obtenidas por 14 C creemos que bien podrían corresponder a las reformas que sufre el edificio en época moderna, tras un importante colapso que afectó a la nave de la iglesia, bien a la colonización vegetal de las fachadas exteriores. En todo caso, algunas de estas dataciones podrían permitir fechar alguna de las intervenciones del edificio en época moderna, lo cual se correspondería, por ejemplo, con la tipología de la espadaña de la fase IIb. La capilla de San Xés de Francelos se sitúa en el ayuntamiento de Ribadavia, parroquia de Santa María Magdalena de Francelos, provincia de Ourense. Está emplazada en un lateral de la aldea de Francelos, a menos de 2 km del núcleo de Rivadavia, en un suave valle a orillas del río Miño que conforma un área de gran riqueza agrícola. Se trata de un edificio construido en bloques de granito, de planta rectangular, de 9,9 m de largo x 6,9 m de ancho y un ancho de muros de aproximadamente 65 cm. Presenta cubierta a dos aguas y un pórtico en su lado Oeste. En la fachada oeste se dispone un arco de herradura con capiteles entregos decorados con relieves bíblicos, así como otras piezas reutilizadas como una ventana celosía y piezas decoradas con sogueados. También en las casas del entorno inmediato se aprecian piezas reutilizadas similares, que podrían proceder de la iglesia. La primera referencia a este lugar aparece en un documento del Tumbo de Celanova del año 993, en el que se menciona un prepósito del monasterio de Francelos llamado Gundulfo y a toda su congregación: "Gundulfus confirmans qui tunc prepositus in monasterio Francellos, uel omnis congregatio monasterii ipsius" (Sáez y Sáez 2006: doc. 219). Ya en 1156 se documenta la iglesia de "Santa María de Francelis", que desde el siglo XV se dedicaba a Santa María Magdalena y luego se cambió a San Xés. También sabemos que en el siglo XVII los terrenos cercanos a la iglesia se denominaban "del monasterio" (Filgueira 1929). Los estudios sobre el interés arqueológico de esta capilla comienzan a principios del siglo XX. Aunque ya L. Meruéndano en 1915 había dado una escueta noticia de la existencia de restos de una antigua edificación en esta capilla (Meruéndano 1915: 31), no será hasta 1927 cuando se identifique su cronología prerrománica, a partir de una visita que M. Gómez Moreno, acompañado por J. Filgueira Valverde, realiza a la iglesia. Así en 1928, E. Vázquez Pardo publica el primer estudio del edificio, considerándolo un ejemplar ecléctico entre el estilo mozárabe (arco de herradura, ventanita abocinada, arquitos de herradura de la celosía...) y el asturiano (columnas adosadas a las jambas, como en Naranco, capiteles de doble ábaco...) que podría datarse en el siglo X o incluso más tarde (Vázquez Pardo 1928: 297). Un año después Filgueira Valverde describe brevemente la iglesia, indicando que no cree que todas las piezas que exhibe sean reaprovechadas de otra construcción (le parece difícil que el arco haya sido repuesto) e indica que según Gómez Moreno todos los caracteres del edificio obedecen al arte asturiano avanzado, con capiteles similares a los de Liño y paralelos para la celosía en Priesca y Argüelles, con lo que podría datarse de mitad del siglo IX o poco después, sin rastro de mozarabismo todavía (Filgueira 1929: 31). J. Lorenzo y R. García en 1950 realizan un amplio y detallado estudio del edificio, aportando también por primera vez información sobre los restos dispersos por las casas del entorno y concluyendo que la iglesia, por su mantenimiento de rasgos visigóticos, debe datarse a finales del siglo VIII (Lorenzo y García 1950: 391). Posteriormente J. C. Rivas, en su estudio del arco de herradura en Galicia, matiza la importancia del arte asturiano en este edificio y subraya en cambio la tradición visigótica así como la influencia mozárabe. En ese sentido considera que esta iglesia sería el primer y único arquetipo regional tardío de arquitectura visigótica, que estaba ya en trance de desaparecer (Rivas 1971: 63). M. Núñez cree que quizá tenga su origen en un antiguo eremitorio de época visigoda, que se reconstruiría como iglesia integrada en un dominio particular de carácter agrario a finales del siglo IX-X. Aunque indica que es difícil saber cómo sería su primitiva estructura, aboga por una mezcla de elementos asturianos y otros visigodos de gran calidad, realizados quizá por un autor ajeno a la zona y conocedor del arte romano (Núñez 1978: 169-178). Por su parte, R. Yzquierdo en 1993 considera que debió edificarse en torno al 900, aunque el edificio actual sería una reedificación del siglo XVI que aprovecha piezas de la construcción primitiva, que habría sido mucho más compleja, grande y rica. Para este autor, la iglesia primitiva sería uno de los edificios de mayor riqueza ornamental de todo el arte asturiano. Tendría tres naves, un cancel y un ábside abovedado, de los que provendrían las piezas reutilizadas. En 1985 J. Rodríguez y A. Seara realizan una revisión de todo lo conocido hasta aquella fecha sobre esta capilla y sacan a la luz los resultados de los sondeos arqueológicos realizados en el interior y entorno inmediato de la misma. Para estos autores la capilla actual es un edificio de carácter popular de mediados del siglo XVI que aprovecha distintos elementos arquitectónicos de la antigua edificación prerrománica (sogueados, celosías, relieves...), que tendría un arco triunfal y quizá tres naves, y a la que también pertenecerían otros restos repartidos por las casas del entorno (Rodríguez y Seara 1985: 19-47). Al excavar debajo de la capilla actual no encontraron restos de la cimentación del edificio anterior, por lo que consideran que podría estar en otro lugar más o menos cercano (Rodríguez y Seara 1985: 94). En cambio, constataron los restos de una necrópolis de inhumación que rebasa en amplitud la planta de la capilla, registrándose alguna de las tumbas debajo de los muros de cimentación de la misma, lo que permite afirmar que la necrópolis es anterior a este supuesto edificio del XVI. Concretamente estos autores creen que la necrópolis es característica de los siglos VIII-IX, con distintos tipos de enterramiento: tumbas construidas en bloques de piedra más o menos regulares, tumbas de "bañera" excavadas en el jabre, de forma alargada y con los ángulos redondeados, tumbas antropomorfas y olerdolanas y tumbas pequeñas construidas por dos tejas, una de fondo y otra de tapadera, reforzadas a los lados con trozos del mismo material. Según todo esto consideran que debió existir en este entorno una iglesia y su necrópolis del siglo IX, con influencia del arte asturiano avanzado (en estructura, decoración de la celosía, nicho interior, pilastras sogueadas...) y tradiciones visigodas (arco de herradura, capiteles historiados), así como elementos ya mozárabes (alfiz, modillón...) Noack-Haley se refiere explícitamente a la construcción de esta iglesia en grandes bloques de granito y con mortero, lo que cree que indicaría una fecha tardía dentro de la Alta Edad Media. Para esta autora, habría influencia islámica en el arco de herradura, mientras que los capiteles, los relieves y las celosías se emparentarían con edificios asturianos como San Miguel de Liño, San Salvador de Priesca y Santa Cristina de Lena (Noack-Haley 1997: 66). Finalmente, M. D. Fraga Sampedro considera San Xés de Francelos como un buen ejemplo de arte asturiano que busca el "neovisigotismo", y fusiona elementos de distinta procedencia. Así, en esta iglesia habría elementos romanos y paleocristianos en los motivos vegetales, influencia hispanovisigoda en el arco de herradura del vano de ingreso, e influencia asturiana en la celosía (Fraga 2002: 644-645). A esta fase corresponden los restos de la iglesia originaria, que se conserva con seguridad en el muro sur y esquinal SE (UE001) y, con algunas dudas, en el muro norte y esquinal NE (UE011). El muro sur está realizado con sillería dispuesta en hiladas horizontales que ondulan y doblan; también se observa un codo y se emplean cuñas. Se aprecian algunas piezas reutilizadas; los sillares son irregulares en tamaño y forma, algunas esquinas están redondeadas y rotas. Aunque hay algunas piezas más regulares, la mayor parte parecen realizadas a regla. La esquina emplea sillería encadenada. Incluye una ventana estrecha y alargada rematada en un arco de medio punto con una moldura sogueada incisa. Las juntas son anchas y aunque presentan mortero de cemento, debajo conservan el mortero original 9. La diferenciación del límite de este muro en la fachada este resulta compleja, ya que aquí se documenta una reforma (UE011) en la que se emplean los mismos materiales y una forma muy similar de aparejarlos. Además parece que se recoloca una ventana de las mismas características que la descrita (en forma y despiece), pero con un remate adintelado, que estaría descentrada con respecto al muro. El muro este emplea piezas de mayor tamaño en la mitad sur que en la norte, pero las hiladas parecen ser continuas, por lo que da la impresión de que 9 Al menos en las zonas que hemos levantado para comprobar este hecho. la reforma podría localizarse entre los dos esquinales (UE001 y UE004). El muro UE004 también está realizado en sillería dispuesta en hiladas horizontales que ondulan, doblan, y acodan, y se emplean cuñas. Los materiales son también irregulares, cortados a regla, con las esquinas y los bordes fragmentados, lo que nos lleva a plantear la reutilización de algunas piezas. Incluiría una puerta adintelada en su extremo occidental, con las jambas en sillería encadenada. Las hiladas inferiores del muro en su cara este, están rotas, lo que nos lleva a plantear la existencia de un colapso en el muro este que motiva la reforma A101. La inclusión de esta UE en la A100 y en la fase I nos plantea ciertas dudas ya que se aprecian algunos aspectos que lo diferencian de la UE001, fundamentalmente la mayor irregularidad de los materiales constructivos, pero la técnica empleada en el esquinal parece igual a la del esquinal SE y las hiladas parecen tener continuidad, por lo que, finalmente hemos decidido incluirlas dentro de la misma fase.10 En este momento se documenta una reforma (UE011) en el muro de cabecera, entre las UE001 y UE004, realizada en un aparejo de sillería y sillarejo de granito, dispuesto en hiladas horizontales que doblan, acodan y, en la parte superior ondulan. Las hiladas se adaptan a las de los muros a los que se adosan (UE001 y UE004). Los materiales, irregulares en forma y tamaño, son reutilizados, entre los mismos figuran piezas decoradas y algunos de ellos presentan marcas de fórceps. Se conserva una ventana estrecha y alargada, adintelada, descentrada con respecto al muro. El aparejo está imitando claramente a los empleados en las UE001 y UE004, posiblemente utilizando el mismo material que aquellos, aunque abunda el material de menor tamaño. En esta fase se llevan a cabo una serie de reformas en la iglesia que afectan a la fachada este y al coronamiento de los muros. La mayor reforma se corresponde con la A102, que consiste en la reparación de los muros norte, este y sur en altura (UE002) con un aparejo de mampostería de piezas bastante homogéneas en forma y tamaño, que se disponen formando hiladas ondulantes. Dentro de la misma actividad se construye la fachada este y la parte occidental de la sur (UE003), en la que se emplea sillería de granito regular, dispuesta en hiladas horizontales, con un zócalo sobresaliente. Se reutilizan materiales altomedievales (un arco de herradura con los salmeres y la primera dovela de cada lado cortados para disponer un dintel dovelado sobre el que descansa un tímpano ciego; una ventana rematada en un arco de medio punto decorada y con celosía, dos capiteles entregos decorados con escenas bíblicas que descansan sobre semicolumnas decoradas con motivos vegetales), y en el lado norte se abre una ventana adintelada con doble derrame. Remata la fachada una espadaña de un solo vano que presenta bastante desarrollo en altura. El esquinal noroeste y parte del muro norte (UE005) está realizado también en sillería, pero con material reutilizado (entre el que se encuentra una pilastra decorada con sogueado), combinada con una mampostería similar a la utilizada en la parte alta de los muros (UE002). Es decir, esta reforma emplea sillería en la fachada principal, esquinales y vanos con materiales reutilizados y mampostería en el resto de los muros. En este momento se añade un pórtico a los pies del edifico (A103, UE008, UE009), formado por dos pilastras de sillería unidas por un muro bajo también de sillería y con una cubierta a tres aguas. La estructura de la cubierta podría haber sido modificada con posterioridad, ya que se conservan mechinales tapados en las dovelas del arco de la fachada (UE003) que se encuentran a la misma altura que las actuales vigas que soportan el tejado. Creemos que, posiblemente en este momento, se cegaría la ventana este (A105, UE006). La última fase se corresponde con intervenciones puntuales en la cubierta. Por una parte, la renovación de la cubierta a dos aguas con teja curva (A107, UE007) y, por otra, el cierre del extremo este de la cubierta del pórtico con cristal (A106, UE010). La muestra FRA-MU150401U12 se recoge en el muro sur de la iglesia de San Xés de Francelos (UE001) (Fig. 6), debajo de la ventana saetera, para su caracterización y datación por OSL. En el mismo lugar se extrajo una muestra de roca (ripio) (FRA-MU150401U13) para estimar la dosis gamma que afecta al mortero. Para su extracción se eliminó la junta de cemento superficial, un mortero de cal situado por debajo de este (que no sería el mortero original), y se localizó un mortero arcilloso, de color amarillo claro, muy arenoso, algo compacto, aunque se deshace ligeramente al tocarlo, que sí se consideró el mortero original. El mortero presenta unas características que son contrarias a las descritas para los morteros estudiados en Ambía: una baja proporción de arena media a gruesa (2%) y elevada proporción de limos y arcillas (más del 50%). Esto no se refleja claramente en su composición química rica en SiO 2 (66,6%), relativamente pobre en Al 2 O 3 (18%) y K 2 O (4,5%) y una elevada proporción de Fe 2 O 3 (5,4%), lo que permite intuir que es rica en limos pero no arcillas, a pesar de lo cual su plasticidad es mayor que la de los morteros estudiados en Ambía. Se trata por tanto de un mortero rico en cuarzo y feldespatos. Para esta muestra se pudo obtener cuarzo puro a partir de tres fracciones de arena fina, las de diámetro 63-90 mm, 90-180 mm y l80-250 mm, si bien se obtuvo escaso cuarzo en el caso de la última fracción, lo que permitió medir solamente algunas alícuotas. En todas las fracciones se pudieron obtener D e si bien la de la fracción más gruesa es poco significativa. Todas las fracciones mostraron una buena relación señal fondo, a pesar de ser muestras históricas y aunque el número de granos de las alícuotas fue diferente, siendo de unos 300-400 en la fracción menor (según Duller 2008), en torno a 100 granos en la intermedia y de unos 80 granos en la mayor. Debido a la elevada disponibilidad de cuarzo en las fracciones inferiores se midieron un gran número de alícuotas, siendo pocas aceptadas debido a que muchas mostraban una señal natural saturada o bien superior a las señales observadas en el SAR ejecutado. Esto implica un borrado incompleto de la señal OSL residual debido a una exposición a la luz insuficiente durante la preparación del mortero. En términos generales, la señal en las fracciones de la muestra de Francelos era menos brillante que la de las de Ambía, si bien, la caída de la señal OSL era más rápida, reduciéndose ésta a un 20% de la señal inicial en 1 segundo de exposición. Sin embargo, las distribuciones de alícuotas muestran valores variables de sobredispersión en función del tamaño de grano utilizado. Esta sobredispersión no se correlaciona con la asimetría en las distribuciones. La fracción menor (63-90 mm) presenta una baja sobredispersión (Fig. 21) aunque la distribución es marcadamente asimétrica, considerando además el elevado número de alícuotas en las que la señal estaba saturada. Esta baja sobredispersión se debe al elevado número de granos usados, por lo que las D e obtenidas son una mezcla de granos con distintos grados se señal residual. La D e obtenida es claramente superior a la de las otras dos fracciones (Fig. 21). En la fracción de 90-180 mm la sobredispersión es mayor, y se observa una asimetría claramente negativa. También en este caso se observó un número relativamente elevado de alícuotas con señal saturada o superior a las dosis del SAR, por lo que existen granos con señal residual. No obstante, aparentemente el menor número de granos usado en las alícuotas proporciona un menor resultado y el MAM proporciona una D e relativamente similar a la de la siguiente fracción, la 180-250 mm. En el caso de esta última, no se observa asimetría, a pesar de la elevada sobredispersión, si bien el número de alícuotas aceptadas es bajo y poco significativo. Sin embargo, la estimación de la D e por medio del CAM proporciona un valor similar al de la fracción anterior. La elevada sobredispersión, en este caso, puede ser explicada debido a la heterogeneidad de la muestra, dada su granulometría con un bajo porcentaje de arena media a gruesa y elevado de limos y arcillas, que combinado a una elevada proporción de K 2 O (en torno al 6%) puede traducirse en una microdosimetría variable importante (Mayya et al. 2006). La porosidad al agua de la muestra era de un 20%. Dado que se trataba de un mortero de junta sellado y aislado del exterior por un grueso mortero de cemento, por lo que su humedad era mucho menos variable y menor, y se consideró un contenido del 10±1% de agua. La dosis gamma estimada (Fig. 20) a partir del contenido en U, Th y K de la muestra (Fig. 19), pero también del ripio representativo de las rocas de los sillares del entorno de la muestra, proporcionaron además una dosis similar a la obtenida por medio de espectrometría gamma in situ, siendo la proporción entre ambas estimaciones de 1,02. En esta muestra, la datación de las fracciones mayores proporcionó edades coherentes entre sí: 881 d. Esta edad es coherente con las evidencias arqueológicas disponibles. Tras comprobar que contenía materia orgánica, también se mandó una parte de esta muestra a datar por 14 C a Laboratorios Beta. En esta muestra, se obtuvo un d 13 C típico de materia orgánica del suelo (Fig. 22). C. lo que claramente no es coherente con los resultados esperables e indica que la materia orgánica incorporada a dicho mortero contenía materia orgánica de mucha más antigüedad, por lo que probablemente la materia prima usada en el mortero procedía de un suelo. En base a los resultados obtenidos tanto en el análisis estratigráfico como en la datación del mortero, podemos afirmar que se conservan parte de los alzados de un edificio de los siglos IX-X, más probablemente de segunda mitad del IX o inicios del X en el sector sur, este y norte de la capilla actual. Esta constatación refuta la idea planteada por J. Rodríguez y A. Seara tras su excavación de 1985, de que no se conservan restos en alzado de un edificio altomedieval en la actual capilla. Creemos que el hecho de que estos autores no encontraran restos de la cimentación de una capilla anterior no indica que la iglesia original estaba en otro lugar, sino que, precisamente, la capilla actual mantiene, al menos en el lado sur, parte del este y norte, los cimientos y muros de la primitiva capilla. De hecho, al observar la planta de ubicación de los sondeos (Fig. 5) se puede apreciar que precisamente estos autores excavaron en la esquina sureste, una de las que consideramos original, encontrando únicamente la cimentación de la capilla actual (no de otros edificios anteriores). Además, en este sector encontraron tumbas altomedievales que respetan la orientación de la iglesia y no están cortadas por ella, a diferencia de los otros sondeos realizados en la zona oeste de la capilla, donde los muros sí cortan a las tumbas altomedievales, confirmando que son posteriores a ellas. Finalmente, cabe subrayar que la datación propuesta para la necrópolis por sus excavadores (siglo IX) coincide plenamente con la datación de los morteros del edificio original. Estratigráficamente no podemos confirmar que las piezas reutilizadas en la fachada pertenezcan al mismo edificio original, aunque es una hipótesis que no debemos descartar teniendo en cuenta la coincidencia de cronologías. La única pieza decorada situada in situ que pertenecería al edificio altomedieval es la ventana saetera del muro sur, ornamentada también con un sogueado (como muchas de las piezas reutilizadas). Tampoco podemos saber cómo era la planta del edificio original. Autores como R. Yzquierdo (1993: 105) han planteado que tendría tres naves, algo que con los datos disponibles no parece confirmarse. La iglesia parroquial de San Martiño de Pazó se sitúa en la ladera de un valle que forma el río Arnoia, a unos 3 km en línea recta al suroeste de Allariz, municipio al que pertenece. La primera noticia que tenemos sobre la misma está en un documento del año 982, en el que se indica que Doña Guntroda, en tiempos del rey Ramiro II y del obispo Hermenegildo de Iria-Compostela, poseía por aquel tiempo por derecho hereditario el monasterio de Palatiolo ("capuit ipsas scripturas cognata sua Gunterodis que iure hereditario possidebat monasterio Palatiolo"). Es decir, que según esta noticia, el monasterio (con su iglesia) de Pazó existía ya entre 930-942 y lo regía como abadesa esta doña Guntroda, sobrina política de doña Ilduara, una de las aristócratas más importantes del reino astur-leonés (Saez, Saez 2006: doc. 191). El edificio actualmente es de una nave, de unos 8,5 m de ancho x 14 m de largo, rematada en un gran ábside cuadrangular de 9 x 9 m de lado que se debe a las reformas de principios del siglo XVIII. Los muros están realizados en sillería y sillarejo de granito y tienen un espesor aproximado de 65 cm. En los lados sur y norte presenta sendas puertas rematadas en un arco de herradura enmarcadas en un alfiz, mientras que en la fachada a ambos lados de la puerta hay dos mitades de ventanitas también rematadas en arco de herradura (Castillo 1925). El primer autor en llamar la atención sobre esta iglesia fue Vicente Risco en 1924, al publicar una breve nota sobre sus puertas, que le recordaban a San Miguel de Celanova y que consideraba que no correspondían con la fábrica actual de la iglesia, si bien señalaba que las fachadas norte y sur son más antiguas que la portada y la cabecera y que existían dos tipos de aparejo (Risco 1924). A partir de ahí, tres fueron los estudios principales sobre esta iglesia. El primero es de A. del Castillo en 1925, quien considera que del edificio original quedarían los muros laterales en casi toda su altura y parte de la fachada (Castillo 1925: 278). Este autor realiza un primer estudio de los arcos de herradura de las puertas y del aparejo, dándose cuenta de que los sillares grandes se desdoblan perfectamente en dos pequeños. Cree que la iglesia original debió tener cubierta de madera y ábside de herradura también en su interior, y que habría sido un modelo de arquitectura "mozárabe" temprano, de finales del siglo IX o inicios del X, en el que pudieron inspirarse luego las iglesias de Vilanova dos Infantes y San Miguel Celanova. En 1965 J. Lorenzo publica un nuevo estudio en el que considera que la iglesia sería mozárabe, del siglo X, y reutilizaría elementos de un anterior templo visigótico (aparejo, sillares y una ventana con arco de herradura que cree actualmente despiezada y reinsertada en la fachada), que tendría una sola nave, y quizá dos ábsides. Este autor encontró también un capitel "mozárabe" en una casa cercana que cree que provendría de la iglesia (Lorenzo 1965). J. C. Rivas también considera que la iglesia sería mozárabe y que es una reconstrucción de una iglesia anterior, de época germánica, añadiendo que también hay materiales romanos entre los paramentos que, a su juicio, indicarían una construcción y ocupación del lugar ya en esa época (Rivas 1976: 171). De época visigoda cree que vendría el relieve encontrado en la cercana aldea de Amiadoso, que provendría de esta iglesia de Pazó -algo ya apuntado previamente por otros autores (Osaba 1946)-así como un relieve con decoración de hojas de acanto y un orante, que localizó empotrado en el muro norte del atrio parroquial y que posiblemente formaría parte de una imposta. En cuanto al edificio mozárabe, este autor propone que en la fachada debió tener dos ventanas, y no una como creía J. Lorenzo (Rivas 1976: 170). Por tanto considera que los artistas mozárabes reconstruyeron el edificio arruinado aprovechando muchos sillares ya trabajados, jugando indistintamente con las dimensiones de las piezas e interrumpiendo el nivel de una hilada cuando el material más a mano lo requería (Rivas 1976: 173). La mayor parte de los siguientes autores en estudiar esta iglesia se han limitado a seguir las ideas de Lorenzo y Rivas, especialmente en lo que concierne a la convivencia de una fase visigoda con otra mozárabe (Núñez 1978: 66, 245-251; Castiñeiras 1990; Carrillo y Ferrín 1997; Noack-Haley 1997). Tan sólo R. Yzquierdo y M. A. Utrero hablan de un edificio original unitario. El primero considera que la iglesia original sería de nave y ábside único con cabecera rectangular por fuera y planta de herradura por dentro, y arcos con alfices, todo ello innovaciones debidas a la influencia del arte leonés del X (Yzquierdo 1993: 121-123). Por su parte, M. A. Utrero revisa arqueológicamente la técnica constructiva del edificio original (que sólo conservaría los muros longitudinales de la nave), que considera de sillería de granito dispuesta a soga y tizón con las esquinas encadenadas. Esta autora reconoce cierta diferencia de aparejo a los lados de las puertas centrales; pero cree que puede deberse simplemente a dos talleres de canteros trabajando en el mismo edificio, más que a la conservación de una fase visigoda previa como quieren Rivas o Lorenzo (Utrero 2006: 588). De la fase más antigua, se conservan los muros norte (UE005) y sur (UE001) de la iglesia y los esquinales de la fachada oeste. Se ha perdido la cabecera y la parte central de la fachada oeste en la que supuestamente iría la puerta principal de acceso. Tampoco conocemos el remate de la misma. Ambos muros presentan las mismas características y se conservan en toda su altura y hasta la cabecera. Se emplea un aparejo mixto, de sillería y sillarejo, ambos de granito, dispuesto en hiladas horizontales, ligeramente inclinadas, a soga y tizón. El muro sur (UE001) conserva entre 23 hiladas (en la mitad este) y 28 hiladas (en la mitad oeste). Los sillares de granito son de grano fino y medio y los de sillarejo de grano grueso, está muy meteorizado, algunas piezas se deshacen al tocarlas; parecen materiales de distinta procedencia. En el encuentro entre ambos, las hiladas doblan y en algún caso se documentan pequeños codos. Las hiladas de sillarejo se concentran en el lado oeste del muro, oscilan entre 9 y 23 cm de alto; se levantan sobre un zócalo que sobresale entre 7 y 11 cm del paño del muro, sobre éste se disponen dos hiladas de sillería (la inferior realizada con piezas bastante grandes) y sobre éstas diez hiladas de sillarejo. En la parte alta de esta zona y al este de la puerta se emplea una sillería que alterna con hiladas de sillarejo. Las primeras oscilan entre 51 y 38-39 cm de alto (son más altas en la parte baja del muro). La sillería se dispone a soga y tizón y la alternancia es más regular que al oeste de la puerta y en la zona del zócalo. Al este de la puerta también tenía un zócalo, pero ha sido rebajado. Incluye una puerta de jambas lisas, rematadas por molduras salientes sin decorar y un arco de herradura, cuyas dovelas se van estrechando hacia la doble clave. Los salmeres apoyan sobre sendas mochetas lisas. Las dovelas del lado oeste están cortadas y restauradas recientemente (UE032). El arco está enmarcado por un alfiz realizado por piezas de sillería con una moldura simple, rectangular, que sobresale del paño del muro, realizada con piezas de sillería de granito. Esta puerta estuvo cegada hasta hace unos años. Sobre ella había una ventana saetera rectangular con derrame hacia el interior que está actualmente cegada por la UE029. Presenta esquinales de sillería encadenada en los restos de la fachada oeste. El muro que queda en esta fachada también combina sillarejo en la parte baja y sillería en la alta, aunque no se aprecia el despiece del muro en su totalidad por estar cortada en la parte central. En las partes bajas de la fachada parecen conservarse los restos de dos ventanas u hornacinas, de las que se mantuvo la jamba sur (en el caso de la ventana Sur) y la norte (en el de la ventana N) y parte del arco de remate (que parece de herradura). Ambas están hoy cegadas. Las juntas empleadas son finas, aparentemente a hueso, pero en las zonas en las que la junta está muy meteorizada se aprecia un mortero de tierra en el interior del muro, del que se han cogido muestras para su datación mediante 14 C y OSL. En la zona del sillarejo las juntas se han enripiado con lajas de esquisto, aunque este enripiado podría ser posterior para restaurar, precisamente la meteorización de los sillares en estas zonas. Se emplean como tizones algunos ladrillos macizos. Por su parte, el muro norte (UE005) también presenta un aparejo mixto, por un lado, se emplea sillarejo de pequeñas dimensiones (su altura oscila entre 14 y 16 cm) en la parte baja de la zona oeste del alzado norte y, por otro lado, la sillería, con piezas que oscilan entre 30 y 40 cm de altura. Conserva 25 hiladas en el lado este y 28 en el oeste. Se disponen en hiladas horizontales bastante regulares. Algunos sillares podrían ser reutilizados (tienen marcas de fórceps); también se emplean ladrillos macizos dispuestos en vertical en alguna junta, que podrían ser reutilizados. Al igual que el lado sur, incluye una puerta rematada en un arco de herradura enmarcado por un alfiz de moldura lisa y sección rectangular, realizado en sillería y sillarejo de granito. Conserva una ventana saetera rectangular sobre la puerta (igual a la del muro sur), que está actualmente cegada con una pieza de granito. Esta fase corresponde a una serie de reformas llevadas a cabo en la iglesia en época moderna que cambian la fisionomía de la cabecera y la portada. Se abren ventanas rectangulares en los muros norte (A107, UE009, UE010; A108, UE013, UE014) y sur (A103, UE025, UE026; A104, UE027, UE028), lo que motiva el cierre de las ventanas originales en el muro norte de la nave (A106, UE011) y en el sur (A105, UE029); se corta (A101, UE002, UE004) la parte central de la portada y se le da una estructura barroca (A101, UE003) realizada en sillería regular con decoración de placas, rematada con pináculos, dotándola de espadaña de dos cuerpos, puerta adintelada y ventana rectangular; se reforma la cabecera construyendo un gran ábside de planta cuadrangular que sobresale en altura y está decorado con pináculos, una habitación al sur de planta rectangular que se emplea como sacristía, y la moldura de remate de los muros norte y sur de la nave, todo ello en sillería regular de granito, dispuesta en hiladas horizontales con las juntas muy finas (A102, UE007, UE008, UE034). Posiblemente en este momento se construye también el coro alto situado a los pies de la cabecera, que conlleva la apertura de un pequeño ventanuco de ventilación en el extremo oeste del muro norte (A109, UE016). A esta fase corresponde, fundamentalmente, la construcción de un paso en altura que comunicó la casa rectoral con el coro alto de la iglesia (A111). Por la tipología de la puerta y la técnica empleada en su construcción, podría encuadrarse en el mismo período que la IIa, pero presenta ligeras diferencias de ahí que la hayamos vinculado a otra fase. También pertenecería a este momento, o a uno posterior, el marco del ventanuco de la escalera de subida al coro alto (A110, UE015). Las fases más recientes se corresponden con reformas puntuales como los cortes practicados en las puertas norte y sur posiblemente para disponer un sistema de cierre diferente al original (A112, UE031, UE033, UE036); la disposición de alguna estructura adosada a la fachada sur, al oeste de la puerta de la que sólo restan algunos mechinales (A113, UE030); el rebaje del zócalo del muro de la iglesia original en el muro sur (A114, Caracterización y datación de morteros Las muestras PAZ-MU160122U08 y PAZ-MU160122U09 (Fig. 12, en ella se sitúan las muestras recogidas) son similares entre sí, con una elevada proporción de arcillas y limos (en torno al 40%) y baja en arena media a gruesa (en torno al 5%), siendo algo diferente la muestra PAZ-MU160122U10 con una proporción de arena media a gruesa del 25% y de limo y arcillas del 20%. A diferencia de Ambía y Francelos, en las muestras de Pazó se observa curiosamente calcita, UE035) o la construcción de una escalera en mampostería para acceder a la espadaña (A115, UE006). En esta fase se elimina la estructura que comunicaba desde el exterior el coro alto, se ciega la puerta con sillería regular de granito y se tapian los mechinales (A116, UE019, UE038, UE040, UE041). Ya con posterioridad a 1950, se restaura el arco y la jamba este de la puerta sur (A117, UE032, UE039). cada lado de la puerta, como señalaba Rivas y no una, como creía J. Lorenzo. A su vez, la datación obtenida apoya la idea de que se trata de una iglesia del siglo X, en la que, por tanto, no se conservarían en pie restos de ningún edificio previo visigodo o romano (lo que no impide que se reutilice algún sillar de forma esporádica), como opinaban J. Lorenzo o J. C. Rivas, y confirmando lo que había propuesto A. del Castillo en 1925 (si bien éste pensaba que la iglesia original estaba construida a hueso, mientras que en nuestro estudio hemos confirmado la existencia de morteros originales). También hay que señalar que en el edificio original se utiliza ya la escuadra (y no solo la regla, como anteriormente), para crear sillares homogéneos, así como la mayor parte de sillería ex novo, que apenas convive con material reutilizado -al menos algunos sillares romanos, según las marcas de fórceps que indica Rivas (1976)-. Todo esto coincide bien con la primera mención documental de esta iglesia, entre 930 y 942, como hemos visto, e incluso permite plantear como hipótesis que Doña Guntroda fuese su fundadora o promotora. Por último, no podemos confirmar que la pieza de Amiadoso provenga de esta iglesia de San Martiño de Pazó. Al contrario, el hecho de tratarse de la reutilización de una placa decorada romana así como su aparición en el propio Amiadoso, donde posiblemente se conservan restos de otra iglesia altomedieval que está actualmente en proceso de estudio, nos lleva a pensar que no responde al contexto productivo de la iglesia de Pazó sino al de la propia iglesia de Amiadoso. A partir de los resultados del análisis de cada una de las tres iglesias anteriores, podemos ahora avanzar en la comparación -tanto entre ellas, como con otras zonas mejor estudiadas-de sus técnicas constructivas y el ambiente social en el que éstas se explican. Como hemos podido comprobar, las tres iglesias originales, pese a su cercanía espacial y cronológica (siglos IX-X), presentan técnicas constructivas diferentes. Esto nos ofrece la oportunidad de presenciar en un mismo contexto local, las principales transformaciones técnicas que llevan a la reintroducción de las técnicas aunque muy escasa, que puede proceder de rejuntado de morteros de cal y arena más reciente. Al igual que en el caso de Ambía, en Pazó también hay evidencias de wuestita, probablemente debido a que está presente en el granito original de los minerales usados en los morteros, y por tanto, es muy posible que las muestras de Pazó sean contemporáneas entre sí. Por otro lado, se envió a datar por 14 C, de nuevo a Laboratorios Beta (Miami, EEUU), una de las muestras de los dos morteros recogidos en los muros de la Fase I. En concreto, la muestra PAZ_MU150526U13, que se recogió en el muro sur de la iglesia, en la UE001, en una zona situada al oeste de la puerta, en una junta entre la 5a y la 6a hiladas (en la parte del sillarejo). Se trata de un mortero de tierra algo disgregado, pero más compacto que el recogido en la UE005. Esta fecha nos sitúa en el siglo X, con una mayor probabilidad estadística hacia la mitad del mismo. Obviamente, como ya se ha dicho, la datación de la materia orgánica del mortero de tierra implica unos problemas que no presenta la datación por OSL y que impide tomar estos resultados como la fecha segura de construcción de la iglesia. No obstante, se trata de una cronología plenamente coherente con las fechas planteadas por todos los autores que han estudiado este edificio anteriormente, así como con la primera referencia documental a la iglesia (930-942). Además, el d 13 C obtenido en esta muestra (Fig. 22) es el típico de plantas C3, lo que indica que la materia vegetal que originó esa materia orgánica no ha sufrido alteraciones sustanciales, lo que implica que habría sido probablemente originada en el momento en el que se usa la materia prima de un suelo para elaborar el mortero. El análisis estratigráfico confirma que se conservan restos del edificio original no sólo en casi toda la extensión de los lados norte y sur sino en los extremos de la fachada principal. También demuestra que la diferencia de aparejo existente en el exterior de los muros norte y sur no responde a dos momentos distintos, sino a una única fase. Se trataría de una iglesia construida principalmente con material reutilizado, lo que en los términos de complejidad socioeconómica que acabamos de mencionar, no implica pobreza, sino una importante labor de organización de la obtención, acarreo y retallado del material (Utrero y Sastre 2012). No obstante, en el caso de que la decoración reutilizada en las fases posteriores pertenezca al mismo edificio original analizado, podríamos decir que el taller que trabajó en la decoración de San Xés de Francelos poseía una habilidad en su ejecución destacable, y superior al taller que realizaría los muros. Como ya hemos dicho, la decoración de Francelos nos pone en la pista del llamado arte prerrománico asturiano (con el sogueado característico de este grupo arquitectónico y el claro paralelo de la celosía de San Salvador de Priesca, fundada hacia el 921), que según las últimas revisiones, hay que fechar en época de Alfonso III, entre segunda mitad del IX e inicios del X (Utrero 2016). Probablemente algo más tardías, quizá en torno a inicios y mitad del siglo X, respectivamente (siempre teniendo en cuenta el margen de incertidumbre de las dataciones obtenidas), serían las edificaciones originales de Santa Eufemia de Ambía y San Martiño de Pazó. Ambas parecen cercanas en el tiempo, lo que confirma que la forma de construir o el tipo de iglesia edificada puede variar mucho en un mismo contexto espacial y temporal. En Santa Eufemia de Ambía, aunque se emplea ya material nuevo, se reutilizan todavía numerosas piezas y se usa la regla para la producción de los sillares mientras que en San Martiño de Pazó prácticamente todo el material pétreo es ex novo y se introduce ya la escuadra. También hay que destacar que San Martiño de Pazó presenta una altura de muros muy superior a la que aparentemente tenían Santa Eufemia de Ambía y San Xés de Francelos, y que, en vista de las informaciones cronológicas disponibles, sería uno de los primeros edificios en reintroducir sillares ortogonales en todo el norte peninsular. No obstante, las escasas piezas de la decoración de Pazó, parecen apuntar (al contrario que en el caso de Francelos) a un taller con más bien escasa destreza en la ejecución de las piezas decoradas, en contraste con el taller que realiza los lienzos sur y norte de sillería escuadrada. Estas diferencias nos advierten de que no debemos pensar en términos de una mera "evolución" lineal de técnicas constructivas sino en secuencias mucho más complejas internamente, en las que probablemente influyen mucho los distintos promotores de las obras y artesanos que las ejecutan. En este sentido, es destacable de cantería durante este período. Como es sabido, en los últimos años, distintos trabajos han demostrado que la reintroducción de dichas técnicas tras la desaparición de la tradición constructiva romana presentó diferentes cronologías en cada zona de Europa occidental, oscilando entre los siglos VIII y XI en países como Italia (Quirós 1998), Galia (Chavarría 2009), Inglaterra (Eaton 2000) o Irlanda (Ó Carragáin 2010). Hasta ese momento, la mayor parte de las construcciones se realizan en madera, mampostería y materiales reutilizados. Las diferencias en la reintroducción de las técnicas de cantería, deben explicarse tanto por los mecanismos de circulación de conocimientos y tecnologías como por los poderes políticos y económicos capaces de promover esas construcciones. En el caso de la península ibérica, también se han realizado importantes avances en este tema en los últimos 20 años (Quirós 1998 ). Gracias a ellos actualmente sabemos que a partir de fines del siglo VI e inicios del VII se pierde la explotación de canteras y la labor del cantero, que sólo se recuperará progresivamente a través de la llegada de artesanos de Siria a Al-Andalus desde fines del siglo VIII. De este modo convivirían dos formas de construir en el norte peninsular entre los siglos VII y X: mampostería/técnicas de albañil y expolio de edificios antiguos (Caballero y Utrero 2005: 175). En este sentido hay que señalar que L. Caballero y M. A. Utrero (2013) consideran la reutilización de sillares romanos como técnica de cantería, ya que exige igualmente un conocimiento de tallado y retallado, colocación, etc. En todo caso, será sólo a partir de inicios del siglo X cuando se introduzca en el norte peninsular, progresivamente, la escuadra, que a diferencia de la regla, permite tallar sillares ortogonales e implica conocimientos más complejos, que según estos autores llegarían a través de la influencia mozárabe en el contexto del crecimiento y expansión del reino astur, a diferencia de otras zonas del mediterráneo occidental dónde no se recuperaría hasta los siglos XI-XII (Quirós 1998; Quirós y Fernández 2001). También habría que tener en cuenta el papel de los talleres que realizan la producción escultórica, tanto mediante elementos reutilizados (capiteles, fustes, etc.) como ex novo (Utrero y Sastre 2012). En principio, pese a los márgenes de incertidumbre, la datación obtenida para la primera fase de la iglesia de San Xés de Francelos encaja bien con lo que se conoce del ambiente técnico de finales del siglo IX (Utrero 2007), o Asturias (Fernández Mier 2003: 117; Quirós y Fernández 2012; Utrero 2016), confirmando que Galicia no constituye ninguna excepción periférica, como en ocasiones se ha querido ver. Concretamente, las iglesias aquí estudiadas se asemejan (salvando obviamente las distancias geográficas e históricas) a los edificios de los grupos 1 y 3 de la clasificación propuesta por Sánchez Zufiaurre en su estudio de las iglesias prerrománicas de Álava, es decir, el grupo de iglesias que reutilizan sillería en muros, esquinales y ventanas, fechable en el siglo IX, y el grupo de iglesias realizadas en sillería ex novo, datable en el siglo X. Todas ellas, según este autor, serían promovidas por comitentes poderosos, a diferencia de otros edificios en mampostería vinculados a élites de carácter local (Sánchez Zufiaurre 2007). En ese sentido, no hay que olvidar que tanto la iglesia de Pazó como la de Francelos formaban parte de monasterios, tal y cómo sabemos por las referencias documentales, los cuales, en términos socio-políticos constituyen verdaderas estrategias de las principales aristocracias para captar recursos e introducirse en las comunidades en estos momentos de intensificación de la presión señorial en todo el norte peninsular (Fernández Mier 2003: 118). el caso de San Martiño de Pazó, construcción vinculada, como vimos, a la familia de San Rosendo, uno de los grupos aristocráticos más poderosos del todo el Noroeste peninsular durante el siglo X. Es por ello justificable que este entorno pudiera generar un edificio de estas características (sillería escuadrada y altura de lienzos) en una fecha relativamente temprana (Utrero 2016: 226). De hecho tenemos noticias de artesanos mozárabes trabajando para esta familia en su cercano monasterio de Celanova (Noack-Haley 1997: 173). En cambio, Santa Eufemia de Ambía, debe vincularse probablemente a élites que, en esos mismos momentos, no podían o no querían acceder a esos ambientes técnicos "mozárabes" sino que construían siguiendo modelos previos más arraigados en el territorio. En ese sentido no hay que hablar de estilos "puros" sino que, como señala Noack-Haley, buena parte del arte rural gallego del siglo X se caracterizaría por la mezcla de influencias y elementos asturianos y mozárabes (Noack-Haley 1997). Si ampliamos de nuevo nuestra mirada, observamos que, en general, la relación entre técnicas constructivas y contexto socio-económico que reflejan estas tres iglesias es similar a la de otras zonas vecinas del noroeste peninsular, como Álava (Sánchez Zufiaurre Listado de Actividades (A) y Unidades Estratigráficas (EU) de la iglesia de Santa Eufemia de Ambía y Unidades Estratigráficas (EU) de la iglesia de Santa Eufemia de Ambía y Unidades Estratigráficas (EU) de la iglesia de San Xés de Francelos y Unidades Estratigráficas (EU) de la iglesia de San Martiño de Pazó
Sobre o Tratado de Alcañices, Cfr., entre outros, González Jiménez 1998.
ilustrada con fotos inéditas de su archivo privado, empieza recordando sus inicios en la arqueología y sus maestros Torres Balbás, Chueca Goitia, Gómez Moreno e Íñiguez Almech, con quienes se formó como restaurador de monumentos e historiador. Se comentan los criterios y el lenguaje de su importante intervención en el Salón Rico, tras hablar de su antecesor Félix Hernández y su contexto profesional. Se citan también sus intervenciones en el palacio de Yaafar, en la Dar al-Mulk, y en la Dar al-Yund. Se recuerdan sus inquietudes sobre la urbanística del conjunto, su jardinería, la traída de agua y electricidad, y la escasez de medios económicos o personales. Finalmente se comentan algunas singularidades de Medina Azahara, donde confluye su visión como arquitecto con la historia y la arqueología. Hernández; en la antigua Dar al Yund, o palacio militar de planta basilical, que pretendía cubrir para organizar un pequeño museo; en el Salón Occidental o Dar al-Mulk, que había excavado D. Ricardo Velázquez Bosco; en el palacio de Yaafar, en su inmediato patio y jardín de la Alberquilla; y en los grandes arcos de la al-Muzara o Plaza de Armas. En abril de 2016 Rafael Manzano Martos fue condecorado con la Medalla de Honor de las Academias de Andalucía. Mis inicios en la arqueología fueron muy tempranos y precoces. Fui muy amigo en Jerez de quien considero mi primer maestro, D. Manuel Esteve Guerrero, un gran arqueólogo e historiador del arte que hizo la primera guía conocida de Jerez, cuando todo el mundo venía a la ciudad tan solo a visitar sus bodegas, y a nadie se le ocurría ver las obras magistrales de arquitectura o su prodigiosa colección de iglesias y conventos. Rafael Manzano Martos nació en Cádiz, el 6 de noviembre de 1936. Estudió en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, donde se tituló en 1961. Fue discípulo escolar y extraescolar de los profesores Gómez Moreno, Torres Balbás, Íñiguez Almech, y Chueca Goitia, en cuyo estudio profesional colaboró durante toda su carrera y completó su formación profesional como arquitecto, restaurador de monumentos, e historiador del arte, de la arquitectura y del urbanismo. En esa etapa fue colaborador de la Escuela de Estudios Árabes (Instituto Asín Palacios del CSIC) donde cultivó su temprano interés por la historia y la arqueología islámica. Al terminar su carrera, en 1961 se incorporó como arquitecto a la Dirección General de Bellas Artes, trabajando en la zona de Andalucía Occidental hasta 1982. También se incorporó al Servicio de Ordenación de Ciudades de Interés Artístico Nacional de la Dirección General de Arquitectura con trabajos en Galicia, Cataluña, Toledo, Toro, Alarcón, Valencia, Morella, y Andalucía, entre 1963 y 1970, cuando pidió excedencia para ocupar la Dirección del Alcázar de Sevilla. Impartió docencia en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, y desde 1966 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla, donde obtuvo por oposición la cátedra de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo -Teoría y Técnica de la Restauración de Monumentos. Allí ha impartido su docencia durante cerca de 40 años, siendo sucesivamente Secretario, Subdirector-Jefe de estudios, y finalmente Director-Decano entre 1974 y 1978. Desde 1970 a 1988 fue Director-Conservador-Alcaide de los Reales Alcázares de Sevilla, tras la muerte de Joaquín Romero Murube, bajo cuya dirección ya venía realizando obras de restauración en los mismos. Allí excavó el palacio islámico ubicado en el solar en el que luego se asentaría la Casa de la Contratación de las Indias. También encontró los restos de una basílica paleocristiana en el patio de Banderas del Alcázar, intervino en el mirador medieval del palacio del Rey Don Pedro, y acometió otras diversas restauraciones en los patios del Asistente, de Levíes, del Crucero, del Sol, del Alcaide, del Yeso, de las Doncellas, etc. En el ámbito arqueológico cabe destacar sus trabajos en la ciudad califal de Medina Azahara en Córdoba, de la que fue Director-Conservador entre 1975 y 1985. Intervino en sus más importantes áreas: en el Salón Rico, donde continuó la labor iniciada por D. Félix 3 de la España Musulmana, en un magnífico artículo en el Boletín de la Real Academia de la Historia. Con Fernando Chueca actué en algunos monumentos medievales cuando era estudiante, y al terminar la carrera me estaban esperando tanto la Dirección General de Bellas Artes como la de Arquitectura para darme trabajo. Hoy lastimosamente las cosas no son así para los jóvenes. Yo era el único arquitecto de la Escuela de Arquitectura que, desde los años anteriores a la guerra, se había venido preparando durante la carrera para la restauración de monumentos. Ninguno de mis compañeros, ni de cursos anteriores al mío, ni de los inmediatamente posteriores, se había ocupado de ello. Yo había trabajado con D. Leopoldo Torres Balbás, después con D. Fernando Chueca Goitia y con D. Manuel Gómez Moreno, y estábamos preparando un libro de la historia de la arquitectura española antigua y medieval. En España, que aún estaba en la postguerra, había mucho que hacer en materia de restauración de monumentos. ¿Cómo fueron sus inicios profesionales en relación con la arqueología? Según he comentado tuve trabajo el mismo día en que terminé la carrera. Me llamaron de la Dirección General de Bellas Artes para que prestase allí mis servicios, y enseguida me confiaron trabajos en los que tuve que hacer evidentemente alguna labor de carácter arqueológico. Siempre que se actúa sobre un monumento se está tocando su arqueología. El historiador o el restaurador de la arquitectura utiliza conocimientos arqueológicos de diversas épocas, prehistórica, romana, visigótica, medieval, e incluso yo diría que hay arqueología de época moderna e industrial. El monumento siempre obliga a estudiar su estado inicial, su pasado y su presente, y eso en el fondo tiene una sistemática afrontada por la arqueología, como forma de documentar y fechar lo que se está restaurando. Por tanto, el historiador del arte y el restaurador de monumentos están siempre con la arqueología en la mano y al servicio de esa arqueología; así como la arqueología está al servicio del arquitecto para documentarlo y capacitarlo, para tocar lo que es muy delicado, pues todo monumento tiene su pasado. Se puede decir que yo nunca he actuado como arqueólogo, he actuado como arquitecto al servicio de la arqueología, que es distinto. Así, en casi todas mis actuaciones en Medina Azahara, lo que hice fue ordenar, recolocar, organizar y reestructurar los restos heredados de excavaciones anteriores. Él excavaba en Jerez un yacimiento antiguo y medieval en el que pensaba que podía estar el solar de la antigua Tartessos. Eran las ruinas de Asta Regia, que se han tenido por origen de Jerez, aunque yo no creo que la ciudad tuviera allí su origen, ni que ésta fuese la capital de Tartessos, pero desde luego fue una ciudad tartésica, cuya cerámica él exploró y delimitó como específica de aquella cultura. Yo le acompañé y le ayudé a levantar planos. Mis primeros conocimientos de la técnica arqueológica se deben a su magisterio. ¿Le hablaron como estudiante sobre las relaciones entre arquitectura y arqueología? No, porque yo estudié en una Escuela de Arquitectura en la que entonces se odiaba la arqueología, la arquitectura del pasado y todo lo que significara historia, como ya la odió la Bauhaus. Todos se sentían muy fieles a la anti-historia, porque como Walter Gropius creía, pensaban que la historia de la arquitectura había hecho mucho daño al arquitecto y lo había ido rezagando por el camino de la copia, de la tradición y del clasicismo, del cual había que huir y renegar profundamente. Esa era en aquel tiempo la actitud en la Escuela de Arquitectura de Madrid y de su hermana la de Barcelona. ¿Con qué maestros se formó en el mundo de la arqueología? D. Leopoldo Torres Balbás fue sin duda mi maestro. Fue un magnífico profesor formado en la Institución Libre de Enseñanza, y además el gran restaurador de la Alhambra de Granada. Admirábamos su prestigio y le queríamos porque era un hombre profundamente liberal, y era un pedagogo magnífico. Mantuve con él una amistad y una convivencia fantástica. Recuerdo que le acompañé en un viaje hasta Alcalá la Vieja, aunque en realidad la más vieja fue la antigua Complutum, que primero estuvo en el cerro del Viso, luego se trasladó a la llamada Qalat abd el Salam (Alcalá la vieja), y después volvió a trasladarse al otro lado del río, al solar de la actual Alcalá de Henares. En aquella visita tuvimos que vadear el Henares, porque él pensaba, según unas cartillas de la Sociedad Española de Excursiones, que había una barca para cruzar, pero ya no existía, tan solo quedaba el palo a donde se amarraba en la orilla. De Qalat abd al-Salam levantamos planos, la estudiamos y él la publicó entre las ciudades yermas En mis inicios profesionales mantuve mucho contacto con D. Fernando Chueca, que era más arquitecto que arqueólogo, y aún más historiador de la arquitectura que restaurador de monumentos. Con él acometí intervenciones modestas, dotadas de muy escaso presupuesto. Trabajé como colaborador suyo al servicio de la Dirección General de Bellas Artes en la zona de Aragón, de Navarra, del País Vasco, con actuaciones anuales que consistían en arreglar las partes más en riesgo de ruina de monumentos afectados, nunca se llegaba a una restauración integral. Casi siempre el dinero se acababa antes de terminar el año y había que esperar hasta la actuación del año siguiente, que dependía de la dotación que la Dirección General de Bellas Artes pudiese asignar. También trabajé al lado de D. Francisco Íñiguez y seguí sus trabajos en la Aljafería de Zaragoza, donde aprendí de arquitectura islámica, en la que yo estaba muy interesado, y en la cual D. Leopoldo era una autoridad. El propio Chueca también sabía mucho de arquitectura hispanomusulmana aunque no fuera un arqueólogo especializado en ese tema; pero en el Manifiesto de la Alhambra dejó escrita una teoría muy poética de su valor frente a la arquitectura del futuro. Trabajé mucho con todos ellos, sobre todo con D. Manuel Gómez Moreno, que a pesar de su afición y talento para el estudio de la arquitectura, era un arqueólogo puro, hijo de un gran arqueólogo, además de pintor, que estuvo pensionado en Roma, y por ello en su juventud se imbuyó allí de clasicismo y de fervor por la arquitectura y la arqueología. Seguramente su actividad en Medina Azahara ha sido una de las más importantes en su carrera profesional. ¿Cuáles son sus primeros recuerdos de este lugar? Efectivamente una de las actividades que más me han marcado personalmente ha sido mi trabajo en Medina Azahara. Mantengo una importante nostalgia de ello, aunque recientemente he vuelto a trabajar allí, según comentaré después. Visité Medina Azahara muy joven, cuando D. Félix Hernández era director del monumento, allá por los años cincuenta, incluso antes de ser estudiante de arquitectura. También hice una visita cuando estaba terminando la carrera, en un viaje de una semana por Andalucía dirigido por D. Francisco Íñiguez. Como yo conocía muy bien todos los monumentos, el propio Íñiguez me pidió que los explicase, y tuve la satisfacción de hacerlo a mis compañeros. Lo pasamos muy bien, fue un viaje fantástico y D. Félix nos acompañó a Medina Azahara, donde ofreció primorosas explicaciones conmigo. Era un gran arqueólogo, más arqueólogo que arquitecto. Luego, cuando empecé a dar clase en la Escuela de Arquitectura de Madrid, el primer año vinimos al sur, y también llevé a los alumnos a Medina Azahara. Poco después me llamó el entonces Director General de Bellas Artes, Gratiniano Nieto, y me dijo que debía irme a Andalucía, a Córdoba, donde me darían algún trabajo, y me pidieron que hablase con D. Félix y con el alcalde de Córdoba. Querían que ayudase a D. Félix, que era muy mayor, pues pensaban que, tras su jubilación, haría falta alguien que conociera a fondo el monumento para seguir actuando sobre él. Visité al alcalde de Córdoba y me dijo que tenían un gran problema con muchas casas cordobesas, más o menos monumentales, que querían derribar y que la gran incomprensión entre los arquitectos de la Dirección General de Bellas Artes y los arquitectos cordobeses, lo impedían. Pensaba que estando yo allí, que era joven y moderno, haría de puente entre ambos, pero le dije que yo no venía a tirar casas, sino más bien a todo lo contrario, a intentar conservar el conjunto monumental. Aunque no fue posible, me hubiese encantado trabajar al servicio del ayuntamiento de Córdoba y de la Dirección General de Bellas Artes. En los días siguientes D. Félix me dijo que estaba muy enfadado con el Director General, Gratiniano Nieto, porque sabía que le querían nombrar un sustituto, un sucesor o un auxiliar con derecho a sucesión. Además estaba indignado porque le habían mandado a un arqueólogo como espía y se sentía molesto porque le inspeccionasen su trabajo. Y concluyó, "quiero que usted me ayude, pero desde Sevilla, no en Córdoba donde ya estoy yo". Nunca quise complicar la vida a una persona a la que admiraba y quería mucho. Acabé en Sevilla por otros motivos, y tuve una gran relación con D. Félix, aquí nos veíamos, comíamos juntos, íbamos a Itálica... Sin embargo él siempre hablaba "in ocultis", quizás por su compleja dicción, o porque no quería que se conociese lo que pensaba de Medina Azahara. Yo redescubrí Medina Azahara por mi cuenta y razón, después de las largas conversaciones con D. Félix, sin apoyarme en lo que le había oído, ni en lo escrito en su publicación sobre Medina Azahara editada por la Alhambra en sus últimos años, que no es demasiado inteligible. Dicho libro me recuerda a la "Carpintería de lo Blanco" de Diego López de Arenas, que decía que no quería hablar claro, no fuera que los oficiales se convirtiesen en maestros y los aprendices en oficiales, pues pensaba que la formación debía producirse lentamente y no leyendo un libro que supuestamente provocase una rápida conversión en maestro. Así pues, D. Félix no quería que le arrebatasen los secretos del monumento, pero yo le estimaba mucho, era un ser adorable y valiosísimo. Recuerdo que me preguntaba cosas y luego casi siempre hacía lo contrario de lo que le aconsejaba. Pero venía a pedirme consejo, y eso ya era algo en él. ¿En qué obras de Sevilla trabajaba por entonces? Realizaba trabajos de tipo arqueológico en la puerta de Córdoba que estaba restaurando D. Félix y yo terminé, al igual que concluí la restauración de la iglesia de San Hermenegildo, con la nueva fachada lateral hacia la que fue comisaría de policía. También hacía obras en la iglesia de la Merced de Osuna, que se había hundido y reconstruí la cúpula, y en la interesante iglesia góticomudéjar de Santiago de Écija, etc. En Itálica acometía trabajos de pura y estricta consolidación arqueológica, especialmente en el anfiteatro, despejando los barros acumulados de su fachada trasera. Por un problema muy grave hubo que hacer un drenaje perimetral, ya que la colina drenaba en la zona norte del allí, que se llamaba Salvador, que en cada paño había actuado un maestro diferente, aunque los conceptos o motivos eran los mismos, generalmente árboles de la vida. Pero los detalles eran distintos, y por ejemplo había unos tallos curvos, otros planos, otros con triangulitos o con rayitas... Yo le pedía que se agrupasen todas las piezas con detalles similares, para después proceder a su reintegración. Se especializó en aquello y resultó realmente impresionante lo bueno que era acoplando fragmentos. La verdad es que al acercar dos piezas que habían sido una, sus bordes se atraían como imanes, y ello nos permitió avanzar muchísimo en la reintegración del Salón Rico. Además, aunque no había una simetría especular, existían unas leyes de lazo, y cuando un tallo se cruzaba con otro, pasaba por debajo o por encima alternativamente, y si tenías un lado, por simetría, se conocía el dibujo completo. anfiteatro, y los sedimentos y arcillas lo habían ido cegando progresivamente. Además hice un estudio para ordenar la manzana de la Casa de la Exedra, que había analizado muy bien García Bellido, y también para consolidar el patio con su impluvium y sus curiosas formas curvilíneas. Todo ello tuvo lugar bajo la vigilancia de un arqueólogo jefe, D. Juan de Mata Carriazo, con el que me entendía muy bien porque me conoció en una tertulia vespertina en casa de D. Manuel Gómez Moreno, muy venerado por él, y por ello gocé de su protección y afecto en Sevilla. ¿Cómo fue su llegada al conjunto arqueológico de Medina Azahara y cuáles fueron sus más destacadas intervenciones? En los últimos días de vida de D. Félix, cuando estaba muy enfermo me llamó su hija y fui a verle. Recuerdo que me dijo las siguientes palabras: "cuando yo muera le llamaran para que se ocupe de esto, y si se lo piden no tenga usted escrúpulos, acepte, porque es quien mejor puede hacerlo, y procure que nadie olvide que Medina Azahara no es trabajo de arqueólogos, sino de arquitectos". Tras la muerte de D. Félix, recibí un oficio de la Dirección General de Bellas Artes, del Arquitecto Jefe de Monumentos y Conjuntos, para que me hiciese cargo de la dirección del conjunto arqueológico de Medina Azahara. Planteé un programa de actuaciones que, entre otras cosas, quería agilizar lo que D. Félix venía haciendo. Él era muy lento y dudaba mucho. Recuerdo que en San Hermenegildo hizo una maqueta en escayola de la buhardilla y cada día el escayolista tenía que modificarla, bajarla o subirla unos milímetros, y el tiempo se nos iba en contemplarla hasta llegar a la solución final. Desde el principio tuve que sistematizar mi trabajo, ya que no podía ir todas las semanas a Medina Azahara, por mi dedicación a la cátedra y al Alcázar de Sevilla. Iba incluso sábados y domingos, con mi mujer y mi hija, y en verano pasaba allí semanas. Empezábamos a trabajar con los primeros rayos del sol, hasta las tres de la tarde, cuando el calor ya no se podía soportar. Mi intervención más importante tuvo lugar en el Salón Rico, que es una pieza esencial de Medina Azahara. Inicié una táctica de ordenación del material de ataurique ya excavado. En este lugar no excavé absolutamente nada, pues aquel espacio ya era un campo de restos arqueológicos más o menos excavados por zonas. Le hice ver al ayudante o montador que tenía diferenciar, lo original y lo nuevo. Hubo un momento en que creí haberlo encontrado y me pareció más bella la solución que la realizada por mi antecesor, distinguiéndose perfectamente lo añadido de lo auténtico. Cuando había garantía se reponía con otro material, yeso en vez de piedra, el elemento que faltaba, en su silueta o dibujo básico, con un relieve mínimo. Por supuesto, los elementos singulares se dejaban en liso, y en algunos se dibujaba la piedra que le servía de base. Incluso en fotografías se percibe perfectamente lo que es auténtico y lo que no lo es. Al tener claros dichos principios se pudo reponer el lado izquierdo del Salón Rico casi en su totalidad. Así, en una década se produjo allí un cambio de apariencia sustancial, entre otras cosas porque coloqué las piezas que inundaban los suelos, todo el material antiguo disponible, evitando que se perdiesen algunas de estas piezas, como antes ocurría. Otra intervención importante tuvo lugar en la cubierta del Salón Rico que protegía las citadas piezas Resultaron muy importantes las muestras que D. Félix ya había hecho para dar un acabado final a las áreas donde no había piezas auténticas. No debe olvidarse que Medina Azahara mantiene su autenticidad material en un porcentaje muy alto, y había paneles en los que faltaban muy pocas piezas, casi todo era auténtico. Yo mismo hice distintas pruebas, que aún se conservan allí y que son un testimonio de mi preocupación por encontrar un lenguaje adecuado para integrar, al par que Me preocupó todo lo que podía montarse con cierta facilidad, como por ejemplo las portadas de determinados edificios y las galerías de los patios. Consolidé la excavación de la Dar al Visir, el palacio de Yaafar y la casa aneja a este edificio. La única excavación que acometí en Medina Azahara fue en la Dar al Mulk, la casa de los Califas, en la parte más alta. Allí se encontraba, ya semiexcavada, una de las dos torres de escalera que enmarcaban su terraza. Quería comprobar si había otra simétrica, y efectivamente la había. En realidad no entré en estratos inferiores, solo limpié hasta el arranque de los peldaños, felizmente existentes, de la escalera primitiva, que conectaba el plano bajo de la ciudad con la Dar al Mulk. También me ocupé de la decoración excavada en el año 1918 por D. Ricardo Velázquez Bosco, en aquel mismo edificio, que se estaba perdiendo y que pude llegar a ordenar para su montaje, de la que solo tuve tiempo para montar una arquería. Pensaba levantar la fachada de la Dar al Mulk, como importante hito visual que corona Medina Azahara. Era un palacio con tres portadas yuxtapuestas. Hubiera sido fantástico verlas en la parte alta del conjunto. Allí estaban todas las piedras. A Velázquez Bosco le sorprendía que fueran tan reiteradas, pues las tres puertas eran más o menos idénticas. Además me ilusionaba otra importante intervención en la Dar al Yund, la casa del ejército, que era el más grande de los palacios y el único desornamentado por su carácter militar. Yo quise cubrirlo de forma sencilla, con hormigón, y bajo su sobrecubierta organizar un pequeño museo de presentación de Medina Azahara. El museo que en nuestros días se ha construido abajo, con gran acopio de medios, yo pretendía ponerlo allí arriba, justo donde tenía que iniciarse la visita, cuya organización también tenía pensada. Se parecía en algo a lo que se ha hecho ahora, o sea, disponer abajo un sitio para aparcar los autobuses, después de haber dejado arriba al visitante, que iba bajando hasta salir por la puerta meridional, donde volvía a coger el autobús. ¿Qué inquietudes tuvo respecto a la urbanística del conjunto? Me preocupó mucho la urbanística de Medina Azahara. Traté de organizar las circulaciones para evitar paseos excavadas. Ya estaba cubierto, pero de forma muy primaria, pues D. Félix era muy economicista en sus obras y había usado piezas desechadas por una fábrica de viguetas de cemento, algunas muy deformes, que hubo que sustituir por otras de más calidad. Estaban forradas de yeso y con la humedad del propio monumento y las condensaciones de las cubiertas, empezaron a caer los trozos del revestimiento sobre los turistas, y por ello se adoptó una solución más definitiva, más depurada, con falsas vigas de madera. No llegué a cubrir la nave de la derecha y los tableros se quedaron allí sin colocarse, y se han utilizado para mil cosas, incluso para hacer leña, pero no se han colocado. En esa zona permanece el techo de yeso de D. Félix, generando cierta confusión, pues parece que una solución es antigua y la otra moderna. El lenguaje de la restauración debería ser lo más unitario posible para evitar confusiones. En relación con los jardines, otra de las cosas que hice en un primer momento, y que me pareció muy importante, fue la traída de aguas, ejecutada gracias al Ministerio de la por pasillos extraños o por un verdadero caos que creaba confusión al visitante. Intenté recuperar las líneas maestras de la urbanística de la ciudad palatina, y en ese sentido acometí mucha de la labor que podía hacerse. Además quiero recordar algún "canto de sirena" proveniente de países árabes con mucho dinero procedente del petróleo, que parecían dispuestos a financiar reconstrucciones en Medina Azahara. Eso me lo decían, entre otros, el entonces director general de arquitectura Rafael de la Hoz Arderius, que tenía mucho contacto con países árabes y con Córdoba. Estaba muy impresionado con nuestra labor y decía que íbamos a tener que preparar una especie de proyecto de gran alcance, que me daba pánico, por el riesgo que entrañaba para el monumento, a pesar de lo mal que andábamos de medios económicos para todo lo proyectado. Ante la posibilidad de que hubiese una fuente de financiación y una actividad restauradora importante, pensaba hacer una cosa que creía buena, la reconstrucción de la muralla de cerramiento de Medina Azahara, sacándola de pie, pero no con gran altura, solo para deslindar la totalidad del perímetro y de las murallas interiores entre diversos sectores. Sobre todo me interesaba mucho definir la muralla que servía de muro de contención y de plataforma de los palacios fundamentales, el salón occidental, el oriental o Salón Rico y el salón meridional o pabellón del jardín, centrado entre cuatro albercas. ¿Qué actuaciones acometió en materia de jardinería? Quise excavar el Jardín Alto, lo cual hubiese sido bastante fácil. Entonces ya había estudios palinológicos, ¿Con que medios contaba, sobre todo económicos y personales? Entonces era muy difícil trabajar casi todo el año sin parones, algo que había sido habitual hasta entonces en Medina Azahara, con los minúsculos recursos económicos que proveía el Ministerio. Hubo algún año que no dieron subvención, y para proseguir la actividad hubo que recurrir a imaginativos procedimientos para obtener dinero y no paralizar las obras. Recuerdo que los vecinos circundantes pidieron que se les alquilaran los pastos, pero desde Hacienda dijeron que era necesario que saliesen a concurso, y así se hizo. Pero el concurso se publicó, a través de la delegación de Hacienda, fuera de temporada y por supuesto nadie acudió. Sin embargo los pastos había que alquilarlos, porque la hierba crecía demasiado, se secaba en verano y había un serio peligro de incendios. Un asesor fiscal me sugirió la creación de un Patronato de Medina Azahara, que podía aceptar donaciones privadas, abriendo la posibilidad de hacer una especie de concurso para usar los pastos mediante cesión gratuita. El beneficiario hacía luego una donación anual a dicho Patronato y con el dinero de los pastos conseguí que ningún año se interrumpieran las obras. El interventor de Hacienda controlaba los gastos, garantizando que no se malgastaba nada, y yo certificaba los gastos de los empleados. Tenía tres empleados fijos, el encargado de obra, el montador y el escayolista, y cuando había suficiente dinero se contrataba más personal de peonaje. Esa solución tuvo un inconveniente. Al contar con más continuidad en la financiación, ya no se despedía Vivienda, a través de la Dirección General de Obras Hidráulicas. Me gustaba ver la gran alberca siempre llena de agua; el sol en invierno se reflejaba en ella, e iluminaba los techos del Salón Rico, y aquello era una maravilla. También traje la luz eléctrica. Hasta entonces todos los morteros se batían a mano y todo tenía un alto coste. La mecanización que aportaba la electricidad y la disponibilidad de agua fue fundamental. Hice bastante más de lo que la gente pueda pensar por aquel monumento y me preocuparon mucho sus jardines. Además de su gran sentido común, ¿hubo en sus intervenciones arqueológicas otros importantes referentes como guía en su trabajo cotidiano? Mi referente por supuesto era la obra de D. Félix Hernández. Recuerdo que él cubría sus intervenciones con persianas de caña, para que no quedasen a la vista del público, y se podía ver muy poco de ellas. Le obsesionaba bastante que D. Rafael Castejón, decano de la facultad de Veterinaria, arqueólogo aficionado y enamorado de Medina Azahara, fotografiase o publicase lo que él había reconstruido. Sin embargo yo dejaba a la vista del público todo lo que se estaba realizando, y eso me permitía corregir errores porque tenía una mejor visión de conjunto, pues siempre intentaba dar una apariencia unitaria y coherente, más allá del estricto valor arqueológico. SOBRE ARQUEOLOGÍA Y ARQUITECTURA EN MEDINA AZAHARA. ENTREVISTA A RAFAEL MANZANO MARTOS personal anualmente, y los tres o cuatro fijos se fueron convirtiendo en plantilla. Yo no conocía bien el derecho laboral, y cuando salí de Medina Azahara estaban dados de alta a nombre del director, que era yo. Entonces hubo que despedir a dicho personal con su correspondiente indemnización, que era una cantidad considerable. Vino en mi auxilio el Ministerio de Trabajo, que facilitó dinero, en parte gastado en obras y también en indemnizaciones. Pero algún despido lo tuve que pagar yo a expensas de mis honorarios, que eran bastante modestos, y solo procedentes de los presupuestos oficiales. ¿Había entonces mucho personal de vigilancia? No había recursos suficientes para vigilancia. Había perros para vigilar, que por cierto eran muy feroces, pero ello no impedía que pudiesen robar alguna pieza, pues el sistema tenía sus fallos. Y si todo Medina Azahara hubiese estado custodiado en un museo, las piezas habrían perdido la memoria histórica del lugar de donde proceden. Serían muy bellas de ver, pero estarían totalmente descontextualizadas. ¿Cómo se documentaban las actuaciones? ¿Se hacían reportajes fotográficos? No había dinero para fotografías, ni fotógrafo, ni otros muchos recursos. Las fotografías se hacían con la cámara personal doméstica. Se iban montando piezas y fijándolas directamente en su lugar de origen, fundamentalmente como trabajo de campo. ¿Cuántas personas se hubieran necesitado para catalogar todas las piezas, cada una con su fotografía? Y, ¿qué hubiera hecho yo con las fotografías? Hoy la fotografía es otra cosa muy distinta y ágil, pero entonces sólo se hacían al terminar de montar un paño, y muchas veces las hacía yo. En el archivo de mi propio estudio conservo un álbum con cientos de fotografías de las intervenciones. Pero, según he dicho, apenas había personal, ni siquiera un espacio de oficina adecuado. Poco a poco yo fui mejorando lo que pude. Aunque hubiese una importante escasez de medios, no debe olvidarse la importancia de seguir criterios adecuados en cada caso. Recuerdo, por ejemplo, la puerta del palacio de Yaafar, que montó D. Félix, que ha sido recientemente desmontada y se ha vuelto a reintegrar, aunque creo que estaba mejor antes, pues no sólo se trata de documentar arqueológicamente y diferenciar la nueva intervención de lo antiguo, el conjunto debe tener cierta belleza. Yo creo que la arquitectura debe tener algo de gracia o atractivo, y a veces debe actuarse más como arquitecto que como arqueólogo. La escasez de medios no impidió el montaje "in situ" de determinados hitos arquitectónicos, como la portada monumental del palacio de Yaafar, que restituyó con muy buen criterio Don Félix Hernández, y que ha perdido en calidad arquitectónica al ser recientemente desmontada y reconstruida. Debe considerarse que una de las grandes enseñanzas respecto al lenguaje arquitectónico del califato es el uso sistemático de la alternancia "sólido capaz", como se preparaban para su trepanado, entonando mejor y con mayor severidad con los bastos capiteles visigóticos de las dos primeras Mezquitas... ¿Qué singularidades arqueológicas destacaría de Medina Azahara? Medina Azahara es una ciudad palatina muy arquetípica, muy única como conjunto arqueológico, muy de su época, totalmente destruida pero milagrosamente intacta en sus elementos decorativos, en su composición y su urbanismo. Es increíble que se haya podido realizar una anastilosis, que por supuesto no es la misma anastilosis del Partenón o de otros monumentos. Se han podido reintegrar espacios fundamentales, y conocerlos objetivamente, debido a la singularidad de sus restos arqueológicos. Sus muros fueron expoliados y sus materiales reutilizados, pero no la decoración, que en parte cayó en el incendio que allí hubo, o bien se arrancó, pero se dejó en el sitio para extraer la piedra que le servía de base. Desaparecieron los fustes de las columnas pero muchos capiteles permanecieron allí, junto a otros fustes rotos al intentar extraerlos. Las parroquias fernandinas y muchos palacios de Córdoba se construyeron con piedra de Medina Azahara y muchos contratos de obra de entonces decían: "la piedra será de la dehesa de Córdoba la Vieja". El Salón Rico conservó relativamente bien sus arquerías porque éstas se derribaron tirando de sus columnas, incluso aplastando a alguna persona allí presente. Recuerdo que D. Félix comentaba que no dio cuenta al juzgado sobre los restos óseos encontrados en este lugar. ¿Qué elementos arquitectónicos subrayaría como más relevantes del conjunto? En Medina Azahara la decoración es más importante que los espacios arquitectónicos, que no son especialmente novedosos. Éstos se configuraban en muchos casos como espacios basilicales, que no derivan de las basílicas clásicas sino de mezquitas con naves paralelas de igual altura. Hubo otro modelo de salón que me hubiese gustado excavar, pues intuía donde pudo estar emplazada la qubba de Medina Azahara, que sería la primera qubba-salón abovedada construida en la España musulmana. Luego se construyeron las cuatro de Alhakén II, de nervios de tipo armenio, en la Mezquita. Pero ésta debió de ser ligera, como la de la Mezquita de la Roca de Jerusalén, con cubierta leñosa. Estas bóvedas marcaron para siempre la imagen de palacios, mezquitas e iglesias posteriores que usaron qubbas de tradición islámica. de los fustes de columnas de color rosa de Cabra, con los grises oscuros de la sierra de Córdoba, en correspondencia con capiteles corintios y compuestos, una cuestión que se ha obviado en el montaje actual. ¿Qué importancia tuvo su vertiente profesional como historiador de la arquitectura? Por supuesto la historia es un conocimiento imprescindible. Yo conocía genéricamente el arte hispanomusulmán, pero además, allí estaba aprendiendo la evolución piedra a piedra del arte califal. En la Mezquita, a través de mis maestros y de los textos de Alhakén, encontramos los mismos autores que en Medina Azahara, ya muy experimentados, y algunos temas de Medina Azahara fueron perfeccionados en la Mezquita, como por ejemplo los cuatro tableros del mihrab, que son la perfección del arte de todos los zócalos de Medina Azahara. Recuerdo que entonces apenas tenía tiempo libre y no tuve ocasión de viajar a Siria para rastrear los orígenes del arte omeya. Pero en una importante exposición que tuvo lugar a principios de este siglo, se trajeron piezas omeyas con arcos de herradura o múltiples arquillos entrelazados, que para mí fueron una verdadera revelación. Todos creíamos que los arcos entrecruzados de la Mezquita lo eran para resistir mejor el empuje de los lucernarios, pero entonces pude comprobar que existieron ya como tema decorativo en Oriente. En todo caso, el contacto cotidiano con el monumento me dio a conocer en profundidad el lenguaje arquitectónico de la arquitectura del califato tanto en su vertiente civil y domestica como en la religiosa, porque muchas de las formulas y trazas compositivas de Medina Azahara, están luego aplicadas en la ampliación de Alhakén II de la Mezquita, a veces introduciendo novedades, aunque es evidente que en ella trabajaron muchos artistas del mármol y decoradores de la gran ciudad palatina que infundieron un carácter religioso a formas que quedaron para siempre adscritas a la arquitectura civil. Por ejemplo, la alteración en el colorido de los fustes, ya intuida en la Mezquita de Abderramán II y llevada a la perfección en Medina Azahara se aplica también en la nueva ampliación de la Mezquita, pero suprimiendo en ésta el uso de basas decoradas, colocando el fuste directamente sobre el pavimento -que surge como un fuste vegetal-siguiendo la tradición de la primera Mezquita en que las basas y las propias columnas iban enterradas y servían exclusivamente como placas de cimentación. También los capiteles se utilizaron alternando corintios y compuestos pero en Muchos de sus temas, traídos de oriente, evolucionaron y se convirtieron en arte propio. Surgió una impresionante variedad de modelos andalusíes que luego pasaron al norte de África, de la mano de artistas cordobeses en tiempos del califato almorávide de Yusuf ben Taxfin, que fueron enviados por su hijo Alí, el gobernador de Córdoba, a trabajar en mezquitas del norte de África. Allí se implantó un arte que evolucionó dentro de la austeridad almohade, y más adelante de allí saldría el arte nazarí. Esta evolución del lenguaje artístico vino concatenada desde las primeras Mezquitas de Abderramán I y Abderramán II, de Medina Azahara y la Mezquita de Alhakén, hasta tiempos de Almanzor. ¿Cree que el conjunto de Medina Azahara es poco valorado por los arquitectos actuales, o que sus valores arquitectónicos son poco comprendidos? ¿Qué otras lecciones de Medina Azahara podría destacar? En Medina Azahara se plantearon cuestiones del mayor interés referentes al arte islámico, y a los inicios del lenguaje arquitectónico hispanomusulmán, que luego evolucionó muchísimo. Allí estaban los fundamentos o esencias de la arquitectura doméstica y palatina del Islam andalusí, que antes debió ser muy modesta, según ocurriría en el Alcázar emiral de Córdoba, pues, según lo excavado, se vislumbra que era un edificio modestísimo. La arquitectura que nació en la Mezquita, evolucionó bajo la dirección de un califa arquitecto, Alhakén II, que fue el gran coautor en la construcción de Medina Azahara, donde como joven príncipe dedicó sus ocios a construir la gran ciudad palatina fundada por su padre Abderramán III. Parece que la labor de este príncipe-arquitecto resultaría crucial, al igual que ocurrió en El Escorial, o en el antiguo templo de Salomón. Ordenaría el conjunto y sería el teórico e impulsor que guió a los artesanos que lo construyeron, cuyas firmas aparecen en capiteles, decoraciones o columnas, algunos de ellos cristianos. Otros artistas vendrían para hacer riquísimas piezas de marfil, como ajuar de estos palacios, y contribuyeron a la evolución de la decoración y a la difusión de novedades. Hubo un verdadero diálogo de temas decorativos entre dichas piezas de marfil y la decoración arquitectónica pétrea. supone un avance en el conocimiento de la decoración y de las estructuras del califato omeya. Quizás interese más a los arquitectos de nuestros días como paisaje para dar un paseo. Si viésemos su conjunto con su jardinería quizás resultase más atractivo para los arquitectos actuales. Pero la jardinería apenas se ha exhumado y estudiado, salvo en el patio de la Alberquilla. ¿Cree que sus intervenciones en Medina Azahara son conocidas y valoradas? Los cordobeses estaban muy contentos con mis intervenciones porque veían como crecía Medina Azahara, en especial el Salón Rico, que había sido un sitio repleto de piedras en el suelo, que fueron colocadas en su sitio. Quizás gustaron menos a algunos que trabajaron allí después que yo, pero que ahora en el fondo posiblemente intentan seguir criterios parecidos a los míos. La citada intervención ha sido aplaudida en el extranjero y aparece en muchas publicaciones de arte hispanomusulmán, como por ejemplo el libro de Marianne Barrucan y Achim Bednorz, "Arquitectura Islámica en Andalucía", que publicó Taschen con gran difusión internacional. En todas las publicaciones de arte califal en el mundo y de arte califal en España aparecen fotos maravillosas del Salón Rico, como algo plenamente satisfactorio, que hay que proseguir y acabar, pues La Medina Azahara que hoy vemos sigue pareciéndose bastante a la que yo dejé, incluso algunos elementos colocados provisionalmente siguen allí desde hace cuarenta años. Precisamente en estos días he oído algo de que la Unesco quiere declarar Patrimonio de la Humanidad a este conjunto arqueológico. Ahora se están intentando continuar y completar mis intervenciones de la mano de la fundación World Monuments Fund, interesada por Medina Azahara. Fui el arquitecto de los padres de sus principales patronos actuales en un palacio en Córdoba, y en una masía catalana, y ellos han querido que yo estuviese en el equipo de trabajo. Gracias a dicha fundación se ha trabajado durante tres años, aunque ahora se ha parado, al parecer por falta de recursos económicos, algo que no me explico, pues las cifras disponibles las creíamos más que suficientes... ¿Qué consejo daría a futuros conservadores de Medina Azahara como fruto de su experiencia? Quiero subrayar la importancia del diálogo y la necesaria complementariedad entre arquitectos y arqueólogos, pues toda reconstrucción debe hacerse siempre con la mayor fundamentación arqueológica posible y hasta el límite adecuado en cada caso. No todos los espacios de Medina Azahara se pueden llegar a cubrir como el Salón Rico, aunque la experiencia ha demostrado que dicha cubierta ha permitido su salvación. Una ciudad palatina tan compleja necesita reductos de protección en su visita turística. Según he comentado, me hubiese parecido interesante cubrir la Dar al Yund, y haber hecho allí un pequeño museo de muestras de temas geométricos, florales, de ataurique... de todos los motivos decorativos, si bien es verdad que ahora pueden verse en el nuevo edificio construido, que está muy bien, al estar rehundido en el terreno, ser discreto de traza y además no altera el paisaje del conjunto monumental.
En este artículo se reflexiona s obre l a e dificación de ig lesias durante lo s si glos XI I y XI II en Álava y Treviño, tratando de rastrear las transformaciones que se dieron en la naturaleza de sus promotores, el modelo organizativo de sus constructores y sus funciones y significados. La relación entre estos periodos y las variables constructivas señaladas muestran dos grandes cambios en la arquitectura eclesiástica durante estos siglos respecto a la época anterior, siendo el siglo XII una suerte de etapa de transición. Dichos cambios se identifican t anto e n l a demanda, c on i glesias c ada vez m ás a sequibles, r ápidas d e e rigir y m enos complejas, como en la oferta, con templos cada vez más homogéneos. Y es que a la ventaja, inherente a todos los trabajos sobre arqueología de la arquitectura, de no necesitar tantos recursos para acceder al registro material como en una excavación del subsuelo se añade el gran número de restos existentes en alzado, adscritos al estilo románico, que en nuestro territorio se extiende a lo largo de los siglos XII y XIII. 3 Esta abundancia contrasta con la escasez de restos de la arquitectura eclesiástica anterior, la prerrománica, cuya identificación material se produjo en nuestro territorio hace apenas dos décadas y gracias a los trabajos vinculados a la arqueología de la arquitectura (Azkarate 1995; Azkarate et al. 1995; Solaun 2003; Azkarate y Sánchez Zufiaurre 2003; Sánchez Zufiaurre 2007). IGLESIAS ROMÁNICAS, IGLESIAS PRERROMÁNICAS De forma general, el objeto de análisis del presente artículo es la arquitectura eclesiástica de los siglos XII al XIII en el Territorio Histórico de Álava y el enclave de Treviño. Su objetivo, inferir quiénes, por qué y de qué manera construyeron los edificios de culto a lo largo de estos dos siglos. Trataremos para ello de diferenciar talleres, técnicas o el empleo de materiales concretos asociados a promotores, proyectos y momentos constructivos diversos, comparándolos además con lo que se conoce a este respecto del periodo inmediatamente anterior. 2 Afortunadamente este objeto de estudio, en los marcos espaciales y cronológicos definidos, no es poco 2 Este texto deriva de las ideas desarrolladas en la tesis doctoral defendida por E. Alfaro en enero de 2016 en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Dicho trabajo, titulado La formación de la red parroquial en Álava y Treviño. Evidencias desde la arqueología (siglos XI-XIII), se encuentra actualmente inédito. La autoría de fotografías y gráficas corresponde también al autor. Egoitz AlfAro SuEScun 3 o semielaborado, el empleo del picón como instrumento de labra y la presencia de saeteras a los pies, algunas de ellas con evidencias del uso de tallante. Han sido datadas en los siglos XI y XII. Sin embargo, la argumentación ofrecida por el autor para establecer dicha horquilla cronológica es, a nuestro parecer, poco sólida. En primer lugar, infiere conclusiones parciales de las menciones documentales en las que se apoya. Así, como Otazu es citado en la Reja de San Millán, presupone la existencia de un centro de culto en la aldea para comienzos del siglo XI. Del mismo modo, como Gazeta y Acilu no son mencionadas en este documento cuando otras aldeas de su alrededor sí (Alegría, Elburgo y Añua; Arrieta y Adana respectivamente), da por hecho que las localidades no existían en este momento y, evidentemente, tampoco los templos, con lo que lo utiliza a modo de post quem para el grupo (Sánchez Zufiaurre 2007: 284-285). Consideramos que interpretar un documento complejo como la Reja de forma tan literal es un error. 7 Al fin y al cabo se trata de un listado de aldeas que debían pagar un tributo al monasterio de San Millán de la Cogolla, no un censo exhaustivo de las localidades alavesas existentes en la primera mitad del siglo XI. Que Gazeta y Acilu no lo pagasen cuando las aldeas de su entorno lo hacían no puede servir de argumento para cuestionar su existencia. Igualmente, la simple mención en el documento tampoco debería emplearse para admitir la presencia de un edificio de culto en el lugar. Su segundo argumento pone en relación los elementos defensivos que se repiten en las iglesias de este grupo, las dos líneas de saeteras a los pies, y la existencia de un posible dextros en Gopegi con el modelo historiográfíco del ensagrerament catalán (Sánchez Zufiaurre 2007: 140-141 y 285-287). Éste se basa en un presunto pacto a partir del siglo XI entre los obispos y el campesinado, con la sagrera como institución central, para proteger a éstos últimos de la apropiación violenta del excedente campesino por parte de los señores feudales. Sin pretender cuestionar la existencia del dextros o la iniciativa unitaria de las iglesias de este grupo, creemos que hay ciertas matizaciones que deberían tenerse en cuenta. Por un lado, se desconoce el momento en que se fundaron la iglesia y el dextros de Gopegi. Las sagreras catalanas se fechan fundamentalmente entre mediados del siglo XI y mediados del XII, reduciéndose sustancialmente el número de noticias documentales al 7 Sobre los problemas en el significado y comprensión de este documento véase Pastor 2011: 57-60. En este sentido, L. Sánchez Zufiaurre ha identificado en Álava y Treviño, a través de diversos trabajos, 26 iglesias con restos prerrománicos 4 datados en un amplio arco temporal entre los siglos IX y XII. A partir de variables constructivas concretas, el autor distribuyó todos estos templos en seis grupos, de los que únicamente se analizarán tres, al ser coincidentes con la cronología de nuestro trabajo. Las tres iglesias que componen el grupo 4 fueron erigidas siguiendo un sistema productivo de albañilería, empleándose material local extraído por capas naturales en el aparejo y sepulcros reutilizados en esquinales y vanos. Se fechan, gracias al post quem de los sepulcros (siglos IX-X) y el ante quem de la obra románica (siglos XII-XIII) en una amplia horquilla cronológica comprendida entre los siglos X y XII (Sánchez Zufiaurre 2007: 274-277). Las siete 5 iglesias que componen el grupo 5 son muy heterogéneas, siendo su único rasgo en común la técnica constructiva de los paramentos, realizados con una mampostería de bajo coste con materiales locales y constructores no especializados. Evidentemente esto supone un hándicap añadido a la hora de establecer una cronología, ya que es una forma de construir que, como el mismo autor admite, "nunca dejó de ser utilizada, pudiendo ser identificada en construcciones de las más diversas épocas hasta la actualidad". De hecho, añade que "desde el punto de vista técnico estamos ante un grupo cuyos miembros pueden ser coetáneos a cualquiera de los demás grupos" (Sánchez Zufiaurre 2007: 279). Propone, en cualquier caso, el siglo XI como datación genérica, al menos para algunos de sus templos. 6 El grupo 6 incluye seis templos y se caracteriza por esquinales realizados con mampuestos semielaborados, aparejos con material local extraído por capas naturales 4 De éstas, 24 fueron publicadas en su tesis doctoral (Sánchez Zufiaurre 2007) y las dos restantes en un trabajo posterior sobre los talleres constructivos en el Condado de Treviño (Sánchez Zufiaurre 2012). 5 Fueron ocho en la publicación de su tesis doctoral, pero en la referida obra de 2012 se trasladó la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Valluerca del grupo 5 al 2 (Sánchez Zufiaurre 2009: 87-88). 6 L. Sánchez trata de solventar los problemas referidos recurriendo a los análisis de mortero realizados en algunos de los templos prerrománicos. Destaca dos conclusiones reseñables. En primer lugar y a partir de la coincidencia de sus morteros, establece la contemporaneidad entre las iglesias de Goiuri-Ondona y Eribe, esta última del grupo 4. En segundo lugar, determina la existencia de un centro productor de morteros que operaba en el noroeste de la provincia y que se surtía de las arenas procedentes del cauce del Bayas al sur del diapiro de Murgia. Estos artesanos habrían aportado la argamasa para la construcción de diversas iglesias de los grupos 4, 5 y 6. Al compartir este mismo origen el autor da por hecho cierta contemporaneidad en la edificación de éstas, aunque ello no le permite acotar la pertinaz cronología del grupo 5, debido a las amplias horquillas temporales de estos grupos (Sánchez Zufiaurre 2007: 280-281, 304-305). El problema conceptual del románico Estas carencias en la definición del románico y la ausencia de límites precisos en sus categorías lastran, bajo nuestro punto de vista, su empleo entre arqueólogos. Pese a lo cual somos conscientes del grado de aceptación que tiene el término entre ellos y cualquier otro historiador que se ocupe del patrimonio medieval. T. O'Keeffe, en su obra Archaeology and the Pan-European Romanesque, llama la atención sobre la ausencia de una definición que verdaderamente englobe todas las construcciones etiquetadas como románicas y la escasa actitud crítica que se ha dedicado a este aspecto fundamental: Este párrafo del arqueólogo irlandés recoge perfectamente las limitaciones apuntadas sobre la arquitectura románica alavesa: "No hay una definición en los textos de los especialistas que capture las esencias de todos esos edificios o grupo de edificios". En cualquier caso, no tratamos con esto de negar la existencia de paralelos, semejanzas y centros de influencia en edificios, esculturas o pinturas considerados románicos. Así como tampoco buscamos refutar la influencia directa o indirecta sobre estas arquitecturas de eventos históricos como la promoción y desarrollo del Camino de Santiago o la Reforma Gregoriana, por poner dos ejemplos a los que se asocia el románico. Queda fuera de los límites de este artículo. Nuestra única pretensión es poner el acento sobre la carga conceptual inherente al románico y sus complicaciones para referirse a un tipo de arquitectura específica y cerrada. Por ello, y siendo el objetivo del trabajo respecto a partir de 1175 (Farías 1993: 113), pero nada sabemos sobre si esta cronología, o el propio marco interpretativo, son válidos también para nuestra geografía. Por otro lado, historiadores que defienden el modelo interpretativo tradicional de P. Bonnassie han rebajado la influencia de la violencia señorial en el desarrollo de la sagrera (Farías 2007: 62), por lo que la aparición de estos templos con funciones poliorcéticas no tiene por qué estar relacionada con estos procesos históricos ni, evidentemente, con sus cronologías. A estas evidencias prerrománicas hay que sumar las incluidas dentro del estilo románico, mucho más numerosas, sobre todo en lo que se refiere al siglo XIII. Según la Enciclopedia del Románico se contabilizan 224 iglesias con restos arquitectónicos románicos en el territorio analizado: 207 en Álava (García Guinea y Pérez González 2011) y 17 en Treviño (García Guinea y Pérez González 2002). A pesar de que el estilo románico se ha llegado a definir en nuestro territorio como "bastante unitario pese a las escuelas locales" (López de Ocáriz y Martínez de Salinas 1988: 18), las publicaciones al respecto no se han prodigado en ofrecer rasgos concretos que compartan todas (o la mayor parte de) sus iglesias y que establezcan sin ambages su adscripción al grupo estilístico.8 M. Portilla, por ejemplo, consideraba que las características de los templos del románico alavés eran las plantas rectangulares y un predominio de las cabeceras rectas, los muros de mampostería, los arcos apuntados y las cubiertas de bóveda de cañón apuntado (Portilla 1984: 47). Como vemos, nada demasiado específico. Con todo, estos autores coinciden en diferenciar varias formas en las que el estilo se materializa en Álava, dependiendo de variaciones cronológicas (románico primitivo, pleno, tardío/protogótico) o por diferencias en los promotores, la inversión y/o la geografía (románico monumental, rural). Estas categorías adolecen, sin embargo, de falta de concreción, siendo sus límites confusos, ya que se elaboran en base a la tipología o la decoración. Muchas veces la pertenencia de una iglesia a una u otra está poco justificada cuando no roza directamente la arbitrariedad. 9 los edificios objeto de análisis, puesto que el acercamiento monumentalista que realizan de cada iglesia obvia su naturaleza pluriestratificada y se centra en los elementos más destacables desde un punto de vista estético, estuvieran o no in situ. Fue necesario, por tanto, visitar cada templo para realizar una lectura estratigráfica simplificada12 que se limitó a sus paramentos exteriores, salvo los casos puntuales en los que se pudo acceder al interior del templo, o a las fotografías publicadas de éste. En cada una de estas lecturas se delimitaron los paramentos asignables a los siglos XII y XIII y se codificaron sus caracteres constructivos. Todo ello con el objetivo de definir grupos de iglesias que compartiesen los mismos rasgos y reflejasen, por ende, su sincronía y una génesis similar. Se siguió para ello a los autores italianos que, desde los años 70 y a través del ISCUM (Istituto di Storia della Cultura Materiale) de Génova, pusieron los fundamentos de la cronotipología asociada a la arqueología de la arquitectura. Este método de estudio experimental y deductivo, que tiene como fin último la datación, se ocupa de los artefactos realizados en serie (en su sentido preindustrial), sujetos a las reglas del mercado y destinados a satisfacer necesidades concretas. En estas producciones tanto el conformismo de los promotores como la tendencia de la mano de obra de abreviar el trabajo, por las ventajas que implicaba, a través de la repetición de los mismos procedimientos técnicos, determinó la estabilización de las formas y de los efectos decorativos. Ello no suprimía, naturalmente, el impulso hacia el cambio, ligado por lo general a la necesidad del artesano de personalizar sus productos o a la vanidad del promotor para distinguir su obra del resto (Ferrando et al. 1989: 650). Las variables constructivas que se codificaron para la correcta definición de los cronotipos tenían en cuenta tanto las técnicas constructivas, los materiales y los instrumentos desentrañar las claves de la arquitectura eclesiástica de los siglos XII y XIII, hemos considerado más prudente aproximarnos al objeto de estudio evitando dicho término y sus connotaciones. LAS IGLESIAS DE LOS SIGLOS XII-XIII 10 Para delimitar la muestra de análisis se partió de las obras generales del románico antes referidas, que han identificado un total de 224 iglesias, recordemos, para Álava y Treviño. Sin embargo y dado que se trataba de una cifra considerable, se optó por prescindir de todos aquellos restos aislados y probablemente descontextualizados (portadas, vanos y canecillos en su mayoría) para obtener una más realista y abarcable que permitiera, además, definir los volúmenes y las técnicas constructivas de estas iglesias. Se excluyeron asimismo todos aquellos templos grandes y complejos vinculados a comunidades monásticas de entidad (Santa María de Estíbaliz y Santa María de los Reyes en Laguardia), los que no podían ser debidamente estudiados por haberse convertido en viviendas (Santa María de Sallurtegui y Nuestra Señora de Ula en Salvatierra) o no ser accesibles (las parroquias de Villanueva de Valdegovía y Morillas) y los que, tras el estudio, evidenciaron que no disponían de fases conservadas de los siglos XII-XIII11 o eran inaccesibles por su estado de deterioro (antigua parroquia de Santa Ana en Goiain, Legutio). En cuatro de estas iglesias se identificaron, finalmente, dos fases constructivas diferentes correspondientes a este momento, con lo que la muestra final la integraron 112 fases de 108 iglesias, 100 en Álava y 8 en Treviño (García Guinea y Pérez González 2002 y 2011). En cualquier caso, el empleo de estas obras generales sobre el románico sirvió únicamente para identificar 10 Es cierto que algunas fases constructivas consideradas prerrománicas se extienden hasta el siglo XII, pero al haber sido ampliamente estudiadas (Sánchez Zufiaurre 2007) y al ser afectadas por una reforma posterior de los siglos XII-XIII no serán tenidas en cuenta. piezas talladas, generalmente con fines decorativos (impostas, trasdoses, columnas, etc.); sillería, mampostería y piezas escultóricas (25); sillería y mampostería de diverso tratamiento (26); elementos reutilizados (27); elementos reutilizados y mampostería (28); mampostería (29). -La morfología del ábside incluye tres alternativas: recto (20), con la fachada E perpendicular a los muros N y S de la nave; semicircular (21); ochavado (22), con varios paños rectos e iguales formando un polígono. -La morfología de la portada está determinada por la presencia de un arco o de arquivoltas y por sus apoyos. Se diferencian cuatro opciones, de mayor a menor complejidad arquitectónica: arquivoltas y columnas (30); arquivoltas y baquetones (31), siendo estos últimos molduras circulares y estrechas que generalmente tratan de imitar columnas; arquivoltas como las formas de sus motivos decorativos. En cada caso, y tras la delimitación estratigráfica de los paramentos de los siglos XII-XIII, se rellenó una ficha marcando todos estos caracteres arquitectónicos, acompañándose todo ello de una meticulosa documentación fotográfica. En total se han diferenciado 11 variables que toman en consideración, como se ha dicho, las técnicas constructivas, los materiales, los instrumentos de talla y los patrones decorativos. -El aparejo de los muros contempla siete posibilidades, en función del tratamiento y el origen de los bloques de piedra. La sillería (1) es la opción que más inversión y trabajo exige, estando compuesta por bloques paralelepípedos. 13 El sillarejo (2) lo forman piezas casi paralelepípedas que cuentan con ciertas imperfecciones que impiden su consideración de sillares. La mampostería escuadrada (4) se refiere a aquellos bloques suficientemente trabajados como para contar con caras uniformes y aristas rectas, sin llegar al nivel de sillares o sillarejos. La mampostería semielaborada (5) evidencia un tratamiento todavía menor, limitándose a un desbaste básico para buscar cierta regularidad entre las piezas. Entre el material sin trabajar diferenciamos los bloques extraídos por capas naturales (6), lo que se conoce como spaccatura en italiano, y el material recogido (7), en el que predominan los cantos de río. Finalmente, el material reutilizado (8) incluye todas las piezas reaprovechadas de estructuras anteriores expoliadas. -El aparejo de los esquinales retoma cinco de estas mismas opciones: sillería (9); sillarejo (10); mampostería escuadrada (11); bloques extraídos por capas naturales (12); material reutilizado ( 13). -El aparejo de los vanos engloba, dependiendo del tipo de bloque empleado en la factura de las saeteras y/o ventanales (no se tienen en cuenta los vanos de acceso), las siguientes siete posibilidades: sillería (23); sillería y piezas escultóricas (24), cuando además de bloques paralelepípedos se utilizan otras (14); arenisca albiense 16 (15); arenisca miocena 17 (16); calizas del Cretácico Superior 18 (17); travertino19 (18); aragonito 20 ( 19). -Los instrumentos de talla aluden a aquellos útiles empleados por los canteros sólo para la talla final de los bloques, al ser la operación de labra que tiene lugar en último lugar y, por ello, la más fácilmente reconocible. No obstante, la presencia de marcas de talla depende en buena medida de las litologías empleadas. Mientras que en las rocas duras como la arenisca albiense rara vez se han identificado, en aquellas más aptas para la labra, como la caliza paleocena o la arenisca miocena, son mucho más comunes. Las opciones que tiene en cuenta esta variable son cuatro. El tallante (37), útil de percusión directa (también conocido como escoda), fue el principal instrumento empleado para la talla final en las iglesias románicas, acotándose su uso entre el siglo XI y mediados del siglo XIII (Bessac 1986: 51 y 104; Sánchez Zufiaurre 2007: 328-341). La gradina (40) es el útil dentado de percusión indirecta que sustituirá en preeminencia al tallante en el siglo XIII y hasta mediados del siglo XVI (Bessac 1986: 142 y 185). El trinchante (39) es un útil de percusión directa, como el tallante, pero dentado, como la gradina. Según J. C. Bessac, que lo denomina "bretture", 21 habría aparecido algo antes que la gradina, a finales del siglo XII, empleándose de forma paralela a ésta hasta el final de la Edad Media (Bessac 1986: 51 y 67). El parecido de las marcas del trinchante y la gradina, que en ocasiones dificultan la propia adscripción a 16 Litología de enorme dureza, usada incluso para afilar herramientas, y difícil talla cuyas canteras se hallan en el norte de Álava (Martínez-Torres 2004: 50). 17 Esta litología se encuentra en afloramientos de la Rioja Alavesa y Treviño y se caracteriza por su escasa dureza. Ello permite que sea la roca que más fácil se trabaja e, igualmente, la que menos durabilidad tiene (Martínez-Torres 2004: 50). 18 Roca muy común, de origen local y frecuentemente usada para la mampostería que se caracteriza por una gran compacidad y una densidad algo superior a la de la media de las calizas, debido a la ausencia de poros y laminación interna, así como por su gran resistencia al desgaste y a la meteorización (Martínez-Torres 2004: 49). y jambas de arista (32), sin apoyos elaborados; arco y jambas de arista (33), la opción más sencilla. -La tipología de los vanos orientales tiene en cuenta el tipo de vanos presentes en el paño oriental, diferenciando saeteras (34), ventanales (35) y óculos (36). Las primeras son sencillas aberturas en el exterior, estrechas y alargadas, pese a tener cierto abocinamiento por el interior. Los ventanales, aunque son también alargados y estrechos, presentan una mayor complejidad, disponiendo de elementos decorativos diversos. Los óculos son ventanas de forma circular. -El sistema productivo está relacionado con las características de la organización productiva y parte de la distinción entre la tradición constructiva local, representada por la figura del albañil, y la especializada, liderada por la figura del cantero. 14 De esta forma, se diferencia el sistema del albañil (45), el del cantero (42) y dos sistemas mixtos en el que participan ambas figuras, uno en el que se utilizan sólo litologías locales (44) y otro en el que también se usan rocas alóctonas (43) y que reflejaría a priori un mayor esplendor de la construcción y una capacidad de movilización de recurso más elevada por parte de los promotores. -Los materiales se refieren únicamente a los litologías empleadas para la sillería y las piezas escultóricas, ya que en las iglesias de la Diócesis de Vitoria los mampuestos proceden siempre del entorno local de la construcción (Martínez-Torres 2003: 185; Martínez-Torres 2004: 47; Martínez-Torres 2007: 865). Esta variable contiene seis opciones: caliza paleocena 15 14 Ambos conceptos divergen en el material empleado, su tratamiento y su puesta en obra. Así, la tradición especializada implica, por un lado, una elevada capacidad de movilización de recursos por parte de los promotores de la obra, ya que se sustenta en la producción de bloques ortogonales procedentes ex professo de una cantera. Por otro, supone una división del trabajo diversificada con un ciclo de la piedra muy elaborado, esto es, con un gran número de operaciones realizadas por diferentes individuos. La puesta en obra de los bloques es, asimismo, ordenada y predecible. Finalmente, exige la disposición de conocimientos técnicos complejos sobre el trabajo de la piedra. Todo esto desaparece o se simplifica en las producciones de tradición local, cuya dirección no es asumida ya por canteros, sino por albañiles. En ellas no es necesaria una gran inversión o conocimientos técnicos de importancia y apenas hay división del trabajo, puesto que su ciclo productivo se reduce a dos fases: obtención del material y puesta en obra, proceso en el que hay además una mayor libertad (Bianchi 1995; Mannoni 1997: 15, 21; Quirós 2001: 81-282; Quirós 2007: 45). 15 También conocida como "piedra blanca" o "piedra franca alavesa", fue la más demandada para la talla y construcción monumental en Álava debido a su gran calidad, llegando también a ser empleada por canteros y escultores foráneos, principalmente a lo largo del Camino de Santiago. Dispone de unas equilibradas propiedades de labrabilidad y dureza y su textura y color permiten en las tallas estilizar el relieve y realzar los volúmenes (Martínez-Torres 2004: 51-52; Martínez-Torres 2009a: 11-14). de canes decorados 22 (47), de un marco de sillería (48) o de tímpano (50) en la portada o de elementos decorativos adicionales, como arcos ciegos, semicolumnas o impostas (49). También si la portada se ubica en una posición distinta a la oriental acostumbrada, como al oeste (51) o al norte (52). Las marcas de talla como guía preliminar Relacionar todas estas variables para definir grupos constructivos homogéneos es una tarea complicada, y más con una muestra de iglesias tan elevada. Las aparentes correlaciones no están exentas de excepciones y resulta arduo definir con claridad los rasgos característicos de cada conjunto. A estas dificultades hay que añadir que trabajamos sobre un lapso cronológico de dos siglos en el que se solaparon diversas soluciones edilicias cuya fijación temporal, sin embargo, no es posible determinar debido a la casi total ausencia de cronologías absolutas. Salvo que cuenten con lápidas fundacionales conservadas o que hayan sido objeto de excavaciones arqueológicas, desconocemos en qué momento preciso se edificaron estas iglesias. Por todo ello, en una primera aproximación se decidió utilizar como guía principal de ordenación la única variable 23 con la que, gracias a las obras de J. C. Bessac, era posible obtener cronologías precisas: los instrumentos de talla. Como se ha comentado previamente, el empleo del tallante se extendió entre el siglo XI y mediados del siglo XIII, cuando fue sustituido por la gradina, que se convirtió en el útil predominante hasta la segunda mitad del siglo XVI. Vemos, pues, que durante los siglos XII y XIII convivieron tres instrumentos de talla diferentes con cronologías diversas que podrían orientarnos en la tarea de agrupar las fases constructivas de la muestra. 22 No se tendrán en cuenta, por tanto, los canes lisos (cuarto de paralelepípedo con interior cilíndrico hueco), así como los de cuarto de esfera, con chaflán o en ángulo recto. 23 Si bien es cierto que en sus trabajos L. Martínez-Torres se refiere a cambios diacrónicos en el uso de las litologías constructivas, éstos son demasiado amplios y no permiten afinar las cronologías con el detalle necesario en este estudio. Según este autor durante el periodo románico y gótico (siglos X-XV) se preferían calizas paleocenas, en el Renacimiento y el Barroco (siglos XVI-XVII) areniscas albienses y en los siglos siguientes areniscas miocenas. Estos cambios en la roca más demandada los explica a partir de las limitaciones de extracción de cada una, más que en criterios de facilidad de labra o alterabilidad (Martínez-Torres 2004: 57-58; 2007: 864 y 2009b: 42 y 44). uno u otra, se ve afortunadamente paliado por una horquilla cronología muy semejante. El pico (41), instrumento de percusión directa, se ha utilizado de forma intermitente y genérica desde el año mil hasta nuestros días (Bessac 1986: 104). -Los patrones decorativos se tendrán en cuenta cuando se hallen en impostas, arquivoltas, canes y capiteles. Comprenden 12 opciones, repartidas entre la decoración geométrica y de temática vegetal: ajedrezado (54), círculos (55), encestado (56), sogueado (57), hojas de acanto con la parte superior doblada (58), clavos (59), hojas lanceoladas (60), taqueado simple (61), flores en aspa (62), semiesferas (63) y motivos vegetales organizados en círculos entrelazados (65). -Dentro de otras variables constructivas se incluyen todos aquellos aspectos que podría ser interesante tener en cuenta para rastrear las capacidades de los constructores y promotores de la obra: la presencia de contrafuertes ( 53), fragmentos de cornisa decorados (46), 2012: 237) pero que otros consideran errónea. Según estos autores dicha inscripción estaría incompleta, al faltarle algunos trazos, por lo que su cronología sería posterior, de comienzos del siglo XIII (Portilla y Eguía 1968: 190; Ocón 1996: 74). Sus sillares muestran el empleo de tallante y trinchante. El tercer epígrafe fue hallado en la restauración llevada a cabo en 1975 de la ermita de San Juan Bautista de Karkamu (Valdegovía), en un sillar oculto en el muro interno, bajo la ventana del ábside. Está fechado en 115026 y los sillares y piezas líticas del templo reflejan una talla final exclusiva a tallante. Existe una cuarta lápida de una iglesia que no está en la muestra pero en la que debemos hacer un alto. La ermita y antigua parroquia de San Juan Bautista de Treviño dispone de un epígrafe en posición secundaria que hace referencia a su fundación en 1251 (Portilla y Eguía 1968: 217-218). En la iglesia, asimismo, se emplea tanto tallante como gradina, con una ligera preeminencia de la segunda, principalmente en los paramentos superiores del ábside. La combinación de ambas tallas alcanza tal punto que uno de los sillares exteriores del torreón semicircular al norte tiene la mitad de su cara vista trabajada con tallante y la otra mitad con gradina, sin que se aprecien procesos posteriores de retallado. Sin embargo, antes de continuar conviene cotejar las cronologías absolutas de algunas iglesias con sus marcas de talla para ponderar hasta qué punto es válida la secuencia propuesta por J. C. Bessac en nuestro ámbito geográfico. Tres de las ermitas de la muestra conservan inscripciones que remiten a su fundación, pese a que dos de ellas están en posición secundaria. La primera, San Juan Bautista en Markinez es la única que se conserva in situ y está datada en 1226 24 y en sus sillares se aprecia el uso mayoritario del tallante (en el ábside, el presbiterio y buena parte de la nave) pero también de la gradina (en la nave y los canes del ábside). La segunda inscripción, de La Concepción en San Vicentejo (Treviño), tiene una fecha discutida, 1162 (era de 1200), 25 Por otro lado, la gradina está documentada desde 1226, así que sabemos que ya se empleaba en nuestro territorio como mínimo en esta fecha. Ello no contradice necesariamente lo dicho por el arqueólogo francés, que consideraba dudoso el uso de la gradina para la primera mitad del siglo XIII por los pocos casos en los que se había identificado (Bessac 1986: 185). En tercer lugar, queda la duda, debido a los problemas de transcripción de la lápida de San Vicentejo, de si realmente el empleo del trinchante puede adelantarse a una fecha tan temprana como 1162. 27 Con todo, e independientemente de la fecha en que se erigió dicha iglesia, parece plausible afirmar que el empleo del trinchante se adelantó en el tiempo al de la gradina. En cualquier caso, estos problemas de delimitación temporal del trinchante, su coincidencia cronológica, aunque adelantándose quizá unas décadas, con la gradina, las ocasionales dificultades, ya referidas, para diferenciar las marcas de ambos útiles y las diferencias cuantitativas y cualitativas entre la muestra de iglesias de uno frente a la de la otra 28 nos han permitido aunar ambos instrumentos y diferenciar tres grandes periodos en la edificación de iglesias de los siglos XII y XIII: fases constructivas con tallante (ca. Siguiendo el criterio anterior se han definido tres periodos: el periodo 1, el más antiguo y correspondiente a las fases constructivas con tallante, queda formado por 45 de las 112 de la muestra; el periodo 2, tallante y útiles dentados, integra 11; y el periodo 3, útiles dentados, 23. No ha sido posible atribuir a ninguno de estos tres periodos 33 fases constructivas de los siglos XII-XIII (29,5 % de la muestra) puesto que sus paramentos no evidenciaron el empleo de ninguno de estos útiles. Un porcentaje importante que trataremos de reducir a lo largo de los siguientes párrafos. Para ello se hará uso de un instrumento común del que debe valerse la arqueología de la arquitectura, junto 27 Cabe mencionar, en cualquier caso, que J. C. Bessac consideró factible que ya en el tercer cuarto del siglo XII se pudiera haber usado este útil (Bessac 1986: 104). 28 Se han identificado 17 sólo con gradina y cuatro únicamente con evidencias de trinchante. Resultan útiles a este respecto los resultados de las excavaciones arqueológicas en iglesias, ya que aportan indicadores que permiten vincular los instrumentos de labra con cronologías concretas. Así, tanto las piezas de caliza paleocena en posición secundaria halladas junto al templo de Santa María erigido en la primera mitad del siglo XII en el despoblado de Zornoztegi (Salvatierra) como los paramentos in situ de San Prudencio de Armentia (Vitoria-Gasteiz) o San Román de Tobillas (Valdegovía), sugieren una clara relación entre la arquitectura eclesial de este siglo y el empleo del tallante (Quirós 2008; Lasagabaster et al. 2006; Azkarate 1995). Estos ejemplos permiten, en definitiva, concluir una serie de cuestiones sobre el empleo del tallante, el trinchante y la gradina durante los siglos XII y XIII. En primer lugar, parece confirmarse la horquilla cronológica ofrecida por J. C. Bessac para el tallante. Tanto los ejemplos referidos de iglesias excavadas, como su uso en la ermita de San Juan Bautista de Karkamu (1150) y Treviño (1251), así lo confirman. las parroquias de Katadiano, Zuhatzu-Kuartango (en Kuartango), Beluntza, Oiardo (en Urkabustaiz), Guillerna (en Zuia) y Olano (en Zigoitia). Forman un área triangular de unos 80 km 2, cuyo vértice norte estaría en Oiardo, el este en Olano y el sur en Zuhatzu-Kuartango. Al menos uno de los vanos de cada uno de estos templos se corresponde con un ventanal ornamentado elaborado con piezas talladas en diferentes litologías (salvo en el caso de Guillerna, donde sólo se empleó la arenisca albiense). En ellos tanto la disposición (con trasdós, arquivoltas, imposta y tres columnas) como los motivos decorativos, se repiten de forma llamativa. Asimismo, y salvo la mencionada excepción de Guillerna, todos estos ventanales se ejecutaron empleando litologías variadas. En tres de los casos se alternaron piezas de caliza paleocena, arenisca albiense y calizas del Cretácico Superior (Zuhatzu-Kuartango, Katadiano y Beluntza) y en los otros dos se combinaron estas últimas con calizas paleocenas (Oiardo) y areniscas albienses (Olano). Este fenómeno, que hallamos en otros templos de los ayuntamientos de Kuartango y Urkabustaiz, implica una elevada planificación y un amplio conocimiento de las características de cada roca por parte de los canteros, que debían ocuparse de preseleccionar las piedras, transportarlas desde canteras dispersas y subrayar las cualidades de cada una, fundamentalmente cromáticas, en el conjunto (Martínez-Torres 2011: 108-109). Las composiciones litológicas complejas y las similitudes decorativas apuntadas sugieren que las seis iglesias se edificaron en un lapso de tiempo breve y muy probablemente a manos del mismo taller constructivo. Dado que la fase de la parroquia de Beluntza está ubicada dentro del periodo 3 (ca. Hace más de dos décadas G. P. Brogiolo defendía así la necesidad de este tipo de análisis para la naciente disciplina: Un edificio no está constituido sólo por estratos, sino también por formas. La lectura estratigráfica, al limitarse a documentar y secuenciar las acciones constructivas, no posee los instrumentos conceptuales que definen los aspectos estilísticos y formales de un edificio. [...] Los conocimientos histórico-artísticos son también indispensables para establecer la equivalencia entre distintas acciones constructivas (Brogiolo 1995: 32). Resulta fundamental, con todo, que estos estudios se desarrollen siempre una vez se haya desarrollado la secuencia estratigráfica. 29 De esta forma, "una vez documentado en contextos estratigráficos, el estilo de ciertos elementos constructivos y ornamentales también constituye una variable tipológica capaz de ofrecer cronologías de notable precisión para espacios culturalmente acotados" (Moreno 2014: 10). El primero de estos análisis se centrará en las seis iglesias del noroeste de Álava próximas entre sí cuyos vanos comparten destacables características. El segundo de estos acercamientos histórico-artísticos hará referencia a las cuatro iglesias en Kuartango (el antiguo edificio parroquial de Archua y las parroquias de Sendadiano, Tortura y Urbina Eza) que disponen de un tipo de portada muy similar y poco común en la arquitectura de nuestro territorio en los siglos XII-XIII: cuatro arquivoltas apuntadas (tres en el caso de Archua) que apoyan sobre jambas de arista, con imposta y trasdós. Todo ello ejecutado mediante el empleo de calizas del Cretácico Superior y sin un solo elemento decorado. Esta misma morfología de portada (con tres arquivoltas) hallamos en la ermita de San Pedro de Gorostiza, en Zestafe (Zigoitia), al norte de la provincia, aunque en arenisca albiense. La similitud de estas portadas con la de la parroquia de Arenaza (Arraia-Maeztu), a pesar de situarse en el otro extremo de la provincia y de estar realizada con calizas del Paleoceno, es indiscutible. Su vano de acceso, que cuenta con las tres arquivoltas de Archua y la ermita de San Pedro, muestra idéntica sobriedad y disposición. Por ello es posible que, de nuevo, nos hallemos ante un mismo taller constructivo que trabajó en varias iglesias del territorio o, al menos, ante una preferencia para la que presuponemos cierta coincidencia cronológica. Así pues, esta similitud tipológica nos posibilita adscribir las fases de los cuatro templos cuartangueses y la er- el hecho de que, como veremos más adelante, las iglesias con ábside semicircular se concentran en el periodo 1 (ca. Por último, el remate de los muros de la nave de la ermita de San Julián y Santa Basilisa (Zalduondo), sin cornisa y con grandes canes decorados, recuerda más al de la ermita de Nuestra Señora de Elizmendi que al típico de la arquitectura "románica" por lo que podría ser reflejo de su antigüedad. Por ello, y a pesar de que las intervenciones arqueológicas no han ofrecido hasta la fecha una cronología precisa de dicha reforma, consideramos que esta fase debe integrarse también en el periodo 1 (ca. En definitiva, y a partir de la argumentación expuesta, se habría conseguido reducir la cantidad de individuos sin clasificar de 33 a 21, a un más razonable 18,8 %, quedando la distribución definitiva entre periodos de la siguiente manera: periodo 1, 47 fases; periodo 2, 11 fases; periodo 3, 33 fases. Tras llevar a cabo esta distribución ya podemos analizar con más detalle las variables de los individuos para subrayar así los contrastes en las formas de edificar iglesias de los tres periodos. Con todo, asumimos que, salvo excepciones concretas, ninguno de los periodos será totalmente homogéneo o dispondrá de rasgos diferenciales únicos. Las transformaciones edilicias en estos dos siglos deberán ser rastreadas a partir de alteraciones destacadas en los porcentajes de cada una de las opciones. Hay que tener en cuenta que la mayoría de las variables analizadas no deberían contar con un significado diacrónico claro, respondiendo más a otros factores funcionales, sociales o productivos (Ferrando et al. 1989: 654), por lo que no hay que tomar todas en consideración, "...sino sólo aquellas que tengan un valor lo suficientemente representativo como para ser consideradas como marcadores cronológicos" (Vargas 2013: 13). De esta forma, se reconocen hasta cuatro variables con alteraciones tan significativas entre los periodos 1 y 3 como para poder atribuirles un sentido diacrónico. En primer lugar, el sistema productivo de cantería se reduce considerablemente en el periodo 3 respecto al 1 y al 2. Esto es, a lo largo del siglo XIII se generalizan las iglesias con sistema mixto en cuya construcción el cantero tiene un menor protagonismo, limitándose sólo al remate, los vanos y, de forma ocasional, los esquinales. mita en el periodo 3 (ca. 1220-1300), donde, debido a las evidencias del uso de gradina en la propia portada, habíamos incluido la fase de Arenaza. En tercer lugar, el ábside semicircular en sillería de la ermita de Nuestra Señora de Elizmendi, en Kontrasta (Valle de Arana), parece tener poco que ver con las elaboradas cabeceras de esta morfología que hallamos en otras iglesias de la muestra. Sus reducidas dimensiones, 30 la presencia de una única saetera en el ábside a modo de iluminación y de excepcionales modillones circulares sin cornisa en su remate o que se planificase una cubierta de madera y no una bóveda de horno podrían sugerir una mayor antigüedad o los "tanteos de una fase creativa temprana" (López de Ocáriz 2014: 40-41). Estas peculiares características y 30 El análisis de las dimensiones de los presbiterios en las iglesias de cabecera semicircular en Álava y Treviño revela que las de esta ermita son excepcionalmente reducidas. La medida A (anchura del presbiterio) es de 2,1 m, la B (longitud del presbiterio) de 2,2 m y su área útil de 4,6 m 2, mientras que las medias excluyendo este templo alcanzan los 4,6 m para la medida A, los 2,6 m para la B y los 12,1 m 2 para el área útil. templos que componen la muestra 23 tienen ábside recto (92 %), uno semicircular 32 y otro ochavado (ambos 4 %). Otra de las tendencias de cambio sobre la que debemos hacer un alto corresponde a la tipología de los vanos en la fachada oriental. Aunque en los tres periodos los ventanales tienen un predominio manifiesto sobre las saeteras, parece observarse un descenso del uso de éstas últimas en los periodos 2 y 3. En este sentido y durante 32 El único ejemplar de ábside semicircular en el periodo 3 corresponde a la parroquia de San Juan Evangelista en Acebedo (Valdegovía). El templo ha sido adscrito a este periodo por las marcas de gradina que se observan en algunas piezas del remate pero lo cierto es que nos es imposible aseverar con una mínima seguridad que la cornisa y los canes fueran realmente elaborados en los siglos XII-XIII. Las modificaciones a las que ha sido sometido el templo en épocas posteriores resultan evidentes por la ausencia de vano oriental, puesto que todas las iglesias medievales, y hasta la extensión de los retablos en el siglo XVI, contaban con uno o más vanos abiertos hacia el este. Sin embargo, estas reformas son difícilmente identificables por el enlucido que cubre sus muros de materiales no trabajados. Este hecho, junto a la propia morfología de la portada, que parece asociarse más con el periodo 1 (véase más adelante), hacen sospechar que la iglesia quizá fuera edificada en un momento anterior. También en la morfología del ábside se identifican destacables cambios. Estos datos sugieren una clara preferencia, según se avance en estos dos siglos, hacia vanos más elaborados, costosos y con mayores posibilidades de ornamentación que las ventanas monolíticas o las sencillas saeteras. Por último, haremos referencia a los cambios en el empleo de aquellas litologías utilizadas para la ejecución distribución en periodos, se identifican mejor en las calizas paleocenas que en el resto de litologías. No obstante, si ceñimos el análisis a las fases con sistema productivo mixto, aquéllas en las que se limitó el empleo de rocas de calidad a elementos puntuales, se observan cambios relevantes entre el periodo 1 y 3. Parece que, mientras que en el periodo 1 la caliza paleocena es claramente el material predominante en las piezas de cantería (esquinales, portada, vanos y remate), en el periodo 3 su demanda se reduce en favor de otros materiales. Ello se percibe perfectamente al comparar los datos sobre los esquinales. En el periodo 1 los esquinales de sillería y sillarejo y en litologías de calidad representan de forma exclusiva (63,6 %) y en las cuatro restantes combinada (36,4 %). Resulta significativo que sea en las fases sin periodo asignado donde se encuentra el menor porcentaje de empleo de calizas paleocenas, apareciendo de forma exclusiva en el 10 % (2 de 20) 35 de los casos. Ello se explica sin duda porque las marcas de talla, guía de la 35 No se ha contabilizado la ermita de Nuestra Señora de Goikogana (Oiardo) por ser la única ejecutada bajo un sistema productivo de albañilería, al menos a tenor de los restos conservados. Egoitz AlfAro SuEScun periodo 3 estas cifras disminuyen considerablemente. El 30,4 % de los remates de este periodo (7 de 23) fueron realizados exclusivamente con caliza paleocena, empleándose esta roca en el 47,8 % (11 de 23) de los casos. El resto de variables analizadas no presentan diferencias tan marcadas entre periodos. Así, tanto en el periodo 1 como en el 3 se identifican las cuatro opciones discriminadas para la morfología de la portada: arquivoltas-columnas, arquivoltas-baquetones, arquivoltas-jambas de arista y arco-jambas de arista. Sin embargo, sus porcentajes muestran una cierta tendencia a la homogeneización que no puede ser pasada por alto. Mientras que en el periodo 1 son dos opciones las predominantes (arquivoltas-columnas y arquivoltas-jambas de arista), con valores por encima del 30 % (39,3 % y 32,1 % respectivamente),36 en el periodo 3 la morfología arquivoltas-jambas de arista despunta con claridad, ocupando casi la mitad de la muestra (47,6 %, 10 de 21), sobre la de arquivoltas-columnas (28,6 %, 6 de 21), arquivoltas-baquetones (19 %, 4 de 21) y arco-jambas de arista, prácticamente desaparecida, con un único caso37 (4,8 %). Variaciones más sutiles entre los periodos 1 y 3 se evidencian también en las opciones tenidas en cuenta en "Otras variables constructivas". Parece, por tanto, que en este momento las iglesias que optan por emplear en sus esquinales sillares y sillarejos en materiales de calidad son una clara minoría, prefiriendo otras litologías locales que podían ser trabajadas y puestas en obra por albañiles a un menor coste. Esta misma reducción en el empleo de la caliza paleocena, aunque menos acusada, se identifica al analizar la evolución de las portadas, vanos y remates (canes y cornisas). Los materiales empleados para los canes y cornisa del remate reflejan idéntico proceso. Representación porcentual por periodo de las litologías empleadas en los esquinales de las iglesias con sistema productivo mixto. El resto de patrones tiene una muestra demasiado limitada o está lo suficientemente repartido para ser tomado en consideración.46 Como se puede observar, algunas de las variables constructivas codificadas en la muestra tienen un evidente valor diacrónico, ya que se circunscriben mayoritariamente a un periodo concreto. Ello no significa, sin embargo, que cualquiera de estos caracteres pueda actuar como marcador cronológico único, al no producirse una correspondencia completa entre variable y periodo. En las siguientes líneas se tratará, por tanto, de inferir las implicaciones de esta diacronía, tratando de comprender las transformaciones que se produjeron en los siglos XII-XIII no sólo en la arquitectura eclesiástica o en la organización productiva de los constructores, sino en las propias sociedades locales y en los poderes que actuaban en su seno. Dos son las conclusiones principales, y complementarias, que extraemos de los datos presentados. Por un lado, que durante el periodo 3 (ca. Representación porcentual de la presencia de canes decorados, cornisas decoradas y elementos decorativos adicionales en los periodos 1 y 3. sobre todo si se pretendía cubrirla con una bóveda de horno. El ábside recto, por el contrario, suponía un simple cierre perpendicular idéntico a los del resto del templo y no demandaba una cubierta pétrea específica. Por todo ello, en la mayoría de los casos, siempre que no se eligieran cubiertas complejas con el ábside recto, optar por un ábside semicircular aumentaba los costes e, irremediablemente, ralentizaba la obra. Podría argumentarse que la preferencia por uno u otro tipo de ábside respondió a las capacidades técnicas de cada cuadrilla itinerante de canteros o a preferencias arquitectónicas del momento. A fin de cuentas, el ábside semicircular se considera un elemento típico del estilo románico en toda Europa occidental (López de Ocáriz y Martínez de Salinas 1988: 42). Es posible que en el siglo XIII los talleres constructivos ya no ejecutasen este tipo de cabeceras o que sencillamente dejara de demandarse, por lo que apenas la encontramos en el periodo 3. O por una combinación de ambos factores. En cualquier caso, aún admitiendo el valor de estos razonamientos, consideramos que la realidad debió responder a una causalidad más variada. No debemos obviar la disparidad técnica y de coste entre un tipo de ábside y el otro, así como la tendencia general en el periodo 3 a erigir iglesias menos costosas y elaboradas. En tercer lugar, el descenso del número de cornisas y canes ornamentados en el periodo 3. La labra de motivos decorativos en estos remates implicaba, después de todo, un aumento de los costes. Lo mismo se puede decir de las semicolumnas, impostas y arcos ciegos que decoraban algunos ábsides semicirculares y ochavados en los periodos 1 y 2 y que desaparecieron en el 3. En cuarto y último lugar, la demanda de caliza paleocena se reduce en el periodo 3 en favor de otros materiales. Hay que tener en cuenta que esta litología es "la reina de todas las rocas de construcción monumental y talla en Álava" precisamente porque tiene un punto medio de labrabilidad y durabilidad, a diferencia de las areniscas albienses y miocenas (Martínez-Torres 2004: 51). Si disminuyó el empleo de esta litología hay que suponer que existió una voluntad tanto de limitar los costes de construcción por parte de los promotores como de trabajar con otro tipo de materiales por parte de la mano de obra. En no pocas ocasiones, de hecho, los materiales no se sustituyeron por otros de calidad semejante, como las areniscas mencionadas, sino por litologías de menor nivel, como las calizas del Cretácico Superior, generalmente usadas para la mampostería. Este hecho, especialmente llamativo en las cornisas canteros, de menor complejidad técnica y menos costosos que en el periodo 1 (ca. Por otro, que en el periodo 1 coexistieron una mayor variedad de soluciones arquitectónicas que se redujeron considerablemente en el 3, tendiendo a una cierta homogeneidad. Ambas conclusiones muestran la existencia de profundos cambios tanto en las estructuras productivas de la mano de obra como en la entidad y capacidad de los promotores. Iglesias más asequibles, rápidas de erigir y técnicamente menos complejas La primera de las conclusiones la argumentamos a partir de las siguientes cuatro tendencias apuntadas más arriba. En primer lugar, los templos construidos con un sistema productivo de cantería se reducen de forma considerable en el periodo 3 (de superar el 40 % a un 15 %), en favor de las edificaciones mixtas en las que colaboraban albañiles y canteros. Estas últimas tenían, evidentemente, un coste bastante menor. Por un lado, sus paños estaban realizados con mampostería local de diverso tratamiento y no con sillería nueva de cantera traída desde lugares más o menos alejados. La calidad del material, su transporte y su talla en perfectos paralelepípedos terminaban por encarecer mucho la obra. Por otro lado, la mayor parte de las operaciones del proceso constructivo estaban en manos de los albañiles, peor remunerados que los canteros por sus menores conocimientos técnicos. Este tipo de construcción mixta, en la que los canteros se limitaban a ejecutar los vanos, el remate y, a veces, los esquinales de los muros, permitía además una construcción mucho más rápida que bajo el sistema de cantería. Al fin y al cabo, para edificar los muros no había que esperar a traer el material desde alejadas canteras, dedicar varias horas a su labra o colocar cuidadosamente cada bloque. El ciclo de la piedra era mucho más simple y se reducía a la obtención del material y la puesta en obra, como mucho ejecutando un somero tratamiento de las piezas entre ambas operaciones. En segundo lugar, prácticamente dejan de erigirse iglesias con ábsides semicirculares en el periodo 3, cuando casi habían representado el 50 % de la muestra en el 1. Las cabeceras de esta morfología eran mucho más exigentes que las rectas en el plano técnico. Después de todo, cerrar un edificio con una estructura semicircular implicaba conocimientos avanzados de arquitectura que no estaban al alcance de cualquiera, estaba inmersa en pleno proceso de construcción de la red parroquial 49 y debía ocuparse de que cada parroquia contase con un edificio apropiado para el culto y con su mobiliario litúrgico correspondiente. Para ello era necesario reformar las iglesias que habían obtenido de otros poderes, algunas por su estado ruinoso y otras porque debían ser adaptadas a las nuevas funciones parroquiales. Pero también construir templos ex novo en todas aquellas parroquias que no contasen todavía con uno propio. Es probable, pues, que impulsase la entrada en escena de las comunidades aldeanas y permitiese que éstas capitalizasen la financiación de las obras. No debemos, aún así, limitar el análisis a una diferencia de capacidades económicas entre viejos y nuevos promotores. Es probable que los poderes tradicionales, con dificultades cada vez mayores para mantener sus posesiones eclesiásticas, buscaran emplear estos templos como instrumentos de representación de su menguante poder. Tuvieron, por ende, un genuino interés en invertir más recursos en sus iglesias del que carecieron más adelante las comunidades aldeanas. Pero vayamos más allá. En el periodo 3 desaparecen la mayor parte de las iglesias señoriales, 50 desvinculándose sus promotores de las actividades ligadas a ellas. De forma paralela, las construcciones de cantería pasan a ser minoritarias. ¿Sería posible correlacionar de alguna manera ambos hechos? Los únicos templos aparentemente asociados a un monasterio de la muestra que se edificaron o, existiendo previamente, se reformaron en los siglos XII-XIII pertenecen al periodo 1 y están realizados bajo un sistema de cantería. Por ello consideramos que dicha relación, sin ser absoluta, pudo existir. En concreto, nos referimos a la ermita de Santa María de Torrentejo (Labastida), mencionada como monasterio en el Becerro Galicano de finales del siglo XII; 51 49 El análisis de la documentación escrita muestra cómo durante la centuria 1150-1250 se produjo en Álava y Treviño la expansión del poder episcopal en un marco de fuerte conflictividad sociopolítica frente a la nobleza y los monasterios, que continuaron controlando buena parte de las iglesias rurales. La segunda mitad del siglo XIII representó, sin embargo, el triunfo definitivo de la autoridad diocesana que acabó controlando, si no todas, buena parte de las iglesias del mundo local, plenamente articuladas dentro de la jerarquía diocesana y que pagaban los impuestos eclesiásticos exigidos (Alfaro 2016: 51-52). 50 Con "iglesia señorial" nos referimos a las ecclesiae y monasteria de la documentación altomedieval, que se caracterizan por su carácter familiar, su organización variable y poco definida y su carácter privado. Sus dueños, que pudieron ser laicos (familias nobiliares o monarquía) o religiosos (monasterios u órdenes militares), las fundaban con intereses materiales y espirituales y las donaban, compraban y enajenaban como cualquier otra propiedad. 51 "De monasterio Sancte Marie de Torrentelio, iuxta Iberum" Becerro Galicano Digital [doc. 597] [URL]. y canecillos,47 refleja hasta qué punto se alteraron las preferencias y capacidades de los diversos actores que participaban en el proceso constructivo. La preferencia por soluciones técnicas menos elaboradas como el ábside recto, por la mampostería frente a la sillería, por materiales de menor calidad o por una menor cantidad de elementos decorados sugiere profundos cambios en la demanda entre el siglo XII y, al menos, la segunda mitad del siglo XIII. Parece evidente que los promotores en el periodo 3 demandan templos menos costosos, probablemente porque muchos de los pudientes poderes anteriores ya habían abandonado esta actividad edilicia y porque las diferencias entre los restantes promotores, sobre todo en lo que a capacidad de movilización de recursos se refiere, se redujeron de forma considerable. Surge en este punto una pregunta imprescindible: ¿quién está detrás de la construcción de iglesias en el siglo XII y quién lo está en el siglo XIII? Atendiendo a los indicios expuestos, y a la tendencia hacia la homogeneidad del periodo 3 (véase más abajo), resulta factible que durante el periodo 1 coexistieran en estas empresas poderes nobiliares y monasteriales junto a elites y comunidades aldeanas. De tal forma, podemos entender el siglo XII como una etapa de transición entre el tipo de demanda que hundía sus raíces en la Alta Edad Media, compuesta por familias de nobles y monasterios con diversa influencia territorial, y la que vino después a lo largo del siglo XIII y más adelante: las propias comunidades aldeanas que promovieron los templos parroquiales, asociadas (y sometidas) a un poder diocesano cuya colaboración en estas actividades es difícil de cuantificar. Es razonable pensar que estas comunidades, contando con menos recursos que los tradicionales poderes fundadores, demandasen iglesias más asequibles y que éstas adquirieran relevancia estadística precisamente cuando dichos promotores pasaron a ser mayoritarios. Por otro lado, y aunque como se ha dicho resulta difícil ponderar la aportación de los obispados en estas actividades edilicias, suponemos que se limitó a destinar el tercio diezmal relativo a la fábrica de cada parroquia 48 y poco más. Dicha tendencia a la uniformidad es mucho más evidente si se prescinde de la variable de la tipología de los vanos orientales. De hecho, las iglesias del periodo 1 elaboradas con un sistema productivo mixto y ábside recto representan menos de un tercio de la muestra (28,2 %, 11 de 39). Hay que señalar que no todas las tendencias apuntadas más arriba confirman la mayor homogeneidad de las iglesias de este periodo. Así, mientras que en el 1 la caliza paleocena es la litología más empleada para las piezas de cantería, en el 3 su importancia decrece, trabajándose otros materiales hasta entonces menos solicitados. Este hecho, sin embargo, podría ponerse en relación con los nuevos promotores del siglo XIII y su demanda de iglesias menos costosas. Los talleres arquitectónicos, en aras de reducir gastos, optaron quizá por trabajar con materiales más próximos y de menor calidad, ahorrándose el costoso transporte desde las canteras de caliza paleocena. Con todo, resulta evidente que frente a una mayor variedad de modelos en los edificios de culto del siglo XII se impone en el XIII una iglesia tipo fundamentalmente de mampostería, con ábside recto y, en menor medida, ventanales al este. Ello no significó que desaparecieran las alternativas sino que se convirtieron en opciones minoritarias o marginales. El escenario diverso y heterogéneo del periodo 1 se desvaneció ante el triunfo de ciertas opciones que pasaron a ser mayoritarias en el 3. la ermita de Nuestra Señora de Elizmendi (Kontrasta), calificada de monasterio en un documento de 1203 52 y la ermita de San Juan Bautista de Karkamu (Valdegovía), cuyo epígrafe en posición secundaria remite a su origen cisterciense (véase más arriba). Esta vinculación entre las obras de cantería y los viejos promotores no debería sorprendernos demasiado. Al fin y al cabo, las iglesias monasteriales 53 y señoriales se edificaron con objetivos y funciones muy diferentes a las parroquiales de la diócesis y las comunidades aldeanas. Del mismo modo y como se ha comentado, la capacidad de movilización de recursos de unos y otros era muy desigual, así como su interés en emplear dichas iglesias para representar su poder. No es extraño, por tanto, que sus caracteres constructivos acabasen por ser tan diversos. La reducción en el número de soluciones constructivas, que llevó a una mayor homogeneidad en la arquitectura eclesiástica del periodo 3, se evidencia al combinar tres de las variables diacrónicas identificadas: el sistema productivo, la morfología del ábside y la tipología de los vanos orientales. Así, mientras que las iglesias erigidas con sistema mixto, ábside recto y con ventanales en la fachada oriental no representan en ningún caso el 20 % 52 En este texto, procedente del Cartulario de Irache, doña Sancia Pedriz de Uztuniga dona al monasterio de Santa María la Real de Irache las tres partes que tenía en el monasterio de Santa María de Elizmendi (López de Ocáriz 2014: 14-15). 53 Empleamos el concepto "iglesia monasterial" para aludir a la iglesias instaladas dentro del complejo de un monasterio sub regula, no a las iglesias que eran propiedad de un monasterio. el que convivieron los viejos y nuevos modelos, aunque con dos destacables novedades respecto a las anteriores formas de construir que probablemente deban entenderse juntas. Para empezar, se produjo un mayor empleo de la caliza paleocena en la construcción. De hecho, es infrecuente encontrar este material en las fases previas al 1100. Sólo en tres de las iglesias prerrománicas identificadas por L. Sánchez Zufiaurre54 se elaboraron sillares, sillarejos o vanos ex novo con caliza paleocena (la ermita de Andra Mari, la parroquia de Samiano y la segunda fase de San Román de Tobillas) (Martínez-Torres 2004; Sánchez Zufiaurre 2007). Esto supuso una mayor intensidad en la explotación de las viejas canteras y, muy probablemente, la apertura de nuevos centros de extracción. Paralelamente se comenzó a utilizar de forma masiva la escultura arquitectónica, prácticamente inexistente en los siglos anteriores más allá de las ventanas monolíticas. Las iglesias del siglo XII evidencian el aumento en la demanda de este tipo de producción edilicia para la realización de impostas, canes, cornisas, portadas, ventanales y otros elementos funcionales o decorativos. Los principales cambios, sin embargo, se produjeron a lo largo del siglo XIII, cuando el mercado de la construcción especializada se transformó profundamente. Por un lado, tuvo lugar un cambio en la naturaleza de los promotores. Frente a los monasterios y nobles de la época anterior, son ahora mayoritariamente comunidades aldeanas, junto al poder diocesano, las que financiaron iglesias más funcionales pero técnica y estéticamente menos elaboradas. Por otro, cambió el modelo de organización del artesanado. Las cuadrillas itinerantes de constructores especializados perdieron importancia, acabaron desapareciendo y fueron sustituidas por talleres estables de ámbito local, mejor preparados para cubrir una demanda mayor y menos variable. Por último, la diversidad de soluciones arquitectónicas, materiales, tipologías y formas decorativas, junto a la variedad de promotores y modelos organizativos de la mano de obra durante estos dos siglos, refleja hasta qué punto es imposible considerar las iglesias del denominado estilo románico como un unicum coherente y uniforme. Incluso después de haber sido agrupadas en periodos más breves, con límites fijados por criterios contrastables, dicha heterogeneidad continúa siendo notoria. Si bien una mayor homogeneidad en la arquitectura eclesiástica podría asociarse con el cambio en la naturaleza de los promotores al que aludíamos más arriba, consideramos que está también directamente relacionada con las transformaciones que en el siglo XIII se produjeron en la organización del artesanado en el ámbito de la producción arquitectónica. De un modelo de cuadrillas itinerantes, predominante desde la Alta Edad Media (Caballero y Utrero 2005: 186; Sánchez Zufiaurre 2007: 230-236), se pasó a otro cimentado en talleres locales radicados por todo el territorio. Si el primero se caracteriza por su gran variedad de soluciones arquitectónicas, al contar con mano de obra especializada que trabajaban los materiales in situ, ocupándose de todas las etapas del ciclo productivo, el segundo se distingue precisamente por lo contrario. La creación de talleres estables permitió una mayor especialización en cada operación y, en consecuencia, el desarrollo de una manufactura en serie. Estas transformaciones están irremisiblemente unidas a una estabilización de la demanda que debió producirse a lo largo del siglo XIII. Se solicitaron más edificaciones de calidad y ello hizo rentable la creación de estos centros de producción en serie con trabajadores especializados que se ocupaban de todas las operaciones que comprendía la actividad edilicia en sus tres ciclos productivos: piedra, madera y cal. Es probable que dichos talleres actuaran localmente, cubriendo la demanda de regiones no demasiado grandes. Ello parecen sugerir las seis iglesias parroquiales del periodo 3, señaladas más arriba por sus semejanzas formales, que se extienden en una zona de apenas 80 km 2 en el noroeste de la provincia. Su proximidad geográfica, el empleo de un sistema mixto, su ábside recto y, sobre todo, la semejanza tipológica y decorativa de sus ventanales orientales parecen reflejar la actividad de un mismo centro productor radicado en esta zona. Así pues y a tenor de lo expuesto, es necesario matizar la propuesta que L. Sánchez Zufiaurre realiza en su tesis doctoral y por la que este cambio en la organización de la producción arquitectónica en Álava, de cuadrillas a talleres, se habría producido con el románico, debido a la homogeneidad de sus soluciones constructivas (Sánchez Zufiaurre 2007: 343-344). Los datos ofrecidos sugieren que todavía en el siglo XII predominaban las cuadrillas itinerantes y que fue a partir de la siguiente centuria cuando se impusieron los talleres de ámbito local. En definitiva, el siglo XII fue para la arquitectura eclesial en Álava y Treviño un momento transicional en
Este trabajo, circunscrito al reducido marco de los dos pósters que se presentaron en el Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura (Arquitectura doméstica medieval I, II), constituye un avance de un libro que verá la luz en verano de 2004 1. El objetivo, en consecuencia, no es otro que mostrar de una manera muy breve y desde tres ópticas diferentes pero consustanciales -morfología urbana, técnicas constructivas y producciones cerámicas-, la evolución del poblamiento a lo largo de los siglos tardoantiguos y altomedievales. Tanto en su fondo como en su forma adquirirá, por tanto, un tono forzosamente sintético y simplificado, reduciendo al máximo el aparato crítico y otros recursos bibliográficos. En el estado actual de nuestros conocimientos sobre los siglos VI y VII puede parecer una temeridad el tratar de efectuar un avance sobre el poblamiento rural de aquellas centurias. Las investigaciones que se están llevando a cabo desde el Área de Arqueología de la Universidad del País Vasco durante estos últimos años han comenzado, sin embargo, a ofrecer sus primeros frutos. Y aunque los datos no son todavía suficientes para dibujar un cuadro coherente, pueden servirnos para apuntar, de manera provisional, un primer boceto. Parece cada vez más claro que debemos contemplar el siglo VI como un momento de transición entre el fin de un periodo que se inició a finales de la centuria anterior con la crisis del sistema productivo romano y otro (que para nuestro ámbito puede situarse en el siglo VIII) caracterizado por la progresiva aparición de asentamientos campesinos estables. En medio -siglos VI y VII-se van a producir una diversidad de situaciones que aconseja no ser excesivamente mecanicistas en la aplicación de determinados modelos interpretativos. Creemos, por ejemplo, que en ocasiones se exagera a la hora de dibujar, para el siglo VI, una ruptura radical respecto de los patrones de asentamiento de época romana, porque aún siendo ésta básicamente cierta para las villae, no lo es tanto para otro tipo de asentamientos, como vienen a demostrar algunos ejemplos alaveses en proceso de investigación. Estamos convencidos de que el punto de partida sobre el que se articuló la transición al altomedievo configuraba una situación mucho más calidoscópica de lo que algunos han imaginado. La pervivencia, en el siglo VI, de productos cerámicos que reflejan el mantenimiento de un comercio todavía activo apunta en esta dirección. Tampoco es cierto que los hábitos funerarios de los siglos VI y VII se expresen únicamente mediante grandes necrópolis ubicadas en una posición central respecto a diversos asentamientos más o menos alejados y convertidas, de esta manera, en escenario simbólico de rivalidad y emulación social («the cemetery as an arena for competitive discourse, with the burials as statements» en palabras de G. Halsall -1995: 248-). Ya apuntaba P. Perin en fechas recientes que los casos de cementerios comunes a diversos hábitats no constituyen la regla (1998: 171) y, desde luego, no parece constituirla tampoco en nuestro territorio. Eso se deduce, al menos, de las diversas situaciones que se observan en los ritos funerarios, con cementerios «en plein champ» como Aldaieta, San Pelayo o Buzaga, cementerios urbanos como Obietagaña en Pamplona, enterramientos en cueva como en Los Goros, agrupaciones familiares como el caso probable de Guereñu, pequeños núcleos cementeriales sobre necrópolis de época romana como en Finaga, etc. (AZKARATE, 2004). Conviene, por tanto, ser cautos y potenciar entre tanto las investigaciones locales y regionales. Volviendo al tema del hábitat, recordamos cómo -hace ya quince años-dábamos a conocer nuestro primer trabajo sobre el extraordinario complejo de cuevas artificiales existente en el Condado de Treviño y el occidente alavés. En aquel entonces contextualizábamos nuestro trabajo en el debate existente sobre el proceso de cristianización del País Vasco y priorizábamos, en consecuencia, los aspectos relacionados con su carácter eremítico. Ya para aquellas fechas, sin embargo, apuntábamos la necesidad de «evitar las generalizaciones referidas a la cronología de las cuevas artificiales». E insistíamos en este punto ante la sistemática referencia a esta cuestión «como si de un problema unitario se tratase, aplicando al centenar largo de cavidades los mismos criterios funcionales y cronológicos» (AZKARATE, 1988: 479-480). Observábamos, efectivamente, que «la diferencia entre unos grupos y otros es suficientemente significativa como para que respondan todas ellas a unas mismas circunstancias históricas» y, en consecuencia, aceptábamos el carácter eremítico y la cronología tardoantigua sólo para los núcleos de Faido (San Julián y N.a S.a de la Peña), Albaina (Sarracho y Montico de Charratu) y Laño (Las Gobas y Santorkaria). «No existe, en cambio, dato alguno -ni arqueológico, ni morfológico, ni epigráfico-para defender la coetaneidad de las restantes cavidades del oriente alavés». Hoy en día, mantendríamos sustancialmente lo dicho. Las iglesias absidadas y contrabsidadas, las manifestaciones epigráficas con sus invocaciones y aclamaciones, invitan a seguir pensando en un origen eremítico de los conjuntos indicados. Que desde el mismo momento de su creación y, sobre todo, a partir del siglo VII u VIII se convirtieron en polos de atracción de poblaciones campesinas es más que probable, como es muy probable también que este fenómeno tuviera relación con la expansión de la cristianización del mundo rural y el desarrollo agrícola que parece apuntarse a partir de finales del siglo VII. Y, desde luego, es seguro que en el caso de Faido y Laño, estos hábitats rupestres se abandonaron hacia los siglos XI-XII trasladándose su población a nuevas aldeas fundadas en sus proximidades (al fondo del valle en el caso de Laño y en sus inmediaciones en el de Faido)2. Los complejos rupestres, abandonados ya como lugares de habitación, se transformaron en adelante en cementerios de los nuevos núcleos rurales. Este tipo de hábitat rupestre, relegado a zonas marginales, coincidió -en unos tiempos de debilidad demográfica-con otros tipos de asentamiento de los que, sin embargo, sabemos muy poco todavía y que sólo recientemente están aflorando en las investigaciones arqueológicas en curso. Las cerámicas, una vez convertidas en indicadores cronológicos fiables (tarea ésta ardua y complicada) pasan a ser unos magníficos indicadores de otras realidades socioeconómicas, aportándonos datos de inestimable importancia sobre la mayor o menor articulación de redes comerciales y su diverso alcance. En lo que respecta a nuestro territorio, los resultados que paulatinamente se van alcanzando apuntan en la misma dirección que observamos en otros territorios europeos. Sabemos que el siglo VI se va a caracterizar por una progresiva desaparición de las series de cerámica romana (terra sigillata e imitaciones de terra sigillata) en beneficio de las producciones comunes de carácter local, representadas principalmente en un tipo cerámico caracterizado por sus pastas groseras, elaboradas a mano/torneta en sencillos hornos descubiertos y escaso repertorio formal (AZKARATE, NÚÑEZ, SOLAUN, 2003). Este proceso culminará durante la siguiente centuria con el predominio absoluto de este tipo de cerámica grosera, caso de la necrópolis de Aldaieta, y se mantendrá hasta bien entrado el siglo VIII, momento en el que parecen introducirse dos nuevas producciones cerámicas, como explicaremos en la fase siguiente: la cerámica micácea y la cerámica desgrasada con silicatos. La presencia de producciones cerámicas finas (aunque en fase regresiva) refleja el carácter de transición que apreciamos también en las escasas noticias referidas sobre núcleos de habitación, compartiendo el mismo contexto de desestructuración de los diversos sistemas productivos. En este contexto -ya a partir del siglo VII-las únicas producciones que subsistirán serán aquellas que responden a sistemas productivos de tecnología elemental, en los que la actividad artesanal muestra un alto grado de autosuficiencia y unos modos productivos adaptados a unas circunstancias socioeconómicas nuevas que generan el recurso a ciclos productivos de menor especialización. Todo ello deriva en una disminución y simplificación de los tipos de producción cerámica, originando una diversidad regional mucho más marcada que en periodos anteriores. Si es cierto que «il pasaggio dall 'insediamento sparso ad agglomerato» debe considerarse -tal y como parece que van confirmando las investigaciones arqueológicas-como el «primo segno dell 'altomedioevo» (VALENTI, 1996: 99), este tránsito debería situarse, en lo que respecta a nuestro territorio, a lo largo del siglo VIII. Efectivamente, este siglo -y con seguridad la centuria siguiente-parecen revelarse cada vez con más claridad como un momento de gran importancia en la configuración del poblamiento rural de nuestro ámbito geográfico. El caso de Gasteiz constituye un buen ejemplo de un fenómeno bien conocido en Europa: nos referimos a la sedentarización de poblaciones campesinas en un asentamiento estable que perdurará, con frecuencia, hasta nuestros días. Sus antecedentes se remontan en algunos lugares al siglo VII y, entre otras razones de este fenómeno, hay que mencionar el abandono por parte de las aristocracias locales de los cementerios «en plein champ» característicos de la sexta centuria para crear sus propios ámbitos funerarios en torno a una iglesia de fundación propia que, con el tiempo, acabará atrayendo a sus inmediaciones no sólo al viejo ámbito cementerial sino al propio hábitat campesino. Lo cierto es que ya desde el siglo IX la documentación de nuestro territorio está reflejando una progresiva densificación de los asentamientos. Es conocida la temprana presencia de un obispo Juan y un abad Avito como protagonistas activos de importantes fundaciones en Valpuesta y Tobillas. La presencia de ciclos constructivos complejos -cantería, bóveda sobre pechinas, etc.-, bien constatada en la primera fase de Tobillas, refleja la capacidad excedentaria de estos primeros grupos dirigentes. Pero ni son sólo eclesiásticos los personajes que asoman a la documentación ni ésta queda estrictamente circunscrita al área occidental del territorio alavés. Al norte de la llanada alavesa, en las estribaciones del Gorbea, un documento del año 781 recoge una donación efectuada a la iglesia de San Vicente de Acosta en la que figuran un senior Arroncio, un dompno Vitulus, una dompna Obtavia, personajes civiles de relevancia social a juzgar por el tratamiento que reciben. Como ha resaltado García de Cortázar, es importante reseñar que fueron seniores et principes terrae et omnes populi quienes confirmaron esta donación (1982,94), revelándonos la existencia de estos seniores terrae que, con frecuencia aparecerán en la documentación de la llanada central y oriental. No hay que olvidar, finalmente, el activo protagonismo del campesinado en un crecimiento agrícola del que fueron, sin duda, punta de lanza (PASTOR, 1996). Si a estos datos añadimos la progresiva diversificación económica que refleja la documentación conservada para estas tempranas fechas (terrae, vineas, pomares, ortales, linares, molinos), podemos intuir el contexto en el que debemos articular los datos que, de forma lenta aunque imparable, está ofreciendo la arqueología para nuestro territorio. Los términos casa, orto, corro, era, aparecen vinculadas entre sí desde los más primitivos testimonios recogidos por la documentación escrita altomedieval. Parece evidente que aún no se ha alcanzado la progresiva compactación que caracterizará a los núcleos habitados a partir de la segunda mitad del siglo X. Las técnicas constructivas nos remiten, en su totalidad, al uso de materiales perecederos que articulan dos tipos de estructuras: a) Construcciones levantadas a nivel del suelo, descansando sobre postes -unas veces escuadrados, otras no-que se insertan en agujeros y/o rozas perimetrales talladas en la roca a pico o picón. En algunos casos se conser- 2.4. Las producciones cerámicas reflejan un contexto distinto respecto del que veíamos para las centurias sexta y séptima, aportando un argumento más a favor de ese cambio que, como comentábamos, debió suceder a lo largo del siglo VIII. A finales de esta centuria, en efecto, hacen acto de presencia dos nuevas producciones desconocidas hasta el momento: la cerámica micácea (Grupo V)4 y la cerámica desgrasada con silicatos (Grupo VI) 5. Aunque los yacimientos y estratigrafías documentadas en el siglo VIII siguen siendo muy escasos en todo el País Vasco, creemos no equivocarnos mucho al situar la introducción de estas dos producciones en los últimos decenios de este siglo, máxime cuando el registro cerámico de la catedral de Santa María nos muestra ya en los siglos IX y X unos porcentajes para estas producciones cuantitativamente superiores a los de la cerámica grosera. El 84,1% de los Grupos V y VI respecto al total de la producción cerámica documentada en los siglos IX y X frente al 10,2% de la cerámica grosera, refleja la fuerte implantación de aquellos, al mismo tiempo que evidencia un considerable declive de este. De otra parte, la presencia de estas producciones va a provocar un doble efecto en la vajilla doméstica altomedieval, al introducir, por un lado, nuevas formas estandarizadas inexistentes hasta la fecha que amplían el repertorio formal y evidencian cierta especialización funcional (platos, cuencos, cántaros, jarros, etc.); y al desplazar, por otro, a la cerámica grosera de todos los ámbitos funcionales a excepción del culinario, en el que se mantendrá hasta bien entrado el siglo XI. En resumen, durante los siglos VIII y X se constata la presencia de dos niveles productivos bien distintos: uno en retroceso, heredero de época tardoantigua y representado por la cerámica grosera elaborada a mano/torneta, con perfiles globulares de tradición romana, decoradas con peinados heterogéneos y escasamente estandarizadas; y otro emergente, nuevo, indicador de importantes cambios en el paisaje económico y social, personificado en la cerámica desgrasada con silicatos (Grupo VI), y la cerámica micácea (Grupo V), con formas nuevas, estandarizadas, hechas a torno/torneta y asociadas a la decoración estriada. El primero de los niveles refleja unas producciones domésticas o familiares, de actividad periódica o estacional, cuyos productos se destinan al autoconsumo o a una red de distribución a escala local. El segundo, en cambio, está denunciando una actividad alfarera nueva, asentada en pequeños talleres rurales dispersos por la región y cuya producción se elabora con vistas a ser comercializada en mercados regionales como los que comenzarán a aparecer en la documentación del siglo X6. El siglo décimo supone una consolidación de las tendencias apuntadas en las dos centurias anteriores. Como ha señalado García de Cortázar, se intuye un proceso de progresiva dinamización de los territorios alaveses y, sin duda, tuvo que ver en ello el cese de las incursiones bélicas de los musulmanes y, como consecuencia, la instalación más permanente en el territorio y la explotación más intensa del mismo (1982,95). Muestra de ello son algunos indicios como la especialización económica que muestran ciertos territorios (cerealística en unos casos, vinícola, salinera o ganadera en otros), la frecuente mención al uso de los molinos, la fundación cada vez más frecuentes de monasterios que comienzan a recibir donaciones pro remedio animae o pro electione sepulturae, la densificación de los núcleos habitados, etc. 2.6. En la Gasteiz primitiva, los testimonios arqueológicos exhumados son también coincidentes con el dinamismo al que se hacía referencia en el párrafo anterior. En un momento avanzado del siglo X se introduce una innovación constructiva: la aparición de una técnica de construcción mixta, basada en el uso de zócalos de piedra sobre los que se levantan alzados con entrelazados lígneos manteados de arcilla y reforzados, en ocasiones, con pies derechos de madera embutidos en agujeros de poste. El registro arqueológico no ha aportado restos significativos de teja, por lo que cabe deducir, al igual que en los siglos anteriores, la pervivencia de techumbres con materiales perecederos. En el interior de las estancias hacen acto de presencia compactos suelos de tierra batida con uno o varios hogares ejecutados con una técnica muy esmerada7. No existen, sin embargo, cambios aparentes en la organización del espacio. La antigua vivienda lígnea de grandes dimensiones, es substituida por otra de tamaño también notable, aunque construida en técnica mixta. A su alrededor, el espacio se articula de forma similar a la que veíamos en la fase anterior, con las modificaciones constructivas señaladas. Es importante insistir en la permanencia de la vivienda principal como espacio privilegiado que articula las construcciones menores de su entorno. La presencia en el tercero de los suelos de este espacio doméstico de tres hogares contiguos nos está indicando su importancia. La documentación ofrece algunos datos de interés para este mismo periodo, reflejándonos también una morfología similar a modo de unidad productiva independiente. Es sumamente ilustrativa, a este respecto -por sus paralelos con la organización del espacio que describíamos más arriba-, la mención del año 975 a kasas cum suos solares et suas divisas, et exitos et introitos, et sua hera qui est ad illa porta, cum suo orto et suo korro et suas adiacentias ad toto giro qui ad ipsas casas pertinent (Cart. La descripción se repite hasta tres veces más en el mismo documento, denunciando la existencia de un modelo común organización espacial. No menos interesante, a nuestros efectos, resulta la información tipológica que reflejan algunas menciones documentales cuando se refieren, por ejemplo, a una casa cum sotalo et soperatum et corrale et orto cum suis pomiferis (Cart. El material constructivo predominante siguió siendo la madera, tal y como recogen también los testimonios escritos coetáneos: et levabimus matera de quator casas et uno orreo et tectus de tres ecclesias de Valle Posita, et composuimus de ipsa matera casas et eclesial in Villa Merosa, et restaurabimus eas (Cart. El cambio de milenio -por usar un referente simbólico-viene marcado por algunos aspectos históricos de la máxima importancia que dejarán huella, obviamente, tanto en la morfología de los asentamientos como en las estructuras productivas que los mantenían. Las investigaciones arqueológicas constatan también transformaciones de gran calado. A partir del siglo XI, en efecto, ocurren cambios importantes en la organización espacial del extremo septentrional de la primitiva Gasteiz, cambios que reflejan una nueva voluntad organizativa del espacio, un nuevo planteamiento urbanístico que resumiremos ahora muy brevemente y que será objeto de descripción pormenorizada en la publicación anunciada. Su documentación arqueológica y su segura adscripción cronológica a la primera mitad del siglo XI alcanzan un notable significado histórico. Lo más significativo, quizá, de la transformación a la que nos referimos sea la aparición, por primera vez, de la calle como articuladora del nuevo modelo. Para su trazado se procedió previamente: a) al arrasamiento de las estructuras que se interponían en su trazado; b) a la nivelación y preparación del terreno con el acarreo de toneladas de tierra procedentes de algún lugar próximo. Tras esta importante obra de preparación, la morfología del lugar se modificó sustancialmente (Fig. 2). Los elementos más significativos de la nueva configuración serán los siguientes: a) Una vivienda de dimensiones notables que ocupa el mismo emplazamiento que veíamos para la gran estructura lígnea del siglo IX y la estructura construida con técnica mixta que existió en el siglo X. Construida siguiendo las innovaciones técnicas desarrolladas por los constructores de las casas sobre zócalo de piedra, de esta estructura conservamos únicamente sus límites septentrional y occidental8, por lo que resulta imposible determinar de forma definitiva su planta y dimensiones. En su interior se han documentado un suelo de arcilla apisonada y un hogar circular. b) A pocos metros al norte de la estructura descrita (y esta proximidad es, por sí misma, suficientemente significativa sobre la creciente densificación y compactación del tejido urbano) se va a levantar otra vivienda con una técnica constructiva conocida en Europa pero que se documenta por primera vez en el asentamiento de Gasteiz y que articula la estructura construida sobre durmientes de madera y pies derechos encastrados en ellos. Conservada de manera parcial al haber sido afectada por actividades posteriores, resulta imposible establecer su planta, si bien sorprende por sus dimensiones. En lo que se conserva tiene, al menos, una longitud de ca. 11 metros y una anchura de ca. Un medianil lígneo divide la vivienda en dos estancias: una al sur, de 24 metros cuadrados conservados, en cuyo interior destaca un suelo de cal y un hogar, delimitado al oeste por una pequeña estructura rectangular de adobes9; y otra al norte, peor conservada, de al menos 35 metros cuadrados, cuyo interior carece de cualquier tipo de elemento diferenciador. c) La urbanización del espacio se completa con la creación de una calle en dirección noroeste-sureste, con una anchura de 4 metros. Aunque su estado de conservación es bastante deficiente, en algunos puntos se ha podido registrar una cama de preparación, compuesta por gran cantidad de mampuestos irregulares, sobre la que se asienta un enlosado de lajas calizas bien aparejadas que constituyen el suelo de uso. El proceso de diversificación cerámico iniciado en el periodo anterior se va a mostrar con igual o mayor fuerza en la primera mitad del siglo XI, al aparecer cuatro nuevos tipos cerámicos que se sumarán a los ya documentados anteriormente. Nos referimos a la cerámica desgrasada con Fig. 2. El cambio de milenio. Ubicación en planta y restitución en alzado del nuevo urbanismo documentado en la primera mitad del siglo XI, una vez efectuada la importante obra de nivelación y preparación del terreno calcita, silicatos y mica (Grupo III)10, la cerámica espatulada (Grupo IV)11, la cerámica pintada (Grupo VIII)12 y la cerámica rugosa de pastas claras (Grupo X) 13. Sin embargo, algunas de estas nuevas producciones no parecen responder a los sistemas productivos descritos para los siglos VIII y X, ya que presentan unas características técnicas y cuantitativas sustancialmente diferentes. Así, los grupos IV, VIII y X poseen unos porcentajes anecdóticos con respecto al resto de tipos cerámicos (un 1,2%, 0,4% y 0,8% respectivamente, frente al 24,4% ó 57,6 % de los grupos V y VI), además de mostrar una mayor calidad técnica en su factura, que inducen a pensar en producciones elaboradas por artesanos locales más especializados e incluso importadas de otras zonas. Esta diversificación y especialización de la producción va a manifestarse asimismo en el repertorio formal, extremadamente variado y estandarizado, surgiendo un buen número de tipos de ollas, platos, orzas, etc., e introduciéndose nuevas series cerámicas como los recipientes provistos de una piquera de puente vertedora (la sitra catalana) o el lebrillo. Nos encontramos, por tanto, ante un nuevo modelo productivo que viene a sumarse a los ya existentes, consolidado en el siglo XII con la aparición de las primeras producciones vidriadas, en concreto de la cerámica con vedrío espeso mate (Grupo XI)14. Sin duda, la calidad de esta producción, así como su exigua representatividad (3% del total), nos está hablando de cerámicas importadas de otros ámbitos geográficos, elaboradas en verdaderos talleres especializados, quizás urbanos asentados en el valle medio del Ebro y con escasa demanda aún en zonas rurales del cantábrico. Son significativas, a este respecto, algunas referencias documentales que mencionan explícitamente redes de comercio a larga distancia ya consolidadas. Es el caso del Fuero de Miranda que, por estas fechas (1099), se está refiriendo a omnes homines de terra lucronii, aut de nagera, aut de rioga, qui voluerint transire mercaturas versus alauam... aut omnes de alaua aut de alia terra quacumque versus locronium aut ad nagaram aut riogam, transerit per mirandam (Fuero de Miranda de Ebro, ed. F. Cantera Burgos, Madrid, 1945: 56). Parece claro, ya para terminar, que el nuevo milenio llegaba anunciando cambios de gran envergadura que no podemos desarrollar en el espacio de este breve artículo. Si es cierto que una imagen vale más que mil palabras, la figura que adjuntamos (Fig. 3) debe ser suficientemente expresiva para reflejar la importancia de las transformaciones que se avecinaban y que acabaron por convertir la vieja aldea campesina primero en un asentamiento sólidamente fortificado y, más adelante, en una villa que ha mantenido su prosperidad hasta nuestros días. Sobre el mismo espacio que veíamos en la fase anterior se procederá a la construcción de una potente muralla pétrea a la que, posteriormente, se adosará intramuros una iglesia. Tras el incendio de 1202 se procede a la reconstrucción de la anterior iglesia y a la edificación extramuros de un gran templo, que con el tiempo acabará transformándose en la actual catedral de Santa María. Solamente cuando la construcción del nuevo templo avance hacia los pies se procederá al derribo de la iglesia y muralla que obstaculizaban su desarrollo.
En este artículo proponemos un acercamiento a la estructura y diseño arquitectónico de las mezquitas cordobesas mediante el análisis metrológico y de modulación de algunos conjuntos excavados en la capital andalusí. A través del estudio minucioso de las dimensiones de los patios y salas de oración, tratamos de determinar qué unidades métricas se aplicaron en el diseño y posterior ejecución de estos edificios, c ómo s e p lanteó s u c onstrucción o si existieron proporciones generales que rigiesen el diseño de cada una de sus partes. La aplicación de esta metodología a los conjuntos documentados ha permitido reconocer una tipología para las mezquitas califales cordobesas. Esta confirma la cronología de determinados conjuntos y sugiere detalles relativos a su organización interna, se relaciona con los ritmos constructivos detectados en la mezquita mayor, y permite hipótesis de reconstrucción de algunos conjuntos no documentados en su totalidad. SISTEMA MÉTRICO Y UNIDADES DE MEDIDA EN AL-ANDALUS Los objetivos planteados requieren también de una aproximación al complejo universo del sistema de medidas que se utilizó en al-Andalus, determinante para el mundo de la construcción, y también uno de los pilares básicos y más eficaces de control de la economía del Estado (Jiménez Hernández 2015: 2). Sin embargo, mientras que el carácter universal del sistema métrico romano es un hecho asumido (Ibid.), no ocurre lo mismo con las unidades medievales, consideradas por muchos autores como "una amalgama de medidas de origen romano, visigodo y árabe a las que se añadirían las usadas por los constructores románicos y góticos, adaptadas además a las necesidades y circunstancias del lugar" (vid. Roldán 2013: 34). En el ámbito hispanomusulmán, además, los investigadores han percibido siempre una fuerte complicación del panorama debido al "empleo, bajo la común denominación de codos, de unidades que difieren bastante entre sí" (Hernández 1961(Hernández -1962: 5: 5) y que no en todos los casos respondieron a la cuantificación de medidas de longitud. Hasta la fecha, numerosos investigadores han tratado, con desigual éxito, de identificar algunos de estos tipos de codo, así como su equivalencia en metros o centímetros actuales. De entre todos ellos,3 hay que subrayar la labor de F. Hernández (1961Hernández ( -1962)), quien emprendió la titánica tarea de analizar la metrología de la mezquita aljama de Córdoba en sus múltiples fases, a través de la información aportada por las fuentes escritas y la realidad material. Tomando en consideración gran cantidad de variables, este autor concluyó que en el diseño y ejecución de la gran mezquita cordobesa se utilizaron, principalmente, dos tipos de codo: el denominado mammuní, para el que obtiene una equivalencia general de 47,14 cm; 4 y el rassasí, que tuvo un valor de aproximadamente 58,93 cm (Hernández 1961(Hernández -1962: 45): 45). Con todo, no pudo determinar las razones que rigieron la elección de uno u otro codo, pues no parecen observarse preferencias por ninguno de ellos a lo largo de los distintos siglos. A la hora de plantear el estudio arqueológico de las mezquitas secundarias de la Córdoba islámica, nos enfrentamos a una problemática muy concreta derivada de la falta de restos susceptibles de ser analizados con metodologías tradicionales. Hasta hoy, la arqueología tan solo ha logrado localizar apenas una quincena de conjuntos interpretables como mezquitas secundarias, cuyos estados de documentación y conservación son muy desiguales. Perviven algunos alminares, hoy transformados en campanarios de iglesias, pero las labores de restauración impiden, con demasiada frecuencia, un desarrollo adecuado de las lecturas paramentales. Por otra parte, la exhumación de las plantas completas de las mezquitas es del todo infrecuente y, en líneas generales, carecemos de información estratigráfica o planimétrica adecuada, que se agrava por la escasez de material arquitectónico, artístico u ornamental asociado a los restos. Dadas estas condiciones, la aplicación de las metodologías al uso para alcanzar una mejor comprensión arquitectónica de las mezquitas cordobesas resulta insuficiente, haciéndose necesaria la adopción de nuevos enfoques. Las circunstancias descritas nos estimularon a proponer un acercamiento a la estructura y diseño arquitectónico de las mezquitas cordobesas a través del análisis de su modulación y metrología. El objetivo principal consiste en determinar cuál fue la unidad de medida empleada en el diseño de estos edificios. A raíz de ello, intentamos también aproximarnos a la forma en que fueron proyectados, así como a sus posteriores materializaciones físicas sobre el terreno. En segundo lugar, procuramos comprobar si hubo alguna relación proporcional entre las dimensiones de cada una de las partes estructurales de las mezquitas, o si existieron esquemas constructivos. De ser así, intentaremos la extrapolación de los patrones obtenidos a los casos documentados parcialmente, sugiriendo hipótesis sobre la ubicación y formas básicas de las partes del edificio que aún no se conocen. Esta propuesta solamente puede probarse en ejemplos cuyas plantas se hayan excavado completas o lo más completas posible, con dimensiones escrupulosamente consignadas, y para los que se dispusiera de una planimetría fiable y precisa. Por ello, se ha aplicado tan solo en tres ejemplos cordobeses -las mezquitas de Fontanar, la Ronda Oeste y Santa Clara (vid. infra)2 -y en uno proveniente de Madīnat al-Zahrā'. 3 cidad de medidas se debió a la existencia de variaciones y submúltiplos que, extraídos de un mismo sistema métrico vigente, no supusieron nunca la modificación del mismo. La comprobación de esta idea en muy variados ejemplos arquitectónicos7 ha permitido a este autor identificar un sistema métrico válido en todo el mundo islámico medieval, basado en un pie de 31,43 cm. Según estos trabajos, este sistema guarda equivalencias exactas con otros anteriores y coetáneos a él, que Jiménez recoge en distintas tablas. Estas unidades de medida también tuvieron su equivalencia en dedos: 24 y 30 dedos respectivamente, midiendo el dedo 1,96 cm. En resumen, el codo mammuní fue un codo común, de 24 dedos o 6 palmos menores, y el rassasí correspondió a un codo mayor de 30 dedos o 7,5 palmos (vid. Jiménez Hernández 2015: 4, fig. 2). Este último codo, además, era "una medida que establecía una equivalencia clara con el sistema romano, equivaliendo a dos pies romanos con precisión de un decimal" (Jiménez Hernández 2015: 4). 8Por tanto, nuestro análisis se desarrolla a partir de la afirmación de que el planteamiento y posterior codos enteros o medios codos, pies enteros o medios pies, pues son las que, a la luz de las lecturas previamente citadas, consideramos que pudieron emplearse para la proyección sobre el terreno de estos edificios. Caso 1: mezquita de Fontanar Según los datos extraídos de la excavación arqueológica en la que se documentó (vid. Luna y Zamorano 1999; González Gutiérrez 2016a: 109 y ss.), este conjunto tuvo una única fase constructiva, en época califal, sin que experimentara modificaciones ni remodelaciones sustanciales a lo largo de su vida útil. Pero, aunque su construcción sobre el terreno se realizase en un mismo momento, para aproximarnos a cómo se pudo plantear su diseño sobre el plano analizaremos cada espacio por separado: SALA DE ORACIÓN: su forma prácticamente cua-En el estudio de la mezquita de Córdoba, por ejemplo, F. Hernández descubre que las menciones que los autores árabes hacen a las medidas corresponden prácticamente en todos los casos a las medidas exteriores. Éstas suelen contemplar la inclusión de los elementos que sobresalen de la mezquita, como por ejemplo los contrafuertes, aunque no siempre el mihrab. Fig. 3: dimensiones de la sala de oración de Fontanar. MEZQUITA TOTAL: a simple vista, los resultados relacionados con el patio no son concluyentes, por lo que hemos elaborado también una tabla (Fig. 6) en la que se resumen las dimensiones globales de esta mezquita, para comprobar si la adición del patio al haram guardó alguna relación proporcional con éste. A la luz de estos datos, interpretamos que la sala de oración es el primer espacio que se plantea, a partir de un círculo y un cuadrado inscrito en él de 70 pies de lado. La ejecución de la obra supuso una mínima modificación de esas medidas, lo cual llevó a esta sala a tener 67,5 pies de ancho por 69 de largo. A ella parece añadirse, sin influir en su diseño, el patio que, sin pórtico, tiene unas dimensiones prácticamente idénticas al haram (67,5 pies de ancho x 69,5 de largo). La adición del pórtico, pese a no deberse a una reforma cronológica posterior, rompe esa simetría. No obstante, las dimensiones totales y finales de la mezquita se pueden medir en pies, como se observa en la figura 6. Al margen de la simetría casi exacta entre la sala de oración y el patio sin pórtico, no hemos encontrado en este ejemplo ninguna razón proporcional que justifique la elección de dichas medidas, como sí ocurre en otros casos.10 Sin embargo, resulta interesante la comparación, a grandes rasgos, entre las formas de la mezquita de Fontanar y la planimetría, en sus distintas fases de crecimiento, de la Gran Mezquita, cuyo resultado confirma la cronología califal del conjunto que estamos analizando. La mezquita de los viernes tuvo, en origen, una planta total cuadrada, en la que oratorio y patio contaron aproximadamente con la misma superficie. Este equilibrio fue alterado con la construcción, en tiempos de Hišām I, de un alminar que se proyectaba hacia el exterior. La ampliación hacia el sur de'Abd al-Raḥmān II no devolvió al edificio esa armonía en A la luz de los datos contenidos en la figura 8, nos queda bastante clara la plasmación del proyecto de obra sobre el terreno: una sala de oración rectangular de 19 o 24 pies de longitud, dependiendo esto de si consideramos o no el mihrab, por 28,5 pies de anchura. Aunque sea evidente, una vez más, la utilización del pie en el planteamiento de las magnitudes lineales, no hemos logrado esclarecer cuál fue el proyecto inicial del arquitecto, que parece alejarse del esquema seguido en Fontanar. Además, encontramos una cuestión bastante llamativa en el trazado del mihrab, que dibuja un círculo al interior cuyo radio mide, exactamente, un codo rassasí. PATIO: para el estudio del patio consideraremos dos modalidades: la versión sin pórtico (Figs. 9 y 10), que constituye según algunos investigadores la parte inicial de la construcción (Murillo, Casal y Castro 2004: 267); y una segunda con el pórtico ya añadido (Figs. sus proporciones, la cual no se recuperaría hasta el añadido de'Abd al-Raḥmān III. Con él, patio y sala de oraciones volvieron a tener, a grandes rasgos, la misma área. La ruptura definitiva de este equilibrio se produciría con la última ampliación hacia el mediodía, ordenada por al-Ḥakam II (Hernández 1961(Hernández -1962: 40): 40). En la mezquita que nos ocupa se observa una proporción casi exacta entre el espacio otorgado a la sala de oraciones y el destinado al patio, sin contar su pórtico. Por tanto, en comparación con la aljama, estamos ante un tipo sin duda alguna califal, bien de'Abd al-Raḥmān III por el acusado equilibrio de superficie imperante entre la sala y el patio, bien de al-Ḥakam II por la ruptura de ese equilibrio con la adición del espacio porticado. Caso 2: mezquita de la Ronda Oeste Esta mezquita fue fechada en un primer momento en época califal por la arqueóloga responsable de su excavación, pero posteriormente se ha propuesto un origen emiral para la misma, con una posible fase de ampliación califal. 11 Nuestro análisis pretende comprobar si la configuración final de esta mezquita se debió a la existencia de dos fases constructivas distintas, para lo cual analizamos los espacios de forma análoga al caso 1. SALA DE ORACIÓN: en esta ocasión, las dimensiones exteriores no están determinadas por contrafuertes. No obstante, contamos con un mihrab que se proyecta hacia el exterior y que nos hace contemplar dos posibles longitudes, como reflejamos en las figs. 7 y 8. Por otra parte, dada la forma rectangular de la sala, descartamos su trazado a partir de un cuadrado inscrito en un círculo. MEZQUITA COMPLETA: como en el caso anterior, hemos completado este análisis con la consideración de las dimensiones de la mezquita como un todo, en primer lugar sin pórtico (Fig. 13), y posteriormente con él (Fig. 14). Los resultados arrojados por estas figuras no nos permiten discernir si la mezquita se planteó desde un primer momento con pórtico o sin él pues, en ambos casos, las magnitudes lineales coinciden tanto con pies como con codos mammuníes. La contabilización del mihrab supone un descuadre en la longitud total para la que creemos poder ofrecer una explicación: es posible que la sala de oración no se proyectase desde fuera hacia adentro, como veníamos considerando, sino al revés. De ser así, el arquitecto no habría primado en sus cálculos, la superficie del espacio disponible -lo cual no resulta descabellado ya que estamos hablando de un área libre de construcciones en aquel momento y, por tanto, sin restricciones urbanísticas-, sino que habría tenido en cuenta, por encima de todo, la superficie necesaria para conseguir el aforo deseado al interior del Tal y como ocurre con la sala de oraciones, se evidencia el uso del pie en la ejecución de la obra de este espacio (28,5 x 20 pies), aunque la correspondencia de la longitud con la anchura multiplicada por √2 (vid. nota 9) no se halla tampoco en este caso. La aplicación de este método de análisis no nos ha permitido, por tanto, conocer cómo se proyectó este patio sobre el papel. b) Patio con pórtico: Con la construcción del pórtico, el patio o sahn se convierte en un espacio mucho más cuadrangular (8,94 x 9,70 m). Con todo, el análisis de este espacio con su pórtico parece complicar más que esclarecer el panorama, pues no se observan equivalencias claras en las unidades de medida. Puesto que anchura y longitud del patio sin pórtico se pueden medir en pies, y se descuadran al añadir el espacio porticado, cabría suponer que éste no se contempló en el diseño inicial del sahn. 11: vista del patio de Ronda Oeste con la hipótesis de su trazado, esta vez con pórtico, a partir de un círculo. Aunque no se ajusta exactamente a la ubicación del sahn, el cuadrado inscrito concuerda mucho mejor con las dimensiones del mismo, al contrario de lo que sucedía en el caso anterior. al exterior, que nos obligan a contemplar varias combinaciones (Fig. 17): A tenor de estos datos podría deducirse que la proyección de este espacio se planteó en ausencia de sus elementos exteriores. El rectángulo que dibuja la sala de oración, de 49,5 x 37,5 pies, tampoco sigue la proporción de anchura x √2 = longitud, ni a la inversa. Sin embargo, la longitud exterior sin elementos, multiplicada por √2, da un ancho de 53 pies, que sí se aproxima más a los 53,77 pies de la anchura con el contrafuerte. PATIO: tampoco parece que este espacio se proyectase a partir del trazado de círculo-cuadrado que sí hemos podido comprobar en el caso 1. El estudio de sus dimensiones tampoco parece ser más concluyente, como se aprecia en las figs. 18 y 19: haram. De resultar cierta esta propuesta, habría que contabilizar tan sólo las medidas interiores y excluir al mihrab, de la siguiente manera (Fig. 15): Las magnitudes obtenidas, reflejadas en la figura 15, apoyan esta propuesta, en la que de nuevo prima la utilización del pie por encima de cualquier otro múltiplo o submúltiplo. Por el contrario, la comparativa con la mezquita de los viernes no puede efectuarse tan claramente como para el caso 1. Aquí, haram y patio no guardan simetría, ni siquiera aproximada, en sus formas o superficies, pues nos encontramos ante una mezquita longitudinal que no sigue el modelo de la mezquita aljama primitiva. La preeminencia de la longitud por encima de la anchura sí se da a finales de época emiral en la gran mezquita cordobesa, pero con una notable predominancia del haram sobre el sahn, circunstancia que no observamos aquí, en la Ronda Oeste. La adición o no de un pórtico aquí nunca supuso la creación ni la recuperación de un equilibrio entre la superficie dedicada a ambos espacios, como sí ocurre en la aljama. Por tanto, a simple vista, la comparación de las formas de este oratorio con la gran mezquita no nos aporta ninguna pista sobre su posible cronología. SALA DE ORACIÓN: como en los casos precedentes, hemos examinado en primer lugar las dimensiones exteriores del haram. El planteamiento de un trazado cuadrangular a partir de un círculo no parece tener sentido en esta ocasión, tal y como se desprende de la figura 16. Además, esta mezquita incluye una serie de elementos, tales como un contrafuerte12 o un mihrab proyectado La consideración de las medidas globales de la mezquita nos ha permitido encontrar, por fin, una proporción. La anchura exterior sin contrafuertes (49,50 pies) multiplicada por √2, da como resultado 70 pies exactos, que se aproximan considerablemente a los 70,50 pies que tiene la longitud exterior sin pórtico. Esto resulta mucho más relevante si recurrimos a la comparación de la metrología de esta mezquita con la de su aljama correspondiente. Según A. Jiménez, la aljama de Madīnat al-Zahrā' "se trazó siguiendo la tradición geométrica iniciada en Damasco" (Jiménez Hernández 2015: 20), comenzándose su diseño, una vez más, a partir del haram. La longitud interior del mismo equivalió a 76 pies, cuya multiplicación por √2 habría dado la anchura de dicho espacio, esto es, 107,5 pies. El patio, por su parte, tuvo esa misma anchura, además de una longitud de 87,5 pies. Teniendo en cuenta también la propuesta de A. Jiménez de que el haram de esta aljama se planteó desde adentro hacia afuera porque primó el cálculo de la capacidad que se deseaba que albergase, hemos aplicado dicha hipótesis a esta mezquita menor (Fig. 21). Obtenemos así que no sólo las medidas lineales son enteras en pies, sino que la longitud multiplicada por √2 efectivamente resulta en la anchura del oratorio: 31,5 x √2 = 44,54. Con todo, debemos ser cautos, pues nos encontramos ante una proporción que sólo hemos sido capaces de rastrear en este caso, y que dejamos aquí apuntada para tener en cuenta en un futuro, si apareciesen más ejemplos rectangulares susceptibles de ser analizados a través de esta metodología. Caso 4: mezquita de Santa Clara Este es, quizás, el caso más complicado de cuantos venimos analizando hasta ahora pues, pese al estado de conservación excepcional del conjunto, lo cierto es que hay detalles importantes que aún se desconocen. Paradójicamente, las numerosas excavaciones acontecidas en su MEZQUITA COMPLETA (Fig. 20): la equivalencia de estas dimensiones en pies no despeja ninguna de las incógnitas existentes. Los resultados obtenidos no nos han permitido determinar tampoco si longitud y anchura están relacionadas a través de alguna proporción concreta. Con todo, procederemos también a la contemplación de las dimensiones totales del inmueble. A partir de la figura 23 podemos lanzar las siguientes deducciones: parece que, en efecto, el arquitecto pudo esbozar este haram según el sistema que ya hemos comentado, a partir de un círculo con un radio de 40 pies en el que se inscribió un cuadrado de 56,5 pies de lado. No obstante, quizás la ejecución de la obra no pudiese ajustarse con exactitud a dicho planteamiento ya que, pese a que la anchura real de la sala tuvo finalmente 56,31 pies -que sí se aproximan a los 56,5 planteados-, la longitud excedió bastante esa cantidad. Esta es una hipótesis más que razonable si tenemos en cuenta que, por primera vez en todos los casos analizados, no estamos ante una construcción que dispusiese de un terreno libre de edificaciones, sino que hubo de ajustarse a un solar muy específico que, además, también contaba con estructuras previas (Ruiz Bueno 2016: 410-418;670-671). De la misma manera, el urbanismo ya existente del entorno debió de influir en la puesta en marcha del edificio que nos ocupa. En otro orden de cosas, cabe asimismo la posibilidad de que las inexactitudes que pueda albergar nuestro plano influyan en esta distorsión. PATIO: la aplicación de la misma metodología que estamos considerando para los casos anteriores resulta así: seno no siempre han conducido a una mejor comprensión de la evolución y la cronología del inmueble, del cual ni siquiera se había ofrecido, hasta la fecha (González Gutiérrez 2016a: 179 y ss.), una planta de la fase islámica que completase o corrigiese las hipótesis de F. Hernández (1975: 204, fig. 43) o V. Escribano (1964-1965: 89). Las dimensiones consignadas por los distintos investigadores que han intervenido en el edificio no siempre coinciden, por lo que resulta arduo, cuando no imposible, obtener tablas de medidas rigurosas (Ibid.: 182 y ss; tablas 10 y 11). Por otra parte, las dificultades que entraña el acceso a su interior para un reconocimiento in situ, así como su estado semi ruinoso, nos han impedido llevar a cabo mediciones adecuadas o lo suficientemente precisas para el análisis que proponemos. A pesar de las citadas adversidades, la conjugación entre los datos recogidos por todas las intervenciones previas y los tomados por nosotros, nos permiten ofrecer una planta provisional de la antigua mezquita que, si bien resulta parcialmente hipotética, se convierte en una primera base sobre la que trabajar en esta línea. SALA DE ORACIÓN: Dadas las similitudes que el edificio guarda con la mezquita de Fontanar, podemos sugerir que su planteamiento constructivo fue similar. Nos encontramos ante una sala de oración de planta cuadrada, por lo que cabe pensar que ésta se trazó, de nuevo, a partir de un círculo (Fig. 22). Consideramos las dimensiones exteriores, condicionadas por la existencia de cuatro contrafuertes a cada lado de la sala. RESULTADOS PRELIMINARES Y REFLEXIONES PARA FUTURAS INTERVENCIONES Tras este recorrido, creemos posible afirmar que los espacios religiosos analizados se plantearon y edificaron siguiendo el pie como unidad de medida. Este estudio contribuye así, de alguna manera, a desterrar la creencia de que el sistema de medidas medieval islámico era caótico, no reglado o incluso aleatorio. La construcción de estas mezquitas partió del diseño de su haram, si bien no hemos sido capaces de hallar una proporción general que justifique la elección de unas u otras dimensiones, o que determine el tamaño del patio en función del de la sala de oraciones. Parece que estos diseños se llevaron a cabo desde fuera hacia dentro, aunque en el caso 2 (Ronda Oeste), es posible que el planeamiento se realizase a la inversa, primándose el cálculo del aforo deseado para este oratorio. El análisis de las mezquitas pertenecientes a Qurṭuba nos sugiere la existencia de un posible esquema de construcción de las mezquitas califales (en este análisis, Fontanar y Santa Clara), conformadas por una sala de oración de planta cuadrada y, a continuación, un patio porticado en su lado noroeste que parece tener también una forma cuadrangular de igual superficie, o ligeramente mayor, a la de la sala de oración (Fig. 27). Este tipo de mezquita reproduce, a grandes rasgos, el esquema de doble cuadrado de la aljama cordobesa en época califal. Por su parte, el análisis del conjunto aparecido en la Ronda Oeste no nos ha permitido despejar contundentemente las incógnitas que albergábamos al inicio. Salta a la vista que esta construcción no encaja con el tipo de doble cuadrado recién descrito, lo cual puede llevarnos a pensar en una fundación emiral del conjunto. Además, la extraña disposición de su pórtico, detrás del alminar y no entregándose a un lateral del mismo, también nos lleva a pensar que se añadió en un momento posterior, cuando la mezquita y su alminar ya estaban construidos. La aplicación de un modelo de doble cuadrado para las mezquitas califales de Córdoba no es, en principio, extrapolable a las demás mudun. En la vecina Madīnat al-Zahrā', por ejemplo, parece estar sucediendo algo bien distinto. La pequeña mezquita analizada más arriba (caso 3), aunque califal, se aleja del modelo de doble cuadrado para acercarse a las formas y proporciones de Aunque, al igual que ocurre en los ejemplos precedentes, el patio parece sufrir más desajustes que el haram, en este caso el descuadre se dispara, ya que apenas ninguna medida parece haber sido tomada en pies enteros, ni en la hipótesis de plano ni en la obra final. Al margen de que los posibles errores contenidos en nuestra propuesta planimétrica puedan influir en esta cuestión, podría haber ocurrido que esta mezquita experimentase distintas fases constructivas. Estas, además de evidenciarse quizás en las diferencias de aparejo observadas al exterior (González Gutiérrez 2016a: 188), anularían el sentido de un análisis global del patio. MEZQUITA COMPLETA: dada la utilidad que ha demostrado tener para el resto de ejemplos contemplados en nuestra propuesta, hemos llevado a cabo, asimismo, el análisis del edificio en su conjunto (Fig. 26). Según estos datos, podemos plantear que la construcción de esta mezquita se llevó a cabo partiendo primero del diseño de su sala de oración. Ésta se proyectó desde el exterior hasta el interior, y no a la inversa, por las limitaciones de espacio que comentábamos más arriba, lo cual significaría que el arquitecto artífice del proyecto hizo uso del solar del que disponía desde fuera hacia dentro. Así, pudo trazar las líneas fundamentales de la estructura del haram, y a partir de éstas diseñó el resto del inmueble. la aljama de esta misma ciudad. Su sala de oraciones se concibió, otra vez, desde dentro hacia fuera, primándose la obtención de un aforo concreto. En este caso sí se ha podido comprobar la aplicación de una proporción específica, consistente en la multiplicación de la anchura del edificio por √2 para la obtención de su longitud total. Lamentablemente, estos resultados tampoco pueden trasladarse a otros ejemplos de este mismo asentamiento, puesto que sólo contamos con un caso analizado y, por tanto, insuficiente para derivar de él estadísticas o tendencias. Sin embargo, sí creemos interesante implantar, a modo de hipótesis, el esquema califal de doble cuadrado que se ha podido identificar para Fontanar y Santa Clara (Fig. 27) a otros restos de mezquitas cordobesas que no han sido documentados en su totalidad. Nos referimos, entre otros, a los vestigios parciales que se encontraron en los terrenos de la actual estación de autobuses (vid. González Gutiérrez 2016a: 123 y ss.), muy precarios pero que permiten conocer cuál fue el perímetro aproximado del edificio, aunque sin detalles sobre su estructuración interna. Hemos insertado en él dos formas cuadradas de 11,96 m de lado, una a modo de sala de oracionescon el mihrab al exterior, tal y como se ha considerado en los casos anteriores-y otra simulando el patio. El resultado obtenido nos sirve como propuesta preliminar de las formas de esta mezquita (Fig. 28). Este mismo procedimiento lo hemos trasladado a los restos documentados durante la excavación de las denominadas "Naves de Fontanar" (vid. González Gutiérrez 2016a: 243 y ss.), cuya planta se conoce con mayor exactitud que la del caso anterior, aunque se carece de estratigrafía asociada a la misma. 13 Se trata de un edificio califal estructurado en dos cuerpos diferentes: un primer espacio compuesto por tres naves separadas por columnas, que podría ser interpretado como haram; y un posible sahn, también de planta cuadrada, con un espacio adosado a su lado noroeste que pudo constituir un pórtico. La superposición del esquema de doble cuadrado -en este caso de 11,49 m de lado-a la planimetría de este conjunto (Fig. 29) encaja casi a la perfección con la hipótesis que defendemos: De esta manera, la sala de oración dibujaría una planta cuadrada, y el patio tendría aproximadamente las mismas dimensiones que ésta, o ligeramente mayores si incluimos el muro de separación entre esta zona y la anterior. El espacio sobrante correspondería al pórtico que, además, coincide con un pequeño espacio delimitado por un muro, detectado durante los trabajos de documentación del conjunto. La coincidencia casi exacta entre las áreas documentadas y el esquema hipotético que proponemos proporciona otro argumento sólido Fig. 27: mezquitas califales de Madīnat Qurṭuba analizadas. Ambas responden a un modelo de doble cuadrado, con ligeras variaciones. En el primer caso, tanto la sala de oraciones como el patio sin su pórtico compartieron una superficie prácticamente idéntica. En el segundo, el pórtico se incluye en el cuadrado en el que se circunscribió el patio completo. Dicho cuadrado tuvo también unas dimensiones muy similares a las de la sala de oraciones. Fig. 28: superposición del esquema de doble cuadrado a los restos documentados en la estación de autobuses. A la izda., perímetro documentado para el edificio en el proceso de excavación (González Gutiérrez 2012: 144, fig. 12). A la dcha., una nueva propuesta planimétrica, en la que añadimos un muro de separación entre la sala de oración y el patio -del mismo espesor que los muros documentados-, junto con un pórtico en el extremo NW (González Gutiérrez 2016b: 278, fig. 4). Para terminar, si bien el escaso número de ejemplos con el que nos hemos visto obligados a trabajar ha limitado nuestro rango de actuación, la aplicación de esta metodología nos ha permitido entrever algunas líneas muy interesantes sobre las que seguir trabajando a la luz de nuevos ejemplos. Aunque, por el momento, no pueden erigirse como modelos generales, estos resultados pueden constituir pautas sobre las que seguir avanzando, o bien referencias para emprender estudios similares en otras ciudades andalusíes. Si bien algunas de estas hipótesis podrían confirmarse en el futuro mediante nuevos análisis y hallazgos arqueológicos, debemos subrayar que este tipo de análisis debería ser siempre complementario al registro estratigráfico y estar subordinado a la información vertida por el mismo. La propuesta de análisis recién presentada ha sido supervisada por los Profes. Desiderio Vaquerizo y Alberto León, a quienes agradecemos encarecidamente su dedicación y sus comentarios. Hacemos también extensible este agradecimiento al Dr. Alejandro Jiménez Hernández, quien ha tenido la amabilidad y el interés de orientarnos en todo momento a lo largo de este proceso de estudio, y con quien hemos tenido oportunidad de discutir y comentar en numerosas ocasiones los resultados que progresivamente íbamos obteniendo. Este trabajo es, sin duda, deudor de su labor, así como de sus indicaciones y apreciaciones. Por último, queremos mostrar nuestra enorme gratitud hacia D. José María Tamajón Navarro, cuya labor ha sido fundamental en el proceso de dibujo, corrección y reelaboración de los planos sobre los que se sustenta esta investigación. a favor de la interpretación de este edificio como una mezquita, insegura según sus excavadores (Murillo et al. 2004: VII, 166). La aplicación de esta tipología de doble cuadrado a los casos dudosos resulta, a la luz de este ejemplo, bastante esclarecedora para ayudar en la identificación de posibles mezquitas en lo sucesivo, así como para afinar en cuestiones de cronología. En cuanto a la correspondencia de estos dos últimos trazados esquemáticos con los pies islámicos, obtenemos, una vez más, la confirmación de la utilización de dicha unidad de medida: Desafortunadamente, carecemos de un número significativo de mezquitas emirales, por lo que no podemos proponer una cronotipología más amplia que rebase los límites del Califato. Aun así, ya hemos visto cómo el análisis métrico de la mezquita de la Ronda Oeste (caso 2), cuya cronología inicial ha sido objeto de intenso debate, ha suscitado la aparición de nuevos argumentos a favor de su origen emiral, así como de una posible ampliación de su patio durante el Califato. 29: superposición del esquema de doble cuadrado a los restos documentados de Naves de Fontanar. A la dcha., una nueva propuesta en la que diferenciamos su sala de oración y su patio, con un pórtico en el extremo NW (González Gutiérrez 2016b: 278, fig. 5).
( Barcelona, 1952Barcelona, -2017) ) Llegado el momento de definir esta manera de actuar, podemos concluir que, básicamente, la arqueología del patrimonio edificado lo es cuando su objetivo trasciende los resultados de la excavación y se ocupa también, o solamente, del estudio de las estructuras aéreas a través de la estratificación que presentan. Se trata, pues, de utilizar un método de aproximación al yacimiento que pueda permitir un conocimiento integral del mismo. De esta manera, y entendiendo como yacimiento todo el conjunto edificado, la atención deberá centrarse por igual en acciones arqueológicas consideradas tradicionales, tales como la abertura de sondeos o la excavación de superficies amplias, ya sea por debajo o por encima de la cota 0, como en el análisis estratigráfico pormenorizado de paramentos y otras estructuras aéreas. Así, las conclusiones del estudio arqueológico atañerán indiscriminadamente a todos los elementos del conjunto construido, visibles o no. La madrugada del pasado 6 de abril nos dejó Alberto López Mullor, doctor en Geografía e Historia y director del Programa de Conjuntos Históricos de la Diputación de Barcelona. Se lo llevó la enfermedad contra la que luchaba desde hacía años. Hasta el día antes de ingresar por última vez en el hospital aún escribía artículos y corregía trabajos de sus alumnos, y se lamentaba de no tener suficiente tiempo para atender sus compromisos académicos. Se enfrentó a su infortunio con tanta dignidad y fortaleza de espíritu, con una determinación tal que, en ocasiones, aún a sabiendas del combate desigual que disputaba, a muchos nos pareció que acabaría venciendo. Alberto López nació el 8 de julio de 1952 en el barrio barcelonés de Sants, detalle no menor, ya que siempre insistió en destacar que se sentía muy orgulloso de haber nacido y crecido allí, justo enfrente de las vías del tren y con el mar en el horizonte. Estudió en las escuelas públicas del barrio, y en 1969 ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona, instalada entonces, antes de construirse el campus de Bellaterra, entre los muros del monasterio de Sant Cugat del Vallès. Allí decidió ser arqueólogo. Aún estudiante, obtuvo sucesivas becas de la Diputación de Barcelona para hacer prácticas en el Museo Arqueológico de Barcelona y colaborar activamente en las excavaciones de Empúries. Terminada la carrera en 1974, en la que recibió premio extraordinario de licenciatura, cumplió servicio militar en la base naval de Cartagena y en el Cuartel General de la Armada en Madrid, donde compaginó la enseñanza en el Colegio de Huérfanos Nuestra Señora del Carmen con las prácticas profesionales en el Museo Arqueológico Nacional. De vuelta a casa, encadenó diversas becas del Ministerio de Educación y Ciencia e intensificó progresivamente su antigua vinculación con el Museo Arqueológico de Barcelona, primero como investigador y más tarde como arqueólogo a tiempo parcial. Alternó esa dedicación con su labor como profesor ayudante del Departamento de Prehistoria e Historia Antigua en la Facultad de Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona y como técnico del Patronato Municipal de Cultura del ayuntamiento de L'Hospitalet de Llobregat. Aún tuvo tiempo de gozar de una estancia en la Fondazione Lerici de Roma y de participar en las excavaciones de las necrópolis etruscas de Cerveteri y Tarquinia, antes que, en 1980, ganara por oposición la plaza de conservador de plantilla del Museo Arqueológico de Barcelona. Fue en esa época donde se acabó de forjar el vínculo de relación personal y profesional -que se había iniciado en su etapa de estudiante-, con el doctor Eduardo Ripoll, a la sazón director de dicha institución. No es ningún secreto que Alberto López se reconoció siempre como alumno y discípulo del profesor Ripoll, cuya influencia en tantas facetas de su trayectoria académica y de su formación humana se me antoja decisiva. Y me consta que mantuvo siempre el equipo encabezado por Pierre Jean Trombetta, que entonces dirigía los trabajos en el Grand Louvre. Un año más tarde, en el marco de la campaña anual de excavaciones en la ciudad romana de Empúries y formando parte del equipo de dirección, experimentó con el nuevo modelo de registro en los sondeos practicados en el área septentrional de las tabernas del foro, revelándose también aquí, en el campo de la arqueología clásica, la validez y efectividad del método estratigráfico. Tras estos dos ensayos, pasó a utilizarlo de manera cotidiana en todas sus excavaciones, tratando siempre de adaptar el método a las características particulares de cada yacimiento. Entre los muchos que excavó durante todos esos años cabe citar, por distintas razones -aparte de Darró y El Montgròs-, la villa romana de Els Ametllers (Tossa de Mar), las termas romanas de Sant Boi de Llobregat, la villa romana y el castillo de Cubelles, la iglesia y el castillo de Castelldefels, las iglesias de Sant Vicenç de Malla, de Sant Vicenç de Rus (Castellar de n'Hug) y de Sant Quirze de Pedret (Cercs), la antigua rectoría de Castellnou de Bages o el monasterio de Sant Llorenç prop Bagà (Guardiola de Berguedà). Defendió siempre con firmeza que la principal baza del investigador es la publicación y difusión del conocimiento; no es de extrañar, pues, que su producción científica fuera excepcional. Cerca de 500 trabajos publicados dan constancia de su obra, iniciada el año 1971 con una pequeña crónica sobre las actividades realizadas durante el XXV Curso Internacional de Arqueología de Empúries, y concluida póstumamente con la publicación, el pasado mes de julio, de un opúsculo dedicado al conjunto monumental de Darró. Es de destacar su contribución a los estudios de cerámica romana, medieval y moderna, materias en las que era destacado experto, y a las que siempre atribuyó una gran importancia, convencido como estaba de que el buen conocimiento de la cultura material es imprescindible para la correcta interpretación de los distintos períodos históricos. Cabe recordar que en 1988 leyó su tesis doctoral sobre Las cerámicas romanas de paredes finas en Cataluña, dirigida por el doctor Eduardo Ripoll, producciones sobre las que nunca dejó de investigar y publicar. En esta línea, merecen especial mención sus aportaciones al conocimiento de éstas cerámicas en diversos yacimientos de las Islas Baleares. Difundió también puntualmente los resultados de las excavaciones que dirigió, y lo hizo a través de las series periódicas que ayudó a impulsar desde el propio SPAL (Quaderns Científics i Tècnics o Monografies) o bien a través de una larga lista de un recuerdo vivísimo de aquellos primeros años de profesión en el Museo y de su paso por las ruinas de Empúries (y no tan solo por razones científicas, sino también sentimentales). Además, bueno será recordar que algunos de los yacimientos que conoció entonces -el asentamiento ibérico y villa romana de Darró (Vilanova i la Geltrú) y la fortaleza ibérica de El Montgròs (El Brull)-se convirtieron luego en referentes inseparables de su recorrido vital como arqueólogo. Su estancia en el Museo se alargó hasta 1984, cuando fue nombrado responsable de la Unidad de Investigación y Documentación del renovado Servicio de Catalogación y Conservación de Monumentos de la Diputación de Barcelona (más tarde llamado Servicio de Patrimonio Arquitectónico Local, SPAL). Desde este organismo se impulsó una nueva metodología de trabajo que, mediante la participación de equipos pluridisciplinares, analizaba el monumento y sus circunstancias antes de redactar el proyecto de restauración. De acuerdo con este principio, se sucedieron desde entonces, y continúan en la actualidad, las investigaciones arqueológicas, los estudios documentales y los análisis tipológicos de los monumentos donde actúa el SPAL, con la finalidad de averiguar la configuración de cada una de sus etapas históricas, determinar la cronología relativa y absoluta de esos períodos y acercarse a la funcionalidad y significado de todos sus elementos. Alberto López permaneció ininterrumpidamente al frente de esta Unidad hasta 2011, cuando pasó a ocuparse de manera exclusiva del Programa de Conjuntos Históricos de Darró y de El Montgròs, a los cuáles dedicó, con entusiasmo renovado, sus últimos años de profesión. A lo largo de sus veintisiete años como responsable de la Unidad de Investigación Histórica del SPAL, Alberto López promovió la aplicación del método arqueológico -que entendía como un instrumento y no como un fin en sí mismo-en las intervenciones en el patrimonio edificado; fue firme partidario de la arqueología global, interdisciplinar y liberada de fronteras cronológicas, y dirigió o codirigió con su equipo de colaboradores un sinfín de excavaciones en yacimientos de época clásica y en edificios civiles, militares y religiosos de época medieval, moderna y contemporánea. En este aspecto hay que recordar que fue uno de los pioneros en la aplicación del método Harris en España. Su primera experiencia con tal procedimiento fue en 1979, en la excavación de la ermita de Nuestra Señora de Bellvitge (L'Hospitalet de Llobregat), donde puso en práctica los conocimientos adquiridos a partir de sus contactos con Alberto López no solo les interpeló a abordar con rigurosidad científica la lectura e interpretación de la arqueología por encima de la cota cero o a valorar en su justa medida la importancia de los estudios ceramológicos, sino que también, y quizás fuera esta la enseñanza de vida que más huella dejó, a comprometerse en la defensa del patrimonio y a no renunciar nunca al valor social de la arqueología. He querido dejar para el final un comentario sobre la dedicación de Alberto López a los estudios vinculados a la arqueología de la arquitectura, disciplina donde fue pionero, innovador constante y referencia obligada. Quisiera destacar aquí, como ejemplo de todo ello, su contribución en las Jornadas de arqueología aplicada al estudio e interpretación de los edificios históricos, organizadas por el Ministerio de Cultura en octubre de 2009 y publicadas en 2011, donde en un artículo emblemático condensaba de una manera clara y precisa el largo proceso de construcción del método de intervención del SPAL en el patrimonio arqueológico edificado. En esas mismas páginas repasaba las experiencias acumuladas a lo largo de veinticinco años de trabajo de campo y señalaba la difusión de los resultados y la formación universitaria continuada como elementos imprescindibles para el avance de esta modalidad de la investigación. No quisiera acabar sin recordar que Alberto López fue una figura que gozó de gran prestigio entre la comunidad científica: investigador apasionado, trabajador incansable -su amplísima producción bibliográfica es buena muestra de ello-y profesional culto y riguroso, siempre dispuesto a atender una consulta y a ofrecer un consejo. Para los que tuvimos la fortuna de estar más cerca de él, podemos dar fe de que Alberto fue un hombre cordial y exquisito en el trato, afable y vital como pocos, dotado de un fino sentido del humor y de un alto concepto de la amistad. Le tendremos siempre presente. Alberto López ejerció de maestro de varias generaciones de arqueólogos desde su cargo como responsable de investigación del SPAL, impartió clases en las universidades de Barcelona y Girona, dictó lecciones magistrales en innumerables cursos académicos y dedicó buena parte de los últimos años -los más difíciles a causa de la cruel enfermedad contra la que luchaba-a su querida Universidad Autónoma de Barcelona, aplicándose a sus alumnos de licenciatura y máster con una determinación y una generosidad admirables. Quienes aprendieron de él en esta etapa final explican que
Todo ello obliga a abordar tanto el análisis como la intervención en el patrimonio construido con una base metodológica diferente y especializada. En concreto, se hace necesario entender el edificio histórico desde su naturaleza evolutiva, es decir, como un producto manufacturado realizado en determinados contextos con los que se relaciona, influyendo sustancialmente en la comprensión global del edificio. En definitiva, podemos concluir que el adecuado análisis del edificio histórico, ya sea para avanzar en su conocimiento o para realizar cualquier intervención, demanda una Figura 1. Modelo tridimensional de la iglesia de Santa Clara con hipótesis de propuesta de uso y circulación distintos de los iniciales. 3 históricas, esta situación ha sido bastante habitual, con una absoluta desconexión entre el trabajo desarrollado para determinar las causas de las lesiones existentes y los estudios histórico-arqueológicos. Tradicionalmente han sido campos ajenos entre sí, aunque existe un estrecho vínculo basado en la naturaleza evolutiva y compleja del edificio histórico, puesto que la consideración de su secuencia de transformaciones es esencial para alcanzar una correcta comprensión de los procesos patológicos y de sus causas. Esta estrecha relación demanda una vez más una metodología de análisis que integre la investigación patológica en la secuencia histórico-constructiva mediante un trabajo coordinado e interdisciplinar de los especialistas que intervienen en dichas áreas de estudio. Hacia una metodología integrada El objetivo fundamental de este artículo recoge por lo tanto las carencias y necesidades anteriormente mencionadas para proponer y describir una metodología innovadora de análisis que integra el diagnóstico patológico en la secuencia evolutiva del edificio histórico. Esta metodología se basa necesariamente en la colaboración interdisciplinar entre profesionales especializados en el análisis de la secuencia histórico-constructiva por un lado y en el estudio patológico de las construcciones históricas por otro (Fig. 2). visión evolutiva del mismo considerando su secuencia de transformaciones, así como un trabajo integrado entre distintos especialistas de los distintos ámbitos de conocimiento que confluyen en un único objeto complejo en sí mismo. Sin embargo, no existe una implantación generalizada de este método de análisis en el ámbito de la intervención del patrimonio construido. Si bien desde hace unos años se ha generalizado la realización de lo que ha sido denominado como "estudios previos", estos trabajos no acaban de interrelacionarse de un modo adecuado. Cada especialista responde a sus propias preguntas e intereses de un modo generalmente aislado, de tal modo que el resultado es una suma de documentos yuxtapuestos que ofrecen respuestas poco eficientes a las necesidades reales del conocimiento o la intervención. Puesto que el edificio histórico es el resultado de una serie de relaciones contextuales, los trabajos deben estar bien interrelacionados, de modo que compartan una serie de preguntas comunes que se traten desde distintas ópticas de especialización. Además, usualmente dichos trabajos se han desarrollado sin considerar la naturaleza evolutiva de los edificios, lo cual puede haber distorsionado los resultados. En el caso concreto de los estudios patológicos de las construcciones Figura 2. Esquema metodológico de análisis integrado. De este modo, se pretende ayudar a lograr resultados más rigurosos, que respeten los valores culturales del edificio y que conduzcan a intervenciones más eficientes, así como a potenciar la optimización de los recursos para la conservación del patrimonio cultural. Para ilustrar nuestra propuesta, se expondrá el caso de estudio correspondiente a la iglesia del antiguo convento de Santa Clara, en Córdoba, donde gracias a diversas iniciativas promovidas por la Fundación Caja Madrid y el Ayuntamiento de Córdoba, entre los años 2007 y 2016 ha sido posible ensayar este enfoque de análisis y sistematizar la propuesta que a continuación presentamos (Fig. 3). La intención del Ayuntamiento de abrir el edificio para la visita pública en su estado actual ha sido el impulso inicial de este análisis. Por ello, el objetivo fundamental ha sido evaluar la posibilidad de retirada de los apeos existentes en las arquerías interiores del edificio y estimar el margen de seguridad en la actualidad para permitir la apertura al público. Además, se han propuesto las acciones necesarias para dotar a la estructura de la seguridad necesaria acorde a dicho uso público del edificio. Objetivos y organización de la metodología propuesta Como ya hemos indicado, nuestro objetivo es integrar el proceso de análisis patológico constructivo y estructural de los edificios históricos en el marco de su secuencia histórico-constructiva. De este modo, se presenta una fusión enriquecedora entre dos ámbitos que están íntimamente vinculados en la realidad material del edificio para ofrecer un soporte metodológico más adecuado dirigido al mejor conocimiento de nuestro patrimonio construido. Además, pretendemos potenciar la colaboración interdisciplinar entre los distintos profesionales especialistas que intervienen en el estudio y conservación del patrimonio edificado (arqueólogos, arquitectos, historiadores, restauradores, etc.). Esta propuesta se basa en la experiencia acumulada por los coautores del artículo, tanto en el análisis arqueológico de los edificios de orígenes y localizaciones diversas, como en el diagnóstico patológico de las estructuras históricas y la restauración de las mismas (Cámara y Latorre 2002, Cámara 2010). Todo ello nos ha permitido desarrollar una reflexión teórica conjunta para integrar los distintos enfoques en una herramienta de análisis que esperamos pueda servir como referencia y apoyo para otros especialistas en futuros trabajos. El esquema organizativo de la metodología que presentamos se divide en una serie de fases de desarrollo: Análisis de la secuencia histórico-constructiva 3. Análisis de daños estructurales 4. Interpretación de la evolución histórica de la estructura 5. Diagnóstico integrado La característica fundamental radica en el hecho de combinar un análisis sincrónico del estado actual de la estructura con un análisis diacrónico, relativo a la evolución de la misma, para así obtener finalmente una visión de la historia de la estructura del edificio con sus procesos patológicos. De este modo, el análisis arqueológico y el análisis patológico se habrán combinado para obtener un diagnóstico integrado. El análisis que presentamos en este artículo, al igual que muchos otros trabajos de investigación, intervención o difusión que tienen como objeto el edificio histórico, debe contar con una adecuada documentación gráfica del mismo. Sin ser objeto del presente texto describir los métodos y técnicas de levantamiento y documentación gráfica (para más información, ver Martín 2014), sí consideramos oportuno especificar con claridad los requisitos que ésta debe cumplir para poder servir de base al análisis integrado que exponemos. Como es bien sabido, la documentación gráfica de los edificios históricos cumple un doble objetivo. Por un lado, salvaguardar los valores culturales de los bienes culturales representados, de modo que a través del correcto levantamiento y dibujo arquitectónicos se registre tanto la geometría del edificio como sus elementos y técnicas constructivas (Fig. 4). Por otro lado, servir como herramienta fundamental para el desarrollo de otros trabajos relacionados con el estudio, la conservación o la difusión del patrimonio edificado. Para ello, la documentación gráfica debe cumplir unos requisitos en función de las necesidades de dichos trabajos. En el caso que nos ocupa, las necesidades del análisis estratigráfico y del estudio patológico establecen los siguientes requisitos para la documentación gráfica: -Incluir una representación tridimensional (modelo 3D) así como un completo juego de planimetrías bidimensionales (dibujos de plantas, alzados y secciones) que abarquen la totalidad del objeto de estudio, tanto por su exterior como por su interior. -Registrar la geometría del edificio con sus deformaciones, desviaciones, asimetrías y otras irregularidades sin simplificarla en exceso, ya que estos aspectos pueden ser clave para el posterior desarrollo del análisis. -Documentar a través del dibujo los elementos constructivos con un adecuado nivel de detalle, incluyendo despieces, revestimientos, encuentros singulares, etc. El proceso de toma de datos y dibujo de la documentación gráfica conlleva intrínsecamente un primer análisis geométrico-constructivo y, por lo tanto, es en todos los casos un proceso de interpretación subjetiva, donde la experiencia y conocimiento del autor son fundamentales para alcanzar una buena calidad de la misma (Fig. 5). Análisis de la secuencia históricoconstructiva El estudio de la secuencia evolutiva del edificio histórico se basa en el marco metodológico de la Arqueología de la Arquitectura. Sin entrar a detallar esta metodología, ya que excede el objetivo de este artículo, sí conviene señalar que a través de su aplicación el edificio histórico se convierte en un documento legible. De forma sintética podemos decir que existen cuatro estrategias principales (Caballero 2010: 107-115): la estratigrafía, que permite identificar las sucesivas UE menores divisibles que componen un complejo arqueológico (yacimiento o edificio) y ordenarlas en una secuencia relativa; la tipología, con la que caracterizar las características de esas UE y tipificarlas; los registros escritos, que permiten contextualizar las actividades que sucedieron en la construcción y sus efectos; y, cuando es necesario, la arqueometría, con la que caracterizar y ofrecer acercamientos cronológicos de los materiales (cerámica, madera...) empleados en el edificio con la ayuda de exámenes físicos y químicos (Fig. 6). Puesto que la metodología propuesta se basa en una integración interdisciplinar de dos perspectivas complementarias, ya durante el desarrollo del análisis arqueológico (lectura de paramentos) el equipo debe centrarse también en la identificación de las lesiones existentes y en su contextualización en la secuencia histórico-constructiva, de modo que se entiendan las transformaciones del edificio no sólo desde el uso y la funcionalidad del mismo, sino también desde la óptica de su repercusión en la estructura y en los procesos patológicos que sufre a lo largo de su historia. Por ello, durante la lectura de paramentos también se han de inspeccionar desde un punto de vista estratigráfico las distintas lesiones existentes. Brogiolo y Cagnana (2012: 47-49, 56-57; introducido en Brogiolo 2010) recogen la necesidad de tomar en consideración como elementos estratigráficos describibles dentro de la secuencia estructural del edificio aspectos sobre equilibrio, inestabilidad y degradación, que consideran son el resultado de una actividad postdeposicional. Para la definición de este aspecto introducen el concepto de "secuencia de la degradación" que contempla como unidad estratigráfica muraria negativa aquellas deformaciones funcionales y geométricas resultado de una fisura, grieta, ruina o una demolición más aquellas alteraciones provocadas por la acción de agentes físico-químicos. De este modo, se deben identificar las deformaciones y roturas en todos aquellos elementos significativos desde el punto de vista de la patología estructural, incluyendo los revestimientos y otros elementos superficiales. En términos generales, podemos decir que la estructura sufre movimientos que provocan deformaciones. Sin ánimo de detallar un exhaustivo catálogo de lesiones patológicas, sí conviene indicar los principales movimientos y sus deformaciones asociadas. Por un lado, es frecuente encontrar giros de algunos de los elementos constructivos (generalmente muros o pilares). Los giros más comunes se producen en un plano vertical, de modo que mediante una rotación con centro en la base de los muros o pilares, producen un desplome en su cabeza4 (Fig. 7). También se pueden dar giros en planos horizontales, que usualmente provocan torsiones y deformaciones complejas, sobre todo en los pilares y otros elementos esbeltos. Por otro lado, el apoyo del edificio en el terreno puede provocar asientos en el mismo. Contrariamente al uso habitual del término, un asiento no es sencillamente un descenso de la cimentación porque el terreno haya cedido. Es necesario entender que el proceso de consolidación del terreno para adaptarse a las cargas que le transmite el edificio es un proceso largo, continúo y que afecta a toda la superficie bajo y alrededor de la construcción. Por ello, podemos considerar que el descenso de la misma durante esta consolidación es paulatino y generalizado en toda su extensión, y que en principio no supone un problema para la estabilidad de la estructura. Sin embargo, sí pueden producirse problemas estructurales cuando existen diferencias significativas en la velocidad de asiento de unos puntos de la edificación respecto de otros, ya que ello provoca descensos relativos distintos y una alteración importante de la geometría de los apoyos de la estructura (Fig. 8). Es lo que llamamos asiento diferencial, y produce deformaciones fundamentalmente en los elementos de conexión entre los puntos con descensos relativos distintos (arcos, bóvedas, vigas, forjados, etc.). Las deformaciones anteriormente mencionadas provocan tensiones adicionales de compresión en unos puntos y tracción en otros, y deben ser absorbidas por la estructura para mantenerse en equilibrio. Puesto que las construcciones de fábrica tienen una elevada resistencia a la compresión, este tipo de tensiones no suelen afectar significativamente a los materiales. Sin embargo, dado que poseen una muy reducida resistencia a la tracción (podemos considerarla nula), este tipo de esfuerzos sólo pueden ser asumidos por la estructura mediante su rotura parcial, apareciendo fisuras y grietas5 (Fig. 9). Este tipo de lesiones no tienen por qué revestir a priori riesgo alguno, sino que son la respuesta natural que la estructura tiene para adaptarse a las deformaciones que sufre. De este modo, una vez identificadas visualmente las lesiones, se registrarán mediante fotografías y su dibujo en la planimetría del edificio con su correspondiente código identificativo y acompañadas de la magnitud asociada, cuando sea posible obtenerla, mediante la medición directa en el edificio o en su representación gráfica tridimensional6. En el caso de las grietas, cuando sea posible, se obtendrá la magnitud de su apertura, indicándose también el sentido en el que progresan. Se debe mantener una coherencia con la división del edificio en sus distintas etapas históricas, de modo que la toma de datos de desplomes u otras deformaciones se fragmente de igual manera, adecuándose a la realidad pluriestratigráfica del edificio histórico. Así la medición y registro se realizará sobre partes o bloques asociados a una misma etapa histórica para no generar datos incongruentes (Fig 10). Desplomes, asientos diferenciales y deformaciones en la planta baja de la iglesia de Santa Clara. Grietas entre las dovelas de uno de los arcos de la iglesia de Santa Clara. Finalmente, se registrarán los distintos elementos constructivos que presenten pérdidas, alteraciones, ataques biológicos o cualquier otro tipo de lesión que pueda comprometer su seguridad estructural7. Una vez identificadas y registradas las principales lesiones en el edificio, se debe proceder a su análisis en un doble sentido. Por un lado, deduciendo las causas que las producen y, por otro, estudiando el estado actual activo o detenido de las mismas. Ello permite obtener una primera visión global del estado estructural y constructivo del edificio. Cada una de las lesiones de la estructura (deformaciones o agrietamientos) responde a un proceso patológico (por ejemplo, un movimiento de las fábricas) que las provoca, de modo que movimiento y lesión están íntimamente vinculados. Hablamos de un proceso inactivo cuando está completamente detenido en el momento actual, de modo que, aunque en el pasado haya afectado a la estructura, hoy en día no tiene repercusión alguna. Por el contrario, los procesos activos son aquellos que de algún modo siguen vivos y pueden condicionar el estado de equilibrio de la estructura. En este tipo de situaciones podemos distinguir dos tipos. Por un lado, pueden ser procesos activos progresivos, es decir, aquellos que avanzan en un sentido único, aumentando progresivamente la magnitud de sus efectos, por ejemplo, un movimiento que causa una deformación cada vez mayor. Por otro lado, puede tratarse de procesos activos cíclicos, es decir, aquellos que alternativamente avanzan y retroceden según unos determinados ciclos, por ejemplo, los movimientos de dilatación y contracción que se producen en los edificios por el aumento y la disminución de las temperaturas en cada ciclo anual. Este tipo de procesos cíclicos no tienen por qué retornar siempre al mismo punto de partida, de modo que se pueden acumular efectos residuales que resultan de la variación relativa entre un ciclo y otro. El método que proponemos usa el propio edificio como testigo de sus propios procesos patológicos, de modo que nos permite interpretar qué tipo de procesos se desarrollan. De este modo, a partir de las lesiones observadas, deben deducirse los movimientos individuales que las producen en base a la lógica mecánica de este tipo de estructuras. El hecho de que los edificios históricos tengan un carácter pluriestratigráfico conlleva la separación de sus fábricas en fases constructivas, la cual ha podido ser obtenida mediante el análisis estratigráfico. Además, las grietas existentes nos indican otro nivel de división interna de las estructuras que, aunque puedan tener un origen coetáneo, hoy en día están parcial o totalmente separadas. Estas interfaces (soluciones de continuidad entre fases constructivas y cortes producidos por las grietas) permiten establecer una división del edificio en un conjunto de bloques relativamente independientes entre ellos que será fundamental para entender el comportamiento estructural con mayor rigor. Introducimos así la noción de "bloque" de construcción como la parte de ésta que se mueve sin fracturarse, como una pieza monolítica -o casi-, que se separa de otras piezas similares que se mueven de distinta manera o quedan aparentemente inmóviles. Las grietas entre partes de la estructura serán las "juntas" entre bloques, y nos indicarán por su forma qué se ha movido respecto a qué (Fig. 11). En definitiva, podemos establecer tres niveles de división de los edificios. El mayor, corresponde a los propios elementos constructivos (muros, pilares, arcos, bóvedas, etc.), que tienen una entidad independiente desde el momento de su ejecución. Cada uno de ellos puede a su vez subdividirse en varias fases constructivas, quedando separados por las soluciones de continuidad correspondientes (por ejemplo, las distintas partes de un muro que se construyen en distintas etapas históricas). Finalmente, las roturas producidas por las deformaciones crean nuevas divisiones internas que separan unas partes de otras según la lógica de la mecánica estructural (por ejemplo, un trozo de muro que se separa de otro al agrietarse). De este modo, los "bloques" serán las UE mínimas materiales fruto de la fragmentación combinada en los tres niveles anteriormente mencionados y configuran la base fundamental del análisis de la estructura. El proceso de análisis de los daños estructurales realizado parte de la consideración del cuerpo edificado como un conjunto de masas en equilibrio "evolutivo", es decir, no plenamente estático. Esta "evolución" de la estructura tiene que ver con distintas variables. En primer lugar, las cuestiones relacionadas con el desarrollo del asiento diferencial y progresivo del terreno y, en segundo lugar, los cambios en la propia configuración constructiva y funcional del edificio, que modifican cargas y elementos resistentes. Esa apreciación del edificio como una estructura en movimiento y cambio no es una mera cuestión teórica, sino que es la variable que resulta realmente importante analizar para evaluar la seguridad de la estructura. En efecto, puesto que no hay posibilidad de detener ninguno de los dos procesos (el de asiento del terreno y el de sucesión de usos por el otro), es necesario tratar de averiguar qué camino se ha recorrido y hacia dónde parece evolucionar la estructura para ponderar los márgenes residuales de movimiento que le quedan antes de llegar a una posible ruina. El proceso de análisis incluirá por lo tanto la detección y caracterización de los movimientos de las fábricas a partir de los desplomes y de la localización de grietas. Señalados todos ellos se puede hacer una hipótesis de cuál ha sido el comportamiento "evolutivo" de la estructura, es decir, qué partes se han movido hacia dónde y en qué magnitud. Esos movimientos nos indicarán su origen al quedar delatados por la aparición de grietas en las fábricas, que no son otra cosa que las huellas de la separación entre distintos bloques de edificación. Llegados a este punto, tendremos identificados e individualizados los elementos básicos del análisis: las lesiones (fundamentalmente deformaciones y grietas), los movimientos que las producen y los bloques en que se divide la estructura (Fig. 12). Formación de bloque en arco y bóveda mediante grietas. Interpretación de la evolución histórica de la estructura Una de las grandes innovaciones de la metodología que se propone es precisamente abordar el estudio de la estructura desde una perspectiva diacrónica, analizando sus procesos patológicos con una perspectiva evolutiva mediante la integración con el análisis estratigráfico. En esta fase del análisis se tratará por lo tanto de conectar la secuencia de actuaciones históricas con los movimientos de la estructura a lo largo del tiempo. Como es bien conocido, la metodología arqueológica de análisis estratigráfico comienza con la descomposición del objeto de estudio en sus unidades estratigráficas (UE). En el ejercicio conceptual de integración del análisis patológico, podemos considerar las lesiones individuales (grietas, desplomes, etc.) como UE de tipo interfacial. Dichas lesiones son UE fundamentales que expresan las consecuencias de los procesos patológicos. Seguidamente, la lectura arqueológica aborda una fase de síntesis en actividades periodizadas mediante una labor de reducción y correlación. Del mismo modo, durante el análisis de las lesiones, se sigue un proceso de síntesis, primero identificando los bloques en los que se divide la construcción por efecto bien de sus transformaciones por cambio de usos o bien de sus procesos patológicos. Por lo tanto, las lesiones individuales junto con las soluciones constructivas derivadas de las transformaciones forman los bloques, que se relacionan directamente con movimientos individualizados de los distintos elementos constructivos. Podemos establecer una analogía entre el concepto de "actividad" en la secuencia estratigráfica con el de "movimiento" de la estructura. Del mismo modo que una actividad engloba todas aquellas UE que tienen una misma finalidad constructiva, los movimientos son los responsables de provocar un conjunto determinado de lesiones que tienen en común la definición de un bloque que se separa e individualiza del resto de la construcción. Finalmente, la metodología arqueológica establece un siguiente nivel de síntesis que consiste en la agrupación de varias actividades en una determinada fase constructiva, que generalmente se puede asociar a un periodo histórico determinado. En el proceso de integración del análisis patológico, también es necesario sintetizar el conjunto de movimientos individuales de la estructura en un nivel superior que podemos denominar "grandes desplazamientos", que vienen a ser los principales movimientos que sufre el conjunto de la construcción. Estos grandes desplazamientos agrupan conjuntos de los mencionados movimientos individuales que tienen una direccionalidad y unas pautas mecánicas comunes. Sin embargo, los grandes desplazamientos no tienen por qué quedar circunscritos Figura 12. Bloques identificados en la planta baja de la iglesia de Santa Clara. a un determinado periodo histórico, siendo generalmente transversales o diacrónicos a la división temporal. Para desarrollar este proceso de síntesis, el análisis arqueológico se apoya en la confección de un diagrama completo, o matriz de Harris (1979), sin relaciones redundantes, ordenado por etapas. Su manejo permite el control y revisión de la argumentación analítica y aporta la cuarta dimensión, el tiempo, a la lectura del objeto material en la tercera dimensión, el espacio. También en este caso se deben integrar las lesiones, movimientos o grandes desplazamientos en el diagrama estratigráfico, en función de si ésta representa las UE, actividades o fases. De este modo, se ponen en relación los movimientos con las actividades y fases históricas reflejadas en el diagrama estratigráfico, de manera que se dilucida a cuáles de estas actividades y fases afectan los movimientos considerados. Sin embargo, no es una tarea fácil secuenciar con precisión el momento en el que se producen los daños. Sólo conocemos su evidente posterioridad al momento que corresponde el elemento afectado y por lo tanto proponemos secuenciarlos a continuación, recogiéndolo de este modo en el diagrama (Fig. 13). Como se puede observar en el diagrama, los elementos materiales de la construcción (unidades positivas) quedan adscritos a un único periodo histórico. Sin embargo, algunos movimientos y las lesiones que producen (las cuales son de tipo interfacial o unidades negativas) aparecen en distintas etapas de la historia. Se trata por lo tanto de elementos diacrónicos que "ascienden" por el diagrama. Esto se explica por el hecho de que un movimiento puede ocasionarse en un momento concreto y permanecer activo a lo largo de varias etapas hasta que, bien se detiene, bien sigue activo en la actualidad. En definitiva, nos encontramos ante una clara justificación de la consideración del cuerpo edificado como un conjunto de masas en equilibrio "evolutivo". El resultado del estudio debe establecer qué movimientos se encuentran detenidos y desde qué momento, en función de a qué etapas históricas afecta y a cuáles, posteriores a esas, no lo hace. Se entiende entonces que ese movimiento ha estado activo entre las primeras etapas (las que estarían afectadas por el movimiento) y las últimas (no afectadas), si es que existen éstas. En este caso, podremos deducir que a partir del momento en que se realiza la actividad no afectada por el movimiento, éste ha debido quedar detenido: esa actividad "cancela" el movimiento, lo sella temporalmente y nos aporta el indicio de que esa parte de la obra ha quedado estabilizada desde ese momento. De este modo, conseguimos completar la secuencia histórico-constructiva por medio del análisis estructural, con el rigor del diagrama estratigráfico y de haber identificado sobre el propio edificio las UE o actividades afectadas por cada movimiento. Además, permite identificar la evolución temporal de los movimientos a lo largo de la historia del edificio (su velocidad y aceleración o ralentizamiento) y, lo que es más importante, detectar aquellos movimientos activos en el momento actual, ya que no han sido cancelados por ninguna actividad constructiva. Estos procesos activos serán los que requerirán la mayor atención de cara a la intervención en el edificio, por lo que esta metodología integrada es una ayuda muy importante para detectarlos, evaluar los riesgos y los márgenes de seguridad, así como focalizar correctamente los esfuerzos en la intervención. Diagrama estratigráfico resultante de la lectura arqueológica con los "grandes movimientos" integrados y marcados con fondo en blanco. Complementariamente a la visión diacrónica o evolutiva de la estructura, será necesario realizar un análisis sincrónico del estado actual. Es decir, realizar un cálculo de los estados de equilibrios del edificio para determinar los mecanismos de colapso y los márgenes de seguridad existente. Aunque la metodología de cálculo no es objeto de desarrollo en este artículo, sí es necesario señalar que es fundamental que dicho método sea coherente con la naturaleza del edificio histórico. Gran parte de los análisis estructurales realizados hoy en día se basan en métodos desarrollados para sistemas constructivos y materiales contemporáneos que son sin embargo aplicados directamente a las construcciones históricas, sin tener en cuenta que sus principios mecánicos y características son distintos. Por ello, entendemos que para abordar este tipo de cálculos debe tomarse como marco teórico el del análisis límite y de la seguridad de las fábricas enunciadas por Jacques Heyman (1999) desarrollándose mediante la aplicación de la estática gráfica tridimensional basada en la documentación gráfica existente. Las premisas que se asumen en este tipo de análisis son distintas de los cálculos estructurales realizados sobre edificios de nueva planta, ya que tienen en cuenta las características constructivas y mecánicas de los materiales históricos, claramente distintas de los actuales (Fig. 14). La visión conjunta de los enfoques descritos, comparando la perspectiva diacrónica y sincrónica, permitirá obtener un verdadero diagnóstico integrado, que entendemos es el único modo de comprender en profundidad tanto la evolución histórico-constructiva como la patológico-estructural del edificio a lo largo de su historia, detectar adecuadamente las causas de los procesos patológicos y evaluar el margen de seguridad y el riesgo de colapso. Este diagnóstico integrado será sin duda el mejor soporte para la toma de decisiones eficientes para la conservación del patrimonio construido. EL CASO DE LA IGLESIA DE SANTA CLARA EN CÓRDOBA Análisis de la secuencia histórico-constructiva Secuencia histórico-constructiva de la iglesia del convento de Santa Clara La aplicación del modelo de análisis de la Arqueología de la Arquitectura llevada a cabo en Santa Clara permite secuenciar sus estructuras en 6 etapas generales. La última corresponde al periodo de restauración (Figs. A continuación presentamos una resumida síntesis Figura 14. Cálculo de líneas de empujes. Secuencia evolutiva de la iglesia de Santa Clara (planta baja). Secuencia evolutiva de la iglesia de Santa Clara (planta alta). orientativa que puede ser ampliada con la lectura de la memoria del estudio 8. Las campañas de excavaciones arqueológicas sacaron a la luz los cimientos, pavimentos y umbrales de una edificación que fue interpretada como los restos de una basílica cristiana, del siglo VI (Marfil 1996: 42). Sin embargo, dada la ausencia de mobiliario litúrgico, las diferencias de trazado y los problemas de circulación litúrgica entre las estancias halladas, esta interpretación funcional y su cronología han sido discutidas (Utrero 2009: 144). Etapa I. La primera etapa constructiva del edificio actual, y que denominamos mezquita, se conforma en planta baja por muros de sillería de aparejo de soga y tizón que llegan en altura en algunos puntos hasta el arranque de la segunda planta (Fig. 17). De este edificio, una mezquita de barrio, aún se conservan elementos delimitadores de su patio, con una puerta originaria en su fachada SO y la torre alminar. El testero norte de la mezquita (fines del s. X, inicios del XI) fue construido sobre restos de otro muro islámico que perteneció a un edificio previo del que no tenemos más indicios. El alminar, cuyo aparejo de soga y tizón no presenta el almohadillado del cuerpo del edificio de la mezquita, no enjarja con las estructuras que delimitan el patio, lo que deja en duda si perteneció a una edificación anterior o a la mezquita. La iglesia de Reconquista corresponde a un prolongado proceso de adecuación del edificio originario que llega, desde época pleno medieval, a comienzos de la Edad Moderna. Continuas reparaciones sustituyen o se superponen a otros elementos o al espacio arquitectónico definido por la mezquita, sin embargo, sus características son difíciles de encuadrar con precisión cronológicamente. Estas reformas se pueden resumir en cinco actuaciones concretas: -La adecuación de la mezquita para iglesia, en primer lugar, realizada o iniciada inmediatamente después de la conquista da la ciudad (año 1236) que incluye la restauración de un importante daño que afecta al muro perimetral oriental. -La intervención en la fachada interior del aula de la iglesia al patio con arcos de medio punto, en el segundo tercio del s. XIII (Fig. 18). -La reforma de la iglesia para su función monástica, que se debe llevar a cabo en las últimas décadas del siglo 8 Caballero Zoreda, L. 2007: Estudio de Arqueología de la Arquitectura del Convento de Santa Clara de Córdoba. Fundación Caja de Madrid (informe manuscrito): http://multimedia.fundacionmontemadrid.es/patrimonio/santaclara/ (alrededor de 1380) supuso su transformación estructural más importante con la inclusión de un sistema de abovedamiento y dos plantas que sustituye al sistema de tejado y artesonado sobre arquerías islámico. -Quizá a continuación se introduzcan en el cuerpo NO del patio elementos de estilo gótico que no aparecen en la obra principal. -Y finalmente, se sustituye la arquería oriental de la planta alta de arcos ligeramente apuntados, propios de la segunda mitad del s. XV, lo que podía estar reparando daños estructurales en esta zona (Fig. 19). El estadio final en la transformación de la mezquita en una iglesia conventual se lleva a cabo durante el tercer tercio del s. XVIII. La transformación barroca dota a la iglesia de una fachada a la calle haciendo desaparecer el patio que se sustituye hacia donde se reorienta el edificio que ahora dirige el santuario hacia el norte, situando un coro monástico a los pies, donde antes se situaba la iglesia en planta baja. Es probable que en este momento se colocase el artesonado de la planta alta, obra original del siglo XVI, aquí reutilizado. Etapa V. El convento de Santa Clara, una vez suprimido en 1868, fue utilizado, primero como cuartel, para después, vendido a un particular que lo dividió en varias casas, funcionar como mercado y lavadero. Más tarde, paso a las monjas del Servicio Doméstico y en 1962 al Ayuntamiento de Córdoba. Las obras que se realizan durante este periodo se pueden considerar mezcla de utilitarias y de mantenimiento, sin concesiones a la estética. Y el principal efecto corresponde a la recuperación del espacio de patio y de las galerías altas, probablemente al sustituir la iglesia por una pequeña capilla en cualquier otro lugar del complejo, hoy desaparecida. Historia de las restauraciones de Santa Clara y su impacto en el edificio El arquitecto municipal, Víctor Escribano (1964)(1965), detectó la existencia de la mezquita bajo las reformas conventuales y, para sacarla a la luz, destruyó el extremo norte del convento aislando, de este modo, la iglesia. Eliminó los enfoscados decorados de las paredes de la iglesia hasta el nivel del último suelo superpuesto, aplacó los muros primitivos imitando la obra antigua y construyó una entreplanta en el cuerpo norte del patio introduciendo forjados de viguetas metálicas y bóvedas de rasilla. Financiado por el Ministerio de Educación, Félix Hernández (1975) efectuó el primer análisis de la secuencia evolutiva del monumento, proponiendo ocho grupos de paramentos que secuencia a lo largo de seis etapas. Su intervención, por un lado, intentó recuperar el aspecto de sillería aparejada a soga y tizón de la mezquita originaria y, por otro, consolidar una fábrica que debía ofrecer en esos momentos un aspecto ruinoso y lamentable (Fig. 20). Así que, para compensar el empuje de las bóvedas, ató los muros con abundantes zunchos o tirantes de hormigón o de hierro, normalmente coincidiendo con los tableros de suelo, ocultos al interior por aplacados de piedra. ejecutarlas, para reducir empujes elimina estructuras del cuerpo superior y se anclan los extremos del edificio, con el empleo de zunchos de hormigón armado en las cimentaciones y cerchas metálicas para el apoyo de las cubiertas. Pero, a pesar de esta serie de acercamientos analíticos efectuados a lo largo de los últimos 50 años, los criterios de intervención empleados en Santa Clara no conseguirán conectar la secuencia histórica de su construcción con la dinámica de sus lesiones. Probablemente, porque dominó la búsqueda de una lectura clara de los diferentes ámbitos constructivos de la mezquita, a pesar de que esto supusiera la pérdida de elementos bajomedievales o modernos. Sin embargo, a mitad de la primera década del siglo XXI, el edificio aún seguía cerrado, ya que las diferentes intervenciones ejecutadas no llegaron a concretar con seguridad las principales lesiones que mostraba el edifico. De hecho, el entresuelo del oratorio se encontraba apeado con muros de ladrillo en los arcos de la planta baja. En este momento, con el apoyo de la Fundación Caja de Madrid, se acometió una nueva serie de análisis, que entre otras actividades incluye una detallada y rigurosa planimetría, coordinada por los arquitectos Pablo Latorre y Leandro Cámara (año 2004), y el estudio anteriormente anunciado, desde el marco metodológico de la Arqueología de la Arquitectura, dirigido por el arqueólogo Luis Caballero (años 2006 y 2007). El análisis realizado ha permitido identificar y registrar toda una serie de deformaciones y agrietamientos en los distintos elementos constructivos del edificio (Figs. Del mismo modo, se han establecido los bloques en los que queda dividida la estructura (Fig. 12), así como los movimientos que se han identificado (Fig. 23) para proceder después a la interpretación de los daños observados, cuya síntesis ofrecemos a continuación. Se detectan movimientos de inclinación (generalmente hacia el exterior del edificio) y descenso de los muros de toda la obra que comienzan en los primeros momentos de construcción de la mezquita islámica y siguen activos hasta hoy día, pues afectan a todas las fases de todas las épocas, incluidas las más recientes. Sin embargo, estos movimientos se desarrollan muy De nuevo con el patrocinio del Ayuntamiento de Córdoba, persiguiendo la idea de recuperar el uso como mezquita, Arturo Ramírez Laguna 10 ofrece la primera reflexión sobre los problemas de estabilidad que muestra el edificio y que atribuye a la dominante oriental de la pendiente, sobre la que se asienta, y a una mala trabazón de algunas estructuras que, acrecentado por el efecto de humedades del subsuelo y goteras, genera sobrecargas y empujes imprevistos. Estas circunstancian le llevan a proponer sustituir el abovedamiento por un forjado de madera, crear un mihrab y desmontar el arco gótico de acceso desde el patio, entre otras cuestiones. Pero, aunque no llega a 10 Ramírez Laguna, A. y Fuente Darder, F. de la 1981: Proyecto de consolidación y restauración de la antigua mezquita de Santa Clara en calle Rey Heredia no 22. Córdoba (30 de marzo; manuscrito). Antigua Iglesia de Santa Clara de Córdoba (manuscrito). lentamente, lo que viene indicado por el mayor desplome de los muros más antiguos, que aparentan acumular el de todos los demás. Por ello, las obras más recientes habrían tenido movimientos de menor amplitud, y en algunos casos despreciables. El estudio geotécnico realizado nos indica la existencia de un fuerte nivel de rellenos antrópicos, de entre tres metros de espesor (en el lado este) y hasta ocho metros (en el lado sur). Esto nos confirma en nuestra apreciación de que es la deformabilidad del terreno la que explica los asientos y giros de la estructura. Tras el estudio de cargas realizado, podemos concluir que el terreno tiene una resistencia residual prácticamente igual a la de las cargas del propio edificio (pues lo soporta), mientras que su evolución (consolidación) a largo plazo es lenta pero imparable, motivo por el cual en los lados oeste y sur del edificio, donde el estrato es más espeso, los asientos y giros no parecen haberse detenido todavía, mientras que sí parecen prácticamente detenidos en el lado este. De este modo, la estructura en su conjunto sufre dos procesos de daño muy intenso. En primer lugar, el progresivo giro de cada muro respecto de sus muros paralelos hace que todos los paños se agrieten y los arcos y bóvedas sufran descensos en sus zonas de clave. En segundo lugar, la combinación de movimientos en dos direcciones distintas, o lo que es lo mismo, en diagonal a las direcciones principales del templo, provoca unos efectos de torsión y cizalladura muy intensos en los elementos más esbeltos. Por ello, los elementos más dañados son los cuatro pilares en cruz del centro del aula, donde se aprecian agrietamientos muy importantes y fracturas de sus sillares que sólo se explican por esfuerzos de corte muy fuertes (Fig. 24), y la torre, formada por dos elementos muy distintos (el núcleo macizo y su envoltorio exterior) conectados por unos peldaños muy frágiles, los cuales sufren fracturas generalizadas debidas al giro desacompasado de aquellos. Sin embargo, la estabilidad general de las estructuras de arcos y bóvedas no parece comprometida por esos movimientos, pues aunque se acusen grietas y descensos en algunas de sus claves, los arcos no han dejado de trabajar como deben (lo cual se comprueba a raíz del cálculo realizado, de modo que es posible mantener sus líneas de presiones dentro de las secciones constructivas). Por el contrario, sí son muy apreciables los daños en los materiales constructivos con origen no estructural (desprendimiento de revestimiento y erosiones superficiales intensas). Es especialmente grave la erosión de la base de la torre y de los cuatro pilares cruciformes del aula, que aun no teniendo origen estructural (probablemente provocada por el ascenso capilar y la evaporación superficial del agua del terreno), sí es potencialmente peligrosa para la estabilidad del conjunto, pues hace que la pérdida de sección resistente de éstos pueda llevar a un colapso de la obra (Fig. 25). Por ello, hay que destacar que estos elementos (pilares y torre), sufren la concurrencia de dos patologías muy importantes. Por un lado, los agrietamientos y fractura de sillares debidos a los desplazamientos estructurales y, por otro, la pérdida de sección resistente de los sillares en sus arranques debida a la fuerte erosión. Además, cabe añadir que tanto los refuerzos de los cimientos con hormigón armado como los contrafuertes adosados en distintas partes de la estructura, especialmente los realizados en el muro sureste para luchar contra su muy evidente y progresivo desplome, son todo menos eficaces frente al problema de suelo que origina los daños, pues cualquier aumento de las cargas en este Figura 24. Pilar cruciforme del interior la iglesia con fuertes deformaciones y agrietamientos. Erosión de los sillares en la parte baja de la torre. terreno con relleno antrópico provoca una reactivación o aceleración de los procesos de asiento, al tratarse de terreno muy compresible e inestable, y el resultado es un empeoramiento de la situación de partida. Además, este terreno altamente compresible es también muy sensible a la diferencia de tensiones de trabajo en cada parte de la cimentación. La concentración de cargas puntuales provoca nuevamente asientos mayores que los que producen cargas más uniformemente repartidas. Los recientes apeos de los arcos mediante muros de ladrillo no son ni eran necesarios en ningún momento, dado que esos arcos se encuentran en muy buen estado estructural, sin pérdidas de curvatura notables (Fig. 26). No obstante, son un elemento más de sobrecarga en el terreno, a sumar al problema general y principal de la iglesia. Caso distinto es la colocación de los arcos de ladrillo de apeo hechos en época barroca bajo los de cantería de la nave sur de la iglesia, donde sí han contribuido a la estabilidad del arco al reconducir las cargas superiores de manera más centrada en los cimientos, evitando su salida del área de apoyo de las zapatas. Evolución histórica de la estructura Siguiendo la metodología expuesta en el apartado anterior, tras el análisis de las lesiones y las causas que los producen, se han agrupado posteriormente los movimientos individuales en grandes desplazamientos, sintetizando de este modo los procesos patológicos que afectan al edificio. Desde el punto de vista metodológico, hay que entender que los movimientos dentro de la estructura se producen "relativamente", es decir, de unas partes en relación con otras. La carencia de elementos de referencia absolutos que nos permitan referirnos a una hipotética condición original de estabilidad total nos conduce a tener que proceder por comparación de unos elementos con otros. Además, cada uno de estos grandes desplazamientos se ha introducido en el diagrama estratigráfico, integrándose así el análisis patológico con la lectura arqueológica del edificio (Fig. 13). Este ejercicio muestra cómo los grandes movimientos, frente a la posición fija que ocupan las UE constructivas en el diagrama estratigráfico, cuando corresponden a procesos activos, pueden ocupar una posición en varios puntos de la secuencia. De este modo, en la zona correspondiente al aula de la iglesia, se han distinguido los siguientes grandes desplazamientos (Fig. 27 y 28): GD0. corresponde a la zona del edificio que parece no haberse movido significativamente en ninguna dirección, que vendría a ser la parte central y los dos pilares situados en el muro-arcada derecho (oeste) de la nave central. Por ello hemos establecido esta parte de la iglesia como la de nulo movimiento, refiriendo los demás giros o asientos a la estabilidad de esta parte. GD1: es el giro del muro exterior de la iglesia y el patio, fachada noreste, hacia el exterior. Es el desplazamiento más acusado de todos los detectados, lo que es lógico al tratarse del muro que conserva las partes más antiguas de la construcción. Históricamente este desplazamiento ha ido afectando a todos los elementos constructivos añadidos o reparados en el muro, desde las pilastras y abovedamientos bajomedievales hasta los de fecha barroca. Entendemos que su origen se encuentra en un asiento diferencial del cimiento en el terreno combinado con un proceso de deformación progresiva del propio suelo. Afecta a todas las fases históricas excepto a las últimas actividades del siglo XX, por lo que entendemos que se encuentra detenido desde este momento. GD2: es el giro del muro-arcada interior noreste, entre la nave central y la izquierda, en la misma dirección que el Figura 26. Apeo de arco con muro de ladrillo. movimiento anterior pero de menor desarrollo. También parece obedecer al mismo fenómeno de asiento y giro del cimiento, con sus componentes inclinadas al exterior debido a los empujes de las bóvedas. Este movimiento afecta a todas las fases hasta el siglo XIX, pero no se puede evaluar si afectaría a las del siglo XX, por no encontrarse ninguna de estas en su zona de afección. No podemos concluir por tanto que se encuentre detenido. GD3: en el lado contrario de la iglesia, fachada suroeste, se encuentra un movimiento de signo contrario al anterior, es decir, hacia su exterior. Este movimiento también ha arrastrado a las fábricas del piso superior GD14: es el "no movimiento" o estabilización relativa de la cubierta artesonada, del faldón de la nave este de la iglesia y de la arcada superior en que ambos descansan. Al igual que con el movimiento GD0, los movimientos de todos los otros cuerpos y bloques alrededor de GD14 indican que este es el más estable. En definitiva, parece que este tramo inmóvil nos da la clave de que los movimientos en la parte central y este del edificio se detuvieron hacia finales de la edad media, cuando se construye la arcada este de la planta alta y se recoloca el artesonado. En todo caso, afecta a elementos muy modernos (cubierta este) y parece indicar que esta parte por fin se ha estabilizado recientemente. GD15: se trata de un movimiento sustancialmente diferente de todos los anteriores, pues afecta a un bloque sin contacto con el terreno. Se trata por tanto de un movimiento relativo interior a la propia estructura que afecta a la cubierta de la nave suroeste, que se habría hundido parcialmente hacia el interior de la iglesia, provocando la deformación de sus cerchas. No tiene por lo tanto origen en el comportamiento del terreno ni repercusión grave en el equilibrio general de la fábrica. GD17: se trata del movimiento de la esquina sur del edificio hacia el exterior. Afecta hasta la etapa barroca, pero nuevamente sin etapas posteriores que lo cancelen. Por otro lado, en la zona del patio y la torre, se han distinguido los siguientes grandes desplazamientos: GD7: es el giro de la torre hacia el noreste, con dos magnitudes diferentes para el cerramiento perimetral y el núcleo central. El giro parece tener el mismo origen en el asiento diferencial del terreno, y afecta a las dos fases de la torre (la musulmana inferior y la plenomedieval románica del recrecido). Aun siendo menor el giro de la parte alta, no podemos afirmar que el fenómeno esté detenido, pues no encontramos elementos modernos de cierta entidad que nos permitan comprobar su estabilización final. GD8: se trata de la pequeña inclinación que ha asumido el muro y la arcada del patio hacia el noreste. Afecta tanto a la planta baja (en mayor medida) como a la superior (en menor medida), por lo que parece tener también un origen en el cimiento y podría también estar prácticamente detenido. GD9: en la arcada opuesta es, como el GD0, un "movimiento nulo", detectado en unas inclinaciones tan pequeñas que pueden ser despreciables. Esto nos permite decir que, en continuidad con el tramo afectado y parece tener un origen simétrico del de la fachada noreste, es decir, un asiento y giro en el terreno debido a su deformabilidad y a la inclinación de la resultante de las cargas por acción de los empujes de las bóvedas y arcos. Es aparentemente un movimiento de menor magnitud que el del lado contrario, lo que en una lectura sincrónica nos llevaría a afirmar que el problema es menor en este lado del edificio. Sin embargo, una lectura temporal de las fases constructivas presentes en el muro revela que todo el piso superior es de muy reciente construcción, lo que induce a pensar que el problema de asientos es más grave ahora en este lado suroeste que en el opuesto, pues no se encontraría detenido todavía y estaría provocando que el muro siga en un proceso de inestabilidad progresiva no detenida. GD4 y GD11: son dos movimientos que afectan al muro sureste con una componente igual y otra componente simétrica a un lado y otro del eje principal del edificio. El muro se inclina en conjunto hacia el exterior, lo que habría provocado graves desplomes que se intentaron contener con los grandes machones de refuerzo exterior. Pero además, se encuentra la componente simétrica del movimiento que produce la fractura vertical del muro hastial prácticamente en su centro. Nuevamente, estos movimientos se manifiestan en la planta alta con una intensidad mucho menor. En definitiva, y dado que esta parte de la obra es también de época bajomedieval, podemos casi establecer que el movimiento de este muro se ha detenido o ralentizado muchísimo desde hace ya varios siglos y que, por tanto, el fenómeno que lo produjo se ha desactivado prácticamente. GD5 y GD6: como los anteriores, se trata de dos giros con una componente igual y otra simétrica afectando a las dos mitades del muro de cierre noroeste del aula de la iglesia. En la planta alta, los movimientos GD13 y GD16 son parcialmente divergentes, pero dado que tienen mucha menor amplitud e intensidad, podría significar que las causas que los provocan se hallan ya detenidas desde el bajomedievo. GD12: se trata del movimiento hacia el oeste de la arquería oeste de la planta superior. Puesto que sólo afecta a este elemento, de etapa bajomedieval, entendemos que aparentemente se encontraría detenido. GD13: es el movimiento del muro noroeste en su mitad este. GD13a acompaña al GD8, mientras el GD13b acompaña al GD16, afectando ambos a etapas hasta el barroco, y no viéndose cancelados posteriormente por no existir obras posteriores en las que se pueda encontrar el movimiento. por GD0, encontramos en este muro-arcada la parte inmóvil del conjunto de la estructura. GD10: se trata del giro hacia el noroeste del muro hastial de cierre del patio configurado en dos etapas constructivas que se encuentran, ambas, inclinadas notablemente hacia el exterior. Nuevamente el giro parece arrancar desde el cimiento y deberse por tanto a asientos diferenciales en el terreno. Parece afectar a todas las etapas, incluido el último recrecido de finales del siglo XX. Aparentemente sería un movimiento activo, no estabilizado ni cancelado por ninguna etapa reciente. En definitiva, parece deducirse que los movimientos más importantes, los que han afectado a las partes más significativas del edificio, parecen estar casi detenidos. Los indicios en la planta baja no son concluyentes por sí mismos porque no afectan a todas las etapas históricas, pero los de la planta alta, que sí lo hacen, parecen indicar esa mayor estabilidad, puesto que los movimientos no parecen afectar a las etapas más recientes. Y si la planta alta se ha estabilizado, podemos deducir casi con entera certeza que la planta baja no se habrá movido tampoco en el mismo periodo, por lo que podríamos considerar que también se ha estabilizado. Frente a ese panorama, las fachadas suroeste y noroeste, así como la torre, sí presentan signos de que sus movimientos evolucionan todavía, sin etapas que los detengan. De ellos el más grave aparentemente es el del muro suroeste, que ha dañado seriamente incluso alguno de los refuerzos e intervenciones más modernos. Con posterioridad al análisis diacrónico que nos muestra la evolución de la estructura a lo largo del tiempo, se ha procedido al análisis sincrónico del estado actual mediante el cálculo estructural de los muros interiores del edificio (los que contienen arcos), pues son estos los que transmiten esfuerzos horizontales al terreno, además de concentrar las cargas en puntos singulares de la estructura (pilares y pilastras). La elaboración de sus diagramas de cargas y líneas de presiones vienen a mostrar el modo en que se transmiten y descienden las cargas gravitatorias de los distintos elementos constructivos para llegar hasta el terreno de asiento, especialmente en relación con los arcos y su funcionamiento estructural. Sin entrar a detallar esta parte del análisis (ya que excede el objetivo metodológico de este artículo), sí cabe mencionar que en cada uno de los muros analizados se ha realizado un doble cálculo que se corresponde con dos hipótesis extremas del comportamiento de los arcos (Fig. 29). La primera hipótesis es la que considera un empuje mínimo en el arco que sea capaz de conducir las cargas verticales dentro de la sección constructiva. Desde el punto de vista físico esto responde a la situación real o más probable de trabajo de los arcos, ya que responde al principio de mínima energía general en la naturaleza. La segunda hipótesis considera el máximo empuje que los arcos serían capaces de soportar, representando la situación anterior al colapso que se pudiera producir por la introducción de una acción exterior. Dicha acción podría ser horizontal, en el caso de un terremoto "máximo" que podría resistir la fábrica aumentando el empuje de los arcos11, aunque también podría implicar una carga vertical concentrada en algún arco para cuya reconducción hacia el apoyo fuera necesario que el empuje se hiciera muy grande y comprometiera el equilibrio de los arcos adyacentes. Ambas son por tanto las situaciones límite de la estructura considerada. Cualquier otro empuje de rango intermedio sería resistido por la fábrica, mientras que empujes de magnitud menor o mayor provocarían un desequilibrio del sistema. Los resultados del cálculo vienen a confirmar lo que la iglesia nos dice por sí misma: que ha sufrido fuertes asientos al sobrepasar los valores estimados de la resistencia del terreno, mientras que no presenta ningún problema en la fábrica propiamente dicha, más que los derivados de esos asientos diferenciales que acarrean giros y grietas en la fábrica. Además, se han detectado algunos puntos críticos de la estructura, donde la línea de presiones se acerca peligrosamente al límite de la sección construida, lo que puede suponer un riesgo para la estabilidad de la estructura. Este es el caso de los pilares cruciformes del aula, donde tanto el descentramiento de la carga como la degradación de su base hacen que éstos sean los elementos más débiles y precarios en cuanto al equilibrio de la estructura, requiriendo sin duda una intervención para mejorar su situación. Diagnóstico integrado del edificio La combinación de los dos análisis (uno de tipo diacrónicoevolutivo y otro de tipo sincrónico) y su contextualización el equilibrio y la estabilidad, sino que en cambio suponen un incremento de los esfuerzos y tensiones a los que está sometido el terreno. Por lo primero, son prescindibles, y por lo segundo, es recomendable su retirada, siempre que en el proceso de desmontaje no se dañen otros elementos históricos valiosos. Los refuerzos en el exterior de los muros son útiles de cara a conseguir grados de seguridad mayores para la estructura frente a posibles seísmos, pues mejoran la capacidad de la fábrica de aceptar estados límites de equilibrio más amplios frente a posibles esfuerzos laterales o cargas verticales de gran magnitud. Por último, cabe destacar que los cuatro pilares interiores del aula son puntos especialmente delicados, ya que, además de estar sometidos a tensiones relativamente altas, están muy dañados constructiva y materialmente. Del mismo modo, en sus zapatas y en el terreno en que asientan se produce una alta concentración de tensiones que implica un fuerte asiento por lo que existe un serio riesgo de fallo estructural. en el estudio de la secuencia histórico-constructiva ha permitido obtener una visión global y rigurosa del comportamiento de la estructura y de la gravedad de sus problemas patológicos (Fig. 30). De estos análisis se desprenden unas conclusiones coherentes entre sí que detallamos a continuación. La iglesia ha sufrido movimientos generalizados de su estructura provocados principalmente por un deficiente diseño del cimiento que produce en el terreno mayores tensiones de las que éste es capaz de resistir. La mayor parte de esos movimientos se han detenido históricamente, probablemente al haberse alcanzado un grado de consolidación suficiente en el terreno que lo ha hecho más resistente y estable. Sin embargo, en los lados suroeste y noroeste, donde el estrato de rellenos altamente compresible tiene mayor espesor, el movimiento de asiento y giro no se ha detenido todavía. Los refuerzos realizados en las últimas décadas no sólo no son suficientemente eficaces de cara a restablecer actual y qué puede suceder en el futuro. Todo ello será sin duda alguna de gran ayuda de cara a la preservación de los valores culturales, así como a la adecuada gestión y optimización de los recursos disponibles para la conservación del patrimonio cultural, favoreciendo una toma de decisiones más eficiente y racional. Directrices de intervención en la iglesia de Santa Clara Tras la realización del análisis integrado, se ha podido responder sobre la viabilidad de algunas medidas concretas para permitir el acceso del público en condiciones de seguridad suficientes de los muros, bóvedas y forjados del edificio, incluyendo la retirada de los apeos existentes en la planta baja. Respecto a la retirada de los muros de apeo de los arcos de la planta baja del edificio, se ha concluido que podrían estar sustituyendo a los propios soportes en cruz si estos fallaran definitivamente. Por ello, dichos apeos sólo podrán ser eliminados previa reparación de los soportes. De este modo, se han planteado una serie de actuaciones centradas en la reparación de los pilares del aula, de la base y la escalera de la torre, así como de los muros en puntos críticos para la estabilidad estructural (Fig. 31). En todo caso, la intervención se llevará a cabo con técnicas no agresivas y con materiales similares y compatibles con los de la construcción histórica. Eficiencia de la intervención y optimización de recursos para la conservación Como venimos destacando a lo largo del presente artículo, la metodología de análisis integrado que se propone se fundamenta en el rigor del conocimiento de A lo largo del presente artículo se ha descrito una innovadora metodología de análisis integrado de edificios históricos, cuya principal novedad es la combinación del método estratigráfico para el análisis arqueológico de edificios con el estudio patológico de construcciones históricas. Esta integración de enfoques tradicionalmente ajenos entre sí tiene su justificación fundamental en el hecho de compartir un mismo objeto de análisis, el edificio histórico. Su naturaleza pluriestratigráfica, compleja y evolutiva es precisamente la característica fundamental en la cual se basa nuestra propuesta, ya que es la secuencia de transformaciones que el edificio experimenta a lo largo de su historia la columna vertebral que articula la integración de la lectura histórico-constructiva con el estudio de los procesos patológicos. Es fundamental entender que dichos procesos que afectan al edificio provocando lesiones en forma de desplomes, grietas, erosiones, etc. no son fenómenos estáticos, sino que evolucionan en el tiempo entrelazándose con la secuencia constructiva del edificio. Para alcanzar una rigurosa contextualización de dichos procesos patológicos es necesario un sustento metodológico y unas herramientas de análisis que refuercen los resultados obtenidos. Y es en este punto donde el diagrama de relaciones estratigráficas se configura como el elemento vinculante principal para entender la evolución material del edificio en relación con las afecciones patológicas que sufre, obteniéndose una secuencia evolutiva completa. En definitiva, dado que la arquitectura histórica se caracteriza por su naturaleza compleja, los edificios históricos no pueden ser convenientemente entendidos sin su secuencia de transformaciones a lo largo del tiempo. La metodología propuesta no es fruto de una pura especulación teórica, sino que nace de la necesidad de adaptar el análisis a dicha esencia compleja de la arquitectura histórica. Nuestra experiencia nos ha permitido constatar este comportamiento evolutivo de las estructuras históricas y por ello nos ha inducido a desarrollar una metodología adecuada para analizarlas. Así, el método de análisis presentado se fundamenta en un enfoque que considera el desarrollo de los procesos patológicos integrando la dimensión temporal. Esto permite no sólo entender qué ha ocurrido durante la historia pasada del edificio, sino cuáles son las causas del estado que han provocado nuevas afecciones en el terreno con los consiguientes asientos diferenciales de la estructura que han provocado nuevos daños. Además, el refuerzo de la cimentación con zapatas de hormigón armado ha supuesto la destrucción de parte del yacimiento de época tardoantigua sobre el que se asienta el edificio, perjudicando gravemente el valor patrimonial de este bien cultural (Fig. 32). Los resultados derivados del presente análisis integrado han permitido sin embargo identificar los movimientos activos hoy en día y evaluar el riesgo de cara al uso público. De este modo, se han elaborado unas directrices muy concretas para una intervención de escaso coste, contenida, respetuosa con el edificio y eficaz. Frente a ella, una acción de refuerzo global de la estructura o de intervención en la cimentación y en el terreno (como las que habitualmente se llevan a cabo cuando no se conocen en profundidad las características de la construcción histórica o de sus procesos patológicos) habría sido ineficaz, probablemente provocando nuevos daños al edificio, y habría sido muchísimo más costosa, con el consiguiente malgasto de recursos. En definitiva, estamos convencidos de que la metodología integrada de análisis histórico, constructivo y patológico, basada en la secuencia estratigráfica y en la realidad compleja de la arquitectura histórica que se describe en este artículo supone grandes beneficios, tanto para el conocimiento de nuestro patrimonio cultural como para la optimización de los recursos para su conservación, de modo que esperamos que pueda servir como referente para futuros trabajos. la realidad compleja del edificio histórico. Sin embargo, este enfoque metodológico no sólo se justifica por dicho rigor científico, que permite alcanzar un mayor conocimiento del objeto de estudio, sino también porque posibilita una mayor eficiencia en la gestión del patrimonio cultural a través de una mejor preservación de los valores patrimoniales del bien cultural, así como de la reducción de costes de la intervención restauradora y por lo tanto de una optimización de los recursos disponibles para la conservación. En efecto, el conocimiento integrado de los procesos patológicos en la secuencia evolutiva del edificio permite entender mejor sus causas y su desarrollo a lo largo del tiempo. Por ello, durante la elaboración de las directrices para la conservación se puede, por un lado, decidir si es necesario o no detener los procesos patológicos (en función de la evaluación de los riesgos existentes) y, por otro, establecer unas intervenciones más focalizadas y ajustadas a las necesidades reales del tratamiento de dichos procesos patológicos. Es fundamental entender el edificio y su patología desde un punto de vista evolutivo, como un ente en constante transformación, donde no siempre hay que detener los procesos internos del edificio, sino controlar su desarrollo y limitar los riesgos que se vayan generando. Este aspecto es de gran importancia, ya que un desconocimiento riguroso y exacto de la patología de la construcción lleva irremediablemente a actuar donde no sería necesario y a desarrollar intervenciones más agresivas, extensas y costosas de lo deseable, por lo que en muchos casos, no sólo no se resuelven los problemas patológicos, sino que se provocan otros. De hecho, las intervenciones inadecuadas provocan habitualmente importantes agresiones al edificio como, por ejemplo, el caso de los refuerzos y las consolidaciones estructurales que van contra la naturaleza mecánica de las estructuras de fábrica, provocando tensiones internas que dañan la estructura histórica. Pero también estas intervenciones afectan gravemente a los valores patrimoniales del bien cultural, eliminando o alterando sustancial e irreversiblemente sus elementos constructivos, de modo que todo ello revierte en una absoluta ineficacia de la acción supuestamente conservadora. El caso concreto de la iglesia de Santa Clara es muy ilustrativo a este respecto. Las sucesivas intervenciones que se han desarrollado a lo largo de la historia del edificio (centradas muchas de ellas en la adición de masas para el contrarresto de los empujes de los arcos y las bóvedas), no sólo no han parado los movimientos, sino Figura 32. Restos de estructuras tardoantiguas gravemente afectados por los refuerzos de cimentación (parte derecha de la imagen). Imagen realizada por S. L. Latorre y Cámara en el marco del trabajo de levantamiento fotogramétrico.
Análisis de alteraciones murarias y modificaciones relacionales en dos áreas del palacio de Pedro I del Alcázar de Sevilla mediante estudio documental y verificación termográfica El palacio de Pedro I del Real Alcázar de Sevilla, ha sido admirado y estudiado por numerosos investigadores, convirtiéndose en centro de atención de viajeros y eruditos a lo largo de los siglos. Este conjunto ha sufrido desde su primer asentamiento numerosas modificaciones, ya que se buscó amoldar los espacios a las necesidades del momento. Ya en la construcción del palacio de Pedro I se pueden destacar dos directrices a través de las cuales se ejecuta el proyecto, por un lado la utilización de formas y modelos arquitectónicos islámicos y el desarrollo de espacios que buscan satisfacer una funcionalidad distinta de la que se precisaba previamente, mucho más íntima y menos pública (Almagro 2009a). Inicialmente, tras la conquista de Sevilla y el fin del dominio musulmán, Fernando III de Castilla "el Santo" en 1248 (Marín 1990) comienza una labor de inserción de la cultura cristiana en la ciudad y su territorio (Lleó 2013), a los que procura dotar de una serie de construcciones que aportaron el estilo y la estructura urbana cristiana (Marín 1990), pero que en la mayoría de los casos se adaptan a lo previo, siendo el palacio de Pedro I el que inicia un proceso de reorganización del conjunto del Alcázar (Tabales 2010). En esta reorganización que supuso la destrucción de las estructuras iniciales, se observa la proyección de una zona pública y otra privada de forma similar a otros conjuntos de origen musulmán (Almagro 2018). El palacio de Pedro I quedaría separado de las funciones públicas que se dispondrían en el denominado "Cuarto de la Montería" que, aunque no llegó a concluirse, muestra la estructura de sala de corte y salón del trono (Almagro 2018). El palacio de Pedro I, por su condición de residencia real, ha sufrido numerosas modificaciones que dan lugar a un complejo entramado de elementos arquitectónicos, materiales y técnicas, unas inspiradas en el periodo islámico y otras posteriores debidas a la conquista cristiana y a su propio proceso evolutivo en el campo de la arquitectura palaciega. Estas culturas, cristiana e islámica, son distintas en cuanto a ritos religiosos pero también en relación a las costumbres sociales y funcionamiento de la corte, lo que hacía necesaria la modificación de muchas estancias y accesos. En esta investigación nos centraremos en las actuaciones realizadas en la zona de vestíbulo o entrada al palacio de Pedro I desde el Patio de la Montería y en el área oriental del Patio de las Doncellas, Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). donde se suceden cambios en la estructura y conexiones del palacio, principalmente en el siglo XIX. La metodología se ha establecido en función de las distintas disciplinas que se aplican, entre las que se encuentran la Historia, la Arquitectura, la Arqueología y la Geología a niveles generales. A través de las mismas se estipulan unos pasos a seguir que comienzan con una codificación de las estancias junto con sus paramentos, ya que es fundamental a la hora de mejorar la comprensión de los espacios el evitar la repetición de nombres históricos que en ocasiones van variando a lo largo de los siglos para cada estancia. Dicha codificación establece la división de la planta baja del palacio de Pedro I en veintidós estancias y tres pasillos de acceso (Fig. 1). Tras esta división se procedió a la observación directa a través de un estudio fotogramétrico de cada área que da lugar a una serie de proyecciones u ortofotos de cada uno de los paramentos. Las ortofotos nos sirven como medio de estudio y elementos imprescindibles para la representación de los resultados tanto de estado de conservación, cartografías de procesos de degradación e hipótesis de intervenciones, así como medio de documentación general de la edificación. Tras haber realizado la aproximación in situ que nos permitió conocer la morfología del palacio, se pasó a desarrollar una labor de documentación histórica que parte tanto de testimonios de la época de estudio e investigaciones actuales que se sirven de documentación de archivo, como de la documentación gráfica disponible, dibujos, grabados, pinturas y fotografías de diversa índole y procedencia, a las que se recurre para estipular áreas de interés en las que se hayan realizado procesos de intervención. Basándose en esta documentación previa que señala zonas de interés para el estudio de las modificaciones en las aperturas de los paramentos, se realizó un estudio mediante termografía infrarroja que permite observar anomalías que esclarecen ciertos procesos y apoyan hipótesis formuladas a partir de la documentación histórica. El estudio mediante termografía infrarroja se basa en la temperatura y su relación con la energía electromagnética que emite un cuerpo (Gómez-Heras 2012). En el uso de los métodos ópticos como medio de cálculo de la temperatura de un cuerpo por radiación, se cuenta con la ventaja de evitar el contacto entre el equipo y el material a estudiar, con lo que se trata de un medio no invasivo (González 2006) 5. La termografía infrarroja es la técnica que produce una imagen visible que capta la radiación infrarroja invisible para el ojo humano que es emitida por los cuerpos (Astarita 2006 citado por González 2006) 6. A través de esta técnica se pueden observar las discontinuidades térmicas existentes, que se deben a cambios de densidad y calor específico (inercia térmica), de forma que, por ejemplo, la piedra tendrá una mayor capacidad de almacenar energía y tardará más tiempo en enfriarse o calentarse, mientras que el cemento lo hará de forma más rápida (Lerma, Mas, Gil, Vercher y Peñalver 2013). Mediante este procedimiento se pueden observar discontinuidades, tipos de materiales, así como los problemas relacionados con la ascensión capilar, lluvia, higroscopicidad y condensaciones en el interior de los paramentos. En la planta baja del palacio de Pedro I se ha realizado una termografía de tipo pasivo sin activación de procesos (Gómez-Heras 2012), teniendo en cuenta que la emisividad registrada puede variar según el tipo de material, la geometría, tipo de superficie (las lisas y pulidas emiten una mayor cantidad), ángulo de toma de la imagen para evitar reflejos y la temperatura ambiente (Zahonero 2015) 7. Las tomas se han realizado mediante una cámara termográfica FLIR modelo T440 con las siguientes características principales 8: Hay que puntualizar que en el caso del estudio realizado en el palacio de Pedro I se han detectado ciertas 5 González Fernández, D. A. 2006: Contribuciones a las técnicas no destructivas para evaluación y prueba de procesos y materiales basadas en radiaciones infrarrojas. Universidad de Cantabria, Santander. 7 Zahonero Simó, J. 2015: Evaluación de la idoneidad de la termografía y el georradar para caracterizar materiales de construcción. Trabajo Fin de Máster. Universitat politécnica de València, Valencia. variaciones en las imágenes termográficas registradas en una misma zona dependiendo del periodo estacional en el que han sido tomadas. LA FACHADA PRINCIPAL Y VESTÍBULOS DEL PALACIO DE PEDRO I La investigación que se ha llevado a cabo en los vestíbulos de entrada del palacio de Pedro I, Áreas 1 y 2 de acuerdo con nuestra codificación, están profundamente relacionadas con lo que se lleva a cabo en la fachada del mismo, Área 0 de nuestra codificación. La construcción del palacio de Pedro I entre 1364 y 1366 incluyó una portada que se aleja de los principios de intimidad propios de la cultura islámica de la que toma ciertos elementos, pero que se desarrolla hacia otros niveles de comprensión y vinculación con la sociedad que ahora ocupa Sevilla, quedando esta zona hacia el Patio de la Montería como un lugar que se relaciona con lo público a través de la qubba del piso alto que destacaría sobre el resto en la parte superior de la fachada (Almagro 2015a). Intervenciones en la fachada principal referentes a los vestíbulos de acceso La fachada principal del palacio de Pedro I se compone de un cuerpo central y dos laterales orientados al norte. El cuerpo central o portada está también dividida en tres partes, con sus extremos simétricos y compuestos en su parte baja por un arco lobulado sobre el que se sitúan paños de sebka, quedando la zona central para la ubicación de la puerta principal de tipo rectangular con dovelas que se encuentran profusamente decoradas de ataurique (Almagro 2009b). Sobre la fachada del palacio de Pedro I, que ha sido estudiada extensamente, nos interesa lo relacionado con la apertura de vanos en la planta baja ya que afectan a la estructura y articulación de los vestíbulos con el exterior y el interior del palacio. Nos han interesado, por lo tanto, las intervenciones realizadas por Manuel Zintora en 1806 según la descripción de Don Miguel de Olivares, arquitecto de la nueva catedral de Cádiz, en su informe de reconocimiento del Alcázar a petición de D. Francisco Bruna, en el que especifica la apertura de ventanas en el cuerpo bajo, dos de mayores dimensiones y otras dos pequeñas pegadas al cuerpo central, que modificarán los vestíbulos de entrada (Chávez 2004)9. Sobre estas actuaciones se pronunciará Manuel Zintora en 1810, aduciendo los motivos por los que fue intervenida, ya que se encontraba en mal estado por el tiempo y la necesidad de incluir las ventanas como medio para introducir luz en los salones a la vez que aportaba elementos de simetría en la fachada (Gestoso 1889), estos vanos se cerraron en 1936 (Almagro 2009b). La distribución de los huecos de la fachada abiertos a principios de siglo ha quedado reflejada en un dibujo de Chapuy (Fig. 2)10 1844. A lo largo del siglo XIX se sucederán en la fachada otras intervenciones, como las realizadas por Juan Manuel Caballero en 1845 referentes a las cornisas, o las realizadas en 1847 en las galerías superiores (Chávez 2004). En 1848, Valentín Carderera, propondría una serie de cambios en la fachada que explica en un dibujo (Fig. 3) 11, que une a otros que muestran el estado de la fachada en ese momento, en el que se observan los huecos de menores dimensiones a ambos lados de la portada y otros dos en los extremos (Fig. 4) 12 (Chávez 2004). Una de las primeras fotografías de la fachada del palacio fue la realizada por Tenison en 1853 (Fig. 5) 13, en ella se observaban los huecos realizados en la primera mitad La reforma realizada en los laterales según la traza de Carderera debió desaparecer poco antes de 1870, año en que la Biblioteca Nacional de España fecha la imagen que toma Laurent de la fachada (Fig. 8) 16 en la que ya no encontramos este revestimiento y que Almagro (2009b) data de unos años más tarde, 1874. del siglo XIX por Zintora, que produjeron un cambio en la estética de la fachada y evidencia que todavía no se habían llevado a cabo las intervenciones propuestas por Carderera unos años antes. Dicha intervención de armonización de los laterales, se realizaría a mitad del siglo XIX por José de la Coba, entre 1854 y 1857, dado que en la fotografía de 1853 todavía aparecen los huecos abiertos a principios de siglo y, sin embargo, no están los revestimientos laterales que sí se pueden observar tanto en el dibujo realizado por Guichot años antes, seguramente copiado del proyecto de Carderera (Fig. 6) 14 como en diversas fotografías como la de Pedrosa de 1857, en la que ya sí aparece este diseño previo (Fig. 7 Continuando con las referencias escritas, contamos con la descripción en 1889 por parte de Gestoso (1889) que menciona la existencia de una puerta en la parte izquierda como acceso a la escalera de la segunda planta, a la que inicialmente se accedería a través de la zona izquierda del vestíbulo de entrada. En 1900 (Chávez 2004) se estarían llevando a cabo diversas actuaciones que dan lugar a un descubrimiento en esta fachada, apareciendo la primitiva arcada mudéjar que flanqueaba la fachada y que ya se observaba en una postal del fotógrafo Rafael Señán y González, que debió ser tomada a principios del siglo XX, donde aparecen los revestimientos picados de los laterales y las arcadas cegadas (Fig. 9) 17. Las arcadas de la fachada serían revestidas de nuevo a principios de siglo como se puede observar en la fotografía tomada por Garzón, recogida en el Catálogo Monumental de España en su volumen 1, datado en 1907 (Fig. 10) 18, donde se observa la transformación de las ventanas geminadas que se encontraban en el centro de los laterales por otras rectangulares con rejas, cerrando también los huecos presentes en los laterales de la zona central que sí aparecían a principios de siglo en la imagen tomada por Señán cuando se realiza el picado de la superficie (Fig. 9). Intervenciones en los vestíbulos del palacio Entrando a través de la puerta principal, ya en la zona interior del palacio, se encuentra un primer vestíbulo que en su zona derecha da paso a uno de los patios, el Patio de las Muñecas, y a la izquierda al segundo vestíbulo en el que se ubica la puerta del corredor que se dirige al Patio de las Doncellas (Fig. 11). Los vestíbulos, como espacios previos al resto de estancias, tienen, en el caso del primer vestíbulo, forma alargada con una división tripartita mediante unos arcos que descansan sobre columnas de mármol. Cada uno de sus muros se encuentra dividido a su vez en franjas de decoración, de forma muy similar a todo el palacio, contando en la zona inferior con paños de alicatado, seguido de una franja de yesería, una zona sin decoración que es el espacio enlucido y a continuación otra franja de yesería de mayor tamaño. Esta estructura se ve modificada en la zona de la puerta que encontramos a la derecha que cuenta con un marco de yesería donde se ubica el mencionado acceso al corredor que se dirige hacia el Patio de las Muñecas. De la misma forma el segundo vestíbulo queda revestido con estas bandas de decoración, contando en su cara este con un arco angrelado de pequeñas dimensiones que se encuentra cegado y en la zona sur con paneles de yesería y un dintel de madera sobre el que aparecen unas dovelas alternas con decoración y lisas que decoran la puerta de paso al corredor que conduce al Patio de las Doncellas. Sobre las intervenciones que se realizan en los vestíbulos nos centraremos en la apertura de los huecos de la fachada descritos previamente y en el acceso directo que Manuel Zintora abre entre 1805 y 1806 hasta el Patio de las Doncellas (Chávez 2004) 19. Por lo tanto, en el Área 1 o primer vestíbulo se realizará la apertura de dos ventanas hacia el Patio de la Montería en su cara norte y un acceso directo hacia el Patio de las Doncellas en su lado sur. Este último es mencionado por José Amador de los Ríos (1844) en su descripción sobre la entrada al Alcázar, recogiendo la apertura de la puerta moderna que en 1806 se abriría para dar paso de forma directa desde dicha entrada al Patio de las Doncellas. Dicha apertura dio lugar a cuatro piezas que se abren en las estancias del Dormitorio de los Reyes Moros (Área 3 y 4) y la Cámara Regia (Área 5 y 6). Alrededor de 1856 se ciega la comunicación abierta por Zintora, posteriormente al escrito en que Madrazo habla de ella describiéndola como un arco acanalado que se sostiene "por columnas de basas poco menos que áticas y capiteles de líneas" (Madrazo 1856: 476), mencionando también las salas que quedan a derecha e izquierda, las cuales se encuentran en su mayoría sin decoración, observándose al fondo el Patio de las Doncellas. Conociendo estos datos se ha realizado el estudio termográfico en el vestíbulo (Área 1) mediante el que se ha comprobado la existencia de zonas de forma rectangular y con una temperatura inferior respecto a las zonas limítrofes, lo que indica la presencia de huecos que están ahora tapiados, que se supone fueron ventanas a la fachada y puerta hacia el Patio de las Doncellas. En el caso de las ventanas abiertas en la fachada a principios del siglo XIX por parte de Manuel Zintora, debieron tener diversas proporciones aunque siempre una ubicación más o menos similar, tal y como se puede observar en el estudio termográfico, en el que, aunque sus bordes quedan difuminados, se puede apreciar un área donde el contraste de temperaturas es mayor (Fig. 12). Por otro lado, continuando con el estudio termográfico realizado pasamos al paramento sur del primer vestíbulo donde se ha podido observar, aunque de forma más sutil que en el caso del paramento norte, la señal del arco que daba paso al Patio de las Doncellas practicado a principios del siglo XIX (Fig. 13). El estudio de las imágenes nos permite aproximar la delineación del arco, situándolo en el centro del paramento que como se observa en la figura 13 nos dejaría ver la estancia trasera del dormitorio de los Reyes Moros, ya que todavía no contaría con el vano tripartito que se puede observar parcialmente en la imagen, pero que da una idea de la intención con que se realizó esta apertura. Con esta reforma se produce una alteración en el acceso en recodo que caracterizaba este palacio desde su construcción (Gestoso 1889) y que no se recuperaría hasta 1856 cuando José de la Coba, como menciona en sus informes, cierre el arco de medio punto y elimine la cancela de hierro que daba vista al Patio de las Doncellas (Chávez 2004). EL PATIO DE LAS DONCELLAS DEL PALACIO DE PEDRO I Una vez identificadas las intervenciones en los vestíbulos de entrada pasamos al estudio del patio principal, el Patio de las Doncellas, una zona que se presenta como interlocución de espacios (Área 17, Fig. 14). El Patio de las Doncellas se vincula a través de una línea paralela a su lado más largo con el Salón de Embajadores y hacia el norte con un trazado perpendicular con el Patio de las Muñecas (Rodríguez 2011). El Patio de las Doncellas adopta forma rectangular y cuenta con una estructura de pórticos mediante arcos polilobulados apoyados en columnas de mármol que en sus esquinas son triples y en el resto pareadas. Las albanegas quedan decoradas con yeserías romboidales (sebka) con decoración de ataurique, contando en cada uno de los lados del Patio con un arco central peraltado que rompe el alfiz superior sobre el que se sitúa una franja de yesería en la que se apoya la cornisa que vuela hacia el exterior y desde la que sigue en altura la segunda planta del palacio. La solución de Patio con pórticos perimetrales en sus cuatro lados, es una estructura que según Almagro (2007) resulta habitual en los claustros monásticos, contando también con una clara influencia andalusí con la disposición de las estancias tanto al sur como al norte del Patio con forma alargada y alhanías en sus lados. Las estancias del lado norte que se encuentran formadas por la Cámara Regia y el Dormitorio de los Reyes Moros constituirían junto con el Patio la clásica organización espacial islámica (Almagro 2007). En este estudio nos dedicaremos en exclusiva a la fachada interna del paramento oriental del Patio, basándonos en los levantamientos fotogramétricos desarrollados en la planta baja del palacio, dando lugar a una serie de ortofotos o proyecciones horizontales que permiten estudiar su morfología y estado actual, 12 profundizando en la historia del espacio del Patio como centro del palacio de D. Pedro (Fig. 15). En la descripción del Patio de las Doncellas, se debe hacer mención al uso relevante del agua junto con los espacios ajardinados, que según nos precisa Almagro Vidal (2005) hace referencia al oasis y el desierto. En el proyecto inicial del palacio de D. Pedro también se le dio la debida importancia a esa unión y se valoró lo que podía aportar el jardín y el agua a la construcción, lo que quedaría demostrado por los recientes descubrimientos. Dichos descubrimientos se refieren a las investigaciones realizadas en el subsuelo (Tabales 2003), que revelan la existencia de un jardín rehundido, concebido en la construcción de la edificación, y que se distribuía de forma simétrica, situando en su eje este-oeste una alberca longitudinal con extremos en forma de T, los cuales fueron tapados antes de llegar a estar en uso (Almagro 2015b). La disposición de este tipo de jardín con alberca longitudinal y jardín rehundido en sus laterales que no se distribuye en forma de crucero como los que lo circundan, es considerado un elemento innovador y su construcción resulta acorde con la inicial naturaleza privada de este palacio, ya que no permitiría un correcto tránsito de la corte en el espacio reducido que quedaría en los corredores (Almagro 2018). Por motivos de protocolo debió ser modificado a lo largo del siglo XVI para servir a las necesidades de la corte que era sin duda numerosa (Almagro 2015b). Intervenciones del siglo XIV y XV La construcción inicial de este Patio realizada entre 1364 y 1366, se compondría de arquerías sobre columnas de mármol dobles, excepto en los ángulos que se dispondría sólo una, rematadas por cimacios de madera, arcos lobulados de estilo cordobés y paños de sebka en su planta baja (Marín 1990). En época de los Reyes Católicos se realizan diversas obras de mejora en el palacio. Según las capitulaciones establecidas el 28 de septiembre de 1478 entre los Reyes Católicos y Francisco de Madrid, su secretario y obrero mayor de los Alcázares y atarazanas de Sevilla, se realizaron modificaciones necesarias para la entrada en Sevilla de Isabel I, en julio de 1477. Entre las modificaciones necesarias sólo se menciona para el Patio de las Doncellas las relacionadas con labores de sustitución de losas quebradas del pavimento, reparación de techumbres y la inspección de los tejados (Morales y Serrera 1999). Intervenciones del siglo XVI A lo largo de la década de 1540 con el reinado de Carlos I de España y V de Alemania, se suceden numerosos trabajos de remodelación del Patio, especialmente en los corredores altos (Marín 1990). En 1554, en época de Felipe II, según las hijuelas de este año que incluye Gestoso (1889) el alcaide D. Álvaro Manrique solicita a los maestros mayores Juan de Simancas y Juan Fernández que realicen un informe de aquellos elementos que se deben reparar en el palacio, entre los que se mencionan la mala conservación de los corredores, que deben ser apuntalados descubriendo su yesería y reparándolos y el mal estado de los pilares de albañilería a los que era necesario vaciar y meter mármol junto con capiteles. En 1560 Felipe II solicitará una relación de los daños del Alcázar, de forma que pudiera evaluar cuánto costaría la obra a efectuar y si era realmente necesaria, por lo que D. Hernando Conchillos, alcaide de los Alcázares, manda certificar dichas necesidades a través de Juan de Simancas en 1561, enumerando una serie de obras en el Patio que se refieren a la sustitución de las cuatro columnas gruesas de cada esquina por doce a repartir tres en cada ángulo y de dieciséis columnas de las portadas para colocar soportes dobles en los arcos principales. Se explica que la eliminación de columnas fue debida a que eran de diverso tipo, más gruesas unas y otras más finas, algunas sin basas o capiteles y con cimacios de madera. Junto con esta modificación se realizaron reparaciones de albañilería, yeserías, puertas, alicatados, cañerías, suelos, incluyendo la mención a una alberca, ventanas o claraboyas de yesería de las puertas de entrada a las estancias y finalización de los enmaderamientos de los corredores altos pintándolos y dorándolos (Gestoso 1889). En relación a lo especificado sobre los zócalos de alicatado, se considera que en la parte alta de los corredores se debieron colocar en esta intervención de mediados del siglo XVI y que sin embargo en el caso de los corredores bajos serían originales de la construcción del palacio, ya que se especifica que se deben reparar y no construir dichos alicatados, como ya apuntaba Pleguezuelo (2015) considerando su complejidad en los motivos de las fachadas norte, sur y oeste del Patio. A lo largo de la década de 1560 a 1570 se suceden diversas intervenciones en las yeserías y techumbres, como recogen los maestros mayores Juan Fernández y Juan Simancas y el veedor Alonso de Rojas, que especifican labores referidas a las galerías altas y a la talla de yeserías de los arcos centrales (Marín 1990). Las obras en el Patio de las Doncellas se darían por terminadas en 1584, siendo en los últimos años del reinado de Felipe II, entre 1581 y 1584, cuando se llevan a cabo las últimas modificaciones de importancia en el Patio con la profunda modificación de la concepción medieval del jardín, la eliminación de cimacios de madera de origen islámico y la inclusión de yeserías platerescas en los pilares y arquerías junto con las decoraciones de sebka y palmas de influencia islámica (Marín 1990). Intervenciones del siglo XVII Durante el reinado de Felipe III únicamente se realizan algunas modificaciones, en 1599 de la fuente central del Es cierto que todos estos informes en los que se recogen las necesidades del palacio no aportan la relación de las obras, ya que Juan Manuel Caballero se dedicaría sólo a las zonas que amenazaban ruina, siendo ya más adelante, entre 1854 y 1857, cuando José de la Coba realizaría una serie de intervenciones de las que sí existe cierta documentación. En dicha documentación se explica el estado del Patio de las Doncellas, que lo describe con 24 arcos moriscos sostenidos por 52 columnas y cuatro grandes portadas que dan acceso una al Salón de Carlos V, otra al Salón de Embajadores, otra al Dormitorio de los Reyes Moros y "otra que forma el trono que según tradición servía al rey moro para recibir el tributo de las cien doncellas" (Chávez 2004: 520) sobre la que más adelante desarrollaremos ciertos datos. A raíz de este informe podemos conocer que se realizan una serie de intervenciones que abarcan la albañilería, la compleja eliminación de la cal de Morón, el vaciado en yeso de zonas destruidas del friso, la colocación de elementos faltantes en las portadas y el estucado de la zona dañada de los alicatados (Chávez 2004). Las relaciones de intervenciones y necesidades de reparación son complejas y en algunos casos insuficientes, pero a partir de estos informes podemos establecer una visión general de las necesidades de mantenimiento del área. En 1869 con la incorporación como arquitecto en comisión de Francisco Contreras se llamaría la atención sobre los frisos en mal estado con algunos mosaicos desprendidos en la zona de la entrada del Patio (Chávez 2004). Estas mejoras supusieron la adecuación de esta zona del palacio que había estado en mal estado desde principios de siglo y que debido a su magnitud también contaría con desperfectos años después, entre 1880 y 1882 (Chávez 2004), cuando se producen una serie de desprendimientos en las yeserías que se irían interviniendo dentro de las labores de mantenimiento del palacio. Modificaciones en los accesos al Patio de las Doncellas Para estipular la relación del Patio de las Doncellas con las estancias de su entorno, es necesario aclarar los cambios que se producen en dicho Patio y en los cuatro accesos principales o portadas que vinculan este espacio con el interior del palacio. Partiendo de la inicial concepción privada del palacio de Pedro I, se puede comprender la estructura previa de jardín rehundido con que contaba el Patio de las Doncellas, que debió ser modificada al no Patio y en 1619 la reposición de dieciséis balaustres de mármol (Marín 1990). En 1634 se refiere Rodrigo Caro (1634) a las obras que se acometieron en el jardín del Patio, llamando la atención sobre la blancura del enlosado de mármol, los arcos que se apoyan en columnas de orden corintio y la calidad de las yeserías, con dorados y colores que sirven como medio de ostentación de la grandeza e instrumento de "satisfacción, y admiración del deseo" (Caro 1634: 56), por lo que se conoce con mayor exactitud que las obras se encuentran finalizadas y con un aspecto similar al actual. La descripción que hace Álvarez (1849) en el siglo XIX, no difiere de la anterior, describiendo un Patio que cuenta con galería superior, en el que se incluyen decoraciones de influencia islámica y en la que se hace hincapié en los arcos que se apoyan sobre columnas de mármol pareadas. En 1755, tiene lugar el terremoto de Lisboa que da lugar a una serie de desperfectos que afectan al Patio, por lo que tuvo que ser apuntalado en algunas zonas (Gestoso 1889). A lo largo del siglo XVIII se produce una falta de documentación que afecta a ciertos periodos, pero sí se conocen datos de comienzos del siglo XIX como la apertura del acceso directo desde el Patio de la Montería ya descrito, que supone la reforma de las arquerías principales (Tubino 1886) y la introducción de un arco escarzano de mayores dimensiones en cada uno de los vanos centrales de las arcadas perimetrales de la galería alta (Marín 1990). Es a primeros del siglo XIX, entre 1813 y 1820, cuando se suceden una serie de intervenciones menores como el enjalbegado con cal de Morón y ya en 1820, la necesidad de componer los cuatro arcos principales del Patio (Chávez 2004). En 1843 se produce el hundimiento de algunas zonas de los corredores por lluvias después del huracán que en 1842 había dañado la planta baja, recogiéndose en el presupuesto realizado por Juan Manuel Caballero en 1845, las labores pendientes de realizar, como son, el resanado de la cornisa de yeso, la formación de la cornisa de mármol y la reposición de solería y alicatado, dándonos una idea, aunque no se llegaran a realizar estas actuaciones, de los deterioros sufridos en este corto periodo de tiempo (Chávez 2004). En el año 1846 vuelve a haber referencias dentro de unos presupuestos que especifican la necesidad de construcción del artesonado, el solado de olambrillas, resanado de paredes y cielo raso, limpieza y resanado de los arabescos, ejecución de la solería de mármol en la planta baja, composición de cornisas y enchapadura de los arcos centrales del piso alto, composición de su balaustrada y elaboración de paños de alicatado (Chávez 2004). llegar a concluirse el Cuarto de la Montería que acogería las funciones públicas propias de la corte (Almagro 2018). El Cuarto Real, como se denomina al palacio de Pedro I, debió asumir las funciones que en su caso no pudieron ser acogidas en el inacabado Cuarto de la Montería, por lo que el jardín rehundido que se ubicaba en el Patio de las Doncellas debió ser modificado rellenando la zona de los parterres, reduciendo la profundidad de la alberca y eliminando los remates en forma de T, para finalmente, con la llegada de los Augsburgo, desaparecer completamente debido a las exigencias de la corte (Almagro 2018). La estructura inicial del jardín del Patio, corrobora su condición privada que debió ser modificada posteriormente, convirtiendo el Salón de Embajadores en área de recepción y salón del trono (Almagro 2018). Una vez estipulada la condición privada del palacio que se va modificando en el tiempo, se debe hacer alusión a los accesos que existen entre la planta alta y baja del palacio de Pedro I y de este con el Palacio Gótico para comprender lo acaecido en el paramento este del Patio de las Doncellas. La relación entre ambas plantas se debía realizar mediante escaleras que arrancaban desde distintas zonas de la planta baja, lo que denota, según Almagro (2015a), la falta de continuidad de la planta alta del palacio en su concepción inicial. La primera escalera de acceso a esta planta en la crujía norte, denominada "pública", partiría desde el segundo vestíbulo de entrada al palacio; y la segunda, denominada "privada", estaría situada en el ángulo de una estancia que, inicialmente, sería un patio entre el Cuarto Real y el Cuarto del Caracol, a la que se debía acceder desde otro pequeño tramo de escalera situado en el corredor de acceso al Patio de las Doncellas desde el segundo vestíbulo (Almagro 2015a). Por otro lado, en la crujía sur se encuentran en la actualidad dos escaleras de acceso, situándose la primera en el lado oriental y la segunda en el occidental fuera de los límites que se suponen inicialmente al palacio de Pedro I (Almagro 2015a). La escalera oriental de la crujía sur, que quedaría ubicada junto al palacio de Alfonso X, fue modificada seguramente, según Almagro (2015a), por la ubicación en esta zona de la sacristía de la capilla del palacio alfonsí. La escalera situada junto al Palacio Gótico, acceso actual desde el Patio de las Doncellas, aparece numerada como proyecto de ejecución en el plano de Sebastian van der Borcht ya mencionado, por lo que la circulación desde el palacio de D. Pedro hacia el Palacio Gótico debía hacerse a través del patinillo desde el que arrancaba la mencionada escalera "privada" (Almagro 2015a). Estos accesos establecen la relación necesaria entre los distintos espacios, que se verían modificados según las necesidades de cada usuario. Las vinculaciones del Patio con otras zonas del palacio están marcadas por las cuatro portadas principales (Fig. 1), la primera lo vincula con el Palacio Gótico, al menos como medianería con el mismo, la segunda con el Salón del Techo de Carlos V, la tercera con el Salón de Embajadores y la cuarta con la Cámara Regia. Estas conexiones quedarían enmarcadas por un arco central que se levantaría en cada uno de los lados de las arcadas perimetrales del Patio, dando un mayor énfasis a estas conexiones entre los distintos espacios que, aunque aparecerían en sus cuatro lados, en el paramento oriental, inicialmente no establecería ninguna vinculación con otras áreas. En el paramento oriental del Patio, aparecen unos nichos como consecuencia de la existencia de torreones o contrafuertes del Palacio Gótico al que se adosa el palacio de Pedro I (Fernández 2015). El paramento 17E, denominación referida a la numeración de este espacio y su posición al este o levante del Patio, cuenta con una serie de documentación tanto gráfica como textual que posteriormente ha sido refrendada con técnicas experimentales, refiriéndose a la existencia de una serie de huecos, que, ya sean puertas o ventanas como se intentará definir, existieron con seguridad hasta el siglo XIX. Previamente a la construcción del palacio de D. Pedro existirían unos ventanales góticos que debieron ser cegados al encontrarse ubicados en la zona de los tejados que cubrían las galerías del Patio. Los huecos posteriores hacia el Patio debieron abrirse más tarde, posiblemente cuando se abren las ventanas al jardín desde el Cuarto del Caracol. Aunque no se cuenta con documentación escrita sobre su apertura, debió ser previa a 1759, año en que aparecen en la planimetría de Sebastian van der Borcht de ese año. Como referencia gráfica inicial de estos huecos, se encuentra un dibujo de Justin Taylor editado entre 1826-1832 (Fig. 16) 20, a través del cual se puede conocer la fecha aproximada en la que ya existirían estas aberturas (en dicha imagen se aprecian las del hueco central y el lateral izquierdo), como medio de comunicación con la capilla del Palacio Gótico. De unos años más tarde, 1835, es el dibujo realizado por David Roberts, grabado por Challis, en el cual se plasma una perspectiva desde el Salón de Tomando como punto de partida estas ilustraciones, se puede establecer la existencia de los vanos a principios del siglo XIX, al menos desde 1826 con el dibujo de Taylor aunque se conoce que fueron anteriores. Dado que como ya se ha comentado no se cuenta con datos exactos en las hijuelas de la época sobre la apertura de las ventanas, se tiene que acceder a descripciones y documentación gráfica existente en este periodo. En este sentido se cuenta con otra ilustración realizada por Lerebours (Fig. 18) 22 en torno a 1841, en la que se sigue observando un balcón en el hueco central del muro. Sin embargo, no se aprecia el hueco del lateral izquierdo que previamente sí habíamos observado en el dibujo de Taylor. Esta imagen tomada por Lerebours permitiría realizar una hipótesis sobre el proceso de apertura de los huecos, dado que las yeserías de la zona superior de formas curvas se repiten actualmente, por lo que o bien se produjo una yesería que se amoldara a estos huecos que luego se prolongaría en su cegado, o sería la ya existente recortada a la medida del balcón para posteriormente en su cegado colocar las yeserías faltantes en las que se aprecia una variación de color con respecto al resto (Fig. 19). Mediante la documentación gráfica aportada se continúa con los textos que se refieren a la fisionomía de este patio, como el realizado por José Amador de los Ríos, que lo describiría como patio o "alfagia" (De los Ríos 1844: 62) refiriéndose al muro oriental con los tres arcos o huecos que se han descrito, llamando la atención sobre el central y su balcón hacia la capilla del Palacio Gótico, junto con los laterales a los que José Amador de los Ríos les incluía balcones de similares características al central. Con esta descripción se pone en duda la existencia o no del balcón en el hueco de la derecha, que si bien pudo existir quizás no fuera abierto desde un principio. En relación a los arcos centrales del Patio, sería únicamente el muro de levante el que no contaría con acceso directo a otras zonas, ya que la puerta de acceso al Palacio Gótico se encuentra en el muro sur del Patio, en su esquina izquierda, aunque por las aberturas que se han definido en el paramento oriental, se podría decir que esta zona también comunicaría con otras, en este caso con el Palacio Gótico, considerado un área pública del Alcázar. En relación a la vinculación entre los palacios se encuentra un dibujo realizado en 1849 por Eduard Gerhardt, en el que se ilustraba la visita y estancia de los duques de Montpensier en Sevilla, donde se puede observar la presencia de una escalera que uniría ambos palacios al menos en ese momento concreto (Fig. 20) 23. Para apoyar lo que se ha observado en la ilustración anterior realizada por Gerhardt, contamos con una fotografía que corrobora la existencia de la escalera en el hueco central del muro oriental del Patio de las Doncellas, donde también se aprecia el balcón en el hueco izquierdo del muro, deduciéndose que tanto el balcón izquierdo como la escalera existirían al menos desde 1849 hasta 1852, fecha de esta última imagen de Emmanuel Pecquerel (Fig. 21) 24. Sobre estas aberturas también existen referencias escritas, como la realizada por Madrazo en 1856, que aunque está fechada con posterioridad a la imagen de Masson de 1855 (Fig. 22) 25 que ha servido para datar el cierre de los huecos, debió ser escrita previamente a las intervenciones realizadas por José de la Coba entre 1854 y 1857, cuando se supone el cierre de los huecos. de Embajadores, mencionando la apertura de puertas a la capilla. Otra referencia escrita a estos arcos de acceso del Patio de las Doncellas fue realizada por Caballero en el año 1863, describiendo lo que sería el Trono del Tributo, refiriéndose a la zona del muro medianero con el Palacio Gótico como el lugar donde se colocaría el trono de los Reyes Moros para que les pagaran el "tributo de las cien doncellas" por la ayuda prestada al Rey de Asturias Maregalo para llegar al trono (Caballero 1863). Caballero (1863) con estas palabras hace referencia al origen del nombre del Patio de las Doncellas, dejando claro que en esta época ya no existiría ninguna conexión con el Palacio Gótico y vinculando esta zona a la previa colocación de un altar (Manzano y Gámiz 2008). En las referencias posteriores al cierre de estas aberturas se aclara su naturaleza ya que D. Rodrigo Amador de los Ríos (1875) las volverá a describir en Madrazo (1856) describió los cuatro arcos principales del Patio, que dan acceso a diversas estancias. En primer lugar menciona el que sirve de entrada, que sería el que todavía contaría con el vano abierto a principios del siglo XIX en el vestíbulo de acceso y que serviría de línea de unión desde la fachada hasta los jardines posteriores. Por otro lado, los que llevan al Salón de Embajadores, al Salón del techo de Carlos V y por último menciona la Capilla baja, lugar donde se creía se encontraban las estancias de Doña María Padilla. En esta publicación, Madrazo (1856) hablaba de esos accesos refiriéndose al arco central de la portada de levante, que en dicha fecha contaría con la escalera que facilitaría el acceso, descartando la que todavía existe en la actualidad y a la que se accede por una pequeña puerta desde el muro sur del Patio. En las descripciones que se realizan sobre el Alcázar en 1858 (D. J. B. y M. de L. 1858) también se habla de los tres arcos que se levantan frente al Salón Para ilustrar la historia de este alhamy, como lo denomina D. Rodrigo Amador de los Ríos, este incluye en su obra Inscripciones árabes de Sevilla (1875) un plano de la planta baja del palacio de D. Pedro (Fig. 23), en el que ya se encuentran cerradas las aberturas de conexión, numerando a la central con el número seis y denominándola como Trono del Tributo (De los Ríos 1875). Considera el cierre de estos huecos producto de las últimas restauraciones realizadas en el Alcázar, que estarían abiertos en 1843 y que serían cegados de forma discreta, considerando que ésta sería la cuarta estancia con que contaría el Patio, que daba acceso a la Capilla, teniendo antes de su cierre características similares a las portadas del Dormitorio de los Reyes Moros, del Salón de Embajadores y del Salón del Techo de Carlos V, las otras tres portadas principales del Patio (de los Ríos, 1875). De esta misma época se dispone de dos planos muy similares (Fig. 24) el primero incluido por Castillo (2001) en su estudio sobre la política constructiva de los Reyes Católicos. Este primer plano muestra la morfología del palacio en la primera mitad del siglo XIX por las aberturas que encontramos: vanos en la fachada en el margen derecho de la imagen, acceso desde la fachada hacia el interior del Patio de las Doncellas también en ese lado, realizado en 1806, y por último el vano de acceso a la capilla del Palacio Gótico, zona denominada por Rodrigo Amador de los Ríos (1875) como alhamy, sala alargada de la parte inferior de la imagen. Este plano es muy similar al segundo incluido en 1875 por Rafael Contreras (1875) en el que ya se observaba el acceso cerrado hacia el Palacio Gótico en la zona inferior de la planta (Fig. 24). En dicha publicación Contreras recogía sobre el Patio de las Doncellas lo siguiente: "Marcadas puertas en sus frentes conducen al Salón de Carlos V, de Embajadores, y á los del Caracol o de Da María de Padilla" (Contreras 1875: 86), cuestión que llama la atención por referirse a los frentes y no a puertas laterales como la que en la fachada sur del palacio da paso al Palacio Gótico. Otra de las descripciones referidas a esta zona del palacio, es la realizada por Rafael Contreras (1878) en la cual menciona los tres "nichos" que se ubicarían en el lado de la capilla, que se suelen relacionar con tronos del rey D. Pedro y que para este autor son los pasadizos ahora cegados que comunicaban el Patio con "el serrallo" (Contreras 1878: 113) situados frente al Salón de Embajadores. Años más tarde, Madrazo (1884) describía esta zona refiriéndose a los arcos centrales y a las puertas que se abren hacia la galería, incluyendo en su descripción el espacio que queda cerrado y que llama Trono del Tributo, junto con las otras tres ya conocidas. Las últimas referencias sobre esta zona son las dadas por Tubino (1886) en relación al muro medianero entre la Capilla del Palacio Gótico y el Patio de las Doncellas del palacio del Rey Don Pedro. Atestigua que en el pasado estas dos construcciones se comunicaron por este muro, mencionando que el lugar donde se producía esta comunicación era el trono donde se recibía el tributo de las cien doncellas que los cristianos entregaban cada año. En referencia a esta abertura cita a José Amador de los Ríos y su obra Sevilla Pintoresca (1844), donde los considera abiertos en 1843 y puntualizando la existencia de otros dos laterales (Tubino 1886). Estudio termográfico del paramento este del Patio de las Doncellas Un análisis comparativo entre la documentación histórica y los estudios termográficos, permite entender mejor el proceso de transformación del palacio y en concreto de esta zona del Patio. La vinculación entre la documentación histórica previamente reseñada, el estudio fotogramétrico y el análisis termográfico, se podría resumir a través de una imagen en la que se superpone la ortofoto resultante del estudio fotogramétrico, la imagen termográfica en la parte izquierda y una imagen histórica (en este caso la realizada por Pedrosa a mediados del siglo XIX) en la parte derecha (Fig. 26 el corredor opuesto a este paramento, nos muestra que en cada uno de los vanos existiría una abertura hacia el Palacio Gótico (Fig. 27). En esta toma el hueco derecho aparece con menor nitidez por la menor disminución de temperatura con respecto al espacio circundante. Esto puede ser debido al mayor grosor del muro que en el caso del central y el izquierdo no debe superar los 30 cm y por otro a las diferentes condiciones de temperatura y humedad relativa cuando se realizó la toma. La temperatura y humedad ambiental son responsables del mayor o menor contraste en los falsos colores relacionados con el infrarrojo, dado que con mayor humedad y a temperatura más baja se definen mejor los contornos. Este es el caso de las imágenes tomadas en el Patio de las Doncellas, ya que como se observa en la figura 27 tomada el día 25 de febrero de 2015 a una temperatura que oscilaba entre 14.6 y 16.3 °C y con una humedad relativa comprendida entre un 52 y un 47 % entre las 12 horas y las 13 horas, no se aprecia claramente el hueco en el nicho derecho. Este estudio termográfico nos ha permitido asegurar la presencia de los huecos practicados en el muro este del Patio de las Doncellas apoyándonos en tres vertientes distintas tanto histórica, gráfica como técnica. Las modificaciones acaecidas en los vestíbulos de acceso al palacio de Pedro I, cambiaron la disposición inicial del mismo, ya que en los inicios de su construcción los espacios se conciben mediante un principio fundamental de intimidad, dado que inicialmente era un palacio privado, y no iba a estar destinado a funciones públicas. A través de las investigaciones llevadas a cabo en el Patio de las Doncellas, se puede comprobar la importancia de la relación entre los estudios históricos y los técnicos con el uso, por ejemplo, de la fotogrametría y los propios de ciencias experimentales como es el caso de la termografía infrarroja. La relación de las diferentes metodologías de estudio enriquecen los resultados finales de la investigación, coincidiendo la documentación histórica recogida con los análisis realizados a los paramentos mediante termografía infrarroja, aportando una escala real a las intervenciones que se conocían mediante documentación gráfica de carácter histórico. La entrada por la fachada principal hacia las estancias del palacio se producía en recodo desde la construcción del palacio, con una finalidad, por tanto, puramente encaminada a preservar la intimidad del círculo de la corte. Esta tipología circulatoria que se observa en el palacio de Pedro I no es del todo comprendida en una sociedad cristiana, como atestiguan las palabras de Caballero (1863) tras el cierre por parte de José de la Coba del acceso directo, ya que no ve en esta entrada la grandeza del palacio que aguarda tras ella, especificando que existe una pared que priva de la visión del Patio de las Doncellas, al que se accede a través de una puerta lateral de pequeñas dimensiones. La relación visual del palacio de Pedro I con el exterior se realizaría a través de la qubba presente en la planta alta y sus ventanas hacia el Patio de la Montería y no se incluían ni las ventanas, que se abrirían a lo largo del siglo XIX en los vestíbulos, ni puertas de acceso directo hacia la zona privada del palacio. La vinculación de las estancias entre sí y estas con el exterior va más allá de la estructura de entrada en recodo y, como se ha podido comprobar, fueron ampliamente modificadas ya desde el siglo XVI cuando se transforma y enlosa el Patio de las Doncellas. La comunicación entre el Patio y la actual capilla del palacio alfonsí, que hasta donde se conoce no tuvo tal uso hasta el siglo XVIII, era imposible de forma directa como lo demuestra la escalera de madera que fue construida en el siglo XIX y ubicada en el nicho central del paramento este del Patio. Se comprueba que con la colocación de esta escalera en dicho paramento se modificarían las comunicaciones entre este palacio de Pedro I y su contiguo, el Palacio Gótico. Este paramento, al posibilitar la conexión entre el Patio de las Doncellas y el palacio alfonsí, conformaría un espacio idóneo de conexión más directa. A través de estas investigaciones, se ha podido comprobar la importancia de relacionar los diferentes campos de estudio, teniendo como objetivo último la conservación de nuestro patrimonio en las mejores condiciones, pasando para ello por establecer puntos de importancia para mejorar el conocimiento que en la actualidad tenemos del mismo y los recursos que se aplican para profundizar en dicho conocimiento. Se deben para ello valorar todos los elementos que lo conforman, considerando también la necesidad de involucrar en ello a la sociedad actual, así como establecer la creación de equipos interdisciplinares que deben unirse en la búsqueda de una metodología común y eficaz para el estudio de estas edificaciones. Este trabajo forma parte de un estudio más amplio, que constituye la Tesis Doctoral en curso que se está desarrollando en la Universidad de Granada por parte de la primera autora, en la que se realiza un análisis e identificación de las intervenciones que se han llevado a cabo en el palacio de Pedro I del Real Alcázar de Sevilla. Agradezco al Real Alcázar de Sevilla la disponibilidad para la realización del análisis fotogramétrico y termográfico y a la Escuela de Estudios Árabes del CSIC la estancia de investigación que pude en ella realizar.
han dado a conocer una secuencia de habitación marcada por la ocupación continuada del espacio y una intensa reutilización de estructuras, a la par que el poblado experimenta distintas transformaciones en su ordenación interna entre los siglos V-IX. La interpretación arqueológica de un hábitat del que quedan en realidad muy pocos restos, dado el carácter perecedero de sus construcciones, es especialmente compleja. En este trabajo se analizan algunos ejemplos de estructuras excavadas en el yacimiento de Revenga que presentan procesos de reconstrucción o reocupación del espacio con el fin de plantear algunas reflexiones acerca de los problemas interpretativos que de ellas se derivan y contribuir al estudio del poblamiento altomedieval mediante la construcción de un registro arqueológico de calidad. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el yacimiento de Revenga (Comunero de Revenga, Burgos) en los últimos años han puesto al descubierto un conjunto numeroso de estructuras de hábitat altomedieval. Este poblamiento, articulado en cuatro fases sucesivas, se caracteriza por la marcada continuidad de una ocupación que parece iniciarse entre los siglos V y VI y se extiende de manera ininterrumpida hasta el siglo XIII, cuando se integra junto con otros lugares de la zona en el dominio abacial de San Pedro de Arlanza (Escalona 2002: 174). Resulta francamente imposible analizar este yacimiento sin vincularlo con su entorno más inmediato, puesto que Revenga constituye un asentamiento integrante de una red aldeana más amplia que puebla un entorno montañoso, el de la Alta Sierra, entre las cabeceras de los ríos Arlanza y Duero (Fig. 1). Este corredor situado entre los 1000 y 1200 m de altitud, en las estribaciones inferiores de la Sierra de la Demanda y los Picos de Urbión, presenta una densidad notable de asentamientos, conocidos especialmente por sus necrópolis rupestres de sepulturas antropomorfas. En todos ellos podemos observar un número variable de tumbas excavadas en la roca que presentan una disposición más o menos ordenada en torno a un centro de culto de reducidas dimensiones. El conjunto de asentamientos serranos del Alto Arlanza se distribuye en este espacio montañoso de manera aglomerada pero no compacta y presenta una cierta jerarquización interna, con centros de mayor o menor preeminencia, a juzgar por las dimensiones heterogéneas de los cementerios que, por ahora, identifican a la mayoría de ellos. El análisis tradicionalmente focalizado en el estudio del espacio funerario ha relegado a un segundo plano los vestigios del poblamiento que necesariamente se relacionaba con estos asentamientos. La presencia de agujeros de poste, encajes, pequeñas zanjas y otras evidencias de ocupaciones domésticas suponen indicios claros de la existencia de estructuras de habitación. Poco más podemos saber, a priori, de estos espacios de hábitat si se limita su estudio a una mera prospección en superficie. 3 En la actualidad estamos en condiciones de ofrecer este registro para el asentamiento de Revenga e interpretar algunas de sus características. Los restos arqueológicos de que disponemos se corresponden con fondos de cabaña de dimensiones y rasgos variables que reflejan una secuencia continuada de ocupación marcada por un momento de profunda reestructuración del poblado. Para este trabajo hemos seleccionado cuatro puntos concretos del yacimiento en donde se advierte con claridad una superposición de estructuras (Fig. 2) con estratigrafía asociada que atestiguan un proceso de ocupación, transformación y reestructuración del espacio, ya se trate de una sucesión de fases claramente diferenciadas y generalizables al conjunto del asentamiento o bien de momentos puntuales de reconstrucción y reutilización de habitáculos durante un mismo periodo. Sólo a partir de la excavación arqueológica de estos enclaves se puede superar la visión parcial y fragmentaria de los asentamientos, que asocia las necrópolis y lugares de culto a unos espacios de vivienda que en la mayoría de casos se intuyen pero no se conocen (Padilla y Álvaro 2010: 279). Así pues, el trabajo de prospección deviene imprescindible para localizar y acotar la extensión teórica del poblamiento, pero no revela mucho más acerca de su morfología y características. Para abordar el estudio de los rasgos arqueológicos de esta red aldeana necesariamente debe construirse un registro arqueológico adecuado a partir de una excavación en extensión a fin de que, como se reclama frecuentemente, se puedan proporcionar plantas integrales comprensibles que permitan crear una masa crítica de estudio de una cierta entidad (Quirós 2011: 78; Padilla y Álvaro 2013: 37). Planta general del yacimiento de Revenga, con detalles de la superficie rocosa excavada y de las estructuras identificadas. En ella se muestra la selección de espacios en los que se detecta una superposición clara de elementos en base a la estratigrafía recuperada. CONSTRUCCIONES ALTOMEDIEVALES EN MATERIALES PERECEDEROS EN EL YACIMIENTO DE REVENGA (BURGOS) 4 El análisis de estas evidencias sirve como hilo conductor para plantear algunos problemas interpretativos que parecen comunes a la mayoría de asentamientos rurales, pero que necesariamente deben analizarse en clave microregional. Un conjunto muy nutrido de excavaciones realizadas hasta hoy ha dado a conocer los rasgos principales del poblamiento rural en un periodo de transición entre las formas bajoimperiales de gestión del territorio y una nueva configuración del paisaje que cristaliza a lo largo del periodo feudal. Sin embargo, el estudio de estos procesos es complejo, en particular cuando analizamos el periodo de transición entre una y otra realidad, porque las fuentes escritas son prácticamente inexistentes y las arqueológicas muy escasas y, cuando tenemos ocasión de hallarlas, ni unas ni otras son sencillas de interpretar y aún menos de relacionar. Por ello, conviene no sólo incrementar el volumen de los yacimientos conocidos y la calidad del registro sino también ser capaces de cambiar el enfoque en la manera de aproximarnos a este tipo de evidencias (Padilla y Álvaro 2010: 264-265), que exigen un trabajo de relectura permanente, tanto en su faceta material como documental, es decir, de hacer un esfuerzo por interpretar de manera conjunta ambas fuentes de información (Kirchner 2010: 246). Una tarea fundamental, en el caso de Revenga, ha sido la revisión profunda y permanente de la documentación antigua generada a la luz de los nuevos hallazgos. Esta revisión de un registro topográfico especialmente minucioso del suelo rocoso y del abundante material fotográfico obtenido a partir de los trabajos de prospección no intrusiva en el yacimiento permite advertir rasgos propios del hábitat que pueden permanecer inadvertidos antes de llevar a cabo la excavación (Fig. 3). Poner todos estos elementos sobre la mesa a fin de comprender el yacimiento de Revenga como un espacio vivo que aglutina un centro de culto, una necrópolis rupestre y un entorno habitado y precisar las características del mismo es nuestra tarea fundamental a lo largo de estos años. Fotografías aéreas realizadas a finales de los noventa sobrevolando el yacimiento en globo aerostático. En la actualidad, la presencia cada vez más frecuente de drones en los yacimientos arqueológicos facilita la obtención diaria de fotografías aéreas. PRECISIONES METODOLÓGICAS E INTERPRETATIVAS DE LA SECUENCIA DE OCUPACIÓN A grandes rasgos, el periodo comprendido entre los siglos IV-VIII refleja el proceso de declive del Imperio Romano y sus consecuencias que, en función de la incidencia de las diversas formas de asentamiento sobre los territorios peninsulares, puede explicarse en base a distintos fenómenos: el final de las villae; la transformación de los espacios urbanos, es decir, la crisis de las ciudades romanas en tanto que elementos articuladores del territorio; la ocupación de los asentamientos fortificados en altura y la aparición de las primeras comunidades campesinas (Tejerizo 2016: 383). Estos factores, especialmente elocuentes en las áreas que experimentaron un proceso de romanización más evidente, no permiten explicar el origen de la red aldeana en la totalidad del territorio, entendiendo esta red como un conjunto de enclaves articulados entre ellos con una cierta jerarquía espacial (Padilla y Álvaro 2010: 281). Existen otros polos de agregación o concentración del poblamiento al margen de la desestructuración de las villae, que no siempre podemos relacionar con una acción de los grupos dominantes (Schneider 2007), ni con el cambio de usos de las villae, su posterior abandono o su reocupación en momentos aún más tardíos (Tejerizo 2016: 390). Resulta imprescindible tener en cuenta que el análisis de un proceso de transición necesariamente debe tener en cuenta las formas anteriores de ocupación y su evolución diferenciada debido a los particularismos regionales que matizan en buena medida las formas de implantación romana (Gutiérrez 1998: 177). En base a este planteamiento, se pueden analizar las transformaciones del poblamiento en el territorio astur, en donde unas bases castreñas de origen prerromano con unas élites integradas en los sistemas de poder central condicionaran también el poblamiento altomedieval (Gutiérrez 1998: 181), por ejemplo. Revenga, sin embargo, presenta los rasgos particulares que le confiere el carácter periférico de la zona (Padilla y Álvaro 2010: 275), marcado por las condiciones climáticas y orográficas propias de un espacio de montaña. El carácter aislado de estos enclaves y la ausencia en el registro arqueológico de una cultura material de base romana -carecemos de producciones cerámicas tardorromanas o de imitación de cualquier tipo-, parece abogar por la existencia de unas comunidades que viven al margen de una superestructura política que articule el territorio en base a las necesidades e intereses de un poder establecido. En la Alta Sierra en donde nacen el Arlanza y el Duero, no apreciamos poblamiento romano en la cota de 1200 m, ni ningún otro elemento que nos permita asumir la presencia de un control efectivo por parte de las autoridades bajoimperiales. Las evidencias de ocupación romana más cercanas las encontramos en las localidades vecinas de Palacios de la Sierra y Vinuesa (Padilla y Álvaro 2010: 286), ambas por debajo de la cota de los 1100 m. Los asentamientos situados por encima de este límite orográfico, en su mayoría alrededor de los 1200 m de altitud, parecen estar organizados con un cierto carácter autónomo al menos en su origen. A tenor del registro arqueológico disponible, el poblamiento detectado en Revenga, no parece en ningún caso anterior a los siglos IV-V, ni tampoco se vincula a ningún enclave que pueda atribuirse con seguridad al periodo prerromano. Se trata de un contingente de población cuyo origen aún desconocemos y que parece vivir al margen de las estructuras de poder a las que no se integra hasta el siglo XI, cuando el territorio pasa a formar parte del Alfoz de Lara (Escalona 2002). En efecto, la información arqueológica recuperada hasta hoy nos pone en condiciones de afirmar que el asentamiento de Revenga estaba ya habitado alrededor de los siglos V-VII y que, por lo tanto, existen unos precedentes tardoantiguos -que no romanos ni prerromanos-en la formación del poblado, cuyo origen se había vinculado a la formación de la necrópolis, atribuida a los siglos VIII-IX (Padilla y Álvaro 2011a: 69). Aun así, este poblamiento temprano experimenta una profunda reestructuración que estimamos alrededor del siglo VIII (Wickham 2013: 243) y que conlleva una transformación de la apariencia del enclave, cuando se documenta una sustitución de unas estructuras de planta preferentemente circular y dimensiones relativamente reducidas por otras de plantas cuadrangulares y de tamaño algo superior. El poblado está presidido por una iglesia en la que se detectan al menos dos fases de construcción. Los rasgos y estructura de la misma han sido ampliamente analizados y publicados en trabajos anteriores (Álvaro y Padilla 2012: 450-452), por lo que no redundaremos en su descripción. La necesaria revisión del registro arqueológico nos ha llevado a realizar un análisis pormenorizado de las trazas de talla existentes en promontorio rocoso sobre el que se asienta el edificio de culto. Dicho análisis nos permite advertir indicios de la presencia de estructuras circulares profundamente afectadas por la construcción de la necrópolis posterior, A fin de evitar estos problemas interpretativos, en trabajos recientes C. Tejerizo (2014Tejerizo (, 2016) ) propone seguir la terminología anglosajona propuesta por P. Rahtz (1976: 70-73; West 1986) según la cual se identifican como sunken-featured buildings (SFB) estas estructuras domésticas cuyo elemento estructural más destacado, en términos de registro arqueológico, es una fosa excavada en el terreno natural, más o menos regularizada y de fondo allanado y cuya morfología se caracteriza por ser más extensa que profunda y más o menos regular en torno a formatos ovalados o cuadrangulares, sobre la que se levantaría la estructura edilicia, generalmente de materiales perecederos; refiriéndonos pues a ellas en castellano como estructuras de fondo rehundido (EFR) (Tejerizo 2014: 217). Este tipo de estructuras fueron claramente identificadas y tipificadas en la arqueología medieval británica incluso antes de la acuñación del término como tal refiriéndose a ellas como pit-houses o sunken-floor huts basándose en la terminología alemana que las denomina grubenhaüser (West 1969: 4; Addyman y Leigh 1973: 7 y ss.). El concepto define pues una tipología clara, claramente identificada como tal y con un vasto repertorio bibliográfico al respecto (Gardiner 2012: 232, Fig. 1, 244-246). La dificultad, en nuestro caso, radica en el hecho de que el conjunto de estructuras identificadas en Revenga no siempre coincide con dicha definición, sino que también hallamos -aunque en un número significativamente menor-estructuras cuya planta tallada sobre el suelo rocoso no aparece rehundida sino realzada, es decir, que se documenta un pequeño zócalo de piedra que aparece en ligero relieve sobre la cota media del suelo. Este tipo de estructura parece diferir de lo que A. Vigil-Escalera denomina construcciones "en superficie" (Vigil-Escalera 2003: 288) -también presentes en Revenga-y que, según el autor, nos muestran edificaciones provistas de zócalos de piedra sin concertar ni apenas desbastar, alzados preferentemente en tapial y cubiertas de teja curva. Los zócalos casi no presentan zanja de cimentación, o lo hacen de forma muy somera, y no se advierte el uso de morteros ni la existencia de pavimentos que no sean de tierra apisonada o el propio firme geológico regularizado. En este caso concreto, sin embargo, nos referimos al propio suelo rocoso que constituye dicho zócalo mediante el rebaje de la superficie exterior de la estructura, sin que necesariamente se haya recuperado la construcción en superficie. Dada esta variabilidad tipológica, hemos optado por referirnos al conjunto empleando el término genérico de estructuras de hábitat o de culto, siendo conscientes que mientras que las fases de planta cuadrada aparecen ordenadas alrededor de dicho promontorio sin invadir el recinto sacro formado por la iglesia y su cementerio circundante. Esto nos lleva a pensar que la transformación sustancial del poblado que cambia el aspecto general y organización del mismo debería vincularse al proceso de cristianización de la Alta Sierra que dará lugar al origen de las necrópolis rupestres y que quizás se podría explicar a partir de la llegada de algún contingente poblacional foráneo, a priori relacionable con el área de la Rioja, a través del paso de Neila (Padilla y Álvaro 2010: 294). La existencia de un asentamiento anterior a lo tradicionalmente asumido queda avalada por las más de cincuenta estructuras halladas en Revenga, que responden a una morfología variada entre la que distinguimos una serie de fondos de cabaña circulares de dimensiones reducidas y fondo rehundido (tipo A); un segundo grupo también de planta circular pero de tamaño mayor, que constituye el conjunto más numeroso detectado en el área excavada hasta ahora (tipo B); unas estructuras medianas de planta cuadrada (tipo C) y unas estructuras de planta rectangular y grandes dimensiones (tipo D). A ello se añaden dos estructuras claramente diferenciadas de dimensiones excepcionales, una de las cuales -ya identificada y documentada desde los primeros trabajos realizados en el lugar-es la que corresponde al centro de culto del asentamiento (Fig. 4). El análisis de estas estructuras no está exento de problemas ya que desde una óptica meramente terminológica las posibilidades de nombrar este tipo de evidencias se revelan también variopintas. No nos desagrada el término genérico fondos de cabaña, puesto que en ningún caso disponemos de evidencias arqueológicas que se levanten siquiera un palmo del nivel del suelo. Si dejamos de lado las huellas de la iglesia que preside el promontorio (Padilla y Álvaro 2011a: 71-75), las estructuras identificadas y que son objeto principal de este trabajo corresponden en su mayoría con lo que tradicionalmente se ha identificado como fondos de cabaña, empleando un término generalmente aceptado en lengua castellana, muy extendido e importado del francés fond de cabanne (Chapelot 1980). En cualquier caso, somos conscientes de la imprecisión del término cabaña en contextos altomedievales, y del debate que suscita dadas las connotaciones de ruralidad, pobreza, tosquedad, marginalidad y provisionalidad del mismo, así como las implicaciones de dicho vocablo en relación con la presunción de funcionalidad al margen de la caracterización arqueológica y formal (Azkárate y Quirós 2001: 28). estamos interpretando una funcionalidad de dichas estructuras, y analizar la morfología precisa en cada caso. Cabe destacar, de hecho, que los espacios en los que se ha interpretado la existencia de una actividad productiva de cualquier tipo -que también los tenemos en Revenga-no aparecen directamente relacionados con estos elementos sino que se trata más bien de ubicaciones al aire libre, por lo que no parece descabellado a priori relacionar las estructuras descritas (rehundidas o no) con usos domésticos. Por todo ello y de manera genérica, la denominación tradicional de los fondos de cabaña, aunque problemática en ocasiones como ya se ha hecho notar, no ha sido totalmente eliminada de nuestro vocabulario puesto que en determinados casos las estructuras detectadas son interpretables como cabañas en el sentido literal del término, con sus matices y connotaciones. Las variantes tipológicas anteriormente mencionadas (Fig. 4) se relacionan con las distintas fases de evolución del asentamiento, en base a la secuencia estratigráfica recuperada (Fig. 5). Las cabañas circulares de tipo A parecen corresponder al momento de ocupación más antiguo. Los escasos ejemplares recuperados aparecen muy arrasados y en ocasiones desdibujados por intensos trabajos de labra posteriores sobre el suelo rocoso. Poca más información podemos proporcionar al respecto y las incógnitas acerca de estas primeras formas de ocupación del asentamiento todavía son numerosas. El carácter aislado de estas cabañuelas circulares se contrapone a las estructuras del tipo B, que aparecen concentradas en áreas concretas del asentamiento en una disposición alveolar (Ruano 2015: 45-50). En ocasiones podemos interpretar la coexistencia de tres o más de estas estructuras en áreas de intensa utilización, en donde se advierten también superposiciones claras de estructuras circulares de esta clase en un lapso de tiempo reducido. Un ejemplo elocuente de este tipo de ocupación lo hallamos en la superposición de las estructuras C31, C22 y C20, que tendremos ocasión de comentar. Esta imagen de un poblado formado por estructuras de planta circular es sustituida posteriormente por una ordenación más tardía del hábitat a partir de estructuras de plantas cuadrangulares. La secuencia formada por las cabañas C15 y R13 es especialmente ilustrativa de este proceso. También lo es la superposición de R3 respecto de R1, aunque R3 corresponda a una tipología aún posterior. Ciertamente, las transformaciones del poblado no terminan con la construcción de viviendas de planta cuadrada. Todavía advertimos una última evolución arquitectónica del conjunto, cuando algunas de las cabañas cuadradas son ampliadas y pasan a adoptar plantas rectangulares de mayores dimensiones. La ampliación de la estructura cuadrangular R15, que originariamente responde a una construcción de tipo C y que se convierte en otra mayor de tipo D nos servirá para explicar este cambio. Esta nueva estructura -más grande-puede interpretarse como coetánea de R3, que se construye sobre la amortización de un espacio de producción que inutilizó a su vez la cabaña circular C1, anteriormente mencionada, que ocupo el espacio en primer término. CONSTRUCCIÓN, RECONSTRUCCIÓN Y TRANSFORMACIÓN DEL HÁBITAT EN REVENGA Dado que no disponemos todavía de una secuencia estratigráfica que permita reconstruir la primera fase de ocupación del antiguo poblado de Revenga, debemos centrarnos por ahora en los procesos de transformación posteriores, a la espera de que los trabajos arqueológicos futuros permitan completar el registro. La excavación de una superficie rocosa amplia que se extiende al norte de la necrópolis (RM6) ha permitido documentar la existencia de una concentración notable de estructuras de planta circular en disposición alveolar. Entre ellos, los dos últimos corresponden a las estructuras más antiguas, de las que apenas conservamos estratigrafía. Distintos encajes y hasta cuatro postes cercanos a C23 son el único testimonio de una edilicia en materiales perecederos. Resulta imposible por ahora estimar la duración de este tipo de viviendas, que debieron ser sometidas a apuntalamientos y remociones frecuentes, pues en este mismo espacio reducido, de apenas 30 m 2 de superficie, se documentan hasta tres superposiciones de estructuras de características muy similares. En ellas se advierten una serie de elementos comunes: la base de la cabaña es sometida a un trabajo de regularización del suelo rocoso, en ocasiones nivelando las posibles oquedades o irregularidades mediante una preparación de pavimento con canto rodado o un mortero algo rústico formado por arenisca machacada. Sobre esta superficie más o menos regular, una capa fina de arcilla batida constituye el suelo de uso de la cabaña, sin mayores acabados. Estos suelos arcillosos soportan la actividad cotidiana y a menudo conservan sobre su superficie algunos fragmentos de cerámica, pequeños carbones y Figura 5. Matriz de actividades simplificada, limitada a las estructuras seleccionadas para el presente trabajo y a las relaciones que se establecen entre ellas. 10 habitualmente los restos de algún hogar. La ubicación de estos hogares dentro del habitáculo casi siempre aprovecha alguna pequeña cubeta -tal vez de origen natural o someramente acondicionada a tal efecto-que permita un mayor control del fuego. Tal es el caso del pequeño hogar detectado en el lateral de la estructura C21. Los niveles constructivos y de utilización de esta estructura, así como de la contigua C22, aparecen fuertemente afectados por la construcción de un habitáculo posterior de rasgos muy parecidos. La nueva cabaña circular C20 arrasa a C21 mediante la talla de un semicírculo bien marcado sobre el suelo rocoso, de unos 11 20 cm de profundidad en su lado oriental. En la parte occidental la planta aparece mucho menos marcada sobre el suelo de arenisca, porque amortiza en parte los antiguos niveles constructivos de la cabaña predecesora depositando sobre ellos una capa arcillosa con abundante componente arenoso que regulariza y consigue homogeneizar un profundo desnivel que existía entre las dos construcciones más antiguas. Nada parece indicar que haya un especial interés en cubrir o eliminar por completo los restos de la antigua cabaña C21, al quedar estos fuera del nuevo edificio. La planta de la nueva estructura aparece delimitada por una serie de piedras sin talla, irregulares y de grandes dimensiones, que junto con un agujero de poste, tallado en los niveles de amortización y relleno de gravillas, completa por occidente la forma circular que se advierte en el área oriental. Nuevamente adosadas al recorte rocoso, aparecen trazas de rubefacción y una capa negra con manchas cenicientas que interpretamos como hogar y que aparece en relación con dos suelos consecutivos como mínimo. La elevada concentración de estructuras en un espacio de pequeñas dimensiones sugiere la reconstrucción frecuente de unas cabañas algo precarias que parecen desplazarse entre uno y dos metros con cada nuevo levantamiento. Esta remoción y reconstrucción de estructuras muy similares difiere de la secuencia excavada unos cincuenta metros al este sobre el afloramiento rocoso identificado como RM2. En este caso, una estructura de planta cuadrangular (R13) de tipo C y de unos 15 m 2 de superficie se superpone a una estructura circular previa (C15) que aparece inutilizada en su totalidad (Fig. 7). La ocupación previa del espacio que ocupará R13 y su posterior amortización ofrecen una superficie más o menos extensa y regular, que no requiere de excesivos trabajos de labra rupestre. De este modo, la esquina sur de la construcción aparece bien tallada sobre la roca dado que se trata de la cota superior del suelo de arenisca, por lo que necesita un rebaje mayor a fin de nivelarlo con el extremo norte, en donde el rebaje del cimiento se hace mucho más difuso. Esta construcción probablemente contara con un zócalo de piedra de unos 70 cm de ancho y una edilicia superior que desconocemos, probablemente en tapial o madera. Un elemento especialmente llamativo de esta cabaña es el hogar situado en la esquina oriental del edificio (Fig. 7 a y d). Este hogar aprovecha una diaclasa natural de la roca, ensanchada en la zona de contacto con la estructura, que parece funcionar como tiro de ventilación de la habitación. Esta cabaña, a una cota muy poco profunda y prácticamente destruida a ras de suelo, no ha permitido recuperar más indicios de su superficie de uso. La amortización de estructuras antiguas en un momento de reestructuración del poblado y la construcción de edificios de planta cuadrada ha permitido preservar el suelo y los niveles constructivos de las estructuras precedentes, de planta circular. Tal es el caso de la cabaña C15, del tipo B. Bajo la capa de nivelación que amortiza los restos de la estructura y sobre la que se construye la cabaña cuadrada, se ha recuperado prácticamente íntegro un suelo de uso, de planta circular, bien compactado, de arcilla con un componente arenoso que confiere a la superficie un carácter algo rugoso y sobre el cual se documenta un hogar en la zona central, ligeramente desplazado hacia un lateral. Bajo la estratigrafía relacionada con la utilización de la cabaña, se han conservado también los niveles constructivos de la misma. El suelo aparece nuevamente regularizado y uniformizado mediante la deposición de una capa blanquecina, dura y bien prensada, común a muchas otras estructuras del yacimiento, que interpretamos como un mortero de cal sencillo, de características y consistencia variable en las distintas estructuras del yacimiento. Este mortero se limita a rellenar las oquedades del suelo, como en ocasiones precedentes. En el espacio sudeste de la cabaña, entre la capa de mortero y el suelo de uso arenoso se detectan los restos de una capa arcillosa de finalidad incierta. Podría relacionarse con el espacio ocupado por los hogares tal vez como algún tipo de aislante, pero no disponemos de más evidencias al respecto. Dos encajes circulares, probablemente apoyos de poste, se relacionan con la estructura. La base de uno de ellos aparece también picoteada para el asiento de una pequeña capa de cantos, también siguiendo las técnicas de construcción habituales en el yacimiento. Esta preparación de pavimento con cantos se advierte de manera prácticamente idéntica en una estructura contigua (C17) también circular de tipo B. En ella, los niveles de uso prácticamente no se han preservado y el conjunto aparece algo más arrasado, probablemente por quedar fuera del edificio posterior (R13). En este caso, la preparación de pavimento con canto rodado aparece dispuesta a modo de corona circular alrededor de los límites de la estructura, mientras que la parte central queda uniformizada por la capa de argamasa. En la zona central, ligeramente desplazada, se descubre una acumulación de piedras irregulares, de pequeña entidad, interpretable quizás como base de algún tipo de soporte vertical de la cubierta. con el proceso de ampliación y reconstrucción del edificio de culto presentado en trabajos anteriores (Padilla y Álvaro 2011a(Padilla y Álvaro: 71-75, 2011b(Padilla y Álvaro: 442-444, 2013: 18-26): 18-26). Tal como sucede con la iglesia de Revenga, los vestigios rupestres que atestiguan la presencia de la estructura R15 en sus distintas fases aparecen marcados sobre un mismo horizonte pétreo, un plano atemporal que debe ser analizado en detalle para vislumbrar la evolución del edificio en sus distintas fases constructivas. El primer edificio de planta cuadrangular inutiliza las fases previas de poblamiento del sector, densamente ocupado por cabañuelas circulares en disposición alveolar (Fig. 8). Sobre la superficie de la roca se advierte un rebaje cuadrangular, muy poco profundo, delimitado al noroeste por tres postes de idénticas características -15 cm de diámetro y entre 3 y 4 cm de profundidad-y perfectamente alineados. Al sudeste, un recorte En los casos en que hemos recuperado superposiciones de estructuras cuadradas o rectangulares sobre otras de planta circular, la estratigrafía de ambas fases acostumbra a estar separada por un nivel de amortización más o menos potente que homogeneiza el suelo y cubre los restos de la actividad precedente. En cambio, esto no sucede en el proceso que interpretamos como reconstrucción de estructuras de la segunda fase, ni en la ampliación de estructuras como la que documentamos en el caso de R15, sobre el suelo rocoso de la floración identificada como RM6, muy cercanas al conjunto de estructuras circulares anteriormente descrito. Esta cabaña cuadrada de tipo C, de unos 11 m 2 de superficie, es ampliada hasta doblar el área ocupada y se transforma en una nueva estructura de 22 m 2 y planta rectangular de tipo D. La interpretación de estos restos es significativa porque presenta paralelos muy evidentes 13 Toda la superficie es uniformizada por una preparación de pavimento más compacta, con esta preparación blanquecina a modo de mortero, que no se conserva tampoco en su totalidad. El espacio aparecía cubierto en el momento de su intervención por una capa de derrumbe, formada por piedras de dimensiones variables, sin talla, y algunos fragmentos de teja, que atribuimos a la fase final del asentamiento, cercana al siglo XIII. Esta estructura última habría contado, a tenor de los restos, con un zócalo de piedra al menos sobre el que se habrían terminado de levantar las paredes. El volumen de derrumbe conservado a pesar del expolio del lugar, no parece suficiente como para imaginar una cabaña construida en piedra en su totalidad por lo que intuimos que la edilicia en materiales perecederos se mantiene hasta las últimas fases del asentamiento. Las características de esta construcción tardía corresponden a grandes rasgos con las de R3, situada sobre la floración rocosa RM1, unos treinta metros al este del promontorio que alberga el espacio sacro. En este caso la secuencia estratigráfica completa refleja la evolución longitudinal de la roca parece constituir el asiento de un murete o zócalo y dos encajes irregulares parcialmente recortados y opuestos entre sí completan el cuadrado a lado y lado de la estructura, cuya entrada se habría situado en la pared sudeste (Fig. 8 a). Poco más podemos saber de las características de esta edificación antigua. Sobre el suelo se documentan de manera muy precaria y fragmentada pequeñas acumulaciones de canto rodado, que rellena oquedades tenues y que aparece mezclado con gravillas y algo de arena. Estos parecen ser los únicos restos conservados de una preparación de pavimento cubierta por los suelos posteriormente eliminados tras la ampliación del edificio. Esta planta inicial fue alargada por los lados nordeste y sudoeste para construir un nuevo edificio de planta rectangular, casi el doble de largo y de igual anchura que el primero. La alineación de tres postes que documentábamos para la pared noroeste es alargada mediante nuevos postes, por lo que se podría deducir que esta pared se habría mantenido en pie al menos parcialmente y que el acceso al edificio habría seguido ubicado en la pared opuesta (Fig. 8 b). Documentación gráfica de la ampliación de la estructura R15: fase de construcción de la estructura primitiva R15a y sus niveles asociados (a), ampliación de la construcción y niveles tardíos de derrumbe (b) y vista general del sector (c). Esta intensa reutilización del sector impide conocer en profundidad los rasgos de la estructura C1, de la que sólo conservamos su impronta sobre el suelo de arenisca y una capa relativamente potente de sedimento relacionada con su amortización y nivelación posterior del sector para la planificación de este espacio de producción. El antiguo corte de la estructura circular es aprovechado para practicar un nuevo rebaje hacia el norte y construir una espacie de cubeta en forma de media luna. Al sur, entre las fases 2, 3 y 4 (Fig. 5), que se suceden de manera continuada. Sobre el lugar en donde se ubicó una antigua cabaña de planta circular C1, se construye en la fase final del asentamiento una estructura de planta rectangular (R3) y casi 25 m 2 de superficie. Sin embargo, el espacio aparece continuamente ocupado porque entre la construcción más antigua y la más tardía se documenta un espacio de producción que parece coetáneo de la fase 3 del asentamiento (Fig. 9). Documentación gráfica relativa a la secuencia de las estructuras R3 y C1: fase de ocupación de R13 (a), amortización de C1 para la utilización del espacio como área de producción (b), sección ilustrativa de la sucesión de estructuras (c), vista general del sector (d) y detalle de las marcas de desgaste sobre el suelo rocoso (e). No podemos aventurar por ahora mucho más de las características del poblado y su evolución pero, a tenor de los restos recuperados y analizados hasta ahora, nuestra impresión es que las fases más antiguas del poblamiento se ubicaron en el espacio más cercano a la necrópolis, con anterioridad a su construcción, y que a medida en que la implantación del centro de culto y la delimitación del cementerio contribuyen a generar una nueva ordenación del espacio, la reestructuración del poblado transforma las estructuras de hábitat y las desplaza. Las nuevas viviendas abandonaran las formas circulares más antiguas y adoptaran la nueva apariencia cuadrangular que las caracteriza, a la par de se alejan progresivamente del área sacra. La impresión que tenemos por ahora del asentamiento sugiere que los fondos de cabaña de planta cuadrada y rectangular que hemos podido recuperar proporcionan únicamente una visión incompleta de un poblado que se extiende hacia el suroeste. CONSTRUCCIONES EN MATERIALES PERECEDEROS Y POBLAMIENTO ALTOMEDIEVAL Las características de las estructuras de hábitat que hemos analizado para el caso de Revenga y la complejidad interpretativa que de ellas se deriva no son en absoluto ajenas a la problemática general de este tipo de asentamientos en el espacio peninsular y europeo. Uno de los problemas centrales del estudio del hábitat rural entre los siglos V y IX gira en torno a la individualización de viviendas y edificaciones diversas construidas con materiales perecederos, fundamentalmente tierra y madera (Hamerow 2012; Peytremann 2012; Vigil-Escalera 2003), y a la relación que se establece entre esta transformación del sistema constructivo y las dinámicas socioeconómicas propias del momento. El rasgo más significativo de este cambio en la construcción es que se generaliza a partir de los siglos IV-V para la mayoría de territorios y que debe relacionarse con un proceso de transformación de las formas de ocupar y gestionar el espacio y los sistemas de producción. Aquellos argumentos que tradicionalmente habían proporcionado una identificación de carácter étnico a este tipo de edilicia, vinculándola con la entrada y asentamiento de los pueblos germánicos (Brogiolo 1996), han quedado ya ampliamente superados (Quirós 2011: 77; Quirós y Vigil-Escalera 2011: 273-174; Augenti 2004). Ello no es obstáculo, sin embargo, para la forma circular de la estructura se modifica para crear un ángulo recto que albergará un hogar de dimensiones considerables. De este modo, se construye una especie de corredor adosado, amparado en un considerable desnivel de la roca, que alberga algún tipo de actividad productiva quizás relacionada con el trabajo del metal. Esta zona aparece amortizada con un nivel de derrumbe potente, con abundantes fragmentos de arenisca ocasionalmente muy rubefactados o con manchas cenicientas y de naturaleza heterogénea, a menudo con marcas de talla y encajes muy evidentes, y algunos fragmentos de cerámica reductora y teja de cronologías correspondientes a las fases más avanzadas del asentamiento. Estas características nos permiten sospechar de la existencia de algún tipo de estructura de combustión. Los niveles contiguos a esta presunta estructura parecen corroborar nuestra interpretación: pequeñas acumulaciones de materiales diversos en forma de lechadas arcillosas, arenosas, con mayor o menos cantidad de componentes calcáreos se amontonan entre los restos del hogar y la cubeta semicircular ubicada algo más al norte. Sobre esta cubeta, cuatro marcas de fricción (Fig. 9 e) en disposición rectangular corresponderían a la impronta dejada sobre el suelo de algún tipo de soporte apoyado de manera continuada sobre el suelo de arenisca. Esta alternancia entre espacios de hábitat y de producción no es ajena a la dinámica habitual del asentamiento y se documenta también en otros puntos del mismo. Todo este espacio productivo será finalmente inutilizado y sustituido por un nuevo edificio de planta rectangular cuya superficie es cubierta por un pavimento de tierra batida, de color anaranjado que se ha preservado prácticamente en su totalidad, con una concentración de materiales cerámicos -muy fragmentados-algo superior a otros puntos del yacimiento. Esta cabaña más tardía probablemente contó con un zócalo de piedra, cuyos restos se advierten sobre el recorte de arenisca que constituyó la pared oriental y en el espacio de cierre de la pared norte. Las cabañas de la última fase debieron de contar con una techumbre parcialmente cubierta de teja y quizás una pared de tapial. El acceso a esta vivienda estaría localizado en la pared meridional del edificio y contaría con un pequeño rellano ante la puerta de entrada delante de un desagüe que evacua la acumulación de agua hacia os niveles inferiores de un pequeño promontorio rocoso. Ciertamente, el suelo de arenisca desciende de forma algo brusca hacia el sur y el afloramiento de roca que identificamos como RM1 habría albergado distintas estructuras rectangulares, todas ellas con el acceso a mediodía y desagües asociados a cada una de ellas. comunidades campesinas-también constituyen elementos propios de los espacios identificados como contextos germánicos, especialmente en el norte de Europa y la Gran Bretaña (Hamerow 2012) de los siglos VI-VIII. En estos contextos, la edificación en materiales perecederos podría considerarse un cambio arquitectónico originado por las nuevas comunidades que se instalan en el territorio y que mantienen algunos de los rasgos característicos de sus lugares de origen, entre ellos la edilicia en madera. En cualquier caso, la imposibilidad de identificar con claridad la adscripción étnica de los pobladores en ausencia de ajuares y a partir de unos materiales cerámicos en buena medida desconocidos también debería interrogarnos acerca de la validez de estas asociaciones, lo que nos adentra en un debate espinoso (Vigil-Escalera 2000: 248). También resulta significativo el hecho de que este tipo de construcciones se documentan con la misma frecuencia en aquellos espacios periféricos que parecen haberse mantenido al margen de los grandes poderes establecidos en época romana, en lo que algunos autores denominan "otras formas de asentamiento rural" (Schneider 2007: 21-23) o, como hemos comentado en las páginas iniciales de nuestro trabajo, la delimitación de espacios de periferia. Tanto es así que la interpretación de asentamientos relativamente cercanos (Gómez 2008) situados en las vertientes exteriores del espacio que identificamos como la Alta Sierra, en la cabecera del Arlanza, difiere en cierto modo de los rasgos que concluimos para Revenga, puesto que la relación del asentamiento con el territorio circundante y su situación sociopolítica previa también es diferente. Ante la variabilidad y pluralidad de las distintas realidades de poblamiento en relación con múltiples realidades territoriales, nuestra propuesta interpretativa pasa por delimitar con claridad las características del entorno inmediato de estos asentamientos (Alvaro 2012: 49-98; López, Álvaro y Travé 2016a: 21-35, 2016b: 175-179), es decir, llevar a cabo un análisis exhaustivo del paisaje, de las relaciones entre asentamientos y de los rasgos internos de cada uno de ellos, a fin de definir el alcance de la influencia de los poderes establecidos. En dicho análisis deberíamos ser capaces también de reconocer las limitaciones de dichos poderes en el control exhaustivo del territorio. Se trata, pues, de interpretar la relación de las comunidades humanas con el territorio en función de una gran multiplicidad de variables que lo afectan y lo construyen de forma consciente y específica (Hicks 2016). En este sentido, la excavación del asentamiento de Revenga nos podrá ser de utilidad como referencia para abordar el reclamar unos análisis que deben llevarse a cabo para cada territorio en función de los contextos específicos y que necesariamente deben huir de unas generalizaciones que se revelan a la larga imposibles. El panorama actual de las investigaciones nos muestra cómo la construcción en madera no es exclusiva de una realidad política, social o económica concreta ni de un mismo proceso evolutivo de estas realidades múltiples y heterogéneas. De este modo, en contextos arqueológicos vinculados con la presencia de villas romanas de época bajoimperial se registra una transformación de usos en relación con estas nuevas formas de construcción y con la presencia de sistemas de almacenamiento, fundamentalmente silos (Quirós 2011: 73; Vigil-Escalera 2007: 246), que han sido interpretados por múltiples autores como elementos que demuestran un control de la producción en manos de las comunidades campesinas que empiezan a desarrollarse con autonomía de los sistemas de poder establecidos (Tejerizo 2016: 390; Vigil-Escalera 2007: 244; Quirós 2014: 148). En Revenga no hemos recuperado ningún elemento claramente identificable como silo, con los rasgos propios de estos espacios de almacenaje tal como se han recuperado en otros yacimientos (Quirós 2013; Roig 2013; Rodríguez 2013; Vigil-Escalera 2013). Si bien es cierto que las estructuras circulares de la primera fase responden a unas dimensiones en exceso reducidas como para conformar un espacio de habitación, también lo es el hecho de que no contamos con elementos suficientes para interpretar con seguridad su distribución y funcionamiento. Carecemos por ahora de elementos suficientes para una posible identificación como silos de dichas estructuras dado su nivel de arrasamiento y la ausencia de una estratigrafía clara que se les asocie. Además, las características de distribución alveolar que detectamos en la segunda fase de ocupación del asentamiento podrían haber estado vigentes durante el periodo más antiguo. En cualquier caso, no disponemos de argumentos sólidos que nos permitan hablar de un control de la producción campesina, en parte porque en el territorio que constituye nuestro objeto de análisis la agricultura parece a todas luces una actividad secundaria, cuando no inexistente, siendo la ganadería y las actividades silvopastoriles el medio primordial de subsistencia (López, Álvaro y Travé 2016b: 176), actividad que en ningún caso es ajena a otras realidades altomedievales en unas economías cada vez más localistas (Wickham 2013: 191). Sin embargo, estas construcciones -a menudo interpretadas como el resultado una traslación de los agentes de control de la producción de los grupos aristocráticos a las estos espacios de montaña. En este sentido, si intentamos buscar una explicación social a la transformación del espacio de hábitat, deberíamos vincularla al propio proceso de cristianización y a una lenta transformación de la sociedad hacia unos grupos familiares no tan extensos (Mínguez 2004: 174), a la par que evoluciona la construcción del cementerio cristiano. Un último elemento que conviene poner sobre la mesa es la idea de rusticidad o empobrecimiento que a menudo impregna los planteamientos interpretativos de este tipo de viviendas y que, en todo caso, es un juicio de valor innecesario (Azkárate y Quirós 2001: 28). Las transformaciones en las formas de construcción necesariamente deben vincularse a un cambio de usos (Tejerizo 2016: 387) y a una transformación de las necesidades. En el poblado de Revenga observamos con frecuencia como se economizan esfuerzos y recursos a la hora de acondicionar unos espacios para los cuales se cuenta con los restos de una ocupación previa. Los trabajos de labra del suelo rocoso quedan a menudo limitados a la mínima expresión en aquellos casos en que se cuenta con precedentes de habitáculos anteriores o en el que las propias diaclasas naturales de la arenisca pueden ser utilizadas con fines constructivos. Es necesario poner en duda que esta capacidad de adaptación pueda ser valorada en términos de rusticidad. Cabe preguntarse si las comunidades que pueblan este espacio construyen sus viviendas de la forma expuesta a lo largo de este trabajo porque no saben construirlas de otra manera y porque no dominan técnicas constructivas más sofisticadas, o bien -lo que parece mucho más verosímil-porque tal vez no las necesiten. En cualquier caso, conviene remarcar que la presencia de cubiertas de teja, especialmente en el período más tardío, así como los procesos de reconstrucción y remoción del asentamiento en su totalidad en determinados momentos probablemente requirieron -pese a trabajar con material perecedero-de una cierta especialización y de unos fundamentos mínimos de albañilería que algunos de los habitantes poseyeran o tal vez solicitaran a personal externo (Quirós 2011: 78). El yacimiento de Revenga es un centro paradigmático para el conocimiento del poblamiento altomedieval y de las formas de asentamiento de las comunidades rurales en un espacio de montaña. Una particularidad remarcable del enclave, junto con otros yacimientos del lugar, es el carácter de aislamiento que le confiere la altitud, y que poblamiento en Cuyacabras, La Cerca o en los enclaves más inmediatos que comparten un mismo entorno serrano. Sin embargo, a medida en que descendamos de cota y nos adentremos en un territorio mejor comunicado y más romanizado, un registro arqueológico similar deberá ser interpretado en base a otros parámetros necesariamente distintos (Gómez 2008). A nuestro parecer, también es necesario mostrar cierta prudencia con la lectura de estos asentamientos en clave de estratificación social. En el marco de un registro arqueológico en el que, por lo general, conocemos de manera precaria las características de estas estructuras, utilizar variables relativas como las dimensiones, por ejemplo, para interpretarlas como un indicador de preeminencia social es simplista y a todas luces problemático, tal como ya han hecho notar algunos autores (Ulmschneider 2010: 161). En el caso de Revenga, el análisis en profundidad de las estructuras de habitación no revela la presencia de ningún grupo social privilegiado, lo que tampoco excluye la posibilidad de que lo hubiera. Simplemente, desconocemos la naturaleza social en términos de estratificación y jerarquía de los habitantes de este entorno de montaña. Si algún rasgo del asentamiento de Revenga puede ser interpretado en términos sociales es la progresiva formación de una distribución de poblamiento que tiende a la concentración, pero que en ningún momento se prefigura como compacto y que mantiene un cierto carácter disperso en el seno del asentamiento. La pérdida del carácter alveolar de las cabañas más antiguas, de muy pequeñas dimensiones, pero con varios edificios juntos, probablemente utilizados de manera comunal o colectiva, y su evolución hacia una forma de poblamiento en la que cada una de las cabañas rectangulares parece constituir un espacio residencial más o menos individualizado dentro del asentamiento, podría llevarnos a pensar en un proceso de transformación de la célula básica que ocupa un mismo espacio de hábitat. Esto es la consolidación de la familia nuclear que, habitando un espacio propio circunscrito a las necesidades de un grupo familiar reducido, comparte con otras familias un mismo espacio y entre todos lo explotan en vecindad de manera colectiva (Mínguez 2004: 175). Esta relación de la familia con la colectividad, se manifiesta también en la práctica religiosa, ordenada a partir del centro de culto y el cementerio, en un proceso de construcción del paisaje cristiano (García de Cortázar 2012: 91; Wickham 2013: 96-97; Lauwers 2010), mientras que la intimidad del hogar genera un espacio de privacidad inexistente en las formas de organización social de tipo gentilicio más antiguo que conocemos para posterior, bastante más tardía, quizás en relación con la incorporación del enclave en las estructuras de control del territorio vinculadas con el condado de Castilla. Así pues, las estructuras de planta circular diseminadas de manera uniforme por el yacimiento no respetan el espacio sacro que delimita posteriormente el cristianismo y ponen de manifiesto la existencia de un poblamiento anterior a la cristianización del espacio. Estas fases antiguas, que datamos alrededor de los siglos IV-VI destacan por la ausencia de elementos propios del mundo romano, en especial de materiales cerámicos tardíos o residuales, pero que difieren de los elementos propios de la cultura material posterior, que nos resultan algo mejor conocidos, a pesar de los numerosos vacíos que todavía existen en este campo. En este sentido, debemos llamar la atención sobre el desconocimiento que aún existe sobre este tipo de materiales y de las dificultades existentes a la hora de buscar paralelos al respecto. Por ello, la estrategia por ahora debe centrarse en la caracterización precisa de estas producciones que permita construir elementos de referencia fiables. Por ahora, apuntamos hipótesis de trabajo y reflexiones respecto de la organización del enclave en las que deberemos profundizar a medida que avance la investigación. Este trabajo se en incluye entre las tareas habituales del Grupo de Investigación en Arqueología Medieval y Postmedieval de la Universitat de Barcelona (GRAMP. La investigación presentada forma parte de los resultados del proyecto I+D titulado "La formación del paisaje medieval: el origen de la red aldeana en el Alto Arlanza" (HAR2012-33673 MINECO/FEDER.UE), bajo la dirección de M. D. López. Debemos hacer contar también nuestro agradecimiento a las instituciones que han colaborado en la consecución del mismo: Diputación de Burgos, Junta de Castilla y León y Comunero de Revenga (Ayuntamientos de Quintanar, Canicosa y Regumiel de la Sierra). relega este territorio a un plano secundario dentro de los procesos de integración y control del espacio articulados desde los centros de poder bajoimperiales o visigodos. El poblamiento en Revenga responde a un proceso de reestructuración constante. El asentamiento se transforma a medida en que surgen nuevas necesidades, tal vez vinculadas con un aumento de población que quizás incorpore en determinados momentos la llegada de agentes externos. Por ahora, la transformación más significativa del poblado parece vinculada con el proceso de cristianización de la zona, sin que ésta pierda todavía su carácter de periferia. Esta es nuestra hipótesis de trabajo en la actualidad para explicar unas transformaciones muy complejas de interpretar en términos de organización social, puesto que -en realidad-los rasgos del hábitat que advertimos en este yacimiento no difieren excesivamente de las características generales de los asentamientos construidos en material perecedero, propios de los momentos de transición entre el mundo bajo imperial y la alta edad media, que se advierten de forma similar en todo el occidente europeo. Para el caso concreto de Revenga, sin embargo, el estado actual de las investigaciones nos permite poner sobre la mesa una serie de constataciones novedosas que deben marcar las líneas maestras de las intervenciones a realizar en los años siguientes: En primer lugar debemos destacar la continuidad de un asentamiento cuyo abandono datamos hacia el siglo XIII, momento para el cual ya contamos con fuentes escritas algo más abundantes. La estructura del poblamiento y los espacios de hábitat y producción se transforman en varias ocasiones, sin que se adviertan periodos de abandono entre unas y otras. El cambio más significativo en esta estructura es el paso de unos espacios de planta circular anterior a la implantación del centro de culto y la necrópolis a otra estructura de ocupación formada por cabañas de planta cuadrada que se organizan alrededor del espacio sacro. La construcción del centro de culto presidiendo el asentamiento y la necrópolis de sepulturas rupestres a su alrededor está claramente vinculada con el proceso de cristianización de este espacio de montaña, aún con algunos visos de paganismo o de prácticas poco ortodoxas (Wickham 2013: 229), a juzgar por las enigmáticas insculturas presentes en el atrio de la iglesia primitiva (Padilla y Álvaro 2011b). En base a este momento de transformación vinculado a un momento de cristianización alrededor de los siglos VII-VIII, tenemos que considerar la existencia de un poblamiento anterior, relacionado con las cabañas de planta circular, articuladas en dos fases sucesivas; y aún de una reestructuración
El complejo funerario de Sarenput I (QH36) destaca por ser el único de los construidos en la necrópolis de Qubbet el-Hawa, que fue completamente terminado. Además, destaca por ser uno de los escasos ejemplos de la arquitectura funeraria privada del Reino Medio, junto con las monumentales tumbas de Qaw el-Kebir y de Assiut que, de manera simplificada, sigue la estructura de los complejos funerarios reales con escalera ascendente, patio exterior, capilla funeraria y cámaras de enterramiento. En este artículo se aporta la reconstrucción gráfica "ideal" de los espacios exteriores de QH36, conservados parcialmente, basándonos en dos niveles de conocimiento: los elementos arquitectónicos y otras evidencias arqueológicas existentes en el recinto exterior que nos permiten su reconstrucción garantizando su autenticidad y la falta de algunos de éstos que nos obliga a tomar decisiones interpretativas que, basadas en el estudio de ejemplos de la arquitectura egipcia contemporánea, garanticen un modelo con rigurosidad y veracidad histórica. Se conoce que el complejo funerario QH36 fue construido en la necrópolis de Qubbet el-Hawa durante el reinado de Senwosret I, ya que en una biografía de su propietario, Sarenput I, se hace mención a que el rey Kheperkara (Senwosret I) lo nombró gobernador de Elefantina (para la transcripción total del texto, ver De Morgan et al. 1894: 189-190; Gardiner 1908: lám. VII; Sethe 1935: Urk VII, 4-5). Se trata del primero, y más antiguo, de un grupo de grandes complejos funerarios construidos en la necrópolis durante la Dinastía XII (1939 +16 -1760)2 que destacan por un cambio en el diseño arquitectónico y en el acabado final. Uno de los motivos por los que fue construido en el extremo septentrional de la necrópolis (Fig. 1), probablemente fuera debido a la falta de espacio ya que, durante este período, localizar un lugar disponible era un condicionante importante al haberse excavado la mayor parte de los hipogeos, durante el Reino Antiguo y el Primer Período Intermedio (Martínez Hermoso 2015). En esta zona la pendiente es más suave lo que permitió la construcción de un gran patio delantero y una monumental fachada porticada. De hecho, en la actualidad se considera que el exterior del complejo funerario QH36 es el único de la Dinastía XII, de Qubbet el-Hawa, que fue completamente terminado (Müller 1940: 16-17). Además, destaca por ser uno de los escasos ejemplos conocidos de la arquitectura funeraria privada del Reino Medio, junto a las monumentales tumbas no 7 y 8 (de Wakha I e Ibu, del reinado de Senwosret II) y no 18 (de Wakhka II, del reinado de Senwosret III) en Qaw el-Kebir (Steckeweh 1936: pls. II, IV, VI y VII), y a la tumba P.10.1 (de Djefaihapi I, del reinado de Senwosret I) en Assiut (El-Khadragy 2007: 41-6) que, de manera simplificada, cuentan con las mismas partes que los complejos funerarios reales del Reino Medio3 (a pesar de presentar estéticas o aspectos completamente distintos), con escalera ascendente, patio exterior, capilla funeraria y cámaras de enterramiento (Fig. 2). En las inmediaciones del complejo funerario QH36 se observa el tramo final de una escalera monumental que conduce directamente hasta la entrada de su patio exterior (Fig. 3). Cada uno de sus peldaños está construido con dos losas de piedra arenisca, de diferentes tamaños, las mayores con dimensiones de entre 2.10-2.30 metros de largo, 0.50-0.60 metros de ancho y 0.15-0.20 metros de espesor. Se encuentra delimitada por pequeños muretes laterales, de unos 0.60 metros de espesor, de mampostería en seco construidos con los escombros producidos en las excavaciones antiguas, y que sirven como parapeto de protección contra la invasión de la arena. Llama la atención que la escalera no fuera orientada según el eje principal del hipogeo, en este caso, orientado en la dirección cardinal intermedia SOE-NE, como era lo habitual en la necrópolis. Probablemente se debió a que en este caso se buscó reducir o aprovechar la pendiente natural del terreno y evitar complicaciones constructivas, aunque también a que ésta se dispuso siguiendo el camino más corto desde la puerta de entrada del patio del complejo funerario hasta el embarcadero existente en la orilla del Nilo, en las inmediaciones del arranque otras escaleras más antiguas situadas en esta vertiente de la colina (Martínez Hermoso 2017: 126-127). El patio exterior del complejo funerario QH36 era el espacio que servía como zona de transición entre el exterior del complejo y el interior del hipogeo. Su frente delantero fue cerrado con un muro de mampostería construido con dos paramentos de aparejo irregular de bloques de piedra arenisca, encajados cuidadosamente unos con otros por su lado de unión, y labrados desde la parte superior hacia abajo, ligeramente ataludados, de los que sólo quedan la parte inferior (Müller 1940: 16-17), presentando en la actualidad un recrecido posterior realizado con piedras de menor tamaño colocadas en seco procedentes de escombros. Las paredes laterales, cortadas directamente en la roca, con los bordes superiores siguiendo la línea de la pendiente de la ladera (Fig. 4), fueron posteriormente recrecidas, usando el mismo sistema constructivo que en el muro delantero hasta igualar su altura en todo su perímetro. Probablemente los muros, al menos el muro delantero, fueron coronados con bloques tallados con forma semicircular, de los que todavía se conservan en la actualidad una decena de ellos apilados en el patio (Fig. 5), que colocados juntos equivalen a unos tres metros lineales de coronación de muro. Sus dimensiones difieren ligeramente debido a que, una vez situados los bloques toscos, se tallaban con la forma circular obteniendo una superficie continua y perfectamente lisa. Pese a encontrarse parcialmente ocultos por la arena, en el exterior son visibles sus cimientos, que consisten en una o varias hiladas de bloques sin tallar pero perfectamente nivelados, colocados sobre la roca madre de la colina, sobresaliendo del plano perfectamente tallado de la cara exterior del muro (Fig. 6). El patio exterior tiene forma trapezoidal. Las dimensiones de su perímetro interior son: en el muro de fachada del hipogeo (oeste), 14.68 metros; en la pared lateral norte, 11.80 metros; en el muro delantero del patio (este), 16.10 metros; y en la pared lateral sur, 10.20 metros. No obstante, pese a su forma irregular, tanto la puerta de acceso al interior del hipogeo, como los pilares centrales del pórtico de fachada y la puerta del patio exterior están situadas sobre el eje central del hipogeo (ver Fig. 2), lo que permite a un observador situado en la puerta del patio tener la impresión de centralidad de la puerta y de uniformidad de vanos del pórtico. Puerta de acceso al patio La puerta de acceso al complejo funerario está situada, aproximadamente, en el centro del muro delantero del patio exterior (ver Fig. 3). Fue construida con bloques de piedra caliza siendo un caso excepcional en la necrópolis, ya que el material de construcción utilizado habitualmente en la necrópolis, para los elementos constructivos no excavados en la roca era la piedra arenisca, disponible en los alrededores. Sin embargo, durante el Reino Medio otros monumentos funerarios en otras partes del país (Deir el-Bahari, El-Tarif, Saqqara, Lisht, Dahshur) sí que disfrutaron el reinado de Senwosret I), un pequeño templo construido de ladrillos de adobe durante el Reino Antiguo que había sido remodelado anteriormente manteniendo su forma básica durante el reinado de Mentuhotep III (Kaiser 1988: 152-157). El marco exterior de la puerta (Fig. 7) estaba formado por un dintel que apoyaba sobre dos pilares, construidos con bloques de piedra caliza, separados entre sí 1.27 metros, de los que sólo quedan actualmente los restos de su parte inferior (1.43-1.63 metros de altura), habiéndose consolidado las discontinuidades existentes mediante el sellado con mortero de arena y cal. El recercado exterior, de 0.85 metros de ancho, tiene la misma inclinación que la cara exterior del muro donde está situado, pero sobresale ligeramente del plano del mismo. Éste fue decorado, simétricamente, con cuatro columnas de inscripciones jeroglíficas, de las que sólo se conservan parcialmente las del lado norte, que finalizan con sendas figuras sedentes del propietario del complejo funerario. El marco interior de la puerta (Fig. 8) también estaba construido con un dintel que apoyaba sobre dos pilares, separados entre sí 1.53 metros, con bloques de piedra caliza, de los que actualmente sólo quedan restos de la parte inferior (2.08-2.01 metros de altura). El recercado de la puerta, de 0.49 metros de ancho, ahora es vertical, totalmente independiente del muro en el que está situado y está decorado con una columna vertical de inscripciones jeroglíficas (que se conserva incompleta). Los paramentos laterales interiores, las jambas, también fueron decorados con la imagen del propietario del complejo funerario (Fig. 9), aunque actualmente sólo se conservan la parte inferior. La figura del propietario de de la presencia de caliza para la construcción de estos muros, pilares y columnas, así como revestimientos de cámaras, relegando, en algunos casos, el uso de bloques de arenisca a los suelos de los complejos. Por ejemplo, la utilización de bloques de fina caliza como revestimiento de suelos y paredes es característica de los interiores de las tumbas privadas de la Dinastía XI, en Deir el-Bahari (Soliman 2009: 81-83). Sin embargo, la mayor parte de estos bloques ya no se encuentran en su lugar al haber sido reutilizados como material de construcción para otras edificaciones. Por ejemplo, de la tumba TT 315 sólo quedan algunos bloques en el corredor descendente y en la cámara del sarcófago, habiendo desaparecido completamente el revestimiento de paredes y suelos de la cámara de culto, que ocultaba el acceso al corredor descendente, de la tapa del sarcófago que servía de suelo de la cámara subterránea, y del corredor horizontal de acceso al hipogeo (Soliman 2009: 117). Probablemente, la utilización de caliza en el complejo funerario de Sarenput I esté relacionada con la reconstrucción en piedra caliza del templo de Satis en Elefantina, llevada a cabo durante el mismo período (en Figura 5. Bloques de coronación del muro del patio exterior de QH36. Cimientos en el extremo sur del muro delantero del patio de QH36. Fachada exterior de la puerta de acceso al patio exterior de QH36. RECONSTRUCCIÓN VIRTUAL DEL EXTERIOR DEL COMPLEJO FUNERARIO DE SARENPUT I (QH36) Figura 8. Fachada interior de la puerta de acceso al patio exterior de QH36. Jamba norte de la puerta de acceso al patio exterior de QH36. la tumba está representada de pie, mirando hacia las escaleras, vistiendo una falda corta plisada, y portando en una mano un largo bastón y en la otra el cetro sekhem. Además, hay una columna de inscripciones jeroglíficas situada justo delante de esta figura. En los restos conservados de la puerta se observa cómo se realizaba la unión entre bloques, por su parte superior, mediante grapas de madera con forma de doble cola de milano. Su utilización era habitual en las construcciones durante este periodo. Por ejemplo, en Lisht se han encontrado gran cantidad de grapas de madera utilizadas en muros y cimentaciones del complejo funerario de Senwosret I (Arnold 1992: láms. También existen ejemplos de cola de milano del Reino Nuevo, como en el complejo de Hatshepsut en Deir el-Bahari, o en el templo ptolemaico de Kom Ombo. En su momento contó con una puerta de madera, ahora desaparecida, colocada a haces de las jambas interiores del hueco, de una hoja abatible que abría hacia el interior del patio, con giro de izquierda a derecha, sobre un pivote encajado en varios orificios practicados en el suelo y probablemente, en las jambas y/o dintel del hueco de la puerta. De las pocas puertas de madera existentes en la actualidad se puede mencionar la del Museo Metropolitano de Nueva York, procedente de la tumba MMA509 de Deir el-Bahari (pieza núm. MMA 23.3.174a) de principios de la Dinastía XII, el mismo periodo que la tumba. Otras puertas de madera, parecidas a la que debió estar colocada aquí, han sido publicadas por Clarke y Engelbach (1990: 163, fig. 185). La fachada del hipogeo fue cortada directamente en la roca, ligeramente ataludada, y sus superficies fueron talladas y pulidas, presentando un acabado liso sobre el que destaca su decoración en altorrelieve que representa distintas escenas de la vida cotidiana de su propietario. Estaba presidida por un pórtico (Fig. 10) compuesto por seis pilares monolíticos de piedra arenisca, que aún se conservan en parte, decorados en todas sus caras con relieves rehundidos representando al dueño de la tumba de pie, con el bastón y el cetro sekhem, mirando hacia el exterior del complejo, los dos centrales contienen pequeñas biografías del propietario en las caras que dan al eje del hipogeo, y otros dos pilares extremos inclinados con forma de pilastras embutidas en las paredes laterales del patio, a los que se adosan. Los pilares están colocados sobre pequeños resaltes tallados en la roca, a modo de basas, orientados de manera que sus caras frontales y posteriores no muestran las vetas de los estratos del bloque de piedra que, por el contrario, se pueden observar en sus caras laterales (Fig. 11). Sobre los pilares apoyaría un arquitrabe, compuesto por dinteles monolíticos de piedra, de longitud igual a la separación entre los ejes de los pilares de los que, en la actualidad, sólo se conservan dos de ellos (Fig. 12). Éstos, decorados con una línea de inscripciones en su cara vista, por sus dimensiones podrían ser los que estaban situados en la mitad norte del pórtico, entre el pilar del extremo y la pilastra, y entre dos pilares contiguos (Müller 1940: 18-19). Además, el patio cuenta con dos pequeños naoi, tallados directamente en la roca, cada uno de ellos en un extremo de la nave interior del pórtico, que probablemente sirvieron para que la población realizara el culto funerario dentro del patio, sin tener que acceder al interior del hipogeo. El objetivo de este artículo es aportar la reconstrucción gráfica "ideal" de los espacios exteriores del complejo funerario QH36 (Sarenput I), uno de los pocos ejemplos conocidos de arquitectura funeraria privada del Reino Medio, junto a la tumba P.10.1, de Djefaihapi I, en Assiut, y las tumbas no 7, de Wakha I, no 8 de Ibu y no18, de Wakhka II, en Qaw el-Kebir, donde los complejos de los gobernadores son de gran escala y pueden asemejarse a las construcciones monumentales de los monarcas de estos momentos. Para ello, previamente, se ha elaborado un completo levantamiento de planos de plantas, alzados y secciones del estado actual del complejo funerario, especialmente, de su recinto exterior. El dibujo de arquitectura, caracterizado por la definición de las propiedades geométricas y constructivas a través de planos de planta, alzados y secciones, entendido en su vertiente bidimensional, ha sido y sigue siendo hoy en día el método de representación gráfica por excelencia de los edificios históricos. La elaboración de esta planimetría supone un avance en el conocimiento y la difusión del monumento, al implicar un análisis geométrico y constructivo, convirtiéndose en un auténtico proceso de investigación, y la base para la realización del modelo tridimensional (Martín Talaverano 2014). Los planos más completos y actualizados existentes hasta la fecha del complejo funerario QH36 fueron elaborados por F. Martínez Hermoso (2012), durante la campaña arqueológica 2012, tomando como base los datos obtenidos de primera mano, con la ayuda de un nivel láser, teodolito y mira, colocados en el eje central del hipogeo para obtener, principalmente, las inclinaciones de suelos y techos de los distintos espacios del interior del hipogeo. A partir de esta planimetría, durante la campaña 2017, se decide actualizar, y en su caso corregir, la documentación gráfica del recinto exterior del complejo siendo suficiente para ello la medición desde una única estación total ubicada en el encuentro de dos ejes ortogonales entre sí y con los muros perimetrales del patio exterior, complementada con una completa serie de fotografías rectificadas (fotogrametría bidimensional), que ha permitido conocer con mayor exactitud, por ejemplo, la inclinación de los muros perimetrales y la posición de los elementos arquitectónicos existentes dentro del patio exterior del complejo. Por otro lado, uno de los principios de la Carta de Londres para la aplicación de la visualización asistida por ordenador en el campo del Patrimonio Cultural (Denard 2009) y de la Carta de Sevilla (Carta de Sevilla 2012) basada en la anterior pero tomando en consideración el carácter específico de la Arqueología Virtual, es la de garantizar que el método utilizado en la reconstrucción hipotética de un edificio histórico se haya aplicado con rigor intelectual y técnico, debiendo éste dejar claro las diferencias entre evidencia e hipótesis, así como los distintos niveles de probabilidad. De acuerdo con este principio, para la creación del modelo de reconstrucción del recinto exterior del rey y del templo funerario fueron construidas la pirámide del Ka, dedicada al culto, y otras nueve pirámides de las reinas, así como las mastabas de sus cortesanos más importantes (Arnold 1992). Las tumbas privadas no 7, de Wakha I (Senwosret II), y no 18, de Wakha II (Senwosret III), en Qaw el-Kebir, unas de las más monumentales de este período, contaban con una zona exterior donde se sucedían varias terrazas porticadas que se iban adaptando al terreno, de las que no queda nada, y otra zona excavada en la roca (casi en ruinas), pudiéndonos hacer una idea de su arquitectura sólo a partir de las reconstrucciones realizadas por Hans Steckeweh (1936: pls I-II,V-VI). El Templo de Montu, construido por Senwosret I, en Tod, representa uno de los ejemplos más claros de templo evolucionado del Reino Medio, con su diseño simétrico de gran precisión y la incorporación de varias cámaras de culto adyacentes al santuario principal. Y por último, la "Capilla Blanca", que debe su nombre a la piedra caliza blanca con la que se construyó, edificada para la fiesta de renovación del poder real de Senwosret I. Es el único monumento reconstruido materialmente, a partir de sus bloques originales que habían sido reutilizados como cimientos en el templo de Karnak (Chevrier 1938: 8-9; Borchardt 1938: 56-57, fig. 19; Lacau et Chevrier 1956). El complejo funerario QH36 fue descubierto, excavado parcialmente y documentado (de forma deficiente) por Grenfell a finales del siglo XIX, y publicado por Wallis Budge en Excavations made at Aswan by Major-General Sir F. Grenfell during the years 1885 and 1886 (1887) junto a otros tres importantes complejos funerarios de la necrópolis QH31, QH25 y QH26, estos dos últimos del Reino Antiguo. Sin embargo, Budge sólo hace una breve descripción de los elementos arquitectónicos del patio exterior de QH36 que se sobresalían tímidamente por encima de la arena: la puerta del patio exterior y los pilares del pórtico de fachada del complejo funerario (1887: 34). Haute complejo funerario QH36, se ha trabajado en dos niveles completamente distintos de conocimiento: a) Evidencias: Los elementos arquitectónicos conservados "in situ" (parcialmente) como la parte inferior de la puerta de acceso al patio, de los pilares del pórtico de fachada y otros elementos constructivos encontrados en el recinto exterior del complejo funerario que podrían volver a situarse en su posición originaria, así como una decena de bloques de coronación del muro del patio y un par de dinteles del pórtico de fachada, que permiten su reconstrucción garantizando su autenticidad, según las evidencias arqueológicas encontradas. Los elementos arquitectónicos de los que no han quedado evidencias, como las losas del techo y la cornisa de remate del pórtico de fachada, o el dintel y la cornisa de remate de la puerta del patio, que no se pueden reconstruir a partir de otros ejemplos similares de la necrópolis ya que los complejos funerarios contemporáneos nunca se llegaron a terminar ya que, habitualmente, eran abandonados inconclusos, debido a la muerte de su propietario antes de finalizar las obras. En este segundo caso, se han adoptado decisiones interpretativas, sustentadas en una sólida investigación y documentación histórica y arqueológica que garantizan un modelo con rigurosidad y veracidad histórica. Se ha propuesto reconstruir virtualmente estos elementos arquitectónicos, de la manera más aséptica posible, pero con un grado de certeza riguroso, basado en los pocos ejemplos conocidos de la arquitectura de prestigio contemporánea a la construcción del complejo funerario QH36. Por ejemplo, el complejo funerario de Mentuhotep II, en Deir el-Bahari, del que apenas quedan algunos restos, estaba constituido por dos terrazas porticadas superpuestas. Detrás, al pie ya del acantilado y excavados en la roca, se encontraban un patio porticado, una sala hipóstila, la tumba del rey, la zona consagrada al culto real, y las tumbas y capillas de los miembros femeninos de la familia real (Naville 1910: pls. Del complejo funerario de Senwosret I, en Lisht, se conoce su planta a partir de sus restos, los mejores preservados del Reino Medio. En torno a la pirámide del el gobernador y otros difuntos dependientes, así como sus ajuares. Por lo tanto, el análisis y reconstrucción aquí presentes corresponde al 50 por ciento de la parte pública, quedando relegado el resto del complejo a otros estudios posteriores o distintos. Ahora bien, si para la descripción de los elementos arquitectónicos del recinto exterior, en su estado actual, se ha seguido el sentido de avance del visitante, desde el exterior del complejo funerario hacia el interior del hipogeo, ahora, para el análisis de cada elemento arquitectónico retrocedemos en sentido contrario, comenzando por el elemento arquitectónico mejor conservado, la fachada porticada (Fig. 13) hacia el exterior del complejo funerario donde existen menos restos arquitectónicos y evidencias arqueológicas. Reconstrucción del pórtico de pilares Los pilares del pórtico de fachada son de sección recta, con unas dimensiones medias de ancho de sus caras frontal y posterior de 0.60 metros y de sus caras laterales de 0.56 metros, encontrándose situados unos de otros a una distancia de unos 1.50 metros, salvo en el caso de los dos pilares centrales donde su separación es algo mayor (1.59 metros). La altura libre interior de la nave del pórtico, medida desde el suelo del patio hasta la cara inferior del techo fue de 3.90 metros, dimensión que es conocida gracias al rebaje existente en el plano de la fachada tallado directamente en la roca, de 23 centímetros de altura, que probablemente sirvió para apoyar losas de piedra, de unos 2.20 metros de longitud y 20 centímetros de espesor, aunque en la actualidad no se conserva ningún resto de este techo. Los dinteles que conectaban los pilares, debían tener una longitud media de 2.10 metros (2.40 metros en los vanos extremos), y un canto de 0.35 metros, e iban a estar unidos, en su parte superior, mediante grapas de unión de madera con forma de doble cola de milano, como puede observarse en uno de los que se conservan en el patio. Además, la parte frontal del pórtico, continuación de las losas del techo, probablemente, habría sido acabada mediante bloques de piedra, decorados con una moldura toro y una cornisa caveto o nácela (de cuarto de círculo cóncavo), de igual altura que la altura de los arquitrabes (0.35 metros). De esta manera, la altura total del pórtico de pilares, desde el nivel del pavimento del patio hasta la parte Égypte. Sobre el complejo funerario QH36, hace una breve descripción del mismo, centrándose principalmente en las escenas que decoran la puerta de entrada al patio, los pilares del pórtico y el muro de la fachada (1894: 179-188). De Morgan presenta un plano esquemático del complejo funerario que incluye el patio exterior del complejo y el pórtico de fachada, proponiendo tímidamente una reconstrucción de éste último (1894: 179). En 1936, Hans Wolfgang Müller publicó Die Felsengräber der Fürsten von Elephantine aus der Zeit des Mittleren Reiches (1940), un estudio monográfico acerca de los complejos funerarios del Reino Medio (QH36, QH31, QH32 y QH30, ordenados cronológicamente). En el caso del complejo funerario QH36, hace una descripción detallada del patio exterior y la puerta de acceso al mismo, así como del pórtico de fachada y de los nichos situados en los dos extremos de la galería porticada (1940: 16-20), y propone la reconstrucción del muro y la puerta de entrada del patio exterior (1940: fig. 3) con un diseño basado en ejemplos del Reino Antiguo como el complejo piramidal de Kefrén, en Guiza (Dinastía IV). Por último, en el marco de los trabajos de investigación que está llevando a cabo el equipo del proyecto Qubbet el-Hawa, de la Universidad de Jaén, destacan dos trabajos sobre el complejo funerario QH36: el primero, La tumba de Sarenput I. Arquitectura y Representación Gráfica (Martínez Hermoso 2012), un estudio arquitectónico preliminar del complejo funerario y, el segundo, Sarenput I: Estudio Histórico de un Nomarca de Ta-Seti a Principios de la Dinastía XII (García González 2011), donde se hace un interesante análisis iconográfico del mismo. Funcionalmente, el complejo funerario de Sarenput I se puede dividir en dos partes fundamentales: por un lado, la parte pública del monumento, que incluye el muro exterior del complejo y su puerta monumental, el patio, la fachada porticada, y la capilla funeraria compuesta por una sala de pilares y una cámara de culto al gobernador conectadas por un largo y estrecho corredor abovedado. Por otro lado, existen una serie de pozos y cámaras subterráneas que componían la parte íntima, secreta e inaccesible de la tumba, donde quedaban enterrados de remate del pórtico, probablemente, también sin recibir en obra. Pero por otro lado, es bien conocido que a pesar de que numerosos complejos funerarios se quedaban sin terminar debido a, entre otras cosas, la muerte del dueño de la tumba, era muy normal extraer bloques para reutilizarlos en otros edificios. El hecho de que solamente haya dos bloques en el complejo no es señal de que no hubieran llegado más, al igual que no tenemos el entramado en piedra del techo de este pórtico. Además, la decoración del muro de fachada, donde hay escenas y textos, así como alrededor de la puerta de acceso al interior del hipogeo, muestra un avanzado estado de trabajo ya que lo normal sería terminar las inscripciones y decoración cuando estuviese terminado el pórtico. En realidad, los monumentos egipcios eran constantemente saqueados y mucho material ha desaparecido de numerosas tumbas en este yacimiento y en otros del mismo período. Por ejemplo, en las tumbas del Reino Medio de Deir el-Bahari quedan solamente los hipogeos pero no los bloques, estelas y estructuras de adobe que sabemos que decoraban las tumbas. Sea como fuere, lo que está claro es que la planificación del complejo funerario incluía la construcción de un pórtico de pilares, de la manera que se ha descrito en este apartado. Queda en el aire una pregunta interesante ¿se puede considerar la reconstrucción de la fachada porticada de QH36 como el diseño arquitectónico con el que habitualmente se planificaron los exteriores de los complejos funerarios de la necrópolis durante este período? Y, en ese caso, ¿se podría trasladar esta solución arquitectónica al resto de los grandes complejos funerarios de la Dinastía XII (en sus correspondientes reconstrucciones virtuales ideales) aunque, finalmente, no se construyeran al quedar las obras inconclusas, con distintos grados de terminación según los casos? Reconstrucción del patio exterior El vaciado del patio exterior se realizó, siguiendo el método habitual utilizado en la necrópolis, eliminando la roca de arriba hacia abajo y del centro hacia los lados, cortando el plano de la fachada y de los muros laterales, ligeramente ataludados y, en último lugar, construyendo el muro delantero (Fig. 14). De hecho, este último muro no tiene trabazón con los muros laterales, construidos primero, que se prolongan hacia el exterior entorno a un metro observándose, alta de la cornisa caveto, sería de unos 4.25 metros, aproximadamente. Por ejemplo, Dieter Arnold propone justo esta misma solución para la reconstrucción de los pórticos de fachada del templo de Mentuhotep II. Las losas del techo apoyan en un rebaje tallado en el muro de fachada y en dos filas de dinteles paralelos a la fachada, rematando ésta con una cornisa caveto situada al mismo nivel que las losas, y de la misma altura que el arquitrabe (37.50 centímetros) (1979: 13-16, fig. 5c, lám. 28). En este mismo monumento, las losas del techo de la sala hipóstila eran de 22.50 centímetros de espesor (similares a la propuesta para el techo de la nave del pórtico de QH36), y apoyaban sobre arquitrabes de 37.50 centímetros de altura, siendo la cornisa también de igual espesor (1979: 36-37). Además, sobre el tallado en la roca de una hendidura horizontal para el apoyo de las losas del techo, encontramos ejemplos similares en Qaw el-Kebir, en las tumbas no 7, de Wakha I (Senwosret II) y no 18, de Wakha II (Senwosret III). En la pared oeste de sus salas hipóstilas (donde comienza el hipogeo) fueron talladas hendiduras similares a la de QH36, a una la altura de 2.95 metros (Petrie 1930: 2, pl. II.5) y 3.56 metros (ibídem: 4, pl.V.3), respectivamente, desde el suelo hasta la cara inferior del techo (altura de pilar más arquitrabe). Y sobre la utilización de la cornisa caveto, también las encontramos en los patios de las tumbas de Qaw el-Kebir (Senwosret II-III) (Petrie 1930: 4), o en Karnak, en la "Capilla Blanca" de Senwosret I, donde las losas del techo apoyan sobre arquitrabes (de 2.20 y 1.75 metros de longitud y 0.54 metros de canto) que trasmiten las cargas sobre dieciséis pilares monolíticos, de sección cuadrada (0.63x0.63 metros) y rectangular (0.63x0.95 metros) de dimensiones muy similares a los de QH36 (Lacau y Chevrier 1956: pls. Sin embargo, no existe la certeza de que el pórtico fuese terminado completamente. Por un lado, el hecho de que sólo se conserven dos de los siete dinteles, podría indicar que no se recibieron en obra todos estos elementos constructivos. Además, los dinteles conservados se encuentran calzados en el suelo del patio, probablemente, durante la recepción en obra para facilitar los trabajos de su decoración. Asimismo, el dintel extremo tiene aspecto de inacabado ya que, en su cara superior, carece del tallado en forma de cola de milano que servía para introducir la llave de unión entre bloques. Y a todo esto hay que sumar el hecho de que no se ha conservado ningún resto ni de las losas del techo ni de las cornisas la media de las dimensiones (0.80 metros de cuerda y 0.30 metros de altura). El ancho del muro en la base es de 1.70 metros y la inclinación de sus caras respecto al nivel horizontal del suelo es de 85.5o por el exterior del patio, y de 82o por el interior, la misma inclinación que la fachada del hipogeo. A partir de estos datos podemos calcular geométricamente la altura del muro delantero del patio exterior, que alcanzaría unos 4.15 metros más el bloque de coronación lo hace un total de 4.45 metros, dimensión que iría aumentando ligeramente en los muros laterales a medida que se acercan a la fachada porticada, debido a la suave pendiente con que cuenta el suelo del patio. además, en éstos últimos la línea de replanteo marcada para la pendiente de la cara exterior del muro delantero (Fig. 15). Aunque no se conoce la altura del muro delantero, al conservarse sólo su parte inferior, ésta se puede calcular geométricamente a partir de las dimensiones conocidas de su base, de la inclinación de sus dos caras ataludadas y de los bloques de coronación del mismo. La sección de los bloques de remate tiene forma de segmento circular, o segmento de un círculo limitado por una cuerda y el arco correspondiente. Tomando como base las dimensiones de los bloques, publicada por Müller (1940: 16-17), para el cálculo utilizamos Figura 13. Pórtico de pilares que preside la fachada del patio del complejo funerario de Sarenput I (QH36). En la parte superior, estado actual; y en la inferior, reconstrucción. aproximación a un seked de 1/7 (81° 52'), relación egipcia entre el desplazamiento horizontal (en palmos) de la pared inclinada respecto a la vertical para una altura de un codo (7 palmos) (Arnold 1991: 10-16). Reconstrucción de la puerta de acceso al patio Aunque el complejo funerario QH36 fue el único de Qubbet el-Hawa que, en principio, fue completamente acabado su parte exterior (véase el apartado "Reconstrucción del pórtico de pilares"), no se conoce la altura de la puerta de acceso al patio delantero debido a que sólo se ha conservado la parte inferior de la misma. Hay que tener en cuenta que en la necrópolis no existen otros paralelos, ya que los trabajos en el exterior de los complejos funerarios nunca se llegaban a terminar porque se posponían hasta la fase final de construcción Es importante señalar que la línea de la base de los bloques de coronación del muro coincide, sensiblemente, con la horizontal que pasa por la cara superior de la cornisa caveto que remata el pórtico de pilares por lo que, con toda probabilidad, en la planificación inicial del exterior del complejo funerario, se ajustaron todas estas alturas para hacerlas coincidir. Este mismo sistema de cálculo fue utilizado, en 1981, por el Museo Metropolitano para reconstruir el muro de piedra que rodeaba el recinto de la pirámide de Senwosret I, en Lisht, a partir de su anchura en la base (2.625 metros), del ángulo que formaban sus paredes respecto a la horizontal del suelo (82o), y de los numerosos bloques de coronación, también de sección semicircular, encontrados en el recinto, obteniendo una altura total del muro de 5.49 metros (Arnold 1988: 59, fig. 19). Hay que señalar, sobre la inclinación de las caras de los muros, que un ángulo de 82o es una buena Figura 14. Sección del patio exterior del complejo funerario de Sarenput I (QH36). desde la entrada del complejo funerario, y en dirección al santuario, la altura del techo disminuye progresivamente en cada dependencia, diseño que está estrechamente relacionado con el distinto tratamiento de la luz: el patio exterior está bañado de sol, en la sala hipóstila reina la penumbra puesto que la luz penetra en el interior a través de la apertura de la puerta del hipogeo situada frente a la nave central y, por último, en la cámara de culto con el santuario donde se alojaba la estatua del propietario de la tumba reina la oscuridad. El esquema de las puertas de muchas tumbas privadas del Reino Medio consta de un marco exterior, que sobresale ligeramente del plano de fachada decorado con inscripciones biográficas realizadas en relieve, con varias líneas horizontales sobre el dintel y columnas a cada lado de la puerta que finalizan con sendas figuras sedentes del propietario de la tumba. En Qubbet el-Hawa sólo encontramos dos casos en el Reino Medio de puertas completamente terminadas: la puerta de entrada al pequeño hipogeo QH28 y la puerta de entrada a la parte excavada del complejo funerario QH36 (Martínez Hermoso 2017: 187-190). En el complejo funerario QH36 se construyeron dos puertas, la de entrada al interior del hipogeo, que mide 2.50 metros de alto por 1.25 metros de ancho (ídem), y la del santuario situado al final de la capilla, que mide 1.30 metros de alto por 0.70 metros de ancho (ibídem: 249-250). Siguiendo esta norma, aunque el ancho de la puerta del patio exterior (1.27 metros) mide casi lo mismo que la de entrada al interior del hipogeo (1.25 metros), podemos afirmar que su altura debió de ser mayor. De hecho, Müller propone en su reconstrucción del marco exterior de la puerta un valor de unos 2.80 metros de altura libre, basándose en la comparación entre las dimensiones conocidas de la puerta del patio con las de la puerta de la entrada al interior del hipogeo (Fig. 16), que es la única de este tipo que fue completamente acabada en la necrópolis (1940: 17-18). Sin embargo, probablemente la altura libre de la puerta sería incluso aún mayor, ya que, aunque la relación entre la anchura y la altura de las puertas de los edificios egipcios no es constante, depende del sistema general de proporciones, en cada caso, con proporciones de huecos de puerta que variaban entre 1:2 a 1:3 (Arnold 2008: 74-75). y, habitualmente, éstos eran abandonados inconclusos debido a la muerte de su propietario antes de finalizar las obras. No obstante, lo que sí se puede afirmar es que la altura y la esbeltez de las puertas de los complejos funerarios iba disminuyendo, de fuera hacia adentro, a medida que se avanza hacia el interior. De hecho, en Qubbet el-Hawa, las capillas de los complejos funerarios de los gobernadores del Reino Medio fueron planificadas como un templo (Martínez Hermoso 2017: 207). La disposición de sus espacios, Figura 15. Encuentro entre el muro lateral sur y el muro exterior del patio de QH36. (Fig. 17) son más parecidas a las dimensiones de la puerta de entrada al templo de Montu, construido por Senwosret I en Tod, reconstruida a partir de la parte inferior de las jambas y de varios fragmentos del dintel. A partir de un ancho de vano de 1.35 metros y un anchura total, incluyendo el recercado perimetral para los textos, de 3.00 metros (ancho del recercado, 0.83 metros) tendría una altura libre de puerta de 3.00 metros (igual que el ancho total de la puerta) y una altura total, incluyendo el dintel superior, de 4.27 metros (altura del dintel, 1.27 metros) (Bisson de la Roque 1937: 6-16; Badawy 1966: 83, fig. 34). La altura libre del marco de la puerta que da al patio probablemente fuera de 3.17 metros, aproximadamente, resultado de sumar a la altura del marco exterior (3.00 m.) los 17 centímetros que reduce el vano del marco exterior a cada lado de la puerta, al ser dimensiones que están directamente relacionadas entre sí. Por ejemplo, en Lisht, la expedición del Museo Metropolitano reconstruyó una puerta de piedra caliza, situada junto a la entrada al recinto exterior del complejo funerario de Senwosret I, al sur de la calzada de acceso al templo funerario, a partir del ancho de 1.05 metros de la jamba. Cuando se descubrió la puerta se encontraba muy bien conservada, estimando que ésta debió alcanzar una altura entre 2.10-2.625 metros, dimensiones que, en realidad, responden simplemente a la proporción de una altura 2-2.50 veces el ancho de la puerta (Arnold 1992: 16-17, pl. 76). Basándonos en estas últimas proporciones, y en el ancho de las columnas de los textos existentes en la base del pilar del lado norte del hueco de la puerta, nuestra puerta tendría unas dimensiones mayores, podría alcanzar casi 3.20 metros de altura libre máxima. Al ajustar la altura de la puerta y dintel con la altura del muro delantero, obtendremos una altura libre de unos 3.00 metros y un dintel de unos 1.15 metros (con un margen de error de + 5 cm.). Las proporciones de la puerta Figura 16. Puerta de acceso al patio exterior del complejo funerario de Sarenput I (QH36). piramidal de Kefrén, en Guiza (Dinastía IV), pero no tuvo en cuenta otros ejemplos de la arquitectura egipcia contemporánea al complejo funerario QH36 que se caracterizan por el empleo de otras soluciones arquitectónicas completamente distintas. Además, se basa en un fragmento de un bloque de caliza, con perfil redondeado, pero de menores dimensiones que los de arenisca conservados en el patio, que supuestamente fue encontrado en las proximidades del complejo funerario (?), en la ladera de la necrópolis (1940: 17-18). Sin embargo, tenemos que señalar que, aunque se han encontrado varios fragmentos de piedra caliza, con distintas formas y tamaños, lo más probable es que éstos procedan del desbaste de los bloques de dintel y jambas de la puerta. En realidad, no se ha hallado ningún bloque de piedra caliza completo con la forma redondeada de los bloques de coronación del muro del recinto exterior. Probablemente, el marco interior de la puerta contaba con una línea de textos jeroglíficos, que recorría el dintel, ahora desaparecido, desde el centro a derecha e izquierda, de manera simétrica, para descender verticalmente por los dos pilares de la fachada. Teniendo en cuenta el ancho de la columna del texto existente en la base de los pilares, a cada lado del hueco de la puerta, la altura del dintel sería de 0.49 metros, igual al ancho de los pilares, a la que tendríamos que sumar otros 0.49 metros de la altura del bloque terminado con una moldura toro sobre una cornisa caveto. Por lo tanto, la altura total de la puerta, incluyendo dintel y cornisa de remate, también sería de unos de 4.15 metros, la misma que por el frente que da al exterior del complejo funerario. En la necrópolis encontramos muchos santuarios tipo naos con este mismo diseño. Y en Lisht (sur), Dieter Arnold propone un diseño similar para la reconstrucción del santuario de la capilla funeraria de la tumba de Ip///4 (alto funcionario durante el reinado de Senwosret I), a partir de pequeños fragmentos encontrados entre los escombros, durante la excavación del pozo no 17, en la tumba C del área sur (2008: 57, pl. 106b), aunque ahora la fachada contaba con dos líneas horizontales de inscripciones en el dintel y otras dos columnas verticales en cada uno de los pilares de la fachada, y estaba rematada por una cornisa caveto. Además, sobre la utilización de la cornisa caveto, encontramos un ejemplo similar en Lisht, en la capilla norte de la pirámide del Ka del complejo funerario de Senwosret I. Esta pequeña capilla fue construida con muros de bloques de piedra caliza, teniendo como pared posterior el muro inclinado de la misma pirámide. Reconstruccion propuesta por H. W. Müller H. W. Müller, propuso la reconstrucción de la puerta de entrada, con una menor altura, y con un diseño basado en ejemplos del Reino Antiguo, como el complejo Y por último, queda en el aire una pregunta interesante, ¿puede considerarse que la reconstrucción ideal del exterior del complejo funerario QH36 sea el diseño arquitectónico inicial que se adopto durante la Dinastía XII para los exteriores de los complejos funerarios en Qubbet el-Hawa? y, en ese caso, ¿podría trasladarse esta solución arquitectónica "tipo" al resto de los exteriores inacabados de los complejos funerarios construidos durante este período cuyas obras fueron abandonadas antes de finalizarlas, entre otros motivos, debido a la muerte de sus propietarios? Nunca podremos saberlo con certeza. De hecho, pensamos que esta propuesta no es fiable ni rigurosa con la estructura original existente en este complejo funerario, terminada o no. Mediante el uso de la realidad virtual se pretende mejorar los actuales procesos de investigación, conservación y difusión del importantísimo patrimonio monumental de la necrópolis de Qubbet el-Hawa y, en especial, del complejo funerario QH36 (Sarenput I). Se trata de uno de los escasos ejemplos de arquitectura funeraria privada egipcia durante el Reino Medio que, de manera simplificada, fueron construidos con la forma de templos-tumba de los monarcas de este período (monumento funerario del tipo hipogeo bajo templo, como es el caso del templo funerario de Mentuhotep II en Deir el-Bahari) con escalera ascendente, patio exterior, fachada porticada, capilla funeraria y cámaras subterráneas de enterramiento. El método de investigación que hemos utilizado para la reconstrucción de los espacios exteriores del complejo funerario QH36 se ha basado en dos niveles de conocimiento: Por un lado, la parte de la reconstrucción de la fachada porticada y el muro delimitador del patio exterior tiene un alto nivel de fiabilidad y rigurosidad, basado en los elementos arquitectónicos conservados parcialmente y otras evidencias arqueológicas que pueden observarse en el recinto exterior. Por otro lado, la parte de la reconstrucción de la puerta de piedra caliza de acceso al patio exterior, donde la falta de conservación de algunos de elementos arquitectónicos y de otras evidencias arqueológicas, se suple con otros ejemplos de arquitectura egipcia contemporánea, proponiendo una hipótesis lo más aséptica que permite un grado de certeza riguroso. Sobre el material que falta de las diversas estructuras del complejo, sobre todo el de las partes exteriores, aunque en principio podría indicar que éste no llegase a ser completamente terminado, no se puede descartar la posibilidad de que fuese saqueado. Sobre la hipótesis de reconstrucción ideal de la puerta de acceso al patio exterior, de H.W. Müller, creemos que no es ni fiable ni rigurosa con la historia, ya que en lugar de basarse en ejemplos arquitectónicos contemporáneos al complejo funerario QH36, toma otros ejemplos más antiguos en los se empleaban soluciones arquitectónicas muy diferentes.
Para ello, se efectuó un levantamiento tridimensional de la estructura mediante fotogrametría, una lectura estratigráfica d e paramentos e n p rofundidad y una caracterización de técnicas constructivas. Esto nos ha permitido comprobar que la torre-puerta tiene una compleja evolución histórica, lo que hace posible comprender mejor la historia de la alcazaba accitana desde su erección en época zirí hasta la actualidad, con importantes transformaciones en época almohade, nazarí, castellana y contemporánea. información disponible en las fuentes escritas y la escasez de las intervenciones arqueológicas urbanas realizadas, con gran disparidad metodológica (Ramírez 2017). El poblamiento en el solar de la ciudad se remonta a la instalación de la colonia romana de Iulia Gemella Acci sobre el antiguo oppidum ibérico. El enclave alcanza cierta importancia regional por su favorable ubicación geográfica en la encrucijada de caminos entre el valle del Guadalquivir y el Levante y Sierra Morena y la costa mediterránea a través de los pasos de montaña de Sierra Nevada (Martín Civantos 2010b). A partir del siglo III d.C. se produce un declive en la vida urbana pese a la instalación de una sede episcopal en el siglo IV. Las menciones en la documentación para época tardoantigua se reducen enormemente y existe también un gran vacío en los niveles arqueológicos de los siglos V y VI que muestran este imparable proceso (Martín Civantos 2010b; Salvador 1998). La implantación del nuevo poder tras la conquista musulmana resulta así mismo incierto. La toma de la ciudad no es mencionada en las crónicas de la conquista, lo que refuerza la teoría de la decadencia cívica. La llegada de nuevos pobladores no parece revertir este proceso, puesto que, aunque se documente poblamiento en Guadix entre los siglos VIII y X, su intensidad no es suficiente como para considerarlo como urbano. Según Ibn Hazm y al Udri, en la zona se instalan principalmente tribus yemeníes (Sánchez 1976; Sarr 2011). Guadix comienza a recuperar peso urbano como aglutinador del entorno a partir de la época zirí, momento en el que se la dotará con una alcazaba por su ubicación estratégica para esta dinastía, como trataremos con más profundidad posteriormente. La ciudad se convierte en la cabeza militar, fiscal y judicial de un distrito que comprende la Hoya de Guadix y la comarca del Zenete, estatus que conservará hasta la conquista cristiana (Martín Civantos 2007: 584 y 688). La medina continuará creciendo en época de los imperios norteafricanos, alcanzando su culmen en época nazarí, siendo un importante foco comercial en la zona y contando con varios arrabales fortificados. El conocimiento que se tiene de la alcazaba accitana por las fuentes históricas es, al igual que para el resto de la medina, muy limitado. Teóricamente, la primera mención a una fortificación la encontramos con la noticia de que en la ciudad de Guadix se instala la familia yemení de los Banu Sami en el siglo IX (Ibn Hayyan 1954: 341). Esta edificaría una fortaleza de la que no queda constancia material y que plantea problemas para su ubicación. conocida como torre del homenaje, ubicada en el extremo septentrional de este perímetro. Es la más alta de todo el conjunto, con una altura de 21 m. La zona noreste de este conjunto de la fortificación se encuentra totalmente modificada por la creación de una plataforma aterrazada en el siglo pasado, no quedando en superficie ningún resto de época medieval. El segundo recinto se encuentra en el extremo meridional del complejo. Se trata de una barbacana que refuerza esta cara de la alcazaba, que en época andalusí se orientaba hacia el exterior de la cerca de la medina. Se compone de tres grandes torres abiertas hacia el interior, rellenadas por tierra hasta nivel del adarve, al igual que los paños de muralla que las unen. El tercer perímetro es el exterior, que engloba a los dos recintos interiores por el oeste, el norte y el este, por lo que presenta una forma de L. Este recinto se encuentra muy modificado, aunque todavía se pueden observar hasta cinco torres embutidas en los lienzos (Martín Civantos y Raya 2009: 289-294). Aquí se sitúan los dos accesos a la alcazaba: el que comunicaba con la medina en la zona norte y la torre-puerta justo al este del primer recinto, que trataremos con más detalle. Esta estructura sufrió un derrumbe parcial en el año 2005 como consecuencia de un terremoto, realizándose de inmediato una intervención de consolidación provisional con una estructura de hierro a la espera de una restauración definitiva, que todavía no se ha producido. Si bien como veremos no se trata realmente de una torre-puerta, mantendremos esta denominación popular para evitar malentendidos. Nuestros conocimientos sobre la evolución de Guadix en época medieval se ven limitados por la exigua Según la propuesta de Malpica (2009: 115), a partir de aquí empezaría a conformarse la medina de Guadix, pero no tenemos actualmente ninguna evidencia en este sentido. Será en el siglo XI cuando aparezca como una fortaleza plenamente conformada. El último gobernante zirí menciona en sus memorias la existencia de una alcazaba en la ciudad, en el contexto de un enfrentamiento del rey granadino Badis con la vecina taifa de Almería. Recuperarla de manos almerienses supuso que "los gastos del asedio agotaron seis salas del tesoro" (Abd Allah 2005: 135). Pese a lo exagerado de la cifra, sirve de indicio para considerar que la fortificación accitana tendría ya una entidad considerable. Pero será a partir del siglo XIII con la dinastía nazarí, cuando Guadix aparezca como un núcleo muy vinculado al nuevo poder (Sarr y Mattei 2011). Los monarcas nazaríes se intitularán alcaides de la ciudad, y Guadix servirá a menudo como refugio para sultanes huidos de la capital a causa de conjuras en su contra, como Muhammad V o Nasr. Pero también se convierte en bastión de rebeldes contra la autoridad de la Alhambra, como el Zagal, último gobernante musulmán de Guadix antes de la capitulación de 1489. Por este motivo, Ibn al Jatib refiere que "su fortaleza pertenece a la gente de la corona y es sede real" (Ibn al Jatib 1997: 130-131). La alcazaba cumple por tanto la función de sede del poder, sea directamente en la persona del regente o en su delegado, el alcaide. Los de Guadix tendrían hasta final del período nazarí la facultad de elegir a los alcaides de las fortalezas menores dentro de la amplia jurisdicción de la ciudad (Trillo 2007: 283). Este hecho se reflejará en la materialidad arquitectónica, como veremos. Sin embargo, la imagen actualmente visible del conjunto fortificado se debe en gran medida a las profundas transformaciones llevadas a cabo durante la ocupación francesa (1810-1812) y a la restauración a la que se vio sometida tras la Guerra Civil (Fig. 3). Esta última, como las posteriores reparaciones sufridas tras convertirse en el patio del Seminario Menor, fueron realizadas sin criterio científico y con materiales contemporáneos o reutilizados. Estas intervenciones dificultan en gran medida la lectura y el análisis de la secuencia y las técnicas constructivas de la alcazaba en general y la torre-puerta en particular, pero son al mismo tiempo una parte esencial de la historia del edificio y de la ciudad. Las últimas actuaciones llevadas a cabo en la alcazaba han estado relacionadas con la idea de recuperarla. Entre ellas, contamos hasta la fecha con tres excavaciones, que han permitido profundizar más en el conocimiento de esta fortificación, aunque todavía queden muchas dudas por despejar. La primera fue ejecutada en el año 1986, realizándose seis catas en el interior del primer recinto (Fig. 4). En ellas se documentó un horizonte islámico, fechado entonces con bastantes dudas a partir de la cerámica en etapa califal -siglo X-. Surgieron diferentes estructuras, destacando un muro estucado, una alberca asociada a una fuente y una conducción de agua, que fueron sin embargo interpretados por su excavadora como un aljibe (Raya 1987). Todo ello permite suponer que se tratase de un espacio de prestigio, vinculado probablemente a la residencia del alcaide aquí ubicada. La alcazaba antes de la Guerra Civil (izq.) y en los años 60 (dcha.). La siguiente excavación, y la más interesante para el presente trabajo, es la realizada en 2005 en la torrepuerta. Se planteó como apoyo a la restauración tras el mencionado derrumbe parcial de la estructura, lo que permitió comprobar que esta era hueca. La intervención se dividió en tres zonas: el interior de la propia torre, su exterior más inmediato hacia el norte y el oeste, donde se unen recinto exterior e interior. En el primer sector, bajo un derrumbe se documentó el nivel de uso original, datado en el siglo XI, y el arranque de las jambas del arco de acceso del mismo momento. En el segundo, se localizaron dos conducciones de agua, una de origen moderna y otra medieval. Vinculada a estas se encontró una estructura de habitación con un hogar, datada por la abundante cerámica de mesa como de época almohade y nazarí. En el último sector se descubrieron los restos del lienzo que unía el recinto exterior con el interior (Sarr y Reyes 2006). La intervención más reciente data del año 2009, ejecutada en el contexto del proyecto de creación de un parque arqueológico que quedó paralizado hasta la actualidad. Se realizó un sondeo en el interior y otro en el exterior de la puerta del recinto norte. Además, se abrieron otros dos en el terraplén externo de la calle Muralla que permitieran valorar el estado de conservación de este recinto. De este modo, se logró identificar la puerta norte original de la alcazaba, compuesta por dos torres en tapial de calicanto, con una altura de 10 m la oriental y 6 m la occidental debido a la pendiente. Su interior fue desmantelado durante la etapa en la que las tropas napoleónicas se acuartelaron en la alcazaba. A este acceso se llegaba mediante una rampa que salvaba el desnivel entre el interior de la alcazaba y el exterior, forzando a un doble recodo desde época almohade. En una fase anterior, también documentada, el ingreso se realizaría con un eje directo. Además, también se halló bajo el pavimento de la calle actual restos del bastión que protegía esa rampa. Vestigios de esta posible defensa adelantada se hallaron asimismo en uno de los sondeos realizados en Travesía de la Muralla. En ambos se observó que, bajo gran cantidad de rellenos contemporáneos, las murallas del tercer recinto se encuentran en un excepcional estado de conservación, con más de 5 m de potencia bajo la cota actual. Se pudo así mismo documentar la actuación de las tropas napoleónicas, rellenando los flanqueos de las torres y enrasando el interior de la alcazaba hasta el nivel del adarve, de forma que se ganase espacio útil como cuartel. Por último, se localizó en uno de los sondeos una fosa excavada en el sustrato geológico bajo los niveles de cimentación de la muralla con materiales del siglo X, por lo que el tercer recinto estaría datado a partir del siglo XI y es, en realidad, el más antiguo (Martín Civantos 2010a: 50-51; Martín Civantos y Raya 2009: 288). En paralelo a esta intervención, se comenzó en el marco del proyecto "De Acci a Guadix" un estudio de Arqueología de la Arquitectura de toda la alcazaba. Así, hemos podido documentar preliminarmente, como ya se avanzó en parte para el primer y el segundo recinto, una evolución general del conjunto dividido en seis grandes períodos (Rouco 2017). El primero de todos, de época zirí y realizado en tapial de calicanto, se correspondería con el primer recinto de la alcazaba, como quedó documentado en la intervención de 2009. En una segunda fase, se erigen las dos torres occidentales de la barbacana. Estas se realizan en un tapial de calicanto ligeramente distinto y tapial hormigonado, probablemente a finales de la etapa taifa o en época almorávide. La tercera fase supone la mayor transformación del complejo, añadiéndose la torre oriental a la barbacana y construyéndose el recinto interior. Se crea también el acceso en doble recodo a la puerta norte del perímetro exterior. Estas modificaciones se realizan en tapial calicostrado, técnica constructiva documentada desde el siglo XII y durante el período nazarí (Martín García 2009). La cuarta fase se corresponde con las reformas castellanas tras la conquista de la ciudad en 1489, que afectaron en gran medida a la torrepuerta como veremos. La quinta fase es la actuación a principios del XIX de las tropas francesas que, como ya se mencionó, alinearon el recinto exterior y rellenaron el El equipo utilizado ha sido una Estación Total Leica TS06. Estos puntos permitirán escalar y orientar el modelo tridimensional para que sea preciso. b) Captura de imágenes: La falta de accesibilidad para la captura desde tierra mediante cámara réflex motivó la utilización de un equipo UAV (Vehículo Aéreo No-tripulado) que ha permitido una captura sistemática de imágenes desde todos los puntos de vista. Por el contrario, la imposibilidad de volar en el interior de la torre debido a sus pequeñas dimensiones ha necesitado de la utilización de una cámara réflex, modelo Nikon D800 de 36 megapíxeles con un objetivo fijo gran angular Nikkor de 14 mm de distancia focal (Fig. 5). Para garantizar la precisión y resolución del modelo 3D se han tenido en cuenta un correcto ajuste de las variables geométricas y radiométricas de las imágenes. Se han utilizado cámaras con focal fija, eligiendo un día nublado para evitar los problemas de exposición. Igualmente ha sido necesario un calibrado las imágenes para eliminar los errores de distorsión de la lente. c) Análisis arqueológico y registro en fichas: En el marco del estudio completo de la alcazaba, la dividimos en dos áreas. Por último, la sexta etapa engloba las restauraciones y reparaciones realizadas durante la segunda mitad del siglo XX. La metodología empleada para el estudio de la torrepuerta se centra en la lectura estratigráfica del complejo estructural, integrando los resultados de la excavación de 2005, y la caracterización de las técnicas constructivas. Para ello nos hemos servido además de un importante aparato gráfico, que es fundamental para comprender el edificio y analizar sus materiales y fases constructivas. Este ha incluido un levantamiento completo en 3D que permita plasmar de forma adecuada el análisis arqueológico realizado. El proceso de documentación y análisis de la torre-puerta ha requerido de una correcta planificación del flujo de trabajo que podemos sintetizar en los siguientes apartados: Tareas de campo: consistentes en el análisis y captura de datos. Se han realizado las siguientes etapas: a) georreferenciación del edificio en coordenadas universales; b) captura sistemática de imágenes para el posterior modelado fotogramétrico; c) análisis minucioso de las UEs y su registro en fichas. Trabajos de laboratorio: se han seguido los siguientes pasos: d) modelado tridimensional de la estructura a partir de las imágenes; e) obtención de documentos gráficos (ortofotografías de planta, alzados y secciones); f) análisis y gestión de la información arqueológica sobre plataformas digitales. a) Georreferenciación del yacimiento y estructura: La primera fase consistió en la geolocalización de la torre en el sistema de referencia universal (UTM-ETRS89), utilizando para ello un equipo de posicionamiento global en tiempo real DGPS conectado a la Red Nacional de Instituto Geográfico, que le proporciona correcciones en tiempo real permitiendo la captura de las coordenadas de puntos base con una precisión de 1 a 2 cm dependiendo del número y geometría de los satélites. Para estos trabajos se ha utilizado un equipo DGPS Leica Smart-Rovert 1200. Estos puntos han servido de base para el estacionado y posterior medición de puntos de apoyo fotogramétrico mediante distanciometría laser. 7 registradas en fichas, teniendo en cuenta básicamente los rasgos individuales de cada unidad: superficie, contorno y relieve, posición topográfica, posición estratigráfica y cronología absoluta. El principal objeto de estudio son las relaciones de anteroposterioridad y contemporaneidad entre los distintos elementos que conforman los tres niveles de análisis (Parenti 1996: 77-83), obteniendo la secuencia evolutiva de cada E a partir de las relaciones estratigráficas de cada UE, plasmándose en una matriz de Harris. Una vez obtenemos las secuencias de todas las Es, realizamos la interpretación de la evolución constructiva de los distintos CEs que componen la alcazaba. Es necesario matizar que, respecto a las relaciones estratigráficas tradicionalmente observadas, realizamos una modificación. Se trata del caso de las UEs negativas dos recintos interiores y la 20.000 con el exterior. Una vez realizada esta diferenciación, los restos se articulan en tres niveles jerarquizados para su análisis, que son de mayor a menor: • Complejo Estructural (CE): conjunto de Es articuladas entre sí que conforman un espacio físico con una funcionalidad determinada. • Estructura (E): agrupación de UEs que cumplen una misma funcionalidad estructural. • Unidad Estratigráfica (UE): elemento menor individualizable estratigráficamente a partir de su composición y su técnica constructiva (Brogiolo 1988: 12-20; Parenti 1995: 21). Estos tres elementos se individualizan mediante la observación directa en campo y sus límites son trazados directamente en la ortofoto. Sus características son Figura 6. Estructuras de la alcazaba y ubicación de la torre-puerta. ANÁLISIS ARQUEOLÓGICO DE LA TORRE-PUERTA DE LA ALCAZABA DE GUADIX (GRANADA) que son resultado de la apertura de un vano, pero en fase con el paramento. La negativa necesariamente corta al paramento, por lo que sería posterior a este. Sin embargo, al ser el resultado de un vano dejado en el momento de la construcción, es en realidad contemporáneo y no posterior a la UE positiva. Por tanto, pese a mantener la relación de corte, lo consideramos coetáneo. Como ya hemos mencionado, la restauración de la segunda mitad del siglo XX provocó el enmascaramiento de numerosas UEs de las fases precedentes y sus relaciones estratigráficas, lo que, si bien dificulta la investigación, no la imposibilita. La abundante presencia de parches y revocos en mortero contemporáneo provoca que hayamos optado por simplificar el número de UEs identificadas de este período si su entidad no era considerable o no aportaba información significativa a la interpretación de la secuencia estratigráfica. En el mismo sentido de evitar un virtuosismo estratigráfico que multiplicaría de forma innecesaria los elementos a documentar, como ya han tratado diversos autores (Brogiolo 1988: 71-77; Parenti 1988), no individualizamos los varios componentes de una misma fábrica. Ejemplo de ello son los mechinales visibles en distintos puntos del tapial, a los que consideramos como parte de la misma UE al tratarse de huellas de la técnica constructiva, no de acciones o momentos diferentes en la secuencia (Tabales 2002: 89). La caracterización de técnicas constructivas, por su parte, se realiza en función de sus elementos definitorios: elaboración de los materiales, aparejo y sección del muro, dimensiones, acabado final y tipo de mortero o ausencia del mismo (Parenti 1996: 77-78). A partir e) Obtención de documentos gráficos 2D (ortofotografías): La enorme complejidad que supone el trabajo de documentación directa sobre el modelo 3D obliga a una necesaria simplificación mediante la obtención de vistas de planta, alzados y secciones. En este sentido, las ortofotografías, obtenidas mediante proyecciones paralelas del modelo 3D texturizado nos aportan una importante información de tipo cuantitativo (geometría y dimensión a escala del objeto de estudio) y cualitativo (tipo de material, estado de conservación, patologías, etc...), ampliando de este modo la diversidad de lecturas posibles de un mismo documento, dejando además constancia de la interpretación realizada (Fig. 9). Este tipo de documentos, fácilmente compatible mediante archivos tipo JPG, TIFF o PDF, son utilizados como soporte, sobre plataformas CAD o GIS, para la digitalización del análisis arqueológico. f) Análisis y gestión informática del registro arqueológico: Una vez obtenemos las ortofotografías mediante la fotogrametría, se introducen en un Sistema de Información Geográfica, permitiendo la georreferenciación de todos los datos y su volcado en una base de datos con coordenadas absolutas. Así, se enlaza la documentación recogida para cada UE y se dibujan sus límites, pudiendo realizarse mediciones reales de los mismos. Modelo tridimensional mediante nube de puntos de la vista noreste de la torre-puerta obtenida por intersección múltiple de haces proyectivos (izq.). Vista sureste del modelo tridimensional de superficie texturizado (dcha.). Ortoimágenes de los alzados este (izq.) y sur (dcha.) de la torre-puerta obtenidos a partir del modelo 3D. Este método resulta especialmente útil para los puntos de difícil acceso en campo y para revisar siempre que sea necesario las relaciones estratigráficas en laboratorio gracias a la calidad de los modelos tridimensionales. Sin embargo, la representación 3D en los SIG plantea numerosas dificultades en relación con el eje Z o cota. Esta problemática lleva varios años debatiéndose en el campo de la Arqueología, aunque todavía no ha resultado en una aplicación que posibilite trabajar realmente con planimetrías directamente en tres dimensiones con datos geoespaciales de forma práctica (Lanjouw 2016; Van Leusen y Van Gessel 2016). Por tanto, optamos por desplegar en horizontal la ortofoto de cada estructura en el punto en el que se alza. De esta manera, aunque los datos sobre sus coordenadas absolutas estén distorsionados respecto a la realidad, podemos trabajar sobre las planimetrías con medidas reales enlazadas directamente con su información alfanumérica. LA EVOLUCIÓN CONSTRUCTIVA DE LA TORRE-PUERTA La torre-puerta de la alcazaba de Guadix se sitúa en su extremo sureste, dominando la plaza Pedro de Mendoza. Era la comunicación externa de la fortificación. De aquí salía el camino en dirección al Zenete y Almería y se encontraba el cementerio musulmán, situado extramuros (Fig. 10). Tiene la secuencia más compleja de toda la alcazaba, por lo que supone una valiosa muestra para la comprensión de la evolución del conjunto desde su erección hasta la actualidad. Actualmente, presenta una planta rectangular, con unas dimensiones de 6 m por 11 m. Hacia el exterior del recinto, posee una altura sobre el nivel del suelo de 15,7 m, mientras que hacia el interior solamente levanta 13 m. Está compuesta por un total de 11 Es. La torre se traba al oeste con el CE 13 y al este con el CE 15, lienzos de la muralla. A continuación, describiremos las secuencias por estructura para comprender la evolución de la torre-puerta desde su construcción, insertando sus UEs en las fases constructivas del CE (Fig. 11). Se trata de la cara norte de la torre-puerta. Se traba al oeste con la E26 y al este con la E24 (Figs. Su secuencia se inicia con tres UEs equivalentes. La más importante de ellas es la UE 175, situada en la parte superior del paramento, con unas dimensiones de 10 m de anchura por 5 m de altura. Esta UE rectangular es un tapial calicostrado de color marrón que conserva el enlucido original casi en su totalidad. De encofrado corrido, se observan las huellas de los clavos y también dos líneas verticales paralelas que podrían ser un costal interno tapado. Las agujas se conservan dentro de los mechinales y el tapial en la parte inferior sufre un cambio de coloración y se vuelve amarillento. Estructuras de la torre-puerta. Jorge rouco collazo, José M.a Martín civantos, José antonio Benavides lópez módulo varía de 0,7 a 0,75 m de altura. Se ve afectado en su parte inferior por las reparaciones de época de la conquista castellana y el cemento contemporáneo. Las otras dos UEs realizadas con este tipo de tapial son 183 y 187, con unas dimensiones mucho más reducidas. La UE 183 se sitúa en la parte inferior de la estructura, a la derecha de la puerta, con unas medidas de 1,3 m de largo por 0,7 m de ancho, siendo cubierta por la UE 177. La UE 187 se encuentra en la parte superior izquierda de la puerta, también con forma irregular y unas dimensiones de 0,5 por 0,6 m. Tras este primer momento, con la conquista castellana, la torre-puerta es reforzada con contrafuertes en ladrillo debido, seguramente, a que presentase ya problemas estructurales. Es rellenada por la UE 176, que es un machón ataludado de refuerzo de la estructura de 7,7 m de altura por 2,2 de anchura. Está realizado con un aparejo de ladrillo inglés típico de las fábricas mudéjares 3 m de alto por 1,5 de ancho. Se trata de un aparejo de ladrillo cubierto de mortero marrón que probablemente sostuviese algún tipo de inscripción lapidaria. Las transformaciones posteriores de la puerta resultan de difícil interpretación. Por ello, intentando perder la menor cantidad de información en una secuencia tan importante para la comprensión de la evolución de la alcazaba, se ha optado por no unificar las sucesivas modificaciones del tranco de la puerta y mantenerlas como fases distintas. Se inicia con un estrechamiento del vano de la puerta del que se conservan solo restos en la parte inferior. Son dos pilarillos de ladrillo irregular unidos con mortero blanquecino que se apoyan contra las jambas, rellenando a la UE 216. Posteriormente, probablemente en época napoleónica, se reacondiciona de nuevo la puerta para adecuarla a los nuevos usos de la estancia interior de la torre, que detallaremos posteriormente. Se trata de un nuevo tranco situado en la parte inferior de la puerta que sube la cota del nivel de uso, realizado con un aparejo irregular de ladrillo único con mortero de cal blanquecino con poco árido. Por último, se realizan dos UEs con ladrillo y mortero de yeso de las que quedan escasos restos. Para finalizar la secuencia constructiva, la restauración contemporánea reconstruye el pretil y la merlatura (UE 174), con materiales contemporáneos y una altura de 1,7 m. De este momento datan también diversos ver el núcleo de la UE 201. Su forma es rectangular y sus dimensiones son de 9,1 m de alto por 3,7 de ancho. Se trata de un tapial calicostrado de encofrado corrido en el que no se aprecian cuerdas en las tablas. En la parte inferior de la UE, en la que se conserva bien el paramento, se observan las marcas de las cabezas de los clavos y enlucidos tapando las agujas con huellas a espiga similares a los de la torre del homenaje del recinto superior. Sus dimensiones son de 6,4 m de longitud por 7,1 m de altura. Posteriormente se introducen los refuerzos en ladrillo tras la conquista castellana al igual que vimos en la anterior estructura. La UE 204 fue rellenada por la UE 205, un machón ataludado que refuerza la esquina de la torre de 6,2 m de altura por 0,7 de anchura. Está realizado con un aparejo inglés excepto en la parte que toca con el tapial, donde se aprecian algunas irregularidades para adaptarse a la antigua fábrica. Presenta dos mechinales y se traba con la UE 176 a su derecha y con la 209 a su izquierda. Este es un parche con ladrillo con mortero de cal que intenta imitar el aparejo inglés, pero al adaptarse al hueco resulta irregular. La UE 209, por su parte, es un refuerzo de la pared de la torre con el mismo aparejo que 205, pero sin talud. Tras este reforzamiento, se produce la rotura de la antigua muralla, quedándose marcadas las improntas (UEs 202, 206 y 207, de abajo a arriba) del arranque de los cajones del lienzo que estaban trabados con la UE 201. Por último, apoyándose sobre la UE 200, se reconstruye el pretil y la merlatura con materiales contemporáneos (UE 199). La secuencia de la E24 se divide en tres períodos. La época medieval (I) se divide en dos fases: Ia supone la construcción de las primeras torres que flanqueaban el acceso a la alcazaba en época zirí, siendo la UE 201 los restos de la cara oriental de la torre este de la antigua enlucidos en cemento. Por tanto, vista la evolución constructiva, podemos dividirla en cuatro períodos. El primero (con una única fase, Ib) se corresponde con el tapial calicostrado, probablemente de época almohade o principios de época nazarí (siglos XII-XIII), visible sobre todo en la UE 175. El siguiente período (II) data de la conquista castellana de la ciudad. El último cambio en la puerta se produce en el período III, cuando aumenta la altura del zócalo con un aparejo de ladrillo irregular con mortero de yeso (192,194,195). Estas modificaciones probablemente tengan lugar en época napoleónica por el tipo de material reutilizado, documentado en otras partes de la alcazaba y en las reformas del interior de la torre-puerta. El último período (IV) se corresponde con la intervención de posguerra, construyéndose el pretil (UE 174) y los distintos enlucidos de cemento. La cara este de la torre-puerta, se traba al norte con E23 y al sur con E25 (Figs. Se trata de la torre y el arranque de la muralla original en tapial de calicanto, con cantos gruesos y un mortero rico en cal. El encofrado se realiza en cajones, colocándose los tablones del esquinero en vertical. Su anchura resulta muy difícil de concretar. Las juntas estaban enlucidas y se conserva un gran resto de enlucido en la parte superior. Es la cara sur de la torre-puerta. Se traba a su derecha con E24 y a su izquierda con E26 (Figs. La secuencia se inicia con dos UEs de tapial de calicanto en la parte inferior (UEs 210 y 230). La UE 210 (3,9 m de longitud por 4,5 de altura) tiene las juntas de los cajones enlucidos y presenta las mismas características que el tapial de calicanto del resto del recinto exterior. La UE 230 (4 m de longitud por 4,7 de altura) se sitúa en la parte izquierda, con las mismas características que la 210. En la parte inferior de ambas se apoya el tejado de la casa-cueva de época contemporánea que se sitúa bajo el CE. Posteriormente en la secuencia, de manera análoga a la E24, tenemos el tapial calicostrado. Sus fábricas son idénticas a las del resto de tapiales calicostrados de esta torre-puerta. La primera (UE 211) es la más grande de las tres, situada en la parte superior derecha de la torre. Las otras dos UEs (225 y 229) se encuentran también en la parte superior de la torre y son cubiertas por 224, la primera en el extremo izquierdo del paramento y la segunda en el centro. Tras este recrecimiento se realiza una reforma en la puerta creando una especie de buhedera al cerrar el espacio que había entre las dos torres, enrasando las fachadas con un nuevo muro que apoyaba sobre cuatro rollizos embutidos en el tapial de calicanto. Estos cortes sirven para recibir los maderos que sostenían el nuevo muro de tapial. La colocación se hizo rellenando las dos interfaces con mortero de cal. Se trata de un muro de tapial calicostrado que enrasa las dos torres de flanqueo y se apoya contra ellas, creando así una buhedera frente a la puerta de entrada original. El colapso de estos rollizos provocó el derrumbe parcial del año 2005. Con la construcción del muro de la buhedera (UE 217) surge un nuevo vano de acceso (UE 251) entre las dos torres, adelantado respecto a la puerta original, con unas dimensiones de 2,2 m de altura por 2 m de anchura. Posteriormente, esta entrada es tapiada por las tropas napoleónicas por un muro de cantos unidos con mortero de cal (UE 228), que solo se conserva en la parte inferior del vano (2,5 m x 1,3). entrada. Se trata del mismo tipo de fábrica de calicanto documentado en todo el recinto exterior (Martín Civantos y Raya 2009; Rouco 2017). En la fase Ib, de época almohade o principios de la nazarí, las torres que flanqueaban el acceso y la muralla se recrecen y engrosan en tapial calicostrado (UE 200). El período moderno (II) vuelve a dividirse en dos fases: IIa se corresponde con los refuerzos en ladrillo de época de la conquista (UEs 204, 205, 209) y a la reparación formada por 214 y 215. Por su parte, IIc es la rotura de la muralla original de la alcazaba (202, 206 y 207), cuando esta ya ha perdido su función defensiva. Esta destrucción quizás puede retrasarse hasta la etapa napoleónica (III), momento en el que se construyó una nueva puerta de acceso a la alcazaba actualmente desaparecida, aunque no es posible afirmarlo con seguridad (Fig. 16). En el último período (IV), se ejecuta la reconstrucción de posguerra con la merlatura restituida y los parches de cemento (UEs 199, 203 y 208). Por tanto, podemos concluir que la secuencia constructiva de la E25 se encuentra dividida en tres períodos: medieval (I), napoleónico (III) y contemporáneo (IV). El medieval se divide en tres fases. Ia es la primitiva entrada zirí del s. XI, conservándose parte de la cara sur Por último, igual que en las otras Es, se producirá una intervención de restauración tras la Guerra Civil. Sobre el tapial 211 se reconstruye el pretil y la merlatura con material contemporáneo (UE 212). En la parte inferior izquierda del paramento se produce una rotura (294), que es reparada con un parche de mampostería y cemento de 1 m de anchura por 0,7 de altura (UE 295). Uno de los enlucidos (UE 224) ocupa gran parte de la zona superior izquierda del paramento, con unas dimensiones de 5,9 m por 4,7 m. UEs y secuencia histórica de la E25. Se corresponde con la cara oeste de la torre-puerta. Se traba a la izquierda con la E23 y a la derecha con la E26 (Figs. La secuencia se inicia con dos UEs (221 y 222) realizadas en tapial de calicanto, cuya fábrica es equivalente a la del resto del recinto exterior. La UE 222 se encuentra en la parte inferior derecha de la torre, con 3,2 m de alto por 2,1 de ancho. Está muy afectada por procesos posteriores, mostrando restos de cemento y pintura amarilla. Probablemente su parte inferior esté excavada para crear las casas-cuevas contemporáneas, habiéndose perdido las zarpas de cimentación. Posteriormente se construye el tapial calicostrado (Fig. 21) que se conserva en la esquina superior izquierda de este lienzo (UE 220). Aunque los enlucidos posteriores enmascaran su relación con las UEs 221 y 222, su fábrica es equivalente al resto del tapial calicostrado de la torre, por lo que seguramente se esté apoyando sobre el de calicanto. Se traba a su izquierda con la UE 175 y presenta de forma excepcional cuatro ladrillos en una junta entre cajones en su parte superior. Sus dimensiones son de 4,6 m de alto por 1,6 de ancho. de la antigua torre oeste (UE 230) y de la este (UE 210), realizadas en calicanto. Por último, Ic se corresponde con la buhedera realizada de forma tan precaria, probablemente como solución temporal para reforzar la defensa. Resulta de difícil datación por la tipología constructiva del tapial calicostrado, pudiendo ser todavía de época nazarí o alcanzar los inicios de la época moderna. En época napoleónica (III), el acceso es tapiado por la UE 228, que se derrumbó parcialmente en el año 2005. Por último, las reparaciones contemporáneas se adscriben al período IV. Posteriormente, sobre el tapial de calicanto (UE 247) se apoya el recrecimiento macizo de las dos torres y su engrosamiento hacia el interior (UE 248). Estos están realizados en el mismo tipo de fábrica que la UE 248 y se extienden por todos los laterales excepto en el lado oeste, donde se ha reconstruido el paramento por completo. En el centro de la fachada sur siguen el flanqueo de las dos torres ziríes originales. El lado oeste no se conserva por la pérdida de masa en esa zona. Posteriormente, se cierra el flanqueo de las torres con un muro (UE 250), que se apoya en las UEs 241 y 243 y se corresponde con la UE 217 descrita en la Ya en época contemporánea, se reconstruye la parte superior del muro y la merlatura con mampostería irregular con cemento pintado de amarillo (UE 218). Tiene 6 m de altura máxima y de 3 a 6 m de anchura. En su parte inferior se dejó un vano en forma de arco de medio punto (UE 223) de 0,66 m de luz y 1,7 m de altura, que permite el paso a la parte superior de la torre-puerta. Por último, cubriendo al muro (UE 218) existe un enlucido de cemento posterior, la UE 219 (2,3 por 5,4 m), que ocupa la parte derecha del lienzo y cubre también a su vez al tapial de calicanto (UEs 221 y 222). Podemos, por tanto, dividir la secuencia constructiva en dos períodos: medieval (I) y contemporáneo (IV). El medieval se divide en dos fases: Ia y Ib. La Ia se corresponde con la torre de flanqueo de la puerta en tapial de calicanto de época zirí (s. XI), concretamente la oeste (UEs 221 y 222). En la fase Ib, del XII o ya del XIII, se recrece la torre con tapial calicostrado (UE 220). Finalmente, en época contemporánea (IV) se realizan las obras de restauración. Se trata del coronamiento superior de la torre-puerta (Figs. Presenta un socavón en su parte occidental, donde se abre la puerta practicada en el siglo XX (UE 223 de la E26). Gracias a ello se puede acceder al resto de la terraza y la parte superior de la buhedera. La secuencia se inicia con la UE 247, que se sitúa en la parte inferior y es visible gracias a la rotura en el tapial calicostrado que la cubre (UE 248). Se trata de un tapial de calicanto, equivalente al del resto del recinto exterior, que da cara hacia el interior de la torre y se encuentra alineada con la muralla CE 13. Por tanto, marca la línea original de las torres y su recrecimiento hacia el interior en la fase Ib (Fig. 24). Descrita la secuencia constructiva, esta puede dividirse en dos períodos: medieval (I), dividido a su vez en tres fases, y contemporáneo (IV). La fase Ia se corresponde con la etapa zirí, de la que se conserva solo la UE 247, que marca el arranque original de la torre oeste de la entrada. Concretamente se trata del contacto entre la muralla, más baja, y la torre, que tenía un cajón más de altura. A continuación, en Ib se recrece la torre en altura y hacia el interior de la alcazaba, superponiéndose a las estructuras E25. Como vimos, este muro cierra el espacio entre las dos torres generando una buhedera rectangular (UE 249, Fig. 25). Está construido en un tapial calicostrado corrido con módulo pequeño, pero al conservar su recubrimiento exterior no se pueden observar más características de su fábrica. Es el antiguo frente de la muralla donde se abría la puerta original, situado entre las dos torres, y que posteriormente quedó como parte interna de la buhedera. La secuencia se inicia en época zirí con la UE 276. Su fábrica es de calicanto y está muy bien conservada. Sobre ella se apoya la UE 277, el recrecido de la torre en tapial calicostrado. Cubriendo las juntas hay un mortero de cal con incisiones a espiga (UE 278) equivalente a la UE 273. El período medieval se cierra en Ic con la creación de la buhedera mediante un muro de tapial calicostrado que se apoya contra las dos torres (UEs 249 y 250). Por último, en el período IV se reconstruyen el muro occidental y los pretiles con materiales contemporáneos. Se trata de la cara oriental de la torre oeste, que quedó dentro del hueco de la buhedera. La primera UE de la secuencia es la 271, un tapial de calicanto en cajones, que ocupa la mayor parte de este paramento. Se le apoya en su parte superior la UE 272, el tapial calicostrado. Posteriormente se crea la buhedera. Por ello se realiza un corte horizontal (274). Esta unidad negativa es más estrecha hacia la parte interior del paramento. Se trata de una roza para el anclaje de los rollizos que sostienen el muro de cierre de la buhedera (UE 217). Su relleno está hecho en ladrillo unido con mortero de cal. En su base tiene una tabla horizontal que amortigua la carga (UE 303). En época napoleónica se realiza un corte vertical (UE 275) en la parte inferior, con el objetivo de anclar la imposta de la bóveda que techará la puerta y ciega la buhedera. La secuencia se divide en dos períodos: medieval (I) y napoleónico (III). El período medieval se subdivide a su vez en tres fases: la Ia se corresponde con la torre de entrada original del siglo XI en calicanto (UE 271); Su secuencia es idéntica a la E32, con un período medieval (I) dividido en tres fases y otro de época napoleónica (III). La primera fase medieval Ia es como siempre la compuesta por la torre original este del ingreso zirí a la alcazaba (UE 282). Esta, como sabemos, es recrecida en la fase Ib con el tapial calicostrado (UE 285). Posteriormente, se abren los huecos para recibir las sujeciones del muro de cierre de la buhedera (UEs 283 y 284). Finalmente, en el período III se inserta el apoyo de la bóveda de las tropas francesas (UE 286). Esta estructura es la bóveda de cañón que cubre el interior del acceso y que fue construida en época napoleónica. Se apoya como hemos visto en los muros de las torres de flanqueo (E32 y E34, Fig. 29), de manera que ciega la buhedera para transformar el antiguo acceso en una habitación. Está construida con una vuelta de ladrillo de media rosca que cubre todo el espacio interior de la puerta y cerraba la buhedera, pero sin soportar carga alguna. Está hecha con ladrillo reutilizado y mortero de cal. En su interior está cubierta por un mortero blanco (UE 287), igual al que enluce las paredes interiores de la puerta, aunque está ennegrecido. Sobre su trasdós se ha formado una acumulación natural de tierra y fragmentos de ladrillo y mortero por el deterioro y derrumbe paulatino de las estructuras superiores (UE 289). Posteriormente se realizan dos cortes rectangulares en la parte baja del muro, de pequeñas dimensiones (UEs 279 y 280). Su función es desconocida, pero por posición topográfica y estratigráfica podrían estar relacionadas con algún tipo de anclaje en relación con la buhedera. La UE 280 es rellenada por un parche de color grisáceo (UE 281), pero la imposibilidad de acercarse a ella impide conocer el material con el que está realizado. Su cronología es únicamente de época medieval (I), pero dividida en tres fases: encontramos la Ia, que se corresponde con el lienzo de muralla de calicanto (UE 276) original del siglo XI y que forma el frontal de la puerta. En la fase Ib se recrece el paramento con tapial calicostrado (UEs 277 y 278) y, por último, en Ic se producen algunas modificaciones menores probablemente por la creación de la buhedera (UEs 279 y 280). Se trata de la cara oeste de la torre oriental, que quedó dentro del hueco de la buhedera. Se traba a la derecha con la E33. La historia constructiva de esta E (Fig. 28) se inicia con la UE 282, que ocupa el centro del paramento. Al igual que en el resto del CE se corresponde con la fábrica original de calicanto. De nuevo se le apoya el tapial calicostrado que recrece la torre (UE 285). Posteriormente se realiza un corte horizontal (283) en la fábrica de calicanto, equivalente a la UE 274 y situada en frente. La UE 283 es rellenada por la 284, anclaje para los rollizos que soportan el muro de cierre de la buhedera (UE 217), y que a su vez es equivalente a la UE 303. En este caso el parche está parcialmente enlucido con incisiones a espiga, pero oculto en parte por la propia UE 217. Por último, se La secuencia se inicia con los restos del arco original de época zirí situado en la parte inferior derecha del paramento (UE 258). Está realizado con sillería de piedra arenisca, muy deteriorada, y mortero de cal muy blanco (Fig. 32). A pesar del desperfecto es bien visible el aparejo a soga y tizón de los sillares, que son piezas reutilizadas y retalladas del antiguo teatro romano de la ciudad como ocurre en otras zonas de la alcazaba y de la muralla de la medina. Está en fase con el tapial (UE 259), aunque no se aprecia si se traba o se apoya a este. La UE 259 es el muro original de la puerta realizado en tapial de calicanto equivalente al del resto de la torre. Presenta cara en la parte izquierda de la UE. Una fisura vertical que atraviesa toda la estructura y que se corresponde con la junta entre el tapial de calicanto de la muralla original y el añadido en tapial calicostrado que hemos documentado en el resto del complejo. Posteriormente, se construye la puerta interior, cuya jamba izquierda es la UE 306. Está realizada con un aparejo a soga y tizón con medio ladrillo en la soga, que tiene una medida de 28 x 3 cm. Apoyándose en las UEs Su secuencia se divide en dos períodos, el napoleónico (III) y el contemporáneo (IV). El primero se corresponde con la bóveda y su enlucido (UEs 287 y 288) y el segundo con la acumulación que se ha producido en su trasdós (UE 289). Se corresponde con la pared este del pasaje interior de la puerta. El enlucido hace que parezca trabada a la bóveda E35 (Figs. UEs y secuencia histórica de la E36. Se trata de un cierre para estrechar la puerta realizado en mortero gris y ladrillo, situado en la parte baja del paramento. También en este momento, cubriendo a la UE 258 aparece la UE 305, un parche con ladrillo macizo y mortero grisáceo que da cara. Finalmente, seguramente de época napoleónica en conjunción con la bóveda, sobre la UE 260 se apoya la UE 261. Se trata de un muro con ladrillo macizo reutilizado y mortero gris que es visible en el centro del paramento. En esta fase se abre un mechinal, la UE 262. Tanto 261 como 262 son cubiertas por la UE 263, un enlucido de mortero de color blanquecino que reviste toda la pared, igual al que cubre la bóveda (UE 287). funcionamiento. La secuencia finaliza con la reconversión del acceso en una estancia en el período napoleónico (III), con la construcción del muro de ladrillo reutilizado y el enlucido (UEs 261 y 263), que se traba con la bóveda que techa el espacio. Es el muro oeste de la puerta de entrada, situado frente a la E37. Su enlucido traba también con la bóveda napoleónica (E35) y cubre las fábricas originales. Se inicia la secuencia (Figs. 33 y 34) con la construcción de la puerta zirí en la esquina inferior izquierda. En este caso, además de los sillares (UE 264), se puede observar el relleno del arco (267) tras ellos, realizado con mampuestos y un mortero blanco idéntico al de la UE 264. Trabada Podemos, por tanto, dividir su secuencia en tres períodos: medieval (I), moderno (II) y napoleónica (III). Del período medieval (Ia) datan los restos de la puerta original de sillería (UE 258), formando seguramente un arco de herradura, y el tapial original de la cara interior de la torre (UE 259), realizado en calicanto. El enlucido no permite observar el tapial calicostrado que hemos documentado como engrosamiento y recrecimiento de todo el complejo en la fase Ib, pero es claramente visible a través de la grieta abierta en la junta entre las dos fábricas y coincide en la planta y en el levantamiento tridimensional. Posteriormente, tras la conquista castellana (IIc) se añadirá la puerta interior a la alcazaba y se estrecha el acceso (UEs 306 y 260). De este momento data probablemente también el parche (UE 305) que arregla el arco zirí, por lo que este seguiría todavía en Figura 33. UEs y secuencia histórica de la E37. La evolución de las estructuras de la torre-puerta es, como hemos visto, tan compleja como interesante. Esto la convierte una pieza muy valiosa no solo por su importancia patrimonial, sino porque su secuencia es fundamental para entender el conjunto de la alcazaba (Fig. 35). La historia de este acceso se inicia en el período medieval (I), que se subdivide en tres fases. La primera fase (Ia) supone la construcción de una puerta en forma de arco, seguramente de herradura (Sarr y Reyes 2006), flanqueado por dos torres macizas de tapial de calicanto en cajones trabadas al resto del recinto exterior (Es 29 y 30), realizado originalmente con la misma técnica constructiva. Sería pues, un acceso en eje directo similar al documentado en la puerta norte de la alcazaba en las excavaciones, también seguramente con una rampa de acceso para salvar el desnivel existente (Martín Civantos 2010a: 54-55). Se correspondería pues con el esquema de puerta tripartito descrito por Pavón (1999: 391-403), clásico en al-Ándalus hasta la introducción de las puertas en recodo. Como hemos aludido ya en la descripción de la secuencia, atribuimos esta fase al siglo XI, en época de la dinastía zirí. Entonces, se pudo documentar una fosa amortizada con materiales del siglo X sobre la que se construyó una de las torres. Además, esta técnica ha sido identificada para el caso granadino como parte de un programa constructivo estatal zirí (Martín Civantos 2008 y 2009), cuya existencia ha ido confirmándose en intervenciones arqueológicas posteriores (Malpica et al. 2015: 302-307). con los dos elementos de la puerta, tenemos el tapial de calicanto (UE 265). Más arriba, un desconchón del enlucido deja ver otro fragmento de tapial equivalente (UE 296). Hacia el lado norte se observa cómo da cara, coincidiendo con la fisura vertical que marca el contacto entre la primera línea de muralla y el recrecimiento de tapial calicostrado que se le adosa, igual que en la E36. Posteriormente, se añade la jamba de la ampliación de la puerta hacia el interior (UE 297), equivalente a la UE 303 de la E36. Se trata de una UE que estrecha la parte trasera del acceso. Está realizado en un tapial calicostrado con una costra rica en cal (30 cm). Se observa su relleno de tierra, en el que se incluye ladrillo y con cantos y conserva tres mechinales. Finalmente se construye un muro (UE 268) que completa la estructura y que se aprecia solo a través de un desconchón. Está realizado en un aparejo mixto compuesto de hiladas simples de ladrillo macizo con mampuestos unidos por un mortero que no se aprecia por el enlucido que lo recubre. Este enlucido es cortado por la UE 270, un mechinal de función indeterminada. Su secuencia es idéntica a la de la E36. La fase Ia se corresponde con el arco de entrada del siglo XI (UEs 264 y 267), junto con el tapial de calicanto de la torre este (UE 265). Al igual que en el paramento frontero, no es visible la fase en tapial calicostrado (Ib) debido al enlucido que recubre toda la pared, pero la fisura vertical en la junta de las dos fábricas y el levantamiento realizado permiten su identificación, aunque no su documentación en la secuencia. Ya tras la conquista castellana (IIc), se crea la puerta interior (UE 297) y se estrecha el acceso, en este caso con un tapial calicostrado (UE 266) que se apoya contra la jamba. Dada la diferencia de técnica constructiva con la UE 260 de la E36, deben ser de momentos espaciados en el tiempo. No obstante, cumplen una función similar y su adscripción cronológica debería de ser la misma. Esta, sin duda, es la parte más compleja de interpretar desde el punto de vista de la secuencia y la funcionalidad y plantea interrogantes que esperamos pudieran resolverse a lo largo de una intervención de restauración. Por último, en el período napoleónico (III), se crea el muro (UE 268) que probablemente sostiene la bóveda y todo el paramento fue enlucido (UE 269) junto con la bóveda y el muro de enfrente para acondicionar el espacio como habitación. norte (Fig. 36). Sin embargo, aparentemente no se transforma en una puerta en recodo y el aspecto externo teóricamente debería haber seguido siendo el de un acceso directo por el mismo arco de herradura flanqueado por dos torres ahora más altas. Esto plantea un nuevo problema, ya que la reforma debería haber supuesto teóricamente la creación de un acceso en recodo. En ese caso, lo que se hizo fue añadir en la parte delantera un nuevo cuerpo en forma de bastión donde se desarrollaba una rampa en recodo y, probablemente otra puerta adelantada. En la torre-puerta no es posible apreciar algo así. Aunque hubiera existido, la excavación de las cuevas en el siglo XIX hizo que se eliminara el terraplén, a lo que se añadió posteriormente la casa que actualmente se sitúa frente a la torre-puerta. Sin embargo, la presencia de la barbacana inmediatamente al suroeste hace suponer que debió de existir un acceso en rampa que habría forzado el recodo y que sería flanqueada por la última de las torres de esta doble muralla. Efectivamente, esta torre está construida también en tapial calicostrado y, por tanto, podría estar en fase con la reforma de la puerta (Rouco 2017: 185-191). Se produce así una monumentalización de los ingresos a la alcazaba, en paralelo con la construcción del recinto interior en la que se documenta una probable función palaciega a partir de los restos encontrados en la intervención de 1986de (Raya 1987;;Rouco 2017: 191-192). Este fenómeno se documenta en otras fortalezas del reino nazarí, complicándose el acceso y segregándose aún más este espacio frente al resto del conjunto de la población de ciudades y villas. Estas modificaciones se han interpretado en el marco de las nuevas funciones y poderes de los alcaides de final de época almohade y nazaríes, que actúan como delegados del poder central (García 2016: 240-242). Este hecho concuerda con la amplia jurisdicción, ya mencionada, que poseían los alcaides de Guadix sobre los de las fortalezas dependientes de la medina (Trillo 2007: 283). Se remarcarían así mediante la arquitectura los espacios de poder del emirato. No obstante, esta reforma produce un problema de integración entre la torre-puerta y el perímetro de murallas exterior. Al aumentarse la altura del CE en casi 5 m, se corta el acceso a nivel a la parte superior de las dos antiguas torres que flanqueaban la entrada. Esto dificultaría la circulación rápida de los defensores por el recinto en caso de un ataque. Es algo que carece En época almohade o nazarí, entre los siglos XII-XIII (Ib), se produce la mayor reforma del complejo. Se recrecen las torres en altura, como es visible en las cuatro caras exteriores, pero también se engrosa la estructura hacia el interior del recinto, hasta prácticamente el doble del tamaño de las torres y englobando la muralla original. La obra se realiza en tapial calicostrado, tipología constructiva cuyo origen está datado a partir del siglo XII (Martín García y Martín Civantos 2009). Este recrecimiento y engrosamiento puede verse muy bien en el lateral este (E24) y en la terraza, concretamente en la UE 247. No podemos saber si los lienzos que se trababan con la torre-puerta sufrieron reformas en este momento, puesto que el CE 13 se encuentra totalmente enmascarado por las restauraciones del siglo XX y el CE 15 fue sustituido por la creación de una nueva puerta en época napoleónica, que fue derribada en el año 2007. Resumen de la secuencia constructiva de la torre-puerta. En cualquier caso, con la adición de este nuevo cuerpo en la parte superior e interior, el acceso se ve en parte modificado, alargándose su pasaje en dirección ladrillo y otra en tapial y por tanto en dos momentos diferentes. Esto nos lleva a suponer que una vez traspasado el arco zirí, existirían dos huecos en las paredes de ambos lados. Podría tratarse de dos cuerpos de guardia o quizás alguno de ellos forzase la entrada en un pequeño recodo, pero resulta difícil de interpretar dado el poco espacio disponible para cualquiera de las dos funciones propuestas. Ya en el III periodo, las tropas napoleónicas acondicionan el interior de la torre-puerta para utilizarlo como una estancia. Se ciega la puerta exterior construyendo un muro (UE 228) que enrasa el de la buhedera, techando el espacio con una bóveda corrida y enluciendo todo el interior. Se convierte así en un espacio con una funcionalidad diferente. La datación de este período se realiza no solo por apoyarse en la castellana, sino también por las características de las fábricas, realizadas con material reutilizado y con un mortero grisáceo muy característico que hemos podido documentar en el resto de la alcazaba. Con la obra se buscaría ganar espacio útil para las tropas, convirtiendo la antigua entrada en una estancia y abriendo una nueva puerta, apta para el acceso de carros, en el CE 15, contiguo a la torre-puerta (Martín Civantos y Raya 2009). En este momento, el aspecto exterior del CE 14 sería ya el de una torre maciza, sin acceso desde el exterior, y la memoria de la antigua puerta se perderá con el tiempo. Por último, en época contemporánea (IV) se acometieron las obras de restauración de la posguerra para convertir la alcazaba en parte del Seminario Menor. Se reconstruyeron pretiles y merlaturas y la parte superior de la E26, donde se abrirá el nuevo acceso a su terraza almenada. Desde ese momento se le aplicaron diversos parches de cemento. Se tapió además el vano interior, que fue de nuevo reabierto durante la intervención de 2005. Podemos concluir, por tanto, que la torre-puerta de la alcazaba de Guadix es una interesante muestra de la evolución general del conjunto de la fortaleza: su creación en época zirí en el siglo XI; su monumentalización en época almohade o inicios de la nazarí, cuando el espacio interior de la fortificación se jerarquiza y se crea una estructura palatina; su abandono en época moderna; el uso como cuartel por las tropas francesas y la restauración de la segunda mitad del siglo XX. La transformación del acceso directo flanqueado por dos torres a una falsa torre-puerta una vez añadida la buhedera resulta de lógica en comparación con otras torre-puertas realmente proyectadas como tales en época almohade o nazarí. Éstas aparecen dotadas de un cuerpo de guardia en la parte superior conectada con el paso de ronda de la muralla, como la torre-puerta de la fortaleza de Moclín (García 2015) o la Puerta de la Justicia de la Alhambra. Nos resulta imposible, además, conocer la manera en la que se accedería en este momento a la terraza de la torre, lo que tenía que ser posible por fuerza teniendo en cuenta que posteriormente se construyó una buhedera. No se conservan restos que indiquen la existencia de una escalera en el exterior de la torre ni en el interior, aunque quizás estuviese en el lado oeste actualmente roto (E27). Sin embargo, esto no permitiría la circulación desde la torre hacia el este. Quizás por esto se añadiese la torre oriental de la barbacana, para compensar la pérdida de integración defensiva de la puerta. La última fase medieval (Ic), debería de corresponderse con el período nazarí. Es en este momento cuando se cierra el flanqueo de la puerta con un tapial calicostrado (UE 217) apoyado sobre rollizos, creando una buhedera. El aspecto precario que le confieren los maderos hace presuponer una cierta celeridad a la hora de ejecutar la reforma, como una solución temporal para aumentar la defensa del acceso. Es en este momento cuando el ingreso adquiere el aspecto macizo que hará que se lo denomine torre-puerta. Tras la conquista castellana de Guadix, en 1489, se realizan pocas reformas en la alcazaba (período II). Básicamente se concentran en la torre-puerta, conformando su fase IIa. Se trata del refuerzo estructural de las caras norte y este realizado en ladrillo con aparejo inglés. Son paramentos ataludados construidos debido seguramente a problemas de cimentación de la torre o para la colocación de alguna batería artillera en la parte superior. La fase IIb supone la reforma de la puerta interior, realizada en ladrillo, de manera que no se conservan vestigios del acceso en época nazarí. En la fase IIc, el pasaje se va estrechando paulatinamente y el tranco aumenta en cota (UEs 191 y 193), probablemente debido a una modificación en el nivel de uso del interior. En este momento también se producen cambios en el interior de la torre, constriñéndose el espacio de acceso entre el arco original zirí, que aún estaba en funcionamiento (como demuestra la UE 305, que lo repara) mediante las UEs 260 de la E36 y 266 de la E37. Estas UEs restringen el acceso, aunque está realizada una en 29 nuestra contribución sea útil no solo para conocer mejor el proceso histórico de formación de la alcazaba y de este acceso, sino también para ofrecer información arqueológica, constructiva y gráfica que permita su restauración. Con el presente trabajo no solo aportamos la reconstrucción de la secuencia, análisis sobre técnicas y materiales constructivos y datos sobre el origen de alguna de las patologías, también una detallada y precisa documentación gráfica que es fundamental para cualquier intervención. Los nuevos sistemas de registro gráfico tridimensional a partir fotogrametría multimagen y su posterior gestión mediante sistemas CAD o GIS permiten un considerable aumento de la calidad gráfica y precisión métrica, reduciendo la subjetividad y facilitando la obtención de una documentación cada vez más completa y exhaustiva. Esto posibilita la planificación de un proyecto de conservación y restauración a partir del estudio que arqueológico que impida la desaparición del valor patrimonial e histórico del edificio. especialmente interesante. No tenemos constancia de otros ejemplos de una cronología similar en al-Ándalus en los que se produzca una adaptación de una puerta anterior hacia una falsa torre-puerta. La secuencia contrapone además dos técnicas constructivas vinculadas con dos momentos distintos, el tapial de calicanto zirí y el calicostrado almohade o nazarí. Estos poderes los emplearon en sus obras con el objetivo de hacer patente a través de la materialidad su dominio en el territorio y su recuerdo todavía pervive. A pesar de la importancia patrimonial de la torrepuerta, la situación de degradación en la que se encuentra es preocupante y requiere, entre otras actuaciones, de la adopción urgente de medidas adecuadas de índole técnica, administrativa y económica para su correcta protección y conservación. Desde que en el 2005 se realizara una primera intervención arqueológica de apoyo y el apuntalamiento provisional del muro de la buhedera no se ha hecho nada más. Esperamos que Figura 36. Propuesta esquemática de evolución de la torre-puerta en época medieval.
sobre todo analiza los hallazgos de época almohade efectuados en las dos grandes torres de Sevilla (Giralda) y Rabat (Al-Hassan). Considera que esta terminación de la sillería era más corriente en al-Ándalus de lo que se ha publicado, pues los ejemplos descritos cubren los siglos XI, XII y XIII, prolongándose durante el XIV, especialmente en las obras regias de don Pedro el Justiciero. La tradición sevillana atribuye a la Giralda una cimentación tan extensa como inverosímil, aunque a fines del XIX, gracias a las obras de restauración acometidas en 1885, una parte de la erudición local ya había descartado la hipótesis más disparatada (Álvarez-Benavides y Vázquez 1913: 32-33). Un siglo después, ocho sondeos geotécnicos realizados entre el 26 de febrero y el 25 de junio de 1987 aportaron sorpresas en sentido inverso, pues permitieron sostener que el cimiento tendría una profundidad máxima de 8,50 m, sobre una superficie de planta cuadrada de 17,50 m de lado (Rodríguez Pérez 1988: 177); eran cifras muy exiguas para una torre del siglo XII con 13,61 m de lado, acrecentada en el XVI hasta alcanzar los 94,70 m de altura actuales, que arrojaron un peso total de 17.816 Tm (Jiménez Martín y Cabeza Méndez 1988: 24). Con estos antecedentes no extrañará que la intervención de 1996 en las aceras adyacentes intentara despejar las incógnitas por medios estratigráficos (sus resultados en Tabales Rodríguez, Huarte Cambra, García Vargas y Romo Salas 2002a: 139), pero hasta 1998 no se pudieron certificar las características del cimiento, cuando se examinó directamente en la cara este, la mitad de la sur y un cuarto de la norte, buscando los relejes que habían sido perforados en los sondeos de 1987 (Tabales Rodríguez, Huarte Cambra, García Vargas y Romo Salas 2002b: 169). Sabemos que la obra de la sūma c at al-masŷid al-ŷamī se acometió en el verano de 580H/1184C, a los dos años de la inauguración de la sala de oración, a cuyo costado de levante fue añadida; para ello hicieron los constructores almohades, bajo la dirección del arquitecto Aḥmad b. Bāsu, una excavación que, partiendo de la cota general +9,55 m, alcanzó los seis metros y medio de profundidad; luego formaron una gran plataforma de argamasa terminada con un plano sensiblemente horizontal, en la cota +7,48 m.s.n.m. (2,07 bajo la solería), a la que se supone que dieron una extensión de unos 290 m 2; se calculó, en función de los resultados de 1987, que tiene 18,60 m de norte a sur y 15,40 m de este a oeste y que, por los bordes, sólo alcanza un metro de espesor y por el centro cuatro. Sobre este plano horizontal de nivelación y de reparto de presiones se replanteó el basamento de la caña de la torre, formado por cuatro hiladas subterráneas de sillares de calcoarenita almohadillada, que sobresalen de forma asimétrica del cuadrado de 13,61 m de la torre visible; la parte aérea de la torre se inició con otras cinco, de sillares lisos y completas, y sobre ellas la última, formada por cuatro sillares en las esquinas; en la hilada inferior de las visibles hay seis aras romanas tumbadas, algunas con epigrafía latina; en total la altura de las diez hiladas pétreas (cuatro almohadilladas, cinco lisas, incluidas las aras, y la incompleta), suman 5,10 m de altura; desde ahí hasta el ápice de la torre, todo era hasta el siglo XVI de ladrillo, salvo las más de cien columnas que la decoraban, formadas por piezas de acarreo muy variadas, (romanas, tardoantiguas, emirales, califales, almorávides y almohades), la mayoría colocadas en época andalusí, pero también alguna se insertó en el siglo XVI y sobre todo en el XIX, cuando sustituyeron 17 basas, 42 fustes y 13 capiteles. La crónica musulmana de referencia, los anales de c Abd al-Malik b. Ibn Ṣāḥib al-Ṣalāt (fallecido después de 600/1203) describió e interpretó este conjunto así: Figura 1. Fotografía del basamento enterrado de la Giralda (Catedral de Sevilla; España), excavado en 1998; las cuatro hiladas de sillares almohadillados descansan sobre la argamasa de reparto. Sobre los sillares vemos un ara romana tumbada. En el sillar inferior de la esquina se percibe la marca en forma de "V" con trazo horizontal (foto del autor). Es decir, los autores citados propusieron que a fines del siglo XI existían en la zona meridional de Išbīliya restos romanos emergentes que proporcionaron un buen número de sillares al alcázar de Mu c tamid, concretamente unas quinientas piezas lisas y otras tantas almohadilladas colocadas en el exterior de la Giralda, cifras que deben incrementarse, pues la sillería, al menos en la parte de la rampa almohade, también aparece por el interior; por lo tanto estamos hablando de un mínimo de dos mil cuidados sillares romanos, bien conservados a pesar de dos derribos, dos o más traslados y varios siglos acumulados sobre ellos, apariencia que contrasta con las muy maltratadas aras que los acompañan, de cuya romanidad no se duda; casi un siglo después este material pudo ser reaprovechado por los almohades para la cimentación del nuevo alminar, mediante haber "seleccionado los sillares de esquina reutilizados, extremo que resulta poco creíble", piezas almohadilladas que quedaron enterradas, mientras las piezas lisas se emplearon en el zócalo de la caña, permaneciendo visibles hasta hoy. En el año 2000, cuando se emprendieron trabajos similares en las gradas ante la Puerta del Perdón almohade, unos metros hacia el noroeste, apareció: Es evidente que la valoración e interpretación de esta cimentación de cuatro hiladas de sillería escalonada, A partir de la crónica y la excavación se ha publicado la siguiente interpretación de la obra: Los sillares empleados, siguiendo a Al Salá, serían extraidos del palacio de Ibn Abbad en el Alcázar, y posiblemente vendrían a su vez de los restos murarios romanos de la zona. La mayor parte de ellos disponen de anathyrosis irregular y almohadillado grosero; sin embargo creemos que el almohadillado empleado responde a la necesidad de nivelar de la propia obra. Una prueba de ello se observa en la esquina suroriental del cimiento, donde el almohadillado es doble, formando la esquina. Ësto, que sucede en varias hiladas no puede ser fruto de la casualidad, ya que se tendrían que haber seleccionado los sillares de esquina reutilizados, extremo que resulta poco creíble (Tabales Rodríguez, Huarte Cambra, García Vargas y Romo Salas 2002b: 175). El pie de una de las fotos publicadas parece reforzar la misma interpretación: "Detalle de la anathyrosis en la esquina suroriental del alminar. Se trata de retalles de nivelación practicados en sillares reutilizados y posiblemente ya almohadillados con anterioridad" (Tabales Rodríguez, Huarte Cambra, García Vargas y Romo Salas 2002b: 202); los autores destacaron el sillar que forma la esquina sureste de la hilada inferior, la más profunda del cimiento, pues en su parte almohadillada del lado de levante advirtieron una tosca marca parecida a una flecha convencional, es decir un trazo horizontal que hace el papel de la bisectriz de una "uve" tumbada, descrita e interpretada en dos ocasiones "[...] huella de flecha tallada [año] 1184. [...] Marca de nivelación en el sillar inferior de la esquina suroriental. Cara oriental" (Tabales Rodríguez, Huarte Cambra, García Vargas y Romo Salas 2002b: 184 y 203). tuvieron presente las de los cimientos de la Giralda, aunque al tratarse de sillares sin almohadillado, y aparentemente labrados ad hoc, se identificaron como almohades, interpretándose las marcas como signos de canteros; observando las fotografías se advierte que en realidad fueron dos las halladas, pues en un sillar las citadas "X" forman dos "V" cruzadas y en otro dibujan un diábolo. El caso de la cimentación de la Giralda demuestra la dificultad de interpretar los resultados de una excavación, aun cuando el método estratigráfico aplicado haya sido impecable; es más, ni siquiera la existencia de datos cronísticos muy explícitos, estrechamente relacionados con el caso, presentes en la argumentación, ha permitido liberarse de un tópico, según el cual los sillares almohadillados son romanos, obviando la conclusión más fácil y directa: que todos los sillares exhumados son musulmanes y por lo tanto la marca advertida, fuera cual fuese su utilidad, sería un signo de cantero. Por el contrario, en la excavación ante la Puerta del Perdón, que no dispuso de datos analísticos tan explícitos como la Giralda, la interpretación fue más sencilla y directa. Aquí pretendemos mostrar cómo el examen directo de otra torre almohade, la llamada "Tour al-Ḥassān" de Rabat, cuya fecha es bien conocida, lleva directamente a la conclusión de que los sillares almohadillados también son almohades y que las marcas son signos personales de canteros que trabajaban para el todopoderoso califa de los Unitarios en el culmen de su gloria. Es cosa sabida que los sillares almohadillados suponen un importante ahorro de mano de obra, la necesaria para que queden planas y aplomadas las caras de los sillares paralelepipédicos; ello les permite soportar un transporte poco cuidadoso y, en caso de fortificaciones, facilita una mayor resistencia a los impactos; pero la necesidad de aplomar rigurosamente las hiladas almohadilladas y dar continuidad a sus paramentos obligó a labrarles a todos un marco liso, bien escuadrado, que permitiera advertir los errores durante la colocación; se trata de la disposición llamada, en el mundo clásico, anathyrosis. El resultado fue muy apreciado, además, por su expresividad (Jiménez Martín 1989: 113, 185 y 192) y por eso estuvo presente en fortificaciones helenísticas, edificios de época del emperador Claudio, en el zócalo del palacio de Carlos V en la Alhambra o las obras parisinas de Ledoux, ejemplos preclaros de exhibiciones arquitectónicas relacionadas directamente con el ejercicio y ostentación del poder. En el caso de cimentaciones es indudable que el almohadillado aumentó la adherencia con la tierra de relleno de la zanja. Un simple repaso a las imágenes publicadas nos convence de que numerosas obras medievales de la península ibérica, ya sean de origen cristiano, musulmán o de progenie mezclada, poseen fábricas de sillares almohadillados y ostentas marcas, pero rara vez se reúnen las circunstancias históricas, tanto arquitectónicas, como arqueológicas e incluso cronísticas, que se dan en estos casos almohades; por ello, aunque en estas páginas citamos telegráficamente unos cuantos paralelos, solo lo hacemos como contexto e insinuación de la extensión del fenómeno, mencionando de manera breve casos en que las investigaciones arqueológicas son recientes y las formas están bien acreditadas, pues de lo que se trata es de establecer ahora un hito cronológico preciso y no de intentar la redacción de la historia de la sillería almohadillada de la Edad Media peninsular. Conviene enfatizar nuevamente que ningún edificio medieval islámico posee la documentación directa, a veces coetánea, que está acreditada para las dos torres almohades aquí analizadas. LA FÁBRICA DE LA "TOUR AL-ḤASSĀN" Uno de los edificios de cantería más notables del islam occidental es la inacabada aljama de Rabat, presidida Figura 2. Fotografía de los sillares del basamento aparecido ante la Puerta del Perdón (Catedral de Sevilla; España), excavado en el año 2000; la imagen muestra dos de los sillares que aparecen signados con marcas de canteros almohades, coetáneos o levemente posteriores a las obras de la Giralda (foto del autor). por la majestuosa "Tour al-Ḥassān", a la que pretendemos dedicar una parte de nuestro análisis; este conjunto religioso almohade alberga junto a su qibla una mezquita moderna y los mausoleos de la dinastía actual, además de una gran biblioteca subterránea en el patio axial, ubicada donde estaban los aljibes; consta que las obras primigenias empezaron, y se pararon, durante el califato de Abū-Yūsuf Ya c qūb al-Manṣūr (580H/1184C-595H/1199C) como explica esta traducción: Al pasar a al-Andalus para emprender la expedición a Alarcos, mandó construir la alcazaba de Marrakush y la mezquita contigua a ella con su alminar, el alminar de la mezquita de al-Qutubiyin, la ciudad de Rabat al-fath en tierra de Salé y la mezquita de al-Hasan. Cuando terminó la mezquita de Sevilla y oró en ella, mandó construir la fortaleza de Aznalfarache a orillas del Guadalquivir y se volvió a al-Magrib, para llegar a Marrakesh en Sha'ban del año 594 (8 de junio a 6 de julio de 1198). Encontró que todo lo que había mandado edificar estaba concluido, la alcazaba, las torres, la mezquita y los alminares, todo construido con el quinto del botín cogido a los cristianos. La información se repite un poco más adelante que: El año 595 fue edificada Rabat al-Fath, terminadas sus murallas y montadas sus puertas; también se edificó la mezquita de al-Hasan y su alminar, aunque no se terminó; también se construyeron los alminares de las mezquitas de Sevilla y de al-Kutubin en Marrakush; también se terminó la alcazaba de Marrakush y su mezquita (Huici Miranda 1964: 447 y 519). El examen del edificio plantea la rareza de su planta con tres patios y la configuración de sus soportes, columnas de mármol de Akrech (El Azhari y El Amrani el Hassani 2009: 488) despiezadas en tambores irregulares; Figura 3. Ortofotografías de las caras oeste, sur y este de la "Tour Hassan" (Rabat, Marruecos), realizadas en 2017; la esquina restituida es la que vincula los alzados oeste y sur; las marcas de canteros detectadas aparecen a la mitad de la altura de la cara de levante, hacia la derecha (Ortofotos cedidas por el Dr. Almagro Gorbea, CSIC). Gracias a las fotografías posteriores a la independencia de Marruecos podemos deducir que la esquina caída del alminar siguió igual hasta 1980, cuando se acometió su completa reposición y además se recrecieron los muros del remate de la torre para uniformar su altura y mejorar su seguridad. El día 28 de octubre de 2015 accedí al andamio que cubría la torre por completo, siendo muchos los detalles constructivos y decorativos observados en el recorrido, pero lo más notable fue la presencia de anathyrosis en casi todas las esquinas antiguas, de arriba abajo, tanto en los diedros generales como en los recuadros de la decoración, especialmente los que enmarcan los paños de katf wa-dārǧ que constituyen el tercero, y más alto, de sus estratos decorativos, el que unifica con su simetría cuasi textil las partes altas de las cuatro caras. La fábrica aparente de la torre al-Ḥassān, tanto interior como exterior, es de sillería, hecha con la calcarenita de Salé (El Azhari y El Amrani el Hassani 2009: 488), cuyas canteras están en la otra orilla del Bu Regreg; en la parte que constituye el zócalo, donde la decoración no guarda simetría, podemos observar la existencia de sillares almohadillados sueltos; cuando se examina directamente la fábrica desde el andamio se advierte que en todas las esquinas, en mayor o menor medida, y en función de la conservación y exposición de cada paramento a los vientos dominantes y a la insolación, se conserva con claridad la anathyrosis, de anchura irregular, que permitió aplomar las aristas con comodidad y rigor; anotaré que como mínimo alcanzó 15 cm de anchura en las esquinas, que es prácticamente la mitad de la altura de un sillar. La arista donde mejor se percibe es la que apunta a la izquierda del miḥrāb, es decir, la más próxima al mausoleo dinástico, siendo su simétrica, la renovada en 1980, donde no queda absolutamente nada, señal de que, o bien colocaron los sillares originales de cualquier manera o bien ya no estaban disponibles, insertando otros que carecían de anathyrosis. En muchos lugares se advierte que el rebaje dejó en los sillares algo del almohadillado, a veces un centímetro de relieve, con una terminación menos cuidada que la de las esquinas, incluyendo huellas de punteros o cinceles, en dos o más direcciones, señal de que alisaron las piezas antes de colocarlas, pues pudieron ser volteadas dos o más veces para comodidad del cantero; todo ello es lo bastante sistemático como para que cueste trabajo advertir la diferencia desde abajo, dadas las colosales dimensiones del edificio, aunque en fotos generales con luz rasante se detecta bien. y no le va a la zaga el alminar, cuyos flancos aparecen unidos material y compositivamente a los potentísimos muros del lado opuesto a la qibla, dominando el paisaje con toda la fuerza de su decoración casi simétrica, soslayando la sugerencia helicoidal de la rampa interior, tan presente en la Giralda. A través de las publicaciones y las fotografías datadas podemos seguir la evolución del conjunto a lo largo ciento y pico de años, siendo fácil advertir que, además de las obras de consolidación de la cubierta de la torre, es decir, de la rampa que quedó en alberca, se añadieron bóvedas de escayola en sus cinco cámaras, que ahora han vuelto a su ser, y se introdujeron carpinterías e instalaciones de megafonía, pararrayos e iluminación interior; la obra más notable ha sido la restauración de la esquina que apunta al sur, la que queda a la izquierda mirando desde la qibla, pues las fotos la mostraban caída desde unos tres metros a partir del terreno hasta la cima, colapso que se extendía más por la cara lateral que por la frontal. Consta que la inconclusa aljama estuvo abandonada, entre viñas, jardines y una cancha de tenis, hasta 1914, cuando empezaron las excavaciones de Dieulafoy; en esta etapa hizo obras en la torre el Service des Beaux-Arts del Protectorado, consistentes en solar parte de la rampa, consolidar diversos elementos ornamentales e introducir las primeras protecciones metálicas (Caillé 1954: 21-23); de estas obras queda el testimonio de una foto datada en 1916 (vista el 10 de junio de 2017 en dafina.net) donde se observan unos andamios tradicionales en dicha esquina, que sólo subían hasta un tercio de la altura total del derrumbe; conviene señalar que las fotos posteriores a ésta no muestran cambios aparentes en la esquina derruida, respecto a las de décadas anteriores, por lo que quizás la obra que usó el andamio sólo pretendió evitar que el colapso se extendiera sin llegar a reponer los sillares. En 1923 el pintor y dibujante Jean Hainaut empezó su vinculación con el edificio, pues en ese año están fechados dos de los dibujos que publicó Caillé en 1954. En 1953 se realizaron sondeos arqueológicos dirigidos por Jacques Caillé, cuya publicación incluyó una recopilación de dibujos de Hainaut, la mayoría datados entre 1944 y 1953, que constituyen un levantamiento convencional de la torre, para el que aparentemente no usó andamios, pues la presunta regularidad de sus fachadas facilitó unos gráficos bastante idealizados (Caillé 1954: tomos I y II). En la cara lateral de levante, junto a la esquina noreste, a la altura del comienzo del paño de katf wa-dārǧ, fotografíe tres marcas en el almohadillado, torcidas respecto a las juntas, tan grandes y poco cuidadosas como las de los cimientos almohades sevillanos; una de ellas figura un triangulo rectángulo, otra es como uno isósceles y la tercera son dos "V" con un trazo común, bocabajo; en otras piezas se atisban triángulos de uno u otro tipo y trazos inconexos, que, habida cuenta de las "dificultades gráficas" del soporte, pudieran ser elementos del alifato. No conozco publicaciones sobre estos signos del alminar rabatí, aunque se han mencionado los del interior sin más datos que estos "D' autres inscriptions analogues [a las 18 que veremos más adelante] figurent également sur les murs interieurs du minaret [...]" A partir de estos datos cabe suponer este proceso constructivo; en las canteras de Salé labraron millares de piezas en sólido capaz, de forma que sus dimensiones fueron algo mayores de lo necesario; probablemente muchas fueron signadas con marcas, seguramente letras árabes simplificadas; una vez acopiadas a pie de obra y conocidas las dimensiones y ubicación finales de cada pieza, fueron desbastadas hasta darles el tamaño justo poco antes de guindarlas, pues en el transporte vertical no era previsible tanto deterioro como en el traqueteo desde la cantera. Obviamente muchas perdieron los signos en el desbaste aunque es probable que otros quedaran ocultas en las juntas. Tuvieron especial cuidado en los sillares de las esquinas, pues era fundamental dotarlos de un diedro a escuadra con una arista aplomada, además de que todos los lechos quedaran nivelados y suficientemente planos, aunque no podemos descartar algunos ajustes finales o retoques de las bandas de las esquinas in situ. El tema del almohadillado no es una novedad en al-Ándalus. Por lo que concierne al diedro de ajuste, debió existir en muchos paramentos islámicos, que no aparecen reflejados en la literatura pues la mayoría Figura 4. Fotografía de un tramo de la esquina noreste de la "Tour Hassan" (Rabat, Marruecos), realizadas en 2015; se aprecia la perfección de la arista destinada a controlar la verticalidad de la esquina noroeste, así como los rastros del almohadillado almohade; a la derecha se ve el cable del pararrayos (foto del autor). Fotografía de un tramo de la esquina noroeste de la "Tour Hassan" (Rabat, Marruecos), realizadas en 2015; se aprecian los rastros del instrumento destinado a eliminar el almohadillado de los sillares una vez completada la labra definitiva de la banda lisa para aplomar la esquina (foto del autor). no lo conservan, es decir, sólo en casos excepcionales basados en el número de hiladas, es fácil advertir el cuidado de las esquinas y de las juntas en general. La cronología es amplia, ya que el procedimiento está atestiguado desde los últimos tiempos de la Córdoba califal (Torres Balbás 1941: 31), aunque uno de los ejemplos más citados, como es la albarrana de la Puerta de Sevilla, en Córdoba, debe retrasarse al siglo XIV (Escobar Camacho 1987: 134), concretamente a partir del año 1369; este ejemplo de almohadillado mudéjar es, en realidad, el último caso que conocemos de los cuidados aparejos que caracterizan los zócalos de las portadas de los palacios del rey don Pedro (1350-1366), pues eso es lo que vemos en Astudillo (Palencia), Tordesillas (Valladolid) y Sevilla (Almagro Gorbea 2013: 29, 31 y 43). En la misma Córdoba se ha documentado un paramento almohadillado de época almohade que, al margen de los que aportan las presentes páginas, conecta las obras califales con las postalmohades (León Muñoz 2013: 343), incluso se presenta como un endemismo de las fortificaciones musulmanas del Ebro (Cantos Carnicer y Giménez Ferreruela 2004: 320). Es seguro que existen casos acreditados en la literatura científica, pero su reseña, bibliografía y discusión darían a este artículo una extensión desproporcionada, ajena a su pretensión de aportar sólo dos ejemplos bien datados. DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES SOBRE EL CIMIENTO DE LA GIRALDA En función de lo que antecede sostengo que los sillares de los cimientos de la Giralda recibieron su configuración actual con destino a la torre almohade, para lo que me apoyo en la crónica de c Abd al-Malik b. Ibn Ṣāḥib al-Ṣalāt, las excavaciones efectuada a fines del siglo pasado y los sistemáticos hallazgos, muy recientes, del profesor Tabales en los Reales Alcázares. Veamos los datos atestiguados sobre el recinto taifa, origen de los sillares según la crónica; consta que en el otoño 483H/1090C Mu c tamid ibn c Abbād se convenció, al rendir pleitesía a los almorávides en la recién sometida Granada, de que su reino peligraba; por ello regresó inmediatamente a Sevilla y se puso a "reparar los muros y a hacer el puente" (Huici Miranda 1951: 87, para Valor Piechotta y Ramírez del Río 2000: 88 no sería "reparar" sino "construir"), aunque sin resultado positivo, pues la ciudad fue asaltada el 9 de septiembre de 1091 (Lévi-Provençal y García Gómez 1995: 291, otros autores dan fechas levemente distintas en torno al 21 raŷab 484H). Pues bien, la obra postrera de las murallas de la taifa sevillana ha sido identificada en fecha reciente, ya que: Tras más de veinte años de investigaciones arqueológicas en las primitivas murallas del Alcázar de Sevilla podemos situar, cada vez sin menos dudas, su construcción a finales del s. XI, tras el arrasamiento del barrio taifa localizado en el actual Patio de Banderas. Así lo aseguran las más de una veintena de intervenciones arqueológicas en combinación con analíticas tanto cerámicas como físicas. De planta cuadrangular y con un área de 8.600 m 2 se erguía la fortaleza de sillares sobre un leve promontorio en el extremo meridional de una urbe en plena ebullición. En la actualidad el 50 % del recinto se mantiene prácticamente intacto desde sus fundamentos hasta la línea de adarve, conformando una pieza clave en la historia de nuestra ciudad (Tabales Rodríguez y Vargas Lorenzo 2014:19). Fotografía de un sillar próximo al comienzo de la decoración de la cara este de la "Tour Hassan" (Rabat, Marruecos), realizadas en 2015; la imagen presenta una de las marcas reseñadas en el texto, que probablemente sea lo que resta de un breve y esquemático texto, una vez eliminado el almohadillado de manera parcial (foto del autor). Se trata del recinto que durante más de veinte años se ha identificado con el Dar al-Imara emiral (Jiménez Martín 1981: 15-16, seguido por Tabales Rodríguez 2002: 90, 93, 98, 101 y sobre todo 107), y que ahora, gracias a los citados trabajos, podemos datar su construcción a lo largo del invierno, primavera y verano del año 483-4H/1091C, constituyendo la última gran obra sevillana hecha en piedra escuadrada antes del comienzo de la catedral gótica en 1433. Es muy probable que en aquellos meses no le diera tiempo a Mu c tamid de acabar el recinto de piedra, que posteriormente fue completado con lienzos y torres de tapia, por lo que sólo han llegado a nuestros días dos tramos de tosca y maltratada sillería, de 112 y 94 m de longitud, con ocho torres que rematan a la altura del adarve, cuatro de las cuales conservan una disposición interna verdaderamente insólita, descrita por el profesor Tabales, amén de una puerta de ingreso recto que conserva el arco de herradura, y que en su día incluyó un dintel de ladrillo con clave de piedra. Por lo tanto podemos sostener, cada vez con menos dudas, que Aḥmad b. Bāsu pudo usar los sillares del alcázar de Ibn c Abbād, fueran romanas o no, pues estaba situado a una distancia de 140 m de su obra de las suyas; pero la obra taifa es de piezas lisas, bastante toscas y de mayor módulo que las de la Giralda, pues en 5,20 m de altura en ésta se cuentan diez hiladas, frente a las nueve de la muralla en la misma altura, hay que imaginar que todas ellas fueron relabradas para reducir su altura y que a unas quinientas, además, las almohadillaron. Si no tenemos en cuenta la crónica nada impide pensar que todos los sillares, como en Rabat, fueron sacados de una cantera ex profeso, pues en realidad el texto musulmán sólo indica que "[...] comenzó las obras y lo hizo con sillares antiguos de piedra transportados desde la cerca del alcázar de Ibn cAbbād", pero como entre ellos hay media docena de aras clásicas, la romanidad se ha hecho sinónimo de antigüedad y se ha contagiado a todas las piezas del cimiento; los seis mármoles, que son los sillares más caracterizados del alminar almohade, pues están ubicadas en puntos estratégicos, pudieron ser más, pues no sabemos si existían en las otras dos esquinas, y no fueron las únicas aras romanas de la aljama, ya que en la Puerta del Perdón consta que en 1799 se halló otra (Gestoso y Pérez 1984: 89); todo ello es señal del uso semántico de estos spolia, de los que no había necesidad constructiva o decorativa alguna, ni suponían un ahorro ni una aportación formal apreciable (antecedentes en el mismo sentido y el contrario en Utrero Agudo y Sastre de Diego 2012), al contrario que las columnas de acarreo que exhiben las fachadas del alminar cuya aportación estética es evidente; esto mismo podemos apreciar en la torre de Rabat, donde algunos fustes han desaparecido, quedando los capiteles como simples adornos; por lo tanto cabe suponer que las aras tuvieron el valor simbólico de triunfo del islam sobre los cristianos, lo mismo que, a la inversa y siglos más tarde, supuso explícitamente el acrecentamiento de la propia torre, identificada como "púnica" y convertida en triunfo de la fe vencedora sobre los enemigos de Roma (turcos y protestantes), es decir, en el XVI todo el alminar se convirtió en spolia, según reza la inscripción manierista colocada un poco más arriba de las aras romanas de la cara norte (Espinosa de los Monteros 1635: 110). LAS MARCAS DE CANTEROS Los signos de los canteros tienen una interpretación gremial en el medievo feudal europeo, difícil de aplicar en la Sevilla cristiana, donde no tuvieron gremio, pese a construir en tiempo record la más extensa de la catedrales ojivales europeas, hecha toda ella de calcarenita escuadrada; la observación de los centenares de marcas que aparecen en sus muros permite sostener que cada una de ellas es la firma de un cantero, grabada con objeto de establecer su autoría a la hora de cobrar el precio estipulado por la pieza terminada, aunque no se descarta que la misma marca fueran usada por canteros distintos en momentos diferentes; tal idea está avalada por un documento del archivo catedralicio, de 1487, firmado por los canteros Bartolomé García, Gracián Fernández y Diego Martínez de Ariña mediante sus signos personales, que son similares a los vistos en los cimientos exhumados de la mezquita sevillana (Jiménez Martín 2006b: 79), pues el soporte no da para más; completan el panorama gótico hispalense los signos que emplearon los vidrieros y los entalladores, que por cierto tampoco tuvieron gremios, pero firmaron sus trabajos con marcas del mismo estilo aunque más pequeñas y cuidadosas (Jiménez Martín 2006a: 762-763). En una palabra: las marcas de profesionales góticos fueron siempre en Sevilla signos de autoría, al margen de estructuras gremiales o cofradías. Por lo que concierne a la época musulmana, el tema no tiene mucha literatura científica, pues la historiografía tradicional, puramente eurocéntrica, ignora la existencia de corporaciones profesionales entre los constructores del islam; de esta manera quedan sin explicación historiográfica los textos conocidos sobre grupos organizados de albañiles, carpinteros y canteros, cuyas noticias son concretas y plausibles, reflejadas en crónicas coetáneas de los edificios implicados, tanto califales como almohades (Jiménez Martín 1996: 20-24). Aún más importante es que estas noticias atestigüen, con fechas, nombres, funciones y trabajos concretos, las observaciones que, a partir de cuatro manuales andalusíes de Ḥisba contemporáneos (Tratados para el buen gobierno de los mercados y las actividades mercantiles y artesanales), ha publicado el arabista García Sanjuán (1997: 225 y ss.). En este contexto parece natural que las marcas estén presentes en los sillares de los monumentos imperiales almohades, como fue natural que los artesanos que trabajaron los mármoles de la gran aljama cordobesa dejaran sus nombres y signos en los elementos decorativos de la misma (Ocaña Jiménez 1986: 85 y ss., actualizado por Souto Lasala 2010: 46 y ss.). Los ejemplos andalusíes publicados conforman un panorama que desborda ampliamente el concepto tradicional de los signos de canteros, pues aunque se han recogido signos sencillos, como los descritos en obras almohades, también se han tomado en consideración letreros que reflejan nombres masculinos, tanto simples como complejos, cuya inmensa mayoría aparecen en piezas de mármol; creo que con estos últimos deben debiera conformarse un grupo distinto, pues parecen responder a unos intereses algo diferentes, como sucede con los nombres de autores que figuran al final de inscripciones extensas (Ocaña Jiménez 1947: 148 y Ocaña Jiménez 1986: 59), que constituyen una manifestación de orgullo profesional y un medio de propaganda antes que un expeditivo signo personal destinado a obtener alguna contrapartida directa. En la inacabada aljama rabatí también hallamos letreros y signos de autoría, pero, salvo los que he mencionado en la torre, casi todos los publicados son nombres simples (Caillé 1954: 13 y 14, menciona dieciocho letreros, que dibujó Hainaut; Villalba Sola 2015: 264 menciona letreros en veintidós fustes), hechos en los soportes marmóreos, que permite signos más pequeños y más elaborados, bien visibles. También en este tema de las marcas el espectro profesional islámico es amplio, pues en fecha reciente se ha podido documentar que, además de los canteros y los marmolistas, otros artesanos, los broncistas, signaban los trabajos, quizás con las mismas intenciones; así lo hizo uno de época almohade que rasguñó una marca en el reverso de varios zafates de las hojas de la Puerta del Perdón, de la aljama almohade de Sevilla. Por lo tanto, en el islam andalusí, durante la Edad Media plena, los datos arqueológicos y textuales demuestran, entre los constructores, la existencia de agrupaciones, jerarquías, conocimientos, movilidad, número y disponibilidad de que no desmerecen de las de sus colegas europeos, amén de que para ellos también era importante signar sus trabajos personales, cosa que otros artesanos, dedicados monográficamente a otros materiales, también hicieron. Los constructores almohades, a través de los textos vinculados a las obras de Išbīliya y los hallazgos arqueológicos, revelan un panorama organizativo y unas capacidades de la cantería musulmana occidental que no son muy distintos de las que, en el siglo XII, mostraban sus colegas del Románico europeo, a quienes superaron en movilidad y escala de los trabajos, pues la sillería, en cuanto superaba cierta escala de tamaño y complejidad, propiciaba la formación y articulación de grupos de artesanos que garantizaban la calidad y transmisión de los conocimientos. Este trabajo ha sido posible gracias al arquitecto Faissal Cherradi Akbil, a quien debo agradecer tanto el acceso al alminar rabatí como diversos datos históricos recientes; también debo mostrar mi agradecimiento al profesor Almagro Gorbea, investigador principal del proyecto referenciado en la nota inicial, a quien debo las ortoimágenes del monumento realizadas en abril de 2017, una vez acabada la restauración de la "Tour al-Ḥassān", así como sus provechosos comentarios y observaciones. Finalmente debo agradecer al profesor León Muñoz, de la Universidad de Córdoba, sus datos y sugerencias.
En este trabajo se estudian los diferentes tipos de materiales de construcción en monumentos de Córdoba durante distintas épocas y culturas. Se han utilizado las técnicas habituales para la determinación mineralógica, química, petroestructural, etc. Los materiales más empleados son las biocalcarenitas del Mioceno. También se han empleado calizas cámbricas, calizas del Titónico, mármoles, granitos, esquistos, ladrillos, tierra prensada, etc. Se citan algunos monumentos realizados en las épocas: romana, árabe, s. XIII al XIX y s. XX. En todas las ciudades casi siempre se han empleado como materiales de construcción, aquellos que al estar más cercanos eran más fáciles de transportar. Entre los materiales pétreos de construcción más utilizados en Córdoba, en todas las épocas están las biocalcarenitas (este término engloba los cuatro tipos litoestructurales que abundan en esta zona) marinas del Mioceno Superior (MONTEALEGRE, 1996). En la mayoría de nuestros monumentos se encuentran tres de los cuatro tipos litoestructurales de biocalcarenitas: biomicrita, bioesparita y biorudita. Otras rocas también muy utilizadas son las calizas compactas, en general micríticas, utilizadas comúnmente como «mármoles» y los mármoles (en sentido estricto). No puede olvidarse la frecuente utilización de rocas como los granitos granodioritas, doleritas y gabros, incluso desde las épocas prehistóricas (dólmenes de la zona de Pedroches), y otras algo menos frecuentes como micaesquistos, esquistos, etc. Este estudio forma parte de una serie de ellos, que se indican en la bibliografía, en los que se ha realizado un análisis más detallado de las características químicas, mineralógicas y estructurales de los materiales más abundantes. En trabajos anteriores (BARRIOS et alii, 1994(BARRIOS et alii,, 1996(BARRIOS et alii,, 1998;;MONTEALEGRE et alii, 1996a) se han realizado cartografías tanto litológicas como de deterioro de algunos de los monumentos. En este trabajo se pretende mostrar los materiales que han sido utilizados en las distintas épocas y culturas. Para el estudio y caracterización de los materiales pétreos de construcción, se han empleado las técnicas habituales: a) observación mediante lupa de los materiales in situ, b) estudio mineralógico mediante difracción de R.X., c) microscopía óptica en lámina delgada para la determinación petroestructural, d) determinación de la resistencia mecánica a la rotura por compresión de los distintos materiales de cantera, e) medidas de velocidad de ultrasonidos, f ) análisis químico por fluorescencia de R.X. y E.D.A.X. Entre los materiales más empleados en todas las épocas se encuentran las biocalcarenitas marinas del Mioceno Superior, depositadas durante la última fase transgresiva de la margen septentrional de las cordilleras Béticas, y que originó la Depresión del Guadalquivir, una cuenca de antepaís Neógena. Estas facies de biocalcarenitas son bastante complejas, pues la constituyen una serie de materiales litológicos de naturaleza predominante calcárea, pero con diferen-cias de composición (incluso mineralógicas), texturales y de propiedades diferentes. En una gran parte de los monumentos cordobeses pueden encontrarse tres de los cuatro tipos litoestructurales de biocalcarenitas que abundan en esta región: biocalcarenitas conglomeráticas (Fig. 1) (el más frecuente en las series estratigráficas), las biomicritas (Fig. 2) más o menos arenosas y las bioesparitas (Fig. 3). Los datos mineralógicos y petroestructurales que se muestran en la Tabla I son valores medios de diferentes monumentos y canteras (MONTEALEGRE et alii, 1996 b). Hay afloramientos localizados (MONTEALEGRE, 1996 a) a unos 2km hacia el norte del emplazamiento de la Mezquita (Castillo de la Albaida, El Naranjo, El Patriarca, etc.), e incluso llegan a estar en la misma alineación, como en el caso de Medina Azahara. Material de todas ellas se ha utilizado extensamente en todas las épocas constructivas y por todas las culturas, dada su proximidad a la ciudad, su facilidad de extracción y corte, facilidad de labrado, y la consiguiente economía de la explotación de yacimiento. Se han empleado sobre todo para los sillares de muros, torres, paneles de piedra, etc., y a veces en decoraciones. La porosidad relativamente elevada, su textura y la presencia de fósiles (los foraminíferos son la microfauna más abundante asociada a una macrofauna de lamelibranquios, erizos, braquiópodos, algas) hacen que este tipo de rocas una vez situadas en el edificio, sea un material fácilmente erosionable y degradable. Otras rocas sedimentarias que constituyen buenos materiales constructivos son las calizas compactas que proceden de canteras relativamente cercanas y se han utilizado especialmente en columnas, decoraciones, paneles, capiteles, etc. Estos materiales, en general micríticos, se han empleado comúnmente como «mármoles» y proceden de dos localidades tipo: a) las calizas veteadas grises (Fig. 4) de aspecto marmóreo, del Cámbrico de Córdoba (Sierra Morena), que corresponden a micritas tipo mundstone y b) las calizas nodulosas rojas (Fig. 5) del Jurásico Superior de los macizos subbéticos mas externos, especialmente de Cabra que son biomicritas de tipo mundstone. Entre las rocas sedimentarias utilizadas en construcción están también las areniscas rojas del Pérmico. Rocas utilizadas quizá con menor profusión, pero que encontramos casi siempre en los edificios de todas las épocas, son los mármoles (s. strictu) procedentes sea del macizo hercínico (Sierra Ossa-Morena), generalmente Cámbricos, o de las zonas Internas Béticas, como en Málaga, el Trias Alpujárride de Macael, etc., e incluso procedentes de importaciones romanas, desde lugares alejados del antiguo imperio, como los yacimientos de Carrara, los de Grecia, Portugal y a veces En general, tales calizas y mármoles son por su compacidad y baja porosidad de mayor resistencia frente a la meteorización y degradación. Es frecuente la utilización de rocas endógenas ácidas (silíceas) para columnas y decoraciones, dinteles, zócalos, etc., tales como los del grupo de los granitoides (granitos s.l., granodioritas, etc.) procedentes de Pedroches, Las Jaras, y otros lugares cordobeses. Las rocas ígneas básicas (doleritas, gabros etc.) procedentes del hercínico de Sierra Morena son menos frecuentes. Se han utilizado también rocas metamórficas (filitas, micaesquistos) así como las lutitas y ampelitas de grano fino de Sierra Morena (dominios Sur-Portugués y de Ossa-Morena). ÉPOCAS, MONUMENTOS Y MATERIALES DE CONSTRUCIÓN Época Romana a) Murallas fases republicanas, imperio y tardias Cercadillas, Puerta Patricia (base de la puerta Almodovar), restos de Muralla (zona enterrada bajo la ribera del río), Puente Romano (anterior al 43 a.C.). Entre los materiales de construcción más abundantes se encuentran: grandes cantos rodados de naturaleza cuarcítica y lutítica Paleozoicas, procedentes de varios lugares del macizo Hercínico (Sierra Morena), la arenisca roja del Pérmico (de Montoro) y sillares de biocalcarenitas del Mioceno (borde de la Depresión del Guadalquivir). Además hay presentes fragmentos de antiguos cementos carbonatados de grano fino, cerámicas y ladrillos. b) Edificios y elementos decorativos En 1991 al iniciarse las obras para la construcción de la actual estación de ferrocarril, fueron descubiertos los restos arqueológicos del palacio del emperador Maximiano Hercúleo (finales del s. III comienzos del s. IV), hallazgos que aportan información sobre la importancia de esta ciudad en época romana. Se han hallado también allí varias iglesias y sencillas tumbas que se atribuyen a la etapa visigoda. Mausoleo (finales del s. I) Es original su configuración circular. Abundan los sillares de biocalcarenitas del Tortoniense, placas de lutitas sedimentarias paleozoicas, mármoles y calizas cámbricas (micritas) de la sierra de Córdoba, cerámicas y ladrillos. Principalmente son: (a) mármoles blancos del Cámbrico de Sierra Morena, de Macael, y también de otras procedencias; y (b) calizas nodulosas micríticas del Cámbrico de Córdoba. Entre las rocas ígneas encontramos granodioritas (Pedroches) y granitos (de las Jaras y Pedroches ). Época Árabe a) Murallas y torreones Muralla y Puerta Sevilla (s. X). En la base pueden verse sillares nuevos que a veces son recubrimientos del sillar antiguo con resinas. A media altura se ven biomicritas con fuerte alteración. Albolafia (Fig. 7) (noria que suministraba agua a los jardines del antiguo Alcázar). Entre los materiales más abundantes están el conjunto de las biocalcarenitas, procedentes de las facies de borde de la Depresión del Guadalquivir (de edad Tortoniense). Este conjunto lo constituyen bioesparitas, biomicritas y biomicritas conglomeráticas así como areniscas calcáreas conglomeráticas (BARRIOS et allii, 1994;1998). Existen también revoques y encalados de naturaleza carbonatada y ladrillos. Presenta una arquería con dovelas en las que se alterna caliza y ladrillo, excepto en la última ampliación (Almanzor) en que sólo hay caliza y el ladrillo es simulado mediante pintura. Delante del Mihrab hay un rico mosaico bizantino. Baños Arabes (Fig. 8). Además de los materiales anteriormente citados se encuentran: brechas calizas (intramicrítas e intraesparitas), calizas Cámbricas, mármoles de Carrara, de Macael, y de varios lugares del macizo hercínico (Ossa-Morena): Estremoz y otras canteras. Además hay calizas nodulosas del Tithonico (Jurásico Superior) de Cabra, etc. c) Elementos decorativos y ornamentales Abundan las brechas calizas (intrabiomicritas) del Jurásico de Carcabuey (macizo de Cabra), calizas grises y calizas nodulosas del Cámbrico de Córdoba, mármoles de Carrara y otros lugares, calizas nodulosas del Tithonico de Cabra (biomicritas), calizas blancas del Jurásico de diversas localidades andaluzas y entre otras las calizas oolíticas de Cabra (oobiomicritas), granitos de Pedroches, alabastro, yeserías y ladrillos. Entre ellas están: Sta. Marina (aspecto de fortaleza), S. Hipólito, (fue fundada en conmemoración de la batalla del Salado. Sepulcros de Fernando IV y Alfonso XI, S. Lorenzo (Fig. 9) (destacan las pinturas murales del s. XIV en su ábside interior, pórtico del s. XIV y rosetón), S. Pedro (antigua catedral mozárabe), S. Pablo (fundada en 1241; su portada principal de 1705 es de estilo churrigueresco con co- lumnas salomónicas. S. Nicolás (ábsides cuadrados, torre octogonal, friso mudéjar y crestería de flor de lis), S. Miguel (transición del románico al ojival), La Magdalena (características góticas y ábsides poligonales), S. Francisco (decorado con ornamentación rococó). a.3) Templos de los siglos XV y XVI La Compañía (1554, barroca con planta de cruz latina), S. Andrés (sobre iglesia mozárabe dedicada a San Zoilo, en tiempo de los musulmanes), La Fuensanta (del siglo XV). En todos estos templos encontramos las biocalcarenitas del Mioceno, calizas nodulosas y calizas grises del Cámbrico, calizas nodulosas del Tithonico, ladrillos, revoques y encalados. Alcazar de los Reyes Cristianos (se construyó en 1328 por Alfonso XI ). Puerta del Puente (Fig. 10) (inaugurada por Felipe II en 1571, construida sobre una antigua puerta romana, que los árabes llamaban «Puerta de la figura», por la figura esculpida sobre su arco). La parte superior del dintel y el medallón son calizas compactas grises del Cámbrico y el resto del monumento son biocalcarenitas del Mioceno. Torre de la Calahorra (edificada por Enrique II en 1369, sobre los restos de una edificación árabe, es una torre fortaleza). (biocalcarenitas). Casa del Indiano (s. XV), Casa de Jerónimo Paez (1540). Palacio de la Merced (edificado sobre el antiguo convento, iglesia barroca, fachada polícroma s. XVIII barroco cordobés, puerta churrigeresca de 1745). Es de señalar el encalado y las columnas de la portada que son de Nos encontramos con sillerías de calcarenitas y biocalcarenitas (en parte reutilizadas de anteriores edificios), ladrillos, tierra prensada (a veces paños enteros) y rellenos de barro (mezcla artificial de materiales sedimentarios detríticos de: arena, limo y arcilla), encalados y pinturas. Calizas nodulosas del Cámbrico y del Tithónico, cantos rodados de naturaleza cuarcítica, doleritas y granitos, así como otras rocas. c) Restauraciones de edificaciones árabes y posteriores En posiciones intersillares hay: cantos rodados de naturaleza cuarcítica, cerámica, ladrillos, rellenos de barro prensado, etc. Sillares reutilizados de otros monumentos: conjunto de biocalcarenitas del Mioceno. Pueden verse también ladrillos, calizas Cámbricas, calizas nodulosas de Cabra, mármoles. Podemos concluir que los materiales empleados en un mayor número de edificaciones son las biocalcarenitas, en las que se destaca la abundancia de fósiles de gran tamaño. Entre los tres tipos principales, el más usado ha sido el biomicrítico, debido a su facilidad de trabajo y por presentar una mayor resistencia a los procesos de alteración. Podemos concluir que en orden a su utilización son las biocalcarenitas las más empleadas en todas las épocas y monumentos debido a la proximidad de sus yacimientos y la facilidad para su extracción. Estos yacimientos se alinean Fig. 10. Puerta del Puente al norte de la ciudad (Patiarca, Brillante, Naranjo) en zonas muy próximas de la misma alineación (Albaida, Guarroman, Asland, etc.) o no demasiado alejadas (Posadas). Las conglomeráticas son uno de los subtipos de las biocalcarenitas y proceden de la base de las series y encuentran abundantemente sólo en la Mezquita. En segundo orden de utilización está el conjunto de calizas nodulosas violáceas y verdes y las calizas grises compactas del Cámbrico de Sierra Morena. Se han utilizado especialmente en las fases postárabes en zócalos, dinteles, pórticos y revestimientos. Sus yacimientos se encuentran en la proximidad de la ciudad (Trassierra, Brillante, Mirador y puente antiguo del camino a Badajoz). El tercer lugar lo ocupan las calizas rosas de Cabra (Tithónico), situadas en dinteles, pórticos, altares de etapas árabe y postárabe. Como cuarto material por orden de empleo tenemos las rocas ígneas. Los granitos rosados de Las Jaras y los blancos de Pedroches se han usado en época romana (columnas) y reutilizados en la etapa árabe. Los queratófidos y doleritas verdes usadas como fragmentos y cantos rodados son abundantes desde épocas prehistóricas siendo en las etapas árabe y romana usados como complemento constructivo de muralla, zócalos, etc. En quinto lugar podemos mencionar la arenisca de Montoro, usada en la Mezquita (es parte del zócalo adosado) y otros edificios (muro de la rivera del Guadalquivir) desde época postárabe Bibliografia BARRIOS J., NAVAS J., MONTEALEGRE L., NIETO M., 1994, Characteris-tics and types of alteration in materials found in the west façade of the Mosque of Cordoba (Spain), II International Symposium.
Se plantea el estudio de las fábricas encofradas desde las taifas hasta los almohades, por considerarse tal lapso cronológico el período en el que se desarrolla y consolida la tecnología constructiva mediante tapiales. Para ello, se propone un recorrido evolutivo en torno a la puesta en obra de uno de los principales y omnipresentes elementos poliorcéticos: la torre de flanqueo. A pesar de que en los últimos veinte años se han producido grandes progresos en el conocimiento de la construcción mediante tapiales, la mayoría de los trabajos se han enfocado en aspectos tecnológicos generales, difusión geográfica y cronológica, o ensayos de análisis cronotipológicos 2. En cualquier caso, la mayoría de estos estudios, cuando han abordado la cuestión de la puesta en obra, lo han hecho de una forma relativamente somera: describían con todo lujo de detalles la formalización de un encofrado genérico, pero solían obviar los aspectos concretos de puesta en obra en edificios masivos, tales como las fortificaciones3. En este artículo se pretende hacer una aportación, en ese sentido, mediante el análisis del proceso constructivo de las torres, desde la arqueología de la arquitectura; cuya elección se justifica por la variedad de soluciones tecnológicas necesarias para su erección. De este modo, en una torre será preciso plantear tanto cómo se resolverán las partes inferiores macizas, de gran volumetría; como paredes más delgadas en las cámaras y pretiles, o elementos mínimos como los merlones. Este estudio ha comportado un importante trabajo de campo realizado a través de las huellas que ha dejado el proceso edilicio sobre la superficie de las tapias, así como de su interior, únicamente accesible en estado de ruina parcial de la obra. Precisamente, 2 Por citar algunos ejemplos: López Martínez (1999) realizó un trabajo fundamental y pionero, ya clásico e imprescindible, en el que se detallan minuciosamente los elementos de un encofrado, y su disposición en distintas circunstancias constructivas. Gurriarán y Sáez (2002) ofrecen un amplio análisis desde varios puntos de vista: aspectos tecnológicos y tipológicos, implantación de la técnica en las distintas etapas históricas de al-Ándalus, e incluso cuestiones simbólicas. Graciani y Tabales (2008) abordan un análisis cronotipológico desde diversos parámetros, aunque centrado en un área geográfica muy concreta. Soler (2009), igualmente sobre un entorno geográfico preciso, realiza un análisis del proceso constructivo focalizado en el cajón como módulo y su yuxtaposición con otros similares. Por su parte, Navarro y Jiménez (2011), desde la arqueología realizan un minucioso análisis de la construcción medieval en tapia, en la región de Murcia, pero con aspectos claramente extrapolables a la construcción andalusí, en general. Canivell y Graciani (2015) insisten de nuevo en el análisis cronotipológico desarrollado anteriormente por Graciani y Tabales, aunque desde una óptica más amplia en la que reconocen sin embargo las limitaciones del método, también sus bondades y utilidad, y la necesidad de complementarlo con otras técnicas de datación. Gil-Crespo y Maldonado-Ramos (2015) tratan de desarrollar una taxonomía constructiva abierta para establecer criterios cronotipológicos. historiográficos así como en la fiabilidad de las adscripciones cronológicas; cuestiones de las que se advertirá oportunamente a lo largo de este trabajo. SENTANDO LAS BASES: DESDE LA CONQUISTA HASTA LOS OMEYAS Según algunos autores, las más antiguas obras encofradas andalusíes de carácter militar de las que hay constancia, adjudicables a los años de la conquista peninsular y expediciones a las Galias, podrían documentarse en el recinto del Llano de Almatà, en Balaguer (Gurriarán y Sáez 2002: 593; García Biosca et al. 1998: 146). Por otra parte, en la fortaleza califal de Gormaz, rehecha en torno al 965, se ha registrado la presencia de una fase anterior erigida mediante tapias (Almagro 2008: 57, 69-74). Sin embargo, ninguno de los dos ejemplos puede proporcionarnos pista alguna sobre la tecnología constructiva, pues en el primer caso los vestigios terrosos están muy meteorizados y en el segundo no subsiste resto alguno. Además, en los últimos tiempos se ha asistido a la "reclasificación" de las dos únicas fortalezas construidas masivamente mediante tapiales: El Vacar y Baños de la encina, tradicionalmente encuadradas como omeyas del s. X, que tras las últimas y comúnmente aceptadas tesis han pasado a ser consideradas ambas de época almohade 6. Esta nueva situación nos deja sin grandes referentes arqueológicos de obra encofrada para estos siglos iniciales7. No obstante, en la cerca omeya de Almería se documentan torres de considerable tamaño así resueltas tecnológicamente, de las que se ha conservado la parte inferior de una de ellas (Gurriarán y Márquez 2005: 63, Lám. Así pues, todo parece indicar que ya en la décima centuria se había desarrollado suficientemente la tecnología constructiva de obra encofrada como para hacer frente a obras de cierto calado. Sin embargo, los exiguos vestigios arqueológicos impiden conocer la formalización concreta de tales recursos. LA DEFINICIÓN TECNOLÓGICA EN LAS TAIFAS La inicial pervivencia de la construcción en cantería bajo las taifas se verá restringida a obras puntuales, y de volumen discreto; pues ante la necesidad de hacer frente a edificaciones masivas se impondrán rápidamente las técnicas de albañilería. De este modo y citando ejemplos conocidos, se erigirán grandes fortificaciones de mampostería, en los casos de Valencia, la Alcazaba de Badajoz, y el recinto del palacio de Onda, en Castellón8; y de tapias en el caso de Almería, que trataré a continuación. Alzado fotogramétrico de las caras noroeste y suroeste de la torre 10 de la "Muralla de la Hoya", realizado con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza. Las rebabas de los tapiales se indican en azul, las juntas en rojo, y las huellas de las cabezas de los clavos en amarillo. No obstante, es necesario advertir que la tradicionalmente reconocida cronología taifa que sitúa la erección del arrabal oriental, objeto de mi atención, entre la segunda y tercera década del s. XI (Gurriarán y Márquez 2005: 64, 67-68), podría ser puesta en tela de juicio a falta de una confirmación arqueológica definitiva, aunque por ahora las excavaciones tienden a sustentar las tesis tradicionales9. Si bien es cierto que las fuentes mencionan la erección de ese y otros recintos urbanos bajo los gobiernos de Jayrān y Zuhayr, habría que preguntarse si los tramos de murallas conservados son realmente los que ordenaron levantar estos régulos. A favor de la opinión comúnmente admitida estaría el aparente carácter monofásico, los datos que hasta ahora ha proporcionado la arqueología, y un singular y relevante detalle como la sillería de tradición cordobesa de la poterna de San Cristóbal, aparejo vigente en las primeras taifas. En contra, la sorprendente madurez tecnológica y formal de las torres y lienzos del recinto, y otras menciones cronísticas que recogen posteriores intervenciones constructivas en las murallas de la ciudad10. Según parece, las refacciones recogidas por las fuentes deben aludir a reparaciones puntuales y a la erección de un antemural, constatada en el subsuelo, por lo que no se plantean mayores objeciones a las tesis tradicionales. Independientemente de estas cuestiones, la relativa buena conservación de algunas de sus torres ha permitido efectuar un concienzudo análisis de su proceso constructivo. Formalmente, se trata de torres cuadrangulares sobre zarpas, y macizas hasta las cámaras situadas por encima del nivel del adarve. Tales habitáculos se disponían por pares, uno sobre el otro, e iban cubiertos por forjados planos de madera conectados entre sí y con el terrado cimero mediante escaleras escamoteables (Fig. 1). El grosor de los muros iba disminuyendo escalonada y progresivamente de la cámara inferior a la superior y finalmente al pretil y merlatura del terrado; de modo que los sucesivos escalonamientos servían de apoyo a los respectivos forjados, reforzados además por parejas de vigas maestras. Únicamente el habitáculo inferior contaba con cuatro saeteras con derrame hacia el interior, dispuestas una en cada flanco y dos contiguas en la pared frontal. Finalmente, las zarpas se remataban por cuartos de caña, los tramos cimeros del pretil entre merlones por medias cañas, y los merlones por albardillas piramidales (Figs. Aunque no es intención ni propósito de este trabajo definir cada uno de los elementos constitutivos 0 5 10 m Figura 3. Alzado fotogramétrico de la cara norte de la torre 6 del tramo conocido como "Muralla de San Cristóbal", realizado con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza. Las rebabas de los tapiales se indican en azul, las juntas en rojo, y las huellas de los tablones en amarillo. Axonometría del proceso constructivo de las torres de las murallas de la Hoya y San Cristóbal en Almería. Los colores irreales de los elementos de los encofrados responden a un criterio meramente didáctico y de claridad visual. Las agujas y otros elementos perdidos en el encofrado se muestran en tonos azulados, los tapiales en verdosos, los costales en violáceos, los puntales en rojizos, y las cuñas y estacas o clavos en anaranjados. Por otra parte, se ha obviado la representación de los forjados de las cámaras. de un encofrado tipo y su disposición en el conjunto, no está de más recordar rápidamente algunos detalles antes de analizar el proceso constructivo de estas torres. De este modo, generalmente sobre los extremos de unas agujas de madera transversales a la base del muro o hilada inferior, se dispondrán unos tableros llamados tapiales que constituirán la horma del encofrado. Cada tapial estará formado por tablones comúnmente horizontales unidos a unos listones verticales mediante clavos metálicos. A su vez, los tapiales quedarán estabilizados en posición vertical por costales anclados en las agujas en la parte inferior y cuerdas en la superior11. En el proceso constructivo, los tapiales y costales eran elementos recuperables, de uso continuo; mientras que las agujas solían quedar atrapadas en el hormigón, por lo que sufrían el serrado de sus cabezas. Este esquema clásico para encofrados de módulo reducido sufrirá significativas variaciones en la consecución de encofrados masivos, como se verá más adelante. Así pues, en una concienzuda observación de la superficie de las tapias, imprescindible para desentrañar el proceso constructivo, se detecta la presencia de rebabas que marcan los límites verticales de cada uno de los tapiales, junto a las huellas de las cabezas de los clavos constituyentes de dichas piezas (Figs. De este modo, se percibe que las dimensiones en planta de las torres vienen determinadas por la longitud y acumulación lineal de los tapiales. En el caso de la torre 10 de la "Muralla de la Hoya", el frente exterior o noroeste viene definido por dos tapiales y los laterales por tres12. En la faz exterior de la torre 6 de la "Muralla de San Cristóbal" se añade en medio un tercer tapial muy estrecho que permitirá aumentar la anchura en planta del bastión. En cualquier caso, todos estos tapiales constituirán la horma de un encofrado masivo que afectará a toda la superficie de cada una de las torres (Fig. 4.1); y que se montará, colmatará, desmontará y volverá a armarse por encima, en idénticas condiciones hasta levantar el macizo de la torre hasta el nivel del adarve. La prueba de ello es el rastro de las rebabas entre tapiales, dispuestas una sobre la otra hasta el nivel del suelo de la primera cámara al menos. Cada una de las estancias se corresponde en altura con tres hiladas de tapia. En el caso del primero de estos habitáculos, en las faces exteriores se percibe la prolongación de las rebabas que indican que los tapiales se disponían igual que en la parte maciza de la torre. En cuanto a los laterales, las huellas demuestran que tales planchas lignarias se emplazaban del mismo modo que en el macizo, entre las esquinas y las saeteras; pero en el resto del paramento, su ubicación quedaba alterada por la propia saetera y el vano de paso del adarve a la cámara inferior. No obstante, se mantenía la coherencia de montaje de los tapiales en todo el perímetro de la estancia, y en las tres hiladas de tapia que ocupaba. Las saeteras quedaban limitadas por unos tapiales ligeramente más bajos que permitían la disposición de unos tablones cimeros, a modo de dintel. Éstos han desaparecido, seguramente por putrefacción, pero originariamente no eran elementos recuperables, por lo que pasaban a formar parte del bloque constructivo. En conclusión, del mismo modo que en la parte maciza de la torre, la primera cámara se erigía mediante un encofrado continuo, pero en este caso anular (Fig. 4.2). La cámara superior, como ya se ha referido, carecía de saeteras y tenía unas paredes más finas que la inferior; por lo que se levantó mediante la yuxtaposición de encofrados, siguiendo el proceder más típico en muros delgados (Fig. 4.3). Esto queda probado por la presencia de juntas en vez de rebabas y la consiguiente alteración en el ritmo de los mechinales, determinado por la posición de las agujas. Además, a diferencia de las rebabas que se disponían unas sobre las otras, las juntas aparecen necesariamente contrapeadas para dotar de trabazón y estabilidad a la parte cimera de la torre. En la faz exterior frontal, a la altura de la última hilada de este habitáculo, se emplaza un desagüe de piedra que, junto a los ladrillos circundantes, constituyen los únicos elementos de obra ni de tierra cruda ni lignarios. Para finalizar, Pretiles y merlatura se conformaban mediante encofrados más delgados, yuxtapuestos y aislados, respectivamente. En el caso de los merlones, cada uno de los cofres se montaba sobre una pareja de agujas, recuperables en este caso, cuyo hueco otros referidos han causado baja en la lista, o están en tela de juicio 15. En cualquier caso, las torres subsistentes 15 En el lienzo torreado de la Ajerquía cordobesa ha quedado demostrado que los restos visibles se corresponden con la obra bajomedieval del s. XIV, levantada no obstante sobre defensas más antiguas. La fase almorávide de éstas se detecta en muros de tapia, en los que en ciertos tramos se documentaría el uso de agujas completas, en vez de medias agujas como será usual con los almohades. Esto podría ser indicativo de que el grado de estandarización constructiva todavía no ha llegado a su culmen, como sí sucederá con los Unitarios (vid infra). En el caso de Sevilla, Jiménez y Pérez (2015: 68-69) actualizan el estado de la cuestión, concluyendo que, si bien todavía no se ha resuelto definitivamente el debate, el fiel de la balanza parece inclinarse en favor de un origen almorávide. En cualquier caso, los partidarios de la autoría almohade han ido adelantando su erección hacia los inicios de ese período, entre 1150 y 1157, por lo que la distancia entre los que defienden la otra opción se ha reducido a un cuarto de siglo. Respecto al Castillo de Fuengirola, López Guzmán (1995: 155) lo menciona como ribat almorávide y refiere ciertos aspectos de su puerta acodada como propios de ese momento. Sin embargo, en la nota 28 reconoce que el único argumento esgrimido para tal datación es el recurso a dos trabajos de Gámir Sandoval y Temboury Álvarez. (2002: 873-874) se puede constatar que la credibilidad de esos escritos quedaría en entredicho tras la revisión de las crónicas medievales que mencionan Fuengirola; en los que ni es referida como ribat, ni se recoge noticia de época almorávide o posterior que trate sobre ese período. CONTINUIDAD Y AFIANZAMIENTO: LOS ALMORÁVIDES Las atribuciones de fortificaciones andalusíes a época almorávide siempre han resultado historiográficamente problemáticas. Así, los recintos urbanos de Córdoba, Granada y Sevilla, y los castillos de Fuengirola en Málaga y Monteagudo en Murcia, son algunos de los ejemplos que han sido (y son, en ciertos casos) objeto de debate sobre su auténtica filiación. En la actualidad, salvo el caso sevillano, en el que gran parte de su cerca tiende a ser considerada en efecto como obra almorávide, los 13 Tales rebajes han llegado a ser confundidos por Pavón (1999: 287-288) con soluciones ornamentales de la arquitectura militar almohade, sin haberlos relacionado con el encofrado. Paz (2015: 41-42) en una de las más recientes revisiones del estado de la cuestión atribuye su erección al último rey zirí,'Abd Allāh (r. Por otra parte, García Granados viva vox se muestra de acuerdo con una atribución hacia el final de la taifa, y pone en tela de juicio la adjudicación automática distintas fases a periodos históricos consecutivos (2014: 488) tal y como han hecho algunos autores al sugerir que las murallas paralelas de la cuesta de la Alhacaba se corresponden con una fase taifa y almorávide, como Orihuela (2013: 51). Además, Rabasco (2015: 67-68) insiste en la necesidad perentoria del último monarca zirí en reforzar sus defensas frente a las inminentes amenazas de almorávides y castellanos. No obstante, el proceso de dilucidación del origen de tales torres aun no ha sido satisfactoriamente resuelto, pues Marcos (2015: 195-201) defiende la opción almorávide, en una reciente monografía. del recinto hispalense están tan alteradas por reformas y restauraciones que poca información pueden ofrecer para este trabajo, en cuanto a la formalización del proceso constructivo. Sin embargo, en los últimos años, ha empezado ha estudiarse según un riguroso método arqueológico el yacimiento andalusí de Majāḍat al-Balāṭ, en la provincia de Cáceres. Las investigaciones en curso han constatado actividad en esta medina desde al menos el s. X hasta su destrucción en 1142, tras el asalto de milicias concejiles de Ávila y Salamanca. Así las cosas, a día de hoy, parece que una de las obras militares andalusíes que puede ser atribuida al período almorávide con mayor certeza es la de la fase postrera de este recinto; cuyo estado de ruina y sin añadidos posteriores resulta esclarecedor para este estudio. Los vestigios más significativos de esta fase se concentran en la denominada torre 1, que junto a la cercana 2, pudieran haber servido de flanqueo a un presumible acceso 16. Ortoalzados, de nube de puntos, realizados con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza; de las caras este, sur y oeste de la torre 1 del recinto urbano de al-Balāṭ. Las huellas de los elementos lignarios perdidos en el encofrado se han marcado en rojo suave, y La superficie original de las tapias en ocre. 10 evitar su vuelco al exterior. Sea como fuere, lo que queda claro es que la disposición de estos elementos lignarios no es ni mucho menos aleatoria o descuidada. Más bien parece responder a una estructura de "parrilla" destinada a dotar de solidez a una obra no masiva, como las vistas anteriormente, sino que servía de forro a una obra previa y de la que interesaba que tuviera cierta autonomía. A pesar de la desaparición de la madera, este objetivo habría quedado cumplido, puesto que el forro ha sobrevivido en altura a la torre que abrazaba, únicamente conservada en su parte inferior. Paradójicamente, la presencia de los postes tan cercanos a los ángulos del forro, con sus dilataciones y contracciones ha propiciado la ruina de las esquinas del bastión; reventado precisamente por donde estaban éstos situados. de la cuarta hilada de tapia y los dos superiores, uno tras otro, en la base de la séptima. Los postes verticales coinciden con los extremos aparentes de la primera viga horizontal y abarcarían desde la cuarta a la novena hilada al menos. No queda claro si tales postes se disponían por dos parejas sucesivas o las huellas responden a un par de piezas tan largas como las vigas. En cualquier caso, ésta es la más antigua constatación de elementos lignarios perdidos en el interior de una obra encofrada que pudieron tener una doble función. Por un lado, sería factible que las vigas hubieran servido para armar interiormente ciertas hiladas, ya que todas parecen resueltas mediante encofrado continuo. Por otro, los postes verticales también pudieron cumplir cierta labor estructural, pero también servir de estacas en las que atirantar los tapiales para Figura 7. Ortoalzados, de nube de puntos, realizados con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza; de las caras sureste y noreste de la torre del extremo meridional de la fortaleza de El Vacar. Las huellas de los postes de arriostrado de los tapiales se indican en rojo suave, las rebabas en azul y las juntas en rojo. LA GRAN ECLOSIÓN CONSTRUCTIVA ALMOHADE Durante el período de implantación del poder almohade en al-Ándalus se dieron las circunstancias para que se produjera una eclosión en la edificación, sin precedentes en todo el medievo hispano. El aumento de la presión militar de los reinos cristianos acarreó un espectacular incremento de obras de fortificación de todo tipo y función; que, por otra parte, supuso una importante herramienta política de la propia dinastía promotora. Precisamente, bajo los Unitarios, la arquitectura monumental adquiere un matiz especial como vehículo de transmisión del mensaje político, mediante la estandarización de formas arquitectónicas y soluciones epidérmicas, especialmente evidentes en edificaciones militares17. Tales necesidades edilicias tuvieron también un importante efecto en la depuración, extensión y uniformación de los propios modos constructivos. En el apartado anterior se habían referido los primeros ejemplos documentados acerca de la disposición de grandes elementos lignarios no recuperables en el hormigón. A partir del momento que nos ocupa, será muy habitual encontrar huellas de postes de atirantado de los tapiales en el interior de las torres, tal y como se constata en Alcácer do Sal, Juromenha, El Vacar, Reina, Écija 18 y Gibraleón 19, por citar los La filiación almohade de estos recintos se puede consultar, en el caso de Alcácer do Sal en Pavón (1993: 16-17), VV. En el caso de Juromenha, Branco y Picard (1992: 84-85) empleando paralelos incorrectamente identificados y criterios cronotipológicos un tanto imprudentemente, proponen que las tapias puedan responder a obras aftasíes del s. XI. No obstante, hay otros autores que se decantan por una datación almohade. (2001: 98) y Villalba (2016: 86) En nuestra opinión, ciertos vestigios de acabados epidérmicos de una de las torres, erigida en la fase de reforma masiva de la fortaleza mediante obra encofrada, también se vincularían a revestimientos documentados a partir del s. XII, por lo que la cronología propuesta por los últimos autores nos resulta más verosímil. 19 Pavón (1996: 42) describe los vestigios defensivos de Gibraleón pero sin ofrecer mayores precisiones cronológicas, salvo de una de las torres, para la que propone el siglo X. El mismo autor (1999: 201) refiere la fortaleza como árabe. Para Carriazo y Cuenca (2004: 190) la actual fortaleza bajomedieval fue erigida entre los siglos XIII y XIV sobre los cimientos de una islámica anterior. Pérez (2014: 211) recoge testimonios documentales de que a partir de 1267 se destinaron importantes recursos económicos para la reconstrucción y reparación de la muralla y sus torres. No obstante, aunque la torre de este recinto mostrada en la figura 12 pudiera haberse erigido tras la conquista cristiana, tecnológicamente está anclada en los modos constructivos de obra encofrada habitualmente documentados en época almohade. casos en los que su estado ruinoso ha permitido su observación 20. En varias torres de El Vacar se aprecian las huellas de postes, que atravesaban al menos dos hiladas de tapia, uniformemente dispuestos formando un cuadrilátero a poco más de un metro de los ángulos de la construcción (Figs. Del mismo modo que en al-Balāṭ (vid supra), en este caso estos maderos han sido la causa de la ruina de las esquinas. Por otra parte, el empleo de fábricas mixtas, documentado en las más antiguas obras taifas granadinas y al-Balāṭ (vid supra), tenderá a generalizarse. En Reina, Carmona, Cáceres, Badajoz, Juromenha, Niebla, Saltés, Gibraleón, Jerez de la Frontera21 y Palma del Río, por citar algunos ejemplos, se reforzarán las esquinas de algunas torres mediante bloques de mampostería, ladrillos o sillares. En el caso de Reina, la disposición de tales refuerzos en una de las torres, más los datos proporcionados por la ruina parcial de la obra, permitiría una propuesta de recreación de su erección (Figs. Esto nos permite comprobar de nuevo el empleo de encofrados masivos en cada hilada, cuestión que queda probada por la presencia de postes de atirantado cuya huella era visible en la parte superior de la construcción. No obstante, por analogía con la posición de estos elementos lignarios documentada en al-Balāṭ, El Vacar (vid supra), y Gibraleón (Fig. 12), se propone la disposición de tal maderamen según un cuadrilátero, de modo que dos postes estarían sobre la unión de la torre con el lienzo y los otros dos muy cerca de los bloques angulares de sillares y ladrillo. Además, las huellas de las rebabas de los tapiales y posición de agujas pareadas junto a éstas abundan en la colocación de tales planchas de madera formando un único encofrado por nivel o hilada. Eso sí, en este caso las rebabas se van contrapeando innecesariamente, desde un punto de vista constructivo. Esto mismo se aprecia en la cacereña Torre del Horno, aunque en esta ocasión las rebabas quedan disimuladas por las cintas verticales del acabado epidérmico original 12 Figura 8. Ortoalzados, de nube de puntos, realizados con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza; de las caras suroeste y sureste de la torre del extremo oriental de la fortaleza de El Vacar. Las rebabas se indican en azul y las juntas en rojo. Parte cimera actual de la torre intermedia del lienzo suroeste de la fortaleza de El Vacar. Las huellas de los postes de arriostrado se marcan en rojo. Ortoalzado, de nube de puntos, realizado con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza; de la faz suroeste de la torre de extremo oriental del recinto de Reina. Las rebabas se indican en azul, las juntas en rojo y los postes de arriostrado en rojo suave. Las fotografías empleadas en la elaboración del ortoalzado fueron tomadas el 8 de julio de 2004, con anterioridad a la restauración que ha modificado profundamente el estado de las seis hiladas superiores. Axonometría, sobre imagen de nube de puntos, realizada con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza, del proceso constructivo de la torre del extremo oriental del recinto de Reina. El criterio cromático de los elementos del encofrado es el mismo que el de la figura 4. tapia de se adosan al lienzo, por la claridad de las juntas constructivas y por la no correspondencia en altura entre las hiladas de ambos elementos (Fig. 10). Sin embargo, en el quinto hilo, que es el primero sin refuerzos esquineros, se produce la trabazón y coincidencia en altura entre torre y lienzo. De ahí para arriba se irán alternando hiladas trabadas y adosadas. En varias torres de El Vacar se observa un planteamiento similar, en el que éstas y los lienzos se erigen como bloques adosados, hasta que se traban en las hiladas superiores23 (Figs. En el recinto urbano de Sevilla se ha detectado un proceder parecido, pero en este caso en las hiladas inferiores la muralla se adosa a las torres y, por el contrario, en las superiores las torres (Fig. 13). Aparentemente, el motivo subyacente del innecesario contrapeado no sería otro que el de una fina ejecución de obra. Sin embargo, abundan los ejemplos de torres almohades, o mardanisíes coetáneas, en los que, al igual que lo documentado en Almería (vid supra), los tapiales se irán disponiendo del mismo modo, hilada tras hilada, como demuestran las líneas corridas de rebabas con sus respectivas huellas de cabezas de clavos. Así se aprecia en el Castillo de Monteagudo, Alcácer do Sal, Palma del Río, Jorquera o Villena 22, por citar algunos ejemplos (Figs. Otra cuestión que se plantea es la trabazón entre una torre y el lienzo adyacente. Torre norte del recinto de Gibraleón, con detalle de la huella de poste de arriostrado que atraviesa tres hiladas de tapia, por detrás del desaparecido encadenado esquinero, presumiblemente de mampostería. Ortoalzado, de nube de puntos, realizado con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza; de la faz noreste de la torre albarrana del Horno. Se han destacado en blanco los vestigios del encintado y jabelga del pretil y merlatura del terrado, y en amarillo las huellas de las cabezas de los clavos de los tapiales. Paramentos de torres con indicación de rebabas de los tapiales en azul, y tablones verticales y huellas de cabezas de clavos en amarillo. Nótese la similitud en la disposición de los tapiales entre la fotografía del Castillo de Monteagudo y la torre de la figura 3. En resumidas cuentas, todos estos juegos de trabazones y adosamientos documentados al menos desde época taifa (vid supra), podrían estar orientados a la creación de una especie de machihembrado para dotar de solidez y estabilidad a la obra. Esta cuestión se hace evidente incluso en algunas albarranas, como la Torremochada de Cáceres, en el que el espigón penetra con claridad en el macizo de la torre poligonal (Márquez y Gurriarán 2003: 77). En cuanto a la probable función de armado de las vigas horizontales perdidas en el interior del encofrado, según se vio en al-Balāṭ (vid supra); posiblemente en esta época se podría certificar semejante cometido. De confirmarse la cronología sugerida, así lo demostrarían los restos analizados en una de las torres huecas del recinto urbano de Hornos de Segura25 (Fig. 15). Actualmente permanecen visibles hasta diez hiladas de tapia de calicanto, a causa de las construcciones parásitas en su base. En la cuarta, contada desde la cima, unos oportunos boquetes en el ángulo oriental y faz sureste de la torre han dejado al descubierto parte de las estructuras lignarias que armaban la base de ese hilo de tapia. De este modo, se puede aventurar la presencia de pares de vigas horizontales en cada una de las tres faces subsistentes de la torre, trabándose en las cabezas quedaba embebido en la argamasa. Ocasionalmente, tales tablillas estaban tomadas de material de desecho, anteriormente destinado a otras partes del encofrado; tal y como se aprecia en la fortaleza almohade de Baños de la Encina, en la que son reutilizadas unas agujas, perfectamente identificables por los orificios cuadrados de sus extremos (Fig. 17). El panorama es muy diferente en el bajo Guadalquivir y occidente andalusí, en el que las saeteras se resolverán mediante hormas, muy posiblemente constituidas por una sola pieza con forma de artesa oblicua. En este caso, estos moldes se depositaban en el interior del encofrado y tras su colmatación y desmonte de tapiales, eran perfectamente recuperables y reutilizables. Por otra parte, su formalización era más sofisticada, pues frente a las saeteras tradicionales de base y techo horizontales, éstas quedaban delimitadas por planos inclinados arriba y abajo (Fig. 18). Así se aprecia claramente en Cáceres, Elvas26, Sevilla y Carmona. El último eslabón evolutivo gracias a unos rebajes previamente tallados (Fig. 16). Tal trabazón estaría sin duda destinada a aumentar la cohesión entre las distintas caras de la torre. En torres macizas también se ha documentado la presencia de travesaños que arman ciertas hiladas, como en la Torre del Aire en la cerca cacereña, en la que tales elementos lignarios se disponían aproximadamente de forma radial (Márquez y Gurriarán 2017: 213, Fig. 5; 214). Merece la pena detenerse en un elemento singular, habitualmente presente en pretiles y cámaras, y que experimentará una particular evolución constructiva en su formalización como obra encofrada. Nos estamos refiriendo a la saetera, cuyos ejemplos más antiguos documentados son los descritos en las torres taifas de Almería (vid supra). En las fortalezas almohades del sureste peninsular es habitual encontrar estos elementos, formal y tecnológicamente resueltos de la misma manera que en Almería, sin que se haya producido evolución alguna. En cualquier caso, este procedimiento resultaba ya en época almohade un tanto arcaico y muy mejorable en lo que a recuperación de materiales lignarios se refiere, pues recordemos que el dintel, generalmente compuesto por tablillas, Figura 15. Torre del recinto urbano de Hornos de Segura con detalle de las cabezas de las vigas ensambladas en sus extremos. Axonometría de la recreación de la disposición de las vigas que arman una de las hiladas de la torre del recinto de Hornos de Segura. quedaría definido por saeteras de obra, habitualmente latericia, ejecutadas previamente al encofrado del muro o pretil en que se dispusieran. Con la gran ventaja de que resultan prácticamente inmunes al desgaste antrópico, climático o mecánico (Fig. 19). Hasta la fecha no ha sido posible documentar más casos que en Badajoz27, Palma del Río y Sevilla. De cualquier manera, esta tipología está vinculada fundamentalmente a aquellas obras almohades en las que se hace patente la inclusión de ladrillo como material auxiliar relevante. LA EVOLUCIÓN DE LOS TRATAMIENTOS EPIDÉRMICOS Los datos de los que actualmente disponemos apuntan a un doble panorama en época taifa. Por un lado, en el recinto de Almería, los tratamientos epidérmicos tras el desencofrado parecen haber sido nulos, pues no se aprecia la más mínima huella en todas las superficies que han llegado intactas a nuestros días. Precisamente, el hecho de que se hayan conservado tan bien da la impresión de que los constructores fiaron la resistencia de las faces exteriores a la propia dureza de las tapias eficazmente calicastradas. Por otra parte, en uno de los más antiguo recintos de ese período en Granada, sí se documenta un acabado superficial consistente en una tipología anteriormente descrita, pero con una concepción más económica en cuanto a la cantidad de mortero calizo empleada. Pues en este caso, la aplicación del mortero se reduce a poco más que el espacio del encintado que, por otra parte, se seguirá delimitando mediante líneas incisas y rellenando por las mismas incisiones menudas (Fig. 21). El criterio aplicado ahora supone la optimización de la protección de la obra encofrada, extendiendo el mortero sobre las líneas de de las cabezas de las agujas para protegerlas de la putrefacción. Las cintas verticales protegerían las juntas constructivas, de haberlas; pero en el caso de encofrados continuos serían meramente estéticas. Siendo este planteamiento una evolución o mejora del anterior, adquiere sentido el marco cronológico propuesto por el autor que lo ha identificado, en el s. XII (García Granados 2014: 487, 489 y 496, Figs. Las líneas que definen tales fajas también se trazarán incisas, formando una suerte de aparejo monumental fingido, de manera que las bandas horizontales coincidan con las líneas de las cabezas serradas de las agujas de cada hilada de la obra encofrada (Fig. 20). El empleo de las incisiones en el interior de las cintas debe estar relacionado con la intención de crear un "gris óptico" que permita distinguir una tonalidad más oscura que la aparente de la propia jabelga blanquecina. Desde luego, sin la presencia de tal abujardado la percepción del encintado a cierta distancia no sería posible solamente con las líneas finas que delimitan las propias cintas. De nuevo en Granada, concretamente en la alcazaba de la Alhambra, se localiza una variante sobre la Figura 17. Interior de una de las torres del castillo de Baños de la Encina, en el que se aprecia la reutilización de agujas de encofrado a modo de dintel de la saetera. Pretil y merlatura de la muralla almohade de Elvas, con saeteras de molde completamente recuperable. Saetera almohade de obra latericia en la Alcazaba de Badajoz. Encintado con incisiones, marcado sobre la jabelga de una torre taifa de las murallas de Granada. Fotografía cedida por cortesía de Juan Antonio García Granados. El siguiente eslabón sería a su vez una depuración del precedente, en el que las líneas incisas desaparecerían de tales fajeados. El resultado mostraría ya el prototípico acabado epidérmico atribuido de manera generalizada a las obras de época almohade (Figs. Llegados a este punto, la primitiva función profiláctica del encintado dará paso en algunas ocasiones a una meramente de exorno, al desajustarse la coincidencia entre las cintas horizontales y la línea de las agujas del encofrado, que dejan de estar protegidas (Figs. Incluso, se llegará al extremo de ejecutar encintados parciales, que pondrán en evidencia su cometido predominantemente ornamental, tal y como se aprecia en la Torre Bofilla erigida en la segunda década del s. XIII29, en Bétera, provincia de Valencia; en la que En la cara oeste de la Torre Bofilla se aprecia una costra de mortero calizo de bordes irregulares inmediatamente por debajo de la zona en que se emplazan unos encintados del mismo material (Fig. 24). En dicha costra se marcan otra cinta horizontal y una vertical más estrecha, rellenas con pequeñas incisiones diagonales tal y como se ha documentado en las obras de época taifa (vid supra). En las cintas superiores sobre la tapia desnuda, como es habitual en época almohade, no sería necesario tal abujardado por el propio contraste cromático entre las blancas fajas y la tapia anaranjada. No obstante, se ejecutan también pequeñas incisiones sobre el encintado superior para mantener una coherencia estética con las cintas realizadas sobre la costra en la que sí son necesarias para su percepción visual. Mileto y Vegas (2011: 96) califican tales incisiones en esta torre como "rayitas decorativas". En Mileto y Vegas (2010: 61, Plano L6) se documenta formalmente dicho encintado, pero no se hace ninguna lectura del material de soporte; ignorándose la presencia y límites de la costra caliza inferior sobre la que se traza parte del fajeado. En el muro de Alafia del Castillo de Alcalá de Xivert se practicaron líneas incisas longitudinales en las cintas. En cuanto a la cronología, en este caso se propone un impreciso siglo XII. Incluso en Azuar et al. (1994: 484) se proponen fechas oscilantes entre finales del siglo XII y principios del siguiente. Encintado con incisiones, marcado sobre fajas de mortero calizo dispuestas sobre la superficie de las tapias, en la alcazaba de la Alhambra. Fotografía cedida por cortesía de Juan Antonio García Granados, y posteriormente manipulada para poner en evidencia la epidermis desnuda de la obra encofrada; actualmente deteriorada y parcheada por restos sucesivos de jabelgas. además cuentan con una serie de variantes ornamentales que superan ese planteamiento básico descrito para los ejemplos granadinos 32 (Fig. 25). Los últimos estudios arqueológicos sobre esta fortificación jiennense asumen claramente su paternidad muminí (vid supra). Así, dado el evidente contraste entre el tipo de acabados superficiales constatado de manera prácticamente sistemática en las fortificaciones de los Unitarios y el que aparece en este recinto; se plantearía, más que una extraña involución, la no asunción automática de las sucesivas novedades en la evolución de los tratamientos epidérmicos. Dentro del amplio arco temporal almohade en al-Ándalus (1147-1228) podría sugerirse una cronología temprana para Baños de la Encina, o incluso volver a revisar la adscripción a tal período. De hecho, la cercana fortaleza de las Navas de Tolosa ostenta el mismo tratamiento en los paramentos de su torre exagonal, en este caso con la misma sencillez que los ejemplos taifa granadinos, y ha sido encuadrada en un extenso período almorávide-almohade 33. En cualquier caso, estas obras de los castillos de Baños de la Encina y las Navas de Tolosa, parecen sincrónicas, tanto por la similar concepción en cuanto a soluciones epidérmicas como constructivas 34. En definitiva, lo que sí quedaría demostrado es la transformación coherente de estos tratamientos superficiales en obras encofradas entre las taifas y los almohades, por lo que podrían fijarse unos hitos evolutivos al margen de la disputa de la afinación de las atribuciones cronológicas (Fig. 27). Finalmente, cabe recordar que si bien es cierto que los típicos encintados almohades siempre daban paso a una jabelga perfectamente perfilada en pretil y merlatura, e incluso en varias hiladas superiores en casos 32 Ferrer (1996: 7-10) describe los vestigios de decoración más visibles en Baños de la Encina y realiza calcos parciales de los mismos; aunque los encuadra en el s. X, según las ideas predominantes todavía en los años 90. Pavón (1999: 692, Fig. 6) recoge encintados con incisiones sobre jabelga completa, en la Alcazaba de Guadix, que también se salen del patrón habitual; en este caso fechados de manera un tanto inconcreta entre los siglos XI y XII. Por desgracia, no podemos contar con otras opiniones, dado el escaso interés que ha suscitado esta fortificación. 34 En ambas fortalezas se aprecia el mismo pequeño pero revelador detalle constructivo que indica la posible coincidencia de cuadrillas de albañiles. No es otro que las parejas de orificios que tachonan las líneas de las agujas, generados por su putrefacción. La peculiar disposición de las agujas, más remetidas, no es habitual en otros casos (Figs. En el castillo de Baños de la Encina se documentan unos encintados que siguen el esquema de los más primitivos de época taifa, aquellos que se disponían incisos sobre una jabelga que cubría por completo la superficie de las torres. Caras sur y este de la Torre Bofilla. La limpia y absoluta ausencia de encintados en el tramo central del prisma, revela que únicamente fueron encintadas la base y coronación de la construcción. concretos35; en ciertas ocasiones, la totalidad de la torre o lienzo quedará cubierta por el mortero calizo, carente de cualquier labor de exorno36 (Figs. LAS IMPOSTAS DOBLES DE LAS TORRES Merece la pena detenerse en un elemento ornamental, tradicionalmente asociado a torres del bajo Guadalquivir, como es la pareja de impostas que suelen ostentar numerosas torres en su parte superior. Ortoalzado, de nube de puntos, realizado con la colaboración de Pedro Gurriarán Daza; del detalle de la base de la cara oeste de la Torre Bofilla. Se ha magnificado la presencia del mortero calizo superficial, así como de las líneas incisas. Distintos ejemplos de decoración incisa en el mortero original de torres y lienzos del recinto de Baños de la Encina. Por otra parte, torres almohades de los recintos de Écija y Marchena que ostentan tales impostas latericias han sido fechadas ya en el s. XIII 39. A esto debemos añadir que Badajoz también fue objeto de una campaña Valor (2004: 152) menciona las albarranas de Écija, con verdugadas, como añadidos del s. XIII. Bellido (2008: 181) refiere que las defensas almohades de Marchena fueron levantadas ex novo en el primer cuarto del s. XIII. de obras a principios de esa centuria, de una envergadura aún no aquilatada, cuyos indicios apuntan a que debió de ser de gran magnitud (Márquez y Gurriarán 2012: 72). Por todo ello, nos atrevemos a sugerir que este tipo de recurso constructivo parece proliferar realmente a partir de un momento ciertamente tardío, dentro del período almohade. Incluso, en algunas torres del recinto urbano hispalense sus verdugadas se unen a bandas verticales del mismo material, lo que supone una evolución en relación con la típica distribución de impostas estrictamente horizontales. Esta cuestión adquiere sentido si además una de esas torres es claramente posterior a las anteriormente referidas del mismo recinto, como la llamada Torre Blanca, de planta octogonal irregular. Si nos guiamos por la tradicional filiación almohade Figura 26. Croquis del proceso de degradación de las agujas y posterior aparición de orificios pareados en la jabelga de los tapias de las fortalezas de Baños de la Encina y las Navas de Tolosa. cronología posterior a 1248 41. Las otras torres cuadrangulares que ostentan semejante tipo de resaltos latericios podrían encuadrarse en ese mismo impulso Figura 27. Esquema de la evolución de los encintados desde las taifas hasta finales del período almohade. Fase 1: encintado con incisiones sobre jabelga completa. Fase 2: encintado calizo sobre tapia desnuda, con incisiones. Fase 3: encintado calizo sobre tapia desnuda. Fase 4: encintado calizo sobre tapia desnuda, con formalizaciones más complejas de carácter geométrico, epigráfico y arquitectónico. Bajo circunstancias concretas pueden volver las incisiones sobre el mortero calizo. Torres con vestigios originales de jabelga, en el Castillo de Monteagudo. Obsérvese la disposición de los tapiales según lo indicado en la figura 14. Torres ampliadas o construidas en período almohade, o posterior, en la cerca urbana de Sevilla. A: Torre próxima a la Puerta de Córdoba, con vestigios de jabelga; aunque todavía no se ha constatado que se trate de la original. Desde la base hasta la primera imposta estaba encintada. De ahí hasta su coronación estaría completamente enjalbegada, como delata su nombre. C: Torre en los Jardines de Murillo, con restos del mortero calizo superficial; no obstante, sujeto a la comprobación de su origen. Guadalquivir y Badajoz, como enclave aislado (Márquez y Gurriarán 2008: 132), se enmarcará entre finales del s. XII la primera mitad del s. XIII; en que evolucionará rápidamente prolongándose su difusión en la posterior arquitectura mudéjar. A pesar de que las construcciones mediante encofrados se documentan desde un momento temprano en el medievo andalusí, no será hasta el s. XI en el que tendremos constancia de cierta madurez de la técnica; tras la proliferación de los procedimientos de albañilería en detrimento de los de cantería, en obras de carácter militar. Posteriormente, almorávides y, sobre todo, almohades depurarán y estandarizarán sus procesos, erigiendo con eficacia torres en las que se combinarán encofrados masivos para las partes macizas y otros anulares y/o modulares para las cámaras. Del mismo modo, las soluciones epidérmicas de protección y ornato de la superficie de las tapias, reflejarán una progresiva economía material con la evolución de los encintados, que por otra parte desarrollarán un creciente sentido simbólico y propagandístico. También bajo los Unitarios se habrá hecho patente la progresiva incorporación de materiales auxiliares, ya evidente desde las taifas en los refuerzos angulares de las torres 43. De modo que a partir de la segunda mitad del s. XII, por un lado, los forjados de madera tenderán a ser sustituidos por bóvedas de ladrillo, y por otro se irá incrementando el uso de este material en bandas resaltadas que marcan pretiles y cámaras 44. No obstante, esta última cuestión será más evidente en el bajo y medio Guadalquivir, y Badajoz, como caso concreto y aislado del occidente andalusí (vid supra). En cualquier caso, este desarrollo tecnológico y constructivo ligado al aumento del uso de ladrillo apunta a cierta economía de los materiales que intervienen en los encofrados. En el caso de las agujas, muchas se convierten en recuperables al dotarse los cajones de cobijas latericias, sobre todo en muros delgados. La absoluta madurez, en las soluciones técnicas y formales, alcanzada bajo los muminíes, dará lugar a no pocas confusiones acerca de la filiación almohade o cristiana 43 Graciani y Tabales (2008: 155-156) ya refieren el paso de fábricas exclusivamente resueltas mediante tapias a fábricas mixtas, en el s. XI. 44 Azuar (2004: 70-71) analiza la gran eclosión del ladrillo en época almohade como material constructivo, en torno al área sevillana, y refiere su combinación con las fábricas de tapial, sobre todo en la primera mitad del s. XIII. edilicio, ya sea tardoalmohade o cristiano 42 (Figs. En resumidas cuentas, todo parece indicar que, tras unos titubeos previos, la aparición de estas bandas en su disposición más común tendrá lugar en el Alcázar de Sevilla en torno a la transición entre los siglos XI y XII. Posteriormente, y ya ejecutadas habitualmente en ladrillo, su proliferación en la propia capital, bajo 42 Tabales (2002: 114) propone que al menos una de estas torres, la contigua a la calle del Agua, pudo haber sido erigida a comienzos del s. XIII. Por otra parte, originariamente debieron mostrar mayores semejanzas formales con la Torre Blanca; pues al igual que ésta, aquellas invadían el espacio del adarve según delatan los restos del arco original de paso por el adarve, en la torre de la calle del Agua (Figs. Además, su cara interior es claramente una refacción en la que no hay rastro alguno del acceso a las cámaras, que actualmente se efectúa por hueco abierto en un lateral de la torre. No obstante, varias torres del tipo convencional, con cámara, del tramo de Macarena, también parecen haber abarcado hasta el espacio del adarve, como las mencionadas; según se aprecia de visu. Torre de la calle del Agua, en Sevilla. Se ha marcado en amarillo la huella del arco mutilado de paso del adarve. Compárese con la figura 29B.
Lectura estratigráfica de los alzados y "metrología inductiva": un enfoque integrado en el estudio del complejo arqueológico
La propuesta que se hace en este artículo parte del convencimiento de que existen ciertos métodos de análisis en arqueología que podrían mejorar notablemente si incorporaran las técnicas cuantitativas; uno de esos métodos es sin duda el de la lectura estratigráfica de alzados. A lo largo de estas líneas expondremos cual es nuestro bagaje al respecto, haciendo un breve recorrido que, si bien partirá de los primeros experimentos más intuitivos, se centrará prioritariamente en nuestros últimos ensayos de carácter matemático-estadístico. En el texto se apreciará cómo estamos experimentando con métodos de captura masiva de información geométrica que después, mediante programación, sometemos a una minería de datos basada en el empleo de algoritmos propios de las técnicas de análisis multivariante. Aportamos finalmente nuestra reflexión sobre un futuro en el que prevemos que la lectura estratigráfica de alzados alcanzará un grado de automatización muy próximo a los sistemas expertos y la inteligencia artificial. Durante muchos años, la Arqueología de la Arquitectura (AA) tuvo que medir sus fuerzas con una tradición historiográfica, dominante en el pasado siglo, en la que la analogía o el estilo constituían el principal de los argumentos para adscribir una obra arquitectónica a uno u otro periodo histórico. En aquel contexto, era natural que el rigor en la aplicación de los principios estratigráficos en arquitectura se convirtiera en una prioridad ineludible (Azkarate 2013: 280). Pero ocurrió -como ocurre en otras tantas disciplinas cuando están todavía en proceso de maduración-que la necesidad de explicar la nueva metodología de análisis, la urgencia por describir el cómo de algo que, en ciertos casos, estaba siendo practicado de un modo voluntarioso y probablemente improvisado, hizo olvidar el por qué y el para qué de la renovación que se estaba propugnando. Quizá debido a ello, estos últimos años estamos notando un cierto estancamiento creativo. Tenemos a veces la sensación de que se ha instalado imperceptiblemente una ortodoxia que empuja al anquilosamiento a quienes trabajamos en el ámbito de la AA. Son dos, en opinión nuestra, las razones que pueden estar coadyuvando a esta situación: La equiparación de la AA con la lectura estratigráfica de paramentos. La capacidad del método estratigráfico para decodificar y ordenar diacrónicamente la complejidad constructiva de un edificio histórico fue advertida pronto, estableciéndose una temprana relación con el ámbito de la restauración (ibidem: 282). Ello explica probablemente el éxito absoluto de la "lettura stratigrafica muraría". La fácil legibilidad de sus resultados, su inmediata aplicabilidad a los estudios previos exigidos en los trabajos de restauración y rehabilitación, la existencia de unos protocolos cada vez más normativizados, la difusión de estos a través de los estudios de grado y postgrado, etc. han conducido indefectiblemente a su difusión. La segunda de las razones del estancamiento de la AA tiene que ver, en opinión nuestra, con la marcada preferencia de muchos de los especialistas en AA por la arquitectura de Medievo (mucho más recientemente también por la arqueología clásica). Ello se debe, sin duda, a la influencia de los primeros maestros -fueran italianos o españoles-que, siendo impulsores de la AA, eran simultáneamente medievalistas reconocidos. Es muy probable que, en esta marcada especialización, haya influido también la temprana vinculación de la AA con el ámbito de la restauración arquitectónica, centrada frecuentemente en arquitecturas de origen medieval (ibidem: 292-294). En este contexto, las consecuencias del trinomio reduccionista que parece imperar en Europa (AA=stratigrafia muraria=arquitectura medieval) son evidentes. Creemos que todo ello ha podido empobrecer el bagaje instrumental de una disciplina que nació con una vocación fundamentalmente integradora, representada por un amplio abanico de estudios arqueológicos que T. Mannoni unificó bajo el paraguas común de la Archeologia globale y que quedan oscurecidos por el monocultivo metodológico al que nos hemos referido. Es precisamente sobre esta depauperación sobre lo que queremos reflexionar en este trabajo, aunque nos centraremos en esta ocasión en un aspecto muy específico, planteándonos críticamente si en los últimos decenios -subyugados quizá por la llamada "revolución estratigráfica" de los años 70 y 80-, no hemos relegado o minusvalorado otras herramientas (tipológicas y cuantitativas) que a la postre van a resultar, probablemente, tanto o más imprescindibles para el futuro de nuestra disciplina que la propia estratigrafía. Esta es -expresada de manera quizá un tanto brusca-la idea que defenderemos en las líneas que siguen. TIPOLOGÍA Y ESTRATIGRAFÍA EN ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA No es la primera vez que desde GPAC reflexionamos sobre estas cuestiones. El hecho de haber tenido que enfrentarnos en fechas tempranas (1996)(1997)(1998) al edificio histórico probablemente de mayor envergadura hasta ahora estudiado con la metodología propia de la AA (Caballero 2010: 118) nos condujo a encarar problemas de extraordinaria complejidad que ni siquiera habíamos previsto, acostumbrados como estábamos -a inicios de la década de 1990-a protocolos que habían mostrado su operatividad en elementos patrimoniales mucho más sencillos (Azkarate et al. 1995). El volumen de un edificio como la Catedral Vieja de Vitoria-Gasteiz y, sobre todo, su enorme complejidad constructiva, acabaron convirtiéndose en factores que nos empujaron a la innovación y la experimentación con diversas estrategias de estudio tanto "interfaciales" como "tipológicas". Simplificando al máximo podríamos decir que las primeras tienen como objeto definir la envolvente -o interfaz-tridimensional del estrato, una superficie envolvente más conceptual que real. Las segundas, por el contrario, buscan la individualización del estrato a partir de la identificación de 3 El proyecto de la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz vino a demostrar cómo dos sistemas de trabajo -en apariencia diferentes y considerados frecuentemente como antagónicos e incluso antitéticos-se complementaban entre sí (Caballero 2009: 12). El primero de ellos -de naturaleza tipológica-, operaba decodificando (deconstruyendo) las partes constitutivas de un edificio mediante la individualización de sus distintas variables para observar luego cómo se asocian entre sí hasta conformar conjuntos constructivos ("clústeres" 5 ) de naturaleza sincrónica. El segundo -de carácter estratigráfico-analizaba aquellos clústeres que tuvieran relación física entre sí para descubrir, a través de sus interfaces, su ubicación en la secuencia constructiva del edificio; su naturaleza era, por tanto, diacrónica, aunque la secuencia cronológica fuera de momento "relativa". Sólo tras la aplicación de otras herramientas de análisis (fuentes escritas sobre soportes diversos, numismáticas, análisis arqueométricos, etc.) se alcanzará la cronología absoluta deseable, que una vez alcanzada, permitirá la creación de cronotipologías de alcance local y regional6. Los resultados de esta nueva propuesta fueron tan satisfactorios que pudieron ser testados con éxito en distintos contextos de aplicación, algunos de notable complejidad, como la arquitectura religiosa medieval del territorio alavés que analizó casi 400 iglesias (Sánchez Zufiaurre 2007) o el gran conjunto preindustrial de Salinas de Añana, con 5648 eras de sal, 2040 muros, 848 pozos, 258 almacenes y varios kilómetros de canales (Plata 2007). En todos ellos aparece con frecuencia el término "clúster". Con este anglicismo, tan difundido en la literatura científica, queremos expresar en castellano la idea de conjunto, agrupamiento, racimo o asociación. A partir de esta idea de "grupo" como denominador común, el anglicismo puede adquirir significados específicos según se aplique en la informática, la industria o las ciencias, por citar solo algunos ejemplos. ¿Cuál es el sentido que los rasgos internos que caracterizan su contenido, no los de su envolvente. Aunque normalmente no seamos conscientes de ello, esta técnica es la que más empleamos los arqueólogos. Basta ver los epígrafes que componen nuestras fichas de registro para comprobar cómo, cuando llega el momento de traducir la realidad observada al lenguaje alfanumérico, el investigador recurre a la valoración, medición o consideración por separado de un cierto número de variables que son las que, conjuntamente, se consideran definitorias, no sólo del estrato que se está describiendo, sino de la globalidad de hechos estratigráficos de su mismo género. Por ejemplo, cuando se describe un paquete estratigráfico se ponderan variables cómo (1) "compactación", (2) "color", (3) "composición", "tamaño de partícula", (4) "intrusiones", (5) "dimensiones", etc., mientras que, cuando se habla de un elemento constructivo, se valoran características como (1) "materiales", (2) "dimensiones", (3) "talla", (4) "aparejo" o (5) "mortero", entre otras. La estrategia tipológica no se preocupa tanto por las fronteras del estrato cuanto por su sustancia esencial, por esa materialidad particular que nos permite diferenciar una realidad de otra caracterizada por unos rasgos notablemente diferentes 4. Sea como fuere, la "estrategia interfacial" no está puesta en cuestión y queremos que ello quede meridianamente claro para evitar equívocos en el futuro. Su eficacia a la hora de individualizar estratos queda fuera de toda duda; pero ello no impide observar ciertas limitaciones en las que sin embargo la "estrategia tipológica" da notables muestras de ser más resolutiva. Hablamos fundamentalmente de contextos construidos de gran complejidad estratigráfica -como pueda ser el de una catedral o un casco urbano-, contextos que además de estar compuestos por miles de estratos, ocupan una superficie que es tendencialmente más extensa que profunda (o si se prefiere más tendente a la horizontal que a la vertical), factor que reduce la eficacia informativa de la interfaz con respecto a la caracterización estratigráfica por vía tipológica (debido en gran medida a que esta última permite establecer equivalencias entre estratos que no tienen una relación física directa). Fue la observación de estas limitaciones la que hace años nos animó a empezar a trabajar en una propuesta de método que explotase las potencialidades de la "estrategia tipológica". otorgamos nosotros al concepto? De la misma manera que en astronomía se recurre al concepto "clúster" para referirse a un grupo de estrellas vecinas, unidas por gravitación mutua, que tienen esencialmente la misma edad y composición y, por lo tanto, supuestamente un origen común, en nuestros primeros trabajos recurrimos al concepto de "clúster constructivo" para referirnos a un grupo de "variables" (tanto técnicas como formales), unidas en su materialidad por la naturaleza construida de una fábrica, a las que cabe presuponer también la misma edad y, por lo tanto, un origen común, de acuerdo con el principio de la homogeneidad formal que todo acto constructivo coetánea conlleva. Como pudimos comprobar en la experiencia de la catedral de Santa María, la identificación (1o) de las variables técnico-formales, su georreferenciación (2o) en el espacio y el descubrimiento (3o) de la combinación tridimensional de estas variables entre sí, puso ante nuestros ojos -casi como en un ejercicio de prestidigitación-la existencia de distintas fases constructivas que, articulándose entre sí, componían de manera coral la torturada historia de un templo catedralicio. Sin embargo, conviene que en este punto hagamos una precisión necesaria: una cosa es identificar conjuntos constructivos y otra muy distinta es decir que lo hacemos a través del "análisis clúster" de sus variables, como erróneamente deslizamos en la última de nuestras publicaciones sobre el tema (Azkarate 2010: 51, 55 y 61). En ninguna de las tres experiencias a las que nos hemos venimos refiriendo se hizo propiamente un análisis clúster, concebido como un conjunto de técnicas multivariantes con el objetivo principal de obtener mediante algoritmos, agrupaciones o clusterings. Fue necesario que pusiéramos en marcha dos proyectos de mayor envergadura 7 para advertir, por primera vez, que la bondad de la idea original resultaba sin embargo insuficiente en contextos más complejos. Pronto fuimos conscientes de que tanto el análisis de la interrelación en el conjunto de variables y rasgos que suelen considerarse para caracterizar los objetos a analizar como el estudio de los aspectos sincrónicos y diacrónicos que están involucrados en estos procesos de variabilidad, constituían -tal y como había señalada G. doctorado8 -campos temáticos escasamente desarrollados (Rolón 2014: 2) y que, en consecuencia, resultaba necesario asumir nuevos retos metodológicos, aunque para ello tuviéramos que adentrarnos en ámbitos ajenos tradicionalmente a l'archeologia del costruito. Es en este contexto de renovación metodológica en el que, desde GPAC y la Cátedra UNESCO Cultural Landscapes and Heritage, se intentará implementar procedimientos estadístico-matemáticos en los nuevos proyectos, incluyendo la automatización de algunos de los procesos. Constituyen buenos ejemplos de ello nuestras primeras propuestas sobre las potencialidades del láser escáner y las nubes de puntos (García-Gómez, Fernández de Gorostiza y Mesanza 2011) o las investigaciones llevadas a cabo por Noelia Osés (Osés y Azkarate 2013; Osés y Dornaika 2013; Osés, Dornaika y Moujahid 2014) sobre los sistemas expertos y la posibilidad de aplicar el análisis digital de imágenes a la extracción automática de contornos. Muy reseñable resulta también la tesis doctoral llevada a cabo por el arquitecto argentino G. Rolón a partir de una estancia de investigación en los laboratorios de GPAC, convirtiéndose en la primera investigación en la que se realiza un análisis estratigráfico y tipológico con apoyo de técnicas analíticas multivariantes para el estudio de edificios históricos (Rolón 2013(Rolón y 2014)). Pero será la tesis doctoral de uno de los firmantes de este trabajo la que ha supuesto, hasta la fecha, la apuesta más decidida en este sentido9. El objetivo de esta investigación fue la automatización de parte del proceso de lectura estratigráfica de alzados, empleando para ello el análisis multivariante, buscando con ello una mejora en la calidad, rapidez y productividad y eliminando parte de la subjetividad que puede acompañarle en muchos casos (Mesanza 2017: 79). Aunque resulte obvio, resulta necesario señalar que buena parte de los capítulos que siguen son deudores de este esfuerzo. Para este primer avance, se han reducido en lo posible las referencias explícitas a la metodología sobre algoritmos relacionados con las técnicas de minería de datos, que aparecerán en medios de publicación específicos. LA IMPORTANCIA DE LAS TÉCNICAS CUANTITATIVAS En consonancia con todo lo dicho, este artículo -que no es sino un avance de una obra más ambiciosa actualmente en curso-está concebido como un primer paso en el apasionante reto que la aplicación de las técnicas cuantitativas van a plantearnos en un futuro ya próximo. La automatización y las posibilidades que brinda la inteligencia artificial están ya entre nosotros y pronto tendrán protagonismo propio en la lectura estratigráfica de las construcciones históricas y, con carácter aún más general, en el conocimiento y gestión del Patrimonio Cultural y los Paisajes Culturales. Habrá arqueólogos, arquitectos o historiadores del arte a quienes este tipo de propuestas no agrade particularmente por considerarlas demasiado frías y alejadas de los esquemas mentales que han acompañado tradicionalmente al estudio de las artes y las humanidades, pero los grandes avances que se han producido en los campos de la informática y de la documentación topográfica del patrimonio nos reafirman de algún modo en esta línea, abriéndonos una nueva puerta cuya sola mención asusta todavía a los más escépticos; nos referimos a la futura automatización de los análisis estratigráficos. ¿Podremos llegar algún día a una tecnología que asista efectivamente al arqueólogo en la no siempre fácil tarea de individualizar estratos en un muro? Estamos convencidos de ello, pero eso no sucederá si previamente no existe un procedimiento metodológico sobre el que se puedan fundamentar los primeros cimientos de un proceso que será sin duda complejo. T. Mannoni se convirtió, una vez más, en fuente de inspiración. Fue releyendo su estudio sobre la evolución constructiva del castillo de Génova -un trabajo pionero para una época en la que aún ni la lectura estratigráfica de alzados, ni la propia AA habían nacido como tales- (Mannoni y Poleggi 1974), cuando descubrimos algunas claves conceptuales. Merece la pena citar en extenso sus propias palabras, pues evidencian con claridad que Mannoni era plenamente consciente de cómo un análisis matemático-estadístico básico podía revelar la existencia de paramentos producidos en momentos distintos: gran complejidad, y no sólo en un sentido práctico, sino también en un sentido teórico. Es por ello que, antes de sumergirnos en una descripción más pormenorizada del procedimiento que hemos seguido, vamos a presentar un pequeño esquema descriptivo del mismo, no sin antes hacer un par de apuntes. Uno primero para recalcar que, si bien el eje vertebrador del procedimiento que hemos diseñado sigue siendo -como en nuestros anteriores trabajos-el análisis clúster, su protagonismo se ve ahora bastante matizado por un nutrido conjunto de procesos colaterales que son claves si en un futuro queremos lograr una automatización efectiva del proceso de lectura estratigráfica. El segundo apunte es en realidad un "esquema del esquema" porque creemos que conviene advertir que el procedimiento puede resumirse aún más en tres grandes fases de trabajo; una primera, que tiene que ver con la captura de los datos geométricos, es decir, con la medición de los elementos que componen el edificio objeto de estudio (o si se prefiere, con la cuantificación de la realidad material); otra segunda, que se refiere propiamente al tratamiento matemático-estadístico de los datos obtenidos en aquella fase previa; y una última, que tiene que ver con la plasmación de los resultados obtenidos sobre un modelo del edificio analizado y el hallazgo de la secuencia estratigráfica que caracterizó su evolución constructiva. Pues bien, ahora ya más en detalle, creemos que nuestro procedimiento puede sintetizarse en ocho pasos, que serían: Como hacia el final del epígrafe sobre captura y extracción de datos geométricos explicamos, para este trabajo hemos decidido trabajar exclusivamente con variables geométricas, es decir, midiendo aquellas distancias que son descriptivas de la forma que tienen los objetos. Hemos decidido que la unidad base de nuestro análisis van a ser los sillares que componen el edificio, por lo que los hemos medido uno a uno. Una vez teníamos claro qué es lo que teníamos que medir, el siguiente paso fue emplear el instrumental topográfico adecuado, en este caso el láser-escáner, para lograr una medición lo más precisa posible. El producto primario que nos proporcionaba la medición por medios topográficos era un modelo de nube de puntos que no podía ni puede emplearse hacía proponiendo una diferenciación según técnicas constructivas, es decir, según un análisis tipológico sistemático. En definitiva, Mannoni no hacía otra cosa que recurrir al acervo corriente en la arqueología de entonces: es consciente de la existencia de estratos y sin embargo su forma de individualizarlos no se fundamenta en la "estrategia interfacial" que se impuso a posteriori, sino en la "estrategia tipológica" que era la tradicionalmente empleada en nuestra disciplina prácticamente desde sus orígenes. b) Un detenido repaso del artículo en su conjunto revela que el sistema de registro empleado por Mannoni se encuentra altamente sistematizado; tanto la descripción de los muros que él denomina "cualitativa" como la que califica de "cuantitativa" encajan en lo que podríamos definir como una descripción tipológica basada en la consideración por separado de un cierto número de variables. Variables que tienen en cuenta -entre otras-características como la granulometría de la arena de los morteros, la presencia porcentual de ciertos materiales como el cuarzo, las ofiolitas o la caliza marmórea también en los morteros, la tipología de los materiales reutilizados, el tipo de talla, etc., aparte por supuesto de las dimensiones de los sillares, de los que se mide la altura, la largura, y el grosor de las juntas. c) Como puede apreciarse, Mannoni ensaya el "análisis clúster" de algunas de las variables registradas. Un análisis que destaca por el incipiente empleo de un procedimiento matemático-estadístico, en el cual se observan: a) la preselección de una población de estudio (sólo los muros con despiece en hiladas); b) la desestimación de valores anómalos u outliers10; c) la identificación de patrones o "módulos"; d) el cálculo de "medias"; y e) su reflejo en distintos diagramas de dispersión. PUESTA EN PRÁCTICA DE UN EJEMPLO CONCRETO Como sin duda el lector estará comprobando, la problemática que estamos intentando abordar encierra una Insistamos a propósito de este esquema que éste no es sino una síntesis provisional que, de hecho, como resultado del proceso de experimentación que a continuación vamos a exponer, ya estamos viendo que va a tener que ser alterado en alguno de sus puntos (ver apartado conclusiones). Elección del objeto de estudio Volvamos de nuevo al inicio y comentemos cómo nuestro trabajo comenzó en el momento mismo de la selección del edificio que queríamos estudiar arqueológicamente. La edificación elegida fue la Ermita de la Purísima Concepción, construida a finales del siglo XII, y ubicada en la localidad treviñesa de San Vicentejo, a 14 km al sur de Vitoria-Gasteiz. Para muchos investigadores se trata de un templo "excepcional" dentro del panorama del Románico tardío peninsular debido fundamentalmente a sus extraordinarios valores formales (Castiñeiras 2012: 231). Esta elección, a primera vista, podría parecer sorprendente dada su aparente sencillez y homogeneidad además de su reducido tamaño; pareciera que hubiéramos querido elegir una construcción "fácil" donde contrastar nuestras hipótesis, aunque nada más lejos de la realidad. En esta decisión se tuvieron en cuenta aspectos muy diversos que pasamos a detallar brevemente. Un primer punto que se consideró es la inexistencia de estudios arqueológicos en profundidad realizados sobre la ermita. Investigadores de la talla de Francisco Iñiguez Almech (1968: 203-207) o Micaela Portilla (1968: 188-193) han estudiado el templo, pero desde el punto de vista de la Historia del Arte y no tanto desde una perspectiva de la Arqueología de la Arquitectura. Este hecho permite que nuestra posición de partida sea neutra, sin ninguna influencia que incline la investigación hacia uno u otro lado. El segundo aspecto a destacar es la aparente homogeneidad de los paramentos de la iglesia, circunstancia ésta que, en contra de lo que pudiera parecer, suponía un reto aún mayor al poder plantear, como hipótesis de trabajo, que la metodología de lectura estratigráfica automatizada permitiría distinguir anomalías que con el modo tradicional de proceder seguramente hubieran pasado desapercibidas. En último lugar destacaremos la litología de sus paramentos, ya que en todos ellos aparece como roca preferente para su construcción las calizas o lumaquelas de Ajarte, trabajadas mayoritariamente en forma de directamente para el tratamiento estadístico, por ello fue necesario un tratamiento secundario o "delineación" que nos sirvió para la definir el contorno de los sillares mediante polilínea. Extracción de datos geométricos. Una vez delineados todos los sillares que componen el inmueble, procedimos a la programación de un conjunto de rutinas que extrajesen de ese modelo lineal todos los datos que precisábamos en función de las variables definidas en el punto 1. Para poder aplicar el análisis clúster a un conjunto de elementos es preciso que todos estos tengan características similares. Las dovelas de los arcos o las piezas que presentan algún recorte a modo de engatillado, aun siendo sillares, no pueden ser objeto de análisis clúster conjunto. Para filtrarlas y sacarlas fuera del grupo de trabajo es para lo que empleamos las técnicas estadísticas de carácter predictivo. Una vez depurada la muestra, fueron los sillares restantes -que seguían siendo la inmensa mayoría de los que componen el edificio-los que sometimos al análisis clúster. Este análisis, en un primer momento, consiste en la determinación del número óptimo de clústeres en que puede dividirse dicha muestra y en un segundo momento en el análisis clúster propiamente dicho, que es el que nos devuelve las agrupaciones de sillares que forman parte de una misma unidad. Del mismo modo que los pasos 1 a 4 nos sirvieron para pasar de la realidad material de las cosas a esa síntesis esencial que son los datos cuantitativos que subyacen en ella, una vez obtuvimos los clústeres, tuvimos que hacer el "viaje de vuelta" y trasladarlos al espacio físico real para comprobar con su representación sobre el edificio si podía subyacer una lógica estratigráfico-constructiva en su distribución. Deducción de la secuencia estratigráfica. Al estudiar la distribución espacial de los clústeres sobre los edificios, detectamos que los sillares que conformaban un mismo clúster presentaban sobre los muros una tendencia a la concentración que sugería efectivamente que nos encontrábamos ante una realidad estratigráfica, una realidad que podría estar informándonos sobre la secuencia constructiva del edificio, si tratábamos de leerla según los principios de estratificación arqueológica. sillar, un aspecto bastante habitual en otros templos de la geografía alavesa. Esta cuestión es importante para la reproducibilidad del experimento. Esto no quiere decir que el método que aquí planteamos solo funcione con fábricas realizadas con lumaquela de Ajarte, ya que el método en sí mismo es extrapolable a cualquier inmueble, pero no los valores absolutos que en él se obtengan. Tal y como señalaba Mannoni en su proyecto, la muestra con la que se había de realizar el análisis clúster debía ser homogénea, eliminando aquellos valores anómalos presentes en la misma. Esto requiere de una serie de trabajos previos para "depurar" la base de datos que en nuestra investigación solventamos aplicando diferentes técnicas predictivas (como son el "análisis discriminante" o los "árboles de clasificación"). Eso supuso tener que recopilar datos de un conjunto de edificios que servirían para el aprendizaje autónomo del sistema, y otros diferentes donde poder aplicar dicho conocimiento. En el currículo de nuestro grupo de investigación (GPAC) disponíamos de una amplia colección de ellos, repartidos por toda la Comunidad Autónoma del País Vasco, pero optamos por explorar el entorno alavés en busca de aquellos que más similitudes tuvieran con la ermita románica previamente elegida. Finalmente, nos decidimos por la Basílica de Armentia y por la Catedral de Santa María, dos de los templos más emblemáticos del territorio de Álava y objeto ambos de sendos estudios de investigación por nuestro grupo. Captura y extracción de datos geométricos Aunque previamente ya se tenían ciertas previsiones sobre las técnicas de documentación geométrica que podríamos utilizar en la investigación, no queríamos, sin embargo, descartar ninguna posibilidad antes de comprobar en la práctica cuáles eran las ventajas/desventajas de una u otra metodología de registro. Inicialmente ensayamos con los métodos fotogramétricos (con fotogrametría convergente principalmente), pero pronto observamos que para llegar a las precisiones que íbamos a requerir, necesitábamos tal número de capturas fotográficas que, el tiempo para obtenerlas (y la inevitable acumulación de errores que conlleva encajarlas en un único modelo), iba a constituir un verdadero obstáculo para la viabilidad del proyecto. Las pruebas, en cambio, que hicimos con el láser-escáner fueron incomparablemente más satisfactorias, razón por la que finalmente nos decidimos por este último sistema. Para que el lector no especialista pueda hacerse una idea de la exhaustividad de las mediciones efectuadas, diremos que el modelo de nube de puntos obtenido una vez completados los escaneos en San Vicentejo, se compone de más de 12 millones de puntos, medidos con una resolución que oscila entre los 5 y los 10 mm. Estos modelos están compuestos por constelaciones de puntos que se encuentran aislados unos de otros en el espacio, siendo necesario unirlos para representar realidades geométricamente significativas. En la medida en que -como pronto explicaremos-la realidad que nos interesaba capturar era la de la dimensión de los sillares, tuvimos que someter esos millones de datos espaciales a un post-proceso que permitiera seleccionar y unir en cada caso aquellos puntos que conformaban el perímetro de dichos elementos constructivos; este post-proceso exigió que un operador humano -asistido por el pertinente software CAD-delinease mediante una polilínea el contorno de cada bloque pétreo. Se trata de una tarea ardua más que complicada, una tarea que hoy por hoy -aunque distintos fabricantes ya están trabajando en el desarrollo de un algoritmo para la automatización del delineadono se puede realizar sino manualmente. Del delineado efectuado han resultado algo más de 6800 polígonos que conforman el modelo definitivo sobre el que se ha efectuado el análisis matemático-estadístico, una vez que se introdujeron los datos referidos a cada bloque en un Sistema de Información Geográfica. Se programaron para ello sencillas rutinas que permitieran una extracción automática de la información referida y su almacenamiento en una base de datos creada a su vez en el ya citado SIG. Con todo, en la medida en que las herramientas de análisis que incorporan los SIG no están específicamente pensadas para buscar -mediante procedimientos estadísticos-aquellos patrones ocultos en los datos, tuvimos que exportar nuestra base de datos a programas propios para la llamada "minería de datos". Antes de continuar conviene que nos detengamos, sin embargo, en un punto importante al que nos hemos referido brevemente en el párrafo anterior. Todo método de reducción de la realidad a números -y eso es lo que necesitamos para poder hacer cálculos estadísticos con ellos-pasa siempre por algún tipo de sistema de medición; se mide el peso, se mide la intensidad de la luz o del sonido, se mide también la velocidad, la acidez de un fluido, la población de una ciudad o las tendencias de opinión de un país. En el caso de nuestra experiencia de San Vicentejo, lo que cuantificamos es la espacialidad de las cosas; medimos posiciones y distancias con las que podemos describir la forma y disposición de las piezas que componen el edificio. Al decantarnos por la medición de distancias no estamos diciendo que para realizar un análisis clúster no sea útil la medición de otras características materiales del edificio como litología, patología, marcas de cantero, talla, labra, etc. Este fue, de hecho, nuestro proceder metodológico en las diversas experiencias de investigaciones que hemos mencionado en los capítulos precedentes y en las que comenzábamos identificando -como en el caso de la Catedral de Santa María-variables tanto de carácter técnico-constructivo Figura 2. Alzado exterior sur de la ermita de San Vicentejo con las dovelas de arco identificadas automáticamente. Aunque no era objeto de este artículo, vemos cómo es factible la búsqueda de determinados elementos aplicando diversas técnicas predictivas. (tipos de materiales constructivos, tipos de aparejos, tipos de talla, marcas de cantero, etc.) como variables de carácter formal (tipos de puntillas de los arcos trilobulados y del antepecho del triforio, tipos de capiteles, etc.). Pero la cosa cambia radicalmente cuando se adentra uno en el complejo mundo de la estadística, los análisis multivariantes y la automatización. Es por ello por lo que, en este nuevo reto y en la medida en que estamos emprendiendo una labor pionera en busca de una mayor sistematización de los métodos de análisis estratigráfico aplicados en Arquitectura, hemos optado porque el trabajo sea lo menos "intuitivo" (o lo más "cuantitativo" si se prefiere) posible, razón por la cual hemos huido de las variables "cualitativas". Esto es lo que explica que, por ahora, en esta propuesta de método, nosotros prefiramos trabajar exclusivamente con datos de la medición de distancias y posiciones en el espacio. Así pues, descartados todos los elementos diferentes a un sillar perfecto, ya disponíamos de una serie susceptible de someterse a un análisis clúster, ya que sus componentes eran lo suficientemente parecidos y al mismo tiempo lo suficientemente distintos, como para establecer entre ellos una comparativa coherente y significativa desde el punto de vista tipológico. Determinación de las variables estadísticamente más significativas Probablemente en un fututo (cuando contemos con una base de datos de edificios analizados más amplia) podamos saber, ya de antemano, qué variables van a ser estadísticamente significativas para nuestro análisis; de ese modo podremos ahorrar mucho tiempo a la hora de tener que tomar mediciones en un inmueble. Por ahora sin embargo nos vemos obligados a seguir siendo maximalistas, es decir, a ser exhaustivos, y considerar, por ejemplo, al medir la cara de un sillar, su alto, su ancho, sus dos diagonales, la posición de su centro, la longitud de su perímetro, su área, la de su envolvente, etc. Por el momento, sólo después de considerar tantas mediciones como nos sea posible, será la propia estadística la que analizando la naturaleza matemática de esos datos pueda decirnos cuáles de esas mediciones son verdaderamente significativas al objeto de diferenciar estratos. En el caso de las medidas relativas a los sillares perfectos de San Vicentejo, sometimos los datos a un análisis de componentes principales (al que coloquialmente los expertos suelen referirse sencillamente como PCA). No es este el lugar para entrar en los principios matemáticos sobre los que se fundamenta este procedimiento; no obstante, puede decirse que consiste en transformar el conjunto inicial de variables en otro mucho más reducido, pero de forma que reflejen un porcentaje bastante amplio de la variabilidad total de la muestra (Pérez López y Santín González 2007: 351). Como en todo procedimiento indiciario, la distinción de estratos parte de un principio básico que es la detección de la anomalía, o, dicho de otro modo, la detección de homogeneidades y heterogeneidades. Así, dos o más sillares iguales presentes en un mismo contexto deberían en un principio entenderse como pertenecientes a una misma realidad, mientras que dos sillares distintos deberían normalmente adscribirse a dos realidades diferenciadas. La elección de las variables es un aspecto clave en todo el proceso, ya que se han de elegir aquellas que dispongan de información suficiente como para poder discriminar los distintos grupos que se formen. Puede ocurrir que al trabajar con una sola variable no se aprecie ningún tipo de estructura interna pero que la combinación del mismo atributo con algún otro produzca una salida completamente diferente. En cualquier caso, no se trata de disponer de infinidad de variables, ya que un exceso de las mismas puede llevar a un enmascaramiento del fenómeno, sino de buscar aquellas que más puedan aportar al proceso. Para nuestra investigación, de las 33 variables con las que inicialmente se definió cada bloque de piedra, finalmente, para este análisis de conglomerados, optamos por trabajar únicamente con el alto y largo de piedra, al igual que lo haría Mannoni en su proyecto del castillo de Génova y que tan buenos resultados le reportó. Determinación del número de clústeres Una vez habíamos llegado a la conclusión estadística de que las variables "largo" y "alto" eran las más significativas, ahora debíamos servirnos de ellas para concretar cuáles eran los clústeres presentes en la fábrica de San Vicentejo. Pues bien, los clústeres se determinan por así decir en dos tiempos; primero, se procesan los datos sólo con objeto de determinar el número de clústeres en que éstos parecen compartimentarse, y ya después, conociendo esa cifra, se hace un nuevo procesado para determinar concretamente qué elementos -en nuestro caso, qué sillares-pertenecen a un clúster y cuáles a otro. Vayamos en orden; para conocer el número de clústeres que conforman nuestra muestra, hemos empleado dos procedimientos. En efecto, aunque en principio no es necesario emplear más de uno (existen varios posibles), queríamos asegurarnos de que, independientemente del procedimiento estadístico que escogiésemos, los resultados obtenidos iban a ser los mismos. Así por un lado, hicimos una primera comprobación mediante el llamado "método del codo" ("ELBOW method" en su expresión anglosajona) que lleva ese nombre precisamente porque la gráfica resultante de los cálculos que implica consiste justo en eso, es decir, en una línea que llegado cierto punto gira bruscamente; pues bien, ese punto de inflexión corresponde con un cierto valor que es el que indica el número óptimo de clústeres que explican nuestra muestra, el cual en este caso, ascendía a un total de cinco clústeres. El segundo método empleado para determinar el número de grupos en que se dividía nuestra muestra, consistió en la confección de dos histogramas, uno con datos de la variable "alto" y otro con datos de la variable "largo". Comparativamente, mientras que en la gráfica de las larguras no se distinguían nítidamente repuntes o modas que indicasen que las medidas tendían a agruparse en torno a ciertos valores, en el caso del histograma de la altura esas modas aparecían bien destacadas con sus dientes de sierra concentrados fundamentalmente en cuatro puntos, al que -siguiendo a Yan ( 2005)-cabría añadir un quinto, conformado por los llamados valores atípicos u "outliers". Gráfico resultante de aplicar el contraste estadístico Elbow en los alzados de la ermita de San Vicentejo. Se aprecia como a partir de k=5, la gráfica hace un quiebro, punto que señala el número de agrupaciones más probable de la muestra. 12 Una vez plasmados sobre el modelo, los clústeres definidos estadísticamente presentaban una distribución a la que no estamos habituados los arqueólogos cuando hacemos una lectura estratigráfica convencional. Sin embargo, a nuestro juicio este hecho, lejos de constituir una dificultad, supone un verdadero reto científico ya que introduce interesantísimas cuestiones relativas no sólo a la verdadera naturaleza de la estratificación sino sobre todo a nuestra capacidad real para percibirla. Los estratos que identificamos sobre los muros mediante una lectura de alzados convencional tienden a estar bien localizados, a ser compactos, a tener un contorno bien definido; la pregunta sin embargo es ¿son verdaderamente así, o su forma depende -al menos en parte-del modo en que nos han enseñado a visualizarlos? Se trata sin duda de una cuestión apasionante a la que estamos lejos aún de poder dar una respuesta definitiva. Con todo, en el caso de San Vicentejo hemos optado -obviamente-por aquella vía que creemos más certera. Atendiendo al modo en que se distribuyen por el edificio, nuestros cinco clústeres pueden clasificarse en dos apartados; por un lado, estarían aquellos completamente dispersos a los que resulta muy difícil atribuir una entidad estratigráfica (aunque en realidad este sólo Tomando por lo tanto esos cinco como número óptimo de clústeres en que puede dividirse nuestra muestra, ya podíamos dar el siguiente paso para definir concretamente qué sillares podrían agruparse dentro de un conglomerado u otro. Existen para ello diversos algoritmos que, según trabajen con la "moda" o con la "media" de los datos se denominan "k-means" o "k-modal". Por la naturaleza de nuestros datos, en principio cualquiera de los dos podía sernos útil, si bien finalmente optamos por "k-means" dado que es el más extendido entre los distintos softwares de procesamiento estadístico. Mapeado de los clústeres Una vez aplicado el "k-means" el sistema conformó los clústeres indicándonos sillar por sillar, cual pertenecía a una agrupación y cual a otra. Ahora bien, a pesar de ello, el hecho de que esas agrupaciones fueran coherentes matemáticamente según los datos suministrados, no implicaba necesariamente que esa coherencia fuera también arquitectónica o estratigráfica, de modo que lo siguiente que tuvimos que hacer para comprobarlo fue mapear los clústeres obtenidos mediante el SIG y ver cuál era su distribución tridimensional en la iglesia de San Vicentejo. Desarrollo de los alzados interiores y exteriores de la ermita de San Vicentejo y plasmación sobre ellos de los clústeres calculados. El principio sobre el que hemos basado el anterior razonamiento no es evidentemente nuestro, lo hemos tomado del clásico de Hooder y Orton, Análisis espacial en arqueología (1990: 41). Los análisis de distribuciones han sido cada vez más frecuentes en arqueología, siendo su principal objetivo precisamente el de identificar patrones no aleatorios que pudieran delatar la presencia de la acción humana partiendo de la idea de que una distribución espacial notablemente aleatoria apunta a una ausencia de dicha acción humana, mientras que la existencia de aglomeraciones sugiere la presencia de un patrón de comportamiento racional. De la identificación de estratos hacia la secuencia constructiva Nótese al respecto cómo, del mismo modo que el análisis de la estratificación de un edificio no acaba con la identificación de estratos, tampoco la identificación de clústeres con valor estratigráfico puede servirnos por si sola para completar la lectura de alzados de un edificio. Es preciso ir un paso más allá hasta lograr reconstruir una secuencia cronológica coherente y para ello, como es obvio, es preciso analizar el tipo de relaciones físicas que median entre los estratos identificados: sólo a partir de ellas se puede deducir la coordenada temporal y a su vez de ésta la secuencia constructiva del conjunto. Curiosamente, los arqueólogos estamos tan acostumbrados a trabajar con esas relaciones estratigráficas que no siempre somos conscientes de los signos externos en que nos hemos fijado para determinar qué hechos estratigráficos se han producido antes y cuáles se han producido después. Sin embargo, tomar consciencia de cuáles son estos signos resulta clave si, como es nuestro caso, lo que pretendemos en un futuro es poder automatizar su detección. Empecemos señalando cómo todas las relaciones estratigráficas vienen de un modo u otro denotadas por uno o varios de estos signos, y a su vez éstos son claramente identificables por su distinta morfología y/o posición en el espacio. En consecuencia, si se cumple el requisito de haber hecho una buena documentación topográfica del edificio, no cabe duda de que alguna forma algorítmica habrá para detectar dichos signos partiendo de los datos recogidos en nuestro repositorio. El problema radica evidentemente en dar con esas formas algorítmicas. Nuestro experimento en San Vicentejo se ha ceñido fundamentalmente al aparejo de sillería, una técnica es uno, el clúster 2), y por otro aquellos otros que se presentan claramente concentrados en ciertas partes del edificio y que sí parecen responder a un hecho estratigráfico. Simplificando al extremo, el estudio visual del modelo 3D de San Vicentejo con los sillares coloreados según el clúster al que pertenecen, apunta a que: El clúster 1 se concentra en las bóvedas, tanto en la de las naves como en la del testero. El clúster 2 no se aprecia nucleado en ninguna zona en concreto. El clúster 3 se aglomera en los muros del primer tramo de nave, tanto al interior como al exterior. El clúster 4, aunque bastante disperso, se encuentra notablemente concentrado en la parte superior del paramento exterior del citado cierre. El clúster 5 se encuentra zonificado en los contrafuertes, en las hiladas superiores de los muros laterales, en la mayor parte del paramento interior del cierre occidental, y en la parte inferior del paramento exterior de ese mismo cierre. No obstante, como es evidente, aunque aceptemos que los clústeres 1, 3, 4 y 5 son estratos, esto por sí sólo no es suficiente para poder conocer la secuencia constructiva de un edificio. Antes hay que estudiar las relaciones físicas que median entre ellos para poder deducir una secuencia temporal de anteroposterioridad. HACIA UNA CONSTRUCCIÓN-CLÚSTER DE LAS SECUENCIAS ESTRATIGRÁFICAS ARQUITECTÓNICAS Parece evidente que las concentraciones de sillares de un mismo clúster -en tanto que "distribuciones no aleatorias"-deberían ser síntoma de "localizaciones discretas", es decir, de localizaciones concretamente escogidas para el desarrollo de una acción, mientras que las "distribuciones aleatorias" no serían producto de acción concreta alguna sino del puro azar. En consecuencia, parece lógico deducir que aquellas partes del muro en que se aprecia la concentración de un mismo clúster, son resultado de ciertas acciones constructivas concentradas, no sólo en un mismo espacio, sino también en un mismo lapso de tiempo. Dicho de otro modo, creemos que esas concentraciones son, si no estratos directamente, al menos sí, sus núcleos fundamentales. Esbozo a grandes trazos de la evolución histórico-constructiva de San Vicentejo, realizada a partir de la localización sobre los alzados de los 4 clústeres más significativos. parte la detección de interfaces verticales también hemos logrado automatizarla. En ambos casos hemos programado el SIG para que resalte su posición dentro del modelo, con objeto de que -en tanto en cuanto no logremos una verdadera automatización en la detección de las relaciones de anteroposterioidad-al menos el operador/arqueólogo pueda valerse de ellas para determinar la secuencia clúster/ estratigráfica del edificio que está analizando. Secuencia constructiva detectada automáticamente en San Vicentejo Aunque como ya hemos apuntado, todavía nos encontramos en proceso de desarrollar un método automatizado de detección de relaciones estratigráficas, y por lo tanto éste aún no ha podido ser aplicado en San Vicentejo, otro indicio que apunta a que efectivamente los clústeres detectados en esta pequeña iglesia dan la sensación de ser realidades estratigráficas tal como habitualmente las concebimos en arqueología, es el del modo en que los clústeres se encuentran dispuestos -unos con respecto a otros-dentro del edificio; este modo no contradice, sino que se presta bastante bien a una lectura coherente del inmueble desde el punto de vista del proceso constructivo. Ahora bien, es preciso advertir, que cuando trasladamos los datos procesados algorítmicamente al modelo tridimensional del edificio estudiado (Fig. 5), éstos no muestran ese aspecto nítido y perfectamente contorneado al que estamos acostumbrados cuando vemos la representación gráfica de una lectura de alzados. Es por esta razón que -mientras vamos depurando nuestros métodos en busca de unos resultados más parecidos al de los estándares comúnmente aceptados, y sólo con el fin de que se comprenda más fácilmente la lógica estratigráfica que, estamos convencidos, subyace en nuestros datos-hemos elaborado una figura (Fig. 6) que, partiendo de los mismos datos en bruto, representa la estratigrafía tendencialmente, es decir, atendiendo principalmente a la concentración de los clústeres y no a una definición perfecta de sus contornos. Pues bien, hecha ya esta advertencia, empezaremos diciendo que los datos derivados del análisis clúster sugieren que el edificio empezó a construirse por el ábside y que en esa primera fase de obras se completaron también los muros laterales correspondientes al primer tramo de nave, incluyendo los contrafuertes exteriores que median entre éste y la cabecera. Además, en el caso del paño septentrional, los sillares que componen este constructiva en que los signos externos que pueden ser indicativos de antero-posterioridad son bastante concretos: El indicio más básico lo observamos cuando un estrato se sitúa todo él encima de otro; el estrato de arriba será en principio más moderno que el de abajo. Pues bien, la forma de automatizar la detección de esta relación estratigráfica consiste en este caso en enseñar al sistema a discernir -de la geometría absoluta del modelo de San Vicentejo-qué clúster es el que está en la cota más alta y cuál en la más baja, para de ese modo colegir sus respectivas cronologías relativas. Otros indicios relativamente básicos son aquellos que denotan que para colocar un estrato ha habido que alterar al menos una parte de la superficie de otro. Normalmente el estrato que ha visto alterado su aspecto original será el más antiguo y el que no muestra esos signos será el más moderno. En este caso, para que el sistema aprenda a identificar tales tipos de relación, éste deberá ser capaz de detectar los signos de tal remodelación; tratándose de sillería, el más evidente lo conforman los llamados "engatillados" y éstos pueden identificarse algorítmicamente. Más compleja es la cuestión de aquellos estratos que se sitúan uno junto a otro sin que se observen abruptas alteraciones en ninguno de ellos. Se trata de los casos en los que los estratos están unidos/separados por una interfaz vertical limpiamente recta. En tales circunstancias, un primer paso, consiste evidentemente en detectar esa interfaz vertical, un paso que es bastante factible de automatizar, si bien el segundo ya no lo es tanto, porque sería necesario enseñar al sistema a que recabase nuevos datos indirectos como el de que esa interfaz vertical corresponde a la línea de jamba de una ventana que ha sido rellenada o que se trata sin embargo de la antigua esquina de un edificio que luego ha sido ampliado, entre otros casos posibles. En cualquier caso, a partir de estos tres tipos de indicios se pueden deducir prácticamente todas las relaciones estratigráficas, y lo más interesante de todo es que la automatización de su detección resulta a priori bastante factible. De hecho, la individualización de engatillados ya la ensayamos al principio del procesamiento de los datos de San Vicentejo (aunque entonces sólo la hicimos con el fin de descartar los anómalos sillares que los contienen). Por su hiladas, probablemente para buscar mejor acomodo a un tejado que ahora debería tener en cuenta y respectar la altura de la bóveda. Finalmente, la cuarta fase se explica, además de por la distribución del clúster en sí, por el hecho de que la morfología de los sillares que lo componen (se trata más de losetas que de sillares propiamente dichos) indica que hablamos de una última reforma o acabado al que se somete a algunas de las hojas exteriores de los muros. Estas modificaciones, más bien superficiales, se concentran en varias zonas: en todo el paramento interior del muro de cierre del hastial occidental; en la parte inferior del paramento exterior de ese mismo muro; en los contrafuertes exteriores que separan el primero del segundo tramo de naves (lo que nos hace sospechar que el núcleo de estos machones puede en realidad haber sido fabricado en alguna fase anterior); y también en los paramentos exteriores de los muros septentrional y meridional, en una franja de hiladas situadas en la zona superior de los paños, un poco por debajo de la altura de los canecillos. El futuro es bastante prometedor porque aún estamos muy lejos de agotar todas las vías estadístico-matemáticas y geométricas con fines de detección estratigráfica. En el caso de San Vicentejo no hemos alcanzado las cotas de automatización a las que creemos que se puede aspirar siendo realistas, pero cuando menos contamos con un prototipo de asistente a la lectura de alzados que brinda al arqueólogo la posibilidad de llegar a visualizar esa estratigrafía subyacente tan difícil de detectar por medios convencionales. Por nuestra experiencia en esta investigación, tenemos claro que el campo que se abre -aunando Arqueología de la Arquitectura, documentación geométrica por topografía y técnicas de minería de datos y análisis estadístico-está lleno de posibilidades. Qué duda cabe que el nuestro es sólo un pequeño primer paso, pero éste ya nos permite intuir que el camino que se abre apunta hacia la inteligencia artificial y los sistemas expertos. A nadie le resulta extraño hablar de inteligencia artificial en el campo de la ingeniería, de las telecomunicaciones, de la visualización 3D e incluso de la medicina. Los sistemas expertos -SSEE-son una rama de inteligencia artificial -IA-y fueron desarrollados a mediados de los 60. Un sistema experto no es nada más que un sistema informático al que se le provee de clúster alcanzan la parte inferior del muro del segundo tramo de nave lo que indica que una parte de éste también se construyó en esta fase. Lo que se observa al exterior para este clúster, se repite más o menos igual hacia el interior, salvo que aquí se observa -mejor que por fuera-el hecho de que la parte inferior del muro meridional del segundo tramo de nave también pertenece a esta fase. Huelga añadir para completar esta descripción, que en este momento se construyen también los cuatro pilares que separan los distintos tramos de nave. En la segunda fase, apoyada sobre la obra anterior, se erige la bóveda de cañón, hecha toda ella a base de sillares de reducidas dimensiones. En una tercera fase, los artífices parecen querer cerrar por completo la volumetría del templo que, todo apunta, había quedado inacabada en algunas zonas. Nos estamos refiriendo fundamentalmente al muro del hastial occidental y la parte superior del segundo de los muros del segundo tramo de naves. En el primer tramo de naves se produce asimismo un recrecido de varias Figura 7. Identificación sobre los alzados de las interfaces verticales, programada para obtenerse de una manera automatizada, sin intervención del investigador. En la figura aparecen diferentes situaciones que podemos encontrar: la zona A muestra un ejemplo de la delineación de las aristas de los contrafuertes; en la B es un ejemplo de interfaz constructiva; y en la C las líneas se corresponden en parte con el cegado del vano y en parte con el corte realizado para encajar la ventana. información en un campo específico de conocimiento y al cual se programa para imitar los procedimientos y decisiones de los expertos (Barceló 2010: 13). Proporcionan soluciones a una gran variedad de problemas que de no ser por ellos no podrían ser resueltos empleando los métodos más tradicionales. Dentro de estos sistemas se pueden definir hasta 11 categorías diferentes que van desde los sistemas basados en reglas, los basados en el conocimiento, las redes neuronales, la metodología orientada a objetos, etc., cada una con sus aplicaciones para diferentes investigaciones y problemas (Liao 2005: 93). Al intentar aplicar uno de estos sistemas al campo de la arqueología se trata de explorar nuevas vías en la búsqueda de conocimiento, de diseñar estrategias que nos permitan poder hacer un estudio más profundo en menos tiempo, de descubrir información "oculta" en los datos, de hacer "microarqueología". Se trata de poder disponer de herramientas que ayuden al investigador en su trabajo aportándole ideas e indicios que después habrá de validar. Todo esto no es óbice para que en Arqueología no suceda lo que se está viendo en otros campos, la aparición de sistemas y programas que asisten al investigador en la difícil tarea de la toma de decisiones. Nos gustaría acabar esta reflexión a futuro con las palabras que nosotros mismos publicamos hace ya varios años: Con todo, por más que intuyamos la inminencia con que probablemente se producirá el desarrollo de estos sistemas de asistencia experta, debemos ser realistas y reconocer que aún queda mucho trabajo que hacer. Primero está el problema de ponernos de acuerdo dentro de la propia disciplina arqueológica (no podemos automatizar ningún proceso que previamente no tengamos sistematizado desde el punto de vista metodológico) y, en segundo lugar, está la necesidad de abrirnos a otros campos como el de la programación informática o el de los sistemas de captura y gestión exhaustiva de datos geométricos (García-Gómez, Fernández de Gorostiza, Mesanza 2011: 28). Azkarate Garai-Olaun, A. 2001: "Análisis de la evolución histórico-constructiva de la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz (Aplicación de la Arqueología de la Arquitectura a un modelo complejo)" en V Congreso de Arqueología Medieval Española (Valladolid, 1999)
A partir de una ortoimagen y un modelo digital del terreno de alta resolución, hemos analizado la planta del anfiteatro q ue p resenta u na s erie d e a nomalías a tribuibles a e rrores d e replanteo. E ste a nálisis sirve d e base para profundizar en el diseño del edificio, d e s u f achada y d e l a d istribución d e l a grada, y t ambién e n los procedimientos de replanteo para tratar de comprender cómo se produjeron esos errores. Itálica, la Nova Urbs, supuso uno de los mayores proyectos urbanísticos realizados en Hispania, a excepción quizás, de la masiva reurbanización de las principales ciudades hispanas en tiempos de Augusto 2. Un proyecto imperial que ambicionaba construir una nueva ciudad, que incluía, junto 1 [EMAIL] / ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-6609-6610 2 Sobre la arqueología de Itálica y su importancia histórica es muy numerosa la bibliografía que destaca la singularidad de sus construcciones, de su proyecto urbanístico y de la importancia histórica y simbólica de su fundación, así como, de ser ciudad de origen de emperadores (Caballos 1994; Caballos y León 1997 y 2010; Caballos, Marín y Rodríguez 1999). a un innovador urbanismo, edificios públicos de una dimensión colosal como unas grandes termas, el Traianeum (León 1988), el edificio emblemático del proyecto, y el anfiteatro (Fig. 2). El anfiteatro de Itálica es el mayor de los construidos en Hispania (Fig. 1) y el de mayor capacidad fuera de la península itálica, a falta de concretar las dimensiones reales del anfiteatro de Cartago 3. En Itálica, Adriano pretendió 2 construir el mayor anfiteatro nunca realizado hasta entonces, a excepción del Coliseo de Roma, lo que nos muestra que nos enfrentamos a uno de los proyectos más complejos y ambiciosos que la arquitectura romana haya dejado en la península ibérica 4 (Tabla 1). Reconocido desde siempre, se empezó a excavar en la segunda mitad del siglo XIX quedando prácticamente exhumado 5. A pesar de este temprano interés y de haber sido objeto de numerosos estudios parciales 4 Solo el Coliseo y el anfiteatro nuevo de Capua (Golvin 1988: tabla 30) sobrepasaron las dimensiones del de Itálica aunque dada la fecha aceptada hoy para Capua (Bomgardner 2002: 104-105) pudo haberse construido con posterioridad al anfiteatro de Itálica. En la segunda mitad del siglo XX, los trabajos de Carriazo, Collantes, Hernández Díaz y Manzano acabaron por dar el aspecto actual al anfiteatro (Caballos, Marín y Rodríguez 1999: 101-102). De manera reciente se han acometido trabajos puntuales que van arrojando más luz sobre la secuencia estratigráfica del monumento y su estructura (Larrey et al. 2001). Una amplia historiografía que ha merecido estudios específicos (Rodríguez 1991; Bellido 2009). sobre aspectos concretos 6 o de análisis generales sobre su forma y estructura, sigue demandando un estudio arqueológico y arquitectónico completo que aúne especialistas de diferentes disciplinas 7. 8 Vamos a seguir aquí una línea iniciada con el estudio del anfiteatro de Écija que presentaba, a nuestro modo de ver, muchas características comunes o 6 Especialmente interesantes es el análisis sobre los espacios de culto que alberga el anfiteatro (Beltrán 2001; Beltrán y Rodríguez 2005). 7 A pesar de todos los estudios de que ha sido objeto este edificio, se sigue demandando un estudio integral, interdisciplinar, para abordar una tarea que, por su complejidad, es difícil afrontar con éxito por un único investigador o desde la óptica de una única disciplina. 8 Con respecto al último plano recogido por nosotros (Jiménez 2017: fig. 36 y lám. 3) hemos introducido el hallazgo del anfiteatro de Torreparedones (Ituci) (Monterroso 2017), eliminado las referencias a Acinipo y Baelo Claudia porque las razones aducidas para su inclusión han resultado erróneas, y el anfiteatro de Carteia se marca ahora como pendiente de confirmación puesto que la topografía muestra una característica forma oval, no natural, con dimensiones compatibles a las de un anfiteatro y que se sitúa intramuros junto al teatro romano y al recientemente descubierto circo (Jaén et al. 2017). Anfiteatros conocidos en Hispania con identificación del anfiteatro de Itálica. 8 3 Hasta ahora, no habíamos tenido la posibilidad de acceder a una información gráfica lo suficientemente precisa como para analizar en detalle la planta del anfiteatro de Itálica y conocer su diseño. Este estudio nos ha permitido asegurar que el diseño de partida ya publicado por autores como Golvin (1988: 200-202), Corzo (1994) o Wilson Jones (1993) era, en líneas generales, correcto y con ello que los presupuestos por nosotros esgrimidos en los trabajos citados partían de bases sólidas. Los fundamentos para el estudio de edificios tan complejos como son los anfiteatros tienen que venir marcados por los principios metodológicos y técnicos de la arqueología de la arquitectura y la arqueología de la construcción para el análisis de los procesos constructivos 10. Fundamental para este estudio es el poder tener acceso a una documentación planimétrica precisa, de alta resolución y tridimensional 11. Para ello, los medios indispensables son el escáner láser o la fotogrametría tanto aérea como terrestre combinados con ortoimágenes aéreas o el LiDAR12. Las ortoimágenes facilitadas por el PNOA y el LiDAR son de una gran utilidad y necesarias para abordar el análisis geométrico de las ruinas pero carecen de la resolución precisada por nosotros. La obtención de ortoimágenes mediante fotogrametría aérea a partir de UAV permite obtener resoluciones cercanas a 1 cm por píxel con un margen de error de similares dimensiones, al tiempo que genera un MDT de similares especificaciones. Este modelo tridimensional junto a la ortoimagen (Fig. 3) ha servido de base para este estudio13 10 Tal y como definió Pizzo, la arqueología de la construcción entendida como "el estudio de la implantación, la organización y gestión de una obra edilicia en el ámbito de la arquitectura histórica" (Pizzo 2009: 31). 11 La documentación de partida para el estudio arquitectónico de los anfiteatros debe ser un levantamiento planimétrico de alta precisión y resolución para poder deducir el diseño que los originó. A partir de ahí, mediante la observación directa o a partir de métodos estadísticos se puede inferir la forma geométrica originaria de la planta que puede ser un óvalo o una elipse y que en determinados ejemplos es difícil de diferenciar (Rosin y Trucco 2005; Trevisan 2000). derivadas del edificio italicense (Carrasco y Jiménez 2008). Pusimos entonces el foco en el diseño de su planta y alzado para conocer las características principales y los procedimientos geométricos que subyacen en sus estructuras con la convicción de que el conocimiento de las líneas básicas del proyecto nos ayudaría a comprender y restituir lo que hoy no es visible del anfiteatro y también facilitaría la comparativa con otros a lo largo del territorio romano para establecer las similitudes y diferencias de los distintos modos de diseñarlos. El estudio de los escasos restos documentados para el anfiteatro de Córdoba nos llevó a considerar la posibilidad de la existencia de unos diseños con bases comunes para los anfiteatros de Écija, Córdoba e Itálica que, además, eran sensiblemente diferentes a los anfiteatros conocidos en otras regiones del Imperio (Jiménez 2015). Esto conllevaba necesariamente una proximidad cronológica entre sendos edificios y, como opción más probable, que los de Écija y Córdoba derivaran del diseño italicense y, por tanto, fueran posteriores a este. La otra opción barajada, que creemos menos probable, sería que el anfiteatro de Itálica hubiera sido diseñado por el arquitecto que construyera el de Córdoba o Écija. Todos los argumentos esgrimidos, aun siendo suficientes para plantear la hipótesis con bases firmes, requieren de una contrastación que solo se puede obtener con investigaciones más profundas en los tres anfiteatros. El estudio del anfiteatro de Carmona nos dio la oportunidad de adentrarnos en el diseño de los primeros anfiteatros y, a partir de ahí, en la evolución de los mismos (Jiménez 2017). Los primeros spectacula ofrecían unas características comunes que fueron diversificándose en proyectos más complejos y con una base geométrica más variada cuyas similitudes pueden deberse al factor cronológico pero también a proximidad regional. Con todo, el Coliseo fue el paradigma que marcó las líneas básicas en la construcción de los anfiteatros que vivirían su florecimiento en los momentos finales del siglo I d. Para poder valorar adecuadamente la colosal empresa de construcción del anfiteatro de Itálica, es necesario comparar este edificio con los anfiteatros más monumentales de todo el Imperio y de una manera más cercana con los de Hispania, lo que nos ofrecerá un claro panorama de los contrastes entre las principales ciudades. En la tabla (Tabla 1) exponemos las dimensiones globales de los ejes de estos edificios, L para el eje mayor y A para el menor; también las longitudes de sus arenas con l para el eje mayor y a para el menor. El radio (R), la media de los semiejes del edificio es un valor que resume el tamaño global del anfiteatro a los que se añade 14 Los datos para la elaboración de esta tabla proceden de los proporcionados por Golvin (1988), Wilson Jones (1993) y la de los anfiteatros hispanos de sus respectivos autores que recogimos en un trabajo anterior (Jiménez 2017: 79-113). el perímetro (P) y el ancho de la cávea (C). Todos estos datos se expresan en pies romanos (29,57 cm). Para el cálculo del aforo vamos a usar la superficie de la cávea calculada a partir de los radios respectivos del edificio (πR2) y de la arena con los que obtenemos las superficie del anfiteatro que, una vez restada la de la arena, nos da la superficie de la cávea (Sup). Este sistema no es preciso pero permite una gran aproximación para aquellos anfiteatros de los que no contamos con una planimetría con suficiente exactitud. Ofrecemos la superficie real (Sup*) medida a partir de sus plantas de los anfiteatros de los que hemos tenido acceso a una buena planimetría. Estas superficies se presentan en pies romanos cuadrados. A partir de estas superficies, de la real en caso de contar con ella y de la calculada a partir de los radios en caso contrario, obtenemos dos rangos de aforo calculados dividiendo Tabla 1. Tabla con las dimensiones de los principales anfiteatros romanos e hispanos expresadas en pies romanos. L: longitud total; A: ancho total; l: longitud de la arena; a: ancho de la arena; R: radio (media de los semiejes del anfiteatro); C: ancho de la cávea; P: perímetro; Sup: superficie de la grada en pies romanos cuadrados calculada a partir de los radios del anfiteatro y arena; Sup*: superficie real en pies romanos cuadrados; ESp_1: número de espectadores resultante de dividir Sup o Sup* entre 4,25; Esp_2: número de espectadores resultante de dividir Sup o Sup* entre 5. 14 5 caracterizan por tener estructura simétrica tanto en sus ejes longitudinal como transversal por lo que no eran esperables unas diferencias tan notables entre la estructura de sustentación de la cávea en los cuatro cuadrantes 17. Estos cuadrantes, resultados de la división de la planta del edificio en sus dos ejes ortogonales, son completamente desiguales, con discrepancias que pueden alcanzar distancias mayores a los 4 metros (Fig. 4). Si analizamos detenidamente cada cuadrante (Fig. 5), el noroccidental contaría, desde el norte, con 5 cuñas. La primera estaba compuesta por cuatro muros radiales y una cuerda medida en el paramento interior de la galería de fachada de 18,9 m; la segunda con tres muros y 14,2 m de cuerda en su extremo exterior; la tercera con cuatro muros y 19,1 m de cuerda también al exterior; la cuarta cuenta con tres muros radiales y 13,4 m; y la 17 Algunos autores habían apuntado ya la existencia de anomalías como cambios en el trazado de algunas cimentaciones (Corzo 1994: 197) o cierta asimetría en las zonas superiores quizás como respuesta a la adaptación a la topografía (Caballos, Marín y Rodríguez 1999: 102). Plano de la Nova Urbs de Itálica con la ubicación de los principales edificios públicos. la superficie entre 4,25 15 para el rango superior (Esp_1) o entre 5 16 para obtener el rango inferior (Esp_2). Esta tabla aparece ordenada por el aforo de sus gradas que, de manera general, concuerda con las dimensiones globales del anfiteatro, salvo el caso de El Jem cuyas dimensiones son algo inferiores a anfiteatros de menor capacidad puesto que su arena es de las más pequeñas de los anfiteatros monumentales. ANÁLISIS DE LA PLANTA Lo más destacable al dibujar la planta del anfiteatro es la sorprendente asimetría del edificio. Los anfiteatros se 15 Este valor es una traslación fiel a pies romanos de la fórmula propuesta por Golvin (1988: 380-381) que proponía calcular el aforo multiplicando por 2,5 la superficie en metros cuadrados de la cávea. 16 Este otro índice lo aplicamos en el estudio del teatro de Carteia (Jiménez et al. 2015) que se ajusta al número de espectadores que Sear cita en su trabajo sobre los teatros romanos (2006: 26-27). de cuerda; mientras que las cuñas cuatro y cinco serían iguales a las de los otros sectores descritos y con las mismas dimensiones. La cuña suroccidental es la que presenta mayores diferencias y contaba, desde el sur, con cinco cuñas de manera que la primera estaba compuesta de tres muros y 14,2 m de cuerda; la segunda contaría con cuatro muros y 16 m de cuerda al exterior y la tercera tendría también cuatro muros con una cuerda exterior de 21 m. Las cuñas restantes son completamente simétricas a las de los sectores ya descritos. Como podemos observar, las diferencias son muy grandes entre los cuatro sectores sin que exista más coincidencia que en los tramos más próximos a las fachadas del eje mayor. Las diferencias son palpables, no solo en las dimensiones sino también en la estructura de las diferentes cuñas. Más significativa si cabe es la disparidad entre el número de pilares, y por tanto de arcos, y la distancia entre ellos que está lejos de ser homogénea. Cuando ya en su día expusimos nuestras dudas sobre si este última, que conforma la fachada occidental, se compone de dos grandes muros y un pilar central con una distancia de 14,5 m entre sus extremos. El sector noreste se compone igualmente de 5 cuñas con dimensiones ligeramente diferentes. Así, siempre empezando desde el extremo norte del eje transversal, la primera cuña constaría de cuatro muros radiales con una cuerda en su lado exterior de 18,9 m; la segunda con otros cuatro muros y una cuerda de 15,5 m; la tercera igualmente con cuatro muros y una cuerda de 18,2 m; la cuarta tendría tres muros con 13,6 m y la última en la fachada oriental sigue la estructura ya descrita para su opuesta con las mismas dimensiones. En el lado sur, la cuña sureste se divide en una estructura similar a las descritas pero con notables diferencias. Comenzando a describir desde el extremo sur del eje transversal, constaba de cinco cuñas de manera que la primera tendría cuatro muros y una cuerda exterior de 18,1 m; la segunda también con cuatro muros y una cuerda de 18 m; la tercera, cuatro muros y 20,5 m Figura 3. Ortoimagen del anfiteatro de Itálica con curvado equidistante 1 m. contarían con 17 cada uno. Peor aún, la distancia entre ejes de los diferentes arcos que componían la fachada oscilaban entre los 25 pies de los arcos de las puertas del eje mayor (7,4 m), 22 pies (6,5 m), que parece ser la distancia más común, y otros sensiblemente menores de 19 y de hasta 15 pies (5,6 m y 4,4 m respectivamente), estos concentrados en las fachadas norte y sur, justo donde más anomalías se han observado en la estructura y dimensiones de las cuñas que conforman la estructura de la cávea. Si analizamos con detenimiento la distribución de las distancias entre los pilares, siempre teniendo presente que las medidas que ofrecemos pueden oscilar algo, dado que no se han documentado todos los pilares, otros han desaparecido o están incompletos, observamos una disparidad incomprensible y que no es habitual en este tipo de edificios. Hemos convertido las distancias métricas en pies romanos y las hemos redondeado al más próximo. anfiteatro tuvo 68 arcos (Jiménez 2015: 129-130), como de manera consensuada han indicado la mayor parte de los investigadores que han tratado el tema y como era la opción más razonable a nuestro entender, o 72 como se desprendería del número de arcos que se podían contar en el sector suroriental del graderío, no podíamos imaginar que, en realidad, este anfiteatro pudo tener 70 arcos, rompiendo la norma habitual de que este número debería, al ser dividido entre cuatro, dar un número entero. Tampoco podíamos pensar que no todos los sectores tendrían el mismo número de arcos ni que tuvieran una distancia entre pilares también diversa, todo ello contrario a lo habitual en este tipo de edificios. Según podemos deducir de la estructura de los sectores de graderío, teniendo en cuenta que estos se alinean con los muros radiales, y de los restos de pilares conservados, el sector nororiental debió contar con 18 pilares, el mismo número que el sector suroriental, mientras que los dos sectores occidentales Gráfico 1. Histograma de frecuencias de los valores del ancho de los arcos de fachada tomados entre los ejes de los pilares expresados en pies romanos. La frecuencia mayor (Gráfico 1), con 13 ítems, es la correspondiente a los 22 pies romanos. Como veremos, según lo proyectado y comúnmente admitido18, el anfiteatro de Itálica debió tener 68 arcos con una distancia entre los ejes de los pilares próxima a los 22 pies (Fig. 6). Las anomalías afectan también al trazado de las curvas, con ligeras diferencias entre la mitad sur y la norte del edificio, afectando al tamaño de las gradas y al ancho del pórtico de fachada que no es homogéneo. El resultado final es un edificio disimétrico, con pasillos de diversos tamaños, escaleras y vomitorios en diferentes emplazamientos según los cuadrantes, número de arcos dispar y tamaño de los arcos de fachada también muy distintos. Tal número de incidencias no pudieron pasar desapercibidas, afectando a la estética del edificio. Lo ejecutado rompe con las normas básicas de los anfiteatros monumentales que podemos resumir en: • Simetría especular en sus dos ejes ortogonales. • Número de arcos en fachada debe ser par y que divisible entre 4 dé un número entero. • La anchura de los arcos de fachada debe ser homogénea, aunque las puertas principales situadas en los extremos de los ejes del edificio pueden tener un vano mayor. • Existe una proporción entre el ancho del arco de fachada con su alzado. Expuestas las irregularidades de la planta del anfiteatro y siendo evidente que difícilmente pudo ser fiel al diseño original, intentaremos restituir ese proyecto para posteriormente intentar explicar qué pudo pasar en el proceso de replanteo y obra (Fig. 7). Teniendo presente la manera habitual de construir los anfiteatros según lo que conocemos de otros ejemplos, debemos contrastar lo ejecutado con lo que otros autores han escrito sobre el diseño del anfiteatro de Itálica. Golvin ya dibujó la planta del anfiteatro con una grada distribuida en 20 sectores y con 68 arcos de fachada (1988: fig. XLII), aunque las dimensiones indicadas se alejaban sensiblemente de las reales. Corzo (1994: plano I) hizo un planteamiento mucho más ajustado y, aunque la planta presentada estaba incompleta, era la más precisa realizada hasta el momento e incluía por primera vez el esquema generador del óvalo de la planta. Wilson Jones indicó que el esquema de base del anfiteatro italicense era un óvalo en el que sus focos mantenían una relación de triángulo pitagórico, con la particularidad de que la arena estaba delimitada por los focos del eje menor (1993: 420, fig. 15). Las dimensiones que estos dos últimos autores dieron al edificio eran de 520 por 440 pies de dimensiones globales y de 240 por 160 pies para la arena que se ajustan perfectamente a lo que podemos observar. La elipse se ajusta mucho menos a las curvas del anfiteatro que el óvalo propuesto, hecho que se ve reforzado por ser los centros del óvalo donde convergen la mayoría de los elementos radiales que componen la estructura del edificio. La elipse fue una solución bastante común en el diseño de las plantas de numerosos anfiteatros a pesar de las dificultades que podía entrañar el trabajar con curvas continuas y que está presente en los ejemplos más antiguos como Pompeya (Duvernoy y Rosin 2006; Duvernoy 2009) e incluso el Coliseo pudo haber tenido un diseño elíptico a tenor del análisis estadístico de una serie de puntos de los sucesivos anillos que parece ajustarse más a la elipse que a una forma oval (Rosin y Trucco 2005; Michetti 2000) aunque los elementos radiales parecen converger en los posibles centros de un hipotético óvalo de 8 centros (Sciacchitano 2000). La convergencia de estos elementos radiales en torno a los ejes del edificio nos hace pensar en la posibilidad de trazados elípticos para los anfiteatros de Nimes, Arlés o Frejus (Jiménez 2017: 55). Restitución hipotética de la planta del proyecto del anfiteatro de Itálica con indicación de las principales dimensiones expresadas en pies romanos. La planta del edificio sería un óvalo que se obtiene mediante cuatro centros, dos en el eje mayor distanciados 120 pies entre sí, y otros dos en el eje menor separados 160 pies. Es decir, la distancia de los centros del eje mayor con el punto medio del edificio es de 60 pies mientras que la distancia desde este punto con los centros del eje menor sería de 80 pies y que la diagonal entre ambos mediría 100 pies, una relación de triángulo pitagórico 3:4:5 con un módulo de 20 pies (Wilson Jones 1993: 420, fig. 15). Desde el foco norte del eje menor se trazarían las curvas y elementos radiales (muros, pilares, pasillos...) de la fachada sur del edificio en un tramo de 74 o y lo propio se trazaría desde el foco opuesto en el eje transversal (Fig. 8). Desde los focos del eje longitudinal se trazarían los tramos de fachada con un ángulo de 106 o. Las particularidades del diseño, que en principio pudiera considerarse una adaptación a la topografía del lugar que aprovecha un estrecho valle para la construcción de sus gradas, hizo que los tramos de fachada no se trazaran desde los focos del eje mayor sino que lo hicieron desde el punto central de la fachada opuesta, comportándose el eje de las puertas principales como focos secundarios para la traza de las fachadas principales. Esto evitaba los ángulos agudos que se producirían en las estancias próximas a la arena en el eje mayor si se hubieran trazado a partir de los centros de los óvalos del eje mayor. Los pasillos oblicuos que dividen la tercera de la cuarta cuña en todos los cuadrantes se trazan desde el foco opuesto del eje mayor. Los pilares de fachada se trazaron desde los focos correspondientes a los cuatro centros del óvalo (Fig. 9). Una vez establecida la planta del edificio queda por distribuir la estructura de muros radiales, de pasillos de acceso y los arcos de fachada que se han de realizar desde el perímetro. El perímetro de un óvalo sería la resultante de sumar los cuatro arcos de circunferencia que conforman el óvalo de base mediante la fórmula 2πR. Cierto es que el número irracional π no se desarrolló hasta más tarde pero sí se usaba una aproximación bastante precisa resultante de 22/7 (3,1428). Wilson Jones (1993: 410) propuso que una manera rápida de calcular el perímetro sería la de usar como radio la media de los dos ejes del óvalo y esta multiplicarla por 2π o 44/7. Restitución hipotética de la planta del anfiteatro de Itálica donde se muestran los focos de origen para la alineación de las estructuras radiales de sustentación de la cávea. ERRORES DE REPLANTEO EN EL ANFITEATRO DE ITÁLICA Un segundo método sería el dividir el perímetro entre un número fijo de arcos como fueron los casos del Coliseo o Nimes y Arlés. En el primer caso, la fachada se horada con 80 arcos de una distancia entre ejes de pilares de 23 pies mientras que en los casos franceses la fachada se dividiría en 60 arcos con anchura de 20,3 y 21,2 pies respectivamente (Wilson Jones 1993: tabla 3a). Otro método fácil de obtener sería el de dividir el perímetro por la distancia óptima del intercolumnio, los 20 pies antes citados, y obtener el número de arcos más próximo al valor obtenido teniendo en cuenta que debe ser un número entero par que divisible entre cuatro dé otro número entero. El cuarto sistema de cálculo del número de arcos es un sistema proporcional a la anchura de la cávea y, por tanto, a la altura total de la fachada (Fig. 10). Este sistema que ya propusimos para los grandes anfiteatros de la Bética (Itálica, Córdoba y Écija) (Jiménez 2015) permitiría relacionar el aforo del edificio con todos los componentes estructurales de la fachada, columnas, capiteles, cornisas etc., en un sistema de proporciones que facilitaría el diseño y la producción de las piezas que compondrían semejante puzle. Para el desarrollo de este sistema proporcional debemos entender la relación entre las partes que componen los edificios emblemáticos que sirvieron de base para el desarrollo de las fachadas de los anfiteatros monumentales. Sin duda, el paradigma de los anfiteatros monumentales es el propio Coliseo. Su fachada de 80 arcos dividida en tres plantas y un ático parece inspirarse en la fachada del teatro Marcelo (Fidenzoni 1970) y su sistema de proporciones que pasamos a analizar a continuación. El teatro Marcelo tiene un radio de 220 pies y una altura de fachada de 110 pies, la mitad de su radio. La fachada del hemiciclo se compone de 41 arcos, incluidas las entradas a los aditus, que se estructuran en dos arcadas superpuestas coronadas por un ático. Sin embargo, dado que los arcos de fachada se calculan mediante tramos rectos entre los ejes de los pilares, las cuerdas reducen este perímetro exactamente a esos 1508 pies 19. Una vez conocido el perímetro, es necesario saber el número de arcos que deben horadar esta fachada. De lo que sabemos por el estudio de otros anfiteatros, existen varias formas de decidir el número de arcos de fachada y deben cumplir algunas reglas muy básicas: • La primera de estas reglas es que los huecos de fachada deben tener unas dimensiones que, por un lado, faciliten el acceso a los espectadores y, por otro, no sean demasiado amplias como para comprometer la estabilidad de la estructura. Los arcos suelen estar entre 15 y 25 pies, siendo 20 pies la media ideal. • La segunda regla indicaría que su número debe ser par y que, dividido entre cuatro, dé un número entero, de manera que en cada uno de los extremos de los ejes del edificio haya un acceso. • La tercera regla es la existencia de una relación directa y proporcionada entre la anchura del arco y la altura final de la fachada con un sistema de relaciones decidido por el arquitecto que habitualmente toma en consideración las proporciones del Anfiteatro Flavio de Roma. • Y la regla principal es que todos los huecos deben tener las mismas dimensiones con la salvedad de las puertas principales, las correspondientes a los ejes del edificio, que pueden ser mayores. Con estos parámetros, existen varias formas de calcular el número de arcos de fachada. Una de ellas, factible pero que no hemos documentado en ningún caso, sería la de establecer este cálculo de manera radial. Este sería un sistema lógico en un edificio de planta centrada circular de manera que la división en sectores de un mismo ángulo daría como resultado unas cuerdas de idéntica dimensión en el perímetro. Sin embargo, en un edificio oval con cuatro sectores de radios diferentes, la división radial daría lugar a arcos de diferentes dimensiones que serían un inconveniente para mantener una proporción armónica entre la planta y el alzado de los arcos de fachada. Restitución hipotética de la planta del anfiteatro de Itálica con indicación de los focos a partir de los cuales se alinean los pilares de fachada y se trazaron las curvas correspondientes a cada uno de los cuatro sectores del óvalo. Esquema de proporciones de la fachada del anfiteatro de Itálica considerando la altura igual al ancho de la cávea. Se añade el desarrollo de la fórmula que sirve para calcular el número de arcos de la fachada, donde I equivale al ancho de los arcos entre pilares, R es el radio (media de los semiejes del edificio), L la longitud total y A su anchura; N es el número de arcos de fachada y C el ancho de la cávea (Jiménez 2015: fig. 4). La planta inferior carecía de podio por lo que estaría dividido en 5 partes que otorgan al nivel inferior una proporción de 10/7. El ático tendría la misma proporción que el del teatro Marcelo con 16/7. La suma total otorga a la fachada una proporción final de 50/7 con respecto al intercolumnio (Tabla 2). Cuando analizamos los grandes anfiteatros de la Bética nos dimos cuenta que tenían una estructura geométrica similar y que el número de arcos en fachada aumentaba conforme decrecía la anchura de sus respectivas cáveas por lo que entendimos que, en lugar de un esquema de arcos fijos o de un intercolumnio prefijado, estábamos ante un sistema proporcional con respecto al ancho de la cávea (Jiménez 2015: 130-131). Siguiendo lo descrito para el teatro Marcelo y el Coliseo, planteamos una altura de fachada de igual anchura que la cávea y una tres cuerpos arroja un valor de 44/7, la aproximación a 2π. Esto significa que la distancia entre ejes de los pilares de los arcos sería igual a la altura de la fachada, que era igual a la mitad del radio, dividido por 44/7 que es la proporción de los cuerpos de la fachada. De esta manera, el intercolumnio sería igual a (R/2)/2π = R/4π. Para obtener el número de arcos se divide el perímetro entre el intercolumnio, esto es 2πR/(R/4π) lo que es igual a 8π2R/R, es decir, 8π2, y considerando que π2 es igual a 9,87, el resultado son 80 arcos. El arquitecto del Coliseo debió inspirarse en el teatro Marcelo aunque variando la proporción entre las partes. Si aplicamos la fórmula derivada del teatro Marcelo para el cálculo del intercolumnio, R/4π, el resultado sería de 23,2 pies romanos muy próximos a los 23 reales si tenemos en cuenta que las puertas de los ejes principales tuvieron una luz mayor. La altura de su fachada era algo inferior a la anchura de su cávea que se dividió en tres arcadas superpuestas coronadas por un ático. Las arcadas intermedias, del nivel segundo y tercero, tenían Tabla 2. Tabla con una selección de los anfiteatros monumentales con fachadas articuladas con arcadas superpuestas ordenados por la forma de cálculo de sus arcos. Las dimensiones están expresadas en pies romanos. L: longitud total del anfiteatro; A: ancho total; l: longitud de la arena; a: ancho de la arena; R: radio del edificio (media de los semiejes); C: ancho de la cávea; P: perímetro; Luz (C/2π): cálculo de la distancia entre ejes de los pilares de fachada dividiendo el ancho de la cávea entre 2π; Luz (R/4π): cálculo de la distancia entre ejes de los pilares de fachada dividiendo el radio entre 4π; Luz (R/3π): cálculo de la distancia entre ejes de los pilares de fachada dividiendo el radio entre 3π; Luz: ancho real entre los ejes de los pilares de los arcos de fachada; 40R/C: cálculo del número de arcos de fachada resultante de dividir entre el ancho de la cávea el radio multiplicado por 40; Narc*: número de arcos resultante de dividir el perímetro entre el ancho entre pilares de la fachada calculados mediante las diferentes fórmulas; Narc: número de arcos reales. creo que existen argumentos para considerar que el anfiteatro de Itálica tuvo un desarrollo de la fachada de tres arcadas superpuestas más ático, eso sí, solo en las fachadas del eje mayor puesto que, al aprovechar la topografía para apoyar sus gradas, en las fachadas del eje menor sobresaldrían del terreno dos arcadas y el ático. Las razones que apoyan esta idea son, en primer lugar, porque todos los anfiteatros monumentales conocidos con cáveas de una anchura de 140 pies o superior tuvieron este desarrollo de fachada, el Coliseo, Capua y El Jem. En segundo lugar, porque este último anfiteatro, El Jem, tiene unas dimensiones globales algo inferiores al de Itálica pero su cávea tiene la misma amplitud y su fachada todavía conserva restos de esas tres arcadas e indicios de su ático (Fig. 11). En tercer lugar, los anfiteatros con esta estructura tienen unos pilares de fachada muy anchos para sostener el peso de la mole de la fachada e Itálica tiene unos pilares de mayor tamaño que Roma y Capua, y similares a los de El Jem 21. Siguiendo el sistema de proporciones de la fachada del Coliseo, como especificó Wilson Jones y propusimos con anterioridad, la altura de la fachada debía ser tan alta como ancha es la cávea, es decir, 140 pies o 41,4 m desde la cota de la arena situada en torno a los 10 m sobre el nivel del mar. Estaría compuesta de tres arcadas superpuestas y un ático (Fig. 12), a razón de 10/7 para la planta inferior, 12/7 para las dos arcadas intermedias y 10/7 para el ático, hasta completar la proporción 44/7 de la altura con respecto al intercolumnio de los arcos de fachada. Dado que el intercolumnio general se estableció en 22 pies (6,5 m), la altura de la primera planta sería de 31,4 pies (9,3 m) incluyendo el entablamento. La cota de la galería del anfiteatro en la puerta sur es de 20,5 m sobre el nivel del mar, esto es, 10,5 m sobre la rasante de la arena, mientras que al exterior en este punto la cota de la superficie estaría en los 21,8 m sobre el nivel del mar lo que implicaría que la cota de acceso estaría algo por encima de la altura del podio de la segunda arcada (22 x 12/7 = 37,7 pies = 11,15 m). Las columnas tendrían una altura equivalente a 4/5 de la altura total del nivel inferior (25,1 pies / 7,4 m) por lo que su imoscapo sería de 74 cm, 1/10 de la altura de la columna, cifra muy próxima a los 72 cm medidos en una de las columnas de la fachada sin revestimiento. Si comparamos la sección propuesta con la que Golvin propuso para El Jem (Fig. 11), vemos que la altura es muy similar salvo que en el ejemplo tunecino los 21 Según hemos podido medir de las plantas publicadas por Golvin (1988: figs. 36, 40 y 45), los pilares del Coliseo medirían 7,5 x 12 pies; los de Capua, 7,5 x 7,5 pies; los de El Jem, 12 x 15 pies, frente a los 10 x 15 pies y 12 x 15 pies (estos últimos en las fachadas del eje mayor) del anfiteatro de Itálica. proporción de 44/7 dividida en tres arcadas superpuestas y un ático. En este desarrollo, la distancia entre los ejes de las semicolumnas adosadas a la fachada sería equivalente al ancho de la cávea entre 44/7 (C/2π), a diferencia de la fórmula resultante en el Coliseo que sería R/4π o la de Nimes y Arlés cuyos intercolumnios se calcularían dividendo el radio entre 3 veces π (R/3π). Teniendo en cuenta que el intercolumnio podría calcularse igualmente dividiendo el perímetro por el número de arcos, podemos calcular el número de arcos a partir de ambas fórmulas de manera que este número sería igual a 40 veces el radio dividido por el ancho de la cávea (N=40R/C). El intercolumnio se podría calcular de dos maneras diferentes. No obstante, al medir la distancia entre ejes de las dos puertas principales en el eje mayor, observamos que arrojan valores de 7,4 m o de 25 pies. Si pensamos que las puertas principales de los ejes mayores tienen unas dimensiones más amplias, como por otra parte es frecuente en otros anfiteatros, podemos alcanzar valores enteros en las dimensiones de los arcos. Considerando las cuatro puertas de los ejes de 25 pies, restarían 1408 pies para los restantes 64 arcos que tendrían exactamente 22 pies de anchura. La estructura de la cávea se dividiría en cuatro sectores que estarían compuestos de cinco cuñas separadas por pasillos de acceso. Estas cuñas, comenzando desde las fachadas del eje mayor, tendrían 3 muros radiales la primera con 14,58 m de cuerda al exterior, 3 la segunda con 12,76 m de cuerda al exterior, 4 la tercera con 18,42 m de cuerda al exterior, 3 la cuarta con 14,6 m de cuerda al exterior y 4 la quinta con una longitud de cuerda medida en su parte exterior de 20,34 m, lo que haría un total de 17 muros alineados con 17 pilares en la fachada. Una cuestión muy diferente es el alzado del edificio y si tuvo dos o tres arcadas superpuestas con o sin ático. De manera general, muy pocos autores han alzado la fachada siguiendo la estructura del Coliseo, prefiriendo un alzado más modesto de dos arcadas más un ático 20. Sin embargo, que compondrían la fachada para poder afianzar estos supuestos. La distribución horizontal de la grada estaba diseñada como reflejo de la estructura jerárquica de la sociedad romana (Rawson 1987). Se estructuraba en podium, las filas de asientos más próximas a la arena, que junto al maenianum primum conformarían la ima cavea destinada a los grupos sociales más relevantes, senadores, magistrados, caballeros... Más arriba, descendiendo en la escala social, el maenianum secundum imum sería el equivalente a la media cavea, ocupada por los ciudadanos romanos. arcos de las plantas intermedias reducen algo su altura para quedarse unos 4,5 m (10 codos aproximadamente) por debajo de la altura propuesta para Itálica. Si el arquitecto de Itálica hizo algo parecido podremos ajustar la altura de los distintos niveles midiendo las piezas que aún se conserven de columnas, capiteles o cornisas y verificando si estas dimensiones se ajustan al sistema de proporciones aquí indicado o si, al igual que El Jem, se reducen. Evidentemente, esta propuesta de alzado tiene bases más inciertas que la planta y necesita de datos más precisos de los diferentes elementos constructivos Figura 11. Sección transversal hipotética del anfiteatro de Itálica (azul) junto a la superficie actual a partir del LiDAR (rojo) con superposición de la sección transversal del anfiteatro de El Jem tomada de Golvin (1988: fig. 45.2). cavea es superior a la de la media y esta, a su vez, lo es con respecto a la summa, algo contrario, en principio, a lo esperado. Tampoco encontramos una razón progresiva entre sus valores (como ocurre en los casos citados de anfiteatros republicanos) por lo que comprobamos la traducción de estos valores lineales en superficies reales de estas coronas. El resultado obtenido mostraba que los tres sectores tenían la misma superficie, lo que evidenciaba que en el diseño del edificio se dotó del mismo espacio a los tres grandes grupos sociales, rompiendo la tendencia proporcional detectada en los primeros anfiteatros. En esta situación, resulta también evidente que el espacio destinado a un asiento sería considerablemente mayor en la ima cavea que en la summa, donde los espectadores estarían más hacinados. La manera de aumentar el aforo en estos sectores se realizaría disminuyendo la longitud destinada en cada grada a cada espectador y limitando, a su vez, la anchura de la misma, por lo que cabrían más filas en la misma superficie. El aumento de filas al disminuir el ancho de la grada conlleva además el aumento de la pendiente de estos sectores. ¿Cómo se hacía esta distribución?, ¿qué superficie se otorgaba a cada una de estas clases? La respuesta a estas cuestiones será esencial en la distribución interna del graderío y en su forma final. En buena lógica, si el reparto de la superficie del graderío hubiera sido proporcional al peso poblacional de cada uno de estos grupos sociales, la superficie destinada a la summa cavea debía haber sido superior a la de la media que, a su vez, debía ser mayor a la de la ima. Esta estructura es la que observamos en el graderío de Pompeya, Abella o Carmona cuyas gradas se dividían en tres sectores con una anchura con proporción 2:3:4, esto es, si se divide el ancho de la grada en 9 partes, 2 se destinarían a la ima cavea, 3 a la media cavea y 4 a la summa cavea. En Carmona, esta proporción y las características particulares de las gradas de la ima cavea suponían que la grada inferior acogería el 5% del aforo, la media haría lo propio con el 25% de los espectadores y en la summa cavea cabría el 70% restante (Jiménez 2017: 305). Sin embargo, no ocurre lo mismo en los anfiteatros imperiales. Si tomamos como referencia el Coliseo, la tendencia observada es la contraria, la anchura de la ima En Itálica, la distribución en tres partes de igual superficie tiene un perfecto encaje con la estructura de la planta (Fig. 13). Tomando en consideración la superficie real de la cávea, de la que se exceptúa el muro de fachada, tenemos un total de 11.860,6 m2 que, divididos entre 3 partes darían 3.953,5 m2 para cada uno de los sectores. Estas superficies se traducen en una anchura de 16,5 m para el podium e ima cavea, 12 m para la media cavea y 9,9 m para la summa cavea 24. Estas distancias hacen coincidir la divisoria entre la ima y la media justo en el centro de la galería anular que divide la grada prácticamente por la mitad, mientras que la divisoria entre la media y la summa coincide con el límite interior de los gruesos pilares que encabezan los muros radiales junto a la fachada destinados a sostener las estructuras portantes del pórtico y de la cávea superior sobreelevada con respecto a la media cávea. 24 Los cálculos se han realizado considerando cada una de estas partes como coronas circulares según la fórmula s=π(R2-r2), siendo s la superficie de la corona, R el mayor y r el menor de los radios de los círculos concéntricos. una grada de igual ancho que alto sube la inclinación hasta los 45 o, lo que mejora la visibilidad y el aforo a costa de la comodidad 22. Por otra parte, esta división "igualitaria" del graderío muestra de una manera clara que el objeto final del diseño del anfiteatro era mostrar la jerarquía social más que dar satisfacción a las clases inferiores, que quedaron relegadas a los lugares más incómodos y con un aforo que difícilmente podría ser suficiente. La distribución en tres partes de igual superficie de las gradas del Coliseo podemos detectarla en otros anfiteatros como El Jem, Mérida, Capua, Pozzuoli, Verona, Nimes o Arlés 23, lo que parece sugerir que esta forma de división de los espectadores pudo ser generalizada en los anfiteatros de cronología imperial. En realidad, parece seguir la tendencia observada en la distribución de las gradas de los teatros, donde la ima cavea supera en anchura a la media y summa, quizás como consecuencia 22 Golvin ya indicaba la necesidad de incrementar la pendiente del graderío para mejorar la visión (1988: 344-345). Distribución de la grada en tres partes de igual superficie, una para el podio y la cávea inferior, otra segunda para la cávea media y la última para la cávea superior. Esta distribución se ajusta perfectamente a la estructura de la planta. determinadas curvas o se alinean muros radiales, pilares o pasillos. Una posibilidad en el replanteo de un anfiteatro es el uso de la groma o la dioptra para trazar los elementos radiales a partir de distancias angulares. Un leve error en la alineación angular puede tener errores que se agrandan con la distancia, siendo mayores en el perímetro, en la fachada del edificio. No resulta comprensible en un proyecto de esta importancia la existencia de tales anomalías debidas a errores fácilmente subsanables con un mínimo control y revisión. Tras analizar el proceso de construcción del edificio creemos que la asimetría observada es producto de errores del replanteo efectuado para la construcción de los cimientos del graderío y antes de la apertura de los fundamentos de los pilares de la fachada, puesto que en este momento los errores debieron hacerse patentes al afectar al número de arcos y a la distancia entre pilares de los mismos. Los errores cometidos fueron debidos, principalmente, a una elección errónea de la estaca de perímetro correspondiente para la traza de los pasillos y muros, a errores en la traza de las curvas con radios incorrectos y al error en las bases desde las que debían replantarse muros y pilares. Esos fallos puntuales provocaron otros en cadena que explican el resultado final. Como puede observarse en la figura 14 y la tabla 3, el error número 1 marca una discrepancia en el pasillo entre la tercera y cuarta cuña del cuadrante NW que afecta al ancho del mismo y a la ubicación de los pilares adyacentes y que parece deberse al error en la elección de la estaca que marcaría el eje del pasillo tomando la siguiente hacia el este que debería marcar el límite del pilar de fachada que delimitaría este arco. Este error compromete la distribución de los arcos de fachada de las cuñas adyacentes a este pasillo. El error número 2 está relacionado con el primero y pudo ser consecuencia de este. Se trata del mismo error en la elección de la estaca, tomar la del límite del pilar adyacente al este en lugar de la que marcaría el eje del pasillo. Este error afecta a todos los arcos de la cuña entre estos dos errores reseñados. Estos fallos afectan a la distancia entre los arcos de las tres cuñas más orientales del sector NE, que alteraron las distancias entre ejes de pilares con valores que oscilarían entre los 19 y los 22 pies romanos y, sobre todo, sobredimensionando el pasillo entre la segunda y tercera cuña de este sector (desde el norte) desde los 2,3 m hasta los 4 m ejecutados. La traza de un anfiteatro sobre el terreno no debía diferir mucho de los procedimientos realizados para la plasmación del proyecto sobre el papel. Las curvas se trazarían desde los focos del anfiteatro mediante cuerdas especialmente tratadas para evitar su deformación con la tensión (Moreno 2004: 35) y las estructuras radiales se marcarían igualmente mediante cuerdas desde un foco de origen hasta una estaca de destino en el perímetro del edificio. Para las curvas, las cuerdas debían estar en un plano horizontal o en un plano inclinado compensando la longitud calculando la hipotenusa. Este es el procedimiento más simple, efectivo y que se presta a menos errores. El empleo de la dioptra para la medición de distancias angulares genera una mayor incertidumbre por la precisión del método sin la óptica necesaria para el ajuste a grandes distancias. A pesar de ello, cuando uno observa los errores de la planta del edificio construido y la compara con las características que debía tener el proyecto original, es difícil comprender cómo se pudo llegar a esa situación. Si, de una manera teórica, describimos cuáles pueden ser los errores que se pueden cometer en el replanteo de un anfiteatro podemos llegar a la conclusión de que se cometieron prácticamente todos, como queda reflejado en la siguiente lista: Error en el estacado. Un error a la hora de colocar las estacas o puntos de referencia en el lugar proyectado, tanto de los focos desde los que parten las curvas y las alineaciones radiales como de las estacas que marcan la ubicación de los pilares, muros o pasillos. Error en la traza de las curvas. Las curvas que dan forma a los óvalos que componen el edificio se trazan desde sus correspondientes focos. Si la longitud de la cuerda no ha sido la correcta o no se ha mantenido la tensión necesaria o se ha producido un fallo en la traza de esa curva sobre el terreno, puede afectar al tamaño y ubicación de los pasillos, de las gradas etc. 3. Error en la elección de las estacas. Una vez situados los puntos de referencia puede haber errores al elegir el punto de destino correcto para la traza de un elemento concreto, sea muro, pasillo, pilar etc. 4. Error en la elección de la base para la alineación de estructuras. También es posible que se produzcan errores al determinar el punto desde el que se trazan Figura 14. Planta del anfiteatro de Itálica (sólido beige) con la superposición de la hipótesis de planta del proyecto (línea de puntos) para visualizar las discrepancias entre ellas, reseñando con puntos rojos numerados las principales anomalías debidas a errores de replanteo. Error Tipo de error Descripción 1 Error de selección de estaca Eligieron la estaca de final del pilar al este en lugar de la del eje del pasillo 2 Error de selección de estaca Eligieron la estaca de final del pilar al este en lugar de la del eje del pasillo es de mayor envergadura. En esta ocasión se confundió la marca del eje del pasillo por la del eje del pilar adyacente al oeste provocando un error de 3,25 m, 11 pies, que conllevó una drástica reducción de la quinta cuña y, con ello, de la distancia entre los ejes de los pilares, al tiempo que se incrementaba la cuerda de la cuarta cuña que se solventó añadiendo un arco más. A su vez, el arco correspondiente al pasillo del eje sur se redujo de los 25 pies previstos a menos de 20 pies, una distancia inapropiada para la que debía ser una de las principales entradas al recinto. Más desastrosa aún fue la planificación del cuadrante suroeste donde se acumulan una serie de errores que lo alejaron de la distribución de los otros tres cuadrantes y del diseño que suponemos debió tener el edificio. El error número 8 se localiza en el pasillo entre la quinta y cuarta cuña (desde el extremo oeste del eje mayor) que supone una reducción de la cuerda exterior de la fachada en 22 pies (6,5 m) al equivocar la estaca que debió marcar el eje del pasillo divisorio entre cuñas por la que marcaría el pasillo de acceso a las escaleras anterior, hacia el este, lo que obligó a los constructores a reducir de 4 a 3 el número de arcos de esta cuña. Además, el punto 9 marca en este caso una discrepancia de 11 pies en el eje del pasillo entre las cuñas cuarta y tercera del cuadrante suroeste, al usar como marca del eje del pasillo la estaca correspondiente al eje del pilar anexo hacia el este. Todo ello provocó un aumento de tamaño de su cuerda en la fachada de 11 pies, que pasó de los tres arcos proyectados a cuatro pero con una distancia entre ejes inferior a los 22 pies del proyecto, en torno a los 18 pies. Esta disminución de las cuerdas de las cuñas quinta y cuarta del cuadrante SO acumuló un error que debía enjugarse en la cuña tercera y que provocó un aumento de la distancia entre los ejes de los pilares de los arcos de fachada que llegaron a alcanzar los 25 pies e incluso una distancia aún mayor en el arco correspondiente al pasillo que dividiría las cuñas segunda y tercera. Junto a los errores de elección de la estaca del perímetro, también se cometieron errores en la elección del foco de partida para el replanteo de algunas estructuras. Ya hemos comentado el error número 16 en el cuadrante NE, pero más destacable resulta la alineación de los pilares de la fachada occidental que, en lugar de estar alineados a partir del foco más próximo del eje mayor, lo hicieron desde el opuesto. Otro conjunto de errores de replanteo estuvo ocasionado por un defecto en la traza de las curvas, ya por dar a las cuerdas una longitud diferente a la prevista o ya fuera por no mantener la tensión necesaria en el momento de la En el sector NE, el número 3 muestra una discrepancia similar a la reseñada con el número 2, salvo que en este caso el error fue tomar como eje de pasillo la estaca que marcaría el final del pilar al oeste, reduciendo el tamaño de la cuña occidental adyacente, y consecuentemente el intervalo entre los ejes de los pilares de los arcos, y aumentando el tamaño de la cuña al este del pasillo. Esta circunstancia aumentaba excesivamente la luz de los arcos lo que llevó a los constructores a introducir un arco más, quedando las distancias entre ejes de estos arcos muy próximos a los 15 pies y distorsionando gravemente el proyecto concebido. En este mismo cuadrante, entre la segunda y tercera cuña desde el este, se conjugan dos errores independientes que acaban por distorsionar este pasillo haciéndolo muy diferente con respecto a los que tendrían que ser sus simétricos. El error número 4 sigue en la línea del anterior, una estaca errónea, la que debía marcar el extremo del pilar al oeste del pasillo, en lugar de la que le correspondería. Este fallo conlleva la reducción del tamaño de la tercera cuña de este sector desde el este que repercute en el ancho de los arcos de la fachada que se reducen a valores próximos a los 20 pies al tiempo que aumenta el ancho del pasillo. Junto a este error cometieron un fallo en la elección de la base desde la que se alinearía la estructura, que debía ser la base 4 y no la base 8 (Fig. 8) desde la que trazaron el pasillo. En las dos cuñas restantes de este sector hasta el extremo oriental del eje mayor se observa el mismo tipo de error. El número 5, al igual que el 3 y el 4, marca una elección incorrecta de la estaca que debía señalar el eje del pasillo que quedaría alineado con la estaca del extremo del pilar al oeste del pasillo. Este error está relacionado con el número 4 y pueden estar concatenados. Los arcos de la cuña segunda quedan con la anchura correcta puesto que el error 5 se compensa con el 4. No obstante, sí aumenta la anchura de la primera cuña y, con ello, la de los arcos de fachada, hecho palpable en la anormal amplitud de la escalera que desde la fachada salvaría el desnivel de la topografía, unos 50 cm mayor que sus simétricas tanto en la fachada oriental como en la occidental. En el cuadrante SE, se acumulan dos graves errores que acaban distorsionando completamente la forma, tamaño y número de arcos correspondientes a este sector. El error número 6 afecta al pasillo divisorio entre la tercera y cuarta cuña, y otra vez en la elección de la estaca correspondiente al eje del pasillo que se confunde con la inmediata hacia el oeste que debía marcar el límite del pilar anexo. A este se suma el número 7, entre las cuñas cuarta y quinta contada desde el extremo oriental, que fecha exacta de su inauguración, debemos suponer que los plazos debieron ser cortos. Probablemente, las prisas por terminar este coloso pudieran estar en la base de estos errores de replanteo no corregidos a tiempo. Los detalles de las columnas de la fachada occidental, como las basas, no fueron terminadas (Corzo 1994: 192) lo que parece indicar que el edificio se inauguró sin estar completamente finalizadas las obras y ya nunca se pulirían estos detalles. Sin embargo, estos graves errores parecen indicar también una falta de pericia o capacidad técnica de los agrimensores y un fallo general de los controles de calidad (que debía haberlos en obras de esta magnitud). La cuestión de por qué no se subsanaron estos fallos quizás pueda explicarse en conjunción a la respuesta de la siguiente pregunta. Si se hubiera replanteado todo el edificio de una vez, incluidas las cimentaciones de los arcos de fachada, estos errores habrían sido detectados inmediatamente y corregidos antes de proceder a la construcción de los cimientos. Es evidente que esta cadena de fallos afecta especialmente a los arcos de la fachada y, en el momento de su replanteo se habrían hecho patentes. Esto indica que la traza de los pilares debió hacerse cuando ya la infraestructura del graderío estaba en ejecución, con la definición de los cunei de la cávea, de los pasillos divisorios y accesos. En este momento, en un contexto de urgencia por lo limitado de los plazos, la vuelta atrás sería inviable y decidirían seguir asumiendo los errores con soluciones de compromiso que serían más o menos evidentes para el espectador. Teniendo presente la impericia y la negligencia con la que se efectuó la traza sobre el terreno, debemos tratar de conocer los métodos empleados para dicha tarea que expliquen estos fallos, lo que nos hace adentrarnos dentro de los procesos estudiados por la arqueología de la construcción a partir del análisis arqueológico de las evidencias materiales. El anfiteatro que nos ocupa parte en su diseño de un óvalo de cuatro focos con una relación de triángulo pitagórico 3:4:5 entre ellos, quedando la arena delimitada por los focos del eje menor. Este es un edificio, por tanto, de planta centralizada que se diseña desde dentro hacia fuera, a diferencia de otros casos en los que la traza parte del perímetro hacia el interior (Jiménez 2017: 42-49). El primer paso en el replanteo sería ubicar el centro del edificio y sus ejes ortogonales que debieron estar condicionados por la orografía del lugar y cuya orientación difiere en 7,35 o del norte geográfico hacia el oeste. El siguiente proceso sería el de ubicar las bases a partir de las cuales se trazarían todas las curvas y alineaciones traza sobre el terreno de la curva. El error marcado con el número 12 afecta al podio norte de la arena cuyo radio era ligeramente inferior al previsto en unos 90 cm (3 pies). A diferencia del lado sur donde la línea de proyecto se ajusta al paramento del podio hacia la arena, en el lado norte esa línea quedaría cerca del eje del muro. En la cávea sur se produjo también un error significativo en la traza de las curvas que es patente en el pasillo anular con errores cercanos a los 70 cm (error 13) que se amplía en el perímetro de las cuñas con una diferencia ya de cerca de 3 pies (90 cm) que afecta al ancho de la galería de fachada que no es uniforme (14). Así, mientras en el proyecto deducimos que esta galería debió tener una anchura próxima a los 15 pies (4,4 m), las dimensiones de la misma en el sector norte, en la fachada sur apenas llega a los 3,7 m (12,5 pies). Para finalizar este amplio muestrario de fallos de replanteo nos queda el marcado con el número 15. Desde el pasillo anular del podio bajo la ima cavea existen cuatro escaleras que dan acceso a esta grada, una por cuadrante y que, como ocurre en tres de ellas y por ello pensamos que era lo proyectado, se alineaban con el pasillo divisorio entre las cuñas tercera y cuarta desde los extremos del eje mayor. Sin embargo, la correspondiente al cuadrante SE está desviada hacia el oeste 2,5 m sin una razón aparente, probablemente estemos ante otro error en la elección de la estaca de referencia en el perímetro para su traza. Algo similar ocurre con las escaleras que dan acceso a la tribuna sur donde la occidental está en torno a 1 m más cercana al eje del edificio que la oriental, en línea con las deformaciones de este sector de la grada. Volvemos entonces a las preguntas iniciales ¿cómo fue posible esta cadena de errores?, ¿por qué no se subsanaron?, ¿cuándo fueron conscientes los constructores de estos fallos? y ¿qué sistema utilizaron para el replanteo que pudiera explicar la naturaleza de estos errores? La respuesta a la primera pregunta puede estar en el contexto de la obra. La nova urbs fue un proyecto imperial que conllevaba la construcción de una ciudad completa, realizada probablemente por los mejores arquitectos y urbanistas cercanos al emperador que incluía unas grandes termas, el Traianeum como edificio emblemático y el anfiteatro. Además, las parcelas resultantes de la urbanización fueron adquiridas por las familias más relevantes de la región que competirían entre sí a la hora de levantar sus casas. Este hecho debió concentrar una gran cantidad de recursos, de técnicos de todas las disciplinas, de comerciantes, proveedores y obreros en la zona en un tiempo muy concreto, porque, aunque no conozcamos la Este sistema es bastante seguro y no permite errores excesivos dado que, si al estacar la fachada las distancias no han sido las correctas, al cerrar el perímetro habría una diferencia acusada que obligaría a replantear el proceso. Sí se ha observado un error en el arco oriental del eje mayor cuyo eje no coincide con el edificio con una diferencia de unos 30 cm y que puede deberse a pequeños errores en el estacado pero que debieron considerarse poco importantes por parte de los constructores. Otros errores se derivarían de una elección errónea de la estaca, hecho que se repitió de manera insistente en este caso. Pero si se hubiera replanteado todo el edificio antes de iniciar los movimientos de tierras y las cimentaciones estos errores se habrían subsanado fácilmente. Otra forma de replantear las cimentaciones de los cunei de la grada sería a partir de las distancias angulares tomadas desde los correspondientes focos (Fig. 17). Por ejemplo, la distancia entre el eje menor y el pasillo divisorio entre la cuarta y quinta cuña (contada siempre desde el eje mayor hacia el menor) debía ser de 17 o, mientras que la distancia angular entre este pasillo y el eje del que divide la tercera de la cuarta cuña debía ser de 13 o, lo que hace que la distancia angular entre el eje de este último pasillo y el eje menor del anfiteatro sea de 30 o. Quizás este sistema pueda explicar también los errores documentados. Así, el cuadrante noroeste tiene en realidad una distancia angular de 29 o entre el eje menor del anfiteatro y el del pasillo que divide la tercera de la cuarta cuña en lugar de los 30 o proyectados, siendo la distancia angular de los ejes de la cuña tercera y cuarta en relación con el eje del pasillo entre la cuña cuarta y quinta los 13 o correctos, estando la discrepancia en la distancia angular de este último pasillo con el eje menor del anfiteatro, de 16 o a los 17 o del proyecto. En el cuadrante noreste, la distancia angular entre el eje menor y el pasillo entre la tercera y cuarta cuña es la correcta de 30 o, pero sí son erróneos los ángulos de la quinta cuña, 16 o, y los de la cuarta, 14 o. En la mitad sur, el cuadrante sureste muestra una correcta distancia angular de 30 o entre el eje menor del anfiteatro y el que divide la tercera de la cuarta cuña. Sin embargo, la proporción 17 o:13 o entre las cuñas quinta y cuarta se ejecutan dando a ambas la misma distancia angular de 15 o. En el último de los cuadrantes, el suroeste, los errores son más significativos. El ángulo entre el eje menor y el del pasillo que divide la tercera y cuarta cuñas es de 28 o, que se distribuyen en 13 o para la quinta cuña y en 15 o para la cuarta. de las estructuras, empezando por los focos del óvalo. Los focos del eje mayor se encuentran a una distancia de 60 pies (17,7 m) mientras que los del eje menor están a 80 pies del centro del edificio. Las líneas imaginarias que unan este centro con cualquiera de los focos de los ejes menor y mayor formarían triángulos rectángulos con una relación de terna pitagórica 3:4:5 (60:80:100 pies). Su replanteo debió hacerse mediante cuerdas o con la groma para marcar las alineaciones y, posteriormente, la medida sobre los ejes. Igualmente, en los extremos de los ejes, a la distancia desde el centro de 260 pies (76,9 m) en el eje mayor y a 220 pies (65 m) en el menor, se ubicarían otras bases de referencia. El proyecto incluía también otras bases secundarias en el lugar donde las líneas que unen los focos se intersecan con la curva del podio. A partir de ahora, se ofrecen dos soluciones técnicas para el trazado del resto del edificio. La primera, más lógica y segura a mí entender, sería trazar las curvas que delimitarían el podio y la línea exterior de la fachada mediante cuerdas lo que se vería sin duda dificultado por la orografía compleja donde se asienta el edificio. Una vez establecida la curva de fachada, se procedería a estacar todo el perímetro marcando los ejes de los pilares de los arcos de fachada y los ejes de dichos arcos, a razón de 11 pies entre estacas (3,25 m) salvo en las cuatro puertas principales de los ejes del anfiteatro, de 25 pies entre los ejes de los pilares, cuyas estacas estarían a 12,5 pies entre ellas (3,7 m). La suma total de la distancia entre todas ellas sería de 1508 pies, exactamente el perímetro del edificio calculado según 44/7 x R (siendo el radio, R, igual a la media de los semiejes del edificio). También se añadirían las estacas que marcarían los extremos de los pilares de fachada que van a definir los grosores de los pilares y muros. Una vez estacado el perímetro, las alineaciones de los pasillos y muros se trazarían mediante cuerdas que irían desde los focos de origen a una estaca determinada en el perímetro. Para trazar las curvas sería necesario que las cuerdas se mantuvieran en un plano horizontal con respecto al terreno sobre el que se va a trazar, lo que obligaría a que los focos de replanteo fueran postes con altura suficiente (10-12 m) o a colocar plataformas, dados los desniveles del terreno sobre el que se asienta el anfiteatro. Es cierto que se podrían trazar desde un plano inclinado pero compensando la longitud de la cuerda al convertirse en la hipotenusa de un triángulo rectángulo. Para las alineaciones con cuerda no sería obligado el realizarlas desde un plano horizontal, pero sí desde una altura que evitase los obstáculos que pudieran afectar a la alineación de la cuerda. fuera de la península itálica y, dependiendo de las desconocidas fechas de diseño y construcción del anfiteatro de Capua y del propio de Itálica, pudo haberse concebido como el mayor tras el Coliseo en ese momento. Con estas premisas, tanto el diseño como la construcción habrían contado con los mejores técnicos y con medios generosos para su erección. Por tanto, el anfiteatro junto al Traianeum fueron los emblemas del proyecto imperial. Es difícil concebir entonces que en las cuestiones relativas a su diseño, materiales o ubicación fueran prioritarios los criterios económicos. ¿Qué primó en la elección del lugar, su posición con respecto a la entrada de la ciudad o la topografía favorable para la ejecución del proyecto? Situada anexa a la muralla con su fachada hacia la entrada de una de las puertas principales de la ciudad, parece que la ubicación estuvo determinada por criterios urbanísticos para resaltar su monumentalidad en uno de los lugares más concurridos y visibles, destacando el carácter propagandístico sobre el funcional. Dada la estructura urbana de la Nova Urbs, las posibles ubicaciones se reducían al flanco oriental, junto al teatro, y a la elegida junto a la puerta norte (Fig. 15). El flanco sur estaba ocupado por la ciudad vieja mientras que el occidental estaba alejado de las zonas más concurridas y visibles de la nueva ciudad. Construir la mole del anfiteatro en el lado oriental podría reducir la vista del Traianeum, el edificio emblemático del proyecto adrianeo. Por estos motivos, la ubicación junto a la puerta norte le permitían ser visible desde el propio río Guadalquivir, desde la vía a Mérida y en uno de las puertas más concurridas sin entrar en competencia con el templo de la ciudad. La Nova Urbs limitaba al norte por un valle muy encajado de un pequeño arroyo con una topografía difícil que planteaba un serio reto para el proyecto. Por un lado, esta fisonomía permitía apoyar la mayor parte del graderío sobre las laderas de ambas colinas reduciendo en una planta la construcción de la cávea y la fachada. Por otro, una orografía tan accidentada dificultaba los trabajos de replanteo y construcción de un edificio de este tamaño, obligaba a realizar un importante movimiento de tierras y debía canalizar las aguas del arroyo por debajo del anfiteatro garantizando que su caudal normal y extraordinario no pusieran en peligro los fundamentos del edificio de espectáculos. La posición de Itálica, con un puerto fluvial, permitía el fácil acceso de materiales de todo el Mediterráneo para la magnitud de los edificios que, al mismo tiempo, se estarían edificando en la ciudad. El anfiteatro se Es posible, además, que ambos sistemas se combinaran, usando las distancias angulares para el replanteo inicial de la estructura básica de la cávea y un estacado posterior del perímetro para la construcción de los muros radiales y pilares de fachada. Aunque creemos más fácil y seguro usar las cuerdas con el estacado perimetral para todo el proceso. En todo caso, parece evidente que el replanteo no se revisó ni contrastó dando lugar a los errores detectados que alteraron considerablemente el proyecto original y que, en las fachadas del eje menor resultaría evidente para el espectador con arcos muy pequeños junto a otros mayores y, teniendo en cuenta el ancho de los pilares, en estos puntos el macizado casi superaría al hueco. PROCEDIMIENTO DE TRAZA Y CONSTRUCCIÓN Los errores documentados nos dan la oportunidad de poder conocer los métodos utilizados para el replanteo y dónde, en qué procedimiento se cometieron esta larga serie de errores. Para ello vamos a repasar el proceso constructivo para poder dar explicación a estas cuestiones. Por lo que hemos visto del proyecto, su diseño se debió realizar como una obra exenta que posteriormente se adaptó a la ubicación elegida de manera que pensamos que no fue diseñado específicamente para el lugar elegido sino que se adaptó a él en el momento de la construcción. Cuestiones esenciales dentro del proceso constructivo serían: • ¿Cuáles eran los condicionantes que determinaron las cuestiones principales del proyecto? • ¿Quién diseñó el edificio? • ¿Fue el mismo arquitecto que lo diseñó el que dirigió las obras? • ¿Qué información tenía el que dirigía las obras para plasmar el proyecto sobre el terreno? • ¿Qué medios se emplearon para el replanteo? • ¿Cómo se organizó el trabajo de replanteo? A tenor de las características del edificio y de su diseño, podemos entender que el patrón, el propio emperador, pretendió hacer el anfiteatro más grande construido Figura 15. Simulación de la topografía original previa a la construcción del anfiteatro (arriba) comparada con la topografía actual del terreno descartadas las construcciones (abajo). Sobre quién pudo haber sido el arquitecto que diseñara el anfiteatro no tenemos el mínimo indicio, hecho por otra parte común en la arquitectura romana que no suele proclamar la autoría de los diseños (Taylor 2006: 15-19). Pero la Nova Urbs de Itálica debió ser un proyecto de patrocinio imperial en el que debieron intervenir los mejores arquitectos del entorno del emperador por lo que no sería extraordinario que el proyecto hubiera sido redactado desde la misma Roma (Wilson Jones 2003: 19-24). Dado lo excepcional del proyecto no debía haber demasiados arquitectos en territorio romano capaces de acometer una responsabilidad como esta si tenemos en cuenta, además, que la construcción de anfiteatros monumentales comienza a generalizarse con la erección del anfiteatro flavio de Roma. En Hispania no se construyó nunca ningún anfiteatro que pudiera asemejarse al construyó mayoritariamente con opus caementicium, opus quadratum y opus testaceum, empleándose el mármol para algunos revestimientos (Roldán 1994). El material para una mole como esta era mayoritariamente local. La fabricación de los ladrillos y de la cal debía ser en un lugar próximo mientras que la piedra para la sillería procedería de canteras cercanas. Estos materiales, y en especial la piedra, sí debió ser un importante factor a tener en cuenta a la hora de realizar el diseño del edificio y sobre todo de dimensionar las estructuras portantes para soportar el peso de la mole. La piedra empleada es una caliza calcarenítica abundante en el entorno, fácilmente trabajable pero con una resistencia a compresión muy inferior a la del travertino empleado, por ejemplo, en el Coliseo. Este hecho pudo obligar al arquitecto a sobredimensionar los pilares de la arcada de la fachada, en la que predominaría el macizo sobre el hueco con un resultado final alejado de la elegancia del Coliseo. indican un procedimiento secuencial y lineal en el que se van acumulando errores, algunos inconexos entre sí y otros derivados de fallos anteriores, y que se acaban magnificando en la fachada. Pero aún así, a pesar de la gravedad de las discrepancias con el proyecto, pudo haberse solucionado de manera airosa la repercusión de estos errores en la fachada simplemente desligando esta de la alineación con los muros radiales de la cávea y ejecutando los pilares tal y como se habían proyectado. Sin embargo, se esa alineación y se ajustaron los huecos de los arcos al tamaño ejecutado para cada una de las cuñas del graderío dando lugar a arcos de diferentes anchuras y obligando a incluir otros nuevos donde no estaba previsto. Todo parece indicar que la dirección de obras pudo recaer sobre alguien distinto al arquitecto que diseñó el edificio. Para ejecutar el proyecto era necesario contar con una detallada información gráfica y textual que marcara los procedimientos a realizar en cada una de las fases de construcción del anfiteatro. Por desgracia, no se ha conservado ninguna información de obra pero podemos entender que sobre el terreno se debió contar con planos de planta detallados, alzados, especialmente para los detalles arquitectónicos de los arcos y columnas de fachada, y secciones. Para un edificio de esta complejidad sería de gran ayuda una maqueta a escala del anfiteatro que mostrara su aspecto final e incluso sus plantas a distintos niveles y secciones (Taylor 2006: 35-44). Además de toda la información gráfica se requeriría de una profusa memoria que explicara la secuencia de los procedimientos, los medios a usar y su manera de empleo en cada una de las etapas del proceso constructivo. Una vez realizado el proyecto y elegido el lugar se debieron realizar una serie de trabajos para la erección del anfiteatro que podríamos sintetizar en las siguientes fases: Los trabajos preliminares de agrimensura son de vital importancia para la correcta implantación del edificio y el establecimiento de sus niveles para que la intersección del proyecto con el terreno sea lo más armónica posible y para evitar los riesgos de inundación que la construcción sobre un cauce pueden acarrear (Moreno 2004). El análisis que hemos realizado del que pudo haber sido el proyecto original muestra una planta más elaborada y sofisticada de lo habitual, de lo que observamos en otros anfiteatros monumentales. Frente a los cuatro centros habituales, en Itálica entran en juego otra serie de focos destinados a la alineación de los muros radiales, no así de los pilares de fachada, con el fin de evitar que, sobre todo en los extremos del eje mayor, las habitaciones resultantes sean demasiado angulares, alternando los focos próximos por otros más alejados. Esto es solo una muestra de la maestría con la que se diseñó el edificio que nos hace pensar que fuera ideado por alguno de los mejores especialistas en la época en el tema de anfiteatros. LA DIRECCIÓN DE OBRAS Quizás fuera lo habitual que el redactor del proyecto dirigiera a su vez las obras, responsabilizándose de principio a fin de las mismas. Sin embargo, los enormes errores documentados en la implantación sobre el terreno del diseño hacen inconcebible que ambas personas fueran la misma. Un arquitecto que tiene en mente el desarrollo final de su obra no podía permitir discrepancias tan radicales que pusieran en riesgo la forma y comportamiento estructural de su edificio. Quizás, todo sería más explicable si el autor del diseño y el que tuviera que llevarlo a la realidad hubieran sido personas diferentes y que el segundo hubiera de comprender el proyecto a partir de la información gráfica y textual proporcionada por los diseñadores. Es más, los errores detectados muestran que no se hizo un replanteo global que contrastara que todo se había hecho en orden, sino que que obligaría a crear plataformas a cota del terreno para colocar los instrumentos o utilizar la dioptra que permitía tomar a su vez ángulos verticales. Aunque probablemente se colocaran las estacas del perímetro que servirían de referencia para marcar los pasillos y planificar los movimientos de tierras. Es un método más simple y efectivo y, en principio, limita las posibilidades de errar. • Obras de canalización hidráulica. Tras el replanteo inicial, se procedería a las obras de canalización del arroyo que discurrir por debajo de la cota de base de la fosa bestiaria. • Movimientos de tierra. Otra de las fases de trabajo de mayor volumen sería la de adaptar el terreno a los niveles necesarios para la construcción del anfiteatro con los materiales y consistencia necesarios para soportar su cimentación. Las fachadas del eje mayor y la propia arena se situaron en un nivel horizontal en torno a los los movimientos de tierra. Consistiría en la ubicación de las bases para el replanteo, las correspondientes a los centros del óvalo y las otras ubicadas en los extremos del eje mayor del edificio. A partir de estas bases se trazarían las curvas paralelas correspondientes al podio, al pasillo sobre el primer maeniano, la curva que delimita al interior la galería de fachada y la línea exterior del edificio. Igualmente, se trazarían desde las bases de los extremos del eje mayor la línea que marca la diferencia de cotas entre las fachadas del eje mayor y la cávea. Para completar el movimiento de tierras inicial era necesario trazar los pasillos entre las cuñas que daban sustento al graderío y que, en este caso dado la orografía del terreno, había que excavar sobre el sustrato. Esta operación pudo haberse hecho con groma, escuadra de agrimensor o dioptra, para replantear ángulos precisos. Hay que añadir la dificultad de trabajar sobre un terreno no nivelado lo Figura 17. Planta del anfiteatro de Itálica con indicación de las distancias angulares entre las cuñas del graderío norte y del sur (cotas en negro) y los ángulos del proyecto (cotas en rojo). replanteo general habría expuesto los errores y dado la oportunidad de evitarlos (Fig. 18). • Cimentación de los muros. Tras el replanteo, se procedería a la apertura de las cimentaciones de todas las estructuras que sostendrían el edificio. • Cimentación de la fachada. La cimentación de los pilares de fachada se realizó con posterioridad a los cimientos del resto del edificio. • Construcción del graderío y fachada. La fosa bestiaria es un elemento independiente, aunque conectado con la estructura general del anfiteatro. Actualmente no podemos establecer en qué momento se pudo construir con bases estratigráficas sólidas, pero quizás la necesidad de un espacio como la arena para el acopio de materiales y la ubicación de las grúas y otros medios necesarios para la construcción aconsejarían posponer la realización de la fosa una vez finalizada la estructura principal del edificio o, de haberse construido al principio, pudo rellenarse para habilitar el espacio de la arena para la logística de las obras. • Acabado. Las labores de pavimentación, revestimiento y ornato completarían la construcción del anfiteatro de Itálica. 10 m sobre el nivel del mar. Un segundo nivel quedó establecido sobre los 14,5 m en las cuñas adyacentes a la fachada del eje mayor y que dan acceso a los pasillos que comunican con el primer maeniano y lo delimitan del segundo, con una cota establecida en los 16,8 m sobre el nivel del mar. La siguiente plataforma se centra en los fundamentos del maeniano segundo y del maeniano superior, de manera que la cota de la galería de fachada se enrasa con la cota 20,5 m mientras que en las puertas del eje menor la cota asciende a los 21 m en la puerta sur mientras que en la norte no podemos determinarla por no estar excavada, aunque podemos suponer una cota similar dada la simetría de niveles observada en el proyecto (Fig. 16). • Replanteo del edificio. Una de las tareas críticas, no por su volumen de trabajo pero sí por la repercusión en la ejecución de todo el edificio, es la plasmación del proyecto sobre el terreno y el control de los niveles y alineaciones a lo largo de toda la obra, realizados con cuerdas y estacas. Por lo que hemos visto, este replanteo general nunca debió haberse llevado a cabo. Tras los movimientos de tierra se debieron ir replanteando los elementos conforme iban a ser construidos, desde el centro hasta la periferia. Simulación del procedimiento de replanteo del anfiteatro de Itálica, a partir de postes de una altura suficiente para salvar el desnivel de la topografía y que permite trazar las diferentes curvas desde un plano horizontal mediante cuerdas. En el perímetro se disponen las estacas que marcarán los ejes de los pasillos, los ejes de los pilares y los extremos de estos últimos y que permitirían la traza sobre el terreno de los muros radiales y pilares escogiendo el punto base y la estaca de destino designados por el proyecto. ERRORES DE REPLANTEO EN EL ANFITEATRO DE ITÁLICA no con el Coliseo, Capua o Nimes y Arlés que optaron por un número de arcos fijo, 80 en los dos primeros casos y 60 en los dos restantes. Otra cuestión esencial en el diseño es el papel que juega la topografía en la construcción del edificio. Si bien la elección del lugar de implantación parece estar motivada por una escenografía buscada en una posición concurrida y visible desde el este (la posición del río y la vía a Mérida), la topografía del emplazamiento ofrece ventajas a la hora de reducir el volumen de edificio construido al poder apoyar parte del graderío sobre las laderas de las colinas que delimitan el valle del arroyo sobre el que se asienta, hecho heredado de una larga tradición constructiva que se remonta al origen de los anfiteatros. No obstante, el diseño del edificio parece haberse pensado de nueva planta, adaptándose el lugar a los requerimientos del proyecto mediante los oportunos movimientos de tierras. De lo observado en la planta, estamos ante un diseño complejo y sofisticado, una evolución del modelo paradigmático del Coliseo que procura evitar los inconvenientes provocados por el empleo de los cuatro focos de los óvalos sobre todo en las estancias anexas a los túneles de acceso a la arena. Para ello utiliza varios focos de origen para alinear las estructuras y que los espacios sean más funcionales, evitando al tiempo cambios bruscos en la alineación de los muros. Este proyecto debió haber sido realizado por arquitecto especializado. Esto, sin duda, hizo aún más complejo el replanteo de los cimientos lo que dio lugar a varios errores como ya hemos visto. Los anfiteatros suelen tener un replanteo bastante preciso a pesar de la gran complejidad de sus diseños y su gran tamaño25. No obstante, hemos podido documentar casos donde las deformaciones, desalineaciones o disimetrías son palpables como en los anfiteatros de Ampurias, Segóbriga o Carmona (Jiménez 2017: 84-88 y 255-257). Probablemente, pocos edificios romanos necesitarían de una alta precisión en el replanteo de sus plantas en las que pequeñas desviaciones con respecto a los proyectos se podían disimular durante el proceso de obras (Taylor 2006: 75-76). Pero una cosa es un margen de error aceptable y otra, grandes inexactitudes que desvirtuaran el proyecto o comprometieran la estética o estabilidad estructural. Edificios monumentales como las termas de Caracalla tienen graves errores e inexactitudes en su CONCLUSIONES La oportunidad de poder estudiar con cierta precisión la planta del anfiteatro de Itálica nos ha permitido adentrarnos en los procesos que intervienen en la erección de un edificio de esta magnitud y, a partir de la evidencia material, reconstruir el proyecto original y los medios y métodos empleados en la construcción. Las disimetrías observadas en la planta del anfiteatro solo pueden explicarse por una impericia del encargado del replanteo y/o por la elección de un procedimiento de traza sobre el terreno no adecuado. En cualquier caso, resulta evidente que no se aplicaron mecanismos de control para evitar errores en este proceso. Por ello, podemos reflexionar sobre los métodos de replanteo y cuáles son los mejores o más usados, algo que sería necesario contrastar mediante arqueología experimental y reproducir el proceso con los medios de la época. En cuanto al diseño original, se confirma que la forma geométrica generatriz del proyecto es un óvalo de cuatro centros cuya relación entre los focos es una terna pitagórica 3:4:5 (60:80:100 pies) tal y como en su día expusieron Corzo y Wilson Jones. También podemos concluir que debió contar con 68 arcos, como ya dijo Golvin, siguiendo lo documentado en la distancia conocida en los arcos de las fachadas del eje mayor, con 25 pies para las puertas principales y 22 para el resto de los arcos. La discrepancia en número y distancia entre arcos debe achacarse a los defectos en el replanteo que obligó a introducir nuevos arcos y reducir su luz para ajustarse al ritmo de los pasillos entre cunei previamente trazados. En este sentido, el número de arcos como su alzado se ajustan al sistema de proporciones que Wilson Jones expuso para la fachada del Coliseo y que ya expusimos con anterioridad. El número de arcos es proporcional al ancho de la cávea según la fórmula 40R/C, lo que, a la inversa, nos permite deducir el intercolumnio dividiendo el ancho de la cávea entre dos veces π (C/2π), asumiendo que la altura de fachada es igual al ancho de la cávea. Este modelo obviamente es heredero directo del Coliseo aunque tiene características propias y exclusivas que solo parecen encontrarse en los grandes anfiteatros de la Bética. Aunque el óvalo de base parte de un triángulo pitagórico, la arena se delimita en su eje menor por los focos de este eje y no por los del eje mayor como parece la opción más frecuente en otros anfiteatros. También el cálculo de los arcos mediante un sistema proporcional es una particularidad que comparte con anfiteatros como Pola, Verona, Pozzuoli o El Jem, y planta que comprometieron el resultado final de la obra y que podrían haberse subsanado con un buen control del replanteo (DeLaine 1992(DeLaine: 102-115 y 1997: 133-135): 133-135). En la arquitectura adrianea no es infrecuente la detección de grandes errores de replanteo incluso en los proyectos imperiales más cercanos al propio emperador. En Villa Adriana se han detectado graves discrepancias entre el diseño teórico y la plasmación sobre el terreno en edificios tan emblemáticos como el teatro Greco (León et al. 2007: 243-253), una discordancia entre la simetría del proyecto y una implantación irregular que quizás no fueran perceptibles por los usuarios pero que mostraba una forma de hacer poco cuidada. La intensa actividad constructiva, los plazos cortos y un déficit de técnicos cualificados pudo estar en la base de esta serie de errores en el proceso constructivo que, a pesar de todo, no comprometieron el objetivo final de mostrar la grandeza del emperador. Quiero agradecer a los proyectos de Cañada Honda de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla y al proyecto del Traianeum de la Universidad de Sevilla, el haberme facilitado la documentación gráfica que ha servido de base para este trabajo, en especial a sus directores Rafael Hidalgo y Pilar León. Este trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación, financiado por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, dentro del Plan Estatal 2013-2016 Excelencia -Proyectos I+D (HAR2017-89004-P): Proyecto Colonia Aelia Augusta Italica. Arqueología del Sector NE de la Vetus Urbs de Italica en el Marco del Proceso de Romanización en el Guadalquivir Inferior.
El presente trabajo pretende acercarse al uso del ladrillo en construcción en el centro peninsular, a ambos lados del Sistema Central, a través del estudio de varios edificios construidos con una mampostería mixta particular denominada "aparejo encintado cajeado". Tras el análisis de cada uno de los edificios reconocidos, este estudio pone de manifiesto q ue s e trata d e u n g rupo constructivo c iertamente h omogéneo y cohesionado, orientado a la construcción de edificios d e diversa t ipología, n o s olo f ortificaciones, do nde lo s ma teriales em pleados y las técnicas desarrolladas son similares entre sí en composición y métrica, cercanos a las formas toledanas altomedievales. Todo esto lleva a plantear que ha sido posibilitado por una acción foránea, pudiendo estar relacionado con un efímero proceso colonizador cordobés efectuado a finales del siglo X. Con estas palabras recogidas por Ibn al-Kardabūs en su Historia de al-Andalus (1993: 86), Almanzor se enorgullece de haber colonizado y fortificado algunas de las tierras que conquistó a los cristianos, empleando los medios que le ofrecía cada lugar. En opinión de F. Maíllo Salgado (1984: 165-167), es prueba de que estas repoblaciones del territorio conquistado se efectuaron y fueron efectivas a través de un sistema de colonización de tipo militar, pero ¿es posible rastrear materialmente este hecho?, ¿existen evidencias constructivas que avalen esta aseveración? El presente trabajo pretende acercarse a la revisión de algunas manifestaciones arquitectónicas ya conocidas, ejecutadas empleando mampostería encintada cajeada, ya que se han querido asociar a la iniciativa andalusí, fundamentalmente en el caso del castillo de Ayllón (Zamora 1993: 213-223) o en el de la Torre de San Andrés de Sepúlveda (Conte y Fernández 1993: 196-198; Martín, Tardío y Zamora 1990: 83-85; Zamora 2011: 176-188), donde se ha propuesto ajustar la cronología de estos edificios a la época de Almanzor, más concretamente, posteriores al asedio de Sepúlveda del año 984. Se trataba de una hipótesis difícil de contrastar y de fundamentar, pero orientada hacia un momento y unas circunstancias históricas que deben ser mejor explicadas y puestas en contexto, a fin de confirmar esa propuesta o de establecer otras nuevas, con el consiguiente ajuste cronológico y cultural que esto conllevaría. A través de la revisión y estudio de los edificios en los que se ha documentado este aparejo, todos ellos localizados tanto en el este de la provincia de Segovia como en el norte de Guadalajara y Madrid, se pretende dilucidar la razón de ser de esta técnica constructiva, motivar su presencia en ambas laderas del Sistema Central y su aparente carácter efímero, así como la ausencia, por el momento, de unos paralelos claros fuera de esta zona de estudio. Se parte de una base compleja, ya que la homogeneidad de este grupo constructivo nos obliga a pensar en una acción o campaña de construcción relativamente corta en el tiempo, donde la dirección y promoción de la obra fueron bastante unitarias, y se incorpora de manera novedosa el uso de ladrillo nuevo, frente a otros usos donde, de modo residual, se emplean ladrillos reciclados. Esta homogeneidad pone de manifiesto que, tras un periodo de retroceso generalizado de la fabricación industrial de ladrillos, perviviendo solo de modo marginal y local, la presencia de ladrillo nuevo supone que un agente externo ha importado unas técnicas a un determinado lugar que le son ajenas. El origen de estas renovadas técnicas estaría en un enclave en el que la producción estandarizada de ladrillo estuviera plenamente asentada. Uno de estos lugares, quizá el más cercano a nuestra zona de estudio, es Toledo. EL USO DEL LADRILLO DURANTE LA ALTA EDAD MEDIA. Si sometemos a un análisis cuantitativo las técnicas constructivas altomedievales en la Península Ibérica, constatamos rápidamente cómo aquellas que incorporan ladrillo son muy minoritarias respecto a las que emplean únicamente piedra, ya sea en forma de sillería o de mampostería. La producción de ladrillos en estos momentos es un tema que genera cierta controversia debido a la gran ausencia de datos fiables. En el caso italiano, la desaparición del ladrillo se produce antes de la invasión lombarda del norte de Italia, acaecida durante la segunda mitad del siglo VI. Será también en estas fechas cuando, dada la recuperación de los ciclos productivos del ladrillo, se va a comenzar a documentar el uso del aparejo de espina de pez u opus spicatum con ladrillos, como en la iglesia de San Giovanni en Vigolo Marchese (Castell'Arquato, Piacenza), datada con seguridad en torno al 1008, siendo una de los más antiguos ejemplos que atestiguan este uso (Porter 1917: 35). 3 En estos momentos se documenta la producción local de cerámica de todo tipo, tanto de tipo constructiva como de mesa y cocina, utilizándose los mismos hornos para todas las producciones, lo que contrasta con la especialización de épocas precedentes, como en algunos casos del centro peninsular, datados a finales del siglo VII o principios del VIII por radiocarbono (Juan 2016: 349-357). En paralelo, el uso de material constructivo cerámico procedente de reciclaje de producciones romanas precedentes va a continuar siendo la tónica dominante, predominando la teja frente al ladrillo (Vigil-Escalera 2003: 287-291). Tras un espacio de tiempo, correspondiente fundamentalmente con los siglos VIII y IX, donde parece que la producción de material cerámico de construcción se detiene de modo generalizado tras un periodo de paulatino aletargamiento, debemos indicar el uso de ladrillo durante la segunda mitad del siglo IX en ciertas partes de los edificios del prerrománico asturiano en el entorno de Oviedo, como pueden ser arcos y bóvedas, que se pueden ver en los restos de la iglesia de San Tirso de Oviedo, San Julián de los Prados en Santullano o San Adriano de Tuñón, entre otros (Caballero y Rodríguez 2010: 112-114; Caballero y Utrero 2013: 128). En este momento el ladrillo reaparece con módulos y métricas renovadas, optando por piezas de menor tamaño, en las que se hacen evidentes las particularidades locales según su producción. El proceso se inicia al amparo de los poderes estatales andalusíes durante el siglo X, que tienen en Córdoba y otras ciudades un gran mercado que demanda un material de construcción barato y estandarizable. El caso de la ciudad de Toledo y su campo es paradigmático, pues, contrariamente al resto de la península, parece que la producción y uso de ladrillos continuó de modo ininterrumpido desde la época tardorromana (Juan y Cáceres 2010: 91-99), una circunstancia explicada tanto por la continuidad de las poblaciones anteriores como también por su rápida integración en los circuitos productivos y comerciales del emirato, a pesar de su condición alejada y levantisca3. Hacia el En la Península Ibérica, la fabricación de ladrillo entre los siglos VI y VII parece reducirse sustancialmente de modo generalizado (Bonet 1987: 579-580), al igual que sucede con las canteras, cuya explotación se paraliza y se pierden testimonios de actividad (Lacarra 1959: 344). La fabricación industrial de ladrillos queda reducida incluso en centros productores significativos en los siglos anteriores, como Mérida, donde se documentan usos muy puntuales desde los siglos IV y V a nivel arquitectónico (Durán 1999: 219). Del mismo modo, en el centro peninsular durante este mismo arco cronológico está atestiguada la producción de material cerámico de construcción a través de la documentación de hornos de tradición romana, pero de dimensiones más reducidas que en épocas anteriores, destacando la comarca de La Sagra, tanto en la zona madrileña (Juan 2016: 341), como en la toledana, donde destaca el yacimiento de "Alameda del Señorío", donde se ha podido documentar un horno dedicado a la producción local de material cerámico de construcción datable entre los siglos VI y VII (Catalán y Rojas 2009: 232). Puede deducirse que la producción de ladrillo continuó, si bien pueden ser datados y bien adscritos solo aquellos con signos identitarios definitorios, como el caso de los ladrillos con simbología cristiana impresa, con un origen norteafricano y orientados a usos funerarios principalmente, destacando su difusión en la Bética y Lusitania hasta el siglo VII (Rodríguez Neila 1988: 138-139). Habría que destacar el caso del Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete), donde se ha podido constatar la utilización de ladrillo nuevo en paralelo al uso de material procedente del expolio de construcciones romanas en desuso para la construcción de la basílica episcopal. Será durante el siglo VIII cuando se vea un retroceso del uso del ladrillo en este yacimiento, al no documentarse su producción, siendo también el uso de spolia del todo anecdótico (Cánovas 2005: 229-230). Otras producciones cerámicas no dedicadas a la construcción van a sufrir también un cierto retroceso. Se han documentado diversas experiencias de autoproducción a nivel local y familiar, atestiguadas sobretodo en la producción de cerámica de cocina y almacenaje, que contrastan con las producciones industriales de época romana. Puede ser el caso emeritense (Alba 2003: 293-332) o el de algunos sitios arqueológicos de la zona de Madrid-Toledo (Vigil-Escalera 2007: 239-284 y 2012). año 1000, se puede asegurar que el ciclo productivo del ladrillo estaba perfectamente asentado y desarrollado, atestiguado por la mezquita de Bab al-Mardum o del Cristo de la Luz, reformada según su epígrafe en el año 999. De este modo, la fabricación industrial de ladrillo va a alcanzar unas cotas muy significativas a partir de la segunda mitad del siglo XII a través de la proliferación de iglesias debido a la extensión de la red parroquial, lo que es conocido como románico "mudéjar" (Abad 1991; Araguas 2003Araguas y 2005: 161-168;: 161-168; Valdés 1984). LA MAMPOSTERÍA ENCINTADA CAJEADA. CARACTERÍSTICAS Y DISTRIBUCIÓN DE EJEMPLOS La particularidad de la mampostería encintada "cajeada", técnica constructiva objeto de revisión en el presente estudio, reside en la combinación del uso de mampostería de tamaño medio, muy irregular, con ladrillo. Esta mampostería mixta se caracteriza por separar con una verdugada doble de ladrillos cada una de las hiladas de mampostería, a la par de contar con ladrillos a sardinel entre cada uno de los mampuestos, a modo de tabica vertical, ofreciendo de este modo un aspecto exterior metopado, una secuencia alterna armónica entre ladrillos mostrando su tizón y un mampuesto de proporciones cuadrangulares. Los lugares en los que se ha documentado este aparejo son, en Guadalajara: Humanes de Mohernando (despoblado de Peñahora), Cogolludo (castillo) y Jadraque (castillo). En Madrid se han documentado únicamente en Buitrago de Lozoya (murallas) y Talamanca del Jarama (arrabal extramuros de la calle San Isidro e iglesia de San Juan Bautista), en la provincia de Segovia: Ayllón (castillo, Arco de la Villa e iglesia de San Miguel), Fresno de Cantespino (ruinas del castillo), Fuentidueña (Puerta de Alfonso VIII o de Trascastillo) y Sepúlveda (Torre de San Andrés), entre otros dudosos o menos significativos (Fig. 1). Esta técnica constructiva fue documentada por primera vez por Alonso Zamora Canellada (1993), que puso el punto de atención en esta técnica asociada mayoritariamente con elementos fortificados, relacionados tanto con reparaciones de fortificaciones preexistentes como con edificios de nueva planta, y que propone vincular al mundo andalusí. Zamora inicia sus investigaciones en este campo con las excavaciones del castillo de Ayllón en los años 80, que culminan con la publicación de la monografía sobre estos trabajos (1993) que había sido también el tema de su tesis doctoral. Antes ya se había adentrado ya en el complejísimo conjunto fortificado de Sepúlveda, que fue objeto de publicación monográfica (Martín, Tardío y Zamora 1990), donde particulariza brevemente en la singularidad de la Torre de San Andrés, construida con mampostería encintada cajeada, y los edificios que presentan esta misma técnica en el entorno del oriente segoviano. A partir de estos trabajos, Zamora va a tratar de modo pormenorizado este aparejo en otros artículos, donde va a ir aumentando la nómina de ejemplos, a tenor de los nuevos documentados, ajustando la reflexión y propuesta cronológica (1998), así como proponiendo paralelos formales lejanos, como algunas iglesias griegas de la zona de Tesalónica edificadas en el siglo XI-XII, así como otros ejemplos en el Cáucaso (Zamora 1993(Zamora: 125 y 1998: 775): 775). Del mismo modo, también ha ido reduciendo la nómina inicial, eliminando por dudosos lugares como la torre de El Salvador de Segovia, la alcazaba de Almería, la alcazaba de Málaga, el castillo de Cogolludo, el castillo de Consuegra, el castillo de Escalona y el castillo de Alcalá de Guadaira (Zamora y Vela 2005: 1141-1142). En paralelo a los trabajos de Zamora existen propuestas que abogan por una filiación castellana para este aparejo, siendo de este modo fruto de la repoblación temprana en los extremos del Duero en una cronología similar, siglos X-XI (Jiménez 2005: 633-640). Mapa del Sistema Central peninsular, correspondiente a parte de las provincias de Guadalajara, Madrid, Segovia y Soria, en el que se localizan los edificios en los que se ha documentado la mampostería encintada cajeada (cuadrado negro). por lo que ha sido considerado como el recinto de una puebla. Los restos constructivos visibles más significativos se encuentran en el segundo recinto, tanto en su esquina norte, donde se conserva una posible puerta con restos de sillería, como en el extremo sur, correspondientes a la parte inferior de una torre esquinera realizada en mampostería encintada cajeada. Se documentan tres hiladas de esta mampostería, así como una esquina construida por entero en ladrillo de un muro de doble hoja con núcleo de relleno de piedras con mortero de cal. La mampostería cuenta de doble verdugada de ladrillo y tabicas de ladrillo a sardinel, utilizando como mampuestos cantos de cuarcita. De media, los ladrillos miden 28 x 20 x 4 cm y los tendeles un grosor de 4 cm, mientras que las llagas están entre 1 y 2 cm (Fig. 2.1). Con posterioridad, la nómina de ejemplos ha aumentado con dos aportaciones al sur del Sistema Central muy significativas. La primera fue localizada en el castillo de Jadraque en Guadalajara (Daza 2001 y 2005) tras el movimiento de tierras realizado para la pavimentación de la rampa de acceso y la colocación de un monolito de la ruta del Camino del Cid. El segundo localizado, el único hasta la fecha relacionado con espacios domésticos y con una estratigrafía arqueológica asociada, fue efectuado en la calle San Isidro de la localidad de Talamanca del Jarama en Madrid durante los trabajos de urbanización del espacio 4. El castillo de Peñahora (Humanes de Mohernando) cuenta con evidencias de este aparejo que suponen el hallazgo más meridional dentro la zona de estudio hasta el momento. Se trata de un recinto fortificado de considerables dimensiones localizado sobre un promontorio amesetado ubicado en la confluencia de los ríos Sorbe y Henares. Ha sido identificado con la fortaleza (Ḥiṣn) de Peñafora o Binna Furata, fundada por iniciativa del emir Muḥammad I entre los años 853 y 865 junto con Mayrit (Madrid), Talamanka (Talamanca del Jarama) e Istiras (probablemente, Esteras de Medinaceli, Soria), entre otros (Ibn Ḥayyān 1973: 132). Hay varias hipótesis sobre las razones de su fundación. Por un lado, se ha propuesto que su función sería controlar los caminos que comunicaban el valle del Duero con Toledo, a fin de evitar el apoyo norteño a las constantes revueltas toledanas (Manzano 1991: 168-171; Torres Balbás 1960: 242). Otra hipótesis sobre la fundación de estas fortificaciones es que fueron realizadas por el linaje beréber de los Banu Salim como delegados del poder emiral en un intento de reorganizar su espacio, atenazado por otros linajes beréberes tanto al norte como al sur (Bermejo y Muñoz 1994: 220-225). Del mismo modo, también se ha propuesto que este proyecto emiral sería un elemento de presión fiscal sobre los habitantes de la "frontera de Toledo" (Mazzoli-Guintard 2011: 51-57). En cuanto a su morfología, consta de tres recintos diferenciados que en la actualidad están muy desdibujados. Un recinto superior, considerado propiamente como el castillo, del que no quedan restos visibles. El segundo, por debajo del primero, desarrolla una mayor amplitud, Figura 2. Ejemplos de mampostería encintada cajeada en la provincia de Guadalajara: 1) Restos documentados en Peñahora (Humanes de Mohernando); 2) Paramento localizado en el acceso del castillo de Jadraque. En cuanto al aparejo encintado, en el caso de Cogolludo se sale de la pauta prototípica que vemos en Jadraque y en Peñahora, así como en los ejemplos segovianos (vid. infra) ya que las hiladas están mal reguladas, la mampostería no es homogénea, en ocasiones no muestra la doble verdugada de ladrillo y no cuenta con demasiados ladrillos a sardinel que confieran al aparejo su característico despiece. Además, las esquinas de la torre son de piedra, lo que contrasta con el resto de ejemplos, donde las esquinas conservadas son de ladrillos. Las fachadas oeste y norte de la torre son las que muestran un aparejo más cuidado, mientras que las otras, que cuentan con mampostería y sillería reutilizada, es más irregular, más cercano a una mampostería atizonada que emplea calzos de ladrillo y teja. Quizá se trate de un edificio más antiguo, en el que se estén empleando todavía materiales reutilizados más antiguos combinados con ladrillos nuevos. Los ladrillos empleados en esta torre adolecen de uniformidad, ya que los más cuidados (empleados en las dobles verdugadas de ladrillo, enmarcando hiladas de mampostería de aproximadamente 30 cm de altura) cuentan con unas dimensiones similares a Jadraque y Peñahora (29 x 19 x 4,5 cm), mientras que algunos ladrillos medidos en la esquina suroeste de la torre cuentan con unas dimensiones mayores (31 x 22 x 5,5 cm). El caso documentado en el castillo de Jadraque es muy similar (Daza 2005: 803), ya que también conserva unas pocas hiladas sobre la cimentación y parte de una de sus esquinas. Se localiza al sur del conjunto, inmediato a la puerta de la fortificación bajomedieval. Los ladrillos miden aproximadamente 29 x 19 x 4,5 cm y los tendeles tienen un grosor de 4 cm, mientras que las llagas están entre 1 y 2 cm (Fig. 2.2). A diferencia de Peñahora, el material de la mampostería es caliza, procedentes del propio cerro. Los restos no presentan en la actualidad conexión estratigráfica con el castillo bajomedieval y parece que fueron amortizados cuando se construyó en la segunda mitad del siglo XV, si bien aún debían ser visibles cuando B. Castellanos de Losada visita el castillo a finales del siglo XIX, pues menciona un paramento de "estilo de construcción árabe" (López-Muñiz 2003: 88). Estos restos para Prieto y Retuerce (2008: 18) son claramente andalusíes, perfectamente conectados con los restos cerámicos recuperados de los silos excavados en el interior del castillo. Por el contrario, los restos de este aparejo en el castillo de Cogolludo presentan ciertas diferencias (Fig. 3), aunque no suficientes para excluir del grupo este ejemplo (Zamora y Vela 2005: 1141-1142). En la parte meridional destaca una de las torres, realizada parcialmente en aparejo encintado. Esta torre es un elemento muy singular, preexistente en la configuración actual del castillo, puesto que sus muros son estratigráficamente posteriores a la torre. Es de planta cuadrada al exterior y circular al interior, rematada por una cúpula de ladrillo, contando con un único vano en su fachada norte. Tras los estudios realizados, esta torre se ha identificado con la "torre de la campana" que menciona la documentación del siglo XVI, por lo que se ha propuesto que se trate de una torre campanario oculta por escombros casi en su totalidad, viéndose actualmente solo su parte superior. Por la antigüedad del aparejo, del enclave y tomando su denominación en las fuentes, se ha propuesto que puede tratarse de un alminar, de cronología bastante arcaica ya que la caja de escalera que mostraría sería cilíndrica, como en algunos alminares emirales y califales, que formaría parte de un conjunto fortificado vinculado a un oratorio, quizá vinculado al ejercicio del ribāṭ en la Marca Media (Daza 2015: 100-110 y 2018: 279). La muralla de Buitrago de Lozoya es, sin lugar a dudas, el mejor ejemplo de este tipo de técnica constructiva, a tenor de su extensión y su uniformidad, al menos en su fase inicial. El recinto amurallado, localizado sobre una loma de cierto escarpe que se adentra en un meandro del río Lozoya, cuenta con un recinto principal que genera un reducto aprovechando el citado meandro. Este recinto conserva 14 torres, siendo la sexta la que contiene la Puerta de la Villa o Torre del Reloj, conservando todas ellas restos de la mampostería encintada cajeada relacionada con la primera fase del conjunto, conformado por un lienzo de tapial calicastrado con torres de flanqueo y una puerta de acceso recto realizados todos ellos con esta mampostería (AA. Con posterioridad, probablemente durante el siglo XII, la muralla se reparó mediante un forro de tapia de cal y canto, tanto interior como exteriormente, amortizando el adarve y el parapeto almenado realizados en la fase anterior, ocultando gran parte de los vestigios del aparejo encintado (Fig. 4). Del mismo modo, en el siglo XIV se reparó la puerta, convirtiéndola en un acceso en codo incorporado a una torre pentagonal (Daza 2015: 110-118). Esta puerta es, con diferencia, el elemento más interesante del conjunto, ya que sirvió como eje organizador de la defensa, puesto que pudo ser el único acceso al adarve de todo el recinto. La puerta original era de acceso recto enmarcado por dos torres y estaba realizada completamente con mampostería encintada cajeada con dobles verdugadas de ladrillo, con cadenas de ladrillo conformando las esquinas, contando con caja de rastrillo para cerrar el paso (Fig. 5). De hecho llama la atención que las torres de flanqueo, que aparentemente tienen un aparejo similar, suprimen una de las verdugadas de ladrillo, por lo que es posible que imiten el aparejo de la torre, por consiguiente, más antiguo. En cuanto a los vestigios localizados en Talamanca del Jarama, concretamente en la calle San Isidro, es muy significativo que se hayan localizado restos de muros realizados en este aparejo en contexto estratigráfico, conformando las estructuras habitacionales de un arrabal extramuros de la madina, que pone de manifiesto su desbordamiento durante la segunda mitad del siglo X, y su ocupación hasta mediados del siglo XII, cuando es abandonado de manera rápida5 (Fig. 6.1 y 6.2). A los restos en calle San Isidro habría que sumar los documentados en la iglesia de San Juan Bautista, ciertamente dudosos y, hasta la fecha, también inéditos. Se trata de un templo de origen plenomedieval que conserva uno de los únicos ábsides románicos en piedra de la región. Conserva restos en la fachada norte que permiten observar cómo un edificio preexistente al edificio románico fue aprovechado para la construcción de este templo. Este será ampliado en dos ocasiones hacia los pies, tal y como se observa en el paramento citado. También se puede observar cómo hubo que reelevar los muros para la colocación de la armadura de madera y el coro que hoy presenta. El aparejo documentado es una secuencia de cantos de rio con ladrillos a sardinel sin verdugadas horizontales que fue objeto de restauraciones a principios de los años 80. Los ejemplos documentados en la provincia de Segovia son los más numerosos de la muestra, siendo además los que más datos ofrecen a fin de dar una explicación a la aparición y difusión de esta técnica constructiva. Los vestigios del Cerro del Castillo o de La Martina en Ayllón fueron los primeros en ser documentados por Zamora (1993) en los años 80 (vid. supra). El recinto fortificado, que bien podría considerarse una muralla urbana, delimitaba un espacio de 2,8 ha, que a su vez pudo contar con algún reducto a modo de castillo propiamente dicho (Jiménez 2005: 633-640). Las excavaciones, pese a lo degradado del yacimiento, permitieron fechar el conjunto en torno a los siglos X-XI, aunque su estado de ruina avanzada no permite establecer secuencia segura alguna debido a la desconexión estratigráfica de los elementos emergentes. En cuanto a los restos de mampostería Figura 6. Trabajos arqueológicos realizados en la calle San Isidro de Talamanca del Jarama, Madrid, realizados entre 2005 y 2007: 1) Vista general de uno de los espacios de habitación localizados durante la excavación; 2) Detalle de uno de los muros realizado con mampostería encintada cajeada. Fotografías cortesía de Elena Vega. encintada cajeada, están muy arrasados, conservándose solo tres hiladas de mampostería de cantos y ladrillo sobre tapia de tierra. Los vestigios de este aparejo en el castillo no son los únicos asociados a las fortificaciones de la villa. Trabajos de restauración recientes en la puerta han retirado capas de cemento que ocultaban el despiece y han puesto de manifiesto que contaba con este aparejo, al menos, en la fachada exterior de la torre sur. La puerta fue muy transformada en época bajomedieval con mampostería concertada, incorporando un arco de sillería a modo de buhedera, sobre la cual se instaló posteriormente una ladronera. En época moderna las casas ocuparon espacio extramuros, de manera que enrasaron las torres, desdibujando su perfil y perdiendo su función de flanqueo (Zamora 1993: 128). Esta puerta fue un acceso recto enmarcado por torres cuadrangulares macizas, al igual que la Puerta de Alfonso VIII de Fuentidueña o la Torre del Reloj de Buitrago. Estaba realizada con mampostería encintada cajeada con doble verdugada de ladrillo y con esquinas de ladrillo, similar a los restos del recinto superior. Actualmente, tras la últimas labores de restauración, se han enrasado las llagas con mortero, por lo que es difícil observarlo. El último de los vestigios documentados en Ayllón fue localizado en la iglesia de San Miguel, un edificio de traza románica de una sola nave ubicado en el centro del casco urbano, dentro del recinto amurallado inferior, en uno de los extremos de la Plaza Mayor. Este edificio fue objeto de restauración integral en torno a Estos trabajos de rehabilitación contaron con un control arqueológico efectuado por Esther Villafruela Arranz y Fernando Vela Cossío, a quienes agradezco muy sinceramente que me facilitaran la consulta de la documentación y el material gráfico que recabaron durante los trabajos. que fue prácticamente desmontado durante unos trabajos de extracción de arcillas, que dejaron como único resto visible tres hiladas de mampostería de un muro de doble hoja, de desarrollo curvo, sin trasdosar al exterior, realizado en mampostería encintada cajeada (Fig. 10). Los ladrillos miden en su mayoría 29 x 20 x 4 cm (33 en algún caso puntual) y los tendeles un grosor de 4 cm, mientras que las llagas están entre 1 y 2 cm, muy similar a otros ejemplos de este tipo constructivo. El relleno del muro es de cantos de rio de diferente centil y fuerte mortero de cal y arena. El estado de conservación de los restos impide clasificar su funcionalidad, si bien una excavación arqueológica de los restos que se insertan en el talud pudiera arrojar nuevos datos sobre un resto tan singular7. Otro ejemplo, el más septentrional del conjunto estudiado, se localiza en la Puerta de Alfonso VIII, o de Trascastillo, de la muralla de Fuentidueña, en la margen izquierda del río Duratón (Fig. 11.1). La muralla recorre la parte más llana al sur, para ir descendiendo hacia el valle, encerrando el casco urbano (Sainz 2017: 235-296). Puerta de Alfonso VIII o de Trascastillo, localizada al sur del conjunto amurallado de Fuentidueña, Segovia: 1) Vista general desde el exterior, donde se pueden ver los restos de mampostería encintada cajeada conservados en su parte inferior; 2) Detalle de los restos de este aparejo localizados intramuros. Actualmente el aparejo está parcialmente oculto, ya que al este tiene adosada una vivienda, al norte está parcialmente cubierto por la ladera del cerro y en su fachada sur presenta restos de un revoco con falso despiece de ladrillo dibujado en colores rojo, amarillo y blanco (Fig. 13.1 y 13.2). En el entorno de la Puerta de Alfonso VIII se detecta que la parte inferior de las torres y el paso de la puerta pertenecen a una fase inicial, a la que posteriormente se le adosan los lienzos murarios de mampostería encofrada, probablemente en sustitución de otra (Zamora 1993(Zamora: 104-106 y 1998: 765): 765). La parte inferior de la puerta está realizada en mampostería encintada cajeada, cuyos ladrillos miden 34 x 18 x 4 cm y los tendeles un grosor de 4 cm, mientras que las llagas están entre 1 y 2 cm (Fig. 11.2). Se detectan otras medidas diferentes muy dispares, pudiendo tratarse de reparaciones posteriores. Se trata de una puerta de acceso recto enmarcado por dos torres cuadrangulares y macizas que se proyectan hacia el exterior, que contaba con un paso compuesto de dos arcos (interior y exterior) con caja para rastrillo en el centro del paso. Es muy similar, tanto métrica como compositivamente, a las puertas del Arco de Ayllón y la Torre del Reloj de Buitrago. Incluso cuenta con un rastrillo al interior del paso como en Buitrago. La Torre de San Andrés de Sepúlveda como síntesis constructiva de un proceso Esta torre, localizada en el extremo occidental del casco urbano de Sepúlveda, a pocos metros al norte de la Puerta de Duruelo (Fig. 12) es el edificio de mayor tamaño y más completo de cuantos integran este conjunto a día de hoy. La Torre de San Andrés, además de emplear la mampostería encintada cajeada de modo principal, conserva sistemas constructivos complejos, por lo que merece una aproximación pormenorizada. Es un edificio conocido de antiguo, considerado como la antigua torre campanario de la parroquia de San Andrés, que desaparece de la historia de la villa a principios del siglo XVIII, momento en el que pasa a convertirse en vivienda, función que ha desempeñado hasta hace poco tiempo (Martín, Tardío y Zamora 1990: 83) 8. Se trata de una construcción de planta cuadrangular, con unas dimensiones exteriores de aproximadamente 7 x 7 m, y 13 de altura, construido por completo con mampostería encintada cajeada con esquinales realizados 8 Durante los meses de septiembre y octubre de 2016 se han efectuado trabajos de excavación arqueológica y lectura de paramentos en la torre realizados por la empresa de arqueología GROMA y asesorados por el Dr. Alonso Zamora. La noticia preliminar de estos trabajos puede ser seguida en la web http://torredesanandres.blogspot.com.es/. Ponen de manifiesto una fase románica, probablemente adscrita a la conversión de este edificio en parte de una parroquia medieval, su torre campanario, a tenor de los restos de enterramientos y los muros de cantería adosados a las fábricas preexistentes. Torre de San Andrés de Sepúlveda: 1) Fachada sur de la torre; 2) Fachada oeste; 3) Detalle del aparejo de la torre en la base de la fachada sur. En la segunda planta solo se han documentado los restos del arco y la bóveda hemisférica correspondientes al nicho descrito en la planta baja, muy alterado por una puerta que comunicaba con la casa contigua. La estancia de la tercera planta, como ya hemos indicado, se encuentra cubierta por una bóveda de ladrillo. Destacar que se ha documentado un hueco rectangular practicado en el paramento norte, del que llama la atención que esté perfectamente imbricado en las fábricas, por lo que parece original, pudiendo haber servido para el encastre de algún tipo de elemento. La última planta, localizada sobre el extradós de la bóveda, cuenta con unos muros más estrechos que el resto del edificio (80 cm aproximadamente). Este espacio se encuentra muy alterado, puesto que contó con un acceso a la calle por la fachada norte, que todos sus paramentos interiores están reconstruidos con un forro de mampostería concertada trabada con mortero de cal, lo que contrasta con el exterior, donde se ha conservado el aparejo original. En cuanto al interior, está dividido en cuatro plantas (baja, primera, segunda y tercera), realizadas modernamente con toscos forjados de madera, salvo la segunda, que está cubierta por una bóveda de arista por hojas realizada en ladrillo, de la que hablaremos posteriormente de modo particular. El espacio interior en planta baja es de proporción cuadrangular (4 x 4 m aproximadamente) y se accede por una puerta moderna abierta en la fachada sur. Cuenta con su acceso original tapiado al oeste, un grueso arco de medio punto en ladrillo solo visible desde el interior, aunque muy transformado. Destacan especialmente tres elementos en este espacio interior. Por un lado, un nicho de planta semicircular y desarrollo semicilíndrico localizado en la fachada este, que está rematado con arco de medio punto de ladrillo y bóveda de cuarto de esfera, elementos visibles solo desde la planta superior, pues el forjado impide su contemplación desde la planta baja. Dentro de este nicho se conservan en mal estado los restos un arco de herradura en ladrillo (quizá asociado a algún tipo de vano o simple decoración), muy afectado por un acceso moderno a la casa colindante (Fig. 14). Y por otro, en el paramento norte, se conserva un hueco perfectamente guarnecido y aparejado con un falso dintel decorativo de ladrillos a sardinel, que enmarca un pequeño pasillo con bóveda de medio punto de ladrillo, que finaliza sin solución de continuidad, pudiendo tratarse de un armario de incierta funcionalidad. Por último, en la fachada sur se conserva a la altura del suelo el resto de un arco de medio punto tapiado, también realizado en ladrillo, incluido dentro de los paramentos modificados para la incorporación de la caja de escalera en fecha incierta. El acceso a las plantas superiores se puede realizar únicamente a través de una caja de escalera existente en el interior del muro sur. Su acceso en planta baja está desmontado, pero se trataba de un tiro realizado en madera compuesto de dos tramos (uno adosado al muro oeste y otro al sur) excavados en el paramento de ladrillo a tenor de las huellas que permanecen en él. De la primera a la cuarta planta se accede por una escalera practicada en el núcleo del muro desde la esquina sureste hasta el paramento este, que ha afectado, entre otros elementos, a la propia bóveda. Desconocemos si la escalera es original, ya que la importante transformación que ha sufrido a lo largo de su vida, con la apertura de vanos desde la caja de escalera a las diferentes estancias actuales han desvirtuado enormemente el tiro. A tenor de la morfología de la pieza, nos decantamos porque se trata de una escalera original. Interior de la Torre de San Andrés, planta baja. Vista del nicho con arco de herradura localizado en la fachada este, interpretado como el mihrab de un oratorio. con ladrillos para conformar su forma cuadrangular. Desconocemos si una vez retirado el andamio estos huecos fueron rellenados. También se percibe la huella de la techumbre de una estructura a dos aguas con una anchura mínima superior al propio edificio, localizada a la altura de la tercera planta actual del mismo. Podría tratarse de la huella de la nave de la antigua parroquia de San Andrés, aunque no hay evidencias suficientes que lo prueben. Se desconoce cómo sería la iluminación del espacio interior, ya que no es posible conocer si alguno de los vanos actuales de la fachada sur supuso agrandar alguno ya existente o no. Actualmente cuentan con sus quicios perfectamente guarnecidos con ladrillo moderno, fruto de la conversión del edificio en vivienda. En cuanto a paralelos, si bien presenta similitudes con otros edificios en materiales de construcción y en técnicas constructivas, no se han encontrado semejanzas en cuanto a su tipología y funcionalidad. Se han revisado tanto fortificaciones del entorno como fuera del marco de estudio, además de otras tipologías, como torres campanario, tanto del mudéjar toledano (Abad 1991) como de la provincia de Segovia (Ruiz Hernando 1988), sin encontrar parangón. En el caso de los campanarios, por lo general, presentan una caja de escaleras interior, mientras que en San Andrés la escalera se ha embutido en los muros, dejando libre el espacio central (Fig. 16). En cuanto a los materiales de construcción, se han empleado ladrillos nuevos, mampuestos de caliza de procedencia local y fuerte mortero de cal (Fig. 13.3). En el caso de los ladrillos, estos presentan unas medidas homogéneas, siendo similares tanto en paramentos interiores como exteriores, así como la propia bóveda, midiendo aproximadamente 30/29 x 20/19 x 5/4 cm. Paralelamente, los tendeles presentan un grosor aproximado de 4 cm, en una proporción 1:1 respecto al del ladrillo, mientras que las llagas están entre 1 y 2 cm, tanto en los paños como las esquinas. A través de las roturas en el muro sur del edificio podemos conocer cómo está construido. Se trata de un muro de doble hoja de mampostería mixta relleno de mortero de cal y trozos de piedra caliza. Cada una de las hojas del muro aparece realizada con el aparejo de mampostería encintada cajeada. Cabe destacar que la homogeneización de hiladas de mampostería que supone la colocación las verdugadas de ladrillo no penetra en el núcleo del muro para unirse con la hoja exterior. La fachada oeste aparece casi por completo libre de revocos y enlucidos. En ella podemos ver con claridad el aparejo, así como las huellas de diversos elementos. En primer lugar, se conservan todos los mechinales de andamio de su construcción, preparados para que todas las piezas de madera utilizadas fueran recuperables. Se cuidó su colocación a lo largo de la construcción ya que se enmarcaron perfectamente Solo podemos afirmar que, a pesar de las transformaciones posteriores y las adiciones contemporáneas, la torre de San Andrés manifiesta una única fase constructiva original. El espacio interior de la torre está configurado de modo centralizado, cubierto por la bóveda de arista y presidido por un nicho destacado. Presenta ciertas similitudes formales con espacios áulicos andalusíes de los siglos X y XI tipo qubba, reservados para oratorios o mausoleos. El nicho de la planta baja (Fig. 14) podría ser interpretado como un mihrab, que presenta unas proporciones similares a otros conocidos, como el de Almonaster en Huelva (Jiménez 1975), el ribāṭ de Susa o el de la mezquita de las Tres Puertas de Qayrawán, ambos en Túnez (Creswell 1979; Pavón 2009Pavón y 2010)). Por otro lado, la pared en la que se localiza el nicho está orientada ±120o sudeste (Fig. 15), como la mezquita aljama de Madīnat al-Zahrā', primer edificio andalusí en respetar la orientación canónica de la qībla, finalizada su construcción en 941 (Jiménez 1991: 194). REFLEXIONES CONSTRUCTIVAS: TÉCNICAS, MATERIALES Y SISTEMAS DEL GRUPO Una vez descritos los ejemplos más señeros de este conjunto de edificios, que pretendemos definir como un grupo tecnológico, hemos de poner en relación los resultados, poniendo de relieve tanto las similitudes entre sí como sus diferencias. Podemos definir un aparejo tipo, como aquel que cuenta con todas las características definitorias: dobles verdugadas de ladrillo, tabicas verticales separando cada mampuesto mediante la colocación de un ladrillo a sardinel mostrando el tizón, esquinales de ladrillo, mechinales de fábrica pautados y secuenciados para andamios recuperables y, lo más importante, un ladrillo nuevo de medidas estandarizadas. En cuanto a las verdugadas dobles de ladrillo, es uno de los elementos que más se repite, ya que solo en algunas torres de flanqueo de la muralla de Buitrago, que todo parece indicar que son producto de una reconstrucción posterior, y en parte de la Torre de la Campana de Cogolludo, que es probablemente de cronología anterior. En cuanto a las tabicas verticales, de nuevo solo en esta torre del castillo de Cogolludo hemos documentado su ausencia casi completa. Por el contrario, los restos localizados en la fachada norte de la iglesia de San Juan Bautista de Talamanca del Jarama solo cuentan con tabicas verticales, sin presentar verdugadas de ladrillo. Aun siendo conscientes de su lejanía, un edificio que presenta ciertas similitudes con San Andrés es la torre Khalef al-Fata de la Kasbah de Susa en Túnez (Fig. 17). Se trata de una almenara o torre de señales marítimas, actualmente faro en uso, localizado en la parte superior de la ciudad, con 22 metros de altura, que cumple una función referencial respecto al puerto, junto con el alminar del ribāṭ de Susa, en el extremo contrario de la ciudad (AA. Esta torre presenta interiormente una disposición similar a la de San Andrés, al contar con un mihrab orientado en la habitación superior del cuerpo principal de la torre; esta habitación ha sido calificada como oratorio o "mezquitilla". Del mismo modo, en Buitrago se puede ver cómo torres de mampostería encintada se adosan a la muralla de tapia calicastrada original de la villa, pero no podemos dilucidar si estas torres son un forro de torres anteriores. En el caso de los restos del castillo de Fresno, al no encontrarse exteriormente trasdosados, podríamos aventurar que estuvieran asociados a una estructura perdida realizada en tierra. En cuanto a las medidas de los ladrillos, la toma de datos métricos realizada9 en todos los edificios integrantes del grupo permite observar que todos mantienen un sistema de medidas sin demasiadas variaciones, aunque hay algunas desviaciones. También hay que poner de manifiesto que no se ha documentado una producción modular, esto es, que todos los ladrillos, con sus diferencias, presentan un mismo módulo; no hay ladrillos Figura 18. Ejemplos de esquinales en algunos de los edificios mencionados en el texto: 1) Torre de la Campana del castillo de Cogolludo (2007); 2) Fachada intramuros de la Puerta de la Villa de Buitrago (2015); 3) Fachada oeste de la Torre de San Andrés de Sepúlveda (2013); 4) Esquina de la torre sur del Arco de la Villa de Ayllón (2010). Relaciones de mampostería encintada y tapia de tierra en Buitrago de Lozoya: 1) Desarrollo en altura de la muralla de tapia de tierra calicastrada y reparación del adarve en la torre 1 del recinto amurallado, todo ello amortizado posteriormente al dotar de un adarve corrido a todo el recinto; 2) Detalle de la sección del muro de tierra obtenida durante los trabajos de restauración de mediados de los años 80 donde se aprecian las cuñas de cal de los cajones de tierra, así como tortas de cal en la base de los mismos. Además, muestra la posterioridad del adarve y de la propia torre; 3) Torre 5 de la muralla tras su colapso en los años 50 del siglo XX. Se puede observar que la torre era maciza hasta el cuerpo de guardia, que quedó amortizado en las obras de remodelación de la cerca en la Baja Edad Media. Tanto el cuerpo de guardia como la cara exterior de la torre están realizados en mampostería encintada cajeada, mientras que la torre es de tierra apisonada y forrada de mampostería encintada. La ruina de esta torre también dejó al descubierto la primera muralla del recinto y su remate almenado, realizada con tapia de tierra calicastrada. Fotografías gentileza de Javier Pastor. CONSTRUIR CON LADRILLO EN LA PERIFERIA DE AL-ÁNDALUS HACIA EL AÑO 1000... en la ciudad del Tajo a lo largo del siglo X. Este edificio, a juzgar por la fecha de su epígrafe fundacional, realizado en ladrillo, fue construido en el 999. Este hecho es matizable a juzgar por los resultados de la reciente restauración integral, ya que se han obtenido fechas de carbono-14 de la cimentación del edificio, proponiendo un arco de fechas más antiguo que la fecha del epígrafe, un arco entre 690-900 cal AD (Ruiz Taboada 2009: 70). Anteriormente, tanto Pavón (2000: 155-187 y 2009) como Villanueva et alii (2000: 1123-1130) se percataron por separado de que este edificio contaba con dos etapas constructivas diferentes, una inicial, en la que se configuró un oratorio de formas sencillas y de planta cuadrangular, y una segunda fase de reforma y engalanamiento promovida por un mecenas que pone su nombre en el epígrafe conservado en la fachada oeste. En esta reforma el edificio pierde nueve sencillas cubiertas y adquiere la cubierta de nueve bóvedas individuales tan excepcional que luce hoy día. Este hecho se puede constatar estratigráficamente, ya que toda la segunda fase se adosa a la primera, hecho notado por los investigadores antes citados. Además, para aquilatar la relación de la mezquita toledana con los constructores de los edificios con ladrillo en los confines de la frontera de al-Ándalus, se ha documentado en las cimentaciones del edificio ciertas hiladas de mampostería encintada que presentan ladrillos a sardinel separando los mampuestos (Ruiz Taboada 2009: 53-71 y 2012: 176-177) (Fig. 20). Para comprender cómo se pensaron estos edificios y la tradición arquitectónica que hay detrás de su diseño, producidos que supongan, por ejemplo, la mitad o el doble de los documentados, como ocurre en las producciones de época romana. Hay que destacar también que, a la espera de estudios más profundos, parece que se trata de ladrillos que obedecen a un sistema de medición andalusí, muy cercanos a las formas que se pueden ver en Toledo, tanto en época tardocalifal como taifa, además de toda la construcción posterior de tipología mudéjar. En este sentido podemos proponer que el origen de las cuadrillas de albañiles que construyeron estos edificios en mampostería encintada cajeada pudo estar en Toledo. De hecho, esta mampostería es similar al aparejo "tipo A" definido para Toledo y asociado a los siglos X-XI (Rojas y Villa 1999: 583-588). Se compone de cajones de mampostería de alrededor de 30 cm de altura enmarcados por verdugadas de ladrillo. La única diferencia estaría en que, en la mayor parte de los casos, carecen del ladrillo a sardinel enmarcando los mampuestos. El edificio más paradigmático de este momento en Toledo es, sin lugar a dudas, la mezquita de Bab al-Mardum o ermita del Cristo de la Luz. Supone un modelo arquitectónico andalusí del Toledo tardocalifal en torno al año mil y en él se constata la utilización normalizada del ladrillo 10 Un resumen actualizado sobre la tradición metrológica andalusí puede leerse en Jiménez 2015: 3-6. En cuanto a sistemas constructivos complejos se refiere, solo podremos acercarnos a la valoración de dos ejemplos, cuyo estudio podría proporcionar elementos de comparación y establecer una propuesta de adscripción cronológica. Por un lado, estaría la bóveda de arista por hojas en ladrillo de San Andrés (Fig. 22.1) y por otro el ejemplo es conveniente acercarse al sistema de medidas con el que se proyectó cada uno de ellos. Del mismo modo, el reciente estudio Roldán-Medina (2015) nos ofrece un interesante módulo antropométrico para el codo de 39,59 cm, medida con la que ha estudiado las fábricas emirales y califales de la mezquita de Córdoba. Vista exterior de la fachada norte de la mezquita de Bab al-Mardum o ermita del Cristo de la Luz de Toledo (Fotografía: Wikimedia commons). A la derecha, detalle de la cimentación del muro este de la mezquita durante los trabajos de excavación arqueológica donde se pueden ver algunos ladrillos a sardinel enmarcando mampuestos (Fotografía: Ruiz Taboada 2009: 64). Plantas comparadas de diversos edificios tratados en el texto, señalando en gris sus fases altomedievales y en punteado gris las hipótesis de reconstrucción: 1) iglesia de San Miguel de Ayllón; 2) Torre de San Andrés de Sepúlveda; 3) Puerta de la Villa / Torre del Reloj de Buitrago de Lozoya; 4) Arco de la Villa de Ayllón; 5) Puerta de Alfonso VIII en Fuentidueña. A modo comparativo, se incluye una planta esquemática de la mezquita de Bab al-Mardum (6). Se conocen ejemplos de esta bóveda en muchos edificios paradigmáticos, por ejemplo, en la ciudad de Estambul, la antigua Constantinopla. Se pueden ver tanto empleadas en la cubrición de zonas de paso como recurso rápido no lujoso, o como base constructiva para que luego se decore con fresco o mosaico. Destacan los ejemplos del nártex de la basílica de Santa Sofía, donde se combinan bóvedas de arista por hojas y esféricas, así como las bóvedas de la cisterna de Yerebatán, ambos ejemplos datados en época de Justiniano. De hecho, Krautheimer (2005: 267) considera que este tipo de bóvedas ligeras, realizadas con o sin cimbra, suponen una novedad que surge en este momento como sustituto barato y sencillo de las bóvedas hormigonadas, siendo el soporte de múltiples decoraciones. En el caso toledano, podemos encontrar este recurso en las ocho bóvedas perimetrales de la mezquita de Tornerías, antigua mezquita de los moros, cuya construcción ha sido fechada en la segunda mitad del siglo XI, pero se mantuvo en uso como mezquita de mudéjares hasta 1502 (Passini 2004: 150). También encontramos este tipo de bóvedas en la planta baja del palacio de Galiana, almunia construida al este del puente de Alcántara, cuyo origen está atribuido a la iniciativa de Al-Mamún (siglo XI), si bien las estructura conservadas son de construcción posterior. Existen otros ejemplos en el propio territorio toledano, donde esta bóveda de ladrillo ha sido utilizada para cubrir aljibes en algunas fortificaciones adscritas a los siglos X y XI, el aljibe menor del castillo de Calatalifa, en Villaviciosa de Odón (Pérez Vicente 1990: 141-144). Otros ejemplos, ya más modernos, los encontramos cubriendo las estancias de una de las grandes albarranas del castillo de Montalbán (San Martín de Montalbán, Toledo), cuya cronología propuesta en de los siglos XII-XIII, donde se combinan con otros tipos de bóvedas similares, como de arista y esquifadas. En Guadalajara hay también ejemplos significativos, como la bóveda del cuerpo de campanas de la torre de la iglesia de Santa María de la Fuente (Trallero 2017: 43), o la del torreón de Alvar Fáñez (Pavón 1984: 31-32). Otro ejemplo, de dudosa adscripción cronológica, es el resto de bóveda de ladrillo que perdura en el único paramento de entidad que resta en pie de la basílica del de la Torre de la Campana del castillo de Cogolludo. Esta última se trata de una cúpula de ladrillo realizada por hiladas horizontales con ladrillo macizo nuevo de medida homogénea que constituye el remate del desarrollo cilíndrico del interior de la torre, mientras que el exterior de la misma es cuadrangular (Fig. 22.2). Inicialmente se planteó que el remate en cúpula se debía a la escasa pericia del constructor (Daza, López-Muñiz y Vela 2013: 633-639), pero posteriormente se ha propuesto que se trate de la cámara superior de un campanario a la que se accedía a través de una escalera de caracol, de ahí la planta circular (Daza 2018: 280). En cambio, la bóveda de arista por hojas en ladrillo de San Andrés (Fig. 22.1), es muy singular. Aunque es un modelo muy utilizado en la arquitectura toledana, no es común en la provincia de Segovia. Además de en Sepúlveda, solo ha sido documentado en la iglesia parroquial de Santa María del Castillo de Maderuelo formando parte de dos capillas laterales contiguas, ambas de planta cuadrada, cuya adscripción cronología se ha fijado en la Baja Edad Media (Ruiz Hernando 1988: 97-98) 12. En cambio, se trata de una tipología bastante utilizada desde la arquitectura bizantina hasta la arquitectura medieval de la ciudad de Toledo y su entorno, habiendo trascendido incluso a la arquitectura tradicional en Extremadura (Sánchez Leal 2000: 995-1003). Bóvedas de la zona de estudio: 1) Bóveda de arista construida por hojas de geometría vaída de la Torre de San Andrés (2015); 2) Cúpula de ladrillo de la Torre de la Campana del castillo de Cogolludo (2007). de San Andrés, a la luz de su singularidad, puede ser interpretada como un edificio religioso construido por albañiles acostumbrados a la obra fortificada. Quizá se trate de un oratorio relacionado con el ejercicio del ribāṭ o con una almenara, construido tras la toma de Almanzor de 984. Del mismo modo, los restos de la iglesia de San Miguel de Ayllón podrían estar en relación con un edificio de culto, descartando sus funciones defensivas. Recordemos que las zonas de frontera habían sido testimonio de la presencia de murābiṭūn que colaboraban en las tareas de defender los territorios del islam, y que plazas como Gormaz, Talavera o Madrid fueron lugares a los que se retiraron musulmanes devotos a hacer ribāṭ, y llegado el caso, a emprender el ŷihād (Echevarría 2003: 73; Marín 1993Marín: 129 y 2004: 199): 199). El proceso histórico en el que se enmarcaría esta colonización que proponemos está íntimamente relacionado con el avance castellano hacia el Sistema Central a mediados del siglo X, y la inicial consolidación de Sepúlveda como puntal logístico en torno a 940. Este hecho causó una reacción en el Estado andalusí, cristalizando mediante la intensificación de las expediciones durante el gobierno de Almanzor. Debido a la cada vez más preocupante presencia castellana al sur del Duero, puso su punto de mira en esta zona como objetivo de sus primeras expediciones veraniegas. A partir de este momento se sucedió un incesante trasiego de tropas por la zona durante los últimos años del siglo X que tuvieron por objeto las tierras inmediatas al norte del Sistema Central, ya como objetivo final o intermedio de las expediciones. Las primeras aceifas de Almanzor se realizaron conjuntamente con su suegro Gālib, el general de origen eslavo que gobernó la Marca Media en delegación de Al-Ḥakam II y, tras la muerte de este en el 976, del joven califa Hishâm II. De estas primeras campañas destaca la realizada conjuntamente por los dos generales contra Sepúlveda en 979 (séptima campaña), en la que no se consiguió conquistar la plaza, aunque toda la tierra circundante fue arrasada (Dikr 1983: 197; Castellanos 2002: 190). A lo largo de la década de los 80, una vez finalizado el enfrentamiento con Gālib que culmina con la muerte de este, las tropas califales vuelven a moverse con naturalidad por todo el norte peninsular, asaltando León, Santiago y Salamanca, entre otras plazas. Respecto a nuestra zona de estudio, en el 983 Almanzor eligió la zona de Sacramenia como objetivo de su vigésima campaña, en la que ajustició a todos los hombres y llevó consigo como esclavos al resto de la población (Martínez Díez 2005: 507). Y en el 984, en su vigésimo conjunto arqueológico de Carranque (Toledo), asociada a un complejo rústico tipo villae, datado a finales del siglo IV o principios del siglo V (Fernández-Galiano et alii 2001; García-Entero et alii 2014: 477-486). Este ejemplo, similar al documentado en Sepúlveda, ha suscitado ciertas controversias cronológicas, ya que Utrero (2006: 117 y 531-532) rechaza su cronología tardoantigua y propone que sería de cronología plenomedieval, al haber documentado sus excavadores que el edificio amortizó en su construcción estructuras datadas en el siglo IV, por lo que la basílica sería de un momento posterior. De la misma manera, la investigadora manifiesta que el tipo de bóveda que presenta el edificio es un recurso muy utilizado en la construcción toledana de torno al siglo XII, por lo que no sería original, sino producto de la readaptación medieval del edificio como lugar de culto. A nuestro juicio, la modulación de los ladrillos que componen el paramento y la bóveda de Carranque es bastante homogénea, lo que sumado a la conexión estratigráfica que manifiestan, hace que nos decantemos por proponer que se trate de una construcción coetánea. INTERPRETACIÓN Y PROPUESTA CRONOLÓGICA PARA ESTE GRUPO TECNOLÓGICO Una vez descritos los diversos ejemplos y contextualizados los diferentes materiales, técnicas y sistemas constructivos, tras la reflexión realizada, creemos estar en posición de asegurar que todos estos edificios se realizan en un momento concreto, un espacio de tiempo no muy dilatado y por unas mismas manos. Creemos que estos edificios podrían datarse a finales del siglo X, construidos tras la toma de Sepúlveda por Almanzor en el 984, en el contexto de las múltiples campañas que realiza en ese momento sobre este sector de los extrema durii. Pero habría que razonar la presencia de estos edificios, e intentar dilucidar a qué iniciativa obedecen y si, como decíamos en la introducción, pueden ser la manifestación material de una colonización andalusí en toda regla, donde se construyeron tanto fortificaciones como otros edificios de corte no defensivo (ya sea religioso o habitacional). La Torre del Duratón, un espacio más allá de los límites del califato y con un pasado eremítico atestiguado, fueran el asentamiento de estos personajes que en su ejercicio del ŷihād, aunaran la ascesis con la defensa de la frontera. En el caso de San Andrés, podría ser que la torre jugara algún tipo de papel como lugar central de referencia, o se tratara del mausoleo de alguno de estos muŷāhidīn anónimos, como el caso del asceta de origen toledano Sulayman Ibn Ibrahim al-Qaysi, que se asentó en el castillo de Gormaz para defender la frontera del islam y su tumba, años después de su muerte, fue visitada incluso por los cristianos (Marín 2004: 194). Tras la descripción y contextualización realizada se puede afirmar que los vestigios de mampostería encintada cajeada, ya en edificios completos o en reparaciones de otros existentes, son las evidencias materiales de una colonización andalusí al norte del Sistema Central oriental. Este proceso obedece a la iniciativa estatal, que tanto reparó fortificaciones cercanas a la frontera dentro de al-Ándalus, para fortalecer los caminos y pasos al norte, como edificó edificios nuevos, ya militares o religiosos. No se trataría de la primera colonización efectuada de este modo: hacia 946, con el traslado de la capital de la Frontera Media a Medinaceli, se produce otro proceso similar, si bien materialmente es más heterogéneo (Daza 2015: 236-240). Como se ha visto, estas nuevas construcciones demuestran una gran homogeneidad constructiva ofrecida por la incorporación del ladrillo y de las técnicas de albañilería que no tienen precedentes inmediatos en la zona estudiada. Los edificios de mampostería encintada cajeada son los únicos que se construyen utilizando ladrillo en ese momento en este espacio y están ejecutados en un corto lapso de tiempo. Pero la presencia califal en los territorios del Duero oriental no posibilitó la consolidación de estas técnicas, debido fundamentalmente a que se trataba de albañiles foráneos (procedentes probablemente de Córdoba y Toledo) que viajaron con las tropas y retornan a su origen tras la finalización de sus labores. Una vez que este grupo de edificios se finaliza, la producción de ladrillo se detiene durante un gran espacio de tiempo. La incorporación del ladrillo nuevo como producto industrial estandarizado llegará con el Románico a partir de la segunda mitad del siglo XII (Araguas 2003(Araguas y 2005;;Ruiz Hernando 1988; Valdés 1984), y no se incorporará a las construcciones militares hasta el siglo XIII. zonas conquistadas, como la documentada en Coímbra. El efecto propagandístico de estas posibles colonizaciones no tendría límites, pues haber extendido las fronteras de al-Ándalus también suponía un logro proselitista para el aumento de la fe y de las tierras del Islam. De hecho, se atribuyeron unas palabras a Almanzor en su lecho de muerte, recogidas al inicio de este trabajo: "Cuando conquisté las tierras de los cristianos y sus fortalezas las repoblé [y avituallé] con los medios de subsistencia de cada lugar y las sujeté con ellas hasta que resultaron favorables completamente" (Ibn al-Kardabūs 1993: 86). En opinión de Maíllo Salgado (1984: 165), "[...] se nos presenta, más que como caudillo guerrero, como organizador del territorio musulmán, al promover una política de asentamientos dentro del territorio enemigo: repoblado tierras, ciudades y fortalezas con gentes musulmanas, y proveyéndose de lo necesario con los recursos que le ofrecía el propio país conquistado". Esta actitud, también atribuida por Ibn Idarī a ʿAbd al-Malik, hijo de Almanzor, es interpretada por Maíllo Salgado como el indicio documental de que las reorganizaciones del territorio conquistado fueron efectivas a través de un sistema de colonización de tipo militar "[...] que permitía, además de poner en marcha la economía de una determinada comarca, la autosuficiencia en caso necesario, el desarrollo de las comunicaciones y la eficacia de los ejércitos musulmanes en caso de ataque o de contraataque, fomentando así un campesinado militarizado y paliando, por este medio, la escasez de hombres y soldados en regiones desangradas por las luchas fronterizas" (Maíllo Salgado 1984: 166-167). Este sistema sería parecido, según Maíllo Salgado, al de las themas bizantinas 13. Por todo ello, durante el gobierno de Almanzor, como parte de la estrategia propagandística de su poder, pudo potenciarse la presencia y apoyo del ribāṭ como un modo de propiciar una colonización de tierra ocupada. Podría ser de esperar que la sierra norte de Madrid y Guadalajara, en los confines de al-Ándalus, o el valle 13 Se trata de un sistema de demarcaciones fronterizas militarizadas a partir del establecimiento de campesinos-soldados (stratiotes) bajo el mando de un stratego utilizada por el Imperio bizantino a partir del gobierno de los emperadores Mauricio (582-602) y Heraclio (610-641), suponiendo una ampliación del sistema de exarcados establecidos durante la etapa justinianea. Las themas generaron un campesinado libre que atendía su propia parcela de tierra a la vez que defendían la frontera en tiempo de conflicto. Este sistema tuvo una implantación progresiva a lo largo de los siglos VII a X a lo largo de todo el Imperio, comenzando en las provincias periféricas hasta que se instalan en la península de Anatolia. Fueron en ocasiones foco de revueltas, ya que los strategoi acumularon un gran poder y se postularon en diferentes ocasiones con alternativas propias a la sucesión del trono bizantino. Este sistema pudo ser adoptado por los Abbasíes desde mediados del siglo VIII para la defensa de sus fronteras (Maíllo 1984: 166, n. con ninguna excavación o no se han publicado las que si se han efectuado. Quiero agradecer muy significativamente el apoyo de diversas personas: en primer lugar, a los profesores Félix Lasheras y a Fernando Vela, directores de mi tesis doctoral; a Alonso Zamora, por su tiempo y generosidad; a los propietarios de la Torre de San Andrés de Sepúlveda y a Diego Conte por la oportunidad que me brindaron para poder acceder a los pisos superiores de la torre en junio de 2015; a Javier Pastor, por proporcionarme las fotografías antiguas de Buitrago de Lozoya que publicó en su libro sobre la muralla de la villa (2008); a Amador Valdés López, propietario del castillo de Cogolludo por su apoyo en los estudios realizados en el inmueble; y a Miguel Ángel G. Valero y Elena Vega, por la información y fotografías proporcionadas de su excavación en la calle San Isidro de Talamanca del Jarama. El origen de las cuadrillas de albañiles que construyeron estos edificios pudo estar en Toledo. Ante la necesidad estatal de realizar reformas en ciertas fortalezas y edificar edificios destinados a las nuevas poblaciones, se pudieron encargar estos trabajos a alarifes que habitaran en la misma zona de implantación o en la más próxima, a fin de que se movieran junto a las tropas para realizar sus trabajos. Esta hipótesis estaría apoyada en el tipo de ladrillo empleado, responde a los módulos conocidos en el Toledo tardocalifal-taifa, donde la mezquita de Bab al-Mardum o del Cristo de la Luz ejerce un papel de modelo arquitectónico (Rojas y Villa 1999: 583-588; Ruiz Taboada 2009: 55-70). La evolución constructiva del edificio pone de manifiesto la utilización normalizada del ladrillo en Toledo a lo largo del siglo X, por lo que puede ser el punto de origen de los alarifes que venimos comentando. Estas cuadrillas de constructores no solo conocían el paso final de su ciclo productivo (su puesta en obra y aparejo) sino que, al moverse con las tropas por la frontera lejos de casa, implantaron todo el ciclo allá donde se requirieran sus servicios: realizaron la captación de las arcillas y su procesado, así como la construcción de hornos efímeros orientados a cocer todo el material latericio. El mismo proceso se realizaba para la obtención de las cales para el mortero. Estas labores de creación de una industria ladrillera, aunque efímera, implicarían la intervención de un grupo significativo de personas profesional y coordinado para desarrollar toda la producción y posterior edificación. En resumen, podemos decir que los aparejos encintados en nuestro marco de estudio son totalmente homogéneos, salvo escasas excepciones que se han visto anteriormente. Sobre este modelo hemos podido ver algunas variantes, como las documentadas en las torres de flanqueo de Buitrago, cuyo aparejo utiliza una única verdugada en vez de dos; o también el aparejo de la Torre de la Campana del castillo de Cogolludo, más cercano a un aparejo atizonado que emplea ladrillo (y ocasionalmente tejas recicladas) para homogeneizar las hiladas de material acarreado mal graduado. También se ha documentado como variante dudosa los restos en la fachada norte de la iglesia de San Juan Bautista de Talamanca del Jarama. Este estudio solo se queda en una propuesta. El estudio del ciclo productivo del ladrillo en este contexto ha de avanzar desarrollando proyectos de investigación entre diferentes equipos y profesionales que colaboren para poder establecer un verdadero corpus mensiocronológico de los usos del ladrillo. También será necesario profundizar en la contextualización estratigráfica de todos los ejemplos ya que, por el momento, no contamos
En este trabajo recopilamos un amplio repertorio de construcciones cordobesas en las que se emplean técnicas constructivas mixtas en piedra, desde época tardoantigua hasta el final d el C alifato Omeya d e al-Ándalus. Los tipos de aparejos identificados e stán, p or l o general, v inculados c on c onstrucciones p úblicas d e carácter monumental. De este estudio se deduce el mantenimiento de estas técnicas como un recurso para reducir costes en la construcción de los grandes proyectos arquitectónicos, pero manteniendo el carácter prestigioso del empleo de la piedra como material edilicio básico. INTRODUCCIÓN: LAS TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS EN PIEDRA EN LA CÓRDOBA ANDALUSÍ Al tratar las técnicas constructivas andalusíes, resultan sobradamente conocidos los clásicos aparejos en sillería concertada con una alternancia regular de los bloques dispuestos a soga y tizón. Tal es así que se identifica como aparejo oficial o "real" andalusí (Azuar 1995(Azuar: 131 y 2005)), para el que se ha propuesto algún ensayo en el que se ha intentado marcar una evolución en los módulos de las piezas, sin que los resultados hayan sido nada concluyentes (Pavón 1994). Sin embargo, las técnicas mixtas en piedra empleadas en las construcciones islámicas, en particular de época emiral, apenas han recibido una atención entre la comunidad científica. Y ello pese a que resulta un aspecto crucial para aproximarnos al interesante debate acerca de la continuidad o desaparición de las técnicas constructivas en piedra desde época clásica y tardoantigua y su posible recuperación a partir de la presencia islámica, que servirá como canal de transmisión de algunos 2 procedimientos constructivos en la península ibérica (cfr. En relación con esta cuestión ha resultado clave la excavación de algunos edificios singulares en Mérida; en concreto, los conocidos como "palacetes" islámicos en el área arqueológica de Morería, donde se ha identificado un amplio repertorio de técnicas y materiales constructivos de tradición romana y tardo-antiguas en edificios bien fechados entre finales del siglo VIII y principios del siglo IX (cfr. La ubicación, diseño, potencia y características arquitectónicas de este conjunto de edificios hacen pensar en su vinculación directa con el poder cordobés, como espacios de representación de la nueva élite urbana que ejercerá el gobierno delegado en la ciudad emeritense. Estos tipos de fábricas mixtas se vinculan tradicionalmente con el mundo clásico (Vargas Lorenzo 2016) o, a lo sumo, con construcciones de época tardoantigua2, pero no se han asociado con la etapa islámica, de nuevo, con la excepción del caso emeritense. Así, por ejemplo, la técnica conocida como "opus africanum" o de cadenas verticales de bloques de sillar se consideraba que "apenas se dio en la arquitectura hispanomusulmana" (Pavón 1994: 301). Sin embargo, en la capital omeya andalusí las intervenciones arqueológicas desarrolladas en los últimos años han permitido documentar un significativo número de construcciones de diferente naturaleza y función, pero de una notable entidad arquitectónica, en las que se ha identificado un amplio muestrario de aparejos mixtos en piedra, la mayoría de los cuales permanecen inéditos, y que nos permiten profundizar en procedimientos técnicos que no han sido estudiados hasta el momento (Fig. 1). La cantidad de ejemplos documentados y los tipos de edificios en los que se emplean permiten plantear que, en realidad, se trata de técnicas más habituales y relevantes de lo considerado hasta ahora. Pese a la lógica heterogeneidad de las técnicas -habida cuenta del empleo recurrente de material constructivo de acarreo, en especial, en los bloques de sillería que sirven de elementos portantes del muro-, se encuentran algunos rasgos comunes en muchas de ellas. Así, por ejemplo, la mayoría de los casos documentados parecen corresponder a obras oficiales o vinculadas al poder omeya o su entorno inmediato (infraestructura en el conjunto palatino, almunias, mezquitas, etc.). La definición de las características más frecuentes permitirá sentar las bases de cara a una futura sistematización de las técnicas constructivas cordobesas, para las que ya se ha hecho un primer intento con la sillería (León, en prensa). Estas aproximaciones deben realizarse, en primer término, en el ámbito local, pues es a esta escala donde son realmente eficaces. No obstante, teniendo en cuenta la condición de capital del Estado Omeya andalusí, este estudio permite vislumbrar un mayor potencial, ante la posibilidad de aplicar a otros enclaves peninsulares las conclusiones establecidas para Córdoba. Nuestro objetivo de momento no es el establecimiento de una precisa cronotipología, pues uno de los principales problemas radica en la posibilidad de aquilatar las dataciones de los edificios que emplean estos recursos constructivos. Conscientes de la importancia de una correcta atribución cronológica, hemos intentado justificar la datación propuesta por los excavadores en cada uno de los ejemplos registrados, lo que no ha sido siempre posible. En estos casos, a falta de argumentos estratigráficos o materiales consistentes, hemos empleado el habitual procedimiento analógico-comparativo para plantear una hipótesis viable de datación. Por otro lado, se trata de soluciones arquitectónicas que evidencian una continuidad de tradiciones técnicas precedentes desde época clásica, que perduran durante la Antigüedad tardía y la etapa islámica. En todos estos periodos se mantienen las características esenciales de las técnicas mixtas en piedra: la alternancia de bloques de sillería con rellenos intermedios de mampostería más o menos regular, con la intención de aprovechar los recursos disponibles, reutilizando material constructivo y optimizando el ahorro de costes en la construcción (Beltrán y Macías 2016: 33). Se plantea, pues, la cuestión de la perduración local frente a la innovación o transmisión foránea de estos procedimientos técnicos en la arquitectura andalusí. Es por esta razón que hemos incluido en nuestro catálogo los ejemplos documentados en la ciudad pertenecientes a la etapa tardoantigua, que muestran la existencia de un rico substrato arquitectónico previo. No obstante, se aprecia una evolución y perfeccionamiento de estos procedimientos constructivos en época omeya, con un mayor empleo de los morteros de cal, término genérico de "opus africanum". Sin embargo, es posible distinguir otros tipos en los que alternan la sillería y los cajones de mampuestos, como el aparejo en damero o ajedrezado. Por lo que respecta a la terminología que empleamos en relación con la técnica de cadenas verticales de bloques de sillar, hemos mantenido la denominación clásica de "opus africanum" 3, pese a las lógicas reticencias por el uso de esta terminología en construcciones medievales. Además, para que una estructura se ajuste 3 Esta técnica mixta se conoce también como "de osamenta o relleno", "opera a telaio" o "aparejo de marco" (Adam 1996: 131). hasta constituir procedimientos constructivos bastante estandarizados que se combinan con la sillería en los nuevos modelos edilicios propios la arquitectura oficial. Finalmente, un estudio como el que ahora presentamos cuenta con el hándicap añadido del estado de conservación de la mayoría de las estructuras. Salvo casos excepcionales, el nivel de arrasamiento sólo permite apreciar las hiladas inferiores de los muros, lo que impide precisar el tipo de técnica constructiva del alzado completo del edificio. Esta limitación se traduce en la indefinición a la hora de catalogar los tipos de aparejos mixtos documentados en las intervenciones arqueológicas en la ciudad, por lo general identificados bajo el 4 plenamente a esta técnica, las cadenas verticales de sillares que soportan la estructura deben alternar los bloques verticales y horizontales que sobresalen de aquellas, lo que permite trabar mejor los rellenos intermedios de mampuestos (Adam 1996: 130-131). No siempre es posible constatar todas las características que definen el tipo, pues se suelen conservar únicamente las primeras hiladas de los sillares verticales. Pese a ello, nos hemos decantado por mantener la convención del uso del término clásico por su valor evocador y su reconocimiento generalizado. Cuando la estructura no se ajusta clara y estrictamente a las características básicas del tipo constructivo, pero su apariencia es un remedo muy similar, hemos matizado el término con la denominación de pseudo opus africanum. En cualquier caso, la construcción de una cronotipología requiere de una muestra más amplia de la que ahora presentamos en la que se establezcan los criterios discriminantes para establecer y aquilatar las variantes. Conscientes de ello, nuestra aproximación pretende tan sólo sentar las bases para estudios posteriores. APAREJOS MIXTOS TARDOANTIGUOS EN CÓRDOBA El repertorio de aparejos mixtos que recopilamos en este trabajo para época omeya tiene claros precedentes durante la etapa tardoantigua en la propia ciudad de Córdoba, apenas estudiados (León 2006), y en otras áreas peninsulares, donde sí han sido objeto de recientes revisiones (Beltrán y Macías 2016; Sarabia 2013). En todos los casos responden a algunas de las características propias de la arquitectura de la Antigüedad Tardía; esto es, heterogeneidad en los aparejos como consecuencia del uso recurrente de spolia, en los que la alternancia de los encadenados verticales de sillería no mantiene ni la disposición ni la regularidad de las estructuras de época romana (Beltrán y Macías 2016: 25). La mayoría de las estructuras pertenecen a edificios de cierta entidad monumental, lo que permite asociarlos más o menos claramente con funciones públicas y, en particular, de carácter religioso. Por la entidad del conjunto arquitectónico, destacan los paramentos excavados junto a la Puerta del Puente (en el solar del actual Centro de Recepción de Visitantes), documentados durante la intervención preventiva (Casal y Salinas 2009) y el posterior seguimiento de la obra, pertenecientes a un gran edificio situado junto a la muralla meridional de la ciudad. La integración de las estructuras excavadas en distintas intervenciones (Plaza del Triunfo, 2 y Ronda de Isasa) definen un gran edificio organizado en torno a un espacio abierto central al que abren varias estancias de considerables proporciones, pavimentadas con suelos de opus signinum. A los efectos que ahora nos ocupan, interesan los paramentos de los potentes muros meridionales, dispuestos en paralelo a la muralla, "realizados con mampuestos alternando con sillares de calcarenita de grandes proporciones y algunas piezas arquitectónicas reutilizadas", con una anchura de entre 1,20-1,50 m y una potencia media conservada de 1 m (Casal y Salinas 2009: 716). En estas estructuras se combinan varias técnicas mixtas: en el muro de fachada meridional alternan los encadenados verticales de sillería reutilizada, dispuestos a intervalos regulares, con tramos de mampostería irregular (identificado como pseudo opus africanum) (Fig. 2a); en otros tramos de muros internos se alternan de forma irregular mampuestos trabados con mortero terrizo con bloques de sillería 4 (Fig. 2b); y en las estructuras más orientales los muros están realizados íntegramente en sillería reutilizada. La potencia y las características constructivas de estas estructuras han llevado a vincular este edificio "con la residencia del poder civil de la ciudad que se presupone estaría en un área cercana al centro de culto y a la muralla meridional" (Casal y Salinas 2009: 716). Esta interpretación ha sido recientemente matizada con una nueva propuesta que integra este edificio en el complejo episcopal de la ciudad (León y Murillo 2009: 405; Murillo et alii 2009Murillo et alii -2010: 521-522): 521-522), formando parte de las estructuras de función administrativa y económica, vinculadas con las actividades propias del área portuaria fluvial. La cronología de este conjunto arquitectónico se sitúa, según las más rigurosas revisiones (Ruiz Bueno 2016: 400-401) 5, entre finales del siglo VI y siglo VII, sobre la base del estudio de materiales asociados a la secuencia estratigráfica. En concreto, en uno de los paquetes sedimentarios de relleno previos a la construcción del edificio se ha recuperado "un borde de cuenco que 4 Similar a los paramentos de la última fase del gran edificio portuario documentado en la l' Illa Sud en la ciudad de Tarragona, fechados en el siglo VII (Díaz y Roig 2016: 87-89) y en la estructura identificada como una fortificación visigoda excavada en la calle Tapiería de Valencia (Beltrán y Macías 2016: 26). 5 Ruiz Bueno, M. D. 2016: Topografía, imagen y evolución urbanística de la Córdoba clásica a la tardoantigua (ss. [En línea] http://helvia.uco.es/xmlui/handle/10396/14142? show=full del propio anfiteatro y trabados con un singular mortero de cal rosáceo, que distingue las estructuras pertenecientes a esta fase tardoantigua. La cota de pavimento de dichos corredores coincidiría, según sus excavadores, con el nivel original de la arena del anfiteatro. Muchas de estas estructuras fueron sometidas a un intenso saqueo en época omeya (siglos IX y, en especial, siglo X), con la apertura de fosas para la extracción de material constructivo y la excavación de amplios pozos para su uso como basureros. Las más recientes actuaciones en el yacimiento han aportado datos muy valiosos que han permitido aquilatar bastante el momento de construcción de este nuevo proyecto edilicio. Los repertorios cerámicos recuperados de los rellenos asociados a los procesos constructivos de estas estructuras aportan algunas piezas africanas de cocina que marcan una datación post quem comprendida entre el año 325 y el 400-420 d. C.8 La información aportada por estas estos materiales apunta a mediados del siglo IV como el momento más probable para la erección de este nuevo complejo arquitectónico de gran complejidad y difícil interpretación. Pese a la dificultad, la entidad de las estructuras y, en especial, la abundante información recuperada en el entorno inmediato, abundan en la idea de transformación del anfiteatro romano en un complejo arquitectónico monumental; más concretamente, un probable centro de culto cristiano de carácter martirial. No obstante, es necesario demandar prudencia en las interpretaciones en tanto nuevas campañas de excavación no proporcionen un conocimiento más profundo, tanto de las características arquitectónicas de estas edificaciones, como de su horizonte cronológico y posibles usos. En el interior de la ciudad amurallada se han documentado más estructuras realizadas con aparejos mixtos. En el espacio ocupado por el graderío del teatro romano, una vez desmontado y expoliado durante el siglo V d. C., se levantan algunas construcciones -un potente muro de contención para el aterrazamiento de la zona y muros de una casa-que muestran un incipiente proceso de urbanización de la zona, datado en la primera mitad del siglo VII. La descripción hecha por sus excavadores de la técnica constructiva, tanto de la cimentación como de los alzados de estos muros, con sillares reutilizados dispuestos verticalmente que enmarcan "casetones de ripios" en los que alternan ladrillos y cantos "recuerda [...], salvando las necesarias distancias, al opus africanum clásico" (Monterroso y Cepillo 2002: 163) (Fig. 2d). a una "fase bajoimperial-tardoantigua". El muro divide por la mitad la cámara de cocción de un horno de cerámica previo y está realizado con la técnica de pseudo opus africanum, "con una cimentación de una hilada de mampuestos de tamaño medio sobre la que descansan otras tres hiladas más separadas en tramos de 1,30-1,50 m por sillares colocados en horizontal y vertical con unas dimensiones medias de 0,70 x 0,50 m" (Cánovas y Sánchez 2009) (Fig. 3b). Un último ejemplo en el que se documenta una alternancia regular de pilares de sillería y rellenos intermedios de mampostería trabada con cal, identificada como "una fábrica de opus africanum", fue excavado en la intervención Arqueológica Preventiva en la Manzana 14 Plan Parcial O-79 (Clapés 2013: 98), bajo el patio de una casa domus sobre la que se apoya (Castro, Pizarro y Sánchez 2006: 105-106) (Fig. 3d). Las características técnicas de esta estructura han hecho plantear su vinculación con un edificio cubierto de cierta envergadura, acaso un edificio de culto (Castro, Pizarro y Sánchez 2006: 113). Esta técnica de mampuestos con encadenados en las esquinas es muy similar a la empleada en los paramentos del palacio del obispo del complejo episcopal de Barcelona (Beltrán y Macías 2016: 34, fig. 20.3). En la arquitectura tardoantigua peninsular encontramos varios ejemplos de construcciones cuyos alzados están realizados con esta técnica mixta de opus africanum, por lo general en estructuras vinculadas con edificios públicos, en especial, de carácter religioso. Una disposición tan cuidada de los bloques de sillería del encadenado vertical se aprecia en Mértola (Portugal), en el edificio documentado bajo la quibla de la mezquita almohade (Gómez 2011: 102). Los muros realizados con esta técnica alternan los bloques de sillería de granito y una mampostería de pizarra local trabada con mortero de cal (Fig. 3e). Las estructuras documentadas definen la esquina de un edificio interpretado como el ábside de una iglesia tardoantigua, para el que se han propuesto dos dataciones distintas: "entre os finais do seculo IV inicios do V" (Lopes 2014: 151), o "probablemente del siglo VI d. Una muestra del empleo de la técnica del opus africanum en paramentos que alternan los encadenados verticales de sillería y relleno intermedio de "pseudo vittatum" trabado con mortero de cal se encuentra en el área arqueológica de San Pere, en Tarragona, un conjunto datado entre los siglos V y VI d. La proximidad con otras estructuras monumentales, como una columnata de piezas reutilizadas, se ha puesto en relación con la existencia de una posible iglesia en las inmediaciones (Macías 2015: 49), integrada en un proyecto arquitectónico hipotéticamente promovido por una iniciativa monástica (Macías 2014: 461-463). El repertorio de estructuras en la arquitectura tardoantigua hispánica en las que se emplean estas técnicas mixtas, en particular el opus africanum y la alternancia de mampostería con sillares de acarreo, se ha visto enriquecido con recientes estudios regionales. En Barcelona se ha documentado esta técnica en varios de los edificios vinculados con el complejo episcopal, fechados en el mismo siglo VI, y en el área del foro de la colonia, en este caso, del siglo VII (Beltrán 2016: 64-65). de época califal. Dicha estructura define el muro oriental de cierre de un posible recinto funerario, en cuyo interior se han excavado dos inhumaciones en fosa simple con cubierta de tégulas. Las características constructivas de este muro le confieren algunas particularidades, como la forma ligeramente rectangular de los sillares de calcarenita, dispuestos sobre la tabla en lugar de su disposición vertical habitual o a sardinel (Fig. 3c). En esta ocasión, la estructura documentada no forma parte del alzado del edificio, sino que corresponde a la cimentación, de las que se conservan dos hiladas, por lo que más que denominarlo como un aparejo de opus africanum propiamente dicho, deberíamos considerarlo como una solución habitual para sustentar elementos portantes verticales, como columnas, pilares o similares. En tal caso, podría corresponder con el basamento de un espacio porticado en cuyo interior se dispusieron los enterramientos, que se han datado en torno al siglo VI (Clapés 2013: 98, nota 6). La entidad de las estructuras y su función funeraria parecen vincular este edificio con un centro de posible carácter religioso, aunque no existen elementos de clara adscripción litúrgica que permitan identificarlo con alguno de los edificios martiriales que las fuentes sitúan en las áreas suburbanas. El mejor paralelo para esta técnica constructiva se encuentra en el gran edificio tardoantiguo excavado en el Patio de Banderas del Alcázar de Sevilla. Dicha construcción, interpretada hipotéticamente como un posible monasterio datado en el siglo V, se organiza en torno a un patio central porticado, del que se ha documentado la cimentación, consistente en un aparejo mixto de mampostería caliza, de tamaño mediano y disposición irregular, y "fragmentos de ladrillos que a intervalos regulares de 2 metros presenta la incorporación de un sillar alcorizo de 0.72 x 0.52 x 0.25 sobre el que se apoyan basas de mármol reutilizadas marcando la ubicación de las columnas" (Tabales et alii 2016: 163). Se conserva una de las basas áticas reutilizada sobre las que se colocaban las columnas del espacio porticado central. Otro recinto de carácter funerario, posiblemente vinculado a un centro religioso, datado entre los siglos V y VI d. C., es el documentado en la excavación del Parque Infantil de Tráfico, en los Jardines de la Victoria. En este caso, la técnica mixta no parece corresponder propiamente a un opus africanum, como en alguna ocasión se ha propuesto (León 2006), sino que se trata de un muro realizado con mampostería y sillería, con una alternancia de mampuestos, ladrillos y tegulae trabados con barro, reforzado en el extremo oeste con grandes sillares encadenados de calcarenita reutilizados de la Además de los edificios de carácter religioso, también se documenta esta técnica en la arquitectura civil, como hemos visto en Córdoba. En Valencia se conserva un tramo de la muralla de la C/ Tapiería levantado con este aparejo, datado en el siglo VI (Sarabia 2013: 150). El baluarte defensivo del Tolmo de Minateda cuenta con un sólido aparejo externo con sillares dispuestos a tizón, calificado como opus africanum. En el denominado castellum de San Juliá de Ramís (Girona) se documenta algún muro con esta técnica (Beltrán y Macías 2016: 26-27). En Tarragona, algunos de los grandes edificios de carácter productivo emplazados en el área portuaria, fechados en el siglo VII, se levantan con estos mismos encadenados verticales de sillería y rellenos de mampostería (Díaz y Roig 2016: 88-90). En Mérida también se documentan algunos edificios con paramentos que muestran una técnica similar, como el excavado en "el corralón de Blanes", fechado en el siglo V o en el localizado en la calle John Lennon, no 28, adscrito a los siglos V-VI (Beltrán y Macías 2016: 25). El amplio muestrario de edificios en los que se emplea este tipo de aparejo en época tardoantigua parece estar indicando un ambiente técnico común extendido por muy diferentes áreas de la península ibérica, en especial, en aquellas que tienen un cierto carácter cosmopolita por su condición portuaria o comercial, abiertas a las influencias de otras zonas del Mediterráneo tardoantiguo (Sarabia 2013: 159) desde el que pudieron transferirse procedimientos técnicos propios de la arquitectura monumental y que, como veremos, tendrán su continuidad en época islámica. APAREJOS MIXTOS DE ÉPOCA EMIRAL EN CÓRDOBA El dinamismo arquitectónico de la ciudad de Córdoba durante la etapa tardoantigua se verá significativamente revitalizado tras la conquista islámica, a partir de su elección como capital del territorio andalusí y, en especial, tras la emancipación del gobierno autónomo omeya de al-Ándalus, como emirato independiente. La estandarización de un procedimiento constructivo en sillería aparejada de forma regular se inicia con la construcción de la mezquita aljama de Abd al-Rahman I en 785-786. Desde ese instante, la mayoría de los nuevos proyectos arquitectónicos y urbanísticos oficiales desarrollados en la capital y auspiciados por el poder emplearán el aparejo de sillería a soga y tizón hasta hacer de esta técnica un signo distintivo de las construcciones omeyas andalusíes, en especial, en la capital del flamante Estado (cfr. No obstante, desde el primer momento del que tenemos información documental, se mantienen procedimientos constructivos de raigambre tardoantigua, ya sea en el ámbito doméstico como en obras de infraestructura públicas. Así, por ejemplo, en algunas casas excavadas en Sequnda (Casal 2008: 122) y en el Zoológico de Córdoba (Ruiz Lara et alii 2008: 173) se documenta el empleo de tegulae como sistema de cubierta; por otro lado, se mantiene el uso generalizado de material de acarreo, reaprovechando la piedra de estructuras preexistentes. Este es el caso de la conocida referencia a las primeras reparaciones del puente mayor entre los años 719-720. Es lógico pensar que en éstas como en otras construcciones se mantiene el peso del substrato material, técnico y cultural preislámico, habida cuenta de que la mayor parte de la mano de obra que acomete y ejecuta estos proyectos era la población local cristiana 10. Hemos organizado en tres grandes tipos básicos el amplio repertorio de testimonios documentados hasta el momento, en los que la sillería alterna con mampostería para componer los aparejos mixtos: Paramentos externos de sillería e internos de mampostería o con encadenados verticales, a modo de opus africanum. Aparejos de opus africanum o de encadenados verticales de sillería. Paramentos externos de sillería e internos de mampostería o con encadenados verticales, a modo de opus africanum El primer tipo mencionado se corresponde con construcciones oficiales de gran entidad, directamente vinculadas con el propio conjunto palatino y su entorno inmediato, en las que ha sido posible aquilatar con precisión su cronología en época del emir Abd al-Rahman II. La primera de estas estructuras es la documentada en varios sondeos de la Intervención Arqueológica en la denominada muralla de la Huerta del Alcázar, con varios tramos excavados a lo largo de más de 120 m de longitud, una altura total conservada de casi 5 m y más de tres metros de anchura (Murillo et alii 2009(Murillo et alii -2010: 186-194): 186-194). Se trata del malecón fluvial levantado mediante un doble sistema constructivo: la fachada exterior (meridional) está formada por grandes sillares de calcarenita, de la que se han podido documentar solo tres hiladas dispuestas a tizón (Fig. 5a), trabadas con mortero de cal que, además de mostrar el aparejo noble al exterior, servía como muro de contención de los encofrados y mampuestos del paramento interno; por su parte, el muro interior (septentrional) emplea un aparejo mixto identificado como opus africanum en el que se alternan pilares o encadenados verticales de sillería de gran módulo que van trabando una fábrica de mampostería con mortero de cal. Además de la combinación de estos dos procedimientos, que definen el tipo arquitectónico, en esta ocasión interesa particularmente la técnica empleada en el paramento interior. Los sólidos pilares de sillería presentan una disposición escalonada, a la manera de "zarpa", con mayor anchura en la base que en las hiladas superiores, mostrando una forma de T invertida (Fig. 5b). Los sillares están trabados con abundante mortero de cal, al igual que los rellenos de mampostería bien aparejados que cierran los espacios entre los encadenados verticales. A diferencia de lo que sucede con el paramento meridional, que define claramente una fachada exterior, la irregularidad de la alineación de la potente estructura interior evidencia que no fue nunca vista, sino que su función era meramente estructural, destinada a contener unos potentes rellenos antrópicos de gravas y arenas compactados que cubrían las estructuras descritas y aterrazaban el terreno (Fig. 5b), sobre los cuales se apoyaba el rasif o pavimento empedrado propiamente dicho, del que se ha documentado una reparación califal (Murillo et alii 2009(Murillo et alii -2010: 194): 194). Pero, además de estos materiales, contamos con unas referencias textuales muy explícitas que permiten aquilatar de forma excepcional el momento y la autoría de su construcción, datado en 827-828 d. Gracias a la información aportada por el Muqtabis II-1 (Ibn Hayyan 2001: 172), es posible identificar esta estructura con el malecón junto al río, sobre el que se apoyaba el camino empedrado o "al-rasif" que discurría al sur del alcázar, y que fue mandado construir por el emir'Abd al-Rahman II: Él fue quien hizo la azotea que dominaba la principal puerta del Alcázar califal, la primera meridional, llamada Puerta de la Azuda (Bab assudah), poniéndose encima como una corona, con lo que se completó su extraordinaria majestuosidad; él fue quien construyó el malecón en la orilla del Guadalquivir ocupada por la muralla, el Alcázar y la ciudad, en prevención de los embates de las inundaciones, colocando este malecón contra las crecidas, mediante una perfecta disposición que trababa las piedras asentadas con mortero, y allanando encima / el camino, que quedó expedito a los viandantes y convertido en defensa contra las avenidas del río, obra de cuya supervisión se encargó su hombre de confianza Ahmad Al'Ubti en el año 212 H. 12 de 1,85 m, ya que se adapta a los retranqueos marcados por las estructuras de sillería y las columnas (Fig. 6b). Es ligeramente más ancho en su base, donde el aparejo está más cuidado con una buena nivelación de las hiladas trabadas con mortero de cal, visible en las juntas, mientras que en su mitad superior, realizada con el mismo tipo de material constructivo, está dispuesto de un modo algo más irregular, en el que se pierde la nivelación entre las hiladas y los mampuestos se traban con menos mortero. La altura total de esta estructura, a la que consideramos de una única fase constructiva, alcanza los 3,50 m (Fig. 6c). La utilización de la mampostería en este muro frente a la sillería de calcarenita empleada en el paramento externo estaría relacionada con una funcionalidad prioritariamente estructural. Es decir, el muro no estaría destinado a ser visto, sino que serviría como paramento interno, por tanto oculto, o muro de contención de unos potentes rellenos antrópicos de arcilla rojiza, bien compactados, vertidos intencionalmente entre la línea marcada por la antigua muralla tardorromana y las nuevas estructuras emirales situadas al sur, para crear una estructura completamente maciza. Por su parte, el paramento externo de sillería aparejada a soga y tizón sí tendría un evidente valor simbólico, siguiendo los modelos de otras obras oficiales omeyas, relacionado con la arquitectura del poder en la que, sin duda, hay que encuadrar este edificio. En el libro de Ibn Mu'awiyyah [...] dice que [...] Él fue también quien construyó el malecón a orillas del río en la parte sudoeste del Alcázar, prolongándolo desde el ángulo oriental de la ciudad hasta el extremo del ángulo occidental del alcázar, añadiendo a este ángulo una prolongación que lo une con la margen del gran zoco de Córdoba, y dejando el cerro llamado de Abd Abdah en la Puerta del Arsenal Los materiales recuperados de los rellenos de arcilla remiten a unos contextos muy similares a los documentados en el arrabal emiral del Saqunda, por lo que la cronología propuesta para esta estructura se sitúa en torno al reinado de Abd al-Rahman II (León, León y Murillo 2008: 90-97). Además de estas construcciones oficiales vinculadas directamente con el poder emiral omeya, que por su entidad y especial funcionalidad de contención, nivelación y refuerzo de potentes estructuras presentan unos sistemas constructivos complejos, en varios puntos de la ciudad se han documentado igualmente estructuras con aparejos mixtos. Por lo que respecta a la técnica conocida como "opus africanum" o de encadenados verticales de sillería, en los últimos años se ha identificado en Córdoba un significativo repertorio de estructuras datadas en el siglo IX en las que se emplea este recurso constructivo con una calidad y entidad excepcionales, que definen un tipo arquitectónico muy regular y extendido en la ciudad omeya. Desafortunadamente, no siempre ha sido posible identificar la funcionalidad y características de los edificios de los que formaban parte dichas estructuras, cuyos cuidados aparejos muestran una alta pericia y cualificación técnica en la elaboración de estos muros. Tomando como referencia el paramento interno del malecón descrito, aunque lógicamente a menor escala, ya se han publicado como emirales algunos edificios cordobeses, como la mezquita de barrio documentada en el trazado de la Ronda de Poniente, la circunvalación oeste de Córdoba, en el tramo conocido como Naranjal de Almagro, cuya técnica edilicia se ha identificado con la de pilares de sillería en forma de "T" invertida que alternan con fábrica de mampostería (Murillo, Casal y Castro 2004: 267; Murillo et alii 2009Murillo et alii -2010: 539): 539). La diferente técnica constructiva detectada en la galería erigida en el extremo del patio opuesto a la sala de oración, permite interpretarla como una ampliación perteneciente a una fase posterior. Igualmente conocido es el repertorio de técnicas constructivas empleadas en varios muros de cierre de una potente construcción documentada en el sector suroccidental de la ciudad, durante la excavación arqueológica en el Zoológico Municipal de Córdoba (Martín 2006), identificada con la almunia Balat Mughit. En las edificaciones adscritas a la fase de construcción y ocupación de la almunia en el siglo IX se generaliza el uso de sillería de gran módulo, junto al cual se distinguen dos tipos de variantes técnicas mixtas: un tipo de "construcción en damero", con sillería de calcarenita reutilizada intercalada con rellenos de mampostería de cantos; y otro que corresponde a un remedo del clásico opus africanum, con muros compuestos por pilares de sillería dispuestos en vertical que intercalan con cajeados de mampostería de calcarenitas bien careados (Ruiz Lara et alii 2008: 175-177) (Fig. 7a). El ejemplo más espectacular de los documentados en fechas recientes es el muro excavado en la ampliación del Hospital La Arruzafa (en la esquina entre la C/ Poeta Valdelomar Pineda y la C/ Marino Alcalá Galiano), en el sector noroccidental de los arrabales de Córdoba. Esta estructura se extiende por varias decenas de metros por todo el solar en sentido este-oeste y define el cierre septentrional de una gran propiedad aristocrática del tipo conocido como "almunia", datada en época emiral 13. Conserva un alzado de más de dos metros de altura, lo que permite apreciar con claridad sus características edilicias y su adscripción al tipo de técnica de opus africanum (Fig. 7b). Los pilares de sillería están formados por la superposición de grandes bloques de calcarenita dispuestos sobre la tabla, reutilizados de las estructuras de una antigua villa romana instalada en el solar, que ocupan toda la anchura del muro, de más de un metro de grosor, y separados a intervalos regulares de apenas un metro de distancia entre ellos. El relleno intermedio está compuesto por mampuestos de calcarenita de mediano tamaño, bien careados, trabados con tierra y sin apenas cal, formando cajones cuadrados que coinciden aproximadamente con la altura de los sillares. Esta misma técnica se emplea en los lienzos que definen los muros de un edificio situado al interior de dicho recinto, en cuya esquina se dispone una torre realizada con sillares almohadillados de acarreo. En este tramo se conserva parte del mortero que revestía los rellenos de mampostería (Fig. 7c). La ubicación de esta construcción, en el entorno de la almunia de al-Rusafa, mandada erigir por el propio Abd al-Rahman I (cfr. Murillo 2009), hace pensar en la entidad y el carácter aristocrático de esta propiedad, vinculada con algún alto dignatario de la corte omeya, que emplea esta técnica mixta para delimitar su perímetro exterior. De una calidad similar, pero con los pilares dispuestos en posición vertical, son otras tres estructuras documentadas en varios puntos de la ciudad. En el entorno del antiguo anfiteatro romano de Córdoba, en la C/ Albéniz, no 2, se excavó un muro, datado en el siglo IX por argumentos estratigráficos, levantado con sillares de calcarenita y con un sistema de cimentación que emplea una técnica identificada como "pseudoafricana" (Fig. 7d), cuyas características técnicas coinciden plenamente con los ejemplos que venimos recopilando: "alterna sillares colocados a modo de pilares interiores con paños de mampostería de mediano formato, muy bien trabada entre sí, cementada entre hilada e hilada con una argamasa muy arcillosa" (Ortiz Urbano 2009: 883). Los sillares colocados en vertical definen la anchura de la estructura (0,55 m) y entre ellos se disponen hiladas de mampostería irregular de tamaño medio bien trabadas entre sí con aglomerante de tierra vertido entre hiladas. En el espacio intramuros de la medina, en las inmediaciones del solar ocupado por el teatro romano de la ciudad (C/ Antonio del Castillo, no 3), se ha documentado la estructura que, a nuestro juicio, mejor se ajusta al tipo arquitectónico de opus africanum, esto es, "la disposición de machones verticales de sillares reutilizados, separados entre sí a intervalos regulares, rellenando estos intervalos de mampuestos careados" (Ruiz Nieto 2009: 1194) (Fig. 7e). En este caso, el aparejo mixto corresponde al alzado de una estructura (de 7,20 de longitud conservada, por 0,60 m de anchura y 1,20 m de una potencia máxima conservada), apoyada sobre "un zócalo de dos hiladas de mampuestos que en el paramento Sur sobresalen ligeramente de la vertical del muro, mientras que en el paramento Norte no se aprecia este resalte" (Ruiz Nieto 2009: 1194). Esta estructura, fechada en época emiral, define la línea de fachada que separa las construcciones domésticas de la calle situada al norte y que marcará la orientación del resto de estructuras durante la etapa islámica. Sin embargo, no ha sido posible concretar la función del edificio, más allá de su carácter residencial, a pesar de la cuidada técnica con la que fue erigido. La última de las construcciones que emplean un aparejo mixto similar a los descritos corresponde al tramo de muralla occidental de la medina, documentado en el seguimiento arqueológico de la construcción del "Garaje Alcázar" 14. La base del paramento interior de la muralla, visible en una longitud de circa 22 metros, está realizada con un aparejo de opus africanum que, a su vez, se apoya sobre un basamento de sillares dispuestos a tizón. Sobre esta alineación se levanta el resto de alzado de la muralla, ligeramente retranqueada, ya de época 14 Parking la Mezquita de Córdoba, C/ Cairuán, no 1. Los sillares de la estructura (de más de 1 m de longitud por 0,60 m de anchura media), están dispuestos verticalmente, con una separación regular de un metro entre ellos. La particularidad del relleno es el empleo de abundante mortero de cal para su trabazón, hasta el punto de que el llagueado masivo cubre la mayor parte de los mampuestos (Fig. 7f) 15. La documentación de esta estructura como consecuencia de un seguimiento de la obra, sin que haya sido posible realizar sondeos estratigráficos en su base, dificulta la asignación de una cronología precisa, pues no existen relaciones estratigráficas claras con niveles sedimentarios vinculados con este aparejo que aporten materiales que permitan aquilatar su datación. La cronología propuesta inicialmente retrasa la construcción de esta estructura "en un momento indeterminado del último tercio del siglo XII, por la similitud con el opus africanum islámico de este momento" 16. No obstante, a tenor de los paralelos expuestos en este trabajo, todos los cuales se datan en el siglo IX, nos decantamos por esta cronología emiral, teniendo en cuenta también que el lienzo septentrional del alcázar, realizado con una fábrica califal íntegramente de sillería a soga y tizón, parece adosarse a esta estructura. No obstante, la existencia de forros internos de la muralla y añadidos posteriores impide apreciar las relaciones estratigráficas con absoluta certeza. Como ya hemos indicado, las mayores analogías formales y técnicas de estos aparejos emirales cordobeses se encuentran en las construcciones emeritenses; en concreto, en los palacetes omeyas del área arqueológica de Morerías. En este caso, la secuencia estratigráfica asociada a estos edificios permite adscribir estas técnicas con seguridad a época emiral, entre finales del siglo VIII e inicios del siglo IX (Alba 2009: 411); en especial los paramentos de opus africanum con los que se levanta el denominado "Edificio C" (Alba 2009: 388, fig. 4 y 402-402, figs. 15 y 16) (Fig. 8). Estos aparejos "ortodoxos" de opus africanum se asientan sobre un basamento de sillares de granito reutilizados dispuestos a tizón y en ellos se emplea abundante cal para trabar la mampostería. Estos ejemplos han llevado a reconsiderar la tradicional atribución de estas construcciones a etapas previas a la presencia islámica, y obligan a "romper con esquemas rígidos de interpretación que lleven a descartar la evidencia, por ejemplo, de que un derrumbe de (como en el C/ Antonio del Castillo, no 3 de Córdobavid. supra), presentan ciertas analogías con los aparejos descritos hasta ahora. Sin embargo, en este caso los argumentos para asignarle una cronología recurren a las construcciones de época romana y la proximidad de este muro a las estructuras interpretadas como pertenecientes a la natatio de unas termas. Otro aparejo toledano similar se localiza en el ábside de la iglesia de San Vicente18. En el área del sureste y levante se han interpretado como "aparejos que recuerdan al opus africanum" algunas soluciones arquitectónicas documentadas en edificios emirales de Murcia y Tolmo de Minateda, consistentes en el empleo de sillares de calcarenita dispuestos verticalmente como refuerzo en jambas y esquinas (Navarro y Jiménez 2011: 95). Mucho más claros son los aparejos documentados en la Almoina de Valencia, en concreto, en las estructuras interpretadas como parte de un posible barrio artesanal de época omeya (siglos IX-X), formado por varios cuerpos de estancias de pequeño tamaño y disposición muy regular, realizados con técnicas constructivas bastante uniformes. Nos interesa destacar especialmente los tramos en los que "se emplea una fábrica irregular que integra sillería y material diverso de cantería sin concertar" (Martí y Pascual 2000: 508 y 533, fig. 5). Los sillares empleados son material de acarreo y la disposición vertical de los bloques permite su clara identificación como opus africanum. La homogeneidad de las construcciones, tanto de las estancias como de las fábricas, parece estar indicando su pertenencia a un proyecto común, probablemente bajo una promoción "pública" u oficial. La nómina de técnicas mixtas de piedra se complementa con un tercer tipo en el que alternan bloques de sillería con rellenos de mampostería, pero en este caso no con pilares o encadenados verticales, sino con la particularidad de que los bloques de sillar se alternan en el alzado con cajones de mampostería a la manera de huecos cuadrangulares rellenos. En esencia, los sillares deberían desempeñar por sí mismos la función de elementos portantes, de tal forma que el relleno de mampuestos podría ser suprimido sin debilitar la estabilidad de la construcción (cfr. El resultado es una singular alternancia que recibe el nombre de "aparejo en damero"; también conocido como "ajedrezado", por la similitud en la alternancia de casillas de un tablero de ajedrez. Se trata de una solución arquitectónica que supone un cierto ahorro de costes en el número de sillares labrados y el aprovechamiento de los restos de talla para el relleno, pero que requiere de una labra cuidada de los sillares para establecer un módulo regular adecuado para garantizar la estabilidad de la estructura. Existe un amplio elenco de aparejos de este tipo en edificios de cierta entidad arquitectónica distribuidos en el entorno suburbano de Córdoba, englobados bajo el término genérico de "almunias". No obstante, el estado de conservación de muchas de las estructuras documentadas, tanto de época emiral como califal, dificulta la correcta e incuestionable identificación de la técnica edilicia empleada. Es decir, en más de un caso la existencia de aparejos mixtos en los que alternan sillares y mampuestos en la única hilada de alzado conservada se ha interpretado como la técnica de opus africanum, cuando, en realidad, pudiera tratarse del tipo de aparejo a soga y apoyados sobre la tabla, cuya anchura marca el grosor de las estructuras, y rellenos de mampuestos de calcarenita trabados con tierra (Fig. 9c). A este mismo tipo corresponden algunos de los muros que delimitaban diferentes espacios de la gran almunia excavada en las naves municipales de la zona de Fontanar de Cábanos (junto a C/ Dr. Gonzalo Miño Fugarola). Este edificio, organizado en torno a tres grandes patios, contaba con un baño privado revestido de losas de mármol y una posible mezquita privada, dando muestra de la entidad del complejo arquitectónico en torno al cual acabó conformándose un arrabal andalusí. Los sondeos abiertos durante la intervención preventiva inicial permitieron datar en época emiral el origen de este edificio21. A esta fase de configuración inicial se adscriben algunas de las alineaciones maestras que definen los espacios. Estos muros están levantados con una técnica muy similar a la anteriormente descrita; es decir, sogas de sillería que ocupan la anchura del muro que alternan con rellenos de una mampostería muy regular. En la zona más próxima al baño, en el sector occidental del conjunto (Fig. 9d), los mampuestos están compuestos por cantos de río; mientras que en la zona oriental, al norte del patio principal, en otro de los muros que muestra la misma técnica, los rellenos están formados por mampuestos de calcarenita bien regularizados (Fig. 9 e y f). El ejemplo más reciente en el que se ha documentado con claridad la técnica de damero corresponde al edificio singular excavado en la Parcela 16A del Plan Parcial PPO7 (C/ Escritora María Goiry). Este edificio se ha fechado en una una fase emiral, pues queda completamente cubierto por el desarrollo de un arrabal de época califal, para el que se reutilizan algunas de sus estructuras que coinciden con las nuevas alineaciones. Esta circunstancia ha condicionado la visibilidad del edificio emiral, del que en algunos puntos solo perdura la cimentación de cantos rodados. Los escasos alzados conservados de este complejo arquitectónico muestran una alternancia de muros realizados con el clásico aparejo de sillería a soga y tizón con otros levantados con aparejos mixtos en damero (Fig. 9g). En estos últimos la anchura de las estructuras está definida por el grosor de dos sillares dispuestos a soga en sendas caras del muro en damero. Un indicio que pudiera estar indicando el empleo de esta última técnica parece ser la disposición de los sillares a soga y tizón, sin que se coloquen los bloques en vertical. Pero, en el estado actual de nuestros conocimientos, no parece una tarea fácil la discriminación en cada caso. Del repertorio que hemos seleccionado, el ejemplo ya publicado corresponde a uno de los muros que delimitaban el recinto exterior de la gran propiedad vinculada con la almunia al-Rusafa (León 2008: 63, lám. 3; Murillo 2009: 461, lám. 59a), documentado durante un control arqueológico de la zona del Tablero Bajo, en el sector noroeste de Córdoba, en las inmediaciones de la antigua Huerta de la Arruzafa19. Desconocemos las técnicas constructivas con las que se levantó el edificio principal, aún no excavado, pero localizado mediante prospecciones geofísicas, gracias a las cuales se ha podido identificar el diseño de su planta, que remite a claros modelos orientales (Murillo 2009). La técnica constructiva del muro exterior combina la sillería de gran formato, con la que se levantan las dos torres o contrafuertes documentados, y el aparejo mixto, en el que grandes bloques de sillería de calcarenita dispuestos a tizón alternan con estrechos espacios rellenos con mampuestos de calcarenita de mediano tamaño (Fig. 9a). La estrechez de los espacios de mampostería, de entre 0,40-0,50 m, hace que nos decantemos por la identificación como aparejo en damero, en lugar del opus africanum. Esta interpretación parece confirmarse con las características del paramento interno (occidental), en el que se conservan dos hiladas en las que se aprecia la alternancia vertical entre rellenos de mampostería y sillares dispuestos a soga (Fig. 9b). Las estructuras que ahora nos ocupan han sido interpretadas como pertenecientes a una fase emiral sucesiva a la fundación de la almunia al-Rusafa (Murillo 2009: 461), probablemente relacionada con las reformas acometidas en época de Muhammad I (León 2008: 63). Igualmente se ha datado en época emiral un edificio excavado en los arrabales de poniente, en la Parcela 2 del PPO7 20. De este edificio se han documentado solo tres espacios delimitados por potentes muros que en época califal fueron aprovechados para levantar una vivienda y una zona de servicio. Las construcciones de la fase emiral se levantan alternando sillares dispuestos exterior que soporta el criptopórtico de Mértola (León 2003: 152), en el que la alternancia entre sillares de granito y mampuesto se realiza con ritmo irregular, pudiendo hablar de un trasunto de esta técnica de damero más que de un modelo canónico. Un remedo de dicha técnica, muy similar a la portugesa descrita, se encuentra en el recinto amurallado de Gafiq, en la actual población cordobesa de Belalcázar, pertenecientes a la fase datada en época emiral (León 2003: 140-144). El ejemplo quizás más relevante por su estado de conservación es el recrecimiento de algunos tramos de la muralla de Coria (Cáceres) en los que sobre un paramento de sillares de granito se dispone un tramo conformado por una alternancia de estos bloques graníticos con rellenos intermedios formados por estrechos mampuestos de pizarra (Fig. 10 a y b). En otros puntos este relleno se realiza con ladrillos; aunque en este caso y el relleno intermedio está formado por mampuestos de calcarenita muy bien regularizados y careados. La identificación de la técnica de damero ha sido posible en este caso, de forma excepcional, porque sobre uno de los casetones de mampuestos se ha conservado el arranque de un nuevo sillar de calcarenita que lo encajaba (Fig. 9h). En el sector meridional del solar se han identificado algunos tramos con una técnica similar; pero en este caso corresponden a refacciones de época califal, que se distinguen de las anteriormente descritas porque apoyan sobre algunos paquetes sedimentarios posteriores y por la propia disposición de los mampuestos del relleno intermedio. Hasta el momento, en todo el territorio peninsular son escasas las estructuras islámicas en las que se documenta esta técnica mixta. En el sur de Portugal se aprecia un precedente en época tardoantigua en el muro 195). No obstante, en las hiladas inferiores de algunos lienzos22 se aprecian paramentos que alternan bloques de sillería con rellenos compuestos por mampuestos de arenisca y ladrillos, cuyas gruesas juntas muestran el mortero de cal con el que están trabados (Fig. 10 c y d). Si bien una primera interpretación para esta alternancia considera que son recalzos con los que se rellenan los espacios dejados tras la extracción de los sillares originales (Valor 1997: 606), las evidentes semejanzas con los ejemplos mencionados nos llevan a pensar que los lienzos de Carmona corresponden a una fábrica única y sincrónica. Los alzados de tapial se atribuyen a época almohade, mientras que la cronología propuesta para estas hiladas inferiores de piedra las lleva a época omeya, entre los siglos IX y X (Valor 1997: 611). A tenor de lo visto hasta ahora, coincidimos con esta datación en época omeya, sin que podamos aquilatar más la fecha. APAREJOS MIXTOS DE ÉPOCA CALIFAL EN CÓRDOBA Con la instauración del califato se produce una estandarización de los procedimientos constructivos en las obras oficiales omeyas, cuya más conspicua y conocida se levanta con una singular técnica mixta, consistente en una base de sillares de calcarenita dispuestos a soga y tizón, sobre la que se levantan una serie de pilares de sillería en los que alternan de forma muy regular hiladas a soga con otras atizonadas, cuyo relleno, que lo distingue del resto de construcciones descritas hasta ahora, se realiza con encofrado de tapial (Fig. 11b). De considerar la posibilidad de estas analogías, el muro documentado en los arrabales surorientales de Córdoba podría haber formado parte de un recinto vinculado con una propiedad agropecuaria, lógicamente de mucha menor entidad. En otros sectores de los arrabales califales se han identificado aparejos mixtos, como decíamos, catalogados como "opus africanum", sin que pueda confirmarse la idoneidad de tal denominación. Este es el caso del muro documentado en la C/ Músico Infantas, 1; una potente estructura que marca la alineación de los espacios del arrabal "realizada en opus africanum" (Palomino 2009: 892). La entidad arquitectónica y la singularidad técnica ha llevado a considerar su ejecución como consecuencia de una posible promoción oficial o, al menos, comunitaria. Algo parecido sucede con varias de las estructuras vertebradoras del sector excavado en la Carretera de Trassiera. Por un lado, en el interior del edificio interpretado como una almunia excavado en el sector central (margen septentrional de la Carretera de Trassierra -en el denominado PERI MA-9-), uno de los muros que delimita una de las estancias "presenta técnica edilicia de tipo opus africanum romano, donde entre tongadas de mampuestos y ripios careados se colocan pilares realizados con sillares escuadrados de calcarenita y por tramos presenta contrafuertes" (Rodero y Asensi 2006: 319). De este mismo sector, en este caso en la intersección de la carretera de Santa María de Trassierra y la Avenida Cañito Bazán de Córdoba se documentaron varios muros con técnicas mixtas (Fig. 11c). Algunos delimitaban espacios funerarios de la zona residencial (Rodero y Molina 2006: 227); otras dos potentes estructuras de grandes dimensiones y longitud, "previsiblemente califales" delimitaban al oeste y sur un gran espacio abierto situado junto a un camino y al norte del cauce de un arroyo. Estas construcciones están realizadas "con mampuestos careados imitando la técnica del opus africanum romano, donde entre tongadas de mampuestos y ripios careados se colocan pilares realizados con sillares escuadrados de calcarenita que en su lado Este y por tramos presenta contrafuertes" (Rodero y Molina 2006: 242). materialización se encuentra en la ciudad palatina de Madinat al-Zahra, donde se aplica un amplio repertorio de aparejos a soga y tizón (Vallejo 2010: 295). A pesar de ello, se mantienen algunas de las técnicas que hemos detectado en la Córdoba emiral, opus africanum -o encadenados verticales-y aparejo en damero, con las que se levantan estructuras de gran entidad en las que se alcanza una mayor pericia técnica. El repertorio de estructuras de época califal realizadas con esta técnica mixta parece reducirse significativamente. Además, las construcciones documentadas cuentan con las mismas limitaciones enunciadas con anterioridad, es decir, no conservan alzados suficientes como para poder catalogarlas como tales con seguridad, pues la simple alternancia de sillería y mampostería no indica necesariamente la adscripción a este tipo constructivo. El único ejemplo que sí podemos incluir como una variante de esta modalidad de aparejo mixto se documenta en los suburbios orientales de la ciudad; en concreto, en la Parcela 1.1. Se trata de una estructura aparentemente aislada que no define un recinto concreto; es decir, no estaba inserta "en una zona edificada", sino que el contexto es descrito como "una zona muy abierta", vinculada con actividades de regadío (Penco 2017(Penco: 1674)). El muro excavado se conserva únicamente en un pequeño tramo de unos 5 metros de longitud y unos 1,20 m de anchura. La técnica con la que está realizado consiste en una cimentación de sillares atizonados, sobre los cuales se disponen dos parejas de sillares colocados a tizón separados entre sí a intervalos de más de 1,50 m, con relleno intermedio de mampostería de guijarros y calcarenita bien careada (Fig. 11a). Las características de los materiales asociados a esta estructura permiten fechar su construcción a mediados del siglo X. Aunque su excavadora no ha podido precisar su funcionalidad, plantea la posibilidad de que "se utilizase como muro de contención" (Penco 2017(Penco: 1674)). Pese a lo limitado de la muestra, las características técnicas y el contexto en el que parece insertarse esta estructura remiten, salvando las evidentes distancias, a un enclave bien conocido de época califal, en concreto, durante el califato de al-Hakam II: la almunia de al-Rumaniyya. De esta explotación se conserva en su lado occidental un amplio tramo del muro que delimita el recinto exterior y las terrazas de cultivo. Esta potente estructura arquitectura doméstica de la vecina ciudad de Pechina, consistentes en cajones de tierra apisonada con refuerzos de lajas y sillares en las esquinas o en las jambas (Gurriarán 2018: 436). Aunque sobrepasa el ámbito cronológico que estudiamos en este trabajo, se ha documentado un muro levantado con la técnica mixta de opus africanum en un sector de arrabal de época almohade, excavado junto al solar en el que se emplazó el antiguo anfiteatro romano (C/ Secretario Carretero, esquina con C/ Antonio Maura). Las casas de dicho arrabal combinan los aparejos mixtos con encofrado de tapial, algunos de cuyos paramentos aún mantenían revestimientos decorados con pinturas en rojo y blanco (Castillo 2008: 67). El aparejo mixto se formaba por bloques de sillería colocados verticalmente cuyo relleno estaba compuesto por mampuestos de calcarenita y cantos de pequeño tamaño dispuestos en espiga y trabados aparentemente con tierra y escasa cal (Fig. 12) 25. Todas las estructuras excavadas forman parte de las viviendas de uno de los arrabales que durante un breve periodo de tiempo (entre la década de 1170 y 1190) se extendieron por los suburbios de la ciudad almohade que experimentó un efímero proceso de revitalización urbana (cfr. Por tanto, en este caso, el empleo del opus africanum no parece tener ninguna connotación funcional especial y constituye una excepción en el panorama arquitectónico local. actual Estación de autobuses, donde "la técnica constructiva utilizada en la edificación de los muros exteriores combina la mampostería con el empleo de sillares" (Carmona 1997: 216). Este aparejo, visible en la planta del muro oriental de la casa (Carmona 1997: figs. 1 y 3) se combina con otros que emplean una solución constructiva también habitual en muros de casas califales, consistente en cajas formadas por pares de sillares dispuestos a soga delimitados por otros colocados a tizón, cuyo interior se rellena de cantos rodados y tierra (Carmona 1997: 216). En construcciones de carácter religioso contamos con un ejemplo de mezquita califal cuyos muros se levantan, al menos en las hiladas conservadas, con aparejos en damero. En la conocida como mezquita de Fontanar se pudieron individualizar varios tipos de aparejos califales 26 en distintos tramos de los muros perimetrales, pese al nivel de arrasamiento de las estructuras y el intenso expolio posteriores, que la reutilizan y recrecen, y su ubicación junto al principal centro de poder político de la capital omeya permiten interpretar con bastante seguridad el carácter público u oficial de esta estructura. La cronología califal de esta construcción está abalada por la secuencia estratigráfica y los materiales asociados. El muro aparece asociado a un pavimento hidráulico de mortero de cal pintado a la almagra, bajo el cual se han documentado varios estratos de los que se han recuperado algunos fragmentos cerámicos "entre los cuales aparecen algunos fragmentos vidriados y cerámica pintada claramente islámicos, que nos hacen pensar en una cronología califal para la construcción de dicho muro, pese a la aparente ausencia de cerámica verde-manganeso" (Cano 2002: 66). Esta atinada adscripción cronológica viene reforzada por las estrechas analogías que muestra con uno de los aparejos empleados en Madinat al-Zahra28 para levantar el muro que separa el área situada entre la "Plaza de Armas" y el sector del baño privado. Esta estructura, de la que es visible con más claridad su paramento oeste (pues la cara oriental está prácticamente oculta por estructuras adosadas con posterioridad y por restauraciones acometidas por Félix Hernández), está levantada con un singular aparejo en el que alterna la conocida disposición de los sillares a soga y tizón, con algunos bloques dispuestos a tabla, y rellenos cuadrangulares de mampostería formada por bloques de roca volcánica29 de color morado trabados con mortero con abundante cal (Fig. 14c). Con ello se consigue un curioso efecto cromático con la combinación de tonos claros de los sillares y oscuros de los mampuestos. No obstante, estos paramentos debieron quedar cubiertos originalmente por los revestimientos de mortero que protegían los materiales de los agentes atmosféricos, como ya hemos visto en el ejemplo de Córdoba. La reciente intervención arqueológica realizada por Félix Arnold ha permitido establecer una secuencia evolutiva del sector occidental de la Plaza de Armas, en la cual este muro pertenecería a las fases inciales; es decir, formaría parte de las primeras construcciones de la ciudad30. al que fue sometido el edificio, del que que en algunos tramos sólo se detectaron las zanjas de saqueo de sillares. En las hiladas superiores de la cimentación se aprecia, como en Santa Clara, un sistema constructivo "mediante encofrado de piedras calizas de mediano tamaño, trabadas con mortero de cal, arena y alguna grava, que alterna con sillares puestos a tizón. El alzado de los muros del patio, los mejor conservados, con una anchura media de 0,75 m, se realiza con este tipo de aparejo mixto, que "consiste en la alternancia de tramos de sillares -dos sillares colocados a soga con un módulo de 1,1 x 0,35 x 0,6 m y trabados con mortero de cal-con tramos de encofrado de mampuesto de piedras calizas de mediano tamaño trabadas con mortero de cal, arena y gravas" (Luna y Zamorano 1999: 150) (Fig. 13 d y e). Mientras que en los lienzos perimetrales se emplea esta técnica mixta, las estructuras de mayor relevancia arquitectónica e ideológica (contrafuertes que flanquean las puertas, mihrab y alminar) se levantan íntegramente en sillería, lo que demuestra una selección de materiales y técnicas dentro de un mismo edificio. El ejemplo más destacado de este tipo de aparejo se localiza en esta ocasión en el espacio intramuros, en las inmediaciones del complejo palatino del alcázar andalusí. En la intervención arqueológica de urgencia realizada en 2002 en la sede del actual Centro de Arte Contemporáneo de la Fundación Botí (C/ Calle Manríquez, 5, junto a la Plaza Judá-Lévi) se documentó en el lateral sur del solar una potente estructura adscrita a época califal (Cano 2002: 65) 27 que en la actualidad se conserva integrado en los sótanos del edificio. Este muro, que se extiende por una longitud de más de diez metros, con una altura conservada de unos tres metros (incluida la zapata de cimentación) y con una anchura de 0,75 m, está realizado con grandes sillares de calcarenita dispuestos a soga, con algunas piezas a tizón, que alternaban con rellenos intermedios cuadrados de mampostería bien careada, con piezas de calcarenita y piedra rojiza pizarrosa, trabada con abundante cal (Fig. 14a). Los paramentos documentados durante el seguimiento de la obra conservan en muy buenas condiciones el grueso llagueado de los tramos rellenos de mampostería, prácticamente cubiertos en su totalidad por el mortero de cal (Fig. 14b). La entidad de esta estructura, que se extiende más allá de los límites del solar y que marca la alineación de las construcciones 27 Cano Montero, J. I. 2002: Intervención Arqueológica de Urgencia C/ Manríquez, no 5-7, Córdoba. Córdoba. omeya de Córdoba se deducen algunas conclusiones provisionales que deberán ser confirmadas por estudios específicos futuros. A pesar de la combinación de materiales que, en algún caso, pudiera hacer pensar en una cierta irregularidad de las estructuras resultantes, por lo general, los aparejos mixtos analizados de época omeya se emplean para la construcción de muros de gran entidad, potencia y longitud, como los asociados a obras de infraestructuras, para la contención de rellenos, o los destinados al cierre de grandes propiedades agropecuarias suburbanas (almunias), o ciertos elementos rectores del urbanismo, como muros maestros, fachadas de edificios, etc. La utilización de estos aparejos mixtos en edificios del entorno del poder omeya en la capital de al-Ándalus no debe ser entendido como una incapacidad técnica para levantarlos íntegramente en sillería, pues, como hemos visto, las principales construcciones desde finales del siglo VIII empleaban este material con total solvencia. Es más probable que su uso responda a la dificultad para abastecer de sillares desde las canteras próximas la creciente demanda para levantar los numerosos edificios que empezaron a poblar el entorno de la ciudad, con los que se estaba generando un paisaje urbano en proceso de islamización, en el que palacios (almunias), mezquitas y baños promovidos como obras pías resultaban elementos esenciales. En todos ellos es necesario un ingente volumen de material pétreo, por lo que se recurre a procedimientos conocidos en la tradición arquitectónica previa, como el uso recurrente de material de acarreo y su alternancia con la mampostería, que permiten dosificar y optimizar el uso de bloques de sillería, manteniendo la consistencia y monumentalidad de las construcciones, pero reduciendo significativamente los costes. De ahí que sea habitual encontrar la combinación de muros realizados con estos aparejos con otros levantados íntegramente en sillería a soga y tizón. Cuando el estado de conservación de las estructuras documentadas lo permite, se aprecia el cuidado tratamiento de estas construcciones en las que se suelen utilizar morteros de cal, e incluso encofrados, para trabar los rellenos de mampuestos, por lo general bien careados y dispuestos de forma ordenada. Con ello se logra la regularidad y estabilidad de los cajones de sillería que son los que, a la postre, sustentan la estructura. El resultado final no debería verse necesariamente afectado, al menos en lo relativo a su imagen exterior, pues, al igual que sucede con las principales obras oficiales hechas íntegramente en sillería (mezquita aljama, alcázar andalusí, Madinat En definitiva, a lo largo del siglo X se mantienen los mismos recursos técnicos empleados en época emiral, con el objetivo de reducir los costes en la construcción de los ambiciosos programas arquitectónicos acometidos por las autoridades califales, en especial, en aquellas estructuras que requieren un gran volumen de material pétreo. Sin embargo, la aplicación de estas técnicas mixtas no menguan en absoluto la calidad del resultado final, rematado con un cuidado revestimiento que cubre la fábrica y la protege de la afección de los agentes atmosféricos. El único ejemplo que hemos podido identificar de este tipo de aparejo omeya fuera de Córdoba se encuentra en uno de los paramentos internos de la muralla califal de Ceuta, donde Pedro Gurriarán ha identificado un lienzo formado por una "fábrica mixta formada por tizones y cajas de mampostería que ocupan el hueco que deberían ocupar las sogas" (Gurriarán 2018: 421-422) 31. Dicho paño, según el mismo autor, estaría soterrado y su singular aparejo no sería el resultado del expolio selectivo de las sogas, sino que formaría parte del mismo proceso constructivo de las defensas de la medina ceutí. En este caso, la particularidad con respecto a los aparejos de la capital andalusí antes expuestos es que las cajas de mampuestos ocupan el lugar de las sogas y no el de los tizones, como vemos en Córdoba. Una fábrica poco habitual, en este caso en su cara intramuros que formaría parte del mismo impulso constructor del resto del lienzo omeya. Mientras que el frente exterior se erige con sogas y tizones canónicos, en el paramento interior aparece una fábrica mixta formada por tizones y cajas de mampostería que ocupan el hueco que deberían ocupar las sogas. No se trata del resultado del expolio y sustitución de esas últimas piezas, siempre más fáciles de extraer, como vemos en el lienzo norte del recinto ceutí o en el castillo de Tarifa, sino que esta organización es producto de una misma actuación. Esa parte de la muralla estaría soterrada, ya que la cota intramuros se situaría más alta que la exterior. De este recorrido por los aparejos mixtos en piedra desde la Antigüedad Tardía hasta el final del Califato tardoantiguos. Por lo que respecta al empleo de la sillería, es una cuestión que aún no tiene una respuesta unívoca en la investigación, pues se sigue discutiendo acerca de la atribución cronológica de muchas de las construcciones que protagonizan el debate. Sin embargo, en el caso de los aparejos mixtos consideramos que sí es posible considerar una clara continuidad y dependencia con respecto a los procedimientos constructivos y recursos técnicos precedentes en la península ibérica. En este sentido resultan de interés las consideraciones en relación con las técnicas constructivas empleadas en los edificios omeyas de Mérida, donde "la ambigüedad de la arquitectura emiral se debe, por un lado, a que hay continuidad de rasgos constructivos en materiales y aparejos que fácilmente pueden ser trasvasados a etapas más antiguas" (Alba 2009: 393). De hecho, las similitudes formales entre fábricas realizadas con aparejos mixtos de época tardoantigua e islámica dan pie a dudosas atribuciones cronológicas, en una etapa en la que son constantes las transferencias e influencias técnicas y culturales en la península ibérica. Por ese motivo hemos intentado aquilatar al máximo posible la datación de las diferentes estructuras expuestas en este estudio, para evitar caer en asignaciones cronológicas basadas exclusivamente en criterios formales. El objetivo a medio plazo será construir cronotipologías fiables; pero, de momento, el empleo de una determinada técnica constructiva no puede ser utilizado como único argumento cronológico por sí mismo para la datación de los edificios. Con este trabajo hemos pretendido, al menos, dar un primer paso en esta dirección.
El sistema de torres musulmanas en tapial de la Sierra de Segura (Jaén). Una contribución al estudio del mundo rural y el paisaje de al-Andalus 1 En el territorio musulmán de la península ibérica, durante la Edad Media, la construcción con tierra apisonada o tapia (ṭâbiya) llegó a su máximo desarrollo. Frente al uso de la mampostería y cantería de épocas anteriores, el tapial fue la técnica preferentemente utilizada en determinados tipos de construcción por el gobierno de los almohades o 'unitarios' 4 durante su expansión hacia el Levante peninsular. Esta circunstancia fue debida a que era una práctica conocida e importada de su lugar de procedencia pero, sobre todo, a su versatilidad, su rápida puesta en obra y la economía de medios que suponía la extracción in situ de la materia prima necesaria para la construcción. De la importancia que tuvo este sistema constructivo da cuenta la gran cantidad de arquitectura en tapia que aún se conserva en el antiguo territorio de al-Andalus. Entre las numerosas edificaciones realizadas con esta técnica constructiva, además de los conocidos recintos amurallados, alcazabas, almudainas, cubos, barbacanas y construcciones que se podrían denominar dinásticas, existen también numerosos elementos dispersos en el territorio asociados a asentamientos rurales de explotación de la tierra, a funciones estratégicodefensivas o a control territorial y fiscal por parte del Estado musulmán. El gran número de ejemplares de este tipo de inmuebles diseminados, aún existente en el sur y este de la península ibérica, hace necesaria una revisión y relectura del conjunto, no tanto para realizar 3 en tierra apisonada ha sido objeto de clasificación atendiendo a distintos criterios que unían la caracterización material con el análisis constructivo (Tabales 2001; Azuar 2004; Jaquin et al. 2008; Graciani y Tabales 2008; Mileto et al. 2013; Gil-Crespo 2016). Son estudios de mucha intensidad y casi siempre centrados en ordenar la fábrica de tapial desde su función, técnica, métrica y técnica constructiva, con toma de datos y muestras normalmente cercanas al ámbito geográfico de los investigadores. En el área de la provincia de Zaragoza, Jaquin, Augarde y Gerrard (2008) estudian un conjunto de más de cincuenta edificios construidos en tapial, y hacen una caracterización histórica por medio de una clasificación en diez tipos diferentes. Ignacio Gil-Crespo (2012) estudia ejemplos y casos en el territorio de Castilla-León y propone una nueva clasificación taxonómica, cuya intención es tener en cuenta todos los elementos que intervienen en esta técnica constructiva. En Castilla-La Mancha destacan los trabajos de investigación de David Gallego y Francisco Javier Castilla (Gallego et al. 2016). En las tierras de Alcaraz, cuenca del rio Segura y llanos de Albacete, sobresale el trabajo de documentación y catalogación realizado por José Luis Simón García (2011). En el Levante se han realizado estudios constructivos sobre el tapial de fortificaciones ubicadas en el antiguo šharq al-Andalus (Soler 2009). En esa región destacan los trabajos liderados por Camilla Mileto y Fernando Vegas que, basándose en ejemplos cercanos, definen una clasificación en subcategorías en base a los invariantes y variantes que se repiten en las fábricas de tapia. Estos investigadores también realizan propuestas de intervención en la arquitectura en tapia basandose en sus criterios analíticos (Mileto et al. 2012(Mileto et al., 2013(Mileto et al., 2017)). En el antiguo reino hudí de Murcia, el arquitecto Francisco J. López Martínez estudia e investiga, en su tesis doctoral y en los proyectos de intervención que realiza, las fábricas de tapiales existentes en dicha provincia (López Martínez 1999, 2012; López Martínez y Martínez López 1999). En el entorno sevillano, Tabales (2001) realizó una primera clasificación preliminar que culminó con doce tipos de tapia distintos. Esta clasificación fue sistematizada posteriormente por Graciani y Tabales (2008) proponiendo una clasificación cronotipológica que tiene en cuenta la distinción entre tapias mixtas y monolíticas (Graciani et al. 2005). Otras contribuciones que destacan en el ámbito geográfico de Andalucía Occidental son los trabajos de Barrios, Graciani y Núñez (2012) o los de Canivell y Graciani (2015) que establecen un peninsular, centrando la mirada en las características de los asentamientos rurales andalusíes. Para finalizar, el artículo se focaliza en el sistema de torres jiennense, exponiendo los datos y resultados obtenidos en las indagaciones realizadas. Las conclusiones intentan aportar alguna luz y conocimiento sobre estos restos dispersos construidos en tapial en ese rincón de al-Andalus. ESTADO DE LA CUESTIÓN Como en tantos otros aspectos de la arquitectura y el urbanismo andalusí, el precursor del estudio de la arquitectura en tapia fue Leopoldo Torres Balbás, conservador de la Alhambra entre 1922 y 1936. Este arquitecto publicó una serie de libros sobre ciudades hispano-musulmanas (Torres Balbás 1985) así como una serie de trabajos en los que ponía de relieve las construcciones en tierra a partir de las conclusiones obtenidas durante años de intervención directa en la restauración del monumento granadino. A mediados de la década de los noventa del pasado siglo hubo un resurgir de las investigaciones dedicadas a la arquitectura defensiva y militar. Los trabajos del medievalista francés André Bazzana (1980) sobre la organización del territorio musulmán y sus tipologías de asentamientos y poblaciones, comenzaron a evidenciar el retorno del interés científico por la cultura islámica en al-Andalus y, en concreto, por el periodo almohade (Acién 1995, Pavón Maldonado 1999). Posteriormente, se comenzaron a desarrollar una serie de iniciativas promovidas por el Departamento de Estudios Árabes del CSIC, la Casa de Velázquez y algunas universidades francesas como Lumiére-Lyon 2 y Toulouse (Cressier et al. 2005), que fructificaron en varios seminarios y eventos científicos basados en hallazgos arqueológicos, fuentes historiográficas y crónicas históricas. Fue con este impulso cuando comenzaron a surgir numerosas publicaciones relacionadas con las construcciones almohades. Se comenzaron a estudiar los falsos despieces de sillería de sus paramentos (Azuar 1994; Azuar et al. 1996), las técnicas constructivas (Gurriarán y Saéz 2002) o las fortificaciones defensivas almohades en la provincia de Sevilla (Valor 2004a(Valor, 2004b)). Estas investigaciones dieron lugar, a partir de 2005, a otro tipo de trabajos, unas veces consecuencia de estudios previos de diagnosis realizados en proyectos de consolidación y otras como resultado del desarrollo de tesis doctorales. En el ámbito académico, la arquitectura 4 método para conocer los procesos de construcción por medio de la caracterización de las fábricas a partir de determinadas variables como las históricas, sociales o culturales. En la zona de la campiña cordobesa destacan los estudios sobre torres islámicas de Martínez Castro (Martínez y Tristell 1998; Martínez 2003Martínez, 2015)), en alguno de ellos analiza la alquería como unidad de poblamiento básico en al-Andalus (Martínez 2005). En Andalucía Oriental, Martín García y Martín Civantos (2000Civantos (, 2011) ) estudian el poniente almeriense y la provincia de Granada. En esta provincia andaluza, zona de paso entre ġarb al-Andalus y šharq al-Andalus y frontera con los reinos cristianos durante más doscientos años, existen abundantes ejemplos de construcciones realizadas en tapia, no solo en murallas de ciudades y castillos, como el de Burgalimar en Baños de la Encina, sino en numerosos elementos rurales dispersos. En la comarca de la Sierra de Segura en el noreste jiennense existen varios estudios e investigaciones que abordan la evolución y poblamiento del valle de los ríos Hornos y Trujala (Salvatierra y Visedo 2008) incluyendo una descripción de las construcciones medievales existentes en la zona (Salvatierra et al. 2006). En los últimos años, el sistema de construcciones en tapial del valle está siendo estudiado por Santiago Quesada-García quien, a raiz de los proyectos de consolidación en algunas torres, ha realizado estudios de diagnóstico y ensayos de materiales, analizando su estado de conservación, los aspectos arquitectónicos, estructurales, constructivos, caracterizando las fábricas de tapial (Quesada-García y García-Pulido 2013, 2015a, 2015b, 2017). El presente trabajo pretende complementar y profundizar en los anteriores estudios sobre las torres de la Sierra de Segura, abordando el análisis de estas arquitecturas musulmanas diseminadas, no tanto desde la clasificación taxonómica de sus fábricas sino desde su implantación y organización en el territorio, aportando nuevos datos que puedan servir para conocer cuáles eran sus funciones así como los criterios con los que estos elementos se ubicaban espacialmente articulando la ocupación y explotación de la tierra (Fig. 2). Torre norte y torre sur de Sta. Catalina en Orcera (Jaén). Fuente: autor. y restos que todavía se conservan sobre el terreno. Por tanto, el trabajo que aquí se expone está basado, en su integridad, en el estudio de fuentes materiales, en la documentación que aportan las propias torres, auténticos fósiles históricos que han sobrevivido prácticamente inalterados desde el momento de su construcción. La investigación también se basa en la lectura analítica del territorio y la información que facilita el entorno de estos restos con el objetivo de extraer, describir y análizar los datos que aporta el espacio físico del sistema de torres para así conocer sus diferentes variables, comunes y divergentes, con las que determinar patrones y pautas que permitan comparar con otros elementos rurales de al-Andalus. A partir de ahí, se interpretan los resultados obtenidos y se intenta establecer algunas de las formas de establecimiento de la arquitectura rural islámica de este período. El proceso, técnicas y herramientas empleadas en la investigación ha sido: Toma de datos in situ y extracción de muestras. La recolección de datos ha sido en primer lugar por medio de la realización de fotos, videos, croquis y dibujos al natural. Posteriormente se han hecho mediciones con estación total topográfica así como distanciómetro láser. La nube de puntos terrestre ha sido completada con otra obtenida a partir de un dron. Con las muestras de materiales se han efectuado ensayos de dendrocronología y radiocarbono, así como pruebas físicas y químicas para determinar la composición y naturaleza de los elementos que componen las fábricas. Análisis del ámbito territorial, orográfico y topográfico. El territorio contiene la memoria de las marcas dejadas por ocupaciones anteriores y está constituido por estratificaciones sucesivas. La cartografía permite acercarse con exactitud al análisis de la implantación de las torres, su relación con otras estructuras productivas, caminos históricos, obras de infraestructura y trazados hidráulicos. Por ello, se ha realizado un inventario de mapas y fotos aéreas de la zona, un estudio comparativo de mapas históricos y, sobre todo, una lectura macroespacial del territorio del valle, su orografía, red hidráulica y sistema de infraestructuras para conocer en profundidad cómo ha sido su ocupación y explotación. Se han generado planimetrías a escala 1:30.000 de la zona objeto de estudio y elaborado Modelos Digitales del Terreno (MDT) que han permitido una representación orográfica del entornos de las estructuras de tapial (Fig. 3). OBJETIVO, MÉTODO Y HERRAMIENTAS EMPLEADAS En el epígrafe anterior se ha visto cómo gran parte de los últimos estudios sobre la tapia se han centrado en estudiar la técnica constructiva y en determinar una clasificación taxonómica de las fábricas de tapial de una zona geográfica concreta. Sin embargo, en relación a la jerarquización socio-económica y territorial andalusí todavía quedan muchos aspectos y matices por conocer y entender ya que, en muchas ocasiones, no se dispone de fuentes literarias o documentales suficientes, se carece de actuaciones arqueológicas o no se ha pasado de un primer nivel de reconocimiento (Malpica 2006: 200). En el caso concreto de los asentamientos rurales es necesario un análisis detallado del mayor número de variables para determinar cómo y cuáles eran los tipos existentes en al-Andalus, ya que para conocer una realidad primero hay que describirla (Malpica 1999: 148). Este es el principal objetivo de este artículo. Las indagaciones sobre las fábricas de tapial de la Sierra de Segura comenzaron en el año 2003 y decantaron diez años más tarde en sendos proyectos de investigación 6. La metodología de trabajo que se está empleando utiliza la revisión de fuentes y referencias bibliográficas, imprescindibles para el conocimiento de este periodo medieval islámico, pero las principales fuentes primarias que se están usando son los inmuebles 6 El primer acercamiento a estas torres construidas en tapial de la Sierra de Segura tuvo lugar en el año 2003 con el levantamiento y restitución fotogramétrica de la torre del Cardete (Benatae), las torres norte y sur de Santa Catalina (Orcera), torre de Góntar y la torre del Agua (Segura de la Sierra). Posteriormente el estudio de la técnica constructiva se produjo en 2006 con la redacción de los proyectos de restauración y consolidación de las dos torres de Santa Catalina y de las torres de Gontar y del Agua. Estos primeros trabajos dieron lugar, posteriormente, a varios proyectos de investigación dirigidos por Santiago Quesada-García. El primero de ellos fue un proyecto de investigación precompetitivo concedido por la Universidad de Málaga titulado: "La construcción de un paisaje: arquitectura de tapial en la Alta Andalucía en el siglo XIII. Estudio y análisis del sistema de torres andalusíes en el valle de Segura de la Sierra". El segundo proyecto, todavía en desarrollo, se denomina: "El sistema de torres de origen medieval islámico en Segura de la Sierra, implantación, técnicas constructivas y restauración del tapial" (HAR2014-53866-R), realizado dentro del Programa Estatal de Investigación, Desarrollo e Innovación Orientada a los Retos de la Sociedad ( 2013-2016) del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad. Redacción de conclusiones interpretativas, textuales y gráficas. Se ha procedido al levantamiento fotogramétrico de los inmuebles dibujando las plantas, secciones y alzados de cada torre. La planimetría fotogramétrica generada tiene un nivel de detalle equivalente a la escala 1:50. Posteriormente se ha hecho un estudio estratigráfico de los paramentos más significativos aplicando la matriz de Harris. La lectura estratigráfica se ha centrado en el estudio de las diferentes unidades de cada elemento, analizando la puesta en obra de los tapiales, su modulación y técnica constructiva empleada. Este trabajo ha permitido acotar todos los inmuebles en cajas/tapias y metros haciendo una interpretación formal y volumétrica de cada estructura. Además se han analizado, verificado y relacionado con los resultados obtenidos en las pruebas físicas, químicas y de radiocarbono 14. La última parte de la investigación, actualmente en proceso, realiza una parametrización y georreferenciación de todos los datos, materiales y elementos obtenidos en cada una de las torres a través de bases Por otro lado, se han seleccionado diferentes áreas del antiguo territorio de al-Andalus en las que todavía existen elementos de arquitectura similares con el fin de realizar una comparación entre sus formas de implantación. Se han individualizado tres zonas concretas: el Bajo Guadalquivir (campiña de Córdoba), el Alto Guadalquivir (valle de ríos Guadalimar, Hornos y Trujala en la Sierra de Segura) y, por último, la cuenca del Turia y Sierra Calderona en Valencia además del condado de Cocentaina en Alicante. De cada uno de los entornos de las torres de Segura se han realizado los levantamientos topográficos individualizados a escala 1:500, en casos singulares también a escala 1:200. El objetivo ha sido dibujar e interpretar con precisión sus contextos y detectar posibles permanencias o trazados ocultos por procesos urbanísticos, plantaciones de olivos, balsas de agua, encauzamientos de ríos, carreteras, canteras, erosiones y otras alteraciones antrópicas y naturales (Fig. 4). entre el final del reinado de Abd al-Rahmān III y el comienzo del califa al-Ḥakam II. Entre estas fortificaciones se encuentran los castillos de Tarifa (Cádiz) y Gormaz (Soria), recintos amurallados construidos en piedra. El uso del tapial en construcciones de este periodo era poco frecuente, aunque está atestiguado en las inmediaciones de Córdoba en la almunia7 (al-munya) de Rumaniyya, e incluso podría haberse utilizado en las partes superiores de la muralla de Madīnat al-Zahra, construida por Abd al-Rahmān III y al-Ḥakam II. También se empleó en el relleno interior de muros de sillares en algunas ciudadesfortalezas como Vascos en la provincia de Toledo. A lo largo del siglo IX, la construcción con la técnica del tapial posibilitó a grupos enfrentados entre sí levantar fortalezas en poco tiempo y con pocos recursos, dado que esta práctica era más accesible e inmediata que el trabajo con mampostería de sillares ya que la tierra podía encontrarse como materia prima fácilmente, no necesitaba transporte y era un tipo de construcción que no requería excesiva especialización (Azuar 1994: 135). Uno de los ejemplos de este siglo se encuentra en Calatayud (Qal'at Ayyub) que data del 884-885. El relleno de tapial también es visible en partes de las murallas del castillo de La Muela en Ágreda (Soria) construidas en el siglo X. Otros ejemplos existentes en la frontera norte con Castilla y construidos con muros en tapial se encuentran en Talamanca del Jarama, provincia de datos procesadas mediante aplicaciones SIG para facilitar su integración, análisis y difusión a una información que estará disponible en open data. DE LAS ALCAZABAS A LAS ALQUERÍAS, LA DEPURACIÓN DE UNA TÉCNICA Para analizar y entender estas construcciones rurales en tierra es necesario conocer el proceso de evolución de las marcas fronterizas en la península ibérica entre los siglos XI y XIII, estudiar la distribución espacial de los asentamientos rurales en el territorio, contextualizar sus características constructivas y conocer cuál ha sido la evolución de la técnica del tapial desde las primeras construcciones del Califato Omeya de Córdoba (929-1031), los reinos de taifas (1032-1085), la invasión almorávide (1086-1144), hasta llegar al imperio almohade (1145-1228), época de máximo esplendor y utilización de esta técnica constructiva. En los primeros momentos de la implantación del islam en la península ibérica, el uso de la cantería era normal en la mayoría de las construcciones oficiales omeyas, casi como la continuidad de una tradición bien establecida en Hispania durante época romana y visigoda. Los muros construidos con sillares a soga y tizón son habituales desde el siglo VIII hasta bien entrado el siglo XII, en plena época almorávide. Tras la fundación de Almería y su castillo, en el año 955, se construyó en al-Andalus una línea de fortalezas en el corto período de tiempo comprendido Abū Ya'qūb Yusūf I (r. A partir del último cuarto del siglo XII tras esa expansión, los almohades fortificaron las ciudades y los ḥusūn (Huici 2000). En šharq al-Andalus las murallas de la ciudad de Murcia fueron reforzadas, la mayor parte de los restos conservados de tapial datan del siglo XII, con alturas de cajón cercanas a los 85 cm (dos codos ma'mūnī). Los restos de tapias anteriores tienen una altura de cajones en torno a los 110 cm, es decir, están más cercanas al codo raššāší9. Las murallas de Cartagena también fueron construidas entre finales del siglo XII y principios del XIII. Entre las medinas principales de ġarb al-Andalus habría construcciones en tapial en Sevilla, Badajoz, Cáceres, Juromenha o Alcácer do Sal (Alentejo, Portugal) (Fernandes y Correia 2005), Castelo Velho en Alcoutim, Paderne, Silves, Salir, Loulé, Tavira o Faro (Algarve, Portugal) (Pavón Maldonado 1993; Magalhães 2002: 174). Las dimensiones más comunes en las construcciones almohades de tapial están representadas en las murallas de Sevilla, con tapiales de 240-250 cm de longitud (6 codos) y 80-90 cm de altura (2 codos), agujas cada 82-85 cm y refuerzos de madera dentro de los muros (Valor 2009). El empleo de la técnica del tapial en murallas, fortalezas y construcciones se generalizó, siendo común en el siglo XIII. En la poliorcética de esta época también destaca la construcción en tapial de torres avanzadas poligonales, como las de Espantaperros en la alcazaba de Badajoz o la famosa Torre del Oro en Sevilla construida con refuerzos de sillería en 1221. Las fortalezas defendidas por antemuros y albarranas son características de época almohade y están asimismo construidas con la técnica de tierra apisonada (Torres Bálbas 1934). En época almohade comenzó a desarrollarse una nueva variante de tapial que fue profusamente utilizada a partir de ese momento. Se trata de la llamada tapia calicostrada o acerada que consistía en muros de tierra apisonada con cal forrando el exterior. Esta construcción se realizaba compactando tongadas de tierra y grava sobre una capa de cal. El proceso provocaba que la cal se expandiera y se elevara por la cara exterior para crear una costra protectora. Este calicostrado se podía colocar en ambas caras del muro o solamente en la exterior. También se utilizó el tapial con brencas, consistente en su refuerzo con mortero de yeso y piedras, usualmente en huecos y jambas de puerta. Algunos de los ejemplos más claros de esta técnica pueden observarse en el despoblado almohade de Siyāsa (Cieza, Murcia) (Navarro y Jiménez 2011: 112-113). En época almohade, las agujas de madera dejaron de cruzar el espesor de los muros de tapial (Azuar y Ferreira 2014: 403) penetrando sólo una tercera o cuarta parte de la anchura del muro. Para sujetarlas, durante su puesta en obra, era necesario disponer de cuerdas anudadas a los barzones y clavarlas mediante cuñas de madera (Graciani 2009). Una característica específica de esta arquitectura en tierra de origen almohade era realizar, en esa superficie calicostrada, dibujos y grafías simulando un despiece de sillería que servía de función protectora en las discontinuidades derivadas de la puesta en obra de la tapia, tapando mechinales y las juntas entre cajones (Azuar et al. 1996; Lozano et al. 1996 Como consecuencia de esa inestabilidad política y militar y, a veces, de su situación estratégica en el territorio se fortificaron algunos centros de producción agrícola (Azuar 1981: 69-70; Manzano 1998) dotándose de torres, barreras o recintos amurallados más o menos amplios (Glick 1995: 13-15; Córdoba de la Llave 2003; Bazzana 2009), complementando de alguna forma el sistema defensivo andalusí formado por los ḥusūn (Glick 2007). En la mayoría de los casos, el único elemento que se ha conservado de aquellas fortificaciones de núcleos rurales es la torre. La depurada técnica constructiva de las torres rurales que han llegado hasta nuestros días parece indicar que estas fábricas tomaron como referente los modelos desarrollados en edificaciones dinásticas de más entidad como murallas, alcazabas o torres albarranas. Aunque quizá también podría ser consecuencia directa del programa de construcciones desarrollado por los califas almohades, que habría contribuido a difundir y asentar la práctica edilicia del tapial desde finales del siglo XII. Esta circunstancia podría explicar sus homogéneas características formales, técnicas y constructivas en todo el territorio de al-Andalus. Es por ello, que los restos de estructuras dispersas rurales constituyen un elemento imprescindible para entender no solo la forma constructiva sino también la ordenación territorial de al-Andalus. LAS TORRES DE TAPIA EN LOS ASENTAMIENTOS RURALES DE AL-ANDALUS Según interpretación de los investigadores franceses Bazzana, Guichard y Cressier, el ḥiṣn o castillo rural surge a partir de las comunidades campesinas y es un nodo importante dentro de la organización territorial andalusí. El ḥiṣn se ubicaría en un emplazamiento más o menos inaccesible y tendría un uso temporal como habitat y refugio en caso de peligro. Cada castillo estaría asociado a varios núcleos de asentamientos rurales como las qurà o alquerías que, a su vez, estarían relacionadas estrechamente con la red hídrica y por tanto estarían situadas en emplazamientos más bajos. Este sistema de elementos articularían un distrito o circunscripción de orden inferior a la cora que vendría a ser denominado iqlīm (pl. aqālīm), clave en la ordenación del territorio islámico junto a las ciudades (Acién 2008: 153). La naturaleza de estos distritos de tamaño inferior no esta suficientemente aclarada, ni tampoco su relación con otras unidades administrativas denominadas'amal o amelía, aparentemente circunscripciones de mayor entidad que los aqālīm pero menores que las coras. Algunos autores andalusíes en las descripciones de su linaje citan hasta cuatro niveles administrativos: la qarīa o unidad básica de poblamiento, el iqlīm o distrito, el'amal o amelía y la cora o provincia (García San Juan 2017: 156). En época omeya, la alquería o al-qarīa era la primera unidad para el establecimiento de impuestos (Barceló 1984). La alquería constituiría la principal tipología habitacional destinada a la explotación de los recursos agropecuarios y sería uno de los hábitats rurales de primer orden. Como unidad de poblamiento la qarīa era uno de los primeros escalones de la jerarquización territorial y administrativa islámica. Sería una entidad diferente a los barrios (hara) ya que estos formarían parte de la misma ciudad y la alquería o aldea estaría al servicio de la ciudad (Acién 2008: 148). Guichard establece que la alquería era una zona rural con el asentamiento sedentario de una comunidad. Una colectividad solidaria en los derechos que ejercían sobre las tierras cercanas sus propietarios, habitantes de esos asentamientos (Guichard 1988). Estos pequeños núcleos de población estaban compuestos por casas agrupadas que, en algunos casos, poseían equipamientos como baños públicos e incluso alguna mezquita. Diversas fuentes hablan de la "gente de las alquerías" o de sus consejos de representantes, ya que eran comunidades que tenían autonomía respecto a la cora, relacionándose directamente con el Estado sin otro tipo de intermediarios 12. La alquería no sólo estaba formada por viviendas concentradas en un lugar sino que también tenía asociadas tierras de labor en las que podía haber otros asentamientos más pequeños como las cortijadas (maŷāšir) o las granjas (raḥāl), entidades de orden menor, en general, pertenecientes a un sólo propietario (Guichard 1988: 164). De manera que la alquería era un poblamiento complejo compuesto por inmuebles agrupados y/o dispersos con vinculos comunes que gestionaban un territorio propio con cultivos y terrenos irrigados. Patrice Cressier en sus estudios sobre la Alpujarra mantiene que, a veces, había pequeños núcleos o pedanías separadas aunque pertenecientes a una misma alquería (Cressier 1987(Cressier: 181, 1991: 412): 412). Aparte de las tierras destinadas a cultivos, las alquerías también disponían de pastos y monte de aprovechamiento comunal (harim) o tierras "muertas" (mawat) por encima del terreno irrigado (Acién 2008: 150). La mayoría de esos pequeños núcleos surgen con el fin de obtener aprovechamientos agropecuarios, tenían presencia de ganadería en algunos lugares y estaban orientados al abastecimiento del mundo urbano de las mudun o ciudades, por lo que se encontraban integrados en redes comerciales, es decir, también se relacionaban con el sistema de infraestructura compuesto por caminos y vías pecuarias. Estos poblamientos que colonizaban valles y llanos aparecen junto a tierras fértiles destinadas a agricultura irrigada, zonas de vega en llanuras aluviales o bien en laderas suaves donde disponer cultivos abancalados. Normalmente, se sitúan en altozanos, lugares que actuarían como centralizadores de asentamientos por el lógico interés de las comunidades campesinas de agruparse para proteger sus recursos y patrimonios de arriadas, inundaciones u otros factores ambientales imprevisibles. Los asentamientos poblacionales constituían pues un sistema de nodos, a escala diferente de los ḥusūn, con capacidad para organizar comarcas, antropizar espacios o controlar las cercanas tierras cultivadas. Tanto las qurà como los ḥusūn construían una articulada red distribuida en el territorio pero ambos con fines y usos diversos. Sus promotores y constructores debieron ser las comunidades rurales aunque, indudablemente, con conocimiento del Estado que aprovecharía estas eficaces implantaciones y sería el primer beneficiado, trámite impuestos, de este sistema de ordenación del territorio (Acién 2008: 159). Existe constancia de asentamientos rurales musulmanes de alquerías en Alcaria Longa (Mértola) y Alcaiais de Odeleita (Castro Marim, Faro) en Portugal; La Mesa en Chiclana de la Frontera (Cádiz), El Castillejo de Los Guajáres (Granada), Beniham (Castellón), entre otros lugares (Pérez Aguilar 2013). Estos núcleos rurales de casas, a veces, también podían contar con una torre a la que se asociaba un recinto o albacar que, en caso de rapiñas o incursiones esporádicas, sería un refugio para el ganado y la población de la alquería más cercano que el ḥisn asociado a la misma. Es posible que, en momentos tardíos del dominio almohade debido a la amenaza de los reinos cristianos y a la movilidad de la franja fronteriza, el sistema productivo de alquerías fuera intervenido progresivamente por el Estado para construir esas torres con objeto de dedicarlas a un control territorial, fiscal o militar. Algunos testimonios cristianos del momento de la conquista describen estas estructuras fortificadas con viviendas, refiriéndose a ellas como castrum et alqueriam (López Elum 1994: 44-53). Por otro lado, en lugares llanos como el entorno valenciano o la campiña cordobesa, la capacidad de alerta de una alquería o población se vería complementada e incrementada al dotarse con una torre. Las torres no aparecían en todas las alquerías pero es posible pensar que cuando esta estructura en altura se presenta haya habido algún tipo de asentamientos rural importante (Pérez Aguilar 2013). Hay constancia de alquerías con torre en Nigüelas (Granada), los Álamos y Torre de la Horra (San Roque), en la Alpujarra almeriense en Alhabía (Alcudia de Moteagud), Benimina (Benizalón), Medala y Benalguaciles (Cressier 1987: 182) entre otros lugares. Todos ellos son núcleos lejanos a la frontera con los reinos cristianos, incluso en época nazarí (Fig. 6). Por lo que también es factible pensar que estas construcciones en altura tuviesen otras funciones que trascendieran su posible uso defensivo. Por ejemplo, alzarse sobre los tejados de las casas, lo que permitiría una mejor comunicación entre núcleos vecinos, serviría para el control y vigilancia de cultivos cercanos o como silo para el almacenamiento de productos agrícolas. Estas dos últimas utilidades están prescritas para las casas de labor por Ibn Luyūn en su tratado de Agricultura 13. Estas construcciones rurales proliferaron en zonas productivas de ġarb al-Andalus, generalmente, en el valle del río Guadalquivir (alrededores de Sevilla, Córdoba y Jaén) y también en šharq al-Andalus en las tierras llanas de Albacete o en las huertas valencianas (entornos de Alcoy, Alcira, Játiva, Denia). Hay constancia de este sistema de torres y alquerías por la crónica del monarca Jaime I durante la conquista de Valencia en 13 Figura 6. Distribución de estructuras rurales del siglo XII y XIII en el antiguo territorio de al-Andalus de las que en la actualidad se conserva algún resto. En el mapa se ha representado, además de las ciudades principales, la ubicación aproximada de: ḥusūn o castillos rurales, torres, alquerías, alquerías con torre, yacimientos arqueológicos de alquerías. Fuente: elaboración propia. mampostería enripiada con sillares en las esquinas, por lo que una gran parte de las torres que se han conservado de esa última etapa islámica no son de tapial. El cambio de material permitió que las torres comenzaran a abandonar la planta cuadrangular por la circular para evitar también los daños derivados del uso creciente de la artillería, viéndose influenciadas por las construcciones militares cristianas desarrolladas en zonas fronterizas. A pesar de ello, en la vega de Granada se construyeron algunas torres en tapial calicostrado de las que se conservan algunos ejemplos como las torres de Huétor Tájar, Las Gabias, Alhendín o Cijuela. De todas ellas, por su singularidad, destaca la torre de Romilla en Chauchina. LAS TORRES DEL VALLE DE LOS RÍOS GUADALIMAR, HORNOS Y TRUJALA La ocupación del valle así como su evolución en época medieval ha sido ampliamente estudiada (Salvatierra et al. 2006). Esta comarca debió permanecer sustancialmente deshabitada antes del siglo X. Hasta ese momento el núcleo de Segura de la Sierra es citado solo como ḥiṣn por Ibn Sa'īd y Abū-l-Fidā' (Salvatierra y Visedo 2008). Al inicio de época islámica, los principales puntos de ocupación de esta comarca fueron las cotas más altas de las montañas, donde se situaron los principales ḥusūn como Hornos (894 m.s.n.m.) o Segura de la Sierra (1220 m.s.n.m.). Castillos que tenían como principal función el control de acceso al interior de las sierras que era donde estaban los principales recursos productivos de los núcleos poblacionales (Salvatierra y Visedo 2008: 149). La parte baja del valle comienza a ser colonizada a partir del siglo citado, quizás como consecuencia de la política de bajada al llano impuesta por Abd al-Rahmān III, siendo definitivamente poblada durante el siglo XI cuando se produjo una intensificación agrícola en toda la comarca. En el siglo XII, el geográfo musulman Muḥammad al-Idrīsī 14 ubica Šaqura en una zona montañosa situada entre el «ġarb» y el «šark» de al-Andalus. Indica que es un lugar de donde parte, hacia la vega de Mursiyya, 14 Abū Abd Allāh Muhammad al-Idrīsī, geógrafo, cartógrafo y viajero ceutí que, hacia el año 1154, dibuja un mapamundi para el Kitāb Ruyar, dedicado al rey normando de Sicilia Roger II en el que ubica la localidad de Šaqura. La importancia de Segura fue tal que su localización quedó reflejada en otras cartografías como el Mapa Mundi de Abraham y Yehuda Cresque conservado en la Biblioteca Nacional de París. Destacan por sus semejanzas formales y constructivas las torres troncopiramidales del Señor (Serra) o las de Godelleta, Espioca (Picassent), Muza (Benifaió), Raçef (Almussafes). Estas dos últimas construidas con bóvedas y muros diafragma, pertenecen a un tipo más evolucionado que las cuatro primeras (Rodriguez Navarro 2018). En la provincia de Albacete hay numerosos ejemplos de torres construidas en tapial de época islámica, de entre ellas destacan la del Morcillar (Molinicos) y la del Llano de la Torre (Yeste) ambas con forma troncopiramidal y que aún conservan lienzos del recinto o albacar. Son estructuras muy similares en forma y construcción a las torres norte y sur de Sta. Catalina de Orcera en Jaén. En el territorio del Alto Guadalquivir también se han conservado otros interesantes elementos construidos en tapial. Cabe señalar la torre de Sta. Eufemia en Cástulo (Linares), la torre de las Peñas de Castro o torre Bermeja, situada en una zona con surgencias de agua al sur de la ciudad de Jaén, con un interesante aljibe parcialmente conservado bajo la misma. Estas construcciones tienen en común el empleo del tapial pese a haberse ubicado, normalmente, sobre asentamientos previos con abundancia de piedras y sillares labrados que fueron empleados en algunos casos como cimientos o zócalos. En el Bajo Guadalquivir se han documentado una serie de torres que podrían atribuirse a época almohade. Algunas de estas construcciones se conservan en la campiña de Córdoba, cerca de La Victoria (Martínez 2005); es el caso de las torres de Don Lucas, Diezma Ayusa o Albaén. En los alrededores de Dos Hermanas (Sevilla) se conservan algunos restos datados como almohades, como la torre Corchuela y la torre de los Herberos, así como la torre de la alquería de Quintos, esta última construida en el siglo XIII poco antes de la conquista cristiana de Sevilla en 1248 (Valor 2004a: 158). También en la provincia de Sevilla se localiza la torre de la Huerta de Martín Pérez en Carmona. En el al-Sharaf (Aljarafe) los ejemplares conservados que se pueden fechar en época almohade son la torre de San Antonio (Olivares), conquistada en 1248 por las tropas cristianas de Fernando III (Valor 2004a: 146), y la torre de Don Fadrique o torre Mocha (Albaida del Aljarafe). A partir del siglo XIV, durante el reino nazarí, el uso del tapial comenzó a ser sustituido por la Šaqura era una circunscripción administrativa o'amal, inicialmente perteneciente a la cora de Yayyan, que se acabó convirtiendo en una taifa independiente. El territorio de la taifa de Šaqura fue gobernado desde 1147 y durante casi treinta años por los señores locales Ibn Hamušk y su yerno Ibn Mardanīš (Cruz 1994) 16. Un periodo en el que, junto con el resto de šharq al-Andalus, fue autónomo del Estado almohade con capital en Sevilla (Navarro y Jiménez 2012: 291-294). En este territorio segureño y sobre el río Trujala se construyó un embalse de agua, una infraestructura hidráulica destinada a irrigar las zonas cultivables de los Llanos de Sta. De la presa de tapial que contenía el agua del pantano aún se conserva, en el actual paraje denominado Garganta del Ciervo, gran parte del estribo lateral izquierdo y algunos restos del arranque (Salvatierra y Gómez 2016). La imagen de la lámina de agua del embalse aún pervive en la toponímia del lugar con el nombre de Albuhera, que es como se conoce un pequeño arroyo que discurre por ese paraje. La conquista de este territorio por los cristianos y su posterior entrega a la Orden de Santiago está suficientemente documentada por varias crónicas del momento (Caparrós 2011: 227-228). Más adelante, comienzan a aparecer relatos con descripciones de los elementos existentes en la zona como las relaciones de Francisco de León de 1468 que describen la existencia de torres, algunas hoy desaparecidas como las que había en Orcera o Catena (Eslava 1989: 374). Por las Relaciones Topográficas de Pueblos, encargadas por Felipe II en 1575, también se tienen noticias de otras torres perdidas como las de Bujalame, Benatae o Morles (Villegas y García 1976: 113-231). 16 Ibrahim Ibn Hamušk fue un muridín que se rebeló en 1144 en Socovos y tres años más tarde se convirtió en señor de Segura de la Sierra. Poco después, en 1147, su yerno Ibn Mardanīš tomó el poder en el territorio de Valencia y, más tarde, en el de Murcia convirtiéndola en su capital. Ibrahim Ibn Hamušk cedió el distrito de Segura de la Sierra a su pariente y entre ambos gobernaron esta importante taifa (1144-1172). Ibn Hamušk saqueó la región de Córdoba, arrebatando temporalmente Écija y Carmona a los almohades, llevando la guerra casi a las puertas de Sevilla. A partir de ese año, los almohades enviaron nuevas tropas desde Marrakesh, obligando a retroceder a Ibn Hamušk que, en el año 1169, adopta la doctrina unitaria y traiciona a su yerno. En 1172 muere Ibn Mardanīš, los almohades toman Murcia y mantienen como gobernador de la ciudad a su hijo Hilal que se declaró vasallo suyo. un curso fluvial llamado al nahr al abiad (río Segura), cercano al cual nacen también al nahr al Safam (río Guadalquivir) y al nahr tania (río Guadalimar) (Fig. 7). Al-Zuhrīun15, geográfo que trabajó en la corte almohade a mediados del siglo XII, afirmaba que la Sierra de Segura era una región densamente poblada, tratándose de una zona montañosa fértil, donde las cosechas, el ganado y los frutos se producían en abundancia. Indica además la existencia de unas trescientas qurà, diversos refugios de altura (ma'qil) y treinta y tres huṣûn (Guichard 1990: 58). La conexión entre ġarb al-Andalus y šharq al-Andalus se realizaba en el valle de los ríos Guadalimar y Hornos donde confluía el camino del Arrecife que venía desde Córdoba y Sevilla con el camino Collado de las Almendros que provenía de Granada, ambos se unían cerca del actual núcleo de La Puerta de Segura partiendo hacia Levante como una única vía llamada camino de los Cartagineses (Ballesteros 2000) (Fig. 8). La ciudad de Šaqura y el sistema de ḥusūn, torres, asentamientos rurales, vías de comunicación, cursos fluviales e infraestructura hidráulica del valle de los ríos Guadalimar, Hornos y Trujala en la Sierra de Segura (Jaén). hacia Góntar, núcleo en la actual provincia de Albacete. La función de esta torre fue claramente militar o defensiva, como demuestran las numerosas saeteras dispuestas en cada uno de los niveles de sus caras, todas ellas orientadas además hacia el lugar a batir o proteger (Fig. 11). Un tipo muy interesante y enigmático de estructura es la denominada torre del Agua. Es una construcción en forma de U adosada a la roca de la montaña, sin ninguna saetera, hueco o acceso y a la que no entesta ningún lienzo de muralla. Esta circunstancia ha llevado a proponer, desde el siglo XVI, que se trata de una torre que protegía una fuente o pozo, de ahí proviene la etimología de su nombre. Sería pues una construcción sin entrada a la que se accedería sólo desde arriba, a través de una presunta escalera tallada en la roca que descendería desde la cima del castillo. Posibilidad bastante inverosimil a la vista de lo escarpado de la roca de la montaña, que es vertical justo en ese punto, además de no tener ninguna lógica funcional, ni desde el punto de vista defensivo, ni del transporte o suministro del agua. Analizando la altimetría de la torre (1157 m.s.n.m.) en relación a la ciudad (1145 m.s.n.m.), el espesor y sección de sus muros, la forma de su construcción, la carencia de accesos o huecos y el trazado de las murallas de la ciudad se plantea aquí la hipótesis, que deberá ser A pesar de las torres desaparecidas, todavía subsiste hoy en día un importante conjunto de estructuras en tapial que han sido caracterizadas y descritas, desde el punto de vista constructivo y análisis de materiales, en diferentes proyectos de consolidacion y artículos (Quesada-García y García-Pulido 2015a, 2015b). Todas estas construcciones, relacionadas en la tabla 1, tienen diversas formas consecuencia de los diferentes usos a los que debieron estar dedicadas. En las partes altas de algunos destacados cerros del valle hay restos de estructuras con varias torres o con vestigios de recintos murarios. Son preexistencias más propias de ḥusūn que torres aisladas vinculadas a asentamientos agrarios. Es el caso de Peñolite o La Espinareda, que serían lo que Manuel Acién denomina como ḥusūn de distritos, es decir, fortificaciones construidas por las comunidades rurales para su refugio (Acién 2008: 159-160) (Fig. 10). En torno al núcleo de Segura de la Sierra, además del recinto amurallado de la ciudad en pésimo estado de conservación, también hay diferentes tipos de construcciones en tapial muy interesantes y vinculadas a la protección de recursos como el abastecimiento de agua o la defensa de caminos. Este último es el caso de la torre de Góntar o de las Eras que habría funcionado como estructura fortificada adelantada del recinto urbano para defender el acceso del camino que iba ciegos, creando una intrincada red de conexiones visuales entre sí y con el terreno circundante cercano. Si el control estratégico de todo el territorio del valle estaba confiado a los ḥusūn de las cotas superiores, cabe pensar que esta red inferior de torres tenía otras funciones diferentes a las estrictamente militares, como podían ser la comunicación entre núcleos poblacionales o atender necesidades agrícolas de asentamientos rurales (Fig. 9). Cerca del río Guadalimar, sobresale una estructura denominada como El Cardete (Benatae). Se trata del único elemento del valle que junto con la torre conserva aún el recinto asociado a ella. Esto ha permitido conocer demostrada en investigaciones futuras, de que este elemento adosado a la montaña, más que una torre protectora o defensiva, era un depósito de agua que abastecía al núcleo de Segura. Si disponían de tecnología para ejecutar una presa en tapial para un embalse, también tenían capacidad para construir depósitos de agua con la misma técnica (Fig. 12). En la parte baja del valle es donde aparecen la mayoría de las torres diseminadas, aisladas en mitad del campo o integradas en aldeas o caseríos. La implantación de las torres triangula el territorio en las cotas inferiores del valle, evitando ángulos muertos y puntos Figura 11. Torre de Góntar (Segura de la Sierra) tras su restauración en 2009. Es la única torre del sistema cuya función era exclusivamente defensiva, tal y como demuestran las numerosas saeteras dispuestas en todos los niveles de la torre; todas ellas orientadas para batir la zona a proteger que era el camino que llegaba a Segura de la Sierra desde la población de Góntar. El hueco con el medio punto es una apertura realizada a posteriori de la construcción original. Torre del Agua (Segura de la Sierra). Se trata de una estructura en forma de U adosada a la roca que no disponía de ninguna saetera, apertura o acceso al interior. La hipótesis que mantenemos es que esta construcción podía haber servido como depósito o regulación de agua para el abastecimiento de la ciudad a partir de algún manantial o surgente. EL SISTEMA DE TORRES MUSULMANAS EN TAPIAL DE LA SIERRA DE SEGURA (JAÉN) 20 Fig. 13. Torre y recinto El Cardete (Benatae) Es una estructura que se ubica en un altozano a media altura de una colina. El acceso a la torre se encuentra a una cota relativamente baja al estar protegido por el recinto. Es la única torre del valle que conserva todavía el albacar o recinto asociado. Un recinto que está sufriendo un rápido proceso de degradación, ruina y desaparición. Es una estructura que se localiza en una elevación a mitad de altura de un monte junto al antiguo camino de los Cartagineses que llevaba a Levante (Fig. 13). La torre mantiene el calicostrado de la fachada sur de la torre prácticamente intacto y en los tapiales de la muralla perimetral del recinto se conservan restos de calicostrado con grafías. Por otro lado, a diferencia de la torre de Góntar, que tiene numerosas saeteras en todos los niveles, la torre del Cardete sólo tiene una por cara, lo que puede ser un indicio de que esta estructura no tuvo un uso estrictamente defensivo (Fig. 14). La mayoría de las torres dispersas en las cotas bajas del valle tienen la morfología de una estructura monofásica y monolítica, sin muro diafragma, ni bóvedas en su interior. Son rectangulares y las dimensiones de su planta varían entre 7-8 x 4-5 m. En general, casi todas tienen un acceso relativamente cercano al suelo al estar, probablemente, vinculadas a un recinto amurallado o albacar que las protegía. La altura de sus cajones de tapial está en torno a los 0,75 m, siendo ligeramente diferente en cada torre (con un mínimo de 0,71 m en Fuente de la Torre y un máximo de 0,89 m en la torre de Altamira), es decir, 21 Fig. 15. Catalina (Orcera) con localización e implantación de las tres torres del mismo nombre y de las áreas regables de la zona a partir del agua embalsada en el pantano ubicado en el paraje denominado Garganta del Ciervo (Salvatierra y Gómez 2016). De la presa musulmana original, construida en tapial, aún se conservan restos de los estribos y arranque de la misma. son cajones de tamaño pequeño (algo menor de dos codos ma'mūnī). Sus agujas tienen una distribución regular; son pasantes en las zonas bajas de algunas torres y, a partir de una cierta altura, se convierten en medias agujas rectangulares de medida aproximada 7 x 3 cm, situadas a una distancia media de 75 cm. Los dinteles de huecos y saeteras están todos realizados con tableros o rollizos de madera. Las partes bajas de los muros se construyen con hileras de cantos rodados recibidos con un mortero muy rico en cal y grava. Por lo general, los muros están escalonados internamente, comienzan en su parte inferior con una anchura de cajón y medio (1,10 m de ancho) y se reducen progresivamente hasta el espesor de una caja. En los Llanos de Santa Catalina existen tres torres con igual denominación pero con tipología y forma diferentes (Fig. 15). La torre más ancha y baja, más cercana al núcleo de Orcera, tiene una estructura, dimensiones y forma muy similar al resto de las torres del valle descritas en el párrafo anterior. Las otras dos torres de Sta. Catalina (que hemos denominado norte y sur para diferenciarlas de la primera) son de planta más pequeña que las demás pero también más esbeltas y altas (Fig. 16). Se trata de construcciones monofásicas con forma troncopiramidal, sin muro de diafragma. Ambas torres tienen dos vanos, en caras diferentes, dispuestos al mismo nivel, a una altura considerable del suelo. Son aperturas originales del momento de construcción de los inmuebles como demuestra la disposición de sus dinteles de madera. Debajo de esos huecos, las torres carecen de saeteras o perforaciones (Fig. 17). El acceso a la torre sería la función de uno de esos vanos, el otro no tiene una explicación lógica a no ser que fuera utilizado para la introducción de productos o materiales. Eso indicaría que estas torres pudieron haber sido utilizadas como silo o almacén u otras funciones como vigilancia de caminos, fiscalización o control de regadíos de la presa Garganta del Ciervo. PRINCIPALES RESULTADOS Y DISCUSIÓN El estudio, análisis e indagación sobre las estructuras medievales de la Sierra de Segura está aportando una serie de datos, algunos de ellos inéditos hasta el momento, así como un conocimiento exhaustivo sobre esta arquitectura islámica construida en tapia en núcleos rurales. Los principales resultados obtenidos son: • Determinación de los criterios de implantación de las torres localizadas en las cotas bajas del valle de los ríos Trujala, Hornos y Guadalimar. Estas estructuras se colocan relativamente cerca de los ríos anteriores, siempre en la ladera de una colina, sobre un ligero altozano, nunca en la este territorio segureño y aparece en las tres torres de Sta. Catalina, El Cardete, Altamira, La Torre, Gutamarta o Fuente de la Torre (Fig. 18). • Se han realizado, hasta el momento, trece levantamientos fotogramétricos y topográficos de las torres que se conservan o de las que aún quedan restos. Estos dibujos han producido una exhaustiva documentación permitiendo su estudio estratigráfico, así como la caracterización y catalogación de estas estructuras (Fig. 19). Como consecuencia del trabajo gráfico se han podido obtener con precisión las dimensiones y métrica de cada torre, así como el tamaño de los cajones de tapial. Datos que se exponen en la tabla 3. cima del monte. Tampoco muy cerca del camino principal. La ubicación domina visualmente y controla un área de influencia cercana, que suele ser un terreno relativamente llano, adecuado para la irrigación y cultivo. Esta superficie suele estar delimitada por colinas, barrancos, montañas, arboledas o caminos y está comprendida entre 182 y 415 hectáreas, como se puede comprobar en la relación de la tabla 2. Este dato avala la apreciación de Guichard cuando indica que el término qarīa, utilizado por Ibn ai-Abbār, solía designar suelos relativamente extensos con terrenos que se extendían cientos de hectáreas (Guichard 1988: 167). Ese patrón de asentamiento es el más común en Figura 16. Torre sur de Santa Catalina. Su acceso se sitúa en la cara norte a una altura de 6,85 m. Además en la cara este existe otro hueco con el dintel de madera original que fue cegado también con tapial. La torre aún conserva intactos todos los merlones en una de sus caras. También tiene dos aperturas o vanos originales situados a 7,18 m de altura. Tanto en esta torre como en la torre sur se aprecian los mechinales para introducir rollizos de sujeción de las plataformas de acceso. Son orificios pasantes toda la anchura del muro y que se han encofrado durante la ejecución de la fábrica para dejarlos previstos una vez terminada ésta. Territorio del'amal de Šaqura con la ubicación de los diferentes ḥusūn, torres y asentamientos rurales relacionados con la topografía, el sistema hidrológico, los caminos medievales y las zonas cultivables dentro del área de influencia de cada una de las torres. Levantamiento fotogramétrico de las caras exteriores y secciones interiores de la torre sur de Sta Catalina. • Desde el punto de vista constructivo, se ha detectado la presencia en algunas torres (Puerta de Segura y Góntar) de rollizos embebidos en su fábrica colocados a modo de zuncho en los lugares donde cambia la sección del muro. Son varios maderos unidos entre sí que actúan como una especie de cadenas de atado o refuerzo en esos puntos de cambio de sección del muro. Este detalle constructivo, que ha salido a la luz en la investigación, prueba la calidad de ejecución y el desarrollo de la técnica empleada en estas torres rurales y demuestra que fueron construidas con precisos conocimientos técnicos sobre el funcionamiento de estas estructuras (Fig. 20). • Respecto al trazado, replanteo y construcción de los muros de estas estructuras, otro resultado digno de destacar, obtenido en aquellas torres con más altura, es el ataluzado que tienen siempre tres de sus caras y que varía entre 1,3-3o. Este aspecto demuestra una clara intención de diseño que tenía que ser prevista y tenida en cuenta durante el proceso de replanteo y ejecución de los tapiales, uno de los cuales debía ser colocado inclinado durante el proceso de construcción de la torre para conseguir la inclinación deseada. El ataluzado de las caras es conocido en otras torres de tapial de al-Andalus pero nunca se menciona que la cuarta cara de la torre está a plomo, un claro indicio de una precisa voluntad constructiva. Los datos obtenidos se presentan en la tabla 4. • La lectura estratigráfica de los paramentos ha permitido conocer la forma de acceder a dos de las torres de Sta. En el caso de la torre norte su acceso se encuentra a 7,18 m de altura y en el caso de la torre sur a 6,85 m. Estas considerables alturas hacían imposible que se pudieran alcanzar esas cotas con una sola escalera de madera debido a su peso y las dificultades de manejo que ello Figura 20. Media aguja rectangular dentro del tapial y conjunto de rollizos embebidos en la fábrica de la torre de Góntar, ubicadas en el punto donde el muro se escalona para cambiar de sección. Reconstrucción volumétrica de la torre sur de Santa Catalina, en la que se ha grafiado la forma de acceso, que se realizaba por medio de un sistema de plataformas voladas soportadas por rollizos pasantes que eran introducidos en mechinales preparados durante la ejecución de la fábrica de tapial. Calicostrados con falso despiece de sillares en la torre de Góntar. Detalle de las grafías y marcas recuperadas durante las labores de restauración realizadas en la torre en 2009. Góntar y recinto del Cardete, se han encontrado restos de calicostrados con grafías y dibujos simulando falsos sillares (Fig. 22). Este aspecto ratificaría el dato cronológico, dado que esa peculiar decoración está atribuida a esa dinastía beréber. En general, la construcción de torres aisladas de al-Andalus se relaciona, con la vigilancia y necesidad de defensa frente a la amenaza de un enemigo potencial, consecuencia directa de la presión de los reinos cristianos o a la confrontación entre sí de las distintas taifas andalusíes. Es decir, a estas estructuras se les asigna siempre una utilidad militar. Sin embargo en diferentes entrañaría. Se ha podido determinar que el sistema de acceso era por medio de plataformas que, a modo de andamio anclado en mechinales previstos durante la ejecución del tapial, permitían un acceso lógico y racional (Fig. 21). Además también servirían para el registro interior de la torre, ya que los mechinales son pasantes, lo que quiere decir que las maderas introducidas en ellos podrían servir para plataformas tanto exteriores como interiores. • Se han datado cronológicamente algunas de estas estructuras por medio de análisis de radiocarbono 14 a partir de muestras procedentes de elementos de madera y cal. Las pruebas realizadas en las torres sur y norte de Sta. Catalina, El Cardete, Peñolite y La Puerta de Segura han aportado una datación comprendida entre los años 1018 y 1155. Un ensayo más en una costra de cal de la torre sur de Sta. Por lo tanto, se puede afirmar que estas torres son anteriores a la conquista cristiana del territorio que se produjo alrededor de 1214. Si se atiende a la fecha de datación más antigua (1018), podrían haber sido construidas durante la taifa de Segura. En su fecha más tardía (1155) significaría que se construyeron en pleno dominio almohade. Esta última datación parece la más probable, si a las fechas obtenidas en los análisis se suma la edad del árbol con el que se construyeron los elementos leñosos. En las torres de la inundación del paso a través de una serie de compuertas ubicadas en el río Guadalimar (Fig. 23). Por otro lado, independientemente del uso que pudieran tener estas torres, las estructuras de la Sierra de Segura tienen una alta calidad constructiva que las ha mantenido en pie sin intervenciones durante más de ocho siglos. Calidad de ejecución que no se improvisa. El nivel de conocimiento y homogeneidad en la ejecución de la técnica de tapial encontrado, no sólo en la Sierra de Segura sino en otros lugares dispersos y alejados de los núcleos principales de al-Andalus, podría indicar dos cosas: la gran versatilidad de una técnica importada del norte de África que, en menos de treinta años, permitió su diseminación y asimilación en todos los estratos de la sociedad andalusí o que el Estado almohade llegó a todos los rincones de al-Andalus, en un proceso de control progresivo del territorio. Se argumenta que los señores andalusíes, que controlaron el territorio del Levante peninsular antes de la expansión de los almohades, desarrollaron un ambicioso programa de arquitectura que a menudo ha venido confundiéndose con la almohade (Navarro y Jiménez 2012). lugares, como la Alpujarra almeriense alejada de la frontera cristiano-musulmana, está documentada la presencia de torres en alquerías y asentamientos agrarios, lo que indica que este tipo de edificación en altura también pudiera estar relacionada con usos diferentes al militar, como la comunicación o el almacenamiento agrícola. Además la disposición de las torres y asentamientos segureños no sigue el esquema de anillos en torno a una ciudad, como ocurre en el entorno valenciano sino que se sitúan a lo largo de caminos y ríos. La mayoría de ellas son torres que no forman parte de castillos o recintos defensivos, ni son atalayas para dar aviso de lo que se descubre en la lejanía. Son torres que se sitúan en zonas bajas, a media altura de las colinas y en altozanos. La vigilancia estratégica del valle del Guadalimar, dada su altimetría y configuración orográfica, debió estar controlada por ḥusūn situados en las cotas más altas que verían cualquier peligro mucho antes que las torres localizadas cerca de los cauces de los ríos. El único ḥiṣn situado en las cotas bajas del valle habría sido el de la Puerta de Segura (579 m.s.n.m.) que, como su topónimo indica, controlaba el acceso oeste al valle por medio de Figura 23. Levantamiento fotogramétrico de alzados y secciones de los restos de la torre El Castillo (La Puerta de Segura). Este castillo es el único ḥiṣn ubicado en una cota baja del valle y su función era, como el toponímico de la ciudad indica, controlar el paso hacia el interior del valle inundándolo por medio de una serie de compuertas ubicadas en el cercano río Guadalimar. Fuente: elaboración propia. las tierras fértiles y accesibles. Por tanto, además del ocasional y posible refugio de campesinos, estas torres de la Sierra de Segura albergarían otras funciones, múltiples y complementarias, como serían las de siloalmacén, granero o eficaces elementos de comunicación entre núcleos cercanos, con los ḥusūn o con la medina. Algunos de esos poblamientos todavía mantienen sus usos rurales (Altamira, La Torre, Catena), otros los han mantenido hasta hace poco (Gutamarta) y varios se han convertido en núcleos urbanos (Orcera, Benatae). Una de las principales aportaciones de este trabajo ha sido revelar estos criterios de implantación de estas construcciones en tapial diseminadas. Los resultados obtenidos permiten concluir que el paisaje del'amal de Šaqura estaría conformado por una medina principal con un castillo (Segura) junto con varios ḥusūn como los de Espinareda, Peñolite o La Puerta de Segura; castillos rurales que estarían asociados a diversas qurà o alquerías distribuidas cerca de los tierras de labranza existentes en la parte baja del valle. Estos núcleos rurales serían nodos de un conjunto de infraestructuras, relacionadas entre sí y compuestas por terrenos cultivables, caminos, vías pecuarias y recursos hídricos. A modo de conclusión, siempre provisional, se puede mantener que esta investigación sobre el sistema de torres existente en la Sierra de Segura está permitiendo profundizar en aspectos poco conocidos de este tipo de construcciones dispersas rurales. El trabajo está parametrizando y midiendo una serie de variables que inciden en la implantación de las mismas en el territorio como son: el emplazamiento, la cercanía a caminos y fuentes de agua, la elevación del terreno y su topografía, la superficie cultivable circundante, la distancia existente entre torres y asentamientos urbanos o los materiales y técnica constructiva, entre otros aspectos. La descripción y cuantificación de estas variables aporta un conocimiento y apunta hacia una metodología que servirá, junto con las necesarias actuaciones arqueológicas, para confirmar las hipótesis aquí expuestas, además de caracterizar con precisión los asentamientos rurales de al-Andalus. Este trabajo es uno de los acercamientos con los que se puede tratar de alcanzar a conocer ciertos aspectos de la sociedad rural musulmana andalusí que los textos antiguos dejan casi en su totalidad en sombra y sobre la que sólo se puede arrojar algo de luz con multiplicidad de enfoques fragmentarios y pluridisciplinares. La comprensión que brindan los datos extraídos en este trabajo, concreto y siempre parcial, permitirá enfrentarse y abordar con una nueva perspectiva la Si estas torres en tierra fueron construidas por señores o por propietarios andalusíes de las tierras significaría que la técnica del tapial estaba lo suficientemente desarrollada como para ser independiente de factores locales que, en cualquier caso, siempre habrían dejado una impronta particular en la forma de construir, Sin embargo, estas diferencias no se aprecian. Si estas construcciones rurales fueron mandadas construir por el Estado almohade en asentamientos agrarios existentes como parte de sus programas de edificación, significaría que había unos criterios precisos de construcción pública en tierra que se aplicaron de forma relativamente planificada en todo el territorio para su explotación agraria, control o fiscalización. Esta cuestión deberá ser objeto de profundización en futuras investigaciones, para las que será especialmente necesaria la asociación de fuentes históricas, trabajo de campo, análisis y comparación de datos y resultados obtenidos por varias disciplinas. A raíz de los estudios estratigráficos realizados, la presencia en los caliscostrados de grafías simulando falsos sillares, la comparación con ejemplos similares de al-Andalus y los resultados obtenidos a partir de ensayos de radiocarbono 14, se puede concluir que estos elementos de arquitectura en tierra de la Sierra de Segura son construcciones islámicas, datadas en el siglo XII, probablemente de origen almohade; lo que significa que, no solo en las ciudades sino también en el territorio rural de al-Andalus, la técnica constructiva de la tierra apisonada en tapia tuvo una enorme difusión y penetración, llegando a tener un alto grado de depuración técnica. En la Sierra de Segura existen diferentes tipos de torres en tapial con formas diversas condicionadas por los distintos usos que debieron tener. Hay una torre con una clara función defensiva como es la de Góntar muy cerca del camino que protegía. La torre del Agua estaría relacionada con los recursos de abastecimiento de la ciudad. En lo que se refiere a la parte baja del valle la presencia de diversas torres aisladas parece señalar la presencia de asentamientos rurales de primer orden, diferentes de los ḥusūn, tal y como se ha demostrado en la región valenciana o en las Alpujarras. Estas torres segureñas estarían asociadas a varios tipos de poblamientos rurales que podían ser alquerías (qurà), cortijadas (maŷāšir) o granjas (raḥāl), todos ellos dedicados a actividades productivas de explotación de implantación de estos elementos rurales construidos en tierra y diseminados en el territorio. El conocimiento, cada vez más profundo, de los entornos y relaciones de estas construcciones rurales permitirá introducir nuevos criterios y establecer innovadoras pautas metodológicas útiles en la investigación sobre el paisaje que dibujan estas arquitecturas dispersas. Agradecemos a aquellos compañeros que generosamente han compartido con nosotros sus conocimientos sobre arquitectura y construcción islámica en tierra, así como a investigadores de otras disciplinas que han aportado luz sobre aspectos que han complementado nuestras hipótesis. Este trabajo se ha beneficiado enormemente de los comentarios y sugerencias de los revisores anónimos, a los cuales también agradecemos sus anotaciones.
Portugal) es un complejo arquitectónico formado por dos recintos amurallados, con una gran cisterna en el interior del mayor, y la pequeña El Castelo dos Mouros, gracias a su situación sobre un promontorio de las estribaciones de la Sierra de Sintra, a la vista de la costa atlántica, domina una extensa planicie que se extiende hasta el estuario del río Tajo, permitiendo entender su función como centro de defensa de un territorio esencialmente rural (Coelho 2000: 210). La fortificación dibuja un gran recinto de planta irregular en el que tradicionalmente se distinguen dos líneas de muralla (Figs. El resto del recinto se interpreta como una gran albacara que daría abrigo a la población en momentos de conflicto (Pavón 1993: 20). Esta última hipótesis estaría avalada por la existencia de una gran cisterna subterránea en su perímetro (Coelho 2000: 210), importante referencia del castillo, que alimenta su leyenda por la abundancia de las aguas que recoge. Las descripciones y grabados de viajeros y estudiosos de los siglos XVIII y XIX califican la construcción de esta estructura hidráulica como "obra de moros", adscripción admitida por autores recientes (Coelho 2002: 391). Extramuros del castillo y a escasos metros del lienzo este, se erige la pequeña iglesia de São Pedro de Canaferrim, de una nave y ábside rectangular. El estudio comparativo de esta primera fábrica con la de otros recintos Figura 1. El conjunto del Castelo dos Mouros y estructuras analizadas (con trama). Si bien algunos autores preconizan una cronología de plena ocupación islámica para este lienzo (siglo XI), en atención a la mención de fortificaciones en Sintra en las fuentes de este periodo4, sin descartar tampoco un origen anterior para el mismo (Cardim 1998: 201; Torres y Macías 1995: 167). También las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en la iglesia de São Pedro de Canaferrim, y en el espacio entre ésta y la muralla oriental del castelo, en los años 1981 y 1993-2001, evidenciaron un horizonte de ocupación islámica extramuros, de los siglos IX-XII, cuya cronología se hizo extensiva al conjunto de la fortificación. Más específicamente, y aunque los niveles de excavación se hallaron muy alterados por la intervención romántica del siglo XIX en el conjunto, fue posible distinguir unos primeros asentamientos poblacionales en el Neolítico Antiguo y Bronce Final. Sobre ellos se superpone la ocupación de época islámica señalada, en la que fundamentalmente se documentan silos y espacios de almacenamiento. Las últimas campañas, realizadas entre los años 2009 y 2012, de nuevo junto al lienzo oriental de la fortificación, tanto al interior como al exterior del mismo, y en el marco de las cuales se llevó a cabo el presente estudio, ratificaron en líneas generales la secuencia histórica señalada: Neolítico Antiguo, Bronce Final, ocupación islámica entre los siglos IX-XII y necrópolis cristiana asociada a la iglesia, la cual se extiende incluso tras el lienzo de muralla (Sousa 2013(Sousa, 2015;;Cardoso y Sousa 2014; Sousa y Carvalho 2015; Fernandes et al. 2016; Gouveia y Sousa 2017). Sin embargo, algunas de las estructuras habitacionales islámicas documentadas en dichos trabajos aparecían amortizadas por la construcción de la muralla (Sousa 2015: 263), lo que supone la edificación de esta última con posterioridad a las mismas, a partir del siglo XII, planteando la necesidad de una revisión de la tradicional adscripción islámica del castillo. EL LIENZO ESTE DE LA MURALLA, LA CISTERNA ABOVEDADA Y LA IGLESIA DE SÃO PEDRO DE CANAFERRIM: ESTUDIO ARQUEOLÓGICO El análisis realizado, dentro del ámbito de la Arqueología de la Arquitectura, afecta al lienzo este de la muralla del segundo recinto del castelo, que cierra el acceso más fácil al mismo, en una vaguada de la montaña. También a la cisterna localizada en el interior de este perímetro, y a la iglesia extramuros de São Pedro de Canaferrim. Los datos extraídos de la lectura de paramentos, la relación histórica de los elementos citados y las semejanzas tipológicas de sus fábricas, junto con los datos documentales y arqueológicos conocidos, permiten armar una evolución crono-constructiva del conjunto. Ésta retrasa la adscripcción cultural tradicionalmente considerada para el mismo, siendo posible definir siete etapas históricas que abarcan desde la segunda mitad del siglo XII hasta el siglo XX (Fig. 3). El lienzo este de la muralla consta de 3 torres (que denominamos 1, 2 y 3, de Norte a Sur) y 4 paños de muralla, dos de ellos entre torres (paños 1/2 y 2/3) y los Figura 2. Vista general del recinto fortificado definido por la segunda línea de muralla. 4 otros dos, extremos, que se adosan contra la roca que aflora del terreno natural (paños 0/1 y 3/4). En el extremo norte del paño 1/2 se encuentra la puerta principal de la fortificación. Esta nomenclatura la hemos seguido tanto en el exterior como en el interior del lienzo de muralla. Las habitaciones adosadas en el interior del recinto se denominan 1 y 2 (Norte y Sur respectivamente) y los muros que las conforman se identifican por su orientación cardinal. La cisterna, de planta rectangular y cubierta abovedada, no presenta especiales problemas en su nomenclatura, siendo designados sus muros por su orientación cardinal, tanto al exterior como al interior. El mismo sistema hemos seguido en la iglesia de San Pedro de Canaferrim, donde distinguimos además entre nave y cabecera. La primera etapa identificada en el castillo supone la construcción de su línea defensiva oriental (AA 101, 102, 103, 104 y 105), de la que desconocemos su cierre en el extremo norte, pero que define la fortificación originaria, incluyendo sus accesos. Su obra se conserva en todos sus paños (salvo el 0/1) y en dos de sus tres torres (salvo la 1), tanto en las caras externas como en las internas (Fig. 4). Se trata de tres paños de muralla (paños 1/2, 2/3 y 3/4), delimitados entre torres (2 y 3), cuyas características formales presentan notables diferencias. La torre 2, de pequeñas dimensiones, es maciza y su planta semicircular sobresale al exterior de la línea de muralla. La torre 3 es hueca y de mayor tamaño, sobresaliendo con planta semielíptica hacia el exterior de la fortificación y con una planta rectangular hacia el interior. Pese a la ausencia de mechinales, debieron que hubo de existir un cierre topográfico del lienzo en el extremo septentrional, el módulo reducido de los mampuestos a una altura tan cercana a la cota de suelo podría equiparar esta fábrica con la posterior reforma de la puerta principal, en la etapa II (UE 1012). emplearse andamios para su edificación, dada la considerable altura de la muralla. Su aparejo es de sillarejos irregulares de gran tamaño y formas cuasi cuadrangulares, que se disponen en hiladas horizontales, alternándose con otras más pequeñas de regularización. Estas últimas quedaban ocultas tras un revoco de cal que sellaba las juntas, y que hoy sólo es visible en las zonas inferiores del muro, gracias a las excavaciones arqueológicas. Pese a las diferencias de aparejo observadas entre el interior y el exterior del lienzo (piezas más irregulares al interior), y de módulo, entre la parte inferior y la superior, las relaciones estratigráficas y sus características comunes (ausencia de mechinales de construcción y restos del revoco que sellaba las juntas), permiten considerarla una misma obra. Las zarpas de cimentación de las torres 2 y 3 ya fueron observadas por Pavón, quien también remarcó las diferencias tipológicas y de módulo en la fábrica anteriormente señaladas (1993: 23), y que obedecen, en nuestra opinión, a criterios funcionales en el proceso constructivo. Factores "poliorcéticos" o estratégicos debieron influir, en cambio, en la diferente morfología señalada entre las torres 2 y 3. La primera, un paso habitual del adarve, funcionaba estructuralmente a modo de contrafuerte, cosiendo los paños 1/2 y 2/3, excesivamente largos y situados donde el lienzo de muralla es más alto y se produce un ligero quiebro en su trazado. La torre 3, en cambio, actuaba como puesto de vigilancia avanzada y servía de acceso al adarve, con una escalera interior cuyos restos quedaron ocultos por la restauración romántica del siglo XIX (Etapa VI). En definitiva, los constructores del castelo optaron por una manera rápida y económica de alzar muros de gran altura, espesor y longitud, regularizando con piezas menores, sillarejos elaborados solo parcialmente. Todo ello, junto con el rejuntado final de la obra, generaba un falso aspecto homogéneo y una imagen de solidez y buen hacer cuyo mérito consistió en maximizar el uso de la topografía como defensa natural (Figs. En la parte inferior norte de la torre 1 al exterior, y continua con la zona inferior del paño 0/1, se identifican algunas hiladas de una fábrica de mampostería aristada con regularización (UE 1245). Aunque podría tratarse de la obra ya descrita de la Etapa I (UE 1002), puesto En la parte inferior del paño 3/4 también queda aislada una unidad estratigráfica con restos de una jamba y un dintel (UE 1018). En este caso, por su identidad tipológica sí es posible equipararla con la obra originaria (UUEE 1002 y 1010), asegurando así que la primera muralla se extendía hasta dicho punto, en el extremo meridional del lienzo este, donde se abría un pequeño portillo. La puerta de acceso principal al castillo se sitúa en el extremo contrario (paño 1/2), que en su alzado exterior se remete en este punto respecto de la línea de muralla para proteger su acceso, flanqueado al norte por la torre 1. Tanto al exterior como al interior de la puerta puede establecerse una clara diferencia entre las jambas, salmeres y fábricas laterales (UUEE 1010 ext. y 1129 int.), originarias, y las dovelas del arco y su fábrica (UUEE 1012 ext. y 1231 int.), pertenecientes a una etapa posterior (Etapa II). Los salmeres exteriores del arco, que se conservan en su posición original, trazan una figura de medio punto, negando la existencia previa de otro de herradura y proponiendo una cronología cristiana para la primera fase de la muralla, al menos en el lienzo estudiado (Fig. 7). Estos datos son concordantes con los resultados de las últimas excavaciones realizadas en el lienzo este de la fortificación. Como se ha señalado, en ellas se constata la construcción de los paños de muralla 1/2 y 2/3 sobre estructuras habitacionales anteriores, asociadas a cerámicas domésticas encuadrables entre los siglos XI y XII, y que señalan una fecha post quem para la construcción de la muralla, a partir del siglo XII (Sousa 2015: 263). En conclusión, los argumentos estratigráficos y tipológicos ofrecidos por el análisis de los alzados, así como los datos aportados por las excavaciones del subsuelo nos llevan a rechazar la cronología altomedieval de estos lienzos y, concretamente, su adscripción cultural islámica. De esta manera, se puede inferir la construcción del castillo a partir de la segunda mitad del siglo XII, igualándolo cronológicamente con la iglesia extramuros de São Pedro de Canaferrim, de época románica como ya se ha indicado (Real 1982(Real -1983;;Saldanha 1988; Rodrigues 1995: 258; Cardim 1998: 221), y con la que guarda semejanzas tipológicas como se verá a continuación. Al igual que el castelo, la obra de la iglesia de Canaferrim es de mampostería de granito, aunque emplea piezas más heterogéneas, que se disponen en hiladas horizontales continuas. La fábrica se levanta de nuevo con muros de doble hoja, por medio de bancos, pero emplea para su edificación andamios con agujas pasantes (UUEE 1600, 1614 y 1618), a diferencia de la obra del castelo. Como en la fortificación, también se observan diferencias de módulo entre los mampuestos de la nave (UUEE 1614 y 1618) y los sillarejos del testero del ábside (UE 1600), que una vez más se deben relacionar con un cuidado en la cimentación de éste último. Otra peculiaridad de la cabecera, de nuevo vinculable con la obra del castillo, es el rejuntado de sus muros, conservado aún en algunos puntos (Fig. 8). Puerta de acceso al castelo en el lienzo oriental, al exterior. tanto, hemos de remitirnos nuevamente a la conquista cristiana del territorio en 1147 y a la concesión de Carta Fuero en 1154 por parte del monarca Alfonso Henriquez a la villa de Sintra. Estas cuatro parroquias fueron en origen, por tanto, de patronato regio. En el ábside, pertenecen al momento originario su cubierta abovedada, la estrecha ventana de su testero, las dos credencias de los muros norte y sur (a las que se ha asignado una cronología moderna que debe rechazarse; Serrão 1980) y el arco de su embocadura, con sus jambas, impostas, arco doble y columnas entregas con basas y capiteles decorados. El acceso sur de la iglesia conserva su morfología original de arco de medio punto con tímpano, a pesar de su restauración en el siglo XX (Etapa VII; Fig. 9); mientras que las ruinas sucesivas del acceso oeste impiden conocer su tipología primitiva. El estudio de los capiteles del ábside y de la portada sur marca un horizonte de construcción de la iglesia dentro del románico avanzado, entre la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII (Figs. Por mampostería ordenada, con hiladas de regularización y sin mechinales de construcción, que se eleva por bancos de obra (UUEE 1020 ext. En su edificación se amortizó el portillo del extremo sur (Fig. 12), que fue sustituido por otro nuevo en el extremo opuesto con dintel en "T" y jambas de sillería con derrame interior, indicando el uso habitual de dicho paso (Fig. 13). Destaca en esta restauración el quicio de la jamba sur, realizado ex profeso para esta obra como demuestran su material y talla diferente (caliza blanca y "gradina"), además de estar acuñada, lo que aporta una cronología de la segunda mitad del s. XII (Bessac 1986: 67, "gradina"). Estos datos permiten situar la restauración de este vano en En el lienzo este del castillo se constatan dos derrumbes y restauraciones, independientes entre sí, en el paño 3/4 (AA 107 y 108) y en el acceso principal (AA 109 y 110). Etapa II (siglos XIII-XIV). Ruinas estructurales y reformas históricas En la reconstrucción del paño 3/4 se emplea un aparejo en la base al exterior, que combina cajones de mampostería entre machones de sillería (UE 1019), sobre el que se alza una fábrica de Esta reforma incluyó también la reconstrucción del paño sobre la puerta, con un aparejo cuidado y regular, alzado con andamios armados con almas. También la construcción o la restauración de la parte inferior de la torre 1 y del paño 0/1 (UE 1245)6. Y es que, dado que estos últimos elementos no se conocen con seguridad en la etapa primera, puede proponerse que la reparación de la puerta de acceso al castillo supusiera, o bien la reconstrucción de estas fábricas tras su hipotética ruina (lo más probable, caso de aceptar su existencia en la primera etapa), o bien su construcción ex novo. Podemos concluir que la ruina y la reconstrucción de la puerta se producirían en momentos seguidos, encuadrables en la Plena o en la Baja Edad Media y que, aunque no podemos relacionar esta reconstrucción con la del paño 3/4, ambas obras afectaron a largos tramos del lienzo este, lo que supone un uso habitual de la fortificación que justifique tal inversión. Distintos documentos mencionan reconstrucciones en la fortaleza por el monarca Alfonso Enriques en 1149 y durante los reinados de Sancho I "el Poblador" (1154-1212) y de Fernando I "el Hermoso" (1373). No obstante, existen también referencias del asentamiento de una comunidad judía en el castelo, durante el siglo XV, segregada del resto de la población por orden regia y expulsada definitivamente por el monarca D. Manuel I en 1496 (Cardim 1998: 220). En la iglesia de São Pedro de Canaferrim se documentan asimismo reformas sucesivas, encuadrables en la etapa II (Fig. 16). La primera de ellas (IIA) se produjo tras la ruina, probablemente temprana, del muro norte de la nave y de la parte septentrional del testero oeste (UE 1628). Su reconstrucción (UE 1619) se efectúa con una fábrica de mampostería heterogénea, levantada por bancos de obra con mechinales pasantes, donde la unión de la esquina noroeste de la nave se refuerza con encadenado de sillería al exterior. La reforma supuso la construcción o reconstrucción de un vano rectangular en el muro norte, cuya diferencia de cota con el nivel de la iglesia es importante (más de 1m), lo que plantea el problema de su función, ya que es difícil conciliar el uso simultáneo de tres puertas para la pequeña capilla (accesos sur, oeste y norte). Reconstrucción histórica (Etapa II) del arco de la puerta del lienzo oriental (interior). Jamba sur de la puerta principal del castelo al interior, con gorronera de material y talla diferente. 12 otros ejemplos portugueses, supone la existencia de una sacristía, torre u otra estancia aneja al muro norte, que no habría llegado hasta nosotros por estar realizada con materiales perecederos (Fig. 17). Tras esta reforma, de nuevo fallaron los muros norte y oeste (A 304), implicando otra reconstrucción (IIB, UUEE 1601 y 1621), también en mampostería, que se dispone en hiladas sinuosas con piezas escuadradas, algo mayores que en la reforma anterior (Fig. 18). Esta segunda ruina afectó de nuevo al vano norte, con un dintel posiblemente más alto que el originario, y sobre el que se abren además tres pequeñas ventanas adinteladas, estrechas y abocinadas. También supone la presencia de una puerta en el muro oeste, donde sendas impostas en este acceso evidencian la existencia de un arco, cuya sillería fue robada posteriormente (Fig. 19). De nuevo se plantea un problema de interpretación por si hubo o no un vano previo y la diferencia de cota con el suelo de la nave. Si, como afirma Real (1982Real ( -1983: 529-560): 529-560), los capiteles existentes en el Museo Arqueológico de Sintra pertenecieron a esta portada oeste de la capilla, debemos aceptar su existencia desde la primera etapa, puesto que estos capiteles y los del arco del ábside son coetáneos, en opinión de este autor (Ib. Lamentablemente, carecemos de otros argumentos que vinculen estas piezas del museo con la iglesia de Canaferrim. La última reforma (IIC) corresponde a la decoración pictórica del ábside, de la que aún quedan restos (UE 1605). La posición estratigráfica de estas pinturas, posteriores al rejuntado original y al encalado interior7, preconiza una cronología tardía para las mismas. Su datación en época gótica (siglo XV) (Serrão 1980) ratifica su alejamiento de la obra románica, indicando además la prolongación del uso cultual de este espacio8 (Fig. 20). Un documento de 1493 recoge el abandono del edificio en esta fecha, señalando su profanación por la comunidad judía segregada en la fortaleza (Cardim 1998: 222). La gradual transferencia política y poblacional del núcleo habitacional en altura a la villa en crecimiento al pie de la sierra, y la remodelación de la iglesia de San Pedro de Penaferrim en el siglo XVI, nombrada sede parroquial frente a la antigua de la fortaleza, debieron ser factores decisivos en el abandono de esta última (Saldanha 1988: 36; Serrão 1989: 36). Antes de concluir la explicación de esta segunda etapa, debemos tratar de la fecha de construcción de la cisterna de la fortificación (Fig. 21). Esta obra es de planta rectangular y está jalonada al interior por seis pilares que sirven de asiento a los arcos fajones que sustentan su bóveda de cañón (restaurada en la Etapa VI). Está realizada con sillería granítica que remata en los muros longitudinales en una sencilla línea de imposta continua (UE 1500). Se accede a su interior por una puerta en el testero sur con remate apuntado, desde donde una escalera desciende hasta la cota de suelo (Fig. 22). En el centro de este suelo existe una pileta circular para facilitar su limpieza. La sillería utilizada para la construcción de esta cisterna es reaprovechada. Así lo evidencian: a) sus aristas escantilladas y ángulos redondeados; b) las marcas longitudinales existentes en el primer pilar suroeste de la cisterna, interrumpidas por la obra indicando que no fue este su lugar original; c) el escaso número de marcas Figura 19. Acceso oeste al interior de la nave de la iglesia de S. Pedro de Canaferrim. Restos de las pinturas de la bóveda del ábside de la iglesia de Canaferrim. 14 de cantero en relación con el número total de piezas de sillería de la cisterna, que sugieren que probablemente otras se hallen ocultas por la reutilización; d) los problemas de acoplamiento de sillares resueltos con pequeños codos; y e) las huellas de pico realizadas para recibir argamasa y visibles en las caras externas. El funcionamiento de esta obra, excavada en la vaguada o talweg del barranco, es similar al de un pozo. La fosa realizada para su construcción corta el nivel freático del terreno que filtra el agua al interior de la cisterna. Esto explica la escasa variación del nivel de agua en su interior, que mantiene las mismas constantes que el freático del terreno, con escasas oscilaciones dadas las condiciones climáticas de la zona y las características geomorfológicas del macizo subvolcánico de Sintra. A la función evidente de recoger y almacenar el agua de la naciente del arroyo para uso de los habitantes del castillo, se debe unir la de protección del lienzo de muralla oriental de las aguas de escorrentía del barranco. Y es que la construcción de este último, transversal a la vaguada, implicó el cierre artificial de la misma y, necesariamente, la acumulación de agua en su base, puesto que no existen, según los datos que manejamos hasta el momento, elementos originarios de desagüe del agua en la parte inferior de la muralla. Esta segunda función del aljibe implicaría, de comprobarse, su construcción coetánea o inmediatamente posterior al lienzo este de la muralla. La existencia de marcas de cantero en la sillería reutilizada en la Figura 21. Cisterna del castelo con la bóveda reconstruida (Etapa VI). Escaleras de sillería reutilizada en el acceso a la cisterna del castelo. La Etapa III en el Castelo dos Mouros supone la construcción de una o dos grandes estancias adosadas al interior del lienzo este de la fortificación (denominadas comunmente "caballerizas"), con dos puertas originales en el lado oeste (UE 1211). Su aparejo es de mampostería de módulo medio, regularizada con verdugadas de lajas que se disponen a veces a sardinel, aunque no llegan a completar las hiladas, y está construido de nuevo con andamios pasantes y una cimentación poco potente. La altura de sus muros, como mínimo la del adarve actual, y su amplia luz, de casi 9 m, implicó necesariamente la colocación de una viga de madera para su cubierta, intermedia, longitudinal y sustentada por varios pilares (Figs. Durante los trabajos de excavación arqueológica realizados en el interior de las habitaciones aparecieron cimientos de estos posibles pilares, alineados en su eje longitudinal. En un segundo momento, probablemente no alejado en el tiempo (Etapa IV), estas estancias sufrieron una remodelación que supuso la división en dos alturas de la habitación norte (AA 117, 118, 119, 120 y 131), siendo posible establecer una relación entre este forjado y la construcción del muro que divide las habitaciones (UE 1220; que pertenecería, por tanto, a esta Etapa IV), ya que no existen indicios de este suelo alto en la habitación sur. La construcción de este forjado interfiere construcción de la cisterna, acota una fecha post quem para la construcción del edificio que originariamente empleó esta sillería: finales del siglo XI -principios del XII (Esquieu y Hartmann-Virnich 2007: 331-358). La reutilización de este material para la cisterna de la fortificación ha de ser, por tanto, necesariamente posterior al s. XII, sin que se pueda precisar con mayor exactitud su datación. Por otro lado, tampoco es plausible antes de esta fecha la erección de una bóveda con fajones que cubra una luz de 6 m (Utrero 2006: 120-121). También hemos de tener en cuenta, dentro de las hipótesis de construcción de la cisterna, las características de su puerta de acceso con remate apuntado. Aunque las piezas se recolocaran en una restauración posterior (Etapa VI), es probable que éstas sean las originarias de la estructura, lo que permitiría inferir una cronología gótica (siglos XIII-XIV) para la puerta. De esta forma, parece posible asegurar la edificación del aljibe en un momento posterior a la primera etapa, entre los siglos XIII y XIV, en posible relación, por tanto, con las grandes reformas llevadas a cabo en el castillo en la Etapa II. en el interior del recinto, y cerca de la cisterna, de lo que "(...) pareciam ser filas de estábulos, os telhados suportados por pilares de secção quadrada (...)", lo que permite plantear dos fechas para las cubiertas de las estancias y para la construcción de estos habitáculos. La mención de este autor a "filas de estabulos" dentro de las estancias podría referirse al uso ganadero descrito en esta etapa (Etapa V), lo que implicaría una fecha de construcción y abandono de las mismas anterior a su cita. Sin embargo, el escritor inglés menciona también la cubierta de las estancias con "(...) os telhados suportados por pilares de secção quadrada (...)", lo que no cuadraría con el techado propio documentado para los establos, que se habrían construido una vez arruinada la cubierta de las habitaciones, sino la necesaria para soportar la originaria de las estancias. Esto supondría la construcción de los habitáculos ganaderos en una fecha posterior a la visita de J. E. Alexander, y más cercana, por tanto, a la intervención del monarca D. Fernando II en el castillo (Etapa VI). Una tercera solución podría resolver la aparente contradicción, de aceptar que la función de las estancias fuera estabular desde su origen, cuando aún no se habían construido los habitáculos supuestamente ganaderos. Etapas III, IV y V (siglos XV-XVIII lienzo este; siglos XVI-XIX iglesia). Estancias intramuros y obras de época moderna Por otro lado, y también dentro de la Etapa V de la fortificación, se cegó el portillo existente en el extremo con la altura de la puerta norte de la habitación que, sin embargo, no conserva indicios de haberse cegado por tal motivo. En la etapa V, el abandono de ambas estancias produjo el paulatino derrumbe de sus cubiertas y la ruina de la parte superior de sus muros perimetrales 9 (UE 1219). La ausencia de cubierta en las habitaciones no impidió su reaprovechamiento posterior. En ambas estancias se adosaron al muro divisorio, sobre un nivel de escombros, una serie de muros bajos de mampostería, de los cuales solo se conservan los de la estancia norte, probablemente establos o corrales para ganado menor (UE 1209). A esta obra pertenecen también: a) el enfoscado que recubre la primera estancia y el sector norte de la segunda; b) el desagüe que atraviesa el lienzo de muralla en el paño 2/3 y que daría servicio a estos corrales (UUEE 1208 int. y 1026 ext.); y c) la colocación de una puerta de madera (UE 1218) en la entrada de la estancia norte (Fig. 25). Una cita contradictoria del escritor inglés James Edward Alexander en 1834 (1803-1885) señala la existencia 9 Y quizá también, como consecuencia, se acabaron arruinando la parte superior del paño 2/3 y de la torre 3 (UE 1017, Etapa VI), y la parte superior del paño 1/2 y de la torre 1 (UE 1017, Etapa VI). norte del paño 3/4 (UE 1021), lo que implica un importante cambio de usos en la fortificación, al cerrarse un acceso de uso histórico. Tanto la construcción de las estancias en la Etapa III, como su remodelación en la Etapa IV, parecen relacionarse con un uso habitual del castillo no muy alejado cronológicamente de las grandes reformas de la Etapa II. Su abandono y ruina posterior, reflejado en la descripción del escritor J. E. Alexander (1834), indica una fecha posterior para la Etapa V, probablemente cercana a la intervención del monarca D. Fernando II (Etapa VI). También en la iglesia de Canaferrim se documentan pequeñas actividades encuadrables genéricamente en un horizonte cronológico que va desde el siglo XVI hasta la primera mitad del XIX (Fig. 26). Se trata fundamentalmente de huellas negativas, que reflejan el abandono del uso original de la iglesia y la asignación de nuevas funciones que, en el caso del ábside, implican: a) la reducción de la luz del vano del testero (UE 1609); b) la colocación de un cierre tipo puerta en el arco de embocadura, vinculable a los huecos abiertos en las jambas (UE 1606) y en el zócalo del arco (UE 1607); c) la colocación de otros elementos de cierre como el pequeño rebaje en su imposta sur (UE 1611). Los huecos de las jambas y el zócalo del arco de la cabecera fueron reflejados en el grabado de la iglesia realizado por William Burnett (1830) (Fig. 27)10, por lo que ya en esa fecha habían perdido su uso. Por el contrario, no aparecen dibujadas otras huellas para colocar una reja de hierro, existentes en los fustes, capiteles e intradós del mismo arco, lo que indica su colocación en una fecha posterior (Etapa VI). Otras acciones también documentadas en la iglesia, y pertenecientes a este segmento temporal, resultan más difíciles de interpretar, como las dos gorroneras del vano del muro norte (UUEE 1629 y 1630), ya que resulta imposible su uso simultáneo como encastres de una puerta de madera. Finalmente, en el encadenado del muro noroeste de la nave, la huella de un muro perpendicular (UE 1625) podría inferir la existencia de un espacio habitacional adosado por el norte. Aunque no poseemos más datos que confirmen tal hipótesis, podemos aducir a favor de la misma la existencia del vano septentrional, que permitiría la circulación entre nave y una estancia adosada, como ya se ha señalado (Etapa IIA) (Saldanha 1988: 37). Las actividades de esta etapa se deben a la intervención del rey consorte D. Fernando II (1816-1855), quien convierte el conjunto, perdida la función defensiva, en un elemento de recreo, un jardín abierto al público con características románticas 11. Pero la actuación regia procura también la "restauración" de la ruina, que había hecho mella de forma importante al menos en el paño 2/3 y en la torre 3 (UE 1017), y puede que en la parte superior del paño 1/2 y en la torre 1 del lienzo este 12. Etapa VI (siglo XIX). Intervención romántica de D. Fernando II Aunque la "restauración" tenía como objetivo la restitución de las estructuras respetando su originalidad 13, introduce nuevos elementos de carácter decorativo (plantaciones, jardineras, bancos y, quizá, los merlones de la muralla) y funcionales (caminos, ensanche del adarve, escaleras, etc.), para acondicionar las estructuras de la fortaleza a la visita. Lamentablemente, tanto estas intervenciones regias como las posteriores estatales de la DGEMN (Etapa VII) no están documentadas, por lo que, aunque diferenciadas por sus relaciones estratigráficas y sus distintas tipologías, nos dejan la duda en muchas ocasiones de su debido encuadre, sobre todo cuando las segundas parecen imitar a las primeras. Bajo el ideario romántico se hace transitable el muro sobre la puerta principal, realizando escaleras de acceso a la torre 1 y al adarve sobre la puerta, que se reconstruyen, o construyendo bancos, jardineras y almenas en la torre 1 (A 113; Fig. 28). Otros espacios, en cambio, se convierten en ruina romántica, un decorado sin ninguna función, como la torre 3, que fue reconstruida y cuyo interior se forró de mampostería 14 (A 114; Figs. Lo mismo podemos decir sobre el recrecido del paño 3/4 o el del extremo meridional del paño 2/3, con merlones piramidales como los de la torre 1. 12 En la parte superior del paño 1/2, tanto al interior como al exterior de la muralla, se ha documentado una solución de continuidad horizontal (UE 1232), que no presenta señales de ruina, ni de superficie de uso. Sin embargo, por su correlación en altura con el adarve situado más al sur, podríamos interpretar esta cota como la del antiguo paso sobre la puerta principal. 1233 int., Etapa VI) presenta además diferencias tipológicas con la fábrica inferior (Etapa II) y se extiende también por la parte superior del cuerpo de la torre 1. 14 Algo que también pudo constatarse en su excavación (Sousa 2013: 816). mismo sentido tendrían otros elementos menores como una puerta de hierro en el acceso al castillo (UE 1236) o las evidencias de carteles en su entorno. La obra de la restauración se evidencia por su fábrica homogénea Figura 28. Restauración romántica de la torre 1 y escaleras de acceso al adarve. Restauración de Fernando II en la torre 3. sentan de forma clara la ruina de la esquina sureste de la nave, apreciándose además en el segundo, la ruina parcial de los elementos decorativos de la puerta sur de la iglesia (Cachado 2009: 33). La actuación de Fernando II quedó limitada, por tanto, a la reconstrucción de las de mampostería sin concertar, de módulo cuadrangular, dispuesta en hiladas regulares con algunos ripios y construida sin mechinales. Similares características presenta la intervención de D. Fernando II en la capilla del castelo: evitar el avance de la ruina y monumentalizar su espacio, perdida su función cultual. Ya sin cubierta en esas fechas, el edificio presentaba una importante ruina en las dos esquinas meridionales de la nave, que afectaba a los muros sur y oeste y, muy especialmente, al extremo este muro meridional (UE 1616). Habían sido robados además los elementos de sillería del acceso oeste a la nave, con el subsiguiente deterioro del vano (UE 1622). La intervención restauradora estuvo muy localizada, como demuestran dos grabados del edificio de la primera mitad del XIX, el primero del ya citado William Burnett, y el otro de Clémentine de Brélaz (1840; Fig. 31) 15. Ambos son previos a la obra del monarca y repre- También en la cisterna del castillo se observa una importante restauración que afectó especialmente a su bóveda y a su aspecto exterior. Sus características constructivas, la tipología de sus fábricas, las relaciones estratigráficas y su finalidad permiten encuadrar esta restauración en el conjunto de intervenciones del monarca D. Fernando II. La obra se evidencia por la diferencia constructiva entre la sillería de la cisterna (UE 1500, Etapa II) y la mampostería de sus tímpanos (UUEE 1509 y 1510), que asientan sobre los sillares supervivientes de los ángulos de la estructura, por encima de la línea de imposta. Además, se observan piezas reutilizadas en los tres arcos fajones de la bóveda (UE 1501), aunque su elevada altura dificulta diferenciar posibles restos originarios de otros restaurados. Por último, en el tímpano sur, el arco apuntado, construido solidariamente con éste, está claramente remontado. Esta reconstrucción del remate de la cisterna concuerda con la descripción previa que de su ruina hace el prior Antonio de Sousa en las Memorias Parroquiales de la iglesia de São Pedro de Penaferrim (1758; Rodil y Carvalho 1995: 13), quien describe la bóveda con "(...) duas fendas aruinadas (...)", hallándose "(...) bastantemente entulhada de Calisa, que cahio das duas fendas da abobada (...)". Es coetánea también a esta obra la apertura existente en el arranque este de la bóveda, que sirve de rebosadero de las aguas de la cisterna (A 123). Comunica con una atarjea de mampostería y cubierta adintelada de lajas de granito, que atraviesa la estancia norte del interior del recinto y, de nuevo, el tramo de muralla 2/3 (a una cota inferior que el desagüe realizado para los establos en la Etapa V)17. Esquina sureste de la nave de la iglesia, restaurada por Fernando II. Ruina romántica en la esquina suroeste de la iglesia de Canaferrim. definitiva de los espacios estabulares de las estancias 1 y 2 en esta etapa (UE 1217), reitera la idea de un cambio en los usos y significado del edificio (Fig. 35). La nueva fábrica, de aspecto tupido, es de mampostería aristada y normalizada, que se dispone con estrechas hiladas de regularización y abundantes ripios verticales y horizontales, imitando en su hacer a las obras realizadas por el monarca D. Fernando II en su remate con merlones (Figs. A esta intervención debe pertenecer asimismo la construcción de la caseta de guarda junto a la puerta principal del recinto (A 127), justificada por la visita del monumento, aunque posterior estratigráficamente, y tipológicamente distinta a la reforma del paño 1/2. También la colocación de letreros o carteles informativos en la puerta de acceso, de los que aún quedan las improntas (UUEE 1014(UUEE, 1015(UUEE, 1235)). En cuanto al relleno artificial de tierra del extremo sureste del recinto (UE 1243), probablemente nivelaciones de terreno para la adecuación de este espacio en relación con la construcción de unas escaleras de acceso a la torre 3 (UE 1244), dudamos de su adscripción a las intervenciones estatales de los años cuarenta para la adecuación del castillo o a su vinculación con 19 Que afectó tanto a la obra original (UUEE 1002 1007 ext. y 1203 1229 int.) como a las posteriores reformas históricas (UE 1231, Etapa II; UE 1233, Etapa VI). La reconstrucción de los tímpanos y de la bóveda de la cisterna no es una obra aislada y se debe relacionar con otras actuaciones que suponen una revisión historicista de este espacio, que en origen debió tener el trasdós de la bóveda vista. Así se deben entender los muros de remate del testero sur y el lateral este de la cisterna (UE 1505), y el consecuente relleno de tierras existente sobre la misma (UE 1508), que supone en la actualidad un foco de humedad para la bóveda (Fig. 34). A esta actuación pertenecen también el muro perpendicular al testero sur en su extremo oeste (UE 1506) y los cortes de la roca natural para propiciar el acceso al aljibe por su lado sur, o la llegada de un camino sobre la cisterna. Los dos respiradores de la bóveda, solidarios con ella, dos grandes orificios que comunican por sendos brocales de mampostería con la superficie, debieron tener una función similar, bien historicista, bien como elemento de protección del visitante o incluso con fines estéticos18. Las obras incluidas en la última etapa pertenecen en su mayoría a las intervenciones efectuadas en el castelo por la Direcção General dos Edificios e Monumentos Nacionais (DGEMN) en 1939, aunque otras obras efectuadas hasta la actualidad dificultan notablemente la diferenciación de las primeras. Etapa VII (siglo XX). Intervenciones de la DGEMN y otras posteriores En el lienzo este del castelo, la última etapa identificada supone un nuevo cambio en la función de la fortificación: de elemento de recreo romántico a monumento protegido de elevado interés turístico. Reconstrucción historicista de la cisterna al exterior. pasado, con "(...) substituição de cantarias mutiladas" 20, según reza el contrato de obras conservado. En ella, a pesar de utilizar la misma caliza ocre, se distingue de la 20 Síntesis documental proporcionada por M. J. de Sousa. la obra de D. Fernando II y su restauración de la torre 3 (Etapa VI). Finalmente, mencionamos la apertura del vano septentrional del paño 3/4 (UE 1022), anteriormente cegado, una acción contemporánea al relleno de tierras que acabamos de citar. Desconocemos el fin de tal acción que, según Pavón (1993: 24), implica convertir este postigo en un desagüe, hipótesis para la cual también faltan argumentos. La restauración de la puerta sur de la iglesia de Canaferrim (UE 1612) pertenece a la intervención coordinada por la DGEMN en los años cuarenta del siglo la etapa VII (siglo XX), actuaciones menores, fundamentalmente de consolidación de las estructuras. La limitación del estudio del castillo a su lienzo oriental impide unas conclusiones generales extrapolables a todo el recinto fortificado, pero supone un importante avance al retrasar al menos la cronología de este tramo a la segunda mitad del s. XII o circa 1200, abandonando la propuesta islámica. Si bien, es evidente la necesidad de un análisis completo que haga extensible esta cronología a todo el conjunto o la matice para algunos restos concretos. No obstante lo dicho, es importante remarcar que, aunque los datos obtenidos en las excavaciones arqueológicas de la iglesia y del lienzo este de la fortificación evidencian una ocupación islámica previa a la construcción del tramo de muralla analizado, no poseemos indicio alguno que permita afirmar que tal ocupación estuviese vinculada a un espacio fortificado, al menos en el tramo analizado en la ladera oriental. El estudio arqueológico de la arquitectura debe coordinarse con el estudio en profundidad tanto de la bibliografía, las fuentes documentales y las excavaciones arqueológicas del yacimiento; estudios ya iniciados correctamente por el equipo del Parque. De esta manera (relacionando adecuadamente las llamadas cronologías absolutas y relativas, o mejor dicho, mediante las contextualizaciones conseguidas por los análisis arqueológicos del yacimiento y el edificio histórico) se podrán abandonar o confirmar las hipótesis y asegurar y concretar las cronologías que hoy se proponen. La experiencia de nuestro trabajo, y en esto Sintra no ha sido una excepción, nos invita a huir del tradicional abuso de los paralelos para datar los edificios. La secuencia estratigráfica, el análisis tipológico de los aparejos, los datos de la excavación arqueológica y la contextualización histórica han permitido nuestra propuesta, a la vez que se ampliaba la secuencia histórica del conjunto que se demuestra más rica de lo esperado. FICHA TÉCNICA Y AGRADECIMIENTOS Los trabajos efectuados en el conjunto del Castelo dos Mouros de Sintra dentro del ámbito de la Arqueología de la Arquitectura fueron encargados por la empresa gestora del conjunto monumental Parques de Sintra -Monte da Lua, S.A, en relación con la ejecución de sillería originaria, la nueva de reposición o sustitución de las jambas interiores, dintel y algunas piezas exteriores por sus aristas vivas, juntas con cemento y cuñas, el marco de talla y la huella de la "gradina". También se sustituyó el tímpano de la puerta por otro de mampostería. Por su parte, la bóveda del ábside se cubrió con una capa de cemento ("encapotado", UE 1617) para estabilizar e impermeabilizar su rosca. La cisterna recibió otras intervenciones decorativas y funcionales tanto de la DGEMN como posteriores: en su interior, la barandilla metálica que protege la escalera y la reja que cierra su acceso (A 203); y en el exterior, los forros de mampostería que probablemente recrecen los pozos de la cisterna (UE 1507) y que relegan su función a la de meros respiraderos y lucernarios. CONCLUSIONES Y NOTAS FINALES El estudio arqueológico de la arquitectura del lienzo oriental, la cisterna y la iglesia extramuros de São Pedro de Canaferrim, que forman parte del conjunto Castelo dos Mouros de Sintra, ha ofrecido como resultado una minuciosa observación formal, constructiva y estructural, datos inéditos y, sobre todo, una secuencia histórica interrelacionada con nuevas etapas y con una propuesta de datación más rigurosa: Etapa I (segunda mitad del siglo XII -siglo XIII): cronología cristiana. Construcción del lienzo oriental del castillo con sus líneas principales, incluida la localización del acceso principal y un portillo en el extremo contrario. Construcción de la iglesia de São Pedro de Canaferrim. Etapa II (siglos XIII-XIV): uso continuado de los edificios. Grandes reformas históricas tanto en la muralla (paño 3/4 y acceso principal) como en la capilla (fundamentalmente muros norte y oeste), motivadas todas ellas por ruinas previas debidas a fallos en las estructuras, y construcción de la cisterna subterránea de la fortificación. Etapas III, IV y V (siglos XV-XVIII lienzo este; siglos XVI-XIX iglesia): uso habitual de la fortaleza y abandono del uso originario de la capilla. Construcción y sucesivas reformas de las llamadas "caballerizas" en el interior del lienzo este del castelo (etapas III y IV) y ruina de estos espacios (etapa V). Etapas VI y VII (siglos XIX y XX): "restauración" de Fernando II (etapa VI, siglo XIX), que afectó al conjunto con mayor impacto del que se suponía. En Queremos añadir además una nota final de agradecimiento para la arqueóloga directora del Parque, Dña. María João de Sousa, por su esfuerzo y por toda la ayuda mostrada. Todas las figuras reproducidas en este trabajo son propiedad de los autores. LISTADO DE ACTIVIDADES Y UNIDADES ESTRATIGRÁFICAS Etapa I (segunda mitad del s. XII -s. Construcción del castelo y la iglesia de Canaferrim
El presente trabajo trata sobre la interpretación de 15 disiecta membra lapídeos marmóreos adscribibles a formar parte de un monumento arcuado honorífico romano de Gerunda (Girona). La mayoría de estos bloques fueron reaprovechados en época carolingia como material constructivo del basamento de una torre del recinto úrbico. El estudio elabora tanto una propuesta de restitución arquitectónica del monumento como una propuesta cronológica y funcional (emplazamiento) del mismo. en el año 19883 durante una campaña de excavación en la zona dirigida por J. M. Nolla, se documentaron en su basamento -originario de las obras carolingias y solo visible parcialmente en las caras norte y este-un conjunto de 15 bloques marmóreos. Estos bloques configuraban un paramento en opus pseudoquadratum, juntamente con otros bloques, mayoritariamente paralelepipédicos, de piedra arenisca situados encima (Fig. 2) 4. Tanto los bloques marmóreos como los de arenisca, provenían, sin lugar a dudas, del reaprovechamiento material de antiguos edificios romanos 5. 4 Esta diferente disposición entre los bloques de mármol y gres es muy posible que no fuera casual y respondiera a cuestiones de estabilidad de la obra, dado que el mármol presenta una mayor resistencia y densidad que la piedra tipo gres. 5 Un estudio sobre el fenómeno del reaprovechamiento de material romano a Gerunda en Nolla 2014. El hallazgo de los bloques marmóreos con decoración arquitectónica fue verdaderamente sorprendente, dada la rareza de este tipo de material -mármol-en la Girona romana; construida, por lo común, con dos litotipos locales: el gres dorado de Taialà y/o Sarrià de Dalt (Sarrià de Ter) y la caliza nummulítica gris/azul aflorada en el mismo subsuelo de la ciudad y entorno 6. De esta forma, si muchas veces es tarea difícil tratar de restituir y adscribir a un mismo conjunto edilicio los diversos disiecta membra lapídeos, el hecho del singular material lapídeo en el que se manufacturaron estos bloques, sumado al mismo patrón metrológico, decorativo y tipológico de estos, ha sido la causa que nos ha permitido poder adscribirlos a un mismo conjunto arquitectónico. El hecho de que la mayoría de los bloques estén empotrados en el paramento de la torre por su cara no decorada, dificulta el poder observar sus características decorativas. No obstante, excepto 2 bloques de orden arquitectónico indeterminados (bloques no 1 y 2), hemos podido interpretar la tipología arquitectónica a la que se 6 Sobre la caracterización de estas piedras y sus canteras, consultar Gutiérrez García-M 2009: 62-75 y Roqué y Rocas 2018. adscriben los 13 restantes (Fig. 3). Y, gracias a contar con diversas partes de sus órdenes arquitectónicos y ornamentales, hemos podido ofrecer una propuesta restitutiva del monumento. Llegados a este punto cabe mencionar que un primer intento de acercarse a la problemática reconstructiva de este monumento fue llevada a cabo por J. M. Nolla y J. Sagrera (1990 y 1991) (Fig. 4). Nuestro trabajo Fig. 1. Planta de la "Força Vella" de Gerunda con la localización de la torre no 3, dicha del Telègraf o del Llamp (tomado de Canal et al. 2003). Vista de los bloques in situ del basamento en la torre no 3, cara norte (Fig. 2) y este (Fig. 2a), respectivamente. Nuestro estudio se ha basado en la documentación descriptiva y gráfica de cada bloque. De esta forma, de cada pieza (excepto el no 1 y 2) se ha generado un dibujo tridimensional, diferenciando la parte visible (con textura de mármol) de aquella oculta (en blanco), con el programa informático de modelado en 3D, SketchUp, el cual nos ha permitido ir sopesando las probabilidades de colocación de cada pieza dentro del monumento (Fig. 5). Por contra, el dibujo del friso de roleos de las arquivoltas (no 8, 10 y 13), ha sido elaborado a mano con la técnica del grafito, a imagen y semejanza de la decoración esculpida aporta nuevos datos7, proponiendo una nueva restitución, cronología y funcionalidad para este monumento arcuado conmemorativo de Gerunda. en ellas. A diferencia de la pieza no 13 que muestra sin problemas su decoración frontalmente, las otras dos dovelas ocultan en sus laterales la decoración. No obstante, las rendijas entre las piedras son bastante amplias como para poder permitir contemplar, de manera parcial y con un foco de luz, su decoración. De esta forma, y teniendo en cuenta otros paralelos estilísticos de frisos de roleos, hemos podido reconocer la secuencia decorativa. A falta de otros vestigios arqueológicos documentales, epigráficos o estructurales, es a través de diversos datos interrelacionados del urbanismo de la ciudad, orografía o contexto del hallazgo de los bloques, que proponemos ofrecer una propuesta de emplazamiento de este monumento. Del mismo modo, es a través de la decoración escultórica del friso de roleos acantiformes de las dovelas, que proponemos establecer una cronología para su construcción. También cabe indicar que las trazas constructivas que presentan visibles la mayoría de los bloques (perforaciones para ferrei forfices, anclajes, grapas o trabajo de anathyrosis) han servido para valorar e interpretar coherentemente la puesta en obra de los bloques en el monumento. Los órdenes arquitectónicos documentados entre los bloques (lesenas lisas y estriadas, dovelas, imposta y arquitrabe), nos inducen a pensar que estos formaban parte de un monumento arcuado con dos fachadas: construido con un solo grosor de bloques trabados a seco con grapas y anclajes verticales metálicos y, con trabajo de anathyrosis en las caras de contacto entre los bloques superpuestos. El hecho de presentar decoración simétrica en ambas fachadas y no incluir -como hemos comprobado-ninguna ranura en los bloques para ir equipado con un sistema de cierre para abrir y cerrar la apertura del arco, nos lleva a emparentar nuestro monumento arcuado dentro de la tipología arquitectónica de los arcos honoríficos. A tal efecto, estos son los únicos monumentos arcuados romanos que presentan decoración en ambas fachadas principales o exenta, y no presentan ningún sistema de cierre. También, es interesante remarcar que todos los bloques presentan o bien decoración angular a tres caras, tales como las piezas no 4, 5, 11, 12, 14 y 15; o bien, decoración en el anverso y reverso, tales como las piezas no 3, 7, 8, 9, 10 y 13. No obstante, hemos de advertir que no somos capaces de adscribir con seguridad la tipología exacta de este monumento arcuado, es decir: exento o adosado (haciendo la función, in stricto sensu, de puerta). Restando abiertas ambas hipótesis. Por otro lado, gracias a la tipología de los bloques especificada, podemos visualizar la profundidad del paramento del monumento, correspondiente a 70 cm. El bloque no 9, de 70 x 45 cm, sin ningún elemento decorativo visible y con sus caras lisas, lo hemos interpretado como un bloque de paramento; bien que también podría valorarse su adscripción como friso liso. Por otra parte, dentro del conjunto de bloques marmóreos destacan en cantidad los decorados con lesenas. De estas se documentan tres tipologías distintas. Un segundo grupo tipológico de lesenas es el formado por el bloque no 7, de 87 x 45 cm, esculpido Jordi oliver vert con lesenas estriadas al anverso y reverso del bloque. La última tipología es la formada por el bloque no5, de 73 x 38 cm, esculpido con lesenas lisas geminadas angulares. La interpretación que hacemos sobre la disposición de los diversos grupos de lesenas dentro del monumento arcuado ha sido la labor más decisiva para la configuración final del monumento. En este sentido, hemos resuelto que el bloque no 7, por la tipología decorativa y las medidas que presenta (el bloque con la profundidad más grande, 87 cm), se inscribiría dentro del grupo de las lesenas estriadas que enmarcarían la apertura del arco; ubicadas una a cada lado del arco y visibles en sus dos fachadas. El bloque presenta grapas para unirse a otra mitad de lesena estriada homónima, configurando a nuestro juicio, un bloque decorado con lesenas de 8 estrías y 7 canales8. Al presentar una terminación circular de los canales podemos averiguar que se trata del tramo superior de la lesena. Por otro lado, cabe decir que no preservamos ninguno de los capiteles que coronarían estas lesenas de fachada. Sin embargo, debemos suponer por la tipología del monumento y la cronología propuesta9, que se decorarían con el orden corintio. Por otra parte, hemos identificado el bloque no 5 como perteneciente a las habituales lesenas lisas que ornamentan mayoritariamente las jambas de los arcos 10. Finalmente, el grupo de los bloques de lesenas estriadas geminadas angulares (no 4, 11, 12, 14 y 15) ha sido el más problemático a la hora de emplazarlo dentro del monumento. En este sentido, cabe decir que hemos detectado variación en el número de estrías y canales de estas. Así, mientras en los bloques no 12, 14 y 15 parece documentarse una decoración a base de 4 estrías y 3 canales, en los bloques no 4 y 11, documentamos 5 estrías y 4 canales. Se hace difícil explicar este desajuste decorativo cuando las medidas y tipología de los bloques coinciden plenamente. No obstante, pensamos que podría tratarse de un simple descuido asociado a los problemas de la organización del trabajo y a la producción de los elementos decorativos. En localidades cercanas a Gerunda, como Emporiae (Escrivà Chover 2005: 43) y Ausa (Domingo et al. 2008: 602), también se han detectado similares erratas en las producciones edilicias ornamentales. Es en base a las rudenturae (contraestrías) de 30 cm de altura que presenta visibles en su cara E el bloque no 14, que podemos restituir la altura de este grupo inadvertidas. Nosotros, gracias a poder vislumbrar (lo poco que se ve) e interpretar la decoración que presentan estas en sus caras exteriores (anverso y reverso) y gracias a preservar los 3 patrones figurativos del friso (registro inicial, intermedio y final) podemos proponer un ensayo restitutivo de este. Además, gracias a la ubicación -o ausencia-de los encajes para los ferrei forfices, podemos llegar a conocer la disposición de estas dentro del arco (Fig. 8) 11. En el apartado sobre el estudio cronológico del monumento profundizaremos en el estudio estilístico de esta decoración basada en los típicos frisos de roleos acantiformes. Por otra parte, mediante la modulación de las dovelas y, sobre todo, de la curvatura que presenta la clave, podemos hacernos una idea bastante segura tanto de la luz y altura del arco, como del número de dovelas que este incluía, 13. De este modo, hemos calculado que su luz sería entre 3,40-3,60 m y su altura de 1,81 m desde el nivel de imposta. Por otro lado, especificamos que las dovelas sobresalen 5,5 cm del paramento del arco en ambas fachadas. En cuanto a la imposta del arco, esta ha sido identificada con la pieza no 6 (Fig. 9). Esta pieza pertenece, sin lugar a dudas, por las dimensiones y tipología decorativa que presenta, a una de las dos impostas del fornix. El perfil poco inclinado de la pieza hace rechazar que se trate de un elemento de cornisa. Dibujos restitutivos de la puesta en obra de la pieza no 14 (opción 1 y 2) y la altura total de este grupo de lesenas estriadas geminadas angulares. dovelas-podemos deducir que el arquitrabe se apoyaba directamente sobre la zona central de la clave. Por lo que respecta a la restitución del friso y la cornisa, nos hemos basado en la tipología de las molduras que presentan los demás elementos decorativos del arco. Sus alturas se A continuación, abordamos cómo sería el orden arquitectónico del entablamento. De esta parte del monumento sólo conservamos un bloque de arquitrabe (no 3, Fig. 10). Por la forma de la clave de bóveda -sin paramento extradosal como el que incorporan las otras han podido calcular por principios de proporcionalidad en relación al arquitrabe. Supuestamente, es en el friso de este entablamento donde correspondería acomodar la inscripción que acompañaría al monumento. Analizados todos los órdenes arquitectónicos restituibles del arco, finalmente nos queda recuperar la problemática del grupo de lesenas estriadas geminadas angulares de 74 x 38 cm (piezas no 4, 11, 12, 14 y 15). Por todo lo argumentado, pensamos que esta tipología de lesenas de entre 1,70 y 1,80 m de altura, con al menos 4 unidades de estas, solo nos encajarían dentro del monumento arcuado con dos opciones posibles: bien dispuestos en un piso superior abierto a modo de galería con arcos de medio punto (opción 1, Fig. 11) 12; o bien dispuestos en los laterales del arco (opción 2, Fig. 12). Para la opción 1, restituimos un monumento arcuado de unos 9,4 m de altura por unos 6,23 m de longitud con estructurales, es a través de diversos datos interrelacionados del urbanismo de la ciudad, su orografía o el contexto de hallazgo de los bloques, que planteamos una hipótesis sobre su emplazamiento. Primeramente, hemos de valorar las cuestiones de la considerable amplitud de luz del arco (3,40-3,60 m) y su doble decoración simétrica en ambas fachadas, como un interesante indicio que nos indica que este monumento arcuado, exento o adosado, se emplazaba sobre un importante vial, urbano o periurbano de Gerunda, monumentalizando el acceso a un recinto monumental. En este sentido, hemos de decir que la amplitud de luz del arco coincide con el mismo patrón metrológico (11-12 pies romanos) seguido para las dos puertas principales de Gerunda, septentrional 14 y meridional 15, por donde transcurre intramuros la via Augusta (Fig. 13) (Vivó et al. 2012: 52 y 57). No conocemos su nombre antiguo. Se le menciona Sobreportes desde época altomedieval, momento en que se convirtió en un poderoso castillo feudal encargado de la defensa de este sector de las murallas urbanas (Nolla 2010: 247-248; Vivó et al. 2012: 52). 15 No conocemos su nombre antiguo. No obstante, descartamos la opción de adscribir este monumento arcuado como porta urbica. En este sentido, hemos de valorar la débil profundidad de su paramento (con tan solo 70 cm), razón principal para no valorarlo como arco-puerta imbricado dentro del recinto murado úrbico 16. También hemos de valorar la ineficacia defensiva de este monumento -como ya hemos indicado-, sin ningún sistema de clausura detectado entre los bloques para cerrar la apertura del arco, como otra prueba determinante en este sentido. Mismas razones que también nos llevarían a rechazar la opción de puerta urbana a corazón interior17. Con su débil profundidad de paramento (70 cm) solo nos encajaría como un arcopuerta adscrito a un complejo monumental intramuros. No obstante, este no se trataría, como ya hemos indicado, de las habituales puertas monumentalizadas, ya que en ese caso solo se decoraría la fachada extramuros, sino de un monumento arcuado con tipología de arco honorifico (ya hemos expuesto el caso del arco de Rímini). Por otro lado, los condicionantes orográficos donde se implantó el urbanismo de Gerunda18, con un fuerte desnivel de E-O de unos 60 m en menos de 300 m lineales y, por ello, la inexistencia de un gran vial en esta empinada dirección cardinal nos hace descartar una orientación del arco E-O. 19 Por esta razón, creemos que sus fachadas se proyectaban en dirección N-S. De esta manera, son solo dos las vías urbanas más relevantes de Gerunda dignas de recibir tal conmemorativa construcción arcuada. En primer lugar, el cardo maximus (via Augusta), que transcurría por la parte más baja de la ciudad a través de las puertas norte y sur, cruzando por la gran plaza forense inferior 20. El otro y la cuestión orográfica comentada, hacen más fácil explicar un emplazamiento de este monumento en la parte medio-elevada de la ciudad, cercano al reaprovechamiento carolingio 22. De esta forma vemos el acceso a través del Portal Rufí, que conducía hacia al recinto sacro, como una estimulante opción donde ubicar tal relevante estructura arcuada y quizás, proponer su relación con el recinto foral cívico-religioso de la ciudad (Fig. 14). De este nuevo rol, oficial y programático, de los arcos honoríficos o puertas monumentales, íntimamente ligados a la nueva valencia propagandística-celebrativa de la ideología del régimen imperial, es testimonio no solamente la gran multiplicación de estas estructuras en todas partes del Imperio durante estos momentos iniciales del Principado (Dupré 1994: 256-274; De Maria y Parada 2014), sino también, el cambio terminológico empleado a partir de este momento a la hora de mencionarlos. Del término fornix tardorrepublicano, se muta al termino arcus; una modificación terminológica más semántica que formal (De Maria 1988: 43 y 55-56) 27. Nuevos hallazgos de bloques u otras tentativas de restitución permitirán enriquecer la aproximación a este singular monumento gerundense. ESTUDIO CRONOLÓGICO: LOS ELEMENTOS DECORATIVOS Sin preservar la información epigráfica, que siempre se inscribe en el ático o entablamento de estos monumentos arcuados, o cualquier otra fuente histórica, solo nos queda analizar sus elementos de decoración arquitectónica como base referencial para el estudio cronológico del monumento. Es sobre todo la decoración escultórica en bajo relieve de las dovelas (piezas no 8, 10 y 13) el elemento cronológico-estilístico más preciso para tal fin. Siendo los otros elementos ornamentales mucho más difíciles de datar con precisión como (Fig. 15): la base ática con plinto de la pieza no 14 o las molduras de la imposta (no 6) y arquitrabe (no 3). Como ya se ha comentado, el friso decorativo que ornamenta el adovelado del arco se basa en los típicos roleos acantiformes 28. La decoración de la clave de bóveda (no 13), marca el inicio de la secuencia a partir de dos brotes de acanto que surgen en sentido divergente y simétrico de un elemento central. Estos están formados por tres hojas trilobuladas con lóbulos angulosos y forman espacios de sombra asimétricos de forma triangular o de gota de agua, otorgando un tratamiento naturalista a las hojas de acanto. Imbricadas a las hojas acompañan flores de cinco pétalos triangulares orientados en diversas direcciones a modo de girandola, con botón central ramificaciones concéntricas divergentes se entrecruzan formando una media circunferencia. Ligado a esta decoración comentada, se uniría la ornamentación de la dovela salmer no 10, donde la secuencia de los roleos se culminaría con una semipalmeta formada por tres hojas acantiformes. En general, a partir de la decoración observada de las 3 dovelas conservadas podemos defender que el taller escultórico que las labró se inscribe dentro del tratamiento estilístico de plena edad augustea -estilo Mars Ultor-, introducido en las provincias hispánicas a partir de los primeros años del reinado de Tiberio (Pensabene 2004: 183-199). Este nuevo estilo de plena edad augustea, se ve reflejado en el tratamiento más naturalistico de las hojas de acanto, alejándose de una concepción mucho más geometrizante, característica de las producciones anteriores29 (Heilmeyer 1970: 38; Shörner 1995: 38-43). De esta manera, nos queda definido un término post quem augusteo, concordante también con la concepción estilística de la base ática30 con plinto de la pieza no 14. También, el hecho de que toda la labra se haya tallado a bisel, con ausente uso del trepano, y que los brotes no presenten ramificaciones exuberantes y complejas (con tendencia al horror vacui), nos hace suponer una datación entre el primer cuarto del s. I d. C. e inicio de época flavia (momento en que a priori estas composiciones de roleos se vuelven más complejas y donde el uso del trepano está vivamente presente). La parte inferior, fracturada, presentaría seguramente dos ramificaciones que se entrecruzarían al centro y subirían, de manera elíptica y en sentido divergente, hasta la parte superior donde se interconectarían con la subsiguiente dovela del friso. A diferencia de esta, las otras dos dovelas del arco (no 8 y 10) no se hallan dispuestas -en la torre-frontalmente por su cara decorada. No obstante, como ya se ha indicado, hemos podido apreciar por las rendijas entre bloques parte de su decoración. De esta forma, podemos advertir que la dovela no 8 se componía de un bajorrelieve formado por dos roleos de acanto en sentido divergente, compuestos por tres hojas trilobuladas de la misma tipología que los labrados en la clave. Al centro e imbricadas con parte de los dos brotes de acanto, se introduce una flor distinta a la comentada en la anterior dovela. Esta fue labrada también con cinco pétalos, pero de forma coriforme y botón central con incisión cruciforme. En la parte inferior, dos mano con la aparición en Hispania de este nuevo estilo augusteo (Mars Ultor) comentado 33. A partir de entonces, por primera vez, el mármol lunense (mármol de Carrara) y los mármoles locales, se explotarán y comercializarán para buscar emular esta arquitectura oficial inspirada en los modelos emanados de la Urbs (Pensabene 2004: 183). Por otro lado, el hecho de presentar ornamentadas en friso las arquivoltas es un claro ejemplo de su relación estilística con las producciones artísticas desarrolladas a la vecina provincia francesa de la Galia Narbonensis 34. No en vano, en ninguna otra provincia del Imperio, ni en la misma Roma, hallamos tal profusión de monumentos arcuados con las dovelas decoradas en friso, ya sea con roleos acantiformes (arco de Carpentras, Mausoleo de los Iulii en Glanum, etc.) o con guirnaldas (arco de Glanum, arco de Orange, etc.) 35. 34 Sobre la relación estilística entre las producciones artísticas del sur de la Narbonensis y el norte-este litoral de la Hispania Citerior, especialmente para el caso entre Barcino y Narbona, consultar Rodà 2000. 35 Para un estudio estilístico y cronológico de estos arcos ver Gros 1979. esta cronología también debemos añadir la concepción arcaizante que presentan algunos motivos decorativos del monumento, como las molduras del arquitrabe (no 3) o de la imposta (no 6) 31. Respecto a paralelos estilísticos relacionables con el friso acantiforme gerundense, queremos traer a colación un fragmento de friso barcinonense conservado en el Museu d'Arqueologia de Catalunya de Barcelona con no de inventario 19015 (Fig. 18) 32. Este, inscrito en el primer tercio del s. I d. C., se diferencia claramente de las producciones barcinonenses anteriores de frisos acantiformes de concepción geometrizante (Claveria 2011: 901-903). Otro dato interesante para la datación del monumento es el factor de su construcción en mármol. La introducción del mármol en la arquitectura pública en las provincias occidentales del Imperio va relacionada de primera 31 En este sentido, según opinan diversos investigadores especializados en el tema, como, J. A. Domingo, E. Garrido o R. Mar, es característico de los talleres escultóricos del Nordeste peninsular, estar todavía muy vinculados a un estilo arcaizante, a pesar de conocer el modelo canónico de Mars Ultor (Domingo et al. 2008: 599-600; Domingo et al. 2011 permitir establecer su uso y difusión, nos permitirá documentar el proceso constructivo del monumento y establecer rutas comerciales, es decir, desde la extracción de los bloques a pie de cantera hasta el transporte de estos a Gerunda. Este trabajo ha sido nutrido y llevado a buen puerto gracias a las aportaciones de muchas personas a quiénes agradezco encarecidamente. Debo gratificar la dedicación y comentarios ofrecidos en todo momento de la investigación, a mis tutores, la Dra. Anna Gutiérrez y al Dr. Manuel Parada; como también, durante mi estancia en Roma, al Dr. Antonio Pizzo y al Dr. Javier A. Domingo. Del mismo modo, debo profesar mi inmensa gratitud hacia los profesores: Ricardo Mar, Eva Subías (URV), Josep Maria Nolla, Jordi Sagrera, David Vivó (UdG), Antonio Peña e Isabel Rodà (UAB), tanto por la supervisión de la propuesta de restitución del monumento como del proceso de dibujo y presentación del mismo. A modo de conclusión, la cronología que proponemos se inscribe de lleno dentro de la primera ola de monumentalización y marmorización que afectó a muchos centros urbanos en el marco del advenimiento al nuevo orden político y religioso del Principado (Pensabene 2004). Asimismo, también la decoración acantiforme del friso de las dovelas, así como el singular empleo del mármol en Girona para manufacturarlo, nos lleva a sugerir su construcción para y durante la monumentalización urbana de Gerunda, en tan rica y prospera época -julioclaudia e inicios flavia-para la ciudad y su suburbio, tal y como atestiguan las recientes interpretaciones de la villa suburbana del Pla de l'Horta 36 de Sarrià de Ter, situada a menos de 5 km de Girona. A tal efecto, el momento de máxima monumentalidad de la villa coincide con la cronología propuesta para el arco marmóreo de Gerunda. Actualmente, el estudio de la procedencia del mármol blanco, de grano medio-grueso, está siendo abordado en colaboración con la Unidad de Estudios Arqueométricos del Instituto Catalán de Arqueología Clásica (UEA-ICAC) 37. La caracterización de este mármol, además de 36 Sobre las nuevas interpretaciones de la villa consúltese Costa et al. (e. p.). 37 Cabe decir que una primera aproximación al estudio de este material lapídeo fue protagonizada por A. Álvarez y publicado en una nota a pie de página (no 15) en Nolla y Sagrera 1991: 184. Sus consideraciones finales era que este mármol, al no figurar dentro de los grandes catálogos de referencia ni al LEMLA, se tenía que buscar su procedencia dentro del territorio pre-y pirenaico de Girona. Algunas reflexiones sobre el estudio de procedencia del mármol en Oliver 2018.
A pesar de que la cultura de El Argar es una de las entidades arqueológicas mejor conocidas del ámbito peninsular, no son muchos los trabajos efectuados sobre los aspectos arquitectónicos y del desarrollo constructivo de los asentamientos argáricos excavados. En este artículo se presentan las formas arquitectónicas, las técnicas y materiales constructivos empleados y la secuencia de ocupación del asentamiento de Caramoro I (Elche, Alicante) a partir del análisis estratigráfico y de estructuras conservadas, reforzada y avalada con una serie de dataciones absolutas sobre muestras de vida corta. Los resultados obtenidos han mostrado que Caramoro I fue un asentamiento de carácter agropecuario, ubicado en los límites fronterizos septentrionales de El Argar, que fue reformado con la intención de mejorar su protección y defensa, a partir de la fortificación de su zona de acceso. Sus concomitancias con otros asentamientos similares en territorios de frontera más orientales vienen a mostrar su carácter logístico. CARAMORO I: EMPLAZAMIENTO Y CARACTERÍSTICAS Caramoro I se localiza sobre un pequeño espolón rocoso en el inicio de la sierra de Borbano, extremo septentrional del paraje conocido como Aigua Dolça i Salà, dentro del término municipal de Elche (Alicante) (Fig. 1). Se eleva unos 48 m sobre el entorno del fondo del valle, disponiéndose en voladizo sobre el cauce del río Vinalopó, del que dista 170 m. Encajado entre dos barrancos, configura un auténtico balcón sobre el glacis descendiente y el cauce del río Vinalopó, desde donde se puede divisar un amplio trecho del campo de Elche y ejercer un control directo sobre su principal vía de comunicación. Desde el escarpe rocoso donde se ubica, en la margen izquierda del río Vinalopó, se cuenta con un amplio control visual hacia las tierras llanas orientales y meridionales, alcanzando a cubrir el marjal de Crevillente-Elche y parte de la bahía de Santa Pola. Cómo citar este artículo / Citation Jover Maestre, F. J., Pastor Quiles, M., Basso Rial, R. E., Martínez Monleón, S. y López Padilla, J. A. 2019: "Secuencia de ocupación y desarrollo constructivo del asentamiento de Caramoro I (Elche, Alicante): aportaciones a la arquitectura argárica", Arqueología de la Arquitectura, 16: e083. https://doi.org/10.3989/arq.arqt.2019.005 Copyright: © 2019 Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) -Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU). Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). Entre los estudios prehistóricos en la península ibérica destacan, sobremanera, los efectuados sobre El Argar (Siret y Siret 1890; Lull 1983; Aranda et al. 2015). La larga tradición investigadora en el sureste ha permitido conocer en profundidad numerosos aspectos de la materialidad y del desarrollo de esta cultura arqueológica, hasta el punto de que, en la actualidad, es una de entidades culturales para la que más propuestas de orden sociológico han sido formuladas. Todo ello ha sido posible gracias a la intervención arqueológica en un buen número de asentamientos, en especial, durante las últimas décadas, generando una amplia base empírica y cronológica. Sin embargo, solamente unos pocos enclaves argáricos han sido excavados prácticamente en su totalidad, como Peñalosa, Castellón Alto o, más recientemente, Tira del Lienzo y La Almoloya. En este sentido, son muy pocos los estudios específicos publicados sobre la arquitectura argárica, la secuencia de ocupación asociada al desarrollo constructivo de los asentamientos, o los materiales y técnicas empleados en su edificación. Por ello, el objetivo del presente trabajo es el de contribuir a los estudios sobre la arquitectura argárica, presentando el caso del pequeño asentamiento de Caramoro I. Y es que, aunque sus dimensiones son reducidas, la inversión laboral efectuada en su planificación urbanística y en su construcción fue de considerable magnitud. Además, la posibilidad de realizar una lectura estratigráfica de las estructuras conservadas, a pesar de haber sido excavado en la década de 1980 e inicios de los 1990, apoyada por una serie de dataciones radiocarbónicas, ha permitido establecer cronológicamente su secuencia de ocupación y desarrollo constructivo, contribuyendo a fijar con precisión la duración de este tipo de asentamientos fortificados de pequeño tamaño dentro del desarrollo temporal de la cultura argárica. al comportamiento de intervisibilidad que manifiestan la mayoría de los asentamientos argáricos de la zona, Caramoro I se enmarca dentro de un grupo de asentamientos de muy pequeño tamaño, en este caso no supera los 796 m 2, y escasa altitud relativa. Solamente guarda una relación visual directa con el próximo yacimiento de La Moleta, a pesar de que en sus proximidades se encuentran otros yacimientos como los de la Serra del Búho, Tabayá o el Barranco de los Arcos (Martínez Monleón 2014). Por último, cabe indicar que Caramoro I está directamente edificado sobre un conjunto estratificado de materiales pliocenos, básicamente calizas y conglomerados. El agua, debido a su alta porosidad y permeabilidad, se filtra con suma rapidez. Debajo de tales conglomerados aparece un nivel de margas arcillosas triásicas de coloración ocre-blanquecina. Geomorfológicamente estos dos niveles dan un relieve típico de murallones con bruscas pendientes (Fig. 2), debido a que la erosión se realiza en las margas infrayacentes, lo que produce una caída por gravedad de parte del nivel superior de conglomerados (Pignatelli 1973). El espolón que ocupa Caramoro I presenta una caída en vertical en buena parte de su trayectoria, con excepción de su lado oriental (Fig. 3). De este modo, la superficie máxima que delimita el muro de cierre del asentamiento no supera los 500 m 2, habiendo empleado más de 250 m 2 en su delimitación, con la construcción de diversas estructuras de gran porte, siendo muy destacado el empleo de la piedra. El acceso al asentamiento solamente se podría efectuar por una pequeña zona abierta, situada en su extremo nororiental. LAS ACTUACIONES ARQUEOLÓGICAS EN CARAMORO I Las excavaciones de R. Ramos Fernández en 1981 Caramoro I fue objeto de su primera excavación durante el primer semestre de 1981, bajo la dirección de R. Ramos Fernández (1988). En una breve publicación dicho autor mostraba un croquis de la planimetría del asentamiento, así como una propuesta de interpretación. En los sondeos inicialmente practicados, el yacimiento presentaba, al menos, dos niveles de ocupación relacionables con dos pavimentos, a su vez amortizados bajo niveles de derrumbe en cerca de un metro de potencia estratigráfica. Tras una capa de superficie aparecía un primer nivel de derrumbe, seguido de otro que contenía más restos arqueológicos y que colmataban un pavimento de arcilla amarillenta pisada. Infrayacente a este pavimento, aparecía un importante nivel de incendio sobre otro pavimento de las mismas características que el anterior. Este pavimento se había levantado sobre un nivel de preparación que se asentaba directamente sobre la roca madre. No obstante, no fue posible apreciar diferencias entre el material arqueológico registrado en ambos niveles. En función de toda la documentación obtenida en los sondeos practicados se procedió a la excavación del yacimiento, implantando una cuadrícula de panal de orientación simple, con 25 sondeos de patrón divisibles en cuatro casillas de 2 x 2 m, con testigos de 0,50 m de anchura entre sondeos y de 0,25 m entre casillas, donde se repetía la sucesión estratigráfica observada en el sondeo de prospección (Ramos 1988). Esta intervención hizo aflorar, según su excavador, los restos de un recinto de planta arriñonada adaptada a la superficie del terreno (Fig. 4) y con un revestimiento de barro arcilloso amarillento. Este recinto fue interpretado como un bastión, al estar formado por un muro principal en su extremo oriental que cerraba toda la edificación, al que se le habían ido adosando posteriormente diversos muros, tanto por su cara externa como interna, con un grosor que disminuía en dirección sur. Por su cara oriental, la adición de muros había dejado tres espacios abiertos entre ellos que, en sentido S-N, conformaban un espacio triangular en cuña relleno de piedras, una plataforma rectangular de 1,5 x 2 m interpretada como los restos de una posible torre y un espacio semicircular relleno de piedras en el extremo septentrional. Por su cara occidental se adosaron otra serie de muros conformando dos habitaciones, denominadas A y B. A la primera -A-, interpretada como una estancia o vestíbulo de ingreso de planta circular y 3,5 m de diámetro, se accedía desde el exterior del poblado por medio de un estrecho pasillo en su ángulo noroeste de poco más de 1 m de anchura y que, por medio de un acceso en recodo en su extremo suroriental, daba acceso a la estancia central -B-(Fig. 5). Esta última, de planta irregular de 4 x 6 m de superficie, presentaba un banco en su extremo occidental y oriental, respectivamente, además de un hogar semicircular junto al banco del extremo oriental. En su extremo meridional presentaba una puerta de salida con portal enlosado y delimitación de jambas que daba acceso a una tercera estancia -Cidentificada como una terraza que no estaba cubierta y en la que sólo se identificó un estrato. Esta terraza tenía una puerta de comunicación del recinto con el exterior en el extremo sureste y un muro que obligaba a un ingreso en recodo a la estancia central -B-. El asentamiento fue interpretado como un "puesto vigía", construido en un punto de fácil defensa y gran visibilidad, correspondiente a las facies del Bronce Valenciano. Unos años más tarde, las obras realizadas para la construcción de la autovía A-7 motivaron una nueva excavación de urgencia iniciada en noviembre de 1989 bajo la dirección de A. González Prats y E. Ruiz Segura. Los resultados preliminares de esta intervención se publicarían al poco tiempo, abordando los nuevos datos arquitectónicos, la escasa información sobre la estratigrafía que presentaba el yacimiento y los nuevos elementos de cultura material, que obligaron a variar el ámbito cultural al que había sido adscrito (González y Ruiz 1995). Las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo permitieron considerar que el asentamiento contaba con una compleja fortificación, compuesta por un bastión -H-de forma arriñonada con unas dimensiones de 13,5 x 3,5 m en su extremo nororiental, al que se adosaba en su extremo meridional una estrecha plataforma -F-o "cuerpo de guardia" y otro espacio de tipo fosa -G-interpretado como una canalización de desagüe. Finalmente, se detectaron los restos de un gran muro -I-, muy deteriorado y que no llegaron a excavar, que presentaba un trazado oblicuo en relación al resto de la construcción, con una longitud de 9 m (Fig. 6). La construcción del bastión -H-se realizó con la colocación de gruesas piedras en talud en buena parte de su perímetro, quedando el resto cerrado por una serie de elementos de barro que se describen como de forma planoconvexa (Fig. 7). El interior presentaba un relleno homogéneo de piedras y barro que se alzaría 2 m y que serviría de zócalo a una superestructura ligera integrada por vegetales. La plataforma -F-estaba construida por una línea simple de piedras en talud, con una orientación NO-SE en sus primeros 8 m, y que, tras la realización de una trinchera para definir la orientación de este muro, se unía a otro tramo de muro de 8,5 m de longitud que realizaba una inflexión de 150o, alcanzando una altura superior a los 2 m, estando revocado por una espesa capa de arcilla. Paralelo al primer tramo de muro de la plataforma F discurría un estrecho muro de 0,3 m de anchura y 5,7 m de longitud, delimitando un foso -G-, de 1,2 m de amplitud y cuya superficie presentaba grandes lajas de piedra, que se iba estrechando en su extremo meridional hasta conectar con la plataforma F y que en su extremo septentrional conectaba con el bastión H. El sistema de fortificación se completaba con dos supuestas torres defensivas que configuraban un estrecho corredor de acceso al interior del poblado de apenas 1 m de anchura. A través de esta entrada se accedía a una serie de unidades habitacionales, con una estancia principal por donde discurría el acceso -A-y un pequeño patio -B-a través del cual se accedía indistintamente al resto de unidades habitacionales -C, D y E-. La habitación o espacio A estaba constituida por las estancias A y B de la excavación de R. Ramos. No hay ninguna mención al muro central que dividiría esta habitación A en dos estancias, desaparecido probablemente fruto de la erosión y las agresiones antrópicas. En esta vivienda A, un potente muro oriental, de 4 m de anchura, se prolongaba hacia el extremo meridional, decreciendo en amplitud hasta alcanzar una anchura aproximada de 1 m. Bajo el banco corrido documentado por R. Ramos en el extremo oriental de su estancia B, aparecía otro banco corrido y un hoyo de poste correspondiente a la fase constructiva más antigua, y que no parecían haberse construido al mismo tiempo, sino corresponder a continuas remodelaciones. A través de este espacio abierto se accedía al resto de las dependencias. En el extremo occidental y en paralelo al espacio A, había un nuevo espacio definido como habitación D, delimitado por el muro occidental de la habitación A y por los restos de otro que se sitúan en dirección E-SE a O-NO. En su extremo oriental pudo detectarse un nuevo banco corrido y varios suelos de hogares, así como calzos de poste, con abundante material arqueológico, entre el que destacaba una escudilla de madera carbonizada no conservada, varios colgantes de marfil y algunos punzones de hueso en una única fase constructiva. Parte de esta habitación había desparecido por el desprendimiento de la cresta rocosa en el extremo occidental del espolón. Esta circunstancia, unido a las grietas presentes en esta zona del yacimiento, habría hecho desaparecer parte de otra habitación en el extremo suroccidental, que no recibió denominación en la posterior publicación realizada. Desde el espacio B o patio también se accedía a un nuevo espacio -C-en el extremo meridional del poblado, de planta rectangular y que, a pesar de presentar estratos correspondientes a una única fase de ocupación con varios pavimentos, restos de hogares y calzos de poste, presentaba al menos dos muros superpuestos al muro oriental original de la misma. Estos debían corresponder a una segunda fase constructiva totalmente arrasada por la erosión. En el lado oriental de esta habitación aparecía un estrecho corredor de 0,50 m, interpretado como un conducto de evacuación del agua de lluvia procedente de la cubierta de esta vivienda y de la habitación E, así como del patio. A pesar de ello, en el interior de este espacio se documentaron restos de calzos de poste que podrían indicar que también este estuvo techado. Al este de dicho corredor se situaba el espacio o habitación E, que presentaba una estratigrafía indicativa de una única fase de ocupación, con un potente nivel de incendio que ofrecía una gran cantidad de material arqueológico. Presentaba una planta triangular, con dos hogares junto a su muro oriental. En el ángulo septentrional de esta habitación se detectó una fosa donde se había enterrado a un infante de unos 18 meses de edad aproximadamente, en el que se apreciaban las señales de un amplio corte en la parte frontal del cráneo producido por una hoja metálica de gran tamaño (Cloquell y Aguilar 1996; Jover et al. 2018). Según sus excavadores, la cultura material documentada, el uso de la técnica constructiva denominada "espina de pez" y, fundamentalmente, la presencia de una inhumación bajo el suelo de la habitación E reflejaban, de habría que considerar como infrapuestos al supuesto hogar registrado en la excavación realizada en 1981. Asimismo, esta habitación también presentaba un banco corrido en su extremo occidental. Desde esta primera unidad habitacional y a través de un vano de 1 m de anchura aproximadamente se accedía a un nuevo espacio -B-de pequeñas dimensiones (ver Fig. 6), interpretado como un pequeño patio cubierto o porche con gran cantidad de calzos de poste -7-y con un hogar situado en su extremo nororiental. Sin embargo, las excavaciones sólo documentaron un único derrumbe y finas capas de pavimento en esta zona, lo que hace pensar en una única fase constructiva. Los calzos de poste se encontraban a distinta altura y Figura 7. Revestimiento meridional de barro amasado de la plataforma F o bastión a la derecha y testigo B en primer término a la izquierda. Fotografía efectuada en 1989 por parte de A. González y E. Ruiz. En el perfil de la plataforma puede observarse el contorno de algunas de las unidades de barro amasado que lo conformaban. Fondo documental del Museo de Arqueología e Historia de Elche (MAHE). 7 manera incuestionable, el carácter argárico del yacimiento. Asimismo, su carácter fortificado tendría un sentido estratégico en relación al intenso poblamiento argárico del curso bajo del río Vinalopó (González y Ruiz 1995: 100). De esta manera, el asentamiento de Caramoro I, excavado prácticamente en su totalidad, puesto que solamente quedaban dos pequeños testigos -A y B-de unos 50 cm de anchura en la zona interior y exterior, pasaba a la bibliografía como un pequeño fortín argárico del que, aunque no fuera realizada ninguna datación absoluta, se habían señalado dos momentos de ocupación sin cambios apreciables a nivel material. El interés de actuar nuevamente en este enclave residía en la posibilidad de documentar las estructuras conservadas, intentando efectuar una lectura estratigráfica de las mismas para entender de forma más completa el asentamiento, así como excavar los testigos estratigráficos dejados por las anteriores excavaciones, para recuperar información que permitiera reconocer su secuencia y concretar, al menos, el momento de su fundación. necesidad de emprender reformas fueron incendios que obligaron a reacondicionar el espacio. Así, tanto en las excavaciones iniciales como en las últimas actuaciones, en los espacios A y E han sido detectados niveles de incendio sobre las pavimentaciones más antiguas, habiéndose conservado, además, algunas evidencias materiales de facto y basura primaria (Schiffer 1985). La fundación de Caramoro I y el primer momento de uso La trama del asentamiento se configura a través de la construcción de un gran muro longitudinal -UE 2001-, asentado sobre la base geológica de calizas bioclásticas, que siguiendo las curvas de nivel se prolonga ligeramente de NO a SE a lo largo de algo más de 30 m. Este muro no se conserva en su extremo más meridional, como consecuencia de los procesos erosivos de ladera (Fig. 9). No obstante, se prolongaría hasta empatar con un gran bloque natural, cerrando totalmente el acceso al asentamiento por este extremo. Este gran muro de doble cara, que sirve de delimitación y cierre del asentamiento, presenta una anchura media cercana a 1,20 m, aunque en el tercio más septentrional, justamente cuando la pendiente natural va aminorando, se va ensanchando hasta superar los 2,50 m. La altura conservada alcanza en algunos tramos 0,90 m. En su zona septentrional el muro acaba de forma rectilínea, dejando un espacio de acceso al área habitada de algo más de 4 m. Este espacio constituye el único acceso al interior del asentamiento. Como refuerzo a este muro, especialmente en su extremo central y meridional, fue creada una gran plataforma de aterrazamiento contenida por un antemural ataludado -UE 2000-levantado con bloques de gran tamaño, que en algún caso superan el metro. En sí, este antemural es un muro de aterrazamiento de distinta anchura, que conserva algo más de 2 m de altura y casi 4 m de ancho en la zona meridional, precisamente donde el muro principal de cierre hace una mayor inflexión y la pendiente es más acusada. Además, conserva más altura -y también anchura-, cercana a los 2,5 m, allí donde la construcción en su conjunto más lo requiere en relación directa con el incremento de la pendiente. Por último, cabe señalar que el antemural estaría totalmente enfoscado o revestido por una gruesa capa de arcillas verdosas, perfectamente alisada, cuyo grosor oscilaba entre 12 y 18 cm. Este revestimiento mantendría la disposición ataludada hasta empatar con el suelo de circulación detectado. El espacio delimitado por el muro principal -UE 2001-permitía planificar urbanísticamente un área con Así, los trabajos de limpieza y documentación arqueológica fueron iniciados el día 29 de junio de 2015 y desarrollados hasta el 22 de julio de 2015 y se retomaron nuevamente hacia las mismas fechas en 2016. Los trabajos fotogramétricos y planimétricos obligaron a dedicar buena parte del tiempo a la limpieza de las estructuras y de los ambientes ya excavados. El tiempo restante fue dedicado a la excavación de los restos del testigo A conservado en el interior del asentamiento, así como de algunos retazos sedimentarios en la zona D, algo alterados. La zona exterior también fue limpiada en parte para su fotogrametría, pero la conservación de parte del segundo de los testigos -B-con relleno sedimentario no alterado, aconsejó que su documentación fuese efectuada en 2016. Durante la campaña realizada en 2015 se pudieron reconocer y definir los espacios A, B, C, D, E, F, G, H e I, manteniendo las denominaciones de las excavaciones previas (Fig. 8). A ellos se incorporaron tres nuevos espacios: el espacio J, situado al O del muro UE 2018, el cual comprende un espacio de tendencia rectangular con unas dimensiones máximas de 9 m en el eje S-N y 1,55 m en el eje E-O, delimitando un área aproximada de 10,5 m 2; el espacio L, ubicado intramuros al SE del muro UE 2013 y al S de lo que sería la prolongación del muro UE 2001, el cual comprende un área de aproximada de 23 m 2 de tendencia rectangular; y el espacio K, estrecho corredor que ya había sido identificado por A. González y E. Ruiz durante sus excavaciones, pero que no había sido definido de forma independiente al resto de espacios. LECTURA SECUENCIAL Y DESARROLLO CONSTRUCTIVO DE CARAMORO I La labor de campo emprendida en 2015 y 2016 ha permitido fijar con mucha mayor precisión el proceso de construcción y ocupación del asentamiento. A través de la limpieza y excavación puntual en algunas zonas del asentamiento -testigos A y B, restos sedimentarios en el espacio D, zona de acceso e interior en el espacio A-y de la lectura estratigráfica de las estructuras murarias, se han podido determinar y reconocer, al menos, tres momentos de uso. No obstante, en general, la planificación espacial y la estructura arquitectónica del sitio no se transformaron en su esencia desde su fundación. Los diferentes momentos de uso detectados se concretan, básicamente, en ampliaciones, refuerzos murarios, reformas y saneamientos de determinados espacios. En algunos casos, la causa que pudo ocasionar la 9 piedra y margas verdosas, tendría una estancia con una superficie útil de unos 34 m 2, pavimentada solo parcialmente, aprovechando en parte la roca como suelo. Asimismo, contaría con un gran banco corrido en "L invertida" en su extremo suroriental. En el muro meridional del edificio fue planificado un vano escalonado con el objeto de acceder al resto de espacios meridionales. De dicho evento pudimos comprobar la conservación de una mínima parte del derrumbe -UE 1005-y del ajuar conservados como basura de facto en la zona del banco suroriental (Fig. 11). La presencia de un buen número de objetos muebles de diversa naturaleza, además de otros obtenidos en una ligera pendiente e infranqueable por su lado occidental y meridional, cercano a los 500 m 2, lo que se tradujo, una vez construidos los distintos edificios, en una superficie útil en torno a los 420 m 2. El acceso a los mismos solamente se podía efectuar por una estrecha franja situada en el extremo nororiental (Fig. 10). A partir de la documentación de distintos tramos murarios y de la información de sus excavadores, la distribución efectuada consistió en la construcción de distintos edificios, aunque el principal articulador de todo el espacio fue el denominado como espacio A. Se trata de un edificio de planta rectangular alargada, con su extremo septentrional absidal. El vano de ingreso se configuraría en su extremo nororiental, con una anchura inicial de aproximadamente 1,60 m. Este edificio, levantado con gruesos muros de Figura 9. Planta de la secuencia constructiva de Caramoro I. a) Muro inicial de delimitación del área de asentamiento; b) Estructuras de la primera fase constructiva de y ocupación. 10 de dos muestras de vida corta procedentes de la pavimentación inicial de este espacio (Beta-446590: 3580 ± 30 BP) y del nivel de incendio superpuesto (Beta-446589: 3580 ± 30 BP) han mostrado el mismo rango cronológico, por lo que la distancia temporal entre su construcción e incendio tuvo que ser muy breve, a inicios del II milenio cal BC. Desde el vano meridional del espacio A se accedía al denominado espacio B, una zona de tendencia pseudocuadrangular que serviría como distribuidor al resto de edificios. A través de la construcción de simples muros medianeros con disposición SO-NE, fueron delimitados distintos edificios -C, D, E y L-. Del espacio B (Fig. 12), del que no sabremos si formaría parte de otros espacios colindantes, sí podemos asegurar que estaría cubierto, dada la presencia de diversos calzos de poste documentados en las excavaciones de A. González y E. Ruiz. De igual modo, a partir de la información anotada por Ruiz en el diario de excavación de 1989, se constató la presencia de diversos lentejones de tierras cenicientas, lo que aseguraría la presencia de hogares en el mismo. Además, lo único que podemos señalar es la presencia de un pequeño banco adosado al muro meridional de la estancia A. las diferentes excavaciones efectuadas con anterioridad, ha mostrado que en su interior se efectuarían entre otras actividades la molturación de cereales, la producción textil, dada la presencia de pesas de telar, junto a diversas labores de mantenimiento y consumo alimenticio. Las dataciones absolutas obtenidas a partir Desconocemos si el muro que separaría los espacios C y E -UE 2015-conectaría con el muro occidental del edificio A, tal y como Ramos (1988) indicaba en sus croquis. Por un lado, al oeste de este muro, encontraríamos el denominado espacio C, del que no conocemos sus límites ni nororientales ni suroccidentales; mientras que hacia su lado oriental se definiría el espacio E, integrado por los muros 2015, 2013 y un pequeño tramo del muro 2001. En este espacio E es donde fue excavada la fosa de inhumación de un infantil, cuya datación (Beta-464794: 3620 ± 30 BP) muestra un cierto solapamiento con las obtenidas en los espacios A y D (Fig. 13). Del mismo modo, el espacio más meridional y oriental del asentamiento, el L, quedaría delimitado entre el muro 2013 y el tramo meridional del muro 2001. Relación de dataciones absolutas obtenidas de diversas muestras recuperadas en Caramoro I. alzado de un gran contrafuerte pétreo con planta de tendencia cuadrangular -UE 2002A-de unos 3,20 x 2,8 m de lado, al que se añadía un nuevo muro de refuerzo -2002B-adosado al muro 2001 en su cara occidental. Se creaba así una ampliación a modo de refuerzo del muro principal con planta en "P", prolongando en más de 2,8 m su trazado y reduciendo considerablemente las posibilidades de acceso al asentamiento (Fig. 14). Acompañando dicha ampliación, fue construida y adosada, en el tercio septentrional del trazado del muro principal de cierre por su cara externa, una gran plataforma a modo de contrafuerte o bastión con forma de arco de círculo -UE 2006, configurando el espacio H-de unos 14,20 m de longitud con dirección SO-NE, una anchura máxima de unos 3,35 m, conservando una altura de casi 0,60 m. Esta construcción viene a coincidir en su desarrollo con el tramo de mayor anchura del muro de cierre, finalizando justamente donde se iniciaría el antemural. Según Ramos (1988) estaba recubierto por una capa de barro en todo el trazado de su cara superior. Como refuerzo del tramo de conexión entre el antemural y este nuevo contrafuerte también fue construida un nuevo muro-plataforma cercana a 1 m de anchura. Al mismo tiempo, en el interior del asentamiento también se efectuaron diversas reformas. En el espacio A, al refuerzo en "P" se le añadió un banco en la zona de acceso, reduciendo considerablemente las dimensiones del vano. La presencia de tres postes de gran porte en esta zona de acceso -dos dispuestos en paralelo en ambos extremos de la cara occidental del nuevo contrafuerte y uno en el banco-permite plantear su techado. Mientras, en el ángulo sureste se construiría un gran hogar de tendencia semicircular, que fue excavado y levantado por Ramos en sus excavaciones. Elaborado con barro, presentaba un realce creado con piedra trabada. En el resto del área ocupada, se configurarían tres nuevos espacios a partir de la construcción de al menos dos nuevos muros. La construcción del muro 2014 arrancaría directamente del muro de cierre y, con un desarrollo curvo en su trayecto inicial, se extendería de forma paralela al muro 2015 en su tramo meridional, configurando el espacio K a modo de pasillo. Y, por otro lado, a oriente del muro 2015 se La coetaneidad de los muros que configuran los diversos espacios a los que se ha hecho referencia -UUEE 2015 y 2013-se apoya en varios argumentos. El primero es el hecho de que ambos muros, el 2013 y el 2015, arrancan directamente de la roca madre, cosa que no ocurre con el resto de tramos murarios detectados y conservados en estos espacios; en segundo lugar, que ambos muros presentan una disposición NE-SO, siendo plenamente rectilíneos y paralelos entre ellos; en tercer lugar, presentan una equidistancia claramente planificada en la distribución del espacio construido; la anchura de ambos muros, unos 0,50 m, y la técnica constructiva son las mismas; y, además, en su construcción fueron empleados bloques calizos, materia prima distinta a la habitualmente utilizada en el resto de muros, que son de conglomerados. En cualquier caso, la mejor cantidad de información corresponde al espacio C. De la excavación de los restos desmoronados del testigo A, se puede indicar que al primer momento corresponde la construcción de diversos calzos de poste, algunos de ellos, asociados claramente a los muros conservados. Y, al mismo tiempo, también corresponderían dos hogares ovalados practicados en la pavimentación inicial de este espacio -UE 1207-. Uno de ellos se localiza en el extremo más occidental del espacio C, mientras que el segundo se localiza a escasa distancia del muro 2015. El pavimento 1207 tiene su continuidad en el espacio D con la detección de otros tramos pavimentados -UE 1506-. La fecha de construcción del primer pavimento de la zona viene a coincidir plenamente con las dataciones obtenidas en el espacio A. Ello implica aceptar que las primeras pavimentaciones y, probablemente, también la construcción del resto del asentamiento, se llevarían a cabo a inicios del II milenio cal BC. Las primeras remodelaciones: el segundo momento de uso Durante la primera de las remodelaciones -segundo de los momentos de uso con reformas-se produjeron las mayores transformaciones y ampliaciones en Caramoro I. A este momento, poco tiempo después de la construcción del asentamiento a inicios del II milenio cal BC, corresponde la ampliación-refuerzo del muro 2001 en su extremo septentrional, consistente en el 13 Figura 14. Planta acumulativa de la secuencia constructiva de Caramoro I. Primeras remodelaciones constructivas y segundo momento de uso. a) En amarillo, las nuevas estructuras, indicadas además con el número de unidad estratigráfica asignado; b) Representación de las estructuras de Caramoro I durante el segundo de los momentos con indicación del hogar documentado por R. Ramos en el interior de la estancia A. Sección O-E de los espacios A y F, en la que se muestra la estratigrafía conservada, indicando las unidades estratigráficas reconocidas en el proceso de limpieza y excavación del perfil B. Este muro, más ancho que los muros iniciales y elaborado, al igual que el muro 2014, con bloques de conglomerado, presenta una disposición N-S, reduciendo el espacio C y generando la creación de un nuevo espacio útil a oriente de los anteriores, el J. Por lo demás, el espacio C continuó siendo utilizado de igual modo que en el primer momento de uso, al documentarse la construcción de un banco adosado -UE 2023-y un nuevo hogar -UE 2024-. Últimas reformas y acondicionamientos Desconocemos en qué momento preciso sería abandonado Caramoro I. No obstante, en el registro estratigráfico se han podido documentar otras remodelaciones que permiten sostener la existencia en el mismo de, al menos, un tercer momento de uso con reformas. Son varias las zonas del asentamiento donde han sido documentados tramos de muros correspondientes a este tercer momento, en la mayor parte de los casos superpuestos a otros que estuvieron en uso durante los momentos previos. En los espacios H, I y G extramuros, justo en la zona de conexión entre la plataforma 2006 y el arranque del antemural, detectamos el reacondicionamiento de la zona mediante el forrado con barro del espacio de unión entre ambos -1807-(Fig. 16a, ver también Fig. 7), la creación de un murete o pequeña plataforma de bloques de barro amasados -1806-(Fig. 16b) que, discurriendo en paralelo con el muro 2007; y, por último, un enlucido de barro de considerable grosor en el antemural -UE 1804-(Fig. 16b). Este murete o plataforma de barro estaría integrado por bloques amasados superpuestos, de diversos tamaños. El espacio A también sufrió diversas reformas, aunque en este caso solamente podemos inferirlas a partir de los documentos fotográficos no publicados proporcionados por Ramos. Consideramos que sobre el muro occidental del espacio A -UE 2011-fue levantado un nuevo muro más estrecho -UE 2037-, efectuado con cantos y conglomerados, del que solamente se conserva un pequeño tramo. No podemos asegurar que este muro corresponda únicamente al tercero de los momentos de uso descritos, pero dada la documentación en las excavaciones de Ramos de un muro en disposición oblicua al 2037, del que posiblemente arrancaría, el espacio A sería dividido en dos estancias -habitaciones A y B de Ramos-. En la segunda de las estancias también sería construido un nuevo banco, pero ahora adosado al muro occidental. Pero en este espacio también se construyó un nuevo muro de refuerzo, apoyándose y cubriendo parte de las estructuras y bancos del segundo momento situados en su lado oriental, a la vez que, como resultado de la misma obra, se cerraría el antiguo vano de ingreso en su zona septentrional, abriendo uno nuevo en su extremo más noroccidental (Fig. 17 al momento de construcción de los tramos de muros de este tercer momento o a basura de los momentos de uso previos. En definitiva, todo parece indicar que los espacios L, E, K, C y D de las ocupaciones anteriores ya no estaban en uso, habiéndose construido nuevos espacios habitacionales en la zona sobre los restos terraplenados o allanados en algunos puntos, de las anteriores ocupaciones. De estos momentos solamente se pudieron registrar las evidencias del abandono de la construcción de la que formaban parte los muros 2027 y 2026 -UE 1503-, del que fue datada una Por otro lado, la zona del espacio C también sufrió bastantes modificaciones. Sobre los restos del muro 2015 fue acondicionada la zona mediante rellenos sedimentarios de escasa potencia -UUEE 1302, 1303 y 1201-con el objeto de levantar un nuevo edificio del que solamente se conservan dos pequeños tramos de muros -UUEE 2017 y 2027-con disposición paralela entre ambos con dirección SO-NE, aunque un tercer tramo ya no conservado -levantado en las excavaciones de A. González y E. Ruiz-lo hacía en disposición contraria, pudiendo tratarse de una de las esquinas del edificio. De uno de estos rellenos de acondicionamiento fue seleccionado un fragmento óseo como muestra radiocarbónica. Con su datación pretendíamos determinar si ese resto de basura correspondía planteó el hallazgo de los restos de una empalizada de madera (Ayala 1991: 96, fig. 33). La amplia planificación de los accesos a los asentamientos, la destacada densidad de edificios y su organización a lo largo de pasillos de tránsito, permiten reconocer un urbanismo incipiente para el ámbito de El Argar. No obstante, no ha sido publicados en detalle el desarrollo de la secuencia constructiva y de ocupación de los mismos y en muy pocos casos contamos con trabajos específicos sobre su arquitectura (ver Contreras 2009-2010; Moreno 2010, para el caso de Peñalosa), habiéndose abordado, principalmente, la citada cuestión del urbanismo (Molina y Cámara 2004; Contreras 2009-2010) y las fortificaciones en El Argar (Serrano 2012; Lull et al. 2013Lull et al., 2014)), o las obras hidráulicas (Soler et al. 2004; Lull et al. 2015c). En Caramoro I no se han identificado construcciones que puedan interpretarse como cisternas. No obstante, espacios como el K y el G fueron asociados en intervenciones previas a la gestión de agua, concretamente a su evacuación. De todos modos, la interpretación de un espacio como calle o pasillo no excluye que también hubiera servido para la conducción y drenaje de agua, como se ha planteado, por ejemplo, en La Almoloya (Lull et al. 2015b: 71). Desde los inicios de El Argar, el uso de la piedra fue fundamental en grandes obras de infraestructura (Lull et al. 2014), así como en la construcción de viviendas y estructuras de actividad, en combinación con otros materiales. Como también ocurriría en el asentamiento de Caramoro I, la protección del enclave suele resultar de la combinación entre las características orográficas del emplazamiento y las construcciones artificiales, en las que, de acuerdo con lo que se conoce para estos momentos, generalmente predomina la técnica de la mampostería, pero también se aplicarían otras, como la piedra seca (Ayala 1979(Ayala -1980: 155;: 155; Eiroa 2004: 59), utilizada asimismo fuera del territorio argárico. En definitiva, el proceso de documentación llevado a cabo durante las campañas de 2015 y 2016 ha posibilitado detectar que en Caramoro I se produjeron, a lo largo de su ocupación, diversas reformas y remodelaciones a partir de las construcciones inicialmente edificadas. Estas remodelaciones, en esencia, no cambiaron la estructura del asentamiento, aunque sí lo fortificaron. El resultado de las dataciones obtenidas permite confirmar que el tiempo transcurrido entre la construcción del asentamiento y el último momento de abandono detectado no superó los 250 años. Su ocupación se desarrolló durante el primer cuarto del II milenio cal BC, aunque el balance cronológico radiocarbónico señala el periodo entre 2045 y 1749 cal BC como su posible duración máxima. La posibilidad de haber concretado su ocupación convierte a Caramoro I en un documento excepcional para el estudio del grupo argárico en estas tierras septentrionales. LAS FORMAS CONSTRUCTIVAS DE CARAMORO I EN EL ÁMBITO DE LA ARQUITECTURA ARGÁRICA Caramoro I presenta unos rasgos constructivos que, en general, son compartidos por otros asentamientos argáricos. Aunque en el territorio de El Argar han sido excavados un buen número de asentamientos, sólo de unos pocos han sido analizados sus rasgos arquitectónicos. El desarrollo de la investigación ha permitido conocer la construcción de asentamientos emplazados principalmente en ladera y en altura, donde son frecuentes las grandes construcciones de piedra, como en el caso aquí presentado, aunque también se conocen enclaves en llano, como Rincón de Almendricos (Lorca, Murcia) (Ayala 1985(Ayala, 1991) ) o Los Cipreses (Lorca, Murcia) (Martínez Rodríguez et al. 1999), que no habrían contado con muros de cierre o defensa hechos de mampostería, aunque en el primero de ellos se pero reforzado de forma considerable, la importancia del uso de la piedra en la construcción es indudable, este también reúne evidencias de construcción con tierra únicas, por el momento, para el ámbito de El Argar y que, además, fueron aplicadas en el área de cierre y mayor fortificación del emplazamiento, sobre y junto al bastión H. Se han documentado estructuras de piedra interpretadas como bastiones en otros asentamientos argáricos, como Tira del Lienzo (Delgado-Raack et al. 2015: 46), Cuesta del Negro, Cerro de la Encina o Peñalosa (Contreras 2009(Contreras -2010: 46): 46). Respecto a la disposición de la piedra mediante el aparejo en espiga, cuya presencia ya hemos indicado en Caramoro I, también está constatada en asentamientos de El Argar, como la Bastida (Ponsac et al. 1947: 48) o el Barranco de la Viuda (Medina y Sánchez 2016: 39). En algunos yacimientos del territorio argárico se ha señalado el empleo de tipos concretos de litologías. La arenisca en forma de bloques fue la principal materia prima utilizada en la edificación de viviendas, plataformas de aterrazamiento e incluso cisternas, en asentamientos argáricos como Castellón Alto (Galera, Granada) (Contreras 2009-2010: 52), sin olvidar el empleo de arcillas margosas locales en el trabazón y revestimiento de los muros. En otros asentamientos argáricos se utilizan otras rocas, como en Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén), donde la pizarra fue empleada en sus construcciones de mampostería, una piedra también utilizada, entre otros tipos, en La Bastida de Totana (Murcia) (Lull et al. 2015a: 75). En el caso de la construcción de la muralla argárica de la Bastida, de piedra trabada con mortero, ha sido planteado que se escogieron, prioritariamente, areniscas procedentes de un área más alejada del emplazamiento de la muralla, en vez de la pizarra y la caliza disponibles en el sitio, a causa de su mayor facilidad para ser transportadas y escuadradas (Lull et al. 2015a: 51). Del mismo modo, se ha interpretado que las piedras utilizadas en las edificaciones de Tira del Lienzo se habrían obtenido de una rambla cercana, dada la gran dureza de la litología de la cima del cerro y la poca resistencia de los yesos que forman su base (Lull et al. 2015a: 168). Al igual que en los casos comentados, en Caramoro I las rocas se emplearon como mampuestos en el alzado de los muros y bancos de las diferentes estancias, así como en las partes fortificadas. Se han podido diferenciar tres tipos. En primer lugar, calizas biclásticas arenosas de distintos tamaños, siendo de este material los grandes bloques de más de 1 m de longitud. Estas mismas calizas fueron empleadas en el Barranco de la Viuda (Lorca, Murcia) (Medina y Sánchez 2016: 41). Este tipo de roca constituye la base sobre la que fue planificada la instalación del asentamiento. Las calizas están acompañadas de bloques de areniscas, también abundantes en la zona, así como de conglomerados de tamaño medio, entre 20 y 50 cm, integrados por cantos calizos mesozoicos cementados en arenas cuya procedencia se encuentra bajo las calizas biclásticas, en la misma columna estratigráfica que configura el espolón rocoso que ocupa Caramoro I (Fig. 18). Toda esta serie de recursos litológicos, incluyendo los sedimentos empleados en su trabazón y revestimiento, serían obtenidos en el entorno. A lo largo de las márgenes del río Vinalopó, entre las sierras de Tabayá y Borbano, y en un radio inferior a 5 km de distancia de Caramoro I, se pueden observar una serie de tramos bien escalonados donde destaca la presencia de arcillas y yesos del Triásico, margas arenosas y areniscas masivas del Burdigaliense superior, a los que les siguen otras del Tortoniense y Andaluciense, y que se completan con los conglomerados señalados. En el techo de esta secuencia se suele encontrar caliza biclástica arenosa con fauna marina (Pignatelli 1973). Entre los factores que influirían a la hora de utilizar un determinado tipo de piedra como material constructivo se encontrarían su dureza y resistencia estructural, su capacidad para resistir la erosión, la facilidad a la hora de extraerla de una cantera, en su caso, y de darle forma, así como su disponibilidad en el entorno, en relación al coste de su transporte (Rapp y Hill 2006: 214). Así, las rocas sedimentarias como las calizas arenosas y los cantos calizos empleados en Caramoro I son generalmente más fáciles de trabajar respecto a otras rocas, como las metamórficas o ígneas y, por ello, serían utilizadas como materiales de construcción (Morriss 2000: 27). Además, su abundancia y variedad de tamaño en el mismo emplazamiento donde se ubica Caramoro I habrían facilitado enormemente su obtención y puesta en obra. Respecto al uso de la piedra en la construcción de viviendas argáricas, sólo en algunos enclaves, como La Bastida o Peñalosa, se conocen edificaciones en las que los muros se habrían construido con mampostería hasta una importante altura o por completo. Por el contrario, es habitual la construcción, sobre zócalos de piedra, de alzados de tierra, combinada o no con elementos vegetales, siendo construidos con tierra masiva (Guillaud et al. 2007; Knoll et al. e. p.; entre otros) o mediante la técnica del bahareque, de lo que se conocen numerosos ejemplos a lo largo del territorio argárico. En el caso concreto de Caramoro I se construyeron 11 espacios diferentes. La planta de los mismos es alargada, con una forma más o menos rectangular, formada por muros en su mayoría rectilíneos, aunque construyéndose también algunas formas de tendencia curva. Respecto a las técnicas constructivas detectadas, los alzados habrían sido construidos mediante la técnica de la mampostería de piedra, en su mayoría por completo, aunque no podemos descartar del todo que algunos muros interiores y de menor grosor hubieran contado con parte del alzado construido con otra técnica. El estudio macrovisual de los fragmentos constructivos de barro de Caramoro I ha hecho posible visibilizar el empleo de diferentes técnicas de construcción con tierra (Doat et al. 1979; Knoll y Klamm 2015; Knoll et al. e. p.;entre otros). Entre ellas se han identificado las del amasado, bahareque (Viñuales et al. 2003; Guerrero 2007; Pastor 2017), manteado de barro sobre diferentes especies vegetales y amasado de barro en forma de bolas (Fig. 19) (Pastor et al. 2018), aplicadas junto con la mampostería. En el estudio macrovisual de los restos constructivos de tierra del asentamiento no se han hallado improntas de troncos, aunque la presencia de postes de madera está constatada mediante la ya citada documentación de sus calzos en casi todos los espacios, además de en el contrafuerte de acceso al asentamiento. En cuanto a la construcción de tabiques internos que dividan las estancias, frecuentes en la arquitectura argárica, únicamente se ha identificado un posible muro medianero, que habría sido construido con tierra y piedras, en el espacio A. Referencias a los aspectos constructivos de los enclaves argáricos existen desde los inicios de su estudio (Siret y Siret 1890). En la obra de Lull (1983) sobre El Argar, también se abordaba la caracterización de las edificaciones de muchos asentamientos, desde Laderas del Castillo (Callosa de Segura, Alicante) hasta el propio enclave de El Argar (Antas, Almería), en los que se apuntaba el empleo de la técnica del bahareque, asociada principalmente, aunque no exclusivamente, a las cubiertas. La forma que se ha planteado mayoritariamente para las techumbres de las construcciones argáricas es que serían planas o inclinadas a una vertiente, La madera y la materia vegetal, aunque menos visibles, también fueron materiales constructivos de importancia en labores constructivas. En Caramoro I se han conservado diversos agujeros de poste en el interior del asentamiento que habrían contribuido a sustentar las techumbres, algunos exentos, y otros encastrados en los muros, bancos y contrafuertes. Asimismo, la madera se habría utilizado en largueros y travesaños de las cubiertas, aunque no se han conservado evidencias directas de ello. El estudio de los restos antracológicos recuperados tanto en las excavaciones antiguas, como en las recientes6, ha ofrecido una imagen de la vegetación leñosa que habría estado presente en el entorno del enclave, además de apuntar la selección de distintas especies para las actividades constructivas. Se ha observado una presencia significativa de pino, olivo y pistacia, además de tamarindo, conservándose en algunos casos en forma de troncos de gran tamaño y asociados a calzos de poste. En el entramado de las techumbres se habría utilizado materia vegetal, habiéndose recuperado una decena de restos de barro con improntas de caña y carrizo (Fig. 20) que podrían pertenecer a las cubiertas, así como improntas de hojas alargadas y planas, posiblemente pertenecientes también a estas plantas. También se utilizaron vegetales integrados en los morteros de tierra, a modo de estabilizante y contribuyendo a conformar las bolas y bloques de barro amasado. Las mismas especies identificadas en Caramoro I se documentan en otros poblados argáricos como Rincón de Almendricos (Ayala et al. 1989: 284), Barranco de la Viuda (Lorca, Murcia) (García Martínez et al. 2011) o Castellón Alto (Contreras 2009-2010: 52), estando también presente en Cabezo Pardo (Carrión 2014). La importante presencia del empleo del pino carrasco en los asentamientos de la Edad del Bronce ha sido resaltada también por diferentes investigaciones antracológicas (Grau 1998; Carrión 2005: 275; Machado et al. 2004Machado et al., 2009)), aunque en el ámbito argárico alicantino, murciano y almeriense parece existir una cierta preferencia por el tamarindo, la olea, e incluso la pistacia. Ejemplos como Cabezo Pardo (Carrión 2014) pero también del cercano yacimiento del Bronce Final de Caramoro II (García Borja et al. 2010), e incluso más meridionales como Fuente Álamo (Carrión 2005) así lo atestiguan. Esta diferenciación entre unas latitudes y otras parece responder, por un lado, a las condiciones más áridas y cálidas de las tierras del sureste en sentido estricto, lo que facilitaría el predominio de especies como el acebuche, el tamarindo, y en las zonas más degradadas, de la pistacia, frente al pino. Pero también, a un uso preferencial de aquellas especies que, cumpliendo los requerimientos exigidos para su empleo en labores constructivas, se encontraban de forma más extendida en los entornos de los asentamientos. En el caso de Caramoro I, su proximidad a estribaciones montañosas facilitó la selección de pino, pero también de tamarindo, olivo y pistacia. Mientras que en las tierras del Bajo Segura la proximidad de los yacimientos estudiados a zonas encharcadas invirtió los términos, siendo preferente el uso del tamarindo. Las técnicas constructivas empleadas en los asentamientos argáricos suelen mencionarse y en algunos casos se indica la presencia de restos constructivos de tierra (ya en Siret y Siret 1890). No obstante, no abundan los estudios específicos sobre los materiales y técnicas constructivas empleados en el ámbito de El Argar. En este sentido, entre los trabajos que abordan los materiales constructivos argáricos destacan los de restos de tierra, realizados desde una perspectiva tanto macroscópica como microscópica. En el interior de Caramoro I son pocas las evidencias que se han podido conservar de la construcción con tierra, aunque posiblemente habría sido aplicada en un mayor número de partes constructivas de las que ha quedado testimonio arqueológico, como en estructuras de equipamiento interno o externo de las edificaciones, de las que se han conservado sólo algunos restos parciales. En las áreas intramuros, el uso del barro se observa principalmente en el mortero de unión de los mampuestos, en revestimientos y en las pavimentaciones. Se han identificado hogares en el espacio interno de algunas edificaciones, así como bancos ubicados en los espacios A, B y C, en los que se habría utilizado tanto la tierra como la piedra. No obstante, en el recinto exterior se han conservado restos de estructuras de tierra de gran relevancia, ya documentadas en las excavaciones de finales de los años 80 e inicios de los 90, cuyo estudio ha podido ser abordado a raíz de las últimas intervenciones (Pastor et al. 2018). El sedimento cuaternario con cantos existente en el entorno inmediato fue utilizado como relleno de contrafuertes y del antemural. Y arcillas margosas de tonos ocres y verdosos fueron empleadas en el alzado y revestimiento del bastión H y en un tramo de bloques de barro amasado −UE 1806−. En este conjunto destaca la constatación de la técnica constructiva del amasado en forma de bolas, no sólo a través de la recuperación de sus restos constructivos −habiéndose documentado más de un centenar−, sino también por la conservación de un ejemplo directo de su empleo en el alzado de una estructura (ver Fig. 16b). No conocemos ejemplos en la bibliografía científica que recojan su uso en asentamientos Figura 20. Cara externa de un resto constructivo con huellas paralelas de alisado manual, generadas por los dedos de la mano. b. Cara interna con diversas improntas de carrizo. argáricos, aunque consideramos que es muy posible que esta forma de construir se hubiera empleado en otros enclaves. Aunque en Caramoro I no se ha detectado hasta la fecha, en distintos asentamientos del ámbito de El Argar se ha propuesto la presencia de enlucidos de cal o encalados, como en La Bastida, Tira del Lienzo (Lull et al. 2015a: 76, 168) Por último, merece mencionarse que Caramoro I guarda significativas concomitancias con otros asentamientos bastante alejados, como Piedras Bermejas (Baños de la Encina, Jaén) (Contreras et al. 1993), localizados en el extremo noroccidental del territorio argárico, en la cuenca del Rumblar. Este emplazamiento, definido como un asentamiento estratégico tipo fortín, es conocido por las actuaciones llevadas a cabo para su documentación planimétrica y topográfica. Se caracteriza por su reducido tamaño -ocupando una superficie de 750 m 2 -, la existencia de un recinto de planta piriforme con unas dimensiones máximas de 32 m de longitud por 22 m de anchura, y la presencia de potentes muros con un grosor que oscila entre 1,60 y 2 m. En él se distinguen dos espacios diferentes, una torre de tendencia circular en el ángulo sureste para reforzar la entrada -similar a las documentadas en Peñalosa (Fig. 21)-, con una envergadura de los muros superior a los 2 m, y un recinto oval amurallado en el que abren dos accesos opuestos, situados en las zonas noroeste y sur, ya que son las zonas que permiten un acceso de menor dificultad. En un segundo momento, se produjo una reestructuración de estos accesos, adosando nuevos tramos adaptados al trazado de la estructura original y estrechando con ello las puertas de acceso. Finalmente, se produjo el definitivo cierre de la puerta sur y un reforzamiento general con adosamientos sucesivos de lienzos en todo este flanco, dejando sólo el acceso desde el noroeste (Contreras et al. 1993). Procesos similares de refuerzo de los accesos han sido documentados en Caramoro I. La protección y la limitación del acceso al interior del asentamiento fue una de las grandes preocupaciones de sus constructores durante el periodo en el que estuvo ocupado. Caramoro I es un asentamiento argárico excavado durante las décadas de 1980 y 1990 con objetivos de investigación muy diversos. Lamentablemente, la publicación parcial de los resultados de estas intervenciones (Ramos 1988; González y Ruiz 1995), provocó que este enclave fuera un gran desconocido, tanto a nivel científico como social. Los trabajos emprendidos recientemente han posibilitado la obtención de información de mejor calidad, siendo el único asentamiento de pequeñas dimensiones que se había excavado en los confines orientales de El Argar (Jover y López 1997, 2009). A pesar de las limitaciones impuestas por la ausencia de referencias estratigráficas procedentes de las intervenciones previas realizadas en el yacimiento, la reinterpretación del mismo a partir de la lectura estratigráfica de sus estructuras, apoyada en una serie de dataciones absolutas, ha permitido caracterizar su Agradecemos a Alfredo González Prats y Elisa Ruiz Segura el proporcionarnos la planimetría efectuada durante sus excavaciones en el yacimiento, así como acceso a la copia del diario de excavación y documentación fotográfica. También a Ana M. Álvarez Fortes, codirectora de los trabajos en Caramoro I en 2015 y 2016 y técnica del Museo Arqueológico y de Historia de Elche, las facilidades prestadas en el acceso y consulta de los fondos materiales y documentales. Y a Mónica Ruiz Alonso, investigadora del CSIC, los datos utilizados procedentes de un estudio en proceso de publicación. desarrollo constructivo y planificación urbanística. El rasgo más destacable, en este sentido, ha sido poder confirmar una gran inversión laboral que fue efectuada en su inicial construcción, posterior fortificación y protección de su acceso, a pesar de tratarse de un asentamiento de muy pequeño tamaño donde las actividades fundamentales estuvieron orientadas a la producción agropecuaria. Por esta razón, más que calificarlo como torre vigía (Ramos 1988) o fortín (González y Ruiz 1995), deberíamos considerarlo como un pequeño asentamiento de carácter agropecuario fortificado o granja fortificada. En este sentido, aunque la planificación interior, caracterizada por un edificio principal y otros adyacentes, no difiere de otros núcleos argáricos un poco mayores también dedicados a actividades agropecuarias, caso de Cabezo Pardo (López 2014) o la Tira del Lienzo (Lull et al. 2015a), la arquitectura defensiva no tiene parangón, y no parece haber estado presente en los núcleos citados. Aunque el modelo de compleja articulación económica observado en la Vega Baja del Segura (López y Jover 2014) es precisamente el mismo que se ha propuesto para el valle del Guadalentín (Delgado-Raack 2008), la organización territorial del Bajo Vinalopó guarda similitudes con el patrón de asentamiento propuesto en los análisis más recientes para el valle del Rumblar (Cámara et al. 2007). En este territorio que, al igual que el que aquí estudiamos, constituye otro de los confines de El Argar, se ha sugerido la existencia de diferencias entre los asentamientos en cuanto a su capacidad estratégica, así como la presencia de enclaves de muy pequeño tamaño caracterizados como fortines. Estos últimos se distribuyen desde los bordes de la Depresión Linares-Bailén hasta el interior de la cuenca del Rumblar, habiéndose constatado también asentamientos de mayores dimensiones, aunque dentro de una articulación territorial en la que estarían controlados por los núcleos centrales de la Depresión y de la Loma de Úbeda, donde la jerarquización social se muestra de forma más clara en los enterramientos (Zafra 1991; Zafra y Pérez 1992; Lizcano et al. 2009). Por tanto, la función que pudo cumplir Caramoro I entre el 2000 y el 1750 cal BC en los límites septentrionales de El Argar debe ponerse en relación con su ubicación en una de las vías principales de entrada y salida al espacio social argárico, lo que explicaría su especial configuración y arquitectura.
Desde el año 1996 surge una preocupación en el seno del Laboratorio de Arqueología y Formas Culturales (IIT, USC) (en adelante LAFC) por que la comprensión, el conocimiento y la gestión del Patrimonio Construido gallego, se lleve a cabo desde una línea de investigación adscrita al campo de la Arqueología de la Arquitectura que presentase unos presupuestos teórico-metodológicos bien definidos. En este sentido se desarrolló una incipiente línea de trabajo que abordaba tanto las construcciones de época prehistórica, como protohistórica e histórica. En la actualidad esta misma línea de investigación se ha vinculado al recientemente formado Laboratorio de Arqueología del Instituto de Estudios Gallegos Padre Sarmiento (CSIC-Xunta de Galicia) (en adelante LAr), cuyos resultados se han presentado en el Seminario Internacional Arqueología de la Arquitectura a través de cuatro pósteres en los que se expone por un lado el programa general de análisis en patrimonio construido y por otro se ejemplifica con una serie de trabajos desarrollados en el seno de este laboratorio, que abordan desde la arquitectura funeraria de los túmulos megalíticos hasta el estudio de una pequeña iglesia parroquial situada en los Ancares lucenses. Este último caso, así como la metodología empleada, es el que se desarrollará en el presente texto. Dicho programa de análisis parte, como se decía, de la premisa de que existe un Patrimonio Construido que debe ser gestionado. Así, desde el punto de vista de la investigación básica se pretende cubrir tres objetivos: facilitar la comprensión e interpretación del pasado; establecer una base teórica que observe la arquitectura como un producto social; y generar conocimiento. Por otro lado, desde una vertiente aplicada se atendería a la protección y gestión integral del Patrimonio. A su vez, la metodología adoptada en dicho programa conlleva los siguientes objetivos: describir un espacio construido según su propia lógica sin introducir sentidos extraños a ella, es decir, deconstruirlo; y construir conocimiento arqueológico. Los presupuestos serían los siguientes: adoptar una aproximación tipo zoom integrando diferentes escalas que examinen regularidades espaciales en diferentes niveles; emplear el análisis formal como herramienta básica que implica la suma de deconstrucción y descripción; entender la arquitectura como un proceso constructivo; el modelo se concibe como la reconstrucción de su sentido original; mientras que el estilo como la forma regular de materialización de un concepto espacial, concepto que es constante para diferentes manifestaciones de la misma formación sociocultural; el último presupuesto establecería que el sentido espacial se puede interpretar mediante analogías débiles. Finalmente, las herramientas básicas adoptadas se basan por un lado en la deconstrucción y por otro en el uso de diagramas como elemento sintetizador. Así, dentro de esta línea se emplean el análisis formal, en el cual se englobarían el análisis estratigráfico (que desarrollaremos más adelante) y el análisis espacial, y los análisis de percepción, que a su vez engloban análisis de movilidad y análisis de condiciones de visualización. EL ANÁLISIS ESTRATIGRÁFICO DE ALZADOS COMO HERRAMIENTA METODOLÓGICA Como se ha indicado, ésta es una de las herramientas empleadas dentro de esta línea de trabajo y concretamente la que se ha aplicado en el estudio de la iglesia parroquial de Santa María de Castro. El objeto de estudio de este tipo de análisis es el espacio construido y se viene aplicando tanto a arquitectura protohistórica como histórica. Los objetivos que se pretenden cubrir con el empleo de esta metodología bajo los presupuestos de la Arqueología de la Arquitectura, son fundamentalmente cuatro: -El estudio del espacio construido desde un punto de vista estructural, funcional y simbólico. -Identificar, ordenar y datar las etapas de vida del edificio. -Llevar a cabo el análisis pormenorizado de las unidades estratigráficas que conforman el edificio. -Establecer su secuencia estratigráfica. Esta metodología parte de modelos desarrollados con anterioridad en Historia del Arte, Historia de la Arquitectura y Arqueología. Básicamente se podría establecer su proceso de trabajo en los siguientes puntos (dicho proceso La iglesia de Santa María de Castro se localiza en el municipio de Cervantes (Lugo), en un pequeño valle de montaña situado en el W de la Sierra de los Ancares. Se asienta sobre un yacimiento castreño y una necrópolis cristiana. En el año 1994 durante las obras de remodelación del acceso a la iglesia de Santa María, quedan al descubierto una serie de estructuras que motivaron la realización de tres campañas de excavación en los años 1995, 1996 y 1999, a instancias de la Dirección Xeral de Patrimonio Cultural y ejecutadas por la empresa arqueológica Terra Arqueos. Estas intervenciones, que contemplaron excavación, consolidación y acondicionamiento de los restos, documentaron la existencia de un castro posteriormente ocupado por una necrópolis cristiana de época posiblemente bajomedieval. A la hora de abordar el estudio de la iglesia de Santa María de Castro, y con la intención de establecer un acercamiento a aspectos referidos a su localización geográfica y su etapa de formación, eran básicos los datos facilitados por la excavación del castro y la necrópolis. En este sentido, la primera aproximación que se realizó al análisis de la iglesia se hizo a través de la comprensión de las ocupaciones existentes con anterioridad a la misma, el castro y la necrópolis, ya que podían proporcionar datos de gran interés a su estudio. La iglesia parroquial había sido catalogada recientemente como contemporánea (s. XX), sin embargo eran varios los datos que apuntaban a que podría enclavarse en una cronología anterior, concretamente la existencia de unas pinturas murales (descubiertas durante las intervenciones arqueológicas) en una pequeña ventana situada en el testero, en la actualidad cegada tapando en parte las pinturas, y por la forma de la ventana alancetada, que hacían pensar que esa cronología podría ser errónea. Estos datos llevaron a plantear la necesidad de realizar un estudio exhaustivo desde una metodología distinta, ya que la ausencia de elementos estilísticos o tipológicos o el tipo de técnica constructiva empleada imposibilitaban fechar correctamente el edificio desde planteamientos más clasicistas propios de otras disciplinas. Santa María de Castro es una pequeña iglesia rural de planta basilical absidiada. Se compone de nave única de planta rectangular y ábside de menor altura que la nave, también de planta rectangular. Debe indicarse que tanto la nave como el ábside no guardan proporciones regulares. La iglesia cuenta en la actualidad con dos vanos de entrada, situados en sus fachadas S y W, ambos rematados al exterior por arcos de medio punto dovelados, con derrame al interior, el S adintelado y el W rematado en arco escarzano. Asimismo, se conservan cinco ventanas en su fachada meridional, todas ellas irregulares, con doble derrame y rectangulares al exterior e interior, exceptuando la más occidental abierta en el ábside que es de medio punto al interior. En el testero se conserva también una pequeña ventana de forma alancetada. Toda la fábrica está realizada en aparejo de mampostería de lajas de esquisto, posiblemente revestida en su totalidad al exterior, conservándose el revestimiento en algunas zonas. Se debe indicar que el edificio carece de elementos de estilo, con excepción de la ventana alancetada anteriormente citada y una espadaña de tres cuerpos que corona su fachada W. -La referencia documental más antigua es del año 1584, momento en que se denomina al edificio como capilla. -Las fuentes escritas posteriores a este año no ofrecen datos de interés, tan sólo una referencia cronológica a su existencia. Algunos de ellos, ya en el s. XX nos hablan de reparaciones puntuales. -La escasez de referencias al edificio dificultaba en estudios anteriores su asignación a un estilo histórico o a una cronología absoluta. A modo de conclusiones se puede indicar lo siguiente: -Responde a la tipología de iglesia rural habitual en la zona de montaña lucense. • Mampostería de piedra local • Pórtico o cabildo antepuesto a la fachada • Muros gruesos y escasa altura de las naves • Escasos vanos y de pequeño tamaño • Fachada de corte pentagonal rematada en una espadaña habitual en el barroco rural gallego entre el 2.o 1/3 del s. XVIII y 1/2 del s. XIX. En esta zona se realizan en lajas de pizarra motivando la ausencia de elementos decorativos. -La planta es un modelo que se repite en el arte rural gallego desde la Edad Media hasta la Edad Moderna. -Sus elementos estructurales y aspectos técnicos se ajustan al tipo de templo rural gallego común entre el s. XVI y el s. XIX. Resultados del análisis estratigráfico La pervivencia de tipologías y técnicas constructivas en el arte rural gallego, el uso de piedra local y la ausencia de elementos de estilo, dificultaron en gran medida la lectura. Sin embargo, el rigor de esta metodología permitió llevar a cabo un análisis exhaustivo en el edificio y se cree que precisamente en estos casos, donde no se trabaja con arquitectura monumental, este tipo de estudios permiten identificar la secuencia del edificio, que de otra forma quedaría incompleta. Fase bajomedieval: finales del s. XIII -s. XIV En las zonas bajas del ábside y parte del segundo tramo de la nave se identificaron restos de una fábrica con un aparejo diferente al conservado en el resto de la iglesia (mampuestos de mayor tamaño dispuestos en hiladas bastante regulares) y a diferencia de éste asentado a hueso. Se trataría de los restos de una planta anterior sobre la que se construye la iglesia actual, contemporánea a la necrópolis excavada de finales del s. XIII -s. XIV, datada en esta fecha gracias a la aparición de una moneda de esta época documentada durante las excavaciones y al tipo de tumbas exhumadas en la necrópolis. Se considera que este primer edificio, de menores dimensiones que el actual y concebido como capilla, tendría relación con los procesos de cristianización del castro. Distintas fases del proceso de trabajo: toma de datos en campo, elaboración de la planimetría e introducción de datos en un archivo informático Fase tardogótica: finales del s. XV Sobre esta fábrica, se levanta una nueva iglesia, posiblemente con la misma planta, a finales del s. XV. De este período se conservan el ábside y parte de lo que constituye hoy el segundo tramo de la nave, ambas estructuras estaban realizadas en aparejo de mampostería de lajas de pizarra de pequeño tamaño, tendiendo a formar hiladas y presentaba restos de un mortero de cal (aunque se han recogido muestras de los morteros, revestimientos y pinturas, todavía no se han obtenido los datos resultantes de los análisis). Conservamos como fósil director la ventana alancetada del ábside, en cuyo interior se conservan unas pinturas fechadas en el s. XVI. Es el análisis formal de esta ventana, el que nos lleva a datar esta fase en un momento tardogótico, en el que aún se están empleando tipos que en otras zonas ya se han sustituido por nuevas formas más propias ya de época moderna. Fase moderna I: último tercio del s. XVI En el último tercio del s. XVI se produce una ampliación de la nave tardogótica hacia el W, que respondería a la conversión del edificio en iglesia parroquial, ya que aunque existe una importante ausencia documental entre fin. del s. XVI y fin. del s. XVII período en el que pasa de denominarse capilla a iglesia parroquial en los documentos conservados de ambas fechas. Como consecuencia podría derivarse la necesidad de ampliar el edificio para dar cabida a un mayor número de fieles con motivo de la nueva situación del edificio. A este período correspondería también la construcción de la puerta N del edificio y las pinturas que cubrirían al menos el ábside, de las cuales se conservan restos visibles en el interior de la ventana del testero, aunque se cree que podrían conservarse también en el ábside, actualmente encalado, a no ser que hayan sido afectadas por un incendio que se ha documentado en el s. XX por fuentes orales y que motiva la reforma del mismo. Por otro lado, se ha observado la existencia de restos de estucado en el exterior del ábside y en diferentes partes del segundo tramo de la nave. Se han fechado estos restos Fase moderna III: finales del s. XVIII -principios del s. XIX En este momento se lleva a cabo el cierre del edificio por el W mediante una fachada de corte pentagonal rematada en una espadaña de dos cuerpos a la que se accedería mediante una escalera lateral por el lado S, a la que se adosa un pórtico o cabildo. En la actualidad se ha perdido el cabildo, pero se conservan en otras iglesias de la zona. Estas estructuras funcionaban como pórticos para resguardo de los feligreses, pero también, y de ahí su denominación, como lugares donde el cabildo llevaba a cabo tareas administrativas en relación con la parroquia. También se ha perdido la escalera de acceso a la espadaña. Ambas pérdidas se producen cuando a prin. -1/2 del s. XX el párroco lleva a cabo obras en el entorno de la iglesia para crear un acceso directo desde el W mediante una escalera, lo cual obliga a eliminar la estructura que forma el cabildo y a su vez las escaleras que se apoyaban en éste. Asimismo corresponderían a esta fase la apertura de ventanas rectangulares con doble derrame en el alzado S, la apertura de la puerta S, de las mismas características que la W. También se cierran los vanos del alzado N, la puerta del XVI y una pequeña saetera posiblemente del edificio de finales del s. XV. Finalmente, se lleva a cabo el revestimiento exterior de todo el edificio. Fase contemporánea I: s. XIX En esta fase las obras llevadas a cabo no afectan a la estructura del edificio. A lo largo del s. XIX se producen roturas importantes en los muros, motivadas en parte por las reformas llevadas a cabo en la fase anterior. Éstas afectan fundamentalmente al alzado S del edificio, debajo de las ventanas, y al ábside. Se llevan a cabo las reparaciones de estas roturas, así como un nuevo revestimiento del exterior de la construcción. Fase contemporánea II: s. XX Ya en el s. XX se cubre nuevamente el edificio, con una cubierta a dos aguas realizada en lajas de pizarra, como se ha documentado gracias a los libros de fábrica conservados de este siglo. También se llevan a cabo reformas en el interior del templo, en el artesonado que se soluciona ahora con un entablado de láminas de madera, en el ábside y se reviste todo el interior. Asimismo se elimina el cabildo y la escalera de acceso a la espadaña. Finalmente, se llevan a cabo nuevos revestimientos puntuales en el exterior de la construcción. Alzado N con la diferenciación de elementos y actividades y diagramas de elementos y actividades con su periodización -La necesidad de efectuar una nueva lectura una vez levantados los revestimientos en el interior del edificio donde no se pudo efectuar un análisis completo debido a que no se observaban sus fábricas, ya que se cree que podrían conservarse pinturas al menos en el ábside, en relación con las pinturas documentadas en el abocinamiento de la ventana absidial. -La necesidad de realizar una excavación en área en el interior del edificio y parte de su exterior, que permita conectar estratigráficamente castro, necrópolis cristiana y primitiva capilla. Finalmente, se pretendía contribuir al interés demostrado por la empresa arriba mencionada por que se efectuase un estudio completo del edificio que permitiese establecer una conexión entre la iglesia y el yacimiento excavado, en caso de existir. Su intención era la de conseguir que el estudio fuera contemplado en el proyecto de restauración y continuar con los trabajos en el castro, que implicaran su revalorización, dada la potencialidad del yacimiento. BALSA DE LA VEGA R., 1912, Catálogo-Inventario monumental y artístico de la Provincia de Lugo: lo llevó a término por Real Orden de 21 de junio de 1911. CABALLERO ZOREDA L., Método para el análisis estratigráfico de construcciones históricas o «lectura de paramentos», Informes de la Construcción,453,. FERNÁNDEZ GÓMEZ R. M.a, 1998, El Arte Religioso en la Sierra Oriental de la provincia de Lugo, por tierras del Camino Primitivo (s. XV-XX). Catalogación, tesis doctoral (editada en CD). GARCÍA CONDE A. Y LÓPEZ VALCÁRCEL A., 1999, Epistológico Lucense, Lugo: Fundación Caixa Galicia. GARCÍA IGLESIAS J. M., 1979, La pintura en Galicia durante la Edad Moderna: el siglo XVI, Santiago.
Antropometría aplicada a la interpretación de la arquitectura histórica. El artesonado del Salón de Caballeros XXIV de la Madraza de Granada y las dudas sobre su origen Durante la restauración del edificio realizada en los años 2006 y 2007 se llevó a cabo una excavación arqueológica cuyos resultados permitieron plantear una hipótesis sobre su distribución original (Fig. 4). En este documento vamos a analizar la evolución constructiva del edificio, pero circunscribiéndonos principalmente a las estancias creadas a inicios del siglo XVI destinadas a ser lugares de reunión, en concreto a sala alta del cabildo denominada Salón de Caballeros XXIV, y principalmente a la armadura o artesonado3 que la cubre hasta el presente. Este espacio, según las fuentes documentales consultadas y recogidas en numerosos textos editados, es fruto de las primeras actuaciones de ampliación del edificio islámico en los incipientes años tras la conquista. Por ende la armadura construida para techar esta sala se ha considerado siempre coetánea al cuerpo constructivo en el cual apoya, y consecuentemente ha sido definida en todo momento como un artesonado de estilo mudéjar. El Palacio de la Madraza constituye un edificio de singular interés en el contexto de la arquitectura granadina e hispana, cuya historia está íntimamente ligada a la vitalidad del centro histórico de Granada en el Medievo, y la Edad Moderna como núcleo institucional, religioso y civil (Fig. 1). Su nombre deriva de la llamada ya en época medieval madraza Yusufiyya o madraza Nasriyya, fundación realizada el año 1349 bajo el gobierno del sultán nazarí Yusuf I (Fig. 2). Fue esta madraza la primera creada como fundación docente estatal de estas características en al-Andalus (Sarr 2015). A partir del año 1500 se inicia la segunda etapa histórica del Palacio de la Madraza, momento a partir del cual pasa a denominarse como "Casa del Cabildo", es decir la sede capitular del ayuntamiento o concejo granadino. Este largo devenir histórico mantenido hasta el año 1858 se encuentra jalonado por dos actuaciones de gran empeño en fechas muy diferentes: en primer lugar los años iniciales del Quinientos, que afectaron a la ubicación de amplios espacios de reunión en la crujía de la fachada; y en segundo lugar la década de 1720, cuyas profundas reformas son las que han condicionado la fisonomía actual del inmueble (Fig. 3), perteneciente en la actualidad a la Universidad de Granada. Estado final de la excavación e Hipotética reconstrucción de la Madraza (Mattei 2008: láms. ANTROPOMETRÍA APLICADA A LA INTERPRETACIÓN DE LA ARQUITECTURA HISTÓRICA 4 La ubicación temporal de esta estructura lígnea, hasta el momento tan consensuada, no había podido ser contrastada mediante otra tipología de fuentes. No obstante el avance de las técnicas fotogramétricas facilita su correcto registro geométrico (Fig. 5), así como su interpretación constructiva y métrica-modular. LAS REGLAS DE LA ARQUITECTURA ANTROPOMÉTRICA Tradicionalmente se ha considerado que el esquema metrológico antiguo era similar al actual sistema métrico decimal (SI), en donde en vez del metro como referencia existieron distintos patrones de medida antropométrica que se dividían aritméticamente en fracciones más pequeñas. No obstante hace unos años el estudio detallado de otro edificio granadino, el Cuarto Real de Santo Domingo del siglo XIII, reveló un aspecto sorprendente y desconocido sobre la naturaleza del esquema lógico de su sistema de proporciones. Para definir el tamaño de todos sus módulos constructivos era necesaria y suficiente -además de la escala de fracciones aritméticas duodecimales que componen las unidades antropométricas ordinarias-el uso combinado con otra escala mayorada en la proporción de la diagonal del cuadrado, la raíz cuadrada de dos (Roldán 2011). El uso de esta regla compositiva mediante lados y diagonales de cuadrado antropométrico -que permite diseños dinámicos de gran complejidad basados en la simetría octogonal-ha sido confirmado en el estudio de numerosas y variadas obras del pasado (Roldán 2014a). La aparente universalidad de esta simple ley armónica ha permitido caracterizar el sistema metrológico (Roldán 2012a(Roldán, 2012b(Roldán, 2012c(Roldán, 2013(Roldán, 2014b(Roldán, 2015d(Roldán, 2015e, 2016) ) y desarrollar una metodología científica para producir estudios antropométricos del patrimonio que identifican las trazas compositivas y reproducen las unidades de medida teóricas exactas con que se construyeron estas estructuras originalmente (Roldán 2015a(Roldán, 2015c(Roldán, 2018a)), incluso a partir únicamente de sus restos arqueológicos (Roldán 2015b). Ortofotos de planta y alzados de la armadura del Salón de Caballeros XXIV de la Madraza de Granada. Francisco Javier roldán Medina y Ma Teresa GóMez GalisTeo La Antropometría o proceso de arquitectura inversa se realiza sobre la planimetría general de la obra, en la que se insertan y escalan las distintas ortofotos obtenidas de los modelos fotogramétricos de detalle. Este conjunto gráfico constituye la fuente de la investigación del trabajo de gabinete, y sobre ella se exponen los resultados para su contraste. El método consiste en deducir la distribución de lados y diagonales de cuadrado que rigen las trazas de la obra. Esta premisa implica que las tramas compositivas no se ajustarán por lo general a una cuadrícula regular preestablecida, tal como hacemos en la actualidad al trabajar con el espacio euclídeo puro del SI. La posibilidad de utilizar diagonales en la determinación de longitudes habilita personalizar cualquier trama armónica formada por cuadrados, rectángulos en proporción √2 y rectángulos de plata. A partir de la trama compositiva general se obtiene la dimensión concreta del cuadrado modulador, así como los valores de su diagonal y del resto de unidades antropométricas. Se debe verificar que la medida de cada parte de la obra, grande o pequeña, corresponda con una combinación de lados y diagonales del sistema. Gráficamente se representa el módulo braza M con un cuadrado, y sus fracciones antropométricas con escuadras proporcionales. Aquí se ha utilizado el tamaño codo (M/4) dividido en 6 palmos, y el tamaño palmo (M/24) dividido en 4 dedos. La posición recta o girada 45o del módulo permite cuantificar el número de lados y diagonales de la composición. Numéricamente los valores obtenidos son teóricos. Se trata de dimensiones nominales que no coincidirán exactamente con la medida real de la parte, debido a los errores de fabricación y al devenir del tiempo. Como en todo proceso productivo es necesario establecer una tolerancia para la aceptación del resultado. Aquí se ha adoptado el 1% de desviación sobre el valor nominal, tolerancia admisible en tareas manuales de nueva construcción. En Granada los resultados obtenidos hasta ahora (Fig. 6) han posibilitado establecer sus últimos periodos métricos. Además de la medida Castellana de la vara de Burgos con que se edificó la mayor parte del casco histórico de Granada en la Edad Moderna, destaca en la construcción del Palacio de Carlos V -y en otras obras de esta ciudad atribuibles al periodo de su reinado-la Figura 6. Tabla de métricas históricas de Granada. blanco que podemos encontrar en esta misma ciudad (Gómez-Moreno et al. 2001; López Pertíñez 2006). LAS MEDIDAS DE LA MADRAZA Se ha realizado un modelo fotogramétrico de la armadura del que se han obtenido varias vistas diédricas generales como las presentadas en la Figura 5, así como de detalle de varios de sus elementos más representativos (Fig. 8). Igualmente se han registrado fotogramétricamente el alfarje -o forjado de madera del piso del salón-y el techo del oratorio. Para facilitar la interpretación constructiva del conjunto se han superpuesto las fuentes planimétricas y las ortofotos generadas en su posición relativa (Fig. 9). Con estas fuentes gráficas, y aplicando la regla armónica de composición con lados y diagonales del mismo cuadrado, se han descifrado las medidas y proporciones de distintos elementos constructivos que componen el actual edificio de la madraza, y cuyos resultados exponemos a continuación. El canónico diseño de estas estructuras modulares (Fig. 10) revela que todos los pares de la armadura del utilización de una referencia distinta que suponemos corresponde con la antigua vara de Toledo (Roldán 2018a). Por su parte el Palacio de Comares, el Patio de los Leones y buena parte de la Granada nazarí fueron construidos con una métrica de 182 cm. Sin embargo las obras más antiguas de este reinado (Baños reales de la Alhambra, Palacio del Partal, Generalife, Cuarto Real,...) presentan distinto módulo, uno mayor de 208 cm (Roldán 2017). El chequeo no exhaustivo de numerosos elementos arquitectónicos del caserío granadino y su confrontación con los distintos patrones de las medidas locales (Fig. 7) está ofreciendo reveladores resultados sobre obras consideradas tradicionalmente como moriscas, mudéjares, neo-alhambreñas o simplemente modernas, y que presentan métrica del segundo o primer periodo nazarí (Roldán 2018b). Podría ser el caso que nos ocupa, el artesonado o armadura apeinazada en forma de artesa que cubre el Salón de Caballeros XXIV de la Madraza de Granada. Un magnífico ejemplar ochavado de limas moamares con decoración de lazo de ocho, considerables dimensiones y atado con dos pares de tirantes, aunque similar en técnica y diseño a otras obras de carpintería de lo Figura 7. Salón de Caballeros XXIV equidistan 32,15 cm, lo que coincide con el valor de 1 cuarta diagonal de métrica Nazarí II, es decir, un octavo de 181,88 cm por la raíz cuadrada de dos. Sobre una cuadrícula con este módulo se desarrolla la estructura y la decoración de lazo del almizate, sobre seis calles longitudinales y veinticuatro transversales hasta alcanzar los 3 codos diagonales de ancho por 3 brazas diagonales de largo en proporción 1:4 (192,91 x 771,65 cm). Cada uno de los cinco motivos octogonales que componen su labor de lazo mide 1 vara diagonal (128,61 cm). El resto de espacio hasta completar la dimensión total del actual salón se dedica al vuelo del arrocabe sobre el que se apoya. Por un lado se hace la observación de que el ancho del almizate no coincide con un tercio del espacio a cubrir, que es la regla que indica López de Arenas (Nuere 1985: 60) en su tratado para este tipo de armaduras. Por otra parte la altura de la armadura coincide con 1 braza, por lo que la pendiente o hipotenusa de la cubierta es, según el teorema de Pitágoras, la raíz cuadrada de tres. Como en otras ocasiones encontramos mediante la regla de lados y diagonales sencillas aproximaciones enteras a valores reales notables, como es el también irracional √3 ≈ 1,732. Aquí se puede establecer que el desarrollo de cada faldón (la hipotenusa) es 7 codos (318,29 cm) cometiendo un error del 1%. Esta inclinación o pendiente supone un ángulo de 35o, algo menor al cartabón de cinco (36o) que solían emplear los alarifes castellanos. El estudio en detalle (Fig. 11) del diseño de lazo de la armadura revela que el ancho de calle o espacio entre pares tampoco cumpliría la regla de calle y cuerda (Nuere 1985: 85). En vez de dos tercios de la separación entre ejes de pares para el ancho de calle, y un tercio Figura 8. Ortofotos de distintos detalles de la armadura. Ortofotos del alfarje del piso del salón sobre proyección de la armadura. Superposición con los planos de planta de las Figuras 3 y 4. Modulación general de la armadura. 9 Además la regla "Arenas" de 1/3 obliga a tener que fabricar escuadrías específicas (no comerciales) para todas sus maderas, sin considerar por otra parte que por el vuelo del arrocabe la armadura vista siempre debe ser algo más pequeña que el ámbito a cubrir. Aquí el arrocabe contiene tanto los tirantes como las ochavas planas de las esquinas. Su altura es de 2 codos distribuidos en un friso superior continuo de 1 cuarta, otro intermedio que coincide con la altura de los tirantes y también de 1 cuarta, y el inferior de 1 codo donde se localizan las ocho zapatas de los pares de tirantes. Los ejes de los dos tirantes dobles equidistan √2 + 2 varas -una diagonal más dos lados de vara cuadrada-, lo que representa 310,49 cm. Cada tirante dispone de dos pares separados √2 + 4 palmos a eje (48,61 cm). Cada par tiene un ancho de 2•√2 + 4 dedos (13 cm), y en cada uno se desarrolla el doble lazo de la decoración con 2 dedos diagonales de ancho o cuerda (5,36 cm). para el ancho del par, este modelo adopta una calle algo más ancha, concretamente de 1 cuarta (22,74 cm) con la que se generan sus sinos octogonales. Por lo tanto el ancho de par queda definido por √2 -1 cuartas, lo que prácticamente son 5 dedos (9,47 cm). Como en otras ocasiones (Roldán 2014a: 295-297, 318) encontramos ejemplos de armaduras de lazo granadinas que no responden a las recetas dadas en el tratado del alarife sevillano Diego López de Arenas al menos un siglo después de la construcción de este ejemplar, y que se refieren a ciertos casos simplificados de diseño. De hecho la regla de 1/3 del ancho de la estancia para el almizate, la regla de calle y cuerda, y la regla de establecer la pendiente o cartabón de la armadura en base a divisiones enteras del círculo, implican grandes limitaciones que en principio no son necesarias para diseñar una armadura legítima de lazo. Se puede emplear cualquier proporción de almizate, cualquier proporción de calle y cuerda, y cualquier inclinación de faldones sin producir desajustes. faldones a partir de la montea de su geometría con las medidas que pudo utilizar su autor (Fig. 13). El resto del salón y del edificio, excepto el oratorio de métrica Nazarí II, aparecen ejecutados con medida Castellana. Así se puede confirmar en el alfarje o forjado del salón, compuesto por vigas madre separadas 1 vara (167,18 cm) sobre las que descansan viguetas separadas 18 dedos (31,35 cm), así como en el muro testero en planta baja, con un arco de ladrillo de medio punto, 2 brazas de diámetro y rosca de 2 pies (Fig. 14). Se observa el descuadre de la medianera y alfarje de la sala en planta baja, su estrechamiento en la zona de patio, y el hecho de que el salón superior y su armadura superan estas irregularidades e invaden tanto el lindero como el patio. Además el salón resulta más largo que el alfarje, por lo que la parte inicial apoya en otro forjado de viguetas simples que se extiende por el actual zaguán. Se acompaña una tabla (Fig. 15) con los principales valores teóricos de las medidas descifradas, con indicación del número entero de diagonales y lados de la composición, la fracción o unidad antropométrica utilizada, y el valor decimal en centímetros. Destaca el hecho de que las dimensiones generales de la artesa se definan mediante la medida diagonal, y las de los tirantes con combinaciones dinámicas. Otros elementos y la obra castellana se limitan a fracciones ordinarias de la correspondiente referencia. Los triángulos de las ochavas se solucionan con un artesonado plano ataujerado al nivel inferior del alicer. Presentan también labor de lazo de ocho, pero en este caso el diseño es dinámico con calles de sinos de 9 dedos a eje (17 cm), calles dobles de 9 dedos diagonales (24 cm), y 2 dedos diagonales de ancho de cuerda (5,36 cm). Es significativo que las pinturas platerescas que decoran el artesonado, y en concreto las del alicer y los tirantes, también responden a modulaciones de métrica Nazarí II. Así el motivo decorativo de la franja superior del alicer presenta divisiones cada 41 cm, que correspondería con √2 + 4 palmos. El inferior presenta similar decoración en patrones de 1 pie diagonal de ancho por 1 cuarta diagonal de alto, que recuerda en proporción y distribución el alicer de arcos entrelazados del Cuarto Real. En los tirantes se distribuyen motivos circulares de 2 palmos de diámetro cada 10 palmos. Distinto resultado se obtiene en el análisis de las medidas del épico texto que ocupa la franja intermedia del alicer. Sus dorados caracteres latinos se ajustan a una cuadrícula de 6 dedos de alto por 2 de ancho de métrica Castellana, por lo que sería el único elemento de la armadura ejecutado con esa referencia de medida. Con estos valores teóricos se ha reconstruido el diseño del lazo y decorativo de la armadura, lo que permite comparar el modelo teórico con el modelo fotogramétrico (Fig. 12), así como generar el desarrollo de sus Tipológicamente, todos los autores señalan el ascendiente de la madraza Yusufiyya, tanto funcional como arquitectónico en las madrazas norteafricanas. Estas tenían el mismo organigrama docente y residencial que los grandes prototipos orientales, pero eran más reducidas en tamaño y de organización más sencilla. Los ejemplares mariníes, y por ende el granadino, eran edificios en torno a un moderado patio central, rodeado por una galería, un vestíbulo de entrada y el oratorio en uno de los lados, normalmente opuesto a la entrada y una o dos salas para la docencia, en planta baja; en la planta superior se disponía una estrecha galería con su corredor en torno al patio, para permitir el acceso a las celdas de los estudiantes. Por último también debía de contar con una biblioteca (Malpica y Mattei 2015). La configuración de la madraza Yusufiyya debía de seguir esta estructura y hasta épocas cercanas solo había sido conocida a través de unas pocas fuentes escritas y las propias inscripciones contenidas en el edificio. En la actualidad ha ido tomando cuerpo gracias a la intervención arqueológica llevada a cabo durante 2006-2007. Estudio que ha requerido una prospección geofísica previa a la excavación arqueológica y cuyos resultados han sido recogidos en la obra "La Madraza de Yusuf I y la ciudad de Granada. Análisis a partir de la arqueología", de los cuales pasamos a citar de forma sintetizada aquellos que nos han ayudado a acercarnos a la posible distribución original del edificio. Era un edificio de pequeñas dimensiones en cuya entrada, dispuesta en la actualidad en otra posición, tenía una inscripción coránica con una leyenda y encima dos losas de mármol blanco primorosamente labradas, imitando dos ventanas cada una con pasajes de dichas inscripciones. La entrada daba paso a un zaguán, al cual se accedía al pasar la puerta de entrada. Tras este se pasaba al patio a través de una puerta que no estaba enfrentada a la primera, manteniendo así una cierta intimidad. El patio, que a grandes líneas coincidía con la superficie que ocupa el actual, contenía en su centro una pequeña alberca. Desde el patio, opuesto a su entrada, se accedía al oratorio. La intervención arqueológica ha podido constatar un dato que aún no estaba comprobado. Los cuatro muros perimetrales son con seguridad pertenecientes a la edificación de la madraza y la ubicación del mihrab, que debió de ser más profundo, conserva su posición original. Aunque el conjunto patio y oratorio era perfectamente simétrico, la madraza poseía una planimetría asimétrica. Efectivamente, el lado occidental del patio estaba delimitado por un potente muro de mampostería encintada lindando con propiedades privadas, mientras que al lado oriental se ha considerado, siguiendo los datos de las fuentes modernas, que se extendía una crujía a la cual se accedía a través del patio; esta podría ser el Aula de enseñanza. La planta superior que debió de existir -como así lo atestiguan la existencia de dos escaleras aunque la mayoría de las fuentes solo nos hablan de una-es donde debían de localizarse los dormitorios de los alumnos separados por tabiques, como es habitual en otras madrazas conservadas en ciudades islámicas, y en nuestro caso en el lado oriental justo por encima del Aula. También gracias a los trabajos arqueológicos se ha confirmado la presencia de un pequeño jardín citado en las fuentes. Este se hallaba al costado oriental del oratorio, y los muros de mampostería encintada que lo delimitaban nos hacen pensar que estaba bordeado por dos pequeños pabellones. Por último en un edificio de estas características era obligatoria la existencia de unas letrinas. Ubicadas en la reconstrucción junto al zaguán, aunque su constatación arqueológica no ha podido hacerse al quedar esta zona fuera del área excavada. Todos estos datos arqueológicos han permitido llevar a cabo una reconstrucción hipotética de lo que pudo ser la distribución de la universidad árabe en su planta baja (Fig. 4), donde se han recogido datos fehacientes de parte del sistema murario original del edificio gracias a los sondeos, junto con otros que se mueven más en el campo de las conjeturas al no haber podido excavar para verificarlos. En referencia a estos últimos se encontraría la ubicación dada en planimetría de la sala o Aula de enseñanza, cuyas dimensiones y situación espacial en el edificio no han podido ser confirmadas. No obstante la certeza de su existencia es ratificada por algunas de las fuentes consultadas como más adelante veremos. En el año 1500 se inicia el segundo periodo histórico del Palacio de la Madraza pasándose a denominarse como "Casa del Cabildo", es decir la sede capitular del ayuntamiento o concejo granadino. A partir de este momento el edificio comienza a sufrir una serie de transformaciones para adaptarse al nuevo uso y a las nuevas tradiciones culturales que podemos dividir en dos etapas: en primer lugar los años iniciales del siglo XVI que afectaron principalmente a la crujía de la fachada; y en segundo lugar la década de 1720 cuyas profundas reformas son las que nos han proporcionado en gran medida la imagen actual del inmueble. Las primeras alteraciones consistieron pues, más que en la transformación del edificio islámico, en la adición de solares colindantes para aumentar la funcionalidad de la sede concejil. Un primer paso en este sentido se llevó a cabo en diciembre del mismo año 1500, cuando se compró al vecino Diego Hernández una casa con objeto de ampliar la madraza. Dicha casa pudo haber pertenecido a los bienes habices (Lafuente 1986: 220) previamente a la conquista, pero sea como fuere después de la escritura de traspaso se precedió a integrar ambos inmuebles en uno solo, lo que pudo tener lugar durante las dos primeras décadas del siglo XVI. La mayoría de las fuentes editadas tienden en coincidir en que este cuerpo añadido se reconstruyó ex novo y en él se creó la sala alta del cabildo, Salón de Caballeros XXIV o sala capitular de invierno, junto con la armadura que la cubre y su correspondiente piso inferior. La realidad es que la secuencia de las actuaciones que se llevaron a cabo en esta vivienda es difícil de interpretar, pues la desaparición de los libros capitulares desde 1502 a 1512 genera lagunas que impiden seguir el ritmo de las obras. Los trabajos debieron de comenzar en 1501 con la compra de materiales a cargo del obrero de la ciudad Gonzalo Delgadillo tras analizar el mal estado en que se encontraba el edificio: Fablaron en que la casa del Cabildo está a lo baxo de los çimientos malo y desgouernado de cuya causa las pieças del yeso se cahen e se daña la casa, e para lo prouer e remediar mandaron a Gonçalo Delgadillo, obrero, que luego conpre yeso e los otros materiales que fueren menester e maestros para que luego se repare y escriua lo que asy se gastare en su libro de cuenta, e se la ha resçibydo de los maravedís de su cargo (Moreno 2005: 451). A partir también de 1501 comenzamos a tener noticias documentales que nos indicarían cómo la casa contigua adquirida fue allanada o acondicionada para dar mayor ensanche de la sede capitular y cómo la sala de audiencia se construyó junto a la casa del cabildo y frente al aljibe de la Capilla Real. Las actas capitulares del año 1502 citan el derribo de la vivienda adquirida: "Mandaron que Vitoria venda en el almoneda la madera que se ha sacado de las casas que se derribaron junto con las casas del cabildo" (Moreno 2005: 530) y la adjudicación de las obras de la sala de la audiencia por 70.000 maravedís al albañil Hernando de Sepúlveda en febrero de 1502. En este día el señor corregidor e Alonso Vélez de Mendoça e Luis de Valdiuia, regidores, e Françisco de Morales e Sancho Méndez, jurados, mandaron asentar cómo Fernando de Sepúlveda, alvañí, avía abaxado la obra del Avdiençia en setenta mil maravedís por dos castellanos de prometido, que haciendo la baxa antel escriuano como lo avía hecho ante ellos se asyente la postura e se le dé el prometido (ibíd.: 575). Otras actuaciones de ese mismo año consistieron "en limpiar la casylla questá junto con el Cabildo e la çierre e la abra por la casa del Cabildo" (ibíd.: 592) lo cual nos puede inducir a pensar que las viviendas pudieron no derribarse en su totalidad. También se habilitó un espacio para aposentamiento del señor corregidor. De cualquier forma no será hasta el año 1512 cuando podamos seguir el rastro de la evolución constructiva del conjunto, donde se cita librar al albañil Francisco Xymena dos mil maravedís "para conplymyento a los çinquenta y nueve myll maravedís que se les avyan de dar por acabar la obra de la casa del cabildo" (Guerrero 2007: 110), aunque se desconoce si las obras seguían siendo en la casa añadida ni a qué sala en concreto afectaban. Posteriormente en el año 1513 se le paga al pintor Francisco Hernández, en dos cargos de 4 ducados y 3.400 maravedíes respectivamente, por "la pintura de la sala del cabildo" (ibíd.: 206). Pintura que debía referirse a la pintura de gusto plateresco de la armadura de la sala alta. Terminada la pintura en 1515 se libran 12.200 maravedís al carpintero Bernabé de Burgos por los escaños que "hyzo para la sala alta del cabildo" (ibíd: 696). En definitiva este relato de actuaciones nos da a entender que durante estos primeros años del siglo las obras se debieron de centrar en la crujía de fachada, constituyendo lo que debía de ser la sala alta y la sala de audiencia en la planta inferior. En paralelo a estas obras, entre los años 1514 y 1518 se van a ir produciendo otras cuya ubicación no está tan clara en la denominada "cuadra baja del Cabildo", así como la habilitación de viviendas y portería. El término "cuadra" puede referirse tanto a una estancia en concreto como a toda la planta baja de la antigua madraza, si bien cabe suponer -debido a la costumbre de disponer de salas capitulares de invierno y verano, ubicadas las últimas en el piso inferior más fresco-que aquella acepción identificara a la sala baja del cabildo. En 1515 "acordaron y mandaron que se ladrylle la quadra baxa de la casa del cabyldo, de ladryllo mazary con sus azulejos e que vaya muy byen hecho y mandáronme a my que tuviese cargo de lo hazer" (Guerrero 2007: 736). En 1517 se libraron por un lado tres mil maravedís al carpintero Castillo "por los escaños que hizo para la cuadra baja del cabildo" (García 1988: 388), y otros dos mil maravedís a un obrero para la obra de la capilla que se está haciendo en dicha estancia. de escasa entidad: colocación de un toldo de madera en la ventana del cabildo; arreglo de las vidrieras de las ventanas de la sala de cabildo; mudar la puerta que está en dicha sala y ponerla en el corredor y finalmente se cita el arreglo de tejados de esta parte del cabildo (Jiménez 1987: 335-407). Por otro lado aunque Henríquez no aclara en que consistió la reedificación de 1626, la documentación capitular de principios del siglo XVII refleja ante todo una creciente preocupación por el ornato del cabildo. En 1604 se habla de actuaciones sobre la alberca del cabildo, y en 1614 se acordó "reparar la sala baja del Cabildo" con obras de escasa entidad dado que el trabajo finalizó en un mes, librándose en noviembre cierta cantidad para "acabar los doseles" de dicha sala. Por tanto las reformas de 1554 y 1626 recogidas en las desaparecidas inscripciones de la fachada parecían referirse a la mejora de aspectos parciales del edificio o al reparo de los desperfectos de su fábrica más que a documentar una reedificación en sentido estricto. Mientras no aparezca una documentación que indique lo contrario hemos de barajar esta hipótesis (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 60). Posteriormente sí hay referencias documentales sobre una intervención sobre el edificio realizada en torno a 1665 y que hace alusión a la reparación de la sala baja del cabildo, donde se nos confirma por la descripción del lugar que esta sala es el actual oratorio islámico. Obras que son tasadas en 5.500 reales, aunque en realidad en 1665 solo se realizó por cuantía de 200 reales el aderezo de esta sala consistente en quitar cascajos del huerto colindante, reparar las jambas, apretar las quicialeras y los vuelos del "ochavo del tejado principal y el tejado de la pechina de enfrente como se entra por la puerta hacia la parte del huerto" (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 62). En definitiva y según los datos documentales localizados, las casas del cabildo durante los siglos XVI y XVII aún conservaban gran parte de su integridad y riqueza ornamental respecto de lo que fue la madraza. Conocemos dos copias de las inscripciones que contenía el edificio, procedentes ambas de una sola traducción y que fueron publicadas por Juan Velázquez de Echevarría en sus "Paseos por Granada y sus contornos". En estos textos el erudito relata la inscripciones que existían en el edificio y que fueron copiadas en 1556 por encargo del ayuntamiento en un manuscrito hoy perdido y del que él poseía una copia. Estos documentos también fueron conocidos por Leopoldo Eguilaz y pasaron a manos igualmente de Almagro Cárdenas. Si resulta casi imposible saber con esta parquedad documental a que espacio se refiere la documentación citada como "cuadra baja del Cabildo", documentos posteriores fechados en el siglo XVII, como veremos más adelante, aclaran la cuestión al identificarse dicha sala con el espacio ochavado que hoy conocemos como oratorio islámico, dentro del cual debió existir un pequeño espacio sacro, capilla o altar cristiano. Con ello la madraza contaría desde una fecha temprana con los elementos sustanciales de un consistorio quinientista: la sala capitular de invierno o alta, la sala de audiencia -cuyos datos históricos no nos revelan con certeza su ubicación exacta-y la sala capitular baja o de verano en el actual oratorio, donde además se debió incluir una pequeña capilla. A pesar de ello la imagen que debieron de tener las Casas Consistoriales del Consejo de Granada durante el siglo XVI debía de ser de un edificio desordenado fruto de una amalgama de edificaciones en las que la antigua madraza Yusufiyya conviviría con la crujía nueva de las casas aledañas y con unos espacios de menor significación. Esta mezcolanza daría al conjunto un aspecto pintoresco pero también contribuiría a su progresiva depauperación. Se comprende pues que el edificio fuese objeto de reformas o remodelaciones una vez concluida en lo substancial la adaptación del conjunto a las normas y usos de los municipios castellanos. El cronista barroco Henríquez de Jorquera, guía imprescindible para documentar las intervenciones más sonadas, hace mención a importantes reformas acaecidas el año 1626: Granada mandó hacer estas Casas del Cabildo, siendo corregidor en ellas don Rodrigo Pacheco, marqués de Cerralbo. Y Granada mandó reedificar estas Casas del Cabildo siendo corregidor don Luis Lasso de la Vega, caballero del hábito de Calatrava, mayordomo del serenísimo infante don Fernando. Por desgracia esta cita literaria no aclara ni el alcance ni la naturaleza de aquellas reedificaciones. También obliga a plantearse que si en la inscripción se mencionaba que las casas del cabildo habían sido hechas en 1554, alguna obra importante debería haberse realizado entonces para que quedara constancia expresa, seguramente en otra placa conmemorativa. Pero por estas fechas y diez años después tan solo consta documentalmente en las Actas Capitulares de 1566 una serie de actuaciones cualquier caso la descripción que hace Gómez-Moreno tenía incoherencias pues era conocida la existencia de escaleras en el conjunto y el autor deduce que el edificio no debía de tener planta alta, pues en los documentos no se describen ornamentaciones situadas a ese nivel. A este respecto el P. Echevarría habla unos párrafos antes de describir la sala en cuestión de los detalles de ornamentación e inscripciones existentes en la puerta principal de la escalera. Esta línea secuencial nos induce a suponer que todas las partes que describe con posterioridad a la escalera están en planta alta. Esta conclusión nos quedaría verificada con los datos que nos aporta Almagro Cárdenas, donde deja constancia clara de que la supuesta sala se situaría en planta alta. El viejo edificio consistorial granadino, mezcla de espacios nazaríes y añadidos quinientistas, será remodelado por completo en el primer tercio del siglo XVIII. Tales reformas, que pueden sin pudor catalogarse como reedificación, reconstrucción o remodelación profunda, cambiaron por completo la fisonomía del inmueble otorgándole en gran parte la imagen característica que hoy posee. Las razones de estos profundos cambios debieron ser de índole ideológica y representativa, buscando sumarse a la redefinición cultural del centro urbano e institucional como ciudad clasicista pero también de índole funcional, pues el mal estado del inmueble debía de ser acuciante. El deterioro del conjunto de la casa del cabildo queda manifiesto en un documento de 1720 del Archivo Histórico de Granada según testimonio del portero José Sánchez: Las Casas del Cabildo están maltratadas, que por lo interior de ella donde están las oficinas están amenazando ruina, de suerte que es incapaz de entrar en los dichos cuartos y sitios donde están, además del mal olor que causa en el todo el barrio, y si no se remedia está próximo a suceder muchas desgracias, demás que no se podrá celebrar la muestra de autos en el patio ni poner el toldo por el referido peligro inconveniente (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 63). Ante aquella denuncia ese mismo año el maestro de la ciudad Nicolás de Valverde reconoció el edificio declarando que era preciso "desenvolver los tejados, En la obra citada el P. Echavarría nos aporta una descripción del edificio y sus posibles estancias, aunque de una manera confusa y ambigua, basándose en las inscripciones que cada espacio contenía y que debían conservarse en el edificio durante el siglo XVI. Dentro de este recorrido nosotros solo nos vamos a centrar en los comentarios que menciona en alusión a las inscripciones situadas en la sala del cabildo,... "En el aposento principal donde fe celebraban los Cabildos, que fin duda ferviria de Aula en tiempo de los Moros, a los lados de la puerta del avia dos pequeñas ventanas; fobre ambas eftaba una Infcripcion repetida" (Velázquez 1993: 331), aunque no deja claro si esta sala se encuentra en la planta alta o baja. Almagro Cárdenas en su descripción tomada del mismo manuscrito de 1566, es bastante más explícito con respecto a la ubicación de esta sala: La escalera, cuya puerta acabamos de describir, daba a unos corredores con arcos sostenidos por bien labradas columnas, del mismo gusto y análoga forma a las correspondientes de la planta baja. Sobre los capiteles de las mismas, en los arcos que sostenían en las paredes de los cuatro lados...Conducían estos corredores al aula principal que después se convirtió en salón de sesiones del Municipio (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 87). Manuel Gómez-Moreno González en su "Guía de Granada" vuelve a aludir también a estos documentos que recogían las citadas transcripciones. Según este autor en el manuscrito se llamaba palacio a la habitación o sala principal que servía en verano para los cabildos; en ella, sobre las ventanas que tendría encima la puerta y hacia los rincones, leíanse pasajes del Corán; los azulejos de su zócalo remataban en una faja con el "Sólo Dios es vencedor" y "el reino a Dios único"; encima había paños de yesería con pequeñas salutaciones en escuditos, los cuales terminaban en otra cenefa con el mismo lema de los reyes que también se repetía en el alicer de su techumbre. En el testero de la habitación dicen que destacaba un gran amuleto cabalístico formado por combinación de diversas letras y palabras, que creían tener virtud para producir la ciencia infusa (Gómez-Moreno 1994: 311-312). Parece que los tres autores hablan de la misma sala. En el caso del P. Echevarría sin ubicarla en una planta u otra, y en el de Gómez-Moreno indicándonos que dicha sala debía de servir de reunión del cabildo para el verano, lo que la situaría en planta baja y nos daría a entender que está hablando del oratorio. En corredores y corinas (¿cornisas?), componer la madera que va por dichas casas y empedrar el patinillo y recomponer la cañería"; trabajos estos que con un coste de 1.913 reales fueron concluidos en un plazo de unos dos meses. Un nuevo parcheo que induciría a pensar en la necesidad de resolver de una forma más adecuada la renovación el inmueble, optándose finalmente por una serie de decisiones encadenadas que a la postre implicaron el derribo o supresión de varios espacios (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 63-64). Pues bien, poco después de 1720 debió ya trabajarse casi ininterrumpidamente en la madraza, como se deduce de la inscripción existente sobre la actual portada donde se alude a la reedificación y adorno de las casas capitulares en el año 1722. A pesar de la importancia de las transformaciones que tuvieron lugar a partir de entonces en el edificio apenas se conserva documentación histórica acerca de las mismas, salvo algunas anotaciones recogidas a finales del siglo XIX por Manuel Gómez-Moreno González sobre textos que el mismo transcribió. El mencionado historiador apunta que en el año 1722 "se renovó la fachada del ayuntamiento antiguo", y también debió de acometerse según Real Cédula de 1725 "la reedificación de la sala capitular alta y sus adornos". Este mismo proyecto alcanzaría a la construcción de un nuevo ámbito interior, la sala capitular baja, cuya construcción se pospuso a 1725. Con respecto a la actuación que supuso la reedificación de la sala capitular alta los sondeos arqueológicos nos proporcionan datos muy relevantes. El patio es reducido en su parte norte y oeste en la segunda fase cristiana, es decir segunda mitad del siglo XVII-primeras décadas del XVIII. De tal manera que se configura un nuevo complejo estructural con sus respectivas paredes. Reducción que se achaca en este estudio arqueológico a la reedificación del Salón de Caballeros XIV en la planta superior para apoyo de descarga en la planta inferior (Malpica et al. 2015: 327-330). Volviendo a la propuesta de realizar la nueva sala capitular baja, la cantidad disponible para su ejecución ascendía a 4.000 ducados, más que suficiente para añadir un nuevo espacio al inmueble. Según un informe del maestro Daldá Pérez del 5 de marzo de 1725 la nueva sala capitular de verano debería tener 8 varas de ancho y 17 de largo, y su altura de 9 varas desde la solería hasta las claves de la bóveda de arista que la cubriría, siendo iluminada por cuatro ventanas carceleras, dos a cada lado. Dicha sala se iba a construir ocupando parte de un jardín solar, y todo parece indicar que la nueva sala podría coincidir con el hasta hoy Salón de Exposiciones en atención a las medidas expresadas y a la posición relativa que ocupaba (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 64-65). La documentación copiada por Gómez-Moreno González aclara el ritmo y las vicisitudes de los trabajos, que indujeron finalmente al cabildo a emprender una obra de mayor calado que implicaba la práctica desaparición de la madraza islámica. Puede decirse por tanto que los trabajos de remodelación del inmueble se realizaron en dos fases diferentes: la primera en torno a 1722 con la reconstrucción ex novo de la fachada en su parte occidental y su nueva portada y la reedificación de la sala capitular alta; y la segunda y más profunda a partir de 1725, que afectaría al resto del edificio tanto en la parte de fachada que restaba como en su interior. Las obras fueron adjudicadas al mencionado maestro mayor Manuel Daldá Pérez y al maestro de albañilería Manuel Moreno Hermoso por cuantía de 55.000 reales, excediendo en 15.000 reales la cantidad asignada en 1723. Pero apenas iniciados los trabajos, en 1725 el corregidor don Juan Jerónimo de Blancas junto al comisario para dicha obra don Juan de Paz Brizmán dan cuenta de que "se estaba cayendo la casa en que se hacía la sala principal y otras estancias y que con lo que había de gastarse en reedificarla se podría acabar la fachada de las Casas Capitulares, cuya obra tendría menos coste que lo que necesitaba la casa" (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 66). Según se deduce de esta cita, la fachada distaba de estar terminada, y por otro lado al romper uno de los muros de la antigua madraza para la ampliación del edificio se hizo evidente el mal estado de su estructura, por lo que se pensó ya más en su demolición que en su ulterior reforma. Además la casa colindante perteneciente al cabildo catedralicio había sufrido daños en sus paredes causando la desunión de la esquina que hacía frente a la Lonja. El 9 de agosto de 1725 el maestro mayor Daldá Pérez vuelve a presentar otro informe que nos aclara el alcance de las intervenciones finales sobre el conjunto. Por su interés documental he aquí la transcripción realizada por Gómez-Moreno González del documento original: Visto y reconocido las Casas Capitulares después de haber planteado la Sala Baja de verano y haber sacado sus cimientos y respecto de lo incómodo de dichas casas y lo imperfecto de ellas, por no estar concluidas así en lo exterior como en lo interior, por faltar bastantes piezas, como son la antesala-oratorio; que la placeta es muy pe-queña...; lo impropio de su fachada de dichas casas, por no estar hecha más de la mitad de ella, por cuya razón está la puerta en un rincón; y para que este con la perfección que requiere y corresponde; es necesario demoler lo que está contiguo a ellas, que es de los Propios de ella y a ellas destinado, que por ser mala fábrica y muy antigua, pues lo mas de ella es de tapias de tierra y de lo primitivo de esta ciudad y estar amenazando ruina, es necesario demoler la mayor parte de ella, como es todo el cuarto principal de la calle, para volverlo a edificar desde los cimientos, por estar todo quebrantado y desnivelado. Es necesario correr la fachada hasta en cantidad de 14 varas, que es lo que le falta para que quede con la perfección que requiere dicha obra, hechándole dos balcones que también le faltan a la fachada y dejarla enteramente concluida. También es preciso hacer la escalera, que la que hay es muy estrecha, siendo de 4 varas de ancho la que se haga, de dos idas con una meseta. Dejando la fachada enteramente rematada según y cómo está ejecutada la otra media y la escalera con la conformidad que lleva, tendrá de costo 105.000 reales (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 66). Es decir, lo que se planteaba era la supresión del cuarto principal, refiriéndose probablemente a la sala que el P. Echevarría, Almagro Cárdenas y el propio Gómez-Moreno González definían en párrafos anteriores como el Aula de enseñanza; actuación que también se extendía a la fachada y la escalera de la madraza nazarí. En 1722 se había realizado la fachada y portada del área relativa al Salón de Caballeros XXIV donde se encuentra en la actualidad; de ahí que el texto mencione que dicha portada se hallaba en un rincón. La propuesta consistía en terminar las 14 varas de largo de fachada que quedaban por igualar a nivel estético con los dos balcones más meridionales, construir una nueva escalera -lo que afectaría lógicamente al conjunto del patio-, construir la nueva sala baja capitular proyectada y redecorar con yeserías el ámbito usado hasta entonces como tal, el viejo oratorio nazarí. El 11 de agosto de 1725 se mandó demoler lo ruinoso y proceder a las obras señaladas. Aunque, según el citado manuscrito de Gómez-Moreno González, la sala baja no se terminó sino el año 1728 a tenor de la lauda en mármol negro dedicatoria de la escalera donde se cita la construcción de la nueva escalera, patio y sala baja y con la extensión de la antesala alta, oratorio y sacristía, refiriéndose quizás a la sala ubicada en la misma crujía frente al Salón de Caballeros XXIV. En definitiva, el edificio de las viejas casas del cabildo, mezcla de espacios nazaríes y añadidos quinientistas, será remodelado por completo entre la década de 1720-1730. A partir de este momento habrá que esperar hasta el último tercio del siglo XVIII para tener constancia de nuevas intervenciones materiales sobre el mismo. De entre todas ellas cabe destacar el mal estado de los tejados de la antesala y sala baja capitulares al que hubo de unirse el deterioro de la cubierta de la sala alta del cabildo: Los tejados que se hallan sobre las Salas Altas capitulares de la fachada exterior o principal están arruinados y suma necesidad de que se remedien inmediatamente, por ser muchas las goteras que se advierten en las mismas salas y sobre los asientos de terciopelo que se hallan en ellas... asimismo hace presente que el rimillo (sic) de la fachada del patio principal de dichas casas se ha bufado con la humedad y mala construcción que tenía, de forma que se halla en unos términos irrisibles y contra la magnificiencia de dichas casas (Cruz y Gómez-Moreno 2007: 70). Tras la renovación de cubiertas y de los cenadores del patio de finales del siglo XVIII ya no se tiene conocimiento documental de más obras realizadas en el edificio hasta su supresión como casa del cabildo a partir de 1858. Con posterioridad a esta fecha evidentemente el edificio ha ido sufriendo obras de mejora y acondicionamiento hasta llegar a su restauración integra en la primera década del siglo XXI; pero ninguna de ellas le ha supuesto transformaciones de trascendencia a la estancia protagonista de este texto: el Salón de Caballeros XXIV. ANÁLISIS E INTERPRETACIÓN DE LA EVOLUCIÓN CONSTRUCTIVA DE LA SALA ALTA DEL CABILDO Y SU ARMADURA Una vez relatados los principales datos históricos del devenir constructivo del conjunto de las casas del cabildo, volvemos al punto de partida y objeto de esta publicación: el análisis e interpretación de la evolución constructiva de la sala alta del cabildo llamada Salón de Caballeros XXIV, y de su armadura. La ubicación primigenia de esta sala nos genera ciertos reparos si partimos de las citas históricas que hasta el momento se conocen. Las primeras actuaciones que se llevan a cabo en el edificio islámico consisten en adquirir unas casas aledañas en su flanco occidental con el objetivo de ampliar el conjunto para su nuevo uso de casa del cabildo. Pues bien, según los textos estas viviendas probablemente son demolidas o bien sufren obras en su composición de cierta entidad, pero lo que no acaban de aclarar es si el cuerpo constructivo que se crea es destinado en su planta superior a la sala alta del cabildo. Por otra parte y en paralelo, la madraza debía de contar en su distribución original con un espacio o espacios destinados a sala de enseñanza. Esta Aula, de cuya existencia y partiendo siempre de interpretaciones nos dejan constancia los autores que relatan las transcripciones que el edificio debía de contener hasta mediados del siglo XVI, se localiza a la izquierda de la entrada según el plano de hipótesis de planta baja recogido en el estudio arqueológico realizado recientemente (Fig. 4). Desconocemos si esta sala tuvo una o dos plantas en su origen y obviamente qué tipo de techumbre pudo ostentar. Como última variable y verdadero protagonista de este análisis, se encuentra el artesonado que hoy en día cubre el Salón de Caballeros XXIV. Estructura lígnea no descrita hasta el momento pues las fuentes históricas no se hacen eco de su creación. Se trata de un magnífico ejemplar de armadura rectangular ochavada con perfil de limas moamares. Los pares aparecen apeinazados en los arranques con lazo de ocho y se cruzan hacia la mitad de la calle. El almizate va completamente apeinazado con lazo estructurado en torno a tres estrellas de ocho puntas. También aparecen los tirantes pareados sobre canes lobulados y labor de lazo. Todo aparece decorado con pinturas, probablemente de la mano del pintor Francisco Fernández en el año 1513. Los pares, nudillos y limas llevan perfiles pintados con ocre y blanco en el centro. La tablazón tiene complejo programa de grutescos, muy del gusto plateresco, dominado por tonos azules, blancos y rojos. En las calles de los pares aparecen pintadas cabezas humanas de hombre y mujer (López y Henares 1987: 519). Esta armadura, por su diseño y la creencia recogida en la mayoría de textos editados de que su ejecución pertenece a los primeros años del siglo XVI, ha sido siempre definida como un artesonado propio del arte mudéjar con decoración plateresca. Pero esta teoría tan consensuada hasta el momento nos suscita dudas tras interpretar los datos históricos y analizar su metrología (Fig. 16). Modulación de la armadura. Estas incertidumbres se nos acrecientan aún más cuando reparamos en la superficie que abarca la armadura, mucho mayor a la contenida por las viviendas aledañas, lo que obligaría en su momento a plantear el derribo de parte del muro lindante de la madraza, pues el límite exterior del edificio estaba condicionado urbanísticamente por la existencia de la calle Oficios. Actuación que no damos por descartada pero que parece poco razonable si partimos de la existencia en el edificio de una sala, el Aula, cuya entidad espacial y ubicación a fachada podría cumplir con el objetivo de destinarla al uso de sala alta del cabildo, limitándose la actuación a un acondicionamiento de este espacio para otorgarle una imagen más acorde a la nueva sociedad cristiana, y a la construcción de un forjado si es que solo tenía una única planta. Esta posibilidad nos genera unas conclusiones inmediatas con respecto a su techado en planta alta que pasarían por considerar que esta armadura podía preexistir en estos primeros años del cabildo, y que la actuación se reduciría al redecorado de la estructura que incluiría el pintado de esta con un claro gusto plateresco. Esta suposición encajaría a su vez con las dimensiones que el plano de distribución original le otorga al Aula, pues la superficie de la armadura coincide con la de la sala en cuestión, lo que nos permite intuir que en esta hipótesis de planimetría planteada tras el estudio arqueológico debió de barajarse esta posibilidad de distribución del edificio islámico, aunque el documento en cuestión no sea explícito al respecto. Evidentemente una vez llegados a la segunda etapa evolutiva del edificio donde se resuelve la transformación íntegra del edificio en el siglo XVIII, se decide trasladar la sala alta del cabildo junto a su armadura al lugar donde actualmente se sitúa el conjunto (ver Figura 3). Actuación claramente representativa pero también de índole funcional. La sala alta, lugar de reunión de los veinticuatro caballeros, por su claro carácter simbólico precisaba de una posición en el inmueble que le habilitase obtener la mayor longitud posible a fachada. La zona donde suponemos se ubicó en el siglo XVI, por su mal estado de conservación y entre otras razones por alegarse en los documentos que era de tapial, debía de demolerse. Por último el edificio requería de la construcción de unas nuevas escaleras de mayor entidad pues las preexistentes islámicas eran muy estrechas para un edificio institucional que debía mostrarse a la ciudad con una estética claramente clasicista. El replanteo de esta nueva estructura precisaba de parte del espacio que hasta ese momento había ocupado la primitiva Aula. Todos estos factores, entre otros, debieron de condicionar reubicar la sala alta aprovechando la reconstrucción casi total del inmueble. Esta nueva ubicación en la esquina, donde actualmente se encuentra, obligaba a ocupar parte del patio por las dimensiones que necesitaba un espacio de esta entidad y condicionado por la superficie de la armadura a trasladar. De este modo se creó una solución que obligó a reducir el patio en su parte norte y oeste para poder descargar el apoyo en la planta inferior de las paredes de la nueva sala superior, lo que ha permitido atestiguar y confirmar esta obra según los sondeos arqueológicos datándola entre la primera mitad del siglo XVII-primeras décadas del XVIII. Todas estas conjeturas nos llevan a plantearnos que el artesonado de la sala alta del cabildo pudo ser en realidad una armadura nazarí que cubría en su origen el Aula de enseñanza de la madraza, que posteriormente es redecorada a principios del siglo XVI para otorgarle una imagen artística protorrenacentista, y que finalmente es trasladada en las primeras décadas del siglo XVIII a su actual posición cuando se decide la reedificación del edificio. Hipótesis que en su conjunto se ajustaría a los resultados del estudio métrico de dicha estructura lígnea presentado en este artículo (Fig. 17). La conjunta relectura de los datos recopilados permite ofrecer también una localización alternativa de esa hipotética Aula de la madraza cubierta por esta armadura. Este espacio podría haberse situado igualmente entrando a la izquierda, pero en posición paralela a la fachada principal tal como presenta en la actualidad el Salón de Caballeros XXIV. De esta manera el largo del Aula encajaría entre el muro izquierdo del actual vestíbulo y el lindero izquierdo del inmueble señalado por el actual retranqueo, o entre el muro medieval localizado en medio del vestíbulo actual y la prolongación del muro de fondo de la actual escalera. La construcción solo de parte de la fachada en la esquina correspondiente al Salón de Caballeros XXIV en la primera intervención del siglo XVIII -"la reedificación de la sala capitular alta y sus adornos"-pudo estar condicionada por el interés en reubicar la magnífica armadura que hasta entonces cubría el Aula de la madraza nazarí, lo que implicaba tener que reproducir antes un espacio con similares dimensiones. Dado que el ancho necesario coincide con el del testero de la sala baja -cubierta por el alfarje del siglo XVI-debió elegirse aprovechar su obra y alineación para el emplazamiento de la nueva sala, a pesar del descuadre de la medianera y de la invasión del patio y vestíbulo ya mencionados. Esta actuación supuso también la demolición de la portada original de la madraza. La nueva se alineó con la obra del alfarje y ahora nuevo salón, y parece ser que se retranqueó de su posición inicial para dar más espacio a la placeta. Pudo incluso localizarse la portada original en el mencionado retranqueo, dando frente a poniente y con entrada en recodo como parece representarse en la Plataforma de Vico (ver Figura 1). Una vez concluida la "reedificación" y traslado de la armadura pudo acometerse la segunda y más profunda intervención. El cuerpo de la antigua Aula, desposeído de cubierta y adornos, ocupaba aún buena parte de la fachada y producía con su mayor ancho el retranqueo "por cuya razón está la puerta en un rincón". Frente a esta hipótesis nos encontramos sus detractoras basadas en las propias fuentes editadas, que han consolidado de manera constante en el tiempo que la sala alta del cabildo fue creada desde su origen en el edificio aledaño que se anexiona al original. Por otro lado las madrazas conservadas en el norte de África no disponen de grandes salas mayores que el oratorio. Además hay que unir la teoría también muy arraigada de que las armaduras nazaríes no contenían tirantes, entre otras razones por la ausencia de estos en el recinto de la Alhambra. Postulado que entra en contradicción con la existencia hoy en día conocida de varias armaduras nazaríes con tirantes dobles, como la de la sala alta del Palacio de Dar al-Horra, o la de los Baños de Comares en la misma Alhambra. De hecho los resultados antropométricos y preliminares de otras armaduras granadinas consideradas modernas cuestionan su datación y origen (Fig. 18). Así el ejemplar con tirantes dobles y ligera labor de lazo que se conserva en el vestíbulo de planta primera del reedificado Palacio de los Córdova presenta métrica Nazarí II, y al igual que el estudiado está decorado con pinturas platerescas. Por su parte el del Cuarto Real de Santo Domingo presenta métrica Nazarí I, el de la sala norte del Generalife métrica Nazarí II, el cercano del Colegio de Niñas Nobles tiene medida Castellana y el existente en la escalera del Convento de Santa Paula es de métrica Toledana, coincidiendo con el periodo histórico que cada uno tiene asignado. Ante las teorías prefijadas por gran parte de los investigadores y claramente contrarías a nuestra principal hipótesis, cabe la posibilidad de plantearnos una segunda que se alejaría en gran medida de nuestras propias convicciones pero que sería compatible con las más Figura 17. Hipótesis de localización del Aula de la Madraza con su armadura. tras la conquista de la ciudad. El barajar esta posibilidad nos derivaría a considerar que estos maestros musulmanes, durante un periodo corto de tiempo que podríamos denominar de transición, se les permitiese construir siguiendo sus propias medidas. Ambas hipótesis no cuestionan en ningún sentido el origen del alfarje inferior que cubre la planta baja del edificio, y que en su origen fue añadido a la madraza ortodoxas. Se trataría de sugerir la posibilidad de que la armadura realmente se crease en la primera década del siglo XVI de la mano de carpinteros musulmanes, en este caso con independencia de su ubicación aunque sería más lógico situarla desde un principio en su posición actual. El desconocimiento técnico para ejecutar este tipo de armaduras de lazo por parte de los nuevos maestros debía de ser natural en estos primeros años -Los desajustes del diseño de la armadura respecto de las reglas "Arenas". -La forzada e invasiva implantación constructiva de la sala. Aparte de plantear la posibilidad intermedia de que se trate de una obra mudéjar con métrica "antigua", se señala la similitud de la armadura con otros ejemplares de la ciudad, y el interés tanto de realizar estudios de datación absoluta mediante técnicas convencionales como de emplear el nuevo método de análisis antropométrico para la interpretación correcta de este patrimonio. Las cordiales entrevistas que nos concedieron Antonio Orihuela Uzal, Pedro Salmerón y Luca Mattei aportaron documentación e información de primera mano para los objetivos del presente estudio. Francisco Javier Roldán Medina BIBLIOGRAFÍA original. No hemos obtenido documentación histórica que aclare la función de esta sala, aunque las citas nos inducen a pensar que esta estancia inferior fue la denominada Audiencia. Dada la calidad de tales alfarjesaunque algunas partes muestren reformas o reposiciones posteriores-e incluso la presencia de restos de policromía, es plausible pensar que debieron cubrir espacios con alguna función lo suficientemente importante o representativa tales como salas de audiencia civil o escribanías. Este forjado debió de construirse a principios del siglo XVI, y su métrica Castellana respondería a que nos encontramos con una estructura que para su construcción no necesitaba de manos especializadas, pues su ejecución era de menor complejidad frente a la de una armadura decorada mediante el sistema de lacería. En cualquier caso para poder verificar cualquiera de las dos hipótesis aquí presentadas se demandaría de más estudios paralelos que hasta el momento no se han llevado a cabo. La analítica material de la estructura lígnea nos podría aportar datos cronológicos de la madera contenida en la armadura para poderle dar luz a la primera. Estudios de metrología en otras armaduras de similares características, ubicadas en otros edificios de la ciudad y cuya datación pudiese encajar también en este periodo de transición, servirán para profundizar con respecto a la segunda. Intentando sintetizar los resultados de esta investigación debemos admitir que frente a la hipótesis de la reutilización y traslado de la armadura desde una supuesta Aula de la madraza existen los siguientes fundamentos: -Las fuentes documentales publicadas. -La inexistencia de grandes aulas en las madrazas del norte de África. -La pendiente de la armadura y la presencia de tirantes propias de obras cristianas. A favor de plantear esta teoría debemos hacer constar: -Los resultados de la Antropometría. -La hipótesis publicada en un estudio arque o lógico. -Las fuentes primarias, que avalan "la reedificación de la sala capitular alta y sus adornos" a principios del siglo XVIII.
Este trabajo presenta una propuesta metodológica para el estudio interdisciplinar de las transformaciones recientes de la arquitectura doméstica en zonas rurales del estado español. Las casas constituyen un repositorio clave en las biografías y la memoria cultural de las comunidades que habitan estos territorios, funcionando como dispositivos destacados en la configuración de las identidades personales, familiares y comunitarias. Por ello, son un elemento adecuado para estudiar arqueológicamente las transformaciones sociales y productivas que atraviesan el medio rural del estado español. De hecho, el espacio construido es uno de los dispositivos más reconocibles en la articulación de estos procesos de cambio en la cotidianeidad de las comunidades rurales, donde la materialidad de los espacios domésticos juega un papel clave. La investigación aborda dos casos de estudio localizados en Maragatería (León) y Somiedu (Asturias), en el Noroeste ibérico. La reflexión teórica-metodológica sobre nuestros estudios arqueológicos, etnográficos y p atrimoniales e n m archa, j unto a la consideración de investigaciones semejantes desarrolladas recientemente en otras zonas rurales del estado español e internacionalmente, sirven de eje conductor a este trabajo. Palabras clave: Arqueología de los espacios domésticos; Patrimonio; Arqueología contemporánea; Modernización; Transformación de los paisajes rurales.
valor las singulares pinturas y elementos ornamentales pétreos conservados. Este tipo de elementos ha desaparecido en la mayoría de los edificios coetáneos del entorno, donde las intervenciones decimonónicas sí se concluyeron, por lo que la recuperación de este oratorio cobraba una mayor importancia. Según la tradición, el templo de San Juan se levantó en el lugar de una de las mezquitas de la ciudad islámica, que pasó a formar una de las parroquias intramuros de la ciudad cristiana 5. La capilla de los Tocino es parte de esta edificación, ocupando una superficie de suelo de 42 m 2 sin contar el muro del presbiterio al que se adosa en su lado noroeste. De estos, 25 m 2 son de espacio interior, quedando el resto ocupado por la masa de los muros que lo limitan. Linda al sur con la casa parroquial -actual casa de la hermandad de la Santa Cruz-, y por el norte con una pequeña nave de almacén -actualmente en peligro de desaparecer-. Por el oeste tiene fachada a la calle San Juan, y en el lado opuesto está adosada a la cabecera del templo. Esta cabecera se constituye en lugar simbólico del edificio, donde aspiran a estar representadas las casas y familias principales de la época mediante símbolos y lápidas de enterramientos. Esta preeminencia determina la configuración de su estructura formal y constructiva como espacio abovedado donde se ponen en juego las novedades arquitectónicas del momento. Adosadas a este espacio, buscando su cercanía, se ubican la capilla de los Tocino y la de los Carrizosa, su simétrica. Su posición se entiende, por tanto, a partir de esta relación. La apertura visual de estos oratorios al presbiterio se materializó mediante sendos arcos abiertos en el muro del presbiterio. Estas aperturas fueron anuladas como consecuencia de las restauraciones llevadas a cabo en el s. XIX, tal como se puede apreciar por sus improntas en el muro. En el caso de la capilla de los Tocino, quedó solo un acceso muy pequeño que lo comunica con la anexa casa rectoral, hoy casa hermandad de la Santa Vera Cruz, y cuyo uso hasta el año 2015 fue el de almacén de enseres. La capilla tiene una planta cuadrada cubierta con una bóveda estrellada ochavada de nervios de piedra y plementos de ladrillo sobre una potente cornisa, capiteles y columnillas suspendidas situadas en los rincones. La presente aportación tiene como objeto describir el papel que la lectura estratigráfica y arqueológica tuvo en el proceso de intervención desarrollado en la capilla de los Tocino de la iglesia de San Juan de los Caballeros de Jerez de la Frontera, afectada por varios problemas estructurales, un importante grado de degradación y ciertas lagunas en el conocimiento sobre su devenir histórico 4. Actuar sobre este edificio suponía enfrentarse a un objeto altamente vulnerable, al encontrarse muy alterado y abandonado tras una inacabada reforma comenzada a finales del siglo XIX. Gracias a este estado inconcluso el espacio de la capilla mantenía rastros de elementos originales inéditos, que podrían servir como indicadores cronológicos eficaces para reconocer su alterada estructura original. Por otro lado, la propia intervención decimonónica nos estaba informando de su modo de proceder, que de concluirse en ese momento histórico hubiera acabado transformando absolutamente la capilla. Pero ambas realidades han quedado superpuestas y presentes en el mismo espacio, confiriéndole una complejidad que no permitía reconocer ni su estado inicial, ni su final decimonónico. Por esta razón, el proyecto no podía atender solo a su consolidación estructural y a sus patologías, o la rehabilitación de aquel espacio para un nuevo uso. Era preciso poner un cierto orden en este proceso interrumpido, interpretar de forma adecuada cada una de las etapas que se acumulaban en sus fábricas. Para esto fue preciso desplegar un proceso que permitiera registrar cada uno de estos restos y valorar su papel en el devenir histórico de la capilla, convencidos de que, en conjunto, podían aportar las claves necesarias para su adecuada recuperación. La estrategia se centró en un proceso de trabajo conjunto de restauradores, arqueólogos, antropólogos, analistas de materiales y arquitectos, dirigido a la toma de decisiones más adecuadas a partir de los resultados obtenidos. Como consecuencia, el proyecto de intervención queda abierto a los datos que surgen de este proceso. Dos objetivos básicos se pretendían alcanzar con esta estrategia: recuperar la unidad espacial de la capilla, y poner en 3 El paso de la planta cuadrada a la ochavada se produce mediante cuatro potentes trompas de ladrillo, y originalmente todo el conjunto estuvo revestido, lo que se deduce de los escasos restos que se conservan. Exteriormente presenta un volumen prismático pétreo sin decoración, de aspecto militar. Solo un pequeño rehundido a modo de alfiz enmarca un hueco en forma de saetera situado en su fachada a la calle San Juan, que aparecía cegado por un tabique de ladrillo. Sobre este volumen se eleva el trasdós de la cúpula que cubre la capilla, semioculta tras un pequeño pretil de ladrillo. El prisma total tiene 8,74 m de alto y 6,85 m de ancho, quedando más bajo que el presbiterio y la casa anexa, y más alto que la nave de almacén. Las dos construcciones anexas a ambos lados de la capilla aprovechan constructivamente sus muros como elementos de carga y cerramiento. Partiendo de los antecedentes expuestos, y marcando como horizonte la consolidación constructiva de los problemas estructurales de la capilla, la eliminación de humedades y la recuperación de su espacio, se planteó la necesidad de determinar previamente sus valores patrimoniales y las causas de sus lesiones. Ambas cuestiones estaban ligadas al reconocimiento de la capilla como una unidad edilicia compleja, donde las huellas de las diversas transformaciones aparecen de forma sincrónica. Por otro lado, se planteó la premisa de que toda intervención supone un momento muy especial en la vida del edificio, pues permite acceder a elementos habitualmente ocultos y observar muy de cerca detalles que normalmente pasan desapercibidos. Si a esto añadimos la posibilidad de Figuras 1, 2, 3 y 4. Imágenes de la capilla en su estado inicial. modificación que toda intervención implica, es preciso establecer mecanismos para registrar cada una de las incidencias y peculiaridades que se puedan detectar en este proceso, con objeto de evitar pérdidas de significados. De este modo, se pretende garantizar la trazabilidad de todo el proceso. Esta cuestión viene reclamándose ya desde antiguo 6, y aún no está sometida a una normalización precisa y efectiva. Para cumplir estos objetivos básicos se plantearon dos fases en la intervención 7. En una primera fase que denominamos "trabajos previos", se abordó una revisión de los registros documentales existentes -desde las fuentes directas a las fuentes bibliográficas-, se llevó a cabo un levantamiento gráfico riguroso del que carecía el edificio, un registro de huellas y marcas visibles, un inventario de elementos ornamentales, así como la identificación de sus daños, y la lectura paramental a partir del estado actual. Estos 6 Basta recordar la opinión de Torres Balbás: "No es frecuente la publicación de descripciones de las obras de conservación y restauración realizadas en nuestros antiguos monumentos por los arquitectos encargados de tan delicada misión, ni creo que en los archivos oficiales existan informes y diarios de ellas -vicio ya de larga fecha-que serían utilísimos para su estudio, pues nadie como el técnico que dirige esos trabajos está en condiciones de ver aspectos y detalles singularmente reveladores para el conocimiento íntimo de los monumentos restaurados y, por consiguiente, de la arquitectura española" (Torres Balbas 1946). 7 Este método de trabajo ya quedó recogido en otras intervenciones anteriores como las realizadas en la iglesia de San Miguel de Morón de la Frontera (Pinto y Guerrero 2009; Pinto 2013). trabajos se complementaron con un análisis del comportamiento estructural para lo que fue necesario realizar un modelado de la capilla a partir del levantamiento que se sometió a diversos comportamientos estáticos que se definieron a partir de los datos obtenidos del estudio arqueológico y el análisis constructivo (Compán et al. 2016; Pachón et al. 2016; Romero et al. 2018). Para realizar todos estos trabajos se montó un andamiaje que sirvió además para preconsolidar los restos de pinturas murales que se mostraban altamente degradados y podían peligrar por el efecto de los trabajos posteriores de consolidación estructural y limpieza general. De esta fase se obtuvo una información de gran valor para poder abordar la intervención posterior, tanto la arqueológica como la arquitectónica. Para finalizar, apoyada sobre los datos anteriores, y una vez desmontados los andamios, se realizó una excavación arqueológica que ocupó toda la superficie interior de la capilla y una zona en el exterior de la fachada, y que tenía como objetivo desvelar las estructuras subyacentes, interpretar las grietas actuales y valorar el impacto real de los refuerzos practicados en el s. XIX que estaban muy someramente descritos en los documentos históricos. En una siguiente fase que denominamos "trabajos paralelos", se intensificaron los primeros, registrando y analizando aquellos elementos que iban quedando a la vista tras los trabajos de limpieza, desmontajes Figura 5. Diagrama del proceso de intervención. Un sistema de referencia espacial común Con objeto de facilitar la identificación espacial de cualquier elemento constructivo o información obtenida desde las diversas disciplinas que necesitábamos integrar, se definió un sistema de coordenadas común tomando como líneas de referencia los muros y los tramos de nave. La referencia resultante se extendió a todo el edificio y se expresa en el esquema adjunto, donde las líneas corresponden a ejes de pilares adosados, o las caras interiores de muros, siguiendo el criterio habitual de diseño en planta de este tipo de edificios9. Planta de la iglesia. edificio (Álvarez et al. 2003) y los más recientes de M. Barroso sobre el análisis arquitectónico y constructivo de algunos elementos de la Iglesia10. La interpretación historiográfica anterior a estos trabajos insistía en que la capilla era consecuencia de la reforma de una qubba inicial en la que se había sustituido una bóveda esquifada por otra de traza gótica al inicio del siglo XVI. Esta hipótesis se sustentaba en la identificación de esta capilla como aquella en la que, en 1285 se produce la firma de Esta nomenclatura fue usada en todos los trabajos desarrollados y en los informes parciales y finales, aportando claridad a la identificación y registro de todos los elementos, y en obra permitió establecer un lenguaje común entre los oficios. Antes de la intervención se realizó una revisión de los últimos trabajos historiográficos, sobre el documento fundacional de la capilla (Jácome y Antón 2007), sobre el contexto arquitectónico gótico mudéjar local y la interpretación de la capilla dentro del mismo (López 1999, 2014), sobre las intervenciones decimonónicas en el Figura 7. Planta de la capilla. Partimos de un levantamiento topográfico del perímetro del edificio realizado por el servicio técnico del Ayuntamiento de Jerez. Estos datos permitieron estacionar varias bases topográficas desde las que se obtuvieron las coordenadas de puntos, tanto en el exterior como en el interior del edificio 12. Estos sirvieron de referencia para el enlace de las distintas capturas fotográficas de las superficies de la capilla: en el caso de los paramentos mediante ortofotos 13 y en la caso de la bóveda, mediante fotogrametría digital convergente 14. Esta captura masiva de puntos ha permitido obtener gráficos vectoriales mediante programas de 12 Se ha empleado una estación Leica FlexLine plus TS02 con alcance de 400 m de medición sin prisma; precisión en la medida a prisma de 1,5 mm de 2ppm y de 2mm de 2ppm a cualquier superficie. 13 Nickerson ASRix V.2.0 Digital Image Rectifier. http://nickerson.icomos. org/asrix/asr.htm (página web consultada el 10 de julio 2009) 14 A partir del proceso de un conjunto de fotografías obtenidas con cámara digital de alta resolución calibrada se obtuvo una nube de puntos situados en el espacio con el apoyo de la toma de datos con topografía, Wu, Ch. 2011: "VisualSFM: A visual structure from motion system»,«VisualSFM: A visual structure from motion system", http://ccwu.me/vsfm/ (consultado el día 22 de noviembre de 2014). una carta enviada a Sancho IV por los caballeros jerezanos ante el asedio de la ciudad. Aunque las fuentes que narran este legendario suceso (Rallón [c1660] 2003: 133; Mesa ([1754] 1888: 144), no señalan el lugar del templo en el que se produjo, a finales del siglo XIX a raíz de la restauración de la iglesia, se comenzó a identificar la capilla de los Tocino como escenario del mismo, conociéndose desde entonces como capilla de la Jura11. Los datos disponibles, más otros nuevos aportados durante este trabajo por el historiador López Vargas-Machuca, han sido recopilados y ordenados, configurando una cronología que ha servido de indicador de partida para establecer la temporalidad de la secuencia de los acontecimientos constructivos obtenidos a partir de la lectura paramental y su referencia a los sucesivos espacios, funciones y construcciones. Estas relaciones han servido también para reconocer los puntos de mayor conflicto constructivo, ubicando temporalmente el origen de algunas de las grietas y patologías existentes. Paramentos 9-A-C y A-9-7 obtenidos a partir de ortofotos. visualizaciones descriptivas de aquellos elementos más complejos como la bóveda. Los paramentos de piedra de la capilla mostraban numerosas señales o marcas que suelen ir asociadas a procedimientos constructivos y a la presencia de canteros, dibujo asistido por ordenador 15, que traducimos a dibujos convencionales en proyecciones planas -planta, alzados y secciones-, útiles para representar los diversos análisis y localizar espacialmente cada uno de los datos elaborados. Del mismo modo, estos datos métricos sirvieron para modelar la capilla digitalmente y parametrizar sus elementos constructivos, obteniendo 15 En concreto se usó el programa AutoCAD de la firma Autodesk. de una tramitación independiente 18. Dicha actividad se ha centrado en el estudio de los niveles y estructuras subyacentes hasta una profundidad que ha alcanzado una media de 0,60 m desde la rasante definida en el nivel de acerado en el acceso de la antigua casa rectoral, siguiendo las pautas estratigráficas registradas a través del estudio geofísico realizado previamente 19. El método de análisis estratigráfico de construcciones históricas que se ha utilizado surge como aplicación del estratigráfico arqueológico al estudio de los edificios históricos 20. El estudio paramental se relacionó con el resto de estudios (históricos, de trazado geométrico, patológicos, tipológicos, gliptográfico, iconográficos, de materiales...). Por lo tanto, el método seguido pretende no convertir cada uno de estos análisis en un compartimento estanco dentro de la investigación global del edificio. Se propone, por tanto, la utilización de un método ágil pero sistemático, en el que es muy importante la sencillez y la claridad tanto de la toma de datos como de los análisis posteriores. Con este objetivo se han simplificado algunos procesos presentes en los referentes antes expuestos expresándose en los resultados que desarrollamos posteriormente. Debemos destacar que su desarrollo ha sido imprescindible para determinar el 18 Es uno de estos desajustes administrativos que van en dirección contraria a la incentivación de un trabajo interdisciplinar, al igual que sucede con la gestión de los proyectos arquitectónicos de intervención patrimonial como si fueran de nueva planta. En este caso, como intervención arqueológica preventiva, se autorizó por resolución de 26 de noviembre de 2014 de la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía (Ref. exp.:061/ PR/CA/14) previo informe favorable de la Delegación de Cultura de Cádiz, proceso al margen de la tramitación del proyecto de intervención. 19 "Campaña de exploración geofísica mediante geo-radar". Estudio previo para un plan director. Iglesia San Juan de los Caballeros. La presencia de estas marcas ya fue advertida en algunos estudios sobre la capilla, aunque las recogidas pertenecían solo al conjunto del templo (Jácome y Antón 2007). Su identificación se completó una vez montados los andamios para la inspección y consolidación de las pinturas murales. Con objeto de facilitar su registro, cada una de estas marcas quedaron descritas en fichas semejantes a las usadas para los elementos decorativos, y representadas en planos específicos que las localizan ofreciendo un mapa de las cuadrillas o equipos que trabajaron en la obra desde los cimientos hasta el cierre de la bóveda 16. Estas marcas además, permiten relacionar este edificio con otros coetáneos en los que también se han localizado, lo que nos informa de talleres y cuadrillas locales que podemos vincular a los tipos de materiales, canteras y alfares, o caracterizar tipológicamente sistemas de labra y ornamento17. López Vargas-Machuca ya adelantó en su trabajo la existencia de un taller de maestros jerezanos que desarrollaron su actividad por toda la región (López 2014). El análisis estratigráfico constructivo El análisis de la estratigrafía subyacente se realizó a continuación de la lectura paramental, como resultado Por desgracia son escasas las trazas conservadas de este periodo, pero en el propio edificio a veces quedan huellas de su traslación a la obra o pueden deducirse de la lectura atenta de la planta o alzado obtenida del levantamiento. En este caso podíamos reconocer sin excesiva dificultad cómo la planta de la capilla está claramente condicionada por la separación entre los estribos del ábside al que se adosa, obteniendo una dimensión de 5 x 5 metros interiormente, aproximadamente 6 x 6 varas castellanas (0,83 m/v), impacto de la intervención decimonónica y para interpretar muchas de las patologías, consecuencia en gran medida del propio diseño y proceso constructivo de la capilla y de las reformas de otros elementos cercanos. El análisis geométrico y sistemas de control formal Partimos del hecho de que toda obra arquitectónica es resultado de un proceso predictivo o proyectivo que se ajusta y adapta, durante la fase de ejecución material, a las contingencias del lugar y sus circunstancias económicas, sociales y culturales. En cada época este proceso de proyecto y fábrica permite transitar desde la idea de un promotor en conjunción a la de un maestro o arquitecto, hasta su materialización, en la que además participan numerosos operarios. Este proceso requiere de diversos mecanismos Figura 12. Planta de la excavación con las unidades estratigráficas. conservadas de la intervención arquitectónica realizada en 2006 en la casa parroquial anexa 21. Teniendo en cuenta la dualidad existente, el valor del edificio como estructura arquitectónica y como documento histórico, se han intentado alcanzar dos objetivos generales. En primer lugar, obtener un conocimiento sintético de su evolución constructiva, diferenciando los elementos que pertenecen a cada una de ellas, así como las sucesivas transformaciones llevadas a cabo. En segundo lugar, elaborar una descripción y documentación precisa tanto del estado del edificio que nos encontramos, como de la intervención desarrollada. Para ello, el registro fiel de todo lo acontecido es de una gran importancia, pues se sumará al conocimiento del edificio a partir de ahora. De todos estos trabajos, dado el carácter de este número monográfico, profundizaremos a partir de aquí en el papel que asumió la lectura cronológica en la definición y desarrollo del proyecto de intervención. Lectura Cronológica FASE A: Iglesia gótico-mudéjar s. XIV A este momento corresponde la construcción del ábside del templo [UE 6]. Se trata de una unidad constructiva formada por un muro poligonal de sillería, con estribos del mismo material, de tamaño y organización regular escalonados en altura. Se cubre con bóveda de nervios pétreos decorados con dientes de sierra y plementería de ladrillo, cuya magnitud, siguiendo un modelo extendido en el Jerez bajomedieval, se vincularía con su finalidad funeraria (Caramazana y Romero 2016). La relación estratigráfica con la capilla y las semejanzas formales con el ábside de la Real Colegiata de San Hipólito de Córdoba sitúan esta operación a finales del siglo XIV (López 2014: 73). En la base del estribo 9-C, que no fue reforzado en el siglo XIX, se comprueba como la cimentación se resuelve con una mínima zapata formada por una hilada de sillares, levemente más anchos, sobre una zanja de mampostería irregular tomada con argamasa de cal que crece a medida que profundiza [UE 167]. No se ha podido determinar la potencia de este firme, que continúa por debajo de la cota -1,60 m. al templo22, asociado al costado de la cabecera, mencionado en el Libro de Repartimiento de la ciudad En el transcurso de las excavaciones arqueológicas se pudo documentar el nivel de antropización del terreno, que llega como mínimo a unos 110 cm de profundidad respecto a la cota de solería de la casa parroquial. En esta cota se encuentran los primeros restos óseos correspondientes a un cementerio exterior Figura 13. Secciones de la capilla 1 y 2. FASE B: Construcción de la capilla. A lo largo del medievo, el interés de los nuevos promotores por conseguir espacios exclusivos con carácter funerario llevó a la aparición de capillas funerarias ad hoc (Bango 1992: 124), en ese contexto habría que entender la construcción de la capilla de los Tocino24. Aunque su construcción fue datada en 23 El ejemplar que se conserva es una copia del s. XIV. La capilla se construyó anexa a la cabecera de la iglesia, aprovechando el espacio entre dos estribos y alineando sus muros laterales con estos. Aunque se empleó en ambos casos un aparejo de sillares, entre la fábrica primera y la de la capilla puede apreciarse una diferencia en la altura de estos, siendo los de la iglesia de 0,34 m de altura [UE 6] y 0,30 m los de la capilla [UUEE 3, 4, y 7]. La ejecución de ambos se lleva a cabo mediante dos hojas de cantería y relleno interior de mampuesto, tal como se aprecia en la rotura en el muro de fachada para la ventana abierta en el s. XX [UE 151]. Rompiendo el nivel antrópico donde se ha detectado el cementerio está la cimentación de la capilla, formada por una zanja de 1,50 m de anchura en cuyo fondo se colocó una base de cal y restos pétreos amalgamados formando un nivel de replanteo o nivelación de la cimentación. Sobre esta base se dispone una zapata corrida formada por hormigón de cal, arena y restos pétreos irregular. Las dimensiones de estos enterramientos son desiguales, encontrando dos de 0,90 m de anchura y otra mayor, situada en el umbral de la capilla desde la cabecera, de 1,20 m para cuya ejecución fue labrado el cimiento del muro del ábside. En el muro 9-A-C, el adosamiento se aprecia en toda su longitud, y apenas presenta piezas de traba El paramento A-7-9 que forma la fachada hacia la calle San Juan, ofrece una configuración muy parecida a las anteriores, aunque en este caso mantiene una mayor unidad constructiva al estar construido completamente en esta etapa. A raíz del arco que aún se diferencia volumétricamente, observamos el modo en que debió estar acabado el anterior, con una moldura baquetonada que recorre la arista del arco [UE 148]. En la parte superior, a la altura de la cornisa del ochavo, se abre una esbelta ventana abocinada [UE 11], que en origen era menor, arrancando sobre la cornisa [UE 43]. En algún momento posterior, para proporcionar mayor entrada de luz al interior, se aumentó su altura por debajo de dicha cornisa, tal y como se apreciaba en los laterales de la ventana, donde queda a la vista lo inacabado del corte de las molduras y el relleno interior del muro [UE 232] taponado solo por un revoco de cal. Al exterior, esta ventana contaba con un pequeño alfiz levemente decorado que no se había conservado en su totalidad por la erosión. El paramento C-7-9, que corresponde al muro del ábside [UE 6], alojaba el arco de comunicación entre la capilla y el presbiterio del templo. El cegado de este arco, de dimensiones y forma semejantes a los otros dos arcosolios mayores, se aprecia aún desde el interior del templo, y se verifica al superponer las proyecciones del interior de la capilla y del paramento interior del ábside. Su trazado es incompatible con los elementos ornamentales de este último, introducidos en la restauración decimonónica, pues interrumpiría una de las columnas adosadas y una de las pequeñas portadas neogóticas. que hace de nivelación del terreno [UUEE 169 y 157] 27. A partir de esta arranca la primera hilada de sillares, a -1,32 m, que se eleva con el mismo ancho y aparejo de los muros, detectándose varias marcas de cantero idénticas a las existentes en las zonas altas de los muros, lo que nos habla de su unidad constructiva. El contacto entre la cimentación de la capilla y la del contrafuerte de la iglesia se produce por adosamiento. Estas tienen paredes laterales y bóvedas rebajadas de ladrillo, de las que solo se ha conservado, en algunas zonas, el arranque de la primera hilada curva 28. Se ha conservado también el testero nororiental de estas cámaras, construido en mampuesto 27 Se ha podido documentar tan solo una profundidad de 0,30 m de esta zapata aunque su arranque se encuentra por debajo de esta cota. 28 Sobre estos enterramientos estaría la solería, obteniendo así de forma aproximada el nivel original, pues debido a las intervenciones decimonónicas no ha quedado nada de él. El arranque de la bóveda se formaliza en primer lugar por las trompas de arista [UUEE 41, 42, 67 y 74], que siguiendo la tradición mudéjar de hiladas aparejadas de ladrillo penetran en la fábrica de sillares, sirviendo las columnillas suspendidas de los vértices de elementos de transición. Sobre estas, la planta ochavada viene señalada por la cornisa de piedra que ocupa el espesor de la hoja interior de la fábrica [UE 43]. Los fondos de este ochavo que corresponden a los lienzos antes descritos son coplanarios a los mismos y mantienen la continuidad de su fábrica, sobre todo en el caso del ábside donde la moldura, las columnillas y capiteles suspendidos se injertan en la fábrica previa. Unos trazos incisos en la parte superior de la cornisa de piedra muestran el proceso de replanteo de la bóveda estrellada, cuyo trazado y construcción han sido analizadas en profundidad (Mora y Guerrero 2015). A esta etapa pertenece también el programa pictórico que se ha conservado en este espacio. Este tipo de decoración ha desaparecido prácticamente de todas las capillas de este tipo coetáneas por intervenciones barrocas, decimonónicas y modernas. Por esta razón, los restos hallados aquí adquieren un especial valor documental. La ornamentación estaba formada por una sencilla y delicada geometría que recorre los cantos inferiores de los nervios y los arcos formeros de los ochavos, así como en una suave policromía de los capiteles. La parte más importante son los dibujos de los ocho plementos romboidales, que repiten el motivo de un león rampante enmarcado en lóbulos cuyo referente formal y simbólico ha sido también identificado (Mora y Guerrero 2015: 1130). FASE C: Las transformaciones de su entorno durante el s. XVI Un siglo después de concluirse la capilla, se comienza un proceso de reforma del templo que transformó radicalmente su nave. Se inició con la construcción de la bóveda de terceletes del tramo inmediato a la cabecera, en los primeros años del siglo XVI 29. La consecuencia más importante será la construcción de los estribos de la esquina 6-C del nuevo tramo abovedado, ya que, debido a su gran envergadura, agotará el escaso espacio disponible entre esta 29 La bóveda ha sido fechada en torno a 1530 (Pomar y Mariscal 2004: 62), aunque podría ser algo anterior teniendo en cuenta que ya en 1504 se cierra la bóveda de terceletes de la capilla mayor de la catedral de Sevilla muy parecida (Jiménez 2013: 233). esquina y la capilla de los Tocino, y en la otra dirección avanzando hasta alinearse con la calle San Juan. El estribo quedará posteriormente oculto en la casa levantada en el s. XIX, pero pudo observarse en toda su dimensión durante la reforma de la casa parroquial llevada a cabo en 2006. Los documentos fotográficos de esta intervención han permitido dimensionar correctamente este elemento, reflejarlo en el levantamiento que aquí se presenta e incorporarlo al análisis paramental. El punto de apoyo de este estribo en su parte inferior explicará, como veremos más adelante, algunas de las grietas observadas en el interior de la capilla. Algunos años más tarde de este último hito, la construcción de una capilla aledaña, constituye otro momento esencial de su complejo devenir histórico. En 1551 Diego Mirabal de Villavicencio solicitó autorización para erigir una capilla sobre la antigua sacristía del templo, una pequeña construcción que se encontraba adosada a la capilla de los Tocino (Jácome y Antón 2007: 194) 30. En las fotografías realizadas durante las obras de restauración de la Casa de Hermandad en 2006, se aprecia cómo por encima de la bóveda de cañón que da acceso a la iglesia se situaba la huella del arco previo. Además, en el muro de la capilla de los Tocino que limitaba con la de los Mirabal, se conservaba la huella del arco formero de la bóveda que nos proporciona la altura original de dicho espacio. De nuevo, estos datos obtenidos de fotografías fugaces de la intervención de 2006 nos han permitido registrar esta información y asociarla a la generada en nuestro proyecto. Poco antes de la construcción de esta capilla se realizan otras en el lado simétrico respecto a la nave del templo, introduciendo modificaciones en la simetría del cuerpo principal; movimientos de cimentaciones, nuevas aperturas de arcos, etc., que pudieron tener unos efectos colaterales de los que no tenemos mucha más información. Por otra parte, se levantan construcciones adosadas a la fábrica principal, como el cuerpo adosado a la cabecera y a la capilla formada por un muro de sillería entre los estribos de la primera. Obras de mantenimiento y reparo del templo ocupan lo que resta del s. XVI y los siglos XVII y XVIII, en lo que parece una actividad usual en este tipo de edificios, sin que podamos deducir nada especial de ellas (Aroca 2002: 226-245). Podemos considerar este periodo como de relativa estabilidad, aunque se siguen realizando construcciones como el último tramo de la nave o la torre fachada, suficientemente alejadas de la capilla como para relacionarlas con las huellas observadas en esta última. No se ha documentado en este período ninguna intervención sobre la capilla, a pesar de la inscripción descubierta en la clave de la bóveda (REEDIFICO ESTA CAPILLA EL Mo MA...) [UE 88], que debía hacer referencia a obras de acondicionamiento como, por ejemplo, la instalación de un retablo en el arcosolio decorado del que se habían conservado huellas de su estructura, o el enjabelgado de color marrón claro cuyos restos indican que cubrían los nervios y molduras de la bóveda, amortizando la decoración original antes mencionada. La construcción de la casa rectoral En 1819 la capilla de los Mirabal, dedicada en aquel momento al Santo Cristo de la Salud, amenazaba ruina. La parroquia solicitó entonces permiso para poder cegar el arco de comunicación con la iglesia y trasladar este 19 oratorio a otra ubicación31. Los problemas se concentraban en el lugar donde limitaban las dos capillas y la iglesia, que recibía la carga del arbotante de la bóveda de terceletes de la nave levantada a inicios del s. XVI. Los problemas estructurales que presentaba fueron los que desembocaron en la construcción de la casa rectoral, hoy sede de la Hermandad de la Vera-Cruz de Jerez [UE 2]. Pero la construcción de la casa parroquial al iniciarse el s. XIX tendrá consecuencias importantes en la casa parroquial con la capilla adosada, ambas revestidas de blanco, donde la altura del muro de la segunda no supera la altura de la cornisa de la fachada de la casa 32. Detalle de la vista aérea de Jerez de la Frontera realizada desde el oeste por Alfred Guesdon. La restauración de José Esteve y López Durante la segunda mitad del siglo XIX se realizaron en el templo distintas intervenciones de escasa importancia 33 (Álvarez et al. 2003: 106). Pero el precario estado de conservación y la amenaza de ruina del ábside motivaron en 1884 el inicio de unas obras de restauración que modificarían de manera notable la imagen interior del templo. Dirigidos por el arquitecto local José Esteve y López, los trabajos dieron comienzo con la retirada del retablo del presbiterio y estuvieron condicionados por la continua falta de recursos económicos. Gracias al legado de Josefa de Bertemati la obra volvió a tomar impulso en 1890, año en el que ya se había restaurado el ábside cerrando los huecos originales que abrían a este de la capilla de los Tocino y la de los Carrizosa, se habían abierto las ventanas del ábside, se repusieron los baquetones adosados a los paramentos, se repararon las 32 Parece que el grabado se elaboró a partir de fotografías aéreas tomadas desde un globo aerostático (Gámiz 2004). 33 En 1863 se recorrieron los tejados; en 1866 se realizan obras de albañilería, se recorren las bóvedas y se blanquea el interior de la iglesia; en 1868 y 1869 se verifican varias obras de albañilería y en 1871 se lleva a cabo una reparación en la sacristía. bóvedas y se construyeron cuatro pequeñas portadas decoradas imitando el arcosolio de la capilla de los Tocino. A este momento se deben una serie de operaciones destinadas al refuerzo de la estructura mural de la capilla que tratamos, sobre todo por el interior, así como el recalce en el subsuelo. De manera general se dispuso una nueva cimentación a base de un mortero de cal y cascote vertido en tongadas apisonadas de 0,15 m de espesor [UE 196]. Esta mejora del terreno, en algunos puntos con más de 0,70 m de profundidad, se practicó una vez superados los niveles de uso de la antigua capilla; es decir, eliminados su pavimento, abiertas las criptas y previsiblemente vaciadas 35. Sobre esa superficie se dispone el vertido hasta alcanzar una cota de -0 ́60 m. Sobre ese nivel aparecieron diferentes capas de pavimento, en su mayor medida firmes de hormigón hasta la última solería de la que parte nuestra excavación. Los esfuerzos se concentraron en el área de contacto entre la capilla y la cabecera. Para ello, en la práctica se reforzó el cimiento de todo este flanco, donde se abría el hueco original de la capilla. Para ello se abrió la cripta situada en ese punto y se maciza con hormigón prensado, sobre el que se dispuso un firme de mampuesto trabado con cal. Las jambas del arcosolio de medio punto construido en ese momento se reforzaron con sillares. Además, se recalzó el apoyo del estribo situado en el ángulo sudeste (7-C), ejecutándose un perímetro de sillares [UE 226] de 2,60 x 2,00 m, adosado a los muros, relleno con cascotes de piedra y cal apisonada [UE 227]. El refuerzo de los muros modificó la configuración de los paramentos interiores, mediante el cegado de los arcosolios con sillería de piedra. Para ello se emplea el mismo material, piedra de la cercana sierra de San Cristóbal, y aunque su formato es prácticamente el mismo, se aprecian en las interfaces cambios de verdugadas y alineaciones que marcan hasta donde llegó la operación. Las molduras de imposta de los arcosolios originales fueron eliminadas casi en su totalidad, colocándose en su lugar una sencilla moldura prismática de piedra [UUEE 137, 152 y 183] que marcaba el arranque del arco de medio punto construido en el muro C-7-9. En este paramento, la sustitución de los sillares abarca toda la altura desde la citada moldura y la cimentación. En el paramento contiguo 7-A-C se cegó toda la superficie del arcosolio [UE 141], en el que se abrió un hueco de paso adintelado [UE 5] que, una vez anulada la comunicación de la capilla con la iglesia, permitía el acceso desde la casa rectoral 36. La reposición de sillares alcanzó una buena parte del estribo de la cabecera incluido en el paramento. En el muro de fachada, A-7-9, el macizado del arcosolio [UE 158] solo alcanzó la altura de la nueva moldura de piedra, mientras que en el restante, 9-A-C, se aprecia el cajeado en la fábrica original para la moldura de piedra que no se llegó a colocar. El interior del arcosolio decorado con lacería de piedra se cegó parcialmente [UE 23] dejando un hueco en su interior, posiblemente para crear un camarín en el que alojar alguna imagen de culto. 36 Durante las obras de restauración apareció en el dintel de esta puerta una inscripción de grafito de un víctor y el siguiente texto: A D. JOSÉ MORENO. En el resto de la iglesia las obras dirigidas por Esteve continuaron con la reparación de la bóveda de terceletes del tramo contiguo al presbiterio, que presentaba señales de ruina. En 1891 ya se habían concluido los trabajos en los espacios de la nave, el coro y la tribuna del órgano estaban arreglados, así como las capillas que abrían hacia la iglesia. Sin embargo, existían otros espacios, como el de la capilla de los Tocino, que había quedado oculta y sin concluir (Álvarez et al. 2003: 108). En diciembre de 1895, se dieron por finalizadas las obras de restauración del templo, volviendo a abrirse la iglesia, a pesar de que la capilla de los Tocino se encontraba en ese momento: Esta noticia confirma el efecto que producía sobre esta la fábrica del presbiterio y el primer tramo gótico, su apreciación como elemento de valor singular y su estado de abandono que ha permanecido hasta la reciente restauración. Los apuntalamientos debieron de ser retirados poco más tarde, para incorporar la capilla a la casa adyacente, que continuaría en uso hasta los años cincuenta del siglo XX, último momento en que sería ocupada por un sacerdote (Repetto 1984: 112-113) 39. Se conoce que el oratorio sirvió de cocina, realizándose probablemente en este período el cegado de la ventana original [UE 12] y la apertura de una nueva más abajo [UE 10]. A esta etapa deben corresponder también la pintura con decoración de estampados en su interior, la solería hidráulica [UE 194] que se había conservado parcialmente, así como otras huellas menores de mobiliarios de mampostería adosados a los paramentos. Los trabajos en el interior de la capilla quedaron interrumpidos. El interior del arcosolio en el muro de la iglesia [UE 13] no se encontraba acabado y presentaba una fábrica de ladrillo y piedra irregular [UE 14]. La moldura incluida en este momento no llegó a colocarse en todo el perímetro, y en algunas zonas se conservaban aún las cuñas de madera utilizadas en su colocación. Son de dos tipos, los labrados en el muro original, cuyo cajeado ha mantenido la impronta del cincel, y los resultados de construir la fábrica nueva salvando los codales. Estos huecos se corresponden con las huellas marcadas en la planta de cuatro pies derechos que formarían parte del apuntalamiento interior de la estructura [UUEE 217, 218, 219 y 220]. Una de las operaciones del s. XIX inacabadas localizadas en 9-A. En este momento se construyó el conjunto bodeguero que se adosa al ábside de la iglesia y a la propia capilla [UE 9], cuya fachada a la calle San Juan, formada por un muro de mampostería y ladrillo [UE 238], se adosa a los muros de la capilla introduciendo algunas piezas a modo de llave 37. Por otra parte, aunque no ha podido documentarse, sería lógico pensar que la actuación en la bóveda del ábside de la iglesia estuviera relacionada con la incorporación de los merlones que coronan su perímetro [UUEE 337-340]. Igualmente adscribimos a este momento la actuación en la bóveda de la capilla. En ella parece que se tuvieron que retirar buena parte Entre los años 2003 y 2006 se abordó la restauración y rehabilitación de la Casa Hermandad de la Santa Vera Cruz, antigua casa rectoral, por los arquitectos A. Martínez González y J. L. Trillo de Leyva 42. Tampoco en esta ocasión se realizaron trabajos en la capilla, salvo diferentes prospecciones en su interior de las que no se cuenta con mayor información 43. Finalmente, entre los años 2010 y 2011, debido al mal estado de la cubierta y las numerosas filtraciones que se estaban produciendo a causa del vertido de pluviales de las cubiertas del ábside sobre la capilla, se instalaron conducciones para evitar el vertido directo [UUEE 332-335] y, junto a las del resto del edificio, se limpió y resanó la cubierta de la capilla [UE 236] 44. 42 A. Martínez González y J. L. Trillo: Proyecto de Rehabilitación de la Casa de Hermandad de la Santa Vera-Cruz. 43 Se trata de dos catas en los ángulos E y S, previsiblemente abiertos para comprobar la relación entre la capilla y los contrafuertes de la iglesia. Una zanja transversal que recorre la sala en dirección S-N, de 0,60 cm de anchura y otros tantos de profundidad). Con anterioridad a 2006 también se planteó una fosa en el centro de la capilla, de forma irregular tendente al círculo (sobre un metro de diámetro) y profundidad de 0,70 m; y una zanja en el paramento Norte de 0,80 m de anchura por 0,70 m de profundidad aproximada. De estas actuaciones no hemos tenido más datos que los que ha generado la excavación, ya que se fueron colmatando de manera rápida con la tierra extraída. 44 Barroso Becerra, M. 2012: Aproximación a las parroquias fundacionales de Jerez de la Frontera. La torre escalera de la Iglesia de San Juan de los Caballeros: un nudo de complejidad arquitectónica. Trabajo Fin de Máster de Investigación. Master en Arquitectura y Patrimonio Histórico. FASE F: Operaciones contemporáneas En 1966 fueron picados y enfoscados los paramentos exteriores de la casa rectoral por el arquitecto Fernando de la Cuadra40, siendo muy probable que se picara en ese momento el revestimiento de la fachada de la capilla. Algo más tarde, en 1973, la Hermandad de la Santa Vera-Cruz se trasladó a la iglesia, que se convertirá a partir de entonces en su sede canónica. La capilla sirvió entonces como almacén y lugar de trabajo para las labores propias de una hermandad (Repetto 1984: 112-113), sin que se realicen trabajos para su recuperación. En 1974, la hermandad encargó al arquitecto Juan Torreira la eliminación del coro alto, instalado allí en las obras decimonónicas, para recuperar las dimensiones originales de la puerta principal del templo. Este mismo arquitecto dirigiría las obras necesarias para la reapertura del templo tras su cierre en 1981 por la caída de un rayo, sin que haya constancia de ninguna intervención sobre la capilla (Álvarez et al. 2003: 112) 41. Axonometrías resumen del proceso evolutivo desde la construcción de la capilla hasta la de las casas anexas. Los efectos de la propia construcción de la capilla de los Tocino (origen en el periodo B) La capilla tiene como cimiento una fábrica bien trabada de sillares que no son más que la continuidad del aparejo visto de los muros, sin relés interiores. La construcción del muro 9-A-C no afectó sustancialmente al estribo del ábside, pues se adosa de una forma limpia, tanto que se echan en falta un mayor número de trabas entre ambos. La anchura del arcosolio se calculó para que el estribo formase uno de sus lados, injertando en este último solo la cornisa que sirve de imposta al arco apuntado. Al ser el muro más ancho que el estribo, lo trasdosa por la parte exterior (hacia la actual bodega), dándole una mayor trabazón que explica la ausencia de llaves por el interior. En el muro opuesto, el 7-A-C, observamos sin embargo una importante reducción del ancho del estribo debido a la presencia de arcos murales, que representamos por la intersección de ambos elementos. Estos arcos murales reducen el espesor del muro en unos 40 cm, es decir, casi a la mitad. La estabilidad del estribo 7-C se confía al arco de descarga que mantuvo su funcionamiento hasta que se modificaron las condiciones de carga iniciales, probablemente tras la construcción del primer cuerpo de la nave a principios del s. XVI. Estos arcos murales existen en las tres paredes de la capilla, mientras en el muro del presbiterio A-7-9, existió un arco de apertura al ábside de menor dimensión. Estos arcos hacen de extensión visual de la capilla, y recogen de nuevo la tradición de la Comprensión constructiva y estructural del estado de la capilla a partir del análisis estratigráfico La capilla ha sufrido una serie de transformaciones y deformaciones a lo largo de su historia que son consecuencia de su propia construcción y su relación con las unidades edificatorias descritas en el apartado anterior. Hasta aquí se han descrito las huellas que aparecen de forma sincrónica y se ha intentado reconstruir el proceso diacrónico a través de distintas estrategias y métodos analíticos expuestos. Queda ahora interpretar a partir de estos datos que han sido organizados en periodos, las deformaciones y patologías, sus causas y su estado actual, y cómo condicionaron el proyecto de intervención. Las cargas del ábside sobre la capilla (origen en la acumulación de las reformas descritas) El ábside formaba una caja cerrada y estable, estructurada por los muros poligonales, las paredes laterales estribadas y un frente que abría hacia el buque mediante un hueco menor al que actualmente abre a la nave, por entonces este espacio se cubría con una armadura mudéjar de madera. Este hueco se ensancha y amplia para acomodar la construcción del primer tramo tardogótico en 1504, lo que debió debilitar la unidad constructiva del ábside en los puntos más extremos 6-C y 6-D donde ambas estructuras se yuxtaponen, incrementando la carga hacia los laterales, y por lo tanto, hacia la capilla que tratamos. La construcción de la capilla de los Tocino en 1404, y posteriormente la de los Carrizosa de mucho mayor tamaño, al otro lado del ábside, volvieron a debilitar la estructura del ábside, pues abrieron arcos o puertas en sus muros, y removieron su cimentación. La asimetría no es un efecto deseado en este tipo de edificios, pues desestabiliza la unidad constructiva y su lógica de funcionamiento. Este puede ser uno de los motivos de la inestabilidad del ábside hacia el noroeste, que se atajó en el s. XIX mediante una anulación de los arcos de ambas capillas laterales, además del relleno de las criptas de la capilla de los Tocino tras la exhumación de los restos óseos, y la creación de un potente recalce bajo el estribo 7-C como se ha podido documentar en la excavación arqueológica. desplazamiento de la línea de carga a la zona superior del nervio. La altura de los nervios es 45 cm, aproximadamente 1/11 de la luz de la capilla, es una sección muy conservadora, sobre todo si consideramos que la sección de la plementería se aproxima a 1/30 de la luz, si contamos el espesor del ladrillo (14 cm) y el compacto de mortero superior (2 cm) de cal. Ambas soluciones están superpuestas, ya que no se aprecia en las aperturas inspeccionadas que los nervios tengan un pezón superior que permita la traba. El resto de las piezas de la bóveda se han mantenido unidas y trabadas, funcionando como una gran compacidad. Como ya se indicó en los apartados anteriores, las roturas de los nervios están asociadas a los empujes del presbiterio y la bóveda del primer tramo, estando estabilizadas estas acciones en la actualidad. tipología de capilla qubbas funeraria. En esta extensión suelen ubicarse sepulcros escultóricos de bulto redondo que representaban a los donantes. Esta articulación espacial hace que la estructura portante concentre los esfuerzos de las esquinas de la capilla, provocando las grietas que han quedado recogidas en la planimetría. Dentro de la caja que forman estos muros, confiriéndole una gran unidad estructural, se construye una bóveda ochavada de nervios de piedra que forman una estrella de ocho puntas y plementos de roscas de ladrillo a la soga y canto que se aparejan de forma concéntrica a la clave polar hasta formar aristas sobre los nervios, quedando ocultas por estos últimos. Podríamos decir que la bóveda está formada estructuralmente por varias piezas. Un casquete superior de hiladas concéntricas que se extienden hasta los enjarjes dentro de la forma estrellada, y unas figuras conoides que permiten obtener paños lisos en los paramentos del ochavo terminados en arcos apuntados 45. Ambos elementos de ladrillo muestran una gran capacidad autoportante que dependerá de la manera en que estas "partes" queden unidas. Esto ha permitido que la plementería mantenga unida la zona más afectada por los empujes del ábside, produciéndose solo los desplazamientos de nervios sin apenas deformaciones de la fábrica de ladrillo 46. Los nervios han actuado girando respecto a la articulación que suponen los enjarjes C-O y C-N. Esta forma de funcionamiento delata que los nervios son piezas independientes desde los capiteles hasta el punto donde se bifurcan. Esta solución podemos considerarla muy primitiva en cuanto a su concepción, pues a lo largo del s. XV evolucionan a soluciones que evitan estos problemas de separación y desgarro, haciendo que las impostas formen un "enjarje", que unifica varios nervios, y las bifurcaciones se construyen también con una sola pieza, generando lo que conocemos como "cruceros" y "claves". Por esta razón todos los nervios afectados han actuado como una pieza solidaria, sin que las dovelas intermedias hayan sufrido desgarros apreciables en los lechos de unión, concentrando las deformaciones en los extremos. Sólo el nervio n-6 (nervio que une la bifurcación con la clave) ofrece estos movimientos en los lechos, resultado del 45 Esta técnica del ladrillo aparejado de forma concéntrica ya había dado su resultado en construcciones militares como torres defensivas en la banda morisca cuya caja mural hermética y lisa tiene muchos aspectos comunes con la capilla de los Tocino (Molina 2017). 46 Así se ha comprobado en los ensayos sobre el comportamiento estructural realizados sobre la bóveda (Compán et al. 2016). Este estudio estructural ha considerado las articulaciones e interfaces desveladas en el análisis constructivo y paramental en la construcción del modelo analítico elaborado. de los Tocino que le provocará con el tiempo empujes perjudiciales en dirección norte, provocando grietas en las zonas más débiles, es decir, donde aparecen las interfaces entre la fábrica de la capilla y al cuerpo del ábside. El otro estribo, que ocupa el espacio entre 6-A y 6-B, condicionando la profundidad de la crujía de la casa parroquial. Los efectos de las construcciones laterales sobre la capilla (originadas en el periodo D) Por último, la construcción de la casa anexa, realizada según los indicios documentales a principios del s. XIX, no hicieron más que agravar la situación. La reforma requirió la reutilización de los muros de la capilla de los Tocino y su lindera, la de los Mirabal. Si además contamos con el pozo situado justo en el punto 6-B, que coincide con la esquina exterior del primer tramo de la nave, podemos verificar la importante cantidad de efectos adversos que se concentran en esta parte de la iglesia, que terminarán por concentrar las cargas en el punto 7-C de la capilla, justo donde está más debilitado el estribo, provocando las enormes grietas que pudimos detectar. Por último, debemos señalar el origen de la alteración de la fábrica exterior en su zona superior que fue terminada en una pobre fábrica de ladrillo. Al comparar gráficamente el alzado interior y exterior de la capilla, observando que la fábrica de ladrillo coincide con la línea de enjarjes de piedra del interior. Esta operación podría interpretarse como una obra inacabada, como consecuencia de la reforma de la casa parroquial para crear un nuevo remate acorde al resto de la fachada siguiendo las pautas del resto que ha quedado construido. Al quedar inconclusa se rehizo parte de esta fábrica con ladrillos hasta alcanzar la altura de un discreto murete. Al intervenir ahora sobre esta zona del edificio hemos podido comprobar que la fábrica de ladrillo era de una construcción muy pobre y los morteros estaban muy degradados hasta el punto de poder retirarse los ladrillos con las manos sin la menor dificultad, razón por la que se ha vuelto a rehacer por completo. Al desmontar esta fábrica no se detectaron operaciones de refuerzo de la bóveda que por lógica constructiva corresponden a los enjarjes, apareciendo sólo los rellenos que colmatan de forma estratificadas en capas sucesivas de mortero pobre los riñones de la bóveda. El efecto causado sobre la capilla por las reformas tardogóticas del primer tramo de la nave (origen en el periodo C) La consecuencia de la construcción del primer tramo de la nave fue la aparición de unos potentes estribos en los extremos y una gran bóveda de terceletes que empuja sobre ellos, tal como aparecen designados en la lectura estratigráfica. Este enorme aparato constructivo supera en altura y magnitud a los restantes del edificio y obliga a modificar la relación entre ellos. Ya se ha citado la apertura del muro 6-C-D para que fluya el espacio del presbiterio hacia el nuevo tramo y la debilidad que ocasionó en los puntos extremos del ábside. A esto debemos sumar ahora la invasión que suponen los contrafuertes de las esquinas de la nueva bóveda de terceletes sobre las estructuras colindantes. En el caso de la esquina B-6, se producen dos estribos, uno que se adosa al exterior del paramento lateral del ábside entre 6-C y 7-C sorteando el estribo del ábside en ese punto, creando un contacto con el muro 7-A-C de la capilla Figura 32. Fotografías del nervio n-7 de la bóveda. Las consecuencias de las reformas de Esteve (originadas en el periodo E) La intervención del siglo XIX llevada a cabo por Esteve, intentó atajar como pudo los problemas de inestabilidad descritos, legándonos la solución que hoy observamos, en la que se transformó sustancialmente el subsuelo de la capilla y sus paramentos interiores. La intervención en el presbiterio fue tan potente que dejó sin concluir la capilla de los Tocino en 1895, por falta de presupuesto. Gracias a esta interrupción podemos hoy leer elementos originales de la obra que hubieran desaparecido con su conclusión o por las restauraciones de la primera mitad del s. XX que insistieron en hacer desaparecer revestimientos para dejar a la luz la construcción. Inicialmente la estabilización estructural del ábside contemplaba la permanencia del hueco de apertura con la capilla de los Tocino, adaptándolo al nuevo diseño decimonónico para el presbiterio siguiendo las normas litúrgicas y estéticas del momento. Esto se deduce del esfuerzo realizado para crear un nuevo arco de medio punto levemente desplazado hacia la esquina 7-C respecto al original. Este desplazamiento pretendía restablecer la estabilidad del muro afectado por numerosas grietas que llegaban hasta el arco antiguo desde el enjarje 8-C y recuperar sitio para llevar hasta el suelo la pilastra asociada a este punto de la bóveda del ábside. Pero en un momento determinado de la intervención, donde se primó el diseño unitario del ábside, se anuló esta apertura, condenando la capilla a un absoluto aislamiento. De este modo, quedó el arco de potentes dovelas de piedra manteniendo incluso en su sitio el encofrado de ladrillo que sobre cimbras de madera ya desaparecidas sirvió para construirlo. Huellas de diversas cimbras, jabalcones, codales y pies derechos de gran dimensión han quedado en las paredes y en los cimientos, tal como se puede observar en la lectura paramental y en la excavación arqueológica. A tenor de la forma de proceder de Esteve, estos elementos debieron tener una dimensión y configuración bastante potente (Álvarez et al. 2003). La estructura auxiliar levantada en el s. XIX partía de una mejora del terreno que consistió en el vaciado de las tres criptas que ocupaban prácticamente toda la capilla, y su relleno mediante un hormigón de cal y arena compactada de gran dureza que devolvió la capacidad portante al suelo. Una vez estabilizado, se procedió al apuntalamiento de la bóveda y al acodalado de la misma hacia los muros 7-A-C y 9-A-C evitando empujar hacia la fachada. Cuatro grandes postes descargaban la bóveda hacia el suelo, usando como elemento auxiliar estos acodalamientos cuyas huellas han quedado en las paredes. Esta estructura debió permanecer mucho tiempo, pues los refuerzos fueron numerosos. Como era previsible, el ángulo 7-C recibió una especial atención, pues su fábrica estaría muy afectada por los problemas que se ven descritos en los documentos, rehaciendo por completo la fábrica mediante la sustitución de la hoja de sillares externa. Para ello debió labrarse toda la fábrica, introduciendo la nueva mediante el asiento de los sillares con cuñas de madera que permitían el posterior rellenado de las uniones con un mortero fluido, como era costumbre. Como la capilla estaba totalmente apeada, esta nueva fábrica rodeo a los Figura 33. Se ha indicado con trazos la proyección del arcosolio interior y la altura de los enjarjes de la bóveda. Al desaparecer estos codales han quedado los huecos que ocupaban, lo que nos ha permitido relacionarlos con los que han salido en la excavación. Los problemas de empujes y movimientos, aunque en menor medida, persistieron hasta la actualidad sin remedio, pues desde entonces quedaron desasistidos al quedar oculta y sin uso la capilla. Interpretación de las grietas de la fachada En cuanto a las grietas observadas en la fachada, dibujan el arco mural interior, sobre todo la inferior que marca la reducción de la fábrica en 40 cm, casi la mitad de su espesor. La grieta superior marcaría el punto de carga del enjarje, donde además se inicia el ochavo del ángulo A-9. Estas grietas son las que se pretendieron arreglar mediante los rellenos interiores antes expuestos, aunque no llegaron a lograrlo por completo, pues en este muro el arco no se cegó por completo. Podemos concluir que la estructura de la capilla ha recuperado mediante la intervención decimonónica una estabilidad estructural que había perdido a causa de la secuencia de acciones que hemos descrito en apartados anteriores, cuyos efectos negativos son notables y superan en entidad e importancia al diseño original de la capilla. La envergadura del ábside y del primer tramo de la nave son tales, que la capilla seguirá reflejando sus movimientos por muchas intervenciones que se realicen. La estabilidad de las grietas deducibles del seguimiento realizado durante todo un periodo estacional, permite concluir que el edificio ha adquirido una estabilidad adecuada y coherente al proceso constructivo que ha quedado expuesto en apartados anteriores. La interpretación de las humedades a partir de la lectura de sus fábricas Las uniones entre fábricas distintas son puntos habituales de entrada de agua y concentración de humedades si no están bien ejecutadas o han sufrido movimientos. Ambas situaciones se reproducen en el caso que estudiamos, detectando varios puntos críticos. El primero y quizás más evidente es la unión del muro 9 de la capilla con el estribo del presbiterio, que podemos identificar justo con el encuentro del ochavo N, es decir, en el punto 9-N a la altura de la bóveda. Esta unión se produce sin apenas llaves de anclaje como se puede observar en las interfaces expuestas en el estudio paramental. La unión es más débil aún desde la altura de la cornisa hacia el remate del muro 9, tal como se puede observar desde el exterior. Esta unión está ejecutada con fábrica de ladrillo que parece haber sido repuesta en la parte superior, quedando sin retacar. Este es un punto de entrada de agua que coincide con el ochavo N que en la interior muestra varias grietas en las uniones entre de los nervios y los paramentos verticales. Sobre cada trompa aristada se forma un muro de fábrica que asume la diferencia entre el cuadrado de la planta y el ochavo, y en su interior se rellenó de tierra compactada con cal, que ha recibido y almacenado la entrada de agua que penetra por estas interfaces. Fotografía de la interfaz en C-9 entre el muro de la capilla y el estribo, desde el exterior. El último punto de penetración por filtración se produce en la unión con la nave de bodega situada adosada al muro 9-A-C. Este edificio ha estado abandonado y sin uso durante largo tiempo, y sus paramentos exteriores han perdido gran parte de sus revestimientos. Al estar construida esta nave con fábrica de mampuestos y sillares que se traban con la esquina A-9 de la capilla, provocan separaciones y huecos por donde penetra el agua. Las humedades de capilaridad o absorción se producen por la ascensión de agua del terreno debido a la porosidad del elemento constructivo, en este caso piedra calcarenita. En el interior, la ascensión de humedad que se percibe claramente en sus paramentos, está distorsionada por la intervención del siglo XIX, donde las fábricas recibieron una importante transformación. Los arcos que existen en sus cuatro muros han sido macizados con fábrica de sillares de piedra trasdosando las fábricas originales. La fábrica nueva, al estar sólo expuesta al interior, ha respondido mejor a la humedad que la antigua. Así se observa en los rincones, donde ha permanecido a la vista la fábrica original, provocando un nivel de humedad en la pared mucho más elevado. La primera conclusión es que la presencia de humedad es bastante homogénea, apreciándose una mayor altura en el muro A-7-9 al estar expuesto a la intemperie por su cara exterior. También se aprecia un comportamiento distinto de la fábrica original respecto a la construida en el s. XIX. Esta última tiene unos valores de humedad más bajos, aunque no muy distintos pues el material es prácticamente el mismo. En las esquinas de la estancia, donde los sillares originales llegan hasta el suelo, se aprecian variaciones perceptibles que nos dibujan incluso las uniones y los solapes de la fábrica nueva con la antigua. En estos casos hemos obtenido los máximos niveles de humedad. En las zonas excavadas el muro aparece más colmatado de humedad, por el contacto con el terreno de relleno que forma el nivel de uso de la capilla. Todos estos trabajos han confirmado y documentado científicamente que la construcción de la capilla es resultado de un proyecto unitario desde los cimientos hasta la bóveda. La confluencia de los trabajos desarrollados en el proyecto de intervención ha ido apuntalando las hipótesis lanzadas con datos materiales como las huellas, marcas y signos, caracterización de fábricas y elementos formales, contrastados con otros documentales. Este trabajo ha permitido proponer un referente para programar futuras intervenciones en otros elementos coetáneos que actualmente se encuentran muy deteriorados o transformados en etapas posteriores. La construcción de una metodología que aglutina estudios entendiéndolos como complementarios entre sí -lectura estratigráfica de paramentos, análisis geométricos de control formal, estudio gliptográfico, análisis de revestimientos pictóricos, etc.-permite un enfoque del problema de conservación que trasciende esta capilla, descubriendo en otras aquellos elementos que en esta se han puesto en valor. Por ejemplo, en el caso de la recuperación y reintegración de las pinturas murales, al ser conocidos los resultados se ha generado una sensibilización respecto a estos elementos en el resto de capillas que aún los conservan de forma testimonial. En lo que respecta a la intervención arquitectónica sobre la capilla se han intentado conciliar dos objetivos básicos. Por un lado, recuperar su identidad espacial original como testimonio de un momento de especial relevancia en la historia arquitectónica del edificio y del marco jerezano, en el que se reconoce la actuación en unas fechas muy tempranas de un taller de canteros y maestros, de gran influencia en el entorno geográfico, generando un modelo de capilla funeraria que muestra el mestizaje entre elementos formales andalusíes y castellanos. De otra parte, compatibilizar con lo anterior los esfuerzos llevados a cabo por Esteve en el s. XIX para contener la degradación, y posiblemente la pérdida de esta capilla, en los que se reconoce su efectividad. Para ello la adecuada delimitación de las regiones e interfaces obtenidas de la lectura paramental han sido imprescindibles. Las actuaciones sobre cada una de estas dos realidades se han jerarquizado conforme al valor asignado a cada parte y a la necesidad de recuperar el conjunto, persiguiendo tanto la lectura de los procesos de transformación como la recuperación de ciertos valores, formales y espaciales de la obra original, sin perder el estatus actual de la capilla que sigue aislada del templo. El tratamiento de partes revestidas de nuevo y partes en piedra vista persigue este objetivo, apoyándose para ello en los trabajos y análisis realizados previos y paralelos. Por último, la difusión de esta metodología es imprescindible para la comprensión de la arquitectura histórica como un objeto complejo, donde la sincronía que observamos no puede interpretarse como resultado de un solo hecho histórico, sino como acumulación, superposición y en muchos casos conflicto de muchos acontecimientos y posicionamientos culturales y sociales distintos. Para ello el parámetro tiempo debe estar precisado por datos que validen las decisiones tomadas en la intervención. Todo esto hubiera sido imposible, o al menos arriesgado, sin el registro, inventario y análisis de la información obtenida durante los trabajos, a partir de todos los enfoques desarrollados. La puesta al día de las hipótesis y conjeturas que existían sobre el edificio, así como el registro de los resultados de esta investigación son parte de su recuperación y puesta en valor. En este proceso, la valoración de las patologías y el estado estructural del edificio ha sido sustancial, y no es posible sin la consideración de su complejidad diacrónica. Como consecuencia, la toma de decisiones se realiza en función de la discusión sobre todo este material, sobre miradas y opiniones cruzadas, quedando en un lugar necesariamente acordado.
El conjunto monumental del Alcázar de Sevilla encierra aún hoy tras dos décadas de estudios arqueológicos innumerables incógnitas por resolver, si bien es cierto que las trazas fundamentales de su evolución y transformación han sido en lo sustancial localizadas. En el contexto de su investigación, el primer recinto, con su amurallamiento inicial y su primer gran palacio, ha concitado la mayor parte de nuestras investigaciones recientes, ya presentadas en diversos foros. Este trabajo es el fruto de un complejo proceso de análisis y rescate que durante 5 años se ha centrado en la recuperación del edificio fundacional del Alcázar, fechado en el siglo XI y oculto entre los restos de 9 viviendas que en la actualidad ocupan su antiguo espacio. Por un lado, mostramos aquí por vez primera el resultado de nuestras labores de recuperación de un palacio único, prototípico y hasta ahora oculto y, por otro, ponemos de manifiesto u na vez m ás l a c oherencia d el p rocedimiento d e análisis, habitual en nuestro equipo, tanto en sus trazas estratégicas fundamentales como en la adecuada interacción arqueología-arquitectura, imprescindible para tal fin. 2 edificio de carácter público usado posiblemente como almacén de grano. Dicho urbanismo quedaría anulado por un fenómeno natural de carácter violento fechado mediante Carbono 14 entre finales del s. II y principios del III d. El análisis arqueológico en combinación con los estudios geoarqueólogicos y paleobiológicos atribuyen la responsabilidad de tal destrucción a un Evento de Alta Energía; solo de ese modo puede explicarse un nivel de derrumbe de tal magnitud, mezclándose los restos con capas de limo provistas de componentes fluvio-marinos4. Como consecuencia de ello, la zona no se recuperó, constructiva y ocupacionalmente hablando, hasta finales del s. V-principios del VI d. C., momento en el que se documentan nuevos restos constructivos vinculados a un edificio de dimensiones notables. Su funcionalidad no está constatada, aunque la hipótesis que se baraja es la de un conjunto monacal dado su emplazamiento, cronología y dimensiones (Tabales 2015: 232). La actividad islámica tuvo lugar durante el s. XI y supuso la última fase ocupacional previa a la implantación del primer recinto amurallado del Alcázar. Nos referimos a un urbanismo taifa extramuros de carácter doméstico que se extiende por el Patio de Banderas y su entorno. Su construcción, previa explanación del terreno y expolio mediante fosas de elementos constructivos previos, está bien documentada en el primer caso, identificándose un total de 6 casas articuladas en torno a calles estrechas e irregulares, planificadas alrededor de un pequeño patio central con jardín deprimido y dotadas de todos los servicios para garantizar un cierto nivel de comodidad: habitaciones pequeñas pero suficientes, cocinas, letrinas y estancias perimetrales con sus alcobas. Dichas casas estuvieron en uso el tiempo necesario como para requerir reformas; es el caso de los pavimentos de dess, cuyas reparaciones son visibles, la transformación de parterres rehundidos en suelos de cal, el repinte de algunas estancias con zócalos con lacería roja sobre fondo blanco, o la sustitución del sistema de evacuación de pozos negros por una moderna red de saneamiento público que vierte sus aguas a una alcantarilla central ubicada en una de las calles principales. El barrio taifa, al menos en el lugar que nos ocupa, quedó anulado por la implantación del primer recinto amurallado del Alcázar. La revisión y puesta en común La revisión y posterior reformulación de la cronología del primer Alcázar de Sevilla ha sido un hecho difícil de asumir, máxime cuando la historiografía tradicional que abogaba por una datación emiral sigue contando con cierto respaldo por parte de expertos medievalistas. Tras varios Proyectos Generales de Investigación 2 y un Proyecto de Excelencia Autonómico 3 con numerosos análisis arqueológicos, dataciones absolutas, excavaciones, estudios de materiales, topográficos y paleogeográficos, la fecha de su construcción no debería continuar en cuestionamiento, pues queda constatada entre mediados y finales del s. XI. La resolución de esta problemática de primer orden fue clave para dar respuesta a numerosas preguntas tales como la configuración urbana del sector y su desarrollo antes de su implantación, el conocimiento de sus fases constructivas, formato original y posteriores transformaciones. En este sentido los resultados derivados de las últimas campañas arqueológicas realizadas en el Patio de Banderas (Tabales 2015) arrojaron una horquilla evolutiva cuyo inicio lo situamos en el s. IX a. C., continuando sin demasiadas interrupciones hasta época contemporánea, momento en el que se reorganiza su interior edificando casas adosadas a los diferentes lienzos conservados y dejando libre su espacio central para la colocación de una fuente. Relevante en la secuencia resulta el origen de la ocupación humana en esta parte de la ciudad, mucho antes de lo esperado y materializada en el hallazgo de varias oquedades vinculadas a usos domésticos, así como la extraordinaria transformación del entorno desde su primitiva fundación, pasando de ser un terreno elevado y flanqueado por los cauces del río Guadalquivir y Tagarete a una explanada regular y alejada de cursos fluviales. Tras un largo periodo de inactividad el sector volvió a ocuparse a finales del s. II a. C., pero no será hasta mediados del s. I a. C. cuando experimente un crecimiento sustancial con la formalización de un urbanismo tardorrepublicano, consistente en un gran 3 de todas las intervenciones donde se documentó su sistema de cimentación (Tabales e. p.) posibilitó el conocimiento con altos niveles de certeza de su proceso constructivo, operación hecha al unísono, pero no por ello carente de particularidades ante la necesidad de adaptarse a la irregularidad del terreno, condicionado por un declive topográfico en sentido norte-sur. Asimismo, la revisión de los análisis de paramentos fruto del trabajo derivado de los proyectos concedidos ha proporcionado nuevas propuestas metodológicas para definir cronotipos fiables y completar el estudio de su técnica constructiva (Vargas 2013). En este punto de la investigación, y descartada ya su datación emiral, quedaba por matizar su adscripción tardotaifa o bien almorávide inicial, difícil de detectar en los restos materiales recuperados dado el breve margen de tiempo existente entre ambos periodos históricos. Asimismo, seguíamos sin poder responder cuestiones fundamentales para la comprensión del funcionamiento del primer Alcázar. Para ello era necesario seguir completando la secuencia estratigráfica relativa a costa de incorporar nuevos análisis de estructuras susceptibles de ser estudiadas con el método arqueológico. La coyuntura la proporcionó la posibilidad de analizar el inmueble n.o 7-8 del Patio de Banderas como consecuencia de una Inspección Técnica de Edificios, que por normativa municipal es obligatorio realizar a todas aquellas casas que tengan una antigüedad superior a 100 años, criterio que cumple esta vivienda, levantada por el marqués de Irún en el sector occidental del Alcázar fundacional en 1874. La primera inspección reveló tal deterioro estructural que hubo que actuar de urgencia, efectuando operaciones de apuntalamiento de muros y forjados. No obstante, el Proyecto de Consolidación Estructural que debía redactarse para acometer la obra cuanto antes estaba sujeto a la ejecución de una intervención arqueológica previa cuyos resultados pudieran condicionar su futura redacción (Figs. Localización de la parcela en el conjunto urbano del Alcázar de Sevilla (Google Earth). Los estudios arqueológicos previos a la obra han sido tres, a saber, una actividad preventiva de excavación y muestreos paramentales (año 2013) que reveló los restos del palacio fundacional, seguida de otra en la que se efectuaron sondeos y análisis de paramentos (años 2013-2014), dentro de la cual se contempló la recuperación y consolidación de los revestimientos pictóricos de un arco geminado perteneciente al citado palacio (año 2014). Finalmente se llevó a cabo el control arqueológico de obras, cuyas tareas se efectuaron entre mediados de 2016 y 2018. En concreto, estos dos últimos años han sido providenciales, pues la investigación de este punto del Alcázar ha resuelto, por extensión, dos problemas esenciales para seguir avanzando en la comprensión del primer recinto: por un lado, la morfología de las torres y sus sistemas de acceso a los adarves de la muralla y, por otro, la reducción del intervalo de incertidumbre respecto de su fecha fundacional, situando su construcción con altos niveles de certeza entre mediados-finales del siglo XI. A esta realidad incorporamos ahora la constatación Para dar respuesta a estas tres cuestiones era urgente diseñar un programa que cumpliera con los objetivos planteados. El proceso de documentación previo a la realización de los primeros trabajos arqueológicos resultó esencial, ya que facilitó la planificación y diseño de la estrategia de intervención. Para ello se elaboró un estudio histórico preliminar donde quedaron recogidos todos los datos disponibles acerca del inmueble y su entorno, procedentes de la consulta de distintas fuentes de información. El análisis de la planimetría histórica demostró la existencia en el sector de espacios habitacionales vinculados, al menos desde principios del siglo XVII, a la figura del alcaide del Alcázar, tal y como queda consignado en uno de los planos 5. No obstante, en el entorno ya se conocía desde antiguo la existencia de estructuras islámicas en alzado atribuibles a un edificio de cierta prestancia en la casa n.o 2 del Patio de Banderas, contigua a la n.o 7-8. Su interpretación lo lleva a adjudicarle una cronología almohade, integrándola en el contexto del Palacio del Yeso, ubicado más al sur, en el interior del conjunto monumental. Unos años más tarde volvería a referirse a ella en una nueva publicación, asegurando que el palacio al que perteneció la cúpula "fue engrandecido por los africanos considerablemente, en el siglo XI, y continuó siéndolo durante el periodo de los reyes de Taifa" (Gestoso 1897: 71) (Figs. El descubrimiento dado a conocer por dicho autor tuvo cierta repercusión. Tal es así que treinta años más tarde, en 1931, el alcalde y el director-conservador del Alcázar tramitaron formalmente una petición al Ministro de Hacienda con el objetivo de reclamar la propiedad de una serie de fincas, entre ellas, la n.o 3, identificada por ellos como "cúpula almohade", así como los inmuebles 6-10 por ser, según ellos, la continuidad del "Palacio Almohade" (Fernández et al. 2017: 136). Torres Balbás también hace mención a la cúpula, entendiéndola, al igual que Gestoso, como una pieza importante de los Cuartos Yeso-Montería. Asimismo, da por hecho que se trata de una construcción almohade, aunque sus similitudes con la que se encuentra precediendo el mihrab de la mezquita mayor de Tremecén le hicieron dudar, planteando la posibilidad de una adscripción almorávide (Torres 1949: 31). de un palacio construido al abrigo de sus murallas, pieza clave en la secuencia evolutiva del Alcázar generada hasta el momento. PROCESO DE INTERVENCIÓN ARQUEOLÓGICA Ya no resulta necesario, y menos en este foro, justificar la validez de la aplicación del método arqueológico en el análisis de edificios históricos. La última década del siglo XX y sobre todo la primera del XXI fueron cruciales para definir a través de las intervenciones italianas y españolas una disciplina capaz de analizar las construcciones históricas desde una perspectiva diacrónica (Francovich y Parenti 1988; VV. Tras innumerables esfuerzos de reflexión fruto del intercambio de experiencias y propuestas de nuevas herramientas, pasando por el análisis del marco legal, o la propia relación entre profesionales, se consiguió consensuar una denominación mayoritariamente aceptada por todos los agentes implicados en el patrimonio edificado: la Arqueología de la Arquitectura. Desde ese momento, la labor de arquitectos y arqueólogos especialistas en la disciplina ha ido enfocada fundamentalmente a optimizar el método de estudio con la introducción de nuevas herramientas gráficas y analíticas, que han permitido una mejor comprensión del comportamiento del edificio en todas sus dimensiones. No obstante, como es lógico, el método debe ser flexible, pues no todos los edificios históricos comportan las mismas problemáticas y, por tanto, las mismas necesidades. En este sentido, el inmueble n.o 7-8 presentaba tres cuestiones cuya resolución era prioritaria para afrontar en un segundo momento su rehabilitación, a saber: Planteamiento de una hipótesis evolutiva inicial. Obtención de una secuencia evolutiva completa, así como constatación (y en su caso, análisis) de la continuación de un palacio islámico cuyas estructuras, conservadas en alzado en la casa n.o 2, ya eran conocidas desde, al menos, el siglo XIX. Valoración de la entidad de los restos arqueológicos hallados durante el proceso de investigación con el objeto de plasmar una posible propuesta de recuperación y puesta en valor de los mismos en el contexto de la rehabilitación del edificio. de una inspección visual realizada en 1963 en la que reconoce que la alcoba con su cúpula de nervaduras de tradición cordobesa pertenecería a una estancia alargada provista de otra alcoba de idéntica factura colocada en el extremo opuesto, esto es, el extremo occidental de la casa n.o 7-8, desaparecida por reformas posteriores fruto de la segregación que sufrió el palacio. Asimismo, hace referencia a la techumbre provista de canes decorados que originalmente cubriría la estancia central de la nave, encontrándose en la casa n.o 2 en su formato original, mientras que en la 7-8 estaría transformada por reformas del siglo XX. Aunque interpreta como almohade dichos restos, advierte, al igual que los investigadores precedentes, las muchas similitudes que la bóveda presenta con la que se conserva en la Mezquita Mayor de Tremecén (Manzano 1995: 117). Antonio Almagro en 2011 publica un artículo en el que establece una comparativa entre el sistema constructivo de la bóveda de la casa 7-8 y la del alminar de la Mezquita Kutubiya, en Marraquech. La similitud que Publicaciones más recientes, como las de Rafael Manzano no solo proporcionan referencias a la cúpula sino también a otros restos correspondientes al antiguo palacio integrados y visibles en el interior de los inmuebles 2 y 7-8, respectivamente. En este sentido, habla presenta el espacio con otros palacios almohades de Alcázar de Sevilla, como el Yeso, Contratación, o Crucero, así como sus características técnicas, hacen que se incline por una cronología almohade tardía (Almagro 2011: 49-50). En 2015, ya en paralelo a nuestro análisis arqueológico, vuelve a revisar la bóveda del inmueble a propósito del análisis que efectúa de la Mezquita Mayor de Tremecén. Sus doce arcos entrecruzados forman una cúpula de perfil hemisférico rematada con un cupulín central de mocárabes que guardan mucha relación con la que nos ocupa a diferencia de sus plementos, calados y ricamente decorados en la de Tremecén, permitiendo de ese modo el paso de la luz a través de unos huecos abiertos en su trasdós. Asimismo, analiza la cubierta de la nave central, situada en el espacio anexo a la bóveda calada, cuyos tirantes de madera se apoyan en canes con una decoración y disposición semejantes a los del alfarje que cubre la nave central del palacio islámico del Alcázar. Por todo lo expuesto, concluye planteando una revisión de la datación almohade inicialmente adjudicada, pues podrían atribuirse también al periodo almorávide (Almagro 2015a: 13). La diversidad de enfoques con los que fueron realizados estos análisis proporcionaron una base sólida sobre la que comenzar a trabajar. En este sentido, asumidas las conclusiones de los estudios de Torres Balbás y Gestoso desde su perspectiva estilística, así como las de Manzano y Almagro en su condición de arquitectos, incorporamos la herramienta de la Arqueología de la Arquitectura con la intención de resolver las tres cuestiones planteadas en líneas previas. La obtención de una hipótesis evolutiva como punto de partida se resolvió gracias a la ejecución de una primera fase de estudios previos (año 2013) con una estrategia encaminada a tal finalidad. Para ello se contó en primer lugar con un levantamiento planimétrico del edificio en el que se identificaron los paramentos-guía y sus contactos a través de una batería de 38 muestreos paramentales de 1 m 2 aproximadamente. Con este ejercicio tan simple como eficaz pudo constatarse el carácter plurifásico del edificio, además de establecer las relaciones de anteroposterioridad entre sus elementos, así como su ordenación constructiva, reconocible a través de una simbología creada para tal finalidad (Tabales 2002a: 81-82). Asimismo, los picados de revestimientos realizados para hacer los muestreos sirvieron para generar otro plano con la identificación y posterior clasificación de los cronotipos más relevantes para la secuencia evolutiva, tomando como base las tablas cronotipológicas confeccionadas en el Alcázar y su entorno desde el año 1999. Este primer reconocimiento del edificio fue completado con la ejecución de 7 sondeos prospectivos que revelaron el momento inicial de ocupación de la parcela en época tardía y su desarrollo hasta la actualidad, dejando patente la complejidad de su evolución histórica, así como la diversidad constructiva presente en el edificio. Los muestreos paramentales mostraron evidencias más que suficientes como para suponer la presencia de restos de entidad del palacio islámico perteneciente al recinto primitivo del Alcázar. Los cortes arqueológicos, aunque superficiales y sin agotar registro, confirmaron la ocupación y continuidad de este espacio desde mucho antes de la implantación islámica, esto es, s. IV de nuestra Era. Por todo ello, a esta primera aproximación le siguió una intervención arqueológica resultado de ampliar los estudios previos a la obra durante los años 2013 y 2014. El objeto era resolver la segunda problemática planteada inicialmente, consistente en, por un lado, la obtención de la secuencia evolutiva de la parcela y, por otro, la certificación de la existencia del palacio. Continuando, por tanto, con el segundo nivel en la estrategia de intervención, se eliminaron al completo los revestimientos murarios de las estancias principales del palacio mediante picado arqueológico para someterlos a análisis estratigráficos, cronotipológicos y constructivos, previo levantamiento ortofotográfico de dibujo en CAD. Especial atención en este proceso tuvo la elaboración del plano base del que partiría la representación gráfica de las tres lecturas, realizándose dibujos exactos de los contornos de las unidades principales y simplificando las secundarias. Los grosores de las líneas determinaron la naturaleza y significado de cada una de ellas, distinguiendo las discontinuidades detectadas con una línea discontinua, los despieces estructurales o solerías con una línea de grosor fino, los contornos internos a diferentes planos e interfacies con una línea de grosor medio y los estructurales con otra de máximo grosor (Tabales 2002a: 140, 202). El siguiente paso fue el análisis estratigráfico, con la plasmación de las distintas Unidades Estratigráficas asociadas a cada fase detectada, empleando para ello colores sólidos pero lo suficientemente transparentes como para permitir la visualización de fábricas, discontinuidades, números de unidad, etc. Ni qué decir tiene la importancia de las unidades interfaciales tanto en representación gráfica como en la propia interpretación, pues humana como respuesta a una reforma o alteración de la estructura original. De todas ellas, la tercera categoría es fundamental, pues incide en la interpretación arqueológica general y estratigráfica en particular. A partir de la detección de eventos tales como adosamientos murarios (con o sin encastre), rupturas superficiales, grietas, taponamientos, desplomes, etc., y su representación gráfica, fue posible determinar la naturaleza de dichos eventos, su alcance y, lo más importante, las relaciones de anteroposterioridad con las estructuras adyacentes, enriqueciendo así el examen estratigráfico. En paralelo a este análisis paramental tripartito, se llevaron a cabo nuevos sondeos con el objeto de conocer algunos aspectos no analizados en profundidad en la primera intervención. Se hicieron tres cortes en el patio meridional para completar el conocimiento sobre la configuración del ajardinamiento islámico perteneciente al palacio primitivo y sus transformaciones hasta la actualidad. Con el mismo fin se excavaron otros dos en el jardín más septentrional, centrando especialmente la atención en la localización y encuadre cronológico de una alberca y un parterre ajardinado representados en la planimetría histórica6 y enfrentados a un gran patio. Ya en el interior de la vivienda se ampliaron tanto en anchura como en profundidad los sondeos realizados en la primera fase con la intención de conocer más en profundidad las cotas y sistemas de cimentación del palacio islámico. Finalmente, en el sótano se hizo una cata junto a la torre oriental de la gran Portada del León a fin de identificar posibles preexistencias (Figs. 5,6,7,8 y 9). su valor como indicadores cronológicos resulta incuestionable. En cambio, todas las unidades que formaban parte de un mismo grupo coetáneo y, por tanto, homogéneo, se sometieron a un proceso de simplificación, suprimiendo las relaciones intermedias y reduciendo a una sola las complejas (Caballero 1996: 69). A su vez, en aquellos paramentos con una complicación estratigráfica mayor, las unidades fueron agrupadas en actividades, generando una interpretación basada en la comprensión de los distintos procesos constructivos documentados. El análisis cronotipológico permitió hacer una caracterización de las técnicas constructivas, reconociendo un total de 12 tipos de aparejos, 4 de vanos, 4 de cubiertas, 5 de pavimentos y 6 de enlucidos. El proceso de clasificación se formalizó en función de una serie de "variables diagnóstico" que permitieron una completa identificación para su posterior determinación y encuadre cronológico. Las variables seleccionadas fueron tres, a saber, funcionales, materiales y técnicas. Asimismo, a través del uso de analíticas específicas como Carbono 14, termoluminiscencia y mensiocronología fue posible establecer al menos las cronologías absolutas de las fábricas principales de la muralla del recinto I y de las estancias mejor conservadas del palacio. Los resultados fueron plasmados gráficamente en planos cronotipológicos en los que cada fábrica, forjado y elemento susceptible de ser clasificado recibió un color representativo de una tipología concreta vinculada exclusivamente a una fase determinada. El análisis constructivo, anteriormente denominado estructural (Tabales 2002a: 195), se acometió con el objeto de recabar datos sobre las patologías visibles en estructuras, generadas por defectos en la propia ejecución de la obra, por el paso del tiempo, o por la acción El episodio de inundación expuesto en líneas precedentes y documentado bajo la plaza del Patio de Banderas se detecta también en los cortes XXIV y XXX, colmatando los espacios previamente abandonados y elevando el terreno, situándose en algunos puntos hasta en tres metros por encima de los niveles anteriores. A finales del s. V y principios del VI d. C. se datan nuevos restos constructivos realizados con sillares alcorizos, uno de ellos perteneciente a la dovela de un gran arco adintelado junto a un pavimento de cerámica de machaqueo que permiten efectuar el mismo ejercicio de correspondencia con el Patio de Banderas, en este caso, situando dichos restos en el entorno de un edificio monumental. El urbanismo de época taifa descubierto bajo la plaza del Patio de Banderas también alcanzó el sector más occidental del futuro primer Alcázar, pues en el sondeo XXIX se reconocieron muros y pavimentos Los resultados de ambas fases depararon una secuencia ocupacional íntimamente relacionada con los restos arqueológicos hallados en las excavaciones del Patio de Banderas y Patio del León, dada su cercanía. En el subsuelo del inmueble 7-8 no se llegó al nivel de ese primer momento de ocupación, pero la secuencia sí resultó coincidente en fases posteriores, esto es, a partir del s. II-III d. C. Las estructuras documentadas en los sondeos XXIV y XXX definieron un urbanismo bajoimperial cuyas cotas permitieron articularlas con los restos del Patio de Banderas, de funcionalidad industrial. Asimismo, pudimos constatar cómo en este punto del sector sucede el mismo fenómeno de declive topográfico en sentido norte-sur, con una diferencia máxima de 2,34 m 7. 7 Los pavimentos del SE-XXX (+7.26 m al sur ) se sitúan a más de dos metros de diferencia del suelo de opus signinum del SE-XXIV (+9.60 m al norte). Esta elevación queda enquistada hasta el día de hoy en el cuadrante noroccidental del primer recinto mediante la urbanización de estructuras aterrazadas en periodos posteriores (Tabales y Vargas 2014: 13). El barrio taifa, al menos en la parcela del inmueble 7-8, quedó anulado por la construcción del primer amurallamiento del Alcázar. La prueba material se obtuvo del sondeo XXII, efectuado en la esquina suroeste del patio principal del inmueble, a los pies de la muralla. Nos referimos a un muro de mampostería conservado a nivel de cimentación con orientación este-oeste que quedó amortizado por la fosa de cimentación del paño oeste de la muralla, de orientación norte-sur. cuyas características responden a esa misma fase de ocupación. Asimismo, también quedaron documentadas reformas fruto del uso continuado de las viviendas; es el caso de una estancia delimitada por dos muros de mampostería y pavimentada originalmente con un suelo de dess que quedó amortizado por otro pavimento de cal más humilde, además de la introducción de un pozo de abastecimiento adosado a uno de los muros. LA RECUPERACIÓN DEL PALACIO PRIMITIVO DEL ALCÁZAR DE SEVILLA zapata de no más de 2 cm. Asimismo, la estructura de piedra tanto a nivel de cimientos como en alzado estaba compuesta por tres hojas, las dos exteriores de piedra y la interior conformada por un relleno de tierra y cascotes, alcanzando un espesor total de 1,95 m aprox. El lado oeste presenta una técnica similar, si bien se observa un acusado desajuste en la cimentación y caña de la muralla respecto de la zanja, ya que mientras que en el interior la fosa tan solo cuenta con apenas 15 cm de espesor, al exterior alcanza los 2 m. Por otro lado, las dos hiladas pétreas que quedan bajo la superficie no están a plomo como en el lado norte, sino que la segunda se retranquea respecto de la primera, generando una zapata que viene a sumarse a la de la caña de la muralla, conformando dos zapatas o escarpas sobresalientes en total. La cimentación de las torres muestra el mismo sistema de zanja corrida si bien, como es lógico, adquieren las dimensiones necesarias para introducir el cubo de sillares de cada una de ellas. Solo se ha podido analizar en su totalidad la torre suroccidental, arrasada hasta prácticamente sus cimientos y visible desde el Patio de la Montería. En este punto se pudo observar que el cimiento de la torre era más profundo que el lienzo occidental, permitiendo la colocación de una hilada más. Asimismo, la irregularidad topográfica existente también en este sector fue corregida en este caso mediante la introducción de una pequeña losa de no más de 20 cm sobre la que se dispusieron cuatro hiladas de sillares formando una pirámide escalonada de 2 m de altura, base de la caña del lienzo de muralla. La cota de uso estaba situada de modo que tan solo dos hiladas pétreas quedaban soterradas, quedando las otras dos sobre la superficie. Tras el proceso de cimentación se acometió finalmente el alzado de lienzos y torres del primer recinto. Sus muros fueron levantados en sillería isódoma de acarreo, procedente muy probablemente de la muralla romana a juzgar por las huellas descontextualizadas de izado y acople que se observan en la práctica totalidad de los sillares. Dicha fábrica pétrea se combina a partir de la línea de adarve con fábricas mixtas hechas mediante ladrillo fino y mampostería de mediano calibre; es el caso de parapetos, merlones y cámaras de las torres. El análisis de estas últimas ha deparado interesantes novedades, pues la dificultad para acceder a su interior había hecho imposible plantear algo más que una hipótesis basada en fundamentos analógicos, según los cuales, al menos hasta el s. XII, eran macizas hasta su adarve. Sin embargo, el análisis de la torre oriental del León, inserta en el espacio del inmueble 7-8, deparó una realidad Este mismo corte también nos permitió documentar el proceso de construcción de la muralla8 en este punto y cotejarlo con los datos obtenidos hasta el momento, los cuales se han matizado, combinado y completado, determinando que la construcción de este primer recinto fundacional se hizo al unísono pero no por ello carente de particularidades para adaptarse a la irregularidad topográfica. La preparación del terreno fue la primera tarea a realizar, operación con un alto nivel de complejidad al tratarse de un sector de la ciudad ocupado por un urbanismo taifa en pleno funcionamiento. Una vez definido el trazado de la muralla, hubo que derribar hasta nivel de cimientos aquellas viviendas que ocupaban el ámbito de actuación, incluyendo especialmente las del sector occidental, emplazamiento elegido para el palacio. Dichas demoliciones estuvieron acompañadas de sendas zanjas de expolio con el objeto de reaprovechar materiales constructivos de edificios previos, procediendo con posterioridad a explanar el terreno con tierras seleccionadas y evacuar los escombros. Esta tarea podría haber sido más rápida si simplemente hubieran apisonado los desechos. Sin embargo, de no haberse acondicionado el terreno, la cota de uso hubiera subido varios metros, haciendo incompatible la vida en las casas que circundaban los terrenos anexos al futuro recinto amurallado, que continuaron con su actividad9. La segunda operación consistió en trazar las zanjas de cimentación, cuyas dimensiones variaron dependiendo del sector. En este sentido, la zanja del lado norte se trazó en forma de V con base plana, alcanzando los 3 m de profundidad y más de 5 de espesor, mientras que en el lado occidental hubo que profundizar algo más, si bien el espesor no sobrepasó los 4 m. Esta irregularidad viene motivada por la necesidad de adaptarse a la topografía del terreno, ya que mientras la zanja del lado norte discurría en sentido paralelo al declive topográfico, al oeste lo hacía en sentido transversal. Dicha cuestión afecta de la misma manera al cimiento y caña de la muralla: en el lado norte, se efectuó un vertido de tierra mejorada con cal hasta alcanzar los 2 m, colocándose a continuación y a eje respecto de la fosa dos sillares que servirían de base para la ubicación de la caña de la muralla, retranqueada de modo que generaba una pequeña Continuando con la secuencia evolutiva, el siguiente paso tras la construcción de la muralla fue la planificación del palacio islámico. De los 14 sondeos realizados, fueron 6 los que depararon estructuras cuyas características permitieron dibujar la planta de un edificio de corte palacial. Así, en los sondeos estratigráficos XXVIII y XXXI (ubicados en los patios de la vivienda actual) se documentaron restos de estructuras hidráulicas vinculadas a la configuración de su ajardinamiento, mientras que en el XXVI (sótano) pudo analizarse el muro principal de contención concebido para sustentar el edificio y, a su vez, salvar el desnivel topográfico existente, manteniendo el palacio en una posición elevada y dominante. Los sondeos XXIII, XXIV y XXVII, ubicados en el interior de la segunda y tercera crujía de la vivienda, permitieron determinar la construcción del palacio a nivel de cimientos, precisando con ello las trazas, compartimentaciones y dimensiones del mismo. El estudio de paramentos al que antes hemos aludido certificó que los muros norte y sur de la tercera crujía así como los tabiques de compartimentación de las estancias occidentales pertenecían al momento de construcción del palacio, todos ellos (aunque con reformas) conservados en muy buen estado y prácticamente hasta su coronación, algo extraordinario dado el uso continuado del edificio, así como los eventos de naturaleza catastrófica sufridos en la ciudad de Sevilla, como los terremotos de los años 1356 y 1755, respectivamente. De la totalidad de hallazgos documentados en el proceso de intervención destacan dos, a saber, el descubrimiento de la alcoba oeste perteneciente a la nave norte del palacio, con sus arcos geminados de acceso Figura 10. Bóveda por aproximación de hiladas vista desde el interior de la torre occidental de la Puerta del León (recinto primero). Reconstrucción hipotética de la comunicación entre el palacio islámico y las torres del primer recinto del Alcázar. Alcázar, la consolidación y conservación de las fábricas originales del palacio, así como la valoración de algunos de los restos hallados en los sondeos arqueológicos como detalle de la estratigrafía subyacente. Dichas operaciones se efectuaron en el transcurso de la obra de consolidación del edificio entre los años 2016 y mediados de 2018, cumpliendo así el último objetivo planteado en la estrategia inicial: incidir en la rehabilitación del edificio mediante propuestas surgidas no solo de los hallazgos de las dos intervenciones previas, sino de los que pudieran salir a la luz como consecuencia de la propia obra. En este punto del proceso, la relación entre arqueólogo y arquitecto fue fundamental para la obtención de un buen resultado final, pues en este caso el arquitecto aceptó la implicación del arqueólogo en su proyecto, entendiendo su papel como "investigador del edificio" o, dicho de otro modo, como una figura susceptible de obtener en una obra de en alzado ricamente policromados, en buen estado de conservación y simétricos a la alcoba incluida en la casa n.o 2, así como la exploración de la techumbre de la estancia central de la nave norte, cuyo análisis resolvió la existencia de piezas antiguas vinculadas al antiguo alfarje del palacio y conservado íntegramente en una de las estancias de la casa n.o 2, como bien avanzaba Rafael Manzano (1995: 117) (Figs. Las conclusiones de esta segunda intervención pusieron de manifiesto la necesidad urgente de iniciar cuanto antes la consolidación de los arcos geminados recién descubiertos, así como la concepción de una serie de propuestas de conservación que redundaran en la redacción del Proyecto Arquitectónico. Esas recomendaciones incluían, entre otras, operaciones tan evidentes como la recuperación y puesta en valor de los tramos de muralla islámica insertos en el interior de la vivienda a modo de muro medianero con el Patio del León del rehabilitación un resultado "científicamente irreprochable, así como una adecuación respetuosa pero funcional al nuevo uso" (Tabales 2002a: 248). Por desgracia, la buena sintonía entre ambos profesionales, aunque con excepciones como esta y según en qué comunidades, no solo no ha prosperado en los últimos años sino que se ha polarizado por dos cuestiones: por un lado, sigue sin existir una figura legal que otorgue al arqueólogo un papel de mayor responsabilidad en la obra más allá de la Vigilancia Arqueológica y, por otro, a pesar del impulso que adquirió la disciplina en nuestro país a finales de la década de los 90, es común que en algunos ámbitos se continúe vinculando al arqueólogo únicamente con el subsuelo siendo, por tanto, esta una carencia en la que hay que seguir insistiendo. que separa las viviendas n.o 6, 7-8, 9 y el Patio del Yeso, respectivamente. Sus muros carecen de contacto directo con los lienzos de muralla, pues el espacio intermedio entre ambos estuvo ocupado en origen por un paseo de ronda, fosilizado en el lado norte por un pasaje de 1,40 m de ancho, a través del cual se accede a la casa n.o 1. En el lado oeste no se advierte dicha fosilización, pues los muros modernos y contemporáneos colmataron la estructura e invadieron el espacio hasta el punto de, en este caso sí, entestar directamente con la muralla. No obstante, sí se pudo documentar en el corte XXV, alcanzando en este punto una anchura de 1,70 m (Fig. 15). EL PRIMER PALACIO DEL ALCÁZAR El análisis arqueológico de los restos integrados en el inmueble n.o 7-8 y, parcialmente, los del n.o 2, han permitido generar una hipótesis sobre sus trazas originales, dimensiones totales y funcionalidad de sus espacios, dando como resultado un modelo de palacio que excede los límites de ambas viviendas. El conjunto, ubicado en el sector más noroccidental del Patio de Banderas, queda delimitado por el norte y oeste con los lienzos de la muralla del primer recinto del Alcázar, por el este con las estancias más occidentales de las casas n.o 2, 3, 4, 5 y, por el sur, con un callejón En resumen, el palacio se oculta bajo los muros y cimientos de las 9 casas que actualmente ocupan el flanco noroccidental del Patio de Banderas. De ellas, el inmueble 7-8 es uno de los más extensos, con una superficie de 813 m 2. Esta circunstancia posibilitó una distribución de catas paramentales y sondeos, antes descritos, lo suficientemente eficiente como para obtener sus trazas fundamentales a través de los restos rescatados. Así, bajo el extenso patio que precede a la casa decimonónica, pudo hallarse en su extremo nororiental los restos de la fuente islámica central que servía de eje vertebrador de 4 cuadrantes ajardinados y deprimidos, cuyos andenes afloraron en el lado opuesto del patio. En la esquina nororiental de su segundo patio se documentó parte de la alberca que articulaba el ingreso al palacio desde el jardín. Los pilares en cimentación hallados bajo el subsuelo de la primera crujía, permitieron obtener una cadencia de arcos cuyo patrón parecía responder a la fachada del edificio. La investigación de la segunda y tercera crujías deparó restos en subsuelo y alzado en un excelente grado de conservación, reconociendo una estancia principal de formato rectangular dividida en tres partes, la central más larga que las dos laterales, denominadas alcobas, simétricas y de formato cuadrangular. El paramento norte de esta pieza, medianero con la vivienda n.o 1, resultó ser original hasta el nivel de forjado de su cubierta, así como el muro de acceso a la alcoba oeste, con el arco geminado policromado simétrico al de la alcoba de la casa n.o 2. De esta manera se pudo reconstruir el sector occidental perteneciente a la nave norte del palacio, concebida como zona de representación. Las comunicaciones halladas con los inmuebles situados a la espalda del muro medianero fueron interpretadas como accesos a un área complementaria a la zona noble y funcionalmente destinada a uso doméstico, extremo no constatado de momento al no haber sido analizadas arqueológicamente (Fig. 16). Teniendo en cuenta la zona privada, el resultado es un palacio de 2.212 m 2, ocupando el 26 % del espacio total del primer recinto, de casi una hectárea de dimensión (8.450 m 2 ). Si nos atenemos exclusivamente a los ámbitos constatados, esto es, área palatina y patio, el conjunto ofrece paralelos evidentes en cuanto a esquema organizativo, forma y dimensiones con otros palacios del Alcázar como el de la Contratación, y en menor medida, el del Yeso; atendiendo a la primera característica, los tres edificios comparten la misma distribución y orientación de su zona noble, con una estancia tripartita compuesta por una sala central de formato rectangular y dos alcobas cuadrangulares y simétricas. A nivel formal, la Contratación y el palacio fundacional son casi idénticos, con una fachada conformada por cinco tramos, el central más ancho que los dos laterales al ser este concebido como el acceso principal, colocado a eje respecto del ingreso a la nave norte a través de un triple arco o trífora. Difieren en la ordenación de cada uno de sus tramos laterales, pues en el caso de la Contratación se compartimentan en dos arcos, mientras que en el palacio son tres, característica que, en este caso, comparte con el Palacio del Yeso. En cuanto a dimensiones, de nuevo es el conjunto de Contratación el que presenta una métrica similar, pues ambos cuentan con una anchura total de 100 pies islámicos y 30 si nos referimos únicamente a la suma de la estancia principal, de 1812 pies, y galería, de 12. El patio del palacio fundacional es algo mayor en longitud, con 110 pies, mientras que el de Contratación tiene 96. No obstante, presenta el mismo formato de crucero, con cuatro parterres ajardinados a bajo nivel (Fig. 17). La diferencia más notable respecto a estos palacios, en particular, y otros del siglo XI y XII, en general, es la ausencia de indicios que demuestren la existencia de otra nave simétrica en el frente sur. Este hecho puede deberse a tres motivos: porque la sobreexcavación del terreno en el punto donde debieran aflorar las estructuras haya borrado huella de su presencia, porque el proyecto no contemplara su construcción, o bien porque la obra quedara inconclusa. De la misma manera, la existencia de la zona privada compartimentada en dos piezas casi simétricas e interconectadas con la zona pública es una peculiaridad que aún no podemos constatar, pero tampoco descartar, siendo ambas cuestiones objeto de investigaciones que puedan derivarse de proyectos futuros. Reconstrucción virtual de los restos excavados perteneciente al palacio islámico. Centrándonos ya en la descripción arqueológica y constructiva de los restos exclusivamente documentados, tanto a nivel de cimientos como de alzados, comenzaremos por la construcción del edificio principal. En su planificación hubo de tenerse muy en cuenta los condicionantes geomorfológicos del terreno. Ya hemos advertido en líneas precedentes el desnivel existente en sentido norte-sur que afecta a todo el sector, incluido el Patio de Banderas, de modo que muchas estructuras pertenecientes a las mismas fases históricas pueden causar un desfase de más de un metro en sus cotas de uso. Esta circunstancia también la apreciamos al analizar los fundamentos del palacio, algunos muy bien conservados, al menos, dentro de los límites del actual inmueble al haber sido reaprovechados para la construcción del sótano de la casa en el s. XIX. A la casuística natural también hay que añadir, en esta ocasión, una intencionalidad propagandística y de representación, ya que el palacio se sitúa a la cota 13,86 m s. n. m., esto es, muy por encima del paisaje urbano circundante, otorgándole una situación privilegiada y dominante propia de un edificio que interpretamos como oficial, al estar incluido en el interior del primer recinto amurallado del alcázar islámico. La cara sur presentaba los sillares bien regularizados mediante cuñas de ladrillo de formato romano, mientras que la cara norte (SE XXIV) estaba retacada con ladrillos y reforzada por una secuencia de pilares, hechos también en ladrillo, sobre una losa corrida de tierra compactada de 1,04 m de profundidad. Su funcionalidad era acoger los diferentes arcos pertenecientes a su fachada principal, cuya posición ha quedado fosilizada gracias a la utilización de estos mismos cimientos para construir la actual galería decimonónica. Los restos conservados nos permiten dibujar una primera crujía de una sola altura de 2,80 m de luz por 32 m de largo, cuyo frente estaría conformado por cinco tramos divididos a su vez en tres calles constituidas por tres arcos salvo el tramo central, más grande que los laterales y libre de la citada tripartición (Figs. El espacio de esta galería quedaba delimitado por el norte mediante un muro que servía de medianera con la segunda crujía del palacio o nave principal, cuyos fundamentos se documentaron en una de las estancias occidentales de la vivienda actual (SE XXVII). Para su construcción, se abrió una fosa sobre la que se dispuso un cimiento de medio metro de profundidad a la cota 11,95 m s. n. m. de tierra compactada, sobre el que se labró a su vez un muro hecho mediante ladrillo fino (0,27 × 0,13 × 0,035 m) dispuesto a soga. En este caso la cota de asiento del cimiento es menor respecto a la del muro sur de la galería, pues no actúa como soporte para salvar el desnivel, sino que se interpreta como muro de carga. En este punto, el paramento aparecía trabado con una mocheta de ladrillo fino a soga y tizón en su base y coronado por un sillar vertical de 0,52 m de altura, sobresaliendo del plano frontal de la alineación 0,09 m. 13 De estos 30 m de largo, hemos podido documentar 19,20, ya que los metros restantes trascienden la propiedad de la vivienda que nos ocupa, quedando incluidos en el interior del inmueble n.o 2 del Patio de Banderas. La prolongación del muro hacia el este se encontró en muy mal estado de conservación al haber sido arrasado por las obras posteriores, por lo que solo pudo documentarse una fábrica de mampostería ordinaria a nivel de cimentación cortando los restos del antiguo arrabal islámico, que en ningún caso reaprovechan y tampoco conservan sus orientaciones. A eje respecto de la mocheta se documentó un pilar cuadrangular en estado de cimentación, con unas dimensiones completas de 0,51 × 0,51 × 0,67 m, labrado mediante ladrillo regular en sus esquinas e irregular en el centro. El lado opuesto, es decir, el extremo occidental del muro sur, estaba alterado por la presencia de cimentaciones recientes; no obstante, pudo advertirse la fábrica de sillares perteneciente al muro de corrección del desnivel topográfico con la misma tipología de ladrillo fino, evidenciando que en aquellos puntos donde estaban previstas zonas de paso se introducían ladrillos para recoger los apoyos de los vanos. Estos restos permitieron interpretar la existencia de una alcoba ubicada en el extremo occidental de la galería, a la que se accedería mediante un arco geminado, teniendo con casi toda seguridad su correspondencia en el extremo oriental. En el punto medio del muro medianero de separación entre el espacio que conforma la galería y la nave principal, se localizó el acceso hacia el interior de esta, de 6,65 m de luz, gracias al hallazgo de sus machones; el occidental a nivel de cimientos, mientras que el oriental, aunque en muy mal estado de conservación, se encontraba en alzado enmascarado bajo los muros de la casa del siglo XIX. Asimismo, el descubrimiento de un pilar a 2 m respecto del machón oeste, sirvió de base para interpretar que nos encontrábamos ante una puerta de tres vanos, seguramente resueltos mediante arcos de herradura, como sucede en la nave norte del vecino Patio del Yeso. El hallazgo de los restos de un pequeño ventanuco con pequeños fragmentos de yeserías descubierto a eje sobre la trífora, hizo suponer que cada arco quedaría rematado con una celosía, aportando ventilación y algo de luz al interior de la estancia. Llegamos así al interior de la nave septentrional, también de una sola altura, con unas medidas de 22,96 m de largo por 4,30 m de ancho. Sorprende el buen estado de conservación generalizado de las estructuras que conforman el espacio, sobre todo del muro norte, pues a pesar de presentar transformaciones fruto de reformas posteriores, mantiene la altura completa hasta su nivel de coronación, coincidente con el arranque de la cubierta actual. Es importante señalar que parte de sus fundamentos se encuentran por encima del nivel de suelo actual (+13,30 m) debido a la sobreexcavación contemporánea de 0,40 m de profundidad que arrasó por completo cualquier vestigio de pavimentación antigua. En este sentido, en el sondeo XXIII, ubicado a los pies del paramento, se documentó la potencia de la cimentación, obtenida mediante tierra mejorada con cal de 0,90 m de profundidad sobre la que se apoya un pie de agua de más de metro y medio de altura, hecho mediante una fábrica mixta de ladrillo fino aparejada con mampuestos de mediano calibre, sobre la que finalmente asienta una fábrica de tapial simple con cajones de 0,75 m de altura. Se advierte una notable reparación en el paramento a través de dos actividades constructivas que se resumen en, por un lado, la reparación del tapial simple islámico mediante un parcheado de ladrillo grueso visible a lo largo de buena parte de su superficie y por otro, la reconstrucción completa del extremo occidental del edificio. El punto de unión de ambas edificaciones se encuentra presente en una discontinuidad localizada en el paramento norte, perceptible en las estancias más noroccidentales de la vivienda, en la que se reconoce perfectamente la adaptación del tapial nuevo al antiguo mediante una masa de ladrillo a modo de grapa que va cosiendo el edificio longitudinalmente. La fábrica nueva es un tipo de tapial encadenado en ladrillo grueso con mechinales de sección cuadrada protegidos con remate latericio, con cajones de 0,85/0,87 m, sustentada sobre un fundamento de tierra mejorada con cal de más de un metro de profundidad (cuya composición es muy similar a la cimentación del tapial simple islámico) y zapata en resalte de dos hiladas de ladrillo. La esquina suroccidental fue también reconstruida, pero en este caso se hizo mediante una fábrica de ladrillos con una métrica y aparejo idénticos a los empleados para reconstruir las cadenas y pie de aguja del tapial nuevo, considerando, por tanto, ambas fábricas coetáneas. La exclusividad del ladrillo en este caso puede deberse a la utilización de este espacio como ámbito de una escalera de comunicación con las plantas superiores, cuyo uso se mantuvo hasta la construcción de la casa actual. Con independencia de las reformas y reparaciones lógicas fruto del uso continuado de la vivienda, los datos expuestos sumados a la ausencia total de restos de la bóveda de crucería idéntica a la de la casa 2, sugiere la posibilidad de que se sucediera en el pasado un episodio natural lo suficientemente violento como para provocar la desaparición de este sector del antiguo palacio y de machones donde irían enmarcados los arcos geminados, realizados en ladrillo fino de 0,26-0,27 × 0,12-0,13 × 0,02-0,03 m dispuesto a soga y tizón con restos reconocibles en algunos puntos del avitolado primitivo rehundido a media caña, técnica que muy posiblemente se empleó a modo de mortero de agarre para acoger la capa pictórica final. El resalte de la moldura superior del alfiz marca el inicio del segundo cuerpo del paramento hasta su nivel de coronación, realizado en el mismo tapial monolítico que el muro de cierre de la estancia por el norte, muy afectado en este caso por retoques recientes. Resulta significativa la ausencia casi total de restos de revestimientos originales. Es razonable pensar que el uso continuado del edificio en épocas posteriores así como el rebaje de la cota de uso islámica en 0,40 m hayan sido las principales responsables de tal desaparición, pero lo cierto es que las remociones de tierra fruto de las obras de restauración tampoco han sacado a la luz ningún resto decorativo vinculado al palacio a excepción de la decoración pictórica del arco geminado, lo cual resulta en cualquier caso extraordinario dada la escasez de estructuras en alzado relativas al siglo XI. La superficie frontal y el intradós presentan policromía. No así su trasdós, que estaba revestido únicamente con un enfoscado fino de cal de color blanco. En este sentido, el conjunto está enmarcado por un alfiz rectangular rehundido unos 2 cm, con unas dimensiones totales de 1,90 m de altura, 3,04 de ancho y 0,32 de profundidad, acompañado de una inscripción en negro sobre blanco que contrasta con los vivos colores rojos, ocres, naranjas, verdes turquesa y negros que señalan el despiece de las distintas dovelas de los arcos. Estas están decoradas con motivos vegetales y roleos florales que se intercalan con motivos en zig-zag en color negro sobre blanco. El zizagueado también se observa en el intradós de cada arco y en la cenefa perimetral que recorre el espacio resultante entre las roscas de ambos arcos (señalada con un trazo en color naranja) y la arquivolta, combinando trazos negros con otros en tonos anaranjados. Unas pequeñas ovas rematan la circunferencia inferior de la arquería, subrayada arriba y abajo por la misma línea rojiza que observamos en la zona superior. Cada una de las albanegas está decorada con la representación pictórica de un león rampante en tonos rojizos sobre fondo blanco de raigambre claramente castellana, así como la enjuta, enriquecida con un castillo de tres torres definido por trazos negros sobre un fondo de color anaranjado (Fig. 21). su urgente reparación, quizás el terremoto con epicentro en el Cabo de San Vicente ocurrido el 24 de Agosto de 1356. En cualquier caso, como se tratará más adelante, la ocupación cristiana está certificada por la alteración parcial de las pinturas que decoran los arcos geminados, cuyas albanegas lucen sendos leones rampantes y un castillo en la enjuta, todos ellos, emblemas indiscutibles de la corona de castellana. Por último, la terminación que presenta la fábrica de tapial en el extremo oeste del muro norte hace suponer la existencia de un acceso en el mismo punto en el que ahora se encuentra un vano contemporáneo, ejecutado en el contexto de la vivienda de 1874 y que bien podría tratarse de una fosilización, interpretada como una posible conexión entre la zona palatina y la doméstica. Este espacio estaba compartimentado en origen en tres estancias, siendo la central más grande que las dos laterales, ambas simétricas, de modo que la primera alcanza una longitud total de 15,02 m y las dos alcobas 3,97 m, respectivamente. El ingreso a cada una de ellas ha supuesto uno de los hallazgos más relevantes de la intervención, pues se realizaba a través de un arco doble de herradura cuyas dovelas presentan una rica decoración con pinturas al temple. La alcoba oriental era conocida desde siglos atrás como ya se ha advertido, mientras que la occidental, al igual que la bóveda, se creía perdida al existir en su lugar una citara de ladrillo de factura muy reciente. Sin embargo, el picado del tabique reveló tras recientes capas de yeso sus restos en un aceptable estado de conservación, pues el tabicado no fragmentó los elementos, sino que los enmascaró, respetando sus machones originales fabricados en ladrillo, así como la doble rosca completa y enmarcada en un alfiz. El único elemento perdido es la columna central que sí se conserva en la casa n.o 2, entendiendo que fue eliminada en el transcurso de las obras del s. XIX al reducirse el acceso a un modesto paso adintelado con carpintería de madera pintada en color blanco. El paramento presenta unas características técnicas muy variadas, pues en su factura se mezclan hasta tres tipos de materiales diferentes, a saber, mampuesto, ladrillo y tapial. El mampuesto se empleó en la cimentación, para la cual se ejecutó en primer lugar una zanja corrida rellena posteriormente de tierra compactada sobre la que se asentaron dos hiladas de mampuestos irregulares de mediano tamaño, conformando un cimiento de 0,50 m de profundidad total. A continuación, se labraron los se ve adornada por recuadros ejecutados en el s. XVI, o posteriormente. Estima que la cúpula es almohade por el sistema de bovedillas estalactíticas, estableciendo un paralelo con la Ermita del Cristo de la Luz (Gestoso 1889, 324-325) (Fig. 22). La revisión y posterior interpretación que hace Antonio Almagro en 2011 del análisis de Gestoso, queda plasmada en un alzado en el que prolonga los nervios seccionados, presentando así su hipótesis de trazado original, con la que coincidimos. No determina su adscripción almohade, sin embargo, las similitudes que presenta con los palacios que considera de tal cronología, como el del Yeso, Contratación y Crucero, hace que se incline por ese periodo. Como ya hemos apuntado, su última revisión, en 2015, la efectúa tras conocer los También ha sido posible conocer y, en algún caso, recuperar las soluciones constructivas diseñadas para cubrir la nave principal. En el caso de las dos alcobas laterales, ya hemos señalado que la única que se conserva en la actualidad es la oriental. Gestoso en el siglo XIX la analizó en profundidad, describiéndola como una bóveda que arranca de un anillo de escocia lisa con doce lados, la cual se apoya a su vez en un dodecágono de nervaduras entrecruzadas componiendo una lacería. En su centro hay una especie de linterna cuya clave está formada por una estrella de seis puntas. La sala fue retocada para hacer una entreplanta en su tercio superior. Los arranques de las nervaduras originales eran más prolongados, hallándose ocultos detrás de una imposta de ladrillo y yeso que rodea los cuatros muros, la cual Figura 21. Decoración pictórica de los arcos geminados pertenecientes a la alcoba occidental del palacio islámico descubierta en el inmueble no 7-8 del Patio de Banderas. Fotografía de Fernando Alda editada por Cristina Vargas Lorenzo. longitud, separados entre sí una distancia media de 0,60 m. Sobre ellos, y en sentido perpendicular, se colocó un elemento longitudinal, también de madera, conformando la solera. Esta plataforma se empleó como base de apoyo de los canes, creando un sistema de cámaras de aire que garantizaba su correcta ventilación y, por tanto, conservación. Como es tradicional en este tipo de armadura de cubierta, las ménsulas soportarían la carga de los tirantes, de 0,09 m de escuadría, con el objeto de ampliar la base de apoyo de estos y ayudar a transmitir los esfuerzos y disminuir el riesgo de sufrir humedades14. Entre tirantes y canes no habría contacto directo, existiendo entre ambos una delgada tablazón llamada tocadura, sobre la que se colocaría un sistema de tablas continuas y perpendiculares a los canes cubriéndolos horizontalmente. Los espacios vacíos entre tirantes quedarían resueltos con unas sencillas tablas de madera, al igual que los canes. Asimismo, el arrocabe estaría compuesto por un conjunto de tablillas llamadas tabicas, insertas mediante calos practicados en cada uno de los planos verticales de ménsulas y tirantes (Fig. 23). La techumbre perteneciente al espacio central de la nave se ha podido recuperar en su formato original. No así en su totalidad, pues como ya avanzamos, el fenómeno de segregación que sufrió el palacio a partir del siglo XVIII provocó que la zona oriental de la sala principal pasara a ser propiedad de la casa n.o 2. Como consecuencia de ello, cada espacio evolucionó según el gusto de sus residentes; en el caso del inmueble n.o 2, se respetaron las estructuras originales incluyendo bóveda y parte del alfarje de la pieza central. No así en la casa 7-8, donde no queda rastro alguno de la bóveda y el alfarje fue progresivamente alterado hasta convertirse en una armadura de lima bordón par de tres paños y cuatro vertientes, respetándose tan solo las ménsulas sobre las que descansaba un sencillo arrocabe decimonónico. La recuperación del tramo de alfarje primitivo inserto en la propiedad 7-8 permitió reconstruir su proceso constructivo. En este sentido, la primera operación fue componer el asiento de la techumbre, la cual se logró mediante la colocación de unos elementos transversales de madera embutidos en la coronación de cada uno de los cuatro muros de tapial que conforman la estancia, denominados nudillos, de entre 0,30 y 0,45 m de círculo del que sale una línea que se prolonga hacia la testa, conectando con el plano que conforma la cabeza de cada uno de los canes. Estas también están talladas, en este caso, dibujando una gran hoja simple, ovada y peciolada (Figs. Lo habitual es que estas piezas se decoraran con policromías, sin embargo, las catas realizadas en algunas de ellas no han sacado ningún resto pictórico previo. De existir, es posible que se hayan eliminado progresivamente como consecuencia de las decapaciones y repintes posteriores. Los procesos continuos de transformación del palacio, por no hablar de los terremotos que sufriría la ciudad de Sevilla (1356, 1755), han hecho imposible la conservación de resto alguno de sus sistemas de cubierta exterior. A esta cuestión se suma la segregación del palacio, afectando igualmente a su cubrición, de modo que, en la actualidad, ambos inmuebles cuentan con soluciones constructivas independientes y distintas en su tipología, alteradas por las constantes reparaciones, siendo las últimas constatadas en el s. XX. Aproximadamente la mitad de cada can expuesto presenta decoración en todos sus planos visibles. Los laterales cuentan con una talla a bajo relieve que reproducen unos modelos decorativos muy similares a los característicos de época taifa, basados en roleos y tallos florales entrelazados formando una curva, motivo muy repetitivo en las yeserías del Palacio de la Aljafería de Zaragoza y también en los modillones de lóbulo de la Mezquita de Córdoba. El plano inferior dibuja un tallo del que irrumpen hojas de envoltura a ambos lados, distinguiendo hasta 14 tipos. El extremo se remata con un En este sentido, las certezas que poseemos sobre las techumbres interiores del edificio nos lleva a plantearnos la hipótesis de que la cubrición exterior fuera probablemente a cuatro aguas, acogiendo únicamente el ámbito de la nave norte, resolviéndose por tanto el espacio de la galería mediante un único faldón a un agua. Antonio Almagro propuso una hipótesis según la cual la cubierta sería a cuatro aguas, pero el faldón que vierte hacia el patio del palacio sería continuo (Almagro 2015b: 12), difiriendo respecto a nuestra hipótesis en ese aspecto. En cualquier caso, creemos acertada su idealización en cuanto a la disposición, pendiente y vuelo de la cubierta de la nave principal (Fig. 26). El palacio que acabamos de describir no tendría sentido sin la existencia de un gran patio deprimido a sus pies. El conocimiento de su configuración y dimensiones totales fue posible gracias al hallazgo de los restos pertenecientes a la tapia de cierre por sus extremos occidental y meridional respectivamente, así como de una alberca presidiendo la entrada al palacio con una fuente central a eje respecto de esta, marcando la simetría de la otra mitad del patio. El muro oeste (sondeo XXXV), de 0,55 m de largo × 0,48 de ancho y labrado mediante mampuestos sin carear de tamaño mediano hundía sus cimientos a la cota 11,15 m s. n. m., quedando su enlucido (presente en ambas caras) por debajo de las cotas de las alineaciones modernas. La esquina suroccidental fue documentada en el corte XXII, muy alterada por las construcciones recientes pero reconocible a través de su vinculación material con la tapia anterior. Los restos de la alberca que presidía el patio se hallaron en el sondeo XXXI. Su estructura exterior estaba realizada mediante dos hojas de sillares alcorizos idénticos a los de la muralla, con un relleno interior de tierra anaranjada y compactada, alcanzando unas dimensiones totales de 11 × 7 m. Finalmente, en el punto medio del lado oriental del primer patio actual (corte XXVIII), se documentaron los restos de una plataforma de formato cuadrangular de un pie realizado en ladrillo fragmentado sobre la que se dispuso un estanque circular de 2,59 m de diámetro interior revestido con dos capas de cal hidráulica. En el extremo sur se advirtió la presencia de un canalillo de riego o rebosadero que trascendía rosca y plataforma, sugiriendo de ese modo que esta fuente surtía de agua la vegetación de los jardines deprimidos. No se han localizado restos de andenes dada la potencia de las intrusiones de época moderna. No obstante, la distribución de las estructuras documentadas, con la presencia de la alberca y la fuente en el centro del jardín deprimido, dibujan un esquema que solo resulta coherente colocando un sistema de andenes que, en sentido norte-sur y esteoeste, dividan el jardín en cuatro cuadrantes, permitiendo de ese modo el tránsito con el andén perimetral. La conexión entre patio y palacio ha sido una de las últimas novedades que ha deparado la investigación. En un primer momento, siguiendo los modelos de patios de crucero cercanos, se pensó en la existencia de rampas o escaleras apoyadas en los lados cortos de la alberca. Esta hipótesis fue eliminada con el hallazgo de una arquería enmascarada tras el paramento norte que sustenta el andén de la galería de fachada, de modo que la cota de suelo de la arquería, situada a +10,79 m, quedaba dos metros y medio por debajo del nivel de uso del andén del palacio, a +13,30 m. Dicha arquería estaría compuesta por una secuencia de cuatro arcos de medio punto labrados con ladrillo de 0,05 m de grosor y tomados con mortero de tierra y cal, quedando interrumpido por el encuentro con la alberca. Salvado el espacio de la alberca, continuaría con una segunda secuencia de otros cuatro arcos hasta alcanzar el cierre del muro del patio por su esquina nororiental. Su funcionalidad sería únicamente estética, pues no hemos encontrado accesos desde la galería semisoterrada al interior del palacio, siendo el único ingreso posible a través de los andenes perimetrales, o bien desde el central, rodeando la alberca. No existen, al menos que sepamos de momento, paralelos claros de esta solución aplicada a patios de época islámica a excepción del Palacio del Crucero. En este último caso, los arcos serían de mayores dimensiones para salvar los 4,70 m de desnivel existente entre la cota de uso de los andenes del edificio y la de la galería, así como la cadencia de las arquerías, repitiéndose en sus cuatro frentes. Sea como fuere, interpretamos que el modelo de patio de la casa 7-8 podría haber servido de inspiración para la construcción del patio de crucero almohade. Paralelos de patio de crucero tenemos en el mismo Alcázar; nos referimos al Palacio de la Contratación (ss. Fuera de Sevilla hay buenos ejemplos como el palacio de Monteagudo (s. XII) o Dar as-Sugrá (ss. XII-XIII) con la diferencia de la ausencia de otra alberca situada en el frente menor opuesto (Figs. Reconstrucción hipotética del palacio islámico. Fuente central original perteneciente al jardín deprimido del palacio islámico anulada por los restos de otra fuente, en este caso, correspondiente al patio de época moderna. Restos de la arquería del patio islámico enmascarada tras uno de los muros del sótano. Fundamentos para la datación La datación de la muralla del primer recinto y su palacio fundacional se ha obtenido mediante la aplicación de los métodos tradicionales basados en la estratigrafía y cronología de sus materiales en combinación con otros sistemas analíticos más novedosos como Carbono 14 y termoluminiscencia, siendo esta última técnica de gran precisión ya que determina el tiempo transcurrido desde el momento en el que un material cerámico ha sido fabricado mediante el proceso de cocción 15. Estas fechas se han contrastado recientemente con los resultados derivados de un programa de muestreos tomados en lienzos, torres y cimentaciones de la muralla con el objeto de someterlos a análisis de Carbono 14 y termoluminiscencia 16. A pesar de los intervalos de incertidumbre que se presuponen en este tipo de ensayos, las conclusiones no solo corroboran la datación relativa fruto de los trabajos arqueológicos, sino que también vienen a cerrar la horquilla cronológica con altos niveles de certeza con unos valores medios que oscilan entre los años 1060 y 1062 (Jiménez e. p.). Este mismo protocolo de datación ha sido aplicado al palacio primitivo, efectuándose en primer lugar el preceptivo análisis de estructuras para determinar sus relaciones físicas y caracterización de materiales arqueológicos para, en un segundo momento, someterse a análisis radiocarbónicos y termoluminiscentes. Ya hemos analizado en líneas precedentes la secuencia evolutiva de la muralla y su palacio, advirtiendo cómo su proceso constructivo implicó, en primer lugar, la anulación del barrio taifa previo, al menos en este sector, y, en segundo lugar, la adaptación del palacio a lienzos y torres del primer recinto. Los rellenos de cimentación vinculados con el palacio, registrados entre las cotas +13,20 y +11,70 m s. n. m., teniendo en cuenta el escaso volumen de material y lo poco representativo en cuanto a tipología, se fecharían a fines del siglo XI, sin descartar una cronología más avanzada, ya que no aparece ningún fragmento con características exclusivas del siglo XII. Lo mismo ocurre con las bases de cangilones similares a las del Castillo de San Jorge, Sevilla (Vera y López 2005: 109), las jarritas con asas estriadas y los jarros con pitorro vertedor. Estas piezas suelen fecharse a principios del siglo XII, por considerarlas ligeramente evolucionadas con respecto a las clásicas del periodo taifa, pero actualmente no hay argumentos que puedan probar que esta producción alfarera sea de ese momento, ya que el resto de analíticas de C14 o termoluminiscencia nos hace pensar que no es una fabricación exclusiva de época almorávide. En definitiva, el estudio de la cerámica establece una evolución en las características técnicas de las piezas documentadas, cuyos inicios se remontan a las primeras alfarerías taifas hasta alcanzar formas más evolucionadas. ¿Es posible que el palacio comenzara a edificarse en los últimos momentos del periodo taifa y se finalizara tras la conquista almorávide? Dicho planteamiento podría explicar las propuestas de Almagro y Gestoso, que abogan por una datación almorávide basada en la tipología de la bóveda de nervaduras que corona la alcoba de la casa n.o 2, así como la precipitación visible en el acabado de las pinturas que decoran los arcos de ingreso a sendas habitaciones, realizados con trazos gruesos y toscos, poco habituales dada la riqueza ornamental propia de edificios de factura taifa. La bóveda no ha podido ser analizada al estar la propiedad que la acoge fuera del ámbito de actuación de la obra. Por el contrario, fue posible caracterizar y fechar mediante dataciones absolutas los elementos arquitectónicos y artísticos del palacio recuperados en el transcurso de los trabajos, tales como los arcos geminados, el muro de tapial y los canes que sustentaban el alfarje de la estancia principal y la galería perteneciente al patio ajardinado. El muro de ladrillo avitolado donde se inserta el arco geminado presenta una relación de adosamiento respecto al muro de tapial perteneciente al cierre del palacio por su lado norte. Del primero se tomó una muestra de ladrillo y mortero de cal asociado para datarlo mediante termoluminiscencia, mientras que del segundo, se tomó una muestra del carbón empleado para la fabricación del tapial. Ambos, dieron unos resultados coherentes con los estudios estratigráficos y muy cercanos entre sí, arrojando una fecha que oscila entre 1098 y 1194 para el muro del arco, y de entre 1027 y 1170 para el tapial. Las pinturas que enriquecen los arcos también han sido analizadas desde varias perspectivas. Un primer acercamiento al análisis de su programa decorativo nos aproximó a un periodo de transición taifa-almorávide, pues los motivos ornamentales reconocidos son afines a esquemas decorativos propios de otros palacios del s. XI-XII como los restos pictóricos de la alberca hallada bajo el Patio de la Montería en el Alcázar de Sevilla (Tabales 2000: 24), o la pintura mural localizada in situ en el zócalo de una alberca perteneciente a un palacio también del siglo XI, en la calle San Julián 2-4 (Tabales y Vargas 2014: 30). Fuera de Sevilla los escasos ejemplos publicados se corresponden con las pinturas parietales de la Aljafería de Zaragoza (s. XI), el Oratorio del Alcázar Mayor (Murcia) y el Palacio Dar as-sugrà, localizado bajo el antiguo refectorio del monasterio de Santa Clara la Real (s. XII) (Navarro y Jiménez 2012: 235, 314, 315, 323). Los resultados de esta primera inspección visual fueron contrastados con los análisis derivados de la consolidación estructural de los arcos, realizados antes de comenzar la obra de rehabilitación de la vivienda. En este sentido, los análisis de los pigmentos17 utilizados para decorar ambos programas decorativos (arcos de tradición islámica y enjutas con motivos castellanos) establecieron que en los dos casos se habían usado pigmentos de naturaleza animal o vegetal, llamados comúnmente pigmentos históricos al no existir un procesado de carácter industrial susceptible de arrojar una cronología más o menos ajustada en el tiempo. En cambio, las observaciones artísticas y técnicas realizadas en el transcurso de su consolidación, mostraron evidencias lo suficientemente sólidas como para plantear, al menos, otras posibilidades a tener en cuenta18. En primer lugar, dado que los motivos heráldicos establecen una clara relación de posterioridad respecto a la estructura del arco, se efectuó una microcata bajo la figura del león rampante de la albanega derecha, con el objeto de encontrar pigmentos subyacentes. Los resultados fueron negativos, es más, el temple blanco de cola animal detectado era en apariencia similar al del resto de la composición pictórica. Tampoco se encontraron escalonamientos que evidenciaran que la pintura original hubiera sido raspada y sustituida por otra. Dicho de otro modo, el conjunto pictórico es homogéneo y presenta idénticos estratos compositivos tanto en el programa decorativo de los arcos como en la heráldica; la estructura de ladrillos que conforman las roscas presenta un tratamiento inicial de estuco calizo avitolado en las llagas a media caña, por encima del cual se aplicó una capa de enfoscado de nivelación de entre 4 y 6 mm de grosor, hecho con yeso, tierra y algo de cal. El siguiente paso fue aplicar el enlucido, realizado mediante una capa de mortero de yeso de terminación lisa de entre 1-1,5 cm de grosor. A continuación, se utilizó una brocha para efectuar la imprimación mediante 2 o 3 capas de temple de yeso de entre 0,3 y 0,5 mm, siendo muy evidentes los trazos al no haber seguido un orden en su aplicación. El objeto de esta última capa era preparar la superficie para que la decoración pictórica penetrara de una manera homogénea y regular. Por último, se acometió la tarea de la decoración pictórica, la cual se hizo con temple magro de cola animal en dos pasos, a saber, el trazo de los contornos principales (dovelas, alfiz, etc.) y el rellenado de los mismos con formas florales y geométricas. Otra evidencia muy a tener en cuenta fue la observación de cuñas de madera usadas para sellar grietas que se encontraban ocultas bajo la propia pintura, cuyo desmonte estuvo justificado por la presencia de fracturas naturales. En concreto, nos referimos a un calzo introducido en una grieta localizada en el salmer central, con unas dimensiones superiores a la de la abertura, por lo que parece imposible haberla colocado después de revestir el muro. Con este dato resulta obligado preguntarse en qué momento el arco fue revestido y pintado, pues las grietas sugieren que entre la fecha de su construcción y la de su decoración transcurrió el tiempo suficiente como para que este comenzara a sufrir patologías de carácter estructural de cierta gravedad. Existen varias interpretaciones que explicarían el fenómeno observado. Es posible que el avitolado sea original y el revestido de una época posterior, sugiriendo de este modo que el palacio quedara inconcluso, al menos, en cuanto a acabados se refiere. Así se justificaría el desplazamiento que advertimos en el despiece de las dovelas del avitolado respecto de las decoradas, la similitud de los avitolados de machones y arcos, así como la homogeneidad de estratos que presenta la decoración de tradición islámica y castellana. El terremoto de 1356 pudo provocar el agrietamiento y pérdida casi total de los revestimientos, hecho que causara la eliminación de la pintura hasta el nivel del avitolado, sustituyendo de este modo las pinturas originales por una copia más tosca y precipitada como esta, incorporándole siglos más tarde la heráldica de leones y castillos. La inscripción del alfiz está mal ejecutada y resulta ilegible, por lo que parece evidente que se trata de una operación de reparación de la escritura original realizada por algún maestro ignorante del significado de la epigrafía que estaba restaurando, quizás un alarife mudéjar. Otra posibilidad es que avitolado, revestimientos y decoración pertenezcan a la misma fase medieval cristiana, lo cual explicaría la ausencia completa de huellas pertenecientes a picados posteriores sobre el avitolado de agarre. El terremoto de 1356 también pudo ser el causante, provocando tal destrucción que hiciera necesaria una reparación urgente. Así se justificaría también la incorporación las cuñas de madera, colocadas en otros puntos de la estructura, así como los revocos de fibra vegetal y tierra detectados sobre los revestimientos de yeso localizados en las albanegas. Por último, cabe la probabilidad de que estructura y conjunto pictórico (salvo heráldica y epigrafía) se hicieran en el mismo momento histórico, pero en diferentes procesos constructivos, efectuándose el programa decorativo en una de las últimas fases de la obra y de una manera precipitada. Así se explicaría la brusquedad con la que se aplicaron las capas previas de preparación, con brochas gruesas y trazos desordenados e irregulares. Cuesta creer que para ese momento la estructura ya presentara grietas de envergadura como las documentadas, pero tampoco es descartable dado los plazos necesarios para construir un palacio de estas características con los condicionantes y problemáticas constructivas lógicas de la época. Siguiendo esta interpretación, las albanegas y enjuta originales presentarían una terminación blanca lisa, superficie que luego sería aprovechada para alterar el arco tras la ocupación cristiana. Con el objeto de arrojar más certezas sobre dicha cuestión, se tomó una muestra de la cuña de madera inserta en el salmer central para ser analizada mediante Carbono 14, comparando sus resultados con el análisis, Desconocemos si existieron trabajos de remozamiento de la estructura a excepción de la reciente restauración de las pinturas de los arcos de la casa n.o 2. Es posible que esta no solo consolidara la policromía, sino que alterara los motivos originales que posiblemente estuvieran muy perdidos por su exposición continuada a los agentes externos, falseando por tanto la relación de simetría que consideramos deberían guardar entre ellos, pero, por otro lado, no se puede asegurar tal extremo al no lograr, de momento, analizar estos arcos suficientemente. El alfarje de la estancia central, cuya prolongación se conserva en su estado original en la n.o 2, también fue analizado desde varias perspectivas. Los análisis estratigráficos confirmaron la coetaneidad de alfarje y canes respecto al edificio islámico. Esta relación sincrónica quedó verificada por el hallazgo de los empotramientos de los canes en el muro de tapial del palacio, no ofreciendo dudas al ser esas las únicas huellas que se advierten en el paramento. El estudio estilístico de la decoración realizado por Bernabé Cabañero (e. p.) fue revelador, pues además de certificar la inexistencia total de policromías, incluso en los intersticios de las formas talladas, algo inconcebible en el arte islámico, hizo tres observaciones determinantes para la cronología. La primera fue la relación de inmediata posterioridad entre estos canes y los documentados en el Palacio de la Aljafería de Zaragoza, levantado entre 1039 y 1075 y considerado como uno de los principales modelos del periodo de los reinos de taifas por su alto nivel de conservación. Estos reinos, herederos del Califato Cordobés, necesitaban legitimar su poder a través del profeta, o en todo caso, del califa. La taifa sevillana lo hizo a través de la figura de Hišām II, mientras que la zaragozana, no solo acogió en sus dominios al último califa omeya, Hišām III, sino que también emprendió la labor de construir el Palacio de la Aljafería, decorado en su interior con elementos arquitectónicos y artísticos similares a la Gran Mezquita de Córdoba. Así, obtuvieron los dos objetivos perseguidos, a saber; certificar su autoridad y convertirse en transmisores de la cultura omeya. La segunda observación es el uso de plantilla para trazar la decoración de los costados, pues los motivos de rizos de rollos que se repiten entre sí apenas presentan minúsculas variaciones que no comprometen el homogéneo resultado final. Esta indagación le lleva a la tercera y última, pues advierte la presencia de partes que se encuentran sin tallar, mostrando solo el trazado de base sobre el que comenzar a trabajar. Todo ello le hace afirmar sin ninguna duda que los canes de la casa 7-8 beben directamente de la influencia recibida del Palacio de la Aljafería de Zaragoza entre 1065 a 1075 así como del Palacete de Balaguer, fechado en torno a 1075-1080, arrojando una posible fecha de construcción del palacio del Alcázar que oscila entre 31 1086 y 1091. Asimismo, la certeza de que estas piezas quedaran inconclusas podría explicarse por los trágicos hechos históricos que determinaron el final de la taifa sevillana y que se sucedieron precisamente en esa última década del siglo XI. Para la datación por Carbono 14 del alfarje se tomaron tres muestras en total: de la madera de los empotramientos pertenecientes a dos canes de la techumbre de la casa 7-8 se obtuvieron dos, siendo la tercera muestra extraída de uno de los tirantes del alfarje de la casa n.o 2. Por último, las muestras de Carbono 14 de la galería de arcos situada frente al patio ajardinado dieron como resultado unos valores de 1126 ± 28 años, igualmente razonables en el contexto de los intervalos expuestos. El palacio continuaría en uso tras la ocupación cristiana, experimentando una reforma en su sector occidental como consecuencia de una necesidad urgente de reparar sus muros. El argumento material en el que nos apoyamos para hacer esta interpretación está en una discontinuidad próxima al extremo oeste del paramento norte, antes descrita, punto en el que se aprecia la conexión del muro de tapial islámico con otro de diferente tipología. Las características de este tapial, de menos calidad que el original, nos acerca a un periodo inicial cristiano 19, inmediato a la conquista. El frente meridional de la crujía norte del palacio fue eliminado hasta sus cimientos, aprovechando sus fundamentos para levantar en su lugar un muro de ladrillos cuya métrica y aparejo son los mismos que los empleados para construir las cadenas y pie de aguja del tapial castellano, considerando ambas fábricas coetáneas. La exclusividad del ladrillo en este caso puede deberse a la utilización de este espacio como ámbito 19 Siguiendo la clasificación de Graciani y Tabales (2008) el tapial que se utiliza para la reforma del palacio responde a la tipología 4.2, cuyo uso se extiende desde época almohade hasta la edad moderna. Asimismo, la métrica de los cajones, de 0,90 m, de sus piezas latericias (0,30x0,15x0,005m) así como su aparejo, a soga y tizón moviendo la soga, nos acercan a un momento encuadrable en época cristiana. de una escalera de comunicación con las plantas superiores, cuyo uso se mantuvo hasta la construcción de la casa actual. Tal y como avanzábamos en líneas previas, relacionamos esta reforma con los desastres que debieron producirse tras el terremoto documentado en 1356, vinculando también este fenómeno con la destrucción de la bóveda y la reparación pictórica de los arcos geminados, otorgándoles una nueva pátina castellana lograda a través de la representación de las figuras de leones y castillos, motivos que se repiten con frecuencia en el interior del Alcázar, sobre todo en el Palacio de Pedro I (Figs. El edificio iría degradándose con el paso de los siglos, sufriendo importantes alteraciones como consecuencia de las nuevas ordenaciones en el caserío urbano. No obstante, la entidad del enclave fue respetada, pues se fijaría como residencia del Alcaide del Alcázar, cargo de máximo prestigio durante época moderna. El siglo XIX supuso para el antiguo palacio un notable punto de inflexión, pues la parcela quedó segregada en 9 inmuebles diferentes, afrontando su última gran transformación en 1874, año en el que se construye el edificio actual a petición del I marqués de Irún, cuyo sucesor, Fernando de la Serna Zuleta (II marqués de Irún) se convertiría en Administrador del Alcázar en el año de 1892 (Márquez 2010: 119). A partir de ese momento, el inmueble se consolidó como residencia del marqués y su familia, que continuó arrendando la casa al Patronato a cambio del pago de una cuota hasta 1931, año en el que se instaura la II República, pasando el Alcázar a ser propiedad de Patrimonio del Estado. La situación cambió con el Decreto de 22 de abril de 1931, según el cual el Conjunto Monumental volvería a pasar al Consistorio, pero no así las casas, que resultaban beneficiosas para el Estado por las rentas que producían. Estas circunstancias se han mantenido hasta la actualidad, siendo sus últimos inquilinos parientes lejanos del II marqués de Irún. Nos referimos a la señora Magdalena Delgado, esposa del emblemático Luis Toro Buiza, uno de los principales responsables de la Sociedad de Bibliófilos Sevillanos y Director del Archivo Hispalense, cargo que aceptó en 1943 (Fig. 33). Reconstrucción hipotética de la transformación del palacio islámico en el siglo XIX tras la construcción de la vivienda actual. LA RECUPERACIÓN DEL PALACIO Y PLANTEAMIENTOS DE FUTURO Los trabajos, asumidos en el Control Arqueológico de Obras, consistieron en supervisar todas aquellas actividades reflejadas en el Proyecto Arquitectónico de consolidación del inmueble que implicaran una alteración de estructuras preexistentes, tanto en alzado como en subsuelo, poniendo especial atención a las recomendaciones para la conservación de los restos del palacio. Asimismo, en el transcurso de los trabajos surgieron problemáticas no previstas en un principio y que derivaron en nuevas propuestas que fueron aceptadas e incorporadas al proyecto. Todas las actuaciones encaminadas a consolidar y poner en valor los restos arqueológicos recuperados, se efectuaron de acuerdo a los criterios establecidos en los Planes Especiales de Protección del Conjunto Histórico de Sevilla, los documentos internacionales y las leyes de patrimonio donde se exige el cumplimiento de unos requisitos mínimos, garantizando así cuestiones como la total distinción entre las partes antiguas y las nuevas o limitar un posible exceso en el grado de intervención. Control arqueológico de las tareas de consolidación de estructuras y elementos arquitectónicos derivadas de las recomendaciones para la conservación El trazado de la muralla integrado en la propiedad fue intervenido al completo mediante un picado de los revestimientos contemporáneos, llagueado de juntas con especial cuidado de no eliminar sus ripios originales, cepillado y limpieza de sillares, contemplando la reconstrucción volumétrica de todos los que estuvieran afectados por pérdida de masa muraria mediante morteros de cal y arena, consolidación de revestimientos originales y tratamiento final contra insectos xilófagos. En la Torre del León se contempló la demolición de un castillete contemporáneo de escalera adosado a la cara oriental de la torre, así como de forjados y tabiques, también contemporáneos, ubicados en su interior. Tras dicha operación, se llevó a cabo el picado de los revestimientos recientes, interiores y exteriores, limpieza de su fábrica original, reconstrucción volumétrica de los sillares pertenecientes a la bóveda por aproximación de hiladas, reconstrucción del acceso original al interior de la torre y puesta en valor mediante iluminación para potenciar la visión de su cámara. En la nave norte perteneciente al palacio, se recuperaron los paramentos originales de acceso a la alcoba occidental mediante picado de revestimientos contemporáneos, manteniendo su avitolado primitivo, reconstrucción con ladrillo macizo de pérdidas de masa muraria e incorporación de la columna central de la bífora similar a la de la casa n.o 2 sobre peana de ladrillos para indicar la cota del palacio, así como limpieza y consolidación de los muros de tapial de los siglos XI y XIV respectivamente previa protección mediante enfoscado de morteros de cal y arena. En el sótano, se llevó a cabo la limpieza y consolidación del muro de cimentación del palacio islámico localizado en planta baja, así como el picado de revestimientos contemporáneos, llagueado de juntas y limpieza de las bóvedas del sótano. Los restos en subsuelo de los sondeos estratigráficos realizados entre los años 2013 y 2014, fueron protegidos mediante malla geotextil y posterior enterramiento con arena lavada a excepción del XXIV, perteneciente al arrabal de época taifa previo a la construcción del Alcázar. Control arqueológico de actuaciones incorporadas al proyecto arquitectónico en el transcurso de la obra Con el objeto de la mejora e introducción de nuevos saneamientos en el sótano, salieron a la luz restos de la cimentación del lienzo occidental de la muralla del Alcázar. El elemento, una vez analizado y contextualizado, fue incorporado visualmente al edificio. Para ello, se procedió a una limpieza de las dos hiladas de sillares recuperadas, reconstruyendo sus partes perdidas con morteros de cal y arena y delimitando su contorno con grava de pequeño calibre para facilitar su comprensión y mejor entendimiento. En el área central del sótano, durante los trabajos de limpieza y resanado del paramento que se halla enfrentado al muro de fachada del palacio, salieron a la luz los restos de la arquería perteneciente al jardín deprimido, situada a ambos lados de la alberca. Tras el preceptivo análisis estratigráfico y tipológico, se propuso la posibilidad de consolidar sus restos y dejarlos a la vista dada su singularidad y valor histórico, siendo la propuesta finalmente aceptada. Respecto a las actuaciones en planta baja, expresamos la voluntad de ampliar la continuidad visual de la muralla hacia el interior de la vivienda mediante la apertura en la nave occidental de dos huecos de formato rectangular protegidos con sendos vidrios. La propuesta fue elevada a la propiedad y resuelta favorablemente, aplicando además ese mismo criterio de respeto y sensibilidad en todas aquellas dependencias por las que esta discurriera. En este sentido, el forjado intermedio situado en el ala oeste de la vivienda fue desmantelado y sustituido por otro de nueva factura anclado a la muralla en tan solo dos puntos, dejando a la vista el lienzo completo hasta el nivel de su adarve. Un criterio similar se aplicó en la estancia principal perteneciente al antiguo palacio, cuyo forjado intermedio de factura reciente fue demolido y, en este caso, no repuesto, dejando la estancia diáfana de acuerdo con su fisonomía original. Además, el muro de tapial correspondiente al cierre de la estancia por su lado norte fue consolidado, dejando a la vista una muestra sin revestir con el objeto de exponer su fábrica primitiva. El ámbito de la Torre de la León también fue objeto de una profunda remodelación respecto al planteamiento establecido en proyecto. En principio, este contemplaba la sustitución de la escalera decimonónica anclada en la masa muraria de muralla y torre por otra de semejante factura. En su lugar, se dispuso una escalera metálica más ligera, cuyos anclajes se desviaron a muros recientes, logrando así los dos objetivos propuestos, estos son, no agredir su materialidad a la par que respetar y señalar sus valores históricos. En la planta superior, y durante el transcurso del picado y limpieza de sus paramentos, emergió el fragmento perteneciente a una de las tres celosías que originalmente coronaban cada uno de los arcos de la trífora de acceso a la nave principal. El fragmento, tras su análisis y contextualización, fue sometido a limpieza y consolidación con la finalidad de incorporarlo visualmente al edificio. Por último, durante los trabajos de revisión del estado de aquellos forjados no contemplados en proyecto, se descubrió el acusado deterioro del artesonado que cubría la nave principal del palacio. La gravedad de los daños en la estructura requirió de una intervención urgente no planificada inicialmente, consistente en analizar sus soluciones constructivas en primera instancia para plantear, en segundo lugar, una propuesta de rehabilitación y puesta en valor. Dicha propuesta contempló la recuperación del formato original del alfarje según el modelo conservado en el inmueble n.o 2, respetando las piezas conservadas (canes), y reproduciendo los elementos desaparecidos con criterio diferenciador (vigas y tablazones). Su estructura exterior se recuperaría según la altura y pendientes a cuatro aguas propios del edificio islámico, modelo conocido y propuesto por Antonio Almagro (2015b: 20), con el que coincidimos, siendo el objetivo último conseguir la unificación de la estancia completa, actualmente dividida por un pequeño patinillo. Así, en un futuro, de lograrse la unificación, se actuaría en la casa n.o 2 de tal modo que la techumbre islámica original sería recuperada al completo por extensión de la ya construida en la casa 7-8. Los trabajos arqueológicos, una vez autorizados por la Comisión Provincial de Patrimonio, consistieron en supervisar el desmontaje tanto de la cubierta decimonónica como de los canes del antiguo alfarje, su proceso de restauración, así como el asesoramiento sobre la reproducción del formato de techumbre siguiendo el modelo original. Para esta última tarea fue imprescindible la investigación arqueológica previa y, sobre todo, la realizada durante la vigilancia del desmontaje citado, pues gracias a ello pudimos certificar el formato primitivo de la techumbre, diferenciando sus partes antiguas de las recientes, conocer y recuperar sus cotas históricas (situadas a 7 cm por debajo de los niveles en los que se apoyaba el artesonado contemporáneo) y analizar en profundidad sus canes cronotipológicamente. Desde el mismo planteamiento del Proyecto Arquitectónico hasta el final de la obra de rehabilitación, el respeto y cuidado de los valores patrimoniales ha primado sobre el resto de intereses. Para ello, ha sido imprescindible el buen entendimiento entre el equipo de arquitectos y aparejadores, encargados de la obra, y los investigadores del edificio, responsables de su análisis arqueológico. Ambos agentes, conscientes de la responsabilidad que suponía afrontar su recuperación dado el valor del enclave y sus implicaciones, aunaron esfuerzos en la obtención de un doble objetivo común: efectuar, por un lado, las tareas necesarias para revertir el deterioro del inmueble, y por otro, anticiparse a un más que posible cambio de uso, pasando de ser un edificio administrativo, como estaba planteado inicialmente, a un edificio histórico de función patrimonial. Como hecho más relevante se debe destacar la confirmación de la existencia en la tercera crujía del inmueble de los restos del palacio más antiguo del recinto primitivo del Alcázar. Esta evidencia nos ha hecho insistir durante todo el desarrollo del proyecto en la necesidad de unificar en un futuro próximo la sala principal del palacio, así como las dos alcobas anexas, recuperando en una de ellas su forma original (la cúpula existente en la casa n.o 2), y recreando de forma virtual la ya desaparecida. Para ello, se ha previsto el espacio necesario, eliminando el forjado intermedio de la sala, de factura reciente, y colocando el alfarje tal y como estuvo dispuesto en el siglo XI. En este sentido, los trabajos futuros como consecuencia del cambio de uso del inmueble deberían abordar ciertas actividades en materia de conservación no llevadas a cabo durante el desarrollo de la obra por falta de presupuesto. Nos referimos a tareas como la restauración de la decoración pictórica del arco geminado, únicamente consolidado, la restauración y consolidación de los restos arqueológicos mantenidos en la galería del palacio, la recuperación del estanque central localizado en las excavaciones de 2013, reconstrucción del patio decimonónico a fin de que no acabe siendo destinado a aparcamiento después del esfuerzo realizado en reparar la muralla, y la consolidación de los arcos inferiores del patio islámico localizados en el sótano frontal. La unificación de la estancia principal del palacio islámico se lograría previa demolición del patinillo de separación entre las casas 7-8 y 2, seguido de la prolongación de la techumbre de la casa 7-8 recién recuperada hacia la casa n.o 2, siguiendo el mismo proceso de ejecución, a saber: eliminación de alfarje intermedio, reposición y ajuste del alfarje primitivo, reconstrucción de la techumbre superior en la casa 2, ajuste de cotas para homologar los espacios, reconstrucción con materiales ligeros de la bóveda occidental y, finalmente, unificación de ambas cubiertas inclinadas de tejas. Dichas operaciones, si bien aún no están autorizadas, confiamos en que lo estén en un futuro próximo, pues resultan claves para la reconstrucción de esta etapa histórica del Alcázar (Fig. 34). El análisis realizado mediante las herramientas que proporciona la Arqueología de la Arquitectura ha permitido afrontar el estudio y análisis de una construcción histórica compleja en rehabilitación: la aplicación de la estrategia de intervención basada en el método estratigráfico supuso el punto de partida desde el que comenzar a trabajar, obteniendo de ese modo una primera hipótesis evolutiva fundamentada en dataciones relativas, obtenidas a través del análisis arqueológico de paramentos y subsuelo, para, en una segunda fase, convertir en absolutas esas cronologías preliminares a través de las ciencias auxiliares. En este punto, la participación de un extenso equipo multidisciplinar ha sido fundamental para lograr los objetivos perseguidos, estos son: la caracterización de sus elementos estructurales, constructivos, patológicos, artísticos, etc., y su posterior datación a través de analíticas químicas. En este sentido, el estudio estratigráfico permite esbozar con altos niveles de certeza las trazas de un edificio de corte palacial fechado por sus materiales entre mediados del siglo XI y primeras décadas del siglo XII, esto es, años centrales de los reinados de al-Mu'tadid y al-Mu'tamid, respectivamente, y principios del mandato de Yūsuf ibn Tāšifīn. Descartamos una cronología más avanzada al constatar la total ausencia de materiales más evolucionados, así como la conformidad con la constatación de la secuencia general del Alcázar de Sevilla, que atribuye la construcción de nuevos palacios vinculados a la ampliación del recinto fundacional a partir del siglo XII (Tabales 2010: 18-21). Los estudios de los restos artísticos conservados (policromías de los arcos geminados y canes del alfarje) han caracterizado la composición de sus elementos con altísimo rigor además de proporcionar nuevas evidencias sobre las que reflexionar, estas son: la incertidumbre sobre la cronología del programa pictórico de las roscas de los arcos respecto de la heráldica presente en sus enjutas, así como la posibilidad de que el palacio quedara inconcluso si tenemos en cuenta la ausencia de talla de algunas partes de los canes. Por último, las analíticas de Carbono 14 y termoluminiscencia han servido para convertir en absolutas las dataciones relativas obtenidas a partir del análisis estratigráfico. El modelo bayesiano aplicado es rotundo a ese respecto; los resultados muestran que la muralla del primer recinto se construyó en un momento inmediatamente anterior al palacio, contemplándose para ese último dos posibilidades más o menos ajustadas en función de los sigmas aplicados: entre 1054 y 1143 con 2σ (95,4 %) y 1065-1140 con 1σ, es decir, época de transición taifa-almorávide (Jiménez e. p.). Teniendo en cuenta todo lo anterior, y aunque no podemos aportar datos cuantificables que certifiquen que el palacio quedara inconcluso, nos inclinamos por seguir trabajando sobre esta hipótesis. A favor de ella, y recapitulando, la inexistencia de otra nave opuesta al frente norte, la completa ausencia de restos pictóricos en la totalidad de los rellenos excavados, la composición pictórica de dudosa adscripción, o la seguridad de que parte de los canes quedaron sin tallar, suponen evidencias lo suficientemente sólidas como para no desestimarlas. Dicha teoría resulta coherente considerando el momento histórico que envuelve la construcción del primer alcázar y su palacio, marcado por una precipitada caída en desgracia de al-Mu'tamid al confiar en el emir almorávide Yūsuf ibn Tāšifīn para que lo ayudara a conquistar la fortaleza de Aledo tras su victoria en Sagrajas contra los castellanos en el año 1086. Así, en el año 1091 los almorávides tomaron la ciudad, usurpando todas las posesiones que durante casi medio siglo la dinastía abbadí se había preocupado por erigir, incluido el palacio de Sevilla, quizás sin finalizar debido a la repentina sucesión de los acontecimientos. En definitiva, los restos recuperados permiten definir las trazas de un palacio ubicado en alto, compartimentado en dos grandes áreas, una de representación, decorada con ricas policromías, y otra doméstica, con un patio de crucero a sus pies organizado en torno a dos puntos de captación de agua: una alberca en el frente menor y una fuente, en el centro. Esta solución formal y artística no es aislada, responde a un esquema heredado de los principios básicos arquitectónicos y decorativos concebidos durante el califato cordobés, continuado con la construcción del Palacio de la Aljafería y asumido a posteriori por la cultura andalusí. El análisis de los escasos ejemplos de edificios del s. XI documentados en nuestro país, estos son: la Aljafería de Zaragoza, la casa del Temple en Toledo, el palacete de Balaguer, o la Iglesia de San Millán en Segovia, efectuado por el profesor Cabañero Subiza, constata la existencia de una corriente de influencias cuyo origen se sitúa en las tablas decorativas halladas en el Cortijo del Alcaide, en Córdoba (960-981), generando un patrón que fue asimilado durante el Califato de Córdoba y reproducido mecánicamente en edificios islámicos posteriores con el objeto de legitimar el poder allí donde los mandatarios no estuvieran directamente vinculados con la familia del profeta ni con ninguna otra figura de autoridad. Así sucedió en la taifa de Zaragoza, mediante la construcción de un palacio que reproduce con minuciosidad el interior de la Gran Mezquita de Córdoba, modelo que sabemos con certeza siguieron otras ciudades como Toledo, Lérida y Segovia, teniendo en cuenta los casos investigados (Cabañero 2018: 360, 365). A todos ellos viene a sumarse ahora el palacio de Sevilla, con unas soluciones formales y decorativas tomadas de esos focos fundamentales y que, a su vez, participa de esa misma tradición trasmisora, pues resulta lógico pensar que sirviera como prototipo de otros palacios del Alcázar inmediatamente posteriores, como el del Yeso, Crucero y Contratación, dadas las semejanzas que guarda con todos ellos. Nos encontramos, por tanto, ante un paradigmático caso de estudio, con las incógnitas esenciales ya despejadas, pero con otras por resolver, como es la constatación de la existencia de su ámbito doméstico o el análisis arqueológico del sector oriental de la estancia principal. Ambas problemáticas esperamos resolverlas en el desarrollo de cualquier proyecto futuro que nos permita continuar con su investigación, pues sus resultados serán claves en la reconstrucción de esta etapa histórica del Alcázar. Entendemos que la vinculación investigación-restauración ha funcionado, en este caso, aceptablemente. Al análisis previo para generar una hipótesis de partida, le ha seguido el desarrollo de una investigación preventiva, así como la asunción por el proyecto de ejecución de nuestras recomendaciones; un proyecto ejecutado junto con un exhaustivo control arqueológico de obras y, finalmente, una coherente recuperación de los restos islámicos originales y una adecuación de los espacios para futuras incorporaciones de elementos del complejo palatino en las casas colindantes. Agradecemos a Patrimonio del Estado la buena sintonía y el respeto por la investigación mantenida durante todo el proceso, así como a los arquitectos Javier Ochoa y Gabriel Ocaña. Las fotos correspondientes a los planos de Vermondo Resta y Sebastián Van der Borcht fueron efectuadas con el permiso del Archivo General de Simancas y Archivo General de Palacio, respectivamente. La autoría de figuras consta en sus pies, excepto en aquellas que son de la autora del texto. • PROPIEDAD: Patrimonio del Estado. Ministerio de Hacienda y Función Pública.
La relación entre arqueología de la arquitectura y restauración del patrimonio arquitectónico está reconocida desde hace tiempo. Tras una introducción inicial a la cuestión, este artículo presenta cuatro casos concretos de estudios, proyectos y obras de restauración y rehabilitación donde se refleja esta relación entre las dos disciplinas con variantes derivadas de las diferencias del patrimonio construido en cuestión como de metodología de estudio y planteamiento de intervención. El recorrido propuesto describe un abanico variado de las posibilidades de aplicación y respuesta a una intervención arquitectónica con mentalidad estratigráfica. L os c asos presentados permiten extraer una reflexión sobre el crecimiento común de las dos disciplinas en los treinta años de andadura, donde cada una ha aportado a la otra una forma de mirar e interpretar, además de los avances científicos concretos que han venido a completar y enriquecer la visión. ampliándose desde el concepto de monumento (1883), hasta el ambiente del monumento (1931), el monumento aislado o de conjunto y rural o urbano (1964), los centros históricos (1972), el patrimonio arquitectónico (1975), los centros urbanos (1987), el patrimonio cultural (1994), el patrimonio vernáculo (1999), el patrimonio cultural inmaterial (2003), etc. Así, se han ido ampliando los valores que se identifican en el patrimonio: desde el valor artístico, documental ya definidos en 1883, hasta una amplia lista que comprende el valor histórico, el valor de antigüedad y el valor social afectivo (1931), el valor de identidad (1932), el valor como testimonio de un patrimonio común y el valor de autenticidad (1964), el valor económico, ambiental, cultural (1967), el valor espiritual, social y educativo (1975), el valor científico (1994), el valor cultural local y territorial, el valor de utilidad, el valor como documento de los cambios (1999), el valor de creatividad, de continuidad (2003), el valor de capacitación profesional (2005), el valor lúdico (2010), etc. Por todo ello, ya en 1883 se definieron los criterios y principios generales a aplicar en las actuaciones que se tradujeron en la necesidad de la realización de un estudio y una documentación del edificio, la conservación del mismo merced a una mínima intervención y a la distinguibilidad de la intervención respecto a las partes antiguas (1883). Estos principios se ampliaron sucesivamente: evitar las restituciones integrales y realizar una anastilosis, respetar de las diversas épocas históricas de la construcción, mantener el edificio en uso, respetar el carácter histórico y artístico, emplear una metodología multidisciplinar (1931); integrar la intervención dentro del respeto de la distinguibilidad (1932); dotar el edificio de una función útil y compatible y no añadir partes a la obra que no respeten lo existente (1964); tener en cuenta el papel del turismo y la puesta en valor del patrimonio (1967); conservar la pátina (1972); practicar la conservación integrada del edificio y el conjunto urbano, implicar la sociedad en la intervención (1975); defender la investigación científica, la formación, la participación social y la información, respetar la trama y el parcelado, los espacios urbanos y la población (1985); emplear los materiales, técnicas y oficios tradicionales Arquitectónico (1975), Convenio de Granada (1985), Carta Internacional para la Conservación de las Ciudades Históricas (1987), Documento de Nara (1994), Carta de Burra (1999), Carta del Patrimonio Vernáculo Construido (1999), Principios de Conservación de las Estructuras Históricas en Madera (1999) ARQUEOLOGÍA Y RESTAURACIÓN DE LA ARQUITECTURA La arqueología constituye una disciplina que, por su propia naturaleza de investigación histórica de la cultura material, tiene una amplia aplicación al estudio y la conservación del patrimonio histórico arquitectónico ya sea arquitectura monumental, arquitectura vernácula, paisaje cultural, conjuntos urbanos y rurales, etc. Su aplicación como seguimiento arqueológico y excavación arqueológica se ha ido fortaleciendo en el tiempo hasta incluirse de pleno derecho en los procesos de documentación relacionada con la intervención. Las normas y leyes obligan a emplear estos métodos sobre todo en la fase de seguimiento de una obra que pueda afectar al subsuelo. Sin embargo, la arqueología, o la arqueo-lógica (Criado Boado 2012), puede contribuir de una forma mucho más amplia y profunda si se entiende cuáles son los puntos de conexión con el propio proceso de estudio, proyecto y realización de la obra de restauración de la arquitectura. La forma de plantear un proyecto de restauración está ligada a la concepción de arquitectura histórica, tanto como al reconocimiento de los valores y a las aspiraciones culturales. No existe una forma unívoca de plantear un proyecto y por ello, a menudo, parece que el resultado de las intervenciones dependa de la sensibilidad de los proyectistas (Blanco 2017). Se puede llamar sensibilidad, formación, visión, aspiración cultural... El hecho es que, frente a un mismo edificio, se puede actuar de forma muy diferente a tenor del planteamiento cultural de cada quien. No existe una regla fija porque el proyecto de restauración se genera en un entorno cultural que varía en el tiempo sujeto a diversas sinergias. Esto, sin embargo, no significa en absoluto que deba permitirse la improvisación y la ligereza en la toma de decisiones. Las cartas de restauración aprobadas por ICOMOS, los documentos internacionales (AA. 2003b) y las leyes de patrimonio (Martínez Justicia y Sánchez-Mesa 2008) han ido definiendo progresivamente los límites, objetivos y modalidades de las intervenciones de restauración arquitectónica (Mileto y Vegas 2017). En estos documentos 3, el objeto de la restauración ha ido 3 Se recogen aquí, de una forma esquemática, los términos y conceptos empleados en los siguientes documentos: Voto del III Congresso degli Ingegneri e architetti italiani (1883), Carta de Aten as (1931), Carta del Restauro (1932), Convenio de La Haya (1954), Carta De Venecia (1964), Normas de Quito (1967), Carta Italiana del Restauro (1972), Carta Europea del Patrimonio 3 (1999); utilizar los materiales del contexto, actuar según el principio de la reversibilidad de la intervención y realizar actuaciones de prevención (2003); tener en cuenta y propiciar la necesidad de la gestión del patrimonio, así como la educación y la formación (2010). El registro y la investigación de la cultura material4 para alcanzar un conocimiento histórico, objetivo central de la arqueología, constituye uno de los objetivos fundamentales también del estudio previo a la restauración necesario para entender y comprender el objeto arquitectónico y tomar las decisiones de un proyecto de restauración. Desde 1883, e incluso antes si se piensa en los estudios desarrollados por el propio Viollet-le-Duc, se aboga por un conocimiento amplio del objeto antes de la intervención. La multidisciplinariedad como requisito para un estudio sólido y completo aparece ya en la Carta de Atenas de 1931, aunque evidentemente el tipo de documentación e investigación ha ido cambiando y ampliándose en función de los avances de las propias disciplinas. El respeto de las diversas épocas de la construcción también está ya presente en 1931 y se reitera en todos los documentos hasta nuestros días. En las cartas de restauración, no aparece la referencia directa al término cultura material que, sin embargo, sí aparece en la Ley del Patrimonio Histórico Español (16/1985), que considera como su objetivo principal "asegurar la protección y fomentar la cultura material debida a la acción del hombre en sentido amplio, y concibe aquélla como un conjunto de bienes que en sí mismos han de ser apreciados, sin establecer limitaciones derivadas de su propiedad, uso, antigüedad o valor económico"5. El registro e interpretación del edificio y su transformación en el tiempo pasan por la realización de estudios históricos, arqueológicos, estratigráficos, constructivos, tipológicos, arquitectónicos, técnicos, estructurales, etc. La visión interconectada de todos estos aspectos permite una interpretación global que favorece el conocimiento del objeto, su valorización. La conservación de la cultura material como patrimonio histórico, cultural y social en una intervención debería constituir siempre una de sus prioridades. Tanto si se trata de un edificio monumental, como si se trata de un edificio residencial más modesto o una arquitectura vernácula, los avatares de la historia están impresos en su materia. Las huellas de los procesos constructivos y de las transformaciones, de las formas de trabajo y producción, de las intenciones y de los usos, constituye parte del patrimonio que se pretende conservar a la hora de plantear un proyecto de restauración arquitectónica 6. No siempre, por lo menos en el contexto español, la restauración incorpora mecanismos y acciones para la correcta conservación de las huellas materiales y esto sucede independientemente de que se haya realizado su estudio, registro y documentación e interpretación. Existe un salto entre el estudio del edificio y el proyecto de restauración. Los principios y criterios definidos en los documentos internacionales para la intervención deberían ser capaces de regular este salto, pero a menudo su aplicación se ve sujeta a las interpretaciones o tergiversaciones de los términos y los conceptos. ESTRATIGRAFÍA DE LA ARQUITECTURA Y RESTAURACIÓN A partir de finales de los años ochenta, como es bien sabido, se trató de conectar directamente la arqueología y la restauración y, en especial el análisis estratigráfico y el proyecto de restauración arquitectónica. Aunque no falten experiencias de interés en otros países, el contexto italiano aportó ya a partir de finales de los años ochenta, una reflexión específica sobre el tema. En 1987, Francovich abogó claramente por la colaboración entre la figura del arqueólogo, normalmente relegada a la fase de estudio y conocimiento previa al proyecto, y la figura del arquitecto restaurador, muy a menudo ocupado sólo Una experiencia de enorme calado a nivel peninsular constituye, desde hace décadas, el estudio desarrollado en la ciudad de Vitoria a partir de las excavaciones realizadas en la Catedral. La investigación realizada, además del estudio pormenorizado de las fábricas de la propia catedral, sus fases constructivas y el trabajo de los oficios, alcanza un profundo conocimiento de los inicios del asentamiento que dio origen a la ciudad de Vitoria y su evolución urbana, arquitectónica, social a través de los siglos. Esta experiencia constituye un importante avance en el conocimiento del yacimiento, pero también la puesta en valor de un patrimonio urbano y de arquitectura doméstica que supera con creces los confines geográficos de Álava. Esta investigación está ampliamente publicada en: de la fase proyectual 7. En los años sucesivos, la investigación sobre el tema del papel que se debe asignar al análisis estratigráfico-constructivo en un proyecto de restauración fue abordada en este mismo contexto geográfico también por Brogiolo 8 y Doglioni 9. Fue Doglioni quien, en una serie de publicaciones aparecidas sobre todo entre finales de los años noventa y principios del 2000 10, defendió como arquitecto, la importancia de este tipo de estudio en relación con la conservación y la restauración del patrimonio arquitectónico. En sus escritos emergen importantes reflexiones ligadas a la concepción de la disciplina de la restauración como la conservación de la autenticidad del edificio ligada a la conservación de las huellas estratigráficas y la posibilidad de pensar en la obra de restauración como fase de estratificación intencional en el edificio. El análisis estratigráfico constituye una herramienta para leer e interpretar la historia del edificio, pero adquiere además un papel fundamental como herramienta formativa para el arquitecto restaurador en cuanto favorece lo que Doglioni define la mentalidad estratigráfica (Doglioni 1997). El análisis estratigráfico aplicado a la arquitectura se ha desarrollado, en España, un poco más tarde que en Italia, según las afirmaciones de los propios protagonistas del debate (Caballero 1997). No es el objetivo de este artículo recorrer la historia de la introducción del método 11 y su aplicación a la restauración arquitectónica 7 Se trata de un tema que el mismo Francovich había ya expuesto varias veces en los años anteriores: Francovich 1982, 1985, 1988. 11 Es amplia la experiencia española ligada al estudio de la arquitectura con métodos arqueológicos. En este sentido, destaca el trabajo constante desarrollado por Antonio Almagro, arquitecto y profesor investigador de la Escuela de Estudios Árabes del CSIC que, desde hace décadas, emplea los métodos arqueológicos para el estudio de la arquitectura. También, es bien conocida la actividad de los diferentes investigadores o grupos de investigación que desde un principio emplearon el método estratigráfico para el estudio de la arquitectura: el equipo dirigido por Alberto López Mullor del Servei de Catalogació i Conservació de Monuments de la Diputación de Barcelona; el equipo del CSIC dirigido por Luis Caballero Zoreda que, aunque se centre particularmente en estudios de tipo histórico-arqueológico, colabora con arquitectos para estudios previos a intervenciones en el patrimonio arquitectónico; el equipo, dirigido por el catedrático de la Universidad del País Vasco Agustín Azkárate, que ha desarrollado una importante labor de investigación en la provincia de Álava y que ha contribuido ampliamente a la difusión del método impulsado por la revista Arqueología de la Arquitectura. Desde los años noventa, un trabajo específico sobre el papel de la arqueología de la arquitectura en la rehabilitación ha sido desarrollado por Miguel Ángel Tabales de la Universidad de Sevilla. Entre otros: Tabales 1997Tabales, 2002a en España, pero quizás merece la pena realizar una reflexión al respecto. Es evidente que, en España al igual que en otros países, la arqueología como disciplina se había ocupado desde siempre del estudio de la arquitectura y las técnicas constructivas como parte del estudio del propio yacimiento arqueológico. Sin embargo, como en otros países europeos (entre ellos Italia, Francia, Reino Unido, Alemania, etc.) el nombre específico de arqueología de la arquitectura y la aplicación del método del análisis estratigráfico a los edificios empezaron a aparecer en los congresos de restauración sobre todo desde finales de los años noventa (López Mullor 1998) y a principios del 2000 (González Moreno-Navarro 2002) gracias a la implicación que la arqueología empezó a tener directamente en las obras de restauración del patrimonio arquitectónico. Un evento de gran importancia dentro de panorama español fue el Seminario Internacional Arqueología de la Arquitectura realizado en Vitoria en 200212 donde arqueólogos y arquitectos estuvieron debatiendo, entre otros temas, sobre la relación fundamental entre arqueología y restauración. A partir de ese momento, el estudio estratigráfico de la arquitectura, a pesar de carecer todavía de un nombre consensuado y de ser a veces no comprendido por algunos arquitectos que revindican la superioridad de la interpretación constructiva y estructural de la arquitectura 13, entró a ser parte de una metodología reconocida como válida para el estudio de la arquitectura 14. no comprende y no integra todas las piezas del puzle en el proyecto de restauración. Realizar un estudio con métodos y resultados que no se acaban de dominar no permite su verdadero aprovechamiento. En este sentido, es fundamental la labor de formación de los futuros arquitectos independientemente de si serán los que finalmente realicen el estudio. Se trata de contribuir a la formación de la mirada del arquitecto como una mirada abierta y capaz de integrar las aportaciones que provienen de diversas disciplinas. En la actualidad, en España existen muy pocas escuelas de arquitectura donde la materia de la restauración arquitectónica se imparta de forma específica y obligatoria. En la mayoría de escuelas de arquitectura, la materia solo se imparte de forma optativa o se relega a la formación específica de postgrado en los másteres de especialización (Mileto et al. 2008). Por ello es interesante la experiencia que se ha llevado a cabo desde 2005, en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universitat Politècnica de València donde se imparte una asignatura obligatoria de Restauración Arquitectónica. En esta asignatura, los estudiantes tienen que desarrollar un estudio completo de un edificio (estudio histórico y de contexto, levantamiento métrico, estudio de materiales y técnicas constructivas, estudio estratigráfico, estudio de degradación material y problemas estructurales) para poder redactar un proyecto de restauración del mismo (Mileto et al. 2008). Los futuros arquitectos aprenden que la lectura estratigráfica es parte de la metodología de estudio que permite alcanzar un mayor conocimiento del edificio antes de redactar un proyecto. Pero sobre todo aprenden a mirar la arquitectura como un objeto estratificado, fruto de los avatares de la historia, de las transformaciones debidas a las necesidades, así como a entender que cada acción de intervención, restauración y conservación deja una huella en la materia. Las intervenciones del pasado dejaron huellas a través de acciones de demolición y construcción (acciones negativas y positivas) de la misma forma que las intervenciones que se proyectan en la actualidad dejan huellas en la materia de la arquitectura, añaden o eliminan materia (Doglioni 2008), y en definitiva transforman el documento que se acaba de estudiar, documentar y conocer. Por otra parte, entre las experiencias docentes ligadas a la formación de los técnicos de la edificación en la disciplina de la arqueología de la arquitectura cabe destacar sin duda la importante labor que Miguel Ángel Tabales viene desarrollando desde hace tiempo en la escuela de Arquitectura Técnica en la Universidad de Sevilla. Su aplicación, aunque ya reconocida, sigue siendo poco difusa o a menudo desligada del proyecto de restauración o relacionada con la intervención solo en cuanto oportunidad para acceder directamente a los datos. A esta separación ha contribuido sin duda la segregación disciplinar. La arqueología de la arquitectura se ha quedado como una parte muy específica y minoritaria de la disciplina de la arqueología y en su mayoría son los arqueólogos los que se ocupan de ella, a pesar de que el objeto de estudio sea la arquitectura. De hecho, son todavía pocos los arquitectos españoles que tienen interés por la disciplina y sus métodos y que emplean el método estratigráfico sistemáticamente 15. Basta recorrer las páginas de la propia revista Arqueología de la Arquitectura para confirmar que muy pocos artículos tratan de la arqueología de la arquitectura con directa referencia e implicación en la restauración arquitectónica 16. Por el contrario, en muchos casos, se han empleado los métodos de la arqueología para aportar avances en la comprensión de las técnicas constructivas o la elaboración de cronotipologías que, como fuente de conocimiento, aportan una base para la conservación de la arquitectura 17. autenticidad, la mínima intervención, la distinguibilidad de la intervención, la conservación de las diversas fases de la estratificación, el empleo de materiales y técnicas compatibles, etc. Los cuatro casos que se presentan a continuación, no se ofrecen como ejemplos paradigmáticos, sino como casos que permiten mostrar posibles puntos de contacto, colaboración y relación entre la arqueología y la concepción y la realización de una restauración de un edificio o conjunto histórico: casos donde la mirada científica se entrecruza con las miradas perceptiva, cultural y sensible para responder a diversas situaciones y necesidades. Las reflexiones que siguen están dirigidas sobre todo a los arqueólogos y arquitectos que operan en el campo y que pueden encontrar en la colaboración de las dos disciplinas un punto de fortalecimiento de sus propias actuaciones. No siempre, desgraciadamente, los arqueólogos participan de las decisiones del proyecto y la obra de restauración. De este modo, a menudo quedan ajenos a las necesidades que conlleva la consolidación de las fábricas, la accesibilidad y funcionalidad de los edificios, etc., así como a las torturadas decisiones que a veces se tienen que tomar en la obra o a los esfuerzos que se invierten para conservar y mantener al máximo las huellas de la historia constructiva del edificio, así como las modalidades operativas que se pueden emplear en este proceso. Por otro lado, los arquitectos no siempre participan del interés de la interpretación de los datos materiales que ofrecen las fábricas y de la oportunidad que estos datos y huellas pueden añadir a sus proyectos y obras. Los cuatro casos que se presentan abarcan intervenciones desde rehabilitación de una sala en la Alhambra, hasta la recuperación de unos restos arqueológicos para un jardín público, pasando por la rehabilitación de una humilde vivienda. El último caso muestra también el peligro del prurito del conocimiento y su conflicto con la conservación. Las cuatro intervenciones son diferentes entre ellas porque los objetos y las metas mismas han sido muy diversos, pero todos ellos se rigen por el reconocimiento de la autenticidad de la materia del patrimonio arquitectónico como uno de los valores irrenunciables del mismo. Para el estudio de cada objeto se ha empleado diferentes herramientas ajustadas a los diversos casos, pero siempre persiguiendo los objetivos del conocimiento, de la conservación de la materialidad y de la puesta en valor del patrimonio arquitectónico en la actualidad como documento de la historia y como experiencia de identidad y cultura. CUATRO CASOS DONDE LAS MIRADAS SE CRUZAN La arquitectura es un objeto inanimado, evidentemente mudo, pero la mirada (Mileto 2006) de quien la estudia le proporciona vida a través de la interpretación de las señales y de los mensajes que estas proporcionan. El proyecto de restauración se genera a partir de esta mirada científica, que estudia y trata de entender científicamente el objeto, pero también se alimenta de la mirada como percepción 18, que permite que el hombre perciba la arquitectura como un fragmento o como una unidad, como un conjunto de texturas y colores, y que en el ámbito de la restauración permite entender la teoría de las lagunas 19 y del fragmento. O de la mirada cultural ligada a los estímulos culturales del momento (Dorfles 1958) que se han visto reflejados en las diversas teorías de la restauración a partir del siglo XIX o en la apreciación del paso del tiempo como un valor añadido. O también la mirada sensible que permite alcanzar un conocimiento intermedio entre razón y sentimiento 20 y permite sentir la fuerza expresiva de las personas que construyeron, habitaron, transformaron la arquitectura, los hechos que ocurrieron. El proyecto de restauración no es por tanto el producto unívoco de unos factores científicos, es inevitablemente el producto de un conjunto de miradas y de factores culturales que difícilmente pueden producir una solución única. Cada proyecto es inevitablemente el fruto del conjunto de los datos científicos y de las miradas y, por ello, en cada ocasión se abre la posibilidad hacia nuevos caminos de investigación e interpretación. Por otra parte, la obra de restauración actúa en un bien patrimonial que materializa la cultura, la historia, la identidad y la herencia de un colectivo, por lo que su restauración o conservación tiene unas consecuencias que exceden las visiones personales y atañen a un colectivo. Por esta razón, los organismos internacionales, como se ha expuesto al principio de este texto, han ido definiendo una serie de principios irrenunciables como la investigación como fundamento de la intervención, la conservación de la materialidad y la 18 Es muy amplia la bibliografía relacionada con la teoría de la percepción, entre ellos: Koffka 1935Koffka [1970]]; Köhler 1947Köhler [1961]]; Arnheim 1954Arnheim [1979]]. 20 En este sentido se tienen que nombrar algunos autores que se ocupan de este tipo de experiencia como María Zambrano, Franco Rella, Eugenio Trías o el propio Walter Benjamin: Zambrano 1987; Rella 1990; Trías 1991; Benjamin 1994. La sala lateral del Mexuar en la Alhambra La sala denominada "Barbería" se encuentra colindante al Mexuar en los palacios nazaríes de la Alhambra. Los autores de este artículo estuvieron desarrollando en este espacio un trabajo en varias fases que abarcaron desde el estudio estratigráfico de las fábricas y un estudio histórico y arqueológico, hasta el proyecto y la obra de rehabilitación del espacio para el uso de oficina, pasando por la consolidación y restauración de las fábricas y estructuras de la sala. El estudio estratigráfico, compuesto por la lectura de la UE y las relaciones estratigráficas y su periodización, se realizó conjuntamente con un estudio de los materiales y técnicas constructivas basado en la catalogación de estos elementos y el análisis granulométrico y caracterización de los morteros. El estudio desarrollado (Vegas y Mileto 2010) evidenció la complejidad de la estratificación de la sala y de diversidad de las configuraciones que había adquirido a lo largo de los siglos tras las diversas operaciones de ampliación y transformación. Emergió así una Alhambra estratificada, plural y compleja que se reflejaba en una habitación de solo 70 m 2. En la sala, se identificaron cinco periodos constructivos que se identificaron gracias al apoyo de la documentación histórica de archivo con cinco grandes momentos de la historia del conjunto (Fig. 1). El primer periodo, que correspondiente a las obras realizadas entre mediados del siglo XIV y finales del siglo XV, se ha identificado en los restos de una jamba policroma actualmente embutida en la parte este del paramento norte (una fábrica de ladrillo de color rojo oscuro recibida con un mortero de tierra y recubierta con un guarnecido de yeso con una franja policromada), en las fábricas que se encuentran en la parte superior del paramento este y ligadas al gran arco que se encuentra en el mismo y que conserva la cara interior de dos capiteles de yesería. Las huellas de este periodo hacen pensar que se tratara de una estancia interior de cierto calado. El segundo periodo (1492-1528), que corresponde a las obras de adecuación de los palacios realizadas desde la entrada en Granada de los Reyes Católicos hasta los primeros años del reinado de Carlos V, se manifiesta en Figura 1. Hipótesis de las fases constructivas de la Sala de la Barbería (Palacios Nazaríes, Alhambra, Granada). Alzado interior del muro este. se pretendió comunicar una configuración determinada y asociada a un momento concreto de la historia, y se consideró que el valor de la sala estaba precisamente en su capacidad de mostrar la historia compleja de la transformación continua, de la readaptación según el nuevo uso y según el gusto estético del momento. Además, el valor de la complejidad se consideró como un valor a preservar no solo ligado a la sala de la "Barbería" sino al conjunto entero de la Alhambra que, en esta estratificación casi impenetrable, tenía la ocasión de mostrar su autenticidad. Así el proyecto y la obra se dirigieron hacia la conservación de las fábricas, su reparación y consolidación estructural (Fig. 3). En algunos casos, tras reflexionar sobre el límite entre la pérdida de los datos materiales y la legibilidad y decoro del conjunto, se eliminaron algunos restos de elementos ya retirados antes de la intervención como instalaciones (algunas rozas generadas para alojar las instalaciones eléctricas se rellenaron con mortero manteniendo la huella), enfoscados (algunos parches de cemento en los muros) y las fábricas de ladrillo de la mitad inferior de los paramentos este, oeste y en el muro que divide la sala. En este mismo periodo, también se construyó el paramento adosado por el sur al paramento este del cuerpo principal de la sala, creando posiblemente un patio exterior adosado a la sala ya existente. En este segundo periodo es cuando la sala principal adquiere una configuración parecida a la que actualmente podemos ver, mientras que la sala pequeña todavía era un espacio abierto. El tercer periodo, sin claras referencias históricas, consiste probablemente en una suma de acciones de mantenimiento y transformación ligadas al periodo de abandono de los palacios y su ocupación más o menos estable por diversos tipos de ocupantes. En una primera fase (entre 1528 y 1626), se cerró el pequeño edificio adosado por el sur al cuerpo principal de la sala, puesto que la sala aparece como un patio abierto en el plano realizado en 1528 por el arquitecto Pedro Machuca (1490-1550) y se tiene noticia de la construcción del forjado en la parte superior de la sala de mayor dimensión ya en 1626. También corresponden a este periodo las fábricas que conforman la parte superior del paramento norte posiblemente derivadas de la fijación de la chimenea-altar realizada alrededor de 1630 en la capilla instalada en el Mexuar. También existen una serie de otras actuaciones ejecutadas a posteriori según el proyecto del mismo Torres Balbás. El quinto periodo corresponde a obras realizadas después de 1936 ligadas sobre todo a la adaptación del espacio para uso de sala de museo: el tapiado de diversos vanos, la apertura de otros y sobre todo la realización de diversos revestimientos del interior de las salas. La compleja historia de esta sala, las sucesivas configuraciones, los elementos pertenecientes a diferentes momentos y periodos de la construcción se manifiestan en la actualidad en fragmentos no necesariamente relacionados entre ellos (Fig. 2). Tras barajar las diversas alternativas posibles (Mileto y Vegas 2004), el proyecto de restauración de esta sala partió del presupuesto de la conservación de la fragmentación y la complejidad. No barro para el pavimento de la planta baja y madera para los forjados y las escaleras), pero distinguible por su diseño geométrico y modular, por la inserción de los finos perfiles metálicos que contenían las instalaciones. La recuperación de los restos del Convento de San Francisco en Vinaroz En el año 2001 el Convento de San Francisco de Vinaroz (Castellón) fue demolido por la municipalidad de forma deliberada con la intención de ocupar el solar derivado de la demolición por edificios de viviendas en altura. En el momento de la demolición estaba en trámite la declaración del conjunto como bien de interés cultural y su incauta demolición desencadenó una fuerte reacción por parte de la administración autonómica responsable de su protección que obligó a la municipalidad a destinar obligatoriamente el solar para uso público. Desde ese momento el solar, asfaltado sin más atención, se empleó como aparcamiento en superficie (Fig. 5). En 2014, la municipalidad, bajo insistente solicitud de los servicios autonómicos de patrimonio, decidió encargar un proyecto de ajardinamiento y evocación del antiguo convento. El convento de San Francisco, construido en el siglo XVII, había sido desamortizado en el siglo XIX y utilizado como cárcel a partir de 1843 y hospital desde 1867 (Baila Pallarés 2012). Tras el saqueo de la iglesia durante la Guerra Civil, el convento se reformó para su uso como hospital, cárcel y palacio de justicia, y luego sede del ayuntamiento, de la policía municipal y de los servicios sociales. Tras un leve incendio ocurrido en 1975 y sobre todo los daños causados por la falta de se perfilaron las jambas de las puertas que, tras el haber eliminado los enfoscados de cemento anteriormente al proyecto y las obras, se habían dañado o estaban desprendidas. En todo caso se han dejado las huellas de las intervenciones y se han rellenado las lagunas con un borde de apoyo que no enmascara el borde estratigráfico. La fragmentación de las fábricas se integró posteriormente en un proyecto de rehabilitación del espacio destinado a oficina (Vegas y Mileto 2010). El objetivo principal de esta actuación ha sido la posibilidad de compatibilizar el uso cotidiano del espacio con la conservación de su estratificación (Fig. 4). Las nuevas estructuras introducidas, como el forjado intermedio y las dos escaleras, se plantearon como estructuras autónomas que contenían las instalaciones en su interior para no tener que crear nuevas rozas en los muros. Los materiales elegidos eran los tradicionales (baldosa de Figura 3. Esquina entre el muro este y el muro norte de la sala después de la restauración. Fotografía Cristina García Zarza. Imagen general del primer piso de la sala de mayores dimensiones tras la restauración. Fotografía Mileto y Vegas. su interfaz negativa entre bloques de edificios nuevos (Fig. 6): un lugar vacío, sin cualidades y espejo del abandono, la degradación y la incultura patrimonial. El cometido del proyecto, encomendado a los autores de este texto era la evocación de un convento que ya no existía y que, además, había sido destruido en circunstancias muy dudosas. La demolición había arrasado el convento y los sillares y restos que debían mantenimiento, la iglesia se declaró en ruina en 1993. En 1999 se aprobó en el Pleno del Ayuntamiento el proyecto de demolición del conjunto que, pese a las advertencias del gobierno autonómico, se ejecutó en 2001. Tras su destrucción, quedó todavía en pie solo el muro norte de la iglesia porque, en el momento de la demolición, constituía la medianera de unas casas habitadas. Del resto del convento, lo único que quedó visible fue Figura 6. Plano del estado del solar del antiguo Convento de San Francisco, Vinaroz (Castellón) antes de la intervención. Camilla mileto y Fernando Vegas emprender el complejo camino de la recuperación de la memoria del convento a través de sus posibles huellas en el solar y de sus escasos fragmentos. Se tenía amplia constancia de las configuraciones que había tenido el convento en el siglo XX gracias a los planos existentes: En primer lugar, se emprendió la eliminación del asfalto que, como una capa de olvido, cubría completamente el solar. La eliminación de este estrato se realizó con un haberse salvado tras la misma también se habían perdido en extrañas circunstancias. De las piedras del convento solo quedaban un escudo y la piedra fundacional, olvidados en una esquina de un jardín de carretera, y las lápidas antaño integradas en el pavimento de la iglesia que, para protegerlas tras la demolición, se habían arrancado de su situación original para acabar en el almacén municipal a la espera de un destino mejor. Dado el triste panorama de la situación, se decidió Figura 7. Plano de la excavación arqueológica realizada en el solar del antiguo Convento de San Francisco, Vinaroz (Castellón). Autores Mileto y Vegas; reelaboración del plano de: Sonia López Melón. una mera reinterpretación del conjunto a través de planos y fotografías pero sin una base de restos materiales; en segundo lugar, la conservación del vacío provocado por la demolición pretendía mantener la memoria del convento a través del conjunto de su historia que desgraciadamente incluía su demolición como uno de los capítulos significativos e imborrables de la misma. Se planteó, por tanto, el proyecto de un lugar que fuera capaz de conjugar los aspectos materiales (la distribución en planta del convento, el muro norte de la iglesia, los cimientos de algunos muros, los pavimentos antiguos, los restos arqueológicos) e inmateriales (la memoria del lugar, el nuevo uso público como punición por la demolición realizada) en un "jardín de la memoria" que, como un cementerio inglés, fuera capaz de transmitir una sensación de paz a pesar de la pérdida. El nuevo jardín (Fig. 8) surgió de los propios escombros de la demolición del convento que se recuperaron tras la excavación para aparejarlos en seco y conformar los bancos de asiento (Fig. 9). Estos muretes, de unos 70 cm de alto, se superponen a los restos de los muros del convento, protegiéndolos y a la vez recreciéndolos de forma que se pueda distinguir la parte nueva de la antigua. Todos los materiales empleados en esta operación (ladrillos, sillares de piedra, bloques de hormigón, baldosas cerámicas, baldosas hidráulicas, tejas, etc.) provienen de la demolición y representan en su conjunto desordenado los diversos periodos constructivos que configuraron el convento desaparecido (Fig. 10). La reutilización de los escombros en el mismo lugar representa una recuperación del material y un aprovechamiento de recursos, al tiempo que una recuperación de la memoria del convento. Los pocos pavimentos históricos que aparecieron tras la excavación, como se ha descrito anteriormente, se mantuvieron in situ y pisables, favoreciendo además la recuperación de los espacios significativos del convento como los accesos, el claustro y las estancias alrededor del claustro (Fig. 11). Los nuevos pavimentos, que se aportan para completar y reintegrar las superficies pisables, se emplean además para distinguir los espacios del resto del convento: un pavimento de losas de piedra con junta cerrada en toda la iglesia que sirve como espacio para concierto y espectáculos al aire libre, un pavimento de losas de piedra con junta abierta en el resto de los espacios del convento de forma que la hierba que crece entre las juntas cree una transición con los espacios ajardinados que se recuperan a partir de los propios huertos del antiguo convento. La mirada estratigráfica, en este caso, se materializa en diversos aspectos del proyecto: el estudio atento de los atento seguimiento arqueológico 21 (López Melón 2015). Emergió así la huella completa de la planta del convento (Fig. 7), aunque la altura de sus muros no pasaba de unos pocos centímetros. Estos muros con unos cimientos de mampostería todavía visible pudieron estar construidos en su día de mampostería encofrada y algún caso, quizás, de tapia. También aparecieron, debajo de la capa de escombros de la demolición, algunos pavimentos antiguos de losas de piedra caliza de grandes dimensiones (en una de las capillas de la iglesia y en dos espacios del claustro), de guijarros (en el camino de acceso y en el claustro) y de cerámica (los espacios anexos a la iglesia) y muchos pavimentos recientes ligados a los usos que el edificio había tenido hasta su demolición. El seguimiento arqueológico registró entre los escombros numerosos fragmentos de loza y cerámica vidriada de los siglos del XVII al XIX, así como fragmentos de vajilla del siglo XX. También se realizó un estudio arqueológico de las criptas encontradas bajo el nivel de la iglesia donde se estudiaron y catalogaron los restos de huesos humanos (López Melón 2015). El espacio del claustro apareció perfectamente definido por el pavimento de guijarros, que se encontró prácticamente completo, el pozo central de planta circular y a los sillares de piedra caliza de las bases de los muros del perímetro que todavía permitían la perfecta identificación de los pilares del pórtico y los cuatro accesos que daban paso del pórtico centro del claustro. La iglesia estaba completamente definida en su planta por los muros perimetrales, las huellas de los pilares y, por supuesto, por el muro norte, que quedaba todavía parcialmente en pie con sus revestimientos y restos de policromías que, aunque muy deterioradas por la falta de mantenimiento y por su exposición a los agentes atmosféricos, podían todavía dar una idea de cómo tuvo que ser la decoración interior de la iglesia. Tras el estudio y la intervención arqueológica realizada se planteó un proyecto dirigido a la recuperación de la memoria del convento 22. La reconstrucción del conjunto se descartó desde el principio por dos razones principales: en primer lugar, la cantidad de restos materiales que quedaban en el solar se limitaba a los cimientos de los muros del antiguo convento y algunos pavimentos, por lo que la reconstrucción hubiese sido 21 Véase: López Melón, S. 2015: Memoria final de la intervención arqueológica realizada en las obras de la plaza jardín del antiguo convento de San Francisco Vinaròs, documento inédito. 22 El proyecto y la obra han sido galardonados con el segundo premio del Premio Internacional IQU-Riqualificazione Urbana (2016) y el primer premio del Colegio de Arquitectos de la Comunidad Valenciana (2017). su puesta en valor en el conjunto como elemento activos de la memoria del lugar; el respeto material de los restos arqueológicos a través de la conservación de su extensión, su protección, su integración respetando los bordes estratigráficos; la idea de estratificación como leit motiv del proyecto que abarca desde los restos arqueológicos y arquitectónico hasta los nuevos elementos construidos. restos aparecidos durante la excavación arqueológica (levantamiento, catalogación, estudio histórico y contextualización); la integración de los restos en el proyecto con la adaptación y revisión del proyecto en función de los restos; la búsqueda de la conservación de los pocos restos del convento (muros de la iglesia, arranques de los muros del resto de las fábricas, pavimentos históricos, etc.) y Edificio de viviendas en la calle Maldonado número 33 El pequeño edificio de viviendas situado en la calle Maldonado al número 33 en Valencia era tan humilde e insignificante que no gozaba de ningún tipo de protección (Fig. 12). El edificio ocupaba un solar muy alargado y se abría a la calle principal con una estrecha fachada de un estilo academicista pobre y muy poco llamativo. El edificio, destinado a viviendas de alquiler en un barrio marginal del centro histórico de la ciudad, había sufrido unas intervenciones durante el siglo XX y, sobre todo, era víctima de la degradación y del abandono, por lo que estaba destinado a derribo para dar paso a edificación de nueva planta. Sin embargo, los autores de este texto consiguieron que se salvara el edificio y se pudiera rehabilitar gracias a un atento estudio de su materialidad y a la puesta en valor de la riqueza de periodos constructivos y transformaciones que se escondía tras un aparente edificio anónimo de finales del siglo XIX. balcones y carpinterías exteriores e interiores. A través del levantamiento se detectaron anomalías geométricas que permitieron avanzar en la interpretación del edificio como desplomes, inclinaciones, irregularidades. La hipótesis de las fases de transformación del edificio se alcanzó gracias a la superposición de todos los datos históricos, estratigráficos, cronotipológicos, constructivos, etc. A través de este amplio estudio (Mileto y Vegas 2015), se pudo entender que se trataba de un edificio del siglo XVI (correspondiente solo a las primeras dos crujías del edificio actual con un forjado con vigas de gran escuadría con bocel y amplios revoltones), ampliado en su parte trasera en el siglo XVIII con una primera planta (forjados con vigas menores con bocel y revoltones decorados con una cinta gris-azul esgrafiada) (Fig. 14) y una planta bajo cubierta que todavía conservaba su cubierta inclinada a pesar de la sobrelevación del piso superior. El edificio, en el siglo XIX, había sufrido una amplia remodelación, documentada a través de los proyectos encontrados en el Archivo Histórico Municipal de Valencia: una primera remodelación de la facha en 1864 (autor: arquitecto José El edificio, en el momento que se desarrolló el estudio, estaba en parte enlucido por lo que, para la lectura e interpretación de las fases constructivas, se emplearon diversos métodos de lectura cruzada. Las interpretaciones se pudieron en parte confirmar durante la obra de restauración. Se realizó, por una parte el estudio histórico documental con un minucioso vaciado del archivo histórico municipal que proporcionó los datos históricos de las intervenciones realizadas a partir del siglo XIX y, por otra parte, el estudio de la materialidad del edificio mediante un preciso levantamiento métrico descriptivo, un estudio de materiales y técnicas constructivas, un estudio estratigráfico de las fábricas, un estudio cronotipológico de las fábricas, de los forjados y las cubiertas y un estudio de los problemas materiales y estructurales. Se catalogaron todas las fábricas de ladrillo (aparejos, tamaño de ladrillos, grosor y composición de los morteros, acabado de las juntas, etc.), las vigas, viguetas y revoltones de los forjados y las cubiertas (tamaños de los elementos y secciones, cortes y huellas de las herramientas, marcas de carpintero, dimensiones del entrevigado, apoyos, encuentros, acabados y policromías, etc.) Estudio de los tipos de forjados históricos presentes en el edificio de viviendas en la Calle Maldonado 33 (Valencia). baldosas hidráulica, falsos techos de cañizo, carpinterías de media caña, etc.), se escondían unas estructuras más antiguas y a su vez estratificadas (muros, forjados, cubiertas, etc.) que elevaban el edificio a un verdadero testigo de la historia construida del tejido residencial de la ciudad de Valencia (Figs. Tras el estudio realizado, el pequeño edificio de la calle Maldonado, destinado a derribo por su insignificancia, se reconoció como edificio de valor por la municipalidad y se rehabilitó, dentro de una operación más amplia (Mileto y Vegas 2014), como edificio de viviendas de promoción oficial. Con la clara intención de transmitir el pequeño edificio con toda su carga histórica, en la obra realizada, se mantuvieron todas las fábricas y las huellas estratigráficas (aunque enlucidas con yeso en el interior de las viviendas), se conservaron todos los forjados históricos respetando las diferencias, los desniveles, las respectivas decoraciones; se mantuvieron las huellas del desplazamiento de la fachada legibles en las vigas paralelas a la misma en los diversos niveles; se restauraron todas las carpinterías históricas exteriores e interiores, así como las rejerías y los pavimentos de baldosa hidráulica. Esta intervención, aparentemente rutinaria, de rehabilitación de un edificio común en un centro histórico ha tratado de demostrar que la estratificación de la arquitectura, la conservación de la materialidad, la valorización de la historia, no están reñidas con la posibilidad de un uso contemporáneo de los edificios patrimoniales (Fig. 18). Serra; AHMV 1864) donde ordenan geométricamente los vanos de la segunda planta con los vanos de la planta inferior; y un proyecto para una nueva fachada en 1899 (autor: arquitecto Joaquín María Arnau; AHMV 1899), que responde a una operación de modificación de la alineación de las fachadas de todos los edificios de la calle tras el cierre de la antigua acequia que ocupaba parte de la calzada y el permiso concedido por la autoridad municipal de ocupar un metro más de vía pública frente al solar. Esta intervención de traslado hacia delante de las fachadas explica el hecho que todas las correas de los forjados y cubierta recayentes a la fachada principal estén suplementadas en el último metro hacia la fachada. El arquitecto Arnau, a la hora de adelantar la fachada, no demuele el resto del edificio, sino que coloca una viga que, apoyada en dos ménsulas encajadas en la nueva fachada, soporta los antiguos forjados y cubierta (Fig. 15). Esta acción se acompañó del desplazamiento de la escalera desde su posición en fachada hacia la segunda crujía, dejando así la posibilidad de abrir una habitación más hacia la calle principal, y la sustitución de los pavimentos y carpinterías. En 1914, el edificio sufre una nueva intervención que conlleva la construcción de un piso más en la parte trasera. En definitiva, tras unos acabados debidos a las últimas reformas del edificio entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX (pavimentos de Figura 14. Forjado del siglo XVIII con decoración esgrafiada encontrado en la crujía trasera del edificio de viviendas en la Calle Maldonado 33 (Valencia). Viga paralela a la fachada que aguanta el forjado de la primera crujía del edificio de viviendas en la Calle Maldonado 33 (Valencia). Hipótesis de las etapas de construcción y transformación del edificio de viviendas en la Calle Maldonado 33 (Valencia). Reconstrucción de la hipótesis de las etapas de construcción y transformación del edificio de viviendas en la Calle Maldonado 33 (Valencia). Autores: Mileto y Vegas. El Palacio del Barón de Herbés El Palacio del Barón de Herbés se sitúa en la parte alta de la colina que domina la población de Herbés en la provincia de Castellón (Fig. 19). La villa fue conquistada por Blasco de Alagón en 1232 y cedida en señorío al caballero aragonés Juan Garcés de Juanes. Desde finales del siglo XIII hasta 1382 los Centelles fueron señores de Herbés y se tiene noticia de su residencia en el palacio (Mileto et al. 2012). Desde ese momento se sucedieron como señores de esta población y dueños del palacio los Cubells hasta finales del siglo XV, los Valls hasta finales del siglo XVII y los Ram de Viu que utilizaron el palacio desde principios del siglo XVIII hasta hace unos pocos años. En el año 2011 se encargó la restauración de la cubierta a los arquitectos que escriben este texto. En esa circunstancia se aprovechó para desarrollar un primer estudio del palacio. Además del estudio detallado de la cubierta que era el objeto principal de la intervención, se realizó un estudio histórico y de los elementos arquitectónicos y decorativos, un levantamiento métricodescriptivo, un estudio estratigráfico, un estudio de los materiales y técnicas constructivas y un estudio de los problemas de conservación material y estructural (Fig. 20). El estudio estratigráfico se desarrolló con la aplicación de las nuevas tecnologías que permiten realizar una toma de datos in situ de gran detalle (Fig. 21) que luego se puede reelaborar en los planos de lectura e interpretación y en el diagrama de Harris. Esta primera fase de estudio que, vista la complejidad del objeto, requeriría ulteriores fases de profundización, ha puesto en evidencia cómo el palacio, en la actualidad, es el fruto de continuas remodelaciones debidas a los diversos dueños que se sucedieron, con el objetivo de demostrar su poderío a través de la arquitectura. El palacio manifiesta su vocación de arquitecturaimagen a través de los diversos escudos presentes en los muros, ventanas, pavimentos, carpinterías. Se trató en varios casos de intervenciones orientadas a dignificar una arquitectura que era sencilla de partida a travéspor ejemplo-de la recolocación de ventanas de diversa época probablemente a mediados del siglo XVII. Estas ventanas, dispuestas en L en los lados norte y este, configuran el que tuvo que ser el salón principal y sobre todo confieren cierto empaque a los dos lados del palacio que se perciben desde el camino de entrada al mismo. Una importante operación de remodelación fue la que se llevó a cabo a mediados del siglo XVI en las estancias del entresuelo. Se trata de cuatro estancias, probablemente remodeladas entre 1536 y 1559 cuando Bartomeu Valls fue señor de Herbés, con forjados de vigas de madera y revoltones de yeso vertido sobre molde con decoración renacentista, pavimentos de baldosas de cerámica con el escudo de los Valls y puertas de paso con molduras de yeso y carpinterías con diseños propios de la cultura renacentista23. Las ventanas exteriores se insertaron en rotura sobre las diversas fábricas que caracterizan este cuerpo del palacio. Estas estancias, con el tiempo, se fueron encalando con múltiples capas hasta las últimas coloreadas con azulete. Esta superposición de capas desdibujó los detalles decorativos de las molduras de forma que las estancias habían pasado completamente desapercibidas recientemente (Fig. 22). Las primeras actuaciones de limpieza de estas estancias, realizadas por unos restauradores cualificados, ha sacado a la luz un conjunto con elementos decorativos de yeso, policromías y rótulo de notable calidad y finura (Fig. 23). Poco antes de la realización de este estudio, se habían realizado unas obras de "restauración" en algunas salas de la planta baja del palacio para acondicionar estas zonas para un posible uso público. Las estancias intervenidas en la planta baja del ala este del palacio se configuraban por amplios arcos fajones de sillería y muros de mampostería transversales respecto a la longitud de la sala. Los responsables de la intervención entendieron la misma estructura debía de encontrarse también en el cuerpo oeste del palacio y picaron en varios tramos el revestimiento de las salas renacentistas (Fig. 24) que se encontraban en el entresuelo, encontrando evidentemente los arcos fajones cuyos arranques eran bien visibles en la planta baja del mismo cuerpo. Esta acción irresponsable y falta de fundamento dirigida a la búsqueda de los arcos medievales ha dañado para siempre las estancias renacentistas, mermando hasta los rótulos que hacían referencia al mecenas humanista que había sido responsable de la construcción de esta joya arquitectónica en un perdido valle de montaña. El daño provocado por el picado del revestimiento renacentista realizado en la cuarta sala renacentista del Palacio del Barón de Herbés (Herbés, Castellón) antes de su estudio y proyecto de restauración. La prueba de limpieza de las decoraciones de yeso de la puerta de la cuarta sala renacentista del Palacio del Barón de Herbés (Herbés, Castellón) descubre la calidad y la finura de la talla y la policromía. Fotografía Mileto y Vegas. conciencia de la arquitectura en continua transformación se refleja en el proyecto de restauración que debe sumarse como una fase más de la historia, que no constituye el acto último y definitivo sino uno de los muchos periodos de la historia y que debe procurar permitir su lectura e interpretación en el futuro por lo que tiene que ser legible y posiblemente reversible, como se viene diciendo desde hace tiempo en las Cartas y documentos internacionales. Un ejemplo claro en este sentido es la restauración de la sala de la Barbería en la Alhambra, donde no se pretende transmitir una Alhambra solo islámica o renacentista, o romántica, o... Por el contrario, se quiere transmitir una Alhambra inclusiva: islámica y renacentista y fruto de la intervención del XIX y del XX, y... El valor de este lugar es la suma de sus transformaciones, incluida la restauración que se realiza y las que se realizarán. Se plantea una historia compleja que tiene como resultado un lugar complejo que acoge y compatibiliza las diversas historias culturales, políticas, estéticas constructivas, sociales, de uso, de gusto, etc. En definitiva, una compleja y rica herencia del pasado valiosa para el futuro, una "topografía de las complejas constelaciones cotidianas de la sociedad" (Azkárate 2008). La arqueología de la arquitectura ha favorecido claramente la fundamentación de estas reflexiones ya presentes desde los inicios de la disciplina que se apoyan en la concepción de la arquitectura histórica como documento material25. Sin embargo, sobre todo la estratigrafía de la arquitectura ha favorecido la visualización de la implicación de las intervenciones en la legibilidad de la materia y la cuantificación de la pérdida de información ligada a la posible intervención de eliminación de los datos 26. La observación directa de las fábricas, de las relaciones estratigráficas, de la microestratigrafía relacionada con los procesos constructivos, han favorecido una relación de contacto directo con el edificio y la formación de una mirada específica, la mirada estratigráfica, que es capaz de interpretar las huellas y proyectar la intervención en función de las huellas que puede generar y la afección respecto a lo existente. Al mismo tiempo, el Pensemos en este sentido al concepto de "autenticidad por relaciones" establecido por Francesco Doglioni. REFLEXIONES PARA UN CRECIMIENTO COMÚN La colaboración interdisciplinar entre restauración arquitectónica y arqueología de la arquitectura, que se desarrolló a partir de los años ochenta, ha contribuido al avance de ambas disciplinas. La restauración arquitectónica ha desarrollado desde sus inicios la necesidad de la aplicación de una metodología como base del estudio del edificio que tiene que guiar el proyecto 24. La arqueología de la arquitectura ha aportado diversos métodos (el análisis estratigráfico, la cronotipología, los métodos de datación, etc.) para la lectura y análisis de los datos materiales y para su datación e interpretación histórica que ha permitido fundamentar y organizar las observaciones que desde siempre el restaurador realizaba en relación con la transformación del edificio. La arqueología de la arquitectura ha aportado en este sentido métodos y objetividad a la restauración arquitectónica y ha contribuido sin duda a aumentar la mirada científica en el proyecto de restauración. Por otro lado, el estudio atento de las diversas fases constructivas y de los mecanismos de estratificación ha afianzado en el arquitecto restaurador la conciencia de la necesidad de la conservación de todas las fases de la construcción que ya existía como principio de la disciplina en la Carta de Atenas de 1931 aunque siguen existiendo en la actualidad intervenciones que eliminan los "añadidos" bajo la presión de un juicio de valor. Sin embargo, de una forma cada vez más general, se entiende el patrimonio arquitectónico como la suma de todas las fases constructivas y su restauración está ligada a la conservación de esta transformación, más que solo de una etapa concreta y representativa en la historia. La propia restauración arquitectónica se entiende en la actualidad como una fase más de esta cadena de transformaciones. La mirada como percepción, en la actualidad, acepta la fragmentación, la discontinuidad y la complejidad por lo que la unidad arquitectónica, que ya no constituye hace tiempo un objetivo científico, tampoco se requiere a nivel perceptivo o estético. De una forma totalmente paralela a la lectura de la estratificación, la intervención puede consistir en añadir o quitar materia respecto a lo preexistente. Esta 24 Desde sus inicios los padres de la restauración arquitectónica como Viollet-le-Duc o Boito han fundamentado sus intervenciones en el estudio atento de la materialidad del edificio. Ya en la Carta italiana de restauración de 1883 se abogaba por la necesidad de un estudio lo más completo posible del edificio para poder realizar la restauración o de aspectos del mismo y al crecimiento de la mirada cultural de quien realiza el proyecto, pero también de una comunidad. La restauración arquitectónica y el estudio constructivo y estructural de la arquitectura también han favorecido la interpretación arqueológica donde el conocimiento de los materiales y los procedimientos de la construcción ayudan a la explicación de la transformación del propio edificio. En este sentido, la interpretación correcta de las técnicas constructivas con sus procedimientos, de los mecanismos de degradación y comportamiento estructural del edificio permiten entender e interpretar correctamente las huellas materiales y las transformaciones. Aunque el foco de atención de la arqueología sea el conjunto de los procesos sociales y culturales que generan las transformaciones, por otro lado, en el caso del estudio de la arquitectura, es fundamental tener en cuenta los mecanismos de la propia arquitectura como la construcción, la concepción estructural y espacial, el uso, las lesiones, los mecanismos de degradación material y estructural, etc. La técnica constructiva como fruto de un saber hacer de una determinada cultura ha sido un elemento de gran importancia del estudio arqueológico de la arquitectura desde sus inicios, aunque paralelamente se han explorado otros caminos como los estudios de la arqueología de la arquitectura relacionados con los mecanismos de degradación material y lesiones estructurales (Cagnoni 1996; Doglioni 1997; Franceschi y Lazzari 2001; Cámara 2010). Por ello, la restauración arquitectónica, como disciplina que se ocupa de estos aspectos, ha aportado sin duda nuevos horizontes y perspectivas a la arqueología de la arquitectura. La colaboración entre arqueología de la arquitectura y restauración arquitectónica y, sobre todo, con la concepción de la restauración que valora la materialidad como documento y testigo de cultura material, permite una visión de una "arqueología conservativa". La necesidad de conocer no puede nunca prevalecer respecto a la conservación de la materialidad. Por tanto, la arqueología de la arquitectura no puede ser una disciplina de excavación, procedimiento que conllevaría la destrucción progresiva del propio edificio, objeto de estudio y conservación. También es necesaria la protección de las superficies de acabado y de los revestimientos que, aunque impidan la lectura directa de la fábrica, constituyen un elemento patrimonial a menudo de gran valor porque transmite los datos de una cultura de la producción material y constructiva, de su configuración arquitectónica proyecto entendido de esta manera se relaciona directamente con la materia y no se limita a una idea abstracta. La intervención se proyecta en función de lo existente, de su conservación, puesta en valor y disfrute, aunque por supuesto incorpore constantemente las miradas culturales y sensibles, ligadas a hechos históricos y a sentimientos de identidad. Es este el caso de la intervención realizada para el jardín de las ruinas del convento de San Francisco en Vinaroz donde el proyecto, que surge claramente de la voluntad de expiar una culpa, de recuperar un espacio patrimonial para el uso público, de recuperar una identidad local, se acopla a los restos que emergen de la excavación que guían en todo momento la materialización del mismo. Por otra parte, la arqueología de la arquitectura, gracias a las intervenciones de restauración y rehabilitación, tiene acceso cada vez más a edificios que estudiar ampliando así sus bases de datos y posibilidades de estudios cruzados. La realización de un proyecto de restauración es la ocasión para desarrollar unos estudios completos y amplios que involucren especialistas y disciplinas para que aporten sus contribuciones en el estudio del caso concreto, pero que a su vez puedan afinar sus propios métodos y procedimientos, ampliar sus datos y compararlos, crear nuevas relaciones y experimentar con técnicas y herramientas nuevas. Las intervenciones a menudo se desarrollan muy rápidamente creando unos límites en las posibilidades de desarrollo de los estudios y sus tiempos de maduración, pero por otra parte crean nuevas posibilidades y ocasiones de colaboración. Estas ocasiones se generan en el patrimonio monumental y con grandes presupuestos, pero también se crean en el día a día y en edificios más modestos. En este sentido, es interesante el caso del edificio de la calle Maldonado donde en una actuación de rehabilitación de un edificio de viviendas no catalogado la aportación de la arqueología de la arquitectura ha permitido entender el edificio en sus transformaciones y ponerlo en valor justamente como fruto de su estratificación. El estudio de este pequeño edificio se enlazó con otros estudios, catalogaciones, cronologías, etc. sobre edificios similares que permitieron avanzar en el conocimiento de la edificación residencial histórica de la ciudad de Valencia (Mileto y Vegas 2015). Acceder al edificio y a la información que custodia en sus entrañas durante una obra de restauración aporta una cantidad y calidad de información que de otra manera no podría recogerse y que puede constituir el pivote central para el avance del conocimiento de un determinado tipo de patrimonio y de los usos y modos de ocupación de los espacios. Aunque estos conceptos deberían estar plenamente asumidos por el sector de la restauración arquitectónica, a menudo se encuentran intervenciones que por diversas razones siguen perpetuando la práctica de la eliminación de los revestimientos bien por "sanear" la fábrica (expresión ampliamente utilizada en los proyectos de intervención) bien por "ver" la fábrica detrás del revestimiento. Un buen ejemplo de estas intervenciones es el estudio realizado en el Palacio del Barón de Herbés, donde detrás de la búsqueda de una información arquitectónica y de una configuración concreta se ha dañado irreparablemente un conjunto de estancias interiores de gran valor arquitectónico y patrimonial. Por último, arqueología de la arquitectura y restauración arquitectónica están en los últimos años recorriendo un mismo camino hacia la ampliación del concepto de patrimonio que se está desarrollando en la cultura contemporánea. La arquitectura es una disciplina que amplía sus horizontes paralelamente a como se ha ido ampliando el concepto de patrimonio arquitectónico (monumental, vernáculo, paisajístico, cultural, materia e inmaterial, etc.). Restauración arquitectónica y arqueología se están enfrentando a un ámbito de trabajo cada vez más amplio donde lo material y lo inmaterial son cada vez más inseparables, donde caen las barreras temporales, donde los confines físicos del objeto de estudio se amplían hasta la escala paisajística y territorial y donde el trabajo de estudio, análisis, interpretación, proyecto, intervención se imbrican con la valorización, la promoción cultural, la gestión patrimonial, la participación social, la difusión y la comunicación. En esta perspectiva, los estímulos mutuos contribuyen al crecimiento y al afianzamiento, a la apertura de nuevas perspectivas y horizontes, al estímulo de nuevos caminos y posibilidades de recorrido.
7 corone del kalathos.
tener una idea más precisa sobre cómo fueron las armaduras que cubrían las naves del sahn de la aljama almohade, al que hipotéticamente pertenecerían. Se analizan en este artículo textos almohades y se recopilan documentos del archivo catedralicio relacionados con estas estructuras; finalmente se r ealiza u n estudio comparativo con l as armaduras de l a Kutubīya, uno d e los escasos paralelos pertinentes, edificio del presentamos aquí planimetría inédita. En noviembre de 2010 terminaron las obras que permitieron restaurar el frente oeste de la catedral de Sevilla, tanto la gran fachada gótica de la seo como las manieristas de su parroquia del Sagrario; la intervención concluyó en la sacristía de este templo dedicado a San Clemente, alojada en una de las antiguas naves del patio de la mezquita mayor de Išbīliya. Los trabajos aportaron varias novedades (Jiménez Martín 2013b, 2018), entre ellas una que afecta a la mezquita, pues en la planta alta de dicha sacristía identificamos una interfaz que da noticia de un tejado distinto del actual, más bajo, como acreditamos en la tesis doctoral de Á. Dos años después, concretamente el día 29 de noviembre de 2012, al excavar la bóveda de dicha sacristía para reconocer su estabilidad, se encontró, en la misma planta superior, a once metros de distancia de la impronta, una tabla decorada cuya importancia destacó desde los primeros momentos, tanto por su vejez y 2 el edificio fue aljama. Las fechas indicadas proceden de un testigo presencial que, si bien no estaba directamente implicado en la obra ni pudo estar presente en todo el proceso, procuró informarse, dejándonos gran cantidad de datos de los trabajos, y bien fechados, los más prolijos y consistentes que poseemos de una mezquita antigua; nos referimos a la obra titulada al-Mann bi-l-imāma c alà l-mustaḏ c afīna bi-an ŷa c ala-hum Allāh a'imma ŷa c ala-hum al-wāriṯīn wa-ẓuhūr al-imām Mahdī al-muwahhidīn del andalusí c Abd al-Malik b. El edificio almohade tenía abovedados sus ámbitos más significativos, como indica la crónica al mencionar que Los alarifes se esforzaron y pusieron especial interés en la construcción de la cúpula que se elevaba sobre el mihrāb de la mezquita (que fue edificada) con el mayor afán en lo que se refiere al trabajo del yeso, en las bóvedas del edificio y en la carpintería, tareas que trataron con el máximo cuidado. Se abovedó una galería (sābāt) en el flanco izquierdo del muro del mihrāb por la que se caminaba con amplitud. Sabemos que estas bóvedas eran de mocárabes, pues se conservan dos de las pequeñas (Almagro Gorbea et al. 2007: 39), pero la mayor parte de los techos, más del 97 % de los 11.785 m 2 de la sala de oración que estaban cubiertos, fueron de madera, circunstancia nada trivial en una ciudad que no tiene árboles maderables en muchos kilómetros a la redonda; debieron ser realizaciones muy notables ya que para ello: Reunió en esta tarea a muchos hombres, y peones, habiendo acarreado materiales de madera desde las costas del otro lado del Estrecho con lo que llevó a cabo lo que ningún soberano precedente había sido capaz de hacer [...] Ejecutó el alto mandato de construir (la mezquita) en el mes de ramadān del mencionado año 567 H./1172 C., y no abandonó su construcción en ninguna de las estaciones de los años en los cuales residió en Sevilla hasta rematarla con las cubiertas. Además, menciona el testigo las labores de ebanistería y marquetería de la maqṣūra y el minbar, pues decoración como por el lugar y circunstancias de su hallazgo. En 2016, en el mismo espacio, cuando se realizaba la obra para instalar el salón de actos que se denomina "Aula San Clemente", se halló en otro lugar de la misma sala otra tabla virtualmente idéntica, evidencia de que el elemento no era único y de que ambas tablas pertenecieron a los dos faldones de una misma estructura. En este artículo queremos dar cuenta de estos tres hallazgos y plantear su interpretación y, por otra parte, presentar un ejemplo de la saludable asociación que, en temas de restauración monumental, se establecen entre los trabajos arqueológicos orientados con sentido común, la interpretación de las crónicas, en su gran mayoría bien editadas y traducidas, y las aportaciones de archivos documentales que, a partir del siglo XIV, marcan la pauta para el conocimiento más preciso y detallado de la historia de la arquitectura occidental. En este contexto, aportamos el paralelo más claro que conocemos, la Kutubīya de Marrakech, a través de material gráfico inédito proporcionado por el Dr. Almagro Gorbea, ya que otros casos que pudieran aducirse son de dimensiones, terminación y función muy distintos y, como las dos tablas sevillanas, rara vez están in situ, incluso la mayoría fueron desmembrados y desplazados de forma poco documentada. ANTECEDENTES DOCUMENTALES DEL EDIFICIO ALMOHADE El ṣaḥn de la aljama almohade de Sevilla (Jiménez Martín 2018), empezada en 567H/1172C, inaugurada en 577H/1182C y finalizada en 594H/1198C, se ha denominado desde el siglo XV «corral de los Naranjos» (Jiménez Martín y Pérez Peñaranda 1997: 131) y, como es bien sabido, se trata de un patio monumental cuyos ejes están orientados a los puntos cardinales; en los lados este y oeste hubo galerías duplicadas, cada una de las cuales tenía siete arcos al patio, mientras la del lado norte, que era sencilla, corría de extremo a extremo, con trece arcos al interior del patio y otros cuatro abiertos a las galerías de levante y poniente; esta larga nave estaba dividida en dos partes por el arco central, de mayor luz, pues constituye el zaguán de la puerta principal de la aljama, llamada del Perdón desde el siglo XIV (ACS 1363); todas estas galerías, cuyos arcos de herradura túmida son similares a los de la sala de oración, permanecieron expeditas mientras 3 Figura 1. Planta general inédita de la aljama de Sevilla con indicación de elementos y hallazgos referidos en el texto (Tesis doctoral inédita de Álvaro Jiménez Sancho).... fue elaborado con el arte más extraordinario. Se eligió la madera más noble, tallada, repujada, decorada, ejemplar en todo tipo de artesanía, trabajada con maestría, y todo ello con una técnica admirable, con molduras y geometrías asombrosas, con taracea de madera de sándalo e incrustaciones de marfil y ébano que brillan y producen el aspecto, (por contraste) de ascuas encendidas, con láminas de oro y plata y formas en su talla de (un) oro (tan) puro [que parece que] estuviera hecho de luz, de forma que cualquiera que contemplase (dichas forma) en la noche oscura, creería que son lunas llenas. A continuación se siguió con la obra de la maqsūra, (igualmente construida) con la madera más hermosa, segura para velar (al soberano). A tenor de estos últimos datos, teniendo presentes los muebles de la época que se han conservado en África, maqṣūra y minbar debieron llevar temas de lazo, como la decoración de bronce de la puerta del Perdón, claveteada sobre madera de cedro del Atlas, o el de los frisos que coronaban las puertas y arquerías principales, sirviendo de apoyo visual a sus bóvedas y armaduras (Jiménez Martín 2018: 300-302). En 1248, al convertirse en catedral, el eje oesteeste del oratorio almohade albergó, organizados en hilera, los ámbitos destinados al coro, el altar mayor y la capilla Real, mientras la periferia fue repartida entre numerosas capillas que, de forma paulatina, fueron asignados al propio Cabildo, arzobispos, capitulares y eclesiásticos y a algunas familias de la nobleza local. Uno de tales espacios, ubicado en la parte de la qibla, fue destinado a Sagrario y además cumplió funciones parroquiales bajo la advocación de San Clemente, llegando a ser la iglesia de la collación más extensa de la ciudad. Cuando en 1433 decidieron derruir la sala de oración para construir la gran iglesia gótica, esta capilla sacramental cambió de sitio, fusionándose con la de San Esteban, situada en el extremo opuesto del conjunto, el rincón noreste del patio; unidas ocuparon la mitad oriental de la galería norte hasta alcanzar el zaguán de la puerta del Perdón, mientras la otra mitad, la «clastra de los Companneros», quedó casi expedita, pues en el XV solo tenía una capilla en cada extremo (Jiménez Martín 2018: 288 y 291) y en 1698 alojaba solo una herrería y una escuela (Ms. Biblioteca Capitular y Colombina [1698]: fol. 308 vo). Un apunte contable de 1434 atestigua que las armaduras de la cubierta del edificio almohade, prácticamente condenadas al derribo, aún recibían alguna atención, pues el «Miércoles siguiente [24 de diciembre] di a Diego carpentero [sic] que tyró e adobó los alizeres que se querían caer de las naues XX [maravedíes]» (ACS 1434-1436: 12vo), es decir, un profesional que a veces trabajaba para el Cabildo, ante el peligro que presentaban los «alizeres», recibió el encargo de desmontar unos y afianzar otros; la palabra, que hoy sería alicer y no debe confundirse con alizar (Jiménez Martín 2014: 28), permite imaginar una estructura de cubierta similar, en su concepto, a la de la catedral de Teruel, labrada poco después de 1261, una de las más antiguas, documentadas e intactas que se conservan en los reinos cristianos (Almagro Gorbea 1991: 190 ss.). Como es bien sabido el avance que representa la estructura turolense pasa por reducir el número de los tirantes respecto al de pares, pues estos no se unen directamente a aquellos, formando una sucesión de triángulos, sino que se ensamblan con una viga longitudinal, el estribo, que los vincula de forma general; en este inconfundible esquema, cuyos tirantes se suelen duplicar, los espacios entre ellos y el arranque visible de los faldones lo cerraba siempre el arrocabe, formado en los casos más complejos por cinco piezas superpuestas: dos tablas levemente inclinadas (aliceres con acuesto), dos listones moldurados intercalados con los aliceres (tocaduras) y como remate una cornisa (arjeute). Los aliceres, por su posición y decoración, eran de conservación costosa y difícil, por lo que su existencia constituye un indicio necesario del desarrollo estructural al que se vinculan, pero no suficiente, pues hay armaduras pequeñas, eminentemente decorativas, que tienen arrocabe, pero no tirantes, como la de la vivienda de un canónigo sevillano que en «lo alto es tejado a un agua e tiene un saquiçami de lazo con su arrocabe a la redonda» (ACS 1542: 264vo; "zaquizamí" está documentada desde 1490 en las Ordenanzas del Cabildo de Sevilla, 1527: CXLIX). Es una evidencia que el modelo general evolucionó de manera diferente a ambos lados de la frontera medieval y del Estrecho, acentuándose los valores plásticos en las armaduras cristianas, que mantuvieron el rigor estructural y grandes luces, mientras las andalusíes y africanas, con luces menores, son mucho más extensas, conservaron los valores de la geometría, hasta desvincularla de las soluciones constructivas, de acuerdo con la tendencia general de la arquitectura musulmana. Es decir, a comienzos del XVI seguían cuidando las armaduras estribadas y atirantadas que cubrían la antigua nave noroccidental del patio de los Naranjos, la vieja claustra de San Esteban, donde se alojaba desde el XV el Sagrario y parroquia de San Clemente. En 1587 Alonso de Morgado publicó la primera historia de Sevilla, dedicando atención a lo que quedaba de la aljama, que comparó con la Kutubīya de Marrākuš (Morgado 1587: 95vo) siguiendo a Luis del Mármol (Mármol Carvajal 1573: 3, 40, 28): Las Naves unas, y otras tienen los Techos de madera de Alerze muy incorruptible, y olorosa, que por fuerça se avia de traer por la Mar desde Berberia, donde dizen, que lo ay solamente, sino es, que sea verdad, lo que por tradicion quieren algunos dezir, que todo el campo de Tablada, y alrededores de Sevilla estavan llenos destos arboles Alerzes por tiempo de Godos. Pero no aver en esto nuestro alguna muestra, ni señal de renuevos, parece lo contradize. Las Alfardas, y Tirantes dela techumbre tienen los cabos, que se entran en las paredes todo de madera de Olivo, que del todo es mas incorruptible, con Ençaxes tan ajustados con los Alerzes, que por ninguna via fe divisavan las junturas. Lo qual pone en mucha admiracion a los Carpinteros de nuestro tiempo, por ser obra en estremo costosa, y de muchissima flema, que dizen bien la curiosa Fabrica, y mucha perpetuidad, que los Moros procuravan a esta su gran Mezquita (Morgado 1587: 95vo y 96). Morgado, como «indigno sacerdote», quizás no supiera nada de carpintería, pero parece que consultó a los maestros de la generación que formó a Diego López de Arenas, el tratadista de la materia (Toajas Roger 1989), y por ello puso en duda la leyenda urbana de los alerces y los olivos; lo importante para nosotros es que describió una estructura, en cuanto a organización resistente, de la misma línea evolutiva de la de Teruel, con aliceres, alfardas y tirantes (Nuere Matauco 1989: 260 y 371) que constituyen casi toda la apariencia visible de una armadura. Estas estructuras se perdieron en el siglo XVII; quizás las primeras en caer fueran las occidentales (naves de los Caballeros o de la Granada), desmontadas en 1618, pues en abril empezó en su solar la cimentación de la actual iglesia del Sagrario (Bravo Bernal 2008: 67 y fig. 127) incluido el derribo, mediante un corte limpio, de dos módulos y medio de la galería adyacente (claustra de los Compañeros); hacia 1630 la cubierta de DOCUMENTACIÓN SOBRE LAS ARMADURAS DE CUBIERTA DEL PATIO Cuando en 1506 la obra gótica de la catedral estuvo terminada (Jiménez Martín 2013a: 294), solo quedaban en pie las galerías del patio, cuyas cubiertas seguían teniendo estructuras de madera; por su tamaño no sorprende que en 1511 tuvieran tirantes además de aliceres, lo que confirma el modelo estructural y viviendas y pasó a ser el «Sagrario Viejo», por lo que imaginamos que siguieron existiendo tales estructuras hasta el siglo XIX. CIRCUNSTANCIAS DE UNOS HALLAZGOS La obra de la sacristía del Sagrario, realizada entre 1657 y 1659, consistió en "soberar" lo que quedaba de la antigua galería de los Compañeros, cuyas dimensiones y proporción eran idóneos, ya que los arcos almohades que abren al patio ofrecen hoy día una altura libre, de suelo a clave, que alcanza 7,80 m, mientras por el exterior el límite superior está a 12,10 m sobre las gradas que rodean el edificio; tomando como base los cinco arcos que subsistían completos, más el fragmento que restaba del que formó el rincón noroeste del patio, esta última dejó una interfaz en la fachada manierista de piedra que es uno de los datos que estudiamos. Las cubiertas del lado opuesto del patio de los Naranjos, que habían protegido el contenido de la capilla real y posteriormente a la biblioteca, fueron derribadas y sustituidas por bóvedas entre 1677 y 1678, como acredita el canónigo Loaysa, que aún vio los «techos de alerce» en la claustra del Lagarto, la más cercana a la Giralda (Guillén Torralba 2006: 237-242). Las armaduras de San Esteban, las que se reparaban en 1511, no sabemos cuándo se perdieron, pues siguió la nave siendo Sagrario hasta la inauguración de la nueva iglesia en junio de 1662 (Falcón Márquez 1999: 145), momento en que se repartió entre oficinas, almacenes Figura 3. Fotografía de la impronta de un tejado desaparecido que intestó sobre la fachada del siglo XVII de la iglesia del Sagrario. Fotografía de Alfonso Jiménez Martín. 7 voltearon un cañón de ladrillo con cinco arcos fajones duplicados y uno simple, con un luneto en cada arco, en los que abrieron óculos al patio, sobre un pasadizo derribado en 1970; la bóveda tiene 6,40 m de diámetro y 20 cm de espesor y su clave enrasa con la parte alta de la cornisa dórica de la fachada pétrea de la iglesia, la más baja de las tres en que se divide el gran paramento. Como planta alta quedó un camaranchón igual de extenso, cuya altura libre, medida desde el lomo de la bóveda a la interfaz de su armadura era de 3,90 m; para darle utilidad se soló con ladrillos raspados, colocados a la palma, y para su acceso hicieron un caracol en el rincón noroeste; se usó como archivo y almacén, para lo que abrieron tres ventanas a la fachada de la calle Alemanes (C[uesta] y P[aulín] 1850: 172). El gran espacio de la sacristía estaba subdividido a comienzos del siglo XIX por medio de dos muros que definían un vestíbulo central, donde entre 1969 y 1973 (Gómez de Terreros y Guardiola y Díaz Zamorano 2002: 63) hizo obras el arquitecto Félix Hernández Giménez, continuadas por el párroco de entonces hasta su precaria conclusión en 1979 (Bravo Bernal 2008: 316-317) en las que, tras desmontar el tramo central de la bóveda de 1657 correspondiente al vestíbulo, ocuparon este con un núcleo vertical de comunicaciones y aseos para servicio de la planta superior, en la que se instaló un cine parroquial, un almacén y dos salas de reuniones, abriendo otra ventana a la calle Alemanes y unas lumbres acristaladas en el tejado. La cubierta actual de este camaranchón, que tiene tirantes simples y carece de canes y arrocabe, está replanteada a partir del muro de la iglesia para que la cornisa jónica de este proteja el contacto; muestra una reparación general consistente en carreras y jabalcones que disminuyen la flexión de sus exiguas piezas, arreglo que debe ser de los años setenta del siglo XX, pues integró los lucernarios; esta cubierta actual está a demasiada altura, pues su cumbrera alcanza al único merlón almohade conservado de los que coronaban la puerta del Perdón y su bocateja se apoya en un banco que lo levanta 70 cm sobre el listel de los merlones conservados de la fachada, los almohades originales (Jiménez Martín 2018: 316-317 y 294). La alcatifa del camaranchón de la sacristía del Sagrario donde se halló el primer alicer. Fotografía de Álvaro Jiménez Sancho. En un laboratorio especializado se ha determinado que la policromía de la acanaladura va directamente sobre la madera; en el color rojo se ha encontrado bermellón al temple con goma arábiga como aglutinante y en la pintura de color negro, que es temple de origen animal, se ha hallado carbón vegetal; en la muestra analizada hay una capa blanca de yeso y arcilla blanca. La tabla, una vez consolidada, fue debidamente enmarcada por encargo de la doctora Laguna Paúl, conservadora de las colecciones capitulares, quedando expuesta en la segunda cámara de la Giralda. En 2016 se realizó una importante obra en el antiguo camaranchón, que obligó a limpiar y consolidar la bóveda por completo, hallándose otra pieza de madera similar y en circunstancias espaciales y arqueológicas La impronta advertida en 2010 no tiene esos problemas, pues está 1,38 m por debajo del lomo de la cumbrera del tejado actual y toca la cara interna del muro sur 60 cm más abajo que la actual, de la que se desvía 22 cm al norte, señal de que el muro exterior ha aumentado de espesor; es evidente la diferencia de pendiente, pues la actual es de 40o y la de la interfaz, con reparaciones, se aproxima a 37o. La documentación permite datar la cubierta nueva que sustituyó a la de la impronta, pues pagaron a «Treinta y tres mil novecientos y setenta y seis maravedíes que por libranza e contaduría de 10 de dicho mes y año [diciembre de 1661] Martín de Arate por la clavazón de fierro que dio para la armadura de la Sacristía del Sagrario nuebo» (ACS 1661: 6vo), cantidad muy importante que indica que no fue una restauración, sino una estructura nueva, con mucha ferretería, la normal cuando se diluyeron los principios de la «Carpintería de lo Blanco». Aunque la bóveda de la sacristía se conserva bien, en 2010 advertimos hundimientos inexplicables en el suelo del cine parroquial, pero hasta 2012 no pudimos reconocer la alcatifa existente entre el trasdós de la bóveda y la solería horizontal del camaranchón, que resultó estar enjarrada con loza quebrada (cfr. Jiménez Sancho 2000, 2001 y 2002) mezclada con cascotes; entonces identificamos las partes altas de los arcos almohades de la claustra de los Compañeros, con rastro de su decoración original, y entre los escombros se halló la primera tabla, carcomida pero virtualmente intacta. Se infiere que quedó incluida en la alcatifa entre 1657, año en que se terminó la bóveda, y 1661, fecha del nuevo tejado; obviamente formaba parte de la techumbre medieval, caída en el seno de la bóveda durante el derribo, pues se mezcló con la alcatifa al nivelar el trasdós para solar el camaranchón. La tabla es de conífera, de la familia Pinacea, concretamente de Pinus Sylvestris; su altura total es de 47,4 cm, la base mide 23,3 cm y tiene un espesor de 3,5 cm; el anverso es plano y está decorado, mientras el reverso conserva algo de la curva del tronco. La decoración consiste en surcos agramilados, rellenos de policromía, formando la silueta esquemática de una especie de nicho o ventana, con un arco trilobulado y bulboso, cuya base queda próxima a la de la propia tabla; muestra sendas volutas, como zarcillos sin cerrar, ubicadas en el cambio de curvatura entre los lóbulos laterales y la parte alta que, a su vez, tiene figura bulbosa y apuntada; sobre ella, en el mismo eje vertical, se trazó un hexágono estirado; el contorno de ambos se reflejó a izquierda y derecha y se cerró por arriba, como muestran las imágenes. en la superficie de la tabla que tal vez fuera blanca, tez obtenida mediante yeso. Es evidente que cada una de estas dos tablas constituye por sí sola un campo decorativo autónomo, pues sus dibujos carecen de conexiones compositivas o materiales con partes adyacentes y sus dimensiones son idénticas, sugiriendo la ubicación que inmediatamente veremos. No entramos en el análisis compositivo de las formas y colores que ofrecen las tablas por ser este artículo ajeno a cuestiones artísticas. El mismo día en que se localizó la primera tabla consultamos al doctor Almagro Gorbea, arquitecto de la Escuela de Estudios Árabes, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que apreció la importancia del hallazgo y la conveniencia de realizar un análisis de radiocarbono; así se hizo en el Centro Nacional de Aceleradores, acreditando que la tabla es antigua, pues con un 95 % de probabilidad se fecha entre los años 994 y 1155, lo que quiere decir que es de época islámica y no de la etapa cristiana. Por lo tanto, pertenecieron a la techumbre original de la aljama y concretamente a dos aliceres intercalados entre parejas de tirantes contiguos, como acredita la Kutubīya de Marrākuš. OBSERVACIONES Y ANTECEDENTES HISTORIOGRÁFICOS Estas tablas es lo que esperaban los arquitectos que restauraron el patio antes de 1973, especialmente Félix Hernández Giménez, que entre 1941 y 1973 efectuó numerosos derribos de estructuras modernas que ocultaban parte del patio, pues pretendía, y prácticamente lo consiguió, devolver a este parte de la apariencia que, según sus indagaciones, tenía en época almohade, como explica la publicación póstuma de sus documentos (Gómez de Terreros y Guardiola 1999 y Gómez de Terreros y Guardiola y Díaz Zamorano 2002). En un proyecto que firmó en 1969, destinado a restaurar la nave del Lagarto, mencionó dos estructuras de madera distintas:... de que estuvo dotada la indicada nave, y de que perduran, en lo alto, las cajas de entrega de las alfarjías del atirantado, reposición, a la que ha de acompañar la limpieza y encerado del tramo de alfarje existente en esa nave misma, procedente de la desaparecida iglesia de Sto. Tomás (Gómez de Terreros y Guardiola y Díaz Zamorano 2002: 61 y 62). muy parecidas, menos carcomida pese a estar hendida por la veta natural, siendo sus medidas 47,4 cm verticales, 11,6 cm horizontales y 3 cm de espesor; conserva más policromía, confirmando que eran negros el arco y el hexágono, y rojo todos los demás surcos, destacando Figura 6. El segundo alicer hallado en la alcatifa. Fotografía de Artyco S.L. las interfaces habían sido debidamente identificadas y medidas antes de proponer su reconstrucción, aunque nunca llegó a incluirla en sus previsiones económicas. Al sucesor inmediato de Hernández Giménez, Rafael Manzano Martos, debemos estos datos, publicados en 2010: Este revolucionario invento [el de las armaduras que venimos estudiando], debido tal vez a falta de disponibilidad de grandes maderos para la multitud de tirantes de una armadura al modo clásico, y las ventajas de belleza y espacial del nuevo tipo, determinaron su rápida difusión, y la llegada a España de lo que nuestros propios artistas habían inventado en el Magreb. Fue en época almohade, y desde luego las tuvo ya la mezquita mayor de Sevilla, donde perduraban hasta hace treinta años sus elementos ligneos, reaprovechados en las armaduras posteriores, y las huellas murarias, todo ello hecho desaparecer en una insulsa restauración, cargada de pretendida modernidad (Nuere Matauco 2010: 73). El 9 de septiembre de 1980 pudimos ver e identificar las cajas de entrega, aunque sin alcanzar a medirlas, ignorando que Hernández Giménez ya lo había hecho, por lo que, cuando conocimos sus datos, conservados en el Museo Arqueológico de Córdoba, completamos los nuestros según el croquis adjunto; en función de todos ellos podemos certificar que existían varias parejas sucesivas de huecos en la claustra del Lagarto, uniformemente distribuidas, a 94 cm (E) sobre el alfiz del arco de entrada a la sala de oración, estando la primera de ellas a 26 cm del mismo; cada una estaba formada por dos huecos rectangulares de 75 cm (B) de altura y 18 (C) de anchura, separados 22 cm (A-2xC), mediando hasta la siguiente pareja 1,04 m (D) y así sucesivamente, centrados respecto a los arcos que abren al patio; las estructuras de madera de las que formaron parte salvaron luces de 5,40 en esta nave del Lagarto, que era la más estrecha de todas las de la aljama, pues la de la qibla tenía 6,10 m, 6,40 m la del lado norte del patio, donde se localizaron la impronta y los aliceres, y 6,70 m la nave axial. El conocimiento de estas interfaces nos permitió publicar la conjetura de que correspondían a la estructura original almohade (Jiménez Martín 1984: 92, Jiménez Martín y Almagro Gorbea 1985: 15 y Jiménez Martín 1995: 103), que hoy está mucho mejor definida y no vemos alternativas plausibles, aunque, por pura duda metódica, hemos tildado la actual identificación de "hipotética". Se refería el arquitecto en primer lugar a las huellas, «las cajas de entrega», que son las que más interesan; en segundo lugar, mencionó una novedad, el alfarje de Santo Tomas, que conviene identificar para excluirlo de esta investigación. Sabemos, por fotos antiguas, que el extremo sur de la citada galería almohade tenía en el siglo XIX un cielo raso de yeso, sostenido por listones o cañas, que el Cabildo, en su reunión del 18 de febrero de 1915 (ACS 1914(ACS -1917: 56vo): 56vo), decidió cambiar por varios paneles de una armadura de par y nudillo procedente del desamortizado colegio de Santo Tomás, que llevaban años depositados en los almacenes capitulares de San Miguel; se colocaron horizontales, formando un conjunto decorativo muy vistoso, que fue desmontado y almacenado en los años ochenta del siglo XX, cuando se colocó la actual estructura metálica. Contando con estos datos, no sorprende que en 1972 Hernández Giménez representara la distribución en planta de los tirantes pareados, o «alfarjías del atirantado» (Gómez de Terreros y Guardiola y Díaz Zamorano 2002: 98), de la primera de las estructuras citadas en su proyecto de 1969, de la que en su archivo personal hay referencias y dibujos, acreditando que también cuatro parejas dobles, pero más espaciadas las axiales, 2,20 m, e incluso tienen piezas suplementarias, como tirantes aislados en los espacios centrales y cuadrales dobles, superpuestos, en el occidental; estos últimos son reparaciones, como evidencian lo endebles que son y lo mal que acometen en los aliceres, rompiendo a veces los arcos decorativos de estos; en cambio son originales los tirantes sencillos que en las armaduras centrales quedan sobre los arrocabes caberos. Los tirantes de cada pareja no van ligados, al contrario que en Teruel y en la mayoría de los casos conocidos. Todos los aliceres tienen una leve inclinación, el "acuesto" de los textos, siendo lisos los altos (de 24 a 26 cm), mientras los bajos (de 41 a 44 cm, tres centímetros menos que los sevillanos) están decorados mediante una tabla recortada y agramilada y otra como fondo, repintadas en marrón brillante. En los bajos alternan tramos cortos (ubicados entre los tirantes de una misma pareja, con anchura de 23 cm, idéntica a la de Sevilla) y largos, que responden a cuatro longitudes distintas pero sistemáticas. La decoración la constituyen arcos de herradura, túmidos o lobulados, casi todos con zarcillos; ligan en los arranques y tienen toda la altura disponible, salvo algunos de herradura de los espacios extremos, que tienen la mitad. El reparto es función de su ubicación y el número y distribución de los tirantes; en los tramos cortos de los cuatro espacios, entre tirantes duplicados, solo cabe un arco túmido, o lobulado, tan aislado como en Sevilla; en los tramos caberos del espacio BE01 hay nueve arcos completos y dos medios, que enlazan con los medios y seis completos de los tramos colindantes, quedando todos los demás con cuatro arcos; en los espacios centrales, donde no hay arcos de la mitad de la altura, tenemos nueve arcos completos en los cuatro tramos extremos y tres en todos los demás tramos; en el espacio OR01 también tenemos nueve arcos completos en los tramos finales, seis en los adyacentes y tres en todos los demás. Los aliceres de la estructura OR01 son arreglos, pues no tienen acuesto y a veces ni decoración. D. Lazos de faldones y almizates. Los faldones largos muestran un curioso reparto, pues las armaduras de los espacios FJ01, KN01 y OR01 tienen 39 calles, mientras en el BE01 hay 40; en los cortos hay 13 calles en los centrales y 12 en los extremos. Lo más decorado de estas armaduras apeinazadas y con limas moamares son los paños de lazo de estrellas de ocho, ubicados en los espacios centrales, que ocupan cinco calles de los faldones, justo entre los tirantes aislados y los primeros Como, por otra parte, el mejor especialista en carpintería medieval hispana no admite el origen magrebí (Nuere Matauco 2010: 21, 22, 23, 27, 28, 32, 35 y 50), conviene dedicar algún esfuerzo a definir la apariencia de la estructura donde estaban insertas las dos tablas. No faltan ejemplos en la península de armaduras viejas, aunque de la mayoría ellas no tenemos datos fehacientes de su datación, muchas están desmembradas y algunas fueron desplazadas en circunstancias difíciles, por lo que hemos dirigido nuestras indagaciones a las mezquitas marroquíes más antiguas. La referencia temporal y arquitectónica más directa es la Kutubīya de Marrākuš, por lo que interesa dedicar algún espacio a describir lo que existe en ella; nos referimos a las armaduras de los espacios BE01, FJ01, KN01 y OR01 (Signaturas de Ewert et al. 1997: abb. 24), es decir, todos los que, alternando con cinco cúpulas de mocárabes, existen ante el muro de la qibla, que salvan 4,80 m de luz; con datos recopilados in situ a lo largo de varias mañanas en enero y noviembre de 2018, las fotos, ortofotos, planos y medidas obtenidas entonces, inéditos hasta ahora, y las escasísimas observaciones publicadas (Basset y Terrasse 1932), podemos articular la siguiente descripción de las partes altas de los cuatro ámbitos de la Kutubīya, en relación con sus homólogas sevillanas, en aquello que la comparación sea pertinente: A. Frisos de yesería. Sus alturas oscilan entre 1,28 m del BE01 y 1,36 m del KN01; el BE01 es el más sencillo, los centrales son parecidos entre sí, pero no iguales, y el occidental es el resultado de incluir ventanas en un friso que pudo parecerse al primero. Se aprecia que solo en el espacio oriental la yesería cuadra con los tirantes y con los alfices. Por lo que concierne a sus temas de lazo, obviando las modificaciones que son arreglos, podemos decir que son más complicados e irregulares que el conservado en Sevilla, repitiendo en algunos casos las figuras de los paños de madera que van sobre ellos, aunque con la libertad que el yeso permite. En Sevilla, como ya queda dicho, lo que hay es un friso de lazo de ocho que, con su nacela, alcanza 1,33 m de altura. A pesar de que las cuatro armaduras tienen la misma luz y sus longitudes son muy parecidas, sus tirantes están repartidos de formas distintas; el menos arriostrado es el tramo oriental, con cuatro parejas de tirantes dobles separados 1,83 m, con lo que queda más espacio, 3,33 m, en los extremos; los otros llevan 13 volúmenes de esta qibla, tanto los cuatro de armaduras como los cinco de bóvedas, están resueltos con geometría de tejados, pero sus faldones son de tadelakt. Creemos que estos datos demuestran que las cuatro estructuras se deben a una misma iniciativa, aunque, como hemos verificado en otros edificios almohades, la imprescindible planificación general admite muchas variantes de detalle, siempre y cuando el conjunto pueda asumirlas sin que se noten rupturas, que es precisamente lo que se verifica en los arrocabes. En este caso creemos que los tramos centrales fueron realizados los pareados, prolongándose armónicamente por todo el almizate y los faldones caberos, destacando la presencia de zafates harpados. En los espacios laterales los paños decorados son más sencillos, pues los forman cuatro calles de octógonos en los faldones y todo el almizate, prolongándose por los testeros, que en la armadura oriental se desligan de las primeras parejas de tirantes. Los pares van a «calle y cuerda», con menado de cuatro octógonos en los espacios centrales y de cinco en los laterales, alternando tamaños. Las mezquitas de la ciudad marroquí tienen tejados, casi siempre vidriados, pero los nueve Figura 9. Sección parcial inédita de los espacios existentes ante la qibla de la Kutubiya de Marrakech, con parte del espacio BE01 a la izquierda, la cúpula de mocárabes EF01 en el centro y parte del espacio FJ01 a la derecha. Levantamiento de Antonio Almagro Gorbea, Escuela de Estudios Árabes. En este sentido es indudable que las armaduras de la Kutubīya, tanto estructural como decorativamente, manifiestan conceptos maduros, pues en ellas están presentes algunos de los invariantes posteriores, lo que permite imaginar que formaban parte de una tendencia cuyo desarrollo pudo acelerarse gracias a los medios que los califas almohades pusieron a disposición de sus arquitectos, pues es difícil creer que todo se inventara para la Kutubīya, máxime si creemos el brevísimo plazo que la historiografía tradicional atribuye al inicio de sus obras a partir de la conquista almohade de Marrakech. La madurez advertida es compatible con un cierto número de matices, especialmente dimensionales y proporcionales, quizás porque hacía falta tiempo para que se iniciara la codificación que llevó a la de López de Arenas. Intuimos que, como sucedió en la decoración latericia y en las yeserías, los experimentos formales y estructurales se hicieron durante la etapa almorávide partiendo de la asombrosa vitalidad y variedad de la arquitectura taifa andalusí, pero eso habrá que demostrarlo. primeros, y, por su proximidad, evitaron los cambios, ya que podían compararse visualmente desde el centro del edificio; los laterales se diseñaron y construyeron como simplificaciones de los primeros, como cabe esperar de su alejamiento de la maqṣūra y por ello son mayores sus diferencias, siendo el cambio de distancia entre parejas de tirantes lo que nos permite suponer que el espacio oriental fue el último en cubrirse, dándole además mayor altura; esta cronología relativa permitió mejoras, como el número par de calles de sus faldones largos, el desfase de la decoración respecto a los tirantes, su acoplamiento a las yeserías y los alfices; así evitaron las rupturas de ritmo presentes en las otras tres armaduras, de cifras impares y, sobre todo, los cambios de reparto que se aprecian en los arquitos de los arrocabes de la occidental, en la que la existencia de los precarios cuadrales, la falta de piezas del arrocabe, las ventanas que rompieron el friso y un gran estribo añadido en la fachada oeste, certifican su accidentada vida, congruente con las reparaciones del costado de poniente del edificio. Por todo ello sostenemos que son las estructuras almohades originales de la cabecera de la segunda Kutubīya y por lo tanto es legítimo establecer comparaciones con las tablas sevillanas, aunque la cronología absoluta de las marroquíes es materia de debate. La datación del alicer de la antigua mezquita mayor de Sevilla permite sostener que a fines del siglo XII ya se había producido el avance estructural que caracterizó las armaduras peninsulares y magrebíes para los próximos quinientos años; mientras no se identifiquen y daten ejemplares musulmanes más antiguos, o cristianos anteriores al de Teruel, podemos decir que el avance era una realidad en Al-Andalus antes de la decadencia del imperio almohade y cabe sostener que fue producto, al menos en este caso, de las iniciativas imperiales documentadas por los textos coetáneos desde el año 1159. Interesa advertir que, con los elementos documentados en Sevilla hasta el presente, no podemos establecer una vinculación directa entre el avance estructural, que en nuestra opinión está bien atestiguado en el patio de los Naranjos, y el desarrollo tectónico de los lazos que hemos visto en las armaduras magrebíes estudiadas, pues en Sevilla no están documentadas lacerías almohades hechas en madera, aunque sí las tenemos en yeserías y aplacados de bronce, como indicamos al comienzo....
comienza a funcionar a mediados del siglo XIII tras la conquista de la ciudad en 1238. Es una de las primeras áreas cementeriales que se construyen siguiendo la tipología de cementerio murado con arcosolios perimetrales y capilla funeraria central sobre túmulo. Las campañas arqueológicas realizadas entre 1997 y 2014 han desvelado múltiples vestigios que han contribuido a conocer la historia del conjunto cementerial. La catalogación de las piezas de piedra halladas, basada en el análisis geométrico y metrológico partiendo de un riguroso levantamiento de planos, ha permitido llevar a cabo la 2 servicios prestados en la conquista de la ciudad. La ubicación no es aleatoria, sino que responde a una meditada estrategia del monarca consistente en emplazar a las dos órdenes militares más importantes en lugares cercanos a las dos puertas de la ciudad que comunican con el río Turia: El Temple junto a la puerta de Bab al-Sakhar o Puerta de la Roca y el Hospital de Jerusalén junto a la puerta de la Xerea. Sobre estos solares comenzaron los sanjuanistas a edificar un templo, el primero en construirse en la ciudad tras la conquista 3. Siguiendo el espíritu de ayuda y socorro que caracteriza a esta Orden, construyeron también un hospital, un cementerio y una casa destinada a residencia del comendador y los freires. Todo el recinto se encontraba amurallado y ocupaba un área delimitada por la actual calle de Trinquete de Caballeros al este 4. La calle Christófol Soler, actualmente integrada en el colindante palacio de Valeriola, al sur. Esta calle separaba las propiedades sanjuanistas de la judería de la ciudad (López 2014). La igualmente desaparecida calle de Micer Johan Davella (Carboneres 1873: 72), también denominada calle del Atrio (Gascó 1969: 41), delimitaba la parcela por el oeste y la casa que actualmente ocupa el número 11 de la calle de Trinquete de Caballeros lo delimitaban al norte. Todo el conjunto ocupaba una superficie aproximada de 2.800 m 2. Las medidas urbanizadoras tomadas por los Jurados de 3 Esta opinión se funda en el privilegio que tenía el clero de San Juan del Hospital de seguir inmediatamente al de la catedral en las procesiones. 4 Esta calle fue donada a los Hombres de Tortosa tras la conquista lo cual era coherente con la situación de la Castellanía en Amposta. La arquitectura histórica suele encerrar entre sus estructuras y fábricas una amalgama de sustratos que se han ido acumulando o sustituyendo a lo largo de los años. En muchos casos la evolución constructiva de un edificio de valor patrimonial se asemeja a un organismo vivo que va transformándose a medida que pasa el tiempo. En ella concurren factores sociales, económicos, estilísticos y técnicos que dan diferentes resultados dependiendo del momento y la época en que se materializa cada intervención. Por ello, descifrar el complejo puzle que compone un edificio patrimonial, analizar la evolución constructiva y esclarecer cuales son los elementos arquitectónicos que corresponden a cada una de las etapas edilicias es una labor que debe ser llevada a cabo por un equipo multidisciplinar donde historiadores, arqueólogos y arquitectos deben trabajar conjuntamente. Este es el caso del conjunto medieval de San Juan del Hospital de Valencia. Se trata de un hito en la ciudad, no sólo por ser la iglesia más antigua tras la conquista en 1238, sino porque se asienta sobre parte de su historia. Bajo sus estructuras discurre la spina del circo romano (Ribera et al. 2010: 39) y sobre la arena fueron edificadas viviendas visigodas que posteriormente fueron convertidas en residencias musulmanas. Esta confluencia de culturas convierte este entorno en una parte importante de la historia de Valencia. Sin embargo, tras la guerra civil el estado del templo es tan lamentable que se decide derribarlo. Gracias a un informe elaborado por D. Elías Tormo (1944) en 1943 en favor de la conservación de este valioso patrimonio histórico el conjunto de San Juan del Hospital fue preservado y declarado Monumento Histórico Artístico de carácter nacional por decreto de 5 de abril de 1943de (BOE 16.04.1943)). Asimismo, en 1993 la Dirección General de Patrimonio de la Consellería de Cultura de la Generalitat Valenciana acordó tener por incoado el expediente de delimitación del entorno de protección del Conjunto Histórico. El conjunto edificatorio actualmente está formado por el templo, el patio norte al que se accede a través del denominado tradicionalmente "tránsito" y el patio sur donde se ubicaba el área cementerial durante los siglos XIII y XIV (Fig. 1). Este asentamiento tiene su origen en las donaciones realizadas por el rey Jaime I a la Orden de San Juan del Hospital del palacio de Haçach Habinbadel (Ferrando 1979: 22), de diez y seis casas más junto a una mezquita (Ferrando 1979: 351) y de unas eras en gratitud a los 3 la ciudad en 1388 dieron como resultado la división de la parcela mediante la apertura de la actual calle del Milagro aprovechando el atzucach que desde la calle de las Avellanas se internaba hasta dar acceso a la residencia de freires. Esta medida ocasionó un largo pleito entre la Orden y los Jurados que en 1393 exponían: "del cap d' aquel atzucat tro al dit carrer iusa no hagues pus espay sino alcuns patis vells e podrits e de gran legea, sens tot profit de Sent Johan del Espital, qui no fallen fruti sino a rates e aranyes"5. Finalmente, la calle fue abierta en septiembre de 1393 y rehecha la parte de la residencia de los clérigos que se vio afectada por la intervención urbanística. Al norte quedó la residencia del comendador y los freires y al sur quedó el templo y el cementerio. El hospital había desaparecido al ser ampliada la iglesia según permiso concedido al castellán de Amposta el 15 de enero de 13076. Algunas de las estructuras que componían la casa del comendador y residencia de freires fueron sacadas a la luz tras la intervención realizada en 2003 por el arquitecto Salvador Vila Ferrer para alojar la sede de la sociedad cultural Lo Rat Penat. El levantamiento de planos de los restos hallados, unido al estudio de la cartografía histórica de la ciudad, nos permitieron identificar parte de la forma y entorno urbanístico de esta parte del conjunto hospitalario comprobando que existía un sinuoso atzucach que daba acceso a la residencia desde la calle de Trinquete de Caballeros y una torre en otro acceso al edificio desde la calle de Baños del Almirante (Fig. 2). El templo original tenía unas dimensiones menores que las de la actual iglesia. Se trataba de una construcción románica compuesta por el ábside y un pequeño transepto formado por dos capillas laterales. Posteriormente se ampliaría la crujía donde se encuentran las puertas de medio punto y una escalera de caracol, actualmente desaparecida, por la que se accedería al paso de ronda. La falta de traba entre los tramos ratifica la existencia de estas dos fases de ejecución. A los pies de esta pequeña iglesia se encontraba el hospital y el espacio situado al sur del templo se destinó a cementerio. Este estudio centra la atención en este cementerio ubicado en el patio sur. Se trata de un magnífico ejemplo en el que se mantienen las características de un cementerio medieval murado con arcosolios perimetrales y capilla funeraria sobre túmulo. Hasta el año 2018 en que finalizaron las obras de intervención y adecuación a espacio museístico, esta zona del asentamiento sanjuanista se encontraba en un estado de gran deterioro debido, entre otras causas, a las profundas transformaciones que ha sufrido a lo largo de los años. En 1997, gracias a la iniciativa de la Comisión Histórico Artística del Patrimonio de la iglesia de San Juan del Hospital, dirigida por Dña. Margarita Ordeig, comenzaron los estudios conducentes a la restauración y rehabilitación del espacio cementerial y de las estructuras que lo componen culminando con el proyecto y obras de restauración que llevamos a cabo entre los años 2003 y 2017. En primer lugar, se derribó la casa prioral en 1997 que recubría y ocultaba la pequeña capilla funeraria. En el marco del "Proyecto Raphael", concedido con fondos europeos en 19967, se realizaron tres campañas arqueológicas (1997)(1998): La primera dirigida por Carlos Gómez Bellard y Enrique Díes Cusí8 excavó la cripta de Santa Bárbara, la antigua capilla gótica de Santa Bárbara y el espacio comprendido entre la capilla barroca y el muro de cierre hasta los niveles islámicos; Asimismo se excavó el área entre los arcosolios del lado sur y la capilla funeraria, los arcosolios adosados a la iglesia, la planta baja de la casa del prior adosada a la capilla funeraria y realizaron sondeos para comprobar los cimientos de la capilla barroca y la capilla funeraria. En la Capilla de Santa de Bárbara fueron descubiertos los vasos funerarios de tres arcosolios que hubo en este lugar adosados al muro exterior de la iglesia. Junto a la Capilla de Santa Bárbara también fue descubierta la denominada cripta de la emperatriz Constanza9, atravesada por la spina del circo romano. En estos trabajos colaboraron D. Delfín Villalaín y Mateu Rodrigo miembros respectivamente de los departamentos de Medicina Legal y de Historia Medieval de la Universitat de València. En este marco se acometió el Proyecto de Restauración Interior y Exterior de la Real Capilla de Santa Bárbara ejecutados ambos por los arquitectos D. Juan Pablo Mas Millet y D. Adolfo Alonso Durá durante los años 1997-1999. El conjunto Sanjuanista y el entorno urbano en el siglo XIII dibujado sobre el plano de Tosca (1704). ConCepCión López GonzáLez y JorGe GarCía VaLLdeCabres Christófol Soler y el descubrimiento de un nuevo acceso a la misma. Cada intervención ha ido acompañada de la correspondiente campaña arqueológica estableciendo una vinculación entre el estudio arqueológico y la rehabilitación (Tabales 2010: 161). OBJETO DE ESTUDIO: EL CEMENTERIO MEDIEVAL UBICADO EN EL ACTUAL PATIO SUR Este Cementerio estuvo activo desde los primeros tiempos de la conquista como demuestra el hecho de que en 1243 el obispo de Lérida resolvió un pleito sobre derechos económicos correspondientes a las sepulturas del cementerio sanjuanista entre la Orden y el Arzobispo de Valencia (Llorca 1930: 32). Asimismo, entre las lápidas, losas y estelas encontradas se halló la lápida de Eximinus de Albero, caballero al que se le donaron cuatro buenas casas en el barrio de los hombres de Tarragona cercanas a San Juan del Hospital (Ferrando 1979: 325), fechada en 1260 12. Según el informe arqueológico elaborado por Enrique Díes, el primer uso documentado tras la demolición de las casas musulmanas fue el de cementerio. Al cementerio se accedía desde la puerta de medio punto de la iglesia y desde la calle de Trinquete de Caballeros. Además, tuvo una conexión con la calle del Mar cuando esta fue abierta en 1412 a través del callejón del Cristo de las Penas, también denominado Carrer de les Penes (Carboneres 1873: 79). Esta calle ha quedado embebida en las edificaciones contiguas formando parte del patio interior de la manzana colindante. En el plano de Tosca de 1704 se aprecia con toda claridad la citada calle y el arco de acceso desde el cementerio (Fig. 3). Por último, según se ha podido comprobar tras la intervención de los arcosolios de la panda sur, existía un acceso a la calle de Christófol Soler por el arco central apuntado. El cementerio seguía la organización propia de cementerios medievales con arcosolios perimetrales destinados a contener las sepulturas de familias nobles o adineradas, un área cementerial con enterramientos en fosa y una pequeña capilla funeraria situada sobre un pequeño túmulo. Esta misma estructura se aprecia Los mismos directores acometieron una segunda campaña10 destinada a excavar la zanja para la colocación del canal de desagüe de la capilla barroca que se estaba interviniendo y realizar sondeos en la primera planta de la casa del prior. La tercera campaña estuvo dirigida por Guillem Pérez Jordá, Carlos Gómez Bellard y Enrique Díes Cusí11 y en ella se excavó la capilla barroca con motivo de los trabajos de rehabilitación. Posteriormente, y para acometer la puesta en valor de forma integrada de todo el conjunto arquitectónico, se elaboró el Plan Director dirigido por el arquitecto D. Vicente Lassala Bau con la colaboración de la directora del museo de San Juan, Dña. En él se recopila en su totalidad todos los trabajos realizados en torno al templo hasta ese momento. En 2003 la Comisión Histórico Artística del Patrimonio de la iglesia de San Juan del Hospital nos propuso la ejecución de un proyecto de intervención integral del patio sur. Este proyecto fue desarrollado con posterioridad en tres etapas de ejecución bien diferenciadas atendiendo a las diferentes intervenciones que había que acometer: 1.-Proyecto de anastilosis de los arcosolios adosados a la iglesia; 2.-Proyecto de intervención y consolidación de la Capilla Funeraria; 3.-Proyecto de consolidación y restauración de los arcosolios de la panda sur y adecuación a espacio museístico. Durante la elaboración y ejecución de los dos primeros se llevó a cabo una nueva campaña arqueológica en extensión dirigida por el arqueólogo D. Javier Palmero Iglesias (2008Iglesias ( -2009) ) en la zona comprendida entre el ábside de la capilla funeraria y la iglesia, donde se descubrieron los dos vasos funerarios adosados a la fachada de la iglesia correspondientes a los dos arcosolios que fueron derribados al construirse la casa prioral, así como sillares pertenecientes a los contrafuertes de la capilla funeraria utilizados como peldañeado de la escalera de acceso al semisótano de la antigua casa prioral y los restos de la espadaña que en su día tuvo la capilla. Para la realización y ejecución del tercero se promovió una nueva campaña arqueológica dirigida por Enrique Estevens. Esta intervención trajo consigo, además de la consolidación y puesta en valor de los seis arcosolios, la recuperación de la desaparecida calle de lo que inducía a ser nombradas con distintos apelativos. No se han encontrado documentos que ratifiquen esta práctica en San Juan del Hospital, aunque sí existió una fosa del gremio de los sastres y, entre las estelas descubiertas en las excavaciones, se ha hallado una con una bota labrada en la piedra, emblema del gremio de los zapateros. Estos claustros devengaron en muros perimetrales con arcosolios siendo un claro ejemplo el cementerio de San Juan de Perpignan (1334) (Fig. 5) o el conocido cementerio de Plaona de Santa María Novella en Florencia (Fineschi 1787: 12-13). San Juan del Hospital de Valencia, aunque de menor tamaño y magnificencia, es uno de los pocos ejemplos que permanecen en la península ibérica donde los arcosolios se encuentran formando parte de los muros perimetrales con ausencia de galerías claustrales. La capilla funeraria se construyó sobre una pequeña elevación del terreno a instancias de Arnau de Romaní13 bajo la advocación de Santa María Magdalena. Consta de nave cuadrada de 18 × 18 × 18 palmos valencianos, en otros cementerios de la Orden de San Juan como el que se representa en el plano de la ciudad de Brujas (Bélgica) elaborado por Marcus Gerards el año 1562 en el lugar que hoy ocupa el museo Memling. También en la iglesia de San Juan el Viejo de Perpignan, finalizado en 1334, el área cementerial se circunscribe mediante arcosolios formando un recinto cerrado homogéneo de planta rectangular (Fig. 4). Se trata de una organización que tuvo su origen en el siglo XIII y se extendió durante toda la Edad Media construyéndose claustros sin dependencias con fines funerarios motivados probablemente por la gran cantidad de ingresos que generaban. En la Corona de Aragón se adosaron claustros sin dependencias a la catedral vieja de Lérida y la de Huesca. También en otros sitios de la península se instituyó esta modalidad cementerial (Carrero 2006: 32) siendo Salamanca la primera catedral donde se produce este fenómeno arquitectónico (Boto y Ledesma 2018: 261) en el desaparecido claustro románico del siglo XII. El área claustral se convertía así en un privilegiado cementerio distinto al que ocupaban los miembros de la Orden. Cada panda solía estar dedicada al enterramiento de una segmentación social diferente, abierta en sus lados y ábside ochavado. La nave se sustenta sobre cuatro pilastras con pequeñas columnillas que sirven de apoyo a los nervios cruceros de la bóveda y a los arcos formeros apuntados enmarcándose en el austero estilo cisterciense. La plementería es de ladrillo colocado por hojas a tizón a rompe juntas y la clave de piedra está labrada con la cruz de Malta. El ábside ochavado dispone también de finas columnillas en las esquinas de las que parten los nervios que confluyen en la clave. La cornisa que recorre el alero apoya sobre canecillos. Los de la nave son similares a los que rematan la portada románica de la catedral y los del ábside representan conchas de peregrino y cabezas de felinos (Fig. 6). En el informe arqueológico se plantea que la capilla funeraria pudo ser construida a finales del siglo XIII o comienzos del XIV en dos etapas casi inmediatas: en la primera se realizó la nave que estaría abierta en sus cuatro lados y con cubierta plana y posteriormente se le añadió el ábside poligonal, en cuya cornisa se ha encontrado el escudo de los Romaní (una luna creciente boca abajo) labrado en los sillares. Sería en ese momento cuando se dividió el espacio cementerial. Redundando en esta hipótesis se puede observar que uno de los contrafuertes del ábside era en realidad un muro de sillares del que aún se conserva el enjarje del aparejo tras el derribo del mismo. Continuando este muro en línea recta viene a confluir con la iglesia en el punto en el que esta hace un pequeño quiebro, lugar donde el muro se encontraba con la fachada del templo. Esta observación ratificaría el hecho de que la capilla funeraria se encontraba en el centro del área cementerial con sus cuatro lados abiertos y en una segunda intervención se le añadiría el ábside al mismo tiempo que se dividía el área cementerial en dos recintos comunicados por el arco occidental de la capilla. A raíz de una donación testamentaria de Dña. Ángela Colomina, en 167114 se construyó la casa del prior sobre la pequeña capilla funeraria, tapiando los arcos de la nave y quedando las pilastras embebidas en los muros en los que se abrieron puertas y ventanas (Fig. 7). Se utilizaron parte de los sillares de los contrafuertes para la construcción de la escalera de acceso al semisótano. Se desmontó la cubierta que tuvo y se construyó un piso superior que albergaba la sala prioral a la que se accedía mediante una escalera situada en el ábside tal como se aprecia en un grabado (Llorente 1887: I, 172). En 1810, durante la invasión napoleónica, parte del solar fue anexionado al contiguo palacio de Valeriola cuando este se convirtió en la residencia de Agustín del Quinto, afrancesado director general de la Policía (Bravo 2000: 133). Más tarde se instaló en la capilla un taller de sastrería eclesiástica para lo que se levantó un tabique de Valencia, no sabemos si en sustitución de otra anterior que se encontraba en mal estado o por iniciativa propia ya que en el momento en que esta capilla fue construida (principios del s. XIV) las portadas de la escuela de Lérida eran habituales. Se arregló el pavimento embaldosándolo de piedra utilizando para ello varias losas sepulcrales que en esos momentos formaban parte del peldañeado de acceso a la iglesia desde el cementerio. Cuando la casa prioral fue derribada en 1997 se comprobó que la capilla había perdido parte de los contrafuertes, de la cornisa y de los canecillos del ábside. Asimismo, quedó el trasdós de las bóvedas al descubierto por lo que fue necesario realizar una intervención provisional de urgencia consistente en la colocación de una chapa prelacada protectora a la espera de acometer la restauración definitiva. En 1377 Guillamona Bonet fundó una capellanía en la capilla gótica de Santa Bárbara situada entre dos contrafuertes del ábside de la iglesia, donde se encontraba enterrada la emperatriz Constanza. Fue en 1615 cuando fue necesaria la construcción de la cripta adosada al pudridero de la emperatriz debido a la gran demanda de sepulturas en este lugar 15. Tanto la cripta como el pudridero fueron descubiertas durante las primeras campañas arqueológicas. Fueron puestas en valor en el mismo proyecto destinado a la restauración de la capilla barroca de Santa Bárbara por los arquitectos Adolfo Alonso y Juan Pablo Mas. En el interior de la cripta, sobresaliendo del pavimento fue hallada la spina del circo romano. En 1685, la cofradía pide al rey permiso para construir, en el lugar que ya ocupaba la pequeña capilla gótica de Santa Bárbara, una capilla de planta octogonal y una sacristía. Para ello fue necesario derribar la capilla gótica bajo la que se encontraba el pudridero de la emperatriz Constanza y los arcosolios adosados al muro de la iglesia lo que supuso grandes modificaciones sobre la obra original. En 1877 el palacio de Valeriola pasó a ser la sede de la imprenta Domenech, donde se publicaba el periódico "Las Provincias" (Ballester-Olmos 2005: 63) ubicándose las rotativas y pequeños almacenes precisamente en la parte del patio sur que había sido anexionado a principios del XIX al palacio. Antes de ser rehabilitado aún podían verse los restos de la maquinaria junto a los arcosolios y los muros revestidos de azulejos del arcosolio izquierdo tras haber sido destinado a cuarto de aseo (Fig. 8). Posteriormente, en el atrio de la capilla se instaló una cocina, la nave se convirtió en comedor y los muros se encalaron y pintaron en múltiples ocasiones (Llorca 1930: 88). En 1926 los caballeros de la Orden de Malta promovieron una intervención dirigida por el arquitecto Sr. Rodríguez destinada a la restauración del interior de la capilla (manteniendo la casa prioral). Se colocó una cornisa apoyada sobre canecillos, semejantes a los existentes sobre la portada románica de la catedral Figura 7. La capilla funeraria antes de ser derribada la casa prioral. Vista de los arcosolios de la panda sur con los dos pisos de edificación del palacio de Valeriola descansando sobre ellos. ConCepCión López GonzáLez y JorGe GarCía VaLLdeCabres que cada uno de ellos obedece a morfologías diferentes: algunos disponen del arco de medio punto y otros apuntado; se da el caso de superponerse unos arcos sobre otros; las impostas tienen diferente molduración y los baquetones de las dovelas siguen distintos patrones. Sin embargo, todo el perímetro sobre el que descansan los arcosolios dispone de un zócalo común que mantiene la unidad y la continuidad del cercado. Los arcosolios de la panda sur se encontraban absolutamente desviados de la vertical, amenazando una caída inminente. El área cementerial estaba destinada en su totalidad a enterramientos en fosas a una profundidad de poco más de 30 cm lo que, según el informe arqueológico, hace suponer que hubo una extracción de tierra. Además, se abrieron algunas zanjas para cloacas que afectaron a los enterramientos y a la zanja de fundación de la capilla barroca (Fig. 9). Al oeste de la capilla barroca de Santa Bárbara se realizó una excavación en extensión llegando a sustratos islámicos con el hallazgo de una pequeña fuente realizada con ladrillos rojos y amarillos formando una estrella de ocho puntas (Fig. 10). Los muros de tapial con enlucido de las viviendas estaban arrasados casi en su totalidad, así como los pavimentos de cal y ladrillo que, en algunos casos, habían sido afectados por la construcción de las primeras sepulturas. La excavación ha demostrado la existencia de dos grandes rellenos de tierra en los cuales se hicieron inhumaciones: uno construido mediante la demolición de las estructuras islámicas en el siglo XIII y otro en el siglo XIV mediante la extracción parcial de la tierra y enterramientos para rellenar de nuevo con una tierra más limpia, método relativamente habitual en los usos de los cementerios medievales. Las sepulturas encontradas De todos los arcosolios que en su día circunscribían el área cementerial, solo quedan en pie los seis arcosolios de la panda sur. Sin embargo, están perfectamente documentados el resto de arcosolios a través de los vasos funerarios hallados en las excavaciones arqueológicas. La panda norte de arcosolios se encontraba adosada al templo formando una galería continua. Bajo la capilla barroca de Santa Bárbara, construida en el siglo XVI como anejo a la iglesia, se han encontrado los vasos funerarios correspondientes a tres arcosolios que se hallaban adosados al muro sur de la iglesia. Estos enlazaban con el arcosolio situado junto al acceso a la iglesia, formando esquina con él como aún puede apreciarse por el resto de baquetón conservado en el muro de la capilla. Al otro lado de la puerta continuaba la hilera de arcosolios según se ha podido constatar en las excavaciones arqueológicas dirigidas por Javier Palmero. Se trataba de dos arcosolios que fueron derribados para la construcción de la casa prioral en el siglo XVI. La primera actuación que hemos llevado a cabo en el patio sur para su puesta en valor ha sido la anastilosis de estos dos arcosolios partiendo de los restos hallados en las excavaciones arqueológicas. Los arcosolios continuaban por el oeste como se aprecia por los restos, visibles todavía, de dos vasos funerarios situados entre la capilla funeraria y la panda sur. Según el informe arqueológico estos arcosolios quedarían inutilizados por el muro de tapial colindante con el palacio de Valeriola, que puede fecharse de la segunda mitad del siglo XIV. Todos ellos no fueron levantados en una misma etapa constructiva como en San Juan de Perpignan o Santa María Novella, sino que fueron edificados según fue aumentando la necesidad de añadir sepulturas. Por ello no siguen un mismo prototipo, sino la gran cantidad de enterramientos y vestigios encontrados se amplió la excavación en extensión en toda el área comprendida entre la capilla barroca y el muro de cierre de la calle de Trinquete de Caballeros. La excavación en extensión proporciona planos generales de fácil comprensión que aportan información integral y, consecuentemente, ayudan al establecimiento de conclusiones (Álvaro et al. 2018). Se llevaron a cabo registros mediante fichas de unidades estratigráficas informatizadas, así como planimetría digitalizada a escala 1:20 de plantas y secciones y registro fotográfico en imágenes digitales. Durante las campañas se realizó el lavado e inventario cerámico documentado en fichas informatizadas. Los restos humanos hallados se trasladaron al departamento de Medicina Legal de la facultad de Medicina de Valencia. Asimismo, se realizaron análisis de las muestras de carbón, fauna y semillas (Fig. 12). En el sector 2 zonas A y B fue necesario retirar previamente la fuerte solera de hormigón que estaba colocada sobre el nivel original para la instalación de la maquinaria de imprenta de los antiguos talleres de "Las Provincias". Concluido el desmontaje de la solera, se procedió a realizar una excavación en extensión dadas las características excepcionales de los hallazgos encontrados: restos islámicos en el nivel inferior; enterramientos medievales de los siglos XIII y XIV en los dos niveles superiores; vasos funerarios circundantes en el lado sur, oeste y adosados al templo; y una gran cantidad de piedras labradas pertenecientes a diferentes estructuras arquitectónicas del cementerio además de estelas y lápidas funerarias, en muchos casos desubicadas debido a las transformaciones de uso que ha sufrido el área cementerial. Solo la zona C correspondiente a la capilla funeraria y el espacio comprendido entre esta y la capilla barroca de Santa Bárbara fue excavado por catas: En la primera campaña se llevaron a cabo tres sondeos a fin de documentar la extensión del cementerio y una perpendicular a la capilla funeraria para comprobar los niveles sobre los que se construyó. En la campaña de 2003, esta zona fue nuevamente excavada añadiendo catas a las anteriormente documentadas con el fin de apoyar el proyecto de anastilosis de los arcosolios adosados a la iglesia. Tras la intervención se volvieron a tapar las catas abiertas cubriéndose previamente con un geotextil y disponiendo una capa de arena sobre la que se depositó la tierra de la excavación tras ser retiradas las piezas de piedra para su catalogación. se organizan, como en el resto de los casos, en calles estrechas orientadas oeste-este y estaban señalizadas mediante estelas discoidales en las cuales se hallan grabadas cruces o bien mediante túmulos de sección en tejado a doble vertiente, generalmente formado por tres piedras. Todas las estelas halladas han sido catalogadas y recolocadas en su lugar tras la intervención de adaptación del patio sur como espacio museístico. OBJETIVOS Y MÉTODOS DE ESTUDIO Con estos antecedentes, el estudio previo, la redacción del proyecto de intervención y las obras de consolidación y rehabilitación solo podían llevarse a cabo con la estrecha colaboración entre arquitectos y arqueólogos. Las cuatro campañas arqueológicas realizadas entre 1997 y 2000 y las dos posteriores de 2003 al norte de la capilla funeraria y de 2014 en la panda sur de arcosolios, tuvieron dos objetivos complementarios: documentar los restos hallados para conocer la historia del cementerio y, por otro lado, inventariar las piezas de piedra desubicadas y repartidas de forma aleatoria por toda el área cementerial debido a los sucesivos derribos y movimientos de tierras. Este segundo objetivo ha sido fundamental para llevar a cabo los proyectos y obras de intervención porque muchas de estas piezas, tras su catalogación, han podido ser reubicadas en su lugar original. Para ello el patio sur fue dividido en dos sectores que a su vez se subdividieron en zonas: • Sector 1: Comprende la capilla de Santa Bárbara y el espacio comprendido entre esta y la C/ de Trinquete de Caballeros. Zona A: Cripta de Santa Bárbara; Zona B: Antigua capilla de Santa Bárbara y pudridero de la emperatriz Constanza; Zona C: Espacio abierto entre la cripta y la C/ de Trinquete de Caballeros; Zona D: Interior de la actual capilla de Santa Bárbara. • Sector 2: Abarca toda la zona al oeste de la capilla de Santa Bárbara. Zona A: Arcosolios adosados al muro sur; Zona B: Espacio abierto ocupado antiguamente por los talleres de "Las Provincias"; Zona C: Capilla funeraria y espacio entre esta y la capilla de Santa Bárbara. Zona D: Espacio entre el ábside de la capilla funeraria y la iglesia (Fig. 11). En el sector 1 se abrió una cata de 5 × 5 m según la metodología habitual en las excavaciones urbanas. Dada además permitirían conocer el sistema métrico utilizado en la construcción, lo cual conduciría a establecer el origen del maestro cantero (aragonés o valenciano) y el momento de la construcción (antes de que el rey Jaime I estableciera el nuevo sistema de medidas para el reino de Valencia o después). Como indica el profesor J. Antonio Ruiz de la Rosa, desde muy antiguo los constructores se basaron en la geometría para la elaboración del programa de diseño (Ruiz 1987: 18). Conocida la idea compositiva original, es posible discernir las alteraciones de la forma primigenia y establecer criterios para una posterior rehabilitación (Soler 2014: 67). Asimismo, los planos de detalle sirvieron para confeccionar las plantillas de cada una de las piezas de piedra halladas. En el caso de la capilla funeraria, tras el análisis geométrico, pudimos comprobar que la nave obedece a un premeditado diseño unitario basado en la geometría del cuadrado, cuyas relaciones proporcionales encierran una armonía perfecta. El ábside mantiene el mismo trazado regulador que la nave por lo que se puede afirmar que el maestro constructor de la nave y del ábside debió de ser el mismo y era un gran conocedor de la geometría euclídea (Fig. 13 a y b). La obtención de las plantillas geométricas que fueron utilizadas para la labra de los sillares que intervienen en la construcción de las diferentes estructuras arquitectónicas del cementerio (basas de columnas, columnillas, arcos, arquivoltas, cornisas, contrafuertes, basas y jambas) reviste una especial importancia porque permite comparar los datos geométricos obtenidos con los elementos de piedra extraídos en la excavación que son catalogados y comprobar si alguno de ellos corresponde a las faltantes que existen entre los elementos arquitectónicos cementeriales. Para la toma de datos se emplearon métodos tradicionales mediante croquis generales y de detalle (Fig. 14) y posteriormente, dadas las complejas características formales de los diferentes elementos arquitectónicos, así como las deformaciones sufridas por las estructuras sustentantes, se utilizó el láser escáner 3D de la marca comercial Leica Geosystems, modelo Scaner Leica C5 con un campo visual completo de 360o × 270o, distancia de hasta 240 m y velocidad de escaneo de 25.000 puntos/segundo. La manipulación de las nubes de puntos obtenidas se realizó con los softwares Cyclone 8.1 y 3dreshaper por ser los programas asociados a la marca Leica Geosystems. Finalmente, la elaboración de planos se realizó mediante el programa Autocad 2013 (Fig. 15). Además de los informes arqueológicos, se hacía necesario disponer de un riguroso levantamiento de planos de toda el área cementerial y de todas y cada una de las estructuras que la conforman. Según la Carta del Rilievo de 1999, se debe entender por levantamiento arquitectónico la forma primigenia de conocimiento y por lo tanto el conjunto de operaciones, de medidas y de análisis necesarios para comprender y documentar el bien arquitectónico en su configuración completa, referida incluso al contexto urbano y territorial, en sus características dimensionales y métricas, en su complejidad histórica, en sus características estructurales y constructivas, así como en las formales y funcionales (Jiménez y Pinto 2003: 49). La elaboración de la planimetría con los correspondientes análisis gráficos y constructivos implica seguir un rastro, un vestigium, implica una actividad del entendimiento en la búsqueda de nuevos resultados, lo que lo convierte en un trabajo de investigación y como tal, además de las cualidades intrínsecas que todo estudio riguroso debe poseer, debe contener una cualidad que lo convierta en inestimable: debe ser útil. Por ello, el resultado planimétrico debe permitir una lectura paralela y aportar las imágenes que testifiquen las investigaciones llevadas a cabo. En este sentido, el levantamiento realizado estuvo destinado no solo a elaborar un proyecto de intervención partiendo de un estado actual real, sino que pretendía ser la herramienta para la realización de los correspondientes análisis geométricos y metrológicos. Estos análisis contribuirían a establecer los trazados reguladores utilizados por los artífices de las estructuras y Figura 12. Excavación de una de las fosas de la Zona B del Sector 2. 13 previamente, tras el levantamiento de planos y estudio de detalles se había obtenido las plantillas geométricas que fueron utilizadas para su labra: basas, dovelas y arquivoltas de los dos arcosolios adosados a la iglesia, losas de cierre de los vasos funerarios de los arcosolios de la panda sur, canecillos y piezas de la cornisa de la capilla funeraria así como restos de la espadaña. Todas estas piezas pudieron ser ubicadas en su lugar original durante la intervención. Las piezas de piedra labrada que se encontraban diseminadas por todo el patio sur fueron catalogadas mediante fichas modelo que contenían datos relativos a la clave de identificación arqueológica, croquis acotado, imagen fotográfica, plano a escala y modelo 3D, tanto del estado actual como del modelo virtual del sillar original (López y García 2005) (Fig. 16). Esta catalogación permitió identificar sillares y dovelas pertenecientes a algunas de las estructuras del cementerio de las que Figura 13 a. Análisis geométrico del alzado de la capilla funeraria. Trazado regulador y uso de la proporción aurea para el diseño del vano y pilastras. Análisis geométrico de la planta de la capilla funeraria. Obtención del trazado regulador y relación geométrica entre nave y ábside. Croquis del patio sur. Croquis de los capiteles de la capilla funeraria. Obtención de las plantillas de las piezas con baquetón. Fuente: C. López González. Nube de puntos del escaneado láser 3D de todo el conjunto sanjuanista. Expondremos a continuación la catalogación de cada una de estas tipologías según el lugar donde fueron halladas: En el sector 1, Zona A: Cripta de Santa Bárbara y su contenido La cripta, situada junto a la capilla de Santa Bárbara, es de planta rectangular de 20 × 11 palmos valencianos (4,72 × 2,56 m) y 3,18 m de altura cubierta por una bóveda de sección irregular con ladrillos a sardinel trabados con mortero de cal y grava. Está conectada con el pudridero por una pequeña abertura en la pared sur de 0,56 × 0,52 m. Los muros son de bloques de arenisca trabados con tierra y con fragmentos de ladrillos en las juntas. En los muros meridional y oriental hay múltiples restos de lápidas, estelas funerarias discoidales, columnillas Avanzar en el conocimiento de la historia del cementerio era uno de los objetivos planteados en las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo. El otro objetivo era la catalogación de las piezas desubicadas y cuyos resultados fueron fundamentales para la elaboración del proyecto de intervención y la posterior ejecución del mismo. Centramos los resultados del estudio en este segundo objetivo por ser el que incide directamente en el proyecto y obras de intervención. Se catalogaron 52 piezas de piedra labrada identificables con un elemento arquitectónico singular: Dovelas, arquivoltas, contrafuertes, cornisas, canecillos, pilastras, basas y estelas funerarias. El resto de piezas respondían a sillares prismáticos, en muchos casos rotos o informes y, por lo tanto, no identificables como pertenecientes a una determinada estructura arquitectónica. sepultura, cubierta con bóveda de medio punto formada por ladrillos, dispuestos a sardinel y trabados con mortero de cal. De planta rectangular está formada por muros de tapial de mortero de tierra y piedras de mediano tamaño, con cajas de 2,8 palmos y altura de 5 palmos. Se recuperaron dos losas de acceso a la cripta, una fechable en el siglo XVII y otra del siglo XIX, que se encuentran en el museo de la Iglesia de San Juan del Hospital. Sector 1 Zona C: espacio abierto al exterior entre la cripta y la calle de Trinquete de Caballeros Del nivel islámico se localizó una tinaja bizcochada situada verticalmente en un soporte de mortero de cal y canto, que se depositó en el museo de la Iglesia. De la época de construcción de la iglesia apareció en el extremo norte, una estructura de planta rectangular revestida en su interior que podría ser, según el informe arqueológico, un aljibe inutilizado en el siglo XIV. Con la construcción de la cripta se anuló esa parte del cementerio y el aljibe y en su lugar se excava un pozo adosado a la pared del ábside al que, en la intervención se le ha añadido un brocal para dejar patente su existencia. Existen dos niveles de enterramientos, el primero correspondería a la época tras la conquista y el segundo a partir de finales del siglo XIII o comienzos del siglo XIV, momento en que el nivel subiría en torno a medio metro mediante aporte de tierra. Se encontraron 19 cuerpos, distribuidos en 5 calles muy apretadas sin apenas espacio entre ellas, enterrados en fosa excavada en el terreno y una sepultura de planta rectangular con paredes de ladrillos dispuestos en hiladas sobre capa de mortero de cal y arena (conservaba 20 hiladas). La mayoría de los restos hallados pertenecía a niños 18. No se encontraron piezas de piedra que pudieran ser catalogadas ya que el cementerio en esta zona fue abandonado durante el siglo XIV (Fig. 18). Sector 1 Zona D: Interior de la capilla barroca de Santa Bárbara La capilla barroca fue construida entre 1685 y 1689 y bajo ella se encontraron fosas familiares pertenecientes a la segunda fase del cementerio siguiendo calles entre 18 Solo dos fosas contenían restos de individuos adultos. y sillares de época gótica. El muro occidental, a partir de un determinado momento deja de ser de piedra para estar realizado en ladrillo debido a que tras él aparece el cimiento de la nueva capilla barroca. El suelo tiene una ligera inclinación hacia el sur y cubría un muro formado por dos paredes de encofrado alisadas exteriormente y enlucidas, realizado con arena, cal, gravas y bloques de piedra, y en cuyo interior se dispuso un relleno de tierra. Esta estructura ha sido identificada como la spina del circo romano16 lo que motivó la elaboración de un proyecto de intervención dando acceso a la cripta17. Asimismo, la spina quedó remarcada sobre el pavimento de piedra que se ha colocado en la última intervención mediante el cambio de pavimento y tira de latón de 8mm (Fig. 17). Acceso a la cripta de Santa Bárbara tras la intervención. Las piezas de piedra reutilizadas como material constructivo no pudieron ser medidas y analizadas gráficamente debido a su ubicación formando parte de los muros por lo que no pudieron ser identificadas con alguna estructura concreta del cementerio medieval. Sector 1 Zona B: antigua capilla de Santa Bárbara y pudridero de la emperatriz Constanza Bajo la capilla gótica de santa Bárbara, mandada construir por la emperatriz Constanza en 1307, se halló su las que se encontraba la conocida como "sepultura de los sastres" 19. Esta fosa, tiene unas dimensiones de 8 × 2,10 palmos. Aquí se recuperaron restos de individuos que fueron desplazados para la colocación de los nuevos enterramientos. Adosados al muro de la iglesia se hallaron los vasos funerarios de tres arcosolios. El primero, en el que no se documentó ningún enterramiento20, está construido con piedras que únicamente están trabajadas en su cara interna y tiene unas dimensiones de 2,19 × 0,72 m (9,5 × 3 palmos valencianos). El pavimento está formado por una capa de tierra apisonada y su cimentación está más baja que la del primer arcosolio. El muro de separación con el arcosolio anterior tiene un grosor de 0,64 m (3 palmos) y está construido mediante dos paredes de sillares colocados a perpiaño y un relleno de mortero. Las piedras son reutilizadas y en una de ellas se puede observar una estrella labrada. El tercer arcosolio está separado del segundo por un muro de ladrillo a soga y tizón con un grosor de 0,43 m. El muro de cierre por la parte frontal es de ladrillo a soga. El hallazgo de estos tres arcosolios tuvo una repercusión importante en el proyecto de intervención porque confirmó la existencia de un recinto cementerial rodeado de arcosolios. Eran conocidos los existentes en la panda sur porque aún se conservan, también eran conocidos los existentes en el lado oeste porque son visibles, sobresaliendo del suelo, los vasos funerarios, sin embargo, no se conservaba ningún arcosolio adosado a la iglesia excepto el que se encuentra junto al acceso al templo perteneciente a la familia Heredia. Elementos arquitectónicos hallados en la excavación del Sector 1. Sector 2 Zona A: Arcosolios adosados al muro sur En las campañas realizadas durante los años 1997-2000 solo se excavó el segundo arcosolio de la derecha comprobando que se trataba de una estructura de sillares adosada a un muro de tapial mucho más antiguo que, por la técnica, posiblemente fue construido en la primera mitad del siglo XIV. También se realizaron catas murales en los paramentos que revelaron pinturas, escudos labrados en la piedra y algún tipo de reforma contemporánea. Estos hallazgos motivaron la protección mediante una veladura de los paramentos interiores a fin de preservar las pinturas que están siendo restauradas en la actualidad (Fig. 19). A raíz de la reciente intervención en estos arcosolios se realizó una nueva campaña arqueológica destinada a documentar el subsuelo de la losa de hormigón sobre la que apoyaban los pilares que sustentaban los dos pisos superiores situados sobre los arcosolios, los vasos funerarios que aún no habían sido excavados y el material de relleno sobre las bóvedas de los arcosolios. Bajo la losa o solera se encuentra una estela con el grabado de una media luna invertida y una hexapétala por una cara y por la otra un grabado de unos zapatos, emblema perteneciente al gremio de los zapateros, dos losas y muchos restos de cerámica (Fig. 20). Las losas se encuentran fragmentadas pero completas (Fig. 21). Una de ellas presenta una canaladura incisiva en su perímetro y tiene un ancho mayor que la profundidad de los Figura 19. Elementos arquitectónicos hallados en la excavación del sector 2. en su lugar se había construido una estructura de ladrillo formando un hueco de paso cuando se instaló la imprenta Doménech. En el proyecto de intervención se planteó el derribo de esta y la anastilosis del arcosolio original partiendo de los vestigios encontrados en la excavación: arcosolios por lo que se descartó su función como cierre del vaso funerario. Fue colocada sobre el suelo durante la intervención destinada a la adaptación del patio sur como espacio museístico. Las dimensiones de la otra se ajustan al tamaño de los arcosolios por lo que se restituyó como tapa de uno de ellos durante la intervención. La excavación arqueológica en el interior de los vasos funerarios, llegó hasta la cota de la cimentación. Se observó que es una cimentación heterogénea, disgregada y muy superficial excepto en el primer arcosolio en que apareció una cimentación diferenciada: Una de las partes de la cimentación que sustenta el arcosolio, estaba realizada con sillares hasta una cota bastante profunda y la del lado opuesto mucho más superficial y realizada con mampuestos. Esta diferencia de cimentación podría haber ocasionado un pequeño desplome de la estructura hacia el lado derecho, un asentamiento debido a la mayor inercia de los sillares. En las jambas del tercer arcosolio se encontraron ménsulas y dinteles, y una losa con dos argollas de hierro en la parte superior para facilitar su movilidad y traslado (Fig. 22). El quinto arcosolio había sido derribado y Persistía la dovela de arranque del arco limítrofe con el cuarto arcosolio. Este dato, unido a la reconstrucción 3D extraída de la nube de puntos generada por el escaneado, facilitó la obtención de la plantilla de las dovelas y del trazado del arco. Bajo la losa de hormigón se localizaron 3 dovelas cuyas plantillas eran idénticas a la de la dovela de arranque. Con todo ello se llevó a cabo la anastilosis recuperando la imagen unitaria de la panda sur (Fig. 23). Se encontraron 8 sillares desubicados formando parte del relleno de las bóvedas de los arcosolios. Eran todos ellos sillares prismáticos sin labra que los identificara como piezas singulares. Fueron utilizados para rehacer el muro superior del arco. También en el interior del primer vaso funerario se hallaron 3 sillares y 5 más bajo la losa de hormigón. Se observa que todos los arcosolios, excepto el quinto, que había sido derribado, están cerrados en su parte inferior por el frente con un muro de sillares que haría la función de apoyo de la losa de cierre del vaso funerario. En la intervención se completan las faltantes de todos los arcosolios con los sillares recuperados en todas las campañas. Cruces latinas incisas: 2 de brazos rectilíneos, paralelos y de dos extremos rectos y dos abiertos, sin bordura; 4 de brazos rectilíneos, paralelos y extremos rectos, sin bordura; y 1 para hincar de brazos rectilíneos, paralelos y extremos rectos, sin bordura. Dos estelas no han podido ser catalogadas por su deterioro. De todas estas estelas catalogadas, cuatro se hallaron en posición vertical por lo que se han recolocado tras la intervención en el mismo lugar en el que fueron halladas. Cinco estelas más que se encontraban en buen estado pero desubicadas, también han sido expuestas en el área cementerial. El resto han sido trasladadas al museo de San Juan. Sector 2 Zona B(b): Espacio abierto exterior a los antiguos talleres de Las Provincias En esta zona se realizaron cuatro catas a fin de documentar la extensión del cementerio y los niveles sobre los que se construyó. Los enterramientos se encuentran a poca profundidad lo que hace suponer que hubo una extracción de tierra. No se han hallado piezas singulares de piedra labrada en el subsuelo que puedan ser identificadas con alguna de las estructuras del cementerio. Sector 2 Zona C: Capilla funeraria y espacio entre esta y la capilla de Santa Bárbara Formando parte del pavimento de la capilla se hallaban tres lápidas de sepultura, que anteriormente formaban parte del peldañeado del acceso a la iglesia y fueron De las 15 piezas catalogadas, 9 conservan el pie y el resto lo ha perdido. El diámetro del disco oscila entre los 26 y los 35 cm, es decir, un pie valenciano aproximadamente (30,5 cm). La altura total se encuentra entre los 53 y los 64,5 cm por lo que se puede deducir que las piedras antes de la labra tenían unas medidas aproximadas de 2 × 1 × 0,5 pies. La técnica empleada en la labra de la decoración es en su mayoría (13 de ellas) por incisión Solo 3 estelas se encuentran en buen estado, ya que 5 han perdido alguna parte debido a roturas o erosión y 7 están en mal estado ya que tan solo son discos fragmentados. Todas ellas tienen el disco decorado, pero solo hay 4 en que la decoración de alargue hacia el pie debido a la extensión de la cruz. Este tipo de decoración es escasa en las estelas de la comunidad valenciana. En Cullera se da en la representación de cruces para hincar (Casa y Doménech 1988) y en Lliria en cruz con peana (Silgo 1989). Solo en una pieza se observa la presencia de bordura, sencilla y en relieve. La iconografía es mayoritariamente crucífera. Esto es habitual en las piezas discoideas predominando la cruz latina con 6 representaciones sobre 3 de tipo griego. Excepcionalmente aparecen en una misma pieza dos iconografías de carácter gremial o de oficio en lugar de la cruz: se trata de una bota haciendo referencia al gremio de zapateros. Llama la atención en esta pieza que no haya ninguna representación de la cruz en ninguna de sus caras (Fig. 25). Siguiendo la clasificación descriptiva de P. Ucla (López y Menchón 1995) se han detectado las siguientes tipologías: Cruces griegas incisas: 1 de brazo rectilíneos, paralelos y extremos rectos, sin bordura; 1 brazos rectilíneos, ensanchados y extremos rectos, sin bordura; y 1 de doble de brazos rectilíneos, paralelos y de extremos rectos, sin bordura. Distintas tipologías de estelas halladas en la Zona del Sector 2: Cruces griegas y latina incisivas y anverso y revés de la estela de carácter gremial con media luna invertida de la que cuelga una heptapétala por un lado y dos botas por el otro. el arco había dejado sobre la fachada de la iglesia. La sepultura, sin embargo, estaba intacta, realizada con ladrillos a soga y tizón de 29,5 cm, es decir, de la segunda mitad del siglo XIV. En su interior aparecieron tres enterramientos, los dos primeros del XIV y el otro del XV (Fig. 26). Se encontraron múltiples piezas de piedra pertenecientes a diferentes estructuras: dovelas, arquivoltas, cornisas, contrafuertes, basas, y canecillos. Se localizaron un total de 11 dovelas: 5 de ellas disponían de un baquetón perimetral de 9 cm de diámetro con doble hendidura periférica. Todas ellas tenían un frente de 30 cm excepto una cuyo frente era de 18 cm por estar rota. Las otras 6 también disponían del baquetón de 9 cm pero sin la doble hendidura periférica y tenían todas ellas un frente de 28 cm lo que implicaba que pertenecían a dos arcosolios diferentes. Además, se encontraron tres dovelas alargadas que, por su forma, fueron identificadas como arquivoltas de los arcosolios. Se identificaron como arquivoltas del arcosolio derecho adosado al muro de la iglesia que fue derribado para la construcción de la casa prioral por comparación con un resto que aún permanecía en su lugar de origen. Fueron hallados dos sillares de gran tamaño e idéntica altura con un baquetón de 9 cm de diámetro en una de sus esquinas. Fueron identificados como pertenecientes a la jamba derecha del mismo arcosolio anterior por tener el baquetón el mismo diámetro que el del arco. También se descubrió un sillar idéntico a los anteriores pero cuyo baquetón tenía un diámetro de 11 cm que pudo pertenecer al arcosolio izquierdo, pero no hay evidencias demostrables de ello (Fig. 27). recolocadas en la capilla durante la intervención de 1926 promovida por la Orden de Malta. Se trata, por tanto, de tres lápidas desubicadas: la losa de 189 × 60 cm con siete torres labradas en la piedra corresponde al escudo de la familia Heredia (Llorca 1930: 65). Fernando de Heredia fue Gran Maestre durante los años 1376-1396; La losa de 34 × 42,5 cm con un doble losange con un león rampante perteneció probablemente a Fray Arnaldo de Armengol 21, prior de San Juan entre los años 1399 y 1404 22; por último otra con seis círculos concéntricos y seis asideros con forma de cola de milano que no se ha reconocido su origen. La losa perteneciente a Fernando de Heredia, Gran Maestre de la Orden, fue colocada durante la intervención cubriendo el arcosolio situado en el acceso al templo por este un lugar sobresaliente por su ubicación y también por las pinturas con cruces rojas que decoran las bóvedas. Empotrada durante la reforma de 1926 en el muro occidental de la nave había otra lápida perteneciente a la familia de la que ya hemos hecho referencia. Tenía grabada una cruz en la parte superior con un escudo en cada esquina y una inscripción indicando que allí descansaban los restos de varios miembros de la familia, siendo Eiximeno de Alvero el primer fallecido en 1260 (Corell 1997). Sector 2 Zona D: Espacio entre el ábside de la capilla funeraria y la iglesia El área comprendida ente el ábside de la capilla funeraria y la iglesia fue excavada en extensión durante la campaña llevada a cabo por el arqueólogo Javier Palmero Iglesias. Comenzaron las excavaciones en la esquina noroccidental, hallando la existencia de restos de un arcosolio desmontado adosado a la iglesia que fue vaciado cuando se hizo el sótano de la casa del prior para poder encajar en él la escalera de descenso. Esta escalera estaba formada por 6 piezas pertenecientes a los desaparecidos contrafuertes de la capilla funeraria. Continuando la excavación se halló otro vaso funerario contiguo. Sobre el muro aún conservaba la dovela oriental del arranque del arco y la impronta que 21 El león rampante es la iconografía del escudo de la familia Armengol. 22 Archivo del Real Colegio de Corpus Christi. Protocolo de Martín de Alagó no 1902. la recuperación del área cementerial y su adaptación a espacio museístico visitable por la ciudadanía (Fig. 28). Se ha podido comprobar que toda el área cementerial estaba rodeada de arcosolios de los cuales se han encontrado los vasos funerarios durante las distintas excavaciones. Tras la datación de su construcción durante las excavaciones se puede afirmar que fue unos de los primeros cementerios medievales que adoptaron esta solución. Sin embargo, debido a las diversas y profundas transformaciones sufridas a lo largo de los siglos, se encontraba en un avanzado estado de deterioro. Se había perdido la imagen de cementerio murado con arcosolios perimetrales debido al derribo de la panda adosada a la iglesia tras la construcción en el siglo XVII de la capilla barroca de Santa Bárbara y de la casa prioral sobre la capilla funeraria. Asimismo, la panda oeste había sido amortizada con la construcción del muro divisorio con el actual patio del palacio de Valeriola durante el siglo XV. La panda sur, única superviviente del cercado perimetral, había alojado diferentes usos y se había perdido totalmente uno de los arcosolios. El trabajo conjunto entre arqueólogos y arquitectos, tanto en la fase previa al proyecto de restauración como durante las obras de ejecución, ha permitido la toma de decisiones relevantes para la consecución del objetivo planteado: la evocación del cementerio medieval mediante la puesta en valor de los elementos que aún se conservan y la recuperación de otros que habían desaparecido. La metodología empleada, basada en la catalogación de piezas de piedra halladas en las distintas campañas arqueológicas, ha sido esencial para extraer conclusiones relativas a las plantillas utilizadas por los maestros canteros para la labra de dovelas, arquivoltas, cornisas, jambas, basas y contrafuertes. La comparación de los resultados obtenidos con los elementos arquitectónicos que aún se conservan en su lugar original ha conducido al conocimiento de la forma que tenían algunas estructuras desaparecidas. Se ha podido llevar a cabo la anastilosis de los arcosolios adosados a la iglesia, configurando de este modo la imagen de cementerio claustral. Se ha podido reconstruir el arcosolio derribado de la panda sur proporcionando una visión integral del antiguo cercado Se han podido rehacer los contrafuertes de la capilla funeraria, así como la cornisa perdida del ábside. Las estelas funerarias halladas han sido recolocadas para estimular la imagen evocadora del cementerio medieval y las losas enterradas y desubicadas han sido recompuestas y reutilizadas como cierre de los vasos funerarios (Fig. 29). En el muro oeste de separación con el patio del palacio de Valeriola se localizó el canecillo con forma de concha de peregrino que faltaba en ábside de la capilla funeraria. También formando parte del muro se localizaron 3 piezas pertenecientes a la cornisa de la capilla funeraria con las lunas boca abajo labradas en el frente. El conjunto de San Juan del Hospital de Valencia se fundamenta sobre siglos de historia. Bajo sus estructuras se desarrolló parte de la ciudad romana, visigoda y musulmana. El hallazgo de parte de la spina del circo romano ha contribuido a ratificar su orientación y tamaño. Los estratos musulmanes han aportado documentación relativa al tamaño de las viviendas, tipología constructiva y organización espacial. Sin embargo, han sido los hallazgos relativos al cementerio medieval los que han permitido llevar a cabo una intervención integral, basada en Figura 27. Anastilosis virtual de los dos arcosolios desaparecidos adosados al muro de la iglesia partiendo de las piezas catalogadas halladas en la excavación tras el derribo de la casa del prior. En oscuro las piezas localizadas. Nube de puntos del escaneado láser 3D tras la restauración de los arcosolios. Todo ello no hubiera sido posible sin un profundo y riguroso proceso de representación gráfica que, además de proporcionar datos dimensionales, ha contribuido a conocer los modelos geométricos empleados en la construcción del cementerio. Los datos facilitados por los informes arqueológicos relativos a los tipos de materiales y puesta en obra utilizados en la construcción de las distintas estructuras halladas en el cementerio han sido la guía para conocer los sistemas y técnicas constructivas y aplicarlas a la restauración y anastilosis de algunos elementos, especialmente aquellos construidos en piedra. Nuestro agradecimiento a Margarita Ordeig, directora del Museo de San Juan del Hospital, por ser la incansable impulsora de su puesta en valor y por toda la documentación que amablemente nos ha proporcionado. A la Fundación de San Juan del Hospital. A la Conselleria de Educación, Investigación, Cultura y Deporte. Y más concretamente, al Servicio de Patrimonio Arqueológico de Dirección General de Patrimonio por su constante apoyo. Al equipo técnico de arqueología que ha participado a lo largo de todos estos años en las diferentes campañas llevadas a cabo por su inestimable colaboración y aportación de conocimiento.
En el presente artículo se estudia el comportamiento de acción y reacción de catorce materiales de las fachadas de treinta y cinco edificios p atrimoniales d el c entro h istórico d e C uenca ( Ecuador) y l os f actores del ecosistema a través de la lectura estratigráfica. Se busca identificar los actos constructivos o destructivos que definen e l p roceso h istórico d e s u c ondición patrimonial y l os e stados d e conservación d eterminantes para la intervención contemporánea. Entre los factores de impacto destacan las acciones físicas (39,11 %), mecánicas (30,26 %) y antrópicas (21,03 %), así como la sinergia entre estas y el deterioro de la calidad ambiental como catalizadores de procesos patológicos en materiales especialmente sensibles. Este aporte permite, por un lado, proyectar acciones primarias de intervención enmarcadas en la limpieza y mantenimiento como preámbulo a las de mayor envergadura, ya sea sustitución, demolición, restitución, entre otras; y, por otro lado, ensayar la herramienta metodológica como recurso crítico de análisis arquitectónico y superar así métodos de estudios más tradicionalistas. 2 arquitectura, puede ofrecer aportes de interés por actuar como un recurso de análisis técnico e incluso posicionarse como un estudio previo a la intervención arquitectónica en el área urbana (Azkarate Garai-Olaun 2002). De esta manera, se podrá definir el comportamiento patológico y utilizarlo como recurso analítico de cómo se piensan e interactúan las sociedades actuales (Quirós Castillo 2002). De forma concreta, el estudio toma como objetos de estudio catorce materiales localizados en treinta y cinco edificios del centro histórico de Cuenca. Su finalidad, por un lado, es abordar la relación entre ambiente6 y materiales de construcción, para lo cual se aplican las leyes estratigráficas, y, por otro, determinar las posibles relaciones de afinidad o deterioro que el ambiente y la coexistencia física determinan. El texto inicia planteando las evidentes transformaciones urbanas de la ciudad y el peso del material de la construcción en su definición; luego explica la aplicación del método estratigráfico con orientación histórico constructiva y patológica, que permite comprender las vicisitudes a las que se exponen los materiales representativos de las fachadas. Y, en última instancia cuestiona las actuaciones contemporáneas que se admiten en dichos materiales, al tiempo que define ciertas estrategias de intervención que permitan actuar sin resquebrajar la relación con el paisaje urbano histórico. TRANSFORMACIONES VISIBLES: ARQUITECTURA E IMAGEN URBANA El proceso de urbanización y modernización de Cuenca ha estado condicionado por hitos sociales, culturales y económicos importantes a lo largo de su historia. Entre otros se destacan la transición entre la Independencia y Gran Colombia -entre 1820 y 1830-, la bonanza derivada de la exportación de cascarilla y paja toquilla, la implantación del Neoclásico Francés como forma de modernización y la producción intelectual derivada de la vinculación al mercado mundial -entre 1890 y1940-, o la inserción de los instrumentos técnicos de administración Estudiar, reflexionar o debatir sobre las particularidades arquitectónicas de la ciudad de Cuenca asociadas a su estatus de Patrimonio Histórico de la Humanidad -su centro histórico y su paisaje urbano-supone incorporar el aporte de diferentes disciplinas, de distintos saberes. En este sentido, la relación arquitectura/arqueología 4 adquiere un valor sustancial en una ciudad en la que resulta sumamente relevante el peso histórico, cuyo testimonio se encuentra en las huellas de la ciudad cañariinca de Tumipamba o Tomebamba o en los diversos espacios públicos de la traza castellana. Pero esta relación no siempre se ha acogido de tal modo que estudios sobre la cultura material de la ciudad se han realizado al margen de la categoría de documento histórico de sus elementos. Esto ha dado lugar a que las propuestas sobrevenidas, al carecer de un estudio de la dimensión histórico-constructiva, no alcancen a comprender los contextos sociales y productivos históricos y contemporáneos en los cuales se germina esta cultura material, ni se contemple la interacción que se desencadena frente a las condiciones del ecosistema 5, como recurso para su definición técnica que permita no solo enunciar un evento ruinoso del pasado sino describir el mecanismo de dicha situación e identificarlo como un hecho y proceso del presente. Este estudio pretende superar esa carencia. Se plantea como objetivo analizar a los materiales de construcción del centro histórico de la ciudad para efectuar dictámenes patológicos y conocer su relación con el ecosistema. El estudio considera que el análisis estratigráfico, que permite la interacción arqueología/ 4 El análisis de la relación desde los procesos conjuntos en la arquitectura del centro histórico de Cuenca fue desarrollado a partir de los Informes de Prospección de la extinta Unidad de Arqueología Urbana en el periodo 2008-2012. 5 Esta categoría se introduce como variable orientadora de la investigación. Considera para su aplicación teórica y práctica que, un ecosistema como sistema o estructura integrada se conforma de variables de interacción (Armenteras et al. 2016) en diferentes niveles. Como parte de la naturaleza las físicas incluyen desde el clima, la topografía hasta al hombre y sus actividades -productivas y destructivas-; a su vez como connotación histórica, el ecosistema incluye las singularidades culturales del sitio, el efecto acumulado de las prácticas colectivas y los comportamientos con las variables de la naturaleza. Así, se colige que, superando su definición conceptual más básica, el ecosistema en el caso de las ciudades históricas, productos diacrónicos y dinámicos incluye todas las variables del medio físico y las dimensiones de su identidad cultural. Resulta importante en este sentido la aproximación disciplinar del concepto de ecosistema propuesto por Armenteras et al. (2016), y su articulación a categorías como la de paisaje urbano histórico propuesto por la UNESCO, también como un producto histórico de la construcción teórica del patrimonio. Este itinerario ha marcado cambios irreversibles en la ciudad que fue creciendo más allá de los límites de la terraza intermedia en la cual se había fundado, hasta acomodarse en las inmediatas para establecer y ratificar vínculos estrechos de larga duración con el resto del territorio, si bien en ese camino se han sobrepasado las nociones de uso racional del suelo y se ha afectado el equilibrio ser humano/paisaje. Un ejemplo de estas conexiones son los barrios artesanales, que nacieron implantados en sectores estratégicos del centro fundacional y tejieron redes de trabajo, intercambio y producción con la ruralidad, hoy periferia (Aguirre Ullauri, Sanz Arauz y Vela Cossío 2018). De ellos sobreviven escasas actividades, aunque su origen se mantiene con especial atención en el imaginario ciudadano7. La arquitectura es uno de los componentes que más evidencian el cambio en la fisonomía de Cuenca (Jaramillo et al. 2004), y con ella, uno de los aspectos que visibiliza esas transformaciones es la explotación y aprovechamiento de recursos materiales asociados a la construcción y a la decoración, que han dado forma y sentido a las dinámicas temporales con el entorno. En donde más se aprecia esa evolución es en el núcleo fundacional, el centro histórico, porque en dicho espacio recae históricamente la concentración de actividades productivas, recreativas, habitacionales, administrativas y políticas. Es por eso que esta investigación toma como eje de análisis la fachada de las edificaciones patrimoniales en él emplazadas. A grandes rasgos, se establece que estos elementos arquitectónicos han sido concomitantes con los diversos periodos históricos por los que ha atravesado la ciudad. Así, en el periodo prehispánico proto-cañari, cañari e inca (hasta mediados del siglo XV) los materiales constructivos incluyeron a la madera, tierra y piedra. Durante la colonia y hasta 1830 se insertaron progresivamente los cerámicos, metales y pétreos decorativos; seguidamente y hasta mediados del siglo XX, tomaron representatividad los metales decorativos, revestimientos pictóricos y semejantes. Una segunda forma de apreciar la transformación de la urbe y el crecimiento urbano es contemplar los cambios del paisaje, habitantes y recursos disponibles. Buena parte de la flora local debió ser depredada para ser usada en los múltiples proyectos de edificación de la urbe castellana y conforme el aumento demográfico lo requirió. Paralelo a ello se produjo la inserción de especies arbóreas como el eucalipto y el pino, materiales que progresivamente alcanzaron protagonismo, aunque ello no impidió la tala de especies endémicas. En cualquier caso, ese ecosistema secuencialmente se adaptó por medio de la versatilidad propia y adquirida del medio físico y el ser humano, en un proceso permanente de desequilibrios a nivel de biotopo y biocenosis. En 1999 el centro histórico de la ciudad fue proclamado como Patrimonio Cultural de la Humanidad. El expediente de la declaratoria, al tiempo que destacó sus particularidades, reconoció también parte de las perturbaciones y desequilibrios históricos; la contaminación ambiental, como el segmento de mayor atención para la conservación del patrimonio arquitectónico8. Con este antecedente, en la ciudad se ejecutaron diversas propuestas y planes para el monitoreo sistemático de la calidad de aire -como los informes que se reportan con periodicidad (acción conjunta entre la Corporación Municipal y Fundación Natura, EMOV-EP y el Instituto Estudios de Régimen Seccional del Ecuador -IERSE) no obstante, no se puede ignorar que los múltiples componentes del crecimiento urbano y los cambios devenidos han dejado huellas que muestran que, en algunos casos, han existido afectaciones irreparables a este lugar paradisíaco, casi idílico, en donde es posible vivir en interacción y armonía con la naturaleza (Cardoso 2017), Criterio V que sostuvo la designación de la ciudad como patrimonio histórico. Esta realidad ratifica la constante despreocupación global por la gestión del ecosistema, particularmente en el ámbito urbano (Vásconez 2000), hábitat de ser humano contemporáneo. Por consiguiente, entender las dinámicas del territorio y sus habitantes en torno a la ecología y la sustentabilidad, en este caso mediante la comprensión del uso que se hace del elemento natural para la construcción de los edificios del núcleo urbano, podría ofrecer escenarios de actuación eficaces en la planificación urbana, con nuevos datos que rebasan las estrategias de control instauradas. LA LECTURA MURARIA: HERRAMIENTA METODOLÓGICA Y RECURSO DE PROBLEMATIZACIÓN La lectura estratigráfica muraria adapta los principios estratigráficos del ámbito arqueológico y geológico tradicional, con el fin de describir el proceso histórico que describe la condición actual de la arquitectura. Desde el segmento menos explorado pone de relieve la relación de los materiales y su interacción con el ambiente, es decir, entiende a la construcción como producto de agentes naturales, la acción antrópica consciente y voluntaria (Rolón 2013), capaz de incidir en la definición de las dimensiones físicas. Dado el impacto de los resultados que provee, se ha posicionado en el contexto internacional con reiterada solvencia, y se ha convertido en una herramienta sustancial de la arqueología de la arquitectura moderna, pero su conocimiento y aplicación como recurso investigativo o de desarrollo técnico a nivel nacional todavía es mínimo, salvo pocas aplicaciones en las que se incluye, por ejemplo, el análisis del edificio de la ex cárcel de Guayaquil o el de la antigua Casa de Hacienda de Shuragpamba9. En su lugar, han tomado protagonismo la historiografía y los ejercicios de documentación arquitectónica. Por su origen, la lectura estratigráfica apoya la comprensión de la cultura constructiva y socioeconómica del patrimonio, que se valora porque enriquece la historia de una ciudad y sus habitantes, y se proyecta como articuladora de las prácticas territoriales. Ciertamente, este aporte histórico ha sido reconocido tangencialmente en la Carta de Cracovia. Principios para la conservación y restauración del patrimonio construido (Rivera Blanco y Pérez Arroyo 2000), en la Carta Internacional para la Conservación de Ciudades Históricas y Áreas Urbanas Históricas (ICOMOS 1987) y en los Principios para el Análisis, Conservación y Restauración de las estructuras del Patrimonio Arquitectónico (ICOMOS 2003). Estos y otros documentos que buscan asegurar que el proceso de intervención constituya la restitución de la memoria colectiva y afirmar la conservación de valores materiales e inmateriales para lo cual consideran necesario conocer la biografía del edificio y entender las soluciones constructivas pretéritas para consolidar 5 CICLOS PRODUCTIVOS: CONTEXTO Y EXPECTATIVA Como Vitoria-Gasteiz para García Gómez (2009: 76), Cuenca no es un fenómeno aislado; sincrónica y diacrónicamente depende del medio en el que evoluciona, entendiéndose por tal como un sistema termodinámico abierto en el que la arquitectura constituye un elemento que interactúa a través de redes con otros elementosmateriales, técnica constructiva, estructuras simples y complejas, tejido urbano y contextos territoriales-. En dicha interacción la configuración de relaciones estratigráficas se hace visibles, desde acciones -antrópicas o naturales-de erosión, transporte, deposición y/o uso. La ciudad, por tanto, es la encarnación, local y singular de los flujos que no dejan de transformarla (Fernández-Galiano 1991: 90) en diferentes niveles y alcances, y la arquitectura una forma tangible de sinterizarla. En Cuenca, espacio físico irrepetible, el metabolismo asociado a los materiales de construcción como sustancias esenciales del tejido urbano y la arquitectura, expone vínculos socioeconómicos y desarrollo cultural previo al establecimiento del capitalismo. Las fuentes de aprovisionamiento implantados en el contexto periurbano y rural -actual y pretérito-experimentan etapas de depresión relevantes -que parten de la poblacionalcuya incidencia en la continuidad del proceso productivo no se ha cuantificado, so pena de las rupturas significativas. Al considerar el caso de Sinincay, el Tejar, o Racar como itinerarios de extracción, producción y manejo de los más significativos materiales -travertino, andesita, ladrillo, teja y otros-de Cuenca y no solo el centro histórico. Más allá de su identificación y contextualización, no existen estudios o análisis sistemáticos sobre ciclos, artefactos o capital humano (Fig. 1). Situaciones semejantes dibujan materiales como la cal y los artefactos de su producción, e incluso el propio escenario; Lazareto representó hasta hace poquísimos años su último reducto 12. Conexa se encuentra la situación de la madera, que proveniente en inicio de los bosques nativos, evidencia la mutilación del hábitat inmediato al centro histórico, y 6 Por ello, la aproximación estratigráfica desde la lectura muraria supone un insumo integral de impulso investigativo capaz de reconocer la significancia holística de la arquitectura. Segmentos complementarios como la sucesión temporal y organización de la obra (Pizzo 2009), o la transformación de los paisajes -de inicio, trascurso y fin-vinculados resultan de interés y muestran la importancia desde el panorama romano tratado por Pizzo (2009), el mexicano según Álvarez el irrespeto de la vocación natural (Mannoni 2006) y la cosmovisión prehispánica13 de su manejo. Con esta perspectiva, la visión ampliada hacia la definición de cultura arquitectónica, cultura constructiva y ecología cultural se posicionan en añadidura al reconocimiento de las múltiples dimensiones temporales y materiales contenidas en el producto arquitectónico actual. A partir de estas relaciones se orienta la posición del patrimonio arquitectónico como recurso histórico de desarrollo, cuyo análisis material desde la discusión crítica debe ser continuada, verificada y actualizada a medida que se estudien nuevos hallazgos (Mannoni 2005). No en vano Moreno Martín (2014) indica que la arquitectura es el punto donde convergen habilidades técnicas, posibilidades materiales e intereses ideológicos de la sociedad. MÉTODO El punto de partida La Arqueología de la Arquitectura, más que una herramienta de análisis, es un corpus de información que hace que todos los elementos que se integran en él tengan un significado, no como entes independientes, sino como un todo (Vargas Lorenzo 2013: 2). Bajo esta premisa, se reconoce en la lectura estratigráfica muraria el medio para la decodificación el paramento frontal de edificios para articular su historia constructiva al estado de conservación según las condiciones del ecosistema del CHC. De esta manera, no solo se pretende cotejar la narración histórica -vinculada a lo económico y socialposicionada sobre el uso de los materiales icónicos en la urbe. La mera aplicación procedimental tampoco resulta determinante. Los amplios aportes de Brogiolo, Parenti, Mannoni, Caballero, Azkarate y otros investigadores, contextualizan lo propio, en el más amplio sentido. Por tanto, la búsqueda y articulación de posibles recurrencias en el comportamiento de los materiales frente al medio a través de las huellas directamente visibles, supone el interés primero de la investigación. Para efectuar el diagnóstico patológico de los materiales de valor histórico empleados en la arquitectura del centro histórico de Cuenca, el estudio emplea como herramienta metodológica la lectura estratigráfica muraria, para lo cual recurre a los aportes pioneros de Harris (1991), las adaptaciones de Caballero Zoreda (1995) y Blanco-Rotea (2003), así como a las innovaciones sobre lesiones patológicas y lectura estratigráfica ensayadas por Talaverano, Cámara y Murillo (2018). Además, se acude al registro arquitectónico (Ayán Vila 2003) para determinar el rol de los factores del ecosistema y el marco normativo vigente. De este modo, se defiende que la postura metodológica supone un universo de experiencias diversas en proceso de construcción y experimentación, enriquecido de forma constante con distintos enfoques (Azkarate Garai-Olaun 2013), cuyo potencial no explorado puede significar cambios sustanciales en el entendimiento de la arquitectura, la ciudad y la sociedad que las define. Operativamente, la investigación considera como universo de estudio 35 fachadas de edificios patrimoniales del centro histórico de Cuenca14 cuya selección obedece a criterios de representatividad en la categorización patrimonial vigente, emplazamiento y vinculación al desarrollo histórico de la urbe y/o a sectores estratégicos como vías, barrios u otros (Fig. 2). En adelante se realiza: (1) documentación arquitectónica; (2) dictamen patológico inicial con aporte transversal de fichas arquitectónicas que incluyen la inspección organoléptica y de desarrollo geométrico de cada lesión; (3) evaluación de impacto ambiental15; (4) análisis histórico constructivo; (5) análisis patológico conforme a las leyes estratigráficas; y (6) propuesta básica de intervención. La información inicial levantada en la ficha arquitectónica incluyó veinte materiales potenciales para ser estudiados, designados con base en la tradición constructiva local y la narración historiográfica posicionada. No se analizaron materiales como arenisca porque durante el levantamiento de campo no se logró identificar con claridad sus características. Tampoco se incorporaron materiales decorativos como azulejos, latón policromado, teja y carrizo, propios del nivel interior y de cubiertas. Se espera que futuras investigaciones puedan vidrio artesanal y (f) morteros (de tierra, cal, cemento y mixto). La afección sufrida por estos materiales se puede apreciar en la figura 3. Se observa que al considerar variables como origen, vulnerabilidad potencial, ubicación, proximidad a sí mismo y a otros materiales, el nivel de deterioro del material puede ser significativamente mayor o menor. De ese modo, se aprecia que la madera, el champeado de cemento y el mortero de cal no revelan mayor deterioro por coexistencia consigo mismo, mientras que en el resto de casos, las lesiones que sufren dependen del origen de la materia prima, su composición o su reacción frente abordar estos elementos ya que están especialmente articulados a la tradición arquitectónica de la ciudad. De los veinte elementos potenciales de los que partió el estudio, el análisis se centró en catorce a los que clasificó de la siguiente forma: (a) pétreos (andesita, travertino y mármol), (b) metales (hierro forjado u otro), (c) ladrillo y tierra (tres tipos visualmente diferentes en el primer caso), (d) madera (tres tipos visualmente diferentes), (e) Ullauri, García Cordero y López León 2018). Se trata de una roca de origen sedimentario compuesta principalmente por carbonato de calcio (Taramasso 1943), puede tener color gris, amarillo, rosado y verde, y se localiza en el sector de Baños (Plan de Ordenamiento Territorial 2015), si bien otras fuentes lo ubican en la formación Yunguilla (Instituto Geográfico Militar -IGM-1974). La amplia disponibilidad incentivó su uso en la renovación progresiva de la ciudad entre 1890 y 1940, como elemento decorativo y resistente. A nivel patológico la situación está definida descendentemente por relaciones constructivas o intervencionistas posteriores, anteriores y contemporáneas (Fig. 5) a independencia del factor de generación, están asociadas al contacto del material consigo mismo y con morteros y metal de manera predominante (Fig. 6), aun así, destacan las afecciones por factores físicos (35,85 %), mecánicos (39,62 %) y antrópicos (24,53 %), identificados en forma de desprendimiento y pintadas (24,53 %), humedad (18,87 %), fisuramiento (15,09 %), erosión (9,43 %), descamación (5,66 %) y suciedad por depósito (1,89 %). En el caso de la andesita, sufre mayores afecciones por coexistencia temporal consigo misma, con los morteros, madera y metales -potencialmente hierro forjado-(Fig. 6). En cuanto a las relaciones físicas advertibles, predominan aquellos de tipo apoyo, corte, adosamiento y superposición, los cuales demuestran que la posterioridad es el segmento temporal de mayor incidencia, seguido de la anterioridad y la coetaneidad (Fig. 5). Esta situación ha dado lugar a afecciones como la colonización por líquenes (40 %), humedad (20 %), suciedad por depósito (20 %) y reemplazo de material (20 %), de tal suerte que las afecciones físicas y biológicas (40 %) predominan frente a las antrópicas (20 %). En consecuencia, la diversidad de lesiones expuestas y la diversidad de grado de la afección, entre severo y moderado (Fig. 2) evidencian la vulnerabilidad de los pétreos ante la sinergia y acumulación de procesos patológicos. La exposición constante a la intemperie, los cambios de temperatura, las vibraciones y vientos se convierten en factores altamente influyentes en un entorno de considerable contaminación como el caso del centro histórico de Cuenca (Orellana Samaniego, Sellers Walden y Martínez Gavilánez 2017). Igualmente, se aprecia la existencia de varios grupos de pétreos como las tobas, calcáreas, calizas y mármoles, de similares características visuales, aspecto físico exterior, por su origen y composición, lo que genera confusión en el momento de la identificación de otras particularidades. al medio (Fig. 4). Los resultados también demuestran que elementos arquitectónicos construidos con materiales similares, pero expuestos a variaciones del ambiente y diferentes condiciones de uso, extensión y relación de antero posterioridad, no exhiben igual nivel de deterioro o conservación. Al no enmarcarse en la mera relación comparativa, la aproximación estratigráfica permite, como instrumento técnico, contextualizar en alguna medida el comportamiento de los materiales, reconociendo las singularidades de cada uno, si bien no definible en su integridad debido a la inexistencia de estudios de caracterización o estudios patológicos previos. Producto de esta contextualización se obtienen las siguientes particularidades: Al ser materiales provenientes de formaciones rocosas, poseen características diversas y desiguales. Particularmente el travertino es uno de los más afectados (Aguirre Al estudiar este material se han considerado las estructuras de hierro fundido, forjado o semejante con presencia significativa en la arquitectura del área histórica analizada, aunque a simple vista sus rasgos diferenciadores no resulten tan perceptibles. En algunos casos, metales en general y el tradicional hierro forjado se tratan como uno solo ante la carencia de mayores referentes técnicos. A nivel patológico se aprecia que las mayores incidencias se han producido cuando el material coexiste consigo mismo, con tierra, travertino y hormigón, y que las incidencias son menores cuando Por tanto, se puede afirmar que los pétreos utilizados, ya sea al inicio del proceso edificatorio o en posteriores intervenciones, son materiales cuyas características se desconocen a nivel particular, aunque presenten similitudes; por ejemplo, la diferencia entre tobas oscuras y travertino no es notoria a simple vista, tanto que no se suele apreciar las variaciones cromáticas en el travertino local; sin embargo, las propiedades químicas y origen de dichos materiales son completamente diferentes (Taramasso 1943) (Fig. 1). La inexistencia de estudios analíticos sobre los pétreos locales limita mayores aproximaciones que las expuestas, pero define un escenario propicio para la investigación. En el caso de la tierra, su empleo en gran parte de los objetos de estudio se desprende del enorme valor cultural y social legado de generación en generación (Rodríguez et al. 2011) a los habitantes de la región (Fig. 1). No obstante, la acción de agentes intrínsecos, antrópicos, variaciones climáticas y el paso del tiempo lo convierten en uno de los materiales más afectados (Figs. Por su parte, en el ladrillo se aprecian procesos de deterioro de tipo físico (85 %), mecánico y antrópico (7,14 %), identificables a partir de meteorización (64,29 %), humedad (21,43 %) y desprendimientos y pintadas (7,14 %). Este material proviene de la diversidad de especies nativas o introducidas en la región; infortunadamente se carece de estudios sobre el tipo de madera empleada. De forma general y unificando los tipos de madera, se encuentra que los principales agentes patógenos de este elemento son la tierra, la misma madera y, en menor medida, otros factores asociados al cemento (Fig. 7). Las diversas afecciones que sufre están determinadas por las características higrométricas propias, así como por los ejercicios de apoyo, corte, superposición y adosamiento que experimenta (Fig. 5) y en menor escala por los del marco de anterioridad y coetaneidad. Se analizó al mortero de cemento, chapeado de cemento, mortero de cal y cemento, y mortero de tierra. Los dos primeros se encuentran afectados sobre todo por sí mismos a través de relaciones físicas de naturaleza posterior, por las actividades de influencia anterior y finalmente por las coetáneas (Fig. 5). En el champeado coexiste con el ladrillo y los morteros (Fig. 4). Las relaciones físicas de posterioridad contextualizan esta condición igual a lo que ocurría en el caso de los pétreos (Fig. 6). Las lesiones se acentúan ante el alto índice de precipitaciones en la ciudad y ante la acción de agentes como la contaminación del aire y variaciones drásticas de humedad relativa, que desencadenan procesos permanentes de deterioro o activan temporalmente otros. Así mismo la presencia de metales estimula el deterioro de materiales cerámicos y pétreos preexistentes. Se consideran de manera general en la misma categoría de análisis, ya que por definición y naturaleza poseen características similares como plasticidad, permeabilidad, cohesión, estabilidad y cambios ostensivos al contacto con el agua. No se desconocen las variaciones significativas asociadas al quemado, que deberán considerarse como parte de un estudio complementario. La tradición constructiva de la ciudad muestra que ambos materiales se han venido empleando como materia prima en la construcción desde el periodo prehispánico. En el conjunto de objetos estudiados, el 21,74 % de las edificaciones utilizan sistemas asociados a la tierra, y el 13,04 % al ladrillo (Fig. 7). Ciertamente, este proceso extendido de uso ha diversificado las formas de emplearlos en la construcción, tanto que sus formas y usos han definido la imagen y singularidad de la denominada arquitectura cuencana que, de la mano de ingenieros y arquitectos locales, busca de manera permanente recuperar prácticas constructivas. Pese a este valor histórico y técnico-constructivo, no se han desarrollado aún estudios cronotipológicos, mensiocronológicos o semejantes sobre ellos. Estos materiales se ven afectados en mayor grado por coexistencia consigo mismos. En el caso de la tierra muestra incompatibilidades con la madera y, en menor proporción, con otros materiales; por su parte el ladrillo es afectado por la tierra, los morteros y los metales (Fig. 4). A pesar de estas diferencias, tanto ladrillo como tierra se han visto afectados por prácticas de naturaleza posterior, seguidos de las actuaciones anteriores y contemporáneas (Fig. 7). dadas por ejercicios de intervención, es decir, acciones posteriores concretadas a través de múltiples modalidades (Figs. Particularmente, la relación de cruce o corte tiende a exponer segmentos de mayor vulnerabilidad a las lesiones, sobre todo en presencia de morteros simples y mixtos. Las juntas constructivas, significativas para comprender el proceso histórico, acentúan esta condición propia de los ejercicios de relleno, reparación, reposición y otras acciones de clara naturaleza posterior (Figs. La discontinuidad temporal y los hiatos en el registro estratigráfico asociados a los materiales incrementan la generación de lesiones patológicas debido al tipo de material. No se ha identificado un patrón, pero el análisis diacrónico y sincrónico particular de algún material podría ofrecerlo. Al hablar de la identidad tipológica o persistencia de las facies, debido al uso sostenido de materiales pétreos y ladrillos principalmente, no necesariamente incluye acciones constructivas, incluso con aparejos iguales, que podrían no ser coetáneas (Fig. 11). La inexistencia de estudios particulares sobre el uso de aparejos en momentos históricos específicos acentúa la incertidumbre. Por su parte, la variación en el comportamiento de los materiales puede verse afectada por el tiempo de exposición al medio, a través de su envejecimiento superficial, por el incremento de la suciedad por depósito, la formación de costras e incluso su valoración como pátina. No se evidencia accionar vinculado al segmento De los fragmentos incluidos, como variable de intervención, tampoco de incidencia en la generación de lesiones, sin que eso represente su exclusión para el estudio de otras entidades arquitectónicas de mayor data o envergadura, como el caso de la Catedral de la Inmaculada. Por su lado, la interdependencia de acciones y actividades ratifican usos de los mismos materiales locales, tanto en anterioridad, contemporaneidad como posterioridad; su nivel de incidencia formal es variable, al igual que su capacidad de reacción a materiales introducidos, lo cual da cuenta de la diversidad de su composición, calidad y origen. Las acciones anteriores y coetáneas atestiguan situaciones de menor vulnerabilidad (Figs. Y, sobre el actualismo y uniformismo, el análisis estratigráfico incluye procesos patológicos y tratamientos como parte de la adaptación de la entidad a los diversos tiempos históricos, los cuales se constituyen tanto en acciones constructivas como destructivas. Ambos, al limitar el estudio a la fachada, pudieron confundirse en el análisis. Aun así la aproximación histórico-constructiva de cemento como síntomas de las interacciones se evidencian lesiones antrópicas de tipo pintadas (53,57 %), químicas en forma de eflorescencias (21,43 %) y las mecánicas y físicas (17,86 % y 7,14 %) a partir de desprendimientos y meteorización. Y en el mortero de cal y cemento son palpables lesiones físicas en forma de humedad y suciedad (66,67 %) y mecánicas en forma de agrietamientos (33,33 %) (Fig. 8). Si bien los morteros representan un segmento de especial interés por su uso y distribución en los edificios, poco se sabe del origen de sus componentes esenciales. En el caso de la cal se ha documentado su fabricación local a partir de la extracción de caliza de zonas como Lazareto, Baños, Sinincay y otras (Fernández 2018) (Fig. 1), así como en el caso del cemento a partir de hitos productivos como las fábricas Cóndor o Guapán (Delgado Vallejo y Negrete Martínez 2012). Lo cierto es que así como en los materiales previos, la inexistencia de mayores conocimientos técnicos dificulta su comprensión. Se advierte que la naturaleza de las lesiones, si bien está asociada a factores claramente identificables y cuantificables, proviene del material como origen y catalizador de lesiones. Se trata de un dato esencial para entender el comportamiento de los materiales, aunque la delimitación temporal de las afecciones sufridas es ciertamente compleja (Talaverano et al. 2018) y además, no pasa desapercibido de cara a futuros procesos de intervención, y con ello a la proyección de otros estratos potenciales que conlleven acciones constructivas, destructivas o de restitución. Coexistencia, lesiones e intervención Al continuar con el análisis, la aplicación metodológica y los considerandos de Caballero Zoreda (1995) y Blanco-Rotea (2003) en relación al comportamiento patológico, deja entrever que las acciones constructivas o transformadoras asociadas a los principios de superposición, sucesión y continuidad, la horizontalidad original y continuidad lateral y la relación de cruce o corte evidencian comportamientos dispares, según la ubicación del material y su exposición al medio. Los resultados generales muestran que las mayores afecciones están Figura 8. Relación estratigráfica y temporal de champeado de cemento, mortero de cemento y mortero de cal y cemento. Frente al panorama descrito, las relaciones y comportamientos patológicos identificados han permitido una aproximación a la interacción entre materiales y han evidenciado que tiene un carácter limitado, por lo que es necesario entender la integralidad de su naturaleza para ampliar el espectro de las variables que motivan las afecciones detectadas. Así mismo, se cree importante vincular al proceso, incluso con carácter retrospectivo, la documentación y fuentes de estudios como las provenientes del Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, o los fondos del Archivo Nacional de Historia, Núcleo del Azuay, con la finalidad de ampliar el estudio desde el ámbito arquitectónico y urbano hacia la dimensión del paisaje urbano histórico y el abordaje integral de su incidencia en la interacción ambiente-materiales, e incluir posibles huellas no detectadas o identificar las denominadas unidades recuperadas (Murillo Fraguero y Utrero Agudo 2004). Bien es sabido que repositorios más allá de los enunciados son inexistentes, aun así la investigación constituye una empresa compleja y de larga duración para las disciplinas dedicadas al estudio y gestión del patrimonio, como la propia arqueología, la arqueometría, la restauración o la arquitectura (Blanco-Rotea 2017). Desde el segmento de los procesos de intervención existentes y esbozados como producto del análisis desarrollado, queda patente que la definición de estrategias generalizables, aunque agilita la gestión administrativa, limita la conservación del potencial individual y rasgos singulares de los inmuebles (Fig. 12), aún más en el contexto del centro histórico de Cuenca, ya que la gran mayoría de ellos calza en la denominación de arquitectura menor o bienes de valor ambiental. De esta forma, el apostar por la diversidad de fuentes y estrategias de amplía la perspectiva del dictamen patológico como mero reporte de incidencias, a la interacción de dimensiones coexistentes. patrimonio (Blanco-Rotea 2017). Conviene acotar que actuaciones de simulación de materiales (marmoleado, ladrillo, piedra y otras), aun cuando existan antecedentes en la edificación (Art. 4 del Reglamento de uso del color y materiales en las edificaciones del Centro Histórico), deberán sopesarse concienzudamente. Lo mismo se pide para el cada vez más frecuente ejercicio de despellejar las fachadas (Berriochoa 2008), práctica que propicia vulnerabilidad de materiales. Adicionalmente, por los casos estudiados y los recursos derivados del diagrama estratigráfico se observa que la evolución histórico-constructiva de los materiales en su nivel conceptual más elemental se enmarca dentro de lo que señalan las referencias historiográficas convencionales. La Matriz de Harris, sin que este haya sido el punto de partida, ratifica dichas aseveraciones, aunque se echa en falta el contar con la documentación identificada como insumos técnicos. También afecta al estudio y limita la construcción del diagrama la imposibilidad de comprender el proceso asociado a la secuencia de degradación y las dificultades para establecer temporalidades a los comportamientos patológicos que la constituyen. En este aspecto, la evaluación de impacto ambiental sobre los materiales a través de los niveles aplicados (Figs. 2 y 12) permite programar prioridades. El ecosistema y los ambientes de la ciudad histórica Bajo la perspectiva material descrita, la sucesión de actividades constructivas y destructivas ratifica la condición de producto manufacturado de la arquitectura histórica (Talaverano et al. 2018), lo que en el caso del centro histórico de Cuenca remarca la autodenominación arquitectónica local, y germina el paso de la cultura material a la inmaterial. 13 y 14) ilustra cómo ciertas prácticas convencionales de la sociedad local se asocian de valores específicos determinantes de la condición constructiva o destructiva de un material (Fig. 9). En este sentido, es factible considerar que, si bien la secuencia de degradación (Brogiolo y Cagnana, citado en Brogiolo 2008) describe el detrimento del estado de conservación y prestaciones físico-estructurales, el imaginario colectivo puede reflejar escenarios de apropiación mediante materiales claramente incompatibles. Esta realidad de la memoria histórica ciudadana, configurada por hitos simbólicos como la Declaratoria de Patrimonio Mundial, invita a hablar del centro conocimiento y estudio, así como por la complejidad del proceso de conservación patrimonial, constituye un verdadero reto porque implica conocer y aplicar las herramientas arqueológicas como recurso del futuro (Azkarate Garai-Olaun 2013). En este sentido, con base en la propuesta de Blanco-Rotea (2017) para la aplicación de los parámetros de irrepetibilidad y propiedad compartida, se definen estrategias concretas de acción en el sitio considerando tanto los segmentos temporales asociados al método de estudio aplicado como los parámetros de accionamiento de la Ordenanza para la Gestión y Conservación de las áreas Históricas y Patrimoniales del Cantón Cuenca, desde las categorías definidas en los Capítulos II, III y IV (Fig. 12). En el caso de los materiales coetáneos, la propuesta de conservación es afirmativa: no representan riesgo visible o potencial al daño físico y al detrimento estético y, por tanto, tampoco se halla vulnerabilidad al estado de conservación, por ello las actuaciones se orientan a detener incidencias para asegurar la permanencia del bien patrimonial, entre las recomendadas están la limpieza, consolidación, restauración y mantenimiento. La coexistencia de materiales de temporalidad anterior y posterior es relevante para la generación de lesiones, la posterior es el periodo más incidente debido a que los materiales, incluso siendo los mismos de las otras temporalidades, responden a la condición de agregados no compatibles a nivel físico y, por extensión, a nivel mecánico, químico y biológico. La conservación en este caso es negativa, y se recomienda la sustitución de elementos por otros que sean congruentes como resultado del análisis previo y la planificación de la intervención. Así mismo, según el artículo 15 de la normativa vigente, es preciso que el tipo de intervención proyectada se ajuste a la categoría del bien y el entorno que lo rodea; al respecto, las edificaciones de Valor Emergente y de Valor Arquitectónico A serán susceptibles únicamente de conservación y restauración, mientras que las edificaciones de Valor Arquitectónico B y de Valor Ambiental, podrán serlo de conservación y rehabilitación arquitectónica. Indudablemente estos parámetros obedecen a criterios macro, por lo que las actuaciones concretas en materiales no necesariamente se corresponden con dichas categorías, sino que, en su lugar, atienden al comportamiento e interacción de los materiales, de tal suerte que toda intervención, al margen de su incidencia, pasa a formar parte de una nueva etapa de la memoria del espacio construido y con ello a ser parte fundamental del proceso de revalorización del 20 Figura 13. Secuencia histórico-constructiva, de degradación e intervención a través de la Matriz de Harris. Elaboración: Amaranta Andreina Cortés, Gema Mariela Zamora y María del Cisne Aguirre Ullauri 2019. potencial de al menos una tercera, la secuencia de intervención. Al incidir en términos temporales predecibles y con acciones específicas, se contextualiza uno o varios estratos, en los cuales están contenidos procesos activos y activos progresivos de actuación, en correspondencia con la condición patológica particular de los materiales (Figs. De esta manera es posible definir qué acciones de intervención son prioritarias según la denominada Escala de evaluación de desempeño propuesta por Rodrigues, Teixeira y Cardoso (2011), reconocer los niveles de evaluación de Impacto Ambiental a través de la Matriz de Leopold (Fig. 2) y los indicadores de la escala de Tratamientos de The ABC Method (ICCROM 2016), así como tratar otros insumos técnicos conforme su relación lógica y complementaria con los determinantes de normativa local (Fig. 12). Como observaciones particulares se detecta que los niveles de ampliación y reubicación son mínimamente compatibles por lo que, para el caso de intervención en materiales, su aplicación ha sido excluida (Fig. 15). No se desconoce que el estudio independiente de la fachada supone solo el inicio de otro más efectivo sobre la realidad histórico-constructiva, supone ruta que abre nuevos caminos. El tema exige estudios a nivel morfológico, estructural y de sintaxis espacial para atender las múltiples problemáticas disciplinares en torno al patrimonio arquitectónico y su interacción con el ecosistema, que podrán conducir a la producción de conocimiento de mayor alcance y a practicar una gestión integral (Fig. 15). Como instrumento de análisis, el ejercicio estratigráfico no solo ha cumplido su rol técnico y ha aportado como método instrumental. Además, ha permitido entender y histórico no como un solo ecosistema, sino varios, que se han construido, renovado, articulado y desarticulado conforme el devenir del tiempo; es decir, hablar de una sumatoria progresiva y un proceso de acumulación de venturas y desventuras (Roch, 2000). El centro histórico de Cuenca, por tanto, no es más que el espejo histórico de la interacción del medio y sus habitantes (Cruz Petit 2014); al tiempo que los motiva, representa y define como individuos; al conducir esa interacción sui géneris desata la crisis de la permanencia, el bienestar, el legado generacional plasmado en las dimensiones materiales de la ciudad y del paisaje social (Ayán Vila 2003). Los datos sincrónicos y diacrónicos obtenidos han dado lugar a la construcción de la secuencia históricoconstructiva y secuencia de la degradación, que a su vez ayudan a prever una potencial secuencia de intervención y participación/reacción social; es decir, configurar al menos un nuevo estrato (Fig. 10) capaz de aglutinar de manera premeditada actividades tecnificadas y eficaces concretas, de tal suerte que enlazan espacio y tiempo. Por su relación con el diagrama estratigráfico (Figs. 13 y 14), la articulación entre los estratos de la secuencia de degradación y de intervención representa un escenario propicio para la discusión sobre medios técnicos y constructivos, ya sea que evidencie presencia o ausencia, de forma que se represente la conexión materialdegradación-intervención y se eviten confusiones. Sin llegar a ser determinantes, estos procesos estudiados se definen como activos e incluso progresivos, por tanto permanentes. Con esta visión, se apoya al cumplimiento del objetivo de este estudio: emplear el diagnóstico patológico transversal con base en la lectura estratigráfica en la aplicación instrumental e interdisciplinar, y se enmarca en la visión del monitoreo de los componentes de impacto ambiental, patológico e histórico constructivo. La construcción de las secuencias históricoconstructiva y de degradación proyecta la definición Figura 15. Articulación de acciones de intervención a la esfera internacional. Elaboración: María del Cisne Aguirre Ullauri 2019. que resignifica la importancia del contexto geográfico en la producción arquitectónica. Como recurso analítico, ha superado sus propios convencionalismos, representados en máxime por la Matriz de Harris, propia de la didáctica del registro estratigráfico del patrimonio edificado, y ha optado por el conocimiento desde las leyes estratigráficas para equilibrar los valores socio culturales y la importancia técnica del patrimonio, como recursos para su propia conservación. Así mismo, a partir de la presente investigación, se han agregado nuevos escenarios para la empresa investigativa; el camino recién empieza. generar conocimiento desde otra manera, en la medida en que sobrepasa las tendencias convencionales de ver, entender, explorar y repensar la arquitectura local desde la interpretación estilística o espacio funcional, pues conlleva observaciones sobre las características del documento arquitectónico, sus interacciones con el medio y la descripción de las necesidades del bien. Bajo esta premisa, la evaluación de la interacción entre materiales históricos, factores ambientales y factores antrópicos no refleja solo el estado físico de las estructuras arquitectónicas y la situación urbana, sino que avanza a contextualizar la ocupación, trabajo y hábitat del grupo poblacional del centro histórico de Cuenca. Ciertamente, al interrelacionar los comportamientos vistos en los casos de estudio, se puede efectuar una proyección o interpretación sobre los actores que concibieron, transformaron y habitaron un bien y la influencia de la cambiante situación histórica de la urbe. Con esta relación es posible asociar los factores de incidencia en el registro arqueológico murario en la medida en la que trastocan el ritmo y las huellas de la interacción, en el peor escenario, como un proceso de pérdida de integridad material, pero ante todo de sentido de la arquitectura. El desarrollo de este trabajo, en esencia, ha facultado conocer los materiales significativos empleados a lo largo de la tradición histórica de la arquitectura y su influencia con el contexto urbano y el paisaje desde la lectura de interacciones físicas y temporales en el edificio. En segundo lugar y por inferencia, ha contribuido a dar cuenta de las falencias a la hora de intervenir en el centro histórico. A su vez, el tema tratado se ha justificado por el progresivo interés por la conservación y la actuación en las estructuras patrimoniales del centro histórico de Cuenca, atención que evidenció que el segmento de las lesiones patológicas, su comportamiento, tratamiento y los mecanismos asociados a su comprensión, entre ellos el estudio de la calidad de materiales existentes y materiales sensibles a utilizarse, representa un escenario de desarrollo vital que, de la mano de una mayor conciencia técnica patrimonial en el eje administración/ academia/comunidad, permitirían la implementación de mejores y más efectivas acciones. Finalmente, no es menos importante destacar que a lo largo del proceso investigativo no han sido identificados casos, ejemplos o ejercicios singulares de aplicación de los recursos arqueológicos a la arquitectura fuera del contexto instrumental complementario, por lo que el ensayar la aplicación del método se consigue apreciar su versatilidad, así como difundir su valor como técnica
ofrece una secuencia estratigráfica rica en fases y resultados. Las fuentes documentales y algunos elementos decorativos (celosías) parecían afirmar la existencia de una iglesia prerrománica anterior a la actual de época románica. La lectura de paramentos no documenta ninguna fase constructiva que pueda corresponder a estos indicios. De las piezas singulares consideradas como prerrománicas, sólo una puede confirmarse de esta fecha, pero desconocemos su emplazamiento original. Sobre esta base, no se puede sostener la hipotética iglesia prerrománica. En segundo lugar, la construcción actual, catalogada en época románica de acuerdo a las tipologías arquitectónicas y decorativas, pertenece en realidad a época bajomedieval, como demuestran diversas relaciones y el hecho de que los elementos aceptados como indicadores cronológicos se hallan reutilizado en los muros. Los resultados de Atán plantean cuestiones de clasificación dentro de la Historia del Arte, donde el ejemplo estudiado seguro que no es una excepción. PROPUESTA: BUSCAR UNA IGLESIA PRERROMÁNICA La lectura de paramentos de la iglesia de San Esteban de Atán (Pantón, Lugo) se planteó como instrumento para definir los elementos pertenecientes a las etapas más antiguas, en concreto una etapa prerrománica, cuya posible existencia derivaba de dos indicios: por un lado, de la presencia de tres celosías consideradas de época prerrománica (NÚÑEZ, 1978; CHAMOSO y otros, 1980), reutilizadas en la parte superior del muro este de la nave y en los muros este y sur de la casa parroquial (Fig. 3); por otro, de las referencias documentales escritas que afirmaban la existencia de un monasterio del siglo VIII sustituido por una iglesia prerrománica en el año 871 (VÁZQUEZ DE PARGA, 1950; CASTILLO, 1972). La interpretación tradicional concluía, a partir de esta información, que la actual iglesia románica se alzaba sobre una anterior prerrománica. Por este motivo, como labor previa a la intervención restauradora, se nos solicitó la identificación de los restos de la iglesia altomedieval para evitar su destrucción y resaltarlos con la restauración. La iglesia actual de San Esteban de Atán es de una única nave con cubierta de madera y presbiterio rectangular con bóveda de cañón en sillería. Posee dos accesos, una portada principal en la fachada y otra menor no centrada en el muro norte. En su lado sudoeste se sitúa una torre de planta cuadrada y la casa parroquial ocupa todo el lado sur de la iglesia. Delante de la fachada oeste se localiza el cementerio actual. El trabajo se inició con el conocimiento previo de los informes arqueológicos e históricos proporcionados por la Xunta de Galicia. Las referencias bibliográficas fueron ampliadas por el equipo de trabajo. La excavación arqueológica (BONILLA, 1998) documentó varios niveles de enterramientos, uno del siglo XIX y otro de época moderna, y un tercero, roto por los anteriores, asociado al denominado nivel románico de cimentaciones de la iglesia, el cual se descubrió tanto en la nave como en el presbiterio. Finalmente, se llegó al nivel de cimentaciones de una estructura que ocuparía el último tercio de la nave por su lado oeste y continuaría hacia el exterior. Su datación prerrománica se basa, según los arqueólogos, en su anterioridad a las tumbas románicas y en su relación con la torre, la cual se considera también prerrománica. Estas estructuras y las supuestas celosías responderían al momento prerrománico citado en las referencias escritas. Consecuentemente, la iglesia actual de época románica se situaría sobre dicho conjunto prerrománico. El informe histórico artístico (FONTELA Y BARRAL, 1996) se centraba, entre otros, en el estudio de los docu-mentos referentes a los siglos IX-X y XII, donde se habla de Atán como un monasterio con iglesias y villas dependientes, y del Libro de Fábrica de la iglesia del siglo XVIII, depositado en el Archivo Histórico Diocesano de Lugo, en el que se recogen las obras y restauraciones realizadas desde principios del XVIII hasta 1899. En este informe, ya se indica que algunos capiteles y modillones aparentemente románicos deberían ser en realidad de un momento más tardío. El estado de conservación actual de la iglesia y la última restauración, realizada de manera urgente para evitar su caída, condicionaron en gran medida la lectura del edificio (Fig. 2). El enfoscado y enlucido por completo del interior de la iglesia, los apuntalamientos de madera de los dos arcos fajones de la bóveda del presbiterio y del arco de entrada a éste y los apuntalamientos metálicos exteriores de las cuatro fachadas, así como una solera de hormigón que se extendía por toda la nave y el ábside, sellando la excavación arqueológica, dificultaron el proceso de individualización de las unidades estratigráficas. La secuencia obtenida puede resumirse de la siguiente manera (Fig. 1). Etapa I. Alto Medieval o Prerrománica. La lectura no ha documentado la existencia de ningún resto prerrománico en alzado. Esta etapa se reservó para las posibles estructuras prerrománicas aparecidas en la excavación arqueológica, previa a nuestra labor y tapada por una solera de hormigón, y otras consideradas por ésta pertenecientes a época prerrománica, como la torre y los restos decorativos (modillón reutilizado en los cimientos). Estos aspectos se discuten en el resumen de la secuencia estratigráfica. Las partes bajas del muro norte y de la torre, entonces exenta, son los primeros restos arquitectónicos documentados en la iglesia, pero no pertenecen al edificio actual, sino a otros de cronología plenomedieval y de distinta distribución. Excavación y lectura coinciden en que el edificio se extiende fuera de la actual iglesia, hacia el Norte, y que estaba relacionado con la torre. La parte inferior del muro norte (A102) y la parte original de la torre (A101) poseen un aparejo distinto, en el primer caso construido en sillería reutilizada y en el segundo en mampostería con encadenados de sillería en las esquinas y puerta, de la que sólo pertenecen a la primera época las nacelas, el salmer y la primera dovela del lado oeste. Las diferencias de fábrica pueden atribuirse a cronologías distintas o a funciones constructivas diferentes. La reutilización de sillería remite a una ruina y desmonte de edificios anteriores, bien del mismo lugar, bien de las proximidades. Una fila de mechinales marca el límite superior en el exterior de la A102, lo que hace referencia a la existencia de un edificio que se extendía hacia el Norte y que poseía o un forjado para un segundo piso o una cubierta, siendo más probable lo primero. Un arcosolio se ubica en la parte inferior de la cara sur de la A102; sus hiladas inferiores indican que es contemporáneo al muro, no así las superiores, que presentan un ligero quiebro, retalle de las caras de los sillares y una clave descentrada, argumentos para considerarlas de una actividad posterior. El arcosolio, tanto si lo considerásemos interior como exterior del edificio original, podría hacer pensar en una iglesia u otro posible edificio con un nicho sin función funeraria. El límite cronológico establecido para la A102 plantea también el problema de la procedencia y el origen de ciertos elementos. Las dos portadas románicas y los modillones no se incluyen estratigráficamente en dicha actividad, a lo que podemos dar tres explicaciones: podrían proceder de un lugar cercano, lo que ubicaría una iglesia primitiva en otro punto; podrían pertenecer al propio edificio A102, lo que avalaría la existencia de una iglesia; o corresponder a la A106, restauración de la A102 (fase IIIa), perteneciente a un edifico eclesial románico. La torre (A101) pertenecería a una etapa románica y el resto del muro norte del aula (A102) sería coetáneo o posterior, si se acepta la tipología gótica del arcosolio. Por último, el escalón de la embocadura del ábside (A103) permanece como elemento aislado dentro de esta etapa. La estratigrafía no permite concretar sus relaciones con otras unidades: podría pertenecer a esta etapa o a la inmediatamente posterior, por lo que se ha situado en un periodo II/IIIa. Tardo Medieval y Moderna. En este momento, se configura el actual edifi-Fig. Ábside y cuerpo de la iglesia desde el Noreste cio, aprovechando los restos de la etapa anterior y construyendo la fachada y el ábside. Los elementos decorativos y su ritmo de disposición indican que se trasladaron desde otro lugar para reutilizarlos en los muros del ábside y del aula (modillones, cornisas, basas de columnas) y para remontar las portadas (dovelas y columnas). Como faltaban elementos para completar estas estructuras, se tallaron nuevos capiteles y modillones, imitación torpe de los reutilizados. La torre y el muro norte sufren una primera restauración y se construye el muro meridional de la iglesia. La restauración interior de la torre (A104) rehace el arco de la puerta y continúa el muro de mampostería. Se plantea aquí la misma duda que en la etapa II respecto a la relación de la torre y del muro norte por su diferencia de fábrica. En este caso, el muro meridional y la restauración de la torre se consideran de un mismo momento, por lo que deberían haber sido construidos ambos en sillería, y, sin embargo, la torre se restaura de nuevo con mampostería. Se puede pensar también en una fase intermedia de restauración de la torre, anterior a la construcción del muro sur. Por otro lado, el muro este de la torre (A101) y el muro sur de la nave se cortan y adosan alternativamente, lo que tampoco ayuda a clarificar una secuencia constructiva de ambos muros. El muro meridional (A105) se construye entero en esta etapa en sillería reutilizada a hueso, calzada y con dos escalones horizontales y cimientos de lajas de pizarra. Algunos sillares presentan marcas de cantero y grafías, en una de ellas se puede leer «10 otubre», pero no se puede apreciar por su posición en alto, si pertenece a un momento coetáneo o posterior. Dos ventanas asaetadas en mitra indican una posible cronología gótica. La imposibilidad de ver este muro al interior por la presencia del encalado, como ocurre con el muro norte, limita la definición de otras posibles etapas. Por último, la restauración oriental de A102 (A106) es coetánea al muro frontero meridional, realizada en sillería de peor talla y con diferente tamaño y forma de los escalones inferiores de biselado irregular. En este momento se añade el ábside (A108) de testero plano y dos tramos abovedados separados por arcos fajones sobre columnas adosadas con sotabanco corrido y ventanas asaetadas. Se construye en sillería reutilizada asentada con pizarra, con dos escalones bajos que continúan los anteriores (A 105 y 106). La tipología de ventanas asaetadas, la imposta interior interrumpida ante las dovelas de estas, la irregularidad de las molduras de las basas de las columnas y el ritmo y motivos de los modillones y cornisas indican la reutilización de estos elementos en la construcción del ábside desde un principio. Los cimientos (A110) de la nave también presentan un corte en la embocadura del ábside. El interior del muro norte presenta pinturas de carácter gótico, cubiertas por el enfoscado, lo que dificulta de nuevo el reconocimiento de los límites de A106 y la diferenciación de la posterior A111. Se construyen los tres testeros, los del aula (A111), es decir, el cierre sobre el arco de triunfo y la fachada oeste, y el del ábside (A113). Su fábrica es similar y se rematan con contrafuertes que cortan y se adosan a los muros norte y sur de la nave y presbiterio, presentando ambos elementos, muro y contrafuerte, un cimiento unitario. La fachada oeste se enjarja con la torre en su lado sur, mediante el remontado de los sillares. Las piezas de las dos portadas están movidas, lo que indica que éstas han sido montadas de nuevo utilizando elementos antiguos y tallando otros nuevos a modo de copia (Fig. 4). Son nuevos, por ejemplo, los modillones que rematan los muros del aula, a imitación de los del ábside. Representan la finalización de la obra, anterior a la documentación del Libro de Fábrica, lo que puede llevarnos a una cronología del XV-XVII. En el retablo de tipología barroca reza una inscripción, referente a su pintura, del año 1796. Documentadas en el Libro de Fábrica, encontramos las siguientes actividades: cierre del arcosolio (A120) y de la ventana del ábside (A121) en 1736; reforma de la ventana meridional del ábside (A124) con la vidriera, marco de hierro y red de alambre en 1766. En ambos momentos, también se documentan el tratamiento de las superficies, en 1736 el encalado de los muros y rejuntado de la sillería, y en 1766 el revocado, encalado y encintado de los muros (A122 y A125). La torre sirvió como campanario hasta finales del XVIII, hecho conocido por la documentación conocida de las sucesivas restauraciones que sufre dado su mal estado. Su desmoche se da, estratigráficamente, con la construcción de la casa parroquial en la segunda mitad del XIX. La primera sacristía se documenta en 1791, cuando se ordena su construcción en el lado meridional y la apertura de la puerta en el presbiterio. La sacristía se encontraba separada de la torre pues, a principios del XIX, se ordena construir una caseta entre la torre y el presbiterio, momento en el que se hace referencia a la apertura de las puertas. A mediados del XIX, se construye la actual casa parroquial (A146), de dos pisos, como indican los mechinales del muro meridional del aula y el muro oriental de la torre. Ocupa todo el lado sur de la nave y reutiliza los modillones románicos y modernos de ésta, desmontados al elevar el muro de la nave para apoyar la cubierta del nuevo edificio, así como dos celosías (Fig. 3). En época contemporánea (Etapa VI), se monta la espadaña (A153) de ladrillo revocado en cemento en el remate del frontón de la fachada, lo que obligó a trasladar el Agnus Dei al extremo norte (A154; Fig. 2). Por la misma época, se crea el cementerio actual delante de la fachada occidental, incluso se coloca una lápida en ella y otra en la torre, con fechas de 1951 y 1956 (A152). Por último, la Etapa VII engloba las últimas restauraciones (A155), la solera de hormigón del interior de la iglesia, los cortes de la excavación y el movimiento de tierras. RESULTADO: SE ENCUENTRA LA IGLESIA MODERNA DE ATÁN La secuencia estratigráfica transforma radicalmente la visión de la iglesia. No existe ningún resto de la iglesia prerrománica citada en los textos; los primeros muros conservados son de plena época medieval y la disposición de la iglesia actual es de fines de la Edad Media e inicios de la Moderna. VÁZQUEZ DE PARGA (1950) considera, sin embargo, estos documentos falsos, producto de los pleitos que mantenía la iglesia de Atán con la catedral de Lugo. De acuerdo a esta documentación y a las características estilísticas, las celosías corresponderían al monasterio prerrománico. NÚÑEZ (1978) cita una cuarta celosía con dos arcos de herradura, como procedente de Atán, pudiéndose tratar de la referencia conocida de la existencia de una celosía en una casa de Atán, la cual desconocemos. Para RI-VAS (1971), las celosías reutilizadas en la casa parroquial serían más bien remates del testero de probable cronología románica (Fig. 3), dando como más antigua la del testero oriental de la nave. Nuestro estudio concluye que dos de las tres supuestas celosías prerrománicas son en realidad cruces caladas, perfectamente documentadas y conocidas en la arquitectura románica de la zona, que se colocaban en las limas de los tejados, a menudo sobre los lomos de un cordero esculpido (Agnus Dei). Sólo la tercera pieza podría ser de una fecha altomedieval, pero ¿cuál es su procedencia? Por otro lado, la tipología de las piezas apunta a una cronología más avanzada, de finales del X y comienzos del XI. Ni las noticias documentales referidas a los siglos VIII y IX, ni la posible celosía prerrománica tienen su refrendo en la secuencia estratigráfica: no se documenta una fase constructiva de fecha altomedieval. Si existieron edificios altomedievales en Atán, estarían en otro lugar. Respecto a la tipología de la planta, encontramos paralelos muy cercanos en el entorno, lo que puede plantear una extensión de la problemática cronológica de construcción a estos edificios considerados románicos por su tipología de planta y sus elementos decorativos. Una rápida visión de la arquitectura de la región, con la alusión a reconstrucciones en varias de sus iglesias (YZQUIERDO, 1983, ejemplos como Sta. María de Bermún, S. Miguel de Oleiros o Salvador de Merlán, cuyos paramentos muestran irregularidades que de seguro tienen una traducción estratigráfica), hace pensar en posibles secuencias similares a las constatadas en Atán y dudar sobre su correcta adscripción. Quizás un análisis arqueológico descubriría más ejemplos catalogados en época románica resultado de actuaciones modernas. La tradicional consideración románica de la iglesia, basada en elementos tipológicos como las portadas y la decoración, pierde su relevancia al constatarse la reutilización de todos ellos. Estas piezas pasan, por tanto, de ser indicadores cronológicos a ser elementos intrusivos. Son los elementos imitados los que datan la iglesia. La fecha del siglo XII viene dada por la puerta de la torre como elemento de datación y la parte baja del arcosolio, si consideramos la parte superior por su tipología apuntada de época gótica. El límite del siglo XIV para la fase III, cuando se construye la iglesia actual, debe tomarse con cautela dados los problemas de reutilización de los elementos decorativos románicos/pregóticos. Finalmente, se debe hacer referencia a la imposibilidad de reconocer más fases constructivas en los muros interiores del aula, que por ahora debemos basar solamente en las caras exteriores hasta que se proceda a una limpieza del interior.
La investigación aborda el origen de la portada, su abandono tras la demolición del palacio, los proyectos en los que se sitúa y la reconstrucción en la Casa de Velázquez en La Moncloa, donde, a pesar de resistir los bombardeos durante la guerra civil, se demuele y desaparece, quedando algunos restos en el jardín. Se hace este viaje a través de información gráfica relevante, como los dibujos del palacio (ca. al portal del palacio en su cuadro La muerte del conde de Villamediana (1868) 4. El punto de vista lo sitúa en el interior del zaguán del acceso este a la casa-palacio por la calle Mayor, con vistas a las gradas y fachada de San Felipe El Real y con la calle Esparteros en escorzo al fondo. El palacio era un edificio con pocos gestos artísticos en su exterior hasta que se construye la portada de granito proyectada por José Benito de Churriguera (Rivera, 1982; Cruz 2015) y muchas veces incorrectamente atribuida a su discípulo, Pedro de Ribera -nacido en 1681-, que en el momento de la petición de licencia de construcción, despachada el 5 de mayo de 16925, tendría unos once años: El Conde de Oñate y Villamediana dize que tiene determinado labrar una portada de Piedra en la fachada Principal de las cassas que tiene en la calle Mayor para cuio efecto ay echo traza, I porque conforme a ella es prezisso exzeder de la tirantez de la linea a la calle publica algunos pies para Mayor Fermosura6. La portada se construye para embellecer el acceso al palacio a la vez que representa la casa nobiliaria que lo habita y se convierte en un ejemplo de estilo y composición que da pautas a otras posteriores de la ciudad (Bonet 1990: 61). En el dibujo de J. M. Guallart (Fig. 1), podemos comprobar cómo la portada se inserta sobre la fachada austera del palacio, ocupando las tres alturas del edificio EL ORIGEN DE LA PORTADA: EL PALACIO DE OÑATE Y LA EVOLUCIÓN DE LA MANZANA 387 El palacio del conde de Villamediana y de Oñate se encontraba en la manzana 387 3 de Madrid, entre la calle Mayor -donde tenía su acceso principal-y la calle del Arenal. Antes de la reforma de la Puerta del Sol tenía fachada, al oeste, al antiguo callejón sin salida del Arenal (abierto en 1853 como Travesía del Arenal). El palacio, según Madoz, se construye en el siglo XVI, época a la que atribuye la menor de las dos portadas (Madoz 1848: 262). Fue, además, lugar de los Correos Mayores de Castilla -Íñigo Vélez de Guevara y Tassis (1566-1644) fue, además de conde de Villamediana y de Oñate, gobernador de Milán, virrey de Nápoles y Correo mayor general de España, entre otros cargos-, antes de que se creara la Real Casa de Correos en la vecina Puerta del Sol (1768). El conde de Villamediana y de Oñate hereda el palacio de su primo, Juan de Tassis, conde de Villamediana, cuyo asesinato hizo tristemente célebre el edificio. El pintor Manuel Blas Rodríguez de la Parra Castellano representa el momento en el que el cuerpo se lleva 3 Según la numeración que se organiza en la Planimetría General de Madrid (1749Madrid ( -1774)). Alzado geométrico de la fachada principal de la morada de los Excmos SS. Marqueses de Monte-alegre Condes de Oñate en el número 4 de la calle Mayor de Madrid. 1845 3 y potenciando de esta manera el acceso del cuarto vano frente al del primer vano extremo más sencillo. De esta forma, marca la entrada con gran ornamentación y crea un balcón principal bajo el escudo de armas, para continuar hacia arriba en el tercer nivel, incluso partiendo el alero. La portada confiere una solemnidad de claro valor simbólico, que trasciende la función de representar a la casa nobiliaria donde se encuentra. Se convierte así en la indudable protagonista de la imagen urbana del edificio y en el fondo de escena para las anécdotas que ocurren en torno al mismo a partir de entonces. La segunda mitad del siglo XIX será determinante para el futuro del palacio de Oñate. Los procesos de cambio en la estructura de la ciudad, muy relacionados con el desarrollo de la burguesía madrileña (Bahamonde y Toro 1978), se aplican tanto en el exterior como en el interior de la trama histórica. Es en este contexto en el que se realiza la reforma de la Puerta del Sol y las consecuentes intervenciones en torno a ella (Gómez 2006). También se demuele la manzana vecina, la 386, para construir el edificio que, tiempo después, a partir de 1894, albergará la pastelería La Mallorquina. Este queda adosado a la fachada del palacio (Fig. 2). En el último cuarto de siglo XIX, el palacio es sede del periódico El Globo, José Canalejas organiza allí el Círculo Liberal Democrático7 y es también sede de una empresa de seguros y de diversos negocios de pañerías. Sufre dos incendios consecutivos en febrero de 1910 que devastan su techo y sus sótanos, motivo por el cual parece decidirse su demolición8. No obstante, aun sin los incendios, el palacio ya estaba condenado. La reforma de la Puerta del Sol no solo afecta al edificio por tapar su fachada este, algo que provoca las quejas del conde de Oñate (Navascués 1973: 171), sino que anticipa su derribo con la modificación en la alineación de las calles Mayor y del Arenal. Como podemos comprobar en la planta de 1875 (Fig. 3), el nuevo edificio de la Puerta del Sol se adosa sin alinear con las fachadas de palacio, dejándolo en un fondo retranqueado en Mayor y sobresaliendo hacia la del Arenal. El entorno urbano de la manzana al sur sin San Felipe el Real, con las Casas del Cordero en su lugar, y la nueva alineación que amplía la calle del Arenal, deja al palacio en una situación de extrañeza compositiva, quedando además como el único edificio monumental de tiempos pasados en la calle Mayor9. De esta situación se quejan algunos autores como Fernández de los Ríos en su Guía de Madrid (Fernández 1876: 699), que la describe como "la horrible fachada de la casa del conde de Oñate" por asomarse a la entrada de la Puerta del Sol (Fig. 2), situación que no se resuelve sino con la demolición del palacio y las nuevas construcciones de esta manzana. Destacará la Casa Comercial de Palazuelo en 1919, del arquitecto Antonio Palacios Ramilo, edificio fruto de un proyecto mayor para la manzana que finalmente no se ejecuta 10. En lo que respecta a nuestra portada, con la demolición del palacio 11 empezada a principios de 1913 y, a pesar de 10 Actualmente estamos trabajando en la generación de contenidos gráficos en torno al Metro de Madrid y la figura de Antonio Palacios, entre los que se encuentran este edificio y su proyecto (dirigidos por Javier Ortega Vidal y Susana Olivares Abengozar). 1. los temores de algunos personajes de la época12, se decide finalmente su salvaguarda 13 (Fig. 4). La función icónica se puede reconocer como uno de los argumentos fundamentales que favorecen la conservación. Así, esta portada barroca se suma, no sin polémica previa 14, al caso de otras portadas madrileñas que se conservarán tras la demolición de los Entre otros ya citados: "La portada de la Casa de Oñate", 1913, 9 de marzo, El País, año XXVII, 9.383, p. 14 En esta época se plantean algunas visiones interesantes, como la del arquitecto Vicente Lampérez, quien desarrolla la hipótesis de la conservación de la portada en el nuevo edificio que sustituye al palacio. 1. se igualan en la realidad virtual del papel, proceso que puede denominarse como la "vida gráfica" (Ortega et al. 2011) de la portada. Este es el ámbito en el que vamos a movernos para obtener nuevos datos que a su vez generen nuevos dibujos o maneras de representarla. En el caso que nos ocupa, además del dibujo de Guallart17 que ya hemos comentado, tenemos otros dibujos de interés en los que aparece la portada, caso del de Pablo Aranda para el Teatro Español (1917)18, de los del proyecto de la Casa de Velázquez 19 y del de M. Aguilar para el número 98 de la Revista Arquitectura (Aguilar 1927: 220). Este último, acotado, nos sirve para restituirla gráficamente y comprobar, basándonos en los levantamientos de la Casa de Velázquez 20, su idoneidad. Verificadas las dimensiones, procedemos a realizar un paralelo gráfico de las portadas (Martínez y Muñoz 2014) que nos permita, haciendo uso de otras fuentes documentales, distinguir similitudes y diferencias entre ellas (Fig. 5). Así, los dibujos de la portada pasan de tratar de dotar a estos nuevos edificios de un vestido ceremonial. Con el caso de la portada de Oñate, veremos que se demuestra que no importa tanto el lugar en sí al que se lleva, como la necesidad de darle un destino que la deje en un lugar protagonista para el beneficio propio del edificio. Tras dos años en que la portada descansa desmontada en el jardín del Museo Arqueológico, comienzan a aparecer algunos posibles proyectos en los que se la quiere incorporar. El primer caso del que tenemos referencia es de 1915. El Ayuntamiento ofrece la portada al presidente del Consejo de Administración y al director del Monte de Piedad para que la añadan al edificio que se proyecta en la plaza del Celenque. A pesar de la aceptación22, y de otras referencias que mencionan este hecho23, parece quedar en el aire, puesto que en poco más de seis meses el alcalde José del Prado Palacio pide al ministro de Fomento permiso para colocarla en el futuro Museo Municipal de la Dehesa de Arganzuela24. Aunque la portada era de propiedad estatal, el Ayuntamiento parece que sigue buscándole una construcción municipal como destino. Con fecha de 9 de abril de 1917, está firmado el proyecto de fachada del Teatro Español de la calle del Príncipe, un testimonio que nos sirve de ejemplo de uno de estos proyectos donde se enclava la portada, en este caso en un edificio existente (Fig. 6). DESTINOS IMAGINADOS: LA PORTADA EN EL TEATRO ESPAÑOL Ramón Gómez de la Serna afirma en su artículo sobre la portada de Oñate21 que en "España abunda mucho esto de que las puertas de los edificios que murieron vayan a empotrarse en edificios nacientes", un ejercicio que parece El dibujo a lápiz y acuarela sobre papel, enmarcado con passe-partout, tiene un tamaño de 36,2 x 41,5 cm (Priego 2010: 106-107) y lo firma Pablo Aranda, arquitecto municipal de Madrid, que ya había participado en las reformas del teatro de 1895 junto con Joaquín de la Concha Alcalde 25. Es este mismo arquitecto quien, en 1925, realizará el proyecto de reforma y ampliación del mismo teatro, cuya construcción siguen tras su muerte, en 1926, los arquitectos Luis Bellido y Enrique Colás. Centrándonos en la portada y dejando para otro momento la valoración de lo que suponen los cambios compositivos en la propuesta de Pablo Aranda respecto al teatro existente, queremos imaginar cómo podría aparecer la portada de Oñate en el Teatro Español 26. Salvo nuevos documentos, partimos de la dificultad de no saber qué intenciones tiene Pablo Aranda con este proyecto, que no añade ninguna escala gráfica que nos marque que el dibujo es un documento de fiabilidad métrica. Tenemos dos vías principales para escalar el dibujo, cada una de las cuales nos sugiere unas posibles intenciones de proyecto. La primera es escalar el ancho de la fachada del dibujo con el ancho del cuerpo histórico del teatro (aproximadamente 22,50 metros), en un planteamiento razonable que implicaría respetar la fábrica y ritmo de huecos, es decir, una vía en la que la intención de Pablo Aranda fuese no demoler la fachada para reconstruirla de nuevo como ya hicieran otros antes que él (Villarreal y Martínez 2016). Este escalado deja a la portada de Oñate, en el dibujo de 1917, en unas dimensiones inferiores a las que tiene y obliga, en la hipótesis de inserción de la portada a tamaño real, a tapar parte de los huecos, además de que la portada quedaría o muy alta, si tomamos como referencia la planta de acceso, o enterrada, si tomamos como referencia el primer nivel. El resultado revelaría un extraño ejercicio de proyecto (Fig. 7). La segunda opción que planteamos es la de escalar según el tamaño de la portada. Este escalado nos muestra una fachada del teatro de ancho superior al cuerpo histórico del mismo, que es posible, puesto que contiguo al cuerpo principal se encontraba el café del teatro (lo vemos a la izquierda de la Fig. 7) 27. 26 Se utiliza como punto de partida el levantamiento planimétrico realizado en el Departamento de Ideación Gráfica Arquitectónica de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (García 2005). Lo que no sería extraño si consideramos que en su proyecto de 1925 para el teatro demuele y construye un nuevo café que sigue los ritmos de la fachada histórica en una estrategia que contrastaría con la realización de una fachada pastiche que no tiene en cuenta la distribución interior del teatro. aunque la propiedad tuviese suficiente ancho y se hiciera coincidir finalmente con el ancho total, el resultado de esta fachada, si se mantuviese el teatro existente, no guardaría ninguna relación ni con la distribución interior ni con sus niveles (Fig. 8), lo cual lo convierte en una opción discutible salvo que se planteara la demolición y construcción de nueva planta del teatro. El que ambas soluciones presenten grandes inconvenientes, y salvo que otros documentos aporten nuevos datos, nos hace pensar que el dibujo sea más una imagen atractiva, un boceto de proyecto, que un proyecto real de fachada. Las dificultades de incorporar una portada a un edificio existente, algo que salvo comprobaciones previas o casos eventuales acarrea mayores problemas dimensionales que en los de nueva planta, no parece frenar al Ayuntamiento en el intento, pues discutirá, como veremos, años más tarde con el Estado por utilizarla en el Teatro Español. El rey Alfonso XIII asume un papel decisivo en la elección de la sede, que queda formalizada en noviembre de 1917 (Chastagneret 2006: 19), y en 1920 se promulga la ley 32 por la cual se cede a la Escuela de Altos Estudios Hispánicos (EAEH) de Francia, de manera gratuita y por tiempo ilimitado, un terreno en La Moncloa y a cambio Francia cede un terreno similar en París, para construir una Academia Española (Chastagneret 2006: 53). La parcela destinada a la Casa de Velázquez se encuentra frente a la Escuela de Agrónomos, en un terreno ocupado en parte por huertas y campos de prácticas, que deben ser reubicados a partir de entonces (Muñoz 2018). El 22 de mayo de 1920 tiene lugar el acto de colocación de la primera piedra y, unos días después, el Ayuntamiento ofrece a la institución francesa la portada del Palacio de Oñate, que es aceptada enseguida -se habla de que funcionaría como "un arco de triunfo" (Delaunay 1994) en el acceso-e incorporada al diseño del edificio. El proyecto se encarga al arquitecto francés Léon Chifflot, que era en aquel momento el arquitecto del Ministerio de Asuntos Exteriores francés. Chifflot se asocia, para llevar a cabo las obras, con el arquitecto español Daniel Zavala. Chifflot propone un edificio que presenta una imagen arquetípica del palacio madrileño del siglo XVII (Lasso de la Vega et al. 2010: 641). De planta cuadrada y patio en el centro, el edificio se remata, en la fachada principal, con dos torres con chapiteles de pizarra: Sea cual fuere el desarrollo de este y de los otros proyectos citados que quieren insertar la portada barroca, lo cierto es que las piedras continuaban en el jardín del Museo Arqueológico 28 y que el municipio sigue buscando nuevos destinos para la portada. Un nuevo candidato aparece en 1921 en una exposición de planos de proyectos municipales, firmados por Gonzalo Domínguez y destinados a Tenencias de Alcaldía, Casas de Socorro y Juzgados Municipales. En uno de ellos se enclava la portada del palacio de Oñate 29. Los intentos municipales para buscar un destino a la portada se interrumpen por la interferencia de los planes que tiene el Estado para ella. Quedan así cada uno de estos intentos de traslado solo como posibles destinos imaginados. LA PORTADA EN LA MONCLOA: RECONSTRUCCIÓN EN LA CASA DE VELÁZQUEZ El destino final de la portada del Palacio de Oñate será La Moncloa. Situada en el noroeste de Madrid, era una zona muy poco urbanizada debido, en primer lugar, a su ubicación a la salida de la ciudad, pero también por la condición de territorio privado que había tenido como Real Sitio hasta que en 1868 pasó a ser propiedad del Estado. En 1920, La Moncloa está fundamentalmente ocupada por el Instituto Agrícola Alfonso XII, que comprende la Escuela de Agrónomos, la Granja Modelo y todos los campos de experimentación y explotación asociados. Además, desde finales del siglo XIX, se habían realizado diversas cesiones a instituciones de variados 28 "La portada de la casa de Oñate", 1918, 19 de mayo, El Globo, año XLIV, 14.520, p. En relación a las Tenencias de Alcaldía, queremos citar la antigua Tenencia de Alcaldía del distrito de Arganzuela en la calle Ribera de Curtidores número 2. Bajo proyecto (1932) del arquitecto Francisco Javier Ferrero Llusiá, tiene una portada neobarroca que parece una variante de la que nos ocupa. Sería interesante comprobar dimensiones y origen proyectivo de la misma. El cuerpo suroeste del edificio, que es el que contiene la fachada principal y la portada, es el primero que se termina e inaugura 37, en una fastuosa celebración, en 1928. Este momento viene a coincidir en el tiempo con el diseño de los primeros bocetos para la Ciudad Universitaria, que se desarrollaría en gran parte de los terrenos de La Moncloa. La construcción de una nueva sede para la universidad madrileña sería una de las actuaciones más importantes y publicitadas de la política cultural española del primer tercio del siglo XX (Pérez-Villanueva 2018: 25-31), y estaría también avalada por el rey Alfonso XIII, que hizo de ella un recurso clave para reforzar su imagen pública. Las obras del nuevo campus coindicen, pues, en tiempo y espacio con las de la Casa de Velázquez, que iría quedando rodeada por las distintas facultades -su vecina inmediata, la Escuela de Arquitectura, se construyó en los primeros años 30-, aunque mantendría en todo momento su independencia institucional. La muerte de Chifflot en 1925, durante el transcurso de las obras, obliga a sustituirlo por el arquitecto Camille Lefèvre, que ese mismo año se entera a través de la prensa de que la puerta de madera que acompañaba a la portada también se encuentra guardada en los almacenes de la Villa, y la solicita para incorporarla al 36 Segovia Campos, I. 2018: La Casa de Velázquez..., p. 37 Para seguir las fases de construcción de la Casa de Velázquez, véase Mauleón Pérez, L. 2013: La Casa de Velázquez, antes, durante y después de la Guerra Civil. Trabajo inédito incluido dentro del grupo de investigación Dibujo y Documentación de Arquitectura y Ciudad, dirigido por Javier Ortega Vidal. De hecho, con algunos ajustes en el cuerpo inferior -el zócalo de la portada se suplementa para elevarla-, las alturas de las impostas del nuevo proyecto se hicieron coincidir con las de la portada y, así, el famoso balcón principal de Churriguera quedaba al mismo nivel que los balcones de la primera planta de la Casa de Velázquez. En este caso se ve la gran diferencia con una hipotética propuesta de enclavar la portada en un edificio existente: aquí es el nuevo edificio el que se adapta a la obra de cantería para que ésta se ajuste perfectamente (Fig. 9). Las obras del edificio ya están en marcha cuando, a mediados de enero de 1922, se informa a los franceses de que el Ayuntamiento retira su propuesta de cesión de la portada. El motivo de esta decisión no está del todo claro. Por un lado, como hemos visto, parece que el Ayuntamiento sigue valorando colocarla en algún edificio municipal, sin haber informado a la EAEH al respecto. Por otro lado, parece que hay un motivo de fondo más allá del aparente olvido o desinterés de la municipalidad. Jean-Marc Delaunay (1994) apunta a una cuestión diplomática. La relación entre España y Francia es entonces tensa debido a la negociación del protectorado de Tánger, y los franceses ya sufren el rechazo durante el comienzo de las obras. Pierre Paris, el director de la EAEH, decide hablar con el Conde de Romanones, con el que tiene una buena relación, para que desde el gobierno pueda ejercer su influencia. Efectivamente, el 30 de enero de 1922 se dicta la Real Orden por la cual el Ministro de Instrucción Pública solicita la cesión, por segunda vez, de la portada para la Casa de Velázquez34. Finalmente, el 27 de abril de 1923, se decide en el pleno municipal entregar la portada a la institución francesa (Delaunay 1994). No debió de haber quedado muy clara la causa de todas estas idas y venidas para la opinión pública, pues unos meses antes de la cesión definitiva a la Casa de Velázquez, un periodista se hace eco de las discrepancias entre Ayuntamiento y Estado, por querer colocar el primero la portada en el Teatro Español y el segundo en el nuevo edificio de la institución francesa 35. Tras todo este enredo diplomático, las obras de la Casa de Velázquez se retoman y, para noviembre del año 1923, ya está la portada reconstruida hasta la mitad "La portada de la casa de Oñate", 1923, 3 de febrero, La Época, año LXXV, 25.929, p. 6. retaguardia a través de las pasarelas levantadas sobre el río Manzanares. Esto en la práctica supuso que, durante casi tres años, los edificios de La Moncloa se encontraran constantemente expuestos al fuego de las armas. No todos quedan dañados por igual, pero, en el caso que nos ocupa, la Casa de Velázquez tuvo la desgracia de hallarse, junto a la Escuela de Agrónomos, en la primera línea de frente y entre los dos fuegos: el franquista que venía de Arquitectura y el republicano, desde Medicina (Rodríguez-López 2015: 61-62). La parte que queda más dañada del edificio es su fachada principal, semiderruida por el efecto de los proyectiles. Los franceses pensaban que su neutralidad en la contienda bélica les daría inmunidad y protegería el edificio. Su error quedó rápidamente en evidencia, pues ya el 9 de noviembre de 1936 cinco obuses dañaron las torres y parte de la fachada oeste (Delaunay 1994). Antes de que acabara el año 36 un fuego provocado por bombas incendiarias dejó gravemente dañada la parte delantera de la Casa de Velázquez (Calvo 2014: 62). Sorprendentemente, aunque afectada, la portada de Oñate se mantiene en pie durante toda la contienda, aun cuando gran parte de la fachada en la que se encontraba se había derrumbado, tal y como puede verse en una serie de fotografías tomadas durante la batalla y conservadas en la Biblioteca Nacional, de las que hemos seleccionado dos (Fig. 11). Una vez terminada la guerra, no es hasta 1943 cuando se procede al fin a la retirada de los escombros (Delaunay 1994) y a la demolición de la crujía delantera completa, en un momento muy complicado políticamente en Europa, con lo que no hay un estudio cuidadoso sobre cómo realizar esa demolición y, a consecuencia de ello, se produce la pérdida definitiva de la portada. La reconstrucción de esa crujía delantera, que, aparte de la portada, perderá sus características torres con chapiteles, tendrá que esperar todavía más de diez años. El hecho de que el terreno pertenezca al Estado francés, inmerso primero en la Segunda Guerra Mundial y después muy alejado políticamente de España; los problemas financieros y las diferencias de criterios estilísticos (Chastagneret 2006: 95) hacen que la Casa de Velázquez permanezca como un recuerdo tétrico del conflicto, incluso mucho después de que su entorno esté reconstruido y funcionando. Tras la demolición quedan, no obstante, algunos fragmentos de la portada diseminados por el jardín de la Casa de Velázquez. Tenemos un testimonio de ello en el cuadro de Séverin de Rigne, realizado en 1949 edificio 38. Gracias a las fotografías conservadas podemos comprobar que, efectivamente, la puerta que se colocó en la Casa de Velázquez era la misma que estuvo en el Palacio de Oñate (Fig. 10). La construcción fue muy lenta, paralizada de tiempo en tiempo por problemas de índole económica y hasta el 14 de mayo de 1935 no se inaugura el edificio terminado, en una ceremonia mucho más discreta que la primera. Poco tiempo se disfrutará de la portada en esta ubicación. El 18 de julio de 1936 estalla la guerra civil y los insurgentes alcanzan la capital a principios de noviembre. Los sublevados tratan de entrar en Madrid desde el noroeste, y para ello logran cruzar el río Manzanares el 15 de noviembre, penetrando en la recién construida Ciudad Universitaria hasta establecerse en la Escuela de Arquitectura (Calvo 2014: 44-51). Desde esta posición avanzan hacia el interior del campus durante las siguientes jornadas, y consiguen llegar a la Casa de Velázquez, a la Escuela de Agrónomos, al Parque del Oeste y al Hospital Clínico. Finalmente, tras la resistencia encontrada, el general Franco decide abandonar el ataque directo a la capital (Calvo 2014: 65). Así, la penetración en los terrenos de la Ciudad Universitaria forma una pequeña bolsa dentro de las posiciones republicanas, que queda débilmente comunicada con la 38 Ramírez Ángel, E. 1925, 13 de agosto: "Dependencias municipales. El Almacén General de la Villa y Corte", ABC, año XXI, 7.056, pp. 3-4. -y colocado actualmente dentro del edificio, en las escaleras que suben a la biblioteca-, que muestra la Casa de Velázquez tras la demolición de la crujía frontal. Delante, junto a las escaleras de acceso, se encuentran dispersos restos de piedra, en algunos de los cuales pueden apreciarse relieves (Fig. 12). HIPÓTESIS DE LOCALIZACIÓN DE LOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS Los fragmentos que existen actualmente han sido comúnmente atribuidos a restos de la portada de Oñate, aunque no nos consta que se hayan localizado dentro del conjunto de la portada. El transcurso de los hechos hace suponer que efectivamente sea así. El dibujo, la toma de datos y la comparación de fuentes gráficas rigurosas nos permitirá confirmarlo. Como punto de partida, la piedra de todos estos fragmentos es granito, y, más o menos erosionados, conservan relieves ornamentales. Este hecho apoyaría la hipótesis, puesto que se trata de una piedra distinta a la del resto de cantería empleada en la Casa de Velázquez, que era piedra caliza más clara y no estaba decorada. Los restos se encuentran reunidos en dos grupos, uno en la zona nordeste (1) del jardín, junto a la carretera, y otro en la sudoeste (2) (Fig. 13). El grupo 1 está claramente formado por tres fragmentos bien diferenciados. Dos de ellos son más pequeños, lo que complica su identificación, y el tercero es un elemento de tamaño considerable. Casa de Velázquez durante la guerra civil, con la portada de Oñate en pie. La fotografía de la izquierda se tomó en agosto de 1937 y la de la derecha, en la que aparece la portada de perfil, en mayo de 1938. P. Luis Torrents, Albero y Segovia. Biblioteca Nacional de España, GC-CAJA/59/6. Elaboración propia sobre las fotografías históricas. El grupo 2 está constituido por dos fragmentos, uno de ellos de lo que parece un basamento invertido y otro de menor tamaño que conserva restos ornamentales. Para desarrollar la hipótesis de localización de los restos, se han medido y puesto en dimensión los fragmentos con relación a la portada. El primero que hemos identificado, como era previsible, ha sido el fragmento 1A -el de mayor tamaño del grupo 1-, que puede verse en el cuadro de Rigne con sus relieves vegetales. Aunque exige una observación detallada, también en algunas fotografías de la época se advierte el resto en el mismo lugar donde figura en el cuadro (Chastagneret 2006: 115). A continuación, procedemos a describir brevemente cada una de las piezas y explicar qué nos ha llevado a fijar su supuesta localización dentro del conjunto de la portada. Fragmento 1A: este elemento tiene forma de trapecio invertido y una decoración simétrica, relativamente bien conservada, de elementos vegetales que se curvan hacia el centro de la pieza. Esta característica es la que ha hecho más fácil su identificación, y así podemos decir que se trata de parte del elemento central del remate superior de la portada. Fragmento 1B: es el menor en tamaño de todos los que se conservan y tiene unos tallados curvos, quedando solo la parte trasera sin labrar. Ello nos hace pensar que fuera algún elemento ornamental que sobresaliera y, por el tipo de relieve, más suave, hemos podido identificarlo como parte del angelote esculpido en la ménsula central del balcón, sobre la puerta principal. Para verlo hay que girarlo con respecto a su situación actual y colocarlo en posición vertical: se conserva el torso y la parte superior de la pierna izquierda, algo adelantada pues la figura estaba ligeramente en cuclillas. Fragmento 1C: en esta pieza situada sobre la 1A, destaca sobre todo un relieve en forma de hoja que ocupa la práctica totalidad del elemento. Solamente está labrada esa cara, y, dado su tamaño y características, nos inclinamos a pensar que formaba parte de los elementos ornamentales de las ménsulas que sostienen el balcón del primer piso. En la fotografía lo hemos señalado en la ménsula derecha, que quedó menos dañada en la guerra, pero no tenemos datos que nos permitan aseverar que era esta y no su simétrica de la izquierda. Fragmento 2D: este elemento presenta formas rectas y ortogonales. Si tomamos su orientación invertida, se corresponde con un basamento. Dadas sus dimensiones, el número de retranqueos y el número y profundidad de sus molduras, parece que fuera parte del basamento y las basas de las pilastras del nivel inferior, concretamente de la derecha, junto a la puerta principal. En las fotografías de la portada en el palacio, el elemento intermedio del basamento no aparece tallado, ni tampoco en los planos de levantamiento, a diferencia de la piedra actual, en la que las molduras son continuas en todo el recorrido. Sin embargo, en un grabado (Fig. 14) y una fotografía de la Casa de Velázquez sí figuran (Chastagneret 2006: 25-27), por lo que se habrían tallado posteriormente y por tanto este fragmento pertenecería a esa zona. Fragmento 2E: esta pieza de forma paralelepipédica conserva restos decorativos en una de sus caras, siguiendo un diseño simétrico de dos volutas y zarcillos curvados en torno a un elemento central que se ha perdido. Parece pertenecer a una de las ménsulas que sostienen el balcón superior, junto al escudo. Finalmente, tomando como base la fotografía histórica de N. Portugal de 1913 (Fig. 4), el grabado de 1924 (Fig. 14) y la restitución gráfica de la portada, hemos incluido los fragmentos existentes en sus hipotéticas localizaciones (Figs. ANDANZAS, VALORES Y NUEVOS CAMINOS: EL DIBUJO DE ARQUITECTURA Hemos visto que, tras la demolición del palacio de la calle Mayor, la portada de Oñate tiene una historia rica en acontecimientos: un primer período de abandono en los jardines del Museo Arqueológico Nacional, varios proyectos municipales de nueva planta, un intento no muy concreto de colocarla en el Teatro Español, su definitiva reconstrucción en la Casa de Velázquez, los daños ocasionados por la guerra, la demolición y la desaparición de la mayor parte de los restos. Algunas de estas inserciones de la portada pueden plantearse mediante el uso del dibujo como instrumento de proyecto para permitir complementar el conocimiento del desarrollo de ciertos procesos. Así, corroboramos que llevarla a un edificio existente, como lo era el Teatro Español, hubiera sido un ejercicio complejo. Mucho menos fue hacerlo en uno de nueva planta, que permitía adaptarse a la portada como punto de partida. Sería interesante realizar este ejercicio con todos los destinos imaginados de la portada de los que aún no tenemos constancia documental. Asimismo, con el ejercicio compositivo del dibujo se refuerza la idea de que la portada revela cuestiones que trascienden la de la representatividad de la casa nobiliaria de Oñate. Su razón de ser es marcar el acceso a la edificación, resaltarlo frente a otros posibles accesos, y, a la vez, modificar la imagen urbana del edificio. Por eso, en este caso, se utilizan además recursos físicos, como el material granítico que contrasta con el resto de la fachada; recursos compositivos, como la generación de un eje de continuidad vertical que rompe el longitudinal; y recursos estéticos, que son los que buscan complacer la vista y destacar la portada artísticamente frente a otras partes del edificio, según hemos comprobado en los alzados tratados. Por todo ello, no es extraño que su conservación haya sido motivo de debate y se hayan buscado otros destinos a los que añadir su función simbólica: "Todo lo que fué receptáculo de vidas, no importa que caiga, como si en ese fondo estuviesen cotidianizadas las vidas; pero, en cambio, el portal es el que tiene la visión depurada y museal de las vidas que pasaron ó se asomaron á él"39. Las andanzas de la portada nos han permitido afrontar temas de vital importancia en la restauración y conservación del patrimonio arquitectónico. Temas que tratan del porqué de su conservación o de qué supone trasladar un elemento de estas características a un nuevo edificio. Se deja para otra ocasión la determinación de los cambios de la sillería de la portada durante su traslado, del mismo modo que queda por determinar el destino de los restos tras su demolición y otros posibles asuntos como la influencia sobre portadas coetáneas o sobre otras que aparecen en la tendencia neobarroca de principios del siglo XX. Con la localización mediante el Dibujo de Arquitectura de los restos sobre el conjunto original, se hace posible aclarar su procedencia, en lo que pensamos que aporta un conocimiento esencial en el devenir material de la portada. Así, a partir del enfoque empleado, se vuelve a reivindicar la importancia del uso del dibujo como instrumento fundamental de investigación en arquitectura. Con este método se abren nuevos caminos de conocimiento en torno a la portada de Oñate, que desde su construcción no ha dejado de generar interés teórico. AGRADECIMIENTOS Y FUENTES DE FINANCIACIÓN Queremos agradecer al Dr. Raúl Gómez Escribano su aportación en la identificación del fragmento 1B como parte del angelote, así como al personal de la Casa de Velázquez, del Museo de Historia de Madrid y del Archivo de la Villa de Madrid por su predisposición para agilizar esta investigación.
La singularidad y la relevancia histórica del tholo de El Romeral hacen que sea un escenario ideal para el desarrollo de esta investigación cuya finalidad es evaluar la tecnología de registro MMS (Mapeo Móvil Simultáneo al desplazamiento) al tiempo que contribuir al conocimiento y valorización del sitio arqueológico, aportando documentos gráficos y datos que pueden ser relevantes para futuras intervenciones o investigaciones. El tholo o túmulo de El Romeral forma parte del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera junto con los dólmenes de Menga y Viera conformando uno de los paisajes arqueológicos más complejos e interesantes de Europa y un importante referente de las primeras construcciones megalíticas3. El tholo de El Romeral es un sepulcro de falsa cúpula formado por un corredor y dos cámaras de planta circular de diferente tamaño y función. Todos sus muros, a excepción de los vanos de acceso, se ejecutaron mediante la técnica de mampostería, diferenciándose de este modo respecto de los dólmenes de Menga y Viera construidos íntegramente mediante megalitos (Ruiz González 2011: 182). El corredor, de 23 m de longitud y 1,90 m de altura, presenta una sección trapezoidal debido a la inclinación de sus muros (11,20o respecto de la vertical) (Fig. 1a). En su interior se abren dos cámaras de paredes ligeramente abovedadas y conectadas mediante un pequeño corredor (Fig. 1b). La primera cámara es considerablemente más grande (5,20 m de diámetro en la base y 3,72 m de altura) que la segunda (2,40 m de diámetro en la base y 2,30 de altura) estando cubiertas, al igual que el corredor, mediante grandes losas de piedra. Posteriormente, esta construcción se cubre con un gran túmulo artificial de tierra y piedras de unos 85 m de diámetro y unos 6 m de altura máxima. Es un hecho constatado la imprescindible necesidad de documentación gráfica del patrimonio arquitectónico o arqueológico como herramienta fundamental para el análisis, comprensión, intervención (Martínez Rubio et al. 2018) y en su caso, para la difusión de sus valores artísticos o culturales (Martín Talaverano 2014), lo que no queda hoy tan claro es qué tecnología de registro es la más eficaz en cada caso y cuáles deben ser los requisitos exigibles a las nuevas representaciones para Sin lugar a dudas, los nuevos sistemas de captura y representación tridimensional mediante nubes de puntos están transformando los paradigmas en los trabajos de documentación del patrimonio construido, haciéndolos mucho más eficientes y precisos, mejorando significativamente su comprensión. En la actualidad son ampliamente conocidas las metodologías de registro llevadas a cabo mediante escáner láser terrestre (TLS4 ) o fotogrametría multi-imagen (SfM5 ) (Barrera 2006; Biosca et al. 2009; Lerma et al. 2011; Rodríguez-Navarro 2012; Gonizzi et al. 2012; Benavides 2017; Chiabrando et al. 2018), así como la utilización de Estaciones Totales para un mejor ajuste y georreferenciación a partir de los puntos de control. Recientemente ha surgido una nueva tecnología denominada dispositivo de Mapeo Móvil Simultáneo (MMS) que mejora la eficacia respecto de los otros sistemas, permitiendo el registro digital continuo y simultáneo al desplazamiento del operador. Estos sistemas constituyen actualmente la forma más eficiente de representación del patrimonio arquitectónico y arqueológico, capturando la complejidad del espacio tridimensional mediante una nube densa de puntos sin apenas oclusiones, pero que también presenta inconvenientes que es necesario describir. Los sistemas de mapeo móvil (MMS) (Fig. 2) constan de tres componentes principales: a) un sensor LIDAR6 para el mapeo 3D/2D (nube de puntos mediante medición láser), b) una unidad para el posicionamiento y navegación espacial formada por una unidad de medición inercial (IMU7 ) y/o un sensor óptico y c) una unidad de referencia de tiempo que funciona como sistema central que sincroniza e integra todos los datos mediante algoritmos SLAM (Simultaneous Localization and Mapping). La tecnología SLAM surgió en la conferencia IEEE de 1986 gracias a las contribuciones de diferentes investigadores sobre la introducción de métodos probabilísticos aplicados a la robótica y la Inteligencia Artificial (IA) y que se reflejarían años después en trabajos como los de Smith, Self y Cheeseman (1990). La tecnología SLAM ha sido ampliamente estudiada en la industria robótica, aunque debido a las patentes asociadas ha tenido poca difusión. Actualmente está teniendo un gran desarrollo gracias al uso de plataformas de código abierto y al abaratamiento de los equipos. Entre las plataformas que se utilizan para realizar SLAM podemos destacar Hector-SLAM, plataforma perteneciente a ROS (Robot Operting System) que realiza mapeos a partir de las mediciones realizadas por un sensor LIDAR y la estimación de la posición basada en sensores inerciales (Kohlbrecher et al. 2013). En este sistema, la representación del entorno utiliza un mapa de cuadrícula que combina los datos de los escaneos de las nuevas posiciones con respecto a los resultados anteriormente registrados. El enfoque es una mezcla inteligente de geometría, teoría de grafos, optimización y probabilística. SLAM tiene como objetivo construir una representación global y coherente del entorno, aprovechando las medidas de su propio movimiento y, fundamentalmente, cerrando el ciclo. Comprobada que la localización basada en el movimiento sobre las ruedas (odometría) era poco precisa, las investigaciones se han centrado en determinar la posición continua mediante el uso de unidades de medición inercial (IMU) y el seguimiento de referencias visuales externas a través de sensores ópticos (Lynen et al. 2015). Desde hace más de una década, sofisticados sistemas de mapeado móvil montados sobre vehículos (Fig. 3), como (a) Leica Pegasus®, (b) el VMX450® de Riegl o (c) IP-S3 de Topcom®, son ampliamente utilizados para el registro y la planificación urbana, obteniendo una información más completa y en mucho menor tiempo que el resto de las técnicas (Fig. 4). Por lo general, todos estos componentes incorporan sistemas de navegación por satélite GNSS8, Figura 2. Captura de la geometría del tholo de El Romeral mediante el instrumento MMS GeoSlam ZEB-REVO. ZEB-REVO de GeoSLAM Scanner 3D facilitado por la empresa Geoavance S.L. Sevilla. unidades de medición inercial (IMU), medidores Láser y cámaras digitales. En otros casos, como Leica Pegasus, también pueden incorporar cámaras térmicas, sensores de contaminación acústica o incluso georradar (GPR) para la realización de cartografías subterráneas. Sin embargo, la complejidad, tamaño y sobre todo el coste de estos equipos los hace inviables para la mayoría de los escenarios relacionados con la arquitectura o arqueología, estando limitado su uso a espacios exteriores con cobertura satelital. Los avances tecnológicos han permitido la fabricación de equipos cada vez más pequeños y ligeros de forma que puedan ser transportados manualmente o sobre un dron (UAV9 ). Sistemas comerciales como GeoSlam Zeb-Revo (utilizado en esta investigación) o el Leica® Pegasus Backpack 10, u otros no comerciales como los diseñados por Filgueira et al. (2016) o Karam et al. (2019) pueden ser transportados en una mochila utilizando un LiDAR 3D y una IMU para la adquisición de datos tanto en interiores como en exteriores. De igual forma, la importante reducción de los precios ha contribuido a su mayor difusión. Los sistemas de mapeo móvil (MMS) no tienen la precisión de los escáneres láser situados sobre trípode (TLS), pero capturan los datos de forma más fácil y rápida, con la precisión suficiente para la mayoría de los escenarios relacionados con la arquitectura y el urbanismo, estando especialmente indicados en entornos complejos como instalaciones industriales, edificios antiguos, calles estrechas, cuevas, jardines o galerías subterráneas. Los MMS proporcionan una nube densa con resolución cuasi uniforme que va a depender de la velocidad del desplazamiento y de la distancia al objeto. Otro factor importante es que esta tecnología no necesita del apoyo de puntos de control capturados por topografía ni de los complejos registros y procesamiento de los escaneos realizados con equipos de escáner láser terrestre (TLS). El dispositivo utilizado en nuestra investigación GeoSLAM Zeb-Revo (Fig. 5) es un sistema de mapeo móvil (MMS) desarrollado por el Laboratorio de Sistemas Autónomos CSIRO ICT de Australia (Bosse et al. 2012) y cuyas especificaciones técnicas aparecen reflejadas en la tabla 1. La versión actualizada cuenta con un cabezal Lidar giratorio (UTM-30LX) 11 de tiempo de 10 https://leica-geosystems.com/es-es/products/mobile-sensor-platforms/ capture-platforms/leica-pegasus-backpack (consultado el 22/01/2020). 11 https://www.robotshop.com/media/files/pdf2/utm-30lx-ew_specification. pdf (consultado el 22/01/2020). acelerómetros triaxiales y que permiten una localización estimada del sensor a partir de la determinación de las mediciones de velocidades angulares y aceleraciones lineales en combinación con los datos medidos con el escáner láser. Ambos sistemas se conectan por cable a una unidad central (CPU 14 ) donde se registran y almacenan los datos y a una batería que aporta energía a todo el sistema. En el año 2017 surge una nueva generación "GeoSLAM ZEB CAM" 15 que incorpora una cámara digital gran angular que permite, según indica el fabricante, dar textura a la nube de puntos. La condición indispensable y necesaria de los sistemas SLAM es realzar un ciclo cerrado (Zhang y Singh 2014), es decir, se debe inicializar el equipo desde una superficie horizontal para posteriormente, tras realizar el recorrido de escaneado, volver a la misma posición de partida, consiguiendo de esta forma compensar el error acumulado en el cierre. Finalmente, los datos deben ser descargados y procesados de forma autónoma mediante la aplicación GeoSLAM Hub 16, ejecutándose en un equipo local o mediante un procesamiento en la nube. De acuerdo con los dos objetivos planteados en nuestro trabajo, completa y exhaustiva documentación gráfica del tholo de El Romeral y evaluación de los nuevos sistemas de registro de mapeo móvil aplicados a la documentación del patrimonio arqueológico, hemos procedido a realizar un estudio comparado de diferentes tecnologías de registro: (1) un levantamiento, considerado como referencia, realizado mediante equipo escáner láser terrestre (Leica C-10); (2) un doble levantamiento fotogramétrico -uno realizado en el interior del tholo mediante cámara réflex Nikon D800 sobre trípode y otro mediante vuelo con dron (DJI-Phantom 4 pro) (Fig. 6d) para el exterior-y (3) un doble levantamiento interior mediante equipo MMS GeoSlam Zeb-Revo a diferente velocidad de desplazamiento. Como paso previo al registro por los diferentes métodos se ha establecido una red de puntos de control. Se han situado 20 puntos en el interior y 10 en el exterior mediante la fijación de dianas adheridas en suelos y paramentos y que posteriormente han sido medidas 14 CPU (Central Processing Unit): unidad central de procesamiento. 2), acoplado a un soporte con mango manual que incorpora un sensor inercial (IMU tipo MEMS 13 ) que consta de giroscopios, magnetómetros y 12 ToF (Time-of-Flight): tiempo de vuelo, tiempo que tarda la onda en ir y volver al sensor. La precisión en el posicionamiento mediante este equipo ha oscilado entre 1 y 2 cm dependiendo del número y geometría de los satélites en el momento de la captura. Levantamiento con escáner láser terrestre (TLS) Como elemento de referencia para el análisis y control de los datos, se ha realizado un levantamiento de alta precisión mediante equipo TLS Leica C10 (Fig. 7) apoyado en los puntos de control topográfico capturados con Estación Total. Para solucionar la falta de homogeneidad en el registro de la nube de puntos con TLS, consecuencia del paso de giro secuencial de estos equipos, que se ve afectado por la distancia al objeto o de la orientación y geometría de los paramentos (García-Gómez et al. mediante Estación Total (Leica TS06) con distanciometría láser. Estos puntos permiten el ajuste y control de calidad de los datos obtenidos (Fig. 6a) logrando precisiones superiores a 3 mm en la captura de los puntos. La geolocalización del tholo de El Romeral en el sistema de referencia universal (UTM-ETRS89) se ha realizado sobre los puntos de control exteriores Figura 8. Esquema de la dispersión geométrica por registro TLS y situación de los diferentes posicionamientos del equipo: 4 escaneados en el corredor (posiciones 1, 2, 3 y 4), 1 escaneado en cada una de las cámaras (posición 5 y 7) y 1 escaneado en vano de acceso a segunda cámara (posición 6). 2011), ha sido necesario un registro sistemático desde diferentes posiciones (Fig. 8). La estrechez y longitud del corredor interior (1,30 m × 15,70 m) provoca una gran dispersión de los datos (ver posición 2), obligando a realizar 4 escaneados sucesivos (posiciones 1 al 4). Por el contrario, la geometría regular de las cámaras necesita de un solo posicionamiento en cada una de ellas (posición 5 y 7). La estrechez del hueco que comunica las dos cámaras ha obligado a realizar un nuevo escaneo intermedio (posición 6) para el registro del hueco y para interrelacionar los registros de las dos cámaras. La alineación de las diferentes nubes de puntos en un mismo sistema de referencia se ha realizado mediante los puntos de control y del algoritmo ICP (Iterative Closest Point) (Szeliski 2010), utilizando para ello el software Cyclone de Leica Geosystems 17 que proporciona un error absoluto medio inferior a 3 mm. El registro de los paramentos desde diferentes posiciones produce una mayor densificación de los puntos en las zonas de solape. Así, las nubes generadas mediante escáner láserterrestre TLS constan de 145 millones de puntos, muy superior al que aportan los otros sistemas de registro. Levantamiento mediante fotogrametría multi-imagen Para la realización de la zona interior del tholo por fotogrametría multi-imagen se ha utilizado una cámara digital no calibrada Nikon D800 que cuenta con un sensor Full frame de 36 MgPix, recurriendo a un objetivo gran angular Nikkor-14 mm debido a la poca amplitud del corredor. Por otro lado, la escasa iluminación interior del tholo obliga a aumentar el tiempo de exposición en la captura, necesitando la utilización de trípode (Fig. 9a). La estrechez del pasillo y las cámaras interiores necesitó la captura de 172 imágenes. Las tomas han sido procesadas con el software Agisoft Photoscan-profesional 18 ver-1.4.4, obteniéndose una nube densa de 49 millones de puntos con un GSD de 0.543 mm/pix (Fig. 9b) y un RMS en la reproyección de 0,9 mm. La zona exterior del tholo ha sido tomada mediante vuelo fotogramétrico programado a baja altura (24 m) mediante la aplicación Map-Pilot (Fig. 10a), utilizando para ello un equipo UAV DJI Phantom 4 Pro y procesado mediante la aplicación de escritorio Agisoft 17 https://leica-geosystems.com/es-es/products/laser-scanners/software/leica-cyclone (consultado el 22/01/2020). Photoscan-profesional (Fig. 10b), obteniéndose una nube densa, con filtro medio, de 41 millones de puntos con un GSD de 8 mm/pix y un RMS en la reproyección de 12 mm (1,33 pix). En ambos casos, ha sido necesaria la captura de puntos de control topográficos (dianas), que permita georreferenciar y fusionar las distintas nubes de puntos adquiridas por escaneo láser y por procesamiento SFM basada en la geometría de la nube de puntos ya medida, por este motivo, cuando se va a entrar en una estancia sin referencias previas es recomendable girarse y entrar de espaldas. Pero, sin lugar a dudas, la condición indispensable y necesaria de la tecnología SLAM es terminar en el mismo punto de partida, cerrando de esta manera el ciclo para que permita compensar los errores acumulados. La distancia total del ciclo es de 62 m, en un intervalo de tiempo de 15 min, inferior a los 30 min que establece el fabricante como máximo recomendable en un solo ciclo. El rango de distancia de escaneo, dadas las características del tholo, se ha mantenido siempre por debajo de 1,5 m, muy por debajo del rango máximo recomendado que es 10 m (aunque el rango máximo en condiciones óptimas es de 30 m). La realización de los dos ciclos se justifica en la necesidad de contrastar, sobre un mismo modelo, los resultados entre ellos. El primer ciclo se realizó a un ritmo de marcha lento para garantizar una buena cobertura y mayor resolución de datos. El recorrido se realizó evitando la presencia de visitantes que pudieran dificultar y distorsionar los resultados. En última instancia se realizó un segundo ciclo a mayor velocidad para poder detectar posibles interferencias y discordancias entre los dos escaneos. Puesto que los resultados obtenidos en ambos fueron congruentes, la nube de puntos empleada para este estudio ha sido la más densa, es decir, la realizada a menor velocidad. El método adoptado para evaluar el equipo MMS -GeoSlam Zeb-Revo-consiste en tres análisis: evaluación de la calidad geométrica de la nube de puntos respecto a las obtenidas por equipos TLS y por fotogrametría multi-imagen (apartado 3.1); evaluación del rendimiento en cuanto tiempo de captura y procesamiento (apartado 3.2); evaluación de la calidad gráfica de los documentos obtenidos (apartado 3.3). Análisis de la calidad geométrica de la nube de puntos La estrategia más común para cuantificar la calidad resultante de las nubes de puntos generadas por los dispositivos MMS consiste en comparar las desviaciones (nube de puntos a nube de puntos) respecto de las generadas a partir de imágenes capturadas con UAV y por cámara sobre trípode (Moon et al. 2019). En este sentido, la estrechez del corredor y del pasillo de conexión entre ambas cámaras ha dificultado sobremanera la realización de un itinerario cerrado de ida y vuelta con conexión en los puntos de control exteriores. Si bien la precisión en la medida electrónica de distancias (EDM) mediante láser es de 2 mm + 2 ppm, la estrechez del tholo provoca ángulos de rebote pobres que conducen a una peor precisión (RMS 4 mm). Levantamiento mediante dispositivo MMS Se ha realizado un doble levantamiento interior a diferente velocidad de desplazamiento mediante el equipo MMS GeoSlam Zeb-Revo. El procedimiento consiste en arrancar el equipo desde una superficie horizontal, sujetando posteriormente por el mango manual para realizar un recorrido andando a una velocidad lenta, dirigiendo el cabezal en la dirección del avance y realizando cuantos giros laterales sean necesarios para la completa captura de la geometría del elemento a documentar. La localización estimada del sensor en todo momento se realiza a partir de las mediciones de velocidades angulares y aceleraciones lineales de los acelerómetros triaxiales, conjuntamente con una referenciación complejidad geométrica del elemento a documentar. Las investigaciones realizadas por otros autores (Maboudi et al. 2017; Nocerino et al. 2017; Tucci et al. 2018) analizan la menor precisión de los equipos MMS respecto de los datos obtenidos desde una sola posición de escáner mediante equipo TLS en condiciones ideales. Pero, es precisamente en la acumulación de errores por el ajuste y alineación de las distintas nubes de puntos TLS cuando estos equipos pierden precisión en favor de los sistemas MMS (Barrera y Benavides 2018). Por lo general, la baja resolución y el alto nivel de ruido que proporcionan los equipos MMS dificultan un adecuado análisis cuantitativo de sus desviaciones respecto de otras nubes de puntos. El procedimiento seguido para analizar la bondad del modelo MMS generado por el sistema GeoSlam Zeb Revo respecto de los otros dos sistemas ha consistido en el examen de las desviaciones en diferentes secciones realizadas a lo largo del modelo (Fig. 11). En nuestro caso, el análisis de la calidad geométrica se ha realizado comparando las desviaciones de la nube de puntos generada por el dispositivo GeoSLAM ZEB REVO respecto de las nubes de puntos generadas con un escáner láser ToF Leica C-10 y por fotogrametría multi-imagen SFM. La compleja geometría del interior del tholo, formado por un corredor de gran longitud y estrecha sección y por dos cámaras de muy diferente tamaño unidas entre sí por estrechos vanos o huecos con mala comunicación, hace que debamos plantear un análisis geométrico de las diferentes nubes en su conjunto. Es aquí donde el sistema SLAM muestra su fortaleza respecto de otros sistemas al realizar un mapeado 3D continuo y homogéneo del yacimiento independientemente de la Figura 11. Planos de planta y sección del tholo de El Romeral a partir de la sección de las tres nubes de puntos. EVALUACIÓN DE LOS SISTEMAS DE MAPEO MÓVIL (MMS) EN LA DOCUMENTACIÓN GRÁFICA DEL THOLO DE EL ROMERAL mejor ajuste geométrico entre los registros. Por otro lado, la falta de planeidad de los paramentos impide un ajuste automatizado mayor, no siendo válida la comparación estadística de las distancias "de nube a nube" por no seguir una distribución normal, tal y como apuntan las investigaciones realizadas por Maboudi, Bánhidi y Gerke (2018). Otro factor a tener en cuenta en la comparación "nube a nube" es la diferencia en la densidad de los registros dependiendo de las zonas donde se realiza la muestra y que fundamentalmente viene condicionada por el ángulo de incidencia del haz láser y la distancia al punto de escaneo (Zogg 2008). Por otro lado, es necesario tener en cuenta que la mayor densidad de puntos no es sinónimo de mayor calidad, pues en el registro con TLS deben existir zonas con amplio solape que no siempre están bien conectadas debido al diferente ángulo de incidencia en la captura. Tras el análisis geométrico de las diferentes nubes de puntos (MMS, TLS y fotogrametría multi-imagen) se observa que en las zonas de paso estrechas entre las diferentes estancias se producen unas desviaciones mayores, producto del escaso solape. Estas desviaciones se deben a la falta de precisión en la localización de los dispositivos MMS al no existir suficientes planos de referencia o presentar geometrías poco robustas. Por este motivo recomendamos reducir la velocidad en estas zonas y sobre todo acceder de espaldas por disponer de mayor número de referencias en la sala desde la que se accede. Evaluación del rendimiento en cuanto tiempo de captura y procesamiento Sin lugar a dudas la principal ventaja de los dispositivos MMS es la facilidad y rapidez con la que se captura el modelo tridimensional objeto de estudio. La velocidad de desplazamiento del operador influye de manera directa en la densidad de la nube de puntos capturada, así como en la calidad geométrica de las zonas de paso. Con objeto de disponer de datos comparativos, se realizaron dos recorridos de ida y vuelta (bucle cerrado) a diferente velocidad. Otro factor importante en los sistemas MMS es que no necesitan la captura de puntos de control ni apoyo topográfico salvo para la georreferenciación del edificio o yacimiento. Tareas El análisis de la precisión del sistema MMS respecto de datos de referencia obtenidos por TLS y fotogramétrica SFM se ha realizado mediante el ajuste de las nubes con algoritmos ICP utilizando la aplicación de código abierto CloudCompare para su mejor ajuste. Como se puede observar el error en ajuste entre las diferentes nubes de puntos es inferior a 2 cm salvo en la segunda cámara que ha sido de 4 cm (Fig. 12a). La amplitud y geometría uniforme de la primera cámara hace que la nube de puntos capturada por el escáner láser (rojo) presenta una mejor definición que la nube generada por fotogrametría (verde) y muy similar, aunque con mayor ruido que la nube generada con sistemas MMS (azul) (Fig. 12b). Sin embargo, el complicado pasillo de acceso que conecta ambas salas dificulta la unión y registro de las nubes de puntos TLS, imposibilitando el registro completo. El desplazamiento uniforme de la nube de puntos MMS en la segunda cámara respecto de las nubes TLS y fotogramétricas se debe a la excesiva estrechez del hueco que las comunica que impide un estas que consumen mucho tiempo y necesitan bastante especialización para que la precisión sea adecuada al registro. Evaluación de la calidad gráfica de los documentos Uno de los aspectos que consideramos fundamentales a la hora de evaluar un dispositivo de captura masiva es el necesario reconocimiento de las características geométricas de los elementos arquitectónicos o arqueológicos sobre la nube de puntos o la posibilidad de generar ortoimágenes de referencia. En este sentido, los factores que más influyen son: la densidad de los puntos capturados, el ruido generado por el dispositivo de medición o la disponibilidad de la textura RGB de los puntos. El mayor inconveniente del equipo MMS utilizado en la investigación -GeoSLAM Zeb-Revo 20 -es que la nube resultante no dispone de textura. Si bien el equipo dispone de una cámara gran angular Gopro que graba un video del recorrido, el software de descarga y tratamiento de datos, GeoSLam-HUB, no permite la sincronización de la imagen con la nube de puntos, por lo que solo ha sido posible su visualización monocroma (Fig. 13). Por otro lado, la menor densidad de puntos registrada impide una adecuada visualización de los elementos constructivos (en nuestro caso mampostería). El dispositivo GeoSlam Zeb Revo ha registrado de forma continua y completa la geometría del tholo, incluso en aquellas zonas donde los otros sistemas no han podido acceder, pero la densidad de puntos obtenida no es suficiente para el reconocimiento de los detalles constructivos que son necesarios para su correcta documentación gráfica (Fig. 14a). En este sentido, los modelos 3D generados por fotogrametría multi-imagen aportan la densidad y textura necesarias para la correcta interpretación y documentación (Fig. 14b). 20 El equipo GeoSLAM ZEB REVO ha sido facilitado por la empresa Geoavance S.L. de Sevilla. Documentación gráfica del tholo de El Romeral En la actualidad, todos los datos se registran, almacenan, procesan y analizan mediante el uso de herramientas digitales (Previtali y Valente 2019). El registro y gestión de los bienes patrimoniales mediante modelos digitales tridimensionales permite un mejor estudio y conocimiento. La generación de documentos gráficos es cada vez más completa y precisa realizándose reproducciones virtuales que se pueden considerar hiperrealistas. Modelos tridimensionales de nubes de puntos o de mallas texturizadas son gestionados por un amplio abanico de aplicaciones informáticas para producir representaciones 2D o modelos y vistas tridimensionales que mejoran y facilitan su compresión y difusión (Martín Tabla 3. Tiempo (en horas) empleado en la captura y procesado de datos. Detalle de nube de puntos realizada por MMS GeoSlam Zeb-Revo (a) y por fotogrametría multi-imagen (b). La falta de textura de la nube MMS impide el registro de los elementos constructivos o las unidades estratigráfica (UUEE). y documentación gráfica de los valores culturales materiales que son el objeto de estudio. Entre las primeras cabe destacar los MDS 21 (Fig. 15), MDT 22 (Fig. 16), ortofotografías (Fig. 17 Por otro lado, entendemos que este dibujo digital debe seguir unos criterios infográficos que permitan un conocimiento riguroso de los elementos patrimoniales sin entrar en representaciones donde se busca más el virtuosismo de quien las realiza. La verdadera finalidad de la documentación gráfica debe ser el adecuado registro de los datos (geometría, elementos constructivos, patologías, contexto arqueológico, etc.) de forma que sean un eficaz medio de análisis y comunicación de los valores culturales que pretendemos preservar (Martín Talverano et al. 2018). Los sistemas MMS se han convertido en una importante herramienta para la adquisición de datos geoespaciales ya que permiten el registro completo, continuo y rápido de la geometría de los elementos estructurales que componen los bienes patrimoniales, incluso en aquellas zonas que, por su escasa dimensión, no son accesibles para los TLS o la captura fotográfica. El sistema de mapeo móvil simultáneo GeoSlam Zeb-Revo utilizado en nuestra investigación nos ha geometrías generadas por secciones aplicadas al modelo (Fig. 18). Todas ellas constituyen la fuente sobre la que debemos plasmar e informar sobre el análisis arquitectónico o arqueológico realizado (Fig. 19), utilizando el dibujo de línea y las tramas como recurso gráfico habitual (San José Alonso 2018). La complejidad estructural o histórica del tholo de El Romeral resulta imposible de definir con la sola representación de su planta o sección. Las ortofotografías constituyen una herramienta fundamental para la mejor y más completa documentación de los elementos patrimoniales ya que facilitan el dibujo, permitiendo justificar el análisis realizado o una posterior reinterpretación (Fig. 20). Ortofotografía interior del tholo de El Romeral. La alta resolución de la imagen (GSD de 0.543 mm/pix) permite la documentación precisa de la geometría y los elementos singulares. Sección longitudinal del tholo a partir de la nube de puntos MMS en el interior y vuelo fotogramétrico en el exterior. Análisis y dibujo de los ortostatos de techo en corredor y cámara con indicación de las grietas y fisuras a partir de ortofotografía escalada. experiencia en la gestión de nubes de puntos con textura, esto no resuelve el problema ya que la escasa densidad de la nube impide la identificación de los elementos constructivos siendo necesaria la aplicación de la textura directamente sobre la malla para que los resultados sean óptimos. Los modelos digitales generados con el equipo TLS muestran nubes de puntos poco homogéneas debido a la compleja geometría y reducido espacio de las estancias del tholo, obligando a posicionar el escáner en múltiples lugares con zonas de solape. Por el mismo motivo, las imágenes capturadas desde la posición del escáner producen texturas de mala calidad debido la falta de perpendicularidad respecto de los paramentos. Según los resultados mostrados en este trabajo, los modelos digitales obtenidos por fotogrametría multiimagen constituyen el soporte más adecuado para la obtención de la documentación gráfica que es necesaria para plasmar los resultados del análisis arquitectónico y permitido un rápido y completo registro tridimensional del tholo de El Romeral mediante dos recorridos cerrados, uno rápido de 8 min y otro más lento de 15 min. En ambos casos, tal y como hemos recogido en la figura 21, las nubes de puntos generadas disponen de una calidad geométrica similar al de otros sistemas de registro, siendo suficiente para obtener la geometría general de las estructuras (planos de planta o secciones). Sin embargo, la escasa densidad de las nubes de puntos unida a la falta de textura o el ruido que estos dispositivos generan, impiden el reconocimiento de los elementos singulares que son necesarios para su completa documentación, como puede ser la lectura paramental de las unidades estratigráficas para la realización del análisis arqueológico. La falta de disponibilidad en España nos ha impedido testear el equipo GeoSlam Zeb-CAM que según la casa comercial permite la captura de video simultánea a desplazamiento y la aplicación de color a los puntos de la nube. En cualquier caso, de acuerdo a nuestra Figura 20. Análisis tipológico de la geometría y materiales en el alzado Este del interior del tholo de El Romeral. Registro gráfico de los tres sistemas de captura masiva. TLS, fotogrametría SFM, sistema MMS. Esto requiere un esfuerzo por parte de todos en una actualización constante de las aplicaciones y técnicas de registro, así como en la fijación de unos estándares en la documentación que es necesaria para este tipo de productos. En este sentido, consideramos importante que en futuras investigaciones, para este tipo de análisis, se empleen equipos que combinan todas las tecnologías utilizadas (escáner láser, IMU, brújulas, GNSS y cámaras HDR) como el RTC360 de Leica o la tecnología blue workflow® de Z+F (Zoler+Fröhlich). Agradecemos la colaboración y ayuda prestada por Bartolomé Ruiz González, director del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera. La documentación suministrada y el entusiasmo en sus explicaciones nos sirvieron de gran ayuda para comprender mejor la importancia de estas construcciones y reafirmarnos en la necesidad de este tipo de trabajos de documentación. Agradecemos la colaboración de la empresa Geoavance S.L. de Sevilla y más en concreto a su gerente Javier Ramos por habernos facilitado el equipo GeoSlam Zeb Revo y ayudado en el procesamiento de las nubes de puntos capturadas por este equipo. arqueológico. La captura rápida y precisa de las imágenes desde múltiples posiciones permite un registro más eficaz de las formas y de la textura. La capacidad que presentan los programas de SFM de orientar correctamente y de forma automática grandes conjuntos de imágenes (Remondino et al. 2017), unida a la calidad métrica de los resultados, hacen que la fotogrametría multi-imagen se presente como una importante alternativa acorde a las necesidades actuales de documentación del patrimonio. En cuanto al coste se refiere, la fotogrametría de SFM constituye la opción más económica, ya que el equipo necesario se limita a una cámara digital, un equipo topográfico y un software de procesamiento SFM comercial y libre. El análisis cuantitativo y cualitativo de las nubes de puntos generadas con MMS se ha realizado a partir de la comparación con las nubes de puntos generadas mediante escáner láser 3D y las elaboradas mediante fotogrametría multi-imagen. Estas nubes aportan mayor calidad gráfica que las realizadas por MMS pero requieren una mayor especialización y tiempo tanto en los trabajos de campo como en el procesamiento. El modelo 3D resultante de nuestra investigación aporta una geometría completa del tholo de El Romeral incluso en aquellas zonas estrechas que no han podido ser adecuadamente registradas por los otros sistemas. La escasa densidad de la nube de puntos generada por los dispositivos MMS impide el registro detallado de los elementos constructivos que son necesarios para el completo análisis del tholo de El Romeral. En zonas de pasos estrechos observamos una disminución de la precisión en el ajuste geométrico de las nubes de puntos. La falta de medidas de referencia o con geometrías más robustas impide una correcta localización del equipo. En este caso y con objeto de mejorar la localización del equipo MMS proponemos que el acceso a las diferentes estancias debe realizarse de espaldas tomando como referencia los datos ya registrados en la estancia desde la que se accede. No obstante, es necesario seguir experimentando en los procesos de toma de datos e intercambio de información, mejorando la calidad gráfica de los modelos y facilitando la interoperabilidad por parte de otros investigadores y profesionales a través de plataformas
decayeron, lo que ocasionó su paulatino abandono por su inaccesibilidad. Su carácter icónico en la comarca marteña (Fig. 3) se ha visto preservado por la dificultad que presenta la subida al recinto, lo que hace que sus restos sean un ejemplo representativo de la arquitectura militar bajomedieval. El castillo contó con una relevante torre del homenaje (T1), un recinto murado y torreado superior y otro inferior con aljibe y alberca (A), separados ambos por un foso excavado en la roca (Fig. 4). De todos estos elementos aún subsisten suficientes estructuras para poder analizar su disposición original y evolución en el tiempo, así como las técnicas constructivas utilizadas. Si en otras fortalezas del entorno se han acometido estudios detallados con motivo de los trabajos de restauración llevados a cabo, del castillo de La Peña tan solo existen breves descripciones que no han llegado a registrar pormenorizadamente sus restos emergentes ni a profundizar en su configuración arquitectónica. El análisis de la información obtenida durante este proceso de documentación ha aportado nuevos datos e hipótesis a las conocidas previamente. LA IMPORTANCIA TERRITORIAL DE MARTOS Y LA PEÑA La islamización de la campiña de Martos pudo haber sido temprana, habiendo atravesado el ejército de Tariq estas tierras al poco de entrar en la Península Ibérica, discurriendo por la vía romana que unía Astigi (Écija) con Cástulo (Chalmeta 2003: 151) durante su expedición a Toledo. La rebelión de los muladíes a finales del siglo IX supuso que estos también se hiciesen dueños de un pequeño territorio en esta zona y que se levantaran en sus castillos contra la autoridad emiral. Sa'd, describió en su crónica sobre al-Andalus la sublevación ocurrida en Tušš (Mārtuš) en el año 906 (Burgos 1998: 38). Tras tomar la plaza y obtener juramento de fidelidad, en 912 el propio emir'Abd al-Rahman III se estableció en la fortaleza marteña, para acabar definitivamente con la revuelta muladí encabezada por'Umar ibn Ḥafṣūn. Se ha postulado la existencia de un ḥiṣn en La Peña ya en esta época, que habría tenido por objeto el control territorial de las campiñas jiennense y cordobesa, posibilitando la conexión visual con otros asentamientos El castillo de La Peña constituyó la cabeza de partido de la encomienda calatrava de Martos (Fig. 1). Dominó el extremo oriental de la campiña sur de Jaén, delimitada al oeste con la de Córdoba, al sur con las sierras del poniente granadino y al norte con el valle del Guadalquivir. Esta comarca se caracteriza por ser bastante accidentada, con abundantes zonas montañosas, destacando el macizo calcáreo de La Peña, que alcanza 1003 m s. n. m. en su punto más elevado. Este promontorio con forma sensiblemente cónica se alza ejerciendo el control visual sobre una extensa superficie de la campiña jiennense, que queda delimitada por las sierras de la Grana al noreste (1254 m s. n. m.), de la Caracolera al suroeste (1340 m s. n. m.), de la Pandera y de Alta Coloma al sureste (1763 y 1662 m s. n. m. respectivamente). En las faldas de La Peña está atestiguada la presencia humana desde el Neolítico, conservándose restos arqueológicos de época íbera4, romana5, visigoda 6 y medieval. De este último periodo destacan los restos de sus murallas urbanas y la que es conocida como fortaleza Baja de Martos. Poco después de la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, estas tierras ganadas por la Corona de Castilla fueron donadas a la Orden de Calatrava. Martos se erigió como cabeza de partido de los territorios controlados por esta en el Alto Guadalquivir. Por su emplazamiento y condición de fortaleza natural, La Peña (Fig. 2) fue la sede escogida por la mayoría de los maestres de la orden como símbolo de su poder y referente desde el que se dominaban las tierras de la encomienda de Martos. Su fuerte carácter defensivo desempeñó una función primordial en este territorio de frontera con el reino nazarí de Granada entre los siglos XIII y XV. Tras la conquista de Granada, sus cometidos militares y estratégicos fortificados como Arjona, Lopera, Baena, etc. (Gutiérrez 2009a: 25 y 52, 2013). En el siglo X, la kūra de Ŷaīyān (Jaén) contaba con 16 distritos, siendo Tušš la cabeza de uno de ellos, donde confluían la mayor parte de los caminos de la zona. Las fuentes árabes le otorgan el estatus de ḥiṣn con un fuerte papel militar como principal defensa de Jaén, contando con el control administrativo del territorio circundante (Castillo y Alcázar 2006: 159). Más tarde, el califa Alī ben Hamudal-Nāṣir inició en Martos su reinado, poniendo fin a la guerra civil de comienzos del siglo XI, que concluyó con la fragmentación de al-Andalus en los reinos de taifas. Tušš perteneció desde 1028 a la kūra de Ilbira (Elvira), bajo la dinastía zirí, quedando finalmente del lado de la de Sevilla, bajo el dominio abadí, pues, mediante un pacto entre Ibn'Ammār y Alfonso VI de Castilla, el primero arrebató en 1085 la plaza de Martos al rey'Abd Allāh de Granada (Aguirre y Jiménez 1979: 190). La batalla de las Navas de Tolosa en 1212 supuso el declive del poder almohade en la comarca de Martos. Tras esta contienda, los castellanos definieron una primera marca fronteriza que controlaba los pasos de Sierra Morena, dominando un pequeño territorio y algunas plazas como Vilches, Tolosa y Baños de la Encina (Fig. 5a). Ante esto los andalusíes reaccionaron construyendo y reforzando numerosas fortalezas. El rey Fernando III empezó la conquista del valle del Guadalquivir aprovechándose de la debilidad y de los enfrentamientos internos de los almohades. Fruto de estas disensiones aparecieron diferentes reinos rebeldes que desafiaron al poder del califa'Abd Allāh al-'Ādil, destacando la figura de'Abd al-Mu'minal-Bayyāsī, quien estaba enfrentado a su hermano el gobernador de Sevilla y controlaba la ciudad de Baeza, junto a gran Fig. 2. Vista aérea del Castillo de Martos desde el oeste, con el fondo de la Sierra Sur de Jaén. Fotografía de los autores. Vista tomada al norte de Martos. En primer plano se aprecia la silueta de la torre del homenaje y restos del trazado murario de la fortaleza baja. En segundo plano La Peña de Martos, con los restos de la fortaleza en la cima. Fotografía de los autores 5 parte del territorio de la actual provincia de Jaén. En 1224, Fernando III comenzó sus primeras incursiones en los territorios del Alto Guadalquivir apoyando a al-Bayyāsī (González 1980), empezando así una serie de campañas en las que atacó distintos castillos. Un año más tarde pusieron cerco a Jaén, y, tras la toma de la ciudad, este último consiguió el cargo de gobernador, por lo que quiso declararse independiente del poder almohade con la ayuda militar del monarca castellano, convirtiéndose en su vasallo en el pacto de 1225 de las Navas de Tolosa. Por este tratado, Fernando III recibió la población de Martos, además de otras como Andújar, y Porcuna (Fig. 8). La encomienda encabezada por la Peña de Martos acabó por englobar a Torredonjimeno, Jamilena, Santiago e Higuera de Calatrava y otros núcleos de menor entidad como Benzalá, Torre Fuencubierta, Torre García o Monte Lope Álvarez7. En 1238 el primer monarca nazarí, Muhammad ibn al-Ahmar, puso cerco a la fortaleza, posiblemente como reacción a las ofensivas que se estaban realizando contra la ciudad de Jaén. Años más tarde, en 1245 tuvo lugar una nueva incursión en el territorio marteño por parte de contingentes gazules procedentes del reino de Granada, poniendo sitio a la ciudad, intentando frenar la presión y los asedios cristianos en tierras granadinas. El cerco fue levantando de nuevo al llegar los refuerzos enviados por Fernando III (Menéndez 1977: 744). A partir de este momento la frontera con el reino nazarí de Granada quedó localizada al sur de esta encomienda (Fig. 5b). Además, el final del siglo XIII coincidió con un periodo de gran agitación en el seno de la Orden de Calatrava (Ruiz 2010: 64; Gómez de Terreros 2010) que dio lugar a una etapa de inestabilidad política en el que se sucedieron distintos maestrazgos. Tras el fallecimiento de Fernando IV en Jaén en 1312, se produjo de nuevo una etapa de inestabilidad que fue aprovechada por Ismaīl I para realizar uno de los más intensos ataques sobre la comarca marteña en 1325, tras el desconcierto castellano producido por la derrota en una expedición contra Granada. El monarca nazarí llegó a la villa de Martos, a la que sometió a un duro cerco donde el ejército granadino habría utilizado la pólvora, siendo la primera aparición atestiguada de esta nueva arma en tierras jiennenses (Eslava 1990: 155-156). La ciudad fue tomada, saqueada y asolada por los granadinos, tal y como narró Ibn al-Jaṭīb (Burgos 1998). No se consiguió por el contrario tomar el castillo de La Peña, que contuvo el ataque con un reducido número de defensores que organizaron la contraofensiva que liberó a Martos del asedio. A lo largo del siglo XIV, el empuje castellano fue desplazando la frontera del reino de Granada hacia el sur de Martos (Fig. 5c) (García 1987: 84), lo que no evitó que en el siglo XV continuaran las expediciones Baños de la Encina, Salvatierra, Capilla y el Alcázar de Baeza, modificándose la línea fronteriza que se expandía por el margen izquierdo del Guadalquivir. Este territorio se encontraba muy fortificado (Gutiérrez 2009b: 48), contando con castillos de entidad y otros menores consistentes en pequeños recintos ubicados en puntos estratégicos, tales como Torre Ben-Zalá o Torre Alcázar (Fig. 6), que funcionarían como albacaras defensivas para proteger a la población campesina y almenaras para controlar las vías de comunicación. Tras la muerte de al-Bayyāsī en 1226 durante un ataque a Sevilla, se produjo una sublevación mudéjar, a la par que estos emigraron masivamente hacia tierras andalusíes, lo que obligó a los castellanos a llevar a cabo un repoblamiento ante el peligro de perder los territorios conquistados. Las tensiones que se dieron en Martos fueron contenidas por el conde Álvaro o Alvar Pérez de Castro, a quién Fernando III le confió la tenencia de La Peña (Cressier y Salvatierra 2014: 465-470) y de la ciudad, como un punto estratégico clave en este territorio fronterizo, configurándose como ciudad avanzada del poder castellano en estas tierras. Esta situación hizo que los musulmanes de Arjona la tratasen de reconquistar. Así habría sucedido en un asedio ocurrido en 1227, recogido con carácter legendario en numerosas crónicas medievales desde el reinado de Alfonso X (Gutiérrez 2011). Este episodio bélico no fue protagonizado por el primer rey nazarí de Granada, según relató en 1595 Diego Pérez de Mesa en su libro Grandezas de España (Olivares 1992: 180), sino por Abū-l-'Ulā, hermano del califa almohade Abū Muḥammad' Abd Allāh al-'Ādil, quien aprovechó la desprotección de Martos durante un viaje a Toledo de Álvaro Pérez de Castro y la expedición de su sobrino Tello Alfonso de Meneses a la campiña cordobesa, que estaba al cargo de la defensa de la ciudad. Este último tuvo noticia del asedio cuando se encontraba en Víboras (Fig. 7), a escasos 15 km, regresando de inmediato a Martos. Aunque consiguieron defender la fortaleza de la villa, no pudieron hacer lo mismo con la de La Peña, que fue tomada por el ejército de Abū-l-'Ulā (González 1980). Estos hechos provocaron que Fernando III regresara a estas tierras, ante lo cual, los andalusíes se retiraron a Arjona. Tras estos acontecimientos, a finales de 1228 se encomendó a la Orden de Calatrava la defensa, administración y estructuración del territorio correspondiente a Martos y sus términos (Gutiérrez 2009b: 34), incluyéndose también las poblaciones y territorios de Víboras nazaríes contra la ciudad, destacando la que tuvo lugar en la segunda mitad de la centuria, ordenada por Abū al-Ḥasan, el Muley Hacén de las crónicas castellanas (Capel 1994). Como consecuencia de todos estos ataques y de la situación de frontera con el reino de Granada, la encomienda de Martos realizaría refuerzos y ampliaciones en sus defensas de forma constante, llevando a cabo años más tarde era conquistada la capital del reino nazarí, desapareciendo definitivamente la inestabilidad fronteriza. La documentación conservada muestra el imparable deterioro del castillo de La Peña a lo largo del siglo XV, que ya había comenzado en la centuria anterior. En 1491 se tuvo que trabajar en la puerta principal, en parte de sus murallas, en el lagar y de nuevo en su iglesia. Dos años después se volvían a ordenar las mismas reparaciones y algunas más centradas en la torre mayor, las casas del horno y el molino, que estaban para caerse. La inaccesibilidad que presentaba esta fortificación, tan necesaria en momentos de conflicto, hizo difícil su sostenimiento en tiempos de estabilidad prolongada. Por ello, el comendador de la Orden de Calatrava decidió trasladar su morada a la fortaleza urbana, aun cuando esta también se estaba deteriorando, dando cuenta los visitadores de las reparaciones necesarias en 1505 y 1514 (Recio y López 2002). En una revista a la fortaleza de La Peña realizada en 1557 se realizó un inventario de las armas y determinados bienes muebles existentes en ella, la mayoría de ellos inservibles, indicando además que el alcaide frey Gutierre López de Padilla ya no se encontraba en ella (López 2003). Con esta relación se ponía de manifiesto que muchos de los utensilios militares estaban en mal estado o eran ya obsoletos, meras reliquias bélicas del pasado. Durante la guerra de la Independencia, se produjeron enfrentamientos a las afueras de Martos, llegando los invasores a ocupar el castillo de La Peña en 1808 (Cano y Serrano 2009: 70). Con todo, esta implantación debió ser solamente un posicionamiento estratégico en un emplazamiento dominante, puesto que no hay evidencias de construcciones de este periodo en superficie. HISTORIOGRAFÍA DEL CASTILLO DE LA PEÑA Entre las primeras referencias históricas generales, destaca la que realizara en 1579 Diego de Villalta, vecino de Martos y uno de los últimos ocupantes de la fortaleza. Aún en esos postreros momentos la referiría como "inexpugnable" y que estaba "cercada de fuertes y altas murallas y torres y cubos muy espesos, puestos en la cerca y cuadra [...] Tiene dentro de lo cercado una torre del homenaje grande y muy hermosa, con un foso muy hondo, todo cavado al derredor y cortado en la peña viva, con su puente levadizo de madera asida con fuertes y recias cadenas" (Villalta 1982 intervenciones con objeto de configurar una sólida protección a la población. En la fortaleza urbana se siguió manteniendo el esquema de ciudad andalusí con un doble recinto amurallado, uno para albergar en su interior la alcazaba y otro externo que protegía a la medina (Quesada-García y Fernández 1991). Las construcciones previas, realizadas en tapial, fueron revestidas de mampostería, quedando la muralla con una serie de torres macizas de planta circular, cuadrada y rectangular. Esta forma de refortificar había sido practicada sistemáticamente en el Campo de Calatrava, donde esta orden militar había obtenido sus primeras encomiendas unas décadas atrás (Aranda et al. 2016). Además, la creciente generalización del uso de la artillería pirobalística propició que en muchas fortalezas se realizaran paulatinas reformas para adaptar sus elementos arquitectónicos defensivos y ofensivos a las nuevas necesidades, tales como el engrosamiento de algunos paramentos de las murallas y torres, así como el suavizado de las aristas, que a partir de ahora se ejecutarían preferentemente con forma redondeada, tal y como puede observarse en algunas estructuras del castillo de La Peña o en la torre del homenaje del castillo de Víboras (Fig. 7). También se levantaron fortalezas de nueva planta como la de Higuera de Calatrava, Torredonjimeno o Jamilena (Gutiérrez 2009b: 50), encargadas del control y de la vigilancia de los principales caminos que unían Martos con Jaén y Porcuna. Además, estos recintos sirvieron para crear un escudo que permitiera la colonización de estas posiciones calatravas. Todos estos castillos contaron con un recinto amurallado que servía tanto de residencia de la guarnición militar como de refugio para la población, dentro del cual se alzaba la torre del homenaje. De la misma manera se reforzaban las diferentes torres vigías existentes o construidas por la orden en puntos estratégicos y/o vinculados a las comunicaciones (Fig. 8). Aparte de servir como centro fiscal y jurisdiccional, tenían un importante papel defensivo, de organización territorial y de representación del poder. En algunas fortalezas preexistentes se tuvo que modificar su organización y estructura para acoger diversas dependencias residenciales y conventuales -salas capitulares, refectorios, capillas, claustros-así como espacios de almacenaje tales como graneros o bodegas (Molina y Eiroa 2009: 183). La presencia de grandes torres del homenaje también destacó como imagen del poder feudal calatravo, además de servir de reducto defensivo, y acabó influyendo en la arquitectura militar andalusí. En el año 1489 la administración de las órdenes militares fue asumida por el rey Fernando el Católico y tres Fig. 9. A la izquierda, imagen de la portada de la obra de Diego de Villalta. Los textos que la acompañan ponen de manifiesto la dificultad del camino de ascenso al castillo, representando en la cima a Hércules con sus columnas. A la derecha, ilustración en el interior de la misma obra con el camino entre La Peña y Martos, por el que desciende el dios de la guerra. Dibujo de Ximena Jurado, incluido en su obra "Antigüedades del reino de Jaén" del año 1639, donde se ven La Peña y el recinto amurallado de la villa de Martos. El primer acercamiento científico a sus vestigios lo realizó Juan Eslava Galán (1990), quien indicó que el castillo de La Peña fue construido por la Orden de Calatrava hacia 1240, aunque en otra parte de su trabajo también fijaría su fundación un siglo más tarde. Postuló la existencia de estructuras de un primitivo castillo andalusí en el "bastión" rectangular que se conserva en el lienzo de la muralla septentrional. Poco después, Francisco Cerezo Moreno dibujaría los restos del interior del aljibe, de la torre circular situada en la esquina nordeste y de la torre del homenaje (Cerezo y Eslava 1989) (Fig. 12). En 1998, Rodrigo Valdecantos Dema adelantaría la construcción del castillo de la Peña al siglo IX, indicando que habría sido refortificado por la Orden de Calatrava a partir del siglo XIII, construyéndose la torre del homenaje en el siglo XIV. También en 1998, Antonio Burgos Núñez describió las principales fortificaciones del entorno, incluida la de La Peña (Burgos 1998). El trabajo más reciente fue llevado a cabo por la Asociación para el Desarrollo de la Sierra Sur de Jaén (ADSUR)9, con una somera descripción de los restos emergentes incluyendo un esquema de los alzados, dos secciones y un detalle del aljibe, aunque sin ahondar en sus aspectos constructivos. Sí se ha abordado con mayor profusión el contexto territorial, destacando las publicaciones del Grupo de Investigación del Patrimonio Arqueológico de la Universidad de Jaén, destacando los estudios de Juan Carlos Castillo Armenteros sobre el señorío calatravo en estas tierras (Castillo y Castillo 2003; Castillo et al. 2013). Estas investigaciones han permitido conocer las transformaciones introducidas por esta orden en las construcciones previas, a partir de la prospección y excavación de varias de las fortificaciones construidas en el Alto Guadalquivir, tales como Alcaudete, Lopera, Sabiote, Villardompardo o Torredonjimeno. Por otra parte, Francisco Ruiz Fúnez ha realizado una descripción de las que se encontraban en este entorno, abordando el contexto social y el papel determinante de estas para la organización y articulación del territorio (Ruiz, 2010). EL CASTILLO MEDIEVAL DE LA PEÑA DE MARTOS Tras la entrega de Martos a la Orden de Calatrava en 1228, se diseñó una fortaleza que ocupó toda la meseta de la cumbre, aprovechando la orografía del terreno como defensa natural, quedando las hipotéticas estructuras previas amortizadas o absorbidas por completo por las nuevas construcciones. El perímetro murario acabaría definiendo una planta trapezoidal, abarcando una superficie total en torno a los 8550 m 2 (Fig. 4). En la actualidad, la subida a La Peña se realiza por su ladera meridional, por ser la más accesible. Dibujos de Francisco Cerezo Moreno publicados en 1989. Izquierda: interior del aljibe del recinto inferior del castillo de La Peña. Centro: exterior de la torre circular del extremo noreste. Derecha: en primer plano se dibujó el foso de la fortaleza y, tras él, los restos de la torre del homenaje. En el recinto elevado destacan los restos de la torre del homenaje (T1), elemento icónico que es reconocible desde la lejanía del territorio y donde debió de ubicarse la residencia del comendador de la Orden de Calatrava. En el recinto inferior son visibles los vestigios de un aljibe y una alberca (A). Aparte de los lienzos de la muralla, actualmente no emerge ninguna otra estructura edilicia. Con todo, debió de ser el lugar donde se ubicaron la mayor parte de las construcciones intramuros, entre las que podrían encontrarse la iglesia de Santa Catalina, los hornos, el lagar o los talleres mencionados en las visitas de la orden. El perímetro murario era continuo en todo el recinto, y en el "mal vecino" existió al menos un parapeto de protección de poco espesor, como evidencian los restos conservados. La muralla fue completada con la construcción de torreones y bastiones reforzando puntos estratégicos. Su reducido número11 es suplido por quiebros y redientes en los muros. Las torres circulares habrían sido huecas, mientras que el resto son macizas, estando algunas de estas adosadas a las murallas a modo de contrafuertes, sin trabazón al menos en la línea de contacto exterior. ANÁLISIS DE LOS RESTOS CONSERVADOS Torre del homenaje (T1) Los visitadores de la Orden de Calatrava ya advertían en el siglo XVI de la falta de mantenimiento en la torre mayor de esta fortaleza. Aun así, sigue siendo el elemento más presente en todo el conjunto, estando ubicada en la parte más elevada de la meseta (Fig. 14). Tiene planta rectangular, con unas dimensiones de 11 × 21 m y se conservan restos de todos los alzados, aunque el oeste y parte del norte se encuentran derruidos desde el suelo del primer nivel que aflora en el terreno. Fue construida con mampostería bien ripiada, dispuesta en hiladas y con las esquinas trabadas con sillares diferentes, con alturas que oscilan entre los 10 y los 22 cm. Muchos de los que están tallados en piedra arenisca son de acarreo, presentando símbolos, entalles y recortes debidos a un uso anterior en otras edificaciones. La sillería no está en el resto de las torres y cubos del 14 Fig. 13. Camino de acceso al castillo de La Peña. El trazado gris representa el camino ejecutado en 2004, mientras que el rojizo sería el medieval. El sombreado representa los restos de antiguas estructuras localizadas en la prospección arqueológica realizada con motivo de la construcción del nuevo camino. En la zona norte se han trazado los lienzos de muralla de la fortaleza Baja que entestan con el macizo rocoso. Plano de los autores. Se encuentra a ras del suelo del primer nivel y podría haber estado vinculada a un eje horizontal del sistema de puerta basculante de entrada a la torre. El acceso a esta plataforma abatible tendría que realizarse con medios auxiliares, tales como ménsulas empotradas en el muro, rampas y/o escaleras, hecho que puede apreciarse en los huecos alineados en diagonal de la torre del homenaje del castillo de Víboras. En este último caso se ha conservado un espolón de mampostería en su esquina noroeste, junto al arranque de estos huecos, por lo que en las inmediaciones de la torre del homenaje del castillo de La Peña pudieron existir estructuras anexas vinculadas a este sistema de acceso, como parecen apuntar los restos arqueológicos que se vislumbran cerca de su esquina nordeste. Esta torre del homenaje evidencia haber tenido al menos tres salas superpuestas, conservándose una estancia colmatada por escombros bajo el nivel accesible actualmente. La inferior está compartimentada, lo que podría estar en consonancia con los indicios de división espacial en los niveles superiores de estas grandes salas recinto amurallado, que, o bien son de planta circular, o cuentan con las esquinas curvas, hecho que también está en la torre del homenaje del castillo de Víboras (Fig. 7). El diseño de la principal torre del castillo de La Peña es bastante compacto, contando con ventanas rasgadas no conformadas con sillares, con forma abocinada hacia el interior. Las mejor conservadas están en el alzado sur, donde se puede observar tres aspilleras y los restos de una cuarta dispuesta a un nivel superior. En los demás alzados también estuvieron presentes, aunque su contorno se haya muy desfigurado. Por su ubicación y posición, la función de estos huecos era la de iluminar y ventilar las estancias, siendo las emplazadas hacia el flanco este las únicas que podrían permitir un uso defensivo. Empotrado en el paramento del alzado norte y a la altura del suelo del primer nivel de la torre, se ha conservado una cavidad de sección cuadrada que podría haber formado parte del sistema de acceso. Está ejecutada en ladrillo, destacando la erosión que se aprecia en la base inferior, debido posiblemente al desgaste provocado por longitudinales de más de 15 m de longitud, cubiertas con bóveda de cañón. Diversos autores atribuyen a la estancia inferior el uso de aljibe. Sin embargo, este espacio se encontraba iluminado, puesto que las tres ventanas rasgadas conservadas en el alzado sur están asociadas a este nivel. Por ello en esta planta se encontrarían otras dependencias de la torre, existiendo aún la posibilidad de que un aljibe hubiese sido dispuesto en un nivel inferior a este, quedando así la torre organizada en cuatro plantas (Fig. 15, arriba). En las estructuras emergentes no se aprecian evidencias de las escaleras que permitiesen realizar las conexiones verticales entre los diferentes niveles. Probablemente, estas podrían haber estado empotradas en los mismos, tal y como sucede en la mejor preservada torre del homenaje del castillo de Víboras y como parecen que fueron reflejadas en uno de los dibujos realizados en la década de 1980 por Francisco Cerezo Moreno (Fig. 12, derecha). En cuanto al nivel superior, no quedan restos que permitan una completa interpretación del espacio. Los muros de la torre van disminuyendo en sección, pasando de los 2,60 m de espesor del nivel intermedio a los 2 m en la planta más alta, de la que quedan restos de los arranques de las bóvedas de ladrillo y de posibles muros o arcos fajones que, además de rigidizarla, podrían estar en relación con la compartimentación del espacio de la sala superior. La coronación de la torre del homenaje se ha perdido completamente, pudiendo haber existido un espacio aterrazado sobre el nivel superior. Las bóvedas se encuentran ejecutadas con dos hiladas de ladrillo dispuestas a soga, que quedarían enrasadas con la cara interna de los muros. Dadas sus dimensiones, para su construcción debió de emplearse una cimbra que le sirviera de apoyo y que sería retirada una vez finalizara el proceso (Fig. 15, abajo). El trazado de las bóvedas sería continuo, quedando interrumpido únicamente por las ventanas rasgadas colocadas en los alzados norte y sur, que por su posición debieron de quedar englobadas en estas. Esta técnica es observable también en los tragaluces de las caballerizas del cercano castillo de Alcaudete. Esta torre pudo haber alcanzado los 20 m de altura sobre la rasante del alzado este, con tres o cuatro niveles cubiertos con largas bóvedas de cañón que pudieron alojar en su interior distintas estancias para albergar el programa de necesidades demandado por la Orden de Calatrava. El lienzo L0 es el único que subsiste del perímetro amurallado del recinto superior en la vertiente sureste. Destaca la aparición de un quiebro en su trazado, aprovechando el sustrato rocoso y actuando a modo de cremallera, sobresaliendo como el elemento defensivo principal que se prolongaría en el frente oeste (Fig. 16). Este muro no se encuentra trabado con la torre del homenaje. Esto podría estar indicando la existencia de diferentes momentos constructivos y ha podido ocasionar el derrumbe de parte de su trazado, debido a la falta de arriostramiento. La muralla L1 se sitúa al norte de la torre del homenaje, delimitando el contorno del recinto superior hasta alcanzar el foso. Este también se adosa sin enlazarse a la cara norte de la torre del homenaje. Está actuando como contención de una gran acumulación de material procedente de los derrumbes, presentando un desnivel de más de 5 m entre el alzado interior y el exterior. los restos de una torre que habría albergado una puerta del recinto inferior (Fig. 17). Este muro cuenta con una cota que alcanza los 4 m de altura sobre la rasante y un espesor de 1,60 m, al igual que la mayor parte de los restantes lienzos. En su relleno interior se puede observar la colocación aleatoria de piedras de mayor tamaño, que vendrían a arriostrar y a dar mayor cohesión al lienzo de muralla. En el alzado exterior la mampostería se dispone en hiladas, con una diferencia de tamaño entre las superiores y las inferiores, habiéndose colocado piedras grandes que en algunos casos rompen la linealidad. El sustrato rocoso sobre el que se cimenta el muro aflora en varios puntos, introduciéndose mampuestos para regularizar estos desniveles, al igual que sucede en la torre del homenaje. A la altura aproximada de 2,60 m sobre la rasante, se observa una hilada de regularización a partir de la cual se produce un detrimento en el tamaño de los mampuestos utilizados, volviendo a las dimensiones estándares entre los 20 y 40 cm. El alzado interior presenta unas características similares al exterior, apreciándose algunas irregularidades en las hiladas más cercanas al foso y a otras zonas puntuales La torre circular T2 ha resultado clave para conocer las fases evolutivas del castillo de La Peña. Se encuentra prácticamente desaparecida, por lo que las descripciones de la fortaleza no se han hecho eco de su presencia. Con todo, aún se pueden ver suficientes mampuestos en el terreno para evidenciar su forma curva, con un diámetro exterior que pudo alcanzar los 7 m. En torno a esta torre circular pudo haber existido un sistema de control para el acceso al recinto superior. En ella convergen el lienzo de muralla L2, proveniente del recinto inferior, y el muro al sur del foso para proteger el recinto superior. Los restos de ladrillo existentes a su alrededor sugieren la posibilidad de que la estancia interior pudo haber estado cubierta por una cúpula de este material. Se conservan además indicios de las jambas que delimitarían el acceso desde el perímetro amurallado en torno a la torre del homenaje. Lienzo de muralla L2 y torrepuerta P1 El lienzo de muralla L2 tiene un trazado rectilíneo y discurre sobre el lado este de la fortaleza, hasta alcanzar del lienzo donde se produce una ruptura en el trazado, existiendo restos de morteros que serían posteriores a la construcción inicial. Estas anomalías coinciden con huellas de otros muros o estructuras desaparecidos que lo habrían acometido. Al alcanzar este lienzo a la torre-puerta de entrada (P1), se produce un ensanchamiento en su sección, enmarcándose en el planteamiento de un acceso al recinto inferior del castillo. En el alzado exterior se aprecian piedras dispuestas para encajar la rosca de un arco. Presentan un trazado rectangular, de aproximadamente 10 × 6,30 m, sobresaliendo 1 m de la rasante del lienzo de muralla. En el alzado frontal existen irregularidades en los morteros, que presentan una coloración más rojiza, y en las hiladas, que muestran la colocación anárquica de mampuestos indicando intervenciones posteriores. Los visitadores de la orden ya dejaron constancia de las necesidades de reparaciones en la puerta de la fortaleza. Se observa la presencia de sillares y piedras talladas embutidas en el muro tras la jamba sur, que podrían haber estado vinculadas a las guías de un rastrillo. La torre-puerta presentaba al menos una planta por encima del nivel de paso, dados los restos que subsisten en el flanco norte, donde aún se constata la cara interior de los muros con un espesor de 1,80 m, que sería excesivo para un pretil o un almenado de cubierta. Esta estancia parece quedar señalada en las puertas representadas en los grabados de la fortaleza de La Peña publicados en 1579 por Diego de Villalta (Fig. 9). Lienzo de muralla L3 y torre circular T3 Sería el que discurre de norte a sur entre la torre-puerta de entrada (P1) y la torre circular (T3), situada en el extremo noreste (Fig. 4). Es uno de los tramos peor conservados, con muros de 1,60 m de espesor que se elevan poco más de 0,50 m sobre el nivel del terreno. Es el tramo con mayor longitud de la fortaleza, superando los 40 m, dimensiones poco habituales en las fortalezas de esta época. Este hecho ha podido ser el causante de su mal estado de conservación, al no contar aparentemente con ningún elemento intermedio que ejerciese de contrafuerte, salvo que haya quedado sepultado por los derrumbes. La torre circular T3 se encuentra en el extremo noreste del recinto (Fig. 18, derecha), en la esquina en la que tal y como sucede en la de Montalveche (Vélez-Rubio). Destaca el mayor uso del ladrillo como material para el ripiado y la aparición de fragmentos de tejas para tal fin, hecho que será recurrente a lo largo del alzado norte. En esta torre se pueden apreciar muestras del revestimiento que debió tener la fortaleza, siendo el punto donde este se muestra con mayor claridad de todo el conjunto. Sobre esta bóveda cabe la posibilidad de que hubiera una sala superior. No quedan vestigios de elementos de comunicación vertical entre estos espacios, que, de haber existido, debieron ser de escasa entidad debido a las pequeñas dimensiones del aposento. Lo más probable es que no hubiera una comunicación directa entre ellos, y que a la parte superior se accediera por el exterior o a través de los caminos de ronda que discurrirían sobre los lienzos de muralla, tal y como parece apreciarse en el dibujo realizado por Francisco Cerezo Moreno en la década de 1980 (Fig. 12, centro). Se sitúa entre la torre circular T3 y la cuadrangular T4 (Fig. 18, centro). Está emplazado en la cara norte del recinto y los restos que aún quedan presentan un buen estado de conservación. convergen los lienzos L3 y L4. Es la única torre hueca del castillo de la que se conserva parte de su alzado. Esta se proyecta hacia el exterior de ángulo que se produce en la muralla, quedando a medio camino entre un cubo de flanqueo y una torre albarrana, aunque no llega a separarse de los lienzos murarios. En su interior hubo al menos un espacio cubierto conectado con el recinto inferior de la fortaleza, conservándose aún los restos del ladrillo que conformarían el hueco abovedado de acceso. Sus dimensiones son similares a las de la desaparecida T2, con un diámetro de 6,50 m y unos muros de 1,50 m de espesor, ligeramente inferiores a los del resto del recinto. El espacio interior fue cubierto con una bóveda semiesférica de ladrillo de 14 × 28 × 4 cm, que podría haber alcanzado los 1,60 m sobre el nivel del arranque. Su disposición se realizaría de forma concéntrica y presenta similitudes con la pequeña cúpula que cubre la escalera de subida a la sala superior del cercano molino fortificado del Cubo, en el término municipal de Torredonjimeno. En el interior de los muros circulares se conservan pequeñas oquedades con diámetros de 8 y 12 cm, que aparecen de forma repetida a lo largo del perímetro circular. Podrían estar relacionadas con un andamiaje puntual o como tirantes de refuerzo para contrarrestar los empujes de la bóveda, hecho que ha sido constatado en otras torres cubiertas con estas estructuras, Fig. 18. Planta y alzados de las estructuras murarias y torres conservadas en el sector noreste del castillo de La Peña. Los cuatro de la derecha a la torre circular T3, los dos centrales al lienzo L4 y los seis alzados de la izquierda corresponden a la torre cuadrangular T4. Planos de los autores. Al igual que sucede en la torre T3, en el aparejo de la fábrica existen abundantes restos de tejas y ladrillos. Esto podría indicar que en sus alrededores debieron de existir otras construcciones arruinadas, de las que pudieron haberse aprovechado dichos materiales. Presenta un trazado irregular, observándose un engrosamiento en la parte central del muro, desde los 1,60 m, hasta los 2,20 m. Este no es el resultado de un añadido posterior, sino que derivaría de las necesidades de reforzar este tramo de muralla, que presenta una longitud de 47 m. El peralte solamente es apreciable en su alzado interior, mostrando hacia el exterior un paramento continuo. Su trazado discurriría en dirección al siguiente torreón del recinto (T4), pero no se aprecia en superficie su continuidad en suelo. En este punto podrían haber existido otro acceso al recinto inferior de la fortaleza que se comunicase directamente con la Villa de Martos. Esta hipótesis tendría sentido en tanto que, desde este alzado norte, se tiene contacto visual directo con la fortaleza Baja. Tal vez la etimología del barrio de El Portillo, situado en el contacto de Martos con La Peña, pudiese estar en relación con una posible conexión entre ambas fortificaciones a través de esta vertiente septentrional. Además, estaría en consonancia con los grabados históricos del siglo XVI, que ubicaban una torre-puerta con cierta monumentalidad y como símbolo de poder en este frente de la fortaleza. Torre cuadrada T4 y lienzo de muralla L5 Esta torre se ubica en la parte central del alzado norte de la fortaleza, estando entre los lienzos de muralla L4 y el L5 (Fig. 18, izquierda), dirigiéndose este último en dirección al aljibe en sentido oeste. La torre T4 es un elemento singular en el diseño de la fortaleza, alzándose como un bastión que presenta ciertas peculiaridades constructivas. En ella se constata el recrecido de una primitiva torre de menor envergadura, que algunas descripciones recientes del castillo mencionan como los vestigios de una fortaleza andalusí. Sin embargo, la técnica constructiva del torreón interior es similar a los del resto de la fortaleza calatrava. El recrecido sería el resultado de otra fase, motivada por la necesidad de reforzar este elemento o bien por su posible vinculación con la puerta representada en los grabados del siglo XVI. Las esquinas que definen la fábrica más externa son redondeadas, hecho que podría estar en relación con las adaptaciones poliorcéticas del siglo XIV a la incipiente artillería, teniendo constancia de que en el año 1325 se produjo un asalto con el uso de la pólvora. El desarrollo de esquinas curvadas también es apreciable en el muro L6 que confina al aljibe. Al igual que en el lienzo L4, en la torre T4 también se aprecian perforaciones de entre 8 y 12 cm de diámetro en el interior del muro de mampostería que la reviste interiormente. Estas se introducen en la sección del recrecimiento de dicha torre, por lo que podrían responder a la necesidad de arriostramiento entre ambas estructuras. Al analizar la trayectoria de los orificios, se puede comprobar que están dispuestos en sentido diagonal, lo que consigue una mayor superficie de contacto entre el elemento pasante y la estructura preexistente. El tramo de muralla L5 es el que presenta mayor superficie de material desplomado de todo el castillo. En su trazado destaca el quiebro de unos 20o hacia el norte que se aprecia en el punto más occidental del paño conservado, donde se ha producido la rotura. El trazado de muralla puede seguirse por medio de varios vestigios sobre la rasante del suelo, continuando en dirección oeste hasta abrazar al aljibe por medio del lienzo L6. Lienzo de muralla L6, aljibe y alberca En el extremo inferior y más septentrional del recinto interior se encuentran los restos de las estructuras relacionadas con el sistema de abastecimiento de agua al menos al recinto inferior de la fortaleza (Fig. 19). De La Peña surgen manantiales como el de El Sapillo o el de Los Charcones, que han posibilitado el abastecimiento a la población de Martos, pero en su cima no existen surgencias de agua ni tampoco se ha constatado la excavación de pozos. Esta razón justificaría la construcción de depósitos para la recolección de pluviales y su almacenamiento en la cota más baja del recinto, hacia donde se podrían conducir las escorrentías. Los restos conservados están formados por una alberca, relacionada a su vez con un aljibe adosado a la muralla. La fortaleza de La Peña es el único exponente en los castillos calatravos del entorno que cuenta con una alberca conectada a un aljibe, sirviendo este elemento como un decantador del agua antes de su almacenamiento en bóvedas de ladrillo, aunque ejecutadas de una forma mucho más regular. Exteriormente el aljibe estaría protegido por el lienzo L6, siendo uno de los mejor conservados de toda la fortaleza. Esta muralla presenta un espesor superior al resto, alcanzado los 2,40 m, debido a la necesidad de contener la presión hidrostática. En su parte superior la sección se reduce hasta alcanzar 1,60 m, conservándose restos que apenas se elevan 1 m sobre la rasante. Los restos del trazado de la muralla se encuentran muy deteriorados en su continuidad hacia el lienzo L7, no pudiéndose establecer con exactitud el recorrido que este presentaría, que pudo estar resuelta con una ligera curvatura, o bien contorneando la nave más oriental del aljibe. Esta última posibilidad tendría más sentido, configurándose en torno a este punto un contundente bastión defensivo que reforzaría el flanco noroeste de la fortaleza. La esquina que se conserva al este de esta estructura también presenta un acabado redondeado, proyectado ya en el diseño original. Esto podría indicar que en el periodo de construcción de este recinto inferior ya se tenía constancia del uso de artillería, lo que podría estar apuntando una fecha de construcción del recinto inferior en la primera mitad del siglo XIV. Este tramo del recinto amurallado discurre entre la esquina noroeste del aljibe y la torre T6, estructura semicircular adosada a la muralla (Fig. 20), en un punto del trazado de los lienzos de muralla en el que se produce un giro en dirección al "mal vecino". Los lienzos L7 y L8 presentan similares características, con un trazado regular, sin apreciarse alteraciones. La distribución de las hiladas se prolonga hasta la torre T6, donde la continuidad de los lienzos comienza a desaparecer, quedando solamente vestigios y restos de morteros que insinúan la existencia de un pretil o una estructura de escasa importancia por lo abrupto del terreno. Los torreones presentan una sección semicircular y maciza, siendo la única muestra de esta tipología en el recinto. La torre T5 no se encontraba trabada con el lienzo de muralla, lo que implica que esta actuaría a modo de contrafuerte, acortando la distancia de los lienzos que, de no ser así, estaría por encima de los 50 la cisterna. La primera cuenta con unas dimensiones de 8 × 11 m y muros de mampostería, revestidos con una capa de mortero hidrófugo. En su parte más elevada se localizan dos orificios de entrada de agua. Están ejecutados en mampostería y presumiblemente quedarían conectados con una red de recogida de escorrentía de lluvia, pues se orientan hacia los sectores este y oeste del recinto inferior. En la parte oriental de la alberca se aprecian los restos de una plataforma de mampostería que debió de tener unas escaleras de bajada a la lámina de agua. El líquido pasaría al aljibe por medio de una conducción, donde se almacenaría para su posterior extracción por un brocal, posiblemente en algunas de las bóvedas más centrales, que son las que presentan una mayor rotura. Sobre sus tres naves se dispuso una terraza asomada a la muralla. Para la construcción del aljibe y la alberca debió de aprovecharse una vaguada natural, quedando confinada por el lienzo L6. Este muro es el único que presenta un zócalo, que podría provenir de la necesidad de crear un basamento que sirviera de regularización para la construcción del aljibe. Esta cisterna presenta planta rectangular y queda dividida en cuatro naves que se encuentran separadas por tres arcos rebajados de ladrillo. Están cubiertas por bóvedas del mismo material de 29 cm de soga aparejados a canto, que, por las aristas que presentan, podrían considerarse como esquifadas, resultantes de la intersección de dos cañones provenientes de los lados laterales y frontales. En su construcción no se recurrió al uso de cimbras, al igual que en muchas de las bóvedas nazaríes construidas en torres (Almagro y Orihuela 2013). Los arcos de medio punto que dividen las naves tienen un espesor de 45 cm y están elaborados con dos ladrillos colocados a soga y tizón. Por su extradós, estas bóvedas se rellenarían de mampuestos hasta alcanzar la cota del nivel superior. Todo el interior se encontraría revestido con un enfoscado de cal para impermeabilizar y pintura a la almagra para evitar filtraciones y la posible contaminación del agua. El aspecto de este depósito es muy tosco y se pueden apreciar irregularidades en su trazado, con una curvatura más suave en su parte inferior que en la superior, lo que pudo deberse a una posible corrección del aparejo durante el proceso de puesta en obra. En los castillos del entorno, tales como el de Santa Catalina en Jaén o el de Alcaudete, existen ejemplos de aljibes cubiertos con Pese a que las fuentes parecen apuntar la existencia de estructuras militares en La Peña previas a las construcciones de la Orden de Calatrava, no quedan evidencias de estas. Todos los restos emergentes conservados en la fortaleza responden a unos mismos principios constructivos, sin observarse grandes diferencias en los aparejos de piedra, por lo que el castillo calatravo habría supuesto un hiato con todo lo anterior, quedando las estructuras previas amortizadas o enmascaradas (Fig. 21). Un paralelo podríamos encontrarlo en algunas fortalezas del Campo de Calatrava tales como las de Aznarón, Miraflores, Caracuel, Calatrava la Nueva, Salvatierra, Bolaños, Malagón (Aranda et al. 2016: 46), donde no solo se repararon y forraron con este sistema construcciones andalusíes realizadas en tapial, sino que se sustituyeron completamente por otra concepción poliorcética en la que destacaban torres del homenaje, cubos, bestorres, murallas en cremallera, torres-puerta con rocas más duras en los arcos, así como almenas de mampostería con tendencia a la forma cúbica, con el remate biselado hacia el exterior y con aspilleras bajo los merlones. La Peña es un sólido rocoso donde abunda la caliza dolomítica, lo que la convierte en una cantera natural de m. Por el contrario, la torre T6 sí presenta evidencias de encontrarse enlazada con el trazado murario. MATERIALES Y TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS En el recinto amurallado de la fortaleza Baja de Martos quedan muestras de construcción en tapial, presente en buena parte de las edificaciones almorávides y almohades (Orihuela y Castillo 2012; Gallego et al. 2016). En las fortificaciones que fueron reparadas, rehechas o construidas ex novo por la Orden de Calatrava en sus encomiendas del Campo de Calatrava desde las últimas décadas del siglo XII (Aranda et al. 2016) y en el partido de Martos a partir del segundo tercio del siglo XIII (Eslava 1984), se impuso preferentemente el uso de la mampostería careada en hiladas horizontales, a menudo enripiadas y con sillares escuadrados en las esquinas (reutilizados o tallados expresamente). Esta técnica constructiva también se extendería al reino nazarí de Granada en los siglos XIV y XV (García-Pulido et al., 2016a, 2016b). donde obtener el material constructivo y el aglomerante, siendo esta piedra la que impera de forma predominante en toda la fortaleza. Fue extraída del foso y utilizada mayoritariamente como mampostería sin labrar, con la superficie más plana para dar cara al exterior, rellenado los huecos con abundante ripio. El tamaño de estas piedras es variable, oscilando entre los 20 y 40 cm en función de su localización. También aparecen pequeños fragmentos de piedra arenisca reutilizada, por lo general con un aspecto mucho más regular, y trozos de teja y ladrillo, sobre todo en determinados lienzos de la zona nordeste del recinto. La mampostería se dispone en hiladas más o menos regulares, ripiadas para mantener su horizontalidad. En el relleno interior se insertaron también piedras de mayor tamaño que servían para arriostrar y dar mayor consistencia. La sección de los lienzos de muralla tiende a ser constante, teniendo un espesor de 1,60 m. Las dimensiones de las hojas exteriores oscilan entre los 20 y 25 cm, con lo que el relleno interior llega a alcanzar los 1,20 m. Puntualmente, se aprecian refuerzos que alcanzan los 2,40 m de espesor. En algunos lienzos del recinto se reconoce la presencia de mechinales para maderas pasantes, con sección circular de diámetro entre los 8 y 12 cm, que habrían sido taponados con una piedra en el exterior, lo que a priori parecería apuntar al uso de mampostería encofrada 12. Sin embargo, el estado que presenta el castillo de La Peña permite estudiar el relleno interior de los muros en los puntos en los que la cara se ha desprendido, como ocurre en el lienzo L4. La ausencia de una disposición regular y continua en estas oquedades manifiesta que en su origen no se emplearon encofrados, sino que la mampostería se colocaría careada en hiladas, siendo los orificios las huellas de elementos auxiliares para la construcción o refuerzos de atirantamiento y/o trabazón. Las fábricas encofradas requieren de una puesta en obra más compleja, mientras que el uso de una mampostería aparejada simplificaría y agilizaría el proceso edilicio, dado que la puesta en obra se puede realizar desde la cara superior del propio lienzo que se está construyendo. Se colocarían en primer lugar los mampuestos exteriores aplomados y posteriormente se rellenaría el interior con otras piedras de menor tamaño en hiladas regulares, empleándose también ripios pétreos y cerámicos. Solo en las esquinas de la torre del homenaje se emplea como elemento de traba y refuerzo la mampostería labrada en forma de sillares con dos caras talladas, habiéndose conservado una parte de la esquina norte. En algunos de los sillares se aprecian marcas de cantería, reconociéndose un total de tres tipos, con letras e inscripciones sencillas. El cercano Molino del Cubo, situado apenas 3,5 km al nordeste de La Peña, fortificado en 1437 por el maestre de la Orden de Calatrava, Luis González de Guzmán, también cuenta con sillares con marcas de cantero en las esquinas y conformando los tabucos ventaneros. Estos sillares presentan una mayor homogeneidad y disposición más regular, mejor traba con las hiladas y labra para diferentes ángulos, por lo que evidencian haber sido talladas para este edificio (García-Pulido 2004). Sin embargo, el empleo de estos sillares en el castillo de La Peña es escaso, el tipo de piedra y sus dimensiones varían y no se realizaron para las jambas de las ventanas de la torre del homenaje. Todo ello parece indicar que los sillares fueron reutilizados, hecho que queda constatado en el empleo como sillares de una lápida funeraria tardo antigua y otra pieza posiblemente de época ibérica. La cimentación de los muros está ejecutada aprovechando al máximo las condiciones naturales de La Peña, donde los afloramientos rocosos sirven de zócalo y los escarpes llegan a crear farallones naturales infranqueables. A diferencia de las fortificaciones andalusíes, que absorben las irregularidades del terreno por medio de zarpas a modo de plataformas de arranque, el sustrato rocoso sobre el que se levanta la fortaleza Alta de Martos hace directamente de cimentación, sin entalles ni retoques, apoyando los muros directamente sobre la roca, allí donde se aprecian los contactos con el sustrato geológico. Así ocurre en la torre del homenaje, donde se crearon hileras de nivelación y regularización con mampuestos de diferentes tamaños a la manera de un basamento, hasta alcanzar un punto donde el desnivel es regularizado y comienzan las hiladas horizontales del paramento. El mortero de cal, con árido calizo y arena fue el material utilizado como aglomerante para dar cohesión a los distintos materiales pétreos. En las estructuras conservadas en esta fortaleza se puede constatar la existencia de dos tonalidades distintas en los morteros, a veces presentes incluso en un mismo lienzo. El primer Tras ello, se habría continuado con la construcción del recinto superior, delimitando de esta forma este reducto, que quedaría aislado del resto de la meseta que corona La Peña por medio de un foso. La presencia de la torre T2, que supuestamente habría sido de esquina en este momento, indica una delimitación que debió de ser prioritaria sobre la construcción del resto del recinto, con el propósito de proteger y garantizar la seguridad de la torre principal. De ser así, en esta fase se debió de construir algún elemento para el almacenamiento de agua en este recinto primigenio, en caso de que este no se encontrara en el interior de la torre del homenaje. Tras esto se levantó todo el recinto amurallado inferior, incluyéndose la torre-puerta P1, las torres T3, T4 interior y T6, todos los lienzos de murallas y el sistema de abastecimiento de agua con alberca y aljibe. Todos estos elementos se encuentran trabados, pudiéndose apreciar que sus hiladas se entrelazan. De esta forma quedaría definido el contorno fortificado que ha llegado hasta nuestros días. Los morteros empleados en la construcción del recinto inferior presentan una dosificación mayor de cal en comparación con los utilizados en la torre del homenaje. Se aprecian elementos con esquinas redondeadas, como el lienzo L6 y la torre T4 exterior, hecho que puede estar en relación con las mejoras poliorcéticas del siglo XIV ante la artillería, lo que nos permite encuadrar cronológicamente esta parte de la fortaleza en dicha centuria. La última fase constructiva se contextualiza dentro de reparaciones o actuaciones ejecutadas sobre lo ya edificado, con objeto de mejorar las defensas. El primer ejemplo de refuerzo lo tenemos en la torre T5, entre los lienzos L7 y L8. Se trata de un contrafuerte semicircular que pudo deberse a la necesidad de acortar la distancia del lienzo de muralla. Es posible que se ejecutara justo después de la realización del paño, o incluso a la par que este, puesto que no muestra signos de debilitamiento ni de haber tenido problemas derivados de su longitud. Otro ejemplo de refuerzo lo encontramos en la torre T4, en este caso de una mayor envergadura, revistiéndose con una camisa de mampostería, que sigue la técnica primitiva. Las razones para este refuerzo podrían haber venido motivadas por una reparación de posibles daños tras un ataque o para paliar deficiencias constructivas. Otra posibilidad es que estuviesen relacionadas con el establecimiento de la torre-puerta P2 en este frente murario, conectada con la villa de Martos. A pesar de disponer de un sistema constructivo sólido y robusto, el paso del tiempo ha mermado considerablemente la envergadura de la fortaleza. El proceso de erosión y desgaste de la fortaleza ha venido motivado aglomerante tiene un aspecto más grisáceo, con una mayor concentración de cal y árido calizo. El segundo tipo es más rojizo, con una dosificación mayor de árido procedente de arenisca e incluso con presencia de chamota. Aún se conservan muestras de los revocos con los que se cubrirían tanto las dependencias internas como los lienzos de murallas y torres. En los primeros, se utilizó un enlucido más fino, tal y como se puede observar en los paramentos interiores de la torre del homenaje. En cuanto a la muralla, tras el rejuntado entre piedras se aplicó una capa de mortero rico en cal que envolvería y regularizaría todo el lienzo, habiéndose desprendido en buena medida en la cara más externa de los mampuestos, donde la capa aplicada sería más fina. De este modo el paramento presentaría una apariencia bastante lisa y regular que dificultaría la escalada de los muros, sin fingir sillería o un falso despiece pétreo con cordones y fajas de cal en relieve. Otro material presente en el castillo de La Peña es el ladrillo, utilizado para aparejar las bóvedas. Aunque este material cerámico ha sido objeto sistemático de expolio tras el abandono de la fortaleza, todavía quedan restos de las bóvedas del aljibe, de la torre del homenaje y de la cúpula de la torre circular (T3). Todos los ladrillos tienen unos 28 cm de soga y en torno a los 4 cm de espesor, pero la anchura a tizón varía entre los 18 cm de los conservados en la torre del homenaje y en el aljibe, que son dónde se encuentran las bóvedas de mayores dimensiones, y los 14 cm de los de la cúpula hemisférica de la torre T3, cuyo menor tamaño se amolda mejor a un contorno circular de algo más de 3 m de diámetro. Aunque todo el conjunto responde a una técnica constructiva muy homogénea, del estudio de los contactos entre las diferentes estructuras emergentes y del análisis murario, se desprende la existencia de varias fases evolutivas (Figs. La primera en ser levantada fue la torre del homenaje, que podría haber servido como un elemento aislado en este primer momento, pues su falta de traba con los lienzos L1 y L9 denotan que se construyó aislada, siendo autosuficiente para permitir una primera ocupación de la cima y para albergar la residencia del comendador de la orden. Se puede apreciar una evolución en la dosificación de los morteros, que presenta una mayor concentración de árido en las partes superiores de esta torre, siendo más ricas en cal las inferiores. entonces la extracción generalizada del ladrillo de las bóvedas. Este hecho podría explicar la degradación que presenta la torre del homenaje, frente a otros casos como la del cercano castillo de Víboras, que se ha conservado casi íntegra hasta el nivel de la terraza, puesto que sus dos bóvedas de cañón se construyeron con lajas de piedra, habiéndose expoliado el ladrillo solo en la rosca del arco de medio punto de su acceso elevado. Además, en los lienzos del castillo de La Peña hay muestras de la retirada de mampuestos y de los sillares de esquina de la torre del homenaje. En los siglos XVI y XVII la ciudad de Martos experimentó un fuerte desarrollo económico, social y urbanístico, destacando la figura del arquitecto jiennense Francisco del Castillo. Este realizó importantes obras en la villa durante este periodo, como la ampliación y rehabilitación de las iglesias principales, la construcción de la cárcel y el cabildo, o el proyecto de restauración de la fortaleza Baja en 1558, que pretendía valorizar la ciudad medieval. En este contexto de crecimiento urbano, la fortaleza Alta pudo haber servido de cantera, abasteciendo de ladrillos y de mampuestos a las obras marteñas. La torre del homenaje del castillo de la Peña presenta un delicado estado de conservación. Al menos debe de conservar una bóveda casi completa por debajo de la rasante actual, que podría corresponder con la del nivel de la entrada elevada a la torre. El paramento más occidental está desaparecido a partir de dicho nivel, hecho que también ha afectado a las esquinas oeste y norte, así como a una porción de los lienzos sur y norte. La meridional se conserva a duras penas, una vez han sido expoliados todos sus sillares, frente a la septentrional, que los conserva en gran medida. Muchos de los paramentos están descarnados, al haber perdido la cara de mampostería encofrada siguiendo hiladas enripiadas13. Con todo, esta muestra de la arquitectura medieval cristiana de aparato continúa siendo bien reconocible en muchas de sus partes constitutivas. Aguirre Sádaba, F. J., y Jiménez Mata, M.a C. 1979: Introducción al Jaén islámico. Instituto de Estudios Giennenses, Jaén. Almagro Gorbea, A. y Orihuela Uzal, A. 2013: "Bóvedas nazaríes construidas sin cimbra: Un ejemplo en el Cuarto Real de Santo Domingo (Granada)", en S. Huerta y F. López Ulloa (eds.), Actas del Octavo Congreso
construcciones almohades que perviven en Marrakech. Su fundación, según las fuentes escritas al califa Abū Yūsuf Ya ̔qūb al-Manṣūr (1184-1199), aunque posteriormente ha sido alterada en sucesivas ocasiones. Tradicionalmente, se ha destacado la singularidad de su planta, considerando que sería el caso almohade que más difiere d e s us contemporáneas. Sin embargo, su estado actual es fruto de dos factores: su diseño original innovador y las transformaciones posteriores. En el presente trabajo se ha tratado de analizar el edificio, con las herramientas posibles, a fin de poder comprender su evolución espacial y plantear una aproximación a su configuración fundacional almohade. Así pues, se pretende que su estado actual no siga siendo reconocido como el diseño primitivo y poder así tener una visión más precisa del conjunto de mezquitas almohades. A pesar de la inviabilidad actual para realizar un estudio estratigráfico, se ha podido llevar a cabo un análisis configuracional. ESTADO DE LA CUESTIÓN Hasta día de hoy, todas las aproximaciones arquitectónicas y arqueológicas al estudio de esta mezquita han reconocido la excepcionalidad de su planta, aunque mantenga elementos compositivos fundamentales del prototipo de mezquita almohade. El primer trabajo dedicado a la mezquita de la Qaṣba forma parte de la obra Sanctuaires et Forteresses almohades de Basset y Terrasse (1932: 274-310). No se trata solamente del primer trabajo que introduce este edificio, sino que además sigue siendo la aportación más completa hasta el momento. El capítulo dedicado a la mezquita se interesa por diferentes aspectos como la arquitectura, la decoración, el alminar y el almimbar. Ambos autores aportan además una primera planta muy esquemática, con errores, pero que sirvió para ofrecer una idea espacial de la mezquita que llegó al siglo XX. Como se verá en adelante, el material fotográfico adjunto es de gran valor. Por su parte, Marçais (1954: 211) es muy breve en su aportación, pues se remite a Basset y Terrasse, afirmando que Yaʿqūb al-Manṣūr dotó la Qaṣba con una mezquita más extraña que la de Rabat, y planteando un posible paralelo con la mezquita fatimí de Mahdia. No obstante, no ofreció ningún avance a nivel arqueológico o arquitectónico. Ewert y Wisshak (1987: 179-211) publicaron en Madrider Mitteilungen la tercera parte de su trabajo sobre mezquitas almohades, en este caso dedicada de manera exclusiva a la mezquita de la Qaṣba. Dado que se trata del único trabajo que publicaron sobre esta mezquita, y además en lengua alemana, sus aportaciones y conclusiones no han sido ampliamente consideradas en posteriores investigaciones2. Además de la planimetría que ofrecen del edificio en forma de plantas, alzados y secciones, su principal contribución son los sondeos que realizaron a los pies de los pilares en dos de sus patios menores, que fueron registrados por escrito y mediante un plano3. Esta documentación representa hasta el día de hoy una valiosa La mezquita de la Qaṣba en Marrakech o mezquita de al-Manṣūr, como también ha sido denominada históricamente en referencia al soberano que la fundó, es una de las mezquitas principales del periodo almohade, junto con la Kutubiyya, la mezquita de Rabat (mosqueé de Hassan) y la aljama de Sevilla. No obstante, la mezquita que ahora nos atañe está rodeada de incertidumbre debido a su singular forma actual que difiere en varios aspectos del prototipo de mezquita almohade creado bajo el gobierno de ̔Abd al-Mu'min, y cuyos patrones más elementales están presentes en la mezquita "modélica" de Tinmal (1148 o 1153). Pese a su fundación almohade, no sabemos con seguridad si su construcción llegó a ser concluida en dicho periodo, aunque sí que experimentó una reforma posterior en época moderna, así como sucesivas intervenciones, siendo la última de ellas la restauración efectuada entre 2012 y 2013. Además de ello, se debe señalar que la ciudad en la que se encuentra experimentó un largo e intenso periodo de decadencia y abandono durante el siglo XV, del cual seguramente la mezquita no se vio eximida. De tal modo, el edificio que podemos contemplar hoy en día ha experimentado con bastante probabilidad diferentes transformaciones que han conferido su estado actual, generando un gran interés sobre cuál fue su diseño original y en qué consistió la restauración saadí del siglo XVI. A pesar de que la mayor parte de los estudios realizados hasta el momento han mostrado la rareza de su planta, no todos han considerado la existencia de una importante transformación, ni se han preguntado por las características del edificio primitivo. A lo largo del año 2018 pudimos llevar a cabo un nuevo levantamiento arquitectónico de esta mezquita y observarla con mayor detalle, lo que nos permitió identificar una radical transformación histórica que nos ha llevado a plantear el presente trabajo. En primer lugar, vamos a presentar un resumen historiográfico de la mezquita, seguido de una descripción de su estado actual, un análisis configuracional y, por último, la propuesta de una hipótesis de las fases almohade y saadí. Cabe mencionar que durante los años 2012-2013 tuvo lugar una obra de restauración integral del edificio, sin embargo, no incluyó ninguna labor arqueológica que haya dejado documentación beneficiosa para su actual estudio, especialmente en lo que respecta al subsuelo y los paramentos. 3 fuente de información arqueológica, por no decir que la única directa. Por este motivo, trataremos de emplear sus datos a lo largo de nuestro análisis y planteamiento. Asimismo, Ewert y Wisshak llevaron a cabo un análisis geométrico de la planta y una clasificación de los arcos, sugiriendo cuáles podían ser originales y cuáles no. Sin embargo, se inclinaron por considerar la estructura de la mezquita actual como original almohade, correspondiendo únicamente a las transformaciones posteriores algunas cubiertas y cúpulas; la redecoración y revestimientos; así como la modificación de sección en algunos pilares. Recientemente, Villalba (2015: 168-177) le ha dedicado en su libro sobre arquitectura almohade un apartado en el que se recogen todos los datos historiográficos conocidos hasta el momento, volviendo a cuestionar la rareza de la planta, indicando los elementos puramente almohades que lleva implícito el diseño de la mezquita actual y observando los elementos decorativos que se alejan de los ejemplos almohades conocidos. En lo que respecta a la decoración, la publicación de Salmon (2016: 78-89) sobre arte y arquitectura saadí reconoce una reforma en el siglo XVI, basándose principalmente en la ornamentación de las cúpulas y el mihrab. LA FUNDACIÓN ALMOHADE Y LA REFORMA SAADÍ EN LAS FUENTES ESCRITAS Poco después de heredar el mando del imperio, el califa Abū Yūsuf Yaʿqūb al-Manṣūr (1184-1199) emprendió la construcción de la Qaṣba en el año 1185, ocupando para ello un terreno situado al sur de la ciudad de Marrakech. Según algunos estudios, esta área podría haber estado previamente ocupada por una ampliación de la ciudad en época de su antecesor, aunque hasta el momento no hay pruebas materiales que lo hayan reflejado (Villalba 2015: 168). La Qaṣba se dispuso como un gran apéndice de la ciudad, totalmente aislado e independizado por medio de su propia muralla, dado que iba a funcionar como ciudad palatina en la que concentrar el aparato cortesano, gubernamental y militar. Al igual que en época saadí, es lógico pensar que la Qaṣba pudo estar organizada en sectores, de los cuales podemos reconocer al menos dos: el sector público y el sector privado4. El primero de ellos es el que más nos interesa ahora mismo, pues en él se encontraban los edificios e instalaciones de carácter público, tanto religioso como civil. Este sector se situaba en el extremo noroccidental y servía de engarce para comunicar la medina de Marrakech con la zona privada de la Qaṣba. Para acceder a él desde la medina, se empleaba la puerta de aparato de Bāb Agnāw, aunque pudo contar con otras. Por lo tanto, este sector era el lugar en el que se producía el encuentro entre el califa y el pueblo, y por consiguiente era el lugar en el que se construyó la mezquita aljama de la Qaṣba en torno al año 1189 según el kitāb al-Istibṣār: Añadió al sur de la ciudad una fortaleza (ḥiṣn) que ha ejecutado ahora su hijo el califa Abū Yūsuf, quien la acrecentó con otra ciudad que está junto a la primera. Y había en ella grandes albercas (baḥā'ir) y construyó palacios, una mezquita aljama (ŷāmi ̔), zocos y albergues (fanādiq), y trajo comerciantes a una gran alcaicería sin parangón en otras ciudades. De hecho, la mezquita recibió el nombre de su promotor e incluso los cronistas saadíes y alauíes (Ibn al-Qāḍī, al-Fištālī, al-Ifrānī, al-Nāṣirī) se siguieron refiriendo a ella como Ŷāmi ̔ al-Manṣūr. 1286), poeta, antologista, cronista y geógrafo andalusí5. Este autor realizó una descripción de la mezquita que fue conocida a partir de un manuscrito identificado y traducido por Fagnan, quizás parte de la obra Tārīj Kabīr Tārīj Ṣagīr, y que podría ser un resumen de al-Mugrib fī hulà al-Magrib [Lo extraordinario sobre las galas del Occidente], otra obra del mismo autor (Fagnan 1993: 6-26; Viguera 2006: 777): Su hijo Yaʿqūb al-Manṣūr, cuya autoridad fue bien consolidada, hizo construir, junto a al-Ṣāliḥa, la Qaṣba llamada el palacio nuevo y que sirve hoy en día de alcazaba de la ciudad, pues abandona la Qaṣba de muros de piedra [el Qaṣr al-Ḥaŷar almorávide]. Según las ordenes que envía a todas las provincias que le obedecían, al-Andalus, Ifrīqiyya, Fez y las regiones meridionales, cuatro mil artesanos vinieron y recibieron magníficas retribuciones. En este lugar había doce palacios esmeradamente construidos y de formas agradables. La gran mezquita que lleva su nombre también es de él y costó por su construcción 93.000 mizcales [...]. Esta mezquita de formas magníficas tenía 300 palmos de largo que equivalen a 250 pasos por otros tantos de ancho, [falta] columnas separadas entre ellas por un espacio [falta], la base de cada columna se clava en el suelo. Contamos [falta] naves y cuatro grandes cúpulas que no tienen semejante en ninguna ciudad del mundo. Dos en la parte anterior del edificio junto al muro de la quibla y dos en la parte posterior junto al muro septentrional. En el centro se encuentra un patio en el que hay una pila circular de mármol de 40 palmos, además de un patio occidental y otro oriental y en cada uno de ellos hay una [falta ¿fuente?] de mármol muy hermoso. En la macsura y el mihrab hay doce columnas de mármol de diversos colores. La torre es alta [falta]. Ahí es donde está el magnífico alminar que tiene cuatro esferas de oro de doce quintales 6. Durante la época meriní, tenemos noticias sobre la mezquita gracias al Musnad de Ibn Marzūq (c. Bien es sabido que este intelectual formó parte de la corte de Abū al-Ḥasan, sultán que residió temporalmente en Marrakech. La primera mención se emplea para comparar la mezquita de Tremecén con la de la Qaṣba, cuyo renombre, grandeza y gran extensión reconoce (Ibn Marzūq 1977: 332). La segunda alusión a la mezquita es cuando el autor relata que fue animado por el sultán para dar clases, de modo que impartió lecciones de fiqh y hadiz en la mezquita de al-Manṣūr mientras el sultán le escuchaba desde la macsura (Ibn Marzūq 1977: 402-403). Según otras fuentes, esta mezquita pudo tener asociada ya en época almohade una madraza situada al norte y que pudo ser levantada por al-Manṣūr (Al- ̔Affāqī y Ait Oumghar 2016: 17-27). Tras el largo periodo de abandono que sufrió Marrakech desde el colapso almohade, en el siglo XVI los saadíes se asentaron de nuevo en ella y reocuparon su antigua alcazaba 7. Ante la falta de información arqueológica, se 6 Dado que no hemos podido consultar el texto árabe original, solamente hemos podido considerar la traducción francesa publicada por Fagnan (1993: 16). El proceso volvió a repetirse tras la desintegración de la dinastía saadí, cuando el recinto volvió a arruinarse y fue reacondicionado casi un siglo después por el sultán alauí Muḥammad ibn ʿAbdallāh (1757-1790), quien construyó un conjunto de palacios al sur de las ruinas del palacio al-Badīʿ (Deverdun 1959(Deverdun -1966: 510-511; Almela 2019: 4-7). han podido conocer el abandono de este sector y la reforma que ʿAbd Allāh al-Gālib (1557-1574) llevó a cabo en la Qaṣba por medio de las fuentes escritas y los documentos gráficos. Sabemos que al comienzo del periodo saadí se conservaban algunas estructuras almohades de gran entidad, como la mezquita, la plaza y la madraza, sin embargo, los cambios llegaron con el sultán ̔Abd Allāh al-Gālib, quien desarrolló un proyecto de recuperación urbana de Marrakech y remodeló la Qaṣba. En ella incorporó nuevas estructuras, tanto civiles como militares, y construyó un mausoleo tras el muro de quibla de la aljama almohade que dio lugar a la Rauda Real de la dinastía. Además, este mismo sultán está presente en las fuentes escritas en relación con la propia mezquita de la Qaṣba, pues al parecer fue quien la reformó de manera imprevista como consecuencia de un suceso desagradable que tuvo lugar en los últimos años de su gobierno, tal y como fue recogido por el cronista de época alauí al-Ifrānī: En el año 981 H (1573-74) acaeció el incidente de la pólvora en el que se derrumbó la amplia cúpula (qubba) de la mezquita de al-Manṣūr y se resquebrajó el alminar (ṣawma'a). Ello se debió a la argucia de los cautivos cristianos que realizaron una perforación bajo la tierra y la llenaron con pólvora para destruir la mezquita con toda la gente dentro un día de viernes (Al-Ifrānī 1889: 51). El incidente tuvo una gran trascendencia en la época, pues también fue recogido por dos personajes extranjeros que conocieron Marrakech en esa época: Luis del Mármol y Diego de Torres. En el año de mil y quinientos y sesenta y nueve, quando començo la rebelión de los Moriscos del Reyno de Granada, se quemaron con grandissima destruycion de los palacios y casas que estauan alderredor dellas porque cayo un rayo que pego fuego a toda la polvora que allí avia, y los ereges Andaluzes hizieron creer al rey que los Christianos captivos lo avian hecho adrede por lo qual el Xerife mando matarlos a todos y no siendo perezosos aquellos verdugos del nombre Christiano, se dieron tanta priessa en executar su crueldad que quando fue mejor informado de lo que avia sido, y mando que no les hiziessen mal, tenían ya los traydores trezientos christianos muertos (Mármol 1573: fol. 30). Y el segundo lo ubica en 1572, correspondiendo ambas propuestas con el reinado de ʿAbd Allāh al-Gālib: la otra mezquita que construyó el mismo califa en Rabat. Lo que resulta a primera vista desconcertante es el número de patios y su disposición incoherente, seguido de la presencia de diversas irregularidades que resultan extrañas como parte del proyecto fundacional. La mezquita se encuentra en el sector público de la Qaṣba de Marrakech, un recinto aproximadamente cuadrangular que hasta día de hoy se puede reconocer delimitado por varios lienzos de muralla (Fig. 1). Esto significa que se trata de un espacio ubicado intramuros de la Qaṣba, pero aislado del recinto palatino, de tal modo que la mezquita está rodeada al Sur y al Este por dos lienzos torreados; el primero discurre paralelo a la quibla de la mezquita con una separación de 28 m, y el segundo cuenta con una separación mínima de 23 m con respecto al lado oriental de la mezquita (Fig. 2). Al oeste de esta se encuentra actualmente una plaza que se ha formado sobre el itinerario que unía la puerta de Bāb Agnāw con la puerta de Bāb al-Ṭubūl, la que accede al recinto palatino. Junto a esta última puerta quedan ahora restos de dos muros perpendiculares a la muralla que posiblemente sean restos de una torre o de un muro de cierre que llegaba hasta la mezquita, como puede verse en el plano portugués de 1585 (Fig. 3). Al sur de la mezquita se halla la Rauda Real de la dinastía saadí, cuyos mausoleos se han adosado al muro de quibla de la mezquita, mientras que al este, el espacio entre la mezquita y la muralla se ha ocupado parcialmente con En este tiempo [entorno al año 1572] se le quemó un cubo de la muralla del Alcaçava de Marruecos que tenía lleno de pólvora en que dezían avía dos mil quintales. Fue opinión le puso fuego un cautivo Cristiano porque no se aprovechasen della aquellos infieles contra Cristianos. Fue grande el daño que hizo en todas las casas de alrededor y en la Mezquita de la mesma alcaçava donde están las mançanas de Oro; quemaronse treinta y tantos Cristianos que trabajavan en hazerla. Los Moros que tenían cargo de los cautivos entendiendo que por su orden se avía hecho, fueron a la Matamorra y començaron sa matar muchos dellos y ellos a defenderse aunque mal por no tener armas..." Además, una inscripción documentada por Basset y Terrasse, recogida posteriormente por Deverdun, deja constancia de la reforma de una de las cúpulas y atribuye su autoría a este mismo sultán (Basset y Terrasse 1932: 275, fig. 98; Deverdun 1956: 55-56): Alabado sea Dios, restauró esta qubba después de que se arruinase nuestro señor el sultán Príncipe de los Creyentes y victorioso por la religión, el combatiente por el Señor de los Dos Mundos ̔Abd Allāh hijo de nuestro señor Muḥammad al-Šarīf. Esta inscripción se encontraba en un pilar rectangular de uno de los patios laterales y actualmente parece que no se conserva, pues no se pudo localizar durante el levantamiento realizado en 2018. No hay que olvidar que este sultán decidió instalar la corte de nuevo en Marrakech y emprendió varios proyectos como la reconstrucción de la Qaṣba. DESCRIPCIÓN ACTUAL DEL EDIFICIO Como ya se ha señalado, se trata de la mezquita monumental almohade más singular, ya que, aunque mantiene algunos de los arquetipos acuñados en Tinmal y la Kutubiyya, transforma la proporción general de la planta, adquiriendo forma cuadrada y multiplicando el número de patios. Realmente estos aspectos no resultan tan anómalos, pues también los podemos observar en ya se ha repetido numerosas veces, son cinco los patios que alberga. Un patio principal de grandes dimensiones (35,17 × 43,39 m) se dispone de manera centrada con respecto al eje norte-sur, próximo al frente septentrional de la mezquita. A los lados este y oeste de este, se disponen otros cuatro de menores dimensiones (17,44 × 12,44), de tal modo que hay dos a cada lado. Estos patios pequeños están directamente yuxtapuestos al patio mayor con el que comparten las mismas arquerías, aspecto que resulta asombrosamente anómalo e ilógico y además se aleja de las soluciones tradicionales que nunca plantean patios adyacentes entre sí, sin crujías intermedias. Por el simple motivo de que carecen de función. Todo este conjunto queda rodeado por una crujía perimetral que los separa de viviendas. Por último, antes de entrar a describir el edificio, debemos mencionar la existencia de un torreón macizo en el extremo oriental del muro de la quibla, cuya relación con la mezquita resulta hasta el momento inexplicable. Podría tratarse de una estructura amortizada, quizás almohade, realizada en tapia terrosa con capas de mortero de cal entre las hiladas y con un acabado de falso despiece. Planta general del edificio En cuanto a la mezquita, se trata de un edificio de planta casi cuadrada de 76,33 × 82,27 m organizado de manera simétrica en torno a un eje axial norte-sur (Fig. 2). La mayor parte del edificio está descubierto, pues, como los muros de la mezquita y que son continuas excepto en un punto, ya que los patios menores de cada lado cuentan con una nave intermedia transversal que se prolonga hasta los muros oriental y occidental. En la parte meridional de la mezquita se extiende la sala de oración formada por dos ámbitos distintos. Por un lado, un conjunto de once naves dispuestas de manera paralela entre sí y en dirección perpendicular al muro de la quibla. Todas ellas son de dos tramos, a excepción de las dos situadas en los extremos que son la prolongación de los pórticos que rodean el conjunto de patios. Por otro lado, se halla una nave transversal adosada al muro de la quibla que está compartimentada en cinco sectores por medio de arcos transversales, siendo tres de ellos de planta cuadrada a modo de qubba: el central y los dos de los extremos (Fig. 4). De acuerdo con el trazado de las arquerías y sus vanos, la sección de los pilares puede ser de distintos tipos: rectangulares, en forma de T o en forma de cruz. El edificio se apoya sobre un eje fundamental de simetría que subyace en el diseño de todas las mezquitas y que se forma a partir de una consecución de espacios y estructuras (Fig. 5). Comienza por la puerta principal ubicada en el frente septentrional, seguida de una qubba integrada en el pórtico del patio de ese mismo lado; a continuación, y alberga un gran repertorio de vanos (Fig. 6). Entre todo ellos se pueden destacar tres tipos de arcos ornamentales: "lambrequines 1", "lambrequines 2" y "polilobulado". El tipo "lambrequines 1" está presente en el arco F, L, M y O de la nave central y consiste en un arco más basto y austero sobre machones, sin columnillas en las jambas y peraltado. Además, su intradós es totalmente liso y formado por la extrusión del perfil del arco. Este tipo se distribuye de una manera irregular, pues se localiza rodeando la macsura y en uno de los lados de la atraviesa el patio y posteriormente prosigue por la nave central de la sala de oración hasta alcanzar la macsura y el mihrab. Este eje determina una mayor concentración de recursos ornamentales, así como también el empleo de mayores dimensiones para los espacios y vanos. La nave transversal de once tramos que antecede al muro de la quibla fue objeto de una mayor atención arquitectónica El tercer tipo de arco es el "polilobulado" y se encuentra en los vanos B, C, D, E, I y J, aunque solo en D y E conforma directamente el vano, pues en el resto se encuentra trasdosando a arcos de herradura ligeramente apuntados. Se trata de arcos diseñados sobre una base geométrica de arco túmido y su perfil está realizado con secuencia de lóbulos, ligeramente angrelados y con motivos serpentiformes en los arranques. Su intradós está igualmente rehundido formando una calle central. Además, en algunos puntos se puede observar cómo los lóbulos se enlazan unos con otros por medio de rizos como si fuesen elementos vegetales. En todos los casos cuentan con columnillas adosadas a las jambas y capiteles de yeso ornamentados. Los arcos de herradura están acompañados de cenefas decorativas en los bordes, a excepción del arco I. En el caso del arco J, además, esta cenefa se repite en torno al arco polilobulado y el alfiz. Por último, hemos de subrayar que el diseño de los cuatro arcos B, C, I y J es igual en ambas caras de la arquería (Fig. 7). En cuanto al arco E, destaca su trazado irregular, probablemente debido a una reforma. qubba occidental. Por este motivo y por el empleo de solidos machones en F y O, es bastante probable que correspondan a una actividad de consolidación que buscó reforzar dichos vanos8. En la cara oriental del arco L, se puede observar la irregularidad que ha dejado el contacto entre el arco de lambrequines decorativo elaborado con yeso y el arco estructural oculto que seguramente está roscado con ladrillo (Fig. 7) 9. El tipo "lambrequines 2" se encuentra en los vanos A, K y N y consiste en arcos de lambrequines con un trazado geométrico complejo que se quiebra hasta tres veces. Este es de perfil ligeramente angrelado y cuenta con pequeños lóbulos simples, dobles o triples en los festones. Su intradós está rehundido formando una calle central ancha más profunda que los bordes. Aunque se verá más adelante en detalle, es importante mencionar que estos arcos arrancan de motivos serpentiformes y apoyan sobre parejas de columnillas de yeso con capiteles. Continuando de dentro hacia fuera, las arquerías 4 y 7 son de nuevo muy sencillas, aunque no tanto como las anteriores. El pilar central es más pequeño, casi cuadrado. Los dos tramos se forman a partir de vanos con grandes arcos túmidos enmarcados. En cuanto a las arquerías 3 y 8, están formadas por arcos túmidos con alfiz; sin embargo, se diferencian por presentar una solución distinta en las caras que miran hacia el exterior. En estas los arcos están trasdosados por arcos polilobulados con alfiz, similares a B, C, D, E, I y J. Por este motivo, los pilares cuentan con un retalle que reduce el espesor de 0,98 a 0,79 m. Prosiguiendo con las arquerías 2 y 9, cuentan con vanos de luz similar a los anteriores (3 y 8) y arcos de herradura apuntados del mismo tipo que los que hay en el resto de arquerías (5, 6, B, C, H, I y J), aunque están trasdosados por sus dos caras por arcos túmidos muy apuntados y cuentan con alfiz. Sus pilares y machones son los más gruesos con un espesor de 1,32 m, aspecto a tener en cuenta pues coincide con los puntos en los que fue interrumpido el alfiz de los vanos B, C, I y J. Por último, las arquerías 1 y 10 están resueltas del mismo modo que las 3 y 8 aunque de manera inversa, pues en este caso los arcos polilobulados que trasdosan miran hacia el interior de la sala. Los pilares cuentan igualmente con un retalle, siendo su espesor máximo de 1,15 m. Estas dos son las únicas arquerías, de todas las dispuestas en perpendicular a la quibla, que cuentan con columnas adosadas en las jambas. De todo este conjunto de arquerías que conforman la sala de oración, llaman la atención dos sectores que parecen haber recibido una mayor atención compositiva y que les diferencia del resto de la sala. Se trata de las parejas de naves situadas al sur de los patios menores, comprendidas lateralmente por las arquerías 1-3 y 8-9 y frontalmente por la arquería transversal y los patios menores. Los arcos que se emplearon para trasdosar los ocho vanos que delimitan estos dos sectores corresponde al tipo que hemos clasificado como "polilobulados", a excepción de uno situado en el sector oriental que fue cegado. Como última observación sobre la decoración de la sala, nos detendremos en los capiteles de yeso que forman parte de columnillas adosadas a algunos de los pilares y muros, y que sirven de arranque ornamental para los arcos. Entre todos ellos, tanto Basset y Terrasse como Salmon distinguieron la presencia de dos grupos distintos adscritos a los periodos almohade y saadí (Basset y Terrasse 1932: 293-294; Salmon 2016: 88). Sin embargo, hemos preferido agruparlos en tres tipos para facilitar su En la arquería transversal se hallan otros dos arcos llamados G y H a los que no hemos atribuido ninguna clasificación especial. El G consiste en un arco túmido y liso que arranca sobre sendas nacelas simples, mientras que el H es un arco de herradura que por sus proporciones, tamaño y geometría es similar al empleado en los arcos B, C, I y J, aunque lo diferenciamos de estos porque no está trasdosado y ocupa todo el espesor del vano. En lo que respecta a las arquerías de dos tramos perpendiculares al muro de la quibla, existe también una diversidad de arcos y pilares, aunque mantienen en todo momento una disposición simétrica con respecto al eje longitudinal de la mezquita. Las dos que flanquean la nave central (5 y 6) son las más bastas por tener un único espesor de 1 m sin retalles y cuyos vanos están resueltos con jambas lisas y arcos de herradura apuntados. Estos son similares a los que hay en la arquería transversal (B, C, H, I y J), aunque ligeramente menores y sin alfiz. No obstante, en la arquería 6 se puede intuir en el relieve del enlucido el trazado de un arco túmido que ha quedado embebido en la fábrica y cuyas dimensiones son mayores que el arco que conforma actualmente el vano (Figs. 5 y 8). análisis y relacionarlos físicamente con los tipos de vanos a los que acompañan. En primer lugar, se encuentran los capiteles que según estos autores se reconocen como almohades y que se encuentran por ejemplo en los arcos I y J (Fig. 9). Se trata de piezas con uno o dos rangos de acantos, caulículos bien marcados, equino epigráfico cursivo, palmas lisas y ábaco con pieza de ataurique10. A continuación, el segundo grupo es otro tipo mucho más tupido y recargado que responde a unas proporciones más parecidas a lo saadí: doble rango de acantos, varias agrupaciones de palmas tanto lisas como digitadas, piñas en las esquinas superiores y un acanto central. Se encuentra por ejemplo en los arcos B, C, D, E, 1, 10 (Fig. 9). El tercer grupo de capiteles se sitúa de manera generalizada en las parejas de columnillas que sostienen los arcos de lambrequines (Fig. 10). Se trata de diseños sencillos que guardan similitudes con el primer grupo "almohade", aunque con una sola banda de acantos, equino intermedio liso y pequeñas incisiones dispersas para decorar. En algunos, como por ejemplo los que hay sobre la puerta del almimbar, hay pequeños acantos en el astrágalo. Atendiendo a una jerarquía interna que organiza la sala de oración, la nave principal en el eje longitudinal del edificio y la nave trasversal junto a la quibla forman un esquema en T y fueron concebidas con una mayor dignificación, tal es así que cuentan con una luz (6,97 y 7,30 m) mayor que las demás naves, y están techadas de una manera más monumental y distintiva. La nave principal está cubierta en sus dos primeros tramos con un techo de madera plano con una cúpula ochavada en el centro. Siguiendo el eje de esta nave hacia el sur se halla el nódulo de la macsura que resulta de su intersección con la nave transversal, representando el espacio más notable de la mezquita. Por este motivo, fue concebido como un espacio singular y concentra la mayor cantidad de decoración y elementos de valor. Consiste en una qubba cuadrada, delimitada por tres arcos y el muro de la quibla, aunque su planta es ligeramente irregular al no ser totalmente rectos los arcos laterales (Fig. 11). Estos están torsionados y tienden a ensanchar el espacio en la parte meridional. Los tres arcos están resueltos con un perfil de lambrequines que se mantiene continuo en todo su espesor sin el intradós rehundido. Los dos laterales se apoyan además sobre dos pequeños arcos de medio punto integrados en la pared y los pilares, que a su vez cuentan con estrechas columnillas. En los pilares estas columnillas son de yeso, sin embargo, en el muro de la quibla se trata de fustes de mármol negro con capiteles de yeso. Los dos arcos de medio punto situados en el muro de la quibla acogen sendas puertas, una para la cámara del almimbar y otra para el acceso del imam. En el frente meridional de la macsura se encuentra la fachada del mihrab (Fig. 12). En un primer nivel comprendido hasta los 2,52 m, esta portada cuenta con un conjunto de ocho columnas que se pueden clasificar en tres grupos11. El primero está formado por cuatro unidades que se sitúan por parejas en las jambas del mihrab (Fig. 13). Se trata de fustes de mármol jaspeado verde, basas y capiteles califales omeyas con cimacios de piedra. Dada la desigualdad de piezas empleadas y con el fin de generar una línea de imposta regular para todo el vano, se emplearon discos de madera de 3-4 cm entre los fustes y capiteles de algunas columnas. El segundo grupo de columnas son dos unidades que flanquean el vano del mihrab. Como en el caso anterior, se trata de fustes de mármol jaspeado, capiteles y basas clasificadas como omeyas. Por último, otras dos unidades se sitúan en los extremos de la portada y cuentan con fustes gruesos de granito rojo y capiteles almohades con palmas lisas, volutas y cartucho en la corona con epigrafía cursiva (principio de la azora 112). Exceptuando estos dos últimos capiteles, los otros seis son piezas de acarreo, probablemente procedentes de al-Andalus y que pudieron ser traídas desde allí en época almohade (Basset y Terrasse 1932: 73; Cressier 2014: 394-396) 12. El segundo nivel de la portada es el más amplio y está realizado con una gran composición enteramente de yesería (Fig. 14). El arco del mihrab está trasdosado por un arco lobulado adovelado y enmarcado por un alfiz de varias molduras en escocia y bocel. En torno a este primer alfiz, discurre un segundo marco en U invertida de 0,55 m de ancho que está ornamentado en cada segmento con un cartucho epigráfico cúfico (basmala, taṣliyya y aleyas 36-37 de la azora 24). Sobre esta composición, se dispone un recuadro superior de cinco arcos angrelados con los 12 De hecho, una operación similar se hizo para la mezquita Kutubiyya, donde el mihrab y la macsura cuentan con un conjunto de fustes y capiteles andalusíes de distintos periodos (Basset y Terrasse 1932: 225-227). La qubba que conforma la macsura se completa con una gran cúpula de mocárabes de yeso que parte de una base cuadrada bastante perfecta, aunque entra en conflicto con la planta irregular de la qubba. Por un lado, la dimensión en el eje longitudinal es mayor que la del eje transversal y, por otro lado, los arcos laterales tienden a alejarse en la parte meridional. Como solución a este problema se empleó un friso de 1,17 m de alto situado bajo la cúpula, que sirve para rectificar y disimular las discrepancias (Fig. 5). En los lados norte y sur está hecho con mocárabes que salvan una separación de 0,45 m entre paramentos y cúpula, mientras que en los lados este y oeste se resuelven como un friso liso cuyo espesor tiende a aumentar hacia el sur para corregir la deformación de los arcos inferiores. Se podría sospechar que los arcos ya estaban deformados cuando se construyó la cúpula. El espacio de la macsura se completa con el mihrab, un nicho de grandes dimensiones que al sobrepasar el espesor del muro se proyecta hacia el exterior del edificio. Cuenta con un vano integrado en la portada y un espacio interior de planta rectangular con las dos esquinas más profundas achaflanadas. En su interior se halla una nacela situada a 2,39 m de altura ornamentada con una inscripción cursiva de contenido coránico. Por encima de ella, las cinco paredes interiores están decoradas con arcos polilobulados, un friso geométrico y se cubre con una bóveda de mocárabes. El nicho del mihrab forma junto con la cámara del almimbar y el pórtico de acceso del imam, una paños rellenos de composiciones geométricas y vegetales. Finalmente, un último marco en U invertida de 0,66 m de ancho envuelve toda la composición. En este caso se trata de una ornamentación compleja que superpone varias mallas vegetales y geométricas sobre un fondo de ataurique con piñas y veneras que sobresalen. estructura que se resuelve de manera compacta tras el muro de la quibla. El primero de ellos es una estancia muy sencilla de planta rectangular, mientras que el segundo, de dimensiones similares, se abre hacia el este a través de un vano adintelado con columna central13. Este último es una pieza de acarreo procedente de la península ibérica, al igual que los del mihrab, junto con los que podría haber llegado a Marrakech en época almohade (Basset y Terrasse 1932: 73; Cressier 2014: 394-396). La mezquita alberga en su interior un total de cinco patios. Uno central de grandes dimensiones y cuatro menores, el de Basset y Terrasse (1932: 278) ya las dibujan, por lo que podemos confiar que permanecen en ese lugar desde los vanos P1, P2 y P3. Se trata de arcos de herradura apuntados de 3,54 m de luz, con alfiz, sin arco de trasdós y sin pilastras, aunque estas están iniciadas con pequeños fragmentos de yeso bajo la cornisa. El segundo está ubicado en el punto medio de cada lado y corresponde con el vano P4. Es de mayores dimensiones y únicamente cuenta con una pilastra en el flanco septentrional. Por último, el tercer sector está formado por tres vanos iguales de 3,51 m de luz, con arco de herradura apuntado, trasdosado y con pilastras a los lados. Los alzados se completan con una cornisa homogénea en los cuatro lados realizada con ménsulas de doble lóbulo, que igualmente está presente en los cuatro patios menores. Además, el patio está provisto de dos fuentes con surtidor, una taza moderna de mármol en el centro, y otra dispuesta en el eje de simetría del vano P6 que está realizada con placas de mármol de poca altura y formando un círculo de 3,22 m de diámetro. Los cuatro patios menores son rectangulares (2 × 3 tramos) y de mismo tamaño, aunque de acuerdo a sus similitudes y características podemos clasificarlos en dos grupos: septentrionales y meridionales. Los primeros cuentan con alzados más sencillos y lisos, pues están formados por arcos de herradura apuntados con alfiz sin ningún elemento más. Además, el patio situado en la parte oriental ha sido muy intervenido con un refuerzo estructural de pilares y zuncho de hormigón armado en su frente oriental, así como una serie de chapas atornilladas que sirven para el atirantado de toda la crujía. Con respecto a los dos patios meridionales, sus alzados están resueltos de manera similar a los vanos P5-P6-P7 del patio central (Fig. 17). Se trata de arcos de herradura apuntados, trasdosados por arcos túmidos, con alfiz y flanqueados por pilastras. Como peculiaridad, ambos están dotados de grandes tazas bajas de mármol con surtidor que parecen bastante antiguas. La del patio oriental es una pieza circular, mientras que la del occidental es gallonada (Fig. 18). Por otro lado, sus fotografías nos permiten observar los pavimentos de estos patios a principios del siglo XX, siendo de ladrillo en espiga en el noroccidental y baldosines, de material incierto, en el suroccidental (Basset y Terrasse 1932: 281, figs. 102-103). En cuanto a las crujías que rodean los patios, se resuelven como prolongados espacios cubiertos con parejas de arcos transversales a modo de entibo. En lo que respecta a la crujía occidental, hemos de indicar que se trata del espacio más ornamentado, pues conserva en toda su extensión un conjunto decorativo homogéneo de yeserías que se extiende de manera sutil a la sala de oración (arcos B y C). Consiste en el uso de cenefas rodeando los arcos y sus respectivos alfices, así como también rosetones lobulados sobre las claves y a los lados de los arcos. En la parte superior, bajo el arrocabe de madera, discurre un friso con trazado geométrico y ataurique, que además se extiende de manera vertical por los pilares que conforman la arquería de los patios (Fig. 19). Al otro lado, en el muro occidental 14 Basset y Terrasse dibujaron una fuente en los cuatro patios menores; sin embargo, en su explicación solo afirmaron que existían en los dos patios más próximos a la sala de oración, tal y como ocurre en la actualidad (Basset y Terrasse 1932: 278). las puertas están igualmente decoradas con los mismos recursos, incluido el vano cegado que se encuentra en el extremo septentrional. La pareja de arcos transversales P y Q situados en el medio de esta crujía junto a una de las puertas responden al tipo que hemos denominado "lambrequines 2" al igual que los dos arcos R y S que delimitan la crujía septentrional para prolongar las crujías laterales (Fig. 20). Las crujías septentrional y oriental cuentan igualmente con parejas de arcos transversales respectivamente, aunque en este caso son apuntados y sobre sólidos machones. fachada monumental que fue diseñado como doble membrana y crujía intermedia (Fig. 22). La membrana interna consiste en un muro de 0,82 m de espesor para el frente oeste y 0,97 m para el frente norte, mientras que la externa es de 0,88 m en ambos lados. Las crujías intermedias están compartimentadas en módulos similares que se abren al exterior por medio de grandes arcos túmidos trasdosados por arcos más apuntados y enmarcados por pilastras, entre los que se integran de manera alterna las puertas de la mezquita, tres en el lado norte y cuatro en el oeste. De todas ellas, el acceso principal se ubica en la puerta central del frente norte, tal y como denotan su mayor dimensión y su cornisa más proyectada hacia el exterior (Fig. 23). El sistema seguido para su construcción recurre a muros de tapia para la membrana interna y las compartimentaciones de los módulos, aunque en muchos puntos aparecen extensos retacados de ladrillo o mampostería. En cambio, la fachada exterior está enteramente construida con una fábrica limpia de ladrillo que resuelve de manera unitaria las dos roscas de arco, La totalidad de los espacios interiores del edificio fueron cubiertos con techos de madera, incluso las cúpulas de mocárabes cuentan con una sobrecubierta con cámara intermedia (Figs. El conjunto de armaduras es variado en cuanto a dimensiones y detalles, pero en general, todas consisten en techos con forma de artesa, realizados con par y nudillo, limas moamares, tirantes y cuadrales. Los ejemplos más elaborados se encuentran en la crujías occidental y septentrional, donde presenta almizate completamente apeinazado con estrellas de ocho y nudos en aspa, ménsulas muy altas y arrocabe tallado con arcos mixtilíneos (Fig. 21). La mezquita se cierra al sur y al este con dos gruesos muros de 1,50 m de espesor totalmente ciegos, salvo por el conjunto de tres pequeños vanos de la macsura y un estrecho paso occidental. Por su parte, los otros dos frentes, norte y oeste, lindan con el espacio público, de tal modo que cuentan con un tratamiento de El alminar de la mezquita se sitúa al exterior del ángulo noroeste del edificio (Fig. 23), de tal modo que uno de sus vértices coincide con la esquina formada por los muros perimetrales y en dos de sus caras entestan las dos fachadas monumentales. La torre consta de dos volúmenes, el inferior de 8,90 m de lado y 29 m de altura que está construido a base de muros exteriores de 1,48 m y un machón central macizo en torno al cual gira la escalera. El volumen superior es de menores dimensiones (3,98 m de lado) y acoge el último tramo de escalera que está dispuesto de manera axial; además, en la parte superior alberga una cámara cubierta con una cúpula gallonada. Tal y como se puede intuir en la actualidad, el cuerpo inferior está construido hasta 9,80 m con rafas encadenadas de ladrillo en las aristas y lienzos de mampostería 16. A partir de dicha cota, la torre es enteramente de ladrillo e integra cuadros rehundidos vestidos con una malla de sebka que arranca de tres arcos lobulados (Déléry 2014). En la parte superior cuenta con un friso de alicatado verde y blanco que consistía en piezas cerámicas clavadas a una tablazón de madera, tal y como puede verse en las fotografías antiguas (Fig. 26). El cuerpo superior cuenta igualmente con decoración en sus cuatro fachadas con un friso rehundido y liso que pudo estar decorado con placas de cerámica epigráfica cúfica en blanco y negro, restos de las cuales se han conservado en el almacén del palacio al-Badī ̔. Ambos cuerpos están rematados con un almenado de merlones escalonados. Las recientes restauraciones han rehecho los elementos decorativos en exceso y subsanado las dos grandes grietas del alzado meridional que recordaban el episodio de la explosión relatado por al-Ifrānī, quien afirmó que "se resquebrajó el alminar" (Fig. 26). Este sistema constructivo queda también demostrado en las fotografías históricas (Basset y Terrasse 1932: 297, fig. 113). los pilares y las pilastras (Fig. 24). Para garantizar la unión con los muros transversales de tapia, se emplearon listones de madera que traban ambas fábricas, una solución que ya aparece empleada en la Kutubiyya. En cuanto a la parte superior de cada módulo, fue cubierta con una bóveda de cañón de medio punto, que como ha analizado recientemente Almagro, fue construida en dos pasos: una primera bóveda tabicada que funciona como cimbra y sobre ella la rosca que conforma el espesor esencial de la bóveda15. Muchos de los módulos, e incluso una puerta, se encuentran hoy en día cerrados con muros, en los cuales se ha dispuesto una pequeña puerta de ingreso, pues en su mayoría funcionan como tiendas y talleres. Por la parte superior de la fachada discurre una gran cornisa formada a partir de ménsulas polilobuladas construidas con listones de madera empotrados, ladrillos y yeso, aunque sobre las pilastras se emplean parejas mucho más finas con motivos serpentiformes. Las fachadas culminan con una albardilla y un pretil almenado. En el frente norte, junto al alminar se conserva la decoración del plemento situado sobre una pilastra. Se trata de una composición compleja con una venera grande en la parte inferior y el resto repleto de ataurique con palmas lisas y digitadas, así como algunas piñas (Fig. 25). A pesar de que en un edificio no se pueda conocer su datación general o parcial, y aunque sea imposible realizar un análisis paramental estratigráfico al no ser visibles sus fábricas, sigue existiendo la posibilidad de llevar a cabo un análisis provisional basado en observaciones e inferencias objetivas (Mannoni 1998: 83). Incluso antes que recurrir únicamente a las fuentes escritas y a los estilos presentes, el edificio sigue ofreciendo oportunidades para ser analizado arqueológicamente de una manera no destructiva. Se ha realizado una observación morfológica exhaustiva del mismo, como unidad y también como conjunto de múltiples partes y estructuras, con el objetivo de reconocer: discontinuidades; conjuntos de estructuras diferenciadas; tipologías constructivas; tipos de vanos; conflictos estructurales y compositivos; o irregularidades que se repiten de manera continuada. Finalmente, todas estas anomalías y detalles se deben poner en relación con los arquetipos y tipologías ya conocidas en otros edificios locales y regionales. Este análisis no ofrece un orden de fases detallado, pero sí una secuencia provisional que permite identificar las principales transformaciones. Este es el espacio más revelador, pues presenta diferencias notables en sí mismo que son síntomas de su principal transformación. En primer lugar, encontramos que en los frentes laterales este y oeste existe una desigualdad muy notable entre su mitad septentrional y la meridional (Fig. 2). La primera muestra tres tramos de arquería muy bien definidos como fachada con doble rosca, alfiz y pilastras, mientras que la segunda, incluyendo el vano central, consiste en un paramento más liso de arcos simples con alfiz. Si no fuese por la cornisa superior, el alzado de este segmento de fachada se asimilaría más bien como una arquería interior del edificio (Fig. 5 y 17). Además, si tenemos en cuenta las pilastras, observaremos cómo las dos primeras del sector septentrional están bien centradas en el punto medio del pilar rectangular y entre los arcos, a diferencia de la pilastra que separa P4 de P5 que está ligeramente desplazada hacia la jamba del arco P5. De este modo, el patio septentrional cuenta con un lenguaje arquitectónico de fachada que se extiende de manera continua por el frente norte y la parte septentrional de los frentes este y oeste. El frente meridional es de características similares, pero se encuentra aislado y sin continuidad por otros frentes. Los cuatro patios menores Los dos patios situados en el sector septentrional presentan en sus cuatro lados una fachada desvestida y simple con arcos de herradura apuntados y un alfiz de poca profundidad (Fig. 15). Por el contrario, los dos situados en el sector meridional cuentan con sus cuatro alzados resueltos con arcos de doble rosca, alfiz y pilastras, es decir con el tratamiento de fachada habitual en la arquitectura medieval de Marrakech (Fig. 17). Los cuatro patios están dispuestos en torno al gran patio central y se relacionan con él por medio de las propias arquerías, sin existir ningún espacio techado intermedio que los aísle o dé sentido a la presencia de esas arquerías. Independientemente de los arquetipos y tipologías constructivas, es contrario a la lógica arquitectónica situar dos patios yuxtapuestos separados por una arquería, salvo si el autor del diseño busca intencionadamente ese juego estético. Si ponemos en relación las arquerías que son comunes entre el patio mayor y los patios menores, observaremos que las caras están resueltas de manera opuesta a uno y otro lado (Fig. 17). En el sector septentrional, el patio mayor presenta tratamiento de fachada, mientras que en los menores no es así. Y en el sector meridional ocurre lo contrario. Los dos patios pequeños del sector septentrional son más sencillos y se asemejan al tramo P1-P2-P3 del patio central, los cuales se asimilarían mejor como una arquería interior de no ser por la cornisa superior. Los arcos en todos los casos son de herradura ligeramente apuntada y comparten la misma geometría y tamaño. Los sondeos de Ewert y Wisshak (1987) determinaron que en estos dos patios los pilares de los lados largos (este y oeste) eran originalmente lisos y sin pilastras, pues presentaban fabricas limpias y continuas, es decir, sin elementos trabados en su frente, así como también advirtieron que estuvieron cubiertas de manera homogénea con el mismo enlucido que ellos clasifican como almohade. Por el contrario, detectaron que los pilares situados en el centro de los lados norte y sur habían sido enrasados en algún momento impreciso tal y como se observaba en los salientes y cabezas de ladrillo picadas de la parte central (Ewert y Wisshak 1987: 184-185). Continuando con las diferencias que existen entre los patios septentrionales y los meridionales, podemos atender igualmente a sus pavimentos. En la actualidad no ofrecen ningún dato, pues la última restauración los ha cubierto con las mismas baldosas. Sin embargo, las fotografías antiguas publicadas por Basset y Terrasse muestran que el patio suroeste estaba pavimentado con placas como las de la fotografía XVIII publicada por Ewert, mientras que el patio noroeste contaba con un pavimento de ladrillo dispuesto de canto y en espiga (Basset y Terrasse 1932: figs. 102 y 103; Ewert 1986: pl. XVIII). Estos investigadores registraron además que los restos cortados del pavimento de ladrillo se encontraban tanto en torno a la base de los pilares, como debajo de los umbrales de mármol que hay en las arquerías 18. Para finalizar, señalamos igualmente la realización de falsas pilastras en los patios septentrionales, tal y como demuestran los arranques superiores que hay bajo la cornisa, lo que parece corresponder con un intento de adaptar esos lienzos como fachadas. De ninguna manera parece que sean restos de pilastras de fábrica antiguas que han sido cortadas, pues tienen muy poca Además de las fuentes-surtidor, existe otro elemento de gran relevancia en las mezquitas medievales como son los aljibes, bien conocidos en los casos almohades de la Kutubiyya, la mezquita de Rabat y la mezquita aljama de Sevilla. Con respecto a la mezquita de la Qaṣba, en la actualidad es imposible ubicarlos e incluso acceder a ellos, pues no hay ni rastro en el pavimento del patio. Conocemos su existencia gracias a Villalba (2015: 168-169), quien tuvo información sobre el hallazgo de dos aljibes bajo el patio central cuando se levantó el pavimento en el desarrollo de la restauración de 2012-2013. Se trata de dos aljibes de planta rectangular cubiertos con bóveda de cañón. Uno de ellos está además reforzado con arcos fajones. Sin embargo, lo más importante para este análisis es precisamente su ubicación espacial con respecto al patio central, para lo cual Villalba informa que ambos se encuentran en la parte septentrional del patio, es decir, junto al frente norte que antecede a la puerta principal. Las arquerías de la sala de oración La sala de oración presenta una gran variedad de vanos que por lo general se disponen de manera simétrica, aunque hallamos varias peculiaridades y anomalías. Primeramente, destacamos los dos ámbitos delimitados por las arquerías 1-2 y 8-10 entre los patios menores y la arquería transversal, pues se trata de dos zonas con un tratamiento distinguido que no está presente en el resto de la sala de oración. Como curiosidad, la arquería intermedia que divide estos ámbitos en dos naves cuenta con un espesor mayor de lo normal que anula el alfiz en los puntos que se traba con la arquería transversal en B, C, I y J (Fig. 6). Motivo para pensar en una remodelación que ocultó parte del alfiz. En segundo lugar, estarían las parejas de naves encabezadas por los arcos D-E y G-H, que son las que distorsionan la simetría. La primera pareja, situada al este del eje longitudinal, cuenta con grandes arcos polilobulados de yesería, similares a los que trasdosan en B, C, I y J. En cambio, G es un arco ligeramente mayor de trazado túmido y H un arco de herradura ligeramente apuntado. En cuanto a G coincide perfectamente con el perfil geométrico del arco polilobulado D, lo que hace sospechar que se trate del arco estructural que resuelve dicho vano y que está desprovisto del forro de yeso que define el arco ornamental polilobulado (Figs. En cuanto a H, es la nota más discordante y, ante la falta de profundidad, entre 5 y 10 centímetros, y responden más a un elemento decorativo de yeso sin capacidad estructural que fue realizado de manera tardía (Fig. 15). Las pilastras planificadas en la construcción de un pilar suelen tener un saliente de 0,30 m o más y por supuesto están trabadas. Esto mismo sucede en los tramos P1-P2-P3 del patio central (Figs. El abastecimiento hidráulico de una mezquita es una dotación fundamental, cuyo trazado cuenta con garantías de mantenerse en el tiempo, aunque sea objeto de refacciones o ampliaciones. En este caso, nos parece que además representa un elemento muy importante que contribuye a la comprensión del edificio, ya que su número y posición son reveladores de posibles transformaciones. La mezquita cuenta en total con cuatro surtidores, dos en el patio central y otros dos en los patios menores meridionales. En el patio central, hallamos en primer lugar una pequeña taza de mármol situada en el centro, concretamente en el crucero de los dos andenes diferenciados en el pavimento con piezas vidriadas (Figs. Y en segundo lugar, una gran taza circular baja, ligeramente rehundida, centrada con respecto al eje longitudinal del edificio en la parte septentrional del patio. Sin embargo, lo que llama la atención es su posición centrada con respecto al eje transversal marcado por el tramo P6. Este tramo aparentemente no desempeña un papel de elemento configurador con respecto a la totalidad del patio central, pero sí que lo hace con respecto al conjunto de los tres vanos P5-P6-P7. En cuanto a los dos patios menores situados al sur, cuentan con un tipo de fuente-surtidor central similar a la del patio central. Se trata de grandes tazas de mármol bajas con diámetros parecidos y situadas de igual modo a una cota de 0,20 m por debajo del pavimento (Fig. 18). En este caso, están perfectamente centradas en ambos patios. La ubicación de estas dos fuentes en los dos patios meridionales no parece ser una mera coincidencia, pues se trata precisamente de los dos patios en los que hemos identificado un tratamiento de fachada en sus alzados, además de que mantienen entre sí una disposición simétrica con respecto al eje longitudinal que configura todo el edificio. Por el contrario, los dos patios menores situados en el sector septentrional no solo cuentan con alzados simples y lisos, sino que además no están dotados de surtidor. cuanto a su estructura y sistema constructivo, también encontramos una falta de semejanza, pues la occidental fue realizada con una composición bastante diferenciada en ambos ejes de simetría, una cúspide de triple cupulín, saltos intermedios ascendentes, un formato de adaraja más grande, así como el uso de una malla auxiliar de medinas largas y gruesas, todos ellos aspectos bastante característicos (Fig. 27). Por este motivo, nos parece que la cúpula occidental corresponde a un momento distinto del de las otras dos. Además de los espacios ya tratados, existe una serie de estructuras dispersas por el edificio que merece la pena comentar. En primer lugar, los arcos que se encuentran en el centro de la crujía lateral oriental y la crujía septentrional, cuya factura es muy tosca y con gruesos machones, se diferencian de sus análogos (P y Q) que son mucho más livianos, lo que sugiere que se trate de refuerzos posteriores a la fase fundacional. Esta crujía es la que además presenta múltiples intervenciones enfocadas a la mejora de su estabilidad (contrafuertes exteriores, atirantado metálico...). Otro elemento que llama la atención es el tramo cegado que hay entre el patio suroriental y la sala de oración. No tenemos pruebas para asegurarlo, pero parece que se trata de un vano cegado posteriormente, ya que, si no, sería el único tramo cerrado de toda la mezquita. Además, puede que sea consecuencia de acomodar una función particular en ese punto, lo que explicaría la presencia de una ventana. datos no queda otra opción que pensar que corresponde a una reforma posterior del vano, quizás tratando de reforzarlo, pues resulta mucho más basto que el resto. Por último, únicamente podemos añadir al respecto los refuerzos que probablemente se hicieron en las arquerías de la nave central (5-6), en los arcos que conforman la macsura (F, L, M) y en el arco O de la qubba occidental. En el primer caso, resulta evidente, ya que se puede observar la huella de arcos mayores más antiguos que han quedado embebidos por arcos nuevos de menor luz, mientras que, en los arcos mencionados de la macsura y la qubba occidental, es su condición de vanos macizos y las deformaciones lo que hace pensar en ello. A pesar de que los elementos decorativos desligados de información estratigráfica ofrecen menos garantías de establecer una datación fiable, cabe la posibilidad de considerar los capiteles almohades de la arquería transversal como un fósil director. Si basándonos en criterios de estilo, aceptásemos que los capiteles de los vanos I y J son almohades (Fig. 9), entonces significaría que esos vanos ya estaban resueltos en época almohade con arcos de herradura trasdosados y que, por lógica, sus simétricos B y C también lo serían. Además, esto indicaría que, para los dos sectores distinguidos de la sala de oración, ya se podría haber aplicado en un primer momento la composición de arco trasdosado. Para el caso de los arcos de lambrequines, sería menos fiable pues, aunque los capiteles almohades se hayan mantenido, los arcos superiores han podido ser rehechos. La cúpula de mocárabes suroccidental Con respecto a las tres cúpulas de mocárabes de la nave transversal, pueden parecer a primera vista un conjunto bastante homogéneo, sin embargo, tras analizar sus características con mayor detalle, este hecho parece deberse a la redecoración que han experimentado recientemente pues se han identificado diferencias notables que hacen considerar la cúpula occidental un caso aislado. La qubba oriental y la central (macsura) emplearon frisos de mocárabes para conformar una base cuadrada sobre la que montar la cúpula. Sin embargo, la occidental difiere por estar resuelta sobre una base rectangular directamente sin frisos ni molduras de adaptación. En orientación, nada cambia con respecto a la actualidad. Por el contrario, en su interior contaría únicamente con tres patios, dos menores que corresponden con los dos patios de la mitad meridional del edificio actual, y un patio mayor de 3 × 5 tramos que ocuparía la parte septentrional del patio central actual. Todos ellos han estado dotados con fuente-surtidor hasta día de hoy y el mayor además dispone de dos aljibes subterráneos. El sector meridional, compuesto por la sala de oración y los dos patios menores, cuenta con una nave transversal de gran luz yuxtapuesta al muro de la quibla y once naves perpendiculares entre las que se integran los dos patios. La única diferencia con respecto a la mezquita actual sería precisamente la prolongación de las cinco naves centrales con la adición de cuatro tramos hacia el norte. El sector septentrional quedaría separado del meridional por una arquería que atraviesa el edificio de este a oeste y que en la parte central conforma uno de los frentes del patio. Este sector es de menor superficie y está principalmente ocupado por el patio principal, que para la fase almohade-fundacional planteamos de forma oblonga y con su eje dominante dispuesto de forma perpendicular al longitudinal de la mezquita. La fuentesurtidor se mantiene en la misma posición, aunque en la fase fundacional se encuentra totalmente centrada dentro del patio. Al norte cuenta con un pórtico de una sola crujía, mientras que a este y oeste se trata de grupos de tres crujías yuxtapuestas, pues los dos patios menores, actualmente adyacentes al patio mayor, creemos que fueron parejas de naves de tres tramos y techadas. Realmente no contamos con muchos datos ni paralelos para afirmar esta solución, aunque nos apoyamos en dos razones. Por un lado, la sencillez de las arquerías que conforman dichos patios, pues no coinciden con la tipología de fachada de patio, sino con la de naves interiores de la sala de oración. En este sentido, los sondeos que realizaron Ewert y Wisshak corroborarían esta idea, pues observaron cómo los pilares de los dos patios septentrionales eran lisos sin pilastras, a excepción de los pilares centrales situados en los lados norte y sur que presentaban arranques que fueron enrasados. Estos arranques podrían ser precisamente los machones de una arquería desaparecida que hacía posible la existencia de dos naves yuxtapuestas. Además, existe otro dato recogido por Ewert y Wisshak que reforzaría esta hipótesis, pues documentaron la continuidad del pavimento de ladrillo antiguo por debajo de los umbrales de mármol. Esto significa que el pavimento de ladrillo se empleó dentro del Para finalizar, hemos de considerar las fachadas exteriores norte y oeste de la mezquita. Los grandes vanos de los módulos han llegado a día de hoy cerrados con muros en los que se han dispuesto puertas y ventanas, aunque por las huellas que se observan, es bastante evidente que se trata de cegamientos ajenos al diseño original. Por otro lado, las fotografías que tenemos del año 2012 durante las obras de restauración demuestran cómo la arquería exterior está realizada con arcos trasdosados y pilastras, todo ello bien ejecutado en una obra unitaria de buena calidad con fábrica de ladrillo (Fig. 24). HIPÓTESIS DE LAS FASES ALMOHADE Y SAADÍ Una vez analizadas todas aquellas anomalías que evidencian una secuencia en las estructuras y la configuración general del edificio, podemos afirmar que ha habido una gran transformación del mismo. A continuación, se tratará de interpretar cómo pudo ser dicha transformación y cómo pudo ser el diseño de la mezquita almohade en su fase fundacional. A pesar de que este análisis permite establecer una secuencia preliminar, su alcance tiene limitaciones y no es posible definir cuándo tuvieron lugar las transformaciones. Efectivamente, se reconocen de manera aproximada dos configuraciones distintas, la que denominamos almohade fundacional y la saadí-actual, aunque el paso de una a otra puede responder a múltiples acciones y procesos, como el deterioro a raíz de un abandono, la destrucción debido a sucesos como el de la pólvora, las intervenciones reconstructoras y la redecoración. Entre el periodo saadí y la actualidad, la mezquita ha podido ser igualmente transformada, pero no hemos podido plantear con detalle ese proceso al no disponer de un análisis estratigráfico ni documentación. La fase almohade fundacional corresponde a una mezquita con una superficie cubierta mucho mayor que la actual y responde a una organización bastante distinta, sin embargo, algunos de sus esquemas se mantienen en la actual (Figs. En cuanto a su perímetro y ámbito del vano y por tanto anula cualquier existencia de escalón entre patio y pórtico. De tal modo, consideramos la posibilidad de que este pavimento fuese el original que se empleaba para los espacios interiores de la mezquita, y por ese motivo hay una continuidad material y física a la misma cota entre ambos espacios 19. Por otro lado, nos parece también la solución más lógica, ya que sería un diseño anómalo e insólito disponer tres patios yuxtapuestos separados únicamente por arquerías. Además, tampoco parece posible que el patio pudiese ser más alargado, incluyendo esas parejas de naves, pues las estructuras que han quedado hasta día de hoy sugieren que se trataba de un patio de 3 × 5 tramos. En su momento, Basset y Terrasse (1932: 278) ya cayeron en la cuenta de que el patio central podía haber sido más pequeño, aunque únicamente se basaban para ello en la posición de la fuente. Nos parece que los sectores situados a ambos lados del patio mayor de la fase almohade tendrían las mismas dimensiones y estructura que ahora, aunque añadiendo la arquería central que conforma las parejas de naves. Esta disposición en planta resulta bastante extraña si tenemos en cuenta las dos naves transversales, pero nos Nos estamos refiriendo precisamente a los espacios que componen el esquema en T y E en la planta del edificio y que podría formar parte de la genética almohade del edificio 21. Jerárquicamente, el primero de ellos muestra una mayor intensidad en el edificio, exaltando la nave transversal y la nave central. Ambas cuentan con una anchura mayor al resto, especialmente la transversal, cuyas dimensiones no son habituales (7,28 m frente a 4,77 en la Kutubiyya II). Como es costumbre en la arquitectura almohade, la nave transversal contaría en la fase almohadefundacional con un número impar de qubbas que corresponderían con las tres cúpulas actuales, aunque rehechas posteriormente. No creemos que hubiese más cúpulas integradas en la nave transversal, pues los intervalos techados son de cuatro tramos y se rompería la armonía. En cuanto a la nave central, nos parece también lo más lógico plantearla de manera continua con una armadura de madera y sin cúpulas intermedias. Además, este eje longitudinal se prolonga hasta el frente septentrional donde se ubica la puerta principal que antecede a una cuarta qubba, aunque su cubierta podría haber cambiado. La otra posibilidad que se podría plantear buscando un resultado más limpio y semejante a las otras mezquitas almohades sería que las naves transversales ocupasen únicamente los dos módulos que lindan con los patios menores mientras que las crujías perimetrales se extenderían en sentido norte-sur hasta la arquería transversal que conforma el frente del patio y atraviesa el edificio de este a oeste. Este último elemento es fundamental en el modelo de mezquita occidental, estando presente en Córdoba y en épocas almorávide, almohade, meriní y saadí 20. En adelante, se tratará de seguir definiendo la fase almohade-fundacional, aunque integrando además otros datos basados en paralelos y referencias arquitectónicas. Como ya se ha indicado, existe un conjunto de espacios singulares que destacan sobre el resto por sus dimensiones en planta y altura, así como por su anchura o luz. 20 Al respecto de las dos naves transversales que conducen desde las puertas laterales hasta el patio, llama la atención el parecido que existe con la mezquita mameluca de Baybars I al-Bunduqdārī (1260-1277) en El Cairo (Bloom 1982). No obstante, no parece posible que haya un paralelismo entre ambos casos, pues la mezquita de la Qaṣba es el resultado de ampliar el patio hacia el sur y no corresponde por tanto a un diseño predeterminado en crucero. que posiblemente determinó la inclusión de dos patios menores, pues hasta entonces las mezquitas almohades eran más anchas que largas y les bastaba con el patio principal situado en el sector septentrional. Finalmente, la gran mezquita de Rabat, levantada por el mismo soberano unos años después (1195 o 1196-1197) 23, pondría el punto final a esta evolución al desarrollar de manera rotunda el eje longitudinal, que resultó en un edificio mucho más alargado que ancho (Fig. 31). Este diseño mantuvo el modelo de la Qaṣba, pero en un edificio todavía mayor, con el patio oblongo en el sector septentrional, los dos patios menores en la sala de oración y dos sectores distinguidos al sur de estos (Caillé y Hainaut 1954). En cuanto a la ornamentación, debemos atender al menos al uso de los arcos de lambrequines y arcos polilobulados que se hallan en la arquería paralela al muro de quibla. Estos presentan una evolución bastante notable con respecto a los ejemplos almohades de Tinmal y Kutubiyya que hace pensar más bien en la redecoración saadí24, aunque al mismo tiempo no se asemejan totalmente a los ejemplos conocidos de este periodo debido a su geometría y formato. Aunque no se trata de una prueba fehaciente, los capiteles aparentemente almohades situados en las jambas de los vanos I y J, serían un indicio (no determinante) para considerar los respectivos arcos como almohades, tanto el de herradura inferior como el polilobulado que trasdosa. De ser así, este último estaría reflejando el desarrollo del arte almohade y por lo tanto una ligera evolución entre el momento de la Kutubiyya con ̔Abd al-Mu'min (1130-1163) y el de la Qaṣba con al-Manṣūr (1184-1199). Sería, por tanto, una muestra de la evolución moderada y transicional entre los arcos polilobulados de la Kutubiyya y los arcos angrelados meriníes. Los capiteles almohades de los vanos I y J nos llevan a considerar además una particularidad de esta mezquita, ya que a diferencia de lo que suele ser habitual, se empleó una composición de arcos trasdosados en el interior del edificio, concretamente en los dos sectores distinguidos. Si hacemos un barrido por las mezquitas almohades y post-almohades de Marruecos, podemos ver como el modelo de arco trasdosado con alfiz se emplea únicamente para los alzados del patio o las fachadas exteriores, en tanto que las arquerías interiores acostumbran a ser una secuencia sencilla de arcos, en ocasiones con alfiz. Así se puede observar en la mezquita segundo esquema llamado en forma de E integra el anteriormente descrito, pero añade las dos naves laterales que se prolongan por los lados este y oeste respectivamente. Estas son ligeramente más anchas, aunque no tanto como las dos que conforman el esquema en T. Si retomamos el fragmento de Ibn Sa ̔īd en el que describe la mezquita recordaremos que menciona la existencia de cuatro grandes cúpulas "dos en la parte anterior del edificio junto al muro de la quibla y dos en la parte posterior junto al muro septentrional". Esta información concuerda con nuestra hipótesis en el número de cúpulas, pero no en su posición. Lo que sí coincide es la información de los patios, pues serían tres, todos ellos dotados con pilas de mármol. Por último, este autor señaló la existencia de doce columnas de mármol de diversos colores en la macsura y el mihrab, lo que coincide con la realidad actual. Aunque ya suponíamos que estas piezas fueron dispuestas en dicho lugar en época almohade, esto puede ser un indicio para reconocer la reforma saadí en el mihrab como una mera redecoración que no afectó a la composición y diseño de la gran portada 22. Si consideramos de manera temporal esta hipótesis como válida hasta que pueda ser revisada y mejorada por futuras investigaciones, nos parece entonces interesante ponerla en relación con otros edificios paralelos y contemporáneos, con el fin de valorar la continuidad de los arquetipos almohades y las particularidades o innovaciones de esta mezquita. En primer lugar, atendiendo a las proporciones y al desarrollo axial del edificio, nos parece que la mezquita de la Qaṣba representa una transición entre la Kutubiyya y la mezquita de Rabat, pues entre una y otra hay una modificación en la proporción de la planta (Fig. 30). En la Kutubiyya es rectangular, pero se trata de un desarrollo más ancho que largo cuya dimensión dominante es perpendicular al eje longitudinal del edificio. Mientras tanto, en la mezquita de la Qaṣba, la planta adquiere una forma más cuadrada, pues se optó por prolongar la sala de oración en detrimento de las naves que flanquean los laterales del patio oblongo. Es precisamente este último aspecto el 22 Este planteamiento coincide con lo que propuso Dolores Villalba al estudiar la decoración de la mezquita, dado que observó varios parecidos con el mihrab almohade de la Kutubiyya en cuanto a la composición y la banda epigráfica interior, aunque la ornamentación tan recargada se alejaba de lo que comúnmente se clasifica como almohade (Villalba 2015: 173). Basset y Terrasse anteriormente ya habían reconocido en las tres qubbas una ornamentación más parecida a lo nazarí y saadí refiriéndose para ello a la Alhambra y las Tumbas Saadíes (Basset y Terrasse 1932: 286). Igualmente, Ewert y Wisshak consideraron la composición y el esquema del mihrab como una reminiscencia almohade a pesar de su decoración (Ewert y Wisshak 1987: 209-210). un importante deterioro y alteración del edificio. Los trabajos de ̔Abd Allāh al-Gālib (1557-1574) pudieron centrarse primeramente en la reparación del edificio, especialmente tras el incidente de la pólvora que afectó a varias estructuras significativas al final de su gobierno, y posteriormente en la redecoración de toda la mezquita. Sin embargo, esta segunda actuación parece que no fue concluida. Entre las operaciones saadíes que definieron una nueva organización del edificio, se incluye con toda seguridad la asimilación de un patio mayor, como se puede también intuir en el plano del fraile portugués (Fig. 3). Esta solución responde a unas proporciones de patio cuadrado similares a las que encontramos en otras mezquitas saadíes como al-Muwāssīn y Bāb Dukkāla. Asimismo, los dos patios septentrionales pudieron ser creados en este momento, potenciando la simetría de la planta y el eje transversal que conforma el controvertido crucero del nuevo patio mayor. Sin embargo, la intervención del siglo XVI es más perceptible en la nave transversal junto a la quibla, donde dos de las cúpulas de mocárabes responden a una tipología similar a la saadí. No obstante, tanto el texto de al-Ifrānī como la inscripción de reforma hallada en uno de los pilares se refieren al colapso y reforma de una sola cúpula, por lo que no se debe descartar que una de ellas sea posterior a ̔Abd Allāh al-Gālib o incluso corresponda al periodo alauí. En lo que respecta a la decoración, podemos reconocer la intención saadí de redecorar el interior del edificio con el repertorio habitual de falsos arcos en las paredes, frisos geométricos, cenefas de ataurique, rosetones, bandas epigráficas reiteradas, etc. Aunque inacabada, se extiende por la nave transversal, potenciándose en sus tres qubbas, por la nave lateral occidental y por la nave adyacente a esta. Entre todo este conjunto, son especialmente notables la portada y el nicho del mihrab, donde los artesanos saadíes posiblemente aprovecharon la composición preexistente de época almohade. Sin embargo, es importante remarcar que su organización, ornamentación y contenidos epigráficos corresponde al prototipo canónico de mihrab saadí 25. Una característica muy importante 25 Deverdun consideró la inscripción del interior del mihrab almohade, ya que es muy similar en contenido y caligrafía a la que se encuentra en el mihrab de la Kutubiyya (Deverdun 1956: 53-54). No obstante, este tipo de nacela con esa misma epigrafía (basmala, taṣliyya, ta ̔wīḏa y aleya 77 de la azora 22) también se repite en varios ejemplos saadíes como la madraza Ibn Yūsuf, la mezquita Sīdī Abū al- ̔Abbās y la mezquita Sīdī al-Ŷazūlī, así como también parece que existió en las mezquitas de al-Muwāssīn y Bāb Dukkāla (Raji Elillah 1996: 59 y 116; Ali 2008: 205). El último elemento a resaltar de la mezquita almohade sería la cúpula de mocárabes occidental, la única de las tres que podría haber sobrevivido. Como ya se ha indicado, presenta varias características que la diferencian de las otras dos y por su mayor paralelismo con las cúpulas de mocárabes almohades nos induce a adscribirla a este mismo periodo y no al saadí con el que se hayan varias divergencias. En conclusión, proponemos una hipótesis de mezquita almohade cuya organización difiere bastante de la actual, a pesar de la opinión de Ewert y Wisshak, quienes consideraron que las intervenciones posteriores no afectaron al diseño en planta del edificio (Ewert 1986: 133-134; Ewert y Wisshak 1987: 196-203 y 210). Con respecto a su análisis geométrico, creemos que puede ser válido, pero no es determinante para la conclusión a la que llegan, pues las estructuras que permanecen hoy en día mantienen la disposición original y, por tanto, dan lugar al mismo trazado geométrico, aunque no estén completas. Por lo general, la dinastía saadí recuperó el arquetipo almohade para sus mezquitas de nueva planta, reproduciendo su diseño y patrones, de tal modo que la propia disposición de ciertos elementos como arcos y cúpulas, no es motivo para reconocerlos directamente como parte de la configuración almohade o saadí. Además, las sucesivas reformas, tanto las históricas llevadas a cabo por saadíes y alauíes como las recientes de 2012-2013, han rehecho y redecorado gran parte de los elementos, lo que complica su clasificación. A pesar de ser en el periodo saadí cuando tuvo lugar el proyecto de reforma integral que constituyó el esquema actual de la mezquita y asumió la regresión del espacio cubierto, no podemos omitir que el abandono que padeció la ciudad anteriormente a lo largo del siglo XV tuvo que suponer también es muy probable que su construcción se llevase a cabo de manera simultánea a la reforma de la mezquita de la Qaṣba durante el gobierno de ̔Abd Allāh al-Gālib 27. Ambos proyectos quedaron inacabados. Como conclusión final, podemos señalar que la mezquita de la Qaṣba en Marrakech, es un edificio de origen almohade que ha sufrido diversas transformaciones a lo largo de su historia. El resultado más relevante consiste en la identificación de su tipología fundacional, radicalmente distinta al edificio actual y cuyo diseño se podría reconocer como un eslabón intermedio entre las tipologías de la Kutubiyya y la gran mezquita de Rabat. La fase almohade inaugural responde a un edificio de once naves; con los esquemas habituales de T y E integrados; presidido por un eje longitudinal bastante desarrollado; con un patio mayor de planta oblonga en el sector septentrional y dos patios menores insertos dentro de la extensa sala de oración. Asimismo, las tres qubbas situadas junto al muro de la quibla pudieron ser cubiertas con bóvedas de mocárabes, de las cuales todavía pervive la situada en el extremo occidental. El posterior deterioro y las sucesivas intervenciones son difíciles de diferenciar sin un estudio arqueológico exhaustivo, aunque destaca la reforma que experimentó en el siglo XVI bajo la dinastía saadí. Como testimonios de esta se pueden considerar varias estructuras situadas en la nave transversal junto al muro de la quibla, la redecoración de algunos espacios, y finalmente, la consolidación de su planta con un gran patio central aproximadamente cuadrado en torno al cual se sitúan de manera adyacente otros cuatro patios menores. Esta última operación supuso la eliminación de una gran parte de las naves y la disminución considerable de la superficie techada. de las mezquitas saadíes es precisamente el uso sistemático del mismo diseño de portada para el mihrab y la ornamentación del interior del nicho, cuyas diferencias pueden deberse únicamente al tamaño y proporciones de los paños a cubrir. Es el caso de Bāb Dukkāla, al-Muwāssīn, Sīdī Abū al- ̔Abbās, Sīdī al-Ŷazūlī, el oratorio de la madraza Ibn Yūsuf y el oratorio de las Tumbas Saadíes. Ahora bien, la ornamentación del mihrab de la Qaṣba cuenta con unas características como el ataurique de gran profundidad que nada tienen que ver con lo almohade, pero que tampoco hemos detectado en los otros ejemplos saadíes. A este conjunto se sumarían los restos de decoración que se conservan en una de las ménsulas de la fachada (Fig. 25). Una dificultad similar hemos remarcado anteriormente para el caso de los arcos denominados "lambrequines 2" y "polilobulados" pues respetan la posición jerarquizada habitual en lo almohade y saadí, pero resultan complicados de asociar rotundamente con la decoración almohade o saadí. El único arco saadí con el que más parecido guardarían es el arco de lambrequines que separa la nave central y la macsura en la mezquita de al-Muwāssīn. La reforma también se extendió con bastante seguridad a los techos y cubiertas de la mezquita, de tal modo que entre el diverso conjunto de armaduras, se podrían reconocer como posibles saadíes las ubicadas en la crujía septentrional, la crujía lateral occidental y la nave transversal entre los patios menores, basándonos para ello en el paralelismo constructivo que tienen con las armaduras estudiadas en al-Muwāssīn, Bāb Dukkāla y Sīdī Abū al- ̔Abbās, aunque ninguna de estas observaciones es concluyente26. En cuanto a la nave central, la cúpula actual corresponde con bastante seguridad al periodo alauí. En época saadí, suponemos que, por paralelismo contaría con una armadura longitudinal. Para finalizar, resulta pertinente señalar un último aspecto sobre la intervención saadí, pues los trabajos en la mezquita de la Qaṣba sirvieron sin duda para entrar en contacto directo con la arquitectura almohade y sus soluciones constructivas. No es casualidad que en las mezquitas saadíes de al-Muwāssīn y Bāb Dukkāla se halle el mismo tratamiento de fachada almohade, que dejó de emplearse en época meriní, por no hablar de los restos del alminar de al-Muwāssīn que simulan una imitación casi a medida del alminar de la Qaṣba. parte meridional de ambos frentes y está compuesto por
Evidencias, aspectos materiales y técnicas constructivas del recinto amurallado de la madīna Buryāna (Burriana, Castellón) La ciudad de Burriana se localiza frente a la costa del mar Mediterráneo, muy próxima al río Anna, a los pies de las principales vías de comunicación que vertebran el levante peninsular, con puerto marítimo y sobre un terreno fértil. Su localización la convierte en un importante enclave defensivo relacionado con la protección del paso hacia Murbāṭir (Sagunto) desde el río Millars. Pero la fuerte transformación urbanística que sufre desde la segunda mitad del siglo XIX ha enmascarado su trazado fortificado. A partir del trabajo que aquí se presenta se pretende recuperar información de la ciudad en época islámica, sobre todo lo concerniente a su sistema de fortificación y las transformaciones que esta ha ido sufriendo. Se presenta también un análisis de las técnicas constructivas. Una vez analizados los datos, se proyecta una restitución del trazado de la muralla, torres y portales. En este artículo nos centraremos en el análisis de los restos arquitectónicos de la muralla de la madīna Buryāna (Burriana). Las distintas intervenciones arqueológicas que se han realizado en el casco urbano durante más de cuarenta años han permitido documentar las cimentaciones, parte del alzado del lienzo murario y algunas de las torres. Se trata sobre todo de excavaciones de urgencia y que por tanto no fueron planificadas según criterios rigurosamente científicos, por lo que la información que proporcionan en algunos casos contiene algunos sesgos que comentaremos. Por otra parte, en otras actuaciones de carácter no arqueológico se pudo distinguir la superposición de edificios al paramento de la muralla, a la vez que alguna de las reformas o reparaciones que se llevaron a cabo antes de ser parcialmente derruida. A lo largo de este trabajo trataremos un aspecto de la construcción de la muralla poco conocido, como es el análisis de sus técnicas constructivas y la descripción de algunas de las prácticas reparadoras que se utilizaron para dar solidez a la fortificación. De ello se desprende la importancia de usar una metodología arqueológica adecuada con el fin de diferenciar las técnicas y materiales utilizados en cada uno de los aparejos o fábricas. Al respecto de la madīna Buryāna, las referencias en los documentos históricos son prácticamente inexistentes. Los textos árabes y las referencias cristianas contemporáneas a la conquista solo permiten que conozcamos de forma concisa cómo se organizaba la geografía histórica de esta parte de la costa levantina, emplazada en un territorio que se caracteriza por la presencia de otras ciudades importantes como Unda (Onda) y Murbāṭir (Sagunto). Sabemos que lindaba con el territorio de esta última por el sur, mientras que lo hacía con Unda por el oeste. Al este limitaba con el mar Mediterráneo; sin embargo, no se han encontrado referencias históricas sobre el límite norte. Al-Rāzī, que vivió en el siglo X, cita el distrito o término de Burriana (Lévi Provençal 1953: 72). Al-Idrīsī hace lo propio en el siglo XII y describe también su puerto, marsà Buryāna ( Nuevas referencias sobre el puerto (ad portum maris Burriane) aparecen en las donaciones del rey Jaime I (De María 1933: 28). Por otra parte, los testimonios arqueológicos y también los textos han constatado la ocupación del entorno rural alrededor de la madīna. Las excavaciones han confirmado la existencia de restos asimilados por las fuentes escritas tradicionalmente a qurà, mientras que la documentación de época cristiana completa la información que tenemos sobre la organización de este tipo de poblamiento diseminado (Melchor 2011). Durante muchos años, la tendencia ha sido la de no considerar otros tipos de asentamientos en el campo que no fueran alquerías (qurà), sin explicar exactamente a qué nos estábamos refiriendo. En castellano es una palabra ambigua que hace alusión a un lugar habitado en la zona rural, sin llegar a describir los variados tipos de propiedades fiscales. Entendemos, por tanto, que en el caso concreto de Burriana algunas de las comunidades rurales tal vez estarían integradas en pequeñas qurà dependientes de la madīna Buryāna, pero si seguimos considerando el mundo rural islámico desde el esquema simple de madīna y qurà, apenas se podrán entender otros matices económicos y la jerarquización administrativa de este distrito, así como el tipo de relaciones que existirían entre los diferentes lugares que lo componían, como por ejemplo la existencia de granjas (rahāl), fincas dedicadas a la explotación del campo (maŷāšir) o haciendas privadas (riyāḍ); y aunque resulta difícil conocer las verdaderas características del poblamiento que existiría en esta época, lo cierto es que en estas tierras la sociedad se encontraba en un proceso continuo de ruralización. La información de que disponemos actualmente en Burriana es representativa, pero está llena de incógnitas por lo que debemos tratar los datos con cierta reserva a la hora de catalogar la realidad de estas tierras en época islámica. Entre los textos destaca el Libre del Repartiment, la fuente contemporánea que se conoce para estudiar la repoblación de las tierras valencianas tras la conquista de Jaime I. Otra fuente es al-Ḥimyarī (m. 1325), que utiliza textos andalusíes anteriores a su tiempo; señala que "es una ciudad magnífica, poblada, con abundantes frutos, árboles y viñas" (Labarta et al. 2011: 64). Las fuentes cristianas tampoco mencionan la extensión del término de Burriana. La primera referencia aparece en el Cantar del Mio Cid (Guichard 1987: 71). Sabemos que, con la caída de Tortosa, en el año 1148, se convirtió en cabeza de circunscripción militar, tal y como aparece en un texto del Archivo de la Corona de Aragón de la época de Ramón Berenguer IV que cita a un alcaid o jefe militar de Burriana (Guichard 2001: 243-244). La conquista cristiana se produjo en 1233 y la Carta-Pobla se le concedió tres meses después de la conquista, en noviembre, aunque apenas dos años más tarde se hizo necesario redactar una segunda (García 1989: 14, 33). Entre los documentos de donaciones de Jaime I aparecen referencias sobre "Castillione Burrianae" (Ramón 2001: 95), "Castelló del camp de Borriana" (Castellón), Nules y Almazora (De María 1933: 253, 70, 120) que debieron formar parte del antiguo'amal de Burriana, junto a datos concretos sobre la fundación de Vila-real (De María 1933: 253), que sabemos que fue segregada de buena parte de la zona occidental del antiguo término municipal de Burriana. En el siglo XIII Burriana va a seguir ejerciendo la función de puntal estratégico durante el proceso de conquista, tanto en el control del paso para poder acceder a toda La Plana, territorio de Sagunto y Valencia, como desde el punto de vista comercial y agrícola. Conformará un extenso territorio al igual que otras plazas fuertes de la zona. La Corona de Aragón dio prioridad defensiva y administrativa a este distrito. La caída de Burriana arrastraría el resto del territorio hasta Sagunto y también parte del territorio norte de Castellón, pues quedó su retaguardia descubierta (Felip 1991). Poco después la acción repobladora cristiana aseguró la posesión y defensa del territorio instalando en esta villa nuevos habitantes y creando otras como Nules, Castellón y la citada Vila-real. TESTIMONIOS DE LAS FUENTES HISTÓRICAS SOBRE EL RECINTO FORTIFICADO El testimonio más antiguo se halla en la Chronica de la inclita y coronada ciudad de Valencia y de su reino, una de las grandes crónicas del siglo XVI obra del cronista Rafael Martín de Viciana, natural de la villa de Burriana. Obra dividida en cuatro libros, la última parte del tercer libro ofrece una preciada compilación de información que profundiza en la descripción de la muralla (Fig. 1). Detalle de la página 289 del Libro tercero de la Chronica de la inclita y coronada ciudad de Valencia y de su reyno. El cronista escribe sobre la villa de Burriana. Aparece representado en el dibujo el foso, el antemuro y algunas torres. Está rodeada de muro y hecha en forma circular por espacio de CCLXX braçadas por el andén del muro. Tiene quarenta torres terraplenas, dos gruesos baluartes, barbacana, fosso muy ancho y hondo, tres puertas en el muro muy fortificadas. El fosso se acostumbra de hendir de agua toda vez que quieren los del pueblo, donde se hace treynta palmos de hondo y ochenta de ancho, consérvase largos días en plenitud de una vez que le hinchan, y no tiene forma de vaziarse por sangredero, ni la tierra se puede minar, porque siendo el fosso de agua, del suelo del fosso hasta el agua manantial hay de espeso de tierra más de seys hasta ocho palmos (Viciana 1564). Viciana en su crónica describe que presenció los hechos de las guerras de las Germanías valencianas, acontecimiento al que le dedicó un extenso libro. Transcribió en la crónica el contenido de una misiva en la que se pone de manifiesto los "muchos travesses y reparos" que tuvieron que realizarse en el espacio del antemuro o acitara, aunque apenas permite conocer detalles importantes sobre la obra de defensa.... tiene la cerca muy gruesa, con tres baluartes y quarenta torres terraplenas y barbacana que la ciñe toda, con muchos travesses y reparos en ella después ay un fosso con diez braçadas de ancho y quatro braçadas de ondo (unos 20 m. de ancho por 8 m. de profundidad), este fosso está lleno de agua y le puede conservar mucho tiempo lleno, porque tiene mucha agua en una acequia junto al foso es tierra bastecida de todas cosas necesarias para mantenimiento de la gente que en ella se retruxere para largos días, y aunque es redonda es pequeña, que no tiene más de CCXX bragadas de contorno, que por tener todo lo suzodicho está en buena defensa (Mesado 1991). Por su parte, en el Llibre dels Fets se describe el antemuro cuando se relata la retirada de los musulmanes hacia la ciudad: "e metem los pres la barbacana a dins [...] entraren-sen per la barbacana". El análisis de la fábrica de la fortificación, materiales y ejecución ha suscitado escasa atención en el ámbito de los estudios sobre la historia de la localidad. A este respecto, no se sabe con certeza cuándo se llevaron a cabo los trabajos del derribo generalizado de la fortificación, que comenzarían probablemente con el decreto de Nueva Planta promulgado por Felipe VI y finalizarían a finales del siglo XIX con el derrumbamiento del Portal de Onda. Roca y Alcaide (1932) deja constancia en su obra de una valiosa información sobre la muralla, el callejón interno de 4 m para los defensores de la plaza, el lienzo de muralla que tenía sentido rectilíneo saliendo por donde estuvo el Portal de Tortosa, los dos bastiones que se sitúan a mano izquierda, uno en el inmueble número 20 de la calle de los Desamparados y otro contiguo a la sacristía de la iglesia del Salvador. En este emplazamiento, junto a la Capilla de la Comunión, permanecía en pie en 1964 un trozo de fortificación de "pura arcilla apelmazada entre alguna lechada de cal" (Mesado 1991) (Fig. 2). Respecto a las torres macizas de la plaza fuerte que describen las fuentes, una de ellas ha perdurado en los patios traseros de los inmuebles 26 y 28 de la calle San Pascual, que describiremos con detalle en el siguiente apartado (Fig. 3). Trabajos de derribo de la muralla realizados junto a la Capilla de la Comunión en la década de 1950. Torre y paramento exterior de la muralla de la calle San Pascual, 26-28. A la izquierda, solar puesto en valor por el Ayuntamiento de Burriana. Por su parte, N. Mesado (1991) describe que durante la primera mitad del siglo XX se conservaba parte del perímetro oeste del muro con almenas, pero que fue derribado para aumentar el tamaño del inmueble de Talleres Tormo. Este sector debía corresponder al tramo denominado de Assalit. En 1988, en el interior de este edificio, todavía existía parte de la muralla cuando se derribó para construir viviendas (Fig. 4), sin embargo, durante los trabajos no se llevó a cabo ninguna intervención arqueológica. Trabajos de derribo del inmueble de Talleres Tormo que se llevaron a cabo sin vigilancia arqueológica. En la actualidad, a pesar de que el conocimiento del tema es parcial, estamos en condiciones de proponer una restitución del recorrido del sistema defensivo de época islámica (Fig. 5). En este sentido, vamos a presentar los trabajos más significativos, algunos de los cuales se iniciaron en la década de 1980. En general, las descripciones están basadas en el registro arqueológico y en los materiales que aparecen en los niveles de construcción o abandono asociados a la arquitectura. El interés por la puesta en valor y conservación de algunos tramos de esta fortificación por parte del ayuntamiento de esta localidad ha motivado la ejecución de trabajos muy interesantes, si bien todavía quedan algunas lagunas científicas por cubrir. A continuación, trataremos de definir detalladamente cada una de estas intervenciones. Alineación de la muralla de Burriana, con el espacio que ocuparían los portales y hallazgos citados en el texto. (1) Portal de Valencia; (2) Portal de Onda y (3) Portal de Tortosa; (A) Torre San Pascual; (B) Calle Mayor, 26; (C) Muralla derribada en la década de 1950; (D) Torre del Racó de l'Abadia; (E) Nueva Casa Abadía; (F) Calle Sant Joan, 16; (G) Torre calle Zaragoza; (H) Talleres Tormo. El Portal de Onda y el Portal de Tortosa se sitúan sobre la imagen aérea de la población tomando en consideración las características urbanas de la ciudad y no por contar con restos materiales. Infografía de los autores sobre sobre fotografía aérea Google Earth 2018. P. Guichard y N. Mesado (1976) realizaron una serie de investigaciones en la localidad que en su momento marcaron las líneas de trabajo sobre la época andalusí porque en sus intervenciones definieron por primera vez una secuencia estratigráfica continuada. Desde entonces, las excavaciones que se han realizado en el marco de la arqueología medieval han sido muchas, aunque algunas de ellas todavía permanecen inéditas. Estos trabajos revelaron la existencia de los primeros indicios de estructuras que coincidían con el muro defensivo. En 1967 la Compañía Telefónica Nacional de España abrió una zanja a lo largo del recorrido de la calle Mayor. N. Mesado, encargado en ese momento de dirigir el museo de la ciudad, describió que la extracción de tierras puso al descubierto los restos de una cimentación de mampostería de cantos de río que recorría de este a oeste la calle. El espesor de esta estructura arqueológica era de 0,75 m y junto a ella salió a la luz una estrecha franja de tierra de 1,90 m de anchura que siguiendo los textos de Roca y Alcaide (1932) interpretó como el andén del muro. La siguiente estructura documentada correspondía a los restos de la muralla elaborada con cantos de río, cal y tierra, de 4,40 m de espesor. Sin embargo, atendiendo a estas dimensiones, cabe la posibilidad de que este hallazgo pueda relacionarse con la base de una de las torres macizas que envolvían el recinto defensivo. Por último, se documentó un espacio de tierra de 3,20 m que apareció frente a la muralla y una cimentación de 1,20 m de espesor, elaborada con mampuesto de cal y cantos de río, que se identificó como una de las dos torres gemelas del Portal de Valencia (Mesado 1991), aunque tal vez pudiera relacionarse con el antemuro. También describe un espacio de 3,20 m que apareció limitado por una cimentación de mampostería de cal y cantos de río, que se interpretó como la berma que limitaba con el foso (vall), que tenía una anchura de 15,50 m. Obras de remodelación de la plaza Mayor En el transcurso de los trabajos de remodelación urbanística de la plaza Mayor que se llevaron a cabo en 1986, junto la calle Mayor, salieron a la luz los restos del Portal de Valencia (Fig. 6). La cimentación apareció en el sector oriental de la plaza. La estructura tenía una luz de 3,30 por 1,70 m, y la entrada una anchura de 1,85 m que correspondería al vano de la escalera de mano utilizada para alcanzar la zona de guardia del portal, junto a los matacanes y el adarve (Mesado 1991). En estas obras no se llevaron a cabo excavaciones arqueológicas, por lo que es muy escasa la información que se conserva relativa a los trabajos. Fotografía con los restos de la fortificación descubiertos en la plaza Mayor. Planta y sección de los hallazgos. Solar número 16 de la calle Sant Joan Los trabajos de excavación que se llevaron a cabo en el año 1988 en el solar número 16 de la calle Sant Joan, sacaron a la luz los restos de una cimentación que atravesaba el solar en dirección norte-sur y que apareció a una cota de profundidad de 0,55 m. V. Verdegal, el arqueólogo encargado de realizar los trabajos, interpretó los restos como un muro interior que separaba el recinto de la fortificación de la ciudad (Verdegal 1989), lo que le llevó, por equivocación, a vaciar el tapial del interior de la muralla. El hallazgo correspondía en realidad al calicostrado del lienzo defensivo. A una profundidad de 1,44 m se localizó una alineación de cantos de río, circunstancia que impidió continuar los trabajos. Estos restos se pueden interpretar como la base de la cimentación de la muralla. Patio de la antigua Casa Abadía En el patio de la antigua Casa Abadía (Fig. 7, 2), la arqueóloga P. Ulloa realizó una excavación arqueológica en el año 1995 que sacó a la luz nuevos restos de la estructura defensiva. Respecto a la muralla, a 1,50 m de esta se localizó un murete de tapial de 14 cm de grosor y 60 cm de altura y un suelo de mortero asociado a él y situado a 1,4 m de profundidad, que se interpretó como un espacio abierto, tal vez ajardinado (Ulloa 2000). En realidad, como pudo comprobarse en las intervenciones que llevó a cabo el Servicio Municipal de Arqueología en este mismo ambiente en el año 2008, se trataba del calicostrado y tapial de la propia muralla por lo que, como en el ejemplo anterior, se había procedido erróneamente a excavar el encofrado de la muralla. (1) Fotografía de la torre del Racó de l'Abadia a finales del siglo XIX (Fuente: Roca 1932). (2) Espacio entre la torre (izquierda) y la iglesia del Salvador (derecha). que se ha interpretado como callejón interior de la muralla. Solar de la calle Mayor número 26 esquina con la calle Forn de la Vila número 2 La excavación fue realizada por M. Claramonte, J. M. Melchor y J. Benedito en el año 2003 y permitió exhumar un tramo de la muralla occidental de la ciudad junto a la pared medianera del solar. En este sector el muro defensivo había sido derribado parcialmente en el siglo XIX y en su lugar se levantó un pequeño muro de mampostería que se apoyaba directamente sobre los cimientos medievales. La muralla alcanzaba 1,50 m de altura en la parte mejor conservada y tal y como se ha documentado en otros hallazgos del antiguo encintado, su técnica constructiva era la tapia de tierra calicostrada, con una cimentación de mampuesto de mortero de cal y cantos rodados que cubría un nivel de cantos rodados trabados con mortero de cal, de 30/40 cm de espesor, de mayor anchura que el lienzo defensivo. Lo novedoso es que bajo la base de cantos se documentó un nuevo cajón de tapia de mortero de 90 cm de altura. Con todo, debido a la afección de otras construcciones contemporáneas no fue posible diferenciar la longitud de las tapiadas. Por otro lado, se conservaba parte de la disposición curvilínea que caracterizaba la planta de la muralla y el callejón de tierra batida interior que la acompañaba (Fig. 9). (1) Detalle de la cimentación de la muralla en la calle Mayor, 26. (2) Al fondo, cimientos de la muralla; en primer plano, base de encofrado y cimentaciones de edificios de época bajomedieval. (Rojo) Trazado de la muralla conservada en la calle Mayor, 26. En el año 2008 el Servicio Municipal de Arqueología llevó a cabo una actuación arqueológica en el entorno del ábside de la iglesia del Salvador, que completó los resultados de las excavaciones de V. Verdegal y P. Ulloa, realizadas en los años 1989 y 1995 respectivamente. La intervención correspondía al área de una de las torres de la estructura defensiva. Para construir el espacio de la sacristía en el siglo XVIII la muralla había sido parcialmente derribada en este sector (Fig. 7, 2). Durante estos trabajos se vació el tapial hasta llegar al calicostrado del paramento exterior (Fig. 10, 1). La planta baja de la torre formaba un único cuerpo con la tapia de la muralla, con la que coincide hasta el andén de mortero, aproximadamente a 6 m de altura. Por encima del mismo se documentó un espacio interior hueco, cerrado por una pared de ladrillos macizos, que conservaba dos arcos de ladrillo cegados dispuestos en dos franjas de 1,80 m la inferior y 3,50 m la superior (Fig. 11, a). El espacio hueco está delimitado por una capa de mortero de 80 cm de espesor, que conserva la impronta de la cubierta transitable de la torre. Este se apoyaba en un escalón formado por el estrechamiento de la capa perimetral de mortero, de 68 cm. Debido a la yuxtaposición de las tapiadas, la altura del muro alrededor de este pavimento alcanza 1,10 m (Fig. 11, b). (1) Detalle de la calicostra de la fachada interior de la muralla. Se halló frente a la torre y bajo el pavimento de la sacristía del Racó de l'Abadia. (2) Tongadas de tierra de tapia acerada y capas de mortero registradas en el interior de la torre. (A) Restos del tapial de la muralla localizados en la base de la torre del Racó de l'Abadia; (B) Parapeto del paso de ronda que se conserva sobre el muro de la antigua sacristía; (C) Cuerpo superior de la torre. La siguiente estructura que se documentó fueron los restos de una cimentación de cantos rodados trabados con mortero de cal que se apoyaba directamente en la cara interior de la muralla, sobre el callejón perimetral. Estos últimos restos se han fechado en época bajomedieval. Por otra parte, las excavaciones sacaron a la luz 2 m del lienzo defensivo de tapia de tierra calicostrada. Tenía 1 m de profundidad hasta alcanzar el paso de ronda, una base de cantos rodados y mortero de 40 cm de altura y 70 cm de la estructura de la cimentación, que también se elaboró con tapia de cantos rodados trabados con mortero (Melchor 2009, 2009-2010). La planta baja de la torre formaba un único cuerpo con la tapia de tierra de la muralla. Tras vaciarse el tapial, se pudieron documentar las tongadas de 9 cm de espesor (Fig. 10, 2), que pudieron conformar cajones de probablemente 90 cm de altura. Solar de la nueva Casa Abadía En el año 2009 el Servicio Municipal de Arqueología llevó a cabo una excavación preventiva en el solar colindante al ábside de la iglesia de El Salvador, pues se había proyectado la construcción de la nueva Casa Abadía. En este sector, la muralla había sido arrasada a mediados del siglo XIX. Con todo, se pudo registrar parte de la base de cimentación del lienzo murario que había sido elaborado con tapia de mortero. El tramo tenía 0,60 m de altura y 1,25 m en el sector dónde cubría una alcantarilla anterior a la construcción de la muralla. Se trataba de un agujero que daba salida a las aguas de lluvia. También se documentaron restos del alzado de tapia de tierra calicostrada, que no superaban 30 cm de altura conservada (Fig. 12, 1-2). (1) Alineación de la muralla (A) y localización del canal de desagüe (B). (2) Detalle del desagüe y de la cimentación de la muralla. A ambos lados, construcciones que se adosan al lienzo defensivo. Solar número 28 de la calle San Pascual Entre los años 2015 y 2019 el ayuntamiento de esta localidad proyectó una serie de intervenciones en este solar con el objeto de conservar y poner en valor los restos de un tramo de la muralla y una de las torres macizas. Durante los trabajos no salieron a la luz los restos del antemuro, pero se identificó parte del foso, que la urbanización de esta parte de la ciudad había colmatado. Se conservan 1,50 m de altura de la muralla a ambos lados de la torre que, tras el derribo, fue recrecida posteriormente con mampostería de ladrillos y piedra. En las paredes medianeras del solar se pudo observar que algunos tramos de la muralla y de la torre habían sido reutilizados en la construcción de las casas y de una carbonera que se le adosó a fines del siglo XIX. Tiene una parte superior de tapia calicostrada y el tercio inferior de mampostería de piedra y mortero de cal (Fig. 13, 2). En cuanto a la ortofoto con tramas de colores que presentamos en este artículo (Fig. 14), esta no corresponde a un análisis sistemático de este sector de la fortificación desde el marco metodológico de la arqueología. El estudio de la secuencia estratigráfica y listado de los distintos componentes de la muralla se llevará a cabo en futuros trabajos. (1) Parte superior de la torre de la calle San Pascual, 26-28. Las obras de mampostería se llevaron a cabo en el siglo XIX (1, 1). El relleno original se conserva en la mitad oriental (1, 2). (2) Detalle del paramento exterior de la torre donde se observan las verdugadas de mampuesto. Ortofoto de la muralla de la calle San Pascual. (1) Cimentación de la muralla. (2) Paramento exterior de la muralla. (3) Restos de la carbonera de fines del siglo XIX y apertura practicada en la base de la torre. (4) Reconstrucción de la torre de principios del siglo XIX. Obras de la calle Zaragoza En el año 2019 se iniciaron distintas actuaciones arqueológicas en la calle Zaragoza que permitieron documentar la base de mampostería de otra torre que se hallaba bajo el firme de la calle y de las casas. Esta se encontraba arrasada hasta la cimentación (Fig. 15). Los trabajos todavía no se han publicado, pero quizá haya que relacionar este descubrimiento con la puerta de la muralla que consideramos debió estar localizada junto al antiguo Camí de la Mar. (1) Cimentación de la torre de la calle Zaragoza. (2) Detalle del paramento del encofrado de la cimentación de la torre bajo las casas. En el año 2013 el Servicio Municipal de Arqueología realizó el seguimiento arqueológico de otra zanja en la calle Mayor, esta vez frente al solar número 26 y paralela a la zanja abierta en el año 1967, que permitió documentar una nueva sección de la estructura defensiva, que correspondía a cimentaciones de mortero de cal y cantos rodados. Las estructuras defensivas que salieron a la luz correspondían al paso de ronda interior de 4 m de amplitud, la cimentación de la muralla de 1,80 m de espesor (Fig. 16, 2), el espacio de 6 m entre estas estructuras y la acitara, el propio antemuro de 1,30 m de espesor, una cimentación de 90 cm (Fig. 16, 1) y 3 m de espacio hasta alcanzar el foso, desde el cual arrancaba un puente de mampostería de época moderna, cuando se procedió a anular el antiguo Portal de Valencia, y a abrir una puerta en la muralla, esta vez alineada con la nueva calle Mayor (Melchor 2013). (1) Cimentación del antemuro. (2) Cimentación de la muralla. Solar número 6 de El Pla Por último, la excavación realizada por las arqueólogas Sandrine Delaporte y Mónica Claramonte en el solar número 6 de El Pla en el año 2016, todavía inédita, ha permitido documentar vestigios del foso. Este se hallaba protegido por un sólido muro de mampostería de piedra y mortero de cal con enlucido de color blanco. Sin embargo, no podremos precisar la cronología de esta estructura hasta que se realicen nuevas excavaciones, ya que los materiales registrados hasta la fecha no permiten aclarar la fecha de su construcción. A la hora de abordar el estudio de la arquitectura militar de la ciudad de Burriana podemos considerar, por un lado, el análisis de la apariencia formal en función de los restos que se han excavado; y por otro, el relativo al procedimiento empleado para llevar a cabo la fortificación. Los elementos que han sido objeto de estudio son las estructuras arquitectónicas que se erigieron en diferentes puntos del recinto, y entre otras cuestiones incluye los acabados de las construcciones de tapial, es decir, el tratamiento aplicado a los cajones para evitar el efecto de los agentes erosivos. Por otro lado, la muralla se reforzó con otros elementos constructivos, nos referimos a la adición de torres de planta cuadrangular distribuidas a lo largo del perímetro murado. Aparte de torres, la muralla contaba con adarves o pasos de ronda elevados. En la tabla 1 adjunta exponemos las características morfológicas y constructivas de los diferentes sectores de la ciudad. Respecto a los fosos que envolvían la fortificación, existen pocas referencias materiales. Por otro lado, el tema ha sido poco tratado en la bibliografía, hay menciones solo en algunas intervenciones como los datos revelados en el solar de la calle San Pascual y en la calle Mayor, pero poco más podemos deducir de ello. Listado de estructuras arquitectónicas y dimensiones (en cm). En un somero estudio de las dimensiones que se referencian en las tablas 2 y 3, destaca el grado de estandarización que alcanzó el sistema constructivo, sobre todo en la técnica del tapial o fábrica encofrada en la construcción del recinto urbano fortificado. En algunos casos se hace referencia a reparaciones de mampostería sobre la fachada de la muralla. Respecto a las fábricas de ladrillo, están relativamente poco extendidas en la reparación de la muralla, apareciendo en algunos lienzos de la torre documentada en el Racó de l'Abadia. No ha aparecido en la parte baja ni en las cimentaciones, sino en la parte alta de la torre. En este sector se configura como una decoración de arcos ciegos que, como se ha mencionado, no es una construcción coetánea a la muralla de tapial sino una reconstrucción. Listado de sistemas constructivos en los muros. Listado de sistemas constructivos en las torres. La mayoría de las defensas son de tapia de tierra calicostrada con alta dosificación en cal y ofrecen unas pautas de dimensión de los cajones con una anchura que oscila, según los tramos, entre 1,80 y 2,00 m. La argamasa de cal y arena tenía un ancho de 6 a 8 cm y se extendía al mismo tiempo tanto en la base como en las paredes del cajón, antes de recibir la nueva tongada de tierra. Una vez pisada esta, el proceso de construcción continuaba con una nueva tongada hasta alcanzar la altura del cajón. La anchura de la calicostra oscilaba entre 10 y 14 cm. Entre la arcilla del tapial se observa gran cantidad de pequeños fragmentos cerámicos y óseos. Esta obra encofrada, como medida de protección, se erige sobre un zócalo o basamento de mampuesto de cantos de río y mortero de cal. Los distintos hallazgos muestran como la anchura de la cimentación varía de 2 a 2,40 m, mientras que su profundidad es de 40 o 60 cm, a excepción del tramo que cubre el agujero que daba salida a las aguas de lluvia que pasa por debajo de la muralla en la antigua Casa Abadía y del cajón de tapia de mampuesto de mortero y piedra sobre el que aparece dispuesto el alzado de tapia de tierra en la calle Mayor, 26. Sin embargo, como se ha indicado, la muralla ha sido muy alterada y apenas se conservan cajones. Las líneas de separación entre los mismos no se perciben y tampoco hay agujales, dejados por las agujas de madera para apoyar los tableros. Las separaciones entre los cajones quizá fueron ocultadas por reiteradas intervenciones que las han desfigurado. Por tanto, no tenemos elementos que ayuden a la lectura de la modulación del encofrado y por tanto a la identificación de cada una de las tapias. Respecto al remate original, este debería ser almenado, el cual coronaría la obra encofrada. Sin ser posible extrapolarlo a toda la fortificación, pues los lienzos presentarían varias alturas, el hallazgo mejor conservado se ha documentado en la torre del Racó de l'Abadia. La torre conserva el andén de paso de mortero de cal. Este tiene 32 cm de espesor. A los 4,30 m de altura de la torre habría que sumar 1,40 m de profundidad hasta la cimentación (Ulloa 2000) y aproximadamente 1 m que deberían tener las almenas. Por tanto, podríamos plantear que el alzado teórico de la muralla podía ser de aproximadamente 7 m. Del antemuro solo se ha registrado parte de su cimentación elaborada con mampuesto de cantos de río y mortero de cal. En función de los hallazgos, se puede estimar una anchura de aproximadamente 1,30 m, es decir, inferior a las medidas de la muralla. Por otro lado, sabemos dónde se abrían los portales, pero apenas se conservan algunos restos como los del Portal de Valencia. Las referencias gráficas que se han encontrado son representaciones reconocidas en el dibujo de Viciana (1564) y en una pintura mural costumbrista publicada por N. Mesado (1991: 192) (Fig. 17). Se trataría posiblemente de portales con dos torres, que se hallarían retranqueados respecto a la muralla, como lo prueba el diseño urbanístico que dejaron en el parcelario actual los portales de Valencia y Tortosa. El retranqueo de estos portales evidencia que su construcción debió influir en la disposición del lienzo murario y que fue necesario tener previsto su emplazamiento cuando se trazó el mismo. También debieron existir otras puertas de acceso, como la que estaría ubicada junto a la calle Zaragoza, en el antiguo Camí de la Mar. Desde el punto de vista constructivo no se puede aportar más información, pues no sabemos nada más del resto de portales. Pintura mural de mediado el siglo XIX localizada en las habitaciones señoriales de una alquería de Burriana. Se trata probablemente de una representación ideal del Portal de Valencia. En cuanto a las torres, la arqueología ha sido capaz de reconocer torres cuadradas macizas en su primer cuerpo en el solar de la calle San Pascual, calle Zaragoza y calle Mayor. Se trataría de estructuras macizas de mampuesto de mortero de cal y cantos de río en el primer cuerpo y de tapia de fábrica mixta de tierra y piedras, en la parte superior. El lienzo del muro estaría trabado a estas torres. Sin embargo, en el resto de paramentos documentados, las obras de derribo o las distintas reparaciones han ocultado las relaciones estratigráficas entre los lienzos y las torres, por lo que no hemos podido averiguar qué estructura se traba a cuál. Las dimensiones de la base de las torres son aproximadamente 2 × 4 × 2 m. La que se conserva en el interior de la Casa Abadía tiene base maciza de tapia real. Fue construida de forma simultánea a la muralla. El relleno de la torre y del lienzo, consideramos que se efectuó simultáneamente, es decir, son continuos. El perímetro exterior es de 4 × 5 × 4 m y si hipotéticamente añadimos una hilada de almenas, la altura teórica sería de aproximadamente 13 o 14 m. APROXIMACIÓN CRONOLÓGICA Y CONSIDERACIONES FINALES La fecha de construcción de estas defensas la tenemos que basar en paralelos tipológicos y características arquitectónicas ante la falta casi total de información histórica documental. La realización de excavaciones arqueológicas a lo largo de los últimos años tampoco ha permitido establecer cronologías claras. En cuanto a la documentación de técnicas constructivas de encofrado de tapial en recintos urbanos andalusíes, resultan de gran ayuda los trabajos de P. Gurriarán (Gurriarán y Sáez 2002, entre otros). Estas obras se caracterizan por una marcada homogeneidad, con preferencia por la tapia de tierra calicostrada con cimiento de mampostería. Además del estudio de publicaciones relacionadas con recintos fortificados próximos geográficamente a la localidad de Burriana en los que se han constatado fábricas de época islámica, se ha considerado necesario ampliar el análisis a la arquitectura hispanomusulmana de otros territorios más alejados como Alicante, Murcia y Andalucía, pese a que no se trata de unidades administrativas similares. Los paralelos constructivos nos permitirán disponer de testimonios más fidedignos para intentar realizar una aproximación cronológica lo más rigurosa posible. En España las fortificaciones islámicas son muy difíciles de datar debido a la falta de fechas seguras, por lo que podemos considerar las cronologías atribuidas a otras fortificaciones que comparten ciertas características con el caso que estudiamos, lo que nos ayudará a efectuar una hipótesis cronológica. En lo relativo al análisis de fortificaciones islámicas en territorio valenciano hay estudios muy interesantes. Estas investigaciones están relacionadas con trabajos de excavación, consolidación y puesta en valor de ciertos ḥusūn, como por ejemplo la alcazaba de Onda (Navarro y Estall 2011), el Castell de Xivert en Alcalà de Xivert (Bazzana 1976; Bazzana et al. 1988; Hofbauerová y De Antonio 2001), el Castell Vell en Castellón de la Plana (García y Palmer 2018), la ciudad y alcazaba de Denia (Azuar 1989) y el Cerro Sopeña en Segorbe (Palomar y Berga 2005), entre otras intervenciones patrimoniales. En las tierras valencianas la tapia ha sido muy utilizada durante el periodo andalusí, pero para entender mejor los sistemas constructivos utilizados habrá que esperar a tener un estudio sistemático de los diversos distritos. En el castillo de Onda todos los lienzos de muralla y torres localizados junto al palacio de la alcazaba tienen zócalo de mampostería dispuestos en hiladas sobre el que se levanta la obra de tapial de tierra. Esta fábrica, reparada mediante forros de mampostería, se ha fechado en el siglo XI (Navarro y Estall 2011: 77-78). Por su parte, en el Castell Vell de Castellón el tapial se ha fechado en época almohade, momento en que el castillo se organiza en un espacio amurallado dividido en tres recintos (García y Palmer 2018: 86-87). El hisn de Xivert, pese a que no se sabe con exactitud, se ha datado a finales del siglo X y principios del XI (Arquer y Falomir 2008), conservándose un profundo foso, los restos de un antemuro y el tapial calicostrado en la construcción de la torre de Poniente y la muralla que cierra el albacar donde queda englobado el lienzo de la muralla de Alafia. En este muro se han documentado diversas superposiciones de volúmenes. La primera franja del lienzo es de mampostería ordinaria, es decir de piedras sin trabajar y ripios, a continuación un zócalo de mampostería encajonada, mientras que la tercera parte del paño es de tapial calicostrado y decorado con sillería fingida de aparejo isodomo (Hofbauerová y De Antonio 2001). Respecto al castillo de Denia, la alcazaba estaba separada del resto de la fortificación por una muralla de diversas facturas. Los muros de la fortificación islámica se encontraban muy alterados por construcciones posteriores, sin embargo, vestigios del lienzo de tapial se han documentado por todo el amurallamiento, siendo el hallazgo más importante la base de tres torres macizas de tapial localizadas en el flanco de levante. La cronología de estos restos se ha fijado en el segundo cuarto del siglo XII (Azuar 1989: 31, 34). Por otro lado, si comparamos las estructuras arquitectónicas procedentes de ḥusūn en relación a mudūn o qurà, la falta de referencias de los conocimientos empleados para llevar a cabo las fortificaciones que estas encierran hace que resulte algo imprecisa la información. Se puede adelantar que en la kura de Balansiya el número de ciudades es reducido, y el estudio de las fortificaciones también lo es. En el siglo XI los testimonios se han ampliado a Unda (Onda), Qalayayra (Cullera), Dannya (Denia), Qustantaniya (Cocentaina) y la madīna Šubrub (Segorbe), entre algunas otras (Vallvé 1986: 292; Soler 2002: 52). Hay, por lo tanto, pocos datos concretos. Las excavaciones han sacado a la luz murallas en la propia capital y en las mudūn de Alzira y Burriana que, como se ha mencionado, eran centros de un ʽamal. De todas las ciudades la cerca muraria de Balansiya es por ahora la más estudiada. Sabemos que no fue una obra unitaria, sino el resultado de diferentes intervenciones constructivas que se acometieron entre los siglos XI y XII, cuando el recinto se amplió hacia el este y el sur, hasta ocupar la isla fluvial que delimitaba el río Turia y uno de los brazos fluviales. Con todo, algunos de los tramos estudiados presentan diferencias, por ejemplo, la zona noroeste se ha fechado en el siglo XI. En esta época al lienzo se adosaron torres de planta circular cada 30-33 m, mientras que el resto presenta torres de base cuadrada. En ambos tramos se añadió el antemuro a la muralla (Arraiz y Andújar 2010 Respecto a las torres de cuerpo rectangular o trapezoidal y frente semicircular, estas tienen una anchura de 5 m y una altura de 14 m. Fueron construidas con mampostería en su cara exterior y con relleno compacto de mortero. En la zona de levante, en cambio, se han registrado torres de planta cuadrada de 4 m de lado con el zócalo construido con mortero y el cuerpo de tapial de tierra. La separación entre una y otra torre es de 22,5 m hasta el adarve, tal y como se observa en la torre conservada en la calle Caballeros, 36 (Pascual y Martí 2002: 298). Respecto al lienzo de muralla del siglo XI, este era de tapial de mortero, las cajas medían 90 cm de altura y se disponían sobre cimientos cuya profundidad variaba de poco más de 1 m a casi 5 m, debido a la distinta consistencia del terreno. El trazado es rectilíneo durante centenares de metros. En la segunda mitad del siglo XII se derruyó la mayor parte de la grada oriental del circo, respetando tan solo el muro exterior, al que se le adosó una muralla de nueva fábrica, construida esta vez con tapial de mortero que variaba de 1,9 a 2 m de espesor. La técnica constructiva empleada fue mampostería encajonada con traba de argamasa y acabado superficial de mortero. Los trabajos arqueológicos que se realizaron en la plaza del Ángel revelaron que la altura del lienzo era de 8 m de cortina, alcanzando 9,8 m con el remate almenado (Pascual y Martí 2002: 300). Sobre este recinto se añadieron otras estructuras: sobre el flanco sur se dispuso un forro exterior de mortero de 1,2 m y algunas esquinas de las torres se reforzaron con tapial de tierra calicostrada. En el siglo XII se agregó a todo el perímetro el antemuro y otra estructura de tapial, costra de mortero y relleno interior de tierra compactada. En la base del parapeto existían orificios que lo atravesaban, inclinados hacia el exterior, que se han interpretado como lanceras. La anchura de la liza entre la muralla y el antemuro también es variable, lo hace entre 2,8 y 4,5 m, pero a la altura de las torres llega a ser menor de 1 m (Arraiz y Andújar 2010 En los tramos de la muralla localizados en la torre del Ángel y en el solar número 2 de la calle Blanquerías, ambos del siglo XI, se han realizado análisis granulométricos y mediciones. Por su parte, en la calle Blanquerías se documentaron los restos de una torre semicircular y un tramo de muralla de 20 m de longitud y 10 m de altura hasta las almenas. En la intervención arqueológica también se excavó el antemuro que corría paralelo a la muralla, a 4,3 m de la misma. En Alzira la superficie intramuros, sin incluir la alcazaba, es de 8 ha, por tanto es superior a la de Burriana, de 3,6 ha. Ambas ciudades tienen un perímetro amurallado de morfología casi circular, que aparece ordenado por dos ejes viarios transversales. La madīna al-ǧazīra debió su pujanza económica al comercio de la madera que se traía desde tierras de interior por el río Xúquer, además debió ser un punto estratégico fronterizo entre las coras de Tudmir al sur y la Balansiya al norte. Se hace mención a la muralla del siglo XI en las crónicas de la época, pero hay poca información sobre el recinto fortificado, las publicaciones solo describen que la técnica constructiva es de encofrado de piedras y mortero de cal con cajones de 2,3 m de longitud, 2,3 m de ancho y una altura de 0,85 m. También tiene adosadas torres semicirculares de diámetro irregular que se han fechado entre los siglos XI y XIII (Ferrer 2002: 75-79). Por su parte, como se ha apuntado en los apartados precedentes, las estructuras defensivas que configuran el recinto amurallado de Burriana presentan un alto grado de homogeneidad. El estudio de los muros lo determina en este sentido. El primer elemento a destacar es la tapia de tierra de la muralla, que muestra tongadas muy compactadas de aproximadamente 9 cm en cada cajón. Dentro de este contexto constructivo, difiere la composición de la arcilla y algunos tramos presentan tongadas de mortero de cal. Lo cierto es que estos tapiales incorporan ciertos aditivos en beneficio de la calidad de la fábrica, entre ellos áridos, conglomerantes y revestimientos de cal. Se trata de un método que sabemos que se empieza a generalizar en el siglo XI. La lista de paralelos para esta fábrica es larga, pero referiremos dentro de la región los tapiales del Castell Vell (Benedito y Llorens 2009-2010; García y Palmer 2018), Onda (Navarro y Estall 2011), Denia (Azuar 1989) y fuera de la región valenciana los del siglo XI e inicios del siglo XII de contextos sevillanos (Graciani y Tabales 2008: 140-143), entre otros. Sin embargo, en este mismo contexto sevillano, J. Canivell y A. Graciani (2015: 14) describen que el calicostrado está presente pero especialmente en las fábricas árabes de época nazarí, cuando se hizo más común. Asimismo, en Burriana algunos tramos del recinto conservan verdugadas o marlotas en el encuentro entre cajones que consistían en una tongada de cal, sistema que se ha datado en la zona sevillana a partir de la época almohade (Graciani y Tabales 2008: 140). Otro elemento a destacar está relacionado con la cimentación de la muralla que se excavó en la calle Mayor, que se puede poner en relación con la técnica documentada en Murcia entre los siglos X y XII, con el basamento enterrado y los alzados de tapia de tierra (Navarro y Jiménez 2011: 88). Los cimientos solían estar dispuestos sobre el nivel de suelo conformando un zócalo; su construcción no se hacía excavando en la tierra, sino que se levantaban sobre un suelo provisional de trabajo, para a continuación elevarlos. El aplomado del muro se consigue con esta técnica constructiva debido a la presencia en la cota inferior de dichos cimientos de suelos de trabajo y la existencia de enlucidos preparatorios por debajo de las cotas de los suelos definitivos. En Guardamar del Segura (Alicante) los hallazgos han puesto de manifiesto la existencia de una fase de fines del siglo X y principios del XI que se caracteriza por la generalización de la tapia de tierra sobre basamentos de mampostería (Navarro y Jiménez 2011: 88-94). Respecto a los patrones de medida de los cajones, se ha propuesto la existencia de diferentes módulos definidos por su altura. Por un lado, el tapial de módulo bajo, que presenta una altura inferior o igual a 80 cm, se ha vinculado al codo rassasí de 58,93 cm, en el ámbito omeya; mientras que el tapial de módulo alto, que oscila entre 85 y 95 cm, estaría asociado probablemente con derivaciones de la equivalencia de dos codos mamuníes, de 47,14 cm cada uno. En el Castell Vell de Castellón se conocen las dimensiones de algunas tapiadas, ya fueran de tierra o mampostería. Fuera de esta región, en el territorio sevillano, desde la segunda mitad del siglo XII se han fechado encofrados en los que se ha comprobado un aumento del módulo de la tapia. Por otro lado, en las fábricas mixtas los tapiales de módulo alto proliferan independientemente de su tipología y composición (Graciani y Tabales 2008: 137). El espesor del muro también es variable y abarca desde 1,15 hasta casi 3 m. En general, en las torres sevillanas se emplean espesores menores que varían de 1 a 1,5 m (2-3 codos mamuníes), dependiendo de la planta. Siguiendo estas equivalencias, la fábrica clásica de tapia almohade sevillana se trata de una estructura monolítica en lienzos y verdugada en torres, mientras que los cajones tienden a ser bajos, entre 80 y 85 cm (Canivell y Graciani 2015: 15-18). Por otro lado, en lo referente al estudio, documentación y datación de los restos arquitectónicos, los antemuros se han confirmado en la arquitectura hispanomusulmana a partir de mediados del siglo XI. Su construcción se ha puesto en relación con la mejora de las estructuras defensivas ya existentes y las obras de nueva construcción (Pascual y Martí 2002; Arraiz y Andújar 2010; Gómez 2017: 136). De las torres terraplenadas de Burriana se han encontrado paralelos de similares características en Valencia, pero del siglo XII (Pascual y Martí 2002: 298; Arraiz y Andújar 2010 Por su parte, en Murcia a partir de finales del siglo XI y principios del XII las torres se caracterizan por utilizar tapia de hormigón como cimiento y zócalo (Navarro y Jiménez 2011: 87). El cuerpo superior de las torres de Burriana era de tapial verdugado, técnica que se ha fechado en la zona sevillana a partir de época almohade (Graciani y Tabales 2008: 136). En la torre de la calle San Pascual debido a la pérdida de parte de la calicostra, se sabe que las verdugadas delimitaban cajones de unos 90 cm. En cuanto a la unión de las torres con la muralla de esta ciudad, en ausencia de datos definitorios, el ejemplo mejor conservado corresponde también al hallazgo de la calle San Pascual, aunque la mayor parte del lienzo fue derruido. En Sevilla se han registrado torres de tapia que se adosan al lienzo desde las primeras hiladas, sin embargo, del quinto hilo para arriba se alternan hiladas trabadas y adosadas; mientras que en otras torres desde época taifa se ha observado un planteamiento similar, en el que estas y los lienzos se erigen como bloques adosados, hasta que se traban en las hiladas superiores (Márquez 2018: 16). La torre del Racó de l'Abadia de Burriana fue construida mediante la yuxtaposición de tapiales de mortero y posteriormente, no sabemos cuándo, rematada con ladrillos. Los ladrillos se utilizan en Al-Ándalus sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XII. Los almorávides y, sobre todo, los almohades estandarizarán estos procesos, lo que muchas veces ha dificultado la diferenciación constructiva entre ambos periodos, erigiendo torres en las que se combinarán encofrados masivos para las partes macizas y otros modulares para las cámaras (Navarro y Jiménez 2011: 102; Márquez 2018: 30). A modo de conclusión, la fecha de la estructura defensiva de la madīna Buryāna podría situarse entre mediados del siglo XI y principios del XII. Pese a la dificultad que entraña la ausencia de datos sobre la fecha de construcción de dicho muro, probablemente no se puede retrotraer con anterioridad a esta centuria. No se han documentado por el momento fases constructivas anteriores a esta época. El recinto es más tardío que las murallas de Valencia o Alzira probablemente porque debió tener escaso interés estratégico durante los primeros siglos de dominio musulmán. En este sentido, los documentos cristianos más antiguos hacen referencia al alto valor estratégico de Burriana probablemente como lugar de control del paso del río Millars a lo largo de la vía que unía Tortosa y Valencia precisamente a partir de los siglos XI y XII. De ello se desprende que la cerca no comenzaría a levantarse en el momento de la fundación de la ciudad. El poblamiento de época islámica, en función de los datos que ofrecen los textos árabes (Lévi Provençal 1953: 72) y la cultura material hallada en las excavaciones, se podría situar en el siglo X y aunque pudo haber un primer recinto de época islámica, no hay ninguna prueba de ello. Los portales retranqueados con posterioridad fueron sustituidos por puertas alineadas con las calles actuales, como lo atestigua la aparición de restos de la cimentación de la muralla y el antemuro bajo el firme de la calle Mayor. No se ha encontrado documentación que feche estas reformas, que quizá se produjeron entre los siglos XVII y XVIII, y quizá a principios del siglo XVIII, con el decreto de Felipe V, se inició el proceso de derribo. El desmoronamiento definitivo de la cerca defensiva y de las torres se debió dar a finales del siglo XIX, pues durante las guerras carlistas la ciudad de Burriana sufrió de nuevo episodios de asedio, lo que probablemente llevó a la recuperación de algunos tramos de la muralla y portales. Tras esta contienda se debió precipitar el total derribo de puertas y el desplome de buena parte del lienzo de la muralla, construyéndose sobre sus cimientos a partir de este momento y sobre todo durante la centuria siguiente otras paredes más estrechas de mampostería de tierra, cantos rodados y ladrillos.
El templo viejo de Huaca de la Luna (Perú): una aproximación desde la aplicación de la sintaxis espacial Este artículo muestra una primera aproximación de un edificio público religioso de la cultura mochica (s. I - IX d. C.), a través del uso de los análisis sintácticos como el análisis espacial, de percepción visual y de movimiento (herramientas tomadas de la Arqueología de la Arquitectura). El templo viejo de Huaca de la Luna está conformado por 14 espacios funcionales que engloban parte de un complejo religioso. Este templo fue un espacio arquitectónico muy bien diseñado y cumplió su rol hegemónico en una sociedad teocrática. Los resultados obtenidos respaldan lo supuesto y nos permiten reconocer los niveles de privacidad y jerarquización que tenía cada espacio construido. La costa norte de Perú fue escenario del desarrollo y organización sociopolítica de una de las sociedades más grandes de la Prehistoria andina, conocida como: los mochicas (Larco 2001). A lo largo de 500 kilómetros, desde Piura al norte, hasta Huarmey al sur (Castillo y Uceda 2008; Giersz 2011), realizaron grandes proyectos de irrigación que le permitieron sostener una economía basada en la agricultura (Canziani 2012). En el valle de Moche (cerca de la actual ciudad de Trujillo del Perú), se erigió la ciudad de Huacas de Moche, en la margen izquierda del río Moche, al pie del enigmático cerro Blanco (Fig. 1). Para Santiago Uceda (2010), las evidencias en el sitio apuntan que existen dos grandes periodos (estado teocrático y estado secular) en la historia del sitio durante la ocupación mochica, entre los siglos I a IX d. Plano de ubicación del Complejo Arqueológico Huacas de Moche. La ciudad de Huacas de Moche durante el primer periodo ocupacional –estado teocrático– estuvo conformado principalmente por un edificio público denominado: templo viejo; el cual forma parte del complejo arquitectónico religioso mochica de Huaca de la Luna (Uceda 2008a, 2008b, 2010, 2013). La forma final de este edificio es el resultado de la superposición de cinco edificios –A, BC, D, E y F–, siendo el F el más antiguo hasta ahora conocido (Uceda y Tufinio 2003). Este templo viejo está asentado sobre la ladera oeste del cerro Blanco, el cual está delimitado por grandes muros que lo segregan del resto de la ciudad. Santiago Uceda (2004, 2013), sugiere la presencia de dos calles al oeste y sur del templo, que debieron servir para delimitar dos grandes áreas de la ciudad, una ligada a áreas residenciales, artesanales o producción y administrativa; y la otra netamente sacra compuesta por la Huaca de la Luna. Las diversas investigaciones en el sitio, durante más de veinticinco años, han llevado a sugerir una serie de planteamientos con respecto a la arquitectura y función de este templo, permitiendo identificar una serie de componentes arquitectónicos: plaza 1, plaza 2a, plaza 2b, plaza 3a, plaza 3b, plaza 3c, plataforma I y plataforma II (Uceda et al. 1994; Uceda 2001a, 2006a; Uceda y Tufinio 2003; Tufinio 2008b; Uceda, Morales y Mujica 2016). Sin embargo, los últimos trabajos sugieren que los espacios ubicados al oeste (plaza 9, plataforma Uhle y CA8) debieron formar parte del templo y debe ser incluidos como parte de un todo. De esta manera, el templo estaría permeabilizado por el oeste por la calle 1, el cual está orientado de sur a norte, cuyo ancho es de 15,1 m aproximadamente y que permitía una posible conexión con una pequeña vivienda (CA8), a través de un vano de acceso ancho (Tello 1998). La segunda calle estaría funcionando como un eje de circulación que recorre todo el flanco sur del templo y estaría delimitado por un gran muro de más de 300 m de largo, construido desde las faldas del Cerro Blanco hasta la intersección con la primera calle. Una tercera calle, debió segregar el templo de la ciudad por el norte, aunque se presume que esta debió funcionar durante el periodo más tardío dentro de la secuencia del sitio, el cual permitía la comunicación entre el templo nuevo y la Huaca del Sol (Zavaleta et al. 2009). Finalmente, se desconoce con qué tipo de estructuras estaba delimitado al templo por el este, apenas se tiene indicios de un posible cementerio de la fase Mochica III (Millaire 2000). Las diversas interpretaciones realizadas sobre el templo se han enfocado en entender los tipos de elementos y espacios arquitectónicos (Uceda 1997), la interpretación de la secuencia constructiva del edificio principal (Uceda y Canziani 1998) y el entendimiento de este desde una perspectiva funcional (Uceda y Tufinio 2003). Estos aportes, de vital importancia, han respetado las nomenclaturas asignadas a cada componente del templo (plazas y plataformas) y han sugerido que el templo estuvo conformado por una sola plaza pública y el resto de "plazas" serían pequeños patios con recintos muy privados. Sin embargo, muchos de estos componentes arquitectónicos como en el caso de la plaza 1 presenta en su interior diversos espacios funcionales[7] que se segregan del resto por muros anchos, cumpliendo una función específica, pero que se complementaba con el resto del templo. La aplicación de la sintaxis espacial como una herramienta para identificar el grado de jerarquización que presenta la configuración espacial, de un lugar concreto en el Viejo Continente, lleva larga data (Hillier y Hanson 1984; Hillier 1996; Criado 1999; Mañana, Blanco y Ayán 2002; Bermejo 2009). Por su parte, algunos trabajos aplicativos a la teoría de Hillier y Hanson son de mucha referencia en la arqueología andina (Moore 1996; Vega-Centeno 2007). Uno de estos primeros intentos ha sido publicado en esta revista, acompañado de un marco conceptual de los contextos arquitectónicos para el entendimiento de los espacios construidos en las Huacas de Moche, antes conocido como Huacas del Sol y de la Luna (Castillo 2015). Sin embargo, la falta de interpretación de los patrones de la organización social a partir de modelos analíticos para entender los espacios construidos monumentales, como el templo viejo de Huaca de la Luna aún era desconocida; a diferencia de los ya desarrollados en Mesoamérica (Belice, Guatemala, México). Existe una serie de trabajos en asentamientos asociados a la sociedad Maya, desarrollados por universidades norteamericanas, los cuales abordan el estudio del espacio, tanto en los núcleos o cascos urbanos como en la periferia de estos, es decir entre los espacios de la élite y de los "comunes" (Morton 2007; Morton et al. 2012; Peuramaki-Brown 2012). Por ello, el objetivo principal de esta investigación es entender los niveles de jerarquización del espacio construido de este templo durante el auge de la sociedad mochica. Aunque la respuesta parece bastante obvia, el uso de este enfoque busca entender la arquitectura monumental ceremonial desde una perspectiva analítica. Entonces ¿Cómo nos aproximamos al entendimiento del espacio construido en el templo viejo de Huaca de la Luna, en especial al de la plaza ceremonial? La organización y comunicación de los espacios del templo viejo, vistos desde una perspectiva sintáctica, sugieren que este estuvo conformado por 14 espacios funcionales, los cuales fueron organizados bajo un planeamiento realizado por especialistas. Estos espacios tuvieron una función determinada y especial, sobre todo la plaza principal. Este fue un espacio de gran convergencia social, el cual, permitía la comunicación hacia otras unidades espaciales, además de ser utilizado como un espacio para la realización de ceremonias y rituales de gran importancia en la sociedad mochica. Para ello, se muestran los resultados de la aplicación de estas herramientas analíticas en la totalidad del templo viejo de Huaca de la Luna, permitiendo corroborar de manera sintáctica los diversos niveles de profundidad, integración y control que presentaban los espacios construidos del templo, como también la aproximación de la función de la plaza ceremonial, interpretado bajo un análisis de percepción visual. Demostrando que estas unidades espaciales eran espacios privados y públicos, controlados y controladores, de alto y bajo grado de jerarquización; además donde el impacto visual generado por la iconografía presente en ciertos elementos arquitectónicos condiciona la conducta del individuo en el espacio, como también la ubicación de este en relación con la distancia y ángulo de visión determina el límite del uso del espacio en ciertas ceremonias. Todo ello diseñado en una trama arquitectónica donde el orden espacial y su uso fue implantado por un grupo de élite sacerdotal de la sociedad teocrática mochica durante los siglos I y VII d. ANÁLISIS ESPACIAL DEL TEMPLO VIEJO DE HUACA DE LA LUNA Los análisis sintácticos han llevado a sugerir que el templo estuvo conformado por más de setenta unidades espaciales, que en muchos casos se complementaban formando espacios funcionales complejos o simples, cuyas dimensiones y jerarquías son cuestionables de analizar más adelante. De esta manera, se sugiere que el templo viejo estuvo constituido por 14 espacios funcionales complejos, los cuales serán descritos de manera sintáctica y respetando los nodos de comunicación que se realizaron en cada uno (Fig. 2). Plano general del templo viejo de huaca de la Luna, señalando los 14 espacios funcionales. El sistema de acceso indirecto (EsF1) Está ubicado en el extremo norte del templo, conformado por el Corredor 1A y el Recinto 1A (Fig. 3). El acceso principal mide 1,9 m de ancho (Fig. 4), el cual permeabiliza el espacio indiferenciado con el espacio segregado representado por el templo en sí. La evidencia de un sello de clausura significaría el abandono del sitio a finales del estado teocrático (Uceda 2010). Plano de planta de la sección noreste del templo viejo. Vista sur-norte del vano de acceso norte con sello previo al abandono. Al interior, se extiende el corredor 1A, el cual presenta dos vanos de acceso. El primero (al suroeste) permitía la comunicación hacia la plaza ceremonial; el segundo (al oeste) permitía la comunicación con el recinto 1A siendo esta una unidad espacial casi cuadrangular cuya estructura interna se conoce de manera parcial. Se presume que este ambiente debió funcionar como un "espacio de control" (Armas et al. 2004: 88), además es muy probable que diversos personajes actuaran como "guardianes" para impedir el paso de individuos que no pertenecían a la élite mochica; y es presumible creer que los mochicas hayan controlado el acceso de los asistentes a los rituales al interior del templo, más no la cantidad de estos. La plaza ceremonial (EsF2) Es el espacio abierto más grande de todo el templo abarcando un área interna total de 10.601,8 m2 (Fig. 2). Delimitada por el norte por diversos muros que forman el sistema de acceso. Por el noreste está delimitado por los paramentos que conforman el EsF3, hacia el este, sur y oeste está delimitado por un escalón de 2,5 m de ancho, que debió funcionar como corredor. Para una mayor comprensión, este escalón ha sido diferenciado según su punto cardinal: E7AB–E (al este), E7AB (al sur) y E7AB–O (al oeste). Los paramentos están decorados en relieves por la procesión de guerreros y prisioneros desnudos (Tufinio 2013). El acceso principal está ubicado al norte, en la esquina suroeste del corredor 1A y presenta un pequeño umbral alto. El segundo vano de acceso se ubica al suroeste, de 2,1 m de jamba (Fig. 5) el cual también fue clausurado con adobes. Asociado a este acceso se ha registrado una pequeña banqueta adosada al escalón E7AB–E. Este acceso posiblemente permitía la comunicación con el anexo oeste, a través de un sistema de rampas (Meneses et al. 2015). Vista noreste del vano de acceso oeste y del escalón oeste. A unos metros del acceso oeste se ha registrado la estructura semicircular 1A, la cual está conformada por 4 escalones en forma de arco con restos de decoración pictórica de color rojo y blanco. Hacia un lado presenta una rampa y peldaño para ascender a la parte superior (Orbegoso, Chumbe y Ramírez 2012). En la esquina sureste se encuentra un pequeño atrio con recinto. La parte norte, está conformada por una banqueta, el cual presenta adosada una rampa orientada de oeste a este que permitía el acceso desde el piso de la plaza hasta la parte superior del atrio (Fig. 6). En la parte sur se encuentra un pequeño recinto esquinero (recinto 3A) de planta cuadrada. Las cabeceras de los muros este y oeste presentan una cumbrera, esto hace que los muros tengan el techo a doble hastial. Los paramentos internos del recinto evidencian enlucidos finos y decorado con pintura de color blanco; sin embargo, se aprecia diversos diseños incisos (grafitis). El paramento externo del muro oeste presenta una escena iconografía del "combate ritual" en alto relieve, con pequeños guerreros de diferentes vestimentas y accesorios; ambos están luchando empuñando porra y escudo (Tufinio 2013). En cambio, el paramento externo del muro norte presenta una complejidad de diseños en alto relieve, se le ha denominado tema complejo 2. Este muro debió complementarse con el muro este del atrio, el cual muestra un discurso iconográfico similar, y se le ha denominado: tema complejo 1. Vista noreste del recinto esquinero o recinto 3A y de los 7 escalones que conforman la fachada principal. La fachada principal es un elemento asociado arquitectónicamente a la plataforma I, funcionalmente estuvo ligada a la plaza ceremonial (Fig. 6). Por tal razón, se realiza aquí la descripción breve de los diferentes escalones iniciando de abajo hacia arriba. El primer escalón (E7AB) consta de 43 personajes en alto relieve que representan la procesión de guerreros y prisioneros. En el segundo escalón (E6AB) se ha representado en alto relieve a los "oficiantes" (Tufinio 2012: 42), en el cual se muestra un total 93 personajes sostenidos de la mano; iniciando el discurso iconográfico cerca del arranque de la rampa 1A y en donde está representado un saurio. El tercer escalón (E5AB) decorado con 32 arañas enmarcadas cada una por paneles de forma cuadrangular (Meneses et al. 2010). En el cuarto escalón (E4AB) se ha registrado 45 relieves, los cuales se les ha identificado como el "mellizo marino" (Uceda, Morales y Mujica 2016: 91). En el quinto escalón (E3AB) se observan paneles cuadrangulares, en cuyo interior se ha representado hasta 90 personajes, denominados "felinos con dos cabezas" (Tufinio 2012: 64). El sexto escalón (E2B) muestra en alto relieve a un reptil ubicado en el extremo este seguido por una serpiente con cabeza de zorro que agranda su tamaño a medida que se aproxima al escalón, donde finalmente aparece en el interior de paneles cuadrangulares la "divinidad de las montañas" (Uceda 2008c: 275). De igual manera sucede en el E2A, donde se ha representado a esta divinidad al interior de paneles cuadrangulares, pero de cuerpo completo y vista frontal, mientras en el extremo asociado a la rampa, una pequeña procesión de diez guerreros ha sido trazada simulando el ascenso. El patio del demonio marino (EsF3) El ingreso a este patio, se realizaba a través de dos rampas: la primera ubicada al sur, adosada a los muros sur del patio; mientras la segunda permitía el acceso desde el oeste (Fig. 3). El muro norte presenta relieves de personajes tomados de la mano con tocados en forma de diademas (Rojas et al. 2014). El muro sur de este patio presenta dos capas pictóricas en la cara interna. La primera representa el rostro de la "divinidad de las montañas", la segunda, una secuencia de paneles rectangulares, donde destaca una figura en forma de raya y volutas aserradas que rematan en cabeza de ave. El muro oeste tiene forma escalonada hasta alcanzar su altura máxima y estuvo representado en sus dos capas pictóricas por los mismos iconos de la segunda capa pictórica del muro sur (Meneses et al. 2009) Adosado al muro sur se encuentra una banqueta con dos peldaños cerca de los extremos. Al suroeste se encuentra un atrio conformado por una banqueta cuadrangular, al cual se accedía desde el piso del patio, a través de dos rampas, una al norte y otra al este. Sobre esta banqueta se evidencia una estructura en forma de "U" con un pequeño muro, a manera de asiento (Fig. 7). Al sur de la banqueta se encuentra el recinto 4, cuyo vano de acceso se ubica en la esquina noreste. El paramento externo del muro este, está decorado con dos capas pictóricas que muestran la continuidad de la decoración del muro sur del patio. En cambio, en el muro norte del recinto se ha identificado tres capas pictóricas. La primera y segunda capa no se ha logrado definir con claridad. En la última capa se aprecian diferencias pictóricas del mismo icono central. Se trata de un personaje frontal enmarcado por una línea de color negro al cual se le ha rebautizado como el demonio marino, quien debió ser el personaje principal al que le rendían culto de tipo oracular. La terraza del felino sacrificador (EsF4) Este espacio se ha divido en dos secciones (Fig. 3). La sección A (al norte) comprende un tablazo que está delimitado al norte y este por los muros perimetrales del templo el cual se infiere por la evidencia en el edificio anterior, que estuvo decorada con los mismos diseños que el muro sur del patio del demonio marino. La parte sur (sección B) presenta un trono con paramentos laterales escalonados. La evidencia sugiere que estuvo decorada con dos remodelaciones. La primera, representando un personaje frontal con rasgos de felinos; de la parte inferior se desprende unos brazos cuyas manos sostienen una franja que termina en cabeza de ave, el cuerpo presenta diseños de cuadros a manera de escaque del cual se segregan volutas que también terminan en cabeza de ave. En la segunda capa pictórica, el paramento está pintado en fondo de color gris, se ha representado en perfil a cinco felinos de color amarillo con manchas delineadas de color negro, se trataría del Leopardus pardalis "ocelote" (Fig. 8). Vista este-oeste del altar de la terraza del "felino sacrificador". El muro sur presenta evidencias de pintura mural, donde se han representado paneles rectangulares "escaques", similares los del edificio anterior (Armas et al. 2004). Al sur de este muro, se encuentra un recinto más privado con acceso al norte, presentando un murete de cierre, generando un ingreso indirecto. Al lado sur del recinto existe una banqueta con una rampa central, sobre la cual hay un ambiente esquinero con el acceso en la esquina suroeste. En la parte central y pegado al muro sur queda evidencia de un posible trono. En la esquina noreste del recinto se ubica un segundo ambiente con pequeños muretes a manera de depósito (Armas et al. 2004). El área de los purificadores (EsF5) Este espacio forma parte de la denominada terraza 2 (sección B) construida sobre el escalón E7AB-E (Fig. 3). Esta área presenta un amplio tablado al norte donde se han registrado diversos fogones del tipo plano al cual se accedía desde el norte a través de una rampa al sur (Castillo et al. 2015). Al sur de la rampa se encuentra una especie de atrio con banqueta, el cual presentaba un muro límite al sur con vano de acceso que permitía la comunicación a un pequeño espacio denominado recinto 5. El muro este y sur presentaban los paramentos decorados con relieves, donde destacan dos oficiantes tomados de la mano y cuatro paneles donde se habría representado personajes del panteón mochica, cuyo estado de conservación no permite definirlos con claridad, pero se ha optado por denominarlos: temas complejos 3 y 4 (Fig. 9). Vista noroeste del atrio con banqueta del área de los purificadores. Los diversos análisis de los materiales registrados en esta área, han llevado a la conclusión que aquí se realizaban ceremonias de purificación para los guerreros y prisioneros que pasaban hacia los ambientes más privadas del templo (Castillo, Uceda y Vásquez 2019), siendo este espacio un lugar de tránsito entre la plaza ceremonial, las áreas de sacrificio y oraculares del templo. Los espacios de los rituales de la coca (EsF6) Es un patio de planta rectangular orientada de sur a norte, con el vano de acceso ubicado al noreste. Delimitado al norte por un muro perimetral enlucido y pintado de blanco. El muro perimetral este está pintado de color blanco decorado con grafitis, presenta huellas de quema ritual asociada a actividades de purificación (Chávarri y Mejía 2011). Limita al oeste con la rampa principal de plaza ceremonial. La esquina sureste presenta un mural de fondo blanco y bandas de serpientes estilizadas con decorado polícromo (Fig. 10). Este mural también se encuentra presente en el muro perimétrico sur (Tello, Flores y Eslava 2010). Al interior existía una banqueta adosada al muro este y se accedía a esta a través de dos rampas (Baylón et al. 1997). Mural de las serpientes en el patio de los rituales de la coca. Las semillas de Erythroxylon coca "coca" halladas en las excavaciones han llevado a Uceda y Tufinio (2003) sugerir que se realizaban ceremonias de la coca relacionadas a la fertilidad y abundancia de agua. Es muy probable que este espacio fuera escenario de eventos rituales (Uceda, Gayoso y Tello 2010). La plataforma funeraria tardía (EsF7) Es de planta rectangular orientada de sur a norte construida durante el último periodo funcional de este espacio. Se rellenó con adobes alcanzando una altura de 7 m sobre el nivel anterior creando una estructura a modo de plataforma (Tufinio 2008a). Al parecer existió una rampa en su muro norte que la dividió con los espacios de rituales de la coca. El atrio de la plataforma I (EsF8) Se ubica al este del área de depósitos y es de planta rectangular (Rojas et al. 2012). Se ingresa desde la plaza ceremonial, recorriendo un sistema de acceso al norte. Presenta una pequeña banqueta en la esquina suroeste y un posible ambiente complementario en la esquina sureste. Al noreste, otra rampa conecta a un segundo nivel (banqueta) y seguidamente al corredor oeste que conduce al nivel alto. Al sur presenta un pequeño vano que permite el paso a un corredor que conlleva al área de depósitos y otro corredor que conduce al patio con rombos (Fig. 11). Plano de planta de la plataforma I, plaza 3 y plataforma II. El patio con rombos o relieves (EsF9) Se ubica al sur de la plataforma principal y presenta planta irregular. Tiene dos vanos de acceso, el primero al norte se comunica con el vestíbulo del atrio de la plataforma I y el segundo al oeste se comunica con las salas oraculares (Fig. 11). Los paramentos internos están decorados por relieves que forman rombos y triángulos continuos (Fig. 12). En la parte central de los rombos se identificó un personaje principal, "una deidad Cupisnique" (Campana y Morales 1997); es posible que estos muros estuvieron techados, a juzgar por los hoyos de poste (Montoya 1998). Se cree que esta parte estuvo dedicada al culto de este dios, también llamado: dios o divinidad de las montañas. Vista este-oeste del "dios de las montañas" en el patio con rombos. La esquina sureste presenta un recinto esquinero, cuyos paramentos externos están decorados por "escaques" en relieve con motivos marinos de aves y peces (Uceda y Tufinio 2003). El área de depósitos (EsF10) Se accede a través de un corredor que da paso a una rampa, que conecta hacia esta área desde el vestíbulo (Fig. 11). El corredor conducía a un pequeño patio con hornacina, banquetas a desnivel y un pequeño depósito, presenta un vano con umbral alto que permitía la comunicación con las salas oraculares (Fig. 13). Al este, un segundo vano de acceso conectaba con un ambiente que presenta pilastras en los muros sur y norte; en la esquina noroeste un nuevo vano de umbral alto lo comunica con un segundo ambiente que presenta una hornacina al sureste y nueve hoyos de mechinales. Vista desde el oeste del área de depósitos. En la esquina noreste inicia un segundo corredor, es posible que conectara por el oeste a dos ambientes con 4 pilares alineados simétricamente en la parte central; además de hornacinas en los muros este y norte (Zavaleta 2007). El hallazgo de textiles finos, plumas y placas de cobre dorado, sugieren que algunos de estos espacios con vanos de umbral alto sirvieron para guardar los bienes de uso sacro que utilizaba la élite religiosa en las ceremonias. Sin embargo, otras áreas debieron servir para que los individuos sean investidos con atuendos y accesorios para las ceremonias y rituales, en las cuales se buscaba transmitir el poder simbólico de la deidad (Zavaleta 2006). Las salas oraculares o hipóstilas (EsF11) Se ubica en la esquina suroeste de la plataforma I (Flores, Eslava y Gallardo 2009). Presenta características arquitectónicas similares al área de depósitos; donde predomina la presencia de pilares (Fig. 11). Se ingresaba a través de dos accesos, uno de umbral alto ubicado al norte que lo comunica con el área de depósitos, y el otro que se ubica al final del muro oeste del patio con rombos, que permitía el paso entre estos espacios (Tufinio 2000). Se destaca, que las salas oraculares son el único espacio funcional de la plataforma I que no se articula directamente con el atrio. En la esquina sureste se encuentra un corredor estrecho que permitía la comunicación con dos ambientes al sur. Ambos forman un espacio mayor de planta rectangular; el cual se divide por un muro delgado, cada uno presenta una pilastra central. En la esquina noroeste un vano de acceso comunica con el corredor-balcón ubicado en el extremo oeste de la plataforma. Este corredor debió comunicar desde su extensión norte a un gran ambiente que se caracterizaba por presentar vanos de accesos de umbrales altos con ventanas altas y bajas, pilastras y pilares que debieron servir como soporte de techos a doble agua (Navarro, Paredes y Rodas 1993). Desde el extremo sur del corredor-balcón se accede a otros ambientes con pilastras. La presencia de ofrendas de alimentos en estos espacios sacros sugiere que: "estos ambientes pueden ser considerados como los lugares donde se localizaban los ídolos de los dioses moches" (Uceda, Gayoso y Tello 2010: 66). Aunque a la fecha, en estos espacios no se registra ningún ídolo de madera como el hallado en el relleno del edificio D de la Huaca Cao Viejo (Franco y Gálvez 2003), es probable que en cada sala hubiese habido un ídolo que representó a una divinidad mochica. El nivel alto y el altar mayor (EsF12) Es de planta rectangular, su eje mayor orientado de este a oeste. Se caracteriza por tener una elevación por encima del resto de espacios funcionales de la plataforma I (Fig. 11). Desde la esquina noroeste, se accedía por un estrecho corredor, a través de un sistema de rampas en el atrio. Desde el corredor oeste se accedía a los diferentes puntos del nivel alto a través de rampas. El nivel alto está formado por tres espacios principales. La parte sur conformada por dos grandes ambientes (A2 y A3), funcionaba como patios abiertos, a los cuales se accedía por un corredor que bordea el lado sur del nivel alto. El ambiente (A1) en la parte norte y se accedía a través de una rampa empotrada ubicada al oeste. El muro oeste está finamente decorado con la imagen de la "divinidad de los báculos", según Uceda (2001b: 92): "El motivo que se representa es un rostro antropomorfizado del cual se desprenden apéndices de diversas partes de la cabeza y que rematan en cabeza de aves". Esta imagen se representa a lo largo de todo el muro este y en lo poco conservado del muro sur. Adosada al muro este se encuentra un pequeño altar, el cual presenta "un tratamiento escalonado en su lado oeste y posiblemente el norte. El lado sur tuvo una cara lisa pintada de color blanco y a ella se adosó una pequeña rampa que corre en sentido oeste-este, mientras que otra pequeña rampa adosada al muro ancho MA 2 corre en sentido sur-norte" (Uceda 2006b: 228). Los escalones del altar presentan dos momentos en su decoración pictórica: el primero es llano y de color rojo, careciendo de algún tipo de representación; mientras que el segundo presenta diseños de volutas que rematan en cabezas de zorros pintados de color amarillo sobre fondo negro (Fig. 14). Es preciso mencionar que las cabezas de zorro del segundo escalón miran al norte y las del cuarto miran hacia el sur (Uceda 2006b). El análisis iconográfico llevó a Uceda (2001b: 95) sugerir que "la presencia de banqueta o altar en el nivel alto le relaciona más estrechamente con las representaciones de las estructuras donde se representa la presentación de la copa [...] es decir asociadas al sacrificio humano". Es muy probable que en la parte superior del altar haya estado el personaje más importante de la élite moche, quien recibía la copa de sangre proveniente de las zonas de sacrificio. Vistas desde el norte del altar mayor. Las zonas de sacrificios (EsF13) Están constituidas por dos áreas: (1) las plazas 3c y 3b, y (2) la plaza 3a y la plataforma II. La plaza 3c está conformada por dos espacios, uno orientado al oeste y el otro al este (Fig. 11). El espacio al oeste tiene en su parte central un recinto, en cuyo acceso se halla una especie de banqueta que restringía el paso hacia el interior de esta área, mientras que los muros oeste y norte están decorados: primero con pintura plana y luego con alto relieves, los cuales representan, en paneles, a una mujer decúbito ventral con las piernas replegadas, siendo atacada por un felino (Uceda y Tufinio 2003). El espacio al este, es un espacio abierto en el cual se han hallado gran concentración de restos humanos en una especie de fosas que se encuentran de manera intrusiva en el piso de la plaza. Esta área funcionó posiblemente durante la edificación del edificio BC y D, siendo cubierto durante la construcción del edificio A y pasó a formar parte de la plaza 2 (Uceda y Tufinio 2003). La plaza 3b se ubica al lado suroeste de plaza 3c y presenta planta rectangular con su eje mayor orientado de este a oeste. Está compuesta por dos ambientes en su parte central a los cuales se accede a través de vanos de acceso que están ubicados en los muros del lado norte (Uceda, Gayoso y Tello 2010). Se infiere que este espacio funcionó de área para la realización de sacrificios humanos. Adicionalmente, al oeste en la plataforma II y plaza 3a se descubrió otra área sacrificial (Fig. 15). Los cuerpos descansaban sobre una capa de sedimentos de lluvia, al parecer se trataba de otro tipo de sacrificio dentro del mismo templo (Bourget y Millaire 2000). Detalle de los sacrificios humanos registrados en la zona de sacrificios. El anexo oeste de Huaca de la Luna (EsF14) Este anexo no ha sido excavado en su totalidad, pero, se puede deducir que se conectaba con el resto del templo, a través del acceso oeste (Fig. 2). Este acceso conducía a un sistema de rampas que culminaban en una plaza abierta (Meneses et al. 2015). La conexión entre esta plaza y la plataforma funeraria denominada plataforma Uhle, no está del todo claro. Sin embargo, quedan evidencias que esta formaba parte del templo, como ya lo anunciaba Kaulicke (2014). Este espacio está conformado por un patio (cuyo muro sur presenta relieves de paneles cuadrangulares con serpientes), un trono, galerías, corredores y la plataforma en sí. Los entierros excavados en la plataforma, corresponden a hombres adultos maduros; mientras que, al pie oeste de la Huaca de la Luna, la mayoría de sepulturas funerarias son de mujeres, además de sacrificios humanos en modalidades diferentes a las registradas en el área de sacrificios (Chauchat et al. 2009). Al suroeste, se registró un conjunto residencial (CA8), el cual presenta un acceso al oeste que lo comunica con la calle 1 (Tello 1998). Este presenta cinco ambientes bien distribuidos para actividades domésticas, de reunión y rituales. Uno de ellos (A8-5), es el único espacio en toda el área urbana que presenta un pilar central y restos de pintura de color ocre en sus paramentos. Lo cual pone en evidencia la similitud que guardan con las salas oraculares y que respalda la idea de segregarlo del resto de la ciudad e incluirla como parte del templo viejo. Percepción visual desde los accesos de la plaza ceremonial[8] La plaza ceremonial, como ya ha sido mencionado anteriormente, presenta dos vanos de acceso, uno ubicado al norte (vano V2A) y el otro en el lado oeste (vano V10A). El resultado obtenido en la elaboración de la isovista 1 (Fig. 16a), en el vano norte, crea un umbral (cono de visión) de 46°. Esto permitía al espectador observar toda la fachada principal del templo (Fig. 6), cuyo carácter monumental, genera un gran impacto visual en el individuo y la abstracción completa del mensaje implícito en el discurso iconográfico representado. Así mismo las personas podían visualizar de primera mano el discurso que presenta el paramento oeste de la rampa principal y parte del patio de las ceremonias de la coca. Por otro lado, la presencia del muro de la esquina suroeste del patio del demonio marino habría obstruido el campo de visión del espectador, impidiendo observar la arquitectura relacionada al área de los purificadores (Fig. 9). A. Isovista del acceso norte de la plaza ceremonial. B. Isovista del acceso oeste de la plaza ceremonial. El discurso iconográfico de la fachada principal refleja un significado cultural específico, el cual es producto de la experiencia social de la sociedad mochica, es por ello, que, debido a la monumentalidad y la gran asistencia de espectadores en la plaza ceremonial, la élite sacerdotal debió buscar una manera de comunicar un mensaje específico cargado de significado ideológico a través de la iconografía, el cual es plasmado en los sietes escalones (Fig. 6). De esta manera, se hace más fácil llevar el mensaje a las personas que asistían a las ceremonias, sin embargo, la ubicación de la estructura escalonada 1A (Fig. 16a) situada frente al primer escalón de la fachada principal interrumpe adrede el discurso iconográfico, tema que deberá ser aclarado a futuro con los análisis e interpretación de la función que cumplía en esta parte de la plaza. Una hipótesis sería que esta estructura fue construida posteriormente, previo a la clausura y abandono del templo viejo. La segunda isovista fue realizada en el vano de acceso oeste V10A, el cual crea un umbral de 22° (Fig. 16b). Este acceso genera un cono de visión más reducido, casi el 50 % menos que la anterior. Desde este acceso, el espectador podía observar el recinto esquinero de la plaza ceremonial como primera unidad de impacto visual, pero no se puede observar con claridad el discurso iconográfico que se encuentra plasmado en sus muros; ni mucho menos la fachada principal. Los mochicas decoraron la fachada principal de un discurso iconográfico complejo, pero legible para los participantes. La necesidad de generar un impacto visual de la magnitud o sacralidad que tenía este templo solo podía ser apreciada desde el norte. Estas isovistas permiten sugerir que el único ingreso al templo fue por el norte y el acceso oeste corresponde a un acceso auxiliar hacia otro espacio funcional complementario como: el anexo oeste. Esto indica claramente que son dos tipos de individuos mochicas los que utilizaron cada acceso. El vano norte para los asistentes a los ceremoniales y el vano sur para los participantes y actores (sacerdotes, prisioneros y guerreros victoriosos) que venían de espacios –aún– por excavar ubicados en el anexo oeste. Umbrales de percepción en relación con la fachada principal del templo La plaza ceremonial del templo viejo de Huaca de la Luna es un espacio de interacción pública, que condicionó a las interacciones sociales, debido a las características que esta presenta en tamaño, ubicación, disposición de los accesos y las unidades espaciales que producen distintos modos de interacción humana (Moore 1996). Para realizar este análisis se trazó una línea imaginaria que dividía de manera equidistante la plaza en dos partes. Luego se tomó como punto de partida la fachada principal (Fig. 6), del cual se trazaron puntos cada 20 m siguiendo la línea equidistante en dirección sur-norte y proyectando conos de visibilidad humana horizontal de 80° (Fig. 17). Para corroborar esto, se realizó lo mismo, pero de manera vertical, para ello se tomó la estatura promedio de una persona mochica, es decir entre 1,48 m y 1,58 m (Verano 1994) y se trazó líneas de percepción desde el centro de la vista hasta la cabecera del muro este del altar mayor en el nivel alto (Fig. 18). Gráfico de visibilidad horizontal en la plaza ceremonial con respecto a la fachada principal. Gráfico de visibilidad vertical en la plaza ceremonial con respecto a la fachada principal. El espectador posicionado a 20 m de la fachada principal podía apreciar con gran claridad los motivos iconográficos; sin embargo, de mantener la cabeza firme, este tenía una visión horizontal del 50 % de la dimensión total de la fachada. Por otro lado, el ángulo de elevación era de 35° 52''; esto significaba que el espectador tenía cierta incomodidad para apreciar las ceremonias que se oficia en el nivel alto. A 40 m de distancia el ángulo de elevación se reduce de 24° 18", permitiendo una mayor comodidad en las personas asistentes; además desde esta distancia se puede observar la totalidad del discurso de la fachada principal. Está comodidad de visibilidad vertical y horizontal se repite a los 60 y 80 m, sugiriendo que las personas que se desplazaban entre los 40 y 80 m tenían la ubicación ideal para contemplar todos las rituales realizados tanto en la plaza como en el nivel alto. Caso contrario, sucede a partir de los 100 m de distancia, el ángulo de elevación es 12°, y también se puede observar la monumentalidad de la fachada principal. Sin embargo, a esta distancia la visualización de los iconos no es del todo bueno, pero esto no debe descartar la idea de que no haya habido personas ocupando está parte de la plaza. Cabe acotar que investigaciones anteriores calcularon la capacidad de aforo dentro la plaza ceremonial, llegando a la conclusión que la plaza podía congregar a 10.000 personas (Armas et al. 2004). Esta aproximación fue realizada bajo la idea de un máximo posible de número de participantes en posición de pie, sugiriendo una densidad de 1 persona/m2. Cabe señalar que la duración del acto litúrgico debió tener un tiempo prolongado de celebración, por lo que no se descarta la idea de la posición sentada de los espectadores ya sea en la utilización de elementos arquitectónicos para descanso como banquetas o algún objeto mueble similar a un banco. Si se sugiere una capacidad máxima de utilización del espacio con base en los estándares arquitectónicos modernos (Neufert y Neufert 2000; Fisher 2009), la densidad de ocupación de una persona sentada en un asiento es 1,9 personas/m2. En el caso de la plaza ceremonial el resultado sería de 20.143 personas, pero, si estuvieran de pie en forma grupal (3,4 personas/m2) el resultado sería 36.046 personas. Añadimos que, no todos los individuos presentes en los actos litúrgicos estuvieron en posición sentada o de pie, ello bajo el criterio de edad, sexo y diferenciación social, cuyos patrones eran muy marcados en las sociedades prehispánicas. Nuestros resultados sugieren que el público asistente debía concentrarse durante los primeros 80 m en relación de la fachada principal (Fig. 19), existiendo un espacio ideal o de mayor concentración de espectadores en un área total de 5.600 m2. Esto les permitía observar todos los rituales y ceremonias que se realizaban en los diversos espacios alrededor de la plaza, por lo tanto, el aforo de la plaza debió ser menor a lo especulado por otros autores. Gráfico de concentración de asistentes en la plaza ceremonial. Si utilizamos el criterio con base en los estándares arquitectónicos modernos se llegaría a la aproximación de que este espacio estaría albergando alrededor de 10.640 personas sentadas o 19.040 individuos de pie. Sin embargo, resulta un poco desatinado creer que la plaza estuvo alborotada de gente, o que la gente se concentraba en un solo en este espacio. Estos cálculos solo nos dan una aproximación de una posible capacidad máxima. La cantidad de tumbas registradas en el sitio no son equivalentes a estas aproximaciones. Acaso, venían personas de todo el valle de Moche o incluso de otros valles que tenía identidad mochica. Volviendo al tema, las condiciones de percepción de los individuos están en función del tamaño y forma del espacio, los cuales son factores que determinan el tipo o la forma del encuentro y la interacción social (Bermejo 2009). Por lo tanto, la dinámica social se desarrollará de una manera distinta dependiendo del área del espacio en el que se lleva a cabo una actividad determinada. Los umbrales de los espacios públicos, generan una relación espacial entre los individuos, ya sea entre espectadores como entre estos y los individuos que son parte de la dirección de la liturgia (ceremonia o ritual). Los espectadores al ubicarse en un espacio de uso público tienen una cuenca o cono de visión amplio, donde la comunicación del mensaje será expresada, a través de la voz del sacerdote. La ubicación dentro del espacio ideal (ubicación en la plaza entre los 40 y 80 m de distancia del espectador hacia la fachada principal), permitía al individuo asistente presenciar sin ninguna dificultad visual la monumentalidad de la estructura volumétrica del templo viejo, la procesión ritual de los guerrero y prisioneros, el ritual de purificación y la ceremonia de la entrega de la copa. El área de los purificadores (acápite 2.5) fue un espacio de tránsito entre la plaza ceremonial y las áreas de sacrificio y oraculares del templo; en otras palabras, el paso hacia los espacios más privados. Esta área se ubica frente al espacio ideal, esto permitió a los asistentes observar con claridad las ceremonias de purificación que realizaban a los guerreros y prisioneros en su recorrido hacia el nivel alto y el altar mayor (en caso de los guerreros vencedores) y los guerreros vencidos hacia la zona de sacrificio. La plaza ceremonial fue un espacio de convergencia y de interacción social, por el cual, se transitaba para llegar a otras áreas del templo viejo, así como también, un espacio de gran connotación social para los mochicas. El espacio construido materializaba significados y legitimaba a los grupos sociales actores en estas liturgias, ceremonias y rituales. Las élites buscaban perpetuar su poder, creando, transformando y reproduciendo significados especiales en contextos y espacios con gran asistencia de individuos. Este espacio debió condicionar, modelar y permitir las relaciones e interacciones sociales, construyendo aspectos simbólicos de gran significado: pueblo-grupos de élite y el hombre-espacio construido. Las actividades humanas llevadas a cabo dentro de un espacio construido son condicionadas por los elementos arquitectónicos que este posee, es decir, las relaciones sociales estarán condicionadas por la forma, tamaño, disposición y desplazamiento de las unidades arquitectónicas que el espacio segregado presenta. Los análisis de permeabilidad o de accesibilidad permiten observar el desplazamiento del individuo, a través del espacio construido (unidades espaciales) durante un periodo horizontal en el espacio, cuantificando el grado de integración y la profundidad, la facilidad de acceso (permeabilidad) a partir del valor de control (Mañana, Blanco y Ayán 2002). Para tal motivo se realizó la ruta que debieron seguir las personas que tenían libertad a todos los espacios del templo viejo; sin embargo, realizar una explicación de la dinámica de recorrido resulta ser muy tedioso y brumoso (Fig. 20). Es importante recordar que cada círculo o nodo representa a una unidad espacial[10] y está conectada por una línea que representa los espacios de transición (Bermejo 2009). Este mismo gráfico ha sido justificado y retocado en otro software de diseño (Fig. 21); sin embargo, la forma original ha sido realizada en el software Agraph; el cual permite de manera algorítmica obtener los valores numéricos en una tabla (Fig. 22). El gráfico de accesibilidad justificado muestra que el circuito del recorrido del templo viejo es asimétrico y de tipo árbol. Este presenta más de 76 unidades espaciales (UEsp), las cuales han sido agrupadas en espacios funcionales en el análisis espacial (acápite 2). Cabe señalar que los espacios del anexo oeste no están incluidos por haber áreas que aún no han sido excavadas y no permiten tener una idea clara de la comunicación que existía. Gráfico de accesibilidad del templo viejo de huaca de la Luna. Gráfico justificado de accesibilidad del templo viejo de huaca de la Luna. Tabla con los valores numéricos del análisis sintáctico aplicado en cada unidad espacial del templo viejo de huaca de la Luna. El espacio indiferenciado del templo viejo está conformado por vías de circulación y espacios que aún no han sido excavados (que se discute párrafos arriba). El acceso principal se encuentra al norte (V1A) y da paso al corredor 1A; el cual es considerado como la primera unidad espacial (1). Esta va permeabilizar la circulación entre el espacio indiferenciado y el resto del templo; pero sin antes conducirte a un puesto de control (2) y que luego conduce a la plaza ceremonial. La plaza tiene un tipo de recorrido simétrico y distribuido, la cual representa el tercer punto de reunión social y la más importante en todo el templo. Los índices de valor numérico demuestran que es el espacio de mayor control (CV4) y uno de los que mayor integración (i8), en el gráfico de permeabilidad se puede apreciar que desde este punto nace el recorrido al resto del templo, principalmente a las unidades espaciales 8, 20 y 76. Este último está conformado por la plaza 9, al cual se accede desde el vano oeste (V10A). Sin embargo, las unidades espaciales que articula y se encuentra al interior, se ubican en el extremo sur y están conformadas por la B8A (4), la estructura escalonada 1A (5), el atrio y recinto 3A (6 y 7). Las rampas que comunican al patio del demonio marino van a generar una circulación triada entre las UEsp 3-8-20. Este patio (8) posee un control promedio, pero es uno de los espacios con mayor índice de integración (i9), lo cual demuestra que esta unidad no guardaba ningún tipo de complejidad y jerarquía; es decir no existió algún impedimento para obstaculizar la circulación de los participantes. Este espacio controlaba la comunicación a otras unidades en su extremo sur, conformados por el altar con estructura en U (9), la banqueta 5BC (10) y el Recinto 4BC (11); además daba paso a la sección A de la Terraza 2A (12). Este punto va a generar la comunicación a otras unidades espaciales al sur, conformadas por el altar del felino sacrificador (13), el corredor 4A (14) y la banqueta 1A (15). El corredor 4A da paso a un desnivel al interior del Recinto 2A, que comunica a los espacios más privados de la terraza del felino sacrificador (16-17-18-19). El ambiente A1 (19) ubicado en la esquina sureste, es uno de los espacios con mayor jerarquía (i4) y profundidad (MDn9) en todo el templo; lo cual alude la importancia que tenía como lugar para ofrendas. Retomando al punto (20) que es el E7AB–E, el cual funcionó como un nexo entre la plaza ceremonial y el resto del templo; esto se ve reflejado en los valores numéricos, pues presenta un valor de control alto (CV3) y es una de las UEsp con mayor índice de integración (i10) junto al corredor–E2B (27) y el ambiente 6 del atrio (28). Los espacios que conforman el área de los purificadores (21 al 23), los espacios de las ceremonias de la coca (24-25) y la plataforma funeraria (26) presentan también un índice de integración alto (i8) y son espacios completamente controlados. Al ascender a la plataforma I, es necesario pasar por el atrio y como era de esperarse este espacio es uno de los de mayor control (CV3) y alto índice de integración (i10). De igual manera ocurre con las otras unidades espaciales anexas (29-30-31-32), todas presentan índices de integración elevada, lo cual respalda la hipótesis que el atrio sirvió como vestíbulo o como un gran espacio de transición. Las unidades espaciales que conforman el área de depósitos (36 al 42) son espacios completamente controlados y presentan un índice de integración medio (entre 5 y 7); lo cual sugiere que no fueron tan privados como se cree, caso contrario ocurre con las salas oraculares. Este espacio está conformado por 16 unidades espaciales (43 al 58), siendo el espacio funcional con mayor número de ambientes. Un dato curioso es el recorrido lineal que presentan los pequeños compartimientos del ambiente 7 (47 al 51) y el recorrido casi simétrico en los espacios con mayor profundidad (54 al 58). Cabe resaltar que diez de doce unidades espaciales con mayor jerarquía están concentrados aquí (48 al 51 y 53 al 58); así mismo ocho de las nueve unidades espaciales con mayor profundidad están presente (49 al 51 y 54 al 58), esto significa que habría que recorrer muchos espacios previos para llegar a ellos; lo cual los convierte en los espacios más restringidos, privados y de mayor jerarquía en todo el templo. En el caso del nivel alto y de la zona de sacrificios, todos los ambientes son espacios totalmente controlados, con índices de integración y profundidad media; de los cuales se asume que no eran espacios muy jerarquizados. La planificación arquitectónica del templo viejo fue concebida y desarrollada con énfasis en cada detalle. La evidencia del uso de maquetas para la sociedad mochica es algo ya conocido (Castillo 1997; Guzmán 1998; Castillo, Cusicanqui y Mauricio 2011). El uso de maquetas arquitectónicas de templos –aún– es un enigma, sin embargo, no se puede descartar la posibilidad de su pre concepción. Los diversos análisis espaciales realizados sugieren que este templo estuvo conformado por 14 espacios funcionales bien organizados y comunicados entre sí. Cada espacio tenía una función especial y se engloba con los demás como parte de un gran teatro público-privado. Es muy probable, que los especialistas (arquitectos o ingenieros) mochicas planificaron cada detalle de la construcción del templo, aunque no existan evidencias de planos o maquetas del mismo. Los análisis de percepción visual aplicados en los dos vanos de la plaza ceremonial, han respaldado la hipótesis que el acceso hacia el templo era por el norte; mientras el acceso oeste forma parte de un acceso auxiliar para comunicarse con el anexo oeste. Nuestro trabajo, nos lleva a incorporar como parte del diseño arquitectónico del templo viejo a la plaza 9, Plataforma Uhle y CA8 del núcleo urbano (anexo oeste). Los espectadores desde que realizaban su ingreso por el acceso norte, recibían un impacto visual de todo el discurso iconográfico de la fachada norte (Fig. 6). Este impacto visual debe ser entendido como el que se buscaba ocasionar al ingreso de los feligreses en un templo católico tradicional u ortodoxo, al apreciar el altar mayor conformado por uno varios retablos (MacCulloch 2011). El altar mayor es la parte más importante de un templo cristiano, puesto que allí se ubicaba el tabernáculo. La ubicación del tabernáculo era considerada una pieza importante para la potenciación del culto, adoración y liturgia en torno al santísimo, como el caso de la catedral de México (Herrera y Sánchez 2013). Incluso algunas iglesias románicas fueron construidas orientadas de tal forma que los rayos del sol coincidan en el altar al tiempo de su fiesta principal (Arnau 2014). La fachada principal del templo viejo tiene un discurso iconográfico muy elevado, y en la cima se ubicaba el altar mayor, lugar donde se hacía la presentación de la copa de sangre (la última etapa de todos los rituales), por ende, su construcción fue vital en la búsqueda de perpetuar la legitimización del poder de las élites mochicas hacia los espectadores. Los espectadores o participantes (en su mayoría) debían acceder solo hasta la plaza ceremonial. Desde este punto podían observar todos los rituales que eran de vista pública. Creemos que los participantes ocupaban los primeros 80 m desde la fachada principal, lo cual, connota que toda la plaza no debió estar alborotada de gente y que estos podían desplazarse libremente en ella para presenciar las diferentes ceremonias que se desarrollaban. La plaza ceremonial se convertía en una platea sin butacas, donde solo individuos privilegiados de la sociedad mochica podían acceder. Los diferentes estudios indican que una de las ceremonias más importantes para los mochicas eran los combates rituales (Hocquenhem 1987; Donnan y McClelland 1999). Estos iniciaban con la elección de diferentes guerreros del mismo clan. Los estudios de mtDNA tomadas de los guerreros y los sacrificados mostraron que se trataban de un mismo haplogrupo (A), es decir que pertenecían a una misma población local o grupo étnico (Shimada et al. 2005). Diversos investigadores han coincidido que los combates se realizaban en áreas alejadas de los templos. Estos guerreros combatían hasta que el primero que perdía el casco era considerado perdedor y tomado como prisionero. Terminado los combates, los guerreros vencedores y guerreros vencidos (prisioneros) se dirigían hacia el templo, donde se mantenían cautivos. Las ceremonias en el templo iniciaban con la procesión de los prisioneros que debieron dar vueltas alrededor de la plaza ceremonial, para luego ser llevados al área de purificadores (EsF5). En este espacio los guerreros y prisioneros recibían una limpieza ritual (Castillo, Uceda y Vásquez 2019). Luego estos subían la rampa principal hasta un punto, donde se apertura dos caminos. El primero (ubicado al oeste) llevaba a los prisioneros hacia las zonas de sacrificios (EsF13), mientras el segundo (al este), llevaba a los guerreros vencedores hacia el altar mayor (EsF12). Los guerreros eran premiados, quizás, venerados por el público espectador en la gran plaza, como señal de su triunfo. Desde el otro lado del templo, se realizaba los sacrificios de sangre. Este era un espacio privado y no todos podían acceder y observar lo que sucedía. Los asistentes a la gran plaza debían esperar hasta que el sacerdote haga su aparición con la copa de sangre que era ofrecida al sumo gobernante ubicado en el altar mayor (Uceda 2001b). En otra época del año o en simultáneo, algunos asistentes podían acceder a espacios más privados para realizar diversos tipos de cultos, como la veneración al demonio marino (EsF3), al felino sacrificador (EsF4), rituales de chacchado de hoja de coca (EsF6). Estos espacios son de fácil acceso desde la plaza ceremonial y no tiene un alto nivel de privacidad, por lo contrario, estaban altamente integrados a los demás espacios (Fig. 22). El atrio del templo (EsF8) también se encontraba muy bien integrado, y es evidente, que era un punto de encuentro para dirigirse a los demás espacios ubicados en la cima del templo (EsF9, EsF10 y EsF11). El patio con rombos, donde se ubica la figura del dios de las montañas, era un área de difícil acceso; pero, el espacio más privado fueron las salas oraculares (EsF11). Este espacio funcional es el de mayor grado de privacidad y más jerarquización de toda la configuración arquitectónica; caso contrario con la plaza ceremonial, que es la unidad espacial de mayor control y accesibilidad. Este poder duró más de medio milenio, entre los siglos I y VII d. C. Los fechados de radiocarbono obtenidos conllevan a concluir que el templo fue finalmente abandonado a mediados del siglo VII (Uceda, Chapdelaine y Verano 2008). El abandono del templo viejo, no significó el final y colapso de la sociedad mochica, esta continuó habitando la ciudad hasta mediados del siglo IX. No obstante, durante la hegemonía del templo viejo, el Estado mochica gozó de un gran auge y control territorial de más de 700 km de zona costera con diversos templos ubicados en cada valle, administrados por grupos de élite unidos bajo una misma ideología. Si bien es cierto, las investigaciones en los diversos templos mochicas han mostrado grandes aportes, hasta el momento, ninguno ha alcanzado el nivel de entendimiento arquitectónico y urbanístico que se ha llevado a lo largo de casi tres décadas de estudios en el sitio. En conclusión, el templo viejo fue un espacio arquitectónico muy bien diseñado y cumplió su rol hegemónico en una sociedad teocrática (Uceda, Morales y Mujica 2016). Muestra de ello, son los resultados de los diversos análisis sintácticos, los cuales respaldan lo supuesto y nos permite afirmar los niveles de privacidad y jerarquización que tenía cada espacio construido. A pesar, de los grandes esfuerzos aún falta mucho por escudriñar. La incorporación del anexo oeste al templo abre una nueva brecha de investigación, que seguramente, modificará nuestra forma de entender la sintaxis espacial, en este enigmático templo. No obstante, nuestro esfuerzo de aplicar estas herramientas para el entendimiento del espacio construido en sitios del área andina es una labor que venimos realizando en cada una de nuestras investigaciones. Consideramos que es una gran herramienta para entender, lo que a veces, por sentido común damos por sentado.
Lo que "significa" el castillo de Turégano (Segovia, España): Un ensayo metodológico entre diacronía y sintaxis espacial El castillo de San Miguel Arcángel constituye un edificio verdaderamente singular no solo por los debates generados en torno a las complejidades de su secuencia constructiva, resultado de la fortificación de una iglesia románica, sino, en parte explicando tal complejidad, porque Turégano ejerció como cabecera del señorío episcopal de Segovia cuando desempeñaba su papel más crucial en la historia del Reino de Castilla (ss. Este trabajo persigue abordar su interpretación desde la perspectiva de la producción de significados no discursivos en su estructura espacial mediante la aplicación de una metodología relativamente novedosa; o al menos, poco explotada en el análisis arqueológico de este tipo de edificios. Para ese fin, será necesario ensayar una restitución hipotética de las condiciones originales del castillo, permitiendo así retroalimentar experimentalmente lo extraído de su sintaxis espacial y de una lectura estratigráfica indiciaria que por lo pronto revela varios procesos de fortificación superpuestos.
Introducción: Arqueología de la Arquitectura y Latinoamérica, un viaje de ida y vuelta De cara a esta breve presentación vamos a servirnos, casi en su literalidad, de algunas ideas que escribimos hace algunos años (Azkarate 2013) a propósito de Latinoamérica y la llamada Arqueología de la Arquitectura (AA). Frente a la historiografía europea que acostumbra a debatir los ámbitos a los que debe acogerse la AA, elogiábamos entonces la versatilidad de la arqueología de aquella región, que no duda en referirse a la "arqueología de la arquitectura" independientemente del enfoque de sus abordajes temáticos y de los posicionamientos teóricos que los sustentan. Una posición muy distinta a la que se observa por ejemplo en Europa, mucho más encorsetada a la hora de precisar los límites de determinados ámbitos temáticos y metodológicos. Esta característica regional latinoamericana deriva probablemente de la ductilidad de los propios investigadores, forjados por influencias teóricas y metodológicas de procedencia diversa, tanto de origen anglófono ‒básicamente estadounidense‒ como de tradición europea, pero sobre todo es consecuencia de la voluntad ‒renovadora y diversa‒ de una investigación arqueológica que, en su rechazo a la mirada impositiva de la modernidad, está generando desde hace ya muchos años "formas creativas de hacer arqueología" (Tantaleón 2019: 233) y un discurso en muchos aspectos "distinto" al que impone el rodillo académico de occidente[2]. No es de extrañar que en la cada vez más amplia producción historiográfica, sea posible consultar publicaciones que encaran los aspectos metodológicos y de gestión y conservación de la arquitectura histórica (Arrazcaeta 2002; Rolón y Rotondaro 2010; Cohen 2011; Benedet 2012; Rolón 2014; Cirigliano 2015a, 2015b), investigaciones que se ocupan de la arquitectura monumental y ceremonial prehispánica enfatizando más su vertiente espacial y simbólica (Acuto y Gifford 2007), importantes estudios que trabajan en "arqueología de la arquitectura doméstica" precolombina desde perspectivas teóricas diversas (Scattolin et al. 2009; Albeck et al. 2010; Haber 2010, 2011), aportaciones procedentes de contextos urbanos contemporáneos (Schávelzon 2012) o propuestas que abandonan el enfoque tipológico de los investigaciones tradicionales sobre arquitectura, para profundizar en las connotaciones sociopolíticas que se ocultan tras la articulación de los espacios construidos (Funari y Zarankin 2003; Zarankin y Niro 2006; Diana et al. 2008; Zarankin y Salerno 2011; Seabra 2020). Fundamentados estos últimos estudios en el utillaje instrumental de la "sintaxis espacial", la inspiración foucaultiana resulta indudable en esta mirada a la arquitectura como espacio coercitivo y como tecnología del poder (Foucault 1984). Algunos de estos puntos de vista quedan recogidos en este monográfico. A pesar de esta apertura de miras, en la arqueología de aquella región queda un reto todavía por cumplir. La arqueología latinoamericana no está habituada a trabajar arqueológicamente sobre cota 0, es decir, en edificios en pie y en uso. Diríamos aún más: con algunas excepciones, parece haber renunciado a trabajar sobre cota 0. Y ello nos parece preocupante puesto que podría cometerse el error de abandonar el patrimonio edificado ‒especialmente el de las ciudades‒ en manos de quienes lo estudian desde ópticas historiográficas conservadoras y/o de quienes solo lo contemplan como un conjunto de espacios susceptibles de ser refuncionalizados o derribados en función de diversos intereses estrictamente financieros (Azkarate 2013). Obviamente, no es este un problema solo latinoamericano. Nuestra vinculación científica con América Latina se remonta al año 2000, cuando, invitados por Eusebio Leal Spengler y Roger Arrazcaeta, impartimos un seminario sobre "Arqueología de la Arquitectura" en el Gabinete de Arqueología de la Ciudad de La Habana durante los días 29 de febrero y 1 de marzo de aquel año. Posteriormente hemos sido invitados a impartir cursos de doctorado y seminarios sobre Arqueología de la Arquitectura en diversos centros de Puerto Rico, Perú, Uruguay y Argentina principalmente. Y fue en este contexto de contactos ininterrumpidos a lo largo ya de dos décadas como se planteó la necesidad de trabajar de manera transversal entre ambos continentes. De esta voluntad surgieron dos líneas de investigación, centradas ambas por el momento en los ámbitos de la historical archaeology. La primera[3] nació como respuesta a una constatación: era preciso salir del bucle en el que corría el riesgo de quedar atrapada la Arqueología de la Arquitectura europea. Al ocuparse predominantemente de la arquitectura con fuerte visibilidad estratigráfica (arquitecturas "desnudas") pertenecientes, además, a contextos históricos fundamentalmente medievales (tanto cristianos como islámicos), estaba dejando fuera gran parte de la arquitectura enlucida ("revestida") de épocas moderna y contemporánea, un error estratégico para una disciplina que debería tener una vocación más atemporal y holística. Podría decirse que la Arqueología de la Arquitectura europea ha creado un no man's land, un territorio de nadie en el que se corre el riesgo de dejar abandonadas ‒sin merecer atención suficiente‒ las arquitecturas "revestidas" perteneciente a estas centurias más recientes. El intercambio de experiencias entre ambos continentes está generando un contexto de generación de conocimiento sumamente interesante. La segunda línea de investigación[4] amplía el contexto de aplicación a las ciudades, ese escenario apabullantemente mayoritario en el futuro inmediato. Se parte de la idea de que las ciudades son el producto del diálogo entre los fijos y los flujos, las cosas que permanecen en el espacio y las dinámicas que los transforman. Bajo la realidad de lo que vemos existen, por tanto, estructuras ocultas, patrones de comportamiento subyacentes que condicionan la forma y el modo de ser de esa realidad, un encuentro o desencuentro permanente entre el "urbanismo planificado" y el "urbanismo espontáneo" (García-Gómez 2009). Reflexionar sobre el fenómeno urbano, comprometerse con su desarrollo sostenible, con las memorias de la gente y las identidades a escala barrial es extremadamente urgente. Más aún en unos tiempos en los que el espacio urbano se ha convertido en mercancía y en los que son cada vez más frecuentes los casos escandalosos de destrucción de la memoria por parte de un capitalismo inmobiliario sin complejos (Azkarate y Azpeitia 2016). Estas dos líneas se irán desarrollando por investigadores de distintas universidades de ambos lados del Atlántico. Aprovechamos esta oportunidad para extender la invitación a cuantos tuvieran interés en compartir experiencias y conocimientos.
La Arqueología de la Arquitectura a revisión[*] La idea de lo que es y caracteriza la Arqueología de la Arquitectura puede variar sensiblemente de unos países a otros en función de sus respectivas tradiciones historiográficas. Está por hacer un estudio de conjunto de los diversos enfoques y metodologías sobre las construcciones y los entornos construidos, una realidad material que contiene múltiples dimensiones y que puede ser observada desde las más variadas escalas, temporales, espaciales y conceptuales. Con esta breve aportación se quiere ofrecer una primera síntesis de este complicado rompecabezas, pensando sobre todo en quienes quieren introducirse en la materia. Se reivindica una Arqueología de la Arquitectura abierta, plural, responsable y comprometida. Son muchos los autores que han reflexionado sobre la importancia del binomio espacio-tiempo en su relación con los objetos elaborados por el ser humano. The Shape of Time de Georges Kluber constituyó, en fecha temprana, una propuesta atrevida y avanzada sobre el flujo tanto del tiempo como del espacio en una secuencia ininterrumpida de cambios continuos (Kluber 1962): todo un reto al pensamiento estático que había construido la historia del arte basada en la prevalencia de los estilos. De manera similar se expresaría también Elliott Jaque en The Form of Time dos décadas después. Según este autor, de la misma manera que el tiempo era la concepción formulada de la transformación de los objetos que continúan existiendo en diferentes puntos, el espacio sería también la concepción formulada de la experiencia de la extensión que ciertos objetos tienen en el mismo momento (de manera simultánea), así como de su localización en el mismo momento en relación unos con otros (Jaque 1984: 68). Ambos tratan de expresar cómo el tiempo se configura o adquiere forma (The Shape/The Form of Time) a través de los espacios construidos, porque "en ausencia de manifestaciones fenoménicas del tiempo, este ha de representarse en términos de espacio" (Castillo Sánchez 2017). El propio Heidegger, en su afamada conferencia de 1951 ‒Construir Habitar Pensar (Bauen Wohnen Denken)‒ había defendido la naturaleza espacial de la propia existencia, enfatizando la importancia de los espacios construidos, capaces de determinar para el ser humano "el carácter de su viaje a través del tiempo" (Heidegger 2015 [1951]). La historia de los espacios construidos acaba convirtiéndose, de esta manera, en una "topografía de las complejas constelaciones cotidianas" (Teyssot 1996) que se tejen en las relaciones sociales (Azkarate y Solaun 2012: 104; Azkarate 2013: 286). Es en este contexto en el que comprendemos mejor cómo la arquitectura, como portadora de heterogéneos significados "no-verbales" (Rapoport 1982), puede y debe ser "leída" desde perspectivas múltiples (Azkarate 2013: 286). Es inevitable, en consecuencia, que los testimonios arquitectónicos hayan constituido un irresistible foco de atracción para las más diversas disciplinas científicas y que las aproximaciones teóricas efectuadas sean de una riqueza y de una variedad extraordinarias. Estamos, en definitiva, ante una realidad material que contiene múltiples dimensiones, que puede ser observada desde las más variadas escalas, temporales y espaciales –"desde la Mobil Home de cazadores recolectores al Cityscape y el Landscape" (Steadman 2015)– y que acostumbra a ser analizado desde las más variadas perspectivas teóricas y conceptuales (Buchli 2013; Beaudry 2015; Steadman 2015). Ello explica la infinidad de miradas y aproximaciones diversas que existen en torno al binomio arqueología-arquitectura y el crecimiento imparable de una producción bibliográfica que resulta cada vez más difícil de seguir y de sintetizar. La situación se complica aún más al observar que, bajo el paraguas de una misma denominación, conviven tradiciones muy distintas que con frecuencia trabajan en paralelo, ignorándose mutuamente. Veamos un ejemplo significativo de mano de una de las investigadoras más prolíficas en esta cuestión: Puede apreciarse, y ello no deja de ser llamativo, que por las mismas fechas en las que Tiziano Mannoni acuñaba en italiano el concepto de archeologia dell'architettura (Mannoni 1990a, 1990b, 1996)[2] para referirse a un campo de la arqueología caracterizada sobre todo por la aplicación de criterios estratigráficos y cronotipológicos al estudio de los edificios históricos, edificios en pie y en uso la mayoría de ellos, Sharon R. Steadman utilizara en inglés el mismo concepto de archaeology of architecture para aludir en este caso a la arqueología de los entornos domésticos y al análisis de los patrones espaciales de los restos arquitectónicos (Steadman 1996: 51), mayormente en ruina o bajo cota 0. La misma denominación para dos realidades geográfica, temática, material y metodológicamente muy alejadas entre sí[3]. Los problemas no acaban ahí. Todavía hay arqueólogos que consideran que el estudio de los edificios históricos es algo ajeno a su disciplina y propio, más bien, de historiadores del arte o de la arquitectura, de geógrafos, etnógrafos o historiadores y preservacionistas locales (Hicks y Horning 2006; Reynolds 2009; Wood 2015). Pero los hay también quienes creen que trabajar en arqueología de la arquitectura se reduce a hacer lecturas estratigráficas de los muros de los edificios históricos. Lamentablemente, actitudes reduccionistas como estas son muy habituales en la bibliografía. Este texto quiere reivindicar la necesidad de ampliar nuestra mirada para reclamar una observación más global e integradora para el campo de la Arqueología de la Arquitectura, concebida como el estudio arqueológico de los entornos construidos. Con esta breve aportación lo que queremos es ofrecer una síntesis de este complicado rompecabezas, pensando sobre todo en quienes quieren introducirse en la materia. Probablemente donde el binomio arqueología-arquitectura ha generado una mayor riqueza teórica e interpretativa y una mayor producción bibliográfica no ha sido, como pudiera creerse en algunos círculos europeos, en el ámbito de los estudios estratigráficos de arquitecturas históricas más o menos monumentales, sino en el contexto de los entornos domésticos. La arqueología de la domesticidad ha ido creciendo imparablemente desde la década los 70 y será a ella a la que dediquemos este primer capítulo, por ser generalmente menos atendida en las síntesis europeas sobre Arqueología de la Arquitectura. Sus orígenes se remontan a las décadas de los 60 y 70 cuando, en el contexto teórico procesual de entonces, la Settlement Archaeology (Chang 1968; Clarke 1977), los arqueólogos comenzaron a centrar su atención en el estudio de los espacios domésticos, concebidos como escenarios de actividades que, en su diversidad, eran susceptibles de reflejar los comportamientos sociales de sus habitantes. En este primer marco interpretativo, de enfoque funcionalista y adaptativo, los cambios observados en el patrón arqueológico se explicaban en referencia a influencias sociales o ambientales de carácter externo (King 2006). Estos enfoques se ejemplificaron colectivamente con el volumen editado por Flannery (1976) sobre los orígenes de la vida en las aldeas y los hogares del Periodo Formativo en el Valle de Oaxaca. En esta obra se trató de analizar la estructura de la casa, las áreas de actividad especializadas y específicas de género, y el intercambio a escala local y regional, tratando de demostrar que todo ello pudiera servir de enlace entra las teorías del cambio social y la cultura material. Lejos, sin embargo, de mostrarse como realidades estandarizadas y estáticas, los estudios de los entornos domésticos –tanto los efectuados en la arqueología prehistórica como en la Historical Archaeology‒[4] se mostraron siempre con una gran variación intercultural y una enorme diversidad significativa, tanto espacial como temporal (Nash 2009; Parker y Foster 2012; Douglass y Gonlin 2012; Steadman 2015). La diversificación de los modelos interpretativos iba a ser, por tanto, inevitable. Ya para finales de los 70, el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss y los desarrollos lingüísticos de Noam Chomsky habían comenzado a dejar una impronta significativa en obras tan influyentes como las del folklorista Henry Glassie (1975) o James Deetz (1977), uno de los padres de la arqueología histórica norteamericana. Glassie tiene una especial significación por ser uno de los primeros investigadores que se ocupó del análisis de la arquitectura de épocas más recientes (periodo colonial) y su trabajo permitió establecer lo que más tarde se describiría como el orden y la cosmovisión georgianos dentro de las formas arquitectónicas[5] (King 2006; Buchli 2013). También dentro de esta misma década dará a conocer Michel Foucault una obra de profunda influencia en muchos ámbitos –y también en el de la Arqueología de la Arquitectura‒ y en la que el filósofo francés proyectaba su mirada sobre la arquitectura contemplándola como un espacio coercitivo al servicio del poder (Foucault 1984). A caballo entre los 70 y los 80 se van a generar, procedentes de distintas disciplinas, importantes trabajos de carácter seminal y de profundas resonancias para quienes ‒desde las perspectivas más dispares‒ tuvieran interés en investigar en el ámbito del trinomio arqueología-arquitectura-antropología. Podríamos citar la aportación de Amos Rapaport (1969, 1982), con sus estudios sobre la conexión entre la cultura humana y los lugares y la interacción mutua de las personas y su entorno construido (The Meaning of the Built Environment, 1982); la decisiva contribución de Claude Lévi-Strauss, con su propuesta sobre "le system à maison" o "société à maisons" (Lévi-Strauss 1975); o las insustituibles contribuciones de Bill Hillier y Julienne Hanson (1984) sobre syntax space –herederas de las tempranas aportaciones procedentes de la antropología (Hall 1974)‒ que ofrecieron un elenco de valiosas herramientas de análisis con sus mapas de convergencia, sus gráficas de accesibilidad (gamma analysis), sus gráficas de visibilidad, etc.[6] Pronto se cumplirán cuatro décadas desde que Richard Wilk y William Rathje (1982) acuñaran el concepto de household archaeology, enfatizando la importancia de los "hogares" como elementos esenciales en la reconstrucción de las sociedades pasadas. Estos hogares o unidades domésticas fueron vistos como un nivel esencial de investigación para poder avanzar desde las grandes teorías de cambio cultural, capturando rápidamente el interés de los arqueólogos, transformándose en uno de los principales escenarios de debate, especialmente en la arqueología prehistórica (Steadman 2015: 14-15). Sin embargo, Wilk y Rathje advertían también que, lejos de ser agentes estandarizados y estáticos, estas unidades domésticas eran dinámicas en sus aspectos tanto formales, funcionales como conductuales, variando de un lugar a otro y de uno a otro periodo (Wilk y Rathje 1982: 621) No es de extrañar, en consecuencia, que a lo largo de la década de los 80 se fueron multiplicando los enfoques teóricos. El tema es muy complejo, hasta el punto de que entender la relación entre "casa" (house) como estructura física y "hogar" (household) como unidad social sigue siendo uno de los objetivos y desafíos fundamentales de la arqueología doméstica en cualquier ubicación geográfica y en cualquier periodo de tiempo (Gray 2014). Ha habido, de hecho, una archaeology of houses, ámbito que siempre interesó en el ámbito de la arqueología histórica y una household archaeology, más americana ‒mesoamericana en origen‒ (King 2006; Nash 2009) que, pese al escepticismo crítico de algunos (Parker y Foster 2012), se ha extendido a todo el mundo[7], convertida en soporte fundamental de las investigaciones arqueológicas sobre los espacios construidos (Steadman 2015). La década de los 90 y especialmente los dos primeros decenios del nuevo siglo han traído nuevas propuestas que insistirán en la necesidad de contemplar la arquitectura y los espacios construidos no solo como portadores sino como generadores también de significados, permitiéndonos el acceso a dimensiones tanto simbólicas como sociales. Ya nos hemos referido antes a la inspiración posestructuralista en la obra de Matthew Johnson (1993). Este cambio del tradicional punto de vista de la unidad doméstica como unidad productiva a un nuevo enfoque que la contempla como un complejo sistema de relaciones cambiantes, lugares de negociación continua y de construcción de sentido, ha potenciado la aparición de nuevas miradas de una fecundidad extraordinaria, tan variadas y numerosas que no caben en esta breve aportación. La arqueología doméstica configura en la actualidad una potente plataforma para el análisis de la desigualdad. Resultaba desconcertante, por ejemplo, el "silencio ensordecedor" (King 2006: 303) que durante mucho tiempo ha existido en la investigación sobre el papel de las mujeres, la división sexual del trabajo y de los espacios y, en definitiva, las perspectivas de género en las investigaciones sobre las actividades domésticas. Otro tanto cabe decir de las diferencias étnicas y de clase, no siempre aparentes en los patrones de cultura material y presentes, sin embargo, de maneras sutiles y sorprendentes. De gran interés resultan finalmente las aportaciones desde la "etnografía arqueológica", o simplemente desde la "arqueología" como prefiere González-Ruibal (2017: 270). Una arqueología capaz de "transferir el modo en el que los arqueólogos median con la materialidad cotidiana de mundos pasados a los contextos presentes" (ibidem: 278) y practicar, en consecuencia, una arqueología auténticamente contemporánea. El análisis arqueológico de la domesticidad –en sus múltiples variables‒ está permitiendo el abordaje de planteamientos comprometidos e innovadores (Haber 2011; Alonso-González y González-Álvarez 2016; González-Álvarez y Alonso-González 2019a, 2019b). Tras la lectura del capítulo precedente queda claro que la Arqueología de la Arquitectura ni comienza ni termina con la lettura stratigrafica dei paramenti. Ha habido cierto "adanismo" en la historiografía europea a este respecto, especialmente en la hispanoitaliana, que no siempre ha tomado en consideración otras experiencias ni otros horizontes que no fueran los propios. Aunque parezca paradójico dada su trayectoria, la archeologia dell'architettura italiana nació al calor de las intervenciones arqueológicas de subsuelo. E. C. Harris (1979) había sugerido, aunque no desarrollado, la posibilidad de que sus secuencias estratigráficas pudieran aplicarse a edificios sobre cota 0, pero hacía falta quien protagonizara la "transición" desde una arqueología acostumbrada a mirar solamente al suelo a otra que levantara la mirada para prestar atención a los edificios en pie y en uso[8]. Había que verificar si ciertos instrumentos cognoscitivos que ya funcionaban en la arqueología del subsuelo, podrían funcionar también en las investigaciones sobre cota 0. Las primeras comprobaciones se realizaron en el complejo de San Silvestro, en lo alto de la Collina de Génova (Tagliabue 1993; Gelichi 1997), en una investigación que fue pionera en Italia y en Europa y en la que "los excavadores italianos tuvieron la intuición de extender sus lecturas estratigráficas más arriba del nivel de pavimentación" (Quirós 2006). La vocación medievalística de los primeros seguidores de esta nueva "mentalitá stratigrafica" (Doglioni 1997: 275-286, 2008) y el compromiso de muchos de ellos con la conservación del gran patrimonio de época medieval presente todavía en Europa (Italia y España como paradigmas) generó un subcampo de la arqueología (Archeologia della'Architettura/Arqueología de la Arquitectura) con personalidad propia y gran capacidad de innovación, considerada justamente como una de las aportaciones más originales que ha producido la arqueología mediterránea de las sociedades históricas en los últimos decenios (Quirós 2016). ¿Dónde radica su originalidad respecto a las tradiciones precedentes? Fue Tiziano Mannoni quien lo explicó con más claridad: Es evidente que si existe una 'historia de la arquitectura' basada en los estilos y cánones estéticos..., debe existir también una 'arqueología de la arquitectura' basada en sus caracteres constructivos y en las transformaciones de los edificios, es decir, en el análisis objetivo de los mismos artefactos (Mannoni 1996: 5)[9]. Analizar y comprender la compleja evolución diacrónica de los edificios –y sus diversos avatares históricos‒ será, por lo tanto, una de las claves distintivas de esta propuesta metodológica. En adelante, los edificios históricos no deberían ser vistos nunca más como modelos congelados en el tiempo, tal y como la historia del arte y de la arquitectura enseñaron durante decenios. Y no solo la historia del arte y de la arquitectura. La arqueología tampoco está libre de culpa. Como ha señalado Yanis Hamilakis, los arqueólogos han acostumbrado tradicionalmente a fijar la datación de los materiales en un momento específico del pasado "a menudo priorizando su producción inicial y génesis, a expensas de todos los demás momentos de su vida [...]. La arqueología, como práctica mnemónica, ha escogido recordar selectivamente" (la cursiva es nuestra), de modo que otros momentos anteriores o posteriores en la vida de un edificio "son deliberadamente olvidados" (Hamilakis 2015a: 153). Todo ello no ocurre por casualidad, sino por la suma de intereses diversos. Aquellos de carácter nacional son los más obvios (aunque no los únicos): se recuerda selectivamente porque las naciones –como "comunidades imaginadas" en expresión de Benedict Anderson‒ necesitan priorizar momentos, objetos, fechas o eventos sobre los que construir su pasado imaginario. Pero, y en este punto coincidimos con Hamilakis, las memorias materiales no son fáciles de eliminar por sus propias cualidades durativas, lo que las convierte en materiales "multitemporales" (Hamilakis y Labanyi 2008; Hamilakis 2015a, 2015b). ¿Cómo atreverse –advertíamos hace prácticamente dos décadas‒ a elegir un retazo del pasado y prescindir de otro? El restaurador (como agente individual) no es un demiurgo, ni posee las virtudes del oráculo de Delfos para interpretar qué debe o no ser recordado, qué espera o no la colectividad que se recuerde y, en consecuencia, se reproduzca y perpetúe selectivamente en el futuro. De ahí la necesidad de la interdisciplinariedad, de la toma de decisiones democrática. Y de ahí, sobre todo, la necesidad de asumir unas rutinas de control que regulen y programen los esfuerzos necesarios para contemplar, de manera integral, todas las dimensiones relevantes del patrimonio edificado (Azkarate 2002: 59). Consecuentemente, los edificios y los espacios construidos deberán ser contemplados como el resultado último de un complejo desarrollo histórico que los acabará convirtiendo en objetos "pluriestratificados y pluritipologizados" (Caballero 2009). G. P. Brogiolo, reflexionando sobre esta cuestión, preferirá enfatizar en la naturaleza dinámica de la arquitectura, susceptible de conocer hasta cinco estadios diferentes: el del momento de su construcción; el de sus posibles transformaciones por necesidades funcionales o por los efectos de agentes naturales; el de su abandono y degradación progresiva; el de su colapso; y, finalmente, el de su conversión en un depósito arqueológico enterrado[10]. "Estos cinco estadios sólo podrán ser correctamente comprendidos [en opinión del autor italiano] mediante un proceso cognitivo basado en el análisis estratigráfico" (Brogiolo 2010). Y ello es así, tal y como apuntábamos hace ya un decenio, porque la materialización del tiempo en un mismo espacio únicamente es posible mediante la superposición estratigráfica de los retazos de pasado que lograron sobrevivir, retazos de memoria que sólo pueden ser reordenados diacrónicamente mediante el análisis de sus relaciones de anteroposterioridad y no a través de analogismos formales o del estudio de los estilos (Azkarate 2010: 54). Es obligado reconocer la labor de quienes fueron los primeros alfabetizadores de la escritura estratigráfica aplicada al patrimonio edificado, tanto en Italia (Francovich y Parenti 1988; Brogiolo y Cagnana 2012) como en España (Caballero 1995, Gracias a sus aportaciones y a las de otros muchos hay un protocolo de análisis mínimamente consensuado, aunque no hay que ocultar que existan las inevitables diferencias –más de forma que de fondo‒ entre diversas escuelas y países. El análisis estratigráfico de los edificios históricos constituye un proceso bien definido, pero no es el objeto de este artículo referirnos a cuestiones metodológicas que son abordadas en otra aportación de este mismo monográfico. Nos limitaremos a presentar el cuadro-resumen que a este respecto se elaboró en la experiencia de la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz (Fig. 1). Proceso de trabajo en el análisis estratigráfico. LA DIFUSIÓN DE LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA EN EUROPA La historiografía de la Arqueología de la Arquitectura en España, de hondas resonancias italianas, ha sido objeto de atención en diversos trabajos, algunos de ellos muy pormenorizados, por lo que no abundaremos en ello (Caballero y Fernández Mier 1997; Azkarate 2001, 2013, Como ya apuntábamos en otro lugar, las experiencias más madrugadoras de metodología estratigráfica aplicada a la arquitectura se llevaron a cabo en el campo de la conservación y restauración del patrimonio edificado (López Mullor 2002), ejecutándose en algún caso proyectos de gran envergadura que se convirtieron pronto en modelos de intervención en contextos de aplicación muy complejos (para la ciudad de Vitoria, Azkarate et al. 2001; para la ciudad de Sevilla, Tabales 2008). No menos importante ha sido el desarrollo de importantes líneas de investigación histórica, fundamentalmente en torno a la arquitectura medieval, tanto cristiana como islámica (Caballero y Mateos 2000; Sanjurgo-Sánchez et al. 2019), alcanzándose en este ámbito un notable grado de excelencia. En las regiones francófonas europeas, l'Archéologie du bâti o Archéologie des élévations fue desarrollándose, al igual que en el resto de los países europeos, en los años 80. En Francia el estudio de la arquitectura histórica acumulaba una sólida tradición (Bessac 1986) que descansaba no tanto sobre el análisis estratigráfico de sus fábricas, sino sobre el estudio de las técnicas constructivas, las investigaciones estructurales, los análisis seriados o los análisis morfoespaciales (Derieux 2004; Parron-Kontis y Reveyron 2005; Reveyron 2011; Bolle et al. 2014). No es una sorpresa, por tanto, que sea precisamente desde Francia, desde donde se esté impulsando l'archéologie de la construction (Camporeale et al. 2008; Pizzo 2009), concebida por alguno de sus promotores como "una fórmula complementaria que se integra en el cuadro general de la arqueología de la arquitectura" (Pizzo 2009: 35), pero reivindicada por otros no como una "simple coquetterie verbale" sino como una nueva y necesaria orientación disciplinar (Dessales 2017: 77). En las regiones europeas de habla alemana, los términos Baurforschung (el propio método científico) y Bauforscher (el experto en arquitecturas arqueológicas) nacen en el ámbito de los importantes estudios que realizan los alemanes en contextos arqueológicos del Mediterráneo Clásico y Oriente Próximo desde fines del siglo XIX (Schmidt 2002; Schuller 2002a, La base del método de trabajo es la documentación y registro exactos y precisos del edificio o conjunto de edificios a estudiar, de forma que, a partir de dicha documentación, puedan ser interpretados científicamente. Dada la precisión exigida, es un trabajo que ha de ser ejecutado por un Bauforscher, con formación generalmente de arquitecto, familiarizado con la arquitectura histórica y con experiencia en yacimientos arqueológicos (Schuller 2002a: 7). Aunque la metodología estratigráfica de los países mediterráneos está probablemente menos valorada, ello no es obstáculo para que los resultados ‒desarrollados en un contexto interdisciplinar‒ alcancen normalmente un alto grado de precisión y calidad. Terminaremos este capítulo con una inevitable referencia a Gran Bretaña, pionera en cuestiones de estratigrafía arqueológica pero que, sorprendentemente, no lideró de igual manera el análisis estratigráfico sobre cota 0. En opinión de algunos autores, las excavaciones urbanas de la posguerra habían creado un excelente caldo de cultivo para el desarrollo de la arqueología estratigráfica. Pero la traslación de esta metodología a la arqueología sobre cota 0 fue más lenta debido probablemente al peso de tradiciones locales muy consolidadas en el registro y preservación tanto de la arqueología vernacular (Pearson y Meeson 2001) como de la arqueología industrial (Martin 2009), ambas dominadas por enfoques de carácter tipológico (Hicks y Horning 2006; Reynolds 2009; Giles 2014; Wood 2015). No será hasta 1993 cuando se introduzca el término building archaeology con motivo de la conferencia del Building Special Interest Group, dentro del Institute of Field Archaeologist (Morris 2000). Tampoco se libró Gran Bretaña de cierta resistencia a aceptar la aplicación de los principios estratigráficos al estudio de la arquitectura. La actitud de ciertos sectores discutiendo esta posibilidad (Morris 2000) parece estar retrocediendo en la actualidad, gracias a las convincentes experiencias acreditadas por algunos arqueólogos (Giles 2014: 1039). Resulta difícil encarar ninguna reflexión sobre el futuro de la Arqueología de la Arquitectura sin tocar previamente el tema quizá más recurrente de los últimos años en nuestra disciplina, que no es otro que el futuro de la propia arqueología en general. La preocupación viene de antiguo. Arqueólogas y arqueólogos han visto negros nubarrones sobre su futuro prácticamente desde siempre. Hace 50 años había ya quienes, reflexionando sobre la naturaleza de la propia disciplina, concluían su trabajo advirtiendo que, a menos que se encontrasen nuevas formas de convertir la arqueología en algo relevante para la sociedad, esta seguiría adelante sin necesidad de arqueólogo alguno (Fritz y Plog 1970: 412). Curiosamente esta diagnosis viene siendo replicada, casi en sus mismos términos, medio siglo después. "La arqueología actual –apuntaba un conocido profesor español‒ no parece relevante en la mayor parte de las sociedades contemporáneas. Hay demasiados indicadores que apuntan [...] a una ausencia de necesidad social de la Arqueología" (Ruiz Zapatero 2014: 297). El denominador común en este tipo de diagnósticos es una insatisfacción muy extendida que conduce a formulaciones concluyentes sobre la necesidad de asumir un "cambio radical de paradigma" (Walid y Pulido 2014: 330), de practicar "una arqueología diferente" (Almansa 2014: 325) y de efectuar una "reformulación" (Sánchez 2014: 14; Querol, en prensa) o una "reconfiguración" (Hamilakis 2015b: 34) del propio concepto de arqueología, porque "tal y como la hemos comprendido hasta la fecha no se puede mantener" (Criado 2012: 114). Por tanto, quizá llegó el momento ‒se ha dicho recientemente‒ en el que "debería precipitarse el colapso arqueológico y crear de esas cenizas una nueva disciplina, una nueva forma de ver el pasado desde el presente" (Lendoño 2019: 126). Hemos vivido en persona esta misma insatisfacción y hace años que dejamos de sentirnos arqueólogos pese a los títulos o cargos académicos. Acabaron aburriéndonos los interminables debates de finales de la pasada centuria ‒entre arquitectos y arqueólogos, sobre todo‒ cuando, en un contexto neoliberal muy jerarquizado y corporativista (que, por supuesto, sigue más que vivo), nos sentíamos obligados a reivindicar en los diversos foros "la mirada interdisciplinar o mejor aún transdisciplinar, una mirada que no fuera utilitarista, tecnocrática, unidireccional, sino transfronteriza, respetuosa, mestiza, dialogante y democrática" (Azkarate 2004: 44). No creemos que aquellos esfuerzos sirvieran de mucho. Acabamos cansados, aunque convencidos de que la verdadera clave estaba en el hacer y no en el decir, en la intervención y no en la representación, porque, como dijo Hacking "discourse does not do the work" (1998: 86) y porque, como aprendimos por experiencia propia, es relativamente fácil decir cómo se hace una cosa, lo verdaderamente complicado es hacerla. Hay demasiado discurso en la Academia. Esto no quiere decir que estemos en contra de las propuestas renovadoras que están surgiendo en los últimos años. Desde diversos foros se viene poniendo en relieve la curiosa paradoja de que mientras la arqueología ha sido durante mucho tiempo fuente de metáforas y de inspiración para otros ámbitos del conocimiento, los arqueólogos han estado más interesados en tomar prestadas teorías de otros campos disciplinares. Según este punto de vista, ello habría distraído la verdadera naturaleza de nuestra disciplina, desmaterializándola de alguna manera y llevándola a una situación de subordinación respecto de otras. Para revertir esta situación y lograr que la arqueología volviera a ser relevante ‒y seguimos en este punto el pensamiento de González-Ruibal (2013)‒ sería necesario retornar a lo que es esencialmente arqueológico, rematerializar los tropos propios, revalorizándolos y reinventándolos si fuera preciso. De ser una disciplina acostumbrada a trabajar con el pensamiento teórico de otros campos, debería comenzar a mirarse en su propio interior asumiendo que la fuerza heurística de la arqueología reside en su relación con el material en el que se ha registrado el pasado (Moro 2007; Edgeworth 2012, De la lectura de estas propuestas puede comprobarse cómo todavía subyace, poderoso, el tropo por excelencia de la arqueología, que no es otro que la excavación, la arqueología bajo cota 0. No es que estemos particularmente en contra de ello. Recientemente (Azkarate y Solaun 2020) reivindicábamos la excavación arqueológica como un espacio insustituible para la producción y transformación del conocimiento, como ese lugar de fluidez, proceso, cambio y contingencia (Edgeworth 2012; Lucas 2012: 166; Jones y Alberti 2017) al que deberíamos prestar la máxima atención. Junto con la excavación, cobra también relevancia la investigación en superficie –una especie de excavación metafórica (González-Ruibal 2013)‒ potenciada por la importancia que la arqueología del paisaje ha ido adquiriendo desde finales del pasado siglo (Criado 1999), hasta el punto de creer que "la perspectiva paisajista en Arqueología se ha convertido, de manera involuntaria [...] en el mejor ejemplo arqueológico de construcción del conocimiento del pasado" estimulando la comprensión multidimensional de dicho fenómeno (Sánchez Yustos 2014: 14). Los ámbitos de "la construcción" y de lo "construido", sin embargo, no están recibiendo la atención que creemos merecen. Y ello no deja de ser paradójico, puesto que si en algún ámbito la agencia de la cultura material puede mostrar su verdadero potencial es precisamente en el del entorno construido (González-Ruibal 2012). Sin embargo, tenemos la sensación de que la arquitectura –especialmente la que está todavía en pie y en uso‒ corre el riesgo de quedar injustamente relegada. Las causas son diversas: existen arqueólogos que, como decíamos al inicio de este artículo, siguen creyendo que el estudio de los edificios históricos es algo ajeno a su disciplina. Aunque sospechamos (Azkarate 2013; Azkarate et al. 2018) que algo tendrá que ver el hecho de que desde la propia Arqueología de la Arquitectura se hayan potenciado algunas tendencias autolimitantes, al marcar un perfil excesivamente específico en lo temático y en lo metodológico. Nos estamos refiriendo, por una parte, a la preferencia instrumental por el análisis estratigráfico de paramentos ‒en forma casi de monocultivo‒ y, por otra, a la marcada predilección de muchos especialistas por la arquitectura de la Edad Media, un error estratégico para una disciplina que nació con una vocación más atemporal y holística, y que debería seguir la estela de la Archeologia Globale que marcó en su día el maestro Tiziano Mannoni (1994). Las posibilidades heurísticas que ofrece la Arqueología de la Arquitectura concebida como el estudio arqueológico de los entornos construidos, sean a la escala que fueren[11], son enormes e impensables hace no mucho tiempo, tanto en el ámbito rural como en el urbano. Tal y como hemos visto de manera resumida en el capítulo dedicado a la Household Archaeology, los primeros estudios de entre finales del pasado siglo y la centuria actual marcaron el inicio de una línea de trabajo sobre las casas y los entornos domésticos, de recio abolengo en los estudios etnoarqueológicos de corte funcionalista y procesual. Contestados en los 80 y 90 por distintas alternativas interpretativas, las propuestas teóricas fueron multiplicándose hasta transformar la arqueología de la domesticidad en uno de los campos más creativos de la arqueología en general. Finalizábamos aquel capítulo haciendo referencia al abordaje de planteamientos comprometidos e innovadores que, de forma reciente en España y con más solera en Latinoamérica (Funari y Zarankin 2003; Haber 2011), están abriendo un campo enormemente esperanzador para la arqueología. Algunas de estas investigaciones ‒transitando de la "etnoarqueología" a la "arqueología contemporánea" (González-Ruibal 2008)‒, vienen desarrollando enfoques interdisciplinarios críticos y extremadamente sugerentes para el entorno construido contemporáneo en las comunidades rurales, analizando las diferentes articulaciones de identidades pre y posindustriales en un contexto de cambio global extremadamente complejo y diversificado (Alonso-González y Fernández-Fernández 2013; Alonso-González y González-Álvarez 2016; González-Álvarez y Alonso-González 2019a, 2019b). Terminaremos haciendo referencia al ámbito urbano por ser el contexto que mejor conocemos. Hace ya años que N. Smith había alertado sobre la emergencia de un nuevo urbanismo que se está redefiniendo de una forma dramática y en el que los viejos contenedores conceptuales hacen aguas por todas partes (Smith 2001: 25). Los paisajes urbanos nacidos en el contexto del nuevo globalismo están necesitados de nuevas herramientas de análisis e interpretación que coadyuven a una mejor legibilidad e identificación de los vertiginosos modos de estructuración de los mismos. ¿Está la arqueología preparada para hacer frente a estos desafíos? Aún a riesgo de equivocarnos, nos atreveríamos a decir que no, que la arqueología que se practica en muchas de nuestras ciudades contemporáneas sigue respondiendo a otras épocas con otros valores posiblemente ya periclitados. Los habituales debates sobre "excavar en las ciudades o historiar las ciudades" (Quirós 2005) tan importantes en otros tiempos, resultan insuficientes y han quedado obsoletos. En su obra Capitalism, Socialism and Democracy (1942), el austríaco Joseph Schumpeter hizo célebre la idea de que el proceso de Destrucción Creativa constituía el hecho esencial del capitalismo, pensamiento luego repetido y comentado hasta la saciedad. Han sido varios los autores que han utilizado este concepto en relación con la evolución de la ciudad contemporánea. En un mundo dominado por un capitalismo salvaje [...], lo que la aplicación de la máxima schumpeteriana significa es, simple y llanamente, la destrucción de un trozo de ciudad, de un 'capital fijo ya creado' para aprovechar las ventajas que la ciudad ya ofrece (infraestructuras y servicios) y colocar en el hueco provocado una 'nueva mercancía inmobiliaria' que multiplique abusivamente los beneficios sobre la inversión que la espuria remodelación urbana supone[12]. En la misma línea apuntará E. López-Morales al recordar que en contraste con otros sectores económicos más volátiles, el espacio urbano es una forma eficiente para fijar el capital, que permite a los procesos de acumulación trabajar dentro de ciertos niveles de estabilidad [...]. Ya sea como un commodity o un mecanismo de aseguramiento de la plusvalía, el espacio urbano es creado, transformado, destruido y expandido[13]. Ha habido quien, con razón, ha criticado la indiferencia de la arqueología ante el abandono y transformación de lo rural (Olivier 2013; Millán Pascual 2015). Pero siendo ello cierto, deberíamos decir también que la indolencia de muchos arqueólogos ante la destrucción sistemática del patrimonio edificado de nuestras ciudades contemporáneas, resulta aún más escandalosa. La clave de la transformación que se demanda está en la concepción de una arqueología comprometida no solo con la ciudad antigua, con la ciudad histórica, sino fundamentalmente con la ciudad contemporánea. Las identidades no siempre están en los arcanos de los tiempos. Las biografías y las identidades tienen frecuentemente escala barrial y se identifican con esquinas, con bulevares, con rincones, con esa red de recuerdos y emociones que demuelen y hacen desaparecer impunemente los promotores neoliberales[14]. Si quiere de verdad renovarse, la arqueología necesita ir mucho más allá de la explicación y gestión de los "sobrantes" generados por una sociedad en la que la presión por el cambio es el factor dominante (Azimzadeh y Bjur 2009). Pero ello supone aceptar una metanoia radical que demandará nuevos objetivos, nuevos partners, nuevas herramientas de trabajo, nuevas formas de comunicación y nuevos valores (Azkarate, en prensa).
La aplicación del método estratigráfico al estudio de la arquitectura está suponiendo, en no pocos casos, entrar en conflicto con las ideas tradicionales vigentes en cada caso. Santa Comba de Bande es un ejemplo de ello. La lectura acrítica de un documento procedente del cercano monasterio de Celanova sirvió en su momento para trazar un guión sobre el origen y evolución del templo que ha marcado profundamente los diferentes acercamientos al edifico a lo largo de más de un siglo de investigación. Los resultados del análisis de paramentos evidencian una serie de contradicciones entre la noticia textual y la realidad material que obligan a relativizar el valor del documento en cuestión como fuente de información fidedigna así como evidenciar los peligros que entraña, en la interpretación arqueológica, partir de ideas apriorísticas. UN GUIÓN DOCUMENTAL PARA UNA HISTORIA La historia constructiva de Santa Comba de Bande se ha explicado tradicionalmente gracias a la información ofrecida por un documento escrito. Según el atractivo guión de este texto, redactado en la primera mitad del siglo XVII y que recoge e interpreta diversas informaciones antiguas, la iglesia de Santa Comba es de origen visigodo, se abandona como consecuencia del «cataclismo» islámico y se repara por personajes relacionados con el poder asturiano dos centurias después. Este guión fue asumido sin fisuras por los estudiosos, haciendo de la iglesia un modelo de la edilicia visigoda definido por el aparejo de sillería, el abovedamiento completo, la planta cruciforme rodeada de habitaciones, la decoración escultórica y el arco de herradura en la entrada del ábside. Solamente la opinión de Puig (1961: 137) y Camón (1963: 214) se desmarcan de la teoría consensuada criticando el valor cronológico del documento escrito y situando la iglesia a finales del siglo IX y principios del X. Dentro de la teoría tradicional, cuando se hallaron contradicciones, se pretendieron explicar acomodándose a este guión. De esta manera, se intentó demostrar la reparación del edificio que citaba el documento apoyándose en los argumentos tipológicos que consideran las bóvedas de ladrillo y una pareja de los capiteles de la embocadura del ábside propios del siglo IX. Los dos últimos, con diferentes argumentos, encuentran la restauración del documento en la sustitución de un supuesto ábside anterior por el actual. EL EDIFICIO ORIGINAL: UNIDAD DE LOS ALZADOS Y PLANTA EN CRUZ EXENTA El análisis estratigráfico de la iglesia fue solicitado por los arquitectos, dada su importancia y singularidad, y motivado por la restauración de sus cubiertas. Una vez realizada la fotogrametría detallada del edificio, se procedió a la lectura de paramentos. Desde el punto de vista histórico, la principal pregunta a resolver era si había dos edificios altomedievales, como se ha justificado hasta ahora con la documentación escrita, o si había una única iglesia original. Etapa I. Iglesia original. La estratigrafía descubre que la fábrica original se conserva en gran parte desde los cimientos a las bóvedas y desde el ábside hasta el porche. No se reco- nocen soluciones de continuidad ni entre el ábside y el anteábside, ni entre los muros de sillería y las bóvedas de ladrillo (Fig. 1). Aunque posteriormente se acometió la reconstrucción de diferentes partes de los lienzos exteriores de los muros derruidos a causa del empuje de las bóvedas, como de las hojas exteriores de las naves del crucero y de la nave de los pies, y se realizaron varios añadidos, como las estancias en las esquinas entre las naves, todas estas actuaciones no afectaron sustancialmente al aspecto original de la iglesia. El uso ininterrumpido no alteró ni la planta ni el alzado de la construcción. La propuesta de dos iglesias altomedievales consecutivas, se ve además discutida por otros resultados importantes. La lectura demuestra que el ábside y el anteábside son coetáneos, como indican la unidad de aparejo, la ausencia de cortes y los enjarjes interiores de los muros mediante sillares doblados. Por otro lado, las habitaciones laterales delanteras parecen corresponder a un segundo momento, como demuestran los mechinales tallados irregular y posteriormente en el muro sur del anteábside y la ausencia de una cubierta abovedada, y el porche es de época original, coincidiendo los cimientos con los del actual, rehecho en un momento posterior. Obtendríamos así una planta cruciforme exenta con porche. Primera ruina y habitaciones delanteras. La ruina de la primera iglesia obliga a reconstruir el testero de la nave norte, hecho que facilita el enjarje de la habitación lateral delantera. La secuencia pudo ser similar en el lado sur. En este momento, tuvo lugar posiblemente la adición de las habitaciones traseras y la primera reconstrucción del porche. Por último, se abre un «altar nicho» en el muro oriental del crucero sur, análogo a las ventanas orientales del crucero. La ausencia de los enjarjes de la habitación delantera sur en la esquina correspondiente de la nave del crucero implica que los paramentos externos de ésta se reconstruyeron posteriormente a la construcción de la habitación. Lo mismo ocurrió posiblemente en el lado norte. Esta observación también significa una nueva ruina en el edificio, que posiblemente arrastró con ella las habitaciones. Entre otras reformas efectuadas en este momento, destacamos la instalación de un sobrado en la nave norte, lo que conllevó el cierre de la puerta oeste de la nave citada A finales de la Edad Media (Etapa IV), se colocó un coro alto a los pies, se elevó el suelo y se pintó de nuevo el interior del ábside. Etapa V. Época moderna. Como reza en una inscripción, en el siglo XVII se alzó la capilla funeraria suroccidental y se construyó, consecuentemente, una nueva portada para la iglesia. La sacristía noreste también se erigió en este momento, adosándose a los paramentos restaurados en etapas anteriores. La adición de la espadaña en el siglo XIX fuerza el corte del arco norte del porche y el adosamiento del contrafuerte de este lado para contrarresto de su peso. En el siglo XX se acometen diferentes obras. Como atestiguan las fotografías conservadas, la capilla trasera debió demolerse a comienzos del siglo XX. Ya en la década de los treinta, el arquitecto Alejandro Ferrant lleva a cabo la restauración de la iglesia, la más determinante hasta nuestros días. LA ARQUEOLOGÍA EXPLICA EL GUIÓN La iglesia original. La lectura estratigráfica explica el guión histórico de un modo muy diferente a la teoría que sigue al pie de la letra el documento escrito. La iglesia original de Bande describe una planta cruciforme y está integrada por una fábrica unitaria que incluye muros de sillería reutilizada y bóvedas de ladrillo (Fig. 2 y 3). Las destrucciones y restauraciones sucesivas han afectado a las hojas exteriores de los muros, pero no a las interiores, lo que ha permitido la conservación de las estructuras abovedadas. De igual manera, la escultura decorativa (impostas de las bóvedas, friso del ábside, capiteles del arco de entrada al presbiterio) fue puesta en obra al mismo tiempo. Toda ella, a excepción de dos capiteles romanos reutilizados, está hecha ex profeso para la iglesia. Litúrgicamente, los espacios se organizaban gracias a la presencia de un cancel en la embocadura del ábside pavimentado con opus signinum, el cual conserva las huellas del altar original, y una cortina que colgaba del arco oriental del crucero y que cerraba el anteábside con la ayuda de otro cancel. Tipológicamente, los paralelos decorativos y formales de Bande son altomedievales, en concreto asturianos y mozárabes: la imposta de granito sogueada, los dos capiteles de la embocadura del ábside y las bóvedas de ladrillo, las cuales encontramos también en las iglesias cercanas de Montelios y Celanova. Junto a las herramientas tradicionales, los análisis de termoluminiscencia de los ladrillos de las bóvedas datan el material en la segunda mitad del siglo VIII. Con ello se descarta el origen romano de los ladrillos, como se había propuesto tradicionalmente, pero la fecha resultante no se ajusta ni a la propuesta de una iglesia visigoda, ni al planteamiento de una iglesia de repoblación. Replanteamiento de la historia de Santa Comba. Los datos aportados por la lectura del documento material entran en contradicción con la explicación histórica generada por el documento escrito. A partir de aquí el texto deja de ser una referencia fiable para conocer el origen y evolución de la iglesia. No se puede basar la historia de Santa Comba en una información de la que no ha sido valorada ni su génesis ni su transmisión: un texto moderno elaborado para prestigiar el pasado de un monasterio en horas bajas (San Miguel de Celanova) en el que se recogen documentos posiblemente interpolados siglos atrás para dirimir disputas de propiedad sobre las posesiones adscritas a la iglesia. La valoración del documento escrito y de los caracteres formales, estructurales y decorativos de Bande acercan a la iglesia a una época posterior, cercana a la arquitectura asturiana del IX y descendiente del influjo oriental transmitido por el mundo omeya.
Del edificio al paisaje, una panorámica metodológica de la Arqueología de la Arquitectura en el banco de pruebas de Vitoria-Gasteiz (País Vasco) El presente artículo está pensado para ofrecer una panorámica general de diversas metodologías que, respetando la perspectiva estratigráfica inherente a la Arqueología de la Arquitectura, se han ensayado en las últimas dos décadas con el fin de ampliar el horizonte de aplicabilidad de la disciplina, desde el ámbito habitual de trabajo que es el edificio singular, para llegar al paisaje antropizado. Prácticamente todas las experiencias de las que se habla han sido desarrolladas por el Grupo de Investigación en Patrimonio Construido de la UPV/EHU en el ámbito territorial del municipio de Vitoria-Gasteiz. Han pasado ya prácticamente dos décadas desde la celebración del Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura en Vitoria-Gasteiz, dos décadas durante las que la disciplina no ha dejado de crecer y transformarse para convertirse en lo que es hoy, una especialidad plenamente integrada y reconocida en el amplio campo de las ciencias arqueológicas. Muchas cosas han cambiado desde entonces, otras sin embargo perviven prácticamente intactas ya desde el citado Seminario que podríamos considerar como el "acta fundacional" de la Arqueología de la Arquitectura española, aunque en realidad ya hacía unos cuantos años que venían dándose distintas experiencias por toda la península. Quisiéramos que dos de esas pervivencias sirvieran como punto de partida para el presente artículo. Hablamos en realidad de dos ideas ya recogidas en aquel documento que bajo el título "Arqueología de la Arquitectura: definición disciplinar y nuevas perspectivas" sirvió como editorial del primer número de la revista en que ahora mismo usted está leyendo estas líneas (Azkarate et al. 2002: 8). La primera de esas ideas reza del siguiente modo: Si algo caracteriza a la arqueología de la arquitectura, desde el punto de vista instrumental, es su carácter estratigráfico. Aquí nos encontramos, sin embargo, con un grave problema, si tenemos en cuenta que la alfabetización estratigráfica de la arqueología española no es todavía completa. Urge, en consecuencia, la adopción plena de la estratigrafía como columna vertebral de la disciplina y, en este sentido, debe hacerse un esfuerzo de normalización en el uso consensuado de nuestro utillaje metodológico. La segunda de esas ideas fue expresada del siguiente modo: Esta afirmación [la del carácter estratigráfico de la Arqueología de la Arquitectura], no debe ser vista sin embargo de forma excluyente. Otros instrumentos de carácter tipológico, formal, estructural, arqueométrico o el recurso a las fuentes escritas son absolutamente imprescindibles para lograr un afianzamiento más sólido de la historia constructiva de los edificios históricos. Pues bien, si hemos creído interesante comenzar estas líneas con esas dos referencias es porque pensamos que son definitorias de lo que la Arqueología de la Arquitectura sigue siendo en la actualidad, una disciplina que, sin perder esa referencia fundamental que es el análisis estratigráfico, sabe mostrarse flexible y abierta a otras aportaciones y perspectivas que contribuyan al estudio del fenómeno arquitectónico. La panorámica que vamos a ensayar en el presente artículo va a ser, necesariamente, solo un esbozo. Afortunadamente, la Arqueología de la Arquitectura se ha diversificado y enriquecido tanto, que un abordaje global de todas sus ramificaciones exigiría cuando menos una obra monográfica, y nuestra intención aquí no es tanto buscar la exhaustividad como trazar un recorrido que sirva a todos aquellos investigadores o investigadoras latinoamericanas que estén interesados por esta especialidad para hacerse una idea global de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde creemos estar yendo aquellos que ya llevamos un tiempo practicándola en Europa. Bajo una apariencia de retrospectiva, el discurso expositivo que vamos a adoptar en los siguientes epígrafes pretende hacer un sucinto, pero completo repaso, no tanto de todas las técnicas que hoy día se emplean en Arqueología de la Arquitectura, como de aquellos procedimientos metodológicos clave utilizados a la hora de abordar, no solo el estudio de los edificios históricos sino también el de los paisajes históricos. Asimismo, con objeto de trasladar al lector, no una descripción más o menos aproximada de cada uno de ellos, sino una visión más cercana y directa desde la experiencia de trabajo, hemos preferido adoptar una perspectiva en primera persona desde la óptica de algunos de los proyectos que hemos realizado a lo largo de estos años en el Grupo de Investigación en Patrimonio Construido (UPV/EHU), centrándonos especialmente en aquellas investigaciones realizadas en el ámbito de Vitoria (Fig. 1). Tres proyectos y tres posibles escalas de análisis estratigráfico: edificio individual, centro histórico y paisaje antropizado. Fuente: elaboración propia sobre modelo Google Earth. En definitiva, hemos articulado el presente trabajo en cuatro partes. Una primera en la que, más que nada para recalcar su importancia dentro de la disciplina, haremos un brevísimo recorrido por los orígenes de la arqueología estratigráfica hasta llegar a la Arqueología de la Arquitectura. Una segunda parte, en la que profundizaremos en la "lectura estratigráfica de alzados", que es la más conocida y empleada de todas las técnicas propias de nuestra especialidad. En tercer lugar, abriremos la panorámica, para hablar de otras técnicas estratigráficas que, partiendo de un análisis de carácter tipológico, permiten abordar realidades construidas que por su escala son sensiblemente más complejas de las asumibles con una lectura estratigráfica al uso. En un cuarto bloque, y partiendo de las bases puestas en el anterior apartado, trataremos finalmente algunas técnicas que nos permiten dar el salto de la lectura estratigráfica del edificio a la del paisaje construido. ORIGEN Y DIFUSIÓN DEL ANÁLISIS ESTRATIGRÁFICO APLICADO A EDIFICIOS Si bien en sus orígenes la primera arqueología nació principalmente interesada en el rescate y estudio de los artefactos depositados en el subsuelo, entrado el siglo XX ese interés fue desplazándose hacia el conocimiento del contexto estratigráfico en el que aquellos aparecían. Esto sucedió en buena medida porque los investigadores fueron dándose cuenta de que para proponer la datación de esos objetos arqueológicos que tanto les preocupaban, además del estudio tipológico, el conocimiento de la secuencia en que se habían depositado los estratos que los contenían, aportaba información preciosa de carácter cronológico que servía para mejorar las dataciones. El primer jalón de la arqueología estratigráfica hay que ubicarlo en el Reino Unido. Nombres importantes en su primer desarrollo son los de M. Wheeler y K. Kenyon, si bien aquellos que verdaderamente la consolidaron fueron sus herederos. Investigadores como M. Biddle y Ph. Barker, pero sobre todo E. C. Harris, que con su propuesta de los principios de estratigrafía arqueológica y la invención del diagrama estratigráfico (también conocido como Matrix Harris), puso las bases del paradigma de registro arqueológico vigente aún hoy día. Corren por entonces los años setenta (Harris 1979). Estas innovaciones gestadas en ámbito británico rápidamente empezaron a difundirse por toda Europa, siendo sin duda la arqueología italiana la que, de un modo más temprano y decidido adoptó las técnicas estratigráficas, destacando como uno de sus mayores defensores A. Carandini. No obstante, los precursores del salto de la arqueología estratigráfica del subsuelo al edificio fueron principalmente T. Mannoni, R. Parenti, R. Francovich o F. Doglioni, sin olvidar por supuesto a G. P. Brogiolo (1988) que fue quien escribió el primer manual de la disciplina bajo el título: Archeología dell'edilizia storica. En España el interés por la arqueología estratigráfica de los edificios también había comenzado en los 80, pero podríamos decir que de una forma algo más tímida. Nombres a destacar como pioneros en la Península Ibérica cabe mencionar a L. Caballero (Azkarate 2001), y como no también al equipo catalán del Servei del Patrimoni Arquitectònic (Utrero Agudo 2010: 18). En ámbito vasco, será A. Azkarate quien, en un fluido intercambio de pareceres y procedimientos con el equipo de L. Caballero, vaya incorporando la Arqueología de la Arquitectura a su bagaje metodológico. Fueron estos, junto con J. A. Quirós, los principales impulsores del Seminario Internacional de Arqueología de la Arquitectura celebrado en 2002 en Vitoria-Gasteiz, encuentro del que surgirá finalmente la revista científica Arqueología de la Arquitectura, una publicación claramente inspirada en su antecesora italiana. LA LECTURA ESTRATIGRÁFICA DE ALZADOS Desde que G. P. Brogiolo lo definiera en esa obra titulada Archeología dell'edilizia storica a la que ya hemos aludido, el procedimiento técnico más habitualmente empleado para determinar cómo se articula la estratificación de un edificio viene denominándose "lectura estratigráfica de alzados". Este procedimiento, siendo en extremo sintético, podríamos decir que consiste en determinar cuál es la estratificación de un inmueble, partiendo principalmente de una exploración directa de la materialidad del mismo. De esa estratificación identificada visualmente, o mejor, de las relaciones de antero-posterioridad entre estratos, será de la que a posteriori se deducirá el relato de la evolución constructiva del inmueble (Caballero Zoreda 1995: 37). El trabajo del arqueólogo o la arqueóloga de la arquitectura en la primera fase de los trabajos consiste esencialmente como decimos en ponerse delante del edificio y hacer una exploración directa de sus muros. El objetivo es individualizar primero estratos y, después, relaciones estratigráficas (García-Gómez 2019). Para visualizar los estratos, el investigador o investigadora aplica un doble criterio, un doble criterio tan interiorizado que a menudo se emplea de forma automática, es decir, prácticamente sin ser consciente de ello. Este doble criterio tendría por un lado lo que hemos llamado la "estrategia interfacial". Esta se fundamenta en la búsqueda de aquellos indicios que denotan por dónde va el contorno del estrato, o si se prefiere cuáles son las "líneas fronterizas" que lo definen externamente. Estos indicios a veces son muy evidentes, pero en la mayor parte de las ocasiones se encuentran parcialmente difuminados en los muros. Por otro lado, estaría la que hemos denominado "estrategia tipológica" que busca la individualización del estrato a partir de la identificación de los rasgos internos que caracterizan su sustancia o contenido, rasgos que pueden ser muy diversos; desde el tipo de material constructivo empleado, hasta el tipo de aparejo o la presencia de determinadas marcas de cantero. En cualquier caso, cada vez que se tiene identificado un estrato, este recibirá un número que servirá para distinguirlo inequívocamente del resto, siendo asimismo su morfología (forma, extensión, posición, etc.) anotadas sobre aquel repertorio gráfico base que se esté empleando en el registro del inmueble. El sistema de registro en una lectura estratigráfica de alzados está compuesto por dos elementos fundamentales. Por un lado estaría ese repertorio gráfico en el que están representados todos los paramentos del inmueble estudiado, un registro gráfico que no es imprescindible que esté confeccionado mediante técnicas de captura topográfica (según las circunstancias del proyecto puede considerarse suficiente la realización de croquis, o una captura fotográfica ordinaria), si bien consideramos que, si existe la posibilidad, un buen trabajo topográfico siempre es mejor por el gran valor añadido que aporta al análisis estratigráfico (Álvarez-González et al. 2003; García-Gómez et al. 2011; Martín Talaverano 2014). Por otro lado, a parte de lo gráfico, es imprescindible en el registro, un conjunto de fichas analíticas que recoja, ficha por ficha, el desglose analítico de todas las observaciones hechas en cada uno de los estratos identificados (complementariamente, suele emplearse un tercer elemento, un listado-resumen que concentra, en un único documento, las denominaciones de cada una de las unidades estratigráficas individualizadas). Del estrato a las relaciones estratigráficas y a la secuencia temporal Ahora bien, más allá de los estratos es preciso analizar las relaciones físicas que los unen, pues es gracias a estas relaciones que podemos deducir la secuencia temporal en que se han ido produciendo los hechos estratigráficos. Para llegar a esta deducción es preciso cotejar la relación física observable con las llamadas "leyes de estratificación arqueológica" (la ley de superposición, la ley de horizontalidad original, la ley de continuidad original y la ley de sucesión estratigráfica; Harris 1991: 51-58). De ese modo, podremos establecer en términos de "cronología relativa" qué lugar ocupa, dentro de la secuencia temporal de la construcción del edificio, el estrato que estemos analizando. Cuando se tienen todas las relaciones estratigráficas claras, es el momento de confeccionar el Diagrama de Secuencia Estratigráfica del Edificio, conocido comúnmente como Matrix Harris, el cual recoge, gráficamente, y de forma sintetizada, todos los estratos existentes en el edificio, eso sí, conjuntamente con las correspondientes relaciones de antero-posterioridad que los asocian. En el citado diagrama, cada estrato viene representado por una cartela con un número, único e intransferible, que es con el que, en la primera fase de exploración del inmueble, ya se le habrá denominado o identificado (tanto en el registro alfanumérico como en el registro gráfico). De la cartela de cada estrato salen diversas líneas que son las que representan gráficamente esos vínculos que ese estrato tiene con aquellos otros con él confinantes. Convencionalmente, los estratos más modernos son siempre representados en la zona superior del esquema y los más antiguos sucesivamente en niveles inferiores. Contextualización histórico-arqueológica del objeto de estudio No obstante, si bien con la lectura de alzados obtenemos la columna vertebral clave para la comprensión cronológica del edificio, los límites temporales de las distintas etapas constructivas detectadas mediante el análisis estratigráfico permanecerán difusas si es que no se puede recurrir a otras técnicas de datación que nos permitan precisar esos límites temporales. Una buena definición de estos es fundamental sobre todo si se aspira a contextualizar históricamente la evolución del edificio. Para ello, en una fase de los trabajos de lectura que podríamos denominar de "postproducción", se suelen explorar otras vías informativas complementarias, vías que podemos resumir en cuatro fundamentales; texto inscrito en los propios muros, documentación escrita (bibliográfica o de archivo), tipología y/o métodos físico químicos. Todas ellas nos servirán para precisar la cronología de los distintos estratos individualizados. Finalmente, gracias a estas otras formas de datación, aquella secuencia evolutiva deducida directamente del análisis estratigráfico del edificio, habrá ganado lo suficiente en nitidez y definición cronológica como para que toda esa información que ha quedado depositada en sus muros nos permita hacer otro tipo de inferencias de carácter histórico, ayudándonos por ejemplo al estudio de las técnicas constructivas, al de los usos del espacio, al de los ciclos productivos o sencillamente al de la contextualización socio-económica del edificio dentro del marco urbano o territorial en el que este se enclava (García-Gómez 2019). Ahora bien, en determinadas circunstancias resulta imposible realizar una lectura estratigráfica de alzados al uso como la que acabamos de explicar en el anterior apartado. Nos estamos refiriendo a aquellos casos en los que las interfaces y el contorno de los estratos son imposibles de distinguir. Una situación que puede darse por varias razones: bien porque la fábrica del edificio se encuentre recubierta por un revestimiento que enmascara, total o parcialmente, la estratificación del inmueble, bien porque el conjunto a analizar tiene unas dimensiones que superan con mucho las capacidades perceptivas del investigador que se pone delante del muro a explorar y diferenciar contextos. Con todo, incluso en estas situaciones aún existen formas de rastrear (podríamos decir, indirectamente) esa estratificación en apariencia imperceptible. A continuación, vamos a exponer, de forma necesariamente breve, diversos desarrollos metodológicos que hemos elaborado con el fin de adaptar la aproximación estratigráfica a otras realidades construidas de mayores dimensiones. Todas ellas tienen su origen de uno u otro modo en el llamado "análisis configuracional" y en la "cronotipología relativa", ambos conceptos teorizados principalmente por T. Mannoni, si bien a pesar de su gran potencialidad son herramientas a las que, creemos, aún no se les ha sacado suficiente partido. Como se verá, en nuestro discurso expositivo iremos pasando de realidades de estudio menos extensas a otras más extensas, aunque no es nuestra intención con ello inducir a la confusión de que a mayor tamaño del objeto de estudio corresponde una metodología cada vez más compleja. En realidad, habría que hablar de una misma herramienta de trabajo ajustada en cada momento según el contexto de aplicación. Análisis configuracional y cronotipología relativa Existe como decimos un modo de inferir indirectamente la estratificación del edificio que, en esencia, consiste en realizar un análisis tipológico de aquellos rasgos formales visibles que se repiten en su arquitectura teniendo muy en cuenta la ubicación espacial de unos con respecto a otros; estamos refiriéndonos entre otros a los perfiles de capitel, a los perfiles de basa, a la sección de las nervaduras en una bóveda, a los tipos de arco o de dintel empleados en puertas y ventanas, etc. (García-Gómez et al. 2011). Este método de análisis también surgió en Italia y fue originalmente bautizado como "análisis configuracional" por aquellos que lo idearon (Mannoni 1998). Su operativa se basaba en una técnica o fundamento de registro conocido como "cronotipología relativa" (Ferrando Carona et al. 1989) que según la definición de Gabbrielli (1996: 17) consistía en estudiar las variaciones del tipo para establecer si estas expresan diferencias cronológicas. En otros términos, las informaciones que emergen se basan en la individualización de las concordancias y discordancias existentes entre dos unidades de un elemento arquitectónico repetido en serie en un mismo edificio. La repetición en serie es una condición indispensable para la investigación. Esta metodología fue aplicada con un éxito manifiesto en algunas investigaciones clásicas como la de la abadía de San Galgano (Gabbrielli 1998), o la del Palazzo Pubblico de Siena (Camporeale et al. 2001). Análisis clúster aplicado en la Catedral de Santa María de Vitoria Nuestra primera experiencia con la "cronotipología relativa" en el Grupo de Investigación en Patrimonio Construido (UPV/EHU) tuvo lugar a fines de la pasada centuria en la Catedral Santa María de Vitoria (Azkarate et al. 2001: 134-200; Azkarate 2010). No obstante, si bien en un principio nos ceñimos al modelo de "cronotipología relativa" definido en Italia, enseguida nos dimos cuenta de que, para que el método fuera verdaderamente aplicable en nuestro contexto, había que introducir algunos cambios, cambios que acabaron transformando tanto el concepto original que preferimos acuñar una nueva denominación para un método que al final calificamos como "análisis clúster". Algunas particularidades del nuevo diseño metodológico fueron la combinación de la estratigrafía con las técnicas cronotipológicas, y sobre todo la incorporación de un nuevo elemento conceptual, el clúster. No obstante, si tuviésemos que resaltar aquella aportación que consideramos más relevante, destacaríamos el hecho de que en nuestro caso el empleo de la "cronotipología relativa" seguía primando ‒como en la lectura estratigráfica clásica‒ la búsqueda e individualización de interfaces. Véase especialmente el cuarto punto de la siguiente secuencia operativa que en que se dividía nuestro procedimiento (Fig. 2): Secuencia operativa de la experiencia con la "cronotipología relativa" en la Catedral Santa María de Vitoria. Se registraron dos tipos de variables, por un lado, variables de carácter técnico-constructivo (litología, aparejo, talla, marcas de cantero, etc.) y por otro, variables de carácter formal (tipos de puntilla en los arcos del triforio, tipos de capiteles, etc.). Georreferenciación de variables seleccionadas. Se localizaron sobre la planimetría los puntos del edificio donde se manifestaban las distintas variables. Individualización y mapeado de los clústeres de variables. Analizando el modo en que las variables dispersas por todo el templo tendían a asociarse en el espacio tridimensional de la catedral, fue posible individualizar distintos conjuntos de variables que tendían a agruparse y localizarse en determinadas partes del edificio. A cada uno de esos conjuntos o agrupaciones los considerábamos un clúster constructivo (por así decir, el equivalente de un estrato). Análisis de las interfaces. Los clústeres constructivos representaban partes del edificio constructivamente homogéneas, pero su contorno quedaba indefinido. Para definir ese contorno se trabajaba sobre la representación planimétrica analizando la dispersión de las variables por los muros y según fuera esa dispersión se deducía donde estaban los límites interfaciales entre los clústeres. Determinación de la secuencia relativa. Una vez definidos los contornos interfaciales, estos fueron empleados para estudiar y establecer las relaciones de antero-posterioridad que ligaban unos clústeres constructivos con otros. Gracias a ello se pudo establecer la secuencia cronológica relativa, el orden, en que se había ido produciendo la evolución arquitectónica del conjunto. Determinación de la secuencia absoluta. El análisis de las relaciones estratigráficas existentes entre esas UUEE, en combinación con los estudios sobre la documentación escrita y otro tipo de dataciones absolutas, proporcionaron fechas concretas para determinadas acciones constructivas, lo que permitió la determinación de una secuencia cronológica absoluta y la contextualización histórica de la evolución constructiva de la catedral, siglo a siglo, año a año. Como resultado de esta investigación en la catedral se detectaron un total de diez clústeres (Fig. 3) cada uno de ellos correspondiente a una de las siguientes etapas cronológicas: 1) preexistencias (anteriores a mediados del siglo XII); 2) Alfonso VIII (1158-1214); 3) gótico A (ca. Fases constructivas individualizadas en la catedral Santa María por medio del "análisis clúster". ANÁLISIS ESTRATIGRÁFICO DEL PAISAJE ANTROPIZADO Insospechadamente, la metodología de "análisis clúster" desarrollada en la catedral no solo iba a permitirnos abordar el estudio de conjuntos histórico-arquitectónicos más complejos, sino que también iba a abrirnos un nuevo campo de investigación, el del paisaje antropizado. Las tesis doctorales que, desde nuestro grupo de investigación, defendieron L. Sánchez Zufiaurre (2007) sobre las iglesias prefeudales en Álava, y Alberto Plata (2008; Plata y Erkiaga 2018) sobre el valle salado de Añana nos proporcionaron claras muestras de que esto era posible. Por nuestra parte, decidimos que sería interesante intentar ponerlo en práctica en un casco urbano, y como es lógico, por cercanía (aunque también por su interés, como no) optamos por el de Vitoria-Gasteiz. Análisis clúster aplicado a un paisaje histórico urbano, Vitoria-Gasteiz No éramos pioneros sin embargo en esto. Que tengamos conocimiento, las primeras experiencias de análisis estratigráfico y cronotipológico aplicadas a todo un conjunto urbano se produjeron en la Liguria de los años setenta y las llevó a cabo el Istituto di Storia della Cultura Materiale. Inspirados en aquellas tempranas experiencias del ISCUM y en las ya aludidas de Sánchez Zufiaurre y Plata pusimos marcha un nuevo proyecto de "análisis clúster" que se desarrolló en tres grandes fases a lo largo de prácticamente cinco años: En una primera fase, que a pesar de ocuparnos dos años podríamos considerar preparatoria, el trabajo consistió en la estructuración y programación de un buen repositorio donde almacenar toda la información generada. No hablamos por supuesto de una simple base de datos sino de todo un Sistema de Información Geográfica que iba a ser clave, porque todos los datos introducidos en dicho repositorio debían estar referidos a algún punto o elemento concretamente localizado en el espacio. Asimismo, durante esta fase procedimos con un exhaustivo vaciado de informes de excavación arqueológica y de archivos, gracias al cual nos hicimos con prácticamente toda la cartografía histórica existente sobre Vitoria y tuvimos conocimiento de ciertos documentos de carácter municipal que al cabo del tiempo se demostrarían clave para obtener dataciones más precisas de ciertas realidades construidas. En una segunda fase procedimos con la mayor parte del trabajo de campo, o dicho de otro modo, con la exploración directa de los inmuebles que forman parte del Casco Histórico de Vitoria, en busca de indicios reveladores de la estratificación de la realidad urbana. Hablamos siempre de hechos detectables sobre cota 0, ya que no realizamos excavaciones específicas (aunque tuvimos muy en cuenta los datos recabados en el vaciado de informes de excavación arqueológica que habíamos hecho en la fase anterior). Por presentarlo de una forma más sistemática, podríamos hablar de seis grandes etapas de trabajo dentro de esta fase: Esta fue propiamente la fase de exploración y escrutinio de los inmuebles en la que se registraron todos los edificios y elementos constructivos que iban a ser analizados por variables. Se confeccionaron fichas detalladas de cada inmueble y se realizó asimismo la lectura estratigráfica de alzados (no en profundidad) de algunos conjuntos que presentaban particularidades relevantes desde el punto de vista cronológico. b) Definición de variables. Con toda la información recabada en la fase anterior, en esta se seleccionaron aquellos elementos que, además de repetirse seriadamente en la mayoría de inmuebles, presentaban entre sí rasgos morfológicos netamente diferenciables y potencialmente indicadores de una cronología. El resultado de todo este proceso fue un listado de variables que se agrupaban en 10 familias; litología, tipo de aparejo, instrumento de labra, tipo de blasón, tipo de vano, tipo de balcón, tipo de mirador, tipo de medianil y modelo de histograma latericio. c) Georreferenciación de variables. En esta fase se introdujeron en el SIG todos los elementos anteriormente catalogados con sus correspondientes variables asociadas en sus coordenadas "x" e "y" reales, es decir, se insertaron dentro de la planta del casco histórico de Vitoria que constituía la base de dicho Sistema de Información Geográfica. d) Definición de variables diagnóstico. No todas las variables tienen la misma capacidad informativa, algunas se repiten tanto que resultan poco discriminantes o significativas, otras están tan escasamente representadas en la muestra que apenas permiten un trabajo de comparación. Con ayuda del Sistema de Información Geográfica descartamos todas aquellas y nos quedamos con un conjunto de rango intermedio, de tal forma que de un total de 10 familias de variables finalmente nos quedamos solo con tres: litología (7 variables), tipo de vano (20 variables) y el modelo de histograma latericio (4 variables). e) Articulación de clústeres. Con base en la distribución de esas variables, sobre el plano del casco histórico de Vitoria, se determinó cuáles eran las agrupaciones más homogéneas y se definió su contorno o interfaz por medio del establecimiento de sus superficies de tendencia. f) Establecimiento de la secuencia cronológica relativa. Atendiendo a la relación espacial entre los distintos clústeres definidos se estableció una secuencia de hechos urbanísticos que da cuenta del proceso de expansión del caserío del casco histórico de Vitoria. Como resultado de esta investigación se detectaron un total de nueve clústeres (Fig. 4) que en la contextualización arqueológica fueron interpretados y distribuidos en cinco etapas que denominamos del siguiente modo: 1) endogénesis (siglo XVII); 2) cambio de polaridad (fines del siglo XVII); 3) crecimiento (mediados del siglo XVIII); 4) drenaje (mediados del siglo XIX); 5) abandono (segunda mitad del siglo XIX) (Azkarate 2010). Fases en la evolución del centro histórico de Vitoria-Gasteiz individualizadas mediante "análisis clúster". La numeración de los clústeres no tiene por qué coincidir con los de la secuencia relativa elaborada que debe leerse de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha, correspondiendo el "clúster 2" a la primera fase. Siempre dentro de esta segunda fase hay que decir que, en paralelo al procedimiento arriba indicado, también emprendimos otra vía metodológica de análisis del fenómeno urbano más en la clave del conocido space syntax de Hillier y Hanson (1989) (Fig. 5). En un principio, confiábamos en que este enfoque iba a ofrecernos múltiples posibilidades interpretativas, sin embargo, nos dimos cuenta de que, a pesar de ese interesante horizonte que se nos abría, este tipo de análisis no nos ayudaba a discernir la diacronía en la evolución del tejido urbano; lo cual, entendíamos (y entendemos) es una prioridad en Arqueología de la Arquitectura. Esta limitación observada en la metodología de la sintaxis espacial (y que también han percibido otros investigadores; Bermejo 2009: 57), acabó por convencernos de que teníamos que decantarnos por la vía del "análisis clúster" pues este sí que estaba específicamente diseñado para discernir etapas dentro de los fenómenos constructivos. Dicho de otro modo, una vez establecida (mediante "análisis clúster") cuál era la materialidad del tejido urbano en cada momento histórico, es cuando tendría sentido aplicar a cada uno de esos momentos por separado el análisis sincrónico de su sintaxis espacial. Análisis del grado de "integración global" del casco histórico de Vitoria-Gasteiz, una de las cuantificaciones más empleadas en los análisis sintácticos del espacio. Análisis estratigráfico del trazado viario de Vitoria-Gasteiz En una tercera fase de aquella misma investigación sobre el casco histórico de Vitoria, optamos aún por una tercera estrategia para abordar, sin excavación, la estratigrafía de la ciudad antigua. Este trabajo, que se convirtió en tesis doctoral (García-Gómez 2017: 429-481), partía de una sencilla reflexión que tiene que ver con que, cuando pensamos arqueológicamente en un tejido urbano, lo primero que suele venirnos en mente son los edificios que flanquean las calles y no tanto las calles en sí, es decir, no tanto su trazado. Sin embargo, es bastante obvio que, a la hora de estructurar un asentamiento, el papel del trazado viario es quizá más importante que el de las propias construcciones, pues es este el que permite el transporte y desplazamiento de un lugar a otro, un movimiento sin el que un núcleo habitado no podría ni subsistir, ni evolucionar. Decidimos por lo tanto fijar nuestro interés estratigráfico en esos trazados. Advirtamos antes de seguir que cuando hablamos de analizar estratigráficamente los trazados viarios no nos estamos refiriendo a estudiar la estratigrafía de los distintos pavimentos que han ido sucediéndose en un mismo lugar, sino más bien al análisis de una estratigrafía de las ramificaciones de los trazados en sí con objeto de poder determinar distintos momentos en la evolución del tejido urbano. La metodología que empleamos en esta ocasión estaba inspirada en las reflexiones de R. Chevalier (1997), que, al analizar desde múltiples puntos de vista la red viaria del Imperio Romano, observó ciertas pautas en la configuración de esa retícula que podían servir como indicadores cronológicos. En esencia, se dio cuenta de que, si analizaba la morfología de las intersecciones entre caminos, según fuera la conjunción entre estos, era posible deducir una "cronología relativa", es decir, era posible deducir cuáles habían surgido de cuáles, o si se prefiere, cuáles eran anteriores y cuáles posteriores. Nuestro trabajo partió por lo tanto de la hipótesis de que, esa suerte de principio de estratificación viaria que había descubierto Chevalier, podía funcionar no solo a escala regional, en vías de comunicación interurbanas sino también, dentro del propio tejido viario de un asentamiento. Los pasos que dimos hasta poder presentar una lectura estratigráfica de los trazados viarios de Vitoria fueron los siguientes: Para llevar a cabo este tipo de análisis tuvimos que hacernos con una buena cartografía de base, lo más precisa posible. Si es factible, las planimetrías de escala 1:5000 son una buena opción. Otra alternativa son las ortofotos de alta resolución. En este caso pudimos contar con las dos. Individualización del "grafo maestro". Partiendo de aquella base cartográfica se elaboró otro plano de carácter más abstracto, o vectorial si se prefiere, que respetando la escala y geometría de los plano-base originales, recogía tan solo la línea de los trazados de calles y caminos. A este plano lo denominamos "grafo maestro" y representaba el esqueleto viario de la urbe, dejando a un lado todo lo demás. Análisis de los puntos de intersección y establecimiento de la secuencia cronológica relativa. Se estudiaron todos los puntos de intersección entre trazados y se establecieron las relaciones de antero-posterioridad según el siguiente criterio básico: por un lado, cuando un trazado mantiene su rectitud al atravesar un punto de intersección, cabe pensar que la aparición de la intersección (es decir la aparición del otro trazado o trazados que allí confluyen) es posterior al de aquel primero que se estaba considerando; por otro lado, a la inversa, un trazado que desemboca en una intersección y no la atraviesa, se entiende que ha surgido con "posterioridad" al trazado con el que interseca. En la medida en que el tejido urbano presenta cientos de confluencias encadenadas, fue posible deducir de ese encadenamiento una secuencia cronológica relativa por fases para la evolución viaria de todo el asentamiento. Cuando estas fases las tuvimos claras confeccionamos lo que hemos denominado "grafos de fase" que representan el desarrollo de la retícula urbana en cada momento sucesivo. En esta etapa de los trabajos se trató de recurrir a toda la información cartográfica y escrita de archivo que pudo servirnos para precisar la datación, no tanto de los trazados, como de los puntos de intersección entre ellos ya que el origen de estos suele estar denotado por la aparición de algún hito o actividad humana concreta asociada a ese punto; la construcción de un puente para cruzar un riachuelo, la erección de una fuente, el surgimiento de una plaza de mercado, etc. Como resultado de esta investigación en la trama viaria del casco histórico de Vitoria se detectaron siete fases de su evolución (Fig. 6): 1) triángulo genésico (mediados siglo VIII ante quem); 2) inicios como polo tractor (principios del siglo XII ante quem); 3) consolidación como único polo tractor (mediados del siglo XII); 4) ampliación occidental (finales del siglo XII); 5) ampliación oriental (segunda mitad del siglo XIII); 6) cierre septentrional (principios del siglo XIV) y 7) cierre meridional (finales del siglo XV). Tres de las fases evolutivas del centro histórico de Vitoria-Gasteiz individualizadas mediante el análisis estratigráfico del trazado viario. Análisis estratigráfico de paisajes históricos extra-urbanos, del caso de los Montes de Vitoria Si la cultura material, artefactual, ocupa un lugar central en el campo de intereses de la Arqueología, también debería ocuparlo la cultura "ecofactual". De hecho, el paisaje en torno a nuestras ciudades que, acaso por comodidad, solemos calificar de natural, tiene muy poco de natural, al menos en un sentido arqueológico, pues es de sobra conocido que también ese es un espacio profundamente transformado por la acción del ser humano a lo largo de los siglos. Así, un árbol trasmocho, es decir, un árbol cuyo crecimiento ha sido conducido de una determinada manera a lo largo de decenios para la producción de madera (da igual si para el carboneo o la construcción) debería ser considerado un artefacto tan arqueológico como una cerámica por más que al tratarse de un ser vivo este haya tendido a recuperar su aspecto natural después de la desaparición de ciertos modos de explotación del bosque. Partiendo por lo tanto de la idea de que el estudio de los "ecofactos" debería recibir una mayor atención por parte de la Arqueología de la Arquitectura, creímos que probablemente la metodología empleada en el casco histórico de Vitoria-Gasteiz podría ser aplicable en su hinterland paisajístico (García-Gómez et al. 2011 memoria inédita; Martínez Montecelo y Rodríguez Fernández 2013). Escogimos para ello una zona concreta de los llamados Montes de Vitoria, un entorno de masa boscosa que ha sido del que tradicionalmente se ha servido la ciudad para obtener todo tipo de recursos forestales. En este caso el procedimiento de "análisis clúster" que aplicamos podría sintetizarse en estos siete pasos: Al igual que en los trabajos realizados en la Catedral Santa María y el casco histórico de Vitoria, este trabajo hubo de cimentarse sobre la articulación de un Sistema de Información Geográfica. Para ello, aparte de las cuestiones puramente informáticas y de programación se realizó una labor básica de documentación cartográfica (trabajando con varias escalas a la vez, 1:5000, 1:25000 y 1:50000). También se llevó a cabo un vaciado toponímico, bibliográfico e incluso etnográfico que nos permitiera tener un soporte bien articulado sobre el que poder ir volcando todos los datos recopilados durante la prospección. La cobertura de la prospección tuvo un carácter de muestreo, es decir, se limitó a un 30 % del área de estudio. Si bien desde el punto de vista estadístico, lo ideal hubiera sido aplicar un muestreo aleatorio simple, dados los importantes contrastes altitudinales optamos por un muestreo sistemático. El número de prospectores por unidad de muestreo fue de dos, dispuestos a una distancia –condicionada por las características del terreno y la época del año en que se realizaba la prospección– de 20 metros, con lo cual en cada pasada quedaba barrida una franja de unos 40 metros. El sistema de barrido consistió en recorridos de campo que seguían unas curvas de nivel determinadas, en concreto las situadas a una equidistancia de 50 metros, comenzando desde la isohipsa de los 650 metros. Esta equidistancia entre las unidades de muestreo fue determinada en función de las características propias de la cuenca visual. Los elementos objeto de registro fueron antiguos mojones, vestigios de antiguos caminos, árboles trasmochos, jarales, carboneras, abejeras, tejeras, caleros, neveras, canteras, fuentes e indicios de viejas cabañas. Cada equipo de prospección disponía de un GPS que le permitía geolocalizar su hallazgo con gran precisión y sobre todo de un modo digital fácilmente descargable e insertable en el Sistema de Información Geográfica. Determinación de las variables diagnóstico. Durante el trabajo de prospección, de cada uno de los elementos registrados se hizo un desglose por variables. En un primer momento, fuimos maximalistas (Sánchez-Zufiaurre 2007: 73) considerando en el registro prácticamente todo tipo de variables de las cuales aún no teníamos la certeza, pero creíamos que iban a ser interesantes. Es por ello que una vez completada la prospección fue necesario trabajar con el Sistema de Información Geográfica para descartar aquellas variables que por ser demasiado comunes ‒o todo lo contrario, por ser demasiado excepcionales‒ no iban a ser muy significativas a la hora de formar las agrupaciones. Al final, de todos los elementos registrados nos quedamos tan solo con cinco variables: "especie de árbol", "datación dendrocronológica del árbol", "tamaño de carbonera", "proporción de la carbonera" y "perfil superficial de carbonera". De la distinta combinación de dichas variables obtuvimos un total de 29 clústeres que tenían una localización concreta dentro del área de muestreo. Análisis de relaciones estratigráficas y elaboración de la secuencia cronológica relativa. En la medida en que un número considerable de los elementos que componían esos clústeres estaban situados en sus zonas fronterizas, llegando incluso a entrar en contacto, el análisis topológico de estos nos permitió deducir unas relaciones estratigráficas de antero-posterioridad y por lo tanto proponer una secuencia cronológica relativa de la sucesión de ecofactos dentro de la zona de estudio. Aunque, en un intento de facilitar la comprensión de nuestra metodología, hemos mantenido esta etapa del establecimiento de la cronología absoluta en último lugar, en este trabajo, las dataciones dendrocronológicas, realizadas en diversos árboles de la masa forestal de los montes de Vitoria, nos sirvieron tanto de variable para diferenciar clústeres como de referencia cronológica para asignar una datación absoluta. Como resultado de esta investigación aplicada en los montes de Vitoria se formaron como acabamos de comentar 29 clústeres (Fig. 7), los cuales han sido interpretados como pertenecientes a seis momentos diferentes en la evolución de la explotación de los recursos forestales: 1) un modelo productivo de corte medieval, modelo 1 (segunda mitad del siglo XV); 2) difusión/expansión del modelo 1 (siglo XVI); 3) ocaso del modelo 1 (siglo XVII); 4) introducción de un nuevo modelo productivo, modelo 2 (siglo XVIII); 5) ocaso del modelo 2 (siglo XIX) y 6) actividad residual (siglo XX). Clústeres individualizados en el estudio de los Montes de Vitoria. Como habrá podido observarse, aunque solo de un modo testimonial, al final de la explicación de cada procedimiento metodológico hemos querido dejar constancia de la secuencia interpretativa resultante de su aplicación. Hemos dudado de si hacerlo aportaría algo a este artículo, y la razón de que finalmente hayamos optado por su inclusión responde a que solo de este modo tendríamos el pie para introducir una de las ideas con las que queríamos concluir este trabajo. Esa idea es que todos estos procedimientos analíticos no se pueden autojustificar; el método por el método no nos sirve si no es para "poner voz" a la cultura material, a la estratigrafía, permitiendo que la arqueología haga su aportación genuina desde el lenguaje de las cosas. En cada uno de los proyectos a los que hemos hecho referencia, esas secuencias evolutivas desglosadas por fases que aquí aparecen al final, son solo en realidad el punto de partida de la verdadera investigación porque todas ellas deben ser contrastadas, enriquecidas, corregidas, recurriendo a otras fuentes, y deben entrar en el debate historiográfico con especialistas de otras disciplinas. Para aquellos que estén interesados en esa segunda parte de las investigaciones, nos remitimos a todas las referencias bibliográficas aportadas a lo largo de estas líneas. Para finalizar, muy a propósito apuntábamos en el título de este artículo que esta es "una panorámica metodológica" sobre Arqueología de la Arquitectura, lo cual lleva implícito que por supuesto sabemos que son posibles otras panorámicas igualmente válidas. Han quedado fuera muchos proyectos y muchos nombres importantes dentro de nuestra disciplina, pero sobre todo han quedado fuera muchas cuestiones que van a ser claves para su evolución o supervivencia. No hemos podido profundizar por ejemplo en todo lo relativo a las tecnologías que están revolucionando nuestra forma de percibir el fenómeno construido. Apenas hemos hablado de las últimas técnicas de registro topográfico, de la fotogrametría convergente, del láser-escáner, del GPS. Tampoco de las modernas herramientas cartográficas, desde los Sistemas de Información Geográfica al propio Google Earth, ni de las Infraestructuras de Datos Espaciales (IDE). Tampoco hemos podido dar cabida al reto que supone la gran capacidad de procesamiento de datos que nos ofrecen en la actualidad las herramientas informáticas, y que creemos no están siendo suficientemente aprovechadas por la Arqueología de la Arquitectura, nos referimos a cuestiones como el data mining o la automatización del trabajo de lectura estratigráfica de alzados (Azkarate et al. 2018; Mesanza-Moraza 2017; Mesanza et al. e. p.). Todas estas cuestiones son clave, porque, desde el momento en que todas ellas influyen e influirán en nuestra forma de percibir el objeto de estudio (la arquitectura, lo construido, el paisaje antropizado, etc.), influirán también en la definición futura de nuestra disciplina.
Arqueología de la Arquitectura, una mirada desde América del Sur La Arqueología de la Arquitectura en América del Sur, a pesar de diversa y heterogénea, posee algunas características distintivas. Una de estas ha sido un creciente interés por discutir los sistemas de reproducción de las estructuras de poder en la región. Concibiendo la arquitectura como una tecnología del poder y una forma de comunicación no verbal, en este trabajo sintetizamos propuestas teórico metodológicas y casos de estudio, que hemos desarrollado a lo largo de 20 años. Uno de los elementos distintivos de la especie humana es su capacidad de proyectar, diseñar y construir su propio hábitat. El resultado de este proceso es una heterogeneidad de estructuras materiales distribuidas en el paisaje a las que denominamos "Arquitectura". Desde sus inicios la Arqueología, se ha interesado en estudiar y analizar la Arquitectura de grupos en el pasado, apenas como una más entre las tantas evidencias materiales existentes. Sin embargo es únicamente a partir de finales del siglo XX que se consolida a nivel mundial un campo de investigación específico dentro de la Arqueología denominado "arqueología de la arquitectura"[3] (Steadman 1996, 2015; Azkarate 2001, 2013; Mañana Borrazás, Blanco Rotea y Ayán Vila 2002; Ayán 2003). En América del Sur, este tipo de estudios vienen creciendo y diversificándose y es posible encontrar trabajos de análisis arquitectónicos/espaciales en sitios prehistóricos Nielsen (1995), fuertes coloniales (Soares 2015), instituciones totales contemporáneas (Brandão 2018) o casas actuales (Zarankin 1999). Al mismo tiempo, los enfoques teóricos utilizados en estos trabajos son bastante amplios. Personalmente nos interesa utilizar la arqueología de la arquitectura para discutir los sistemas de reproducción de las estructuras de poder a través de las prácticas cotidianas (Zarankin y Senatore 2002; Funari y Zarankin 2004). Desde una arqueología del pasado cercano/reciente/contemporáneo/presente (Buchli y Lucas 2002; Ruibal 2014) nos proponemos traer una discusión que expone situaciones de reproducción de desigualdad y violencia social, y por lo tanto ayuda a construir una sociedad más democrática y justa (Funari 1997). Como parte de esa búsqueda ética por una práctica arqueológica libertaria, en este artículo recuperamos algunas cuestiones que ya presentamos en el pasado para retomar la discusión sobre el lugar que puede tener la Arqueología en el estudio del universo cotidiano moderno, en particular la Arqueología de la Arquitectura. Utilizaremos para nuestro análisis algunos casos de estudio sobre casas familiares y escuelas primarias, a partir de la evidencia porteña[4], a los cuales incluiremos análisis de los campos de detención en contexto dictatorial, en Argentina y muros perimetrales en casas de la ciudad de Belo Horizonte en Brasil. ARQUEOLOGÍA DE LO COTIDIANO Lo "cotidiano" es aquello que está presente en el día a día de las personas. Un espacio en el cual el sistema de poder utiliza sus estrategias de reproducción y disciplina más productivos. Es en el cotidiano y en sus prácticas que se construye la sociedad. Alimentarse, vestirse, habitar el espacio, son todos elementos de este cotidiano que pueden ser fuente del trabajo de la Arqueología. Es por este motivo que varios de nuestros trabajos están relacionados con reflexiones de los mecanismos reproductivos de la sociedad capitalista a partir de una Arqueología de la Arquitectura de lo "cotidiano" en la sociedad moderna (Orser 1996: Johnson 1996), especialmente centrada en análisis de estructuras construidas, así como de la organización del espacio (Zarankin 1999, 2002, 2005a, 2008). Esta propuesta de alguna manera, tiene similitudes con lo que Daniel Miller (1987) llamó estudios de "cultura material", o estudios sobre la "invención de la vida cotidiana" por Michel De Certeau (1980). Es notorio que existe un preconcepto con este tipo de estudios, ya que como señala Trigger (1989), para bastantes entre quienes se dedican a la arqueología, el trabajo que no involucra excavaciones o el estudio de objetos antiguos no puede llamarse "arqueológico". Personalmente, no compartimos esta posición ortodoxa, ya que consideramos que la diferencia de nuestro trabajo frente a especialistas en otras disciplinas es su capacidad para comprender e interpretar la "cultura material" (independientemente de variables como el espacio, el tiempo o la procedencia de los objetos analizados). Al mismo tiempo, una "arqueología del cotidiano" puede verse como una arqueología socialmente útil, ya que contribuye directamente a reflexionar sobre los principios ideológicos que estructuran nuestras vidas. Como señala Foucault (1976), solo entendiendo y exponiendo los dispositivos de reproducción del poder tendremos la posibilidad de generar cambios en la sociedad. De esta manera, la disciplina viene promoviendo una visión crítica y decolonial frente a los discursos que produjeron una comprensión generalizante, eurocéntrica y monolítica de la región. ARQUITECTURA COMO TECNOLOGÍA DEL PODER La explicación más frecuente sobre el origen y la función de la arquitectura está relacionada con la necesidad de protección/abrigo de los seres humanos (Zevi 1969; Nuttgens 1983; Conway y Roenish 1994). Quizás esta idea pueda justificar uno de sus principios básicos, pero evidentemente está lejos de explicar sus transformaciones y expansión a todos los aspectos de la existencia de las personas. Considerando que existe una enorme heterogeneidad de posiciones a este respecto, como mencionamos al inicio de este trabajo, nos interesan los enfoques que consideran la arquitectura como una herramienta que actúa como mediador entre una ideología (materializándola en una estructura y su organización espacial) y las personas (Hall 1966; Eco 1968; Grahame 1995, 1997). Una vía para pensar la conexión entre ideología, Arquitectura y Arqueología es partir del principio de que el mundo se vuelve "acessible" a través de una serie de fijaciones en el espacio a las que llamamos lugar (Bachelard 1975). El espacio solo puede ser domesticado completamente, al transformarlo en "lugar", es decir, cuando es conocido, ocupado y utilizado. Generalmente esta trasformación se logra mediante dos estrategias principales; la imposición de un nombre a un determinado espacio; o a través de modificaciones en su materialidad, por lo que arquitectura se convierte en una herramienta central para domesticar el espacio. Al ser construcciones culturales, los lugares no son neutros. Como señala Foucault (1976) el arte de la distribución de personas y cosas en el espacio es una herramienta disciplinar del sistema de poder. La construcción del paisaje humano es el producto de la historia de la lucha por el poder, es decir, de enfrentamientos entre posiciones que intentan dominar y otras resistir. Controlando las políticas de construcción del paisaje, el sistema inventa dispositivos para autolegitimarse y reproducirse. La arquitectura es parte de esta manipulación al punto en que puede ser considerada una tecnología del poder (Foucault 1976; Grahame 1995). Es justamente con el crecimiento de las ciudades dentro de un universo capitalista que son impuestas reglas constructivas generando así la popularización de una tendencia arquitectónica hacia una predominancia de la arquitectura académica controlada por el sistema. Estamos frente a un proceso de "arquitectonización" del paisaje y la vida humana, donde cada vez más actividades son realizadas dentro de estructuras construidas o dependen de ellas para poder ser llevadas a cabo. De la misma manera, la mayoría de las actividades y prácticas sociales cotidianas pasan a desarrollarse en el interior de edificios. En este contexto la arquitectura pasa a convertirse en un instrumento clave para la transmisión y reproducción del poder en el sistema capitalista (Sennett 1974; Markus 1993). Esta intencionalidad (o ideología de la arquitectura), suele estar disimulada o escondida. Al respecto Foucault (1976), enfatiza que la arquitectura y su capacidad para distribuir, controlar y vigilar personas en el espacio es una estrategia del sistema para producir individuos disciplinados. La arquitectura se convierte así en una tecnología del poder. EL LENGUAJE DE LA ARQUITECTURA Del mismo modo, la cultura material, producto de esta acción, tiene la capacidad de transformarse en una herramienta para aproximarse a las personas, lo que de alguna forma representa el principio básico que sustenta la Arqueología (Hodder 1982; Shanks y Tilley 1987; Miller 1987). Entre diversos enfoques posibles, uno interesante es el hermenéutico o simbólico. Este parte de considerar la cultura material como un tipo de comunicación no verbal, por lo que su interpretación se convierte en uno de los grandes desafíos de la arqueología (Monks 1992; Fletcher 1989; Zarankin 1999, 2002). Esta comunicación no verbal ocurre mediante el uso de signos que carecen de una estructura sintáctica verbal, por lo que no se pueden analizar las secuencias de los componentes jerárquicos (Hall 1966). Uno de los mecanismos para decodificar estos mensajes es la aplicación de modelos hermenéuticos. Como señalan Hodder y otros, para llevar a cabo esta "lectura" o análisis hermenéutico, es esencial lograr una reconstrucción contextual (Hodder 1994; Hodder et al. 1995). A partir de esta posición, podemos interpretar significados culturales dentro de contextos específicos. El acceso a contextos culturales en el pasado ha sido parte del desafío (y la crítica), de estos enfoques. Sin embargo, al aplicarlo a casos y situaciones de nuestra propia sociedad, esta tarea se ve facilitada. Nos referimos a cuestiones que experimentamos a diario, de forma imperceptible, mientras nos movemos de un lugar a otro. Los circuitos, texturas, colores, luminosidades, amplitudes, tamaños, entre otros, son las variables a través de las cuales nuestro cuerpo decodifica estos discursos, generando diferentes sensaciones que rara vez traducimos a palabras de forma consciente (Knights 1994). A nivel académico, se generaron modelos para "traducir" el lenguaje no verbal, representado por el espacio y la arquitectura (Hage 1979; Hillier y Hanson 1984; Blanton 1994). En nuestro caso consideramos extremadamente útil los resultados que surgen de la combinación entre el modelo "gamma" de Bill Hillier y Julienne Hanson (1984) y los índices propuestos por Richard Blanton (1994). Nos referimos a la posibilidad de acceder a un gráfico que explica la lógica espacial de la estructura arquitectónica, respaldada por resultados matemáticos que ayudan a entender variables como conectividad, distancia al exterior, grado de complejidad y tamaño de la construcción, entre otros. Tomando como punto de partida nuestro interés por entender las estrategias reproductivas del sistema de poder, y utilizando la metodología de análisis de la arquitectura, a través del tiempo hemos efectuado diversos estudios tomando como casos de análisis elementos arquitectónicos de nuestro cotidiano como casas, escuelas, muros, instituciones bancarias, prisiones, entre otros (Funari y Zarankin 2002, 2005, CUERPOS CONGELADOS; CASAS Y MUROS PERIMETRALES Un primer caso de estudio que podemos definir como "experimental" sobre esta arqueología de la arquitectura de lo cotidiano, surge a partir de un trabajo de análisis de las paredes perimetrales de casas familiares en Brasil. Precisamente, una de las cosas que más llaman la atención de las ciudades brasileñas para quienes proceden del extranjero, son sus enormes muros, las omnipresentes rejas y los alambrados electrificados que la mayoría de las estructuras arquitectónicas exhiben como algo "natural y normal". Como hemos discutido al inicio de este artículo, las justificativas más frecuentes relativas a la arquitectura tienen un carácter funcionalista simple (necesidad de refugio de las personas). También en este artículo venimos discutiendo otros abordajes alternativos para pensar el fenómeno de las prácticas constructivas y su relación con cuestiones como ideología y poder. Así, por ejemplo, una pared posee elementos que reproducen, de forma estática, elementos y posturas propias del cuerpo humano, generamos así lo que se ha denominado una "arquitectura del cuerpo" (Eco 1968; Grahame 1995). Un caso para ilustrar esta propuesta puede ser pensada si imaginamos un grupo de personas interactuando el espacio. La posición del cuerpo define el lugar que cada una de ellas ocupa en la acción, clasificándolas y otorgándole funciones diferentes –por ejemplo, participantes u observadores. Esta práctica social se complementa con gestos, tonos de voz, etc. Así, si partimos del presupuesto de Grahame (1995) de que la región frontal corresponde al espacio público, al encuentro social y el posterior representa el espacio de la no-interacción (Grahame 1995; Tilley 2004), podemos asumir que las personas que están frente a frente están interactuando de forma consensual, mientras que a las que se les da la espalda, están fuera y no participan. Sin embargo, la arquitectura del cuerpo, tiene un carácter extremadamente dinámico y cambiante, ya que un simple movimiento del cuerpo genera transformaciones. Volviendo a nuestro ejemplo, esto posibilitaría que una persona que estaba excluida intencionalmente de la acción pueda entrar a través de un reposicionamiento en el espacio. Ahora bien, si en lugar de darle la espalda levantamos un muro que deje fuera de la acción a aquellas personas con las que no queremos interactuar, y dentro a los que sí, estamos produciendo una herramienta que materializa de forma mucho más efectiva y duradera una intención que antes era apenas generada por el cuerpo. La arquitectura garantiza así la posibilidad de mantener inmutables ciertas relaciones sociales a través de la manipulación del espacio (King 1980; Lefevre 1991; Markus 1993). De esta forma, la organización del espacio efectuada a partir de estructuras arquitectónicas afecta –de la misma manera que lo hace el cuerpo– el tipo de relación entre las personas, y entre las personas y los objetos (Zarankin 2002). De esta forma ¿por qué no pensar un muro como la representación de una expresión corporal congelada?, un tipo de discurso de las personas residentes hacia los demás (Zarankin 2012). Estos cuerpos congelados, nos expresan la intención de sus habitantes de darnos la espalda, de excluirnos, o –al contrario– estar de frente e incluirnos. Los muros no solo son elementos cotidianos dentro de los cuales nos movemos o que testimonian nuestras vidas, sino que en gran medida la estructuran. Cuerpos de cemento que regulan cuerpos de carne, su materialidad genera los límites y los discursos por donde se desplazan nuestros cuerpos. Para intentar explicar mejor esta Arquitectura del cuerpo, utilizaremos como ejemplo un estudio realizado en el barrio de la Pampulha en Belo Horizonte[5], donde uno de los autores vive actualmente (Zarankin 2012). El objetivo fue desarrollar un análisis hermenéutico, de los muros perimetrales de las casas, partiendo del principio que la arquitectura funciona también como un tipo de comunicación no-verbal (Fletcher 1989; Monks 1992; Markus 1993; King 1980; entre otros). Tomando en consideración estas 3 variables principales: temporalidad, clase social y morfología de la pared, fueron relevados y documentados los diversos tipos de muros existentes en el barrio, entre los que se observó una gran heterogeneidad (por ejemplo, muros o paredes de concreto o ladrillo, con o sin decoraciones, rectos o inclinados, altos o bajos, cubiertos por vegetación, pintados, etc.). Es importante reforzar que la elección de los muros perimetrales de las viviendas, como objeto de estudio, no es casual. Son los límites entre los habitantes y las personas extrañas, es decir entre el mundo privado y el público, y por lo tanto se transforman en un elemento de mediación entre ambos grupos. Por ejemplo, una pared alta con alambre de púas, puede ser leída como un discurso de exclusión "de las otras personas", mientras que un grafiti efectuado por alguien extraño en el mismo muro, una crítica a ese rechazo o un intento de domesticar esa pared –de transformarla en un elemento familiar y sobre el cual ejercer algún poder. Los resultados obtenidos muestran que las casas más antiguas, de 1950 y 1960, pertenecientes a familias acomodadas de la sociedad Belohorizontina, eran construidas con muros perimetrales bajos 0,80 a 1,20 m de altura, lo que permitía la interacción entre los habitantes de la residencia y los vecinos o transeúntes (Fig. 1). Una lectura de estos parámetros permite observar que el muro actúa apenas como un límite simbólico para delimitar lo privado de lo público. Al mismo tiempo, quienes residen en la casa ven a las demás personas como iguales. En otras palabras, estamos ante un cuerpo que hace frente a la interacción con las otras personas. Vista de muro perimetral de una casa de la década de 1960. A mediados de la década de 1970, las mismas casas de la elite, tienen muros cada vez más altos hasta llegar en algunos casos a 6 u 8 metros de altura. Es evidente que los mismos hacen imposible cualquier tipo de relación entre quienes están dentro y quienes están fuera, lo que implicaría ahora un cambio "postural", y un cuerpo que termina dándole la espalda a las "otras personas". También es posible observar una mayor heterogeneidad morfológica de estas paredes. Por ejemplo, algunas son cubiertas por plantas o se emplean rocas como materia prima, para generar discursos que "naturalizan" estas nuevas distancias sociales (Fig. 2). Otras veces, al contrario, se utilizan alambres de púas, vidrio molido, rejas con formas de lanza o inclusive cercas eléctricas para reforzar esta separación de las otras personas, que ahora pasan a ser vistas como enemigas (Fig. 3). O sea, no solo se le da la espalda al resto, sino que, de forma extremadamente violenta, le estamos diciendo que quien intente aproximarse podrá ser muerto. Vista de muros perimetrales que naturalizan su propia existencia. Vista de muros perimetrales que exhiben discursos de violencia. A diferencia de las clases altas, los sectores populares del barrio, también tuvieron un aumento en el tamaño de sus muros perimetrales a través del tiempo. Sin embargo, difícilmente estos ultrapasen los 2 metros, a pesar de que esta altura es suficiente para no permitir el contacto con los de fuera. Como para estos grupos la interacción social directa es importante en su cotidianeidad, han generado lo que llamamos "pequeños apéndices de sociabilidad" (Zarankin 2010). Esto es, instalar bancos de material, o troncos o sillas viejas en las puertas de las casas (muchas veces hasta con macetas y otros adornos), donde suelen instalarse cuando vuelven de trabajar a fin de tarde o durante la mayor parte del fin de semana, para poder interactuar con las demás personas (Fig. 4). Vista de muros perimetrales de casas de grupos proletarios en los que se observan "pequeños apéndices de sociabilidad". De forma general, los resultados obtenidos nos permiten reflexionar sobre una nueva conformación del espacio moderno en la sociedad de control (Deleuze 1990), cada vez más lleno de límites y barreras, que implican en cierta medida, el fin de un modo tradicional de vida en sociedad, a través del contacto directo entre las personas. Surgen entonces, nuevos tipos de sociabilidades (y de sociedades), que clasifican y separan a las personas según parámetros diversos (clase social, religión, género, edad, etc.). Es en este contexto que los muros paredes refuerzan las categorías ellas-ellos/nosotras-nosotros. Al mismo tiempo, estos "cuerpos congelados", distribuidos por todas partes, terminan dando la espalda a las personas que no tienen, las transforman en "otras personas", volviéndolas invisibles. En este contexto, queda claro que incorporar los principios estructurantes que organizan y sustentan la sociedad son prioridad para el sistema. APRENDIENDO A (NO)PENSAR Y ACTUAR; CASAS Y ESCUELAS El concepto de habitus primario, también conocido como capital cultural desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu (1977) está relacionado con la capacidad de una determinada estructura social de ser incorporada por los agentes a través de disposiciones para su forma de ser: sentir, pensar, actuar. En otras palabras, Habitus es un sistema de disposiciones incorporadas, que organizan las formas en que las personas perciben el mundo social que les rodea y reaccionan ante él. Para Bourdieu, casas y escuelas son los lugares centrales donde este proceso de incorporación y modelaje de los individuos ocurre. Por su parte Foucault (1976) sostiene que la arquitectura es un medio eficaz de control y disciplina social (tecnología del poder). A partir de estas bases desde finales del siglo XVIII el sistema viene generando diversas estrategias para controlar el espacio de vida de las personas, a través de codificaciones constructivas la multiplicación de cursos de arquitectura e ingeniería, los colegios y matrículas profesionales, entre otros. El resultado es una homogeneidad constructiva cuyas bases ideológicas sustentan principios de desigualdad, al mismo tiempo que las naturaliza y las vuelve incuestionables. Es dentro de este contexto que adquieren una relevancia particular las estructuras arquitectónicas asociadas a estos procesos de socialización como casas y escuelas (Samson 1990; Parker Pearson y Richards 1994). Un análisis de la materialidad y espacialidad de estas dos "instituciones" domesticadoras, puede permitirnos entender su funcionamiento como dispositivos del poder. Como ya explicamos, aplicamos el "modelo Gamma" (Hillier y Hanson 1984), y los índices de Blanton (1994), para analizar la organización espacial de estas estructuras. Los resultados obtenidos muestran una serie de transformaciones simultáneas en casas y escuelas a través del tiempo, que asociamos a cambios en el propio sistema capitalista tanto en Argentina como a nivel global. Pensemos que, en el caso de las escuelas públicas primarias, sus edificios apenas fueron pensados a finales del siglo XVIII (antes funcionaban en edificios preexistentes). Es así que las primeras escuelas estuvieron pautadas por cuestiones simbólicas sobre la importancia de la educación, por lo que muchas veces eran construidas siguiendo morfologías de palacios o templos del mundo clásico. Es en el siglo XIX cuando son incorporados los principios panópticos para servir como bases espaciales de un edificio educativo. Este patrón morfológico espacial se reprodujo en el tiempo a través de más de 200 años en los que los cambios estilísticos en sus fachadas fueron apenas de tipo estético para dar la sensación de transformaciones estructurales que nunca ocurrieron (Fig. 5). Aplicación de modelo Gama en plantas de escuelas en la que pueden observarse estructuras basadas en un encadenamiento de panópticos. Las casas familiares son otro ejemplo interesante de la acción del sistema para construir individuos domesticados. A través del tiempo la tenencia hacia un supuesto mayor confort y flexibilidad enmascara una intensificación en las jerarquías de la estructura, donde las personas residentes son distribuidas espacialmente en función de su posición de poder. En las casas modernas, donde la cantidad de espacios se ha multiplicado de forma geométrica (Zarankin 1999) nadie cuestiona que la "suite master" es ocupada por el dueño o la dueña de la casa, mientras que el segundo mejor cuarto, en caso de una familia con prole lo será por la primogénita o primogénito. Las dependencias en donde se encuentra el personal de servicio dejan claro también el lugar que ocupa en la casa, sirviendo a propietarios y propietarias. También a través del tiempo en este tipo de estructura doméstica, se observa una restricción en las formas de circular (los cuartos pasan a tener apenas una puerta), y la funcionalidad de los espacios, que antes eran determinadas por la decoración y el mobiliario, en la casa "moderna" pasan a tener destinos predeterminados (cocina, living, dormitorio, escritorio, etc.). El análisis de la transformación de las casas deja claro cómo el sistema manipula su morfología como forma de generar las bases ideológicas necesarias para construir individuos funcionales al sistema. Personas que por más que se identifiquen como críticos del capitalismo a medida que van abandonando la casa de origen y forman sus propios hogares, este mapa de poder es reproducido sobre los mismos principios de forma inconsciente. En síntesis, sostenemos que casas y escuelas son dispositivos del poder que funcionan como discursos no-verbales que disciplinan y adoctrinan a sus usuarios para ser funcionales a las necesidades del sistema (Funari y Zarankin 2002, 2005, Es por ello que cambios en las bases estructurales del capitalismo han tenido efectos importantes en la forma en que los espacios son pensados y construidos. Cada fase en la historia del capitalismo tuvo un determinado tipo de casas familiares y escuelas, a partir de las cuales se construye el "individuo normal" que el sistema necesita. ¿Y qué pasa con aquellas personas que en lugar de adaptarse cuestionan el sistema, se revelan y hasta se levantan en contra él? EL EXTERMINIO DE LO PELIGROSO; CENTROS CLANDESTINOS DE DETENCIÓN (CCD) Los espacios y estructuras construidos para segregar, corregir o hasta aniquilar los individuos que se alejan del concepto de "normalidad" es otra temática cada vez más frecuente en la Arqueología de la Arquitectura Suramericana. Manicomios, hospitales y prisiones (Lopes 2017; Brandão 2018), están siendo foco de investigaciones realizadas principalmente por jóvenes especialistas en arqueología. Partimos del principio que tanto la desaparición de personas como la utilización de centros clandestinos de detención (CCDs) fueron las metodologías predominantes de estos gobiernos autoritarios para aniquilar la disidencia (Funari y Zarankin 2006). La Arqueología, por sus características específicas de trabajo, viene reconstruyendo "historias no oficiales sobre la represión", y la búsqueda de la verdad (Funari 2019). Estos trabajos no solo permiten comprender y evidenciar una ingeniería del terror, sino también ayudar a la construcción de una memoria material del genocidio en la región (Zarankin y Salerno 2012). Actualmente el desarrollo de espacios de diálogo entre colegas latinoamericanos ha permitido generar entendimientos regionales, a partir de los cuales se están discutiendo semejanzas y diferencias en los procesos represivos vividos en cada país (Zarankin y Salerno 2011). De todas formas, actualmente el crecimiento de gobiernos de ultraderecha en la región es un factor que coloca en riesgo los avances conseguidos, por lo que hoy más que nunca el reto es garantizar el mantenimiento de los trabajos, potenciando además la producción de nuevas propuestas de investigación. Si bien los distintos trabajos sobre la temática desde sus orígenes en la década de 1980, tienen múltiples objetivos y objetos de estudios (desde grafitis hasta los restos de personas desaparecidas), uno de los que más interés ha tenido, es el estudio de los espacios de confinamiento de los prisioneros, muchas veces en los denominados centros clandestinos de detención (Zarankin, Salerno y Perosino 2012). Uno de los casos que hemos trabajado a partir de herramientas de la Arqueología de la Arquitectura, es el CCD argentino conocido como "Club Atlético" (sobrenombre derivado de las iniciales del verdadero nombre del lugar – "Centro Antisubversivo"). En ese escenario desarrollamos en 2003 la propuesta "Arqueología como memoria: Intervenciones arqueológicas en el centro clandestino de detención y tortura Club Atlético" (Bianchi Villelli y Zarankin 2002). Propusimos 2 objetivos principales para el proyecto, por un lado, comprender la planificación espacial y material del CCD como instrumento represivo y por el otro contribuir a la construcción de un espacio de la memoria, que funcionase como representación material sobre los horrores que ocurrieron en ese lugar. Los trabajos fueron desarrollados por un colectivo multidisciplinario que contaba, además de profesionales de la arqueología, con otras disciplinas como arquitectura, antropología, historia y conservación, coordinados por una comisión que incluía sobrevivientes del CCD o familiares de víctimas, además de integrantes de organizaciones de derechos humanos y del gobierno de la ciudad. Los análisis efectuados sobre la arquitectura y organización espacial partieron de un plano producido por las propias personas sobrevivientes del campo, a partir de las cuales aplicamos los modelos Gamma de Hillier y Hanson (1984) y los índices de Blanton (1994) que ya comentamos antes. Los resultados obtenidos muestran como elemento organizativo del espacio un parámetro de maximización y operatividad de los procedimientos represivos en el que su corazón/centro, es la sala de tortura, que representa la materialización del sadismo con la que fue proyectado el CCD (Fig. 6). Plano del subsuelo del Club Atlético dibujado por los supervivientes de acuerdo a sus recuerdos (Benítez, Enríquez y Di Ciano 2001: 10) y aplicación del modelo Gamma. Por otra parte, el espacio del "Club Atlético" fue dividido en 2 ejes. Uno superior (completamente destruido cuando se demolió el lugar) donde funcionaba la parte burocrática del CCD. Existe también un subsuelo (que sí sobrevivió) que acoge a las personas prisioneras y donde se ubican las salas de tortura. Esta organización divide y clasifica a las personas dentro del mismo, delimitando espacios de circulación y permanencia de quienes padecieron la detención. Los CCDs representan una parte central de toda una ingeniería de la destrucción (Zarankin y Salerno 2012, pensada para maximizar el control, la sumisión, la tortura y la eliminación de las y los detenidos. Su funcionamiento y organización espacial se basa en criterios funcionales y simbólicos que maximizan sus efectos. Por ejemplo, la ubicación de las salas de tortura en la zona central minimiza el traslado de las personas detenidas en el espacio, a la vez que los gritos de quienes sufrían tortura están siendo escuchadas por quienes en ese momento ocupan las celdas, generando una situación de suplicio permanente. De la misma forma, las sensaciones de la gente detenida son más intensas a medida que avanzan hacia el interior del CCD. Allí es donde el mayor nivel de aislamiento contrasta con una diversidad de estímulos sensoriales "negativos", entre otros, térmicos (calor intenso en el verano y frío en el invierno), olores de cuerpos y fluidos humanos, humedad, falta de ventilación, que se ven reforzados por la dureza de las paredes y el piso –donde se ubicaban–, sumado a los gritos y llantos de las otras personas detenidas. Recordemos que estas tenían siempre vendas o capuchas, por lo que estamos ante una estructura para ser percibida de maneras alternativas a la visión, a través de sentidos como el tacto, el sonido o el olor. Un "no-lugar" que produce "no-personas" (Zarankin y Niro 2006). PALABRAS FINALES; ARQUITECTURA, COTIDIANEIDAD Y OPRESIÓN Hace tiempo vienen creciendo dentro de las arqueologías suramericanas, movimientos "decoloniales" que buscan crear una agenda propia, acorde a su historia y contextos socio-políticos. A partir de posiciones que entienden la Arqueología como una forma de acción política (McGuire 2008), se busca repensar de manera crítica los procesos de reproducción de los sistemas de poder en nuestro cotidiano, así como sus múltiples conexiones en el ámbito regional. En este contexto, la Arqueología de la Arquitectura puede funcionar como una herramienta relevante, al servicio de la construcción de mecanismos de denuncia y cuestionamiento social. En nuestro caso, a través de reunir y resumir algunos casos de estudio que realizamos en los últimos 20 años, intentamos mostrar que la arquitectura es mucho más que apenas un elemento técnico destinado a suplir necesidades humanas, como refugio y protección. Al contrario, la arquitectura entendida no solo como la materialización de una ideología y como una tecnología del poder, nos abre todo un universo de investigación para entender las estrategias de reproducción del sistema. El biopoder actúa sobre los individuos en diversos niveles a través de una "explosión" de variadas y numerosas técnicas, para lograr la subyugación de los cuerpos y el control de las poblaciones alrededor de un modelo de lo que es considerado "normal" (Foucault 1980). Casas y las escuelas, son sin duda dispositivos centrales para modelar los individuos deseados[6] por el sistema, mientras que las paredes y muros establecen las formas y ritmos de este proceso de construcción disciplinar. Para quienes se revelan, o quienes se alejen de los parámetros considerados normales, existen las instituciones totales. Las "correctivas" (hospitales, prisiones, manicomios, etc.) para los casos considerados "recuperables" y las "exterminadoras" (como los Centros Clandestinos de Detención) para las situaciones en las que el sistema directamente quiere hacer desaparecer las "anomalías". Otra cuestión que nuestro trabajo permite observar, analizando las transformaciones en la arquitectura, son los cambios en el propio biopoder, principalmente con el paso de la sociedad disciplinaria a la de control. Según Foucault, el dispositivo disciplinario ejercido sobre los cuerpos de los individuos: personas trabajadoras, prisioneras, pacientes, estudiantes, tuvo lugar históricamente en la sociedad industrial que alcanzó su apogeo con la organización científica del trabajo. La vida humana, en ese momento, se transformó en producción, y la sociedad disciplinaria podría entonces considerarse una "máquina para producir" personas trabajadoras. Con la decadencia de la era fabril, entramos en el tiempo de la sociedad de control (Deleuze 1990), en el que el poder, que antes estaba centrado, en el "interior" de las fábricas, hospitales, cuarteles, escuelas, se extiende, incluyendo nuevos elementos de control permanentes, modulares y difusos. Casas y escuelas, espacios de confinamiento y muros, y sus transformaciones a través del tiempo, son ejemplos a partir de los cuales podemos reflexionar sobre las consecuencias de estos cambios y sus efectos sociales y materiales. En síntesis, los casos presentados buscan entender las lógicas a través del tiempo a partir de la cual se levantan límites y barreras que dividen y clasifican personas, objetos y lugares. Sin duda una aproximación arqueológica de las formas y discursos de estos "cuerpos congelados" puede ser importantes para la búsqueda de brechas y espacios de resistencia que estimulen una transformación social hacia organizaciones más plurales, democráticas y con menos muros.
A ambos lados del cero. Arqueología de la arquitectura en Colombia El presente artículo brinda un panorama de lo que ha sido la arqueología de la arquitectura en Colombia. A través de varios casos de estudio expone algunas ideas y reflexiones de orden metodológico con relación al carácter diverso e interdisciplinario necesario para el estudio de los edificios como contextos arqueológicos complejos. Así mismo aborda cuestiones en torno al análisis configuracional de las edificaciones y algunas de las posibilidades que ofrece para el estudio estratigráfico. Se plantean ejemplos de datación a partir de análisis arqueométricos y finalmente se presentan algunas consideraciones en torno a los desafíos futuros de este campo de conocimiento. El devenir de los proyectos e investigaciones de arqueología de la arquitectura en Colombia ha estado marcado por un enorme pragmatismo y una diversidad de miradas y vertientes. De la mano de los proyectos de conservación y restauración del patrimonio edificado y ante la carencia de una formación especializada, ha sido posible que la arqueología histórica, la conservación, las ciencias experimentales, la historia y la arquitectura, entre otras disciplinas, confluyan en el estudio de los edificios tanto en la interpretación de resultados producto de las excavaciones verticales de muros por encima de la cota 0, como en la investigación arqueológica horizontal por debajo del nivel. He querido centrar este artículo en la presentación de casos de estudio y reflexiones, mostrando cómo ha sido la puesta en práctica de la arqueología de la arquitectura (AA de ahora en adelante), con sus aciertos y problemas, propios de un enfoque que por definición ontológica es flexible e interdisciplinar y que permite la convergencia, el diálogo y, en ocasiones, la confrontación. En la primera y segunda parte presento una síntesis breve del contexto colombiano que espero permita situar geográfica y culturalmente al lector. También brindar un panorama de lo que ha sido el surgimiento y desarrollo de la AA en Colombia ligada al patrimonio cultural y su conocimiento, teniendo en cuenta cuál ha sido el papel de los edificios patrimoniales en los procesos de construcción de una identidad nacional que desde el siglo XIX se ha ido consolidando a partir de la idea de un pasado colonial. Este contexto marcó el estudio de las edificaciones históricas, así como la aparición de la AA. Dentro de la tercera y cuarta sección muestro, a partir de casos y ejemplos, algunas consideraciones metodológicas que ilustran cómo ha sido la praxis de la AA y que alcances y limitaciones existen, desde el proceso mismo de prospección arqueológica de los edificios hasta la interpretación de los resultados a la luz del método estratigráfico teniendo en cuenta que, dentro del contexto patrimonial colombiano, la mayoría de los edificios presentan enlucidos que impiden la identificación visible de sus estratos. Este impedimento hace necesario recurrir a diferentes herramientas como el análisis configuracional de las edificaciones, en el sentido amplio propuesto por Mannoni (Sánchez 2004: 186), o los análisis arqueométricos para el establecimiento de fechas dentro de las secuencias estratigráficas. De ahí el énfasis que hago en explicar los métodos de la sintaxis espacial y del análisis configuracional en tanto su empleo ha sido fundamental en Colombia para poder determinar las secuencias estratigráficas ocultas debajo de los pañetes. Con relación a los casos, aunque presento varios ejemplos que sirven como escenografía de fondo para las ideas y reflexiones que voy desglosando, he querido enfatizar en dos edificios importantes situados en Cartagena de Indias y en la ciudad de Bogotá que constituyen experiencias interesantes para ilustrar los diferentes aspectos metodológicos a los que me refiero. El primero de ellos corresponde al Palacio de la Gobernación del departamento de Bolívar situado al lado de la catedral de Cartagena de Indias. Desde el siglo XIX se consolidó como la sede de gobierno local, siguiendo una tradición que al menos se remonta al siglo XVI cuando aparece en este mismo lugar (y antes de considerarse ostentosamente como Palacio) la Casa del gobernador de la ciudad y posteriormente la cárcel municipal. En este ejemplo el trabajo arqueológico estuvo centrado en el estudio del edificio como parte de la formulación de una propuesta de restauración para la construcción de un centro cultural para la ciudad. La investigación fue realizada entre 2013 y 2018 por la Fundación Erigaie[2] en dos etapas distintas, aunque el análisis de los morteros se llevó a cabo como parte de un proyecto más amplio de investigación desarrollado en el Laboratorio de Estudios de Artes y Patrimonio – LEAP de la Universidad de los Andes, en asocio con el Centro de Investigación y Creación de la Facultad de Artes y Humanidades. El segundo caso es la actual sede del Museo de Bogotá, un edificio de dos plantas conocido como Casa de la Independencia por ser el lugar donde aparentemente se gestó la trama que sirvió de detonante para la separación de España entre 1810 y 1819. Este inmueble fue estudiado en 2011 como un ejercicio académico ligado a la Maestría en Patrimonio Cultural de la Pontificia Universidad Javeriana, y luego, como parte de los estudios técnicos para el proyecto de restauración, como sede del Museo, entre 2012 y 2014. Finalmente, y a manera de balance crítico, comparto algunas consideraciones generales con relación al papel que creo ha jugado la AA en Colombia, así como las perspectivas y desafíos que ha de enfrentar a futuro. CARTAGENA DE INDIAS Y BOGOTÁ Colombia es un país diverso compuesto por diferentes regiones geográficas y culturales que en su devenir histórico han ido configurando diferentes repertorios patrimoniales ligados a las versiones locales de identidad. A pesar de su unidad geográfica aparente y a diferencia de lo que ocurrió en otros países latinoamericanos, en los que el desarrollo territorial estuvo centrado alrededor de un solo núcleo urbano, en Colombia "el territorio [...] estuvo fuertemente fragmentado durante fases muy largas de su historia" (Jaramillo 1999: 97); en efecto, la historiografía tradicional (Kalmanovitz 1982; Ospina Vásquez 1995; Jiménez y Sideri 1985) ha reconocido a Colombia como un archipiélago de regiones centradas en ellas mismas o en diálogo con regiones culturales más amplias. De estas regiones destaco dos núcleos importantes –Cartagena de Indias y Bogotá– en relación con los casos de estudio que se presentan más adelante. Ambas ciudades desde el período colonial hasta hoy, consolidaron edificaciones que actualmente se encuentran protegidas como patrimonio por la legislación nacional. Estas arquitecturas siguieron lógicas separadas entre sí, pero respondiendo en ambos casos a tradiciones culturales indígenas, europeas y criollas propias de los procesos históricos coloniales en América. Las maneras de construir dependieron de la implantación española pero también del desarrollo mestizo, por nombrarlo de algún modo, de técnicas, materiales y sistemas constructivos locales. En el caso de Cartagena estas tradiciones guardan más relación con Panamá, La Habana, San Juan o Veracruz, que con el resto del país. En el caso de Bogotá, ejemplifican una arquitectura ligada al centro y sur de Colombia en un diálogo más amplio con el universo cultural andino que comparte con otros países como Ecuador y Perú. La ciudad de Cartagena de Indias nació como puerto colonial (fundado entre 1533 y 1534) y punto de conexión fiscal, comercial y militar con el sistema del Gran Caribe. El Caribe en general y particularmente Cartagena dentro de este contexto regional, fue fundamental para el sostenimiento imperial español en América (Marichal y Von Grafenstein 2012: 5). Esto explica el complejo de murallas y sistemas defensivos de la ciudad, dentro de cuyos límites se desarrolló una arquitectura que desde un punto de vista estilístico ha sido denominada como la casa colonial cartagenera (Téllez y Bossa 1980; Téllez y Moure 1983, 1995; Covo 1988). Por otro lado, la región andina de Colombia marcada por una topografía accidentada en la que el sistema montañoso de los Andes suramericanos se divide en tres cordilleras, tuvo como centro a Santafé de Bogotá (fundada en 1538). La ciudad se desarrolló geográficamente aislada pero conectada a través de una compleja red de caminos (Velandia 1995: 129) que le permitieron mantenerse. Esta característica explica entre otras razones, el hecho de que Bogotá se fuera consolidando como el centro de las instituciones y del poder político colonial en la Nueva Granada lo que permite comprender cómo, a pesar de su posición geográfica con enormes dificultades de acceso al mar, continúe siendo la capital de todo el país[3] (Fig. 1). Plano con la localización de los sectores históricos de Cartagena de Indias y Bogotá. Fuente: Base cartográfica SIG-OT Google Earth, 2019. Por su desarrollo histórico y su importancia política, económica y cultural dentro del contexto nacional (y de algún modo también para el resto de Latinoamérica), ambas ciudades consolidaron centros urbanos tradicionales que concentran bienes inmuebles que resultan importantes para el conjunto del patrimonio histórico en Colombia y en el caso de Cartagena, también de la humanidad. La mayoría de los edificios patrimoniales han sido valorados casi con exclusividad a partir del concepto de "lo colonial" entendido bajo la idea de antigüedad, pero también como filiación hispánica (y por tanto patrimonial) de los propios edificios; lo colonial de algún modo se ha constituido en una categoría única y monolítica de valoración, que ha conducido a problemas en torno al conocimiento e interpretación de los propios edificios y su trayectoria. LA INVENCIÓN DEL PASADO Y LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA Durante la celebración del primer centenario de la independencia de Colombia en 1910, además de las imágenes de héroes, mártires y próceres militares del proceso independentista, se erigieron muchos monumentos en honor a los gobernantes de la colonia y a los conquistadores españoles[4]. Esta celebración de independencia al mismo tiempo nostálgica de España debe entenderse a partir de un modelo de país en el que Colombia se definía culturalmente como una nación mestiza, católica e hispánica. Este proyecto de identidad republicana y unitaria es el resultado de un proceso político en el que los conservadores se posicionan en el poder a través de una hegemonía política. En 1886 aparece la constitución política que cristaliza la República y se mantiene más o menos vigente hasta 1991. Es dentro de este contradictorio contexto que comienza a promoverse la aparición de monumentos históricos (Cohen 2010: 215) pero también de centros fundacionales dentro de las ciudades "coloniales" del país como Cartagena y Bogotá. La idea de antigüedad ligada a un pasado común hispánico, legitimó las primeras declaratorias patrimoniales que intentaban reproducir una narrativa nacionalista como un recurso válido para justificar el naciente proyecto nacional. Este concepto de lo colonial en la medida en que se fue configurando, consolidó así mismo una imagen respecto a cómo debería lucir un edificio "colonial" y de cuál era ese repertorio formal y tipológico que permitía lograr tal filiación. Como consecuencia, hacia mediados de la década de 1950 por ejemplo, aparecieron diversas reglamentaciones locales en diferentes centros históricos de Colombia en los que se prohibía el uso del color en las fachadas "coloniales" de los edificios que debían permanecer blancos (Téllez y Moure 1995: 50). Medidas tan taxativas y alejadas de la realidad material de los edificios si bien estaban sustentadas en datos históricos como las reformas borbónicas que condujeron a que la cal, por sus propiedades higiénicas, fuera ampliamente usada para enjalbegar las edificaciones, en realidad escondían construcciones ideológicas que han servido para justificar miradas elitistas o abiertamente discriminatorias. A este respecto no es de extrañar posiciones como la del historiador Donaldo Bossa Herazo que aseguraba que: Cartagena es una ciudad blanca. Como La Habana, Veracruz, San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, Puerto Cabello, Portobelo, Santiago de Cuba y aun los pueblos de "las papiamentosas Antillas del ron" de Palés Matos. La única ciudad polícroma de toda la cuenca del Caribe es Curazao, que es un injerto de Holanda en el Nuevo Mundo. Y los puertos de Haití, pero Haití es África. Más allá del racismo obvio en donde el uso del color en las fachadas es cosa de africanos y holandeses (sin contar con el equívoco de suponer una monocromía en las ciudades del Caribe), lo interesante de la cita es que demuestra lo difundido y agresivo del concepto de lo colonial como una arquitectura blanca en un sentido estético pero también moral. En parte por este tipo de concepciones muchas ciudades americanas, como Popayán (Colombia) y Arequipa (Perú) por ejemplo, han adquirido el apelativo de "blancas" como una referencia de estatus ante un pasado colonial (Fig. 2). Ventana estratigráfica que muestra los cambios cromáticos en el Cementerio Central de Bogotá. A la derecha se observa un corte estratigráfico en el que aparecen los cambios de color que a partir de la década de los treinta se centra en el blanco. El desarrollo de investigaciones arquitectónicas y urbanísticas centradas exclusivamente en la consulta de fuentes históricas (Marco Dorta 1951; Hernández de Alba 1988), contribuyó para consolidar este tipo de ideas equivocadas en torno al patrimonio cultural y muy particularmente, con respecto a las necesidades frente a su investigación, valoración, protección y manejo. De la mano con la consolidación de un marco normativo para la protección del patrimonio que comienza en la década del treinta[5], con las primeras declaratorias centradas en iglesias coloniales (como la catedral de Santa Marta) y en los cuarenta[6], con el reconocimiento de inmuebles (en su mayoría "coloniales") ligados a personajes históricos. Se trata de un primer momento de reconocimiento monumental y de protección de estas edificaciones que culmina en 1959 con la ley que crea el Consejo de Monumentos Nacionales y en la que, además, se dictan medidas concretas sobre la defensa y conservación del patrimonio histórico, artístico y monumentos públicos de la Nación[7]. Resulta entendible que el estudio del color en los edificios coloniales no haya sido una preocupación para los investigadores de este momento que simplemente no veían la necesidad de refutar o contradecir concepciones ideológicas en torno a lo colonial, en tanto estaban justificadas por datos históricos o por el trabajo de varias generaciones de historiadores. Mucho menos pensar en la necesidad de entender el propio edificio como una fuente de investigación. Como resultado, mientras la historia y la arquitectura se posicionaron casi con exclusividad en el dominio del patrimonio construido, la arqueología se encargó de orientar su mirada al pasado prehispánico, poniendo de relieve los bienes monumentales o el establecimiento de épocas y ubicación de áreas culturales (Therrien 2007: 18), sin que los edificios históricos fueran objeto de su estudio o interés. Esta corriente intelectual, hegemónica y colonialista condujo a que muchos edificios fuesen restaurados desde una perspectiva tipológica, sin que se tuvieran en cuenta sus particularidades, trayectoria y materialidad. Este problema explica la crítica que muchos proyectos de restauración basados en el conocimiento histórico-estilístico de los edificios han tenido y en donde Vemos que los arquitectos proyectan (restauraciones) después de haber realizado una lectura genérica y formal (del edificio), de tipo histórico-artístico, que como sabemos se parece a un análisis arqueológico como la astrología a la astronomía [...] El arquitecto restaurador se ha convertido en un cirujano que opera marcianos; conoce las técnicas y procedimientos de la cirugía, pero no sabe si el corazón está en el pecho a la derecha, o en una extremidad o en otro sitio, si es que lo tuviese (Carandini 1997, citado por Quirós 2006: 4). Estas dificultades metodológicas comunes a varios proyectos de restauración (que en algunos casos pasaron de la invención a la franca arbitrariedad), en algún punto a fuerza de escándalo o error, llamaron la atención sobre la necesidad de estudiar la materialidad de los inmuebles no solo con fines técnicos, para la evaluación de los deterioros y patologías por ejemplo, sino también para la comprensión de la trayectoria de los edificios y de sus procesos históricos en contraste con las evidencias y huellas dejadas por esos cambios. Las décadas de los años sesenta y setenta marcaron el inicio de la restauración científica en Colombia así como los primeros intentos por realizar un acercamiento a la configuración física de los edificios, con trabajos de arquitectos como Carlos Arbeláez Camacho, Armando Cortés, Alberto Corradine, Alberto Samudio, Germán Téllez, Jorge Salcedo y Guillermo Trimiño entre otros. Estos trabajos se caracterizaron en términos generales, por involucrar el estudio material y la documentación detallada de los inmuebles. Algunas de las intervenciones de este momento pueden considerarse precursoras en el uso de metodologías arqueológicas para el estudio de la arquitectura. No es casualidad que dentro de esta coyuntura se cree el Centro Nacional de Conservación y Restauración (1979) y la Fundación para la Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural Colombiano del Banco de la República (1979). Aparecen también los primeros centros de investigaciones estéticas en la Universidad Javeriana de Bogotá (1963), en la Universidad de los Andes (1965) y en la Universidad Nacional de Colombia en 1978 (Téllez 2002: 14). Pese a que desde finales de los setenta ya se practicaban calas y ventanas de exploración como parte de los estudios técnicos de los proyectos de restauración edilicia (Téllez y Moure 1995: 50), la práctica más extendida era suponer los colores "originales" de acuerdo al criterio estilístico del restaurador o fundamentar las decisiones en el uso de fuentes históricas (Fig. 3). No es sino hasta mediados de la década del noventa que comienzan a aparecer los primeros trabajos de arqueología histórica en Colombia, enfocados al estudio de las evidencias materiales dentro del contexto de los espacios construidos. Estas incursiones incluyeron la arqueología del tejado de la Catedral Primada de Bogotá (Therrien 1995), la arqueología del colegio de San Pedro Claver de la Compañía de Jesús en Cartagena (Therrien et al. 1998; Therrien 2001); la Quinta de Bolívar (Gaitán Ammann 2001) y la Iglesia de la Candelaria en el centro histórico de Bogotá (Rivera et al. 2004), por mencionar solo algunos ejemplos. Línea de tiempo que muestra la trayectoria de la AA en Colombia. Estos trabajos contribuyeron a que se aplicara el método estratigráfico, pero sobre todo, a que se formularan nuevas preguntas transdisciplinarias de investigación que enriquecieron enormemente el panorama de estudio de las edificaciones históricas. Por primera vez se veía la necesidad, así como el potencial de leer e interpretar arqueológicamente los edificios patrimoniales. Es apropiado identificar este segundo momento como el de la aparición de la arqueología en la arquitectura, amén de la desarticulación de las acciones y de la carencia de un marco normativo que soportara legalmente este tipo de investigaciones arqueológicas. El desarrollo de las ciencias de la conservación y la creación de laboratorios y proyectos de investigación académica para el estudio de la materialidad de las edificaciones (Cohen y Fernández 2003; Fernández 2008; Barón et al. 2011), complementaron desde el ámbito de los análisis arqueométricos los resultados de las aproximaciones históricas y arqueológicas. El surgimiento de este tipo de preguntas condujo a la consolidación paulatina de un corpus de conocimientos acerca de los materiales y métodos históricos de construcción, su evolución y su uso, aun cuando hasta el momento no existan bases de datos o catálogos accesibles para la comparación de materiales de construcción, tal y como ocurre con otros materiales culturales como la cerámica[8]. Actualmente el Laboratorio de Estudios de Artes y Patrimonio de la Universidad de los Andes, viene desarrollando un proyecto de investigación centrado en el análisis de morteros históricos para el establecimiento de marcadores cronológicos de datación. Si bien las argamasas han sido analizadas como parte de los proyectos de restauración desde los años setenta, como se ha señalado, la interpretación de estos análisis no resulta clara en términos de la información que brindan para la comprensión de los edificios, siendo empleados casi con exclusividad para la identificación de sus propiedades y resistencia mecánica, o para el diseño de pañetes de reposición. Los resultados obtenidos continúan quedando como informes anexos dentro de muchos proyectos, obviando cuestiones importantes con respecto a los procesos y tecnologías de producción de estos materiales históricos. Tal es el caso por ejemplo de los morteros de cal preparados en caliente, es decir con cal viva en vez de cal apagada, que, debido a la falta de una caracterización adecuada, tradicionalmente han pasado desapercibidos en la investigación de los edificios (Válek y Matas 2012: 270). De ahí la importancia de construir sistemas de información que permitan estudios más amplios, así como una re-interpretación de las muestras físicas y los análisis existentes. El conjunto de estas y muchas otras experiencias han servido para demostrar las ventajas que brinda dentro de los proyectos de conservación y restauración, estudiar las edificaciones desde múltiples puntos de vista que se encuentren o confluyan en el análisis e interpretación de las evidencias materiales, desplazando los enfoques puramente estilísticos, tipológicos o históricos. Así mismo la incorporación de científicos de la conservación, restauradores y arqueólogos dentro de los proyectos de estudio y conservación, generalmente dominados por arquitectos-restauradores, historiadores e ingenieros, derivó en que el marco normativo para la protección del patrimonio cultural hiciera visible la necesidad de un conocimiento integral de las edificaciones en aras de una valoración que justifique los principios de intervención que se realicen[9]. Recientemente los sectores urbanos tradicionales (o centros históricos) han sido reconocidos como áreas de interés arqueológico, lo que obliga a los contratistas a desarrollar un componente de investigación arqueológica[10]. En varios casos los datos arqueológicos han logrado articularse para responder preguntas relacionadas con el conocimiento integral de los propios edificios y no solo como un requisito que debe tramitarse para poder obtener permisos y licencias. Es dentro de este último momento que se comienza a utilizar el término de AA en Colombia, como una alternativa para reunir y unificar ese rompecabezas de miradas y aproximaciones diversas que había comenzado a configurarse desde los años setenta. Pese a esto, todavía no existen cursos regulares o programas consolidados de educación superior en la materia. En el año 2012 se realizó el primer curso de AA auspiciado por la Escuela Taller de Bogotá que contó con la participación de Gunhild Eriksdotter de la Universidad de Lund (Suecia). En fecha más reciente (2019) dentro de la Maestría de Patrimonio Cultural Mueble de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes, se dictó un curso electivo sobre AA en conjunto con la Facultad de Arquitectura y Diseño. Durante 2018 dentro del Primer Coloquio Colombiano de Historia de la Construcción, organizado de manera conjunta por la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de los Andes, se estableció una mesa temática específicamente sobre AA. A pesar de estos esfuerzos y experiencias puntuales, la AA todavía está lejos de consolidarse como un campo de estudio fortalecido desde la investigación académica. Sin embargo, la aparición de miradas divergentes en la investigación de las edificaciones y los relativos avances en materia jurídica (y digo relativos porque desgraciadamente la ley no en todos los casos se cumple), han permitido ir posicionando la AA en Colombia como una perspectiva caracterizada por la diversidad de aproximaciones metodológicas, que ha ido paulatinamente enriqueciendo el trabajo de estudio del patrimonio construido, así como el reconocimiento de los inmuebles como contextos arqueológicos complejos y pluri-estratificados (Caballero 2012: 104) (Fig. 4). En la imagen se observa la heterogeneidad constructiva de un muro en una casa del sector histórico de Bogotá. Pero estos contextos arqueológicos casi nunca son visibles en toda su complejidad, debido a la presencia de revestimientos. Estos pañetes responden a las condiciones climáticas y a la heterogeneidad de los sistemas constructivos empleados para la conformación de los muros (en tanto muchas veces eran construidos reciclando materiales de demolición de edificios más antiguos, o mezclando diferentes técnicas). Por estas razones resulta fundamental realizar una prospección arqueológica detallada y al mismo tiempo eficiente, con respecto a la cantidad de información que se puede obtener o interpretar acerca de los estratos y sus relaciones. Esta característica de la arquitectura histórica y patrimonial en Colombia, común a la mayoría de países de América Latina y el Caribe, impone ciertas limitaciones con respecto al estudio estratigráfico por lo que resulta importante explicar en detalle los métodos prospectivos y su aplicación. MÁS ALLÁ DE LO VISIBLE. ANÁLISIS CONFIGURACIONAL Y PROSPECCIÓN ARQUEOLÓGICA La imposibilidad de ver todos los estratos que conforman un muro, especialmente cuando se trata de inmuebles con decoraciones murales o con declaratorias patrimoniales que regulan o prohíben los tipos de intervenciones arqueológicas, ha conducido a que la fase de prospección arqueológica cobre una enorme relevancia. Por un lado, un ejercicio riguroso de prospección permite establecer cuáles partes del edificio son más significativas y por qué. Por otro, reduce el número de exploraciones necesarias lo que tiene implicaciones tanto en tiempo como en costos. De acuerdo a como lo menciona Carandini, la prospección es "el único camino posible para aunar protección e investigación [...] qué debe excavarse totalmente, qué parcialmente, dónde hacer sondeos, dónde no excavar y que debe dejarse para futuras excavaciones" (1997: 63); estos son, en definitiva, los objetivos centrales de la prospección arqueológica. La dificultad en la visualización de los estratos no quiere decir que no pueda realizarse un análisis arqueológico o incluso estratigráfico (en los casos en los que es posible realizar una datación), en tanto el análisis configuracional se basa "en la presunción de algunas unidades o grupos de unidades y de algunas relaciones secuenciales que se hacen obligatorias por razones estructurales" (Manonni y Boato 2002: 41). Como consecuencia, diferentes aproximaciones y herramientas metodológicas deben aplicarse para un análisis minucioso de los muros, pañetes y elementos constructivos del edificio, su localización, dimensiones, fábrica y tipología (por ejemplo, los muros esquineros, los muros divisorios, los muros perimetrales, portantes, etc.), con la intención de identificar o inferir, cuáles son esas relaciones estratigráficas que tienen que existir aun cuando sean invisibles. Pero para que el análisis configuracional conduzca a una cronotipología del edificio además de la rigurosidad en la medición y caracterización de esos elementos arquitectónicos y su topografía, debe considerarse que la arquitectura y las técnicas y materiales de construcción empleados en cada caso, responden a una espacialidad como resultado de una serie de lógicas sociales. También a unos procesos históricos y culturales que se ven reflejados en unas posibilidades materiales específicas que son las que dan forma al edificio. La sintaxis o análisis espacial se basa entonces en el reconocimiento de cuál es esa lógica que determina la distribución de los espacios. El análisis de su métrica, grado de conectividad y la segregación o integración dentro del inmueble. Por más azaroso que pueda parecer, cada lugar de una casa responde a una intención de uso o de control, lo que implica que de manera más o menos consciente, los diferentes espacios son re-creados en función de los diferentes tipos de relaciones entre los individuos que habitan un edificio para determinar qué se puede hacer, en dónde y entre quiénes. De esa manera es posible comprender cómo se han relacionado cada una de las células (espacios individuales de la edificación) que componen la unidad, los límites entre los espacios, su jerarquía y los umbrales que se conforman. La existencia de estos límites o umbrales que determinan el carácter de la arquitectura, muestra una faceta dual puesto que "crean al mismo tiempo una categoría de espacio –el interior– y una forma de control –el límite en sí mismo–. Esta dualidad está invariablemente presente en los patrones espaciales de los edificios" (Hillier y Hanson 1984: 146). Conocer estos patrones o lanzarse a interpretarlos, constituye una herramienta útil para poder proyectar cuál era el sentido de cada espacio dentro de un edificio, complementando el análisis configuracional para la prospección. Los espacios más visibles desde el punto de vista de un visitante, tienden a ser lugares de encuentro social por lo que normalmente presentan elementos decorativos más complejos o volúmenes más definidos y amplios. Los espacios más reservados funcionan mejor para actividades domésticas que requieren de privacidad. Este tipo de organización espacial se evidencia en las casas de dos pisos de Bogotá en las que, desde finales del siglo XVIII y particularmente durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, las segundas plantas alojaban los espacios destinados para mostrar (y ser mostrado) ante los invitados. Aparecen en muchos casos (Casa de la Independencia, Casa Iregui, Casa Caro y Cuervo, Palacio Echeverri entre otros ejemplos ubicados en el centro histórico) salones grandes y con mayor profusión decorativa orientados hacia el frente de las casas. Se conectan con espacios sociales especializados como comedores, salas de música, salas de chimenea o salas dedicadas específicamente para actividades femeninas o masculinas, dada la fuerte separación de roles de género en las élites santafereñas del siglo XIX que recrearon este patrón espacial dentro de sus viviendas (Bermúdez y Urbano 2000: 112). Siguiendo esta lógica, varios inmuebles insertaron o readecuaron sus balcones externos no solo para hacer más grandes e iluminadas estas áreas sociales, sino para generar una conexión con el exterior a través de la fachada. Tal es el caso de la casa de la actual sede administrativa del Instituto Caro y Cuervo (Casa Cuervo-Urrisarri). En ella se observa cómo el balcón rompe el pórtico de la fachada para ser instalado (Fig. 5). Fachada de La Casa Cuervo-Urrisarri que sirve de sede al Instituto Caro y Cuervo en Bogotá. Este tipo de intervenciones que al parecer se ponen de moda al final de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando aún no existía una mirada científica en torno a la restauración tal y como se explicó, estuvieron asociadas con la celebración del sesquicentenario de la independencia de Colombia. En estas, es posible interpretar la necesidad de materializar el imaginario de lo colonial a través de la inserción de ciertos elementos formales y decorativos como los balcones. Por otra parte, los espacios menos visibles de los inmuebles corresponden a las áreas privadas como dormitorios y corredores de servicio por donde transitaban, ojalá sin ser vistos, las personas que trabajan o realizaban las labores domésticas de la casa. Este tipo de configuración puede observarse en la Casa de la Independencia, en la que prácticamente toda la crujía oriental estaba destinada para el movimiento de la servidumbre mostrando una separación social entre los individuos que la habitaron. Este modelo en donde se especializan espacios para la servidumbre fuertemente segregados del conjunto pero contiguos a las áreas de servicio (como cocina, lavado, etc.), se mantiene vigente durante gran parte del siglo XX en la construcción de casas y de apartamentos en Colombia. Resulta frecuente encontrar alcobas de servicio, un cuarto generalmente pequeño al lado o detrás de la cocina, diseñado para separar a los empleados del resto de los habitantes. La segregación entre señores y servidumbre sigue vigente hasta bien entrada la modernidad, como corriente "renovadora" en el hábitat. Resulta en ese sentido paradójico que la arquitectura moderna que se desarrolló en Colombia a partir de la década del treinta, trató de distanciarse del modelo de las casas coloniales considerado para ese entonces arcaico. El movimiento moderno "en sus comienzos se asumió como una forma especial de apostolado, destinado a traer progreso, claridad y orden a aquello que, a ojos de los interesados, era un mundo atrasado y desordenado" (Saldarriaga 1999: 8). Pese a ello, continuó reproduciendo la misma lógica espacial de la colonia pero con un lenguaje formal distinto. Tanto el análisis configuracional como la sintaxis espacial presentan obvias limitaciones en términos del reconocimiento de los estratos y sus relaciones. Pero al contrastarlos con la información histórica disponible pueden dar una comprensión más amplia de las áreas más significativas de un edificio. Esto ocurrió en el proyecto de investigación del Palacio de la Gobernación de Bolívar. En el plano comisionado por Sir Francis Drake en 1586 a Theodor de Bry es posible observar el tipo de construcciones que existían en la manzana donde se localiza actualmente el Palacio, además de otras referencias importantes como la catedral de Cartagena[11] (Fig. 6). Plano de la ciudad de Cartagena de Indias publicado en 1599. De acuerdo con el análisis de la información gráfica del plano varias de las primeras casas fueron construidas en madera, mientras que la Casa del Gobernador al parecer erigida en 1568, aparece representada como una construcción de cal y canto. Las casas de madera que se observan alrededor muy posiblemente fueron reemplazadas hacia 1676, cuando de acuerdo con las fuentes oficiales se construye la cárcel de la ciudad[12]. Otro de los documentos históricos relevantes lo constituye el plano del ingeniero militar Antonio de Arévalo (1793) en el que representa tres propiedades distintas en lo que hoy es el Palacio de la Gobernación. El plano corresponde a un proyecto de ampliación de la cárcel municipal en el que se proyecta el crecimiento en altura del edificio colindante con los linderos de la Casa del Gobernador de Cartagena. Ambos edificios (casa y cárcel) fueron unificados alrededor de 1821 para configurar una primera versión del Palacio. Luego fue ampliado en la década de 1940 incorporando el inmueble de la esquina noreste tal y como se observa en una aerofotografía (1938), así como en las fotografías de la fachada del edificio antes y después de este momento. En este caso el análisis configuracional en conjunto con la sintaxis espacial pero a la luz de la interpretación de los documentos permitió en una primera instancia realizar las excavaciones en pisos y muros que condujeron a corroborar la información histórica, particularmente la descripción del plano de Arévalo. Se observaron diferentes sistemas y elementos constructivos como muros de rocas coralinas unidas con morteros de pega de tierra para la Casa del Gobernador que contrastan con las fábricas de ladrillo y mortero de cal de los muros de la cárcel (Fig. 7). Se muestran los diferentes predios que después darían forma al Palacio de la Gobernación. ARQUEOMETRÍA Y RELACIONES ESTRATIGRÁFICAS Cuando aparecen edificios enlucidos o en los que las relaciones estratigráficas entre unidades solo pueden hacerse visibles a través de un análisis configuracional, espacial e histórico, que compense o supla las limitaciones con relación a los sectores en los que es posible observar las relaciones estratigráficas, la información obtenida debe aprovecharse al máximo. Por una parte, considerando las implicaciones éticas frente a la conservación del patrimonio, pero también a partir de un problema práctico: disminuir el grado de incertidumbre en el proceso de interpretación de las relaciones y secuencias estratigráficas (Fig. 8). Ventanas de exploración y análisis microquímicos de los materiales y estratos de un muro decorado de la segunda planta del Museo de Bogotá. Por un lado, en aquellas relaciones estratigráficas visibles, la construcción de secuencias entre las unidades requiere la necesidad de establecer un marco cronológico que brinde un sentido de interpretación a los datos. Desde luego, el estudio de las fuentes históricas permite correlacionar ciertas unidades estratigráficas con fechas precisas. Pero en aquellos casos donde esto no es posible, es necesario recurrir al estudio de la materialidad de las propias unidades para poder establecer dataciones absolutas o relativas. Por otro, en los casos en los que las relaciones estratigráficas solo pueden inferirse, algunos análisis científicos permiten identificar estas secuencias, especialmente en aquellos escenarios reconocidos por Mannoni, en los que estas relaciones ocurren únicamente entre unidades estratigráficas de revestimiento y en donde quizás una de las pocas formas de identificarlas sea a través del uso de cortes estratigráficos. Durante el proyecto de investigación de la Casa de la Independencia de Bogotá la carencia de fuentes históricas con relación al edificio hizo necesario el empleo de métodos arqueométricos de análisis para poder realizar una datación de las secuencias estratigráficas de los muros. Para ello, una vez revelados los estratos subyacentes se extrajeron muestras de morteros de pega de los ladrillos y recubrimientos de enlucido en ambas plantas de la edificación. El análisis químico y morfológico de los morteros reveló la presencia de cemento Portland como uno de los componentes principales de las muestras, especialmente de aquellos estratos del segundo piso. Este tipo de cemento, patentado en 1824 y comercializado en el mundo hacia mediados del siglo XIX, fue introducido como material de construcción en Bogotá solamente hasta 1905 (Carrasco 2006: 30). Así mismo las secciones delgadas (o petrografías) tomadas de un ladrillo de la segunda planta mostraron una temperatura de cocción por encima de los 900 °C en una atmósfera controlada, con una buena selección granular de desgrasantes. Estas evidencias conducen a pensar que los procesos de fabricación cuidadosa de estas piezas cerámicas, si no son industriales por lo menos implican una intención por estandarizar la calidad de los productos. Los resultados del estudio de materiales de la primera planta de la Casa mostraron un cambio significativo con relación al segundo piso, en tanto los muros fueron elaborados con piezas de adobe unidas por medio de una argamasa bastarda de arcilla y cal con abundante presencia de fibras vegetales. La caracterización de los estratos de pintura y la identificación de los pigmentos y aglutinantes permitieron el establecimiento de fechas a partir de la datación de los materiales. Las primeras pinturas de la Casa localizadas en aquellos espacios que correspondían a las áreas sociales del edificio en la segunda planta, aparecen dentro de la secuencia como los estratos directamente ubicados sobre el enlucido de los muros. De acuerdo con el análisis microquímico se trata de pinturas a la cal, una técnica empleada desde la colonia en Bogotá para la decoración de los muros. Sobre estas capas iniciales, comienzan a aparecer secuencias de estratos de pintura sintética (posiblemente acrílica) que son producidas y comercializadas en Colombia únicamente a partir de 1949 (Fig. 9). Microestratigrafía (20x) de una decoración mural de la segunda planta del Museo de Bogotá. En cuanto a los pigmentos empleados para las primeras capas de pintura a la cal la caracterización mediante técnicas de microscopía electrónica de barrido con espectrometría dispersiva (SEM-EDS por su sigla en inglés) corroboró la presencia de dióxido de titanio, un pigmento blanco disponible comercialmente a partir de 1918 en Europa y de 1920 en los Estados Unidos (Laver 1997: 297). El estudio de los pigmentos y su uso no solo brinda fechas terminales, lo que desde luego los convierte en excelentes marcadores de datación para las secuencias estratigráficas, sino que adicionalmente permite lanzar otro tipo de interpretaciones que complementan el estudio arqueológico de los edificios en términos de las relaciones entre personas y arquitectura. Dentro de la Casa de la Independencia además de la aparición de blanco de titanio se encontró la presencia de rojo bermellón (o cinabrio) y de verde malaquita (carbonato básico de cobre) para la elaboración de las pinturas murales. El empleo de estos pigmentos dado que se trata de materiales muy costos que como el bermellón resultan más caros que el oro (Gettens et al. 1993: 159), demuestran por un lado la capacidad económica de los propietarios en el contexto de la Bogotá de comienzos del siglo XX marcado por una enorme precariedad material. Por otro, la necesidad de diferenciarse socialmente en términos del estatus y el estilo de vida que deseaban proyectar. Tristemente pero sin que sea una sorpresa, el discurso oficial de la ciudad y la divulgación que realiza de la Casa de la Independencia como sede del Museo de Bogotá hasta hace poco situaba tanto al edificio como a las pinturas en el siglo XVII[13] dando continuidad a esa búsqueda casi obsesiva por lo colonial y reforzando unos criterios de valoración cultural monolíticos en donde la antigüedad, la belleza y la condición de originalidad (Castillo Ruiz 2007: 21), continúan siendo el único punto de vista que permite explicar la relevancia patrimonial de un inmueble. Este modelo de valoración por sí mismo no es del todo equivocado, excepto cuando se convierte en una suerte de dogma que no requiere de evidencias para ser demostrado, o deliberadamente las omite si contradicen el valor de antigüedad. A este respecto resulta evidente dentro de la secuencia estratigráfica del edificio que al menos la segunda planta de la Casa de la Independencia fue construida a comienzos del siglo XX. Ni que decir del peligro que encierra para el conocimiento de los propios edificios, así como del conjunto de la historia de los materiales y técnicas de construcción, el hecho de pensar en términos "originales" una edificación cuya autenticidad radica justamente en sus cambios, adaptaciones y diversidad. Esto ha conducido a que precisamente muchos de los estratos "no originales" que componen el edificio, sean eliminados y destruidos sin el más mínimo reparo, pero además, sin que se conserven muestras físicas de esos materiales que posibiliten nuevas investigaciones a futuro. PERSPECTIVAS Y DESAFÍOS DE LA ARQUEOLOGÍA DE LA ARQUITECTURA EN COLOMBIA Durante los últimos treinta años en Colombia ha habido un viraje en la manera de aproximarse a los edificios históricos y su estudio. Desde las visiones historicistas fundamentadas en discursos ideológicos con relación al pasado vigentes durante casi todo el siglo XX, hasta la comprensión de los edificios como contextos arqueológicos, en la actualidad es casi un consenso la necesidad de contar con diversas miradas disciplinares para poder comprender la complejidad del patrimonio cultural. A este universo en donde convergen distintas miradas, métodos y personas, es a lo que llamo arqueología de la arquitectura. Este carácter de la AA propio de un campo que por definición misma se ubica entre las disciplinas, obtiene en esta diversidad epistemológica una de sus mayores fortalezas, no solo por permitir y fomentar el diálogo en torno al conocimiento del patrimonio construido, sino más bien en su versatilidad para ser aplicado de distintas formas, en distintos escenarios y por distintos profesionales. Las posibilidades que brinda esta flexibilidad han quedado más que demostradas en la práctica, siendo una de las razones por las cuales la AA ha estado ligada en Colombia principalmente a proyectos de conservación y restauración. Como se ha mostrado, la consulta de fuentes históricas pese a ser necesaria no es suficiente para poder formular criterios sólidos de intervención ni para tomar decisiones frente al manejo y conservación del patrimonio cultural. Estas decisiones además suelen ser polémicas y mediadas por el aparato legal e institucional del Estado. Así mismo ante un escenario de crisis económica en donde el sector cultural y en particular el campo del patrimonio recibe cada vez menos recursos y se debilita, en términos de las posibilidades para garantizar su conservación, resulta casi imperativo hacer más eficiente el proceso de conocimiento y valoración cultural de los edificios, un punto en el que la AA tiene muchas posibilidades que ofrecer. Tal y como se mostró en el caso del Palacio de la Gobernación de Bolívar la información histórica interpretada arqueológicamente, a la luz de las secuencias estratigráficas y del proceso de prospección, resultó fundamental para la comprensión de toda la edificación y sus diferentes momentos constructivos. Estos momentos identificados por medio de las secuencias estratigráficas, han estado ligados a la trayectoria de Cartagena y contradicen en parte las concepciones ideológicas e historicistas de la ciudad. La mirada tradicional sigue viendo ejemplos de arquitectura colonial en el centro histórico aun cuando esta originalidad no exista o no pueda ser entendida como un momento definido. Por el contrario, el trabajo de investigación desde la AA demostró que el Palacio debe entenderse como un proceso constructivo que abarcó distintos momentos, desde las casas iniciales del siglo XVI hasta las ampliaciones de la década de 1940 cuando adquiere su configuración actual. Los resultados desde el punto de vista de la AA mostraron más que certezas y continuidades, rupturas y contradicciones que condujeron a complementar la valoración patrimonial de este inmueble, alejándose de criterios centrados en lo que Castillo Ruiz denomina el método omnicomprensivo, en donde el valor reside casi con exclusividad en la antigüedad, la belleza o la condición (2007: 21). En este sentido y como lo señala la Carta de Nara [14], la valoración patrimonial debe estar sustentada en el conocimiento y por tanto, en la investigación. Pero este conocimiento no puede estar limitado únicamente a la indagación histórica o estilística, sino que, por el contrario, debe incluir todas las fuentes posibles así como una interpretación amplia de los datos y en especial, el contraste necesario entre informaciones y evidencias arqueológicas. Algo similar ocurrió en la Casa de la Independencia de Bogotá. En este caso la caracterización y el estudio de los materiales permitieron una datación de las secuencias estratigráficas demostrando que la segunda planta de la edificación fue construida durante el siglo XX. Estos resultados desde luego contrastan con la idea ampliamente difundida de que se trata de un edificio colonial. Más allá de las fechas, lo interesante de este caso es cómo el análisis de los materiales y en especial su interpretación dentro del marco de la AA, permitió suplir la carencia de fuentes históricas o documentales. Pero estos resultados fueron posibles gracias a un trabajo detallado de prospección en el que tanto el análisis configuracional como espacial fueron fundamentales para la toma de muestras representativas en el contexto de un edificio público, en uso y lleno de decoraciones murales que implicaron limitar al mínimo las posibilidades técnicas en la exploración de los muros. Otra consideración relevante es que en los casos presentados el uso de distintas herramientas de investigación integradas dentro de la AA, permitió obtener resultados significativos en torno al conocimiento de las edificaciones. En la práctica, brindaron elementos de juicio para la toma de decisiones en torno a la conservación de los inmuebles, tanto desde el punto de vista conceptual para la construcción de criterios de valoración, como técnico, estableciendo secuencias constructivas y momentos de transformación. Pese a que este pragmatismo ha sido una ventaja en el sentido de justificar la necesidad de aproximaciones como la AA y favorecer encuentros, vertientes y posturas muy variadas, la carencia de un marco académico y epistemológico ha traído consigo algunos problemas que también vale la pena considerar. El primero de ellos tiene que ver con la formación de profesionales que puedan abordar los desafíos de investigación que plantea el estudio arqueológico de los edificios. En Colombia, ni los arquitectos ni los arqueólogos (mucho menos otros profesionales como los ingenieros, historiadores o conservadores), tienen cursos regulares o asignaturas específicamente enfocadas a estos temas. Esto dificulta enormemente la sistematización de resultados y la producción a mayor escala de conocimientos. Los esfuerzos realizados tal y como se señaló, continúan estando desarticulados tanto desde el Estado como desde la academia Es necesario a este respecto entender que el carácter transdisciplinar de la AA es difícil de asir dentro de las estructuras académicas de la investigación científica. Si bien entidades como Colciencias[15] promueven los grupos interdisciplinarios de trabajo e investigación, el esquema administrativo de las facultades y programas universitarios continúa siendo de una enorme rigidez, dificultando los trabajos transversales y la aparición de iniciativas que puedan mantenerse en el tiempo, más allá de las experiencias puntuales de los profesionales e investigadores que como se ha mostrado a través de los muchos ejemplos, siguen estando vigentes a pesar de las dificultades. Como resultado de este estado de disociación, son pocos los recursos financieros que se destinan para la investigación en este campo así como los espacios académicos para la discusión y divulgación de las ideas y contenidos que por definición, la AA requiere para poder seguir desarrollándose, precisamente como un lugar de encuentro entre las disciplinas, con múltiples aplicaciones y sobre todo, como un escenario de necesaria reflexión frente a la naturaleza y valoración del patrimonio cultural. Resulta apenas preocupante que pese al número de proyectos de AA que se vienen realizando como respuesta a las exigencias que impone el marco normativo para la protección del patrimonio en Colombia, la mayoría de estos trabajos no se publiquen. Tampoco están sistematizados dentro de bases de datos que permitan o faciliten la consulta o comparación de los resultados. Estas carencias implican unos problemas de fondo para la formulación de proyectos de investigación transversales, más amplios o que permitan estudios entre distintos países que comparten tradiciones comunes. Pero este problema no es simplemente un asunto de acceso a la información o de integración de las acciones, sino que apunta a la pérdida de información que está ocurriendo, tanto para el conocimiento de las edificaciones y su valoración, como para la identificación de procesos históricos, técnicas constructivas y materiales. Tal es el caso de los morteros, por ejemplo, en donde lo rutinario de los análisis, ha dificultado plantear preguntas de investigación dirigidas a la comprensión arqueológica e histórica de estos materiales. De ese modo, las muestras físicas que se toman para el análisis de las edificaciones patrimoniales en muchos casos o bien son destruidas después de realizar los pruebas, o no se están analizando e interpretando desde un punto de vista más amplio que permita enriquecer la información que pueden brindar. Es por esto que las muestras terminan guardadas dentro de los laboratorios, o dentro de los cajones (o sótanos) de los investigadores sin que puedan ser consultadas y sin que muchas veces estos resultados puedan alcanzar públicos más amplios, en una tarea de pedagogía patrimonial tan necesaria en Colombia y en el resto de países de Latinoamérica. La escasez de este tipo de catálogos y sistemas de información, se debe en parte a que desde hace algún tiempo fueron ampliamente criticados por considerarse expresión de un anacrónico positivismo decimonónico, especialmente dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Pero lo que esta carencia refleja es la necesidad de una convergencia más amplia y de orientar la mirada hacia la responsabilidad y el problema ético en el manejo de la información. Muchas veces las muestras o los informes son lo único que queda de los contextos arqueológicos de los edificios, por lo que deberían ser interpretados para el desarrollo de un conocimiento más abarcador y sistemático, así como para el planteamiento de preguntas de investigación en torno a la aparición, circulación o desuso de materiales y técnicas constructivas. Mientras los esfuerzos sigan desarticulados, los profesionales y el Estado están condenados a comenzar cada proyecto desde cero. Las imágenes presentadas, así como los resultados de investigación corresponden al trabajo de investigación de David Cohen como parte de su trabajo en la Maestría en Patrimonio Cultural y Territorio de la Universidad Javeriana de Bogotá, como consultor independiente y como parte del equipo de investigación de la Fundación Erigaie. Todas las imágenes fueron tomadas por el autor excepto en los casos en los que se haga explícito lo contrario.
Arquitectura arqueológica en el noroeste argentino: cien años de interés A través del análisis de una muestra de trabajos publicados, el presente artículo revisa el tratamiento dado a los restos arquitectónicos hallados en sitios arqueológicos del noroeste de la República Argentina entre los años 1877 y 1977. El objetivo de la revisión fue evaluar si el estudio de dichos restos fue o no tema de interés de la disciplina durante el periodo considerado y cuáles fueron las perspectivas desde las que se propuso su análisis. El resultado obtenido permite afirmar que, si bien de modo irregular, la arqueología argentina sí se interesó desde momentos tempranos por el estudio del registro construido, y que lo hizo mediante una heterogénea variedad de propuestas teórico-metodológicas cuyos criterios pueden ser relacionados con los postulados actuales de la arqueología de la arquitectura. El presente trabajo surge de la lectura de un texto en el que se revisaba la trayectoria de las investigaciones de la arqueología de la arquitectura en España e Italia y se advertía de las limitaciones implicadas en equipararla a la mera lectura estratigráfica de paramentos (Azkárate Garai-Olaum 2013: 281). Una revisión orientada a evaluar si dicha limitación podía afectar los estudios de arquitectura arqueológica que se desarrollan actualmente en la República Argentina nos permitió estimar que no existe un riesgo a corto plazo en tal sentido, dado que son contados los trabajos realizados en el país que han aplicado sistemáticamente la lectura de paramentos como método de análisis (cabe mencionar entre esos pocos a Páez 2002; Schávelzon 2012; Taboada 2016). En parte, tal ausencia de riesgo puede deberse a que recién en el curso de la última década la arqueología de la arquitectura se ha consolidado como campo de investigación a nivel local, por lo que los equipos que siguen esa línea de trabajo aún exploran las diversas posibilidades que ofrece y pueden capitalizar las experiencias y resultados previamente obtenidos por otros. Por otra parte, es posible que la lectura de paramentos sencillamente resulte un método de análisis inviable en un porcentaje significativo de los sitios con arquitectura, en los que el mal estado de conservación de los restos no permite el hallazgo de muros en pie sino apenas el de secciones de cimientos o de materiales constructivos desmoronados. Por una particular combinación de factores –que incluyen agentes ambientales agresivos y débiles políticas de preservación patrimonial– la arquitectura arqueológica de la Argentina se encuentra peor conservada que la de países vecinos como Chile, Perú o Bolivia. Si bien existen numerosos conjuntos con buen nivel de integridad, sobre todo en el área andina donde el uso de la piedra como materia prima ha favorecido su conservación a largo plazo, en términos estadísticos el registro arquitectónico arqueológico argentino se encuentra mayormente fracturado y disperso. Eso hizo que, históricamente, los arqueólogos aplicaran variados métodos y herramientas para el estudio de los restos constructivos, con frecuencia surgidos como adaptaciones de las técnicas utilizadas para el análisis de otros restos hallados en los mismos sitios. Tal vez por su multiplicidad y por lo variado de las situaciones del registro construido al que se enfrentaban, tales estrategias no se organizaron en un corpus teórico-metodológico formal. En cambio, se desarrollaron a lo largo del siglo XX como propuestas integradas al cuerpo general de la investigación arqueológica, y su análisis quedó incluido en el de un referente material mucho más amplio, en el que otros componentes como la cerámica atrajeron la mayor parte de la atención. Dicha situación restó visibilidad a los estudios arqueológicos de rasgos construidos, lo que fue confundido con una falta de interés disciplinar: "En Argentina son muy pocas las investigaciones que analizan aspectos arquitectónicos más allá de lo meramente tipológico [hasta mediados de la década de 1980]" (Zarankin 1999: 120). Además, el hecho de que el componente arquitectónico de los sitios no fuera del interés particular de quienes estudiaron la historia de la disciplina (e. g. Fernández 1982; González 1985) hizo que las alternativas de su análisis a nivel nacional aparecieran escasamente mencionadas, lo que contribuyó a consolidar la noción general de falta de interés. A fin de explorar la hipótesis de que la arqueología argentina sí se ocupó del estudio de los restos arquitectónicos pero que lo hizo desde una perspectiva plural, poco articulada y metodológicamente variable, realizamos una revisión de publicaciones con el objetivo de relevar el tratamiento dado al componente construido hallado en sitios arqueológicos desde los inicios de la disciplina y por el siguiente siglo. Específicamente analizamos textos referidos al noroeste argentino (NOA)[2], por ser la región cuyo territorio concentra desde el siglo XIX la mayor cantidad de proyectos de investigación arqueológica y al que refiere el mayor número de publicaciones científicas y de divulgación. PROPUESTA DE ANALISIS Y OBSERVACIONES En las últimas décadas del siglo XIX, pasada la efervescencia de los primeros estudios arqueológicos cuya atención se centró en Pampa y Patagonia (Fernández 1982), el NOA se convirtió en la región arqueológica más explorada del país. Durante los siguientes 150 años los sitios allí ubicados fueron relevados, excavados y analizados de modo ininterrumpido, cada vez con mayor detalle, registrándose una progresiva mejora en los métodos de registro de datos y una complejización en las propuestas interpretativas, acorde con el desarrollo teórico de la disciplina a nivel nacional. Fue por ello que elegimos revisar textos referidos a la región que abordaban el análisis de sitios arqueológicos con restos arquitectónicos publicados entre 1877 y 1977 (en términos generales, el primer siglo de publicaciones arqueológicas argentinas). Teniendo en cuenta el enorme volumen de textos aparecidos durante este periodo –y que su análisis exhaustivo excede las posibilidades del presente artículo– decidimos relevar la obra de los autores considerados como principales referentes para la región, revisando su producción para el lapso en cuestión incluida en el programa de Arqueología Argentina (materia de grado del último año de la licenciatura en Antropología de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, plan 1985 – modificado). A ellos sumamos algunos otros autores que, a nuestro entender y basados en nuestro conocimiento del tema, resultaban relevantes para el análisis propuesto. Ubicación del NOA en la República Argentina (D. Gobbo) Examinamos las publicaciones de 51 autores, identificando menciones a restos arquitectónicos en la obra de 33 de ellos, y procedimos luego a registrar brevemente el tratamiento dado a cada conjunto (descripción, relevamiento, registro gráfico, asignación cronotipológica, interpretación funcional, propuesta de filiación cultural). Siguiendo a Taboada, no solo revisamos aquellos textos que desde su título u objetivo puntual reflejaban interés por la problemática, sino que consideramos otros aparentemente no específicos pero cuyo contenido también revelaba un interés por el registro arquitectónico (2016). Esperablemente, observamos que la producción de cada arqueólogo estuvo inmersa en las concepciones teóricas propias de su época y de su interés, y que el análisis de los restos construidos se vio tan influido por ello como el resto del registro material[3]. Pero una revisión detenida de las publicaciones y de sus imágenes mostró, además, que los trabajos realizados por individuos que poseían algún tipo de formación técnica (o en colaboración con estos) resultaron en registros más sistemáticos, detallados y comprensivos de la arquitectura arqueológica que los de otros investigadores. Con frecuencia, los mismos arqueólogos reconocen las dificultades implicadas en el registro de restos construidos en ausencia de personas idóneas ("yo no quise que se tocasen porque no tenía ni dibujante ni fotógrafo conmigo para que se consignase la colocación del yacimiento", Lafone Quevedo 1902: 262) tanto como la importancia de su participación en caso de hallazgos complejos ("Elegidas las estructuras habitacionales que debían ser estudiadas en ambos sectores, se procedió a realizar un relevamiento completo por parte de un técnico", De la Fuente 1972: 5). Habida cuenta de la cantidad de variables y procesos involucrados en la construcción de hasta el más sencillo de los elementos arquitectónicos, resulta comprensible que –independientemente de su posicionamiento teórico– los investigadores que se hallaban familiarizados con ciertas lógicas subyacentes a los procesos constructivos supieran ver y representar mejor este registro que el resto de sus colegas, y que dicha situación destacara aún más cuando los restos a relevar integraban conjuntos arquitectónicos complejos. En algunos casos, quienes registraron los sitios fueron quienes los interpretaron, como ocurrió con el ingeniero topógrafo y agrimensor Lange y sus relevamientos de las ruinas de Watungasta, Catamarca (1892a), o con el notable trabajo del arquitecto Greslebin (1940) en Tambería del Inca, La Rioja, cuyos trabajos recogen información precisa de los conjuntos que utiliza luego para generar interpretaciones sobre sus procesos constructivos y funcionales. En otros casos, la tarea técnica se enfocó tanto en el registro minucioso en el terreno como en la elaboración de reconstrucciones gráficas de la arquitectura de los sitios de acuerdo con las propuestas interpretativas de los arqueólogos. Tal fue el caso del mismo Greslebin como dibujante de Debenedetti durante su relevamiento de El Alfarcito, Jujuy (Debenedetti 1918) o del arquitecto Alvis como colaborador temprano de Cigliano en sitios de Salta (1973, 1975) y luego de Raffino en Catamarca (1977 y posteriores). En cierto modo, estas exitosas experiencias fueron un ejercicio de interdisciplina antes de que tal concepto se popularizara entre los investigadores. "Figura 7-Ruinas de las viviendas cuyos muros están apoyadas contra las terrazas" incluida en Debenedetti (1918: 296) y realizada por Greslebin. Nótese el detalle volumétrico, los sombreados y las flechas que marcan el sentido de circulación inferido dentro de las viviendas. Resultó interesante observar cómo durante el periodo relevado, y cada vez más a medida que avanzó el siglo XX, los arqueólogos no solo se ocuparon de estudiar los restos arquitectónicos que aún se hallaban en pie en los sitios, sino que analizaron los componentes constructivos presentes en estratigrafía, dispersos o ausentes de los sitios, y utilizaron la información obtenida para elaborar propuestas interpretativas sobre los procesos constructivos y/o las formas de uso de los antiguos edificios. Boman, por ejemplo, observó la ausencia de aberturas en los restos de muros de edificios que visitó en la Puna, y postuló que el acceso al interior de los recintos debió haberse realizado desde los techos (Boman 1908). González, por su parte, propuso que las perforaciones halladas en el suelo en el interior de diversos recintos excavados en Corral de Ramas y otros sitios de Catamarca eran evidencia del uso de "postes que a modo de columna, sostuvieron la techumbre [...] El resto de las paredes debió ser de ramas o de barro y ramas, lo mismo que el techo. La presencia de sólo 2 huellas definidas de poste sugiere el empleo de vigas largas y únicas" (González 1954a: 127). Sustenta su propuesta en el hallazgo en estratigrafía de pequeñas secciones de maderas carbonizadas asociadas a algunos de los pozos y atribuye la desaparición del resto a un incendio intencional de las estructuras por parte de sus ocupantes, antes de abandonarlas (González 1954a: 129). Si bien se trata de breves menciones y propuestas altamente especulativas, resulta innegable que muchos autores se esforzaron por ir más allá de la mera descripción de rasgos arquitectónicos y avanzar en la comprensión de los conjuntos. La revisión bibliográfica permitió proponer que, independientemente de su fecha de publicación, los trabajos pueden ser reunidos en cuatro grandes conjuntos o modelos de acuerdo con la perspectiva desde la cual los autores abordaron el análisis del registro arquitectónico. No pretendemos que dichos modelos contengan o agoten todas las posibilidades de organización de estos textos, sino reconocerlos como una opción válida para sistematizar las propuestas más repetidas. De igual modo, no nos propusimos evaluar el posible acierto o error de las interpretaciones presentadas por cada autor, sino explorar su interés por el análisis del registro arquitectónico presente en sitios arqueológicos y observar cuáles son los elementos que destacan en cada obra. Como podrá notarse, con frecuencia los restos arquitectónicos de un mismo sitio son susceptibles de ser asignados a más de un modelo de acuerdo con el planteo de uno u otro autor o con la escala en que se desarrolló dicho análisis, lo que da cuenta de la diversidad de perspectivas de abordaje identificadas. ANTES DE LOS MODELOS: LIBERANI Y HERNANDEZ Y ARQUITECTURA DE TUMBAS La atracción que generaron las ruinas del NOA desde momentos tempranos sobre los investigadores que visitaron la región quedó plasmada en el trabajo de von Tschudi de 1858 referido al Fuerte de Andalgalá, provincia de Catamarca –aunque, en palabras de Raffino, el resultado fue un relato algo fantástico (2007: 78)–. Dos décadas después Liberani y Hernández presentaron Excursión arqueológica en los Valles de Santa María, Catamarca, considerada como la primera publicación formal de la arqueología argentina y a la que deseamos dedicar unas líneas en particular. El texto presenta los resultados de su expedición al sitio de Loma Rica de Shiquimil, Catamarca, donde realizaron excavaciones en el interior de los restos de unos recintos de piedra y recuperaron un interesante conjunto de piezas de cerámica, muy codiciadas en la época. Pero las primeras ilustraciones de la obra no corresponden a dichas piezas sino a una "vista general" del sitio; al "plano de la población antigua ubicada en la parte superior de Loma Rica"; al "croquis de una habitación (Pilca)" y a una "vista de la necrópolis" (Liberani y Hernández [1877] 1950: 67). Se trata de ilustraciones sencillas y sin escala pero con sus correspondientes referencias cardinales, que presentan a las ruinas ubicadas en la geografía que las rodea y con algunos detalles de interés. Aunque de modo escueto, los autores brindan en el texto que acompaña a las ilustraciones datos sobre los restos arquitectónicos hallados; e. g.: La altura de estas paredes varía de 1 a 2 m sobre el nivel del suelo mientras su espesor mide 1 m apenas. Algunas están interrumpidas y juzgamos que estas interrupciones serían tantas puertas de comunicación ya sea con exterior, ya con el interior de las casas... Los materiales de que están construidas las paredes son piedras rodadas, generalmente graníticas o cistosas, sin indicio aparente de argamasa (Liberani y Hernández [1877] 1950: 114). Luego intentan una propuesta de identificación de la función original de algunos de los edificios articulando los datos constructivos con la información del material recuperado durante las excavaciones realizadas, esbozando una propuesta referida al posible carácter defensivo del sitio. Analizando otra problemática, Nastri (2001: 34) propuso que este trabajo inauguró una línea de presentación de datos que la arqueología regional siguió desde entonces, con pocas variaciones: la descripción general del asentamiento y su territorio, la descripción específica de las estructuras arquitectónicas (fundamentalmente a partir de planos y dibujos) y la descripción detallada de piezas recuperadas en los cementerios asociados a los poblados. Según pudimos apreciar, esta secuencia identificada por Nastri para valles calchaquíes a fines del siglo XIX va a convertirse en el modelo de presentación de un conjunto más amplio de sitios arqueológicos del NOA: la de los sitios con arquitectura. Así, durante las siguientes décadas, docenas de trabajos van a reproducir un esquema en el que los restos de construcciones son el componente mencionado y caracterizado en primer lugar, para identificar el "tipo de sitio", y a continuación se brindan detalles sobre el registro mueble hallado durante las excavaciones. Los yacimientos arqueológicos de Chañarmuyo pueden dividirse en dos series perfectamente bien caracterizadas: los que llamaremos de los barreales y los de los pedregales. Los primeros están ubicados sobre la margen izquierda del río; los segundos se extienden sobre los campos pedregosos situados inmediatamente a espaldas de los barreales... En los barreales no existen vestigios de viviendas, aun cuando supongo que éstas existieron en abundancia, dada la gran cantidad de restos de alfarería que se encuentran dispersos. Las viviendas fueron de barro o de quincha, especies de ramadas [...] En los pedregales las construcciones fueron de piedra: las pircas, aunque no en buen estado de conservación, se mantienen todavía en pie. No alcanzan a tener más de 70 centímetros de altura y, creo, que muchas de ellas son verdaderos cimientos sobre los cuales se terminó el edificio mediante adobes o simple barro amasado (Debenedetti 1919: 397). El trabajo de Liberani y Hernández fue pionero además en el relevamiento, excavación y presentación de un tipo específico de construcciones, las tumbas, cuyo análisis va a dominar el panorama arqueológico argentino de las primeras décadas del siglo XX (Taboada 2003: 20). Los textos revisados dan cuenta de cientos de ejemplos de construcciones subterráneas halladas de modo aislado, en directa asociación con estructuras de vivienda, cultivo o almacenamiento, o reunidas en cementerios y necrópolis. Y aunque el énfasis descriptivo e interpretativo de los arqueólogos del NOA se enfocó casi obsesivamente en los objetos que conformaban los ajuares hallados en las tumbas (incluso por encima del de los restos de los individuos enterrados), las características arquitectónicas de las estructuras funerarias y su relación con otros componentes construidos nunca pasaron inadvertidas. Vista general del sitio Loma Rica (arriba) y croquis de una habitación (abajo), incluidas en el texto publicado por Liberani y Hernández con detalles de las primeras intervenciones realizadas en el sitio ([1877] 1950: 52). En las inhumaciones encontramos un elemento más definitorio para el establecimiento de diferenciaciones culturales. En la Quebrada de Humahuaca [...] se efectuaron de preferencia en los pisos de las viviendas [...] En cambio, en Yavi Chico, si bien conocemos muchos otros aspectos de la cultura de los indígenas que allí vivieron, no sabemos aún de qué manera sepultaron a sus muertos. Podemos señalar por lo menos que no lo hicieron en las viviendas. [...] Nuestras investigaciones estuvieron destinadas principalmente a la obtención de secuencias estratigráficas y al estudio de viviendas y otras construcciones (Krapovickas 1970: 120). Un ejemplo de temprano registro gráfico a mano alzada de los tipos de construcciones funerarias halladas en sitio del NOA (Schuel 1929: 1451, modificado por D. Gobbo). El registro de las materias primas y técnicas utilizadas, la relación entre morfología y contenido, la identificación de tipos y su asignación a culturas arqueológicas, los cambios en la morfología y tecnología constructiva como marcador cronológico y evidencia de cambio cultural, todos estos temas fueron objeto de estudio. El detalle de la construcción de estas tumbas abovedadas es el siguiente: El plan o suelo se presenta cuidadosamente embaldosado con trozos de lajas ó piedras chatas de espesor variable, colocadas de modo que quede un piso uniforme. Las paredes, de forma circular, se hallan revestidas por otras lajas grandes, paradas y superpuestas, con los intersticios que quedan entre ellas ocupados por otras pequeñas, á fin de que el conjunto presente una superficie lo más lisa y unida posible. A una altura de ochenta centímetros, más o menos, empieza a formarse la bóveda que cierra la tumba. Para esto han colocado trozos largos de piedra, recostados [...] Esta operación se repite hasta que la bóveda cierre completamente y las últimas piedras queden al nivel del suelo más o menos. El trabajo, en su conjunto, no puede ser mejor hecho, y dado los elementos de que podían disponer, se nota en todos una proligidad en la elección de la piedra que demuestra la importancia que para los indios tenía, en sus creencias religiosas, la conservación de los muertos (Ambrosetti 1897: 54). Una quinta parte de los textos revisados menciona la presencia de restos arquitectónicos aislados en los sitios arqueológicos de los que se ocupan, que abarcan desde tumbas simples, partes de cimientos, secciones de muros con unas pocas hiladas conservadas hasta recintos de diverso tamaño y morfología[4]. Los autores se interesan en estos casos por describir en detalle las características de las construcciones, pero a una escala que nunca alcanza la de todo el conjunto arquitectónico o el sitio (Taboada 2003: 19). Casi en su totalidad, las descripciones refieren a estructuras construidas con piedra, un tipo de arquitectura que, si bien no fue la única, como dijimos predominó en el NOA prehispánico, aunque son varios los autores que proponen el uso de adobe y quincha como materiales constructivos entre las poblaciones tempranas de la región, articulando rasgos observados en el registro arquitectónico con rasgos inferidos: Estos nuevos tipos de habitación son de gran importancia pues no solo abren novísimas perspectivas en lo que se refiere a la evolución cultural del área, permitiendo vislumbrar desde ya los pasos seguidos en los cambios habidos en los distintos tipos de viviendas en las diferentes culturas que la habitaron sino también por las proyecciones y sugerencias [...] que esas habitaciones ofrecen al ser comparadas con otras de distintos lugares [...] la arquitectura basada en la construcción de recintos o habitaciones con muros de piedra (pirca) pertenecen a la última y más reciente capa cultural del N.O. Esta etapa cultural fue precedida por otras que usaron habitaciones hechas de material perecible (González 1954b: 122). Los esfuerzos por identificar la antigüedad, origen cultural o función de los restos construidos es una constante, por lo general a través de la extrapolación de datos obtenidos del análisis de objetos recuperados en estratigrafía; "La clave más segura para la ubicación cultural de esta vivienda la proporciona el estudio de los fragmentos de alfarería" (González 1954b: 129). En unos pocos casos los arqueólogos apenas mencionan la presencia de restos de construcciones en los sitios, mientras que en la mayor parte de estos avanzan en la descripción y el registro de las materias primas y las técnicas utilizadas, e intentan propuestas clasificatorias morfológicas. Los restos arquitectónicos aparecen nombrados utilizando categorías funcionales –vivienda, patio, corral, depósito, muralla, sala– pero se trata generalmente de propuestas no contrastadas, más interesadas por dar cuenta de la presencia del rasgo que por investigar su función real (Taboada 2003: 19). Con frecuencia, en los trabajos de la primera mitad del siglo XX los autores identifican y caracterizan un determinado rasgo constructivo y luego lo asignan mecánicamente a una cultura arqueológica. Por ejemplo, en 1936 Serrano publicó un breve texto en el que sintetizó los que, a su entender, constituían los rasgos básicos de la arquitectura diaguita ‒una de las sociedades indígenas que habitaba el NOA al inicio de la conquista‒: muros de bloques de piedra, presencia de dinteles, evidencias de uso de bóveda en saledizo y techos de una sola agua son algunos de los mencionados para sitios de las provincias de Tucumán y Catamarca (Serrano 1936: 53). La aparición a nivel local de elementos constructivos como resultado de la influencia de culturas peruanas o bolivianas fue otra de las temáticas discutidas por los arqueólogos del NOA, tanto como la posibilidad de que ciertos rasgos solo hubieran aparecido en la arquitectura local a posteriori de la conquista ibérica. Boman, atraído por el brillo de la civilización peruana del último momento se constituyó en acérrimo defensor de ese origen [...] y considerando probada históricamente la dominación del noroeste por los Incas, afirmó que la cultura de este sector de nuestro territorio provenía de ellos. Sin embargo, Ambrosetti (1899), años antes, con su habitual genialidad, había preconizado para la civilización calchaquí un origen extraño e independiente del Perú [...] Debenedetti (1912), por su parte, cree encontrar restos de la cultura de Tiahuanaco en todo el noroeste [...] Es admisible la existencia en el noroeste de una serie de rasgos que denotan la presencia de un fondo común, que entronca en nuestra concepción de lo andino (Lafón 1958: 10). Varios de los autores cuyos trabajos se incluyen en este modelo utilizaron recurrente –y cuestionablemente– datos históricos y analogías etnográficas para generar explicaciones sobre determinados rasgos de la arquitectura arqueológica, esforzándose por conectarla con tradiciones y prácticas constructivas aún vigentes entonces entre las poblaciones locales (Spengler 2008: 25). Por ejemplo, en un texto de 1937, Ardissone propuso una tipología clasificatoria para la arquitectura de los silos utilizados por las poblaciones de la Quebrada de Humahuaca, Jujuy, que incluye tanto ejemplos contemporáneos como casos arqueológicos. En su opinión, el uso de graneros subterráneos construidos en piedra para el almacenamiento de grano se remonta a tiempos prehispánicos y utiliza los hallazgos y datos relevados por otros arqueólogos para sustentar su propuesta (Ardissone 1937: 133). Además de los ya citados puede incluirse en este modelo el interesante texto de Márquez Miranda de 1937 en el que sistematiza y presenta los rasgos de la "arquitectura aborigen" que observa en sitios de Salta y el de Lahitte y Calandra (1975), pero el estudio de rasgos o componentes arquitectónicos aislados prácticamente desaparece durante la segunda mitad del siglo XX, cuando la noción de estudios contextuales se instala en la disciplina y los trabajos pasan a enfocarse no en los objetos o las estructuras sino en las relaciones de conjunto. MODELO 2 – RUINAS, PUEBLOS Y FORTALEZAS El corpus de restos arquitectónicos de los que se ocupó mayoritariamente la arqueología del NOA durante el periodo revisado corresponde a "las ruinas de...", "el pueblo de..." y/o "el pucará[5] de...", instalaciones en las que se articulan entre media docena y una centena de recintos de variada morfología y tamaño, muchas veces asociados a cementerios, y que fueron utilizadas con diversos propósitos. Estas investigaciones superan la escala de análisis de rasgos o componentes que caracteriza al modelo anterior y se orientan, en cambio, al estudio de conjuntos de restos construidos; además, los autores comienzan a analizar los procesos de obtención y procesamiento de las materias primas y a relacionar la función de la arquitectura con el paisaje que la rodea. Buen ejemplo del tipo de texto incluido en este modelo es el de Bruch de 1911, en el que reúne sus observaciones sobre dieciséis sitios con arquitectura ubicados en las provincias de Catamarca y Tucumán. Bruch visita cada uno de ellos y se detiene en la descripción de sus "construcciones antiguas", relevando –de modo algo desordenado– las características de cada uno y la relación entre sí, pero detallando además sus diferencias tecnológicas. Para la edificación los Quilmes se valieron del abundante material que el cerro les proporcionaba, es decir, la piedra laja, micaesquistosa y filitas sericíticas, usadas tal como se separa por su propio clivaje. Estas lajas, se comprende, son muy apropiadas para la edificación y han sido superpuestas con cuidado sin el empleo de cemento alguno, formándose con ellas paredes perfectamente perpendiculares, casi siempre de uno pero hasta de dos metros de espesor. [...] Por regla general, todos los muros son lisos del lado de adentro y perfectamente verticales; á menudo, la base se halla reforzada con piedras grandes, chatas ó lajas clavadas de punta, sobre todo en los sitios donde el suelo se presenta muy inclinado. Al contrario, por fuera los muros son siempre más desiguales é irregulares. [...] Las construcciones del pueblo son cuadrangulares y redondas; las últimas son más escasas y las dimensiones menores, pero, á juzgar por las pocas que hemos podido observar, parecen estar en relación con las primeras (Bruch 1911: 21). Abundan en estas publicaciones los planos, cortes, vistas, plantas y detalles de los sitios, acompañados de un progresivo incremento del uso de fotografías que muestran detalles de las estructuras y los conjuntos. En este modelo se incluyen algunos de los primeros estudios de arquitectura colonial realizados en el país, como el breve análisis de Ambrosetti de las transformaciones constructivas sufridas por el casco de una estancia del siglo XVII ubicada en Molinos, Salta (Ambrosetti 1903), o el de Cáceres Freyre de las ruinas del Fuerte del Pantano, La Rioja, un interesante caso de arquitectura defensiva en adobe, tapia y madera identificado como de origen hispánico y cuyo estado de deterioro es explicado a partir de la observación de la concurrencia de agentes ambientales y antrópicos (Cáceres Freyre 1937, 1955). También cabe mencionar el trabajo de Furque, quien identificó con precisión evidencias de superposición constructiva en la arquitectura de unas ruinas catamarqueñas "no cabe duda de que hubo allí una población española, siendo lo más probable que fuese abandonada y ocupada después por los indios" (Furque 1900: 169), aunque equivocó el orden de las sucesivas ocupaciones (Igareta 2009). El estudio de ruinas generó interesantes discusiones entre los arqueólogos; por ejemplo, Márquez Miranda objetó la propuesta de Bruch según la cual los andenes de cultivo de ciertos sitios eran efectivamente construcciones, dado que carecían de recintos de habitación asociados (Márquez Miranda 1940: 230). Debenedetti y Greslebin, por su parte, discreparon en su apreciación sobre el estado de conservación de los muros de los recintos de Tambería del Inca, dado que el primero afirmó que se hallaban perfectamente conservados mientras que el segundo sostuvo que estaban significativamente deteriorados y que la apreciación de Debenedetti derivaba de una mala comprensión de las características arquitectónicas del sitio (Greslebin 1940: 11). En la década de 1950 la arqueología argentina se vio fuertemente impactada por el concepto de patrón de asentamiento propuesto por Willey para sitios de la costa norte de Perú y por las posibles aplicaciones del uso del dato arquitectónico como evidencia para estudiar cambios sociales a largo plazo (Willey 1953). Ello, sumado a la adopción definitiva del método estratigráfico, amplió radicalmente el universo de análisis y de las propuestas interpretativas de las dinámicas sociales de la región. Para la segunda mitad del siglo XX el volumen de información ya disponible sobre los edificios prehispánicos permitió interesantes trabajos de recopilación y síntesis, como el realizado por Madrazo y Ottonello (1966) para la Puna; tomando en cuenta el ambiente natural en que se ubicaban diversas instalaciones, los autores clasificaron las ruinas de los poblados de acuerdo con su morfología interna (grado de dispersión o aglutinamiento) y propusieron una tipología para las unidades de residencia basada en una articulación de criterios morfológicos y funcionales. La tercera de las problemáticas que desde temprano captó el interés de los arqueólogos argentinos fue el posible carácter urbano de algunas de las extensas instalaciones identificadas en el NOA. En el marco en una discusión más amplia que enfrentó a quienes sostenían que el fenómeno urbano se había desarrollado en la región solo a posteriori de la conquista ibérica con quienes afirmaban la existencia de un urbanismo prehispánico, muchos trabajos se enfocaron en definir qué rasgos debía presentar la arquitectura de un sitio para ser considerada como ciudad. Algunos autores como Ambrosetti (1897, 1907) asumieron inductivamente desde momentos tempranos que las ruinas que analizaban eran de antiguas ciudades y se dedicaron a la exploración y registro de sus características, interesándose por dar cuenta de las variaciones arquitectónicas observadas: "de cuya base arrancan las diversas construcciones que se dirigen ya hacia abajo, la ciudad propiamente dicha; ya hacia arriba: la fortaleza y el campo de refugio fortificado" (Ambrosetti 1897: 35). Otros arqueólogos se interesaron por identificar la función específica de ciertos edificios y por determinar el rol que jugaron en el contexto urbano en el que se insertaron; Márquez Miranda, por ejemplo, planteó la existencia de una "arquitectura fiscal" inca, representada por los grandes silos hallados en ciudades y cruces de caminos, y cuya presencia evidenciaba el control imperial sobre sitios del NOA (Márquez Miranda 1940: 132). Asimismo, reconoció un uso diferencial de materias primas en edificios de una misma cultura y una misma región, proponiendo que daban cuenta de una diferencia de clases: En la parte de la sierra, los adobes y la pirka constituían los elementos integrantes de la edificiación popular, habitaciones de los hatunrunas u hombres del pueblo, pero los edificios más importantes –templos, palacios, fortalezas– poseían muros de piedra cuidadosamente seleccionadas, terminadas en ángulos rectos y de formas cuadradas (Márquez Miranda 1940: 126). Las ciudades coloniales, el sitio elegido para su fundación y las características de su arquitectura fueron otros de los temas de interés de las investigaciones incluidas en este modelo, cuyos primeros ejemplos se remontan a los trabajos de Lafone Quevedo (1898) y sus esfuerzos por dilucidar, a partir del análisis documental, la ubicación de las primeras El Barco y Santiago del Estero. A estos trabajos se sumaron luego otros como el análisis de las ruinas de Ibatín, sitio de la primera fundación de San Miguel de Tucumán en el siglo XVI, en los que Gramajo recurrió permanente al uso de documentos históricos para interpretar hallazgos arquitectónicos:... según los Documentos Coloniales, hacia 1570 existían fábricas de tejas y ladrillos de factura acabada, lo cual revela una asimilación de la técnica española en la materia. La aparición de estos materiales nos llevó a tratar de descubrir los pavimentos respectivos de los edificios para lo cual practicamos nuevos sondajes en distintos puntos siempre con resultados negativos, excepción hecha de un piso de baldosas cerámicas descubierto en el edificio de los Jesuitas, a 0,80 m debajo del piso actual. Estas baldosas de forma rectangular fueron especialmente trabajadas para este fin, con un chanfle permietral, lo que permite colocarlas a junta cerrada (Gramajo 1976: 146). El desarrollo de los estudios sobre el urbanismo prehispánico del NOA alcanzó un punto notable en la década de 1960 con el trabajo realizado por Cigliano –y luego continuado por Raffino– en las ruinas de la ciudad de Tastil, ubicada a más de 3000 m s. n. m. en provincia de Salta. Durante años, Cigliano y su equipo se dedicaron a la excavación sistemática de parte de los 1161 recintos relevados en sus casi 110.000 m2 de superficie y a la clasificación de las unidades construidas identificadas de acuerdo con criterios morfofuncionales (Raffino 2007: 127). El estudio de Tastil no solo proporcionó evidencias concretas de la existencia de ciudades en el NOA antes del avance inca, sino que generó un modelo comparativo de desarrollo cultural a nivel regional basado en el ambiente ecológico, en que los rasgos arquitectónicos jugaron un papel clave. Un ejemplo del tipo de documentación gráfica realizada a mediados del siglo XX para el relevamiento de los restos de antiguas instalaciones puneñas (Márquez Miranda 1940: 55). Todos estos hallazgos de instalaciones, que evidencian patrones de poblamiento diferentes y distintos tipos de enterratorio, van conformando el cuadro cronológico de este ambiente ecológico, donde se presentan una serie de yacimientos con características muy definidas que permiten identificar las etapas de desarrollo de las diversas culturas que aquí se han asentado (Cigliano y Raffino 1977: 162). Además, los trabajos realizados en Tastil utilizaron exitosamente las fotografías aéreas como herramienta para el análisis del crecimiento urbano del sitio, metodología que había sido utilizada por primera vez en el país unos pocos años antes por González (1956) para el reconocimiento y análisis de sitios arqueológicos con arquitectura. Y si bien no desarrolló trabajos en el terreno, no puede dejar de mencionarse para la segunda mitad del siglo XX la publicación en 1964 de Ciudades precolombinas (Hardoy 1964), por el impacto que tuvo en la arqueología del NOA. Como resultado de un extenso análisis de casos, el autor definió los criterios que debían cumplir las instalaciones de la región para ser consideradas como urbanas, y estos fueron luego aplicados por arqueólogos que sí exploraron de modo directo los rasgos del registro arquitectónico. MODELO 4 – RESTAURACIÓN DE SITIOS El último conjunto identificado corresponde a trabajos que dan cuenta de la restauración y/o reconstrucción parcial de las ruinas de sitios arqueológicos como parte de un proceso que culminará con su exhibición al público[6]. Si bien son apenas unos pocos casos los incluidos en este modelo, estimamos relevante mencionarlos dada la importancia asignada desde la arqueología de la arquitectura a la relación entre investigación arqueológica y restauración (Caballero Zoreda 2004). El antecedente más significativo corresponde a la restauración del Pucará de Tilcara, una instalación multicomponente de unas diez hectáreas de superficie ubicada a más de 2400 m s. n. m. en la provincia de Jujuy. Relevada por primera vez en 1908 por Ambrosetti y Debenedetti, por los siguientes dos años ambos excavaron el interior de algunas de sus cientos de "casas" y analizaron las características de su arquitectura, aunque sin generar una planimetría general del sitio (Zaburlín 2009: 92). En 1910 Debenedetti, por primera vez en el país, inició la restauración de un sector de las ruinas (Debenedetti 1930: 136); los trabajos fueron acotados y solo abarcaron unos pocos recintos del sitio. La intervención –una especie de anastilosis, como señaló Schávelzon (1993)– fue notablemente respetuosa y cuidadosa del original para su época, ya que: Ningún cimiento fue modificado ni alterada en lo más mínimo la estructura de ninguna construcción existente. Los trabajos se iniciaron rehaciendo las murallas de la terraza más baja [...] por el rumbo este. Para levantar las paredes de los edificios y consolidar los cimientos en parte dislocados se emplearon las mismas piedras que por su posición y tamaño era evidente que habían pertenecido a las viejas e inmediatas construcciones (Debenedetti 1930: 139). A fines de la década de 1940, Casanova retomó los trabajos en el sitio, continuando las excavaciones y proponiendo una nueva intervención, esta vez de reconstrucción y de patrimonialización a gran escala, que afectó de modo drástico las características de las ruinas: La altura que se ha dado a cada vivienda es un tanto convencional, basada en las paredes más altas que se han encontrado y en observaciones hechas en otros yacimientos de la quebrada. Debe advertirse también que en los últimos recintos del occidente del Pucará los muros son algo más anchos que los originales; no ha podido evitarse esta alteración porque la trepidación que los pesados trenes de carga producen al pasar a muy corta distancia derrumbó las primeras casas que se restauraron allí; los indígenas que no tuvieron ese problema hicieron sus casas con paredes menos anchas (Casanova 1968: 23). Las falencias técnicas del proyecto –incluyendo la colocación de techos en varias docenas de estructuras en las cuales no se había registrado evidencia alguna que indicara sus características originales– pueden ser en gran medida explicadas por la falta de conocimiento en el tema a nivel nacional, y fueron acompañadas por la creación de un centro de investigaciones y un museo y la habilitación de un camino de acceso al sitio que facilitó la llegada del público al sitio (Schávelzon 1990: 87). El segundo caso que mencionaremos brevemente es la restauración que De la Fuente llevó adelante en la década de 1970 en Vinchina, La Rioja; cabe aclarar que no fue posible hallar ningún tipo de publicación o texto inédito que diera cuenta de esta intervención pero que es conocida por los arqueólogos que a posteriori trabajaron en la región (Calegari et al. 2019: 16). Las llamadas "estrellas de Vinchina" eran un conjunto de siete geoglifos, estructuras tipo plataforma circular sobreelevada, de entre 11 a 26 m de diámetro, construidas mediante la acumulación de piedras de color blanco, negro y rojo, que se alternaban formando triángulos (De la Fuente 1973b: 154); la parte superior de las estructuras "se encontraba levemente deprimida presentando en el centro un pequeño círculo de piedras marrones al que se accede a través de un estrecho corredor" (Calegari et al. 2019: 14). De la Fuente realizó excavaciones estratigráficas en el sitio y analizó el material entonces recuperado (1973a) pero, como decíamos, no proporcionó datos sobre el estado de la construcción antes de su intervención, en qué consistió la misma o qué tipo de materiales y criterios fueron empleados para ello. Sin embargo, cuarenta años después, seis de las siete estructuras han desaparecido casi por completo como resultado del crecimiento urbano de una población cercana y del uso indiscriminado de la superficie del sitio para diversos propósitos, mientras que la plataforma restaurada por el investigador aún se conserva. Ello permite estimar que futuros estudios que continúen explorando los posibles significados de la construcción de esta particular estructura puedan también recuperar datos sobre su proceso de restauración. Como tercer caso del modelo mencionaremos la restauración, iniciada en el año 1977 bajo la dirección de Pelissero y Difrieri, de las ruinas de Quilmes, una ciudad fortificada preincaica de unas treinta hectáreas de superficie ubicada en Tucumán a casi 2000 m s. n. m. Si bien como pudo notarse el sitio había sido objeto de relevamientos arqueológicos a comienzos del siglo XX, estos no fueron retomados luego ni se profundizó en el conocimiento de las estructuras del sitio y la intervención de la década de 1970 solo consideró la realización de nuevas excavaciones a posteriori de las tareas de restauración, meramente con el objetivo de obtener piezas para el museo de sitio (Pelissero y Difrieri 1981: 15). Ello generó fuertes cuestionamientos por parte de otros arqueólogos, que estimaban que, tal y como lo sugería la normativa internacional entonces vigente, la excavación y demás procedimientos de obtención sistemática de información debían preceder a toda otra intervención. Quilmes fue, sin duda, el proyecto de restauración arqueológica más cuestionado de todo el NOA, para el que "no hay un solo dato publicado sobre procedimientos, técnicas o posturas teóricas acerca de la restauración o de los trabajos realizados" (Schávelzon 1990: 91). El criticado proyecto... fue capaz de trasformar, alterar y destruir un proceso de revalorización patrimonial, que debería haber comenzado como un proceso de investigación general, para arribar a diferentes conclusiones, entre las cuales podría haber estado la posibilidad de evaluar la transformación de un sitio arqueológico en un recurso turístico. Aquí el proyecto fue planteado al revés, se partió de una necesidad (recomponer una imagen y generar un recurso turístico/económico) [...] El grado de incoherencia es tal que si bien es evidente que lo hecho en Quilmes es una reconstrucción, en la obra citada se lo confunde con anastilosis, sin embargo resulta imposible de creer que los autores no entendían la diferencia entre una y otra. Básicamente la anastilosis es un proceso que permite la reconstitución o rearmado de elementos arquitectónicos llevándolos a su posición inicial, siempre que esté debidamente documentado ó comprobado el estado original de éstos, de manera tal que el resultado final sea similar al estado ó composición original del muro (Sosa 2008: 12). También en este caso la restauración fue acompañada de una propuesta para la construcción de un museo, servicios y centro de visitantes –proyectados notablemente cerca del conjunto arqueológico– aunque se concretaron recién casi veinticinco años después y se realizaron nuevamente envueltos en polémicas derivadas de la falta de investigación arqueológica en las ubicaciones que iban a impactar los nuevos edificios. Ubicación en el NOA de los 58 sitios mencionados por los 33 autores revisados que se ocuparon de problemáticas relacionas al registro arquitectónico (D. Gobbo). Al comienzo del artículo propusimos que, si bien de modo poco sistemático y metodológicamente diverso, desde fines del siglo XIX la arqueología del NOA se interesó por el estudio de los restos arquitectónicos, y planteamos que la revisión de una muestra arbitraria de textos publicados daría sustento a tal hipótesis. El resultado de la revisión superó por mucho nuestras expectativas, ya que no solo proporcionó evidencia de que –con limitaciones, falencias y errores– la práctica arqueológica en la región se interesó por el análisis arquitectónico, sino que lo hizo de modo sostenido hasta el punto de permitir organizar los trabajos en modelos de análisis. Pero, mucho más interesante aún, fue posible reconocer que la perspectiva desde la cual muchos de los autores plantearon el desarrollo de sus estudios conecta de modo directo con los lineamientos actuales de la arqueología de la arquitectura. No desde lo metodológico –aunque las propuestas de algunos trabajos resultan notablemente actuales– pero sí desde lo teórico y conceptual. Y no pretendemos implicar con esto que las interpretaciones elaboradas en distintos momentos por distintos autores fueran precisas o que se mantengan vigentes, sino que evidencian un interés manifiesto de la disciplina por estudiar las prácticas constructivas y formas de uso del espacio como estrategia para generar interpretaciones sobre conductas cotidianas, modos de vida y organización social de los grupos que produjeron dicha arquitectura (Taboada 2016: 4). Si la arqueología de la arquitectura fue y puede ser mucho más que lectura de paramentos, y si no es el objeto arquitectónico ni la exploración arqueológica lo que importan sino su potencial para resolver problemas históricos y proporcionar datos sobre los procesos de cambio de una sociedad (Caballero Zoreda 2002: 85), entonces la historia de la arqueología del NOA tiene buenos ejemplos que ofrecer como antecedentes. Y, por supuesto, mucho trabajo aún por hacer, por lo que solo resta hacer caso a la sugerencia de Raffino de aprovechar la exuberante información arquitectónica de los sitios del NOA (Raffino 1988: 193) para construir cada vez más y mejores modelos que den cuenta de la vida de las poblaciones que alguna vez lo habitaron.
Arquitectura religiosa afroamericana: una producción híbrida en la búsqueda de la identidad. La capilla de San Miguel en Paraná, Argentina Migrantes afros de la ciudad de Santa Fe se instalaron en un lugar cercano pero protegido, en los inicios del siglo XVIII, donde hoy está la ciudad de Paraná. Allí construyeron ranchos y una capilla, mientras que lentamente creció un asentamiento blanco/criollo en sus cercanías. Después de la Independencia y aprovechando los gobiernos liberales de la década de 1820, se construyó una gran estructura religiosa siguiendo el modelo colonial de las capillas abiertas de indios. Como rechazo a su existencia y significado, y como una manera de cambiarle su función, a partir de 1833 los gobiernos conservadores construyeron en su frente una iglesia católica comenzando lo que sería su ocultamiento. La zona quedó lentamente incluida en la nueva ciudad, urbanizada, y la población migró. Pese a eso, la capilla siguió viva porque la comunidad le fue haciendo adaptaciones, cambios de forma y funcionamiento, adaptándola a la ritualidad católica, para sobrevivir hasta finales del siglo XIX. Los estudios han permitido entender esta construcción que en su estado actual es solo una iglesia más, sin las particularidades que tuvo en su historia. En la ciudad de Paraná, Argentina, existen dos iglesias una al lado de la otra, con igual nombre: "San Miguel Arcángel"; eso llama la atención. Una es habitualmente llamada "la capilla" y está fuera de uso (Figs. 1 y 2), la otra es "la iglesia" por ser mucho más grande y estar abierta. Ésta da su frente a una gran plaza, la otra quedó invisible a sus espaldas, estando clausurada por un siglo y con el acceso a través de un angosto pasillo entre muros. La iglesia mayor ha sido considerada desde su construcción (inaugurada en 1873) como el segundo mayor monumento de la ciudad después de la catedral, la capilla ha sido recordada solo por los recientes historiadores de la arquitectura pero por su unicidad estética para la década de 1820, fecha que se atribuye para su construcción. Fue declarada Monumento Nacional por la presión de la comunidad afro por sus derechos y no por su significación en la ciudad. La historia local ha denominado a esa capilla como "la capilla de los negros" (Ceruti 2007) ya que esa zona fue el Barrio del Tambor o zona del primer poblamiento afro. La capilla de San Miguel Arcángel al terminar los trabajos de restauración en 2019; se ve a su espalda la parte posterior de la iglesia de igual nombre. Fachada de la capilla de San Miguel en 1871 con un balcón-capilla, la escalera de acceso externa y el atrio abierto hacia el sur; detrás la iglesia en construcción está desdibujada. En el año 2017 se inició la restauración de la capilla como parte de la recuperación de los derechos de los grupos afro-paranaenses, pero el proyecto llevó a que, si bien se la destacara y se le diera una vista digna desde la calle, se consolidara su imagen como un edificio religioso católico más, incluso desde el exterior tomó forma basilical, lo que nunca tuvo (Schávelzon y Martínez 2017). Su recuperación, a la vez que permitió estudios que contradecían esa imagen final, fue el cierre de un proceso de dos siglos que partió de un rancho simple y modesto de la población afro, una historia olvidada y por cierto desconocida porque fue hecha invisible, olvidada, desdibujada. La gran iglesia que se construyó a su lado después de un siglo, terminó triunfando no solo por sus dimensiones, no por tapar a la otra, sino –físicamente hablando– gracias a una restauración que en lugar de regresarla a su forma original cerró para el futuro la imagen de sus formas originales pasando a ser otra iglesia más. La ciudad de Paraná es, en la historia argentina, un asentamiento del siglo XVIII sin fecha precisa de fundación (Fig. 3). Se adoptó para cuestiones simbólicas la fecha del inicio de la construcción de la catedral, lo que de por sí es significativo. La realidad documental es que allí se fueron asentando pobladores afros en un lugar que está separado por el gran río Paraná de la gran ciudad de Santa Fe o su cercana Coronda, y protegida por altas barrancas y en donde los originarios pueblos indígenas ya habían sido combatidos y expulsados para usar la tierra para el ganado (Guillot 1961; Saguier 1995; Cerutti 2010). Los primeros afros pudieron o no ser cimarrones, pero la descripción más antigua del lugar decía que: A principios de este siglo pasaron los tres primeros vecinos de Coronda afligidos de la persecución de los (indios) Abipones, a poco pasaron sus ganaditos y uno después de otro se situaron donde les pareció mejor. Territorio que conformaba la Argentina de mitad del siglo XIX y la ubicación de la ciudad de Paraná. Es posible que se estuviera hablando de una primera y muy modesta capilla ubicada en donde aún está la de San Miguel, lugar estratégico desde la lógica topográfica en el punto más alto de la subida desde el puerto al poblado. Con los años se hizo un lugar de población mixta compuesta por criollos, afros, españoles e indígenas, de gran heterogeneidad, caracterizando el lugar como un territorio de frontera. En la zona los jesuitas desde temprano explotaban la cal y tenían ganados. Fue lógico que en el siglo XX la historia tradicional se escribiera destacando los inicios de la ciudad como de lucha contra el indio enemigo para exaltar la epopeya blanca que llegó a establecer un gobierno colonial-eclesiástico en el mismo lugar (Pérez Colman 1930, 1937, 46; Sors 1981). El asentamiento se inició con un sitio en que se amarraban los botes sobre la orilla de un brazo del río, lugar aún llamado Puerto Viejo, y con un conjunto de ranchos en la parte alta de la barranca, unidos por un camino empinado de subida, creando así el primer núcleo de ocupación. No resulta casual que ese camino unía directo el puerto con la capilla y aún lo sigue haciendo. Poco más tarde comenzaron a pasar a esas tierras pobladores criollos y blancos para la explotación de la creciente ganadería y las caleras, usando el puerto y el camino e instalándose a poca distancia del sitio originario, a un kilómetro escaso. Los jesuitas explotaban allí canteras de cal desde hacía tiempo pero no hay datos de la relación entre estos y la población afro ya instalada. Pero al parecer la ocupación del terreno fue desde el inicio un mundo escindido. Y por diversas razones el crecimiento de ambas zonas fue diferente: la población criolla aumentaba a ritmo acelerado y la afro se reducía desde que dejaron de entrar esclavizados al país y por el modelo de construcción de una nación que tendía al blanqueamiento y la invisibilización de lo afro. Paraná a mitad del siglo XIX y aunque por pocos años sería la capital de la Argentina, mostrando un ritmo muy alto de crecimiento. Pero las cifras no hacen referencia a la población no censada que debió ser en su mayoría negra y marginal (Ceruti 2007). Es un buen ejemplo de lo que pasaba en todo el país en esos años posteriores a la Independencia ¿Nos permite esto aplicar las estadísticas de otros sitios de la región? Una generación antes, en Buenos Aires la población afro era de un 30 % o más. Por lo que, pese a que hay pocos datos, estos nos permiten comprender que era un grupo minoritario pero no menor, que tenían un poder de negociación, y que fue lo bastante como para lograr mantener y hasta ampliar una capilla en un sitio importante, y llevar más tarde al gobierno a hacer obras para ocultarlos pero sin alterar totalmente lo existente. Se los podía desconocer pero no demoler la capilla. Ambos asentamientos tuvieron historias similares como fue la transformación acelerada de su sitios de culto (la catedral y la capilla): ambas crecerían, tendrían cambios significativos –las dos dieron vuelta su fachadas y atrios–, ambas dejaron testimonios materiales de sus épocas precedentes como una manera de evidenciar su larga historia, pero la iglesia católica iría generando en su alrededor la Plaza Mayor, la casa de gobierno enfrente, los grandes edificios del poder político y social, con lo que crecería en lujos y majestuosidad. La capilla solo logró sobrevivir aprovechando coyunturas políticas liberales en los momentos en que la presencia afro fue considerada útil con el caos de las guerras. El inicio de la construcción de la gran iglesia de San Miguel al lado de la capilla fue el principio del final, no se demolió la antigua pero sí se la arrinconó (Fig. 4). Pese a eso, fue modificándose, adaptando nuevos sincretismos afro-católicos, perdiendo tradiciones, generando hibridaciones en que incorporó todo lo que le fuera útil para subsistir. Hubo incluso adaptaciones de experiencias arquitectónicas hechas por o para los pobladores indígenas incluso de lejanos territorios, todo fue útil para llegar hasta el final del siglo XIX mientras su entorno cambiaba. Finalmente, la reducción cuantitativa de los pobladores afros, el incremento del valor de la tierra que los hizo trasladarse hacia otras zonas, las nuevas avenidas, el reordenamiento urbano y la inauguración de la aledaña gran iglesia acabaron con su historia. Reconstrucción del posible proceso de transformación de la capilla y sus fechas. Usamos la palabra híbrida como referente a "algo que es producto de elementos de distinta naturaleza", en su acepción reconocida. Porque no fue una construcción que solo siguiera pautas de la memoria africana, o de experiencias emancipadoras, sino simplemente fue el resultado de aplicar ideas preexistentes de la época colonial y de otras que venían desde el universo de lo usado para los indígenas amoldado a sus necesidades, a la ritualidad católica. Fue la suma y transformación de todo lo posible en la medida en que era factible hacerlo. A la capilla le tocó la época de cambios que llevó a la libertad, pero también a su desintegración como comunidad. EL CONOCIMIENTO DE LO AFRO EN ARGENTINA La historia, más allá de los racismos de cada momento, ya desde el inicio del siglo XX produjo libros sobre la esclavitud y la población afroargentina (Rossi 1958 [1926]; Kordon 1938; Lanuza 1942). Con los años la historia fue avanzando hasta lograr un boom con el ingreso al siglo XXI y las luchas por los derechos civiles de las minorías, con lo que se logró que quedara establecido el tema como campo de la política de estudio, de enseñanza y de enfrentamiento a la tradición historiográfica (Frigerio 1993, 2006; Geler 2010). La arqueología en cambio tuvo una fuerte falta de visión sobre la población afro. En esos años la antropología comenzó también a avanzar encontrando que había lugares, ritualidades y objetos mantenidos en silencio, ya no en los documentos sino como registro material (Cirio 2004; Coloca y Orsi 2013). Si bien se ha comenzado la primera excavación de un quilombo (Richard 2019), hasta ahora solo ha habido excavaciones de sectores que ocuparon en viviendas de alto rango, o hallazgos de casualidad (Stadler 2015). La arqueología tradicional ha establecido que esta no es más que una arqueología de la pobreza, lo que solo en parte es cierto (Frigerio 2008), porque niega la complejidad de un grupo social desplazado y marginal, pero a la vez, minoritariamente, a ser propietario de viviendas y a tener sus propios esclavos (Rosal 2001). A su vez la sociedad blanca adoptó rasgos culturales afros aun presentes en la sociedad actual: el tango, el bombo y decenas de palabras en el lenguaje cotidiano. Se invisibilizó el mundo afro, se lo hizo desaparecer a medida que la gran inmigración blanca reducía su volumen porcentual, pero está presente. Pese a eso, la idea de una historia sin presencia afro logró permearse en el imaginario colectivo a través de la educación pública y la historia oficial, hasta la actualidad en que "no se puede ser negra y argentina a la vez"[2]. Se construyó un pasado basado en rechazar los méritos de la interetnicidad, a diferencia de otros países en que se los ensalzó para construir mitologías nacionalistas. LA POSIBLE HISTORIA AFRO DE LA CAPILLA DE SAN MIGUEL EN PARANÁ La capilla de San Miguel Arcángel, vista hoy, es una estructura atípica como arquitectura religiosa regional de la que no existen planos originales, ni fecha de erección, ni atribución a su constructor, pese a que es una obra importante para su tiempo. Esta falta de datos ha sido considerada extraña, es más, casi imposible de haber sido construida en esa época ya que no había quien la proyectase (Gutiérrez, De Paula y Viñuales 1971). Esto es cierto si se la mira como una obra hecha de una vez, fruto de un proyecto de un arquitecto y no como el resultado de un siglo de alteraciones, aditamentos y cambios de forma y función sobre una estructura de tradición colonial española de funcionalidad indígena (Fig. 5). No fue fruto de la creación de alguien, fue el resultado de agregar y quitar por manos anónimas, las que hicieron lo mejor que se pudo en cada época. Capilla abierta de la iglesia de Copacabana, Bolivia. La historia tradicional adjudica haber sido iniciada la obra en la década de 1820 pero creemos que su estructura central es anterior. En esos años en la región recién comenzaban a llegar constructores avezados, generalmente italianos, y el estilo ornamental que sobrevivió en es neoclásico, el que apenas se iniciaba en la zona. Es una obra demasiado moderna para su época si la pensamos completa en 1823 o 1824 como se ha creído. Una obra imposible con la realidad material de la época. La capilla hoy está compuesta por un volumen acupulado central, de planta cuadrada, y dos habitaciones a sus lados, todo sobre un basamento. La cúpula sobre el cubo central mide unos siete metros de diámetro. En cambio, los dos bloques laterales están techados con el sistema de terraza sobre vigas de madera y enladrillado, costumbre difundida en la zona una generación después. El interior es hoy de un clasicismo que no coincide con los tiempos en que se postula que fue construida, ni los ornamentos, ni las puertas y ventanas (que las obras mostraron haber tenido otra ubicación), ni la carpintería de una peculiar puerta-ventana de estilo neogótico ubicada sobre la entrada (Figs. No resulta lógica la versión de una obra hecha de una vez y la evidencia arqueológica lo ha probado. Por lo que hemos descubierto el piso fue de ladrillos y los muros eran blanqueados sin revoques (enlucidos), no hubo altar y se halló una puerta tapiada en dónde hubiera podido haber estado según la tradición. Las construcciones anexas –casa cural y sacristía– tuvieron modestos pisos de tierra y sus muros, ventanas y puertas muestran ser de fines del siglo XIX. Es decir, que al menos en decoración y circulación toda, menos la estructura central, fue diferente a lo actual. El espacio central, aunque impresionante por su altura, era chico y no podía contener cien personas paradas y apretadas, y si para oír misa las mujeres se sentaban en el piso como era costumbre, y los ancianos en una silla, es difícil que entraran cincuenta personas. En síntesis, o era de ritual católico tradicional pero para una comunidad muy reducida o la forma en que se organizaba su interior y exterior era diferente y por ende para una ritualidad no católica. Por esto es que planteamos una funcionalidad diferente y gracias al hallazgo de un pozo en el centro que en origen pudo tener el poste ritual habitual en las capillas afroargentinas, luego reusado para una pila de agua bendita. El espacio reducido interior solo servía para albergar al Rey y la Reina y las autoridades en sus tronos como en otras estructuras similares de la región, la gente circulaba y no se detenía y raramente habría misas en el sentido tradicional. No hay evidencias ni lugar para un altar, para el coro, el presbiterio, o para un púlpito, todos hechos extraños si era católica. En una excavación se encontró un pozo para recibir agua en un rincón, lugar lógico para una pila bautismal pero que había roto el piso de ladrillos por lo que debió ser un evento tardío. Todo nos habla de cambios, de una fuerte reconversión funcional. En forma sintética creemos que para el siglo XVIII existió un rancho de adobe y paja sobre un basamento, el cual fue demolido en la década de 1820 (o quizás antes) para construir en estilo colonial (o "poscolonial" como lo llamaron algunos historiadores), una capilla abierta o miserere con cuatro pilares con una cúpula, una doble puerta al sur y un terreno frontal abierto que servía de atrio. Como único adorno sobre los muros blanqueados pero sin revoques, resaltaba su enorme cúpula y una moldura saliente. Suponemos en base a la evidencia que desde el inicio estaba abierta hacia los cuatro lados, o quizás solo dos. Y que para la década de 1820 tuvo grandes cambios y eso es lo que se usó más tarde para decir que fue construida en esos años olvidando los orígenes. Tan grandes fueron estas obras para la pequeña ciudad cercana, tan impactantes en relación con la catedral en eternas obras, que en menos de diez años se inició la iglesia aledaña unida por el lado sur, en donde estaba el atrio, destruyéndolo y modificando su fachada y acceso. Simplemente la dieron vuelta para que quedara la nueva obra mirando a la ciudad que crecía cada día y la capilla quedase tapada y en sombra (Fig. 6). Vista de la capilla en la parte posterior de la nueva iglesia en construcción en 1858, ilustrada por Anton Goering. La gran iglesia que la aplastó literalmente la transformó de forma brutal a la vez que comenzó el proceso de hacer iglesia a la capilla, ya en un contexto político conservador, con su nueva puerta y atrio hacia el norte. Haber obligado a dar vuelta la fachada y el atrio no fue poca cosa, pero quizás simultáneamente se hizo la casa cural a su lado, y la sacristía llegó veinte años más tarde para hacer más o menos simétrico al conjunto. Pero se resolvió el problema de esos cambios agresivos haciendo una ventana-balcón a la que se accedía desde el exterior, lo opuesto a un coro, con una ventana externa encima de la puerta. De esa forma se podía decir misa o hacer los rituales establecidos para la época, hacia la población reunida en el nuevo atrio. Había pocos antecedentes de ese sistema funcional en la región, pero existen; incluso la catedral había sido dada vuelta en 1818 para mirar hacia el interior del territorio y no al río. En realidad, la capilla usó una solución híbrida, inusitada, que desapareció hacia 1900 y se consolidó en la actualidad porque no buscó los orígenes o las contradicciones sino el estado actual, la simetría y lo que debía ser para mostrarse realmente como una capilla. LA CONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA Y LAS OBRAS La historia de esta construcción y la explicación de su construcción y cambios, se cruzan con la de la política de la ciudad y de la provincia, con la capacidad de la población afro de negociar con las autoridades. Eso es lo que nos permite entender los altibajos de una obra poco habitual que expresa la evidencia material. Para hacer una historia mirada desde el universo afro tenemos que remontarnos a los orígenes, a un asentamiento sin trazado, que parecería centrípeto y no cuadricular, del que aún quedan resabios en calles recortadas y callejones radiales inexplicables. Fue difícil el diálogo con la ciudad criolla creciendo –y expandiéndose- en sus cercanías ya que en realidad estaban sobre dos morros o pequeñas elevaciones separadas por un pantano formado por las lluvias, lo que era muy simple de modificar. Por eso el trazado tradicional español de la nueva ciudad, la reorientación de la catedral y la ubicación de los edificios principales chocó no solo con el barrio sino con el hecho de que la llegada desde el puerto era arribando a la capilla de la población negra. Aunque se quisiera hacer toda la ciudad a nuevo, la realidad lo hacía complejo, al grado que fue necesario hacer una alameda de llegada, levantar la iglesia de San Miguel junto a la capilla, construir una plaza que la enfrentara y le diera escala monumental y se trazaron nuevas manzanas; pero la impronta original fue difícil de borrar. Hubo que esperar un siglo para lograr un puerto nuevo y un acceso directo que dejara de lado las zonas antiguas, pero cuando se lo hizo ya nadie se acordaba siquiera que antes había sido diferente. La existencia misma de este conflicto, la capilla antigua que allí seguía, los pobladores –ahora más pobres que afros–, los que aun vivían en la zona y la memoria arraigada, hizo necesario en la segunda mitad del siglo XIX que además de cambios físicos se iniciara la construcción de una historia que podemos llamar oficial, que borrara los resabios del pasado no deseado. Esa nueva historia nos dijo que al iniciarse la segunda etapa de la catedral, un párroco recién arribado a la ciudad recibió un problema: se suponía que la advocación debería ser a la Virgen del Rosario, pero se la atribuía a dos santos adorados por la comunidad afro-criolla: San Miguel y Santa Rosa de Lima. Eso generaba agrios conflictos socio-raciales. La historia asevera que ahí fue cuando se inició la historia de la capilla de San Miguel, apropiándose de lo preexistente. Era posible hacer una historia nueva y los historiadores tenían con qué: para esos años de la década de 1820 el territorio estuvo en una situación convulsa de revoluciones a diario, el conflicto socio-racial se hacía presente y la advocación a la virgen de la catedral, donde la comunidad blanca-criolla quería a la suya, fue lo que permitió justificar una enorme construcción histórica (Pérez Colman 1930; Calvento 1939-1940; Reula 1963). Lo que se contó es que para la resolución del conflicto se hizo una votación pública acorde al liberalismo imperante, lo que se usó como justificación de un primer ejercicio de democracia (interesante que la democracia electiva la iniciara la iglesia). Y obviamente ganó la Virgen del Rosario. En base a eso, se asevera, es que se decidió mudar a San Miguel a una nueva capilla. La iglesia se había apropiado del pasado como si la capilla no fuera preexistente. Incluso para algunos fue un acto de condescendencia. Sea verdad o un simple manejo de la información, así se dice que comenzó la construcción y si hubo algo antes todo fue cristianizado aprovechando la situación (Pérez Colman 1946: 131). Por cierto, parece una hermosa construcción historiográfica. Tan simple que el primero que narró eso fue un historiador que no tuvo acceso a los documentos que lo probaban, los que solo habían sido vistos por otro colega, Benigno T. Martínez que publicó sobre ellos en 1920, sin reproducirlos. Ese primer historiador local (1816-1925) era de nacionalidad española, de ideología conservadora, ultra cristiano. Y como era obvio de esperar luego de él las actas del archivo se extraviaron. Por lo que todo esto es una historia que dista de estar demostrada y que no parece casual que sucedió –casualidad- el año en que las órdenes religiosas fueron prohibidas en la provincia. ¿Es posible que esto siquiera tuviera un atisbo de verdad? El viajero Hermann Burmeister en 1857 (1943) decía que la mayoría de los casi 6000 habitantes eran "gentes pobres y de color", pero si bien el poder estaba en la clase blanca/criolla la comunidad afro liberta había crecido como para presionar sobre las autoridades, más cuando era habitual que los políticos y militares se aprovecharan de ellos. Pero el país y el Estado habían cambiado desde la Independencia en su relación con la población afro. En esos años se habían liberalizado muchas tradiciones raciales y el gobierno de Bernardino Rivadavia en esa década tendió a una fuerte secularización llegando a expulsar órdenes religiosas, confiscando iglesias y conventos. En 1824 el gobernador Mansilla suprimió el diezmo en Paraná y poco después su sucesor Sola lo hizo con las órdenes religiosas al igual que con sus conventos y propiedades. Fue ese espíritu liberal el que creemos que obligó a la Iglesia, en ese mismo año, a autorizar, financiar o al menos a no oponerse a la construcción de la capilla o la ampliación de lo que existía. En realidad, aunque fuesen los pilares y la cúpula, era ya una gran obra para la ciudad. Pero la historia fue escrita después de la blanquización, y por los conservadores, por lo que quedó como que el cura Antolín Gil y Obligado decidió romper el conflicto de la advocación de la catedral creando a nuevo una capilla en la zona pobre, afro por cierto. Una lucha de poderes y un enfrentamiento social y racial que determinaba el crecimiento de la propia ciudad, y que terminó siendo mostrada como un simple juego electoral y un acto de benevolencia cristiana. Revisando la historia vemos que el trasfondo de esas obras era un panorama político complejo: tras las fracturas entre estados producto de la Independencia se desataron las luchas entre Unitarios y Federales dado que las provincias se autoproclamaron independientes. En lo que hoy es la provincia de Entre Ríos –cuya capital es Paraná–, el personaje central fue Francisco Ramírez, quien gobernó entre 1820 y 1821, estableció la República de Entre Ríos separada de lo que había sido el Virreinato del Río de la Plata o de las posteriores Provincias Unidas del Río de la Plata. Fue sucedido por Lucio N. Mansilla, un militar relacionado con los liberales de Buenos Aires, marcado progresista que suprimió las órdenes religiosas. Pero casi de inmediato las guerras cubrieron el territorio: entre 1824 y 1832 hubo trece gobiernos en Entre Ríos por lo que era imposible el avance edilicio. Los gobiernos Ramírez y Mansilla fueron una época adecuada para comenzar la capilla ya que hubo estabilidad y respeto institucional, pero en seguida todo cambió. Ramírez había escrito que "yo creo que cuantos menos (curas) haya seremos más felices" (Calvento 1939-1940, VIII: 476), y la gran obra de modificación de la capilla se hizo factible gracias a eso, a que era para la población marginada. Ni siquiera sabemos si alcanzaron a completar lo que se hubiera pensado hacer. Respecto al edificio nos preguntamos cómo era lo que se hizo: ¿una capilla abierta al sur? (la actual mira al norte). ¿Era posible que estuviera abierta a dos lados o incluso a cuatro?, ¿que hubiera quedado algo anterior? No hay datos más allá de la arqueología sobre un posible precedente, pero la primera obra debió ser una cúpula sostenida por cuatro grandes pilares a la usanza de otras capillas abiertas (o misereres), cuyo máximo ejemplo es la de Copacabana en Bolivia. La mejor evidencia de que hubo un primer atrio al sur y que fue destruido por la nueva iglesia hacia 1833 es el haber encontrado el marco de las puertas aun empotrado (Fig. 7). En eso estamos seguros; pero si la puerta del norte ya existía, o incluso si eran cuatro, es algo imposible de saberlo. Es decir, estuvo abierta al sur, y quizás a la vez y desde siempre también al norte, como ahora. Respecto a los otros dos lados (este y oeste), si bien las evidencias históricas y arqueológicas indican que la casa cural y la sacristía que hoy existen en sendos lados son de las décadas de 1830 y 1850, la estructura original bien pudo estar abierta también en esos lados. La excavación de un cimiento parecería mostrar eso, pero es poca evidencia para una hipótesis tan fuerte. Puerta descubierta empotrada en la pared que correspondería al altar, que indica que en origen la capilla estaba orientada hacia el lado opuesto al actual. En 1831 todo el avance liberal cambió cuando llegó al poder local Pascual Echague, quien estuvo aferrado a él por diez años; era un católico ultra conservador que restableció el diezmo colonial, autorizó el regreso de los expulsos jesuitas, impuso la enseñanza de la teología, anuló la legislación progresista y se hizo llamar "Ilustre restaurador del sosiego público". Fue solamente otro dictador más, glorificado por los historiadores conservadores por haber hecho grandes donaciones a la iglesia. Y la construcción de la iglesia de San Miguel fue obra de ese gobierno, con la insólita decisión de unirla con la preexistente por sus espaldas y hasta con el mismo nombre, para desdibujar la antigua. Y si no la demolió fue porque pensó en usarla durante las obras y luego incorporarla; y de eso sí hay evidencia arqueológica en las uniones de los muros y cimientos del lado oeste al menos. Pero la historia le sería cruel también a la obra de la nueva iglesia y su intención de borrar la capilla, porque el país cambiaba más rápido que las grandes construcciones. Echague en su gobierno trazó además la reurbanización de la zona, se hizo una nueva plaza y la Alameda, que era la vieja calle que unía la ciudad con el puerto, pero sin cambiar los puntos neurálgicos. Una hipótesis similar a la nuestra en cuanto a los cambios urbanos para dar una nueva imagen a la ciudad la dieron en forma difusa el historiador Pérez Colman (1937: 57-58), al analizar el trazado de la zona, sus lotes y apertura de calles y la historia de la capilla y la iglesia. Dijo que era adecuada "la suposición de que la primitiva capilla edificada que actualmente se conserva detrás del altar mayor de la iglesia, debió construirse con su frente a la calle San Miguel", es decir con otra fachada (Pérez Colman 1946 57). Quienes construían la historia también dudaban. El reordenamiento municipal que se hizo en la zona se logró con compras y permutas de terrenos, demoliciones de casas, apertura de la avenida, el amanzanamiento, la nueva plaza, y más que nada con la gran iglesia de San Miguel. Todo fue una hábil decisión de política urbana. Y si bien y pese a todo la vieja capilla era lo primero que el viajero veía al llegar, a donde se subía desde el puerto, para 1833 comenzó a ser borrada por la iglesia en construcción y el planeamiento urbano parece haber sido parte del proyecto político-ideológico de reordenar la primera parte de la ciudad. Y por eso los primeros documentos que hablan de que el espacio del atrio pasó a ser propiedad particular son de 1838, aunque nadie lo ocupara realmente por un siglo (Ceruti 2007: 391). Es aventurado pensar en que hubo un plan para reubicar a la población afro sacándola del Barrio del Tambor con la nueva urbanización, pero sí es posible ver una serie de donaciones y ventas de tierras hechas por la Iglesia a muy bajo precio, cuando el municipio comenzó a amanzanar la zona interesado en que esas modestas viviendas tuvieran lo que para ellos era la apariencia urbana y que se delimitara la plaza. El ordenamiento urbano y las obras ejecutadas fueron actos que marcaron el dominio de las tierras y la capacidad del estado de comprar, demoler y ordenar (Dócola 2017; Mazzitelli Mastricchio 2018). La gran iglesia de San Miguel no se inauguraría hasta la década de 1870, dejando inactiva la capilla vieja, en una ciudad que aparentaba al menos haber sido hecha a nuevo. Los documentos originales son claves en esta historia ya que varios historiadores se refieren a ellos, pero pocos dan datos concretos. El manuscrito que ha sido atribuido a la historia de la capilla no dice nada de todo lo aseverado en docenas de libros, porque la portada ha sido alterada por alguien que le sobrescribió "San Miguel 18?1", en donde las hojas tienen la numeración original tachada y fue vuelto a numerar. En realidad la mayor parte del texto y pese al título de tapa, es sobre la construcción de la catedral y no de la capilla, lo que llevó a muchas confusiones. Al final hay unas páginas posteriores a 1871 de la aledaña iglesia de San Miguel, sobre su inauguración y primeros eventos para juntar fondos[3]. Tras la caída del gobernador Echague en 1841 hubo otros seis gobiernos en trece años, hasta que Justo José de Urquiza tomó el poder y siguió en él hasta derrocar a Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires, hacer la Constitución Nacional y crear la Confederación Argentina en 1853, con la capital del país en Paraná. Con él comenzaron a construirse edificios públicos y a crecer la zona céntrica; la libertad de los esclavos quedó establecida y el tema racial minimizado. Con nueva estabilidad económica y la política liberal, la capilla tomó su forma definitiva, con dos cuartos –sacristía y casa cural–, a ambos lados. Así es como se la ve en la litografía de Anton Goering de 1858 publicada por Burmeister. Existe un detalle arqueológico que comprueba que esas estructuras adosadas no son originales y es que el piso no coincide con el central ni es de ladrillos, y que las puertas y ventanas no eran simétricas, aunque ahora desde afuera así se vean, pero en el interior se hace evidente la falta de un proyecto conjunto. Incluso la altura de los techos de las áreas anexas fue decidida en la restauración para acentuar la simetría, pero que no era así y la evidencia material era visible. En la imagen de la capilla publicada en 1874 se ve el conjunto ya consolidado tras los cambios mayores, con sus dos ambientes laterales construidos, una escalera al frente con puerta y una ventana-balcón y con el atrio abierto (Fig. 1). La ventana-balcón tiene el mismo tipo de cerramiento y bisagras que la aledaña iglesia, incluso la misma decoración neogótica, lo que habla de su época de construcción que no fue la original. Lo que se veía para ese momento era el resultado de medio siglo de adaptaciones y cambios, del intercambio entre la ritualidad original y la catolización del edificio. Hay detalles constructivos que remarcan esos cambios pasada la mitad del siglo XIX: la citada modificación de las puertas y ventanas a un nuevo estilo, el uso de baldosas francesas, las bisagras de las puertas y su hechura, las rejas que no coinciden con las ventanas, entre tantos detalles. Hay evidencias de que hubo tiempos sin puertas internas y las que hay son de la década de 1880. La excavación de un sector de ambas construcciones laterales mostró la sola presencia de objetos del siglo XIX tardío e inicios del XX, a diferencia del interior del núcleo central que todo era un siglo más antiguo. Para la inauguración de la iglesia de San Miguel en la década de 1870, la capilla debía haber seguido funcionando para la población afro que aun quedaba viviendo allí ya adaptada a nuevos rituales. Si la historia que presentamos es verdadera, la capilla funcionó con la escalera frontal y el altar exento entre los años 1830 a 1900. Velozmente la ciudad había cambiado, la población afro se había reducido en porcentual y el Barrio del Tambor se había desdibujado; por eso en 1904 se hizo una casa en el atrio (Ceruti 2007) –ya nadie debía usarlo–, dejando como acceso a la capilla un simple corredor que no se veía desde la calle. ARQUITECTURA Y POBLACIÓN ESCLAVIZADA EN LA ARGENTINA Los estudios de las construcciones relacionadas con la población afro-argentina llevaron a establecer grupos de ellas: 1) las hechas para ellos, como son los mercados, lugares de carimbado (marcado a fuego), habitaciones en residencias privadas, las rancherías en que vivían dentro de los conventos, los obrajes y sitios de trabajo, y las capillas o sectores dentro de las iglesias (Schávelzon 2003); 2) la arquitectura generada por la población afro: sus viviendas y los lugares públicos, abiertos o cerrados, para bailar y reunirse llamados tango o nación. De estas queda solo una del siglo XIX, en Chascomús, pero por suerte también hay imágenes de sitios diversos (Ghidoli 2016), y varias capillas modernas que están siendo relevadas (Cirio 2002). Existe un texto sobre el barrio afro de Buenos Aires que analiza viviendas de fines del siglo XVIII pertenecientes a esclavos y libertos (Rosal 2001), mostrando que no hubo un patrón residencial para quienes lograban la libertad o un ascenso social y la posibilidad de salir del gueto, y que algunos se dispersaban por la ciudad. La aspiración parecería ser llegar a tener las mismas casas que los demás, es decir el blanqueamiento. En una vivienda excavada que fue propiedad de un "pardo" por unos años, solo se le puede atribuir haberla adaptado a lo habitual (Schávelzon 1995). Lo que vemos en la cultura material mueble como persistencias, raramente lo vemos en la vivienda, pero sí lo vemos en la arquitectura religiosa y comunitaria. En el caso de la ritualidad es donde es más fácil ver lo híbrido, lo multifacético de ese universo que se estaba generando en los inicios del siglo XIX cuando esclavizados y libertos se enfrentaron a un mundo libre pero con el que había que negociar todo, a la relación conflictiva con la sociedad dominante. Llegaban a un nuevo proceso que llevó al blanqueamiento y a un tipo de destrucción de la identidad muy diferente a la época colonial: la educación, la integración, las masacres en las guerras y el desdibujo censal. La comunidad afro desde los finales del siglo XVIII comenzó a organizarse en naciones, agrupaciones que se formaban por afinidades lingüísticas, también llamados tangos –palabra que llegó a la actualidad para un tipo de música y baile–, y esa fue la manera cívica de reemplazar las cofradías religiosas como núcleo de cohesión, con libertad para bailes, ceremonias y rituales. Hubo más de doscientas en Buenos Aires y a lo largo del tiempo terminaron transformados en clubes sociales y asociaciones (Platero 2004; Cirio 2009). Eran comunidades cerradas que obedecían a un rey y una reina, con sus tronos, cetros y jerarquías, reproduciendo el sistema colonial (Rossi 1958). Hay fotografías de esos reyes en 1910 viviendo en extrema pobreza pero manteniendo la tradición del baile y la música con tambores (Soiza Reilly 1905). Aún existen esos lugares que reproducen la jerarquía tradicional (Cirio 2002). Existe un cuadro del pintor Martín Boneo de la década de 1830 que muestra uno de ellos funcionando en la parte exterior de un rancho en Buenos Aires, en donde hay un baile en homenaje al gobernador (Fig. 8). En las iglesias o sus cercanías, en tiempos previos, el tema había sido muy complejo porque se usaban los atrios o terrenos baldíos: "como es ponerse en el atrio del templo a danzar los bailes obscenos que acostumbran, como ejecutaron el día de San Baltasar a la tarde y el domingo de Pascua", en 1789 (Acuerdos del Honorable Cabildo de Buenos Aires... Vista de un Tango de una comunidad afro pintado por Martín Boneo en 1835, con la visita del gobernador a un baile en la parte exterior. Fuente: Museo Histórico Nacional. Como citamos, la única construcción del siglo XIX que aun existe, aunque alterada, es la Sede de la Nación Beyombé de Invenza en la ciudad de Chascomús. En 1861 una "nueva hermandad de morenos" solicitó hacer un "Cuarto de las Ánimas y demás objetos indispensables para nuestro regocijo", lo que les fue permitido hacer en un lote fuera de la ciudad. El edificio es un rectángulo con una fachada tradicional, el piso es de tierra y el techo fue de ramas. Pero en la parte posterior debió haber otra fachada ahora en gran parte cubierta. En 1960 se hizo una reconstrucción del edificio transformando el lugar en una planta basilical para declararlo Monumento Nacional, cristianizado; el "Lugar de las ánimas" pasó a llamarse "Capilla de los negros". Queremos destacar que haya sido un espacio por el que se circulaba y que en su interior se bailaba. Se cuenta que "en el centro había un poste, con un tosco ídolo tallado en la cúspide" (De Isusi 1953). Esos "postes rituales" parecen ser omnipresentes hasta la actualidad y han sido descritos en tres capillas no lejos de Paraná. A veces en el exterior, otras en el interior, pero en todos tienen un papel ritual, simbólico y tradicional. Esto parecería repetirse en otras regiones donde el poste es "el centro mágico del poder" (Cirio 2002: 98). Y es la mejor explicación para un agujero central en el piso de la capilla de Paraná, que si bien se creyó ser de una pila bautismal, una mirada diferente puede darle otro significado de origen luego alterado (Fig. 9). Excavación de un pozo de poca profundidad ubicado en el centro de la capilla. ¿Pila bautismal o poste ritual? CAPILLAS PARA INDIOS Y CAPILLAS PARA AFROS EN AMÉRICA LATINA El estudio de la arquitectura colonial en América Latina llevó a identificar obras que fueron respuestas a nuevas realidades. Pese a eso, la arquitectura para iglesias usó la tipología basilical. Con las diferencias lógicas de las búsquedas estéticas, las posibilidades económicas y los materiales accesibles, lo que se hizo tuvo pocas variantes aunque la realidad local llevó a buscar soluciones adecuadas a un mundo diferente; una cosa era la imposición de un modelo, otra la recepción y otra la adecuación, es decir, la respuesta (Gutiérrez 1997). Son conocidos los aportes americanos a la arquitectura religiosa católica aunque hubieran precedentes europeos: los atrios cerrados, las capillas abiertas, las capillas-posa, las cruces atriales, los arco-cobijo, los templos-fortaleza, las capillas miserere o los ábsides con naves de muros bajos o sin ellos. Todo esto fue visto por los historiadores como producto de un cruce de culturas. En una de las grandes síntesis de la arquitectura de México, George Kubler dijo que eran la contribución: "más original al repertorio mundial de las formas arquitectónicas especializadas" (1948: 383); una frase no menor, pero que seguía siendo una mirada desde Occidente. Pero, ¿por qué nunca se imaginó que pudo suceder lo mismo con la población esclavizada? Quizás fue porque la comprensión de la fuerza de la identidad afroamericana llegó tarde, junto a las luchas por los Derechos Humanos. Y en Argentina comenzó a ser estudiado en la arqueología al fin del siglo XX (Schávelzon y Zorzi 2014). La invasión del continente americano por Europa produjo la necesidad de catequizar y oficiar misa a masas de indígenas sin tener los lugares físicos que la doctrina indicaba: en el siglo XVI las primeras iglesias estaban en obra –con mano de obra indígena y esclava–, y la población blanca y criolla rechazaba compartir esos lugares en que la ritualidad heredada de España otorgaba sitios de privilegio para cada familia. Era por lo tanto necesario inventar, o encontrar modelos en la historia a los que acudir para lograr espacios físicos que sin alejarse de la doctrina pudieran resolver el problema. Europa tenía precedentes: capillas abiertas, púlpitos techados, galerías exteriores, balcones, capillas semiabiertas, porterías amplias, balcones y diferentes arquitecturas que fueron usados en América. La reminiscencia a las mezquitas no puede ponerse en duda, pero no tenemos aún noticias de lo que sucedía con los esclavizados en relación con el culto católico, ya que eran minoría ante la población indígena en esos lugares. Mario Buschiazzo en 1939 planteó que también las había en Sudamérica y para 1953 se había entendido que América resultaba ser una amalgama de tradiciones y de nuevas necesidades que nacieron en el entrecruce de lo cristiano, lo musulmán y el empirismo de la conquista (Palm 1953). Pero tomemos en cuenta que cuando se cerraba el estudio de las capillas abiertas en México recién se iniciaba en Sudamérica. Los primeros en encontrar capillas abiertas en lo que fuera el Virreinato del Perú –al que pertenecía la actual Argentina–, en ese caso en Bolivia, fueron José de Mesa y Teresa Gisbert al observar las de Copacabana, donde los ejemplos son los que más se asemejan a la capilla en Paraná (De Mesa y Gisbert 1961, Una de las capillas de ese conjunto también estaba cerrada por la iglesia a su espalda, tiene una bóveda de 63 metros cuadrados. En forma reciente se ha encontrado evidencias de heterogeneidad en la supuesta homogeneidad de la arquitectura católica colonial Sudamericana. Ramón Gutiérrez ha compilado una lista de casos en Perú y Bolivia, mostrando que entre los finales del siglo XVIII e inicios del XIX hubo capillas para dar misa mirando hacia plazas y mercados, lugares que eran más atractivos para la población en domingo; y en Emboscada, Paraguay (Tardieu 2005), se lo hizo para la población afro-liberta desde un balcón en la fachada. Cita los casos peruanos de Catca en 1807, Urcos después de 1818, Huaro adaptándose a orquestas y fiestas, Sicuani en 1822 en la que se abría un ventanal desde el coro hacia el mercado colocándole un altar, Pucara con dos pisos para que la capilla fuese vista desde lejos y Vilque en que funcionaba en una feria[4]. La experiencia de Paraná se inserta por lo tanto en un proceso de modernización que se estaba produciendo en Sudamérica de llevar el altar, las alocuciones y la misa al exterior de la iglesia. Si la solución de dar misa al aire libre desde un balcón se remonta a los inicios del cristianismo en América, y en el sur del continente siguió vigente hasta el siglo XIX, nada raro abría en encontrar casos en la Argentina. Incluso encontramos un ejemplo similar de escalera y balcón externos en la capilla de Santa Rosa en Guanacache, Mendoza, Argentina (Fig. 10). Era un poblado de indígenas muy denso en donde la iglesia fue modificada varias veces por los terremotos, siendo el último cambio de 1816. Tiene sobre la entrada un arco-cobijo, típica estructura sudamericana para proteger al visitante como si fuese una portería, y además posee un balcón con una escalera lateral que lleva a él. En ambos casos, Mendoza y Paraná, se podía usar el balcón estando la iglesia cerrada. Iglesia de Nuestra Señora del Rosario en Guanacache, Mendoza, Argentina, con su balcón y acceso por escalera externa. Una capilla que apeló al mismo sistema de misa al exterior en atrio abierto. Fotografía: Archivo del Centro de Arqueología Urbana. El tema de la arquitectura afroamericana sigue siendo un tema pendiente. Hubo avances en entender lo complejo de los procesos de hibridización, trasplante o incluso de permisividad patriarcal en la existencia de símbolos o espacios para la ritualidad afro. Desde que Gerardo Huseby en 1999 indicó que los relieves de músicos en la fachada de la iglesia de San Ignacio Miní, Argentina, tenían aportes africanos, hasta el estudio de Brendan Weaver (2018) que nos habla de los significados afroperuanos incluidos en fachadas coloniales, se avanzó lentamente. En todos esos casos vemos lo mismo: arquitecturas y estéticas sin precedentes locales que toman elementos de diferentes culturas, con distintos significados en origen, provenientes de regiones o grupos étnicos dispares, para satisfacer necesidades funcionales o simbólicas que no son las que los generaron, en gestos tanto de supervivencia como de resistencia. Este es un caso en que una sociedad afro tenía un espacio físico, una capilla, que resultó, con el tiempo, ser uno de los más significativos de lo que sería la ciudad de Paraná. El crecimiento de la sociedad blanca/criolla se produciría cerca, estableciendo un nuevo centro del pueblo, ubicando allí el gobierno y la catedral, disputando el significado de la capilla original. Esos conflictos llegaron a que para desdibujarla se construyera una enorme iglesia católica a su lado, pegada una a la otra, hasta llevar a la primera a su abandono y deformación física, para luego recuperarla con otra forma y significado. Fue un siglo, el de la emancipación de la esclavitud, en que la población afro fue blanqueada, minimizada, invisibilizada; que su arquitectura fue alterada y su ritualidad desaparecida. Es la historia de una confrontación y de las expresiones físicas que esta fue teniendo en el edificio hasta perder todo sentido. Este estudio intenta, desde la arqueología, reconocer los elementos de esa historia, hacerla visible, repensar la arquitectura desde una mirada diferente a la tradicional, aunque sea altamente hipotética. Verlo en la arquitectura, así como la arqueología ha logrado reconocer elementos africanos –o reconstruidos en la Diáspora–, así como en la cerámica, la herrería, los entierros, la pintura mural, el uso del espacio, el color y en los objetos domésticos. Lo que mostraron las excavaciones, la relectura de la historia documental y la observación del edificio, pese a las dificultades habidas por la alteración para su actual restauración, abrieron la posibilidad de entender un largo proceso de transformación vivido mientras servía a la población esclavizada y liberta. De una primera posible capilla abierta de la que no hay antecedentes locales, en medio siglo de enfrentarse a la iglesia oficial se llegó a una solución de dar misa desde un balcón, el que tuvo en su frente un gran atrio abierto y que nunca tuvo planta basilical. Y que en lugar de un altar es posible que haya tenido al centro un poste de carácter ceremonial, eje físico y simbólico de toda la construcción de planta cuadrada (Cirio 2002). El cruce de los datos permitió entender la historia de esa construcción. Una historia que comenzó a mitad del siglo XVIII con una estructura modesta de adobe, luego una capilla abierta tradicional andina, más tarde los cambios profundos al comenzar otra iglesia en su frente y por ende una modificación sustancial en la manera de usarse, y la adaptación para sobrevivir generando una estructura híbrida pero eficiente. Al cerrarles partes de ella, cambiando su forma de circular y de usarla, se la transformó en iglesia, aunque no basilical –quizás parecida a un bautisterio–, en la que la misa se daba desde un balcón al atrio abierto. Vemos un proceso de respuesta, de adaptación y de resistencia. Los cambios finales con la destrucción del atrio y el hacerla casi inaccesible desde la calle terminaroncon su uso. Quizás estemos mirando el proceso de catolización de la ritualidad afro en el siglo XIX. La capilla fue una estructura producto de diversas tradiciones constructivas, estéticas y funcionales, cambiante en el tiempo, expresión de la compleja identidad de un grupo social en plena transformación, del blanqueamiento y el desdibujo dentro de una sociedad blanca y cristiana. Es la expresión física de una lucha por sobrevivir, adaptándose, modificando, cambiando a veces sin cambiar, peleando, negociando muy fuerte para poder continuar, lo que lograron hacer por casi dos siglos.
Fotografia aérea de Laranjeiras, Sergipe.
La arqueología de la arquitectura amplía horizontes Escribo estas líneas desde la óptica de un arqueólogo europeo que ha trabajado durante casi dos décadas en Arqueología de la Arquitectura (en adelante AA) y que hace una década comenzó a inmiscuirse en la arqueología de Latinoamérica. Y siento la satisfacción de ver cómo en este volumen monográfico convergen ambas realidades, que hasta la fecha se habían desarrollado principalmente en paralelo. Escribo también desde la responsabilidad, con la agridulce sensación de tener que rematar un loable esfuerzo colectivo y hacerlo brillar más, si cabe. En este empeño, a lo largo de las líneas que siguen pretendo valorar la contribución de los textos de este monográfico al desarrollo de la AA. Para ello, seguiré la rica, razonada y brillante síntesis historiográfica con la que A. Azkarate contribuye a este volumen, y emplearé su texto introductorio como soporte adicional. Mirados desde esta base, los trabajos presentados brindan una oportunidad única para valorar el estado de la AA latinoamericana. Algunos de los textos ofrecen sendas síntesis de las prácticas relacionadas con el estudio arqueológico de la arquitectura en Argentina, Colombia o Brasil (Igareta, Cohen, Ferreira). Otros autores realizan una recapitulación reflexiva de su propia trayectoria de investigación a partir de casos de estudio que se extienden del País Vasco a Brasil o Argentina (Mesanza et al.; Zarankin y Funari). Por su parte, el único texto basado en el desarrollo de un caso de estudio específico, proporciona matices que enriquecen y actualizan las formas de aproximarse a la materialidad de la arquitectura argentina (Schavelzon). No se me ocurre un conjunto de materiales más óptimo para poder acometer una reflexión general sobre el estado de desarrollo de la AA latinoamericana. Máxime si consideramos que los trabajos reunidos en este monográfico fueron previamente presentados y discutidos en unas jornadas a las que tuve la suerte de participar. En lo que sigue me limitaré a resaltar los aspectos que, en mi opinión, son más destacables y representativos del conjunto de trabajos que componen este volumen. Considero que, entre otras muchas otras cuestiones, los trabajos aquí compilados representan: un nuevo régimen conceptual para el estudio arqueológico de la arquitectura; una mirada abierta, inclusiva e innovadora; y un compromiso creciente con los espacios construidos y vividos. Tras analizar cada uno de estos aspectos de forma individualizada, terminaré este epílogo de forma propositiva, planteando algunas cuestiones que considero podrían enriquecer la práctica de la AA y otras que entiendo como los principales retos en su porvenir. UN NUEVO MARCO CONCEPTUAL PARA EL ESTUDIO ARQUEOLÓGICO DE LA ARQUITECTURA En una aproximación historiográfica de vocación multivocal, Azkarate (este volumen) bosqueja una Arqueología de la Arquitectura plural en la que convergen, por un lado, una rica tradición de estudios arquitectónicos desarrollados en el marco de la excavación arqueológica y, por otro lado, nuevas formas de aproximarse a los edificios en pie, a las ciudades o al propio paisaje. El conjunto de trabajos que componen este volumen monográfico actúa de forma consecuente. Analizan su marco historiográfico con objeto de explicar y valorar las distintas aproximaciones a los espacios construidos desde su condición material, ahondando en la condición de la arquitectura histórica como recurso para conocer mejor el pasado. Las distintas aproximaciones se aúnan bajo un mismo paraguas en este monográfico por compartir objeto de estudio y objetivos, por entender los espacios construidos como un medio para trabajar con la memoria material de los lugares y los materiales que estudia (Olivier 2013a, 2013b). Los resultados de los trabajos de este volumen legitiman y validan de facto el planteamiento historiográfico de partida. Lo consiguen llevar de la teoría a la práctica y se convierten así en un nítido testimonio de la apertura de la mirada de la AA. Además de aunar distintas perspectivas analíticas y marcos historiográficos en los que se ha desarrollado la AA en distintos lugares de Latinoamérica, este volumen representa un replanteamiento de dos de los conceptos más básicos de la arqueología: la antigüedad y el yacimiento. Por un lado, deja patente la extensión del arco temporal abarcado por la arqueología, que ha dejado de preocuparse únicamente por "cosas antiguas". Aunque este proceso ya fue anunciado a principios del siglo XXI (Hicks 2003), se manifiesta con total claridad en este monográfico. Y lo hace en varios sentidos, tanto por la cronología relativamente reciente de los casos presentados, como por superar la primigenia vocación medieval de la AA europea (Azkarate, este volumen). Los casos recogidos analizan con la misma legitimidad tanto los conjuntos monumentales prehispánicos como las casas del presente, si bien la gran mayoría estudian arquitecturas recientes, desde la Edad Moderna en adelante. Por otro lado, refleja la ampliación del ámbito de estudio, extendiendo el concepto de yacimiento de los restos exhumados en una excavación a los muros en pie, a los conjuntos edificados y a su propio entorno. Consecuentemente, los trabajos de este monográfico representan el paisaje como un marco modificado por el ser humano a diferentes escalas. Desde un entorno natural humanizado pero con una dinámica propia (un bosque), hasta un paisaje altamente antropizado (una ciudad), pasando por apropiaciones de espacios determinados mediante la materialidad (edificaciones individuales o conjuntos de edificios). UNA MIRADA ABIERTA, INCLUSIVA E INNOVADORA A un nivel más epistemológico, el conjunto de trabajos de este volumen monográfico ofrece una visión compensada. A la gran variabilidad del tipo de edificaciones que representan los ejemplos de casos latinoamericanos, se suma el abordaje integral del fenómeno urbano o el propio paisaje vasco. Los excesos de unos planteamientos ayudan a compensar las carencias de los otros y viceversa. Porque el registro arquitectónico y arqueológico no está, como se defiende para el caso de la arquitectura latinoamericana, mayormente fracturado y disperso (Igareta, este volumen), sino esperando a que el arqueólogo o arqueóloga alce su mirada por encima del suelo y amplíe su horizonte a su entorno inmediato (centro urbano) y/o lejano (paisaje). Y porque, al contrario, no todos los casos de estudio deben contar con una densidad biográfica que estrictamente exija un abordaje de base estratigráfico (Mesanza et al., este volumen). Precisamente, la falta de edificios de gran densidad biográfica ha permitido aumentar la casuística de tipos de construcciones estudiadas y ampliar el muestrario arquitectónico. Consideramos que, en este sentido, la aportación latinoamericana reside en incorporar al estudio de la AA edificaciones estructurantes a nivel social (escuelas, casas, hospitales), pero también espacios para confinar a quienes no encajan o no se desean en esas estructuras (manicomios, prisiones, iglesias afroamericanas) o a quienes se pretende eliminar de las mismas (centros clandestinos de detención). Incorporando este último elenco de edificaciones, algunas de las cuales están representadas en este volumen, la AA consigue representar a sectores subalternos, si no expulsados a los márgenes del pasado, borrados de la historia y, por ende, del presente. Estos sectores subalternos rara vez cuentan con edificaciones de naturaleza monumental. Más bien al contrario, estas construcciones son utilizadas para representar, justificar y naturalizar la identidad de las clases sociales hegemónicas. El presente monográfico contiene algunas reflexiones críticas sobre el empleo de estos edificios monumentales y determinadas técnicas constructivas en la imposición de una identidad nacional de base colonial (Cohen, Ferreira, en este volumen). De esta crítica se deriva una importante reflexión sobre la naturaleza y representatividad del patrimonio monumental, aquel que sigue en pie y se decide convertir en un bien de dominio público que debe ser estudiado, conservado y socializado. Pero es evidente que los palacios incas o coloniales, los templos aztecas o cristianos, y los castillos árabes o castellanos, representan una pequeña y sesgada muestra del pasado que perdura en el presente. Sin embargo, el estudio de los edificios corrientes que siguen en pie, como casas o colegios (Zarankin y Funari, Cohen, Ferreira, este volumen), sigue siendo desatendido por la arqueología de ambos lados del Atlántico. Varios de los trabajos de este monográfico se suman así al estado de excepción que representan algunos trabajos que tratan de subvertir esta situación asimétrica[2]. Este volumen completa su vocación abierta, inclusiva e innovadora con el cúmulo de planteamientos metodológicos que resulta de los trabajos que forman parte de este monográfico. La riqueza analítica y la capacidad heurística demostrada en los trabajos de este monográfico resultan ejemplares. Además, bien sea de forma conjunta, bien de forma individual, superan los escollos metodológicos antagónicos que se atribuyen a cada una de las tradiciones: el estratigrafismo europeo, o la ausencia de estratigrafía latinoamericana. Por un lado, las hipotéticas visiones más tradicionales rebosan creatividad y exploran más allá de los límites de un pretendido estratigrafismo. Es el caso de Mesanza y compañía (este volumen), que en el estudio de una red viaria determinada vuelven a los postulados arqueológicos más esenciales, similares a los que Stukeley aplicó en Avebury (Schofield et al. 2011: 27). Porque, a pesar de que su planteamiento de base sea estratigráfico, ni estudian una arquitectura al uso, ni su procedimiento analítico puede ser considerado tradicional en el marco de la AA. Algo similar sucede en su estudio de un bosque concreto por parte de estos mismos autores, en el que prácticamente nada se corresponde con las posturas defensoras de la ortodoxia estratigráfica. Por otro lado, ni la presencia de revestimientos ni la cronología reciente de las construcciones han impedido que los autores latinoamericanos indaguen y ahonden en la memoria material de lo construido en este volumen. Considerados en conjunto, todos los trabajos contemplan el uso de varios de los siguientes instrumentos analíticos: excavación, lectura de alzados, análisis cronotipológico, prospección, análisis configuracional, documentación histórica e iconográfica, lectura sintáctica de espacios, arqueometría, análisis cluster o micro-estratigrafía. De este modo, muestran las múltiples formas en las que se puede acceder al conocimiento biográfico de los espacios construidos. UN COMPROMISO CRECIENTE CON LOS ESPACIOS CONSTRUIDOS Y VIVIDOS La necesidad de aproximaciones analíticas e interpretativas que se ajusten a la especificidad física y a contingencia histórica de la arquitectura ha servido de motivación y guía a algunos de los trabajos de este monográfico (Ferreira, Cohen, este volumen). En estos casos, su compromiso con lo estudiado les ha llevado a reclamar su participación en las decisiones que afecten a los espacios construidos. Lo mismo sucedió previamente en algunas experiencias europeas en las que tanto arquitectos como arqueólogos llegaron a demostrar la necesidad de decidir las modificaciones de un edificio histórico de forma consensuada y colegiada (Azkarate y Lasagabaster 2006). Si las mismas reivindicaciones se han producido en contextos particulares, es porque responden a problemas comunes que emergen en el marco de la gestión de las construcciones históricas en pie. Pero también porque comparten la idea del edificio como repositorio o archivo histórico, por la que los restos materiales se convierten en síntomas de una memoria material determinada (Olivier 2013a), que debe ser considerada no solo en las decisiones sobre el pasado, sino también del presente. Es precisamente en ese contexto en los que los repositorios van a ser destruidos o modificados, en el arqueólogo debería asumir su responsabilidad en representación de la memoria material del elemento amenazado. La gestión de los restos del pasado apela directamente al presente. Incluso podría decirse, de acuerdo con autores como L. Olivier, que lo único que es arqueológico es el presente. Un presente entendido no como lo que está sucediendo ahora, sino como la acumulación de tiempos pasados que han perdurado, al haber sido conservados materialmente (Olivier 2013b: 122-123). Por tanto, el compromiso social y político que asumamos como técnicos es fundamental en el desarrollo de procesos complejos como la transformación urbana o paisajística. Esta responsabilidad ha sido reclamada en varios trabajos anteriores (por ejemplo, Azkarate 2011: 21-24; Azkarate y Escribano-Ruiz 2014), pero la llamada aún no ha tenido la respuesta deseada. Como gestores de esos repositorios de memoria, no podemos mantenernos al margen de lo que les sucede. No podemos seguir confinados en un mundo "descontextualizado y autista", sino implicarnos directamente en la gestión del presente (Gnecco 2017: 201-215). Conscientes de que la arquitectura ofrece una oportunidad única de actuación, en este monográfico varios autores reclaman explícitamente una arqueología desde el presente y para el presente (Zarankin y Funari, Azkarate, este volumen). Implícitamente se ofrecen varias formas de hacerlo, bien sea de modo directo (mediante la conservación y gestión de edificios o del urbanismo) o indirecto (formando a quienes tienen la capacidad de intervenir en estos contextos o haciendo pensar a la sociedad). Una vez sumidos en el tan oscuro como inesperado horizonte que nos ha dibujado el año 2020, parece más necesaria que nunca una arqueología cuyo objetivo no sea tanto conocer el mundo cuanto transformarlo (Azkarate y De la Fuente 2013: 62). De ello dependerá, como destaca el propio Azkarate en este volumen, el devenir de la arqueología como disciplina. En sintonía con estos planteamientos, y haciendo uso de un certero eslogan feminista, creemos que la arqueología será socialmente comprometida o no será. Algunos de los textos de este monográfico reflejan esta actitud en la medida que denuncian la existencia de determinados sectores sociales borrados del sistema y de la historia (afroamericanos, represaliados políticos, indígenas) y tratan de aportar materia para reflexionar, con la intención de contribuir a una sociedad más democrática y justa. Como ya planteamos hace unos años, el poder solo se puede combatir identificando, primero, y recordando, después, sus mecanismos (Escribano-Ruiz 2016). Siguiendo este mismo razonamiento, algunos trabajos de este volumen proponen la AA como un instrumento de denuncia y cuestionamiento de las estrategias reproductivas de los sistemas de poder (Zarankin, Funari, este volumen) o denuncian el empleo de determinadas arquitecturas en la configuración y "blanqueo" de la identidad colectiva (Cohen, Ferreira, este volumen). Así, al traer a la luz un pasado que no se ha muerto sino sigue afectando al presente, ofrecen una muestra del rol social que la arqueología debería desempeñar (Olivier 2013b: 128). El presente volumen monográfico ofrece un sólido plantel de trabajos que abarcan y ejemplifican el complejo recorrido de las aproximaciones arqueológicas a la arquitectura. Además, al explorar nuevas realidades temporales y materiales, este conjunto de textos ayuda a expandir la AA en sus planteamientos prácticos y teóricos. En este sentido, el monográfico sienta las bases de una AA necesariamente crítica, reflexiva y activa. Aunque tradicionalmente se ha considerado que su capacidad innovadora es una de las principales características de la AA europea, es patente que esa dinámica se ha ralentizado. En este contexto, varios de los trabajos de este volumen suponen un revulsivo y representan un contrapunto esencial a las prácticas europeas. También podrían incentivar la praxis en Latinoamérica al constituir casos empíricos más cercanos, abordados desde la proximidad geográfica y heurística. Un claro ejemplo son los trabajos que resuelven el problema de las "arquitecturas revestidas" planteado por Azkarate en su introducción al volumen. A su vez, la síntesis de las experiencias vascas puede servir de muestrario del potencial que ofrece el bagaje europeo, aportando claves operativas para mediar, por ejemplo, en los procesos de transformación de las ciudades históricas latinoamericanas, tal y como se reclama en varios textos de este volumen (Azkarate, Ferreira). Quedan por señalar algunos vacíos que hemos identificado en el monográfico y reseñar algunas cuestiones que se han planteado de forma tangencial, y no se han desarrollado de acuerdo a su importancia en ninguno de los trabajos presentados. En relación con los planteamientos teóricos, se añora un lineamiento que exceda el marco teórico del post-procesualismo. Los estudios arqueológicos de arquitectura deben beneficiarse de algunos de los principales debates teóricos del siglo XXI, tan pertinentes como el planteamiento bergsoniano de la persistencia, que ha quedado representado a lo largo de este texto mediante la influencia de L. Olivier. Pero también puede resultar muy oportuno, por ejemplo, el corpus de reflexiones sobre los ensamblajes o assemblages (aproximaciones deleuzianas para comprender una arquitectura basada en la fluidez y conectividad), el nuevo giro ontológico hacia las cosas (que trae a un primer plano lo material y obliga a pensar en los efectos de la arquitectura sobre los seres vivos e inertes) o las aproximaciones fenomenológicas (que ponen el énfasis en sentir y experimentar los propios espacios construidos). Todas estas ideas podrían permitir crear nuevas visiones sobre el pasado a partir de manifestaciones materiales tan importantes como los espacios construidos y vividos. En esa pretendida aproximación al pasado hemos añorado la representación de más grupos subalternos. Destaca, por ejemplo, la ausencia de los pueblos indígenas o sociedades originarias en un monográfico mayoritariamente latinoamericano. Pese a que estos grupos han sido indirectamente mencionados por algunos autores (Cohen, Ferreira, en este volumen), no cuentan con un desarrollo específico en sus textos. A este respecto, resulta significativo que su arquitectura tampoco esté presente en algunos de los principales trabajos de arqueología que tratan sobre los pueblos indígenas (por ejemplo, Gnecco y Ayala 2010). Esta ausencia reiterada apunta a la necesidad de diseñar un programa de investigación ad hoc. La problemática del género en relación con la arquitectura también es señalada por Ferreira (este volumen), aunque se limita a una mera mención. Y es otro de los principales retos a marcar en nuestra agenda, en la medida en la que la mujer fue y sigue siendo el eje central de la vida doméstica (Montón 2000; Falcó 2003). También cabría prestar una mayor atención a la duración de los elementos construidos, profundizando en la aludida interpretación bergsoniana de aquellos elementos que perduran, en vez de centrarnos principalmente en relatar lo que cambia[3]. De forma significativa, la idea de la historia vista desde la óptica predominante del cambio se vinculada a la subjetividad masculina y es por ello por lo que las grandes narrativas han ignorado la continuidad (Montón y Hernando 2018). También añoramos en los textos de este monográfico un mayor protagonismo del conjunto de las comunidades y colectivos que heredaron por la fuerza el patrimonio arquitectónico (Ayán y Gago 2012), representados de forma explícita en un único trabajo (Ferreira), pero a quienes intuimos se destinan los resultados de los trabajos que forman este monográfico. Creemos que se debe prestar mayor atención a los colectivos del presente, que son a la vez custodios, mecenas y usuarios de los espacios construidos que estudiamos. Debemos hacerles partícipes y destinatarios directos de los proyectos y de sus resultados. Reiteramos que, en nuestra opinión, la solución a los verdaderos problemas de la AA no vendrá de la mano de la tecnología, ni de los planteamientos teóricos, sino de las respuestas que seamos capaces de ofrecer a los problemas del presente mediante el pasado. Esto exige ir más allá de la interpretación (Alberti et al. 2016), reconocer la importancia del pasado para el presente y actuar de forma consecuente. Reservamos las últimas palabras para incitar la práctica de una arqueología que mejore y enriquezca la experiencia humana (Shanks 2012: 149), sea del modo que sea. En este sentido, hay una importante semilla en este monográfico. Todo lo que está por venir depende de que esta germine y florezca en la praxis de la AA.
Análisis comparativo de ciudades históricas mediante sintaxis espacial. Los casos de Sevilla y Lisboa Este trabajo presenta un análisis comparativo aplicando técnicas de la sintaxis espacial en dos ciudades históricas que durante los siglos XVI y XVII fueron, entre otras, los principales núcleos de la península ibérica: Lisboa y Sevilla. Las principales fases metodológicas del trabajo fueron: 1) adquisición y digitalización de datos históricos; geo-procesamiento de las fuentes de datos; 2) preparación del modelo de mapa axial; 3) generación del mapa axial; 4) generación del mapa de segmentos; 5) estudio y análisis de los parámetros; 6) visualización e interpretación de los mapas. La aplicación de los análisis a partir de mapas de segmentos ha permitido el cálculo de variables más relacionadas con la accesibilidad, movimiento y actividad urbana: la elección angular normalizada (NACH) y la integración angular normalizada (NAIN). Este artículo demuestra que el modelo computacional proporciona un enfoque eficaz para realizar estudios comparativos de ciudades históricas. Introducción: Sevilla y Lisboa en la edad moderna Los principales núcleos urbanos del siglo XVI y XVII de la península ibérica surgen de un contexto histórico enormemente complejo donde confluyeron la consolidación del territorio tras las etapas de la Reconquista cristiana, la construcción de las identidades como nación bajo la monarquía y oligarquía en aquel momento imperante, el fortalecimiento de vínculos con Europa que permitían un mayor flujo de viajeros y comerciantes, la expansión territorial y comercial a las nuevas tierras conquistadas (Ferreira Lopes 2018). En este marco, la expansión económica acabó por conducir al origen de nuevos núcleos urbanos y a potenciar aún más, los ya existentes. Esas transformaciones ocurrieron de una "forma paulatina después de la conquista castellana" (Valor 2004). Dentro de este fenómeno, las ciudades de Lisboa y Sevilla presentaban grandes similitudes tanto debido a las actividades económicas desarrolladas y la comercialización de materiales y sus rutas mercantiles como también en lo que respecta a la transferencia de ideas e individuos (en este momento existe un gran flujo de comerciantes y artistas como bien apuntan Chaunu 1983; Collantes de Terán Sánchez 2006; Vila Vilar 2009; Jiménez Martin 2016: 17-18). Ambos territorios mantenían una transferencia del conocimiento de esos profesionales, conduciendo a un profundo intercambio de saberes y técnicas constructivas y arquitectónicas entre Portugal y Castilla. A principios del siglo XVI cerca de 80 % de los operarios activos en las principales obras de Portugal venían de Cantabria (Genin, Moreira y Jonge 2011). A partir del último tercio del siglo XVI, ese movimiento se desplaza hacia el sur de Castilla, generando grandes fábricas receptoras de maestros y artistas que después se prolongaría hacia los territorios hispanoamericanos. No podemos obviar que todos estos factores y acontecimientos influyeron en la transformación y crecimiento de ambas ciudades y, en consecuencia, en los aspectos funcionales de todo su ecosistema. Estas participaban como un elemento más de todas las redes de relaciones y circunstancias sociales, geopolíticas y de naturaleza física en una escala global. Las relaciones entre ambas ciudades eran a la vez de rivalidad (entorno al monopolio) y de complementariedad (con elementos que unían ambas ciudades como la religión, la cercanía de la lengua, los destinos marítimos y los enemigos comunes) (Chaunu 1983). En 1551, Lisboa tenía aproximadamente 100 000 habitantes (de los cuales un 10% eran esclavos y un relevante porcentaje eran inmigrantes de otros países europeos y africanos) (Oliveira 1938) llegando, de esa manera, a tener una población próxima a otros núcleos como París, Nápoles, Venecia o Sevilla (Mols 1954: 47). En el caso de esta último, el progreso del sur andaluz acompañado de una gran ola de emigración también provoca un crecimiento poblacional y en 1594 la capital hispalense alcanza más de 100 000 habitantes (Chaunu 1983). Ambas ciudades han tenido un crecimiento poblacional progresivo, mientras Lisboa en 1530 tiene cerca del doble de la población de Sevilla, a principios del XVII, ambas ciudades son iguales (Chaunu 1983). Estas correspondencias de crecimiento entre ambas ciudades acompañan el desarrollo de los dos núcleos y muestran también las similitudes económicas que ambas ciudades comandan en aquel momento. Las dinámicas de construcción de eses focos fueron dos de las mayores empresas industriales de ese periodo. Junto a esos datos cuantitativos se suman las circunstancias anteriormente expuestas del contexto político-social-económico y cultural, de manera que, como bien apuntan otros autores, podemos observar que esas dos ciudades tenían una estructura funcional muy análoga. En este sentido, esas dos ciudades son un documento en sí mismo y un testimonio material de los sucesos históricos 3; un lugar desde el que observar los acontecimientos del pasado a la vez que dos nodos en la red de relaciones que les une a una realidad global mayor en cuanto a fenómeno cultural y territorial. Teniendo como base de partida esas semejanzas en el contexto histórico, el presente estudio busca realizar un análisis comparativo de los espacios urbanos de las ciudades de Lisboa y Sevilla mediante la aplicación de la sintaxis espacial con el fin de detectar también algunas similitudes y diferencias entre ambos núcleos. Un conjunto de parámetros y análisis de la técnica de sintaxis espacial fueron seleccionadas para analizar la configuración de estas dos ciudades históricas. Los resultados de los análisis de sintaxis espacial fueron cartografiados en un modelo computacional para revelar y comparar los patrones de ambas ciudades. La teoría y el método de sintaxis espacial ha conseguido lograr su aplicación en un gran espectro de investigaciones con diferentes aplicaciones que van desde la arqueología hasta el diseño urbano. Dentro de estas diversidades, la aplicación para el análisis en ámbitos históricos viene aumentando sustancialmente en las últimas dos décadas, facilitando análisis comparativos y temporales de la evolución de los espacios urbanos y/o tipologías de edificios a lo largo del tiempo. Con eso, hemos logrado explorar una mayor relación entre las transformaciones, en la escala urbana y de los edificios, y las actividades humanas La sintaxis espacial ofrece un método analítico basado en el registro de la configuración de las ciudades en grafos, y cuantifica patrones espaciales de los nodos utilizando cálculos matemáticos que luego permiten visualizar, analizar y entender la trama urbana a partir de parámetros antes no visibles. Este método ofrece de esta manera un modelo simplificado del espacio urbano, reduce su complejidad mediante la construcción de mapas axiales y mapas de segmentos, para generar análisis que permiten una interpretación objetiva del mismo. Este método es por lo tanto una relevante herramienta de investigación una vez que: Proporciona un modelo espacial de la realidad simple y analizable. Aporta valores cuantitativos a los elementos y permite comparaciones estadísticas y gráficas. Relaciona las partes con el todo, de esa manera el sistema de la ciudad puede ser analizado por sus elementos. Permite comparar sistemas de diferentes escalas y tamaños. En el ámbito de la investigación en historia urbana podemos verificar la aplicación de la sintaxis espacial en diferentes estudios que tratan la escala urbana, los cuales podríamos clasificar en dos grandes bloques: 1) estudios de la evolución de ciudades, en los cuales se generan análisis temporales de los parámetros de la sintaxis espacial para fundamentar o generar nuevas hipótesis sobre su evolución histórica; y 2) estudios comparativos de dos o más sitios durante un mismo periodo histórico. Nuestra investigación se encaja en el segundo bloque y tiene como objetivo mejorar el conocimiento acerca del funcionamiento de las ciudades históricas -Lisboa y Sevilla- como conformaciones espaciales mediante el análisis de parámetros definidos por la teoría de la sintaxis espacial. Método aplicado en la investigación El punto clave de esta investigación fue generar los modelos digitales de ambas ciudades, que representarían su configuración urbana en un período histórico determinado, para poder comparar la morfología y funcionalidad de estas ciudades mediante el método de la sintaxis espacial. Para ello, se diseñó y ejecutó un proceso metodológico en el cual las principales etapas del flujo de trabajo fueron: 1) adquisición y digitalización de datos históricos; geo-procesamiento de las fuentes de datos; 2) preparación del modelo de mapa axial; 3) generación del mapa axial; 4) generación del mapa de segmentos; 5) estudio y análisis de los parámetros; 6) visualización e interpretación de los mapas (Fig. 1). Diagrama del proceso metodológico aplicado. En primer lugar, se digitalizó, transcribió y rectificó la información del trazado urbano contenida en las fuentes cartográficas históricas para generar un modelo digital vectorial del mapa histórico de las ciudades. Para la ciudad de Lisboa, se utilizó como documento principal el mapa "Ciudad de Lisboa" elaborado por João Nunes Tinoco en 1650 Este, junto con el grabado de George Braun y Frank Hogenberg (1598) 7, el trabajo de María Calado (1993) y el mapa actual de la ciudad en formato shapefile (en adelante,.shp) constituyeron nuestra base para la elaboración del trazado histórico de la ciudad de Lisboa. El mapa vectorial fue creado a partir de puntos de control con la utilización del programa QuantumGIS. El resultado fue un plano de polígonos cerrados (base para la creación posterior del mapa axial de Lisboa). Para la ciudad de Sevilla se utilizó el modelo vectorial ya transcrito y rectificado por Algarín Vélez (2000), que tenía como documento principal el "Plano topográfico de la M(uy) N(oble) L(eal) ciudad de Sevilla", más conocido como "Plano de Olavide" Para ello, el plano vectorial fue realizado mediante la subdivisión del plano en varias cuadriculas que luego fueron transcritas en una malla trapezoidal Con el fin de generar el mapa axial, el plano de CAD fue transformado a un formato.shp en QGIS. Una vez generados los modelos en formato.shp (planimetría de ciudades antiguas, manzanas, edificios y calles), se procedió a verificar los posibles errores de los modelos vectoriales utilizando la herramienta QGIS y el plugin "Space Syntax Toolkit". Después de la verificación y corrección de los errores encontrados, el mapa axial fue creado a través de la herramienta Depthmap 0.35 Una vez que estos mapas fueron generados, verificamos manualmente las líneas axiales. En este estudio, alrededor del 10 % de las líneas fueron editadas (borradas, añadidas o modificadas) manualmente para generar un modelo de mapa axial más acorde con la definición y el concepto de Hillier y Hanson (1993). El siguiente paso del proceso fue el procesamiento de los mapas axiales y de segmentos en Depthmap para su posterior visualización, análisis e interpretación de los datos en QGIS. Los primeros análisis realizados con los mapas axiales de las dos ciudades sirvieron para reconocer una configuración urbana en la que determinadas áreas y "ejes" tenían una mayor relevancia dentro de la ciudad. A escala global, comparando los resultados, pudimos observar que ambas ciudades muestran valores similares de conectividad 11: en ambos casos se define un área bien marcada con una tasa más alta, en Lisboa el área de la Plaza del Rossio y en Sevilla, el área de la Plaza de la Alameda (Fig. 2). Visualización de la Conectividad de Lisboa y Sevilla, respectivamente. El análisis de integración global 12, mostró que Lisboa presenta unos valores de integración ligeramente superiores a los de Sevilla. Si comparamos ambos mapas de integración global, podemos observar "ejes" más integrados en ambas ciudades. En la figura 3 se muestra que estos corredores estaban vinculados con el núcleo observado en el análisis de la conectividad y que también tenían una expansión hacia la línea del río. Observamos también que en el caso de Sevilla la integración está muy relacionada con el eje del río, disminuyendo en las zonas más distantes a este. En el caso de Lisboa, ese patrón se repite, pero también observamos que la integración disminuye de manera radial a partir del área que engloba la Plaza del Rossio hasta la Sé de Lisboa. Esos datos podrían indicar una mayor concentración de actividades en estas áreas ya que presentarían mayor posibilidad de circulación (Fig. 3) (Ferreira Lopes 2019). Visualización de la Integración Global de Lisboa y Sevilla, respectivamente. Con el fin de avanzar en el estudio, también hemos utilizado mapas de segmentos lo que nos permitió aportar análisis de otros parámetros más relacionados con la accesibilidad, movimiento y actividad urbana: la elección angular normalizada (NACH) y la integración angular normalizada (NAIN) Las posibilidades de acceso a la topología se expresan visualmente en los mapas mediante una escala de colores, que va desde el rojo para los espacios más accesibles hasta el azul profundo para los menos accesibles. La "elección" se mide por la probabilidad de que un espacio sea elegido como la ruta más corta entre los conjuntos de origen-destino del sistema. Para las medidas de "elección" se deposita un valor para cada posible decisión de las diferentes rutas a tomar, por lo que las medidas varían según el tamaño del sistema. La "integración" se relaciona con la profundidad media de un espacio con todos los demás del sistema, formando un grafo en el que cada cambio espacial representa un nivel de profundidad: los espacios segregados presentan grafos más profundos, mientras que los espacios integrados son menos profundos, llegando a otros espacios con pocos cambios de nivel (Al Sayed et al. 2018; Hillier et al. 2012). La profundidad total angular (TD) se define como el total acumulado de los trayectos angulares más cortos a todos los demás (Turner 2004: 29). En relación a la "elección" normalizada global, podemos observar que el mapa de Lisboa muestra varias zonas con valores altos. Se observa un mayor nivel en zonas paralelas al río (de este a oeste) que engloban también áreas cercanas a la catedral. Además, se observan también valores altos en el área de la Plaza del Rossio, sin embargo, con niveles menos concentrados. En el caso de Sevilla, el análisis de elección presenta mayores niveles en el eje norte-sur central de la ciudad, área que abarca la Plaza de la Alameda hasta la Catedral. Esas áreas con valores mayores corresponderían a las áreas con más probabilidad de uso y circulación (Fig. 4). Visualización de la variable "elección" normalizada global de Lisboa y Sevilla, respectivamente. Valores de Elección Normalizada (NACH) para el Análisis de Segmento Angular. En este estudio hemos realizado el análisis adoptando radios de 400, 800, 1200 metros, una vez que son radios de desplazamientos para peatones que tardarían cerca de 5 min, 10 min, 15 min, aproximadamente. Si comparamos los valores de "integración" normalizada, observamos algunas similitudes en ambas ciudades. En Lisboa, la distribución de los niveles de la integración normalizada global subraya las zonas más accesibles en las proximidades del río y en la Plaza del Rossio. En Sevilla, este variable también subraya las zonas más accesibles en las proximidades del río y, en este caso, en la Plaza de la Alameda y en el área cercana a la iglesia de Santa Paula (Fig. 5). Visualización de la variable "integración" normalizada global de Lisboa y Sevilla, respectivamente. En cuanto a los valores, aunque Sevilla presenta sobre todo los valores máximos mayores que Lisboa en los diferentes radios medidos (400 m, 800 m, 1200 m y "n"), ambas ciudades presentan el promedio de los valores de elección próximos (NAINrn Lisboa = 2.80045; NAINrn Sevilla = 2.78871) (Tabla 2). Valores de la Integración Normalizada (NAIN) para el Análisis de Segmento Angular. Con esta fase del proyecto de investigación fue posible ver que la capacidad de hacer análisis utilizando el método de sintaxis espacial es relevante para estudiar ciudades históricas ya que nos permite combinar el tratamiento de documentos históricos, el análisis espacial y su visualización a partir de un modelo espacial que reduce la complejidad real del problema mediante su representación en mapas axiales y mapas de segmentos basados en grafo. Los análisis han demostrado que la geometría y la topología de la red urbana nos sirve para estudiar los patrones de movimiento urbano ocultos tras la configuración espacial y de esta manera entender mejor el funcionamiento de las ciudades históricas y su evolución. Además, los análisis de ese modelo de segmentos permiten contrastar elementos del sistema urbano a partir de sus valores, admitiendo comparaciones estadísticas y gráficas. Aunque la teoría y los métodos de la sintaxis espacial proporcionan un enfoque matemático y computacional a la investigación histórica, estos no deberían limitarse a un único "método" de análisis espacial, sino que deberían integrarse dentro de un marco multifacético en el que su potencial podría combinarse y desarrollarse. Este enfoque integrado puede apoyar y ampliar el conocimiento de los historiadores urbanos sobre el entorno construido y la morfología urbana histórica de diversas ciudades. En este sentido, este estudio proporciona otro punto de partida para establecer un diálogo entre la teoría de la sintaxis espacial y de la historia urbana para avanzar la comprensión de hasta qué nivel los modos históricos de organización espacial en las urbes influyen en las posibilidades de la vida comunitaria urbana y en su propia evolución como ciudad. Por supuesto, la comparación realizada en esta investigación entre Lisboa y Sevilla es una comparación aproximada, una vez que los datos históricos en cuanto a la planimetría no son altamente precisos. La herramienta Depthmap sigue en constante desarrollo y, junto con el método de sintaxis espacial y los SIG, está dibujando nuevas posibilidades de interpretar los espacios urbanos. Cabe subrayar que el problema actualmente está en definir una estrategia acerca de cómo el empleo mediante metodologías híbridas e interdisciplinares contribuirá al avance del conocimiento. Pese a las dificultades del trabajo y esfuerzo interdisciplinar que supone avanzar en esta dirección, la complementariedad del método de sintaxis espacial junto con las capacidades analíticas de los SIG ofrece una herramienta de trabajo potente que nos permitirá en el futuro realizar diversas lecturas analíticas, combinar diferentes tipos de datos (históricos, arqueológicos, geográficos, etc.) y facilitar una mayor interoperabilidad de los mismos. En cuanto a los futuros trabajos a realizar a partir de los resultados ya alcanzados, la investigación pretende avanzar en dos direcciones: i) profundizar en el estudio histórico de ambas ciudades para mejorar las interpretaciones de los modelos y crear nuevos modelos con diferentes cronologías para entender y analizar la evolución de estas ciudades a lo largo del tiempo; ii) implementar el análisis de otros parámetros y variables de la metodología de la sintaxis espacial.
Reflexiones y criterios relativos a la creación de modelos BIM de edificios históricos El presente artículo tiene como objetivo fundamental analizar el proceso de creación del modelo BIM aplicado al ámbito de los edificios históricos, considerando las singularidades de los mismos para lograr un uso adecuado y eficaz. Para ello, se han estudiado tres casos de construcciones pertenecientes al conjunto de la arquitectura altomedieval hispana, en los cuales se han desarrollado distintas estrategias de modelado para analizar aspectos como el nivel de detalle o el de precisión métrica, así como el nivel de desarrollo (LOD) adaptado a las particularidades de la arquitectura histórica. Como resultado de esta investigación, se expone una serie de conclusiones que giran en torno a las claves para alcanzar la viabilidad de la aplicación de la metodología BIM en el ámbito del patrimonio cultural, tanto en la fase de creación del modelo como en relación con el uso del mismo. BIM y patrimonio cultural El empleo de la metodología BIM (Building Information Modeling) ha supuesto en los últimos años un gran avance en el sector de la arquitectura, la ingeniería y la construcción (Architecture, Engineering and Construction, AEC). Su objetivo es potenciar el empleo de un modelo de información unificado y completo del edificio sobre el cual desarrollar los distintos trabajos de un modo coordinado, sistemático y eficiente por parte de todos los agentes que intervienen en él. En el marco de la obra nueva, entre otros aspectos, se mejora el diseño y la definición del proyecto, evitando costes derivados de la aparición de contradicciones o interferencias. De este modo, la inversión de la implantación de la metodología BIM genera beneficios que apoyan su viabilidad. Estos beneficios han animado el análisis de la aplicación del entorno BIM en el marco del patrimonio cultural, derivándose de ella el concepto de HBIM (Murphy, McGovern y Pavia 2009). Son variadas las revisiones sobre el tema realizadas hasta la fecha, centradas en el modelado y la implantación en plataformas BIM (Pocobelli et al. 2018), en la tecnología y los componentes BIM (Logothetis, Delinasiou y Stylianidis 2015), en los distintos enfoques metodológicos y las herramientas (López et al. 2018), en las dimensiones y niveles de madurez (Merchán et al. 2018), en los usos y los protocolos (Jordan et al. 2018; Salvador, García-Valldecabres y Viñals 2018), así como en los gemelos digitales y la conservación preventiva (Jouan y Hallot 2020). Sin embargo, no se ha reflexionado sobre la creación del modelo HBIM partiendo de las características específicas y valores propios de la arquitectura histórica, vacío que pretende abordar este trabajo. Características de la arquitectura histórica Los edificios históricos tienen características que los diferencian de los contemporáneos, destacando dos de ellas por su relevancia en relación con la adaptación de la metodología BIM: la configuración constructivo-material y la dimensión temporal. Respecto a la configuración constructiva-material de los edificios históricos, se debe señalar que estos emplean diferentes elementos y técnicas constructivas propias de los sucesivos periodos en los que se concibieron y modificaron. Aunque podamos encontrar materiales comunes en la arquitectura contemporánea, las técnicas y tecnologías difieren. Pero la diferencia no reside únicamente en el material, sino en el modo en el que este se emplea, las herramientas con las que se trabaja y el conocimiento que poseen los artífices de estas obras arquitectónicas. La ausencia de producción estandarizada explica por qué no hay dos edificios iguales, ni dos elementos idénticos. Esta configuración es consecuencia de una secuencia histórica. Las construcciones no son el resultado de una única acción, sino de un conjunto de acciones constructivas y destructivas que se suceden a lo largo de su historia y que dejan su huella material, caracterizándose cada una de ellas por técnicas y tecnologías distintas, como hemos indicado arriba. El edificio histórico comprende así una serie de construcciones, espacios y usos que han convivido o no durante su vida útil. Mientras tenga uso, la obra será objeto de cambios, prolongándose su secuencia. Por el contrario, el edificio actual prácticamente carece de esa secuencia, ya que es resultado de un proyecto unitario y reciente. Una vez comience su uso, a menudo materializado en transformaciones, se convertirá en un edificio histórico. Contexto, objetivos y método de la investigación La aplicación de la metodología BIM al ámbito del patrimonio cultural se ha desarrollado, hasta la fecha, en varias líneas. Como señalan algunos autores (Castellano y Pinto 2019), algunas investigaciones se han centrado en el modelado de geometrías complejas propias de este tipo de edificios; otras se han dirigido a la búsqueda de una máxima precisión en modelos BIM a partir de levantamientos 3D; y otras se han ocupado del empleo de BIM para la generación de conocimiento del propio edificio histórico. En esta última dirección, algunas investigaciones (Bruno y Roncella 2019) han propuesto el diseño de un sistema de información enfocado a la implementación de datos no geométricos y a su empleo en el mantenimiento y la conservación del patrimonio construido. Pero estas propuestas siguen focalizando su atención en las herramientas tecnológicas o en las intervenciones sobre el patrimonio, dejando completamente al margen los valores descritos de la arquitectura histórica como base fundamental para la organización del modelo HBIM y del sistema de información. Estos enfoques no permiten abordar en consecuencia un aspecto crucial para la implementación de la metodología BIM, como es su viabilidad dentro de un sector, el del patrimonio cultural, relativamente frágil y escaso de recursos. Por todo ello, asumiendo como variables fundamentales las características específicas de la arquitectura histórica, hemos intentado formular conceptos de apoyo prácticos para la creación de modelos HBIM que ofrezcan una definición más ajustada a las necesidades del patrimonio histórico, incorporando a la reflexión la viabilidad, aspecto clave para que su implantación ofrezca un beneficio al sector. Para ello, se han seleccionado tres casos de estudio pertenecientes a un periodo arquitectónico común y que han sido analizados desde la metodología de la Arqueología de la Arquitectura. Se trata de las iglesias altomedievales de Santiago de Peñalba (Peñalba de Santiago, León), San Pedro de la Mata (Sonseca, Toledo) y San Cebrián de Mazote (San Cebrián de Mazote, Valladolid). Los tres edificios cuentan con una completa documentación gráfica, obtenida mediante diversas técnicas de levantamiento: en el primer caso, se disponía de una planimetría completa (dibujos 2D) como base para el modelado; en el segundo, de un modelo fotogramétrico estereoscópico de líneas 3D, las cuales han servido de apoyo al modelado; y en el tercero, se contaba con modelos 3D de nube de puntos y de mallas obtenidos con fotogrametría convergente. Queremos subrayar que no pretendemos realizar un análisis sobre las técnicas o las herramientas de modelado, sino una reflexión sobre los criterios para conseguir una mejor adaptación de la metodología BIM al ámbito del patrimonio cultural. La variedad de los datos gráficos de partida nos ha permitido contrastar distintos criterios y resultados. Modelado HBIM de edificios históricos El primer paso hacia la creación de un modelo HBIM debe ser la planificación inicial. Aunque esta fase no es el objetivo de este trabajo, conviene recordar que esta debe considerar una gran variedad de aspectos, tales como el tipo de bien cultural y el nivel de conocimiento del mismo, sus valores y características, su documentación asociada, su estado de conservación, sus usos presentes y futuros o su marco de gestión (una descripción más detallada de estos aspectos en Independientemente de la orientación, contenidos y usos definidos para el modelo HBIM, este siempre se sustenta en dos pilares fundamentales: un sistema de información asociado a un modelo geométrico del edificio. Sistema de información HBIM Dado que uno de los objetivos fundamentales del empleo de la metodología BIM es el de mejorar la gestión de los datos, el sistema de información debe adecuarse al nivel de conocimiento y a las características del edificio histórico. El concepto de nivel de conocimiento ha sido abordado por diferentes autores. Algunos hacen referencia al "Level of Knowledge" definido en los "Technical Standards for Construction" en Italia (Bruno y Roncella 2018: 177), si bien se limitan a establecer en qué medida se conocen los aspectos geométricos, constructivos y estructurales. Otros autores proponen sin embargo nuevas aproximaciones, aunque más ligadas a los usos del modelo BIM en relación con la tutela del patrimonio cultural (Castellano y Pinto 2019). De un modo análogo, se ha propuesto el "Grade of Information" también vinculado a los distintos tipos de usos del modelo HBIM (Banfi 2017: 61). Sin embargo, entendemos que el nivel de conocimiento de los edificios históricos va más allá de lo anteriormente citado, ya que cubre un gran abanico de aspectos relativos al propio edificio y a sus contextos histórico, tecnológico, cultural, social, etc. En relación con la metodología HBIM, proponemos como aspecto fundamental una de las singularidades de la arquitectura histórica antes referida: la secuencia temporal. El sistema de información del modelo HBIM debería, en nuestra opinión, articularse en torno a ella, convirtiéndose esta en su eje vertebrador, ya que dicha secuencia se ajusta con rigor a la naturaleza del edificio histórico y permite vincular los datos de un modo coherente y lógico. Su identificación es posible gracias a la aplicación de la metodología de la Arqueología de la Arquitectura (Caballero 2010), la cual determina rigurosamente las distintas fases y transformaciones que configuran la realidad evolutiva del edificio. En relación con los casos de estudio desarrollados en el marco del presente trabajo, el sistema de información se ha organizado por ello en torno a la secuencia histórico-constructiva obtenida gracias a la metodología arqueológica, representada gráficamente en el diagrama de relaciones estratigráficas periodizadas (Fig. 1). El diagrama, además de sintetizar la secuencia, permite estructurar la base de datos, la cual se ha implementado en el correspondiente entorno BIM mediante una aplicación informática especialmente diseñada para el ámbito del patrimonio cultural. Iglesia de Santiago de Peñalba. Diagrama estratigráfico y alzado norte. Una vez estructurado de un modo coherente el sistema de información con la naturaleza del edificio histórico, debe ser capaz de incluir el tipo de datos propio de este ámbito (esto es, datos históricos, artísticos, arqueológicos, constructivos, estructurales, patológicos, etc.). Sea cual sea la herramienta BIM que se emplee, esta debe poder configurarse de tal modo que el usuario tenga la opción de implementar este tipo de datos adecuadamente. Generación del modelo geométrico La creación del modelo geométrico debe tener en cuenta en todo momento los requisitos y objetivos iniciales para poder ajustarse a un marco de viabilidad adecuado. En este sentido, es importante atender a dos aspectos. Por un lado, el nivel de detalle establece en qué medida el modelo se acerca a la apariencia real del objeto (no debe confundirse con el nivel de desarrollo, cuyas siglas son iguales). Por ejemplo, una columna puede modelarse con mucho detalle (incluyendo todos sus ornamentos) o, por el contrario, de un modo simplificado y conceptual (incluso con elementos geométricos alejados de su apariencia real). Este aspecto es clave de cara a la viabilidad del modelo, ya que un nivel de detalle alto requiere mayor tiempo de modelado. En cualquier caso, suele ser necesario asumir algún tipo de simplificación de la geometría, entendiendo además que no es el objetivo principal del modelo HBIM aportar una representación realista. No obstante, es difícil establecer un parámetro numérico para definir este aspecto. Por otro lado, el nivel de precisión métrica establece la desviación máxima admisible respecto a la geometría del edificio y, aunque está relacionado con la apariencia más o menos realista establecida en el nivel de detalle, es un concepto distinto. Algunos autores (Banfi 2017: 62; Bruno y Roncella 2018: 177) hacen referencia a este concepto denominado como "Level of Accuracy" (LOA) o "Grade of Accuracy" (GoA). Al contrario que en el caso anterior, este aspecto es fácilmente analizable gracias a la funcionalidad que ofrecen varias aplicaciones de gestión de nubes de puntos, las cuales permiten detectar las diferencias métricas entre el modelo y la realidad del objeto (Banfi 2017: 62). Las diferentes estrategias de modelado tendrán que adecuarse a los aspectos citados para cumplir los objetivos iniciales. Dichas estrategias están ya analizadas y clasificadas en lo que se ha denominado "Grade of Generation" (Banfi 2017: 60-61). Se pueden sintetizar del siguiente modo: Creación de nuevos elementos paramétricos con operaciones geométricas estándar (GOG1 a GOG8). Este es el caso empleado para el modelado de la iglesia de Santiago de Peñalba, cuyos elementos constructivos se han creado mediante prismas generados a partir de la planta y las secciones con operaciones de extrusión, unión y sustracción de volúmenes (Fig. 2). En términos generales, esta estrategia proporciona los resultados menos precisos, pero con un menor coste de tiempo de ejecución. Empleo de líneas o puntos extraídos del modelo de levantamiento para crear elementos no estándar (GOG9 y GOG10). Es posible así generar elementos con formas irregulares o deformadas (bóvedas, muros desplomados, etc.), si bien el tiempo de ejecución es mayor. Este es el ejemplo de San Pedro de la Mata, donde se han creado cada una de las caras de los muros mediante superficies NURBS adaptadas a las líneas de contorno de los sillares del modelo de levantamiento obtenido con fotogrametría estereoscópica (Fig. 3). Empleo directo del modelo de levantamiento (mallas), el cual es preciso dividir según los criterios adecuados. Mediante este sistema se obtienen elementos con formas muy complejas (capiteles, retablos, esculturas, etc.) y, por lo tanto, el mayor nivel de precisión y de detalle. Este enfoque no ha sido desarrollado hasta la fecha en otros estudios, debido probablemente a que su principal problema radica en la conversión de las mallas en elementos paramétricos manejables en entornos BIM. En el marco de este trabajo, se presenta esta novedad, ya que esta es la estrategia empleada para el modelado de la iglesia de San Cebrián de Mazote (Fig. 4; Martín, Murillo y Utrero 2020). Modelo de la iglesia de Santiago de Peñalba. Modelo de la iglesia de San Pedro de la Mata. Modelo de la iglesia de San Cebrián de Mazote. Nivel de desarrollo del modelo HBIM Un aspecto fundamental a la hora de abordar la creación de un modelo BIM y su viabilidad es el nivel de desarrollo (LOD). En el caso de las obras de nueva planta, las características de cada nivel están bien definidas (The American Institute of Architects 2013). Sin embargo, en el ámbito del patrimonio cultural, la problemática es radicalmente distinta, tanto por las diferencias ya enunciadas entre la arquitectura histórica y la de nueva planta, como por los distintos procesos que se desarrollan en cada caso. Existe un debate sobre la adaptación de este aspecto desde la obra nueva al ámbito del patrimonio cultural, en el que algunos autores proponen como equivalente el denominado "Level of Knowledge" (Castellano y Pinto 2019), si bien entendemos que queda limitado al tipo de uso que va a tener el modelo HBIM. Por lo tanto, creemos que la definición de LOD para el patrimonio cultural debe ampliarse con la consideración de las propias características y valores patrimoniales. En este sentido, además de los ya mencionados niveles de detalle y de precisión métrica, proponemos como aspecto crucial para la definición del LOD de un modelo HBIM la incorporación del nivel de división de dicho modelo. El nivel de división está estrechamente ligado con el nivel de conocimiento del edificio histórico y con la configuración del sistema de información, ya que el modelo deberá estar dividido en tantos objetos como sea necesario para poder vincular los datos de una manera rigurosa y clara. Por ello, es muy importante definir desde el principio qué tipo de información se va a implementar y a qué elementos afecta esta última. Aunque es prácticamente imposible definir y sistematizar a priori toda la casuística de tipos de información, sí queremos destacar que la configuración constructiva y la secuencia histórica son dos aspectos cruciales para planificar la división del modelo. Como antes hemos explicado, el primer aspecto hace referencia a la componente material de los edificios y, de un modo análogo al que proponen algunos autores (Bruno y Roncella 2019: 9), se pueden establecer cuatro categorías de división: División según cuerpos, estructuras o zonas principales. División según elementos constructivos (muros, forjados, bóvedas, etc.). División según materiales constructivos (sillares, mampuestos, vigas, etc.). A esta componente material, se le debe añadir la temporal, es decir, la secuencia histórica, según la cual proponemos las cuatro categorías de división que ya establece la metodología de la Arqueología de la Arquitectura: División según las fases históricas. División según las actividades constructivas o destructivas. División según las unidades estratigráficas. La combinación de estos dos parámetros (material y temporal) configura una matriz bidimensional en la que, junto con el nivel de detalle y el nivel de precisión métrica, se puede definir un LOD ajustado a la realidad del edificio histórico y adecuado para implementar un sistema de información con sus valores patrimoniales (Fig. 5). Complementariamente, debería considerarse el estado de conservación y la patología del edificio como criterios de subdivisión del modelo (Martín, Cámara y Murillo 2018), puesto que los procesos patológicos no tienen por qué afectar a elementos tal y como están definidos por su configuración constructiva o temporal (por ejemplo, una humedad puede afectar únicamente a una parte de un muro, que es una unidad constructiva). No obstante, este aspecto debe definirse en cada caso concreto. Esquema resumen de criterios de modelado HBIM. En relación con los modelos generados en el marco de la presente investigación, los resultados del proceso de división han sido muy dispares en función de la estrategia de modelado. En el caso de San Cebrián de Mazote, donde se han empleado directamente las mallas del levantamiento, la división de las mismas ha derivado en un proceso muy complejo y lento, por lo que se ha optado por un nivel de división tipo 2 (Fig. 6). Sin embargo, en Santiago de Peñalba y San Pedro de la Mata, al realizarse en ambos casos el modelo con elementos geométricos paramétricos, su manejo y edición es más sencillo y rápido, por lo que se ha podido llegar a un nivel de división tipo 3 en relación con la configuración constructiva y tipo 4 en relación con la secuencia temporal (Figs. División del modelo de la iglesia de San Cebrián de Mazote. División del modelo de la iglesia de Santiago de Peñalba. División del modelo de la iglesia de San Pedro de la Mata, tanto en fases históricas (fila superior), como en actividades y unidades estratigráficas (fila inferior). A la vista de estas experiencias, podemos concluir que el empleo directo de las mallas obtenidas del levantamiento fotogramétrico no es recomendable por el momento, ya que su manejo y edición con las herramientas actuales son bastante laboriosos. No obstante, su utilización puede ser adecuada en elementos concretos de geometría muy irregular (por ejemplo, retablos, capiteles, etc.) que requieren un nivel de detalle muy alto. En cualquier caso, estos criterios deben planificarse inicialmente dentro de una estrategia global para la creación del modelo HBIM. Implementación de la información El trabajo desarrollado ha concluido con la implementación de la información sobre la secuencia histórico-constructiva en el modelo HBIM. A diferencia de otras experiencias dirigidas a este aspecto (Nieto y Moyano 2014), en la que los datos estratigráficos se asocian a nuevas entidades superpuestas a los elementos geométricos que configuran el modelo, en el presente trabajo toda la base de datos se organiza en base a la secuencia, de modo que los propios elementos del modelo HBIM tienen una identificación temporal basada en el dato de su fase histórica, su actividad constructiva y/o su unidad estratigráfica. Este enfoque es completamente novedoso y ha sido posible gracias a la posibilidad de personalizar la base de datos que ofrece la aplicación informática empleada, algo fundamental para implementar un sistema de información acorde con la naturaleza del edificio histórico (Fig. 9). Implementación de la información estratigráfica en el modelo de la iglesia de San Cebrián de Mazote. Conclusiones y reflexiones finales Sobre la creación del modelo HBIM La creación del modelo HBIM es un proceso que consume muchos recursos, por lo que debe ser cuidadosamente planificado. Para ello, entendemos que es fundamental alcanzar una definición objetiva y rigurosa de los diferentes niveles de desarrollo (LOD), el cual debería integrar los conceptos de nivel de detalle, de precisión métrica y de división. Entre los criterios expuestos en este artículo, conviene destacar el nivel de división, el cual está íntimamente ligado con la secuencia histórica del edificio, resultado de su análisis previo. Consideramos que esta secuencia debería ser el eje vertebrador del sistema de información del modelo HBIM, ya que es la estructura más coherente con la naturaleza del edificio para vincular el resto de los datos del sistema de información. Además, es preciso reflexionar sobre los requisitos relativos al nivel de detalle y de precisión métrica, ya que una elevada exigencia en estos aspectos conlleva un notable aumento de los recursos necesarios, los cuales no tienen por qué repercutir positivamente en la gestión de la información. Finalmente, hay que considerar la configuración constructiva de los edificios históricos, caracterizados normalmente por la ausencia de sistematización y estandarización y por la presencia de soluciones particulares y específicas. El hecho de que el edificio histórico sea la materialización de una secuencia temporal implica además que sus elementos constructivos son imposibles de repetir, ya que cada uno de ellos es un tipo único y singular propio del momento en el que se realizó. Por ello, los intentos de generar bibliotecas o catálogos de elementos tipo que se puedan emplear de modo sistemático en distintos modelos HBIM son, en la mayoría de los casos, ineficaces y contrarios a la naturaleza evolutiva de estos edificios. Sobre el uso de la metodología BIM Como se ha comentado, la esencia de BIM consiste en la vinculación de un sistema de información a un modelo geométrico del edificio. Por ello, su principal ventaja es permitir una mejor gestión de los datos asociados. Sin embargo, a pesar de lo que varios autores defienden (Salvador, García-Valldecabres y Viñals 2018; Banfi, Brumana y Stanga 2019), creemos que HBIM no ofrece ventajas significativas en el ámbito de la difusión y la divulgación del patrimonio cultural hacia la sociedad, ya que no es una herramienta adaptada para la comunicación dirigida a un público general, sino para usuarios especializados. En este sentido, no debemos confundir el valor que los modelos 3D sí tienen en la difusión de los bienes culturales, gracias a su capacidad de potenciar la visualización y el entendimiento formal de dichos objetos por parte de usuarios no especialistas, con el valor del modelo HBIM. Este no es únicamente un modelo 3D y, en muchas ocasiones, está simplificado, es menos realista y visualmente menos atractivo. Cada uno tiene, por lo tanto, sus objetivos, requerimientos y usuarios bien diferenciados. Viabilidad del modelo HBIM A la vista de las experiencias presentadas, podemos concluir que la creación del modelo HBIM es un aspecto crucial de cara a la viabilidad de su aplicación. En el campo de la obra nueva y la ingeniería, los presupuestos que se manejan son notablemente más altos que en el sector del patrimonio cultural, por lo que la repercusión del coste de la creación de un modelo BIM no es tan elevada. Además, las ventajas que se consiguen en la ejecución de la obra hacen más viable el uso de la metodología BIM. Sin embargo, en el ámbito del patrimonio, salvo excepciones, la cantidad de obra nueva ejecutada es escasa y los presupuestos más reducidos, por lo que el marco de viabilidad es más ajustado. En concreto, entendemos que la aplicación de HBIM suele ser más provechosa en aquellos casos que impliquen el manejo de una elevada cantidad de información y/o cuando los datos han de interrelacionarse y deben ser accesibles. En cualquier caso, es fundamental planificar la metodología de modelado atendiendo al nivel de conocimiento del edificio, a los objetivos y a los usos planteados para poder establecer un LOD efectivo y, en última instancia, reducir los costes. Para ello, mientras no haya otros requisitos que exijan lo contrario, conviene simplificar el modelo al máximo, considerando el progresivo desarrollo del modelo en fases posteriores y en áreas determinadas según los requerimientos y recursos disponibles. De este modo, se debería abordar la coexistencia de varios modelos con distintos niveles de desarrollo vinculados entre sí, desde un modelo general del edificio con un alto nivel de simplificación hasta acercamientos en zonas concretas con un mayor nivel de desarrollo. Solo así se podrán obtener beneficios reales que puedan revertir a los promotores, a los usuarios y, en último término, a la sociedad.
arquitectura visigoda peninsular del siglo VII, recomendaba un análisis arqueológico de su arquitectura complementario a la excavación del subsuelo y previo a los necesarios trabajos de restauración del edificio en amenaza de ruina. La lectura descubre una iglesia original de nave central con dos habitaciones altas a Oeste y Este, habitaciones laterales, iconostasis y ábside rectangular exento abovedado. Su estructura apenas varía hasta el momento de ruina y posterior transformación en casa labriega en el siglo XVIII. La adscripción cronológica de la iglesia, puesta en duda actualmente dentro de una problemática que afecta al conjunto de arquitectura tradicionalmente denominada visigoda, no se resuelve con la lectura, pero sí se enriquece con ella, al diferenciarse dos grupos decorativos, uno de piezas reutilizadas y otro de nueva talla. Este conjunto tallado ex profeso es ahora el indicador cronológico a seguir para fechar la iglesia original: para unos, de clara factura visigoda; para otros, asturiana. HISTORIOGRAFÍA: ¿VISIGODA O ASTURIANA? La lectura de paramentos de São Gião de Nazaré se planteó como instrumento de apoyo previo a la restauración y como herramienta de análisis de un edificio de relevante importancia histórica, historiográfica y monumental. Descubierta y parcialmente excavada a mediados de los años 60 (ALMEIDA Y BORGES, 1966), la iglesia de Nazaré fue incluida en el conjunto de iglesias visigodas del siglo VII (SCHLUNK, 1971), a pesar de poseer ciertos elementos, como la fábrica de mampostería o la tribuna superior a los pies de la nave, que no encajaban en las características que se suponían de este grupo. La presencia de estos elementos en ejemplos asturianos como San Julián de los Prados no es aceptada como paralelo, sino como consecuente del ejemplo portugués. La escultura decorativa, considerada como elaborada ex profeso y, por ello, contemporánea al edificio, determinaba el momento visigodo de la construcción. Esta teoría ha estado vigente hasta momentos recientes, donde revisiones efectuadas desde diferentes enfoques, han introducido dudas en la teoría cimentada principalmente en el trabajo de SCHLUNK (1971) y continuada por su discípulo ARBEITER (1993). Como resultado del estudio de las técnicas constructivas, KINGSLEY (1980: 75-9, 143-5) opina que el aparejo de mampostería no puede fecharse antes del siglo IX. FERREIRA DE ALMEIDA (1986: 136ss), en su revisión del arte mozárabe de Portugal, la data en el siglo X. Posteriormente, CABALLERO (1992) y REAL (1995) proponen, con diferentes matices y combinando argumentos históricos y arqueológicos, una fecha dentro del IX o X, ya de época de Reconquista, en relación con la arquitectura prerrománica asturiana. Parca en documentación escrita, como demuestra el informe histórico aportado por P. PENTEADO (1999), los trabajos arqueológicos se han retomado en la actualidad (L. FONTES), cuyos resultados no han visto todavía la luz. Con esta problemática presente, la lectura perseguía la identificación de una secuencia estratigráfica y de aquellas partes originales del edificio. El precario estado de conservación de la iglesia, apuntalada en todo su perímetro exterior e interior, así como techada con una superficie metálica para defenderla de las humedades, impidió llevar a cabo una fotogrametría detallada, por lo que como base gráfica se adoptó aquella facilitada por el equipo de arquitectos, donde se mostraban las líneas maestras de la construcción. Todas estas estructuras de seguridad, así como los revocos que poseía el edificio en gran parte del interior dificultaron la realización del análisis estratigráfico en muchos puntos ocultos. Estos condicionantes deben tenerse en cuenta a la hora de valorar los resultados. La iglesia actual de São Gião de Nazaré se compone de una nave rectangular, rematada en un ábside del que sólo se conservan los arranques de los muros y de la bóveda, por lo que tanto la planta como el tipo de bóveda son desconocidas. El anteábside se separa del resto del aula por un muro horadado por dos huecos que flanquean un vano central, todos ellos rematados por arcos peraltados, y se abre a los lados norte y sur por otros dos arcos respectivamente. Al norte se encuentra adosada una casa de dos pisos. El ala meridional de la iglesia, conocida por excavación y confirmada por la lectura, se encuentra actualmente perdida. SECUENCIA ESTRATIGRÁFICA: DE IGLESIA A CASA LABRIEGA Etapa I. Iglesia original. El análisis descubre una iglesia original unitaria (A100), como demuestra la unidad constructiva de los muros de la nave central y los testeros de la habitación norte, donde las relaciones estratigráficas y la técnica de aparejo confirman esta coetaneidad (Fig. 1 y 2). No se documenta, desde el análisis estratigráfico de los paramentos y frente a la opinión de REAL (1995), ninguna estructura anterior a la iglesia actual. En esta primera eta-pa, se leen nuevos elementos que ayudan a caracterizar la iglesia original. Los restos de los muros laterales del ábside, del que no se conoce el testero oriental, muestran el inicio de unos nichos o arcos, hasta ahora no observados por la planimetría tradicional (SCHLUNK 1971). Los muros de la nave central poseen nichos altos en los paramentos que originalmente daban a las habitaciones laterales. Respecto a las piezas decorativas, la lectura identifica dos grupos diferentes. Un primer grupo se compone de piezas antiguas reutilizadas en este momento, como ya había propuesto REAL (1995), entre las cuales situamos las impostas de origen romano del arco de triunfo que separa ábside y transepto y los cimacios y las columnas e imposta norte del arco septentrional de los arcos dobles del transepto. Un segundo grupo, de peor calidad y talla tosca, es realizado ex novo como imitación o retalle del anterior, donde citamos las impostas del arco de triunfo y las centrales del iconostasis. Este segundo grupo es ahora el indicador cronológico del edificio original. Junto a la escultura arquitectónica, se documenta una decoración de doble círculo concéntrico con un punto central impreso sobre el estuco que cubre la zona sobre los ar- El análisis certifica la existencia de una tribuna occidental apoyada en dos ménsulas y dos vigas transversales. Junto a ésta, se descubre otra habitación alta sobre el transepto, donde se sitúan los restos de decoración de estuco, sostenida igualmente por ménsulas y vigas transversales, a la cual se accedía mediante una puerta ubicada en la esquina sudoeste. La puerta noroeste de la tribuna puede ser también original, pero los revocos no permiten afirmarlo con seguridad. Ambas habitaciones, la tribuna y la habitación oriental, estaban construidas en madera. En ninguna se ha documentado escalera alguna que facilitase el acceso a los vanos. En una fase intermedia, se sitúa una serie de elementos cuya segura pertenencia al primer momento no es del todo certera. La relación del suelo de opus signinum (A101), que se adosa a muros y columnas, puede ser inter-pretada como etapa de obra o como relación de posterioridad. Lo mismo ocurre con el nicho cuadrado (A107) en la parte inferior del muro sur de la nave central. Período de uso del edificio original. En un prolongado periodo de tiempo, desde la construcción original hasta su transformación en quinta agrícola en el siglo XVIII, se sucede una serie de cambios en el edificio de uso litúrgico. Muchas de estas transformaciones no tienen relación física directa entre sí, por lo que no se puede construir una secuencia diacrónica. Entre las actividades de este periodo, se encuentran la apertura de una puerta en el tramo norte del transepto (A102), reparaciones de suelos (A104 y 105), la desaparición de la habitación alta y de la tribuna occidental (A106), la reparación de los nichos originales (A108) y la apertura de otros nuevos (A109, A110). Ruina del edificio original. En este momento tiene lugar la destrucción de las habitaciones laterales, el tra-Fig. Sección interior nave hacia el norte mo sur del transepto y del cuerpo del ábside (A112). Las grietas de los muros apuntan al movimiento lateral de éstos como causa probable de la caída, pero no se puede afirmar cuál fue la causa de la destrucción y si ésta tuvo lugar de una sola vez o fue el resultado de un largo proceso. Casa labriega del siglo XVIII. Tras unos pequeños arreglos de conservación, la iglesia se convierte en una casa labriega. Esta etapa encierra dos fases diferentes. La primera transformación (A114) conlleva la prolongación de la fachada y del testero para unir a un nuevo muro de cierre septentrional, el de la iglesia queda englobado en la nueva estructura. De esta manera, el nuevo edificio comprende dos espacios: la antigua nave de la iglesia y el nuevo ámbito norte, comunicados por los arcos del transepto y la puerta oeste de la nave. En un segundo momento (A117), se dota a la casa de un segundo piso que requiere el alzado de un muro adosado al norte de la nave central de la iglesia para su solado. La obra conlleva además la construcción de una caja de escalera exterior y la readaptación de vanos y accesos. El uso de la casa da lugar a mejoras y reformas menores: muros adosados, suelos, enlucidos, aperturas y cierres de vanos, etc. Etapa V. Siglo XX. Finalmente, el descubrimiento científico a mediados del siglo XX dejó una profunda huella material (A125): picado de muros, desmonte de tapiados y construcción de una caseta adosada al lado sur del transepto. El abandono se lee en las grietas (A123) y en los expolios modernos (A124) de material constructivo. LA IGLESIA ORIGINAL La lectura define una iglesia original formada por un cuerpo con armaduras de madera. El cuerpo se componía de una única nave separada con muros de las habitaciones norte y sur que la flanquean, rematada al este con un ábside exento abovedado, un transepto delimitado por un sistema de iconostasis, arcos peraltados y muros, una tribuna occidental y una habitación alta oriental en su tramo central. Elementos significativos son los nichos altos de las habitaciones y los arcos del ábside, todos ellos pertenecientes a un momento original. El hecho de que el aula principal se separe de las habitaciones septentrional y meridional, originalmente subdivididas en espacios menores, por muros corridos, nos hace hablar de una iglesia de única nave con transepto, diferenciado arquitectónicamente por un sistema de iconostasis, y ábside exento (Fig. 3 y 4). La cronología del edificio, tradicionalmente basada en la tipología decorativa, sufre un cambio al confirmarse la reutilización de unas piezas y la talla ex profeso de otras, las NUEVAS CUESTIONES: EL TIPO «ASTURIANO» Y LOS DOS GRUPOS DECORATIVOS Evaluación de resultados. Como ya hemos indicado, los obstáculos a los que se enfrentaba la lectura desde sus comienzos (enlucidos, andamiajes, cubiertas) han determinado en gran medida los resultados, los cuales han ofrecido nuevos datos, pero también nuevas dudas, las cuales podrían ser resueltas posiblemente con una revisión del edificio una vez realizada la restauración. Entre estas, señalaremos aquellas que consideramos fundamentales, no solamente para la comprensión de la evolución constructivo temporal, sino para la explicación de la funcionalidad del espacio en el momento original. Litúrgicamente, la tribuna, la habitación alta y los nichos requieren una interpretación funcional así como la consecución de unos paralelos. Los accesos a la tribuna y a la habitación este se desconocen, no se ha constatado ninguna escalera o estructura que facilitase el acceso a estos vanos, por lo que podemos pensar en escaleras de madera. El enlucido tanto interior como exterior de la puerta norte impide conocer su momento secuencial, como ocurre igualmente en el vano sur. La contemporaneidad de ambos espacios, tribuna y habitación alta, incide en el problema del rito desarrollado en la iglesia. La hipótesis de SCHLUNK (1971) respecto a una iglesia conventual con espacios de uso diferenciados y jerarquizados arquitectónicamente necesita una revisión: aunque hallamos estos elementos en otras iglesias (iconostasis de Santullano y La Nave, tribuna de Quintanilla, Lillo, Lena o Valdediós, entre otros), no los encontramos combinados como en Nazaré. Respecto a los nichos, elementos conocidos en iglesias como Viguera, Siero y, de nuevo, en ejemplos asturianos como Nora o Santullano, su inusual ubicación en la parte alta de los paramentos que dan a los ámbitos norte y sur hace de los paralelos meras comparaciones formales, pero no funcionales. La forma y dimensiones del ábside son desconocidas aunque, si tenemos en cuenta la planta casi cuadrada de nave y habitaciones (aprox. 11 ¥ 11m), se puede suponer la misma forma para el ábside siguiendo un esquema modular (ARIAS, 2001). La articulación en arcos embutidos de los muros laterales se completa con la cita de la presencia de una columna entre los arcos, como en los del transepto, en el documento de 1780. En la Etapa II, la imposibilidad de constatar relaciones directas entre las diferentes unidades estratigráficas no permite ofrecer una secuencia sincrónica de éstas, por lo que su posición estratigráfica no es definitiva. Nazaré y la arquitectura altomedieval. La constatación de esta serie de elementos implica necesariamente la contextualización de Nazaré en la arquitectura altomedieval peninsular, donde estas nuevas características amplían sin embargo la problemática que rodea a esta iglesia. Tipológicamente, la fábrica de mampostería, la planta de una nave con habitaciones laterales y transepto de tres tramos, los arcos peraltados, el sistema de cubriciones (ábside abovedado, nave con techumbre de madera), el iconostasis y la tribuna occidental no facilitan su inclusión en el grupo considerado visigodo del siglo VII. Muchos de estos elementos se encuentran, por el contrario, en la arquitectura del prerrománico asturiano del siglo IX. Por otro lado, tampoco se puede desprender una cronología absoluta para este primer momento, donde, de nuevo, la tipología arquitectónica y decorativa vuelven a ser el instrumento de datación determinante, a la espera de los resultados que puedan ofrecer las nuevas excavaciones.
Estrategias de modelado patrimonial en HBIM, aplicación a la lectura estratigráfica del muro de fachada del cuadrante renacentista de la catedral de Sevilla* Este artículo presenta diferentes estrategias de modelado digital del proceso constructivo de un elemento arquitectónico en un entorno HBIM, analizando los Niveles de Conocimiento -LOK- que permiten cada una de ellas. Partiendo de la captura digital fotogramétrica de uno de los muros de la fachada de las dependencias capitulares de la catedral de Sevilla, se ha generado un modelo conceptual inicial orientado a la definición genérica del bien y a su encuadre dentro del conjunto catedralicio. Posteriormente, con objeto de experimentar la potencialidad de aplicación de estas herramientas al análisis arqueológico y arquitectónico, se han transportado sus resultados a este entorno HBIM, alcanzando la caracterización tridimensional de cada una de sus unidades constructivas básicas de la fachada a diversos niveles, desde unidades estratigráficas formadas por regiones hasta las unidades materiales de cada sillar. Por lo tanto, la lectura estratigráfica no se limita al análisis de una superficie de un paramento aislado, sino que se aborda desde su realidad tridimensional general, la catedral. El alto nivel de conocimiento alcanzado en este modelo más desarrollado ha permitido utilizarlo como base para el registro y gestión de la información patrimonial, permitiendo visualizaciones temáticas gráficas y alfanuméricas. En los últimos años se ha producido un amplio repertorio de aportaciones en relación con el uso patrimonial de la metodología BIM, agrupadas bajo la denominación HBIM pero muy diferentes en cuanto a su planteamiento conceptual, estrategias metodológicas y resultados esperados. A grandes rasgos, pueden reconocerse experiencias orientadas al modelado de complejas geometrías paramétricas para la reconstrucción virtual de arquitecturas desaparecidas, experiencias centradas en la obtención automática o semiautomática de modelos de alta precisión geométrica a partir de capturas digitales de edificios patrimoniales existentes y, finalmente, otros casos donde el modelo HBIM forma parte de un proceso de levantamiento y análisis arquitectónico cuyas características evolucionan según el nivel de conocimiento del edificio (Rua y Gil 2014). La investigación que se presenta se sitúa dentro de este último grupo, poniendo el foco en la capacidad de los modelos HBIM para el registro de las diferentes fases constructivas reconocibles en una lectura estratigráfica de los paramentos de una estructura arquitectónica emergente. Se presentan diferentes estrategias de modelado patrimonial, integradas en el mismo modelo HBIM, que permiten presentar diferentes Niveles de Conocimiento, LOK. Estos LOK son una traslación del concepto BIM del Nivel de Desarrollo ‒LOD‒ al ámbito del patrimonio arquitectónico. El Nivel de Conocimiento LOK100 está asociado a la identificación del bien patrimonial y a la investigación y generación de conocimiento sobre el mismo. El LOK200 permite una caracterización gráfica y de información suficiente para el desarrollo de las acciones relacionadas con la protección jurídica del bien y su planificación estratégica o plan director. El LOK300 avanza en la caracterización de las entidades gráficas hasta el punto de poder mostrar los resultados de investigaciones especializadas realizadas con metodología arqueológica u otros estudios disciplinares específicos de auscultación y diagnóstico. El LOK400 contempla las acciones específicas de conservación e intervención sobre los elementos del inmueble. Finalmente, el LOK500 se alcanza en aquellos modelos HBIM que resulten operativos para la gestión eficiente e integral de la tutela patrimonial (Castellano-Román y Pinto-Puerto 2019). Sin renunciar a la precisión geométrica que permite la captura digital fotogramétrica, se ha generado un modelo conceptual inicial orientado a la definición genérica del bien y a su encuadre dentro del conjunto arquitectónico. El análisis arqueológico y arquitectónico desarrollado sobre el proceso constructivo (Pinto-Puerto 2013) ha permitido el avance en el conocimiento del caso de estudio y, en consecuencia, la posibilidad de aumentar el nivel de desarrollo del modelo HBIM, que ha alcanzado la caracterización tridimensional de cada una de las unidades constructivas básicas, que se ha llevado al límite alcanzando en este caso la discretización en sillares. Por lo tanto, la lectura estratigráfica no se limita al análisis de la superficie del paramento, sino que se aborda desde su realidad tridimensional. El alto nivel de conocimiento alcanzado en el modelo ha permitido utilizarlo como base para el registro y gestión de la información patrimonial, permitiendo visualizaciones temáticas gráficas y alfanuméricas que favorecen su conocimiento y dan soporte, además, a otras acciones de la tutela patrimonial como la difusión o la conservación preventiva. Para mostrar de una manera sintética los resultados de este trabajo, ajustándonos a la extensión de la aportación, se ha concretado la experiencia a una parte del edificio tratado, con suficiente autonomía formal y constructiva, el muro suroeste del cuadrante renacentista de la catedral de Sevilla. Este conjunto de construcciones y espacios, de diverso origen y evolución, se encuentran adosados al ángulo suroriental del templo, confinados por un imponente muro de fachada, desplegado entre la Puerta de San Cristóbal y la Puerta de Campanillas, que le confiere la apariencia de un todo unitario y continuo, solo alterado por la disposición de algunos huecos y por la variación del orden en su extremo oriental (Fig. 1). Situación en planta y fotografía de archivo del caso de estudio. La fachada del cuadrante renacentista encierra edificaciones como la Sacristía de los Cálices, el Patio de los Óleos, la Sacristía Mayor, el Antecabildo, el Patio del Mariscal, la Sala Capitular, la escalera y el cuarto de las trazas. Cada una de ellas contiene elementos arquitectónicos, configuraciones espaciales y procesos constructivos bien diferenciados, trazados y dirigidos por los más importantes maestros mayores del arzobispado que protagonizaron el tránsito a la Edad Moderna y el desarrollo pleno de un lenguaje renacentista: Gil de Hontañón, Alonso Rodríguez, Diego de Riaño, Martín de Gainza, Hernán Ruiz o Asencio de Maeda, entre otros. A su vez, estas construcciones fueron amortizando progresivamente las antiguas estructuras defensivas que separaban la mezquita, y posteriormente la catedral gótica, del alcázar (Arévalo-Rodríguez 2011). El proceso constructivo del cuadrante renacentista puede acotarse entre 1528 y 1596, año en que se levantaron las contadurías. El autor de la traza inicial de este conjunto fue el maestro Diego de Riaño, y su construcción se prolonga tras su muerte hasta los años centrales del siglo XVI en los que se terminan de los remates superiores. La fábrica se inició por el extremo oeste, justo por el muro que tratamos, tras demoler las edificaciones previas, levantar las cimentaciones del conjunto y nivelar el recinto (Tabales-Rodríguez y Jiménez Sancho 2002) aprovechando parte de los muros de la sacristía que comenzó a levantar el maestro Alonso Rodríguez tras cerrar el cimborrio en 1506, inconclusa tras la desgraciada caída de esa estructura en 1511. Por lo tanto, este edificio se inicia de una forma peculiar: levantando el muro de fachada que delimita el cuadrante renacentista antes que las propias dependencias, dando así prioridad a la protección del recinto. Esta forma de proceder es recurrente en el proceso constructivo de la propia catedral, en la que, tras eliminar un elemento de protección perimetral, se construía inmediatamente otro nuevo dentro del cual se desarrollaban fases constructivas posteriores (Pinto-Puerto 2006, 2019: 229). La fachada se compone con un orden corintio apilastrado sobre un potente basamento continuo que recorre toda la longitud de la fachada y sirve para asumir el desnivel del terreno colindante. Sobre estas pilastras se desarrolla un entablamento completo formado por arquitrabe, friso decorado con cartelas y una potente cornisa. El conjunto queda rematado por una balaustrada modulada entre pináculos entorchados situados sobre las pilastras, que se duplican en las esquinas. Toda la fábrica es de sillares de piedra de dos orígenes litológicos bien diferenciadas: las pilastras y entablamento es de una piedra calcarenita más compacta procedente de las canteras de Utrera, que permite una labra más fina y detallada, mientras los fondos lisos entre éstas se han fabricado con piedra más porosa procedente de la Sierra de San Cristóbal (Rodríguez Estévez 1998). El caso de estudio se limita al tramo de fachada que comienza a levantarse adosado al estribo sureste del crucero de la catedral y continua, demoliendo parte del muro almohade de separación con el Alcázar, adosada a los muros de la principiada sacristía de los Cálices. El proceso puede observarse a nivel de volúmenes conceptuales en la secuencia de la Figura 2. Tres etapas del proceso general. Este muro, de 1,10 m de espesor medio, fue construyéndose en diversos impulsos constructivos irregulares entre 1528 y 1543 según se desprende de la lectura estratigráfica de sus paramentos (Pinto-Puerto 2013). Esta lectura revela un proceso constructivo sin grandes interrupciones, pero sujeto a algunos cambios de criterio. Las diferentes unidades constructivas no responden a alteraciones de épocas posteriores, sino a los condicionantes del propio proceso de ejecución de la obra de Riaño, sugiriendo cuestiones relacionadas con la permanencia de la sacristía anterior, el adosamiento obligado a la fábrica gótica previa, la introducción de nuevas canteras en el suministro de material pétreo, o los reajustes del proyecto renacentista para las estancias capitulares sobre el proyecto gótico anterior. La generación del modelo HBIM de la fachada se ha fundado sobre la base del conocimiento existente sobre la misma, en particular sobre un modelo conceptual previo que atañe a toda la catedral, mucho menos definido (Guerrero Vega 2010), y la lectura estratigráfica citada en la introducción, de la que se han extraído las claves para la caracterización de las unidades constructivas del modelo del fragmento seleccionado desde un nivel de detalle bajo a uno alto. La lectura estratigráfica sobre la que se ha trabajado estaba integrada en una lectura documental y arquitectónica del edificio tratado (Fig. 3) (Pinto-Puerto 2013). Dado el carácter de este trabajo, se consideraron como unidades estratigráficas las regiones formadas por cada grupo de sillares que mantenían un aparejo semejante, y las discontinuidades que se producían entre ellos como fronteras. El cambio de material no se consideró como elemento diferenciador entre unidades, pues documentalmente se constató que fue coetáneo. Estas diferenciaciones se realizaron tanto por el exterior como por el interior del muro, verificando su relación con cada uno de los espacios contenidos y los acontecimientos sucedidos. A pesar de plantearse la metodología estratigráfica de forma simplificada, los resultados fueron suficientemente explícitos y útiles para plantear preguntas y obtener relaciones entre diversas fuentes documentales. Sección y alzados con secuencia estratigráfica. En paralelo a la revisión de la lectura estratigráfica, se realizó una captura digital fotogramétrica que ha proporcionado la información métrica necesaria para la generación del modelo tridimensional y ha permitido reconocer y delimitar cada unidad constructiva con mayor precisión. La nube de puntos de la captura digital se ha procesado en el software de ingeniería inversa Geomagic Design X®, para la obtención y segmentación de una malla de triángulos a partir de la cual obtener las superficies simples y complejas que conforman el límite exterior del muro. Ese mismo entorno de trabajo ha servido para la resolución de las uniones entre dichas superficies y la obtención de una única superficie compuesta constituyente de la "cáscara" exterior del muro (Fig. 4). Esa superficie de alta precisión (en términos de adaptación a la captura digital fotogramétrica), combinada con otras superficies de menor precisión (basadas en levantamientos gráficos preexistentes), procesadas ya en un entorno de CAD, se constituye como el "molde" necesario para generar las entidades volumétricas, de tipo sólido, que posteriormente han sido categorizadas en el entorno de modelado BIM. Este último proceso se ha realizado en un software CAD convencional, en concreto Autodesk® AutoCAD®. Este proceso de modelado se puede categorizar como "no paramétrico semiautomático" según la clasificación definida en Angulo-Fornos y Castellano-Román (2020: 6). Vista axonométrica de la superficie mallada obtenida a partir de la CMD (izquierda). Vistas exterior e interior del modelo vectorial CAD una vez editado (centro y derecha). En este punto, el volumen sólido obtenido es único. Para poder avanzar en la caracterización constructiva pormenorizada, ha sido necesario dividir el sólido en piezas que se correspondían con las unidades constructivas básicas. Dadas las características singulares del caso de estudio se ha llevado la situación al extremo, de forma que esta unidad básica ha sido el sillar. Utilizando las ortofotografías derivadas de la fotogrametría se ha realizado una división sistemática del volumen sólido, obteniendo cada uno de los sillares de la fábrica (Fig. 5). Proceso de edición en CAD. Sólido despiezado en entidades sólidas tridimensionales. Posteriormente, se ha generado el modelo HBIM, importando el modelo vectorial, georreferenciándolo y poniéndolo en relación con el modelo genérico de la catedral antes citado y estableciendo los sistemas de referencias y el repertorio terminológico propios del elemento modelado. En este caso, el software utilizado ha sido Autodesk® Revit®. Así, las entidades CAD se han ido importando a la plataforma BIM, asignándoles la categoría correspondiente. En este caso, se han importado dentro de un ejemplar de familia de categoría "muro", modelado como componente in situ. Este ejemplar de muro forma parte del proyecto de Revit® que, adecuadamente georreferenciado, compondrá, junto con otros modelos parciales, el modelo federado del templo. No se disponía de registros o documentos suficientes como para deducir con precisión el espesor de las distintas hojas que componen la estructura de la fachada y la existencia de piezas dispuestas a modo de llaves que, atravesando la supuesta hoja interior de calicastrado, unen las hojas exteriores de piedra. La falta de certeza en este tipo de cuestiones, tanto geométricas o formales como de información asociada, no ha impedido la posibilidad de modelar las entidades en base a hipótesis bien fundadas y asignarles valores relativos a diversos niveles de conocimiento ‒LOK‒ a través de parámetros creados ex profeso en el modelo HBIM, en espera de tener información certera que permita su actualización. Dichos parámetros permiten la generación de imágenes gráficas tematizadas, en cualquier tipo de proyección, basadas en el LOK pormenorizado a la unidad básica de modelado. Con este mismo criterio, para entender de forma adecuada la configuración de esta fachada, y facilitar su interpretación, se han considerado también los espacios que encierra, básicamente los conjuntos conocidos como la sacristía de los Cálices y el Patio de los Oleos, modelados de forma más simplificada, adaptados a un nivel de conocimiento inferior. La composición del ejemplar resultante se basa en la superposición de los distintos sólidos importados por separado en función de su nivel de detalle geométrico o formal, lo que permite, utilizando un solo objeto, generar distintas visualizaciones dirigidas a volcados gráficos de distinta escala de representación, lo que implica además distintas posibilidades en cuanto a la cantidad o profundidad de la información introducida. De esta manera, cada sólido importado se convierte en una pieza asociada a uno de los tres niveles de detalle: bajo, medio y alto. El Nivel de Detalle Bajo presenta el sólido completo del fragmento de muro sin elementos figurativos. Permite la producción de documentación gráfica a escala de representación asimilable a un anteproyecto de arquitectura de nueva planta -1/200 a 1/100-. Reproduce fielmente la configuración geométrica y formal del elemento, resultado del proceso exhaustivo de modelado descrito con anterioridad. Una vista en sección de este elemento se presenta como una única entidad masiva, sin discriminación de sus capas materiales y despieces reales (Fig. 6a). a) Nivel de detalle bajo. b) Nivel de detalle medio. c) Nivel de detalle alto. El Nivel de Detalle Medio presenta el sólido completo del fragmento con inclusión de elementos figurativos. Responde a las mismas características del nivel anterior, con aportación de mayor información a nivel gráfico. Permite obtener documentación gráfica a escala de representación asimilable a un proyecto básico de arquitectura de nueva planta (Fig. 6b). El Nivel de Detalle Alto presenta el conjunto de sólidos resultado del despiece final desarrollado en el proceso de modelado. Permite la obtención de documentación gráfica a escala de representación asimilable a un proyecto de ejecución de arquitectura de nueva planta alcanzando desde proyecciones generales del objeto hasta detalles constructivos. Además de reproducir fielmente la configuración geométrica y formal del elemento, incluye la representación de los despieces reales correspondientes a los distintos estratos que conforman el muro (Fig. 6c). A cada una de las piezas del modelo se le han asociado campos de información que las identifican y sitúan en el tiempo en relación con las demás. Entre estos campos de información se encuentran los datos relacionados con la secuencia estratigráfica. La introducción efectiva de los distintos conceptos de la estructura de información en el modelo se ha llevado a cabo mediante la creación de parámetros personalizados ligados a los mismos dentro del software BIM. Dichos parámetros se han incluido dentro de una lista llamada de "parámetros compartidos" registrada en un archivo de texto susceptible de ser vinculable a cualquier otro proyecto parcial o federado. Se han asignado los parámetros requeridos en base a tres niveles de desarrollo contenidos en el modelo HBIM, dos basados en la entidad sólida completa en dos niveles de detalle ‒diferenciados de cara a variaciones de escala en representaciones gráficas‒ y otro a partir de las entidades despiezadas. Estos niveles de desarrollo pueden considerarse, a los efectos del uso patrimonial del BIM, como Niveles de Conocimiento LOK. De esta forma, a la entidad constituida por modelos volumétricos completos ‒ejemplar de categoría muro‒ se han asociado parámetros que se refieren al elemento como conjunto: identificación, información patrimonial básica sobre la adscripción estilística y autoría principal, figuras de protección jurídica que le afectan, registro de intervenciones y acciones de difusión relacionadas. Independientemente de su detalle gráfico ‒que ha llegado a ser de nivel alto por necesidades de representación‒, podemos considerar que se adscribe a un nivel de conocimiento LOK300. En el caso del modelo despiezado de la fachada, cada pieza es un objeto de registro y, por lo tanto, pueden asociarse parámetros relacionados con un mayor nivel de conocimiento, el requerido en este caso para gestionar la conservación preventiva del elemento. Así, a cada pieza se le asigna un identificador único y es caracterizada con parámetros de identificación, cronología, características litológicas, lesiones, tratamientos y acciones como la sustitución, que genera una cronología específica. Podemos considerar, por tanto, que se adscribe a un nivel de conocimiento LOK500. Si los valores definidos en los párrafos anteriores se refieren a un LOK por elemento, siguiendo el criterio adoptado por el grupo de trabajo, es preceptivo asignar un LOK global tanto a los modelos parciales como al modelo federado. En este caso, el nivel de conocimiento asignado al modelo parcial que contiene el fragmento de fachada es LOK200 en base al estado de desarrollo actual. En el caso del modelo federado del templo, dado que el nivel actual de desarrollo consiste en un modelo volumétrico básico con la única inserción de un modelo parcial, podemos adscribirlo a un LOK100. Las propiedades de gestión conferidas de forma automática a cada elemento, así como la asignación de los parámetros a las distintas entidades que conforman el modelo en función de su categoría y del sistema de relaciones implementado, supone el salto cualitativo desde un simple modelo gráfico tridimensional ‒desarrollado en cualquier software de dibujo digital o CAD‒ a un verdadero modelo de información ‒BIM o HBIM en este caso‒ capaz de ofrecer todas las ventajas de una base de datos gráfica. Así, una vez asignados los valores correspondientes dentro de cada parámetro a cada entidad, a partir de la información previamente sistematizada, estamos en disposición de poder solicitar al sistema consultas, filtrados de información o búsquedas condicionadas, en forma de gráficos tematizados o listados alfanuméricos, que nos ofrezcan nuevos puntos de partida a la hora de afrontar diversos tipos de análisis; o información actualizada en tiempo real sobre determinados aspectos de la realidad patrimonial del bien (Fig. 7). Vista en alzado del modelo filtrado por el parámetro "material". Por otro lado, en el entorno BIM, los filtrados gráficos de información o consultas gráficas tematizadas pueden ser personalizados en combinación con herramientas de configuración de las vistas en las cuales son representadas. De esta manera, la visualización intencionada desde determinados puntos de vista ‒si consideramos perspectivas axonométricas o cónicas‒ o utilizando proyecciones diédricas, permiten la contemplación de las relaciones entre elementos y su información asociada desde nuevos enfoques difíciles de alcanzar sin contar con esta herramienta. En ese sentido, la implementación en el modelo del parámetro "ID Fase" ha permitido la incorporación de la información relativa a la estratigrafía, de manera que a cada unidad básica de modelado se le ha asignado el valor correspondiente a la unidad estratigráfica a la que pertenece (Fig. 8). De esta forma, es posible generar imágenes gráficas capaces de mostrar de forma paralela la evolución del fragmento estudiado y la configuración espacial del interior del cuadrante renacentista. Perspectivas del modelo filtradas por el parámetro "ID Fase" que gestiona la información relativa a la estratigrafía del objeto de estudio. Se ha elaborado un modelo de información patrimonial HBIM de la fachada del cuadrante renacentista de la catedral de Sevilla con la capacidad de caracterizar la evolución constructiva de un elemento arquitectónico complejo, incorporando la lectura estratigráfica tridimensional de los paramentos. El modelo gráfico se basa en una captura métrica digital fotogramétrica que es analizada e interpretada con las claves metodológicas del levantamiento arquitectónico. El modelo surge, en consecuencia, de una propuesta de interpretación de los datos métricos fundada sobre el conocimiento arqueológico y arquitectónico del elemento estudiado, diferenciando aquellos elementos cuya definición surge de un conocimiento cierto, de aquellos modelados según hipótesis pendientes de confirmación. Se establecen tres niveles de desarrollo del modelo del elemento muro, como evolución de un primer nivel conceptual de la catedral, con el que estaría federado: dos que, diferenciados en dos niveles de detalle a nivel formal, abarcan todo el elemento estudiado en una única entidad y otro, derivado de un análisis arquitectónico y arqueológico existente, donde se ha delimitado cada unidad constructiva del conjunto. Los modelos de entidad única incorporan los parámetros de información relativos al conjunto del elemento. Esta información se completa con los parámetros de cada pieza del modelo despiezado, donde se incorporan los parámetros asociados a las acciones de conservación preventiva, permitiendo numerosas visualizaciones que mejoran la comprensión de la complejidad espacial y constructiva, y, por otro lado, quedan registrada la información asociada al modelo.
Un modelo HBIM aplicado a la lectura diacrónica de la arquitectura: la capilla de los Tocino (s. XV) de Jerez de la Frontera* Se expone una experiencia de aplicación de modelos digitales HBIM a la intervención arqueológica y arquitectónica sobre la capilla de los Tocino de la iglesia de San Juan de los Caballeros de Jerez de la Frontera. El objeto de esta es verificar las posibilidades de una herramienta dinámica capaz de incorporar y gestionar datos y permitir visualizaciones complejas de la secuencia estratigráfica obtenida de los trabajos previos y paralelos a la intervención. De esta forma, la propia obra se entiende como una fase más, que queda asociada a las anteriores, lo que permite explicar y justificar las propias acciones de intervención. Entre las principales conclusiones, cabría destacar la formación de un modelo único que aglutina la totalidad de la información generada, abierto a la incorporación de nueva información y capaz de generar imágenes que facilitan la comprensión espacial del objeto. La presente aportación tiene como objetivo explorar las posibilidades que ofrecen los modelos HBIM (Heritage Building Information Modeling) para el registro y gestión de información relativa a los procesos de lectura cronológica de edificios históricos, mediante la integración de enfoques interdisciplinares durante su conocimiento e intervención, así como sus consecuencias en los procesos de tutela del patrimonio arquitectónico. Utilizando un caso concreto, se pretendía crear un espacio de trabajo donde quedara recogida y relacionada la información recabada en estos procesos y el conocimiento generado, evitando la generación de una versión hiperrealista de la realidad tratada. El uso de medios digitales en el ámbito del patrimonio está suponiendo un cambio de paradigma en la relación tradicional entre realidad y representación gráfica tradicional, que debemos enmarcar dentro de lo que viene a denominarse "humanidades digitales". Así, comenzamos a resolver, entre otras, la difícil inclusión de la dimensión temporal en la representación de las formas, tan necesarias en el análisis arqueológico y arquitectónico, y en general entre los agentes interesados en el conocimiento, la gestión y la difusión de la arquitectura histórica. Se presenta el modelado de la capilla funeraria de los Tocino, conocida tradicionalmente como capilla de la Jura, anexa a la iglesia de San Juan de los Caballeros de Jerez de la Frontera para obtener un modelo HBIM. En su última restauración, desarrollada entre los años 2015 y 2016, se plantearon procesos y estrategias de trabajo interdisciplinares antes, durante y después de su intervención. En esta última etapa se planteó la construcción de un modelo digital que contuviera la información generada durante todo este proceso, permitiera su trazabilidad, y describiera las principales fases de su historia arquitectónica. Dada la limitada extensión de esta aportación, además de su construcción, abordaremos otras dos fases, la reforma inconclusa documentada a finales del siglo XIX, y la reciente intervención de restauración. Por otra parte, se incluye también la gestión de la información relativa a las marcas de cantero descubiertas en el proceso. A nivel general, crear un modelo supone la selección intencionada de aspectos de la realidad a la que se refiere bajo algún motivo o finalidad, en función de la etapa de la tutela patrimonial en la que nos encontremos. Cada selección supone una toma de decisión sobre lo que se representa y lo que se deja de representar (González 2018). En este sentido, el uso de modelos digitales BIM en el patrimonio arquitectónico ha supuesto un fructífero campo de experimentación internacional en los últimos años, dando origen a un extenso repertorio de casos de aplicación, con objetivos y métodos de trabajo muy variados (Logothetis, Delinasiou y Stylianidis 2015; Dore y Murphy 2017; Pocobelli et al. 2018a). Destacan entre estos, aquellas líneas de investigación relacionadas con la conservación preventiva, abarcando aspectos como el análisis y monitorización estructural (Dore et al. 2015; Banfi et al. 2017), la creación de bibliotecas de elementos constructivos (Oreni et al. 2013), la caracterización e información superficial (Pocobelli et al. 2018b; Angulo y Castellano 2020), o la conexión con bases de datos externas (Quattrini, Pierdicca y Morbidoni 2017). Además, se han desarrollado algunas investigaciones que exploran la aplicación de estos modelos a la lectura arqueológica de conjuntos edilicios (Utrero, Murillo y Martín-Talaverano 2016; Brusaporci et al. 2018). A pesar del desarrollo de propuestas para establecer protocolos en este campo (Jordan et al. 2018), aún no existen normas y sistemas homologados al margen del uso convencional del BIM, procedente del ámbito de la ingeniería para modelizar todos los aspectos constructivos y espaciales de edificios de nueva planta. A nivel nacional, desde la experiencia ejemplar llevada a cabo en la restauración y activación cultural de la catedral de Santa María de Vitoria (Azkarate et al. 2001), hasta el reciente intento de normalizar el campo de trabajo de lo que viene a denominarse HBIM por un amplio colectivo de investigadores (Armisen 2018), nos encontramos en un campo de debate y experimentación abierto que se nutre poco a poco de experiencias y logros parciales. El caso seleccionado, la capilla de los Tocino, es un espacio funerario formado en la primera década del siglo XV, anexo a la cabecera de la iglesia de San Juan de los Caballeros (Fig. 1). Como resumen, cabría decir que se trata de un espacio de planta cuadrada, con extensiones laterales en forma de tres arcosolios y arco de acceso, adaptado a los dos primeros contrafuertes del presbiterio en el evangelio del templo. Está cubierto por una bóveda octogonal estrellada de nervadura, resolviendo la transición entre ambas figuras con trompas angulares (Mora y Guerrero 2015). El promotor de la obra fue Andrés Martínez Tocino, y se ha podido documentar que el proyecto se ejecutaba en el año 1404 bajo la responsabilidad de los maestros Fernán García y Diego Fernández (Jácome y Antón 2007). Su nota más característica es la convivencia de elementos de tradición mudéjar y gótica; destacando respectivamente el arcosolio del altar y la bóveda (López 2014: 73). Antes de la intervención era una sala de almacenaje en pésimo estado de conservación, en la que destacaban las huellas de un proceso de restauración inacabado a finales del XIX, donde la comunicación con la iglesia se había perdido y funcionaba como dependencia secundaria. Planta de la iglesia de San Juan de los Caballeros (en gris se destaca la capilla de los Tocino). La metodología de trabajo diseñada en la última intervención combinaba arqueología y análisis arquitectónico no circunscritos al espacio intervenido, sino relacionados con la parroquia y la secuencia histórica de la ciudad (Guerrero et al. 2019). Estos trabajos generaron una importante cantidad de datos que se expusieron siguiendo los cauces habituales: informes, publicaciones, participación en congresos, conferencias locales... con un importante papel de la representación gráfica convencional que con dificultad ha permitido la visualización de los cambios de esta pequeña estancia, fundamentalmente planimetrías y perspectivas a partir del levantamiento gráfico que se realizó antes y después de la intervención. En cuanto a los resultados generales, a partir de la intervención arqueológica se establecieron tres niveles cronológicos que partían de la fundación de la iglesia (segunda mitad del siglo XIV), la construcción de la capilla en 1404, y un largo episodio de mantenimiento y postrera degeneración, en el que destaca por su impronta la reforma inacabada de finales del siglo XIX (Álvarez, Guerrero y Romero 2003: 106-111). También se catalogaron los tipos de aparejo de cada etapa vinculándose a sus procesos constructivos, encuentros entre fábricas y elementos singulares como arcos, capiteles, molduras, revestimientos, marcas de cantero, etc. (Guerrero, Pinto y Mora 2019). Se planteó la necesidad de componer una herramienta capaz de sumar el grueso de la documentación, tanto la precedente, como la acumulada durante el proceso de intervención arqueológica y arquitectónica, apoyado en la metodología BIM aplicada al Patrimonio (HBIM). Como primera aproximación se elaboró un prototipo a partir de cuatro ejes de conocimiento patrimonial: arquitectura, historia, arqueología y restauración. El resultado fue un modelo que, en primera instancia, permitía acceder a la secuencia de las etapas cronológicas detectadas en el conjunto del templo, representadas tridimensionalmente a un nivel medio de detalle volumétrico (Guerrero, Mora y Pinto 2020). Se trataba de superar la fórmula de representación tradicional alcanzando un estadio capaz de contener globalmente todos los datos, con posibilidad de completarlo y actualizarlo conforme se modifique el conocimiento sobre el edificio, y que, así mismo, permitiera concretar la visualización de situaciones seleccionadas por el espectador; es decir, un lugar en el que se pudiera trabajar de lo general a lo particular, y viceversa (Castellano y Pinto 2019). Planteamiento metodológico del modelado HBIM El modelo se ha elaborado a partir de herramientas gráficas digitales a las que se aplica una sistemática de trabajo que debe adaptarse y hacerse compatible a las diversas estrategias disciplinares que se dedican al conocimiento y gestión del patrimonio. Entendemos con esto que no debe ser "la máquina", entendida como conjunto de herramientas y rutinas, la que condicione los procesos de conocimiento. Al contrario, deben ser estos últimos los que determinen el ámbito de trabajo y planteen las exigencias a estas "máquinas", lo que no evita que se produzcan adaptaciones en ambas direcciones. Por otro lado, consideramos que el uso de herramientas, ya sean las convencionales basadas en recursos analógicos o las digitales, no es inocuo a los procesos de conocimiento. No lo ha sido a lo largo de la historia, y no lo será ahora, por lo que es necesario mantener el uso de estos recursos sometidos a una constante revisión, pues el ámbito de lo digital está inundando todos los ámbitos disciplinares de falsas soluciones universales y automatismos (Pinto y Guerrero 2013). Por esta razón, esta aportación se produce después de hacer un exhaustivo recorrido sobre el caso de estudio que se ha expuesto de forma muy resumida en el apartado anterior y en extenso en las publicaciones citadas. En el trabajo que ahora exponemos, el modelo surge en un momento posterior al proceso de análisis arqueológico y la intervención arquitectónica, pero bien pudiera haberse iniciado con anterioridad al mismo e ir creciendo y completándose con él. En esta experiencia queda pendiente la gestión de la entrada y salida de datos de aquellos agentes que son ajenos al uso de la herramienta, pero que pueden ser posibles usuarios de esta, permitiendo así la incorporación efectiva de estos modelos a los procesos de trabajo interdisciplinares. El punto de partida ha sido el modelo del templo completo desarrollado con anterioridad, donde a nivel básico y con geometrías muy simplificadas, se pretendía representar cada uno de los cuerpos y espacios principales que se han ido incorporando a la fábrica. La asignación a cada uno de estos de una fase cronológica permitía visualizar de forma dinámica la evolución del edificio a lo largo de su historia (Guerrero, Mora y Pinto 2020). Este modelo, desarrollado con Autodesk Revit 2020, se ha ampliado ahora con mayor detalle en el ámbito de la capilla de los Tocino (Fig. 2), que se ha creado como un modelo federado respecto al modelo genérico. Se aprovecha de este modo su carácter abierto ‒susceptible de ser modificado‒, una de las ventajas esenciales de los modelos digitales frente a las herramientas de representación tradicional, con la posibilidad de corregir, completar, enriquecer estos y generar variadas visualizaciones de imágenes y datos. De esta forma, se podrían añadir a este modelo genérico del templo otras partes más desarrolladas a medida que se obtenga una información más precisa, estando todos vinculados entre sí. Captura de pantalla del programa Autodesk Revit. Modelo completo de la iglesia parroquial de San Juan de los Caballeros (en naranja se destaca la capilla de los Tocino). En base a los objetivos marcados en cada caso, tanto en el modelo genérico inicial como en el posterior desarrollo de la capilla se ha optado por distintos grados de simplificación de forma que en el primero de ellos se modelaron masas tridimensionales de entidades arquitectónicas completas, mientras que en la capilla se han modelado los elementos constructivos que delimitan el espacio interior del oratorio. En este primer nivel, la precisión geométrica, aunque apoyada en una toma de puntos de control con estación laser de topografía, queda en un segundo plano, priorizando una aproximación global al conjunto a modelar (Castellano y Pinto 2019). En el caso de la capilla, el modelado tridimensional se ha realizado a partir del levantamiento gráfico elaborado como parte de los trabajos previos a la intervención donde se combinó la toma de datos mediante estación de topografía, distanciómetro láser y herramientas tradicionales. El resultado de este levantamiento fue un conjunto de dibujos de vistas de planta, alzados y secciones. Este levantamiento inicial se completó con fotogrametría digital convergente en la fase de excavaciones arqueológicas. A partir de esta información se modelaron los elementos constructivos de la capilla (Fig. 3). Vistas isométricas de la capilla seccionada. Estado previo a la última intervención. Dadas las dificultades para adecuar los distintos elementos predefinidos de los que disponen este tipo de plataformas de trabajo, concebidos para la obra de nueva planta, se ha optado por modelar de forma individualizada la práctica totalidad de los distintos elementos constructivos (muros, cornisas, bóvedas, cubierta, huecos...), sin recurrir a biblioteca de objetos predefinidos. La presencia generalizada de elementos singulares en los edificios históricos se ve acentuada aún más en el campo de la arqueología donde el paso del tiempo suele dar como resultado fragmentos de los elementos originales con geometrías irregulares (Scianna et al. 2015). A cada uno de los elementos modelados se le asignó una de las categorías en las que el programa informático clasifica los elementos constructivos ‒muros, suelos, cubiertas...‒, y en base a esta codificación se estableció una serie de propiedades disponibles para cada tipo de estos elementos que describían, de forma general, su configuración material y su cronología, aunque el número y naturaleza de las posibles propiedades a asignar a cada elemento podrían ampliarse en función de otros criterios de análisis o futuras necesidades. Los seguidos a la hora de diferenciar en la edificación los elementos tridimensionales modelados se han basado, por una parte, en su categorización constructiva-arquitectónica, y, por otra parte, en las unidades estratigráficas identificadas en la lectura arqueológica. La superposición de estas dos clasificaciones determina el número mínimo de elementos individuales a los que se les ha podido asignar propiedades diferenciadas. En este sentido, tal y como permite el programa informático, cada elemento constructivo modelado puede ser dividido en fragmentos más pequeños ‒que el programa denomina "piezas"‒ a los que se le pueden asignar propiedades y valores diferentes del original (Fig. 4). Esquema de trabajo: discretización del modelo y asignación de propiedades. En relación con el aspecto temporal, a partir de la lectura estratigráfica y la documentación histórica, la evolución del edificio se dividió en una serie de fases sucesivas. Tal y como permite la aplicación, a cada uno de los objetos modelados ‒o a cada una de sus partes‒ se le asignó una de estas fases para su construcción o creación y otra de destrucción. De esta manera, se pudieron establecer aquellas unidades que estaban presentes en cada una de las fases, reconstruyendo la secuencia temporal, incorporando al modelo la sucesión de transformaciones a lo largo del tiempo. El modelo permite, así, reflejar el carácter diacrónico de las construcciones históricas. A partir del modelo tridimensional pueden obtenerse, mediante vistas fácilmente configurables distintas proyecciones diédricas convencionales, así como axonometrías y perspectivas. Además, en base a la información introducida pueden configurarse diferentes consultas gráficas en las que la representación de cada uno de los elementos se determine en función de las propiedades seleccionadas. De esta forma, cabe resaltar la ventaja de poder visualizar el modelo de la capilla en cualquiera de las etapas evolutivas consideradas, pudiéndose generar imágenes con un claro potencial comunicativo, o individualizar elementos concretos según los valores de alguna de sus propiedades (Fig. 5). El nivel de detalle alcanzado puede incrementarse a partir de futuras necesidades y además es posible vincular al modelo información adicional como por ejemplo nubes de puntos generados en levantamientos posteriores. Se constata así la posibilidad de constituir repositorios de la información asociada a cada elemento, que se irá acumulando en el tiempo, y facilitar su gestión en el futuro. Podemos cifrar los resultados en relación con el conocimiento obtenido durante el proceso de intervención y la utilidad de su modelado. En concreto podemos centrarnos en tres aspectos: la identificación y registro de marcas de cantero, las evidencias de la intervención del siglo XIX, y la última intervención de restauración. En sí mismo, cada uno de estos tiene posibilidades descriptivas particulares y suman en el conocimiento general de capilla e iglesia. En cuanto a los grabados de cantería, dan idea de un organigrama complejo de la obra en la que intervienen varios agentes. Se trata de símbolos esgrafiados en la superficie de la piedra realizados tras el proceso de tallado de los sillares para identificar al cantero que había realizado el trabajo. Durante la intervención identificamos un buen número de marcas en los paramentos, tanto en el correspondiente a la cabecera del templo, como en los tres muros de cierre de la capilla. Los signos, ubicados desde la cimentación a la cubierta, permitieron apoyar la hipótesis planteada ya con anterioridad (López 2014: 73), de que toda la obra pertenecía a un solo impulso constructivo, frente a otras hipótesis que proponían que la bóveda era resultado de una profunda reforma tardía. El uso del modelo permite obtener una vista detallada en la que podemos diferenciar materiales y señalar los signos. Su presencia supera un papel descriptivo y se convierte en fósil director para la comprensión cronológica de la capilla. En este caso se han modelado las marcas, asignando a cada ejemplar una signatura de identificación, así como el modelo de marca utilizado, lo cual permite obtener imágenes donde se identifiquen algunos de los modelos empleados (Guerrero 2019). Cada una de las marcas se representa con un símbolo que queda asociado a la superficie de los paramentos con su ubicación real, permitiendo superar los mecanismos de representación bidimensional de las secciones, pudiendo editarlas y visualizarlas según distintos criterios, en otros tipos de vista (Fig. 6). Registro de marcas de cantero. Respecto a la restauración decimonónica, contamos con información a propósito de su autor y cronología. El arquitecto Rafael Esteve se encargó de ella sobre 1890, aunque es difícil precisar el momento exacto porque trabajó en toda la iglesia entre 1880 y 1896. Nuestro trabajo aportó una secuencia clara de estas actuaciones, diferenciando entre tareas de consolidación y renovación en estilo, aunque estas últimas no pudieron completarse. De nuevo el modelo permite acercarse a esta actuación a través del registro de los elementos modificados y originales salvados por su carácter inconcluso. Seleccionamos una vista en la que se aprecian ordenadas cronológicamente las huellas materiales de su actuación: en cimentación vació las criptas del sepulcro y creó un potente recalce de hormigón para contrarrestar los empujes de la nave central, verdadera causa del mal estado de la capilla (Fig. 7) (Guerrero, Pinto y Mora 2019). A nivel emergente reforzó los arcosolios originales para aumentar la masa de los muros uniéndolos a los antiguos mediante enjarjes que necesitaron de la sustracción de piezas originales, dispuso de nuevas cornisas rectangulares y sustituyó el acceso original por un arco de medio punto también de piedra (Fig. 8). Ahí quedó detenida su intervención: el arco no se llevó a abrir, ni las molduras a tallar, la presencia de los refuerzos en bruto daba a la estancia una imagen notablemente inacabada. El modelo contiene en un mismo espacio todas las circunstancias materiales de sustracción y adición de piezas, a las que se asigna una cronología específica, pudiendo generar visualizaciones en las que elegimos los objetos a presentar y en las que modificamos la codificación gráfica de cada elemento: transparencias, elección de ángulos de visión conforme a sistemas de representación convencionales. Cada una de estas visualizaciones supone una decisión intencionada de lo que se quiere ver y de qué manera, dependiendo del usuario y sus necesidades, en este caso, destinada a facilitar su comprensión. Mitad suroeste de la capilla. Transformaciones del subsuelo: A) Construcción de la cabecera del templo (Finales s. XIV); B) Construcción de la capilla (1404); C) Restauración (Finales del s. XIX); D) Restauración (2015-2016); E) Nube de puntos de la fotogrametría realizada durante la fase de excavación arqueológica (2015) Elementos de refuerzo incorporados en la restauración de finales del siglo XIX. Por último, la secuencia evolutiva de la capilla determinó la propuesta de la última intervención de restauración arquitectónica, que apostó por mantener visibles en el edificio dos estratos temporales superpuestos a través de la modificación mínima de cada uno de ellos y el tratamiento superficial común de cada etapa con objeto de facilitar la percepción simultánea de ambas. Esto supuso desmontar parte de la intervención decimonónica para recuperar la percepción de los elementos mínimos imprescindibles para reconstruir visualmente el espacio original medieval (Fig. 9). Esta decisión requirió tratar las lagunas provocadas por las pérdidas de revestimiento de los plementos de la bóveda, diferenciar visualmente los refuerzos del s. XIX dejando vista la piedra que añadieron entonces, y en los paramentos originales se repusieron los revestimientos desaparecidos. En este caso, el modelo permite dejar constancia del estado de la intervención decimonónica, los elementos eliminados entonces y los añadidos en nuestra intervención, a la vez que mostrar el resultado final de la intervención, que no es más que otra capa histórica de su estratigrafía. Nos parece oportuno señalar cómo la finalidad, prestaciones previstas y recursos disponibles condicionaron tanto el planteamiento inicial como el proceso de construcción del modelo. A partir de un modelado genérico y básico de la iglesia avanzamos en su desarrollo en un ámbito más concreto, la capilla, que ha quedado asociado al anterior, incluyendo las fases principales de su secuencia evolutiva. En este contexto, el uso de un modelo digital de información nos ha ofrecido ventajas fundamentales en los procesos de registro y gestión de la información. por un lado, la posibilidad de contar con una herramienta que aglutina la información completa de procesos ‒una intervención arqueológica o arquitectónica‒ que normalmente quedan ocultos o desaparecen tras su finalización. En el modelo digital no solo se dibuja un ente gráfico tridimensional, sino paramétrico, esto es, capaz de contener información asociada y relacionada por diversos parámetros que son familiares a las disciplinas arqueológica y arquitectónica: topológico, material, tipológico y cronológico (Fig. 10). Por otro lado, el modelo supera el carácter finalista de representación de la realidad que reconocemos tradicionalmente, para convertirse en un medio interactivo y actualizable que puede formar parte de las estrategias de intervención. Por último, las diversas visualizaciones que podamos hacer de él, tanto de manera estática eligiendo vistas convencionales, fragmentadas, como dinámicas moviéndolos en la pantalla, permite observar una dimensión ‒la espacial‒ que en muchas ocasiones está ausente de las proyecciones habituales usadas en arqueología y arquitectura.
La 'Casa Grande' de Los Villares (Jaén). Estudio de arqueología de la arquitectura de un edificio contemporáneo Este trabajo sintetiza los resultados del estudio de la llamada Casa Grande (Los Villares, Jaén), edificio levantado en el siglo XVIII. Los datos de la arqueología de la arquitectura se han cotejado con descripciones procedentes de documentos fiscales y otras informaciones escritas. Y comparado con algunos análisis sobre la vivienda moderna y contemporánea. Ello ha permitido fechar, a grandes rasgos, los cambios físicos detectados y relacionarlos con usos funcionales, resultados estos de las transformaciones sociales. En este trabajo se aborda el estudio del que fue 'palacio' de los vizcondes de Los Villares, en la población del mismo nombre, conocido localmente como La Casa Grande. Construido a principios del siglo XVIII, vendido a mediados del siglo XIX, fue un edificio que, a partir de entonces, cambió varias veces de propietarios, quienes procuraron adaptarlo a sus necesidades, en parte dictadas por el tamaño del grupo familiar que lo ocupaba en cada momento, pero también relacionadas con las transformaciones de la sociedad, producidas entre los siglos XIX y XX. Finalmente, parte del mismo fue declarado BIC en 2007, investigado arqueológicamente en 2009, y posteriormente 'restaurado' con criterios que ignoraron los valores históricos del edificio. Frente a las transformaciones anteriores, que se centraron en la modificación y la adaptación de las estructuras existentes, la obra nueva apostó por una ruptura casi total con el pasado. Con independencia de la consideración que se tenga sobre la antigua residencia y de cómo se valore la obra actual, es otro edificio histórico que ha desaparecido. Junto a la necesidad de devolver a la sociedad la inversión realizada en la investigación, estas circunstancias nos han impulsado a dar a conocer la historia del mismo, ya que esta se ha convertido en parte de la memoria tanto del edificio, como de la población en la que se enclava. Se encuentra a unos 12 km al sur de Jaén, en las sierras subbéticas, en una depresión flanqueada por las sierras de Jabalcuz, la Pandera, el Cerro del Viento y las Cimbras, en un paraje conocido como Los Majanos. Este es una elevación entre los ríos Eliche y Río Frío, que constituía uno de los 'cortijos' de Jaén, destinado en buena medida a pastos, y donde había restos de edificaciones anteriores, sin que sepamos su cronología La localidad utilizó la vereda real Jaén-Alcalá la Real, cerca del último río citado, como calle principal. Al oeste de la misma se ubicó la plaza y, a continuación, el ejido de la población, que en origen quizá también rodeaba a la localidad por al norte y el sur, y descendía hacia el río Eliche, quizá separado de la plaza por un camino paralelo a la anterior. En la segunda mitad el siglo XVI el sector frente a la plaza estaba enmarcado al sur por el hospital del concejo y la calle a la que este dio nombre, donde ya había casas, según cabe deducir de algunas menciones a cesiones y a operaciones de compra-venta registradas con posterioridad El límite por el lado norte, más impreciso, recibió entre los siglos XVI y XVIII el nombre de Los Callejones, y probablemente era una vía irregular, de la que partirían callejuelas, algunas sin salida, y que acabará dando lugar a la actual calle Solana (Fig. 1) La población original y la evolución del centro de la misma. Al menos desde el siglo XVII la zona junto a la plaza empezó a 'urbanizarse', con la construcción de varias casas con corral 8, mientras que el camino que había separado la plaza del ejido se transformó en la calle Colmenar 9, lo que desembocaría en la manzana que hoy separa la calle Jardín de la plaza. En 1741 se fecha la primera mención a la casa de los vizcondes 10, situada en la otra acera, por tanto, en el ejido, lo que explica el amplio espacio de que dispuso para la edificación y para los jardines y huertas que la rodearon En 2009 el Ayuntamiento de Los Villares contrató la excavación y el estudio de arqueología de la arquitectura del edificio, con el fin de reunir la documentación necesaria para la solicitud de una subvención con cargo al 1 % cultural, y llevar a cabo la restauración del inmueble Más allá de ese objetivo concreto, se planteó la investigación con el fin de obtener un conocimiento integral del edificio, y de los datos tipológicos, funcionales y estructurales que permitieran la comprensión de los cambios sufridos por el mismo. En consecuencia, el estudio arqueológico de los paramentos fue prioritario. No obstante, una parte del conjunto original constituía una casa independiente, segregada a finales del siglo XIX (Fig. 2, CS) que no pudo ser investigada. Y el mal estado de los forjados de las plantas primera y de cámaras, impidió eliminar los enfoscados de las paredes de estas y realizar su estudio, todo lo cual ha dificultado considerablemente el análisis de conjunto Por ello este se centra en los 2/3 de la planta baja original, y solo en una pequeña parte de la principal. El resto fue fotografiado, y hemos aprovechado los detallados planos levantados por el arquitecto Alberto J. García Martos con vistas al proyecto inicial de restauración, para completar el análisis físico. Junto a ello se ha profundizado en la documentación escrita, que ayuda a matizar numerosos aspectos. Plano de la planta baja, a partir del levantamiento de D. Alberto J. García Martos. En 2009 se encontraba dividido en varias parcelas catastrales. La parte que fue declarada BIC solo abarca dos de ellas, con 13,86 m de fachada, mientras que el fondo solo llegaba a los 19,38 m en el lado norte, en una zona con 6 m de anchura, aunque esta se prolongaba con un patio de 15,15 m de longitud. El conjunto declarado BIC En el momento de las intervenciones arqueológicas, esta parte del edificio estaba repartido entre un local comercial y una vivienda, articulados en torno a un patio (Fig. 2, 1) de 4,81 × 4,87 m, rodeado de galerías porticadas y crujías, excepto en el lado norte, donde faltaba la última, siendo la primera un corredor que comunicaba los extremos este y oeste del edificio. En planta baja, las galerías de los lados este, sur y oeste habían sido cerradas al patio, aunque en las dos primeras había vanos de acceso (5), y daban entrada o proporcionaban luz (con ventanas) a las habitaciones dispuestas en las crujías. De ellas, la este daba acceso al zaguán (2), a la escalera (7) y a una habitación (10a) En el sur había habido dos crujías, pero la exterior, junto a una parte del lado oeste, fue segregada a finales del siglo XIX (CS). Bajo las tres primeras se encontraba el sótano, una sala alargada de 7,5 × 2,3 m, abovedada, con una altura de 2,20 m por debajo del nivel del suelo, y con dos tragaluces al patio, en esta época sellados. La galería oeste fue dividida entre una sala (14) y una cocina (15) ambas con ventanas al patio, a la primera se accedía desde el extremo de la galería sur, a la segunda a través de una sala de paso (8) situada al norte, ambos extremos comunicaban también con la única sala de la crujía oeste que seguía perteneciendo a esta vivienda (16). En la primera planta (Fig. 3) las galerías estaban, cuando se construyeron, abiertas al patio. Pero, en la época de la investigación, las mismas se habían convertido al este, norte y sur en un pasillo perimetral (18, 19 y 20), y al oeste en una habitación (21). En cada tramo los vanos entre los pies derechos quedaron reducidos a balcones ajustados al plano de los paramentos. La escalera desembocaba en el del lado este (19), desde el que se accedía a dos salas con balcones a la calle (22 y 23). Existía una tercera sala al sur (24), también con balcón, en la casa segregada, a la que nunca pudo accederse desde las galerías. Al igual que en la planta baja, el pasillo sur permitía el acceso a las habitaciones de ese lado. El del norte comunicaba con las habitaciones del extremo oeste. En los espacios 25 y 26 se situaban sendas escaleras, por las que se accedía a la planta superior de cámaras, una al oeste y dos, comunicadas, al sur y al este. Esta última, situada sobre la fachada principal, era una solana abierta, con ocho arcos de medio punto apoyados en gruesos machones, realizados con mampuestos unidos con mortero. Las cubiertas se situaban sobre un volado alero de madera como cornisa. Plano de la planta primera, a partir del levantamiento de D. Alberto J. García Martos. La secuencia de la excavación arqueológica La excavación documentó un nivel agrícola, sobre el que se superpuso un edificio, del que se conservan cimientos de muros de mampostería que rodean por los lados norte y oeste un pavimento de guijarros y, sobre el que se documentó un pequeño nivel de tierra correspondiente al abandono. Posteriormente se niveló el terreno, creando una gran plataforma horizontal, compuesta por un espeso paquete de margas compactas, que constituyó la base de la Casa Grande (Gutiérrez et al. 2010). Teniendo en cuenta los datos recuperados, es posible formular las hipótesis de que 1o) el nivel agrícola es muy anterior a la fundación de Los Villares, 2o) el primer edificio es una construcción de fecha imprecisa, quizá bajomedieval o una primera vivienda levantada en el siglo XVI, 3o) Este se abandonó relativamente pronto, depositándose un nivel de abandono y derrumbes y 4o) sus ruinas se amortizaron a finales del siglo XVII o principios del XVIII, al construirse el nuevo edificio. La arqueología de la arquitectura. El estudio del edificio se realizó mediante el análisis estratigráfico de los paramentos 15, y se tuvieron en cuenta los tipos de materiales y aparejos, así como los morteros utilizados. Los objetivos fueron, determinar la secuencia, aclarar su estructura en la época de la construcción, y determinar los cambios sufridos a lo largo del tiempo, tratando de relacionarlos con los usos sociales y funcionales de cada época. El estudio que ha sido posible efectuar en cada ámbito y planta es diferente, como ya se expuso. La excavación determinó la existencia de 3 fases antes de la construcción del edificio, en la evolución de este se han detectado otras 6 fases (IV a IX). Unos años antes de nuestra intervención, se efectuó la consolidación de la fachada (Fig. 4), en la que se recercaron con mortero los sillarejos de esta, lo que impidió un estudio detallado, y establecer la secuencia de cambios en los aparejos utilizados. Por ello, solo aludiremos a los vanos, que sufrieron diversas modificaciones a través del tiempo. El análisis permitió comprobar que los cierres de las galerías este y sur al patio, y los de los ámbitos situados en la galería oeste (espacios 14, 15 y 8), se realizaron con ladrillo hueco, lo que indica una construcción monofásica y muy reciente. Por el contrario, los paramentos que cerraban las crujías a las galerías al este (4), sur (9) y oeste (14 y 15), el muro perimetral norte (6), así como los del zaguán (2), mostraban numerosas alteraciones, en base en ellos se han establecido las fases. Puesto que la inclusión de la Matrix Harris completa resultaría excesivamente grande para su consulta, hemos optado por presentar la lectura individual de esos paramentos (Figs. 5 a 9), a los que haremos referencia a lo largo del texto. Completaremos los datos obtenidos de los mismos con los de otros espacios, para describir la estructura del edificio en cada momento. Lectura y mátrix del paramento este. Lectura y mátrix del paramento sur. Lectura y mátrix del muro perimetral norte. Lectura y mátrix del paramento oeste. Lectura y mátrix de los paramentos norte, sur y oeste del zaguán. La primera planta y las cámaras Se ha estudiado el muro en que apoya el tramo superior de la escalera, y algunas zonas de las habitaciones de la fachada, examinando el tratamiento general dado a la primera planta, y los vanos al exterior. El resto se analizó con planos y fotografías. En conjunto se ha establecido una secuencia de 9 fases, 3 en la excavación y 6 relacionadas con modificaciones en el edificio. Aquí analizaremos estas últimas, de ellas las tres primeras en profundidad y, por razones de espacio, resumiremos los rasgos principales de las otras tres. La casa de los vizcondes El edificio fue fechado inicialmente en el siglo XVI, coincidiendo con la fundación de la población. Pero las excavaciones arqueológicas apuntan a una cronología de finales del siglo XVII o principios del XVIII, lo que ha sido confirmado por los estudios sobre el urbanismo de la zona. Por cronología, medios económicos, poder e influencia (se levantó sobre el ejido), los primeros vizcondes son los únicos que pudieron construirlo. Los constructores de la Casa Grande D. Francisco de Ceballos y Villegas (1655-1710), nacido en Bárcena (Valle del Toranzo, Cantabria), aparece en Jaén en 1685, comisionado por la Corona con diversas funciones fiscales, relacionadas con el fraude en tierras, montes y arbolados En 1687 entroncó con la oligarquía jienense a través de su matrimonio con D.a Ana M.a López de Villalobos. Quizá su conocimiento de las posibilidades agrícolas del entorno de Los Villares, le llevaron a adquirir en 1707 los derechos señoriales que aún poseía la corona sobre esta población, al tiempo que obtenía el título de vizconde de Los Villares (Alcázar et al. 2011). No hay ningún documento que indique que llegase a tener alguna propiedad en la población En consecuencia debieron ser su hijo, D. Gabriel de Ceballos y Villalobos (1691-1761), II vizconde de Los Villares desde 1710, y su esposa, D.a Isabel M.a Salcedo, quienes levantaron el edificio. Se casaron en 1713, recibiendo las bendiciones en la parroquia de la propia localidad No sabemos cuándo se construyó el edificio, pero este estaba en uso en 1741. Tuvieron cinco hijos, dos hombres, de los que uno falleció soltero, y tres mujeres, una casada en 1733 y las otras dos religiosas, una desde los años 20 Estos datos son relevantes, porque indican un bajo número de adultos utilizando en cada momento las zonas principales de la casa, y ayudan a comprender como pudieron usarse estas. Los muros perimetrales indican que el edificio original tenía 16,90 m de fachada, y 19,38 m de fondo. En fachada, todos los vanos presentan dinteles despiezados en tres dovelas. En la planta principal hay tres balcones, pero estos responden a una tipología del siglo XIX, y pudo comprobarse que habían sido introducidos posteriormente, observándose arreglos en las jambas. Por tanto, en origen, habría ventanas de cuerpo entero. Marcaban tres calles que se correspondían en planta baja con dos ventanas de menor tamaño y la portada, descentrada hacia el norte, probablemente para situarla en la perspectiva de la plaza, ya que el resto de la vista de esta quedaba tapado por la manzana construida un siglo antes. En el paramento lateral sur solo es visible el despiece en tres dovelas en un vano de la primera planta. La portada daba acceso al zaguán (2). Este tenía 3,20 m de este a oeste, que es la anchura de la crujía, y solo 2,70 m de norte a sur, según los datos de las excavaciones. Estas mostraron en los lados sur (Fig. 9, UUEE 404-1173) y norte (Fig. 9, UE 1176), la base de los muros originales del palacio, y que en el primer caso el paramento fue retranqueado hacia el sur. El acceso al patio se cerraba con una puerta de dos hojas, que giraban en gorroneras (Fig. 5, UE 1020) y quicialeras. Todos los paramentos que cerraban estas (Figs. 5 a 8) muestran que en el edificio original se empleó mampostería y tapial de tierra, con distintas organizaciones (UE 1002). Así mismo, los vanos de este momento solo se encuentran en la mampostería, y están enmarcados por arcos de ladrillo macizo, siempre apoyados sobre el propio muro, identificados como originales por no presentar cortes para su introducción. Aunque oscilan entre los de medio punto y los adintelados. En el lado norte no había crujía, en el este había una, con la escalera (7), el zaguán (2) y una habitación (10a). Dos en el lado sur, en la interior (espacios 10b, 11, 12, 13 y 17) había una única nave, sin que se hayan localizado indicios de divisiones interiores. Solo tenía un vano de acceso desde el patio (en el espacio 12), también con arco de medio punto de ladrillo (Fig. 6), y sin ventanas que la iluminasen y ventilasen. Bajo ella se encontraba el sótano. Esta crujía estaba separada de la exterior (hoy en la casa segregada, por lo que no sabemos cómo era) por un paramento de tapial y mampostería (Fig. 10). La misma tenía una ventana en la planta baja, en la fachada principal, y un balcón sobre ella en la primera planta. Así mismo en el lateral, hoy fachada principal, conserva restos de una ventana original también en la primera planta. La comunicación entre las dos crujías se hacía por un único vano (13, Fig. 11) Lectura de la medianería con la casa segregada. Vano de comunicación original con la crujía de la casa segregada. Finalmente, la crujía oeste estaba dividida en dos espacios, uno hoy también en la casa segregada (18), mientras que el segundo era una sala (16) de 4,78 × 3,3 m, con una puerta y una ventana abiertos en el muro perimetral (UE. 1068), también bajo arcos de ladrillo, al patio trasero (Fig. 12), donde hubo un jardín. Lectura de los vanos al jardín trasero. En esta fase solo había un pórtico o galería en el lado este, a continuación del zaguán, formado por una gran viga que se apoyaba en sendas ménsulas de piedra situadas al norte y sur, sin soportes intermedios. La escalera a la primera planta se encontraba en el ángulo noreste. La existente en estos momentos presentaba un desarrollo algo diferente, ya que al pie de la misma había una puerta (Fig. 13) por la que se accedía a un almacén situado bajo aquella (Fig. 14), por lo que la escalera sería algo más inclinada. Vano al pie de la escalera. Zaguán y espacio bajo la escalera. Este tramo terminaba en un rellano, delante del muro perimetral este, donde había una ventana para iluminar la escalera. Esta presenta restos de los extremos de un arco de ladrillo, probablemente el marco original, que fueron cortados al modificar la ventana en época posterior (Fig. 15). Lectura de la ventana de la escalera. El tramo superior también tenía un desarrollo distinto al actual. En la parte alta se advierte en el lateral sur (izquierda) un muro cortado (Fig. 16), que estaba formado por mampuestos escuadrados en su frente (Fig. 17, UE 1105) y un relleno de mortero y piedras (UE 1107), el mismo tipo de paramento que cerraba la crujía al patio. Este debía prolongarse hacia el norte y cerrar la parte superior de la escalera. El lienzo de ladrillo que se adosa (UE 1102), es de la fase VI, y está sustituyendo al de mampostería que se eliminó y que con toda seguridad no se adosaba, dejando un vano, por el que se accedía a la primera sala de esa planta (Fig. 3, 22). Paramento en la zona superior de la escalera. Lectura de la zona superior de la escalera. Durante el Antiguo Régimen, la casa de las élites puede considerarse hasta cierto punto heredera de la tradición mediterránea: vivienda que aúna residencia y representación, articulada en torno a un patio que da paso a habitaciones en varias de las crujías, y dotadas con frecuencia de dos o tres plantas. En ella vivía la 'familia', término que en la época "tenía el significado del grupo doméstico que incluye a los sirvientes (pero que excluye a los familiares no residentes) y que enlaza con la idea del patrimonio" (Casey 1991: 154). Aunque, con la exigencia de respetar las estrictas convenciones sociales y morales, "hay testimonios de un gran número de individuos que no eran miembros de la familia y que compartían con ella dormitorios y salas; es decir, criados", pero a partir del XVII estos "fueron separados de la familia con la invención de la escalera o puerta de servicio y la especialización de las habitaciones, de las que el dormitorio era la más privada" (Casey 1991: 221-223). Por su parte, Jean Louis Flandrin había señalado que "a partir del siglo XVIII, se siente la necesidad de transformar las casas, buscando una mayor comodidad e intimidad, como reacción a la promiscuidad de los hogares de antaño, tanto en los palacios como en las casuchas" (Flandrin 1979: 119-122). Tras el estudio realizado se ha podido concluir que la llamada Casa Grande es lo que en época moderna se denominaba Casa principal (o en el caso de las más notables en plural: Casas principales), correspondiente a las clases acomodadas, nobiliarias o no, y de carácter urbano. Esta es, por ejemplo, la denominación, que le da el Catastro de Ensenada en 1751. Era una casa adaptada a las normas sociales y morales de la época, así como a la commmoditas, ponderada por L. B. Alberti durante el renacimiento, y que continuó vigente durante toda la Edad Moderna, en la que se tenía en cuenta la necesidad de distinguir entre espacios públicos y privados, masculinos y femeninos, y la convivencia dentro de la misma de la familia propiamente dicha y sus criados (Blasco 2006, 2017). Sería una "residencia de temporada", desde la que los vizcondes controlaban sus intereses en la villa, y un espacio de ocio, relacionado quizá con la caza, una relevante actividad aristocrática, que era posible practicar desde ella, dada la ubicación de la población. La estancia de los vizcondes en la casa debió implicar siempre la presencia de un grupo variable de personas (hermanos, hijos e hijas... y criados) que debían encontrar acomodo en la misma. Los vizcondes debieron ir frecuentemente a ella, a juzgar por las relaciones que mantuvieron con la población. En 1739 hacen una aportación de 168 reales de vellón para la construcción de una capilla que el patronato de la Virgen de los Dolores estaba llevando a cabo en la localidad, al tiempo que el vizconde autorizaba la cesión al mismo, por parte del Ayuntamiento, del usufructo de unas tierras de realengo por el tiempo que durase la construcción. Según el Catastro de Ensenada, en 1751 la vivienda era una Casa principal situada en la calle de los Callejones, compuesta de seis salas en bajo, otras principales, galería, cámara, dos cocinas, patio, corral, jardín y un huerto de 16 celemines de tierra de regadío con agua de Ríofrío. Tiene la casa 20 varas de frente y lo mismo de fondo; confronta por la parte de arriba con casas de Cristóbal de Molina 23, vecino desta villa y por la de abajo hace esquina a la calle que va al Vadillo Relacionando con esta descripción los espacios identificados en el análisis y los actuales (Figs. Para aproximarnos a la funcionalidad de esos ámbitos, hemos utilizado algunos estudios sobre la vivienda de los siglos XVI y XVIII. Respecto a la consistencia de este procedimiento, B. Blasco afirma que las ideas del tratado de Palladio (1570), una de las principales 'guías' utilizadas por los arquitectos de la época, seguían siendo un modelo para José de Churriguera, cuando este proyecta la casa principal del marqués de Sentmenat en Barcelona hacia 1710 (Blasco 2006, 2017). Ello implica que había una concepción fundamental en la distribución del espacio en este tipo de casas, aceptada por todos, que, pese a la diferencia de tamaño, creemos que es posible identificar. En todas estas casas, el zaguán (espacio 2) era el área inicial de recepción y su existencia mostraba el nivel del propietario, y aunque el de la Casa Grande, con solo 2,70 m de anchura, quizá resultaba algo estrecho, sin duda fue un elemento notable en el momento de su construcción en esta pequeña población. Se cerraba interiormente con una puerta de dos hojas, pasada la cual se entraba en el patio (1), bajo el único pórtico existente. Este se apoyaba en las ménsulas de los extremos, sin columnas ni elementos intermedios, por lo que el conjunto del espacio era muy sencillo, con la única función de articular la casa. La mayor parte de las salas en torno al mismo estarían destinadas a funciones relacionadas con el servicio. Encontramos en la casa de Los Villares una habitación (10a) al lado del zaguán, a la que se accedía desde el patio por un vano, bajo arco de medio punto (Fig. 5) y que tenía una ventana a la calle, lo que sugiere cierta relevancia. Quizá, como sucedía en el caso de la del marqués de Sentmenat, podía servir para alojar a un huésped o a un 'criado mayor' (Blasco 2017: 77). El lado sur estaba compuesto por dos crujías paralelas. La interior, solo con un vano de acceso y sin ventanas, es probable que fuese una zona de almacenaje, complementada por el sótano, situado bajo ella, quizá una bodega. La exterior solo presenta un vano original en la fachada este, ya que ninguno de los que hay en la actualidad en la calle Pedro del Alcalde presenta el dintel despiezado en tres dovelas característico de los vanos originales de este edificio, aunque esos elementos pudieron desaparecer al crearse los actuales. Pero el que a esa crujía se accediese atravesando el almacén, lleva a considerar que sus funciones estuvieran relacionadas con el servicio, quizá como alojamientos para los criados. El elemento fundamental, relacionado con los servicios, imprescindible en la casa, era la cocina, caracterizada por disponer de una gran chimenea para guisar. El Catastro de Ensenada recoge que en la Casa Grande había dos, lo que puede resultar extraño, pero se ha señalado reiteradamente cómo en el sur y en zonas calurosas, existía la costumbre de vivir en invierno en las plantas altas, y en verano en las bajas, por ser más frescas (Cámara 2006: 129; Lleó 2017: 77), lo que pudo suceder aquí. En el edificio que estudiamos, la opción más lógica para una "habitación de verano" en planta baja era la sala situada al oeste (16, Fig. 18), con puerta y ventana al jardín o patio trasero. La sala occidental (espacio 16). En este caso, la cocina estaría al sur de la misma (espacio 18), área que hoy pertenece a otra vivienda. Estaba separada de la sala por un grueso muro y con entrada independiente desde el patio (Fig. 8), esta era un vano con un arco adintelado, por encima del cual había una pequeña ventana, cubierta por arco de medio punto, que serviría para ventilar la estancia, incluso con la puerta cerrada. Desde esa se subiría por una escalera secundaria a la cocina de la planta principal, que permitiría también a los criados acceder a las habitaciones de los señores para cumplir con sus obligaciones. Junto a esta última, pudo haber habitaciones para algunos criados (espacio 25) existiendo otras encima, en la cámara superior, a la que se accedería desde esta. Con excepción de esos espacios, la mayor parte de la planta principal estaría reservada a los señores. El acceso al espacio de estos se hacía a través de la escalera principal, situada en el ángulo noreste. Como ya se ha expuesto, la arqueología de la arquitectura demuestra que debía ser bastante diferente a la actual, sobre todo por la forma en que finalizaba en la parte superior. Se han descrito dos tipos de escaleras para esta época. Unas eran un 'tronco de escaleras' semejantes a los actuales, de las que se derivaban los accesos a las distintas plantas. Otras podían "llevar directamente a la gran sala de la planta principal, a la que a veces precedía un recibidor" (Cámara 2006: 183-184). Por lo que muestra la estratigrafía del muro de la escalera, la de la Casa Grande, en época de los vizcondes, era de este último tipo. Debió haber un vano hacia el sur, probablemente con unos escalones, que quizá conectasen con un descansillo o recibidor, que no solo comunicaría con la sala principal, sino que, lateralmente, llevaría a la galería exterior. Las salas principales eran el lugar de recepción de los invitados y de exhibición de los propietarios. En la Casa Grande había en fachada tres ventanas de gran tamaño, que quizá correspondieran a otras tantas salas (22, 23, 24), aunque es posible que fueran solo dos, una de mayor tamaño, con dos ventanas y otra más pequeña, solo con una, para reuniones reducidas, como recomendaban los tratadistas. Estarían conectadas entre sí en enfilada. A las crujías del cuerpo sur debía poder llegarse desde una de las salas, o a través de la galería exterior. Quizá habría un espacio al oeste de las salas, abarcando una (espacio 26) o las dos crujías, que actuaría como distribuidor. Desde él se pasaría a las habitaciones privadas. Hay suficiente espacio para que se hubiese diferenciado entre los ámbitos masculino y femenino, como se señala en los tratados de la época. En este caso las habitaciones al exterior serían las del vizconde y las interiores las de la vizcondesa, aplicando una discriminación de género muy usual en la época (Blasco 2017; Cámara 2006; Cano 2008). Otro de los elementos que debían existir en esta zona, sería el oratorio, estancia que en estos edificios solía estar vinculada al espacio femenino, aunque fuera de uso conjunto del matrimonio (Blasco 2017: 90).Respecto a esta sala, mencionada en el siglo XIX, aunque no en el Catastro de Ensenada, el apoyo de los vizcondes a las obras religiosas y de caridad, así como la religiosidad que muestran sus hijas, llevan a pensar que debió existir desde el principio. Finalmente, en la parte superior, había otras dos cámaras, que se extendían por encima de las dos crujías del lado sur y del este, la última con la solana o tribuna de arcos en la fachada, que proporcionarían ventilación y luz. A ellas se subiría por la escalera desde el distribuidor, que desembocaría entre ambas, espacio conservado tras la "restauración". En ellas pudieron alojarse los hijos de la familia, como ocurría en otras grandes residencias (Blasco 2017: 92), en caso de no haber espacio abajo. El hecho de que la mayoría de ellos no llegase a vivir en la casa de adultos, por los motivos que hemos visto antes, y que por tanto no llegasen a necesitar espacios individuales, refuerza esta posibilidad. El catastro de Ensenada no señala la existencia de comedor en esta fase. Parece que, con frecuencia, "los distintos grupos que componían la familia (hombres, mujeres, niños, criados) comerían por separado en sus dependencias, montando una tabla sobre borriquetes" (Blasco 2017: 89), o bien se "pondría la mesa" en una de las salas. Del mismo modo el baño es una estancia que no existirá hasta mucho después, por lo que las abluciones personales se harían llevando al dormitorio un recipiente con agua. Fase V. Reforma y ampliación La secuencia derivada del análisis de los paramentos señala que, tras la construcción inicial, hubo diversos cambios. Unos pueden interpretarse como operaciones de mantenimiento, pero otros son más relevantes, y aunque pudieron producirse a lo largo del tiempo, entre 1751 y 1841, creemos que la mayoría se realizaron en un mismo momento. Podemos hacernos una idea más concreta de lo que se hizo, comparando la descripción del Catastro de Ensenada, con la que recoge el Registro de la propiedad, cuando el VI vizconde vende el edificio: Sita en la calle Arcediano No 2, con jardín y huerto; tiene de línea de fachada 21 m 34 cms con igual medida en su fondo. Piso bajo: Portal de entrada, patio, dos salas con dos dormitorios y comedor, habitación de paso, cuadra y corral con escalera al piso principal. Piso Principal: Corredor, dos salas con dos dormitorios, un cuarto oratorio, cocina, cuarto de despensa, amasadero, y encima de estas dos habitaciones dos cuartos dormitorios y subiendo a los terrados, tres graneros, un palomar, un cuarto y un pajar. El jardín y huerto tiene 1 ha. 4 a y 36 centiáreas con diferentes árboles frutales y álamos blancos. Hay tres elementos a tener en cuenta: Hasta el siglo XIX se utilizaba la vara, cuyas medidas diferían según las zonas (Maier 2005). Si esta medida es bastante exacta por lo que se refiere a la fachada (16,90 m), queda algo corta para el fondo (19,38 m). El Registro de la Propiedad, un siglo después, señala que era un cuadrado de 21,34 m. La solución más simple es suponer que se añadieron nuevos cuerpos en un lateral y en el fondo. El primero puede relacionarse con la construcción de la cuadra en el lado norte Esta, que debía estar en donde hoy se levanta una casa de pisos, ha quedado registrada por dos puertas abiertas en el muro norte. Una estaba en la planta baja, en la habitación de paso, el espacio situado bajo la escalera (3), y antiguo almacén, dicha puerta serviría para acceder a la cuadra. En 2010, cuando se construyo el edifico vecino estaba clausurada (Fig. 19). Simultáneamente, en el rellano intermedio de la escalera se abrió otra puerta (Fig. 7), para acceder a la parte superior de la cuadra, donde había otra estructura De la posible ampliación hacia el oeste no tenemos datos, ya que toda la zona pertenece hoy a otra vivienda (Fig. 2, CSA). Segundo: el número de plantas. Las descripciones concuerdan en lo básico: tenía dos pisos (bajo y principal) y una planta de cámaras. Pero la inscripción de 1843, indica la existencia de una entreplanta parcial entre la principal y la de cámaras. Esta no se conserva, pero por los planos de Alberto J. García sabemos que había una mayor altura en los extremos de la crujía sur, que en parte pudo ser aprovechada con este fin Hay una sustancial identidad en el número de salas en los dos documentos. Aparentemente, en el casi siglo y medio en los que la casa perteneció a los vizcondes, habría algunos cambios en la organización general, sobre todo relacionados con la especialización funcional. Ahora se distingue entre salas y dormitorios, y aparecen identificados el oratorio, y un comedor en planta baja. Paramento norte del zaguán. Al fondo una puerta hoy tapiada. Respecto a quién y cuándo llevó a cabo las obras, por motivos que luego veremos, es improbable que se hicieran después de 1808. Para el periodo anterior, el II vizconde pudo completar su propia obra después de 1751, pero en esa época su mujer y uno de sus hijos hacía años que habían fallecido, sus hijas eran monjas, y ya no aparece tan volcado en la localidad, por lo que no hay datos para suponer que fuera él. No hay referencias sobre las relaciones del III vizconde, D. Francisco Javier Ceballos Por otro lado, este, desde 1770 se vio envuelto en el pleito por la propiedad del palacio Villalvos-Nicuesa, en Jaén, a partir de la denuncia de Indalecio López de Sagredo (Alcázar et al. 2011: 44-45). Por el contrario, su sucesor, D. Gabriel de Ceballos (1781-1824), inicialmente reforzó su presencia en la localidad, por un lado, comprando el puesto de escribano 31, y por otro adquiriendo varias propiedades entre 1782 y 1804, incluyendo al menos una casa con fachada a la calle Hospital, es decir, limítrofe con los terrenos de la Casa Grande, para la que solicitó agua al Concejo 32, con lo que la finca llegó a tener esta vía como límite. Y hay referencias de que hacia 1784 unos canteros instalados en la población para llevar a cabo varias obras, como la reparación del puente y otras 33, trabajaron también en la Casa Grande. Parece por tanto lógico suponer que fuera este el que llevaría a cabo las reformas, al poco tiempo de heredar el título y la propiedad. La Real Academia de San Fernando, desde sus orígenes en 1744/1752, se encargará de la formación de los arquitectos y será la principal difusora de las ideas que en arquitectura se estaban produciendo en Francia e Italia. Durante la segunda mitad del siglo XVIII los tratadistas que se preocupaban por el problema de la distribución de los espacios en las casas, se limitarán a copiar modelos franceses, italianos e ingleses. Por ello, en España la teoría se disoció de la práctica, que continuó con las fórmulas tradicionales (González 2017: 270-274), aunque con algunas adaptaciones a las nuevas realidades sociales. En este sentido, la búsqueda de la intimidad, iniciada a principios del siglo XVIII, se intensifica con el desarrollo de la burguesía, y afecta todas las clases sociales. Pero los espacios se siguen organizando en torno a tres zonas: la pública o de representación, la privada familiar y la de servicio, aunque se modifica el espacio que cada uno ocupa dentro de la vivienda. A partir de estas observaciones, puede deducirse que las intervenciones tendrían la finalidad de adecuar el edificio a los cambios de costumbres. Los vizcondes debían tener una cuadra en los amplios terrenos de que disponían al norte de la casa. Pero lo que parece hacer D. Gabriel de Ceballos, es adosarla a esta, y realizar reformas en el interior de la vivienda para facilitar el acceso a la misma, unas actuaciones claramente funcionales, orientadas a reforzar la comodidad y la privacidad. Aunque ignoramos en que consistió la ampliación del oeste, no es probable que se debiera a la necesidad de más espacio por un aumento en el número de miembros adultos de la familia que residían en la misma, ya que el IV vizconde solo tuvo dos hijas, aunque diversas declaraciones indican que su hermana, D.a Isabel de Ceballos Villegas, solía pasar temporadas en la casa en el último tercio del siglo XVIII Pero el elemento que refleja mejor la transformación social es la existencia del comedor en la planta baja. C. Cámara, citando a Raffaela Sarti (2003), señala que "todavía en la segunda mitad del siglo XVIII eran muy pocas las casas que lo tenían" (Cámara 2006: 185). Después, el comedor se convirtió en el centro de la sociabilidad, donde se realizaba el desayuno, la comida y la cena (Giménez Serrano 2006: 42-43). Según estas autoras, solía estar situado en la parte interior de la vivienda, dando al patio trasero, en la planta baja, teniendo iluminación y ventilación. Su rareza, aún en la primera mitad del siglo XIX, casi medio siglo después de haberse introducido, explica probablemente que se mencione en el Registro de la Propiedad. Teniendo en cuenta el edificio y las observaciones de las autoras citadas, creemos que estuvo situado en la crujía oeste (espacio (16), donde en el periodo anterior hemos considerado como probable que hubiera una "sala de verano", a la que se accedía desde el patio, y que tenía ventana y puerta al jardín posterior, lo que garantizaba ventilación y luz natural. Estaría próximo a la cocina, que se situaría al sur (espacio (18), si es que existió una en esta planta, porque el Registro solo menciona una cocina en la primera planta. Pero no creemos que se hubiese eliminado la de la planta baja, dada la existencia del comedor. Ciertamente, podían bajarse los alimentos a través de la escalera secundaria que creemos que debía existir, pero si el comedor es un indicio de que las costumbres estaban cambiando, ello resultaría contradictorio con esa complejidad para traer la comida, que responde a un modelo social más antiguo. En cualquier caso, la existencia del comedor sugiere que la planta baja empezaba a ser utilizada también por el vizconde y su familia de forma permanente, y ello originó otros cambios, desplazando los dormitorios de los criados a la parte superior. Pero junto a la cocina de aquella planta debieron situarse otras dependencias de esta, como el amasador. El registro de la propiedad sugiere que se creó una entreplanta sobre la cocina y sus dependencias, que tenía dos cuartos, y que comunicaba con la cámara de ese lado, ámbito que podemos considerar el de los criados. Todo ello estaría reflejando la búsqueda de un aumento de la comodidad y de la intimidad, que se había iniciado a principios de siglo. De la paralización a la venta. La primera mitad del siglo XIX Los datos que tenemos muestran claramente la implicación del IV vizconde con la Casa Grande y la localidad inmediatamente después de acceder al título. Pero hacia 1785 se resolvió definitivamente, en su contra, el pleito por la propiedad del palacio Villalvos-Nicuesa de Jaén, iniciado en 1770, por lo que debió desembolsar una importante suma. Por ello, pese a la expansión inicial de sus inversiones en Los Villares, después de esa fecha estas debieron detenerse y aparentemente inició la venta de algunas de ellas Y tras la guerra de la independencia, con la extinción de los señoríos, la posición de poder de que habían gozado los vizcondes cambió, y su situación en la pequeña población empezó a ser muy incómoda. En junio de 1813 el Ayuntamiento, en aplicación de las normas aprobadas por las Cortes Generales, tomó la decisión de retirar de la fuente pública el escudo de armas de los vizcondes Ello parece que se hizo, además, en un contexto de enfrentamientos entre constitucionalistas y realistas. Esta "afrenta" se incrementaría con la pérdida de los privilegios nobiliarios decretada durante el bienio constitucional. Pese a la política absolutista de Fernando VII, los vizcondes ya no recuperarían esos derechos jurisdiccionales. Como resultado de todo ello, el vizconde y su familia empezaron a desvincularse de Los Villares, y posiblemente las visitas se hicieron cada vez más escasas, lo que hace muy poco probable que realizase obras de adecuación en la casa en esa época. Sus parientes y sucesores aparecen ya claramente desvinculados de la localidad. Su hermana, también en 1813, hipotecó la finca del Quejigal para garantizar el establecimiento de la Lotería en Jaén, y el 1 de junio de 1818 la vende al organista de la parroquia. La V vizcondesa, M.a de la Concepción Ceballos, se había casado en 1800 con el II marqués de Torrealta, cuyos intereses estaban sobre todo en Almería 38, heredó el título y la casa en 1824, y falleció en 1826, por todo lo cual es poco probable que llegase a residir en la misma. Su hijo y heredero, José M.a de Careaga (1805-1853), el VI vizconde, residió preferentemente en Granada, donde nacerían sus propios hijos (dos varones y una mujer), y donde fallecería él mismo en 1853, aunque para entonces ya había vendido la Casa Grande en 1841. La reestructuración de la casa La secuencia establecida (Figs. 5 a 9) sitúa en esta fase la introducción de buena parte de los elementos que otorgaron un valor patrimonial relevante al edificio, y por el que este fue declarado BIC. Si en la fase anterior, el análisis de los paramentos mostraba que los cambios habían sido muy localizados, en este momento prácticamente todos los ámbitos de la casa resultaron afectados por las obras que se efectuaron. El zaguán, se amplió a lo ancho unos 60 cm. Ya nos hemos referido a que la excavación puso al descubierto, delante del paramento sur (Fig. 9), los restos del muro original, eliminado y sustituido por una pared de ladrillo, situada algo más atrás, en la que se abrió una puerta. Esta daba acceso directo a la sala sur (10a) sin necesidad de entrar a la parte principal de la vivienda. También, en el lado norte, el paramento de mampostería se sustituyó por otro de ladrillo, relacionado con la trasformación de la parte superior de la escalera. Estos cambios irán acompañados de modificaciones en el vano de acceso desde el zaguán al patio. Se sube la altura del umbral, introduciendo un escalón de mampuestos unidos por mortero, que lo cubren. Además, se recortaron, y se arreglaron de la misma forma los laterales del vano, al sustituir las dos hojas que giraban en las gorroneras y quicialeras, por una puerta de una sola hoja, con bisagras (Fig. 20). Nueva puerta de una sola hoja y bisagras. Se redujo a un cuadrado de 5 × 5 m aproximadamente, rodeado en planta baja por una galería porticada, que funcionará como pasillo exterior en la planta principal. Para ello se introdujeron nuevos forjados en los cuatro lados (Figs. 5 a 8) que incluyeron la colocación de zapatas sobre las ménsulas de piedra en el lado este (Fig. 21) y dobles zapatas al oeste (Fig. 22). En el primer caso, se aprecia cómo la ruptura del muro para introducir la zapata no afectó a la ménsula, lo que confirma que esta era de la primera fase. En el segundo caso, el corte afectó a ambas zapatas, al no existir pórtico en la primera fase. Frente a ellas se colocaron zapatas de cruceta sobre la cabeza de los pies derechos, que soportaban las jácenas que estructuraban el alzado de las galerías. Zapata sobre ménsula en el ángulo sureste. Doble canes en el ángulo noroeste del patio. Ya nos hemos referido a la existente al sur del zaguán (10a). La larga sala de la crujía sur se dividió en tres partes. Al este estaba la más amplia (10b, 11 y 12), bajo la que se encontraba el sótano, y a la que se accedía por el antiguo vano desde el patio (Fig. 6). Se separó del espacio 13 con un paramento de ladrillo, semejante al del zaguán, aunque con una puerta al mismo (Fig. 23). Este espacio, cerrado de la misma forma por el oeste, seguirá comunicando con la otra crujía (Fig. 2, CS), y tendrá su propia puerta desde el patio (Figs. Esta, al abrirse en el tapial, se hizo adintelada, con un travesaño de madera recubierto de mortero y ladrillos que reforzaran aquel. En el extremo oeste se creó otra pequeña habitación (17) a la que se accedía desde la galería oeste, que también llevaba a los otros ámbitos de ese lado (16 y 18). Los cambios, además, implicaron el arreglo de otros vanos en las distintas crujías (Figs. Paramento que divide la sala sur, entre el espacio 12 y 13. Puerta desde el patio al espacio 13. El tramo inferior se hizo algo menos inclinado, como consecuencia los escalones taparon la puerta de acceso al espacio bajo la misma, al que solo podrá accederse desde la cuadra. Ese cambio de inclinación no se aprecia en el paramento norte (Fig. 7). La ventana en el rellano intermedio se amplió, eliminando el arco y haciéndola abocinada. Y se alargó el tramo superior, para que enlazase con las nuevas galerías, cortándose el antiguo acceso directo a la primera habitación. En la planta primera, no se reconocen arreglos, sino que directamente se produjo la eliminación del tapial original, para introducir otro nuevo, debido a que las modificaciones sufridas en esta fase, con la introducción del forjado de la galería debilitaron considerablemente la antigua estructura. En la sala más próxima a la escalera, se pudo estudiar el gran vano abierto al exterior, y se comprobó que las jambas se modificaron debido a la introducción del balcón. El resto de la planta no pudo estudiarse. En el siglo XIX, en la organización de las viviendas aún se seguirá la tradición dieciochesca, con los tres ámbitos: público, privado y servicios (Simó 1989). Aunque C. Giménez ha incidido en que será el sentimiento de lo privado, desarrollado en torno a la intimidad, lo que producirá una cultura de lo doméstico, de lo hogareño, que va acompañada en toda Europa de discursos sobre el tema, y que dotan a la casa de una trascendencia moral y política, tratando de justificar la estabilidad burguesa frente al auge revolucionario, y que sancionan la sociedad patriarcal. Esas tendencias conducirán a una intensificación de la especialización de los espacios, que se trata de hacer más unifuncionales, aspecto que, unido a la inmovilidad, ya que es muy difícil cambiar la función de un espacio, y a la jerarquización, por la que la importancia del espacio se manifiesta en su posición en la casa y su tamaño, conforman las leyes que caracterizarán la casa decimonónica: "un sitio para cada cosa, cada cosa en su sitio" (Giménez 2006). Estas cuestiones serán, de una forma u otra, recogidas por los tratadistas españoles a lo largo del siglo XIX. Su desarrollo responderá al intento de plasmar una "política simbólica u orden simbólico (que es) aquel modo de nombrar y entender el mundo desde un compromiso ideológico (...) Como resultado, se da en las casas de esas décadas una distribución con segregación sexual, consistente en agrupar mayoritariamente las piezas masculinas (estudio, despacho, biblioteca, salón de fumar, billar, etc.) en la zona pública, y las femeninas (tocador, toilet, sala de labor, dormitorio, etc.) en la privada" esquema que se presenta como la vivienda ideal (Cano 2008: 140). La mayoría de las propuestas estarán expresando la ideología burguesa patriarcal dominante, y aunque en algunos aspectos innovan, en otros probablemente están teorizando la realidad existente. A continuación, vamos a intentar demostrar que los grandes cambios registrados a través de la arqueología de la arquitectura en la Casa Grande, pueden fecharse en la segunda mitad del siglo XIX, y que respondían a estos modelos. Los nuevos propietarios y su vivienda El VI vizconde de Los Villares vendió la casa a D. José Francisco Molina Gutiérrez y a su mujer, D.a Casiana Campos Alcalde, en 1841, quienes la convirtieron en la vivienda familiar. Según el padrón municipal de Los Villares de 1852, en ella vivía el matrimonio (ambos de 52 años), con sus 8 hijos, 6 hombres (con edades entre 7 y 27 años) y 2 mujeres (de 16 y 19 años), la madre de él (de 80 años), y dos sirvientas Eran miembros de las incipientes clases medias, tanto por sus profesiones, como por sus relaciones familiares. José Francisco Molina era el escribano público de la población (solo había uno), puesto que antes habían desempeñado dos de sus tíos, del último de los cuales heredó la escribanía. Ella era maestra de primeras letras, hermana de José Campos Alcalde, Gobernador interino del Consejo Provincial de Jaén en 1862 y 1863 (López Cordero 1993: 153), presidente de la Real Sociedad Económica de Amigos del País en las mismas fechas, y jefe del partido Liberal. Su otro hermano, Plácido Campos Alcalde, era el médico de la localidad Pertenecían por tanto a familias con un indudable peso económico y político, formando parte de lo que puede considerarse la "élite intelectual" de la población, en una época en la que, sobre todo en los ambientes rurales, esta seguía siendo mayoritariamente iletrada. Casiana Campos y uno de los hijos murieron durante la epidemia de cólera de 1855 Entonces la finca se repartió por herencia, en régimen de proindiviso, entre D. José Francisco Molina Gutiérrez, al que correspondieron 2/3 de la finca, y los hijos del matrimonio, que recibieron el 1/3 restante de la misma. Esta parte incluirá la crujía sur, con una puerta en la fachada principal, parte de la crujía oeste (Fig. 2, CS) y el edificio añadido a continuación (Fig. 2 CS.A), con parte de los terrenos situados a continuación de este último, todo lo cual constituirá una nueva vivienda. Es lo que venimos denominando la 'casa segregada'. D. José Francisco Molina vendió su parte en 1881, sucediéndose después varias operaciones de compraventa, aunque la división de la propiedad no se ejecutó hasta 1893. Es esta parte la que fue declarada BIC y la que constituye el edificio estudiado. La distribución de esta casa, según el Registro de la Propiedad en 1893, era la siguiente: Piso bajo: portal de entrada, galerías, patio, cuatro habitaciones, un tránsito por debajo de dicha escalera principal 42, otra de escape, cuadra con puerta accesoria a la calle Arcediano, escalera de subida al pajar que hay sobre la citada cuadra y un huerto con varios árboles frutales. En el piso principal galerías de comunicación, dos salas, dos alcobas, escaleras, sala con chimenea francesa, y dos cuartos dormitorios. En el segundo dos cámaras de teja vana, un cuarto y escaleras de subida al tercer piso que contiene una cámara. Además, contiene la referida finca un departamento en la planta de sótanos. Comparando esta inscripción, con la de 1841, la conclusión es que los cambios tuvieron que ser introducidos por Francisco y Casiana, y que estos debieron tener una inmediata traducción funcional. Interpretación de la funcionalidad de la nueva vivienda A la hora de establecer la funcionalidad de las habitaciones, de los distintos esquemas que hemos podido consultar, publicados y comentados desde finales del siglo pasado, a pesar de que la mayoría de ellos coinciden en numerosos aspectos, hemos optado por utilizar de forma específica la propuesta del arquitecto Enrique M.a Repullés y Vargas (Giménez 2006: 16-17) quien, en 1896, en su discurso de ingreso a la Real Academia de San Fernando, habló sobre "La casa-habitación moderna desde el punto de vista artístico", y en la que, entre otras, detallaba cómo debía ser la de las clases acomodadas. Para la de pisos de alto nivel establece 6 secciones, según el grado de privacidad y la función: Piezas destinadas a tratar de negocios, en las inmediaciones de la entrada. Son el vestíbulo o recibimiento y el despacho, claro y alejado de los ruidos del interior. Se destina a la recepción de visitas y celebración de fiestas y reuniones. Como mínimo habría dos piezas, destaca un salón para reuniones y una pequeña sala o gabinete, para las visitas de cada día. Este tendrá puerta independiente y enlace con la primera. La forman las salas familiares y gabinetes de confianza, biblioteca, comedor, oratorio, etc. para uso de toda la familia y donde se recibe a los amigos íntimos y parientes. La sala familiar es la pieza que caracteriza a esta sección y constituye el verdadero hogar Son las habitaciones privadas de cada miembro de la familia: dormitorios, tocadores, guardarropa, cuartos de trabajo, que responde a las necesidades individuales. Comprende las habitaciones de los sirvientes. Las dependencias necesarias para el servicio doméstico: cocinas, piezas para lavado y planchado, etc. despensas. Las cuadras deberán alejarse para evitar ruidos y malos olores. C. Giménez señala que, aunque la descripción de Repullés se refiere específicamente a la vivienda de pisos de alto nivel, los palacetes decimonónicos tenían una distribución muy similar, es decir, la planta baja dedicada a recepción y representación, para un público reducido y privilegiado, dejando la planta alta reservada para la privacidad interior de la familia (Giménez Serrano 2006: 20). La Casa Grande de Los Villares no encaja en ninguno de estos dos tipos, pero hay suficientes elementos como para considerar la presencia en ella de todos los elementos incluidos en las diversas categorías. Los cambios en este fueron relevantes. Se amplió a lo ancho unos 60 cm, reforzando sus funciones como recibidor. Una nueva puerta dará acceso a la sala sur (10a) sin necesidad de entrar en la vivienda. Esta sala se iluminaba con una ventana a la calle, y tenía otra puerta de acceso al patio. Es difícil no ver en este cambio el propósito de crear el despacho que Repullés cita en su Sección 1, un espacio adecuado para que el escribano recibiera a sus clientes, sin necesidad de que estos entraran en la casa. Se garantiza así la atención al público, junto con un absoluto respeto hacia el espacio privado. La eliminación de los paramentos que debían dividir ese sector (10a-10b) impide saber si el 'despacho' estaba aislado o existió comunicación con alguna de las habitaciones de la crujía sur, donde estarían las otras habitaciones privadas masculinas que suelen mencionarse en estas casas (despacho privado, biblioteca...). Finalmente, la antigua doble puerta al patio se sustituye por otra de una sola hoja, con bisagras, otra señal de modernidad. Al patio solo tendrán acceso los miembros de la familia o las personas de confianza de los dueños. El patio y las galerías. Como se ha señalado, el patio se redujo a un cuadrado de 5 × 5 m aproximadamente, rodeado por una galería porticada. Esta ha sido un elemento central en la caracterización de la Casa Grande como residencia nobiliaria, pero ya hemos visto como la lectura estratigráfica de los paramentos indica que se introdujo mucho después de la construcción del edificio. Otro indicio de que son tardías es el hecho de que en el siglo XVIII para el techo se utilizaba un sistema de bovedillas, cuyos laterales se adosaban a las vigas, que apoyaban en los canes del entrevigado. En cambio, los canes colocados en esta casa no cumplían ninguna función portante, y parecían estar puestos simplemente de adorno (Fig. 25). Y, como hemos visto, se mencionan por primera vez en el Registro de la Propiedad en la inscripción de 1893, por lo que es bastante seguro que fueran Francisco y Casiana los que las introdujeron a mediados del siglo XIX. Zapatas en el entrevigado. La anchura de las galerías varía entre los 1,2 m del lado norte (quizá porque en este no había habitaciones y su función, tanto en la planta baja como en la principal, era la de un pasillo que comunicaba las alas este y oeste) y los 2,4 m del lado oeste (donde, al menos en la planta baja, quizá estaban las habitaciones de uso común más frecuente, y en la que además se abrieron vanos en los extremos sur y norte). El patio y las salas. El patio se convirtió en un espacio que no era ya solo distribuidor, sino que también era susceptible de ser utilizado para desarrollar en él parte de la vida doméstica, incluso como 'sala familiar' donde tenía lugar parte de la vida en común, a la que se alude en la sección 3 de Repullés. De este bloque debían formar parte el comedor y la cocina. Como en la fase anterior, la única opción viable para el primero, es la tantas veces citada habitación de la crujía oeste (16), con un ventanal y una puerta de salida al jardín posterior. Respecto a la segunda, dado el reducido servicio, debió haber solo una, en la misma planta baja, situada en el extremo suroeste de la casa, y próxima al comedor familiar (18). En el lado sur, la larga sala, aunque se divide en tres ámbitos, dos debieron seguir siendo de almacenaje, quizá uno de carácter general, encima del sótano o bodega, y otro como una despensa para guardar los enseres de uso diario. Entre ambos se individualiza el paso con la otra crujía. Quizá ello este indicando que en esta última se creó un 'apartamento' amplio, con una notable independencia, quizá para la madre del escribano, o que se crearon habitaciones individuales para los hijos varones mayores, que en 1849 seguían viviendo en la casa y tenían 27, 23 y 21 años. La nueva escalera era un volumen cúbico, que se cubría con una cúpula oval encamonada bajo cubierta. Si la anterior llegaba directamente a la sala principal, esta se convierte ahora en un elemento totalmente independiente, que desemboca en la galería superior. En este sentido C. Cámara ha señalado como "la escalera principal se convirtió con el tiempo en un elemento aislado de las estancias, no obligaba a pasar por ellas y, aunque pudiera llevar a la sala en sus primeros tramos, simplemente comunicaba las distintas alturas de la casa" (Cámara 2006: 184). Las salas principales siguen situadas en la fachada, pero a ellas se accederá ahora desde la galería. Al igual que la habitación junto al zaguán encaja en la Sección 1 de Repullés, la Sección 2 parece estar describiendo las estancias situadas en la planta principal, a la izquierda de la escalera (22, 23, 24), donde ahora las grandes ventanas se convierten en balcones. Esas habitaciones tendrán acceso independiente desde la galería, rompiendo con la secuencia de estancias conectadas en enfilada, características de la época moderna, aunque pudieran estar comunicadas. El Registro de la Propiedad resalta, sin duda por ser poco corriente en la zona, que en una de las salas había una 'chimenea francesa'. Estas se habían convertido en un elemento casi imprescindible en las casas acomodadas, sobre todo a partir de las mejoras introducidas por Rumford en 1795 (Rybczynski 1986: 137-138), reduciéndose de tamaño y mejorando su capacidad calorífica. Se encontraría empotrada en uno de los muros, con el fin de calentar la habitación. Lamentablemente, la falta de análisis de dicha planta nos impide identificar donde estuvo exactamente, pero debía estar en un ámbito relacionado con la zona pública, donde podía ser exhibida a los visitantes de confianza o 'de respeto'. En torno a ella se realizarían reuniones elegantes, tendrían lugar juegos de mesa, etc. La zona privada, se situará en el cuerpo sur (la sección 4 de Repullés). A varias de esas habitaciones podía accederse ahora desde la galería del mismo lado. El nuevo tipo de familia reduce o modifica el número de espacios necesarios para el matrimonio. El dormitorio conyugal se convierte en un elemento obligado, eliminando la anterior división entre los esposos, lo que también afectaría al número de antecámaras. Ciertamente siguen existiendo estancias para cada uno de ellos, para él, el despacho en planta baja y quizá otras estancias (despacho privado, biblioteca, etc.), siempre próximas a las zonas públicas. Para ella, salita de estar, gabinete, etc. Podrían estar también las habitaciones de la madre de él. Los numerosos hijos podían distribuirse entre la planta baja, como hemos apuntado, el ala oeste (Fig. 3, espacios 25, 26 y 27) y las cámaras sobre las fachadas este y sur, respetando la tendencia a que todos dispusieran de habitaciones individuales, y sobre todo a la división por sexos, estando las habitaciones de ellas en la zona más retirada y controlada, como exigía el 'decoro' patriarcal de la época. El Registro, aunque con cierta imprecisión, confirma la existencia de una entreplanta con diversos ámbitos. Parece razonable pensar que fuera el espacio del servicio, ahora reducido a dos mujeres. Decíamos al principio de este epígrafe que el edificio de Los Villares no encajaba exactamente dentro de las categorías a las que se podía aplicar la categorización de E. M.a Repullés, sobre todo al no existir una separación entre todas las 'secciones', e incluso al tener algunas de ellas, según nuestra interpretación, varias funciones. Pero creemos que la organización respetaba las divisiones de la casa burguesa, adaptándolas a unas condiciones concretas. Por supuesto, la asignación de unos espacios a unos u otros miembros de la familia es puramente hipotética, y probablemente cambiaron con el tiempo (crecimiento de los hijos, fallecimiento o marcha de algunos miembros, etc.) y caben otras opciones. Con independencia de ello nos ha parecido conveniente apuntar algunas posibilidades, porque marcan la distancia entre la teoría y la práctica, una práctica en la que sin duda el elevado número de hijos de la familia debió tenerse en cuenta. La casa a finales del siglo XIX y en el XX En el último siglo se produjeron una serie de cambios relevantes que se reflejan claramente en la secuencia establecida. El estudio posterior nos ha permitido relacionar los mismos con una serie de actuaciones que implicaron, por distintos motivos, la amputación o separación de partes del edificio y su entorno. Puesto que estas se reflejan claramente en los cambios de propiedad, en la documentación escrita y en el edificio, podían establecerse las fases en torno a ellas. Pero como hemos hecho hasta aquí, las fases se articulan a partir de la lectura de los paramentos. Su correlación con sucesos externos, corresponden a la fase de la interpretación. Se caracteriza por el tapiado y modificación de algunas puertas en las crujías sur y oeste. En la primera ello afectó al vano de comunicación entre las crujías (13, UUEE 1147-52), mientras que en la segunda (14), se cegaron tanto una puerta como una alacena (Fig. 8) enrasando el cierre con los muros, quedando quizá los huecos en la otra vivienda. Estos arreglos y modificaciones parecen relacionarse con la segregación de la parte sur de la vivienda a finales del siglo XIX. También se cierra la puerta norte al jardín (espacio 8, Fig. 26). En la mayor parte de estos cierres se utilizaron piedras planas, colocadas a la palma unidas con mortero de yeso. Lectura de la puerta al jardín norte. Se produce el cegamiento de las otras puertas que conectaban con los espacios exteriores del lado norte, como la situada en el rellano de la escalera (UE 1094, Fig. 7). Probablemente también se cerró ahora la puerta que comunicaba con la cuadra, al tiempo que se abre una puerta desde el zaguán al espacio bajo la escalera (Fig. 9). Estas acciones pueden relacionarse con la progresiva división de la propiedad a lo largo de la primera mitad siglo XX, por herencias y ventas, que llevó a la segregación de los terrenos que rodeaban el edificio por el norte, y por tanto al cierre a las salidas a esos espacios. Así mismo se llevan a cabo otras modificaciones, como la apertura de una ventana en la crujía sur (Fig. 6, UUEE 1021-22) o la nodificacón del antiguo paso entre las crujías, que se convierte en una alacena (Fig. 11, UE 1142). En varios de estos cierres se emplea ahora un aparejo de ladrillos colocados a la palma Se ciegan parcialmente las galerías al patio (Figs. 27 y 28) y se produce la conversión de puertas en ventanas en los lados este y sur, así como la apertura de otras en este último lienzo. Estos cambios se han relacionado la división del edificio entre una vivienda y un local comercial, que abarcó gran parte de la crujía sur (10a, 10b, 11 y 12), producida en 1967, y que conllevó otros cambios para adaptar el edificio. Como se indicó al principio, ahora se utiliza mayoritariamente el cemento, y se generaliza el ladrillo hueco. Galería este separando el local comercial de la vivienda. A la izquierda el vano al patio. Como se señalaba en la introducción, el edificio que hemos estudiado fue declarado BIC en 2007. Ello se hizo a partir de la valoración de unos elementos artísticos, con unos presupuestos cronotipológicos que se han revelado incorrectos. Pero los cambios, tanto en el tiempo como en la forma, sin duda muy profundos, producto de la investigación que se ha llevado a cabo, no disminuyen el interés de esta edificación, sino que, por el contrario, lo aumentan, debiendo valorarse sobre todo la complejidad y riqueza de su proceso de formación. Creemos que es un buen ejemplo de la distancia que hay entre las concepciones estáticas, y la realidad dinámica, clave para comprender la historia de las adaptaciones de los edificios a los cambios sociales (Azkarate 2013), que a fin de cuentas debe ser uno de los objetivos de una arqueología histórica. Como decíamos más arriba, es la lectura de los paramentos la que ha permitido establecer la secuencia, algo que ninguna otra fuente puede hacer. Y a partir de ello ha sido posible interpretar dichos cambios, no solo en su aspecto físico, sino en cuanto a su componente de transformación del edificio. Pero esos componentes pueden y deben matizarse, completarse y, en su caso, interpretarse, con la ayuda de la documentación escrita o de otro tipo. Por otro lado, los estudios sobre el uso del espacio, que tratan de analizar la forma de vida, la organización del espacio por las familias, etc., exclusivamente a partir de los textos, se encuentran con el problema de que, aunque cuenten con descripciones de viviendas, dada la parquedad de las mismas, no acaban de conseguir explicar cómo eran realmente estas, fuera de algunos planteamientos generales. Creemos que, uniendo la secuencia proporcionada por la arqueología de la arquitectura y la documentación escrita, incluso en el caso de que esta no sea muy abundante, es posible ir más a allá, y que ello tiene relevancia a la hora de profundizar en el análisis de la familia, y de su proyección social, y este es un campo sin duda de gran relevancia. Y que exige una nueva profundización en la fase de análisis. Finalmente debido a la 'restauración' efectuada, ya no se conserva casi ninguno de los elementos que hemos descrito, y por los que se decidió preservarlo. Por ello, la documentación recogida, e interpretada, se ha convertido en el único archivo de la memoria del mismo y de sus múltiples significados sociales. Lamentablemente la profunda falta de sensibilidad hacia el patrimonio, hace que nuestro país siga perdiendo arquitectura histórica.
Implementación SIG de modelos analíticos predictivos del sistema castramental dispuesto por el concejo de Sevilla en torno a la Vía de la Plata en la Baja Edad Media* El artículo define aspectos metodológicos e instrumentales del modelo predictivo diseñado para el análisis del sistema castramental dispuesto por el concejo de Sevilla en la Baja Edad Media en torno a la Vía de la Plata. Para ello, se realizó una aproximación hermenéutica a los patrones de fortificación de este territorio histórico, identificando los factores determinantes en la implantación espacial que permitiesen inferir pautas locacionales. El objetivo fue la detección de torres, atalayas u otras estructuras defensivas satelitales que complementasen el sistema nuclear en torno al que se vertebraba este espacio castral evaluando el modo en que tales arquitecturas interaccionaban con las fortalezas conocidas. Para su caracterización se abordaron diversos análisis geoespaciales de intervisibilidad y transitabilidad espacial. Significando el hallazgo arqueológico de la Torre del Alto del Viso, resultante de la prospección de una de las áreas de alta potencialidad, se aporta el estudio comparando de los resultados analíticos soportados en cartografía predictiva derivada de la implementación a través de SIG de las distintas modelizaciones: booleana, resultante de una combinación binaria por álgebra de mapas; EMC, fundada en la superposición ponderada de variables normalizadas; Superposición Difusa, resultante de la aplicación de la lógica difusa al proceso analítico. Tras la conquista, en 1248, de la que fuera antigua capital del califato almohade por el monarca castellano leonés Fernando III, después del largo asedio al que fue sometida Išbīliya (García Sanjuán 2017: 22), su hijo, Alfonso X concedería al concejo de Sevilla, en 1253, un vasto alfoz que representaba el límite espacial de sus dominios. Se incluían en él amplios territorios ubicados al norte de la capital hispalense, sede de la autoridad concejil, a la que la monarquía encomendará la guarda y defensa de toda su Tierra. La labra a finales del s. XIII de las fortalezas erigidas en el límite noroccidental del alfoz de Sevilla, integradas en la red castramental conocida historiográficamente como la Banda Gallega, respondió en origen a la necesidad de demarcar la jurisdicción de la Tierra de Sevilla en un ámbito fuertemente ruralizado y débilmente poblado, falto de articulación defensiva que aportase debida cohesión espacial (Casquete de Prado 1994: 181). Ultimada la conquista militar de este territorio histórico y derivada de la propia secuencia espacial en que hubo de materializarse la misma, surgió un conflicto territorial entre el concejo de Sevilla y las órdenes militares del Hospital, del Temple y de Santiago que motivó la necesidad de construcción de los castillos de Cumbres y Santa Olalla (García Fitz 1998: 231), viniendo a constituir tales limes demarcatorios de las tierras de realengo y las encomiendas a tales órdenes militares una "franja de fricción" derivada de la "falta de polarización, de delimitación nítida de zonas de influencias entre los centros de población y de jurisdicción importantes" (García Fitz 1998: 261). El proceso de "encastillamiento" persiguió no solo la reorganización del poblamiento frágil y disperso de estos espacios de frontera sino también "la ocupación de facto de sectores fronterizos de dudosa pertenencia a Castilla" (González Jiménez 1989: 222). Se persiguió así fijar población en estos espacios periféricos, alejados de toda centralidad ostentada por la capital concejil, para garantizar la integridad de sus dominios y su control político y fiscal. Operando ya en el s. XIV, en el contexto de las hostilidades con el vecino reino de Portugal derivadas de las reclamaciones territoriales en virtud de sendos derechos de conquista, vinculadas a la "cuestión del Algarve", una labor defensiva determinante frente a eventuales incursiones provenientes de la Raya lusa. Estas fortalezas de la Banda Gallega operaron un control estratégico de la vereda de Portugal materializado a través de la interacción visual de la fortaleza de Encinasola, ubicada a pocas leguas de la frontera, con las de Cumbres de San Bartolomé y Cumbres Mayores, así como procurando la vigilancia de la rivera del Múrtiga a través del castillo de Torres una vez que el mismo, construido en origen por la Orden del Hospital para la Corona de Portugal, pasó a la jurisdicción castellana (Fondevilla 2019). Esa situación de vulnerabilidad cierta de su límite septentrional se tradujo en la puesta en marcha por el concejo de Sevilla de un programa constructivo que en este concreto ámbito geográfico se iniciaría con la erección de la imponente fortaleza de Santa Olalla del Cala (Valor y Casquete de Prado 1994: 478), cuya construcción fue autorizada por la cancillería real de Sancho IV de Castilla, en virtud del privilegio suscrito en la villa de Toro, el 4 de noviembre de 1293, por el que se autorizaba al concejo de Sevilla a la construcción de dos castillos para la protección de sus fronteras "uno en las Cumbres e otro en Santaolalla" (AMS, Secc. 1o, cap. 4o, fol. 30), decretando el cobro durante seis años de quinientos maravedís de las tercias reales en los lugares de Almadén de la Plata, Cala, El Real de la Jara, Santa Olalla del Cala y Cumbres Mayores. El límite septentrional del alfoz de Sevilla lindaba con territorios afectos a la encomienda de la Orden Militar de Santiago, integrados en el priorato de San Marcos de León, surcados por la principal vía de penetración que unía el valle del Guadalquivir con la meseta, la Vía de la Plata. Esta antigua calzada romana, ajustando su trazado, mantuvo su vigencia funcional en la Baja Edad Media, articulando en sentido vertical este espacio geográfico, que representaba la principal arteria de penetración espacial sobre el reino de Sevilla, no solo dotada de dimensión militar sino preeminentemente vinculada a funcionalidades ligadas al comercio y tránsito de mercancías, personas y ganado. Su traza respondía a un eje franco que, atravesando las estribaciones montañosas de la Baja Extremadura avanzaba hacia el sur adentrándose en las altiplanicies que circundaban la capital hispalense, conduciendo directamente hacia una Sevilla que pronto entendería la necesidad imperiosa de procurar un control estratégico sobre la misma, al objeto de garantizar la integridad territorial de sus dominios, así como habilitar un control fiscal sobre el tránsito de ganado y mercancías. En tal sentido resultaba relevante la tributación en concepto de portazgo del ganado trashumante que suponía un ingreso relevante para las arcas del concejo de Sevilla en esta demarcación de la Sierra de Aroche. Por tales funcionalidades de protección ofrecida a sus pobladores y a quienes transitaban por caminos históricos como el de El Realejo o la propia Vía de la Plata, se concedió en 1273 franqueza por parte de Sevilla a El Real de la Jara, denotando con ello su relevancia en la estrategia de fijación de población en la zona y en la securización de itinerarios de tránsito (Casquete de Prado 1994: 181). La triangulación defensiva sobre la Vía de la Plata se completaría con la construcción, a lo largo del s. XIV, de las fortificaciones de El Real de la Jara y Cala, que ultiman el dibujo poliorcético (Fig. 1) estando interconectadas visualmente entre sí (Romero y Rivera 2004; Fondevilla, Romero y Rivera 2012; Fondevilla 2016: 195). Sin embargo, la interconexión visual entre esta tríada de fortalezas no era total, dado que desde el castillo de Santa Olalla era nítidamente perceptible el de El Real de la Jara, pero no el de Cala, ocultado por el obstáculo visual que representa la Sierra del Cerrado. Desde el Real de la Jara, sí resultaban visibles tanto la fortaleza de Cala como la de Santa Olalla, sirviendo de enlace que posibilitaba la interconexión indirecta entre ellas. Imagen aérea de las fortalezas de Cala, Santa Olalla del Cala y el Real de la Jara. El objetivo de la investigación abordada consistió, en primera instancia, en el análisis geoespacial preciso del sistema poliorcético conocido, diseñado para el control estratégico de este espacio geográfico, estudiando las interacciones espaciales entre fortalezas y sus relaciones de intervisibilidad, para el control visual del territorio histórico. Una vez analizado este, el segundo objetivo fue establecer una metodología predictiva destinada a identificar áreas de alta probabilidad de existencia de nuevas arquitecturas defensivas complementarias respecto de la red de fortalezas existentes no detectadas hasta la fecha. Se optó para tal fin por el uso de metodologías de Evaluación Multicriterio (EMC) implementadas a través de Sistemas de Información Geográfica (SIG) (Barredo 1996). El primero de los apartados referente al análisis geoespacial fue ya abordado en detalle en una publicación específica (Fondevilla, Rivera y Ampliato 2018). Es por ello que en este artículo centraremos la atención en la metodología utilizada para la producción de la cartografía predictiva, identificando variables espaciales que puedan constituir factores coadyuvantes o limitantes. La cuenca visual acumulada (Wheatley 1995; Wheatley y Gillings 2000, 2002) de las fortalezas de Cala, Santa Olalla del Cala, El Real de la Jara y Almadén de la Plata, define un área de interacción visual entre ellas, gradándose el espacio controlado entre los valores 0 y 4 según el número de castillos desde el que es visto esa determinada celda del MDE rasterizado (Fig. 2). Los valores nulos ilustran espacios desde los que no existe interconectividad visual. Si lo que se busca es la existencia de una posible fortaleza que complemente el dibujo defensivo reforzando el control sobre el territorio, la misma ha de estar conectada visualmente al resto de la red de fortalezas, para que puedan interaccionar conformando un sistema defensivo coherente. Es por ello que aquellos espacios en los que el valor era nulo quedaron excluidos del análisis. Por el contrario, el resto de espacios que resultaban visibles por una, dos, tres o las cuatro fortalezas se incorporaron como factores gradando su peso en función del número de enclaves fortificados desde el que era controlado ese espacio geográfico. Cuenca visual acumulada de las fortalezas de Cala, Santa Olalla del Cala, El Real de la Jara y Almadén de la Plata La primera labor abordada fue la del modelado espacial, generando un Mapa Digital de Elevaciones (MDE) a partir de las isohipsas de la Base Topográfica Nacional a escala 1:25.000 (BTN25), en formato shapefile (ETRS89-29N) del Instituto Geográfico Nacional (IGN), construyendo un TIN (Triangular Irregular Net) vectorial, obtenido por triangulaciones de Delaunay dispuestas entre los vértices orográficos que definen la morfología de la superficie, y rasterizando a continuación el mismo para obtener un MDE ráster con una resolución adaptable a las distintas escalas de análisis. Para estos geoprocesamientos de optó por una resolución de 5 m de tamaño de la celdilla, definiendo ámbitos de análisis territorial de 25 m2. Sobre este relieve orográfico se georreferenciaron las entidades espaciales y se vectorizaron y trazaron sus geometrías y su topología espacial, a la cual se vincularon los atributos temáticos descriptivos, conformando un modelo híbrido o georrelacional. Por geoprocesamiento espacial se obtuvieron las variables orográficas del territorio así modelizado, rasterizándose a la misma precisión del MDE a efectos de su consideración en los respectivos procedimientos analíticos, junto al resto de variables ambientales y culturales (Fernández Cacho 2009: 25). Como factores de estudio se tomaron en consideración la elevación orográfica, la pendiente orográfica, la proximidad a la red hidrográfica, la distancia a limes demarcatorios o fronteras interiores históricas y la distancia al principal eje de vertebración territorial, la Vía de la Plata, en su trazado histórico que no es exactamente coincidente con la actual autovía ni con el de la carretera nacional. Para el cálculo de las distancias a la red hidrográfica, como el parámetro de estudio era el de proximidad espacial se optó por calcular buffers de distancia recta o euclidiana. Por el contrario, dada la anisotropía del medio físico, fuertemente marcado por su relieve orográfico, como parámetro de cálculo para evaluar las distancias de recorrido a las fronteras o límites y a la Vía de la Plata, se acudió al concepto de distancias ponderadas, considerando la relación entre distancia y coste de desplazamiento espacial (LLobera 2000; LLobera y Sluckin 2007; Murrieta 2012) según niveles de impedancia o resistencia al desplazamiento. Para la obtención de los valores sintéticos de impedancia espacial (Bermúdez 2004; López Romero 2005; Herzog 2013) se elaboró una capa de fricción o rugosidad, por álgebra de mapas, combinando la pendiente y la curvatura orográfica que afecta a la velocidad y la dirección de desplazamiento, definiendo gradientes de tránsito espacial que vinculan los parámetros de distancia-coste. Las redes hidrográficas se estratificaron en función de su caudal, asignando a las mismas valores de impedancia que condicionaban el tránsito. No existen en este ámbito geográfico cauces de suficiente escala como para conformar barreras infranqueables, se trata de una red hidrológica cuyo caudal y escorrentía es de marcado régimen estacional. Para el desarrollo de las fases metodológicas del proceso EMC, estos factores se normalizaron y estandarizaron (Fig. 3) para que resultasen superponibles espacialmente y operables por álgebra de mapas. Cada factor se correspondía así con entidades geográficas estructuradas en capas temáticas que permitían ser procesadas para abordar la resolución de los problemas espaciales complejos a cuyas solicitaciones se les sometió en el contexto de este estudio (Malczewski 1999: 97). Estandarización y normalización de variables orográficas: Elevación y Pendiente orográfica. Matrices de comparación y cálculo de índice de consistencia lógica. Para el desarrollo del procedimiento EMC, implementado a través de tecnologías SIG, en esta investigación se optó por un modelo compensatorio aditivo (Barba-Romero y Pomerol 1997) para la evaluación de alternativas, instrumentalizados a través del método de Sumatoria Lineal Ponderada (SLP), en virtud del cual cada alternativa de estudio se halla por sumatoria de las sucesivas multiplicaciones de cada factor normalizado por sus respectivos pesos. El resultado de este procedimiento fue la obtención de cartografía predictiva resultante de la combinación, por álgebra de mapas, de las distintas capas de información sometidas a un geoprocesamiento espacial de superposición ponderada en base a los pesos y criterios de estudio referidos (Fig. 4). Método SLP formulado para la Evaluación Multicriterio de las variables de estudio. Los análisis anteriores se refieren a operaciones llevadas a cabo sobre conjuntos nítidos o discretos integrados por cada uno de los factores de estudio. En la investigación, a efectos de depurar aún más el modelo analítico, se optó por incluir metodologías aditivas fundadas en los principios de la lógica borrosa. Esta aplicación de la lógica borrosa al proceso analítico permitió definir un sistema multivaluado que opera una transición suave entre los límites de las categorías de los factores de estudio (Borrough 1989). La asignación y superposición borrosa requiere la previa definición del modelo en términos lingüísticos (Zadeh 1968). La "fusificación", o conversión de las variables nítidas en variables borrosas o difusas, precisó la determinación de los grados de pertenencia de cada variable a cada conjunto borroso a través de la asignación de funciones de pertenencia borrosa μA(x) (Borrough y McDonnell 1998) (Fig. 5). Asignación a las variables de funciones de pertenencia borrosa (Fusificación). Resultados analíticos del procedimiento EMC de variables discretas La Superposición Lineal Ponderada arroja unas áreas potenciales gradadas en rangos de potencialidad (1-8) que, en su tramo máximo, correspondiente con la mayor probabilidad de existencia de una fortaleza, define un valor de 6,99 ha, representando un 0,02 % del área total de estudio, que se corresponde con un espacio geográfico de 31.190,37 ha (Fig. 6). Probabilidad de existencia de fortificaciones medievales en el territorio en relación a la ubicación de la Torre del Alto del Viso. Cartografía predictiva obtenida por EMC. Combinación lineal ponderada de 6 criterios Resultados analíticos del procedimiento de superposición booleana binaria La superposición booleana da como resultado un mapa predictivo bivaluado, en el que cada celdilla obtiene un valor binario (0 para la potencialidad nula y 1 para los suelos aptos). El modelo arroja como aptos una superficie de 1.207,50 ha, que se corresponde con un 4 % del ámbito geográfico evaluado (Fig. 7). Mapa predictivo de aptitud locacional obtenido por superposición booleana en relación a la ubicación de la Torre del Alto del Viso. Resultados analíticos del procedimiento de Superposición Borrosa de variables continuas fusificadas La Superposición Borrosa da como resultado un mapa predictivo que representa áreas potenciales de presencia de fortalezas que adopta valores continuos dentro del intervalo [0,1]. "Desfusificando" los datos resultantes y reclasificándolos en 9 rangos obtenemos para la mayor área potencial una superficie de 14,93 ha que se corresponde con un 0,05 % del ámbito geográfico evaluado (Fig. 8). Áreas potenciales de fortificación obtenidas por superposición difusa de 6 criterios de estudio en relación a la ubicación de la Torre del Alto del Viso. Discusión de los resultados. Localización de la torre del alto del viso y cálculo de la cuenca visual complementaria Caracterizado el patrón de distribución espacial de estas fortalezas y las variables que en forma de factores y limitantes influyen en su pautas locacionales, los modelos lógicos predictivos definidos permitieron inferir espacios en los que existía una potencialidad de existencia de tales fortificaciones integrantes del sistema castral, que permiten grafiar áreas de distinto potencial arqueológico o "sensibilidad" diferencial (Fernández Cacho 2009: 8) que han de ser contrastadas in situ a través de prospecciones arqueológicas. El modelo inductivo-deductivo propuesto se asienta en un posicionamiento hermenéutico en el acercamiento a la escala crono-espacial del territorio histórico analizado, en el que la orografía constituyó un factor determinante en la estrategia de fortificación. En los tres modelos lógicos predictivos expuestos se consigue reducir ostensiblemente el área potencial de susceptibilidad de presencia de fortalezas, circunstancia que permite la prospección de un territorio más abarcable. Dentro de estas áreas se significan dos ámbitos espaciales bien diferenciados. El primero de ellos se corresponde con un espacio en el que se erige una fortaleza conocida de origen andalusí, el castillo de Santa Marta (Romero y Rivera 1999), en sus proximidades se detectó en la prospección espacial realizada una ermita bajomedieval, que ilustra la existencia de poblamiento asentado en ese lugar tras su conquista cristiana, si bien la misma no se ubica en su cumbre. Se trata de un emplazamiento dotado de una enorme prevalencia hipsográfica desde el que se controla un amplio espacio, pero en el que no se documentó ningún registro que correspondiera a una fortaleza de cronología bajomedieval cristiana sino emiral. El otro espacio especialmente significado en el modelo predictivo se correspondía con una elevación orográfica ubicada en la cordillera del Viso en la que no se conocía la existencia de ninguna fortaleza. La prospección arqueológica de este espacio permitió la detección de la Torre del Alto del Viso (Fig. 9), que se eleva sobre un altozano próximo a la fortaleza de Santa Olalla del Cala, hacia poniente de la misma. Su emplazamiento se ubica dentro del área de mayor potencialidad arrojada por cada uno de los modelos predictivos (EMC y Fuzzy) y adscrita, a su vez, a los ámbitos espaciales definidos como aptos en el modelo booleano. Se trata además del único espacio en el que el estudio de la cuenca visual acumulada de las cuatro fortalezas de realengo arrojaba un valor acumulado de 4, es decir, que se trata de un espacio controlado visualmente por los cuatro castillos, con los que interaccionaba visualmente. Su caracterización edilicia ha sido abordada en el artículo antes referido (Fondevilla, Rivera y Ampliato 2018). Imagen aérea de la Torre del Alto del Viso. Se observa su estructura, así como el aterrazamiento previo que resguarda el acceso a la misma. Imagen ortogonal y traza de su planta La Torre del Alto del Viso presenta una amplia cuenca visual que complementa la del castillo de Santa Olalla del Cala, posibilitando el enlace óptico entre este y Cala (Fig. 9). Su cuenca visual es también netamente complementaria respecto de la cuenca visual acumulada de las fortalezas de Santa Olalla del Cala, Cala, El Real de la Jara y Almadén de la Plata, aportando control estratégico respecto de los caminos provenientes de poniente que surcaban horizontalmente los dominios de la Tierra de Sevilla en la Baja Edad Media (Fig. 10) confluyendo en la Vía de la Plata en el punto exacto en el que se erigió el castillo de Santa Olalla, que representaba, en tal sentido, un nodo espacial, que permitía un control efectivo de estos dos ejes axiales de vertebración territorial. Cuenca visual de la Torre del Alto del Viso en relación a la cuenca visual acumulada de los castillos de Cala, Santaolalla, El Real de la Jara y Almadén (9 + 10 + 12 + 13). La metodología predictiva desarrollada detecta otros espacios aún no prospectados considerados de media o a alta potencialidad, que pueden arrojar nuevos hallazgos referentes a la detección de atalayas, o torres camineras o de itinerario que sirviesen de apoyo al sistema nuclear de fortalezas conocidas, aportando una herramienta de análisis espacial que permite el estudio sistémico de las interacciones del conjunto castral que funciona como una red estructurada apostada sobre un territorio histórico al que aportaban guarda y defensa. Estas fortalezas protagonizaron hacia la Baja Edad Media un proceso de encastillamiento del territorio que dio sustento a las estrategias repobladoras, fijando el poblamiento al resguardo de sus imponentes torres y lienzos de muralla, conformando, en suma, hitos referenciales de un paisaje cultural al que dotaron de articulación espacial, constituyendo nodos en torno a los que se jerarquizaba el espacio castral.
Las monteas y trazados de arquitectura del claustro bajo del monasterio de San Millán de la Cogolla, de Yuso (La Rioja, España), su registro, preservación y difusión La existencia de un rico conjunto de monteas y trazados de arquitectura en el claustro bajo del monasterio de San Millán de la Cogolla, de Yuso, ha hecho necesario el desarrollo y la aplicación de una metodología que posibilite el registro, preservación y difusión, de modo abierto, de la información que atesoran sus muros. La documentación parte del calco directo de los trazos y la posterior digitalización y sobreimposición del dibujo sobre el modelo tridimensional fotogramétrico. Por su parte, la preservación y difusión en formato digital se establece a través de un repositorio institucional que se encuentra enlazado a través de Europeana. Los plásticos originales con los calcos directos han sido depositados en el archivo del monasterio. Asimismo, se ha desarrollado una aplicación de realidad aumentada que permite la recreación virtual de los trazos sobre los alzados del claustro de manera interactiva. La historiografía sobre trazados de arquitectura y monteas dibujados en los muros y pavimentos de edificios históricos se ha incrementado en los últimos años con la investigación progresiva de nuevos hallazgos. A medida que se profundiza en el estudio de estos trazados, considerados dibujos de ejecución del diseño arquitectónico, muy valiosos para el control estereotómico durante el proceso constructivo, se va conociendo mejor su alcance. Desde la información que aportan sobre el tipo de geometría practicada por los maestros canteros, y su relación, próxima o distante, con la literatura y teoría de la arquitectura de la época (Calvo 2016; Calvo y Rabasa 2016), hasta su carácter de replanteos (Calvo et al. 2010) y la posibilidad de ser interpretados como ensayos previos del proyecto de obra, más allá de su función propia en la ejecución de la misma (Calvo, Taín y Camiragua 2016; Calvo y Taín 2018: 139), las aportaciones bibliográficas especializadas son al momento numerosas y los resultados para el conocimiento de la materia cada vez más significativos. Las referencias a los estudios sobre los ejemplos constatados, como fundamentación previa para la valoración de lo que se analiza y el aprendizaje de métodos de estudio y conservación (Calvo et al. 2015: 2-6, 10-22; Calvo y Rabasa 2016: 70, n. 9), se siguen acrecentando en la historiografía española, a partir de los recopilados por José Antonio Ruiz de la Rosa en las civilizaciones mesopotámica y egipcia desde el tercer milenio a. Así, al conocimiento de las existentes en catedrales góticas europeas, se han ido uniendo exponentes de la arquitectura española, como los de las catedrales de Sevilla (Pinto y Jiménez 1993, 2016; Ruiz de la Rosa y Rodríguez Estévez 2000, 2011), Murcia (Calvo et al. 2010, 2013b), Santiago de Compostela y Tui, y otros edificios gallegos (Freire 1998; Taín 2003a, 2003b; Calvo et al. 2013a), El Escorial (López 2008; Chías y Abad 2017), o la Cartuja de Jerez (Pinto y Ruiz de la Rosa 1994) y la Clerecía de Salamanca (Gutiérrez 2017), entre otros muchos, llegando a saltar a la prensa algunos descubrimientos motivados por obras de restauración, como el de 2003 en la iglesia del convento de la Concepción Real de la Orden de Calatrava en Madrid 5, y catalogándose un buen número de las conocidas, datadas entre el siglo XIII y el XVI (Ibáñez 2019). Dada la significación del registro, conservación y estudio de estos trazados y monteas, se ofrece aquí a la comunidad científica un nuevo objeto de atención para el examen por parte de especialistas en este campo de la investigación, aportando los medios y métodos utilizados para el rescate y difusión de este patrimonio, oculto hasta ahora a la mirada y valoración del monumento. Se trata de los trazados incisos en los muros del claustro bajo del monasterio de San Millán de la Cogolla, de Yuso (La Rioja), declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. La construcción de la planta baja del claustro está documentada entre 1549 y 1562, siendo el primero el año de la contratación de la obra por el convento con el maestro cantero Juan Pérez de Solarte (†1566) y el segundo, el último registrado de un pleito entre ambos de cerca de diez años sobre su acabado Entre la extensa documentación generada por este pleito, en el que se cita la intervención de un significativo número de maestros peritos, cabe señalar la mención a la existencia en el inicio de la obra de una planta-forma en pergamino, firmada por Pérez de Solarte, el abad Pedro de Arenzana y el escribano Sancho de Olaso, y una montea del alzado del patio, realizada por Juan de Vallejo (†1569), maestro mayor de la catedral de Burgos, quien había presupuestado los trabajos. Esta última desapareció y se hizo una montea nueva más pequeña, citándose, asimismo, otra traza, elaborada según el parecer del abad de San Juan de Burgos, Juan Pardo, y el imaginero Juan de Villarreal, y otra planta de los espacios que circundaban el claustro, ordenada por el general de la congregación benedictina. Lamentablemente, ninguna de ellas se ha podido localizar, pero por un inventario de desamortización de 1836 conocemos la conservación en el archivo monástico de un libro "forrado en pergamino, muy antiguo" que contenía "varios mapas de arquitectura, sin expresar de qué edificios La mayor parte de los registrados pueden datarse entre 1549 y 1559, pudiendo corresponder alguno a los tasadores que revisaron la fábrica entre 1555 y 1562, sin olvidar la prosecución de las obras del claustro alto y otras dependencias conventuales aledañas a partir de 1572, con la participación y diseño del italiano Juan Andrea Rodi (Arrúe 2002: 210-216). Por otro lado, además de este tipo de dibujos, se constataron unos pocos ejemplos de grafitos históricos de carácter textual, numérico y figurativo, asimismo incisos, excepto alguno esporádico realizado con almagre, cuya cronología se extiende hasta el siglo XIX. Estos trazados fueron objeto de atención, por primera vez, en junio de 2000, cuando el padre archivero Juan Bautista Olarte, alertó de su existencia a un equipo de historiadoras del arte que investigaban en el monasterio, coordinado por la Dra. Arrúe Ugarte, las cuales procedieron a su calco en previsión de que la limpieza de muros por medios mecánicos de proyección a presión, proyectada en el proceso de las obras de restauración del claustro procesional y patio, supusiera su deterioro o pérdida Esta iniciativa se dio a conocer en un estudio sobre la arquitectura del siglo XVI en La Rioja, destacando el interés de la conservación del conjunto a partir de la muestra de un boceto de bóveda estrellada de ocho puntas (Arrúe 2004: 135-136, lám. 17). Hasta 2016 no se logró acometer la tarea de revisión del estado de conservación de los calcos almacenados, y proceder a su digitalización mediante métodos fotográficos. Al año siguiente, se decidió abordar la documentación fotogramétrica del claustro sobre cuyo modelo se procedió a contextualizar los grabados. Paralelamente, y con la ayuda de la documentación generada, se realizó una inspección visual con el objeto de comprobar el estado de los trazos respecto a la situación calcada inicialmente en el año 2000. Por otro lado, todo este proceso de documentación ha sido implementado poniendo especial atención a la difusión y socialización de estos elementos patrimoniales. A este respecto, se han seguido dos líneas de actuación paralelas: por un lado, la información geométrica de los trazados se ha puesto a disposición libre a través del repositorio institucional ADDI de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), desde donde es accesible a través de una amplia gama de agregadores científicos y culturales; además, se ha desarrollado una aplicación de Realidad Aumentada que permite, mediante dispositivos móviles (teléfonos o tabletas) visualizar los dibujos sobre los muros del claustro, lo que supone ofrecer una experiencia innovadora para los visitantes que se acercan a conocer este bien patrimonial. Descubrimiento, registro y representación de trazados y monteas Los trazados observados se extienden a lo largo de los cuatro paramentos interiores del claustro, cuya longitud oscila entre los 37,5 m y algo más de 38 m cada uno, localizándose en altura a partir de los 50 cm del pavimento actual y hasta los 2,5 m, aproximadamente. La escasa profundidad de las incisiones (1 mm o inferior), apenas perceptibles a la observación visual, los caracteres de su soporte (sillería de piedra arenisca), así como la urgencia y dificultad para la obtención de medios técnicos especializados en el año 2000, obligó a las historiadoras Begoña Arrúe Ugarte 9, María Jesús Martínez Ocio y María Cruz Navarro Bretón a adoptar, frente a otros métodos (Ferrán y Roig 1986: 224-228; Bernat y Serra 1987: 30), el procedimiento de su calco manual mediante el uso de materia plástica transparente, marcando el perfil del dibujo con rotuladores permanentes indelebles de punta superfina (Fig. 1). Para ello se utilizaron pliegos de 2 m de altura y diferente anchura, entre algo menos de 1 m hasta los 11 m, que iban cubriendo los tramos lisos entre puertas, pilastras y arcosolios para enterramientos o altares. No fue posible el calco de los fondos de los trece arcosolios abiertos en los muros, ya que se encontraban ocupados por materiales y enseres utilizados en las obras de restauración. Proceso de calcado sobre láminas de plástico en el año 2000 (izquierda) y fotografía de los trazados remarcados sobre el plástico (derecha). El proceso fue laborioso debido especialmente a los inconvenientes de la visualización de los trazados con luz natural, aunque momentos cambiantes de ésta la facilitaban, teniendo que recurrir en otros a la luz artificial rasante, tanto para el calco como para la toma de fotografías. Por otro lado, el hecho de que buena parte de los trazados se habían inciso con útiles de punta fina (cinceles o uñetas, punteros o clavos) con el apoyo de otros instrumentos propios de la cantería (cuerdas, reglas o varas de medir, compás de puntas, escuadras o saltarreglas), lo que proporciona rectitud y regularidad a las líneas, favoreció su calco al conducir y dirigir la mano en el desarrollo de la copia de las incisiones. Cada uno de los pliegos recibió una signatura que indicaba el muro y la orientación, y en ellos se calcaron y numeraron ordenadamente los sillares que comprendían. Al mismo tiempo, se tomaron las mediciones oportunas para reflejar en el plano del claustro la ubicación de los pliegos, así como las notas adicionales de grafitos existentes en aquellas zonas no calcadas. Una vez realizado el calco y retirados de las paredes, los plásticos resultan ser unos materiales poco prácticos para el análisis de los grafitos debido a que sus grandes dimensiones hacen que su manejo sea muy engorroso. Dado que el fin inicial era dejar constancia de su existencia en previsión de que pudieran verse alterados por las obras que se estaban acometiendo, no se continuó con su estudio en aquel momento y los plásticos acabaron plegados y almacenados, quedando su contenido inédito. Sin embargo, con el paso de los años, crecía la preocupación sobre su posible deterioro lo que, al final, ocasionaría que el trabajo inicial no hubiera sido de ninguna utilidad. Digitalización de los calcos En el año 2016 se decidió acometer la digitalización de los calcos diseñando un sistema novedoso a partir de experiencias previas en el ámbito de la fotografía y la fotogrametría. Debido al tamaño de las hojas se optó por la toma de fotografías de alta resolución que, posteriormente, se introducirían en un programa de dibujo asistido por ordenador para proceder a identificar los diferentes trazos. Todo ello, se realizaría utilizando referencias métricas que permitiesen enlazar los dibujos parciales y que el resultado final estuviese a escala real. La idea consistía en fijar los plásticos sobre una superficie lisa de color neutro que permitiese resaltar los dibujos calcados. Muchas de las hojas de plástico tienen varios metros de longitud, por lo que no era factible fijarlos sobre superficies verticales (paredes). Por consiguiente, se tomó la decisión de fotografiarlos extendidos en el suelo; en concreto, el espacio de trabajo se componía de una lona blanca mate de 3 × 2 m, la cámara se situaba elevada unos dos metros sobre su parte central, para lo cual se empleó una estructura de acero inoxidable compuesta de dos soportes y una barra vertical (Fig. 2). La cámara utilizada fue una Canon EOS 5D SR con un objetivo Zeiss Distagon T* 2.8/21 ZE de 21 mm, obteniendo imágenes de 50 megapíxeles, lo que representaba un tamaño de celdilla sobre los plásticos de 0,4 mm, resolución que se consideró adecuada para reflejar los trazos a rotulador. La toma fotográfica se hizo desde un ordenador, evitando así vibraciones, por otro lado, el área fotografiada en cada toma excedía ligeramente la superficie de la lona, incluyendo además a un conjunto de dianas a las que se les dieron coordenadas mediante estación total topográfica (con precisión de 2-3 mm) y que, más adelante, servirían para escalar las fotografías y eliminar el efecto perspectivo de las tomas. Dispositivo de toma con la cámara suspendida y gobernada desde el equipo portátil, la lona blanca de fondo, las marcas para escalar cada imagen y una de las láminas de plástico enrollada alrededor de un cilindro de cartón. Por lo que respecta a los plásticos, se procedió, en primer lugar, a extenderlos, eliminar los restos de polvo y suciedad y, posteriormente, enrollarlos utilizando tubos de cartón como núcleo. Para la toma de fotografías, se iba desenrollando la parte dibujada de cada hoja (un poco menos de 2 m de anchura), la cual se iba enrollando alrededor de otro tubo de cartón a modo de carrete, de forma que se iban mostrando para las sucesivas fotografías las partes adyacentes de cada hoja. Entre toma y toma se dejaba un solape de unos 40 cm que serviría para enganchar los dibujos individuales. Las barras de la estructura de soporte se situaron de manera que no proyectasen sombras, es decir, de forma oblicua con respecto a la iluminación de la sala. Aunque, al tratarse de plásticos, los reflejos resultan inevitables, pueden ser atenuados mediante la elección de los parámetros de las tomas; en todo caso, hay que tener en cuenta que la información de interés son los trazos realizados con rotulador, por lo que en la elección de las condiciones de toma se ha dado prioridad al hecho de que estos se apreciasen con la mayor nitidez posible, considerándose como secundarias otras características como la homogeneidad de la iluminación o la tonalidad general de la imagen. De hecho, para cada posición se realizaron dos tomas con diferente exposición de forma que, durante la digitalización, se podían consultar ambas y utilizar, en cada momento, aquella en la que los trazos eran más claros. Una vez que se dispuso de las fotografías, se comenzó rectificando cada imagen, es decir, eliminando el efecto perspectivo y escalándolas, para lo cual se emplearon las coordenadas de las dianas situadas en el perímetro de la lona y que aparecen fotografiadas. Este proceso permite mejorar la calidad geométrica de los trazos que se van a redibujar, en concreto, según las pruebas realizadas sobre las propias imágenes obtenidas, si se utilizan las fotografías originales (sin corregir de perspectiva) los errores son de unos 2 cm, mientras que, tras aplicar la corrección, se reduce a los 3 mm. Las imágenes rectificadas se introducen en un programa de dibujo asistido por ordenador, donde se procede a redibujar las líneas correspondientes a los trazados y monteas, así como al despiece de sillares, que también se encuentra marcado sobre los plásticos con trazo discontinuo (Fig. 3). Dibujo de los trazados (en color cian) y del despiece de sillares (color siena) de dos fotografías correspondientes a partes consecutivas de una de las láminas de plástico. En esta fase de la digitalización, los trazos se consideraron como líneas independientes, lo que implica que no se realizó ninguna interpretación del significado ni agrupación de los conjuntos que forman unidades específicas. Esto es debido a que, en muchos casos, estas agrupaciones no son evidentes y se prefirió no condicionar las interpretaciones que se pudieran hacer en el futuro. Utilizando como unidad cada uno de los plásticos, se combinaron los dibujos individuales correspondientes a cada fotografía con los de sus vecinos, utilizando para ello, la parte común de solape y, editando la zona duplicada con el fin de unificar el dibujo. Finalmente, se editaron planos a escala 1:10 con la información extraída de cada alzado del claustro (Fig. 4). Vista general del plano correspondiente a los calcos sobre plásticos del alzado sur del claustro. Modelado fotogramétrico del claustro Hay que considerar que el registro de información geométrica de los trazos se realizó mediante el calco in situ sobre las láminas de plástico y que fue a partir de esa información de la que se generaron el resto de los resultados, motivo por el que no se avanzó en el empleo de técnicas de registro como topografía, fotogrametría, imágenes multiespectrales y escaneo láser, aplicado a los grabados arquitectónicos; de las que se pueden encontrar excelentes ejemplos de su empleo en numerosos autores (Pinto y Ruiz 1994; Calvo et al. 2015; Chías y Abad 2017; Calvo y Taín 2018), a la que podemos añadir muchos otros casos de aplicación sobre elementos que presentan problemáticas comunes como en el arte rupestre prehistórico o las inscripciones (Díaz-Andreu et al. 2006; Cortón, López y Carrera 2015; Cosentino, Stout y Scandurra 2015; Papadaki et al. 2015; Carrero-Pazos y Espinosa-Espinosa 2018), o también la aplicación de técnicas de iluminación multidireccional recurriendo a fotografías de larga exposición (López-Menchero et al. 2017). Por tanto, si bien la digitalización de los calcos es un primer paso fundamental que permite el estudio de los trazos de tanteos y monteas de elementos de la arquitectura (dibujos que pueden ser de tamaño natural) durante el proceso de la construcción, los planos generados, hasta este momento, no incluyen la información de contexto que les corresponde, por el hecho de que cada uno esté situado en concreto en una determinada parte de un muro. Ya durante la fase inicial de calco se constató que algunos de los trazos estaban relacionados con la obra más próxima, como es el caso de los grabados en forma de flecha que señalan la posición de las hornacinas. Con el fin de poner de manifiesto este tipo de relaciones, se realizó un modelado fotogramétrico tridimensional del claustro, con especial atención a los alzados en los que sitúan los grafitos, las bóvedas y los alzados exteriores al patio La metodología de trabajo y técnicas empleadas toman como referencia los principios generales de la documentación geométrica de edificios históricos (Martín 2014); si bien, hay que tener en cuenta las particularidades geométricas de este tipo de espacios en los que se combinan largos muros con conjuntos de bóvedas nervadas, elementos escultóricos, columnas, hornacinas, etc. (véanse algunos ejemplos en Núñez et al. 2011; Iannizzaro, Messina y Cundari 2013; De Luca et al. 2014; Webb y Buchanan 2017; Gottardi y Guerra 2018). A grandes rasgos, se puede indicar que existen diversos elementos que requieren diferentes niveles de detalle para su correcta representación, además, en algunas zonas los espacios son muy amplios y con cambios de luz muy marcados, en otras, por el contrario, el espacio disponible es reducido o de difícil acceso. En el caso concreto del claustro de San Millán, la documentación se obtuvo combinando fotografías tomadas desde el suelo, con otras realizadas desde un jalón telescópico y desde dron, estas imágenes se procesaron utilizando software de fotogrametría convergente, en concreto, el programa Agisoft Photoscan® (actualmente comercializado con el nombre de Metashape®) (Fig. 5). El sistema de coordenadas del proyecto se estableció mediante estación total, con una precisión global de unos 5 mm y enganche a la red oficial mediante observaciones por medio de satélite GNSS (Global Navigation Satellite System), que engloba entre otras constelaciones satelitales GPS, GLONASS o GALILEO. Vista parcial del modelo 3D correspondiente al alzado norte del interior del claustro. La parte derecha del modelo se representa sombreada, mientras que la izquierda tiene asignada su textura fotográfica. A partir del modelo tridimensional, se generaron las ortoimágenes correspondientes a cada alzado, sobre las que se situaron los conjuntos de grafitos digitalizados. Para referenciar las digitalizaciones se emplearon los despieces de los sillares que, como se ha indicado, se calcaron junto con todos los trazos en el año 2000 y, por lo tanto, estaban en la información original de los plásticos. Como resultados, se prepararon, para cada alzado, un plano a escala 1:30 (Fig. 6). Vista parcial de la ortoimagen del alzado sur con los trazos calcados superpuestos. Comprobación del estado de los grafitos Para la comprobación visual del estado de conservación de los grafitos del claustro, se preparó una serie impresa de los dibujos digitalizados, en planos a escala 1:10, con el fin de verificar directamente sobre los alzados su presencia, ausencia o deterioro (Fig. 7), así como la posible existencia de otros nuevos no detectados en la exploración del año 2000. Revisión visual directa del estado de los trazos sobre los alzados interiores del claustro (derecha) (Foto J. M. Valle, 2017), y señalización en un calco del alzado oeste de los trazados visibles en la actualidad en verde, los apreciados con dificultad en naranja y los no localizados en magenta (izquierda). Los resultados de esta inspección nos llevan a determinar que la limpieza de los muros que se realizó en 2000 dejó a la vista nuevas trazas y, al mismo tiempo, hizo que otras que eran perceptibles entonces no lo sean actualmente. Por todo ello, resultaría recomendable acometer un nuevo estudio sistemático de algunas zonas del claustro en busca de nuevos bocetos o rasguños. A este respecto, se han realizado diversas pruebas con metodologías como fotografía de luz rasante y fuente de luz múltiple, tratamiento digital de imágenes o escáner de luz estructurada (Valle et al. 2020). Asimismo, también resulta imprescindible proteger la información existente ya que, en algunos de los casos, los trazos originales han desaparecido siendo, por lo tanto, la única fuente para su estudio futuro, el calco realizado en el año 2000 y su digitalización posterior. Preservación, socialización y difusión de la información Realizadas las acciones anteriores de registro mediante calco, recuperación de la información mediante digitalización y representación contextualizada sobre los muros del claustro, se hacía necesario diseñar estrategias que permitieran preservar la información, tanto física como digital, hacerla accesible y, finalmente, facilitar su comprensión por parte del público. Archivo de los calcos originales Tras la digitalización de los calcos sobre plástico, se planteó la cuestión de si sería conveniente o no asegurar su almacenamiento en condiciones que permitiesen su conservación y futura consulta, para ello, se planteó la consulta al Archivo Histórico Provincial de La Rioja que, a su vez, trasladó al Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE) del Ministerio de Cultura. Se mantuvo una reunión con la directora del Archivo, Dña. Micaela Pérez Sáenz, en la que se plantearon algunas de las alternativas existentes y que, en líneas generales, recomendaban su almacenamiento enrollados con un papel de seda o papel reemay® intermedio y utilizando como núcleo y embalaje exterior tubos de cartón libres de ácido y lignina. En todo caso, también se nos advirtió que el soporte en sí (poliéster) no garantizaba el mantenimiento a largo plazo de los dibujos ya que la tinta de los rotuladores «permanentes» no penetra en la superficie, por lo que tiende a desprenderse con el tiempo y el rozamiento. Por otro lado, también se nos alertó de los inconvenientes que puede llegar a ocasionar al futuro depositario la elección de un formato físico de almacenamiento demasiado voluminoso. Por todo ello, teniendo en cuenta que los plásticos podían considerarse como un mero soporte temporal de la información geométrica de los trazados de arquitectura y que dicha información ya se encuentra preservada a través de las fotografías y de los planos, se nos indicó que, en realidad, la conservación física de los plásticos debería tratarse como un archivo general intermedio (no definitivo). No obstante, se ha preferido mantenerlos, para lo que se ha considerado adecuado el formato que se utilizó para la toma de fotografías, es decir, enrollados sobre un núcleo de cartón convencional y, posteriormente, introducidos en tubos de cartón de algo más de 2 m de altura con una ficha descriptiva del contenido pegada en el exterior (y copia de la misma dentro de cada tubo), siendo esta una opción económica que aúna un almacenamiento compacto con el hecho de mantenerlos sin plegar y un cierto grado de protección contra golpes y factores externos. Los plásticos se distribuyeron en cuatro tubos, uno por alzado. Se propuso a las entidades e instituciones relacionadas con el patrimonio emilianense la ubicación de estos documentos en sus dependencias, quedando depositados definitivamente en el archivo del monasterio de San Millán de la Cogolla de Yuso. Archivo de los productos digitales Los proyectos citados relativos a las dos fases de los trabajos, que corresponden a la digitalización de los plásticos y de modelado tridimensional del claustro para la generación de los alzados con ortofotografías en los que se han superpuesto los grafitos, se encuentran almacenados en el repositorio institucional ADDI de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) desde donde pueden descargarse tanto los planos finales como las memorias descriptivas de las tareas realizadas. Los repositorios universitarios son infraestructuras de información mantenidas, en la mayoría de los casos, por los respectivos servicios de biblioteca. Su cometido es preservar y difundir la producción académica y científica de las instituciones. Tienen vocación de permanencia y liberan a los investigadores del cometido de diseño y mantenimiento de los sistemas de gestión de la información, al mismo tiempo que facilitan que un amplio número de usuarios puedan localizar y acceder a los datos almacenados. Por estos motivos, son herramientas muy interesantes a la hora de dar a conocer información técnica sobre elementos patrimoniales (Rodríguez y Valle 2017). Cada uno de los registros generados que se encuentra disponible en el repositorio, contiene una memoria descriptiva detallada de los trabajos realizados (en formato PDF), la cual también incluye la colección de planos en sus tamaños originales en función de las escalas a las que se han realizado, así como una selección de fotografías que ilustran cada una de las fases. Por otro lado, dentro del repositorio, los registros se catalogan utilizando un rico conjunto de metadatos (Dublin Core cualificado) que permiten mantener la trazabilidad de la información y facilitan su gestión y búsqueda por parte de los usuarios. Asimismo, es importante resaltar que estos registros se suministran bajo licencia Creative Commons (CC-by), de esta forma, la información queda disponible de forma libre para toda persona interesada en consultarla y analizarla. Además de en el propio repositorio, hay que tener en cuenta que estos servicios se encuentran conectados por medio de redes específicas de recursos científicos y culturales desde donde pueden realizarse búsquedas conjuntas. Algunos de los ejemplos más significativos son: Hispana [URL], Recolecta [URL] o Europeana [URL]. Comprobaciones geométricas e inicio del estudio de los trazados y monteas A partir de la información generada comienza el estudio propiamente dicho, es decir, la identificación de los conjuntos de trazos con figuras concretas, y su relación con partes construidas del claustro u otras partes del edificio, así como su paralelismo con otros conjuntos conocidos o que se vayan descubriendo. Esta es una tarea larga que se inició con el patrocinio de la Fundación San Millán de la Cogolla en 2017 13, y se continuó bajo sus auspicios con la obtención de una ayuda para proyectos sobre bienes declarados patrimonio mundial, del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, solicitada por el Ayuntamiento de San Millán de la Cogolla en la convocatoria de 2017, que se materializó en 2018 Tomando como referencia otros trabajos en los que la geometría actual ha servido de base para la definición formal de los elementos y la determinación de los sistemas constructivos empleados (Maira Vidal 2012 y 2017), como primera aproximación se ha procedido a acotar las dimensiones de aquellos trazos que se considera que pueden haber servido como referencia a puertas, arcos, escaleras o molduras. Asimismo, sobre las ortofotografías, el modelo 3D y directamente en campo se han medido diversos elementos construidos con el fin de tratar de identificar coincidencias (Fig. 8). Alzado que incluye acotaciones de algunas de las monteas y de elementos construidos. Hasta el momento el estudio se ha centrado en la profundización de la información aportada por las fuentes manuscritas y bibliográficas sobre la construcción del claustro, y en el registro de todos los trazados, monteas y grafitos históricos, elaborando tablas y mapas de trabajo para la determinación de sus caracteres generales, estado de conservación, medidas y tipología. Esta primera sistematización, posible gracias a la digitalización de los calcos, ha permitido generar una clasificación provisional de los tipos de trazos incisos en los muros según su naturaleza: de carácter constructivo en su mayoría con variantes (monteas a escala natural, bocetos de plantas a otra escala, replanteos de la obra y círculos trazados con compás, de diferentes divisiones, al margen de unas pocas marcas de cantería), pero también unos pocos de índole epigráfica, contable y figurativa. Asimismo, se catalogaron mediante fichas técnicas específicas un número representativo de 35 ejemplos, para servir de modelo del contenido y valores de este patrimonio histórico, y de experimentación en la aplicación de realidad aumentada. Generación de una aplicación de realidad aumentada Los grafitos solo resultan visibles mediante una inspección cuidadosa, bajo condiciones de iluminación específicas y a muy corta distancia, motivo por el cual han pasado inadvertidos durante tanto tiempo. Curiosamente, el propio hecho de no ser fácilmente apreciables los convierte en un recurso de gran interés en las propias visitas al claustro, como hemos podido comprobar en diversas ocasiones tanto con grupos de escolares (para los cuales resulta muy divertido que se les invite a buscarlos y descubrirlos por su cuenta a modo de juego), como de visitantes adultos. Asimismo, existen interesantes ejemplos en monumentos similares en los que, a partir de la realidad virtual y aumentada, se están generando productos orientados a la mejora de la experiencia de los visitantes (Bolognesi y Aiello 2019). Por consiguiente, con el fin de facilitar su reconocimiento por parte del público que acude a visitar el monasterio se propuso la realización de una aplicación de Realidad Aumentada que permitiera ver una superposición virtual de los trazos sobre las paredes a través de dispositivos móviles (teléfonos o tabletas). La aplicación se ha creado mediante la plataforma Unity 3D® junto con el desarrollador de Realidad Aumentada Vuforia SDK®. Tras evaluar diferentes alternativas que permitiesen recolocar cada trazado en su lugar exacto, se decidió recurrir a marcadores (de dimensión 15 × 9,5 cm), situados en diversos puntos del claustro. Cada marcador está relacionado con un grupo concreto de grafitos cuyas dimensiones pueden ir desde 1 hasta 10 metros cuadrados, aproximadamente. El visitante interesado en ver los dibujos solo tiene que cargar la aplicación y enfocar un marcador con la cámara del dispositivo móvil a una distancia de unos 40 cm. Una vez que se ha reconocido el marcador, las líneas de los grafitos aparecen sobre la imagen de la cámara y el usuario puede alejarse y moverse para visualizar mejor el conjunto representado (Fig. 9). Además, la aplicación permite acceder a la información adicional disponible en el catálogo (tipología, interpretación, fecha de realización, etc.). Aspecto que presentan los trazados y monteas superpuestos mediante realidad aumentada con la imagen instantánea de uno de los alzados del claustro. El diseño de cada marcador es específico de manera que la aplicación lo reconoce y carga el conjunto de líneas que le corresponde; al enfocar un nuevo marcador, la misma aplicación cambia al nuevo grupo de trazos. La aplicación realizada ya es funcional y se ha utilizado con éxito en encuentros específicos, pero actualmente aún falta definir un plan para su implementación en el marco de las indefectibles visitas guiadas al monasterio, el turismo sostenible y la conservación de este singular patrimonio. Los dibujos de ejecución y monteas sobre los muros de muchos de los edificios históricos representan una oportunidad para mejorar el conocimiento sobre los procesos constructivos que estos han experimentado a lo largo del tiempo. Afortunadamente, en los últimos años se están realizando trabajos que están permitiendo el descubrimiento, registro y estudio de interesantes conjuntos, lo que ha contribuido a que, cada vez, exista una mayor concienciación sobre su importancia. Sin embargo, el estudio de estos trazados de arquitectura debe considerar algunas dificultades. En efecto, por un lado, las incisiones de muchos de ellos son apenas visibles, por lo que su registro requiere de una combinación de técnicas específicas y un cuidadoso trabajo de campo. Por otro lado, en su mayoría deben considerarse en el contexto espacial en que fueron dibujadas, ya que se relacionan con elementos construidos que están situados en esos mismos lugares. Por este motivo, la representación de los dibujos (que es eminentemente bidimensional) debe poderse entender dentro del espacio tridimensional en el que se localizan. En la actualidad, los métodos tradicionales de representación de los grafitos (como podrían ser los calcos del caso aquí analizado) se complementan con técnicas específicas de fotografía, tratamiento de imágenes y escaneado 3D, lo que ofrece mayor versatilidad a la hora de recuperar los trazados. Por su parte, el modelado 3D de los entornos se puede obtener combinando técnicas topográficas, fotogrametría y escáneres láser. Pasando ahora a la metodología empleada en el caso concreto de San Millán, podemos decir que la documentación de los calcos mediante ortorrectificación de fotografías cenitales ha resultado satisfactorio, posibilitando: la preservación de la información calcada en 2000, la conservación de esta información y su difusión de manera global. Por otro lado, la generación del modelo fotogramétrico del claustro, además de permitir la edición de documentos gráficos altamente representativos, como las ortoimágenes de los alzados y bóvedas, han posibilitado la contextualización de los grabados registrados y su posterior difusión tanto en forma de planos como por medio de realidad aumentada. Finalmente, consideramos que la estrategia de preservación física de los plásticos y digital mediante repositorios permitirá que esta información trascienda, sea accesible, comprensible y reutilizable, con un nivel de calidad y posibilidad de explotación científica y cultural más elevado que el que permiten las publicaciones convencionales. Por último, hay que indicar que existen grandes similitudes entre los trazados y monteas que se encuentran en diferentes monumentos, por lo que confiamos en que la puesta a disposición pública de los conjuntos del claustro del monasterio de San Millán no solo sirva para entender mejor los sistemas constructivos de este edificio en concreto, sino que también pueda ser de utilidad en la comprensión de muchos otros.
Iglesia San José, San Juan, Puerto Rico: perspectiva arqueológica a cinco siglos de su historia constructiva La investigación de Arqueología de la Arquitectura en la Iglesia San José, San Juan de Puerto Rico, se enmarcó en el proyecto de restauración que lleva a cabo actualmente el Patronato de Monumentos de San Juan Inc. Dicha investigación se enfocó en analizar el desarrollo de las diferentes técnicas y materiales constructivos asociados al s. XVI: ábside, crucero y transepto. Entre sus objetivos estuvieron: aportar información sobre las técnicas y materiales constructivos utilizados; aportar criterios científicos que permitieran identificar la extensión y límites de cada una de sus fases y etapas constructivas. Los resultados permitieron la identificación de diversas técnicas constructivas utilizadas, así como una delimitación precisa de su configuración a lo largo de sus casi 500 años. Estos resultados presentan una perspectiva mucho más dinámica sobre los procesos constructivos del inmueble y confirman la necesidad de estudios arqueológicos en obras de restauración de edificios patrimoniales. La Iglesia San José constituye uno de los hitos arquitectónicos más importantes y antiguos de Puerto Rico, el Caribe y de América (Fig. 1). Localizada en la capital de Puerto Rico, el Viejo San Juan (Fig. 2), su construcción comenzó en 1532 como iglesia conventual de la orden de los dominicos, fue desde sus inicios patronato de la familia García Troche y luego de los Ponce de León Troche (Hostos 1979). Su estilo gótico isabelino fue muy característico de la etapa temprana de la colonización española en América (Damiani Cósimi 1994) y sus elementos más notables son sus bóvedas góticas hechas en sillería (Buchiazzo 1955; Campo Lacasa 1961; Castro 1980). Sin embargo, esta imponente estructura, una de las más antiguas en Hispanoamérica, fue el resultado de varios procesos constructivos que abarcaron un periodo de aproximadamente 250 años hasta alcanzar su fisonomía actual. A esto se le añaden otros procesos de modificaciones menores que abarcaron un periodo de cerca de 150 años adicionales (Fig. 3). Imagen de satélite de la isla de Puerto Rico. En el recuadro, San Juan Imagen de satélite de San Juan de Puerto Rico. Parte superior: varias perspectivas de las condiciones actuales de la iglesia: izquierda, fachada principal; derecha, fachada sur; dibujos a escala de las mismas fachadas de las fotos superiores. El solar donde se ubica fue donado por el conquistador y gobernador de la isla Juan Ponce de León, y posteriormente su construcción fue iniciada por su yerno Garci Troche (Murga Sanz 1964: 142-144). Durante su primera etapa como iglesia del convento de los dominicos estuvo consagrada a Santo Tomás de Aquino, esta orden religiosa estuvo a cargo de sus sucesivas obras de construcción durante los 337 años de su permanencia en Puerto Rico (Cuesta Mendoza 1946). Es durante esta etapa que la iglesia adquirió su fisonomía actual, salvo adiciones menores. En 1858 la orden es obligada a abandonar la isla, año en que la Compañía de Jesús toma posesión del complejo, monasterio e iglesia, consagrándola a San José. Durante este periodo se realizaron varias modificaciones adicionales que alteraron limitadamente la configuración del inmueble. Arqueología de la arquitectura en el viejo San Juan Este trabajo busca contribuir a la puesta al día de las investigaciones de la arqueología de la arquitectura en el Viejo San Juan utilizando como caso de estudio la Iglesia San José. En dicha investigación se realizaron importantes hallazgos sobre las técnicas constructivas empleadas a partir del s. XVI hasta principios del XX, que fueron identificadas previamente en otras edificaciones emblemáticas de la ciudad como Casa Blanca. Con los resultados obtenidos en el Proyecto de Investigación de Casa Blanca se estableció una tipología de técnicas constructivas con sus respectivas asociaciones cronológicas enmarcándose el desarrollo del inmueble en cuatro fases históricas y doce etapas constructivas (Rivera Fontán et al. 2011; 2013; 2014; Rivera Groennou et al. 2011; Rodríguez López et al. 2015). Como parte de estos estudios se analizaron y tipificaron formas de elaboración de morteros de fábrica asociados a cada tipo de técnica constructiva y sus cambios en dosificación a nivel cronológico (Rivera Groennou et al. 2015). Entre las técnicas más destacables identificadas en Casa Blanca se encontraron muros de tapia, mampostería ordinaria encadenada en sillares y mampostería careada con verdugadas de ladrillos. Utilizando pruebas arqueológicas y documentación histórica estos tipos de muros fueron enmarcados cronológicamente: tapia asociada al s. XVI; mampostería ordinaria encadenada en sillares al s. XVIII; y la mampostería careada con verdugadas de ladrillos al s. XIX. Al igual que en San José, en Casa Blanca se identificaron otras técnicas constructivas comunes como la mampostería ordinaria, las cuales tuvieron un uso continuo a lo largo de sus fases históricas y etapas constructivas (Fig. 4). Parte superior: vista de Casa Blanca hacia el sureste, 7 de julio de 1958. Parte inferior: tipos de muros identificados en Casa Blanca; A: mampostería ordinaria encadenada en sillares; B: tapia; C: detalle sillares; D: mampostería careada con verdugadas; E: secuencia estratigráfica denominada "Piedra Rossetta" Salón XII; F: mampostería ordinaria Siguiendo lo que fue nuestra propuesta de intervención para Casa Blanca, en la Iglesia San José se identificaron y definieron otras técnicas mixtas que no habían sido documentadas previamente. Todas sus estructuras y correspondientes técnicas constructivas fueron enmarcadas dentro de un esquema de desarrollo constructivo que abarcó siete etapas constructivas (Rodríguez López y Rivera Groennou 2016). Al igual que en Casa Blanca, ciertas técnicas constructivas fueron características para determinadas etapas, donde tuvieron un papel protagónico los muros de tapia con sus diferentes variaciones y las bóvedas góticas en sillería. No obstante, al momento de abordar la investigación arqueológica de la Iglesia San José se confrontaron varios problemas fundamentales. Primero, a pesar de que este inmueble ha sido intervenido en numerosas ocasiones desde la década de 1960, existía muy escasa información o reportes técnicos de condiciones o hallazgos. Estas intervenciones incluyeron extensivas excavaciones en el interior de todas las áreas del inmueble, incluyendo el convento de los dominicos, las cuales produjeron muy poca información relacionada al desarrollo constructivo del inmueble. Estos estuvieron más orientados a los componentes artefactuales recuperados (Rodríguez s. a.: 84). Otras intervenciones incluyeron reparaciones de revestimientos y cegamientos de vanos con materiales contemporáneos como el cemento y bloques de agregados. Estas estuvieron más dirigidas a resolver problemas inmediatos del inmueble que a atender aspectos de investigación científica. Sin embargo, estas intervenciones no atendieron diversos problemas que aquejaban al edificio y este fue clausurado en 1993, debido principalmente a que existía la preocupación ante el posible fallo estructural de la bóveda gótica principal que cubre el transepto. No es hasta el año 2004 que se inició un proceso de análisis y diagnóstico dirigido a identificar las diversas patologías que sufría la iglesia a causa de la humedad y las filtraciones como fase inicial de un proyecto de restauración (Fundación para la Arquitectura 2010). Durante los años 2004-2007 se realizaron otros estudios que incluyeron la realización de estudios de prospección remota (GPR) y la generación de imágenes 3D con rayos láser para medir el interior de la iglesia para diseñar y construir un andamio para apuntalar la bóveda gótica central (ibid.). Con el establecimiento de un proyecto piloto de restauración para la Capilla del Rosario, que incluía la restauración de sus frescos, la remoción de los revestimientos de cemento para ser sustituidos por morteros de restauración; inició un proyecto más amplio que continúa hoy. Segundo, aun con todo el rigor empleado en estos trabajos, el equipo restaurador no consideró incluir los elementos metodológicos de la Arqueología de la Arquitectura, por lo que aún carecía de información estratigráfica que analizara la secuencia constructiva de San José. Aun cuando el equipo de restauración preparó un esquema de desarrollo constructivo para San José (ibid.: 28-31), su principal limitación estaba en que fue elaborado estrictamente a partir de información histórica y documental y no en la caracterización de fábricas, como tampoco en la elaboración de secuencias estratigráficas que permitieran establecer las relaciones secuenciales entre sus diferentes estructuras. Esta información se hizo particularmente relevante para abordar las reparaciones de la bóveda gótica, ya que la pregunta fundamental del equipo de arquitectos e ingenieros estructurales estaba dirigida a cuál era la relación secuencial entre las diferentes bóvedas del componente del s. XVI. Es decir, si fueron construidas durante un mismo evento o si ocurrió en varias fases. Este tipo de intervención implementada en San José ha sido muy característico en numerosas estructuras del Viejo San Juan. A pesar de que se ha insistido en la necesidad de contar con equipos multidisciplinarios que incluyan arquitectos, arqueólogos, conservacionistas, su aplicación ha relegado el papel de la arqueología a atender exclusivamente los aspectos asociados a la interpretación de rellenos bajo nivel de suelo (Rivera Groennou et al. 2015: 764). Y en los casos en que equipos de arqueología participaron de forma más directa en aspectos de muestreo de fábricas, las mismas estuvieron centradas en la restauración de estos edificios utilizando materiales más compatibles, que en interpretaciones de su desarrollo constructivo (López Sotomayor 2000). Es a partir de este trasfondo de lo que ha sido la práctica de la intervención de edificios históricos que adquieren mayor relevancia nuestros trabajos previos en Casa Blanca y en la información sobre las técnicas constructivas, secuencias estratigráficas descubiertas en San José. La investigación arqueológica se abordó considerando el desarrollo de las diferentes técnicas y materiales constructivos. Se prestó particular atención al componente asociado al s. XVI de la Iglesia San José: ábside, crucero y transepto; principalmente a la comprensión de sus secuencias constructivas y su relación estratigráfica con las bóvedas góticas hechas sillería. Por tanto, la investigación se centró en entender las secuencias constructivas de estos componentes del inmueble y su relación estratigráfica con las bóvedas góticas hechas sillería. Los objetivos generales del estudio de Arqueología de la Arquitectura llevado a cabo en la Iglesia San José fueron: Caracterización de las técnicas y materiales constructivos utilizados en el edificio a través del tiempo. Entender la transformación constructiva y arquitectónica de la Iglesia San José. Establecer fases y etapas constructivas mediante la caracterización de técnicas y materiales constructivos para entender las transformaciones del inmueble a lo largo del tiempo. Establecer criterios científicos para identificar la extensión y límites de cada una de las fases y etapas constructivas del inmueble. Obtener datos de los materiales de construcción, fases y etapas para entender las soluciones de continuidad empleadas entre etapas constructivas. Dada la monumentalidad del inmueble, se trazó una estrategia de investigación que incluyó perspectivas históricas, arqueológicas y arquitectónicas. Estas se diseñaron tomando en consideración las dimensiones del área, complejidad de las estructuras a estudiar y el número de elementos constructivos y arquitectónicos identificados. El análisis de las construcciones que definieron el edificio de la Iglesia de San José, se basó en el estudio de los paramentos (Azkarate et al. 2002; Mileto y Vegas 2003; Quirós Castillo 2002). El estudio secuencial constructivo se fundamentó a partir del método estratigráfico desarrollado por Eduard Harris (1991). Este estudio se basa en establecer correlaciones entre los diferentes cuerpos de fábrica, sus intervenciones, tipos y dirección de adosamientos, y los rellenos depositados en el entorno de las edificaciones construidas en albañilería. Desde esta perspectiva, se concibió el edificio como un recipiente tridimensional compuesto por su cimentación, cuerpos de fábrica y los revestimientos (Parenti 1992). Se utilizaron como herramientas fundamentales para la correlación de la secuencia estratigráfica: (1) las técnicas constructivas y (2) los materiales empleados para su puesta en obra. Se crearon tipologías y las caracterizaciones de ambos elementos (técnicas y materiales) permitieron el establecimiento de secuencias constructivas para el complejo edilicio (Brogiolo 2002; Caballero Zoreda 2002; Tabales Rodríguez 1997, 2002). Los trabajos en la Iglesia San José se centraron en el análisis de fábricas de las principales estructuras de cerramiento o muros que dan forma a la parte más antigua de la iglesia. La investigación se enfocó en los muros de carga o aquellas paredes del edificio que poseen funciones estructurales. Es decir, aquellas estructuras que soportan otros elementos estructurales del edificio, como arcos, bóvedas, entre otros. En la Iglesia San José se aplicó el concepto de unidades estratigráficas murarias (UEM) como categoría principal de análisis (Cerdá y García Bonafé 1995) para el estudio estratigráfico de las distintas estructuras y tipos de fábricas documentadas. A partir del estudio de fábricas se identificaron las UEM a partir de la caracterización de las técnicas y materiales constructivos utilizados en su alzado. También se enfatizó en la identificación y estudio de los sistemas de adosamientos y de las relaciones estratigráficas de elementos constructivos documentados. Este análisis permitió determinar el carácter de las construcciones, remodelaciones y reparaciones realizadas de las estructuras. El estudio secuencial, siguiendo el método estratigráfico, se realizó en dos direcciones: (1) en sentido horizontal y (2) vertical. Para el estudio a nivel horizontal se agruparon la secuencia de engrosamientos y demás revestimientos sobre las fábricas. Por otro lado, para el estudio a nivel vertical donde se agrupan los principales cuerpos de fábricas y secuencias de remodelaciones. Considerando ambos métodos, la estratigrafía muraria se interpretó tomando en consideración el tipo de estructura construida, los trabajos que se realizaron para su construcción y, por último, los tipos de dirección de los adosamientos. Técnicas constructivas y tipologías de muros A lo largo de la historia de la Iglesia San José se emplearon distintas técnicas constructivas en su edificación, siendo la mampostería, en distintas variaciones, la técnica más utilizada. Destaca también la riqueza del trabajo de sillería. Para la construcción de los muros más antiguos de la iglesia se utilizaron varias técnicas mixtas; sillería, mampostería, tapiería y ladrillos en el alzado de un mismo muro. Cabe destacar que la tapiería es una de las técnicas constructivas más antiguas de la iglesia, encontrada únicamente en las paredes que sostienen las bóvedas góticas del s. XVI. Aun cuando se desconoce el maestro de obras para la iglesia gótica, se le vincula a otras edificaciones análogas por cronología y similitudes estilísticas, con las catedrales de San Juan y Santo Domingo. Bajo esas consideraciones se ha señalado al santanderino Rodrigo de Liendo, también conocido como Rodrigo Gil Rozillo, autor de importantes obras en la ciudad de Santo Domingo como el Monasterio de Las Mercedes, la muralla y la catedral (Flores Sasso 2006). Sin embargo, creemos poco probable que el maestro haya participado en las obras de construcción de las bóvedas góticas ya que vivió en la ciudad de Santo Domingo desde 1525 hasta su muerte en 1556 (ver Flores Sasso 2006 y Robiou 2004). Entre otros maestros mencionados se encontraron el cantero Diego de Arroyo y los albañiles Antón y Alonso Gutiérrez Navarrete, todos sevillanos, contratados por un término de cuatro años con un sueldo de 70 ducados anuales para laborar en Puerto Rico y Santo Domingo (Castro 1980). Lo que sí resulta evidente de las similitudes estilísticas de estas tres edificaciones como exponentes del gótico isabelino en América, es que son representativas de una tendencia transicional, aunque algo tardía, entre el gótico y las nuevas manifestaciones renacentistas traídas por estos maestros constructores. Durante el s. XVI, la Casa de Contratación de Sevilla fue la institución encargada de regular el comercio con las posesiones de ultramar, situación que benefició grandemente el comercio de esa ciudad. Como parte de ese tráfico algunas de estas variaciones en las técnicas de elaboración de la tapia empleadas en la construcción de edificios para el San Juan del s. XVI (para aquel entonces Ciudad de Puerto Rico) fueron traídas por los maestros de obras procedentes de España, particularmente desde Sevilla. La tapiería es una de las técnicas más utilizadas en la construcción de las primeras edificaciones en la ciudad de San Juan desde su fundación en 1521 (Rivera Fontán et al. 2011; Rivera Groennou et al. 2011, 2014; Rodríguez López et al. 2015). En el Censo de 1530 realizado por Francisco de Lando, a pesar de que pregunta sobre las "casas de piedra" que existían en San Juan, varios de los vecinos entrevistados describen la existencia de edificios construidos en tapería. Por ejemplo, destacan la casa del Rey, la casa de Garci Troche (Casa Blanca), la casa de Cristóbal Guzmán, la casa de Obispo, la Iglesia Mayor (Catedral) y la Ermita de Santa Bárbara. Años más tarde, en la Memoria hecha por el Capitán Juan de Melgarejo en 1582, gobernador de la isla de Puerto Rico, se describe que... la forma y edificio de las casas de la cibdad de Puertorrico son alguna [...] de tapieria y ladrillo, los materiales con que se hacen las dichas casas son de barro colorado, arenisca y cal y tosca de piedra, hacerse tan fuerte mezcla desto que es más fácil romper una pared de cantería que una tapia desta. En la Iglesia San José el tipo de tapiería descrita en la Memoria de Melgarejo se utilizó en el alzado de los muros del ábside y transepto. En estos salones, los cajones de tapia alcanzan dimensiones de aproximadamente dos metros de largo, por noventa centímetros de alto y hasta un metro de ancho (2 × 0,9 × 1 m). En los paramentos se observan los huecos cuadrados o mechinales, de no más de 15 × 15 cm y rematados en su parte superior por un ladrillo, para las agujas de madera utilizadas para apoyar y dar sujeción a los tapiales (Fig. 5). Variantes de tapiería del muro sur del transepto. Considerando la procedencia sevillana de los maestros artesanos involucrados en la construcción de San José y siguiendo el esquema cronotipológico desarrollado por Graciani García y Tabales Rodríguez, no nos sorprende que tipos de tapia identificados en San José coincidan con algunos identificados por estos en el área sevillana (2008). Entre los tipos identificados en San José similares a sus contrapartes sevillanos se encontraron los tapiales de fraga encadenados en piedra con verdugadas de ladrillos y su variante con remate latericio (2008: 138-139). Al igual que la tapiería, la mampostería es otra de las técnicas más utilizadas en la construcción de la Iglesia San José. Se encontraron fábricas de mampostería en todos los paramentos de los muros estudiados -paredes del ábside, transepto, nave central y naves laterales-, en las fábricas de los contrafuertes y cegamientos de algunos tipos de vanos. A diferencia de la tapiería, utilizada exclusivamente en la construcción del polígono original del s. XVI, distintos tipos de mampostería se emplearon en todas las ampliaciones, adiciones y remodelaciones hechas en el edificio a partir del s. XVII. Específicamente, se observaron distintas variaciones de mampostería en la ampliación de la nave central y en la construcción de las capillas de Belén y Rosario. En el caso de la sillería, esta fue ampliamente utilizada en las construcciones de muchas de las estructuras que dieron forma al polígono más antiguo de San José. Principalmente, se implementó para solucionar problemas de tipo estructural con sillares de distintos tamaños que se encuentran reforzando las esquinas del muro sur y este del transepto y rematando los contrafuertes del Salón II. En San José el exquisito trabajo de sillería quedó plasmado, sobre todo, en la construcción de las cúpulas y bóvedas góticas del s. XVI que cubren los espacios del ábside, crucero y transepto, de la Capilla de San Vicente Ferrer en la nave lateral norte y los salones de la nave lateral sur. Las formas decorativas de las molduras, nervaduras y arcos de las cúpulas y bóvedas góticas se lograron esculpiendo las distintas piezas o sillares una vez colocadas (Fig. 6). En América, estos tipos de cúpulas y bóvedas solo tienen paralelos en la Catedral de San Juan (Buchiazzo 1955) y la Catedral de Santo Domingo (Flores Saso 2006). Varios ejemplos de las bóvedas y otros trabajos en sillería izquierda superior, bóveda nave lateral sur; derecha superior, detalle nervaduras, bóveda transepto; izquierda inferior, detalle nervaduras de la pilastra sureste entre transepto y ábside; derecha inferior, tarja que detalla el escudo de la familia García Troche-Ponce de León. Igualmente, se empleó también sillería en (1) la construcción de las cuatro imponentes columnas que sostienen la gran cúpula del crucero; (2) en los arcos que comunican las naves laterales con la nave mayor; (3) en la construcción de las ventanas abocinadas que se encuentran en las paredes del ábside y transepto que dan hacia la plaza (sur); y (4) para las cornisas que coronan al exterior los muros que forman el polígono original de la iglesia -ábside y transepto-. Posterior a la obra del edificio original, (5) piedras labradas o sillares fueron utilizados como parte de la construcción de la Capilla de Belén en el arco del vano abierto en la pared sur del transepto. En el polígono asociado al s. XVI de San José la mayoría de los muros fueron construidos mediante técnicas mixtas. Con el estudio de fábricas, para las técnicas mixtas se definieron varios tipos de muros basados en su tipología en la Iglesia San José (Figs. Tipologías de muros y planimetría sobre su localización en planta. Tipologías de muros identificados en el polígono del s. XVI A: Tipo 1, tapia encadenada en mampostería con verdugadas (muro este, ábside); B: Tipo 3, tapia encadenada en mampostería y reforzada con sillares (muro sur, transepto); C: Tipo 2, tapia encadenada en mampostería con grieta en la juna entre ambas fábricas (muro este, ábside); D: Tipo 3, tapia encadenada en mampostería y reforzada con sillares (muro exterior sur, transepto) Muros de tapia encadenada en mampostería separadas por verdugadas de ladillos. Se encuentran en el cuerpo bajo de los muros que forman el ábside (Salón I) y de los muros norte, este y sur del transepto (Salón II). Este tipo de fábrica se caracteriza por alzadas, de entre 85-90 cm de alto, formadas por cajones de tapias encadenados por mampostería. Regularmente se hallan separados por verdugadas de ladrillos a todo lo largo de los muros. Las verdugadas están formadas por dos o tres hiladas de ladrillos, aparejados de forma regular alternando hileras de ladrillos a tizón y otras puestas a soga. A la altura de las verdugadas se encuentran los mechinales a intervalos más o menos regulares de 55-65 cm. Este tipo incluyó como elemento distintivo estructuras de vano para ventanas a modo de arcadas de ladrillo con arcos rebajados. Estas arcadas se caracterizaron por localizarse a nivel de la primera alzada en los muros norte y sur del ábside. El Tipo 1 podemos asociarlo a una variación de los Tipos 9-11 definidos por Graciani García y Tabales Rodríguez como "de fraga, encadenado y verdugado en ladrillo" (2008: 138-139). Este, a diferencia de los identificados en Sevilla, combina sin patrón aparente, más que las necesidades específicas para cada parte de la estructura, verdugadas simples, dobles o triples. La cronología del Tipo 1 identificada para San José corresponde temporalmente con los Tipos 9-11 sevillanos, ubicándolo en pleno s. XVI. Aunque la cronotipología establecida por Graciani García y Tabales Rodríguez identifica una división en periodos para el tapial de verdugada simple (Tipo 9 - periodo mudéjar - 1248-principios s. XVI) con los de verdugada doble y triple (Tipos 10-11 - periodo moderno - ss. XVI-XVIII), resulta evidente que esta tradición constructiva puede rastrearse a Andalucía para este periodo. Muros de tapia encadenados en mampostería Se encuentran en el cuerpo medio y alto de los muros que forman el ábside (Salón I). Se alzaron sobre los muros Tipo 1 en un evento constructivo posterior, por lo que se explica la diferencia en técnica constructiva. En este tipo de fábrica la mampostería se encuentra encadenando los cajones de tapia dispuestos de forma escalonada, hasta la altura de la pared. Los cajones de tapia, de unos dos metros de largo, por noventa centímetros de alto y hasta un metro de ancho (2 × 0,9 × 1 m), se encuentran organizados en hileras de entre tres a cinco cajones aparejados alternando juntas entre las hileras. En estos tipos de muros las verdugadas entre la mampostería e hileras de cajones de tapia son esporádicas. Es decir, su arreglo dentro del conjunto de fábricas es irregular. Dado que, casi ninguna cubre el ancho completo de las paredes y normalmente se encuentran colocadas separando los cajones de tapia. En este caso, las verdugadas son todas de una hilera de ladrillos puestos a soga y tizón y aparejados irregularmente. Este lo podríamos asociar al Tipo 9 según Graciani García y Tabales Rodríguez, cuya irregularidad en la disposición de las verdugadas podría ser una variante que ambos denominaron como "latericia" (2008: 138-139). Estas variantes las vemos incluso en diferentes alzadas del mismo muro. Muros de tapia encadenados en mampostería y reforzados con sillares Se encuentra en el cuerpo medio y alto de los muros este y sur del transepto (Salón I). Estos muestran la variación en la técnica empleada para la construcción de los muros Tipo 2, aun cuando ambos fueron producto de un mismo evento constructivo. Este tipo de fábrica tiene las mismas características que las descritas para los muros Tipo 2. La diferencia estriba en que las esquinas de estos muros son reforzadas por sillares de diferentes tamaños y dispuestos alternando las juntas. Esta variación posiblemente respondió a una necesidad mecánica de los muros en el cuerpo alto de estar reforzados con sillares para poder sostener la carga de las bóvedas de sillería. Muros de mampostería ordinaria enchapada con sillares Se encuentran en el tercio oriental de los muros que delimitan al norte y sur la nave central (Salón III). Este tipo de fábrica está construida en mampostería ordinaria y enchapado con sillares; se observa en el paramento que da hacia el interior de la nave mayor (Salón III). Estos sillares varían en tamaño entre unos 70 cm a 1,3 m de largo, por 50 cm de alto promedio y un estimado de 25 cm de grosor. Los sillares del enchapado se encuentran dispuestos alternando las juntas y posiblemente respondió a un aspecto puramente estético de crear la impresión de que toda la iglesia estaba construida en sillería. Otras técnicas constructivas definidas para la Iglesia San José asociadas a etapas constructivas posteriores: Muros de mampostería ordinaria Esta fábrica se documentó en el alzado del muro que comparte la iglesia con el convento. La mampostería ordinaria se asocia con el polígono original del convento de los dominicos y cuya esquina sureste se observa en la Capilla de San Vicente Ferrer. Sobre esta esquina se adosaron los muros Tipo 1 y 2 pertenecientes al transepto. Esta técnica también se identificó en la Capilla del Rosario en varias cimentaciones que asociamos a la iglesia del s. XVI debido a que estaban bajo el relleno que compone el piso de esta, aunque no se pudo determinar su función específica. Estos remanentes, además, están alineados con el muro de la entrada sur de la iglesia que da acceso desde la Plaza San José. Además, se identificaron muros de mampostería ordinaria en el salón este de la Capilla de Belén. Todas ellas, con funciones estructurales similares, se diferencian en el tamaño de los mampuestos y las dosificaciones en los componentes de los morteros, las cuales responden lógicamente al hecho de haber sido levantadas en épocas diferentes. Mampostería careada con ripios Este tipo de mampostería se documentó en los muros de carga que conforman la nave central incluyendo la fachada oeste de la iglesia y la segunda planta donde se ubica el coro. Esta fábrica se caracterizó por mampuestos areniscos careados de gran tamaño (que sobrepasan los 30 × 30 cm) aparejados de forma más o menos regular donde en ocasiones los ripios están delimitados por lajas de arenisca. Este tipo de fábrica resultó ser característica de la etapa constructiva de expansión de la nave central durante el s. XVII. Esta técnica no se empleó en ninguna otra estructura de la iglesia. La mampostería careada con ripios fue una técnica usada con frecuencia por los ingenieros militares del ejército español a partir del s. XVII, y que se prolongó a lo largo de los ss. Se ha podido asociar esta técnica a varias obras en las que está constatada la participación de ingenieros militares: la ampliación del crucero en la Iglesia San José entre 1635-1641 y en la construcción de la muralla de contención de los jardines occidentales en Casa Blanca entre 18411845. Además, se han documentado técnicas análogas utilizadas por los ingenieros militares para estructuras masivas, como el sillarejo concertado, empleadas en las ampliaciones de San Felipe del Morro y otras fortificaciones de la ciudad entre 1650-1792 (Fig. 9). Variedades de mampostería careada con ripios A: muro oeste nave central; B: esquina muro norte nave central (ca 1641); C: muro de contención, Jardines Occidentales, Casa Blanca (1841-45); D: variación en sillarejo concertado, Bastión de Ochoa, San Felipe del Morro (ca 1650) La ampliación del crucero de la Iglesia San José fue costeada por el gobernador general Íñigo de la Mota y Sarmiento con fondos asignados al ejército. Así lo constató Diego Torres Vargas en su Descripción de la Isla y Ciudad de Puerto Rico de 1647:... que el año de [1]641 se hizo, á solicitud de D. Iñigo de la Mota y Sarmiento, gobernador de esta ciudad, como también la mitad del convento de Santo Thomás de Aquino, del orden de Santo Domingo, a expensas de la infantería del presidio, con precepto de capilla y entierro suyo. Esta cita hace referencia al convento de Santo Tomás de Aquino adjunto a la Iglesia San José y las fuentes históricas en ocasiones hacen referencia al convento para referirse a ambas edificaciones. El comentario de que fue "la mitad" recoge claramente la expansión hacia el oeste del crucero levantado durante el s. XVI. De la Mota y Sarmiento fue el gestor de la construcción de otras grandes obras de ingeniería durante su gobernación, entre ellas la más destacada, el amurallamiento de la sección suroeste de la ciudad de Puerto Rico, así como el crucero de la catedral. Según Torres Vargas: "Siguió con tanto afecto la fábrica de las murallas que en los seis años que gobernó acabó la cerca con tres puertas excelentes... Y el crucero de la Iglesia Catedral lo hizo de nuevo porque temía alguna desgracia con su ruina, y hizo una cerca a la iglesia". Mampostería ordinaria con verdugadas y encadenada en ladrillos Esta técnica mixta se documentó solamente en el salón oeste de la Capilla de Belén. La misma se caracterizó por cajones hechos en ladrillos aparejados a soga y tizón reforzados principalmente en los vanos de ventanas y puertas. La mampostería ordinaria está separada por verdugadas de ladrillos aparejadas a soga y dispuestas sin patrón aparente, ya que en ciertas partes de un mismo muro se colocaron verdugadas dobles y triples. La mampostería sí guarda cierta regularidad en cuanto a la medida de la alzada promediando los 50 cm de alto. Estas fábricas están trabadas con un mortero pardo oscuro con abundantes nódulos de cal, el cual se diferencia notablemente del mortero rojizo empleado en la fábrica del salón este de la Capilla de Belén (Fig. 10). Muros de la Capilla de Belén A-B: fábrica de mampostería encadenada en ladrillos con verdugadas (salón oeste, ca. Considerando la monumentalidad de las dimensiones y la majestuosidad de las estructuras que componen la Iglesia San José la utilización del ladrillo estuvo limitada a elementos específicos como arcos, vanos y jambas. También fue empleado en cegamientos de puertas y ventanas. Sin embargo, entre las estructuras construidas en ladrillo destacan la bóveda del coro en el crucero, bóveda de medio punto en el salón oeste y la bóveda octogonal en el salón este, ambas en la Capilla de Belén. Cabe destacar las variaciones en las técnicas para el levantamiento de estos arcos de medio punto entre los ss. Aunque para ambos periodos se utilizaron recipientes cerámicos como método de alivianar las bóvedas, para las asociadas a la iglesia gótica del s. XVI se utilizaron tinajas expresamente fabricadas para ese propósito adheridas al tope de la bóveda con mortero (Fig. 11). Mientras que para las asociadas al s. XVIII, y en particular la bóveda del coro, se utilizaron orzas y otros recipientes de gran tamaño combinados con un método de sujeción de la cubierta que consistía en un "armazón" de cañas adheridos con mortero. Entendemos que este método fue empleado no para efectos estructurales, sino más bien, como apoyo para sostener dicha estructura hasta el secado del mortero (Fig. 12). Arriba: vista de las secuencias constructivas para la bóveda de la Capilla de San Vicente de Ferrer, cubierta de ladrillos y su relleno de tinajas asociado a la Etapa 3 y sobre esta, cubierta con relleno granular asociado a la Etapa 5. Abajo: detalle de relleno de tinajas. Arriba: vista del arco para el coro, construido en ladrillos rematado con sillarejos. Abajo: detalle de técnica para sujetar la cubierta superior con mortero y cañas colocadas transversalmente. En el fondo, tinaja utilizada como parte del relleno para la bóveda. Discusión sobre su desarrollo constructivo. Etapas constructivas definidas para San José Como mencionáramos anteriormente, el estudio secuencial y análisis estratigráfico para San José se concentró en el componente asociado al s. XVI: ábside, crucero y transepto. Fue a partir de las secuencias identificadas y definidas en estos componentes que se pudo elaborar el esquema de desarrollo constructivo para todo el inmueble. La secuencia estratigráfica del ábside resultaba fundamental para entender el proceso constructivo de la iglesia del s. XVI, así como su relación secuencial con el transepto y el convento. En el ábside se identificaron procesos constructivos y de reparaciones enmarcados dentro de cuatro eventos principales. El tercer evento se relacionó con cegamientos y aperturas de ventanas. Por último, el cuarto evento consistió en las obras de construcción de la sacristía, así como intervenciones en varias áreas relacionadas con reparaciones. Estos cuatro eventos constructivos agruparon un total de 47 UEM (Véase Anexo, pestaña Ábside). Del análisis estratigráfico se desprende que el transepto fue el resultado de seis grandes eventos constructivos que le dieron la forma actual, y posteriormente, pasó por diversos eventos de reparaciones, aperturas y cegamientos de vanos y aperturas de nichos. El tercer evento fue la construcción de los arcos de sillería en las capillas laterales, al norte y sur de la nave central. El cuarto evento fue la construcción de la Capilla de Belén. El quinto evento fue una serie de aperturas y cegamientos de nichos u hornacinas en varias áreas del transepto. Por último, el sexto evento consistió en la apertura de varios nichos y su posterior cegamiento en materiales contemporáneos como el cemento Portland y bloques. Estos seis eventos constructivos agruparon un total de 53 UEM (Véase Anexo, pestaña Transepto). En la nave central, por su carácter de espacio de transición entre la iglesia del s. XVI y las ampliaciones posteriores, se evidenciaron grandes eventos constructivos que modificaron considerablemente la fisonomía del inmueble. De la misma forma se documentaron obras de reparaciones de menor escala. Estos procesos constructivos se enmarcan en cinco eventos. El primer evento se caracterizó por la construcción de la Iglesia de Santo Tomás de Aquino con sus bóvedas góticas. La fachada oeste de la nave central evidenció que existió un techado de madera, posiblemente a dos aguas adosado a los muros del transepto. El segundo evento se relacionó con la construcción de la sección oeste de la nave central. El tercer evento consistió en las obras de construcción de la Capilla del Rosario. El cuarto evento consistió en el levantamiento de muros de carga que sostienen la bóveda de medio cañón y sus estructuras relacionadas. Por último, se documentó un quinto evento relacionado con reparaciones menores con materiales contemporáneos, como el cemento. Estos cinco eventos constructivos agruparon un total de 38 UEM (Véase Anexo, pestaña Nave central). El salón que ocupa la nave lateral norte, donde actualmente se encuentra la Capilla de San Vicente Ferrer, está compuesto de estructuras de arcos que descansan sobre pilastras de sillería. El análisis estratigráfico de este salón tuvo una importancia fundamental por ser parte del convento, su estratigrafía permitió comprender la relación secuencial con la iglesia y su bóveda gótica. Este evidenció unidades estratigráficas murarias asociadas a tres eventos constructivos de gran envergadura. El primero, relacionado a la construcción del convento, en particular la esquina sureste. El segundo evento se relacionó con la construcción de la iglesia gótica y sus naves laterales, en este caso la norte, donde se encuentran bóvedas góticas de menor dimensión. El tercero, estuvo dirigido a reparaciones de carácter estructural con la reparación de los arcos góticos de la capilla. Mientras que eventos posteriores fueron el producto de aperturas de estructuras de vanos, cegamientos, cortes de fábricas para nichos y otras reparaciones contemporáneas. Estos tres eventos constructivos agruparon un total de 30 UEM (Véase Anexo, pestaña Nave lateral norte). Basado en estudio de fábricas para cada salón, sus secuencias estratigráficas y sus relaciones secuenciales, se definieron siete (7) etapas constructivas para el conjunto de estructuras que componen la Iglesia San José. A su vez, estas etapas se relacionan con periodos históricos específicos a partir de la documentación histórica y cartográfica (Fig. 13). Esquema de etapas constructivas a partir del estudio de fábricas y secuencias estratigráficas. Esta etapa inició la construcción del polígono primigenio del convento de Santo Domingo adjunto a lo que posteriormente fue la Iglesia San José. La fundación de la comunidad dominica en la isla estuvo a cargo de fray Antonio Montesinos, y las obras comenzaron en 1523 contando con una asignación de 50.000 maravedíes mediante cédula real el año anterior: Por parte de los frayles dominicos que resyden en estas partes me hes hecha rrelacion que ellos haczen en la cibdad de Puerto Rico desa isla un monasterio y casa de su orden suplicaronme para ayudar dello les hiziese alguna merced por ende yo vos mando que de qualesquier maravedís e oro de vuestro cargo de las dichas penas deys e paguéis a los dichos frayles cincuenta mil maravedís de que yo les hago merced para ayudar a hazer la dicha casa para que los gasten en lo susodicho. Estos fondos nunca fueron asignados por los oficiales reales. Ante la falta de fondos para dar continuidad a las obras de construcción, en 1524 el rey promulga una nueva cédula en respuesta al pedido de Montesinos para que los oficiales reales cumplieran la misma asignando 4.000 pesos por los próximos ocho años "por bien e por la presente hago merced e limosna a la dicha orden para ayudar a la obra del dicho monasterio e iglesia de quatro mill pesos de oro para que se den e paguen en ocho años quinientos pesos cada año". La evidencia arqueológica y documental permiten comprobar que con esta asignación se garantizó la culminación de la construcción del convento, quedando pendiente la iglesia. El convento se construyó en una fábrica de mampostería ordinaria que incluyó vanos de puertas abocinado; y jambas hechas en ladrillos. El muro de carga sur del convento, que luego sirvió de muro medianero entre ambas estructuras, principalmente su esquina sureste, se convirtió en la base para la construcción de la Iglesia de Santo Tomás de Aquino. Durante este evento, esta sección del muro era un área de paso entre el convento y el exterior (Fig. 14). Alzada norte del paramento interior de la nave lateral norte (San Vicente Ferrer). En verde olivo las fábricas asociadas al convento de los dominicos; en anaranjado las fábricas que corresponden a la primera alzada; en amarillo fábricas de la segunda alzada y el resto de las modificaciones posteriores Durante esta etapa se construye la primera alzada de la Iglesia de Santo Tomás de Aquino, probablemente entre 1532 y 1535. Su construcción abarcó el cuerpo bajo de los muros de carga partiendo con su adosamiento desde la esquina sureste del convento, tanto del ábside como del transepto. Esta primera alzada, de aproximadamente 3,95 metros de altura, se caracterizó por muros Tipo 1, es decir, con zapata hecha en mampostería ordinaria y sobrepuesta por una fábrica hecha en técnica mixta de tapia encadenada con mampostería ordinaria y verdugadas de ladrillos. La construcción de esta primera alzada incluyó el muro sur (ábside y transepto), arcos rebajados y gruesas pilastras de ladrillo a modo de arcadas rematadas por contrafuertes. En el ábside se hicieron dos ventanas cercanas a su adosamiento con el transepto, mientras que en el transepto se hicieron dos vanos de puerta en sus extremos y una ventana en el medio. En el muro este del ábside se construyó una ventana con arco rebajado y jambas de ladrillo (Salón III). Durante esta etapa, la primera alzada abarcó exclusivamente el polígono del transepto y ábside hasta el área donde se adosa a la nave central. Se construyeron los contrafuertes noreste y sureste del ábside, en la misma técnica de tapia encadenada en mampostería ordinaria con verdugadas de ladrillo, como extensiones de los muros de carga norte, este y sur. Para esta fecha todavía no se habían entregado los 50.000 maravedíes asignados en 1522, aparentemente ante la negativa de los oficiales reales. No es hasta 1535 cuando la corona finalmente asigna los fondos para iniciar su construcción: E agora por parte del prior frayles y convento del dicho monasterio me ha sido hecha rrelacion que los maravedís contenidos en la dicha cedula [1522] suso encorporada hasta agora no les avian sido dados ni pagados ni parte alguna dellos como dixeron constava y parecía por ciertos testimonios de que ante nos en nuestro consejo de las Yndias fue fecha presentación e me fue suplicado que pues la dicha merced avia sido para la obra y edificio del dicho monasterio toviese por biende se los mandar pagar conforme a ella o como la mi merced fuese por ende yo vos mando que veays la dicha cedula. Esta etapa abarcó las obras de mayor amplitud que le dieron la fisonomía gótica isabelina característica del s. XVI. Tal parece que las obras de construcción comenzaron a finales de 1548 ya que en septiembre de ese año el obispo de la ciudad, Rodrigo de Bastidas, todavía solicitaba al rey para que obligase a la orden que dispusiera de parte de su patrimonio en granjas y ganado, así como fondos adicionales para completar la iglesia...ellos tienen por acabar su iglesia y la casa como es grande sustentase con trabajo su edificio si su V.M. fuere servido seria justo me parece que mandase a estos religiosos que viviesen debaxo de la observancia y pobreza con que poblaran y dispusiesen y vendiesen estos ganados y haciendas que tienen y con lo procedido de ello acabasen su iglesia y convento y faltándoles V.M. los favores rescaese con su real limosna escribo esto que es lo que desta cosa siento y porque me han hablado de cierta probanza que han hecho en este pueblo para enviar a V.M. suplicandole les ayude para la dicha edificación de su convento. Las obras comenzaron con la construcción de los muros de carga sur y oeste de la nave lateral sur, y las cuatro pilastras de sillería que sostienen las bóvedas de ambas naves laterales y del crucero. En el caso de la nave lateral sur, su muro sur se construyó adosado a la fábrica de la primera alzada como continuación del muro del transepto hacia el oeste. La nave lateral norte se levantó sobre los muros del convento y la primera alzada. La fábrica de la nave lateral se caracteriza por la mampostería encadenada en sillares que sostiene sus bóvedas, formando también el resto del muro de carga del transepto. A la misma vez se fueron levantando los contrafuertes suroeste del ábside y sur de la nave lateral sur desde el nivel de suelo. Los mismos fueron hechos en una fábrica de mampostería ordinaria encadenada en sillares y levantados hasta nivel de la segunda alzada. En el caso del contrafuerte, se abrió un vano de ventana en los sillares que encadenan la mampostería (Fig. 15). A: paramento exterior del este del transepto con el contrafuerte UEM 13 asociado a la iglesia gótica, y el UEM 34 asociado a la construcción de la capilla de Belén. B: fábrica de mampostería encadenada con sillares, primera alzada del contrafuerte UEM 13. También se construyeron los muros Tipo 4 en el norte y sur de la nave central, los cuales cierran a la misma vez las naves laterales. Estos fueron hechos en una fábrica de mampostería enchapada con sillares, levantados sobre pilastras de sillería que conformaban dos arcadas que sirven de acceso a ambas desde la nave central. Aquí se evidenció su continuidad hasta los muros que cierran el lado este de la capilla del Rosario, incluyendo el vano de puerta hecho en sillería. Otro aspecto que ubica el muro sur dentro de esta etapa es la bóveda gótica que cubre esta sección cuyo espacio interior sirve de vestíbulo para la entrada sur y área de paso hacia la nave central. Tal y como muestra la cartografía y otras ilustraciones, su techado estuvo construido en madera y levantado a dos aguas (Fig. 16). Arriba, San Juan 1575, dibujado por Juan Escalante de Mendoza. Detalle de plano preparado por Francisco Pisente Duran. Paralelamente, se fueron levantando las pilastras de sillería que sostienen las nervaduras, los muros frontales de mampostería y sillares y la bóveda. En el caso de su bóveda gótica hecha en sillería, como el resto de las bóvedas asociadas a este evento, se caracterizaron por estar rellenas con tinajas como forma de alivianar su peso en relación con la cubierta superior. Durante este evento esta constituyó un área de paso como acceso entre el convento y la iglesia gótica (Fig. 17). Muestrario de tinajas utilizadas como relleno de la bóveda de la Capilla de San Vicente de Ferrer. Estas fueron fabricadas exclusivamente para ese propósito A partir de este muro y sobre el polígono del ábside y transepto, se levantaron los muros de la segunda alzada y sobre los cuales se erigieron las bóvedas de sillería. Estos muros Tipo 3 se caracterizaron por fábricas hechas de tapia encadenada con mampostería y sillería. No obstante, mostraron algunas variantes para cada salón en términos de las combinaciones de aparejos y la altura de las tapias. El cuerpo medio del ábside contiene cadenas de mampostería mucho más masivas, abarcando la mitad este del muro, y la mitad oeste con tapia, cercano a su adosamiento con el transepto. Por el contrario, en su muro este la tapia encadenada con mampostería alcanza su cuerpo alto. En el transepto, la fábrica de tapia encadenada con mampostería también alcanza su cuerpo alto. Todos los muros de carga del ábside y transepto fueron rematados por una viga de coronación de mampostería ordinaria con sillares. Esta viga, sirvió a su vez como muro frontal para las bóvedas norte y sur del transepto, así como la bóveda del ábside. En estos muros se construyeron vanos de ventanas con una estética similar, pero con materiales y dimensiones diferentes. En el muro este del ábside, sobre la primera alzada, se hicieron dos vanos de ventanas abocinadas hechos en ladrillos a soga y tizón. Mientras que en la primera alzada del muro sur se construyeron dos vanos de ventanas con arcos rebajados hechos en ladrillos a soga y tizón. Además, en el cuerpo alto del muro se construyó otra ventana abocinada hecha en sillería. Para el ábside, en su muro este se hizo una ventana de ladrillos con arco rebajado. En el muro sur se construyeron dos vanos de puerta y una ventana, ambos hechos en arcadas de ladrillos similares a las del ábside. En el cuerpo alto del transepto, en sus muros norte y sur, se hicieron dos ventanas abocinadas hechas en sillería (Figs. Alzadas de los muros este y sur del ábside. En anaranjado las fábricas que corresponden a la primera alzada de muros Tipo 1 y en amarillo fábricas de la segunda alzada de muros Tipo 2 Alzadas del muro sur del transepto. En anaranjado las fábricas que corresponden a la primera alzada de muros Tipo 1 y en amarillo fábricas de la segunda alzada de muros Tipo 3 El análisis de las fábricas y sus materiales indican que el conjunto de bóvedas góticas que cubren el polígono de la iglesia del s. XVI fueron el resultado de un solo evento de construcción. El mismo está compuesto por una serie de arcos que arrancan desde las nervaduras en las esquinas y parte central de los muros de carga, así como de las pilastras de sillería que arrancan desde nivel de suelo en el crucero. Estos arcos sirvieron de solución de continuidad entre las bóvedas que cubren las naves laterales y el ábside con la bóveda del crucero. En el caso de las naves laterales, se levantaron otras bóvedas (norte y sur) adosadas a los arcos principales de la bóveda del crucero, que sirvieron como elemento de continuidad y de distribución de la carga. Mientras que para el ábside se aplicó el mismo principio de levantar su bóveda, adosándola al arco de la sección este del crucero. A partir de 1582 culminan las obras de construcción de la iglesia, fisonomía caracterizada por una planta en forma de cruz, que mantuvo hasta la etapa 4 que abarcó el periodo entre 1635-1641, donde sufrió sus primeras grandes transformaciones. Durante esta etapa la Iglesia San José sufrió los primeros cambios mayores en su fisonomía original. Hasta este momento la iglesia tenía forma de cruz achatada, donde su crucero estaba delimitado al área norte y sur por los muros Tipo 4 caracterizados por fábricas en mampostería ordinaria enchapada en sillares. Estas obras fueron realizadas durante la incumbencia del gobernador militar Íñigo Mota y Sarmiento (1635-1641), quien impulsó la construcción de otras importantes obras en la ciudad de San Juan. Entre estas la culminación del amurallamiento de la sección sur y suroeste de la ciudad, así como ampliaciones importantes tanto a San José y a la catedral. El evento más significativo de esta etapa fue la construcción de la primera ampliación de la nave central adosada a la sección este, construida durante el evento anterior. Se levantaron sus muros de carga norte, sur y oeste levantados en una fábrica de mampostería careada y ripios con sus correspondientes vanos de ventanas, aspilleras y puertas. Esta ampliación abarcó el espacio actual que ocupa la nave central, incluyendo su coro, hasta el muro oeste, cuyo paramento exterior conforma la fachada principal. Se identificaron dos elementos que comprueban la ampliación de la nave central constituyó un solo evento de construcción: la fábrica de mampostería enripiada abarca los tres muros de carga que cierran el espacio muestran uniformidad de morteros y aparejos. Por otra parte, sus sistemas de adosamiento a la sección gótica de la iglesia construida en la etapa anterior son evidencia adicional de esta ampliación. Esta extensión se adosó al extremo oeste de la sección de la nave central existente por medio de dos tipos de adosamiento. En el muro de carga sur se realizó un adosamiento simple entre ambos muros, mientras que en el muro de carga norte se realizó un adosamiento encastrado entre los vanos. La diferencia en simetría y los adosamientos entre ambos muros de carga permiten plantear dos posibles explicaciones: a) la construcción de esta sección del muro causó el derrumbe o daño considerable a la bóveda de la capilla Santa Rosa de Lima (adyacente a San Vicente Ferrer), provocando su reconstrucción, imitando aspectos del estilo gótico de la bóveda; b) la bóveda no fue construida para la etapa 4 si no que fue levantada junto con la extensión de la nave central, y posteriormente sufrió los daños estructurales que muestra actualmente (Fig. 20). Sistemas de adosamiento entre la iglesia gótica y la nave central A: adosamiento simple entre muros Tipo 4 (izquierda) y Tipo 6 (derecha), muro sur. B: adosamiento encastrado entre muros Tipo 6 (izquierda) y Tipo 4 (derecha) Durante esta etapa también ocurrió la construcción y adosamiento de la Capilla de Belén al paramento exterior del muro sur del transepto de la Iglesia San José. Este comenzó con la ampliación del vano para puerta y convertirlo en el acceso a la capilla de Belén. El estudio de fábricas de la capilla evidenció que esta fue construida en dos fases, donde el salón este fue levantado en una fábrica de mampostería ordinaria con una cúpula octogonal hecha en ladrillos. Los muros de carga norte de la capilla de Belén fueron encastrados al transepto de San José. Mediante el estudio de fábricas se pudo comprobar que el salón este se edificó primero ya que se observa el adosamiento simple en la sección sur, entre lo que fue la fachada oeste de la capilla original y el muro sur del nuevo salón (Fig. 21). El salón oeste fue construido durante las ampliaciones hechas por los jesuitas durante la etapa 6. Elementos constructivos de la Capilla de Belén izquierda: vista del muro norte, salón este con su bóveda octagonal. Derecha; adosamiento encastrado del muro norte de la capilla (salón oeste) al muro sur del transepto de San José Una vez levantada la capilla de Belén, se le adosó un contrafuerte hecho en mampostería encadenada con sillares en la interfase entre su muro de carga este y la esquina sureste del transepto. Cabe destacar que, para la construcción de este contrafuerte, así como otros elementos de la capilla de Belén, se imitaron en menor escala los trabajos de sillería de la iglesia del s. XVI en los arcos y cornisas. También se realizaron reparaciones en el cuerpo bajo del paramento exterior del muro del transepto. Específicamente se aplicó un engrosamiento de mortero y tosca de arenisca. Posiblemente, esto provocó la pérdida de material de las tapias, y el adosamiento de la capilla de Belén. Otro evento significativo fue la construcción de la capilla de Nuestra Sra. del Rosario. Contrario a lo planteado anteriormente, esta estructura no fue autónoma del resto del inmueble principal levantada previamente en la nave central. Los análisis estratigráficos evidenciaron que esta capilla fue construida posteriormente a la nave central y adosada a su muro sur. Para su acceso desde la nave central se abrió un monumental vano de puerta hecho en ladrillos que cortó la fábrica de mampostería careada y ripios, así como el vano existente. Una vez construido el arco de este vano, se cegó la ventana con mampostería ordinaria. También se adosaron los muros de carga este y oeste de Rosario a la fachada Sur de la nave central. Debido a que los paramentos de esta capilla ya habían sido restaurados no se pudieron observar y caracterizar las fábricas de los muros de carga. Sin embargo, durante la documentación arqueológica se pudieron identificar elementos constructivos, así como impactos contemporáneos entre los que destacan (Figs. Cimentación hecha en mampostería ordinaria y sillares. Remanentes del piso de argamasa y cimentación en mampostería ordinaria. Asociada a la construcción de la nave central para la etapa IV (ca. Cripta hecha en ladrillos asociada a la ampliación de la capilla para la etapa V (ca. Trincheras excavadas durante intervención posterior asociadas a década de 1970. Varias perspectivas de los elementos descubiertos en la Capilla del Rosario A: vista de planta general con la entrada de la cripta en primer plano; B: vista hacia el este de nicho hecho en ladrillos impactado por trabajos previos; C: cimientos en mampostería ordinaria asociados a estructura desconocida ca. 1548-82; D: secuencia de rellenos y pisos de argamasa asociados a la construcción de la capilla Secuencia de los principales eventos constructivos asociados a la Capilla del Rosario. Detalle de frescos restaurados A: sirena descubierta en la Capilla del Rosario; B: pintura luego de su restauración; C: pintura restaurada de San Telmo, patrono de los marineros, muro norte del transepto El evento que marcó esta etapa fue la construcción de la monumental bóveda de cañón de 9,4 × 30 m y sus estructuras relacionadas. Este incluyó el levantamiento de sus muros de carga, hechos en mampostería ordinaria, sus vanos de ventanas y los contrafuertes adosados (cinco de ambos en cada muro de carga). Estos muros fueron levantados sobre los que sostenían el techado de madera a dos aguas, el muro de carga oeste, y la monumental bóveda de cañón con ladrillos adosada en su extremo este a la bóveda gótica del crucero (Fig. 25). A: vista de la nave central y la bóveda de ladrillos asociada a la Etapa 5; B: alzada sur de la nave central que muestra sus etapas constructivas; C: vista del arco de acceso a Rosario y corte de la ventana para la construcción del arco Varios años después, fray Íñigo Abbad y Lasierra, en su Historia geográfica, civil y natural de la isla de Puerto Rico de 1788 (2002) hace una muy breve descripción de la iglesia donde corrobora la culminación de los trabajos de construcción de la bóveda de medio punto: "Hay un convento de religiosos Franciscos, otro de Dominicos y otro de monjas del Carmen calzados: los dos primeros son edificios más grandes que hermosos, aunque sus iglesias y claustros están con arco y bien fabricados". Estas mejoras se les atribuyen a reparaciones ordenadas por el rey Carlos III como consecuencia de daños ocasionados por el azote de varios huracanes. Con la llegada de la Compañía de Jesús se inició un periodo de construcciones y mejoras que abarcaron distintas áreas del inmueble. Junto con otras técnicas y materiales, uno de los materiales de construcción característicos del s. XIX es el ladrillo, el cual vemos utilizado ampliamente en las obras de reparaciones. Las de mayor envergadura estuvieron relacionadas con la construcción de la sacristía y estructuras relacionadas con el paramento exterior del muro este del ábside. Estas involucraron la apertura de un vano de puerta en el adosamiento de sus muros de carga norte y sur hechos en mampostería ordinaria, el cegamiento de las ventanas, la apertura de vanos para armarios, y una ventana ojival en la parte central del muro este del ábside sobre el nivel de su cubierta. Finalmente, durante esta etapa se construyó el salón oeste de la Capilla de Belén en una fábrica de mampostería ordinaria con verdugadas encadenada en ladrillos con una bóveda de medio de punto. Los muros de carga norte de la capilla fueron encastrados al transepto de San José. Durante estas obras se destruyó la antigua cripta del s. XVII, además del cegamiento de varios vanos de ventanas. Las estructuras de vano hechas en ladrillos, especialmente los arcos adintelados, son característicos a lo largo del s. XIX. Otras obras realizadas con ladrillo fueron la construcción del pretil que corona los muros del ábside y transepto, aparejados a soga y tizón, y el cegamiento del nicho en el muro este del transepto. También durante esta etapa se realizaron mejoras y ampliaciones de los diferentes altares. En especial, los altares de las capillas de San Vicente y del lado sur del transepto fueron restaurados. Para estas mejoras se hizo una apertura y/o ampliación de nichos en fábrica de mampostería ordinaria, así como corte de los muros de carga para la instalación de altares de madera y otros elementos decorativos (Fig. 26). Alzado sur del paramento interior del transepto. Izquierda: en anaranjado las fábricas que corresponden a la primera alzada y en amarillo fábricas de la segunda alzado y el resto de las modificaciones posteriores. Derecha: detalle de corte para nicho tapiado en bloques de cemento Para la época contemporánea se documentó una serie de reparaciones en materiales constructivos contemporáneos como el cemento Portland, bloques de cemento y ladrillos trabados con cemento. Principalmente, estas obras consistieron en cegamientos de las ventanas en el ábside y la reparación de las vigas de la cubierta de la sacristía hecha en cemento armado. En el transepto se abrió un nicho cegado posteriormente con bloques de cemento. En la nave lateral norte y nave central se hicieron reparaciones en cemento armado y se reforzaron las pilastras de sillería con bloques de cemento y ladrillos trabados con cemento. Este trabajo presenta nueva evidencia con importantes avances en lo que respecta el estudio de las técnicas constructivas empleadas en San Juan de Puerto Rico desde inicios de la conquista española en el s. XVI hasta principios del s. XX. La implementación teórica y metodológica de la perspectiva de la Arqueología de la Arquitectura ha sido crucial para poder descubrir el proceso de desarrollo y transformación constructiva de este monumento. El estudio de fábricas y análisis de las relaciones secuenciales de las diversas estructuras de la Iglesia San José, han sido fundamentales para la corroboración de la documentación histórica y el análisis estilístico. La Iglesia San José ejemplifica, al igual que otros monumentos sanjuaneros como Casa Blanca, un panorama de desarrollo constructivo y urbano que abarcó la ciudad completa con técnicas y materiales identificables cronológicamente las cuales representan tendencias y posibilidades de acuerdo con los recursos disponibles. En este caso se identificaron siete etapas constructivas con ocho tipos de fábricas, algunas de ellas compuestas de técnicas mixtas y caracterizadas por cadenas y cajones de diferentes materiales como piedra y ladrillos. Resultan notables las técnicas mixtas asociadas a la tapia, una de las fábricas más antiguas y emblemáticas empleadas para edificaciones de la primera mitad del s. XVI. Descrita consistentemente en las fuentes históricas, fue identificada como una de las técnicas principales en la construcción de la iglesia gótica. El empleo de esta técnica y las similitudes entre las tapias identificadas otros edificios como Casa Blanca, nos confirman el vínculo entre ambas estructuras a través de la familia Ponce de León Troche. El exquisito trabajo en sillería de las bóvedas góticas es sin lugar a duda, uno de sus atributos más destacables. Igualmente, los elementos estructurales hechos en sillería para las técnicas mixtas, y otros componentes como arcos, vanos, cornisas, entre otros, aportan a su majestuosidad y valor arquitectónico. De la misma forma, la documentación ha puesto en perspectiva los diferentes contextos históricos de limitaciones de fondos y recursos que caracterizó el proceso la edificación de muchas de estas estructuras emblemáticas, San José incluida. No obstante, desde una perspectiva más amplia, los trabajos de Arqueología de la Arquitectura en San José han evidenciado las grandes limitaciones que implican la aplicación de intervenciones que no integran estudios estratigráficos ni análisis secuenciales de estos inmuebles. Este caso dramatiza lo que había sido una práctica bastante difundida en las intervenciones en edificaciones en el Viejo San Juan durante la segunda mitad del s. XX: una edificación intervenida en numerosas ocasiones en donde se contaba con muy limitada información de carácter científico. Ya desde finales del s. XX e inicios del s. XXI es cuando finalmente se comienzan a integrar en estas intervenciones equipos multidisciplinarios que incluían arquitectos, arqueólogos, conservacionistas, donde existía una estricta división entre los roles asignados entre estos profesionales. Es decir, se relegaba el papel de la arqueología a interpretar todo lo que estuviera relacionado al subsuelo, mientras que todo lo que implicara elementos del edificio se reservaba a arquitectos y conservacionistas. El problema principal no se limitaba simplemente a esta estricta "división de roles" sino a que ninguno de estos profesionales integraba a sus trabajos los preceptos metodológicos de Arqueología de la Arquitectura ni combinaba sus hallazgos de forma integral. Es decir, la caracterización de unidades estratigráficas, su muestreo sistemático, el establecimiento de secuencias estratigráficas y las relaciones entre sus elementos arquitectónicos. En ese sentido, el haber abordado las diferentes problemáticas planteadas para el estudio de San José desde una perspectiva estratigráfica permitió desenmarañar múltiples interrogantes y conclusiones basadas en información incompleta asumidas como verdades absolutas. El estudio de sus fábricas y sus secuencias estratigráficas ha aportado grandemente a la compresión y contextualización de la información documental e histórica previamente conocida. Esto permitió más aún, poder abordar su estudio desde una perspectiva basada en criterios científicos que señaló objetivos claros que sobrepasaron la discusión estilística arquitectónica. Es precisamente, partiendo de este trasfondo, que toman mayor relevancia nuestra intervención arqueológica en San José, ya que, por una parte, aportó valiosa información sobre sus aspectos constructivos y secuenciales previamente desconocidos que contextualizan la información histórica. Por otra parte, proveyó una perspectiva más a tono con lo que debe ser parte de los criterios y métodos científicos usados para la intervención de inmuebles patrimoniales.